HISTORIA
DE LA IGLESIA CATÓLICA
ÉPOCA
NACIONALISTA EUROPEA
CRISIS
DE LA CRISTIANDAD, NACIONALISMOS INCIPIENTES
(1303-1417) (1)
PAPA
CLEMENTE V
(BERTRAND
DE GOT.) Nacido en Villandraut en Gascoña, Francia en 1264; muerto en
Roquemaure el 20 de abril de 1314. Fue elegido el 5 de Junio de 1305, en
Perugia, como sucesor de Benedicto XI, luego de un cónclave de once meses, cuya
extensa duración se debió a las facciones francesas e italianas entre los
cardenales. Diez de los quince cardenales votantes (en su mayoría italianos) lo
eligieron. El relato de Giovanni Villani (Hist. Florent. VIII, 80, in Muratori,
SS. RR. Ital., XIII, 417; cf. Raynald, Ann. Eccl., 1305, 2-4) sobre una
decisiva influencia de Felipe el Hermoso, y la conferencia secreta del nuevo
papa con él, y abyectas concesiones a ese rey en el bosque de
Saint-Jean-d’Angély, carece de valor histórico; por otra parte, los cardenales
deseaban complacer al poderoso rey de Francia a quien el difunto Benedicto XI
se había visto obligado a apaciguar con notables concesiones, y no es
improbable que el rey y el futuro papa hayan llegado a tal clase de
entendimiento. Como Arzobispo de Bordeaux, Bertrand de Got era realmente
súbdito del Rey de Inglaterra, pero desde la temprana juventud había sido amigo
personal de Felipe el Hermoso. No obstante, había permanecido fiel a Bonifacio
VIII.
El
nuevo papa venía de una distinguida familia. Un hermano mayor había sido
Arzobispo de Lyon, y muerto en 1297 como Cardenal-Obispo de Albano y legado
papal en Francia. Bertrand estudió artes en Toulouse y derecho canónico y civil
en Orléans y Bolonia. Había sido sucesivamente canon en Bordeaux, vicario
general del Arzobispo de Lyon (su hermano mencionado), capellán papal, Obispo
de Comminges bajo Bonifacio VIII, y finalmente Arzobispo de Bordeaux, entonces
un cargo difícil debido al persistente conflicto entre Inglaterra y Francia por
la posesión de Normandía.
Los
cardenales le suplicaron encarecidamente venir a Perugia y de ahí ir a Roma
para su coronación, pero él les ordenó viajar a Lyon, donde fue coronado (14 de
noviembre de 1305) con gran pompa en presencia de Felipe el Hermoso. Durante la
procesión pública acostumbrada, el papa fue arrojado de su caballo por un muro
que se derrumbó; uno de sus hermanos fue muerto en aquella ocasión, también el
anciano Cardenal Matteo Orsini quien había tomado parte en doce cónclaves y
había conocido trece papas.
La
joya más preciosa de la tiara papal (un rubí) se perdió ese día, incidente
interpretado proféticamente por historiadores alemanes e italianos, y el día
siguiente otro hermano fue asesinado en una riña entre sirvientes del nuevo
papa y criados de los cardenales. Por algún tiempo (1305-1309), el Papa
Clemente residió en diferentes lugares en Francia (Bordeaux, Poitiers,
Toulouse), pero finalmente ocupó su residencia en Avignon, entonces feudo de
Nápoles, aunque dentro del Condado de Venaissin que desde 1228 reconoció al
papa como soberano (en 1348 Clemente VI compró Avignón por 80.000 gulden de oro
a Joanna de Nápoles). Un gran cariño por su nativa Francia y un miedo
igualmente influyente de las condiciones cuasi-anárquicas de Italia, y en
particular de los Estados de la Iglesia y la ciudad de Roma, lo llevaron a esta
fatídica decisión, a través de la cual se expuso a la dominación de un
gobernante civil (Felipe el Hermoso), cuyos objetivos inmediatos eran una
monarquía francesa universal y la humillación solemne del papa Bonifacio VIII
en represalia por la valerosa resistencia de éste a la astucia, violencia y
usurpaciones de Felipe (Hergenröther).
Estados
de la Iglesia
El
gobierno de los Estados de la Iglesia fue confiado por Clemente a una comisión
de tres cardenales, mientras en Espoleto su propio hermano, Arnaud Garsias de
Got, ocupaba el puesto de vicario papal. Giacomo degli Stefaneschi, un senador
y jefe popular, gobernaba dentro de la ciudad en una forma permisiva y
personal. La confusión y la anarquía eran frecuentes, debido al implacable odio
mutuo entre los Colonna y los Orsini, la tradicional turbulencia de los
romanos, y los conflictos airados frecuentes entre el pueblo y los nobles,
condiciones que habían venido empeorando a través del siglo trece y finalmente
habían conducido incluso a los papas italianos a fortalezas exteriores tales
como Viterbo, Anagni, Orvieto, y Perugia.
Ninguna
ilustración más gráfica de las condiciones locales en Roma y en el Patrimonio
de Pedro podría pedir que la descripción de Nicolás de Butrinto, el
historiógrafo del emperador Enrique VII, en su fatídica expedición romana de
1312 (2)
Entre
los infortunados eventos romanos del reinado del papa Clemente estuvo la
conflagración del 6 de mayo de 1308, que destruyó la iglesia de San Juan de
Letrán, pronto reconstruida, sin embargo, por los romanos con la ayuda del
papa. Clemente no vaciló en poner a prueba las conclusiones de la guerra con el
estado italiano de Venecia que se había aprovechado injustamente de Ferrara, un
feudo del Patrimonio de Pedro.
Cuando
la excomunión, interdicción, y una prohibición general de todas las relaciones
comerciales fracasaron, él proscribió a los venecianos, y provocó que se
predicara una cruzada contra ellos; finalmente su legado, Cardenal Pélagrue,
derrocó en una tremenda batalla a los arrogantes agresores (28 de Agosto de
1309). El vicariato papal de Ferrara fue entonces conferido a Roberto de
Nápoles, cuyos mercenarios catalonianos, sin embargo, eran más odiosos para la
gente que los usurpadores venecianos. En todo caso, las potencias más pequeñas
de Italia habían aprendido que ya no podrían despojar impunemente la herencia
de la Sede Apostólica.
Proceso
de Bonifacio VIII
Casi de
inmediato el Rey Felipe demandó del nuevo papa una condenación formal de la
memoria de Bonifacio VIII; solo así podría ser aplacado el odio real. El rey
quería que el nombre de Bonifacio fuese retirado de la lista de papas como un
hereje, sus restos desenterrados, quemados, y las cenizas esparcidas al viento.
Clemente buscó evitar esta acción odiosa y vergonzosa, en parte por retardo, en
parte por nuevos favores al rey; renovó la absolución concedida al rey por
Benedicto XI, creó nueve cardenales franceses de un grupo de diez, restauró a
los cardenales Colonna sus lugares en el Sacro Colegio, y entregó al rey
títulos de propiedad de la iglesia por cinco años.
Finalmente,
retiró la Bula “Clericis Laicos”, aunque no la legislación anterior sobre la
cual se basaba, y declaró que la Bula doctrinal “Unam Sanctam” no afectaba de
manera desventajosa al meritorio rey francés, y no implicaba para él y su reino
un mayor grado de sujeción a la sede papal que el que existía anteriormente. El
papa fue amable también con Carlos de Valois, el hermano del rey, y
pretendiente al trono imperial de Constantinopla, concediéndole un diezmo de
dos años de las rentas de la iglesia; Clemente esperaba que una cruzada
organizada desde una Constantinopla reconquistada sería exitosa.
En
Mayo de 1307, en Poitiers, donde se hizo la paz entre Inglaterra y Francia,
Felipe insistió de nuevo en un proceso canónico para la condenación de la
memoria de Bonifacio VIII, como un hereje, un blasfemo, un sacerdote inmoral,
etc. Finalmente, el papa contestó que un asunto tan delicado no podía ser
decidido por fuera de un concilio general, y el rey durante un rato pareció
satisfecho con esta solución. Sin embargo, retornó frecuente e insistentemente
a su proposición. En vano resultó que el papa mostrara buena voluntad para
sacrificar a los Templarios (ver abajo); el despiadado rey, seguro de su poder,
presionó por la apertura de este juicio único, insólito desde la época del Papa
Formoso.
Clemente
tuvo que ceder, y designó el 2 de Febrero de 1309, como la fecha, y Avignon
como el lugar para el juicio de su predecesor muerto sobre los vergonzosos
cargos tanto tiempo difundidos por Europa por los cardenales Colonna y su
facción. En el documento (citación) que convocaba (13 de Septiembre de 1309) a
los testigos, Clemente expresaba su convicción personal de la inocencia de
Bonifacio, y al mismo tiempo su resolución de satisfacer al rey. Si bien el
papa pronto (2 de Febrero de 1310) tuvo que protestar contra una falsa
interpretación de sus propias palabras, el proceso realmente comenzó en un
consistorio del 16 de Marzo de 1310, en Avignon. Siguió mucha demora, de una
parte y de la otra, a propósito de los métodos de procedimiento. A comienzos de
1311, los testigos fueron interrogados fuera de Avignon, en Francia, y en
Italia, pero por comisarios franceses y en su mayor parte sobre los cargos
antes mencionados de los Colonna.
Finalmente,
en Febrero de 1311, el rey escribió a Clemente dejando el proceso para el
futuro concilio (de Vienne) o para la propia acción del papa, y prometiendo el
retiro de los cargos; al mismo tiempo declaraba que sus intenciones habían sido
puras. El precio de estas bienvenidas concesiones fue una declaración formal
del Papa Clemente (27 de abril de 1311) de la inocencia del rey y la de sus
amigos; estos representantes de Francia, el “Israel de la Nueva Alianza”,
habían actuado, decía el papa, de buena fe y con un celo puro, tampoco temerían
en el futuro ningún perjuicio canónico de los sucesos de Anagni. William
Nogaret fue exceptuado, pero en su declaración de inocencia, y por intercesión
de Felipe, se le impuso una penitencia y también recibió la absolución.
Solamente
aquellos que retuvieron propiedad eclesiástica fueron finalmente excluidos del
perdón. El celo religioso de Felipe fue de nuevo reconocido; los borrones aún
están visibles en la “Regesta” de Bonifacio VIII, en los Archivos del Vaticano(3)
Esta dolorosa situación fue cerrada por Clemente V mediante el Concilio de
Vienne (16 de Octubre de 1311), la mayoría de cuyos miembros eran favorables a Bonifacio.
No es seguro que el concilio asumiera formalmente la cuestión de la culpa o
inocencia de Bonifacio. En su forma actual los Actos oficiales del concilio
guardan silencio, ninguno de los escritores contemporáneos lo mencionan como un
hecho.
Es
verdad que Giovanni Villani describe a Felipe y sus consejeros como afanados
por la condenación de Bonifacio por parte del concilio, pero, dice, la memoria
del papa fue purgada formalmente de todos los cargos adversos por tres
cardenales y varios juristas; más aún, tres caballeros catalonianos ofrecieron
defender con sus espadas el buen nombre del papa Gaetani contra todos los
adversarios, con lo cual el rey cedió, y demandó tan solo ser declarado libre
de culpa y de toda responsabilidad por el giro que habían tomado los
acontecimientos. Con la muerte de sus enemigos personales, disminuyó la
oposición a Bonifacio, y su legitimidad no fue ya más desmentida aún en Francia (4)
Clemente
y los templarios
Desde la
expulsión final (1291) de las fuerzas cruzadas de Tierra Santa, las órdenes
eclesiástico-militares en Europa habían despertado mucha crítica adversa, en
parte porque se atribuía a sus celos Templarios, Hospitalarios o Caballeros de
San Juan, Orden Teutónica la humillante derrota, en parte a causa de la enorme
riqueza que habían adquirido en su corta existencia. Los Templarios llamados
así por el Templo de Jerusalén, pauperes commilitones Christi Templique
Solomonici, i.e. pobres soldados compañeros de Cristo y del Templo de Salomón,
eran los más ricos. Sus monasterios cual fortalezas, conocidos como Templos, se
levantaron en toda Europa, y para finales del siglo trece protegían el
principal sistema bancario de Europa; los caballeros gozaban de la confianza de
los papas y los reyes y personas ricas debido a su honradez, el buen manejo de
sus asuntos, y su sólido reconocimiento basado en los innumerables bienes de la
orden y sus extensas relaciones financieras.
Ya
antes de la ascensión del papa Clemente, su prestigio estaba creciendo en forma
peligrosa; además de la envidia despertada por sus riquezas, se levantaron
contra ellos acusaciones de arrogancia, exclusivismo, usurpación de derechos
episcopales, etc. Ellos habían resistido varios intentos de unir su orden con
los Hospitalarios, y en tanto que ya no es fácil establecer el grado de su
popularidad entre la gente común, es seguro que en muchas partes de Europa
habían despertado la avaricia de príncipes y la envidia de muchos eclesiásticos
superiores, especialmente en Francia; sin la cooperación de los últimos nunca
habrían caído de manera tan trágica.
En
el primer año del pontificado de Clemente V el rey francés comenzó a exigir del
papa la supresión de esta orden eclesiástica y a poner en marcha una campaña de
violencia y calumnia tal como había ocurrido en el caso de Bonifacio VIII. Si
el papa, como naturalmente se temía, se negó finalmente a ceder en el asunto
del proceso contra la memoria de su predecesor, seguramente estaría muy
contento de adquirir alivio con el sacrificio de los Templarios. Debido a la
debilidad e irresolución del Papa Clemente, el plan real dio resultado.
Después
de un intento infructuoso del papa (en Agosto de 1307) para unir los Templarios
y los Hospitalarios, cedió a las exigencias del Rey Felipe y ordenó una
investigación de la orden, contra la cual el rey entabló cargos de herejía,
renuncia de Cristo, inmoralidad, idolatría, desprecio por la Misa, negación de
los sacramentos, etc.. Felipe, sin embargo, no esperó por la operación usual de
la Inquisición, sino que, con la ayuda de su confesor, Guillaume de Paris el
inquisidor de Francia, y sus inteligentes e inescrupulosos juristas Nogaret, de
Plaisians, Enguerrand de Marigny atacó repentinamente a toda la orden, el 12 de
Octubre de 1307, con el arresto en París de Jacques de Molay, el Grand
Comandante, y ciento cuarenta caballeros, seguido por el mandato del inquisidor
de arrestar a todos los miembros a través de Francia, y el secuestro real de
los bienes de la orden. La opinión pública fue astuta y exitosamente prevenida
por los susodichos juristas. También se hizo aparecer falsamente que el papa
aprobó, o estuvo conscientemente enterado de la acción real, mientras la
cooperación de los inquisidores y obispos franceses puso el sello de aprobación
eclesiástica sobre un acto que ciertamente era una gran injusticia.
Mientras
Felipe invitaba a los príncipes de Europa a seguir su ejemplo, Clemente V
protestaba el 27 de Octubre contra la usurpación real de la autoridad papal,
exigía transferir a su custodia los prisioneros y su propiedad, y suspendía la
autoridad inquisitorial de los eclesiásticos del rey y los obispos franceses.
Felipe se sometió en apariencia, pero mientras tanto Clemente había publicado
otra Bula el 22 de Noviembre ordenando una investigación de los cargos
anti-Templarios en todos los países europeos. Puede decirse de una vez que los
resultados fueron generalmente favorables a la orden; en ninguna parte, dada la
ausencia de tortura, se obtuvieron confesiones como las que se aseguraban en Francia.
Los
débiles esfuerzos de Clemente por obtener para la orden estricta justicia
canónica, él mismo era un excelente canonista, fueron contrarrestados por la
nueva Bula que dignificaba y parecía confirmar los cargos del rey francés, ni
entonces ni posteriormente sustentados por evidencia material o documentos
aparte de sus propios testigos sobornados y las confesiones de los prisioneros,
obtenidas por tortura y por otros métodos dudosos de sus carceleros, ninguno de
los cuales se atrevía a desafiar la bien conocida voluntad de Felipe.
La
presunta Regla secreta de los Templarios, que justificaba los cargos
mencionados, nunca fue producida. Mientras tanto William Nogaret había estado
ocupado difamando al Papa Clemente, amenazándolo con acusaciones no diferentes
a las que pendían contra Bonifacio VIII, y estimulando exitosamente una opinión
anti-templaria contra la próxima reunión en Mayo de 1308 de los Estados
Generales. En Julio de ese año se convino entre el papa y el rey que la culpa o
inocencia de la orden misma se separaría de la de sus miembros, franceses
individuales. La primera fue reservada para un concilio general, próximo a ser
convocado en Vienne en el sur de Francia, y preparar evidencia para lo que,
además de los interrogatorios en ejecución a través de Europa, y una
declaración ante el papa de los setenta y dos miembros de la orden traídos
desde las prisiones de Felipe, todos los cuales se confesaron culpables de
herejía y rogaron por la absolución, se designaron varias comisiones especiales,
de las que las más importantes comenzaron sus sesiones en París en Agosto de
1309.
Sus
miembros, actuando en nombre y con la autoridad del papa, eran opuestos al uso
de la tortura, puesto que antes de ellas cientos de caballeros sostenían libremente
la inocencia de la orden, mientras que muchos de los que anteriormente se
rindieron ante los inquisidores diocesanos, ahora retractaron sus afirmaciones
como contrarias a la verdad. Cuando Nogaret y de Plaisians vieron el probable
resultado de las declaraciones ante las comisiones papales, precipitaron los
asuntos, hicieron que el Arzobispo de Sens, hermano de Enguerrand de Marigny,
convocara un concilio provincial -Sens era entonces metropolitana de París y
sede del tribunal local de la inquisición-, en el cual fueron condenados, como
herejes reincidentes, cincuenta y cuatro caballeros que recientemente se habían
retractado ante los comisarios papales de sus confesiones iniciales alegando
que las mismas habían sido hechas bajo tortura y eran totalmente falsas. El
mismo día 12 de Mayo de 1310, todos estos caballeros fueron quemados
públicamente en París fuera de la Porte St. Antoine. Hasta el final todos
declararon su inocencia.
Ya
no podría haber posibilidad alguna de libertad de defensa; la comisión papal en
París suspendió sus sesiones por seis meses, y cuando se reunió de nuevo halló
delante de ella solo caballeros que habían confesado los crímenes de los que se
les había acusado y habían sido reconciliados por los inquisidores locales.
El
destino de los Templarios se selló finalmente en el Concilio de Vienne abierto
el 16 de Octubre de 1311. La mayoría de sus trescientos miembros se oponían a
la abolición de la orden, convencidos de que los presuntos crímenes no estaban
probados, pero el rey fue apremiante, apareció en persona en el concilio, y
finalmente obtuvo de Clemente V la ejecución práctica de su voluntad. En la
segunda sesión del concilio, en presencia del rey y sus tres hijos, se leyó la
Bula “Vox in excelsis”, de fecha 22 de Marzo de 1312, en la cual el papa decía
que si bien no tenía suficientes razones para una condenación formal de la
orden, no obstante, por razones de bienestar común, el odio abrigado contra
ellos por el Rey de Francia, la naturaleza escandalosa de su juicio, y la
probable dilapidación de los bienes de la orden en todo el territorio
Cristiano, la suprimía en virtud de su poder soberano, y no por ninguna
sentencia definitiva. Por otra Bula del 2 de Mayo confirió a los Hospitalarios
el derecho a la propiedad de la orden suprimida.
En
una forma u otra, sin embargo, Felipe consiguió el principal legado de su gran
riqueza en Francia. En cuanto a los Templarios mismos, los que siguieron
manteniendo sus confesiones fueron dejados libres; aquellos que se retractaron
fueron considerados herejes reincidentes y como tales fueron llevados a los
tribunales de la Inquisición. Fue solo hasta 1314 que El Gran Maestro, Jacques
de Molay y Geoffroy de Charmay, Gran Preceptor de Normandía, reservados al
juicio del papa, fueron condenados a cadena perpetua. Inmediatamente después
ellos proclamaron la falsedad de sus confesiones, y se acusaron a sí mismos de
cobardía al traicionar a su orden para salvar sus vidas. Fueron de una vez
declarados herejes reincidentes, devueltos por la autoridad eclesiástica a la
autoridad secular, y fueron quemados el mismo día 18 de Marzo de 1314.
Del
Papa Clemente V puede decirse que las pocas medidas de equidad que aparecen en
el curso de este gran crimen se debieron a él; infortunadamente su sentido de
la justicia y su respeto por la ley fueron contrarrestados por un carácter
débil y vacilante, al cual quizás contribuyó su enclenque e incierta salud.
Algunos piensan que estaba convencido de la culpa de los Templarios,
especialmente después de que tantos de los principales miembros la habían
admitido; ellos explican así su recomendación del uso de la tortura, así como
su tolerancia a la supresión por parte del rey de toda libertad de defensa
propiamente dicha de parte del acusado.
Otros
creen que él temía para sí mismo el sino de Bonifacio VIII, cuyo cruel enemigo,
William Nogaret aún vivía, fiscal general de Felipe, diestro en violencia
legal, y envalentonado por una larga carrera de exitosa infamia. Su motivación
más fuerte era, con toda probabilidad, la preocupación por salvar la memoria de
Bonifacio VIII de la injusticia de una condenación formal en la que habrían
insistido la malicia de Nogaret y el frío rencor de Felipe, de no habérseles
arrojado la rica presa de los Templarios; sostener frente a ambos el coraje
apostólico podría haber acarreado intolerables consecuencias, no solo
humillaciones personales, sino el más peligroso mal del cisma bajo condiciones
peculiarmente desfavorables para el papado.
Clemente
y el emperador Enrique VII
En busca
de las enormes ambiciones de la monarquía francés (5),
el rey Felipe estaba ansioso por ver escogido a su hermano Carlos de Valois Rey
de Alemania en sucesión del asesinado Adolfo de Nassau, por supuesto con miras
a obtener más tarde la corona imperial. El Papa Clemente estaba aparentemente a
favor del plan de Felipe; al mismo tiempo puso en conocimiento de los electores
eclesiásticos que la selección del Conde Enrique de Lützelburg, hermano del
Arzobispo de Trier, sería de su agrado.
El
papa estaba bien enterado de que un mayor crecimiento de la autoridad francesa
solo podría reducir aún más su propia medida de independencia. Aunque elegido
el 6 de Enero de 1309 como Enrique VII, y asegurado pronto del consentimiento
papal para su coronación imperial, fue solo en 1312 que el nuevo rey llegó a
Roma y fue consagrado emperador en la iglesia de San Juan de Letrán por
cardenales especialmente delegados por el papa.
Circunstancias
obligaron a Enrique VII a ponerse del lado de los Gibelinos, con el resultado
de que en la misma Roma encontró un poderoso grupo de Güelfos en posesión de
San Pedro y la mayor parte de la ciudad, respaldados activamente también por el
Rey Roberto de Nápoles. El nuevo emperador, después del humillante fracaso de
su expedición italiana, se comprometió a obligar al rey Angevin a reconocer la
autoridad imperial, pero fue contrariado por la acción papal en defensa del Rey
Roberto como vasallo de la Iglesia Romana, señor feudal de las Dos Sicilias. En
vísperas de una nueva campaña italiana en respaldo del honor y los derechos
imperiales, Enrique VII murió repentinamente cerca de Siena, el 24 de Agosto de
1313. Él era la última esperanza de Dante y sus compañeros Gibelinos, para
quien en esta época el gran poeta redactó en el “De Monarchiâ” su ideal de buen
gobierno en Italia mediante la restauración del fuerte imperio anterior de
gobernantes alemanes, en los que veía los señores ideales del mundo europeo, y
aún del papa como príncipe temporal.
Clemente
V en Inglaterra
Embajadores
de Eduardo I asistieron a la coronación de Clemente V. A solicitud del rey
Eduardo, el papa lo liberó de la obligación de cumplir las promesas adicionadas
al Charter en 1297 y 1300, si bien después el rey sacó poca o ninguna ventaja
de la absolución papal. Más aún, para satisfacer al rey, suspendió y llamó al tribunal
papal en 1305 al Arzobispo de Canterbury, Roberto de Winchelsea, quien
previamente había sufrido mucho por adherirse a la causa de Bonifacio VIII, y a
quien Eduardo I estaba ahora persiguiendo con cargos no probados de traición (6)
Fue
sólo en 1307, después del ascenso de Eduardo II, que a solicitud del rey,
Clemente V le permitió a este gran clérigo regresar de Bordeaux a su sede de
Canterbury, cuyo antiguo derecho a coronar los reyes de Inglaterra mantuvo con
éxito.
Clemente
excomulgó (1306) a Robert Bruce de Escocia por su participación en el asesinato
del Comyn Rojo, y privó de sus sedes a los obispos Lambarton y Wishart por su
papel en la subsiguiente sublevación nacional de los Escoceses.
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Clericis_laicos
Los
Lores y los Comunes en el Parlamento de Carlisle (1307) manifestaron un fuerte
carácter antipapal, a propósito, entre otras demandas, del otorgamiento de
ricos beneficios ingleses a extranjeros, y aunque no siguió ninguna acción
legal, los posteriores Estatutos de Provisores y Præmunire hicieron memoria de
este evento como indicativo del carácter inglés.
Clemente
y el derecho canónico
El completó
el “Corpus Juris Canonici” (7) medieval mediante la publicación de una recopilación de
decretos papales conocidos como “Clementineæ”, o “Liber Clementinarum”, a veces
“Liber Septimus” en referencia al “Liber Sextus” de Bonifacio VIII. Contiene
decretos de éste papa, de Benedicto XI, y del mismo Clemente. Junto con los
decretos del Concilio de Vienne fue promulgado el 21 de Marzo de 1314 en la
residencia papal de Monteaux cerca de Carpentras. Sigue el método de los
“Decretals” de Gregorio IX y el “Liber Sextus” de Bonifacio VIII, i.e. cinco
libros con subdivisión en títulos y capítulos. Como el papa murió el 20 de
Abril antes de que esta recopilación hubiera sido publicada, su autenticidad ha
sido puesta en duda por algunos, por lo que Juan XXII la promulgó de nuevo el
25 de Octubre de 1317, y la envió a la Universidad de Bolonia como una
recopilación auténtica de decretos papales para ser usados en los tribunales y
los colegios (8)
I. La prisión
de los Templarios
(9)
El viernes 13
de octubre de 1307 <<aconteció
-escribe Juan de San Víctor- un acontecimiento extraordinario, inaudito…todos
los Templarios del reino de Francia fueron arrestados de improviso el mismo día
y encarcelados en distintas prisiones>> (10)
El Papa, protestó el 27 de ese mismo mes, pues el suceso era afrentoso a la
Santa Sede, por tratarse de una Orden religiosa y porque en agosto de ese mismo
año acababa de ordenar una investigación sobre la culpabilidad de los
Templarios que habían sido acusados ante ella. Sin duda el Rey temió que el
papa diera largas al asunto o no resolviera como él quería.
Por
eso en septiembre decidió dar el golpe so pretexto de que en las ceremonias de
iniciación blasfemaban de Cristo e incitaban a la sodomía. Los oficiales reales
cumplieron las órdenes del monarca de lograr a toda costa (presión normal,
tormentos, etc.) que los acusados confesaran ser culpables con “promesa de
perdón si confesaban…y si no, pena capital”. De 140 acusados ante el Inquisidor
General, sólo cuatro insistieron en ser inocentes. Los demás reconocieron ser
más o menos culpables. Se conserva una Cédula con el sello de Gran Maestre,
Jacobo de Molay, ordenando a todos en virtud de Santa Obediencia admitir los
crímenes de que los acusaban
13 octubre
1307
Uno de los
acontecimientos que ha dejado honda huella en la memoria de la humanidad ha
sido el trágico y violento final de la Orden del Temple hace ya casi 700 años;
la impresión que causó en toda Europa la prisión, la tortura y las hogueras en
que ardieron los templarios franceses es el fundamento del supuesto ocultismo,
de innumerables leyendas y del morbo esotérico que todavía en nuestros días
rodea al nombre del Temple. La tragedia va a dar comienzo el 13 de octubre de
1307.
Todavía
la víspera, el 12 de octubre, el maestre general del Temple, Jacobo de Molay,
acompañaba al rey de Francia, Felipe el Hermoso, en las solemnes exequias que
se celebraban por el alma de Catalina de Courtcnay, esposa de Carlos de Valois,
hermano del rey Felipe; incluso Molay, de acuerdo con el protocolo, fue
singularmente distinguido con el alto honor de sostener una de las cintas del
catafalco de la princesa difunta.
Era
el colmo del disimulo del rey francés que ya treinta días antes, el 14 de
septiembre, había despachado desde Maubuisson la orden secreta de apresar a
todos los templarios del reino y de ocupar todas sus casas y bienes un mismo
día y a una misma hora. Ese día y esa hora habían sido fijados para el romper
del alba del día 13 de octubre, menos de 20 horas después de los funerales de
Margarita de Courtenay.
Al
amanecer de ese día en toda Francia los senescales, los bailíos y los prebostes
del rey, acompañados de sus hombres de armas, procedieron a cercar todas las
casas templarias y arrestar a todos los caballeros, clérigos y sirvientes,
miembros de la Orden, ocupando todos sus bienes de acuerdo con las
instrucciones secretas despachadas desde Maubuisson el 14 de septiembre por
Guillermo de Nogaret, el nuevo Guarda del Sello Real.
La
operación policial constituyó un éxito sin precedentes; la sorpresa fue total
en los cientos de casas francesas del Temple. Más de un millar de templarios
cayeron en manos de los esbirros del rey de Francia; apenas una docena escapó
al aprisionamiento, probablemente por hallarse de viaje fuera de su
residencia.
En
París el propio Guillermo de Nogaret con las gentes del prebostazgo de la
ciudad se apoderó sin dificultad al amanecer de la Torre del Temple
sorprendiendo en ella al maestre general Jacobo de Molay y a los demás
templarios residentes en esa encomienda. Pocas horas más tarde Felipe el
Hermoso se personaba en la Torre del Temple donde se apoderaba de todo el
dinero y joyas confiados a la custodia de los templarios y de los demás fondos
provenientes de todas las encomiendas de Francia y allí acumulados en espera de
ser utilizados en una nueva cruzada a Tierra Santa.
Apresados
todos los templarios en Francia, las instrucciones de Felipe IV ordenaban una
rápida y doble encuesta; primeramente, aislados entre sí, los prisioneros
debían ser interrogados sobre los presuntos crímenes que les eran atribuidos,
prometiéndoles el perdón si los confesaban y advirtiéndoles que si los negaban
serían condenados a muerte. Luego debían ser entregados a los inquisidores, que
tratarían de obtener las confesiones de los que se hubieran mantenido en la
negativa utilizando para ello la tortura.
Reacción del
Papa Clemente V el 22 noviembre 1307
La sorpresa del
13 de octubre no lo había sido sólo para el maestre general y los templarios,
sino también para el Papa. El rey francés ni tan siquiera se había molestado en
comunicar previamente a Clemente V, que se encontraba en Poiriers, el paso que
iba a dar, aunque los templarios, como religiosos que eran, sólo eran
justiciables ante el fuero eclesiástico.
El
Papa irritado por esta vejación convocó un consistorio de urgencia el 15 de
octubre en el que no llegó a tomar ninguna decisión; sólo el 27 de octubre
Clemente V escribía una dura misiva a Felipe IV reprochándole la usurpación de
la jurisdicción eclesiástica y protestando por el escandaloso empleo de la
tortura. Pero no por eso Felipe IV iba a suspender los interrogatorios a que
eran sometidos los templarios por gentes del rey y frailes dominicos como
inquisidores. Muy pronto comienzan a llegar al rey las confesiones obtenidas
mediante las torturas más brutales y sangrientas; baste apuntar que sólo en
París treinta y seis templarios murieron en el tormento mientras negaban las
acusaciones. Entre los confesos se encontraban el maestre general, el visitador
de Francia y los maestres provinciales de Normandía y Chipre.
No
es de extrañar que en el mismo París otros ciento treinta y cuatro templarios
confesaran todo lo que querían sus verdugos; tan sólo cuatro templarios, que no
admitieron las calumnias, permanecieron con vida. En provincias el resultado
fue parecido: de los noventa y cuatro interrogatorios enviados a París tan sólo
ocho no reconocieron los delitos que pretendían oír los torturadores; pero
ignoramos cuantos murieron en los tormentos.
Los
cientos de confesiones, por muy forzadas que fueran, y sobre todo el
reconocimiento por Jacobo de Molay y por los otros tres altos dignatarios de
todos los crímenes imputados no dejaron de causar cierta impresión en el Papa,
que se decidió por fin a ceder parcialmente a las exigencias del rey de Francia
y abrir una investigación sobre la Orden del Temple y sus miembros.
En
consecuencia, el 22 de noviembre de 1307, Clemente V por la bula Pastoralis
preeminentíae ordenaba a todos los monarcas que, cada uno en su reino,
procedieran a apresar a los templarios y a secuestrar sus bienes hasta que la
Santa Sede dispusiera acerca de la Orden, de sus miembros y de sus bienes. Así
la tragedia iniciada en Francia el 13 de octubre se extendía mes y medio más
tarde a toda la Cristiandad.
Entre la
justicia del Rey y la justicia del Papa: noviembre 1307 a julio 1308
Por la bula del
22 de noviembre de 1307 probablemente pretendía Clemente V arrebatar la
iniciativa a Felipe IV y mantener todo el proceso contra el Temple bajo el
control de la autoridad eclesiástica, pero al encomendar el apresamiento de los
templarios y el secuestro de sus bienes, aunque fuera por mandato y delegación
pontificia, al poder secular de los monarcas lo único que consiguió fue
despertar la codicia de los reyes, poniendo en sus manos unas riquezas
tentadoras, y extender a toda la Cristiandad la ruina de la Orden hasta
entonces limitada a Francia.
Por
parte del rey francés se tratará de ceder lo menos posible a las pretensiones
pontificias; dos veces se negó a entregar al Papa las personas de los
templarios que yacían en las prisiones regias, pero no pudo evitar que dos
obispos enviados por Clemente V visitaran a Jacobo de Molay y a los otros dignatarios
de la Orden y que estos revocaran ante ellos las confesiones arrancadas por
temor al tormento.
Ante
esta revocación el Papa dio un paso hacia adelante y en febrero de 1308 retiró
los poderes jurisdiccionales de los inquisidores dominicos que actuaban como
delegados pontificios pero que en realidad estaban al servicio del rey francés,
que así quedaba jurídicamente desarmado para proceder contra los
templarios.
La
reacción de Felipe el Hermoso no se hizo esperar; acudió a la Universidad de París
solicitando un dictamen favorable a sus actuaciones, pero ante la actitud
reservada de ésta reforzó sus presiones sobre el Papa fomentando la aparición
de libelos que acusaban al Pontífice de nepotismo, de favorecedor de la herejía
y amenazaban a Clemente V con hacerle sufrir las mismas desdichas que había
sufrido Bonifacio VIII. Para reforzar estas amenazas el rey francés convocaba
los Estados Generales del reino en Tours, que celebraron sus sesiones entre los
días 5 y 15 de mayo de 1308. Representantes de los tres estados, clero, nobleza
y ciudades, acompañaron a Poitiers a Felipe IV en su visita a Clemente V, pero
el Papa no cedió a las presiones.
Éstas
se intensificaron hasta el paroxismo durante los meses de junio y julio
amenazando los ministros del rey, Nogaret y Plaisians, con recurrir a la fuerza
armada si el Papa persistía en su silencio y en la que ellos llamaban
obstinación en la defensa de unos herejes y criminales. El 27 de junio de 1308
los ministros franceses presentaron ante el Papa a setenta y dos templarios,
convenientemente preparados y bien escogidos entre los más débiles ante los
tormentos o entre los renegados y salidos de la Orden, para que confirmaran
todos los supuestos crímenes de los templarios. Por fin el 5 de julio el Papa
claudicaba y restablecía la jurisdicción de los inquisidores para que éstos,
junto con los obispos de cada diócesis, continuaran las investigaciones contra
los templarios.
Procedimientos
judiciales a seguir contra el Temple y los templarios: 12 agosto 1308
No parece que el
Papa quedara muy satisfecho con esa claudicación arrancada por las presiones de
Felipe IV y así el 12 de agosto Clemente V volvió a retomar en sus manos la
dirección de todo el proceso contra los templarios. Por la bula Faciens
misericordiam señalaba el procedimiento que debía seguirse en las causas
judiciales contra el Temple, distinguiendo tres clases de imputados: los
miembros singulares de la Orden, los altos dignatarios de la misma, a saber:
maestre general y maestres provinciales, y la Orden misma como tal en su
conjunto.
Los
templarios sin jerarquía especial serían juzgados en cada archidiócesis por el
concilio provincial, compuesto por los obispos de la misma, sobre la base de
las investigaciones llevadas a cabo por el obispo de la diócesis acompañado por
al menos uno de los miembros de la comisión pontificia de ocho miembros que el
Papa designa para cada reino o comarca. Los inquisidores podían asistir a los
interrogatorios pero sin asumir la dirección de los mismos.
El
maestre general y los maestres provinciales quedaban exentos de esa
jurisdicción especial y sometidos al juicio único del Romano Pontífice. La
instrucción contra estos dignatarios y contra la Orden del Temple como tal
sería conducida por la misma comisión pontificia de ocho miembros nombrada por
el Pontífice en cada reino o comarca.
Finalmente
para emitir el juicio último sobre la Orden, como tal conjunto, reservado
también al Papa, se convocaba un concilio ecuménico a celebrar en la ciudad
imperial de Vienne, en el Delfinado, que debía dar comienzo a sus tareas el 1
de octubre de 1310.
Este
aparente triunfo del Papa sobre el rey de Francia era compensado con ciertas
concesiones pontificias, ya que Clemente V otorgaba a Felipe IV que continuara
manteniendo en sus manos el secuestro de los bienes de la Orden y la custodia
de los templarios apresados en Francia. Así ambos poderes podían retrasar la
confrontación: el Papa prolongando en el tiempo los procedimientos, el Rey
obstaculizando la comparecencia de los prisioneros. De hecho, el proceso de
constitución de las comisiones diocesanas que debían proceder contra los
templarios singulares no se cerró hasta la primavera de 1309 y sus actuaciones
se prolongaron desde mediados de 1309 hasta ya entrado el año 1310.
A
su vez la comisión delegada pontificia, competente contra el maestre general y
los dignatarios de la Orden, sólo se reunía por primera vez el 8 de agosto de
1309 y no llegó a funcionar hasta el siguiente noviembre. De nuevo recomenzaron
los interrogatorios de los templarios en toda Francia volviendo al empleo
ordinario de la tortura en todos los lugares, con la única excepción de
Clermont-Ferrand. Los procesos franceses se caracterizaron porque sólo estaban
constituidos con esas confesiones arrancadas con el tormento, hasta el punto de
que sobre doscientas treinta y una declaraciones únicamente seis procedían de
personas ajenas a la Orden.
De
acuerdo con la mencionada bula también en Inglaterra, Italia, Alemania,
Irlanda, Chipre, Portugal, Castilla, Aragón y Mallorca se constituyeron las
comisiones previstas que prolongaron sus actuaciones todo a los largo del año
1309 y 1310, y en algunos casos, como en Inglaterra, hasta comienzos del año
1311. La tortura, aunque con más moderación que en Francia, fue empleada en los
interrogatorios de los templarios en todas partes, con excepción de Castilla y
Portugal. Navarra, cuyo monarca era Luis Huttin, hijo primogénito del rey
francés, siguió en todo las huellas de Francia.
El proceso
contra la Orden del Temple: noviembre 1309 a mayo 1310
Aunque las
disposiciones de la bula del 12 de agosto de 1308 eran de aplicación universal
en toda la Cristiandad, donde verdaderamente se jugaba la suerte de la Orden y
de los templarios era en Francia, ya que en ella se había constituido la
comisión que debía instruir el proceso contra el maestre general Jacobo de
Molay y los otros dignatarios de la Orden y contra la misma Orden como tal en
su conjunto.
La
tal comisión no comenzó realmente a actuar, como hemos indicado, hasta
noviembre de 1309, sin que todavía el día 22 de ese mismo mes se hubiera
presentado ante ella ningún templario dispuesto a defender a la Orden. El 26 de
noviembre comparecía Jacobo de Molay declarando la inocencia de la Orden, pero
dos días más tarde en una segunda comparecencia modificó su actitud alegando
que puesto que el Papa se había reservado el último juicio sobre la Orden, sólo
estaba dispuesto a hablar en presencia del Pontífice. Avanzaban los días sin
que los templarios, salvo alguna contada excepción, se mostrasen dispuestos a
declarar ante la comisión pontificia, a pesar de que Felipe IV había ordenado
el traslado a París de los prisioneros que solicitasen comparecer ante la
comisión. Pero todo cambió en febrero de 1310 cuando la comisión reanudó sus
sesiones el día 3; ese día fueron dieciséis los templarios de Macon que
comparecieron ante ella. Fue tan sólo el comienzo de un interminable desfile,
ya que a finales de mes eran quinientos treinta y dos los templarios que había
solicitado comparecer, que al acabar marzo alcanzaban la cifra de quinientos
noventa y dos para superar poco después el número de seiscientos, y todos ellos
proclamaban la inocencia de la Orden.
Uno
de estos comparecientes, el hermano Ponsard de Gisi, testimoniaba que cuanto él
y los suyos habían declarado ante los inquisidores era falso. "Habéis sido
torturado" le preguntaron. "Sí -respondió- tres meses antes de mi
confesión me ataron las manos a la espalda tan apretadamente, que saltaba la
sangre por las uñas, y sujeto con una correa me metieron en una fosa. Si me
vuelven a someter a tales torturas, yo negaré todo lo que ahora digo y diré
todo lo que quieran. Estoy dispuesto a sufrir cualquier suplicio con tal que
sea breve; que me corten la cabeza o que me hagan hervir por el honor de la
Orden, pero yo no puedo soportar suplicios a fuego lento como los que he
padecido en estos dos años de prisión" (11) Otros
muchos templarios se expresaron de forma parecida.
La
situación se volvía alarmante para el rey de Francia que decidió pasar a la
acción y cortar este alud de testimonios favorables al Temple. Entretanto
también el Papa, alegando los retrasos que estaban sufriendo los procedimientos
contra los templarios, había diferido, mediante un breve del 4 de abril de
1310, el concilio de Vienne todo un año, fijando ahora su apertura para el 16
de octubre de 1311. El instrumento elegido por Felipe IV para enderezar la
situación fue la persona de Felipe de Marigny, obispo de Cambrai y hermano de Enguerrand
de Marigny, el ministro de Hacienda del rey francés y miembro influyente del
Consejo Real.
Los templarios
arden en las hogueras: 12 mayo 1310
El rey alcanzó
para Felipe de Marigny el nombramiento como arzobispo de Sens, a cuya provincia
eclesiástica pertenecía el obispado de París; inmediatamente, el 10 de mayo de
1310, el nuevo arzobispo convocó el concilio provincial para juzgar a los
templarios de su provincia eclesiástica, que al día siguiente, 11 de mayo,
condenaba a ser quemados vivos a cincuenta y cuatro templarios de la provincia
de Sens, que, habiendo confesado inicialmente sus presuntos delitos en la
tortura, habían ahora comparecido ante la comisión pontificia para defender la
inocencia de la Orden.
Considerados
como relapsos, esto es, como reincidentes en la herejía, los cincuenta y cuatro
condenados fueron conducidos en carros el 12 de mayo a las afueras de París a
la hoguera que había mandado preparar en las cercanías de la puerta de San
Antonio. Allí sucumbieron todos cruelmente sacrificados mientras proclamaban a
gritos su total inocencia, sin que la comisión pontificia, cuya protección
habían invocado, moviera un dedo para salvarlos.
En
los días siguientes la hoguera de París se extendió a otras provincias
eclesiásticas de Francia; nueve templarios ardieron en Senlis el 16 de mayo,
otros siguieron el mismo camino en Pont-de-I'Arche y otros lugares; en
Carcassonne la hoguera se encendió un año más tarde, el 20 de junio de 1311. El
rey de Francia había triunfado; la resistencia de los templarios desaparecía en
las hogueras.
Cuando
el día 13 de mayo de 1310 la comisión pontificia reanudaba sus tareas en la
capilla de San Eloy del monasterio de Santa Genoveva de París los pocos
templarios que comparecieron ante ella sólo sabían balbucear incoherencias; el
terror se había apoderado de todos ellos. Por excepción un caballero de la
diócesis de Langres, Aimerico de Villiersle-Duc, de unos cincuenta años de edad
y veintiocho de templario, con la faz desencajada interrumpió la lectura de las
actas de acusación golpeándose el pecho con los puños cerrados, alzando los
brazos hacia el altar, cayendo de rodillas, y protestando que, si mentía,
quería ir derecho al infierno con muerte repentina; inmediatamente
declaraba:
"He
confesado algunos delitos a causa de las torturas que me infligieron Guillermo
de Marcilly y Hugo de la Celle, caballeros del rey, pero todos los crímenes
atribuidos a la Orden son falsos. Al ver ayer como eran conducidos a la hoguera
cincuenta y cuatro hermanos por no reconocer sus supuestos crímenes, he pensado
que yo no podré resistir el tormento del fuego. Lo confesaré todo, si quieren,
incluso que he matado a Cristo".
Pero
éste fue un caso aislado; el temor a la hoguera causó el efecto buscado por Felipe
IV, pues de doscientos templarios que todavía fueron llamados ante la comisión
pontificia tan sólo doce adoptaron la arriesgada decisión de defender a la
Orden negando los presuntos crímenes. La última comparecencia tuvo lugar el 26
de mayo de 1311; la comisión pontificia juzgando superfluo citar ante ella a
los restantes miembros de la Orden, clausuraba con licencia del Papa sus
trabajos el 5 de junio de 1311.
Los templarios
en el concilio de Vienne: octubre 1311 a abril 1312
Como estaba previsto,
el 16 de octubre de 1311 tuvo lugar la solemne apertura del concilio; los temas
a tratar según la bula de convocatoria y ratificados por el Papa en el discurso
de apertura en la catedral gótica de San Mauricio eran la causa de los
templarios, la reforma de la Iglesia y la cruzada a Tierra Santa, pero el tema
que atraía más la atención de todos era el de los templarios.
Inaugurado
va el concilio, la comisión que Clemente V había nombrado para que se ocupara
de la causa del Temple, votó a finales de octubre casi por unanimidad, con gran
desagrado del Papa, que los templarios y sus defensores debían ser admitidos y
oídos por el concilio antes de cualquier condena.
El
Papa, que se había decidido a secundar los deseos de Felipe IV y obtener una
decisión condenatoria del concilio, para impedir la comparecencia de templarios
ante el concilio adoptó una táctica dilatoria, anteponiendo a la causa
templaría los problemas de Tierra Santa, la cruzada contra los infieles y la
reforma de la Iglesia.
Irritado,
Felipe IV volvió a la táctica, que tan buenos resultados le venía dando
siempre, de presiones y amenazas sobre el Papa. Para ello convocó en marzo de
1312 en Lyon, no lejos de Vienne, una reunión de los Estados Generales, donde
volvió a agitar el fantasma que tanto aterraba a Clemente V, reavivar el
proceso por herejía contra su antecesor el Papa Bonifacio VIII.
Se
abrieron negociaciones secretas y representantes franceses, entre ellos
Nogaret, se reunieron con delegados pontificios; pero el Papa seguía sin ceder
a los deseos de Felipe IV. Ante la indecisión del pontífice, el rey de Francia
dará todavía una vuelta a la tuerca de sus amenazas, anunciando el 20 de marzo
su propósito de avanzar con su ejército hacia Vienne.
Así,
chantajeado y amenazado, Clemente V reunía el 22 de marzo de 1312 un
consistorio secreto, donde los miembros de la antes citada comisión, volviendo
de su anterior acuerdo, votaron ahora a favor de la supresión llana y simple de
la Orden del Temple. Este acuerdo se plasmó en la bula Vox in excelso, datada
ese mismo día, por la que el Papa, no sin amargura y pesar de corazón, en
virtud de su autoridad, no por vía de sentencia judicial sino por mera
provisión o disposición apostólica procedía a disolver y suprimir la Orden del
Temple, apuntando que lo mismo habían hecho otros Papas con otras órdenes
religiosas, aun sin culpa alguna de sus miembros.
La
bula permaneció en secreto hasta la solemne sesión conciliar del 3 de abril de
1312, en la que el Papa teniendo a su derecha a Felipe IV y a su izquierda al
heredero francés y rey de Navarra, Luis Huttin, tras haber ordenado por medio
de un secretario que nadie, bajo pena de excomunión, pronunciase una sola
palabra sin permiso u orden del Pontífice, mandó promulgar y leer la bula Vox
in excelso. Así dejó de existir la Orden del Temple tras doscientos años de
gloriosa vida. Quedaba para más adelante determinar el destino de las personas
de los templarios y de sus bienes.
Respecto
de los primeros, la bula Considerantes Dudum del 6 de mayo de 1312,
distinguía dos situaciones: la primera estaba constituida por todos aquellos
que fueran declarados inocentes y por aquellos que habiendo confesado sus
delitos se hubieran reconciliado con la Iglesia; todos estos debían recibir una
pensión procedente de los bienes de la Orden y residir en algún monasterio
guardando sus votos religiosos. En cambio aquellos templarios que persistieran
en la negación de sus culpas o recayeran en las mismas debían ser castigados
con todo el rigor del derecho.
Los
bienes de los templarios, venciendo las resistencias del rey francés, fueron
asignados en todos los reinos de la Cristiandad por la bula Adprovidam del 2 de
mayo de 1312 a la Orden de San Juan; la única excepción fueron los cuatro
reinos hispánicos, a saber: Mallorca, Aragón, Castilla y Portugal, ya que en
Navarra, por su vinculación dinástica, los templarios siguieron en todo la
misma suerte que en Francia. La suerte de los bienes templarios en estos cuatro
reinos quedaba diferida a una ulterior determinación pontificia.
La hoguera de
Notre-Dame: 18 marzo 1314
La suerte de la
Orden del Temple, de sus bienes y de las personas de los templarios quedó
decidida esa misma primavera de 1312 en el concilio de Vienne, pero quedaba por
resolver el destino del maestre general y de los dignatarios de la Orden.
En
las prisiones de Felipe IV se encontraban todavía Jacobo de Molay, el visitador
de Francia y tres maestres provinciales, a saber, los de Normandía, Aquitania y
Chipre; de este último no se volvió a oír hablar, probablemente sucumbió muy
pronto en los calabozos franceses.
Los
otros cuatro dignatarios de la extinguida Orden siguieron en prisión en espera
del juicio que decidiera su destino: el Papa no mostraba ninguna prisa; quizás
no sabía qué hacer o se sentía demasiado culpable por las tropelías y crímenes
que había tolerado contra los templarios franceses. Sólo el 22 de diciembre de
1313 se decidió por fin Clemente V a ocuparse de los desdichados prisioneros,
que llevaban ya más de seis años padeciendo cruel prisión.
Para
llevar adelante el juicio y dictar sentencia el Papa designó un tribunal
compuesto de tres cardenales: el dominico Nicolás de Fréauville, el antiguo
confesor del rey francés Arnaldo de Faugéres y el cisterciense vicecanciller de
la curia papal Arnaldo Nouvel, los tres conocidos por su devoción hacia la
causa del rey Felipe IV.
Todavía
el proceso se alargó tres meses más, hasta que en la mañana del 18 de marzo de
1314 los cuatro dignatarios templarios fueron conducidos a una tribuna que se
había alzado en el pórtico de la catedral de Notre-Dame para que el público
pudiera contemplar mejor el espectáculo y allí les fue leída la sentencia que
les condenaba a los cuatro, como culpables de múltiples delitos de apostasía,
herejía y blasfemia, que ellos mismos habían confesado, a prisión
perpetua.
Es
en este momento cuando tuvo lugar el golpe de efecto; ante los tres cardenales
que habían pronunciado su sentencia y a cuyo lado se encontraba el arzobispo de
Sens, Felipe de Marigny, el mismo que había mandado quemar vivos a cincuenta y
cuatro templarios dos años antes, se alzaron Jacobo de Molay, maestre general,
y Godofredo de Charney, maestre provincial de Normandía, y retractando todas
sus confesiones anteriores proclamaron ante todos los presentes su inocencia y
la de su Orden. Entre el asombro y la conmoción general la sombra de la duda se
proyectaba sobre la justicia de la sentencia; los miembros del tribunal
perplejos devolvieron a los condenados a la prisión y aplazaron la cuestión
para el día siguiente.
Pero
el rey Felipe IV, informado del caso, no esperó al día siguiente; reuniendo a
primera hora de la tarde el Consejo de la Corona, y sin esperar ninguna otra
actuación eclesiástica, entregó al verdugo a las personas del maestre general
del Temple y del maestre de Normandía.
Esa
misma tarde a la hora de vísperas, en una pira que se amontonó en una pequeña
isla del Sena, llamada isla de los Judíos, entre los jardines del mismo palacio
real y la iglesia de los agustinos, aproximadamente en el lugar donde hoy se
alza la estatua de Enrique IV, Felipe IV hizo quemar vivos a los dos
templarios.
Los
otros dos dignatarios de la Orden, que guardaron silencio después de la lectura
de la sentencia, salvaron la vida, pero desaparecieron y murieron oscuramente
en las prisiones del rey francés, que nunca jamás cedió a las autoridades
eclesiásticas el control sobre las personas de los templarios apresados el 13
de octubre de 1307.
La leyenda
templaria: el emplazamiento ante el tribunal de Dios
Las dos víctimas
inocentes en un último acto de piedad solicitaron morir contemplando la iglesia
de Notre-Dame. Proclamando por última vez, en el instante supremo de comparecer
ante el Creador, su inocencia y la de toda la Orden, entre el estupor y pasmo
de la multitud supieron sufrir el suplicio del fuego con un valor y un coraje,
que no habían demostrado antes cuando hicieron sus falsas confesiones.
El
valiente testimonio dado en la hoguera de Notre-Dame unido a la muerte del Papa
Clemente V, tan sólo un mes más tarde, en la noche del 19 al 20 de abril, y el
ataque de apoplejía que sufrió Felipe IV el siguiente 4 de noviembre, del que
fallecería el 29 del mismo mes, con tan sólo cuarenta y siete años de edad,
impresionaron de tal modo la imaginación de la opinión pública, que ésta forjó
la leyenda del emplazamiento formulado por Jacobo de Molay al Papa y al rey
francés para comparecer ante el tribunal de Dios antes del fin de ese año
1314.
Pero
ninguno de los testigos oculares, que asistieron a la ejecución y escribieron
un relato de la misma, mencionó para nada el tal emplazamiento, fácil en cambio
de imaginar después de las fulminantes muertes del Papa y del Rey.
Todavía
mayor impresión causó en la misma opinión pública la sucesiva muerte, uno tras
de otro, en menos de catorce años, de los tres hijos de Felipe IV y del nieto,
hijo del hijo mayor del rey Felipe, que fueron ocupando sucesivamente el trono
francés: Luis X en 1316, Juan 1 en 1316, Felipe Ven 1322 y Carlos IV en 1328,
cuatro reyes muertos todos ellos sin descendencia, hasta extinguirse así la
dinastía de Felipe IV, el Hermoso, y dar paso a la nueva dinastía de la casa de
Valois. Este final dinástico fue interpretado como castigo de Dios y maldición
del último maestre general del Temple.
Después
de cuanto queda dicho, se plantea ante el historiador la cuestión fundamental
de la inocencia o de la culpabilidad de los templarios y de la Orden. Hoy el
veredicto unánime de todos cuantos han estudiado en profundidad la
documentación de los diversos procesos es de inocencia. Los templarios fueron
las víctimas de la conjura tramada contra ellos por el rey de Francia y sus
ministros y de la debilidad de un pontífice enfermizo, timorato de carácter,
inclinado siempre a las componendas e incapaz de enfrentarse con Felipe el
Hermoso, temperamento fríamente calculador y dotado de una voluntad de
hierro.
El
Papa trató siempre de resistir a las presiones del rey Felipe, sin oponerse
nunca abiertamente, mediante estratagemas y dilaciones, para acabar siempre
cediendo ante un acoso acrecentado y tomar resoluciones contrarias a sus
íntimas convicciones (12)
¿Eran
culpables los Templarios de los nefandos crímenes de que los acusaban? ¿Fue
justa su supresión y su crudelísimo castigo? Por siglos inquietaron estas
preguntas a cuantos estudiaban este asunto. La Orden había custodiado con
riguroso secreto sus capítulos y su gobierno interior. La Inquisición no le iba
en zaga. Fuerza es reconocer que había indicios adversos a la Orden, la cual,
no obstante sus heroicos servicios en Tierra Santa, había perdido en Occidente
la simpatía que saludó sus comienzos. El pueblo acusaba a los Templarios de
jurar y beber mucho. Su orgullo chocaba, más sus riquezas. En realidad los
Hospitalarios eran más ricos y mucho más los Cistercienses, pero los templarios
aceptaban depósitos de dinero en sus conventos-fortalezas y por deseo de servir
se habían convertido en los banqueros de la Cristiandad. Algunos de ellos
habían llegado a administrar la hacienda pontificia y aun la de Francia en
momentos aciagos. No eran usureros. Tampoco populares, de ahí la multitud de
consejas malévolas y calumniosas.
El
afán moderno de investigación, al desenterrar pilas de manuscritos olvidados y
confrontar multitud de procesos templarios, ha llegado a conclusiones que
parecen de todo justificadas. No hay la menor prueba concluyente de que los
tres últimos Grandes Maestres de la Orden hayan introducido la relajación.
Aunque haya habido conflictos aislados entre miembros de la Orden y
representantes de la Jerarquía eclesiástica, es absolutamente falso que la
Orden tuviera su propia política contraria a la de la Iglesia. Felipe el
Hermoso de Francia no era al comenzar su reinado hostil a los Templarios. Los
legistas lo lanzaron contra ellos, insinuando calumnias, con el propósito de
adueñarse de las riquezas de la Orden, como lo confirman los hechos, pues
durante el proceso hubo empeño especial en evitar la imparcialidad y la
serenidad que exigía la justicia y que pedía el Papa, y después de la
supresión, Felipe, desobedeciendo lo dispuesto por el Pontífice, dispuso de las
rentas de la Orden y no entregó los conventos a los hospitalarios sino mediante
una compensación de 200,000 mil libras, so pretexto de gastos.
En
los demás países las averiguaciones fueron más bien favorables a la Orden, y
las acusaciones que parecieron fundadas nos parecen hoy día ridículas. Las
confesiones arrancadas en Francia a los Templarios por tormentos y falsas
promesas, por contradictorias y desmesuradas, parecen ajenas a la verdad. De
ahí que cada día gane más terreno la opinión de que la Orden del Templo no
estaba relajada y de que sus miembros no eran ni más indignos ni menos
fervorosos que los de otras Órdenes: la mayoría era sin duda buena, aunque
mediocre; no pocos, ejemplares, ni faltarían algunos indignos. La codicia del
rey francés y la debilidad del Papa son las verdaderas causas de su definitiva
ruina.
II. El Papado
de Aviño (13)
Al morir Clemente
V quedaron los cardenales divididos en tres bandos: los diez gascones, cuya
principal preocupación era seguir conservando su primacía; seis franceses de
otras regiones, decididos a poner coto a los gascones, y siete italianos, tan
solo unidos entre sí por el odio a los franceses. Como las turbas, incitadas
por los partidarios de los cardenales gascones, pretendieron forzar al cónclave
a una rápida elección con mueras a los italianos, estos huyeron determinando
así su disolución. Sólo al cabo de dos años y de complicadas negociaciones
promovidas por el rey de Francia, volvió aquél a reunirse en Lyon, y permaneció
reunido hasta que eligió papa al Cardenal de Ostia, Jacobo Duése (latinizado de
Osa), francés de Cahors, sacerdote ejemplar, hombre de carácter y afamado
canonista, que por ser ya septuagenario, parecía se destinado a servir sólo de
transición. Conforme al deseo de la mayoría cardenalicia decidió el nuevo Papa
establecer su morada en el palacio episcopal de Aviñón, del cual había sido
obispo.
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_XXII
Clemente sólo de
paso había residido en esa villa como huésped de los dominicos. El pontificado
de Juan que daba así comienzo a la estancia papal en Aviñón, justificada en
esos años por la inestabilidad política de Italia, iba a distinguirse por el
violento choque de los franciscanos y con Luis de Baviera, que pretendía ser
legítimo emperador.
Los Fraticelli
Los franciscanos
llevaban largos lustros de enconada lucha intestina por la Santa Pobreza.
Mientras la mayoría, escudada tras varias bulas papales y decisiones de los
Capítulos o Ministros generales, defendía una interpretación benigna de la
Regla, admitía iglesias y conventos con graneros y bodegas, aunque reservando
el derecho de propiedad a la Santa Sede, y aun disfrutaba de cantidades de
dinero depositadas en manos de procuradores pontificios; otros, enarbolando el
testamento de San Francisco –según el cual un fraile menor no debía tener sino
“su hábito, su cordón y sus calzones”-, la tachaban de relajada. Llamábanse
estos ardientes defensores del usus pauper, los espirituales, en
oposición a la comunidad o los conventuales. En algunas regiones
como en Nápoles, Sicilia y Aragón, gracias a la protección de la familia real,
los espirituales obtuvieron situación privilegiada. En otras fueron perseguidos
y vejados, sobre todo los que capitaneaban el movimiento: Ángel de
Clareno, Ubertino de Cassale y el célebre teólogo Pedro Juan Olivi, a quienes
sus hermanos de la comunidad llegaron a echar en oscuros calabozos por largas
temporadas. Notable mejora experimentaron los espirituales cuando subió a la
Sede Apostólica Celestino V, quien les permitió unirse con sus ermitaños y
constituir así una orden independiente, de estricta observancia franciscana:
los Ermitaños Pobres de San Francisco. Triunfo efímero, pues Bonifacio VIII
ordenó a los secesionistas que se reunieran con la comunidad. Los
disturbios renacieron, muchos espirituales militaron en las filas de la
oposición a Bonifacio a favor de los Colonna. Clemente V creyó cimentar la paz
definitiva haciendo que el Concilio de Viena condenara como heréticas algunas
enseñanza de Olivi, mientras que por la Bula Exivi de Paradiso aprobaba
la Regla de san Francisco, favoreciendo una interpretación estrecha, si bien
aún en esto guardaba el justo medio, evitando las demasías de los espirituales
y obligándolos a no separarse de la comunidad. Como pasa con las
soluciones medias, ésta tampoco satisfizo a nadie.
Juan
XXII, hombre de autoridad ante todo, urgió desde el comienzo de su mandato a
los espirituales que obedecieran, y aún permitió que la Inquisición quemara en
Marsella en 1318 a cuatro, por rebeldes.
Mientras
Ubertino de Cassale, por temor a las represalias de la comunidad, conseguía del
Papa pasarse a los benedictinos, otros muchos desconocían su autoridad,
declarándolo hereje. Juan los excomulgó y les dio el nombre despectivo de Fraticelli
(frailecillos).
La pobreza absoluta
de Cristo
Otra disputa
envenenó más el conflicto, que brotó en el Tribunal de la Inquisición entre el
presidente, dominico, y uno de los jueces, franciscano, por la afirmación de un
begardo provincial, los delitos de los begardos
era los siguientes: creer que eran tan puros que no podían pecar, que una vez
llegado, como ellos, a la perfección se puede conceder al cuerpo todo lo que
pida, que en ese estado no se está sujeto a ninguna obediencia humana, que es
posible llegar a él en esta vida, que el alma perfecta está sobre las virtudes,
así que no tiene que practicar ninguna, etc.
«Estos
hipócritas se extendieron por Italia, Alemania y Provenza, haciendo vida común,
pero sin sujetarse a ninguna regla aprobada por la Iglesia, y tomaron los
diversos nombres de Fratricelli, Apostólicos, Pobres, Beguinos, etc. Vivían
ociosamente y en familiaridad sospechosa con mujeres. Muchos de ellos eran
frailes que vagaban de una tierra a otra huyendo de los rigores de la regla. Se
mantenían de limosnas, explotando la caridad del pueblo con las órdenes
mendicantes». (14)
Los dominicos apoyaron a su hermano,
sosteniendo que dicha proposición era herética, mientras los franciscanos se
solidarizaban con el suyo, que defendía su perfecta ortodoxia, y tachaba de
herejes a los contradictores, basándose en una decretal de Nicolás III.(15) Juan XXII declaró que podía dicha
aseveración discutirse con libertad, mientras él decidía. No pudieron
contenerse los franciscanos, y aprovechando su Capítulo General de Perusa
(Pentecostés de 1322), lanzaron una encíclica defendiendo como doctrina sana y
católica la pobreza absoluta de Cristo. Indignado con razón el
Papa con tal proceder, contestó con su Bula Ad Conditorem de 8 de
diciembre de 1322, renunciando en nombre de la Sede Apostólica a la propiedad
de los bienes usufructuados por los Menores, y por la Cum inter nonullos
del 12 de diciembre de 1323, definiendo como herético el aseverar que Cristo y
los apóstoles no habían poseído nada, ni en particular ni en común, o que no
tenían derecho a usar de sus bienes, venderlos, regalarlos o cambiarlos.
Aunque
el Capítulo General Franciscano, recomendó a los Menores acataron con todo
respeto la decisión papal, muchos frailes, provinciales y el mismo general
Miguel de Cesena, persistieron en su opinión, y poco a poco fueron a engrosar
las filas de Luis de Baviera, desconociendo a Juan XXII.
El Imperio
Con
la muerte súbita de Enrique VII de Luxemburgo en 1313, provocó una grave crisis
al imperio, pues los electores no llegaron a ponerse de acuerdo sobre ningún
candidato y al fin optaron por Federico de Habsburgo a quien coronaron Rey de
Romanos en Bona el 25 de noviembre de 1314, mientras otros coronaban ese mismo
día en Aquisgrán a Luis de Baviera. Como Juan XXII al recibir la tiara hallara
al Imperio dividido en estos dos bandos, declaró vacante el Imperio y confió en
tanto el Vicariato de Italia a Roberto de Nápoles. Cuando en 1322 la fortuna de
las armas sonrió en Mühldorf a Luis, en cuyas manos cayó preso Federico, el
Papa insistió en que la fuerza no garantizaba derecho alguno y que sólo a él
atañía decidir la legitimidad de la elección imperial. Como entretanto Luis se
echara sobre Italia en auxilio de los gibelinos, en particular del podestá
de Milán, Mateo Visconti, a punto de capitular en manos del Legado papal, le
exigió el Papa comparecer en Aviñón para justificarse. Vencido el plazo
señalado y aun una prórroga, Juan convencido de la pertinaz rebeldía del
bávaro, lo excomulgó el 23 de marzo de 1324.
El “Defensor Pacis” (16)
Este
mismo año terminaban Marsilio de Padua y Juan de Jandun la obra más radical
escrita en los tiempos medios sobre las relaciones entre la Iglesia y el
Estado, titulada Defensor Pacis y dedicada a Luis de Baviera. Defienden
en la primera parte con lógica acerada la soberanía popular; distinguen el
Poder Legislativo, que reside sólo en el pueblo, del Ejecutivo, que debe de
estar en manos de los gobernantes designados por el pueblo, y que debe de ser
un monarca. En la segunda parte, apoyándose en la Escritura, que proclaman por
cierto como única fuente de Fe, aplica estos principios democráticos a la
Iglesia. También en ella reside el poder en el pueblo, es decir, en el Concilio
Ecuménico, en que deben tomar parte tanto el clero como el pueblo. La Jerarquía
Eclesiástica, causa –según ellos- de perturbaciones y guerras, no es de
institución divina sino mera conveniencia disciplinar. Al Sacerdocio compete
sólo la cura de las almas, predicación y administración de los sacramentos, sin
que tenga ningún derecho de coacción. En todo lo temporal debe someterse al
Poder Civil, a quien toca también aprobar la elección papal, nombrar los
dignatarios eclesiásticos, convocar y disolver los Concilios, vigilar las
escuelas y las Universidades.
La lucha
El
excomulgado Luis de Baviera, replicó desde Sachsenhausen el 22 de mayo de 1324,
apelando al Concilio Universal y acusando a Juan de hereje y usurpador.
Contestó el papa desposeyendo a Luis de todo derecho al Imperio, confirmando a
los siete electores sus privilegios y conminándolos a llenar la vacante del
solio germánico. Así se descorría el telón para el último acto de la lucha
secular entre el Sacerdocio y el Imperio. El bávaro se lanzó sobre Italia,
recibió la corona de hierro en Milán el 31 de mayo de 1327 y en la Basílica de
San Pedro de Roma el 17 de enero de 1328, la Imperial de manos de Sciarra
Colonna como representante del pueblo romano, por consejo de Marsilio de Padua.
Entre los escasos partidarios del antipapa figuraban el apóstata, general
franciscano Miguel de Cesena y el afamado innovador de la Escolástica Guillermo
de Occam. Marsilio que había recibido del Emperador el nombramiento de Vicario in
spiritualibus, pudo gloriarse de haber obtenido el logro de su programa. El
triunfo del bávaro fue efímero. El Papa lanzó contra él una cruzada; la plebe
romana lo despidió con silbidos cuando salió de Roma en compañía de su
antipapa; el cisma no tuvo eco popular en la Cristiandad. El Papa fue muy
riguroso con Luis, a cuyos conatos de concordia contestó siempre exigiéndole su
renuncia al Imperio.
Una
ligereza del Papa vino a echar leña al fuego, en un sermón predicado en la
catedral de Aviñón el día de Todos los Santos de 1331, aseveró que las almas
de los justos verían a Dios sólo hasta el día del Juicio Final, y en otros
subsecuentes aseguró que sólo hasta ese día irían al infierno los condenados
y aun los mismos demonios. Algunos textos d San Agustín y de San Bernardo
lo llevaron a tan extrañas aserciones, que suscitaron una tempestad de
protestas y refutaciones. Los fraticelli triunfaban: el hereje se
desenmascaraba por fin. Mas el Papa, lejos de aferrarse a su opinión, declaró
con sencillez que la había puesto como opinión privada y la sometía al juicio
de la Iglesia. Más aun, para prepararlo, solicitó la opinión del Episcopado y
de los Maestros de Teología y nombró una comisión que estudiara sus respuestas.
Juan terminó su carrera a los 90 años el 4 de diciembre de 1342.
Benedicto XII
El
austero cisterciense y sabio teólogo Jacobo Fournier, que con el nombre de
Benedicto XII subió al solio pontificio el 20 de diciembre siguiente,
sobresalió por su celo en la reforma eclesiástica, especialmente de las Órdenes
Monásticas y mendicantes; por la ponderada y oportuna definición dogmática de
que los justos, una vez purgadas sus penas, ven a Dios como es y los condenados
van al infierno apenas mueren; por su horror a la violencia en sus pacíficos
esfuerzos por llegar a un arreglo con Luis de Baviera, frustrados por la
inconstancia y arrebatos de éste y las intrigas francesas, murió Benedicto el
25 de abril de 1342.
Fuente: www.palais-des-papes.com
Clemente VI
Para
sucederle, el Sacro Colegio designó por unanimidad al Arzobispo de Rouen, el
benedictino Pedro Roger, de noble prosapia y amabilísimo carácter, quien tomó
el nombre de Clemente VI, y se distinguió por sus maneras de gran señor.
Fuente: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Papa_Clemens_Sextus.jpg
Quiso
que la corte papal fura en todo modelo de las cortes occidentales: amplió y
enjoyó el palacio que su antecesor había comprado a la diócesis de Aviñón,
compró a la Condesa de Provenza la ciudad de Aviñón, reorganizó la curia
pontificia, repartió con exceso dádivas y beneficios a todos cuantos lo
solicitaban, y se mostró muy hábil diplomático en sus relaciones con los
príncipes. A él principalmente se debe el término del largo conflicto con el
Imperio, pues socorrió, por todos los medios, a los descontentos con el
desgobierno y caprichos de Luis, para que favorecieran la candidatura de su
discípulo, Carlos de Luxemburgo, margrave de Moravia, heredero del rey de
Bohemia, que gracias a ello fue elegido rey de romanos el 11 de julio de 1346 y
coronado en Bona el 26 de noviembre. La muerte de Luis de Baviera y la dúctil
diplomacia del mismo Carlos acabaron de estabilizar el trono del joden soberano
que por su piedad y por su docilidad hacia el Papa fue apodado Emperador de
los Curas.
La muerte negra
Incalculables
son en verdad los trastornos que durante el reinado de Clemente produjo en
Europa la más desoladora epidemia de peste bubónica que registra en sus anales
la Historia.
Declaróse
la peste en Constantinopla en la primavera de 1347 –venía del Oriente traída
por los tártaros que sitiaban a Crimea- y como rayo fue recorriendo los puertos
del Mediterráneo –Chipre, Grecia, en octubre Sicilia, a fines del año en
Nápoles, Génova y Marsella-, de donde penetró muy presto en el continente.
Francia, Italia y España cayeron en sus garras en 1348. Las Islas Británicas,
los Países Bajos y Alemania, el siguiente. En 1350 acabó por destrozar a
Alemania y llegó hasta Rusia, Escandinavia, Islandia y Groenlandia. Por falta
de estadísticas es imposible dar cifras exactas sobre la mortandad causada, se
cree que el 90% de la población murió (17) Los trastornos económicos, sociales y aun religiosos fueron
tales, no ha faltado quienes cierren la Edad Media, para dar comienzo a la
Moderna.
Fuente: https://senderosdelahistoria.wordpress.com/2010/04/03/la-peste-negra-1347-1350/
Terror
y pánico produjo la terrible plaga. Las crónicas del tiempo están empapadas de
él. Los “físicos” –médicos de entonces-, no sabían nada de las verdaderas
causas ni de los remedios. El pueblo en los Países Bajos lo atribuyó a que los
judíos envenenaban los manantiales e iniciaron progromos que fueron
imitados hasta en Italia y Cataluña. Clemente VI abrió de par en par las
puertas de Aviñon a los despavoridos judíos que huían en bandadas y excomulgó a
sus perseguidores. También las numerosas cofradías de flagelantes que había en
Occidente empezaron a recorrerlo predicando penitencia, dizque impulsadas por
una carta caída del cielo sobre el altar de San Pedro en Jerusalén en la fiesta
de Navidad de 1348. Su exaltado fanatismo producía desórdenes, pillaje,
antisemitismo. Cuando se acercaban a Aviñón, el Papa los condenó y ordenó a los
Obispos que los obligaran a desbandarse, otros daños se fueron sintiendo más a
la larga: hambres por el abandono de la agricultura; desorganización de la vida
económica –monasterios, aldeas, ciudades y regiones enteras despobladas-, y
sobre todo la vida cultural y religiosa. La población escolar de las
universidades bajó por lustros en forma alarmante a la mitad y aun a la tercera
parte –caso de Oxford-, cinco universidades se suprimieron, casi todas tuvieron
que improvisar parte de su profesorado. Hubo monasterios en que, por muerte de
casi todos los monjes, la vida religiosa desapareció. El cúmulo de beneficios
en manos de un solo privilegiado se facilitó mucho por falta de candidatos
idóneos. El nivel cultural y religioso del clero tanto regular como secular
descendió.
La
gran época medieval de la Iglesia había terminado.
Inocencio VI
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Inocencio_VI
En
el cónclave reunido a los diez días de la muerte de Clemente VI el 6 de
diciembre de 1352, cada uno de los cardenales se comprometió con juramento,
después de mutuo acuerdo, a que, de ser designado para la Suprema Dignidad, no
dejaría que los miembros del Sacro Colegio pasaran de veinte, ni nombraría, ni
depondría, ni siquiera castigaría, a ninguno de ellos sin consentimiento de la
mayoría. Asimismo, sin el voto favorable de las dos terceras partes de dicho
cuerpo, no enajenaría bienes de la Iglesia Romana ni destituiría a altos
empleados de la Curia.
Para
asegurar el cumplimiento de este programa, que transformaba la dinastía
pontificia en oligarquía cardenalicia, eligieron para el 18 de ese mismo mes al
Cardenal Esteban Aubert, lemosín también, de edad ya avanzada y carácter
indeciso e impresionable. Tomó el nombre de Inocencio VI, más no tardó el 6 de
julio de 1353 en declarar nulo el juramento que había hecho, como contrario a
derecho. El principal empeño de Inocencio durante su reinado fue el de
restablecer en los Estados Pontificios, el orden perturbado en el de su
antecesor por la agitación popular que allí promovió el famoso tribuno Colá de
Rienzo. Para ello tuvo la fortuna de contar con el genio militar del Cardenal
Español Gil Álvarez Carrillo de Albornoz, que logró imponer la paz y el orden
en los dominios temporales de la Santa Sede.
La Bula de Oro
Inocencio
prosiguió la política amistosa de Clemente con el Emperador Carlos IV y le
concedió ser coronado en Roma por un Cardenal Legado el 5 de abril de 1355.
Fuente: http://www.historiauniversal.info/tag/alemania-baja-edad-media/
Bula de Oro:
Reproducción del documento que estableció, en 1356, el régimen de elección
imperial en Alemania, Véase el sello de oro que le dio su nombre.
Más
aún, no protestó cuando aquél rompió los lazos que sujetaban la elección del
emperador a la aprobación del papa, promulgando su famosa Bula de Oro el
13 d enero de 1356. Por ella consagraba el uso ya casi secular de que los
aezobispos de Colonia, Tréveris y Maguncia, el rey de Bohemia, el Duque de
Sajonia, el margrave de Brandeburgo y el Conde Palatino del Rin, tuvieran el
derecho exclusivo de nombrar al emperador, pero pretería del todo el pontificio
de confirmar la elección, lo cual equivalía a proclamar la independencia del
Imperio respecto al Papado. La estrecha alianza del Pontificado y del Imperio,
típica institución medieval, pasaba así a la Historia.
El Régimen Fiscal
Las
perturbaciones políticas y sociales en que estuvieron sumergidos los Estados
Pontificios durante el siglo XIV, crearon un gran problema económico a la Santa
Sede que antes, gracias al censo, que en ellos recaudaba, al Denario de San
Pedro y algunas contribuciones más, salía avante de sus gastos. Juan XXII tuvo
que aplicar más del 62% de los ingresos a la pacificación de sus dominios
italianos.
·
Los
papas necesitaban también para las iglesias de Roma, cuyos senadores eran
vitalicios;
·
para
sus embajadas, que iban hasta el extremo de Europa en busca de los soberanos
para apaciguar sus disensiones;
·
para
los misioneros que enseñaban fuera de Europa a lejanos pueblos y para el
personal de su Corte –unas cuatrocientas personas-,
·
para
los cardenales a quienes describe Petrarca, no sin exagerar, como “sátrapas
montados en caballos engualdrapados de oro con frenos de oro, y pronto herrados
con oro”(18)
·
para
el funcionamiento de la administración central de la Iglesia: cámara
apostólica, cancillería, administración judicial, penitenciaría, y para ayudar
a los necesitados, a los pobres siempre, a las víctimas de la peste, del
hambre, etc.
Tan
apremiantes gastos los obligaron a adoptar un complicado régimen fiscal, o sea una
serie de disposiciones sobre recaudación de fondos, para el que
aprovecharon el sumo dominio que los canonistas atribuían al Papa sobre todos
los bienes eclesiásticos. A los impuestos y tributos que recaudaban ya desde el
siglo XIII, Clemente V añadió las anatas –impuesto equivalente
por lo general a las entradas de todo un año, que debía pagar todo nuevo
beneficiario, y el derecho de expolio –por el cual la Santa Sede
se reservaba los ingresos de todos los beneficios durante la vacante.
Los
sucesores de Clemente V llegaron más lejos: se reservaron el derecho de nombrar
todos los cargos eclesiásticos, incluso designar a los titulares antes de que
vacase una sede: este último derecho se titulaba concesión de expectativa.
Estas reservas y expectativas fueron motivo de
nuevos impuestos. Las visitas ad limina, la concesión del palio,
insignia de los arzobispos, las apelaciones a la corte
pontificia, las dispensas concedidas por el Papa, estaban también
sujetas al pago de derechos.
Esta
política de los papas, obligada por las circunstancias, ocasionó enojosas
consecuencias. Predispuso a los pueblos y a los príncipes en contra del Papado.
En Inglaterra los parlamentos protestaron contra este régimen fiscal; en
Alemania los recaudadores de impuestos se vieron amenazados y tuvieron que
renunciar a su tarea; en Francia el mal fue aún mayor: devastada y arruinada la
nación por la guerra de los Cien Años, los beneficios no producían ni aun lo
necesario para pagar los censos que pesaban sobre ellos. De todas partes se
elevaban quejas al Papado. Esta ola de descontento, puede considerarse como una
de las grandes causas que llevaron a Alemania hacia la Reforma, a Inglaterra al
Cisma y a Francia al Galicanismo.
Urbano V
Beato
Urbano V, O.S.B. fue el papa n.º 200 de la Iglesia católica de 1362 a 1370 y
sexto papa del pontificado de Aviñón.
Fuente: http://alexandrinabalasar.free.fr/urbano_05_papa.htm
Inocencio
VI murió el 12 de septiembre de 1362. Los cardenales eligieron para sucederle a
un abad benedictino, insigne por su piedad y ciencia, Guillermo de Grimoard,
que estaba entonces de Nuncio Papal en Nápoles. Regreso éste así que supo su
elección y fue consagrado y coronado el 6 de noviembre. Su pontificado fue
ejemplar, Urbano V, pues tal fue el nombre que eligió por haber sido todos los
Urbanos santos, detestaba todo boato, insistió en seguir usando su hábito
monacal, y, sin dejar su vida de oración y estudio, se entregó del todo al
gobierno de la Iglesia, al fomento de las ciencias sagradas y a la reforma de
costumbres. En Italia el cardenal Albornoz proseguía su obra pacificadora y el
clamor popular exigía con insistencia la vuelta del Pontífice. Una noble sueca,
Santa Brígida, que llevaba años de residir en Roma, para procurarlo –a
petición, según creía, de Jesucristo-, rogaba al Papa en frecuentes cartas que
apresurara su regreso. Por otra parte, Aviñón no ofrecía las garantías de
antaño: Francia estaba empobrecida y desolada por varias epidemias y la
intermitente Guerra de los Cien Años contra Inglaterra. No bien se interrumpían
las hostilidades, los mercenarios desparramados por todo el país cometían toda
suerte de tropelías.
Casi
desde el principio de su reinado, comprendió Urbano que era llegada la hora de
regresar a la Ciudad Eterna, el 30 de abril de 1367, no obstante que sus
familiares, los cardenales y la Corte de Francia no habían dejado piedra por
mover para estorbarlo, emprendió el retorno. Apenas desembarcado en sus Estados
italianos, tuvo que llorar la muerte del gran Albornoz y sofocar en sangre una
revuelta. Hasta el 16 de octubre entró en Roma, y en 1368 tuvo el consuelo de
recibir en ella al Emperador Carlos IV, y en el siguiente al Basileus, Juan
Paleólogo, que abjuró de sus errores y prometió acabar con el cisma bizantino. Su primera preocupación fue la reforma de toda la corte
pontificia. Promovió la austeridad, se rodeó de personas de reconocida virtud
para los cargos más importantes y sobretodo impulsó la educación a todos los
niveles, creando incluso una escuela de Medicina. Además, consciente de que aún
había muchos pueblos que no conocían al Señor, con la ayuda de los franciscanos
y de los dominicos emprendió la evangelización de Bulgaria, Ucrania, Bosnia,
Albania, Lituania, y hasta logró enviar misioneros a la lejanísima Mongolia (19)
Su preocupación más importante fue la salud
espiritual de su pueblo, para ello reestableció la disciplina del clero y promovió
a las nuevas órdenes que el Espíritu Santo había suscitado en la Iglesia para
su reforma.
Las
persistentes algaradas de los turbulentos romanos y la esperanza de mediar
entre su patria y Albión, lo impulsaron a regresar a Aviñón, lo obstante la
amenaza profética de Santa Brígida de que moriría poco después de llegar, como
en efecto acaeció el 19 de diciembre de 1370.
Gregorio XI
Fuente: http://caffetteriadellemore.forumcommunity.net/?t=52918405
El
29 de diciembre entraron los cardenales en cónclave y al día siguiente por
unanimidad de votos eligieron papa a Pedro de Beaufort, creado cardenal cuando
sólo tenía 19 años por su tío Clemente VI e insigne por su virtud, sensatez y
ciencia canónica. Aunque tenía sólo 42 años, era débil y enfermizo, desde el
primer momento comprendió la conveniencia de regresar a las orillas del Tíber
para mantener con mano fuerte la paz en el patrimonio pontificio.
Gregorio
XI cometió el error fatal de nombrar como delegados y gobernadores de las
provincias eclesiásticas de Italia a franceses que no entendían a los italianos
y que eran odiados por éstos. Los florentinos que temían que un afianzamiento
del poder papal ponía en peligro su propio poder en Italia central, se unieron
a Bernabé Visconti en julio de 1375. Tanto Bernabé como los florentinos
hicieron todo lo posible por crear insurrecciones en los territorios papales
entre los que estaban insatisfechos con los legados papales en Italia. Tuvieron
tanto éxito que en poco tiempo todo el Patrimonio de S. pedro estaba en armas
contra el papa. Muy enfadado por el proceder sedicioso de los florentinos,
Gregorio XI les impuso castigos extremadamente severos. Puso a Florencia bajo
entredicho, excomulgó a sus habitantes y los declaró fuera de la ley, a ellos y
sus posesiones. Las pérdidas financieras que se derivaron de esto para los
florentinos son incalculables. Enviaron a Sta. Catalina de Siena a que
intercediera por ellos ante Gregorio XI, pero frustraron sus esfuerzos
continuando con las hostilidades contra el papa. En medio de estos conflictos,
Gregorio XI cedió a las urgentes oraciones de Sta Catalina y decidió volver a
la sede papal de Roma a pesar de las protestas del rey francés y de la mayoría
de los cardenales franceses (20)
Poco pudo gozar de la capital cristiana, pues murió el 27 de marzo del año
siguiente.
Contradicciones
Los
juicios formulados sobre los años que corren desde la elección de Clemente V
hasta el retorno a Roma de Gregorio XI son de los más contradictorios. Mientras
para los italianos y alemanes cuentan entre los más bochornosos de la Historia
Eclesiástica, no pocos franceses los iluminan con favorable luz. Para
apreciarlos con equidad es necesario prescindir de apasionamientos
nacionalistas y situarlos en su ambiente y en su época. Los abusos y excesos,
contra los cuales exhalan apasionadas quejas los contemporáneos
achacándolos a la molicie provenzal e imaginando que desaparecerían con
la vuelta del Papa a Roma, no eran en realidad sino las primeras
manifestaciones de un estado de cosas desconocido hasta entonces, primeros
brotes de un mundo que nacía: el del Renacimiento, en que hacia su entrada a la
escena de la Historia un nuevo tipo humano, el hombre moderno. Mucho más graves
serán en verdad los que habrá que deplorar en la corte pontificia ya en la
misma Roma, un siglo después.
Equidad
Para
juzgar con equidad la estancia de siete papas en la ciudad de Ródano, hay que
tener presente que no fue capricho ni mucho menos escándalo, sino por muchos
años imprescindible necesidad, dado que permanecer en la del Tíber por las
ininterrumpidas turbulencias y permanente inestabilidad era imposible. Como
sagazmente calculó Gayet, “de 1100 a 1034, o sea durante 204 años, los Papas
residieron 122 años fuera de Roma y sólo 82 en ella”. Cifras elocuentes que
ponen de los papas en esquivar la vecindad de los romanos. Muy particular lo
tuvo Benedicto XI, que, con ser italiano y todo, poco después de 4 elegido
salió de la Ciudad Eterna y manifestó su intención de residir en el norte de la
Península. Para evitar esta situación, que iba resultando insoportable,
Clemente V fue dilatando su establecimiento en Roma y sus sucesores acabaron
por domiciliarse en Aviñón.(21)
¿Por qué eligieron esta población que en aquel entonces era poco más que una
aldea? Simple y sencillamente porque para pasar una temporada era ideal, por
tener fáciles comunicaciones, gracias al Ródano, tanto con Italia como con los
países mediterráneos, como con Francia y el Imperio. Por otra parte el clima
era apacible, la población pacífica, la comarca circunvecina –el Condado
Venesino- feudo inmediato de la Santa Sede, y la misma villa, de los Condes de
Provenza, quienes, a fuer de reyes de Nápoles, eran también vasallos del Papa.
Es
cierto que las dificultades crecientes de la Península hicieron que la curia
papal arraigara allí, pero apenas el genio de Albornoz dominó la situación en
el Patrimonio de San Pedro, los papas comprendieron que debían regresar y así
lo hicieron. La Historia no debe atribuir esa vuelta a los ruegos y
revelaciones de Santa Brígida y de Santa Catalina de Siena, aunque hayan
contribuido a acelerarla.
Balance de los papas de Aviñón
Pasivo.- ¿Y qué
puede dar la Historia sobre el gobierno de los papas de Aviñón? Como en todo lo
humano hubo bueno y malo. Hagamos un somero balance. Empecemos por las
deficiencias y abusos. ¿Cuáles fueron los más notorios? El principal fue el
peso insoportable de los impuestos fiscales, que al fin y al cabo pesaba sobre
los simples fieles. El estado económico por el que cruzaba Europa –tallo
naciente del nefasto Capitalismo- tenía que influir en la Corte Papal. Ella fue
en efecto la primera que sustituyó el pago en especie por metálico
a sus numerosos empleados.
Vimos
las cargas económicas que sobre la Santa Sede pesaban y justo era recaudar en
todo el mundo cristiano lo necesario para soportarla, pero es innegable que la
curia traspasó los límites de lo conveniente y aun de lo lícito al:
·
exagerar
los impuestos, buscar toda suerte de pretextos para inventar nuevos,
·
disponer
a troche y moche de beneficios eclesiásticos,
·
tolerar
que grandes personajes los acumularan,
·
utilizar
los bienes de la Iglesia a favor de los parientes o favoritos ya del Papa ya de
los curiales,
·
introducir
en Aviñón el inmoderado lujo puesto en boga por los Valois, exagerado aun para
las cortes regias, del todo impropio en la del Vicario de Cristo.
El
pecado original, de los Papas de Aviñón fue su preferencia excesiva por los
intereses de Francia. Clemente V fue dócil instrumento de Felipe el Hermoso.
Los demás, aunque estuvieron lejos de ser sus títeres, manifestaron siempre
claro favor a todo lo francés. Sin negarle a la Francia de entonces el primado
intelectual, no puede admitirse como justa su preponderancia en el Sacro
Colegio. De los 134 cardenales nombrados por los siete Papas de Aviñón, 13
fueron italianos, 5 españoles, 2 ingleses, un ginebrino y los demás, es decir
113, franceses. ¿Cómo no iba a herir tal preferencia al pueblo italiano, a
quien por siglos había incumbido el servicio inmediato de la Santa Sede? ¿Y qué
decir de los alemanes del todo eliminados y por tantos lustros? ¿Y de los
ingleses, engarzados ya en lucha secular?
Y
todavía hubiera sido tolerable si los cardenales franceses hubieran sido todos
prelados ejemplares. Hubo quienes lo fueron, pero a muchos les bastó ser
grandes señores, quizá buenos canonistas, a veces sólo activos políticos o
dóciles instrumentos de su rey.
Activo.- En el
activo del papado aviñonés, hay que poner que los siete pontífices fueron
varones insignes, conscientes de la responsabilidad que por su altísimo cargo
les incumbía y, aunque no exentos de defectos todos –salvo el muy débil
Clemente V- concienzudos gobernantes de la Iglesia. Casi todos fueron
sacerdotes ejemplares por sus virtudes e insignes por su ciencia. Aunque, por
las aciagas condiciones de su época, estuvieron enzarzados en mil
complicaciones políticas y guerreras, no por eso descuidaron la difusión del
espíritu cristiano y el acrecentamiento de la santa Iglesia.
·
Siguieron
con particular interés los comienzos de las misiones entre fieles y fomentaron
con todo empeño las obras de redención de cautivos.
·
Favorecieron
en mil maneras los estudios eclesiásticos, el progreso cultural y el esplendor
artístico para la gloria de Dios y de su Iglesia.
·
Reorganizaron
los servicios de la Curia Romana –Cámara Apostólica, Cancillería,
Administración Judicial y Sacra Penitenciaría- de una manera tan minuciosa,
horada y eficaz, que en lo sustancial habrá de durar hasta nuestros días.
·
Centralizaron
el gobierno de la Iglesia conforme a tendencias generales entonces y a la
necesidad que de ello había, reservando a la Sede Apostólica la colación de
todos los beneficios mayores.
·
De
allí el uso tradicional de los obispos se intitulen DEI ET SEDIS APOSTOLICAE
GRATIA.
·
Por
último no hay que olvidar que casi todo el dinero que recogieron, así como
todos los esfuerzos que consagraron a la diplomacia o a la acción bélica, fue
para procurar la paz en Occidente, lanzar otra cruzada contra el turco o
reconquistar el Patrimonio de San Pedro.
A
los ojos, por tanto, de cualquier juez desapasionado tiene que parecer evidente
que los papas de Aviñón y su régimen, no obstante sus innegables deficiencias,
están muy por encima del lamentable desfile de juguetes de Marozia y otros
déspotas romanos en el siglo X, o de la archimundana corte del Renacimiento.
Lo
que los italianos, exasperados por sus rencillas y miseria, calificaron de
nuevo Cautiverio de Babilonia, estuvo lejos de ser una página negra en
la gloriosa Historia del Papado.
II.- El Cisma de Occidente (22)
Como
Gregorio XI sintiera que era llegada su hora, temiendo que las hondas
divisiones regionalistas existentes entre los cardenales, agravadas por la
permanencia de seis de ellos en Aviñón, fueran parte para causar un cisma,
modificó un tanto la ley del cónclave, ordenando que, sin esperar a los
ausentes, éste se reuniera en Roma a los diez días de su fallecimiento, y que
fuera reconocido como Papa legítimo aquel que reuniera dos tercios de los votos
de los allí reunidos, sin tener para nada en cuenta a los demás. Decidió
asimismo que el guardián de la fortaleza del Santo Ángel no entregara las
llaves al futuro Papa sin haber recibido orden desde Aviñón, para evitar así la
entronización de un intruso en la Ciudad Eterna.
Agitación popular
Teniendo
ya Roma 75 años de no albergar un cónclave, y habiendo la lejanía del Jefe de
la Iglesia aminorado mucho sus riquezas y esplendor al grado de causar la ruina
de muchos templos y la miseria de muchas familias, estaba el pueblo ansioso de
tener un papa italiano que no retornara a la Provenza. La agitación fue
creciendo y era ingente al entrar los cardenales en el Vaticano la tarde del 7
de abril de 1378. Multitud de gente, y no sólo de Roma, sino venida de los
alrededores, apiñada en la plaza de San Pedro (unas 20 mil personas), al
desfilar los Príncipes de la Iglesia les pedía, que eligieran a un romano o
siquiera a un italiano.
Colmaba
la confusión, en que los mismos cardenales estaban muy divididos y
desconcertados sobre el partido que convenía tomar. De los 16 cardenales
reunidos –otros 6 estaban en Aviñón y uno de Legado en Toscana-, cuatro eran
italianos, uno español –Pedro de Luna, cardenal de Aragón-, otro ginebrino
–Roberto de Ginebra, cinco lemosines y cinco de otras regiones de Francia. Los
lemosines, con quienes militaban otros dos franceses, hubieran deseado elegir a
uno de ellos, pero preveían su fracaso por la oposición de los cardenales de
Ginebra y Aragón, y sobre todo de los cuatro italianos, decididos a colocar la
tiara sobre la cabeza de un compatriota.
Mas
como ninguno de los cuatro cardenales italianos parecía papable –Tebaldeschi,
romano, era ya un anciano caduco; Orsini, al revés, un jovencito; los otros
eran prelados de Florencia y Milán, que estaban entonces gobernadas por
enemigos políticos de la Santa Sede-, varios pusieron los ojos en el arzobispo
de Bari, Bartolomé Prignano, napolitano y por tanto italiano pero súbdito de
francesa –la reina Juana de Nápoles, emparentada de cerca con los reyes de
Francia-.
Confusión y desorden en el cónclave
No
habiéndose tapiado las puertas una vez entrado los cardenales, todavía a las
nueve de la noche unos intrusos los azuzaban para que eligieran a un italiano.
La noche fue muy agitada, los gritos Romano lo volemo, o al manco
italiano no cesaron sino hasta altas horas. Las campanas de San Pedro
tocando a rebato exasperaron los nervios cardenalicios, que apenas toleraron el
discurso perturbado del decano.
El término cisma significa cualquier separación formal e intencionada de
la unidad de la Iglesia cristiana; a diferencia de la herejía, con la que se
relaciona a menudo, no denota por sí misma desviaciones doctrinales.
El
cardenal Orsini se atrevió a proponer el simulacro de entronización de algún
fraile, para apaciguar a las turbas. Nadie accedió.
El
cardenal de Luna sugirió entonces la candidatura de Prignano a los lemosines,
que la aceptaron y ganaron para ella a los demás, salvo a Orsini. Los
cardenales de Bretaña, del Santo Ángel y de Florencia, aunque mal de su grado,
accedieron. El Papa estaba electo.
Como
Prignano no estaba en el cónclave, lo mandaron llamar en secreto para
proponerle su elección. Mientras llegaba, se pusieron a comer, y al acabar,
unos doce reunidos en la capilla ratificaron la elección. Por desgracia,
sospechando la plebe que el Papa había sido ya elegido, entró de nuevo en
ebullición. El cardenal Orsini tuvo que salir a asegurar al pueblo que pronto habría
Papa y que fueran a esperarlo a San Pedro, pero no le oyeron bien, y se
lanzaron a saquear su palacio, otros
Fuente:
http://www.compartiendomiopinion.com/2015/04/mi-version-de-lo-que-ocurrio-en-la_8.html
creyendo
había sido electo un francés, forzaban la puerta del cónclave con gritos de Romano
lo volemo y amenazas de muerte. Los cardenales pasaron momentos de
angustia, mientras unos huyen, otros echan el manto pontificio sobre el anciano
cardenal Tebaldeschi, el único romano, y lo fuerzan a recibir el homenaje
popular. Entre el gentío, nadie oye que él dice “Yo no soy el Papa, el Papa es
otro”.
Urbano VI
Fuente: http://odisseianainternet.blogs.sapo.pt/papa-urbano-vi-107424
Al
caer el día siguiente, 9 de abril de 1378, doce cardenales se reunieron de
nuevo y entronizaron a Prignano, que tomó el nombre de Urbano VI. Los
otros cuatro cardenales habían huido de la ciudad y volvieron hasta el día 10,
en que prestaron homenaje sin objeción alguna.
La
elección fue comunicada a los seis cardenales de Aviñón y a su tiempo fue
recibida la contestación en que reconocían a Urbano VI. Los cardenales
presentes en Roma siguieron participando de las solemnidades, muy en particular
de la coronación del nuevo Papa; lo asaltaron con memoriales y obsequios para
obtener privilegios y favores; no dieron la menor señal pública d considerar la
elección inválida. Todavía un mes después, el 8 de mayo, todo los cardenales
que estaban presentes en Roma firmaron de su puño y letra una carta anunciando al
Emperador y a todo el pueblo cristiano la elección y coronación de Urbano.
El Papa
Bartolomé
Prignano tenía 60 años, había nacido en Nápoles, y tanto allí, en donde llegó a
conónigo, como en Aviñón, en donde llegó a sustituir al mismo cardenal
canciller, había causado la impresión de ser un varón ejemplar: bueno y
prudente, elocuente, humilde, independiente, diestro en el manejo de los
negocios, piadoso y mortificado. Aun sus enemigos reconocen que era manifiesto
candidato a la Tiara. Ni es extraño, que cuantos deseaban un Papa reformador,
creyeran poder cifrar en él sus esperanzas. El cardenal de Aragón, que fue
quien propuso su candidatura, era estimado como uno de los cardenales de más
capacidad intelectual y de vida más íntegra. Se explica, pues, que Bartolomé
haya ganado en pocos minutos casi todos los sufragios.
La Reforma
“Honra
sin duda a Urbano VI, el haber, inmediatamente después de su elección,
comenzado a realizar la reforma por donde según el juicio de todos los
prudentes, era principalmente necesaria: por las altas esferas de la Iglesia” (23) Desacierto muy grave fueron el modo y la
violencia, los excesos de lenguaje y de hecho.
Muy
bien que obligara a los príncipes de la Iglesia a reformar su casa y su mesa, a
reparar a sus expensas las iglesias de sus títulos, a renunciar a las pensiones
que les pagaban los príncipes seculares, pero con tal de que lo hiciera con
moderación y prudencia. Por desgracia, apenas coronado, parece haber cambiado
de temperamento o haber perdido el equilibrio mental. Ya al día siguiente de su
coronación trató de perjuros a varios obispos que le prestaban obediencia,
porque no estaba en sus diócesis. Predicando a los pocos días sobre el Buen
Pastor, se puso a sí mismo como modelo, mientras vituperó con acerbidad a los
cardenales y obispos por su espíritu simoníaco y mundano. A un recaudador de
impuestos que le presentaba el dinero, se lo arrojó a la cara, y a los mismos
cardenales trataba en el consistorio de necios, majaderos, bellacos, llegó casi
a manos con alguno. La misma Santa catalina lo exhortaba a la mansedumbre:
“Obrad con moderación. La justicia sin misericordia tiene más de injusticia que
de justicia”.
Cuando
el descontento empezaba a cundir entre los cardenales, nació en algunos la idea
de que la elección de Prignano era inválida. Algunos escribieron
confidencialmente al rey de Francia, poniéndolo en guardia contra el comunicado
oficial de la elección de Urbano por estar plagado de inexactitudes. El
cardenal de Glandève había tenido la precaución, antes de entrar en el
cónclave, de atestiguar delante de notario que estaba decidido a no elegir a
nadie que no fuera cardenal, y que si no procedía así sería sólo por temor a la
muerte. El de ginebra expresó con bastante claridad su convicción de que Prignano
no era Papa, y de que al prestarle homenaje le parecía que adoraba a un ídolo.
El Cisma
Alegando
los calores que comenzaban, los cardenales se fueron saliendo de Roma para
Agnani, en donde para mediados de julio ya estaban todos los franceses. Invitaron
entonces a los italianos para que todos juntos repitieran la elección papal,
pues la de abril no la creían ya válida. Y esto anunciaron al mundo en
manifiesto el 2 de agosto. A Urbano, a quien habían invitado para que se
presentara a revalidar su elección, lo declararon el 9 de agosto excomulgado
por no acudir, por persistir en sus pretensiones y por usurpador. Carlos
V de Francia, a quien el mismo embajador de Urbano había en secreto asegurado
que la elección había sido nula, escribió a los cardenales, asegurándoles su
protección. Se habían retirado los cardenales a Fondi, a cuyo señor había
Urbano, por sus arrebatos imprudentes, convertido en adversario. De repente el
20 de septiembre los franceses después de informar a su rey del conflicto, decidieron
elegir papa y por unanimidad designaron al cardenal Roberto de Ginebra, con
aprobación tácita de los tres italianos en Roma. Al día siguiente aceptó la
tiara Roberto con el nombre de Clemente VII. (24)
Fuente: http://www.vaticanocatolico.com/iglesiacatolica/gran-cisma-de-occidente/#.V2STINThCt8
El Cisma –división de la Iglesia- estaba consumado.
¿Quién era el Papa?
La
situación producida en la Iglesia por la media vuelta ejecutada por casi todo
el Sacro Colegio era nueva en la Historia. Los mismos cardenales habían elegido
en el espacio de pocas semanas a dos papas. ¿Cuál era el verdadero? El nudo del
problema está en el valor canónico de la elección de Urbano. Para apreciarlo
sería menester escrutar la conciencia de los cardenales y saber si su voto fue
libre y definitivo, o si tuvieron razón y dijeron verdad al retractarlo. La
presión popular, no parece haber quitado toda libertad, pero ¿la que tuvieron
los cardenales bastaba para que la elección de Roma fuera válida? ¿Fue por
miedo o sólo con? Aunque hayan intervenido motivos políticos y otros egoístas o
aun mundanos, no deja de tener enorme peso el que todos los cardenales, salvo
los italianos, la hayan juzgado inválida y que ninguno se haya arrepentido ni
retractado de su conducta. El problema de fondo, que al resultar Urbano
incapaz, los cardenales se arrepintieron y no hallaron solución jurídica sino
en la invalidez –por- miedo.
La cristiandad dividida
Carlos V de
Francia fue el primero que reconoció a Clemente y l presto decidido apoyo. Le
siguieron Juana de Nápoles, Saboya, Escocia, y –gracias a la persuasiva
diplomacia del Cardenal de Aragón- poco a poco los reinos ibéricos (Castilla,
Aragón y Navarra). A Urbano lo reconoció desde un principio el Emperador Carlos
IV, los reyes de Polonia, de Hungría, de los países Escandinavos y algunos
príncipes alemanes, el centro de Italia por odio a los franceses y gracias a
las fervorosas exhortaciones de Santa Catalina; Inglaterra también, por
contradecir a Francia. En Flandes el pueblo era urbanista, los obispos
clementinos. Las órdenes religiosas se dividieron en dos ramas, conforme a su
respectiva obediencia. Urbano y Clemente se excomulgaron mutuamente en compañía
de sus respetivos seguidores. Al poco toda la cristiandad estaba excomulgada.
En realidad casi nadie, salvo los cardenales, podía tener suficiente
conocimiento del caso para formarse un juicio objetivo. La Iglesia empezó el
más humillante y más doloroso viacrucis de su milenaria pasión. No hay duda de
que inmiscuyó la política y con ella las pasiones nacionalistas, los italianos
vieron en Clemente VII sobre todo al francés, al odiado “verdugo de Cesena”, y
lucharon contra el con todo el ardor de su patriotismo lacerado. Tuvo que
refugiarse en Aviñón, Francia a su vez identificó muchos de sus intereses con
la causa de Clemente, lo apoyó con armas y gente para que por la fuerza hiciera
triunfar lo que creía su derecho. Así se agravó la contienda entre franceses e
italianos, que con diversos pretextos e intermitencias había de durar por
siglos.
Pasaron
los años y las vías de hecho no llevaron a ninguno de los contrincantes a su
deseada meta. En Roma y en Aviñón hubo un papa que creía ser el legítimo,
apenas moría, los cardenales se apresuraban a nombrarle sucesor para mantener,
según creían, intacta la legitimidad; de hecho, para ahondar la división.
Los Antipapas
|
Los Papas |
Línea de Aviñón |
Línea de Pisa |
|
Urbano VI (1378-1389) ↓ Bonifacio IX (1389-1404) ↓ Inocencio VII (1404-1406) ↓ Gregorio XII (1406-1415) El papa menos apoyado de la historia,
el menos reconocido por los tres reclamantes, rechazado por casi toda la cristiandad |
Clemente VII (1378-1394) Reconocido por casi todos los
cardenales vivientes que habían elegido a Urbano VI ↓ Benedicto XIII (1394-1417) Reconocido, por algún tiempo, por San
Vicente Ferrer |
*Línea favorecida por la mayoría de los teólogos de aquella
época, elegidos por los cardenales de cada bando* Alejandro V (1409-1410) elegido por los cardenales en Pisa ↓ Juan XXIII (1410-1415) reinó en Roma, tuvo el apoyo más amplio
de los tres reclamantes |
|
Resuelto con la elección del papa Martín V en 1417, en el
Concilio de Constanza |
||
Como ejemplo para ver en cómo
quedó sumida la cristiandad, puede servir el ardor y convicción profunda con
que Santa Catalina de Siena defendió hasta su muerte los derechos de Urbano,
mientras que San Vicente Ferrer ponía toda su ciencia y su celo, al servicio d
la causa de Clemente y de Benedicto. No es extraño que en circunstancias nuevas
y tan dolorosas, cuando tantísimos buenos cristianos no sabían a ciencia cierta
quién era el Jerarca Supremo, aun el Dogma hasta entonces inconcuso del Primado
empezara a tambalearse. En Inglaterra cundieron las doctrinas anticlericales de
Wiclef, que Hus propagará en Bohemia; en Francia nació el galicanismo;
doctores de la Sorbona lanzaron la teoría conciliarista o superioridad del
Concilio sobre el Papa, que por medio siglo inquietará a Occidente.
Fuente: http://www.lovecrucified.com/catolico/santos/catalina_siena.htm
Fuente: http://www.cincominutosconjesus.org/?p=2908
Las tres vías
Carlos
V de Francia no permitió discusión alguna sobre su política religiosa
consistente en procurar, por la diplomacia y por la fuerza, que toda Europa
reconociera a Clemente por único legítimo Papa. Más a su muerte (1380) el
descontento por el cisma era tan intenso que fue imposible mantener por muchos
años su política; y poco a poco fueron cobrando fuerza diversas opiniones sobre
el mejor modo de lograr la ansiada unidad.
En
1394 la Universidad de parís, el tercer poder entonces –los otros dos
eran el Papa y el Emperador-, exigió a sus miembros que presentaran por escrito
cuáles creían ser los medios conducentes para acabar con la división de la
Iglesia. Propugnaron tres:
I.Cesión o abdicación.
II.El Convenio y
III.El Concilio.
En
efecto, de abdicar uno de los Papas a favor del contrincante, el problema
estaba resuelto, pero ¿quién querría abdicar? De abdicar ambos, quedaba también
aplanado el camino para la elección de otro Papa universalmente aceptado, pero
¿no sería aún más difícil conseguir que ambos contrincantes cedieran?.
El
arbitraje también era medio apto, si ambos papas lo aceptaban, comprometiéndose
a sujetarse al fallo arbitral, imponerles un arbitraje obligatorio, nadie tenía
derecho a hacerlo.
Mucho
más delicada era la vía del concilio, pues ¿quién convoca dicho concilio y qué
derecho tendría éste d juzgar y mucho menos de eliminar al Papa legítimo, fuera
quien fuese? Nótese que con esto crecía el error de que el Concilio ecuménico
estaba sobre el Papa y que por tanto podría juzgarlo y deponerlo.
Cesión o abdicación – sustracción de obediencia
Aunque
al principio los Duques gobernaban a Francia –el rey Carlos VI pasaba por
frecuentes periodos de locura- trataron por mil medios de conseguir que ambos
papas abdicaran, la inquebrantable decisión del Cardenal Pedro de Luna, una vez
electo Papa Benedicto XIII, de no realizar la unión sino por convenio
con el contrincante romano, inutilizó todos sus esfuerzos.
Airado
el gobierno convocó un concilio nacional en 1398 en el que favoreció la actitud
de elementos extremistas, ansiosos de exonerarse de los pesados impuestos y
demás gravámenes exigidos por la curia papal. Éstos proclamaron como infalible
panacea –la sustracción de obediencia- al Papa y el retorno a las
–libertades galicanas-. Encolerizado y con razón Benedicto XIII, de la presión
sobre el pretendía ejercer Francia, prohibió para lo futuro la recaudación del
diezmo que había concedido al rey. Era declarar la guerra.
Benedicto XIII.
Fuente: http://pepoladas.over-blog.es/article-el-concilio-de-pisa-o-que-hacemos-con-tanto-papa-88931635.html
Benedicto XIII (c.
1328-1423), Papa (1394-1423) durante el Gran Cisma de Occidente (1378-1417),
cuando dos (y más tarde tres) papas reclamaron, de forma simultánea, su
legitimidad como cabezas de la Iglesia católica apostólica romana.
Pedro Martínez de Luna (su
verdadero nombre, que motivó que la historiografía también le reconozca bajo el
nombre de Papa Luna) nació en la localidad zaragozana de Illueca, en la Corona
de Aragón. Tras doctorarse en Derecho Canónico en la Universidad de
Montpellier, fue nombrado diácono cardenalicio por el papa Gregorio XI.
Contribuyó a la elección del papa Urbano VI, lo que negó al ponerse del lado de
los cardenales franceses, en 1378, para la elección de Roberto de Ginebra como
antipapa con el nombre de Clemente VII. Tras fallecer éste en 1394, Benedicto
fue elegido para sucederle por los cardenales de Aviñón, pese a la oposición de
Francia. Al ser depuesto en el Concilio de Pisa (1409), el Papa Luna se encerró
en la fortaleza de Peñíscola, donde murió sin haber renunciado a sus
reclamaciones, después de haber sido depuesto, de nuevo, en 1417, en el
Concilio de Constanza.(25)
La disposición del cardenal
aragonés para la vía de cesión, que había manifestado en La Sorbona, junto a
sus cualidades humanas, intelectuales y religiosas o espirituales le confieren
la categoría de hombre providencial para ser elegido, de manera que el 28 de
septiembre recoge 20 sufragios sobre los 21 de los cardenales presentes. Siendo
en ese momento solamente diácono, recibe el 3 de octubre la orden del presbiterado
por el cardenal de Neuchâtel, y el día 11, durante la primera misa, recibe la
consagración episcopal y es solemnemente coronado como papa con el nombre de
Benedicto XIII en la catedral de Aviñón.
La
rapidez de la elección no dio tiempo a movimientos contrarios en los reinos, y
de esta guisa fue recibido con entusiasmo en Aragón y con alegría en Francia y
Castilla. Los primeros meses del pontificado son de gran esperanza, pero muy
pronto comienza a inquietarse el mundo francés. En efecto, siguiendo los deseos
del rey, en febrero de 1395, Simón de Cramaud, patriarca de Alejandría,
personaje de gran animadversión al papa Luna, dirige una asamblea en la misma
capilla real con 109 asistentes, que en su gran mayoría se inclinan por la vía
de la cesión o abdicación de los dos papas, tras la cual los cardenales de
ambas obediencias elegirían nuevo pontífice. Este acuerdo fue comunicado
oficialmente al papa Luna en mayo del mismo año por una embajada formada por
tres duques, el de Orleans, hermano del rey (gran amigo y valedor de Benedicto
XIII), y otros dos, tíos del monarca. Tras una recepción cordial, el papa se
negó lógicamente a aceptar la vía de cesión. Más tarde, en agosto de 1396, se
propone que delegaciones de los reinos de Francia, Inglaterra y España visiten
ambos papas.
Entretanto,
Benedicto XIII propone la vía de la convención o compromiso, proposición que el
nuevo rey de Aragón, Martín el Humano, se ofrece a presentar ante el papa de
Roma, a la sazón Bonifacio IX. Pero más tarde, a mediados de 1397, se insiste
ante los dos pontífices con la vía de cesión, que ambos rechazan rotundamente,
llegando Benedicto XIII a afirmar que antes se dejaría quemar vivo que abdicar
del papado y Bonifacio IX que prefería renunciar a su parte de cielo antes que
ceder su dignidad de pontífice. Y Francia, seguidamente, como cabecilla de la
cesión, da en 29 de julio de 1398 un paso definitivo, sustrayéndose a la
obediencia de Benedicto XIII. Le seguirán zonas de su órbita política, como
Nápoles, y también Besançon y Cambrai, que eran ciudades del imperio;
igualmente le imitarían los reinos hispánicos de Castilla y Navarra. Rompiendo
con Benedicto XIII, creaban un cisma dentro del cisma.
Tropas
francesas ocuparon Aviñón y sitiaron al Papa por cuatro años, sin lograr que
cediera un ápice. Aunque los cardenales y prelados secundaron la política
regia, la mayoría del clero y del pueblo comprendían cuan arbitraria e
injustificable era. La opresión sobre la Iglesia no tardó en sentirse, sus
efectos fueron desastrosos.
La
decisión es secundada también por 18 cardenales, que abandonan la curia
pontificia y atravesando el Ródano se instalan en Villeneuve. Solamente seis
cardenales permanecen fieles al papa, entre ellos los españoles, encabezados
por Fernando Pérez Calvillo, obispo de Tarazona. Ante este abandono
cardenalicio, septiembre de 1398, se toma el territorio por las armas, y el
mismo cardenal de Neuchâtel, (aquel que había ordenado de presbítero al
cardenal diácono Pedro de Luna), acompañado de sus tropas, obliga a los
aviñoneses a la rebelión contra el papa y prepara la ciudad para su
capitulación ante las fuerzas francesas. Queda, pues, Benedicto XIII asediado
en el palacio papal y con él se refugian cardenales, sacerdotes, funcionarios y
servidores, fieles al papa, pero que no llegan al número de trescientos. El
listado de aragoneses, presentado por el cronista del asedio Martín de
Alpartil, llega al número de 67 personas. Menos mal que en previsión de esta eventualidad
el mismo papa había mandado avituallar el palacio fortaleza y reforzar sus
defensas. Durante unos seis meses estuvieron sometidos a un fuerte asedio,
llegando a ser herido levemente en un hombro el mismo Benedicto XIII y
soportando grandes penurias. De ellas se hace eco el citado Martín de Alpartil
con estas palabras: «Las gentes de palacio sufrieron una gran escasez de vino,
carnes y medicamentos. Y estuvieron expuestos a fríos extremos sufriendo mucho
en piernas y pies; gran número sufrió dolores de estómago por haber comido
encurtidos pasados, habas y carnes en salazón podridas; al no tener las carnes
necesarias para los enfermos, murieron algunos de ellos…; llegaron a comer
gatos, hasta el punto de no quedar ninguno en palacio, y hasta ratones. Para el
papa se cazaban pájaros con tejas, de manera que como se tuviese uno o dos para
su comida, se consideraba como una gran fiesta».
El
cerco se suaviza posteriormente y se dejan pasar alimentos. Además el rey
aragonés, Martín el Humano, no abandona su causa, envía embajadas en su socorro
y hasta 18 galeras con las que liberar a su papa. Más ante la escasez de caudal
en el Ródano, hubieron de desistir y tornar a su reino. Continúa, por tanto, el
bloqueo del palacio papal, a pesar de que se suceden varias propuestas
francesas e incluso el citado duque de Orleans es encargado de velar por
Benedicto XIII. Más éste, tras cuatro años de asedio, decide escapar de Aviñón
con la ayuda del rey aragonés y la aquiescencia de los guardianes colocados por
el duque de Orleans. Un 12 de marzo de 1403, de madrugada, portando una forma
consagrada en su pecho, revestido con hábito de cartujo, por un brecha abierta
en el muro, abandona el palacio, pasa a la casa del deán, es recogido por los
embajadores aragoneses, y embarcado sobre el Ródano se dirige a tierra
provenzal, donde Luis de Anjou, señor del territorio, lo acoge en Castellrenard
y le rinde homenaje en presencia del cardenal de Pamplona, a la vez que
suplicaba le diese su luenga barba, que durante el asedio se había dejado
crecer, llegando casi a tener dos palmos; en frase de Martín de Alpartil
adornaba sobremanera la faz pontificia, pues con ella parecía otro padre
Abraham.
Benedicto
XIII convocó un concilio en Perpiñán y allí se celebró desde el 15 de noviembre
de 1408 hasta el 26 de marzo de 1409. Siete cardenales (cuatro de ellos,
creados para esta ocasión), 8 arzobispos, 33 obispos, 83 abades, priores o
superiores de órdenes religiosas, maestres de órdenes militares…: unas
trescientas personas, prácticamente todas de los reinos hispánicos. Todos
defienden a Benedicto XIII y proponen vías para lograr la unión. Tema en el que
ya no coinciden tanto; incluso se le recomienda al papa Luna la vía de cesión,
siempre que su rival hiciese lo mismo.(26)
El Convenio
La bicefalia se eternizaba.
El pueblo cristiano, impaciente ya, pedía a gritos el término. Gregorio XII,
electo en 1406 por los cardenales de Roma, con el explícito y jurado compromiso
de consagrarse a la realización de la deseada unión, de no nombrar nuevos
cardenales, para facilitarla, y abdicar tan pronto como estuviera asegurada;
envió desde luego plenipotenciarios a Marsella, en donde estaba Benedicto. Allí
estipularon en abril de 1407 una entrevista de ambos contendientes, que debía
celebrarse en Savona –puerto al oeste de Génova-, en los días que siguieran a
la fiesta de San Miguel y en la que debían concordar su mutua abdicación y la
elección de sucesor. Benedicto acudió muy puntual el 24 de septiembre, más
Gregorio, apagado ya su primer fervor por las maquinaciones de sus interesados
parientes y de Ladislao de Nápoles, halló mil pretextos para no pasar de Siena.
Accedió Benedicto a proseguir hasta Porto Venere. Gregorio, empero, aunque
prosiguió hasta Lucca, no se decidió a franquear los cincuenta kilómetros que
lo separaban de aquél.
Fuente: http://arquehistoria.com/celestivo-v-gregorio-xii-y-otros-papas-que-dimitieron-14890
El Concilio
Los fieles escandalizados
ante tamaña farsa instaron por radicales remedios. Francia, desconociendo
de nuevo a Benedicto, proclamó su neutralidad. Barias naciones la
imitaron, pero más trascendencia tuvo la ira de siete cardenales de Gregorio
que, convencidos de su mala fe y airados de que rompiera la capitulación
creando cuatro cardenales –dos de ellos sus nepotes-, se reunieron con seis de
Benedicto en Liorna y desde allí lanzaron al mundo la convocación de un
Concilio que debería reunirse en Pisa el 25 de marzo de año siguiente. En vano
se dieron maña para ganar la aquiescencia de sus respectivos papas, pues ambos,
indignados, convocaron sendos concilios: Benedicto, para Perpiñán en donde lo
había acogido el rey de Aragón; Gregorio para Cividale de Friul, en donde
contaba con la protección de su patria, Venecia.
El Concilio de Pisa
Mientras los concilios
papales resultaban un fracaso; el de Pisa, cuyas sesiones corrieron del 25 de
marzo hasta el 7 de agosto, resultó muy concurrido, llegando a contar en su
seno con 24 cardenales, 4 patriarcas, unos 80 obispos –un centenar más se hizo
representar por procuradores-, 87 abades –además otros 200 representados por
procuradores-, 41 priores, los generales de los dominicos, franciscanos,
carmelitas y agustinos, más de cien canónigos, centenares de doctores en
teología y Derecho, representantes de las 13 universidades y de casi todas las
naciones de Occidente, pues sólo uno de los reyes de romanos, Roberto, y
Ladislao de Nápoles, permanecieron fieles a Gregorio, mientras Aragón y Escocia
seguían con Benedicto.
El Conciliarismo
Ya desde el siglo XII
el Decretum Gratiani (27) enseñaba que un Papa
que se volviera hereje dejaba de ser cabeza de un cuerpo al que ya no
pertenecía. Muchos fueron los decretalistas que repitieron su doctrina y
algunos sugirieron que, en tal caso, tocaba a un Concilio el declararlo. De ahí
que en las luchas contra Inocencio IV, Federico acudiera al recurso conciliar,
los Colonna y los legistas franceses en la suya contra Bonifacio. Más
revolucionarios fueron Marsilio de Padua, en su Defensor Pacis y Occam,
que en defensa de Ludovico el Bávaro aseveraron que la jurisdicción suprema de
la Iglesia no reside en el Papa sino en toda la colectividad: la Ecclesia
Universalis conforme al dicho tan usado por los nominalistas: Totum
maius est sua parte.
El
malhadado Cisma de Occidente hizo que en muy variadas formas brotara en la
Cristiandad el anhelo del Concilio como remedio único y eficaz. Por eso lo
aceptaron y difundieron teólogos de gran renombre, como Enrique Heynbuch,
Dietrich von Nieheim y sobre todos las tres estrellas de la Universidad de
París: Pedro de Ailly († 1420), Gersón († 1429), que fue su canciller, y
Nicolás de Clèmanges († 1437), que fue su Rector en 1393. No todos, sin
embargo, defendían la habitual superioridad del Concilio sobre el Papa, pues
muchos la creían aceptable tan sólo en caso de extrema necesidad y como tal la
defendían, creyéndola única solución al doloroso cisma.
El
sínodo de Pisa, sin aceptarla formalmente, la puso en práctica, puesto que no
habiendo sido convocado por ningún papa, sin hacer caso de las protestas del rey
de romanos, Roberto, declaró haber sido convocado conforme a los cánones y ser
ecuménico. A continuación depuso a ambos papas, que aunque convocados no
asistieron, por “herejes y cismáticos notorios”, ya que habían quebrantado la
palabra de procurar la unión y negado el artículo de Fe “Credo unam,
sanctam, catholicam Ecclesiam.
Tres papas
Aunque el Concilio pretendía
llevar a cabo la gigantesca obra de reformar a la Iglesia en su cabeza y sus
miembros, decidió empezar por dar una cabeza a los fieles. Los 24 cardenales
presentes entraron en el cónclave el 15 de junio y el 26 eligieron por
unanimidad al cardenal de Milán, Pedro Filargi, que por ser griego cretense de
nacimiento, antiguo y eximio profesor de la Universidad de parís y varón de
mucha virtud y apacible trato, tenía que ser persona grata a las potencias
interesadas en el concilio. El elegido tomó el nombre de Alejandro V.
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Alejandro_V_de_Pisa
Como
con todo esto muchos prelados retornaron a su tierra y la tarea de la reforma
fuera cosa bien larga, el nuevo Papa dio por terminado el Concilio el 7 de
agosto. Poco tiempo rigió la parte de la Iglesia que lo aceptó –Francia,
Inglaterra, parte del Imperio e Italia-, pues murió el 3 de mayo de 1410. Alejandro V no tuvo tiempo de hacer muchas cosas, pues
su pontificado duró solo diez meses, en los que pasó luchando por ser
reconocido como el único y verdadero papa.
Algunos
acusan al antipapa Juan XXIII de su muerte, con la intención de
sucederlo en la sede pontificia pisana. Fue sepultado en la Iglesia de San
Francisco, en Bolonia, y su tumba fue magníficamente restaurada en 1889 durante
el pontificado de León XIII. (28)
http://lahistorianarradaatravesdelarte.blogspot.mx/2013/08/el-surgimiento-de-los-medici-en.html
Juan
XXIII
Para
sucederle designaron los cardenales de su obediencia al Legado de Bolonia,
cardenal Baltasar de Cossa, napolitano, marino y guerrero en su juventud,
astuto político, orgulloso, violento y de mala fama. Ansioso de mantener su
dominio político no se ocupó de la Reforma eclesiástica. El concilio que reunió
en Roma en 1413 –El Concilio del Búho- fue un fracaso.
Fuente:
http://lahistorianarradaatravesdelarte.blogspot.mx/2013/08/el-surgimiento-de-los-medici-en.html
El Concilio de Constanza (29)
De los tres pretendientes que
se disputaban la corona imperial, quedó por fin sólo Segismundo, rey de Hungría
y heredero de Bohemia, hijo de Carlos IV, quien interesado en lograr también la
unidad de la Iglesia, aprovechó una buena coyuntura para decidir a Juan XXIII a
convocar otro concilio ecuménico. Reunióse éste el día de Todos Santos en
Constanza de Suiza, bajo la presidencia del mismo Juan. El día de Navidad llegó
Segismundo. Poco a poco fueron llegando hasta 29 cardenales, 3 patriarcas, 33
arzobispos, más de 300 obispos y abades, y numerosísimos doctores y sacerdotes,
tanto del clero regular como del secular. Tres intentos tenían los Padres:
lograr la ansiada unidad, acabando con la “maldita trinidad” que había
sustituido a la “loca dualidad”; luchar contra las herejías nacientes y
reformar a la Iglesia in capite et in membris. Las ansias de obtener por
fin la unidad sobrepujaban con mucho a todo lo demás.
Fuente: http://www.iglesiapueblonuevo.es/index.php?codigo=enc_constanza
Causa Fidei
El Concilio tuvo, con todo,
particular empeño en conservar intacta la pureza de la Fe. La
condenación de Wiclef y sus secuaces bohemios Hus y Jerónimo de Praga, que
fueron entregados a Segismundo y por él condenados a la hoguera, y a la de la
proposición de Juan Petit sobre el tiranicidio, son prueba de su buen celo,
aunque meros episodios del gran drama, la eliminación de la aparente pluralidad
papal.
Secciones revolucionarias
Tropezaron desde el principio
los asistentes al Concilio con el numeroso séquito de prelados y clérigos que
acompañaba a Juan. Comprendiendo que, de seguirse la costumbre de voto
personal, Juan XXIII tendría siempre asegurada la mayoría, pretextaron la
confusión que producía la multitud de asistentes y sus diversas lenguas para
reunirse por naciones, conforme al uso de las universidades. Formáronse así
cuatro secciones: franceses, alemanes, italianos e ingleses, que discutían los
asuntos teniendo derecho a solo un voto cada una de ellas, otro voto obtuvo el
Colegio Cardenalicio. Más tarde se concedió también otro a la nación española.
Dentro de cada nación no sólo se concedió voto a los prelados, sino también a
los representantes de los cabildos capitulares y de las universidades, a cada
uno de los doctores de Teología y derecho Canónico presentes y a los
representantes de los príncipes seculares. Era una revolución democrática nunca
vista. Aunque Juan había aceptado el concilio con la esperanza d ser por él
confirmado en su alta investidura, pronto advirtió que ansia por acabar con la
división era tal, que la mayoría estaba decidida a exigir la renuncia de los
tres papas. Una acusación presentada contra sus costumbres, lo decidió a salvar
la tiara por la huida. A favor del alboroto suscitado por la celebración de un
torneo, escapó disfrazado, en la noche del 20 de marzo, a refugiarse en el
castillo de Schaffhausen en los territorios del
Duque Federico de Austria, y de ahí a Friburgo im Breisgau, que pertenecía al
Duque de Burgundia, otro de sus seguidores. Habiendo causado tantos problemas
al concilio, la huida de Juan únicamente incrementó la hostilidad en su contra,
y mientras que él trataba de negociar algo respecto a su abdicación, sus
seguidores fueron forzados a rendirse ante Segismundo. Formalmente depuesto en
la duodécima sesión, el 29 de mayo de 1415, Juan entregó su dimisión y se
encomendó a la misericordia del concilio.
Luego
de su abdicación, se le conoció de nuevo como Baldassare Cossa y se encomendó
su custodia al Palatino Luis, quien había sido siempre su enemigo. Este último
lo tuvo preso en varios lugares: Rudolfzell, Gottlieben, Heidelberg y Mannheim.
En la sesión cuadragésima segunda del concilio, el 28 de diciembre de 1417,
después de la elección de Martín V, se decretó la liberación de Cossa. Pero no
fue sino hasta el año siguiente que Juan recuperó su libertad. Enseguida se
dirigió a Florencia, donde residía Martín V, y rindió a éste obediencia como
cabeza de la Iglesia. El nuevo Papa lo nombró cardenal obispo de Tusculum, el
día 23 de junio de 1419. Más Cossa ya estaba muy agotado y falleció unos meses
después en Florencia, donde fue enterrado en el baptisterio, a un lado de la
catedral. Cosimo de Medici erigió una tumba magnífica en su memoria. (30)
Creía
el iluso pontífice conseguir con esto la pronta disolución del Concilio, en los
primeros días, la confusión fue increíble. Los esfuerzos, empero, de
Segismundo, del Cardenal de Ailly y de Gersón, mantuvieron en sus puestos a
casi todos los asistentes y aun arrancaron a la mayoría, en las sesiones
tercera del 26 de marzo y quinta del 6 de abril, varios decretos doctrinales,
con los que esperaban ponerse a cubierto de nuevas intentonas del Papa. Se
declaró el Concilio reunido canónicamente y por tanto asistido por el Espíritu
Santo. Definió que su autoridad le venía directamente de Cristo y que “todos,
aun el Papa, estaban obligados y podían ser constreñidos a obedecer los
decretos de un Concilio reunido canónicamente, en todo lo que se refiere a la
Fe, la Unión y la Reforma”. El Concilio no sólo había sido disuelto por
Juan sino que no podía serlo salvo por los Padres congregados, los cuales no
deberían clausurarlo antes de poner fin al cisma y a la obra reformadora. (31)
Abdicación
de Gregorio XII
También
Gregorio XII comprendió que era tiempo de hacer, de necesidad, virtud: estando
ya para cumplir los noventa años, tenía ya un pie en la tumba y cada día menos
partidarios, su actitud fue digna. El día 4 de julio se presentaron sus
embajadores ante el Concilio y según un prudente concertado plan empezaron por
convocarlo en nombre de Gregorio y sólo después de este paso presentaron su
abdicación. El Concilio concedió al dimitente la Legación de las Marcas y la
sede cardenalicia de Porto.
Deposición
del Papa Luna
Quedaba
impertérrito y cada día más esperanzado de ser reconocido como único papa
legítimo, el aragonés Benedicto XIII. Una comisión del Concilio, encabezada por
el mismo Segismundo, emprendió el viaje a Perpiñán para obtener su abdicación.
Todo fue inútil, el testarudo anciano, abandonado por los reyes y prelados españoles,
por San Vicente Ferrer y por casi todos sus fieles, se refugió en un antiguo
castillo de los templarios en Peñíscola y desde allí lanzando excomuniones
contra todo el mundo. El clero español acudió a Constanza, en donde constituyó
la quinta nación. El 26 de julio de 1417, el Concilio, condenó a Pedro de Luna
por hereje y cismático.
Cónclave sui generis
Iniciado el 1 de enero de
1415 proseguía su labor y se declaraba por encima de la supremacía del papa. El
Concilio se alargaba demasiado, por todas partes surgían rivalidades: choques
entre la nación francesa con la inglesa y la alemana, reflejo de la Guerra de
los Cien Años; entre los armañaques y borgoñones; entre los cardenales y el Rey
de los Romanos, cada día más entrometido y deseoso de dirigir el Concilio y la
Reforma eclesiástica. Si bien todos los asistentes estaban acordes en
considerar vacante la Sede Apostólica, no lo estaban en el procedimiento con
que convenía elegir al nuevo y único papa, sobre todo por las intrigas de
Segismundo, que aspiraba a nombrarlo él mismo.
Aprovechando,
pues, una ausencia del Rey, llegaron a un acuerdo que satisfizo a todos.
Participarían por esta vez en el cónclave, no sólo todos los cardenales
presentes, sino también seis delegados de cada nación. Para ser canónicamente
electo sería menester reunir cuando menos los dos tercios de los votos, tanto
del Sacro Colegio, como de cada una de las representaciones nacionales.
De
esta manera, 23 cardenales y los 30 delegados que entraron en el cónclave el 8
de noviembre de 1417, no llegarían a nombrar papa, después de largas sesiones.
Eligen al Cardenal Otón Colonna, de la obediencia romana, como papa el día de
San Martín el 11 de noviembre de 1417, el cual en honor del santo del día
toma el nombre de Martín V.
El
inmenso júbilo de los contemporáneos, comenta Pastor (32), por el restablecimiento de la unidad
eclesiástica, estaba perfectamente justificado; la Iglesia tenía de nuevo una
cabeza y el gran cisma de Occidente estaba terminado. Los treinta y nueve años
que había durado aquella escisión son la mayor crisis que ha tenido que vencer
la Iglesia romana, en su historia de casi dos mil años. “Cualquier imperio
temporal hubiera perecido en tales circunstancias, y, sin embargo, la
organización del Imperio espiritual era tan maravillosa, y la idea misma del
papado tan indestructible, que aquella profunda escisión no sirvió más que para
probar si indivisibilidad”.
La Reforma
Ya antes de elegir a Martín V, el Concilio la había iniciado con su
famoso decreto Frequens, “La
frecuente celebración de concilios generales es la principal labor de cultivo
del campo del Señor, la que extirpa las zarzas, espinas y cardos de la herejía,
de los errores y del cisma, corrige los excesos, reforma lo deformado y lleva a
la viña del Señor hacia la abundante cosecha de la fertilidad; en cambio el
descuido de aquéllos disemina y favorece éstos. El recuerdo de los tiempos
pasados y la consideración de los presentes ponen estos hechos ante nuestros
ojos.
En
consecuencia, por este edicto perpetuo establecemos, decidimos, decretamos y
ordenamos que en lo sucesivo se celebren concilios generales, de tal modo que
el primero lo sea en el término de los cinco años inmediatamente siguientes a
la conclusión de éste; el segundo, dentro de los siete años inmediatos al final
del siguiente concilio, y, finalmente, se celebren de decenio en decenio, en
los lugares en que el Sumo Pontífice, o en su defecto el propio concilio, debe
decidir y designar un mes antes de la clausura de cada concilio, con aprobación
y consentimiento del concilio.
Así por
esta continuidad siempre o estará el concilio en el ejercicio de sus funciones,
o se estará a su espera dentro del plazo fijado. El Sumo Pontífice podrá, con
consejo de sus hermanos cardenales de la Santa Iglesia Romana, abreviar los
plazos de convocatoria si se presentan circunstancias fortuitas, pero en ningún
caso alargarlos. No cambiará tampoco el lugar designado para la celebración del
futuro concilio sin evidente necesidad; si casualmente sucediese algo por lo
que pareciese necesario cambiar dicho lugar, en razón de asedio, guerra, peste
u otro similar, podrá entonces el Sumo Pontífice, con acuerdo y firma de sus
mencionados hermanos, o de dos tercios de ellos, elegir otro lugar adecuado y
cercano al inicialmente fijado, en la misma nación, a no ser que el mismo
impedimento se produzca en toda ella. En este caso podrá convocar el concilio
en otro vecino lugar, asimismo adecuado, de otra nación, a él estarán obligados
a dirigirse los prelados y las demás personas que suelen ser convocadas al
concilio, como si aquel lugar hubiese sido designado desde el principio. El
Sumo Pontífice está obligado a publicar y dar a conocer le tima y solemnemente
este cambio de lugar o la abreviación del término con un año de antelación al
plazo fijado, con objeto de que los citados puedan unirse para celebrar el
concilio en el término establecido”. (33)
Ya
en el consistorio del 10 de mayo de 1418 afirmó con claridad que en cosas de
Fe, que son las más importantes, nadie podía apelar de la sentencia pontificia,
y aunque sin duda sólo para apagar las protestas levantadas por Gersón y sus
seguidores, optó por no publicar nada. También cedió a las exigencias de los
Padres convocando para 1423 el próximo Concilio, el día 19 de abril de 1419,
tres días después declaró terminadas las tareas del de Constanza.
Martín V
Fuente:
http://galeon.com/medieval6/papa_luna.htm
El
pontificado de Marín V fue fecundo en saludables efectos para la desgarrada
Cristiandad. Con justicia dirían a la muerte del Pontífice el 21 de febrero de
1431 que había sido “la felicidad de sus tiempos”. Fue el restaurador de la
Ciudad Eterna y segundo fundador de los Estados Pontificios. Dios le concedió
también el consuelo de ver la extinción del minúsculo cisma alentado por el
testarudo anciano de Peñíscola, pues aunque a su muerte en mayo de 1423, tres
de los cuatro cardenales que acababa de nombrar eligieron papa a un canónigo de
Valencia, Gil Sánchez Muñoz, Clemente VIII, éste tuvo que renunciar en 1429 por
orden de su protector el rey Alfonso V de Aragón quien al mismo tiempo ordenó a
sus cardenales que eligieran Papa a Martín V.
Así
acaba toda huella del malhadado cisma, quizá la más terrible prueba que ha
sobrellevado la Iglesia en su larga carrera y de la que tan sólo la
providencial asistencia pudo sacarla indemne. En lo humano hubiera sido muy
explicable la división del Cristianismo occidental en iglesias nacionales, como
de hecho la cristiandad medieval se fraccionó en muchos estados, nacionalistas
hasta el fanatismo y fidelísimos a sus autóctonas dinastías.
III. El
Florecimiento Místico
Mientras la
Escolástica se diluía en sutilezas y los príncipes de la Iglesia trocaban el
espíritu cristiano por el fausto del mundo, Dios compensaba a su Iglesia con un
florecer de escritores místicos. Vamos a ver dos escuelas, no tan conocidas,
como: los dominicos alemanes y la llamada “devoción moderna”.
Los
dominicos alemanes
En ninguna
otra región echó la Mística tan hondas raíces ni tuvo tanta influencia como n
Alemania y los Países Bajos. Los dominicos fomentaron el espíritu de buscar
a Dios con su predicación, sobre todo en los conventos de monjas. Ya desde
fines del siglo XIII conmueve mucho como predicador el Provincial Dietrich de
Friburgo. También Fray Juan de Sterngassen que insistía mucho sobre la
presencia y acción de Dios en los más profundo del alma. Pero pronto
brillaron tres estrellas de primera magnitud: Eckhart (34),
Suso o Susón (35) y Tauler (36).
Enseñanzas (37)
Su doctrina
está enraizada en la Tradición católica y su amor a la Iglesia era patente,
pero todo su empeño estaba en hacer comprender la altísima dignidad del alma
humana y la unión con Dios a que estaba llamada. “Hay en nosotros tres
hombres que son uno mismo. Por encima del hombre exterior, sensible, animal,
está el hombre interior, con su razón y voluntad libre. Pero más arriba del
hombre interior está la Inteligencia, el Espíritu, centro inefable del alma,
fondo delicioso, esencia, abismo secreto en donde resplandece la imagen de la
Trinidad creadora, cielo del alma, santuario que Dios se reserva, chispa, llama
viva que surge hacia la altura sin descasar jamás, hasta que se halle en el
fondo divino de donde brotó.”
“Presentan
por tanto en consecuencia como ideal de perfección la conversión esencial por
la cual el alma humana se sumerge por decirlo así en el abismo divino, la unión
íntima en que el alma toma un tinte divino de tal suerte que si pudiera verse,
creería contemplar a Dios. Sin cansarse explican cómo el medio de encontrar a
Dios dentro de nosotros, es el fondo más íntimo de nuestra alma….”
“Esta
búsqueda, dicen, se comienza por el recogimiento que nos libra de los sentidos,
de las imágenes, de toda forma que venga de afuera, y nos hace habitar en
nosotros mismos; prosigue por el renunciamiento interior, que sacrifica las
operaciones de la razón y voluntad propias y nos libra de nosotros mismos; se
remata por el abandono, entrega total que deja al alma remontar a su fuente y a
Dios acabar de vaciarla de todo lo que no es suyo para llenarla Él mismo.
También las delicias, la embriaguez del alma que se sumerge así, todos los
días, a cada momento, en la Divinidad; la paz sustancial de que goza, la
caridad perfecta que domina en adelante su vida, el papel salvador que
desempeña en el mundo y en la Iglesia, cuya columna es.” (38)
La
devoción moderna
Junto a
estas tendencias místicas, casi en la misma región de Europa, nace poco después
y se extiende por todo el Occidente otra escuela difícil de caracterizar por
ser ajena a teoría y especulación, pero que fue entonces titulada devoción
moderna. Lo que ante todo atraía era su tendencia de reacción contra la
especulación exagerada o las mortificaciones excesivas, y la sencillez y
humildad con que buscaba como llevar una buena vida, acomodada a la
voluntad de Dios, a imitación de la de Nuestro Señor Jesucristo. Insistían en
la lectura espiritual, meditación, exámenes de conciencia, y en fomentar una
piedad sólida, afectiva y práctica. Iniciador fue Gerardo de Groot, que
infundió su espíritu en la congregación de canónigos regulares agustinos que
tuvo por centro el monasterio de Windesheim, y en la de los Hermanos de la Vida
Común, dedicados a la enseñanza de la niñez. Hoy día se da casi por cierto que
a él se deben muchas de las sentencias, que más o menos retocadas por su
discípulo Tomás de Kempis, constituyen la Imitación de Cristo.(39)
Imitación
de Cristo
Este libro
es la obra maestra de la espiritualidad medieval. Pocos han aparecido, no sólo
en la Edad Media, sino también en cualquier otra época, tan puramente humanos y
tan exentos del colorido particularista del siglo que los vio nacer. Bastaría
la Imitación –lo mismo que la Suma contra los gentiles- para
librar a la literatura medieval de un injusto reproche que a veces se le
dirige: el de haberse encerrado en ciertos moldes pueriles, sin que hubiese
acertado elevarse al clasicismo superior de las grandes obras, que miran al
hombre en sus rasgos universales y permanentes. La inquietud constante del
espíritu creado, la necesidad persistente de amor, los porfiados retornos del
amor propio, se hallan descritos en ella con perfecta exactitud y sencillez,
sin refinamientos, sin sutilezas, sin pretensiones de estilo.
Aun
en latín tiene además de un ritmo muy particular, una espontaneidad y un
embeleso que lo hacen intraducible. El libro está lleno de espíritu de Cristo,
aunque no de tanto relieve a su Humanidad. También es característica la armonía
que establece entre la intensidad de la vida interior y la práctica
sacramental. Tal como lo leemos hoy día no se leyó sino hasta después de 1420.
IV. Las Herejías (40)
La
disolución de la Europa medieval, la creciente debilidad de la Autoridad
Eclesiástica, y a la postre los aciagos años del Cisma, y más que nada la
inexcusable negligencia en promover la urgente Reforma, prepararon fértil
terreno para que por doquier brotaran y arraigaran herejías. Con razón pueden
llamarse precursores de la Reforma protestante, pues sus proposiciones
cardinales coinciden con las que utilizarán los protestantes del siglo XVI: la
Sagrada Escritura, única fuente de Fe; enemiga abierta a la Tradición y a la
Autoridad Eclesiástica; tendencias nacionalistas antirromanas.
Juan
Wyclif
(John Wycliffe, Wyclif o Wiclef; Hipswell, c.
1320-Lutterworth, 1384) Teólogo inglés que defendió la autoridad de la
monarquía contra las pretensiones romanas y propugnó la secularización de los
bienes eclesiásticos. Enseñó teología en Oxford, donde redactó una Summa eclesiológica,
impulsó la traducción de la Biblia al inglés y formó predicadores que
anunciaran un igualitarismo religioso y social apoyado sólo en textos bíblicos.
Al producirse el gran Cisma de Occidente, concibió el proyecto de una Iglesia
desligada del papado. Condenó las indulgencias y sostuvo la suprema y exclusiva
autoridad de las Escrituras; se inclinó a favor de los campesinos, con lo que
incrementó su popularidad, pero se hizo sospechoso ante la corona. Tras su
muerte, sus doctrinas serían condenadas en el Concilio de Constanza (mayo de
1415).
La influencia de John Wycliffe fue
considerable: en él se apoyaron Jan Hus y el cisma de Bohemia, y sus ideas
prepararon el camino a la Reforma. El concilio de Constanza, al condenar las
doctrinas de Hus, ordenó que los huesos de Wycliffe en 1428 fuesen exhumados y
quemados, y aventadas sus cenizas.
Fuente:
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/w/wycliffe.htm
Cuando en
1366 el Parlamento inglés denunció los impuestos que cobraba la curia papal –en
realidad el tributo feudal: 1,000 marcos de plata, hacia 33 años que no se
pagaba-, Wyclif aplaudió esta decisión e inició una campaña ideológica en pro
de tal actitud. La Iglesia según las enseñanzas de Cristo, no debe tener ni
dominio político ni riquezas terrenas. El estado hace muy bien en nacionalizar
los bienes eclesiásticos y encargarse del sostenimiento del Clero y del culto.
Cobrar anatas y pedir dinero por la concesión de indulgencias es pura simonía.
Lo sacaba de quicio el que los monjes poseyeran y aun que existieran. La Corte,
los nobles, el mismo pueblo acogieron con simpatía este modo de pensar, tanto
más cuanto que la desastrada Guerra de los Cien Años había ya obligado a la
Corona a echar mano de los bienes eclesiásticos y a entrometerse a sus anchas
en el gobierno eclesiástico. Wyclif asumía el papel de defensor de los derechos
y conveniencias de Inglaterra contra posibles exacciones del Papado francés.
Cuando el arzobispo de Canterbury, por orden del papa Gregorio XI, que había ya
condenado en mayo de 1377 dieciocho proposiciones wiclefitas, tuvo que proceder
a una investigación, por temor a las iras populares y cortesanas no pasó de
amonestar al hereje.
El reformador se retiró a su parroquia de
Lutterworth, donde escribió su obra principal: Triálogo entre la
Verdad, la Mentira y la Prudencia (Trialogus, 1382). Aprovechó
el Cisma de Occidente para atacar directamente tanto a Clemente como a Urbano y
al mismo Papado. Escribió De Ecclesia y De potestate Papae, que
la Iglesía no consistía en la Jerarquía con los fieles sino en la comunidad
invisible de los predestinados. Si Dios no nos condena, ¿qué importa que nos
condenen el Papa o los obispos? El único verdadero papa era Cristo. Wyclif fue
aún más adelante y llegó a escribir De veritate Sacrae Scripturae y
decía que el papado era una institución anticristiana, que la Sagrada Escritura
era la única fuente de Fe, y la Ley de Dios la única norma de conducta privada
o pública. Para que la Biblia estuviera al alcance de todos hizo que la
tradujeran al inglés, el mismo tradujo el Nuevo Testamento.
También desbarró en otros dogmas:
·
Negó la
transustanciación insistiendo en que persistían después de la consagración el
pan y el vino;
·
La confesión auricular
era un invento tardío del papado;
·
El celibato, dañoso e
inmoral;
·
La veneración de los
Santos, reliquias, imágenes, así como las misas de difuntos y las
peregrinaciones, supersticiosas.
Para seguir el consejo de Cristo, envió a
predicar el Evangelio de dos en dos y peregrinando a “sacerdotes pobres”, que
muchas veces ni ordenados estaban, apodados por el pueblo: lolardos. La
influencia de John Wycliffe fue considerable: en él se apoyaron Jan Hus y el
cisma de Bohemia, y sus ideas prepararon el camino a la Reforma. El concilio de
Constanza, al condenar las doctrinas de Hus, ordenó que los huesos de Wycliffe
en 1428 fuesen exhumados y quemados, y aventadas sus cenizas.
Bohemia
Las
enseñanzas anticlericales de Wyclif hallaron terreno abonado en Bohemia, en
donde, además de que persistían activos algunos valdenses y otros sectarios del
mismo tipo, el pueblo checo de raza eslava estaba sumido en la ignorancia y en
la pobreza, mientras la nobleza y el clero, alemanes en su mayor parte,
abundaban en bienes terrenales. Ya desde mediados del siglo XIV varios
predicadores, el agustino Conrado de Waldhausen (†1369) y los canónigos
de Praga, Milic Kremsier (†1374) y Matías de Janow († 1394), sin romper con la
Iglesia, habían vociferado contra la falta de celo y la vida seglar y aun
disoluta de muchos prelados.
Juan Hus
(También llamado John o Juan Huss; Husinec, Bohemia, 1369 - Constanza,
1415) Impulsor de la reforma eclesiástica checa. Nació en una familia campesina
pobre del suroeste de Bohemia. Sin embargo, consiguió estudiar Teología y Artes
en la Universidad de Praga y ordenarse sacerdote (1400). En 1402 fue nombrado
rector de la Universidad, apoyado por el sentimiento particularista checo
frente a la dominación germánica.
Hus fue excomulgado por el papa (1411),
pero continuó su campaña y publicó sus tesis en su libro principal, De
Ecclesia. Fue llamado a justificarse al Concilio de Constanza (1415),
adonde acudió con un salvoconducto del emperador Segismundo; una vez allí, se
negó a retractarse de sus ideas y fue quemado en la hoguera por orden del
emperador.
Fuente:
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/h/hus.htm
Los imitaría
y opacaría a principios del siglo XV Juan Hus. De costumbres intachables y
extraordinarias dotes oratorias, consagró su vida a dos nobilísimos ideales: la
reforma moral de la Iglesia y la defensa de su pueblo. Por
desgracia, su ardiente temperamento, propenso al fanatismo, lo impulsó a
adoptar en parte las enseñanzas del reformador inglés, Wyclif, cuyos escritos
se pasaban de mano en mano los estudiantes universitarios de Praga, muy en
contacto a la sazón con la de Oxford, merced a la intensificación de relaciones
con Inglaterra, provocada por el matrimonio del monarca inglés Ricardo II con
la princesa Ana, hermana del de Bohemia, Wenceslao. Hus participó del común
entusiasmo, y pronto se convirtió en ardiente propagandista de las teorías
wiclefianas sobre la:
·
importancia primaria
de la predicación,
·
la rigidez de la
pobreza cristiana,
·
la incompatibilidad
entre el pecado y
·
la propiedad o la
autoridad.
Los
alemanes, que también enseñoreaban la universidad, advirtieron pronto el
peligro e hicieron que la universidad de Praga censurara en 1403 cuarenta y
cinco proposiciones del Maestro inglés. Los checos identificaron entonces sus
aspiraciones nacionales con la defensa del doctor oxoniense. El rey, interesado
n asegurarse el apoyo popular, so pretexto de imitar a la universidad de París,
trastornó el orden establecido en la de Praga, en la que los checos tenían un
solo voto, mientras los alemanes, divididos en tres naciones –Baviera, Sajonia
y Alemania oriental- tenían tres, dando tres a los checos y uno solo a los
alemanes. Éstos, maestros y estudiantes –serían un millar, furiosos,
prefirieron emigrar. Los checos triunfantes proclamaron rector a Hus, hereje
propiamente no era, poco exacto en sus arranques contra la jerarquía.
Rebelión
Aunque
Sbinco, arzobispo de Praga, creyó poner un dique a tal inundación prohibiendo
la predicación fuera de las parroquias, mandando quemar escritos de Wyclif,
excomulgando a Hus y secuaces en 1410, y lanzando el entredicho contra la misma
Praga, apenas consiguió nada. Ahondó más todavía la división el cisma que
desgarraba a toda la Cristiandad, pues mientras Sbinco y el alto clero aceptaron
al Papa de Pisa, Hus y los suyos, escandalizados de la cruzada de Juan XXIII
contra Ladislao de Nápoles, no quisieron aceptarlo y lo atacaron públicamente,
hubo tumultos en Praga, el populacho quemó la bula pontificia. Juan Hus, al
saber que Juan XXIII lo había excomulgado y mandado arrasar la capilla de Blén
en 1412, apeló al Concilio ecuménico y a Cristo, Sumo Juez. Tuvo, eso sí, que
huir de Praga y se acogió en un castillo cerca de Austria. El pueblo checo
acudía allá en peregrinación. Hus escribió entonces su obra magna De
Ecclesia, casi calcada de la de Wyclif, en que defiende que la Iglesia
es la sociedad de los predestinados; que cualquier autoridad
eclesiástica o civil que desobedece la Ley de Dios es ilegítima, y que todos
están obligados a negarle obediencia.
Condenación
Cuando se
reunió el Concilio de Constanza, el rey de romanos, Segismundo, hermano del de
Bohemia y su presunto heredero, tomó muy a pecho que el Concilio zanjara el
conflicto husita. A instancias suyas, protegido por su salvoconducto y muy
ilusionado en ganar sus ideas a los Padres conscriptos, llegó Hus a Constanza
en noviembre de 1414. Tampoco cejaban sus adversarios, que aprovechándose de
que Juan decía misa y predicaba, no obstante que de ello tenía, lo apresaron. La
renovación por la octava sesión del Concilio el 4 de mayo de 1415 de la
condenación de 45 proposiciones de Wyclif, atrajeron la atención sobre Hus.
Como éste se negara a aceptar esa condenación, fue a su vez condenado el 6 de
julio por hereje contumaz, degradado y relajado al brazo secular. Ese mismo día
subió cantando a la hoguera. La misma suerte cupo, once meses más tarde el 30
de mayo de 1416 a su compañero de lucha, el Maestro Jerónimo de Praga. Los
checos podían agregar a sus justas quejas y a su apasionada rebelión, la
fanática devoción a sus dos mártires. El husitismo como partido
religioso-nacionalista comenzaba, la división se perpetuaba.
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Iglesia, desde la predicación de los apóstoles, hasta el pontificado de
Gregorio XVI, obra escrita en francés para uso de los seminarios y del clero,
propia para facilitar el estudio de la teología y de la disciplina
eclesiástica y que contiene por orden cronológico, la historia de la iglesia
de oriente y de occidente, los soberanos pontífices, los concilios generales,
los cismas y las heregías, las instituciones de ordenes religiosos, los
autores eclesiásticos, etc., Publicación, cuyos nueve primeros volúmenes,
según el original francés, contienen el texto rectificado de
Bearult-Bercastel, y los cuatro últimos la continuación desde el año 1719,
hasta el año 1843, por M. El Barón Henrion, traducida, anotada y añadida en
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sólo la estructura medieval de la Monarquía pontificia, sino la misma
institución divina del Primado, pues convertían de hecho a la Iglesia en una
monarquía constitucional democrática. Se puede excusar por haber sido dados
en momentos de angustia y porque muchos de los que los aceptaron lo hicieron
tan sólo por considerarlos entonces como única solución de los excepcionales
problemas que tenía la Iglesia. La actitud, con todo, de algunos de los
propugnadores era muy radical. Pretendían –con Gersón a la cabeza- sustentar
una doctrina valedera para todos los tiempos y aún aureolado con la
infalibilidad dogmática. No es de extrañar el que no pocos cardenales y prelados
se abstuvieran de asistir a las sesiones en que fueron aprobadas y sólo lo
angustioso del momento explica el que no hayan suscitado más enconada
oposición. Como aparecerá pronto, estos decretos nunca fueron aprobados por
el Papa y por tanto carecen de valor dogmático, pero en aquella época
tuvieron trascendentales consecuencias.; Olmedo, op. cit., pp.
380-381. 31.-astor, Historia de…, op. cit., vol. 1, p. 343. 33.-http://www.dfists.ua.es/~gil/maestro-eckhart.pdf ; El
Maestro Eckhart nació en el año 1260 cerca de Ghota, entró en la Orden de
Predicadores y fue enviado a París para sus estudios. Allí alcanzó el
doctorado en Teología en 1302 y enseño, así como también en Estrasburgo y
Colonia, en donde murió en 1327. Su fama se debe sobre todo a sus sermones y
tratados místicos, que le valieron un proceso inquisitorial y la condenación
de 28 proposiciones por Juan XXII. 34.-http://apostoladomariano.com/pdf/2002.pdf ; El
Beato Enrique Seuse o Suso –también lo nombran Susón-, de la Orden de
Predicadores, había nacido en Suabia en 1295 y pasó su vida en los conventos
de Constanza y Ulm, en donde murió en 1366. Sus obras principales son: el
Libro de la sabiduría eterna –que tarta de los padecimientos de Nuestro
Señor por nuestros pecados-, y el Libro de la verdad –en que refuta a
los begardos y expone sus propias ideas místicas-. 35.-http://espiritualidadetsanmiguel.blogspot.mx/2012/02/la-voz-del-silencio-meditaciones-de.html ;
Johannes Tauler, latinizado Taulero, nació en Estrasburgo en 1300, entró
dominico en 1308 y pasó su vida consagrado a la predicación y dirección de
las almas en Basilea, Colonia y Estrasburgo, en donde murió en 1361. 36.- Olmedo, op. cit., pp. 384-385. 37.-E. Vansteenberghe en Initiation
à l´histoire ecclésiastique, de Poulet, Dom Ch., París, Beauchesne, 1944,
tomo III, p. 279. 38.-https://potnia.wordpress.com/2009/08/21/gerardo-groote-y-la-devotio-moderna/ ; http://www.dfists.ua.es/~gil/de-imitatione-christi-esp.pdf
; 39.-Tomás Hemerken von Kempen
(1380-1451), perteneció a los canónigos regulares agustinos de Windesheim,
escribió muchos y variados tratados ascéticos y fue casi seguramente el que
retocó y dio la última mano a las sentencias de De Groot y de otros
discípulos suyos. Por esto no es injusto atribuirle la paternidad del áureo
libro. 40.-Olmedo, op. cit., pp. 386-389. |


























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