La
vida cotidiana en tiempos de Francisco de Borja (1510-1572)
La vida cotidiana no es cuestión menor, una
colección de anécdotas, una historia de banalidades. La vida cotidiana es un
signo importante de la manera de entender la vida y de vivirla, sea un individuo,
un grupo o una comunidad. Por importante que sea una persona y por muchos que
sean los actos importantes en su vida, su biografía se teje a base de una larga
serie de pequeñas acciones, actividades, decisiones, del día a día,
aparentemente pequeñas, casi intrascendentes, pero que tienen un significado y
que favorecen o dificultan las grandes acciones y decisiones. Son los valores y
las ideas grandes e importantes los que dirigen una vida, pero también las
pequeñas cosas tienen su importancia; derivan de lo grande, pero también lo
marcan.
No siempre es fácil conocer la vida
cotidiana. Incluso cuando se trata de un gran personaje como Francisco de
Borja, la historia menuda del día a día queda con frecuencia escondida entre
los grandes acontecimientos. Es preciso reconstruirla pacientemente a través de
los pequeños detalles que nos ofrecen las fuentes de manera desperdigada o
acudir al contexto general para suplir lo mucho que falta. En este caso, además
de incorporar informaciones de diversos archivos, nos hemos basado
fundamentalmente en la biografía de Cienfuegos, muy posterior a la vida del
santo duque, pero que se basó a su vez en la biografía del padre Dionisio
Vázquez y consultó fuentes importantes de varios archivos jesuitas.1
El
primero, que escribió sus admirables virtudes, por orden de los Superiores, fue
el Padre Dionisio Vázquez, Jesuita Provincial de Andalucía, varón de raro ejemplo,
a quien el mismo San Francisco de Borja eligió para Confesor de la Reyna de
Portugal Doña Catalina: Confesor del Santo, y Compañero suyo muchos años en
España, y en Roma, en cuyo seno, y trato intimo bebió la admiración con que
habla de su santidad; pero no llegó a la estampa [...]. Pero la Providencia
[...] dispuso, que nos quedasen aquellos testimonios auténticos, para que de
ellos copiasen después otros pinceles los más fieles retratos. Y hoy está en mi
poder su original, donde principalmente bebe mi pluma lo que escribe; como
también de las informaciones, y procesos para su Canonización, y de otros
papeles originales, que hallé recogidos en el grande Archivo del Colegio
Imperial, apoyando con testimonios tan jurídicos todo lo que escribimos de sus
glorias.2
A continuación cita Cienfuegos a otros
biógrafos y autores que escribieron sobre Francisco de Borja, como el padre
Pedro de Ribadeneyra, el padre Virgilio Cepari, rector del colegio de
Florencia, Philipo Ghisolfi, el padre Eusebio Nieremberg, el padre Verjur, el
padre Daniel Bartoli. En sus obras y en nuevos documentos hallados en los
archivos se documentó Cienfuegos para escribir su gran biografía. Estas
biografías, más exactamente hagiografías, independientemente de su rigor
histórico, tienen el valor añadido de presentar un modelo de vida y presentarlo
como ejemplo a seguir. Son, pues, testimonios más o menos exactos de la vida de
Francisco de Borja y son, además, testimonios de los valores de aquel tiempo,
de aquel que era en la época el modelo de vida ideal, el modelo de santidad.
Para la vida de Francisco de Borja contamos
con numerosos testimonios documentales, tanto para la primera parte de su
biografía, los años en que fue un joven noble, un cortesano, virrey de
Cataluña, duque de Gandía y grande de España, como para la segunda parte, como
jesuita, comisario para España y Portugal y general de la Compañía de Jesús.3
La información es mucho mayor para su vida pública y oficial que para su vida
cotidiana y privada, por lo que el recurso a las biografías y hagiografías
resulta un complemento muy útil.
Vida pública / vida privada, vida oficial /
vida cotidiana, vida activa / vida contemplativa, Francisco de Borja tenía muy
presente la dicotomía que nos presenta el Evangelio entre Marta y María, como
indican sus frecuentes referencias. Inclinado Francisco hacia la vida
contemplativa, se vio obligado a llevar una vida muy activa, que no siempre
resultaba fácil de compatibilizar con el recogimiento que él deseaba. En el
episodio evangélico, María representa la vida contemplativa, la vida
espiritual; Marta, la vida activa, que es también la vida cotidiana, el
quehacer de cada día, de las cosas pequeñas. Aunque María haya elegido la mejor
parte, también la opción de María es válida; Marta y María están las dos cerca
de Jesús, por las dos vías se puede avanzar en el camino de la vida y en el
camino de la santidad. De igual manera, en la vida de Francisco ambas vías
estarán siempre presentes de una u otra manera.
Otra cuestión importante es que no hay una
vida cotidiana, hay muchas vidas cotidianas, que dependen –como todo en la
historia– del tiempo y del espacio: hay una vida cotidiana del siglo XVI,
diferente a las vidas cotidianas de otros siglos. Hay vidas cotidianas según
los lugares: Gandía, Baza, Tordesillas, Toledo, Barcelona, Lisboa, Roma... Hay
vidas cotidianas diversas según el grupo social: no es igual la de un noble que
la de un campesino, y dentro de la nobleza no es igual la de un noble cortesano
que la de un noble que ocupa el cargo de virrey; tampoco es igual la de un
laico, esposo y padre de familia, que la de un eclesiástico, y dentro del clero,
la de un párroco de aldea que la de un cardenal y, por supuesto, la de un
jesuita.
Francisco de Borja tuvo muchas vidas
cotidianas, según las diversas épocas de su vida, según sus cargos y
obligaciones, según los lugares que habitó, pero básicamente tuvo dos estilos
de vida cotidiana: una primera como noble, como cortesano, como virrey de
Cataluña, como duque de Gandía, y una segunda como jesuita. Lo significativo es
que al cambiar su vida espiritual, cambió también su vida cotidiana, por lo que
estudiar su vida cotidiana no es recoger un simple anecdotario, sino seguir el
camino de su vida y de su conversión. Hombre del Renacimiento, santo de la
Contrarreforma, vivió dos vidas, ambas intensas y apasionadas.4 Francisco de
Borja fue un hombre extraordinario, excepcional, en el mundo y en la vida
religiosa, pero también él vivió días comunes y corrientes. También vivió una
vida cotidiana, muchas vidas cotidianas.
Niñez y juventud
Nacido en Gandía el 28 de octubre de 1510,
Francisco era descendiente de un gran linaje, los Borja. Era el hijo
primogénito de Juan de Borja, III duque de Gandía y de su esposa Juana de
Aragón. Por línea paterna era bisnieto del papa Alejandro VI y por línea
materna del rey Fernando el Católico. El matrimonio tuvo seis hijos más, por lo
que Francisco formaba parte de una gran familia. Pero su vida familiar fue
corta, pues su madre murió en 1520, dejándole sin el cuidado y el cariño
maternal, cuando todavía era muy pequeño, aunque preocupándose de dejarle un
legado que contribuyera al mantenimiento de la vida noble en que debía crecer,
de acuerdo con su linaje. En el testamento materno se le asignaba una dote de
19.600 libras valencianas como herencia.5 Pese a la pérdida de su madre, contó
con el apoyo y el afecto de varias mujeres de su familia, que fueron muy
importantes en su vida: su abuela y sus tías. Su abuela paterna era María
Enríquez de Luna, quien al poco de nacer Francisco, en 1511, dejó el gobierno
del ducado a su hijo Juan y a su nuera Juana e ingresó en el convento de Santa
Clara de Gandía con el nombre de sor Gabriela. Se convertiría en abadesa del
mismo en el año 1530. Su tía Isabel de Borja entró igualmente en Santa Clara el
mismo año 1511. Su abuela y su tía monjas tendrían una gran influencia en
Francisco y éste estuvo desde niño muy ligado al convento de Santa Clara.
Francisco recibió una educación esmerada,
propia de un noble renacentista, en una corte ducal lujosa y aficionada a las
artes y a las letras. Como era habitual, en su educación se concedía gran
importancia a su formación religiosa, que su padre confió a un preceptor, el
Dr. Ferrán. Según sus biógrafos manifestó desde niño una gran inclinación por
la religión. «De cinco años sabía con mucha perfección la Doctrina Christiana,
y tenía por exercicio deleitoso repetirla cada día». No sólo aprendía la
doctrina, sino que también era muy devoto y practicaba obras de caridad, como
visitar a los enfermos de los hospitales. Su padre no veía bien tanta devoción:
«El Duque [...] sentía mucho ver a su hijo tan religioso y dixo no pocas veces
al Dr. Ferrán, que aquella educación mas era para una vida solitaria o a lo
menos para la Iglesia, que no para ser Duque de Gandía».6
A la temprana muerte de su madre en 1520, le
seguiría una nueva adversidad, que afectaría gravemente su vida. En 1521,
cuando sólo tenía diez años, hubo de abandonar su hogar y huir apresuradamente
de Gandía, por causa de la guerra de las Germanías. Tras la batalla de
Vernissa, la casa de los duques de Gandía fue saqueada y quemada. Los lujos y
comodidades de su vida nobiliaria quedaron atrás. Entre los bienes robados se
encontraban muchos objetos valiosos que indicaban el alto nivel de vida de la
familia. Telas de diversas calidades: sedas, rasos, brocados, holandas,
chamelotes, felpas... Rico vestuario, como era propio de una casa ducal: una
camisa con bordados de oro, una saya, una estola, una aljuba ricamente
decorada, un sombrero con adornos de plata. Abundante ropa de casa: toallas,
cortinajes. Ricos objetos de oro y de plata. Caballos, imprescindibles para la
nobleza, y diversos animales de carga. Muchos alimentos: desde el pan cotidiano
al producto más exquisito y apreciado de la época, que en tan gran cantidad y
de la mayor calidad se producía en Gandía, el azúcar.7
Juan de Borja y Enríquez, que había sido
nombrado en 1520 grande de España por Carlos V, se casó en segundas nupcias con
Francisca de Castro de So y de Pinós el 13 de marzo de 1523, teniendo otros
doce hijos, hermanastros de Francisco. Tras pasar unos pocos años en diversas
residencias, entre ellas un año en Zaragoza, junto a su tío Juan, que era
arzobispo de la capital aragonesa desde 1520, la familia decidió enviar a
Francisco de Borja a servir en la corte de la reina Juana en Tordesillas, para
que allí se educara como un noble cortesano, heredero de una gran casa. Pero
aquella no era una corte alegre y festiva, era más bien un triste encierro,
donde se mantenía recluida a doña Juana, afectada de un serio desequilibrio
mental que la incapacitaba para reinar. Acompañada de su hija menor, Catalina,
y de un reducido séquito. Como menino de doña Juana y de doña Catalina,
Francisco se ejercitó en el cultivo de las armas y las letras: «En Tordesillas
daba al exercicio de las armas y de las buenas Letras todo el tiempo que le
dexaban libre las atenciones de Palacio».8 Esta etapa inicial de su formación
cortesana, que duró unos tres años, terminó en 1525, cuando la infanta Catalina
marchó a Portugal para casarse con el rey Juan III. De esos años quedará una
estrecha relación con las dos damas, que ampliará el interesante universo
femenino que rodeará a Francisco en la primera etapa de su vida.
Francisco, que tenía quince años, fue enviado
entonces a Zaragoza para completar su formación bajo la dirección de su tío el
arzobispo. Durante los dos años largos que pasó allí se concentró en el estudio
de la filosofía, con gran aplicación: «Tenía el Arzobispo prevenido para
maestro suyo al Dr. Gaspar Lax, uno de los mejores Filosophos que celebraba
Aragón en aquel tiempo [...]. Entregose D. Francisco a este afán literario con
tal conato, como si la fortuna no le hubiesse dexado otro rumbo».9 Su vida
cotidiana en estos años iniciales de formación era la vida típica de un joven
noble que realizaba sus estudios y que se preparaba en la doble vía de las
letras y las armas, para ocupar la elevada posición social que le
correspondía.10 De 1526 a 1527, Francisco y su hermana María se hallaban en
Zaragoza al servicio del vizconde de Évol.
Noble y cortesano
Tras su etapa, dedicado al estudio en
Zaragoza, la familia decidió enviar de nuevo a Francisco a la corte, ya no para
educarse, sino para hacer carrera como cortesano, pues era en la corte, en la
cercanía del rey, principal foco del poder en la Edad Moderna, donde un noble
podía enriquecerse y promocionarse. Pero ya no iba a una corte triste y
encerrada como la de la reina Juana en Tordesillas, sino a la brillante corte
itinerante del joven emperador Carlos V, llena de fiestas y diversiones.
Francisco dedicó entonces su vida a servir a su señor y a seguirle en sus juegos
de guerra:
Como
el Cesar era tan aficionado a regocijos públicos, y más a aquellos en que el
valor Militar se remeda, o se ensaya; concurrían todos los Señores en estos
juegos con generosa competencia, esmerándose cada uno en los caballos, en la
destreza y en la gala [...]. Don Francisco sobresalía entre todos [...]. En las
más de las justas, torneos y otros juegos, en que se manejaban diestramente
Armas y Caballos, salía el más glorioso por sentencia del Emperador, y otros
Juezes, llevándose aquella Joya o premio, que señalaban al victorioso.11
Francisco de Borja había llegado a la corte
imperial justo al poco de casarse don Carlos con doña Isabel.12 Y muy pronto se
ganó la confianza de ambos, especialmente de la emperatriz, que le distinguió
con su favor:
Como
sus prendas sublimes y raras virtudes [...] merecieron la gracia y toda la
sombra de la Emperatriz Doña Isabel, y no menos la del Emperador, que
comenzaron a mirar a Don Francisco con singular aprecio: a fiar de su comprensión
y talentos algunos negocios arduos y a ser panegiristas suyos, poniéndole por
dechado a todos [...]. Y así hablando de este valimiento dize el P. Dionisio:
Apenas creer han los que no le vieron la gran privanza que le dio a D.
Francisco en su corazón, y en su Casa Imperial, y el amor con que le miraba.13
Llegó a ser «gran privado» del emperador y
fue nombrado caballerizo de la emperatriz. Francisco de Borja correspondió a
este favor sirviendo a los emperadores con absoluta lealtad y profesando a la
emperatriz verdadera devoción, dentro de las reglas más estrictas del amor
cortés de un joven caballero por su dama ideal.
Se convirtió en el fiel compañero y guardián
de doña Isabel y su vida cotidiana consistía en estar permanentemente a su
servicio, siempre pendiente de ella y del pequeño príncipe Felipe, nacido en
Valladolid en 1527:
Su
principal y continuo exercicio dentro de Palacio por este tiempo era traer en
sus brazos al Príncipe Don Phelipe, passandole desde los suyos y los de la
Emperatriz: y volviendo a tomarle para divertirle. Andaba lo más del día por
Palacio oprimido con este agradable peso; y le tenía tanto amor el Príncipe
Niño, que era menester violencia para arrancarle de aquel seno, en que estaba
siempre alegre y descansaba gustoso.14
Francisco contaba 19 años cuando se casó, en
1529, con doña Leonor de Castro y Meneses, una dama portuguesa del séquito de
la emperatriz. El matrimonio se hizo contra el parecer del padre, que deseaba
otro tipo de enlace más ventajoso para los intereses familiares, pero prevaleció
seguramente el interés de los emperadores por aproximar al joven cortesano al
círculo imperial y la propia voluntad de Francisco de estrechar lazos con el
entorno de la emperatriz. En 1530 nació el primer hijo del matrimonio, al que
pusieron por nombre Carlos, en honor del emperador. Tuvieron ocho hijos. En
esos años Francisco cuidaba de su familia y todavía más de la familia imperial.
Permaneció al servicio de la corte más de una década, gozando de la total
confianza de don Carlos y doña Isabel que, como testimonio de su complacencia,
le nombraron marqués de Llombay en 1530. Esos años transcurrieron sobre todo en
Valladolid. Acompañó también a la emperatriz en su viaje a Barcelona en 1532
para recibir al emperador, que regresaba de una de sus largas estancias fuera
de España.
Llevaba una vida de cortesano, en el círculo
más íntimo de la familia real. Sus distracciones eran las típicas de la
nobleza, como la caza, sobre todo de cetrería, pero destacaba especialmente en
la música, por la que sentía una gran afición:
Aplicó
todo el ánimo a la Música y a la Caza, exercicios ambos los más decentes y los
más oportunos a su estado y a sus años. Tenía la voz sonora y tan suave, que
regalando los afectos blandamente, robaba toda la atención, y mucha parte del alma
por el oído; y aprendiendo ahora los más diestros primores de la Música, llegó
a ser uno de los más celebrados Maestros.15
A lo largo de su vida compuso algunas obras
de música religiosa, que alcanzaron bastante resonancia, si bien sólo se han
conservado algunos motetes y una misa.16
Pero sus gustos y su salud delicada, por las
fiebres recurrentes que le aquejaban, inclinaban a Francisco de Borja hacia
aficiones más tranquilas, convirtiéndose en un gran amante de los libros y un
gran lector de obras religiosas. En los ratos libres le gustaba leer a san
Pablo, el Evangelio y las homilías de san Juan Crisóstomo:
Mandó
comprar muchos Libros devotos y algunas Historias, particularmente las que
refieren Exemplos y Vidas de los Santos; arrojó de su Casa los pocos Libros
profanos y que sirven solamente de alegrar los pensamientos [...]. Quedó el
Marqués tan aficionado a la lección de Libros provechosos, donde la discreción
y el desengaño componen un mismo periodo, que no solamente dentro de Palacio,
sino quando la tregua que daba la quartana, le permitía salir al Campo; llevaba
consigo este piadoso alivio de sus males; apenas apartaba de su lado la Sagrada
Escritura, especialmente el Nuevo Testamento; y gustaba de salir al Campo en
Litera con el pretexto de su quartana; para ir recogido leyendo [...]. Luego
que volvía a Palacio escrivia en un quadernillo secreto las consideraciones que
más le habían movido, y los favores con que Dios le havia regalado.17
El éxito que había logrado en las fiestas
caballerescas a su llegada a la corte y la dedicación a la caza fueron
decayendo al compás de los efectos de su vida regalada y sedentaria. Si
aficionado a las justas y torneos era el emperador, igualmente lo era a los
placeres de la buena mesa, y parece que también en eso seguía y imitaba
Francisco a su señor. Una mesa espléndida era condición necesaria de la vida
cortesana. Francisco, criado en la rica tradición culinaria del ducado de
Gandía, que había gozado de gran prestigio desde la baja Edad Media,
continuaría y aún ampliaría su afición a los placeres gastronómicos en los años
que pasó en la corte imperial.18 De nada servirían las advertencias del médico
del emperador, Luis Lobera de Ávila, que por aquellas fechas, en 1530, escribió
una obra titulada Vanquete de nobles caballeros, en que explicaba el mejor
estilo de vida de un noble cortesano, recomendando moderación:
Porque
los caballeros y señores de España y de Francia y de Alemaña como de Italia y
otras partes usan agora y tienen mucho en costumbre de hazerse los unos a los
otros banquetes y beber autant que agora dizen. Dire las cosas que el buen
vanquete ha de llevar e los daños que de usarlos mucho se siguen y
particularmente de cada cosa que en los tales banquetes entran y el daño y
provecho que hazen y sus complessiones.19
Esta afición a comer mucho y a comer bien le
llevó a engordar progresivamente y a sufrir las consecuencias derivadas de su
obesidad, pues se hizo pesado y perdió la agilidad necesaria para los juegos y
para la guerra. Francisco de Borja, que fue un galante cortesano, no fue un
soldado, como se estilaba entre la nobleza de la época.20 A pesar de sus
ruegos, Carlos V no se lo llevaba con él a la guerra, como hacía con otros
cortesanos. Finalmente, al estallar la tercera guerra contra Francisco I de
Francia, logró en 1536 acompañar al emperador a la campaña de Provenza, aunque
no llegó a entrar en combate. Fue más diplomático que soldado, pero hubo de
padecer la dura vida militar y las tragedias de la guerra. La mayor de todas
para él fue seguramente la muerte de su amigo el gran poeta Garcilaso de la
Vega. Garcilaso falleció en octubre de 1536 tras el temerario asalto a una
fortaleza en Le Muy, cerca de Fréjus, en la que fue el primer hombre en subir
la escala. Trasladado herido a Niza, murió en esta ciudad a los pocos días,
asistido por su amigo Francisco de Borja.
Su vida, ordenada y tranquila, constituía el
ideal de un noble cristiano, y gozaba de la más completa confianza de sus
señores. Su familia fue creciendo. En 1538 nació en Toledo su octavo hijo.
Continuó la vida cortesana varios años más, pero el punto final a esa etapa de
su vida la iba a poner otra muerte, sin duda terrible para él, la de su
venerada emperatriz. Isabel falleció en Toledo, el 1 de mayo de 1539, a
consecuencia de un mal parto. El impacto fue tremendo para Francisco de Borja,
mucho más por ser el encargado de la comitiva fúnebre, presidida por el pequeño
príncipe Felipe, que debía acompañar los restos de la emperatriz hasta el lugar
de su sepultura en la capilla real de Granada. Triste el largo viaje y doloroso
el desengaño al reconocer el cuerpo de Isabel para el entierro: «Nunca más
servir a un señor que se me pueda morir». Se cerraba una etapa de su vida y
comenzaba otra muy distinta.
Virrey de Cataluña
Carlos V le premió sus servicios
concediéndole la orden de Santiago y nombrándole virrey de Cataluña. De
inmediato, Francisco de Borja dejó la corte acompañado por su familia y se
trasladó a Cataluña. El jueves 14 de agosto de aquel año 1539 hizo el juramento
acostumbrado en la ciudad de Tortosa, como primer lugar del Principado al que
arribaba.21 El sábado 23 de agosto hizo su entrada solemne en la ciudad de
Barcelona, siendo recibido por las autoridades catalanas de la Diputació del
General y el Consell de Cent, tal como relata el dietario de la Generalitat de
Cataluña:
En
aquest die, aprés migjorn, entrà en la present ciutat de Barcelona lo il·lustre
don Francesc de Borge, marchez de Lombay, com a loctinent general novament
proveÿt per la sacra, cesàrea, católica y real magestat en lo present Principat
de Cathalunya y comtats de Rosselló y Cerdanya. Al qual isqueren a rebre los
senyors deputats y oÿdors de comptes, acompanyats dels officials y ministres
del dit General, e·l speraren en la forma acostumada a la carnisseria de Sans,
e el acompañaren fins a la Creu Cuberta, hon lo speraven los honorables
consellers de Barcelona; y, lexant-lo aquí, se’n tornaren fahent lo camí per lo
monastir de Valldonzella.22
Su entrada solemne culminó en la catedral,
donde el virrey hizo el preceptivo juramento de su cargo: «E, entrant dit
loctinent general en Barcelona, acompanyat dels dits honorables consellers y de
molts altres, anà a jurar en lo altar major de la Seu de Barcelona, a hon lo
síndich del dit General fon y presentà la protestació en la forma acostumada; y
aprés anà al palau bisbal, hon tenia aparellat son aposento».23 El martes 26,
los diputados y oidores de la Diputación del General le hicieron la tradicional
visita de cortesía en su residencia del palacio episcopal.
En Barcelona, el virrey no tenía una
residencia fija, sino que se acomodaba en alguna casa que le cedía alguno de
los personajes importantes de la ciudad. Aunque en los primeros días después de
su llegada a Barcelona se alojó en el palacio episcopal, muy cerca de la
catedral, Francisco de Borja residió durante su mandato como virrey, de 1539 a
1543, en la Casa del Arcediano, situada frente a la catedral, una hermosa casa
gótica que unos decenios antes, en torno a 1510, había sido remodelada por su
entonces propietario, el arcediano mayor de la catedral y presidente de la
Diputación del General Lluís Desplà i d’Oms (1444-1524). La casa, más amplia e
independiente, le ofrecía mayor comodidad para desarrollar su vida pública como
virrey y su vida familiar, con su mujer y sus ocho hijos; el último, Alfonso,
era todavía muy pequeño. La remuneración de su cargo no era mucha, entre 4.000
y 5.000 ducados, por lo que en diversas ocasiones se lamentó por la falta de
dinero.
Ser virrey de Cataluña no era tarea fácil. El
Principado se hallaba en aquellos años sumido en una grave crisis económica.
Situado en una zona de frontera con Francia, con la que la monarquía española
se hallaba continuamente en conflicto, la amenaza bélica era permanente. En el
otoño de 1540 habrá de ir a Perpiñán para ocuparse de la defensa del Rosellón.
La tensión social se agudizaba por la llegada de una creciente emigración
francesa. El constante peligro de ataques por mar de los piratas berberiscos
acababa de complicar la situación. Para defender las costas, el virrey hubo de
construir importantes fortificaciones y trató de colaborar en lo que pudo en la
expedición contra Argel de 1541. Pero entre todas las dificultades, el
bandolerismo era, sin duda, el principal problema al que habría de enfrentarse
el virrey Francisco de Borja si quería restablecer la autoridad real en
Cataluña, para poder desarrollar un buen programa de gobierno. Era un problema
muy complejo que tenía aspectos sociales, económicos y políticos de difícil
resolución y que generó gran violencia, alcanzando con sus ramificaciones y
complicidades a muchas personas e instituciones.24
Su vida de trabajo como virrey era dura y
complicada, mucho más exigente que su anterior vida cortesana. Debía ocuparse
de muchos y diversos problemas y lo hizo con gran dedicación, con la mejor
intención de mejorar la vida de los catalanes, con medidas destinadas, por
ejemplo, a asegurar el abastecimiento de trigo y la correcta fabricación del
pan, esencial para el sustento de todos y en especial de las clases populares,
que basaban su alimentación en el pan; a mejorar las escuelas, con el fin de
ofrecer mejor enseñanza a mayor número de niños y jóvenes, y velar por la
limpieza de las calles.25
Sus obligaciones eran muy variadas y
contradictorias. Había de estudiar y resolver muchos asuntos de despacho, lo
que significaba dedicar una parte importante de la jornada a trabajar con
papeles y tramitar documentos, lo que era una tarea muy sedentaria. Pero a la
vez debía dirigir operaciones militares, en persecución de bandoleros por los
campos catalanes. En una carta a Francisco de los Cobos, secretario de Carlos
V, Francisco de Borja escribía: «Estamos muy aislados en estas montañas de
Cataluña. Y le aseguro a Vuestra Señoría que tengo una gran necesidad de reposo,
tanto me hacen correr estos bandidos por las montañas a pie y armado, y después
de comer. Juzgue Vuestra Señoría qué cosa para mi barriga».26 Y añadía: «Si
este negocio no me ha enflaquecido, nada logrará hacerlo».
No le debía resultar nada fácil perseguir
bandoleros por la montaña, pues seguía gustándole comer bien. En una carta de
1536 escrita por Francisco de Borja a Juan García, su procurador y racional en
Valencia, sobre lo que ha de embarcar en las galeras, escribía: «Los vidrios de
Barcelona, un par de empanadas de langostinos y alguna fruta [...]. Se acomoden
los caballos en la carraca [...].
Todo se pague de las 70 libras que le han
dado sus vasallos de Gandía».27 En estas breves líneas se adivina su
preocupación por la alimentación y acaso su preferencia por las empanadas de
langostinos.
Como virrey también estaba obligado a
participar en actos oficiales, ceremonias y festejos, pero no parece que se
prodigara demasiado. Fue invitado y asistió a la festividad de san Jorge,
patrón de Cataluña, celebrada en el palacio de la Generalitat el 23 de abril de
1540:
Fon
celebrada dita festa ab molta solemnitat. Dix la missa lo reverent señor don
Hierònym de Requesens, bisbe de Elna, deputat eclesiàstich, ab sos diaca y
sot-diaca, canonges de la Seu de Barcelona. Sermonà mestre Thomas Gusman,
provincial del orde de preÿcadors. Foren presents en lo dit offici y primeras
vespres lo il·lustre don Francesch de Borge, marquès de Lombay, loctinent
general de sa magestat, lo bisbe de Sogorb y los magnífichs consellers de
Barcelona ultra molts altres abats, cavallers y gentils hòmens.28
En función de las circunstancias del momento
o de sus relaciones particulares, acudía a los actos más diversos; por ejemplo,
en 1539 asistió en la catedral de Barcelona al funeral por la señora Elisabet
Montbuy y Tagamanent, esposa de mossèn Berenguer d’Oms.29
Naturalmente, participó en las fiestas y
ceremonias que tuvieron lugar en 1542 con motivo de la estancia en Barcelona
del emperador y de su hijo y heredero el príncipe Felipe. Durante los días que
duró la presencia real en Cataluña cesó en su cargo de virrey, como estaba
establecido, y tras marcharse Carlos V volvió a ser confirmado en su cargo y
prestó de nuevo el tradicional juramento en la catedral de Barcelona.30
Pero las fiestas eran acontecimientos
extraordinarios. Su vida cotidiana en esos años que fue virrey de Cataluña era
mucho más tranquila y privada que la que había llevado en la corte. Transcurría
en familia, en su casa. De su vida doméstica era muy característica la
sobremesa, en que se organizaba espontáneamente una tertulia familiar, en
ocasiones con algunos invitados, charlando entonces de mil cosas, con
frecuencia de temas religiosos: «Después de comer, se recreaba en
conversaciones de espíritu, que llamaba su sosiego».31 También dedicaba tiempo
a la lectura de libros devotos, sobre todo al caer la tarde: «A la tarde, el
tiempo que le dexaban libre sus ocupaciones, lo empleava en Libros
espirituales, oyendo a Dios en ellos».32 Y seguía muy aficionado a la música:
«Tenía en su Palacio Música Eclesiástica, porque aquella armonía Sagrada le
movía el corazón a subir más alto con ella».33
De todos modos, la vida doméstica no siempre
fue tranquila y feliz. Su esposa padecía enfermedades y depresiones que la
incapacitaban para dirigir la administración y el servicio de la casa, lo que
provocaba desorganización e intranquilidad. Francisco de Borja hubo de recurrir
en ocasiones a otras mujeres de la familia para ayudarle a llevar los asuntos
domésticos. En esos años barceloneses, por causa del precario estado de salud
de su mujer y de la vida ascética que comenzó a llevar, cesaron las relaciones
conyugales entre los dos esposos.
Su estancia en Barcelona fue muy importante
para la biografía personal y espiritual de Francisco de Borja, pues fue
entonces cuando cambió de vida y se transformó de un noble cortesano en un
aspirante a la santidad. Su ideal era la vida contemplativa y estando en
Barcelona emprendió un régimen de vida extremadamente severo, destinado a
dominar el cuerpo mediante penitencias y mortificaciones, para hacer triunfar
el espíritu.
Comenzó por intensificar su vida religiosa.
Acudía casi diariamente a misa y comulgaba también casi diariamente, lo que
llamaba mucho la atención, porque no era práctica común en la época y menos en
un laico de su condición social y con un cargo como el de virrey. En la
intimidad de su casa dedicaba mucho tiempo a la oración y a la penitencia:
De
noche se recogía temprano en su aposento, porque havia dexado las Cenas en este
tiempo, y tenía aquellas horas desocupadas para el silencio de su retiro.
Entonces su primer exercicio era rezar el Rosario entero de María Santíssima,
hincadas las rodillas, meditando los quinze misterios [...]. Despues hazia
examen de su conciencia, recorriendo los empleos de aquel día, y las horas una
a una [...]. Apuntava las faltas, que le parecían dignas de exponerse en la
Confessión; y de todas se reprehendía, y se castigava con crueldad [...].
Acabado el examen y la disciplina, se arrojava duramente sobre la tierra, y
bolvia a su Oracion dilatada, y afectuosa: gran parte de ella consagrava a su
confussion propia.34
En esos años entraron en su vida algunos
religiosos destinados a influir decisivamente en él, como fray Juan de Tejeda y
sobre todo, por la trascendencia que tuvieron para su futuro, los jesuitas
Pedro Fabro y Antonio Araoz. Frecuentaban su casa y mantenían con Francisco de
Borja largas conversaciones, convirtiéndose en amigos personales y en
consejeros espirituales. Al comparar la vida que él llevaba con la vida de
Cristo, se suscitó en Borja un vivo deseo de cambio: «¿Quién es Dios y quién
soy yo? Él abatido, yo honrado; Él muerto en cruz por mí, yo vivo; Él con
llagas y yo sin ellas; murió por mí, y no soy capaz de entregarme a Él».
Como fruto de su conversión, el régimen de
vida que llevaba varió completamente. Según su biógrafo Cienfuegos, una
especial iluminación recibida la Nochebuena del año 1539 le cambió totalmente;
en agradecimiento al favor divino que había recibido comenzó a ayunar
diariamente:
Se
resolvió a dexar las Cenas, y a no gustar Manjar alguno, ni aún beber Agua,
sino sólo cada veinte y quatro horas [...]. Guardó este estilo la mayor parte
de su vida, hasta que en los ultimos años le obligó la obediencia a que tomasse
alguna colación ligera. Llegada la Quaresma se determinó a observar otro Ayuno
más estrecho, no comiendo sino unas yervas, o unas lentejas, dos tostadas de
Pan y un Vaso de Agua, sin que este orden de comida huviesse jamás mudanza.
Hizo lo mismo la Quaresma siguiente de el Año de quarenta y uno; y deseando con
ansia estrecharse a mas rigorosa penitencia, continuo un Año entero el mismo
Ayuno, sin que ninguna ocasión, combites, ni ruegos le obligassen a gustar
ligeramente otros Manjares mas cultos. Porque deseava castigar en la misma
materia los excessos, que dezia aver hecho en Banquetes, y regalos, y de esta
suerte le quedaba libre todo el tiempo de la Noche, para regalar en la Oración
su espíritu.35
Ayunaba en privado y ayunaba en público, cosa
mucho más meritoria, pues su cargo de virrey le obligaba a mantener la buena
mesa en su casa y a asistir a espléndidos banquetes:
No
era aun esta penitencia el mayor milagro, sino el aver de mantenerla a vista
del Mundo, y a despecho de la censura, y de el dictamen de tanto Cortesano:
porque el Baston que empuñava, el País en que vivía, y su misma grandeza, le
precisavan a tener Mesa esplendida en Barcelona, a que concurrían siempre los
principales Cabos, muchos Titulos, y Cavalleros; y era sin duda admirable expectáculo
al Cielo ver un Grande, Virrey, en floreciente Edad acompañado en la Mesa de
toda la flor ilustre, formando como un Vergel de la Nobleza Catalana, comer
unas solas yervas, mientras los Combidados iban gustando de los platos mas
exquisitos.36
A los ayunos sumó sangrientas penitencias:
Vestiase
un cilicio tan aspero, que asegura el Padre Dyonisio, causava horror el ver
este y otros instrumentos, que siendo Virrey tenia guardados con llave secreta
para su Martyrio. Ademas de esto se apretava una cinta de hierro a modo de
cadena, inmediata al cuerpo, con púas penetrantes, que le afligían mucho [...].
Todas las noches tomava una sangrienta disciplina, después de examinar la
Conciencia [...]. Era copiosa la sangre que derramava con tan repetidos duros
golpes de la disciplina [...]. En su Oracion estava siempre postrado, pegado el
semblante contra una estera en el suelo.37
A estos severos ayunos y penitencias añadió
la costumbre de hacerse sangrar frecuentemente, para debilitar todavía más su
cuerpo y dominar sus pasiones. Tanto rigor le hizo adelgazar de manera radical.
El joven orondo y satisfecho dio paso a un hombre enjuto de apariencia
ascética:
Enflaquecióse
tanto aquel Jayan cuerpo, que se transformó de Gigante membrudo en palido
esqueleto; antes era menester abrir en la Mesa un circulo espacioso, donde
poder introducirse para comer sentado a ella; y después parecía aquella imagen
triste, en que nos representan los pinceles con alguna viveza la muerte.38
Pero el exceso de rigor acabó por minar su
salud ya delicada:
Tan
riguroso ayuno, y tanta aspereza de vida hizieron estrago lastimoso en aquella
complexión, aunque robusta, criada con delicadeza. Y así maltratadas todas las
Oficinas de la vida, el estómago, el pecho y la cabeza, se le recrecieron enfermedades
agudas incurables y prolixas, que solo pudiera aver durado tanto tiempo a
fuerza de un continuado prodigio.39
Duque de Gandía
En 1543 murió su padre y Francisco de Borja
se convirtió en cuarto duque de Gandía y grande de España.40 Tenía treinta y dos
años. Desde entonces solicitó insistentemente al emperador que le permitiera ir
a Gandía para hacerse cargo de su herencia y asumir sus nuevas
responsabilidades. Carlos V, que se resistió primero a concederle licencia y le
mantuvo en Barcelona atendiendo a las obligaciones de su cargo, acabó por
cesarle como virrey de Cataluña y dejarle libre. La decisión real satisfizo las
necesidades primordiales del nuevo duque, pero le provocó un gran disgusto el
modo de cancelar sus servicios sin grandes muestras de satisfacción ni
agradecimiento, cosa sensible para un hombre que había tratado de servir con la
mayor lealtad.
Francisco de Borja se fue a su ducado de
Gandía, del que estaba ausente desde hacía muchos años. El viaje fue lento a
causa, como él escribía, «del traer tantos niños». Llevaba consigo a su
familia, su esposa, sus ocho hijos y su cuñada; además le acompañaba su
capellán y un séquito de servidores y criados.41 Se alejaba de la corte y de la
vida política, pero todavía con esperanzas –sobre todo su esposa– de regresar
al servicio imperial. Carlos V pensaba devolverles a la corte y para ello
proyectaba nombrar a los duques servidores de cámara del príncipe Felipe,
casado por aquellas fechas con la princesa María Manuela de Portugal. Pero los
reyes portugueses, Juan III y doña Catalina, se opusieron tajantemente al
nombramiento, porque no deseaban la presencia de doña Leonor de Castro junto a
los príncipes de Asturias y por la forma en que se había tomado la decisión,
sin consultarles previamente. Con un gran disgusto, especialmente de doña
Leonor, los duques de Gandía renunciaron a volver a la corte. Acababa así su
vida cortesana y comenzaba una etapa de vida noble, pero alejada de los grandes
cargos de orden político, una vida en el ducado de Gandía
Asumió entonces Borja sus responsabilidades
como señor. Aunque era partidario de una vida sencilla y austera, mantuvo el
alto nivel propio de un duque de Gandía y grande de España, no sólo por cumplir
con su deber nobiliario, sino también en atención a los servidores y criados de
la casa:
Luego
que llegó recogió la Familia de su Padre, que havia quedado huérfana, por mas
que el nuevo Duque no necesitaba de ella, teniendo surtidos todos los Empleos
de grandes Criados. Mas que ya no se podían duplicar los Oficios, creció los
Oficiales, no queriendo que perdiesen los grados ni el carácter que hubiesen
tenido en servicio del Duque muerto ni tampoco quiso arrojar de ellos a los
suyos, pues no avian de ser menos dichosos, porque él huviesse heredado sus
Estados, assi tenía dos Cavallerizos, dos Mayordomos, dos principales
Secretarios, y a esta proporción los demás exercicios. Dezia que esta era su
primera obligación antes que otras limosnas públicas y secretas; y que a los
Criados antiguos de un Príncipe difunto les queda como legado la benignidad del
Heredero.42
Se dedicó diligentemente a reorganizar su
ducado, a administrar su importante patrimonio y a cuidar de sus vasallos.
Según escribe Cienfuegos:
Fue
a reconocer las Villas, y Pueblos de sus Estados, derramando por todos ellos
liberalidades y exemplos: Ordenó muchas cosas para utilidad común y Gloria de
Dios [...]. Reformó varios desórdenes, batalló con los escándalos, armado no
solo de los castigos sino mucho mas de los favores y de los alhagos; porque su apacible
genio y su pecho generoso entravan a disponer los corazones, para que abrazasen
con gusto las Leyes.43
Se preocupaba cuidadosamente de la
administración de su casa y de su patrimonio:
Pagava
con puntualidad, y exacción a sus Criados; deuda en que son acreedores, la
Piedad y la Justicia: Visitava con amor a los que estaban Enfermos y les
asistía con Médicos, remedios y socorros.44
Revisaba puntualmente las cuentas y recibía
en audiencia a todos los que lo solicitaban:
Tenía
algunas horas señaladas para asistir a la Contaduría; y lo que es mas
admirable, por menos practicado en el Mundo; ajustava todos los días sus
quentas, y hazia que sus deudas durassen menos [...]. Asistía frequentemente a
dar Audiencia, sin negarle al más rústico en ella.45
Se preocupaba mucho de todos los enfermos:
Hizo
que todos los días viniesse el Medico al principio de la comida a dar quenta de
los enfermos que huviesse en la Ciudad, y por los contornos, para embiarles de
su Mesa los Manjares mas delicados; y a los que fuesen pobres, toda la comida
que ordenassen los Medicos. Informavase individualmente de sus males, y
accidentes, para asistirles con remedios, limosnas y oraciones.46
Tal era su preocupación por la sanidad de su
ducado de Gandía que reformó y mejoró el Hospital:
Reedificó
a su costa el Hospital de Gandía, que amenazava ruyna, mas enferma su antigua
Fabrica, que los dolientes que hospedava: Hizole capaz, no solo de muchos
Enfermos, sino de albergar Peregrinos: puso en él nuevas Camas, halajó todas
las Oficinas, asistiendo él mismo próvidamente a la disposición de este
Edificio.47
También se ocupó de asegurar la defensa del
ducado, frente a los continuos ataques de los corsarios y piratas berberiscos,
mantuvo guarniciones de soldados, reforzó y mejoró las fortificaciones,
dotándolas de artillería pesada, obras «en que gastó el Duque mas de quarenta
mil ducados».48 Consideraba que era su deber garantizar la vida y los bienes de
sus vasallos.
Especial preocupación tenía por la educación.
Este interés, sumado a su cada vez mayor devoción por la Compañía de Jesús, le
llevó en 1545 a fundar el colegio jesuita de Gandía, dedicado a ofrecer
conocimientos y sobre todo formación religiosa a laicos y clérigos. Especial
preocupación sentía por sus vasallos moriscos y por su educación en la fe
católica. Cuestión primordial era siempre para Francisco de Borja la religión:
Puso
gran cuidado en lo que sirve más inmediatamente al Culto Divino, Vasos,
Ornamentos Sagrados, y otros adornos, con que enriqueció los Templos. Ni se olvidó
de la Música, ennobleciendo con ella la Iglesia Mayor de Gandía, y trayendo
desde lexos diferentes Musicos primorosos.49
También se ocupó de ayudar y proteger a las
órdenes religiosas y frecuentaba los monasterios y conventos de Gandía y
alrededores:
Socorría
mucho los Monasterios, trataba familiarmente con los religiosos, iba algunas
veces al Santo Monte de Luchente a tratar con los Padres Dominicos [...]; en
Santa Clara de Gandía tenía su espíritu las delicias, teniendo mas parentesco
con aquellas Almas.50
Hacía muchas limosnas, discretamente:
«Parecía imposible, que llegasen sus rentas para tantas limosnas, que unas eran
ocultas, otras disfrazadas en generosidad del Señor».51 Según decía el propio
Borja, «antes había que faltar dinero en palacio que a los pobres».
Se ocupó igualmente de su casa, mejorando el
palacio ducal que había recibido en herencia de sus antepasados: «Dilató su
Palacio, haciendo todo el Quarto que llaman de las Coronas, el que da Magestad
y hermosura a su máquina».52 Dotó a la casa de una buena biblioteca,
especialmente de libros religiosos: «Juntó una gran librería de todas las
Buenas Letras, de las Ciencias y las Musas Sagradas».53
Importante era también su dedicación a la
familia, mucho mayor si cabe que en los tiempos en que sus obligaciones
cortesanas y virreinales le reclamaban. Se ocupó de dar una buena educación a
sus hijos, que tenían como ayo al maestro Francisco de Saboya. Pero se
preocupaba especialmente de dar ejemplo de vida espiritual, dirigiendo a su
familia hacia las prácticas religiosas:
Con
el exemplo, y cuidado de su Cabeza andava concertada y devota su Familia,
Girasol perpetuo de las acciones de su Dueño; ninguno avia que no tuviesse
destinado algun tiempo a la Oracion y a los documentos de un Libro espiritual:
Confessavanse las principales Fiestas, oían Missa todos los días, asistían a
los Sermones y a la Letanía, rezaban el Rosario a coro, hazian cada año los
exercicios de San Ignacio [...]. Avia desterrado de su Palacio hasta la sombra
de los vicios; sus trages ningún color tuvieron de profanos.54
No sólo se ocupaba de su esposa y de sus
hijos, sino también de los criados:
Visitaba
cerca de la media noche los Quarteles de su Palacio, caminando silencioso con
un farol en la mano, y otro en el pecho; y baxando hasta las más humildes
Oficinas, donde podían guarecerse con menos registro las insolencias, sirviendo
este cuidado a sus Lacayos de freno, y de centinela al decoro de su Palacio.
Cada noche se contaba un Exemplo, sacado con brevedad de la Vida de algún
Santo.55
Conservó la costumbre ya establecida durante
sus años de virrey en Barcelona de aprovechar la sobremesa para hablar con su
familia y para instruirles a todos en temas espirituales:
Hazía
a toda su Familia varias Platicas espirituales sobre mesa, mientras sus Hijos
estaban comiendo, porque el Duque daba fin a su regalo muy al principio:
Preguntava a cada uno la ilustración, o pensamiento que en la Oración mas
eficazmente huviesse experimentado; y después de haver oído a tres o quatro,
empezava el Duque a romper en luz y en llanto el silencio, refiriendo alguna
ilustración, con que huviesse regado su Alma la liberalidad Divina [...]. En
tan útil y fervoroso exercicio servia a su Familia de exemplar y de Maestro; la
instruía en los puntos y modos de orar [...]. Recurrían a él con sus dudas, con
sus aflicciones y escrupulos, hecho Padre Espiritual también de sus Hijos y
Criados.56
Su mujer y sus hijos nunca le dieron ni
grandes problemas ni grandes disgustos. Muy conflictiva fue, en cambio, su relación
con la segunda esposa de su padre y con sus hermanastros. La viuda le reclamaba
continuamente apoyo económico y la vida turbulenta de algunos de sus
hermanastros le ocasionaría grandes quebraderos de cabeza. En realidad,
Francisco de Borja hubo de ocuparse de dos familias, la de su padre y la suya
propia, por lo que sus rentas, aunque eran importantes –Cienfuegos las
calculaba en 40.000 ducados del ducado de Gandía y 10.000 más de una encomienda
y otras mercedes del emperador, en total no llegaban a 50.000 mil ducados–,
quedaban muy cargadas: «Los alimentos que daba a la Duquesa Viuda, la educación
de tantos Hijos, las dotes de sus Hijas, Marquesa de Alcañizas y Condesa de
Lerma, el gasto de dos familias dilatadas, eran bastantes acreedores a estas rentas».57
«Puso rentas fijas a tres de sus Hijos, impuestas de caudal propio, y separadas
del Estado».58
En 1546, su esposa doña Leonor, que tenía una
salud muy delicada desde hacía años, enfermó gravemente. Pese a todos los
cuidados médicos y las oraciones de su esposo, murió el 27 de marzo de ese año.
Como viudo, Francisco de Borja se sintió más libre para seguir sus
inclinaciones religiosas. Deseaba entregarse completamente al servicio de Dios:
Plazca
al Señor os dé a entender a todos, con acción de gracias, qué gran cosa es que
le llame a uno para servirse de él, sin tener necesidad alguna de él,
poniéndolo en los negocios en que se puso Él, y encomendó a su sacratísimo
Hijo.
Comenzó a pensar en entrar en la Compañía de
Jesús, pero la juventud de sus hijos le retuvo por algún tiempo; el menor de
ellos tenía sólo ocho años cuando murió su madre. Decidió esperar al menos a
que su hijo primogénito, Carlos, alcanzara la edad suficiente para heredar el
título de duque de Gandía en condiciones de poder asumir los deberes y
responsabilidades que conllevaba.
Francisco hizo los Ejercicios espirituales en
mayo de ese mismo 1546 y tomó la decisión de ingresar en la Compañía de Jesús.
El 2 de junio siguiente pronunció los votos de castidad y obediencia. El padre
Pedro Fabro, que se hallaba en Gandía, a su regreso a Roma entregó a Ignacio de
Loyola una carta de Borja, en la que este le pedía formalmente su admisión en
la Compañía de Jesús. San Ignacio ratificó su decisión, admitiéndolo
oficialmente en la orden; pero en la carta que a continuación le escribió le
decía estas palabras: «El mundo no tiene orejas para oír tal estampido», por lo
cual le aconsejaba que conservase en secreto su propósito mientras arreglaba
los asuntos domésticos y procuraba sacar el grado de doctor en teología.
El 1 de febrero de 1548 hizo su profesión
solemne como jesuita, aunque fue autorizado por el papa a permanecer en el
mundo hasta que hubiera cumplido sus obligaciones como padre de sus hijos y
como señor de sus vasallos. Antes de ordenarse sacerdote tuvo que dejar a toda
su familia –19 hermanastros y 8 hijos– en una buena posición social, condición
exigida por Ignacio de Loyola. Se hizo jesuita en secreto y comenzó a vivir en
privado como tal, mientras seguía aparentando en público ser el duque de
Gandía.
Nada le apartaba de una intensa vida
religiosa personal, con grandes ayunos y penitencias:
Ordenó
el Duque su vida con más estrechas máximas, singularmente después que entregó
todas las riendas del alma a la dirección de la Compañía. Aumentó la Oración,
en que persistía desde las dos de la mañana hasta las ocho, y en la tarde y
tiempo de la noche casi otro tanto, las más veces postrado en el suelo con el
ultimo abatimiento. Tenía una tarima de tablas al pié de la cama cubierta con
una alfombra, duro catre, en que descansava mal [...]. De sus disciplinas son
fieles testigos las paredes de aquel aposentillo [...]. El cilicio era un
vestido de hierro, de que nunca se halló desnudo [...]. Su comida era asombroso
ayuno, hasta que le moderó San Ignacio; comía sólo unos garbanzos, y acabava
solo con unos anises, que le avian ordenado los Medicos, prodigioso ayunar
entre las opulencias de su Mesa en su Estado [...]. Quando se consagró a la
Compañía, quedando con las insignias de Duque, Comulgava cada día en su
Capilla, o en el Monasterio de Santa Clara, sino los Domingos, y otras
Festividades, que Comulgava en la Iglesia Mayor. Confessavase dos vezes cada
día, una antes de Comulgar, y otra antes de dormir [...]. Por las tardes
dedicava algunos ratos enteramente a Libros devotos; leía en la Escritura
Sagrada.59
Tan extremas eran sus penitencias que su
salud se resintió. Enterado Ignacio de Loyola, le ordenó que moderase el rigor
de sus ayunos y disciplinas. Francisco obedeció, pero su vida continuó siendo
muy austera y mortificada.
En una época en que el vestido era uno de los
signos principales de la condición social, vestía de manera muy sencilla,
absolutamente impropia de un noble:
Andava
tan pobremente vestido, que hasta el trage de Duque quisiera hazer religioso:
El P. Rafael de Texeda, que estuvo por este tiempo en Gandía, en una carta al
P. Dioniso Vázquez, escrita en onze de Mayo de 58 desde Plasencia. Dize estas
palabras: Al Padre Francisco le conocí siendo Duque con un trage muy pobre, andava
vestido de estameña, y muy rota, aviendo harta murmuración assi en Seglares,
como en Eclesiasticos, mas amigos de el Mundo, que él, mas nunca por esto mudó,
ni mejoró su vestido.60
Se ocupaba de los menesteres más humildes,
como del oficio de la cocina, considerado entonces oficio de mujeres y de
criados, impropio de personas de calidad. Según explica Cienfuegos, con ocasión
de hallarse enfermo el padre Araoz en una visita que hizo a Gandía, quiso
Francisco de Borja cuidarle y servirle:
Una
noche que había pasado a su aposento a visitarle, se fue desde él a la Cocina;
avivó el mismo la lumbre, puso a calentar agua en que coció dos huevos el Duque
Santo, que avían de ser la cena del enfermo: subió luego él mismo, rogándole
que los comiesse, por ser de su mano; y que perdonase si estuviesen duros,
porque eran los primeros que avia cocido. Pero no fueron los últimos, porque
después exercitó esta habilidad diversas vezes en las Cocinas de otros
Colegios, y aun ahora, siendo Duque de Gandía, servia la cena y la comida
muchos días a los misioneros, que venían de apacentar sus Vasallos en los
Pueblos circunvezinos.61
Deseoso de estudiar teología, conforme
requería su nueva condición de jesuita y le había sido mandado por Ignacio de
Loyola, decidió estudiar en el colegio de Gandía, aprovechando así el tiempo
que debía esperar hasta incorporarse abiertamente a la Compañía de Jesús. El
duque jesuita volvió a los años jóvenes y de nuevo se convirtió en estudiante:
Aplicose
desde luego al estudio como mandaba Ignacio: y aunque en sus primeros años avia
estudiado diligentemente la Philosophia, volvió a despertar las especies, que
avia depositado fielmente en su memoria [...]. Para esto dexó el Gobierno de
Palacio al Marqués su Hijo, exercitando desta suerte su talento, y estando a la
vista para encaminar sus años juveniles a los aciertos de la prudencia [...].
Retirose a un Quarto, que para este fin edificó junto al Colegio, dexando su
real nido, y llevando consigo pocos Criados y dos de sus Hijos, que vivían en
dos aposentillos del Colegio, no de otra suerte que si fuesen dos Novicios
fervorosos [...]. Pasó luego a oir Theología Sagrada, asistiendo entre los
Hermanos Estudiantes de la Compañía, y otra Juventud forastera a las Lecciones
públicas, repitiéndolas con los demás Condiscipulos, respondiendo a las
preguntas de sus Maestros, sustentando Conclusiones, y haciendo sus Actos
públicos, como uno de los mas rendidos discípulos [...]. Ver a Borja, Duque de
Gandía, en treinta y siete años de edad, después de Virrey de Cataluña, después
de aver manejado los intereses políticos de la Monarchia, después del
valimiento con todos los cuidados, y con todo un corazón de todo un Carlos
Quinto, verle, digo, en la turba de las Escuelas, entre las flores de los pocos
años escribir lo que dictaban sus Maestros.62
Se graduó de maestro en Filosofía y doctor en
Teología sagrada.
En 1550 se hizo pública su incorporación a la
Compañía de Jesús. Francisco de Borja, con el permiso del emperador Carlos V,
cedió todos sus títulos y bienes a su hijo, Carlos de Borja y Aragón, dejándole
casado con Magdalena Centelles y Folch de Cardona, que acabaría heredando el
vecino condado de Oliva. Don Carlos mantendría Gandía como uno de los núcleos
señoriales más destacados de la monarquía española del siglo XVI. El 31 de
agosto de 1550, Francisco de Borja, tras despedirse tiernamente de sus hijos,
dejó Gandía para no volver jamás. Francisco, el jesuita, iba camino de Roma,
camino de una nueva vida.
Jesuita
En 1550, Francisco de Borja comenzó la última
y definitiva etapa de su vida, como jesuita. Una etapa larga, que abarca un
cuarto de siglo. Al hacerse pública su condición de jesuita ya no había de
conservar las apariencias y podía, como así hizo, entregarse completamente a
una vida rigurosa y penitente. El viaje desde Gandía a Roma marcaría la pauta
del Francisco caminante, pues a partir de entonces una parte importante de su
vida transcurriría en los caminos.
Según escribe su biógrafo Cienfuegos:
El
orden de vida que guardó en esta jornada fue de un Peregrino Santo; hasta en lo
material era con admirable concierto, porque iba siempre algún trecho delante
un Criado práctico en el camino, para señalar a los demás el rumbo; mientras
otro caminava perezoso, reconociendo los Payses, y los Mares, y sirviendo de
escolta a tantos Baxeles; y toda esta providencia fue bien necessaria en varias
Provincias, infestadas de Enemigos, y de riesgos. Formava aquella Tropa lucida
una Congregacion Religiosa, puesta en hilera, y casi muda: aviase dispuesto
desde el principio, que fuesse perpetua la Oracion, todo el tiempo que durasse
la jornada, repartidas las horas con igualdad entre el Duque, su Hijo, y los
nueve Jesuitas: llevaba uno el Relox, y en señalando la hora, se le avisava que
seguía, el qual se alexava algun tanto de la Tropa, para que su Oracion fuesse
menos interrumpida [...]. Mas el Santo Duque iba absorto, como si cada hora
fuesse la en que le tocava velar orando. Su vestido era modesto, inclinando
mucho azia el Estado Eclesiastico; al fin gala de un Duque Religioso.
Algunos
ratos hablavan sosegadamente de cosas Espirituales [...]. En las Posadas se
retirava con los Jesuitas a un Aposento, queriendo que asistiesse también su
Hijo; leíase en alta voz algun Libro devoto, y el Santo Duque apenas dexava de
la mano las Obras de S. Dionysio. Tenian sus Platicas los mas de los días, que
se repartían entre el Padre Araoz, el Padre Oviedo, el Padre Estrada, y alguna
se hallaba obligado a platicar el Duque de Gandía, por mas que su humildad lo
rehusava. Hazian luego el examen juntos; y después buscaba el Duque lugares
retirados, en que su devoción pudiesse dilatar los suspiros; y tomava todas las
noches una larga disciplina, mientras los Compañeros, y los Criados estaban
profundamente dormidos [...]. Después se confesava, oia Missa, y Comulgava
[...]. Recogia algunos Pobres a su Posada, y les servia a la Mesa, siendo este
todo el descanso de la fatiga en tan prolixa jornada. En diversas ocasiones,
encontrando humildes Peregrinos, o Passageros, les dava su Cavallo, y él se iba
a pié algunas leguas con grande fatiga, sin permitir que se apeasse alguno de
sus Criados, porque no quería que su humildad fuesse mortificación agena;
acción digna de ser señalada con caracteres de oro en la Historia, ver al mayor
Valido del Cesar Carlos Quinto caminar tantas leguas embuelto en sudor, y en
polvo al pié de un Bruto, sobre el qual iba caballero un Mendigo.63
Tras un largo viaje, el 23 de octubre arribó
a Roma y se puso a los pies de Ignacio de Loyola. En la ciudad eterna fue
acogido con grande aparato por los representantes del papa y de las más
significadas personalidades; pero pronto se hizo pública, ante la sorpresa
general, su determinación de vestir la sotana de la Compañía de Jesús y de
dejar los suntuosos palacios que le ofrecían para su alojamiento, prefiriendo
retirarse a la pequeña residencia de los jesuitas, cerca de Santa María de la
Estrada. De extraordinario fruto para su alma fueron las largas conversaciones
que tuvo entonces durante cuatro meses con Ignacio de Loyola. Según decía
Francisco, Ignacio se le representaba como un gigante, al lado del cual todos
los demás, incluyendo al mismo Fabro, eran como unos niños.
Después de unos meses, el 4 de febrero de
1551 dejó Roma. El 4 de abril llegó a Azpeitia, en Guipúzcoa, y eligió como
residencia la ermita de Santa Magdalena, cerca de Oñate, donde se retiró para
prepararse para el sacerdocio. Fue ordenado sacerdote el 25 de mayo. Celebró su
primera misa en Loyola y cantó otra en Vergara con gran solemnidad. De
inmediato comenzó a predicar una serie de sermones en Guipúzcoa, con el fin de
reavivar la fe del país –«Apóstol de Guipúzcoa», le llamarían. Se habló mucho
en España de este cambio de vida y Oñate se convirtió en lugar de
peregrinación. Francisco se vio obligado a apartarse de la oración
contemplativa que deseaba, con el fin de predicar en las ciudades y pueblos que
lo reclamaban. Sus ardientes palabras, su ejemplo de vida e incluso su mera
presencia causaban una profunda impresión. Aunque deseaba una vida tranquila y
retirada, se vio forzado a llevar una vida de predicador itinerante.
Conociendo Ignacio de Loyola las dotes de
gobierno de Francisco y la necesidad que tenía la Compañía de Jesús en España
de un hombre de gran prestigio que la acreditara e introdujera entre los círculos
de la más elevada sociedad, nombró a Francisco, en 1554, comisario general, con
autoridad para toda España y Portugal, que más adelante extendió a todos los
dominios de ultramar. Para Borja, que, después de renunciar a todas las
grandezas, no deseaba otra cosa que predicar humildemente a Cristo, este cargo
significaba la mayor contrariedad y mortificación; mas, con la sumisión que
sentía hacia Ignacio, cargó con la cruz que la obediencia le imponía. De lo
pesada que fue para él esta cruz es buen indicio lo que diez años después
escribía: «Diez de junio. Hoy, décimo aniversario de la cruz que me impusieron
en Tordesillas».
Los viajes de Francisco por España fueron
continuos. Su vida cotidiana era fundamentalmente la de un caminante. Pasaba
mucho tiempo en los caminos, padeciendo toda clase de incomodidades y peligros:
«siendo ya bien entrada la noche, y a los últimos de Diziembre, volvió a montar
a caballo, y se salió fugitivo a dormir en una venta, donde paso la noche sobre
unos azes de Viznaga».64
Era
fuerza andar errante por los caminos sin diferencia de tiempos [...]. Nunca
admitió otro capote, que su manteo, ni contra las lluvias de Octubre, ni contra
los rigores de el Diziembre: passaba montañas [...] cubierto con solo el
manteo, que doblaba al rebés, para que asi pudiesse durar mas [...]. Nunca
quiso unas botas, ni aun para hollar simas de nieve en las montañas [...].
Dezia que contra todas las inclemencias de el tiempo enojado era bastante
escudo su sombrero. [...] Caminando a vezes mal convalecido, y otras enfermo,
nunca se pudo recabar de Francisco, que se llevasse alguna prevención de cama,
o de regalo; y dezia con mucha gracia, que él debía imitar a su mula, porque
avia observado, que comía poco y trabajaba mucho. Cuydaba de los que iban en su
compañía, y aún al mozo le ayudaba a cuidar de el ganado. Si encontraba algún
Passagero que siguiesse a pie el mismo camino, descendia Borja y se iba
hablando con él, para introducirle el desengaño en el corazón, y después le
obligaba a subir en la mula, caminando el Santo a pie largo trecho con crueles
dolores y con imponderable fatiga.65
Duro era el camino y duras eran las posadas,
que no ofrecían cómodo descanso a ningún viajero y menos al sacrificado Borja:
Quando llegaba a la Posada calado de la lluvia,
falto de sustento y de abrigo, y no hallaba cama, lumbre, ni cena, levantaba al
Cielo las manos, y dava gracias a Dios [...]. Despues de recogidos sus
compañeros, tenía otras tres horas de Oración [...]. Después de mucha Oración,
y de haverse disciplinado por espacio de una hora, se recostaba en el suelo; y
quando se hallava indispuesto, sacava un colchon, donde tomava algún descanso
[...]. Y en la mesa no gustava manjar delicado, ni mas cantidad de la que
hubiese de comer en el Refectorio.66
Aunque fuese de camino dedicaba siempre mucho
tiempo a la oración y procuraba por todos los medios decir misa cada día:
Dixo
muchas vezes que se le hazian gustosas las penalidades de las jornadas, por el
tiempo que le dexaban libre a la Oracion en los caminos sin ocurrencias de
negocios. Toda la mañana iba empleado en este alto exercicio, caminando
absorto, como si fuese sobre la mula un cuerpo difunto. Llegaba a la Posada
algun tiempo antes de medio dia, y se iba indefectiblemente a la Iglesia, donde
gastaba dos horas en la Missa; y en las gracias, como si no tuviesse aquel dia
otro empleo, ni cuidado [...]. Rodeaba no pocas vezes muchas leguas, para
llegar a pueblos donde huviesse Iglesia, y disposición para decir Missa [...].
Otras por no exponerse al riesgo de quedarse un dia sin aquel sustento Divino,
passaba la noche en una venta, derribado en el húmedo suelo, para proporcionar
el dia siguiente el viaje, de suerte que llegase a lugar y tiempo, que pudiesse
ofrecer aquel admirable Sacrificio. Por la tarde caminaba en tropa con sus
compañeros, hablando en materia de espíritu, aunque entretegia muchas
discreciones, y chistes entre las virtudes. Mas al ver penetrar el monte una
fiera, travesear las Aves en el viento, o tropezando algun sitio ameno, se
solia arrebatar de golpe [...] prorrumpiendo en alabanzas del Autor de esta
Republica hermosa.67
En resumen, los viajes eran fuente continua
de penitencia:
Estas
fueron las prevenciones y los regalos de sus viajes, dexando otros peligros, y
trabajos de caídas y precipicios, y aún de ladrones, que no hallando otra
riqueza, intentaron robarle el sufrimiento al alma: y tal vez amenazando con
las pistolas, quisieron despojarle de la vida, que para Borja era la más
despreciable alhaja de quantas traía.68
Los años siguientes significaron para
Francisco la práctica y ejercicio de la renuncia que había realizado al hacerse
jesuita. Continuó ayunando y mortificando su gusto:
Después
de Jesuita ayunaba también frecuentemente a pan y agua, hasta que le fue
poniendo coto fixo la obediencia. Si comiesse en algun Palacio, solo tomava
aquella cantidad que acostumbrava en el Colegio: y si podía mezclar sin reparo
alguna amargura en la comida, lo executaba con destreza.69
Desde un principio fue para todos el más
perfecto modelo de pobreza y de humildad. Se entregó con la mayor dedicación a
los más bajos oficios de barrer, limpiar, acarrear leña y ayudar en la cocina:
Mas
donde derramaba mucha copia de explendor su obediencia, fue la Cocina [...].
Obedecía tan rendido y tan prompto al Hermano Cocinero, quando baxaba a
servirle en tan humilde exercicio, que no bolaria mas rápido por el viento en
un precepto de Ignacio.70
Una vez más, el alimento, necesidad vital de
todo ser humano, se convierte en la biografía de Francisco de Borja en signo de
un estilo de vida, en estos casos, una vida de pobreza y de religiosidad, en la
que el alimento es presentado como un don de Dios. Las casas de la Compañía de
Jesús vivían en la mayor pobreza, y se cuentan numerosos ejemplos de cómo la
Providencia solucionaba las necesidades de Francisco y sus compañeros:
Un
Viernes estando Francisco en Valladolid en el Colegio de S. Antonio, ni avia
comida, ni dinero alguno, ni el pan necesario. Dieron aviso a Borja, porque era
ya cerca del mediodía; y el Santo haciendo gracias al Cielo, mandó al Hermano
que tocase la Campana, y que fuesse repartiendo las yervas, y pequeños pedazos
de pan entre todos: apenas avian tomado los asientos, quando llamaron con mucha
fuga a la Porteria; abrió el Hermano, y halló un anciano modestamente vestido,
con una Criada, que traían Pan, vino, Pescado y Huevos en una canasta [...].71
Lo
mismo sucedió en Simancas [...], porque aviendo quarenta sugestos en el
Noviciado, poco antes de comer fue avisado Francisco de que faltava todo. Preguntó
si huviesse por ventura un mendrugo de pan que poner en la mesa? Respondió el
Hermano que havria solamente para seis; pues repartid, dixo el Santo, entre
todos este Pan, que Dios tendrá cuidado de alimentar a sus Hijos [...]. Echóse
la bendición y, sentados a la mesa, llegó un Hombre a la Portería con una
acémila cargada de Pan, Vino, y Carne ya cocida, y dispuesta, de suerte que se
pudo sacar luego al Refectorio [...].72
En
Sevilla llegó un día el P. Juan Xuarez, Rector de el Colegio, a Francisco, manifestándole
su desconsuelo, en que siendo ya hora de tocar al examen de conciencia, y cerca
de las onze de la mañana, no avia podido hallar comida alguna, que ni una libra
de pan avia en casa, y que crecia su congoja, porque acabavan de llegar algunos
Jesuitas, que venían a ser sus Compañeros, que entravan hambrientos y
fatigados. Recogiose un poco en una como suspensión de espíritu el Santo
Comisario; y luego mirando con alegre rostro al P. Xuarez, le dixo: Hazed tocar
a examen, y después a comer, como se suele, pues la hora lo pide, y fiad de
Dios. Después del examen, fue el mismo Rector confiadamente a tocar la Campana,
y oyó que tocaban la de la Portería [...] y halló un Gentilhombre de Doña
Isabel Galindo [...] que traía consigo un mozo oprimido de mucho peso, donde no
solo venía comida sobrante para la Comunidad toda, y para repartir a los pobres
en la misma Portería, sino también manteles, servilletas, y unas caxas de
cuchillos, alhajas de que se hallaba totalmente destituido el Refectorio.73
El alimento como signo de pobreza y de
confianza en Dios resulta muy revelador del nuevo estilo de vida que Francisco
de Borja, el antiguo grande de España, había asumido al hacerse jesuita: «Con
estos exemplos esforzava Borja a sus Súbditos a no desmayar por falta de bienes
de la tierra, a estender las alas de la confianza en la providencia».74
Cuando sus obligaciones en la corte le
apartaban de su vida sencilla y entregada a Dios, buscaba rápidamente la manera
de apartarse de las distracciones cortesanas, como hizo en 1555 al retirarse a
la casa de Simancas para escapar de la agitada vida cortesana de Valladolid. La
vida de pobreza que Francisco llevaba en Simancas queda bien reflejada por
Cienfuegos:
La
Casa era tan angosta, que sola la caridad pudo hazer el milagro de estrechar
tanto numero dentro de ella. Cada día llegavan nuevos sujetos de varias partes,
y todos hallavan Aposento, como si se dilatassen las paredes del Colegio, al
passo que dilatava su seno Francisco. Los tabiques, que dividían unos Aposentos
de otros, eran unos espartos viejos, con que se iban estrechando fácilmente con
el numero, no dexando mas capacidad, que la que necesitaba el mas humilde
lecho. Aquí desquitava Borja todo el tiempo de Oración, que la Corte le
embarazava: aquí quebrantó nuevamente la salud en la penitencia: aquí salía por
las Calles con un saco al ombro a pedir limosna, el que era dentro de su
Religion Comissario General de España. Aquí servia al Hermano Cocinero en las
humillaciones de su Oficina.75
Vida pobre, comida pobre, vestido pobre:
Andaba
Borja, assi en la Corte, como en Simancas, tan pobremente vestido, que ninguno
le atendía sin extrañeza, o sin assombro: intentabanle un dia que se calçasse
unos zapatos nuevos y respondió que no eran necesarios, pues no tenían mas que
dos años los que traía puestos. Embió el Marqués de Priego sotana, y manteo,
vestido interior, y alguna ropa blanca a un compañero de el Santo,
escriviendole, que dispusiesse mañosamente el modo de que se pusiesse aquella
ropa el Padre Francisco: executólo assi el Compañero, deseoso de vestirse por
reliquia alguna parte de el que dexasse el Santo Comissario. Aguardó a que
estuviesse dormido, y robando lo que estaba mas destrozado, introduxo en lugar
suyo lo que correspondía de el nuevo, esperando engañarle assi poco a poco.
Despertó Francisco, reconoció luego aquella nueva parte de el vestido, llamó a
su Compañero, que preguntado respondió que él le havia quitado para sí, porque
le avia menester; pues tomad essotro, replicó Borja, ya que necessitais de alguno,
y volvedme el mío; porque el pobre verdadero nunca ha de dexar el vestido de
suerte que pueda servir a otro.76
A pesar de todos sus trabajos y
responsabilidades, Francisco de Borja nunca dejó de ocuparse en los menesteres
más humildes. Especial atención dedicó siempre a los pobres y a los enfermos:
Mas
donde su espíritu se excedió mucho fue en la asistencia de qualquiera enfermo:
porque aquellas entrañas posseidas de la caridad derretían sobre qualquiera
infeliz su cariño y su alhago. Cuydava del mas humilde horroroso exercicio, de
que tal vez se desdeñava el Enfermero. Ni era humildad solo la que le inducia a
vivir en los Hospitales, donde no huviesse Colegio; sino el gusto de vivir
entre sus amados pobres, y de asistir a los dolientes. Él barria los salones
por la mañana: baxava a disponer él mismo la comida a los que estaban mas
abandonados de la esperanza: desvelavase en la limpieza, cuidando de cada
enfermo como si no huviesse otro en aquel sitio. Hazia las camas después con
mucha fatiga de aquel cuerpo flaco [...]. Lavava los pies a muchos cada día,
mezclando yerbas olorosas, y flores en el agua tibia, añadiendo luego segundo
lavatorio con vino, después de aver enjugado el primero, ya con la tohalla, ya
con su lienço mismo [...] y curava sus llagas con rara destreza [...]. Luego
dobladas ambas rodillas junto al lecho, les cortava las uñas con raro acierto
[...]. Traía los remedios que el Medico recetava [...]. El Hospital de Anton
Martín en la Corte de España, fue gran teatro destas hazañas del Borja.77
El esfuerzo de Francisco como comisario dio
fruto. La intensa acción en los viajes realizados entre España y Portugal tuvo
como resultado el rápido florecimiento de la Compañía de Jesús en España. En
las principales ciudades se solicitaba a la orden para que se hiciera alguna
fundación. A los siete años se había duplicado el número de colegios y de
miembros de la orden. Sólo algunos momentos de descanso se permitió Borja.
Entre 1559 y 1561, la estancia en Portugal estuvo enmarcada por su refugio en San
Fins, un antiguo monasterio benedictino a las orillas del río Miño, monasterio
que en 1548 fue unido al colegio de Coimbra.78 Francisco de Borja, deseoso
siempre de una vida retirada, escribía en 1560: «El Señor me da vivos deseos de
morir en casa pobre, y no en Colegio; y en Roma y en Lisboa es corte, y así yo
no podría alcanzar mi fin, si no es desta manera».79 Pero una vez más no sería
posible el retiro que ansiaba.
En agosto de 1561, Francisco de Borja fue
llamado a Roma por el padre Laínez a instancias del papa Pío IV. En Roma fue
acogido con el mayor afecto y durante algún tiempo permaneció allí, al lado del
padre general Diego Laínez. Se dedicó a la predicación, y entre sus más asiduos
oyentes se hallaban el cardenal Carlos Borromeo y el cardenal Ghisleri, el
futuro papa Pío V. Pero pronto comenzó el padre Laínez a encomendarle asuntos
de gobierno, con el fin de prepararle para el cargo de general de la orden.
Cuando, en 1562, el general Laínez tuvo que partir para Trento en calidad de
teólogo pontificio, nombró a Francisco de Borja vicario general de la Compañía
de Jesús. Al regresar a Roma, Laínez, ya muy enfermo, continuó preparando a
Borja para sucederle. Le nombró asistente para España y Portugal y
superintendente de las casas de Frascati, Tívoli y Amelia. Durante unos meses
residieron ambos en la villa de Frascati, que fue un hermoso y tranquilo retiro
para ambos. Finalmente, al fallecer Laínez el 19 de enero de 1565, Francisco
fue elegido para sucederle en la dirección general de la orden. El día de la
elección, el 2 de julio, Borja escribió en su diario: «El día de mi cruz». Y
pocos días después añadió: «Me ofrezco por la Compañía, sangre y vida».80
General de la Compañía de Jesús
Francisco de Borja fue el tercer general de
la Compañía de Jesús, tras Ignacio de Loyola y Diego Laínez. Durante los siete
años, de 1565 a 1572, que gobernó como general a la Compañía cumplió plenamente
su cometido, contribuyendo al perfeccionamiento y crecimiento de la orden. Sus
dotes de hombre de gobierno, sus conocimientos y amistades con muchas de las
principales personalidades de su tiempo, el prestigio que en todas partes
disfrutaba, junto con su espíritu de trabajo y sacrificio y las heroicas
virtudes que ejercitaba, todo ello contribuyó a dar una eficacia decisiva a las
obras que emprendió. En el discurso que pronunció al ser elegido general se
comparó con un «jumento», un animal de carga, declarándose dispuesto a llevar
el peso de la Compañía, pero solicitando humildemente la ayuda de todos para
poder hacerlo. «Voy adelante con la carga a cuestas y la salud mediana»
–escribió tiempo después. Francisco aceptó cargar con la cruz y la llevó, día a
día, hasta el final.
Como general continuó viviendo en la más
rigurosa pobreza, tratando de no contaminarse del lujo y el boato que dominaba
en Roma. Como señala Cienfuegos en su hagiografía:
Su
cama, su comida, y su aposento eran tres grandes testigos y tres Oradores mudos
de esta virtud heroica, no se hallando en su aposento alhaja, que si se mirase
con atención, no moviese a lástima, y a la risa. La pared desnuda, como que
dexaba todo el blanco a las hazañas de Borja: nunca tuvo otra silla, que de la
madera más tosca, mal texido el respaldo de ella, sin querer admitir otra
alguna, aunque huviesse de entrar algun Embaxador, Cardenal o Príncipe a
ocuparla [...]. Y buscaba siempre la cama mas pobremente dispuesta, que
cupiesse en el uso común de la Compañía.81
Si su aposento era muy pobre, igualmente
pobre era su vestuario, que rayaba lo miserable:
Y
a la verdad el vestido siempre grossero, siempre gastado, y casi siempre roto
causaba no pequeña admiración [...]. No vestía, ni aun en el rigor del
Invierno, sino un juboncillo de lienço, la sotana del paño mas tosco, tan
ajado, tan roído del tiempo [...]. Él mismo tomaba la aguja en la mano, y
cerrado en su aposento unia groseramente los pedazos del vestido, assi por
exercitarse en tan humilde empleo, como porque si le entregasse al Hermano,
observaría mas de cerca el estado lastimoso de aquella sotana o manteo [...].
El ceñidor era un orillo de paño burdo. Y porque el frío avia hecho grande
impresión en la cabeza, le mandaron los Medicos abrigarla: con que se vio
precisado a usar un virretillo de un simple vocací negro [...]. Las medias
padecían mortal dolencia, dexandose ver continuamente la carne viva, sin que se
hallase bastante razón a persuadir a Borja, que admitiesse novedad alguna en la
ropa que traía, pues tocaba ya el reparo en la decencia.82
Todo lo que usaba, todo lo que le rodeaba
debía ser igualmente pobre. Ahorraba incluso el papel, aprovechando cualquier
retazo para sus escritos, y ello a pesar de que debía escribir diariamente y
que prefería poner las cosas por escrito mejor que tratarlas de palabra:
Escrivia
sus Libros y sus Sermones en los sobreescritos de las cartas, partiendo a cada
paso las líneas, porque tropezaban en otras agenas: queriendo pagar este
tributo mas a la suma pobreza [...]. Nunca fabricó sus Sermones con extensión
prolixa; sino reducidos a breves apuntamientos en el blanco que dexa el sobreescrito
de una carta; mas tan ordenados los puntos y los textos, que aun entre la
confusión de agenos rasgos se admiraba el orden armonioso de sus discursos. Si
huviesse de escrivir un papel sobre alguna dependencia, se valia también del
poco blanco que hallasse libre en una carta. Y era muy frequente en Borja esta
tarea, assi porque apenas tuvo un día en que respirase sin opresión de alguna
consulta: como porque con dos renglones se escapaba del embarazo de salir de
casa, del desperdicio del tiempo en las ocurrencias, y ceremonias de una
visita, robándose tanta parte de la vida humana. Y añadía, que si quisiese
embiar quien dixesse su dictamen a boca, las mas vezes se erraba, perdiendo la
pureza que en su origen tenía el dictamen, que corre de lengua en lengua.83
Fue mucho lo que escribió como general de la
Compañía de Jesús. El despacho de los asuntos le ocupaba mucho tiempo y le
obligaba a muchas horas de trabajo con su secretario, el padre Juan Polanco,
anotando y firmando documentos. Fueron innumerables las visitas que hizo y
recibió y las cartas que tuvo que leer y escribir. La documentación y la
correspondencia son testimonios importantes y fidedignos de aquellos últimos
años de la vida de Francisco de Borja.84 También escribió muchos sermones y
escribió muy secretamente su diario y diversas notas sobre su vida espiritual.
Dionisio Vázquez en su biografía señaló:
Una
sola llave tenía y esta era de su escritorio. La cual nunca fio ni dio a su
secretario ni a otra persona jamás. Debajo de ella (como si fuera un gran
tesoro) guardaba dos géneros de cosas: las cartas y billetes de cosas muy
secretas que de honras y de conciencias ajenas le llegaban de distintas partes.
La otra cosa que guardaba en aquel escritorio eran los instrumentos de sus
penitencias y mortificaciones.85
También dedicaba algunos momentos a la
música, su gran afición desde la juventud, más como consuelo que como
distracción. Según escribió su biógrafo Dionisio Vázquez:
Y
siendo ya General de la Compañía le vimos en una convalecencia de larga
enfermedad que tuvo en Roma, componer y apuntar acertadamente el salmo 118,
beati inmaculati in via qui ambulant in lege Domini. Y cuando el dolor de la
gota le fatigaba mucho, en lugar del ay, y de quejarse, a sus solas cantaba un
salmo de David o alguna caeli laetare. 86
Aunque siempre buscó dar al culto divino el
máximo esplendor, los objetos religiosos de su uso personal debían ser pobres:
Hizo
que le engastasen pobremente una reliquia, y porque le echaron un cerquillo de
plata, nunca quiso admitirla. Lo mismo executó con un Agnus, que deseaba traer
consigo; y le dexó porque no era de latón el cerco. Traía las quentas de su
Rosario ensartadas en una cuerda de vihuela: y a esta proporción era qualquier
alhaja, de que usasse con frecuencia Borja.87
Su actuación como general de la Compañía de
Jesús se extendió realmente a todos los campos, y en todos ellos dejó marcada
su huella. Uno de sus primeros cuidados fue organizar los noviciados.
Convencido de que era necesario infundir y practicar el espíritu de oración,
procuró fomentarlo en todas las formas posibles y señaló una hora para la
oración diaria, así como también el tiempo destinado a las demás prácticas de
piedad. Fue asimismo organizador y promotor de los estudios. Al ir por vez
primera a Roma, había mostrado sumo interés por la fundación del Colegio
Romano, proyectado por san Ignacio, y con la limosna que entonces dio puede ser
considerado como su primer fundador. Como general contribuyó eficazmente a su
organización definitiva.
Destacó también como promotor de grandes
iglesias emblemáticas de la Compañía. Construyó la iglesia de San Andrés del
Quirinal, que sería después remodelada en el siglo xvii, y comenzó la del Gesù,
concebida inicialmente en 1551 por Ignacio de Loyola, para la que Miguel Ángel
había realizado un proyecto. La construcción de la iglesia del Gesù se inició
en 1568, según diseño de Giacomo Barozzi, llamado Vignola. La iglesia madre
jesuita fue construida de acuerdo con las nuevas exigencias formuladas durante
el concilio de Trento. Francisco de Borja solicitó a Vignola una iglesia que se
adaptara a los propósitos de la orden, especialmente un amplio salón que sin
obstáculos columnarios permitiera la visión absoluta del altar, y que éste
recibiera la mayor claridad para lucimiento de las ceremonias litúrgicas y
visibilidad del púlpito para la predicación en las misas, en los oficios
litúrgicos y en los ejercicios espirituales; en cambio, en los costados de la
nave se pedían capillas en penumbra para la práctica de la confesión. Seguramente
se acordaba de las iglesias levantinas españolas de su tierra natal, que en el
siglo xv contaban con nave única y capillas hornacinas, crucero con cimborrio y
capilla mayor en lo alto de una escalinata, el modelo de muchos templos de
estilo Reyes Católicos. Preocupado por la acústica, pues para él la música
representaba un medio importante de inspiración religiosa, aconsejaba una
techumbre de madera, convencido de que los artesonados mudéjares lograban mejor
sonoridad, aunque el cardenal Farnesio, patrono de la fundación, se inclinaba
por cubierta abovedada por más estética y segura. La nave del Gesù fue
concebida como espacioso salón rectangular que abre a sus costados capillas
embutidas entre los contrafuertes laterales, unas veces con arco de medio punto
y otras adintelados, que quedan semioscuras, sin ventanas. Una bóveda de cañón,
con arcos fajones y lunetos para altas ventanas, que cubren e iluminan la nave.
La cúpula del crucero se apoya en pechinas que parten de pilares no
achaflanados y en un alto tambor, cilíndrico al interior, ochavado
externamente, con cuatro luminosas ventanas. El ábside es de planta
semicircular. También diseñó Vignola un proyecto de fachada que posteriormente
se cambió por otro de Giacomo della Porta. Con pocas modificaciones la iglesia
del Gesù de Roma se convertiría en modelo para los templos jesuíticos y de
otras órdenes de la Contrarreforma, tanto en Europa como en la América
hispánica. Borja, además de poner en marcha el proyecto, siguió detalladamente
los trabajos y acudía frecuentemente a ver los progresos de la obra.
Muy importante fue la labor de san Francisco
de Borja en la propagación de la Compañía de Jesús y la extensión de su
actividad en todo el mundo. Empleó el influjo que tenía en la corte francesa
para obtener una acogida más favorable a los jesuitas en Francia, donde se
fundaron en su tiempo ocho colegios. Se crearon tres en Alemania, cuatro en
Italia, once en España y otros varios en diversas partes de Europa. Manifestó
predilección por las misiones. Dio nuevo impulso y reorganizó las del Lejano
Oriente y comenzó nuevas fundaciones en América, constituyendo las provincias
de Méjico y Perú, y sobre todo la del Brasil. Su actividad alcanzó todos los
campos. Así publicó una nueva edición de las reglas, terminada en 1567, y
protegió a los escritores que comenzaban a dar renombre a la nueva orden.
Francisco iba haciéndose mayor y su salud se
hallaba muy deteriorada. Padeció muchas enfermedades. Fiebres y dolores
diversos le atormentaban continuamente. En 1568, la peste volvió a castigar
duramente la ciudad de Roma y, a pesar de hallarse él enfermo, cuidó de los
apestados hasta el agotamiento. Para recuperarse se trasladó a la villa de
Frascati. Mejoró algo, pero se hallaba tan cansado que apenas podía escribir.
Según escribió en una carta a su hermana, sor Juana de la Cruz, abadesa de las
Descalzas Reales en Madrid, en octubre de ese año 1568:
Aunque
por la gracia del Señor estoy mucho más aliviado, la flaqueza me ha quedado tan
grande y las reliquias del mal tan ordinarias, que apenas me quedan fuerzas
para poner mi firma en las pocas cartas que firmo.88
Borja se ocupaba de la Compañía, pero su
preocupación alcanzaba más allá. Tuvo también un influjo extraordinario en la
Iglesia. Al lado de Pío V y de Carlos Borromeo, puede ser considerado como uno
de los grandes promotores de la renovación católica. En 1568 movió al papa Pío
V, con quien tenía gran ascendiente, para que nombrara una comisión de
cardenales encargada de promover la conversión de los herejes e infieles. En
junio de 1571, Pío V envió al cardenal Bonelli a una embajada a España,
Portugal y Francia, y pidió a Borja que le acompañara. Además de contribuir a
animar los preparativos de una liga contra los turcos, mostró la gran fama de
virtud de Francisco. En todas partes acudían a su encuentro las gentes, ávidas
de contemplar a un santo. Olvidados antiguos recelos, el mismo Felipe II le
recibió con muestras de satisfacción. Pero su salud ya quebrantada, se resintió
notablemente con las fatigas del viaje.
Tratando de dar siempre ejemplo de pobreza y
humildad, rechazaba todo honor. Cienfuegos explica la actitud de Borja,
negándose a disfrutar de los privilegios que le correspondían por su cargo de
general de la Compañía de Jesús y enviado del papa:
Tuvo
el Cardenal un combite estos días en Valencia, a que sin parecer grosera la
templanza, no pudo negarse el Santo Borja: En él, valiéndose la humildad de la
porfía, recabó del Legado que le dexassen no solo ocupar el assiento ultimo,
sino comer en pié, y descubierto, acción que solo huviera podido conseguir su
llanto, pues a trueque de no verle tan afligido, fue menester que se le diesse
a su heroyco espíritu este consuelo: y es que deseaba ahora mas que nunca verse
profundamente humillado, por estar en aquel noble sitio, donde antes avia sido
el ídolo al respeto. Tampoco se pudo recabar del Santo, que entrasse en la
Carroza del Cardenal Alexandrino, ni que saliesse algun dia como Ministro del
Papa a publico teatro: una vez que le fue preciso en Madrid concurrir a una
funcion solemne con el Cardenal, iba tan confuso a su lado, que tropezaba en si
mesmo [...] mirando con assombro la Corte de España aquella sangre Borja, que
calentó repetidamente la Tiara, servir humildemente a una Purpura.89
La vuelta a Italia se fue haciendo cada vez
más fatigosa. Pasó el verano de 1572 en Ferrara, donde su primo el duque
Alfonso le cuidó con esmero; pero al fin tuvo que trasladarse a Roma en litera.
El 3 de septiembre llegó a Loreto, donde descansó ocho días, y finalmente llegó
a Roma a finales de ese mismo mes de septiembre. El largo viaje a España agotó
las últimas fuerzas de Francisco. Tomás de Borja, el hermano menor de Francisco
por parte de padre, que le acompañó desde España a Roma, relataba sus últimos
días en una carta que escribió al V duque de Gandía, a su llegada a la ciudad
eterna:
Llegamos
domingo en la tarde, víspera de San Miguel; y desde el punto que entró dijo que
daba gracias a Dios de que se acababa la jornada de la vida con la de la
obediencia. Al fin, señor, desde el punto que entró en su casa, comenzó a no
querer que se tratase de más que de aparejarse para lo que tanto ha que estaba
aparejado, con mandar a los de la Compañía que la oración que de allí adelante
hiciesen no fuese por lo que tocaba a su salud corporal, que las hiciesen
indiferentes, porque él quería aprovecharse de ellas.90
Después
de unos pocos días de grave enfermedad, en la que dio ejemplo de piedad,
humildad y paciencia, Francisco falleció durante la noche del 30 de septiembre
al 1 de octubre de 1572.
Francisco
de Borja quedó en la historia como un ejemplo de humildad y desprecio de las
vanidades del mundo, y como figura esencial en el establecimiento definitivo de
la Compañía de Jesús y en la reforma de la Iglesia católica.
María de los Ángeles
Pérez Samper
Universitat de
Barcelona
1.Álvaro
Cienfuegos, La Heroyca vida, virtudes, y milagros del Grande San Francisco de
Borja, antes duque Quarto de Gandía; y después Tercero General de la Compañía
de Jesús, Madrid: Imprenta de Bernardo Peralta, 1726, p. 13.
2.Ibidem,
«Introducción».
3.
MHSI Borgia, VI-VII.
4.
Eugenio Garin (ed.), El hombre del Renacimiento, Madrid: Alianza, 1990.
5.AHN,
Osuna, C.P. 48. D2.
6.
Cienfuegos, La Heroyca vida..., p. 14.
7.
AHN, Osuna, C.4101-D1 y C.567-D1.
8.
Cienfuegos, La Heroyca vida..., p. 22.
9.
Ibidem.
10.
Agnes Heller, El hombre del Renacimiento, Barcelona: Península, 1980.
11.
Cienfuegos, La Heroyca vida..., p. 27.
12.
María del Carmen Mazarío Coleto, Isabel de Portugal, emperatriz y reina de España,
Madrid: Escuela de Historia Moderna, 1951.
13.
Ibidem.
14.
Cienfuegos, La Heroyca vida..., p. 37.
15.
Ibidem, p. 40.
16.
Santiago La Parra López et alii, Visitatio Sepulchri de Sant Francesc de
Borja, Gandía, 1998.
17.
Cienfuegos, La Heroyca vida..., p. 45.
18.
Juan Vicente Garcia Marsilla, La taula del senyor duc. Alimentació,
gastronomia i etiqueta a la cort dels ducs reials de Gandia, Gandía: CEIC
Alfons el Vell, 2010.
19.
José Mª López Piñero, El vanquete de nobles cavalleros (1530) de Luis Lobera
de Ávila y la higiene individual del siglo XVI, Madrid: Ministerio de Sanidad
y Consumo, 1991.
20.
Raffaele Puddu, El soldado gentilhombre. Autorretrato de una sociedad
guerrera: La España del siglo XVI, Barcelona: Argos Vergara, 1984.
21.
Dietaris de la Generalitat de Catalunya, 10 vols., Barcelona, 1994-2007, II,
p. 1.
22.
Ibidem.
23.
Ibidem.
24.
Enrique García Hernán, «Francisco de Borja, virrey de Cataluña», en José
Martínez Millán (coord.), Carlos V y la quiebra del Humanismo político en
Europa (1529-1558), 4 vols., Madrid: Sociedad Estatal para la Conmemoración
de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2001, II, pp. 343-360.
25.
AHN, Osuna, CP.49 D13/ C13, nº 20-36.
26.
Josep Piera, Francisco de Borja. El Duque santo, Valencia: Ruzafa Show
Ediciones, 2010, p. 65.
27.
AHN, Osuna, CP.50. D13.
28.
Dietaris de la Generalitat..., II, p. 5.
29.
Ibidem, p. 3.
30.
Ibidem, p. 13.
31.
Cienfuegos, La Heroyca vida..., p. 73.
32.
Ibidem.
33.
Ibidem.
34.
Ibidem, p. 73.
35.
Ibidem, p. 76.
36.
Ibidem, p. 77.
37.
Ibidem.
38.
Ibidem, p. 78.
39.
Ibidem.
40.
Enrique García Hernán, Francisco de Borja, Grande de España, Valencia:
Institució Alfons el Magnànim; Diputació de València, 1999.
41.
MHSI Borgia, VI, p. 84.
42.
Cienfuegos, La Heroyca vida..., p. 102.
43.
Ibidem, p. 105.
44.
Ibidem, p. 103.
45.
Ibidem, p. 105.
46.
Ibidem.
47.
Ibidem, p. 120.
48.
Ibidem.
49.
Ibidem, p.120.
50.
Ibidem, p. 105.
51.
Ibidem.
52.
Ibidem, p.120.
53.
Ibidem.
54.
Ibidem, p. 103.
55.
Ibidem.
56.
Ibidem.
57.
Ibidem, p. 123.
58.
Ibidem, p. 120.
59.
Ibidem, p. 102.
60.
Ibidem, p. 151.
61.
Ibidem.
62.
Ibidem, p. 136.
63.
Ibidem, p. 157.
64.
Ibidem, p. 207.
65.
Ibidem, p. 219.
66.
Ibidem, p. 220.
67.
Ibidem, p. 219.
68.
Ibidem, p. 220.
69.
Ibidem, pp. 522-523.
70.
Ibidem, p. 536.
71.
Ibidem, p. 223.
72.
Ibidem.
73.
Ibidem, pp. 223-224.
74.
Ibidem, p. 224.
75.
Ibidem, p. 240.
76.
Ibidem, p. 242.
77.
Ibidem, p. 512.
78.
Enrique García Hernán, «Francisco de Borja y Portugal», en A Companhia de
Jesus na Península Ibérica nos sécs. XVI e XVII. Espiritualidade e cultura, 2
vols., Oporto: Instituto de Cultura Portuguesa; Universidad de Oporto, 2004,
I, pp. 189-219.
79.
Piera, Francisco de Borja..., p. 179.
80.
San Francisco de Borja, Diario Espiritual (1564-1570), edición crítica,
estudio y notas de Manuel Ruiz Jurado, S. J., Bilbao; Santander: Mensajero;
Sal Terrae, 1997, pp. 219-220.
81.
Cienfuegos, La Heroyca vida..., p. 540.
82.
Ibidem.
83.
Ibidem, p. 541.
84.
MHSI Borgia, VII.
85.
Piera, Francisco de Borja..., p. 203.
86.
Ibidem, p. 202.
87.
Cienfuegos, La Heroyca vida..., p. 541.
88.
Carta citada por Piera, Francisco de Borja..., p. 205.
89.
Cienfuegos, La Heroyca vida..., p. 428.
90.
Piera, Francisco de Borja..., pp. 219-220.
https://www.elsborja.cat/borja/wp-content/uploads/revista-borja/rb04-14perezsamper.pdf
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