miércoles, 31 de diciembre de 2025

 

El Conventualismo femenino:

Las Clarisas


1. EL ORIGEN DE LA O.S.C.

 

1.1. Las órdenes mendicantes y la religiosidad del siglo XIII

Los siglos centrales de la Edad Media serán testigos de la aparición de un movimiento espiritual que va a transformar completamente las formas religiosas en la Europa occidental. Este movimiento, cuyos orígenes se detectan ya en el siglo XII o incluso a fines del XI, buscará retomar las fórmulas comunitarias ensayadas por los primeros discípulos de Cristo. Así, bajo la denominación de vita apostolica, veremos cómo diversas agrupaciones, con el apoyo de algunos teólogos, claman por una vuelta a la pobreza común -claramente abandonada por las órdenes monásticas medievales- y por la necesidad de una mayor relación con los fieles que se traduzca en la predicación directa y la preocupación por la cura de almas.

Diversos estudiosl han relacionado el surgimiento de este nuevo modelo religioso con las transformaciones socioeconómicas que están teniendo lugar entre los siglos XI y XIII en el marco de la Europa occidental. El resurgir de las ciudades, la naciente burguesía y una creciente presencia del dinero en la vida cotidiana que genera cada vez mayores diferencias entre los grupos sociales, supondrían el caldo de cultivo que generase, a modo de protesta por el injusto reparto de la riqueza, estos movimientos pauperísticos.

Por el contrario, otros autores, sin olvidar esta problemática socio económica en la que se enmarcan las nuevas corrientes espirituales, consideran que se trata de un fenómeno con unas raíces esencialmente religiosas, y que es en el contexto de la inquietud espiritual donde debemos buscar sus orígenes2; no se trataría de mejorar las condiciones sociales de los más desfavorecidos, sino de renunciar por parte de todos los cristianos a un modo de vida profano y centrado en el enriquecimiento, abiertamente opuesto a la doctrina del Evangelio.

No entraremos en una discusión que se sale de nuestro tema, pero sí recordaremos que, cuando a principios del siglo XIII un hombre carismático, Francisco de Asís, recoge y reelabora estos ideales sobre la pobreza y la perfección evangélica, procede precisamente de un entorno urbano y de una familia de mercaderes enriquecidos, y que será esta situación personal y familiar lo primero que rechace en su afán por imitar a Cristo.

El éxito que en este momento había ya alcanzado el movimiento pauperístico obligará finalmente a las autoridades eclesiásticas a integrarlo en la estructura institucional de la Iglesia, evitando así las desviaciones heréticas que comenzaban a producirse -recordemos a los célebres valdenses o "Pobres de Lyon"- y que se reproducirán pese a todo a lo largo de la Baja Edad Media. Se aceptará así que la forma de vida propuesta por Francisco está basada en las enseñanzas del Evangelio y no supone un atentado contra la doctrina oficial de Roma. La autorización oral dada por Inocencio III a los "Hermanos Menores" abrirá el camino a la creación de unas nuevas órdenes que incluyan entre sus principios fundamentales el rechazo de cualquier tipo de riquezas y la necesidad de sobrevivir gracias a las limosnas de los fieles, a la mendicación. Dos de estas órdenes, franciscanos y dominicos, serán las que alcancen una mayor implantación en Occidente durante el Bajo Medievo.

1.2. La mujer en el siglo XIII: fundación de nuevas órdenes religiosas

El movimiento religioso del que estamos hablando no fue, ni mucho menos, un fenómeno exclusivamente masculino. Muy al contrario, las mujeres participaron activamente en este tipo de experiencias, y su repentina aparición en el campo de la reivindicación espiritual ha llamado poderosamente la atención de los historiadores, dando lugar a numerosos estudios en los últimos años. A lo largo del siglo XII, la llamada "cuestión femenina", representada por un número cada vez mayor de mujeres que no encuentran en los monasterios tradicionales una respuesta satisfactoria para sus necesidades espirituales, provocará constantes problemas organizativos a la Iglesia.

Uno de los riesgos más importantes de esta corriente religiosa lo constituye el hecho de que muchas mujeres, buscando nuevos modelos de espiritualidad, tratarán de imitar la forma de vida propuesta por los numerosos predicadores de la renovación que vagaban errantes por Europa. Hombres como Roberto de Arbrissel, fundador de la Orden de Fontevrauld para monjes y monjas, Norberto de Xanten, fundador de la Orden que mejor supo representar en el siglo XII la vira vere apostolica: los premonstratenses, o Gilbert de Sempringham, al que se debe la Orden exclusivamente femenina de las gilbertinas, descubrirán que su predicación encuentra un enorme eco entre las mujeres. Bajo el cuidado espiritual de estos y otros predicadores comienzan a formarse durante el siglo XII grupos femeninos con la intención de realizar vida en común, incurriendo, a los ojos de la Iglesia, en grave peligro de herejía.

Estas mujeres que se unen para vivir juntas darán lugar a floraciones tan importantes como la de las beguinas de los Países Bajos, agrupaciones femeninas que, imbuidas por el espíritu de la vira apostolica, deciden convivir en castidad y pobreza, pero sin realizar votos solemnes y careciendo de Regla definida o de dependencia estricta respecto a la jerarquía eclesiástica3. Algo semejante sucede con los beaterios que se crean en otros países, como es el caso de España, y que tanto recelo despertarán entre las autoridades de la Iglesia. Se trata igualmente de agrupaciones espontáneas de mujeres que presentan un status intermedio entre las monjas y las laicas, dedicándose fundamentalmente a las labores manuales u hospitalarias, y que corren -a causa de este contacto tan directo con el mundo- el peligro de ser atraídas por cualquier desviación de la doctrina católica.

Muchos de estos grupos femeninos darán un paso importante cuando decidan adscribirse, las más de las veces sin una auténtica autorización eclesiástica, a alguna Orden masculina. Así, órdenes de enorme prestigio como la del Císter o la de Prémontré, a las cuales pertenecían con frecuencia sus asesores espirituales, serán las preferidas por estas agrupaciones semirreligiosas, en tanto no se creen las nuevas órdenes mendicantes4. Pero esto generará nuevos problemas a la Iglesia: por un lado, la imposibilidad que supone para los miembros masculinos de estas órdenes atender espiritualmente a sus nuevas hermanas, negándose repetidas veces a aceptar mujeres en su estructura; por otro, la proliferación de grupos que, pretendiendo pertenecer a una u otra Orden5, llevaban una vida irregular y poco acorde con lo que las normas eclesiásticas imponían al sexo femenino: pobreza y castidad, sí, pero también estabilidad y separación absoluta del ministerio de la predicación.

Como acertadamente señala Grundmann6, el movimiento femenino tiene en común con el movimiento espiritual de su tiempo la intención de vivir cristianamente según los principios del Evangelio, atendiendo fundamentalmente a la pobreza y a la castidad. Pero se diferenciaría de aquél en la necesaria renuncia a la acción apostólica, al ejercicio de la predicación, que quedaría reservado en exclusiva para los clérigos, para los hombres. Todo intento femenino de participar en este otro aspecto fundamental de la vita apostolica está condenado al más absoluto fracaso.

Aunque en otro contexto, el de la religiosidad propuesta para los laicos, Cristina Segura7 habla de la existencia de dos modelos de comportamiento religioso determinados por la Iglesia medieval, el modelo activo masculino y el modelo pasivo femenino; estos dos modelos de comportamiento podemos verlos también reflejados en el ámbito de la normativa para las órdenes religiosas: incluso cuando se está hablando de fórmulas que buscan imitar un mismo ejemplo, la vida de Cristo y las enseñanzas del Evangelio, las mujeres quedarán excluidas de la relación con los fieles y, sobre todo, de la utilización de la Palabra.

Será en este confuso contexto religioso de principios del siglo XIII en el que se enmarque la labor de la que habrá de ser la fundadora de las clarisas. Clara, hija del caballero Favarone Offreduccio, nace también en Asís hacia el año 1194. Bajo la influencia del apostolado de Francisco conoce la corriente espiritual que se está extendiendo por Occidente y escoge integrarse dentro de este movimiento. Pero lo hace tomando otra vía alternativa y complementaria a la escogida por el santo: la de la vida contemplativa, separada del mundo, una vía que parece haber tentado incluso a Francisco en algunos momentos, y que será la única aceptable sin reparos a los ojos de la Iglesia oficial para una mujer. La enorme trascendencia de la obra de Santa Clara se traducirá en un potente movimiento religioso que conquistará rápidamente toda Europa para perdurar hasta nuestros días.

 

2. ASPECTOS LEGISLATIVOS

2.1. Evolución de la legislación de las clarisas

Cuando San Francisco establece a Clara en 1212 en el pequeño convento de San Damián, lo único que sabemos con seguridad es que aporta a las primeras religiosas allí reunidas una breve forma vivendi acorde con los principios evangélicos. De esta fórmula inicial no se ha conservado redacción alguna, y tan sólo la conocemos por las menciones que la santa hace de ella en algunos de sus escritos, especialmente la Regla de 1253 y su Testamento. En ellos se refiere a los dos puntos que considera más definitorios de la espiritualidad de su congregación: la cuestión de la pobreza y la vinculación espiritual y jurisdiccional -largo tiempo discutida- a la Orden de los Frailes Menores8.

Pero en el s.XIII las autoridades eclesiásticas parecen estar decididas a no permitir la creación de nuevas órdenes religiosas, como queda expresamente recogido en 1215 en el IV Concilio de Letrán9. Por ello, este mismo año San Francisco ha de dejar sometida la incipiente comunidad de San Damián a una regla ya instituida, la de San Benito, quedando las primeras religiosas bajo la dependencia directa del obispo de Asís10 y adoptando Santa Clara el título de abadesa. Esto es todo lo que la realidad social y la tradición eclesiástica del momento le permiten.

El estilo de vida de las damianitas, tan acorde con las aspiraciones espirituales de su época, no tardará en ser conocido e imitado a lo largo de Italia y los países próximos, con lo cual la escueta legislación inicial se va a revelar como claramente insuficiente. Será en 1218 cuando el cardenal Hugolino -futuro papa Gregorio IX- decida dotar a las nuevas comunidades de otra forma vitae, ya mucho más detallada que la de San Francisco, que será considerada de hecho como la primera Regla o Constitución de las Damas Pobres y que se conserva íntegramente. Respetando los cánones de Letrán, se mantiene todavía, al menos nominalmente, la regla benedictina, pero se establecen cambios importantes: se imponen por ejemplo normas muy estrictas en lo referido al ayuno -quizás recogiendo la propia práctica de San Damián-, y los conventos italianos quedan encargados a un visitador cisterciense, un monje de nombre Ambrosio, cuyos poderes no se hacen extensivos al convento de Santa Clara11, y que será muy pronto sustituido por un visitador franciscano, fray Felipe Longo12. En este documento, aprobado en 1219, no hay ninguna referencia a la relación espiritual de las clarisas con los franciscanos, lo que provocará el descontento de Santa Clara y su comunidad -descontento que aumentará cuando los conventos sujetos a las Constituciones de Hugolino admitan una serie de disposiciones sobre la propiedad, que la santa entiende como absolutamente contrarias al principio de la pobreza-o A pesar de ello, las fuentes franciscanas confirman que la congregación de San Damián aceptó y profesó estas Constituciones13, aunque no las disposiciones posteriores tomadas por el cardenal en lo referente a la propiedad.

La fuerte resistencia opuesta por las damianitas a la recepción de bienes por su comunidad va a estar apoyada en un documento anterior, concedido en 1216 por lnocencio lll: el llamado Privilegium Paupertatis. Con este curioso documento -sobre el que posteriormente volveremos- el pontífice se compromete a proteger la decisión de las cIarisas de vivir en pobreza absoluta. Esta opción supone, aunque no se conceda una regla nueva, pues contradeciría las normas del concilio de Letrán, la creación evidente de un tipo completamente novedoso de comunidad monástica femenina.

El aumento continuado de conventos dependientes de San Damián, muchos de las cuales adoptaban el Privilegium Paupertatis y se negaban a tener bienes en común, llevó a Inocencio IV a ensayar una nueva unificación legislativa de las cIarisas en 1247. El pontífice, redactando la primera regla específica para estas comunidades, intenta ahora agrupadas bajo la obediencia franciscana -se sustituye la fórmula de profesión benedictina por la profesión a San Francisco14-, pero obliga a reconocer la propiedad como única forma posible para el sostenimiento de los conventos femeninos. La tentativa constituirá un rotundo fracaso, pues sólo algunos monasterios alemanes aceptaron esta regla, manteniéndose en general en los conventos españoles, franceses e italianos las Constituciones de Hugolino15.

El temor a la aceptación obligada del principio de la propiedad alentó a Santa Clara a redactar personalmente, poco antes de su muerte, una nueva regla que seguía muy de cerca la de los franciscanos -los cuales quedaban encargados de la cura espiritual de las religiosas- y que establecía además el mantenimiento de una absoluta pobreza16. La consecuencia inmediata de la aprobación de esta regla en 1253 va a ser la convivencia simultánea de conventos femeninos con un mismo origen devocional y tres legislaciones diferentes: las Constituciones de Hugolino -que continúan siendo las aceptadas por mayor número de comunidades-, la regla de Inocencio IV y la regla de Santa Clara.

Es necesario mencionar, aunque sea brevemente, otra regla de muy escasa difusión y que fue aprobada por Alejandro IV en 1259. Se trata de la realizada por la beata Isabel de Francia -hermana del rey San Luis- para el monasterio de Longchamp, en las proximidades de París. Esta legislación, que refunde las reglas anteriores y se centra sobre todo en tomo a la pobreza y la humildad, fue seguida por unos pocos conventos de Francia e Inglaterra, cuyas monjas recibieron el nombre de Sorores lnclusae Sorores Minores Inclusae17.

Buscando una unificación definitiva, Urbano IV promulgará otra regla para las cIarisas en 1263, en cuya elaboración participa el cardenal Gaetano Orsini, futuro papa Nicolás lll. En muchos aspectos la legislación urbanita será semejante a la de Inocencio IV, pero incorporando una importante innovación que trataba de solucionar el problema de la cura animarum de las religiosas, obligación que suponía hasta el momento una importante carga para los franciscanos. Con la regla de Urbano IV se encarga este cuidado espiritual a un cardenal protector, que sería el mismo designado para la O.F.M., y éste señalaría a los conventos femeninos unos visitadores y capellanes adaptados a sus necesidades, los cuales no tenían por qué ser obligatoriamente franciscanos. Esta regla de 1263 será por fin aceptada -aunque no sin reticencias- por la mayor parte de los conventos de clarisas, y sólo San Damián y un reducido número de monasterios estrechamente vinculados a él mantuvieron las normas redactadas por Santa Clara en 1253.

Se conseguirá asi la unificación casi general de los conventos femeninos inspirados en San Damián, quedando todos agrupados en la que tras la muerte de la fundadora pasaría a llamarse Orden de Santa Clara, y abandonando la diversidad de denominaciones anteriores.

Las clarisas españolas tomarán de forma mayoritaria esta regla urbanita, aunque los que habían sido fundados con anterioridad a 1263 habían conocido, como es natural, otras legislaciones. Este es el caso, por ejemplo, del convento de Zaragoza, que seguiría en un primer momento las Constituciones de Hugolino para ser luego urgido a adoptar la regla de Inocencio IV, con la consiguiente dependencia formal respecto a los franciscanos18, y terminar finalmente integrándose en la Orden de Santa Clara, bajo la obediencia común a la regla de Urbano IV, a finales del s. XIII19.

Llegaríamos así a los dos últimos siglos del medievo con una práctica uniformidad regular en los conventos de clarisas, que se hallarían por fin perfectamente integrados como rama femenina u orden segunda en la familia franciscana. Pero vamos a ver cómo el conseguir que esa integración fuese efectiva supuso una lucha constante entre las seguidoras de Santa Clara y los frailes menores durante su primer siglo de vida.

2.2. Relaciones con la orden primera

Aunque Francisco de Asís había tenido una intensa relación personal con el convento de San Damián, parece claro que nunca deseó que otras comunidades femeninas se incorporasen a la orden. De hecho, el santo habría prohibido en repetidas ocasiones que los frailes se dedicasen al cuidado espiritual de las mujeres, puesto que esta actividad supondría entretenerlos y mantenerlos alejados de su función primordial de predicación.

En contra de estos deseos explícitos de Francisco, el cardenal Hugolino -autor de la forma de vida de la cual hemos hablado previamente- intentará imponer visitadores franciscanos a las damianitas y, cuando posteriormente alcance la silla pontificia como Gregario IX, tras la muerte del santo de Asís, someterá al gobierno de los ministros de la O.F.M. a los poco más de veinte conventos femeninos italianos20.

Se inaugura así lo que será un duradero tira y afloja entre la Santa Sede, que intenta satisfacer los deseos de las monjas de contar con la asistencia espiritual de los franciscanos sintiéndose parte de la orden, y la propia O.F.M., que se niega a dedicar un número cada vez más importante de efectivos a una misión que en principio no se incluye entre sus prioridades. Esta oposición se mantendrá durante los pontificados inmediatos, y un claro ejemplo lo constituye la actuación de Inocencio IV. Éste intenta en su regla de 1247, como ya hemos visto, definir claramente los nexos jurídicos entre lo que para él son las dos ramas de una misma orden, eliminando definitivamente la obediencia de las religiosas a la regla benedictina. Impone además la dependencia específica de las monjas, no respecto al cardenal protector de los frailes, sino respecto a los propios ministros de la orden franciscana, los cuales serían los encargados de nombrar visitadores. En el caso de que la reforma hubiese obtenido éxito, esto habría supuesto la incorporación definitiva de los conventos femeninos a la orden.

Sin embargo, este intento de incorporación se verá debilitado cuando en 1257 el nuevo papa Urbano IV, atendiendo a las peticiones de los frailes, decida nombrar un cardenal protector específico para las monjas, distinto del de los hombres, supeditándolas a esta máxima autoridad propia. Este cambio supondrá que numerosos franciscanos abandonen de inmediato el cuidado de los conventos femeninos, con el consiguiente descontento de las religiosas. La dimisión de Steffano, cardenal protector de las clarisas, dará lugar a una nueva reunificación de la dirección de las dos órdenes en la figura de Gaetano Orsini, personaje que ya se encontraría en ese momento trabajando en la elaboración de la nueva regla de las monjas. El acuerdo alcanzado a partir de esta regla de 1263 será que el cardenal protector único podrá nombrar asistentes franciscanos para los conventos femeninos, pero que estos asistentes no realizarán tal función como una obligación -es decir, las monjas no pueden apelar a ella como un derecho- sino únicamente como "oficio de caridad". Las religiosas habrían de aceptar estas condiciones si querían tener la posibilidad de mantener su relación con la orden franciscana.

El término del conflicto no tendrá lugar hasta finales del s.XIII, bajo el pontificado de Bonifacio VIII. Será este Papa el encargado de conceder dos bulas a partir de las cuales las clarisas reciben todos los privilegios de la O.F.M. y mantienen su gobierno en las manos de un cardenal protector común que, para aligerar el inmenso trabajo que le supone la continua fundación de conventos femeninos, aumenta la intervención de los franciscanos en su administración: serán los Ministros provinciales de la O.F.M. los encargados de nombrar visitadores para los monasterios de clarisas y de proveerlos además de personas aptas para su cuidado tanto espiritual como temporal. Así, a partir de 1298 podemos considerar que las relaciones entre clarisas y franciscanos se han estabilizado ya definitivamente, y que la pugna entre unas y otros ha llegado a un equilibrio que permite hablar, ahora sí, de una única familia franciscana.

 

3. ASPECTOS ORGANIZATIVOS

3.1. El problema de la pobreza

Hemos hablado en la introducción de este trabajo sobre el desarrollo de la idea de vita apostolica como un elemento fundamental en la corriente de renovación espiritual de los siglos centrales de la Edad Media. Una de las bases de esta forma de vida es precisamente la reivindicación de la pobreza, es decir, la renuncia absoluta a los bienes o posesiones temporales, siguiendo las indicaciones hechas por Cristo a los primeros apóstoles. También entre las mujeres prende esta nueva espiritualidad pauperística, llevando consigo el progresivo descrédito de los antiguos monasterios altomedievales, ligados generalmente a la reglamentación benedictina, y que admitían no ya la propiedad comunitaria -aceptada explícitamente en las normas- sino incluso la propiedad individual de las monjas.

En el caso de los hombres, la voluntad de pobreza, elemento imprescindible en el esquema ideológico de Francisco de Asís, supondrá el recurso necesario a la limosna de los fieles por medio de la mendicación -una de las bases sustentantes de las precisamente por ello denominadas órdenes mendicantes-. Pero esta posibilidad que los frailes tienen de salir a la calle y solicitar a las gentes su ayuda, se presenta como un problema insoluble para las monjas. Aunque no existe para ellas la prohibición explícita de la mendicación, ésta se ve impedida de hecho por la obligación de la clausura -tema sobre el que volveremos más adelante con mayor profundidad-. Las religiosas dependerían por lo tanto de la voluntad de los fieles de contribuir al sostenimiento de la comunidad, pero sin poder influir directamente sobre ellos.

Cuando Santa Clara crea a principios del s.XIII la comunidad de San Damián, su idea sobre la pobreza es semejante a la de San Francisco, es decir, impone la renuncia tanto a los bienes individuales de las monjas como a los bienes comunitarios del convento. Esta imposición es confirmada ya en 1216 por Inocencio III en un célebre documento, cuyo original no ha llegado hasta nosotros, y que se conoce como Privilegium Paupertatis, es decir, el privilegio de optar por la pobreza absoluta. En este curioso documento, el Papa se compromete a proteger la decisión adoptada por las clarisas de vivir en la pobreza, de forma que nadie pueda obligarlas a recibir ningún tipo de bienes.

La solicitud de este "privilegio" a la Santa Sede no resulta tan absurda como pudiese parecer en un principio, puesto que pronto las propias damianitas sufrieron presiones de todo tipo para que aceptasen diversas propiedades. El propio cardenal Hugolino no tardará en hacer donaciones a favor de varios monasterios de clarisas21, y éstos irán acumulando paulatinamente un patrimonio territorial cada vez más importante, susceptible de proporcionarles rentas suficientes para su mantenimiento.

Se ven así confirmados los temores de Santa Clara, la cual, no deseando que su monasterio se viese también afectado por las donaciones realizadas por incontables fieles y devotos, solicita la confirmación del Privilegium Paupertatis a la Sede Pontificia. Ésta le será concedida por Gregorio IX en 1228, y gracias a dicha confirmación conocemos los términos en los que fue redactado el famoso documento. No satisfecha con la garantía papal que esto supone, Santa Clara volverá a insistir en la necesidad de mantener la más absoluta pobreza cuando, ya próxima su muerte, redacte la regla de 1253.

Los deseos de la fundadora chocarán continuamente con las jerarquías de la Iglesia, las cuales consideran que para asegurar la clausura indefinida de una comunidad es necesario que ésta acumule un patrimonio mínimo que le permita la autosuficiencia económica. Esta convicción, y la cada vez mayor participación de los nobles y grupos acomodados urbanos en la fundación de nuevas comunidades de clarisas, hará que las reglas de 1247 y, sobre todo, la de Urbano IV de 1263 reconozcan de forma definitiva la propiedad comunitaria en los monasterios de la Orden de Santa Clara. Tanto es así, que se instituirá incluso la figura de un procurador externo, es decir, una persona que no habite en el convento, que controle los bienes de éste y rinda cuentas a la abadesa.

Esta legislación permitirá la constitución de importantes patrimonios territoriales, conseguidos especialmente a partir de donaciones pías y de las herencias y dotes de las monjas -aunque se realicen también compras e intercambios-. La progresiva acumulación de posesiones llevará finalmente a que a medida que avanza la Edad Media los monasterios de clarisas se conviertan en unas instituciones rentistas semejantes a los monasterios tradicionales de los cuales habían intentado diferenciarse en su origen.

Todavía a partir del s.XV, cuando ya se adivine la necesidad de una reforma profunda en el seno toda de la Iglesia católica, surgirán de nuevo voces pidiendo una vuelta a la severidad de la regla primitiva de San Damián. Se producirá entonces, por ejemplo, la llamada reforma coletina, llevada a cabo por Coleta de Corbie, que tendrá un eco importante tanto en Francia como en algunas zonas de España; o la aparición, también dentro de la Orden Franciscana, de las concepcionistas, muy difundidas en el s.XVI. Pero debemos destacar sobre todo el movimiento denominado de la Observancia, que afectará tanto a clarisas como a franciscanos y enfrentará durante años, y a desde fines del s.XIV, a los conventuales -partidarios de continuar la política de posesión de bienes practicada durante todo el medievo- y a los observantes, deseosos de retomar a la pureza primitiva de la orden y que acabarán finalmente imponiéndose en los últimos años del siglo XV.

3.2. La relación con el mundo: la clausura

La clausura es, sin duda, el rasgo más característico de las comunidades mendicantes femeninas, y también aquel que supone una mayor contraposición entre su modelo de vida y el de los frailes, definido éste por su contacto directo con los fieles a través de la predicación y la mendicación.

Como recordaremos, la primera regla adoptada en San Damián fue la más divulgada durante los siglos centrales de la Edad Media, la de la orden benedictina, común a hombres y mujeres. Esta regla no incluye de forma expresa el deber de las monjas de permanecer encerradas en el monasterio de por vida, y admite la posibilidad de salir de éste con autorización de la abadesa. Pero tan pronto como las damianitas inician una legislación propia para su convento, con los estatutos dictados por el cardenal Hugolino en 1219, se instituye para ellas la obligación, completamente novedosa, de la clausura como un voto añadido a los tres tradicionales22.

Esta imposición nos demuestra el cambio de orientación por parte de las autoridades eclesiásticas, cada vez más remisas a permitir que las mujeres consagradas a Dios dispongan de libertad para mantener contactos con el mundo. La castidad va adquiriendo a lo largo del medievo un papel preponderante dentro del modelo ideológico al que debe adaptarse la vida femenina, y no sólo las mujeres consagradas a Dios -la "orden de las vírgenes"-, sino incluso las laicas, irán perdiendo presencia en el espacio público para quedar reducidas al ámbito de lo privado. Prueba de ello será la publicación en 1298 de la bula Periculoso, que estipula la clausura para todos los monasterios femeninos, aunque ésta no se hubiese profesado en los votos regulares.

Esta medida de la Santa Sede, fuertemente contestada por aquellos monasterios femeninos que no habían estado obligados previamente a guardar clausura, no tendrá sin embargo mayores consecuencias para las monjas de la Orden de Santa Clara, que ya desde sus orígenes eran conocidas popularmente como "monjas reclusas" o "monjas encerradas" -denominación luego extendida a otras comunidades de clausura como las dominicas o las agustinas.

Analizando más detenidamente este término, dentro de lo que habitualmente definimos como clausura es necesario diferenciar dos conceptos: por un lado, estaría la clausura activa o interna, es decir, la prohibición a las monjas de salir al exterior del monasterio; por otro, la clausura pasiva o externa, es decir, la imposibilidad de que cualquier extraño penetre en el interior del edificio conventual.

Comenzando por la clausura activa, debemos señalar que ya desde la regla de 1247 se contempla la existencia de un grupo de monjas denominadas sorores servientes, las cuales pasarán a llamarse sorores extra monasterium servientes en 1253 y por fin sorores servitiales en la regla de Urbano IV de 1263, correspondiéndose con lo que habitualmente conocemos como hermanas legas, por oposición a las monjas de coro. En las normativas medievales se trata de un grupo de religiosas que, como sus compañeras, profesan en manos de la abadesa, pero que, a diferencia de las monjas de coro, están exentas del voto de clausura. Como su propia denominación indica, tienen un carácter de servicialidad que, junto con la posibilidad de actuar en el exterior del monasterio, les permitiría dedicarse a los asuntos temporales de la comunidad facilitando así a las otras religiosas el cumplimiento estricto de las normas de clausura y el desarrollo de la vida estrictamente contemplativa. En 1336 Benedicto XII intentó reducirlas también a la clausura, y que fuesen sustituidas por seglares en su cometido, pero pronto estas monjas externas volvieron a aparecer en formas diversas, manteniéndose su carácter hasta el concilio de Trento23.

Aunque en algunos estudios realizados sobre conventos de clarisas en el ámbito peninsular se ha señalado que las monjas serviciales estarían totalmente excluidas de los círculos de poder del convento24, impidiéndoseles incluso la participación en el capítulo conventual, las investigaciones realizadas en las comunidades gallegas nos han permitido comprobar que esto no es así, puesto que hemos localizado a diversas hermanas externas participando en reuniones capitulares. Se las denomina en estos conventos monjas procuradoras, dado que su función principal es ejercer la procuración del monasterio en diferentes actos jurídicos, y con este mismo nombre aparecen en las Constituciones dadas en el año 1375 para reformar a las clarisas de la provincia franciscana de Santiago: sorores layce Sancte Clara, que Procuratrices nominantur25.

Pero hemos comprobado también que, además de este grupo de monjas "especializadas" en actuar en el exterior del convento, podíamos encontrar monjas de coro apareciendo esporádicamente fuera de éste, solas o acompañadas de una procuradora habitual, para realizar diversas gestiones26 -debemos suponer que con el permiso de sus superiores-o Deducimos de ello que la imposición de la clausura no fue tan estricta o absoluta como intenta hacemos ver una legislación que no pasa de ser un marco teórico en el que debemos encuadrar lo que fue la vida real de estas comunidades.

Estas mismas normas nos hablan del otro aspecto de la clausura, la pasiva, estableciendo por ejemplo las personas a las que se puede autorizar el ingreso en un monasterio determinado. Según la regla, estas autorizaciones podían concederse, además de, por supuesto, a los visitadores de la casa, también a reyes, metropolitanos, diocesanos, legados o cardenales, el propio Papa, los patronos, los superiores de las órdenes, algunos obreros si fuese necesaria una reforma, un minutor encargado de hacer sangrías y, en caso de enfermedad de alguna religiosa, el médico y el capellán 27. La entrada tenía que realizarse siempre en compañía de dos o tres socios honestos, y dentro estarían acompañados por la superiora y al menos tres hermanas de las más antiguas, debiendo las demás religiosas permanecer discretamente al margen.

Otra medida relativa a la clausura nos la ofrecen las ya mencionadas Constituciones de 1375 para reformar a las clarisas de la provincia de Santiago. En ellas encontramos diversas admoniciones sobre el torno, las gradas y otras partes del edificio claustral. Pero quizás el párrafo más destacable, por su expresividad, sea el siguiente: Quicumque etiam frater cum aliqua sorore steterit solus cum sola, ianua clausa, intra atiquam domum inclusus vel in loco occulto et multum secreto, tam frater quam soror cum qua steterit, sententiam excommunicationis incurrant. Et si in tati casu ambo fuerint deprehensi carceri mancipentur8.Es decir, que la violación de la clausura conventual por parte de un fraile o de una religiosa es un delito de tan extrema gravedad que puede acarrear tanto la excomunión como la cárcel. Lo que no podemos precisar es si este tipo de normas responden a transgresiones reales que obliguen a tomar medidas fuertemente restrictivas o se trata tan sólo de garantizar el respeto a la legislación por medio de una redacción coercitiva.

Un aspecto menos estudiado, pero que es también muy representativo de lo que fue la mentalidad del momento respecto a la clausura femenina, es el de la adaptación de los edificios conventuales para garantizar al máximo el mantenimiento de esta norma. Podemos estudiar este tema no sólo a través de la legislación regular o capitular de las clarisas, sino también a partir de la propia documentación generada en cada uno de los monasterios, la cual nos ofrece frecuentes referencias a unos puntos claros de contacto con el exterior: los lugares en que las monjas y el notario se reunían para la redacción de los textos.

En la regla más generalizada entre las clarisas, la de Urbano IV, se concede una especial importancia a la puerta u ostium del convento. Ésta ha de tener al menos dos llaves diferentes, guardadas una por la hermana portera o su socia y otra por la abadesa, al igual que sucede también en otras órdenes femeninas como las dominicas. Pero, por si esto no fuera suficiente, el acceso exterior a esta puerta se realizará por medio de una escala levadiza, la cual habrá de permanecer alzada y sujeta con una cadena de hierro desde el interior del convento entre las Horas de Completas y de Prima29.

A esta puerta de la clausura, que sería la puerta principal, habría que añadir la ventana que hoy conocemos como torno, y a la que se refiere la documentación latina como rota -en muchos documentos gallegos es conocida también como porta da roda, de la rueda-. Este hueco debía situarse en la parte externa del muro de la clausura, a una altura idónea, y con un ancho tal que no permitiese salir o entrar a nadie del convento a través de ella, debiendo permanecer también cerrada con llave por la noche30.

El tercer hueco de comunicación con el mundo sería el locutorio, expresamente pensado, como indica su denominación, para comunicarse a través de él con las visitas que llegasen al monasterio. Pero su única función había de ser ésa: permitir la comunicación, nunca el contacto fisico con el exterior. Para ello, esta ventana debía estar recubierta de una lámina férrea con pequeños agujeros, protegida al exterior por clavos de hierro y hacia el interior por un paño negro, de forma que ninguna de las personas que hablasen a través de ella pudiesen verse3l.

Tan necesaria como el locutorio sería la grada de la iglesia, la llamada en las normas crate ferrea, y que consistiría en una pequeña ventana de comunicación entre el coro de la iglesia donde se reunían las monjas y la capilla a la que podían acceder fieles desde el exterior. Esta ventanita había de tener un agujero con una portezuela en medio para que las monjas recibiesen la comunión32.

El último punto de contacto con el exterior que se autoriza en la regla de Urbano IV es una puerta que se abriría en cualquier lugar del muro exterior del monasterio para introducir en el patio del mismo aquellos objetos de gran tamaño, relacionados sobre todo con las labores agrícolas que se realizaban en la huerta inmediata al edificio, y que no pudiesen entrar a través del torno. Sería la llamada comúnmente en la documentación hispana "puerta de los carros", que debía estar sólidamente sellada al exterior y abrirse en contadas ocasiones33.

En las varias veces citadas Constituciones que redacta el Capítulo Provincial de los franciscanos en 1375 se insiste repetidamente sobre estos lugares: tanto el torno como la portezuela de la grada deben disminuirse de tamaño de forma que esta última sólo pueda usarse para recibir la comunión; como contrapartida, se consiente la construcción de pequeños tornos en las iglesias para que las monjas puedan entregar al sacerdote los ornamentos y vestiduras necesarios para la celebración de la misa34.

Queda de manifiesto, por tanto, la preocupación demostrada por las autoridades de la orden con respecto al mantenimiento de la "infranqueabilidad" de los conventos y la custodia de esos puntos fronterizos con el exterior que constituyen la zona más vulnerable de los monasterios.

A pesar de ello, y a partir de las investigaciones realizadas en el ámbito gallego, hemos podido concluir que el respeto por las normas no es tampoco estricto en este campo. Por ejemplo, en prácticamente todos los monasterios de clarisas de Galicia -con la única excepción de Santa Clara de Ribadeo, del que apenas se conserva documentación- se realizaban reuniones para la confección de documentos en la grada de la iglesia, contraviniendo las normas que indicaban que este hueco debía usarse sólo para recibir la comunión. Esta grada se usa con mucha más frecuencia que la puerta exterior del convento o que el tomo, no apareciendo en ningún caso el locutorio para este menester35. La explicación que en otros trabajos hemos señalado para este hecho sería la necesidad de que los papeles y pergaminos pasasen de las monjas al notario y viceversa, cosa imposible a través de la reja herrada del locutorio, así como la obligación de que muchas veces todo el Capítulo conventual hubiese de reunirse para aprobar un contrato, lo cual únicamente podría hacerse con cierta comodidad en el coro de la iglesia.

En resumen, vemos como el intento de regulación de la intimidad de las monjas, controlando estrictamente todos aquellos puntos en los que el espacio interior del claustro permite acceder al espacio externo, no consiguió tampoco evitar los contactos, más o menos frecuentes, de las inclusas con el mundo. De nuevo, la realidad de la vida diaria es mucho más flexible que unas normas esclerotizadas y destinadas a pervivir a través de los siglos.

 

4. INSTALACIÓN DE LAS CLARISAS EN ESPAÑA

Cuando realizamos una aproximación a la instalación de las clarisas en la península Ibérica el rasgo fundamental que salta a la vista del investigador es su profunda vinculación desde los orígenes con los frailes menores, de tal manera que primero encontraremos un convento de franciscanos y sólo después aparecerá, en las proximidades, una comunidad de la O.S.C. Y si los conventos masculinos presentan desde el principio una evidente vocación urbana, que la aleja del ideal de aislamiento monástico altomedieval, también las clarisas se instalarán, como ellos, en las ciudades, de acuerdo con el espíritu de su época.

Al igual que en otras zonas europeas, podemos diferenciar en España dos tipos de fundación para los conventos de esta orden. Estarían, en primer lugar, aquellas fundaciones realizadas absolutamente ex nava, muchas veces como consecuencia de las nuevas vocaciones que la predicación de los franciscanos generaría en las ciudades españolas. Un segundo origen, que resulta casi siempre mucho más dificil de documentar, pero que debió ser probablemente más frecuente que el anterior en la primera mitad del s. XIII, sería la transformación de una comunidad femenina previa que no tuviese una reglamentación definida -uno de esos beaterios a los que nos referíamos al principio- en un convento adscrito a la orden franciscana.

El problema más común con el que nos encontramos es que las primeras noticias del convento las obtenemos, por lo general, cuando ya se ha producido su vinculación a la orden. Se trata, habitualmente, de una bula en la que se sanciona la fundación o de un privilegio concedido por algún monarca de uno de los reinos peninsulares. Pero sabemos que esta vinculación se produce, en muchas ocasiones, como consecuencia del influjo ejercido por los franciscanos sobre grupos femeninos surgidos espontáneamente con anterioridad36.

Cronológicamente -aunque en este momento todavía no se pueda hablar con rigor de Orden de Santa Clara- los primeros conventos de clarisas fundados en España serían los de Pamplona, datado en 1228, Zaragoza, datado en 1234, Burgos, en la misma fecha y Barcelona, hacia 1236. Muchos otros conventos se fundaron en la primera mitad del siglo, aún en vida de Santa Clara, entre los que podemos citar los de Calatayud, Valencia, Salamanca, Ciudad Rodrigo, Lérida, Valladolid, Zamora, etc.

El padre García Oro, en una excelente síntesis sobre los orígenes de las clarisas en España37, señala cómo la difusión de la orden se puede seguir con claridad a lo largo de lo que fue la vía de comunicación más importante de la España medieval, el camino de Santiago. A través de éste, las clarisas se irían extendiendo desde el reino de Aragón -en el que se realizan la mayor parte de las fundaciones iniciales- hacia el oeste, atravesando las tierras castellanas, hasta alcanzar en un momento posterior el reino de Portugal, donde no se registra la primera fundación hasta el año 125838.

Las clarisas españolas habrían conocido, por tanto, toda la evolución legislativa sufrida por la orden desde el pontificado de Gregorio IX, adoptando paulatinamente una u otra regla hasta que se produzca la unificación de la Orden de Santa Clara en 1263 con Urbano IV.

No vamos ahora a detenemos en el análisis en profundidad de ninguno de los conventos españoles fundados en los siglos medievales. Hay importantes estudios monográficos sobre la mayor parte de estas comunidades, y también excelentes trabajos de síntesis en torno a las clarisas hispanas a los cuales nos remitimos39.

Señalaremos solamente, para finalizar, la necesidad de que continúen llevándose a cabo estudios regionales en tomo al tema clariano. Únicamente con el conocimiento en profundidad de las peculiaridades que las comunidades de clarisas tuvieron en cada zona europea, podremos comprender en su totalidad no sólo la enorme diversidad del movimiento femenino medieval, sino todo lo que para la cultura occidental supuso y supone aún hoy la espiritualidad franciscana.

 

 

NOTAS

1. Vid., por ejemplo, VAUCHEZ, A. Religion et societé dans l'Occident Médiéval. Torino, Bottega d'Erasmo, 1980, y LITTLE, L. K. Pobreza voluntaria y economía de beneficio en la Europa Medieval. Madrid, Taurus, 1980.
2. GRUNDMANN, H. Movimenti religiosi nel Medioevo. Bologna, 1974.
3. El estudio más completo sobre las beguinas sigue siendo el de MCDONELL, E. W., The Beguines and Beghards in Medieval Culture, with special emphasis on the Belgian scene. New York, Octogon Books, 1969.
4. Vid., por ejemplo, ROISIN, S., "L'efflorescence Cistercienne et le courant féminin de piété au XIlIe siécle", en Revue d'histoire ecclesiastique, 39 (1943), 354-375.
5. Este problema afectará incluso a las propias clarisas, existiendo durante el siglo XIII numerosas mujeres que vagaban con los pies desnudos y un cordón franciscano, a las que se llamaba vulgarmente discalceatae. chordulariae minoretae, y que fueron prohibidas por Gregorio IX. RUSCONI, R., "L'espansione del frasciscanesimo femmini le nel secolo XIII". 
Movimento religioso femminile e Franciscanesimo nel secolo XJJI. Assisi, Societa Internazionale di Studi Francescani, Atti del VII Convegno Internazionale, 1980, p. 304.
6.  GRUNDMANN, H. Op. cit., p. 156.
7. SEGURA, c., "Fuentes para hacer una história de la religiosidad de las mujeres". Religiosidad femenina: expectativas y realidades (ss. VIII-XVJII). Madrid, LAYA, 1991, p. 11.
8. OMAECHEVARRÍA, I. (Ed.), Escritos de Santa Clara y documentos complementarios, Madrid, BAC, 1982, p. 204.
9. Recientemente, don Antonio Garcia y Garcia en un interesantísimo estudio sobre la legislación de las clarisas, señala que las normas decretadas en este concilio, tanto la que prohibe fundar nuevas religiones como la que establece la necesidad de acogerse a alguna Regla e institución ya aprobadas para fundar una nueva casa religiosa, no deben ser consideradas como un impedimento para el progreso de las nuevas órdenes mendicantes, sino únicamente para las pequeñas fundaciones que intentaban escapar del control directo de la Iglesia. GARCÍA y GARCÍA, A., "La legislación de las clarisas", en Las clarisas en España y Portugal. Congreso Internacional, Salamanca,20-25 septiembre 1993. Actas II, vol. I, pp. 189-193.
10. FONTETTE, N., Les religieuses à l`age classique du droit canon. Recherches sur les structures juridiques des branches féminines des ordres. París, J. Vrin, 1967, p. 132 y MANSELLI, R., "La Chiesa e il francescanesimo femminile", en Movimento religioso femminile e francescanesimo nel secolo XIII. Assisi, 1980, p. 245.
11. GRUNDMANN, H., Op. cit., pp. 201-202 y FONTETTE, N., Op. cit, p. 132
12. OMAECHEVARRÍA, l., Op. cit., pp. 208-209.
13. lbídem, p. 211.
14. Ego talis soror promitto Deo et beatae Mariae sempre Virgini, Beato Francisco et omnibus Sanctis ... OMAECHEVARRÍA, I., Op cit., p. 239.
15. GRUNDMANN, H., Op. cit., p. 214.
16. lbídem, p, 215.
17. OMAECHEVARRÍA, I., Op. cit., pp. 289-324
18.  GARCÍA ORO, I   Francisco de Asís en la España Medíeval. Santiago de Compostela, CSTC, 1988, p. 85
19.  Ibídem, pp. 87-88.
20.  FONTETTE, N., Op. cit., pp. 132-133.
21. OMAECHEV ARRÍA, I., Op. Cit., pp. 230-231.
22. El voto de clausura sólo se había incluido previamente en una Regla femenina: la redactada en el siglo VI por Cesáreo de ArIes para su hermana cesárea. SCHULENBURG, J. T., "The heroics of virginíty. Brídes of Christ and sacríficial mutilation", in Women in the Middle Ages and the Renaissance. Syracuse University Press, 1982, p. 42.
23.  OMAECHEVARRÍA, l., Op. cit., p. 30
24. GALIANA CHACÓN, J.P., "La extracción social de las religiosas en la Baja Edad Media valenciana", en Santes, monges i fetilleres. Espiritualitat femenina medieval. Revista d'História Medieval. Valencia, 2 (1991),
pp. 103-105.
25. LÓPEZ, A., y NÚÑEZ, L. M., "Constitutiones pro refonnatione sororum Sanctae Clarae in Provincia Sancti Jacobi", en "Descriptio codicum Franciscalium Bibliothecae Ecclesiae Primatialis Toletanae" en Archivo ibero Americano, 7 (1917) , p. 273
26. RODRÍGUEZ NÚÑEZ, C., Los conventos femeninos en Galicia. El papel de la mujer en la sociedad medieval. Lugo, Excma. Diputación Provincial, 1993, p. 111.
27. Regla de Urbano IV, caps. VII y XVIII. Texto en Bulario Franciscano, II, 509-521.
28.  LÓPEZ, A., y NÚÑEZ, L. M., Op. Cit. p. 272.
29.  Regla de Urbano IV, cap. XIII.
30.  Ibídem, cap. XIV.
31.  Ibídem, cap. XVI.
32.  lbídem, cap. XVII.
33.  lbídem, cap. XV.
34.  LÓPEZ, A., y NÚÑEZ, L. M., Op. Cit., p. 272,
35.  RODRÍGUEZ NÚÑEZ, C., Op. Cit., pp. 86-88.
36. Este origen lo señala el cronista de la Orden, lacobo de Castro, para el convento de Santa Clara de Ribadeo, entre otros: tuvo principio de vn Beaterio, o señoras recogidas .. CASTRO, l., Crónicas Franciscanas de España. Primera parte de el árbol cronológico de la provincia de Santiago. Madrid, ed. facsimilar sobre la de 1722, 1976, p. 337. El mismo fenómeno se ha estudiado para la Orden de Predicadores; vid. MIURA ANDRADES, l M., "Beatas y beaterios andaluces en la Baja Edad Media. Su vinculación con la Orden de Predicadores", en Andalucía entre Oriente y Occidente. Actas del V Coloquio internacional de Historia Medieval de Andalucía. Córdoba, 1988, 537-585. Del mismo autor: "Las fundaciones de la Orden de Predicadores en el Reino de Córdoba (1)", en Archivo Dominicano, IX, 267-362.
37.GARCÍA ORO, l, Francisco de Asís en la España Medieval. Santiago de Compostela, CSIC, 1988, pp. 72-73.
38. MONTES MORElRA, A., "Breve história das clarissas em Portugal" en Las Clarisas en España y Portugal..., p. 211.
39. Los estudios más actuales sobre este tema se encuentran reunidos en los cuatro volúmenes que componen las Actas del Congreso Internacional sobre las Clarisas en España y Portugal, celebrado en Salamanca en septiembre de 1993 y recientemente publicadas. En ellas se agrupan diferentes artículos sobre Historia, Arte, Documentación y Espiritualidad clariana, de los cuales ya hemos citado en notas anteriores los trabajos de García y García y Montes Moreira. Podemos destacar además entre la gran cantidad de ponencias y comunicaciones presentadas, por su visión más generais, los siguientes:
     HERRÁN MUÑOZ, M. C. de la, "Bibliografiana clariana del siglo XX en España". Actas I, vol. I, pp. 3-61.

Presenta una amplia visión que incluye estudios de todo tipo en tomo a las clarisas: monografias sobre conventos concretos, artículos sobre espiritualidad, guías de monasterios, catálogos documentales, etc.

GARCÍA ORO, J., "Orígenes de las clarisas en España". Actas II, vol. I, pp. 163-182. Este estudio resulta especialmente útil por incluir un análisis de las principales fuentes con las que el investigador puede aproximarse al conocimiento de las clarisas españolas: crónicas, anales, bularios, colecciones documentales, etc.

LINAGE CONDE, A., "Santa Clara y la tradición monástica". Actas II, vol. I, pp. 199-209. Investiga la relación entre la espiritualidad clariana y la tradición benedictina medieval.

En lo que se refiere a otros estudios anteriores, debemos destacar los realizados sobre comunidades determinadas o aspectos concretos de la vida de las clarisas españolas, debidos sobre todo a investigadores de la propia OFM como los padres Atanasio López y Manuel Castro, que han estudiado, entre otros, los conventos de Toledo, Astorga, Burgos, Santiago de Compostela, Ribadeo, Allariz, Pontevedra, etc.

Se han realizado o se encuentran en proceso de realización algunas tesis doctorales que abarcan espacios más amplios de la geografía peninsular, como es el caso de la de María del Mar Graña Cid sobre las clarisas andaluzas o la mia propia sobre clarisas y dominicas en Galicia -ya publicada y citada en este estudio.

Los trabajos de sintesis son, por contra, mucho más escasos, y el esfuerzo globalizador que representan es de singular importancia. Los más completos para España serían los ya mencionados de don José García Oro, y la imprescindible edición de los Escritos de Santa Clara y otros documentos complementarios, de I. Omaechevarría, que ofrece una versión accesible de los documentos en latín y castellano y un pormenorizado estudio introductorio a cada uno de ellos.



martes, 30 de diciembre de 2025

 

HISTORIAS POR CONTAR

MEMORIAS DE MADRID

Mujeres en la memoria de Madrid

La fuerza del cariño



Retrato  de Clotilde García del Castillo. Museo Sorolla. Madrid, 2021 ©ReviveMadrid

Clotilde y Joaquín sorolla: siempre juntos

Se suele decir que detrás de todo gran genio siempre hay una gran mujer, aunque rara vez se menciona que, en muchos casos, es ella quien carga con el peso más arduo del proceso creativo. A lo largo de la historia, innumerables mujeres han permanecido en un discreto segundo plano, ensombrecidas por la imponente estela de grandes talentos masculinos.

El mundo del arte es, quizá, uno de los escenarios más elocuentes para ilustrar esta realidad. Los libros de Historia suelen enfocar su narrativa en las vidas y obras de artistas hombres, dejando en la penumbra o relegando a breves y casi anecdóticos comentarios el papel esencial de las mujeres que, aunque no se dedicaran directamente al arte, fueron piezas clave para el éxito y la trascendencia de aquellos.

El Papel de la Musa en el Arte_

En una época en la que los roles femeninos estaban restringidos a los de esposa y madre, la discriminación y la falta de oportunidades relegaron a muchas mujeres a un discreto telón de fondo, etiquetándolas únicamente como musas artísticas, marchantes o compañeras de artistas masculinos. Sin embargo, estas mujeres desempeñaron un papel fundamental, aportando el equilibrio vital y familiar imprescindible en la vida de cualquier persona, independientemente de su genialidad creativa.

Muchas de estas figuras fueron mujeres extraordinarias: inteligentes, versátiles, sensibles, generosas e inspiradoras. Su grandeza radicó no solo en su capacidad para inspirar, sino también en su disposición para dejar de lado sus propias aspiraciones, entregándose en cuerpo y alma al apoyo moral y físico de sus compañeros artistas.

Aunque hoy resulta complejo medir con precisión su impacto en el arte a través de su propia historia, es indudable que dejaron una huella profunda y perdurable tanto en las vidas como en las obras de aquellos a quienes acompañaron.

Ejemplos de esta influencia se encuentran en mujeres como Misia Sert, musa de pintores como Renoir, Toulouse-Lautrec, Bonnard y Vuillard, así como de poetas como Verlaine y Mallarmé. También destacan Kiki de Montparnasse y Dora Maar, figuras inspiradoras para artistas como Man Ray y Pablo Picasso. O Gala, quien no solo fue la musa y esposa de Salvador Dalí, sino también una presencia constante y decisiva en su vida y en su proceso creativo.

Sin embargo, si hay una mujer que encarna de manera excepcional el papel de musa artística y apoyo incondicional de un gran genio artístico, esa es Clotilde García del Castillo, esposa del pintor Joaquín Sorolla. Juntos formaron un binomio indisoluble y se convirtieron en una de las parejas más entrañables del Madrid de principios del siglo XX, demostrando que el amor y la complicidad pueden ser tan inspiradores como el propio arte.

Clotilde García del Castillo: El Sostén de Joaquín Sorolla_

Hablar de Joaquín Sorolla sin mencionar a Clotilde sería tan injusto como imposible. Su querida “Clota”, como él la llamaba con ternura, fue mucho más que una musa artística o una esposa para el pintor valenciano. Clotilde se convirtió en su modelo, su cómplice, la madre de sus hijos y, sobre todo, en su inquebrantable sostén. Fue la mecenas incansable y administradora sagaz que manejó con destreza las finanzas y los aspectos logísticos de la vida del artista, permitiéndole entregarse plenamente a su obra. Sin duda, Clotilde fue la piedra angular sobre la que se edificó el genio creativo de Sorolla.

Clotilde García del Castillo nació el 5 de enero de 1865 en Valencia, en el seno de una familia acomodada y cosmopolita. Era hija de Clotilde del Castillo y de Antonio García Peris, uno de los fotógrafos más destacados del siglo XIX en España. Su padre no solo fue un referente en el mundo de la fotografía, sino también una figura clave en el ambiente artístico valenciano.

En la casa de los García del Castillo, el arte no era simplemente un oficio, sino una auténtica pasión. Rodeada de creatividad e inspiración, Clotilde creció en un entorno donde la estética y la sensibilidad artística eran parte del día a día. Su hermano, Juan Antonio, también siguió esta vocación y se destacó con el tiempo como un talentoso fotógrafo y miniaturista.

Desde joven, Clotilde mostró una inteligencia práctica y un carácter generoso que más tarde serían fundamentales para sostener el universo de Sorolla. Su figura serena y su temple firme acompañaron al pintor en cada etapa, desde los años de esfuerzo y lucha hasta el éxito internacional. Su papel no fue solo el de la compañera que inspira, sino el de la mujer que construye y mantiene el andamiaje necesario para que un artista pueda brillar.

un Amor a primera vista_

La historia de amor entre Clotilde García del Castillo y Joaquín Sorolla comenzó de manera casi predestinada. Todo inició gracias a Juan Antonio García, hermano de Clotilde, quien conoció a Joaquín en la Escuela de Bellas Artes de Valencia, donde ambos compartían su pasión por el arte desde la adolescencia.

Fue Juan Antonio quien presentó a Sorolla a su padre, Antonio García Peris, un destacado fotógrafo valenciano. Impresionado por el talento del joven artista, Antonio lo contrató para trabajar en su estudio, donde se encargaba de colorear fotografías en blanco y negro, dotándolas de vida y calidez. Fue en ese ambiente creativo y lleno de luz donde, en 1879, Joaquín conoció a Clotilde. Ella tenía apenas quince años, pero desde aquel primer encuentro, sus vidas quedaron entrelazadas de un modo inseparable.

Tras casi una década de amor y complicidad, en 1888, Joaquín y Clotilde se casaron, formalizando una relación que ya era profunda y genuina. Poco después, emprendieron juntos un viaje vital y artístico a Italia, donde Sorolla disfrutaba de una beca de estudios. Se establecieron en la tranquila localidad de Asís, un lugar que les ofrecía el sosiego necesario para desarrollar su talento y consolidar su vida en común.

En aquellos días apacibles, Sorolla se entregó por completo a la pintura, mientras Clotilde se dedicaba con devoción a mantener el hogar en un equilibrio sereno. Su misión era clara: cuidar de la estabilidad práctica y emocional de su esposo, permitiéndole concentrarse sin distracciones en su arte. Fue un pacto implícito y generoso, nacido del amor y de la comprensión profunda de la naturaleza del genio creativo.

La serenidad de Clotilde y su incondicional apoyo quedaron reflejados en sus palabras:

“Tú que antes de esposo y padre fuiste pintor, debes preferir pintar a todo lo demás”. Esta frase resume el nivel de entrega y de admiración que sentía por Joaquín, así como su disposición a poner siempre el arte en el centro de su vida compartida.

La Vida en Madrid: El Hogar de los Sorolla_

A finales de 1889, tras su estancia en Italia, Joaquín Sorolla y Clotilde García del Castillo regresaron a España con la esperanza de que Madrid ofreciera mejores oportunidades para la carrera artística de Joaquín. La capital, con su vibrante vida cultural y sus posibilidades de proyección internacional, parecía el lugar ideal para consolidar sus sueños.

La joven pareja se estableció inicialmente en la Plaza del Progreso, hoy conocida como la Plaza de Tirso de Molina. En ese hogar modesto, pero lleno de amor y proyectos compartidos, Clotilde y Joaquín comenzaron a formar su familia. Entre 1890 y 1895 nacieron sus tres hijos: María, Joaquín y Elena, completando así un núcleo familiar que se convertiría en el epicentro de la vida de Sorolla.

Fueron años de crecimiento personal y profesional. Mientras Clotilde se volcaba en la maternidad y en la gestión del hogar, Joaquín empezaba a recoger los frutos de su incansable trabajo. A partir de 1900, los éxitos comenzaron a llegar con frecuencia, tanto en España como en el extranjero. Las exposiciones de Sorolla eran un éxito, y su nombre empezaba a brillar en el firmamento del arte europeo.

Ante esta nueva realidad, Clotilde asumió con naturalidad y generosidad el papel de madre y esposa del afamado pintor. Sin perder nunca su esencia, se dedicó a facilitar la labor de Joaquín, creando a su alrededor un remanso de paz y estabilidad. Fue la guardiana del entorno doméstico, la que cuidaba cada detalle para que su esposo pudiera entregarse sin preocupaciones a su vocación.

En las cartas que intercambiaban se percibe la profunda complicidad que compartían. Joaquín escribió en una ocasión:

"Supones bien, querida Clota mía, al pensar que debo estar muy contento. Verdaderamente lo estoy y mucho, y más cuando, como tú dices bien, no lo esperaba. Te felicito, pues a los dos nos pertenecen por igual tanto las alegrías como las tristezas”.

Estas palabras revelan no solo el cariño y el respeto que sentía por ella, sino también la certeza de que cada logro suyo era, en el fondo, un triunfo compartido. Porque, aunque fuera el nombre de Sorolla el que resonaba en las galerías y en las crónicas, Clotilde siempre fue una parte fundamental de cada pincelada, de cada lienzo, de cada éxito.

Clotilde: “Ministra de HACIENDA”

En 1904, la familia Sorolla se mudó a una elegante casa en la calle Miguel Ángel de Madrid. Con este cambio, Clotilde García del Castillo asumió de manera definitiva un papel fundamental en la vida y carrera de Joaquín Sorolla. Se convirtió no solo en el corazón de su hogar, sino también en la mente organizadora detrás del éxito del pintor.

Clotilde se ocupaba de todo lo relacionado con la administración, tanto en el ámbito doméstico como en el profesional. Sorolla, con su característico afecto y admiración, solía llamarla “mi Ministro de Hacienda”. Y no era para menos: Clotilde llevaba la contabilidad de las numerosas transacciones del artista, organizaba su documentación, gestionaba contratos y pagos, y coordinaba los envíos de materiales a donde quiera que Joaquín estuviera trabajando.

Además de estas labores logísticas, Clotilde actuaba como una discreta pero eficaz gestora de las relaciones públicas de su marido. Se encargaba de la correspondencia, filtrando y respondiendo cartas con una intuición y diplomacia notables. Manejaba con maestría las conexiones con las instituciones y personalidades de la época, desde la realeza hasta los intelectuales más destacados. Entre los nombres que figuran en la agenda de Sorolla, se encuentran figuras tan relevantes como el rey Alfonso XII, Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset, entre otros.

Su habilidad para tratar con personas influyentes y su discreción le permitieron mantener un equilibrio perfecto entre el mundo artístico y el social. Clotilde sabía cómo gestionar visitas, organizar encuentros y, sobre todo, proteger la concentración de Joaquín, de manera que él pudiera dedicarse plenamente a la pintura.

Gracias a su entrega y visión práctica, Clotilde liberó a Sorolla de las preocupaciones cotidianas, creando un entorno propicio para que el artista se entregara de lleno a su verdadera vocación. Su labor, aunque silenciosa, fue esencial para que la carrera de Sorolla alcanzara las cotas de reconocimiento y prestigio que hoy se le atribuyen.

… y comisaria de exposiciones…_

Además de ser el “Ministro de Hacienda” de Joaquín Sorolla, Clotilde García del Castillo demostró ser una auténtica pionera en el mundo de la gestión cultural. Sin tener formación específica, asumió el rol de una auténtica comisaria de exposiciones, organizando cada detalle de las muestras de su marido con una profesionalidad y una dedicación admirables.

Clotilde no solo se encargaba de enumerar y catalogar las obras, sino que también elaboraba las listas de invitados, redactaba las descripciones de las piezas y coordinaba la logística de las exposiciones de Sorolla. Su talento organizativo se manifestó de forma excepcional cuando, prácticamente en solitario, llevó adelante la primera exposición individual de Sorolla en París, una empresa compleja y de gran envergadura para la época.

El talento de Clotilde no se limitó a Europa. En 1909, acompañó a su esposo y a toda la familia a Nueva York para una de las exposiciones más importantes de la carrera de Sorolla. Esta muestra, que se realizó en la Hispanic Society of America, fue promovida por Archer Milton Huntington, un magnate estadounidense y apasionado mecenas del arte español. Clotilde no solo ayudó a coordinar el evento, sino que también desempeñó un papel fundamental en su éxito, facilitando las complejas relaciones internacionales y asegurando que todo funcionara a la perfección.

El propio Huntington, quien se convertiría en un cercano amigo de la familia, reconoció públicamente el impacto de Clotilde en la vida y la carrera de Sorolla. Su elogio hacia ella refleja la profunda admiración que sentía por su labor:

"Mi pobre y querida Clotilde ha tenido que soportar todo el peso de la familia y de convivir con un genio, y su menudo cuerpecillo ha librado casi tantas batallas como el de su eminente marido. Sin ella, seguramente no habría llegado a donde ha llegado.”

Estas palabras son un valioso testimonio de la fuerza, la inteligencia y la capacidad de sacrificio de Clotilde. No solo fue la compañera ideal para un genio artístico, sino que también se destacó como una mujer visionaria y multifacética, cuya contribución silenciosa resultó determinante para que el nombre de Joaquín Sorolla alcanzara la inmortalidad.

Una nueva casa para la familia sorolla_

Mientras Joaquín Sorolla cosechaba éxitos internacionales, en Madrid se levantaba un nuevo hogar para la familia, un proyecto que Clotilde García del Castillo supervisó con la misma dedicación que ponía en cada aspecto de su vida. La casa, situada en el Paseo del Obelisco (hoy calle General Martínez Campos), se convertiría en un remanso de paz y en un fiel reflejo del gusto refinado y la vida culta de los Sorolla.

Clotilde se ocupó personalmente de cada detalle, desde la disposición de los espacios hasta la elección de elementos decorativos y prácticos que aseguraran la armonía del hogar. Su visión logró que la residencia no solo fuera un lugar acogedor para la familia, sino también un entorno propicio para el trabajo de Joaquín. La luz natural que inundaba el estudio del pintor, los jardines diseñados para inspirar y la disposición de las estancias mostraban el talento de Clotilde para combinar funcionalidad y belleza.

La pareja compartía una profunda preocupación por la educación de sus hijos, María, Joaquín y Elena. Desde el principio, Clotilde mostró un marcado interés en que recibieran una formación progresista y moderna, muy influida por los ideales de la Institución Libre de Enseñanza. Esta innovadora institución educativa, que promovía la libertad intelectual y el desarrollo integral del alumno, se encontraba a pocos metros de su nuevo hogar, lo que facilitó que Clotilde pudiera seguir de cerca la formación de sus hijos.

Además de procurarles una educación académica de calidad, Clotilde fomentó en sus hijos el amor por las artes, la naturaleza y el pensamiento crítico. Se aseguró de que crecieran en un entorno donde la curiosidad y la creatividad fueran valores cotidianos, ofreciéndoles la oportunidad de interactuar con algunos de los más destacados intelectuales y artistas de la época que frecuentaban su hogar.

La nueva casa de los Sorolla, más que una residencia, se convirtió en un auténtico hogar y en un centro cultural en miniatura, donde se respiraba un ambiente de creatividad, diálogo y serenidad. Todo esto fue posible gracias a la capacidad de Clotilde para equilibrar sus múltiples responsabilidades con una visión clara y un amor profundo por su familia.

clotilde: Mujer Moderna y Visionaria_

Clotilde García del Castillo fue mucho más que la discreta esposa y madre que la sociedad de finales del siglo XIX y principios del XX solía esperar. Su vida y personalidad reflejaron el espíritu de una mujer moderna, cosmopolita y adelantada a su tiempo. Aunque siempre desempeñó con entrega sus roles familiares, supo también afirmar su identidad y mostrar un carácter independiente y lleno de matices.

Joaquín Sorolla, consciente de la grandeza de su esposa, la retrató incansablemente a lo largo de su carrera. Sus lienzos no solo capturaron su belleza y elegancia, sino también su fuerza interior y su diversidad de facetas. Clotilde aparece en los cuadros de Sorolla leyendo, cosiendo, paseando junto al mar, disfrutando de momentos familiares o vestida de gala para asistir a eventos sociales. Estos retratos, más allá de ser estudios artísticos, son sinceros homenajes a su musa y compañera, un testimonio visual de la admiración y el amor profundo que Joaquín sentía por ella.

El resultado de esta dedicación artística es que Clotilde se convirtió en una de las mujeres más representadas de la historia del arte, su imagen eternizada en cada pincelada, su esencia capturada desde mil perspectivas diferentes. Sin embargo, esa atención constante a la pintura también fue motivo de conflicto interno para Clotilde. A lo largo de su vida, mantuvo con el arte de su marido una relación ambivalente, una especie de amor-odio que quedó reflejado en sus cartas.

En una de estas misivas, Clotilde expresó con sinceridad sus sentimientos:

"Me alegro estés ya bien de tu pequeña molestia y deseo que mi rival no te obligue a hacer imprudencias que pueden ser en contra de tu salud. Realmente es un rival terrible pues no te expondrías por mí lo que por la dichosa pintura te has expuesto, siendo lo más gracioso que no puedo ni debo quejarme sino desear que mientras vivas no pierdas esa ilusión, que es para ti el todo en este mundo.”

Estas palabras revelan la complejidad de su vínculo con la pintura. Para Clotilde, el arte no era solo la pasión de su marido, sino también una “rival” que le robaba tiempo y momentos compartidos. Aun así, aceptó esa realidad con generosidad y una admirable comprensión del impulso creativo de Joaquín. Su amor era lo suficientemente grande como para reconocer que, aunque la pintura la desplazara a veces, también era el motor vital de su esposo.

Clotilde encarnó, así, una dualidad fascinante: la de una mujer que supo ser el sostén de un genio artístico sin renunciar nunca a ser ella misma, manteniendo un equilibrio entre la entrega absoluta y la defensa serena de su propio espacio emocional.

Una comunicación constante_

El legado de Clotilde García del Castillo no se encuentra solo en los lienzos de Joaquín Sorolla, sino también en las más de dos mil cartas que la pareja intercambió a lo largo de su vida. Estas misivas, escritas durante las frecuentes ausencias del pintor, revelan una conexión profunda y auténtica, donde el amor, la admiración y la complicidad se manifiestan en cada palabra.

La correspondencia entre Clotilde y Joaquín no solo permite conocer detalles íntimos de su vida cotidiana, sino que también nos ofrece una ventana a sus personalidades, mostrando a una mujer apasionada, sensible y siempre presente, y a un hombre cuya devoción hacia su esposa iba más allá del mero afecto.

En una de sus cartas, Sorolla expresa la intensidad de su vínculo con Clotilde:

"Está visto que Dios nos unió de verdad, pues no sueño más que estar contigo, y para ti.”

Por su parte, Clotilde respondía con una ternura sin fisuras, reflejando cuánto valoraba cada instante junto a él:

"En casa hasta me molesta que venga gente porque me privan de pasar la vida a tu lado en el estudio.”

Las cartas de Sorolla son una mezcla de amor romántico y gratitud sincera. En una de ellas, deja claro que su felicidad y su inspiración artística estaban indisolublemente unidas a Clotilde:

"La misma pintura no creo que me compensase si tú no me hicieras feliz. Dios en todo me atiende, muchos y apasionados besos. Pintar y amarte, eso es todo. ¿Te parece poco?”

Estas líneas demuestran que, aunque el arte ocupaba un lugar central en la vida de Sorolla, era el amor de Clotilde lo que le daba verdadero sentido a todo. Ella era su musa no solo en el sentido artístico, sino también en lo más íntimo y personal.

Quizá una de las cartas más reveladoras sobre la profundidad del amor de Sorolla sea aquella en la que la sitúa incluso por encima de sus propios hijos:

"Todo mi cariño está reconcentrado en ti y si bien los hijos son los hijos, tú eres para mí más, mucho más que ellos, por muchas razones que no hay para qué citarlas, eres mi carne, mi vida y mi cerebro, llenas todo el vacío de mi vida de hombre.”

Estas palabras, tan sinceras como contundentes, muestran que Clotilde no solo era la compañera de vida de Joaquín, sino también su ancla emocional, la persona que completaba su mundo.

La correspondencia de la pareja, con su mezcla de cotidianidad, anhelos y poesía, nos permite redescubrir a Clotilde en su verdadera dimensión: no solo como la esposa y musa artística de un gran pintor, sino como una mujer cuyo amor y fortaleza hicieron posible que la obra de Sorolla alcanzara la eternidad.

Un jardín agridulce_

El jardín de la casa de Joaquín Sorolla y Clotilde García del Castillo en Madrid era un verdadero refugio de paz. En medio del bullicio de la capital, aquel espacio verde ofrecía un remanso de serenidad, donde la pareja disfrutaba de la vida familiar y de breves pero valiosos momentos de descanso.

Cada rincón del jardín reflejaba el buen gusto y la sensibilidad estética de los Sorolla. Estaba adornado con objetos artísticos y detalles decorativos que ambos habían recolectado durante sus numerosos viajes por el mundo. Azulejos andaluces, fuentes de inspiración árabe, esculturas y cerámicas convivían en armonía con las plantas y las flores, creando un ambiente mágico y acogedor.

Para Joaquín, el jardín no solo era un lugar de esparcimiento, sino también un escenario perfecto para continuar su trabajo. Era habitual verlo allí, pincel en mano, capturando la luz y los colores cambiantes de la naturaleza, acompañado siempre de Clotilde, quien le brindaba su compañía y su apoyo silencioso.

Sin embargo, lo que había sido un lugar de belleza y sosiego se convirtió en el escenario de una profunda tragedia. En junio de 1920, mientras pintaba el retrato de la mujer de Ramón Pérez de Ayala, Sorolla sufrió un derrame cerebral en pleno jardín. El ataque le provocó una hemiplejia que le dejó parcialmente paralizado y le obligó a abandonar su pasión: la pintura.

Para Clotilde, el golpe fue devastador. Aquel jardín, testigo de tantos momentos felices, quedó impregnado de un sentimiento agridulce. Pasó de ser un espacio de inspiración y vida a convertirse en el símbolo del abrupto final de la carrera artística de su marido y del comienzo de una etapa de fragilidad y dolor.

Aun así, Clotilde demostró una vez más su fortaleza. Se dedicó al cuidado de Joaquín con la misma entrega con la que siempre había sostenido su vida y su obra. Su amor y dedicación nunca flaquearon, convirtiendo los últimos años del pintor en un tiempo de dignidad y ternura, a pesar de las dificultades.

El jardín, con su belleza melancólica, se mantuvo como un refugio, pero ahora también como un recordatorio de la vulnerabilidad de la vida y de la grandeza del amor que siempre había unido a Clotilde y Joaquín.

Protectora del Legado de Joaquín Sorolla_

Los últimos años de Clotilde García del Castillo transcurrieron en una profunda discreción, fiel al carácter sereno y reservado que había mostrado durante toda su vida. Viuda desde 1923, Clotilde prácticamente se recluyó en la casa familiar de Madrid, dedicada en cuerpo y alma a proteger y conservar el legado artístico de Joaquín Sorolla.

A pesar de su dolor y de la soledad que la envolvía, Clotilde mantuvo intacto su compromiso con la memoria de su esposo. Su amor por Joaquín no se apagó con su muerte, sino que se transformó en un empeño firme por preservar su obra y por compartirla con las generaciones futuras. Sabía que el talento de Sorolla merecía un lugar perdurable en la historia del arte, y su último acto de generosidad fue el más grande de todos.

Antes de fallecer, Clotilde legó al Estado español la casa familiar y todas las colecciones artísticas que albergaba, con la expresa voluntad de que se creara un museo en honor a Joaquín Sorolla. Este gesto no solo cerró un círculo de amor y respeto incondicional, sino que también aseguró que el talento del pintor valenciano siguiera brillando a través del tiempo.

El 5 de enero de 1929, el mismo día en que cumplía 64 años, Clotilde falleció en su hogar madrileño. Su vida, marcada por la dedicación y la generosidad, encontró un final sereno. Hoy, ella y Joaquín descansan juntos en el Cementerio General de Valencia, sellando en la eternidad el amor que siempre los unió.

Tras la muerte de Clotilde, sus hijos continuaron con su labor, ampliando el legado donado al Estado con más obras de su padre. Gracias a su esfuerzo, el Museo Sorolla pudo abrir sus puertas en 1932, convirtiéndose en un espacio donde no solo se celebra el genio de Joaquín, sino también la memoria de Clotilde, la mujer que hizo posible que su arte trascendiera las paredes del hogar y se ofreciera al mundo.

El Museo Sorolla es hoy un testimonio vivo de la complicidad y el amor entre Joaquín y Clotilde, un lugar donde el visitante puede no solo admirar la obra del pintor, sino también respirar la atmósfera de aquella casa familiar que fue un nido de creatividad, armonía y ternura. Gracias a Clotilde, su legado sigue vivo, recordándonos que detrás de cada gran artista, a menudo hay una gran mujer cuya historia merece ser contada.

El Museo Sorolla: Un Legado de Amor y Arte_

El Museo Sorolla, fruto del generoso legado de Clotilde García del Castillo y de sus hijos, supuso un antes y un después en la historia de los museos en España. Cuando abrió sus puertas en 1932, las casas-museo no eran habituales en el país, lo que convirtió a este espacio en un auténtico pionero y en un modelo a seguir. La casa familiar de los Sorolla, con sus estancias llenas de luz y su encantador jardín, se transformó en un santuario donde se conserva no solo la obra del pintor, sino también el ambiente íntimo y familiar en el que sus cuadros tomaron vida.

Sin la presencia constante y el apoyo incondicional de Clotilde, probablemente habría existido un Joaquín Sorolla destacado, pero no el maestro inmortal que hoy admiramos. Su aportación, aunque discreta y a menudo en la sombra, fue esencial para que el artista pudiera desarrollar todo su potencial. Clotilde no solo se encargó de la logística de su carrera, sino que también creó el entorno de calma y estabilidad del que emergieron muchas de sus mejores obras.

Su grandeza radica en la humildad con la que asumió su papel. En lugar de buscar protagonismo, Clotilde eligió acompañar a Joaquín en su camino, ofreciendo siempre su fortaleza silenciosa. Su aparente fragilidad física contrastaba con una voluntad de hierro, capaz de sostener a toda una familia y de gestionar, con una habilidad casi profesional, la carrera de un artista de renombre internacional.

En una de sus cartas, Clotilde dejó claro su deseo de permanecer en un segundo plano:

"¡Me gustaría tanto que no se acordasen de mí! He nacido yo tan poco para estos jaleos; ser mujer de un gran artista como es mi Joaquín y estar siempre en mi rinconcito metida es muy difícil.”

Estas palabras reflejan no solo su modestia, sino también la dificultad de mantener su identidad y su serenidad en medio del torbellino de la fama. Pese a ello, nunca dejó que su incomodidad ante los focos interfiriera en su misión de proteger y facilitar el trabajo de Sorolla.

Hoy, cada visitante que recorre las salas del Museo Sorolla, cada mirada que se pierde en un cuadro bañado de luz y color, rinde sin saberlo un homenaje también a Clotilde. Su legado no se mide solo en ladrillos, colecciones o jardines, sino en la atmósfera de amor y dedicación que se respira en cada rincón de la casa-museo.

Clotilde García del Castillo fue, sin duda, una mujer extraordinaria. Una figura esencial cuya historia nos recuerda que, a veces, el mayor acto de generosidad es acompañar, con paciencia y amor, a aquellos que iluminan el mundo con su arte.

 


Clotilde García del Castillo y Joaquín Sorolla, en 1923

“No es bastante muchas veces el cariño, para pasarlo bien. Hay que sentir lo mismo, hay que vivir la misma vida para entenderse y pasarlo agradablemente... Menos mal que tú y yo nos entenderemos siempre y nuestro cariño podrá consolarnos de otras penas”

— Clotilde García del Castillo

https://www.revivemadrid.com/artistas/clotilde-garcia-del-castillo

 

La diva discreta

Casa en la que nació Teresa Berganza. Madrid, 2022. ©ReviveMadrid

Teresa Berganza: musa castiza del bel canto

¿Quién no ha experimentado, en algún momento, el poder arrollador de la música? Más que un simple arte, es una manifestación pura de la emoción, capaz de hacernos reír, llorar o estremecernos hasta la médula como pocas otras expresiones en el mundo. La música se graba en nuestra memoria de múltiples formas, pero quizá la huella más profunda la dejan aquellas melodías que llegan a través de la voz humana, especialmente la voz femenina.

En este contexto, España ha desempeñado un papel fundamental en la historia de la ópera durante los últimos dos siglos, enriqueciendo el panorama lírico internacional con algunas de las voces femeninas más extraordinarias que hayan existido. Grandes intérpretes que, como Teresa Berganza, no solo elevaron el ‘bel canto’ a la categoría de fenómeno cultural universal, sino que también contribuyeron a rescatar del olvido numerosas obras maestras que hoy siguen resonando en los teatros más prestigiosos del mundo.

El Bel Canto y el Auge de la Voz Femenina en la Ópera

El ‘bel canto’ nació, floreció y se consolidó en Italia durante los siglos XVI y XVII, erigiéndose como una de las corrientes más célebres y refinadas de la historia operística.

Desde sus inicios, esta escuela estuvo íntimamente ligada a la voz de los castrati, niños italianos sometidos a una drástica intervención para preservar su registro agudo y encaminados, desde edades tempranas, a una carrera musical. La extraordinaria capacidad pulmonar, la agilidad vocal y el virtuosismo técnico de estos cantantes generaban un contraste fascinante: la dulzura infantil se combinaba con la potencia y el vigor de un adulto, dando lugar a un timbre inimitable.

A lo largo del siglo XVIII, los castrati dominaron el arte del canto, con Carlo Broschi, más conocido como Farinelli, como su máxima estrella. Su destreza y magnetismo escénico consolidaron la figura del castrato como el epítome del ‘bel canto’.

No obstante, con el declive de esta tradición, se fue forjando el mito de una técnica vocal inalcanzable, un estilo de interpretación de tal perfección que rara vez ha sido igualado en épocas posteriores. A medida que los castrati desaparecían del panorama musical en el siglo XIX, las mujeres asumieron de manera natural muchos de los roles que estos habían interpretado, enriqueciendo con su timbre y expresividad un repertorio que, hasta entonces, había sido dominio exclusivo de voces irrepetibles.

El ‘bel canto’ en Italia

En Italia, el ‘bel canto’ evolucionó hasta convertirse en una verdadera escuela vocal que alcanzó su apogeo con las obras de Mozart y con las composiciones de grandes maestros italianos como Donizetti, Bellini y las primeras óperas de Verdi.

Sin embargo, fue Gioachino Rossini quien se erigió como el máximo exponente de la ópera italiana dentro de la estética del ‘bel canto’, elevando el virtuosismo vocal a un nivel sin precedentes. Sus composiciones, de una exigencia técnica descomunal, desafiaban a los cantantes con pasajes de extrema dificultad, requiriendo no solo una impecable preparación vocal, sino también un extraordinario dominio físico y escénico.

Tal era la complejidad de su obra que, desde finales del siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX, sus óperas fueron consideradas prácticamente imposibles de interpretar. Solo unas pocas voces privilegiadas lograron estar a la altura de semejante desafío, entre ellas la legendaria soprano madrileña Adelina Patti, la primera gran diva operística del siglo XIX y, en su tiempo, la cantante mejor pagada de la historia.

Con el transcurso de los años, el ‘bel canto’ fue perdiendo protagonismo. La evolución del gusto operístico llevó a los compositores a privilegiar una expresión más declamatoria que virtuosística, favoreciendo un estilo en el que la voz se acercaba más al discurso hablado que al canto ornamentado.

María Callas y la Resurrección del Bel Canto

Sin embargo, el destino del ‘bel canto’ dio un giro inesperado en la década de 1950 con la llegada de María Callas, quien, bajo la tutela de la excepcional soprano turolense Elvira de Hidalgo, emprendió la tarea de rescatar este estilo casi olvidado.

Dueña de un talento vocal inigualable y de una capacidad interpretativa sin precedentes, Callas impulsó la resurrección del ‘bel canto’ eligiendo para su repertorio títulos que, en aquella época, apenas se representaban. Su magistral enfoque otorgó nueva vida a protagonistas que hasta entonces habían sido vistas como figuras poco creíbles o incluso anacrónicas. Roles como Norma (de Vincenzo Bellini), Lucia di Lammermoor (de Gaetano Donizetti) o Rosina en El barbero de Sevilla (de Gioachino Rossini) fueron redescubiertos en toda su grandeza vocal y estilística gracias a su arte.

El camino trazado por María Callas fue seguido por toda una generación de grandes intérpretes, entre ellas una madrileña de espíritu castizo que acabaría consolidándose como una de las voces femeninas más importantes del siglo XX.

Teresa Berganza: La Mezzosoprano que Conquistó el Mundo

Teresa Berganza Vargas vino al mundo el 16 de marzo de 1933 en una modesta casa de la calle San Isidro Labrador, en Madrid.

Los primeros años de su vida estuvieron marcados por las secuelas de la Guerra Civil, que dejó profundas heridas en la capital. Al finalizar la contienda, su padre fue encarcelado por haber apoyado a la República, lo que sumió a la familia en una posguerra difícil y llena de privaciones.

A pesar de las adversidades, Teresa creció rodeada de una sensibilidad especial hacia la música. Pronto descubrió no solo una gran pasión, sino también un don extraordinario: su voz. Movida por una vocación espiritual, a los quince años tomó una decisión sorprendente para su familia: escapó de casa e ingresó en un convento de Alcalá de Henares con la intención de convertirse en monja.

Durante varias semanas, se entregó a la vida de clausura y a la interpretación de música sacra, encontrando en el canto un refugio para su espíritu. Sin embargo, su destino estaba llamado a seguir otro camino. Su padre, consciente del potencial de su hija, la visitó en el convento con una propuesta inesperada: abandonar los hábitos y dedicarse por completo a la música, pero en un escenario muy distinto.

Así, Teresa ingresó en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, donde recibió una formación integral. Estudió piano, armonía, música de cámara, composición, órgano y violonchelo antes de especializarse en canto, el arte que definiría su legado.

Para costear sus estudios, no dudó en poner su talento al servicio del espectáculo, participando en las compañías de Juanito Valderrama y Juanita Reina, e incluso incursionando en el cine junto a Carmen Sevilla. Tras años de esfuerzo incansable, en 1954 obtuvo el codiciado premio de final de carrera, demostrando que aquella joven luchadora se había transformado en una artista perfeccionista y disciplinada.

Formación y debut internacional

Tras culminar su formación en canto, Berganza debutó en 1955 en el Ateneo de Madrid. Sin embargo, como ha ocurrido tantas veces con los grandes talentos españoles, la verdadera consagración no llegaría en su tierra natal. Con apenas veinte años, tuvo que buscar en el extranjero las oportunidades que España le negaba.

El reconocimiento internacional no tardó en llegar. Apenas dos años después, en 1957, deslumbró al mundo con su interpretación de Dorabella en Così fan tutte de Mozart, durante el prestigioso Festival de Aix-en-Provence. Su actuación fue recibida con un entusiasmo arrollador y la crítica no tardó en proclamarla "la mezzosoprano del siglo". Aquel momento marcó el inicio de una carrera meteórica que la llevaría a convertirse en una de las grandes figuras de la ópera a nivel mundial.

Berganza y Callas

En los primeros años de su carrera, Teresa Berganza tuvo el privilegio de compartir escenario con la legendaria María Callas en la Ópera de Dallas, donde ambas participaron en la representación de Medea de Cherubini. Desde entonces, su talento la llevó a trabajar bajo la batuta de algunos de los más grandes directores de orquesta de su tiempo, como Ataúlfo Argenta, Daniel Barenboim, Otto Klemperer, George Solti y Herbert von Karajan.

Con este último vivió un episodio que dejó huella. Durante los ensayos de Las bodas de Fígaro en la Ópera de Viena, en 1959, ambos tuvieron un fuerte desacuerdo. Lejos de intimidarse ante el prestigioso director, Berganza respondió con la franqueza que la caracterizaba:

“Me dijo que mi voz no funcionaba y le contesté, muy educadamente, que el que no funcionaba era él”.
Teresa Berganza


Reconocida en todo el mundo

Los años siguientes consolidaron su estatus como una de las mezzosopranos más aclamadas de su generación. Su carrera avanzó con una sucesión de triunfos y debuts en los escenarios más prestigiosos del mundo. Brilló en el Metropolitan Opera de Nueva York con Las bodas de Fígaro, en la Scala de Milán y el Covent Garden de Londres con El barbero de Sevilla, y en la Ópera de Viena y el Gran Teatre del Liceu de Barcelona con La Cenerentola.

Su frescura tímbrica, la riqueza de matices en su color vocal, su impecable técnica y su dicción cristalina, combinadas con una deslumbrante capacidad expresiva, la convirtieron en una intérprete ideal para los repertorios de Mozart y Rossini. De hecho, era frecuente decir que, de haberla conocido en su tiempo, ambos compositores se habrían disputado su voz para el estreno de sus obras.

Carmen: Una Interpretación Castiza y Revolucionaria

En 1977, Teresa Berganza asumió por primera vez uno de los papeles más emblemáticos de su carrera: Carmen, de Georges Bizet. Hasta entonces, la icónica cigarrera sevillana había sido representada con una marcada esencia francesa. Sin embargo, la mezzosoprano madrileña rompió con esa tradición e imprimió al personaje un carácter nuevo, más auténtico y arraigado en la cultura española. Incorporó gestos y expresiones propias del mundo de la tauromaquia y la comunidad gitana, dotando a Carmen de una identidad más castiza y realista.

Su interpretación marcó un antes y un después. Con un profundo estudio psicológico del personaje, Berganza mostró una Carmen de claroscuros, alejada de los excesos dramáticos habituales. Su protagonista no era solo una mujer apasionada y trágica, sino también una figura de gran fortaleza, espontaneidad y desparpajo, con la frescura y determinación de las cigarreras españolas del siglo XIX.

Como ellas, Teresa Berganza derrochaba simpatía y carisma, pero también tenía un carácter fuerte e indomable. Su temperamento la llevó, en más de una ocasión, a cancelar actuaciones de forma inesperada, lo que le valió el apodo de “Madame Annulation”.

Teresa Berganza y la Zarzuela: Un Legado Inigualable

Teresa Berganza irrumpió en la escena vocal española como una ráfaga de aire fresco, revitalizando el panorama musical con su inconfundible estilo. Su regreso al Teatro de la Zarzuela de Madrid en 1989, tras catorce años de ausencia, fue un acontecimiento histórico que cosechó un éxito arrollador y sin precedentes.

Siempre orgullosa de su raíz castiza, Berganza desempeñó un papel fundamental en la revalorización de la zarzuela en España y en la difusión de la canción española por todo el mundo. A partir de entonces, centró gran parte de su carrera en el repertorio nacional, dando vida a las composiciones de maestros como Toldrá, Granados, Turina, Falla y Antón García Abril. Con su voz y sensibilidad, supo elevar la música española a la categoría de arte universal.

Premios y Reconocimientos: El Honor en España y el Mundo

Aunque el reconocimiento en su tierra tardó en llegar, desde la década de 1990 los homenajes y premios comenzaron a multiplicarse. En 1991, recibió el prestigioso Premio Príncipe de Asturias de las Artes junto a otras grandes voces de la lírica española: Alfredo Kraus, Plácido Domingo, Montserrat Caballé, Victoria de los Ángeles, Pilar Lorengar y José Carreras. Un galardón que celebraba a una generación irrepetible de artistas que conquistó los escenarios más importantes del mundo.

Tres años después, en 1994, hizo historia al convertirse en la primera mujer elegida miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando desde su fundación en 1752, un hito que confirmaba su legado en el ámbito musical. En 1996, fue distinguida con el Premio Nacional de Música, consolidando su estatus como una de las figuras más ilustres de la música española.

Tras una brillante trayectoria de 53 años, en la que su voz resonó en los teatros más prestigiosos y dejó una huella imborrable en más de 200 grabaciones, en 2008 Teresa Berganza tomó una decisión tan inesperada como definitiva: se retiró de los escenarios y dejó de cantar.

Lejos de apartarse por completo de la música, encontró una nueva pasión en la enseñanza. Se incorporó a la Escuela Superior de Música Reina Sofía, donde asumió la cátedra de canto que anteriormente había pertenecido a Alfredo Kraus. Esta etapa fue una de las más gratificantes de su vida, dedicada a escuchar, guiar e inspirar a las nuevas generaciones de cantantes. Con la misma pasión que caracterizó su carrera, se entregó a la formación de jóvenes talentos, advirtiéndoles sobre los riesgos de asumir papeles para los que la voz aún no estaba preparada, una práctica frecuente en la industria discográfica.

Un Adiós que Resuena en la Eternidad

El 13 de mayo de 2022, la voz de Teresa Berganza se apagó para siempre, dejando un vacío imposible de llenar en el mundo de la lírica. Su partida marcó el adiós a una de las artistas más brillantes y queridas de su tiempo, pero su esencia sigue viva en cada melodía que interpretó, en cada grabación que inmortalizó su arte y en cada cantante que halló inspiración en su legado, parte esencial de la historia de la música española.

Desde entonces, personajes como Zerlina, Dorabella, Dulcinea, Dido, Charlotte, Rosina, Cherubino y, sobre todo, Carmen, han quedado mudas y afligidas, privadas de la voz que les dio alma y sentimiento. Teresa Berganza no solo cantó estos roles: los comprendió, los defendió y los reinventó con una profundidad sin precedentes. Cada una de sus interpretaciones fue un acto de amor hacia la música, una entrega absoluta que trascendía la técnica para alcanzar la emoción más pura.

Pero su arte no se ha desvanecido con su ausencia. Sigue vibrando en los corazones de quienes alguna vez la escucharon, en los escenarios que aún resuenan con su eco y en las generaciones de jóvenes cantantes que, gracias a su enseñanza, llevan su huella en cada nota. Su legado no es solo una colección de grabaciones o una lista de ovaciones en los teatros más importantes del mundo; es la inspiración perpetua de quienes creen en la música como un lenguaje del alma.

Teresa Berganza fue, es y será eterna. Porque las grandes voces no desaparecen: se transforman en historia, en memoria y en emoción. Mientras exista alguien dispuesto a sentir la música con la misma pasión con la que ella la vivió, su voz seguirá cantando, suspendida en el tiempo, inmortal.

Teresa Berganza Vargas (Madrid, 1933-San Lorenzo de El Escorial, 2022)

“He tenido una vida llenísima, no solo de éxito, también de la felicidad de poder cantar”

— Teresa Berganza

https://www.revivemadrid.com/artistas/teresa-berganza







  El Compromiso de Caspe Acta de la elección unánime del Compromiso de Caspe.jpg https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Acta_de_la_elecci%C...