jueves, 11 de febrero de 2021

 

BREVE SEMBLANZA

DEL

DANZÓN EN MÉXICO

Amparo Sevilla*


El 1° de enero de 1879, hace 139 años, se bailó el primer danzón en el Liceo de Matanzas (hoy Casa de la Cultura José White). El honor le correspondió al maestro Miguel Faílde, quien estrenó en esa ocasión su obra «Las alturas de Simpson». Al nuevo género se le llamó «danzón» por su estructura y su larga duración. Se afirma que quienes lo bailaron, dijeron: «eso no es una danza, es un danzón». En la foto: la Danzonera Veracruzana Pazos (1926).

https://www.imer.mx/xeb/el-primer-danzon-de-la-historia/

Entre los géneros de música bailable de mayor arraigo en México se encuentra, sin lugar a duda, el danzón. De origen cubano llegó a esta tierra para fincar hondas raíces en la vida festiva y cotidiana de un amplio sector del pueblo mexicano.

Por cuanto se refiere a su aparición en México, no hay acuerdo si fue en 1879 o un año después. En ambos casos, la fecha de arribo es sorprendente en cuanto a su celeridad, pues cabe recordar que en ese mismo año fue que Miguel Faílde presentara en Matanzas, Cuba, el célebre danzón Las alturas de Simpson, que por decreto oficial del gobierno cubano fue reconocido como el “primer danzón”.

Respecto a su vía de entrada, se suponen dos formas: a través de los viajeros y exiliados cubanos que constantemente llegaban a México; y, por la presencia de los ‘bufos’ cubanos quienes desde 1882 hasta 1919 lo interpretaban junto con las habaneras y las guarachas entre sus actos teatrales.

La primera compañía bufo-cubana surgió en La Habana en 1868 y rápidamente se crearon seis grupos más, quienes por presentar chistes y canciones en contra del gobierno español, fueron expulsados de la isla un año más tarde. Los bufos se desperdigaron por toda la cuenca caribeña y otros países cercanos llevando, durante aproximadamente treinta años, «la picaresca, contagiosa y sabrosa de la música cubana» (Díaz, 1998:22-23). A México llegaron alrededor de 1880 visitando varias poblaciones, principalmente Mérida, Veracruz y la Ciudad de México.

La forma en la que el danzón se desarrolló en las primeras dos ciudades, es narrada con detalle por Jesús Flores y Escalante (1993:5-36). De la amplia información que dicho autor otorga, nos interesa retomar el dato de que en Yucatán el danzón fue bien recibido porque «se le confundió con un derivado ‘culto’ de la habanera». Dos músicos yucatecos, pertenecientes a la llamada casta divina, en 1884 en la Longa Meridiana— interpretaron dos danzones cubanos que, junto a otros, formarían parte del acervo de las fiestas aristocráticas. Los sectores populares después lo llevarían a sus lugares de esparcimiento, practicándolo tanto en las fiestas religiosas como en las vaquerías y, décadas después, en los salones de baile, prostíbulos y cabarés, acota el autor citado.

Ángel Trejo (1992:36) al parecer difiere de esta visión pues, citando al historiador yucateco Miguel Civeira Taboada, indica que a fines del siglo XIX «no había yucateco que no bailara el danzón, independientemente de su clase social, pues sus filiaciones iniciales fueron con el arrabal y con los salones en funciones de burdel». Incluso, continúa Trejo dicho baile «desempeñó algunas de las tareas comerciales que tenía en Cuba, pues hubo una temporada en que los danzones se dedicaron a anunciar mercancías en versos y pregones callejeros» (1992:36). Cabe hacer notar que Yucatán ha sido cuna de destacados compositores de danzón que adquirieron fama a nivel nacional, como Guzmán Concha y José Gamboa Cevallos.

Las primeras orquestas que tocaban danzón en Veracruz surgieron en 1880 y estaban formadas por algunos célebres músicos cubanos que habían sido expulsados de su país por estar implicados en el movimiento independentista, nos informa Antonio García de León (1996:40). Por su parte, Ángel Trejo indica que en ese mismo año se tiene registrada la «presencia de exiliados cubanos que hacían latir el danzón utilizando barriles de aceite, a manera de timbales, mientras bordaban su primera bandera nacional y rehacían fuerzas para combatir a los colonialistas hispanos» en otro puerto veracruzano: Alvarado (1992:37). Tres páginas después, el mismo autor señala que «Sigfrido Alcántara ha investigado que la primera vez que se tocó danzón en el puerto de Veracruz fue en un baile formal organizado en la Lonja Mercantil, pocos meses después de la desaparición de la muralla» que protegía la ciudad portuaria, esto es, en 1888 (1992:40).

Después de aproximadamente un cuarto de siglo, el danzón se había aclimatado en varias poblaciones de la costa jarocha dando lugar a la aparición de conjuntos musicales integrados por cubanos y veracruzanos, como fue el caso de Los Chinos Ramírez, quienes para 1907 ya habían afianzado la tradición danzonera en el puerto jarocho (Flores y Escalante, 1987).

Años después, el danzón cumpliría en esta ciudad una función similar a la que —durante una época— desempeñó en Cuba, dado que también acompañó un importante movimiento social: la huelga inquilinaria de 1922. Antonio García de León, en el texto anteriormente citado, analiza magistralmente dicho suceso e informa que para la ampliación del muelle contrataron a miles de campesinos veracruzanos y trabajadores cubanos que paulatinamente se hacinaron en las vecindades de la popular zona de la Huaca, dando como resultado una “mezcla explosiva”. Dichas vecindades tenían mucha demanda debido a que en el inicio el siglo XX la población del puerto se duplicó y las rentas subieron estrepitosamente, a pesar de que eran unas pocilgas, lo cual provocó una huelga de pagos de rentas que fue acompañada por la armonía danzonera. «En esos patios se instaló el danzón, el género bailable y musical que daría identidad a una masa popular jalonada por una nueva crisis de crecimiento y modernidad» (1996:40). Primero, los bailes se realizaron en dichos patios con motivo de diversas festividades; de allí, al formarse varias agrupaciones de bailadores, «la corriente siguió hacia los salones de baile y el carnaval». (1996:40).

Uno de los salones de baile más famosos del puerto veracruzano se construyó dentro del fastuoso balneario Villa del Mar, el cual era visitado por jarochos con mayores recursos económicos que aquellos que habitaban las famosos “patios danzoneros”. Sobre el recién inaugurado salón, un cronista veracruzano de la época escribió:

Villa del Mar surge en nuestra imaginación atrayente y deslumbrante, llena de músicas apasionadas, de ‘danzones chic’, con sus terrazas y palmeras montecarlinas, al alba ondular de sus mujeres. Y el danzón, el supremo danzón, desposa sus ondas musicales con las ondas marinas, sobre una gloria de azul y bajo una gloria de sol (El Universal Ilustrado, 26/VI/1924:14-82).

Al parecer, desde esta época el danzón pasó a ser parte de la identidad jarocha, sin importar cuál fuera el nivel económico-social de sus adeptos. Y este género empezó a librar una batalla, al igual que en Cuba y el resto del país, con otros bailes provenientes del vecino país del norte. Ambos aspectos son advertidos por un funcionario veracruzano que, entrevistado en la nota periodística antes citada, declaró lo siguiente:

            Hace cuatro años pude expulsar al Fox de nuestras escuelas, que ya habían sufrido el contagio, y desde entonces, en vez de recurrir a bailes franceses o extranjeros, se implantaron resueltamente los bailes propios de nuestra raza: el tango, el danzón, el jarabe, la jota española... Y si hay algo de que podamos sentirnos orgullosos en esta Secretaría, es de haber contribuido a formar una generación que baila en contra de la moda vulgar, generación que baila con arte y esplendor.

Su majestad el danzón, triunfará seguramente bajo los emparrados de los bailes populares. Triunfará la danza jarocha en el corazón de este pueblo bravío y muchas veces heroico. Es necesario acudir al llamado de la noche tropical. Dejemos los hoteles de lujo, los jazz-band, el rastacuarismo cosmopolita para sentir, maravillosamente, el baile clásico de nuestras playas.

Según Ángel Trejo (1992:38), en Villa del Mar se organizaron concursos de danzón que seguían criterios rigurosos para su interpretación. Uno de ellos era bailarlo sin salirse de una loza española que medía 40 x 40 centímetros; de entonces data el dicho de que este baile se debe interpretar “en un ladrillo”. Este requisito después se sustituyó, continúa Trejo, por el reto de bailarlo sobre una caja de cerveza de 60 botellas; de esa tradición viene el estilo “cajoncito de cerveza”, o sea, el “danzón raspado”.

También en los años veinte del siglo pasado se dio un suceso histórico importante para la historia del danzón: el arribo al puerto de Veracruz del cubano Tiburcio Hernández Babuco, quien creara el término de ‘danzonera’, mismo que no era utilizado en su país natal. A este músico también se le atribuye el grito ¡Hey familia, danzón dedicado a.....! (Jara Gómez et al., 1994). Sobre esta misma expresión, emblemática en el léxico danzonero, el cronista de El Universal Ilustrado que se citó párrafos antes, narra lo siguiente:

Un silencio ha cruzado por el salón sonoro y desde el pequeño templete de la orquesta, la cara vivaracha y luminosa de un negrito jarocho, grita atiplado y musical: ‘¡Hey Familiaaaa! ¡Danzón dedicado al señor Agapito Pérez, mundo, demonio y carne!...

Alrededor de 1930 el danzón formaba parte de la tradición musical de Veracruz, tanto o más que el son jarocho, al grado de que varias instituciones culturales, entre ellas la estación radiofónica XEU, nacieron al amparo de la difusión de este ritmo, comenta Trejo (1992:44). Desde nuestro punto de vista, el danzón en Veracruz fue parte de una tradición cultural que integraba muchos elementos, uno de ellos eran las expresiones dancísticas y musicales. Estaban también las expresiones literarias con su enorme riqueza en las décimas, la comida, la indumentaria y muchas otras manifestaciones que correspondían a una región cultural conformada entre el Golfo de México y el Caribe. Por ello, la historia del danzón y cómo es que éste debe ser interpretado, se encuentra en forma magistral en varias décimas que han escrito destacados poetas veracruzanos, las más conocidas fueron escritas por Paco Píldora (Francisco Rivera Ávila).

Es importante destacar el hecho de que desde finales del siglo XIX hasta la fecha, el danzón se practica en muchas poblaciones del centro y sur de Veracruz, ya sea con las famosas danzoneras que ahí se han formado o con otros grupos musicales que llevan los nombres de charangas, piquetes y guerrillas.

En cuanto al arribo de este baile a la Ciudad de México se tienen algunos datos interesantes. Jesús Flores y Escalante y quienes escriben conjuntamente el libro titulado De Cuba con amor… el danzón en México —Simón Jara Gómez, Aurelio Rodríguez Yeyo y Antonio Zedillo Castillo— coinciden en citar un texto de Enrique Olavarría, historiador del teatro en México, en el que se indica que la primera presentación de una compañía de bufos cubanos en la capital del país se llevó a cabo en 1884 en el Teatro Principal; ocasión en la que se escenificó un danzón, entre otros bailes acostumbrados en la isla ca ribeña. Con esa fecha existen partituras de danzones para piano escritos por un músico mexicano, Austri, que fueron interpretadas en una obra de teatro (Jara Gómez et al., 1994:46) y, pocos años después se registran otras partituras escritas por músicos académicos de gran renombre como Miguel Lerdo de Tejada, Juventino Rosas y Luis Alcaraz.

Los bailes que estaban de moda entre la burguesía de la época eran: cuadrillas, rigodón, vals, polka, jota, mazurca, corrido, jarabe, contradanza y la habanera. Los danzones se integraron de tal forma a ese repertorio musical que el mismo Porfirio Díaz los llegó a bailar en las fiestas por él convocadas en el Alcázar de Chapultepec y en el Palacio Nacional. Y, por cierto, también bailando danzón, fue sorprendido un sobrino del general Díaz en pleno jolgorio con otros 40 hombres, la mitad de ellos vestidos de mujeres en una casona de la colonia Guerrero; desde entonces en México se relaciona el número 41 con la homosexualidad (Flores y Escalante, 1993:72).

Este mismo autor, en otras partes de su estudio (páginas 81 y 147) advierte que la burguesía porfiriana tenía la costumbre de pasear todos los domingos por la mañana en la Alameda Central para escuchar las nuevas partituras danzoneras ejecutadas por la Banda del Octavo Regimiento de Caballería. Y es que, a principios del siglo XX, la interpretación del danzón estaba prácticamente en manos de los directores de las bandas militares y de viento, aunque también eran tocadas por las orquestas típicas mexicanas, que diferían de las cubanas por integrarse exclusivamente con instrumentos de cuerda.

El danzón era, informa Flores y Escalante una diversión «propia para señoritingos, dandys, fifís, lagartijos y buen número de educadas señoritas que asistían por puro enfado a los Tívolis1 citadinos» (1993:2). Posteriormente, y con la popularización del fonógrafo, se masificó en quintas, prostíbulos, cabarés y vecindades.

La aparición del fonógrafo en México ocurrió en 18772, novedad que generó poco después importantes modificaciones en el consumo musical de la época. Por un lado, ese fenómeno abrió la puerta a la difusión de la música interpretada en Estados Unidos y, por el otro, propició que los bailes familiares prescindieran de la música “en vivo”. El uso que se hacía de este nuevo aparato de sonido no se reducía al ámbito familiar, sino que amenizaba los bailes populares que se realizaban en las vecindades y en los locales de todo tipo, incluidos los salones de baile y las academias.

La primera grabación de un danzón de factura mexicana data de 1893. Éste se llama Flores de Romana, compuesto por Juventino Rosas, el cual fue grabado para ser reproducido en fonógrafo por Wagner y Levien y enviado a la feria de Chicago ese mismo año. En 1902, Enrique Guerrero, compositor y director de compañías bufocubanas, publicó dos partituras de clara definición mexicanista: Danzones mexicanos y Danzones veracruzanos, que los guitarristas Octaviano Yáñez y Miguel Roldán grabaron para la RCA Víctor en 1904. Esta misma compañía grabó un año después El ratón y La consentida, escritos por Miguel Lerdo de Tejada.3 (Flores y Escalante, 1987:69).

Durante los años que duró la Revolución Mexicana, el danzón fue adoptado por casi todas las fracciones en pugna. Cuando Francisco I. Madero ascendió a la presidencia de la República, parte de su gabinete visitaba con mucha frecuencia un burdel disfrazado de academia de baile4 muy reconocido en la época: La Academia Metropolitana. Quien ponía el cálido ambiente musical era la danzonera del cubano recién llegado de Veracruz: Tiburcio Hernández Babuco también hizo varias presentaciones en el Teatro Arbeu y en Granat.

En la época posrevolucionaria se amplió considerablemente el circuito de lugares públicos en donde se realizaban diversos bailes, entre ellos el danzón. Éste tomó las calles mediante la organización de tardeadas y kermeses que se hacían en varias colonias de la ciudad; también tomó los canales de agua que corrían sobre la Viga, desde la Merced hasta Xochimilco, pasando por Balbuena, Santa Anita y Jamaica en los recorridos que sobre las chinampas acostumbraban gustosos bailadores, amén los chinamperos de Xochimilco quienes bajo el influjo danzonero hacían sus peregrinaciones los viernes de Dolores. Ello generó la apertura de varios salones de baile que se construyeron en las riveras de dicho canal, entre los cuales se recuerda a Los Sabinos.

Otros salones de baile surgieron en el centro de la ciudad, y lo que entonces era la periferia, en donde el danzón alternaba con los ritmos de moda procedentes del vecino país del norte. Legendarios son el Salón México, inaugurado en 1920, y dos años más tarde el Salón Colonia, conocido también como ‘La Catedral del Danzón’. Ambos recintos jugaron un papel de suma importancia en la historia de dicho género, por lo que todos los estudiosos que han escrito sobre el danzón en México les otorgan un amplio apartado.

El danzón incurría, simultáneamente, en la conquista de los pueblos campesinos que rodeaban entonces a la Ciudad de México, informa Trejo (1992: 54), pues éste fue adoptado en Iztapalapa, Ixtacalco, Culhuacán, La Villa, San Ángel y Tláhuac, lugares en los que se vinculaba, incluso, con la celebración de la Virgen de Guadalupe y la de El Carmen, además de otras fiestas religiosas como la Semana Santa.

Desde 1915 hasta la década de los 50 del siglo pasado en varios cines se acostumbraba bailar una tanda musical en los intermedios que duraba casi una hora, mientras llegaba la película que se había exhibido antes en otro cine, ya fuera con música en vivo o con fonógrafo. Agustín Lara empezó tocando el piano (criolla, bolero y danzón) en estos recintos y, desde 1926, interpretaba danzones influidos por el ambiente romántico derivado del bolero, en prostíbulos y cabarés. Quien después alcanzara fama internacional por su música y sus amores, también tocó en escuelas de baile, dancing halls y salones prestigiados como el Palacio de Mármol y la Academia Metropolitana.

Otro importante espacio para bailar danzón y otros ritmos de moda fueron los estudios y academias de baile, que desde los años veinte del siglo pasado florecieron por toda la ciudad. Los dueños de estos lugares y los empresarios de los grandes salones de baile impulsaron concursos y maratones de baile, de los que saldrían campeones varios destacados bailarines que forman parte importante de la historia del danzón, entre ellos: Ventura Miranda y la Manuela Palomares La negra, Carlos Berriel El calcetín, Jesús Ramírez El muerto, Manuel Escartín, Vicente Hernández Alegría y Enrique Romero.

La popularidad alcanzada por el danzón hizo que éste apareciera en los teatros de revista, ambiente que generó la aparición del danzón “revisteril al estilo mexicanista”; en el “Mexican rataplán” los danzones estaban al orden del día. En 1915 María Conesa, también conocida como La gatita blanca, bailaba danzones en el Teatro Lírico y en el Teatro Principal, mientras que Eva Beltri danzoneaba como lo hacían en el famoso Salón México. En este teatro se presentaron revistas dedicadas a Veracruz y Yucatán que incluían danzones. Luis Alcaraz fue uno de los más exitosos compositores de danzón escritos para las revistas teatrales, uno de ellos lleva el sugerente título de “Las calles de la ciudad” (Flores y Escalante, 1993:83, 86, 89).

En la Ciudad de México se terminó de cristalizar un estilo nacional de tocar danzón. Al principio era muy fuerte la influencia de los músicos cubanos, pero con Pérez Dimas y su afamadísimo danzón Nereidas, grabado en 1936 por la danzonera de Juan de Dios Concha, tiene lugar el fin de esa influencia, nos informa Flores y Escalante (1993:154). Por su parte, los autores encabezados por Jara Gómez (1994:78) nos comentan que Dimas, de origen oaxaqueño, escribió Nereidas por encargo del dueño de un cabaret que con ese nombre funcionaba en la colonia Guerrero; dicho compositor retoma el estilo que Agustín Lara había desarrollado en los danzones que interpretaba en los burdeles.

Por su parte Acerina (1899-1987), músico de origen cubano que a los 14 años de edad llegó a México,5 tocó con varios grupos veracruzanos hasta que formó parte de la orquesta de Juan de Dios Concha, quedando al frente de ella en los años 40 del siglo pasado. Poco después, esta orquesta adoptaría su nombre y se haría la danzonera más famosa del país. Dada su larga trayectoria, Acerina mezcló lo que había aprendido en sus estadías por varias orquestas y ciudades, dando como resultado un estilo diferente.

En México se han creado alrededor de medio centenar de agrupaciones musicales que tocan danzón. La trayectoria de las más importantes se encuentra en los textos de Jesús Flores y Escalante y en el libro titulado Con Cuba con amor… varias veces citado. De la información ahí vertida, nos interesa destacar los siguientes datos. Según el último libro citado, existen dos clases de danzón desde el punto de vista musical: el clásico y el popular. El segundo es más comercial y un representante podría ser la orquesta de Carlos Campos, quien adaptó el chachachá al danzón consiguiendo un estilo propio. José Casquera, quien sólo interpreta danzones escritos por autores mexicanos, acentúa las frases con un estilo que los bailadores han bautizado como de “pura uva”, mientras que Arturo Núñez creó lo que él considera un estilo propio llamado danzonsón.

Los autores citados informan que en la quinta década del siglo pasado fue definitiva la influencia de las grandes bandas americanas en la música que se escuchaba en nuestro país. A partir de entonces, las danzoneras adoptaron la dotación estándar compuesta por cuatro saxofones, cuatro trombones, tres trompetas, piano, batería y guitarra eléctrica (Jara Gómez, 1994:133, 124).

Cuando se cerró la mayor parte de los salones de baile que había en la capital, a partir de 1960, debido al rígido criterio del entonces regente de la ciudad, Ernesto P. Uruchurtu, varias danzoneras estaban en pleno apogeo; algunas de ellas encontraron refugio en los tres salones de baile que sortearon el cierre en aquella época: el Colonia, Los Ángeles y el California Dancing Club.

El cine nacional jugó un papel clave en la creación de un estigma muy negativo en torno a la práctica del danzón, informan Simón Jara, Aurelio Rodríguez y Antonio Zedillo. Desde la primera vez que se interpretó un danzón a través de una pantalla de cine se lo ubicaba en un ambiente de prostitución. La lista de las películas en las que aparece el danzón no es muy larga; sin embargo, más del 30% de ellas vincula a dicho género de música bailable con las casas de cita, burdeles y otros antros. Las películas del siglo pasado en las que aparece su interpretación dancística son las siguientes: Honrarás a tus padres (1936); La mancha de sangre (1937); Distinto amanecer (1943); Pervertida (1945); La hermana impura (1947); Salón México (1948); Aventurera (1949); Víctimas del pecado (1950); Deseada (1950); y la segunda versión de Salón México (1995). 6

El conjunto de este tipo de películas generó el estigma de que el danzón era un baile prostibulario, si bien, el filme que en 1948 dirigiera Emilio Fernández (la primera versión de Salón México) tuvo mayor trascendencia en ese sentido. Se trata de un melodrama que, al igual que la mayor parte de las películas mexicanas de esa década, hace del cabaret el escenario por excelencia. La primera versión de dicha película se publicitaba bajo el siguiente lema: «Hombres y mujeres de la vida nocturna en fiero despertar de la sensualidad y el crimen”. Televisa produjo en 1995 la segunda versión de aquel legendario salón, reproduciendo el mismo estigma en su propaganda: “Salón México: un lugar donde la pasión, el amor y la muerte bailan al mismo compás“. Al parecer, los productores de ambas versiones manejaron la misma fórmula que ha sido muy redituable para todos los melodramas: asimilar la sexualidad a la muerte y, además, la prostitución y la delincuencia a la pobreza. Así, dichas empresas invirtieron en la inversión de la realidad: un recinto donde se practicaba un acto muy vital como es el baile, aparece como un lugar donde se da cita la muerte, además de que los puntos de reunión de los sectores populares figuran como los espacios del crimen y la traición.

En 1950 ese estigma ya se había difundido y era reforzado en la película Cuando tú me quieras, en la que el protagonista —Luis Aguilar— le argumenta a Meche Barba (una provinciana que quería conocer algún salón de baile de la ciudad de México): «¡Ningunos salones de baile! Eso es para otra clase de gente. En esos salones se bailan bailes rechazados por la sociedad, como el danzón y el mambo». (Jara Gómez et al., 1994:274).

El estigma de que el danzón era un baile prostibulario provocó que, paulatinamente, éste fuera desdeñado entre los sectores medios y acomodados de la sociedad mexicana. Se fue creando así, una distinción entre el danzón “elegante”, “decente” y “sobrio” interpretado en las academias de baile, amén los participantes de los concursos y el danzón no tan rígido que efectuaban los muchos otros gustosos intérpretes de este género.

A pesar de ese embate contra el danzón, en la actualidad se sigue practicando en varios estados del país. Por fortuna se disfruta en plazas públicas, salones de baile, fiestas populares y familiares en puntos tan diversos como son los estados de Aguascalientes, Chiapas, Morelos, San Luís Potosí, entre varios más. Ello se debe en gran parte a la promoción lograda por distintas organizaciones de bailadores, entre las que destaca el Centro Nacional de Investigación y Difusión del Danzón A.C, fundado en 1998 y dirigido por Miguel Zamudio, quien también encabeza otra importante Asociación Civil titulada Tres Generaciones del Danzón, fundada en 1989 por un grupo de entusiastas practicantes del danzón veracruzano, entre los que se encontraba la señora Rosa Abdala Gómez, quien fuera progenitora de Miguel Zamudio.

Desde hace alrededor de dos décadas se presentó una fuerte tendencia de hacer del danzón un espectáculo para competir con otros bailes de salón. Desde mi punto de vista, el establecimiento e imposición de un diseño coreográfico destinado a su exhibición competitiva, por lo general, suprime la experiencia comunitaria que se da en torno a su práctica, además de que diluye la comunicación sensual entre la pareja, pues ello se considera inadecuado por quienes practican el Danzón “académico”, mismo que ha ganado terreno en cuanto a la técnica de interpretación pero que suprime la emoción derivada del intercambio afectivo de la pareja, con lo cual pierde, desde mi perspectiva, la posibilidad de conmover tanto a los intérpretes como a los espectadores.

Finalmente, cabe advertir que el danzón en su dimensión dancística no ha sido incorporado a las industrias culturales que manejan los circuitos internacionales del mercado musical, debido a que no fue diseñado para la diversión de un público consumidor de coreografías espectaculares, ni lleva en sí el germen de la competencia creada con base en el despliegue de las capacidades atléticas de sus intérpretes. Su embrujo se debe al manejo de antiguas técnicas para la seducción y la complicidad entre los cuerpos danzantes.


Récord Guiness de danzón


* Bailarina de Concierto por la Academia de la Danza Mexicana–INBA; Maestra en Antropología Social (ENAH); y, Maestra en Ciencias Antropológicas por la UAM. Ha sido Investigadora titular en la DGCPIU; la UAM-I; y de 1986 a la fecha en la Dirección de Etnología y Antropología Social (DEAS), que actualmente dirige, en el INAH.

1 Los tívolis fueron importantes centros recreativos que funcionaron desde las últimas dos décadas del siglo XIX hasta los cuarentas del XX. En varios de ellos había boliche, billares, cantina, restaurante y, claro está, un salón de baile. Al Tívoli Central acudían —sobre todo— la clase media, artistas e intelectuales; uno de ellos, Federico Gamboa incluye en su novela Santa, de 1903, una breve descripción sobre los bailes que ahí se realizaban, y entre los cuales encontramos el danzón.

2El fonógrafo fue “presentado” a la sociedad mexicana en el Teatro Nacional «anunciándose como «la caja que habla, hace reír y reproduce música sorprendentemente. A fines del siglo pasado se hicieron en México las primeras matrices en cera, que se llevaron a imprimir en rodillos a los Estados Unidos» (Jara Gómez et al., 1994:51).

3 La primera danzonera mexicana grabada en discos de 78 rpm en los Estados Unidos de Norteamérica fue la orquesta del compositor chiapaneco Esteban Alfonso, en 1916 (Flores, 1993:59).

4Al parecer la mayor parte de las ‘academias de baile’ de la segunda década del siglo pasado fungían como lugares para fichar; incluso de ahí surgió dicho término.

5Acerina le comentó a Merry Mac Masters (1995:30), en una entrevista, que primero llegó a Mérida, Yucatán; no obstante, Jesús Flores y Escalante (1993:75) afirma que Acerina llegó al Puerto de Veracruz, como bailarín de tumbas y guarachas en una compañía de bufos cubanos.

6 Al final del libro De Cuba con amor… (Jara Gómez et al., 1994:259-274) se incluye un pequeño apartado en el cual se brinda una lista muy importante sobre las películas en las que el danzón aparece directa e indirectamente en la trama. Dicho apartado constituye, como los mismos autores indican, un primer esbozo para el desarrollo del tema.

 

 

Referencias

Díaz Ayala, Cristóbal (1998). Cuando salí de La Habana. 1898-1997: cien años de música cubana por el mundo. Puerto Rico: Fundación Musicalia.

Flores y Escalante, Jesús (1987). Hey familia, así llegó el danzón [notas al disco AMEF08]. México: Asociación Mexicana de Estudios Fonográficos, A.C.

_____ (1993). Salón México: historia documental y gráfica del danzón en México. México: Asociación Mexicana de Estudios Fonográficos, A.C.

_____ (1994). Imágenes del danzón. Iconografía del danzón en México. México: Asociación Mexicana de Estudios Fonográficos, A.C./Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Dirección General de Culturas Populares.

Gamboa, Federico (1989). Santa. México: Fontamara.

García de León, Antonio (1996). “Con la vida en un danzón: notas sobre el movimiento inquilinario de Veracruz en 1922”, en Manuel Reyna Muñoz [coord.], Actores sociales en un proceso de transformación: Veracruz en los años veinte, pp.35-53. Xalapa: Universidad Veracruzana.

García Riera, Emilio (1986). Historia documental del cine mexicano. México: ERA. IX volúmenes.

Jara Gómez, Simón, Aurelio Rodríguez Yeyo y Antonio Zedillo Castillo (1994). De Cuba con amor... el danzón en México. México: Azabache/CONACULTA-DGCP.

MacMasters, Merry (1995). Recuerdos del son [“Consejo Valiente Roberts ¿es o no Acerina?”] pp. 2936. Colección Periodismo Cultural. México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

Monsiváis, Carlos (1983). “Salón México. Porque si Juárez no hubiera muerto”, en Danza y Teatro 36, pp.15-18. México.

Trejo, Ángel (1992). ¡Hey, familia, danzón dedicado a...! México: Plaza y Valdés Editores.

Zedillo Castillo, Antonio (S/F). “Un esbozo de la evolución del danzón en México”, en El arte de bailar, México, DDF/VIVA LA DANZA.

 

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