HISTORIAS POR CONTAR
MEMORIAS DE MADRID
Mujeres en la memoria de Madrid
La fuerza del cariño
Retrato
de Clotilde García del Castillo. Museo Sorolla. Madrid, 2021
©ReviveMadrid
Clotilde y
Joaquín sorolla: siempre juntos
Se suele decir que detrás de todo gran genio
siempre hay una gran mujer, aunque rara vez se menciona que, en muchos casos,
es ella quien carga con el peso más arduo del proceso creativo. A lo largo de
la historia, innumerables mujeres han permanecido en un discreto segundo plano,
ensombrecidas por la imponente estela de grandes talentos masculinos.
El mundo del arte es, quizá, uno de los escenarios
más elocuentes para ilustrar esta realidad. Los libros de Historia suelen
enfocar su narrativa en las vidas y obras de artistas hombres, dejando en la
penumbra o relegando a breves y casi anecdóticos comentarios el papel esencial
de las mujeres que, aunque no se dedicaran directamente al arte, fueron piezas
clave para el éxito y la trascendencia de aquellos.
El Papel de la Musa en el Arte_
En una época en la que los roles femeninos estaban
restringidos a los de esposa y madre, la discriminación y la falta de
oportunidades relegaron a muchas mujeres a un discreto telón de fondo,
etiquetándolas únicamente como musas artísticas, marchantes o compañeras
de artistas masculinos. Sin embargo, estas mujeres desempeñaron un papel
fundamental, aportando el equilibrio vital y familiar imprescindible en la vida
de cualquier persona, independientemente de su genialidad creativa.
Muchas de estas figuras fueron mujeres
extraordinarias: inteligentes, versátiles, sensibles, generosas e inspiradoras.
Su grandeza radicó no solo en su capacidad para inspirar, sino también en su
disposición para dejar de lado sus propias aspiraciones, entregándose en cuerpo
y alma al apoyo moral y físico de sus compañeros artistas.
Aunque hoy resulta complejo medir con precisión su
impacto en el arte a través de su propia historia, es indudable que dejaron una
huella profunda y perdurable tanto en las vidas como en las obras de aquellos a
quienes acompañaron.
Ejemplos de esta influencia se encuentran en
mujeres como Misia Sert, musa de pintores como Renoir, Toulouse-Lautrec,
Bonnard y Vuillard, así como de poetas como Verlaine y Mallarmé. También
destacan Kiki de Montparnasse y Dora Maar, figuras inspiradoras para artistas
como Man Ray y Pablo Picasso. O Gala, quien no solo fue la musa y esposa de Salvador Dalí, sino también una presencia
constante y decisiva en su vida y en su proceso creativo.
Sin embargo, si hay una mujer que encarna de manera
excepcional el papel de musa artística y apoyo incondicional de un gran
genio artístico, esa es Clotilde García del Castillo, esposa del pintor Joaquín
Sorolla. Juntos formaron un binomio indisoluble y se convirtieron en una de
las parejas más entrañables del Madrid de principios del siglo XX,
demostrando que el amor y la complicidad pueden ser tan inspiradores como el
propio arte.
Clotilde García del Castillo: El Sostén de Joaquín Sorolla_
Hablar de Joaquín Sorolla sin mencionar a Clotilde
sería tan injusto como imposible. Su querida “Clota”, como él la llamaba con
ternura, fue mucho más que una musa artística o una esposa para el pintor
valenciano. Clotilde se convirtió en su modelo, su cómplice, la madre de
sus hijos y, sobre todo, en su inquebrantable sostén. Fue la mecenas incansable
y administradora sagaz que manejó con destreza las finanzas y los aspectos
logísticos de la vida del artista, permitiéndole entregarse plenamente a su
obra. Sin duda, Clotilde fue la piedra angular sobre la que se edificó el genio
creativo de Sorolla.
Clotilde García del
Castillo nació el 5 de
enero de 1865 en Valencia, en el seno de una familia acomodada y cosmopolita.
Era hija de Clotilde del Castillo y de Antonio García Peris, uno de los
fotógrafos más destacados del siglo XIX en España. Su padre no solo fue un
referente en el mundo de la fotografía, sino también una figura
clave en el ambiente artístico valenciano.
En la casa de los García del Castillo, el arte no
era simplemente un oficio, sino una auténtica pasión. Rodeada de creatividad e
inspiración, Clotilde creció en un entorno donde la estética y la sensibilidad
artística eran parte del día a día. Su hermano, Juan Antonio, también siguió
esta vocación y se destacó con el tiempo como un talentoso fotógrafo y
miniaturista.
Desde joven, Clotilde mostró una inteligencia
práctica y un carácter generoso que más tarde serían fundamentales para
sostener el universo de Sorolla. Su figura serena y su temple firme acompañaron
al pintor en cada etapa, desde los años de esfuerzo y lucha hasta el éxito
internacional. Su papel no fue solo el de la compañera que inspira, sino el de
la mujer que construye y mantiene el andamiaje necesario para que un artista
pueda brillar.
un Amor a primera vista_
La historia de amor entre Clotilde García
del Castillo y Joaquín Sorolla comenzó de manera casi predestinada.
Todo inició gracias a Juan Antonio García, hermano de Clotilde, quien conoció a
Joaquín en la Escuela de Bellas Artes de Valencia, donde ambos compartían su
pasión por el arte desde la adolescencia.
Fue Juan Antonio quien presentó a Sorolla a su
padre, Antonio García Peris, un destacado fotógrafo valenciano. Impresionado
por el talento del joven artista, Antonio lo contrató para trabajar en su
estudio, donde se encargaba de colorear fotografías en blanco y negro,
dotándolas de vida y calidez. Fue en ese ambiente creativo y lleno de luz
donde, en 1879, Joaquín conoció a Clotilde. Ella tenía apenas quince años, pero
desde aquel primer encuentro, sus vidas quedaron entrelazadas de un modo
inseparable.
Tras casi una década de amor y complicidad, en
1888, Joaquín y Clotilde se casaron, formalizando una relación que ya era
profunda y genuina. Poco después, emprendieron juntos un viaje vital y
artístico a Italia, donde Sorolla disfrutaba de una beca de estudios. Se
establecieron en la tranquila localidad de Asís, un lugar que les ofrecía el
sosiego necesario para desarrollar su talento y consolidar su vida en común.
En aquellos días apacibles, Sorolla se entregó por
completo a la pintura, mientras Clotilde se dedicaba con devoción a mantener el
hogar en un equilibrio sereno. Su misión era clara: cuidar de la estabilidad
práctica y emocional de su esposo, permitiéndole concentrarse sin distracciones
en su arte. Fue un pacto implícito y generoso, nacido del amor y de la
comprensión profunda de la naturaleza del genio creativo.
La serenidad de Clotilde y su incondicional apoyo
quedaron reflejados en sus palabras:
“Tú que antes de esposo y
padre fuiste pintor, debes preferir pintar a todo lo demás”. Esta frase resume
el nivel de entrega y de admiración que sentía por Joaquín, así como su disposición
a poner siempre el arte en el centro de su vida compartida.
La Vida en Madrid: El Hogar de los Sorolla_
A finales de 1889, tras su estancia en Italia, Joaquín
Sorolla y Clotilde García del Castillo regresaron a España con la
esperanza de que Madrid ofreciera mejores oportunidades para la carrera
artística de Joaquín. La capital, con su vibrante vida cultural y sus
posibilidades de proyección internacional, parecía el lugar ideal para
consolidar sus sueños.
La joven pareja se estableció inicialmente en la
Plaza del Progreso, hoy conocida como la Plaza de Tirso de Molina. En ese hogar modesto, pero
lleno de amor y proyectos compartidos, Clotilde y Joaquín comenzaron a formar
su familia. Entre 1890 y 1895 nacieron sus tres hijos: María, Joaquín y Elena,
completando así un núcleo familiar que se convertiría en el epicentro de la
vida de Sorolla.
Fueron años de crecimiento personal y profesional.
Mientras Clotilde se volcaba en la maternidad y en la gestión del hogar,
Joaquín empezaba a recoger los frutos de su incansable trabajo. A partir de
1900, los éxitos comenzaron a llegar con frecuencia, tanto en España como en el
extranjero. Las exposiciones de Sorolla eran un éxito, y su nombre
empezaba a brillar en el firmamento del arte europeo.
Ante esta nueva realidad, Clotilde asumió con
naturalidad y generosidad el papel de madre y esposa del afamado pintor. Sin
perder nunca su esencia, se dedicó a facilitar la labor de Joaquín, creando a
su alrededor un remanso de paz y estabilidad. Fue la guardiana del entorno
doméstico, la que cuidaba cada detalle para que su esposo pudiera entregarse
sin preocupaciones a su vocación.
En las cartas que intercambiaban se percibe la
profunda complicidad que compartían. Joaquín escribió en una ocasión:
"Supones bien, querida
Clota mía, al pensar que debo estar muy contento. Verdaderamente lo estoy y
mucho, y más cuando, como tú dices bien, no lo esperaba. Te felicito, pues a
los dos nos pertenecen por igual tanto las alegrías como las tristezas”.
Estas palabras revelan no solo el cariño y el
respeto que sentía por ella, sino también la certeza de que cada logro suyo
era, en el fondo, un triunfo compartido. Porque, aunque fuera el nombre de
Sorolla el que resonaba en las galerías y en las crónicas, Clotilde siempre fue
una parte fundamental de cada pincelada, de cada lienzo, de cada éxito.
Clotilde: “Ministra de HACIENDA”
En 1904, la familia Sorolla se mudó a una elegante
casa en la calle Miguel Ángel de Madrid. Con este cambio, Clotilde
García del Castillo asumió de manera definitiva un papel fundamental en la
vida y carrera de Joaquín Sorolla. Se convirtió no solo en el corazón de
su hogar, sino también en la mente organizadora detrás del éxito del pintor.
Clotilde se ocupaba de todo lo relacionado con la
administración, tanto en el ámbito doméstico como en el profesional. Sorolla,
con su característico afecto y admiración, solía llamarla “mi Ministro de
Hacienda”. Y no era para menos: Clotilde llevaba la contabilidad de las
numerosas transacciones del artista, organizaba su documentación, gestionaba
contratos y pagos, y coordinaba los envíos de materiales a donde quiera que
Joaquín estuviera trabajando.
Además de estas labores logísticas, Clotilde
actuaba como una discreta pero eficaz gestora de las relaciones públicas de su
marido. Se encargaba de la correspondencia, filtrando y respondiendo cartas con
una intuición y diplomacia notables. Manejaba con maestría las conexiones con
las instituciones y personalidades de la época, desde la realeza hasta los
intelectuales más destacados. Entre los nombres que figuran en la agenda de
Sorolla, se encuentran figuras tan relevantes como el rey Alfonso XII, Miguel de
Unamuno y José Ortega y Gasset, entre otros.
Su habilidad para tratar con personas influyentes y
su discreción le permitieron mantener un equilibrio perfecto entre el mundo
artístico y el social. Clotilde sabía cómo gestionar visitas, organizar
encuentros y, sobre todo, proteger la concentración de Joaquín, de manera que
él pudiera dedicarse plenamente a la pintura.
Gracias a su entrega y visión práctica, Clotilde
liberó a Sorolla de las preocupaciones cotidianas, creando un entorno propicio
para que el artista se entregara de lleno a su verdadera vocación. Su labor,
aunque silenciosa, fue esencial para que la carrera de Sorolla alcanzara las
cotas de reconocimiento y prestigio que hoy se le atribuyen.
… y comisaria de exposiciones…_
Además de ser el “Ministro de Hacienda” de Joaquín
Sorolla, Clotilde García del Castillo demostró ser una auténtica
pionera en el mundo de la gestión cultural. Sin tener formación específica,
asumió el rol de una auténtica comisaria de exposiciones, organizando cada
detalle de las muestras de su marido con una profesionalidad y una dedicación
admirables.
Clotilde no solo se encargaba de enumerar y
catalogar las obras, sino que también elaboraba las listas de invitados,
redactaba las descripciones de las piezas y coordinaba la logística de las exposiciones
de Sorolla. Su talento organizativo se manifestó de forma excepcional
cuando, prácticamente en solitario, llevó adelante la primera exposición
individual de Sorolla en París, una empresa compleja y de gran envergadura para
la época.
El talento de Clotilde no se limitó a Europa. En
1909, acompañó a su esposo y a toda la familia a Nueva York para una de las
exposiciones más importantes de la carrera de Sorolla. Esta muestra, que se
realizó en la Hispanic Society of America, fue promovida por Archer Milton
Huntington, un magnate estadounidense y apasionado mecenas del arte español.
Clotilde no solo ayudó a coordinar el evento, sino que también desempeñó un
papel fundamental en su éxito, facilitando las complejas relaciones internacionales
y asegurando que todo funcionara a la perfección.
El propio Huntington, quien se convertiría en un
cercano amigo de la familia, reconoció públicamente el impacto de Clotilde en
la vida y la carrera de Sorolla. Su elogio hacia ella refleja la profunda
admiración que sentía por su labor:
"Mi pobre y querida
Clotilde ha tenido que soportar todo el peso de la familia y de convivir con un
genio, y su menudo cuerpecillo ha librado casi tantas batallas como el de su
eminente marido. Sin ella, seguramente no habría llegado a donde ha llegado.”
Estas palabras son un valioso testimonio de la
fuerza, la inteligencia y la capacidad de sacrificio de Clotilde. No solo fue
la compañera ideal para un genio artístico, sino que también se destacó como
una mujer visionaria y multifacética, cuya contribución silenciosa resultó
determinante para que el nombre de Joaquín Sorolla alcanzara la
inmortalidad.
Una nueva casa para la familia sorolla_
Mientras Joaquín Sorolla cosechaba éxitos
internacionales, en Madrid se levantaba un nuevo hogar para la familia,
un proyecto que Clotilde García del Castillo supervisó con la misma
dedicación que ponía en cada aspecto de su vida. La casa, situada en el Paseo
del Obelisco (hoy calle General Martínez Campos), se convertiría en un
remanso de paz y en un fiel reflejo del gusto refinado y la vida culta de los
Sorolla.
Clotilde se ocupó personalmente de cada detalle,
desde la disposición de los espacios hasta la elección de elementos decorativos
y prácticos que aseguraran la armonía del hogar. Su visión logró que la
residencia no solo fuera un lugar acogedor para la familia, sino también un
entorno propicio para el trabajo de Joaquín. La luz natural que inundaba el
estudio del pintor, los jardines diseñados para inspirar y la disposición de
las estancias mostraban el talento de Clotilde para combinar funcionalidad y
belleza.
La pareja compartía una profunda preocupación por
la educación de sus hijos, María, Joaquín y Elena. Desde el principio, Clotilde
mostró un marcado interés en que recibieran una formación progresista y moderna,
muy influida por los ideales de la Institución Libre de Enseñanza. Esta innovadora institución
educativa, que promovía la libertad intelectual y el desarrollo integral del
alumno, se encontraba a pocos metros de su nuevo hogar, lo que facilitó que
Clotilde pudiera seguir de cerca la formación de sus hijos.
Además de procurarles una educación académica de
calidad, Clotilde fomentó en sus hijos el amor por las artes, la naturaleza y
el pensamiento crítico. Se aseguró de que crecieran en un entorno donde la
curiosidad y la creatividad fueran valores cotidianos, ofreciéndoles la
oportunidad de interactuar con algunos de los más destacados intelectuales y artistas
de la época que frecuentaban su hogar.
La nueva casa de los Sorolla, más que una residencia, se
convirtió en un auténtico hogar y en un centro cultural en miniatura, donde se
respiraba un ambiente de creatividad, diálogo y serenidad. Todo esto fue
posible gracias a la capacidad de Clotilde para equilibrar sus múltiples
responsabilidades con una visión clara y un amor profundo por su familia.
clotilde: Mujer Moderna y Visionaria_
Clotilde García del Castillo fue mucho más que la discreta
esposa y madre que la sociedad de finales del siglo XIX y principios del XX
solía esperar. Su vida y personalidad reflejaron el espíritu de una mujer
moderna, cosmopolita y adelantada a su tiempo. Aunque siempre desempeñó con
entrega sus roles familiares, supo también afirmar su identidad y mostrar un
carácter independiente y lleno de matices.
Joaquín Sorolla, consciente de la grandeza de
su esposa, la retrató incansablemente a lo largo de su carrera. Sus lienzos no
solo capturaron su belleza y elegancia, sino también su fuerza interior y su
diversidad de facetas. Clotilde aparece en los cuadros de Sorolla leyendo,
cosiendo, paseando junto al mar, disfrutando de momentos familiares o vestida
de gala para asistir a eventos sociales. Estos retratos, más allá de ser
estudios artísticos, son sinceros homenajes a su musa y compañera, un
testimonio visual de la admiración y el amor profundo que Joaquín sentía por
ella.
El resultado de esta dedicación artística es que
Clotilde se convirtió en una de las mujeres más representadas de la historia
del arte, su imagen eternizada en cada pincelada, su esencia capturada
desde mil perspectivas diferentes. Sin embargo, esa atención constante a la
pintura también fue motivo de conflicto interno para Clotilde. A lo largo de su
vida, mantuvo con el arte de su marido una relación ambivalente, una especie de
amor-odio que quedó reflejado en sus cartas.
En una de estas misivas, Clotilde expresó con
sinceridad sus sentimientos:
"Me alegro estés ya bien
de tu pequeña molestia y deseo que mi rival no te obligue a hacer imprudencias
que pueden ser en contra de tu salud. Realmente es un rival terrible pues no te
expondrías por mí lo que por la dichosa pintura te has expuesto, siendo lo más
gracioso que no puedo ni debo quejarme sino desear que mientras vivas no
pierdas esa ilusión, que es para ti el todo en este mundo.”
Estas palabras revelan la complejidad de su vínculo
con la pintura. Para Clotilde, el arte no era solo la pasión de su marido, sino
también una “rival” que le robaba tiempo y momentos compartidos. Aun así,
aceptó esa realidad con generosidad y una admirable comprensión del impulso
creativo de Joaquín. Su amor era lo suficientemente grande como para reconocer
que, aunque la pintura la desplazara a veces, también era el motor vital de su
esposo.
Clotilde encarnó, así, una dualidad fascinante: la
de una mujer que supo ser el sostén de un genio artístico sin renunciar nunca a
ser ella misma, manteniendo un equilibrio entre la entrega absoluta y la
defensa serena de su propio espacio emocional.
Una comunicación constante_
El legado de Clotilde García del Castillo no
se encuentra solo en los lienzos de Joaquín Sorolla, sino también en las
más de dos mil cartas que la pareja intercambió a lo largo de su vida. Estas
misivas, escritas durante las frecuentes ausencias del pintor, revelan una
conexión profunda y auténtica, donde el amor, la admiración y la complicidad se
manifiestan en cada palabra.
La correspondencia entre Clotilde y Joaquín no solo
permite conocer detalles íntimos de su vida cotidiana, sino que también nos
ofrece una ventana a sus personalidades, mostrando a una mujer apasionada,
sensible y siempre presente, y a un hombre cuya devoción hacia su esposa iba
más allá del mero afecto.
En una de sus cartas, Sorolla expresa la intensidad
de su vínculo con Clotilde:
"Está visto que Dios nos
unió de verdad, pues no sueño más que estar contigo, y para ti.”
Por su parte, Clotilde respondía con una ternura
sin fisuras, reflejando cuánto valoraba cada instante junto a él:
"En casa hasta me molesta
que venga gente porque me privan de pasar la vida a tu lado en el estudio.”
Las cartas de Sorolla son una mezcla de amor
romántico y gratitud sincera. En una de ellas, deja claro que su felicidad y su
inspiración artística estaban indisolublemente unidas a Clotilde:
"La misma pintura no creo
que me compensase si tú no me hicieras feliz. Dios en todo me atiende, muchos y
apasionados besos. Pintar y amarte, eso es todo. ¿Te parece poco?”
Estas líneas demuestran que, aunque el arte ocupaba
un lugar central en la vida de Sorolla, era el amor de Clotilde lo que le daba
verdadero sentido a todo. Ella era su musa no solo en el sentido artístico,
sino también en lo más íntimo y personal.
Quizá una de las cartas más reveladoras sobre la
profundidad del amor de Sorolla sea aquella en la que la sitúa incluso por
encima de sus propios hijos:
"Todo mi cariño está
reconcentrado en ti y si bien los hijos son los hijos, tú eres para mí más,
mucho más que ellos, por muchas razones que no hay para qué citarlas, eres mi
carne, mi vida y mi cerebro, llenas todo el vacío de mi vida de hombre.”
Estas palabras, tan sinceras como contundentes,
muestran que Clotilde no solo era la compañera de vida de Joaquín, sino también
su ancla emocional, la persona que completaba su mundo.
La correspondencia de la pareja, con su mezcla de
cotidianidad, anhelos y poesía, nos permite redescubrir a Clotilde en su
verdadera dimensión: no solo como la esposa y musa artística de un gran
pintor, sino como una mujer cuyo amor y fortaleza hicieron posible que la obra
de Sorolla alcanzara la eternidad.
Un jardín agridulce_
El jardín de la casa de Joaquín Sorolla y Clotilde
García del Castillo en Madrid era un verdadero refugio de paz. En
medio del bullicio de la capital, aquel espacio verde ofrecía un remanso de
serenidad, donde la pareja disfrutaba de la vida familiar y de breves pero
valiosos momentos de descanso.
Cada rincón del jardín reflejaba el buen gusto y la
sensibilidad estética de los Sorolla. Estaba adornado con objetos artísticos y
detalles decorativos que ambos habían recolectado durante sus numerosos viajes
por el mundo. Azulejos andaluces, fuentes de inspiración árabe, esculturas y
cerámicas convivían en armonía con las plantas y las flores, creando un
ambiente mágico y acogedor.
Para Joaquín, el jardín no solo era un lugar de
esparcimiento, sino también un escenario perfecto para continuar su trabajo.
Era habitual verlo allí, pincel en mano, capturando la luz y los colores
cambiantes de la naturaleza, acompañado siempre de Clotilde, quien le brindaba
su compañía y su apoyo silencioso.
Sin embargo, lo que había sido un lugar de belleza
y sosiego se convirtió en el escenario de una profunda tragedia. En junio de
1920, mientras pintaba el retrato de la mujer de Ramón Pérez de Ayala, Sorolla
sufrió un derrame cerebral en pleno jardín. El ataque le provocó una hemiplejia que le dejó parcialmente paralizado y le obligó a
abandonar su pasión: la pintura.
Para Clotilde, el golpe fue devastador. Aquel
jardín, testigo de tantos momentos felices, quedó impregnado de un sentimiento
agridulce. Pasó de ser un espacio de inspiración y vida a convertirse en el
símbolo del abrupto final de la carrera artística de su marido y del comienzo
de una etapa de fragilidad y dolor.
Aun así, Clotilde demostró una vez más su
fortaleza. Se dedicó al cuidado de Joaquín con la misma entrega con la que
siempre había sostenido su vida y su obra. Su amor y dedicación nunca
flaquearon, convirtiendo los últimos años del pintor en un tiempo de dignidad y
ternura, a pesar de las dificultades.
El jardín, con su belleza melancólica, se mantuvo
como un refugio, pero ahora también como un recordatorio de la vulnerabilidad
de la vida y de la grandeza del amor que siempre había unido a Clotilde y
Joaquín.
Protectora del Legado de Joaquín Sorolla_
Los últimos años de Clotilde García del Castillo
transcurrieron en una profunda discreción, fiel al carácter sereno y reservado
que había mostrado durante toda su vida. Viuda desde 1923, Clotilde
prácticamente se recluyó en la casa familiar de Madrid, dedicada en
cuerpo y alma a proteger y conservar el legado artístico de Joaquín Sorolla.
A pesar de su dolor y de la soledad que la
envolvía, Clotilde mantuvo intacto su compromiso con la memoria de su esposo.
Su amor por Joaquín no se apagó con su muerte, sino que se transformó en un
empeño firme por preservar su obra y por compartirla con las generaciones
futuras. Sabía que el talento de Sorolla merecía un lugar perdurable en la historia
del arte, y su último acto de generosidad fue el más grande de todos.
Antes de fallecer, Clotilde legó al Estado español
la casa familiar y todas las colecciones artísticas que albergaba, con la
expresa voluntad de que se creara un museo en honor a Joaquín Sorolla.
Este gesto no solo cerró un círculo de amor y respeto incondicional, sino que
también aseguró que el talento del pintor valenciano siguiera brillando
a través del tiempo.
El 5 de enero de 1929, el mismo día en que cumplía
64 años, Clotilde falleció en su hogar madrileño. Su vida, marcada por la
dedicación y la generosidad, encontró un final sereno. Hoy, ella y Joaquín
descansan juntos en el Cementerio General de Valencia, sellando en la eternidad
el amor que siempre los unió.
Tras la muerte de Clotilde, sus hijos continuaron
con su labor, ampliando el legado donado al Estado con más obras de su padre.
Gracias a su esfuerzo, el Museo Sorolla pudo abrir sus puertas en 1932,
convirtiéndose en un espacio donde no solo se celebra el genio de Joaquín, sino
también la memoria de Clotilde, la mujer que hizo posible que su arte
trascendiera las paredes del hogar y se ofreciera al mundo.
El Museo Sorolla es hoy un testimonio vivo de
la complicidad y el amor entre Joaquín y Clotilde, un lugar donde el visitante
puede no solo admirar la obra del pintor, sino también respirar la atmósfera de
aquella casa familiar que fue un nido de creatividad, armonía y ternura.
Gracias a Clotilde, su legado sigue vivo, recordándonos que detrás de cada gran
artista, a menudo hay una gran mujer cuya historia merece ser contada.
El Museo Sorolla: Un Legado de Amor y Arte_
El Museo Sorolla, fruto del generoso legado
de Clotilde García del Castillo y de sus hijos, supuso un antes y un
después en la historia de los museos en España. Cuando abrió sus puertas en
1932, las casas-museo no eran habituales en el país, lo que convirtió a este
espacio en un auténtico pionero y en un modelo a seguir. La casa familiar de
los Sorolla, con sus estancias llenas de luz y su encantador jardín, se
transformó en un santuario donde se conserva no solo la obra del pintor, sino
también el ambiente íntimo y familiar en el que sus cuadros tomaron vida.
Sin la presencia constante y el apoyo incondicional
de Clotilde, probablemente habría existido un Joaquín Sorolla destacado,
pero no el maestro inmortal que hoy admiramos. Su aportación, aunque discreta y
a menudo en la sombra, fue esencial para que el artista pudiera desarrollar
todo su potencial. Clotilde no solo se encargó de la logística de su carrera,
sino que también creó el entorno de calma y estabilidad del que emergieron
muchas de sus mejores obras.
Su grandeza radica en la humildad con la que asumió
su papel. En lugar de buscar protagonismo, Clotilde eligió acompañar a Joaquín
en su camino, ofreciendo siempre su fortaleza silenciosa. Su aparente
fragilidad física contrastaba con una voluntad de hierro, capaz de sostener a
toda una familia y de gestionar, con una habilidad casi profesional, la carrera
de un artista de renombre internacional.
En una de sus cartas, Clotilde dejó claro su deseo
de permanecer en un segundo plano:
"¡Me gustaría tanto que
no se acordasen de mí! He nacido yo tan poco para estos jaleos; ser mujer de un
gran artista como es mi Joaquín y estar siempre en mi rinconcito metida es muy
difícil.”
Estas palabras reflejan no solo su modestia, sino
también la dificultad de mantener su identidad y su serenidad en medio del
torbellino de la fama. Pese a ello, nunca dejó que su incomodidad ante los
focos interfiriera en su misión de proteger y facilitar el trabajo de Sorolla.
Hoy, cada visitante que recorre las salas del Museo
Sorolla, cada mirada que se pierde en un cuadro bañado de luz y color,
rinde sin saberlo un homenaje también a Clotilde. Su legado no se mide solo en
ladrillos, colecciones o jardines, sino en la atmósfera de amor y dedicación
que se respira en cada rincón de la casa-museo.
Clotilde García del Castillo fue, sin duda, una mujer
extraordinaria. Una figura esencial cuya historia nos recuerda que, a veces, el
mayor acto de generosidad es acompañar, con paciencia y amor, a aquellos que
iluminan el mundo con su arte.
Clotilde García
del Castillo y Joaquín Sorolla, en 1923
“No
es bastante muchas veces el cariño, para pasarlo bien. Hay que sentir lo mismo,
hay que vivir la misma vida para entenderse y pasarlo agradablemente... Menos
mal que tú y yo nos entenderemos siempre y nuestro cariño podrá consolarnos de
otras penas”
—
Clotilde García del Castillo
https://www.revivemadrid.com/artistas/clotilde-garcia-del-castillo
La diva discreta
Casa en la que nació Teresa Berganza. Madrid, 2022.
©ReviveMadrid
Teresa
Berganza: musa castiza del bel canto
¿Quién
no ha experimentado, en algún momento, el poder arrollador de la música? Más
que un simple arte, es una manifestación pura de la emoción, capaz de hacernos
reír, llorar o estremecernos hasta la médula como pocas otras expresiones en el
mundo. La música se graba en nuestra memoria de múltiples formas, pero quizá la
huella más profunda la dejan aquellas melodías que llegan a través de la voz
humana, especialmente la voz femenina.
En este contexto, España ha desempeñado un papel
fundamental en la historia de la ópera durante los últimos dos siglos,
enriqueciendo el panorama lírico internacional con algunas de las voces
femeninas más extraordinarias que hayan existido. Grandes intérpretes que, como
Teresa Berganza, no solo elevaron el ‘bel canto’ a la categoría
de fenómeno cultural universal, sino que también contribuyeron a rescatar del
olvido numerosas obras maestras que hoy siguen resonando en los teatros más
prestigiosos del mundo.
El Bel Canto y el Auge de la Voz Femenina en la Ópera
El ‘bel canto’ nació, floreció y se
consolidó en Italia durante los siglos XVI y XVII, erigiéndose como una de las
corrientes más célebres y refinadas de la historia operística.
Desde sus inicios, esta escuela estuvo íntimamente
ligada a la voz de los castrati, niños italianos sometidos a una
drástica intervención para preservar su registro agudo y encaminados, desde
edades tempranas, a una carrera musical. La extraordinaria capacidad pulmonar,
la agilidad vocal y el virtuosismo técnico de estos cantantes generaban un
contraste fascinante: la dulzura infantil se combinaba con la potencia y el
vigor de un adulto, dando lugar a un timbre inimitable.
A lo largo del siglo XVIII, los castrati dominaron
el arte del canto, con Carlo Broschi, más conocido como Farinelli, como su máxima estrella. Su destreza y magnetismo
escénico consolidaron la figura del castrato como el epítome del ‘bel canto’.
No obstante, con el declive de esta tradición, se
fue forjando el mito de una técnica vocal inalcanzable, un estilo de
interpretación de tal perfección que rara vez ha sido igualado en épocas
posteriores. A medida que los castrati desaparecían del panorama musical en el siglo XIX, las mujeres asumieron de
manera natural muchos de los roles que estos habían interpretado, enriqueciendo
con su timbre y expresividad un repertorio que, hasta entonces, había sido
dominio exclusivo de voces irrepetibles.
El ‘bel canto’ en Italia
En Italia, el ‘bel canto’ evolucionó hasta
convertirse en una verdadera escuela vocal que alcanzó su apogeo con las obras
de Mozart y con las composiciones de grandes maestros italianos como
Donizetti, Bellini y las primeras óperas de Verdi.
Sin embargo, fue Gioachino Rossini quien se erigió como el
máximo exponente de la ópera italiana dentro de la estética del ‘bel
canto’, elevando el virtuosismo vocal a un nivel sin precedentes. Sus
composiciones, de una exigencia técnica descomunal, desafiaban a los cantantes
con pasajes de extrema dificultad, requiriendo no solo una impecable
preparación vocal, sino también un extraordinario dominio físico y escénico.
Tal era la complejidad de su obra que, desde
finales del siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX, sus óperas
fueron consideradas prácticamente imposibles de interpretar. Solo unas pocas
voces privilegiadas lograron estar a la altura de semejante desafío, entre
ellas la legendaria soprano madrileña Adelina Patti, la primera gran diva
operística del siglo XIX y, en su tiempo, la cantante mejor pagada de la
historia.
Con el transcurso de los años, el ‘bel canto’
fue perdiendo protagonismo. La evolución del gusto operístico llevó a los
compositores a privilegiar una expresión más declamatoria que virtuosística,
favoreciendo un estilo en el que la voz se acercaba más al discurso hablado que
al canto ornamentado.
María Callas y la Resurrección del Bel Canto
Sin embargo, el destino del ‘bel canto’ dio
un giro inesperado en la década de 1950 con la llegada de María Callas,
quien, bajo la tutela de la excepcional soprano turolense Elvira de Hidalgo,
emprendió la tarea de rescatar este estilo casi olvidado.
Dueña de un talento vocal inigualable y de una capacidad
interpretativa sin precedentes, Callas impulsó la resurrección del ‘bel
canto’ eligiendo para su repertorio títulos que, en aquella época, apenas
se representaban. Su magistral enfoque otorgó nueva vida a protagonistas que
hasta entonces habían sido vistas como figuras poco creíbles o incluso
anacrónicas. Roles como Norma (de Vincenzo Bellini), Lucia di
Lammermoor (de Gaetano Donizetti) o Rosina en El barbero de
Sevilla (de Gioachino Rossini) fueron redescubiertos en toda su
grandeza vocal y estilística gracias a su arte.
El camino trazado por María Callas fue
seguido por toda una generación de grandes intérpretes, entre ellas una
madrileña de espíritu castizo que acabaría consolidándose como una de las voces
femeninas más importantes del siglo XX.
Teresa Berganza: La Mezzosoprano que Conquistó el Mundo
Teresa Berganza Vargas vino al mundo el 16 de marzo
de 1933 en una modesta casa de la calle San Isidro Labrador, en Madrid.
Los primeros años de su vida estuvieron marcados
por las secuelas de la Guerra Civil, que dejó profundas heridas en la capital.
Al finalizar la contienda, su padre fue encarcelado por haber apoyado a la
República, lo que sumió a la familia en una posguerra difícil y llena de
privaciones.
A pesar de las adversidades, Teresa creció rodeada
de una sensibilidad especial hacia la música. Pronto descubrió no solo una gran
pasión, sino también un don extraordinario: su voz. Movida por una vocación
espiritual, a los quince años tomó una decisión sorprendente para su familia:
escapó de casa e ingresó en un convento de Alcalá de Henares con la intención
de convertirse en monja.
Durante varias semanas, se entregó a la vida de
clausura y a la interpretación de música sacra, encontrando en el canto un
refugio para su espíritu. Sin embargo, su destino estaba llamado a seguir otro
camino. Su padre, consciente del potencial de su hija, la visitó en el convento
con una propuesta inesperada: abandonar los hábitos y dedicarse por completo a
la música, pero en un escenario muy distinto.
Así, Teresa ingresó en el Real Conservatorio Superior de Música de
Madrid, donde recibió
una formación integral. Estudió piano, armonía, música de cámara, composición,
órgano y violonchelo antes de especializarse en canto, el arte que definiría su
legado.
Para costear sus estudios, no dudó en poner su
talento al servicio del espectáculo, participando en las compañías de Juanito
Valderrama y Juanita Reina, e incluso incursionando en el cine junto a Carmen
Sevilla. Tras años de esfuerzo incansable, en 1954 obtuvo el codiciado premio
de final de carrera, demostrando que aquella joven luchadora se había
transformado en una artista perfeccionista y disciplinada.
Formación y debut internacional
Tras culminar su formación en canto, Berganza
debutó en 1955 en el Ateneo de Madrid. Sin embargo, como ha ocurrido
tantas veces con los grandes talentos españoles, la verdadera consagración no
llegaría en su tierra natal. Con apenas veinte años, tuvo que buscar en el
extranjero las oportunidades que España le negaba.
El reconocimiento internacional no tardó en llegar.
Apenas dos años después, en 1957, deslumbró al mundo con su interpretación de
Dorabella en Così fan tutte de Mozart, durante el prestigioso Festival
de Aix-en-Provence. Su actuación fue recibida con un entusiasmo arrollador
y la crítica no tardó en proclamarla "la mezzosoprano del
siglo". Aquel momento marcó el inicio de una carrera meteórica que la
llevaría a convertirse en una de las grandes figuras de la ópera a nivel
mundial.
Berganza y Callas
En los primeros años de su carrera, Teresa
Berganza tuvo el privilegio de compartir escenario con la legendaria María
Callas en la Ópera de Dallas, donde ambas participaron en la representación
de Medea de Cherubini. Desde entonces, su talento la llevó a trabajar
bajo la batuta de algunos de los más grandes directores de orquesta de su
tiempo, como Ataúlfo Argenta, Daniel Barenboim, Otto Klemperer, George Solti y
Herbert von Karajan.
Con este último vivió un episodio que dejó huella.
Durante los ensayos de Las bodas de Fígaro en la Ópera de Viena, en
1959, ambos tuvieron un fuerte desacuerdo. Lejos de intimidarse ante el prestigioso
director, Berganza respondió con la franqueza que la caracterizaba:
“Me dijo que mi voz no
funcionaba y le contesté, muy educadamente, que el que no funcionaba era él”.
Teresa Berganza
Reconocida en todo el mundo
Los años siguientes consolidaron su estatus como
una de las mezzosopranos más aclamadas de su generación. Su carrera
avanzó con una sucesión de triunfos y debuts en los escenarios más prestigiosos
del mundo. Brilló en el Metropolitan Opera de Nueva York con Las
bodas de Fígaro, en la Scala de Milán y el Covent Garden de Londres con El
barbero de Sevilla, y en la Ópera de Viena y el Gran Teatre del Liceu
de Barcelona con La Cenerentola.
Su frescura tímbrica, la riqueza de matices en su
color vocal, su impecable técnica y su dicción cristalina, combinadas con una
deslumbrante capacidad expresiva, la convirtieron en una intérprete ideal para
los repertorios de Mozart y Rossini. De hecho, era frecuente
decir que, de haberla conocido en su tiempo, ambos compositores se habrían
disputado su voz para el estreno de sus obras.
Carmen: Una Interpretación Castiza y Revolucionaria
En 1977, Teresa Berganza asumió por primera
vez uno de los papeles más emblemáticos de su carrera: Carmen, de
Georges Bizet. Hasta entonces, la icónica cigarrera sevillana había sido
representada con una marcada esencia francesa. Sin embargo, la mezzosoprano
madrileña rompió con esa tradición e imprimió al personaje un carácter
nuevo, más auténtico y arraigado en la cultura española. Incorporó gestos y
expresiones propias del mundo de la tauromaquia y la comunidad gitana, dotando
a Carmen de una identidad más castiza y realista.
Su interpretación marcó un antes y un después. Con
un profundo estudio psicológico del personaje, Berganza mostró una Carmen
de claroscuros, alejada de los excesos dramáticos habituales. Su protagonista
no era solo una mujer apasionada y trágica, sino también una figura de gran
fortaleza, espontaneidad y desparpajo, con la frescura y determinación de las
cigarreras españolas del siglo XIX.
Como ellas, Teresa Berganza derrochaba
simpatía y carisma, pero también tenía un carácter fuerte e indomable. Su
temperamento la llevó, en más de una ocasión, a cancelar actuaciones de forma
inesperada, lo que le valió el apodo de “Madame Annulation”.
Teresa Berganza y la Zarzuela: Un Legado Inigualable
Teresa Berganza irrumpió en la escena vocal
española como una ráfaga de aire fresco, revitalizando el panorama musical con
su inconfundible estilo. Su regreso al Teatro de la Zarzuela de Madrid en 1989,
tras catorce años de ausencia, fue un acontecimiento histórico que cosechó un
éxito arrollador y sin precedentes.
Siempre orgullosa de su raíz castiza, Berganza
desempeñó un papel fundamental en la revalorización de la zarzuela en
España y en la difusión de la canción española por todo el mundo. A partir de
entonces, centró gran parte de su carrera en el repertorio nacional, dando vida
a las composiciones de maestros como Toldrá, Granados, Turina, Falla y Antón
García Abril. Con su voz y sensibilidad, supo elevar la música española a la
categoría de arte universal.
Premios y Reconocimientos: El Honor en España y el Mundo
Aunque el reconocimiento en su tierra tardó en
llegar, desde la década de 1990 los homenajes y premios comenzaron a
multiplicarse. En 1991, recibió el prestigioso Premio Príncipe de Asturias
de las Artes junto a otras grandes voces de la lírica española:
Alfredo Kraus, Plácido Domingo, Montserrat Caballé, Victoria de los Ángeles,
Pilar Lorengar y José Carreras. Un galardón que celebraba a una generación
irrepetible de artistas que conquistó los escenarios más importantes del mundo.
Tres años después, en 1994, hizo historia al
convertirse en la primera mujer elegida miembro de la Real Academia de Bellas
Artes de San Fernando desde su fundación en 1752, un hito que confirmaba su
legado en el ámbito musical. En 1996, fue distinguida con el Premio Nacional
de Música, consolidando su estatus como una de las figuras más ilustres de
la música española.
Tras una brillante trayectoria de 53 años, en la
que su voz resonó en los teatros más prestigiosos y dejó una huella imborrable
en más de 200 grabaciones, en 2008 Teresa Berganza tomó una decisión tan
inesperada como definitiva: se retiró de los escenarios y dejó de cantar.
Lejos de apartarse por completo de la música,
encontró una nueva pasión en la enseñanza. Se incorporó a la Escuela
Superior de Música Reina Sofía, donde asumió la cátedra de canto que
anteriormente había pertenecido a Alfredo Kraus. Esta etapa fue una de las más
gratificantes de su vida, dedicada a escuchar, guiar e inspirar a las nuevas
generaciones de cantantes. Con la misma pasión que caracterizó su carrera, se
entregó a la formación de jóvenes talentos, advirtiéndoles sobre los riesgos de
asumir papeles para los que la voz aún no estaba preparada, una práctica
frecuente en la industria discográfica.
Un Adiós que Resuena en la Eternidad
El 13 de mayo de 2022, la voz de Teresa Berganza
se apagó para siempre, dejando un vacío imposible de llenar en el mundo de la
lírica. Su partida marcó el adiós a una de las artistas más brillantes y
queridas de su tiempo, pero su esencia sigue viva en cada melodía que
interpretó, en cada grabación que inmortalizó su arte y en cada cantante que
halló inspiración en su legado, parte esencial de la historia de la música
española.
Desde entonces, personajes como Zerlina, Dorabella,
Dulcinea, Dido, Charlotte, Rosina, Cherubino y, sobre todo, Carmen,
han quedado mudas y afligidas, privadas de la voz que les dio alma y
sentimiento. Teresa Berganza no solo cantó estos roles: los comprendió,
los defendió y los reinventó con una profundidad sin precedentes. Cada una de
sus interpretaciones fue un acto de amor hacia la música, una entrega absoluta
que trascendía la técnica para alcanzar la emoción más pura.
Pero su arte no se ha desvanecido con su ausencia.
Sigue vibrando en los corazones de quienes alguna vez la escucharon, en los
escenarios que aún resuenan con su eco y en las generaciones de jóvenes
cantantes que, gracias a su enseñanza, llevan su huella en cada nota. Su legado
no es solo una colección de grabaciones o una lista de ovaciones en los teatros
más importantes del mundo; es la inspiración perpetua de quienes creen en la
música como un lenguaje del alma.
Teresa Berganza fue, es y será eterna. Porque
las grandes voces no desaparecen: se transforman en historia, en memoria y en
emoción. Mientras exista alguien dispuesto a sentir la música con la misma
pasión con la que ella la vivió, su voz seguirá cantando, suspendida en el
tiempo, inmortal.
Teresa Berganza
Vargas (Madrid, 1933-San Lorenzo de El Escorial, 2022)
“He tenido una
vida llenísima, no solo de éxito, también de la felicidad de poder cantar”
— Teresa Berganza




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