HISTORIAS POR CONTAR
MEMORIAS DE MADRID
Mujeres en la memoria de Madrid
Antonio Gisbert, María de Molina
presenta a su hijo Fernando IV en las Cortes de Valladolid de 1295, Palacio de
las Cortes, 1863.
https://archivoshistoria.com/MARIA-DE-MOLINA/
¿Qué
no haría una madre por sus hijos? Dicen que no hay amor más grande que el de
una madre hacia sus hijos y, aunque esta frase puede sonar a tópico,
cada día encontramos sobradas muestras de que es cierta. Nos lo demuestran
hechos cotidianos, aparentemente lejos de toda heroicidad, pero comunes a
muchas madres que, sin pensarlo dos veces, abandonan sus carreras
profesionales, sus metas, sus proyectos o sus trabajos por estar con sus hijos,
cuidarles y educarles… un acto de tremenda generosidad, especialmente en
nuestra sociedad actual, en la que quizá se nos ha educado para realizarnos a
través de nuestros trabajos.
Sin embargo, esta situación no es exclusiva de
nuestro tiempo… muchas madres, a lo largo de la Historia, han sobrepasado los
límites de la superación cuando, teniéndolo todo en contra, no han dejado de
luchar por el bienestar de sus hijos. Uno de los ejemplos más claros es el de María
de Molina, madre y abuela coraje, y una de las reinas más extraordinarias
de toda la Historia de España.
Sin duda, se trata de una de las más fuertes
personalidades femeninas de la Baja Edad Media española, un período, el
de los siglos XI, XII y XIII, caracterizado por una sociedad fuertemente
patriarcal.
El concepto e imagen de la mujer en este
periodo siempre estuvo muy marcado por la intervención de la Iglesia y
su definición de la “buena” mujer y la mujer “mala”, o mujer pecadora. Eva y
María, dos versiones contrapuestas de la mujer, aceptadas por una sociedad
extremadamente religiosa.
De manera sistemática, la mujer se identificaba con
el pecado y, por lo tanto, con Eva. Sin embargo, toda buena mujer debía aspirar
a ser María, bien a través de la religión (entrando en un convento) o
bien mediante el matrimonio cristiano, que le permitiría redimirse de su
inclinación al pecado.
Debido a su tendencia a la falta, la mujer
medieval debía estar muy controlada, con el fin de evitar que su naturaleza
pecadora se impusiera. Un control ejercido principalmente en el hogar, donde el
padre y después el marido, tendrían más facilidad y seguridad para vigilarla.
De este modo, en las casas medievales burguesas
existían unas zonas exclusivamente destinadas a la mujer y a sus actividades
llamadas “gineceos” o alcobas, quedando así la labor femenina relegada
al centro del hogar.
Las mujeres no tenían permitido salir o entrar
de su casa a voluntad. El único sitio al que podían acudir sin ser
censuradas por sus vecinos era la iglesia. Ir a misa era la actividad mejor
vista para una mujer, y por ello no es de extrañar que un buen número de ellas
ingresaran en conventos.
Aunque la mujer medieval siempre fue considerada
una menor de edad, existían diferentes realidades dependiendo de la
situación social de cada una, ya fuera una mujer noble, una monja, una
campesina o incluso, una prostituta. Sólo las primeras podían gozar
de ciertos privilegios y reconocimiento.
El matrimonio o el clero eran las mejores
alternativas para una mujer, siendo el primero, además, una baza política muy
importante que permitía sellar alianzas a la Familia Real, a la nobleza y a la
aristocracia.
El padre era quien podía dar el
consentimiento para el matrimonio de su hija o, en el caso de ser huérfana, su
madre. Si esta se había vuelto a casar, la autoridad pasaba automáticamente a
los hermanos mayores de edad o a su tío, si los hermanos eran menores.
En el caso de las mujeres viudas, quedaban
solas ante su nuevo futuro, siendo por primera vez responsables de su vida y
pudiendo elegir qué hacer a partir de ese momento entre tres opciones: hacerse
monja, volverse a casar o permanecer viudas. La Iglesia era partidaria de que
la mujer, o bien se casara de nuevo o entrase en un convento.
La educación fue uno de los pocos campos en
los que la mujer gozó de cierto espacio durante la Edad Media. En una
sociedad en la que reinaba el analfabetismo y la transmisión de
conocimientos se realizaba de manera oral, las mujeres se convirtieron en
difusoras de cultura y costumbres.
La mayoría de las mujeres nobles tuvieron un
mayor acceso al mundo del conocimiento, llegando a dominar la escritura y la
lectura, aprendiendo otras lenguas, e incluso, siendo instruidas en ciencias y
en música.
En el extremo opuesto, las niñas pobres eran
educadas en la costura, el hilado, las tareas del huerto y el ganado, o bien,
si tenían un negocio familiar, en las labores que tuvieran que desempeñar.
Desde el punto de vista de la educación, las
monjas eran sin duda las más aventajadas, ya que podían incluso llegar a
dominar el latín y el griego y, por tanto, a leer y escribir. Así fue hasta la
creación de las Universidades, que limitaron el conocimiento a los
hombres.
Las escasas oportunidades de desarrollo social y
familiar nos permiten entender cuáles eran los obstáculos que una mujer
medieval se encontraría para ocupar un cargo de poder.
Las mujeres tenían complicado acceder a la vida
pública y, si llegaban al trono normalmente se debía a la suerte. La condición
de reina constituía el más alto honor que una mujer podía alcanzar,
desempeñando un papel fundamental.
Sus funciones tenían una importancia capital ya
que, por encima de cualquier otra responsabilidad, de ellas dependía la continuidad
dinástica, es decir, tener hijos y encargarse de su cuidado… algo que en
ningún caso era trivial, pues un heredero al trono daba estabilidad a todo el
Estado.
Un trono vacío implicaba inseguridad,
incertidumbre y hasta guerras. Contar con una abundante descendencia era,
además, un modo de cubrirse las espaldas en caso de fallecimiento del heredero
en edad temprana.
Pero más allá de la maternidad, la reina podía ser
un personaje clave en el entramado del poder ejerciendo su influencia sobre
el rey (animándole a tomar cierto tipo de decisiones) o actuando
directamente como regente por la ausencia del monarca a causa de un viaje o en
el caso de que el rey hubiera muerto y el heredero fuera aún demasiado pequeño
para acceder al trono.
En la Corona de Castilla las reinas podían
ejercer como tales, es decir, ser titulares de la Corona, no meras reinas
consortes. El ejemplo sin duda más conocido de reina independiente es el de Isabel la
Católica, sucesora de Enrique IV.
Entre las reinas consortes brilló con luz
propia la figura de María de Molina, esposa, madre y abuela de reyes…
una mujer extraordinaria que consiguió destacar en un mundo de hombres.
Se desconoce dónde y cuándo nació María Alfonso
de Meneses (más conocida como María de Molina por haber heredado este
señorío, en la actual provincia de Guadalajara), probablemente en algún lugar
de Tierra de Campos en torno al año 1260.
De niña, nadie pensaba en ella como una futura
reina… pero, como tantas otras veces en la Historia, el destino hizo que María
pasara en poco tiempo al primer plano de la escena política a través de un
matrimonio, el que contrajo con Sancho IV, su sobrino segundo.
El parentesco por consanguinidad provocó que
la Iglesia no aceptara el casamiento, de modo que a ambos se les negó la
dispensa papal. El Papa Martín IV calificó la unión de “nupcias
incestuosas, gran desviación e infamia pública” y ordenó separarse
inmediatamente a los esposos tras medio año de unión. Ellos se negaron.
El mismo año de su casamiento fallecía el padre de
Sancho, el Rey Alfonso X. No respetando la decisión
paterna que le negaba el trono, Sancho se hizo proclamar unilateralmente heredero
y regente de Castilla, iniciándose un conflicto abierto con sus sobrinos,
con la nobleza defensora de los legítimos herederos y con el papado, que seguía
sin legitimar su matrimonio con María.
En medio de estas terribles tensiones políticas y
de una brutal batalla diplomática para conseguir la dispensa papal que
reconociera su matrimonio, moría Sancho IV el 25 de abril de 1295. Todos
los frentes abiertos recayeron automáticamente sobre la Reina, que tendría que
luchar, sola y en un mundo de hombres, no sólo por gobernar un reino al borde
de la guerra civil, sino porque sus siete hijos fuesen reconocidos como legítimos
herederos al trono de Castilla, especialmente su primogénito, Fernando.
María se convertía en tutora del rey niño Fernando
IV, de tan sólo once años y no declarado legítimo. Empezaba para ella la
ardua tarea de conseguir los apoyos suficientes para la causa de su hijo.
Esta situación de inseguridad fue aprovechada por los
nobles castellanos, que vieron el momento idóneo para conseguir una buena
posición para manejar una corte débil, gobernada por una mujer y un niño.
Varios de los consejeros del reino
presionaron a Doña María para que contrajese matrimonio de nuevo, ya que era
una viuda relativamente joven y con obligaciones políticas nada corrientes para
una mujer de la época… pero lo que aún no sabían es que María era lo
suficientemente fuerte e inteligente como para conseguir bandear sin
ayuda de nadie los inconvenientes que se le fueran presentando.
La Reina regente pronto se incorporó a sus
nuevas obligaciones. Trabajó hasta la saciedad en jornadas diarias exhaustivas,
buscando los apoyos necesarios para que la nobleza y el pueblo se unieran a su
causa, para así lograr la estabilidad del Reino.
A base de tesón, María de Molina llegó a ser
una Reina popular, querida y muy admirada en su tiempo. Los Concejos le
mostraron gran lealtad y respaldaron sus iniciativas de gobierno, tanto en el
periodo de regencia como en los posteriores, una fidelidad que consiguió
gracias a sus innatas condiciones para la política, con una hábil mezcla de prudencia
y concordia.
En 1301 María alcanzaba su segundo objetivo, la bula
del Papa Bonifacio VIII en la que daba por válido su matrimonio con Sancho
IV. Consecuentemente, Fernando IV se convertía en un rey legítimo.
La reina madre podía por fin descansar… más aún al
celebrarse el matrimonio entre su hijo Fernando y Constanza de Portugal y
el posterior nacimiento de un heredero, Alfonso. María, agotada, se retiraba
discretamente del poder.
Sin embargo, en 1312 fallecía Fernando IV. De
nuevo Castilla se encontraba con un rey de corta edad, Alfonso XI, de
poco más de un año de edad.
Para complicar aún más la situación, la reina Constanza
fallecía súbitamente dejando al rey niño sin Regente. María de Molina,
ya con una salud muy delicada, se veía obligada a aparecer nuevamente en escena
para asumir la difícil tarea de llevar las riendas del reino.
Desde entonces y hasta su muerte, nueve años
después, la ahora “reina abuela”, volvió a poner en su sitio a la
nobleza castellana y a defender con sabiduría y prudencia el trono para su
nieto.
María de Molina fallecía el 1 de julio de
1321 en Valladolid, no sin antes haber dejado todo dispuesto a través de su
testamento para que el rey Alfonso XI reinara sin ella.
Sin embargo, sin María la estabilidad del Reino
se tambaleó al poco tiempo, sucediéndose años difíciles, con luchas
constantes en el Reino: en el norte entre los señores que se disputaban la
custodia del heredero y en el sur frente a los ejércitos musulmanes.
Así continuarían las cosas hasta 1325 cuando, a los
quince años, Alfonso fue declarado mayor de edad, reinando como Alfonso XI
“el Justiciero”. Nuevamente, la Reina María había conseguido su objetivo,
asegurar el trono para sus descendientes.
Prudente, inteligente y valiente, María de
Molina ha pasado a la Historia de nuestro país como prototipo de prudencia
y sagacidad política, logrando mantener el prestigio y la autoridad real como reina,
madre y abuela en una de las épocas más turbulentas de nuestro país. Por
ello, Madrid la homenajea con una de las vías más importantes de su
callejero.
Y es que, aunque las escasas crónicas de la época
hayan contribuido al desconocimiento actual sobre el protagonismo femenino en
la Edad Media, nuestra Historia también pertenece a las mujeres… mujeres de
leyenda y sobre todo madres entregadas, capaces de cualquier cosa
por el bienestar de sus hijos.
P.D: dedicado a todas las madres, en especial a la
mía, María Soledad. Por todos los sacrificios que has hecho por cuidar de tus
hijos con cariño, entrega y ternura. Una vida nunca será tiempo suficiente para
devolverte tanto amor. Gracias Mamá, te quiero.
María Alfonso de Meneses (c. 1264-Valladolid, 1 de
julio de 1321)
“No
llegue el tiempo a ofender
tal valor, pues vengo a ver
en nuestro siglo terrible
lo que parece imposible,
que es prudencia en la mujer”
—
Tirso de Molina
Rompiendo los moldes
https://www.manuelazana.org/personaje/kent-victoria/
Victoria
Kent: mujer sin precedentes
Cuando pensamos en el primer hombre filósofo,
matemático, ingeniero o médico debemos retrotraernos muchos siglos para
encontrar su rastro. Sin embargo, cuando hacemos ese ejercicio con mujeres
desgraciadamente no debemos echar la vista tan atrás… la primera doctora,
arquitecta o científica españolas consiguieron su consideración académica hace
poco más de cien años. Una de ellas, Victoria Kent, no sólo se convirtió
en la primera abogada en ejercicio en la Historia de nuestro país, sino
que rompió muchas otras barreras a lo largo de su azarosa vida, en la España de
principios del siglo XX.
La situación de las mujeres en la sociedad
española avanzó y mejoró durante la Segunda República (desde 14 de abril de 1931
hasta el 1 de abril de 1939) con respecto a décadas anteriores.
Cuando se inició la Guerra Civil, existía
una presencia muy importante de la mujer en la actividad pública española… algo
que cambiaría radicalmente tras la derrota republicana, el comienzo de la dictadura
franquista y el posterior exilio de los vencidos, produciendo un retroceso
brutal en cuánto al papel que la mujer había interpretado en la Segunda
República.
Previamente, en los años anteriores a la contienda
se produciría un florecimiento de la cultura y un avance en la España de
principios del siglo XX que tendría una importancia trascendental para las
mujeres.
La secularización de la educación permitió
que algunas mujeres de la burguesía pudieran entrar en las universidades y
hasta desempeñar profesiones tituladas… si bien fueron muy pocas en relación
con los hombres y su trabajo no tuvo la misma proyección pública que la de
ellos.
La República significó también un gran avance para
las mujeres en derechos como los de filiación, divorcio, participación política
y desarrollo laboral. Además, instituciones como la Instiución Libre de
Enseñanza, fomentaron su desarrollo intelectual.
En los primeros treinta años del siglo XX existió
un grupo de mujeres
Intelectuales que, desde la
pintura, la literatura o la política, contribuyeron a avanzar en la igualdad.
En sus orígenes estuvo la aportación de la Residencia de Señoritas y la ILE,
cuya extensión a las mujeres permitió la entrada en el mundo de la cultura a
numerosas jóvenes que pudieron iniciarse en estudios universitarios en
condiciones de relativa igualdad con sus compañeros.
Las mujeres de la izquierda organizaron su
formación a través de instituciones como la Escuela, el Lyceum y las Asociaciones de
Mujeres, que llegaron a ser muy numerosas.
El Lyceum, presidido por María de Maeztu, fue el primer club de mujeres
de España. La Junta de Becas de Mujeres del propio Lyceum potenció la
ampliación de estudios en el extranjero de muchas estudiantes, si bien la gran
mayoría de ellas pertenecían a la élite intelectual de la alta burguesía.
El resto de mujeres, pertenecientes a clases
sociales más humildes, no contaban con la posibilidad de participación en la
vida pública. Esta situación provocó que figuras como María Lejárraga se separaran del Lyceum
por considerarlo excesivamente elitista, creando por su parte la Asociación
Femenina de Educación Cívica, donde se impartían clases de idiomas, taquigrafía,
corte y confección, música y declamación.
En la derecha, se constituyeron asociaciones como
la CEDA y la Falange. En 1934, la Falange creó una Sección
Femenina del Sindicato Español Universitario, al mando de Pilar Primo de
Rivera, que con el tiempo se
extendería por toda España y a todos los niveles sociales, llegando a contar
con más de 9.000 afiliadas.
Sus funciones, eran recaudar fondos, asistir a
familiares de los presos, difundir propaganda del partido y defender la
religión católica, la familia y la Patria. En ningún caso cumplían funciones
políticas, ni ostentaban cargos públicos, que estaban reservados a los hombres.
La presencia de mujeres en el parlamento durante la
Segunda República tuvo consecuencias políticas y sociales determinantes
para la vida pública, especialmente el reconocimiento del derecho al voto
femenino. Clara Campoamor, Margarita Nelken y Victoria Kent se
convirtieron en las tres primeras diputadas de las Cortes Constituyentes en la
Historia de España… y la última de ellas, además, en una de las mujeres más
extraordinarias y menos recordadas en la memoria de nuestro país.
Victoria Kent Siano nació en Málaga el 6 de marzo
de 1891 en el seno de una familia humilde. Victoria era hija de un sastre y su
madre se dedicaba, como la inmensa mayoría de las mujeres de la época, a las
labores del hogar.
De niña, ya voluntariosa y tenaz, se negó a asistir
a la escuela, por lo que fue su madre quien la enseñaría a leer y escribir en
su propia casa.
Más adelante asistiría a la Escuela Normal de
Maestros y en 1916, en un alarde de progresismo inusual para la época, sus
padres le permitieron trasladarse a Madrid.
En la capital, la osada Victoria estudió
bachillerato en el Instituto Cardenal Cisneros. Mientras, se instalaba
en la recién creada Residencia de Señoritas, equivalente a la masculina Residencia de Estudiantes y dirigida por María de Maeztu, cuyos
gastos la malagueña sufragaba dando clases particulares.
En 1920 Victoria ingresó en la Facultad de
Derecho de la Universidad Central, donde cursó la carrera de manera no
oficial, licenciándose en junio de 1924. En los primeros años de una década en
la que tan sólo 500 españolas cursaban estudios superiores, Victoria Kent conseguía
hacerse un hueco en un colectivo reservado hasta ese momento casi
exclusivamente para hombres: la Abogacía.
Un año después, en 1925, la joven abogada
solicitaba su ingreso en el Colegio de Abogados de Madrid,
convirtiéndose así en la primera mujer que ejercía la abogacía en la
Historia de España e inaugurando una amplia lista de hitos profesionales.
También fue la primera letrada que abrió un
bufete de abogados en Madrid, en este edificio de la Calle Marqués de
Riscal 5, especializado en Derecho Laboral, y también la primera en
participar en un juicio en el Palacio de Justicia, actual Tribunal Supremo…
el mismo que tuvo que esperar 205 años para tener una magistrada en cada una de
sus cinco salas.
Sin embargo, sería en 1930 cuando Victoria Kent
adquiriría verdadero prestigio a raíz de su intervención en el Consejo Supremo
de Guerra y Marina para defender a Álvaro de Albornoz, miembro del
Comité Revolucionario Republicano que había intentado implantar la República
por la fuerza en la sublevación de Jaca y que se convertiría más
adelante en ministro de Fomento y Justicia.
Kent se convirtió así en la primera mujer en la
Historia que intervino como abogada en un consejo de guerra, consiguiendo,
además, mediante una brillante defensa, la absolución del detenido.
En 1931, Victoria Kent se afilió al Partido
Radical Socialista y se presentó como candidata a las Cortes por Madrid. Fue
elegida diputada de las Cortes Constituyentes junto a Clara Campoamor y Margarita
Nelken: las tres primeras diputadas en la Historia de España. Un nuevo
logro para el curriculum de la imparable abogada malagueña.
Sus intervenciones en el parlamento para defender su
opinión frente al voto femenino la convirtieron en un personaje
memorable. Especialmente relevante fue su discurso del 1 de octubre de 1931.
Enfrentándose a Clara Campoamor, Victoria se manifestó en contra de la
aprobación del voto para las mujeres.
Su argumento era la incapacidad de la mujer de la
época para emitir un voto político maduro e independiente: sometida a la
determinación de su esposo y las indicaciones de su confesor, en su opinión la
mujer carecía de criterio propio y no debía ejercer su derecho al voto hasta
que no contara con una formación previa.
Campoamor saldría victoriosa, siendo Kent la gran
perjudicada, quizá porque no se llegó a entender bien su compromiso para con la
mujer y sus libertades. En cualquier caso, Victoria demostraría que no sólo era
una gran abogada, sino que sabía defender sus ideales con convicción. Ni ella
ni Campoamor sería elegidas como diputadas en las siguientes elecciones.
A pesar de todo, Victoria Kent había
conseguido hacerse muy popular entre las capas más modestas de la sociedad
gracias a su férrea defensa de las iniciativas humanitarias… tanto, que se
haría aún más famosa al aparecer su nombre en el famosísimo chotis interpretado por Celia
Gámez en la obra Las Leandras, de 1931.
“Anda, y que te ondulen con la
permanén, y pa' suavizarte que te den col-crém. Se lo pués pedir a Victoria
Kent, que lo que es a mí, no ha nacido quién.”
El prestigio de la malagueña impresionó tanto al
presidente de la república, Niceto
Alcalá-Zamora, que la propuso para un cargo muy complicado:
nuevamente pionera fue nombrada la primera mujer directora general de
Prisiones en España.
Su mandato volvió a hacer historia. Movida por sus
ideales humanitarios y decidida a continuar la labor de su predecesora Concepción
Arenal, Victoria propuso una reforma
penitenciaria revolucionaria. Dispuesta a mejorar la vida de los presos,
defendió enérgicamente su reinserción social aprobando decretos inéditos en
España y Europa.
Estableció el derecho de los presos a leer la
prensa, su libertad de culto, incrementó sus raciones alimentarias, creó
talleres de trabajo, aprobó la vis a vis y los permisos de salida, cerró las
cárceles insalubres, indultó a los presos mayores de 70 años y construyó la hoy
desparecida cárcel de mujeres de Ventas… con espacios adaptados al cuidado
de los hijos de las presas.
Su afán por dignificar las cárceles, y humanizar el
trato de los presos por encima del castigo, le llevó a eliminar los
grilletes y las cadenas en todos los centros penitenciarios: ordenó
fundirlos y erigir con parte del hierro obtenido una estatua en honor a su
admirada Concepción Arenal.
Kent quiso dar la vuelta en poco tiempo al
deterioro de siglos de nuestro sistema penitenciario y para ello el factor
humano era clave. Por ello ordenó una reforma del cuerpo de prisiones,
educando a los nuevos funcionarios para reinsertar presos más que para
torturarlos y retirando con pensiones a los “chapados a la antigua”. Fue esta
decisión la que hizo fracasar su plan, cuando el cuerpo de prisiones se opuso
temiéndose una especie de despido colectivo.
Ante las críticas y la falta de apoyo por parte del
gobierno republicano, Victoria Kent se vio finalmente obligada a dimitir de
su cargo.
En febrero de 1936 volvió a ser elegida diputada,
esta vez en las listas de Izquierda Republicana. Sin embargo, el estallido de
la Guerra Civil en julio de ese mismo año lo cambiaría todo.
Kent se haría cargo entonces de la evacuación de
niños en la zona republicana, así como de la salida de los refugiados
españoles hacia América.
Tras la guerra, habiendo prestado apoyo a la causa
republicana, se vio obligada a exiliarse en París. Allí, el gobierno de
la República la nombró Primera Secretaria de la embajada española para que
pudiese seguir haciéndose cargo de los niños refugiados, siendo responsable de
la creación de numerosos refugios y guarderías con este fin.
Sin remedio, un nuevo obstáculo iba a cruzarse en
la vida de la malagueña pocos meses después: la ocupación nazi de París
el 14 de junio de 1940. Su nombre aparecía en la lista negra que la policía
franquista había entregado al gobierno colaboracionista de Vichy. Acosada por
la Gestapo, Victoria se vio obligada a refugiarse en la embajada mexicana
durante un año.
Finalmente, la Cruz Roja le proporcionó un
piso en la capital francesa donde se alojaría hasta 1944, protegida por una
identidad falsa. Durante ese tiempo, y conocida como “Madame Duval”, escribiría
su único libro, Cuatro años en París, novela que narra su experiencia
autobiográfica, esencial para conocer la personalidad y vicisitudes de esta
extraordinaria mujer.
Al terminar la Guerra, Victoria Kent viajó a
México, donde impartió clases de Derecho Penal y fundó y dirigió la Escuela
de Capacitación para el personal de prisiones. De allí, en 1950, viajaría a Nueva
York, donde se instalaría definitivamente reclamada por la ONU para
formar parte de la Sección de Defensa Social.
En la ciudad de los rascacielos y a los sesenta y
dos años, la abogada malagueña fundó la histórica revista Iberia por la
Libertad, junto a Salvador
Madariaga. La publicación sirvió como órgano de información en
el exilio hasta la muerte de Francisco Franco en 1975.
En 1977, cuarenta años después de exiliarse a
Francia, Victoria Kent volvía a España. Sin embargo, la experiencia no
fue del todo satisfactoria para ella… el sufrimiento del exilio había hecho de
ella una mujer extraviada y sin identidad, por lo que decidió volver a Nueva
York, donde pasaría sus últimos años hasta su muerte el 26 de septiembre de
1987.
Aquella tozuda niña del barrio malagueño de las
Lagunillas que se negaba a ir al colegio, consiguió con el tiempo
portentosos logros que la convertirían un hito de nuestra historia
contemporánea. Una sorprendente y asombrosa mujer que dedicó su vida a la lucha
por una sociedad sin cadenas… una labor maravillosa realizada desde el
silencio y la discreción, alejada de los medios y los escaparates, cuya
repercusión histórica resulta hoy desconocida para muchos, pero que debe sin
duda ocupar el lugar y el reconocimiento que se merece.
P:D: Para Rosana y Ana Soledad, madre e hija, mi
hermana y mi sobrina, dignas sucesoras de Victoria Kent… no sólo como abogadas,
sino como mujeres valientes y luchadoras capaces de superar cualquier barrera
en la vida.
Victoria Kent Siano (Málaga, 1891-Nueva York, 1987)
“Lo
humano, que es tan grande como el universo, es al mismo tiempo tan pequeño como
sus componentes”
—
Victoria Kent




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