La
literatura española en el siglo XIII
Como se sabe, organizar el material
histórico por siglos es una pura convención. No se puede pretender que esos
cien años limiten la realidad y, naturalmente, no lo hacen. En ese sentido, el
siglo XIII, como cualquier otro, presenta procesos incompletos, tendencias y conclusiones
cuyos desarrollos se escapan en un sentido o en otro. Ahora bien, suele haber
un núcleo que presenta caracteres definitivos y constituye una unidad cultural.
En nuestro caso, el núcleo creo que puede ser la época que va de 1212 a 1270, o
quizá, a 1284, año en que muere Alfonso X.
La actividad cultural no es
independiente del resto de las actividades. Se puede decir que, en general, el
arte o la literatura coinciden en su desarrollo y manifestaciones con el
proceso político. Así, por ejemplo, la fundación del Estudio General de Palencia
coincide, más o menos, con la batalla de las Navas; el impulso expansionista
subsiguiente, con la fundación de las Universidades de Salamanca y Valladolid.
En arte, el gótico comienza a desarrollarse en la Península desde 1220,
aproximadamente, aunque no llegue a conseguir obras definitivas como son la
catedral de Burgos (iniciada en 1222 y consagrada en 1260) o la de León (
acabada más tarde).Esto nos indica que en la historia no se producen cambios
radicales ni aislados, sino evoluciones más o menos rápidas que, en un momento
determinado, se manifiestan; por otra parte, los cortes no suelen ser radicales
; durante un cierto tiempo, las situaciones viejas pueden coexistir con las
nuevas. Por ejemplo, el románico sigue utilizándose en España casi durante todo
el siglo XIII.
Si tuviéramos que señalar las
características que definen al siglo XIII, al menos en su período central,
podríamos decir que destaca el afán totalizador, el deseo de abarcar la
totalidad de lo existente y, al mismo tiempo, la tendencia a organizar la totalidad,
a fundar un orden permanente que recubra el conjunto de los aspectos
considerados y los unifique desde un solo criterio o perspectiva. Naturalmente,
se trata de una tendencia, no de un logro (que es imposible) y, por ello, son
muy claras las tensiones que el intento produce. El desgarramiento que provocan
las fuerzas opuestas tiene lugar en los últimos años del siglo XIII y primeros
del XIV.
La tendencia a sistematizar la realidad
parece organizarse en un esquema dual y un tanto maniqueo donde cada una de las
partes debe estar perfectamente definida por sí misma y en oposición a su
contrario. El enfrentamiento moro/cristiano acude inmediatamente al
pensamiento, lo mismo que los debates o el arco ojival. Ahora bien, no todo se
presta a este tipo de sistematización y, en literatura, los arrastres de
situaciones ya superadas son importantes, lo mismo que las tensiones entre lo
viejo y lo nuevo. No debemos olvidar que la Península (salvo Cataluña) muestra
un considerable retraso en esta época con respecto a la Europa culta, a causa,
sin duda, de las invasiones almorávides y almohades. El atraso se recupera en
gran parte durante el siglo que nos ocupa; es una aceleración del ritmo
histórico que hace más visibles las tensiones y contrastes.
Puestos a exponer la literatura del
siglo XIII, podemos aceptar la común división entre prosa y verso,
especialmente cómoda porque el siglo que nos ocupa no ofrece casos de doble
clasificación, salvo la Historia troyana que combina
ambas formas. Dentro del verso se suele distinguir entre obras de clerecía y
juglarescas; aquéllas escritas por autores cultos, esto es, por clérigos (sean
religiosos o no), exhiben normalmente un orgulloso distanciamiento respecto a
las juglarescas aunque, en ocasiones, la distancia sea mucho menor de lo que
parece, se limita a la forma de la versificación. En cualquier caso, comenzaré
por exponer las obras juglarescas, es decir, las que no están escritas en
cuaderna vía (como las de la clerecía), independientemente de que el contenido
sea culto o popular.
Lo poco que conocemos de la literatura
del siglo XII muestra un fuerte influjo francés, recordemos, por ejemplo,
el Auto de los reyes magos o la Disputa del alma y del cuerpo. Este influjo se
mantiene en los primeros años del XIII, aunque a lo largo de esta centuria vaya
desapareciendo hasta casi desaparecer. A pesar de ello, los ecos de esta
influencia se pueden detectar todavía en algunas obras del XIII. Ahora bien,
hay algunas obras que difícilmente se dejan clasificar ya que no pertenecen a
ningún género de forma decidida ni les conocemos antecedentes inmediatos. Esto
es lo que sucede con la primera parte de la Razón de amor con 'los denuestos
del agua y el vino.
La Razón de amor o Siesta de abril, que con los dos
nombres se conoce, es una obra que se supone escrita en los primeros años del
siglo, quizá hacia 1205. Parece haber sido escrita en zona aragonesa, aunque
presente algunas formas castellanas en el vocabulario. Es un poema enigmático,
de difícil interpretación en todos los sentidos y aspectos: la primera parte es
un extraño episodio amoroso mientras la segunda expone un típico debate (aquí
sobre el agua y el vino) sin mayores problemas y sin conexión argumental con la
parte primera. Mucho se ha discutido sobre la unidad del conjunto que, es
cierto, forma un conjunto de tacto pero no en cuanto a argumento, tono o
estilo. En mi opinión, se trata (o se trataba) de dos poemas diferentes que un
refundidor (probablemente un hombre de Iglesia) ha cosido de manera más bien
torpe pues la transición del uno al otro resulta muy forzada.
La Razón de amor comienza de manera
normal en cuanto concuerda con las formas liricas provenzales o francesas:
Qui triste tiene su coraçon
venga oir esta razón.
Odrá razón acabada,
feita d'amor e bien rimada.
Un escolar la rimó que siempre dueñas amó;
mas siempre hobo criança
en Alemania y en Francia,
moró mucho en Lombardía
pora aprender cortesia.
A partir de este momento empiezan
los problemas: la composición se presenta en forma autobiográfica, en primera
persona, como las pastourelles líricas, lo que constituye un
caso excepcional en la literatura española de la época, y aun de mucho después.
El autor se muestra orgulloso de su obra, acabada y bien rimada; sin embargo,
ni lo uno ni lo otro se cumple ya que, por un lado, el sentido es ambiguo y,
por otro, los errores técnicos son muy numerosos: la rima consonante alterna,
en ocasiones, con la asonante, los pareados dejan paso a grupos de tres versos,
y la medida no siempre es regular. No parece, pues, muy justificado el orgullo
«clerical» del escolar cuando afirma: «Es clérigo e non caballero, / sabe
muito de trovar / le leyer e de cantar».
Hay otros aspectos peculiares en la obra
que nos ocupa, por ejemplo, que los enamorados no se conozcan, no se hayan
visto nunca hasta ahora: su relación ha tenido lugar a través de un mensajero y
sólo han cambiado regalos. Lo de enamorarse de oídos (habitualmente por fama)
no es exclusivo de este poema, aunque sí es muy raro, y rarísimo en nuestra
literatura. La dama se describe según los tópicos al uso, salvo uno de difícil
interpretación: «Cabelos cortos sobr'el oreja», cuando lo habitual son los cabellos
largos; largos y sueltos, por lo menos en las doncellas.
Pero lo más extraño de la Razón de amor son algunos
versos en los cuales aparecen elementos decididamente irreales (mágicos, quizá)
que contrastan con el realismo convencional lírico que es la causa del poema.
La situación es la siguiente: el escolar se encuentra en un huerto (el
típico locus amoenus) donde se dispone a dormir la siesta; en este huerto hay un árbol, un
manzano, en cuyas ramas se encuentra un vaso de vino puesto allí -se nos dice por
la dama para cuando venga su amigo; esto ya es extraño, pero se hace más cuando
leemos: «Qui de tal vino hobiesse / en la mano cuan comiesse, / e d' ello
hobiesse cada día, / nunca más enfermaría». Y la cosa se complica al enterarnos
de que también hay otro vaso, este lleno de agua: «Bebiera d' ela de
agrado / mas hobi míedo que era encantado», nos dice el escolar.
Hay algunos otros elementos de este tipo
pero lo cierto es que después, a partir del verso 52, la obra se desarrolla a
la manera convencional, narrando el encuentro de dos enamorados a la manera
cortés hasta el verso 145, donde encontramos un final disturbador: tras la
marcha de la dama, el escolar queda solo y triste, y dice : «Por verdat
quisieram'adormir, / mas una palomela vi; / tan blanca era como la niev del
puerto, / volando viene por medio del huerto, / un cascabiello dorado / trai al
pie atado. / Quando en el vaso fue entrada / e fue toda bien estoyada, / ela
que quiso exir festino, / vertios el agua sobre' l vino» ; y aquí acaba
la historia.
Ante todos estos problemas, se han
propuesto todo tipo de interpretaciones, en especial de carácter simbólico o
alegórico, desde las que ven en la Razón de amor un contenido
religioso (la dama sería la Virgen, o la Gracia, o la Iglesia; la paloma el
Espíritu Santo, etc.) hasta los que propugnan un sentido erótico. Resulta
realmente difícil decidirse por cualquier interpretación porque todas dejan
puntos oscuros. Es posible que la Razón de amor fuera, en un
principio, un poema amoroso normal y que alguien (quizá el mismo que lo cose al
debate del agua y el vino} interpolara algunos versos, suprimiera o modificara
otros, con el fin de volverlo a lo divino y de conectarlo con el debate. Esto
podría explicar las disonancias argumentales y los errores de versificación. En
cualquier caso, el poema ofrece -tal y como le conocenos un aspecto extraño y
enigmático, casi simbolista.
Los Denuestos del agua y
el vino es una obra que entra dentro de la dicotomía medieval que ya
señalamos en la que se enfrentan dos realidades distintas presentadas como
opuestas. Esto da ocasión para señalar las excelencias y defectos de cada una
de ellas. En este caso, la disputa no tiene ni vencedor ni vencido ya que el
conflicto se resuelve por vía de sublimación religiosa: el agua sirve para el
bautismo, el vino para la consagración, Con ello queda de manifiesto el
carácter clerical del debate, aunque no sea obra «de clerecía» ni esté escrita
en alejandrinos. En otros debates sí hay vencedor y vencido, como es el caso de
la Disputa entre un cristiano y un judío, pero lo normal es que las fuerzas
estén más equilibradas, como es lógico si se quiere que el debate tenga algún
interés y permita el ejercicio de la lógica y la retórica: el debate, la
discusión, es la forma normal de la disputa escolástica, no sólo una ficción
literaria.
Debate cortesano
Elena y María es un
debate narrativo en el que el autor dirige el relato e introduce las
intervenciones de las dos hermanas. Fue escrito hacia 1280, mucho más tarde que
los Denuestos del agua y el vino, poema con el que coincide en la forma
ya que también son versos pareados, octosílabos irregulares, y la rima es consonante,
aunque haya muchos casos de asonancia. Se conservan 402 versos, pero falta el
principio y el final.
El carácter de esta disputa está más
cerca del debate cortesano (ampliamente usado en la lírica provenzal) que del
escolástico. Ellas mismas dicen: «Somos hermanas e fijas de algo / .../
el mío es defensor, / el tuyo es orador» , situando a sus respectivos
enamorados en los dos estamentos superiores de la Edad Media (el tercero, el de
los labradores, ni aparece). Además, las contendientes, a la manera
caballeresca, exigen la sumisión feudal de la vencida. En cualquier caso, el
enfrentamiento no se produce tanto entre Elena y María como entre el clérigo y
el caballero a través de ellas. Si se prefiere, se puede plantear la oposición
armas y letras, tema que, como se sabe, tendrá gran desarrollo en épocas
posteriores. No hay más que recordar a Juan de la Encina o a Cervantes, quizá
también a D. Juan Manuel aunque para él no hay oposición entre unas y otras.
Elena es la enamorada del caballero,
María del abad. Cada una de ellas defiende su opción al mismo tiempo que ataca
la ajena. Es curioso notar cómo los ataques son genéricos, objetivos y tópicos,
mientras las alabanzas adquieren un tinte claramente subjetivo: expresan lo que
siente la enamorada, por ejemplo, dice Elena del caballero : «Cuando del palacio
llega, / Dios qué bien semeja!». Los ataques contra el abad se centran
en su afición por el dinero y la comida, al poco trabajo y a la gordura. Son
temas goliardescos que, en boca de María, se truecan en ventajas. Por contra,
el caballero siempre está sin dinero, pidiendo prestado como recuerda
María: «Ca más val seso e mesura / que siempre andar en locura, / como el tu
caballerón / ha vida de garçon. / Cuando al palacio va / sabemos vida que le
dan: / el pan a ración, / el vino sin sazón; / sorrie mucho e come poco, / va
cantando como loco». Estos detalles tan realistas se refieren, sobre todo, a la vida del caballero,
pero también aparece en otros aspectos de la realidad, como en esta referencia
a los francos: «Cuando no tien' que jogar / ni ál ha que tornoar, / vay ela siella
empeñar / a los francos de la cal, / el freno e el albardón / dalo a su
rapagón, / que lo vaya a vender / e empenar para comen».
Pero es el caballero quien resulta más
simpático. Del abad dice Elena: «Lo que tú has de gastar, / ante la
eglisa honrada lo ha a ganar; / vevides como mesquinos, / de alimosna de
vuestros vezinos / .../ Non mando dar a las puertas / nin a hospitales de los
pobres».
Como faltan los versos finales en el
manuscrito, no sabemos quién gana el debate: las dos hermanas deciden aceptar
al rey Oriol como árbitro para que falle el pleito, pero antes de que pronuncie
acaba la obra. Se puede, sin embargo, suponer la victoria del caballero, dado
el carácter de la corte del rey Oriol, allí «homne no faz otro
labor / senon cantar siempre de amor; / cantar e deportar / e viesos nuevos
contruvar...».
Poemas hagiográficos
Junto a los debates,
encontramos poemas narrativos de carácter hagiográfico, escritos también en
pareados irregulares como aquéllos. Se dice que son obras de juglaría aunque el
tema sea religioso; no obstante, hay un esfuerzo perceptible por acceder a un
nivel superior al estrictamente juglaresco. Así, por ejemplo, el autor de Vida de Santa Maria
Egipciaca advierte: «Si escuchades esta palabra / más vos valdra que
una fabla».
Esta Vida de Santa María Egipciaca
consta de 1.451 versos irregulares agrupados por parejas mediante la rima. Pudo
ser escrito a principios de siglo. El poema retoma y rehace la historia de
Maria Magdalena; el tema es muy frecuente en las literaturas romances y en
latín. Según Alvar, el autor español sigue un poema anglo-normando.El
tema es el de una pecadora arrepentida que dedica su vida a hacer penitencia en
el vicio. La obra se organiza sobre un y doble contraste: la belleza
física de la primera época contrasta con la fealdad de la arrepentida, incluso
se hace la comparación expresa: «Toda se mudó d' otra figura / que non ha paños nin vestidura. /
Perdió las carnes e la color, / que eran blancas la flor; / e los sus
cabellos, que eran rubios, / tornaron blancos e suzios. / Las sus
orejas que eran albas, / mucho eran negras e pegadas».
Pero más que la descripción directa de
la belleza, resulta expresivo el detalle de su forma de calzarse: «Nunca calçaba
otras çapatas / sino de cordobán entretalladas, / pintadas con oro e con
plata, / cuerdas de sedacon que las ata». El segundo contraste se da entre el
alma pecadora y el alma ya purificada tras la penitencia a que entrega el
cuerpo; quizá se pudiera encontrar otra oposición, la que se produce entre la
forma juglaresca y la abundancia de cultismos léxicos. Aunque no hay debate,
las tensiones y contrastes están perfectamente definidos a lo largo de la obra.
A pesar de los que se
ha dicho el Libre dels tres reys d'Orient no tiene de provenzal o catalán
más que el título,problamente añadido después de la redacción del poema y por
otra mano; en el interior de la obra no hay rasgos lingüísticos provenzales o
catalanes definitivos, aunque sí los hay aragoneses, lo que se suele atribuir
al copista. El hecho de que se den nombres de los Tres Reyes Magos parece
remitir también al Este peninsular. Probablemente fue escrito a mediados del
siglo XIII.
Es este un poema muy original en el tema
pues mezcla elementos de todo tipo: evangelios canónicos y apócrifos, tradición
oral, poema de Berceo (especialmente las Loores), etc. No tiene ningún modelo
completo ni concreto. El episodio más curioso es el del milagro que se produce
en la huida a Egipto, cuando la Virgen cura al hijo del ladrón lavándolo
en el agua en que se había bañado a Jesús. Ese niño, sanado por el agua de la
gracia, es Dimas, el buen ladrón que morirá crucificado a la derecha de Cristo.
La obra opone y hace corresponder la infancia de Jesús con el momento de la
Pasión, por ello se ha propuesto para este poema el título de Libro de la infancia
y muerte de Jesús.
A pesar de ser un poema
popularista, las fuentes parciales son cultas, librescas, como corresponde al
tema desarrollado. Se puede pensar tanto en un juglar culto como en el clérigo
ajuglarado que desarrolle las tendencias latentes en la clerecía para acercarse
al pueblo y competir con los juglares en su mismo terreno. Esto explicaría la
abundancia de cultismos léxicos y las referencias al escrito con que el poeta
autoriza su narración. El sincretismo de fuentes no oculta el contraste entre
los dos ladrones que asaltan a la Sagrada Familia, contraste que se repite en
el Calvario: «Dimas fue salvo / e Gestas fue condapnado. / Dimas e Gestas / medio
divina potestas», versos con que acaba la obra.
Para acabar con este tipo de obras,
recordaremos el planto Ay Iherusalem poema en forma paralelística a
raíz del concilio de Lyon de 1274. pérdida de Jerusalén. Es un lamento por la
pérdida de Jerusalén en 1244, y, al mismo tiempo, al mismo tiempo, una obra
propagandística destinada a fomentar una nueva cruzada.
El problema de la originalidad
En la cultura de la
Edad Media. la originalidad no era un valor tan apreciado como lo será en
épocas posteriores. En general. la obra literaria (o la artística) debe
integrarse en los géneros y formas ya existentes, consagrados por la tradición
y la autoridad. tal y como han sido definidos por las poéticas y retóricas
clásicas. El autor reconoce y produce el orden colectivo. supraindividual. del
que su obra será otra manifestación entre las muchas posibles.
La conciencia artística personal aparece
tarde. Quizá sea D. Juan Manuel (12841348) el primer escritor que se plantea
los problemas de la creación literaria de manera teórica y consciente. Por una
parte, D. Juan Manuel copia él mismo sus obras para depositarlas en el convento
de Peñafiel, fundado con tal fin; por otra. frente a Berceo o frente a Alfonso
X no se limita a tomar sus datos de fuentes escritas, acude también a su
experiencia personal. Ahora bien, la perfección de sus obras sólo afecta a la
escritura, al estilo como hecho artístico personal, pero no a la materia ya que
-según él- la realidad es inabarcable e imprevisible por su variedad.
En consecuencia, D. Juan Manuel dejará
sin terminar algunas de sus obras, para poder ir añadiendo nuevas experiencias
y datos según se vayan produciendo. La actitud de D. Juan Manuel, que es un
caso excepcional ya decididamente inclinado hacia el siglo XIV, es un ejemplo
claro de la pérdida de los modelos generales y abstractos de los que los casos
particulares sólo serían realizaciones o emanaciones, como lo son los milagros
de Berceo respecto a un principio único. Pero todavía no se ha producido esta mutación;
los escritores del XIII siguen por pautas previamente marcadas, aunque, dentro
de ellas, se permitan más o menos variedades personales.
El Mester de Clerecía
El origen de la
palabra mester es la voz latina ministerium (actividad,
oficio) ; clérigo es cualquier persona dedicada a la cultura. En este sentido, la
clerecía es la depositaria de la cultura escrita. Cuando los eclesiásticos
comprenden que la mayoría de la población no entiende ya el latín, deciden
ejercer su influencia didáctica en romance. Como es natural, el mensaje que los
clérigos quieren transmitir al pueblo no debe confundirse con el juglaresco. El
tema no es suficiente ya que hay poemas juglarescos de tipo religioso, y poemas
clericales de asunto profano. Por esto, los clérigos deben marcar también en la
forma el nivel superior a que pertenece el mensaje eclesiástico; para señalar
esa diferencia, usan el alejandrino o cuaderna vía: es una estrofa de
cuatro versos de catorce sílabas con una fuerte cesura entre la sílaba séptima
y octava; los cuatro versos riman en consonante, como antes se decía en rima
perfecta.
Gonzalo de Berceo es el primer
autor en romance de quien tenemos datos seguros. Debió nacer hacia 1198. Fue
educado en el monasterio de San Millán, donde residió toda su vida. La
vinculación de Berceo a su monasterio es fundamental para entender su obra:
sólo escribe sobre temas religiosos, ya sean litúrgicos, doctrinales o vidas de
santos. En este último caso son siempre santos relacionados con el monasterio
de san Millán o con el de Silos. Por contra, a Berceo no le interesan los
hechos que se producen fuera de su ámbito inmediato. Nada dice en sus obras de
los grandes acontecimientos históricos que se producen en su época: ni el
hambre de 1143 ni las guerras de Andalucía (reconquista de Córdoba, batalla de
las Navas, etc.) se reflejan en su obra. Su actividad es fundamentalmente la de
un propagandista de su monasterio, sus obras se dirigen a aumentar la
influencia y prestigio de san Millán.
Berceo siempre escribe en cuaderna vía,
y para escribir las vidas de los santos (san Millán, santo Domingo, santa Oria)
adopta el modelo narrativo de las Vitae Patrum, género muy
desarrollado en la Edad Media. También acude a otro género característico,
la Oratio que le proporciona el modelo para varias partes de sus escritos.
Los Milagros siguen el camino marcado por la Legenda Aurea, se conoce una
colección de milagros en latín que coincide con los de Berceo salvo en un caso.
Nuestro autor, como es lógico, no sólo no oculta que traduce, sino que lo
exhibe como prueba de la verdad de sus historias. Otra cosa es que amplifique,
adorne, etc.
Normalmente se acepta que Berceo tiene
un estilo llano, popular. En general, esto es cierto, pero no hay que olvidar
que en sus versos son también muy frecuentes los latinismos, lo que contrasta
con las muy frecuentes comparaciones referidas a la vida en sus formas más
elementales: frío, calor, trabajos del campo, comida, etc. Estas comparaciones
son muy reveladoras de la preocupación de Berceo por acercarse a sus oyentes
sin abandonar sus propias posiciones, por tender un puente entre ambas riberas.
Esa preocupación también se manifiesta en la manera de presentar sus obras cuyo
texto organiza como si fuera oral, entre planos perfectamente diferenciados: 1)
autor-narrador; 2) narración; 3) oyentes. Y a este público, como si estuviera
presente, se dirige Berceo desde el texto con vocativos del tipo señores e amigos. El autor forma
grupo con ellos, todos juntos forman la comunidad: «Varones e migieres,
cuantos aquí estamos / todos en tí creemos ya ti adoramos», «digna tu bendición
dar en este convento» (convento significa reuni6n de personas), etc.
Entre lo maravilloso y lo
cotidiano
La aproximación de
Berceo a sus oyentes, lo mismo que el tipo de comparaciones que utiliza, nos
indica que su actitud no está tan lejos de la juglaresca como se podría pensar.
Además, Berceo se denomina a sí mismo juglar, trovador de la Virgen, etc. Está claro
que Berceo no es un juglar, pero, manteniendo la forma de la cuaderna vía y
tema de su escrito, como individuo. trata de ponerse a la altura de sus
oyentes. Así, en ocasiones, valora su texto desde la perspectiva del auditorio.
como en este caso de los Milagros :
Amigos, si quissiésedes un poco
atender,
un precioso miraclo vos querría leer:
quando fuere leído avredes grand placer
precíarlo edes más que mediano comer.
Ahora bien, la actitud
juglaresca de Berceo aparece sólo en algunos momentos y no caracteriza el tono
general de su obra. Además, hay que notar, como actitud decididamente clerical,
las constantes referencias que Berceo hace al escrito, a la obra escrita que
sigue como modelo y guía, y en ocasiones señala la diferencia que le separa de
la juglaría oral: «Pedro era su nomne de esti cavallero / el escrito
lo cuenta, non joglar ni cedrero» (Santo Domingo). Parece que
cuando Berceo habla de su propia persona no tiene inconveniente en
popularizarse. Sin embargo, cuando cuenta un milagro, por ejemplo, procura
prestigiar la narración, autorizarla mediante la referencia al escrito.
Si, en el estilo, los cultismos
contrastaban con las comparaciones inmediatas, en el tema de sus obras lo
maravilloso contrasta y se inserta en lo cotidiano. Por ejemplo, la Virgen
es «Madre del pan de trigo». En general, las comparaciones y
asociaciones que Berceo utiliza suelen organizarse en términos contrapuestos,
creando una oposición tensiva que concuerda con otros aspectos de la obra,
desde los puramente formales (simetrías) hasta la concepción ideológica: los
principios bien/mal, pecado/ gracia, premio/castigo, Virgen/demonios, etcétera,
estructuran su obra.
Por último, como un rasgo característico
de la obra de Berceo hay que señalar el sentido del humor. Se trata de un humor
irónico que busca la sonrisa más que la carcajada.
La sabiduría
El Libro de
Alexandre fue escrito por los mismos años en que Berceo componía los suyos.
Son 10.500 versos, muy perfectos, como corresponde al mester de clerecía en
general, y al autor del Alexandre, en particular, pues
se muestra orgulloso de su arte y de su cultura. Ya desde las primeras estrofas
marca la distancia que le separa de la juglaría.
Mester traygo fermoso, non es de
joglaría;
mester es sen pecado, ca es de clerecía:
fablar curso rímado por la quaderna vía
a síllavas cuntadas, ca es grant maestría.
Las fuentes del poema
son muy variadas. Entre las más importantes podemos señalar el Alexandreis de Gualterio de
Chatillon, el Roman de Alexandre, de Lambert le Tort y Alejandro de París, etc.
Nuestra obra combina la historia de Alejandro con digresiones eruditas y
didácticas, lo que es natural dada la personalidad del protagonista.
La clerescía, la sabiduría, no es
un rasgo anecdótico, sino fundamental en la organización del relato; en el
poema, Alejandro actúa movido por dos razones o motivos: por conseguir fama y
por deseo de saber. La primera aventura la emprende para «buscar aventuras,
su esforçio provar» pero también «fízolo mayormente por las tierras
veyer, /los pasos e los puertos de las sierras saber». Este rasgo de
carácter separa a nuestro Alexandre de sus modelos.
Podríamos decir que el último motivo que impulsa a Alejandro a la acción es la
búsqueda del conocimiento. Así, por ejemplo, va a Etiopía por «veyer dó el sol
nasce, dó nunca fue poblado». Inventa después una especie de submarino,
fabricado con pellejos, para descender al fondo de los mares y «saber qué fazen los
pescados». Montado en una pareja de grifos asciende para ver desde el aire «todo el mundo, cómo
yazié o cuál era» y, una vez en lo alto, «en una hora sopo mientes parar / lo
que todos abades non lo sabrían asman». Episodio, el último, que recuerda
la Historia verdadera de Luciano de Samosata y, sobre todo,
el Icaromenipo.
Cuando Alejandro explica su
comportamiento, dice :
Cuanto ha vemos visto, ante no lo
sabiemos,
si ál no apresiéssemos en balde veviemos
Envionos Dios por esto en aquestas partidas,
por descobrir las cosas que yazién escondidas;
cosas sabrán por nos que non serién sabidas.
Ya el autor del libro lo había señalado :
Asmava el bon home la mar atravesar,
a lo que nunca pudo home, cabo fallar,
et buscar otras yentes de otro semejar,
por sosacar manera nueva pora guerrear.
Saber del sol dó nace, el Nilo de dó mana,
el mar qué trae forcia cuando fier na montaña.
Como se puede ver es
una preocupación lógica y racionalista aplicada a lo que podríamos llamar
ciencias de la naturaleza. Con todo, la atracción que el libro muestra por la
sabiduría, encierra una contradicción: Alejandro ha equivocado el objeto de su
estudio: en lugar de ocuparse de los misterios de la realidad natural,
exterior, debió atender al estudio y conocimiento de su propia naturaleza, en
especial a su alma.
El Poema de Fernán
González, escrito hacia mediados de siglo, es obra de clerecía pero mantiene el
tono épico durante toda la obra.
El Libro de Apolonio consta de 2.624 versos con pocas
irregularidades métricas. Es, quizá, el más antiguo de los poemas de clerecía
conocidos, aunque Pidal lo suponía escrito en la segunda mitad del siglo XIII.
El tema, la leyenda de Apolonio, es una historia o novela de tipo bizantino muy
difundida por toda Europa.
La historia de Apolonio, rey de Tiro, y
de su hija Tarsiana es casi el reverso de la de Alejandro. Los héroes del Libro de Apolonio buscan y
valoran, sobre todo, la vida familiar tranquila, los placeres cotidianos. Casi
podríamos decir que representan el ideal burgués. Las aventuras y peligros que
corren los personajes les son impuestos por las circunstancias, por la fortuna:
naufragios, muertes aparentes, raptos, guerras, etc., provocan la separación de
la familia y los subsiguientes peligros de la búsqueda. El reencuentro,
la anagnorisis, es la meta a la que aspiran los personajes de este tipo de obras. Hay
toda una serie de encuentros y pérdidas más o menos complicados según los
casos. Es esto lo que obliga al narrador a utilizar constantemente la
figura retórica llamada digresssio, esto es, a dejar el
tema o personaje para atender a otro que, como es obvio, se encuentra en otro
lugar y situación, lo que sirve también para crear un efecto de suspense en el
lector. Así, son muy frecuentes este tipo de fórmulas: «En el rey Antiocho
vos queremos tornar», «Dexemos vos la duenya guarde su monasterio / .../ en el rey Apolonio
tornemos el ministerio», «mas dexemos a ella su menester usando, / tornemos en
el padre, que andava lazrado», etc. En cierto modo se pueden
comparar todos estos factores con los que, mucho más tarde, utilizarán los
autores de folletines.
Las aventuras de Apolonio y de su
familia se presentan aquí como trabajos dolorosos impuestos al personaje contra
su voluntad: «Por todos los trabajos que avian venido», «buscando aventuras mucho mal
a sofrido». Y esto no sólo se refiere a un personaje concreto, se presenta como un
hecho de valor general:
Los que aventuras quisieron ensayar,
a las veces perder, a las veces ganar,
por muchas maneras ovieron de pasar,
que quier que les avenga anlo de en durar.
Nunca sabrién los hombres que eran aventuras
si non sufriesen pérdidas o muchas mojaduras;
cuando han pasado por muelles e por duras,
después se tornan maestros e creeen las escrituras.
Como se ve, el fruto
de las aventuras no es la fama ni el saber, sino creer las escrituras o, lo que
es lo mismo, lo establecido desde el principio: es la constatación de que la
autoridad merece el valor que se le da habitualmente. Nada hay en todo esto de
caballeresco; los ideales presentes en esta obra corresponden más a la nobleza
cortesana o a la ideología burguesa. Así, por ejemplo, a lo largo de los 2.624
versos del poema, uno de los elementos centrales es la música, en la que
destaca tanto Apolonio como su hija Tarsiana; también aparece el gusto por las
estatuas y monumentos clásicos, y por la educación convencional: Tarsiana va a
la escuela en cuanto cumple los siete años.
Como resumen de la actitud del autor
ante la vida, podemos reproducir este cuadro de la felicidad perfecta:
De la su alegría, ¿quíén vos podríé
contar?
Todos se renovaron de vestír e de calzar,
entravan en los baños por la color cobrar,
avían los alfagemes príesa de cercenar.
Fumeyaban las casas, fazían grandes cocínas,
traíén gran abundancía de carnes montesínas,
de tocínos e de vacas, recíentes e cecínas;
non costaban díneros capones e gallínas.
Es con esta vida perdida y añorada con
la que contrastan las aventuras padecidas durante toda la obra.
La prosa
Las primeras
manifestaciones de prosa romance aparecen en el Fuero General de
Navarra. Son una especie de narraciones de carácter histórico en dialecto
navarroaragonés, todavía en el siglo XII. A finales de este siglo o principios
del XIII se escribe el Liber regum, también en navarro-aragonés.
Parece que la zona central de la península se adelanta al resto en la
utilización de la prosa romance. Las razones que pudieran explicar este hecho
no están claras. En Castilla, a mediados del XII, también encontramos textos en
prosa y romance, como el fuero de Avilés y otros documentos notariales y
jurídicos. La diferencia entre este tipo de textos y los navarro-aragoneses
estriba en que en los documentos castellanos el contexto no lingüístico está
presente y es fundamental para la comprensión de lo escrito. Por contra, los
textos históricos funcionan de manera autónoma, son mensajes completos en sí
mismos y, en consecuencia, pueden ser considerados como obras literarias.
En la primera mitad del siglo XIII los
casos de historias romanceadas (resumen de la Historia Roderici,
Anales toledanos, etcétera) son todavía excepcionales ya que el gran corpus histórico se
escribe en latín, son las obras del Tudense y del Toledano, esto es, el Chronicon mundi de Lucas de
Tuy, y el De rebus Hispaniae de Rodrigo Ximénez de Rada, arzobispo de
Toledo. Estas dos obras se tradujeron pronto al romance y son, en este y otros
sentidos, el antecedente más próximo de la Estoria de España, de Alfonso X.
La Estoria de España es una obra muy
extensa en cuanto trata de abarcar la totalidad de los hechos, tanto en lo que
respecta al espacio como al tiempo, tanto por la variedad de aspectos
considerados como por las fuentes utilizadas. En cuanto a lo primero, notaremos
que se refiere a España como totalidad, no a un reino particular; por otra
parte, toma los hechos desde el principio pues comienza con la historia de
Moisés, pasando luego a la de España prerromana y a la historia de Roma, donde
ubica la española, etc.; también da cuenta esta obra de los movimientos
sociales, económicos y culturales, siguiendo en esto a Ximénez de Rada quien, a
su vez, lo había aprendido de los historiadores árabes. Las fuentes de la Estoria de España, además de las
señaladas, se extienden desde la Biblia hasta los poemas épicos de carácter
juglaresco; gran interés tiene la utilización de fuentes árabes ya que obliga a
Alfonso X a aceptar otra perspectiva, radicalmente opuesta a la cristiana.
También acude, como fuente de información, a obras clásicas como pueden ser
la Farsalia de Lucano, Los césares de Suetonio
o las Heroidas de Ovidio.
Como es lógico, la elaboración de todos
estos materiales no es obra de rey; el trabajo lo realiza un equipo bajo la
dirección más o menos directa de Alfonso X. Esto mismo sucede en la realización
de la General Estoria, obra más ambiciosa todavía que se emprende cuando
ya habían redactado 400 capítulos de la Estoria de España. Esta obra fue
acabada, al parecer, por Sancho IV de manera apresurada y poco sintética: las
fuentes utilizadas para elaborar la última parte aparecen enteras, como bloques
completos, lo que contrasta con la labor de síntesis y resumen realizada por el
equipo de Alfonso X.
La General Estoria amplía el campo
de la Estoria de España ya que abarca el mundo entero y empieza con
la creación. Como es lógico, dado lo ambicioso del plan, sólo llegó hasta los
padres de la Virgen María, lo que no es poco. El equipo de Alfonso X toma como
base la Biblia pero también se sirve de la mitología clásica: el contraste
entre estas dos fuentes lo resuelven interpretando los mitos clásicos en
términos avemaristas; así, por ejemplo, Júpiter es visto como un rey estudioso
que «sopo muy bien el trivio y todo el cuadrivio que son las siete artes
liberales»; Prometeo fue «un omne muy sabio, et fizo unas imágenes de barro
a figuras de homnes et guis61as por su saber et su maestría que fizo que se
moviessen esas imágenes de barro a andar por sí». Es la tendencia
integradora que lleva a interpretar todo de acuerdo con un criterio único.
Algo semejante encontramos en el Libro de Alexandre, cuando el autor
actualiza las situaciones para adecuarlas a la sociedad medieval: «Otro día mañana, a
misa maytinal / mandó pregonar Héctor congejo general». Esta actitud no es
tanto resultado de la ignorancia como del deseo de unificar la realidad.
Dentro de los estudios literarios se
suelen incluir las obras jurídicas.
Hacia la unificación lingüística
El motivo (como en el
caso de las obras históricas o científicas) es que se toman en cuanto creadoras
o impulsadoras de la prosa romance y, en definitiva, de la lengua castellana.
Si en las obras históricas o científicas Alfonso X encuentra y resuelve en
muchos casos problemas sintácticos y léxicos, en las obras jurídicas el
problema es otro. El fuero de Avilés o los documentos privados afectan a
personas concretas que se encuentran en lugar determinado y, en consecuencia,
hablan la misma lengua. Sin embargo, cuando se intenta unificar las leyes de
las diferentes zonas e integrar los hechos virtuales, surgen los problemas de
interpretación lingüística. Ya Fernando III muestra la tendencia a unificar las
leyes de su reino cuando realiza compilaciones legales como el Libro de los fueros,
Fuero viejo de Castilla o la traducción del Fuero juzgo. Con estas obras
enlaza la labor jurídica de Alfonso X cuya labor había comenzado con el Setenario, cuando todavía era
príncipe. Ya en el trono, realiza el Fuero real, el Espéculo y el código
totalizador de las Siete Partidas.
En la búsqueda de un valor universal
para leyes e historia, los escritores de la cancillería regia se ven obligados
a unificar su propia lengua, a suprimir las formas dialectales, sustituyéndolas
por las más extendidas y aceptadas. Al mismo tiempo, estos textos, avalados por
la autoridad real, son un factor de unificación lingüística para los lectores y
para todos aquellos que redactan documentos en otros lugares ya que toman como
modelo los escritos regios, eliminando las variedades locales. El efecto
nivelador y unificador de los textos escritos es fundamental en la creación de
una lengua oficial para todo el reino, primero, y para toda España, después.
Enumeremos, por último, algunas obras
científicas durante el reinado de Alfonso X, sobre todo las de carácter
astronómico y astrológico: Tablas alfonsíes, Líbro del saber de
astronomía, Libro complido, Lapidario, Libro de axedrez, dados e tablas, etc. En medio de
todo, hay que señalar como hecho trascendental, la creación, y consolidación
bajo Alfonso X, de la escuela de traductores de Toledo que vierte sobre todo
obras del árabe, y, en menor medida, del hebreo. Fue así como entraron en la
Península, y después se difundieron por Europa toda clase de saberes, desde
obras de filósofos griegos hasta textos modernos.
En el siglo XIII se desarrollan las
colecciones de exempla que había iniciado Pedro Alfonso con su Disciplina
clericalis en la centuria anterior. Normalmente, estas obras son traducciones
del árabe y su origen se remonta, en ocasiones, hasta las compilaciones indias.
Alfonso X manda traducir el Calila e Dimna y el Libro de los
engaños. El Libro de la vida de Barlaam y del rey Josapha de la India es la interpretación
cristiana de la leyenda de Buda. La Historia de la doncella Teodor proviene de
las Mil y una noches. Otras obras son el Libro de los cien
capítulos, Libro de los buenos proverbios, Libro de los doce sabios, Bocados de
oro, etc. De fuentes latinas parecen derivar los Castigos e
documentos, escritos a finales del XIII, en el reinado de Sancho IV.
https://www.vallenajerilla.com/glosas/yndurain.htm

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