martes, 6 de mayo de 2025

 


 

La economía feudal


A pesar de que el feudalismo está relacionado con la Edad Media en general, no es cierto que este fuera el régimen principal de todo este periodo histórico. Porque si bien el sistema feudal adquirió un gran protagonismo durante los siglos centrales del Medioevo, en su última etapa fue un sistema en declive, objeto de múltiples críticas y que estuvo en el punto de mira de las revoluciones campesinas, que intentaban mejorar sus condiciones.

El sistema feudal se basaba, principalmente, en una economía de autoabastecimiento. Su marco es básicamente rural y está muy ligado con la consolidación de los señoríos medievales, en detrimento de las ciudades y, por tanto, del estado.

La economía feudal como motor de la Edad Media

Fue, como ya hemos dicho, uno de los principales regímenes medievales, que definió a toda una época. No se puede entender la economía de los primeros siglos de la Edad Media sin entender el funcionamiento de este sistema.

¿Qué es el feudalismo?

Antes de empezar a hablar de la economía feudal, debemos tener claro el concepto de feudalismo. Así pues, ¿qué entendemos por feudalismo?

El feudalismo es el régimen político, económico y social que se desarrolló en Europa durante gran parte de la Edad Media. Decimos “gran parte” porque, en realidad, durante los mil años que duró este periodo histórico se sucedieron circunstancias muy diversas que dieron como resultado cambios importantes y constantes en la estructura económica y social de Europa. Los historiadores tienden a distinguir dos etapas dentro del feudalismo medieval: el llamado primer feudalismo o feudalismo carolingio y el feudalismo clásico o pleno.

Durante el feudalismo carolingio (siglos VIII – XI, aproximadamente) se sientan las bases de lo que será este régimen medieval, espoleado por el cambio que supuso para Europa el paso de un estado de tipo público (el estado romano) a un conglomerado de estados privados. En el surgimiento y posterior cristalización del régimen feudal tuvo mucho que ver, como veremos en el siguiente punto, el Imperio Carolingio.

El feudalismo clásico o pleno (siglos XI – XIII) es la consolidación de este sistema que se ha ido moldeando durante los siglos anteriores. Europa se configura, pues, como un mosaico de territorios de carácter privado, es decir, que son patrimonio de una familia. A grandes rasgos, podemos decir que el feudalismo tiene las siguientes características:

·         Una nula centralización del poder. Cada territorio posee su propia autonomía.

·         La carencia absoluta de idea de estado. Ya no existe el concepto de la “cosa pública” romana.

·         El carácter exclusivamente privado de cada uno de los territorios, adscritos a una familia en concreto como parte de sus bienes patrimoniales.

·         Una red extensísima y muy compleja de vínculos entre señores y vasallos.

·         Una economía prácticamente autosuficiente. Cada territorio protagoniza su propio abastecimiento y su propia administración.

Así, en este breve resumen sobre qué es el feudalismo, vemos las principales diferencias existentes entre este régimen medieval y la idea de estado: mientras que, en este último, impera la idea del “bien común” y existe un poder centralizado que administra los recursos, en el feudalismo clásico cada feudo es un territorio independiente, con sus propias leyes, su propio cuerpo militar (los caballeros del señor) y su propio sistema económico.

El origen del feudalismo

Las causas del nacimiento del feudalismo son muy complejas. Sin embargo, a grandes rasgos podemos afirmar que este régimen medieval es hijo del desmembramiento del Imperio Romano y de la situación bélica que vivió Europa durante los siglos VII y IX.

El fin del estado romano

Si tenemos que poner un ejemplo: el concepto de “estado”, este sería Roma. En efecto; tenemos un gobierno central fuerte, establecido en una capital, que distribuye funcionarios estatales por todos los territorios del imperio. Estos territorios no son propiedad de un individuo o una familia en concreto, sino que pertenecen al estado romano; es decir, a todos los ciudadanos. Cada uno de estos ciudadanos debe contribuir económica y militarmente en el mantenimiento del estado y, a cambio, este administrará los bienes recaudados (en teoría) de la forma más provechosa para el conjunto de los ciudadanos.

Como vemos, nuestros modelos actuales de estado beben directamente de este concepto romano de la res publica o “cosa pública”.

Durante los últimos años del Imperio Romano las cosas empiezan a cambiar. Ya durante el siglo III d.C una serie de poderes efímeros van tomando intermitentemente las riendas de diversas regiones del imperio.

Más tarde, en 395, durante el reinado del emperador Teodosio, se produce la definitiva división entre Imperio Romano de Occidente e Imperio Romano de Oriente. Esta división representó el primer resquebrajamiento de la unidad del estado que, en los años sucesivos, no haría sino aumentar. Porque las invasiones de los pueblos “bárbaros” ya habían empezado: a finales del siglo IV, los godos penetran en la península itálica, y los hunos, acaudillados por su temible rey, Atila, penetran a sangre y fuego por los territorios romanos de Occidente.

Para paliar esta inestabilidad política, el gobierno romano establece pactos con algunos de los pueblos invasores. El más importante fue el que acordó con los visigodos, que recibieron tierras (foedus) a cambio de servir militarmente al imperio. Este es el germen de lo que, siglos más tarde, sería el feudalismo: la obtención de tierras y alimento a cambio de fidelidad y servicio militar al señor.

Un mundo en guerra

Antes de la caída definitiva del gobierno romano en Occidente, se había observado una atomización de los distintos territorios que configuraban el imperio. Las pequeñas poblaciones y villas veían que Roma ya no era aquel estado fuerte que podía protegerles de las invasiones y, por lo tanto, decidieron convertirse en territorios más o menos independientes. Con la ruptura definitiva del imperio y la desaparición del estado romano, estos territorios ganaron en autonomía y suficiencia.

De cualquier manera, en los siglos inmediatamente posteriores a la caída del Imperio Romano Occidental no podemos hablar, por supuesto, de feudalización. Porque los territorios que configuran los pueblos bárbaros asentados en Europa todavía conservan el carácter de “cosa pública”; es decir, todavía son estados. Nos referimos, claro está, al reino visigodo de Toulouse, primero, y al de Toledo, después; y, sobre todo, al poderoso reino de los francos.

Los francos construyeron un modelo de estado basado en el concepto de res publica romano. Durante la época de Carlomagno encontramos una red de funcionarios extendida por todos los rincones del Imperio Franco (o carolingio), así como un gobierno central, personificado en la figura del emperador, desde el que se administra los territorios imperiales. El todavía presente poder central queda de manifiesto en la figura de los missi dominici, enviados especiales del emperador cuya misión era, precisamente, controlar a los funcionarios imperiales. Estos funcionarios, los condes y los marqueses, se encontraban principalmente en las zonas de frontera, las llamadas marcas. Europa era, en los siglos posteriores a la caída de Roma, un territorio inestable. Durante el siglo VI, los ávaros, los eslavos y los búlgaros realizaron serias incursiones en Europa; y a esta nueva amenaza había que sumarle, obviamente, las invasiones musulmanas que, a partir del siglo VII, pusieron en jaque a todo el occidente europeo.

La Europa postromana era, pues, un mundo en guerra. Así, empezaron a proliferar los llamados “señores de la guerra”: paulatinamente, estos condes y marqueses aposentados en las marcas, que habían sido enviados por el emperador franco con la misión de controlar las fronteras, y cuyo poder era estrictamente temporal, empezaron a reivindicar la propiedad de esas mismas tierras que se les habían encomendado. Poco a poco, el cargo fue pasando de padres a hijos y se reforzó, de esta forma, la posesión privada de esas tierras, que antaño habían sido públicas, del estado.

Finalmente, en 877, las Capitulaciones de Querzy legalizaron lo que, de facto, se llevaba practicando desde hacía años. A partir de entonces, las tierras tendrían carácter hereditario y su propiedad pasaría de padres a hijos. En otras palabras: ya no era el estado el que administraba esos territorios, sino que estos pasaban a ser parte del patrimonio de la familia del lugar. Había nacido el feudalismo.

La economía feudal: autonomía y autoabastecimiento

La feudalización de Europa comportó un regreso a la economía rural. Obviamente, si el poder del estado ya no existía, si cada territorio tenía carácter privado y era posesión de la familia que lo administraba, no existía ya un poder que regularizara el comercio y el intercambio a gran escala. De la misma manera, la inestabilidad que producían las continuas invasiones (a las musulmanas del siglo VII se sumarían, cien años después, las invasiones vikingas) tenía como consecuencia el fortalecimiento de unas fuerzas militares locales que pudieran hacer frente a las amenazas, sin contar con ninguna ayuda externa.

Proliferan entonces las pequeñas explotaciones de tierra, administradas por el señor feudal. La principal mano de obra de estos territorios eran los campesinos; a cambio de un trabajo constante y continuo, el señor les permitía establecerse en el lugar y se les adjudicaba un manso o granja para que la familia del campesino pudiera disponer de lo básico para subsistir.

Este trabajo, denominado corveas en territorio franco y opera y labores en territorio hispano, podía alargarse hasta los tres días por semana.

Además, se podían igualmente pagar una serie de tributos a cambio de utilizar las partes comunes del feudo, como el molino, los caminos, los puentes, etc., conocidos con el curioso nombre de banalidades. El señor era, pues, el auténtico amo de todos los elementos que estaban dentro de su jurisdicción, por lo que el uso de cada uno de ellos conllevaba el pago de un impuesto de uso. De hecho, incluso los mansos o granjas adjudicadas a los campesinos pertenecían al señor, por lo que lo que poseían los campesinos no era más que el usufructo.

Por otro lado, los campesinos estaban también sujetos al pago de ciertos impuestos, que podían ser en especies o en metálico. Lo más habitual en los primeros años del feudalismo, y dada la escasa circulación de moneda, era que los impuestos se pagaran en forma de sacos de trigo, animales o cualquier otro producto agrícola. Era común también que los campesinos realizaran servicios en el castillo señorial, servicios que descendieron paulatinamente y que fueron sustituidos, a partir del siglo XII, por el trabajo de los jornaleros.

En resumen, tenemos a unos territorios cultivados por unos campesinos que producen para el señor (pago de impuestos en especies, trabajo de la reserva señorial) y para sí mismos. Por tanto, la economía de los feudos era enteramente circular y estaba absolutamente encerrada en sí misma.

Los campesinos: siervos y colonos

Es habitual encontrar en los textos referentes al feudalismo la palabra “siervo”, haciendo referencia a los campesinos de los territorios señoriales. Sin embargo, no todos los campesinos que trabajaban las tierras eran siervos.

Las familias libres que se asentaban en el territorio, en base a un pacto con el señor, eran los colonos. Estos campesinos no estaban sometidos a las mismas obligaciones que los siervos, y gozaban de mayor libertad. Por su parte, los siervos eran antiguos esclavos manumitidos que habían perdido su condición de “objeto” pero que, sin embargo, conservaban ciertas obligaciones serviles para con el señor. Los regímenes jurídicos de ambos no eran, por lo tanto, idénticos.

De cualquier manera, y ya fuera en régimen de colonos o de siervos, estos campesinos eran hombres de pleno derecho, condición que distaba mucho de la de los esclavos de época antigua, sujetos a una completa cosificación.

En un mundo tan fuertemente ruralizado, la aldea era el núcleo principal de población. Con la desaparición del estado y el surgimiento del feudalismo, las ciudades pierden toda su importancia política, y pasan a ser, simplemente, sede del obispo. No será hasta el siglo XI, con el resurgimiento de la actividad mercantil, que los burgos volverán a situarse en la vanguardia económica.

Llega la bonanza económica

Durante el feudalismo pleno se producen una serie de innovaciones técnicas que permiten un aumento significativo de la productividad.

Así, proliferan los molinos de agua como fuerza motriz, llegados desde el norte de Europa, y las acequias de riego traídas por los musulmanes.

Pero, probablemente, una de las mejoras que mayor repercusión tuvo en el incremento de la producción es el aumento de la capacidad de tracción de los animales de tiro, que se consiguió a través del uso de varios elementos innovadores, entre los que destaca el yugo frontal usado en los bueyes. Así, a través de esta herramienta aparentemente tan sencilla, se consiguió una mayor capacidad de arrastre, lo que permitió un aumento considerable en la producción agrícola.

Una mayor producción implica la generación de excedente, y los excedentes significan posibilidad de comercio. Efectivamente, esto es lo que sucedió a partir del siglo XI, momento en que renace el comercio en Europa. Y, con la reactivación del comercio, renacen las ciudades y, con ellas, surge una nueva sociedad que nada tiene ya que ver con la vieja Europa feudal de los siglos anteriores.

         NOTAS

·         García de Cortázar, J.A.; Sesma Muñoz, J.A. (2016). Manual de historia medieval, Alianza Editorial.

·         Lara Martínez, M. (2018). Historia del ser humano. De las ciudades estado a la aldea global, ed. CEF.

·         VV. AA. (2007). Atlas histórico de la cultura medieval, ed. San Pablo.

 

Sonia Ruz Comas. (2022, diciembre 5). Economía feudal: qué es y cuáles son sus características. Portal Psicología y Mente. https://psicologiaymente.com/cultura/economia-feudal

 

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Los 3 estamentos medievales: origen, historia y características



El 4 de agosto de 1789 la sociedad estamental se abolía en Francia. Nacía una nueva era y se abandonaban, de esta forma, los estamentos medievales, que habían sido el pilar de la sociedad desde hacía siglos. Una sociedad estamental que se veía entonces, en plena Revolución, como algo arcaico y obsoleto que era necesario suprimir.

Sin embargo ¿es cierto todo lo que se cuenta sobre los estamentos del Medievo? ¿Es verdad que los estamentos medievales fueron algo rígido y carente de flexibilidad? Recordemos que la Edad Media es un periodo de 10 siglos, durante los cuales se produjeron muchos cambios y se dieron distintas realidades. Si bien es cierto que la jerarquía general (la que dividía la sociedad en tres estamentos) se mantuvo hasta bien entrado el siglo XIX, no lo es menos que esta división sufrió algunos vaivenes según el contexto del momento.

¿Qué es un estamento?

Antes que nada, es necesario aclarar este concepto. La RAE define estamento como “estrato de una sociedad, definido por un común estilo de vida o análoga función social”. Y, en concreto, hace referencia a los estratos sociales que constituían las bases del Antiguo Régimen, es decir, de la sociedad antes de la Revolución Francesa y de la Revolución Industrial.

La diferencia entre una sociedad estamental y una sociedad de clases es que, mientras que en la segunda existe cierta permeabilidad en base a las capacidades económicas del individuo, la primera está más o menos cerrada a cambios, y los miembros de cada estamento pertenecen a él por lazos de sangre. Es desde esta perspectiva que debemos entender la sociedad en la Edad Media, como un universo eminentemente jerarquizado en el que cada persona pertenecía a un estamento concreto y del que, muy probablemente, nunca podría salir.

Origen de los estamentos medievales

Como ya hemos dicho, la jerarquía social en la Edad Media se basaba en tres estamentos muy diferenciados: la nobleza, el clero y el llamado tercer estado (el resto de la población). A pesar de representar solo el 10% del total, los dos primeros grupos poseían privilegios especiales, entre los que se contaban el monopolio del poder y la exención en el pago de impuestos. Pero ¿de dónde provenía esta división?

El mundo indoeuropeo

Esta sociedad tripartita no es algo exclusivo de la Edad Media; de hecho, hunde sus raíces en las culturas indoeuropeas que, hace varios milenios, poblaban Europa y parte de Asia. Estas culturas estaban compuestas por tres grupos: los gobernantes, los guerreros y los productores. Muchas de las culturas europeas y asiáticas provienen de estas tribus; en el extenso árbol familiar indoeuropeo encontramos a los pueblos germánicos, griegos, eslavos y latinos, además de la milenaria cultura de la India. De hecho, el sistema de castas, que sigue más o menos vigente en la actualidad, es heredero directo de esta estricta jerarquía.

 

La ciudad ideal de Platón y su influencia en la Edad Media

Ya en la Grecia clásica, Platón (s. V –IV a. C) recoge esta división en su obra La República, cuando afirma que la sociedad ideal debe estar integrada por tres grupos sociales: los que gobiernan (que deben poseer el don de la sabiduría), los que luchan (que deben ser fuertes) y los artesanos que trabajan (que deben gozar de templanza). Según el filósofo griego, solo de esta manera se puede garantizar que la sociedad fluya armónicamente hacia un bien común.

Este concepto platónico lo recoge San Agustín, ya en era cristiana, en su obra La ciudad de Dios, donde sostiene que la ciudad terrenal, el pálido reflejo de la ciudad celestial, debe estar compuesta por estos 3 grupos sociales. Solo con la armonía de estos 3 estamentos puede darse el orden del cosmos creado por Dios. Existe un documento donde se expresa con claridad la división estamental de la Edad Media, y ha pasado a la historia como toda una declaración cultural: y es el poema que envió Aldebarón de Laón, canónigo francés, a Roberto II de Francia, donde cita a los 3 estamentos y los llama, literalmente, oratores (los que rezan), bellatores (los que van a la guerra) y labratores (los que trabajan).

Esta división es la que, en general, se puede aplicar a toda la Edad Media; aunque, como veremos a continuación, con algunos matices.

Los estamentos medievales

Estas son las principales características de los estamentos de la Edad Media.

El estamento nobiliario y la instauración del régimen feudal

El sistema político de las tribus germanas que penetraron en el Imperio Romano, formado básicamente por un rey y sus caballeros consejeros, se fundió con el concepto de Estado que aún prevalecía en territorio romano.

Así, los primeros reinos germanos todavía mantenían una red de funcionariado o de servidores públicos. Por ejemplo, en el Imperio Carolingio, el territorio estaba dividido en condados, donde un comes o conde ejercía la autoridad en nombre del rey. Con el pasar de los años, estos condes o delegados públicos fueron asentándose permanentemente en el territorio asignado, que pasó a ser parte de su patrimonio personal, sobre todo a partir de las capitulaciones de Querzy (877), donde se instauró el sistema hereditario de transmisión de tierras. En pocas palabras, en Europa se olvidó el concepto de estado, y todos sus territorios cayeron en manos de señores que eran, en realidad, los propietarios de dichas tierras.

Señores y campesinos

La antigua aristocracia carolingia, formada por los más próximos al rey, dio origen al estamento nobiliario. La nobleza estaba exenta del pago de impuestos y, junto a los caballeros, formaba el grupo de los bellatores citado por Aldebarón en su poema.

El estamento nobiliario poseía la dominación directa de la tierra. Y, cuando decimos de la tierra, nos referimos también a la fuerza humana que esta contenía. En efecto, los señores eran los dueños efectivos de la tierra y, como tal, cobraban rentas de sus habitantes. Los feudos (las parcelas de tierra que correspondían a un señor) eran unidades completas y autosuficientes, y estaban constituidos por la reserva señorial (la llamada terra indominicata) y los mansos. La reserva señorial estaba reservada al señor, y el siervo tenía la obligación de trabajarla.

Por otro lado, los mansos eran las parcelas que se otorgaban en usufructo a los siervos para garantizar su propia subsistencia. Además, existían multitud de recursos y bienes (bosques, puentes, molinos…) que eran, en efecto, propiedad del señor, por lo que este podía establecer un impuesto de uso si así lo quería.

Señores y vasallos

La base del sistema feudal son las redes de vasallaje. Sin ellas no podemos entender la sociedad medieval, ya que existían lazos muy complejos de fidelidad dentro del estamento nobiliario. Los principales componentes del sistema de vasallaje son el señor y el vasallo; el primero pertenecía generalmente a la nobleza, mientras que el segundo era simplemente caballero. Sin embargo, no siempre era así, y estos lazos eran tan complejos que a veces encontramos a reyes que son vasallos de condes.

La relación entre señores y vasallos implicaba una serie de obligaciones: primero, una fidelidad absoluta entre ambos contrayentes y, segundo, la obligación del vasallo de ofrecer auxilium y consilium, es decir, ayuda en caso de guerra y consejo. A cambio, el señor otorgaba a su vasallo un conjunto de tierras y las rentas que estas le aportaban. Estas tierras son las que denominamos feudo, y es la base de la sociedad feudal, que alcanzó su cénit durante los siglos XI y XIII.


2. La Iglesia

Durante la época feudal, el clero constituía un señor feudal más. Multitud de tierras eran propiedad de monasterios y abadías, por lo que los abades ejercían las mismas funciones que los nobles.

No hay que confundir, sin embargo, el estamento eclesiástico con el origen de sus miembros. El estamento como tal gozaba de ciertos privilegios (igual que la nobleza), pero no todos sus miembros procedían de los estamentos superiores. No era lo mismo, por ejemplo, ser un obispo que un monje en una abadía humilde. Así, diferenciamos claramente un alto clero, constituido por miembros procedentes de la alta nobleza (e incluso de la familia real) y un bajo clero, formado por un campesinado más o menos acomodado, artesanos y otros trabajadores.

Pertenecer al estamento eclesiástico en la Edad Media tenía, por supuesto, muchas ventajas. Para empezar, durante muchos siglos fue prácticamente el único acceso a la cultura, ya que los monasterios se habían erigido como templos del saber y el conocimiento.

 

3. El tercer estamento y las ciudades

Tras la caída del Imperio Romano, las ciudades entraron en franca decadencia, y dejaron de ser sede del gobierno local para convertirse, simplemente, en lugares de residencia del obispo. Durante los primeros siglos medievales Europa se ruralizó y, de esta manera, adquirió gran importancia la aldea, asignada a un feudo o señorío.

Paulatinamente, y con la bonanza económica que empezó a percibirse a partir del siglo XI, las ciudades o burgos empiezan a adquirir nueva fuerza e importancia. Abundan cada vez más los acuerdos con los señores, que se traducen en fueros municipales. A partir de aquí, va configurándose el poder público de la ciudad, y nacen los órganos de gobierno municipales.

La oligarquía de las ciudades: mercaderes y nobles urbanos

En este clima de bonanza económica, los mercaderes empiezan a cristalizar como un colectivo en auge. Este grupo social, exclusivo de las ciudades, es el que dará origen a la clase burguesa, que irá adquiriendo cada vez más influencia y poder. Por su parte, los banqueros intensifican su actividad, libres de la atadura que suponía el pecado de la usura (duramente condenado por la Iglesia en los siglos anteriores).

Estos burgueses serán los que conformarán, junto a los nobles que se instalan en la ciudad, la oligarquía urbana. Esta oligarquía poseerá el monopolio del poder municipal y entrará en constante conflicto con el llamado “popolo minuto” o “pueblo pequeño”, siempre apartado del poder. Así, vemos que, a finales de la Edad Media, el tercer estado “se abre”, se ramifica, y configura lo que, posteriormente, será la sociedad de la época moderna.

Artesanos y estudiantes

Este “pueblo pequeño” está formado por una masa de población completamente heterogénea. Artesanos, estudiantes, frailes; la mayoría en perpetua lucha contra esa oligarquía ciudadana que ejerce los mismos abusos de poder que antaño habían ejercido los señores en la Europa rural.

En efecto, atraídos por el crecimiento económico y la demanda cada vez más alta de productos, los artesanos rurales emigran a las ciudades, y empiezan a agruparse en gremios. Estos gremios son los que regulan los oficios; el jurado gremial, incluso, es el que dicta veredicto a la hora de decidir si un oficial artesano puede ascender a maestro.

El nacimiento de las universidades en los siglos XII y XIII trae ríos de estudiantes a los burgos. Estos estudiantes, en su mayoría muy jóvenes, son los protagonistas de no pocas riñas y escaramuzas contra el poder municipal (como vemos, la cosa no ha cambiado mucho desde entonces). Cabe señalar también que la afluencia tanto de estudiantes como de mercaderes de paso conlleva un crecimiento importante de la prostitución, de las tabernas y de las casas de juego.

Finalmente, no nos podemos olvidar de los marginados: enfermos, “locos”, mendigos; seres que viven fuera del orden y las leyes sociales, y que cada vez son más numerosos en unas ciudades en plena expansión y crecimiento. A menudo, los hospitales, lazaretos y casas de caridad (que, por otro lado, abundan en las ciudades medievales) no son suficientes para cubrir las necesidades de esta pobre gente, y se ven empujados a la delincuencia y al crimen.

La Edad Media es una época mucho más compleja de lo que se cree, pero esperamos que este breve repaso de los estamentos medievales os sirva para entender mejor tanto su estructura social como sus contradicciones internas.

NOTAS

·         Duby, G. (1977). Hombres y estructuras de la Edad Media, Siglo XXI de España Editores.

·         García de Cortázar, J.A.; Sesma Muñoz, J.Á. (2008). Manual de Historia Medieval, Alianza Editorial.

·         Lara Martínez, M. (2008). Historia del ser humano: de las ciudades-estado a la aldea global, ed. CEF, 2018

·         Varios autores, Atlas histórico de la Cultura Medieval, ed. San Pablo.

 

Sonia Ruz Comas. (2022, noviembre 3). Los 3 estamentos medievales: origen, historia y características. Portal Psicología y Mente. https://psicologiaymente.com/cultura/estamentos-medievales

 

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lunes, 5 de mayo de 2025

 

Filosofías de hoy: post modernidad, pseudo marxismo e ideología de género




Contexto

Toda situación cultural, toda época histórica es siempre reflejo de un determinado modelo de pensamiento. Y toda forma de pensar que se presente como característica de un concreto momento histórico, en la medida en que es asumida por seres humanos, sean muchos o pocos, refleja una o más filosofías. En los tiempos en que nos ha tocado vivir, la filosofía, una disciplina más bien elitista, tiende a divulgarse “aligerando” sus contenidos, haciéndose ligeros por obra de ciertos pensadores que los ponen al alcance de instancias académicas hoy masificantes (p. ej. la universidad) y de los medios de comunicación que han popularizado y vulgarizado ideas que, tal vez en su origen tenían cierta densidad.

Hay que reconocer que “la filosofía” en el presente –al menos en sus exponentes más conocidos- no tiene la grandeza ni la altura del pasado, y en buena medida se dedica a reformular lo que los autores de tiempos anteriores elaboraron, sin llegar a ser continuadores, pero tampoco opositores. Hablar de filosofía hoy es problemático, tal vez porque parece que esta palabra es demasiado “alta” para los filósofos y las corrientes hodiernas. En lo que sigue, describiremos las líneas filosóficas que hoy en día suenan más, así como los autores que las representan, presentando sus características y rasgos propios buscando abarcar el conjunto de su pensamiento. En un segundo momento, señalaremos las plasmaciones que estas filosofías han producido y que podemos encontrar en nuestro medio.

 

La “postmodernidad” y sus padres

Es un lugar común el indicar que nos hallamos en una nueva etapa cultural, que supone la superación de la así llamada “Modernidad”, o, según sea el caso, de la Ilustración. Si la modernidad se caracteriza por el racionalismo, por la propuesta de proyectos transformadores de la sociedad y de la historia basada en el triunfo de la razón y por ideologías que dibujaban el futuro a ser alcanzado, la postmodernidad es el desencanto ante estos ideales. Pues por esta expresión, “postmodernidad” se entiende el nuevo momento caracterizado por el debilitamiento de la razón y su limitación, el rechazo de las ideologías surgidas en la Ilustración y la aceptación de que no se puede esperar gran cosa del futuro [1]. Por lo tanto, el pensamiento postmoderno abandona las certezas y se conforma con las opiniones, dándoles igual valor a todas y considerando que la certeza es un atentado a la libertad, que se considera el bien más preciado. Desde una perspectiva como la descrita, es lógico que el relativismo, el subjetivismo extremo y el nihilismo sean las características más saltantes. Es claro que esta corriente de pensamiento no ha surgido de la nada. Se basa en las ideas de pensadores que ofrecen líneas-fuerza a partir de las que los filósofos “post-modernistas” (o como quiera llamárseles) elaboran sus propuestas, pero dándoles aquel matiz de superficialidad, de liviandad y de relativismo nihilista que ya se ha señalado. De manera muy sucinta, y seguramente muy genérica, señalo la importancia de tres filósofos que están en la base de la “post-modernidad”: Federico Nietzsche, Martin Heidegger y Karl Marx.

Federico Nietzsche


Sobre Federico Nietzsche (1844-1900), representante del vitalismo voluntarista decimonónico, los “post-modernos” recogen la idea de la existencia como goce ilimitado, como realización de la Voluntad de poder que el filósofo alemán ve realizada en el “Superhombre”, aquel que impone su dominio sobre todo y sobre todos y, por lo mismo, está más allá de las normas de la moral y de la religión, incluso “más allá del bien y del mal” como se titula una de sus obras [4].

Nietzsche, gran admirador de lo griego, distingue dos modelos de hombre, según el arquetipo tomado de la tradición helénica: el hombre apolíneo, racional, ordenado, que se guía según la ley y la norma, y referido a los otros, cuya expresión griega es Sócrates. Y el hombre dionisiaco, caracterizado por el goce exacerbado, la orgía que no conoce ningún freno y sobrepasa todos los límites, y que, más que razón, es voluntad . Es obvio que el “Superhombre” se identifica con el modelo dionisiaco y la obra nietzscheneana está consagrada a cantar el advenimiento de este arquetipo. Pero para que pueda realizarse este advenimiento hay que eliminar a Dios y la religión, ya que Dios es el último impedimento para la entronización del “Superhombre”. El paganismo de Nietzsche deviene en ateísmo radical, y, como él mismo constata, en nihilismo, puesto que una vez eliminado aquello que daba sentido a la existencia y a la cultura occidental (= Dios) no queda más que la arbitrariedad, o, como describe el mismo Nietzsche, la nada [6].

Martin Heidegger

 


Martin Heidegger (1889-1976), considerado uno de los más destacados filósofos del siglo XX, representa la corriente denominada “existencialismo” en su dimensión más ontológica. Su filosofía se centra en el ser, como realidad olvidada por el pensamiento de occidente y que él pretende rescatar y reivindicar. Pero el ser, a juicio de Heidegger, es hallado en el hombre, visto como “ser-allí” (dasein) y como el único ente en el que la verdad del ser se ilumina espiritualmente. Ahora bien, según el filósofo existencialista, el ser se desvela en el lenguaje, y queda remitido en su comprensión a las experiencias que permiten al hombre descubrirse “siendo”: la experiencia de la angustia y, sobre todo, la experiencia de la muerte [7] . Recuérdese la célebre frase: “el hombre es ser-para-la-muerte”, lo que permite suponer que la filosofía de Heidegger no considera al ser como trascendente [8] .

En efecto, aun cuando Heidegger fue educado por católicos, y conoció de cerca el pensamiento filosófico y teológico católicos [9] , no parece que haya mantenido como elemento importante de su reflexión la realidad de Dios. El pensamiento heideggeriano se desentiende de Dios porque a pesar de hablar mucho sobre el ser, es marcadamente antimetafísico y este rasgo es precisamente lo que deja como herencia a los “post-modernos” que gustosamente repiten sus fórmulas.

Karl Marx

Finalmente, Karl Marx (1818-1883) es el célebre creador del marxismo, sistema fundado en el materialismo y que se divide en una propuesta filosófica, el materialismo dialéctico, y una propuesta más social y económica, el materialismo histórico. La filosofía marxista debe ser buscada en obras como El manifiesto comunista[11] , Miseria de la filosofía [12] , y otras elaboradas con Federico Engels[13] , donde, partiendo de la materia como lo absoluto y único existente, que evoluciona dialécticamente hasta dar origen a todo lo que existe (hombre y pensamiento incluido) aplica esta misma realidad a los procesos históricos y sociales, afirmando que la economía (lo material viviéndose humanamente) es el fundamento de la realidad humana (infraestructura), de la cual surge absolutamente todo lo que es dado vivir al ser humano: cultura, política, organización social, arte, religión (superestructura). Así como la materia se mueve dialécticamente, la sociedad que se funda sobre la economía se mueve mediante la oposición de las clases enfrentadas por la posesión de los medios de producción (= lucha de clases), cosa que se ha dado siempre a lo largo de la historia, y que devendrá en el triunfo del proletariado sobre la burguesía, conducente a la instauración del socialismo, primero, y en la etapa final de la humanidad, en el comunismo o momento final y paradisiaco del acontecer humano. Todo esto que parece más cuestión mítica es presentado por Marx como resultado de una especulación científica, sostenida por las leyes de la economía que conducen inevitablemente a este resultado, y que son denominadas pomposamente como “ciencias sociales”[14] .


Recordemos, además, que el marxismo se entendía desde una perspectiva marcadamente dogmática, y se veía no sólo como la verdad teórica, sino como un nuevo modo de “hacer la verdad”. Así, el marxismo, según los entendidos, es la última gran elaboración filosófica que propone la comprensión del mundo y su transformación mediante la razón, y en ese sentido es una corriente de pensamiento típica de la Ilustración. A pesar de sus diferencias, los grandes teóricos del marxismo (Lenin, Stalin, Mao) han seguido estas orientaciones y sus postulados fundamentales. Huelga decir que la pretendida cientificidad de esta filosofía, además de su ideal de justicia, le dio muchísimo atractivo y seducción.



Filósofos de la post-modernidad

Pues bien, estos tres autores y sus respectivas filosofías serán asumidos por los pensadores de la “post-modernidad” pero siguiendo las peculiaridades de una nueva época. Ante todo, los filósofos post-modernos están desengañados de la racionalidad optimista de la Ilustración, en buena medida porque dicha racionalidad fue la responsable de las grandes tragedias del siglo XX, esto es las dos Guerras Mundiales y el horror de los campos de concentración (Auschwitz, Buchenwald, los Gulags) y las tragedias de Hiroshima y Nagasaki.

Por tanto, Nietzsche, Heidegger y Marx serán reinterpretados, en primer lugar quitándoles los elementos “fuertes” de sus propuestas y son usados para sostener una visión que justifica lo relativo, lo no-racional y sobre todo lo más subjetivo que subyace a sus ideas. Es el proceso que se llama “deconstrucción”. En segundo lugar lo que dicen unos y otros no se toma tal cual -y por eso los post-modernos strictu sensu no son seguidores de los anteriormente mencionados- sino mezclándose con ideas de otros autores contemporáneos también importantes, produciéndose una amalgama singular. Y en tercer lugar, se apela a lo más pasional y primario del sujeto como elemento a ser reflexionado y también como realidad que alimenta la reflexión. En concreto, no deja de llamar la atención el papel que la sexualidad tiene hoy como cuestión filosófica, viéndose en ella una especie de “motor” que empuja el pensamiento. Miremos rápidamente algunos representantes de la “post-modernidad”: Gianni Vattimo, Michel Foucault y Jacques Derrida.




Pensamiento débil

Gianni Vattimo (1936) italiano[16] , es uno de los representantes más connotados de este pensamiento y conocido exponente del “Pensamiento débil” (pensiero debole). Siguiendo a Nietzsche y a Heidegger, considera válidas las críticas de ambos a la metafísica y afirma que estamos en una época en la que ya no caben afirmaciones “fuertes” (sustentadas en lo metafísico), que por su carácter universal y totalizante no dejarían espacio a la alteridad ni a la diversidad. Se imponen, entonces, las afirmaciones “débiles” que encuentran en la hermenéutica su lugar y su ambiente, y por lo mismo, la posibilidad de creatividad por las numerosas interpretaciones.

“Esa hermenéutica es una ontología del declinar y una profundización del nihilismo. Veamos primero porqué habla Vattimo de una ontología del declinar: el ser es entendido en términos débiles, acontece en la transmisión de mensajes lingüísticos, como diría Gadamer; no hay nada permanente y metahistórico que acote el ámbito de la razón; tampoco hay un sujeto racional protagonista que sabe a priori cuál es el fin de su camino: el hombre es un viajero que no sabe a dónde va, mejor dicho, sabe que camina hacia la muerte” [17] .

Nótese la gran cercanía con las ideas nietzscheanas y heideggerianas, pero purificadas de la brutalidad del “Superhombre” y su afán de poder impositivo sobre otros. Más bien lo que se aprecia es la reducción del “Superhombre” al individuo particular y su propia vida, y en ese sentido el libertinismo al que conduce la propuesta de Vattimo se queda encerrado en el sujeto. Con su misma vida el autor italiano testimonia cómo el sujeto rompe las reglas establecidas (más allá del bien y del mal) y él mismo pone sus reglas, a las que atenerse. En efecto, Vattimo es homosexual y defiende la legitimidad de su forma de vivir en supuesta coherencia con sus ideas. Lo cierto es que se puede ver allí la justificación “racional” del nihilismo y, por lo mismo, la aniquilación del sujeto en su dimensión trascendente. Huelga decir que Vattimo considera a la religión como un discurso “fuerte” que lleva a la pérdida de la libertad [18] .




Michel Foucault

Michel Foucault (1926-1984) francés, es uno de los autores más leídos y admirados de la postmodernidad. Representa, en la línea más extrema de Nietzsche, la exaltación de la voluntad de poder del individuo hasta los extremos más grotescos y denigrantes . Con esa intención, ha estudiado la locura y sus tratamientos, comprendiéndola desde los esfuerzos del Estado que se construye de forma “racional” para protegerse de toda instancia desestabilizadora, como es la experiencia del loco. Del mismo tenor es la reflexión hecha sobre las cárceles, que a su juicio expresan el poder de normalización de la sociedad disciplinaria moderna, lo que supone que la sociedad está organizada para ejercer una represión que corta la libertad de los sujetos. Pero es en su obra más citada, Historia de la sexualidad donde propone una tesis considerada revolucionaria: “el sexo es posterior al discurso, es una creación de la ley”. Considerando que la sexualidad no es una simple realidad natural que las distintas sociedades y épocas históricas reprimen cada una a su manera, sino que es ella misma el resultado de un complejo proceso de construcción social, concluye que el sexo es un invento artificial del poder, que lo utiliza a su antojo como un instrumento de dominación.

Lo que Foucault dice acerca de estos temas está condicionado directamente por su homosexualidad[20] , y puede verse aquí –y seguramente en el pensador anterior– que no es la reflexión lo que lleva a una determinada propuesta existencial, sino es más bien la existencia vivida desordenadamente lo que fundamenta la reflexión. Las ideas de este pensador, así como su vida desordenadísima y triste (murió de SIDA) han sido recogidas por las ideologías de género, así como por los que defienden toda clase de desviaciones sexuales. Pero como resulta visible, con sus ideas la dimisión de lo humano y el nihilismo han llegado a límites increíbles.

La deconstrucción

Con Jacques Derrida (1930-2004), francés [21] , se retoman las ideas de Heidegger sobre el encubrimiento del ser y, en general de la verdad y de toda la realidad, y la necesidad de poner al descubierto aquello que es fundamental. Ahora bien, la tarea pendiente, según Derrida, es la “deconstrucción” con la que se trata de alcanzar lo propio de la realidad desmontando (des-construyendo) lo que usualmente ha sido admitido. Esta “deconstrucción” se realiza mediante el lenguaje, dada la estrechísima relación entre ser y decir, según lo que Heidegger proponía. Y dado que esta labor des-constructivista se realiza sobre la historia de la metafísica y en general, de toda la filosofía, asistimos a una relativización de lo que siempre se afirmó, buscándose un nuevo sentido al que no es ajeno el esfuerzo propio de la hermenéutica. Quiere decir que lo que se entendía de un modo determinado en una época, hoy en día, luego de una labor des-constructivista, puede ser entendido de otro modo, distinto y tal vez hasta opuesto. Un comentarista del filósofo francés señala:

“La deconstrucción depende literalmente del trabajo textual y por consiguiente impide la exposición de algo así como una teoría externa a esos trabajos o una sistematización interna de los mismos. Lo único que la deconstrucción admite, si se quiere hablar de ella, es la posibilidad de una entrada –por cualquier punto que sea– en sus intervenciones concretas, un recorrido por trayectos donde siempre las intuiciones más firmes, los conceptos canónicos y los modelos retóricos dicen, alegóricamente, otra cosa de lo que dicen” [22] .

Las ideas sobre la “deconstrucción” tal como han sido propuestas por Derrida han tenido mucha acogida y han sido asumidas por la pedagogía, la historia, la psicología y numerosas disciplinas. Son un ejemplo del influjo ejercido por Heidegger sobre el pensamiento de hoy, pero también se hallan presentes en esta filosofía algunas ideas del estructuralismo de Levi-Strauss, de Gadamer y otros. Queda claro que una filosofía como la de Jacques Derrida rechaza la noción de “tradición” y pone su cuota en la difusión del relativismo hodierno, donde la verdad o es incognoscible o es inalcanzable, lo que a fin de cuentas viene a ser lo mismo.

 


Los avatares del marxismo

También el marxismo, doctrina filosófica “fuerte” ha sufrido el tratamiento post-moderno que lo ha relativizado y puesto a tono con los tiempos actuales. La reformulación del marxismo ha sido llevada a cabo por muchos pensadores, destacando entre ellos el italiano Antonio Gramsci, cuya influencia hoy es notable [24].


En efecto, Gramsci (1891-1937) supone un giro en el modo tradicional cómo se entendía y se presentaba el marxismo, tal como fue planteado por Marx y por Lenin. Para estos dos pensadores, lo primero es la economía y todo surge de ésta, en la ya mencionada relación infraestructura-superestructura. Cambiada la infraestructura por la revolución, que asume la propiedad de los medios de producción y establece nuevas relaciones económicas (= socialismo) se van cambiando los modos de pensar, la comprensión de la existencia, la educación y la misma filosofía, incluso la manera de vivir la religión. Y es claro que el camino para esta meta es la violencia, calificada por Marx como “partera de la historia”. Ahora bien, en países relativamente desarrollados y cultivados, sin una clase proletaria grande y que por tradición son reacios a la violencia, el camino revolucionario beligerante causa reticencias y aprensiones, cuando no abierto rechazo. Por eso Gramsci, al fin y al cabo nacido en tradición católica, considera que el camino correcto para que el marxismo asuma el poder va en sentido inverso al modo propuesto por la ortodoxia comunista. Lo primero –dirá el pensador sardo– es buscar apropiarse de las instancias culturales (universidad, medios de comunicación, intelectuales) mediante un paciente trabajo de cambio de lenguaje y de contenidos, donde se acostumbre a la gente a nuevas palabras o a las mismas palabras pero con otro sentido. Esto será tarea de intelectuales que por su cercanía al pueblo estén en capacidad de comprender sus inquietudes y anhelos, y por lo mismo, puedan proponer la visión marxista en los términos que el pueblo entiende. Se trata del “intelectual orgánico” que va moldeando el sentido común popular desde los intereses revolucionarios marxistas.

Lo segundo será, luego de la apropiación de la así llamada “sociedad civil” (e.d. los organismos privados que ejercen la hegemonía cultural en la comunidad nacional y/o internacional) la apropiación de la “sociedad política” (esto es, los organismos públicos que ejercen una función coercitiva y de dominio directo en el campo jurídico, político y militar). De donde se sigue que el trabajo del marxista no es ahora el de empuñar el fusil, sino más bien el de empuñar la pluma y el micrófono para ir trastocando las ideas y la cultura en una lucha cultural, que a decir verdad, les ha dado muchos frutos. Como se puede apreciar, la vieja mística de la lucha revolucionaria violenta se deja de lado y el marxismo ha sido “deconstruido”, con resultados ciertamente exitosos. Es fácil constatar la presencia del pensamiento marxista en esta versión edulcorada, solapada y “soft” en todos los ámbitos del pensamiento y de las estructuras sociales, incluso desgraciadamente en la misma Iglesia y en sus instituciones [24] Pero el gramscismo no es la única reelaboración del marxismo. Entre los años 50 y 60 se da una curiosa mezcla entre marxismo y psicoanálisis freudiano. Uno de los propulsores de esta singular mixtura es el filósofo y sociólogo alemán Herbert Marcuse (1898-1979), autor del famoso libro Eros y civilización. Abandonando la idea clásica de que es el proletariado quien llevaría a cabo la revolución, piensa Marcuse que esta tarea sería obra de minorías marginadas con un potencial de energías reprimidas que serían como la pólvora que incendiase y transformase la sociedad. Y veía en las mujeres marginadas que toman conciencia de su situación de opresión a las abanderadas y gestoras de esta lucha, que también se realiza culturalmente. Ni que decir que estas ideas prendieron inmediatamente y fueron asumidas por el feminismo de los años 70, que, dicho sea de paso, encuentra en el marxismo su inspiración inmediata[25] . Se puede decir en general, sin temor a equivocarse, que el feminismo en sus líneas más radicales, se proclama fundado en el marxismo, aunque como es obvio, recoge la influencia de muchos pensadores.

Dos plasmaciones: la izquierda “caviar” y la ideología de género

Todo lo que venimos viendo, con la complejidad y diversidad tan características de las filosofías de hoy, encuentra, a mi juicio, dos plasmaciones muy extendidas, en las que podemos encontrar los rasgos, aportes y nociones de los filósofos ya mencionados. Se trata de la filosofía de la “nueva izquierda”, denominada popularmente “caviar” y de la ideología del género. Ambas se hallan muchas veces estrechamente ligadas y hasta fundidas en aquellas personas y organismos que sostienen estas ideas.

 

 

La "nueva izquierda"

La filosofía de la “nueva izquierda” llamada irónicamente “caviar”, es el marxismo deconstruido a partir de la filosofía gramsciana, asimilando además las tesis de Derrida, de Marcuse, de Althusserl, de Ernst Bloch y otros pensadores contemporáneos. En líneas generales se trata de un marxismo relativista, por tanto de un marxismo “débil” (y no “fuerte”, ya que éste se presenta como muy dogmático y absolutizante). Por eso, los izquierdistas de este nuevo cuño no ven incongruencia entre ser marxistas y tener un grande amor al dinero, así como disfrutar de todas las comodidades burguesas (buen sueldo, viajes, lujos, etc.) y ser mantenidos con el dinero de los países capitalistas (por eso trabajan en ONGs subvencionadas por los países del primer mundo contra los que, en teoría deberían luchar). Han seguido al pie de la letra las ideas de Gramsci sobre la transformación cultural, si no en la teoría, ciertamente sí en la práctica, y por eso vemos que les encanta hablar de la “sociedad civil” y sus bondades, así como predican la necesidad de copar y tomar la “sociedad política”. Son enemigos naturales de toda institución que suponga autoridad y tradición institucional, por eso detestan con toda su alma al ejército y a la Iglesia, en la que ven –y en esto son fieles seguidores de Marx– una aliada de los opresores. Aun cuando algunos miembros de esta “nueva izquierda” se proclamen creyentes y católicos, siempre están criticando a la Iglesia de los obispos, a la Jerarquía, y en la práctica no reconocen ninguna obediencia eclesial. La teología de la liberación, en su vertiente marxista, se identifica perfectamente con esta plasmación.

La ideología de género

Por su parte, la ideología de género es una forma de pensamiento relativamente reciente que se inspira tanto en el marxismo reelaborado de Marcuse, como en teorías pseudocientíficas sobre la sexualidad, como por ejemplo las propuestas de Margaret Mead, los estudios del Dr. Kinsey y otras reflexiones[26] . Sin embargo, el aporte de Nietzsche y Heidegger es innegable, y estos pensadores han sido asumidos por la ideología de género mediante los trabajos de Foucault y Derrida, respectivamente, popularizados y divulgados por las universidades norteamericanas. Brevemente, la ideología del género considera que la identidad del hombre se fundamenta no en la totalidad bio-psico-espiritual, de la que el sexo, como condición natural es un elemento imprescindible, sino en la elección de la persona, y por lo tanto, en la libertad. El sexo no es algo natural, sino una imposición cultural que recorta la libertad, y de lo cual hay que liberarse. Así, ser varón o ser mujer es algo que viene impuesto por la sociedad, la familia y la cultura y no responde a la dimensión del ser humano como persona. El género, en cambio, es lo que uno decide ser, por sí mismo, independientemente de la imposición de la naturaleza. Ante la dualidad sexual (masculino-femenino/ varón y mujer) se propone cinco géneros: homosexual masculino; homosexual femenino; heterosexual masculino; heterosexual femenino y bisexual [27] . Obviamente, estas cosas no son anormalidad, todo lo contrario, son “muy normales” y la gran lucha de estos grupos de personas va en la línea del rechazo a todo tipo de discriminación y a la reivindicación de supuestos “derechos”.

Como conclusión, importa señalar que estas filosofías, en la medida en que reflejan el relativismo y el nihilismo contemporáneos, son un atentado a la dignidad del hombre y de la mujer, y lejos de elevar a las personas, las denigran hasta extremos monstruosos e inimaginables. La Nueva Evangelización a la que estamos invitados exige que conozcamos estas ideas y corrientes, para saber cómo responderlas y también para poder proponer, en un mundo y cultura tan complejos, la verdad sobre el ser humano, que en Jesucristo alcanza su plenitud y perfección.

Notas

[1] El libro de Jean Francois Lyotard. La condición postmoderna (1979) es considerado como la expresión típica de estas ideas, además de que, al parecer, de allí toma nombre la corriente de la que hablamos. Las explicaciones sobre este fenómeno son numerosas. Mencionamos, entre muchos, Gianni Vattimo. El fin de la modernidad. Nihilismo y hermenéutica en la cultura posmoderna. 2da. Ed. Barcelona; GEDISA 1987; La postmodernidad explicada a los niños. Barcelona; GEDISA 1987. Ensayos de comprensión crítica sobre la postmodernidad: José María Mardones. Postmodernidad y neoconservadurismo. Navarra; Verbo Divino 1991; Carlos Valverde. Génesis, estructura y crisis de la modernidad. Madrid; B.A.C. 1993.

[2]

[3] Esta aproximación está muy bien expresada en la conocida novela de Milan Kundera, La insoportable levedad del ser. Refiriéndose a esta obra, y a lo que en ella expresa su autor, dice Carlos Valverde: “Vivencia del momento, libertad entendida como ausencia de normas, espontaneidad de los instintos, repudio de la razón y exaltación del sentimiento, he ahí actitudes muy específicas de una mentalidad posmoderna”. Génesis, estructura y crisis de la modernidad, p. 339.

[4] Las obras de Federico Nietzsche, hoy en día muy en boga, rezuman todas ellas este ideal de absoluta independencia, rasgo típico del “Superhombre”. Su famoso libro Así hablaba Zaratustra es la proclamación del nuevo modello humano, del que Zaratustra-Nietzsche es el profeta. Otras obras, como El Anticristo, Genealogía de la moral, La gaya ciencia (donde aparece la conocida proclamación de la “muerte de Dios”) y Más allá del bien y del mal, entre las mencionables, van puntualizando cuestiones caras al gusto de la postmodernidad.

[5] Es el tema del libro El origen de la tragedia, que sin ser tan conocido como los citados en la nota anterior, no por ello deja de ser importante. Libro genial, a juicio de Henri de Lubac, aunque su valor científico sea discutible. Ver El drama del humanismo ateo. Madrid; Encuentro 1990, p. 60.

[6] Además del libro de Lubac ya indicado, donde ofrece profundas y valiosas consideraciones sobre el antiteísmo y –como consecuencia- sobre el antihumanismo de Nietzsche, está la obra de Karl Jaspers Nietzsche y el cristianismo (1955), que describe con precisión la postura del autor de El Anticristo, pero desde una visión más bien neutra respecto de lo cristiano.

[7] Cosas todas presentes en el libro emblemático de Heidegger. El ser y el tiempo. 2da. Edición, 10ª. Reimpresión. Trad. por José Gaos. México D.F.; Fondo de Cultura Económica 2002.

[8] Es la crítica que le hace Edith Stein, señalando que para Heidegger la realidad del ser de Dios es irrelevante para su filosofía. El opúsculo de Edith Stein. La filosofía existencial de Martin Heidegger. Madrid; Trotta 2010, que en realidad viene a ser un apéndice de Ser finito y ser eterno subraya con fuerza los vacíos y contradicciones de la comprensión heideggeriana del ser debido a la prescindencia y/o negación de lo trascendente, en buena cuenta, de Dios.

[9] En nota introductoria al libro de Martin Heidegger. Estudios sobre mística medieval. 2da. Ed. México D.F.; Fondo de Cultura Económica 1997, p. 7, leemos: “Tras una breve y fallida estancia en el otoño de 1909 en el noviciado de la Compañía de Jesús en Tisis, junto a Feldkirch (Voralberg), Heidegger solicitó su ingreso en el Seminario Teológico de Friburgo, conocido como Collegium Borromaeum, comenzando el semestre de invierno de ese mismo año a estudiar teología católica en la Universidad de Friburgo. Tales estudios, en los que la lectura de Aristóteles, Santo Tomás y Suárez coexistió con la de los dos volúmenes de las Investigaciones lógicas de Husserl, y que hubieran debido culminar en la ordenación de Heidegger como sacerdote católico, se vieron interrumpidas en el semestre de invierno de 1910-1911 por graves problemas de salud, atribuibles, según parece, al ingente trabajo intelectual que se autoimpuso el joven candidato a teólogo”. No se puede decir, entonces, que el pensamiento filosófico católico le sea desconocido. Que lo haya dejado de lado es otra cosa.

[10]

[11] Cuyo nombre exacto es Manifiesto del partido comunista. Madrid; Sarpe 1984.

[12] En este lbro Marx polemiza contra las tesis anarquistas y utópicas de Pierre Joseph Proudhon, expuestas en su libro sistema de las contradicciones económicas o Filosofía de la miseria. Libro interesantísimo el de Marx, pues expone con claridad los principios “científicos” del desarrollo de la economía y de la historia, tema clásico del marxismo.

[13] Puede verse al respecto C. Marx y F. Engels. Obras escogidas.3 vols. Moscú; Editorial Progreso 1974.

[14] En su más conocida y celebrada obra, El capital, Marx describe de manera más “científica”, en el sentido de ciencia económica, todas estas ideas. Lo peculiar de la teoría marxista está en que el resultado final de la historia, previsto por Marx, no obedece a casualidades ni a situaciones fruto de la libertad humana, sino que es la consecuencia necesaria de estrictas leyes económicas. De donde se sigue que enseña un predeterminismo histórico radical, cuyos elementos de necesidad, violencia y destrucción fueron llevados a la práctica por diversos regímenes comunistas a lo largo del siglo XX.

[15] Algunos cuestionan la calificación de “filosofía” otorgada al marxismo, y lo ven como una ideología, sin más, que no llega al rango de filosofía propiamente tal. Tomando en cuenta que las ideas de Marx se basan en filósofos como Hegel –cuya presencia en Marx es incuestionable- y Feuerbach, por citar sólo dos nombres, es que puede considerarse en el marxismo un cariz filosófico, sin entrar en la discusión sobre su ser filosófico.

[16] Obras: Introducción a Heidegger. Barcelona; Cátedra 1986; El sujeto y la máscara. Nietzsche y el problema de la liberación. Madrid; Anagrama 1989; El pensamiento débil. Madrid; Anagrama 1989, en colaboración con P.A. Rovatti; Más allá del sujeto. Nietzsche, Heidegger y la hermenéutica. Barcelona; Cátedra 1989 y muchos otros.

[17] López Gil, Marta. “Vattimo, Gianni”. En: Diccionario de pensadores contemporáneos. Dir. por Patricio Loízaga. Barcelona; EMECE 1996, p. 361.

[18] Vattimo, en lo personal, tiene una postura que podría considerarse “sofística” respecto de la fe y de la religión. Se dice creyente, pero no se entiende –por lo enrevesado de sus razonamientos- qué significa para él ser creyente, por eso lo llaman algunos un “ateo católico”, o, como él mismo se denomina a veces, practicante de un cristianismo nietzscheano –en un oxymoron digno de Borges-. Sirvan de ejemplo sus palabras: “Dejemos claro que el Dios cuya muerte anunció Nietzsche no es necesariamente el Dios en el que muchos de nosotros seguimos creyendo; yo me considero cristiano, pero estoy seguro que el dios que estaba muerto en Nietzsche no era el Dios de Jesús. Incluso creo que, precisamente gracias a Jesús, soy ateo”. Artículo “¿Es la religión enemiga de la civilización?”, publicado en el diario El País (España), el 1de marzo de 2009.

[19] “Foucault fundamentó su obra como una continuidad de la de Nietzsche. El filósofo alemán inventó la genealogía, a la que Foucault llamó arqueología, siguiendo los pasos del inefable doctor Lacan, puesto que, para el psicoanálisis, el término arqueología se aplica al estudio de las etapas arcaicas de la evolución del individuo. Haciendo un psicoanálisis de la historia de la humanidad, Foucault, al igual que Nietzsche, buscó ‘los intereses de poder que siempre están determinando y creando una cultura concreta, una etapa histórica, con sus manifestaciones ideológicas; es decir: la ética, la metafísica, la sexualidad o la política’. Se trata de la dictadura del relativismo, pues la ética –la definición de lo que está bien o está mal- es, en cada caso, lo que impone en un momento determinado el poder dominante, que varía con el tiempo o el lugar”. Jesús Trillo-Figueroa. La ideología de género. Madrid; Libros Libres 2009, p. 105.

[20] “La obra de Foucault está claramente condicionada por su homosexualidad; muchos testigos de aquella época declararon que ‘la sexualidad ocupa un lugar primordial en su obra a causa de su homosexualidad, que constituía para él una obsesión y un sufrimiento, que sólo al final de su vida constituyó un abierto placer’ (Didier Eribon. Michel Foucault. Barcelona; Anagrama 1992, p. 52). Su empeño por la trasgresión sexual le llevó a declararse discípulo del Marqués de Sade y a confesar la práctica del sadomasoquismo”. Jesús Trillo-Figueroa, o.c., p. 107.

[21] Obras de Jacques Derrida: La reconstrucción en las fronteras de la filosofía. La retirada de la metáfora. Barcelona; Paidós 1989; Márgenes de la filosofía. Madrid; Cátedra 1990; La Escritura y la diferencia. Madrid; Anthropos 1989; De la gramatología. México D.F.; Siglo XXI 1986; El lenguaje y las instituciones filosóficas. Barcelona; Paidós 1995; El monolingüismo del otro o la prótesis de origen. Buenos Aires; Manantial 1997; Historia de la mentira. Prolegómenos. Buenos Aires; U.B.A. 1997; La tarjeta postal. De Freud a Lacan y más allá. México D.F.; Siglo XXI 1989 y muchas otras.

[22] Fragaso, Lucas. “Derrida, Jacques”. En: Diccionario de pensadores contemporáneos. Dir. por Patricio Loízaga. Barcelona; EMECE 1996, p. 115.

[23] Las ideas de Gramsci están contenidas en su obra escrita, constituidas por unos 32 cuadernos escritos en la cárcel, sumando unas 2848 densas páginas que no tenían como fin ser publicadas. Los comunistas italianos, así como allegados y familiares de Gramsci, publicaron estas páginas en seis volúmenes, con los títulos El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce (1948); Los intelectuales y la organización de la cultura (1949); Il Risorgimento (1949); Notas sobre Maquiavelo, la política y el Estado moderno (1949); Literatura y vida nacional (1950) y finalmente Pasado y presente (1951). No se cuentan los artículos de periódicos y revistas.

[24] En la teología de la liberación que sigue el análisis marxista, las ideas gramscianas son muy valoradas, sobre todo la del “intelectual orgánico”. Señala Gustavo Gutiérrez: “Si la teología parte de esta lectura y contribuye a descubrir la significación de los acontecimientos históricos, es para hacer que el compromiso liberador de los cristianos en ellos sea más radical y más lúcido. Sólo el ejercicio de la función profética, así entendida, hará del teólogo lo que, tomando una expresión de A. Gramsci, puede llamarse un nuevo tipo de ‘intelectual orgánico’. Alguien, esta vez, comprometido personal y vitalmente con hechos históricos, fechados y situados, a través de los cuales países, clases sociales, personas pugnan por liberarse de la dominación y opresión a que los tienen sometidos otros países, clases y personas”. Teología de la liberación. Perspectivas. 6ª ed. Lima; Centro de Estudios y Publicaciones 1988, p. 84.

[25] La vinculación entre feminismo y marxismo es muy conocida, y las lideresas de los diversos feminismos de hoy aceptan sin problemas esta relación. No es difícil establecer el paralelo entre clase social oprimida (proletariado en el marxismo, mujeres en el feminismo) y opresores (burgueses según la doctrina de Marx, la mentalidad machista en el pensamiento feminista).

[26] Un estudio iluminador sobre esta realidad es el libro de Jesús Trillo-Figueroa. La ideología de género. Madrid; Libros Libres 2009. Además de indicar los representantes de esta ideología, explica su evolución histórica y las corrientes filosóficas y “científicas” que se hallan en sus orígenes.

[27] Si bien los antecedentes de la ideología del género se remiten al feminismo radical que aparece en los años 50 y 60, y encuentran un momento decisivo en la famosa “revolución” del Mayo francés del 68, es en la Conferencia de Pekín, realizada por las Naciones Unidas en 1995, donde la ideología del género es presentada formalmente como alternativa política mundial. Es claro que esta propuesta implica una visión antropológica completamente distinta y opuesta a la que siempre sostuvo el cristianismo en general, y el catolicismo en particular.

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