sábado, 3 de enero de 2026

 HISTORIAS POR CONTAR

MEMORIAS DE MADRID

Mujeres en la memoria de Madrid

Dos mujeres en dos épocas diferentes

Antonio Gisbert, María de Molina presenta a su hijo Fernando IV en las Cortes de Valladolid de 1295, Palacio de las Cortes, 1863. 

https://archivoshistoria.com/MARIA-DE-MOLINA/

¿Qué no haría una madre por sus hijos? Dicen que no hay amor más grande que el de una madre hacia sus hijos y, aunque esta frase puede sonar a tópico, cada día encontramos sobradas muestras de que es cierta. Nos lo demuestran hechos cotidianos, aparentemente lejos de toda heroicidad, pero comunes a muchas madres que, sin pensarlo dos veces, abandonan sus carreras profesionales, sus metas, sus proyectos o sus trabajos por estar con sus hijos, cuidarles y educarles… un acto de tremenda generosidad, especialmente en nuestra sociedad actual, en la que quizá se nos ha educado para realizarnos a través de nuestros trabajos.

Sin embargo, esta situación no es exclusiva de nuestro tiempo… muchas madres, a lo largo de la Historia, han sobrepasado los límites de la superación cuando, teniéndolo todo en contra, no han dejado de luchar por el bienestar de sus hijos. Uno de los ejemplos más claros es el de María de Molina, madre y abuela coraje, y una de las reinas más extraordinarias de toda la Historia de España.

Sin duda, se trata de una de las más fuertes personalidades femeninas de la Baja Edad Media española, un período, el de los siglos XI, XII y XIII, caracterizado por una sociedad fuertemente patriarcal.

El concepto e imagen de la mujer en este periodo siempre estuvo muy marcado por la intervención de la Iglesia y su definición de la “buena” mujer y la mujer “mala”, o mujer pecadora. Eva y María, dos versiones contrapuestas de la mujer, aceptadas por una sociedad extremadamente religiosa.

De manera sistemática, la mujer se identificaba con el pecado y, por lo tanto, con Eva. Sin embargo, toda buena mujer debía aspirar a ser María, bien a través de la religión (entrando en un convento) o bien mediante el matrimonio cristiano, que le permitiría redimirse de su inclinación al pecado.

Debido a su tendencia a la falta, la mujer medieval debía estar muy controlada, con el fin de evitar que su naturaleza pecadora se impusiera. Un control ejercido principalmente en el hogar, donde el padre y después el marido, tendrían más facilidad y seguridad para vigilarla.

De este modo, en las casas medievales burguesas existían unas zonas exclusivamente destinadas a la mujer y a sus actividades llamadas “gineceos” o alcobas, quedando así la labor femenina relegada al centro del hogar.

Las mujeres no tenían permitido salir o entrar de su casa a voluntad. El único sitio al que podían acudir sin ser censuradas por sus vecinos era la iglesia. Ir a misa era la actividad mejor vista para una mujer, y por ello no es de extrañar que un buen número de ellas ingresaran en conventos.

Aunque la mujer medieval siempre fue considerada una menor de edad, existían diferentes realidades dependiendo de la situación social de cada una, ya fuera una mujer noble, una monja, una campesina o incluso, una prostituta. Sólo las primeras podían gozar de ciertos privilegios y reconocimiento.

El matrimonio o el clero eran las mejores alternativas para una mujer, siendo el primero, además, una baza política muy importante que permitía sellar alianzas a la Familia Real, a la nobleza y a la aristocracia.

El padre era quien podía dar el consentimiento para el matrimonio de su hija o, en el caso de ser huérfana, su madre. Si esta se había vuelto a casar, la autoridad pasaba automáticamente a los hermanos mayores de edad o a su tío, si los hermanos eran menores.

En el caso de las mujeres viudas, quedaban solas ante su nuevo futuro, siendo por primera vez responsables de su vida y pudiendo elegir qué hacer a partir de ese momento entre tres opciones: hacerse monja, volverse a casar o permanecer viudas. La Iglesia era partidaria de que la mujer, o bien se casara de nuevo o entrase en un convento.

La educación fue uno de los pocos campos en los que la mujer gozó de cierto espacio durante la Edad Media. En una sociedad en la que reinaba el analfabetismo y la transmisión de conocimientos se realizaba de manera oral, las mujeres se convirtieron en difusoras de cultura y costumbres.

La mayoría de las mujeres nobles tuvieron un mayor acceso al mundo del conocimiento, llegando a dominar la escritura y la lectura, aprendiendo otras lenguas, e incluso, siendo instruidas en ciencias y en música.

En el extremo opuesto, las niñas pobres eran educadas en la costura, el hilado, las tareas del huerto y el ganado, o bien, si tenían un negocio familiar, en las labores que tuvieran que desempeñar.

Desde el punto de vista de la educación, las monjas eran sin duda las más aventajadas, ya que podían incluso llegar a dominar el latín y el griego y, por tanto, a leer y escribir. Así fue hasta la creación de las Universidades, que limitaron el conocimiento a los hombres.

Las escasas oportunidades de desarrollo social y familiar nos permiten entender cuáles eran los obstáculos que una mujer medieval se encontraría para ocupar un cargo de poder.

Las mujeres tenían complicado acceder a la vida pública y, si llegaban al trono normalmente se debía a la suerte. La condición de reina constituía el más alto honor que una mujer podía alcanzar, desempeñando un papel fundamental.

Sus funciones tenían una importancia capital ya que, por encima de cualquier otra responsabilidad, de ellas dependía la continuidad dinástica, es decir, tener hijos y encargarse de su cuidado… algo que en ningún caso era trivial, pues un heredero al trono daba estabilidad a todo el Estado.

Un trono vacío implicaba inseguridad, incertidumbre y hasta guerras. Contar con una abundante descendencia era, además, un modo de cubrirse las espaldas en caso de fallecimiento del heredero en edad temprana.

Pero más allá de la maternidad, la reina podía ser un personaje clave en el entramado del poder ejerciendo su influencia sobre el rey (animándole a tomar cierto tipo de decisiones) o actuando directamente como regente por la ausencia del monarca a causa de un viaje o en el caso de que el rey hubiera muerto y el heredero fuera aún demasiado pequeño para acceder al trono.

En la Corona de Castilla las reinas podían ejercer como tales, es decir, ser titulares de la Corona, no meras reinas consortes. El ejemplo sin duda más conocido de reina independiente es el de Isabel la Católica, sucesora de Enrique IV.

Entre las reinas consortes brilló con luz propia la figura de María de Molina, esposa, madre y abuela de reyes… una mujer extraordinaria que consiguió destacar en un mundo de hombres.

Se desconoce dónde y cuándo nació María Alfonso de Meneses (más conocida como María de Molina por haber heredado este señorío, en la actual provincia de Guadalajara), probablemente en algún lugar de Tierra de Campos en torno al año 1260.

De niña, nadie pensaba en ella como una futura reina… pero, como tantas otras veces en la Historia, el destino hizo que María pasara en poco tiempo al primer plano de la escena política a través de un matrimonio, el que contrajo con Sancho IV, su sobrino segundo.

El parentesco por consanguinidad provocó que la Iglesia no aceptara el casamiento, de modo que a ambos se les negó la dispensa papal. El Papa Martín IV calificó la unión de “nupcias incestuosas, gran desviación e infamia pública” y ordenó separarse inmediatamente a los esposos tras medio año de unión. Ellos se negaron.

El mismo año de su casamiento fallecía el padre de Sancho, el Rey Alfonso X. No respetando la decisión paterna que le negaba el trono, Sancho se hizo proclamar unilateralmente heredero y regente de Castilla, iniciándose un conflicto abierto con sus sobrinos, con la nobleza defensora de los legítimos herederos y con el papado, que seguía sin legitimar su matrimonio con María.

En medio de estas terribles tensiones políticas y de una brutal batalla diplomática para conseguir la dispensa papal que reconociera su matrimonio, moría Sancho IV el 25 de abril de 1295. Todos los frentes abiertos recayeron automáticamente sobre la Reina, que tendría que luchar, sola y en un mundo de hombres, no sólo por gobernar un reino al borde de la guerra civil, sino porque sus siete hijos fuesen reconocidos como legítimos herederos al trono de Castilla, especialmente su primogénito, Fernando.

María se convertía en tutora del rey niño Fernando IV, de tan sólo once años y no declarado legítimo. Empezaba para ella la ardua tarea de conseguir los apoyos suficientes para la causa de su hijo.

Esta situación de inseguridad fue aprovechada por los nobles castellanos, que vieron el momento idóneo para conseguir una buena posición para manejar una corte débil, gobernada por una mujer y un niño.

Varios de los consejeros del reino presionaron a Doña María para que contrajese matrimonio de nuevo, ya que era una viuda relativamente joven y con obligaciones políticas nada corrientes para una mujer de la época… pero lo que aún no sabían es que María era lo suficientemente fuerte e inteligente como para conseguir bandear sin ayuda de nadie los inconvenientes que se le fueran presentando.

La Reina regente pronto se incorporó a sus nuevas obligaciones. Trabajó hasta la saciedad en jornadas diarias exhaustivas, buscando los apoyos necesarios para que la nobleza y el pueblo se unieran a su causa, para así lograr la estabilidad del Reino.

A base de tesón, María de Molina llegó a ser una Reina popular, querida y muy admirada en su tiempo. Los Concejos le mostraron gran lealtad y respaldaron sus iniciativas de gobierno, tanto en el periodo de regencia como en los posteriores, una fidelidad que consiguió gracias a sus innatas condiciones para la política, con una hábil mezcla de prudencia y concordia.

En 1301 María alcanzaba su segundo objetivo, la bula del Papa Bonifacio VIII en la que daba por válido su matrimonio con Sancho IV. Consecuentemente, Fernando IV se convertía en un rey legítimo.

La reina madre podía por fin descansar… más aún al celebrarse el matrimonio entre su hijo Fernando y Constanza de Portugal y el posterior nacimiento de un heredero, Alfonso. María, agotada, se retiraba discretamente del poder.

Sin embargo, en 1312 fallecía Fernando IV. De nuevo Castilla se encontraba con un rey de corta edad, Alfonso XI, de poco más de un año de edad.

Para complicar aún más la situación, la reina Constanza fallecía súbitamente dejando al rey niño sin Regente. María de Molina, ya con una salud muy delicada, se veía obligada a aparecer nuevamente en escena para asumir la difícil tarea de llevar las riendas del reino.

Desde entonces y hasta su muerte, nueve años después, la ahora “reina abuela”, volvió a poner en su sitio a la nobleza castellana y a defender con sabiduría y prudencia el trono para su nieto.

María de Molina fallecía el 1 de julio de 1321 en Valladolid, no sin antes haber dejado todo dispuesto a través de su testamento para que el rey Alfonso XI reinara sin ella.

Sin embargo, sin María la estabilidad del Reino se tambaleó al poco tiempo, sucediéndose años difíciles, con luchas constantes en el Reino: en el norte entre los señores que se disputaban la custodia del heredero y en el sur frente a los ejércitos musulmanes.

Así continuarían las cosas hasta 1325 cuando, a los quince años, Alfonso fue declarado mayor de edad, reinando como Alfonso XI “el Justiciero”. Nuevamente, la Reina María había conseguido su objetivo, asegurar el trono para sus descendientes.

Prudente, inteligente y valiente, María de Molina ha pasado a la Historia de nuestro país como prototipo de prudencia y sagacidad política, logrando mantener el prestigio y la autoridad real como reina, madre y abuela en una de las épocas más turbulentas de nuestro país. Por ello, Madrid la homenajea con una de las vías más importantes de su callejero.

Y es que, aunque las escasas crónicas de la época hayan contribuido al desconocimiento actual sobre el protagonismo femenino en la Edad Media, nuestra Historia también pertenece a las mujeres… mujeres de leyenda y sobre todo madres entregadas, capaces de cualquier cosa por el bienestar de sus hijos.

P.D: dedicado a todas las madres, en especial a la mía, María Soledad. Por todos los sacrificios que has hecho por cuidar de tus hijos con cariño, entrega y ternura. Una vida nunca será tiempo suficiente para devolverte tanto amor. Gracias Mamá, te quiero.

María Alfonso de Meneses (c. 1264-Valladolid, 1 de julio de 1321)

“No llegue el tiempo a ofender
tal valor, pues vengo a ver
en nuestro siglo terrible
lo que parece imposible,
que es prudencia en la mujer”

— Tirso de Molina

https://www.revivemadrid.com/personajes-historicos/maria-de-molina

Rompiendo los moldes

https://www.manuelazana.org/personaje/kent-victoria/

Victoria Kent: mujer sin precedentes

Cuando pensamos en el primer hombre filósofo, matemático, ingeniero o médico debemos retrotraernos muchos siglos para encontrar su rastro. Sin embargo, cuando hacemos ese ejercicio con mujeres desgraciadamente no debemos echar la vista tan atrás… la primera doctora, arquitecta o científica españolas consiguieron su consideración académica hace poco más de cien años. Una de ellas, Victoria Kent, no sólo se convirtió en la primera abogada en ejercicio en la Historia de nuestro país, sino que rompió muchas otras barreras a lo largo de su azarosa vida, en la España de principios del siglo XX.

La situación de las mujeres en la sociedad española avanzó y mejoró durante la Segunda República (desde 14 de abril de 1931 hasta el 1 de abril de 1939) con respecto a décadas anteriores.

Cuando se inició la Guerra Civil, existía una presencia muy importante de la mujer en la actividad pública española… algo que cambiaría radicalmente tras la derrota republicana, el comienzo de la dictadura franquista y el posterior exilio de los vencidos, produciendo un retroceso brutal en cuánto al papel que la mujer había interpretado en la Segunda República.

Previamente, en los años anteriores a la contienda se produciría un florecimiento de la cultura y un avance en la España de principios del siglo XX que tendría una importancia trascendental para las mujeres.

La secularización de la educación permitió que algunas mujeres de la burguesía pudieran entrar en las universidades y hasta desempeñar profesiones tituladas… si bien fueron muy pocas en relación con los hombres y su trabajo no tuvo la misma proyección pública que la de ellos.

La República significó también un gran avance para las mujeres en derechos como los de filiación, divorcio, participación política y desarrollo laboral. Además, instituciones como la Instiución Libre de Enseñanza, fomentaron su desarrollo intelectual.

En los primeros treinta años del siglo XX existió un grupo de mujeres Intelectuales que, desde la pintura, la literatura o la política, contribuyeron a avanzar en la igualdad. En sus orígenes estuvo la aportación de la Residencia de Señoritas y la ILE, cuya extensión a las mujeres permitió la entrada en el mundo de la cultura a numerosas jóvenes que pudieron iniciarse en estudios universitarios en condiciones de relativa igualdad con sus compañeros.

Las mujeres de la izquierda organizaron su formación a través de instituciones como la Escuela, el Lyceum y las Asociaciones de Mujeres, que llegaron a ser muy numerosas.

El Lyceum, presidido por María de Maeztu, fue el primer club de mujeres de España. La Junta de Becas de Mujeres del propio Lyceum potenció la ampliación de estudios en el extranjero de muchas estudiantes, si bien la gran mayoría de ellas pertenecían a la élite intelectual de la alta burguesía.

El resto de mujeres, pertenecientes a clases sociales más humildes, no contaban con la posibilidad de participación en la vida pública. Esta situación provocó que figuras como María Lejárraga se separaran del Lyceum por considerarlo excesivamente elitista, creando por su parte la Asociación Femenina de Educación Cívica, donde se impartían clases de idiomas, taquigrafía, corte y confección, música y declamación.

En la derecha, se constituyeron asociaciones como la CEDA y la Falange. En 1934, la Falange creó una Sección Femenina del Sindicato Español Universitario, al mando de Pilar Primo de Rivera, que con el tiempo se extendería por toda España y a todos los niveles sociales, llegando a contar con más de 9.000 afiliadas.

Sus funciones, eran recaudar fondos, asistir a familiares de los presos, difundir propaganda del partido y defender la religión católica, la familia y la Patria. En ningún caso cumplían funciones políticas, ni ostentaban cargos públicos, que estaban reservados a los hombres.

La presencia de mujeres en el parlamento durante la Segunda República tuvo consecuencias políticas y sociales determinantes para la vida pública, especialmente el reconocimiento del derecho al voto femenino. Clara Campoamor, Margarita Nelken y Victoria Kent se convirtieron en las tres primeras diputadas de las Cortes Constituyentes en la Historia de España… y la última de ellas, además, en una de las mujeres más extraordinarias y menos recordadas en la memoria de nuestro país.

Victoria Kent Siano nació en Málaga el 6 de marzo de 1891 en el seno de una familia humilde. Victoria era hija de un sastre y su madre se dedicaba, como la inmensa mayoría de las mujeres de la época, a las labores del hogar.

De niña, ya voluntariosa y tenaz, se negó a asistir a la escuela, por lo que fue su madre quien la enseñaría a leer y escribir en su propia casa.

Más adelante asistiría a la Escuela Normal de Maestros y en 1916, en un alarde de progresismo inusual para la época, sus padres le permitieron trasladarse a Madrid.

En la capital, la osada Victoria estudió bachillerato en el Instituto Cardenal Cisneros. Mientras, se instalaba en la recién creada Residencia de Señoritas, equivalente a la masculina Residencia de Estudiantes y dirigida por María de Maeztu, cuyos gastos la malagueña sufragaba dando clases particulares.

En 1920 Victoria ingresó en la Facultad de Derecho de la Universidad Central, donde cursó la carrera de manera no oficial, licenciándose en junio de 1924. En los primeros años de una década en la que tan sólo 500 españolas cursaban estudios superiores, Victoria Kent conseguía hacerse un hueco en un colectivo reservado hasta ese momento casi exclusivamente para hombres: la Abogacía.

Un año después, en 1925, la joven abogada solicitaba su ingreso en el Colegio de Abogados de Madrid, convirtiéndose así en la primera mujer que ejercía la abogacía en la Historia de España e inaugurando una amplia lista de hitos profesionales.

También fue la primera letrada que abrió un bufete de abogados en Madrid, en este edificio de la Calle Marqués de Riscal 5, especializado en Derecho Laboral, y también la primera en participar en un juicio en el Palacio de Justicia, actual Tribunal Supremo… el mismo que tuvo que esperar 205 años para tener una magistrada en cada una de sus cinco salas.

Sin embargo, sería en 1930 cuando Victoria Kent adquiriría verdadero prestigio a raíz de su intervención en el Consejo Supremo de Guerra y Marina para defender a Álvaro de Albornoz, miembro del Comité Revolucionario Republicano que había intentado implantar la República por la fuerza en la sublevación de Jaca y que se convertiría más adelante en ministro de Fomento y Justicia.

Kent se convirtió así en la primera mujer en la Historia que intervino como abogada en un consejo de guerra, consiguiendo, además, mediante una brillante defensa, la absolución del detenido.

En 1931, Victoria Kent se afilió al Partido Radical Socialista y se presentó como candidata a las Cortes por Madrid. Fue elegida diputada de las Cortes Constituyentes junto a Clara Campoamor y Margarita Nelken: las tres primeras diputadas en la Historia de España. Un nuevo logro para el curriculum de la imparable abogada malagueña.

Sus intervenciones en el parlamento para defender su opinión frente al voto femenino la convirtieron en un personaje memorable. Especialmente relevante fue su discurso del 1 de octubre de 1931. Enfrentándose a Clara Campoamor, Victoria se manifestó en contra de la aprobación del voto para las mujeres.

Su argumento era la incapacidad de la mujer de la época para emitir un voto político maduro e independiente: sometida a la determinación de su esposo y las indicaciones de su confesor, en su opinión la mujer carecía de criterio propio y no debía ejercer su derecho al voto hasta que no contara con una formación previa.

Campoamor saldría victoriosa, siendo Kent la gran perjudicada, quizá porque no se llegó a entender bien su compromiso para con la mujer y sus libertades. En cualquier caso, Victoria demostraría que no sólo era una gran abogada, sino que sabía defender sus ideales con convicción. Ni ella ni Campoamor sería elegidas como diputadas en las siguientes elecciones.

A pesar de todo, Victoria Kent había conseguido hacerse muy popular entre las capas más modestas de la sociedad gracias a su férrea defensa de las iniciativas humanitarias… tanto, que se haría aún más famosa al aparecer su nombre en el famosísimo chotis interpretado por Celia Gámez en la obra Las Leandras, de 1931.

“Anda, y que te ondulen con la permanén, y pa' suavizarte que te den col-crém. Se lo pués pedir a Victoria Kent, que lo que es a mí, no ha nacido quién.”

El prestigio de la malagueña impresionó tanto al presidente de la república, Niceto Alcalá-Zamora, que la propuso para un cargo muy complicado: nuevamente pionera fue nombrada la primera mujer directora general de Prisiones en España.

Su mandato volvió a hacer historia. Movida por sus ideales humanitarios y decidida a continuar la labor de su predecesora Concepción Arenal, Victoria propuso una reforma penitenciaria revolucionaria. Dispuesta a mejorar la vida de los presos, defendió enérgicamente su reinserción social aprobando decretos inéditos en España y Europa.

Estableció el derecho de los presos a leer la prensa, su libertad de culto, incrementó sus raciones alimentarias, creó talleres de trabajo, aprobó la vis a vis y los permisos de salida, cerró las cárceles insalubres, indultó a los presos mayores de 70 años y construyó la hoy desparecida cárcel de mujeres de Ventas… con espacios adaptados al cuidado de los hijos de las presas.

Su afán por dignificar las cárceles, y humanizar el trato de los presos por encima del castigo, le llevó a eliminar los grilletes y las cadenas en todos los centros penitenciarios: ordenó fundirlos y erigir con parte del hierro obtenido una estatua en honor a su admirada Concepción Arenal.

Kent quiso dar la vuelta en poco tiempo al deterioro de siglos de nuestro sistema penitenciario y para ello el factor humano era clave. Por ello ordenó una reforma del cuerpo de prisiones, educando a los nuevos funcionarios para reinsertar presos más que para torturarlos y retirando con pensiones a los “chapados a la antigua”. Fue esta decisión la que hizo fracasar su plan, cuando el cuerpo de prisiones se opuso temiéndose una especie de despido colectivo.

Ante las críticas y la falta de apoyo por parte del gobierno republicano, Victoria Kent se vio finalmente obligada a dimitir de su cargo.

En febrero de 1936 volvió a ser elegida diputada, esta vez en las listas de Izquierda Republicana. Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil en julio de ese mismo año lo cambiaría todo.

Kent se haría cargo entonces de la evacuación de niños en la zona republicana, así como de la salida de los refugiados españoles hacia América.

Tras la guerra, habiendo prestado apoyo a la causa republicana, se vio obligada a exiliarse en París. Allí, el gobierno de la República la nombró Primera Secretaria de la embajada española para que pudiese seguir haciéndose cargo de los niños refugiados, siendo responsable de la creación de numerosos refugios y guarderías con este fin.

Sin remedio, un nuevo obstáculo iba a cruzarse en la vida de la malagueña pocos meses después: la ocupación nazi de París el 14 de junio de 1940. Su nombre aparecía en la lista negra que la policía franquista había entregado al gobierno colaboracionista de Vichy. Acosada por la Gestapo, Victoria se vio obligada a refugiarse en la embajada mexicana durante un año.

Finalmente, la Cruz Roja le proporcionó un piso en la capital francesa donde se alojaría hasta 1944, protegida por una identidad falsa. Durante ese tiempo, y conocida como “Madame Duval”, escribiría su único libro, Cuatro años en París, novela que narra su experiencia autobiográfica, esencial para conocer la personalidad y vicisitudes de esta extraordinaria mujer.

Al terminar la Guerra, Victoria Kent viajó a México, donde impartió clases de Derecho Penal y fundó y dirigió la Escuela de Capacitación para el personal de prisiones. De allí, en 1950, viajaría a Nueva York, donde se instalaría definitivamente reclamada por la ONU para formar parte de la Sección de Defensa Social.

En la ciudad de los rascacielos y a los sesenta y dos años, la abogada malagueña fundó la histórica revista Iberia por la Libertad, junto a Salvador Madariaga. La publicación sirvió como órgano de información en el exilio hasta la muerte de Francisco Franco en 1975.

En 1977, cuarenta años después de exiliarse a Francia, Victoria Kent volvía a España. Sin embargo, la experiencia no fue del todo satisfactoria para ella… el sufrimiento del exilio había hecho de ella una mujer extraviada y sin identidad, por lo que decidió volver a Nueva York, donde pasaría sus últimos años hasta su muerte el 26 de septiembre de 1987.

Aquella tozuda niña del barrio malagueño de las Lagunillas que se negaba a ir al colegio, consiguió con el tiempo portentosos logros que la convertirían un hito de nuestra historia contemporánea. Una sorprendente y asombrosa mujer que dedicó su vida a la lucha por una sociedad sin cadenas… una labor maravillosa realizada desde el silencio y la discreción, alejada de los medios y los escaparates, cuya repercusión histórica resulta hoy desconocida para muchos, pero que debe sin duda ocupar el lugar y el reconocimiento que se merece.

P:D: Para Rosana y Ana Soledad, madre e hija, mi hermana y mi sobrina, dignas sucesoras de Victoria Kent… no sólo como abogadas, sino como mujeres valientes y luchadoras capaces de superar cualquier barrera en la vida.

Victoria Kent Siano (Málaga, 1891-Nueva York, 1987)

“Lo humano, que es tan grande como el universo, es al mismo tiempo tan pequeño como sus componentes”

— Victoria Kent

https://www.revivemadrid.com/personajes-historicos/victoria-kent









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