HISTORIAS
DE MÉXICO:
EL
CONVENTO DE SANTO DOMINGO(1)
¿Se dignará el lector
seguirnos al convento de Santo Domingo? Al presente sería nuestro paseo un si
es no laborioso, porque eso de emboscarse en un laberinto de columnas truncadas
y arcos a medio derribar, pisando fragmentos de cornisas, tropezando con arabescos
y hundiéndonos en colinas de cascajo y polvo; eso, repetimos, no es ya un
paseo, sino un vía crucis edificante, una peregrinación a Palestina. Pero meses
hace la visita que proponemos tenía un carácter muy diverso: era positivamente
un momento de solaz; y cómo vamos a retroceder hasta esa época, confiamos en
que no será desechada nuestra invitación.
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El muro celoso que ceñía el atrio del
convento aún estaba en pie: la cerca, la formidable cerca que había rehusado
jurar la constitución y había protestado contra las leyes de reforma, estaba
renuente a inclinarse ante los laureles de Calpulalpan.
A la entrada se veía sentado en un banco
el oficial de la guardia que custodiaba el edificio. Era un argos benigno que
dejaba libre paso a todos los curiosos, y se hallaba a la sazón en sabrosa y
animada plática con varios amigos…de corbata roja por supuesto.
En el atrio jugueteaban algunos soldados,
haciéndose diabluras, llamándose por sus apodos y echando a correr de cuando en
cuando para librarse de la persecución de algún camarada ofendido por sus
travesuras. Otros, empleando mejor el tiempo, limpian sus armas, o comen al
lado de sus mujeres y chiquillos, saboreando los placeres de la vida en familia
después de las vicisitudes y contratiempos de tres años de combates.
Más ved al frente, hacia el norte, la
magnífica fachada del templo con sus columnas corintias y su friso, donde el
arquitecto ha esculpido todos los risueños adornos del arte. Una gasa de
tristeza parece cubrir todo el monumento; la gran puerta está desdeñosamente
cerrada; las campanas guardan silencio, y entre los arcos de la torre no se ve
más que un ser viviente…un soldado que puesto de codos sobre un balcón y
sacando las rodillas por entre dos balaustres, contempla con aire de
indiferencia el espectáculo que tiene a la vista.
A la izquierda se abre el vestíbulo del
convento, notable por la solidez de su construcción; pero lóbrego como la boca
de una caverna. Sigue la portería; y si es cierto que los conventos se
edificaron a imitación de las casas romanas, esta parte del que observamos
corresponde al prothyrum, o sea
pasadizo entre la puerta que daba a la calle y la interior, que comunicaba con
el atrium o cavaedium.
Por lo demás, nada notable recuerda la
portería, si ya no es el hecho de haber estado en ella la célebre Cruz del
Santo Oficio, que según nos informa Alamán (2) en
sus “Disertaciones” permanecía allí colgada todavía hasta su tiempo.
Pasemos adelante, en lugar del pacífico
donado, nos encontramos a la puerta un
grave centinela de mirar hosco y áspero bigote que con voz tremenda nos grita:
-¡atrás!
-Permítanos usted un solo
momento.
-¡No hay orden!
-Venimos a ver las momias.
-Ya pasó la hora.
Desconsolados por tal recibimiento, no
teníamos otro recurso que volver pie atrás; pero he aquí que un incidente viene
a favorecer nuestros deseos.
Un murmullo sordo al principio y después
clamoroso se deja oír a lo lejos en el patio. Esperemos.
Era un concierto grotesco formado de voces
femeniles mezcladas con gritos roncos y salvajes: era una riña; los
contendientes se acercan, vemos a los que las profieren. –¡Cabo cuarto! exclama
el centinela, y acude el cabo, y acude el oficial de guardia, y acuden todos
los soldados, y…a río revuelto ganamos nosotros la entrada del patio.
Aunque ya otra vez habíamos visitado aquel
lugar, no pudimos menos que detenernos a ver los corredores. El patio es un
cuadrado amplísimo, y su centro está ocupado por una fuente que ha sustituido
al impluvium de los antiguos. El
techo de los cuatro corredores se haya sostenido por veintiocho arcos que
descansan sobre elegantes pilastras; y a pesar de lo ahumado de los muros
interiores y del ambiente húmedo y sepulcral que allí se respira, el efecto de
la airosa columnata no puede ser más agradable.
Del patio, y siguiendo el corredor de la
derecha hasta su extremo, pasamos a una galería vasta aunque oscura, donde nos
llamó la atención un espectáculo extraño y lleno de vida. ¿Quién podía esperar
ver en aquel recinto a más de cincuenta soldaderas entregadas, cerca del fuego,
a las ardientes faenas de la cocina? Unas usaban carne, envueltas en nubes de
humo; otras agitaban el aventador para avivar el fuego; ésta, con el mismo
objeto, sopla sobre los tizones; aquella empuña varonilmente una enorme
cuchara, y metiéndola en la olla la mueve circularmente con un ruido particular;
la de más allá trata y regatea con algunos vendedores de comestibles;
finalmente, todas charlan y ríen, formando una algarada no interrumpida.
La travesía por aquél océano cocinal fue ardua;
pero al fin llegamos a la escalera que conduce a las galerías superiores, y un
momento después nos hallábamos en el claustro, a cuyo extremo se ve la capilla
que encerraba las momias.
Por las paredes cubiertas de polvo y
telarañas, el altar vestido de luto, el retablo apolillado, y en suma, por el
aspecto de vejez, de decrepitud que se notaba en la capilla, cualquiera la
hubiera juzgado digna tumba de los restos humanos que ostentaba; la momia de la
arquitectura que acogía en su regazo a otras momias. Éstas se mostraban al
través de una reja gótica, la mayor parte en fila, reclinadas sobre una banca,
en pie, y con el semblante hacia los espectadores.
Digna era por cierto de observarse aquella
entrevista de la vida con la muerte, de los inquietos huéspedes del mundo con
los silenciosos moradores del sepulcro; aquella hilera de seres animados,
alegres, llenos de curiosidad, en frente de otra hilera de seres misteriosos,
quimeras de hombres, fábulas de vivientes, que no tenían ojos y parecían ver,
que no tenían labios y parecían recibirnos con un gesto de indiferencia y de
ironía; aquel encuentro singular entre las miserias y las glorias de la generación
actual y las reliquias de las anteriores; y finalmente, aquel saludo del
presente al pasado, del tiempo a la eternidad.
Hay en nuestros partidos políticos ciertos entes que son con todo rigor los
mites de la gran revolución social que en el país se representa. Por de contado
que ellos se consideran personajes de importancia y de los más bien iniciados
en las tradiciones y misterios de su comunión: ellos son los que en el periodo
de caída encuentran a usted en la calle y con aire cauteloso le dice: -¡Amigo!
Parece que no gobernamos tan mal: ahora puede usted colocarse; voy a solicitar
un empleo para usted, y espero que no nos desairará. Todo lo saben, de todo
hacen un secreto, cualquiera palabra suya es una revelación; cuando despliegan
los labios es menester creerlos como a un oráculo; y empuñan el timón del
gobierno ni más ni menos que como araba la mosca pegada al cuerpo del buey.
El liberal cometería un crimen de lesa
nación si renunciara al fieltro, que es el sombrero democrático por excelencia,
y ni todos los amagos de guerra extranjera les obligarían abandonar la cinta
del reloj y la corbata roja.
El conservador cree a pie juntillas que
todos los puros son herejes o punto menos que ateos; ningún liberal obra de
buena fe; todos persiguen sistemáticamente al culto católico y a sus ministros,
permiten la libertad de imprenta para desmoralizar al pueblo, y pretenden
entregar a la nación en cuerpo y alma a los yankees.
En cambio, el puro sostiene a capa y
espada que los conservadores nos venden a España; que todos son hipócritas,
falsos, déspotas, ignorantes y acérrimos partidarios de la inquisición.
Concretándonos al asunto que nos ocupa, conoce tan ampliamente la historia del país,
que, en su concepto, los frailes no vinieron a Méjico sino para sistemar la
tiranía; ningún beneficio se les debe; todos son y han sido un hato de zafios,
inteligentes solo para apropiarse los bienes ajenos y promover autos de fe: ¿se
extrañará, según lo dicho, que los liberales de esta ralea hayan querido hacer
creer al vulgo que las momias eran frailes emparedados, víctimas de las
venganzas de sus propios hermanos o del implacable tribunal del Santo Oficio?
La exhumación se hizo a presencia de
muchos, y antes de ocho días todos sabíamos que las momias fueron extraídas del
osario del convento, donde reposaban como cualesquiera otros cadáveres de los
hijos de la orden.
Hay más: un librito escrito con veracidad
hizo populares los nombres que tenían cuando Dios las animaba con su aliento de
vida. Entre ellos, ¿quién no recordará con admiración y gratitud el del Dr. Fr.
Servando Teresa de Mier?
Este religioso fue uno de los primeros
mejicanos que se presentaron con lucimiento en Europa, acreditando que la
nación no era indigna de ocupar lugar entre las civilizadas. En todas partes le
granjeaban amigos su conducta intachable y modales decentes. Durante los doce
años, poco más, que residió en Inglaterra, vivió entregado a las labores
científicas, y estableció una academia de idiomas, en la que el mismo enseñaba
español, francés, italiano y latín; esto ciertamente no dejaría de llamar la
atención en un tiempo en que tan pobre idea se tenía de nuestros paisanos.
Pero el hecho más relevante de su vida fue
la parte tan activa y gloriosa que tuvo en la independencia de la patria. El
comprometió al general Mina a venir a Méjico, proporcionándole los recursos
necesarios para organizar su ejército; juntos desembarcaron en Soto la Marina;
juntos batallaron contra el poder colonial. Y bien mirado, esta consagración
eficaz y exclusiva otorga del Dr. Mier mejores títulos a nuestra gratitud que
aun al propio Mina; éste, como el mismo declaró, “no había pasado a América a
favorecer directamente la revolución, pues que no amaba a los americanos ni
mucho ni poco”.
Además, para que no faltase ningún mérito
al P. Mier, su amor a la independencia le acarreó amargos sinsabores. Sufrió
destierros, prisiones y tratamientos indignos con la serenidad de un héroe, con
la maravillosa resignación de un mártir.
Después, verificada ya nuestra
emancipación política, tuvo asiento en el primer congreso constituyente, siendo
uno de los individuos que formaron la constitución del 24. Murió tres años
después, legando a la posteridad varias producciones de su pluma, entre otras
las célebres Profecías, y una
relación de sus viajes por Europa.
Pero volviendo a las momias, se asegura
que una ha sido donada a la Escuela de Medicina, y cuatro van a ser
trasportadas, o ya lo fueron, a la República de Buenos Aires. Si lo último es
cierto y entre ellas va la del Dr. Mier…su suerte es viajar aún después de
muerto, como el Cid guerreó contra los moros ya convertido en cadáver.
Lejos estábamos de prever este paradero,
los que arrimados a la fría reja contemplábamos sin repugnancia, y antes bien
poseídos de un sentimiento indefinible, aquellos seres silenciosos que parecían
próximos a convertirse en polvo; aquellas sombras de faz indecisa evocadas de
un mundo lejano para venir al nuestro a patentizarnos con lenguaje insinuante
la vanidad de la vida.
Una vez apagada la curiosidad, discurrimos
por el claustro un momento, con la íntima convicción de ser el último que nos
era dable aprovechar para ese objeto, porque ya la demolición se preparaba a
sus faenas. La soledad y el silencio habían invadido aquellas galerías que
parecían interminables: la noche estaba próxima, y el crepúsculo les comunicaba
por las estrechas ventanas uno que otro rayo de claridad enfermiza y pavorosa.
La
demolición
Volvimos a bajar por la escalera que
remata en la ancha y espantosa galería donde las soldaderas tenían sentados sus
reales. Las tinieblas anidaban en la bóveda; seguían con el mismo ardor la
charla y las maniobras; las risotadas tenían eco en el claustro, y las fogatas
esparcidas por el desigual pavimento, alumbraban las paredes de los lados con
una luz infernal.
Allí supimos la causa de la riña que nos
facilitó la entrada al convento. Un soldado había tenido en Méjico sus
quebraderos de cabeza antes de partir a la campaña, y cuando volvió con el
ejército triunfante traía consigo a una tapatía por esposa: las sirenas de la
capital luego que le vieron sano y salvo le reclamaron por suyo: él se burlaba
de todas; pero la tarde a que nos referimos, tuvieron ellas una entrevista en
la susodicha galería; cada una alegó prioridad de derecho: aquello fue una
cuestión legal, una conjuración. Pero cuando todas disputaban y ninguna se
convencía, aparece el soldado, causa de la quimera, y todas arremeten contra él
como furias…
Cuando atravesamos el patio, ya iba
entrando la noche; y mientras las pilastras se dibujaban en un claro oscuro,
reflejaba la luna su luz en la parte superior de los muros como una caricia
melancólica.
Seguimos nuestro camino, y a un lado de la
puerta vimos otra vez al centinela que descansaba en su arma, inmóvil y callado
como la estatua de la vigilancia que decora la entrada de la mansión del
reposo.
El
pasado
¿Pero nada dicen al
pensamiento estos lugares? ¿Quiénes echaron los cimientos de estos muros?
¿Cuáles son las santas memorias que encierran, los dramas silenciosos de que
han sido teatro?
Volvamos la vista al océano.
El sol, que brotaba del seno de las ondas,
derramaba torrentes de gloria y se levantaba lentamente como bañándose en el
mar. En estos momentos de animación universal, los habitantes de Veracruz se
hallaban en la playa con los semblantes convertidos al Oriente ¿Qué buscan sus
ojos en las remotas soledades del piélago?
Mírase en el horizonte un objeto de forma
indecisa que se acerca majestuosamente. ¿Será una nube impelida por los halagos
de la brisa? Es una vela. Poco a poco se va distinguiendo su figura.
A medida que se acerca, sube de punto la
curiosidad y toma creces el regocijo en el concurso que la espera. Ya está en
el puerto. Al mudo interés de los espectadores siguen aclamaciones entusiastas.
Viene en esta nave el Lic. Luis Ponce de
León que sucederá en breve a Cortés en el gobierno de Méjico; pero trae a sí
mismo a doce personajes misteriosos, cuyos nombres no se proclaman, pero a
quienes todos miran con el mayor rendimiento y veneración.
Al día siguiente se les ve tomar su camino
hacia la capital, solos, sin aparato, sin el séquito fastoso con que más tarde
emprendían sus viajes los virreyes.
Con todo, su peregrinación es un triunfo;
por todas partes salen los naturales a recibirlos con cantos y danzas,
ofreciéndoles ramilletes fragantes y olorosos. Una voz interior aseguraba a los
infelices indios que estos nuevos huéspedes, pobremente vestidos y en cuyo
modesto semblante leían la benevolencia, no eran como los hijos de Tonatiuh que
fulminaban rayos, convertían en ceniza los pueblos y reducían a servidumbre a
los moradores del Ánahuac.
Por eso los recién venidos eran objeto de
estos y otros mil agasajos: el sentimiento que despertaban en cuantos los veían
era el que excitan los enviados de la Divinidad.
Contemplaban ellos, radiantes de júbilo,
las selvas vírgenes que los acogían en su seno de perfumes, los valles
dilatados donde se espacia la vista por alfombras de lirios y gentiles
arboledas: las cataratas le hablaban el idioma del desierto; una brisa
balsámica les daba el ósculo de paz; aves de nuca visto plumaje seguían sus
pasos, vertiendo la magia de la armonía, y hasta las nevadas cumbres de la
excelsa cordillera parecían inclinarse a darles la bienvenida.
En medio de esta pompa risueña llegan a
esta ciudad de donde salen a recibirlos lo más granado de la nobleza española
recién avecindada, y a su frente el conquistador. Todos a porfía se empeñan en
darles las más brillantes pruebas de amistad y acatamiento; pero ninguno se
extremó tanto como Cortés. Arrodillado delante de cada uno, les besaba las
manos y vestidos.
Estos hombres, eran doce frailes humildes
pertenecientes a la religión que produjo Santo Tomás de Aquino, el varón más
docto de su tiempo, y en la que florece el P. Lacordaire, dechado de
predicadores; eran los primeros religiosos de la orden de Santo Domingo que
pisaban nuestro suelo.
Esta entrada en Méjico fue fechada en 23
de junio de 1526.
El origen de la venida de los religiosos
no fue sino el celo que ardían en aquella época todos los varones apostólicos
por extender el imperio de la fe en las regiones del Nuevo Mundo, recientemente
conquistadas. Y no cabe duda en que la mies que habían de cosechar era copiosa.
Nuestros frailes vinieron de España
enviados por su general, que lo era a la sazón el P. Fr. Silvestre de Parra.
Fueron cinco de la provincia de Castilla:
|
Fr. Tomás Ortiz, Vicario, Fr. Vicente de Santa Ana, Fr. Diego Soto Mayor, Fr. Pedro Santa María y Fr. Justo de Santo Domingo. |
Tres de la provincia de Andalucía:
|
Fr.
Pedro Zambrano, Fr.
Gonzalo Lucero, diácono, y el lego Fr.
Bartolomé de Calzadilla o Salcedilla |
No quiso más de ocho religiosos el
vicario, porque traía noticia, según refiere un cronista, “del bendito P. Fr.
Domingo de Betanzos que estaba en la Isla Española, y traía licencia del
general para que de aquella provincia pudiese hacer cumplido el número de doce
religiosos para Méjico”. Este número era sagrado y hacía alusión al de los
apóstoles.
En efecto, al pasar por la Isla de santo
Domingo se unieron a los viajeros, además del referido P. Betanzos, otros tres,
con los cuales se completó el número deseado, y fueron:
|
Fr.
Diego Ramírez, Fr.
Alonso de las Vírgenes, y Fr.
Vicente de las Casas, novicio. |
Recibidos en esta ciudad, como se ha
dicho, fueron llevados en procesión al convento de San Francisco, donde se
hospedaron, manteniéndose en él tres meses hasta octubre del mismo año, que
fueron al sitio que se les señaló para fabricar su convento, en una casa que
estaba donde fue después la Inquisición, y probablemente donde hoy está la
Escuela de Medicina.
Pusieron manos a la obra, y en poco tiempo
consiguieron darle cima; pero los acogió tan mal el temperamento, que en menos
de un año murieron cinco religiosos y enfermaron los demás, de suerte que el
año siguiente de 1527, Fr. Tomás Ortiz, que vino de superior, tuvo por
conveniente regresar a la Península, y con él otros tres religiosos.
Pasó después en 1528 el mismo P. Ortiz con
otra misión de veinte religiosos a Santa María, de orden del Emperador, quien
al año siguiente lo hizo obispo de allí, y fue el primero de aquella provincia:
con esto ya no quedaron en Méjico sino tres frailes, que fueron Fr. Diego
Lucero, Fr. Vicente de las Casas y el P. Betanzos, a quien se debe no sólo la
fundación de este convento, sino de toda la provincia de Guatemala.
Permaneciendo los religiosos en el sitio
indicado hasta el año de 1530. El gobernador Juan Alonso de Estrada les señaló
y dio el de la esquina de enfrente, y nos informa el escritor de quien tomamos
esta noticia, “labraron allí su convento a costa de la real hacienda, cuya
iglesia se dedicó el año de 1575, y el año de 1590 a 8 de Diciembre, la
consagró el Sr. D. Fr. Alonso de Guerra, religioso de la misma orden, y obispo
de Michoacán; pero después como la iglesia y convento por lo cenagoso del sitio
estaban tan maltratados y hundidos, el día 6 de Julio de 1716 se anegó de tal
suerte la iglesia y oficinas bajas del
convento, que le fue preciso al provincial, que lo era a la sazón Fr. Francisco
Aguirre, juntar sus padres a consejo, y fabricar nueva iglesia y convento, que
con efecto se resolvió, y desde luego se comenzó, de suerte que en 3 de Agosto
de 1736, se dedicó la nueva iglesia enteramente acabada, que es uno de los más
magníficos y suntuosos templos de la ciudad”. Costó más de doscientos mil pesos.
Fuente: http://www.flickriver.com/photos/eltb/sets/72157605254774784/
Fuente:
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Su situación es de Norte a Sur; a este
viento la puerta, y a aquel el altar mayor; tiene seis capillas a la banda del
Poniente y cinco a la del Oriente, todas magníficamente adornadas, y la del
Rosario puede servir de iglesia principal.
“Este convento es la cabeza de la
provincia, la que hizo independiente de la Santa Cruz de la Isla Española, que
pretendía tenerla unida, el P. Fr. Domingo de Betanzos, fundador de ella, que
en el año de 1531 pasó a España a este efecto, y consiguió dos bulas del Papa
Clemente VII, la una fecha en Roma a 2 de Julio de 1532, y la otra en Bolonia,
a 8 de Mayo de 1533, y patente de su general para erigirla en provincia,
separada e independiente de la Santa Cruz de la Isla Española; y por haber
llegado a Méjico en 24 de Julio de 1533, víspera del apóstol Santiago, le
tomaron por su patrono, y se intituló la provincia de Santiago de Méjico, orden
de predicadores.”
En cuanto a la capilla del Rosario, se
dedicó en 29 de Enero de 1690, habiendo sido abierta a los fieles el día
anterior. El diario del licenciado Robles nos describe este suceso de la manera
siguiente:
“Sábado 28, se abrió
la capilla del Rosario y se trajo la Señora del Rosario a las cinco de la
mañana a la Catedral, de donde volvió en procesión a la tarde: y fue el señor
arzobispo en ella vestido de pontificial, y asistió el virrey y ciudad: hubo
muchos fuegos: fue por las Escalerillas a la calle del Reloj por la
Encarnación”.
Fuente:
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Del claustro no sabemos más, sino que se
dedicó con procesión y sermón el 29 de Septiembre de 1692.
Se fundaron así mismo otras dos capillas
con entrada por el atrio mirando al Oriente: una dedicada al Señor de la
Expiración, cuyo altar mayor da frente a este mismo rumbo, y otra que es de la
Tercera Orden, se extiende de Norte a Sur, quedando el altar mayor hacia este
último viento.
Tal es el cuadro que encerramos la
historia de la fundación del primer convento de dominicos en el país: de
intento hemos renunciado a darle mayores dimensiones por evitar la prolijidad
que resultaría de incluir el él pormenores que pudieran acaso parecer
impertinentes o fastidiosos. Sin embargo, no es dable referir este suceso sin
trasladarse a la época en que se verificaba, y contemplar con interés, el
grandioso espectáculo de la lucha de dos civilizaciones, ambas antiguas, de las
cuales una moría y la otra empezaba a aclimatarse en nuestro suelo. Llamaron a
todos los menesterosos; y en vez de contentarse con dar oídos a los que pedían
su ayuda, iban ellos mismos a buscarlos a sus moradas, arrostrando todo género
de peligros. Así fue como dieron principio a otra conquista más suave; sin
valerse de otras armas que la palabra y el ejemplo; así es como se esparcieron
por el territorio nacional, descubriendo nuevos países, impulsando los
adelantos de la geografía, estudiando la historia y las lenguas indígenas,
perfeccionando la agricultura, introduciendo nuevas artes, y ganando al mismo
tiempo prosélitos del cristianismo y de la civilización.
Convendrá dar algunos apuntes biográficos
de varios, que no por haber vivido en el retiro son menos acreedores a las
miradas de la posteridad. Empezaremos por el fundador de la Provincia de
Méjico.
Fray
Domingo de Betanzos
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Nació este varón insigne en
León, España, en 1480, y murió en Valladolid el 14 de Septiembre de 1549.
Quien
fuera el fundador de la Provincia Dominica de Santiago en México, nació en
León, España, entre el año de 1470 y 1480. Su nombre de pila era Francisco,
pero al convertirse en fraile dominico decidió cambiarlo por Domingo, como el
fundador de su orden. Fue enviado por sus padres a estudiar a la Universidad de
Salamanca, donde destacó como un brillante alumno. Más tarde sintió el llamado
de Dios a la vida contemplativa e inició un viaje por Europa hasta que
finalmente regresó a Salamanca donde, por consejo de su amigo Pedro de
Arconada, decidió ingresar a la Orden de Predicadores alrededor de 1510.
Rápidamente
recibió un gran número de novicios y, preocupado por enfrentar tal
responsabilidad en solitario, le pidió a Fray Martín
de Valencia–con quien llevó una gran amistad- que
si moría antes de que algún sacerdote de su Orden llegara a ayudarlo, se
encargara de velar por su convento y novicios enviando un sacerdote que les
oficiara misa. Sin embargo esto no fue necesario porque pronto volvió de España
Fray Vicente de Santa María, acompañado de otros seis religiosos. En el primer
capítulo que se celebró, Fray Domingo fue electo vicario general; fundó el
convento en Tepetlaoxtoc, al oriente de Texcoco y
viajó a Guatemala para
fundar la Orden. (3)
En la
Española lo contemplamos entregado a la sublime tarea de la predicación y de la
conversión de los indios a la vida civil. “No trabajó menos el santo en plantar
la fe en los indios, que en reformar el desorden en muchos españoles. Es
lástima aún ahora acordarnos de las crueldades y fierezas que nuestros
españoles usaron, en particular en aquella isla y su comarca en los pobres
indios”. Así se expresa a este respecto el P. Fr. Agustín Dávila Padilla; y en
otro lugar de su crónica añade: “Bien se ha aparecido por los efectos cuan
maltratados han sido los indios, pues ha quedado ya su tierra despoblada con
haber sido tan famosa. Todo se acabó y despobló por el rigor y crueldad de
algunos capitanes y soldados que interpretando siniestramente las justas leyes
de los reyes católicos, llamaban promulgación pacífica su violenta demanda de
oro”.
Hacia
este tiempo aún se usaban los repartimientos
o encomiendas, especie de
servidumbre contra lo que tanto combatió el ilustre Las Casas. Del cronista ya
citado tomamos este dato sobre una de las ocupaciones a que solían los
encomenderos dedicar a los infelices que les estaban sujetos: “Enviaban a los
indios a que buscasen oro en los ríos, y a las indias a que cultivasen las
tierras en sus propias granjas y sembrados, sin darles de comer, más que una libranza en las yerbas y raíces
del campo, y sin más paga que un ordinario disgusto de sus trabajos
pareciéndoles a los amos poco lo hecho, respecto de los que los hambrientos de
riqueza deseaban.” (4)
Tiempo después llegó un tercer grupo de dominicos,
provenientes de La Española con autoridad de su capítulo general para sujetar a
los frailes establecidos en tierra continental a la isla, situación que llevó a
Fray Domingo a viajar a Roma para pedirle a S.S. Clemente VII que la Nueva España se convirtiera en provincia. El Papa accedió a su
petición y de esta manera nació la Provincia de Santiago. A su regreso a
tierras americanas llevó consigo a un grupo de religiosos de Castilla, entre
quienes se encontraban Fray Pedro Delgado y Fray Tomás de San Juan.
Él fue el
constante patrono de los indios, y abogó siempre porque se les tratase con los
miramientos debidos a su dignidad de hombres. Con este objeto, y para dar una
lección severa a los que medraban con el trabajo y vida de los infelices
naturales, desecho siendo prior de este convento la propuesta del gobernador
Alonso de Estrada, que tenía comisión del emperador para dar pueblos en
encomienda, sobre que los de Cuitlahuac, Mexquic, Zumpango y Xaltocan, que
están fundados en la laguna, tributasen al convento de Santo Domingo, en
pescado fresco, lo que habían de tributar en dinero y maíz a otro encomendero.
Por esta misma
causa rehusó siempre admitir rentas y tener haciendas, aunque con importunos
ruegos le ofrecían los ciudadanos de Méjico grande cantidad de dinero y
posesiones.
Le pareció más
conforme al espíritu de su instinto vivir de mendicidad; y consecuente con esta
idea enviaba diariamente a sus frailes por las calles de dos en dos con árgueñas
al hombro, que pidiesen la comida por amor de Dios. Si alguno de estos buenos
religiosos, salvando los umbrales de la muerte, apareciese hoy en medio de
nosotros, ¿qué pensaría de nuestras contiendas por unos bienes que vieron ellos
con tanto desprecio y aún aversión?
Se vestían los
frailes como dice el cronista ya citado “de una jerga gruesa que se hacía
entonces. Era el sayal muy tosco y las ropas cortas y angostas, por el orden
que mandan las constituciones. La túnica era una ropa a raíz de las carnes, y
luego el hábito llamado saya, y escapulario y capilla de los mismo.”
Todos, aún los
prelados, caminaban a pie, y no había excepción de esta regla ni tratándose de
largas distancias, como de Méjico a Tehuantepec. Sería verdaderamente pasmoso
ver a un anciano como Fr. Domingo, atravesar las ásperas serranías de Oaxaca y
Chiapas para ir a fundar su orden a Guatemala: al volver a la capital encontró
a Pedro de Alvarado, que ya sincerado en la corte de los cargos que contra él
pesaban, regresaba a Guatemala como gobernador y capitán general de aquellas
provincias.
Cuando
llegaron a la capital la hallaron dividida en dos bandos; pero en lugar de
entrar a las filas de alguno y atizar la discordia, emplean todos los recursos
que les ministraban su ingenio y su sagrado carácter, en conjurarla o por lo
menos aplicarle algún remedio. “Rogaban a unos, suplicaban a otros, se ponían
de rodillas a los pies de quien querían persuadir dejase el enojo contra su
prójimo.”
Envió a Roma
al padre Fr. Bernardino de Minaya, para que obtuviera una bula del papa Paulo
III, para pedirle una declaración de que
los indios son hombres y capaces de sacramentos. Consta la declaración de
S.S. en una bula, que, por no ser conocida de todos nuestros compatriotas, nos
parece que no será mal vista en este lugar.
El documento a que
nos referimos, traducido del latín, es del tenor siguiente:
“Paulo Papa III. A todos los fieles cristianos que las
presentes letras vieren, salud y bendición apostólica. La misma verdad, que ni
puede engañar ni ser engañada, cuando enviaba los predicadores de su fe a
ejercitar este oficio, sabemos que les dijo: “Id y enseñad a todas las gentes”.
A todas, dijo, indiferentemente, porque todas son capaces de recibir enseñanzas
de nuestra fe. Viendo esto y enviándolo el común enemigo del linaje humano, que
siempre se opone a las buenas obras para que perezcan, inventó un modo nunca
antes oído, para estorbar que la palabra de Dios no se predicase a las gentes,
ni ellas se salvasen. Para esto movió algunos ministros suyos, que deseosos de
satisfacer a sus codicias y deseos, presumen afirmar a cada paso que los indios
de las partes occidentales y las del mediodía, y las demás gentes que en estos
nuevos tiempos han llegado a nuestra noticia, han de ser tratados y reducidos a
nuestro servicio como animales brutos, a títulos de que son inhábiles para la fe
católica; y so color de que son incapaces de recibirla, los ponen en dura
servidumbre en que tienen a sus bestias apenas es tan grande como la con que
afligen a esta gente. Nosotros, pues, que aunque indignos, tenemos las veces de
Dios en la tierra, y procuramos con todas fuerzas hallar sus ovejas, que andan
perdidas fuera de su rebaño, para reducirlas a él, pues es este nuestro oficio,
conociendo que aquestos mismos indios como verdaderos hombres, so solamente son
capaces de la fe de Cristo, sino que acuden a ella corriendo con grandísima
prontitud, según nos consta: y queriendo proveer en estas cosas de remedio
conveniente, con autoridad apostólica, por el tenor de las presentes,
determinamos y declaramos, que los dichos indios y todas las demás gentes que
de aquí adelante vinieren a noticias de los cristianos, aunque estén fuera de
la fe de Cristo, no están privados ni deben serlo de su libertad, ni del
dominio de sus bienes; y que no deben de ser reducidos a servidumbre:
declarando que los dichos indios y las demás gentes han de ser atraídos y
convidados a la dicha fe de Cristo, con la predicación de la palabra divina y
con el ejemplo de la buena vida. Y todo lo que es contrario de esta
determinación se hiciere, sea en sí de ningún valor ni firmeza: no obstante
cualesquiera cosas en contrario, ni las dichas, ni otras, en cualquier manera.
Dada en Roma, año de mi quinientos treinta y siete, a los nueve de Junio, en el
año tercero de nuestro pontificado.”
Con
declaración tan solemne alcanzó Betanzos una victoria que ya nadie se atrevió a
disputarle. (5)
Nuevas empresas – Última peregrinación
Fundado estaba el edificio de su religión: se veía
enarbolado en la cima el magnífico estandarte donde había escrito “Amparo
y protección a los desvalidos”. Para lograr que esta enseña llegara a
todo el territorio nacional y todos sus habitantes, el buen fraile no sólo
emprendió viaje a Guatemala y fundó el primer convento de aquella provincia,
sino que procuró y realizó el establecimientos de otros en las cercanías de
Méjico, y aún en los distritos más lejanos como la Mixteca, enviando a este fin
a sus religiosos.
Fruto de este
celo, fue por de pronto el convento de Tepletlaoxtoc, dedicado a Santa María
Magdalena. Enseguida, y cuando vinieron de España otros ocho religiosos, se
fundaron las casas de Oaxtepec, donde aprendieron la lengua mejicana, y
sucesivamente las de Chimalhuacan, Chalco y Coyohuacan. En una palabra, el año
de 1591 tenían ya los religiosos dominicos en nuestro país sesenta y seis
casas, con el competente número de conventuales, en las que se enseñaban las
lenguas indígenas, habiendo algunos que sabían hasta siete y predicaban en
todas.
Más perdamos
de vista por un momento el principio y adelantos de la orden dominicana en
Méjico, para seguir al P. Betanzos en sus últimos días. Su vida fu una
peregrinación sobre la tierra; su carrera abraza al mismo tiempo otras
carreras, y la aptitud que tiene para una la acredita para todas: por eso le
vemos en el claustro perfecto cenobita, en la predicación ardiente apóstol, en
la ciencia letrado distinguido, y en la sociedad cristiano severo y filántropo
sublime.
Pero el noble
viajero se acercaba a la meta que había tenido siempre a la vista, y cansado
del camino, sólo deseaba reposar en el Señor. Todas las épocas de su vida están
señaladas por otras tantas peregrinaciones, y le había llegado su vez la
última. Cuando joven le vemos dejar a Salamanca, y encaminarse a Roma: de allí
parte a sepultar esta misma virtud en el retiro de la isla de Ponza: cinco años
después regresa a Salamanca y viste el hábito de Santo Domingo en el convento
de San esteban; enseguida toma el báculo y las sandalias para dirigirse a
Lúcar, donde se embarcó rumbo a la Española: de esta isla viene a Méjico; de
aquí va a fundar su orden a Guatemala; vuelve luego que ha llenado
cumplidamente su objeto, y emprende de nuevo el camino a Roma para solicitar de
la Santa Sede la independencia de la provincia de Méjico. Y cuando agobiado por
los años, pero no abatido, quedan atónitos al observarle emprendiendo una nueva
peregrinación en compañía del P. Fr. Vicente de las Casas. Quiere morir en
tierra Santa.
Fue un hombre
austero y virtuoso que impuso un régimen de pobreza entre sus condiscípulos
quienes lo siguieron a pie, con hábitos pobres y negándose a recibir rentas,
evangelizando a los indios durante treinta años hasta que la necesidad los
obligó a andar a caballo y a recibir rentas. Así lo describe Fray Gerónimo de Mendieta: “varón
de gran santidad (…) hombre austerísimo en el rigor de la penitencia en su
propia persona, ejemplar y maestro de toda virtud (…)”
Defendió la racionalidad de los indios
ante aquellos que argumentaban lo contrario, para lo cual escribió a Paulo III
con el objetivo de que se pronunciase al respecto, “no porque hubiera duda sobre la
materia, sino para dar mayor autoridad, definitiva, a lo que de antemano se
sabía y practicaba”. En efecto, ni él, ni los demás misioneros, ni muchos
conquistadores dudaron de la racionalidad de los indígenas, puesto que desde un
inicio procuraron su conversión y bautismo. No obstante, hubo quienes sí lo
creían y actuaban en consecuencia –como los miembros de la Primera Audiencia-
por lo que los esfuerzos de Fray Domingo se sumaron a los de otros religiosos
para frenar aquél error. Su carta fue llevada a Roma junto con otras misivas
como la de Fray Julián
Garcés, por el religioso Fray Bernardino de Minaya. De estas
cartas enviadas por aquellos que emprendieron la defensa
del indígena en
Las Indias se desprendió la bula Sublimis Deus
de S.S. Paulo III.
Fray Domingo planeó junto
con sus amigos Fray Juan
de Zumárraga y
Fray Martín
de Valencia, armar una expedición para ir a
predicar a la región de Filipinas; sin embargo ya estando en Tehuantepec para
embarcarse, no les fue posible hacerlo debido a que los barcos mandados a
construir por Hernán
Cortés para
este propósito fueron estropeados por la polilla. La expedición no se llevó a
cabo en ese momento, ni con esos actores, pero más tarde llegarían los
misioneros a esas lejanas tierras asiáticas vía Nueva España. La amistad entre
Zumárraga y Betanzos se mantuvo hasta la muerte del primero, quien falleció
acompañado de su amigo, como siempre lo deseó. Fray Domingo de Betanzos murió el 14 de septiembre de 1549 en
la ciudad de Valladolid, durante un viaje que realizaba a España. (6)
La noticia de la muerte de Betanzos se
propagó en España y América, en todas partes se consideró la pérdida de este
hombre como una calamidad. Valladolid, se conmovió, y todos sus moradores se
agolpaban a la puerta del convento pidiendo que se les permitiera contemplar
los restos del varón esclarecido, muerto en olor de santidad.
Consagrado a las tareas apostólicas de una
manera exclusiva, si bien atesoraba buenos conocimientos en todas materias,
apenas tuvo tiempo para escribir. La única obra suya que ha llegado a nuestra
noticia tiene por título Adiciones a la
doctrina cristiana, que compuso Fr. Diego de Córdoba.
Pero sujetos como el héroe de esta
historia, no han menester estampar su nombre en la portada de un libro para
legar su memoria a la posteridad. La vida de Fr. Domingo Betanzos es la de un
modesto religioso, pero un religioso ajustado a los preceptos del antiguo
instituto, y a las exigencias de todas las sociedades y de todos los tiempos:
resplandece en ella el verdadero discípulo de Jesucristo, digno de estima por
las obras y por los subidos quilates de la virtud. Al seguirla en todo su curso
y peripecias, el corazón no puede menos de prendarse de un hombre que tan
ardientemente profesaba el culto de Dios y de la humanidad, llevando el amor
divino hasta la abnegación, y el de sus hermanos hasta el sacrificio.
Nuevo
servicio
En 1545, la peste atacó sólo
a los naturales, y en los seis meses que duró hizo desaparecer cinco partes de
la población de esta raza, aunque Dávila Padilla (7)
asegura que no fallecieron más que ochocientos mil individuos. Padilla
religioso dominico nacido en México y muerto en 1604, fue arzobispo de Santo
Domingo. Se destacó por haber escrito la historia de su orden en la provincia de
México, una obra clásica, de consulta obligada para los estudiosos de dicha
temática, que tuvo una amplia difusión por América en el siglo XVII.
Dio datos precisos no sólo de la obra apostólica de los dominicos en México, sino también del mismo proceso histórico y cultural de dicha colonia en el siglo XVI. Puede considerarse así una historia de los dominicos de la provincia y de la propia provincia, aunque para esto último adolece de un gran defecto, que es la ausencia de cronología.
Ya se ha dicho cuanto trabajó Fr. Domingo
Betanzos por la libertad de los indios. Pero los insignes triunfos que alcanzó
sobre los interesados en mantener la esclavitud, solo sirvieron al principio
para exacerbar las malas pasiones de estos, y si bien pudo afirmarse que había
salido vencedor en teoría, los encomenderos se encargaron de probarle que era
fácil y hacedero frustrar sus miras en la práctica. Los repartimientos seguían
en vigor, y conforme al antiguo sistema.
Verdad es que por influjo del venerable
Las Casas, el emperador había prevenido en una ley “de que se tuviera cuidado
de que los españoles trataran bien a los naturales pues eran tan libres como
ellos; pero tanto esta como otras hidalgas disposiciones eran eludidas por los
encargados de cumplirlas, cediendo a las instancias de los muchos que
pretendían seguir viviendo del jugo de las encomiendas. Ni aún la comisión del
visitador Tello surtió efecto.
Se juntaron efectivamente en esta ciudad
todos los obispos, menos el de Chiapas, que ya lo era Fr. Bartolomé de Las
Casas a quien el virrey Mendoza detuvo a algunas jornadas de aquí para
sustraerlos a los insultos de los encomenderos, que le odiaban como a mayor
enemigo; y si bien es cierto que de esta junta, especie de concilio provincial,
a la que concurrieron igualmente los superiores de San Francisco, San Agustín y
Santo Domingo, nada resultó desde luego favorable a la mira con que se había
convocado, todavía sirvió para mover la cuestión de si era o no lícita la esclavitud de los indios, que se trató
animosamente en otra conferencia posterior.
No quiso el virrey que asistiesen a ella
los obispos, porque siendo protectores de ellos los encomenderos, se dijo que
indudablemente resolverían a su favor: pero si asistieron además de nuestros
frailes muchos otros eclesiásticos de probada virtud y ciencia, y unánimes
resolvieron que por ningún título era lícita la esclavitud de los mejicanos, y
que a los que hasta entonces habían estado en ella, debía darse libertad.
Además de esto los obispos en varias sesiones, decretaron que los encomenderos
negligentes en tener ministros eclesiásticos en sus repartimientos que
enseñaran la doctrina cristiana y administraran los sacramentos a aquellos
neófitos, fueran privados de sus encomiendas y compelidos a restituir todo lo
que de ellos habían percibido, cuyo producto se aplicaría a la enseñanza de
aquellos y de otros indios.
Fr.
Domingo de Santa María (8)
La caridad era lo que
consistía el ser moral e intelectual de nuestros primeros misioneros. De aquí
ese celo inaudito con que trataban de abarcar al hombre en todas sus
relaciones, y seguirle en todas las situaciones de la vida para derramar en
cada una un beneficio; de aquí ese empeño altamente fecundo que convertirá al
misionero en instrumento de la creencia religiosa y en obrero de la
civilización. Lo vemos prácticamente en Fr. Domingo de Santa María.
Así como Betanzos y Las Casas son los
políticos por excelencia de la orden dominicana, el personaje de que vamos a
hablar es el tipo social más acabado de que con justicia puede gloriarse. Nada
se sabe de sus primeros años: todo lo que ha llegado a nuestra noticia es que
fue natural de Jerez de la Frontera, y que en su juventud vino a Méjico con su
familia, que se avecindó en esta capital. En ella vivieron con honra y
distinción merced a su buen comportamiento, siendo el joven uno de los que se
aventajaban en su clase en decencia y apostura.
Cuando la vida le ofrecía más halagos y
seducciones, decidió entrar al claustro. Dos años después le vemos convertido
en un fraile austero y riguroso consigo mismo, pero a la vez indulgente y
amable con los demás. Se imaginaron todos que la finura de sus modales, su
porte caballeroso y la estrecha amistad que le ligaba con personas de alto
puesto, le hacían a propósito para residir en la ciudad, donde su permanencia
podía ser provechosa a su convento: así era la verdad; pero el abrigaba
pensamientos más nobles, aspiraciones más encumbradas y profesando en toda su
extensión el principio de que nadie es apóstol en su tierra, solicita y obtiene
del superior el permiso de ir a establecerse en el convento recién fundado de
Yanhuitlan, pueblo de la Mixteca.
Su primer cuidado allí es aprender la
lengua de los naturales, en cuyo estudio llegó a hacer tales progresos, que en
breve sólo fu capaz de enseñarla, sino de reducirla a reglas, y escribir en
ella un tratado de la doctrina cristiana.
Él fue el primero que puso en arte y
enseñanza aquella lengua. Era entonces gran trabajo de los religiosos en
aquella tierra: porque como no había más de un convento, salían de allí por
toda la comarca, que es tierra muy despoblada y áspera, y sin el alivio que
ahora hay, haber casas de la orden por toda aquella provincia, adonde recogerse
el que visita, cuando tuviere ocasión cuando se visita. No se contentaba este
bendito padre con mandar la mano derecha dando la enseñanza para los bines de
espíritu.
Él fue el que enseño a los indios a criar
seda, conociendo la buena disposición de aquella provincia para esto, y plantó e
hizo plantar los morales, que han sido tan provechosos en este trato. Dio a
entender a los indios el cuidado que habían de tener en esperar los gusanos y
criarlos. También les enseñó a poner a mano los nopales para criar grana,
porque antes no había más que algunos tunales silvestres, donde se daba alguna
cochinilla de grana: y este prudente religioso les enseñó a hacer grandes
huertas de tunales chiquitos, que llaman nopales. Hizo que los indios poblasen
estancias.
Sin embargo, algún tiempo después,
acatando una orden de su prelado y electo prior, tuvo que dejar Yanhuitlan con
gran sentimiento de sus moradores, y volvió a Méjico, donde residió hasta su
muerte, que se verificó siendo provincial. No hace muchos años todavía
recordaban los pueblos de la Mixteca con efusión de gratitud el nombre de su
buen padre Fr. Domingo de Santa María.
Fr.
Bernardino de Minaya (9)
Apóstol no de la Mixteca, sino de la Zapoteca que linda con ella fue el P. Minaya, y en su conducta no se desvió un ápice de la observada por el buen religioso cuya vida acabamos de bosquejar. Más por cuanto se advierte una semejanza casi completa entre una y otra, excusaremos pormenores acerca de la del P. Minaya, y sólo referiremos un incidente ocurrido en su viaje a los lugares donde iba a doctrinar.
Cuenta el P. Motolinia, (10)
contemporáneo del suceso:
“Vino aquí a
Tlaxcallan un fraile domingo llamado Fr. Bernardino Minaya, con otro compañero,
los cuales iban encaminados a la provincia de Oaxyecac (hoy Oajaca): a la sazón
era aquí en Tlaxcallan guardián nuestro padre de gloriosa memoria Fr. Martín de
Valencia, al cual los padres dominicos rogaron que les diese algún muchacho de
los enseñados, para que los ayudase en lo tocante a la doctrina cristiana.
Bibliografía
Los dos últimos
tercios del siglo XVI forman en la historia del convento el periodo de su mayor
esplendor, su edad de oro. Referir no ya los sucesos históricos enlazados con
su existencia o determinados por la propagación de su doctrina, sino meramente
los hechos privados de sus hijos, los triunfos alcanzados en sus predicaciones,
las conquistas de su ciencia sobre la ignorancia y la barbarie, la vida,
digámoslo así, individual, doméstica de la orden; referir sólo esto, decimos,
es materia de una labor especial que no emprenderemos por no desviarnos de la
senda que seguimos, y que daría por fruto algunos interesantes volúmenes. Más a
pesar de esta consideración no es dable pasar en silencio los nombres de varios
religiosos que a los merecimientos de los que se distinguieron en el
apostolado, supieron unir la gloria de producir obras con que se honra nuestra
literatura, para lo cual fueron movidos, no por la vanidad, sino por el deseo
de ser útiles participando a la sociedad los conocimientos adquiridos a fuerza
de estudio y pacientes investigaciones.
He
aquí un catálogo de esos hombres beneméritos:
|
Fr. Benito
Fernández |
Escribió un tratado
de la doctrina cristiana en lengua mixteca. |
|
Fr. Pedro de Feria |
Compuso una obra a
que dio por título: Confesionario
zapoteco. |
|
Fr. Diego de
Carranza |
Nos dejó un tratado
de la doctrina cristiana en lengua Chontal |
|
Fr. Diego de Santa
María |
Fue provincial,
imprimió en lengua mixteca la doctrina cristiana y las epístolas y
evangelios. |
|
Fr. Diego Durán |
Nació en Méjico,
escribió dos libros, uno de historia y otro de antigüedades mexicanas, que
es, según Dávila Padilla, la cosa más curiosa que en esta materia se ha
visto; y aunque no llegaron a imprimirse en su totalidad, parte de ellos lo
fue ya en la Historia Natural y Moral
de Indias, del padre José Acosta. |
|
Fr. Alejo García |
Imprimió en Méjico
el Calendario perpetuo. |
|
Fr. Juan de Córdoba |
Escribió
vocabulario de la lengua zapoteca. |
|
Fr. Francisco
Alvarado |
Escribió
vocabulario mixteco. |
|
Fr. Antonio de los
Reyes |
Imprimió gramática
de la lengua mixteca, con algunas curiosidades para entender la cuenta de los
años y tener luz en las historia de indios. |
|
Fr. Luis Rengino |
Supo las lenguas
mejicanas, mixteca, zapoteca, mije, chochona y tarasca, escribió algunos
tratados en estas lenguas. |
|
|
|
|
Fr. Antonio Dávila |
Escribió la lengua
de la gramática mejicana. |
|
Fr. Agustín Dávila
Padilla |
Hermano del
anterior, nació en Méjico, el año de 1562, siendo sus padres, D. Pedro Dávila
y Doña Isabel Padilla. A los diez y seis
años de edad recibió en la Universidad literaria el grado mayor de maestro en
artes y a pocos meses el hábito de Santo Domingo, en cumplimiento del voto
que había hecho por haberle Dios librado de perecer bajo las ruinas de su
casa. Fue lector de filosofía y teología en los colegios y conventos de
Puebla y de Méjico. El introdujo la
costumbre de que sus hermanos en América llevasen el rosario descubierto por
encima del escapulario, lo que no usan los dominicos de Europa. Su doctrina, celo y
elocuencia, le merecieron de Felipe III los títulos de predicador, y cronista
de las Indias, y la mitra de la iglesia primada de Santo Domingo, a donde
pasó ya consagrado en 1601. Gobernó su iglesia
cuatro años, habiéndose distinguido por su caridad y por haber vivido como
religioso en una celda del convento de su orden. Murió este digno prelado en
la corta edad de cuarenta y dos años en 1604. |
|
Tenemos de su
pluma: |
Historia de la provincia de Santiago de la N.E. del
Orden de Santo Domingo, impresa en Madrid en 1596, reimpresa en
Bruselas en 1625, fol. Y en Valladolid en 1634. Historia de las antigüedades de los indios. |
|
Su estilo: |
Sencillo, natural y
a veces ameno; en su lenguaje campea la soltura y gallardía de la buena
locución del siglo XVI. |
Decadencia
de la orden dominicana en el siglo XVII
Amortiguado el fervor
primitivo, se iba infundiendo el espíritu del mundo en las costumbres de sus
hijos, y a la estrecha observancia de la regla sucedía la vida meramente
vegetativa de la celda, o lo que es peor, la ingerencia en asuntos cortesanos y
las controversias fútiles suscitadas por el espíritu de escuela. Caía en desuso
la santa pobreza de los buenos tiempos, y se levantaba en su lugar el deseo de
amontonar tesoros: ya no basta el pan de cada día; han tomado cuerpo las
necesidades, y mientras se apaga el amor de los bienes del cielo, se encienden
unas y más el anhelo por los bienes instables de fortuna. El estado de la
comunidad, que representa las nuevas exigencias y el desahogo con que se
cubrían, llamaba la atención: era el de la prosperidad material.
Pero en cambio ¡cuán lejos estaba ya del
objeto primario de su instituto! Los religiosos abandonaban las misiones para
aglomerarse en los conventos de las capitales; la palabra eterna carecía ya de
órganos en el desierto, donde los naturales reincidían en las abominaciones de
su culto sanguinario, mientras los que antes desempeñaban aquel sagrado oficio
hacían resonar los templos con sermones
repulidos y amanerados, buenos para contentar el oído, pero que no
arrancaban una lágrima.
Nuestra orden volvía la espalda a los
indios y hacía las paces con los opresores: se divorciaba de la caridad y
estrechaba afectuosamente la mano de la inquisición.
Más apartemos ya la vista del cuadro que
presenta la existencia del convento en lo general, y fijemos la atención en un
hecho en particular con ella enlazado, que a primera vista parecen formar una
misma entidad.
La
procesión de la Cruz Verde
Invitamos al curioso lector
a que atraviese con nosotros el espacio lóbrego de los años pasados hasta
llegar al de 1649. Es la tarde del 10 de abril. En las calles se agita un
inmenso concurso.
¡A la procesión! ¡A la procesión! Se oye
exclamar por todas partes en diferentes tonos ¡a la procesión de la Cruz! ¡a la
procesión del Santo Oficio! ¡de Santo Domingo a la plaza del Volador! ¡a ganar
las indulgencias! Sale de Santo Domingo la procesión del auto de fe.
Dos muros humanos se extienden
paralelamente desde la plazuela de Santo Domingo hasta la del Volador, ocupando
las aceras de las calles de la Encarnación, del Reloj y Palacio hasta el Puente
del mismo nombre. Los balcones están engalanados con infinita variedad de
vistosas cortinas; en ellos, así como en las azoteas, se ven grupos de personas
de ambos sexos y de todas edades y condiciones: desde el esclavo negro que
platica y ríe con sus camaradas en la azotea de la casa del gran hacendado o
del oidor; desde la rica y noble señorita que no tiene otro interés ni más
ahínco que descubrir allá bajo sus pies, o en la acera de enfrente al dulce
imán de sus inocentes suspiros, hasta el anciano de cabellos blancos que apenas
logra ver formas confusas, y la dama cincuentona, devota y arriscada a un
tiempo, que así se pavonea y reverdece a la vista de un elegante caballero,
como se santigua y se da golpes de pecho, cuando considera la desventura de los
judíos y herejes que van a ser quemados vivos.
Pero donde más carga la muchedumbre, es en
las esquinas, junto a las cuales se arremolina. Mientras esto pasa, los
clamores de las campanas no cesan, y la procesión tan ansiada atraviesa apenas
con las detenciones de costumbre, la plazuela de Santo Domingo.
Solemne auto de Fe celebrado en México en 1649
Fuente:
http://www.angelfire.com/extreme/genio/criptojudios.html
Doce alabarderos de librea vienen abriendo
paso. Siguen los ministros de vara –bastón que por insignia de autoridad usaban
los ministros de justicia- y familiares del tribunal, los comisarios con
bastones dorados, la nobleza y caballeros de órdenes militares ricamente
vestidos, y por remate al Sr. D. Fernando Altamirano y Castilla, conde de
Santiago, que lleva el estandarte de la Inquisición, cuyas borlas sostienen dos
caballeros de Calatrava y Santiago, sobrinos del arzobispo.
Fuente:
https://commons.wikimedia.org/wiki/File:ESTANDARTE_INQUISICI%C3%93N.jpg
Inmediatamente detrás del conde de
Santiago, sigue su hijo D. Juan, adelantado de Filipinas, y el alguacil mayor
del Santo Oficio D. Juan Soaznabar y Aguirre.
Advertimos de paso que la casa de los
condes de Santiago ha disfrutado siempre la distinción de llevar en casos tales
el estandarte. En efecto, si subimos hasta el primer auto de fe celebrado en
Méjico en 1574, en el que vemos que le saca Diego de Ibarra, caballero de la
cruz de Santiago y abuelo de la condesa de Santiago Doña María de Velasco,
prima y mujer de D. Fernando Altamirano: y en 1600, que fue la segunda vez que
salió el estandarte, le sacó D. Juan Altamirano, padre del citado D. Fernando.
Volvamos a la procesión.
Después del estandarte caminan las
comunidades de religiosos mezclados entre sí, luego los consultores y
calificadores del tribunal con las insignias, después la religión de
predicadores con vela en mano, y a su cabeza el padre prior, llevando la cruz
Verde.
La capilla de coro de la Catedral va
entonando el himno de la Santa Cruz Vexilla
Regis.
|
1. Vexilla regis prodeunt: fulget Crucis mysterium, quo carne carnis conditor, suspensus est patibulo.
2. Quo vulneratus insuper mucrone diro lanceæ, ut nos lavaret criminae, manavit unda sanguine.
3. Beata,cuius brachiis sæcli pependit pretium; statera facta est corporis prædam tulitque
tartari.
4. O
Crux,ave,spes unica, hoc passionis tempore: auge piis justiam, reisque dona veniam.
5. Arbor decora fulgida ornata regis purpura, electa digno stipite, tam sancta membra tangere.
6. Te,fons salutis,Trinitas, collaudet omnis spiritus; quos per crucis mysterium salvas fove per sæcula. Amén. |
Las banderas del Rey aparecen: resplandece el misterio de la Cruz, donde el creador de la carne en carne, está suspendido en un patíbulo.
Donde herido además por la punta terrible de la lanza, para lavarnos de la acusación, manó agua con sangre.
Dichosa tú, de cuyos brazos, estuvo pendiente el rescate del mundo; se hizo balanza de su propio cuerpo y arrebató la presa del infierno.
Salve, oh Cruz, esperanza única, en este tiempo de pasión: aumenta a los justos la santidad y a los pecadores concede el perdón.
Oh árbol bello y refulgente hermoseado con la púrpura del Rey, escogido del más digno tronco, para tocar tan santos miembros.
¡Oh Trinidad, fuente de salvación!, que todo espíritu te alabe; a los que por el misterio de la Cruz salvas, guárdalos del mal por siempre. Así sea. |
http://blogelbuenconsejo.blogspot.mx/2011/04/canto-gregoriano-himno-vexilla-regis.html
Pero ya comienza a entrar la noche: las
luces que llevan los frailes en la mano se ven arder con más brillo; aumenta la
confusión y el desorden en las gentes que pueblan las calles del tránsito de la
procesión, y llega esta al fin a la plazuela del Volador, donde ya de antemano
está dispuesto un tablado y un altar en que colocan la cruz y cantan las preces
y oraciones de estilo.
La construcción de este tablado se remató
en acta pública en Marcos de Moya y Bartolomé Bernal, encargados de las obras
del Santo Oficio, en siete mil pesos el teatro y dos mil ochocientos ochenta la
vela, a cuyas cantidades se añadieron después sumas no pequeñas por nuevos
agregados. En los tres meses que ha durado la fábrica, hubo excomunión para los
curiosos que se acercasen a verla, aunque muchos lo consiguieron mediante
licencia.
Arrimado junto al convento de Porta-Coeli
se ve también un tablado en que se han dispuesto alojamientos para los jueces.
Para comunicarle con el convento ha sido menester romper una ventana. En la
medianía, sobre una fachada, está colocado un dosel negro con las armas reales
bordadas de oro; además una mesa revestida de terciopelo negro, almohadas y
sillas correspondientes, y tintero de plata para el tribunal. Ocho columnas de
orden dórico jaspeadas adornan esta fachada, y en su frontis se leen estas palabras:
Pax bovis, et ostendit eis manus et latus, que es el texto de
San Juan que ha de servir de tema al sermón que se predicará en este lugar.
Del lado de la Universidad se eleva la
media naranja con asientos para los reos, sostenida por cuatro arcos decorados
con los escudos de Santo Domingo, Inquisición y San Pedro Mártir. En el centro
está colocada una cruz de verde y oro. De esta media naranja parte una crujía
hasta el centro de todo el tablado, donde se ve el asiento que será ocupado
mañana por cada reo al oír su causa y sentencia. Frente a la media naranja está
el altar para la cruz verde y dos púlpitos, uno para el sermón y otro para la
lectura de causas, comunicados ambos y con la mesa de los secretarios por
crujías. Dos escaleras, una al lado de la Universidad para los reos, y otra de
los Flamencos para los inquisidores, dan paso al tablado, además de otras
treinta para los muchos convidados, así de corporaciones como de gente
principal de ambos sexos.
Completan este adorno magníficas
colgaduras de terciopelo carmesí, asientos cómodos y decentes, cien blandones
de plata que sostienen cirios de cuatro pábilos, y una multitud asombrosa de
hacheros igualmente de plata con sus correspondientes luces, todas las cuales
producen una espléndida iluminación.
Terminadas las preces y oraciones, los
padres dominicos despiden a las demás personas que formaban la comitiva, y se
quedan ellos en el tablado para velar la cruz toda la noche.
Fuente:
www.,ilenio.com
Historia
Entretanto procuremos
arrancar algunos secretos a las pasadas edades.
¿Qué concurso de causas hizo
importar de Europa a Méjico, nación nueva y casi inculta, la institución
terrible que ha preparado estos espectáculos imponentes llamados autos de fe?
Fuente:
http://inquisicionenmexico.blogspot.mx/ ; http://cparanormal.blogspot.mx/2013/12/la-piedra-maldita-de-las-estacadas.html
Explicación del
Escudo de la Santa Inquisición
• Alrededor del Escudo esta la
inscripción: “Exsurge, Domine, iudica causam tuam” (Ps 73, 22).
• Santa Cruz con dos travesaños simboliza
autoridad Arquiepiscopal.
• IM: Inquisitio Mexici
• Color de la Cruz es verde y simboliza
esperanza de salvación eterna para herejes reconciliados con la Iglesia
Católica.
• El fondo del Escudo es negro y
simboliza luto de la Iglesia Católica por los herejes contumaces.
• Ramo de olivo simboliza paz para los
herejes reconciliados con la Iglesia Católica.
• Espada simboliza justicia para herejes
contumaces.
• El mundo con zarza que ardía sin
consumirse (Exodus 3, 1-6) simboliza que los herejes nunca van a conseguir a
destruir a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. (11)
La Inquisición, esto es, el tribunal
instituido para descubrir y castigar la herejía, y otros crímenes contra la
religión.
La
Inquisición medieval surgió en 1184 con el papa Lucio para acabar con la
herejía cátara en el Sur de Francia. Con la bula, de creación se exigía a los
obispos que interviniesen activamente en contra de dicha herejía y se les daba
el poder de juzgar y condenar a los herejes.
La Inquisición fue así un tribunal religioso de la ortodoxia católica
cuya finalidad era imponer la fe católica y conseguir así una unidad religiosa.
Para ello reprimían la superstición, la brujería y la herejía.
El Tribunal de la Santa Inquisición (considerada ya la Inquisición
“moderna”) fue implantado en España por los Reyes Católicos en 1478 para
perseguir principalmente a los judíos ahora cristianos tras las conversiones
masivas de ese siglo XV (papel de órdenes mendicantes, ataques a juderías,
presión social y política, decreto de expulsión) y que eran acusados de seguir
manteniendo su religión en secreto (“prácticas judaizantes”). En el
siglo XVI se extendió a los moriscos, mudéjares convertidos forzosamente, y
también se persiguió a algunos cristianos que no practicaban el catolicismo
(protestantes en focos como Valladolid) y a personas acusadas por brujería
(mayoritariamente mujeres). Para evitar la difusión de ideas heréticas
publicaron varios índices entre el siglo XVI y el siglo XVII que eran una lista
de libros prohibidos por razones ortodoxas donde, sobretodo, prestaban mucha
atención a las traducciones vernáculas de la Biblia (la libre interpretación de
la Biblia es un principio protestante). (12)
Sin embargo, los abusos que a su sombra se cometieron, especialmente en
el reinado de Felipe II, la hicieron acreedora a la más agria censura, sin que
esta deba moderarse por la consideración de que la gravedad de mal a que se
juzgó oportuno remedio, exigía un medicamento cáustico y proporcionado. No, la
conducta de Felipe en esta parte, no se disculpa con que tenía que seguir una
política esencialmente española, e impedir a todo trance la introducción en sus
reinos de nuevas doctrinas de la reforma protestante, que tantas guerras y
disensiones habían producido en el resto de Europa; tampoco puede invocar en su
abono el que la atrocidad de las penas estaba en relación con las costumbres
del siglo, todavía medio bárbaro, ni hallar apoyo en la concurrencia de la
nación en todos sus órdenes, y las señales manifiestas de aprobación que daba a
estos espectáculos sangrientos.
Lo más de este hecho que puede colegirse, es que la nación se hacía
cómplice del monarca, o que los pueblos aceptan casi siempre lo que se les da o
impone, mayormente si lisonjea la parte corrompida del ser humano: panem et circenses tenía Roma y no
aspiraba a más; España debía estar mucho más agradecida a su rey, pues no sólo
le daba pan y toros según se expresa
el ilustre Jovellanos, sino…autos de fe.
De España vino la Inquisición a Méjico. He aquí lo que acerca de su
establecimiento en nuestro país hallamos en un excelente artículo inserto en el
Diccionario universal de Historia y
Geografía: (13)
“Dependiente
la Nueva España de la antigua, era forzoso que los asuntos de aquí siguieran en
la debida proporción la marcha de los de allá, y de ahí es que la expulsión de
los judíos y moros hecha en la metrópoli, atrajera medidas semejantes en las
colonias, y así vemos que en el año de 1527 se dio aquí providencia para
cumplimentar una cédula del emperador para arrojar del reino a los judíos o sus
descendientes, y a los condenados por la Inquisición, embarcándose al efecto
los que hubiere, con prohibición conminatoria de volver a él.
El Tribunal sin embargo, de la Inquisición
no se fundó aquí hasta mucho tiempo después. Algunos comisionados especiales
con facultades inquisitoriales solían venir de vez en cuando; tal fue el Lic.
Marcos Aguilar, el cual vino aquí con encargo de “entender en las cosas
tocantes al Santo Oficio de la Inquisición” y el visitador D. Francisco Tello
de Sandoval, que vino en tiempo del virrey Mendoza y a quién se le encomendó
que durante su visita ejerciese las atribuciones de inquisidor, como latamente
lo expone Herrera en la cédula por la que se le nombra visitador y se le dan
las facultades e instrucciones anexas: de Fr. Francisco Martín de Valencia
asegura expresamente Fr. Antonio Daza en la crónica de la Provincia de
franciscanos, que ejerció el cargo de inquisidor.
En el gobierno de la segunda Audiencia,
según Herrera, se celebró una junta en Méjico, de que fue presidente el que lo
era de la audiencia D. Sebastián Ramírez de Fuenleal, obispo de La Española,
los oidores Salmerón, Maldonado, Ceinos y Quiroga, el conquistador D. Fernando
Cortés, el arzobispo Zumárraga, los dos prelados de Santo Domingo y San
Francisco, con dos frailes de cada religión en su compañía, Diego Fernández de
Proañe, alguacil mayor, Bernardino Vázquez de Tapia, regidor, Francisco Ordoñez
y Bernardino de Santa Clara, vecinos. En esta junta se determinó: “Que había
gran necesidad de que se pusiese el Santo Oficio de la Inquisición, por el
comercio de los extranjeros y por los muchos corsarios que platicaban por las
costas, que podían introducir sus malas costumbres en los naturales y en los
castellanos, que por la gracia de Dios se conservaban libres del pésimo
contagio de la herejía, y tanto era más necesario, cuanto los pueblos
castellanos estaban unos de otros muy remotos y apartados.”
A consecuencia de la petición de esta
junta, en que como hemos visto, estaban representadas todas las órdenes y
clases del reino, y calificadas según las ideas del tiempo, la necesidad de
establecer aquí el tribunal, se encargó por el rey al cardenal Diego de
Espinosa, obispo de Sigüenza, presidente del consejo de Castilla, inquisidor
general, nombrase inquisidores para los reinos de Nueva España, y en efecto
eligió a los señores Dr. D. Pedro Moya de Contreras, que después fue arzobispo
de Méjico, Lic. Juan Cervantes, que murió en el viaje, y Lic. Alonso Fernández
de Bonilla, dean de la Catedral de Méjico, para fiscal. Se extendieron los
términos de su jurisdicción a Guatemala y Filipinas, y quedó únicamente
sometido el tribunal a la Suprema de Castilla.
Los indios fueron expresamente exceptuados
de su jurisdicción desde su creación. Por cédula real, fecha 16 de agosto de
1570, que he visto en el archivo municipal, se ordena a la ciudad, que “por
cuanto el reverendo en Cristo padre cardenal de Sigüenza, presidente del
consejo e inquisidor general, nombró inquisidores a D. Pedro Moya de Contreras
y Lic. Juan Cervantes, se les dé para ellos y sus familias buenas posadas, que
no sean mesones, y la ropa que hubieren menester sin dineros, y todos los otros
bastimentos y cosas necesarias por sus dineros. Que se les favorezca y honre, y
se dé a los dichos inquisidores una buena casa para audiencia y cárcel, pagando
a su dueño alquiler según tasa por dos buenos peritos, uno nombrado por los
inquisidores y otro por el dueño, y en caso de discordia un tercero por la
ciudad.” Por otra cédula expedida en la misma fecha, se manda al virrey,
audiencia, ayuntamiento y demás autoridades, “los honren y favorezcan como
ministros de un santo negocio, porque así convine al servicio de Dios y
nuestro.”
Conforme estas disposiciones, el año
siguiente se fundó el tribunal en Méjico. El P. Vetancurt, se expresa así: “El
Tribunal de la Inquisición (alcázar fuerte y monte de Sión) se fundó en esta
ciudad de Méjico, año de 1571. Fue su primer inquisidor D. Pedro Moya de
Contreras, que murió en el viaje, y el Lic. D. Antonio Fernández de Bonilla, su
primer fiscal. Consta de tres inquisidores apostólicos, un fiscal, con tres mil
pesos de salario cada uno, los tercios adelantados; un alguacil mayor, un
depositario y receptor, tres secretarios, muchos consultores, y calificadores,
y familiares seculares. Está debajo de la protección de San Pedro mártir, con
una célebre cofradía que celebra su fiesta, para cuyo efecto se nombra un
hermano mayor. Ha celebrado autos generales y particulares de fe, con notable
grandeza de autoridad y concurso, quedando en toda la fe católica y su verdad
con victorias. Para los salarios se ha señalado una canongía en cada iglesia
catedral de su distrito, con cédula de S. M. del año de 629, despachada en
conformidad de la concesión que le hizo la santidad de Urbano VIII para ese
efecto. Su fundación fue siendo pontífice San Pío V, rey de las Españas Philipo
II e inquisidor general el Illmo. y Rmo. D. Diego de Espinosa cardenal de la Santa
Iglesia y presidente de Castilla. Se cantó el 4 de noviembre del mismo año,
misa en la Santa Catedral, a que asistieron todos los tribunales, precediendo
la procesión con el estandarte de la fe, y el Tedeum Laudamus, el crisol de nuestra santa fe, la luz de la
Iglesia y el complemento del Evangelio.”
“No se sabe a punto fijo si desde un
principio se fijó la Inquisición en el edificio que le conocimos y que en su
origen fue el convento de los dominicos: parece probable que así fuese; lo que
consta, es la donación de estos religiosos de su casa antigua para el efecto.
“El brasero o quemadero, como se llamaba, estaba
entre la Alameda y San Diego, el cual era dice el Sr. Alamán, “un espacio
cuadrado con pared y terraplenado, para fijar en él los palos a que ataban los
ajusticiados y rodearlos de leña. Las cenizas se echaban en la acequia o
ciénaga que estaba detrás de San Diego, en lo que ahora es jardín de Tolsá.”
Había otro quemadero en San Lázaro que servía para ejecuciones de justicia,
mandadas por otros delitos y autoridades. Cuando el virrey marqués de Croix mandó
agrandar la Alameda, se quitó ese brasero.”
Por esta breve noticia se ve que aunque la Inquisición pudo existir en
nuestro país con total independencia de la religión dominica, el hecho es que
esta siempre se consideró respecto del tribunal del Santo Oficio, sino como un
elemento constitutivo o condición indispensable, si como un auxiliar poderoso;
y esta cooperación nata y eficaz es la que ha hecho creer que la Inquisición
fue a manera de una planta parásita que llega a confundir su follaje con el
árbol a cuyo arrimo vegeta.
El auto de
fe
A las doce cantan maitines, después de
los cuales empiezan a decir misas hasta
el amanecer.
Hay ahora en Méjico forasteros de doscientas y trescientas leguas de
distancia atraídos por la curiosidad de
tan grande espectáculo, y parece, como alguno ha dicho, que toda la Nueva
España ha quedado desierta, y su población concentrada en la capital. El
concurso en las calles por donde pasó la procesión de la cruz es el mismo de
ayer, pues por ellas van también a venir los ajusticiados, y los coches se
quedaron en las bocacalles desuncidos toda la noche para no perder el lugar.
Forman valla y patrullan para evitar desórdenes las cinco compañías del
batallón de la ciudad, levantadas al efecto, y la de soldados de Barlovento.
Más ya empieza el toque general de rogativa: el tañido de las campanas
es lúgubre en señal de duelo por la penitencia de los reos.
Ø En ese instante salen de las casas del
Santo Oficio dos procesiones,
Ø la de los ajusticiados y la de los
señores inquisidores, corporaciones y nobleza.
Ø La segunda desfila por las calles de
Santo Domingo, el portal, y
Ø las siguientes, a dar vuelta por el
Arco de San Agustín para entrar a Porta Coeli.
Ø Viene en ella todos a caballo: primero
los familiares y nobleza,
Ø luego el consulado, el claustro de
doctores, los dos cabildos con su pertiguero y maceros;
Ø va el eclesiástico a la derecha, y
presidiendo al secular el corregidor, D. Gerónimo de Bañuelos, general y del
hábito de Alcántara:
Ø luego el tribunal, yendo el fiscal D.
Antonio Gabiola con el estandarte y el inquisidor decano D. Francisco Estrada y
Escobedo, y a la izquierda el Sr. D. Juan Sáenz de Mañosca.
Ø A continuación el contador del
tribunal, el abogado fiscal, a caballo, y los capellanes y demás familia, a pie:
Ø cierra el todo el coche del arzobispo y
los de los demás caballeros.
Más ya se acerca la procesión de los ajusticiados.
Ø Vienen delante dieciséis familiares de
vara, luego las cruces del Sagrario, Santa Catarina Mártir, Santa Veracruz, con
mangas negras, los curas y sus clérigos: traen estos tres misales, otros tantos
ceremoniales, y tres cruces pequeñas.
Ø Siguen luego las estatuas de los reos
muertos o prófugos en número de sesenta y siete, y veintitrés cajas de huesos:
Ø Luego cuarenta reconciliados, con
sambenitos de media y entera aspa, sogas, corozas y vela verde, cada uno con su
padrino;
Ø En seguida trece reos relajados con sus
dos confesores cada uno, corozas de llamas y demás insignias de reglamento.
Ø Después el alcaide con bastón negro, a
pie, y a caballo un gran acompañamiento de ministros, que conducen una acémila
enjaezada y con campanillas de plata, la cual trae a lomos una caja de nácar y
embutidos del Japón que encierra las causas, y a los lados de la caja viene las
varas de reconciliación, todo cubierto con un telliz de terciopelo carmesí.
Ø Finalmente, rematan la procesión doce
alabarderos, el alguacil mayor, y el secretario D. Eugenio de Saravia a
caballo.
Llegan juntas ambas procesiones a la plazuela del Volador. Los alabarderos
tienen gran trabajo en domeñar el gentío, que hace los esfuerzos por acomodarse
en los mejores lugares: no menos agitación reza en las azoteas de los edificios
contiguos, Universidad, Palacio y casas de Flamencos, donde la concurrencia se
ve apiñada a manera de una fuerte vegetación humana.
Hecha la reverencia a la Cruz y acomodados en sus respectivos asientos
los inquisidores, corporaciones civiles y eclesiásticas, penitenciados y demás
personas de cuenta, hacen la protesta de fe por el cabildo eclesiástico, su
tesorero y provisor D. Pedro Barrientos; por el secular, el corregidor, y por
todos los circunstantes, el secretario del tribunal, ministrando las cruces y
misales para el auto los clérigos de las parroquias antedichas. Luego se lee
por el secretario la bula de S. Pio V de Protegendis
en que constan las gracias e indulgencias concedidas por S.S. al tribunal, sus
auxiliares y cocurrentes a sus autos. Comienza en seguida a predicar, adoptando
el resto consabido, el Sr. D. Nicolás de la Torre, dean de la metropolitana y
obispo electo de Santiago de Cuba.
Son las siete.
Media hora después, y ya concluido el sermón, empieza la lectura de las
causas de los relajados.
De estos uno es el famoso:
Ø Tomás Treviño de Sobremonte, natural de
Castilla: entre los cargos que se le hacen en su causa es curioso el de que se
comunicaba en las cárceles en lengua mejicana, y en ella maldecía a la
Inquisición, los reyes y papas y demás que la han fundado. Se porta tan
rebelde, que, hasta su suegra, Leonor Núñez, también relajada, le ha dicho que
le duele por su alma de verle tan iracundo: pero él le contesta: ¡ea! Madre de
los macabeos, refiriéndose a los muchos relajados que ha tenido por hijos.
Ø No menos notable es Simón Montero, que
en oyendo notificarle su sentencia, se puso a bailar.
Ø Antonio Báez Tirado, es un judío de
importancia, rabino y hablando de los cristianos dice que son unas bestias,
aplicándoles el salmo sicut equus et mulus.
Ø Gonzalo Flores pidió audiencia una vez
a deshoras de la noche por molestar a los inquisidores, y otorgada que le fue, les
dijo en tono entre serio y burlón: -señores, sólo he querido hacer venir a
vuestras mercedes al calabozo, para asegurarles de nuevo, que es mi voluntad
vivir y morir en mi secta.- Se fingió loco; pero los médicos han opinado que su
demencia era simulada,
Ø Gonzalo Báez, metía mucho ruido en las
cárceles, por lo que a veces era castigado y denostaba a los inquisidores
llamándolos “perros y ladrones de sus haciendas”.
Ø Ana Gómez, se vanagloriaba de morir
mártir y
Ø María Gómez era tan celosa de su ley,
que por paga de sus liviandades exigía ayunos y otras prácticas de sus ritos.
Concluida las causas de los relajados, se procede en breves términos a
hacer relación de los relajados en estatua. Anuncia el principio de cada relato
el retintín de la campanilla que toca el arzobispo presidente.
Representan las estatuas diez relajados muertos en las cárceles del
Santo Oficio, cuarenta y siete fuera de ellas, y ocho que se fugaron luego que
tuvieron sospechas de se les perseguía.
Ø Agustín Rojas, se ahorcó en el
calabozo.
Ø María Rivera se dejó morir de hambre.
Ø Blanca Enríquez y Catalina Rivera se
dejaron sacramentar añadiendo el sacrilegio a la impenitencia final.
Ø Isabel Núñez pidió audiencia antes de
morir; más no pudo hacer ninguna confesión, y con grandes contorsiones espiró,
lo que la hizo juzgar por sorpresa.
Ø Gonzalo Díaz Santillán, murió fuera de
la cárcel. Por estafar a sus correligionarios, los amenazaba con denunciarlos,
y al efecto salía y entraba a las casas de la Inquisición para hacérselos
creer, hasta que ellos, cansados, le dieron muerte.
Ø Isabel de Segovia se encontró ahorcada
sin haber podido averiguar si por suicidio o por los suyos.
Ø Juan de Araujo murió bajo las ruinas de
un templo que se derribó.
Ø Leonor Báez, mejicana, soltera, estaba
tan infatuada, que en su cama oía músicas celestiales; y aseguran muchos que
era el demonio quien le daba estas serenatas tomando la figura de una negrilla
que por allí apareció una vez.
Ø Pedro Mercado, que compuso una comedia
y en su representación dio asiento de preferencia a los judíos sobre los
católicos, lo que le acarreó sospechas y celos.
Los reconciliados los hay también en estatua y en persona.
Ø Francisco Razen, francés, único preso
por protestante. Dicen que se burla del papa, Inquisición y demás cosas de la
Iglesia romana; añadiendo que las demandas de las cofradías son abusiones y en
pro de los clérigos para recoger plata.
Ø Da. Juana Enríquez, a quien todos han
conocido en Méjico por sus galas, coches y demás aparatos de grandeza, en
compañía de su marido Simón Báez, hijo de un carnicero y verdugo, como después
se ha averiguado.
Ø Diego Correa se fingió loco en la
cárcel de la Inquisición, y quiso matar a un ministro del tribunal: por este
delito, antes del auto, se le recetaron doscientos azotes.
Ø Como mención especial, Inés Pereira,
muchacha de Ixmiquilpan, de quien dicen los suyos ha de nacer el Mesías, y la
tenían muy adornada, le encendían velas y le tributaban otros homenajes de este
género.
Concluida la lectura de las causas, se advierte en la concurrencia una
gran conmoción al tiempo mismo que cruzan el ambiente algunas ráfagas de
acentos humanos; y en medio del ruido monótono y confuso de tantos pies que
mudan de asiento, tantos vestidos que se rozan y rasgan, tantos sombreros que
se doblan y estropean, y de tantos codos que se oprimen y forcejean. Se oyen
algunos ¿qué sucede? ¿Y ahora qué?
Pero cesa en ansia general luego que se anuncia la entrega de los reos
al brazo secular para que se les aplique la pena. La verifican el alguacil
mayor y el secretario, quienes dirigiéndose al corregidor le recomiendan que al
sentenciar a los relajados use piedad.
Auto de fe en
el pueblo mexicano de San Bartolomé Otzolotepec. Museo Nacional de Arte, México. Óleo sobre
lienzo.
Fuente: http://www.ancient-origins.es/historia/la-inquisici%C3%B3n-am%C3%A9rica-002932
La red de funcionarios y ministros del
Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición se extendía a todos los niveles de
la sociedad no india y a casi todos los rincones del territorio colonial bajo
su jurisdicción. La protección de los fueros se diluía y la influencia de las
autoridades se disipaba ante el orden inquisitivo. En absoluto, ni la
influencia, ni la edad, sexo, posición económica o antecedentes familiares o
personales eran salvaguardia de ninguna persona no india para escabullirse de
la justicia del Santo Oficio. La misma muerte tampoco constituía un obstáculo
de olvido para cumplir los propósitos institucionales. La Inquisición operaba
gracias a las denuncias ventiladas en las comisarías.
El Santo Oficio no solía ser una institución confiada en la veracidad de
las denuncias presentadas por los comisarios. Es preciso señalar que la mayoría
de éstas por lo regular fue sobreseída en la sala de audiencias de los
inquisidores. En la tradición popular suele existir la falsa creencia que una
denuncia constituía un recurso inapelable en la que el inculpado, irremediablemente,
terminaba siendo aprehendido, sus bienes confiscados y orillados a denunciar a
sus cómplices. Su destino final la hoguera. La propagación de estas
afirmaciones ha generado que el público poco versado en el Santo Oficio haya
creado y difundido un conocimiento poco cercano a la realidad. Ésta es la
leyenda negra que envuelve al Santo Oficio.
Efectivamente, aun cuando la Inquisición fue un tribunal que descollaba
por la severidad de sus procedimientos, según la comprensión de justicia de una
época y la jurisprudencia inquisitorial en la materia apelaba a su utilización,
también es cierto que los distintos órganos judiciales contemporáneos
igualmente utilizaban los mismos mecanismos y medios para la obtención de las
confesiones. La Inquisición no fue el único organismo asociado con rigurosos
métodos de tortura y de aplicación de la justicia. En la Nueva España, los
tribunales civiles se distinguían por utilizar procedimientos idénticos.
La época colonial se identificaba con un sistema de justicia —civil y
religiosa, en el caso de la Inquisición— que pretendía establecer la
rigurosidad del ejemplo disciplinario como un aparato eficaz para interrumpir
la propagación de las rupturas del orden de la sociedad no india. El objetivo
de ambos sistemas de justicia consistía en cuidar el cumplimiento de las reglas
de comportamiento social, religioso y moral. El control de las transgresiones,
a través de sofisticadas herramientas pedagógicas, arropaba como característica
capital la utilización del miedo y de la severa punición.
Sanciones y sentencias
El juicio y la sentencia del reo
constituían un decreto de castigo y el instrumento de su reconciliación con la
sociedad o, por lo menos, con las autoridades inquisitoriales. La
representación pública, publice in
conspectu populi, era fundamental debido a que a través de ella mediaba la
diferencia entre lo privado y lo público. Lo privado se identifica con el
sigilo que hasta el momento había tenido el proceso, en la medida que
denuncias, testificaciones y ratificaciones han sido siempre entre comisario y
testigos, sin conocimiento del público. Lo público, en cambio, constituía la
manifestación de la sanción inquisitorial contra la transgresión de lo
socialmente aceptado. De manera que a partir de la aplicación de la punición,
el Santo Oficio irradiaba una representación con intenciones pedagógicas. Esta
pedagogía punitiva, aunque no es exclusiva del Santo Oficio —la justicia civil
también la aplicaba—, describía una forma de enseñanza para que la sanción
constituyera una advertencia contra los delincuentes, la pena aplicada en
público servía de ejemplo para tratar de evitar las rupturas del orden y una
llamada de atención para aquellos que pretendían transgredir las normas
establecidas. Casi en los mismos términos, Peña Díaz destaca que los autos de
fe representaron una ceremonia punitiva que pretendía escenificar mecanismos de
conservación del orden establecido.
La sanción, a menudo violenta, del delito constituía la única
alternativa contra la sociedad infractora. El hombre de los siglos XVI, XVII y
XVIII desconocía las técnicas correctivas que aparecerían desde finales del
dieciochesco, aunque en México sólo se aplicarían con efectividad en las
últimas décadas del siglo XIX. Los caracteres judiciales deben, en
consecuencia, analizarse según su tiempo y en el entendido de esa clase de
derecho. Un razonamiento exceptuado de estos criterios no sólo redunda en conclusiones
equivocadas, sino también en la tergiversación de las mentalidades y de la idea
de justicia de una época.
Una denuncia respondida por los inquisidores casi equivalía a una
sentencia de inculpación de los cargos. El procedimiento siguiente consistía en
zanjar las protestas y negaciones del denunciado para lograr la confesión de la
culpa. La presión psicológica fue una de las armas más efectivas de los
inquisidores. Los reos a menudo eran recluidos durante meses o incluso años sin
que fueran llamados a una audiencia. Al promover el aislamiento y el abandono,
la desesperación y la angustia de los reos aumentaban gradualmente, aun cuando
los médicos de la época recomendaban lo contrario en la medida que era una
tortura psicológica muy grave; sin embargo, éste era su propósito: lograr que
la angustia derrumbara la fortaleza mental de los inculpados. De modo que no
pocos preferían terminar el calvario confesando sus delitos. La propia
intencionalidad de los interrogatorios revelaba este empeño. A pesar de que la
audiencia con uno de los inquisidores representaba el único espacio donde
existía la oportunidad de contrarrestar los testimonios, ésta solía orientarse
a demandar el reconocimiento de la culpabilidad. Ciertamente, este
reconocimiento tampoco era un necesario absoluto. Una condena podía aplicarse,
como sucedió la mayoría de las veces, a partir de las pruebas reunidas. La
insistencia de los inquisidores en la confesión voluntaria fue la singularidad
más sobresaliente de los juicios inquisitoriales. Como una institución de la
fe, el procedimiento consistía en apelar por la salvación del alma para que,
movido por la fe del reo, revelara sus culpas, culminación natural del proceso.
El tratamiento inquisitivo a su vez también contemplaba la suspensión de
un proceso. No obstante, esta medida no significaba que la libertad del
presunto implicaba su absoluta exoneración sino que, al suspenderse la causa
evitaba el reconocimiento de que el juicio había sido poco fundamentado o sin
pruebas suficientes. Aún existía la oportunidad de una reapertura del proceso.
El prestigio del Tribunal del Santo Oficio también estaba en juego debido a que
no podía admitir que había operado sin antecedentes justificados. La
conservación íntima (secreta) de las partes (hechos) y de los contenidos
(dichos) del procedimiento inquisitorial adquiría trascendencia ante la
posibilidad de interrumpirse la suspensión del juicio. El reo, por supuesto,
podía ser procesado por incumplimiento en la obligatoriedad del secreto.
Autos
singulares celebrados en México, 1643-1815
|
Fecha |
Lugar |
|
1643 19 de noviembre de 1659 1666 1667 6 de abril de 1667 28 de abril de 1678 4 de abril de 1683 1693 1694 1697 18 de marzo de 1703 9 de mayo de 1728 Febrero de 1754 1754 1755 Noviembre de 1760 12 de noviembre de 1770 9 de julio de 1771 27 de septiembre de 1788 8 de febrero de 1793 27 de noviembre de 1815 |
Sala del Tribunal del santo Oficio “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ |
Fuentes: Historia del Tribunal del Santo
Oficio de la Inquisición en México (Medina, 1991), Inquisición y sociedad en
México (Alberro, 1993) y Los últimos años de la Inquisición en la Nueva España
(Torres, 2004).
Autos
particulares celebrados en México, 1576-1808
|
Fecha |
Lugar |
|
19 de febrero de 1576 19 de febrero de 1578 1582 1583 1585 25 de marzo de 1591 3 de diciembre de 1592 Enero de 1593 28 de mayo de 1593 Noviembre de 1593 27 de febrero de 1594 20 de abril de 1594 28 de enero de 1595 20 de abril de 1605 25 de marzo de 1605 27 de marzo de 1606 18 de marzo de 1607 22 de marzo de 1609 14 de marzo de 1610 18 de marzo de 1612 Cuaresma de 1615 5 de abril de 1621 15 de junio de 1625 17 de marzo de 1630 3 de abril de 1635 16 de abril de 1646 23 de enero de 1647 29 de marzo de 1648 30 de marzo de 1648 29 de julio de 1649 13 de marzo de 1659 10 de julio de 1650 6 de noviembre de 1652 16 de febrero de 1653 12 de diciembre de 1654 29 de octubre de 1656 30 de septiembre de 1662 15 de octubre de 1663 4 d mayo de 1664 7 de diciembre de 1664 |
Catedral “ “ “ “ Iglesia Mayor “ “ “ “ “ “ “ Capilla de San José del convento de
S. Francisco Convento de la Iglesia de Santo
Domingo “ “ “ Convento de la Iglesia de Santo
Domingo “ “ Convento de la Iglesia de Santo
Domingo “ “ “ “ “ Capilla de san José del convento de
San Francisco “ Convento de la Iglesia de Santo
Domingo Catedral Convento de la Iglesia de Santo
Domingo “ “ “ “ “ “ “ “ |
Cuadro 2 (continuación)
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Fecha |
Lugar |
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18
de diciembre de 1665 7
de diciembre de 1668 3
de febrero de 166 Agosto
de 1668 7
de diciembre de 1670 25
de noviembre de 1671 1673 25
de febrero de 1674 22
de marzo de 1676 9
de septiembre de 1677 20
de marzo de 1678 12
de noviembre de 1679 17
de noviembre de 1680 8
de febrero de 1688 5
de marzo de 1690 2
de marzo de 1704 15
de julio de 1708 18
de septiembre de 1712 2
d agosto de 1722 21
de mayo de 1724 14
de diciembre de 1727 18
de enero de 1728 9
de mayo de 1728 14
de diciembre de 1728 1
de diciembre de 1730 1732 15
de noviembre de 1733 9
de octubre de 1735 13
de mayo de 1736 15
de julio de 1736 15
de febrero de 1739 4
de septiembre de 1740 6
de mayo de 1742 21
de agosto de 1746 14
de enero de 1748 23
de agosto de 1750 6
de febrero de 1752 1
de diciembre de 1754 19
de junio de 1757 26
de octubre de 1757 1760 1760 1763 14
de marzo de 1765 19
de marzo de 1765 |
Convento
de la Iglesia de Santo Domingo “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ |
Cuadro 2 (continuación)
|
Fecha |
Lugar |
|
1765 6
de julio de 1766 6
de septiembre de 1767 13
de marzo de 1768 13
de marzo de 1769 18
de marzo de 1770 14
de julio de 1771 9
de febrero de 1772 24
de marzo de 1776 1776 22
de marzo de 1778 12
de diciembre de 1778 8
de julio de 1781 1782 1
de julio de 1783 22
de marzo de 1785 21
de junio de 1789 17
de diciembre de 1789 1790 9
de febrero de 1792 9
de agosto de 1795 1795 octubre
de 1796 1796 1797 1798 1799 1799 1800 4
de diciembre de 1803 1808 |
Convento
de la Iglesia de Santo Domingo “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ “ |
Fuentes: Historia del
Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en México (Medina, 1991) e
Inquisición y sociedad en México (Alberro, 1993: 137-139)
Las
penas
El dictamen de un proceso
constituía la etapa última de la actividad inquisitiva. El sistema de
imposición de penas era muy complejo y no respondía a un patrón reglamentado
sino a criterios a veces difíciles de calificar. A manera de hipótesis puede
esgrimirse que la calidad de una condena dependía de dos condiciones. En primer
lugar, la confesión voluntaria solía reducir considerablemente la sanción, sin
embargo, su mayor efectividad radicaba en la escasa resistencia y en la
inmediatez al aceptar una culpa, mientras que aquélla obtenida después de
varias audiencias tendía a aumentarla. En consecuencia, la confesión producida
en la cámara de tormento recomendaría una sanción mayor. La denuncia de los
presuntos cómplices, al mismo tiempo, también contribuía a una reducción
significativa de las penas. En segundo lugar, la condena del no-confesante se
dirimía según la (in)coherencia de las respuestas de los interrogatorios que,
finalmente, determinarían la certidumbre o incertidumbre de la culpabilidad.
Autos generales celebrados en México, 1574-1659
|
Fecha |
Lugar |
|
25
de febrero de 1574 6
de marzo de 1575 15
de diciembre de 1577 11
de octubre de 1579 24
de febrero de 1590 8
de diciembre de 1596 25
de marzo de 1601 20
de abril de 1603 11
de abril de 1649 19
de noviembre de 1659 |
Catedral Capilla
de San José del convento de San Francisco Catedral
Catedral Catedral Plaza
Mayor Catedral Capilla
de San José del convento de San Francisco Plazuela
del Volador Convento
de los carmelitas descalzos de San Francisco |
Fuentes: Historia del
Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en México (Medina, 1991) e
Inquisición y sociedad en México (Alberro, 1993: 137-139).
La confesión por sí misma no respalda una
punición leve. La eficacia estaba contenida en el arrepentimiento, equivalente
a reconocer que se cometió una desviación de los cánones aceptados. Esta
respuesta merece, por consiguiente, una oportunidad para la rectificación de
los errores. La naturaleza eclesiástica del Tribunal del Santo Oficio fue la
razón medular que orientó las banderas de la Inquisición hacia la
reconciliación con la fe. Ningún otro tribunal de la época gastaba de su
clemencia y de su propósito indiciario, el perdón de los pecados y de la
salvación del alma. Ciertamente, fue una institución procaz que, arrogada en
una justicia divina, en el secreto de los testigos, a menudo culpó y sentenció
con brutalidad a muchos inocentes. En su búsqueda de la confesión, por medio de
los instrumentos de tortura, no pocas personas terminaron muertas o con las
coyunturas atrofiadas. La debilidad de las personas no incidía de ninguna
manera en la exceptuación para aplicar este método. La falta de piedad de los
inquisidores era renombrada. Estos hechos son la causa principal de su leyenda
negra, aunque puede decirse que datan de cuando la justicia operaba con derecho
a la tortura.
Las penas infligidas podían ser de una
variedad extraordinaria. El reconocimiento de la culpa, el arrepentimiento,
casi por definición establecía los castigos de las penitencias menores
(abjuración, reclusión en un convento), azotes o multas. El reo que perseveraba
en su inocencia cuando existían dudas de su sinceridad, aun después de superar
la prueba del tormento, o bien aquel que después de su confesión no tenía
disposición por arrepentirse, era sentenciado con los votos de los inquisidores
y de los consultores.8 En la audiencia, se estudiaban y discutían las
diligencias de la causa, los interrogatorios hasta que, finalmente, se
determinaba el tipo de castigo. Pese a que las penas se imponían de acuerdo con
la gravedad de los hechos o prácticas atribuidas, éstas no siempre se aplicaron
según el tipo de violación social. Esta misma podía ser sancionada de
diferentes maneras. La edad, la salud, el sexo y la posición económica del
inculpado tenían, sin duda alguna, influencia en las sentencias condenatorias.
Las multas, por ejemplo, solían destinarse a las personas con mayor fortuna,
pero casi siempre ajenas a los de menores recursos. Los inquisidores disentían
en aplicar azotes a un anciano, al delicado de salud, a las mujeres o a los
niños. Tales situaciones no son de ninguna manera una regla, pues también hubo
sanciones donde, según la gravedad del delito, mujeres o ancianos llegaron a
recibir hasta doscientos latigazos. Los acusados de herejía, criptojudaísmo,
islamismo y protestantismo se concentran en un renglón aparte; clasificados en
la categoría de peligrosos para la fe, desde fines del siglo XVI hasta mediados
del XVII, son reos que con mayor frecuencia eran registrados como quemados en
la hoguera.
El
menor de los castigos correspondía al penitenciado. Los inquisidores fueron
complacientes con aquel arrepentido que arrogado en la abjuración, es decir, la
retracción de las acciones u opiniones contrarias a la ortodoxia, juraba en lo
sucesivo evitar el pecado. La abjuración podía ser de dos clases: 1) de levi,
destinada al reo que había cometido un delito menor y, 2) de vehementi,
reservada al infractor de delitos graves. En el segundo caso, el reincidente
(relapso) purgaría penas muy rigurosas. La abjuración, pública, por supuesto,
involucra la reconciliación, el segundo menor de los castigos en el grado de
las penas. La reconciliación pretendía que el condenado, recluido en un
convento durante un periodo determinado, recibiera la suficiente instrucción
religiosa para ser devuelto al seno de la Iglesia, de la que se había apartado
por su conducta herética. Este tipo de sanciones, sin embargo, no siempre era
efectivo debido a que el falso arrepentimiento fue una práctica corriente. Los
procesados muchas veces adujeron contrición, pese a que en realidad eran
totalmente ajenos a sentirla, fingiendo acatar la ley de Dios para evitar
condenas graves. Advertido de esta disposición, el Tribunal del Santo Oficio
castigaba la reincidencia con severidad y, en ocasiones, con la misma hoguera.
Los penitenciados podían, además, recibir penas de soga en el cuello, multa,
destierro, azotes y, en algunos casos de vehementi, incluso las galeras. Los
reconciliados, además de la confiscación total de sus bienes, eran condenados a
la cárcel o a las galeras, castigos a veces acompañados de azotes o destierro.
La pena de los azotes se identifica con
una antigua tradición asociada con las disciplinas ascéticas, emulando el
suplicio de Cristo y de los mártires católicos. La sangre simbolizaba la
purificación de los pecados y la reivindicación de la carne. El martirio de la
carne tiende a mantener el equilibrio entre las culpas de este origen, creador
de las flaquezas mundanas, y la conciencia. Este equilibrio se adquiría a
través del castigo de la corrupción humana, individual, generador del pecado
personal: la carne. La efusión de sangre no podía evitarse, pese a que el
principio católico y el derecho inquisitorial lo prohibían. Las penas de
encarcelamiento, durante el último tercio del siglo XVI, se cumplían en un
convento u hospital —sobre todo antes de 1598, cuando el Santo Oficio de la
Inquisición no contaba con una cárcel de penitencia—. La sentencia podía ser 1)
cárcel perpetua irremisible, cuando el reo era confinado en ella mientras
vivía; 2) cárcel perpetua, se fijaba un límite temporal de prisión y el reo
tenía la posibilidad de salir en libertad gracias al arrepentimiento y a la
penitencia; y 3) cárcel por tiempo determinado, el cautiverio del reo podía
variar de unos meses hasta seis años. La condena de remar en las galeras o de
trabajos forzados —menos gravosa para la Inquisición y más beneficiosa para el
Estado— muchas veces superaba los seis años. Incluso hubo reos vendidos a
obrajes durante el tiempo de su condena. El destierro, por su parte, tenía tres
modalidades: 1) el destierro del arzobispado, 2) destierro perpetuo de las
Indias, y 3) destierro perpetuo de las Indias, Madrid y Sevilla.
La imposición del sambenito fue una
condena común. El sambenito era la insignia distintiva tanto de los penitentes
reconciliados como de los relajados. Los relajados y reconciliados salían con
una vela de cera verde —símbolo de la fe y de la esperanza— en las manos y
vestidos con un hábito de lienzo o paño, en color amarillo o rojo. En la
superficie de éste, destacaba la cruz de San Andrés, llamas de fuego y otros
símbolos estampados o cosidos. (12) El sambenito cubría el frente y la espalda
del individuo hasta casi las rodillas, según el tipo de sentencia del reo. Los
sambenitos podían ser de diferente clase: samarra, fuego revolto y sambenito
—nombre que después fue común para todos—. La samarra correspondía a los
relajados, o sea a los presos entregados al brazo seglar para que fueran
agarrotados o quemados vivos. Esta pieza tenía pintados dragones, diablos y una
imagen del reo ardiendo en llamas. En el hábito conocido como fuego revolto,
las llamas se pintaban en sentido inverso debido a que los condenados habían
demostrado arrepentimiento y, por esta razón, escapado de morir abrasados por
el fuego. El sambenito vestido por el común de los penitenciados encarnaba una
cruz aspada o de San Andrés. Las aspas de San Andrés denotaban a los que
faltaron en la fe —San Andrés fue el primer cristiano muerto aspado—. Cuando el
uso del sambenito se generalizó, hubo otras distinciones características. La
cruz de San Andrés roja sobre un fondo amarillo indicaba penitencias menores;
las llamas de los absueltos y readmitidos en el seno de la Iglesia apuntaban
hacia abajo; mientras que, aquellos sambenitos con demonios, cabeza de Jano y
llamas vivas pintadas simbolizaban la hoguera.
El sambenito constituía una prenda que el
penitente debía vestir públicamente durante un periodo determinado, sin
excepción alguna. La vergüenza de esta penitencia no concluía al cumplirse el
plazo de empleo sino que se extendía perpetuamente. El sambenito del reo se
colocó primero en la iglesia mayor y a partir de las primeras décadas del siglo
XVII en la catedral de la Ciudad de México. La suerte de los sambenitos de los
relajados, de los muertos y de los huidos tenía el mismo destino. (14)
Además
del sambenito, los condenados también llevaban rosarios, una coroza —capirote o
gorro de cartón en forma cónica, de más de una vara de alto y según la
categoría del reo se pintaba con llamas, culebras o demonios— y velas amarillas
o verdes, encendidas para los reconciliados y apagadas para los impenitentes. A
los blasfemos, por su parte, se les ponían mordazas o especie de bozal colocado
sobre la boca para impedir que el impenitente hablara.
La más grave de las sentencias consistía
en la relajación, es decir, la entrega del reo a las autoridades seculares para
la ejecución de la pena capital. En efecto, el carácter religioso del Santo
Oficio impedía que por sí mismo aplicara las penas. Las penas, todas no las
instrumenta sino el Estado. La relajación a veces se ejecutaba después de
infringir la muerte del inculpado, pues antes de exponerlo a las llamas podía
ser ahorcado o pasado por garrote.
Sólo en ocasiones excepcionales los
condenados fueron perdonados en los momentos previos a la ejecución de la
sentencia. El arrepentimiento, como se ha visto, fue una causa legítima para
interrumpir la aplicación de una pena. En su carácter de institución de la fe,
el Santo Oficio acogía al condenado en la reconciliación. Empero, no siempre
estaba cierta de la sinceridad. En un auto de fe celebrado en 1659, por
ejemplo, la ejecución del judío Sebastián Álvarez fue suspendida gracias a que
a última hora mostró indicios de querer reconciliarse con la fe católica. Un
nuevo examen de conciencia, sin embargo, confirmó la firmeza en sus
convicciones judaicas. La condena posteriormente fue aplicada con garrote y
relajación, Otros reos, en cambio, no intentaron arrepentirse y ni buscar
clemencia sino reivindicaron las prácticas por las que fueron acusados. Así, en
los instantes previos a su relajación, Tomás Treviño de Sobremonte gritaba:
“Echen leña que mi dinero me cuesta”.
De vez en cuando hubo quemados en efigie,
o sea en su lugar se incineraba un muñeco que lo representaba. Esta medida se
llevaba a cabo cuando el acusado había logrado huir antes de ser capturado,
escapaba de las cárceles secretas, moría durante el proceso o cuando moría
después de ser denunciado. La causa aún continuaba después de que el reo huía o
moría. La justicia inquisitorial no olvidaba que estaba consumando una tarea de
carácter divino. Los mayores castigos, como se ha mencionado, estaban orientados
hacia los judíos, mahometanos, protestantes, relapsos y herejes en general. El
arrepentimiento y la confesión voluntaria significan, al margen de sus pecados,
la inclinación por rectificar una conducta desviada. Los objetivos del Santo
Oficio se cumplían felizmente. Las penas, entonces, se reducían a los castigos
menores y a las multas. De la misma manera, la punición para los testigos
falsos tendía a ser muy severa, aunque a veces fueron singulares. En 1664, por
ejemplo, Juan Márquez de Andino fue sentenciado al emplumamiento. El
emplumamiento consistía en exponer públicamente al reo durante tres o cuatro
horas continuas, amarrado, enmielado y emplumado desde la cintura hasta la
cabeza.
Las sentencias de los castigos no se
aplicaban durante el auto de fe. Las autoridades civiles recibían a los reos
para la sanción de las penas. Antes bien se recomienda que en la ejecución no
hubiera derramamiento de sangre en
virtud de la contradicción moral que implicaba su relación con una institución
de la fe. Durante el auto de fe, los inquisidores entregaban a los condenados
al brazo seglar. Al transferirse la potestad de los reos a la justicia civil
—el corregidor de la Ciudad de México o en su caso el asesor—, de inmediato se
confirmaban y se dictaban las sentencias respectivas. En el caso de la
relajación, el dictamen de la muerte seguía el mismo procedimiento. En el
veredicto se establecían los pormenores del traslado al quemadero, montado al
reo o a la estatua en una “bestia de albarda con trompeta y voz de pregonero”.
El quemadero, por lo general, se erigía en un lugar público situado en las
cercanías donde se efectuaba el auto de fe. El trayecto recorría las calles
acostumbradas. La muchedumbre se aglomeraba hasta llegar a la plaza de San
Hipólito, ubicada junto a la Alameda y al convento de los franciscanos
descalzos. A finales del siglo XVIII, el quemadero fue trasladado a un lugar
llamado San Lázaro.
La ejecución de la sentencia la
aplicaban los verdugos de la Ciudad de México. El agarrotamiento y, posterior,
cremación o la muerte por vivicombustión (quemados vivos) de los reos se
realizaban conforme éstos llegaban del auto de fe. Los recién llegados podían
observar su destino e incidir en el arrepentimiento. Los condenados, antes de
proceder a la ejecución de la sentencia, tenían la oportunidad de arrepentirse
y de ser absueltos. De otra manera eran agarrotados. A excepción de Simón de
Santiago, Tomás Treviño, Guillén Lombardo, Francisco López de Aporte, Juan
Gómez y Diego Díaz, los restantes relajados de la Nueva España estuvieron
muertos antes de llevarlos al quemadero. (15)
La
reconciliación
Entre tanto, volvamos nosotros a la plaza
del Volador, donde nos espera todavía algo curioso que presenciar.
Suena otra vez el clamor de las campanas,
en señal de rogativa, y hacen salir de Portacoeli en fila de dos en dos a los
reconciliados. El Inquisidor decano con sobrepelliz y estola, asistido de los
curas procede, según lo prescrito en el ritual, a la abjuración, reconciliación
y alza de censuras a los penitentes; el secretario hace las preguntas del
credo, que contestan estos y los circunstantes, y les lee, repitiendo ellos, la
abjuración. Tiene este acto un carácter de solemnidad forzada, que apenas puede
disimularse. Al pronunciar los concurrentes las palabras del credo con voz
fervorosa, en verdad que no están poseídos ni de amor a la fe católica, ni de
celo por la gloria de Dios, recuerdan si los lamentos de los infelices
penitenciados y arde muy viva en su imaginación la llama de la hoguera.
Concluida esta ceremonia, el oficiante
canta las oraciones mientras los clérigos dan varazos a los penitentes, hecho
lo cual termina la función. Al repique iniciado en Portacoeli siguen
inmediatamente el de las campanas de toda la ciudad. Reunido el pueblo por todo
el día en la plazuela del Volador, comienza a retirarse en desorden por las
calles más próximas.
Entre tanto los inquisidores y los reos
vuelven procesionalmente, en el mismo orden en que vinieron, a las casas del
Santo Oficio.
Más ya que hablamos de este edificio,
bueno será consagrarle algunas líneas.
La casa de la esquina chata
Así le
llamaba el vulgo en años anteriores a causa de la estructura particular de su
fachada, construida sobre la superficie que deja el corte oblícuo de la esquina
de las calles de los Sepulcros y de la Perpetua. En esta fachada está la puerta
principal.
Para los que no conozcan su situación, les
basta saber que ocupa un área, de cuyos límites dos son las aceras de las
calles antes mencionadas, que miran al Sur y al Poniente, y forman al tocarse
la esquina chata, opuesta al vértice
del ángulo correspondiente de la plazuela de Santo Domingo. El departamento más
amplio es el que posee actualmente la Escuela de Medicina, y los demás están
convertidos en casas particulares, habiendo mudado de forma y disposición.
Antiguamente, en el gran patio de la casa
del Santo Oficio, no se gozaba de ese aspecto alegre y aseado que hoy ostentan
los muros: su pintura era hosca y sombría como el semblante de un alcaide.
Fuente: http://alonzonovelo.com/mitos-y-leyendas/edificio-de-la-inquisicion/
El arco
principal de la escalera por la parte que mira hacia dentro, ofrecía al curioso
una lápida con la inscripción siguiente:
“Siendo Sumo Pontífice Clemente XII; Rey de España y de las Indias Flipe
V; Inquisidores generales sucesivamente los Exmos. Sres. D. Juan de Camargo,
obispo de Pamplona, y D. Andrés Orbe y Larreategui, arzobispo de Valencia;
Inquisidores actuales de esta Nueva-España, los Sres. Lics. D. Pedro Navarro de
Isla, D. Pedro Anselmo Sánchez de Tagle, y D. Diego Mangado y Clavijo, se
comenzó esta obra a 5 de Diciembre de 1732, y se acabó en fin del mismo mes de
1736 años, a honra y gloria de Dios, y Tesorero D. Agustín Antonio Castrillo y
Collantes.”
Al leer la parte final de esta
inscripción, alguno tuvo duda sobre si la obra de que se trata se acabó siendo
tesorero la persona indicada, o si se acabó a honra y gloria de Dios y también
del tesorero.
A la derecha de la escalera, en el
corredor que mira al Poniente, había una puerta que daba entrada a las salas de
audiencia y demás departamentos de oficiales y ministros. En la primera pieza
estaban los retratos de los inquisidores, que llegaban a cuarenta, con pomposos
rotulones, en que se indicaba el lugar de su nacimiento, la edad que alcanzaron
y aún la enfermedad que les causó la muerte, no menos que los empleos que
tuvieron durante su carrera respectiva, el año y día de su colocación en la
casa, etc., etc.
Por este cuarto se entraba al salón de
audiencia, el cual estaba magníficamente adornado: las columnas y demás ornatos
eran de orden compuesto, y los intercolumnios estaban cubiertos de damasco
encarnado. En el extremo del salón que miraba al sur, había un altar bastante
bien decorado, y en su centro San Ildefonso, que recibía la casulla de la
Santísima Virgen María. En el lado opuesto, y después de una gradería, estaba
la mesa de los inquisidores, con sus tres sillones cubiertos de terciopelo
carmesí con franjas y recamos de oro, y sus tres almohadones forrados en lo
mismo. Había además un dosel clavado en la pared también de terciopelo, del
mismo color, con franjas y borlas de oro. En él estaban las armas reales, y
apoyado n el globo de la corona un crucifijo y alrededor: Exurge, Domine, judica cusam tuam.
A su lado dos ángeles: uno tenía en una
mano una oliva, y con la otra sostenía una cinta en que se leía: Nolo mortem impii, sed ut convertatur et
viva. Ezeq. Cap. 33.
En el otro lado había otro ángel con una
espada en la mano derecha, y en la izquierda otra cinta con este mote: A el faciendam vindictam in nationibus:
increpationes in populis.
Todo lo cual estaba recamado de oro y
seda, y era más antiguo que la casa, pues lo bordó Roque Zenon en Méjico el año
de 1712.
En la pared de dicho salón que miraba al
Sur, había una puertecilla que conducía a las prisiones: otra en la que miraba
al Poniente con este rótulo:
“Mandan los Señores Inquisidores,
que ninguna persona entre de esta puerta para adentro, aunque sean oficiales de
esta Inquisición, sino lo fuera del secreto, pena de excomunión mayor.”
Había también otra puerta junto al dosel
llena de escopleaduras circulares y oblícuas, para que el delator y testigos
pudiesen ver desde dentro al reo sin vistos por él.
Bajada la escalera que conducía a las
prisiones, había un cuarto con un torno, por donde se daba la comida a los
carceleros para distribuirla en los calabozos: en el mismo cuarto había dos
puertas, una de las cuales conducía a un patio bastante espacioso, en cuyo
centro había una fuente y algunos naranjos, y alrededor diez y nueve calabozos:
la otra conducía a una prisión bastante capaz, que los de la casa llamaban
ropería, y que se componía de tres o cuatro cuartos, de los que el último
parecía ser el que más había servido.
En las paredes de este último cuarto había
varias poesías de D. Antonio Castro y Salgado, que compuso durante su prisión:
había también algunas pinturas del mismo sujeto, y entre ellas un paisaje que
representaba un campamento; debajo de este paisaje había esta inscripción:
“Atravesando el autor A. C. y S.
el campamento de…..a las diez de la noche, un embozado le dice: “Pon tu persona
en salvo, y huye a Francia.” Así lo hizo a la edad de 21 años, y a la de 25
vino a esta prisión, después de haber corrido una suerte no menos trágica que
la del barón de Trenck.”
Sobre la puerta que daba entrada al patio
de las prisiones y mirando a estas, había una lápida de piedra, y en ella una
inscripción latina, que traducida al castellano decía:
“Reinando Carlos IV y Luisa, siendo inquisidor general de España el
Exmo. Sr. D. Ramón de Arce, y de Méjico los doctores Prado, Flores y Alfaro,
esta cárcel, que se hallaba casi arruinada, se reparó y mejoró, habiendo
quedado abierta por algún tiempo, para que el público la reconociese, día 9 de
Diciembre del año del Señor de 1803, y el cuarto del pontificado de nuestro
Santísimo Padre Pío VII.”
La mayoría de las prisiones eran grandes,
aunque había algunas más chicas, dos puertas muy gruesas, un agujero o ventana
con rejas dobles, por donde se les comunicaba la luz, y una tarima de azulejos
para poner la cama.
Detrás de los diez y nueve calabozos había
otros tanto jardincillos, que llamaban asoleaderos, a donde llevaban algunas
veces a los presos para que tomasen el sol: pero construidos de manera, que era
imposible verse los unos a los otros: últimamente estaban llenos de yerba, y no
cuidados como lo estuvieron hasta 1813.
No nos ha sido dable averiguar si es
realidad o fábula el tan mentado subterráneo que, según la creencia popular,
comunicaba el edificio de la Inquisición con el convento de dominicos.
La Inquisición no disimulaba su rencor
salvaje. Era un dragón que tenía cien garras para hacer presa y cuando no podía
dar alcance al fugitivo, se consolaba quemándole en efigie. No sin razón dijo
el cantor Bernardo de Balbuena de la Grandeza Mejicana (16) que la Inquisición era:
|
Una espía, a quien no hay secreto oscuro Que tiene ojos de Dios, y el delincuente Aún en el ataúd no está seguro. |
Presos insignes (17)
¡Morelos!
¡Hidalgo! ¡Teresa de Mier!, estos ciudadanos eminentes fueron blancos de los
tiros de la Inquisición, y dos de ellos gustaron el pan negro de sus calabozos.
Sin embargo, el tiempo en que tuvieron esta suerte corresponde el periodo de la
historia del tribunal, en el lugar del
quemadero crecían los árboles de la Alameda; ya no se celebraban tan a menudo
los autos de fe; la mayor parte de estos eran secretos y particulares; los
penitenciados solían sustraerse con más frecuencia a sus furores; dos de ellos
D. Juan Olavarrieta y D. José Rojas, después de salir en el auto de fe de 1804
lograron la absolución, y el primero partió a España donde más tarde se hizo
célebre publicando el Diario de Cortes, y el segundo emigró a Estados Unidos
donde en venganza dio a luz un opúsculo contra la Inquisición.
Sin embargo, al oír el grito de Dolores
que inició la revolución de Independencia, pareció reanimarse. El 13 de Octubre
del mismo año hubo de fulminar un edicto terrible contra Hidalgo y sus
secuaces. Hay quien afirme que ya desde 1800 tenía en héroe causa pendiente con
el tribunal. Doce son los cargos que le hicieron en el edicto, entre los cuales
es curioso el de no haber querido graduarse en la Universidad, porque decía ser
esta una “cuadrilla de ignorantes”. Concluye el edicto citándole dentro de treinta
días, so pena de seguir la causa en rebeldía hasta la relajación en estatua y
además excomunión y pone quinientos pesos de multa “a los que aprobasen la
sedición, mantuviesen trato o correspondencia epistolar con Hidalgo, o le
prestasen cualquier género de favor o ayuda; así como también a todos los que
no denunciasen o no obligasen a denunciar a todos los que favoreciesen las
ideas revolucionarias, o de cualquier manera las promoviesen o propagasen.”
A pesar de esto, Hidalgo tuvo la rara
felicidad de no pasar bajo las horcas del Santo Oficio. No así, el gran
Morelos.
Promulgada la constitución española de
1812, empezó la nación a caminar derechamente y de prisa por la senda de las
reformas: una de las que primero introdujeron las cortes fue la extinción del
funesto tribunal, previo un ardiente debate, que terminó con la aprobación del
decreto de 22 de Febrero de 1813. Este se promulgó en Méjico el 8 de Junio, y
por otros dos bandos se mandaron incorporar los bienes de la Inquisición a la
real hacienda, y quitar de la Catedral las tablillas, con los retratos y nombres
de los reos que habían sido penitenciados.
Por una ordenación de las cortes, leemos
en el Diccionario de Historia (18)
“Se mandó publicar el decreto de extinción tres domingos consecutivos en
la misa mayor de las catedrales y parroquias. El nuncio apostólico y el cabildo
de Cádiz se opusieron a esta determinación, como contraria a los usos y cánones
que sólo permiten inter missarum solemnia
la exposición del Evangelio o los edictos y pastorales de los prelados. En
Méjico, para obviar, el arzobispo D. Antonio Bergosa y Jordán hizo preceder el decreto de un edicto suyo.
En cumplimiento de esos decretos, el intendente D. Ramón Gutiérrez del Mazo,
procedió a recoger e inventariar los bienes, entregando los inquisidores con la
mejor buena fe, y cosa que en un siglo de corrupción como el que vivimos causa
un asombro, sesenta y cuatro mil pesos en plata, ocho mil en oro, y lo que es
más, la obra pía del Lic. Vergara para alimentos de los presos de la cárcel, de
la que eran los inquisidores patronos, y herederos por una cláusula terminante,
si dejara de existir el tribunal o quisiese otra autoridad intervenir en la
obra pía, cuya condición se cumplía entonces. Por la administración de esta
fundación, tenía cada uno de los inquisidores un tintero de plata anualmente,
el día d San Pedro mártir: de los productos de dicha obra pía construyeron los
inquisidores la casa de las Recogidas de San Lúcas.”
“Al tiempo de la extinción
eran inquisidores los doctores D. Bernardo de Prado y Ovejero, D. Isidoro Saenz
de Alfaro, primo del arzobispo Lizana, y D. Manuel Antonio Flores.”
Más con la vuelta de Fernando VII al trono
de España, y derrocada la constitución, se restauró todo a como estaba antes de
la sanción de aquél código. El Tribunal de la Inquisición fue restablecido en
Méjico el 21 de Enero de 1814. Días antes el arzobispo Bergosa había publicado
un edicto por el que mandaba caritativamente
a sus diocesanos “acudan a denunciar al Santo Oficio, a sus comisarios y
ministros, todos los delitos de herejía o sospecha de ella, como también la
lectura de libros prohibidos, bajo la pena de excomunión mayor.”
No tardó en darse cumplimiento a la
prevención y vemos a poco al Santo Oficio fulminar contra la constitución de
Apatzingan, y apoderarse de cuantos en su concepto estaban comprendidos en el
edicto, empezando por D. N. Movellan.
Era el 22 de Noviembre de 1815. Morelos,
el caudillo insigne que acaba de ser aprehendido en Tesmalaca, por el brigadier
D. Manuel de la Concha, era traído de Tlalpan muy de mañana, y en un coche para
evitar escándalo, a las cárceles secretas de la Inquisición.
Las jurisdicciones militar y eclesiástica
unidas comienzan la causa, que queda instruida en el espacio de veinticinco
horas, y se desea proceder inmediatamente a la sentencia y ejecución. Pero el
arzobispo electo Dr. D. Pedro José de Fonte, reclama su parte en la historia de
condenar al acusado, y al efecto nombra una junta de eclesiásticos, que por
dictamen unánime de sus miembros, le sentencia a privación de oficio y
beneficio, degradación de las órdenes y entrega al brazo secular.
No queriendo quedarse atrás la
Inquisición, suplica al virrey que difiera la ejecución de la sentencia
pronunciada por el arzobispo y se junta, y lo consigue.
Celebran auto los inquisidores Flores y
Monteagudo y el fiscal Tirado, asistido de los dos consultores togados, el
provisor y el delegado de la mitra de Michoacán. Y se falla: que el presbítero
D. José María Morelos, es hereje formal negativo, fautor de herejes y
perturbador de la jerarquía eclesiástica, profanador de los Santos Sacramentos,
traidor a Dios, al rey y al Papa, y como a tal se le declara irregular para
siempre, después de todo oficio y beneficio, y se le condena a que asista a
auto en traje de penitente, con sotanilla sin cuello y vela verde, a que haga
confesión general y tome ejercicios, y para el caso inesperado y remotísimo de
que se le perdone la vida, a una reclusión para todo el resto de su vida en
África a disposición del inquisidor general, con obligación de rezar todos los
viernes del año los salmos penitenciales y el rosario de la Virgen, fijándose
en la Iglesia Catedral de Méjico un sambenito como a hereje formal
reconciliado.
La verdadera sentencia ya está promulgada
de antemano, se le notifica el 21 de Diciembre del propio año, estando en la
Ciudadela. Al día siguiente, cabalmente un mes después de la entrada de Morelos
a las cárceles del santo Oficio, sale de Méjico a la madrugada un coche que
escoltado camina hacia el pueblo de San Cristóbal Ecatepec.
Hemos comprendido poco antes al P. Mier
entre las víctimas insignes del tribunal del Santo Oficio. Después de acompañar
el buen fraile al general Mina en toda su carrera de triunfos, cayó prisionero
en la toma del fuerte de Soto la Marina por el brigadier Arredondo y se le
trajo a Méjico con fuertes grillos en los pies, padeciendo en el camino el
accidente de un golpe que le quebró el brazo, dejándolo inutilizado para toda
la vida. Al llegar, se apresuró la Inquisición a abrirle sus cerradas puertas,
y no le devolvió la luz del día sino hasta el año de 1820 en que fue confinado
en el castillo de Ulúa.
Presente (19)
¡Murió la
inquisición para no resucitar jamás!
Ávida de riquezas, confiscaba los bienes
de los infelices. ¿Pudo acaso prever que le estaba reservada la misma suerte?
Su temido alcázar pertenece ahora a muchos dueños, y por un alto destino, esa
casa, mansión un tiempo de la aflicción y la muerte, es hoy el santo albergue
de la ciencia que consagra sus vigilas al alivio de las enfermedades y a la
conservación de la especie humana.
Más ya es tiempo de decir adiós a las
casas que fueron del Santo Oficio y de encaminar otra vez los pasos al convento
de dominicos. ¿Conocisteis la cerca que aprisionaba el atrio, quitando parte de
la vista del templo principal, y casi sofocando las capillas? Ya no quedan del
celoso muro, sino los cimientos.
Fuente: http://vamonosalbable.blogspot.mx/2015/04/plaza-santo-domingo-otro-de-los-sitios.html
Pero el monumento ha ganado, y ahora luce
por entero la gallardía de su construcción y la magnificencia de su aspecto. En
uno de los ángulos del atrio está acumulado el escombro de la parte del
claustro que ha sido preciso derribar para abrir la calle que desemboca en la
de la Puerta Falsa (al fondo de la imagen, lado izquierdo. Acrecen también cada
día ese cúmulo informe de los restos de las capillas del Señor de la Expiración
y de la Tercera Orden, que no se sabe porque fueron destruidas.
El templo mayor tan pronto se abre como se
cierra y torna a abrirse al culto católico, y es un triste ejemplo del vaivén
de las determinaciones humanas. No hace mucho era todavía la torre un gigante
que significaba sus pesares y contentos por medio de labios de metal: en el día
sólo conserva la sonora campana mayor llamada Nuestra Señora del Rosario, que se estrenó, según el Diario de
Castro Santa-Anna, el 12 de junio de 1753, (20) “se estrenó en la torre de la iglesia
de nuestro padre Santo Domingo la hermosa campana, que es de un hermoso metal
de voz, y la simila a la grande que llaman de los Indios de nuestro padre San
Francisco”. Habiendo sido fundida dentro
del convento por el maestro José de Lemos, que se hallaba allí retraído, siendo
provincial R. P. Fr. Antonio Villegas. Sacó de peso cuatrocientas cuarenta
arrobas.
Si del atrio pasamos al interior de la
iglesia veremos con gusto que su ornato es el mismo de siempre, y que las
festividades religiosas se celebran con la pompa acostumbrada. Además del
cimborrio forman su cima ocho bóvedas; tiene en el costado que está a la
derecha del que entra cinco capillas, tres grandes y dos pequeñas debajo del
coro, y la entrada que mira a la calle de los Sepulcros. En el izquierdo se ve
una capilla que es la del Rosario, la cual es a manera de una rotonda
comunicada con el templo principal por medio de una corta galería. Con todo,
produce buen efecto el altar mayor, no menos que el cornisamento sostenido por
diez y seis columnas con chapiteles festonados, y la balaustrada que descansa
sobre la cornisa superior cerca de la cual arranca el cimborrio. Completan el
adorno unos cuadros del maestro Villanueva, que representan pasajes de la vida
de la Virgen.
La fiesta de la Virgen del Rosario, fue
establecida como todos saben, por San Pío Ven acción de gracias por la victoria
que alcanzaron en Lepanto los cristianos contra los turcos el 7 de octubre de
1571. Más tarde fue introducida esta devoción en Méjico, merced a los afanes
del religioso dominico Fr. Tomás de San Juan, llamado también del Rosario, el
cual fundo la cofradía del mismo nombre, no solo en esta ciudad sino también en
la de Puebla. La capilla se construyó y dotó por la munificencia de los mismos
cofrades, entre los cuales figuraban personas de distinción y riqueza. El
alguacil mayor de Méjico, Gonzalo Cerezo y su mujer María de Espinosa, donaron
para el culto, una efigie de María Santísima de
plata “del cuerpo de una mujer alta, cuyo rostro salió con mucha
hermosura y perfección, cuyo ropaje quedó adornado con varias piedras
preciosas, haciendo costo de más de cincuenta mil reales de plata, que son seis
mil y tantos pesos que llaman de tipuzque.” La festividad correspondiente se
celebra cada año, precedida de quincenario. Era notable, sobre todo, por el
simulacro de batalla naval entre cristianos y turcos que se verificaba en el
atrio del convento en medio de tumultuoso concurso.
Aunque la destrucción no respetó el
claustro, queda todavía una parte en pie como para manifestar con arrogancia
que el infortunio no le abate; y que su fuerza de inercia es mayor que la del
destino. ¿Qué se hicieron de los moradores del convento? El soplo de Dios los
ha dispersado.
NOTAS
|
1.-Ramírez
Aparicio, Manuel, Los conventos
suprimidos en México: estudios biográficos, históricos y arqueológicos,
México, Imprenta y Librería de J.M. Aguilar y Cía., 1861, pp. 10-60; http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016456/1080016456.html 2.-Alamán, Lucas, Disertaciones sobre la historia de la
República Mejicana desde la época de la conquista hasta la Independencia,
México, Imprenta de José Mariano Lara, 1844; Alicante, Biblioteca Virtual
Miguel de Cervantes, 2014. 3.http://www.enciclopedicohistcultiglesiaal.org/diccionario/index.php/BETANZOS,_Fray_Domingo_de
4.-Ramírez
Aparicio, op. cit., p. 26. 5.-Ibid. pp. 28-35. 6.http://www.enciclopedicohistcultiglesiaal.org/diccionario/index.php/BETANZOS,_Fray_Domingo_de
7.-Dávila Padilla, Agustín, “Historia
de la fundación y discurso de la provincia de Santiago de México de la Orden
de Predicadores”, en Ramírez Aparicio, Manuel, Los conventos suprimidos en México: estudios biográficos, históricos
y arqueológicos, México, Imprenta y Librería de J.M. Aguilar y Cía.,
1861; Carreño, Alberto María, “Fray Agustín Dávila Padilla y la Real y
Pontificia Universidad”, en Memorias de
la Academia Mexicana de la Historia, XV, n° 4, México, 1956, pp. 324-344;
http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=davila-padilla-agustin 8.-Dávila Padilla,
Fray Agustín, Historia de la fundación
y discurso de la provincia de Santiago de México, de la orden de
predicadores, por las vidas de sus varones insignes y casos notables de Nueva
España, Bruselas, Casa de Iván de Meerbeque, 1625, pp. 170-178 79.-Ibid,
pp. 66-69. 10.-http://www.biblioteca.org.ar/libros/130383.pdf cap. VI y VII. Visto el 21 de octubre de 2016. 11.-http://iteadjmj.com/MAIN/esi.pdf 12.-http://www.larapedia.com/resumen/La_inquisicion_espanola_resumen.html
13.-Francisco de Paula Mellado, (et al.), Diccionario universal de Historia y
Geografía, vol. V, Madrid, 1847; https://archive.org/details/raha_103323
, Tomo digitalizado por La Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes
y Letras y la Biblioteca P. Joseph Healey en la Univ. de Massachusetts
Boston. Visto el 28 de octubre de 2016. 14.-El sambenito. Dicha
vestimenta constituía una imitación del saco de penitencia que la primitiva
Iglesia solía imponer a los penitentes para expiar sus culpas. La etimología
de la palabra sambenito es confusa. Una teoría sostiene que la antigua
práctica de su bendición antes de colocarlo al penitente originó que sea
llamado saco bendito y, de ahí, con la corrupción de las palabras, derivó en
sambenito. La segunda etimología, presuntamente la auténtica, asume que
proviene de San Benito, significado primero de “escapulario de benedictino”,
o sea la pieza superpuesta al hábito que llevaban los profesos de esta orden
monacal; por analogía, describía a un escapulario que se ponía a los
condenados de la Inquisición. Aunque más tarde, tendería a conocerse como un
signo de infamia y de vergüenza pública. 15.-http://www.redalyc.org/pdf/281/28101404.pdf;
Miranda Ojeda, Pedro, Las sanciones de
la fe. Los autos d fe, y la aplicación de penas del régimen inquisitorial en
el México colonial, Toluca, Coatepec, Contribuciones desde Coatepec, n°
14, enero-junio, 2008, pp. 61-83. 17.-Ramírez Aparicio,
Manuel, Los conventos suprimidos en
México: estudios biográficos, históricos y arqueológicos, México,
Imprenta y Librería de J.M. Aguilar y Cía., 1861; http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016456/1080016456.html 18.-Francisco de Paula Mellado, (et al.), Diccionario universal de Historia y
Geografía, vol. V, Madrid, 1847; https://archive.org/details/raha_103323
, Tomo digitalizado por La Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes
y Letras y la Biblioteca P. Joseph Healey en la Univ. de Massachusetts
Boston. Visto el 28 de octubre de 2016. 18.-Ramírez Aparicio, Manuel, Los conventos suprimidos en México:
estudios biográficos, históricos y arqueológicos, México, Imprenta y
Librería de J.M. Aguilar y Cía., 1861, pp. 108-111; http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080016456/1080016456.html 19.-http://bibliotecadigital.tamaulipas.gob.mx/archivos/descargas/12000025711.PDF 20.-http://bibliotecadigital.tamaulipas.gob.mx/archivos/descargas/12000025711.PDF |
BIBLIOGRAFÍA
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http://www.redalyc.org/pdf/281/28101404.pdf
http://alonzonovelo.com/mitos-y-leyendas/edificio-de-la-inquisicion/
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J.M. Aguilar y Cía., 1861.
Historia del Tribunal del Santo Oficio de
la Inquisición en México (Medina, 1991), Inquisición y sociedad en México
(Alberro, 1993) y Los últimos años de la Inquisición en la Nueva España
(Torres, 2004).
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