BREVE SEMBLANZA
DEL
DANZÓN EN MÉXICO
Amparo Sevilla*
El 1° de enero de 1879, hace 139 años, se bailó el primer
danzón en el Liceo de Matanzas (hoy Casa de la Cultura José White). El honor le
correspondió al maestro Miguel Faílde, quien estrenó en esa ocasión su obra
«Las alturas de Simpson». Al nuevo género se le llamó «danzón» por su
estructura y su larga duración. Se afirma que quienes lo bailaron, dijeron:
«eso no es una danza, es un danzón». En la foto: la Danzonera Veracruzana Pazos
(1926).
https://www.imer.mx/xeb/el-primer-danzon-de-la-historia/
Entre los géneros de música bailable de
mayor arraigo en México se encuentra, sin lugar a duda, el danzón. De origen
cubano llegó a esta tierra para fincar hondas raíces en la vida festiva y
cotidiana de un amplio sector del pueblo mexicano.
Por cuanto se refiere a su aparición en
México, no hay acuerdo si fue en 1879 o un año después. En ambos casos, la
fecha de arribo es sorprendente en cuanto a su celeridad, pues cabe recordar
que en ese mismo año fue que Miguel Faílde presentara en Matanzas, Cuba, el
célebre danzón Las alturas de Simpson, que por decreto oficial del gobierno
cubano fue reconocido como el “primer danzón”.
Respecto a su vía de entrada, se suponen
dos formas: a través de los viajeros y exiliados cubanos que constantemente
llegaban a México; y, por la presencia de los ‘bufos’ cubanos quienes desde
1882 hasta 1919 lo interpretaban junto con las habaneras y las guarachas entre
sus actos teatrales.
La primera compañía bufo-cubana surgió en
La Habana en 1868 y rápidamente se crearon seis grupos más, quienes por
presentar chistes y canciones en contra del gobierno español, fueron expulsados
de la isla un año más tarde. Los bufos se desperdigaron por toda la cuenca
caribeña y otros países cercanos llevando, durante aproximadamente treinta
años, «la picaresca, contagiosa y sabrosa de la música cubana» (Díaz, 1998:22-23).
A México llegaron alrededor de 1880 visitando varias poblaciones,
principalmente Mérida, Veracruz y la Ciudad de México.
La forma en la que el danzón se
desarrolló en las primeras dos ciudades, es narrada con detalle por Jesús
Flores y Escalante (1993:5-36). De la amplia información que dicho autor
otorga, nos interesa retomar el dato de que en Yucatán el danzón fue bien
recibido porque «se le confundió con un derivado ‘culto’ de la habanera». Dos
músicos yucatecos, pertenecientes a la llamada casta divina, en 1884 en la
Longa Meridiana— interpretaron dos danzones cubanos que, junto a otros,
formarían parte del acervo de las fiestas aristocráticas. Los sectores
populares después lo llevarían a sus lugares de esparcimiento, practicándolo
tanto en las fiestas religiosas como en las vaquerías y, décadas después, en
los salones de baile, prostíbulos y cabarés, acota el autor citado.
Ángel Trejo (1992:36) al parecer difiere
de esta visión pues, citando al historiador yucateco Miguel Civeira Taboada,
indica que a fines del siglo XIX «no había yucateco que no bailara el danzón,
independientemente de su clase social, pues sus filiaciones iniciales fueron
con el arrabal y con los salones en funciones de burdel». Incluso, continúa
Trejo dicho baile «desempeñó algunas de las tareas comerciales que tenía en
Cuba, pues hubo una temporada en que los danzones se dedicaron a anunciar
mercancías en versos y pregones callejeros» (1992:36). Cabe hacer notar que
Yucatán ha sido cuna de destacados compositores de danzón que adquirieron fama
a nivel nacional, como Guzmán Concha y José Gamboa Cevallos.
Las primeras orquestas que tocaban danzón
en Veracruz surgieron en 1880 y estaban formadas por algunos célebres músicos
cubanos que habían sido expulsados de su país por estar implicados en el
movimiento independentista, nos informa Antonio García de León (1996:40). Por
su parte, Ángel Trejo indica que en ese mismo año se tiene registrada la
«presencia de exiliados cubanos que hacían latir el danzón utilizando barriles
de aceite, a manera de timbales, mientras bordaban su primera bandera nacional
y rehacían fuerzas para combatir a los colonialistas hispanos» en otro puerto
veracruzano: Alvarado (1992:37). Tres páginas después, el mismo autor señala
que «Sigfrido Alcántara ha investigado que la primera vez que se tocó danzón en
el puerto de Veracruz fue en un baile formal organizado en la Lonja Mercantil,
pocos meses después de la desaparición de la muralla» que protegía la ciudad
portuaria, esto es, en 1888 (1992:40).
Después de aproximadamente un cuarto de
siglo, el danzón se había aclimatado en varias poblaciones de la costa jarocha
dando lugar a la aparición de conjuntos musicales integrados por cubanos y
veracruzanos, como fue el caso de Los Chinos Ramírez, quienes para 1907 ya habían
afianzado la tradición danzonera en el puerto jarocho (Flores y Escalante,
1987).
Años después, el danzón cumpliría en esta
ciudad una función similar a la que —durante una época— desempeñó en Cuba, dado
que también acompañó un importante movimiento social: la huelga inquilinaria de
1922. Antonio García de León, en el texto anteriormente citado, analiza
magistralmente dicho suceso e informa que para la ampliación del muelle
contrataron a miles de campesinos veracruzanos y trabajadores cubanos que paulatinamente
se hacinaron en las vecindades de la popular zona de la Huaca, dando como
resultado una “mezcla explosiva”. Dichas vecindades tenían mucha demanda debido
a que en el inicio el siglo XX la población del puerto se duplicó y las rentas
subieron estrepitosamente, a pesar de que eran unas pocilgas, lo cual provocó
una huelga de pagos de rentas que fue acompañada por la armonía danzonera. «En
esos patios se instaló el danzón, el género bailable y musical que daría
identidad a una masa popular jalonada por una nueva crisis de crecimiento y
modernidad» (1996:40). Primero, los bailes se realizaron en dichos patios con
motivo de diversas festividades; de allí, al formarse varias agrupaciones de
bailadores, «la corriente siguió hacia los salones de baile y el carnaval».
(1996:40).
Uno de los salones de baile más famosos
del puerto veracruzano se construyó dentro del fastuoso balneario Villa del
Mar, el cual era visitado por jarochos con mayores recursos económicos que
aquellos que habitaban las famosos “patios danzoneros”. Sobre el recién
inaugurado salón, un cronista veracruzano de la época escribió:
Villa del Mar surge en
nuestra imaginación atrayente y deslumbrante, llena de músicas apasionadas, de
‘danzones chic’, con sus terrazas y palmeras montecarlinas, al alba ondular de
sus mujeres. Y el danzón, el supremo danzón, desposa sus ondas musicales con
las ondas marinas, sobre una gloria de azul y bajo una gloria de sol (El
Universal Ilustrado, 26/VI/1924:14-82).
Al parecer, desde esta época el danzón
pasó a ser parte de la identidad jarocha, sin importar cuál fuera el nivel
económico-social de sus adeptos. Y este género empezó a librar una batalla, al
igual que en Cuba y el resto del país, con otros bailes provenientes del vecino
país del norte. Ambos aspectos son advertidos por un funcionario veracruzano
que, entrevistado en la nota periodística antes citada, declaró lo siguiente:
Hace
cuatro años pude expulsar al Fox de nuestras escuelas, que ya habían sufrido el
contagio, y desde entonces, en vez de recurrir a bailes franceses o
extranjeros, se implantaron resueltamente los bailes propios de nuestra raza:
el tango, el danzón, el jarabe, la jota española... Y si hay algo de que
podamos sentirnos orgullosos en esta Secretaría, es de haber contribuido a formar
una generación que baila en contra de la moda vulgar, generación que baila con
arte y esplendor.
Su majestad el danzón, triunfará
seguramente bajo los emparrados de los bailes populares. Triunfará la danza
jarocha en el corazón de este pueblo bravío y muchas veces heroico. Es
necesario acudir al llamado de la noche tropical. Dejemos los hoteles de lujo,
los jazz-band, el rastacuarismo cosmopolita para sentir, maravillosamente, el
baile clásico de nuestras playas.
Según Ángel Trejo (1992:38), en Villa del
Mar se organizaron concursos de danzón que seguían criterios rigurosos para su
interpretación. Uno de ellos era bailarlo sin salirse de una loza española que
medía 40 x 40 centímetros; de entonces data el dicho de que este baile se debe
interpretar “en un ladrillo”. Este requisito después se sustituyó, continúa
Trejo, por el reto de bailarlo sobre una caja de cerveza de 60 botellas; de esa
tradición viene el estilo “cajoncito de cerveza”, o sea, el “danzón raspado”.
También en los años veinte del siglo pasado
se dio un suceso histórico importante para la historia del danzón: el arribo al
puerto de Veracruz del cubano Tiburcio Hernández Babuco, quien creara el
término de ‘danzonera’, mismo que no era utilizado en su país natal. A este
músico también se le atribuye el grito ¡Hey familia, danzón dedicado a.....!
(Jara Gómez et al., 1994). Sobre esta misma expresión, emblemática en el léxico
danzonero, el cronista de El Universal Ilustrado que se citó párrafos antes,
narra lo siguiente:
Un silencio ha cruzado por
el salón sonoro y desde el pequeño templete de la orquesta, la cara vivaracha y
luminosa de un negrito jarocho, grita atiplado y musical: ‘¡Hey Familiaaaa!
¡Danzón dedicado al señor Agapito Pérez, mundo, demonio y carne!...
Alrededor de 1930 el danzón formaba parte
de la tradición musical de Veracruz, tanto o más que el son jarocho, al grado
de que varias instituciones culturales, entre ellas la estación radiofónica
XEU, nacieron al amparo de la difusión de este ritmo, comenta Trejo (1992:44).
Desde nuestro punto de vista, el danzón en Veracruz fue parte de una tradición
cultural que integraba muchos elementos, uno de ellos eran las expresiones
dancísticas y musicales. Estaban también las expresiones literarias con su
enorme riqueza en las décimas, la comida, la indumentaria y muchas otras
manifestaciones que correspondían a una región cultural conformada entre el
Golfo de México y el Caribe. Por ello, la historia del danzón y cómo es que
éste debe ser interpretado, se encuentra en forma magistral en varias décimas
que han escrito destacados poetas veracruzanos, las más conocidas fueron
escritas por Paco Píldora (Francisco Rivera Ávila).
Es importante destacar el hecho de que
desde finales del siglo XIX hasta la fecha, el danzón se practica en muchas
poblaciones del centro y sur de Veracruz, ya sea con las famosas danzoneras que
ahí se han formado o con otros grupos musicales que llevan los nombres de
charangas, piquetes y guerrillas.
En cuanto al arribo de este baile a la
Ciudad de México se tienen algunos datos interesantes. Jesús Flores y Escalante
y quienes escriben conjuntamente el libro titulado De Cuba con amor… el danzón
en México —Simón Jara Gómez, Aurelio Rodríguez Yeyo y Antonio Zedillo Castillo—
coinciden en citar un texto de Enrique Olavarría, historiador del teatro en
México, en el que se indica que la primera presentación de una compañía de
bufos cubanos en la capital del país se llevó a cabo en 1884 en el Teatro
Principal; ocasión en la que se escenificó un danzón, entre otros bailes acostumbrados
en la isla ca ribeña. Con esa fecha existen partituras de danzones para piano
escritos por un músico mexicano, Austri, que fueron interpretadas en una obra
de teatro (Jara Gómez et al., 1994:46) y, pocos años después se registran otras
partituras escritas por músicos académicos de gran renombre como Miguel Lerdo
de Tejada, Juventino Rosas y Luis Alcaraz.
Los bailes que estaban de moda entre la
burguesía de la época eran: cuadrillas, rigodón, vals, polka, jota, mazurca,
corrido, jarabe, contradanza y la habanera. Los danzones se integraron de tal
forma a ese repertorio musical que el mismo Porfirio Díaz los llegó a bailar en
las fiestas por él convocadas en el Alcázar de Chapultepec y en el Palacio
Nacional. Y, por cierto, también bailando danzón, fue sorprendido un sobrino
del general Díaz en pleno jolgorio con otros 40 hombres, la mitad de ellos
vestidos de mujeres en una casona de la colonia Guerrero; desde entonces en
México se relaciona el número 41 con la homosexualidad (Flores y Escalante,
1993:72).
Este mismo autor, en otras partes de su
estudio (páginas 81 y 147) advierte que la burguesía porfiriana tenía la
costumbre de pasear todos los domingos por la mañana en la Alameda Central para
escuchar las nuevas partituras danzoneras ejecutadas por la Banda del Octavo
Regimiento de Caballería. Y es que, a principios del siglo XX, la
interpretación del danzón estaba prácticamente en manos de los directores de
las bandas militares y de viento, aunque también eran tocadas por las orquestas
típicas mexicanas, que diferían de las cubanas por integrarse exclusivamente
con instrumentos de cuerda.
El danzón era, informa Flores y Escalante
una diversión «propia para señoritingos, dandys, fifís, lagartijos y buen
número de educadas señoritas que asistían por puro enfado a los Tívolis1
citadinos» (1993:2). Posteriormente, y con la popularización del fonógrafo, se
masificó en quintas, prostíbulos, cabarés y vecindades.
La aparición del fonógrafo en México
ocurrió en 18772, novedad que generó poco después importantes modificaciones en
el consumo musical de la época. Por un lado, ese fenómeno abrió la puerta a la
difusión de la música interpretada en Estados Unidos y, por el otro, propició
que los bailes familiares prescindieran de la música “en vivo”. El uso que se hacía
de este nuevo aparato de sonido no se reducía al ámbito familiar, sino que
amenizaba los bailes populares que se realizaban en las vecindades y en los
locales de todo tipo, incluidos los salones de baile y las academias.
La primera grabación de un danzón de
factura mexicana data de 1893. Éste se llama Flores de Romana, compuesto por
Juventino Rosas, el cual fue grabado para ser reproducido en fonógrafo por
Wagner y Levien y enviado a la feria de Chicago ese mismo año. En 1902, Enrique
Guerrero, compositor y director de compañías bufocubanas, publicó dos
partituras de clara definición mexicanista: Danzones mexicanos y Danzones
veracruzanos, que los guitarristas Octaviano Yáñez y Miguel Roldán grabaron
para la RCA Víctor en 1904. Esta misma compañía grabó un año después El ratón y
La consentida, escritos por Miguel Lerdo de Tejada.3 (Flores y Escalante,
1987:69).
Durante los años que duró la Revolución
Mexicana, el danzón fue adoptado por casi todas las fracciones en pugna. Cuando
Francisco I. Madero ascendió a la presidencia de la República, parte de su
gabinete visitaba con mucha frecuencia un burdel disfrazado de academia de
baile4 muy reconocido en la época: La Academia Metropolitana. Quien ponía el
cálido ambiente musical era la danzonera del cubano recién llegado de Veracruz:
Tiburcio Hernández Babuco también hizo varias presentaciones en el Teatro Arbeu
y en Granat.
En la época posrevolucionaria se amplió
considerablemente el circuito de lugares públicos en donde se realizaban
diversos bailes, entre ellos el danzón. Éste tomó las calles mediante la
organización de tardeadas y kermeses que se hacían en varias colonias de la
ciudad; también tomó los canales de agua que corrían sobre la Viga, desde la
Merced hasta Xochimilco, pasando por Balbuena, Santa Anita y Jamaica en los
recorridos que sobre las chinampas acostumbraban gustosos bailadores, amén los
chinamperos de Xochimilco quienes bajo el influjo danzonero hacían sus
peregrinaciones los viernes de Dolores. Ello generó la apertura de varios salones
de baile que se construyeron en las riveras de dicho canal, entre los cuales se
recuerda a Los Sabinos.
Otros salones de baile surgieron en el
centro de la ciudad, y lo que entonces era la periferia, en donde el danzón
alternaba con los ritmos de moda procedentes del vecino país del norte.
Legendarios son el Salón México, inaugurado en 1920, y dos años más tarde el
Salón Colonia, conocido también como ‘La Catedral del Danzón’. Ambos recintos
jugaron un papel de suma importancia en la historia de dicho género, por lo que
todos los estudiosos que han escrito sobre el danzón en México les otorgan un
amplio apartado.
El danzón incurría, simultáneamente, en
la conquista de los pueblos campesinos que rodeaban entonces a la Ciudad de
México, informa Trejo (1992: 54), pues éste fue adoptado en Iztapalapa,
Ixtacalco, Culhuacán, La Villa, San Ángel y Tláhuac, lugares en los que se
vinculaba, incluso, con la celebración de la Virgen de Guadalupe y la de El
Carmen, además de otras fiestas religiosas como la Semana Santa.
Desde 1915 hasta la década de los 50 del
siglo pasado en varios cines se acostumbraba bailar una tanda musical en los
intermedios que duraba casi una hora, mientras llegaba la película que se había
exhibido antes en otro cine, ya fuera con música en vivo o con fonógrafo.
Agustín Lara empezó tocando el piano (criolla, bolero y danzón) en estos
recintos y, desde 1926, interpretaba danzones influidos por el ambiente
romántico derivado del bolero, en prostíbulos y cabarés. Quien después
alcanzara fama internacional por su música y sus amores, también tocó en
escuelas de baile, dancing halls y salones prestigiados como el Palacio de
Mármol y la Academia Metropolitana.
Otro importante espacio para bailar
danzón y otros ritmos de moda fueron los estudios y academias de baile, que
desde los años veinte del siglo pasado florecieron por toda la ciudad. Los
dueños de estos lugares y los empresarios de los grandes salones de baile
impulsaron concursos y maratones de baile, de los que saldrían campeones varios
destacados bailarines que forman parte importante de la historia del danzón,
entre ellos: Ventura Miranda y la Manuela Palomares La negra, Carlos Berriel El
calcetín, Jesús Ramírez El muerto, Manuel Escartín, Vicente Hernández Alegría y
Enrique Romero.
La popularidad alcanzada por el danzón
hizo que éste apareciera en los teatros de revista, ambiente que generó la
aparición del danzón “revisteril al estilo mexicanista”; en el “Mexican
rataplán” los danzones estaban al orden del día. En 1915 María Conesa, también conocida
como La gatita blanca, bailaba danzones en el Teatro Lírico y en el Teatro
Principal, mientras que Eva Beltri danzoneaba como lo hacían en el famoso Salón
México. En este teatro se presentaron revistas dedicadas a Veracruz y Yucatán
que incluían danzones. Luis Alcaraz fue uno de los más exitosos compositores de
danzón escritos para las revistas teatrales, uno de ellos lleva el sugerente
título de “Las calles de la ciudad” (Flores y Escalante, 1993:83, 86, 89).
En la Ciudad de México se terminó de cristalizar
un estilo nacional de tocar danzón. Al principio era muy fuerte la influencia
de los músicos cubanos, pero con Pérez Dimas y su afamadísimo danzón Nereidas,
grabado en 1936 por la danzonera de Juan de Dios Concha, tiene lugar el fin de
esa influencia, nos informa Flores y Escalante (1993:154). Por su parte, los
autores encabezados por Jara Gómez (1994:78) nos comentan que Dimas, de origen
oaxaqueño, escribió Nereidas por encargo del dueño de un cabaret que con ese
nombre funcionaba en la colonia Guerrero; dicho compositor retoma el estilo que
Agustín Lara había desarrollado en los danzones que interpretaba en los
burdeles.
Por su parte Acerina (1899-1987), músico
de origen cubano que a los 14 años de edad llegó a México,5 tocó con varios
grupos veracruzanos hasta que formó parte de la orquesta de Juan de Dios
Concha, quedando al frente de ella en los años 40 del siglo pasado. Poco
después, esta orquesta adoptaría su nombre y se haría la danzonera más famosa
del país. Dada su larga trayectoria, Acerina mezcló lo que había aprendido en
sus estadías por varias orquestas y ciudades, dando como resultado un estilo
diferente.
En México se han creado alrededor de
medio centenar de agrupaciones musicales que tocan danzón. La trayectoria de
las más importantes se encuentra en los textos de Jesús Flores y Escalante y en
el libro titulado Con Cuba con amor… varias veces citado. De la información ahí
vertida, nos interesa destacar los siguientes datos. Según el último libro
citado, existen dos clases de danzón desde el punto de vista musical: el
clásico y el popular. El segundo es más comercial y un representante podría ser
la orquesta de Carlos Campos, quien adaptó el chachachá al danzón consiguiendo
un estilo propio. José Casquera, quien sólo interpreta danzones escritos por
autores mexicanos, acentúa las frases con un estilo que los bailadores han
bautizado como de “pura uva”, mientras que Arturo Núñez creó lo que él
considera un estilo propio llamado danzonsón.
Los autores citados informan que en la
quinta década del siglo pasado fue definitiva la influencia de las grandes
bandas americanas en la música que se escuchaba en nuestro país. A partir de
entonces, las danzoneras adoptaron la dotación estándar compuesta por cuatro
saxofones, cuatro trombones, tres trompetas, piano, batería y guitarra
eléctrica (Jara Gómez, 1994:133, 124).
Cuando se cerró la mayor parte de los
salones de baile que había en la capital, a partir de 1960, debido al rígido
criterio del entonces regente de la ciudad, Ernesto P. Uruchurtu, varias
danzoneras estaban en pleno apogeo; algunas de ellas encontraron refugio en los
tres salones de baile que sortearon el cierre en aquella época: el Colonia, Los
Ángeles y el California Dancing Club.
El cine nacional jugó un papel clave en
la creación de un estigma muy negativo en torno a la práctica del danzón,
informan Simón Jara, Aurelio Rodríguez y Antonio Zedillo. Desde la primera vez
que se interpretó un danzón a través de una pantalla de cine se lo ubicaba en
un ambiente de prostitución. La lista de las películas en las que aparece el
danzón no es muy larga; sin embargo, más del 30% de ellas vincula a dicho
género de música bailable con las casas de cita, burdeles y otros antros. Las
películas del siglo pasado en las que aparece su interpretación dancística son
las siguientes: Honrarás a tus padres (1936); La mancha de sangre (1937);
Distinto amanecer (1943); Pervertida (1945); La hermana impura (1947); Salón
México (1948); Aventurera (1949); Víctimas del pecado (1950); Deseada (1950); y
la segunda versión de Salón México (1995). 6
El conjunto de este tipo de películas
generó el estigma de que el danzón era un baile prostibulario, si bien, el
filme que en 1948 dirigiera Emilio Fernández (la primera versión de Salón
México) tuvo mayor trascendencia en ese sentido. Se trata de un melodrama que,
al igual que la mayor parte de las películas mexicanas de esa década, hace del
cabaret el escenario por excelencia. La primera versión de dicha película se
publicitaba bajo el siguiente lema: «Hombres y mujeres de la vida nocturna en
fiero despertar de la sensualidad y el crimen”. Televisa produjo en 1995 la
segunda versión de aquel legendario salón, reproduciendo el mismo estigma en su
propaganda: “Salón México: un lugar donde la pasión, el amor y la muerte bailan
al mismo compás“. Al parecer, los productores de ambas versiones manejaron la
misma fórmula que ha sido muy redituable para todos los melodramas: asimilar la
sexualidad a la muerte y, además, la prostitución y la delincuencia a la
pobreza. Así, dichas empresas invirtieron en la inversión de la realidad: un
recinto donde se practicaba un acto muy vital como es el baile, aparece como un
lugar donde se da cita la muerte, además de que los puntos de reunión de los
sectores populares figuran como los espacios del crimen y la traición.
En 1950 ese estigma ya se había difundido
y era reforzado en la película Cuando tú me quieras, en la que el protagonista
—Luis Aguilar— le argumenta a Meche Barba (una provinciana que quería conocer
algún salón de baile de la ciudad de México): «¡Ningunos salones de baile! Eso
es para otra clase de gente. En esos salones se bailan bailes rechazados por la
sociedad, como el danzón y el mambo». (Jara Gómez et al., 1994:274).
El estigma de que el danzón era un baile
prostibulario provocó que, paulatinamente, éste fuera desdeñado entre los
sectores medios y acomodados de la sociedad mexicana. Se fue creando así, una
distinción entre el danzón “elegante”, “decente” y “sobrio” interpretado en las
academias de baile, amén los participantes de los concursos y el danzón no tan
rígido que efectuaban los muchos otros gustosos intérpretes de este género.
A pesar de ese embate contra el danzón,
en la actualidad se sigue practicando en varios estados del país. Por fortuna
se disfruta en plazas públicas, salones de baile, fiestas populares y
familiares en puntos tan diversos como son los estados de Aguascalientes,
Chiapas, Morelos, San Luís Potosí, entre varios más. Ello se debe en gran parte
a la promoción lograda por distintas organizaciones de bailadores, entre las
que destaca el Centro Nacional de Investigación y Difusión del Danzón A.C,
fundado en 1998 y dirigido por Miguel Zamudio, quien también encabeza otra
importante Asociación Civil titulada Tres Generaciones del Danzón, fundada en 1989
por un grupo de entusiastas practicantes del danzón veracruzano, entre los que
se encontraba la señora Rosa Abdala Gómez, quien fuera progenitora de Miguel
Zamudio.
Desde hace alrededor de dos décadas se
presentó una fuerte tendencia de hacer del danzón un espectáculo para competir
con otros bailes de salón. Desde mi punto de vista, el establecimiento e
imposición de un diseño coreográfico destinado a su exhibición competitiva, por
lo general, suprime la experiencia comunitaria que se da en torno a su práctica,
además de que diluye la comunicación sensual entre la pareja, pues ello se
considera inadecuado por quienes practican el Danzón “académico”, mismo que ha
ganado terreno en cuanto a la técnica de interpretación pero que suprime la
emoción derivada del intercambio afectivo de la pareja, con lo cual pierde,
desde mi perspectiva, la posibilidad de conmover tanto a los intérpretes como a
los espectadores.
Finalmente, cabe advertir que el danzón
en su dimensión dancística no ha sido incorporado a las industrias culturales
que manejan los circuitos internacionales del mercado musical, debido a que no
fue diseñado para la diversión de un público consumidor de coreografías
espectaculares, ni lleva en sí el germen de la competencia creada con base en
el despliegue de las capacidades atléticas de sus intérpretes. Su embrujo se
debe al manejo de antiguas técnicas para la seducción y la complicidad entre
los cuerpos danzantes.
Récord Guiness de danzón
|
*
Bailarina de Concierto por la Academia de la Danza Mexicana–INBA; Maestra en
Antropología Social (ENAH); y, Maestra en Ciencias Antropológicas por la UAM.
Ha sido Investigadora titular en la DGCPIU; la UAM-I; y de 1986 a la fecha en
la Dirección de Etnología y Antropología Social (DEAS), que actualmente
dirige, en el INAH. 1
Los tívolis fueron importantes centros recreativos que funcionaron desde las
últimas dos décadas del siglo XIX hasta los cuarentas del XX. En varios de
ellos había boliche, billares, cantina, restaurante y, claro está, un salón
de baile. Al Tívoli Central acudían —sobre todo— la clase media, artistas e
intelectuales; uno de ellos, Federico Gamboa incluye en su novela Santa, de
1903, una breve descripción sobre los bailes que ahí se realizaban, y entre
los cuales encontramos el danzón. 2El
fonógrafo fue “presentado” a la sociedad mexicana en el Teatro Nacional
«anunciándose como «la caja que habla, hace reír y reproduce música
sorprendentemente. A fines del siglo pasado se hicieron en México las
primeras matrices en cera, que se llevaron a imprimir en rodillos a los Estados
Unidos» (Jara Gómez et al., 1994:51). 3
La primera danzonera mexicana grabada en discos de 78 rpm en los Estados
Unidos de Norteamérica fue la orquesta del compositor chiapaneco Esteban
Alfonso, en 1916 (Flores, 1993:59). 4Al
parecer la mayor parte de las ‘academias de baile’ de la segunda década del
siglo pasado fungían como lugares para fichar; incluso de ahí surgió dicho
término. 5Acerina
le comentó a Merry Mac Masters (1995:30), en una entrevista, que primero
llegó a Mérida, Yucatán; no obstante, Jesús Flores y Escalante (1993:75)
afirma que Acerina llegó al Puerto de Veracruz, como bailarín de tumbas y
guarachas en una compañía de bufos cubanos. 6
Al final del libro De Cuba con amor… (Jara Gómez et al., 1994:259-274) se
incluye un pequeño apartado en el cual se brinda una lista muy importante
sobre las películas en las que el danzón aparece directa e indirectamente en
la trama. Dicho apartado constituye, como los mismos autores indican, un
primer esbozo para el desarrollo del tema. |
Referencias
Díaz Ayala, Cristóbal (1998). Cuando salí
de La Habana. 1898-1997: cien años de música cubana por el mundo. Puerto Rico:
Fundación Musicalia.
Flores y Escalante, Jesús (1987). Hey
familia, así llegó el danzón [notas al disco AMEF08]. México: Asociación Mexicana
de Estudios Fonográficos, A.C.
_____ (1993). Salón México: historia
documental y gráfica del danzón en México. México: Asociación Mexicana de
Estudios Fonográficos, A.C.
_____ (1994). Imágenes del danzón.
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Fonográficos, A.C./Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Dirección
General de Culturas Populares.
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Fontamara.
García de León, Antonio (1996). “Con la
vida en un danzón: notas sobre el movimiento inquilinario de Veracruz en 1922”,
en Manuel Reyna Muñoz [coord.], Actores sociales en un proceso de
transformación: Veracruz en los años veinte, pp.35-53. Xalapa: Universidad
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Jara Gómez, Simón, Aurelio Rodríguez Yeyo
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México: Azabache/CONACULTA-DGCP.
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son [“Consejo Valiente Roberts ¿es o no Acerina?”] pp. 2936. Colección
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Monsiváis, Carlos (1983). “Salón México.
Porque si Juárez no hubiera muerto”, en Danza y Teatro 36, pp.15-18. México.
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file:///C:/Users/Familia/Downloads/libro_completo_culturas_musicales_de_mex%20(1).pdf


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