BANDOS
Y PIRATERÍA EN LA CATALUÑA DEL SIGLO XVI. LAS ACTUACIONES DEL VIRREY FRANCISCO
DE BORJA (1539-1541)
En la pugna entre las vivencias de Francisco
de Borja y la forja de su santidad, que a la postre acabó introduciendo tantos
matices en su biografía, el cargo de virrey de Cataluña que asumió el marqués
de Lombay entre 1539 y 1541 fue un episodio definitorio en clave sobre todo
propagandista. Los años de su gobierno en el principado de Cataluña y los
condados de Rosellón y Cerdaña no merecen honestamente un balance plenamente
optimista, en relación con los logros políticos alcanzados, pero en su
ensalzamiento sí que contribuyeron decisivamente a la fama del futuro jesuita.1
De este modo, el santo soldado formó parte de la savia de milicia cristiana de
la Compañía, que se alimentó desde sus comienzos con el trío mediático formado
por Ignacio de Loyola, Francisco Javier y Francisco de Borja. La tradición que
se forjó quiso que Francisco de Borja y Aragón, marqués de Lombay, ejerciera un
gran y prudente poder y fuera un vasallo ejemplar en contacto frecuente con el
emperador, mientras crecía en espíritu ante los innumerables lances que se le
ofrecieron en los quehaceres diarios del gobierno del Principado. Y, no cabe
duda, eran una realidad indiscutible los difíciles retos de gobierno en el
Principado de la primera mitad del siglo XVI. El virrey anterior a Borja, que
lo fue entre 1525 y 1539, Fadrique de Portugal, obispo de Sigüenza y arzobispo
de Zaragoza, había sido motivo, por el ejercicio del cargo, de una dedicatoria
encomiástica en una anónima novela de caballerías publicada en Barcelona en
1531. En el escrito, para ejemplificar la dureza de sus obligaciones, no se ahorraban
palabras:
¿Quién
ansí un cargo y oficio real como el govierno de Cathaluña por tantos años con
tanta paz y justicia y entereza de coraçón oviera exercitado? ¿Quién ha
deshecho los agravios, fuerças e insultos y escusado los omicidios de aquellas comarcas?
¿Quién ha prendido y sojuzgado los delados que son la pestilencia de aquella
tierra que ningún viso rey pudo castigar? ¿Quién ha asegurado los caminos y
quitado los salteadores? ¿Quién ha puesto silencio a los vandos, quistiones e
diferencias ordinarias de aquel reino? Como testigo de vista lo digo, que la
administración y govierno de Vuestra Señoría ha puesto paz donde siempre ovo
guerra y ha hecho amistades donde nunca estuvieron conformes y ha administrado
justicia donde pocas vezes ha sido temida.
Unas tareas que Fadrique de Portugal parece
que pudo ver cumplidas, incluso con creces según el turiferario, aunque en su
desmesurada catarata de elogios no fueran las menores entre los múltiples y
difíciles objetivos de ser virrey en Cataluña, cuyo cargo pasaba por
convertirse en un:
bellicoso
y esforçado capitán, proveyendo con muchas vigilias y continuos trabajos en la
defensión de aquella costa tan hostigada de moros y corsarios, ordenando
gentes, apercibiendo artillería, armando naos, fabricando galeras, fraguando
baluartes y municiones, e inventando mil géneros de defensas y pertrechos de
guerra.2
Estos aplausos polarizados en torno a la
defensa permanente del orden público marítimo y terrestre dan la idea de la
responsabilidad enorme que esperaba a Borja como virrey de Cataluña.
Precisamente, los biógrafos posteriores del santo incidirán en el período
1539-1541 como un momento determinante de tensión, en el que los desafíos
suscitados por los ingobernables bandidos catalanes y por los infieles piratas
permitieron que brotaran las virtudes del cristiano llamado a la santidad, de
aquél que fue santo antes que jesuita. Al margen de las vidas hagiográficas más
conocidas del santo, en este tono halagador de lo político en la trayectoria de
Borja resulta muy sugestivo el contenido del Festivo aparato. Justa convocada
por la Compañía de Jesús para celebrar la canonización de san Francisco de
Borja, el certamen poético convocado por los jesuitas de la Nueva España en
1672 para celebrar la canonización de san Francisco, cuya analogía central fue
un sobresaliente Borja comparado al Hércules clásico. Hércules sirvió en la
corte del rey Euristeo a causa de las artimañas de Juno, y en su castigo (los
famosos doce trabajos) el héroe acabó encontrando su fama gloriosa. En estricto
paralelismo, Francisco de Borja habría llegado a la corte de Carlos V impulsado
vanamente por los «mariscales del mundo» (las riquezas, la avaricia y la
ambición) pero, como Hércules, Borja derrotó a esas tentaciones y alcanzó la
gloria. En este trasunto épico, su trayectoria en Cataluña estuvo marcada por
su persecución imparable de bandoleros: «se insinuó ya quantos Cacos y quantas
harpyas cazó a lo Hércules su desvelo».3 A la postre, la lucha contra el
bandolerismo se acabó por convertir en la quintaesencia del Borja gobernante,
como remachará a comienzos del siglo xix Félix Amat en su Tratado de la Iglesia
de Jesucristo. 4 Pero más allá de hazañas, continuaban sus aduladores, como
virrey supo sujetar sus pasiones a la razón. Fue cristiano y caballero, como
Ignacio fuera soldado y monje. Es sintomático sobre este punto el tópico
recurrente de un gobernante apremiado por una situación apocalíptica, pero que
en todo momento supo encontrar tiempo para dedicar seis horas diarias a la
oración mental (será el gran ejemplo de siglos para ilustrar que la meditación
cristiana no estaba reñida con ninguna obligación terrenal), mientras se
alimentaba simplemente de hierbecillas y agua, y sometía su cuerpo además a
penitencias cotidianas.5
Al margen de toda esta panoplia de loas sobre
Borja, lo cierto es que a cualquier virrey le hubieran esperado, en agosto de
1539 y durante cuatro años escasos hasta abril de 1543, serios problemas de
gobernación en Cataluña. Que centremos nuestro análisis en su presencia en
Cataluña, no debe hacernos olvidar el contexto imperial de la monarquía
española, pues estos años fueron también muy determinantes, ya que en ellos se
situaron los prolegómenos del «viraje carolino» de 1545. Precisamente
consideramos básico contextualizar los acontecimientos catalanes en el marco
político del Imperio y en el ámbito socioeconómico del Mediterráneo. Sólo así
podremos establecer un balance de las intervenciones de Borja sobre unas
problemáticas de larga duración, pero siempre cambiantes en sus circunstancias,
como fueron el bandolerismo y la piratería.6
En líneas introductorias debemos considerar
asimismo que, a comienzos del siglo XVI, el cargo de lugarteniente general en
el Principado y los Condados estaba seriamente limitado en su margen de
maniobra. La Cataluña de 1539 llegó a disponer de un virrey, pero no fue en
sentido estricto un virreinato. Faltaba una estructura institucionalizada de
gobierno, con correas transmisoras de las decisiones y con aparatos fiscales
mínimamente funcionales, que se estaba estableciendo por esos años tanto a
nivel del poder regio como en relación a una Diputación del General de
Cataluña, que estaba entonces lejos de la plenitud soberana que alcanzará en el
último cuarto del siglo XVI. 7 Poderes familiares, privilegios estamentales o
poderes locales (con la cuasi república de Barcelona) marcaban el tiempo
político del territorio. Existía un cargo, el de lugarteniente y capitán
general del Principado, que se basaba en una práctica cotidiana del poder, asentada
en una combinación de fuerza de resolución violenta junto con un despliegue de
acuerdos y transacciones contemporizadoras con los poderes territoriales. Estos
dos instrumentos, la represión y la negociación, serán los que Francisco de
Borja emplee a lo largo de su gobierno. Para ejercerlo disfrutó de las
prebendas del privilegio nobiliario, que le permitió implicarse en cuestiones
faccionales desde unas premisas de paridad con las élites de poder del
Principado y los Condados. No fue tampoco ajeno a su nombramiento como virrey
por parte del emperador el hecho que Borja perteneciera a un linaje
aristocrático de la Corona de Aragón, proveniente de una Valencia también
caracterizada por el mundo de las facciones y, no podemos olvidarlo, el acoso
costero del corsarismo.
En Cataluña, junto a esta administración
todavía inconsistente, existían otros obstáculos estructurales prácticamente
insalvables para que el monarca ejerciera un gobierno indiscutido a través de
sus representantes. O, en el mismo sentido, para que la Diputación del General
incidiera determinantemente en los relevantes acontecimientos del período. La
autoridad efectiva del virrey estaba impedida por un número elevado de
distritos jurisdiccionales, entre los que destacaban especialmente la separación
jurídica entre el gobierno del Principado y el de los condados del Rosellón y
Cerdaña. Sobre todo porque en estos últimos se concentraron problemas severos
de bandolerismo intestino y de tensos enfrentamientos con la monarquía
francesa. Precisamente, durante el ejercicio del marqués de Lombay como virrey,
el duque de Alba fue nombrado capitán general de Perpiñán, provocando
interferencias en el control por el virrey de una de las principales plazas de
armas del territorio.8 Esta fragmentación de soberanías jurisdiccionales,
habitual en el Antiguo Régimen y muy acentuada en Cataluña, causó graves
problemas, empeorados por el doble condicionamiento del Principado como
frontera litoral y política. Por supuesto, esta situación de privilegios a
amplia escala amparaba impunidades ante las autoridades públicas del Principado
(a nivel de la Diputación, los municipios, la Iglesia y la propia monarquía),
aunque también evidenciaba unas lógicas en las evoluciones sociales y
económicas que deben ser valoradas por el investigador actual en términos de
coherencia histórica y en ningún caso como una anomalía política en las
relaciones entre la monarquía y poderes periféricos. En el origen de muchas
complicidades y conflictividades estaban privilegios estamentales históricos,
que generaron inercias y conflictos endémicos sobre todo desde el período
bajomedieval, de los que no fueron responsables, por su incapacidad coercitiva,
estructuras de poder aún en despliegue como la Diputación catalana o el aparato
de gobierno de la monarquía. Resulta muy sintomático de este orden de cosas la
situación de los magistrados que ejercían la justicia criminal, ante los que el
emperador advierte al virrey Borja que «en dos días serán ellos más virrey que
no vos», que investigue si «ay limpieza de manos en ellos», «si hay
parcialidades» y «si andan a la mano», en un claro ejemplo del funcionamiento
desagregado y faccional de las instancias de gobierno, al margen de
representaciones soberanas colectivas.9
En este sentido, por ejemplo, el principio de
extranjería, recogido en las Constituciones catalanas, se había ido
consolidando e impedía la libre designación de cargos por parte de la corona.
Las cortes de 1481 habían establecido criterios muy restrictivos y sólo unos
contados oficios ligados a la casa real y, de manera particular, el cargo de
lugarteniente general, podían escapar de la obligación de la naturaleza
catalana para los principales oficiales del Principado. La cuestión de la
extranjería y su presunto incumplimiento por el emperador, destacó como asunto
conflictivo en las cortes de 1534, 1537, 1542 y 1547, por centrarnos en las más
cercanas a nuestro período. En 1542, los conflictos causados por el control del
patrimonio de la castellanía de Amposta por frailes «no nadius y originaris del
dit Principat y Comtats», condujeron a la solicitud expresa ante el monarca de
que no se pagaran las rentas adeudadas mientras unos individuos considerados
extranjeros estuvieran a cargo de la castellanía. Del mismo modo, a la hora de
establecer una armada de galeras catalanas para hacer frente al peligro
norteafricano, las cortes de 1547 pusieron como condición que las galeras
catalanas fueran capitaneadas por un catalán.10 Al privilegio de extranjería no
era tampoco ajeno el fenómeno de patrimonialización de oficios y cargos de la
Diputación del General o de la administración real. En cierto modo suponía una
cortapisa mayor. El control familiar hereditario era un factor que alimentaba
parcialidades e imponía lógicas de poder confusas al margen de criterios de
gobierno emanados desde la corte o las propias instituciones catalanas.
Las interferencias en la propia estructura de
patronazgo entre los oficiales regios en Cataluña, las élites catalanas y el
personal de los Consejos o del entorno cortesano dificultaban asimismo
cualquier estrategia coordinada. El caso del alcaide de Cotlliure Antoni Doms,
apoyado en sus pretensiones de traspasar el cargo a uno de sus hijos por el
duque de Alba, analizado a través de la documentación oficial y de la correspondencia
privada, nos presenta una misma situación desde diferentes ópticas, en
ocasiones enfrentadas entre sí o conspirando para imponerse.11 En una
perspectiva más global, el virreinato de Borja coincidió con la primera
regencia del niño Felipe II, lo que propició que el poder efectivo recayera
sobre un colectivo de personalidades (fundamentalmente, el cardenal Juan de
Tavera, pero asimismo Francisco de los Cobos, el duque de Alba, Fernando de
Valdés o Juan de Zúñiga) que generaron un clientelismo cortesano masivo que
embrollaba sumamente las vías de transmisión o decisión de directrices de
gobierno e información.
La cuestión eclesiástica fue asimismo de
primera importancia durante el gobierno de Borja. La justicia en Tarragona
estaba dividida entre dos vegueres, uno real y otro del arzobispo, «más amigo
de sacar dinero que de poner en la horca».12 El emperador resumió la situación
del clero catalán como de «disolución, mala costumbre y demasiada libertad», y
propuso a Borja enviar peticiones de amparo a Roma y que como virrey se
implicara en las reformas de algunos monasterios.13 Al respecto, uno de los
grandes protagonistas de la vida catalana de la época fue el obispo de
Barcelona entre 1531 y 1546 Juan de Cardona. Faltado de las sagradas órdenes
hasta 1541, fue motivo constante de presiones por parte de Francisco de Borja,
preocupado por el desarreglo público en sus costumbres y por las implicaciones
del prelado en cuestiones políticas.14
Junto a estas particularidades políticas y
jurisdiccionales, otro gran problema para el desarrollo de las tareas de
gobierno fueron las dinámicas económicas establecidas en la Cataluña coetánea.
Del mismo modo que se dependía en extremo de las oligarquías para el desempeño
del gobierno, se estuvo en manos de un mundo de individuos que dispensaban
vitales favores económicos a través de relaciones financieras más o menos
informales. La trama mercantil de hombres de negocios que permitió hacer frente
a las necesidades de financiación institucional fue muy poderosa. Se crearon
dependencias tan profundas que se prolongaron en el tiempo, de manera bastante
decisiva. Conviene traer a colación el caso de Joan Bolet, «pecunioso
mercatore», que mantuvo relaciones con Borja durante el virreinato, pero cuyo
concurso fue muy duradero. De este modo, el marqués de Lombay avaló las
peticiones de Bolet ante Francisco de los Cobos en 1544 para lograr una
autorización de embarque desde América a Sevilla de Jeroni Trias, familiar de
Bolet y a la sazón señor de indios en el Nuevo Mundo. Fue asimismo Bolet quien
financió mediante créditos, hacia 1550, los primeros edificios de jesuitas en
la ciudad condal, con lo que los tratos entre las familias mercantiles y el
antiguo virrey acabaron también garantizando la red futura de contactos
económicos entre jesuitas y mercaderes catalanes.15 La penuria monetaria de
Borja quedó resumida en una carta al emperador, ya en agosto de 1539, en la que
le comunicaba que hacía frente a numerosos gastos mediante su propio
patrimonio. Esta sería la tónica de los años venideros.16
La situación deficitaria en lo económico que
afectó al virrey Francisco de Borja, sin embargo, venía de antaño en Cataluña.
En 1535 ya se destacaba la necesidad de mandar proveer el dinero de las pagas
de los soldados regularmente y sin dilaciones excesivas, «porque la tierra es
en extremo cara y la gente della no quiere prestar nada».17 El dinero que
llegaba consignado a las fronteras era demasiado escaso para acometer los
reparos y deficiencias que presentaban los castillos y fortalezas del Rosellón,
según los informes de 1535. Los impagos de soldados eran habituales, así como
los problemas de abastecimientos.18
Por todo ello, a partir de 1541 se solicitó
desde la corte que los virreyes y pagadores arbitraran fórmulas autónomas de
financiación, dada la mala situación económica de la monarquía.19 Un año
después se ordenó negociar 90.000 sueldos barceloneses prestados por mercaderes
de la ciudad condal, pero el experimento fracasó por la mala coyuntura
financiera de la ciudad, afectada por las quiebras y protestos de letras
ocurridos en Sicilia, que paralizaron temporalmente todo el comercio catalán.
Ese mismo año 1542 también murió el tesorero Joan Ferrer, dejando deudas
considerables con la Real Hacienda y con particulares.20 Los cambios que había
negociado quedaron incobrados, lo que repercutió también sobre la credibilidad
pública de los oficiales reales, de por sí muy escasa debido a la miseria de
los ingresos de la tesorería de Cataluña.21 En 1543, por fin, Guillem Guirzes,
Cebrià Caralps y Miquel Doms aprontaron parte de los créditos imprescindibles
para comprar el trigo necesario para el abastecimiento de las fronteras, que
venía desde Sicilia.22 A mediados de siglo, estas vías abiertas de financiación
mediante créditos privados arraigaron ante las dificultades en los suministros
de la tesorería de Castilla, que sólo cubrieron marginalmente las parvedades
más inmediatas. Mientras aumentaron los envíos de remesas de metales preciosos
hacia Europa, en muchos casos a través del puerto de Barcelona. El paso de
dinero hacia Italia, ya en 1541, aparece en la correspondencia entre el
emperador y el duque de Alba, interesados en evitar los trasiegos fraudulentos
y el contrabando.23 Estas estrategias, en muchas ocasiones remontadas a la
época del virrey Borja y resueltas a medio plazo, muestran nuevamente la
impersonalidad de las decisiones de administración y gobierno. La pluralidad de
elementos condicionantes condujo a la necesidad de abordar por la vía del favor
o el acuerdo, así como mediante negociaciones informales, las actuaciones de
gobierno en el Principado. Ésta fue también la pauta que siguió Borja cuando
hizo frente a los retos del bandolerismo y de la piratería en Cataluña.
Francisco de Borja, con su nombramiento de
virrey, recibió unas instrucciones bastante concretas sobre el desempeño de su
cargo.24 Como prioridades se situaban el control del bandolerismo, que era
presentado como una lacra que afectaba al conjunto de la sociedad catalana y
del que preocupaba especialmente las implicaciones de eclesiásticos en las
luchas de facciones. Pese a la tregua de Niza de 1538, que supuso el fin
momentáneo de los enfrentamientos con la monarquía francesa, el programa de
fortificaciones de la frontera y del puerto de Barcelona también fue otra de las
prioridades estampadas en las advertencias al virrey. El trío conjugado de
«delats», «frontera» y «marina» fueron los apremios de un virrey que ejerció su
cargo en Cataluña pertrechado por una escolta. La primera guardia personal
asignada a un virrey en Cataluña correspondió precisamente al marqués de
Lombay, que fue dotado con 30 alabarderos, con los que no habían contado sus
antecesores en el cargo.25
Más que el bandolerismo en un sentido actual
y jurídico del término, el problema fundamental al que debió enfrentarse el
virrey Borja fue el de una sociedad dividida, enfrentada en luchas de facción.
Las referencias documentales sobre el tema son muy numerosas y bien trabajadas
por una bibliografía abundante. Justamente, nada más jurar el cargo, el virrey
hubo de intervenir en la ciudad de Tortosa, población que describe, en términos
tremebundos, como un nido de bandidos o una «cueva de ladrones» y «amparo de
deservidores» de la monarquía.26 La situación de la ciudad del Ebro era un
reflejo del fenómeno del clientelaje nobiliario, eclesiástico u oligárquico
municipal que resolvía sus conflictos mediante partidarios armados. Un problema
que afectaba por igual a instituciones catalanas, municipios y oficiales
monárquicos.
En gran medida, este estado de cosas era una
pesada herencia de los graves problemas arrostrados por el Principado desde la
crisis bajomedieval, que había sido particularmente severa en las guerras
civiles y sociales del siglo XV. Por su parte, la dinámica de urbanización
(planteada en términos de la fijación de jurisdicciones) de la población
catalana había provocado tensiones entre las nuevas élites urbanas y los
poderes feudales tradicionales del entorno rural.27 A nivel de señores laicos
–fueran familias o colectivos municipales, nuevos poderosos locales o linajudos
feudales– y señores eclesiásticos, estos enfrentamientos se habían recrudecido
en tiempos de Borja. La configuración de estructuras de poder por parte de la
Diputación del General y de la monarquía comenzaba a afectar al mundo de las
parcialidades, al proceder a alineaciones y tomas de posición en los nuevos
ámbitos de decisión por parte de los linajes tradicionales.
En una consideración a largo plazo del
bandolerismo, resulta muy interesante observar que lo que parece a lo largo del
siglo XVI una actividad frenética de la monarquía para legislar la represión de
los bandos no era tampoco un fenómeno tan original, toda vez que muchas
pragmáticas en realidad refrendaban o actualizaban edictos regios previos. No
dejaban de ser recopilaciones de medidas dispersas tomadas anteriormente sobre
la marcha. De este modo, por ejemplo, la obra legislativa de Fernando el
Católico estaba muy presente en el reinado del emperador Carlos V.
En época de Francisco de Borja, tres factores
enquistaban peligrosamente el problema de los bandos. Por una parte, la
trascendencia alcanzada por los dominios señoriales en las primeras décadas del
siglo XVI, que iba limitando los márgenes de actuación de la monarquía y de la
Diputación en el Principado y los Condados. La mayor parte del territorio
quedaba al margen del realengo, con lo que fue necesario ganarse a las
facciones señoriales para pacificar mínimamente Cataluña. Aunque sellar
alianzas entre grandes familias era a menudo crearse nuevos enemigos. Los
pactos eran una puerta abierta a fidelidades, lealtades, patronazgos e
influencias... y a todo lo contrario por parte de los clanes enemistados. Los
desafíos y las guerras privadas estaban a la orden del día y provocaban
numerosos problemas entre crueles carnicerías prolongadas en el tiempo de una
manera atroz, como subrayaba Borja en una carta a Francisco de los Cobos en
1539: «la consiensia no me suffre callar [...] ha habido más de 300 muertos en
Castellbò» y solicitaba inmediatamente medios para que las víctimas «no vengan
a ser 300.000».28
En segundo lugar, bajo el virrey Borja
primaba el factor de proximidad entre poblaciones catalanas y las de otros
territorios de la Corona de Aragón e incluso de la monarquía francesa. Las
comunidades históricas de los Pirineos desconocían los trazos de las divisiones
políticas. De esta forma, la huida de bandidos perseguidos desde el Principado
hacia Aragón o desde los Condados al reino de Francia fue muy habitual. El
proceso de configuración de fronteras fue muy lento y sólo adquirió solidez en
el siglo XVII. La coordinación con el virrey de Aragón fue básica para evitar
inmunidades excesivas a nivel de las huidas territoriales. Lo que caracterizó a
la frontera con la monarquía francesa durante este período fue ante todo la
permeabilidad y la movilidad de poblaciones. Los numerosos inmigrantes
franceses fueron integrándose de un modo natural en la Cataluña coetánea. No
sólo a nivel de los sectores más o menos populares y anónimos, sino que también
fue habitual la presencia de personas de origen occitano en oficios de entidad
pública, como guardas o como oficiales de la Diputación del General, por
ejemplo.29
Durante la primera mitad del siglo XVI, estas
cercanías territoriales no estuvieron interferidas por elementos confesionales.
Pese a que Núria Sales señala que las invasiones francesas sobre los Condados y
el Principado fueron continuas a lo largo del siglo XVI, de 1503 a 1598,
llegando a hablar de «estado de guerra endémico»,30 lo cierto es que el miedo a
una invasión hugonota sólo prevalecerá en la segunda mitad del siglo, por lo
que indican los registros inquisitoriales del Consejo de la Suprema con el
aumento de la vigilancia y de las penas impuestas. Es entonces cuando las
connivencias entre la nobleza montañera catalana y algunos grupos de
protestantes se hace perceptible, no antes. La creación de la guarda del reino
en Cataluña desde 1567, radicalizó este clima social de peligro y alarma,
desencadenando los primeros episodios xenófobos, al propagarse el miedo a las
invasiones luteranas y relacionar los contrabandos de caballos con hugonotes.31
Esta cuestión nos introduce en la tercera
reflexión que queríamos aportar. En las bandosidades catalanas, fueran fruto de
conflictos jurisdiccionales, de contraposición de intereses locales o de un
sentido del honor magnificado por los códigos de conducta de la época, lo que a
la postre resultó más problemático fueron las repercusiones de este «modus
belli gerendi» sobre el entramado institucional del momento. En esta perspectiva,
la proliferación de partidarios armados fue un asunto de orden público que
afectó por igual a poderes centrales y periféricos, y acabó por tener unas
repercusiones cada vez de mayor relevancia desde el momento en que las
facciones comenzaron a establecer acuerdos que las incorporaban al rango de
aliados del virrey, complicidades con las instituciones del territorio
(entiéndase: Diputación del General o cabildos eclesiásticos o municipales) o
con autoridades intermedias como la Real Audiencia o las veguerías. En algunos
casos, las connivencias entre partidarios en Cataluña y altos cargos se
proyectaban incluso en la lejana corte, con personalidades implicadas como
Miquel Mai, el vicecanciller del Consejo de Aragón inmerso en facciones
eclesiásticas por sus intereses en el disfrute y control de rentas vacantes de
monasterios.
El bandido distaba de ser, de este modo, un
personaje marginal. Hasta el extremo que quien pudiera ser el paradigma de
señor bandolero del momento era una personalidad de la relevancia de Lluís
Oliver de Boteller (c. 1487-1556). Infeudado como vizconde de Castellbò en
1528, fue el genearca de un linaje que a lo largo del siglo XVI dio tres
presidentes de la Diputación: Francesc Oliver de Boteller, prior de la Seu y
hermano del vizconde, y los hijos del vizconde el canónigo Pere Oliver de
Boteller y el abat de Poblet Francesc Oliver de Boteller, ya en época más
avanzada. Como en otros casos, lo importante no fue tanto el individuo como su
linaje. De ahí que el matrimonio arrostrara alianzas y enemistades. Oliver se
implicó por sus nupcias con Jerónima de Riquer en las luchas faccionales en
Lleida entre los Riquer y los Rius-Olzinelles.
Las relaciones de los Oliver de Boteller con
el poder fueron cambiantes. Si bien en 1521 el virrey de Valencia Diego Hurtado
de Mendoza logró su ayuda para la represión de los agermanados valencianos, en
época de Borja el poderoso tortosino era una fuente de graves conflictos para
la monarquía.
Por ello, desde el comienzo de su cargo, en
agosto de 1539, el virrey Francisco de Borja llevó a cabo una serie de
actuaciones drásticas para apaciguar las conflagraciones entre los Oliver de
Boteller y otros caudillos. No andaba desencaminado y era premonitorio, pese a
los pocos días que ejercía el poder en el Principado, Borja al escribir que
«para sólo las vellaquerías y passiones de aquel lugar [i. e. Tortosa], es
menester un consejo y un virey». Los acuerdos de paz y tregua arbitrados por
Borja fueron efectivos, junto con el inicio de procesos judiciales.32 Sin
embargo, la vía de la Real Audiencia se mostró repleta de dilaciones y
anomalías. En el caso que nos ocupa, los procesos finalizarían en 1542
estableciéndose el destierro por diez años de Lluís Oliver de Boteller y de
cinco para su hijo Onofre. Cumplieron el destierro en Peñíscola, aunque en 1544
habían regresado a Tortosa.
Sólo mediante esta combinación de medidas de
fuerza y de acuerdos tácticos parecía controlarse el fuego de las bandosidades.
Al menos para lograr un relativo estado de sosiego que acabó siendo valorado
cada vez en mayor medida por la sociedad catalana. Y ésta fue la táctica
habitual del virrey Francisco de Borja, quien la aplicó de manera más
constante, y acabó generalizándose en las décadas posteriores. De forma muy
significativa, uno de los implicados en los acontecimientos descritos fue
Cristòfor Despuig, el autor de los tardíos Col·loquis de la insigne ciutat de
Tortosa. En este libro, el caballero Lúcio, uno de los protagonistas (y que
resulta ser el alter ego de Despuig) es cuestionado por otro personaje, el
valenciano don Pedro, sobre el presunto maltrato que la monarquía daba a los
coronados, esto es, los clérigos tonsurados, en Cataluña. Hay un reproche a
Lúcio porque parece haber perdido su juvenil agresividad frente a la monarquía,
algo que le había dado fama en tiempos pasados. Por el contrario, Lúcio parece
ahora dispuesto a obedecer con docilidad a las autoridades coetáneas y lo
afirma de manera rotunda: «No volem quietar-nos ni tenir en compte ab lo Rey y
menys ab lo Déu». Otro personaje, el ciudadano Fàbio, incisivo en la línea de
don Pedro, le vuelve a reprochar a Lucio que «us he vist de altre parer en
altre temps». Lúcio acaba reconociendo que «lesores predicava ab passió, e la
passió totalment sega». No puede ser ajeno a estos diálogos el que se
sucedieran justo en una Tortosa que vivía un nuevo orden sociopolítico,
posterior a la prisión de los Boteller, que había convertido a los Despuig en
una de las grandes familias del gobierno municipal de Tortosa. No se había producido
ningún fenómeno de encuadramiento ideológico en las filas de la monarquía
española, sino que se trataba de una fidelidad derivada del disfrute del poder
soberano por una élite familiar sobre un territorio, con el beneplácito de las
instituciones virreinales. Las alianzas daban sus frutos de pacificación.33
En esta óptica, la estrategia de acuerdos
familiares entre las élites catalanas patrocinada por el virrey Francisco de
Borja fue constante. Su intervención fue decisiva en el caso del matrimonio de
Enric de Centelles, un personaje que había sido crucial en la pacificación de
los enfrentamientos entre los partidos de las familias Pujades y Sentmenat.
Pero más allá de otros negocios nupciales, algunos de los cuales redundaron a
medio plazo en un recrudecimiento de las luchas de facciones, como el enlace
entre la hija del vizconde de Perelada y el conde de Quirra, en un grado muy
amplio, la política familiar se substanció asimismo en el arreglo de cuestiones
de herencia o patrimonio.34
En cualquier caso, el bandolerismo distaba de
ser un problema resuelto en el Principado. Como realidad integrante de la vida
cotidiana, las parcialidades seguían sin solución ni control posible a fines
del virreinato de Borja. Se podrán rememorar como éxitos del virrey las treguas
alcanzadas, los lances con Antoni Roca, los ajusticiamientos o las detenciones
de capitostes. Pero en mayo de 1543, desde Barcelona, el duque de Alba
solicitaba el envío a Perpiñán de una o hasta dos compañías de caballería
ligera desde Italia, y añadía que como prioridad «podrán servir al virrey de
este Principado para con los de los delados».35 Lo más trascendente fue el
cambio de actitud de la monarquía reflejada en la actitud del virrey. Por vez
primera se legislaba de manera constante sobre la problemática. Pero sobre
todo, gracias a la pericia personal del marqués de Lombay, se lograba diseñar
una estrategia de pacificación de la sociedad catalana que se aplicó de modo
sistemático en la segunda mitad del siglo XVI. Sin poder solucionarse, pues el
faccionalismo representaba una seña de identidad sustancial y vertebradora de
las relaciones estamentales del Principado y los Condados, cuando menos el
grado de conflictividad fue relajándose.
El mar fue el otro gran asunto de gobierno de
Francisco de Borja en su etapa de virrey en Cataluña y los Condados. La
situación mediterránea fue muy variable, pues deparaba desafíos y oportunidades
a la sociedad catalana desde la época medieval. El Mediterráneo había sido
espacio de una expansión política y económica importante por parte de la Corona
de Aragón medieval, cuyas herencias difuminadas aún perduraban en la primera
mitad del siglo XVI. El desafío lo suponía el corsarismo y la piratería
protagonizados por las poblaciones norteafricanas y los navíos otomanos. Aunque
es interesante aclarar la intensidad del fenómeno de la ofensiva costera
musulmana sobre la Cataluña del siglo XVI, no lo es menos recordar sus
complejidades.36
De la misma manera que el bandolerismo era
una cuestión poliédrica y complicada de resolver, en la que el castigo de un
bando o la alianza con otro cualquiera significaba prender una mecha que
incendiaba polvorines diversos y distintos, la defensa del Principado frente a
la piratería marítima suponía también para el virrey inmiscuirse en las redes
de conectividad no beligerante que existían en la época entre Cataluña y el
norte de África. Lo que para Borja pudieron ser connivencias con el enemigo
musulmán, para muchos mercaderes valencianos y catalanes era la simple
prosecución de unos tratos comerciales mantenidos desde generaciones. De la
misma manera, las suspicacias del virrey ante las actividades de redención de
cautivos impulsadas por hombres de negocios o clérigos, demostraba la
deformación que implicaba analizar las comunidades marítimas mediterráneas
desde la óptica de una tradición secular o desde la nueva óptica del
Mediterráneo como espacio militar en la estrategia del Imperio. El peso de los
contactos comerciales introducía distorsiones en la imagen que Francisco de
Borja tuviera de las relaciones con el norte africano, aunque ello no implica
negar la realidad del conflicto militar, ni tampoco que tuviera antecedentes.
Durante la época bajomedieval, la potencia
naval de la Corona de Aragón, al servicio de una política expansiva en el
Mediterráneo occidental, permitió que la población de la zona costera del
Principado permaneciera protegida frente a los ataques exteriores. Cuando se
producían estas incursiones, la propia corona era la responsable del sistema
defensivo articulado en el litoral. En cualquier caso, las escuadras marítimas
participaban en la defensa de forma activa, hasta el punto que habían sido los
reinos musulmanes de la península y del norte de África los que tuvieron que
disponer de sistemas de defensa frente a los ataques cristianos. Las acciones
bélicas a gran escala, sin embargo, en un contexto general, no fueron
consideradas importantes, pues el comercio entre las dos orillas del
Mediterráneo continuó siendo activo y beneficioso para todas las partes.
Dos factores cambiaron esta situación
relativamente favorable a los intereses catalanes a partir del siglo XVI: la
política exterior de Carlos V, que rompió la relativa concordia con los reinos
norteafricanos, y la expansión otomana, que poco a poco, de forma directa o
indirecta, fue anexionándose la ribera magrebina. En esta dinámica se acabó
produciendo la paradoja de que la flota cristiana fuera más poderosa lejos de
sus costas (como manifiestan los ataques a las plazas fuertes del norte de
África) que en el litoral peninsular. Hasta el punto que la defensa frente a
los ataques corsarios y de piratas quedó en manos de los poderes locales, por
la incapacidad de medios del poder regio para defender a sus propios súbditos
de forma centralizada o coordinada. Los habitantes de la costa acabaron siendo
los organizadores de esta autodefensa. Es un aspecto muy interesante que nos
remite a nuestras reflexiones sobre las realidades del ejercicio del poder y
del gobierno por parte de los virreyes en la Cataluña del siglo XVI. Como en el
caso del bandolerismo, Francisco de Borja no se valió tanto de la autoridad
como del aprovechamiento de las dinámicas e inercias propias del mundo catalán,
que ofrecían instrumentos eficaces de remedio de conflictos.
Hoy día contamos con bastantes noticias
respecto a las pragmáticas y actuaciones virreinales frente a los ataques, así
como una cronología de las razzias y los daños provocados, pero nos faltan
estudios más precisos sobre la piratería en su dimensión más cotidiana, más
social. Por el momento se ha puesto el acento sobre las estrategias de
fortificación del litoral catalán, según el modelo valenciano de las torres, en
una opción clara por la defensa pasiva. Sin embargo, son informaciones que
sobre todo reflejan excepcionalidades, ya sea por la envergadura de los ataques
o por la importancia de las poblaciones implicadas. Otras investigaciones más
localizadas geográficamente, como las efectuadas sobre la comarca barcelonesa
del Maresme, nos muestran un desarrollo distinto de los acontecimientos. Si sus
resultados son generalizables, dentro de su coherencia archivística, la
estrategia no pasó por la construcción de torres ni por la huida, sino por la
lucha de los paisanos que vigilaban y acudían a las orillas para enfrentarse a
los enemigos, actuando colectivamente mediante las tácticas tradicionales de
milicias populares, como el «sometent» o las «colles».37 Esta implicación desde
abajo en la defensa del territorio se explicaría en función de las debilidades
intrínsecas de la administración virreinal.
A nivel de la alta política, los avances en
el Mediterráneo se encaminaron a conseguir la seguridad ante la acometida del
mundo islámico (representado por los espacios otomano y berberisco), lo que
rayó en lo imposible cuando al infiel se alió alguna otra potencia cristiana,
como fue el caso de Francia. En los años anteriores a la llegada de Borja al
Principado, los ataques franceses ya eran habituales, dificultando el paso por
el Mediterráneo occidental.38 En mayo de 1543, el duque de Alba reconocía que
sin las galeras italianas, las costas del Principado quedaban «arbitrio y
voluntad de los enemigos [...] mayormente si las velas de corsarios y las de
Argel se juntasen con las francesas». Sin el concurso de las galeras genovesas,
el peligro era mayúsculo.39
Esta imagen de falta de medios de defensa
acabó presentando al Principado como un espacio marítimo asediado. El
definitivo basculamiento de una opción ofensiva a otra ofensiva en Cataluña fue
evidente, y no tuvo marcha atrás después del fracaso de la expedición del
emperador a Argel de otoño de 1541.
Sin embargo, como en el caso del
bandolerismo, debemos plantear matices. Sabemos que hay un punto de exageración
en la presentación del Mediterráneo de la primera mitad del siglo xvi como un
espacio de conflicto permanente. Historiográficamente conviene analizarlo como
un ámbito de fronteras tan poco definidas como las terrestres, con grandes
conectividades a través de densas redes de comunicación entre los distintos
territorios ribereños. Del mismo modo, los objetivos del expansionismo otomano
no estuvieron fijados y fueron variando a lo largo del dilatado gobierno de
Solimán el Magnífico. Hubo estrategias periféricas del mundo turco que pasaron
por maniobras de aproximación y no tanto de conflicto, al margen de otras
motivaciones no estrictamente planteadas en términos de rivalidad religiosa.40
Algunas contribuciones recientes nos
muestran, sobre todo, una imagen de coexistencia transnacional de identidades y
religiones a escala mediterránea que desafían cualquier categorización:
mercaderes, embajadores, expulsados, renegados, marinos, cautivos o
traductores... fueron muy numerosos los sujetos que surcaron las distintas
rutas mediterráneas. Se han acabado por diluir las nociones opuestas y radicales
de Este-Oeste, Norte-Sur, Musulmán-Cristiano.41 Del mismo modo, las relaciones
mantenidas oscilaron entre la paz del negocio mercantil –algo que irritaba
especialmente a Francisco de Borja, quien denunció reiteradamente en sus
informes y correspondencias las connivencias de hombres de negocios catalanes y
valencianos en sus tratos comerciales con Argel (calificados de «avisadores de
moros» y «espías»)– y los episodios bélicos –manifestados, más que a través de
grandes batallas o de las incursiones costeras, sobre todo a través del asunto
de la esclavitud.
La captura de población catalana por los
corsarios y su posterior esclavización merece ser puesta en su contexto
mediterráneo. En conjunto, las cifras demográficas son sorprendentes y
convierten al fenómeno en cotidiano. Se trata de números importantes: entre
1500-1800, casi 1.000.000 de europeos esclavizados por el mundo musulmán, según
los trabajos de Robert C. Davis. Según Salvatore Bono, sólo para Italia, en
época moderna, entre 90.000 y 120.000 serían los musulmanes cautivos.42 Sin
olvidar, claro está, pese a cualquier reparo ético, su contrapartida cristiana,
o particularmente catalana y valenciana en la época.43 En relación con ello, en
época de Francisco de Borja siguieron practicándose operaciones de rescate de
cautivos por parte del Occidente cristiano. Prácticas económicas, en un grado
mayor que religiosas, que articulaban unas redes comerciales nada desdeñables
entre Cataluña y el norte de África, protagonizadas por hombres de negocios así
como por frailes de órdenes religiosas especializadas como trinitarios y
mercedarios. Que, obnubilado por el poder turco, Francisco de Borja considerara
estas operaciones como actividades encubiertas de piratería, es otra cuestión.
Un asunto que debemos poner de relieve, pues significaba presentar prácticas
cotidianas como anomalías que necesitaban de remedio. En esta distorsión de
perspectivas radicaron muchos malentendidos del período, que vieron conflictos
donde sólo existían tratos y negociaciones.44
En la perspectiva de la celebración del
centenario de su nacimiento, las actuaciones del marqués de Lombay como virrey
de Cataluña siguen siendo motivo de interpretaciones variadas, cuando no
confrontadas. Podríamos resumirlas, en sus características más distintivas,
haciendo referencia a dos autores que abordaron la trayectoria biográfica de
Francisco de Borja, William Stirling Maxwell45 y Cyril Ch. Martindale,46
estableciendo de este modo dos paradigmas interpretativos. O un Francisco de
Borja hábilmente adaptado a la realidad estamental del momento, que supo
valerse de las aspiraciones de poder de las élites territoriales catalanas, o
un virrey defensor a ultranza de un centralismo monárquico primigenio,
enfrentado de manera permanente a las autoridades del Principado. Lo cierto es
que, más allá de este ejercicio retórico, ambos posicionamientos son
apreciables en los desarrollos historiográficos más recientes. Trabajos como
los de Enrique García Hernán presentan un balance favorable en sus conclusiones
sobre la obra de gobierno de Borja en el Principado. Las decisiones políticas
de Borja estuvieron caracterizadas por su flexibilidad, con lo que logró aunar
voluntades y establecer consensos de gobierno.47 Àngel Casals abandera una
postura contraria, presentando al virrey como antecedente del absolutismo regio
frente a los poderes de la tierra, como generador de unas tensiones que ya no
abandonaron el Principado y que fueron agravándose en las décadas posteriores.
Francisco de Borja aparece como una primera espada del divorcio entre Cataluña
y el Imperio que caracterizaría gran parte de la época moderna. No obstante, a
Jordi Buyreu le resulta difícil encontrar en la etapa del marqués de Lombay los
elementos larvados del conflicto que señala Àngel Casals. Para Buyreu, las
desavenencias entre Principado y monarquía comenzarían con posterioridad al
virreinato de Borja.48
Por nuestra parte, en nuestra aproximación
muy parcial, creemos que las cuestiones desarrolladas a lo largo de este
artículo permiten alguna conclusión al respecto. El ejercicio del autoritarismo
monárquico no fue posible durante la etapa de Borja como virrey. Las
estrategias de gobierno de Borja supusieron ante todo un aprovechamiento en
conciencia de las posibilidades de resolución de conflictos que aportaba la
propia dinámica catalana. La originalidad de Francisco de Borja estribó en su
insistencia en abordar el bandolerismo de manera sistemática, apelando a golpes
de fuerza y a consensos, pero sin dar cuartel a los grupos de poder implicados.
Francisco de Borja elevó al bandolerismo a problema de primera índole de
gobierno. Pese a todo, el problema fue agravándose durante la segunda mitad de
siglo, no tanto por la eficacia o incompetencia de los virreyes, sino por el
hecho que el bandolerismo acabó pasando de ser un problema social a ser un
problema político, ya que las élites fueron incorporándose a las estructuras
políticas de la monarquía y de la Diputación del General, trasladando a esos
espacios sus relaciones de clientela y sus conflictividades. Por ello no
podemos presentar el bandido catalán de época de Borja en clave del
bandolerismo de la segunda mitad del siglo. Ni tampoco podemos analizar el
corsarismo únicamente en referencia a la agresividad berberisca u otomana, no
cabe olvidarlo.49
Hay una originalidad en los procedimientos o
actuaciones de Borja durante este período, quien se mantiene en una línea de
gobierno coherente. Está fuera de toda discusión su conocimiento de los
problemas que afectaban a Cataluña y de las maneras propias de resolverlos.50
Cataluña no sólo podía gobernarse con mano militar, sino que fundamentalmente
debían aprovecharse los enfrentamientos intestinos, reconocer los poderes
informales del mundo de la clientela y la facción.51
Al acabar su gobierno, el balance de la labor
desempeñada por el virrey don Francisco de Borja y de Aragón durante los tres
años, tres meses y once días de su mandato es ambiguo y adquiere tonos
claroscuros. No puede negarse que a su ida persistían los mismos episodios
constantes de bandolerismo y piratería que sacudían al mundo catalán del
momento. Formaban parte de su natural estructura socioeconómica y política, y
la tendencia fue a su encono en la segunda mitad del siglo xvi. Con un
agravamiento fundamental, desde el momento en que el bandolerismo iría
ampliando su radio de acción e influencia, gracias a la integración de los
facciosos y sus secuaces en las instituciones de poder de la monarquía y de la
Diputación del General, hasta devenir un problema de «alto gobierno».52
En las cuestiones del bandido y del pirata, y
en otros muchos ámbitos de la administración catalana, Borja parece que sigue
los mecanismos resolutivos habituales: las cartas de la represión barajadas con
la contemporización y las alianzas. Pero también innova por hacerlos constantes
y sistemáticos, aunque los resultados deban ser considerados a medio plazo.
Quizá en el mismo plazo que las pragmáticas contra el desorden público, que una
y otra vez repiten y resumen las legislaciones precedentes. Las propuestas por
Francisco de Borja de destierro sistemático de los cabecillas de las
bandosidades, su insistencia en que era preciso implicar a las instituciones
catalanas en la persecución de las facciones, así como en la política de
defensa marítima y terrestre del Principado, tienen precedentes, pero sobre
todo consecuencias futuras en su aplicación.
Con todo, parecería que la actuación de
Francisco de Borja como virrey le otorgó ante todo capital simbólico al futuro
santo, mientras que su incidencia efectiva sobre una sociedad catalana
intrínsecamente violenta fue mucho menor. Pero debemos insistir en su capacidad
de anticipación al esbozar las líneas que marcaron pautas políticas futuras.
Sus apologistas de la Nueva España de 1672 lo
presentaron en su etapa de virrey como un nuevo Hércules, sobrepuesto a
bandidos y piratas sobrecogedores. Quizá fuera mejor otra analogía que lo
presentara como un nuevo Justiniano que dotó a la monarquía de hábiles
directrices de ejercicio del poder en la Cataluña del siglo xvi. Una suma de estrategias,
sin embargo, que distó de ser reconocida en el corto plazo de un tiempo marcado
por el viraje carolino que parecía alejar cada vez más al Mediterráneo de las
prioridades del Imperio.
Frente a los éxitos a largo plazo de su
estrategia de sometimiento del bandolerismo, las consecuciones de la actuación
del virrey frente a la cuestión del acoso mediterráneo fueron menos exitosas.
Las actuaciones de Borja en este terreno chocaron con la paulatina relegación
del Mediterráneo como espacio estratégico del Imperio. Hay una coincidencia
cronológica entre el gobierno de Borja en el Principado y la decisión por parte
del emperador de primar la guerra contra el protestantismo a nivel del
continente europeo.53 El cambio estuvo motivado por la imposibilidad de
simultanear operaciones militares de envergadura en frentes tan diversos como
el Mediterráneo, el norte de África, Italia, Flandes, el mar del Norte, el
océano Atlántico, el Nuevo Mundo o el Imperio alemán. La calamidad de Argel en
1541 fue determinante para el viraje escapista del emperador. El emperador
había asumido, como escribiera Prudencio de Sandoval, la empresa africana en
términos apocalípticos. Y el fracaso le hundió personalmente.54 Carlos V optó
por primar un imperio unido en una sola fe. Siguiendo el patrón de las
analogías clásicas, quiso actuar a la manera del Constantino cristianizador del
Imperio, rechazando de plano convertirse en un nuevo Escipión el Africano. Sus
decisiones acabarían afectando al papel de sus procónsules locales, como Francisco
de Borja, virrey de Cataluña entre 1539 y 1541.
Bernat Hernández
Universitat Autònoma de Barcelona
|
1.Una fuente poco consultada, pero que
subraya este perfil de caballero cristiano en paralelo al ilustre capuchino
que abanderó los ejércitos de la Liga católica contra los protestantes
franceses, es el diálogo de difuntos entre el capuchino Ange de Joyeuse y el
jesuita Francisco de Borja, que se encuentra en el Lucien en belle humeur ou
Nouvelles conversations des morts, II, Amsterdam: Chez Antoine Michiels,
1694, pp. 401-430. Una biografía esquemática muy precisa en esta doble faceta
del santo gobernador, la proporciona para el período que nos atañe Gabriel
Zelpo Serana, Compendio de la vida, virtudes, santidad y milagros de San
Francisco de Borja, Madrid: José Fernández de Buendía, 1671, pp. 2-7. 2. Anónimo, Los quatro libros del
valerossísimo cavallero Félix Magno, hijo del rey Falangris de la Gran
Bretaña y de la reina Clarine, I, edición de Claudia Demattè, Alcalá de
Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 2001, pp. 2-4. Éste fue uno de los
libros que escapó de la quema del corral de don Quijote. 3. Cf. Marta Lilia Tenorio, «Sobre la justa
poética del Festivo aparato (1672)», en De amicitia et doctrina. Homenaje a
Martha Elena Venier, Luis Fernando Lara, Reynaldo Yunuen Ortega y Martha
Lilia Tenorio (eds.), México: El Colegio de México, 2007, pp. 363-384. 4. Félix Amat, Tratado de la Iglesia de
Jesucristo, o Historia eclesiástica, XI, Madrid: Imprenta de Benito García y
Compañía, 1807, 2ª ed., p. 243: «Gobernó el Principado conforme a su gran
pureza de conciencia, y temor de Dios: limpió la tierra de bandidos: velaba
sobre los jueces, y les daba exemplo en el agrado de oír hasta los pobres, y
en la rectitud en hacer justicia». 5. Juan Eusebio Nieremberg, Vida de San
Francisco de Borja, Madrid: Apostolado de la Prensa, 1901, pp. 65-66;
Henri-Marie Boudon, Le regne de Dieu en l’oraison mentale, Bruselas: De
Leeneer, 1700, p. 190; Alphonse de Ligori, Recueil de textes et de pensées
sur les devoirs des écclésiastiques, Turín: Chez Hyacinthe Marietti, 1827, p.
276. El mismo Ligori subraya las prácticas de penitencia diaria de Borja
durante sus años de virreinato (ibidem, pp. 167 y 262). 6. Aurelio Espinosa, The Empire of the Cities.
Emperor Charles V, the Comunero Revolt, and the Transformation of the Spanish
System, Londres; Leiden; Colonia: Brill, 2009; James D. Tracy, Emperor
Charles V, Impresario of War. Campaign Strategy, International Finance, and
Domestic Politics, Cambridge: Cambridge University Press, 2002. Un buen apunte sobre el fenómeno del bandolerismo como
inseguridad a nivel europeo, y no exclusivamente mediterráneo, es el de Luigi
Monga, «Crime and the Road. A survey of sixteenth-century travel journals»,
Renaissance and Reformation / Renaissance et Réforme, XXII/2 (1998), pp.
5-17. 7. A las que habría de añadirse las
limitaciones propias del cargo de virrey, que, en el caso del nombramiento
del marqués de Lombay, se explicitaron muy concretamente. Cf. Jesús Lalinde
Abadía, La institución virreinal en Cataluña (1471-1716), Barcelona:
Instituto Español de Estudios Mediterráneos, 1964, pp. 300-301. Aporta datos
de interés también Josefina Mateu Ibars, «Notas sobre la historiografía de
los virreinatos de Cataluña y otros de la Corona de Aragón (1954-1984)», en
Actes del Primer Congrés d’Història Moderna de Catalunya, 2, Barcelona:
Universitat de Barcelona, 1984, pp. 65-68. 8. Joan Reglà, Els virreis de Catalunya,
Barcelona: Teide, 1958, p. 17. 9. Lalinde Abadía, La institución
virreinal..., p. 405. 10. Jordi Günzberg Moll, «Origen,
desarrollo y extinción de un derecho histórico en Cataluña: el derecho de
extranjería», Ius Fugit, 15 (2007-2008), pp. 175-198. 11. Duque de Alba, Epistolario del III
duque de Alba, Don Fernando Álvarez de Toledo, 1536-1567, I, Madrid: Duque de
Alba, p. 29: del duque de Alba al emperador, desde Barcelona, 9 de mayo de
1543. 12. Pedro Blanco, El virreinato de San
Francisco de Borja en Cataluña, Barcelona: Apostolado de la Buena Prensa, p.
19. 13. Lalinde Abadía, La institución
virreinal..., pp. 410-411. 14. Blanco, El virreinato..., pp. 11-12. 15. MHSI Borgia, I, pp. 586-587: carta de
la duquesa de Lombay a Francisco de los Cobos (6 de septiembre de 1544). Cf.
las notas del editor. 16. «Pago yo cada mes de mis dineros, a lo
qual no podrá abastar mi hazienda mucho tiempo, según está cara esta tierra;
mas no puedo dexar de dezillo, por lo que cumple al servicio de Vuestra
Majestad» (MHSI Borgia, II, pp. 11-12: carta al emperador, 27 de agosto de
1539). 17. AGS, Estado, leg. 270, doc. 36. La
insistencia de la documentación sobre los altos precios catalanes en
comparación con Castilla entre 1530-1540 es muy destacable (ibidem, doc. 95).
En general, para las cuestiones financieras y hacendísticas del siglo xvi
catalán, cf. Bernat Hernández, Fiscalismo y finanzas en la Cataluña moderna,
Barcelona: Taller de Estudios de Historia de España e Hispanoamérica, 2003. 18. AGS, Estado, leg. 271, doc. 105. 19. AGS, Estado, leg. 280, doc. 24; aunque
a estas solicitudes contesta el marqués de Lombay que en Cataluña «todo está
vendido y la esterelidad de la tierra lo tiene tal que es harto haver dinero
para mantenerse los hombres» (1 de mayo de 1541). 20. AGS, Estado, leg. 283, doc. 42. A las
quiebras sicilianas siguieron bancarrotas en Génova, Besançon, Roma, Nápoles
y Flandes, que hicieron perder crédito a importantes banqueros genoveses de
Barcelona, que vieron como nadie aseguraba sus créditos (ibidem, doc. 130).
Cf. también Enrique García Hernán, MHSI Borgia, VI, pp. 507-508: carta de
Carlos V al marqués de Lombay (17 de febrero de 1542). 21. AGS, Estado, leg. 283, doc. 147. 22.
AGS, Estado, leg. 289, doc. 114; el proveedor Francisco Duarte concertó los
cambios con un interés del 10% y, para mayor seguridad de los mercaderes,
consignó su reintegro sobre la tesorería general de Castilla. 23. Duque de Alba, Epistolario, I, p. 9:
carta del duque de Alba al monarca (Cartagena, 20 de septiembre de 1541). 24.
Al respecto, abordan estos asuntos en el marco general, Àngel Casals,
L’Emperador i els catalans. Catalunya a l’imperi de Carles V (1516-1543),
Granollers: Editorial Granollers, 2000. Por su parte, Enrique García Hernán
cuenta con aportaciones señeras a Francisco de Borja, de las que mencionamos
solamente las páginas recientes que dedicó a su etapa como virrey de Cataluña
en MHSI Borgia, VI, pp. 69-77. 25. Lalinde Abadía, La institución
virreinal..., p. 225. 26. MHSI Borgia, II, pp. 4-5: carta al
emperador del 27 de agosto de 1539. 27. Para una perspectiva amplia, debe
consultarse el libro de Albert García Espuche, Un siglo decisivo. Barcelona y
Cataluña, 1550-1640, Madrid: Alianza editorial, 1998. 28. MHSI Borgia, VI, p. 28: carta a
Francisco de los Cobos (9 de diciembre de 1539). 29. La lista recopilada oficialmente de
«gascons» y «gavatxos» de 1541-1542 es significativa de estas cuestiones; cf.
Joan Peytaví, Catalans i occitans a la Catalunya moderna (Comtats de Rosselló
i Cerdanya, s. xvi-xviI), Barcelona: Òmnium Cultural, 2005. 30. Núria Sales, Els segles de decadència
(segles xvi-xviII), Barcelona: Edicions 62, 1989. 31. Resultan básicos los trabajos de Xavier
Torres, Nyerros i cadells. Bàndols i bandolerisme a la Catalunya moderna,
1590-1640, Barcelona: Reial Acadèmia de Bones Lletres de Barcelona, 1993, y
Els bandolers, segles xvi-xviI, Vic: Eumo, 1991. 32. En general, para el mantenimiento del
orden público y la lucha contra el bandidaje, es muy orientativo Lalinde
Abadía, La institución virreinal..., pp. 337-348. Un ejemplo proverbial del
uso de este mecanismo por parte de Francisco de Borja puede verse en la carta
del marqués de Lombay al emperador del 10 de julio de 1541; transcrita en
MHSI Borgia, VI, pp. 465-466. 33. Enric Querol Coll, «Cristòfol Despuig i
les bandositats tortosines de mitjan segle xvi», Recerca, 9 (2005), pp.
19-37. 34. García Hernán (ed.), MHSI Borgia, VI,
pp. 74-75, 465-466 (carta del marqués de Lombay a Carlos V, 17 de enero de
1542) y 501-502 (carta del marqués de Lombay a Carlos V, 30 de enero de
1542). 35. Duque de Alba, Epistolario, I, pp.
23-24: al emperador, desde Barcelona, 5 de mayo de 1543. 36. «No se trata de una guerra, en el
sentido convencional del término, sino de una guerrilla, menos espectacular
pero más persistente», escribe Emilia Salvador Esteban, «La Valencia en la
que vive san Luis Bertrán», en Corrientes espirituales en la Valencia del
siglo xvi (1550-1600), Valencia: Facultad de Teología San Vicente Ferrer,
1983, p. 35. Esta autora aporta un panorama socioeconómico espléndido,
fácilmente aplicable al ámbito catalán. 37. Joan Cerdà Hospital; Josep Tresseras
Basela, «Legislació sobre les guaites de la Universitat de Sant Andreu i Sant
Vicenç de Llavaneres», Pedralbes, 13/1 (1993), pp. 589-594; Olga Martín;
Ernest Gallart, «Els sistemes defensius de la costa catalana contra la
pirateria i el corsarisme», Manuscrits, 7 (1988), pp. 225-240. 38. Carta de Fernando Álvarez de Toledo,
III duque de Alba, al rey (Marsella, 7 de octubre de 1536), reproducida en
Duque de Alba, Epistolario, I, p. 2. 39. Ibidem, I, pp. 24-25: del duque al
emperador (Barcelona, 5 de mayo de 1543). Se reiteran los términos en la
carta del duque al emperador desde Barcelona, el 8 de mayo de 1543 (ibidem,
p. 27). 40. Rhoads Murphey, «Süleyman and the conquest of
Hungary. Ottoman manifest destiny or a delayed reaction to Charles V’s
universalist vision», Journal of Early Modern History, 5/3 (2001), pp.
197-221; Miguel F. Gómez Vozmediano; José A. Martínez Torres, «Entre dos
mundos. Las relaciones diplomáticas
hispano-musulmanas durante la edad moderna. Una breve síntesis», Espacio,
Tiempo y Forma. Historia moderna, 21 (2008), pp. 13-26; José A. Martínez
Torres, «Un Mediterráneo en movimiento. Esclavos y comercio en el continente
africano (siglos xvi, xvii, xviii)», Historia y Política, 20 (2008), pp.
213-235. 41. Cf. Monique O’Connell, «The Italian Renaissance
in the Mediterranean, or, Between East and West. A Review Article»,
California Italian Studies Review, 1/1 (2010), versión digital. 42. Jarbel Rodríguez, Captives and their Saviors in
the Medieval Crown of Aragon, Washington, D. C.: Catholic University of
America Press, 2007; Robert C. Davis, «The Geography of Slaving in the Early
Modern Mediterranean, 1500-1800», Journal of Medieval and Early Modern
Studies 37 (2007), pp. 57-74; Salvatore Bono, Schiavi musulmani nell’Italia
moderna, Nápoles: Edizioni Scientifiche Italiane, 1999. 43. Cf. Debra Blumenthal, Enemies and Familiars.
Slavery and Mastery in Fifteenth-Century Valencia, Nueva York: Cornell
University Press, 2009, pp. 2-6. 44. Cf. James W. Brodman, «Community, identity and
the redemption of captives. Comparative
perspectives across the Mediterranean», Anuario de Estudios Medievales, 36/1
(2006), pp. 241-252; Iván Armenteros Martínez, «Un caso de reestructuración
de redes comerciales: el mercado de esclavos de Barcelona entre 1472 y 1516»,
comunicación al IX Congreso de Historia de la Ciudad de Barcelona, diciembre
de 2009, versión digital. Para la dimensión religiosa del asunto de los
redentores, cf. Bruce Taylor, Structures of Reform. The Mercedarian Order in the
Spanish Golden Age, Leiden; Boston; Colonia: Brill, 2000. 45. William Stirling-Maxwell, The Cloister Life of
the Emperor Charles the Fifth, Londres: J. W. Parker, and Sons, 1852, pp.
52-56; elevado al rango de los Mendoza y los De Lannoys. 46. Cyril Ch. Martindale había anticipado esta
conclusión: «Borgia naturally had come to hold the dogma of centralization
and of Imperial absolutism to be the corner-stone of government; and no Pliny
writing to his Trajan could have been more minute and scrupulous than he»
(Cyril Ch. Martindale, In God’s army, II: Captains of Christ: St. Francis
Borgia, St. John Francis Regis, St. Peter Claver, Londres: R. & T.
Washbourne, 1917, pp. 19-20). 47. Enrique García Hernán, «Francisco de
Borja, virrey de Cataluña, 1539-1543», en Congreso internacional Carlos V y
la quiebra del humanismo político en Europa (1530-1558), 2, Madrid: Sociedad
Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V,
2001, p. 354. 48. Casals, L’emperador i els catalans;
Jordi Buyreu, Institucions i conflictes a la Catalunya moderna, Barcelona:
Rafael Dalmau, 2005. 49. Y hacernos eco, en gran manera, del
mito de la «gran conspiración» que marcó las relaciones entre el mundo
islámico y el mundo hispánico a lo largo del siglo xvi; cf. las
puntualizaciones de Francisco Márquez Villanueva, «El mito de la gran
conspiración morisca», en Religion, identité et sources documentaires sur les
morisques andalous, II, Abdeljelil Temimi (ed.), Túnez: Institut Supérieur de
Documentation, 1984, pp. 267-284. 50. Cf. el «Memorial del marqués de Lombay.
Lo que parece que se debe tratar en las cortes» (abril de 1542), transcrito
en MHSI Borgia, VI, pp. 525-530. 51. Francisco de Borja a Francisco de los
Cobos, 5 de mayo de 1540; transcrita en MHSI Borgia, II, p. 64. 52. Cf. Xavier Torres, «Les bandositats de
Nyerros i Cadells a la Reial Audiència de Catalunya (1590-1630): “Policía o
Alto gobierno”?», Pedralbes, 5 (1985), pp. 147-171. 53. Aurelio Espinosa, «The grand strategy of Charles
V (1500-1558). Castile, war, and dynastic priority in the Mediterranean»,
Journal of Early Modern History, 9/3 (2005), pp. 239-283; Michael J. Levin,
«A New World Order. The Spanish campaign for precedence in early modern
Europe», Journal of Early Modern History, 6/3 (2002), pp. 233-264. 54. «Porque desde el estrecho de Mecina,
hasta el de Gibraltar, ninguno de la parte de Europa, sino eran franceses
(que llevaban en esto otro camino y amparo) pudieran tener comida ni sueño
seguro de los que vivían en las riberas del mar» (Prudencio de Sandoval,
Historia del Emperador Carlos V, rey de España, 6, Madrid: La Ilustración,
1847, p. 152). Augustin Redondo, «Los españoles y la conciencia europea en la
época de Carlos V», en idem, Revisitando las culturas del Siglo de Oro.
Mentalidades, tradiciones culturales, creaciones paraliterarias y literarias,
Salamanca: Universidad de Salamanca, 2007, pp. 17-28. |
https://www.elsborja.cat/borja/wp-content/uploads/revista-borja/rb04-11hernandez.pdf
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