El pueblo en armas. Vicálvaro y el golpe de 1936
El
presente artículo tiene como objetivo recuperar lo acontecido en el pueblo de
Vicálvaro entre los días 17 y 20 de julio de 1936. Con este fin, se acudió a
documentación clave que ha permitido reconstruir el día a día de la vida del
pueblo y, sobre todo, del cuartel de artillería ligera N.º 2, que protagonizó
el alzamiento en este cantón de Madrid. Del análisis de la información se desprenden
conclusiones locales que pueden contribuir al debate sobre otras cuestiones,
como el teórico derrumbe del Estado republicano tras la sublevación.
Introducción
La Guerra Civil española es el
segundo conflicto bélico sobre el que más se ha escrito, sólo después de la
Segunda Guerra Mundial, de la cual, en definitiva, forma parte como primer
episodio. Sin embargo, ¿sabemos todo sobre aquella guerra? ¿Qué no sabemos?
¿Por qué no lo sabemos? Todavía quedan muchas preguntas sin respuesta.
Con el argumento de “no reabrir
viejas heridas” quedaron preguntas sin responder, lo que ha servido de coartada
para no profundizar más en la comprensión de este pasado, al que acercarse
siempre ha sido difícil pues su percepción en nuestro presente es todavía intensa.
Quizás sea posible un acercamiento aséptico a aquellos tres años de la historia
de España, pero… ¿es deseable? ¿Es posible acercarse a aquellos españoles que
vivieron aquella tragedia sin conmoverse? ¿Inhabilita esa subjetividad para
recorrer y explicar aquellos episodios? Al ser parte interesada, ¿puede el
historiador darles forma con palabras y que estas sean veraces? El presente
artículo pretende ser un acercamiento a la historia real con la mayor
honestidad y vocación posibles.
Hablando de estas dos virtudes,
el miedo puede ser un enemigo suyo cuyo efecto permanece durante años, lustros,
incluso décadas. La dictadura ayudó a que la labor de los historiadores fuera
una tarea difícil y obstaculizada. Si la guerra polarizó los sentimientos, el
franquismo tejió un “nuevo traje” con el cual “vestir” la realidad a su medida.
Mientras se cavaban fosas para enterrar a miles de fusilados, el miedo se
encargaba de enterrar las conciencias y callar las voces disidentes, y puede
reconocerse que se hizo una magnífica labor en función de esos objetivos,
aunque el segundo de ellos era utópico: si bien se puede convertir en inerte la
materia viva, no se pueden exterminar las creencias, y menos aún la historia.
La inquietud del ser humano por saber, la necesidad de conocer qué sucedió en
nuestros pueblos y con nuestros seres queridos nunca desaparece.
A lo largo de esta investigación
se ha podido comprobar cómo sigue vivo el miedo que sembraron la guerra y el
franquismo, entorpeciendo, y en alguna ocasión impidiendo, la labor del
historiador. Pero el miedo se va diluyendo con el tiempo, y entonces da paso a
las preguntas, que vuelven con fuerza empujadas por la tercera generación de
los protagonistas de nuestra guerra.
Los vencedores impusieron su
lectura de la historia al mismo tiempo que ejecutaban distintas acciones,
formales e informales, encaminadas a silenciar la voz de los derrotados. Miles
de tradiciones orales fueron “calladas” con el silencio del miedo; miles de
familias pusieron el contador de su historia en ceros a partir del año 1939.
Buena parte de los objetivos
fueron alcanzados, pues se logró con éxito “amputar” momentos de las historias
familiares, consiguiendo que el vínculo de la tradición oral de abuelos, hijos
y nietos quedara quebrado. Hemos convivido con personas cuyo sufrimiento iba
oculto; seres humanos que tuvieron que vivir con la humillación de la derrota
todos los días de su vida.
El silencio que el franquismo
impuso a los españoles derrotados ha supuesto un daño irreparable a la
posibilidad de conocer la verdad de los hechos. Ese silencio se ha llevado
miles de historias, de entrevistas, de documentos, de informaciones que
hubieran enriquecido de forma definitiva el conocimiento de aquel trágico
episodio de la historia de España. Obviamente, conocemos mucho y bien de los
grandes acontecimientos, grandes batallas y grandes tomas de decisiones, pero
la “niebla” no se ha disipado para las innumerables historias que en el ámbito
de lo local se produjeron durante los años 1936-1939, y durante el periodo de
la represión posterior.
Sin embargo, todavía hay tiempo
para “encender” algunas luces que permitan mirar con mayor nitidez y entender
mejor esa parte de nuestra historia. Están saliendo a la luz miles de pequeñas
historias gracias a la iniciativa de cientos de improvisados historiadores y de
las nuevas generacio-nes de familiares de aquellos que fueron protagonistas de
la guerra.
Como dice, desde la honestidad y
la vocación, el historiador y experto en la Guerra Civil, Severiano Montero:
El
procedimiento adecuado para superar este conflicto no es ignorarlo, como tantas
veces se repite, sino tratar de comprenderlo. Una tarea costosa, pero necesaria
si se quiere evitar su repetición (Montero, 2009, p. 11).
En las siguientes páginas no se
van a abordar las distintas fases por las que el conflicto fue mutando hasta su
desenlace, que, por otro lado, son sobradamente conocidas. Centraremos este
artículo en el que a nuestro parecer es el momento decisivo y esencial para
entender el devenir de los sucesos, es decir, su origen, que no fue otro que el
fijado en julio de 1936.
Una de las cuestiones comúnmente
mencionadas es el derrumbamiento del Estado republicano después del alzamiento
de los días 17 y 18 de julio. Sin embargo, el propio acontecer de lo ocurrido
nos enseña que la República no desapareció el 18 de julio de 1936, sino que se
mantuvo viva hasta la primavera de 1939. ¿Cómo es posible que un Estado
superado por la anarquía, traicionado y enfrentado por su propio Ejército,
atacado por las potencias fascistas y abandonado por las democracias “hermanas”
lograra sobrevivir 3 años más?
Sabemos que los políticos
republicanos, los leales, dejaron mucho que desear, salvo honradas excepciones.
Sabemos que el Ejército traicionó al Estado, aunque quedaron lealtades como la
del general Rojo, quien, gracias a su brillantez y a la entrega de cientos de
miles de milicianos, logró alargar y exprimir el esfuerzo bélico de la
República. Sabemos que hubo decenas de regimientos alzados, pero también
numerosos fracasos gracias a la acción del pueblo en armas que en definitiva
mantuvo viva a la República.
Si bien es prácticamente
imposible reconstruir los acontecimientos de aquellos días con la exactitud y
riqueza de detalles que se hubiera podido décadas atrás, es necesario
reivindicar la vocación y hacer el último esfuerzo por recuperar toda la
información que nos queda, siendo imprescindible seguir investigando y
aportando luz a aquellos hechos que marcaron para siempre la historia de
España.
Metodología
Este artículo es consecuencia de
una investigación de 2 años, tiempo en el que se realizó una labor ingente de
búsqueda de fuentes que ayudaran a aportar luz a los acontecimientos de julio
de 1936 en Vicálvaro.
El trabajo en archivos ha sido
clave para la elaboración del artículo, siendo el Centro Documental de la
Memoria Histórica (CDMH) la principal vía de acceso a la documentación, a las
fuentes primarias, gracias a su digitalización de miles de documentos, entre
los que se encuentran los relativos a la “Causa General”,1 llamado
así oficialmente el proceso en el que quedó enmarcado el enjuiciamiento de los
hechos que son nuestro objeto de estudio.
El análisis de la documentación
se realizó a través de la elaboración de fichas de acuerdo a cada una de las
declaraciones realizadas por los informantes. En consecuencia, quedaron fijados
dos grupos, que coinciden tanto en tiempo como situación o dominio político. En
un grupo se analizaron las fichas correspondientes al periodo republicano, en
el que la justicia republicana tomó declaración a los distintos protagonistas
con el fin de juzgar los hechos. Por otro lado, tras la victoria de Franco y en
el marco de la Causa General, se volverían a juzgar los hechos; se utilizaron
en este proceso aquellas primeras declaraciones y se incorporaron otras de
algunos de los sobrevivientes, pues muchos de los declarantes perecieron
durante la guerra, en muchos casos víctimas de la represión.
Esta fase en la investigación fue
fundamental pues no sólo permitió ordenar la información, sino que posibilitó
contrastarla, ya que versa sobre los mismos hechos, pero en distintos momentos
y, sobre todo, bajo distintas circunstancias. Gracias a ello, se ha favorecido
que el historiador se acerque con mucha mayor certeza a la realidad de lo
acontecido.
Otro archivo utilizado fue el de
Vicus Albus (Asociación de Investigación Histórica de Vicálvaro), donde se
encuentran, entre otros documentos de gran valor, las actas del Ayuntamiento de
Vicálvaro durante la Guerra Civil. El magnífico trabajo de recopilación
documental de dicha asociación ha sido y seguirá siendo de gran utilidad para
los historiadores.
La prensa escrita fue valorada y
utilizada como fuente, al igual que la historia oral. Debe señalarse que ambas
pronto se mostraron claramente insuficientes, como consecuencia de la escasez
de informantes y de notas referenciadas sobre Vicálvaro. En concreto, la
historia oral es un recurso que podría proporcionar mejores resultados, pero el
miedo y el dolor sembrados durante la guerra y la posguerra lo han
imposibilitado. Aun así, las fuentes orales y de prensa han aportado valiosa
información a esta investigación y han permitido contrastar algunos de los
hechos en cuestión.
Las fuentes secundarias
obviamente han sido fundamentales, no sólo por su aportación directa al
artículo, sino por la imprescindible labor de formación y contextualización del
propio historiador. Aun así, la intención principal ha sido que los
protagonistas, los actores que forjaron aquellos hechos, aportaran la
información directamente a lo largo del artículo, siempre que esto diera y no
restara comprensión al texto. De esta forma, se ha priorizado que la
información aparecida en las obras referenciadas en el artículo sea
consecuencia de los testimonios de aquellos que fueron protagonistas directos
durante el conflicto, como es el caso destacado de Vicente Rojo, así como de
otros que tuvieron contacto directo con dichos intérpretes de aquella dolorosa
realidad, como Luis Romero.
En cuanto al análisis de la
información, se han establecido dos niveles que se han ido intercalando en
función de las necesidades de la investigación. Así, los aspectos generales,
los grandes acontecimientos que tuvieron lugar durante el estallido de la
Guerra Civil española, han sido confrontados con los relatos de los
protagonistas de los hechos de Vicálvaro. Hay un nivel macro-: el plan de Mola
y Fanjul para Madrid, y su inserción dentro del golpe general; y un nivel
micro-: los acontecimientos que están directa y estrechamente relacionados con
lo acontecido en Vicálvaro entre el 17 y el 20 de julio de 1936.
A su vez, es obvio que los hechos
ocurridos a nivel nacional influyeron obligatoriamente en lo local. Así, la
investigación tiene un componente deductivo, pues no es posible entender julio
de 1936 en Vicálvaro si no se conoce el contexto en el que se produjeron los
hechos. Sin embargo, en este artículo la intención es desmitificar o, al menos,
sembrar dudas respecto a las conclusiones generales sobre aquel conflicto, que
son asumidas como “verdad” por amplios sectores.
Vicálvaro
En el mismo lugar en el que hoy
se ubica el campus de la Universidad Rey Juan Carlos en Vicálvaro, se
produjeron ciertos acontecimientos que han sido incomprensiblemente olvidados.
Entre las paredes de esos edificios se vivieron meses de conspiración, semanas
de nerviosismo y días de máxima tensión.
El lugar, entonces cuartel, era
el edificio civil más importante de Vicálvaro y, como se verá en las siguientes
páginas, concentró toda la tensión acumulada y fue testigo del estallido de
esta durante los días en cuestión.
En realidad, los días 18, 19 y 20
de julio de 1936 fueron frenéticos en toda España. Probablemente nunca en la
historia se había concentrado más tensión y actividad en todo el territorio
nacional al mismo tiempo. Los acontecimientos de Barcelona y Madrid centraron
el éxito de la defensa republicana, mientras que los de Navarra, las islas,
Sevilla y la actual Castilla y León supusieron el apuntalamiento de los
militares rebeldes; fueron la catapulta que transformó el golpe en guerra.
Ciudades, pueblos, barriadas,
todo el territorio se vio convulsionado durante esos tres días, todos se
posicionaron de un lado u otro. Hubo muertos, heridos, persecución, venganzas y
un falso vacío: el hecho de que el Estado se viera “superado” por los
acontecimientos no dio paso a la nada ni a la anarquía, sino a la explosión de
tensiones acumuladas durante meses, años; tensiones que estallaron en violencia
vergonzosa en todos los casos, con la diferencia, no menor, de que fue
fomentada por los más altos responsables rebeldes, aunque dolió con mucha
intensidad en los dirigentes republicanos.
Madrid fue protagonista durante
toda la guerra. Su defensa sigue siendo parcialmente incomprendida, rememorada
como el triunfo que finalmente no fue, porque se trata de un acontecimiento de
difícil comprensión si no se le incorporan las variables casualidad y, sobre
todo, valor. Barcelona puede presumir de compartir la máxima intensidad con la
que se vivieron los días 18, 19 y 20 de julio, días en los que Madrid, por su
parte, se convirtió en un escenario tópico de lo español, valleinclaniano, un
lugar donde los milicianos tomaban vino en tascas cercanas, minutos antes de
asaltar el cuartel de la Montaña.
Pero Madrid no fue sólo el
cuartel de la Montaña y el general Fanjul. Hubo más: un complot amplio que
fracasó estrepitosamente gracias a su pésima organización y a la entrega, in
extremis, de armas por parte del Gobierno al pueblo, a los ciudadanos que
decidieron defender la República frente al Ejército y las fuerzas
conservadoras.
Uno de los puntos que seguramente
tenía señalados en el mapa el general Fanjul era el cuartel de artillería
ligera de Vicálvaro, situado en dicho pueblo a escasos 10 kilómetros del centro
de la ciudad. Este cuartel, junto con otros como el campamento de Carabanchel,
tenía que sublevarse y, previsiblemente, lanzar columnas sobre la capital,
confluyendo bien en la montaña o en otro punto céntrico.
Hoy sabemos que el plan falló,
pero desconocemos qué ocurrió en estos puntos que Fanjul y Mola miraban en el
mapa, suspirando por su alzamiento y marcha sobre Madrid. Gracias a la
digitalización de documentación por parte del Centro Documental de la Memoria
Histórica tenemos acceso público a miles de documentos de la época, lo que nos
permite reconstruir parte de los acontecimientos. A su vez, las entrevistas y
otro tipo de documentación privada permiten acercarnos, con garantías, a la reconstrucción
de lo sucedido durante los días 18, 19 y 20 de julio en Vicálvaro.
La destacada participación de
Vicálvaro en la Guerra Civil no terminó el día 20 de julio. Tanto el pueblo
como sus individuos siguieron protagonizando acontecimientos reseñables durante
los 3 años de la guerra. Sus vecinos lucharon encuadrados en el Batallón Pueblo
Nuevo-Ventas y en la columna Mangada, cayeron en Peguerinos en los primeros
meses del conflicto, y en Ciudad Universitaria, Brunete o el frente de
Valencia, al tiempo que recibieron invitados tan “ilustres” como al propio
Miaja o dieron la bienvenida al “infierno” de Madrid a las Brigadas
Internacionales el día 6 de noviembre de 1936, a escasas horas de entrar por
primera vez en combate en Ciudad Universitaria.
En los momentos previos a la
batalla del Jarama, Miaja y otros comandantes republicanos, salvo Rojo,
contemplaban como principal hipótesis la posibilidad del ataque de los
nacionales por el eje Vallecas-Vicálvaro, por lo que concentraban en ambos
pueblos a la XII Brigada Internacional, y un poco más tarde a la 5a Brigada
Mixta (Ramírez, 2007). Su posición estratégica, cercana al “teatro de
operaciones” que fueron los alrededores de Madrid, y el hecho de acoger el
cuartel de artillería, situaron definitivamente a Vicálvaro en el mapa de la
Guerra Civil española.
El preludio
Para el 17 de julio de 1936,
Vicálvaro contaba con una amplísima extensión municipal que englobaba buena
parte de los barrios de Moratalaz, Ventas, Pueblo Nuevo o El Carmen. El Casco,
que constituía en aquel entonces el actual Vicálvaro, contaba con los elementos
protagonistas del primer tercio de la España del siglo XX: las tierras de
labranza, el convento, la fábrica de cemento con una línea de ferrocarril
asociada a su actividad, el cuartel militar, sedes sindicales (Unión General de
Trabajadores —UGT—), etc. No era Vicálvaro un pueblo que destacara por su
riqueza; más bien, sus vecinos vivían con humildad material y cultural
perceptibles. De hecho, la presencia de la iglesia y del convento demuestra el
peso que estas instituciones tenían en la vida cotidiana del barrio, frente a
un Estado mínimo e insuficiente para mejorar sustancialmente las condiciones en
las que vivían los vicalvareños.
El pueblo poseía una vida
económica basada en el sector primario, en la agricultura y la ganadería, y con
un claro componente machista bien fundamentado en el desempeño y control de la
actividad económica:
Nosotros
entonces, cuando se murió mi padre, teníamos ganado, ovejas y cabras. Pero
claro, cuando se murió, en el [año] treinta y cinco, pues yo tenía diez años, y
el tío José Mari […] siete. Entonces, como no se podía llevar [la leche al
cerro], porque mi padre llevaba la leche al cerro del tío Pío, al puente de
Vallecas, […] pues las tuvimos que vender [las vacas]. Entonces nos vinimos a
la calle Real. Luego ya la guerra nos pilló aquí, toda la guerra en la calle
Real (entrevista personal, 2010).
La presencia de un único negocio
hostelero digno de ser llamado “bar” es buena muestra del nivel socioeconómico
que se vivía en el pueblo, alejado de los ilustres cafés o los restaurantes de
época que teñían de clase y vida las calles céntricas del Madrid de 1936:
Domingo
Sepúlveda era concejal en el Ayuntamiento, era dueño del bar Madrid, del
antiguo bar Madrid. Eran dos hermanos, Genaro y él, los dueños del bar, los
dos. Ese era el mejor bar que había en Vicálvaro, los demás eran todas
tabernuchas. Ese bar estuvo abierto toda la guerra. Claro, Domingo Sepúlveda,
ese fue teniente de alcalde (entrevista personal, 2010).2
Mientras, el clima político del
pueblo seguía el mismo camino que en el resto de España, con un aparente
predominio de las organizaciones de izquierda, y de entre estas parece claro
que la UGT llevaba la delantera sobre el resto, al menos hasta la primavera de
1936. Es destacable también, respecto a este contexto, el momento de la fusión
de la Federación de Juventudes Socialistas con la Unión de Juventudes
Comunistas de España, lo que asestó un importante golpe a las bases de
influencia caballerista en su pugna con Prieto por controlar el Partido
Socialista Obrero Español (PSOE) (Graham, 1991).3
En Vicálvaro había en un primer
momento miembros de las Juventudes Socialistas Unificadas, con elementos
procedentes de la UGT y, por lo tanto, del área de influencia de Largo
Caballero. En consecuencia, tuvieron que convivir los distintos grupos de la
izquierda, viéndose el pueblo claramente influido por los derroteros políticos
que el transcurso de la guerra fue marcando. Vicálvaro pasó de tener concejales
republicanos, socialistas e independientes, en 1932, a contar, en 1938, con
socialistas, comunistas, miembros de izquierda republicana, la Confederación
Nacional del Trabajo (CNT) y Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), cuando
menos, según las actas de 1938 de las sesiones ordinarias del Ayuntamiento
(“Actas de las sesiones ordinarias de 1938”, s/f).
Por las entrevistas realizadas
(Manzano y López-Plaza, 2011)4 y
la información recabada por otros medios, se sabe que la “temperatura” subió en
función de la cercanía de las elecciones de febrero de 1936. Tanto la visita de
Gil Robles a Vicálvaro durante la campaña electoral, quien fue despedido entre
lanzamientos de verduras y frutas, como el malestar creado durante la salida de
las monjas en coches de Acción Católica para ejercer el derecho al voto, fueron
dos claras muestras de que Vicálvaro estaba afectado por la política con letras
mayúsculas, y resulta ahora perceptible que el pueblo no podría escapar de la
orgía de sangre que se desencadenaría pocos meses después.
En contra de lo que se ha dado a
entender o ha sido insinuado por algunos historiadores, la victoria del Frente
Popular no puede ser vista como el punto de inflexión o de no retorno respecto
a la Guerra Civil. Es cierto que las elecciones de febrero muy posiblemente
exacerbaran las aspiraciones de los colectivos más desfavorecidos y marginados,
y que estas aspiraciones de los trabajadores ya no podrían ser satisfechas
plenamente por posturas centristas o moderadas, aunque llegaran desde el PSOE
(Beevor, 2005, p. 72). Igualmente, entre febrero y julio se produjeron actos
violentos y asesinatos que crearon alarma social, pero que por sí solos en
ningún caso fueron suficientes para provocar un levantamiento popular. Este
sólo se produciría en todo el país como reacción al golpe perpetrado por los
militares.
Los actores que protagonizaron
aquellos hechos son piezas imprescindibles para entender el clima que se vivió
en Madrid meses antes de la sublevación militar. Meses después del golpe de julio,
el capitán Joel Graña Maceiras declaró que:
En
abril, con ocasión del entierro del alférez Sr. Reyes, asistió [el capitán
Graña Maceiras], como casi todos los compañeros, alumnos de la escuela, tomando
parte activa en el tiroteo. Pocos días después…, se incorporó a su unidad y
tomó el mando de la 5ª Batería. Estando acuartelado con ocasión de los sucesos
de Alcalá, les fue traída una carta de sus compañeros, […] recordando acababa
la carta diciendo: “La guarnición de Madrid, tiene la palabra”. El coronel don
Manuel Thomas Romero ordenó tuviese preparadas dos baterías para ir a Alcalá en
plan [de] unirse al acuartelamiento, pero sin duda, enterado el Gobierno de
estos propósitos, ordenó el cese del acuartelamiento, obligando [a] salir del
cuartel a los oficiales. El día 1º de mayo, por la tarde, comenzaron a pasar
obreros en camionetas cantando y levantando el puño y, según le comunicó un
soldado, les habían insultado llamándoles borregos; en vista de ello, salió
solo, siendo groseramente insultado al acercarse a la camioneta y, con el fin
de amedrentarlos, hizo un disparo al aire con su pistola, arrancando esta
inmediatamente; enterados los generales Miaja y Cardenal de lo ocurrido,
ordenaron al coronel que impusiera un arresto, a lo que se negó este diciendo
que antes entregaba el mando del regimiento, quedando el incidente, por fin, en
una represión privada (Declaración de Joel Graña Maceiras, 1940).
El cuartel de artillería ligera
sería el escenario en el que se desarrollarían los actos correspondientes al
inicio de la contienda. Su existencia ha marcado decisivamente la del pueblo y,
lógicamente, no hizo menos durante aquellos momentos trascendentales.
No cabe duda que el clima que se
vivía era, cuando menos, tenso. De esta declaración se puede concluir, sin
embargo, que la reacción del militar no fue proporcional a la provocación de
los “obreros” en las camionetas. Tampoco fue proporcional la reacción del
coronel del cuartel de artillería de Vicálvaro, quien puso a disposición su
puesto como comandante de la guarnición y se negó a cumplir una orden de sus
superiores. Sin duda, eran claros los síntomas que indicaban que dentro del
Ejército se estaba preparando una traición que se consumaría meses después. La
condescendencia de los mandos militares y de los gobernantes facilitó la
organización de la sublevación.
A pesar de estos antecedentes,
parece que entonces nadie pensaba en que pocos meses después ineludiblemente se
iba a desatar un conflicto que duraría 3 años, con un vergonzoso costo de vidas
humanas. Acierta Santos Juliá en su convencimiento de que la guerra era una de
las potenciales consecuencias del clima poselectoral que se vivió en España,
pero no la única posible (Juliá, 1996). La guerra no se produjo por un “destino
fatal”, sino por un golpe de Estado que “prendió la mecha” de una violencia que
seguro superó lo imaginable hasta ese momento.
A las 17:00 horas del 17 de julio
de 1936, se pasó la línea de no retorno. Un pequeño grupo de oficiales tomó la
iniciativa en Melilla, deponiendo al comandante militar, general Romerales,
quien pagaría con su vida el permanecer leal al Gobierno legítimo de España
(Rojo, 2010, p. 99).
Mientras en la parte africana de
España se encendía la mecha, en la península los acontecimientos parecían
caminar lento, fruto de la confusión y de la inoperancia gubernamental. Pero la
pólvora prendía y resquebrajaba el mapa nacional, de Casares Quiroga a Giral,
en apenas setenta y dos horas, con tres presidentes del Ejecutivo y tres
estrategias distintas: el primero tan sorprendido como inoperante; el segundo,
Martínez Barrio, prácticamente nonato, bienintencionado pero absolutamente
miope; y el tercero atendiendo una sola posibilidad: armar al pueblo.
La inoperancia gubernamental no
fue aislada dentro de la España leal; más bien, se puede pensar que un virus
atacó a todas las fuerzas clave en la defensa de la República, minando sus
posibilidades de reacción rápida y eficaz.
El PSOE, cuya participación era
decisiva para asegurar la gobernabilidad del país, se encontraba sumergido en
una situación sintomática de disputa entre los llamados centristas e
izquierdistas. A decir verdad, era una lucha entre las clientelas de Prieto,
quien en ningún momento supo estar a la altura de los acontecimientos, y Largo
Caballero, quien mostró infinidad de oscuros y algún aislado claro. ¿En qué se
tradujo esto? Los centristas tenían la comisión ejecutiva del partido y también
el control de El Socialista, mientras la izquierda tenía su fuerza operadora en
la Unión General de Trabajadores, controlando también el periódico Claridad y
la Agrupación Socialista Madrileña (Graham, 1991, p. 75).
El 17 de julio
Mientras aquellos que apostaban
decididamente por la República se debilitaban por luchas internas o quedaban
atenazados por el miedo a tomar decisiones, las fuerzas conservadoras avanzaban
en su plan de derrocarla. El teniente Zaforas indica en su declaración que el
ambiente en el cuartel en los meses previos al alzamiento era de completa
oposición al Gobierno (Declaración de Indalecio Zaforas Román, 1940). El
mismo 17 de julio recibió la orden de acuartelamiento, según informa,
comenzando una serie de movimientos que se pueden reconstruir con base en las
distintas declaraciones de los otros actores protagonistas del momento.5
Dichas declaraciones oscilan, en
cuanto a los acontecimientos del día 17, en dos posiciones muy diferenciadas.
Se puede comprobar cómo durante el periodo republicano los declarantes
intentaron mostrar un claro desconocimiento de los preparativos y antecedentes
de la sublevación, mientras que en las declaraciones de 1940 intentaron dejar
clara su adhesión a la causa de los sublevados. Nada sorprendente, pues cada
momento requería una actitud diferente, sobre todo de parte de aquellos cuya
vida estaba en peligro.
La temperatura comenzó a subir
desde el mismo día 17, fecha en que se presentó por la noche en Vicálvaro el
general Cardenal,6 quien
pudo ver que tanto al capitán Pomares como el teniente Zaforas iban armados,
ordenándoles que se quitasen las pistolas pues la situación era normal (Declaración
de Indalecio Zaforas Román, 1940).
Sin embargo, esa aparente
normalidad no era tal. El soldado Francisco González Beltrán, sin saber por
disposición de quién, recibió la orden de acuartelarse el día 17 de julio de
1936 (Declaración de Francisco González Beltrán, 1936). Nada más
reseñable ocurrió hasta el día 19, según cuenta González Beltrán. Lo mismo
aparece en una serie de declaraciones hasta llegar a la del comandante Luis
Elorriaga Sartorius (Declaración de Luis Elorriaga Sartorius, 1936).
El comandante Sartorius es de los
pocos que dice haber oído rumores de la existencia de un organismo denominado
Unión Militar Española (UME) (Miranda, 2011), pero asegura que ignoraba sus
fines y quiénes lo formaban. Testifica que sí había telégrafo y una estación de
radio emisora y receptora, llevada por ingenieros, además de teléfono, siendo
este un detalle no menor.
La UME fue fundamental para la
organización del golpe, aunque su influencia en Madrid fue limitada,
probablemente por la cercanía física del Gobierno (Romero, 1996). Su papel fue
trascendental en la extensión de la trama, y dominó el golpe junto a los
africanistas. Se había fundado en 1933 con participación del coronel falangista
Rodríguez Tarduchy y estaba compuesta por oficiales —en activo y retirados— que
buscaban proteger sus intereses gremiales y conspirar contra la República. Su
principal aportación al golpe, además de la oficialidad militante que participó
con toda determinación, fueron sus conexiones con los generales golpistas,
falangistas, carlistas, de Renovación Española y de Juventudes de Acción
Popular (Beevor, 2005, p. 80). No es creíble que entre la oficialidad no se
tuviera conocimiento de lo que era y significaba la UME, siendo lógico que
intentaran desvincularse de dicha entidad en los interrogatorios.
A su vez, y aunque no demuestre
que llegara la orden al cuartel de Vicálvaro, es sabido que el general Mola
envió las órdenes finales para el alzamiento por telegrama cifrado. ¿Llegaron
estas directamente al cuartel? ¿Llegó la orden con intermediación del cuartel
de la Montaña? No podemos saberlo, pero sí conocemos que las autoridades
republicanas tenían especial interés en saber cómo había funcionado el sistema
de comunicaciones previo al golpe.
El día 17 de julio de 1936, el
comandante Sartorius recibió en su casa una llamada del coronel Romero
indicándole que le esperaba un coche a las 11:30 en el metro de Goya,7 pues
había que acuartelarse. Según testifica, una vez en el cuartel pudo saber que
la orden la había dado el general de división (Declaración de Luis Elorriaga
Sartorius, 1936).
El día 4 de agosto de 1936, el
coronel Thomas Romero (Declaración de Manuel Thomas Romero, 1936), quien
comandaba el 2º Regimiento de Artillería, acuartelado en Vicálvaro durante el
golpe, dio su declaración y negó cualquier conocimiento de la sublevación y,
por supuesto, pertenecer al movimiento. A su vez, indicó sí saber de la
existencia de la UME, pero negó pertenecer a la misma y haber aconsejado a sus
subordinados que se unieran a dicha organización. Interrogado al respecto, negó
la existencia de civiles mujeres o jóvenes utilizados para establecer
comunicaciones externas, aunque es claro que los republicanos sospechaban al
respecto, pues en los archivos de la declaración hacen especial hincapié en
esta pregunta con los diferentes testigos. Sorprendentemente, el coronel
también indica en los mismos archivos que unos meses atrás habían llegado unos
ingenieros, por orden superior, solicitando un local para instalar una estación
de radio emisora y receptora, y otra óptica. Aseguró desconocer las
comunicaciones que se hacían con dichos equipos. Cabría preguntarnos: ¿cómo es
posible que el jefe del regimiento no supiera por qué y para qué se estaban
instalando aparatos de transmisión en su acuartelamiento? Por otra parte, dice
que el día 17 recibió orden del general de división de que fueran acuartelados,
por motivo desconocido.
Por lo tanto, antes del golpe se habían
instalado aparatos de transmisión en el cuartel sin que se supiera el motivo.
Además, el mismo 17 se recibió orden de acuartelamiento sin que tampoco se
conocieran los motivos de esto. El teniente Drake (Declaración de Francisco
Drake Santiago, 1936) aporta una información que no encaja perfectamente
con la del resto de la oficialidad. Dice en su declaración que el día 17 se
enteró, por la tarde, de que estaban armando milicias en el parque de
artillería. Tras hablar con otro compañero, a quien no identifica, ambos
decidieron ir al cuartel a presentarse a sus jefes, lo que hicieron a las 17:30
horas, llegando posteriormente la orden de acuartelamiento. Gracias a él
sabemos con mayor exactitud a qué hora llegó el general Cardenal, pues dice que
esto sucedió una vez acuartelados, y que se reunió con el capitán del cuartel.
El día 17 se encontraba de
oficial de cuartel el capitán Pomares Méndez, cuya declaración (Declaración
de Joaquín Pomares Méndez, 1936) es importante para, al menos, intuir cómo
iba subiendo la temperatura. Gracias a él sabemos que una vez acuartelados por
orden de la división, llamó el general Miaja al cuartel para preguntar si ya
habían ejecutado dicha orden, solicitando Miaja que extremaran las
precauciones. Pomares Méndez dice que también estuvo en el cuartel el general
de brigada Cardenal, quien preguntó por el coronel. Como no había llegado, dejó
dicho que cuando lo hiciera hablara con el general de división, pero que
estuvieran tranquilos, que no pasaba nada.
Resulta destacable este punto: se
trata de nada menos que dos generales interesados por la situación en el
cuartel, incluso personándose uno de ellos, mientras que el comandante del
regimiento, coronel Thomas Romero, y casi toda la oficialidad estaban fuera del
mismo.
Arturo Dávila Arcos era concejal
en el Ayuntamiento de Vicálvaro y cuenta que tenían un enlace (“topo”) dentro
del cuartel que les informaba cómo se iban desarrollando los acontecimientos
desde varios meses antes (Declaración de Arturo Dávila Arcos, 1936). Se
trataba del maestro armero, quien, en el momento de la declaración, 29 de
agosto de 1936, se encontraba en el frente de la sierra. Otro civil, Luis
Bartolomé, de quien sólo sabemos que era “empleado”, declara que días antes
percibieron que la relación entre la gente del pueblo y la tropa no era
“normal” (Declaración de Luis Bartolomé, 1936).
La indefinición de la situación
en Vicálvaro para el día 17 encaja perfectamente con la del resto de Madrid,
donde la rumorología iría haciendo subir la temperatura, pero sin llegar a un
estado febril. La imperdonable falta de decisión del Gobierno de Casares
Quiroga contrasta con la claridad con la que la UGT, con Largo Caballero al
frente, solicitó armar al pueblo como única posibilidad de sofocar la rebelión (Arostegui,
2013).
El 18 de julio
El sábado 18 de julio amanecía en
calma, una aparente normalidad que escondía la tragedia. La mecha había
prendido y el reguero se iba consumiendo irremediablemente siguiendo el camino
del polvorín. La incapacidad del presidente de la república y del Gobierno se
traduciría en acciones inocuas ante los alzados. La decisión que los sublevados
mostrarían sería inversamente proporcional a la de los legítimos gobernantes de
la nación.
Hoy sabemos que la designación de
Martínez Barrio y su intento de negociar con los sublevados fueron una gran
torpeza. No logró convencer “al director”8 de
pactar para evitar la confrontación, y perdió un tiempo preciado en que se pudo
evitar que ciertas zonas del país se contagiaran por la sublevación, además que
exacerbó los ya excitados nervios de los miembros de partidos de izquierda y
los sindicatos, quienes reclamaban la entrega de armas. Sin llegar a formar
gobierno, Azaña decidió pasarle la cartera ministerial a Giral, dando un giro
brusco y decidiendo armar al pueblo ante lo obvio y desesperado de la
situación.
La forma de operar de los
sublevados obedeció, en la mayoría de los casos, a un plan similar. Primero se
apoderaban de los edificios oficiales, prioritariamente del ayuntamiento. Si no
existían fuerzas militares, era la Guardia Civil, los falangistas y grupos
armados de extrema derecha quienes proclamaban de forma oficial el estado de
guerra. Sin embargo, si las fuerzas se demoraban en salir de sus cuarteles y
los obreros se habían armado, se producía un cerco (Beevor, 2005, p. 92). Esto
fue lo que ocurrió en algunos cuarteles madrileños, como el de Vicálvaro.
Vicálvaro también estaba gestando
su parte de la tragedia. El día 18, su aparente calma se veía ligeramente
alterada por la tensión creciente ante las noticias que llegaban de África. Se
vivía con excitación tras los muros del acuartelamiento, siendo anormal el
movimiento para un sábado.
Sabemos que para ese día casi
todo el personal vinculado al cuartel se encontraba en su interior, al haber
sido movilizados el día anterior. A su vez, de los testimonios se deduce que en
los alrededores del cuartel comenzó a incrementarse la actividad. Si bien casi
nadie habla en concreto del 18, parece claro que desde ese mismo día comenzaron
las actividades a uno y otro lado del muro:
[…]
que se tomaron todas las medidas ordinarias en todo acuartelamiento, sin tomar
ninguna excepcional, y transcurrieron sin mayor novedad la noche del 17, el
sábado 18 y domingo 19; únicamente en estos días lo que sí observaron es que
había muchos paisanos armados, que molestaban con registros al personal del
cuartel que tenía que hacer servicios fuera del mismo (Declaración de
Luis Elorriaga Sartorius, 1936).
El capitán Carrasco Ochoa es un
poco más explícito en su declaración. Ya que se encontraba fuera gracias a un
permiso, no fue hasta el día 18 que supo de la orden de acuartelamiento.
Asegura que no se personó en el cuartel el mismo día 18 porque fue avisado, sin
identificar por quién, que era muy peligroso atravesar las Ventas vestido de
militar (Declaración de Francisco Carrasco Ochoa, 1936). Es decir,
Madrid estaba comenzando a hervir el mismo día 18.
Un detalle que no hay que
despreciar es que el capitán Carrasco Ochoa había servido en Melilla. Sabido es
que fue en África donde comenzó a gestarse la camarilla que lideraría el golpe,
siendo el grupo de los “africanistas” decisivo en la organización y desarrollo
del plan para derrocar a la República.9
El alférez médico, Vicente López
Coterilla Vázquez, confirma por su parte que la tensión iba creciendo el mismo
día 18. El cuartel se vio rodeado de milicianos que fiscalizaban todo lo que
ocurría a su alrededor, especialmente los servicios de aprovisionamiento (Declaración
de Vicente López Coterilla Vázquez, 1936).
¿Por qué desde el cuartel no se
denunció este cerco? ¿Se informó a las autoridades en Madrid? Todo indica que
no fue así, desprendiéndose de los testimonios de los oficiales que esta
situación de vigilancia por parte del pueblo no despertó mayores inquietudes,
lo cual es cuando menos extraño, más aún cuando la orden de armar al pueblo no
se dio sino hasta el día 19, nombrado Giral presidente, obligado por las
circunstancias y cediendo a la insistencia de las organizaciones obreras.
En ningún caso era normal que
ciudadanos armados rodearan el cuartel de artillería: esto obedecía al propio
desarrollo de la tragedia, a las sospechas que había sobre el cuartel. Sin
embargo, y en contra de lo que aparece en la investigación de Francisco Alía
Miranda (Miranda, 2011, pp. 254-255),10 nada
certifica ni hace pensar que durante el día 18 se produjera algún disparo o
choque entre los militares acuartelados y las milicias que merodeaban.
El 19 de julio
Aquel domingo de julio, la
situación se tornaba aún más confusa. El golpe no conseguía triunfar en todo el
territorio, pero tampoco la República lograba imponer su legitimidad. El
Ejército se convertía no sólo en el principal responsable de la tragedia que se
avecinaba, sino también en la herramienta menos fiable con la que contaba el
Gobierno para restablecer el control sobre todo el territorio nacional.
Hay todo tipo de opiniones sobre
la formación del Gobierno de Martínez Barrio, pero conociendo las consecuencias
es posible afirmar que fue un error del presidente Azaña. Un error más que se
suma a la cadena que favoreció la sublevación y posterior derrota republicana.
El intento de formar un Gobierno
que contentase a los golpistas y los hiciera avenirse a negociar fracasó
irremediablemente. Los militares en rebeldía tenían tomada la decisión de
alzarse para derrocar la República; todo o nada. No buscaban un cambio de
rumbo: el objetivo era la victoria. Además, el Gobierno se formó sin
socialistas, por negativa de estos, lo que restó apoyos y capacidad de maniobra
al mismo, agravando todavía más su situación.
Por otro lado, prácticamente
todas las declaraciones de los oficiales del 2º Regimiento de Artillería Ligera
en Vicálvaro coinciden. Según ellos, el día 19 transcurrió sin grandes
novedades. Pero ¿las hubo?
Sus declaraciones parecen
coordinadas. La narración de los acontecimientos es ambigua, lo que puede
obedecer a una estrategia colectiva de los oficiales con el fin de salir lo
mejor parados del proceso judicial que se avecinaba. Aun así, no deja de ser
extraño que ni uno solo de ellos hiciera referencia a lo que estaba sucediendo
en su entorno ese mismo día 19, cuando ya era sobradamente conocida la
sublevación del ejército de África y de otros destacamentos peninsulares.
En contraste, sí hacen mención
continua de que ya el 18 la ciudadanía merodeaba el cuartel, información que no
encaja perfectamente con la del entonces teniente coronel Vicente Rojo, quien
no establece estas actuaciones de control hasta el día 19, una vez que el
Gobierno de Giral ordenó la entrega de armas al pueblo:
Inmediatamente se constituyeron,
armadas bajo responsabilidad de los partidos políticos y de las [asociaciones]
sindicales, diversas unidades de milicias que se apostaron unas frente a los
cuarteles, cuya actitud se estimaba dudosa, y otras en los accesos a Madrid
desde Campamento y los cantones de Alcalá y Vicálvaro (Rojo, 2010, p. 107).
Lo cierto es que las sospechas de
que se iba a producir un golpe de Estado eran generalizadas, por lo que no
causa sorpresa que organizaciones obreras y partidos se prepararan para hacerle
frente, y que desde el mismo día 18 se lanzaran a las sedes gubernamentales y
calles en busca de información y respuestas. El dirigente de la central obrera
más importante del momento, la UGT, había advertido que una sublevación militar
era posible desde la primavera de 1936 (Arostegui, 2013, pp. 471-472).
Sí es novedad, sin embargo, que
en el cuartel los preparativos del día 19 consistieran en municionar cuatro
baterías, preparándolas para salir si así era ordenado, informando el coronel a
la oficialidad que se unirían al movimiento con el regimiento de artillería a
caballo, comandado por el coronel Cañedo Arguelles,11 a
cuyas órdenes se situaba el coronel Romero por derecho de antigüedad (Declaración
de Joel Graña Maceiras, 1940).
Aunque no contamos con el dato
contrastado, se puede deducir que Vicálvaro tuvo conocimiento de los
acontecimientos en Campamento y Carabanchel, donde también se sublevó el
Ejército con derramamiento de sangre. El general García de la Herrán había sido
designado como jefe de los sublevados en los cantones militares de Madrid,
entre ellos Vicálvaro (Romero, 1976, p. 467). El plan consistía en salir con
sus tropas al encuentro de los sublevados en el cuartel de la Montaña, pero la
lealtad de los aeródromos de Getafe y Cuatro Vientos, más la de buena parte de
la tropa y suboficiales, unido esto a los milicianos, hizo fracasar esta parte
del golpe, cayendo muerto el general García de la Herrán.12
Con el control sobre Campamento
por parte de las fuerzas leales, la situación en Madrid se clarificaba,
quedando sólo una gran duda sobre el mapa de la ciudad: la Montaña.
En paralelo, en el cuartel de
artillería Nº 2, los oficiales eran los más proclives al alzamiento; de hecho,
se percibe que entre los capitanes y tenientes no había dudas al respecto,
destacando el capitán Ferrer, quien se encargó de señalar a sus compañeros de
armas que el cuartel se encontraba sublevado (Declaración de Indalecio
Zaforas Román, 1940), aunque esta declaración no fue acompañada de medidas
ofensivas sino defensivas. Los acontecimientos que se estaban sucediendo en
otros puntos de la ciudad y cantones no animaban a ninguna aventura extramuros.
Esos mismos muros cada vez sentían reflejada la sombra de más milicianos al
acecho que no se limitaban a rodear el cuartel, sino que lo sometían a una
rigurosa vigilancia y “fiscalización” de su entorno. Todas las personas que
entraban o salían del cuartel eran registradas, como indican varios testimonios
(Declaración de Vicente López Coterilla Vazquez, 1936).
En apariencia, hasta la noche del
19 todavía no se había atravesado el punto de no retorno en Madrid. Todavía
existía la posibilidad, remota, de reconducir la situación. Las milicias que
patrullaban las calles no parecían mostrarse violentas; los cuarteles estaban
vigilados, pero no asediados. De hecho, el propio Fanjul entra en la Montaña el
día 19 hacia el mediodía (Romero, 1976, p. 341), lo que deja claro que el que
iba a ser el eje del alzamiento en Madrid no se encontraba sometido a una
rigurosa vigilancia, a pesar de haberse negado a facilitar los 40 000 cerrojos
de fusil que albergaba en su armería.
Podemos imaginar cómo en
Vicálvaro la situación era de tensa espera. Tanto dentro como fuera del
cuartel, se esperaban noticias de Madrid, siendo el pueblo subsidiario de su
destino. Todos sabían que lo que ocurriera en la capital sería decisivo para el
pueblo. Entonces, surge la pregunta: ¿estarían los mandos militares del 2º
Regimiento de Artillería Ligera al tanto de los acontecimientos?
El 20 de julio
La noche del 19 al 20 de julio,
pocos militares del cuartel pudieron conciliar el sueño, y aquellos que sí lo
lograron se vieron sorprendidos, alrededor de las 3:00 horas, por una llamada
dirigida al teniente Sebastiá. El oficial de guardia de intendencia del
acuartelamiento situado en el barrio de Pacífico le avisaba que frente a su
destacamento pasaban camiones repletos de milicianos que gritaban “A por los de
Vicálvaro” (Declaración de Joel Graña Maceiras, 1940).
No consta que los milicianos
atacaran el cuartel, ni que los soldados intentaran salir, pero sí que se
intensificó el cerco a su perímetro, lo que generó una situación de máxima
tensión durante cuatro largas horas, hasta las siete de la mañana, cuando cayó
la primera de las bombas sobre el acuartelamiento. Según se desprende de la
declaración del capitán Graña, no hubo provocación previa: esa bomba pareció
caer de la nada. Sin embargo, sí se dio la orden de disparar desde el cuartel contra
el aparato aéreo, situación que se alargó hasta las 11:00 horas (Declaración
de Joel Graña Maceiras, 1940).
Agustín Sanz García,13 empleado
del ayuntamiento de Vicálvaro, declaró que dos aeroplanos se presentaron
alrededor de las 7:00 horas del día 20, lanzando dos bombas que cayeron fuera
del cuartel e incendiaron dos eras. En su declaración, confirma que comenzó un
intercambio de disparos con milicianos, sin recordar si desde el cuartel se
disparó antes o después de iniciado el bombardeo (Declaración de Agustín
Sanz García, 1936).
No existía orden de alzamiento
definida, no hubo día y hora fijos para que todos los implicados en el golpe se
alzaran (Miranda, 2011, p. 105), de ahí que la situación en Vicálvaro, al igual
que en otros cuarteles como la mismísima Montaña, estuvieran en una tensa
espera.
Con la llegada del mediodía, se
comenzó a aclarar el panorama. Al tiempo que en el resto del país se tomaba
conciencia del fracaso de la intentona golpista, los bombardeos sobre los
cuarteles madrileños tuvieron un efecto desmoralizador (Rojo, 2010, p. 137). A
su vez, el Gobierno decidió despejar la duda que suponía el cuartel de la
Montaña, organizando fuerzas que lo rodearon y asaltaron, con lo que quedó
resuelta la “ecuación” para el mediodía del día 20.
Es muy probable que se diera un
efecto dominó en la situación de dicho día que tuviera como consecuencia la
redición del cuartel de Vicálvaro. La situación del golpe el día 20 afectó
directamente a las posibilidades de éxito de los militares y falangistas
acantonados en el cuartel de la Montaña. La imposibilidad de ejecutar un plan
de columnas que avanzaran sobre la capital hizo insostenible la posición de
Fanjul, rodeado por miles de milicianos:
El
general Fanjul, militar con prestigio, españolista y valiente defensor de sus
ideas derechistas, se ha mostrado en todo momento animoso, ha dado impresión de
seguridad, ha prometido ayudas: una columna que al mando del general Mola ha
llegado a la Sierra y avanza a marchas forzadas sobre Madrid, otra columna con
fuerte artillería que viene del campamento de Carabanchel (Romero, 1976, p.
545).
Pero las columnas fueron
detenidas en la sierra, Fanjul cayó herido y el cuartel fue tomado por asalto.
La Montaña desaparece del mapa de los sublevados, quedando Madrid descabezada
y, por lo tanto, fuera de su influencia. Un gran revés para los golpistas,
definitivo para las pocas esperanzas que albergaban en la capital.
Las declaraciones de Fanjul ante
las preguntas del fiscal parecen encaminadas a crear confusión sobre su papel
en el golpe. De poco le serviría, pues horas después, el día 17 de agosto,
sería condenado a muerte y fusilado:
Fiscal. (F)— ¿Luego niega que
estaba en rebeldía contra el Poder público?
Fanjul. (P)— Insisto en que mi
rebeldía era tan sólo de espíritu (La Libertad, 1936).
Al ser cuestionado sobre por qué
obedeció las órdenes del general Villegas, como había indicado en un principio,
respondió que Villegas no podía darle tales órdenes:
F.— ¿Quién podía darle tales
órdenes?
P.— El general Mola.
F.— Si el general Mola no era su
superior, ¿cómo podía darle órdenes?
P.— Porque podía…
F.— ¿Como jefe de la rebelión
militar?
P.— Sí, claro.
F.— ¿Pues no aseguraba el
procesado anteriormente que no se había revelado nada más que espiritualmente?
¿Estaba o no de acuerdo para la rebelión?
P.— Sí, claro; yo… sabía algo de
la rebelión; pero yo no era el jefe.
F.— ¿Dio órdenes a otras fuerzas
de la guarnición de Madrid?
P.— No; hablé por teléfono con
algunos cuarteles, pero no di ninguna orden para la sublevación (La Libertad,
1936).
A pesar de la incoherencia del
general Fanjul, su declaración no termina por negar con rotundidad su
participación en la rebelión. Más sorprendente es la del coronel Fernández
Quintana:
Fiscal. (F)— Puso u ordenó poner
bandera blanca —para evitar más derramamiento de sangre inútil…— ¿Inútil para
quién?
Coronel. (P)— Para nuestra causa.
F.— ¿No dijo antes el procesado
que su causa era la defensa del régimen y la República?
P.— Es que nosotros creíamos que
el Frente Popular se había levantado contra el Gobierno (La Libertad,
1936).
Resulta prácticamente imposible
creer que los sublevados en la Montaña confundieran con una sublevación la
defensa de los milicianos del régimen republicano.
Las declaraciones de Fanjul,
Villegas o Quintana son importantes porque muestran cómo intentaron camuflar su
adhesión a la rebelión. Podría interpretarse que cuando se trata de salvar la
vida, el honor y la verdad pierden su fuerza. En este mismo contexto, parece
inverosímil que el coronel Thomas se dejara engañar por el director general de
seguridad,14 quien
le indicó que el propio Azaña estaba con ellos y se iban a organizar unos
batallones para desarmar a los milicianos (Declaración de Joel Graña
Maceiras, 1940).
Los hechos en Vicálvaro corren
paralelos a los de Madrid. A diferencia de la Montaña o Campamento, ¿hubo
unidad de acción dentro del cuartel de Vicálvaro? Conocemos que la República
mantuvo importantes lealtades entre el generalato y el cuerpo de suboficiales y
tropa, pero padeció la escasez de oficiales capaces de dirigir las tropas en el
campo de batalla. En el cuartel, fueron los oficiales los más entusiastas con
el alzamiento, encabezados por el capitán Ferrer. Sin embargo, entre los
suboficiales había algunos leales a la República que pudieron ser decisivos
para que no se produjera un baño de sangre:
Que
en la madrugada del lunes 20, el capitán Sr. Ferrer, despertó a la tropa,
ordenándole se colocara en las ventanas del edificio al servicio de las
ametralladoras; que más tarde, al volar sobre el cuartel unos aeroplanos,
recibieron la orden de continuar en las posiciones y armados de mosquetones,
para hacer fuego, en su caso, contra los aeroplanos, como así se hizo al lanzar
estos la primera bomba contra el cuartel, recibiendo más tarde orden de los
sargentos contraria a la de los oficiales, que seguían ordenando continuase el
fuego, para que este cesara, como así lo efectuó el diciente y resto de la
tropa y después, como la aviación siguiera bombardeando, los brigadas y
sargentos que habiendo sido advertidos de lo que sucedía y quese [sic] trataba
de un movimiento de rebelión contra el Gobierno, con lo cual no estaban
conformes dichas clases, se colocaron banderas blancas, rindiéndose el cuartel
a las milicias [sic] populares y al Ejército que rodeaban el mismo y que se hicieron
cargo, deteniéndolos [sic] de los jefes y oficiales, y confraternizando desde
este momento tanto la tropa como los suboficiales y sargentos con el pueblo
(Declaración de Francisco González Beltrán, 1936).
En función del rango del
declarante, los acontecimientos fueron unos u otros. Mientras los oficiales
pretendieron introducir confusión con sus declaraciones, los suboficiales
señalaron con el dedo directamente al coronel y la mayoría de los oficiales
como adeptos al golpe. Por ejemplo, el brigada Manuel Juaneda Gayan declara que
el coronel les reunió15 para
comunicarles que estaba adherido al movimiento subversivo, porque había que
hacer una república sana como la que él votó en 1931, argumentando que la
actual era una república de terrorismo y bandolerismo. No terminó bien la
reunión para el coronel y los sublevados, pues los suboficiales se negaron a
unirse al movimiento. Al poco tiempo, el coronel ordenó reunirlos de nuevo para
comunicarles que no podía tener en el cuartel a cuarenta hombres que podían
hacerle traición, ordenándoles salir de dos en dos, en intervalos de tiempo.
Cuando seis de ellos ya habían salido, comenzó el tiroteo provocado por el
lanzamiento de una bomba desde un avión (Declaración de Manuel Juaneda Gayan,
1936).
Cuenta el brigada que los
oficiales se retiraron al cuarto de estandartes, desde donde se rindieron,
dando cuenta a Madrid por telégrafo de ello. Fue entonces cuando entraron unos
guardias de asalto que procedieron a la detención de los oficiales y
sublevados.
La declaración del sargento
Sánchez Pegalajar (Declaración de Ramón Sánchez Pegalajar, 1936) va en
el mismo sentido que la del brigada. Añade que el día 19, previo a la reunión
del 20 con el coronel de los suboficiales, el capitán Francisco Selgas reunió a
los sargentos y brigadas y les dijo que posiblemente el regimiento tuviera que
salir, y que al que no estuviera dispuesto a ello se le pegaría un tiro. Al
enterarse el coronel del malestar del sargento, le llamó preguntándole en el
patio qué era lo que ocurría:
[…]
como el declarante manifestara que él no estaba dispuesto a ir en contra del
Gobierno y el coronel le dijera que mientras él fuera coronel, en su regimiento
no permitiría que hubiera ningún traidor (Declaración de Ramón Sánchez
Pegalajar, 1936).
A lo que el sargento contestó:
Yo
no soy traidor, y recuerdo las frases que usted pronunció en el acto de jura de
bandera, el 15 de febrero del año actual, diciendo que los soldados tenían que
acatar a un Gobierno monárquico, si en las elecciones del siguiente día vencían
los monárquicos y a un Gobierno comunista si vencieran en las Elecciones [sic]
éstos, pues esta era el deber de todo militar (Declaración de Ramón
Sánchez Pegalajar, 1936).
Respecto al día 20, la
declaración de Sánchez Pegalajar únicamente añade a la declaración del brigada
Juaneda que una vez que salió del cuartel se reunió con el teniente de alcalde
de Vicálvaro, junto al cual, y con ciudadanos del pueblo, lo regresaron hasta
el cuartel, encontrándose ahí con un tiroteo entre militares y milicianos que
terminó con el bombardeo y rendición de los sublevados.
Por su parte, el comandante Luis
Elorriaga Sartorius declara que el avión que lanzó las bombas no llevaba ningún
emblema que lo identificara, cuestión que fue decisiva a la hora de ordenar
hacer fuego contra el mismo. Sin embargo, señala que no fueron las bombas, sino
la llamada desde la Dirección General de Seguridad indicándoles que tenían que
rendirse, la que provocó que se procediera en ese sentido.
Continúa el comandante Elorriaga
Sartorius indicando que no hubo arenga de ningún tipo por parte del coronel. A
pesar de no haber estado presente, sí dice saber que el jefe del regimiento se
reunió con los suboficiales simplemente para comentarles que el que quisiera
marcharse podría hacerlo pues, posiblemente, tendrían que enfrentarse con el
pueblo si atacaban el cuartel (Declaración de Luis Elorriaga Sartorius,
1936). En la misma línea, el coronel Thomas Romero declara que el avión que
efectuó el bombardeo era comercial y no militar, por lo que dio la orden de
abrir fuego. Tras hablar con el director general de seguridad, acató la orden
de rendirse,
[…]
poniendo el pueblo que rodeaba el cuartel sábanas blancas, ordenando el dicente
que cesara el fuego, a pesar de lo cual el avión continuó, aun estando ya en el
cuartel guardias de asalto, lanzando bombas, que mataron a un cabo de asalto e
hirieron a otro guardia, aparte de las bajas que se habían tenido en el cuartel
de tres o cuatro soldados heridos y uno muerto (Declaración de Manuel
Thomas Romero, 1936).
Sobre los suboficiales, el
coronel testifica que hubo algunos sargentos y brigadas que habían oído decir
que en caso de que el regimiento saliera, matarían a sus familias o pondrían
delante del pueblo a sus familiares.
En atención a esto, y como el
dicente pensó que quizás por defensa del cuartel pudiera enfrentarse con el
pueblo, llamó a los sargentos, brigadas y obreros y les dijo, por creerlo un
acto de caballerosidad, que quizá tuviera el regimiento que defender el cuartel
en contra de las masas y para este caso, si tenían miedo por lo que pudiera
ocurrir a sus familias, que podían marcharse los que quisieran, como así lo
hicieron algunos, quedándose por el contrario otros; que no es cierto que el
declarante, al hablar a los sargentos y brigadas dijera se hallaba unido al
movimiento, puesto que este no le conocía, aunque quizás fuera posible que él
manifestara que como republicano no estaba conforme con una república soviética
al parecer o comunista; y que efectivamente es verdad que ordenó [sic] la
salida del cuartel de dos en dos a los que quisieran marcharse, con el objeto
de evitar la provocación si salían todos unidos (Declaración de Manuel
Thomas Romero, 1936).
El teniente Drake (Declaración
de Francisco Drake Santiago, 1936) confirma que también se hizo fuego desde
unas trincheras alrededor del cuartel, así como desde la que llama “casa de los
cerdos”, siendo este respondido por los sublevados. Confirma que, en un momento
determinado, el coronel llamó a los oficiales a la sala de estandartes, donde
les comunicó que suspendieran el fuego. Drake declara que tampoco escuchó la
conversación entre el jefe del regimiento y los suboficiales, testificando que
el coronel sabía que en el pueblo se estaba armando a las milicias, y que en
previsión de un choque entre milicianos y militares permitió salir a los
suboficiales para que pusieran a salvo a sus familias.
El capitán Joaquín Pomares Méndez
testifica en la línea del teniente Drake, indicando que desde una casa próxima
se abrió fuego, llegando incluso a impactar una bala en un lavabo en la batería
del declarante (Declaración de Joaquín Pomares Méndez, 1936).
El capitán Ferranz (Declaración
de Francisco Ferranz Pérez Santiago, 1936) declara que fue el coronel quien
se presentó en el cuarto de sargentos alrededor de las 7:00 horas. Al haber
comprobado que había personas sospechosas y armadas alrededor del
acuartelamiento, dio permiso a los suboficiales para salir e incluso refugiar a
las familias en el propio acuartelamiento. Afirma que salieron varios sargentos
y obreros, y que algunos de ellos no volvieron a incorporarse.
Las declaraciones de los
oficiales describen una situación, cuando menos, esperpéntica. Cabría
cuestionarse ¿cómo iba a permitir el jefe del regimiento que la mayoría de sus
suboficiales salieran de un acuartelamiento que se encontraba rodeado por
milicias armadas?
Muy importante es también que el
capitán Ferranz habla de dos aviones en su declaración, uno de características
de la aviación civil, pero otro militar, y de que ambos arrojaron bombas sobre
el cuartel. Sin embargo, el teniente José Relanzón García Criado (Declaración
de José Relanzón García Criado, 1936) vuelve a decir que sólo había un
avión, y no era militar. También menciona en su declaración la salida de los
sargentos para defender sus familias, indicando que sólo salieron tres o cuatro
de ellos. Por su parte, el teniente Miguel Redondo Correa dice no saber si
alguno se marchó, aunque le parece que sí lo hicieron dos o tres (Declaración
de Miguel Redondo Correa, 1936). El capitán Francisco Selgas y Tornos va
más lejos en su declaración al indicar que algunos de los sargentos sí
regresaron con sus familias al cuartel, aunque otros nunca volvieron (Declaración
de Francisco Selgas y Tornos, 1936).
Objetivamente, podemos saber que
hubo suboficiales que abandonaron el cuartel, al parecer pocos, porque mientras
se producía su salida comenzó el bombardeo de uno o dos aparatos, situación
similar, por cierto, a la que se vivió en otros regimientos y cantones de
Madrid, donde la labor militar aérea fue un factor fundamental para derrumbar
la moral de los sublevados.
En su declaración, el teniente
Carlos Sebastian Llegat indica que también escuchó que el coronel facilitó la
salida de los suboficiales ante el riesgo de que la gente armada en el pueblo
pusiera a los familiares de estos frente al cuartel. Junto con algunos
sargentos, marcharon también maestros de taller, yéndose estos últimos hacia
Madrid y siendo, según les transmitieron después algunos guardias de asalto
declarantes, los que denunciaron hechos falsos en la Dirección General de
Seguridad, como haber sido expulsados del cuartel, cuando en verdad salieron
voluntariamente (Declaración de Carlos Sebastian Llegat, 1936).
El factor civil fue fundamental
para la República. Desde hacía tiempo, el Ayuntamiento tenía un
enlace-informante dentro del cuartel: el maestro armero. En la mañana del día
20, salieron unos sargentos, entre ellos el cocinero Ramón Sánchez, que
indicaron que el coronel les dijo que, si no estaban de acuerdo con la
sublevación, se marcharan. Acordaron pedir auxilio a Madrid, pero como el
teléfono no funcionaba, el teniente de alcalde cogió un coche. Según su
versión, llegó entonces un aeroplano que fue atacado desde el cuartel, y
respondió este lanzando una bomba que cayó en una era y provocó un gran
incendio, arruinando a dos familias. Luego hubo disparos entre milicianos y el
cuartel (Declaración de Arturo Dávila Arcos, 1936).
El concejal de Vicálvaro confirma
la llamada realizada por el director general de seguridad al capitán Ferrer, de
la cual se enteró por su participación en el control de la central de
teléfonos. Según narra, la llamada no fue cordial, sino que el director general
se tuvo que valer de amenazas para conseguir la rendición del coronel. Indica
que desde que se inició la sublevación hasta la rendición pasó una hora
aproximadamente.
A pesar de que el capitán Ángel
Ferrer es de los más relacionados con el golpe, fue él quien habló con el
director general de seguridad, de quien declaró ser amigo, recibiendo de aquel
la orden de rendirse.
Al igual que en la Montaña y en
Campamento, hubo quien intentó huir del cuartel sin ser visto, pero los
milicianos, y posiblemente el pueblo, ya habían rodeado el edificio,
imposibilitando fugas como la del teniente de complemento Alfonso Espinosa
Fernández (Declaración de Alfonso Espinosa Fernández, 1936), quien fue
detenido y llevado al ayuntamiento de Vicálvaro, quedando recluido en una
carbonera antes de su traslado a la Dirección General de Seguridad y después a
la cárcel desde la cual declaró. Con esta y otras declaraciones, queda fuera de
toda duda la implicación desde el primer momento del Ayuntamiento de Vicálvaro
contra el golpe y a favor del Gobierno.
El bombardeo, las milicias que
asediaban el cuartel, la llamada de la Dirección General de Seguridad,
seguramente la confirmación de la caída de Campamento y la situación en la
Montaña fueron factores en contra que provocaron que el regimiento decidiera
rendirse.
El capitán Francisco Selgas y
Tornos declara por su parte que, en el momento de la rendición, el teniente
coronel de los de asalto entró en el cuartel con el puño en alto. Después llegó
un teniente coronel de ingenieros junto con milicias armadas, llevando el puño
en alto y una estrella roja de cinco puntas en el uniforme.
Varios testigos coinciden en
indicar que, ya rendido el cuartel, el avión siguió lanzando bombas, provocando
una de ellas la muerte de un guardia de asalto, un soldado del regimiento y
varios heridos.
Testigos como el teniente Joel
Graña Maceiras (Declaración de Joel Graña Maceiras, 1936) también
indican que el coronel ordenó situar banderas y sábanas blancas en las ventanas,
lo que, a priori, debiera de haber sido suficiente para que el
avión dejara de bombardear. El alférez Fernando García Ampuero testifica que el
coronel dio esta orden pues a él así le fue transmitida por la Dirección
General de Seguridad (Declaración de Fernando García Ampuero, 1936).
El teniente Alberto Pérez-Cosio
Rubio testifica que a las 7:00 horas del mismo día 20 pudo observar cómo el
cerco sobre el cuartel se había intensificado, habiendo levantado trincheras
los milicianos. Añade que observó cierta coordinación entre el avión de
bombardeo y los milicianos, obedeciendo a una especie de consigna, que no
explica, para iniciar el fuego coordinadamente. Su descripción del momento de
la rendición informa que los paisanos armados y los guardias de asalto
irrumpieron en el cuartel haciendo saludos marxistas y gritando vivas a Rusia y
a España soviética (Declaración de Alberto Pérez-Cosio Rubio, 1936).
La declaración de Luis Bartolomé16 ayuda
a entender mejor la sucesión de estos acontecimientos. Cuenta que días antes
percibieron que la relación entre la gente del pueblo y la tropa no era
“normal”. Las sospechas y la tensión aumentaron cuando salieron los sargentos y
les informaron, en la mañana del día 20 de julio, que consideraban que el
cuartel iba a sublevarse. Desalojaron el pueblo de mujeres y niños por temor a
que fuera cañoneado desde el cuartel, y los hombres, que eran unos cuarenta o cincuenta,
se prestaron a rodear el cuartel y defender el pueblo. Luis Bartolomé también
declara que el teniente de alcalde telefoneó a la Dirección General de
Seguridad para que vinieran unos aeroplanos para conseguir la rendición del
cuartel. Indica que en cuanto apareció el avión, el fuego se inició desde el
cuartel, siendo respondido por unos milicianos apostados alrededor del mismo.
Confirma que una bomba cayó después de llegadas las tropas de asalto,
provocando la muerte de un guardia de dicho cuerpo, y que guardias de asalto y
milicianos penetraron juntos en el cuartel (Declaración de Luis Bartolomé,
1936).
Conclusiones
De esta investigación, se
desprenden algunas conclusiones que no por sabidas hay que dejar de mencionar.
El cuartel de artillería ligera de Vicálvaro se sublevó contra la República,
formando parte del dispositivo de alzamiento en Madrid, con eje en el cuartel
de la Montaña. A pesar de que las declaraciones de los oficiales intentaron en
su día confundir al tribunal, y hoy buscan hacer lo mismo con el historiador,
la propia sucesión de los hechos, el resto de declaraciones de suboficiales y
civiles, así como la ventaja que supone analizar hechos casi 80 años después,
pueden llevarnos a afirmar que el cuartel era parte del golpe.
Los actores son los esperados:
oficiales golpistas, generales de tímida lealtad, suboficiales fieles a su
juramento, milicianos y actores secundarios de carácter civil. Un escenario
completo, con todo el atrezo de la época: uniformes, aviones, ametralladoras,
piezas de artillería, hoces y martillos, banderas blancas y el resto del
“menaje” que se haría cotidiano durante los siguientes 3 años. Sin embargo, es
destacable la poca sangre que se regó en el entorno y dentro del propio cuartel
de artillería.
Habría que preguntarse: ¿por qué
apenas hubo derramamiento de sangre en Vicálvaro? Había factores para ello,
enfrentados de un lado el ejército sublevado y del otro los milicianos armados.
Es indudable que el golpe en
Vicálvaro no tenía visos de triunfo una vez que fue abortado el golpe en la
capital, pero igual de cierto es que en el cantón de Carabanchel se derramó
sangre ante el intento de salida de García de la Herrán. De igual forma, en la
Montaña hubo decenas de muertos y, sin embargo, en Vicálvaro apenas murieron
dos soldados por una bomba de aviación, presumiblemente lanzada ya que el
cuartel se había rendido.
Ese es otro factor que invita a
pensar en la práctica ausencia de derramamiento de sangre. Sí se desataron las
hostilidades en Vicálvaro, no fue una rendición por mera presión ciudadana. Fue
necesario el uso de la fuerza para que el coronel aceptara rendir el cuartel,
existiendo total ausencia de venganzas o fusilamientos sumarios. ¿Por qué no se
desató una ola de violencia contra los sublevados?
Quizás la respuesta la tenga
Vicente Rojo:
Mucho
se ha discutido si se debió o no armar al pueblo… pero cuando la sociedad
española pueda conocer el volumen e índole de los desmanes que se cometieron en
la zona donde el pueblo no había sido armado, se comprenderá que ni esos
desmanes, ni la crueldad, ni el terror que se crean con el crimen incontrolado,
eran cosas independientes del hecho de que el pueblo hubiera sido o no armado.
La verdad es que, si algunas de las armas entregadas se utilizaron en actos criminales,
la mayor parte de ellas se emplearon en la finalidad que con su entrega se
quería alcanzar: combatir la rebelión (Rojo, 2010, p. 115).
El pueblo en armas consiguió su
objetivo: rendir el cuartel y que se procediera a la detención de los sublevados.
La justicia republicana actuaría en consecuencia con los sublevados, como así
hizo, sin que el pueblo de Vicálvaro optara por otro tipo de justicia paralela.
El pueblo fue armado con dicho
fin, y los acontecimientos llenan de razón la decisión del Gobierno de Giral,
pues sólo así se consiguió impedir el éxito del golpe en todo el territorio
nacional. De hecho, los acontecimientos de Vicálvaro demuestran que el Estado
republicano no desapareció, sino que se vio violentamente golpeado cuando su
monopolio de la violencia saltó por los aires al ser traicionado por su
principal valedor armado, el Ejército. Sin embargo, un Estado es mucho más que
su Ejército, que no deja de ser una herramienta a su servicio, siendo su
principal y único sentido de existencia el servicio al pueblo. En este caso, se
invirtieron los factores y fue el pueblo el que sostuvo el Estado, debilitado y
escorado, pero no superado.
La entrada del teniente coronel
de carabineros en el cuartel, tras la llamada desde la Dirección General de Seguridad,
muestra claramente cómo el Estado se mantuvo en pie, obviamente gracias al
pueblo, que armado pudo hacer frente a la sublevación militar.
Si la anarquía se hubiera
impuesto ante una situación de vacío de poder, o se hubiera iniciado un proceso
revolucionario, difícilmente las estructuras republicanas se hubieran mantenido
en pie, como en verdad ocurrió.
Los acontecimientos de Vicálvaro
demuestran que el golpe no fue combatido con anarquía y violencia desatada:
gracias a las armas, el pueblo pudo defender el modelo de Estado por el que
había optado en 1931 frente a las fuerzas reaccionarias que encontraron en el
Ejército el ariete con el cual intentar derrumbar la República de un solo
golpe. Como esto no les fue posible, decidieron seguir golpeando hasta dejar al
pueblo agotado y rendido.
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Declaración de Fernando García Ampuero (5
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Declaración de Francisco Carrasco Ochoa (4 de
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Declaración de Francisco Ferranz Pérez Santiago (4
de agosto de 1936). FC-CAUSA_GENERAL, 1518, Exp. 13, Imagen 70. Archivo
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Declaración de Francisco González Beltrán (31
de julio de 1936). FC- CAUSA_GENERAL, 1518, Exp. 13, Imagen 28. Archivo
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Declaración de Francisco Selgas y Tornos (5
de agosto de 1936). FC-CAUSA_GENERAL, 1518, Exp. 13, Imagen 80-83. Archivo
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Declaración de Indalecio Zaforas Román (4
de mayo de 1940). FC-CAUSA_GENERAL, 1518, Exp. 13, Imagen 11-13. Archivo
Histórico Nacional, Madrid.
Declaración de Joaquín Pomares Méndez (5
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Declaración de Joel Graña Maceiras (5
de agosto de 1936). FC-CAUSA_GENERAL, 1518, Exp. 13, Imagen 111-113. Archivo
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Declaración de Joel Graña Maceiras (1
de mayo de 1940). FC-CAUSA_GENERAL, 1518, Exp. 13, Imagen 6-10. Archivo
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Declaración de José Relanzón García Criado (5
de agosto de 1936). FC-CAUSA_GENERAL, 1518, Exp. 13, Imagen 78-79. Archivo
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1936). FC-CAUSA_GENERAL, 1518, Exp. 13, Imagen 323. Archivo Histórico Nacional,
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Declaración de Luis Elorriaga Sartorius (4 de
agosto de 1936). FC-CAUSA_GENERAL, 1518, Exp. 13, Imagen 41-43. Archivo
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Declaración de Manuel Juaneda Gayan (31
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1 El franquismo elaboró un
complejo entramado legal durante y después de la Guerra Civil con el objetivo
de depurar responsabilidades dentro del bando republicano. La Causa General fue
parte de este entramado. Se inició al finalizar la Guerra Civil para perseguir
y juzgar los delitos cometidos en la zona controlada por la República durante
la guerra.
2 Domingo Sepúlveda Cobos fue
nombrado consejero del Ayuntamiento de Vicálvaro el 31 de julio de 1938, siendo
elegido tercer teniente de alcalde por catorce votos a favor y uno en blanco,
según el “Acta de la sesión ordinaria de 31 de julio de 1938”, en el Libro de
Actas de Sesiones del Ayuntamiento.
3 Graham explica cómo los
grupos fieles a Largo Caballero (izquierda socialista) e Indalecio Prieto
(centristas) estaban abiertamente enfrentados, desde los acontecimientos de
Asturias de 1934, por el control del PSOE.
4 Andrés Manzano y Cipriano
López-Plaza cuentan cómo la visita de Gil Robles en campaña con la
Confederación Española de Derechas Autónomas (ceda) y la salida de las monjas a
votar en las elecciones de 1936 fueron hechos tomados a mal por amplios
sectores del pueblo.
5. Es importante recordar que las
declaraciones en las que se basa esta reconstrucción están tomadas en dos
momentos muy distintos: verano de 1936 —y, por tanto, bajo dominio de la
República— y primavera de 1940, más de un año después de la victoria de los
sublevados.
6 Se entiende que se trataba
del general José Cardenal, de la 1ª Brigada de Artillería de Madrid.
7 Fueron varios los oficiales
que recibieron la misma llamada e instrucciones y que, por lo tanto, viajaron
en el mismo coche. Entre ellos, el capitán Ferrer Asin, el capitán Francisco
Selgas Tornos, posiblemente el teniente Rómulo Ros Emperador, el comandante
Antonio Sabater Jiménez, el teniente José María Romillo Polo, el teniente
Miguel Redondo Correa, el teniente Joel Graña Maceiras y el teniente Jesús
Pardo Pecho.
8 General Mola.
9. Es muy recomendable a este
respecto la lectura del libro de Gustau Nerín (2005), La guerra que vino de
África, publicado por Editorial Crítica.
10 “A las diez y media de la
mañana del 18 de julio, una columna de milicias armadas (con escopetas de caza
y bombas de mano hechas por ellos mismos) del puente de Vallecas, al mando de
Manuel Fernández Cortinas, junto con fuerzas de asalto, tomó el cuartel de
Vicálvaro, donde se encontraban acuartelados los soldados” (Miranda, 2011, pp.
254-255).
11 Argüelles comandaba el
regimiento de artillería a caballo situado en Carabanchel.
12 No es un detalle menor la
caída de García de la Herrán, pues se trataba del número tres de la sublevación
en Madrid, tras Villegas y Fanjul. Teniendo en cuenta que Villegas finalmente
no siguió el plan establecido, puede decirse que era el número dos, tras
Fanjul.
13 Era conocido con el alias
de “el Cohete”.
14 José Alonso Mallol fue
director general de seguridad hasta finales del mes de julio de 1936.
15 De la declaración es
posible deducir que esta reunión se produjo al alba, entre las 5:00 y las 6:00
horas.
16 De Luis Bartolomé sólo se
indica “empleado” en su ficha, por lo que no es posible saber cuál era su
oficio.
Iván
Rodríguez Lozano*
* Profesor-Investigador del Instituto Universitario de
Investigación Ortega y Gasset (IUIOG). Correo electrónico: ivancible@yahoo.es
https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1665-05652015000300004

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