martes, 30 de diciembre de 2025

 

HISTORIAS POR CONTAR

MEMORIAS DE MADRID

Mujeres en la memoria de Madrid

La fuerza del cariño



Retrato  de Clotilde García del Castillo. Museo Sorolla. Madrid, 2021 ©ReviveMadrid

Clotilde y Joaquín sorolla: siempre juntos

Se suele decir que detrás de todo gran genio siempre hay una gran mujer, aunque rara vez se menciona que, en muchos casos, es ella quien carga con el peso más arduo del proceso creativo. A lo largo de la historia, innumerables mujeres han permanecido en un discreto segundo plano, ensombrecidas por la imponente estela de grandes talentos masculinos.

El mundo del arte es, quizá, uno de los escenarios más elocuentes para ilustrar esta realidad. Los libros de Historia suelen enfocar su narrativa en las vidas y obras de artistas hombres, dejando en la penumbra o relegando a breves y casi anecdóticos comentarios el papel esencial de las mujeres que, aunque no se dedicaran directamente al arte, fueron piezas clave para el éxito y la trascendencia de aquellos.

El Papel de la Musa en el Arte_

En una época en la que los roles femeninos estaban restringidos a los de esposa y madre, la discriminación y la falta de oportunidades relegaron a muchas mujeres a un discreto telón de fondo, etiquetándolas únicamente como musas artísticas, marchantes o compañeras de artistas masculinos. Sin embargo, estas mujeres desempeñaron un papel fundamental, aportando el equilibrio vital y familiar imprescindible en la vida de cualquier persona, independientemente de su genialidad creativa.

Muchas de estas figuras fueron mujeres extraordinarias: inteligentes, versátiles, sensibles, generosas e inspiradoras. Su grandeza radicó no solo en su capacidad para inspirar, sino también en su disposición para dejar de lado sus propias aspiraciones, entregándose en cuerpo y alma al apoyo moral y físico de sus compañeros artistas.

Aunque hoy resulta complejo medir con precisión su impacto en el arte a través de su propia historia, es indudable que dejaron una huella profunda y perdurable tanto en las vidas como en las obras de aquellos a quienes acompañaron.

Ejemplos de esta influencia se encuentran en mujeres como Misia Sert, musa de pintores como Renoir, Toulouse-Lautrec, Bonnard y Vuillard, así como de poetas como Verlaine y Mallarmé. También destacan Kiki de Montparnasse y Dora Maar, figuras inspiradoras para artistas como Man Ray y Pablo Picasso. O Gala, quien no solo fue la musa y esposa de Salvador Dalí, sino también una presencia constante y decisiva en su vida y en su proceso creativo.

Sin embargo, si hay una mujer que encarna de manera excepcional el papel de musa artística y apoyo incondicional de un gran genio artístico, esa es Clotilde García del Castillo, esposa del pintor Joaquín Sorolla. Juntos formaron un binomio indisoluble y se convirtieron en una de las parejas más entrañables del Madrid de principios del siglo XX, demostrando que el amor y la complicidad pueden ser tan inspiradores como el propio arte.

Clotilde García del Castillo: El Sostén de Joaquín Sorolla_

Hablar de Joaquín Sorolla sin mencionar a Clotilde sería tan injusto como imposible. Su querida “Clota”, como él la llamaba con ternura, fue mucho más que una musa artística o una esposa para el pintor valenciano. Clotilde se convirtió en su modelo, su cómplice, la madre de sus hijos y, sobre todo, en su inquebrantable sostén. Fue la mecenas incansable y administradora sagaz que manejó con destreza las finanzas y los aspectos logísticos de la vida del artista, permitiéndole entregarse plenamente a su obra. Sin duda, Clotilde fue la piedra angular sobre la que se edificó el genio creativo de Sorolla.

Clotilde García del Castillo nació el 5 de enero de 1865 en Valencia, en el seno de una familia acomodada y cosmopolita. Era hija de Clotilde del Castillo y de Antonio García Peris, uno de los fotógrafos más destacados del siglo XIX en España. Su padre no solo fue un referente en el mundo de la fotografía, sino también una figura clave en el ambiente artístico valenciano.

En la casa de los García del Castillo, el arte no era simplemente un oficio, sino una auténtica pasión. Rodeada de creatividad e inspiración, Clotilde creció en un entorno donde la estética y la sensibilidad artística eran parte del día a día. Su hermano, Juan Antonio, también siguió esta vocación y se destacó con el tiempo como un talentoso fotógrafo y miniaturista.

Desde joven, Clotilde mostró una inteligencia práctica y un carácter generoso que más tarde serían fundamentales para sostener el universo de Sorolla. Su figura serena y su temple firme acompañaron al pintor en cada etapa, desde los años de esfuerzo y lucha hasta el éxito internacional. Su papel no fue solo el de la compañera que inspira, sino el de la mujer que construye y mantiene el andamiaje necesario para que un artista pueda brillar.

un Amor a primera vista_

La historia de amor entre Clotilde García del Castillo y Joaquín Sorolla comenzó de manera casi predestinada. Todo inició gracias a Juan Antonio García, hermano de Clotilde, quien conoció a Joaquín en la Escuela de Bellas Artes de Valencia, donde ambos compartían su pasión por el arte desde la adolescencia.

Fue Juan Antonio quien presentó a Sorolla a su padre, Antonio García Peris, un destacado fotógrafo valenciano. Impresionado por el talento del joven artista, Antonio lo contrató para trabajar en su estudio, donde se encargaba de colorear fotografías en blanco y negro, dotándolas de vida y calidez. Fue en ese ambiente creativo y lleno de luz donde, en 1879, Joaquín conoció a Clotilde. Ella tenía apenas quince años, pero desde aquel primer encuentro, sus vidas quedaron entrelazadas de un modo inseparable.

Tras casi una década de amor y complicidad, en 1888, Joaquín y Clotilde se casaron, formalizando una relación que ya era profunda y genuina. Poco después, emprendieron juntos un viaje vital y artístico a Italia, donde Sorolla disfrutaba de una beca de estudios. Se establecieron en la tranquila localidad de Asís, un lugar que les ofrecía el sosiego necesario para desarrollar su talento y consolidar su vida en común.

En aquellos días apacibles, Sorolla se entregó por completo a la pintura, mientras Clotilde se dedicaba con devoción a mantener el hogar en un equilibrio sereno. Su misión era clara: cuidar de la estabilidad práctica y emocional de su esposo, permitiéndole concentrarse sin distracciones en su arte. Fue un pacto implícito y generoso, nacido del amor y de la comprensión profunda de la naturaleza del genio creativo.

La serenidad de Clotilde y su incondicional apoyo quedaron reflejados en sus palabras:

“Tú que antes de esposo y padre fuiste pintor, debes preferir pintar a todo lo demás”. Esta frase resume el nivel de entrega y de admiración que sentía por Joaquín, así como su disposición a poner siempre el arte en el centro de su vida compartida.

La Vida en Madrid: El Hogar de los Sorolla_

A finales de 1889, tras su estancia en Italia, Joaquín Sorolla y Clotilde García del Castillo regresaron a España con la esperanza de que Madrid ofreciera mejores oportunidades para la carrera artística de Joaquín. La capital, con su vibrante vida cultural y sus posibilidades de proyección internacional, parecía el lugar ideal para consolidar sus sueños.

La joven pareja se estableció inicialmente en la Plaza del Progreso, hoy conocida como la Plaza de Tirso de Molina. En ese hogar modesto, pero lleno de amor y proyectos compartidos, Clotilde y Joaquín comenzaron a formar su familia. Entre 1890 y 1895 nacieron sus tres hijos: María, Joaquín y Elena, completando así un núcleo familiar que se convertiría en el epicentro de la vida de Sorolla.

Fueron años de crecimiento personal y profesional. Mientras Clotilde se volcaba en la maternidad y en la gestión del hogar, Joaquín empezaba a recoger los frutos de su incansable trabajo. A partir de 1900, los éxitos comenzaron a llegar con frecuencia, tanto en España como en el extranjero. Las exposiciones de Sorolla eran un éxito, y su nombre empezaba a brillar en el firmamento del arte europeo.

Ante esta nueva realidad, Clotilde asumió con naturalidad y generosidad el papel de madre y esposa del afamado pintor. Sin perder nunca su esencia, se dedicó a facilitar la labor de Joaquín, creando a su alrededor un remanso de paz y estabilidad. Fue la guardiana del entorno doméstico, la que cuidaba cada detalle para que su esposo pudiera entregarse sin preocupaciones a su vocación.

En las cartas que intercambiaban se percibe la profunda complicidad que compartían. Joaquín escribió en una ocasión:

"Supones bien, querida Clota mía, al pensar que debo estar muy contento. Verdaderamente lo estoy y mucho, y más cuando, como tú dices bien, no lo esperaba. Te felicito, pues a los dos nos pertenecen por igual tanto las alegrías como las tristezas”.

Estas palabras revelan no solo el cariño y el respeto que sentía por ella, sino también la certeza de que cada logro suyo era, en el fondo, un triunfo compartido. Porque, aunque fuera el nombre de Sorolla el que resonaba en las galerías y en las crónicas, Clotilde siempre fue una parte fundamental de cada pincelada, de cada lienzo, de cada éxito.

Clotilde: “Ministra de HACIENDA”

En 1904, la familia Sorolla se mudó a una elegante casa en la calle Miguel Ángel de Madrid. Con este cambio, Clotilde García del Castillo asumió de manera definitiva un papel fundamental en la vida y carrera de Joaquín Sorolla. Se convirtió no solo en el corazón de su hogar, sino también en la mente organizadora detrás del éxito del pintor.

Clotilde se ocupaba de todo lo relacionado con la administración, tanto en el ámbito doméstico como en el profesional. Sorolla, con su característico afecto y admiración, solía llamarla “mi Ministro de Hacienda”. Y no era para menos: Clotilde llevaba la contabilidad de las numerosas transacciones del artista, organizaba su documentación, gestionaba contratos y pagos, y coordinaba los envíos de materiales a donde quiera que Joaquín estuviera trabajando.

Además de estas labores logísticas, Clotilde actuaba como una discreta pero eficaz gestora de las relaciones públicas de su marido. Se encargaba de la correspondencia, filtrando y respondiendo cartas con una intuición y diplomacia notables. Manejaba con maestría las conexiones con las instituciones y personalidades de la época, desde la realeza hasta los intelectuales más destacados. Entre los nombres que figuran en la agenda de Sorolla, se encuentran figuras tan relevantes como el rey Alfonso XII, Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset, entre otros.

Su habilidad para tratar con personas influyentes y su discreción le permitieron mantener un equilibrio perfecto entre el mundo artístico y el social. Clotilde sabía cómo gestionar visitas, organizar encuentros y, sobre todo, proteger la concentración de Joaquín, de manera que él pudiera dedicarse plenamente a la pintura.

Gracias a su entrega y visión práctica, Clotilde liberó a Sorolla de las preocupaciones cotidianas, creando un entorno propicio para que el artista se entregara de lleno a su verdadera vocación. Su labor, aunque silenciosa, fue esencial para que la carrera de Sorolla alcanzara las cotas de reconocimiento y prestigio que hoy se le atribuyen.

… y comisaria de exposiciones…_

Además de ser el “Ministro de Hacienda” de Joaquín Sorolla, Clotilde García del Castillo demostró ser una auténtica pionera en el mundo de la gestión cultural. Sin tener formación específica, asumió el rol de una auténtica comisaria de exposiciones, organizando cada detalle de las muestras de su marido con una profesionalidad y una dedicación admirables.

Clotilde no solo se encargaba de enumerar y catalogar las obras, sino que también elaboraba las listas de invitados, redactaba las descripciones de las piezas y coordinaba la logística de las exposiciones de Sorolla. Su talento organizativo se manifestó de forma excepcional cuando, prácticamente en solitario, llevó adelante la primera exposición individual de Sorolla en París, una empresa compleja y de gran envergadura para la época.

El talento de Clotilde no se limitó a Europa. En 1909, acompañó a su esposo y a toda la familia a Nueva York para una de las exposiciones más importantes de la carrera de Sorolla. Esta muestra, que se realizó en la Hispanic Society of America, fue promovida por Archer Milton Huntington, un magnate estadounidense y apasionado mecenas del arte español. Clotilde no solo ayudó a coordinar el evento, sino que también desempeñó un papel fundamental en su éxito, facilitando las complejas relaciones internacionales y asegurando que todo funcionara a la perfección.

El propio Huntington, quien se convertiría en un cercano amigo de la familia, reconoció públicamente el impacto de Clotilde en la vida y la carrera de Sorolla. Su elogio hacia ella refleja la profunda admiración que sentía por su labor:

"Mi pobre y querida Clotilde ha tenido que soportar todo el peso de la familia y de convivir con un genio, y su menudo cuerpecillo ha librado casi tantas batallas como el de su eminente marido. Sin ella, seguramente no habría llegado a donde ha llegado.”

Estas palabras son un valioso testimonio de la fuerza, la inteligencia y la capacidad de sacrificio de Clotilde. No solo fue la compañera ideal para un genio artístico, sino que también se destacó como una mujer visionaria y multifacética, cuya contribución silenciosa resultó determinante para que el nombre de Joaquín Sorolla alcanzara la inmortalidad.

Una nueva casa para la familia sorolla_

Mientras Joaquín Sorolla cosechaba éxitos internacionales, en Madrid se levantaba un nuevo hogar para la familia, un proyecto que Clotilde García del Castillo supervisó con la misma dedicación que ponía en cada aspecto de su vida. La casa, situada en el Paseo del Obelisco (hoy calle General Martínez Campos), se convertiría en un remanso de paz y en un fiel reflejo del gusto refinado y la vida culta de los Sorolla.

Clotilde se ocupó personalmente de cada detalle, desde la disposición de los espacios hasta la elección de elementos decorativos y prácticos que aseguraran la armonía del hogar. Su visión logró que la residencia no solo fuera un lugar acogedor para la familia, sino también un entorno propicio para el trabajo de Joaquín. La luz natural que inundaba el estudio del pintor, los jardines diseñados para inspirar y la disposición de las estancias mostraban el talento de Clotilde para combinar funcionalidad y belleza.

La pareja compartía una profunda preocupación por la educación de sus hijos, María, Joaquín y Elena. Desde el principio, Clotilde mostró un marcado interés en que recibieran una formación progresista y moderna, muy influida por los ideales de la Institución Libre de Enseñanza. Esta innovadora institución educativa, que promovía la libertad intelectual y el desarrollo integral del alumno, se encontraba a pocos metros de su nuevo hogar, lo que facilitó que Clotilde pudiera seguir de cerca la formación de sus hijos.

Además de procurarles una educación académica de calidad, Clotilde fomentó en sus hijos el amor por las artes, la naturaleza y el pensamiento crítico. Se aseguró de que crecieran en un entorno donde la curiosidad y la creatividad fueran valores cotidianos, ofreciéndoles la oportunidad de interactuar con algunos de los más destacados intelectuales y artistas de la época que frecuentaban su hogar.

La nueva casa de los Sorolla, más que una residencia, se convirtió en un auténtico hogar y en un centro cultural en miniatura, donde se respiraba un ambiente de creatividad, diálogo y serenidad. Todo esto fue posible gracias a la capacidad de Clotilde para equilibrar sus múltiples responsabilidades con una visión clara y un amor profundo por su familia.

clotilde: Mujer Moderna y Visionaria_

Clotilde García del Castillo fue mucho más que la discreta esposa y madre que la sociedad de finales del siglo XIX y principios del XX solía esperar. Su vida y personalidad reflejaron el espíritu de una mujer moderna, cosmopolita y adelantada a su tiempo. Aunque siempre desempeñó con entrega sus roles familiares, supo también afirmar su identidad y mostrar un carácter independiente y lleno de matices.

Joaquín Sorolla, consciente de la grandeza de su esposa, la retrató incansablemente a lo largo de su carrera. Sus lienzos no solo capturaron su belleza y elegancia, sino también su fuerza interior y su diversidad de facetas. Clotilde aparece en los cuadros de Sorolla leyendo, cosiendo, paseando junto al mar, disfrutando de momentos familiares o vestida de gala para asistir a eventos sociales. Estos retratos, más allá de ser estudios artísticos, son sinceros homenajes a su musa y compañera, un testimonio visual de la admiración y el amor profundo que Joaquín sentía por ella.

El resultado de esta dedicación artística es que Clotilde se convirtió en una de las mujeres más representadas de la historia del arte, su imagen eternizada en cada pincelada, su esencia capturada desde mil perspectivas diferentes. Sin embargo, esa atención constante a la pintura también fue motivo de conflicto interno para Clotilde. A lo largo de su vida, mantuvo con el arte de su marido una relación ambivalente, una especie de amor-odio que quedó reflejado en sus cartas.

En una de estas misivas, Clotilde expresó con sinceridad sus sentimientos:

"Me alegro estés ya bien de tu pequeña molestia y deseo que mi rival no te obligue a hacer imprudencias que pueden ser en contra de tu salud. Realmente es un rival terrible pues no te expondrías por mí lo que por la dichosa pintura te has expuesto, siendo lo más gracioso que no puedo ni debo quejarme sino desear que mientras vivas no pierdas esa ilusión, que es para ti el todo en este mundo.”

Estas palabras revelan la complejidad de su vínculo con la pintura. Para Clotilde, el arte no era solo la pasión de su marido, sino también una “rival” que le robaba tiempo y momentos compartidos. Aun así, aceptó esa realidad con generosidad y una admirable comprensión del impulso creativo de Joaquín. Su amor era lo suficientemente grande como para reconocer que, aunque la pintura la desplazara a veces, también era el motor vital de su esposo.

Clotilde encarnó, así, una dualidad fascinante: la de una mujer que supo ser el sostén de un genio artístico sin renunciar nunca a ser ella misma, manteniendo un equilibrio entre la entrega absoluta y la defensa serena de su propio espacio emocional.

Una comunicación constante_

El legado de Clotilde García del Castillo no se encuentra solo en los lienzos de Joaquín Sorolla, sino también en las más de dos mil cartas que la pareja intercambió a lo largo de su vida. Estas misivas, escritas durante las frecuentes ausencias del pintor, revelan una conexión profunda y auténtica, donde el amor, la admiración y la complicidad se manifiestan en cada palabra.

La correspondencia entre Clotilde y Joaquín no solo permite conocer detalles íntimos de su vida cotidiana, sino que también nos ofrece una ventana a sus personalidades, mostrando a una mujer apasionada, sensible y siempre presente, y a un hombre cuya devoción hacia su esposa iba más allá del mero afecto.

En una de sus cartas, Sorolla expresa la intensidad de su vínculo con Clotilde:

"Está visto que Dios nos unió de verdad, pues no sueño más que estar contigo, y para ti.”

Por su parte, Clotilde respondía con una ternura sin fisuras, reflejando cuánto valoraba cada instante junto a él:

"En casa hasta me molesta que venga gente porque me privan de pasar la vida a tu lado en el estudio.”

Las cartas de Sorolla son una mezcla de amor romántico y gratitud sincera. En una de ellas, deja claro que su felicidad y su inspiración artística estaban indisolublemente unidas a Clotilde:

"La misma pintura no creo que me compensase si tú no me hicieras feliz. Dios en todo me atiende, muchos y apasionados besos. Pintar y amarte, eso es todo. ¿Te parece poco?”

Estas líneas demuestran que, aunque el arte ocupaba un lugar central en la vida de Sorolla, era el amor de Clotilde lo que le daba verdadero sentido a todo. Ella era su musa no solo en el sentido artístico, sino también en lo más íntimo y personal.

Quizá una de las cartas más reveladoras sobre la profundidad del amor de Sorolla sea aquella en la que la sitúa incluso por encima de sus propios hijos:

"Todo mi cariño está reconcentrado en ti y si bien los hijos son los hijos, tú eres para mí más, mucho más que ellos, por muchas razones que no hay para qué citarlas, eres mi carne, mi vida y mi cerebro, llenas todo el vacío de mi vida de hombre.”

Estas palabras, tan sinceras como contundentes, muestran que Clotilde no solo era la compañera de vida de Joaquín, sino también su ancla emocional, la persona que completaba su mundo.

La correspondencia de la pareja, con su mezcla de cotidianidad, anhelos y poesía, nos permite redescubrir a Clotilde en su verdadera dimensión: no solo como la esposa y musa artística de un gran pintor, sino como una mujer cuyo amor y fortaleza hicieron posible que la obra de Sorolla alcanzara la eternidad.

Un jardín agridulce_

El jardín de la casa de Joaquín Sorolla y Clotilde García del Castillo en Madrid era un verdadero refugio de paz. En medio del bullicio de la capital, aquel espacio verde ofrecía un remanso de serenidad, donde la pareja disfrutaba de la vida familiar y de breves pero valiosos momentos de descanso.

Cada rincón del jardín reflejaba el buen gusto y la sensibilidad estética de los Sorolla. Estaba adornado con objetos artísticos y detalles decorativos que ambos habían recolectado durante sus numerosos viajes por el mundo. Azulejos andaluces, fuentes de inspiración árabe, esculturas y cerámicas convivían en armonía con las plantas y las flores, creando un ambiente mágico y acogedor.

Para Joaquín, el jardín no solo era un lugar de esparcimiento, sino también un escenario perfecto para continuar su trabajo. Era habitual verlo allí, pincel en mano, capturando la luz y los colores cambiantes de la naturaleza, acompañado siempre de Clotilde, quien le brindaba su compañía y su apoyo silencioso.

Sin embargo, lo que había sido un lugar de belleza y sosiego se convirtió en el escenario de una profunda tragedia. En junio de 1920, mientras pintaba el retrato de la mujer de Ramón Pérez de Ayala, Sorolla sufrió un derrame cerebral en pleno jardín. El ataque le provocó una hemiplejia que le dejó parcialmente paralizado y le obligó a abandonar su pasión: la pintura.

Para Clotilde, el golpe fue devastador. Aquel jardín, testigo de tantos momentos felices, quedó impregnado de un sentimiento agridulce. Pasó de ser un espacio de inspiración y vida a convertirse en el símbolo del abrupto final de la carrera artística de su marido y del comienzo de una etapa de fragilidad y dolor.

Aun así, Clotilde demostró una vez más su fortaleza. Se dedicó al cuidado de Joaquín con la misma entrega con la que siempre había sostenido su vida y su obra. Su amor y dedicación nunca flaquearon, convirtiendo los últimos años del pintor en un tiempo de dignidad y ternura, a pesar de las dificultades.

El jardín, con su belleza melancólica, se mantuvo como un refugio, pero ahora también como un recordatorio de la vulnerabilidad de la vida y de la grandeza del amor que siempre había unido a Clotilde y Joaquín.

Protectora del Legado de Joaquín Sorolla_

Los últimos años de Clotilde García del Castillo transcurrieron en una profunda discreción, fiel al carácter sereno y reservado que había mostrado durante toda su vida. Viuda desde 1923, Clotilde prácticamente se recluyó en la casa familiar de Madrid, dedicada en cuerpo y alma a proteger y conservar el legado artístico de Joaquín Sorolla.

A pesar de su dolor y de la soledad que la envolvía, Clotilde mantuvo intacto su compromiso con la memoria de su esposo. Su amor por Joaquín no se apagó con su muerte, sino que se transformó en un empeño firme por preservar su obra y por compartirla con las generaciones futuras. Sabía que el talento de Sorolla merecía un lugar perdurable en la historia del arte, y su último acto de generosidad fue el más grande de todos.

Antes de fallecer, Clotilde legó al Estado español la casa familiar y todas las colecciones artísticas que albergaba, con la expresa voluntad de que se creara un museo en honor a Joaquín Sorolla. Este gesto no solo cerró un círculo de amor y respeto incondicional, sino que también aseguró que el talento del pintor valenciano siguiera brillando a través del tiempo.

El 5 de enero de 1929, el mismo día en que cumplía 64 años, Clotilde falleció en su hogar madrileño. Su vida, marcada por la dedicación y la generosidad, encontró un final sereno. Hoy, ella y Joaquín descansan juntos en el Cementerio General de Valencia, sellando en la eternidad el amor que siempre los unió.

Tras la muerte de Clotilde, sus hijos continuaron con su labor, ampliando el legado donado al Estado con más obras de su padre. Gracias a su esfuerzo, el Museo Sorolla pudo abrir sus puertas en 1932, convirtiéndose en un espacio donde no solo se celebra el genio de Joaquín, sino también la memoria de Clotilde, la mujer que hizo posible que su arte trascendiera las paredes del hogar y se ofreciera al mundo.

El Museo Sorolla es hoy un testimonio vivo de la complicidad y el amor entre Joaquín y Clotilde, un lugar donde el visitante puede no solo admirar la obra del pintor, sino también respirar la atmósfera de aquella casa familiar que fue un nido de creatividad, armonía y ternura. Gracias a Clotilde, su legado sigue vivo, recordándonos que detrás de cada gran artista, a menudo hay una gran mujer cuya historia merece ser contada.

El Museo Sorolla: Un Legado de Amor y Arte_

El Museo Sorolla, fruto del generoso legado de Clotilde García del Castillo y de sus hijos, supuso un antes y un después en la historia de los museos en España. Cuando abrió sus puertas en 1932, las casas-museo no eran habituales en el país, lo que convirtió a este espacio en un auténtico pionero y en un modelo a seguir. La casa familiar de los Sorolla, con sus estancias llenas de luz y su encantador jardín, se transformó en un santuario donde se conserva no solo la obra del pintor, sino también el ambiente íntimo y familiar en el que sus cuadros tomaron vida.

Sin la presencia constante y el apoyo incondicional de Clotilde, probablemente habría existido un Joaquín Sorolla destacado, pero no el maestro inmortal que hoy admiramos. Su aportación, aunque discreta y a menudo en la sombra, fue esencial para que el artista pudiera desarrollar todo su potencial. Clotilde no solo se encargó de la logística de su carrera, sino que también creó el entorno de calma y estabilidad del que emergieron muchas de sus mejores obras.

Su grandeza radica en la humildad con la que asumió su papel. En lugar de buscar protagonismo, Clotilde eligió acompañar a Joaquín en su camino, ofreciendo siempre su fortaleza silenciosa. Su aparente fragilidad física contrastaba con una voluntad de hierro, capaz de sostener a toda una familia y de gestionar, con una habilidad casi profesional, la carrera de un artista de renombre internacional.

En una de sus cartas, Clotilde dejó claro su deseo de permanecer en un segundo plano:

"¡Me gustaría tanto que no se acordasen de mí! He nacido yo tan poco para estos jaleos; ser mujer de un gran artista como es mi Joaquín y estar siempre en mi rinconcito metida es muy difícil.”

Estas palabras reflejan no solo su modestia, sino también la dificultad de mantener su identidad y su serenidad en medio del torbellino de la fama. Pese a ello, nunca dejó que su incomodidad ante los focos interfiriera en su misión de proteger y facilitar el trabajo de Sorolla.

Hoy, cada visitante que recorre las salas del Museo Sorolla, cada mirada que se pierde en un cuadro bañado de luz y color, rinde sin saberlo un homenaje también a Clotilde. Su legado no se mide solo en ladrillos, colecciones o jardines, sino en la atmósfera de amor y dedicación que se respira en cada rincón de la casa-museo.

Clotilde García del Castillo fue, sin duda, una mujer extraordinaria. Una figura esencial cuya historia nos recuerda que, a veces, el mayor acto de generosidad es acompañar, con paciencia y amor, a aquellos que iluminan el mundo con su arte.

 


Clotilde García del Castillo y Joaquín Sorolla, en 1923

“No es bastante muchas veces el cariño, para pasarlo bien. Hay que sentir lo mismo, hay que vivir la misma vida para entenderse y pasarlo agradablemente... Menos mal que tú y yo nos entenderemos siempre y nuestro cariño podrá consolarnos de otras penas”

— Clotilde García del Castillo

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La diva discreta

Casa en la que nació Teresa Berganza. Madrid, 2022. ©ReviveMadrid

Teresa Berganza: musa castiza del bel canto

¿Quién no ha experimentado, en algún momento, el poder arrollador de la música? Más que un simple arte, es una manifestación pura de la emoción, capaz de hacernos reír, llorar o estremecernos hasta la médula como pocas otras expresiones en el mundo. La música se graba en nuestra memoria de múltiples formas, pero quizá la huella más profunda la dejan aquellas melodías que llegan a través de la voz humana, especialmente la voz femenina.

En este contexto, España ha desempeñado un papel fundamental en la historia de la ópera durante los últimos dos siglos, enriqueciendo el panorama lírico internacional con algunas de las voces femeninas más extraordinarias que hayan existido. Grandes intérpretes que, como Teresa Berganza, no solo elevaron el ‘bel canto’ a la categoría de fenómeno cultural universal, sino que también contribuyeron a rescatar del olvido numerosas obras maestras que hoy siguen resonando en los teatros más prestigiosos del mundo.

El Bel Canto y el Auge de la Voz Femenina en la Ópera

El ‘bel canto’ nació, floreció y se consolidó en Italia durante los siglos XVI y XVII, erigiéndose como una de las corrientes más célebres y refinadas de la historia operística.

Desde sus inicios, esta escuela estuvo íntimamente ligada a la voz de los castrati, niños italianos sometidos a una drástica intervención para preservar su registro agudo y encaminados, desde edades tempranas, a una carrera musical. La extraordinaria capacidad pulmonar, la agilidad vocal y el virtuosismo técnico de estos cantantes generaban un contraste fascinante: la dulzura infantil se combinaba con la potencia y el vigor de un adulto, dando lugar a un timbre inimitable.

A lo largo del siglo XVIII, los castrati dominaron el arte del canto, con Carlo Broschi, más conocido como Farinelli, como su máxima estrella. Su destreza y magnetismo escénico consolidaron la figura del castrato como el epítome del ‘bel canto’.

No obstante, con el declive de esta tradición, se fue forjando el mito de una técnica vocal inalcanzable, un estilo de interpretación de tal perfección que rara vez ha sido igualado en épocas posteriores. A medida que los castrati desaparecían del panorama musical en el siglo XIX, las mujeres asumieron de manera natural muchos de los roles que estos habían interpretado, enriqueciendo con su timbre y expresividad un repertorio que, hasta entonces, había sido dominio exclusivo de voces irrepetibles.

El ‘bel canto’ en Italia

En Italia, el ‘bel canto’ evolucionó hasta convertirse en una verdadera escuela vocal que alcanzó su apogeo con las obras de Mozart y con las composiciones de grandes maestros italianos como Donizetti, Bellini y las primeras óperas de Verdi.

Sin embargo, fue Gioachino Rossini quien se erigió como el máximo exponente de la ópera italiana dentro de la estética del ‘bel canto’, elevando el virtuosismo vocal a un nivel sin precedentes. Sus composiciones, de una exigencia técnica descomunal, desafiaban a los cantantes con pasajes de extrema dificultad, requiriendo no solo una impecable preparación vocal, sino también un extraordinario dominio físico y escénico.

Tal era la complejidad de su obra que, desde finales del siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX, sus óperas fueron consideradas prácticamente imposibles de interpretar. Solo unas pocas voces privilegiadas lograron estar a la altura de semejante desafío, entre ellas la legendaria soprano madrileña Adelina Patti, la primera gran diva operística del siglo XIX y, en su tiempo, la cantante mejor pagada de la historia.

Con el transcurso de los años, el ‘bel canto’ fue perdiendo protagonismo. La evolución del gusto operístico llevó a los compositores a privilegiar una expresión más declamatoria que virtuosística, favoreciendo un estilo en el que la voz se acercaba más al discurso hablado que al canto ornamentado.

María Callas y la Resurrección del Bel Canto

Sin embargo, el destino del ‘bel canto’ dio un giro inesperado en la década de 1950 con la llegada de María Callas, quien, bajo la tutela de la excepcional soprano turolense Elvira de Hidalgo, emprendió la tarea de rescatar este estilo casi olvidado.

Dueña de un talento vocal inigualable y de una capacidad interpretativa sin precedentes, Callas impulsó la resurrección del ‘bel canto’ eligiendo para su repertorio títulos que, en aquella época, apenas se representaban. Su magistral enfoque otorgó nueva vida a protagonistas que hasta entonces habían sido vistas como figuras poco creíbles o incluso anacrónicas. Roles como Norma (de Vincenzo Bellini), Lucia di Lammermoor (de Gaetano Donizetti) o Rosina en El barbero de Sevilla (de Gioachino Rossini) fueron redescubiertos en toda su grandeza vocal y estilística gracias a su arte.

El camino trazado por María Callas fue seguido por toda una generación de grandes intérpretes, entre ellas una madrileña de espíritu castizo que acabaría consolidándose como una de las voces femeninas más importantes del siglo XX.

Teresa Berganza: La Mezzosoprano que Conquistó el Mundo

Teresa Berganza Vargas vino al mundo el 16 de marzo de 1933 en una modesta casa de la calle San Isidro Labrador, en Madrid.

Los primeros años de su vida estuvieron marcados por las secuelas de la Guerra Civil, que dejó profundas heridas en la capital. Al finalizar la contienda, su padre fue encarcelado por haber apoyado a la República, lo que sumió a la familia en una posguerra difícil y llena de privaciones.

A pesar de las adversidades, Teresa creció rodeada de una sensibilidad especial hacia la música. Pronto descubrió no solo una gran pasión, sino también un don extraordinario: su voz. Movida por una vocación espiritual, a los quince años tomó una decisión sorprendente para su familia: escapó de casa e ingresó en un convento de Alcalá de Henares con la intención de convertirse en monja.

Durante varias semanas, se entregó a la vida de clausura y a la interpretación de música sacra, encontrando en el canto un refugio para su espíritu. Sin embargo, su destino estaba llamado a seguir otro camino. Su padre, consciente del potencial de su hija, la visitó en el convento con una propuesta inesperada: abandonar los hábitos y dedicarse por completo a la música, pero en un escenario muy distinto.

Así, Teresa ingresó en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, donde recibió una formación integral. Estudió piano, armonía, música de cámara, composición, órgano y violonchelo antes de especializarse en canto, el arte que definiría su legado.

Para costear sus estudios, no dudó en poner su talento al servicio del espectáculo, participando en las compañías de Juanito Valderrama y Juanita Reina, e incluso incursionando en el cine junto a Carmen Sevilla. Tras años de esfuerzo incansable, en 1954 obtuvo el codiciado premio de final de carrera, demostrando que aquella joven luchadora se había transformado en una artista perfeccionista y disciplinada.

Formación y debut internacional

Tras culminar su formación en canto, Berganza debutó en 1955 en el Ateneo de Madrid. Sin embargo, como ha ocurrido tantas veces con los grandes talentos españoles, la verdadera consagración no llegaría en su tierra natal. Con apenas veinte años, tuvo que buscar en el extranjero las oportunidades que España le negaba.

El reconocimiento internacional no tardó en llegar. Apenas dos años después, en 1957, deslumbró al mundo con su interpretación de Dorabella en Così fan tutte de Mozart, durante el prestigioso Festival de Aix-en-Provence. Su actuación fue recibida con un entusiasmo arrollador y la crítica no tardó en proclamarla "la mezzosoprano del siglo". Aquel momento marcó el inicio de una carrera meteórica que la llevaría a convertirse en una de las grandes figuras de la ópera a nivel mundial.

Berganza y Callas

En los primeros años de su carrera, Teresa Berganza tuvo el privilegio de compartir escenario con la legendaria María Callas en la Ópera de Dallas, donde ambas participaron en la representación de Medea de Cherubini. Desde entonces, su talento la llevó a trabajar bajo la batuta de algunos de los más grandes directores de orquesta de su tiempo, como Ataúlfo Argenta, Daniel Barenboim, Otto Klemperer, George Solti y Herbert von Karajan.

Con este último vivió un episodio que dejó huella. Durante los ensayos de Las bodas de Fígaro en la Ópera de Viena, en 1959, ambos tuvieron un fuerte desacuerdo. Lejos de intimidarse ante el prestigioso director, Berganza respondió con la franqueza que la caracterizaba:

“Me dijo que mi voz no funcionaba y le contesté, muy educadamente, que el que no funcionaba era él”.
Teresa Berganza


Reconocida en todo el mundo

Los años siguientes consolidaron su estatus como una de las mezzosopranos más aclamadas de su generación. Su carrera avanzó con una sucesión de triunfos y debuts en los escenarios más prestigiosos del mundo. Brilló en el Metropolitan Opera de Nueva York con Las bodas de Fígaro, en la Scala de Milán y el Covent Garden de Londres con El barbero de Sevilla, y en la Ópera de Viena y el Gran Teatre del Liceu de Barcelona con La Cenerentola.

Su frescura tímbrica, la riqueza de matices en su color vocal, su impecable técnica y su dicción cristalina, combinadas con una deslumbrante capacidad expresiva, la convirtieron en una intérprete ideal para los repertorios de Mozart y Rossini. De hecho, era frecuente decir que, de haberla conocido en su tiempo, ambos compositores se habrían disputado su voz para el estreno de sus obras.

Carmen: Una Interpretación Castiza y Revolucionaria

En 1977, Teresa Berganza asumió por primera vez uno de los papeles más emblemáticos de su carrera: Carmen, de Georges Bizet. Hasta entonces, la icónica cigarrera sevillana había sido representada con una marcada esencia francesa. Sin embargo, la mezzosoprano madrileña rompió con esa tradición e imprimió al personaje un carácter nuevo, más auténtico y arraigado en la cultura española. Incorporó gestos y expresiones propias del mundo de la tauromaquia y la comunidad gitana, dotando a Carmen de una identidad más castiza y realista.

Su interpretación marcó un antes y un después. Con un profundo estudio psicológico del personaje, Berganza mostró una Carmen de claroscuros, alejada de los excesos dramáticos habituales. Su protagonista no era solo una mujer apasionada y trágica, sino también una figura de gran fortaleza, espontaneidad y desparpajo, con la frescura y determinación de las cigarreras españolas del siglo XIX.

Como ellas, Teresa Berganza derrochaba simpatía y carisma, pero también tenía un carácter fuerte e indomable. Su temperamento la llevó, en más de una ocasión, a cancelar actuaciones de forma inesperada, lo que le valió el apodo de “Madame Annulation”.

Teresa Berganza y la Zarzuela: Un Legado Inigualable

Teresa Berganza irrumpió en la escena vocal española como una ráfaga de aire fresco, revitalizando el panorama musical con su inconfundible estilo. Su regreso al Teatro de la Zarzuela de Madrid en 1989, tras catorce años de ausencia, fue un acontecimiento histórico que cosechó un éxito arrollador y sin precedentes.

Siempre orgullosa de su raíz castiza, Berganza desempeñó un papel fundamental en la revalorización de la zarzuela en España y en la difusión de la canción española por todo el mundo. A partir de entonces, centró gran parte de su carrera en el repertorio nacional, dando vida a las composiciones de maestros como Toldrá, Granados, Turina, Falla y Antón García Abril. Con su voz y sensibilidad, supo elevar la música española a la categoría de arte universal.

Premios y Reconocimientos: El Honor en España y el Mundo

Aunque el reconocimiento en su tierra tardó en llegar, desde la década de 1990 los homenajes y premios comenzaron a multiplicarse. En 1991, recibió el prestigioso Premio Príncipe de Asturias de las Artes junto a otras grandes voces de la lírica española: Alfredo Kraus, Plácido Domingo, Montserrat Caballé, Victoria de los Ángeles, Pilar Lorengar y José Carreras. Un galardón que celebraba a una generación irrepetible de artistas que conquistó los escenarios más importantes del mundo.

Tres años después, en 1994, hizo historia al convertirse en la primera mujer elegida miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando desde su fundación en 1752, un hito que confirmaba su legado en el ámbito musical. En 1996, fue distinguida con el Premio Nacional de Música, consolidando su estatus como una de las figuras más ilustres de la música española.

Tras una brillante trayectoria de 53 años, en la que su voz resonó en los teatros más prestigiosos y dejó una huella imborrable en más de 200 grabaciones, en 2008 Teresa Berganza tomó una decisión tan inesperada como definitiva: se retiró de los escenarios y dejó de cantar.

Lejos de apartarse por completo de la música, encontró una nueva pasión en la enseñanza. Se incorporó a la Escuela Superior de Música Reina Sofía, donde asumió la cátedra de canto que anteriormente había pertenecido a Alfredo Kraus. Esta etapa fue una de las más gratificantes de su vida, dedicada a escuchar, guiar e inspirar a las nuevas generaciones de cantantes. Con la misma pasión que caracterizó su carrera, se entregó a la formación de jóvenes talentos, advirtiéndoles sobre los riesgos de asumir papeles para los que la voz aún no estaba preparada, una práctica frecuente en la industria discográfica.

Un Adiós que Resuena en la Eternidad

El 13 de mayo de 2022, la voz de Teresa Berganza se apagó para siempre, dejando un vacío imposible de llenar en el mundo de la lírica. Su partida marcó el adiós a una de las artistas más brillantes y queridas de su tiempo, pero su esencia sigue viva en cada melodía que interpretó, en cada grabación que inmortalizó su arte y en cada cantante que halló inspiración en su legado, parte esencial de la historia de la música española.

Desde entonces, personajes como Zerlina, Dorabella, Dulcinea, Dido, Charlotte, Rosina, Cherubino y, sobre todo, Carmen, han quedado mudas y afligidas, privadas de la voz que les dio alma y sentimiento. Teresa Berganza no solo cantó estos roles: los comprendió, los defendió y los reinventó con una profundidad sin precedentes. Cada una de sus interpretaciones fue un acto de amor hacia la música, una entrega absoluta que trascendía la técnica para alcanzar la emoción más pura.

Pero su arte no se ha desvanecido con su ausencia. Sigue vibrando en los corazones de quienes alguna vez la escucharon, en los escenarios que aún resuenan con su eco y en las generaciones de jóvenes cantantes que, gracias a su enseñanza, llevan su huella en cada nota. Su legado no es solo una colección de grabaciones o una lista de ovaciones en los teatros más importantes del mundo; es la inspiración perpetua de quienes creen en la música como un lenguaje del alma.

Teresa Berganza fue, es y será eterna. Porque las grandes voces no desaparecen: se transforman en historia, en memoria y en emoción. Mientras exista alguien dispuesto a sentir la música con la misma pasión con la que ella la vivió, su voz seguirá cantando, suspendida en el tiempo, inmortal.

Teresa Berganza Vargas (Madrid, 1933-San Lorenzo de El Escorial, 2022)

“He tenido una vida llenísima, no solo de éxito, también de la felicidad de poder cantar”

— Teresa Berganza

https://www.revivemadrid.com/artistas/teresa-berganza







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