HISTORIAS POR CONTAR
MEMORIAS DE MADRID
Mujeres en la memoria de Madrid
Las palabras olvidadas
María Moliner: palabra por
palabra
María Moliner y su esposo, Fernando Ramón, el día de su boda.
https://cvc.cervantes.es/lengua/mmoliner/biografia.htm
Nadie
la vio empezar.
Al
acabar, no hubo brindis, ni aplausos, ni promesas de una editorial.
Tampoco
tuvo un despacho propio ni subvenciones públicas… tan sólo una mesa en el
salón, entre tazas de café y juguetes de niños; un puñado de fichas y un lápiz
afilado.
Y,
por encima de todo, una mujer decidida a poner orden al caos de las palabras. A
darles casa, contexto, compañía. A tenderles la mano para que se entendieran
entre ellas… y pudiéramos entendernos entre nosotros.
Así,
sin más ruido que el de una máquina de escribir portátil y el susurro del
pensamiento articulado, nuestra protagonista comenzó por la A su grandiosa
labor.
¿Quién
era esa mujer menuda que, sentada cada tarde junto a una ventana cualquiera,
decidió construir el que muchos consideran el diccionario más útil, humano y completo de la lengua española?
¿Cómo
se explica que, en una época donde el saber estaba vedado a las mujeres y la
cultura secuestrada por un régimen autoritario, una bibliotecaria sin recursos, sin tiempo y sin voz
pública, lograse una hazaña que no han igualado generaciones de académicos?
¿Cómo
se entiende que alguien se encierre voluntariamente durante quince años a
clasificar palabras… sin más recompensa que su propio convencimiento de que
valía la pena?
María Moliner no solo escribió un diccionario. Lo construyó a mano, a contratiempo, a contracorriente y a contraluz.
Lo
hizo en el Madrid silencioso de la posguerra, mientras cuidaba de su marido enfermo,
atendía a sus hijos y cumplía, sin brillo ni reconocimientos, sus tareas en una
biblioteca olvidada.
Lo
hizo en un país que la relegó, que la depuró, que la marginó por no haber
abrazado al bando de los vencedores.
En
un mundo que no concebía que una mujer pudiera ser autoridad en algo que no
fuese la maternidad o la costura. Y sin embargo, ahí estaba ella, cosiendo
definiciones con paciencia, precisión y ternura.
Escribir
fue para ella la manera de no rendirse. Porque eso fue, también, el Diccionario de uso del
español: un acto de resistencia civil, una afirmación de
libertad en medio del silencio impuesto.
María
no levantó la voz, pero dejó escrita cada sílaba de su pensamiento.
Hoy
Madrid, la ciudad que fue testigo silencioso de
su gesta, comienza a hacer justicia a su memoria. No solo por lo que hizo, sino
por cómo lo hizo. Por lo que representa.
Porque
hay obras que no solo enriquecen una lengua, sino que dignifican a quienes la
hablan.
Y
hay vidas que no solo deben contarse, sino agradecerse.
Recordar
su figura a través de estas líneas es el reflejo de nuestra gratitud por
enseñarnos a llegar a la Z, sin perdernos en el camino.
INFANCIA TRUNCADA: DE PANIZA A MADRID… Y VUELTA A EMPEZAR_
Nació
en Paniza, un pequeño pueblo zaragozano con sabor a viento, viñas y silencio.
Allí, el 30 de marzo de 1900, llegó al mundo María Juana Moliner Ruiz, tercera de los siete hijos de una familia con aspiraciones ilustradas y
dramas demasiado humanos. De aquellos siete, solo sobrevivieron tres. Una
estadística cruel, pero habitual en una España que aún vivía entre el polvo de
las veredas y el miedo a la fiebre.
Su
padre, Enrique Moliner, era médico ginecólogo; su madre, Matilde Ruiz, una
mujer discreta y resiliente, condenada a rehacer su vida una y otra vez sin más
brújula que sus hijos.
La familia se trasladó a Madrid cuando María tenía solo cuatro años, buscando un futuro más prometedor que el que podía ofrecerle la vieja provincia. En la capital, la pequeña María respiró por primera vez el aire de los libros, la escuela y la libertad de pensamiento.
María Moliner, con su madre y sus hermanos, en una foto de 1914.
https://cvc.cervantes.es/lengua/mmoliner/biografia.htm
Y
no en cualquier sitio: la Institución Libre de Enseñanza, aquella rareza pedagógica, la recibió
como una semilla entre manos pacientes.
Allí
aprendió a pensar por sí misma, a leer entre líneas y a no conformarse.
Fue
entonces cuando la cultura empezó a colarse en su vida como un lenguaje secreto
que solo ella parecía entender. María, excepcionalmente observadora, encontró
en las palabras un refugio, pero también una herramienta. Mientras otras niñas
bordaban o jugaban a las casitas, ella tomaba apuntes mentales y afinaba el
oído a las sutilezas del lenguaje. Porque sabía que un día, eso le haría falta.
Pero
la historia, como sabemos, rara vez permite trayectorias rectas…
En
1914, cuando apenas tenía catorce años, su padre —como si fuera uno de esos
verbos irregulares que descolocan toda una frase— desapareció. Se embarcó hacia
Argentina y ya no regresó.
Ni
carta, ni excusa, ni adiós. Solo una familia a medio formar y una esposa
desamparada con tres hijos a cuestas. Un abandono que fue económico, sí, pero
también emocional, y que María sufriría como una herida muda el resto de su
vida.
La
familia se vio obligada a regresar a Zaragoza. De la efervescencia madrileña a la rutina silenciosa de la provincia, de
los sueños académicos al día a día de la supervivencia. Fue el fin de la
infancia y el comienzo de la urgencia.
María,
casi una adolescente, empezó a dar clases particulares. El objetivo ya no era
aprender por gusto, sino pagar matrículas, ayudar a su madre y sacar adelante a
sus hermanos. Así, sin apenas darse cuenta, empezó a escribir su biografía en
tiempo de sacrificio.
En
paralelo a su adolescencia interrumpida, no dejó de estudiar. Lo hacía por
libre, entre horarios imposibles, noches de repaso y exigentes exámenes.
Aun
así, se convirtió en una alumna brillante. Dejó atrás los cuadernos escolares
para lanzarse de lleno al mundo universitario, algo que entonces era casi
insólito para una mujer. La universidad era territorio masculino y entrar en él
exigía más que talento: requería determinación, coraje y numerosas renuncias.
Ella las asumió todas.
Tras
conquistar su licenciatura en Filosofía y Letras por la Universidad de Zaragoza
con matrícula de honor y obtener el Premio Extraordinario de Licenciatura,
llegaron las primeras experiencias profesionales. Gracias a un tío materno,
comenzó a trabajar en la Diputación Provincial, participando en la elaboración
de un mapa toponímico de Aragón. Era su primer contacto con las fichas, esos
pequeños fragmentos de orden con los que, años después, llenaría cientos de
cajas de zapatos como parte de su destino.
También
colaboró con el Instituto de Filología de Aragón y revisó el Diccionario de la Lengua
Castellana para
una nueva edición académica. ¿Casualidades? No. Era el germen claro de una
vocación que aún no sabía nombrarse, pero que ya comenzaba a florecer. María no
coleccionaba palabras. Las cuidaba. Las afinaba. Las trataba con ese respeto
que solo tienen los verdaderos amantes de la lengua.
Como
vemos, nada en la vida de María
Moliner fue fácil, pero
todo fue fértil:
- De aquel padre ausente
aprendió el valor de la autosuficiencia.
- De las clases particulares,
la pedagogía que luego llevaría a las aldeas.
- De sus estudios solitarios,
la disciplina que transformaría su casa en una trinchera lexicográfica.
Y
de cada pérdida, cada obstáculo, cada limitación, una idea fundamental que
marcaría su vida:
“El
conocimiento no es un privilegio. Es un derecho. Y debe estar al alcance de
todos. Especialmente de quienes no lo han tenido nunca.”
JUVENTUD, VOCACIÓN Y PRIMERAS PALABRAS_
El
camino hacia la madurez de María
Moliner no fue una travesía
adolescente al uso. Para entonces, ella ya no era una muchacha que soñaba con
cambiar el mundo… era una joven mujer que lo intentaba todos los días.
En
1922, con apenas 22 años, logró una de las mayores hazañas para una mujer de su
época: una plaza por oposición en el Cuerpo Facultativo de Archivos,
Bibliotecas y Arqueología. Lo hizo con el número siete de la promoción, en un
momento en que ser mujer y funcionaria en España era una excepción dentro de la
excepcionalidad. Fue la sexta mujer en acceder a este cuerpo desde su fundación
en 1858 y la más joven hasta entonces.
Su
primer destino fue el Archivo
General de Simancas,
en un castillo de niebla perpetua y silencio polvoriento, rodeada de legajos,
humedad y monotonía. No era la biblioteca que soñaba ni el destino que anhelaba. Pero allí también aprendió: el
rigor de los fondos documentales, la sistematización y el valor de lo no dicho
entre papeles antiguos.
No
sería la última vez que María convertiría un lugar ajeno en escuela propia.
En
Simancas vivió con su madre en una casa sin agua corriente, cargando cántaros
desde la fuente y soportando un clima que calaba no sólo los huesos, también
los ánimos. Pese a todo, siguió solicitando su traslado a Madrid para poder doctorarse, sin éxito. La
primera gran frustración de su carrera académica.
Pero
ella no era de las que esperan sentadas.
En
1923 aceptó un nuevo destino: el Archivo de Hacienda de Murcia. Aunque seguía
sin ser una biblioteca, al menos le ofrecía un clima más amable,
la cercanía de su hermano Enrique y, sin saberlo aún, un encuentro decisivo.
Porque en Murcia, entre legajos fiscales y papeles administrativos, conoció a Fernando Ramón y Ferrando.
Él
era catedrático de Física en la universidad, nueve años mayor, culto, sobrio,
austero. Había estudiado en Alemania y era uno de los introductores de la
teoría de la relatividad en España. Un hombre discreto, reflexivo, entregado a
la docencia y a las ideas regeneracionistas.
A
María le atrajo, quizá, su forma de mirar el mundo sin levantar la voz. Por
eso, se entendieron desde el principio.
Se
casaron en 1925 con una ceremonia sencilla y pocos invitados, en Sagunto. El
amor, para ella, no era un acto de fuegos artificiales, sino un pacto
silencioso entre iguales. Y Fernando sería, durante décadas, su compañero, su
cómplice y su respaldo.
En
paralelo, María no dejó de expandirse. En 1924 fue nombrada profesora ayudante
en la Facultad de Filosofía y Letras de Murcia, convirtiéndose en la primera
mujer que pisaba como docente aquel centro.
La
vocación académica seguía latiendo en ella, aunque la vida ya empezaba a
exigirle otra clase de entrega.
Como
muchas mujeres de su tiempo, la maternidad le llegó pronto, sin opción de
planificación. En 1926 nació su primera hija, que murió a los pocos días. Una
herida silenciosa de la que apenas hablaba. La sombra de ese dolor quedó en un
rincón de su biografía, como si no hubiera querido permitirle espacio en su
discurso… aunque sus ojos lo conservaron siempre.
Después
llegaron Enrique (1927), Fernando (1929), Carmen (1931) y Pedro (1933). Cuatro
hijos criados con amor y firmeza. María fue madre sin dejar de ser bibliotecaria, ni intelectual, ni mujer. Lo hizo todo… y
lo hizo bien. Aunque el precio fue, muchas veces, el cansancio acumulado de
quien siempre está en segundo plano.
En
1930, con el traslado de Fernando a la Universidad de Valencia como
catedrático, la familia se mudó a la capital del Turia. Ella solicitó entonces
la vacante en el Archivo de la Delegación de Hacienda de Valencia, empezando a
compaginar su trabajo con las clases en la innovadora Escuela Cossío, vinculada a la Institución Libre de Enseñanza. Allí impartía gramática y literatura.
En
ese cruce de educación progresista, pedagogía, maternidad activa y compromiso
cultural, María encontró algo que sería crucial: las Misiones Pedagógicas. Un proyecto republicano que casaba a la
perfección con su convicción de llevar cultura a los rincones más olvidados del
país.
Y
es que María siempre huyó del foco y prefirió los márgenes… aquellos desde
donde, paradójicamente, supo construir lo esencial.
UNA BIBLIOTECARIA CON MISIÓN: LA SEGUNDA REPÚBLICA Y LAS
MISIONES PEDAGÓGICAS_
Hubo
un momento en la historia
de España en que
la cultura salió de las aulas y de los salones ilustrados para echarse al
monte. Un momento breve, pero luminoso, en que los libros hicieron las maletas,
se subieron a mulas, camiones o bicicletas y emprendieron camino hacia donde
nunca antes habían sido esperados.
Fue
la época en la que la palabra dejó de ser un privilegio para convertirse en una
promesa de igualdad. Y justo ahí, en ese cruce de caminos, estuvo María Moliner.
La Segunda República había traído muchas cosas nuevas. Para
algunos, un soplo de modernidad. Para otros, una amenaza. Para María, una
oportunidad moral: por fin se hablaba de cultura como un derecho colectivo y no
como un adorno de élites.
En
Valencia, donde vivía con su marido y sus hijos, su labor como funcionaria se
cruzó con una vocación más grande que su empleo: la alfabetización del país. O,
como ella lo entendía, la democratización de la lectura.
Fue
nombrada vicepresidenta del Patronato de Misiones Pedagógicas en la provincia, un proyecto tan ambicioso
como quijotesco que pretendía llevar teatro, música, arte y —sobre todo—
libros, a los pueblos más olvidados de España.
A
aquellos que no tenían nada. Ni biblioteca, ni escuela digna, ni esperanza, y a los que, sin embargo, se acercaban
maestros, bibliotecarios y voluntarios con cajas repletas de
palabras.
María
no fue una burócrata de despacho. Fue una bibliotecaria de campo.
Se
montaba en coches de alquiler o trenes locales y recorría pueblos polvorientos,
caminos de tierra y casas sin luz eléctrica. Entraba a escuelas humildes,
hablaba con los maestros —muchas veces mujeres también— y con los niños.
Escuchaba más que ordenaba. Y cuando se sentaba con los alcaldes o con los
vecinos, no hablaba de teoría ni de estadísticas… hablaba de libros, de hijos y
de futuro.
Entregaba
cajas con cien ejemplares cuidadosamente seleccionados: 50 libros para adultos
y 50 para niños. Clásicos de aventuras, cuentos, manuales de agricultura,
poemarios, novelas... lo que cupiera en una caja.
Pero
este gesto no era solo una entrega. Era una pedagogía del entusiasmo.
María
les enseñaba cómo organizar la biblioteca, cómo hacer préstamos, cómo registrar ejemplares. A veces incluso les
leía en voz alta fragmentos de las obras, para despertar el deseo de lectura.
En
otros pueblos organizaba sesiones públicas con cine, música o chocolatadas
improvisadas.
En
Pinet, las mujeres del pueblo la recibieron de pie mientras trenzaban palma
para hacer cestos. En Salem, niños y ancianos se agolparon alrededor de la caja
como si fuera una piñata. En Alfarrasí, el alcalde tuvo que intervenir para que
todo el pueblo pudiera escuchar la explicación de “la señora de los libros”.
Ella
veía más allá del polvo del camino. Entendía que el acceso a la cultura no era
solo una cuestión de números, sino de dignidad. Que un niño de la España rural
debía poder leer a Cervantes, a Dumas o a Galdós no por
caridad, sino por justicia social. O que una mujer analfabeta en un pueblo
perdido no era una cifra en un informe, sino una ciudadana con derecho a entender
el mundo.
Por
eso no le bastaba con dejar los libros y marcharse. Creó redes bibliotecarias, envió cuestionarios, recopiló datos,
levantó un plan integral para reorganizar el sistema bibliotecario desde abajo, con bibliotecas centrales, comarcales, rurales, mixtas y
escolares, coordinadas entre sí.
Su
proyecto era tan moderno que, de haberse aplicado, hubiera adelantado en
décadas la alfabetización real del país. Pero la historia —esa que tantas veces
tropieza consigo misma— tenía otros planes.
Todo
esto lo hizo mientras seguía trabajando en el Archivo de Hacienda, cuidando a
sus cuatro hijos, manteniendo una vida familiar que nunca fue excusa ni
coartada. No se quejaba. Solo se entregaba.
En
1935 presentó sus propuestas en el II Congreso Internacional de Bibliotecas y Bibliografía, celebrado en Madrid y Barcelona. Su ponencia, Bibliotecas rurales y redes de bibliotecas en España,
fue recibida con respeto, aunque su nombre no saldría en los titulares.
María
no se movía bien en el autobombo. Le incomodaba. Lo suyo era el trabajo, no el
reconocimiento. Y sin embargo, con cada intervención, con cada visita, con cada
ficha y cada libro entregado, iba dejando su huella imborrable en la historia
silenciosa del país.
Hoy
resulta casi imposible imaginar lo que significaba llevar una biblioteca a un pueblo en los años treinta del siglo
pasado. No era solo abrir una puerta a la lectura. Era quebrar siglos de
aislamiento, ignorancia impuesta y resignación heredada.
Y
María lo sabía. Por eso insistía:
“No
será buen bibliotecario quien no crea en la capacidad de
mejoramiento espiritual de su pueblo”.
No
lo decía como una consigna vacía.
Lo
decía porque lo había visto. Porque había sido testigo del brillo en los ojos
de un niño que encontraba su primer libro. De una madre que pedía llevarse un
cuento para leerle a su hija al acostarla. De un jornalero que devolvía un
ejemplar de aventuras con la promesa de devolver también, algún día, lo que
había recibido gratis: una historia que le hizo volar.
Aquella
bibliotecaria no llevaba uniforme, ni galones, ni
discursos memorables. Llevaba zapatos cómodos, una voz clara y una convicción
profunda de que la cultura salva… no de golpe, pero sí palabra a palabra.
GUERRA CIVIL: LIBROS FRENTE A LAS BOMBAS_
El
18 de julio de 1936, el golpe de Estado sacudió España como un temblor que lo
partió todo: las calles, las casas, los afectos… y también los libros.
La
cultura, como tantas otras cosas, se convirtió en trinchera, consigna y campo
de batalla.
Mientras
los frentes se organizaban con fusiles, María Moliner seguía confiando en la fuerza silenciosa de las palabras. Y lo hizo,
como siempre, sin grandes discursos, sin uniformes ni arengas. Pero con una
claridad de propósito asombrosa.
Cuando
estalló la guerra, María y su familia estaban de vacaciones en Manzanera
(Teruel). Volvieron enseguida a Valencia, ciudad que, tras la caída de Madrid en manos sublevadas, se convertiría en
capital de la República. Allí, en plena convulsión, le llegó un encargo
crucial: gestionar la Biblioteca
Universitaria de Valencia.
Era
una misión compleja. La biblioteca albergaba no solo los fondos generales de
la universidad, sino también los archivos y bibliotecas de las facultades de Derecho, Medicina,
Ciencias y Filosofía y Letras. Y, además, estaba en el epicentro del nuevo
gobierno.
Mientras
los tanques avanzaban, María organizó, protegió y sostuvo una de las
estructuras bibliotecarias más importantes del país.
Y
eso no fue todo.
Aquel
periodo bélico no detuvo su impulso por democratizar el acceso al saber. Muy al
contrario. Desde el Ministerio de Instrucción Pública, que se instaló en la
universidad valenciana, comenzó a asumir nuevas responsabilidades de
coordinación bibliotecaria a nivel nacional.
Porque
sí, incluso en plena Guerra
Civil, se creaban bibliotecas.
Se
organizaban préstamos. Se enviaban lotes de libros a hospitales de sangre,
batallones, colonias infantiles, pueblos evacuados… Y detrás de muchas de esas
decisiones, detrás del reparto de libros y de la organización de los catálogos,
estaba ella.
María
redactó el Reglamento para
el funcionamiento de las bibliotecas populares en zona republicana,
clasificándolas en tres tipos:
- Escolares (gestionadas por
maestros)
- Mixtas (impulsadas por
docentes y vecinos),
- Y rurales (propuestas
directamente por ciudadanos con aval del alcalde y el consejo local).
Era
una arquitectura del conocimiento en plena tormenta. Una red pensada para
sobrevivir al caos. Un sistema logístico de palabras frente al ruido de la
pólvora.
En
1937 María publicó el documento más hermoso, generoso y conmovedor de toda su
carrera pública: Instrucciones
para el servicio de pequeñas bibliotecas. Un manual dirigido a bibliotecarios no profesionales, donde les explicaba con
ternura y precisión cómo mantener viva una biblioteca en contextos adversos.
No
hablaba de estanterías. Hablaba de esperanza.
No
hablaba de préstamos. Hablaba de emancipación.
A
esos bibliotecarios improvisados —vecinos, maestros, mujeres
con hijos, soldados heridos, funcionarios locales— les decía:
“Probad
a hablarles de cultura y veréis cómo sus ojos se abren… cómo responden: “¡Eso
es lo que nos hace falta: cultura!”.”
María
no sólo se limitó a escribir reglamentos. Coordinó directamente el envío de
libros a zonas rurales, visitó instituciones, diseñó catálogos y, sobre todo,
defendió el derecho a leer incluso cuando las bombas hacían temblar las
ventanas.
En Madrid, por ejemplo, muchas bibliotecas públicas cerraron sus salas, pero mantuvieron el
servicio de préstamo.
Cuando
la artillería franquista arrasó Cuatro Caminos o La Latina, los libros se
trasladaban a barrios más seguros y se seguían prestando desde colegios,
mercados o parroquias.
Las
bibliotecas se convirtieron en refugios alternativos,
en lugares donde la población civil podía, por un rato, olvidar el estruendo de
los partes de guerra y sumergirse en la lectura de Quevedo o Julio
Verne.
En
Valencia, ella misma supervisó la protección de los fondos universitarios,
organizando el traslado de volúmenes valiosos para evitar su destrucción.
Su
compromiso no era simbólico. Era físico, operativo y urgente. Y todo eso, sin
dejar de atender a su familia.
Cada
día, mujer y bibliotecaria se fundían en una sola figura, que apenas
descansaba, apenas se permitía un respiro.
Había
una guerra afuera. Pero también una lucha interior: la de sostener la cultura
en pie cuando todo parecía derrumbarse… y, sin embargo, no se rindió.
Aunque
sabía que aquel proyecto moderno de bibliotecas públicas —gestado desde las Misiones Pedagógicas y perfeccionado en la guerra— tenía los días contados,
siguió escribiendo informes, planificando redes, enviando cajas de libros y
animando a los bibliotecarios.
Era
consciente de que, quizás, nunca se aplicarían del todo sus propuestas. Pero
también sabía que, en medio de la barbarie, la lectura podía ser el único gesto
de humanidad que le quedaba a mucha gente.
Años
más tarde, cuando todo esto ya era apenas un eco enterrado bajo la censura y el
miedo, ella no habló de sí misma. No presumió ni buscó protagonismo.
La
mayoría de las publicaciones oficiales ni siquiera recogieron su nombre como
autora del plan
bibliotecario de la República. Pero ella sabía lo que había hecho.
Y
eso bastaba.
Porque
en plena guerra, mientras unos escribían listas negras, ella escribía listas de
libros para enviar a los frentes.
Mientras
otros bombardeaban teatros, ella organizaba lecturas colectivas en hospitales.
Mientras
había quien firmaba sentencias, ella firmaba registros de préstamo.
María Moliner demostró, en aquellos años oscuros, que defender la cultura no es un
acto pasivo. Es un compromiso activo. Y a veces, heroico.
Y
no lo hizo desde una tribuna. Lo hizo desde una biblioteca.
No
con gritos. Con palabras.
POSGUERRA Y DEPURACIÓN: EL PRECIO DE HABER DEFENDIDO LOS
LIBROS_
La
guerra terminó. Pero la paz no llegó.
En
1939, tras la victoria franquista, España se convirtió en un país en ruinas
físicas, pero sobre todo morales.
La
devastación no solo alcanzó las ciudades, las familias o las economías. También
se cebó con la inteligencia, la cultura y la memoria.
María Moliner, con sus hijos (junio de 1944).
https://cvc.cervantes.es/lengua/mmoliner/biografia.htm
Y
entre los muchos nombres silenciados, humillados o borrados, estuvo el de María Moliner.
Ella,
que había sido piedra angular del proyecto bibliotecario de la República, no fue juzgada en un tribunal militar. No
fue condenada a prisión. Ni siquiera fue expulsada del cuerpo de funcionarios.
Pero
sí fue depurada. Y con saña.
Porque
la posguerra no castigaba solo a quienes habían alzado el
puño o empuñado un arma, sino también —y quizá más aún— a quienes habían alzado
libros, quienes habían enseñado a leer y quienes habían pensado por cuenta
propia.
María
y su marido Fernando, también comprometido con los valores republicanos,
decidieron quedarse en España.
Lo
fácil —lo cómodo— habría sido marcharse al exilio. Pero eligieron resistir, con
dignidad, en un país donde ya no cabían… y el castigo no tardó.
Fernando
fue apartado de su cátedra.
María,
degradada sin contemplaciones: perdió dieciocho puestos en el escalafón y fue
destinada a un nuevo puesto en Madrid, alejado de la vida cultural y de cualquier posibilidad de influencia.
Su
nuevo destino: la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales. Un lugar modesto, funcional, discreto.
Una esquina sin ventanas en la gran maquinaria del franquismo.
Podría
parecer solo un traslado. Pero era algo más. Era una condena sin barrotes. Un
castigo sin nombre, pero con consecuencias.
Porque
aquel nuevo puesto le cortaba las alas. No podía desarrollar proyectos, ni
coordinar redes, ni participar en debates. Pasó de diseñar planes nacionales de
bibliotecas… a sellar carnés de préstamo en un centro
técnico.
No
lo dijo nunca en voz alta, pero sí lo dejó escrito con una honestidad
desarmante:
“Sentía una melancolía profunda… la melancolía de las energías no
aprovechadas.”
Ahí
estaba todo.
El
régimen no necesitaba expulsarla. Bastaba con condenarla al olvido. Reducirla a
una funcionaria más, en un rincón más, de un país que había dejado de mirar
hacia delante.
Borrar
su voz sin necesidad de borrarla del todo.
Y
sin embargo, incluso en ese escenario de derrota, María no se desmoronó. Cuidó
de su familia. Cumplió con su trabajo con profesionalidad impecable… y, sobre
todo, empezó a rumiar un proyecto que cambiaría su vida… y nuestra lengua.
Desde
aquella pequeña biblioteca, con tardes enteras por delante tras las
rutinas matinales, algo empezó a bullir en su interior.
No
era nostalgia, era una intuición. La necesidad —o tal vez el anhelo— de hacer
algo útil, algo grande, algo suyo. De devolverle al idioma lo que el país le
había arrebatado. De construir algo que no pudiera ser censurado ni relegado ni
confiscado: un diccionario.
Pero
eso vendrá después.
Por
ahora, lo que importa es entender que la depuración franquista no la venció,
pero sí la marcó.
La
María que llega a Madrid tras la guerra ya no es la mujer expansiva
de las Misiones
Pedagógicas. Es una
figura contenida, silenciosa, disciplinada pero no derrotada. Una mujer que reorganiza
su vida sin perder la coherencia con sus principios.
Decía
María Zambrano que
“la cultura es lo que queda cuando todo se ha perdido”. María Moliner encarnó esa frase sin necesidad de
proclamarla.
Cuando
todo parecía derrumbarse, ella siguió firme entre los escombros, con una biblioteca a medio gas, una familia a cuestas y un
país que no quería escucharla.
Pero
con una determinación intacta: transformar la tristeza en conocimiento. La
melancolía en método. Y el silencio en palabras.
Y
es que a veces el coraje no consiste en resistir en el frente, sino en volver
cada día al mismo escritorio, sabiendo que nadie te espera.
Que
nadie te va a premiar ni a recordar.
Y,
aun así, hacerlo.
María
lo hizo. Y eso la convirtió, ya entonces, en una gigante discreta.
EL DICCIONARIO: LA CONQUISTA SILENCIOSA DE LA LENGUA_
Si
en tiempos de guerra María
Moliner había resistido con
libros, en tiempos de posguerra decidió construir uno.
No
un libro cualquiera. No un ensayo, ni unas memorias, ni un manual para
bibliófilos…
Lo
que empezó a escribir —ficha a ficha, palabra a palabra, desde el salón de su
casa madrileña— fue algo más audaz, más improbable, más descomunal: un diccionario entero.
Y
lo hizo sola.
Nadie
se lo pidió. No había encargo institucional, ni editor que esperase resultados.
No existía un plazo de entrega, ni un sueldo asociado, ni una subvención bajo
la mesa…
Sólo
había una mujer convencida de que la lengua necesitaba una nueva brújula, y de
que los hablantes merecían una herramienta más clara, más útil, más viva que la
que ofrecía el diccionario oficial.
María
no quería hacer sombra a la Real Academia. No buscaba polémicas, ni venganza, ni revancha. Simplemente veía
lagunas donde otros veían normas, y quiso poner luz en esas zonas grises.
Quiso
tender puentes entre el que habla y el que escribe, entre el que piensa y el
que duda, entre la idea y la palabra justa.
La
escena inicial fue tan sencilla como grandiosa: una tarde cualquiera de 1953,
María sacó un papel, un lápiz y empezó a anotar vocablos.
Lo
hizo en su salón de la calle
Moguer, junto a la mesa de
comedor, con sus hijos ya mayores, su marido jubilado y el murmullo cotidiano
de una casa sin lujos.
Aquella
mesa no era un escritorio. Era un cruce de caminos: por la mañana servía para
desayunar, por la tarde para estudiar y por la noche para cambiar la historia
de la lexicografía en español.
María
trabajaba con una concentración asombrosa.
No
tenía despacho, ni secretarios, ni ordenador. Sólo una máquina de escribir
portátil, dos atriles, varios diccionarios de referencia, un tintero, una goma de borrar y miles de fichas de
cartulina hechas a mano, que guardaba en cajas de zapatos.
Y
aún así, con ese instrumental doméstico, se dispuso a redactar una obra
titánica.
¿En
qué se diferenciaba su diccionario del oficial? En todo.
Porque
no era un diccionario para lingüistas, sino para personas
reales.
Estaba
pensado para quienes querían decir algo y no sabían cómo.
Para
quienes tenían una palabra en la punta de la lengua… pero no acababan de
encontrarla. Para los que escribían cartas, artículos, discursos o redacciones.
Y también para aquellos que, simplemente, querían entender mejor lo que oían y
lo que leían.
No
era una obra normativa ni académica, sino de uso, como ella misma lo tituló.
No
se limitaba a dar definiciones frías, sino que ofrecía sinónimos, matices,
ejemplos de uso y equivalencias.
Cada
entrada era como una minilección de estilo, una guía invisible para orientarse
entre los pliegues del idioma.
Además,
atendía al lenguaje vivo, no al ceremonial. Se alimentaba de periódicos, de conversaciones reales, de expresiones
corrientes.
Ella
lo decía sin tapujos:
“Es en los periódicos donde habita el idioma vivo. Las palabras que se
usan, las que se inventan al vuelo… Ahí está el español que importa.”
Por
eso su diccionario no excluía términos por clasismo, ni por
purismo, ni por esnobismo.
Incluía,
por ejemplo, “maruja”, “bluf”, “marimandona” o “cotilleo”, junto a
“cosmogonía”, “metonimia” o “paradoja”.
Para
María, todas las palabras tenían dignidad, siempre que alguien las usara con
sentido.
Lo
que empezó como un proyecto de seis meses, se alargó durante quince años.
Quince
años de tardes de trabajo, de revisión incansable, de reescritura.
Tres
lustros sin apenas vacaciones ni más compañía que las palabras.
Cuando
algo no le cuadraba, lo tachaba, lo reescribía y volvía a empezar. Era artesana
y arquitecta a la vez.
No
se conformaba con una definición correcta. Buscaba la más precisa. La más
justa. La más clara.
Y
un día, el trabajo estuvo terminado: dos tomos; tres mil páginas; más de
doscientas mil entradas.
Todo
escrito a mano, en soledad y con una devoción palpable.
En
1967, la Editorial
Gredos publicó el Diccionario de uso del
español con asombro y entusiasmo.
Era
un hito. Una proeza. Un monumento invisible… y el mundo empezó a darse cuenta.
Gabriel García Márquez —nada menos— dijo que era “el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más
divertido de la lengua castellana”, y que superaba con creces al de la Real Academia.
Otros
escritores, filólogos, profesores y lectores anónimos empezaron a citarlo, a
consultarlo, a defenderlo.
María,
sin embargo, no cambió sus rutinas. No salió de gira ni concedió entrevistas.
Tampoco se sentó a disfrutar del éxito. Simplemente siguió afinando
definiciones desde la mesa de su casa.
Porque
para ella, el diccionario no era una obra maestra. Era una
responsabilidad.
Ese
mismo año, 1967, falleció su madre.
Un
golpe silencioso.
Pero
en lugar de detenerse, redobló su disciplina, como si el trabajo fuera una
forma de mantenerse firme, de no venirse abajo.
Su
marido, Fernando, seguía a su lado. Sus hijos ya hacían su vida. Y ella, desde
esa nueva vejez activa, se había convertido, sin quererlo, en la lexicógrafa más importante de su tiempo.
Pero
todavía faltaba el reconocimiento institucional… aquel que le sería negado con
la misma frialdad con que tantas veces la habían querido ignorar.
Aun
así, María había logrado lo que nadie nunca imaginó: conquistar la lengua, sin
alzar la voz.
EL SILLÓN QUE NO FUE: LA RAE, EL SILENCIO Y LA PARADOJA
A
veces, la historia tiene sus ironías. Y pocas tan lacerantes como esta.
Porque
la mujer que dedicó más de una década a ordenar las palabras del español, a
explicarlas con claridad, a conectarlas con la vida real de los hablantes,
jamás tuvo el derecho de sentarse en la institución que las representa.
María Moliner nunca fue académica de la RAE. Y no porque no lo mereciera, sino porque no se lo permitieron.
En
1972, cinco años después de la publicación de su Diccionario de uso del español, su nombre
empezó a sonar con fuerza para ocupar el sillón “b” de la Real Academia Española, vacante tras la muerte del historiador
Manuel Ballesteros Gaibrois.
Fue
una propuesta impulsada por varios miembros del mundo académico y editorial,
admiradores sinceros de su trabajo.
Se
trataba de una candidatura revolucionaria por el fondo y por la forma: por el
fondo, porque era una mujer; y por la forma, porque no provenía de las esferas
oficiales de la filología académica, sino del campo aplicado, de la
lexicografía práctica, de ese terreno “impuro” que los puristas siempre han
mirado con recelo.
Pero
sobre todo, su candidatura era incómoda porque ponía un espejo delante de la
propia RAE: ¿cómo justificar que una mujer que había
escrito el diccionario más útil, moderno y humano del idioma, no
formara parte de la institución que velaba por la lengua?
La
Academia, sin embargo, no quiso verse en ese espejo… Y el 28 de diciembre de
1972, votó.
El
resultado fue una de esas derrotas que no hacen ruido, pero dejan cicatriz: en
lugar de ella, fue elegido el dramaturgo Antonio Buero Vallejo.
Un
gran escritor, sin duda. Pero la elección tenía algo de gesto evasivo. Un modo
elegante de no enfrentarse al dilema: qué hacer con una mujer como María Moliner.
Ella
no protestó ni dio portazos. Tan sólo se quedó en su casa y continuó
corrigiendo fichas, puliendo sinónimos.
Pero
quienes la conocían bien, supieron leer entre líneas. Sabían que aquel rechazo
—tan sutil, tan elegante, tan académico— le dolió más que muchos silencios
anteriores.
Porque
no era sólo una cuestión personal. Era un gesto simbólico: la lengua, esa que
ella había querido abrir, explicar, acercar a todos… volvía a cerrarse desde
dentro.
Lo
cierto es que la Real
Academia Española no
había tenido nunca una mujer académica de número. La primera, Carmen Conde, no
sería elegida hasta 1978... y María, por edad, ya no tendría ocasión.
Nunca
sabremos qué hubiera dicho en su discurso de ingreso.
Quizá
habría hablado de la necesidad de un idioma hablado con responsabilidad y oído
con generosidad… de lo que cuesta encontrar la palabra justa y de lo fácil que
resulta, a veces, herir con una que no lo es.
Lo
cierto es que su sillón fue el de su mesa de trabajo, el de su exilio
doméstico.
Y
desde ahí, sin placa ni título, construyó la obra más monumental que ha salido
de manos particulares en la historia de la lengua española.
Una
obra sin membrete, solo suya.
Cuando
se le preguntaba por la RAE, respondía con cortesía.
Pero
un día dejó entrever su decepción, con una frase de esas que resumen toda una
vida:
“Quizá lo que molesta es que una mujer haya hecho sola lo que no ha sido
capaz de hacer una institución.”
Y
era cierto. Porque lo que ella escribió no fue un diccionario, sino una revolución tranquila, una pedagogía invisible.
María Moliner no necesitó sentarse en la RAE para pasar a la historia
de la lengua española.
La
historia la sentó en la memoria de millones de lectores.
Y
eso —con todos los respetos— vale mucho más que cualquier butaca tapizada en
terciopelo.
EL OLVIDO: LA ENFERMEDAD, LA AUSENCIA Y LA PALABRA
PERDIDA_
Durante
toda su vida, María
Moliner tejió con las
palabras una red invisible que abrazaba al mundo.
Definió,
ordenó, explicó. Trazó caminos entre significados haciendo del idioma un lugar
más amable, más claro y más compartido.
Por
eso resulta tan dolorosamente simbólico que fueran precisamente las palabras
las que empezaran a abandonarla en el último tramo de su vida.
Fernando
había fallecido en 1974. Sin su gran apoyo a su lado, la luz radiante de María
comenzó a apagarse.
A
finales de los años setenta, cuando ya había cruzado el umbral de los setenta
años, María empezó a mostrar los primeros signos de arteriosclerosis cerebral, una enfermedad implacable y silenciosa
que va desconectando la mente como si alguien apagara, una a una, las luces de
una casa.
Primero
fueron los lapsus.
Después,
los olvidos cotidianos.
Y
más tarde, la desorientación…
El
lenguaje, su viejo aliado, comenzaba a escapársele como arena entre los dedos.
Quienes
la rodeaban empezaron a notarlo con prudencia, con miedo, con dolor.
No
es difícil imaginar la conmoción. María —la mujer que había escrito más de
200.000 definiciones, que había levantado sola un diccionario entero— comenzaba a no encontrar las suyas propias.
La
mente, ese vasto archivo donde ella clasificaba matices, sinónimos, verbos
transitivos y adjetivos exactos, comenzaba a cerrarse por dentro.
Su
familia, siempre discreta, la acompañó en ese tránsito hacia la espesa niebla
con todo el amor posible.
Sus
hijos y nietos la cuidaron con ternura, rodeándola de gestos que ya no pasaban
por las palabras, pero que seguían diciendo lo esencial: el cariño.
Permanecía
su mismo salón en silencio, una silla junto a la ventana y una mujer que había
sido gigante… y que ahora se volvía frágil.
Y
sin embargo, incluso en ese silencio, seguía siendo María.
Aunque
ya no escribiera. Aunque ya no corrigiera definiciones. Aunque no recordara el
orden de las letras.
Porque
el legado de María no estaba en su biografía. Ni siquiera —y esto es lo más
hermoso— en su memoria.
Estaba
en la nuestra.
El
22 de enero de 1981, María
Moliner falleció en Madrid, a los 81 años.
No
hubo discursos de Estado. Ni obituarios en primera plana. La RAE no emitió ningún comunicado. Ni se
decretaron minutos de silencio.
Pero
muchos, muchísimos hispanohablantes, guardaron un silencio más hondo, más real,
más íntimo.
El
que se hace cuando muere alguien que te ayudó a entender el mundo sin pedir
nada a cambio. El que acompaña a los sabios discretos y a las madres del
lenguaje.
Hoy,
cuando abrimos su diccionario, no leemos solo una entrada. Leemos
resistencia, ternura y un esfuerzo titánico por poner orden donde otros
sembraron jerarquía. Por poner empatía donde otros impusieron norma.
María Moliner no lo olvidó todo.
Porque
hay cosas que, cuando se dan con amor, no se pierden.
Pasan
a otros. Y permanecen.
Por
eso, sus definiciones siguen ahí.
No
como monumentos fríos.
Sino
como hilos invisibles que nos ayudan a entendernos mejor. A explicarnos y a
nombrar lo que sentimos.
Y
eso, en este mundo tan lleno de ruido, es un acto de amor imperecedero.
EL LEGADO: UNA LUZ QUE NO SE APAGA
Algunas
vidas no se apagan con la muerte. Simplemente cambian de forma.
Dejan
de ser cuerpo y voz para convertirse en ejemplo, en memoria y en huella.
Y
eso es exactamente lo que ocurrió con María Moliner.
Porque
lo que ella dejó no fue solo un diccionario, ni solo una gesta intelectual. Fue una manera de estar en el mundo, de
trabajar con rigor sin perder la ternura y de decir sin gritar.
Hoy,
su Diccionario de uso
del español sigue siendo una referencia imprescindible.
Miles
de estudiantes, docentes, escritores, periodistas y curiosos lo consultan a
diario, sin saber quizás que fue escrito por una sola mujer, desde el salón de
su casa, a contracorriente de su tiempo.
Y,
sin embargo, ahí está.
Edición
tras edición, sigue hablándonos con la misma claridad luminosa con la que fue
concebido.
No
hay palabra huérfana en sus páginas, ni sinónimo perezoso o definición sin
alma. Todo está hecho con una mezcla exacta de amor, precisión y humildad.
Y
es que el verdadero legado de María Moliner no cabe solo entre cubiertas. Su obra es mucho más que un libro… es una
herencia ética, feminista, cultural y ciudadana.
Porque
fue una mujer que se atrevió a hacer lo que nadie esperaba de ella, sin pedir permiso,
sin alzar la voz y sin esperar medallas.
Porque
fue una trabajadora pública que entendió la cultura como un derecho común y no
como un privilegio elitista.
Porque
creyó en la educación como motor de emancipación y de justicia, desde las bibliotecas rurales hasta las fichas clasificadas por campos
semánticos.
Y
porque demostró que el talento, la inteligencia y el compromiso no dependen del
cargo que ocupas, ni del título que ostentas, ni del sillón en el que te
sientas. Dependen de lo que haces… y de cómo lo haces.
En
los últimos años, su nombre ha empezado a ocupar, con justicia, el lugar que le
corresponde:
- En institutos, bibliotecas y centros educativos que ahora llevan su nombre.
- En documentales, ensayos y
novelas que recuperan su figura.
- En premios literarios que
celebran la labor silenciosa de las mujeres cultas, las que no aparecen en
los libros de texto pero los escriben entre líneas.
Y,
sobre todo, en el respeto emocionado de quienes, al hojear su diccionario, sienten que están entrando en una casa
donde todas las palabras tienen cabida.
Hoy,
cuando abrimos su obra, María sigue ahí.
No
como una autora lejana, sino como una anfitriona cálida que nos recibe en su diccionario con una sonrisa tímida y un lápiz en la
mano. Nos dice:
—
Pasa.
—
Busca.
—
Encuentra.
El diccionario María Moliner no se cierra. Su legado tampoco.
Porque
las palabras, cuando se siembran con amor, no mueren.
Y
quien las cuida… tampoco.
María Juana
Moliner Ruiz (Paniza, Zaragoza, 30 de marzo de 1900-Madrid, 22 de enero de 1981)
“A mi marido y a nuestros hijos les dedico esta obra
terminada en restitución de la atención que por ella les he robado”
— María Moliner




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