ELEFANTES
DE GUERRA
Si por algo se
caracterizaron las legiones romanas fue por su capacidad para
mimetizarse con los pueblos conquistados. A lo largo de los siglos integraron
en su ejército monturas tan pintorescas como los dromedarios o los camellos e incluyeron en sus
filas a combatientes tan castizos como los honderos baleares. Los mismos germanos sirvieron
como guardia personal de los siete primeros emperadores por su ferocidad en
combate. Ya fuera durante la República o el Imperio,
la Ciudad Eterna no tuvo reparos en admitir en sus filas toda aquella
revolución que pudiera ofrecer una ventaja clave en combate. Sin embargo, de
entre todas ellas hay una que afectó a Hispania en especial: los elefantes.
Unos animales «duros» y
cuya «corpulencia aterraba a los soldados», pero «torpes» y a los que solo se
les podía sacar provecho con «muchísimo trabajo». Así es como definió el
mismísimo Julio César (100 - 44 a. C.) a los temibles
elefantes de guerra. Unas inmensas moles de 5 toneladas de peso y 3,5 metros de
altura que causaban estragos cuando cargaban contra el enemigo. Aunque también
un arma de doble filo, pues no era raro que, al asustarse, se descontrolaran y
provocaran el caos. Ya lo expresó el historiador Apiano (95-165 d. C.) en «Historia de Roma. Sobre Iberia»: «Esto es lo que
les suele ocurrir siempre a los elefantes cuando están irritados, que
consideran a todos como enemigos. Algunos, a causa de la falta de confianza,
los llaman “enemigos
comunes”».
El
ejemplo vivo de lo peligrosos que eran estos animales para las tropas aliadas
lo sufrió en primera persona el cónsul Quinto Fulvio Nobilior en el verano del año
153 a. C. Por entonces, el representante de la República romana fue testigo de
cómo una decena de estos paquidermos abandonaban el asalto sobre las murallas
de Numancia y se volvían, asustados, contra los mismos
legionarios que les habían adiestrado. El resultado de la contienda fue una
verdadera humillación para sus hombres, que se vieron obligados a abandonar el
asedio y huir para no morir aplastados. Por si fuera poco, aquel desastre se
completó cuando los defensores abrieron las puertas de la ciudad sedientos de
sangre. «Los numantinos se lanzaron desde los muros, y en la persecución dieron
muerte a cuatro mil hombres y tres elefantes», explica Apiano.
Entre Cartago y Roma
El
origen de esta contienda hay que buscarlo en el siglo III a. C. Época en la que
la Península era testigo de los enfrentamientos entre las dos grandes potencias
de la época: Cartago y Roma.
Una región la primera que, tal y como afirma el estudioso decimonónico Philippe
Le Bas en
su «Manual de
historia romana desde la fundación de Roma hasta la caída del Imperio de
Occidente», extendía su comercio por «toda la costa septentrional
de África desde
los confines de Libia hasta el gran océano»,
disponía de un «vasto imperio que se extendía sobre las costas occidentales del
Mediterráneo» y (afincada por estos lares) se nutría de las minas de Hispania
para sufragar sus contiendas contra su eterna enemiga: la República ubicada en Italia.
Así fue
como Hispania, conocida como «tierra
de conejos» o «tierra
de los metales» por los romanos, se convirtió en un campo de
batalla obligado para los hermanos Publio y Cneo Escipión.
Los generales que, tras la llegada de refuerzos a Ampurias en el 218 a. C., se
propusieron expulsar por las bravas a los cartagineses de la Península. La
misión les costó a ambos la vida (literalmente) y no se materializó hasta el
año 206 a. C. cuando, vencidos en todos los frentes, los hombres de Aníbal y Asdrúbal plegaron
banderas y regresaron hasta su hogar en el norte de África. Aquello no fue una
derrota más, ni mucho menos. Por el contrario, significó el fin de una de las
épocas de expansión más destacables de Cartago. Unos años ligados a la
familia Bárquida y
que había inaugurado Amílcar Barca desembarcando en Gadir allá por el 237 a.
Aníbal sobre un elefante
Tras la
huida de los cartagineses, los romanos debieron dejarse seducir por el sol
peninsular y por las ricas minas de oro y plata que el destino había puesto en
la región, pues no dudaron en sentar sus reales en la región. Fuera cual fuese
la causa, no tardaron en conquistar el territorio y dividirlo en dos grandes
provincias: la Hispania
Citerior y la Hispania
Ulterior. Cada una, al frente de un pretor. Por si la
dominación territorial no fuese ya poca humillación, obligaron además a las
diferentes tribus locales a rendir pleitesía a sus nuevos jefes a base de
cobre. «Con la obligación de pagar tributo se establece la acuñación de monedas
en las ciudades sometidas, dispuesta por Roma», explica el arqueólogo e historiador Adolf
Schulten en «Hispania,
(geografía, etnología, historia)».
Primera lucha
Con
estos mimbres (una dominación cartaginesa y unos nuevos enemigos) los nativos
decidieron dejar de ser testigos mudos para iniciar una contienda en contra de
la dominación romana. Un enfrentamiento que, a día de hoy, conocemos como Primera Guerra Celtibérica y que se inició en el 181 a. C.
cuando los habitantes de la Hispania
Citerior reunieron un contingente de 35.000 combatientes
para enfrentarse a los romanos. Al menos, según explica el conocido historiador Tito Livio en sus
textos. Para enfrentarse a este inmenso ejército, Marco Fulvio Flaco (pretor
de la Hispania Citerior) logró armar un contingente que, aunque inferior en
número, reprimió durante dos años a los sublevados.
Entre
las contiendas más destacadas protagonizadas por Flaco (quien inició desde la
ciudad de Aeruba -en la demarcación de Toledo- su conquista) quedó grabada a
fuego la de Carpetania (en
el centro de la geografía española). Un enclave que era considerado la llave
para la conquista romana de Celtiberia.
El mismo Livio desveló en sus textos que, durante esta lid, los defensores
lucharon hasta la extenuación contra las legiones: «Los celtíberos tuvieron unos
instantes de indecisión e incertidumbre; pero como no tenían dónde refugiarse
si eran derrotados y toda su esperanza radicaba en el combate, reemprendieron
la lucha de nuevo con renovado brío». Su bravura no les valió de nada, pues
fueron derrotados amargamente.
Lo mismo les sucedió
cuando a la Península llegó (en el 180 a. C.) el nuevo pretor de la
Citerior: Tiberio Sempronio Graco.
El mandamás logró romper el asedio de la ciudad de Caraúes (aliada de Roma)
y detener drásticamente la sublevación local tras la batalla de Moncayo (en la que causó
a sus enemigos unas 22.000 bajas). Fue tan letal que los alzados pactaron
entregar a Roma una serie de tributos anuales y ceder hombres para sus legiones
a cambio de la paz.
«Pese a que la moderna
historiografía se refiere a las iniciativas de Graco como “acuerdos” […] nos
hallamos ante imposiciones unilaterales. […] Esencialmente pasaron por la
entrega de armas, la disolución de la alianza militar celtibérica y la
rendición incondicional […]. Desde ese momento se prohibió la fundación
celtibérica de nuevos centros urbanos», explica el profesor de Historia
Antigua Enrique García Riaza en
su artículo «Roma
y la Celtiberia hasta la paz de Graco» (incluido en el
número 41 de la revista «Desperta Ferro»). A su vez,
también se les impidió fortificar sus dominios para evitar que, a la postre,
costase tanto destruir sus defensas.
Más división
La «pax» deseada se
extendió 23 años desde el 177 a. C. Al menos oficialmente, pues durante
aquellos años se sucedieron varios enfrentamientos que (aunque fueron sofocados
por los gobernadores locales) dieron más de un calentamiento de cabeza a los
invasores. A pesar de todo, Roma únicamente mantuvo dos legiones en la
Península durante la mayor parte de este período. Poco después las tensiones
volvieron a aflorar por enésima vez. Y con razón, pues los tratados de Graco habían sido tan
humillantes para los celtíberos que hasta la mismísima Roma había intentado
rebajar posteriormente las represalias con el objetivo de reducir la tensión en
Hispania.
Nada de nada. A pesar de
la calma que se había intentado forjar, en el 154 a. C. volvieron a resonar
tambores de guerra. La razón del comienzo de las disputas fue que la ciudad
de Segeda (en Zaragoza) decidió ampliar su
muralla 8 kilómetros. Una medida que violaba los mencionados acuerdos de Graco.
Así lo
explicó Apiano en
«Historia de Roma»: «Segeda es
una ciudad perteneciente a una tribu celtíbera llamada belos, grande y
poderosa, y estaba inscrita en los tratados de Sempronio Graco. Esta ciudad
forzó a otras más pequeñas a establecerse junto a ella; se rodeó de unos muros
de aproximadamente cuarenta estadios de circunferencia [aproximadamente 7,2
kilómetros] y obligó también a unirse a los titos, otra tribu limítrofe. Al
enterarse de ello, el senado prohibió que fuera levantada la muralla, les
reclamó los tributos estipulados en tiempo de Graco y les ordenó que
proporcionaran ciertos contingentes de tropas a los romanos. Esto último, en
efecto, también estaba acordado en los tratados».
Segeda
no solo hizo caso omiso a las exigencias romanas, sino que sus ciudadanos
afirmaron a la República que
habían sido liberados de las mencionadas obligaciones hacía meses. Así lo
confirma el mismo Apiano: «Acerca del tributo y de las tropas mercenarias,
manifestaron que habían sido eximidos por los propios romanos después de Graco.
La realidad era que estaban exentos, pero el senado concede siempre estos
privilegios añadiendo que tendrán vigor en tanto lo decidan el senado y el
pueblo romano».
Aquellas
diferencias le vinieron como anillo al dedo a una Roma ansiosa de batallas para
ampliar (todavía más si cabe) y afianzar su dominio en la zona. En este caso,
para dar un castigo ejemplar a los desobedientes hispanos arribó a la
demarcación el cónsul Quinto
Fulvio Nobilior. Y no lo hizo solo, sino con 30.000
combatientes divididos en cuatro legiones. La llegada de este contingente hizo
que los habitantes de Segeda solicitasen
asilo en la fortificada Numancia.
Urbe que se había mantenido al margen del enfrentamiento y que, a partir de
entonces, se convirtió en uno de los centros neurálgicos de la resistencia
contra Roma.
Para
liderar la guerra contra Nobilior, los segedanos y numantinos (además
de varios pueblos más que varían atendiendo a las fuentes) eligieron a un
general llamado Caro.
Según desvela Apiano, un hombre sumamente belicoso que no tardó en plantar cara
a los romanos el 23 de agosto del año 153 a. C. «A los tres días de su
elección, apostando en una espesura a 20.000 soldados de infantería y 5.000
jinetes, atacó a los romanos mientras pasaban», explica el autor. Aquel primer
enfrentamiento tuvo un sabor agridulce para los nuestros. La parte positiva fue
que acabaron con más de 6.000
legionarios y lograron poner en fuga al resto. La negativa
fue que, durante la «desordenada persecución» posterior de los enemigos, los
republicanos lograron tender una trampa al militar hispano y acabar con su
vida.
Esa
victoria con sabor amargo soliviantó todavía más a Nobilior quien, cansado de
no poder hacerse con el control de Numancia, solicitó refuerzos para
conquistarla de una vez. El resultado fue que el rey Masinisa (uno de los más
fervientes colaboradores de Roma en el norte de
África) le envió unos 300
jinetes númidas y 10 elefantes, los «carros de combate» de la
época.
Elefantes
Los
elefantes, cuya función militar es sumamente conocida a día de hoy gracias
a Aníbal, no eran
tan habituales por entonces. De hecho, habían llegado a Occidente poco tiempo
antes, y de la mano de un genio militar: Alejandro Magno. Personaje que, a su vez, había
quedado prendido de ellos tras combatirlos en batallas como la del río
Hidaspes. «Con un peso de 5 toneladas y una talla de 3,5 metros, un elefante de
guerra cargando a 30 kilómetros por hora causa terror y confusión. Con su dura
piel cubierta con armadura de cuero o metal, es casi inmune a las heridas.
Estos atributos hicieron del elefante el vehículo elegido por las élites
guerreras de Asia meridional desde los tiempos de Buda hasta la época de los
mongoles», explica Philip
De Souza en «La guerra en el mundo antiguo».
En «La sirena de Fiji y otros ensayos sobre historia
natural y no natural», el autor Jan Bondeson afirma que
Alejandro quedó tan fascinado con los elefantes que capturó algunos y los llevó
como trofeo de guerra hasta Macedonia. Posteriormente, estos «carros de
combate» fueron adoptados por los romanos tanto a nivel militar, como
ceremonial. «Los romanos nobles usaban con frecuencia a los elefantes en las
ceremonias y desfiles triunfales. A partir de los tiempos de Augusto fue
costumbre que el emperador viajara en un carro tirado por cuatro elefantes en las
procesiones y festivales triunfales», añade el autor.
Con el
paso de los años los romanos perfeccionaron el entrenamiento de los elefantes
de guerra. Concretamente, adiestraban a estos animales para que aplastaran a
sus enemigos y no se asustaran en plena batalla. El trabajo, como señaló
posteriormente Julio
César, era tedioso y requería de mucho tiempo, aunque merecía
la pena. No obstante, las horas dedicadas a aleccionarles no evitaban que estas
monturas se diesen la vuelta en plena contienda y huyeran atravesando las
líneas aliadas.
Cifras exageradas
Apiano explica en sus
textos que, para cuando Nobilior unió aquellos refuerzos africanos a sus
legiones, ya había avanzado sobre Numancia sediento de venganza. «Tres días
después [de la batalla contra Caro], marchó contra ellos y fijó su campamento a
una distancia de veinticuatro estadios. Después que se le unieron trescientos
jinetes númidas enviados por Masinisa y diez elefantes, condujo el
ejército contra sus enemigos, llevando oculto en la retaguardia a los
animales», explica el autor clásico.
¿Cuántos hombres se
enfrentaron aquella jornada? Apiano no ofrece cifras concretas. Sin embargo, se
pueden usar como punto de partida las que otorga al principio de la contienda.
Es decir, 30.000 romanos y 25.000 «belos,
titos y arévacos».
Con todo, estos números han sido desmentidos por el arqueólogo Fernando Quesada Sanz en
su completísimo dossier «Los celtíberos y la guerra: tácticas, cuerpos, efectivos y bajas. Un
análisis a partir de la campaña del 153». Tal y como afirma el experto
español en la mencionada investigación, es más que probable que Nobilior
contara con esos efectivos, pero es casi imposible que los defensores pudieran
reunir esa inmensa cantidad de fuerzas.
«En conjunto, pues, creemos que las cifras de efectivos de
ambos bandos proporcionadas por las fuentes para la campaña de 153 a. C. son
asumibles, aunque cabría pensar en una cierta exageración en el caso de las
fuerzas celtibéricas, cuya magnitud no es mensurable con precisión alguna, con
lo que resulta metodológicamente más aceptable ceñirnos a las fuentes
existentes», explica el experto español en su dossier.
Sobre Numancia
Narra Apiano que Nobilior
avanzó sobre Numancia el 26 de agosto y que, al ver sus intenciones, los
jinetes celtíberos salieron de las murallas para detenerle. Al menos, hasta que
las legiones se abrieron para dejar paso a los elefantes de Masinisa. «Cuando
se entabló combate, los soldados se escindieron y quedaron a la vista los
elefantes», añade el historiador. La visión de aquellos terroríficos animales fue
algo demasiado impactante para los numantinos y para sus aliados quienes,
aterrorizados, decidieron refugiarse en la fortificada ciudad. «Los celtíberos
y sus caballos, que jamás antes habían visto elefantes en ningún combate, fueron presa del pánico y huyeron hacia la ciudad»,
destaca el autor.
Nobilior, casi paladeando la victoria,
dirigió a los paquidermos contra las murallas de Numancia. Para su desgracia, y
a pesar de que en principio los animales combatieron con bravura, las tornas
cambiaron drásticamente gracias a un golpe de suerte de los defensores. «Un
elefante, herido en la cabeza por una enorme piedra que había sido arrojada
[desde las murallas], se enfureció y, dando un fortísimo berrido, volvió grupas
contra sus amigos y mató a todo aquel que se le opuso en su camino, sin hacer
distinción entre amigos y enemigos», completa el autor.
Guerra numantina
Dice la tradición que los
desastres nunca vienen solos. Y eso fue lo que le sucedió a Nobilior. Por si un
paquidermo descontrolado fuese poco problema, sus compañeros también se
enardecieron ante sus berridos y, asustados, abandonaron la batalla provocando
el caos entre las legiones romanas. «Los otros elefantes, excitados por el
barrito de aquel, hacían todos lo mismo y comenzaron a pisotear a los romanos, a despedazarlos y a lanzarlos por los
aires. Esto es lo que les suele ocurrir siempre a los elefantes cuando están
irritados, que consideran a todos como enemigos. Y algunos, a causa de esta
falta de confianza, los llaman “enemigos
comunes”», añade Apiano
en su obra.
El descontrol de los «carros de combate» de la antigüedad
provocó un desconcierto general entre las tropas de Nobilior, que iniciaron una
retirada desordenada para evitar morir bajo las patas de los paquidermos. El
desastre se completó cuando los numantinos se percataron del alboroto y
decidieron aprovecharse de él. «Los numantinos, al darse cuenta de ello, se
lanzaron desde los muros, y en la persecución dieron muerte a cuatro mil
hombres y tres elefantes y se apoderaron de muchas armas y enseñas. De los
celtíberos murieron alrededor de dos mil», finaliza Apiano.
Aunque Quesada considera el número de bajas exagerado, lo
cierto es que la contienda supuso un duro revés para la República romana.
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