La
Clausura femenina. La contención de la espiritualidad y la sexualidad en el
México barroco
“Santa Rosa tentada por el
demonio”, (1695-1697) Cristóbal de Villalpando
https://reflexionesmarginales.com/blog/2020/06/17/clausura-femenina-la-contencion-de-la-espiritualidad-y-la-sexualidad-en-el-mexico-barroco/
Una de las
definiciones comunes y básicas para explicar qué es la religión es a
través de su etimología, pues solemos decir, casi en automático, que la
religión nos re-liga
a la divinidad. Aunque parezca sencillo, el fenómeno religioso que
se vive es más complejo, ya que también se debe de tomar en cuenta que no basta
con una experiencia personal, individual; también depende mucho de un aparato
de pensamiento que actúa como órgano regulador de una sociedad estructurada en
estamentos, es decir en clases sociales prácticamente impermeables. Así,
quienes gozan de una posición social y económicamente acomodada son en general
los que administran y regulan la religiosidad de una comunidad y de una nación.
Los demás, los seguidores, en su gran mayoría, ajustan su forma de pensar y de
conducirse bajo las normas de un pensamiento religioso establecido,
normalizado. Entonces esto de re-ligar,
aunque suene muy poético, es un término que se queda corto si pensamos
estrictamente en cómo algunos y algunas buscan, individualmente, conectarse con
la divinidad, aunque ciertamente se parta de lo establecido, de lo contrario
sería anatema, sobre todo si hablamos de una religión como el cristianismo
católico.
La conexión
con lo divino en el orbe cristiano, principalmente después del Concilio de
Trento (1545 y 1563), depende en gran medida de la ritualidad, de los actos o
gestos que se realizan para completar la experiencia religiosa. No basta con
creer, hay que hacer, conducirse en el mundo bajo un orden moral dictado por
los administradores del culto, así como realizar los rituales y cumplir con las
ceremonias religiosas, mismas que fueron necesarias en la religiosidad
expresada en los tiempos del barroco.
Aunque haya
una legítima necesidad del individuo de querer conectar por vía directa con la
divinidad, no cabe duda de que esta actividad es regulada por la jerarquía que
administra y dice qué es y qué no es la experiencia de un fenómeno religioso.
Es aquí donde debemos preguntarnos ¿puede existir una autentica espiritualidad
femenina en la cristiandad? Sobre todo, porque si realizáramos una
investigación estadística acerca de las experiencias místicas y el fenómeno
visionario -la cual no es el objetivo de este artículo-, nos daríamos cuenta de
que hay un número importante de este tipo de vivencias paranormales
experimentada por mujeres, quienes históricamente han sido relegadas en las
religiones monoteístas, a pesar de ser su población más nutrida y me atrevería
decir, la más comprometida. Sin embargo, no parece haber en la cristiandad una
autentica espiritualidad femenina, no al menos en la Edad Moderna y vamos a ver
por qué.
Al hablar de
la vida conventual femenina, Asunción Lavrin en su artículo “Vida Conventual:
Rasgos históricos” [1] hace una distinción entre Espiritualidad y Religiosidad.
La primera es aquella que brinda los modelos de perfección religiosa y la
definición de las vías para conseguirlos de acuerdo con las corrientes
teológicas de su momento. La segunda, entonces, describe las formas de
practicar la fe y la conducta en la vida cotidiana, es decir, los actos
de devoción, mismos que, ciertamente, entre los siglos XVI y XVIII no estaban
tan separados de la vida secular.
El
ejercicio de la espiritualidad como mecanismo control y formación
Para empezar,
tendríamos que reflexionar si existe una espiritualidad autónoma, es decir la
que no esté normada por el clero de la religión establecida y de ahí, indagar
si alguna vez ha existido una particularmente femenina o solamente una ejercida
por mujeres, que pareciera lo mismo, pero en el fondo no lo es, primero, porque
en el cristianismo a lo largo de los siglos de su existencia ha visto nacer
fenómenos espirituales desde sus orígenes, unos de mayor trascendencia que
otros, como los gnósticos, los cátaros, los alumbrados,[2] el fenómeno místico, el visionario,
por citar algunos que, en una u otra medida, la jerarquía ha sabido capitalizar
(y por ende asumir) y, por último, legitimar; sin embargo, muchos movimientos
religiosos han sido cuestionados, obviados en el mejor de los casos y, en otras
ocasiones, perseguidos y reprimidos como los cátaros y los alumbrados, este
último perteneciente a la Edad Moderna, presente tanto en Europa como en
América. La sospecha de ser alumbrada era una de las primeras indagatorias a
las que las religiosas que experimentaran un fenómeno de naturaleza mística
debían someterse para descartar una interpretación errónea de la doctrina.
Uno de los
fenómenos espirituales más notables, puesto que le permitieron a los devotos y
devotas desarrollar una espiritualidad independiente, fue la llamada Devotio Moderna,[3] la cual buscó prescindir de una
dirección espiritual, impartida por un religioso. La Devotio Moderna permitió,
por tanto, experimentar una conexión con lo divino desde la lectura de las
Escrituras y de los manuales de espiritualidad y, aunque estos fueran hechos
para dirigir una correcta devoción, dejaban al lector una interpretación
individual, pero guiada, como sucede con los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola,
aunque su índole es distinta de la Devotio
Moderna, la situación
de lugar, es decir, imaginar con todos los sentidos lo que se
ve en una visión mental al reflexionar sobre los pasajes de la crucifixión, que propone
San Ignacio al lector de sus Ejercicios
Espirituales, comparte mucho con ella sobre todo en la parte
personal de la experiencia religiosa, guiada, pero individual.
Pero quizá la
práctica más individualista y que gozó ciertas libertades, fue el uso ritual y
la contemplación de las imágenes principalmente en el Barroco, aunque algunas
de estas no escaparan de la regulación de la Iglesia. Es por ello que las obras
de arte, sobre todo en este periodo, comenzaran a tener una mayor relevancia en
el desarrollo espiritual. La lapidaria frase de Erasmo de Rotterdam sobre las
pinturas “que mueven mucho los ánimos mujeriles e flacos”,[4] marca la elección de un camino hacia
la conexión con lo divino: uno que parte del conocimiento intelectual u otro
que parte de lo emotivo. Erasmo quien era seguidor de la Devotio Moderna, no
estaba en contra de las imágenes, pero sí las consideraba como una forma muy
primaria de la fe: “tales devociones al principio aprovechen y sean como leche
para las ánimas de los imperfectos que son cuasi niños”[5] Esta ideas las concluye a
partir contemplar la devoción que su esposa les tenía.
Las mujeres
son, según esta visión, más proclives a lo sensible que a lo intelectual y, al
ser como niños, hay que educarlas en la fe también. Esta concepción sobre el
desempeño religioso y espiritual femenino es reiterativa en los consejos de
algunos guías espirituales de las monjas, como se mencionará más adelante, y
parte de la idea que se tiene de que la mujer es de una naturaleza distinta, no
perfecta como es la creación perfecta de Dios, el varón. No podemos olvidar que
está naturaleza
de la mujer, sea cual fuere, es la que por siglos la Iglesia
trataría de dominar o modelar, con mayor o menor éxito dependiendo de la época,
pero también, de quienes se manifestarán, no sin ser cuestionadas y agredidas.
No obstante, muchas de ellas, haciendo uso de su carisma y de su inteligencia
llegaron a ser consejeras de papas y de reyes, como Sor María de Jesús de
Agreda (1602-1665), monja concepcionista vital para las decisiones del
mismísimo rey Felipe IV y cuya obra, Mística
Ciudad de Dios, inicialmente prohibida por la Inquisición, fue
uno de los principales textos formadores en los conventos femeninos.
La historia
ha registrado algunos espíritus rebeldes, como el de Hildegard von Bingen,
elevada a los altares por su compatriota, el papa Benedicto XVI, en 2012 y, un
caso más próximo a la temporalidad que nos ocupa, Teresa de Ávila, santa en el
siglo XVII y Doctora de la Iglesia desde (¿o hasta?) 1970. Ambas son
reconocidas por la Iglesia como seres tocados por el Espíritu Santo, por tanto,
sus producciones literarias, su intelecto y el de muchas otras mujeres quedaron
reducidos a una mera inspiración divina. No son de ellas sus letras, son
inspiradas por Dios, son tan sólo el recipiente donde reside por instantes la
Santa Sabiduría.
María
Milagros Rivera, en su obra Nombrar
el mundo en femenino, citando notables ejemplos, señala claramente
la necesidad de hacerse escuchar y que fueran reconocidas, como los varones, de
generar conocimiento, literatura. A manera de capítulo introductorio, Rivera
recopila casos de monjas españolas de los siglos XV y XVI que escribieron y
defendieron sus escritos muchas veces al ser acusadas de plagio. Por ejemplo,
de Sor María de Cartagena recoge su testimonio al ser cuestionada sobre sus
escritos, a lo que ella se defiende afirmando que Dios, “nos consuela en toda
tribulación nuestra. Él solo me consoló, Él solo me enseñó, Él solo me leyó”.[6] Su declaratoria es una evidencia de
que ha sido tocada por Dios, “dándole la lucidez de ver su vida existiendo en
el mundo [y de] interpretar libremente desde sí, sin mediación masculina, lo
que está haciendo es nombrar la realidad”.[7] Esto es un claro ejemplo de lo que
llegó a significar la Devotio
Moderna que permitió a las mujeres experimentar una espiritual
un poco más libre, aunque siempre terminaran en el tribunal de la Inquisición.
Es importante mencionar que la Devotio
Moderna fue promovida por el cardenal Jiménez de Cisneros en
el XVI en España quien influyó a los místicos españoles.
Sin esta
restricción se pudo haber dado una autentica espiritualidad femenina, pero
precisamente después de Trento, la vigilancia de la experiencia mística, y
particularmente la femenina, se hizo más estricta y se puso más atención en la
escritura realizada por varones para la creación de manuales espirituales,
sobre todo para las religiosas en quienes, por su cualidad de clausura, la
experiencia del fenómeno místico podría actuar como una evasión de su
condición, como lo plantea a lo largo de su obra José L. Sánchez Lora en su
obra Mujeres,
conventos y formas de la religiosidad barroca (1988) y Luis
Enrique Rodríguez-San Pedro en su obra Lo Barroco. La cultura de un conflicto (1988), en
la que maneja el concepto de Fuga como evasión ante la crisis que se puede dar
tanto por la espiritualidad desarrollada en la vida conventual como por las
manifestaciones literarias y artísticas del siglo de Oro Español.[8]
La escritura
femenina nunca dejó de existir, pero como un mecanismo para defender sus ideas
y sus obras, se aseguraban siempre que quedara patente que era producto de la
inspiración divina, más no del intelecto. Muchos de estos escritos no nos han
llegado de manera íntegra puesto que pasaban por los filtros del confesor
quien, además, los recopilaba para redactar sus biografías, siempre que éstas
fueran de naturaleza edificante y sirvieran de modelo a otras mujeres.
En el caso de
Teresa de Ávila, sabemos que su obra autobiográfica, que por cierto comenzó a
escribir por mandato de su confesor, no es la versión original, sino una
realizada posteriormente por ella misma, pero después de haber enfrentado los
cuestionamientos de la Inquisición entre 1574 y 1579. Su autobiografía no tenía
nombre así que fue titulada en un principio por Fray Luis de León quien le
puso La
vida de la Madre Teresa de Jesús y algunas de las mercedes que Dios le hizo,
por ella misma por mandato de su confesor, a quien envía y dirige u dice así,
editado en 1588.
Josefina
Muriel, pionera en México sobre el estudio de la educación femenina y de la
vida conventual en la Nueva España señala, en cuanto a la experiencia mística
registrada en los diarios de monjas en los siglo XVII y XVIII, la vigilancia
del confesor para descartar cualquier tipo de falsa mística o fingidora, porque los confesores
“para poder conocerlas mejor les ordenaban que escribieran sus experiencias”,[9] no para conservar el registro de la
experiencia en sí, sino para vigilar y que no se cayera en una errónea
comprensión de la vida religiosa. Así mismo, afirma Muriel que también los
confesores son los responsables de que no conozcamos en su totalidad los
escritos de las monjas que registraron sus vivencias. Ciertamente no eran
escritos pensados para su publicación, pero hubo algunas excepciones, aunque
solo salieran a la luz las partes que interesaran para realizar una biografía,
por cierto, siempre escrita por un varón. “Fue ese paternalismo clerical
prepotente muy de época el que no dio valor literario a los escritos místicos
femeninos y las refundió en el polvo de los archivos”,[10] es por ello que muchas apelaron a la
intervención divina para proteger en gran medida sus escritos y sus
experiencias, sin embargo, hoy en día, la experiencia mística de la religiosa
de los tiempos del Barroco se toma como un fenómeno propio de la locura, de la
histeria, incluso de la mala nutrición, provocada por los excesivos ayunos y la
mortificación del cuerpo, desconociendo por completo cómo funcionaba un
convento en aquella época en cuanto a sus Constituciones y Reglas.
No debemos de
generalizar: cada convento se regía con una normatividad propia con el común
denominador de la clausura, además, no era del todo aceptado la mortificación
del cuerpo, ya que la excesiva disciplina debilitaba y no permitía realizar las
labores de la vida conventual, lo cual era una de las preocupaciones de la
reforma de Santa Teresa de Ávila, así como de San Ignacio de Loyola.
Evidentemente debieron de ser practicadas ya que todavía hacia el siglo XVIII
vemos algunos directores espirituales como Cayetano Antonio de Torres, de quien
se hablará más adelante, que no lo recomiendan. También ocurría el fenómeno
místico y hasta la posesión demoniaca, entendida esta última como una prueba
realizada por Dios, al puro estilo de la historia del desgraciado Job, para
poder purificar el cuerpo, pero también premiar a la desdichada por haber
soportado la prueba, pero no hay que olvidar que muchas anhelaban destacar por
medio de la experiencia mística, puesto que esto les traía atención, cuidado,
regalos y, lo más importante, el reconocimiento como santa, pues si tanto se les
decía que debían de serlo ¿por qué no actuar como una?
Doris Bieñko
en su artículo Un
camino de abrojos y espinas: mística, demonios y melancolía rescata
los arrebatos místicos de una monja carmelita de Puebla, Sor Isabel de la
Encarnación quien, en un evidente cuadro clínico de una enfermedad que la puso
al borde la muerte, fue atacada por demonios en múltiples ocasiones, poniendo a
prueba su fortaleza espiritual. Por supuesto tuvo muchos detractores, pero era
habitual poner en duda el fenómeno místico, sobre todo cuando algunas
destacaban sobre de otras y no precisamente de la forma que se esperaba: ser
obediente, solícita, humilde, sino en la imitación o, mejor dicho, actuación de
la vida de los mártires y sus crudas experiencias, como se aprecia en las
narraciones hagiográficas y en las imágenes barrocas. Así, Bieñko también
rescata el testimonio de Juan de Jesús, prior del convento del Carmen de la
Ciudad de Puebla, sobre estos fenómenos: “de las cincuenta mujeres que dicen
tener visiones y revelaciones, las cuarenta y siete no las tienen verdaderas,
no por parte de Dios sino que son embelecos de ellas mismas y como el demonio
las ve tan aficionadas a tenerlas, las representa”.[11] Al menos se reconoce la experiencia
sobrenatural aunque fuera proveniente de la entidad equivocada.
El convento
femenino tanto en España como en la Nueva España, principalmente el de los XVI
al XVIII, hay que pensarlo como una institución también educativa, formadora de
una sociedad, ya que en estos se educaban tanto a las mujeres que ejercerían
una vida religiosa al interior del mismo como aquellas que su destino era
casarse con un hombre de familia acomodada y, por ende, formar una propia
familia de buenas costumbres. Así se transmitirían los valores cristianos y se
implementarían los modelos de virtud tan reiterativos en el discurso cristiano.
Éstos se encontraban en la vida de las Santas Vírgenes y Mártires y para ello
era pertinente la lectura del Flos
Sactorum,[12] que recopilaba la vida de los
santos y santas. El modelo de virtud más excelso de todos es la Virgen María,
inalcanzable pero deseable. Estas obras también servían como ejemplo las vidas
de las mujeres contemporáneas, monjas y seglares.
Uno de los
géneros literarios más difundidos en Nueva España hacia el siglo XVII y XVIII
fue el de las biografías ejemplares, como las de las mujeres distinguidas por
su forma de vida cristiana que podían servir de ejemplo incluso para los varones.
Josefina Muriel menciona que, incluso ya desde los tiempos de la evangelización
en América, los cronistas franciscanos, principalmente Fray Juan de Sahagún al
hablar de las indias ya cristianizadas, se les equiparaba a las santas mujeres de la primitiva
Iglesia, aunque se elogiaban más a las casadas y hacen
preferían el celibato por la afrenta entre la virtud-castidad cristiana y la
poligamia practicada por lo indios.[13] Muriel ofrece una amplia lista de
sermones fúnebres publicados precisamente para que sirvieran como parte de la
literatura edificante accesible a todo tipo de público.
Otro tipo de
documento son las Cartas
Edificantes, género propio del convento y que se hacen para
informar a las superioras de otras casas sobre la muerte de alguna monja
distinguida; “estas circulan en ese mundo cerrado de las religiosas, los
conventos de frailes, la curia y los parientes”.[14] En ese mismo tono se encuentran
los Retratos
de Monjas Ejemplares, que representan a la monja en su lecho
de muerte, coronada, con palma en mano y llena de flores. Estos cuadros eran
financiados por el convento y su función, como toda imagen barroca, era traer a
la memoria la vida y las enseñanzas de aquellas religiosas consideradas como
ejemplos de virtud. Es en esta introyección de los modelos de virtud que
podemos deducir que no existe del todo una espiritualidad femenina auténtica,
sino más bien, una espiritualidad dirigida por varones para controlar una
correcta devoción y por supuesto, moldear la naturaleza de las mujeres, pues se
aspira que ellas obtengan y ejerzan virtudes como la obediencia, la
mansedumbre, la prudencia, humildad; en definitiva, controlar el carácter y por
supuesto mantener la castidad.
Desde la Edad
Media, con la distribución de manuales de espiritualidad afianzados por la
retórica del predicador y la elocuente imagen del pecado, muchas veces con
rostro de mujer y de formas reptilianas o acuáticas, se fue construyendo una mujer
no virtuosa y otra que aspirará a la perfección, muchas veces cimentada en la
castidad y la obediencia para, en definitiva, perpetuar una visión
paternalista, en la que el género femenino estuviera sometido a la tutoría del
varón, sea la del padre, la del hermano, la del esposo o la del sacerdote.
La
necesidad de la clausura
La función de
la mujer en el cristianismo, principalmente en la Edad Moderna, es limitada y
cualquier salida de este esquema evidencia una conducta sospechosa que
inmediatamente debe de ser neutralizada. Prácticamente la vida de las mujeres
estaba condicionada a cuatro actividades, como nos recuerda María Elena
Guerrero Gómez en su artículo El
camino de la Salvación de las mujeres en la Ciudad Real, Chiapas:
el matrimonio; la soltería; la viudez y la vida monacal y “las mujeres
dedicadas a la vida religiosa eran las más indicadas para conseguir la
transmisión de los valores cristianos en la Nueva España”.[15]
En la
organización de la vida en religión para las mujeres en la Época Moderna están
los conventos, los beguinatos
(institución de la baja Edad Media que no duró mucho y que resguardó a mujeres
que querían seguir una vida religiosa en comunidad pero sin profesar votos ni
seguir una regla) y los recogimientos,
que como su nombre lo indica eran para recoger mujeres que desearan refugiarse
del mundo. De hecho, los recogimientos son de las primeras instituciones que se
fundaron tras la Conquista, su objetivo era albergar a las hijas de los
españoles. Guerrero Gómez al estudiar la fundación del Convento de Nuestra
Señora de la Encarnación de monjas concepcionistas en Ciudad Real Chiapas
menciona que “según una petición de 1592 existieron 236 doncellas nobles, hijas
de descubridores, y pobladores pobres y que por serlo y conservar su virtud en
recogimiento, deseaban fundar un monasterio de monjas […] no sea ocasión de
peligrar en sus honras”.[16]
Desde los
primeros siglos de la cristiandad el aislamiento se tomó como una opción para
la contemplación de lo divino. Con los ascetas, anacoretas y ermitaños, de los
cuales los anacoretas, comenzaron a llevar una vida en comunidad, nació la vida
monacal. En un principio vivieron aislados en parajes agrestes, desiertos, que
no necesariamente el desierto entendido como hábitat natural, ya que también se
nombra así a aquellos lugares alejados de la civilización, de ahí el nombre del
Desierto de los Leones que tenemos en la Ciudad de México. Posteriormente se
congregaría la comunidad en una edificación para practicar una vida sujeta a
una Regla como lo estipularía San Benito de Nurcia en el siglo IV y así lo
harían después los que hoy reconocemos como los Padres y Madres fundadores de
órdenes religiosas, muchas de ellas operantes en la actualidad.
Sin embargo,
la necesidad del retiro a una vida en religión, como también se le llama a la
clausura, no se dio solamente por razones espirituales; fue sobre todo una
opción, muchas veces no propia, para las mujeres que no tenían un lugar en la
sociedad. Hay que recordar que tradicionalmente las mujeres en la historia de
occidente han presentado un papel marginal, es decir, no se desempeña
activamente en ningún ámbito de la vida pública, ni siquiera en la vida
religiosa, al no participar como administradoras del culto, por ejemplo.
Las mujeres
desde la Edad Media, solo podían desempeñar los roles: de hija virginal,
esposa-madre y viuda casta. Esta división del rol que debe idealmente seguir
una mujer cristiana, está sustentada en la necesidad de regular su naturaleza
como hija de Eva, la que trajo el pecado al mundo y que por tanto su linaje, es
decir, todas las mujeres, somos propensas a pecar. En la Época Moderna, los
extractos sociales se hacen más evidentes y la distribución del patrimonio
dentro de las familias es mucho más controlado: el hijo mayor heredaba todo, de
ahí el nombre de mayorazgo. Los hijos menores, apodados como segundones, tenían
que buscar alguna forma de supervivencia, el clero, por ejemplo, era una opción
viable para muchos de ellos. Las hijas eran dadas en matrimonio y entre más
rico e influyente el prospecto, mejor. Pero ¿qué pasaba con las hijas que no
conseguían un matrimonio? De por sí, aquella que se casaba entregaba a la
familia del esposo una dote y muchas veces esto podría representar una perdida
al patrimonio de sus padres, sobre todo si se trataba de una familia con muchas
hijas; por ello, muchas veces una opción cómoda, económicamente, era
entregarlas a la vida conventual.
Para evitar
la práctica común de entrar al convento sólo por una opción que en nada tenía
que ver con el desarrollo espiritual, se buscó regular la entrada a los
conventos, por ejemplo, estipular una edad para entrar al noviciado que podría
ser entre los 15 y 20 años. En la reforma de Santa Teresa de Ávila, impulsada
desde 1562, se dice que debe de ser a los 18 años, esperando así que fuesen más
maduras y confiando en que su decisión efectivamente fuera propia, pues no sólo
las jóvenes que no habían encontrado un buen partido para casarse eran
destinadas al convento, también hubo otras que decidieron ingresar para
refugiarse en él, al no contar con una familia que se hiciera a cargo de ellas
y también había quienes eran abandonadas allí a edades muy tempranas.
Las mujeres
que ingresaban al convento tenían que pagar una dote que era destinada para su
manutención. En la Nueva España, algunas podrían ir de 500 a 2,500 pesos, como
era el caso particular del convento de Ntra. Señora de la Encarnación en
Chiapas,[17] según los ingresos de la familia de
la aspirante. Alma Montero en su obra Monjas
Coronadas. Profesión y muerte en Hispanoamérica Virreinal,[18] menciona que algunos padres de las
monjas ofrecieron bienes inmuebles por el valor de la dote, ocasión que llevó a
muchas monjas a cobrar un arrendamiento de dichas propiedades. También recoge
un dato interesante, el caso del platero Dionisio de Citola, que entregó al
convento de Jesús María en la Ciudad de México, una propiedad que valía 20 mil
pesos para que se cubrieran cinco dotes, cuatro de ellas serían las de sus
hijas y la quinta sería destinada a una joven sin recursos que entró al Colegio
de Doncellas.
El convento
es también un reflejo del mundo y por ello algunos replicaron la división de
estamentos en su interior. No todas las mujeres ingresaban para profesar:
estaban las monjas legas, que no hacían votos perpetuos y aquellas que sí, eran
conocidas como monjas de velo negro y coro, porque al financiar el acto de la
profesión también adquirían un estatus al interior de su casa, un lugar en el
coro para tener una voz y ejercer un voto y aspirar a una actividad
fundamental, como el ser maestra de novicias, tesorera o hasta madre superiora.
Por otro
lado, estaban las novicias, las niñas (llamadas
así por haber ingresado al convento desde edades muy tempranas, práctica que se
quiso controlar) y las esclavas, según el tipo de convento al que se ingresaba,
de vida particular o de vida en común; sólo en los primeros se permitía tener
bienes y personal de servicio. Por último, también estaban las jóvenes que
asistían para educarse al interior de un claustro y de las cuales se formaban
tanto en educación cristiana como en todas las artes que le ayudarían a llevar
una casa al casarse, como saber cocinar, bordar, tocar un instrumento, realizar
operaciones matemáticas básicas. Además, tener una hija en un convento era un
signo de estatus social, pero también de calidad moral, ya que tener un miembro
de la familia dentro de la vida religiosa aumentaba las posibilidades de entrar
al cielo.
“Los
desposorios místicos” (Siglo XVIII) Anónimo
Siempre
vírgenes. Esposas espirituales de Cristo
Así como las
clases sociales pueden repetirse en la jerarquía de un convento, los roles
tradicionales de las mujeres en la vida secular, también lo hacían. El acto de
consagración es un matrimonio entre la religiosa y Cristo. El ritual de
profesión, es decir cuando se toman los votos perpetuos, representa un acto
simbólico de muerte y renacimiento: es experimentar una muerte ante el Mundo y
nacer en el convento como una Esposa de Cristo.
Después de
haber cumplido el noviciado, las jóvenes aspirantes que realizaban su profesión
eran despojadas de todo aquello que representara su vida secular: sus
vestidos, joyas y afeites, se les cortaba el cabello, símbolo de vanidad
y se les vestía con el hábito de la orden elegida. Se le adornaba con una
corona de flores, una palma y una vela, muchas caminaban al altar como novias,
llevando una escultura del Niño Jesús, una representación tangible del Amado,
que es Cristo, a quien desposarían. La unión quedaría formalizada con la
entrega de un anillo que llevaría la monja consagrada como testimonio de su
alianza espiritual con Dios.
Como
testimonio de esto tenemos los famosos retratos a los que coloquialmente, en
México, se les ha llamado Monjas
Coronadas. También tenemos la existencia de estos retratos en
España pero son mucho más sobrios como señal en su amplia investigación Alma
Montero. Estos retratos eran financiados por la familia y nunca estuvieron en
los conventos sino en la casa paterna de la religiosa ya que prácticamente
podemos decir que se tratan de retratos de bodas y tener una hija en el
convento como monja profesa era uno de los mayores orgullos, tanto en lo social
como en lo religioso. Algunos retratos son más vistosos que otros y esto se
debe principalmente al tipo de Regla que se profesaba, como señala Alma
Montero, al detectar que especialmente los retratos de monjas de las carmelitas
y capuchinas de la Nueva España tiene la mirada baja y son austeros para
manifestar la dureza de la orden,[19] no apta ciertamente para mujeres
frágiles, hablando de constitución corporal. En concreto, la orden capuchina
“demandaba jóvenes robustas y sanas” aunque algunos difirieran en este punto,
como señala Asunción Lavrin en su trabajo dedicado a la formación de las
novicias capuchinas, así como las aportaciones que haría el capellán de la
orden, Cayetano Antonio de Torres (1719-1787) a la instrucción de las aspirantes.
Para él “la robustez física no era tan importante como el carácter personal,
cuyas características fundamentales eran humildad y docilidad. La indócil,
voluntariosa o terca, no tenían cabida dentro de la orden”,[20] reafirmando constantemente lo que
se esperaba de la conducta de una religiosa que de igual modo se le pedía a la
mujer casada, ser humilde, dócil, voluntariosa y obediente.
Además de
domar el carácter, también es evidente la importancia que se le da a la
virginidad como una condición fundamental, deseable para ser una esposa de
Cristo. Diana I. Mejía Lozada recoge un dato interesante en la consagración de
las religiosas que profesaban la Orden Jerónima: si la aspirante era virgen se
le cantaba el himno “Veni sponsa Christo” y si no, el “Veni Electa Mea”,[21] elocuente la deferencia. Sólo la
virgen podría ejercer el rol de esposa, el mismo modelo que se le exige a la
mujer secular que va a contraer nupcias; su virginidad es la garantía de su
virtud y garantía también del honor de la familia, uno de los ejes rectores en
la relación entre los géneros en un orden
simbólico patriarcal, término que define María Milagros
Rivera, para señalar las prácticas sociales y culturales en general que han
perpetuado los roles de género entre mujeres y hombres en la cultura
occidental.
En ese mismo
orden simbólico están todas las mujeres que, por costumbre, debían de
desempeñarse en la vida en relación a su rol de género. Al cumplir con ser
esposa y, por ende, madre ¿qué otras opciones tenías para continuar viviendo?
Muchas mujeres al ver a sus hijos bien acomodados y al quedarse viudas o sin la
tutela de algún varón de su familia, decidían retirarse a un convento habiendo
cumplido con su propósito en la vida. Es por esta razón que tenemos un gran
número de mujeres que financiaron conventos pensando en un posible retiro para
ellas y para las mujeres de su familia. De ahí la distinción en el acto de
profesión, si una era virgen y otra no.
En el
noviciado, además de entrenar a las futuras religiosas en el gobierno de una
casa conventual y en el desempeño de diversas tareas que iban desde la
administración hasta la limpieza y la participación en las ceremonias y
rituales, también se les aleccionaba para doblegar el carácter y aspirar a un
modelo de perfección espiritual, basado esencialmente en la castidad y en el
arte de acallar las pasiones de la carne.
Las
disciplinas corporales como las penitencias, ayunos y, en su grado más extremo,
el uso de cilicios, podían servir, pero al contrario de lo que uno suele
imaginar, no abundaban; ayudan, pero no era lo ideal. Lo que se sugería es la
observancia, es decir, el hacerse conscientes -con ayuda, claro está, de los
confesores- de sus faltas y de sus debilidades tanto espirituales como
carnales.
Una de las
costumbres más difundidas sobre todo en España y que pasó a la Nueva España
fueron las llamadas “devociones”, curioso nombre porque no hace referencia a la
práctica espiritual, sino al afecto que los seculares le profesaban a una monja
en concreto. La clausura no es del todo un encarcelamiento, puesto que las
religiosas podían recibir visitas y para eso estaba el locutorio, un espacio de
separación, pero a la vez de contacto con el mundo exterior. En estos lugares
se podía recibir visitas de familiares y amigos, pero también ahí se
desarrollaron la galantería y el cortejo. Las conversaciones entre la monja y
el galán “tuvieran o no intenciones sexuales, se consideraba una amenaza a los
votos de clausura y castidad […] El galanteo o seducción de la mujer se
convirtió en una práctica cortesana que no se detenía en las puestas de un
convento[22]”. Recordemos la amistad entre Sor Juana
Inés de la Cruz y Carlos de Sigüenza y Góngora que justamente se desarrolló en
el ámbito del locutorio, aunque en este caso, el interés mutuo era intelectual.
Por más que
se intentara regular las visitas a las monjas en el locutorio, estas prácticas
tenían bastante preocupada a la jerarquía eclesiástica y en particular a los
confesores. Por otro lado, está el tema de la sexualidad ejercida, pocas veces
consensuada. La dimensión sexual se veía limitada más en mujeres que en
hombres, por los valores cristianos que ven en la castidad, el modelo de virtud
más excelso, más aún para los clérigos y las religiosas. El voto de castidad es
algo fundamental en la profesión religiosa, así como lo es para la mujer
secular como garantía de aceptación y respeto ante la sociedad. La virginidad y
la castidad de una monja es la promesa de que sólo le pertenecerá en cuerpo y
alma, a Cristo, o al menos a eso se aspiraba. La vida religiosa puede
convertirse en una verdadera cárcel mental, sobre todo para aquellos que no
tienen vocación ni intención de llevar una vida de santidad. Quienes no
llevaban esta forma de vida eran percibidos como débiles de espíritu, propensos
a los deseos de la carne, personas que se dejaba caer en la tentación puesta
por el diablo.
En Las Esposas de Cristo,
Lavrin señala algo que muchas veces se obvia, los varones de la Iglesia regular
y secular, al no contar con votos de clausura, les fue más fácil quebrantar el
voto de castidad; “otra oportunidad la encontraron al administrar la confesión
de las monjas. De tal manera, los muros de los claustros tras los cuales se
recluían las religiosas no las hacían invulnerables al acoso sexual de algunos
confesores sin escrúpulos, como tampoco las protegía de sus propias
debilidades”.[23] Así que, esto de solicitar el
recogimiento para guardar la honra, como se mencionó al principio, no se
cumplía del todo, pues los demonios también habitan los conventos.
Los
testimonios que algunos historiadores como Josefina Muriel, Manuel Ramos y
Asunción Lavrin han recabado sobre los escritos de monjas revelan muchas veces
un anhelo por experimentar la unión entre dos seres que se aman, que se desean
física, espiritualmente e intelectualmente. El erotismo se sublima en la
experiencia mística, de ahí también la importancia de la vigilancia del
confesor, no sólo para que no hubiera una interpretación errónea de la
doctrina, sino que también servía para vigilar a las religiosas que pudieran
estar experimentando una crisis que exhibiera las flaquezas del cuerpo, tan
natural y esperada en aquellas que no sabían cómo manejar emociones que nunca
antes habían sentido ni nadie les había hablado de ellas. A lo más, sabían que
experimentar deseo o atracción por alguien, era pecaminoso y ocasión de vergüenza.
La
experiencia mística en ocasiones se torna en una vivencia erótica, como se ve
en el Cantar
de los Cantares. La Amada, la monja, desea la unión con
Cristo, el Amado. Este deseo de concretar la unión en una experiencia también
física se refleja en los arrebatos y en los escritos, como la elocuente
narración de la Transverberación de Santa Teresa:
Vi un ángel cabe mí
hacía el lado izquierdo en forma corporal (…) Viale en las manos un dardo de
oro largo, y al fin de el hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me
parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas. Al
sacarle, me parecía las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor
grande de Dios. (Libro de la Vida. Capítulo XXIX)
De naturaleza
muy gráfica y por tanto elocuente, muestra la experiencia del dolor y el gozo
de la penetración. Además simboliza el sufrimiento de la vida en clausura, un
martirio gozoso porque al final la unión con Cristo se completará al momento de
la muerte. La monja debe llevar una vida de martirio, al puro estilo de las
vidas edificantes de las primeras vírgenes y mártires cristianas las cuales
eran engalanadas y galardonadas con corona y palma, como se les ataviaba al
profesar. La corona y la palma también aparecían en el lecho de muerte de las
monjas, ya que son la prueba de una vida virtuosa que tiene como premio unirse
por fin con el Amado y servir de ejemplo a sus hermanas, de ahí la necesidad
del retrato de las monjas fallecidas, imágenes de naturaleza edificante.
El tormento de
la vida en clausura se ve reflejado en la preocupación que las monjas solían
expresar en sus escritos sobre la naturaleza de sus afectos hacia sus
confesores. Siendo Cristo su Esposo, el tener una aproximación con “otro”
varón, las ponía en verdaderos aprietos. Era común que, siendo el confesor la
única figura del sexo opuesto con la que se tenía un contacto más directo y
constante, se desarrolla en ellas, paulatinamente, algún sentimiento o
atracción, que no necesariamente fuera de naturaleza sexual. Estas experiencias
podrían poner en duda su amor hacia el Divino Esposo e interpretarse como una
infidelidad hacia Cristo.
Lavrin recoge
la siguiente experiencia: José Gómez de la Parra en su Crónica de las carmelitas
poblanas pone de ejemplo, a manera de lección moralizante, la
experiencia de una religiosa, Josefa de Jesús María, profesa en 1615, quien le
pidió a Jesús le mostrara el estado de su corazón. Éste tenía una mancha y al
preguntarle la monja Josefa a Jesús el porqué de ese defecto, contestó “la macha
es el afecto que le tienes a tu confesor y me lo quitas a mí, y así, aunque me
lo ofrezcas, no es todo completo, como yo lo quiero”.[24] Ciertamente Dios es celoso como
dicen las Escrituras.
Como era de
esperarse en un orden simbólico patriarcal, donde el varón es el
seductor-cazador y la mujer es la inocente presa, puesto que los que ejercen la
sexualidad son ellos y no ellas, las religiosas al interior de sus casas
conventuales se veían sometidas a la voluntad del varón con autoridad. Muchas
fueron víctimas de abuso sexual el cual se registran testimonios que terminaron
como casos en el tribunal de la Inquisición. Para ellos, al encontrárseles
culpables, se les movía a otros lugares y, en casos graves, se les llegaba a
quitar su condición sacerdotal y se les recluía en un monasterio bajo
vigilancia, tal y como se sigue haciendo con los sacerdotes acusados de abuso
sexual en la actualidad.
Por su parte,
la religiosa que aceptaba haber tenido un contacto carnal, quedaba sujeta a la
reprimenda de la madre superiora. Por lo general, dependiendo de la falta,
podía llegar a retirársele el velo negro de la profesión, es decir sus derechos
de aspirar a un cargo dentro de su comunidad y se le relegaba a las tareas más
humildes sin poder escapar del escarnio al interior de su casa por haber traía
vergüenza y desprestigio.
Estos
confesores sin escrúpulos llegaron a cometer verdaderos casos de acoso, como
bien registra Lavrin. También añade el hecho de que muchos de ellos se
comportaron dominantes y ventajosos puesto que se hicieron rodear tanto de
mujeres seglares como de religiosas que terminaban siendo objeto del deseo.
Algunas monjas accederían a la insistencia del confesor por obediencia, por no
faltar a un superior; otras llegaron a revelarse y denunciaron. Muy pocas sí
desarrollarían una relación íntima de carácter sexual que nunca terminaba bien
y otras, probablemente la mayoría, se verían rebasadas por la experiencia al
nunca haber experimentado tal proximidad con el sexo opuesto. Verdadero
conflicto espiritual y emocional al pensarse ellas como “hijas espirituales” de
sus confesores.[25]
Tampoco
podemos descartar el legítimo amor que pudo haberse dado entre monja y confesor
que por la naturaleza de sus profesiones esta experiencia se interpretaba como
pecaminosa, errónea y se sublimaba en la dichosa “prueba” que Dios pone para
purificar el alma, atormentado el cuerpo por el deseo reprimido. El delito de
la solicitación, que es así como se le denominaba a los casos de seducción por
parte de los confesores hacia las religiosas, es un amable término para
designar un claro caso de acoso sexual.
Entonces,
pensar en una espiritualidad femenina no siempre revelaría una autentica
expresión del ser femenino, puesto que se ve condicionada por lo que los demás
piensan que debe ser y ciertamente no es, ya que la función tanto, del propio
modelo de clausura como la guía espiritual, como se ha visto es la de contener
y modelar.
Pero no todo
es negativo, aún con estas limitantes muchas mujeres se hicieron visibles en
una sociedad que buscó siempre contener. Ya sea a través de la mística, de la
intelectual, de la caritativa o de la transgresora, las mujeres, a pesar de la
clausura, se hicieron notar. Muchas de ellas no rompieron esquemas, algunas
incluso los replicaron y fueron las mejores en ello, por eso tenemos tanto a
Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695) como a Sor María de Jesús de Tomelín
(1579-1637), llamada El
Lirio de Puebla con un perpetuo proceso de beatificación.
Las vidas de
muchas mujeres en México en la época virreinal fueron impresas en su propia
época para formar parte de la amplia literatura edificante. Así como había un
derecho a la imagen, es decir, al retrato, había también un derecho de
perpetuar su recuerdo con la biografía que destacaba los actos piadosos y las
pruebas de santidad para así gestionar una devoción local que aspiraría a una
causa de santidad.
A veces,
dentro de los esquemas se puede resaltar y a través de sus vidas entender cómo
fue en otros tiempos ser una mujer que quiso experimentar el ejercicio de una
sexualidad o la experiencia mística que, aunque siguiera las coordenadas de un
modelo esencialmente patriarcal, permitieron una vivencia individual que las
colocaba y sigue colocándolas como sujetos de una historia propia.
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Notas


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