sábado, 2 de mayo de 2026

 

HISTORIA Y LEYENDA
EN LA VIDA DE SANTA CLARA

por Ezio Franceschini

Texto original: Storia e leggenda nella vita di S. Chiara, en Forma Sororum 14 (1977) 89-99, 125-138]

I.                LAS FUENTES PARA EL CONOCIMIENTO DE SANTA CLARA


Las fuentes para la biografía de santa Clara no son numerosas. Su vida, aparte el episodio fundamental de la fuga de su casa y de la consagración a Dios en manos de san Francisco en Santa María de los Ángeles, transcurre toda ella dentro de los muros de un monasterio, en San Damián: y las vicisitudes interiores de un alma, con frecuencia grandiosas y sorprendentes, no ofrecen mucha materia para el relato histórico.

Por tanto, la primera comprobación del investigador de santa Clara es ésta: mientras, por lo que se refiere a san Francisco, el problema de las fuentes biográficas es de tal amplitud y dificultad que no se ha podido todavía resolver, a pesar de decenios de trabajo crítico, y no ofrece por ahora esperanzas de posibles soluciones que satisfagan a todos, por lo que se refiere a santa Clara, el problema es de una extrema simplicidad, y si existen dificultades, son únicamente marginales, que no afectan a lo sustancial.

Los textos de los que pueden sacarse noticias sobre la vida, la obra y la figura de Clara de Asís, se dividen en tres grupos, que deben examinarse por separado dadas sus diferencias intrínsecas:

a) Escritos de santa Clara o inspirados por ella.

b) Fuentes que tratan de la vida de Clara tomada como objeto específico de la narración.

c) Textos que hablan de Clara, pero sólo en cuanto a las relaciones que tuvo con san Francisco.

El primer grupo reúne pocos documentos, los únicos que nos han llegado a nombre de la Santa:

- la Regla,[1]

- el Testamento,[2] (si bien no se han disipado todas las dudas sobre su autenticidad), y

- las cuatro Cartas a Inés de Bohemia.[3]

Al segundo grupo pertenecen:

- el Proceso de canonización,[4] cuyas Actas se remontan a noviembre de 1253;

- todos los documentos pontificios relativos a santa Clara y a su obra, que culminan en la Bula de canonización, promulgada por el papa Alejandro IV en el verano-otoño de 1255.[5] La pequeña Vita en miniatura (contenida en las letras de Inocencio IV al obispo de Espoleto encargándole la instrucción canónica del proceso: BAC 65-68); no ofrece detalles nuevos, como es evidente por tratarse de un documento oficial, por su naturaleza breve y vinculado al Proceso de canonización; pero es rica en una sucesión inagotable de alabanzas y adjetivos dentro de un texto de consumada finura retórica; esta bula es un singular testimonio de la fama en que era tenida la Santa;

- y, por fin, la Leyenda[6] que escribió en 1256, poco después de la muerte de la Santa y por encargo del mismo Alejandro IV, un franciscano que la crítica es ya casi unánime en identificar en Tomás de Celano, el biógrafo de san Francisco.

El Proceso de canonización, instruido, bajo mandato expreso del Sumo Pontífice, por Bartolomé, obispo de Espoleto, quien en pocos días lo llevó a cabo con escrúpulo y diligencia, se reencontró en época reciente (1920), y no en su redacción original latina, sino en una vulgarización italiana del siglo XV. Confrontado críticamente con la Leyenda (también para mí de Celano), no ha dado lugar a dudas, contradicciones o incertidumbres; los dos textos, por tanto, aun manteniendo cada uno su fisonomía propia, forman un documento único de valor histórico seguro y ofrecen un conjunto de testimonios creíbles, que son la materia casi única de toda biografía de santa Clara, formalmente variada sólo por el variar de la sensibilidad de quien se sirve de ella.

La Leyenda, traducida ya en el Medievo y también después a muchas lenguas, nos ha llegado incluso en una redacción latina versificada, de autor desconocido[7] y casi contemporánea, pues ciertamente es anterior a 1261, año de la muerte del papa Alejandro IV, a quien está dedicada. Fiel en todo al texto en prosa, esta Leyenda versificada debería, sin embargo, ser conocida por los biógrafos de santa Clara más de cuanto lo ha sido hasta ahora, por la presencia en ella de algún detalle no falto de interés dentro del hálito épico del sonoro hexámetro virgiliano.

De este modo, también Clara tuvo su poema, al igual que a san Francisco se lo compuso Enrique de Avranches: pobres los dos, pues en ellos se pierde todo sentido de espiritualidad, toda frescura poética, todo aroma de gracia; pero válida aportación de la cultura de una época que creía en los valores de la cultura y consideraba que podía levantar a sus santos basílicas de versos, además de las basílicas de piedra.

Del texto de Celano derivan también otros documentos antiguos: algunas Leyendas menores, estudiadas por el P. Bihl,[8] y algún breve poema; pero no son más que riachuelos, hijos apagados y pálidos del único manantial.

Para la tercera categoría de fuentes, que se refieren sólo a las relaciones de Clara con Francisco, los textos fundamentales son naturalmente los mismos que narran la vida de Francisco:

- las dos Vidas de Tomás de Celano (en la primera, de 1228, se encuentra el testimonio más antiguo sobre santa Clara);[9]

- las pocas líneas que san Buenaventura dedica a santa Clara;[10]

- las páginas que se encuentran en los textos de la corriente de biógrafos de san Francisco que arranca del material recogido por Fr. León, es decir, el Espejo de Perfección,[11] primero, y, más tarde, los Actus beati Francisci et sociorum eius (compuestos hacia 1322-1328), que son el original latino de las Florecillas.[12]

Como es sabido, cada uno de estos textos lleva consigo un problema que se ha convertido en objeto de insalvable polémica. Por tanto, antes de usarse como fuentes de información, han de tratarse con la prudencia crítica que los documentos de este género presuponen y exigen.

A este tercer grupo de textos, pueden añadirse otros documentos de épocas más tardías:

- el De conformitate de Bartolomé de Pisa;[13]

- la Crónica de los 24 Generales,[14] de finales del siglo XIV, y,

- última de todas, la compleja obra de Fr. Mariano de Florencia, de principios del siglo XVI.[15]

Alguno de estos textos, como por ejemplo el de Bartolomé de Pisa, ofrece informaciones sobre la vida de santa Clara que no tienen respaldo en ninguna de las fuentes precedentes. Ante estas noticias sobre todo, la crítica debe ser cauta y severa, porque no es fácil frenar la carga emotiva que con frecuencia brota de ellas con una invitación más seductora que el antiguo canto de las sirenas; valga por todas como ejemplo la leyenda de la presencia de santa Clara al lado de san Francisco en el momento en que salió de sus inspirados labios el Cántico de las Criaturas, leyenda que se formó claramente por una serie de sucesivas aproximaciones textuales, y a la que dio el último toque Pablo Sabatier, añadiendo al Cántico una estrofa en alabanza de santa Clara, que ha fascinado a todos los biógrafos posteriores (incluidos hombres como Tommaso Nediani y Giulio Salvadori) y que alguno ha tenido la ingenuidad de creerla auténtica.

Prudencia y cautela, pues, ante tal material.

Añado, sin embargo, que sería injusto pasarlo por alto sin examen y seguir a san Buenaventura, quien deja en la sombra toda relación de santa Clara con san Francisco: la poesía, el arte, la literatura y la piedad cristiana han ocupado ese terreno desde el siglo XIII, y si bien éstas no son pruebas para la validez histórica de los textos, son siempre, sin embargo, un testimonio autorizado de una tradición antiquísima que ningún historiador puede ignorar sin faltar a su cometido. Se trata sólo de indicar con exactitud las fuentes, dejando en torno a ellas el problema crítico de su validez.

El intento de redactar una Vida de santa Clara basada en todos los textos que he indicado, fue ya llevado a cabo a principios del siglo XVI por un franciscano de Toscana, y dio lugar a la que comúnmente es considerada como la primera biografía completa de Clara de Asís. El P. Lazzeri, que la descubrió y publicó en 1920,[16] ve en su autor a «un historiador que conoce todas las fuentes y sabe coordinarlas y servirse de ellas, aunque alguna vez tales fuentes sean de segundo orden» (Prefacio, p. IV); debe añadirse, sin embargo, que el autor de esa biografía realiza sólo un trabajo de aproximación material de los textos, más que de criba y de selección, por lo que su escrito ha de considerarse más como una fuente que como una biografía (y así lo ha juzgado en definitiva también el P. Lazzeri, indicando para cada capítulo los textos a los que se remontan las noticias en él contenidas).

En estos tres grupos de textos están, pues, las bases para la biografía de santa Clara. Pienso, sin embargo, que a ellos se podría añadir un cuarto grupo, hasta ahora poco explorado y, ya de salida, extremadamente débil en cuanto a posibles resultados. Se trata de los textos en los que se pone de relieve algún aspecto de la vida de santa Clara y, más aún, de su espiritualidad, ya sea en función de una invitación religiosa y exhortación a la santidad de vida, ya sea en relación a su alabanza en el canto. Me estoy refiriendo a los sermones sobre santa Clara, empezando por el primer panegírico, por desgracia perdido, que debió pronunciar el cardenal protector de la Orden el mismo día de las exequias, y a los himnos compuestos en su honor, en latín y en lengua vulgar.

En cuanto a los primeros, nadie, que yo sepa, los ha buscado en las infinitas compilaciones, en su mayoría todavía inéditas, que existen en nuestras bibliotecas. Sobre la himnografía en honor de Clara -litúrgica o no-, las investigaciones están más adelantadas, pero muy lejos de ser completas; y deben extenderse también al mundo tan fascinante de las «laudi», en el cual no está ausente ni mucho menos la figura de Clara, a menudo exaltada en rápidas biografías de excepcional belleza artística.

Es evidente que las fuentes de este género, con fines deliberadamente laudativos y extraídas de documentos conocidos, sólo pueden ofrecer tenues contribuciones a un mayor conocimiento de la vida y espiritualidad de santa Clara. Pero, dado que ésta depende de un número harto limitado de textos, como ya hemos visto, me parece que no deben ser totalmente descuidadas como se ha hecho hasta ahora.

II. HISTORIA Y LEYENDA

Para poder estudiar el tema que nos habíamos propuesto eran indispensables las premisas antes expuestas sobre las fuentes del conocimiento de la vida de santa Clara. Y es necesario igualmente responder a una pregunta previa: ¿Es posible dividir historia y leyenda en ese documento singular que es la vida de un santo? O sea: ¿Es posible hacer esto en un documento en el que confluyen los elementos más dispares: emotividades de todo género, necesidades anejas a la difusión del culto, ¿exigencias de corrientes devocionales en las que no es extraño el factor económico, etc.?

Que sea extremadamente difícil lo ve todo el mundo. Que sea no sólo lícito, sino justo y obligado, nos lo dice el ejemplo de los Bolandistas, que desde hace ya siglos trabajan con el arma de la crítica histórica más severa para dar a la Iglesia -de la que han recibido el mandato- el oro puro de las vidas de los santos, purificado de toda incrustación de añadiduras posteriores, aunque fueran hechas con fines piadosos, por las insaciables exigencias de una piedad mal entendida.

Los obstáculos que hay que evitar son dos: el primero es la falta de espíritu crítico, por la que, especialmente bajo la autoridad de nombres famosos y de largas tradiciones, se siente uno inducido a aceptar como verdadero lo que no está documentado o lo está insuficientemente (éste es el defecto de los «escritores píos», que no hacen historia ni hagiografía, sino tan sólo anotaciones personales sobre el tema del santo); el segundo es su opuesto: la hipercrítica, que busca cualquier pretexto -incluso los más claramente absurdos- para negar la validez de los documentos y la posible realidad de los hechos.

El camino justo está, como siempre, en el medio: en el uso de una crítica severa, pero honesta; que tenga en cuenta las leyes históricas, pero que no olvide las del sentido común; que compruebe los hechos, pero que tenga presente que en el mundo de lo sobrenatural todo es posible.

En cuanto a los autores, es necesario estudiar su mentalidad, cultura, intenciones: las razones de sus palabras y las de sus silencios, los cuales, con frecuencia, no significan la inexistencia de los hechos callados, sino solamente la fidelidad a una intención suya, expresa o tácita.

Por ejemplo, ¡ay si nosotros consideráramos como histórico respecto a santa Clara únicamente lo que de ella dice san Buenaventura en su Leyenda de san Francisco! Deberíamos decir, entre otras cosas, que Clara nunca estuvo en Santa María de los Ángeles y que jamás vio a san Francisco vivo. Pero es que san Buenaventura había escrito una página extremadamente estricta sobre los consejos que Francisco daba a sus hermanos acerca del modo de comportarse con las mujeres (es el texto de la LM 5,5): no podía, por tanto, presentar a un san Francisco que no fuese modelo también en los consejos que daba. Por esta razón, el historiador debe guardarse de creer sólo lo que Buenaventura dice, y buscar en otras partes los hechos que él calla.

En base a estos criterios, expuestos quizá con demasiada simplicidad, trataremos ahora de ver, a grandes rasgos y sin ninguna pretensión de hacer una obra completa, cuál es la parte ciertamente histórica y cuál la legendaria de la vida de santa Clara de Asís.


HECHOS HISTÓRICOS

Pertenecen ciertamente a la historia los siguientes hechos:

1. El nacimiento de Clara en 1193 en Asís, de una familia de feudatarios que no es la de los Scifi, por más que los biógrafos modernos continúan repitiéndolo. Lo ha demostrado el insigne investigador de cuestiones franciscanas Arnaldo Fortini, a quien debemos nuevos datos, sacados de documentos de archivo, acerca de Clara y su familia.[17]

2. Los coloquios secretos con Francisco. Fueron muchos. Clara acudía a ellos acompañada por Bona de Guelfuccio; con Francisco estaba Fr. Felipe Longo.[18]

El tema único era el modo de servir a Dios. Clara acudía para afirmarse en sus convicciones: tenía más necesidad de ser frenada que de ser estimulada. Todo esto parece evidente por el testimonio preciso de la misma Bona de Guelfuccio en el proceso de canonización de noviembre de 1253: «La madonna Clara... tenía gran fervor de espíritu, pensando cómo podría servir a Dios y agradarle. Por esta razón, la testigo fue muchas veces con ella a hablar con san Francisco, e iba secretamente para no ser vista por los parientes. Preguntada sobre qué le decía san Francisco, respondió que siempre la exhortaba a que se convirtiera a Jesucristo, y Fr. Felipe hacía lo mismo. Y ella los oía con gusto y asentía a todos aquellos bienes que le decían».[19]

3. La fuga de la casa paterna en la noche del domingo de ramos al lunes santo de 1211 (que aquel año cayó el 28 de marzo) y la consagración a Dios en manos de san Francisco en la iglesita de Santa María de la Porciúncula.

Quien la acompañó esta vez no fue madonna Bona de Guelfuccio, pues ésta se encontraba aquellos días en Roma: «La testigo no estuvo presente, ya que entonces estaba en Roma, por la cuaresma».[20]

4. La brevísima estancia (pocos días) en el monasterio de San Pablo de las Abadesas, próximo a Bastia, y la estancia en la iglesia del Santo Ángel de Panzo (sobre ambos monasterios, véanse las noticias dadas por Fortini en su ya citado artículo).[20bis]

5. La persecución de los familiares para disuadirla, incluso por la fuerza, de su propósito.

6. La vida transcurrida en el silencio, el trabajo y la oración en San Damián, hasta el 11 de agosto de 1253, fecha de su muerte.

7. El acontecimiento externo más importante durante este largo período, fue el asalto al convento por parte de una banda de mercenarios en 1240, y la milagrosa liberación subsiguiente gracias a la oración de Clara. Ésta, enferma desde hacía ya tiempo, se hizo llevar en tal ocasión al refectorio, contra cuya puerta se estrellaba la furia de los rufianes. Y allí, sostenida por dos compañeras, se postró en oración ante el Santísimo que -encerrado dentro de un doble cofrecito de plata y de marfil- ella había mandado adosar a la parte interior de la misma puerta.

8. También pertenecen a la historia la rápida multiplicación de las «damas pobres», la difusión de los monasterios de clarisas por todos los rincones de Europa, las visitas a San Damián del cardenal Rainaldo de Hostia y, más tarde, del papa Inocencio IV, la presencia en la cabecera de Clara moribunda de tres de los compañeros más conocidos de san Francisco: Fr. Junípero, Fr. Ángel Tancredi y Fr. León.

9. Finalmente, está presente y operante en todo momento el hecho de la santidad de Clara: el ejercicio heroico de la virtud, la caridad incansable hacia cualquier forma de sufrimiento, la defensa de la pobreza, el espíritu de sacrificio, la contemplación de Dios en la oración hasta los arrobamientos y los éxtasis. Y, en este terreno tan fértil, un florecer continuo de milagros: el pan que se multiplica, el aceite que no mengua, la curación de toda clase de enfermedades, dentro y fuera del convento, al suave contacto de una mano o con la señal de la cruz.

Milagros que están presentes en la vida de todos los santos y que se renuevan cada vez que un alma, correspondiendo a una vocación, se une de tal forma a su Dios que tiene a su disposición el poder infinito. Ante ellos, los cánones de la llamada historia pueden quedar mudos e inoperantes, sin que por esto aquéllos dejen de ser realidades concretas y fecundas en la vida de los hombres.

10. Desde este punto de vista, todo lo que contiene el Proceso de canonización de santa Clara -llevado a cabo con extrema severidad por el obispo Bartolomé de Espoleto y el tribunal por él constituido- puede considerarse digno de fe, sobre todo si es corroborado por la Leyenda de santa Clara, que no se limitó a aprovechar las Actas del Proceso, sino que quiso confirmar sus noticias mediante el recurso directo a las fuentes más autorizadas: las compañeras de santa Clara y los compañeros de san Francisco.

El P. Lazzeri, con suma diligencia, ha examinado todo este material, ha realizado una minuciosa confrontación entre el Proceso y la Leyenda de Celano, ha recogido todos los datos sobre los que no se pueden adelantar seriamente dudas.[21] Baste, pues, remitir a su trabajo para los detalles particulares del cuadro histórico que hemos examinado hasta ahora.


LEYENDAS

No es tan fácil moverse en el campo de las leyendas para tratar de ver, hasta donde sea posible, sus génesis y razones.

Una observación que hay que hacer de inmediato es la siguiente: casi todas estas leyendas nacieron del deseo de una mayor y más visible inserción de Clara en la vida de san Francisco, a causa de la impaciencia, con frecuencia ingenua, ante los demasiado escasos datos históricos sobre las relaciones entre los dos santos de Asís.

Veamos, sumariamente también, las principales leyendas que pueden definirse con seguridad como tales:

1. Según Bartolomé de Pisa, que a finales del siglo XIV escribió una obra sobre la Conformidad de la vida de S. Francisco con la vida de Cristo[22] -que será nuestra principal fuente para la identificación de las leyendas ya formadas en torno a santa Clara-, Francisco, durante uno de los coloquios con la jovencita que acudía a él en busca de consejo, queriendo probar su vocación, le habría dicho: «Si quieres que yo te crea, vístete de saco y ve a mendigar el pan por toda la ciudad de Asís». Clara habría obedecido, pero, milagrosamente, no habría sido reconocida por nadie.[23]

Ya los Bolandistas negaron toda autoridad a esta noticia. En efecto, es evidente que Francisco, conociendo perfectamente la hostilidad de la familia de Clara a toda solución que no fuese la de un matrimonio acorde con el poder y la riqueza de su linaje, no podía correr el riesgo de hacer fracasar el santo proyecto que tenía ya sobre la vida de Clara, imponiéndole una prueba como la referida por Bartolomé. De ella se habrían seguido, con el escándalo, dificultades de todo género: precisamente aquellas que él trató de evitar sugiriendo a la jovencita que se alejase de casa a escondidas, después de un día festivo (el domingo de ramos de 1211), para poner a la familia ante el hecho consumado de su consagración a Dios.

2. El capítulo XV de las Florecillas (que, como es sabido, se remontan, en su redacción original latina, a la primera mitad del siglo XIV) cuenta cómo «los habitantes de Asís bajaron a todo correr a Santa María de los Ángeles para apagar el fuego» que, según veían, consumía «la iglesia, el convento y el bosque al mismo tiempo».

Francisco, impelido por la insistencia de los hermanos, había querido condescender, finalmente, al «grandísimo deseo» que Clara tenía de «comer una vez con él». Clara, con una compañera de San Damián, había bajado a Santa María de los Ángeles, donde los hermanos habían preparado la mesa «sobre el suelo, como él estaba acostumbrado». Clara se sentó al lado de Francisco y su compañera junto a un hermano; después se acercaron a la mesa todos los demás compañeros.

«Como primera vianda, san Francisco comenzó a hablar de Dios con tal suavidad, con tal elevación y tan maravillosamente, que, viniendo sobre ellos la abundancia de la divina gracia, todos quedaron arrebatados en Dios. Y, estando así arrobados, con los ojos y las manos elevados al cielo, las gentes de Asís y de Bettona y las de todo el contorno vieron que Santa María de los Ángeles y todo el convento y el bosque que había entonces al lado del convento ardían violentamente, como si fueran pasto de las llamas la iglesia, el convento y el bosque al mismo tiempo». Los habitantes de Asís corrieron a apagar el fuego, pero, llegados al lugar, no encontraron ni rastro de incendio. Entraron en el interior y vieron a Francisco, a Clara y a todos los compañeros arrebatados en contemplación, y entonces comprendieron «que se trataba de un fuego divino y no material, encendido milagrosamente por Dios para manifestar y significar el fuego del amor divino en que se abrasaban las almas de aquellos santos hermanos y de aquellas santas monjas».

El arrobamiento místico -que, como fenómeno espiritual, no dice nada a la gente-, materializado y hecho evidente con fuego real (real hasta el punto de que se viera arder un bosque, y que los hombres corrieran para limitar los daños del incendio), pertenece a un proceso muy conocido en el campo hagiográfico (basta leer el libro del P. Delehaye, Le Leggende agiografiche, II, ed. ital., Florencia 1910).

Pero el hecho que fue la causa, la comida, ¿pudo ocurrir?

Entre los estudiosos franciscanos, hay quien lo niega absolutamente, como Robinson,[24] alegando la afirmación de la Leyenda de S. Clara (cf. LCl 10; BAC 142-143) de que la Santa nunca salió de San Damián en los cuarenta y dos años que allí permaneció encerrada; y hay quien defiende su veracidad, como Cuthbert.[25]

Significativo y grave es el silencio de las fuentes más antiguas y más autorizadas. Ninguna de las monjas que vivió con Clara desde el principio y que declaró en el proceso de canonización recuerda el hecho. Y, sin embargo, habría tenido que recordarlo si, como dicen las Florecillas, la salida de Clara del convento para la comida fue motivo para ellas de gran temor. En efecto, se alegraron mucho al verla regresar, «porque temían que san Francisco la hubiera enviado a gobernar otro monasterio, como ya había enviado a su santa hermana sor Inés a gobernar como abadesa el monasterio de Monticelli, de Florencia».

Todo, pues, induce a pensar que nos movemos sobre el terreno exclusivo de la leyenda.

3. «La bienaventurada Clara vio las llagas de san Francisco mientras éste aún vivía y, para la herida del costado, ella misma preparó un ungüento, como aún hoy puede verse en el monasterio de Santa Clara en Asís». Esto dice Bartolomé de Pisa.[26]

Para demostrar que esto es falso, basta recordar la extrema discreción de Francisco respecto a sus dolorosas heridas. Todas las fuentes antiguas nos dicen que, si muchos vieron las llagas de Francisco,[27] sólo un hombre podía curarlas: Fr. León, el compañero fiel, que era para Francisco, a un tiempo, confesor, amigo, médico, discípulo, custodio...

4. El mismo Bartolomé es autor, o al menos divulgador, de otra leyenda referente al tema de las llagas: la que cuenta el intento de Clara de arrancar el clavo de una de las manos del Santo.

Los documentos más antiguos nos atestiguan de manera concorde que el cuerpo de Francisco, apenas expiró el Santo, durante su traslado a Asís, fue depositado por breve tiempo en el monasterio de San Damián para que Clara y sus compañeras pudieran observar y besar sus llagas.[28] Este hecho es indudablemente histórico.

Bartolomé añade que «la bienaventurada Clara trató de arrancar uno de los clavos de las manos, pero no fue capaz de ello en absoluto»,[29] como para confirmar lo que anteriormente había escrito: que «los clavos eran movibles y, sin embargo, no pudieron ser extraídos ni de las manos ni de los pies, aunque intentaron hacerlo santa Clara y otros».[30]

La añadidura fue debida a que Bartolomé quería a toda costa persuadir a los lectores de que se trataba verdaderamente de clavos...

Wadding da otros detalles: Clara habría empapado en la sangre de las heridas un pañuelo, y habría tomado las medidas del cuerpo de Francisco, haciendo luego excavar en 1a parte posterior de la tribuna, en San Damián, un nicho del tamaño del Santo, y pintar allí su imagen.

5. Ya hemos visto el episodio, ciertamente histórico, del asalto de una banda de mercenarios a San Damián en 1240.

El testimonio de las monjas en el Proceso de canonización es concorde en afirmar que en aquella ocasión Clara, estando gravemente enferma, se hizo llevar al refectorio, contra cuya puerta, sacudida ya por los golpes de los asaltantes, había mandado colocar un cofrecito que contenía el Santísimo; y que allí, postrada en tierra y sostenida por dos compañeras, obtuvo del Señor la gracia de la liberación. No es fácil precisar cómo se formó la leyenda, carente de todo fundamento, según la cual la Santa, puesta de pie a pesar de la debilidad de toda su persona, sin ayuda de nadie, muestra el Santísimo encerrado en un ostensorio o en un copón, arriba en el dormitorio (donde todavía hoy se indica a los visitantes el lugar), y hace que los soldados, que subían por las escaleras apoyadas en los muros, caigan precipitadamente y emprendan la huida.

Pennacchi[31] cree que esa leyenda es posterior al siglo XVI. Tal vez se debió al hecho de que el relato histórico no era fácil de presentar ni en pintura ni en escultura: era necesario, para estas artes, un planteamiento espectacular, una Clara visible, con el Santísimo en las manos, que con Él se mostraba terrible a los enemigos.

Si esto es cierto, preciso será confesar que el arte ha conseguido su objetivo; pero, ¡con qué deformación de la verdad y de la misma figura de la Santa!

6. Hay otro hecho prodigioso, referido a San Damián, que debemos considerar como pura leyenda: la impresión de la señal de la cruz sobre los panes bendecidos por Clara a petición del papa y en su presencia. Léase el cap. 33 de las Florecillas: el papa (no se dice cuál) visita a Clara en San Damián, «para oírla hablar de las cosas celestiales y divinas»; a la hora de la comida, el pontífice quiere que, en virtud de obediencia, sea Clara quien bendiga la mesa: «Entonces, santa Clara, como verdadera hija de obediencia, bendijo muy devotamente aquellos panes con la señal de la cruz. Y, ¡cosa admirable!, al instante apareció en todos aquellos panes la señal de la cruz, bellísimamente trazada. Entonces comieron una parte de los panes, y la otra parte fue guardada en recuerdo del milagro».

Este hecho es uno de los más conocidos de la vida de Clara. Unos lo sitúan en 1228, otros en 1234-1235 ó 1253; hay quien dice que el papa era Gregorio IX, y quien dice que era Inocencio IV.[31bis]

Pienso, sin embargo, que toda discusión es inútil, porque ninguna de las monjas que vivió con Clara en aquellos años recuerda, al declarar en el Proceso de canonización en 1253, este hecho maravilloso. Y todas ellas deberían haber estado presentes en la escena, haber visto todas aquellas señales, haber comido todas de aquellos panes, haberse guardado algún trozo como recuerdo del milagro. No es creíble que todas lo hubieran olvidado o, menos aún, que no hubieran dado importancia al hecho: estaba presente en su pobre refectorio un papa, y un hecho semejante, además de otros muchos, habría indicado el poder de su santa Madre, habría ayudado a darle incluso oficialmente la aureola de santidad cuyas pruebas venía a buscar precisamente de ellas Bartolomé de Espoleto, interrogándolas bajo juramento, a fin de que la Iglesia pudiese proceder a su canonización.

El episodio es, por tanto, legendario: debido tal vez a la gran devoción de Clara a la cruz; véanse los capítulos 30-35 de la Leyenda de santa Clara y los testimonios de las monjas en el Proceso de canonización.

7. Y legendario es también el contenido del capítulo 35 de las Florecillas, que se refiere ciertamente a la noche de Navidad de 1252: el episodio es ciertamente histórico, pero en la forma en que lo presentan el Proceso y la Leyenda, y no como lo hacen las Florecillas.

Clara está triste porque, dada la gravedad de su enfermedad, no puede participar en los sagrados ritos de aquella noche santa: «Pero Jesucristo, su esposo, no quiso dejarla sin aquel consuelo: la hizo transportar milagrosamente a la iglesia de San Francisco y asistir a todo el oficio de los maitines y de la misa de media noche, y además pudo recibir la sagrada comunión; después fue llevada de nuevo a su cama». Aquí, sin embargo, es fácil ver cómo nació la leyenda.

Sor Felipa de Leonardo de Gislerio declara efectivamente que, en aquella ocasión, tras lamentarse Clara dulcemente al Señor («¡Oh Señor Dios! Aquí me han dejado sola contigo, en este lugar»), «de pronto comenzó a oír los órganos y los responsorios y todo el oficio de los frailes en la iglesia de San Francisco, como si estuviera presente allí».[32]

Idéntica declaración hace Balbina de Martín de Cocorano,[33] cuya hermana, Amada, añade, confirmando lo que había dicho Felipa, que Clara «en aquella noche de la Navidad del Señor había visto también el pesebre de nuestro Señor Jesucristo».[34]

Tomás de Celano (LCl 29) repite estos mismos detalles, incluido el del pesebre, y adelanta una doble hipótesis: «o la resonancia de aquella solemnidad había sido amplificada hasta ella por el divino poder, o su capacidad auditiva le había sido reforzada más allá del límite humano», porque ella no se movió de su lecho en San Damián. Hipótesis honestas de un hombre docto; pero difíciles y extrañas para una muchedumbre a la que era mucho mejor hacerle ver a una Clara transportada por los ángeles a la iglesia de San Francisco; y para que esta muchedumbre quedara más convencida de que se trataba de un verdadero transporte material, he aquí el detalle de la comunión recibida corporalmente, de la que no hay rastro alguno ni en el Proceso ni en Tomás de Celano. La génesis de la leyenda, por tanto, es clarísima en este caso, incluso en los detalles.

8. El último hecho que queremos examinar aquí es el más famoso de todos: la afirmada presencia de santa Clara junto a san Francisco en el momento en que, de su corazón, brotó el Cántico del Hermano Sol.

En los tiempos modernos, esta presencia ha tenido su máximo cantor en Pablo Sabatier. He aquí a Clara «sentada a los pies de aquel a quien amaba más de lo que se ama sobre la tierra»; y he aquí la estrofa que pone en los labios de san Francisco, no pronunciada por éste, pero que «estuvo ciertamente en su corazón», dice Sabatier:

«Loado seas, Señor, por la hermana Clara,
Vos la habéis hecho silenciosa, activa y sutil,
Y por ella vuestra luz brilla en nuestros corazones».[34bis]

El espectáculo es indudablemente grandioso. La presencia de una mujer -¡y de qué mujer!- junto a Francisco en el momento culminante de una oración que es al mismo tiempo poesía, parece hacer más completa esta voz humana que sube a Dios, intérprete de la voz de cada criatura, en un canto de agradecimiento, de adoración, de alabanza, de súplica. Pero Clara en aquel momento no estaba allí, si es cierto cuanto sabemos sobre la composición del Cántico.

Léase el Espejo de Perfección (EP 100-101-102), la Leyenda antigua de Perusa (LP 83-84-85), reeditada ahora con el título de Compilación Asisiense (cf. LP 83-84-85), la Leyenda antigua vaticana. Francisco, dos años antes de morir, se encontraba enfermo de los ojos, «apud Sanctum Damianum in cellula quadam facta de storiis» («junto a San Damián, en una celdilla hecha de esteras»), y, además, plagada de ratones.

Una noche, Francisco recibe de Dios la confirmación de su salvación y, con ella, una alegría inefable. Al clarear el día, llama a los compañeros que estaban con él, les cuenta las misericordias que el Señor ha tenido para con él y su júbilo se hace palabra en el Cántico (hasta la estrofa: Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra...; las estrofas del perdón y de la muerte fueron añadidas más tarde). Ninguna huella de Clara en este preciso y pormenorizado relato.

Pero he aquí que, a principios del siglo XIV, unos cien años después de la muerte de Francisco, un texto va a revelarnos que aquella «celdilla hecha de esteras» fue obra de santa Clara: «San Francisco... fue primero a San Damián, donde estaba Clara, esposa devotísima de Cristo, con el fin de darle alguna consolación y luego proseguir a donde el cardenal lo llamaba. Pero, estando aquí, a la noche siguiente empeoró de tal manera su mal de ojos, que no soportaba la luz. Como por esta razón no podía partir, le hizo santa Clara una celdita de cañizos para que pudiera reposar...» (Flor 19).

Se ha dado ya el primer paso. El segundo y decisivo lo dará una vez más, a finales del mismo siglo, Bartolomé de Pisa: «Habiéndose trasladado Francisco a San Damián, con Fr. Leonardo de Asís, para visitar a santa Clara, y habiéndose prolongado la conversación hasta la hora de la comida, se quedó allí a comer. Pero, apenas había comido cuatro bocados, alzado el rostro al cielo, se quedó mucho tiempo absorto. Después, volviendo en sí, gritó con voz potente: Loado seas Señor...».[35]

Que Clara estuviese presente, es cierto por el contexto; y aunque esta comida tenga una extraña semejanza con la otra que hemos examinado más arriba, y no se haga aquí mención de la celdita ni de los ratones, es evidente que Bartolomé quiere recordar el nacimiento del Cántico, cuyas primeras palabras reproduce en lengua vulgar. Por tanto, para él, Clara está junto a Francisco en aquel preciso momento.

Luigi Foscolo Benedetto ha escrito un libro[36] para rehacer minuciosamente la génesis del Cántico. Pero a nosotros bástenos concluir que -aun no aceptando en absoluto la tesis de Benedetto sobre la composición del Cántico en San Fabián, cerca de Rieti- también la presencia de Clara al lado de Francisco durante la composición del Cántico pertenece a la leyenda.

* * *

Naturalmente, las leyendas aquí examinadas no son todas las que hay; pero son las principales y, al menos algunas, son de las más conocidas.

Sólo dos de ellas miran a santa Clara en sí misma: la exhibición del Santísimo a los sarracenos durante el asalto a San Damián y la cruz impresa sobre los panes en presencia del pontífice. Ambas están vinculadas al poder de su oración, de la que son manifestaciones visibles y espectaculares para la piedad de los fieles y para gloria de la Santa.

Todas las demás nacieron para insertarla más y más en la vida de Francisco; para poner junto al Santo, herido por las llagas, la piedad de una mujer (cura de las heridas, intento de arrancarle un clavo) o para aproximarla a él en el momento de la oración o del éxtasis (comida, presencia en la composición del Cántico). La piedad de los fieles ha querido más próximos a los dos santos de Asís, a los cuales el Señor ha confiado la tarea de renovar la vida cristiana en el mundo, haciéndole ver los valores más altos para todos los tiempos.

La historia hace valer justamente sus derechos reduciendo las proporciones de esta cercanía; pero, bien fijados los confines del propio dominio, se inclina ante la poesía, de la que les llega a sus mismas páginas claridad y fragancia, como de un jardín florido en las márgenes de los severos documentos.

Se trata, con todo, de no invertir la escala de valores, como frecuentemente hace la piedad devocional, y de dar, también en este campo, el primado a la verdad. Porque la fantasía puede encender los cielos del arte y de la poesía, pero sólo en la verdad somos verdaderos hijos de Dios.

Y aquí, con este recurso a los derechos de la historia, podría terminar el discurso. Pero valdrá la pena añadir una última observación, precisamente respecto a la historia. La historia que aprendemos y enseñamos en las escuelas es la historia del género humano, de las naciones, de los estados, en sus acontecimientos alegres y tristes: nacimiento, esplendor, acaso de pueblos; batallas perdidas y ganadas; tiempos de esclavitud y de libertad, de abyección y de dominio, en este imparable andar de los hombres a lo largo de la corriente del tiempo.

Esta es la historia que tiene su lugar en los tratados y que detiene el pasado en páginas inmóviles que los siglos, poco a poco, descolorean.

Mas, para el cristiano, por debajo de esta historia, existe otra, la única verdadera, y es la historia de las almas en sus relaciones entre ellas y con Dios.

Así entendida, la historia es el conflicto entre la gracia y el pecado, en nosotros y en el mundo; es la lucha entre la luz y las tinieblas: y su verdadera desembocadura no es una gigantesca catalogación de hechos o una construcción cronológica de datos, sino el destino eterno para cada alma venida a esta tierra.

Nuestra participación personal en esta historia, Dios la juzgará: si hemos acogido, amado y difundido la luz; si hemos dado testimonio de la verdad en todo momento; si hemos arrancado, aunque sea un solo milímetro al reino de las tinieblas.

Desde este punto de vista, Clara de Asís es una voz límpida en el gran coro de los santos: a ellos solos les es dado el continuar haciendo amar a Dios en la tierra y en el tiempo, incluso después de la muerte; el reavivar su llama en el corazón de los hombres y mujeres que vendrán después de ellos, con frecuencia durante una larga serie de siglos, y que en su nombre continuarán su obra... Por encima de la historia y de la leyenda humanamente entendidas, la voz de Clara llama a los hombres del siglo XX al amor de Dios.

Bona de Guelfuccio, en su declaración en el Proceso, resume así la vida de Clara: «pues madonna Clara estaba llena de gracia y quería que las demás también lo estuviesen».[37] Este llamamiento a vivir en la gracia es la amonestación que la Iglesia, madre de los santos, nos hace escuchar, alto y solemne, a través de la celebración de Clara de Asís.

N O T A S:

[1] La Regla de santa Clara, de 1253, es el punto de llegada de una serie de experiencias por las que pasó durante decenios el grupo de San Damián. Representa el desarrollo final de la Fórmula o pequeña regla que san Francisco les dio a las Damas Pobres de San Damián (FVCl); a ella alude santa Clara en el cap. VI de su Regla (BAC 278).

Precisamente por esto, porque es el desarrollo de la forma vivendi dada por san Francisco a las Damianitas, es llamada con toda razón por la Sede Apostólica: «la forma de vida y modo de santa unidad y altísima pobreza que os enseñó a observar el bienaventurado padre san Francisco tanto de palabra como por escrito» (RCl Pról.; BAC 267).

El original de la Regla Solet annuere, bulada por Inocencio IV el 9 de agosto de 1253 -o sea, las «letras buladas» llevadas con urgencia a Clara moribunda y besadas por ella en el lecho de muerte, según el testimonio de sor Felipa de Gislerio en el Proceso canónico (Proceso 3, 32; BAC 84)-, desapareció durante siglos, hasta que en 1893, buscado diligentemente en el Protomonasterio de Asís (donde todavía se conserva) por la entonces abadesa Clara Matilde Rossi, fue reencontrado en la caja sellada que contenía los vestidos de santa Clara (cf. Seraphicae legislationis textus originales, Quaracchi 1897, pp. 2. 3).

La Regla, por lo demás, se había difundido desde el principio por medio de otras copias, idénticas totalmente al original, publicadas por la misma Santa Sede.

La prisa del procedimiento por entregar a tiempo la Bula con la Regla a Clara moribunda es visible en la nota, ahora casi ilegible, escrita en el margen superior de la Bula, de su propio puño, por el pontífice Inocencio IV: «Hágase según se pide. Sinibaldo. Hágase según se pide por causas conocidas a mí y al protector del monasterio». Sinibaldo Fieschi es el papa Inocencio IV (cf. P. RobinsonInventarium omnium documentorum quae in Archivo Protomonasterii S. Clarae Assisiensis nunc asservantur, en Arch Fran Hist 1, 1908, 417).

La primera edición del original está en Seraphicae legislationis textus originales, Quaracchi 1897, pp. 2. 3; 49-76.

Fundamental y todavía valido es el estudio magistral de L. OligerDe origine regularum Ordinis S. Clarae, en Arch Fran Hist 5 (1912) 181-209, 413-447, que ha sido y sigue siendo el punto de referencia para todo trabajo serio sobre las Reglas de la Segunda Orden Franciscana.

Muy útiles son los dos estudios de E. GrauDie päpstliche Bestätigung der Regel der hl. Klara (1253), en Franziskanische Studien 35 (1953) 317-323, y Die Regel der hl. Klara (1253) in ihrer Abhängigkeit von der Regel der Minderbrüder (1223), en la misma revista, pp. 211-273.

Un estudio comparativo entre la Regla de santa Clara de 1253 y la Regla de san Francisco de 1223 es el de C. A. LainatiLa Regla franciscana y la II Orden, en Selecciones de Franciscanismo n. 10 (1975) 11-26.

El P. Ignacio Omaechevarría ha publicado el texto de la Regla, junto a todos los otros documentos de santa Clara y de su Orden, en la edición bilingüe latino-castellana: Escritos de santa Clara y documentos complementarios, Madrid, BAC, 1970, pp. 247-276 (en 1982 se ha publicado la segunda edición ampliada). También ha publicado recientemente un estudio sobre determinados aspectos de la vida de las Clarisas, a través de las Reglas primitivas: La Regla y las Reglas de la Orden de Santa Clara, en Collectanea Franciscana 46 (1976) 93-119, y en Selecciones de Franciscanismo n. 18 (1977) 248-269.

Cronológicamente, las últimas ediciones del original de la Regla se encuentran en la «Regla y Constituciones Generales» de las Clarisas. Y, por último, en I. BoccaliTextus opusculorum S. Francisci et S. Clarae Assisiensium, Santa María de los Ángeles-Asís 1976, pp. 167-184. (L. IriarteEscritos de san Francisco y santa Clara de Asís, Valencia, Ed. Asís, 1981, pp. 185-206.)

Nota del traductor.- La antes referida obra del P. Omaechevarría, en su segunda edición, la citaremos: BAC, añadiendo a continuación la página o páginas correspondientes.

[2] Entre los escritos de santa Clara, el Testamento es sin duda el más discutido en cuanto a su autenticidad, porque ninguna de las fuentes primitivas da noticias de él, y no tiene una tradición manuscrita antigua que dé garantía de su autenticidad.

En su contenido, sin embargo, se revela como uno de los escritos más cercano al corazón y al alma de santa Clara, y el más rico en recuerdos autobiográficos. La forma, en cambio, es con frecuencia pesada y farragosa: y aquí es donde, eventualmente, surge la duda, que fue planteada por primera vez por Lemmp en 1892: Die Anfänge des Clarissenordens, en Zeitschrift für Kirchengeschichte 13 (1892) 626-629; pero pronto fue rebatido por LemmensDie Anfänge des. Clarissenordens, en Römische Quartalschrift 16 (1902) 93-124, mientras lo apoyaban Wauer: Entstehung und Ausbreitung des Klarissenordens, Leipzig 1906, y Van Ortroy (AB XII, 360).

Con Robinson (The writings of St. Clare of Assisi, en Arch Fran Hist 3, 1910, 442-447), en cambio, que rechaza con razón el argumento ex silentio, el Testamento de santa Clara vuelve a ser considerado, aunque sea con cautela, entre las fuentes auténticas.

En esta misma línea están M. Fassbinder, en Franziskanische Studien 23 (1936) 304-306; E. GrauLeben und Schriften der hl. Klara von Assisi (Werl/Westf 1960, 21-22) y Omaechevarría (BAC 337-339).

En efecto, no hay razones positivas para negar la autenticidad del Testamento, pero la duda permanecerá mientras no podamos apoyarnos en una tradición manuscrita más segura. Hasta ahora, las nuevas ediciones se basan en la edición de Seraphicae legislationis textus originales, Quaracchi 1897, 273-280, que es la redacción de Wadding (Annales Minorum, ad ann. 1253, pp. 340-343).

Hemos tenido noticias de un pequeño manuscrito del Testamento de santa Clara, de finales del siglo XIV o principios del XV, que se halla en el monasterio B. Eustaquia de Messina (cf. Chiara d'Assisi. Rassegna del Protomonastero, II, 1954, p. 138). Este es, sin duda, el manuscrito más antiguo que conocemos del Testamento de santa Clara: sacarlo a la luz constituirá una buena contribución en favor de la autenticidad del documento. Todos los monasterios de Clarisas deberían revisar cuidadosamente sus archivos y bibliotecas, por si acaso hubiera en ellos alguna copia antigua del Testamento de santa Clara, anterior a los siglos XVI-XVII, época en la que comenzó a difundirse su texto, después de la publicación que hizo del mismo, el año 1600, el analista franciscano Lucas Wadding.

[3] El manuscrito más antiguo y autorizado de las Cartas de santa Clara a la beata Inés de Praga es un códice del siglo XIV, perteneciente a la Biblioteca del Cabildo de San Ambrosio de Milán, signado M-10; fue copiado en Praga, entre 1283 y 1322, probablemente de los originales de las Cartas de santa Clara, con el fin preciso de que la Curia papal tuviera una copia de las Cartas, como documento que debía servir para la introducción de la causa de beatificación o canonización de Inés de Praga.

Cronológicamente, la primera edición de las Cartas es la de Lucas Wadding (Annales Minorum, t. IV, 90-91).

A principios del siglo XX, la primera aportación a un estudio serio de las Cartas, y de todos los escritos de santa Clara, se debe a P. RobinsonThe writings of St. Clare of Assisi, en Arch Fran Hist 3 (1910) 433-447; seguido poco después por W. W. SetonSome new sources for the live of blessed Agnes of Prag, en Arch Fran Hist 7 (1914) 185-197. En este estudio, Seton da noticia de un códice de Bamberg del siglo XIV, signado Bibl. Misc. Hist. 146 E VII 19, que el mismo autor publicó como libro al año siguiente: Some new sources for the live of blessed Agnes of Bohemia, Aberdeen 1915. Contiene una traducción al alemán, del siglo XIV, de las Cartas de santa Clara, además de la Leyenda de la beata Inés de Praga, en latín y en alemán, y la Bendición de santa Clara.

Sólo años más tarde, en 1924, el mismo W. W. Seton publicó las cuatro Cartas de santa Clara a la beata Inés de Praga según el texto latino más antiguo que existe, es decir, el códice de la Biblioteca del Cabildo de San Ambrosio de Milán, signado M-10, del siglo XIV (Vyskocil datará luego este códice como posterior al 18 de enero de 1283 y anterior al 8 de diciembre de 1322): W. W. SetonThe Letters from St. Clare to blessed Agnes of Bohemia, en Arch Fran Hist 17 (1924) 509-519.

En 1932, el P. Jan Kapistran Vyskocil publicó en Praga un óptimo estudio crítico de las Cartas: La Leyenda de la beata Inés y las cuatro Cartas de santa Clara. Este estudio se basa en el códice M-10. Es un libro utilísimo, pero muy difícil de encontrar y, por la dificultad de la lengua en que está escrito, inaccesible a la mayor parte de los estudiosos. El P. Leo Barabás ha hecho un resumen del mismo, con el título Le Lettere di Santa Chiara alla beata Agnese di Praga, publicado en el volumen conmemorativo del VII centenario de la Santa: Santa Chiara d'Assisi. Studi e cronaca del VII centenario 1253-1953, Asís 1954, pp. 123-131. Sigue, en esta publicación, el texto latino de las Cartas, lamentablemente en una edición poco exacta por las omisiones y erratas de imprenta, con la traducción al lado, de Fausta Casolini.

Más recientes son la publicación de I. Omaechevarría ya citada (BAC 373-398), la de I. Boccali, (Textus opusculorum..., pp. 197-218, confrontada ésta con el texto más antiguo del ya citado códice M-10) y la de L. Iriarte (Escritos... 218-235).

[4] El Proceso de canonización de santa Clara ha permanecido prácticamente desconocido hasta 1920. Corresponde al P. Ceferino Lazzeri el mérito de haberlo devuelto a la luz, después de cuidadosas investigaciones en numerosas bibliotecas. Lo halló en el códice misceláneo 1975/2040 de la Biblioteca privada Landau, que ahora forma parte de la Biblioteca Nacional de Florencia (códice XXXVIII, 135 del Depósito Finaly-Landau).

Normalmente, las Actas de un Proceso canónico están llamadas a desaparecer una vez que sucede la canonización del santo y se redacta su Leyenda oficial. Así ha sucedido con las actas del proceso de san Francisco. El Proceso de santa Clara, en cambio, se conservó en el ambiente perusino; de allí, en efecto, con toda probabilidad, el texto -que no está en latín, sino en un umbro antiguo- pasó, en la segunda mitad del siglo XV, al monasterio de Santa Chiara Novella de Florencia, al que perteneció. El probable paso de Perusa a Florencia se explica muy bien: el monasterio florentino de Santa Chiara Novella fue fundado en 1453 por María de los Albizzi, y aquí vino como abadesa sor Magdalena del Conte Uberto de Romagna, junto con otras tres hermanas, todas ellas procedentes del monasterio de Perusa.

La edición auténtica del Proceso de santa Clara es la que hizo el P. LazzeriIl Processo di canonizzazione di santa Chiara d'Assisi, en Arch Fran Hist 13 (1920) 403-507. Esta es la edición que sirve de base a todas las ediciones posteriores del Proceso, y tiene el mérito de ofrecer el texto en su genuina lectura paleográfica, aparte la gran aportación de datos.

[5] Santa Clara fue canonizada en la catedral de Anagni por el papa Alejandro IV, en una fecha imprecisa que oscila entre agosto y octubre de 1255: los ejemplares que tenemos de la Bula de canonización, «Clara claris praeclara» (BAC 117-127), llevan, en efecto, fechas diversas. Esta Bula es el documento conclusivo del Proceso canónico instituido por Inocencio IV el 18 de octubre de 1253 con la Bula «Gloriosus Deus» (BAC 65-68) dirigida al obispo Bartolomé de Espoleto. La Bula de canonización responde, incluso en su estructura, al esquema de investigación propuesto en la Gloriosus Deus: «vita, conversio, conversatio» de Clara, es decir, su vida en el mundo, su paso al servicio total de Cristo, su vida en el claustro y, por último, los milagros realizados en vida y después de su muerte.

El hilo de la narración se entrelaza continuamente con el motivo luminoso y sapiencial de la «claridad» (Sab 6,13ss; 7,25ss) del alma virtuosa y casta (Sab 4,1), que es reflejo de la luz eterna (Sab 7,25ss y 8), con un juego de asonancias al que se presta de maravilla el nombre profético de Clara. Un texto de la Bula de canonización, digno de consideración por ser fruto de la confrontación de diversos ejemplares del documento, es el publicado por F. Pennacchi como apéndice de la Legenda sanctae Clarae virginis, Asís 1910, 108-118.

[6] Se trata de una Leyenda en el sentido medieval del término, o sea, el texto oficial, que leer, de la vida de la Santa. Hasta nosotros ha llegado como anónima; en cualquier caso, fue redactada, por encargo de Alejandro IV, por un hermano menor, después de la canonización de santa Clara, a la que hacen referencia tanto la carta introductoria dirigida a Alejandro IV (que ocupó la sede pontificia de 1254 a 1261), como también la conclusión del texto. Comúnmente es fechada en 1256, inmediatamente después de la canonización de santa Clara, cuya fecha precisa es desconocida, pero oscila, en los varios ejemplares de la bula Clara claris praeclara, entre agosto y octubre de 1255.

Después de la edición de los Bolandistas, fue reeditada en Asís en 1910 por F. PennacchiLegenda S. Clarae virginis, que sigue fundamentalmente la lectura del famoso códice 338 de la Biblioteca comunal de Asís (que, en la parte que contiene la Leyenda de santa Clara es de la primera mitad del siglo XIV), confrontando este códice con otros seis y dejando de lado otros doce elencados por él mismo. El texto de Pennacchi fue reimpreso en Asís en 1953, con traducción al italiano de Fausta Casolini.

[7] La Leyenda versificada fue publicada en 1912 por B. BughettiLegenda versificata S. Clarae Assisiensis, en Arch Fran Hist 5 (1912) 238-260, 459-481, 621-631. Fue estudiada por E. FranceschiniUna cattedrale di versi per Chiara d'Assisi, en Chiara d'Assisi, Rassegna del Protomonastero IV (1956) pp. 157-162. Un estudio comparado con la Leyenda en prosa y razones de crítica interna, aparte el hecho de que ignora la canonización de santa Clara como si todavía no hubiera sucedido, la hacen incluso anterior, en cuanto a fecha, a la redacción de la Leyenda en prosa, tal como nosotros la poseemos. Aquí reside toda la importancia y valor de esta Leyenda versificada, que no remite a la Leyenda en prosa, sino a sus fuentes mismas.

[8] M. BihlTres Legendae minores S. Clarae Assisiensis (saec. XIII), en Arch Fran Hist 7 (1914) 32-54.

[9] Celano habla de santa Clara y de las Damas Pobres en general en 1 Cel 18-20, 78, 116-117, 122, 124; 2 Cel 13, 106, 204-207.

[10] Cf. LM, 4,6; 12,2; 15,5.

[11] Cf. EP 90 y 108; TC 24; LP y Compilación Asisiense 13 y 85.

[12] Cf. Florecillas 15, 16, 33, 35.

[13] Bartolomé de PisaDe conformitate vitae B. Francisci ad vitam Domini Iesu, Analecta Franciscana t. IV, pp. 73, 162, 208, 248, 351-360, 466-467, 472, 504, 586; t V, pp. 17, 81, 144, 179-180, 197, 272, 331, 350-351, 394-410, 442.

[14] Chronica XXIV Generalium Ordinis Minorum, Analecta Franciscana t. III, Quaracchi 1897, pp. 81, 167, 173, 182-183, 271, 274-275, 678.

[15] Mariano da Firenze (siglo XVI), Libro Delle dignità et excellentie dell'Ordine della seraphica Madre delle povere Donne, Sancta Chiara de Ascesi. Hay manuscritos de esta obra en Florencia (Biblioteca d'Ognissanti y Biblioteca Nacional) y en Volterra (Biblioteca Guarnacci, cod. 190).

[16] Vita di S. Chiara, recopilada y traducida de todas las fuentes conocidas y completada con el texto inédito del Proceso de canonización, por un franciscano toscano del siglo XVI: ed. Z. Lazzeri, Quaracchi 1920.

[17] A. FortiniNuove notizie intorno a S. Chiara d'Assisi, en Arch Franc Hist 46 (1953) 1-43.

[18] Fr. Felipe Longo, uno de los primerísimos compañeros de san Francisco, el séptimo que lo siguió, se ocupó durante muchos años, y de cerca, de Clara y del monasterio de Hermanas Pobres de San Damián.

Era natural de Atri, y dotado de gran elocuencia y unción, tanto que Celano escribe de él: «A éste el Señor le tocó los labios con la piedra de la purificación para que dijese de Él cosas dulces y melifluas; comprendía y comentaba las Sagradas Escrituras, sin que hubiera hecho estudios, como aquellos a quienes los príncipes de los judíos reprochaban de idiotas y sin letras» (1 Cel 25). Más tarde lo encontraremos como predicador en San Damián, explicando la Palabra de Dios a las Hermanas Pobres.

Es el hermano que acompañaba habitualmente a Francisco en sus secretos coloquios con Clara, antes de que ella se fugase de su casa (lo atestigua Bona de Guelfuccio en el Proceso de canonización de santa Clara: Proceso 17,3; BAC 112). Es también él quien, junto a san Francisco y a Fr. Bernardo de Quintavalle, acompañó a Clara, después de su consagración, desde el monasterio benedictino de San Pablo de las Abadesas (cerca de Bastia), hasta el, también benedictino, del Santo Ángel de Panzo, en la pendiente del Subasio (Proceso 12,5; BAC 104).

Durante el viaje de san Francisco a Oriente, fue nombrado Visitador General de las Hermanas Pobres por el cardenal Hugolino (L. OligerDe origine regularum Ordinis S. Clarae, en Arch Fran Hist 5, 1912, 419-420). A su regreso, san Francisco lo hizo deponer inmediatamente por el mismo cardenal Hugolino. Probablemente, el gesto de san Francisco quería tener la fuerza de una enseñanza ejemplar, porque Fr. Felipe -si nos atenemos a la noticia, aunque discutible, de Fr. Esteban de Narni: en Arch Fran Hist 12, 1919, p. 384- había solicitado del papa este cuidado de las Hermanas Pobres.

La Crónica de Jordán de Giano esclarece la posición de Fr. Felipe en esta cuestión: «... Y esto era verdad, pues Fr. Felipe, que tenía el cuidado de las Damas Pobres, en contra del bienaventurado Francisco, quien prefería superar todos los conflictos con la humildad más que con la potestad judicial, había obtenido de la Sede Apostólica cartas que le autorizaban a defender a las Damas y excomulgar a quienes las molestasen» (Crónica 13; en Sel Fran n. 25-26, 1980, 242-243).

Es un hecho probado que san Francisco, a su regreso de Oriente, hizo deponerlo de su cargo, y elegir, en su lugar, a Fr. Pacífico (Arch Fran Hist 5, 1912, p. 446).

Según otro testimonio (Proceso 10,8: BAC 100; LCl 37), lo encontramos como predicador en San Damián: precisamente durante una de sus predicaciones fue visto un Niño hermosísimo recrearse junto a santa Clara.

En 1228, después de la muerte de san Francisco, fue reelegido Visitador de las Clarisas; da noticia de ello el mismo cardenal Rainaldo en su carta circular a veinticuatro monasterios de Hermanas Pobres, de fecha 18 de agosto de 1228 (Arch Fran Hist 5, 1912, pp. 445-446). Según un documento publicado por Z. Lazzeri en Arch Fran Hist 13 (1920) 286-289, era todavía Visitador General de las Clarisas en 1244.

En noviembre de 1253, según el testimonio de sor Cecilia de Spello, era ya «de feliz memoria» (Proceso 6,1; BAC 89).

[19] Proceso 17,2-3; BAC 111-112.

[20] Proceso 17,5; BAC 112.

[20bis] A. FortiniNuove notizie intorno a S. Chiara d'Assisi, en Arch Franc Hist 46 (1953) 1-43.

[21] Z. LazzeriIl processo di canonizzazione di S. Chiara d'Assisi, en Arch Fran Hist 13 (1920) 414-430.

[22] Edición del texto en Analecta Franciscana, tomos IV y V: Bartolomé de PisaDe conformitate vitae B. Francisci ad vitam Domini Iesu, en Analecta Franciscana t. IV, pp. 73, 162, 208, 248, 351-360, 466-467, 472, 504, 586; t. V, pp. 17, 81, 144, 179-180, 197, 272, 331, 350-351, 394-410, 442.

[23] Analecta Franciscana IV, p. 352.

[24] P. RobinsonA conjectural chapter in the Life of St. Clare, en Arch Fran Hist 5 (1912) 632-643.

[25] F. CuthbertA disputed story concerning St. Clare, en Arch Fran Hist 6 (1913) 670-680.

[26] Bartolomé de PisaDe conformitate..., en Analecta Franciscana t. V, p. 410.

[27] Cf. LM 13,8.

[28] 1 Cel 116-117; LM 13,8; 15,5; EP 108.

[29] En Analecta Franciscana t. V, p. 410.

[30] En Analecta Franciscana t. V, p. 372.

[31] F. PennachiLegenda S. Clarae virginis, Asís 1910, p. LVII. Sobre el asalto de los sarracenos a San Damián, cf. el estudio de E. Franceschini, I due assalti dei Saraceni a S. Damiano e ad Assisi, en Aevum 28 (1953) 289-306; y S. Chiara e i Saraceni, en Chiara d'Assisi, Rassegna del Protomonastero 1 (1953) 147-157.

[31bis] Cf. F. PennacchiLegenda S. Clarae virginis, Asís 1910, pp. 102-103.

[32] Proceso 3,30; BAC 84.

[33] Proceso 7,9; BAC 93.

[34] Proceso 4,16; BAC 87.

[34bis] Cf. P. SabatierFrancisco de Asís, Barcelona 1982, p. 292; [en Valencia, Ed. Asís, 19943, p. 292].

[35] Bartolomé de PisaDe conformitate..., en Analecta Franciscana t. V, p. 179.

[36] L. F. BenedettoIl Cantico di Frate Sole, Florencia 1941.

[37] Proceso 17,6; BAC 112.

https://www.franciscanos.org/historia/Franceschini-HistoriaYLeyendaEnStaCla.htm

ESCRITOS COMPLETOS

DE SANTA CLARA DE ASÍS


BENDICIÓN [BenCla]

1En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

2El Señor os bendiga y os guarde. 3Os muestre su faz y tenga misericordia de vosotras. 4Vuelva su rostro a vosotras y os dé la paz (cf. Núm 6,24-26), a vosotras, hermanas e hijas mías, 5y a todas las otras que han de venir y permanecer en vuestra comunidad, y a todas las demás, tanto presentes como futuras, que perseveren hasta el fin en todos los otros monasterios de Damas Pobres.

6Yo, Clara, sierva de Cristo, plantita de nuestro muy bienaventurado padre san Francisco, hermana y madre vuestra y de las demás hermanas pobres, aunque indigna, 7ruego a nuestro Señor Jesucristo, por su misericordia y por la intercesión de su santísima Madre santa María, y del bienaventurado Miguel arcángel y de todos los santos ángeles de Dios, de nuestro bienaventurado padre Francisco y de todos los santos y santas, 8que el mismo Padre celestial os dé y os confirme ésta su santísima bendición en el cielo y en la tierra (cf. Gén 27,28): 9en la tierra, multiplicándoos en su gracia y en sus virtudes entre sus siervos y siervas en su Iglesia militante; 10y en el cielo, exaltándoos y glorificándoos en la Iglesia triunfante entre sus santos y santas.

11Os bendigo en vida mía y después de mi muerte, como puedo y más de lo que puedo, con todas las bendiciones 12con las que el Padre de las misericordias (cf. 2 Cor 1,3) ha bendecido y bendecirá a sus hijos e hijas en el cielo (cf. Ef 1,3) y en la tierra, 13y con las que el padre y la madre espiritual ha bendecido y bendecirá a sus hijos e hijas espirituales. Amén.

14Sed siempre amantes de Dios y de vuestras almas y de todas vuestras hermanas, 15y sed siempre solícitas en observar lo que habéis prometido al Señor.

16El Señor esté siempre con vosotras (cf. 2 Cor 13,11), y ojalá que vosotras estéis siempre con Él (cf. Jn 12,26; 1 Tes 4,17). Amén.


CARTA I A SANTA INÉS DE PRAGA [CtaCla1]

1A la venerable y santísima virgen, doña Inés, hija del excelentísimo e ilustrísimo rey de Bohemia, 2Clara, indigna servidora de Jesucristo y sierva inútil (cf. Lc 17,10) de las damas encerradas del monasterio de San Damián, súbdita y sierva suya en todo, se le encomienda de manera absoluta con especial reverencia y le desea que obtenga la gloria de la felicidad eterna.

3Al llegar a mis oídos la honestísima fama de vuestro santo comportamiento religioso y de vuestra vida, que se ha divulgado egregiamente, no sólo hasta mí, sino por casi toda la tierra, me alegro muchísimo en el Señor y salto de gozo (cf. Hab 3,18); 4a causa de eso, no sólo yo personalmente puedo saltar de gozo, sino todos los que sirven y desean servir a Jesucristo. 5Y el motivo de esto es que, cuando vos hubierais podido disfrutar más que nadie de las pompas y honores y dignidades del siglo, desposándoos legítimamente con el ínclito Emperador con gloria excelente, como convenía a vuestra excelencia y a la suya, 6desdeñando todas esas cosas, vos habéis elegido más bien, con entereza de ánimo y con todo el afecto de vuestro corazón, la santísima pobreza y la penuria corporal, 7tomando un esposo de más noble linaje, el Señor Jesucristo, que guardará vuestra virginidad siempre inmaculada e ilesa.

8Cuando lo amáis, sois casta; cuando lo tocáis, os volvéis más pura; cuando lo aceptáis, sois virgen. 9Su poder es más fuerte, su generosidad más excelsa, su aspecto más hermoso, su amor más suave y toda su gracia más elegante. 10Ya estáis vos estrechamente abrazada a Aquel que ha ornado vuestro pecho con piedras preciosas y ha colgado de vuestras orejas margaritas inestimables, 11y os ha envuelto toda de perlas brillantes y resplandecientes, y ha puesto sobre vuestra cabeza una corona de oro marcada con el signo de la santidad (cf. Eclo 45,14).

12Por tanto, hermana carísima, o más bien, señora sumamente venerable, porque sois esposa y madre y hermana de mi Señor Jesucristo (cf. 2 Cor 11,2; Mt 12,50), 13tan esplendorosamente distinguida por el estandarte de la virginidad inviolable y de la santísima pobreza, confortaos en el santo servicio comenzado con el deseo ardiente del pobre Crucificado, 14el cual soportó la pasión de la cruz por todos nosotros (cf. Heb 12,2), librándonos del poder del príncipe de las tinieblas (cf. Col 1,13), poder al que estábamos encadenados por la transgresión del primer hombre, y reconciliándonos con Dios Padre (cf. 2 Cor 5,18).

15¡Oh bienaventurada pobreza, que da riquezas eternas a quienes la aman y abrazan! 16¡Oh santa pobreza, que a los que la poseen y desean les es prometido por Dios el reino de los cielos (cf. Mt 5,3), y les son ofrecidas, sin duda alguna, hasta la eterna gloria y la vida bienaventurada! 17¡Oh piadosa pobreza, a la que el Señor Jesucristo se dignó abrazar con preferencia sobre todas las cosas, Él, que regía y rige cielo y tierra, que, además, lo dijo y las cosas fueron hechas (cf. Sal 32,9; 148,5)! 18Pues las zorras, dice Él, tienen madrigueras, y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre, es decir, Cristo, no tiene donde reclinar la cabeza (cf. Mt 8,20), sino que, inclinada la cabeza, entregó el espíritu (cf. Jn 19,30).

19Por consiguiente, si tan grande y tan importante Señor, al venir al seno de la Virgen, quiso aparecer en el mundo, despreciado, indigente y pobre (cf. 2 Cor 8,9), 20para que los hombres, que eran paupérrimos e indigentes, y que sufrían una indigencia extrema de alimento celestial, se hicieran en Él ricos mediante la posesión del reino de los cielos (cf. 2 Cor 8,9), 21saltad de gozo y alegraos muchísimo (cf. Hab 3,18), colmada de inmenso gozo y alegría espiritual, 22porque, por haber preferido vos el desprecio del siglo a los honores, la pobreza a las riquezas temporales, y guardar los tesoros en el cielo antes que en la tierra, 23allá donde ni la herrumbre los corroe, ni los come la polilla, ni los ladrones los desentierran y roban (cf. Mt 6,20), vuestra recompensa es copiosísima en los cielos (cf. Mt 5,12), 24y habéis merecido dignamente ser llamada hermana, esposa y madre del Hijo del Altísimo Padre (cf. 2 Cor 11,2; Mt 12,50) y de la gloriosa Virgen.

25Pues creo firmemente que vos sabíais que el Señor no da ni promete el reino de los cielos sino a los pobres (cf. Mt 5,3), porque cuando se ama una cosa temporal, se pierde el fruto de la caridad; 26que no se puede servir a Dios y al dinero, porque o se ama a uno y se aborrece al otro, o se servirá a uno y se despreciará al otro (cf. Mt 6,24); 27y que un hombre vestido no puede luchar con otro desnudo, porque es más pronto derribado al suelo el que tiene de donde ser asido; y que no se puede permanecer glorioso en el siglo y luego reinar allá con Cristo; 28y que antes podrá pasar un camello por el ojo de una aguja, que subir un rico al reino de los cielos (cf. Mt 19,24). 29Por eso vos os habéis despojado de los vestidos, esto es, de las riquezas temporales, a fin de evitar absolutamente sucumbir en el combate, para que podáis entrar en el reino de los cielos por el camino estrecho y la puerta angosta (cf. Mt 7,13-14). 30Qué negocio tan grande y loable: dejar las cosas temporales por las eternas, merecer las cosas celestiales por las terrenas, recibir el ciento por uno, y poseer la bienaventurada vida eterna (cf. Mt 19,29).

31Por lo cual consideré que, en cuanto puedo, debía suplicar a vuestra excelencia y santidad, con humildes preces, en las entrañas de Cristo (cf. Flp 1,8), que os dignéis confortaros en su santo servicio, 32creciendo de lo bueno a lo mejor, de virtudes en virtudes (cf. Sal 83,8), para que Aquel a quien servís con todo el deseo de vuestra alma, se digne daros con profusión los premios deseados.

33Os ruego también en el Señor, como puedo, que os dignéis encomendarnos en vuestras santísimas oraciones (cf. Rom 15,30), a mí, vuestra servidora, aunque inútil (cf. Lc 17,10), y a las demás hermanas, tan afectas a vos, que moran conmigo en este monasterio, 34para que, con la ayuda de esas oraciones, podamos merecer la misericordia de Jesucristo, y merezcamos igualmente gozar junto con vos de la visión eterna.

35Que os vaya bien en el Señor, y orad por mí.


CARTA II A SANTA INÉS DE PRAGA [CtaCla2]

1A la hija del Rey de reyes, sierva del Señor de señores (cf. Ap 19,16; 1 Tim 6,15), esposa dignísima de Jesucristo y, por eso, reina nobilísima, señora Inés, 2Clara, sierva inútil (cf. Lc 17,10) e indigna de las Damas Pobres, le desea salud y que viva siempre en suma pobreza.

3Doy gracias al espléndido dispensador de la gracia, de quien sabemos que procede toda dádiva óptima y todo don perfecto (cf. Sant 1,17), porque te ha adornado con tantos títulos de virtud y te ha hecho brillar con las insignias de tanta perfección, 4para que, convertida en diligente imitadora del Padre perfecto (cf. Mt 5,48), merezcas llegar a ser perfecta, a fin de que sus ojos no vean en ti nada imperfecto (cf. Sal 138,16).

5Ésta es la perfección por la que el mismo Rey te asociará a sí en el tálamo celestial, donde se asienta glorioso en el solio de estrellas, 6porque, menospreciando las grandezas de un reino terrenal y estimando poco dignas las ofertas de un matrimonio imperial, 7convertida en émula de la santísima pobreza en espíritu de gran humildad y de ardentísima caridad, te has adherido a las huellas (cf. 1 Pe 2,21) de Aquel a quien has merecido unirte en matrimonio.

8Como he sabido que estás colmada de virtudes, renuncio a ser prolija en la expresión y no quiero cargarte de palabras superfluas, 9aunque a ti no te parezca superfluo nada que pueda proporcionarte algún consuelo. 10Sin embargo, porque una sola cosa es necesaria (cf. Lc 10,42), ésta sola te suplico y aconsejo por amor de Aquel a quien te ofreciste como hostia santa y agradable (cf. Rom 12,1): 11que acordándote de tu propósito, como otra Raquel (cf. Gén 29,16), y viendo siempre tu punto de partida, retengas lo que tienes, hagas lo que haces, y no lo dejes (cf. Cant 3,4), 12sino que, con andar apresurado, con paso ligero, sin que tropiecen tus pies, para que tus pasos no recojan siquiera el polvo, 13segura, gozosa y alegre, marcha con prudencia por el camino de la felicidad, 14no creyendo ni consintiendo a nadie que quiera apartarte de este propósito o que te ponga algún obstáculo en el camino (cf. Rom 14,13) para que no cumplas tus votos al Altísimo (cf. Sal 49,14) en aquella perfección a la que te ha llamado el Espíritu del Señor.

15Y en esto, para que recorras con mayor seguridad el camino de los mandamientos del Señor (cf. Sal 118,32), sigue el consejo de nuestro venerable padre, nuestro hermano Elías, ministro general; 16antepónlo a los consejos de los demás y considéralo como más preciado para ti que cualquier otro don. 17Y si alguien te dijera otra cosa o te sugiriera otra cosa, que impida tu perfección o que parezca contraria a la vocación divina, aunque debas venerarlo, no quieras, sin embargo, seguir su consejo, 18sino, virgen pobre, abraza a Cristo pobre.

19Míralo hecho despreciable por ti y síguelo, hecha tú despreciable por Él en este mundo. 20Reina nobilísima, mira atentamente, considera, contempla, deseando imitarlo, a tu Esposo, el más hermoso de los hijos de los hombres (cf. Sal 44,3), que, por tu salvación, se ha hecho el más vil de los hombres, despreciado, golpeado y flagelado de múltiples formas en todo su cuerpo, muriendo en medio de las mismas angustias de la cruz.

21Si sufres con Él, reinarás con Él; si lloras con Él, gozarás con Él; si mueres con Él en la cruz de la tribulación, poseerás con Él las mansiones celestes en el esplendor de los santos (cf. Rom 8, 17; 2 Tim 2,12.11; 1 Cor 12,26; Sal 109,3), 22y tu nombre será inscrito en el libro de la vida (cf. Flp 4,3; Ap 3,5), y será glorioso entre los hombres. 23Por lo cual, participarás para siempre y por los siglos de los siglos, de la gloria del reino celestial a cambio de las cosas terrenas y transitorias, de los bienes eternos a cambio de los perecederos, y vivirás por los siglos de los siglos.

24Que te vaya bien, carísima hermana y señora, por el Señor tu esposo; 25y procura encomendarnos al Señor en tus devotas oraciones, a mí y a mis hermanas, que nos alegramos de los bienes del Señor que Él obra en ti por su gracia (cf. 1 Cor 15,10). 26Recomiéndanos también, y mucho, a tus hermanas.


CARTA III A SANTA INÉS DE PRAGA [CtaCla3]

1A la hermana Inés, su reverendísima señora en Cristo y la más digna de ser amada de todos los mortales, hermana del ilustre rey de Bohemia, pero ahora hermana y esposa (cf. Mt 12,50; 2 Cor 11,2) del supremo Rey de los cielos, 2Clara, humildísima e indigna esclava de Cristo y sierva de las Damas Pobres, le desea los gozos de la salvación en el autor de la salvación (cf. Heb 2,10) y todo lo mejor que pueda desearse (cf. Flp 4,8-9).

3Reboso de alegría por tu buena salud, por tu estado feliz y por los prósperos acontecimientos con los que entiendo que te mantienes firme en la carrera emprendida para obtener el premio celestial (cf. Flp 3,14), 4y respiro saltando de tanto gozo en el Señor, por cuanto he sabido y compruebo que tú suples maravillosamente lo que falta, tanto en mí como en mis otras hermanas, en la imitación de las huellas de Jesucristo pobre y humilde.

5Verdaderamente puedo alegrarme, y nadie podría privarme de tanta alegría, 6cuando, teniendo ya lo que deseé ardientemente bajo el cielo, veo que tú, sostenida por una admirable prerrogativa de la sabiduría que procede de la boca del mismo Dios, echas por tierra de manera terrible e inopinada las astucias del taimado enemigo, y la soberbia que arruina la naturaleza humana, y la vanidad que vuelve fatuos los corazones humanos, 7y cuando veo que abrazas estrechamente con la humildad, con la fuerza de la fe y con los brazos de la pobreza, el incomparable tesoro escondido en el campo del mundo y de los corazones humanos, con el que se compra a Aquel por quien fueron hechas todas las cosas de la nada (cf. Mt 13,44; Jn 1,3); 8y, para usar con propiedad las palabras del mismo Apóstol, te considero colaboradora del mismo Dios y apoyo de los miembros vacilantes de su Cuerpo inefable (cf. 1 Cor 3,9; Rom 16,3).

9¿Quién, por consiguiente, me dirá que no goce de tantas alegrías admirables? 10Alégrate, pues, también tú siempre en el Señor (Flp 4,4), carísima, 11y que no te envuelva la amargura ni la oscuridad, oh señora amadísima en Cristo, alegría de los ángeles y corona de las hermanas (Flp 4,1); 12fija tu mente en el espejo de la eternidad, fija tu alma en el esplendor de la gloria (cf. Heb 1,3), 13fija tu corazón en la figura de la divina sustancia (cf. Heb 1,3), y transfórmate toda entera, por la contemplación, en imagen de su divinidad (cf. 2 Cor 3,18), 14para que también tú sientas lo que sienten los amigos cuando gustan la dulzura escondida (cf. Sal 30,20) que el mismo Dios ha reservado desde el principio para quienes lo aman (cf. 1 Cor 2,9). 15Y dejando absolutamente de lado a todos aquellos que, en este mundo falaz e inestable, seducen a sus ciegos amantes, ama totalmente a Aquel que por tu amor se entregó todo entero (cf. Gál 2,20), 16cuya hermosura admiran el sol y la luna, cuyas recompensas y su precio y grandeza no tienen límite (cf. Sal 144,3); 17hablo de aquel Hijo del Altísimo a quien la Virgen dio a luz, y después de cuyo parto permaneció Virgen. 18Adhiérete a su Madre dulcísima, que engendró tal Hijo, a quien los cielos no podían contener (cf. 1 Re 8,27; 2 Cr 2,5), 19y ella, sin embargo, lo acogió en el pequeño claustro de su sagrado útero y lo llevó en su seno de doncella.

20¿Quién no aborrecerá las insidias del enemigo del género humano, el cual, mediante el fausto de glorias momentáneas y falaces, trata de reducir a la nada lo que es mayor que el cielo? 21En efecto, resulta evidente que, por la gracia de Dios, la más digna de las criaturas, el alma del hombre fiel, es mayor que el cielo, 22ya que los cielos y las demás criaturas no pueden contener al Creador (cf. 1 Re 8,27; 2 Cr 2,5), y sola el alma fiel es su morada y su sede (cf. Jn 14,23), y esto solamente por la caridad, de la que carecen los impíos, 23como dice la Verdad: El que me ama, será amado por mi Padre, y yo lo amaré, y vendremos a él, y moraremos en él (Jn 14,21.23).

24Por consiguiente, así como la gloriosa Virgen de las vírgenes lo llevó materialmente, 25así también tú, siguiendo sus huellas (1 Pe 2,21), ante todo las de la humildad y pobreza, siempre puedes, sin duda alguna, llevarlo espiritualmente en tu cuerpo casto y virginal, 26conteniendo a Aquel que os contiene a ti y a todas las cosas (cf. Sab 1,7; Col 1,17), poseyendo aquello que, incluso en comparación con las demás posesiones de este mundo, que son pasajeras, poseerás más fuertemente. 27En esto se engañan algunos reyes y reinas del mundo, 28pues aunque su soberbia se eleve hasta el cielo y su cabeza toque las nubes, al fin se reducen, por así decir, a basura (cf. Job 20,6-7).

29Y en cuanto a las cosas que me has pedido que te aclare, 30a saber, cuáles serían las fiestas que tal vez nuestro gloriosísimo padre san Francisco nos aconsejó que celebráramos especialmente con variedad de manjares, como creo que hasta cierto punto has estimado, me ha parecido que tenía que responder a tu caridad. 31Tu prudencia ciertamente se habrá enterado de que, exceptuadas las débiles y las enfermas, para con las cuales nos aconsejó y mandó que tuviéramos toda la discreción posible respecto a cualquier género de alimentos, 32ninguna de nosotras que esté sana y fuerte debería comer sino alimentos cuaresmales sólo, tanto los días feriales como los festivos, ayunando todos los días, 33exceptuados los domingos y el día de la Natividad del Señor, en los cuales deberíamos comer dos veces al día. 34Y también los jueves, en el tiempo ordinario, según la voluntad de cada una, es decir, que la que no quisiera ayunar, no estaría obligada. 35Sin embargo, las que estamos sanas ayunamos todos los días, exceptuados los domingos y el día de Navidad.

36Mas en todo el tiempo de Pascua, como dice el escrito del bienaventurado Francisco, y en las fiestas de santa María y de los santos Apóstoles, no estamos tampoco obligadas a ayunar, a no ser que estas fiestas caigan en viernes; 37y, como queda dicho más arriba, las que estamos sanas y fuertes comemos siempre alimentos cuaresmales.

38Pero como nuestra carne no es de bronce, ni nuestra fortaleza es la de la roca (cf. Job 6,12), 39sino que más bien somos frágiles y propensas a toda debilidad corporal, 40te ruego, carísima, y te pido en el Señor que desistas con sabiduría y discreción de una cierta austeridad indiscreta e imposible en la abstinencia que, según he sabido, tú te habías propuesto, 41para que, viviendo, alabes al Señor (cf. Is 38,19; Eclo 17,27), ofrezcas al Señor tu obsequio racional (cf. Rom 12,1) y tu sacrificio esté siempre condimentado con sal (cf. Lev 2,13; Col 4,6).

42Que te vaya siempre bien en el Señor, como deseo que me vaya bien a mí, y encomiéndanos en tus santas oraciones tanto a mí como a mis hermanas.


CARTA IV A SANTA INÉS DE PRAGA [CtaCla4]

1A quien es la mitad de su alma y relicario de su amor entrañable y singular, a la ilustre reina, a la esposa del Cordero, el Rey eterno, a doña Inés, su madre carísima e hija suya especial entre todas las demás, 2Clara, indigna servidora de Cristo e sierva inútil de las siervas de Cristo que moran en el monasterio de San Damián de Asís, le desea salud, 3y que cante, con las otras santísimas vírgenes, un cántico nuevo ante el trono de Dios y del Cordero, y que siga al Cordero dondequiera que vaya (cf. Ap 14,3-4).

4¡Oh madre e hija, esposa del Rey de todos los siglos!, aunque no te haya escrito con frecuencia, como tu alma y la mía lo desean y anhelan por igual, no te extrañes, 5ni creas de ninguna manera que el incendio de la caridad hacia ti arde menos suavemente en las entrañas de tu madre. 6Este ha sido el impedimento: la falta de mensajeros y los peligros manifiestos de los caminos. 7Pero ahora, al escribir a tu caridad, me alegro mucho y salto de júbilo contigo en el gozo del Espíritu (cf. 1 Tes 1,6), oh esposa de Cristo, 8porque tú, como la otra virgen santísima, santa Inés, habiendo renunciado a todas las vanidades de este mundo, te has desposado maravillosamente con el Cordero inmaculado (cf. 1 Pe 1,19), que quita los pecados del mundo (cf. Jn 1,29).

9Feliz ciertamente aquella a quien se le concede gozar de este banquete sagrado (cf. Lc 14,15; Ap 19,9), para que se adhiera con todas las fibras del corazón a Aquel 10cuya hermosura admiran sin cesar todos los bienaventurados ejércitos celestiales, 11cuyo afecto conmueve, cuya contemplación reconforta, cuya benignidad sacia, 12cuya suavidad colma, cuya memoria ilumina suavemente, 13a cuyo perfume revivirán los muertos, y cuya visión gloriosa hará bienaventurados a todos los ciudadanos de la Jerusalén celestial: 14puesto que Él es el esplendor de la eterna gloria (cf. Heb 1,3), el reflejo de la luz eterna y el espejo sin mancha (cf. Sab 7,26). 15Mira atentamente a diario este espejo, oh reina, esposa de Jesucristo, y observa sin cesar en él tu rostro, 16para que así te adornes toda entera, interior y exteriormente, vestida y envuelta de cosas variadas (cf. Sal 44,10), 17adornada igualmente con las flores y vestidos de todas las virtudes, como conviene, oh hija y esposa carísima del supremo Rey. 18Ahora bien, en este espejo resplandece la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la inefable caridad, como, con la gracia de Dios, podrás contemplar en todo el espejo.

19Considera, digo, el principio de este espejo, la pobreza de Aquel que es puesto en un pesebre y envuelto en pañales (cf. Lc 2,12). 20¡Oh admirable humildad, oh asombrosa pobreza! 21El Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es acostado en un pesebre. 22Y en medio del espejo, considera la humildad, al menos la bienaventurada pobreza, los innumerables trabajos y penalidades que soportó por la redención del género humano. 23Y al final del mismo espejo, contempla la inefable caridad, por la que quiso padecer en el árbol de la cruz y morir en el mismo del género de muerte más ignominioso de todos.

24Por eso, el mismo espejo, puesto en el árbol de la cruz, advertía a los transeúntes lo que se tenía que considerar aquí, diciendo: 25¡Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor! (Lam 1,12); 26respondamos, digo, a una sola voz, con un solo espíritu, a quien clama y se lamenta con gemidos: ¡Me acordaré en mi memoria, y mi alma se consumirá dentro de mí! (Lam 3,20). 27¡Ojalá, pues, te inflames sin cesar y cada vez más fuertemente en el ardor de esta caridad, oh reina del Rey celestial!

28Además, contemplando sus indecibles delicias, sus riquezas y honores perpetuos, 29y suspirando a causa del deseo y amor extremos de tu corazón, grita: 30¡Llévame en pos de ti, correremos al olor de tus perfumes (Cant 1,3), oh esposo celestial! 31Correré, y no desfalleceré, hasta que me introduzcas en la bodega (cf. Cant 2,4), 32hasta que tu izquierda esté debajo de mi cabeza y tu diestra me abrace felizmente (cf. Cant 2,6), hasta que me beses con el ósculo felicísimo de tu boca (cf. Cant 1,1). 33Puesta en esta contemplación, recuerda a tu pobrecilla madre, 34sabiendo que yo he grabado indeleblemente tu feliz recuerdo en la tablilla de mi corazón (cf. Prov 3,3; 2 Cor 3,3), teniéndote por la más querida de todas.

35¿Qué más? En cuanto al amor que te profeso, que calle la lengua de la carne, digo, y que hable la lengua del espíritu. 36¡Oh hija bendita!, porque la lengua de la carne no podría en absoluto expresar más plenamente el amor que te tengo, ha dicho esto que he escrito de manera semiplena. 37Te ruego que lo recibas con benevolencia y devoción, considerando en estas letras al menos el afecto materno por el que, a diario, ardo de caridad hacia ti y tus hijas, a las cuales encomiéndanos mucho en Cristo a mí y a mis hijas. 38También estas mismas hijas mías, y principalmente la prudentísima virgen Inés, nuestra hermana, se encomiendan en el Señor, cuanto pueden, a ti y a tus hijas.

39Que os vaya bien, carísima hija, a ti y a tus hijas, y hasta el trono de gloria del gran Dios (cf. Tit 2,13), y orad por nosotras.

40Por las presentes recomiendo a tu caridad, en cuanto puedo, a los portadores de esta carta, nuestros carísimos el hermano Amado, querido por Dios y por los hombres (cf. Eclo 45,1), y el hermano Bonagura. Amén.


CARTA A ERMENTRUDIS [CtaCla5]

1A Ermentrudis, hermana carísima, Clara de Asís, humilde sierva de Jesucristo, le desea salud y paz.

2He sabido que tú, oh hermana carísima, con la ayuda de la gracia de Dios, has huido felizmente del cieno del mundo; 3por lo cual me alegro y me congratulo contigo, y de nuevo me alegro, porque tú, con tus hijas, caminas valerosamente por las sendas de la virtud.

4Carísima, sé fiel hasta la muerte a Aquel a quien te has prometido, pues serás coronada por él con la corona de la vida (cf. Sant 1,12). 5Breve es aquí nuestro trabajo, la recompensa, en cambio, eterna; que no te confunda el estrépito del mundo que huye como una sombra (cf. Job 14,2); 6que no te hagan perder el juicio los vanos fantasmas de este siglo falaz; cierra los oídos a los silbidos del infierno y, fuerte, quebranta sus embestidas; 7soporta de buen grado los males adversos, y que los bienes prósperos no te ensoberbezcan: pues estos piden fe, y aquellos la exigen; 8cumple con fidelidad lo que has prometido a Dios, y Él te retribuirá.

9Oh carísima, mira al cielo que nos invita, y toma la cruz y sigue a Cristo (cf. Lc 9,23), que nos precede; 10porque, tras diversas y numerosas tribulaciones, por él entraremos en su gloria (cf. Hch 14,21; Lc 24,26). 11Ama con todas tus entrañas a Dios y a Jesús, su Hijo, crucificado por nosotros pecadores, y que su memoria no se aparte nunca de tu mente; 12procura meditar continuamente los misterios de la cruz y los dolores de la madre que está de pie junto a la cruz (cf. Jn 19,25). 13Ora y vela siempre (cf. Mt 26,41). 14Y la obra que has comenzado bien, llévala a cabo con empeño, y cumple el ministerio que has asumido en santa pobreza y en humildad sincera (cf. 2 Tim 4,5.7).

15No temas, hija, Dios, que es fiel en todas sus palabras, y santo en todas sus obras (cf. Sal 144,13), derramará su bendición sobre ti y sobre tus hijas; 16y Él será vuestro auxilio y vuestro mayor consuelo; Él es nuestro redentor y la recompensa eterna.

17Oremos a Dios la una por la otra (cf. Sant 5,16), pues así, llevando cada una la carga de la caridad de la otra, cumpliremos con facilidad la ley de Cristo (cf. Gál 6,2). Amén.


REGLA [RCl]

[Bula del Papa Inocencio IV

Inocencio obispo, siervo de los siervos de Dios, a las amadas hijas en Cristo, Clara, abadesa, y las otras hermanas del monasterio de San Damián de Asís, salud y bendición apostólica.

La Sede Apostólica suele acceder a los piadosos deseos y satisfacer con benevolencia las honestas peticiones de quienes elevan a ella sus preces. Ahora bien, por vuestra parte se nos ha suplicado humildemente que confirmáramos con autoridad apostólica la forma de vida que os dio el bienaventurado Francisco y que vosotras aceptasteis espontáneamente, según la cual debéis vivir comunitariamente en unidad de espíritus y con el voto de altísima pobreza (cf. 2 Cor 8,2), forma que nuestro venerable hermano el obispo de Ostia y de Velletri tuvo a bien aprobar, como consta más ampliamente en la carta redactada con tal motivo por el mismo obispo. Así pues, accediendo a los ruegos de vuestra devoción, teniendo por ratificado y grato cuanto ha hecho a este respecto el mismo obispo, lo confirmamos con autoridad apostólica y lo corroboramos con la protección del presente escrito, haciendo insertar en él, palabra por palabra, el tenor de la misma carta, que es el siguiente:

Rainaldo, por la misericordia divina obispo de Ostia y de Velletri, a su amadísima madre e hija en Cristo madonna Clara, abadesa de San Damián de Asís, y a sus hermanas, tanto presentes como futuras, salud y bendición paterna.

Ya que vosotras, amadas hijas en Cristo, habéis despreciado las pompas y delicias del mundo, y, siguiendo las huellas del mismo Cristo y de su santísima Madre (cf. 1 Pe 2,21), habéis elegido vivir encerradas en cuanto al cuerpo y servir al Señor en suma pobreza para poder dedicaros a Él con el espíritu libre, Nos, encomiando en el Señor vuestro santo propósito, queremos de buen grado y con afecto paterno satisfacer benévolamente vuestros votos y santos deseos.

Por lo cual, accediendo a vuestros piadosos ruegos, confirmamos a perpetuidad, con la autoridad del señor Papa y la nuestra, para todas vosotras y para las que os sucedan en vuestro monasterio, y corroboramos con la protección del presente escrito la forma de vida y el modo de santa unidad y de altísima pobreza (cf. 2 Cor 8,2), que vuestro bienaventurado padre san Francisco os dio de palabra y por escrito para que la observarais, anotada en las presentes letras. Es la siguiente:]

 

[CAPÍTULO I]


[¡En el nombre del Señor! Comienza la forma de vida de las Hermanas Pobres]

1La forma de vida de la Orden de las Hermanas Pobres, forma que el bienaventurado Francisco instituyó, es ésta: 2guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin propio y en castidad. 3Clara, indigna sierva de Cristo y plantita del muy bienaventurado padre Francisco, promete obediencia y reverencia al señor papa Inocencio y a sus sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia Romana. 4Y así como al principio de su conversión, junto con sus hermanas, prometió obediencia al bienaventurado Francisco, así promete guardar inviolablemente esa misma obediencia a sus sucesores. 5Y las otras hermanas estén obligadas a obedecer siempre a los sucesores del bienaventurado Francisco y a la hermana Clara y a las demás abadesas canónicamente elegidas que la sucedan.

 

[CAPÍTULO II]


[De aquellas que quieren tomar esta vida, y cómo deben ser recibidas]

1Si alguna por inspiración divina viniera a nosotras queriendo tomar esta vida, la abadesa esté obligada a pedir el consentimiento de todas las hermanas; 2y si la mayor parte da su consentimiento, obtenida la licencia del señor cardenal protector nuestro, podrá recibirla. 3Y si ve que debe ser recibida, examínela diligentemente o haga que sea examinada de la fe católica y de los sacramentos de la Iglesia. 4Y si cree todo esto y quiere confesarlo fielmente y guardarlo firmemente hasta el fin, 5y no tiene marido o, si lo tiene, también él ha entrado ya en religión con la autorización del obispo diocesano, y ha emitido ya el voto de continencia; 6y si, en fin, la edad avanzada o alguna enfermedad o debilidad mental no le impide la observancia de esta vida, 7expóngasele diligentemente el tenor de nuestra vida.

8Y si fuera idónea, dígasele la palabra del santo Evangelio, que vaya y venda todas sus cosas y se aplique con empeño a distribuirlas a los pobres (cf. Mt 19,21, y paralelos). 9Si esto no pudiera hacerlo, le basta la buena voluntad. 10Y guárdense la abadesa y sus hermanas de preocuparse de sus cosas temporales, para que libremente haga ella de sus cosas lo que el Señor le inspire. 11Con todo, si busca consejo, envíenla a algunos discretos y temerosos de Dios, con cuyo consejo sus bienes se distribuyan a los pobres. 12Después, cortados los cabellos en redondo y depuesto el vestido seglar, concédale la abadesa tres túnicas y el manto. 13En adelante no le sea permitido salir fuera del monasterio sin causa útil, razonable, manifiesta y digna de aprobación. 14Y finalizado el año de la probación, sea recibida a la obediencia, prometiendo guardar perpetuamente la vida y la forma de nuestra pobreza.

15No se conceda el velo a ninguna durante el tiempo de probación. 16Las hermanas podrán tener también manteletas para comodidad y decoro del servicio y del trabajo. 17Y la abadesa provéalas de ropas con discreción, según las condiciones de las personas y los lugares y tiempos y frías regiones, como vea que conviene a la necesidad. 18A las jovencitas recibidas en el monasterio antes de la edad legal, córtenles los cabellos en redondo; 19y, depuesto el vestido seglar, vístanse de paño religioso, como le parezca a la abadesa. 20Mas cuando lleguen a la edad legal, vestidas de la misma forma que las otras, hagan su profesión. 21Y tanto a éstas como a las demás novicias, la abadesa provéalas con solicitud de una maestra escogida de entre las más discretas de todo el monasterio, 22la cual las forme diligentemente en el santo comportamiento y en las buenas costumbres según la forma de nuestra profesión.

23En el examen y admisión de las hermanas que prestan servicio fuera del monasterio, guárdese la forma antes dicha; éstas podrán llevar calzado. 24Que ninguna resida con nosotras en el monasterio si no ha sido recibida según la forma de nuestra profesión. 25Y por amor del santísimo y amadísimo Niño envuelto en pobrecillos pañales, acostado en un pesebre (cf. Lc 2,7.12), y de su santísima Madre, amonesto, ruego y exhorto a mis hermanas que se vistan siempre de ropas viles.

 

[CAPÍTULO III]


[Del oficio divino y del ayuno, de la confesión y comunión]

1Las hermanas que saben leer recen el oficio divino según la costumbre de los Hermanos Menores, por lo que podrán tener breviarios, leyendo sin canto. 2Y a aquellas que por causa razonable no puedan alguna vez decir sus horas leyendo, les estará permitido como a las demás hermanas decir los Padrenuestros3Mas aquellas que no saben leer, digan veinticuatro Padrenuestros por maitines; por laudes, cinco; 4por prima, tercia, sexta y nona, por cada una de estas horas, siete; por vísperas, doce; por completas, siete. 5Digan también por los difuntos, en vísperas, siete Padrenuestros con el Requiem aeternam, y en maitines, doce, 6cuando las hermanas que saben leer estén obligadas a rezar el oficio de difuntos. 7Y cuando muera («emigre») una hermana de nuestro monasterio, digan cincuenta Padrenuestros.

8Las hermanas ayunen en todo tiempo. 9Pero en la Natividad del Señor, cualquiera que sea el día en que caiga, podrán tomar dos refacciones. 10Las jovencitas, las débiles y las que prestan servicio fuera del monasterio, sean dispensadas, con misericordia, como le parezca a la abadesa. 11Pero en tiempo de manifiesta necesidad no estén obligadas las hermanas al ayuno corporal.

12Confiésense al menos doce veces al año con permiso de la abadesa. 13Y deben guardarse de introducir entonces más palabras que las que conciernen a la confesión y a la salud de las almas. 14Comulguen siete veces, a saber: la Natividad del Señor, el Jueves Santo, la Resurrección del Señor, Pentecostés, la Asunción de la bienaventurada Virgen, la fiesta de san Francisco y la fiesta de Todos los Santos. 15Para dar la comunión a las hermanas sanas o enfermas, le estará permitido al capellán celebrar dentro.

 

[CAPÍTULO IV]


[De la elección y oficio de la abadesa, del capítulo, de las oficialas y de las discretas]

1En la elección de la abadesa estén las hermanas obligadas a guardar la forma canónica. 2Y procuren ellas mismas con presteza tener al ministro general o provincial de la Orden de los Hermanos Menores, 3el cual, mediante la palabra de Dios, las disponga a la perfecta concordia y a la común utilidad en la elección que han de hacer. 4Y no se elija a ninguna que no sea profesa. 5Y si fuera elegida o dada de otro modo una no profesa, no se le obedezca, si antes no profesa la forma de nuestra pobreza. 6En falleciendo la cual, hágase la elección de otra abadesa. 7Y si en algún tiempo apareciera a la generalidad de las hermanas que la abadesa no es suficiente para el servicio y utilidad común de las mismas, 8estén obligadas las dichas hermanas, según la forma antes mencionada, a elegirse, cuanto antes puedan, otra para abadesa y madre.

9Y la elegida considere qué carga ha tomado sobre sí y a quién tiene que dar cuenta de la grey que se le ha encomendado (cf. Mt 12,36; Heb 13,17). 10Esfuércese también en presidir a las otras más por las virtudes y las santas costumbres que por el oficio, para que las hermanas, estimuladas por su ejemplo, la obedezcan más por amor que por temor. 11No tenga amistades particulares, no sea que, al preferir a una parte de las hermanas, cause escándalo en todas. 12Consuele a las afligidas. Sea también el último refugio de las atribuladas (cf. Sal 31,7), no sea que, si faltaran en ella los remedios saludables, prevalezca en las débiles la enfermedad de la desesperación. 13Guarde la vida común en todo, pero especialmente en la iglesia, el dormitorio, el refectorio, la enfermería y en los vestidos. 14Lo que también su vicaria esté obligada a guardar de manera semejante.

15La abadesa esté obligada a convocar a sus hermanas a capítulo por lo menos una vez a la semana, 16en el que tanto ella como las hermanas deberán confesar humildemente las ofensas y negligencias comunes y públicas. 17Y las cosas que se han de tratar para utilidad y decoro del monasterio, háblelas allí mismo con todas sus hermanas; 18pues muchas veces el Señor revela a la menor qué es lo mejor. 19No se contraiga ninguna deuda grave, sino con el consentimiento común de las hermanas y por una necesidad manifiesta, y esto mediante procurador. 20Y guárdese la abadesa y sus hermanas de recibir depósito alguno en el monasterio, 21pues de ahí surgen muchas veces turbaciones y escándalos.

22Para conservar la unidad del amor mutuo y de la paz, todas las oficialas del monasterio sean elegidas con el consentimiento común de todas las hermanas. 23Y del mismo modo sean elegidas por lo menos ocho hermanas de entre las más discretas, de cuyo consejo deberá siempre servirse la abadesa en las cosas que requiere la forma de nuestra vida. 24También podrán las hermanas y deberán, si les pareciera útil y conveniente, remover alguna vez a las oficialas y a las discretas y elegir a otras en su lugar.

 

[CAPÍTULO V]


[Del silencio, del locutorio y de la reja]

1Desde la hora de completas hasta la de tercia, las hermanas guarden silencio, exceptuadas las que prestan servicio fuera del monasterio. 2Guarden también silencio continuo en la iglesia, en el dormitorio, y en el refectorio sólo mientras comen; 3se exceptúa la enfermería en la que, para recreo y servicio de las enfermas, siempre les estará permitido a las hermanas hablar con discreción. 4Podrán, sin embargo, siempre y en todas partes, insinuar brevemente y en voz baja lo que fuera necesario.

5No sea lícito a las hermanas hablar en el locutorio o en la reja sin permiso de la abadesa o de su vicaria. 6Y las que tienen permiso, no se atrevan a hablar en el locutorio si no están presentes y las escuchan dos hermanas. 7En cuanto a la reja, no se permitan ir allí si no están presentes al menos tres hermanas designadas por la abadesa o su vicaria de entre las ocho discretas que son elegidas por todas las hermanas para el consejo de la abadesa. 8La abadesa y su vicaria estén obligadas a guardar ellas mismas estas normas sobre el hablar. 9Y lo dicho, en la reja que suceda rarísimamente. Y en la puerta, de ningún modo.

10A dicha reja póngasele por el interior un paño, que no se remueva sino cuando se exponga la palabra de Dios o alguna hermana hable con alguien. 11Tenga también una puerta de madera muy bien asegurada con dos cerraduras de hierro diferentes, con batientes y cerrojos, 12para que se cierre, máxime de noche, con dos llaves, una de las cuales la tendrá la abadesa, y la otra la sacristana; 13y permanezca siempre cerrada, a no ser cuando se oye el oficio divino, y por las causas antes mencionadas.

14Antes de la salida del sol o después de la puesta del sol, ninguna deberá en absoluto hablar con nadie en la reja. 15Y en el locutorio, manténgase siempre por dentro un paño, que no se remueva. 16Durante la cuaresma de san Martín y la cuaresma mayor, que ninguna hable en el locutorio, 17sino al sacerdote por causa de la confesión o de otra necesidad manifiesta, lo que se reservará a la prudencia de la abadesa o de su vicaria.

 

[CAPÍTULO VI]


[Que no se han de tener posesiones]

1Después que el altísimo Padre celestial se dignó iluminar con su gracia mi corazón para que, siguiendo el ejemplo y la enseñanza de nuestro muy bienaventurado padre san Francisco, yo hiciera penitencia, poco después de su conversión, junto con mis hermanas le prometí voluntariamente obediencia.

2Y el bienaventurado Padre, considerando que no teníamos miedo a ninguna pobreza, trabajo, tribulación, menosprecio y desprecio del siglo, antes al contrario, que los teníamos por grandes delicias, movido a piedad, escribió para nosotras una forma de vida en estos términos: 3«Ya que por divina inspiración os habéis hecho hijas y siervas del altísimo y sumo Rey, el Padre celestial, y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio, 4quiero y prometo tener siempre, por mí mismo y por mis hermanos, un cuidado amoroso y una solicitud especial de vosotras como de ellos.» 5Lo que cumplió diligentemente mientras vivió, y quiso que fuera siempre cumplido por los hermanos.

6Y para que jamás nos apartásemos de la santísima pobreza que habíamos abrazado, ni tampoco lo hicieran las que tenían que venir después de nosotras, poco antes de su muerte de nuevo nos escribió su última voluntad diciendo: 7«Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin; 8y os ruego, mis señoras, y os doy el consejo de que siempre viváis en esta santísima vida y pobreza. 9Y protegeos mucho, para que de ninguna manera os apartéis jamás de ella por la enseñanza o consejo de alguien.»

10Y así como yo siempre he sido solícita, junto con mis hermanas, en guardar la santa pobreza que hemos prometido al Señor Dios y al bienaventurado Francisco, 11así también las abadesas que me sucedan en el oficio y todas las hermanas estén obligadas a observarla inviolablemente hasta el fin: 12a saber, no recibiendo o teniendo posesión o propiedad por sí mismas ni por interpuesta persona, 13ni tampoco nada que pueda razonablemente llamarse propiedad, 14a no ser aquel tanto de tierra que necesariamente se requiere para el decoro y el aislamiento del monasterio; 15y esa tierra no se cultive sino como huerto para las necesidades de las mismas hermanas.

 

[CAPÍTULO VII]


[Del modo de trabajar]

1Las hermanas a quienes el Señor ha dado la gracia de trabajar, después de la hora de tercia trabajen fiel y devotamente, y en trabajo que conviene al decoro y a la utilidad común, 2de tal suerte que, desechando la ociosidad, enemiga del alma, no apaguen el espíritu de la santa oración y devoción, al cual las demás cosas temporales deben servir. 3Y lo que producen con sus manos, la abadesa o su vicaria esté obligada a asignarlo en el capítulo ante todas. 4Hágase lo mismo si hay personas que envían alguna limosna para las necesidades de las hermanas, a fin de que se haga memoria de ellas en común. 5Y todas estas cosas sean distribuidas para utilidad común por la abadesa o su vicaria con el consejo de las discretas.

 

[CAPÍTULO VIII]


[Que nada se apropien las hermanas, y del procurarse limosnas y de las hermanas enfermas]

1Las hermanas nada se apropien, ni casa, ni lugar, ni cosa alguna. 2Y como peregrinas y forasteras (cf. 1 Pe 2,11) en este siglo, sirviendo al Señor en pobreza y humildad, envíen por limosna confiadamente, 3y no deben avergonzarse, porque el Señor se hizo pobre por nosotras en este mundo (cf. 2 Cor 8,9). 4Esta es aquella eminencia de la altísima pobreza, que a vosotras, carísimas hermanas mías, os ha constituido herederas y reinas del reino de los cielos, os ha hecho pobres de cosas, os ha sublimado en virtudes (cf. Sant 2,5). 5Esta sea vuestra porción, que conduce a la tierra de los vivientes (cf. Sal 141,6). 6Adhiriéndoos totalmente a ella, amadísimas hermanas, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo y de su santísima Madre, ninguna otra cosa jamás queráis tener debajo del cielo.

7A ninguna hermana le esté permitido enviar cartas ni recibir algo o darlo fuera del monasterio sin permiso de la abadesa. 8Tampoco le esté permitido tener cosa alguna que la abadesa no le haya dado o permitido. 9Y si sus parientes u otras personas le envían algo, la abadesa haga que se lo den. 10Mas ella, si lo necesita, que pueda usarlo; si no, que lo comparta caritativamente con alguna hermana que lo necesite. 11Pero si le enviaran dinero, la abadesa, con el consejo de las discretas, haga que se la provea de lo que necesita.

12Respecto a las hermanas enfermas, la abadesa esté firmemente obligada a informarse con solicitud, por sí misma y por las otras hermanas, de lo que su enfermedad requiere en cuanto a consejos y en cuanto a alimentos y a otras cosas necesarias, 13y a proveer caritativa y misericordiosamente según las posibilidades del lugar. 14Porque todas están obligadas a proveer y a servir a sus hermanas enfermas como querrían ellas ser servidas (cf. Mt 7,12) si estuvieran afectadas por alguna enfermedad. 15Confiadamente manifieste la una a la otra su necesidad. 16Y si la madre ama y cuida a su hija (cf. 1 Tes 2,7) carnal, ¿cuánto más amorosamente debe la hermana amar y cuidar a su hermana espiritual?

17Las que están enfermas descansen en jergones de paja y tengan para la cabeza almohadas de pluma; 18y las que necesiten escarpines de lana y colchones, que puedan usarlos. 19Y dichas enfermas, cuando sean visitadas por quienes entran en el monasterio, que pueda cada una de ellas responder brevemente algunas buenas palabras a quienes les hablan. 20Pero las demás hermanas que tengan permiso para ello, no se atrevan a hablar a quienes entran en el monasterio, sino en presencia de dos hermanas discretas que las escuchen, designadas por la abadesa o su vicaria. 21La abadesa y su vicaria estén obligadas a guardar ellas mismas estas normas sobre el hablar.

 

[CAPÍTULO IX]


[De la penitencia que se ha de imponer a las hermanas que pecan, y de las hermanas que prestan servicio fuera del monasterio]

1Si alguna hermana, por instigación del enemigo, pecara mortalmente contra la forma de nuestra profesión, y si, amonestada dos o tres veces por la abadesa o por las otras hermanas, 2no se enmendara, coma en tierra pan y agua ante todas las hermanas en el refectorio tantos días cuantos haya sido contumaz; 3y sea sometida a una pena más grave, si así le pareciere a la abadesa. 4Durante todo el tiempo en que sea contumaz, hágase oración a fin de que el Señor ilumine su corazón para la penitencia. 5Pero la abadesa y sus hermanas deben guardarse de airarse y conturbarse por el pecado de alguna, 6porque la ira y la conturbación impiden en sí mismas y en las otras la caridad.

7Si ocurriera alguna vez, lo que Dios no permita, que entre hermana y hermana, por alguna palabra o gesto, se produjese un motivo de turbación o de escándalo, 8la que haya sido causa de la turbación, de inmediato, antes de presentar la ofrenda (cf. Mt 5,23) de su oración ante el Señor, no sólo se prosterne humildemente a los pies de la otra, pidiéndole perdón, 9sino que, también, ruéguele con simplicidad que interceda por ella ante el Señor para que sea indulgente con ella. 10Mas la otra, recordando aquella palabra del Señor: Si no perdonáis de corazón, tampoco vuestro Padre celestial os perdonará (cf. Mt 6,15; 18,35), 11perdone con liberalidad a su hermana toda la injuria que le haya inferido.

12Las hermanas que prestan servicio fuera del monasterio no permanezcan largo tiempo fuera del mismo, a no ser que lo requiera una causa de necesidad manifiesta. 13Y deberán andar con decoro y hablar poco, para que puedan siempre edificarse quienes las observan. 14Y guárdense firmemente de tener sospechosas relaciones o consejos con alguien. 15Y no se hagan madrinas de hombres o mujeres, para que, con esta ocasión, no se origine murmuración o turbación. 16Y no se atrevan a referir en el monasterio los rumores del siglo. 17Y estén firmemente obligadas a no referir fuera del monasterio nada de lo que se dice o se hace dentro que pueda engendrar escándalo. 18Y si alguna, por simplicidad, faltara en estas dos cosas, quede en la prudencia de la abadesa el imponerle penitencia con misericordia. 19Pero si lo hiciera por costumbre viciosa, la abadesa, con el consejo de las discretas, impóngale una penitencia según la calidad de la culpa.

 

[CAPÍTULO X]


[De la amonestación y corrección de las hermanas]

1La abadesa amoneste y visite a sus hermanas, y corríjalas humilde y caritativamente, no mandándoles nada que sea contrario a su alma y a la forma de nuestra profesión. 2Mas las hermanas súbditas recuerden que, por Dios, negaron sus propias voluntades. 3Por lo que estarán firmemente obligadas a obedecer a sus abadesas en todo lo que al Señor prometieron guardar y no es contrario al alma y a nuestra profesión. 4Y la abadesa tenga tanta familiaridad para con ellas, que éstas puedan hablar y obrar con ella como las señoras con su sierva; 5pues así debe ser, que la abadesa sea sierva de todas las hermanas.

6Amonesto de veras y exhorto en el Señor Jesucristo que se guarden las hermanas de toda soberbia, vanagloria, envidia, avaricia (cf. Lc 12,15), cuidado y solicitud de este siglo (cf. Mt 13,22), detracción y murmuración, disensión y división; 7sean, en cambio, siempre solícitas en conservar entre ellas la unidad del amor mutuo, que es el vínculo de la perfección (cf. Col 3,14).

8Y las que no saben letras, no se cuiden de aprenderlas; 9sino que atiendan a que sobre todas las cosas deben desear tener el Espíritu del Señor y su santa operación, 10orar siempre a él con puro corazón y tener humildad, paciencia en la tribulación y en la enfermedad, 11y amar a esos que nos persiguen, nos reprenden y nos acusan, 12porque dice el Señor: Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,10). 13Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo (Mt 10,22).

 

[CAPÍTULO XI]


[De la custodia de la clausura]

1La portera sea madura de costumbres y discreta, y sea de una edad conveniente, y durante el día permanezca allí en una celda abierta y sin puerta. 2Asígnesele también una compañera idónea que, cuando sea necesario, haga en todas sus veces.

3La puerta esté muy bien asegurada con dos cerraduras de hierro diferentes, con batientes y cerrojos, 4para que se cierre, máxime de noche, con dos llaves, una de las cuales la tendrá la portera, y la otra la abadesa. 5Y de día, no se deje nunca sin custodia y esté firmemente cerrada con una llave.

6Pero cuiden con sumo esmero y procuren que la puerta nunca esté abierta, sino lo menos que de manera congruente sea posible. 7Y no se abra en absoluto a cualquiera que quiera entrar, sino a quien le haya sido concedido por el sumo Pontífice o por nuestro señor cardenal. 8Y no permitan las hermanas a nadie entrar en el monasterio antes de la salida del sol, ni permanecer dentro después de la puesta del sol, a no ser que lo exija una causa manifiesta, razonable e inevitable.

9Si para la bendición de una abadesa o para la consagración de alguna hermana como monja o también por otro motivo, se hubiera concedido a algún obispo celebrar la misa dentro del monasterio, que se contente con unos acompañantes y ministros lo menos numerosos y lo más honestos que pueda. 10Y cuando sea necesario que algunos entren en el monasterio para hacer un trabajo, la abadesa con solicitud ponga entonces en la puerta a la persona conveniente, 11que la abra sólo a los asignados al trabajo, y no a otros. 12Guárdense con sumo cuidado todas las hermanas de ser vistas entonces por los que entran.

 

[CAPÍTULO XII]


[Del visitador, del capellán y del cardenal protector]

1Nuestro visitador sea siempre de la Orden de los Hermanos Menores según la voluntad y el mandato de nuestro cardenal. 2Y sea tal, que se tenga plena constancia de su decoro y costumbres. 3Su oficio será corregir, tanto en la cabeza como en los miembros, los excesos cometidos contra la forma de nuestra profesión. 4A él le estará permitido hablar con varias y con cada una de las hermanas, estando en un lugar público para que pueda ser visto por las otras, acerca de las cosas que pertenecen al oficio de la visita, como le parezca más conveniente.

5Pedimos también un capellán con un compañero clérigo de buena fama, discreto y prudente, y dos hermanos laicos amantes del santo comportamiento y decoro religioso, 6para ayuda de nuestra pobreza, como siempre hemos tenido misericordiosamente de dicha Orden de los Hermanos Menores, 7y lo pedimos a la misma Orden, como gracia, por el amor de Dios y del bienaventurado Francisco. 8No le esté permitido al capellán entrar en el monasterio sin compañero. 9Y cuando entren, que estén en un lugar público, de modo que siempre puedan verse el uno al otro y ser vistos por los demás. 10Para la confesión de las enfermas que no puedan ir al locutorio, para dar la comunión a las mismas, para la extremaunción, para la recomendación del alma, séales permitido a los mismos entrar. 11Mas para las exequias y la celebración de la misa de difuntos, y para cavar o abrir la sepultura, o también para acomodarla, que puedan entrar personas en número suficiente e idóneas, según el prudente juicio de la abadesa.

12Con miras a todo lo dicho, las hermanas estén firmemente obligadas a tener siempre como gobernador, protector y corrector nuestro, al cardenal de la santa Iglesia Romana que haya sido asignado a los Hermanos Menores por el señor Papa, 13para que, siempre súbditas y sujetas a los pies de la misma santa Iglesia, estables en la fe (cf. Col 1,23) católica, guardemos perpetuamente la pobreza y la humildad de nuestro Señor Jesucristo y de su santísima Madre, y el santo Evangelio, que firmemente hemos prometido. Amén.

 

[Dado en Perusa, a 16 de septiembre, en el año décimo del pontificado del señor papa Inocencio IV (1252).

A nadie, pues, en absoluto le sea permitido infringir esta escritura de nuestra confirmación o con osadía temeraria ir contra ella. Mas si alguno presumiera intentar esto, sepa que incurrirá en la indignación de Dios omnipotente y de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo.

Dado en Asís, a 9 de agosto, en el año undécimo de nuestro pontificado (1253).]


TESTAMENTO [TestCl]

1En el nombre del Señor. Amén.

2Entre los otros beneficios que hemos recibido y recibimos cada día de nuestro espléndido benefactor el Padre de las misericordias (cf. 2 Cor 1,3), y por los que más debemos dar gracias al Padre glorioso de Cristo, 3está el de nuestra vocación, por la que, cuanto más perfecta y mayor es, más y más deudoras le somos. 4Por lo cual dice el Apóstol: Reconoce tu vocación (cf. 1 Cor 1,26). 5El Hijo de Dios se ha hecho para nosotras camino (cf. Jn 14,6), que con la palabra y el ejemplo nos mostró y enseñó nuestro bienaventurado padre Francisco, verdadero amante e imitador suyo.

6Por tanto, debemos considerar, amadas hermanas, los inmensos beneficios de Dios que nos han sido concedidos, 7pero, entre los demás, aquellos que Dios se dignó realizar en nosotras por su amado siervo nuestro padre el bienaventurado Francisco, 8no sólo después de nuestra conversión, sino también cuando estábamos en la miserable vanidad del siglo. 9Pues el mismo Santo, cuando aún no tenía hermanos ni compañeros, casi inmediatamente después de su conversión, 10mientras edificaba la iglesia de San Damián, donde, visitado totalmente por la consolación divina, fue impulsado a abandonar por completo el siglo, 11profetizó de nosotras, por efecto de una gran alegría e iluminación del Espíritu Santo, lo que después el Señor cumplió. 12En efecto, subido en aquel entonces sobre el muro de dicha iglesia, decía en alta voz, en lengua francesa, a algunos pobres que moraban allí cerca: 13«Venid y ayudadme en la obra del monasterio de San Damián, 14porque aún ha de haber en él unas damas, por cuya vida famosa y santo comportamiento religioso será glorificado nuestro Padre celestial en toda su santa Iglesia».

15En esto, por tanto, podemos considerar la copiosa benignidad de Dios para con nosotras; 16Él, por su abundante misericordia y caridad, se dignó decir, por medio de su Santo, estas cosas sobre nuestra vocación y elección. 17Y no sólo de nosotras profetizó estas cosas nuestro bienaventurado padre Francisco, sino también de las otras que habían de venir a la santa vocación a la que el Señor nos ha llamado.

18¡Con cuánta solicitud, pues, y con cuánto empeño de alma y de cuerpo no debemos guardar los mandamientos de Dios y de nuestro padre [Francisco] para que, con la ayuda del Señor, ¡le devolvamos multiplicado el talento recibido! 19Porque el mismo Señor nos ha puesto como modelo que sirva de ejemplo y espejo no sólo a los otros, sino también a nuestras hermanas, a las que llamará el Señor a nuestra vocación, 20para que también ellas sirvan de espejo y ejemplo a los que viven en el mundo. 21Así pues, ya que el Señor nos ha llamado a cosas tan grandes, a que puedan mirarse en nosotras las que son para los otros ejemplo y espejo, 22estamos muy obligadas a bendecir y alabar a Dios, y a confortarnos más y más en el Señor para obrar el bien. 23Por lo cual, si vivimos según la sobredicha forma, dejaremos a los demás un noble ejemplo y con un brevísimo trabajo ganaremos el premio de la eterna bienaventuranza.

24Después que el altísimo Padre celestial se dignó iluminar con su misericordia y su gracia mi corazón para que, siguiendo el ejemplo y la enseñanza de nuestro bienaventurado padre Francisco, yo hiciera penitencia, 25poco después de su conversión, junto con las pocas hermanas que el Señor me había dado poco después de mi conversión, le prometí voluntariamente obediencia, 26según la luz de su gracia que el Señor nos había dado por medio de su admirable vida y enseñanza. 27Y el bienaventurado Francisco, considerando que si bien éramos frágiles y débiles según el cuerpo, no rehusábamos ninguna necesidad, pobreza, trabajo, tribulación o menosprecio y desprecio del siglo, 28antes al contrario, los teníamos por grandes delicias, como a ejemplo de los santos y de sus hermanos había comprobado frecuentemente en nosotras, se alegró mucho en el Señor; 29y movido a piedad hacia nosotras, se obligó con nosotras a tener siempre, por sí mismo y por su Religión, un cuidado amoroso y una solicitud especial de nosotras como de sus hermanos.

30Y así, por voluntad de Dios y de nuestro bienaventurado padre Francisco, fuimos a morar junto a la iglesia de San Damián, 31donde el Señor, en poco tiempo, nos multiplicó por su misericordia y gracia, para que se cumpliera lo que el Señor había predicho por su Santo; 32pues antes habíamos permanecido en otro lugar, aunque por poco tiempo.

33Después, escribió para nosotras una forma de vida, sobre todo para que perseveráramos siempre en la santa pobreza. 34Y no se contentó con exhortarnos durante su vida con muchas palabras y ejemplos al amor de la santísima pobreza y a su observancia, sino que nos entregó varios escritos para que, después de su muerte, de ninguna manera nos apartáramos de ella, 35como tampoco el Hijo de Dios, mientras vivió en el mundo, jamás quiso apartarse de la misma santa pobreza. 36Y nuestro bienaventurado padre Francisco, habiendo imitado sus huellas (cf. 1 Pe 2,21), su santa pobreza que había elegido para sí y para sus hermanos, no se apartó en absoluto de ella mientras vivió, ni con su ejemplo ni con su enseñanza.

37Así pues, yo, Clara, sierva, aunque indigna, de Cristo y de las hermanas pobres del monasterio de San Damián, y plantita del santo padre, considerando con mis otras hermanas nuestra profesión tan altísima y el mandato de tan gran padre, 38y también la fragilidad de las otras, fragilidad que nos temíamos en nosotras mismas después de la muerte de nuestro padre san Francisco, que era nuestra columna y nuestro único consuelo después de Dios, y nuestro apoyo, 39una y otra vez nos obligamos voluntariamente a nuestra señora la santísima pobreza, para que, después de mi muerte, las hermanas que están y las que han de venir de ninguna manera puedan apartarse de ella.

40 Y así como yo siempre he sido diligente y solícita en guardar y hacer guardar por las otras la santa pobreza que hemos prometido al Señor y a nuestro bienaventurado padre Francisco, 41así también aquellas que me sucedan en el oficio estén obligadas hasta el fin a guardar y a hacer guardar, con el auxilio de Dios, la santa pobreza. 42Más aún, para mayor cautela me preocupé de hacer corroborar nuestra profesión de la santísima pobreza, que hemos prometido al Señor y a nuestro bienaventurado padre, con los privilegios del señor papa Inocencio, en cuyo tiempo comenzamos, y de otros sucesores suyos, 43para que de ninguna manera nos apartáramos nunca de ella.

44Por lo cual, de rodillas y postrada en cuerpo y alma, recomiendo todas mis hermanas, las que están y las que han de venir, a la santa madre Iglesia Romana, al sumo Pontífice y, de manera especial, al señor cardenal que fuere designado para la Religión de los Hermanos Menores y para nosotras, 45a fin de que, por amor de aquel Dios que pobre fue acostado en un pesebre (cf. Lc 2,12), pobre vivió en el siglo y desnudo permaneció en el patíbulo, 46haga que siempre su pequeña grey (cf. Lc 12,32), que el Señor Padre engendró en su santa Iglesia por medio de la palabra y el ejemplo de nuestro bienaventurado padre san Francisco para seguir la pobreza y humildad de su amado Hijo y de la gloriosa Virgen su Madre, 47guarde la santa pobreza que hemos prometido a Dios y a nuestro bienaventurado padre san Francisco, y se digne animarlas y conservarlas siempre en ella.

48Y así como el Señor nos dio a nuestro bienaventurado padre Francisco como fundador, plantador y ayuda nuestra en el servicio de Cristo y en las cosas que hemos prometido al Señor y a nuestro bienaventurado padre, 49quien también, mientras vivió, se preocupó siempre de cultivarnos y animarnos con la palabra y el ejemplo a nosotras, su plantita, 50así recomiendo y confío mis hermanas, las que están y las que han de venir, al sucesor de nuestro bienaventurado padre Francisco y a toda la Religión, 51a fin de que nos ayuden a progresar siempre hacia lo mejor para servir a Dios y, de manera especial, para guardar mejor la santísima pobreza.

52Y si en algún tiempo ocurriera que dichas hermanas abandonaran el mencionado lugar y se trasladaran a otro, que estén, sin embargo, obligadas, dondequiera que se encuentren después de mi muerte, a guardar la sobredicha forma de pobreza, que hemos prometido a Dios y a nuestro bienaventurado padre Francisco.

53Con todo, tanto la que esté entonces en el oficio [la abadesa] como las otras hermanas sean solícitas y providentes para que, en torno del sobredicho lugar, no adquieran o reciban más terreno del que exija la extrema necesidad como huerto para cultivar hortalizas. 54Y si en algún lugar conviniera tener más tierra fuera de la cerca del huerto, para el decoro y aislamiento del monasterio, no permitan que se adquiera ni tampoco reciban sino cuanto exija la extrema necesidad; 55y que esa tierra no se cultive ni se siembre en absoluto, sino que permanezca siempre baldía e inculta.

56Amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo a todas mis hermanas, las que están y las que han de venir, que se apliquen siempre con esmero a imitar el camino de la santa simplicidad, humildad, pobreza, y también el decoro del santo comportamiento religioso, 57tal como desde el inicio de nuestra conversión nos lo han enseñado Cristo y nuestro bienaventurado padre Francisco. 58A causa de lo cual, no por nuestros méritos, sino por la sola misericordia y gracia del espléndido bienhechor, el mismo Padre de las misericordias (cf. 2 Cor 1,3) esparció el olor de la buena fama (cf. 2 Cor 2,15), tanto entre los que están lejos como entre los que están cerca. 59Y amándoos mutuamente con la caridad de Cristo, mostrad exteriormente por las obras el amor que tenéis interiormente, 60para que, estimuladas por este ejemplo, las hermanas crezcan siempre en el amor de Dios y en la mutua caridad.

61Ruego también a aquella que tenga en el futuro el oficio de las hermanas que se aplique con esmero a presidir a las otras más por las virtudes y las santas costumbres que por el oficio, 62de tal manera que sus hermanas, estimuladas por su ejemplo, la obedezcan no tanto por el oficio, cuanto más bien por amor. 63Sea también próvida y discreta para con sus hermanas, como una buena madre con sus hijas, 64y, de manera especial, que se aplique con esmero a proveerlas, de las limosnas que el Señor les dará, según la necesidad de cada una. 65Sea también tan benigna y afable, que puedan manifestarle tranquilamente sus necesidades, 66y recurrir a ella confiadamente a cualquier hora, como les parezca conveniente, tanto para sí como para sus hermanas.

67Mas las hermanas que son súbditas recuerden que, por Dios, negaron sus propias voluntades. 68Por eso, quiero que obedezcan a su madre, como lo han prometido al Señor, con una voluntad espontánea, 69para que su madre, viendo la caridad, humildad y unión que tienen entre ellas, lleve más ligeramente toda la carga que por razón del oficio soporta, 70y lo que es molesto y amargo, por el santo comportamiento religioso de ellas se le convierta en dulzura.

71Y porque son estrechos el camino y la senda, y es angosta la puerta por la que se va y se entra en la vida, son pocos los que caminan y entran por ella (cf. Mt 7,14); 72y si hay algunos que durante un cierto tiempo caminan por la misma, son poquísimos los que perseveran en ella. 73¡Bienaventurados de veras aquellos a quienes les es dado caminar por ella y perseverar hasta el fin (cf. Mt 10,22)!

74Por consiguiente, si hemos entrado por el camino del Señor, guardémonos de apartarnos nunca en lo más mínimo de él por nuestra culpa e ignorancia, 75para que no hagamos injuria a tan gran Señor y a su Madre la Virgen y a nuestro bienaventurado padre Francisco, y a la Iglesia triunfante y también a la militante. 76Pues está escrito: Malditos los que se apartan de tus mandamientos (Sal 118,21).

77Por eso doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo (Ef 3,14), para que, teniendo a nuestro favor los méritos de la gloriosa Virgen santa María, su Madre, y de nuestro bienaventurado padre Francisco y de todos los santos, 78el mismo Señor que dio el buen principio, dé el incremento (cf. 1 Cor 3,6-7), y dé también la perseverancia final. Amén.

79Para que mejor pueda ser observado este escrito, os lo dejo a vosotras, carísimas y amadas hermanas mías, presentes y futuras, en señal de la bendición del Señor y de nuestro bienaventurado padre Francisco, y de la bendición mía, vuestra madre y sierva.

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