La influencia de los Borgia en el pensamiento político
de Maquiavelo
Retrato de
Alejandro VI, Rodrigo de Borja, por Bernardino di Betto Bardo Il Pinturicchio.
Detalle de La Resurrección en la Sala de los Misterios de la Fe en los
Apartamentos Borja, del Vaticano. Rodrigo de Borja (1431-1503) era hijo de
Jofré Gil Llançol i Escrivà y de Isabel de Borja i Llançol, hermana de Alfonso
de Borja, obispo de Valencia y sobrino del papa Calixto III –
http://www.fuenterrebollo.com/Borgia/menu.html
Resumen
La
familia Borgia tiene un lugar muy importante en la historia del Renacimiento.
Varios de sus miembros ocuparon posiciones políticas y religiosas muy
relevantes. Maquiavelo se refiere en El príncipe a dos
miembros de esa familia de manera significativa; al papa Alejandro VI y a su
hijo César Borgia. Ambos personajes no sólo protagonizaron de manera muy
importante la historia italiana de la época, sino que también influyeron de
manera directa en el propio pensamiento político de Maquiavelo; Alejandro al
consolidar el poder de la Iglesia y convertirla así en un obstáculo para la
unidad italiana convocada en la parte final de El príncipe, César
al constituirse en el modelo de príncipe nuevo que Maquiavelo consideraba la
solución para lograr esa misma unidad del país. Así, en este artículo se
analizan las condiciones históricas en torno a estos personajes y la manera en
que influyeron en el pensamiento de Maquiavelo.
Introducción
La familia
Borgia desempeñó una función muy relevante en la vida política, social y
religiosa del Renacimiento. Gran parte de sus integrantes ocuparon posiciones
muy destacadas, comenzando por los dos papas Borgia, Calixto III y Alejandro
VI, y por Francisco de Borgia, canonizado en 1671, que en vida llegó a ser
virrey de Cataluña bajo Carlos V y fue el tercer general de la Compañía de
Jesús. Igualmente relevante fue la función de César Borgia, hijo de Alejandro,
primero como obispo y cardenal, y luego como príncipe y duque de la Romaña.
Asimismo, en el plano social, la vida y reputación de Lucrecia Borgia, también
hija de Alejandro, trascendió de tal modo que dejó una significativa huella
literaria en las obras de Víctor Hugo, Alejandro Dumas y Guillaume Apollinaire,
por mencionar sólo la literatura clásica.
A pesar de
que muchos otros miembros de la familia fueron protagonistas en las cortes
europeas de esta época, sobre todo en España, Francia e Italia, este escrito se
concentra sólo en tres miembros de la familia Borgia: Calixto III, Alejandro VI
y el hijo de este último, César. La razón de ello, es que estas páginas no
tratan de la genealogía o de la historia de esta familia, ni siquiera de la
trayectoria vital de los tres personajes mencionados, sino de la significación
que sus acciones y actitudes tuvieron en la elaboración del pensamiento
político de Maquiavelo, contemporáneo de los dos últimos y muy familiarizado
con el desempeño y el contexto del primero. Así, lo que se mostrará en las
páginas siguientes es que la vida y obra de estos hombres, sobre todo de
Alejandro VI y César, causaron una gran impresión en Maquiavelo, tal vez al
grado de poder considerarse definitorias de sus ideas políticas fundamentales.
Así, al conocer el ambiente y el entorno de las principales acciones de estos
hombres, se podrán entender mucho mejor algunos de los principios políticos y
morales considerados emblemáticos de Maquiavelo.
Además,
los Borgia y Maquiavelo tienen un denominador común muy notable, pues tanto en
su época como en la posteridad, los han condenado irremisiblemente; a ellos por
conductas políticas y morales escandalizantes, a él por elevar al nivel de la
teoría política muchas de esas conductas y actitudes.
Así,
algunos de los consejos más polémicos y recriminados contenidos en El
príncipe, como incumplir la palabra dada cuando sea necesario; la
aceptación de que puede haber un buen uso de la crueldad; la preferencia de ser
temido a ser amado; la utilidad del engaño en la política y la guerra, por
ejemplo, son principios de conducta que Maquiavelo asume como perfectamente
válidos, y para ilustrarlo recurre en varias ocasiones precisamente a las
acciones de Alejandro VI y César, lo cual ha contribuido sin duda a reforzar de
manera recíproca la leyenda negra que pesa sobre ellos.
De los
tres Borgia que se incluyen en este estudio, es muy probable que el caso más
relevante para este propósito sea el de César, ya que Maquiavelo lo utiliza
como ejemplo de virtud; como modelo del príncipe nuevo que Italia necesitaba
para ser pacificada, unificada y expurgada de los príncipes extranjeros que
entonces reclamaban para sí diferentes partes de su territorio. Además, como se
muestra más adelante, el contacto personal que Maquiavelo trabó con él rebasa
el simple nivel de lo anecdótico y biográfico, constituyéndose en un elemento
fundamental para entender mejor su pensamiento político.
Así, para
analizar la conducta y acciones de César es imprescindible remitirse a las de
Alejandro VI, de igual modo que la trayectoria de éste es impensable sin
Calixto III, que fue quien trasplantó a esta rama de la familia Borgia desde su
natal Xátiva, en España, hasta Roma y el resto de Italia. Más aún, la realidad
política e internacional que vivió Maquiavelo cuando fue secretario de la
república de Florencia y que aún tenía frente a sí cuando escribió El
príncipe, en 1513, es en buena medida la misma que ayudó a forjar de
una manera relevante estos integrantes de la familia Borgia, desde 1455 en que
Calixto III fue elegido papa, hasta 1507 cuando César muere.
Calixto
III y el equilibrio de poder en el siglo XV
Maquiavelo
sólo se refiere directamente a Alfonso de Borja,1 que como papa
adoptó el nombre de Calixto III, en la Historia de Florencia (VI.33
y VI.36), en donde la alusión se centra principalmente en tres cuestiones; en
primer lugar, al señalar que luego de su elección como papa en 1455, se dio
inmediatamente a la tarea de contribuir a la pacificación de Italia, la cual
había iniciado formalmente el año anterior, con la Paz de Lodi; en segundo, a
reseñar genéricamente la organización de la cruzada que deseaba emprender en
contra de los turcos, que apenas tres años antes, en 1452, se habían apoderado
de Constantinopla; y en tercero, a su proyecto de entregar a su sobrino Pedro
Luis el reino de Nápoles tras la muerte del rey Alfonso, intento truncado a su
vez por su propia muerte, acaecida en 1458.2
Independientemente
de esta alusión a Calixto III, que podría considerarse hasta cierto grado
marginal, uno de los rasgos más notorios de la historia europea de este
periodo, y especialmente de Italia, es la posición determinante de la Iglesia
católica, particularmente de Roma y el papa, lo cual Maquiavelo percibía
claramente, al grado de condicionar las posibilidades políticas y diplomáticas
que identificaba para Florencia e Italia a partir de la posición de la Iglesia.
Un resumen
del diagnóstico de Maquiavelo en esta materia se encuentra en el capítulo XI
de El príncipe, llamado "De los principados
eclesiásticos".3 Ahí describe
cómo antes de la incursión en Italia del rey francés Carlos VIII en 1494
existían cinco grandes Estados que determinaban el equilibrio interno del país:
Milán, Venecia, Florencia, Nápoles y los Estados pontificios. Esta situación
había imperado casi durante todo el siglo, especialmente a partir de 1454,
cuando la Paz de Lodi vino a finiquitar la guerra entre Florencia y Venecia
contra Milán, y duró prácticamente hasta que la incursión del rey francés en
1494 quebrara este equilibrio, iniciando un periodo de inestabilidad en el que
no sólo Francia, sino otras potencias europeas, especialmente España y el sacro
Imperio, intervinieron abiertamente en la península de una manera sin
precedentes, privándola de la relativa independencia y libertad de que había
gozado hasta entonces.4
Salvo este
capítulo, no hay muchas más alusiones directas a la Iglesia en El
príncipe, aunque el tan discutido capítulo final, el XXVI
"Exhortación a ponerse al frente de Italia y liberarla de los
bárbaros", la implica directamente. Este capítulo no sólo es una arenga
emotiva, sino un corolario perfectamente coherente de la concepción del orden
político por parte de Maquiavelo. Dadas las condiciones que Italia enfrentaba
en 1513, la necesidad política apuntaba a crear o impulsar a
un príncipe italiano con la capacidad y firmeza para unificar al país. La
solución política consistía en la creación de un fuerte gobierno unipersonal
como único recurso para someter a todos los estados a un solo mando para
expulsar del país a los extranjeros que desde 1494 se habían posesionado de
diversos Estados y territorios. Así, las preferencias republicanas personales
de Maquiavelo pasaban a segundo término. Incluso sacrificaba lo que podríamos
llamar el patriotismo florentino al nacionalismo italiano, ya que la libertad
republicana de su ciudad natal no sólo se rendiría ante un gobierno
principesco, sino también su independencia se sacrificaría ante una entidad
territorial mayor.
Aunque
Maquiavelo no lo dice de manera explícita, semejante propósito enfrentaba por
principio el reto de la abigarrada fragmentación del país, pero quizá un reto
todavía mayor era la presencia del Estado de la Iglesia, un Estado que no sólo
reclamaba soberanía sobre una parte del territorio, sino que ejercía y defendía
celosamente el máximo poder espiritual sobre toda la cristiandad, y con
particular interés sobre la península italiana, lo que resultaba evidentemente
un obstáculo formidable para el príncipe más virtuoso que se pudiera hallar.5
Habiendo
elaborado Maquiavelo El príncipe con la intención de
obsequiarlo a un Medici, y tomando en consideración que apenas el año anterior,
1512, se había restablecido el poder de los Medici en Florencia y se había elegido
como papa a León X, miembro distinguido de esa familia, era previsible que
Maquiavelo no desarrollara de manera clara y absoluta las premisas que había
sentado en su escrito, las cuales llevarían hasta la conclusión lógica de que
la Iglesia, y sobre todo el papa, era un serio obstáculo para la unificación
italiana.6
Esto puede
confirmarse sencillamente al cotejar el tratamiento que da Maquiavelo a la
Iglesia en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, en
donde expresa claramente la conclusión de las premisas que había planteado
en El príncipe. Como se ha documentado ampliamente, ambos
textos fueron elaborados casi de manera sincrónica, por lo que no puede
considerarse que la diferencia de condiciones o circunstancias influyan de
alguna forma en sus juicios. Específicamente, cabe recordar que el capítulo
I.12 de los Discursos es reconocido por albergar una de las
críticas más severas de Maquiavelo en contra de la Iglesia católica,
considerándola por un lado la principal responsable de la corrupción moral y el
comportamiento irreligioso de los cristianos, pero sobre todo
responsabilizándola de perpetuar la desunión de los Estados italianos,
impidiendo la unidad del país, lo cual había sido precisamente el motivo del
llamado urgente e imperativo que Maquiavelo lanzara en el último capítulo
de El príncipe.7
Sin
embargo, aun cuando en el capítulo 11 de El príncipe Maquiavelo
contara a la Iglesia dentro de los cinco Estados más poderosos de Italia en el
siglo XVI, habría que advertir que esto no había sido así tan sólo unas décadas
antes. Ciertamente, lo que observa Maquiavelo de los principados eclesiásticos,
situado como estaba a principios del siglo XVI y cuyo único ejemplar era el de
los Estados pontificios, es que son Estados que se "sustentan en antiguas
leyes de la religión ya que son tan poderosas y de tanto arraigo que mantienen
a sus príncipes al frente del Estado, sea cual sea su forma de actuación y vida
[...] Estos principados son, pues, los únicos seguros y felices [...]".8 Esta
descripción arroja una imagen del Estado pontificio fuerte en lo interno y en
lo externo, sin embargo, lo que habría que notar es que esto no era así unas
décadas antes, sobre todo a principios del siglo XV. Cuando los papas volvieron
a asentarse en Roma después de su larga estadía en Aviñón, cuya ausencia había
propiciado la disgregación de los Estados pontificios, Roma había caído en un
pleno desgobierno y se había producido un notable debilitamiento del papa
frente a la aristocracia de la ciudad. Por ello, durante una buena parte del
siglo XV, los papas debieron emprender la tarea de reconstruir el poder dentro
de su mismo territorio y hacerse también un espacio en la constelación de
Estados italianos y europeos.9
Odonne
Colonna, que como papa adoptó el nombre de Martín V y había sido elegido en
1417, fue quien en 1420 decidió volver a Roma después de la larga estancia del
papado en Aviñón. Desde el principio asumió esta ardua tarea, es decir,
reconstruir la autoridad del papa tanto dentro como fuera de la Iglesia, lo
cual representaba un gran reto, aun para él, que era miembro de los Colonna,
una de las familias nobles romanas más poderosas, a la que se refiere el mismo
Maquiavelo en el citado capítulo 11 de El príncipe.10
El largo
conflicto entre el Colegio cardenalicio y el papa alcanzó su clímax en el
Concilio de Constanza (1414-1418) en donde claramente se estipuló la
superioridad del Concilio sobre el papa. Sin embargo, esto no significó el fin
del enfrentamiento, pues el mismo papa elegido en el Concilio, Martín V, que
declaró solemnemente su aceptación de estas resoluciones, apenas terminó la
reunión desconoció dicho acuerdo y se dio a la tarea de afirmar la autoridad
suprema del papa por sobre cualquier otra instancia de la Iglesia. Y es en este
escenario, en el cual comienza a destacar la actividad de Alfonso de Borja,
futuro Calixto III.11
Alfonso de
Borja era un modesto canónigo en la catedral de Valencia y profesor de derecho
en la Universidad de Lérida. En 1417 Alfonso V de Aragón lo llamó a su corte,
haciéndole más tarde el encargo de obtener la renuncia del antipapa español
Clemente VIII, quien se había negado repetidamente a reconocer los acuerdos del
Concilio de Constanza y también a aceptar el nombramiento y la legitimidad de
Martín V.
Ya otros
emisarios habían fracasado en esa misión y nadie sabe del todo qué factores
influyeron para que en esa ocasión Clemente VIII aceptara dimitir ante Alfonso
de Borja. Con ello, el papa Martín V ganaba una importante dosis de
legitimidad, pues luego del catastrófico cisma, era el primer papa reconocido y
válido para toda la cristiandad, con lo cual podía afirmar su posición y
enfrentar en mejores condiciones al resto de los príncipes temporales y a las
propias familias nobles romanas. Tan importante fue el logro obtenido por
Alfonso de Borja, que el mismo día que entregó la dimisión de Clemente VIII al
cardenal Pierre de Foix, recibió de éste el nombramiento como obispo de
Valencia, uno de los más ricos de Europa en esa época. Así inició toda una
dinastía del Borja en este obispado, pues le sucedieron Rodrigo de Borja,
futuro Alejandro VI; César Borgia, su hijo, y dos Borgia más, hasta 1511, año
en que el papa Julio II, acérrimo enemigo de los Borgia, le concedió el
obispado a un hijo natural del rey Fernando el Católico.12
Alfonso de
Borja abandonó España al seguir a su soberano Alfonso de Aragón, quien desde
1420 salió de su reino y se dirigió al Mediterráneo con el objetivo de
conquistar nuevos territorios. En esa aventura acertó al acercarse a la reina
Juana de Nápoles y ayudarla a defender su reino en contra de los Anjou, quienes
reclamaban sobre éste derechos ancestrales. El agradecimiento de la reina Juana
hacia Alfonso de Aragón llegó a tal grado que lo reconoció como hijo adoptivo
con plenos derechos hereditarios, con lo cual se dieron las bases para el
asentamiento del Aragón en Nápoles.
A la
muerte de la reina Juana y ante la negativa del papa Eugenio IV (1431-1447)
para reconocer a Alfonso de Aragón el derecho al trono, éste inició una feroz guerra
en contra de los Anjou para ocupar el reino, cuya victoria logró finalmente
adjudicarse en 1443. Una vez que accedió al reino le encomendó nuevamente a su
fiel servidor Alfonso de Borja la tarea de obtener el reconocimiento del papa
Eugenio IV, quien dando muestras nuevamente de su gran habilidad diplomática no
sólo obtuvo su objetivo, sino que logró ganarse el nombramiento de cardenal.
Aun cuando
Martín V había dado importantes pasos en la afirmación del poder del papa en
Roma y en toda la iglesia, todavía estaba lejos de considerarse completamente
consolidado, al grado de que su sucesor, Eugenio IV, enfrentó tales
dificultades, especialmente para gobernar Roma, que ante una gran rebelión
debió huir de la ciudad en 1434 e instalarse en Florencia, donde permaneció por
casi 10 años, hasta 1443, cuando pudo volver a ella. Además, casi 10 años
después, en 1452, la ciudad de Roma volvió a verse sacudida por el intento de
revolución republicana encabezado por Stefano Porcari, que aun cuando fue más
una aventura que una verdadera rebelión, daba cuenta de las dificultades del
papa para legitimarse como gobernante de la ciudad.13
A la
muerte del papa Nicolás V en 1455 el Colegio cardenalicio se enfrentaba a un
complejo escenario. Por principio, el nombramiento del nuevo papa era una vez
más motivo del enfrentamiento entre las dos familias romanas más poderosas, los
Orsini y los Colonna. Ambas querían influir lo más posible en el nombramiento,
incluso, dado que cada una tenía un cardenal en el Colegio, pretendían que
saliera de ellos mismos. El gobierno de la ciudad y de la Iglesia enfrentaba
serias dificultades en ese momento: en primer lugar, los franceses buscaban
influir directamente en la elección, tratando de recuperar la influencia que
habían tenido ya cuando el papado se encontraba en Aviñón; en segundo, aún
continuaban vivas las fuerzas y tentaciones republicanas y comunales que habían
propiciado la conspiración del propio Porcari dos años antes; y en tercer
lugar, los turcos habían tomado Constantinopla hacía apenas tres años y su
amenaza sobre Occidente se hacía más intimidante.14 Éste fue el
contexto que favoreció la elección de Alfonso de Borja, que adoptó el nombre de
Calixto III, un candidato hasta cierto punto neutral con respecto a los
principales partidos en contienda, que por su avanzada edad, 77 años, auguraba
un papado breve, lo cual permitiría a cada facción reunir más apoyos a fin de
vencer en la siguiente partida.
Sin
embargo, aunque pudiera verse a Calixto III como un papa neutral en el contexto
romano, no era precisamente así en el escenario internacional. Ciertamente, con
él se le cerraba el paso a las aspiraciones francesas, pero Calixto III era
también extranjero, o catalán, como los romanos de la época designaban
genéricamente a los españoles. Los catalanes ya tenían más de una década de
haberse instalado en Nápoles, y se temía que ocurriera lo mismo en Roma con
este nuevo papa.15
Y en
efecto, eso fue lo que ocurrió. Apenas se instaló Calixto III en Roma comenzó a
llamar a una gran cantidad de familiares y connacionales, entre quienes
destacaban claramente sus sobrinos. Al llegar, los Borja vieron transformado su
apellido en Borgia, el modo italianizado con el cual trascendieron su tiempo y
origen. Al año siguiente de su nombramiento, Calixto III nombró cardenales a
dos de sus sobrinos, Luis Juan de Milá y Rodrigo Borgia, el futuro Alejandro
VI; a otro de ellos, Pedro Luis Borgia, le dio tal cantidad de distinciones y
cargos, entre éstos el de prefecto de Roma, desplazando de ese cargo a un
miembro de la poderosa familia Orsini, que pronto se convirtió en el familiar
más odiado del papa y en el emblema de su nepotismo. Pero el afecto del papa
hacia este sobrino no sufrió mella. Como lo comenta también Maquiavelo en
la Historia de Florencia (VI.36), a la muerte del rey Alfonso
de Nápoles, su antiguo soberano y bienhechor, Calixto III se negó a reconocer
como heredero a Ferrante, su hijo bastardo, declarando a Nápoles feudo de la
Iglesia, y planeó entregarlo también a su sobrino Pedro Luis, lo cual no llegó
a realizar debido a que lo sorprendió la muerte. Sin embargo, ya desde ese
momento sembró en los Borgia un apetito por ese reino que alcanzaría al propio
Alejandro VI así como a César.16
Como se
había previsto, el papado de Calixto III fue muy breve, apenas duró 3 años.
Cuando murió, hubo en Roma un verdadero estallido social en contra de los
odiados catalanes, lo cual obligó a huir de la ciudad al mismo prefecto, Pedro
Luis. No obstante, a pesar de su brevedad, logró encaminar a su familia en una
ruta de riqueza, prestigio y poder.
Cuando en
1513 Maquiavelo escribía El príncipe, daba cuenta de los
principados eclesiásticos y de cómo había dificultad sólo para adquirirlos pero
no para conservarlos, además de ser Estados que, por un lado, no requerían ser
defendidos y, por otro, tampoco sus súbditos necesitaban ser gobernados. Sin
embargo, como puede verse, no era así unas cuantas décadas atrás, y si en la
época de Alejandro VI, o más bien gracias a su gobierno, estos Estados
adquirieron tal apacibilidad y firmeza, no era así de modo alguno en la época
de Calixto III.17
Alejandro
VI y la felicidad de los principados eclesiásticos
Como ya se
ha dicho, cuando murió Calixto III se dio una gran insurrección en Roma contra
los odiados catalanes, por este motivo, el propio prefecto de Roma, Pedro Luis
Borgia, huyó disfrazado. Sin embargo, Rodrigo Borgia no huyó, ni se amedrentó,
y de hecho fue prácticamente la única persona que hizo guardia junto al cadáver
de su tío.
Rodrigo
Borgia desempeñó un papel fundamental en el cónclave de ese año del cual había
de surgir el nuevo papa. En éste, la candidatura más fuerte era la del cardenal
francés d'Estouville, sin embargo, aun con el máximo esfuerzo, no logró reunir
los votos necesarios, que debían ascender a dos terceras partes más uno. Se
trataba de un impasse difícil de superar, por lo que Rodrigo
Borgia se irguió para proclamar la accesión a favor del
cardenal de Siena, Eneas Silvio Picolominni, es decir, manifestar en voz alta
su apoyo a esta candidatura, un método que a diferencia del más común, el
sufragio secreto, ponía en evidencia las preferencias de quien lo encabezaba,
arriesgándose a fracasar si el resto de los cardenales renuentes no accedía a
la iniciativa. La audaz decisión de Rodrigo fue seguida por otros cardenales,
incluido el influyente Próspero Colonna, con lo que se logró la elección de
quien como papa se hiciera llamar Pío II.18
Con su
acción, Rodrigo no sólo se ganó el reconocimiento del papa, sino también ganó
un gran prestigio dentro y fuera de la corte de Roma. En el cónclave de 1471, y
ante un escenario similar al de 1458, volvió a encabezar la accesión a
favor de Francisco della Rovere, quien se convertiría en Sixto IV, consolidado
su liderazgo dentro del Colegio cardenalicio y en toda la curia romana. Así,
aun cuando había sido nombrado vicecanciller de la Iglesia por su propio tío en
1457, el cargo más alto después del papa, quien era tenido por el canciller de
Dios en la tierra, logró conservar dicho cargo hasta 1492, cuando él mismo fue
elegido papa. Esto significa que los cuatro papas que sucedieron a Calixto III;
Pío II (1458-1464), Paulo II (1464-1471), Sixto IV (1471-1484), e Inocencio
VIII (1484-1492), le confirmaron el nombramiento, lo cual acredita que ocupó
tan altos cargos en la Iglesia no sólo por el nepotismo de su tío, sino también
por su gran habilidad personal.19
Durante
todo el periodo en el que Rodrigo Borgia fue vicecanciller, desempeñó una
función relevante en el gobierno de la Iglesia. Desde el cónclave de 1471 se le
había nombrado como un fuerte candidato al papado, lo cual se repitió en 1484,
al grado de ser considerado uno de los principales contendientes, sin embargo,
no fue sino hasta el cónclave de 1492 cuando fue elegido.
Ya durante
todo el periodo en el que había sido cardenal se habían desatado fuertes
rumores sobre su vida privada, calificada de excesivamente permisiva y
licenciosa. Dentro de los motivos que había para ello destacaban los hijos que
había tenido, algo por lo demás común en la vida privada de los prelados de la
Iglesia, de lo que no escapaban los mismos papas, quienes no sólo no se
abstenían de tener relaciones sexuales con mujeres, sino que además era común
que procrearan hijos, a los que favorecían con múltiples prebendas. Fue
Inocencio VIII el primer papa que no llamó sobrinos a sus propios hijos,
asumiendo directamente su paternidad, algo inédito hasta entonces, pues dado
que los papas habían acostumbrado referirse a sus hijos como sobrinos, se acuñó
entonces el término de nepotismo para referirse a la práctica
de favorecer a los hijos y familiares, ya que en italiano nipote significa
tanto sobrino como nieto.20
En el
conclave de 1492 las principales candidaturas al papado eran las de Giulliano
della Rovere, sobrino de Sixto IV y futuro Julio II; la de Ascanio Sforza,
hermano del Duque de Milán, y la del propio Rodrigo Borgia. Al final, Ascanio
Sforza declinó a favor de Rodrigo y esto definió la elección, lo cual dio pie a
uno de los principales componentes de la leyenda negra que pesa sobre Alejandro
VI: haber accedido al papado por medio de simonía, es decir, por haber comprado
los votos de los cardenales con favores, nombramientos y dinero, incluyendo al
propio Sforza. A partir de este cónclave, Guilliano della Rovere, que había
sido en un tiempo aliado de Alejandro VI, se convirtió en su acérrimo enemigo,
al grado de que durante todo su pontificado insistió con vehemencia tanto dentro
del Colegio cardenalicio como en la corte del rey francés en convocar a un
concilio para destituir a Alejandro VI acusándolo de simonía. El mismo Ascanio
Sforza, factor decisivo en su elección, se convirtió también en su enemigo
jurado y clamó junto con della Rovere para destituirlo por el mismo motivo. No
parecía importar que el mismo della Rovere hubiera recibido del rey francés una
importante suma para comprar los votos de otros cardenales en ese mismo
cónclave, el mismo acto por el que pedía la destitución de Alejandro VI.21
Como puede
observarse, el influjo y la importancia de Alejandro VI en los asuntos de Roma precedieron
con mucho a su propio periodo en el papado, lo que Maquiavelo distingue
claramente en El príncipe, señalándolo como un hito en el
devenir de la Iglesia. En este texto, Maquiavelo alude a Alejandro VI en varias
ocasiones, cinco para ser exactos, aunque los temas con los que se relacionan
estas alusiones son esencialmente tres: 1) el equilibrio de
poder dentro de Italia anterior a 1494; 2) el poder del papa
al interior de la Iglesia; y 3) la conducta recomendada a los
príncipes, particularmente en lo referido a no cumplir la palabra dada.22
Por lo que
se refiere al equilibrio de poder dentro de Italia a partir de 1454, año de la
firma de la Paz de Lodi, y 1494, año de la incursión del rey francés Carlos
VIII, y que Maquiavelo describe en el ya citado capítulo XI, hay que hacer
notar que Alejandro VI sólo alcanzó a protagonizar un muy breve lapso de este
periodo, pues había sido elegido pontífice en 1492. Sin embargo, aunque en los
años posteriores cayeron de una forma u otra varios de los Estados que
mantenían ese equilibrio, todavía en 1513, cuando Maquiavelo escribe El
príncipe, persistían los restos de ese esquema, o su añoranza, pues al
menos éste había tenido la virtud de mantener a las potencias europeas fuera
del territorio italiano.
Entre 1454
y 1494 Nápoles, Florencia, Milán, Venecia y los Estados pontificios, que eran
los cinco mayores Estados italianos, habían logrado mantener una paz relativa
al interior del país cifrada esencialmente en la condición de que ninguno de
ellos se engrandeciera a costa de los demás. Sin embargo, dicho esquema se
rompió con la incursión de Carlos VIII, quien reivindicando los derechos
hereditarios de los Anjou al reino de Nápoles y aliándose a Francisco Sforza,
duque de Milán, penetró en Italia sin enfrentar mayor resistencia. No obstante,
ocupó Nápoles por un muy breve periodo, ya que se vio obligado a dejarlo debido
a la alianza en su contra que pactaron los otros Estados italianos liderados
por el propio Alejandro VI. Al morir Carlos VIII en 1498 fue sucedido en el
trono por su primo Luis XII, quien emprendió una nueva incursión en Italia,
mucho más duradera y contundente, y sobre todo, cuidándose de no enfrentar a
Alejandro VI, como Carlos VIII, sino ahora aliándose con él.23
En el
capítulo III de El príncipe, cuando Maquiavelo se refiere por
primera vez a Alejandro VI, lo hace señalando precisamente el error que cometió
el rey Luis XII al permitir que éste, por medio de César Borgia, ocupara la
Romaña y adquiriera un poder muy importante en el centro de Italia.24 En ese
capítulo, Maquiavelo trata el tema de los principados mixtos, es decir, de los
que se componen de una posesión previa y una nueva adquisición. En este caso,
de acuerdo con la clasificación de Maquiavelo, hay dos grandes probabilidades;
o que el territorio anexado sea de una cultura similar a la del Estado
original, lo cual facilita la posibilidad de su conservación; o bien, que sea
de una lengua, costumbres e instituciones diferentes, en cuyo caso Maquiavelo
recomienda seguir tres reglas para conservar dicho Estado: 1) Que
el príncipe resida en él; 2) Que establezca colonias; y 3) Que
colabore con los vecinos menos poderosos, debilite a los poderosos y procure
que no entre en el país ningún príncipe tan poderoso como él.25
Como puede
observarse, esta tercera regla que Maquiavelo establece para conservar los
Estados anexionados que tienen una cultura diferente puede ser vista de alguna
manera como la fórmula política que habían adoptado los Estados italianos entre
1454 y 1494. Asimismo, es también el error que cometió Luis XII al ayudar a
Alejandro VI y su hijo César para que se adueñaran de la Romaña, incrementando
el poder del que ya disponía la Iglesia y que fue la base de la expulsión de
los franceses del suelo italiano años después.
Por lo que
respecta al segundo de los temas de las alusiones de Maquiavelo hacia Alejandro
VI, es decir, el incremento del poder del papa dentro de la Iglesia, se pueden
ubicar dos menciones específicas sobre ello en el texto; una, claramente menor,
que se encuentra en el capítulo VIII, cuando refiere que Oliverotto de Fermo,
uno de los condotieros al servicio de César, habla de la grandeza de Alejandro
VI y de su hijo, y la otra, la mención más importante, que se encuentra en el
capítulo XI cuando habla de los principados eclesiásticos.26
En este
capítulo, Maquiavelo menciona cómo antes de que incursionaran los franceses en
Italia la Iglesia y el propio papa no tenían gran poder, y cómo a partir del
papado de Alejandro VI dicho poder se incrementó notablemente.
Como puede
verse, Alejandro VI no sólo ocupa un lugar muy importante dentro de la historia
de la Iglesia y del papado, sino dentro de la estructura misma de El
príncipe, ya que en buena medida gracias a él Maquiavelo prestó
atención a un tipo de principados sui generis, es decir, los
eclesiásticos, de cuya especie sólo existía uno en el mundo occidental, y que
seguramente se hizo más visible para Maquiavelo y los hombres de su época
debido al protagonismo de Alejandro VI.
El
pontificado de Alejandro VI (1492-1503) fue uno de los más agitados en la
historia de la Iglesia y del propio Renacimiento. Tanto para Roma, como para el
país, Europa y el mundo, tuvo una trascendencia histórica. Como señala
Maquiavelo, a él se debió en buena medida el acrecentamiento del poder de la
Iglesia, tanto dentro de Roma como fuera de ella. Antes de Alejandro VI,
ciertamente, la ciudad de Roma era prácticamente ingobernable para un papa,
pues su poder se veía acotado notablemente por el de las familias nobles romanas,
fundamentalmente los Colonna y los Orsini, como lo refiere Maquiavelo en el
capítulo XI. No obstante, Alejandro tuvo la decisión y la capacidad para
doblegar a estas familias y convertir a Roma en un verdadero principado
eclesiástico, tal y como se describe en El príncipe.27
De la
misma manera, Alejandro recuperó los Estados de la Romaña mediante César, que
aunque teóricamente eran de la Iglesia, estaban gobernados por príncipes cada
vez más renuentes a reconocer cualquier autoridad eclesiástica. Ciertamente,
Alejandro los recuperó no para restituir o acrecentar el territorio de los
Estados pontificios, sino para crear un Estado propio para su familia,
específicamente para César, sin embargo, sentó involuntariamente las bases para
que su sucesor,28 Julio II, los
incorporara de manera efectiva a la Iglesia. Por otro lado, en el plano
europeo, Alejandro también desempeñó una función muy relevante, ya que tan sólo
unos meses después de iniciar su pontificado emitió la famosa bula Inter
Caetera, por medio de la cual legitimó y privilegió el dominio español
en el Nuevo Mundo.29 Por otro
lado, la alianza con el poder español que marcó el principio de su gestión
contrasta ciertamente con su alianza con Francia hacia el final de éste, ya que
si bien él fue el príncipe italiano que con más decisión se opuso al avance de
Carlos VIII en Italia, su ulterior alianza con Luis XII determinó la situación
del país a principios del siglo XVI.30
Desde el
principio de su pontificado Alejandro VI dio muestras de su apetito político,
pues tan sólo en el primer año casó a tres de sus hijos con integrantes de
importantes familias italianas y españolas, dos de ellas gobernantes.
También su
avidez económica llegó al escándalo, pues buscaba atraerse recursos económicos
de todas las maneras posibles, incluso mediante el asesinato de diversas
personalidades con el fin de apoderarse de sus bienes. Incluso corre la versión
de que su propia muerte se debió a un intento fallido de envenenamiento, es
decir, que bebió su propio veneno, el que había destinado a otro, al cardenal
Adriano de Corneto. No obstante, una buena parte del dinero que obtenía por
éste y otros medios lo destinó a financiar la empresa militar de su hijo César
en la Romaña, a partir de lo cual se ganó la aprobación del propio Maquiavelo,
quien consideraba que no había mejor manera de usar el dinero que la de
Alejandro VI.31
Finalmente,
el tercer tema de las alusiones de Maquiavelo sobre Alejandro en El
príncipe consiste en ponerlo como ejemplo del no cumplimiento de la
palabra dada, lo cual, como se sabe, Maquiavelo no cuestiona, sino que lo
destaca como una conducta necesaria y acertada. Esta afirmación se hace en uno
de los capítulos más polémicos y relevantes del libro, el XVIII, llamado
precisamente De qué modo los príncipes han de cumplir la palabra dada. En
este capítulo, Maquiavelo expone una de las tesis más discutidas del libro, la
que propone en términos metafóricos que los príncipes deben tener una doble
naturaleza, es decir, saber actuar como hombre y como bestia, lo que en
términos formales equivale a la proposición de saber actuar con las leyes y con
la fuerza. Sin embargo, Maquiavelo hace una derivación más, pues al comportarse
como la bestia el príncipe no debe hacer uso solamente de la fuerza, sino
también de la astucia, es decir, debe saber comportarse como el león pero
también como la zorra.
Una parte
esencial de la astucia que Maquiavelo observa en la zorra es el engaño, dentro
de cuya conducta entra el no cumplir la palabra dada, para lo cual Maquiavelo
utiliza precisamente el ejemplo de Alejandro VI.32
Sin duda,
ésta es una de las partes de El príncipe que la posteridad ha
condenado en todos los sentidos, ya que promulga de manera abierta un principio
de conducta moralmente cuestionable, pues ninguna sociedad puede basarse en la
práctica generalizada del engaño, y ni siquiera admitirla como una permisión
concedida a sus gobernantes.
Sin
embargo, habría que advertir sobre una dificultad que se encuentra presente en
esta proposición de Maquiavelo, y que de hecho es una constante en una buena
parte del libro, es decir, la complejidad para distinguir la prescripción de la
descripción.
El
ambiente político renacentista estaba marcado por el engaño y la simulación.
Italia y Europa estaban sumidas en un verdadero estado de guerra, al más puro
estilo hobbesiano, en donde los breves periodos de paz eran realmente tiempos
de una guerra latente. Ciertamente, Alejandro VI trataba todo el tiempo con
príncipes practicantes del engaño y la falsedad, dentro de lo cual se destacó
él mismo, sin embargo, lo que hace Maquiavelo aquí es reconocer un principio de
racionalidad política elemental, reconocer la necesidad del engaño en donde
éste se encuentra generalizado, sobre todo en el plano internacional, en donde
una conducta distinta colocaría al príncipe en la excepción y no en la regla;
en la ruta del fracaso y no del éxito. Esperar una opinión diferente de
Maquiavelo significaría pasar por alto lo que se precia de poseer, lo que desde
el mismo Proemio de El príncipe presume: conocimientos
sobre las acciones de los grandes hombres, adquiridos a través de una larga
experiencia de las cosas modernas, y una repetida lectura de las antiguas. Sí,
Alejandro VI no tenía ningún escrúpulo para ajustar su conducta al signo de los
tiempos, como tampoco la tuvo su hijo César, que también en ello demostró ser
un consagrado.
César
Borgia como modelo del príncipe nuevo
La leyenda
negra que pesa sobre toda la familia Borgia y recae sobre todo en Alejandro VI
y sus dos hijos, Lucrecia y César, cae sin duda con mayor peso sobre este
último. Como se ha visto, aun cuando los tres Borgia aquí tratados ocupan una
posición relevante en la historia del Renacimiento y sus acciones marcaron de
uno u otro modo la formación del pensamiento de Maquiavelo, tal vez sea César
quien mayor significación tiene en ello por ser el estereotipo del príncipe que
Maquiavelo retrata en su libro, atrayendo hacia su persona la repulsión
provocada por su propia actuación política y, adicionalmente, la que se le suma
por encarnar las crueldades y perversidades asociadas al príncipe maquiavélico.33
Sin
embargo, es conveniente denotar que la figura de César en el pensamiento
político de Maquiavelo no es uniforme, ya que si bien por un lado se le
presenta como el estereotipo de príncipe, por otro, en muchos de sus escritos
breves, se presenta una imagen totalmente distinta, contradictoria incluso.34
Pero antes
de analizar las percepciones y expresiones contrastantes de Maquiavelo sobre
César, sería conveniente describir y examinar, así sea brevemente, la
trayectoria de César para comprender mejor la valoración propia de Maquiavelo.35
De los
múltiples hijos que se le atribuyen a Alejandro VI, los que tuvo con Vanozza
Catanei fueron sin duda a los que más apegado estuvo y los que más beneficios
recibieron de su parte: ellos fueron César (n. 1475), Juan (n. 1476), Lucrecia
(n. 1480) y Joffré (n. 1481).
Desde la
más temprana infancia, César, por intercesión de su padre, que por entonces era
cardenal, fue colmado de cargos y distinciones eclesiásticas. A la insólita
edad de 7 años, el papa Sixto IV lo nombró protonotario apostólico,
archidiácono de Xátiva y rector de Gandia. Por supuesto, lo insólito de estos
nombramientos no era exclusivo de los Borgia, pues en la época era muy común
que papas, cardenales, obispos y demás prelados de la Iglesia concedieran a
familiares y amigos altas distinciones eclesiásticas, aun cuando los
beneficiados no reunieran las mínimas condiciones para ejercerlas.
Siendo
César el primogénito de los hijos engendrados entre Alejandro y Vanozza, fue
destinado desde la infancia a la carrera eclesiástica, por lo que luego de
estos tempranos nombramientos fue enviado a realizar estudios de Derecho
canónico a Perusa y luego a Pisa, en donde incluso coincidió con Piero de
Médicis, hijo de Lorenzo el Magnífico, quien luego desempeñaría un papel
determinante en la relación entre César y Florencia.
Fue
precisamente durante su estadía en Pisa que su padre Rodrigo fue elegido papa,
por lo cual se trasladó a Roma pocos meses después. Como se ha dicho ya, desde
el principio de su papado Alejandro VI trató de colocar y encaminar lo mejor
posible a sus hijos. No fue la excepción César, a quien ese mismo año de 1492
lo nombró arzobispo de Valencia y luego, al año siguiente, cuando César no
había cumplido aún los 20 años, lo elevó al cardenalato, ocupando una posición
en la que se habían sucedido su tío y su padre, y que todavía después de él
ocuparían otros dos Borgia, en una pretensión de sucesión hereditaria que sólo
frenaría el archienemigo de la familia, Julio II.
Sin
embargo, la meteórica carrera eclesiástica de César se vio perturbada en 1497
por el asesinato de su hermano Juan, el duque de Gandía, a quien su padre lo
estaba encaminando también en una fulgurante carrera militar y política. Este
asesinato sacudió inesperadamente la vida de la ciudad y conmovió de una manera
desgarradora a su padre, además, como nunca se supo quién había sido el
asesino, surgieron versiones que se lo atribuyeron al propio César, las cuales,
a pesar de su escaso fundamento, alimentaron su malvada y monstruosa
reputación.36
No
obstante, dado que con la muerte del duque de Gandía la familia Borgia se
quedaba sin brazo armado, César abandonó los hábitos y se convirtió en el
principal instrumento de Alejandro VI para construir un Estado dentro de Italia
bajo la soberanía de los Borgia. De esa manera, como lo describe Maquiavelo
en El príncipe, César se convirtió en el arquitecto de un
principado nuevo, más aún, se convirtió en el modelo de príncipe nuevo que la
agitada vida política y militar del Renacimiento requería.37 Sin embargo,
dado el delicado equilibrio de poder que había al interior de Italia, se habría
requerido arrebatarle su Estado a uno de los príncipes existentes, o siquiera
apropiarse de una parte de sus territorios. Ante los graves riesgos y desafíos
que esto implicaba, no quedó otra alternativa que construir el Estado de los
Borgia en la Romaña, en ese territorio de la Italia central que
tradicionalmente había pertenecido a la Iglesia pero que debido al cambio de
residencia de los papas a Aviñón y, también, a raíz del gran Cisma de
Occidente, había caído bajo el dominio de una serie de príncipes tiránicos, los
cuales en un principio habían sido meros feudatarios de la Iglesia, pero luego
adquirieron y reclamaron tal margen de independencia y autonomía que se
convirtieron prácticamente en señores soberanos y ejercieron el poder
arbitrariamente.
Ante esta
situación, alegando la falta de pago de las contribuciones a la Iglesia,
Alejandro VI declaró terminados los derechos de estos señores en 1499, y junto
con César se dieron a la tarea de preparar una campaña militar en contra de
ellos. El fin aparente de estas empresas militares era restituir dichos Estados
a la Iglesia, aunque para todos quedaba claro que la intención de los Borgia
era apropiarse de ellos.38
César
había pedido permiso al Colegio cardenalicio para renunciar a los hábitos y a
su propia investidura púrpura en 1498. En ese mismo año, la muerte del rey
francés Carlos VIII y la elevación al trono de su primo Luis XII le dieron a
Alejandro VI una oportunidad magnífica para recomponer sus alianzas
internacionales. Luis XII quería divorciarse de su esposa Juana de Francia y
casarse con Ana de Bretaña, viuda de su primo Carlos, con lo que no sólo ganaba
una esposa más joven y bella, sino sobre todo la posibilidad de anexar Bretaña
a su Estado. Por el otro lado, Alejandro VI necesitaba el apoyo de él para
casar a su hijo César con Carlota, la hija de Ferrante, rey de Nápoles, y
colocarlo en la posibilidad de ocupar ese trono. Aunque la negativa de
Ferrante, y de su propia hija, para realizar ese matrimonio frustró las
expectativas de los Borgia, la alianza de todos modos se llevó a cabo;
Alejandro VI le concedió a Luis XII la dispensa y el rey, a cambio de Carlota
de Nápoles, le ofreció a César otra dama de su corte, Carlota de Albret,
hermana del rey de Navarra, a cuyo servicio, por cierto, muriera César en 1507.
Otra parte de la alianza consistía en que el mismo César le sirviera a Luis XII
en su expedición para la reconquista de Nápoles a cambio de que éste recibiera
el auxilio de tropas francesas para su empresa en la Romaña.39
César pasó
así al servicio del rey de Francia, quien como distinción le confirió el Ducado
de Valentinois, en el Delfinado. De esta manera, el mismo día en que César
solicitara al Sacro Colegio la dispensa para dejar el cargo de cardenal de Valencia,
llegó a Roma el nombramiento del rey francés confiriéndole el Ducado de
Valentinois, en la Valencia francesa, lo cual dio pie a que desde entonces se
le conociera popularmente como el duque Valentino.
De este
modo, César inició su campaña en la Romaña en 1499 auxiliado principalmente por
tropas francesas, y en los dos años sucesivos fue apoderándose una a una de las
ciudades y fortalezas de ese territorio, hasta dominarlo por completo,
anexionándose además otras ciudades como Camerino, Urbino, Piombino, Perugia,
Senigallia y muchos otros dominios. En 1502, cuando la insubordinación de sus
condotieros frenó su campaña, había comenzado a dirigir sus baterías hacia
Bolonia y la Toscana, incluida la propia Florencia.40
Fue
precisamente en estas condiciones en las que Maquiavelo conoció personalmente a
César, pues la Señoría de Florencia lo envió a él y al obispo de Volterra,
Francisco Soderini, a pactar un acuerdo con él para que no atacara a la ciudad
ni sus dominios. Aunque esta embajada fue muy breve, y Maquiavelo iba tan sólo
en calidad de secretario, fue el primer acontecimiento de una experiencia
trascendental.
No
obstante la brevedad y la posición subordinada que Maquiavelo ocupaba en la
embajada, en los comunicados que Soderini y él enviaban a la Señoría se aprecian
claramente la fuerte impresión que causó la personalidad de César ante estos
enviados. Más aún, es inevitable deducir que la exigencia de claridad y
definición de las relaciones diplomáticas que Maquiavelo prescribe a los
príncipes se deba en buena medida a la conducta del propio César y a sus
exigencias, ya que insistentemente presionaba a estos embajadores para que
instaran a sus superiores, la Señoría de Florencia, para que abandonaran la
ambigüedad y la neutralidad y claramente asumieran una posición frente a él;
para que se convirtieran en sus amigos y aliados incondicionales o en sus
enemigos declarados y absolutos.41
No
obstante, la segunda legación ante César fue la que dejó una huella más
profunda en el pensamiento de Maquiavelo. No sólo ésta fue mucho más larga, sino
que además fue él, el único responsable de la representación de la Señoría
Florentina. Para entonces Maquiavelo tenía 33 años y César 27, y aunque
Maquiavelo llevaba sirviendo a la república 4 años, desde 1498, la personalidad
fulgurante de César lo deslumbró a tal grado que incluso llegó a insistir ante
la Señoría en que para dicha embajada se requería a todo un embajador, lo cual
probablemente decía no sólo debido a las comprometidas decisiones que había que
tomar, sino también a que él era entonces sólo un secretario.
Difícilmente
puede pasarse por alto que a partir de esta experiencia Maquiavelo comenzó a
formarse una serie de principios políticos cuya esencia se aprecia con claridad
en los preceptos que hay en El príncipe. Como se ha dicho, la
exigencia de claridad y definiciones en la diplomacia es un precepto
maquiavélico que difícilmente se puede disociar de la actitud de César en
general, y específicamente de la actitud que éste adoptó frente a Maquiavelo y
le pidió que comunicara a sus superiores. Del mismo modo, la elocuencia, la
discreción, la disposición al engaño, la cautela, la atención prestada a las
armas, la importancia de los ejércitos propios, el uso de la crueldad y un
sinfín de características que Maquiavelo atribuye a un príncipe virtuoso, se
encuentran en César, o al menos en la imagen que Maquiavelo percibe de él en
esta etapa, su segunda embajada ante éste, y que todavía se aprecia con
claridad en un documento ligeramente posterior, de 1504, que refiere
acontecimientos de este periodo, la Descripción de cómo procedió el
duque Valentino para matar a Vitellozzo Vitelli, Oliverotto da Fermo, Paolo
Orsini y al duque de Gravina.42
No
obstante, apenas unos meses después de esta legación, en agosto de 1503,
acaeció casi de manera inesperada la muerte de Alejandro VI. Como César se lo
dijo al propio Maquiavelo, él había tomado provisiones para esta situación, es
decir; quedar sin la protección de su padre, debido a que entonces seguramente
se le echarían encima todos los enemigos de ambos. Sin embargo, lo que no había
previsto es que él mismo se encontrara gravemente enfermo, al borde de la
tumba, lo cual le impediría estar en condiciones de defenderse.
Maquiavelo
tuvo la suerte de ser enviado como legado a Roma entre octubre y diciembre de
1503 y observar personalmente las pifias en que incurría César y la ruina que
él mismo se iba fincando. La imagen de César que se proyecta en las cartas de
Maquiavelo a la Señoría de Florencia de la segunda legación ante él, octubre de
1502 y enero de 1503, y la correspondiente a las cartas de esta legación en
Roma apenas nueve meses después, muestran un contraste absoluto. Se trata de
dos apreciaciones completamente distintas, como si se tratara de dos hombres
diferentes. Mientras que en las primeras vemos a un César imponente, certero,
infalible, en las segundas aparece un hombre apocado, errático, amedrentado.43
Sigue
siendo materia de estudio y de interrogación por qué Maquiavelo proyecta una
opinión tan favorable y enaltecedora de César en El príncipe, cuando
de acuerdo con su propia opinión, César cometió errores monumentales tras la
muerte de su padre, errores que produjeron su hundimiento y perdición, los
cuales aparecían con una claridad transparente para todos los que lo rodeaban,
incluido el propio Maquiavelo, excepto para el propio César.44
Para
apreciar esto, conviene describir de manera genérica las circunstancias. Como
se ha dicho ya, en agosto de 1503 Alejandro VI y César cayeron gravemente
enfermos. Al decir de algunos, debido al veneno que ingirieron por error cuando
ellos mismos querían suministrarlo al cardenal Adriano de Corneto, de cuya
fortuna pretendían adueñarse. Sin embargo, también corre otra interpretación, la
cual propone que dados los síntomas de la enfermedad, especialmente los de
Alejandro, muy probablemente se tratara de malaria. 45
Tras la
muerte de Alejandro VI, César estuvo a punto de morir también, aunque se salvó
milagrosamente y pudo acudir a Roma en los días que se celebraría el cónclave
para designar al nuevo papa. El cónclave estaba compuesto de 37 cardenales
divididos esencialmente en tres nacionalidades; españoles, franceses e
italianos. Aunque por su alianza con Luis XII tal vez la mejor opción para
César era el cardenal de Rouen, la previsible resistencia de italianos y
españoles le forzó a inclinarse por el cardenal de Siena, Francesco Piccolomini
Todeschini, sobrino de Pío II, quien era un aliado muy cercano. Gracias a la
influencia que tenía César sobre una buena cantidad de cardenales, sobre todo
españoles, logró que se eligiera a Piccolomini, sin embargo, la frágil salud
del que como papa se hiciera llamar Pío III se quebrantó rápidamente y sólo
duró 26 días en el trono. Aun cuando había confirmado a César en todos sus
cargos y distinciones, en pocos días César tuvo que enfrentarse a la
indefinición de un nuevo cónclave.
En el
nuevo cónclave se produjeron condiciones similares a las del anterior. Debido a
la dificultad para que venciera un candidato español o francés, quedaba tan
sólo la alternativa de uno italiano. Sin embargo, en esta ocasión el que
parecía gozar de mayor apoyo era Giulliano della Rovere, el archienemigo de
Alejandro VI y del mismo César. Ante lo que parecía inevitable, César trató de
sacar algún provecho y a cambio de brindarle su apoyo acordó con el que como
papa se hiciera llamar Julio II. De acuerdo con Maquiavelo, tal vez éste fue el
mayor de todos los errores cometidos por César, y de donde parece brotar con
demasiada claridad varias de las sentencias más enfáticas de El
príncipe, como la de que no se puede ofender a un príncipe y luego
fiarse de él.46
Como se ha
dicho ya, la percepción que tiene Maquiavelo de César contrasta notablemente
cuando se cotejan diversos escritos.47 Sin embargo,
debe considerarse que aun en el mismo libro de El príncipe hay
notables ambigüedades.
El pasaje
principal en el que se habla de César se encuentra en el capítulo VII "De
los principados nuevos que se adquieren con armas ajenas y con fortuna".
Este capítulo parecería haberse escrito para contrastarlo con el anterior, el
VI "De los principados nuevos conquistados con las armas propias y con
virtud". En este capítulo VI, Maquiavelo habla de hombres que a su juicio
han merecido el mayor elogio porque conquistaron su principado mediante dos de
los recursos que más valora; la virtud y las armas propias. Y la muestra de
ello son los ejemplos que elige para ilustrar tal comportamiento, todos
extraídos de la antigüedad; todos hombres heroicos y legendarios: Moisés, Ciro,
Rómulo y Teseo.
De este
modo, al dedicar el siguiente capítulo, el VII, a los principados adquiridos
mediante los principios contrarios, es decir, no con las armas propias, sino
con las ajenas; y no con la virtud, sino con la fortuna, se esperaría que
Maquiavelo eligiera como casos ilustrativos también lo contrario que en el
anterior, es decir, hombres carentes de virtud y de dotes militares, sin
embargo, lo que encontramos es que Maquiavelo pone como ejemplo a Francisco
Sforza y a César Borgia, dos de sus contemporáneos cuya vida conocía muy bien y
que destacan, al decir del propio Maquiavelo, no por su vicio o ineptitud
militar, sino por lo contrario, por su virtud y destreza con las armas. Aun
cuando Maquiavelo reconoce que ambos, Francisco y César, fueron ayudados por la
fortuna y las armas ajenas en la conquista de sus Estados, no es esa la
circunstancia que en esencia quiere destacar en el capítulo, por lo que si en
algún momento del plan de la obra pensó en proponer estos ejemplos como casos
reprobables o, al menos, poco encomiables, al final cedió a su admiración
original por César.48
En un
capítulo posterior, el XVII "De la crueldad y de la clemencia, y si es
mejor ser amado que temido y viceversa", Maquiavelo también utiliza como
ejemplo de la crueldad bien utilizada a César, una crueldad que le llevó a
cometer múltiples asesinatos, incluido el de su propio cuñado, el esposo de
Lucrecia.49 Una crueldad
que le haría presentar encadenada en Roma a Caterina Sforza, la señora de Imola
y Forli; y que también le llevó a presentar descuartizado en la plaza de Cesena
a Ramiro d'Orco, a quien le había encargado precisamente el gobierno de la
ciudad, y una larga lista de crueldades más, de las cuales fácilmente podría
deducirse que César no reparaba en ninguna barbaridad si consideraba que era
necesaria y conveniente. En todo caso, y a pesar de estas ambivalencias, la
conclusión que puede obtenerse es que, al menos en El príncipe, Maquiavelo
proyecta una valoración positiva de César.
Más aún,
si se considera que en Del arte de la guerra, escrito por
Maquiavelo en 1519, las dos alusiones que se hacen de César pueden ser
interpretadas como positivas, podría concluirse que al final, Maquiavelo se
quedó con la imagen del César temible y victorioso que conoció a fines de 1502.50
Muy
frecuentemente se habla de Maquiavelo como el fundador del pensamiento político
moderno, y de la misma manera se habla del Renacimiento como el movimiento
cultural que también marca el arranque de la vida moderna. Una noción de este
tipo nos debería hacer sentir completamente familiarizados e identificados con
el ambiente político, moral y religioso de esta época, sin embargo, cuando
examinamos la vida de los Borgia y la interpretación que hacía Maquiavelo de
ella, nos damos cuenta de que a pesar de todo hay diferencias notables en
cuanto a la institucionalización de la vida social y cultural, las cuales bien
debían tenerse presentes para asumir, por un lado, a Maquiavelo como el
iniciador del pensamiento político moderno, pero por otro, como el observador
de un estado social y político renacentista salvaje, cruel, pérfido y distante
en muchos sentidos de la sensibilidad plenamente moderna.
El
análisis de la personalidad de César Borgia es un excelente medio para
aproximarse a una de las reflexiones más importantes de Maquiavelo, la que se
relaciona con el binomio de la virtud y la fortuna. No representa ninguna
dificultad percatarse de que Maquiavelo considera a la virtud como uno de los
principales valores humanos, un valor y atributo fundamental en la vida
pública. En una época, como la suya, en donde la astrología seguía siendo una
fuente de explicaciones y justificaciones de los más diversos fenómenos,
resultaría hasta cierto punto natural asociar a la fortuna simplemente con la
suerte, con el azar, incluso con las fuerzas indomeñables de la naturaleza. Sin
embargo, al observar la vida y las decisiones políticas de César, se puede
deducir cómo la virtud y la fortuna son dos caras de la misma moneda, que
constituyen un binomio insuperable en la acción política, pues ciertamente un
hombre virtuoso es aquel que con su previsión, esfuerzo y decisión somete a la
fortuna, la pone a su servicio. Sin embargo ¿hasta qué grado puede hacerlo?
¿Acaso el hombre puede llegar a tener un dominio total y absoluto de la
fortuna? ¿Puede lograr que no interfiera para nada en su vida?
Sin duda hay
limitaciones insuperables, pues de lo contrario estaríamos hablando de hombres
infalibles, beatos o dioses. El mismo Maquiavelo llegó a decir en un pasaje
célebre "accedo que la fortuna sea juez de la mitad de nuestras acciones,
pero que nos deja gobernar la otra mitad".51
Más aún,
en el terreno de la acción política la fortuna no proviene simplemente del
azar, sino esencialmente es dada por la actuación de otros individuos, por la
voluntad manifiesta de otras personas contra la que choca la voluntad del
propio agente.52
¿Hasta qué
grado era virtuoso César Borgia? ¿Hasta qué grado puede ser virtuoso un
príncipe, o un ciudadano? Sin duda Maquiavelo tuvo demasiado cerca la virtud de
César para sentirse deslumbrado, de la misma manera que tuvo demasiado cerca su
infortunio para titubear y llegar a sentirse engañado por su primera impresión.
La vida de
los Borgia, y en particular la de César, permite entender más claramente la
idea de acción política que subyace en los escritos de Maquiavelo. Una acción
emprendida por hombres guiados por el interés, atravesados por sus pasiones,
limitados por sus luces, y al mismo tiempo, una acción enmarcada en un espacio
donde el accionar de otros hombres, con iguales aspiraciones y fallas, la
condiciona y modifica, al grado de que la interacción entre la virtud y la
fortuna son los dos términos mediante los que Maquiavelo expresa su idea de la
política como ese espacio de lucha, confrontación y conformidad entre los
apetitos y aspiraciones de los seres humanos.
Roberto
García Jurado*
* Doctor en ciencia política por la
Universidad Complutense de Madrid. Licenciado y maestro en ciencia política por
la UNAM. Profesor-investigador de la UAM-Xochimilco. Miembro del SNI. Autor de
La teoría de la democracia en Estados Unidos. Almond, Lipset, Dahl, Huntington
y Rawls, Siglo XXI Editores, México, 2009; El que quiere el fin quiere los
medios. Naturaleza humana y republicanismo en Maquiavelo y Rousseau, En-claves,
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1 Al
asentarse en Italia el apellido de los Borja se italianizó como Borgia.
Véase Infra.
2 Nicolás
Maquiavelo, Historia de Florencia, Tecnos, Madrid, 2009, pp.
339-340, 343-344. No obstante la diversidad de sus acciones, el papado de
Calixto III es reseñado y recordado sobre todo por la cruzada que trató de
organizar en contra de los turcos. Véase Javier Paredes (dir.), Diccionario
de los papasy los Concilios, Ariel, Barcelona, 2005.
3 Nicolás
Maquiavelo, El príncipe, Aguilar, Madrid, 2010.
4 Braudel
hace una periodización muy útil de esta etapa. A la primera simplemente la
llama la Paz de Lodi (1454-1494); a la segunda la Italia desgarrada
(1494-1559); y a la tercera la larga Paz (1559- ...), un periodo de hegemonía
española que se prolongó hasta el siglo XVIII. Véase Fernand Braudel, Il
secondo Renascimento. Due secoli e tre Italie, Giulio Einaudi, Turín,
1986.
5 Ciertamente
el Estado pontificio era una anomalía, como lo concibe Hale en su descripción
de la época, pero acumuló tal poder que entre el siglo XV y XVI definió en gran
medida la política regional. Véase J.R. Hale, La Europa del
Renacimiento 1480-1520, Siglo XXI Editores, México, 1998.
6 Véase
John T. Scott y Vickie Sullivan, "Patricide and the Plot of the Prince:
Cesare Borgia and Machiavelli's Italy", The American Political
Science Review, vol. 88, núm. 4 (dic. 1994).
7 Un
pasaje revelador de este capítulo es el siguiente: "Los italianos tenemos,
pues, con la Iglesia y con los curas esta primera deuda: habernos vuelto
irreligiosos y malvados; pero tenemos todavía una mayor, que es la segunda
causa de nuestra ruina: que la Iglesia ha tenido siempre dividido a nuestro
país", Nicolás Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de
Tito Livio, Alianza Editorial, Madrid, 2005, p. 73.
8 Ibid., p.
92.
9 Véase
Denys Hay y John Law, "Italy", The Age of Renaissance
1380-1530, Longman, Londres y Nueva York, 1989, especialmente el cap.
X.
10 Maquiavelo
da cuenta de la relevancia y rijosidad de esta familia de este modo "[...]
para someter al papa (el resto de los Estados italianos) se servían de los
nobles romanos, quienes —divididos en las dos facciones de los Orsini y los
Colonna— siempre tenían motivos para promover desórdenes públicos".
Nicolás Maquiavelo, El príncipe, op. cit. p. 93.
11 Véase
Luiggi Salvatorelli, Sommario della storia italiana. Dei teimpi
preistorici ai nostri giorni, Einaudi, Turín, 1955.
12 Véase
el recuento de los importantes logros diplomáticos de Calixto III en la primera
etapa de su carrera en Susanne Schüller Piroli, Los papas Borgia.
Calixto III y Alejandro VI, Institució
Valenciana D'Estudis i Investigació, Valencia, 1991.
13 Véase
Peter Partner, "Florence and the Papacy in the Earlier Fifteenth
Century", en Nicolai Rubinstein (ed.), Florentine Studies.
Politics and Society in Renaissance Florence, Northwestern University
Press, Evanston, 1968.
14 El
conflicto entre el papado y las familias nobles romanas databa de muchos años
atrás. Véase George Holmes, Florencia, Romay los orígenes del
Renacimiento, Akal, Madrid, 1993.
15 Los
Borgia enfrentaron la impopularidad tanto en España como en Italia. En España
eran vistos como italianos, y en Italia como españoles. Véase Benedetto
Croce, España en la vida italiana del Renacimiento, Imán,
Buenos Aires, 1945.
16 Véase
la entrada sobre Alexander VI en Gordon Campbell, The Oxford Dictionary
of the Reinaissance, Oxford University Press, Oxford, 2003.
17 Este
capítulo comienza de este modo: "Solamente nos quedan ya por examinar los
principados eclesiásticos, con respecto a los cuales las dificultades surgen
antes de entrar en posesión de los mismos, pues se adquieren o con virtud o con
la fortuna, y se conservan sin la una y sin la otra, ya que se sustentan en las
antiguas leyes de la religión, las cuales son tan poderosas y de tanto arraigo
que mantienen a sus príncipes al frente del Estado, sea cual sea su forma de
actuación y vida". Nicolás Maquiavelo, El príncipe, op. cit., p.
91.
18 Véase
la explicación que ofrece Corvo de los métodos que había para la elección de un
papa. Frederick Baron Corvo, Chronicles
of the House of Borgia, Dover, Nueva York, 1962.
19 Anny
Latour reúne en un pequeño pero coherente volumen una serie de testimonios
contemporáneos sobre los Borgia que da una clara idea de la personalidad y
capacidad de Rodrigo Borgia. Anny Latour, Los Borgia. Reconstrucción de
su vida a través de testimonios de sus contemporáneos, Mateu,
Barcelona, 1965.
20 Véanse
por ejemplo Roberto Gervaso, Los Borgia. Alejandro VI, el
Valentino, Lucrecia, Barcelona, Península, 1996; y Giuseppe
Portigliotti, I Borgia. Alessandro VI, Cesare,
Lucrecia, Frateli, Treves, Milán, 1921.
21 Hubo
una intensa polémica respecto a si Alejandro incurrió o no en simonía para
encumbrarse en el papado. Algunos historiadores lo asumen sin más duda, y otros
tratan de explicar cómo, haya sido por simonía o no, la elección de Alejandro
no se diferenció esencialmente de la del resto de los papas del periodo. Como
muestra de uno y otro extremo de la interpretación, véanse E.R.
Chamberlin, Los papas malos, Orbis, Barcelona, 1969; y Orestes
Ferrara, El papa Borgia, La Nave, Madrid, 1943.
22 Op.
cit., pp. 92, 93 y 120.
23 Véanse
Alberto Tenenti, La edad moderna. Siglos XVI-XVII, Crítica,
Barcelona, 2000; y el detallado análisis de la incursión en Italia del rey
francés Carlos VIII en Giovanni Soranzo, Il tempo di Alessandro VI Papa
e di Girolamo Savonarola, Vita e Pensiero, Milán, 1960. Especialmente
el Segundo estudio "Papa Alessandro VI e la discesa di Carlo VIII, re di
Francia, in Italia".
24 Maquiavelo
lo expresa así: "Sin embargo, tan pronto como [Carlos VIII, rey de Francia]
ocupó Milán, hizo justamente lo contrario al dar su apoyo para que el papa
Alejandro ocupase la Romaña. No se percató de que con esa decisión se
debilitaba a sí mismo [pues se privaba de sus propios aliados y de aquellos que
se le habían arrojado a los pies] y engrandecía a la Iglesia a la cual venía
añadir tanto poder temporal a aquel poder espiritual que le confiere tanta
autoridad", op. cit. p. 57.
25 Ibid, pp.
56-58, 71-72.
26 Ibid, pp.
81, 91-95.
27 Acerca
de la relatividad del poder del papa en Roma véase Lepold von Ranke, Historia
de los papas, FCE, México, 1993.
28 El
sucesor formal de Alejandro VI fue Pío III, pero como su pontificado duró
apenas 26 días y quien le siguió fue Julio II, habría que considerar a éste el
sucesor real de Alejandro VI. Véase Infra.
29 Véase
John Hale, The civilization of Europe in the Renaissance, Atheneum,
Nueva York, 1994. Especialmente cap. III, "The Divisions of Europe".
30 A
pesar de las cambiantes configuraciones de las alianzas europeas en esta época,
y especialmente de las italianas, los vínculos de Alejandro VI con España se
evidencian de varias maneras, una de ellas es que de los 43 cardenales
nombrados durante su papado 19 eran españoles.
31 "Vino
después Alejandro VI, el cual —a diferencia de todos los demás pontífices que
han existido— mostró hasta qué punto un papa podía ampliar su poder haciendo un
uso correcto del dinero y de la fuerza". Nicolás Maquiavelo, El
príncipe, op. cit., p. 93.
32 "No
puede, por tanto, un señor prudente —ni debe— guardar fidelidad a su palabra
cuando tal fidelidad se vuelve en contra suya y han desaparecido los motivos
que determinaron su promesa [...] Se podría dar de esto infinitos ejemplos
modernos y mostrar cuántas paces, cuántas promesas han permanecido sin ratificar
y estériles por la infidelidad de los príncipes, y quien ha sabido mejor hacer
la zorra ha salido mejor librado [...] No quiero callarme uno de los ejemplos
más frescos: Alejandro VI no hizo jamás otra cosa, no pensó jamás en otra cosa
que en engañar a los hombres y siempre encontró con quien poderlo hacer".
Nicolás Maquiavelo, El príncipe, op. cit., pp. 119-120.
33 Véase,
por ejemplo, la opinión de Federico el Grande sobre César Borgia en su
interpretación del cap. VII de El príncipe. Federico el
Grande. "Antimaquiavelo o examen del príncipe". En Nicolás
Maquiavelo, El príncipe, EDAF, Madrid, 1964.
34 Como
simple muestra de esta ambigüedad basta considerar, por ejemplo, la opinión que
Maquiavelo expresó sobre él en dos breves escritos separados por un muy breve
espacio. El primero da cuenta de su primera legación ante el mismo César Borgia
en los últimos meses de 1502, cuando entre muchos otros reconocimientos expresó
"[...] este hombre es un hombre valiente, afortunado y lleno de esperanza,
favorecido por un papa y un rey [...]" y "[...] había que pensar en
él como un nuevo potentado en Italia [...]". Sin embargo, de manera
contrastante, apenas un año después, cuando ya Julio II había sido elegido como
nuevo papa, Maquiavelo es enviado en otra legación ante Roma, desde donde
informó a la Señoría "[...] el papa ha necesitado al duque [César Borgia]
para su elección y le ha hecho grandes promesas, le conviene entretenerlo de
esta manera y temen, si [César] no toma otra decisión que la de permanecer en
Roma, que se quede en la estacada, porque es sabido el odio natural que su
santidad ha sentido siempre hacia él [...] cree [César] que las palabras de los
demás han de ser más firmes de lo que han sido las suyas". Nicolás
Maquiavelo, Antología, op. cit., pp. 127, 137 y 170.
35 Considero
que la mejor biografía sobre César Borgia es la de Gustavo Sacerdote, Cesare
Borgia. La sua vita, la sua famiglia, i suoi tempi, Rizzoli, Milán,
1950. Sin embargo, son también interesantes las de William Harrison
Woodward, Cesare Borgia. A Biography, Chapman and Hall,
Londres, 1913; y la de Rafael Sabatini, The life of Cesare Borgia, Brentano's,
Nueva York, 1912.
36 Al
momento del asesinato se hicieron muchas hipótesis, ninguna verificable. El
rumor sobre la autoría de César apareció mucho después. Historiadores de la
época tan reconocidos como el propio Guicciardini admitieron sin discusión esta
hipótesis. Incluso más recientemente historiadores como Ranke reproducen sin
mucho cuestionamiento lo que en su momento fue un simple rumor bastante
infundado. Véase Francisco Guicciardini, Historia de Florencia
1378-1509, FCE, México, 2006 p. 250; y Leopold von Ranke, Historia
de los papas, op. cit., p. 33.
37 "Quiero
aducir dos ejemplos que nuestra propia época nos ha proporcionado a propósito
de las dos maneras de llegar al principado, o sea, por la virtud y por la
fortuna. Se trata de Francesco Sforza y César Borgia [...] Por otra parte,
César Borgia —llamado vulgarmente duque Valentino— adquirió el Estado gracias a
la fortuna de su padre, y con el irse de ella lo perdió, a pesar de haber
recurrido a todo tipo de medios y haber hecho todas aquellas cosas que un
hombre prudente y virtuoso debía hacer [...]". Nicolás Maquiavelo, El
príncipe, op. cit., pp. 70-71.
38 Véase
el interesante análisis financiero de los ingresos del papado provenientes de
las rentas producidas por los Estados pontificios. Michael Mallett, The
Borgias, Paladin, St. Albans, 1975.
39 El
reino de Nápoles fue el primer Estado italiano importante del siglo XV en
desaparecer, y lo hizo simbólicamente el último año de ese siglo, 1500, cuando
se partió y repartió entre España y Francia, todo lo cual contó con la anuencia
de Alejandro VI. Véase Ignazio Dell'Oro, Papa Alessandro VI "Rodrigo
Borgia", Ceschina, Milán, 1938.
40 Véase
el famoso opúsculo Descripción de cómo procedió el duque Valentino para
matar a Vitellozzo Vitelli, Oliverotto da Fermo, Paolo Orsini y al duque de
Gravina. En Nicolás Maquiavelo, Antología, Península,
Barcelona, 2002.
41 Véase
una selección de los interesantes documentos diplomáticos que Maquiavelo
escribió para la Señoría de Florencia en Antología, op. cit.
42 Es
ampliamente compartida la opinión de que la personalidad de César impactó
fuertemente a Maquiavelo. Véase J.R. Hale, Machiavelli and Renaissance
Italy, Penguin, Londres, 1961; Rafael del Águila y Sandra
Chaparro, La república de Maquiavelo, Tecnos, Madrid, 2006.
Especialmente el cap. IV. "Maquiavelo y César Borgia"; y Miguel Ángel
Granada, Maquiavelo, Barcanova, Barcelona,1981. Especialmente
el cap. "El secretario florentino (1469-1498)".
43 Nicolás
Maquiavelo, Antología, op. cit.
44 Aunque
no estoy del todo de acuerdo en ello, hay una interesante reflexión al respecto
en el texto de José Manuel Bermudo Ávila, Maquiavelo, consejero de
príncipes, Universitat de Barcelona, Barcelona, 1994. Especialmente el
cap. IV "El príncipe o la política de excepción".
45 No
sólo los síntomas, sino también el aspecto del cadáver sugirieron a algunos la
idea de que su muerte pudo deberse a la malaria. No obstante, dado que el clima
caluroso de agosto aceleró sin duda la descomposición del cadáver de Alejandro
VI, su aspecto tan desagradable aunado a muchos otros rumores populares
propiciaron incluso la rápida propagación de la creencia de que tenía un pacto
con el diablo, J.N. Hillgarth, "The Image of Alexander VI and Cesare
Borgia in the Sixteenth and Seventeenth Centuries", Journal of the
Warburg and Courtauld Institutes, vol. 59, 1996.
46 Maquiavelo
señala enfáticamente este error: "Solamente se le puede reprender [a
César] en la nominación del papa Julio, donde la decisión por él adoptada fue
contraproducente: no pudiendo, como hemos dicho, hacer un papa a su gusto,
podía, sin embargo, conseguir que alguien no lo fuera, y no debía permitir
jamás que llegaran al papado aquellos cardenales a quienes él había hecho daño
o que, una vez papas, hubieran de sentir miedo de él. Porque los hombres hacen
daño o por miedo o por odio". Nicolás Maquiavelo, El príncipe, op.
cit., p. 78.
47 Véase
la nota 33.
48 Hay
múltiples indicios y declaraciones del reconocimiento de Maquiavelo sobre la
capacidad y talento militar de César, pero quizá uno poco referido y muy
sugerente sea que Maquiavelo propuso como capitán de las milicias florentinas a
Michelle Corella, el lugarteniente más cercano y leal de César, quien incluso
le sirvió como instrumento directo de muchas de sus crueldades. Más aún, la
recomendación tuvo efecto, pues en 1507 se le otorgó dicho cargo a este
personaje. Véase Sacerdote Gustavo, op. cit., p. 536.
49 "César
Borgia era considerado cruel y, sin embargo, su crueldad restableció el orden
en la Romaña, restauró la unidad y la redujo a la paz y la lealtad al soberano.
Si se examina correctamente todo ello, se verá que el duque había sido mucho
más clemente que el pueblo florentino, que por evitar la fama de cruel
permitió, en última instancia, la destrucción de Pistoya. Debe, por tanto, un
príncipe no preocuparse de la fama de cruel si a cambio mantiene a sus súbditos
unidos y leales". Nicolás Maquiavelo, El príncipe, op. cit., pp.
114-115.
50 Nicolás
Maquiavelo, Del arte de la guerra, Tecnos, Madrid, 1988, pp.
178 y 185.
51 Ibid., p.
119.
52 Considero
que una de las reflexiones más interesantes sobre el concepto de virtud de
Maquiavelo se encuentra en el estudio clásico de J.G.A. Pocock, El
momento maquiavélico. El pensamiento político florentino y la
tradición republicana atlántica, Tecnos, Madrid, 2002. Especialmente
el cap. VI. Véase también el clásico de Quentin Skinner, Los
fundamentos del pensamiento político moderno, vol. I. El Renacimiento,
FCE, México, 1993; y también Harvey C. Mansfield, Machiavelli's Virtue, University
of Chicago Press, Chicago, 1996.
http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0187-57952013000200012

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