jueves, 11 de junio de 2026

 

HISTORIAS DE MÉXICO:

EL CONVENTO DE SANTO DOMINGO(1)

¿Se dignará el lector seguirnos al convento de Santo Domingo? Al presente sería nuestro paseo un si es no laborioso, porque eso de emboscarse en un laberinto de columnas truncadas y arcos a medio derribar, pisando fragmentos de cornisas, tropezando con arabescos y hundiéndonos en colinas de cascajo y polvo; eso, repetimos, no es ya un paseo, sino un vía crucis edificante, una peregrinación a Palestina. Pero meses hace la visita que proponemos tenía un carácter muy diverso: era positivamente un momento de solaz; y cómo vamos a retroceder hasta esa época, confiamos en que no será desechada nuestra invitación.

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     El muro celoso que ceñía el atrio del convento aún estaba en pie: la cerca, la formidable cerca que había rehusado jurar la constitución y había protestado contra las leyes de reforma, estaba renuente a inclinarse ante los laureles de Calpulalpan.

     A la entrada se veía sentado en un banco el oficial de la guardia que custodiaba el edificio. Era un argos benigno que dejaba libre paso a todos los curiosos, y se hallaba a la sazón en sabrosa y animada plática con varios amigos…de corbata roja por supuesto.

     En el atrio jugueteaban algunos soldados, haciéndose diabluras, llamándose por sus apodos y echando a correr de cuando en cuando para librarse de la persecución de algún camarada ofendido por sus travesuras. Otros, empleando mejor el tiempo, limpian sus armas, o comen al lado de sus mujeres y chiquillos, saboreando los placeres de la vida en familia después de las vicisitudes y contratiempos de tres años de combates.

     Más ved al frente, hacia el norte, la magnífica fachada del templo con sus columnas corintias y su friso, donde el arquitecto ha esculpido todos los risueños adornos del arte. Una gasa de tristeza parece cubrir todo el monumento; la gran puerta está desdeñosamente cerrada; las campanas guardan silencio, y entre los arcos de la torre no se ve más que un ser viviente…un soldado que puesto de codos sobre un balcón y sacando las rodillas por entre dos balaustres, contempla con aire de indiferencia el espectáculo que tiene a la vista.

     A la izquierda se abre el vestíbulo del convento, notable por la solidez de su construcción; pero lóbrego como la boca de una caverna. Sigue la portería; y si es cierto que los conventos se edificaron a imitación de las casas romanas, esta parte del que observamos corresponde al prothyrum, o sea pasadizo entre la puerta que daba a la calle y la interior, que comunicaba con el atrium o cavaedium.

     Por lo demás, nada notable recuerda la portería, si ya no es el hecho de haber estado en ella la célebre Cruz del Santo Oficio, que según nos informa Alamán (2) en sus “Disertaciones” permanecía allí colgada todavía hasta su tiempo.

     Pasemos adelante, en lugar del pacífico donado,  nos encontramos a la puerta un grave centinela de mirar hosco y áspero bigote que con voz tremenda nos grita:

-¡atrás!

-Permítanos usted un solo momento.

-¡No hay orden!

-Venimos a ver las momias.

-Ya pasó la hora.

     Desconsolados por tal recibimiento, no teníamos otro recurso que volver pie atrás; pero he aquí que un incidente viene a favorecer nuestros deseos.

     Un murmullo sordo al principio y después clamoroso se deja oír a lo lejos en el patio. Esperemos.

     Era un concierto grotesco formado de voces femeniles mezcladas con gritos roncos y salvajes: era una riña; los contendientes se acercan, vemos a los que las profieren. –¡Cabo cuarto! exclama el centinela, y acude el cabo, y acude el oficial de guardia, y acuden todos los soldados, y…a río revuelto ganamos nosotros la entrada del patio.

     Aunque ya otra vez habíamos visitado aquel lugar, no pudimos menos que detenernos a ver los corredores. El patio es un cuadrado amplísimo, y su centro está ocupado por una fuente que ha sustituido al impluvium de los antiguos. El techo de los cuatro corredores se haya sostenido por veintiocho arcos que descansan sobre elegantes pilastras; y a pesar de lo ahumado de los muros interiores y del ambiente húmedo y sepulcral que allí se respira, el efecto de la airosa columnata no puede ser más agradable.

     Del patio, y siguiendo el corredor de la derecha hasta su extremo, pasamos a una galería vasta aunque oscura, donde nos llamó la atención un espectáculo extraño y lleno de vida. ¿Quién podía esperar ver en aquel recinto a más de cincuenta soldaderas entregadas, cerca del fuego, a las ardientes faenas de la cocina? Unas usaban carne, envueltas en nubes de humo; otras agitaban el aventador para avivar el fuego; ésta, con el mismo objeto, sopla sobre los tizones; aquella empuña varonilmente una enorme cuchara, y metiéndola en la olla la mueve circularmente con un ruido particular; la de más allá trata y regatea con algunos vendedores de comestibles; finalmente, todas charlan y ríen, formando una algarada no interrumpida.

     La travesía por aquél océano cocinal fue ardua; pero al fin llegamos a la escalera que conduce a las galerías superiores, y un momento después nos hallábamos en el claustro, a cuyo extremo se ve la capilla que encerraba las momias.

     Por las paredes cubiertas de polvo y telarañas, el altar vestido de luto, el retablo apolillado, y en suma, por el aspecto de vejez, de decrepitud que se notaba en la capilla, cualquiera la hubiera juzgado digna tumba de los restos humanos que ostentaba; la momia de la arquitectura que acogía en su regazo a otras momias. Éstas se mostraban al través de una reja gótica, la mayor parte en fila, reclinadas sobre una banca, en pie, y con el semblante hacia los espectadores.

     Digna era por cierto de observarse aquella entrevista de la vida con la muerte, de los inquietos huéspedes del mundo con los silenciosos moradores del sepulcro; aquella hilera de seres animados, alegres, llenos de curiosidad, en frente de otra hilera de seres misteriosos, quimeras de hombres, fábulas de vivientes, que no tenían ojos y parecían ver, que no tenían labios y parecían recibirnos con un gesto de indiferencia y de ironía; aquel encuentro singular entre las miserias y las glorias de la generación actual y las reliquias de las anteriores; y finalmente, aquel saludo del presente al pasado, del tiempo a la eternidad.

     Hay en nuestros partidos políticos  ciertos entes que son con todo rigor los mites de la gran revolución social que en el país se representa. Por de contado que ellos se consideran personajes de importancia y de los más bien iniciados en las tradiciones y misterios de su comunión: ellos son los que en el periodo de caída encuentran a usted en la calle y con aire cauteloso le dice: -¡Amigo! Parece que no gobernamos tan mal: ahora puede usted colocarse; voy a solicitar un empleo para usted, y espero que no nos desairará. Todo lo saben, de todo hacen un secreto, cualquiera palabra suya es una revelación; cuando despliegan los labios es menester creerlos como a un oráculo; y empuñan el timón del gobierno ni más ni menos que como araba la mosca pegada al cuerpo del buey.

     El liberal cometería un crimen de lesa nación si renunciara al fieltro, que es el sombrero democrático por excelencia, y ni todos los amagos de guerra extranjera les obligarían abandonar la cinta del reloj y la corbata roja.

     El conservador cree a pie juntillas que todos los puros son herejes o punto menos que ateos; ningún liberal obra de buena fe; todos persiguen sistemáticamente al culto católico y a sus ministros, permiten la libertad de imprenta para desmoralizar al pueblo, y pretenden entregar a la nación en cuerpo y alma a los yankees.

     En cambio, el puro sostiene a capa y espada que los conservadores nos venden a España; que todos son hipócritas, falsos, déspotas, ignorantes y acérrimos partidarios de la inquisición. Concretándonos al asunto que nos ocupa, conoce tan ampliamente la historia del país, que, en su concepto, los frailes no vinieron a Méjico sino para sistemar la tiranía; ningún beneficio se les debe; todos son y han sido un hato de zafios, inteligentes solo para apropiarse los bienes ajenos y promover autos de fe: ¿se extrañará, según lo dicho, que los liberales de esta ralea hayan querido hacer creer al vulgo que las momias eran frailes emparedados, víctimas de las venganzas de sus propios hermanos o del implacable tribunal del Santo Oficio?

     La exhumación se hizo a presencia de muchos, y antes de ocho días todos sabíamos que las momias fueron extraídas del osario del convento, donde reposaban como cualesquiera otros cadáveres de los hijos de la orden.

     Hay más: un librito escrito con veracidad hizo populares los nombres que tenían cuando Dios las animaba con su aliento de vida. Entre ellos, ¿quién no recordará con admiración y gratitud el del Dr. Fr. Servando Teresa de Mier?

     Este religioso fue uno de los primeros mejicanos que se presentaron con lucimiento en Europa, acreditando que la nación no era indigna de ocupar lugar entre las civilizadas. En todas partes le granjeaban amigos su conducta intachable y modales decentes. Durante los doce años, poco más, que residió en Inglaterra, vivió entregado a las labores científicas, y estableció una academia de idiomas, en la que el mismo enseñaba español, francés, italiano y latín; esto ciertamente no dejaría de llamar la atención en un tiempo en que tan pobre idea se tenía de nuestros paisanos.

     Pero el hecho más relevante de su vida fue la parte tan activa y gloriosa que tuvo en la independencia de la patria. El comprometió al general Mina a venir a Méjico, proporcionándole los recursos necesarios para organizar su ejército; juntos desembarcaron en Soto la Marina; juntos batallaron contra el poder colonial. Y bien mirado, esta consagración eficaz y exclusiva otorga del Dr. Mier mejores títulos a nuestra gratitud que aun al propio Mina; éste, como el mismo declaró, “no había pasado a América a favorecer directamente la revolución, pues que no amaba a los americanos ni mucho ni poco”.

     Además, para que no faltase ningún mérito al P. Mier, su amor a la independencia le acarreó amargos sinsabores. Sufrió destierros, prisiones y tratamientos indignos con la serenidad de un héroe, con la maravillosa resignación de un mártir.

     Después, verificada ya nuestra emancipación política, tuvo asiento en el primer congreso constituyente, siendo uno de los individuos que formaron la constitución del 24. Murió tres años después, legando a la posteridad varias producciones de su pluma, entre otras las célebres Profecías, y una relación de sus viajes por Europa.

     Pero volviendo a las momias, se asegura que una ha sido donada a la Escuela de Medicina, y cuatro van a ser trasportadas, o ya lo fueron, a la República de Buenos Aires. Si lo último es cierto y entre ellas va la del Dr. Mier…su suerte es viajar aún después de muerto, como el Cid guerreó contra los moros ya convertido en cadáver.

     Lejos estábamos de prever este paradero, los que arrimados a la fría reja contemplábamos sin repugnancia, y antes bien poseídos de un sentimiento indefinible, aquellos seres silenciosos que parecían próximos a convertirse en polvo; aquellas sombras de faz indecisa evocadas de un mundo lejano para venir al nuestro a patentizarnos con lenguaje insinuante la vanidad de la vida.

     Una vez apagada la curiosidad, discurrimos por el claustro un momento, con la íntima convicción de ser el último que nos era dable aprovechar para ese objeto, porque ya la demolición se preparaba a sus faenas. La soledad y el silencio habían invadido aquellas galerías que parecían interminables: la noche estaba próxima, y el crepúsculo les comunicaba por las estrechas ventanas uno que otro rayo de claridad enfermiza y pavorosa.

La demolición

     Volvimos a bajar por la escalera que remata en la ancha y espantosa galería donde las soldaderas tenían sentados sus reales. Las tinieblas anidaban en la bóveda; seguían con el mismo ardor la charla y las maniobras; las risotadas tenían eco en el claustro, y las fogatas esparcidas por el desigual pavimento, alumbraban las paredes de los lados con una luz infernal.

     Allí supimos la causa de la riña que nos facilitó la entrada al convento. Un soldado había tenido en Méjico sus quebraderos de cabeza antes de partir a la campaña, y cuando volvió con el ejército triunfante traía consigo a una tapatía por esposa: las sirenas de la capital luego que le vieron sano y salvo le reclamaron por suyo: él se burlaba de todas; pero la tarde a que nos referimos, tuvieron ellas una entrevista en la susodicha galería; cada una alegó prioridad de derecho: aquello fue una cuestión legal, una conjuración. Pero cuando todas disputaban y ninguna se convencía, aparece el soldado, causa de la quimera, y todas arremeten contra él como furias…

     Cuando atravesamos el patio, ya iba entrando la noche; y mientras las pilastras se dibujaban en un claro oscuro, reflejaba la luna su luz en la parte superior de los muros como una caricia melancólica.

     Seguimos nuestro camino, y a un lado de la puerta vimos otra vez al centinela que descansaba en su arma, inmóvil y callado como la estatua de la vigilancia que decora la entrada de la mansión del reposo.

El pasado

¿Pero nada dicen al pensamiento estos lugares? ¿Quiénes echaron los cimientos de estos muros? ¿Cuáles son las santas memorias que encierran, los dramas silenciosos de que han sido teatro?

Volvamos la vista al océano.

     El sol, que brotaba del seno de las ondas, derramaba torrentes de gloria y se levantaba lentamente como bañándose en el mar. En estos momentos de animación universal, los habitantes de Veracruz se hallaban en la playa con los semblantes convertidos al Oriente ¿Qué buscan sus ojos en las remotas soledades del piélago?

     Mírase en el horizonte un objeto de forma indecisa que se acerca majestuosamente. ¿Será una nube impelida por los halagos de la brisa? Es una vela. Poco a poco se va distinguiendo su figura.

     A medida que se acerca, sube de punto la curiosidad y toma creces el regocijo en el concurso que la espera. Ya está en el puerto. Al mudo interés de los espectadores siguen aclamaciones entusiastas.

     Viene en esta nave el Lic. Luis Ponce de León que sucederá en breve a Cortés en el gobierno de Méjico; pero trae a sí mismo a doce personajes misteriosos, cuyos nombres no se proclaman, pero a quienes todos miran con el mayor rendimiento y veneración.

     Al día siguiente se les ve tomar su camino hacia la capital, solos, sin aparato, sin el séquito fastoso con que más tarde emprendían sus viajes los virreyes.

     Con todo, su peregrinación es un triunfo; por todas partes salen los naturales a recibirlos con cantos y danzas, ofreciéndoles ramilletes fragantes y olorosos. Una voz interior aseguraba a los infelices indios que estos nuevos huéspedes, pobremente vestidos y en cuyo modesto semblante leían la benevolencia, no eran como los hijos de Tonatiuh que fulminaban rayos, convertían en ceniza los pueblos y reducían a servidumbre a los moradores del Ánahuac.

     Por eso los recién venidos eran objeto de estos y otros mil agasajos: el sentimiento que despertaban en cuantos los veían era el que excitan los enviados de la Divinidad.

     Contemplaban ellos, radiantes de júbilo, las selvas vírgenes que los acogían en su seno de perfumes, los valles dilatados donde se espacia la vista por alfombras de lirios y gentiles arboledas: las cataratas le hablaban el idioma del desierto; una brisa balsámica les daba el ósculo de paz; aves de nuca visto plumaje seguían sus pasos, vertiendo la magia de la armonía, y hasta las nevadas cumbres de la excelsa cordillera parecían inclinarse a darles la bienvenida.

     En medio de esta pompa risueña llegan a esta ciudad de donde salen a recibirlos lo más granado de la nobleza española recién avecindada, y a su frente el conquistador. Todos a porfía se empeñan en darles las más brillantes pruebas de amistad y acatamiento; pero ninguno se extremó tanto como Cortés. Arrodillado delante de cada uno, les besaba las manos y vestidos.

     Estos hombres, eran doce frailes humildes pertenecientes a la religión que produjo Santo Tomás de Aquino, el varón más docto de su tiempo, y en la que florece el P. Lacordaire, dechado de predicadores; eran los primeros religiosos de la orden de Santo Domingo que pisaban nuestro suelo.

     Esta entrada en Méjico fue fechada en 23 de junio de 1526.

     El origen de la venida de los religiosos no fue sino el celo que ardían en aquella época todos los varones apostólicos por extender el imperio de la fe en las regiones del Nuevo Mundo, recientemente conquistadas. Y no cabe duda en que la mies que habían de cosechar era copiosa.

     Nuestros frailes vinieron de España enviados por su general, que lo era a la sazón el P. Fr. Silvestre de Parra. Fueron cinco de la provincia de Castilla:

Fr. Tomás Ortiz, Vicario,

Fr. Vicente de Santa Ana,

Fr. Diego Soto Mayor,

Fr. Pedro Santa María y

Fr. Justo de Santo Domingo.

 

      Tres de la provincia de Andalucía:

Fr. Pedro Zambrano,

Fr. Gonzalo Lucero, diácono, y el lego

Fr. Bartolomé de Calzadilla o Salcedilla

 

     No quiso más de ocho religiosos el vicario, porque traía noticia, según refiere un cronista, “del bendito P. Fr. Domingo de Betanzos que estaba en la Isla Española, y traía licencia del general para que de aquella provincia pudiese hacer cumplido el número de doce religiosos para Méjico”. Este número era sagrado y hacía alusión al de los apóstoles.

     En efecto, al pasar por la Isla de santo Domingo se unieron a los viajeros, además del referido P. Betanzos, otros tres, con los cuales se completó el número deseado, y fueron:

Fr. Diego Ramírez,

Fr. Alonso de las Vírgenes, y

Fr. Vicente de las Casas, novicio.

 

      Recibidos en esta ciudad, como se ha dicho, fueron llevados en procesión al convento de San Francisco, donde se hospedaron, manteniéndose en él tres meses hasta octubre del mismo año, que fueron al sitio que se les señaló para fabricar su convento, en una casa que estaba donde fue después la Inquisición, y probablemente donde hoy está la Escuela de Medicina.

     Pusieron manos a la obra, y en poco tiempo consiguieron darle cima; pero los acogió tan mal el temperamento, que en menos de un año murieron cinco religiosos y enfermaron los demás, de suerte que el año siguiente de 1527, Fr. Tomás Ortiz, que vino de superior, tuvo por conveniente regresar a la Península, y con él otros tres religiosos.

     Pasó después en 1528 el mismo P. Ortiz con otra misión de veinte religiosos a Santa María, de orden del Emperador, quien al año siguiente lo hizo obispo de allí, y fue el primero de aquella provincia: con esto ya no quedaron en Méjico sino tres frailes, que fueron Fr. Diego Lucero, Fr. Vicente de las Casas y el P. Betanzos, a quien se debe no sólo la fundación de este convento, sino de toda la provincia de Guatemala.

     Permaneciendo los religiosos en el sitio indicado hasta el año de 1530. El gobernador Juan Alonso de Estrada les señaló y dio el de la esquina de enfrente, y nos informa el escritor de quien tomamos esta noticia, “labraron allí su convento a costa de la real hacienda, cuya iglesia se dedicó el año de 1575, y el año de 1590 a 8 de Diciembre, la consagró el Sr. D. Fr. Alonso de Guerra, religioso de la misma orden, y obispo de Michoacán; pero después como la iglesia y convento por lo cenagoso del sitio estaban tan maltratados y hundidos, el día 6 de Julio de 1716 se anegó de tal suerte la iglesia  y oficinas bajas del convento, que le fue preciso al provincial, que lo era a la sazón Fr. Francisco Aguirre, juntar sus padres a consejo, y fabricar nueva iglesia y convento, que con efecto se resolvió, y desde luego se comenzó, de suerte que en 3 de Agosto de 1736, se dedicó la nueva iglesia enteramente acabada, que es uno de los más magníficos y suntuosos templos de la ciudad”. Costó más de doscientos mil pesos.

 Fuente: http://www.flickriver.com/photos/eltb/sets/72157605254774784/

Fuente: http://www.flickriver.com/photos/eltb/sets/72157605254774784/

     Su situación es de Norte a Sur; a este viento la puerta, y a aquel el altar mayor; tiene seis capillas a la banda del Poniente y cinco a la del Oriente, todas magníficamente adornadas, y la del Rosario puede servir de iglesia principal.

     “Este convento es la cabeza de la provincia, la que hizo independiente de la Santa Cruz de la Isla Española, que pretendía tenerla unida, el P. Fr. Domingo de Betanzos, fundador de ella, que en el año de 1531 pasó a España a este efecto, y consiguió dos bulas del Papa Clemente VII, la una fecha en Roma a 2 de Julio de 1532, y la otra en Bolonia, a 8 de Mayo de 1533, y patente de su general para erigirla en provincia, separada e independiente de la Santa Cruz de la Isla Española; y por haber llegado a Méjico en 24 de Julio de 1533, víspera del apóstol Santiago, le tomaron por su patrono, y se intituló la provincia de Santiago de Méjico, orden de predicadores.”

     En cuanto a la capilla del Rosario, se dedicó en 29 de Enero de 1690, habiendo sido abierta a los fieles el día anterior. El diario del licenciado Robles nos describe este suceso de la manera siguiente:

“Sábado 28, se abrió la capilla del Rosario y se trajo la Señora del Rosario a las cinco de la mañana a la Catedral, de donde volvió en procesión a la tarde: y fue el señor arzobispo en ella vestido de pontificial, y asistió el virrey y ciudad: hubo muchos fuegos: fue por las Escalerillas a la calle del Reloj por la Encarnación”.

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     Del claustro no sabemos más, sino que se dedicó con procesión y sermón el 29 de Septiembre de 1692.

     Se fundaron así mismo otras dos capillas con entrada por el atrio mirando al Oriente: una dedicada al Señor de la Expiración, cuyo altar mayor da frente a este mismo rumbo, y otra que es de la Tercera Orden, se extiende de Norte a Sur, quedando el altar mayor hacia este último viento.

     Tal es el cuadro que encerramos la historia de la fundación del primer convento de dominicos en el país: de intento hemos renunciado a darle mayores dimensiones por evitar la prolijidad que resultaría de incluir el él pormenores que pudieran acaso parecer impertinentes o fastidiosos. Sin embargo, no es dable referir este suceso sin trasladarse a la época en que se verificaba, y contemplar con interés, el grandioso espectáculo de la lucha de dos civilizaciones, ambas antiguas, de las cuales una moría y la otra empezaba a aclimatarse en nuestro suelo. Llamaron a todos los menesterosos; y en vez de contentarse con dar oídos a los que pedían su ayuda, iban ellos mismos a buscarlos a sus moradas, arrostrando todo género de peligros. Así fue como dieron principio a otra conquista más suave; sin valerse de otras armas que la palabra y el ejemplo; así es como se esparcieron por el territorio nacional, descubriendo nuevos países, impulsando los adelantos de la geografía, estudiando la historia y las lenguas indígenas, perfeccionando la agricultura, introduciendo nuevas artes, y ganando al mismo tiempo prosélitos del cristianismo y de la civilización.

     Convendrá dar algunos apuntes biográficos de varios, que no por haber vivido en el retiro son menos acreedores a las miradas de la posteridad. Empezaremos por el fundador de la Provincia de Méjico.

Fray Domingo de Betanzos

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Nació este varón insigne en León, España, en 1480, y murió en Valladolid el 14 de Septiembre de 1549.

     Quien fuera el fundador de la Provincia Dominica de Santiago en México, nació en León, España, entre el año de 1470 y 1480. Su nombre de pila era Francisco, pero al convertirse en fraile dominico decidió cambiarlo por Domingo, como el fundador de su orden. Fue enviado por sus padres a estudiar a la Universidad de Salamanca, donde destacó como un brillante alumno. Más tarde sintió el llamado de Dios a la vida contemplativa e inició un viaje por Europa hasta que finalmente regresó a Salamanca donde, por consejo de su amigo Pedro de Arconada, decidió ingresar a la Orden de Predicadores alrededor de 1510.

     Rápidamente recibió un gran número de novicios y, preocupado por enfrentar tal responsabilidad en solitario, le pidió a Fray Martín de Valencia–con quien llevó una gran amistad- que si moría antes de que algún sacerdote de su Orden llegara a ayudarlo, se encargara de velar por su convento y novicios enviando un sacerdote que les oficiara misa. Sin embargo esto no fue necesario porque pronto volvió de España Fray Vicente de Santa María, acompañado de otros seis religiosos. En el primer capítulo que se celebró, Fray Domingo fue electo vicario general; fundó el convento en Tepetlaoxtoc, al oriente de Texcoco y viajó a Guatemala para fundar la Orden. (3)

     En la Española lo contemplamos entregado a la sublime tarea de la predicación y de la conversión de los indios a la vida civil. “No trabajó menos el santo en plantar la fe en los indios, que en reformar el desorden en muchos españoles. Es lástima aún ahora acordarnos de las crueldades y fierezas que nuestros españoles usaron, en particular en aquella isla y su comarca en los pobres indios”. Así se expresa a este respecto el P. Fr. Agustín Dávila Padilla; y en otro lugar de su crónica añade: “Bien se ha aparecido por los efectos cuan maltratados han sido los indios, pues ha quedado ya su tierra despoblada con haber sido tan famosa. Todo se acabó y despobló por el rigor y crueldad de algunos capitanes y soldados que interpretando siniestramente las justas leyes de los reyes católicos, llamaban promulgación pacífica su violenta demanda de oro”.

     Hacia este tiempo aún se usaban los repartimientos o encomiendas, especie de servidumbre contra lo que tanto combatió el ilustre Las Casas. Del cronista ya citado tomamos este dato sobre una de las ocupaciones a que solían los encomenderos dedicar a los infelices que les estaban sujetos: “Enviaban a los indios a que buscasen oro en los ríos, y a las indias a que cultivasen las tierras en sus propias granjas y sembrados, sin darles de comer,  más que una libranza en las yerbas y raíces del campo, y sin más paga que un ordinario disgusto de sus trabajos pareciéndoles a los amos poco lo hecho, respecto de los que los hambrientos de riqueza deseaban.” (4)

Tiempo después llegó un tercer grupo de dominicos, provenientes de La Española con autoridad de su capítulo general para sujetar a los frailes establecidos en tierra continental a la isla, situación que llevó a Fray Domingo a viajar a Roma para pedirle a S.S. Clemente VII que la Nueva España se convirtiera en provincia. El Papa accedió a su petición y de esta manera nació la Provincia de Santiago. A su regreso a tierras americanas llevó consigo a un grupo de religiosos de Castilla, entre quienes se encontraban Fray Pedro Delgado y Fray Tomás de San Juan.

    Él fue el constante patrono de los indios, y abogó siempre porque se les tratase con los miramientos debidos a su dignidad de hombres. Con este objeto, y para dar una lección severa a los que medraban con el trabajo y vida de los infelices naturales, desecho siendo prior de este convento la propuesta del gobernador Alonso de Estrada, que tenía comisión del emperador para dar pueblos en encomienda, sobre que los de Cuitlahuac, Mexquic, Zumpango y Xaltocan, que están fundados en la laguna, tributasen al convento de Santo Domingo, en pescado fresco, lo que habían de tributar en dinero y maíz a otro encomendero.

     Por esta misma causa rehusó siempre admitir rentas y tener haciendas, aunque con importunos ruegos le ofrecían los ciudadanos de Méjico grande cantidad de dinero y posesiones.

     Le pareció más conforme al espíritu de su instinto vivir de mendicidad; y consecuente con esta idea enviaba diariamente a sus frailes por las calles de dos en dos con árgueñas al hombro, que pidiesen la comida por amor de Dios. Si alguno de estos buenos religiosos, salvando los umbrales de la muerte, apareciese hoy en medio de nosotros, ¿qué pensaría de nuestras contiendas por unos bienes que vieron ellos con tanto desprecio y aún aversión?

     Se vestían los frailes como dice el cronista ya citado “de una jerga gruesa que se hacía entonces. Era el sayal muy tosco y las ropas cortas y angostas, por el orden que mandan las constituciones. La túnica era una ropa a raíz de las carnes, y luego el hábito llamado saya, y escapulario y capilla de los mismo.”

     Todos, aún los prelados, caminaban a pie, y no había excepción de esta regla ni tratándose de largas distancias, como de Méjico a Tehuantepec. Sería verdaderamente pasmoso ver a un anciano como Fr. Domingo, atravesar las ásperas serranías de Oaxaca y Chiapas para ir a fundar su orden a Guatemala: al volver a la capital encontró a Pedro de Alvarado, que ya sincerado en la corte de los cargos que contra él pesaban, regresaba a Guatemala como gobernador y capitán general de aquellas provincias.

     Cuando llegaron a la capital la hallaron dividida en dos bandos; pero en lugar de entrar a las filas de alguno y atizar la discordia, emplean todos los recursos que les ministraban su ingenio y su sagrado carácter, en conjurarla o por lo menos aplicarle algún remedio. “Rogaban a unos, suplicaban a otros, se ponían de rodillas a los pies de quien querían persuadir dejase el enojo contra su prójimo.”

     Envió a Roma al padre Fr. Bernardino de Minaya, para que obtuviera una bula del papa Paulo III, para pedirle una declaración de que los indios son hombres y capaces de sacramentos. Consta la declaración de S.S. en una bula, que, por no ser conocida de todos nuestros compatriotas, nos parece que no será mal vista en este lugar.

 El documento a que nos referimos, traducido del latín, es del tenor siguiente:

“Paulo Papa III. A todos los fieles cristianos que las presentes letras vieren, salud y bendición apostólica. La misma verdad, que ni puede engañar ni ser engañada, cuando enviaba los predicadores de su fe a ejercitar este oficio, sabemos que les dijo: “Id y enseñad a todas las gentes”. A todas, dijo, indiferentemente, porque todas son capaces de recibir enseñanzas de nuestra fe. Viendo esto y enviándolo el común enemigo del linaje humano, que siempre se opone a las buenas obras para que perezcan, inventó un modo nunca antes oído, para estorbar que la palabra de Dios no se predicase a las gentes, ni ellas se salvasen. Para esto movió algunos ministros suyos, que deseosos de satisfacer a sus codicias y deseos, presumen afirmar a cada paso que los indios de las partes occidentales y las del mediodía, y las demás gentes que en estos nuevos tiempos han llegado a nuestra noticia, han de ser tratados y reducidos a nuestro servicio como animales brutos, a títulos de que son inhábiles para la fe católica; y so color de que son incapaces de recibirla, los ponen en dura servidumbre en que tienen a sus bestias apenas es tan grande como la con que afligen a esta gente. Nosotros, pues, que aunque indignos, tenemos las veces de Dios en la tierra, y procuramos con todas fuerzas hallar sus ovejas, que andan perdidas fuera de su rebaño, para reducirlas a él, pues es este nuestro oficio, conociendo que aquestos mismos indios como verdaderos hombres, so solamente son capaces de la fe de Cristo, sino que acuden a ella corriendo con grandísima prontitud, según nos consta: y queriendo proveer en estas cosas de remedio conveniente, con autoridad apostólica, por el tenor de las presentes, determinamos y declaramos, que los dichos indios y todas las demás gentes que de aquí adelante vinieren a noticias de los cristianos, aunque estén fuera de la fe de Cristo, no están privados ni deben serlo de su libertad, ni del dominio de sus bienes; y que no deben de ser reducidos a servidumbre: declarando que los dichos indios y las demás gentes han de ser atraídos y convidados a la dicha fe de Cristo, con la predicación de la palabra divina y con el ejemplo de la buena vida. Y todo lo que es contrario de esta determinación se hiciere, sea en sí de ningún valor ni firmeza: no obstante cualesquiera cosas en contrario, ni las dichas, ni otras, en cualquier manera. Dada en Roma, año de mi quinientos treinta y siete, a los nueve de Junio, en el año tercero de nuestro pontificado.”

     Con declaración tan solemne alcanzó Betanzos una victoria que ya nadie se atrevió a disputarle. (5)

Nuevas empresas – Última peregrinación

Fundado estaba el edificio de su religión: se veía enarbolado en la cima el magnífico estandarte donde había escrito “Amparo y protección a los desvalidos”. Para lograr que esta enseña llegara a todo el territorio nacional y todos sus habitantes, el buen fraile no sólo emprendió viaje a Guatemala y fundó el primer convento de aquella provincia, sino que procuró y realizó el establecimientos de otros en las cercanías de Méjico, y aún en los distritos más lejanos como la Mixteca, enviando a este fin a sus religiosos.

     Fruto de este celo, fue por de pronto el convento de Tepletlaoxtoc, dedicado a Santa María Magdalena. Enseguida, y cuando vinieron de España otros ocho religiosos, se fundaron las casas de Oaxtepec, donde aprendieron la lengua mejicana, y sucesivamente las de Chimalhuacan, Chalco y Coyohuacan. En una palabra, el año de 1591 tenían ya los religiosos dominicos en nuestro país sesenta y seis casas, con el competente número de conventuales, en las que se enseñaban las lenguas indígenas, habiendo algunos que sabían hasta siete y predicaban en todas.

     Más perdamos de vista por un momento el principio y adelantos de la orden dominicana en Méjico, para seguir al P. Betanzos en sus últimos días. Su vida fu una peregrinación sobre la tierra; su carrera abraza al mismo tiempo otras carreras, y la aptitud que tiene para una la acredita para todas: por eso le vemos en el claustro perfecto cenobita, en la predicación ardiente apóstol, en la ciencia letrado distinguido, y en la sociedad cristiano severo y filántropo sublime.

     Pero el noble viajero se acercaba a la meta que había tenido siempre a la vista, y cansado del camino, sólo deseaba reposar en el Señor. Todas las épocas de su vida están señaladas por otras tantas peregrinaciones, y le había llegado su vez la última. Cuando joven le vemos dejar a Salamanca, y encaminarse a Roma: de allí parte a sepultar esta misma virtud en el retiro de la isla de Ponza: cinco años después regresa a Salamanca y viste el hábito de Santo Domingo en el convento de San esteban; enseguida toma el báculo y las sandalias para dirigirse a Lúcar, donde se embarcó rumbo a la Española: de esta isla viene a Méjico; de aquí va a fundar su orden a Guatemala; vuelve luego que ha llenado cumplidamente su objeto, y emprende de nuevo el camino a Roma para solicitar de la Santa Sede la independencia de la provincia de Méjico. Y cuando agobiado por los años, pero no abatido, quedan atónitos al observarle emprendiendo una nueva peregrinación en compañía del P. Fr. Vicente de las Casas. Quiere morir en tierra Santa.

     Fue un hombre austero y virtuoso que impuso un régimen de pobreza entre sus condiscípulos quienes lo siguieron a pie, con hábitos pobres y negándose a recibir rentas, evangelizando a los indios durante treinta años hasta que la necesidad los obligó a andar a caballo y a recibir rentas. Así lo describe Fray Gerónimo de Mendieta: “varón de gran santidad (…) hombre austerísimo en el rigor de la penitencia en su propia persona, ejemplar y maestro de toda virtud (…)”

     Defendió la racionalidad de los indios ante aquellos que argumentaban lo contrario, para lo cual escribió a Paulo III con el objetivo de que se pronunciase al respecto, “no porque hubiera duda sobre la materia, sino para dar mayor autoridad, definitiva, a lo que de antemano se sabía y practicaba”. En efecto, ni él, ni los demás misioneros, ni muchos conquistadores dudaron de la racionalidad de los indígenas, puesto que desde un inicio procuraron su conversión y bautismo. No obstante, hubo quienes sí lo creían y actuaban en consecuencia –como los miembros de la Primera Audiencia- por lo que los esfuerzos de Fray Domingo se sumaron a los de otros religiosos para frenar aquél error. Su carta fue llevada a Roma junto con otras misivas como la de Fray Julián Garcés, por el religioso Fray Bernardino de Minaya. De estas cartas enviadas por aquellos que emprendieron la defensa del indígena en Las Indias se desprendió la bula Sublimis Deus de S.S. Paulo III.

     Fray Domingo planeó junto con sus amigos Fray Juan de Zumárraga y Fray Martín de Valencia, armar una expedición para ir a predicar a la región de Filipinas; sin embargo ya estando en Tehuantepec para embarcarse, no les fue posible hacerlo debido a que los barcos mandados a construir por Hernán Cortés para este propósito fueron estropeados por la polilla. La expedición no se llevó a cabo en ese momento, ni con esos actores, pero más tarde llegarían los misioneros a esas lejanas tierras asiáticas vía Nueva España. La amistad entre Zumárraga y Betanzos se mantuvo hasta la muerte del primero, quien falleció acompañado de su amigo, como siempre lo deseó. Fray Domingo de Betanzos murió el 14 de septiembre de 1549 en la ciudad de Valladolid, durante un viaje que realizaba a España. (6)

     La noticia de la muerte de Betanzos se propagó en España y América, en todas partes se consideró la pérdida de este hombre como una calamidad. Valladolid, se conmovió, y todos sus moradores se agolpaban a la puerta del convento pidiendo que se les permitiera contemplar los restos del varón esclarecido, muerto en olor de santidad.

     Consagrado a las tareas apostólicas de una manera exclusiva, si bien atesoraba buenos conocimientos en todas materias, apenas tuvo tiempo para escribir. La única obra suya que ha llegado a nuestra noticia tiene por título Adiciones a la doctrina cristiana, que compuso Fr. Diego de Córdoba.

     Pero sujetos como el héroe de esta historia, no han menester estampar su nombre en la portada de un libro para legar su memoria a la posteridad. La vida de Fr. Domingo Betanzos es la de un modesto religioso, pero un religioso ajustado a los preceptos del antiguo instituto, y a las exigencias de todas las sociedades y de todos los tiempos: resplandece en ella el verdadero discípulo de Jesucristo, digno de estima por las obras y por los subidos quilates de la virtud. Al seguirla en todo su curso y peripecias, el corazón no puede menos de prendarse de un hombre que tan ardientemente profesaba el culto de Dios y de la humanidad, llevando el amor divino hasta la abnegación, y el de sus hermanos hasta el sacrificio.

Nuevo servicio

En 1545, la peste atacó sólo a los naturales, y en los seis meses que duró hizo desaparecer cinco partes de la población de esta raza, aunque Dávila Padilla (7) asegura que no fallecieron más que ochocientos mil individuos. Padilla religioso dominico nacido en México y muerto en 1604, fue arzobispo de Santo Domingo. Se destacó por haber escrito la historia de su orden en la provincia de México, una obra clásica, de consulta obligada para los estudiosos de dicha temática, que tuvo una amplia difusión por América en el siglo XVII.

      Dio datos precisos no sólo de la obra apostólica de los dominicos en México, sino también del mismo proceso histórico y cultural de dicha colonia en el siglo XVI. Puede considerarse así una historia de los dominicos de la provincia y de la propia provincia, aunque para esto último adolece de un gran defecto, que es la ausencia de cronología.

     Ya se ha dicho cuanto trabajó Fr. Domingo Betanzos por la libertad de los indios. Pero los insignes triunfos que alcanzó sobre los interesados en mantener la esclavitud, solo sirvieron al principio para exacerbar las malas pasiones de estos, y si bien pudo afirmarse que había salido vencedor en teoría, los encomenderos se encargaron de probarle que era fácil y hacedero frustrar sus miras en la práctica. Los repartimientos seguían en vigor, y conforme al antiguo sistema.

     Verdad es que por influjo del venerable Las Casas, el emperador había prevenido en una ley “de que se tuviera cuidado de que los españoles trataran bien a los naturales pues eran tan libres como ellos; pero tanto esta como otras hidalgas disposiciones eran eludidas por los encargados de cumplirlas, cediendo a las instancias de los muchos que pretendían seguir viviendo del jugo de las encomiendas. Ni aún la comisión del visitador Tello surtió efecto.

     Se juntaron efectivamente en esta ciudad todos los obispos, menos el de Chiapas, que ya lo era Fr. Bartolomé de Las Casas a quien el virrey Mendoza detuvo a algunas jornadas de aquí para sustraerlos a los insultos de los encomenderos, que le odiaban como a mayor enemigo; y si bien es cierto que de esta junta, especie de concilio provincial, a la que concurrieron igualmente los superiores de San Francisco, San Agustín y Santo Domingo, nada resultó desde luego favorable a la mira con que se había convocado, todavía sirvió para mover la cuestión de si era o no lícita la esclavitud de los indios, que se trató animosamente en otra conferencia posterior.

     No quiso el virrey que asistiesen a ella los obispos, porque siendo protectores de ellos los encomenderos, se dijo que indudablemente resolverían a su favor: pero si asistieron además de nuestros frailes muchos otros eclesiásticos de probada virtud y ciencia, y unánimes resolvieron que por ningún título era lícita la esclavitud de los mejicanos, y que a los que hasta entonces habían estado en ella, debía darse libertad. Además de esto los obispos en varias sesiones, decretaron que los encomenderos negligentes en tener ministros eclesiásticos en sus repartimientos que enseñaran la doctrina cristiana y administraran los sacramentos a aquellos neófitos, fueran privados de sus encomiendas y compelidos a restituir todo lo que de ellos habían percibido, cuyo producto se aplicaría a la enseñanza de aquellos y de otros indios.

Fr. Domingo de Santa María (8)

La caridad era lo que consistía el ser moral e intelectual de nuestros primeros misioneros. De aquí ese celo inaudito con que trataban de abarcar al hombre en todas sus relaciones, y seguirle en todas las situaciones de la vida para derramar en cada una un beneficio; de aquí ese empeño altamente fecundo que convertirá al misionero en instrumento de la creencia religiosa y en obrero de la civilización. Lo vemos prácticamente en Fr. Domingo de Santa María.

     Así como Betanzos y Las Casas son los políticos por excelencia de la orden dominicana, el personaje de que vamos a hablar es el tipo social más acabado de que con justicia puede gloriarse. Nada se sabe de sus primeros años: todo lo que ha llegado a nuestra noticia es que fue natural de Jerez de la Frontera, y que en su juventud vino a Méjico con su familia, que se avecindó en esta capital. En ella vivieron con honra y distinción merced a su buen comportamiento, siendo el joven uno de los que se aventajaban en su clase en decencia y apostura.

     Cuando la vida le ofrecía más halagos y seducciones, decidió entrar al claustro. Dos años después le vemos convertido en un fraile austero y riguroso consigo mismo, pero a la vez indulgente y amable con los demás. Se imaginaron todos que la finura de sus modales, su porte caballeroso y la estrecha amistad que le ligaba con personas de alto puesto, le hacían a propósito para residir en la ciudad, donde su permanencia podía ser provechosa a su convento: así era la verdad; pero el abrigaba pensamientos más nobles, aspiraciones más encumbradas y profesando en toda su extensión el principio de que nadie es apóstol en su tierra, solicita y obtiene del superior el permiso de ir a establecerse en el convento recién fundado de Yanhuitlan, pueblo de la Mixteca.

     Su primer cuidado allí es aprender la lengua de los naturales, en cuyo estudio llegó a hacer tales progresos, que en breve sólo fu capaz de enseñarla, sino de reducirla a reglas, y escribir en ella un tratado de la doctrina cristiana.

     Él fue el primero que puso en arte y enseñanza aquella lengua. Era entonces gran trabajo de los religiosos en aquella tierra: porque como no había más de un convento, salían de allí por toda la comarca, que es tierra muy despoblada y áspera, y sin el alivio que ahora hay, haber casas de la orden por toda aquella provincia, adonde recogerse el que visita, cuando tuviere ocasión cuando se visita. No se contentaba este bendito padre con mandar la mano derecha dando la enseñanza para los bines de espíritu.

     Él fue el que enseño a los indios a criar seda, conociendo la buena disposición de aquella provincia para esto, y plantó e hizo plantar los morales, que han sido tan provechosos en este trato. Dio a entender a los indios el cuidado que habían de tener en esperar los gusanos y criarlos. También les enseñó a poner a mano los nopales para criar grana, porque antes no había más que algunos tunales silvestres, donde se daba alguna cochinilla de grana: y este prudente religioso les enseñó a hacer grandes huertas de tunales chiquitos, que llaman nopales. Hizo que los indios poblasen estancias.

     Sin embargo, algún tiempo después, acatando una orden de su prelado y electo prior, tuvo que dejar Yanhuitlan con gran sentimiento de sus moradores, y volvió a Méjico, donde residió hasta su muerte, que se verificó siendo provincial. No hace muchos años todavía recordaban los pueblos de la Mixteca con efusión de gratitud el nombre de su buen padre Fr. Domingo de Santa María.

Fr. Bernardino de Minaya (9)

     Apóstol no de la Mixteca, sino de la Zapoteca que linda con ella fue el P. Minaya, y en su conducta no se desvió un ápice de la observada por el buen religioso cuya vida acabamos de bosquejar. Más por cuanto se advierte una semejanza casi completa entre una y otra, excusaremos pormenores acerca de la del P. Minaya, y sólo referiremos un incidente ocurrido en su viaje a los lugares donde iba a doctrinar.

Cuenta el P. Motolinia, (10) contemporáneo del suceso:

“Vino aquí a Tlaxcallan un fraile domingo llamado Fr. Bernardino Minaya, con otro compañero, los cuales iban encaminados a la provincia de Oaxyecac (hoy Oajaca): a la sazón era aquí en Tlaxcallan guardián nuestro padre de gloriosa memoria Fr. Martín de Valencia, al cual los padres dominicos rogaron que les diese algún muchacho de los enseñados, para que los ayudase en lo tocante a la doctrina cristiana.


Bibliografía

Los dos últimos tercios del siglo XVI forman en la historia del convento el periodo de su mayor esplendor, su edad de oro. Referir no ya los sucesos históricos enlazados con su existencia o determinados por la propagación de su doctrina, sino meramente los hechos privados de sus hijos, los triunfos alcanzados en sus predicaciones, las conquistas de su ciencia sobre la ignorancia y la barbarie, la vida, digámoslo así, individual, doméstica de la orden; referir sólo esto, decimos, es materia de una labor especial que no emprenderemos por no desviarnos de la senda que seguimos, y que daría por fruto algunos interesantes volúmenes. Más a pesar de esta consideración no es dable pasar en silencio los nombres de varios religiosos que a los merecimientos de los que se distinguieron en el apostolado, supieron unir la gloria de producir obras con que se honra nuestra literatura, para lo cual fueron movidos, no por la vanidad, sino por el deseo de ser útiles participando a la sociedad los conocimientos adquiridos a fuerza de estudio y pacientes investigaciones.

     He aquí un catálogo de esos hombres beneméritos:

Fr. Benito Fernández

Escribió un tratado de la doctrina cristiana en lengua mixteca.

Fr. Pedro de Feria

Compuso una obra a que dio por título: Confesionario zapoteco.

Fr. Diego de Carranza

Nos dejó un tratado de la doctrina cristiana en lengua Chontal

Fr. Diego de Santa María

Fue provincial, imprimió en lengua mixteca la doctrina cristiana y las epístolas y evangelios.

Fr. Diego Durán

Nació en Méjico, escribió dos libros, uno de historia y otro de antigüedades mexicanas, que es, según Dávila Padilla, la cosa más curiosa que en esta materia se ha visto; y aunque no llegaron a imprimirse en su totalidad, parte de ellos lo fue ya en la Historia Natural y Moral de Indias, del padre José Acosta.

Fr. Alejo García

Imprimió en Méjico el Calendario perpetuo.

Fr. Juan de Córdoba

Escribió vocabulario de la lengua zapoteca.

Fr. Francisco Alvarado

Escribió vocabulario mixteco.

Fr. Antonio de los Reyes

Imprimió gramática de la lengua mixteca, con algunas curiosidades para entender la cuenta de los años y tener luz en las historia de indios.

Fr. Luis Rengino

Supo las lenguas mejicanas, mixteca, zapoteca, mije, chochona y tarasca, escribió algunos tratados en estas lenguas.

 

 

Fr. Antonio Dávila

Escribió la lengua de la gramática mejicana.

Fr. Agustín Dávila Padilla

Hermano del anterior, nació en Méjico, el año de 1562, siendo sus padres, D. Pedro Dávila y Doña Isabel Padilla.

A los diez y seis años de edad recibió en la Universidad literaria el grado mayor de maestro en artes y a pocos meses el hábito de Santo Domingo, en cumplimiento del voto que había hecho por haberle Dios librado de perecer bajo las ruinas de su casa. Fue lector de filosofía y teología en los colegios y conventos de Puebla y de Méjico.

El introdujo la costumbre de que sus hermanos en América llevasen el rosario descubierto por encima del escapulario, lo que no usan los dominicos de Europa.

Su doctrina, celo y elocuencia, le merecieron de Felipe III los títulos de predicador, y cronista de las Indias, y la mitra de la iglesia primada de Santo Domingo, a donde pasó ya consagrado en 1601.

Gobernó su iglesia cuatro años, habiéndose distinguido por su caridad y por haber vivido como religioso en una celda del convento de su orden. Murió este digno prelado en la corta edad de cuarenta y dos años en 1604.

Tenemos de su pluma:

Historia de la provincia de Santiago de la N.E. del Orden de Santo Domingo, impresa en Madrid en 1596, reimpresa en Bruselas en 1625, fol. Y en Valladolid en 1634.

Historia de las antigüedades de los indios.

Su estilo:

Sencillo, natural y a veces ameno; en su lenguaje campea la soltura y gallardía de la buena locución del siglo XVI.

 

Decadencia de la orden dominicana en el siglo XVII

Amortiguado el fervor primitivo, se iba infundiendo el espíritu del mundo en las costumbres de sus hijos, y a la estrecha observancia de la regla sucedía la vida meramente vegetativa de la celda, o lo que es peor, la ingerencia en asuntos cortesanos y las controversias fútiles suscitadas por el espíritu de escuela. Caía en desuso la santa pobreza de los buenos tiempos, y se levantaba en su lugar el deseo de amontonar tesoros: ya no basta el pan de cada día; han tomado cuerpo las necesidades, y mientras se apaga el amor de los bienes del cielo, se encienden unas y más el anhelo por los bienes instables de fortuna. El estado de la comunidad, que representa las nuevas exigencias y el desahogo con que se cubrían, llamaba la atención: era el de la prosperidad material.

     Pero en cambio ¡cuán lejos estaba ya del objeto primario de su instituto! Los religiosos abandonaban las misiones para aglomerarse en los conventos de las capitales; la palabra eterna carecía ya de órganos en el desierto, donde los naturales reincidían en las abominaciones de su culto sanguinario, mientras los que antes desempeñaban aquel sagrado oficio hacían resonar los templos con sermones  repulidos y amanerados, buenos para contentar el oído, pero que no arrancaban una lágrima.

     Nuestra orden volvía la espalda a los indios y hacía las paces con los opresores: se divorciaba de la caridad y estrechaba afectuosamente la mano de la inquisición.

     Más apartemos ya la vista del cuadro que presenta la existencia del convento en lo general, y fijemos la atención en un hecho en particular con ella enlazado, que a primera vista parecen formar una misma entidad.

La procesión de la Cruz Verde

Invitamos al curioso lector a que atraviese con nosotros el espacio lóbrego de los años pasados hasta llegar al de 1649. Es la tarde del 10 de abril. En las calles se agita un inmenso concurso.

     ¡A la procesión! ¡A la procesión! Se oye exclamar por todas partes en diferentes tonos ¡a la procesión de la Cruz! ¡a la procesión del Santo Oficio! ¡de Santo Domingo a la plaza del Volador! ¡a ganar las indulgencias! Sale de Santo Domingo la procesión del auto de fe.

     Dos muros humanos se extienden paralelamente desde la plazuela de Santo Domingo hasta la del Volador, ocupando las aceras de las calles de la Encarnación, del Reloj y Palacio hasta el Puente del mismo nombre. Los balcones están engalanados con infinita variedad de vistosas cortinas; en ellos, así como en las azoteas, se ven grupos de personas de ambos sexos y de todas edades y condiciones: desde el esclavo negro que platica y ríe con sus camaradas en la azotea de la casa del gran hacendado o del oidor; desde la rica y noble señorita que no tiene otro interés ni más ahínco que descubrir allá bajo sus pies, o en la acera de enfrente al dulce imán de sus inocentes suspiros, hasta el anciano de cabellos blancos que apenas logra ver formas confusas, y la dama cincuentona, devota y arriscada a un tiempo, que así se pavonea y reverdece a la vista de un elegante caballero, como se santigua y se da golpes de pecho, cuando considera la desventura de los judíos y herejes que van a ser quemados vivos.

     Pero donde más carga la muchedumbre, es en las esquinas, junto a las cuales se arremolina. Mientras esto pasa, los clamores de las campanas no cesan, y la procesión tan ansiada atraviesa apenas con las detenciones de costumbre, la plazuela de Santo Domingo.

Solemne auto de Fe celebrado en México en 1649

Fuente: http://www.angelfire.com/extreme/genio/criptojudios.html

     Doce alabarderos de librea vienen abriendo paso. Siguen los ministros de vara –bastón que por insignia de autoridad usaban los ministros de justicia- y familiares del tribunal, los comisarios con bastones dorados, la nobleza y caballeros de órdenes militares ricamente vestidos, y por remate al Sr. D. Fernando Altamirano y Castilla, conde de Santiago, que lleva el estandarte de la Inquisición, cuyas borlas sostienen dos caballeros de Calatrava y Santiago, sobrinos del arzobispo.

Fuente: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:ESTANDARTE_INQUISICI%C3%93N.jpg

     Inmediatamente detrás del conde de Santiago, sigue su hijo D. Juan, adelantado de Filipinas, y el alguacil mayor del Santo Oficio D. Juan Soaznabar y Aguirre.

     Advertimos de paso que la casa de los condes de Santiago ha disfrutado siempre la distinción de llevar en casos tales el estandarte. En efecto, si subimos hasta el primer auto de fe celebrado en Méjico en 1574, en el que vemos que le saca Diego de Ibarra, caballero de la cruz de Santiago y abuelo de la condesa de Santiago Doña María de Velasco, prima y mujer de D. Fernando Altamirano: y en 1600, que fue la segunda vez que salió el estandarte, le sacó D. Juan Altamirano, padre del citado D. Fernando. Volvamos a la procesión.

     Después del estandarte caminan las comunidades de religiosos mezclados entre sí, luego los consultores y calificadores del tribunal con las insignias, después la religión de predicadores con vela en mano, y a su cabeza el padre prior, llevando la cruz Verde.

     La capilla de coro de la Catedral va entonando el himno de la Santa Cruz Vexilla Regis.

1. Vexilla regis prodeunt:

fulget Crucis mysterium,

quo carne carnis conditor,

suspensus est patibulo.

 

2. Quo vulneratus insuper

mucrone diro lanceæ,

ut nos lavaret criminae,

manavit unda sanguine.

 

3. Beata,cuius brachiis

sæcli pependit pretium;

statera facta est corporis

prædam tulitque tartari.

 

4. O Crux,ave,spes unica,

hoc passionis tempore:

auge piis justiam,

reisque dona veniam.

 

5. Arbor decora fulgida

ornata regis purpura,

electa digno stipite,

tam sancta membra tangere.

 

6. Te,fons salutis,Trinitas,

collaudet omnis spiritus;

quos per crucis mysterium

salvas fove per sæcula. 

Amén.

Las banderas del Rey aparecen:

resplandece el misterio de la Cruz,

donde el creador de la carne en carne,

está suspendido en un patíbulo.

 

Donde herido además

por la punta terrible de la lanza,

para lavarnos de la acusación,

manó agua con sangre.

 

Dichosa tú, de cuyos brazos,

estuvo pendiente el rescate del mundo;

se hizo balanza de su propio cuerpo

y arrebató la presa del infierno.

 

Salve, oh Cruz, esperanza única,

en este tiempo de pasión:

aumenta a los justos la santidad

y a los pecadores concede el perdón.

 

Oh árbol bello y refulgente

hermoseado con la púrpura del Rey,

escogido del más digno tronco,

para tocar tan santos miembros.

 

¡Oh Trinidad, fuente de salvación!,

que todo espíritu te alabe;

a los que por el misterio de la Cruz

salvas, guárdalos del mal por siempre.

Así sea.

José Ignacio Busta, o.s.a. 

http://blogelbuenconsejo.blogspot.mx/2011/04/canto-gregoriano-himno-vexilla-regis.html

     Pero ya comienza a entrar la noche: las luces que llevan los frailes en la mano se ven arder con más brillo; aumenta la confusión y el desorden en las gentes que pueblan las calles del tránsito de la procesión, y llega esta al fin a la plazuela del Volador, donde ya de antemano está dispuesto un tablado y un altar en que colocan la cruz y cantan las preces y oraciones de estilo.

     La construcción de este tablado se remató en acta pública en Marcos de Moya y Bartolomé Bernal, encargados de las obras del Santo Oficio, en siete mil pesos el teatro y dos mil ochocientos ochenta la vela, a cuyas cantidades se añadieron después sumas no pequeñas por nuevos agregados. En los tres meses que ha durado la fábrica, hubo excomunión para los curiosos que se acercasen a verla, aunque muchos lo consiguieron mediante licencia.

     Arrimado junto al convento de Porta-Coeli se ve también un tablado en que se han dispuesto alojamientos para los jueces. Para comunicarle con el convento ha sido menester romper una ventana. En la medianía, sobre una fachada, está colocado un dosel negro con las armas reales bordadas de oro; además una mesa revestida de terciopelo negro, almohadas y sillas correspondientes, y tintero de plata para el tribunal. Ocho columnas de orden dórico jaspeadas adornan esta fachada, y en su frontis se leen estas palabras: Pax bovis, et ostendit  eis manus et latus, que es el texto de San Juan que ha de servir de tema al sermón que se predicará en este lugar.

     Del lado de la Universidad se eleva la media naranja con asientos para los reos, sostenida por cuatro arcos decorados con los escudos de Santo Domingo, Inquisición y San Pedro Mártir. En el centro está colocada una cruz de verde y oro. De esta media naranja parte una crujía hasta el centro de todo el tablado, donde se ve el asiento que será ocupado mañana por cada reo al oír su causa y sentencia. Frente a la media naranja está el altar para la cruz verde y dos púlpitos, uno para el sermón y otro para la lectura de causas, comunicados ambos y con la mesa de los secretarios por crujías. Dos escaleras, una al lado de la Universidad para los reos, y otra de los Flamencos para los inquisidores, dan paso al tablado, además de otras treinta para los muchos convidados, así de corporaciones como de gente principal de ambos sexos.

     Completan este adorno magníficas colgaduras de terciopelo carmesí, asientos cómodos y decentes, cien blandones de plata que sostienen cirios de cuatro pábilos, y una multitud asombrosa de hacheros igualmente de plata con sus correspondientes luces, todas las cuales producen una espléndida iluminación.

     Terminadas las preces y oraciones, los padres dominicos despiden a las demás personas que formaban la comitiva, y se quedan ellos en el tablado para velar la cruz toda la noche.

Fuente: www.,ilenio.com

Historia

Entretanto procuremos arrancar algunos secretos a las pasadas edades.

¿Qué concurso de causas hizo importar de Europa a Méjico, nación nueva y casi inculta, la institución terrible que ha preparado estos espectáculos imponentes llamados autos de fe?


Fuente: http://inquisicionenmexico.blogspot.mx/ ; http://cparanormal.blogspot.mx/2013/12/la-piedra-maldita-de-las-estacadas.html

Explicación del Escudo de la Santa Inquisición

• Alrededor del Escudo esta la inscripción: “Exsurge, Domine, iudica causam tuam” (Ps 73, 22).

• Santa Cruz con dos travesaños simboliza autoridad Arquiepiscopal.

• IM: Inquisitio Mexici

• Color de la Cruz es verde y simboliza esperanza de salvación eterna para herejes reconciliados con la Iglesia Católica.

• El fondo del Escudo es negro y simboliza luto de la Iglesia Católica por los herejes contumaces.

• Ramo de olivo simboliza paz para los herejes reconciliados con la Iglesia Católica.

• Espada simboliza justicia para herejes contumaces.

• El mundo con zarza que ardía sin consumirse (Exodus 3, 1-6) simboliza que los herejes nunca van a conseguir a destruir a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. (11)

 

     La Inquisición, esto es, el tribunal instituido para descubrir y castigar la herejía, y otros crímenes contra la religión.

     La Inquisición medieval surgió en 1184 con el papa Lucio para acabar con la herejía cátara en el Sur de Francia. Con la bula, de creación se exigía a los obispos que interviniesen activamente en contra de dicha herejía y se les daba el poder de juzgar y condenar a los herejes.

     La Inquisición fue así un tribunal religioso de la ortodoxia católica cuya finalidad era imponer la fe católica y conseguir así una unidad religiosa. Para ello reprimían la superstición, la brujería y la herejía.

 

     El Tribunal de la Santa Inquisición (considerada ya la Inquisición “moderna”) fue implantado en España por los Reyes Católicos en 1478 para perseguir principalmente a los judíos ahora cristianos tras las conversiones masivas de ese siglo XV (papel de órdenes mendicantes, ataques a juderías, presión social y política, decreto de expulsión) y que eran acusados de seguir manteniendo su religión en secreto (“prácticas judaizantes”). En el siglo XVI se extendió a los moriscos, mudéjares convertidos forzosamente, y también se persiguió a algunos cristianos que no practicaban el catolicismo (protestantes en focos como Valladolid) y a personas acusadas por brujería (mayoritariamente mujeres). Para evitar la difusión de ideas heréticas publicaron varios índices entre el siglo XVI y el siglo XVII que eran una lista de libros prohibidos por razones ortodoxas donde, sobretodo, prestaban mucha atención a las traducciones vernáculas de la Biblia (la libre interpretación de la Biblia es un principio protestante). (12)

     Sin embargo, los abusos que a su sombra se cometieron, especialmente en el reinado de Felipe II, la hicieron acreedora a la más agria censura, sin que esta deba moderarse por la consideración de que la gravedad de mal a que se juzgó oportuno remedio, exigía un medicamento cáustico y proporcionado. No, la conducta de Felipe en esta parte, no se disculpa con que tenía que seguir una política esencialmente española, e impedir a todo trance la introducción en sus reinos de nuevas doctrinas de la reforma protestante, que tantas guerras y disensiones habían producido en el resto de Europa; tampoco puede invocar en su abono el que la atrocidad de las penas estaba en relación con las costumbres del siglo, todavía medio bárbaro, ni hallar apoyo en la concurrencia de la nación en todos sus órdenes, y las señales manifiestas de aprobación que daba a estos espectáculos sangrientos.

 

     Lo más de este hecho que puede colegirse, es que la nación se hacía cómplice del monarca, o que los pueblos aceptan casi siempre lo que se les da o impone, mayormente si lisonjea la parte corrompida del ser humano: panem et circenses tenía Roma y no aspiraba a más; España debía estar mucho más agradecida a su rey, pues no sólo le daba pan y toros según se expresa el ilustre Jovellanos, sino…autos de fe.

 

     De España vino la Inquisición a Méjico. He aquí lo que acerca de su establecimiento en nuestro país hallamos en un excelente artículo inserto en el Diccionario universal de Historia y Geografía: (13)

“Dependiente la Nueva España de la antigua, era forzoso que los asuntos de aquí siguieran en la debida proporción la marcha de los de allá, y de ahí es que la expulsión de los judíos y moros hecha en la metrópoli, atrajera medidas semejantes en las colonias, y así vemos que en el año de 1527 se dio aquí providencia para cumplimentar una cédula del emperador para arrojar del reino a los judíos o sus descendientes, y a los condenados por la Inquisición, embarcándose al efecto los que hubiere, con prohibición conminatoria de volver a él.

     El Tribunal sin embargo, de la Inquisición no se fundó aquí hasta mucho tiempo después. Algunos comisionados especiales con facultades inquisitoriales solían venir de vez en cuando; tal fue el Lic. Marcos Aguilar, el cual vino aquí con encargo de “entender en las cosas tocantes al Santo Oficio de la Inquisición” y el visitador D. Francisco Tello de Sandoval, que vino en tiempo del virrey Mendoza y a quién se le encomendó que durante su visita ejerciese las atribuciones de inquisidor, como latamente lo expone Herrera en la cédula por la que se le nombra visitador y se le dan las facultades e instrucciones anexas: de Fr. Francisco Martín de Valencia asegura expresamente Fr. Antonio Daza en la crónica de la Provincia de franciscanos, que ejerció el cargo de inquisidor.

     En el gobierno de la segunda Audiencia, según Herrera, se celebró una junta en Méjico, de que fue presidente el que lo era de la audiencia D. Sebastián Ramírez de Fuenleal, obispo de La Española, los oidores Salmerón, Maldonado, Ceinos y Quiroga, el conquistador D. Fernando Cortés, el arzobispo Zumárraga, los dos prelados de Santo Domingo y San Francisco, con dos frailes de cada religión en su compañía, Diego Fernández de Proañe, alguacil mayor, Bernardino Vázquez de Tapia, regidor, Francisco Ordoñez y Bernardino de Santa Clara, vecinos. En esta junta se determinó: “Que había gran necesidad de que se pusiese el Santo Oficio de la Inquisición, por el comercio de los extranjeros y por los muchos corsarios que platicaban por las costas, que podían introducir sus malas costumbres en los naturales y en los castellanos, que por la gracia de Dios se conservaban libres del pésimo contagio de la herejía, y tanto era más necesario, cuanto los pueblos castellanos estaban unos de otros muy remotos y apartados.”

     A consecuencia de la petición de esta junta, en que como hemos visto, estaban representadas todas las órdenes y clases del reino, y calificadas según las ideas del tiempo, la necesidad de establecer aquí el tribunal, se encargó por el rey al cardenal Diego de Espinosa, obispo de Sigüenza, presidente del consejo de Castilla, inquisidor general, nombrase inquisidores para los reinos de Nueva España, y en efecto eligió a los señores Dr. D. Pedro Moya de Contreras, que después fue arzobispo de Méjico, Lic. Juan Cervantes, que murió en el viaje, y Lic. Alonso Fernández de Bonilla, dean de la Catedral de Méjico, para fiscal. Se extendieron los términos de su jurisdicción a Guatemala y Filipinas, y quedó únicamente sometido el tribunal a la Suprema de Castilla.

     Los indios fueron expresamente exceptuados de su jurisdicción desde su creación. Por cédula real, fecha 16 de agosto de 1570, que he visto en el archivo municipal, se ordena a la ciudad, que “por cuanto el reverendo en Cristo padre cardenal de Sigüenza, presidente del consejo e inquisidor general, nombró inquisidores a D. Pedro Moya de Contreras y Lic. Juan Cervantes, se les dé para ellos y sus familias buenas posadas, que no sean mesones, y la ropa que hubieren menester sin dineros, y todos los otros bastimentos y cosas necesarias por sus dineros. Que se les favorezca y honre, y se dé a los dichos inquisidores una buena casa para audiencia y cárcel, pagando a su dueño alquiler según tasa por dos buenos peritos, uno nombrado por los inquisidores y otro por el dueño, y en caso de discordia un tercero por la ciudad.” Por otra cédula expedida en la misma fecha, se manda al virrey, audiencia, ayuntamiento y demás autoridades, “los honren y favorezcan como ministros de un santo negocio, porque así convine al servicio de Dios y nuestro.”

     Conforme estas disposiciones, el año siguiente se fundó el tribunal en Méjico. El P. Vetancurt, se expresa así: “El Tribunal de la Inquisición (alcázar fuerte y monte de Sión) se fundó en esta ciudad de Méjico, año de 1571. Fue su primer inquisidor D. Pedro Moya de Contreras, que murió en el viaje, y el Lic. D. Antonio Fernández de Bonilla, su primer fiscal. Consta de tres inquisidores apostólicos, un fiscal, con tres mil pesos de salario cada uno, los tercios adelantados; un alguacil mayor, un depositario y receptor, tres secretarios, muchos consultores, y calificadores, y familiares seculares. Está debajo de la protección de San Pedro mártir, con una célebre cofradía que celebra su fiesta, para cuyo efecto se nombra un hermano mayor. Ha celebrado autos generales y particulares de fe, con notable grandeza de autoridad y concurso, quedando en toda la fe católica y su verdad con victorias. Para los salarios se ha señalado una canongía en cada iglesia catedral de su distrito, con cédula de S. M. del año de 629, despachada en conformidad de la concesión que le hizo la santidad de Urbano VIII para ese efecto. Su fundación fue siendo pontífice San Pío V, rey de las Españas Philipo II e inquisidor general el Illmo. y Rmo. D. Diego de Espinosa cardenal de la Santa Iglesia y presidente de Castilla. Se cantó el 4 de noviembre del mismo año, misa en la Santa Catedral, a que asistieron todos los tribunales, precediendo la procesión con el estandarte de la fe, y el Tedeum Laudamus, el crisol de nuestra santa fe, la luz de la Iglesia y el complemento del Evangelio.”

     “No se sabe a punto fijo si desde un principio se fijó la Inquisición en el edificio que le conocimos y que en su origen fue el convento de los dominicos: parece probable que así fuese; lo que consta, es la donación de estos religiosos de su casa antigua para el efecto.

     “El brasero o quemadero, como se llamaba, estaba entre la Alameda y San Diego, el cual era dice el Sr. Alamán, “un espacio cuadrado con pared y terraplenado, para fijar en él los palos a que ataban los ajusticiados y rodearlos de leña. Las cenizas se echaban en la acequia o ciénaga que estaba detrás de San Diego, en lo que ahora es jardín de Tolsá.” Había otro quemadero en San Lázaro que servía para ejecuciones de justicia, mandadas por otros delitos y autoridades. Cuando el virrey marqués de Croix mandó agrandar la Alameda, se quitó ese brasero.”

 

     Por esta breve noticia se ve que aunque la Inquisición pudo existir en nuestro país con total independencia de la religión dominica, el hecho es que esta siempre se consideró respecto del tribunal del Santo Oficio, sino como un elemento constitutivo o condición indispensable, si como un auxiliar poderoso; y esta cooperación nata y eficaz es la que ha hecho creer que la Inquisición fue a manera de una planta parásita que llega a confundir su follaje con el árbol a cuyo arrimo vegeta.

 

El auto de fe

A las doce cantan maitines, después de los cuales  empiezan a decir misas hasta el amanecer.

 

     Hay ahora en Méjico forasteros de doscientas y trescientas leguas de distancia atraídos  por la curiosidad de tan grande espectáculo, y parece, como alguno ha dicho, que toda la Nueva España ha quedado desierta, y su población concentrada en la capital. El concurso en las calles por donde pasó la procesión de la cruz es el mismo de ayer, pues por ellas van también a venir los ajusticiados, y los coches se quedaron en las bocacalles desuncidos toda la noche para no perder el lugar. Forman valla y patrullan para evitar desórdenes las cinco compañías del batallón de la ciudad, levantadas al efecto, y la de soldados de Barlovento.

 

     Más ya empieza el toque general de rogativa: el tañido de las campanas es lúgubre en señal de duelo por la penitencia de los reos.

Ø  En ese instante salen de las casas del Santo Oficio dos procesiones,

Ø  la de los ajusticiados y la de los señores inquisidores, corporaciones y nobleza.

Ø  La segunda desfila por las calles de Santo Domingo, el portal, y

Ø  las siguientes, a dar vuelta por el Arco de San Agustín para entrar a Porta Coeli.

Ø  Viene en ella todos a caballo: primero los familiares y nobleza,

Ø  luego el consulado, el claustro de doctores, los dos cabildos con su pertiguero y maceros;

Ø  va el eclesiástico a la derecha, y presidiendo al secular el corregidor, D. Gerónimo de Bañuelos, general y del hábito de Alcántara:

Ø  luego el tribunal, yendo el fiscal D. Antonio Gabiola con el estandarte y el inquisidor decano D. Francisco Estrada y Escobedo, y a la izquierda el Sr. D. Juan Sáenz de Mañosca.

Ø  A continuación el contador del tribunal, el abogado fiscal, a caballo, y los capellanes y demás familia, a pie:

Ø  cierra el todo el coche del arzobispo y los de los demás caballeros.

 

     Más ya se acerca la procesión de los ajusticiados.

Ø  Vienen delante dieciséis familiares de vara, luego las cruces del Sagrario, Santa Catarina Mártir, Santa Veracruz, con mangas negras, los curas y sus clérigos: traen estos tres misales, otros tantos ceremoniales, y tres cruces pequeñas.

Ø  Siguen luego las estatuas de los reos muertos o prófugos en número de sesenta y siete, y veintitrés cajas de huesos:

Ø  Luego cuarenta reconciliados, con sambenitos de media y entera aspa, sogas, corozas y vela verde, cada uno con su padrino;

Ø  En seguida trece reos relajados con sus dos confesores cada uno, corozas de llamas y demás insignias de reglamento.

Ø  Después el alcaide con bastón negro, a pie, y a caballo un gran acompañamiento de ministros, que conducen una acémila enjaezada y con campanillas de plata, la cual trae a lomos una caja de nácar y embutidos del Japón que encierra las causas, y a los lados de la caja viene las varas de reconciliación, todo cubierto con un telliz de terciopelo carmesí.

Ø  Finalmente, rematan la procesión doce alabarderos, el alguacil mayor, y el secretario D. Eugenio de Saravia a caballo.

 

       Llegan juntas ambas procesiones  a la plazuela del Volador. Los alabarderos tienen gran trabajo en domeñar el gentío, que hace los esfuerzos por acomodarse en los mejores lugares: no menos agitación reza en las azoteas de los edificios contiguos, Universidad, Palacio y casas de Flamencos, donde la concurrencia se ve apiñada a manera de una fuerte vegetación humana.

 

     Hecha la reverencia a la Cruz y acomodados en sus respectivos asientos los inquisidores, corporaciones civiles y eclesiásticas, penitenciados y demás personas de cuenta, hacen la protesta de fe por el cabildo eclesiástico, su tesorero y provisor D. Pedro Barrientos; por el secular, el corregidor, y por todos los circunstantes, el secretario del tribunal, ministrando las cruces y misales para el auto los clérigos de las parroquias antedichas. Luego se lee por el secretario la bula de S. Pio V de Protegendis en que constan las gracias e indulgencias concedidas por S.S. al tribunal, sus auxiliares y cocurrentes a sus autos. Comienza en seguida a predicar, adoptando el resto consabido, el Sr. D. Nicolás de la Torre, dean de la metropolitana y obispo electo de Santiago de Cuba.

     Son las siete.

     Media hora después, y ya concluido el sermón, empieza la lectura de las causas de los relajados.

 

     De estos uno es el famoso:

Ø  Tomás Treviño de Sobremonte, natural de Castilla: entre los cargos que se le hacen en su causa es curioso el de que se comunicaba en las cárceles en lengua mejicana, y en ella maldecía a la Inquisición, los reyes y papas y demás que la han fundado. Se porta tan rebelde, que, hasta su suegra, Leonor Núñez, también relajada, le ha dicho que le duele por su alma de verle tan iracundo: pero él le contesta: ¡ea! Madre de los macabeos, refiriéndose a los muchos relajados que ha tenido por hijos.

Ø  No menos notable es Simón Montero, que en oyendo notificarle su sentencia, se puso a bailar.

Ø  Antonio Báez Tirado, es un judío de importancia, rabino y hablando de los cristianos dice que son unas bestias, aplicándoles el salmo sicut  equus et mulus.

Ø  Gonzalo Flores pidió audiencia una vez a deshoras de la noche por molestar a los inquisidores, y otorgada que le fue, les dijo en tono entre serio y burlón: -señores, sólo he querido hacer venir a vuestras mercedes al calabozo, para asegurarles de nuevo, que es mi voluntad vivir y morir en mi secta.- Se fingió loco; pero los médicos han opinado que su demencia era simulada,

Ø  Gonzalo Báez, metía mucho ruido en las cárceles, por lo que a veces era castigado y denostaba a los inquisidores llamándolos “perros y ladrones de sus haciendas”.

Ø  Ana Gómez, se vanagloriaba de morir mártir y

Ø  María Gómez era tan celosa de su ley, que por paga de sus liviandades exigía ayunos y otras prácticas de sus ritos.

 

     Concluida las causas de los relajados, se procede en breves términos a hacer relación de los relajados en estatua. Anuncia el principio de cada relato el retintín de la campanilla que toca el arzobispo presidente.

 

     Representan las estatuas diez relajados muertos en las cárceles del Santo Oficio, cuarenta y siete fuera de ellas, y ocho que se fugaron luego que tuvieron sospechas de se les perseguía.

Ø  Agustín Rojas, se ahorcó en el calabozo.

Ø  María Rivera se dejó morir de hambre.

Ø  Blanca Enríquez y Catalina Rivera se dejaron sacramentar añadiendo el sacrilegio a la impenitencia final.

Ø  Isabel Núñez pidió audiencia antes de morir; más no pudo hacer ninguna confesión, y con grandes contorsiones espiró, lo que la hizo juzgar por sorpresa.

Ø  Gonzalo Díaz Santillán, murió fuera de la cárcel. Por estafar a sus correligionarios, los amenazaba con denunciarlos, y al efecto salía y entraba a las casas de la Inquisición para hacérselos creer, hasta que ellos, cansados, le dieron muerte.

Ø  Isabel de Segovia se encontró ahorcada sin haber podido averiguar si por suicidio o por los suyos.

Ø  Juan de Araujo murió bajo las ruinas de un templo que se derribó.

Ø  Leonor Báez, mejicana, soltera, estaba tan infatuada, que en su cama oía músicas celestiales; y aseguran muchos que era el demonio quien le daba estas serenatas tomando la figura de una negrilla que por allí apareció una vez.

Ø  Pedro Mercado, que compuso una comedia y en su representación dio asiento de preferencia a los judíos sobre los católicos, lo que le acarreó sospechas y celos.

     Los reconciliados los hay también en estatua y en persona.

Ø  Francisco Razen, francés, único preso por protestante. Dicen que se burla del papa, Inquisición y demás cosas de la Iglesia romana; añadiendo que las demandas de las cofradías son abusiones y en pro de los clérigos para recoger plata.

Ø  Da. Juana Enríquez, a quien todos han conocido en Méjico por sus galas, coches y demás aparatos de grandeza, en compañía de su marido Simón Báez, hijo de un carnicero y verdugo, como después se ha averiguado.

Ø  Diego Correa se fingió loco en la cárcel de la Inquisición, y quiso matar a un ministro del tribunal: por este delito, antes del auto, se le recetaron doscientos azotes.

Ø  Como mención especial, Inés Pereira, muchacha de Ixmiquilpan, de quien dicen los suyos ha de nacer el Mesías, y la tenían muy adornada, le encendían velas y le tributaban otros homenajes de este género.

     Concluida la lectura de las causas, se advierte en la concurrencia una gran conmoción al tiempo mismo que cruzan el ambiente algunas ráfagas de acentos humanos; y en medio del ruido monótono y confuso de tantos pies que mudan de asiento, tantos vestidos que se rozan y rasgan, tantos sombreros que se doblan y estropean, y de tantos codos que se oprimen y forcejean. Se oyen algunos ¿qué sucede? ¿Y ahora qué?

     Pero cesa en ansia general luego que se anuncia la entrega de los reos al brazo secular para que se les aplique la pena. La verifican el alguacil mayor y el secretario, quienes dirigiéndose al corregidor le recomiendan que al sentenciar a los relajados use piedad.


Auto de fe en el pueblo mexicano de San Bartolomé Otzolotepec. Museo Nacional de Arte, México. Óleo sobre lienzo. 

Fuente: http://www.ancient-origins.es/historia/la-inquisici%C3%B3n-am%C3%A9rica-002932

 

La red de funcionarios y ministros del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición se extendía a todos los niveles de la sociedad no india y a casi todos los rincones del territorio colonial bajo su jurisdicción. La protección de los fueros se diluía y la influencia de las autoridades se disipaba ante el orden inquisitivo. En absoluto, ni la influencia, ni la edad, sexo, posición económica o antecedentes familiares o personales eran salvaguardia de ninguna persona no india para escabullirse de la justicia del Santo Oficio. La misma muerte tampoco constituía un obstáculo de olvido para cumplir los propósitos institucionales. La Inquisición operaba gracias a las denuncias ventiladas en las comisarías.

     El Santo Oficio no solía ser una institución confiada en la veracidad de las denuncias presentadas por los comisarios. Es preciso señalar que la mayoría de éstas por lo regular fue sobreseída en la sala de audiencias de los inquisidores. En la tradición popular suele existir la falsa creencia que una denuncia constituía un recurso inapelable en la que el inculpado, irremediablemente, terminaba siendo aprehendido, sus bienes confiscados y orillados a denunciar a sus cómplices. Su destino final la hoguera. La propagación de estas afirmaciones ha generado que el público poco versado en el Santo Oficio haya creado y difundido un conocimiento poco cercano a la realidad. Ésta es la leyenda negra que envuelve al Santo Oficio.

 

     Efectivamente, aun cuando la Inquisición fue un tribunal que descollaba por la severidad de sus procedimientos, según la comprensión de justicia de una época y la jurisprudencia inquisitorial en la materia apelaba a su utilización, también es cierto que los distintos órganos judiciales contemporáneos igualmente utilizaban los mismos mecanismos y medios para la obtención de las confesiones. La Inquisición no fue el único organismo asociado con rigurosos métodos de tortura y de aplicación de la justicia. En la Nueva España, los tribunales civiles se distinguían por utilizar procedimientos idénticos.

 

     La época colonial se identificaba con un sistema de justicia —civil y religiosa, en el caso de la Inquisición— que pretendía establecer la rigurosidad del ejemplo disciplinario como un aparato eficaz para interrumpir la propagación de las rupturas del orden de la sociedad no india. El objetivo de ambos sistemas de justicia consistía en cuidar el cumplimiento de las reglas de comportamiento social, religioso y moral. El control de las transgresiones, a través de sofisticadas herramientas pedagógicas, arropaba como característica capital la utilización del miedo y de la severa punición.

 

Sanciones y sentencias

 

El juicio y la sentencia del reo constituían un decreto de castigo y el instrumento de su reconciliación con la sociedad o, por lo menos, con las autoridades inquisitoriales. La representación pública, publice in conspectu populi, era fundamental debido a que a través de ella mediaba la diferencia entre lo privado y lo público. Lo privado se identifica con el sigilo que hasta el momento había tenido el proceso, en la medida que denuncias, testificaciones y ratificaciones han sido siempre entre comisario y testigos, sin conocimiento del público. Lo público, en cambio, constituía la manifestación de la sanción inquisitorial contra la transgresión de lo socialmente aceptado. De manera que a partir de la aplicación de la punición, el Santo Oficio irradiaba una representación con intenciones pedagógicas. Esta pedagogía punitiva, aunque no es exclusiva del Santo Oficio —la justicia civil también la aplicaba—, describía una forma de enseñanza para que la sanción constituyera una advertencia contra los delincuentes, la pena aplicada en público servía de ejemplo para tratar de evitar las rupturas del orden y una llamada de atención para aquellos que pretendían transgredir las normas establecidas. Casi en los mismos términos, Peña Díaz destaca que los autos de fe representaron una ceremonia punitiva que pretendía escenificar mecanismos de conservación del orden establecido.

 

     La sanción, a menudo violenta, del delito constituía la única alternativa contra la sociedad infractora. El hombre de los siglos XVI, XVII y XVIII desconocía las técnicas correctivas que aparecerían desde finales del dieciochesco, aunque en México sólo se aplicarían con efectividad en las últimas décadas del siglo XIX. Los caracteres judiciales deben, en consecuencia, analizarse según su tiempo y en el entendido de esa clase de derecho. Un razonamiento exceptuado de estos criterios no sólo redunda en conclusiones equivocadas, sino también en la tergiversación de las mentalidades y de la idea de justicia de una época.

 

     Una denuncia respondida por los inquisidores casi equivalía a una sentencia de inculpación de los cargos. El procedimiento siguiente consistía en zanjar las protestas y negaciones del denunciado para lograr la confesión de la culpa. La presión psicológica fue una de las armas más efectivas de los inquisidores. Los reos a menudo eran recluidos durante meses o incluso años sin que fueran llamados a una audiencia. Al promover el aislamiento y el abandono, la desesperación y la angustia de los reos aumentaban gradualmente, aun cuando los médicos de la época recomendaban lo contrario en la medida que era una tortura psicológica muy grave; sin embargo, éste era su propósito: lograr que la angustia derrumbara la fortaleza mental de los inculpados. De modo que no pocos preferían terminar el calvario confesando sus delitos. La propia intencionalidad de los interrogatorios revelaba este empeño. A pesar de que la audiencia con uno de los inquisidores representaba el único espacio donde existía la oportunidad de contrarrestar los testimonios, ésta solía orientarse a demandar el reconocimiento de la culpabilidad. Ciertamente, este reconocimiento tampoco era un necesario absoluto. Una condena podía aplicarse, como sucedió la mayoría de las veces, a partir de las pruebas reunidas. La insistencia de los inquisidores en la confesión voluntaria fue la singularidad más sobresaliente de los juicios inquisitoriales. Como una institución de la fe, el procedimiento consistía en apelar por la salvación del alma para que, movido por la fe del reo, revelara sus culpas, culminación natural del proceso.

 

     El tratamiento inquisitivo a su vez también contemplaba la suspensión de un proceso. No obstante, esta medida no significaba que la libertad del presunto implicaba su absoluta exoneración sino que, al suspenderse la causa evitaba el reconocimiento de que el juicio había sido poco fundamentado o sin pruebas suficientes. Aún existía la oportunidad de una reapertura del proceso. El prestigio del Tribunal del Santo Oficio también estaba en juego debido a que no podía admitir que había operado sin antecedentes justificados. La conservación íntima (secreta) de las partes (hechos) y de los contenidos (dichos) del procedimiento inquisitorial adquiría trascendencia ante la posibilidad de interrumpirse la suspensión del juicio. El reo, por supuesto, podía ser procesado por incumplimiento en la obligatoriedad del secreto.

 

Autos singulares celebrados en México, 1643-1815

Fecha

Lugar

1643

19 de noviembre de 1659

1666

1667

6 de abril de 1667

28 de abril de 1678

4 de abril de 1683

1693

1694

1697

18 de marzo de 1703

9 de mayo de 1728

Febrero de 1754

1754

1755

Noviembre de 1760

12 de noviembre de 1770

9 de julio de 1771

27 de septiembre de 1788

8 de febrero de 1793

27 de noviembre de 1815

Sala del Tribunal del santo Oficio

 

Fuentes: Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en México (Medina, 1991), Inquisición y sociedad en México (Alberro, 1993) y Los últimos años de la Inquisición en la Nueva España (Torres, 2004).

 

 

 

 

 

Autos particulares celebrados en México, 1576-1808

Fecha

Lugar

19 de febrero de 1576

19 de febrero de 1578

1582

1583

1585

25 de marzo de 1591

3 de diciembre de 1592

Enero de 1593

28 de mayo de 1593

Noviembre de 1593

27 de febrero de 1594

20 de abril de 1594

28 de enero de 1595

20 de abril de 1605

25 de marzo de 1605

27 de marzo de 1606

18 de marzo de 1607

22 de marzo de 1609

14 de marzo de 1610

18 de marzo de 1612

Cuaresma de 1615

5 de abril de 1621

15 de junio de 1625

17 de marzo de 1630

3 de abril de 1635

16 de abril de 1646

23 de enero de 1647

29 de marzo de 1648

30 de marzo de 1648

29 de julio de 1649

13 de marzo de 1659

10 de julio de 1650

6 de noviembre de 1652

16 de febrero de 1653

12 de diciembre de 1654

29 de octubre de 1656

30 de septiembre de 1662

15 de octubre de 1663

4 d mayo de 1664

7 de diciembre de 1664

Catedral

Iglesia Mayor

Capilla de San José del convento de S. Francisco

Convento de la Iglesia de Santo Domingo

Convento de la Iglesia de Santo Domingo

Convento de la Iglesia de Santo Domingo

Capilla de san José del convento de San Francisco

Convento de la Iglesia de Santo Domingo

Catedral

Convento de la Iglesia de Santo Domingo

 

 

 

 

 

 

Cuadro 2 (continuación)

Fecha

Lugar

18 de diciembre de 1665

7 de diciembre de 1668

3 de febrero de 166

Agosto de 1668

7 de diciembre de 1670

25 de noviembre de 1671

1673

25 de febrero de 1674

22 de marzo de 1676

9 de septiembre de 1677

20 de marzo de 1678

12 de noviembre de 1679

17 de noviembre de 1680

8 de febrero de 1688

5 de marzo de 1690

2 de marzo de 1704

15 de julio de 1708

18 de septiembre de 1712

2 d agosto de 1722

21 de mayo de 1724

14 de diciembre de 1727

18 de enero de 1728

9 de mayo de 1728

14 de diciembre de 1728

1 de diciembre de 1730

1732

15 de noviembre de 1733

9 de octubre de 1735

13 de mayo de 1736

15 de julio de 1736

15 de febrero de 1739

4 de septiembre de 1740

6 de mayo de 1742

21 de agosto de 1746

14 de enero de 1748

23 de agosto de 1750

6 de febrero de 1752

1 de diciembre de 1754

19 de junio de 1757

26 de octubre de 1757

1760

1760

1763

14 de marzo de 1765

19 de marzo de 1765

Convento de la Iglesia de Santo Domingo

 

 

Cuadro 2 (continuación)

Fecha

Lugar

1765

6 de julio de 1766

6 de septiembre de 1767

13 de marzo de 1768

13 de marzo de 1769

18 de marzo de 1770

14 de julio de 1771

9 de febrero de 1772

24 de marzo de 1776

1776

22 de marzo de 1778

12 de diciembre de 1778

8 de julio de 1781

1782

1 de julio de 1783

22 de marzo de 1785

21 de junio de 1789

17 de diciembre de 1789

1790

9 de febrero de 1792

9 de agosto de 1795

1795

octubre de 1796

1796

1797

1798

1799

1799

1800

4 de diciembre de 1803

1808

Convento de la Iglesia de Santo Domingo

Fuentes: Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en México (Medina, 1991) e Inquisición y sociedad en México (Alberro, 1993: 137-139)

Las penas

El dictamen de un proceso constituía la etapa última de la actividad inquisitiva. El sistema de imposición de penas era muy complejo y no respondía a un patrón reglamentado sino a criterios a veces difíciles de calificar. A manera de hipótesis puede esgrimirse que la calidad de una condena dependía de dos condiciones. En primer lugar, la confesión voluntaria solía reducir considerablemente la sanción, sin embargo, su mayor efectividad radicaba en la escasa resistencia y en la inmediatez al aceptar una culpa, mientras que aquélla obtenida después de varias audiencias tendía a aumentarla. En consecuencia, la confesión producida en la cámara de tormento recomendaría una sanción mayor. La denuncia de los presuntos cómplices, al mismo tiempo, también contribuía a una reducción significativa de las penas. En segundo lugar, la condena del no-confesante se dirimía según la (in)coherencia de las respuestas de los interrogatorios que, finalmente, determinarían la certidumbre o incertidumbre de la culpabilidad.

Autos generales celebrados en México, 1574-1659

Fecha

Lugar

25 de febrero de 1574

6 de marzo de 1575

15 de diciembre de 1577

11 de octubre de 1579

24 de febrero de 1590

8 de diciembre de 1596

25 de marzo de 1601

20 de abril de 1603

11 de abril de 1649

19 de noviembre de 1659

Catedral

Capilla de San José del convento de San Francisco

Catedral

Catedral

Catedral

Plaza Mayor

Catedral

Capilla de San José del convento de San Francisco

Plazuela del Volador

Convento de los carmelitas descalzos de San Francisco

Fuentes: Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en México (Medina, 1991) e Inquisición y sociedad en México (Alberro, 1993: 137-139).

     La confesión por sí misma no respalda una punición leve. La eficacia estaba contenida en el arrepentimiento, equivalente a reconocer que se cometió una desviación de los cánones aceptados. Esta respuesta merece, por consiguiente, una oportunidad para la rectificación de los errores. La naturaleza eclesiástica del Tribunal del Santo Oficio fue la razón medular que orientó las banderas de la Inquisición hacia la reconciliación con la fe. Ningún otro tribunal de la época gastaba de su clemencia y de su propósito indiciario, el perdón de los pecados y de la salvación del alma. Ciertamente, fue una institución procaz que, arrogada en una justicia divina, en el secreto de los testigos, a menudo culpó y sentenció con brutalidad a muchos inocentes. En su búsqueda de la confesión, por medio de los instrumentos de tortura, no pocas personas terminaron muertas o con las coyunturas atrofiadas. La debilidad de las personas no incidía de ninguna manera en la exceptuación para aplicar este método. La falta de piedad de los inquisidores era renombrada. Estos hechos son la causa principal de su leyenda negra, aunque puede decirse que datan de cuando la justicia operaba con derecho a la tortura.

     Las penas infligidas podían ser de una variedad extraordinaria. El reconocimiento de la culpa, el arrepentimiento, casi por definición establecía los castigos de las penitencias menores (abjuración, reclusión en un convento), azotes o multas. El reo que perseveraba en su inocencia cuando existían dudas de su sinceridad, aun después de superar la prueba del tormento, o bien aquel que después de su confesión no tenía disposición por arrepentirse, era sentenciado con los votos de los inquisidores y de los consultores.8 En la audiencia, se estudiaban y discutían las diligencias de la causa, los interrogatorios hasta que, finalmente, se determinaba el tipo de castigo. Pese a que las penas se imponían de acuerdo con la gravedad de los hechos o prácticas atribuidas, éstas no siempre se aplicaron según el tipo de violación social. Esta misma podía ser sancionada de diferentes maneras. La edad, la salud, el sexo y la posición económica del inculpado tenían, sin duda alguna, influencia en las sentencias condenatorias. Las multas, por ejemplo, solían destinarse a las personas con mayor fortuna, pero casi siempre ajenas a los de menores recursos. Los inquisidores disentían en aplicar azotes a un anciano, al delicado de salud, a las mujeres o a los niños. Tales situaciones no son de ninguna manera una regla, pues también hubo sanciones donde, según la gravedad del delito, mujeres o ancianos llegaron a recibir hasta doscientos latigazos. Los acusados de herejía, criptojudaísmo, islamismo y protestantismo se concentran en un renglón aparte; clasificados en la categoría de peligrosos para la fe, desde fines del siglo XVI hasta mediados del XVII, son reos que con mayor frecuencia eran registrados como quemados en la hoguera.

     El menor de los castigos correspondía al penitenciado. Los inquisidores fueron complacientes con aquel arrepentido que arrogado en la abjuración, es decir, la retracción de las acciones u opiniones contrarias a la ortodoxia, juraba en lo sucesivo evitar el pecado. La abjuración podía ser de dos clases: 1) de levi, destinada al reo que había cometido un delito menor y, 2) de vehementi, reservada al infractor de delitos graves. En el segundo caso, el reincidente (relapso) purgaría penas muy rigurosas. La abjuración, pública, por supuesto, involucra la reconciliación, el segundo menor de los castigos en el grado de las penas. La reconciliación pretendía que el condenado, recluido en un convento durante un periodo determinado, recibiera la suficiente instrucción religiosa para ser devuelto al seno de la Iglesia, de la que se había apartado por su conducta herética. Este tipo de sanciones, sin embargo, no siempre era efectivo debido a que el falso arrepentimiento fue una práctica corriente. Los procesados muchas veces adujeron contrición, pese a que en realidad eran totalmente ajenos a sentirla, fingiendo acatar la ley de Dios para evitar condenas graves. Advertido de esta disposición, el Tribunal del Santo Oficio castigaba la reincidencia con severidad y, en ocasiones, con la misma hoguera. Los penitenciados podían, además, recibir penas de soga en el cuello, multa, destierro, azotes y, en algunos casos de vehementi, incluso las galeras. Los reconciliados, además de la confiscación total de sus bienes, eran condenados a la cárcel o a las galeras, castigos a veces acompañados de azotes o destierro.

     La pena de los azotes se identifica con una antigua tradición asociada con las disciplinas ascéticas, emulando el suplicio de Cristo y de los mártires católicos. La sangre simbolizaba la purificación de los pecados y la reivindicación de la carne. El martirio de la carne tiende a mantener el equilibrio entre las culpas de este origen, creador de las flaquezas mundanas, y la conciencia. Este equilibrio se adquiría a través del castigo de la corrupción humana, individual, generador del pecado personal: la carne. La efusión de sangre no podía evitarse, pese a que el principio católico y el derecho inquisitorial lo prohibían. Las penas de encarcelamiento, durante el último tercio del siglo XVI, se cumplían en un convento u hospital —sobre todo antes de 1598, cuando el Santo Oficio de la Inquisición no contaba con una cárcel de penitencia—. La sentencia podía ser 1) cárcel perpetua irremisible, cuando el reo era confinado en ella mientras vivía; 2) cárcel perpetua, se fijaba un límite temporal de prisión y el reo tenía la posibilidad de salir en libertad gracias al arrepentimiento y a la penitencia; y 3) cárcel por tiempo determinado, el cautiverio del reo podía variar de unos meses hasta seis años. La condena de remar en las galeras o de trabajos forzados —menos gravosa para la Inquisición y más beneficiosa para el Estado— muchas veces superaba los seis años. Incluso hubo reos vendidos a obrajes durante el tiempo de su condena. El destierro, por su parte, tenía tres modalidades: 1) el destierro del arzobispado, 2) destierro perpetuo de las Indias, y 3) destierro perpetuo de las Indias, Madrid y Sevilla.

     La imposición del sambenito fue una condena común. El sambenito era la insignia distintiva tanto de los penitentes reconciliados como de los relajados. Los relajados y reconciliados salían con una vela de cera verde —símbolo de la fe y de la esperanza— en las manos y vestidos con un hábito de lienzo o paño, en color amarillo o rojo. En la superficie de éste, destacaba la cruz de San Andrés, llamas de fuego y otros símbolos estampados o cosidos. (12) El sambenito cubría el frente y la espalda del individuo hasta casi las rodillas, según el tipo de sentencia del reo. Los sambenitos podían ser de diferente clase: samarra, fuego revolto y sambenito —nombre que después fue común para todos—. La samarra correspondía a los relajados, o sea a los presos entregados al brazo seglar para que fueran agarrotados o quemados vivos. Esta pieza tenía pintados dragones, diablos y una imagen del reo ardiendo en llamas. En el hábito conocido como fuego revolto, las llamas se pintaban en sentido inverso debido a que los condenados habían demostrado arrepentimiento y, por esta razón, escapado de morir abrasados por el fuego. El sambenito vestido por el común de los penitenciados encarnaba una cruz aspada o de San Andrés. Las aspas de San Andrés denotaban a los que faltaron en la fe —San Andrés fue el primer cristiano muerto aspado—. Cuando el uso del sambenito se generalizó, hubo otras distinciones características. La cruz de San Andrés roja sobre un fondo amarillo indicaba penitencias menores; las llamas de los absueltos y readmitidos en el seno de la Iglesia apuntaban hacia abajo; mientras que, aquellos sambenitos con demonios, cabeza de Jano y llamas vivas pintadas simbolizaban la hoguera.

     El sambenito constituía una prenda que el penitente debía vestir públicamente durante un periodo determinado, sin excepción alguna. La vergüenza de esta penitencia no concluía al cumplirse el plazo de empleo sino que se extendía perpetuamente. El sambenito del reo se colocó primero en la iglesia mayor y a partir de las primeras décadas del siglo XVII en la catedral de la Ciudad de México. La suerte de los sambenitos de los relajados, de los muertos y de los huidos tenía el mismo destino. (14)

     Además del sambenito, los condenados también llevaban rosarios, una coroza —capirote o gorro de cartón en forma cónica, de más de una vara de alto y según la categoría del reo se pintaba con llamas, culebras o demonios— y velas amarillas o verdes, encendidas para los reconciliados y apagadas para los impenitentes. A los blasfemos, por su parte, se les ponían mordazas o especie de bozal colocado sobre la boca para impedir que el impenitente hablara.

     La más grave de las sentencias consistía en la relajación, es decir, la entrega del reo a las autoridades seculares para la ejecución de la pena capital. En efecto, el carácter religioso del Santo Oficio impedía que por sí mismo aplicara las penas. Las penas, todas no las instrumenta sino el Estado. La relajación a veces se ejecutaba después de infringir la muerte del inculpado, pues antes de exponerlo a las llamas podía ser ahorcado o pasado por garrote.

     Sólo en ocasiones excepcionales los condenados fueron perdonados en los momentos previos a la ejecución de la sentencia. El arrepentimiento, como se ha visto, fue una causa legítima para interrumpir la aplicación de una pena. En su carácter de institución de la fe, el Santo Oficio acogía al condenado en la reconciliación. Empero, no siempre estaba cierta de la sinceridad. En un auto de fe celebrado en 1659, por ejemplo, la ejecución del judío Sebastián Álvarez fue suspendida gracias a que a última hora mostró indicios de querer reconciliarse con la fe católica. Un nuevo examen de conciencia, sin embargo, confirmó la firmeza en sus convicciones judaicas. La condena posteriormente fue aplicada con garrote y relajación, Otros reos, en cambio, no intentaron arrepentirse y ni buscar clemencia sino reivindicaron las prácticas por las que fueron acusados. Así, en los instantes previos a su relajación, Tomás Treviño de Sobremonte gritaba: “Echen leña que mi dinero me cuesta”.

     De vez en cuando hubo quemados en efigie, o sea en su lugar se incineraba un muñeco que lo representaba. Esta medida se llevaba a cabo cuando el acusado había logrado huir antes de ser capturado, escapaba de las cárceles secretas, moría durante el proceso o cuando moría después de ser denunciado. La causa aún continuaba después de que el reo huía o moría. La justicia inquisitorial no olvidaba que estaba consumando una tarea de carácter divino. Los mayores castigos, como se ha mencionado, estaban orientados hacia los judíos, mahometanos, protestantes, relapsos y herejes en general. El arrepentimiento y la confesión voluntaria significan, al margen de sus pecados, la inclinación por rectificar una conducta desviada. Los objetivos del Santo Oficio se cumplían felizmente. Las penas, entonces, se reducían a los castigos menores y a las multas. De la misma manera, la punición para los testigos falsos tendía a ser muy severa, aunque a veces fueron singulares. En 1664, por ejemplo, Juan Márquez de Andino fue sentenciado al emplumamiento. El emplumamiento consistía en exponer públicamente al reo durante tres o cuatro horas continuas, amarrado, enmielado y emplumado desde la cintura hasta la cabeza.

     Las sentencias de los castigos no se aplicaban durante el auto de fe. Las autoridades civiles recibían a los reos para la sanción de las penas. Antes bien se recomienda que en la ejecución no hubiera derramamiento de sangre  en virtud de la contradicción moral que implicaba su relación con una institución de la fe. Durante el auto de fe, los inquisidores entregaban a los condenados al brazo seglar. Al transferirse la potestad de los reos a la justicia civil —el corregidor de la Ciudad de México o en su caso el asesor—, de inmediato se confirmaban y se dictaban las sentencias respectivas. En el caso de la relajación, el dictamen de la muerte seguía el mismo procedimiento. En el veredicto se establecían los pormenores del traslado al quemadero, montado al reo o a la estatua en una “bestia de albarda con trompeta y voz de pregonero”. El quemadero, por lo general, se erigía en un lugar público situado en las cercanías donde se efectuaba el auto de fe. El trayecto recorría las calles acostumbradas. La muchedumbre se aglomeraba hasta llegar a la plaza de San Hipólito, ubicada junto a la Alameda y al convento de los franciscanos descalzos. A finales del siglo XVIII, el quemadero fue trasladado a un lugar llamado San Lázaro.

          La ejecución de la sentencia la aplicaban los verdugos de la Ciudad de México. El agarrotamiento y, posterior, cremación o la muerte por vivicombustión (quemados vivos) de los reos se realizaban conforme éstos llegaban del auto de fe. Los recién llegados podían observar su destino e incidir en el arrepentimiento. Los condenados, antes de proceder a la ejecución de la sentencia, tenían la oportunidad de arrepentirse y de ser absueltos. De otra manera eran agarrotados. A excepción de Simón de Santiago, Tomás Treviño, Guillén Lombardo, Francisco López de Aporte, Juan Gómez y Diego Díaz, los restantes relajados de la Nueva España estuvieron muertos antes de llevarlos al quemadero. (15)

La reconciliación

     Entre tanto, volvamos nosotros a la plaza del Volador, donde nos espera todavía algo curioso que presenciar.

     Suena otra vez el clamor de las campanas, en señal de rogativa, y hacen salir de Portacoeli en fila de dos en dos a los reconciliados. El Inquisidor decano con sobrepelliz y estola, asistido de los curas procede, según lo prescrito en el ritual, a la abjuración, reconciliación y alza de censuras a los penitentes; el secretario hace las preguntas del credo, que contestan estos y los circunstantes, y les lee, repitiendo ellos, la abjuración. Tiene este acto un carácter de solemnidad forzada, que apenas puede disimularse. Al pronunciar los concurrentes las palabras del credo con voz fervorosa, en verdad que no están poseídos ni de amor a la fe católica, ni de celo por la gloria de Dios, recuerdan si los lamentos de los infelices penitenciados y arde muy viva en su imaginación la llama de la hoguera.

     Concluida esta ceremonia, el oficiante canta las oraciones mientras los clérigos dan varazos a los penitentes, hecho lo cual termina la función. Al repique iniciado en Portacoeli siguen inmediatamente el de las campanas de toda la ciudad. Reunido el pueblo por todo el día en la plazuela del Volador, comienza a retirarse en desorden por las calles más próximas.

     Entre tanto los inquisidores y los reos vuelven procesionalmente, en el mismo orden en que vinieron, a las casas del Santo Oficio.

     Más ya que hablamos de este edificio, bueno será consagrarle algunas líneas.

La casa de la esquina chata

Así le llamaba el vulgo en años anteriores a causa de la estructura particular de su fachada, construida sobre la superficie que deja el corte oblícuo de la esquina de las calles de los Sepulcros y de la Perpetua. En esta fachada está la puerta principal.

     Para los que no conozcan su situación, les basta saber que ocupa un área, de cuyos límites dos son las aceras de las calles antes mencionadas, que miran al Sur y al Poniente, y forman al tocarse la esquina chata, opuesta al vértice del ángulo correspondiente de la plazuela de Santo Domingo. El departamento más amplio es el que posee actualmente la Escuela de Medicina, y los demás están convertidos en casas particulares, habiendo mudado de forma y disposición.

     Antiguamente, en el gran patio de la casa del Santo Oficio, no se gozaba de ese aspecto alegre y aseado que hoy ostentan los muros: su pintura era hosca y sombría como el semblante de un alcaide.


Fuente: http://alonzonovelo.com/mitos-y-leyendas/edificio-de-la-inquisicion/

El arco principal de la escalera por la parte que mira hacia dentro, ofrecía al curioso una lápida con la inscripción siguiente:

“Siendo Sumo Pontífice Clemente XII; Rey de España y de las Indias Flipe V; Inquisidores generales sucesivamente los Exmos. Sres. D. Juan de Camargo, obispo de Pamplona, y D. Andrés Orbe y Larreategui, arzobispo de Valencia; Inquisidores actuales de esta Nueva-España, los Sres. Lics. D. Pedro Navarro de Isla, D. Pedro Anselmo Sánchez de Tagle, y D. Diego Mangado y Clavijo, se comenzó esta obra a 5 de Diciembre de 1732, y se acabó en fin del mismo mes de 1736 años, a honra y gloria de Dios, y Tesorero D. Agustín Antonio Castrillo y Collantes.”

     Al leer la parte final de esta inscripción, alguno tuvo duda sobre si la obra de que se trata se acabó siendo tesorero la persona indicada, o si se acabó a honra y gloria de Dios y también del tesorero.

     A la derecha de la escalera, en el corredor que mira al Poniente, había una puerta que daba entrada a las salas de audiencia y demás departamentos de oficiales y ministros. En la primera pieza estaban los retratos de los inquisidores, que llegaban a cuarenta, con pomposos rotulones, en que se indicaba el lugar de su nacimiento, la edad que alcanzaron y aún la enfermedad que les causó la muerte, no menos que los empleos que tuvieron durante su carrera respectiva, el año y día de su colocación en la casa, etc., etc.

     Por este cuarto se entraba al salón de audiencia, el cual estaba magníficamente adornado: las columnas y demás ornatos eran de orden compuesto, y los intercolumnios estaban cubiertos de damasco encarnado. En el extremo del salón que miraba al sur, había un altar bastante bien decorado, y en su centro San Ildefonso, que recibía la casulla de la Santísima Virgen María. En el lado opuesto, y después de una gradería, estaba la mesa de los inquisidores, con sus tres sillones cubiertos de terciopelo carmesí con franjas y recamos de oro, y sus tres almohadones forrados en lo mismo. Había además un dosel clavado en la pared también de terciopelo, del mismo color, con franjas y borlas de oro. En él estaban las armas reales, y apoyado n el globo de la corona un crucifijo y alrededor: Exurge, Domine, judica cusam tuam.

     A su lado dos ángeles: uno tenía en una mano una oliva, y con la otra sostenía una cinta en que se leía: Nolo mortem impii, sed ut convertatur et viva. Ezeq. Cap. 33.

      En el otro lado había otro ángel con una espada en la mano derecha, y en la izquierda otra cinta con este mote: A el faciendam vindictam in nationibus: increpationes in populis.

     Todo lo cual estaba recamado de oro y seda, y era más antiguo que la casa, pues lo bordó Roque Zenon en Méjico el año de 1712.

     En la pared de dicho salón que miraba al Sur, había una puertecilla que conducía a las prisiones: otra en la que miraba al Poniente con este rótulo:

Mandan los Señores Inquisidores, que ninguna persona entre de esta puerta para adentro, aunque sean oficiales de esta Inquisición, sino lo fuera del secreto, pena de excomunión mayor.”

     Había también otra puerta junto al dosel llena de escopleaduras circulares y oblícuas, para que el delator y testigos pudiesen ver desde dentro al reo sin vistos por él.

     Bajada la escalera que conducía a las prisiones, había un cuarto con un torno, por donde se daba la comida a los carceleros para distribuirla en los calabozos: en el mismo cuarto había dos puertas, una de las cuales conducía a un patio bastante espacioso, en cuyo centro había una fuente y algunos naranjos, y alrededor diez y nueve calabozos: la otra conducía a una prisión bastante capaz, que los de la casa llamaban ropería, y que se componía de tres o cuatro cuartos, de los que el último parecía ser el que más había servido.

     En las paredes de este último cuarto había varias poesías de D. Antonio Castro y Salgado, que compuso durante su prisión: había también algunas pinturas del mismo sujeto, y entre ellas un paisaje que representaba un campamento; debajo de este paisaje había esta inscripción:

Atravesando el autor A. C. y S. el campamento de…..a las diez de la noche, un embozado le dice: “Pon tu persona en salvo, y huye a Francia.” Así lo hizo a la edad de 21 años, y a la de 25 vino a esta prisión, después de haber corrido una suerte no menos trágica que la del barón de Trenck.”

     Sobre la puerta que daba entrada al patio de las prisiones y mirando a estas, había una lápida de piedra, y en ella una inscripción latina, que traducida al castellano decía:

“Reinando Carlos IV y Luisa, siendo inquisidor general de España el Exmo. Sr. D. Ramón de Arce, y de Méjico los doctores Prado, Flores y Alfaro, esta cárcel, que se hallaba casi arruinada, se reparó y mejoró, habiendo quedado abierta por algún tiempo, para que el público la reconociese, día 9 de Diciembre del año del Señor de 1803, y el cuarto del pontificado de nuestro Santísimo Padre Pío VII.”

     La mayoría de las prisiones eran grandes, aunque había algunas más chicas, dos puertas muy gruesas, un agujero o ventana con rejas dobles, por donde se les comunicaba la luz, y una tarima de azulejos para poner la cama.

     Detrás de los diez y nueve calabozos había otros tanto jardincillos, que llamaban asoleaderos, a donde llevaban algunas veces a los presos para que tomasen el sol: pero construidos de manera, que era imposible verse los unos a los otros: últimamente estaban llenos de yerba, y no cuidados como lo estuvieron hasta 1813.

     No nos ha sido dable averiguar si es realidad o fábula el tan mentado subterráneo que, según la creencia popular, comunicaba el edificio de la Inquisición con el convento de dominicos.

     La Inquisición no disimulaba su rencor salvaje. Era un dragón que tenía cien garras para hacer presa y cuando no podía dar alcance al fugitivo, se consolaba quemándole en efigie. No sin razón dijo el cantor Bernardo de Balbuena de la Grandeza Mejicana (16) que la Inquisición era:

Una espía, a quien no hay secreto oscuro

Que tiene ojos de Dios, y el delincuente

Aún en el ataúd no está seguro.

 

Presos insignes (17)

¡Morelos! ¡Hidalgo! ¡Teresa de Mier!, estos ciudadanos eminentes fueron blancos de los tiros de la Inquisición, y dos de ellos gustaron el pan negro de sus calabozos. Sin embargo, el tiempo en que tuvieron esta suerte corresponde el periodo de la historia del tribunal,  en el lugar del quemadero crecían los árboles de la Alameda; ya no se celebraban tan a menudo los autos de fe; la mayor parte de estos eran secretos y particulares; los penitenciados solían sustraerse con más frecuencia a sus furores; dos de ellos D. Juan Olavarrieta y D. José Rojas, después de salir en el auto de fe de 1804 lograron la absolución, y el primero partió a España donde más tarde se hizo célebre publicando el Diario de Cortes, y el segundo emigró a Estados Unidos donde en venganza dio a luz un opúsculo contra la Inquisición.

     Sin embargo, al oír el grito de Dolores que inició la revolución de Independencia, pareció reanimarse. El 13 de Octubre del mismo año hubo de fulminar un edicto terrible contra Hidalgo y sus secuaces. Hay quien afirme que ya desde 1800 tenía en héroe causa pendiente con el tribunal. Doce son los cargos que le hicieron en el edicto, entre los cuales es curioso el de no haber querido graduarse en la Universidad, porque decía ser esta una “cuadrilla de ignorantes”. Concluye el edicto citándole dentro de treinta días, so pena de seguir la causa en rebeldía hasta la relajación en estatua y además excomunión y pone quinientos pesos de multa “a los que aprobasen la sedición, mantuviesen trato o correspondencia epistolar con Hidalgo, o le prestasen cualquier género de favor o ayuda; así como también a todos los que no denunciasen o no obligasen a denunciar a todos los que favoreciesen las ideas revolucionarias, o de cualquier manera las promoviesen o propagasen.”

     A pesar de esto, Hidalgo tuvo la rara felicidad de no pasar bajo las horcas del Santo Oficio. No así, el gran Morelos.

     Promulgada la constitución española de 1812, empezó la nación a caminar derechamente y de prisa por la senda de las reformas: una de las que primero introdujeron las cortes fue la extinción del funesto tribunal, previo un ardiente debate, que terminó con la aprobación del decreto de 22 de Febrero de 1813. Este se promulgó en Méjico el 8 de Junio, y por otros dos bandos se mandaron incorporar los bienes de la Inquisición a la real hacienda, y quitar de la Catedral las tablillas, con los retratos y nombres de los reos que habían sido penitenciados.

     Por una ordenación de las cortes, leemos en el Diccionario de Historia (18)

“Se mandó publicar el decreto de extinción tres domingos consecutivos en la misa mayor de las catedrales y parroquias. El nuncio apostólico y el cabildo de Cádiz se opusieron a esta determinación, como contraria a los usos y cánones que sólo permiten inter missarum solemnia la exposición del Evangelio o los edictos y pastorales de los prelados. En Méjico, para obviar, el arzobispo D. Antonio Bergosa y Jordán  hizo preceder el decreto de un edicto suyo. En cumplimiento de esos decretos, el intendente D. Ramón Gutiérrez del Mazo, procedió a recoger e inventariar los bienes, entregando los inquisidores con la mejor buena fe, y cosa que en un siglo de corrupción como el que vivimos causa un asombro, sesenta y cuatro mil pesos en plata, ocho mil en oro, y lo que es más, la obra pía del Lic. Vergara para alimentos de los presos de la cárcel, de la que eran los inquisidores patronos, y herederos por una cláusula terminante, si dejara de existir el tribunal o quisiese otra autoridad intervenir en la obra pía, cuya condición se cumplía entonces. Por la administración de esta fundación, tenía cada uno de los inquisidores un tintero de plata anualmente, el día d San Pedro mártir: de los productos de dicha obra pía construyeron los inquisidores la casa de las Recogidas de San Lúcas.”

     “Al tiempo de la extinción eran inquisidores los doctores D. Bernardo de Prado y Ovejero, D. Isidoro Saenz de Alfaro, primo del arzobispo Lizana, y D. Manuel Antonio Flores.”

     Más con la vuelta de Fernando VII al trono de España, y derrocada la constitución, se restauró todo a como estaba antes de la sanción de aquél código. El Tribunal de la Inquisición fue restablecido en Méjico el 21 de Enero de 1814. Días antes el arzobispo Bergosa había publicado un edicto por el que mandaba caritativamente a sus diocesanos “acudan a denunciar al Santo Oficio, a sus comisarios y ministros, todos los delitos de herejía o sospecha de ella, como también la lectura de libros prohibidos, bajo la pena de excomunión mayor.”

     No tardó en darse cumplimiento a la prevención y vemos a poco al Santo Oficio fulminar contra la constitución de Apatzingan, y apoderarse de cuantos en su concepto estaban comprendidos en el edicto, empezando por D. N. Movellan.

     Era el 22 de Noviembre de 1815. Morelos, el caudillo insigne que acaba de ser aprehendido en Tesmalaca, por el brigadier D. Manuel de la Concha, era traído de Tlalpan muy de mañana, y en un coche para evitar escándalo, a las cárceles secretas de la Inquisición.

     Las jurisdicciones militar y eclesiástica unidas comienzan la causa, que queda instruida en el espacio de veinticinco horas, y se desea proceder inmediatamente a la sentencia y ejecución. Pero el arzobispo electo Dr. D. Pedro José de Fonte, reclama su parte en la historia de condenar al acusado, y al efecto nombra una junta de eclesiásticos, que por dictamen unánime de sus miembros, le sentencia a privación de oficio y beneficio, degradación de las órdenes y entrega al brazo secular.

     No queriendo quedarse atrás la Inquisición, suplica al virrey que difiera la ejecución de la sentencia pronunciada por el arzobispo y se junta, y lo consigue.

     Celebran auto los inquisidores Flores y Monteagudo y el fiscal Tirado, asistido de los dos consultores togados, el provisor y el delegado de la mitra de Michoacán. Y se falla: que el presbítero D. José María Morelos, es hereje formal negativo, fautor de herejes y perturbador de la jerarquía eclesiástica, profanador de los Santos Sacramentos, traidor a Dios, al rey y al Papa, y como a tal se le declara irregular para siempre, después de todo oficio y beneficio, y se le condena a que asista a auto en traje de penitente, con sotanilla sin cuello y vela verde, a que haga confesión general y tome ejercicios, y para el caso inesperado y remotísimo de que se le perdone la vida, a una reclusión para todo el resto de su vida en África a disposición del inquisidor general, con obligación de rezar todos los viernes del año los salmos penitenciales y el rosario de la Virgen, fijándose en la Iglesia Catedral de Méjico un sambenito como a hereje formal reconciliado.

     La verdadera sentencia ya está promulgada de antemano, se le notifica el 21 de Diciembre del propio año, estando en la Ciudadela. Al día siguiente, cabalmente un mes después de la entrada de Morelos a las cárceles del santo Oficio, sale de Méjico a la madrugada un coche que escoltado camina hacia el pueblo de San Cristóbal Ecatepec.

     Hemos comprendido poco antes al P. Mier entre las víctimas insignes del tribunal del Santo Oficio. Después de acompañar el buen fraile al general Mina en toda su carrera de triunfos, cayó prisionero en la toma del fuerte de Soto la Marina por el brigadier Arredondo y se le trajo a Méjico con fuertes grillos en los pies, padeciendo en el camino el accidente de un golpe que le quebró el brazo, dejándolo inutilizado para toda la vida. Al llegar, se apresuró la Inquisición a abrirle sus cerradas puertas, y no le devolvió la luz del día sino hasta el año de 1820 en que fue confinado en el castillo de Ulúa.

 

Presente (19)

¡Murió la inquisición para no resucitar jamás!

     Ávida de riquezas, confiscaba los bienes de los infelices. ¿Pudo acaso prever que le estaba reservada la misma suerte? Su temido alcázar pertenece ahora a muchos dueños, y por un alto destino, esa casa, mansión un tiempo de la aflicción y la muerte, es hoy el santo albergue de la ciencia que consagra sus vigilas al alivio de las enfermedades y a la conservación de la especie humana.

     Más ya es tiempo de decir adiós a las casas que fueron del Santo Oficio y de encaminar otra vez los pasos al convento de dominicos. ¿Conocisteis la cerca que aprisionaba el atrio, quitando parte de la vista del templo principal, y casi sofocando las capillas? Ya no quedan del celoso muro, sino los cimientos.


Fuente: http://vamonosalbable.blogspot.mx/2015/04/plaza-santo-domingo-otro-de-los-sitios.html

     Pero el monumento ha ganado, y ahora luce por entero la gallardía de su construcción y la magnificencia de su aspecto. En uno de los ángulos del atrio está acumulado el escombro de la parte del claustro que ha sido preciso derribar para abrir la calle que desemboca en la de la Puerta Falsa (al fondo de la imagen, lado izquierdo. Acrecen también cada día ese cúmulo informe de los restos de las capillas del Señor de la Expiración y de la Tercera Orden, que no se sabe porque fueron destruidas.

     El templo mayor tan pronto se abre como se cierra y torna a abrirse al culto católico, y es un triste ejemplo del vaivén de las determinaciones humanas. No hace mucho era todavía la torre un gigante que significaba sus pesares y contentos por medio de labios de metal: en el día sólo conserva la sonora campana mayor llamada Nuestra Señora del Rosario, que se estrenó, según el Diario de Castro Santa-Anna, el 12 de junio de 1753, (20) “se estrenó en la torre de la iglesia de nuestro padre Santo Domingo la hermosa campana, que es de un hermoso metal de voz, y la simila a la grande que llaman de los Indios de nuestro padre San Francisco”.  Habiendo sido fundida dentro del convento por el maestro José de Lemos, que se hallaba allí retraído, siendo provincial R. P. Fr. Antonio Villegas. Sacó de peso cuatrocientas cuarenta arrobas.

     Si del atrio pasamos al interior de la iglesia veremos con gusto que su ornato es el mismo de siempre, y que las festividades religiosas se celebran con la pompa acostumbrada. Además del cimborrio forman su cima ocho bóvedas; tiene en el costado que está a la derecha del que entra cinco capillas, tres grandes y dos pequeñas debajo del coro, y la entrada que mira a la calle de los Sepulcros. En el izquierdo se ve una capilla que es la del Rosario, la cual es a manera de una rotonda comunicada con el templo principal por medio de una corta galería. Con todo, produce buen efecto el altar mayor, no menos que el cornisamento sostenido por diez y seis columnas con chapiteles festonados, y la balaustrada que descansa sobre la cornisa superior cerca de la cual arranca el cimborrio. Completan el adorno unos cuadros del maestro Villanueva, que representan pasajes de la vida de la Virgen.

     La fiesta de la Virgen del Rosario, fue establecida como todos saben, por San Pío Ven acción de gracias por la victoria que alcanzaron en Lepanto los cristianos contra los turcos el 7 de octubre de 1571. Más tarde fue introducida esta devoción en Méjico, merced a los afanes del religioso dominico Fr. Tomás de San Juan, llamado también del Rosario, el cual fundo la cofradía del mismo nombre, no solo en esta ciudad sino también en la de Puebla. La capilla se construyó y dotó por la munificencia de los mismos cofrades, entre los cuales figuraban personas de distinción y riqueza. El alguacil mayor de Méjico, Gonzalo Cerezo y su mujer María de Espinosa, donaron para el culto, una efigie de María Santísima de  plata “del cuerpo de una mujer alta, cuyo rostro salió con mucha hermosura y perfección, cuyo ropaje quedó adornado con varias piedras preciosas, haciendo costo de más de cincuenta mil reales de plata, que son seis mil y tantos pesos que llaman de tipuzque.” La festividad correspondiente se celebra cada año, precedida de quincenario. Era notable, sobre todo, por el simulacro de batalla naval entre cristianos y turcos que se verificaba en el atrio del convento en medio de tumultuoso concurso.

     Aunque la destrucción no respetó el claustro, queda todavía una parte en pie como para manifestar con arrogancia que el infortunio no le abate; y que su fuerza de inercia es mayor que la del destino. ¿Qué se hicieron de los moradores del convento? El soplo de Dios los ha dispersado.

NOTAS

1.-Ramírez Aparicio, Manuel, Los conventos suprimidos en México: estudios biográficos, históricos y arqueológicos, México, Imprenta y Librería de J.M. Aguilar y Cía., 1861, pp. 10-60; http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016456/1080016456.html 

2.-Alamán, Lucas, Disertaciones sobre la historia de la República Mejicana desde la época de la conquista hasta la Independencia, México, Imprenta de José Mariano Lara, 1844; Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2014.

3.http://www.enciclopedicohistcultiglesiaal.org/diccionario/index.php/BETANZOS,_Fray_Domingo_de

4.-Ramírez Aparicio, op. cit., p. 26.

5.-Ibid. pp. 28-35.

6.http://www.enciclopedicohistcultiglesiaal.org/diccionario/index.php/BETANZOS,_Fray_Domingo_de

7.-Dávila Padilla, Agustín, “Historia de la fundación y discurso de la provincia de Santiago de México de la Orden de Predicadores”, en Ramírez Aparicio, Manuel, Los conventos suprimidos en México: estudios biográficos, históricos y arqueológicos, México, Imprenta y Librería de J.M. Aguilar y Cía., 1861; Carreño, Alberto María, “Fray Agustín Dávila Padilla y la Real y Pontificia Universidad”, en Memorias de la Academia Mexicana de la Historia, XV, n° 4, México, 1956, pp. 324-344; http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=davila-padilla-agustin

8.-Dávila Padilla, Fray Agustín, Historia de la fundación y discurso de la provincia de Santiago de México, de la orden de predicadores, por las vidas de sus varones insignes y casos notables de Nueva España, Bruselas, Casa de Iván de Meerbeque, 1625, pp. 170-178

79.-Ibid,  pp. 66-69.

10.-http://www.biblioteca.org.ar/libros/130383.pdf cap. VI y VII. Visto el 21 de octubre de 2016.

11.-http://iteadjmj.com/MAIN/esi.pdf

12.-http://www.larapedia.com/resumen/La_inquisicion_espanola_resumen.html

13.-Francisco de  Paula Mellado, (et al.), Diccionario universal de Historia y Geografía, vol. V, Madrid, 1847; https://archive.org/details/raha_103323 , Tomo digitalizado por La Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras y la Biblioteca P. Joseph Healey en la Univ. de Massachusetts Boston. Visto el 28 de octubre de 2016.

14.-El sambenito. Dicha vestimenta constituía una imitación del saco de penitencia que la primitiva Iglesia solía imponer a los penitentes para expiar sus culpas. La etimología de la palabra sambenito es confusa. Una teoría sostiene que la antigua práctica de su bendición antes de colocarlo al penitente originó que sea llamado saco bendito y, de ahí, con la corrupción de las palabras, derivó en sambenito. La segunda etimología, presuntamente la auténtica, asume que proviene de San Benito, significado primero de “escapulario de benedictino”, o sea la pieza superpuesta al hábito que llevaban los profesos de esta orden monacal; por analogía, describía a un escapulario que se ponía a los condenados de la Inquisición. Aunque más tarde, tendería a conocerse como un signo de infamia y de vergüenza pública.

15.-http://www.redalyc.org/pdf/281/28101404.pdf; Miranda Ojeda, Pedro, Las sanciones de la fe. Los autos d fe, y la aplicación de penas del régimen inquisitorial en el México colonial, Toluca, Coatepec, Contribuciones desde Coatepec, n° 14, enero-junio, 2008, pp. 61-83.

16.http://www.biblioteca.tv/artman2/publish/1604_311/Grandeza_Mexicana_por_Bernardo_de_Balbuena_629.shtml

17.-Ramírez Aparicio, Manuel, Los conventos suprimidos en México: estudios biográficos, históricos y arqueológicos, México, Imprenta y Librería de J.M. Aguilar y Cía., 1861; http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016456/1080016456.html

18.-Francisco de  Paula Mellado, (et al.), Diccionario universal de Historia y Geografía, vol. V, Madrid, 1847; https://archive.org/details/raha_103323 , Tomo digitalizado por La Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras y la Biblioteca P. Joseph Healey en la Univ. de Massachusetts Boston. Visto el 28 de octubre de 2016.

 

18.-Ramírez Aparicio, Manuel, Los conventos suprimidos en México: estudios biográficos, históricos y arqueológicos, México, Imprenta y Librería de J.M. Aguilar y Cía., 1861, pp. 108-111; http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016456/1080016456.html

19.-http://bibliotecadigital.tamaulipas.gob.mx/archivos/descargas/12000025711.PDF

20.-http://bibliotecadigital.tamaulipas.gob.mx/archivos/descargas/12000025711.PDF

 

 

BIBLIOGRAFÍA

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