Santos guerreros, mártires y vírgenes conquistadoras.
Templos, advocaciones y fiestas como espacios de memoria y sujeción en torno a
la conquista de México-Tenochtitlan
San Hipólito y las armas mexicanas
https://arcav1.uniandes.edu.co/artworks/9985
Templos y fiestas se constituyeron en el mundo occidental en
espacios que guardaban la memoria y servían como instrumentos de control y
sujeción. En la ciudad de México primero los conquistadores y después los
frailes construyeron capillas dedicadas a tres santos guerreros y a la Vera
Cruz, cuya ayuda fue considerada esencial en la victoria contra el demonio y
sus adoradores; con ellas se recordaban los hechos más significativos de la
conquista española de Tenochtitlan, vista como una cruzada para extirpar
idolatrías. A lo largo del tiempo dichos lugares y las fiestas que en ellos se
celebraban fueron cambiando de significado a la par que se transformaba la
ciudad y surgían nuevos actores sociales. A los primeros santos guerreros se
unieron los mártires y la parentela de la virgen María, un santoral más acorde
con los nuevos tiempos, mientras las imágenes de los Remedios y Guadalupe
comenzaron a tomar características guerreras convirtiéndose en las verdaderas
extirpadoras de las idolatrías.
Los
espacios de la memoria [...] son lugares, efectivamente,
en los
tres sentidos de la palabra -material, simbólico
y
funcional-, pero simultáneamente en grados diversos.
Incluso
un lugar de apariencia puramente material [como
un
templo] sólo es lugar de memoria si la imaginación le
confiere
un aura simbólica. Un lugar puramente funcional,
como un
libro [...], un testamento, una asociación [como las
cofradías]
sólo entra en la categoría si es objeto de un ritual.
Pierre
Nora, Los lugares de
la memoria
Con esta frase, Pierre Nora define la función de esos lugares en los que reside
la memoria colectiva y donde se depositan sus discursos legitimadores en forma
de narraciones. La veracidad de dichos discursos es incuestionable, pues sus
orígenes se remontan a un hecho sacralizado que es reactualizado continuamente
por medio de celebraciones festivas. Lugares y rituales, insertos en una visión
integradora y sin rupturas, hacen visible la memoria en una constante lucha
contra el olvido. Los templos y los santos, espacios privilegiados para tales
fines en las sociedades preindustriales de Occidente, representan tanto física
como simbólicamente la conjunción entre el cielo y la tierra; su funcionalidad
es patente, pues atraen el favor divino por medio de los rituales. Los altares
de todos los templos están consagrados a la celebración eucarística, es decir,
a la actualización del sacrificio de Cristo en la cruz, y se ponen bajo la
advocación del Salvador, la virgen o los santos, cuyas fiestas a lo largo del
año sirven también para rememorar sus vidas y milagros.
La memoria, construida retóricamente en templos, narrativas y
rituales, tiene fuertes cargas de violencia, en especial en sociedades surgidas
de una conquista. Para Pierre Bourdieu, la dominación impuesta por la fuerza
sólo se vuelve eficaz por medio de sistemas simbólicos que hacen posible el
consenso moral y contribuyen a la reproducción del orden social. Para explicar
dicho proceso este autor acuñó el término violencia simbólica, expresión con la
cual se enfatiza el modo en que los dominados aceptan como legítima su sujeción
y el mundo de la desigualdad. Al narrar y exhibir las crueles torturas de los
santos mártires o al mostrar los tormentos de los condenados en el infierno se
pretende provocar en los receptores una aceptación de la violencia como el
orden natural de las cosas, como algo ordenado por Dios; Él ha creado un mundo
de desigualdad y jerarquías y ejerce actos de violencia sobre los cuerpos como
signos de dominio. Cuando todo el mundo está de acuerdo en la existencia de un
orden simbólico inamovible es posible justificar el dominio de la Iglesia y de
la monarquía, así como la superioridad del clero y la nobleza sobre la plebe.1
Esa sujeción avalada por la violencia simbólica se refuerza con la
idea cristiana de un Dios monarca que otorga gracias y favores a cambio de
ofrendas, oraciones y sacrificios. Su poder está representado en los templos,
en su distribución, en sus muros llenos de imágenes y en las liturgias que en
ellos se realizan. Por principio de cuentas los esquemas de autoridad se
manifiestan en esa monarquía celestial con coronas, tiaras y cetros que las
personas de la Trinidad y la virgen ostenta como atributos de poder. Por debajo
de ellos, los santos fungen como una corte celestial en la que funcionan, al
igual que en la tierra, los lazos clientelares y familiares. Esos humanos
excepcionales, junto con los espíritus angélicos, estaban sujetos a vínculos
clientelares con Dios, igual que los cortesanos con el rey. Bajo ese esquema,
los santos eran vistos como patronos de sus fieles, quienes debían relacionarse
con ellos al igual que los allegados de menor rango lo hacían con sus nobles,
mostrando sumisión y dependencia, y cumpliendo sus obligaciones basadas en
el dar para recibir.
El sistema de subordinaciones se reforzaba, además, al insertarse
en el modelo familiar patriarcal, a la cabeza del cual estaba un dios padre
representado en la tierra por un santo padre, el pontífice romano, y por los
reyes que fungían como padres de sus súbditos, quienes entre sí eran hermanos. En la
jerarquía celestial, después de los ángeles, la familia humana de Jesús (la
virgen, José, sus abuelos, Joaquín y Ana, su tía Isabel y su primo Juan el
Bautista) tenía una mayor cercanía al rey; le seguían los apóstoles, los
mártires, los obispos y reyes y los religiosos, quedando al final de todos las
monjas y los seglares santos. Esa misma jerarquía se imponía en la tierra,
donde los laicos (como hermanos) debían estar sujetos a los padres sacerdotes,
no sólo porque el celibato (sinónimo de pureza) les daba superioridad a éstos,
sino porque además el clero tenía el poder de consagrar y convertir el pan y el
vino en el cuerpo y la sangre de Cristo. Así como el cuerpo estaba sometido al
espíritu, los seres carnales (los laicos) debían estar sujetos a los
espirituales (los clérigos), al igual que las mujeres respecto de los hombres.2 Los vínculos
clientelares, el esquema familiar y los signos de dependencia y sujeción
remarcaban también la diferenciación social. Eso se puede observar en el
tratamiento que se les daba a los santos, a quienes se les llamaba señores, y a la
virgen, nuestra
señora. Con ello se sacralizaba el sometimiento que los fieles
debían mostrar ante los representantes de los santos en la tierra, quienes eran
tratados con los mismos títulos. En contraste, los frailes llamaban a sus
santos fundadores con el título de nuestro
padre a partir de otro esquema de sumisión, el familiar
patriarcal.
Memoria, violencia y sujeción, avaladas por ese esquema
jerárquico-patriarcal, se convirtieron en mecanismos de control a partir de las
primeras décadas que siguieron a la conquista de México Tenochtitlan; sus
principios comenzaron a funcionar en Nueva España cuando los
conquistadores-encomenderos (representados en el cabildo de la ciudad de
México) y los frailes franciscanos se dedicaron a construir ermitas
conmemorativas de la conquista en un entramado urbano que iba transformando la
fisonomía de la antigua capital mexica e imponía la nueva traza española.
Dichas capillas funcionaban como espacios de memoria, violencia y sujeción,
pues, por un lado, servían como un recordatorio de las gloriosas hazañas
bélicas de los españoles y de los sufrimientos a los que estuvieron sujetos y,
por el otro, manifestaban el agradecimiento a las fuerzas celestiales católicas
que avalaban su posición de dominio frente a las de los indígenas y sus
dioses-demonios derrotados.
Dos hechos acontecidos entre 1520 y 1521 -que terminaron con la
conquista de México Tenochtitlan a manos de las huestes españolas e indígenas
comandadas por Hernando Cortés- serían considerados nodales por los
participantes hispanos, pese a las desavenencias que después tendrían entre
ellos. El 30 de junio de 1520 ocurrió la huida de la ciudad (conocida como la
Noche Triste), en la cual murieron varios de los conquistadores en la calzada
de Tlacopan. Entre mayo y agosto de 1521 se llevaría a cabo el asedio y
destrucción parcial de las ciudades lacustres de Tlatelolco y Tenochtitlan.
Esos eventos estaban muy relacionados con la religión católica, su éxito se
atribuyó al auxilio de las fuerzas celestiales y se conmemoraron con la
erección de cruces y templos dedicados a diversas advocaciones de la virgen y a
tres santos guerreros. Podemos por tanto llamar a esas edificaciones exvotos por
su carácter de "instrumentos de acción de gracias" por los favores
recibidos del cielo durante la gesta "conquistadora". 3
Los frailes franciscanos, que tuvieron un importante papel en la
configuración de esos espacios y santorales, fueron también quienes impulsaron
la justificación de la conquista como una lucha para extirpar las idolatrías y
vencer al demonio. Esto no desentonaba con los temas evangelizadores, pues la
guerra se consideraba una cruzada, manifestación de la lucha cósmica entre el
bien y el mal. Bajo el mandato de los religiosos se promovieron igualmente
imágenes y templos dedicados a los santos mártires y al mismo Cristo, en cuyos
cultos y emblemáticas subyacía una violencia simbólica que reforzaba la
justificación de la conquista. Los cuerpos sangrantes de los mártires,
referentes obligados del cristianismo al igual que sus mensajes militaristas,
estaban en perfecta consonancia con los ritos y símbolos sacrificiales y
guerreros de las antiguas religiones, lo cual facilitó su aceptación y
resignificación.4
Conforme se iban instaurando en la ciudad nuevos actores sociales
(funcionarios de la corona, virreyes, obispos, provincias religiosas, clérigos
seculares y gobernadores indígenas) el significado de dichos espacios se
actualizó y enriqueció con nuevas narrativas alrededor de los santos mártires y
sus fiestas, como parte de sus mecanismos autorreferenciales. Aunque el origen
histórico con el que fueron construidos se mantuvo en la memoria colectiva
urbana, incluso en la de los descendientes de los derrotados, su
significado se transformó a partir de las necesidades, intereses y expectativas
de sus respectivas corporaciones, llevando sus mensajes de sujeción y violencia
a las masas indígenas y mestizas de la ciudad. Algunos de los primeros templos
creados por encomenderos y frailes desaparecieron, pero muchos se conservaron
como espacios de memoria de la conquista de Tenochtitlan-Tlatelolco y del martirio de algunos
de sus conquistadores, y
tuvieron un importante papel en las celebraciones cívicas y religiosas a lo
largo de los tres siglos virreinales.
Los
santos guerreros y la Vera Cruz en medio de una década conflictiva (1521-1530)
Una vez consumada la toma de Tenochtitlan, Hernando Cortés decidió
mantener la sede del antiguo poderío mexica como capital de Nueva España a
causa de su situación insular estratégica, de su poder simbólico y de su
importancia como centro receptor de tributos. En ella se instauró la ficción de
dos repúblicas que convivían en un mismo espacio, con un centro español (la
traza) y un entorno indígena (los barrios).5
En 1522, mientras la ciudad era liberada de cadáveres y escombros
y se planeaba desde Coyoacán el nuevo emplazamiento urbano, Carlos V reconocía
a Hernando Cortés como capitán general y gobernador de la Nueva España, cargos
que venía desempeñando de hecho desde el año anterior. En función de su oficio
dio permiso para que a la entrada de la calzada de Tlacopan, la más cercana a
tierra firme y una de las principales vías de acceso para llegar a la isla, se
construyera el primer templo exvoto de
la ciudad, quizás en los inicios de 1522. El conquistador de origen africano
Juan Garrido hizo a su costa esa ermita pequeña y circular en medio de la
calzada y antes del canal de los Toltecas, lugar desde el cual los mexicas
atacaron a las huestes de Cortés que huían la noche del 30 de junio de 1520. La
edificación, que quedó adosada a los muros del acueducto, se erigió como un
osario donde se depositaron los cráneos de los españoles sacrificados por los
indios y rescatados, recién tomada la ciudad, del tzompantli de
Tenochtitlan.6
Al poco tiempo el cabildo mandó erigir adelante del canal de los
Toltecas, muy cerca de la capilla de los mártires de Juan Garrido (y quizás
para sacralizar el lugar con un verdadero mártir santo), una ermita que se
dedicó a san Hipólito, en cuyo día (13 de agosto) fue supuestamente tomada la
ciudad. Frente a dicho templo se celebraban desde 1524 alardes militares con
despliegue de ruido, caballos y mosquetes para inhibir posibles revueltas
indígenas, muestra de la inseguridad en que vivían los españoles en un
territorio aún precariamente sometido. Esas primeras ermitas fueron construidas
por trabajadores indígenas enviados por el gobernador de Tenochtitlan nombrado
por Cortés, Juan Velázquez Tlacotzin, el cihuacóatl de Cuauhtémoc.
Fray Juan de Torquemada, al hablar en su Monarquía indiana del
mercado que en su tiempo se encontraba frente al templo de San Hipólito, menciona
un rumor que circulaba sobre la caída de Tenochtitlan, acaecida un día antes
del que tradicionalmente se celebraba (el 13 de agosto). Por caer tal fecha en
la celebración de santa Clara de Asís, y al no estar esta santa "en la
tabla general del rezado" se decidió pasar "al inmediato que se le
sigue donde están los benditos santos Hipólito y Casiano".7 La extraña noticia
nos hace pensar que detrás de dicha solución hubo otros motivos que los
meramente litúrgicos. Una monja mística difícilmente podía representar una
celebración relacionada con hazañas militares; tampoco era funcional para el
suceso Casiano, un santo pedagogo martirizado por sus discípulos. En cambio,
san Hipólito había sido un soldado romano, carcelero del presbítero hispano san
Lorenzo y convertido por la predicación de éste antes de ser ambos
martirizados. El oficio militar de Hipólito, al igual que su martirio y nombre
(vinculados ambos con los caballos, animales de guerra) respondían muy bien a
los intereses de los conquistadores.8
El sentido de su advocación, además, se correspondía con el de la
otra ermita que por la misma época se levantaba sobre los restos del templo
mayor de la ciudad indígena de Tlatelolco. Su dedicación a "nuestro patrón
y guiador señor Santiago", como lo llama Bernal, recordaba la ayuda prestada por
este santo apóstol a los conquistadores; convertido en guerrero "matador
de moros", este santo apóstol de Cristo y "evangelizador de las
Hispanias" había tenido un importante papel simbólico durante las guerras
de Castilla contra los musulmanes en la llamada Reconquista. A él se le
atribuyó el triunfo de la batalla de Centla y la caída de Tlatelolco, centro
ceremonial que había sido el primero en sucumbir durante la toma de
Tenochtitlan en 1521 bajo las armas conquistadoras dirigidas por Pedro de Alvarado.
La capilla se puso al cuidado de un clérigo secular y en ella los españoles
comenzaron a celebrar la fiesta patronal de Santiago el 25 de julio. Esa
primera ermita fue ampliada antes de 1524 (Cuauhtémoc aún vivía, según cuenta
Bernal Díaz) y al abrir los cimientos para "hacerlos más fijos" para
la nueva iglesia "en lo alto de aquel cu" se encontraron "con
mucho oro, plata y chalchihuis y
perlas y aljófar y otras piedras". Toda aquella riqueza "se quedó
para la obra de la santa iglesia de señor Santiago".9
Dicha obra fue edificada con mano de obra indígena organizada por
Pedro Temillotzin, nombrado por Cortés gobernador de Tlatelolco, con lo cual se
restituía el señorío tlatelolca independiente, después de haber estado sometido
desde 1473 a los tenochcas. Cortés y los gobernadores Tlacotzin y Temillotzin
recibieron en 1523 a los tres franciscanos flamencos (fray Pedro de Gante, fray
Juan de Ayora y fray Juan de Tecto) quienes, junto con los doce arribados al
año siguiente, se convertirían en actores esenciales en el proceso de ocupación
de la ciudad. Cortés otorgó a los frailes un solar para su convento a espaldas
de su palacio,10 y a pesar del poco
tiempo que frecuentó a los doce misioneros castellanos, pues a tres meses de su
llegada partió a la expedición de las Hibueras, encomendó a fray Toribio
Motolinía que cuidara "no se alzase México ni otras provincias" en su
ausencia.11
Desde su llegada, los franciscanos estaban convencidos de que la
conquista armada había sido necesaria, pues con ella fue vencido el demonio,
inspirador de las idolatrías. Imbuidos por las ideas apocalípticas, dedicaron
el barrio indio de Moyotlán a san Juan Evangelista, el visionario de Patmos,
cuyo emblema, el águila, fue asociado desde muy pronto con el símbolo de la
capital de los mexicas y con su dios Huitzilopochtli. Por otro lado, dichos
frailes impulsaron el culto a la Inmaculada Concepción, asociada ya para
entonces con la mujer vestida de sol y coronada de estrellas descrita en el
Apocalipsis. No fue por tanto casual que desde fechas tempranas (quizás durante
la ausencia de Cortés) una capilla en los barrios orientales de la ciudad se
pusiera bajo la advocación de la Inmaculada que, como nueva Eva, pisó la cabeza
del dragón de siete cabezas, símbolo del demonio y del pecado de la idolatría.
La capilla de la Concepción Tequipeuhcan había sido construida por
los indios en el espacio donde Cortés se entrevistó con Cuauhtémoc después de
ser apresado. Esta capilla (que hoy se encuentra en el corazón de Tepito),
según el relato del Códice Florentino, estaba en Amáxac, en la casa de un
guerrero mexica que resistió a los conquistadores; desde su azotea Cortés pudo
ver la captura de Cuauhtémoc y su séquito y ordenó que fuera llevado a su
presencia; ahí ocurriría la dramática escena en que el tlatoani vencido
pediría a Cortés le atravesara el pecho con una daga. El significado del nombre
náhuatl (Tequipeuhcan "donde comienza la servidumbre") sería el único
referente que dejó en esas primeras ermitas la "visión de los
vencidos".12
El papel simbólico y escatológico de la conquista como
erradicación de la idolatría antes del fin del mundo estuvo también presente en
la erección de dos capillas dedicadas al arcángel san Miguel, capitán de los
ejércitos angélicos, quien, según el Apocalipsis (12: 7-9), expulsó a Luzbel y
a sus secuaces del cielo antes de que todo fuera creado.13 Bajo su advocación
los franciscanos pusieron una ermita situada en Nonoalco, un centro dependiente
de Tlatelolco, cuya construcción aún se encuentra frente a la torre de Banobras
y bajo el puente de Nonoalco. Es muy probable que dicha capilla fuera dedicada
a san Miguel como exvoto, pues
en ese lugar Pedro de Alvarado estableció una avanzada de su campamento entre
junio y agosto de 1521.14
La connotación militar del arcángel guerrero (a quien según
Motolinía los franciscanos tenían "por capitán y caudillo"),15 al igual que la de
Santiago, san Hipólito o la Inmaculada Concepción, fue esencial para la
construcción de la conquista armada como una batalla contra la satánica idolatría.
Por ello, una segunda ermita en recuerdo de lo que significó la caída de
Tenochtitlan como guerra contra Lucifer fue dedicada al arcángel san Miguel en
el cerro de Chapultepec.16 Para los
religiosos, el guerrero celestial debía suplantar con su presencia los ritos
idolátricos que tenían lugar en dicho montículo sagrado para los mexicas.
Chapultepec era el punto de partida de las procesiones rituales cuando un
monarca era entronizado y en su ladera la ciudad celebraba las fiestas anuales
de las divinidades acuáticas con danzas y sacrificios, pues era el lugar donde
nacía la fuente de agua potable que abastecía a la ciudad.17 La fundación de la
ermita de san Miguel en Chapultepec se volvía así el último acto conquistador
de la ciudad pagana y con ella se daba inicio a la conversión de sus habitantes
a la nueva fe bajo la impronta de los frailes de san Francisco.
Dichas fundaciones habían nacido en la primera década de
existencia de la ciudad colonial, época conflictiva en la que se enfrentaron
amigos y enemigos de Hernando Cortés y las primeras autoridades enviadas por la
Corona y que concluyó con la actuación de la nefasta Primera Audiencia y de su
presidente Nuño de Guzmán. Mientras el conquistador estaba en las Hibueras
(1524 a 1526), las pugnas entre facciones amenazaron con volverse una guerra
civil en la capital.18 A principios de
1526, al poco tiempo de su regreso, Cortés inauguró una capilla dedicada a la
Vera Cruz para celebrar la llegada de él y sus hombres a las playas de
Chalchicueyecan el Viernes Santo de 1519. Un año después en ella se fundaba un
hospital atendido por una cofradía.19 La Santa Cruz era
celebrada con dos fiestas: una, el 3 de mayo, conmemoraba la invención o
hallazgo de la Vera Cruz por santa Elena, la madre de Constantino, emperador
cuya conversión se produjo gracias a que consiguió el triunfo en la batalla del
puente Milvio por haber enarbolado este signo; la segunda, el 14 de septiembre,
rememoraba otro hecho militar, el triunfo del emperador Heraclio sobre los
persas que habían capturado la reliquia de la Santa Cruz unos años antes, y él
la regresó a Jerusalén.20 Aún estaba vivo
también, como veremos, el recuerdo de las cruzadas que intentaron recuperar
Tierra Santa y ponerla de nuevo bajo el signo de la cruz. Con la fundación de
una ermita dedicada a la Vera Cruz, Cortés le recordaba a todos que él había
enarbolado la cruz como signo de victoria, como lo hicieron los emperadores
Constantino y Heraclio en sus batallas y los caballeros cruzados desde el siglo
XI.
A lo largo de los dos años previos a la toma de Tenochtitlan, la
cruz había sido uno de los instrumentos que Cortés utilizó para suplantar los
ídolos en los altares paganos; a la llegada de los frailes constituyó también
un símbolo del triunfo de Cristo sobre la muerte y, colocada en cerros y
atrios, se volvió instrumento para extirpar idolatrías y vencer al demonio.21 Muy posiblemente
fue también Cortés quién mandó colocar una enorme cruz sobre la calzada de
Iztapalapa, en Acachinanco, lugar donde estaba su real durante el asedio (cerca
de la actual estación del metro Chabacano). Esa cruz, colocada sobre los restos
de un templo de la diosa Toci, sería una referencia visual en dicha calzada
durante el siglo XVI, como aparece representada en el plano de Uppsala (véase
la figura 1).22
Figura
1 Plano
de Uppsala (detalle). Cruz de Acachinanco y ermita de San Antonio en la calzada
de Iztapalapa. Tomado de Miguel León Portilla
y Carmen Aguilera, Mapa
de México Tenochtitlan y sus contornos hacia 1550 (México: Secretaría de
Cultura/Ediciones Era, 2016), 162
Junto al símbolo cortesiano de
la cruz, alrededor de 1527 los conquistadores construían una ermita dedicada a
santa María de la Victoria en el cerro Otoncapulco. En 1528 dicho templo ya
aparecía mencionado en las actas de cabildo de la capital y, el año anterior, a
varios blasfemos enjuiciados por el inquisidor apostólico fray Domingo de
Betanzos se les había dado por penitencia peregrinar descalzos a esa ermita que
estaba a varias leguas de la ciudad.23 La advocación de la Victoria, que cambió tiempo
después por la de los Remedios, se le impuso, según Bernal Díaz, para dar
gracias a la virgen en el lugar donde los españoles pudieron resguardarse
durante la huida de la Noche Triste.24
Por las mismas fechas (13 de agosto de 1528), el cabildo organizó
una fiesta oficial a san Hipólito, la cual consistía en trasladar el pendón
real supuestamente utilizado por Cortés en la conquista desde las casas
consistoriales hasta su templo. Ese año el ambiente de inestabilidad política
llegó a un punto crítico, pues Cortés quiso restablecer su papel rector, restaurando
su derecho de nombrar regidores del ayuntamiento y de ser consultado en todos
los asuntos. Es probable que, con el acto simbólico de dicha celebración, el
juez Alonso de Estrada, abiertamente contrario al conquistador, apoyado por el
cabildo, intentara detener las pretensiones de Cortés.25
Una vez que el ayuntamiento capitalino tomó bajo su cargo la
fiesta del pendón en 1528, san Hipólito fue considerado oficialmente patrono de
la ciudad española. A partir de entonces se establecieron las bases de la
ceremonia anual: la participación de los caballeros con sus bestias en el
paseo, la celebración de juegos de cañas y corridas de toros y el traslado
solemne del pendón real acompañado por trompetas y tambores desde las casas del
ayuntamiento hasta la iglesia de San Hipólito, donde se celebraba una misa de
acción de gracias. En las actas de cabildo del 31 de julio de ese año de 1528
se señalaba también que en las fiestas de san Juan, Santiago, san Hipólito y
"Nuestra Señora de Agosto, se corran toros y jueguen cañas y que todos
cabalguen".26
Los tres santos guerreros, la Inmaculada y la santa cruz tuvieron
un papel muy importante en Nueva España a partir de entonces, aunque al
principio sólo los españoles estuvieron involucrados en su culto y la
participación indígena en sus celebraciones fue escasa, salvo como fuerza de
trabajo. Ante el temor a que los indios se rebelaran, el uso de mensajes de
violencia a partir de sus santos debió ser un elemento más que los invasores
utilizaron para inhibir cualquier intento de insurrección. Más eficiente, sin
embargo, resultó el control que ejerció el nuevo gobernador elegido para
organizar y regir a los indios de los barrios de Tenochtitlan al regreso de
Cortés de Las Hibueras, Andrés de Tapia Motelxiuh, quien no pertenecía a la
familia de los tlatoque.
Frente a la renuencia de los conquistadores por permitir la
participación indígena en sus festejos guerreros, los
franciscanos mostraron en cambio una gran apertura en utilizarla. En un
espectáculo diseñado por ellos y representado en Tlaxcala en la fiesta del Corpus Christi de
1539 se recordó la toma de Jerusalén por los ejércitos cristianos durante la
primera cruzada. En la representación se apareció san Miguel en una torre y
Santiago y san Hipólito cabalgaron por la plaza y anunciaron a sitiadores y
sitiados la pronta caída del bastión y el bautizo de los
"musulmanes".27 La representación de los tres santos en el contexto
de la conquista de Jerusalén debió recordar la caída de Tenochtitlán (sometida
apenas dos décadas atrás) y el mensaje se volvía aún más efectivo, pues los
seres celestiales eran mostrados con el atuendo guerrero de los conquistadores.
Es muy significativo que, por influencia de los franciscanos, Puebla y
Querétaro juraran a san Miguel y a Santiago respectivamente como sus patronos
titulares en esa misma década y en la siguiente.
El binomio guerra-conversión de
la pantomima franciscana de 1539 reafirmaba el poder avasallador del cristianismo
y recordaba a los tlaxcaltecas que el triunfo de ambas cruzadas se debió a la
presencia de los tres guerreros celestiales y a la Santa Cruz. El haber
presentado el espectáculo en Tlaxcala, bajo el diseño de los franciscanos
recién llegados a ella y con la colaboración de la nobleza indígena de la
ciudad, tuvo además una clara intencionalidad política. La mayor parte de los
asistentes al espectáculo había participado en la toma de Tenochtitlan, o tenía
padres y tíos que lo habían hecho, por lo que su representación debió hacerse
para reforzar el orgullo conquistador tlaxcalteca y reafirmar los privilegios
obtenidos gracias a su alianza con Cortés y a su apoyo a los franciscanos.
En las siguientes décadas, para los indígenas nobles y macehuales
la aceptación de la nueva fe no debió ser difícil, pues la presencia de santos
guerreros y sus símbolos asociados con la violencia les recordaba a sus propias
divinidades. Imágenes como el águila de san Juan o la cruz de Cristo, los
caballos y las espadas, los seres alados y las serpientes y dragones y la
omnipresencia de la sangre hicieron posible la asimilación de su propia
violencia simbólica con aquélla de la religión que se les imponía. Las
celebraciones de los tres santos guerreros modélicos coincidían además con los
meses de lluvias, pues la fiesta de Santiago era el 25 de julio, la de san
Hipólito el 13 de agosto y la de San Miguel el 29 de septiembre. Para los
indígenas no debió pasar desapercibida dicha coincidencia y muy pronto estos
santos se impusieron como los nuevos dioses a quienes se atribuía la llegada
del agua y con ella la fertilidad de los campos.
La
Segunda Audiencia, el primer virrey, Guadalupe y Santiago
La fiesta de Tlaxcala se representó en una época de asentamiento
institucional fomentado por la Segunda Audiencia que gobernó entre 1530 y 1535
y por el primer gobierno virreinal, el de Antonio de Mendoza (1535-1550).
Durante este periodo se buscó limar asperezas entre las facciones de los
encomenderos, aunque limitando su participación en la distribución de la mano
de obra y del tributo de las poblaciones nativas; para ello se buscó la
intervención y el apoyo de los sectores eclesiásticos (obispos, clérigos y
frailes) y de los señores indígenas.
Los controles que imponía la Audiencia comenzaron a percibirse
también en el ámbito festivo y es muy significativo que a partir de 1532 uno de
los regidores del ayuntamiento, designado como alférez real, se convertía en el
personaje principal de la fiesta del pendón el día de san Hipólito. Con dicho
nombramiento se daba el reconocimiento oficial de la anexión del cabildo a la
corona castellana, hecho ratificado el año anterior por la reina gobernadora
Isabel de Portugal. A lo largo del siglo, la ceremonia del pendón se fue
haciendo más compleja y quedó asociada indisolublemente con la identidad de la
ciudad de México española.28
En ese contexto debemos situar también la elección de advocaciones
marianas para dos ermitas que, si bien tenían relación con la violencia de la
conquista, se vinculaban más con el aspecto emotivo, protector y paternalista
de los evangelizadores y con los mensajes de sometimiento a los reyes de
España. Aunque la figura de María llegó con los conquistadores, su presencia
como la reina del cielo y como la madre amorosa y providente fue sin duda
introducida por los frailes.29 Por ello resulta
muy extraño que en las dos ermitas dedicadas a María y vinculadas a los
conquistadores los religiosos tuvieran tan poca intervención y que su
administración fuera entregada a clérigos seculares.
Aunque según el cronista franciscano fray Juan de Torquemada fue
su orden la que erigió un oratorio dedicado a la virgen en la base del cerro
del Tepeyac,30 es muy probable
que en 1531 fueran los conquistadores quienes hicieran dicha capilla en acción
de gracias y la dedicaran a la virgen de Guadalupe, patrona de Extremadura,
región de donde procedía la mayoría de ellos.31 Ese año, que la
leyenda sacralizó como el de la aparición, debió
quedar como referente en la memoria colectiva de esta primera fundación
guadalupana, la cual aparece representada en el plano de Uppsala con el nombre
de Tepeaca (véase la figura 2).32
Figura 2 Plano de Uppsala (detalle). Ermita del
Tepeyac (Tepeaca) y el convento y colegio de Santiago Tlatelolco. Tomado de Miguel León Portilla,
y Carmen Aguilera, Mapa
de México Tenochtitlan y sus contornos hacia 1550 (México: Secretaría de Cultura,
Ediciones Era, 2016), 163
Para los conquistadores, ese lugar dependiente de Tlatelolco tenía
una fuerte carga simbólica, pues, según Bernal Díaz, ahí se había asentado el
real de Gonzalo Sandoval antes de tomar la capital. Al enumerar "los
grandes provechos que se han seguido de la conquista", el mismo cronista
señalaba como uno de ellos, "la santa iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe
[...] y miren los santos milagros que ha hecho y hace de cada día".33 En su Historia se
hacen también constantes alusiones a la gran devoción que Cortés tenía por esa
advocación, tanto que cuando fue a España visitó su santuario en acción de
gracias, hizo novenas y
dio limosnas e incluso envió un rico relicario en agradecimiento por haberlo
librado de la picadura de un alacrán.34
Sin embargo, como veremos, el carácter conquistador de la virgen
de Guadalupe sería construido más tardíamente en un proceso iniciado en las
primeras décadas del siglo XVII. Las dos incipientes fundaciones bajo
advocaciones marianas fueron puestas bajo el cuidado de clérigos seculares cuya
actividad religiosa debió reducirse a administrar en ellas, esporádicamente,
alguna misa pagada por una manda o voto. La casi total ausencia de testimonios
sobre sus orígenes muestra la escasa importancia que tuvieron en esos años
dichas capillas, lo que también prueba la indiferencia de los franciscanos por
atenderlas.
En contraste, su atención hacia la ermita de Santiago se hizo
notable a partir de la llegada del virrey Antonio de Mendoza. A su arribo, el
funcionario se dio cuenta de que los franciscanos podían desempeñar un
importante papel en la instalación de las autoridades indias con cargos a la
usanza española (gobernadores, alcaldes, regidores, etcétera) y en la
definición del carácter de cabeceras y sujetos de los pueblos. La ocupación
franciscana de una república de indios modélica en Tlaxcala debió influir para
echar a andar con ellos el proyecto de crear dos ciudades indígenas en la capital
virreinal.35
Para el nuevo virrey fue prioritaria la participación de la
nobleza indígena en su proyecto económico y religioso, no sólo como
intermediaria entre el poder central y las comunidades para abastecer de mano
de obra y de tributo a la república de españoles, sino también como
colaboradora indispensable de los frailes en la evangelización. Frente a la
indiferencia del cabildo español de la capital por entender la compleja
organización indígena, el virrey y los religiosos reconocieron muy pronto la
importancia que tenían sus divisiones y estructuras comunales. Por ello Mendoza
no sólo apoyó la consolidación de la sede de Tenochtitlan alrededor del mercado
de San Juan Moyotlán (a cargo del gobernador Diego Huanintzin, heredero de
los huey tlatoque),
consolidó además la organización de un cabildo indígena con representación de
sus cuatro campan en
1549. Ese mismo año nombró a Diego de Mendoza Imauhyatzin como gobernante para
Tlatelolco, constituyéndolo como cabeza de su cabildo y consolidando así el
antiguo altépetl con
su tecpan.36
Con este acto se concluía un proyecto iniciado desde 1535, cuando
el virrey recién llegado, con anuencia del obispo Zumárraga, entregaba a los
franciscanos la administración de la vieja ermita de Santiago erigida por los
conquistadores trece años atrás. En un principio los frailes construyeron a su
costado un pequeño convento y desde él comenzaron a visitar los veinte pueblos
que formaban la parcialidad.37 En 1536, también con el apoyo del virrey Mendoza y
del gobernador de Tlatelolco en turno (Juan Ahuelitoc), los franciscanos
fundaron ahí el colegio de Santa Cruz (devoción muy difundida por ellos) para
enseñar "las artes liberales" a una elite hablante de náhuatl que
sería importante colaboradora en su labor misionera. Su dedicación el día de la
Epifanía (6 de enero) no sólo aludía a la primera manifestación de Cristo a los
gentiles, representados por los Reyes Magos, sino también a la sujeción de los
indios a la monarquía universal del emperador Carlos.38
Unos años después, los tlacuilos indígenas
del colegio de Tlatelolco elaboraban un plano de la ciudad de México,
actualmente en la universidad de Uppsala (Suecia), donde se dibujaron las
numerosas cruces que se levantaban en las plazas y calzadas de la capital y de
sus alrededores.39 Algunas de ellas se muestran emplazadas sobre peanas
escalonadas, siendo la más notable la de Santa María de la Victoria en la base
del cerro de Otoncapulco y la que mandó colocar Cortés, como vimos, en la
calzada de Iztapalapa (véanse las figuras
1 y 3).
Figura
3 Plano
de Uppsala (detalle). Templo y Cruz dedicados a Santa María de la Victoria en
Otoncapulco vecino al cerro Totoltepec. Tomado de Miguel León-Portilla y Carmen
Aguilera, Mapa de México
Tenochtitlan y sus contornos hacia 1550 (México: Secretaría de Cultura/Ediciones Era, 2016), 159
En el plano de Uppsala se pueden observar igualmente los
principales templos que hemos mencionado hasta ahora. Con un tamaño notable se
pintó el conjunto conventual de Tlatelolco en la parte superior derecha de la
ciudad y siguiendo una línea horizontal, cada una con su nombre inscrito, la
capilla de la doctrina de San Juan Moyotlan, las ermitas de la Vera Cruz, San
Hipólito y Los Mártires, el templo y convento de San Francisco y la capilla de
San Miguel sobre el cerro de Chapultepec, representada con su gran escalinata
de acceso (véanse las figuras
2, 4 y 5). En los años en que se pintaba el plano (entre 1545 y
1550) los franciscanos comenzaban a consolidar ese eje que corría de norte a
sur a lo largo de la zona poniente de la ciudad y que comunicaba el colegio de
Tlatelolco con el mercado de San Juan, foco de atracción creado desde 1533 por
la Segunda Audiencia y alimentado con los productos que venían de las chinampas
de Xochimilco.40
Figura
4 Plano
de Uppsala (detalle). De izquierda a derecha: templo y convento de San
Francisco, capilla de San Joseph, capilla de la Vera Cruz e iglesia de san
Hipólito. Tomado de Miguel León Portilla y Carmen Aguilera, Mapa de México Tenochtitlan y sus contornos hacia 1550 (México: Secretaría de
Cultura/Ediciones Era, 2016), 118
Figura
5 Plano
de Uppsala (detalle). Ermita de San Miguel en el cerro de Chapultepec. Tomado
de Miguel León-Portilla y Carmen Aguilera, Mapa de México Tenochtitlan y sus contornos hacia 1550 (México: Secretaría de
Cultura/Ediciones Era, 2016), 77
Dicho eje estaba atravesado por otro, que sobre la calzada de
Tlacopan iba en dirección al poniente, pero cuyas capillas estaban en manos de
los clérigos seculares. El virrey Mendoza también consolidó dicho eje al fundar
en 1540 el mercado de San Hipólito, al tiempo que abría una nueva calzada
(llamada de San Francisco) paralela a la de Tlacopan, dejando entre ambas una
gran explanada. Los tianguis de San Juan y San Hipólito fueron polos de
atracción para españoles y castas. Junto con los indios del barrio, estos
inmigrantes formaron también parte de la feligresía atendida por los
franciscanos y devota de sus santorales.
Hasta aquí hemos visto que los templos dedicados a los tres santos
guerreros (junto con los de Santa María, la Vera Cruz y San Juan Evangelista)
tuvieron un papel muy importante en la consolidación de dichos ejes. Con todo,
a pesar de que sus advocaciones siguieron funcionando, la implantación de un
esquema de sumisión mejor adaptado a los actores sociales emergentes exigió la
presencia de nuevos santos, fiestas y narrativas. Desde su arribo, los
franciscanos habían creado otras opciones en su santoral, que no tenían
solamente guerreros.
A un lado de su convento grande de la capital se fundó su primera
doctrina en 1525 bajo la advocación de san José, "patriarca y esposo de la
virgen"; desde ella los religiosos administraban los sacramentos a los
indios, visitaban las cuatro parcialidades (campan)
que rodeaban la traza de los españoles y atendían el medio centenar de ermitas
distribuidas en los barrios aledaños. Los campan recibieron los nombres de dos
de los apóstoles (san Juan en Moyotlan y san Pablo en Teopan), de un mártir
(san Sebastián en Atzacoalco) y de la virgen Reina (en Santa María Cuepopan),
bajo el modelo de cuatro basílicas romanas. Sus barrios dependientes se
pusieron bajo las advocaciones de otros apóstoles, de María Magdalena y de la
parentela de la virgen (santa Ana, san José, santa Isabel o san Juan Bautista),
con lo cual se pretendía implantar el esquema familiar de sujeción, más acorde
con los nuevos tiempos que aquel vinculado con la violencia de la conquista
armada.41 Poner el acento en ese acontecimiento, para sus
feligreses mexicas, significaba recordarles su papel de vencidos en la
narración. A diferencia de los tlaxcaltecas triunfadores, a los mexicas se les
veía como derrotados. Los mártires, los apóstoles y la virgen, con su
parentela, se mostraban más adecuados tanto para los macehuales como para una
nobleza de linaje cuyos méritos estaban siendo reconocidos por la corona. Por
otro lado, estos santos eran más apropiados al carisma apostólico de regreso a
la primitiva Iglesia que los frailes pretendían mostrar a sus fieles indígenas.
Además, por el momento, los cultos a los santos guerreros estaban
circunscritos a los españoles, sobre todo a los encomenderos criollos que
pasaban por su peor crisis. Una noticia consignada en los Anales de Juan
Bautista es muy significativa al respecto:
Ahora martes 25 de julio
del año 64, entonces se celebró la fiesta de Santiago y allá [a Tlatelolco]
fueron los españoles. Y don Martín Cortés cargó la bandera de tafetán azul en
la que iba pintado Santiago. Don Martín llevaba puesta su armadura. Y también
entonces se asaetearon toros.42
La narración, situada en plena conspiración de los encomenderos
descontentos porque la corona les estaba quitando sus privilegios, nos muestra
uno de los recursos para los cuales fueron útiles los santos guerreros. Después
de las leyes Nuevas de 1542 y de la visita de Tello de Sandoval, la llegada de
Martín Cortés a la Nueva España había despertado el interés de los hijos de
los conquistadores, quienes
encontraron en la fiesta de Santiago en Tlatelolco, encabezada por el hijo de
Cortés vestido con armadura, la mejor manera de hacer visibles los méritos de
sus antepasados. El acto descrito por los Anales fue un grito desesperado de la
primera generación criolla ante la pérdida de sus privilegios y patrimonios.
Una nueva era comenzaba con su inminente desplazamiento, al igual que el de la
nobleza indígena heredera de los antiguos linajes. Mercaderes, terratenientes,
funcionarios, monjas, clérigos seculares, jesuitas, mercedarios, carmelitas se
insertaron como nuevos actores en el entramado social de una capital en la que
el mestizaje y la afluencia de inmigrantes de Europa, Asia y África iban
mostrando otro rostro y requiriendo de otros santos y devociones.
Las vírgenes de los
Remedios y Guadalupe. Obispos, virreyes y cabildos (1550-1600)
Dichos cambios comenzaron a hacerse notables con la llegada de fray
Alonso de Montúfar en 1554 a la sede catedralicia metropolitana. Este prelado
comenzó una política de apropiación de los espacios ocupados por los
franciscanos, con el argumento de que estaban mal administrados, y en 1568
erigió, en dos ermitas ya existentes donde funcionaban sendas cofradías, dos
nuevas parroquias de españoles al cuidado de clérigos seculares: la de Santa
Catarina mártir, al norte de la traza, y la de la Santa Veracruz (la antigua
fundación cortesiana), en la parte occidental. Para justificar tales
fundaciones se pretendía que habían sido adjudicadas al clero secular desde la
época de Zumárraga y que, de hecho, la única doctrina para indios era la
franciscana de San José de los Naturales.43 Para reforzar la presencia episcopal, en 1567 en esa
misma zona, Montúfar apoyó la fundación de un hospicio para pobres y locos
anexo a la ermita de san Hipólito, obra del seglar Bernardino Álvarez.44 Con dichos cambios, las jurisdicciones dentro del
entramado urbano generaron confusas superposiciones y el episcopado fortalecía
su presencia en los templos que celebraban la conquista: San Hipólito y la
Veracruz.
Una década antes, Montúfar había consolidado también la posición
del clero secular en la capilla del Tepeyac. Al parecer, desde 1555, una nueva
imagen de la Inmaculada Concepción de factura indígena fue colocada en la vieja
ermita dedicada muy posiblemente a la patrona de Extremadura. El templo estaba
situado en un lugar estratégico, al final de la calzada del Tepeyac que
comunicaba la parte norte de la ciudad con tierra firme. Montúfar comenzó a
promover la ermita como santuario, recolectó sus limosnas y nombró a sus
capellanes. Los franciscanos, encabezados por su provincial fray Francisco de
Bustamante, manifestaron en 1556 el peligro que había al decirles a los
naturales que una imagen pintada por un indio hacía milagros, pues con ello se
sembraba la confusión y se deshacía lo bueno que habían plantado los frailes.45
Aunque certera, la oposición franciscana no daba cuenta de una
realidad más compleja, pues los principales usuarios del templo no eran los
indios sino los españoles que asistían ahí para oír misa, flagelarse y pedir
favores. La fuerte presencia de peninsulares y criollos entre los peregrinos
queda demostrada porque poco antes de 1562 funcionaba en la ermita una cofradía
de españoles que
le dejaba buenas limosnas.46 También en este periodo, a partir de 1566, los
virreyes comenzaron a ser recibidos ahí a su llegada, como lo hizo el marqués
de Falces antes de su entrada a la ciudad, lo que muestra que para entonces la
ermita era un símbolo de identidad para los capitalinos de origen hispano, más
que para los indios.47
Diez años después el arzobispo Pedro Moya regularizó el empleo de
limosnas destinándolas para dotes de huérfanas, creó las constituciones para la
cofradía de Guadalupe y nombró a su primer vicario, con obligación de
administrar la doctrina y con el derecho de cobrar obvenciones, poniéndolo bajo
la dependencia directa de la parroquia de Santa Catalina mártir, sujeta a la
catedral.48
Para ese entonces sólo competía con el Tepeyac el santuario de los
Remedios. La ermita de santa María de la Victoria en Otoncapulco recibía esta
nueva advocación venerada por los trinitarios, una orden redentora de cautivos
y asociada con las guerras entre cristianos y musulmanes en el Mediterráneo. La
advocación reforzó el vínculo de la virgen con la conquista y la pequeña imagen
que había llegado con las huestes de Cortés se convirtió en la principal benefactora de la
ciudad, redentora de cautivos sujetos al pecado y aprisionados por
muchas necesidades.
Para entonces, el control del santuario ya estaba en manos del
ayuntamiento de la capital, corporación que casi todos los años, a partir de
1577, organizaba un traslado de la imagen a la catedral metropolitana desde su
lejano santuario en el cerro de Otoncapulco para pedir lluvias y alivio para
las epidemias. La emergencia de los dos cultos marianos, Guadalupe y los
Remedios, estaba inserta en los marcos corporativos e institucionales que los
promovieron: el cabildo de la catedral y el ayuntamiento español. Dichas
imágenes no sólo se consideraban instrumentos de la divinidad para otorgar sus
favores; ambas se volvieron elementos fundamentales en la conformación del
entramado simbólico que les daba cohesión e identidad, tanto a las dos
corporaciones (los cabildos civil y eclesiástico) que las promovían como a la
misma ciudad.
¿Guerreros
o mártires? Santos, fiestas y advocaciones para una nueva sociedad
Las nuevas políticas religiosas implantadas por Felipe II y
continuadas por sus sucesores incluían, entre otras cosas, el impulsar el culto
de los mártires antiguos y modernos y de sus reliquias, refuerzo simbólico de
sus guerras contra los protestantes. Obras como las de Ambrosio de Morales,
Juan de Marieta y Pedro de Ribadeneira tuvieron la finalidad de promocionar y
difundir las historias de esos atletas
de la fe, quienes en tiempos del imperio romano habían
derramado su sangre para fertilizar la tierra que sería la futura Europa
católica. Siguiendo su ejemplo, misioneros y mártires enviados por el imperio
español en esas décadas finales del siglo xvi a Japón, Inglaterra, Túnez y
América estarían sembrando las futuras cristiandades católicas. Su publicidad
fue fundamental en las estrategias discursivas de las monarquías española y
portuguesa y de las órdenes religiosas que misionaban en ellas.49
La Compañía de Jesús jugó un papel central en esa propaganda, lo
cual explica que, en 1577, a instancias de sus sacerdotes radicados en México
hacía cinco años, fueran enviadas desde Roma varias reliquias de mártires,
entre ellas una de san Hipólito, para las iglesias de Nueva España. Para
celebrar su llegada en 1578, los jesuitas organizaron, en la fiesta de todos
los santos, una apoteósica recepción con arcos, procesiones, certámenes
poéticos, pendones, juegos, danzas y una representación teatral.50 En ese escenario mostraron por primera vez juntos los
símbolos patrios de
la capital, el águila de la Tenochtitlán prehispánica y san Hipólito, el
patrono de la ciudad católica.51 Sin embargo, ambos estaban ya desprovistos de su
carácter guerrero. El águila se volvió la cabalgadura de san Francisco el 4 de
octubre de 1597, cuando se expuso una pintura de factura indígena en la que el
santo aparecía sobre el águila y el tunal y a los pies de una cruz.52 San Hipólito, por su parte, volvía a su carácter de
mártir, converso evangelizado por el español san Lorenzo, con un claro interés
por exaltar a la monarquía católica y su papel redentor universal.
Algo similar sucedió con la figura de Santiago Matamoros en el
ámbito del clero secular cuando el cabildo de la catedral exaltó a san Pedro,
cabeza de la Iglesia, bajo cuyo patronazgo puso la importante congregación
dominada por los poderosos miembros de esa corporación y que se haría cargo del
hospital para sacerdotes enfermos y ancianos. Bajo la capitanía de san Pedro,
la catedral recordaba que, salvo santo Tomás y san Juan, todo el apostolado
había muerto en el martirio, con lo cual también Santiago retomó su carácter de
apóstol y mártir y quedó sujetó al primado del primer pontífice y obispo de
Roma, san Pedro.
Los mártires sustituían a los santos guerreros y con la fiesta de
las reliquias los templos de la conquista tomaban otro cariz; su muerte
demostraba que la verdadera fe no estaba sólo en hacer la guerra al infiel sino
también en el sometimiento a la voluntad de Dios, incluso llegando a entregar
la propia vida para cumplir sus designios. Al recordar que san Hipólito, el
patrono de la capital, además de guerrero había sido mártir, el simbolismo
original de su templo como un espacio de celebración de la conquista comenzaba
a desdibujarse. Esto se remarcó en 1593 cuando el virrey Luis de Velasco y Castilla
mandó demoler la ermita de los mártires de
Juan Garrido cuando creó el paseo de la Alameda. De hecho, desde 1580 el
cabildo ordenó que los restos óseos de los españoles que ahí se guardaban
pasaran al templo de San Hipólito; él era el verdadero mártir y no esos
conquistadores ambiciosos que murieron durante la Noche Triste.53 Con tales cambios, los templos levantados para
celebrar la caída de Tenochtitlan, al igual que la misma conquista, iban
desvirtuando su connotación original y se constituían en símbolo de las nuevas
identidades urbanas.
Las
vírgenes se apropian del discurso de la conquista (1590-1650)
Desde las últimas décadas del siglo XVI, las campañas militares de
Felipe II habían reforzado el carácter guerrero de la virgen a quien algunas
plumas exacerbadas llamaban Belona, recordando a la diosa celta de la guerra. A
la virgen del Rosario, los dominicos atribuyeron el triunfo sobre los turcos en
Lepanto en 1571 y, a fines del XVI, de la Inmaculada Concepción de los
franciscanos se esperaba la aniquilación de los herejes holandeses e ingleses,
el nuevo dragón de
las siete cabezas. No fue, pues, difícil construir sobre esta
imagen femenina guerrera el carácter conquistador de las dos advocaciones
marianas de la ciudad de México, los Remedios y Guadalupe.54
Ambas ermitas tuvieron un desarrollo inusitado a causa de las
epidemias, las cuales, junto con las sequías, los terremotos y las
inundaciones, se atribuían a un justo castigo por los pecados de la humanidad,
causantes de la ira divina. La maternal intercesión de María se consideraba la
única solución para tales desgracias, aunada a su ayuda para lograr la
salvación eterna si los fieles enmendaban sus vidas. La afluencia de limosnas y
la subsecuente renovación de los edificios de los dos santuarios hacían cada
vez más necesario buscar los orígenes del culto y remitirlos a la misma
conquista de la ciudad.
En 1621, año en que se debía celebrar el centenario de dicho
acontecimiento, se publicó la primera obra dedicada a un santuario: la Historia del principio y origen
[...] de la imagen de Nuestra Señora de los Remedios del
mercedario fray Luis de Cisneros (muerto en 1619).55 Este libro, en cuya portada campeaba el escudo de la
ciudad de México con el águila y la serpiente, narraba los prodigios de una
pequeña imagen de bulto traída por los conquistadores, ocultada durante la
huida de la Noche Triste y encontrada tiempo después bajo un maguey en el cerro
Otoncapulco por el noble indio Juan Ce Cuauhtli. Cisneros mencionaba como
fuentes para su narración unas pinturas que referían esos milagros y decoraban
la ermita desde 1595 y unos exvotos que agradecían a la imagen los favores
recibidos.56
A lo largo de la obra, el Marqués del Valle era mencionado en
varias ocasiones, pero siempre en asociación con la virgen María, la verdadera
autora de la conquista. Su presencia en el Templo Mayor de Tenochtitlan, puesta
ahí por Cortés en lugar del ídolo derrocado de Huitzilopochtli, impidió que los
indios mataran más españoles y permitió su huida en la Noche Triste: "Con
su luz y con la tierra que arrojaba a los ojos de los indios". Ella también
facilitó la comprensión del mensaje cristiano en un mundo con múltiples lenguas
y agilizó la milagrosa conversión de los pueblos aborígenes. Cortés y los
españoles fueron sólo instrumentos en manos de la reina del cielo.57 El carácter militar y misioneros de la virgen de los
Remedios estaba muy acorde con la elección de fray Luis de Cisneros para
escribir la obra, pues la orden de la Merced a la cual él pertenecía se
dedicaba, al igual que los trinitarios, a redimir cristianos capturados durante
las guerras con los musulmanes y a evitar que se volvieran renegados.
Después de la aparición de la obra de Cisneros, y a lo largo del
siglo XVII, la virgen de los Remedios llegó a ser muy popular. Entre 1621 y
1628 se reedificó su capilla y se llenó de retablos su interior con importantes
donaciones de los mercaderes. En 1628 el arzobispo Francisco Manso y Zúñiga
eligió el santuario recién concluido para su consagración episcopal, todo lo
cual comenzaba a cambiar la carga simbólica de conquistadora de la virgen de los
Remedios a una más accesible al pueblo y a los indios, la de protectora de la
ciudad y la que traía las lluvias cuando éstas escaseaban; se le consideraba
también patrona contra epidemias y protectora de las flotas y de los navegantes
por su asociación con el mar. Icono esencial para las actividades agrícolas,
sus fiestas de traslación a la capital, cuyos gastos corrían a cargo del
ayuntamiento, eran tan suntuosas como las de Corpus. Su entrada a la ciudad por la
calzada de Tlacopan, y la espectacular recepción que el ayuntamiento, los
religiosos y las cofradías hacían de la imagen en la parroquia de la Veracruz,
reforzaba las remembranzas sobre la conquista de la capital mexica y sus
asociaciones con esa fundación cortesiana.58
El inicio del siglo XVII marcó también un segundo impulso promocional
en el santuario del Tepeyac por parte de los canónigos de la catedral, apoyados
por los arzobispos, quienes se dieron cuenta de la urgencia de construir un
nuevo templo, más sólido y mejor adaptado a las necesidades de una creciente
afluencia de visitantes. Alrededor de 1605 el arzobispo jerónimo fray García de
Santa María inició las obras que fueron continuadas por fray García Guerra y
Juan Pérez de la Serna, quien terminó y consagró la iglesia en 1622. A raíz de
una terrible inundación en 1629, el arzobispo Manso propuso que la imagen fuera
trasladada desde su santuario a la catedral para implorarle que las aguas
bajaran. La solemne procesión en barcas, la estancia de la virgen en la
catedral por cinco años y el regreso solemne al Tepeyac en 1634 le dieron al
culto un gran impulso y a la sede episcopal un enorme prestigio.59 Después de una década sin una cabeza episcopal
permanente, el cabildo de la catedral en Sede Vacante desempeñó un papel
central en la promoción del culto y dejó preparado el terreno para que el
arzobispo Juan de Mañozca, desde su llegada a la capital en 1645, impulsara la
narración sobre los orígenes guadalupanos y su relación con la caída de
Tenochtitlan.
Influido por la obra de fray Luis de Cisneros sobre la virgen de
los Remedios, el presbítero Miguel Sánchez publicó el primer libro impreso
sobre los orígenes de la virgen de Guadalupe. Con base en un relato indígena en
náhuatl (Nican Mopohua),
el autor asociaba la imagen con la mujer vestida de sol del Apocalipsis y
convertía al dragón demoníaco de siete cabezas en el símbolo de las siete
naciones idólatras de "la gentilidad de México", siendo una de sus
deidades vencidas por la virgen la diosa Theotenantzi (sic), madre de los
dioses, que se veneraba en el Tepeyac. En su juego de analogías Sánchez
convertía a Hernán Cortés y sus guerreros en émulos de san Miguel y sus
ángeles, vencedores de las huestes infernales bajo el signo de la Vera Cruz.
Para él, la presencia del arcángel guerrero había quedado plasmada incluso en
el divino lienzo en el angelillo que sostenía los pliegues del manto a los pies
de la imagen. La ciudad de México, nueva Jerusalén, una alegoría viva de la
visión descrita por san Juan, había recibido en las alas del águila de su
escudo el anuncio de esa mujer-águila descrita en el Apocalipsis y aparecida en
el Tepeyac, un nuevo Monte Sión. Las estrellas que la coronaban simbolizaban a
los valerosos conquistadores enviados, como lo hizo la profetisa y jueza Débora
en la Biblia, a luchar contra los paganos cananeos, lo cual los convirtió en
estrellas victoriosas. La virgen de Guadalupe no sólo se constituía así en una
belicosa mujer, en la razón de ser de la conquista y en su justificación,
además llenaba de sentido cristiano al águila, emblema fundacional pagano de la
capital.60
Con los textos de Cisneros y Sánchez, la caída de Tenochtitlan
tomaba rasgos milagrosos y se volvía no sólo el triunfo sobre la idolatría y el
inicio de la conversión, sino también una obra realizada y avalada por la Madre
de Dios. Con estos discursos los conquistadores pasaban a ser meros
instrumentos, pues la verdadera conquistadora de la ciudad había sido santa
María, manifestada en sus dos advocaciones. Las fiestas de traslación a la
catedral de Nuestra Señora de los Remedios casi todos los años y de la virgen
de Guadalupe por la gran inundación de 1629 las convertían en las protectoras
de la ciudad. Con tales presencias, los frailes eran desplazados a un segundo
plano en el espacio simbólico y la catedral se convertía en el centro de la
vida religiosa urbana.
No es casual que el mismo año que salía la obra del bachiller
Sánchez, el arzobispo Mañozca promocionara otro impreso que hablaba de una cruz
de piedra que él mismo había traído del templo franciscano de Tepeapulco
después de una visita pastoral y que había mandado colocar en el atrio de la
aún inconclusa catedral.61 Con ese acto no sólo se aludía a la sujeción que los
frailes debían tener al episcopado; su apropiación del símbolo de la cruz,
relacionado como vimos con la conquista militar y con la extirpación de las
idolatrías, mostraba el triunfo de la catedral como centro espiritual de la
ciudad ¿Qué papel se podía atribuir entonces a los santos guerreros en ese
nuevo contexto?
Los
santos y los exvotos de la conquista en la primera mitad del siglo XVII
El 13 de agosto de 1621 los festejos de san Hipólito, que debían
ser especialmente solemnes pues se celebraba el centenario de la caída de
Tenochtitlan, tuvieron que verse limitados a una misa y un certamen poético por
el anuncio llegado pocas semanas antes de la muerte de Felipe III y de la
ascensión de su hijo Felipe IV como rey de España. Aunque en la jura del nuevo
monarca, celebrada en la capital el 15 de agosto, el tema del centenario apenas
fue referido, en el extenso poema "Canto intitulado Mercurio" del
presbítero extremeño Arias de Villalobos, dicha omisión fue ampliamente
cubierta al quedar narrados los hechos de la conquista junto con una descripción
exaltada de la capital virreinal. En el texto impreso en 1623, en medio de los
conflictos de los dirigentes urbanos con el autoritario virrey marqués de
Gelves, se describían las hazañas bélicas de los españoles y se atribuía su
triunfo a la ayuda de la virgen de los Remedios, del apóstol Santiago y del
mártir san Hipólito.62 En su discurso
prohispanista, Santiago, el patrono de la Reconquista castellana, aparecía como
extirpador de idolatrías, mientras que san Hipólito era utilizado como un
instrumento para exaltar a quien lo convirtió, el hispano san Lorenzo. Ésta era
una prueba fehaciente del destino providencial manifestado en la conquista,
pues, al igual que el patrono jurado de México había sido convertido por la
predicación del patrono titular de España, Nueva España recibió el cristianismo
de la patria de san Lorenzo.63
A las asociaciones España-Nueva España se agregaban las
similitudes entre Roma y México y san Hipólito, el mártir romano patrono de la
ciudad, también quedó asociado con Cortés, el fundador de la nueva
Roma-Tenochtitlan. Dicha relación no era una idea original de Villalobos, pues
en el retablo mayor del templo del Hospital de Jesús, fundación cortesiana, un
cuadro pintado entre 1606 y 1607 (atribuido a Alonso Vázquez) representaba el
martirio de san Hipólito, caído y arrastrado por dos caballos, con un Hernán
Cortés arrodillado orante a su lado. Dicha obra se hacía eco de una tradición
que hermanaba al conquistador, un soldado de la fe, con el mártir romano, pues
ambos habían vencido a la idolatría (véase la figura 6).64 Sin embargo, san
Hipólito no fue un santo muy popular en Nueva España y, salvo la provincia
dominica de Oaxaca (creada a fines del siglo XVI) que se puso bajo su
patronazgo, hay muy pocas referencias a su culto fuera de la capital.
Figura
6 Alonso
Vázquez (activo a finales del siglo XVI y principios del XVII),
atribuido, El martirio de San
Hipólito con Hernán Cortés orante, 1605-1607, Museo Nacional de Historia, México. Tomada
de Jaime Cuadriello et al., Los pinceles de la historia. El origen del reino de la
Nueva España (1680-1750) (México: Museo Nacional de Arte/Universidad Nacional
Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas/Fomento Cultural
Banamex, 1999), 9
Otro fue el destino del arcángel san Miguel, cuyo poder sobre las
idolatrías continuó siendo un referente, como se puede apreciar en un cuadro
pintado alrededor de 1620 por Luís Juárez en el que se representa a un
rubicundo arcángel san Miguel venciendo a un Satanás con facciones indígenas.
Dentro de su contexto, la imagen representa un discurso contra la idolatría, en
un momento en el que se llevaba a cabo una campaña de erradicación, respaldada
por tratados como los de Jacinto de la Serna y Hernando Ruíz de Alarcón, ambos
miembros del clero secular (véase la figura 7).
Figura
7 Luis
Juárez, "San Miguel Arcángel vence al demonio de la idolatría" (ca. 1620), Museo Nacional de Arte, México. Tomado de México. Esplendores de treinta siglos (Nueva York: Metropolitan Museum of
Art, 1990), 302
Es claro que el cuadro no está intentando representar la lucha
narrada en el Apocalipsis, antes de los tiempos en el ámbito celeste previo a
la creación del cosmos, sino en una tierra con árboles y montañas. Con ello se
hacía referencia a un hecho actual, la guerra cósmica seguía y el demonio con
rasgos indios era un símbolo de la presencia de sus fuerzas en América. La
violencia de la conquista se transformaba así en una alegoría de la lucha
cósmica entre el bien y el mal, una lucha que ahora encabezaban los obispos y no
las órdenes religiosas. El arcángel san Miguel y su imagen guerrera quedaron
indisolublemente ligados al episcopado y al icono más importante de las
identidades criolla e indígena: la virgen de Guadalupe.
Esta apropiación debió ser una de las causas por las que la ermita
de san Miguel en el cerro de Chapultepec dejó de ser un referente importante
para la ciudad, aunque los franciscanos la siguieron administrando. Con la
consolidación del mercado de San Juan y la construcción del acueducto que
llevaba agua hasta él (gracias a la gestión del gobernador Antonio Valeriano en
1582), se había creado un nuevo eje hacia Chapultepec, convertido muy pronto en
una calzada que se continuaba por el oriente hasta el barrio de San Pablo. Esto
podía haber convertido la ermita de San Miguel en un punto clave del culto
indígena, pero no fue así; a fines del siglo XVII el arzobispo Francisco de
Aguiar y Seijas creó una parroquia a cargo del clero secular en ese eje y la
dedicó al arcángel guerrero, consumando con ello una apropiación del culto a
san Miguel, por parte de la catedral, que venía gestándose a lo largo seis
décadas.65
En ese tiempo San Miguel Chapultepec era una simple asistencia de
la doctrina de San José con un pequeño convento donde vivían dos frailes y
desde el que atendían a 60 personas, españoles y naturales, organizados en dos
cofradías.66 Al parecer, desde
mediados de la centuria anterior la iglesia y el convento de la asistencia ya no
estaban en el cerro sino en el valle, como lo deja ver el plano de Juan Gómez
de Trasmonte; aunque la ermita de San Miguel sobre la colina debió funcionar
como lugar de culto durante la fiesta del arcángel el 29 de septiembre (véase
la figura 8).67
Figura
8 Juan
Gómez de Trasmonte, Forma
y levantado de la ciudad de México, Biblioteca Nacional de Antropología e Historia del
Instituto Nacional de Antropología e Historia, 55 x 62 cm, publicado
originalmente en Florencia, Italia (detalle). La ermita de San Miguel en el
cerro de Chapultepec y la asistencia de San Miguel en la base del cerro. Tomado
de Fernando Benítez, La ciudad de México, V. III (México: Salvat), 57
La evolución del culto a Santiago en Tlatelolco, controlado aún
por los franciscanos, siguió un curso distinto. En un altorrelieve que se ha
fechado a principios del siglo XVII y que estaba emplazado en el altar mayor
del templo de Tlatelolco se representa al apóstol como un guerrero español,
cabalgando sobre un brioso caballo de ojos azules, blandiendo una espada como a
menudo se representaba la figura del Matamoros, aunque en lugar de los
musulmanes sus victimados eran los guerreros mexicas (véase la figura
9). No había lugar a dudas sobre la participación
activa del apóstol en la mortandad provocada por la conquista, pero ¿qué
finalidad tenía dicha representación en un contexto tan lejano a los hechos
narrados y en un espacio como el templo de Tlatelolco?
Figura
9 Autor
anónimo, Santiago Mata-indios, principios del siglo XVII, templo de Santiago
Tlatelolco. Tomado de Elisa Vargas Lugo et al. Imágenes de los naturales en el arte de la Nueva España.
Siglos XVI al XVIII (México: Fomento Cultural Banamex/Universidad Nacional
Autónoma de México, Dirección General de Asuntos del Personal Académico,
Instituto de Investigaciones Estéticas, 2005), 96
El retablo se ha vinculado con fray Juan de Torquemada, guardián
del convento en esos años, quien en su Monarquía
indiana hace una descripción muy puntual del conjunto
conventual, del colegio para indios nobles y de su estado a principios de XVII.68 Es posible que el
fraile cronista quisiera recordar a todos el verdadero carácter con que se
había fundado el templo. De hecho, en su obra daba un papel central a la
conquista como un hecho providencial que había permitido la extirpación de la
idolatría y la liberación de los pueblos mesoamericanos de la esclavitud del
pecado. En el contexto de las pugnas entre religiosos y obispos, su obra era un
recordatorio sobre quiénes habían sido los verdaderos fundadores del reino: los
conquistadores y los frailes.
¿Pero para qué se debía mostrar una imagen que, en el contexto del
siglo XVII en el que vivía Torquemada, debió tener poco significado para los
feligreses indios y mestizos de la parcialidad? ¿Fue quizás porque desde fines
del siglo XVI la festividad de los españoles en Tlatelolco, como la describían
los Anales de
Juan Bautista, ya no tenía el significado que le habían dado los encomenderos
cincuenta años atrás? Es muy probable que la celebración ya hubiera sido
coptada por los habitantes del barrio y, como sucedía en otros pueblos, a su
culto se habrían integrado las danzas de moros y cristianos las cuales siempre
iban encabezadas por el apóstol Santiago montando su brioso caballo.
Aunque conservaba aún el carácter guerrero, su transformación en
un personaje festivo debió restarle mucha efectividad a la violencia de su
mensaje. En algunos lugares incluso se debieron prohibir los santiaguitos, pues
había pueblos donde el caballo del santo era el que recibía las ofrendas y un
potrillo era engalanado e incensado.69 En 1737, a raíz de
la gran epidemia, Cayetano Cabrera y Quintero señalaba cómo los indios del barrio
de Tlatelolco iban flagelándose detrás de la imagen de Santiago a caballo
vestido como penitente.70 Para entonces los
habitantes del barrio de Tlatelolco eran conocidos en la ciudad como santiagueños y se
habían vuelto famosos por su violencia (digna de su santo patrono) durante las
peleas a pedradas que sostenían con sus vecinos de Cuepopan.71 ¿Pudo la imagen
guerrera de Santiago representar el odio acumulado por los tlatelolcas contra
los tenochcas desde que éstos los conquistaron en 1473, como lo explica Barbara
Mundy? Quizás la imagen del Santiago Mataindios de Tlatelolco recordaba esta
acendrada rivalidad y aquellos guerreros a los que masacra el santo fueran sus
odiados tenochcas, contra los cuales seguían luchando a pedradas los
tlatelolcas en el canal de Tezontlale, que separaba las dos parcialidades, y
que era conocido desde el siglo XVI como "el canal de las guerras".72
En el trascurso del tiempo, la conquista de Tenochtitlan había
perdido para criollos, mestizos e indios su carácter de justificación de la
dominación. Los cultos a María y a los mártires, con sus nuevas tácticas
simbólicas, privilegiaban la unión y armonía entre españoles e indios en lugar
de la sujeción violenta relacionada con los santos guerreros. Por otro lado, a
lo largo del siglo XVII iba ganando terrero la idea de pacto, más acorde con un
reino que pretendía tener una cierta autonomía frente a aquella propuesta de
absoluta sumisión que la conquista recordaba.73 Con la aparición
de nuevos templos y la multiplicación de santos apóstoles, mártires, obispos y
fundadores se implantaba un esquema de sujeción que relativizó la violencia de
la conquista, aunque aquella de carácter simbólico siguió presente. Los santos,
con sus templos y fiestas, habían colonizado el espacio y el tiempo cotidianos
y en sociedades tan plurales y mestizadas como la de la ciudad de México
constituían el único elemento que podía dar una cierta identidad a los
habitantes de los barrios, frente a las profundas diferencias económicas y
étnicas que había en ellos. La implantación religiosa, con su violencia
simbólica y sus modelos familiar y monárquico, se había constituido así en la
más eficiente conquista del territorio, en el mejor medio de sujeción de sus
habitantes.
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NOTAS
1 Una
de las principales obras donde Bourdieu desarrolla
esos conceptos es Language
and Symbolic Power (Oxford: Polity Press, 1991). Véase José Manuel
Fernández. "La noción de violencia simbólica en la obra de Pierre
Bourdieu: una aproximación crítica." Cuadernos de Trabajo Social, v. 18
(2005): 7-31.
2 Jerôme Baschet, La civilización feudal. Europa del
año mil a la colonización de América (México: Fondo de Cultura
Económica/Embajada de Francia, 2018), 176-185.
3 Iván Arriaga
Arriaga, "La ciudad de México durante la conquista. De la ciudad
prehispánica a la refundación de Hernán Cortés (1519-1522)" (tesis de
licenciatura en Historia, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de
Filosofía y Letras, México, 2013), 215 y ss.
4 Pablo Escalante
Gonzalbo, "Cristo, su sangre y los indios. Exploraciones
iconográficas sobre el arte mexicano del siglo XVI", en Herencias indígenas, tradiciones
europeas y mirada europea, ed. de Helga Von Kügelgen
(Frankfurt-Madrid: Vervuert-Iberoamericana/Ars Iberica et Americana, 2004),
71-93.
5 José Luis Martínez, Hernán Cortés (México:
Fondo de Cultura Económica, 1992), 87 y ss.
6 Bernal Díaz del
Castillo, Historia
verdadera de la conquista de la Nueva España (México:
Editorial Porrúa, 1983), c. clv, 364. El tzompantli era un espacio donde se
colocaban los cráneos de los sacrificados en el templo mayor de Tenochtitlan.
Bernal da a entender que la obra de la capilla no fue sólo financiada por
Garrido y que en ella participaron otros conquistadores, incluido él mismo.
Mucho tiempo se pensó que la capilla de san Hipólito y la de los mártires eran
la misma. Edmundo O'Gorman en
sus notas a Cervantes
de Salazar, México en 1554 y el Túmulo imperial (México:
Porrúa, 2000), 124, fue el primero en señalar que se trataba de dos espacios
distintos.
7 Juan de Torquemada, De los Veintiún Libros rituales y
Monarquía indiana [Sevilla, 1615], ed. de Miguel León
Portilla et al. (México:
Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones
Históricas, 1979-1983), l. XIV, c. 13; IV, 346.
8 Hippolytos,
cuyas raíces griegas significan "el arrastrado por caballos" era
según la mitología el hijo de Teseo. El mártir romano Hippolytus murió, según
el martirologio, con esta forma de tortura después de confesar su fe y haber
sepultado a su maestro san Lorenzo. Su leyenda es un claro ejemplo de
asimilación de un nombre a una narrativa, al igual que Cristóbal o la
Verónica. Louis Reau, Iconografía del arte cristiano, 5
V. (Barcelona: Ediciones del Serbal, 1997), IV, 83 y ss.
9 Díaz del Castillo, Historia verdadera,.., C.
XCII, 175-176.
10 Jessica Ramírez y
Rossend Rovira, "De San Francisco el Viejo al Nuevo en la ciudad de México.
Una propuesta de relectura de la primigenia traza española
(1524-1525)", Estudios
de Historia Novohispana, n. 64 (enero-junio 2021): 161-205,
182-183, https://doi.org/10.22201/iih.24486922e.2021.64.76126.
11 Díaz del Castillo, Historia verdadera..., C.
CLXXIV, 458.
12 Bernardino de
Sahagún, Historia
de las cosas de la Nueva España, 2 v. (México: Consejo
Nacional para la Cultura y las Artes, 1989), l. XII, C. 38, II, 856-857.
Sahagún nunca menciona el nombre de Tequipeuhcan y sólo dice que los españoles
tomaron el fuerte "que es donde llaman Amáxac, donde está la iglesia de la
Concepción". Véase también Arriaga,
"La ciudad...", 231 y s.
13 Eduardo Báez Macías, El arcángel San Miguel (México:
Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones
Estéticas, 1979), 23 y ss.
14 Sahagún, Historia..., l.
XII, C. 29, V. II, 846.
15 Toribio
de Motolinia, Historia
de los indios de la Nueva España, relación de los ritos antiguos, idolatrías y
sacrificios de los indios de la Nueva España y de la maravillosa conversión que
Dios en ellos ha obrado, ed. de Edmundo O'Gorman (México:
Porrúa, 1969), t. I, C. 2, 19. Este cronista señala que los frailes
"decían cada lunes una misa cantada" dedicada a san Miguel, san
Gabriel y todos los ángeles.
16 En
Europa, los santuarios a san Miguel también estaban en promontorios, como el
del Monte Gárgano en Italia y el del Mont Saint-Michel en Normandía.
17 Barbara Mundy, La muerte de Tenochtitlan, la vida
de México (México: Grano de Sal, 2018), 121-122. En el mundo
mesoamericano los cerros estaban asociados con las divinidades de la lluvia,
más aún cuando de ellos brotaban fuentes.
18 Martínez, Hernán Cortés, 449
y ss.
19 El
hospital tuvo una vida efímera, pero la cofradía siguió funcionando. Actas de Cabildo, 17
de mayo, 3 de junio y 31 de julio de 1527. Ignacio Bejarano,
ed., Actas de cabildo
del ayuntamiento de la ciudad de México (México: Municipio
Libre, Imprenta y Librería de Aguilar e Hijos, 1889), primer libro, 132, 133,
138.
20 Reau, Iconografía..., V.
2, 523.
21 Además
de una lámina del Códice Glasgow, varias menciones en las crónicas de
Montolinía y Mendieta hacen alusión a la promoción franciscana del culto a la
Santa Cruz. Motolinía, Historia de los indios..., t.
II, C. 9, 106-107. Gerónimo de
Mendieta. Historia
eclesiástica indiana, 2 v. (México: Consejo Nacional para la
Cultura y las Artes, 1997), l. III, C. 49, i, 473 y ss.
22 Fray
Diego Durán menciona también la presencia de dicha cruz al referirse a Tocititlán,
muy posiblemente un nombre alterno de Acachinanco. El cronista señala que en
ese lugar se dio el encuentro entre Cortés y Moctezuma, "el cual llegado a
un lugar llamado Tocititlan, que era casí junto a la primera cruz que está en
la calzada a la salida de México, allí hizo parar toda su gente y esperó la
llegada del marqués". Diego Durán, Historia de las Indias de la Nueva
España e islas de la tierra firme, 2 V. (México, Banco
Santander, 1990), C. 74, V. 1, p. 321. Véase también Arriaga, La ciudad..., 85 y
ss.
23 Actas
de Cabildo del 31 de julio de 1528. Bejarano,
ed., Actas de
cabildo..., Primer Libro, 176 y 177. Sobre los juicios de
Betanzos, véase Richard Greenleaf, La Inquisición en Nueva España.
Siglo XVI (México: Fondo de Cultura Económica, 1981), 21 y ss.
24 Díaz del Castillo, Historia verdadera..., C.
CXXVIII, 257.
25 Francisco Baca
Plasencia, "El paseo del pendón en la ciudad de México en el siglo
XVI" (tesis de maestría, Universidad Iberoamericana, 2009), 62 y s.
26 Acta
de cabildo del 31 de julio de 1528 y del 11 de agosto de 1529. Bejarano,
ed., Actas de
cabildo..., Primer Libro, 176 y 250.
27 Motolinía, Historia de los indios..., t.
1, C. 15, 67 y ss.
28 El
23 de octubre de 1531 se recibió la cédula real del 28 de mayo de 1530; fue la
única vez que la corona intervino en el protocolo de dicha fiesta. Baca Plasencia,
"El paseo del pendón...", 41 y s.
29 Según
cuenta fray Toribio de Motolinía, "fue menester darles también a entender
quién era santa María, porque hasta entonces solamente nombraban María o santa
María, y diciendo este nombre pensaban que nombraban a Dios, y a todas las
imágenes que veían nombraban santa María". Motolinía, Historia de los indios..., t.
I, C. 4, 24.
30 Torquemada, Veintiún libros rituales..., l.
X, C. 7; l. III, 357.
31 Algunos
autores ponen en duda que la imagen venerada en el Tepeyac haya sido originalmente
la de la virgen de Guadalupe de Extremadura, pues en los textos conocidos de la
época no se menciona tal devoción en el Tepeyac, aunque en algunos planos como
el de Uppsala sí aparece una ermita en la base del cerro. Gisela von Wobeser, Orígenes del culto de Nuestra Señora
de Guadalupe (1521-1688) (México: Fondo de Cultura Económica,
2020).
32 Rodrigo Martínez
Baracs, "Fuentes sobre la primitiva ermita del Tepeyac", en
Doris Bieñko de Peralta y Berenise Bravo Rubio, coords., De sendas, brechas y atajos.
Contexto y crítica de las fuentes eclesiásticas, siglos XVI-XVIII (México:
Instituto Nacional de Antropología e Historia, Escuela Nacional de Antropología
e Historia/Secretaría de Educación Pública, Programa de Mejoramiento del
profesorado, 2008), 242 y ss.
33 Díaz del Castillo, Historia verdadera..., C.
CCX, 583.
34 Díaz del Castillo, Historia verdadera..., C.
CXCV, 523-524; Martínez, Hernán Cortés, 501
y s.
35 Rossend Rovira
Morgado, San
Francisco Padremeh. El temprano cabildo indio y las cuatro parcialidades de
México-Tenochtitlan (1549-1599) (Madrid: Consejo superior de
Investigaciones Científicas, 2017), 65 y ss.
36 Charles Gibson, Los aztecas bajo el dominio español
(1519-1810) (México: Siglo XXI Editores, 1977), 379 y ss.
37 Estas
alianzas de los frailes con la elite tlatelolca pudieron responder a un
alejamiento respecto al gobierno indígena de Tenochtitlan ocupado por no-nobles
cercanos al clero secular y a que los descendientes de Moctezuma se aliaron con
dominicos y agustinos. Jessica Ramírez,
"Al sureste de la ciudad de México, 1524-1542: articulación socioespacial
entre españoles, indígenas y clérigos seculares" (en prensa). Mundy, La muerte de Tenochtitlan..., 366
y s.
38 Entre
los numerosos estudios sobre el colegio se puede consultar José María
Kobayashi, La
educación como conquista. Empresa franciscana en México (México:
El Colegio de México, 1974).
39 Miguel León
Portilla y Carmen Aguilera, Mapa de México Tenochtitlan y sus
contornos hacia 1550 (México: Secretaría de Cultura/Ediciones
Era, 2016).
40 Agustín de
Vetancurt, Teatro
Mexicano. Descripción breve de los sucesos ejemplares históricos, políticos,
militares y religiosos del Nuevo Mundo occidental de las Indias (México,
Porrúa, 1982 [México, 1698]), t. III, 124.
41 Francisco Morales,
"Santoral franciscano en los barrios indígenas de la ciudad de
México", Estudios
de Cultura Náhuatl, V. 24 (1994): 351-385, 356. Es muy
significativo que para fines del siglo XVI la advocación de Moyotlan haya
cambiado a San Juan Bautista, cuya fiesta, en plena época de lluvias, era la de
más "ruido y tropel". Torquemada, Veintiún Libros rituales..., l.
XVII, C. 9; VI, 340.
42 Luis Reyes García,
ed., ¿Cómo te
confundes? ¿Acaso no somos conquistados? Anales de Juan Bautista (México:
Biblioteca Lorenzo Boturini del Museo de la Basílica de Guadalupe/Centro de
Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, 2001), 223. En
adelante este texto se citará como Anales
de Juan Bautista.
43 Jessica Ramírez,
"Las nuevas órdenes en las tramas semántico-espaciales de la ciudad de
México, siglo XVI", Historia
Mexicana, V. 63, n. 3 (251) (enero-marzo 2014): 1015-1075.
44 Josefina Muriel, Hospitales de Nueva España, V.
I (México: Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de
Investigaciones Históricas, 1956), 202-203.
45 Edmundo O'Gorman, Destierro de sombras. Luz en el
origen de la imagen y culto de Nuestra Señora de Guadalupe (México:
Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones
Históricas, 1991), 73 y ss.
46 Magnus Lundberg, Unificación y conflicto: la gestión
episcopal de Alonso de Montúfar, OP, arzobispo de México, 1554-1572 (México:
El Colegio de Michoacán, 2009), 246.
47Anales
de Juan Bautista, 153.
48 José Miranda
Godínez, Dos
cultos fundantes: Los Remedios y Guadalupe, 1521-1649 (Zamora:
El Colegio de Michoacán, 2001), 46, 295 y ss.
49 Alejandro Cañeque, Un imperio de mártires. Religión y
poder en las fronteras de la monarquía hispánica (Madrid:
Marcial Pons, 2020).
50 Pedro de Morales, Carta [...] en que da relación de la
festividad que en esta insigne ciudad de México se hizo este año de setenta y
ocho en la collocación de las Santas Reliquias que nuestro muy sano padre Gregorio
XIII les embió, ed. de Beatriz Mariscal (México: El Colegio de
México, 2000). La mención a su reliquia se encuentra en la página 19. San
Hipólito en la descripción del primer arco triunfal, páginas 29 y s.
51 Solange Alberro, El águila y la cruz. Orígenes
religiosos de la conciencia criolla. México, siglos XVI-XVII (México:
Fondo de Cultura Económica/El Colegio de México, 1999), 87 y ss.
52Anales mexicanos citados
por Miguel León
Portilla, Los
franciscanos vistos por el hombre náhuatl. Testimonios indígenas del siglo XVI (México:
Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones
Históricas, 1985), 60. Esta figura ya se había representado en un paño
utilizado en la fiesta de san José el 19 de marzo de 1577.
53 Archivo
Histórico de la Ciudad de México, Actas
de Cabildo, 15 de octubre de 1593. Citada por Arriaga,
"La ciudad de México...", 222.
54 Sobre
el carácter guerrero de la virgen se puede consultar el artículo de Víctor Mínguez
Cornualles, "Iconografía de Lepanto. Arte, propaganda y representación
simbólica de una monarquía universal y católica", Obradoiro de Historia Moderna, n.
20 (2011): 255-284. Es sintomático que la celebración de la batalla de Lepanto
en México en 1572 se hizo coincidir con la fiesta de Santiago el 25 de julio.
55 Véase Rosario I. Granados,
"Escribiendo lo sagrado: texto y contexto de las dos primeras crónicas
marianas de América", Colonial
Latin American Review, V. 28, n. 3 (2019): 367-395. Esta
autora señala que el libro había sido escrito varios años atrás, pero no se
pudo publicar por falta de fondos.
56 Jaime Cuadriello,
"Tierra de prodigios. La ventura como destino", en Los pinceles de la historia. El
origen del Reino de la Nueva España (1680-1750) (México: Museo
Nacional de Arte/Banco Nacional de México/Consejo Nacional para la Cultura y
las Artes/Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones
Estéticas, 1999), 180-227. El autor de las pinturas fue Alonso de Villasana y,
junto con las escenas de la conquista también se describían el traslado de la
imagen a la capital en 1577 y la laboriosidad de los ángeles representados como
alarifes constructores del santuario, cuya aparición se repetía cada año el día
de san Hipólito, 13 de agosto.
57 Luis de Cisneros, Historia de el principio y origen,
progressos, venidas a México y milagros de la Santa Ymagen de Nuestra Señora de
los Remedios, extramuros de México, edición moderna de
Francisco Miranda (Zamora: El Colegio de Michoacán, 1999 [México: Imprenta de
Juan Blanco de Alcázar, 1621]), l. I, C. 2, 21 y ss.
58 Miranda, Dos cultos fundantes..., 188-203.
59 Miguel Sánchez, Imagen de la virgen María madre de
Dios de Guadalupe, celebrada en su historia con la profecía del capítulo doce
del Apocalipsis. Uso la edición de Ernesto de la Torre Villar
y Ramiro Navarro, Testimonios
históricos guadalupanos (México: Fondo Cultura Económica,
1999), 251 y s.
60 Miguel Sánchez, Imagen de la virgen María..., 159-163
y 232-233. Iván Escamilla ha
trabajado este tema en un artículo de próxima aparición: "La conquista de
México en la construcción retórica de la historicidad del relato guadalupano".
Agradezco al autor el haberme facilitado este novedoso trabajo en prensa.
61 Miguel de Bárcena
Valmaseda, Relación
de la pompa, festiva y solemne colocación de una santa y hermosa cruz de piedra
que el Illmo. Sr. Don Juan de de Mañozca, arzobispo de México..., trasladó al
cementerio de esta iglesia Catedral (México: s/e, 1648).
62 Arias de Villalobos, Canto intitulado Mercurio. Dase
razón en él, del estado y grandeza de esta gran ciudad de México Tenochtitlan.
Desde su principio, al estado que hoy tiene; con los príncipes que le han
gobernado por nuestros reyes, publicado como México en 1623 por
Genaro García, Documentos
para la historia de México, t. XII (México: Viuda de Ch.
Bouret, 1907). Sobre Santiago dice: "Y aquí el sin par Santiago Matamoros
/ con sangre infiel manchó sus limpios poros. / Aquí, hollando, en su frisón
potranco, / la tierra de cristianos enemiga, / con la idólatra tinta firmó en
blanco / la fe, entonces en grano, y ya en espiga". Villalobos, Canto intitulado..., 248.
63 El
martirio de san Hipólito también servía como referente a Villalobos para
exaltar al fraile criollo Felipe de Jesús, por entonces en vías de ser
beatificado, quien mostraba que esta tierra, apenas un siglo antes pagana y
practicante de sacrificios humanos, ofrendaba ahora a Cristo la sangre del
martirio de uno de sus hijos sacrificado en el Japón.
64 Jaime Cuadriello,
"El origen del Reino y la configuración de su empresa. Episodios y
alegorías de triunfo y fundación", en Los pinceles de la historia. El origen del Reino de la
Nueva España (1680-1750) (México: Museo Nacional de Arte/Banco
Nacional de México/Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Universidad
Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas, 1999),
50-107, 96 y s.
65 Desde
1653 fue dedicada una capilla a san Miguel y los santos ángeles en la catedral
y a fines del siglo un enorme lienzo del arcángel guerrero pintado por Juan
Correa decoró el muro poniente de la sacristía.
66 Vetancurt, Teatro mexicano..., 88.]
67 En
el códice Aubin se da la noticia de que entre 1557 y 1558 se construyó el
templo de san Miguel, muy probablemente el de la base del cerro. Byron McAfee y
Roberto Barlow, "Segunda parte del códice Aubin", en Andrés Lira y
Eduardo Matos, eds., Tlatelolco
a través de los tiempos (México: Academia Mexicana de la
Historia/El Colegio de México/El Colegio Nacional, 2018), 573.
68 Torquemada, Veintiún libros rituales..., l.
XV, C. 43; v. 174 y ss.
69 William Taylor, Ministros de lo sagrado. Sacerdotes
y feligreses en el México del siglo XVIII, V. II (México: El
Colegio de México/El Colegio de Michoacán/Secretaría de Gobernación, 1999), 402
y 406.
70 Cayetano Cabrera
Quintero, Escudo
de armas de la ciudad de México, edición facsimilar moderna
(México: Instituto Mexicano del Seguro Social, 1981 [México, 1746]), l. II, C.
VI, 150 y 151.
71 Cabrera Quintero, Escudo de armas de la..., l.
III, cap. VI, 255. El presbítero señala que a raíz de la gran epidemia de 1737
esas peleas se terminaron.
72 Mundy, La muerte de Tenochtitlan..., 340.
73 Jaime Cuadriello,
"El origen del Reino...", 65 y ss; Antonio Rubial, 1523-1823: la conquista y sus
personajes a través del tiempo, Colección Miradas a la
Historia (México: Academia Mexicana de la Historia/Secretaría de Educación
Pública, 2021).
Sobre
el autor
Antonio
Rubial García
Profesor emérito de
la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México
(UNAM). Doctor en Filosofía y Letras (Universidad de Sevilla) y doctor en
Historia (UNAM). Autor de numerosos libros y artículos sobre la sociedad y la
cultura en la Nueva España, con especial interés en la historia de la Iglesia y
del cristianismo y en la construcción de las identidades durante el periodo
virreinal. Autor de los libros Monjas, cortesanos y plebeyos. La vida
cotidiana en la época de sor Juana (2005); Profetisas y
solitarios (2006); El paraíso de los elegidos (2010); La
justicia de Dios (2011). El cristianismo en Nueva España (2020)
y coordinador y coautor del libro La Iglesia en el México colonial (2013-2021)
Miembro de número de la Academia Mexicana de la Historia desde 2010.










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