HISTORIA GENERAL DE
ESPAÑA
DISCURSO PRELIMINAR
La
humanidad vive, la sociedad marcha, los pueblos sufren cambios y vicisitudes,
los individuos obran. En esta marcha majestuosa, los individuos mueren y se
renuevan como las plantas; las familias desaparecen para renovarse también; las
sociedades se transforman, y de las ruinas de una sociedad que ha perecido nace
y se levanta otra nueva. Pasan esos eslabones que llamamos siglos: y al través
de estas desapariciones, de estas muertes, y de estas mudanzas, una sola cosa
permanece en pie, que marchando por encima de todas las generaciones y de todas
las edades, camina hacia su perfección. Ésta es la gran familia humana.
Como
en todo compuesto, así en este gigantesco conjunto cada parte que le compone
tiene una función propia que desempeñar. Cada individuo, cada familia, cada
pueblo, cada nación, cada sociedad ha recibido su especial misión, como cada
edad, cada siglo, cada generación tiene su índole, su carácter, su fisonomía.
Todo en relación a la vida universal de la humanidad.
Una
generación antigua, dividida en grupos de naciones, avanza hacia un fin que
conocía sólo el que guiaba secretamente el movimiento, al modo que las legiones
de un gran ejército concurren a un punto dado por caminos y direcciones
diferentes para encontrarse reunidas en un mismo día, sin que nadie penetre el
objeto sino el general en jefe que ha dispuesto aquella combinación de
evoluciones.
Ocurrió
la proclamación del cristianismo en las naciones del mundo y la gran catástrofe
de la caída del imperio romano. Y entonces pudieron conocer los pueblos de la
antigüedad que todos habían contribuido sin saberlo a aquella grande obra de la
regeneración humana. Entonces pudo penetrar el filósofo que no en vano la
Providencia había colocado la cabeza del aquel imperio en el centro del
Mediterráneo, que no en vano había dotado al pueblo-rey de aquel espíritu
incansable de conquista; porque era necesario un poder, que poniendo en
comunicación todos los territorios, todas las naciones mediterráneas,
conquistador primero y civilizador después, difundiera por todas aquellas
regiones un mismo lenguaje, una misma religión, un mismo derecho. Necesario era
que se desplomara aquel gran imperio al soplo del cristianismo; necesario esa
que Italia, las Galias, España, África, Grecia, Asia Menor, Siria, Egipto,
Judea, que después de estar sometidos al judaísmo y el politeísmo a una sola
voluntad, presenciaran aquella general transformación, para que el mundo
antiguo se convenciera de que llevaba en sí el secreto defecto de un principio
insuficiente para sostener la vida, y de que si el género humano había de
seguir marchando hacia su perfección necesitaba ya de otra religión, de otra
civilización, de otra vida.
Tenemos,
pues, fe en el dogma de la vida universal del mundo, que se alimenta de la vida
de todos los pueblos, de todas las regiones, de todas las castas y de todas las
edades. Líbrenos Dios de acoger la desconsoladora idea del continuo deterioro
de nuestra especie, que formuló Horacio, diciendo: “La edad de nuestros padres,
peor que la de nuestros abuelos, nos produjo a nosotros, peores que nuestros
padres, y que daremos pronto el ser a una raza más depravada que nosotros”.
II
Si la estructura de este compuesto
sistemático de territorios que nombramos Europa revela el grandioso plan del
Criador para la gran ley de la unidad en la variedad; si esas divisiones
geográficas parecen hechas y concertadas para que dentro de cada una de ellas
pueda encontrar cada sociedad las condiciones necesarias para una existencia
propia. ¿Quién no descubre en la situación geográfica de España la particular
misión que está llamada a cumplir en el desarrollo del magnífico programa de la
vida del mundo?
Cuartel
el más occidental de Europa, encerrado por naturaleza entre los Pirineos y los
mares, divididas sus comarcas por profundo ríos y montañas, parece fabricado su
territorio para encerrar en sí otras tantas sociedades, otros tantos pueblos,
otras tantas pequeñas naciones.
Así,
desde que los primeros pobladores se derraman por las varias zonas de su
territorio, al paso que se van asentando en sus diferentes comarcas, la
variedad del clima y de las producciones de cada suelo, la dificultad que el
terreno presenta para mantener relaciones entre las familias que se segregan,
los hace ir contrayendo hábitos y ocupaciones diferentes. Pero en medio de esta
diversidad de tendencias y de genios, se conserva siempre un fondo de carácter
común, que se mantiene inalterable a través de los siglos, que no bastan a
extinguir ni guerras intestinas ni dominaciones extrañas, y que anuncia que
habrá de ser el lazo que un día los habitantes del suelo español en un sola y
gran familia, gobernada por un solo cetro, bajo una sola religión y una sola
fe.
Y
a pesar de tener tan en relieve designados sus naturales límites, jamás pueblo
alguno sufrió tantas invasiones. El Oriente, el Norte y el Mediodía, Europa,
África, todos se conjuraron sucesivamente contra él. Pero tampoco ninguno ha
opuesto una resistencia tan perseverante y tenaz a la conquista. A fuerza de
tenacidad y de paciencia acaba por gastarlos a todos, y por vivir más que
ellos.
El
valor, primera virtud de los españoles, la tendencia al aislamiento, el
instinto conservador y el apego a lo pasado, la confianza en su Dios y el amor
a su religión, la constancia en los desastres, y el sufrimiento en los
infortunios, la bravura, la indisciplina, hija del orgullo y de la alta estima
de sí mismo, esa especie de soberbia, que sin dejar de aprovechar alguna vez a
la independencia colectiva, le perjudica por arrastrar demasiado a la
independencia individual, germen fecundo de acciones heroicas y temerarias, que
así produce abundancia de intrépidos guerreros, como ocasiona la escasez de
hábiles y entendidos generales, la sobriedad y templanza, que conducen al
desapego del trabajo, todas estas cualidades que se conservan siempre, hacen de
España un pueblo singular que no puede ser juzgado por analogía.
¿Qué
más? Como si la Providencia hubiera querido hacer resaltar del modo más visible
el destino especial de ésta Península, colocó al lado del pueblo más vivo y más
impaciente, el más bien hallado con sus antiguos hábitos; de la nación más
activa y más voluble, la menos aficionada a crearse nuevas y ficticias
necesidades: como si estuviesen destinados los dos vecinos pueblos, Francia y
España a contrabalancear la impetuosa fogosidad del uno con la fría calma del
otro, o a alentar el instinto estacionario de éste con el afán innovador de
aquél.
Mas
el apego a lo pasado no le impide a España seguir, aunque lentamente, su marcha
hacia la perfectibilidad; y cumpliendo con esta ley impuesta por la
Providencia, va recogiendo de cada dominación y de cada época una herencia
provechosa, aunque imperfecta que se conserva en su idioma, en su religión, en
su legislación y en sus costumbres. Veremos a este pueblo hacerse semi-latino,
semi-godo, semi-árabe, templándose su rústica y genial independencia primitiva
con la lengua, las leyes y las libertades comunales de los romanos, con las
tradiciones monárquicas y el derecho canónico de los godos, con las escuelas y
la poesía de los árabes. Lo veremos entrar en la lucha de los poderes sociales
que en la Edad Media pugnan por dominar en la organización de los pueblos. Le
veremos combatir en él las simpatías de origen con las antipatías de localidad
las inmunidades democráticas con los derechos señoriales, la teocracia y la
influencia religiosa con la feudalidad y la monarquía. Le veremos sacudir el
yugo extranjero y hacerse esclavo de un rey propio; conquistar la unidad
material, y perder las libertades civiles; ondear triunfante el estandarte
combatido de la fe, y dejar al fanatismo erigirse un trono.
¿Cómo ha ido pasando España por todas
estas modificaciones? ¿Cómo ha ido llegando el pueblo español al estado en que
hoy a nuestros ojos se presenta? ¿Cómo se ha ido desarrollando su vida propia y
su vida relativa? Echemos una ojeada general por su historia, y examinemos
rápidamente cada una de sus épocas.
III
Asia, cuna y semillero de la raza
humana, surte de pobladores a Europa. Tribus viajeras, que a semejanza del sol
caminan de Oriente a Occidente, vienen también a asentarse en este suelo que
tomó después el nombre de España. Los primeros moradores de que las imperfectas
y oscuras historias de los más apartados tiempos nos dan noticia, son los iberos.
Pero
otra raza de hombres viene a turbar a los iberos en la pacífica posesión de la
Península. Los Celtas, hombres de los bosques, no tardan en
chocar con los iberos, hombres del río. Más, o demasiado
iguales en fuerza para poderse arrojar los unos a los otros, o conocedores en
medio de su estado civil de sus intereses, acaban por aliarse y formar un solo
pueblo bajo el nombre de Celtíberos.
Acaso prevalezca el carácter ibérico sobre el celta, y le imprima su
civilización relativa. Y aunque las dos primitivas razas conserven algunos
rasgos distintivos de su carácter, sus cualidades comunes, tales como nos la
pinta Estrabón en el momento que arroja más luz sobre aquellos tiempos
ante-históricos, son el valor y la agilidad, el rudo desprecio de la vida, la
sobriedad, el amor a la independencia, el odio al extranjero, la repugnancia a
la unidad, el desdén por las alianzas, la tendencia al aislamiento y al
individualismo y a no confiar sino en sus propias fuerzas.
Los
iberos y los celtas son los creadores del fondo del carácter español. ¿Quién no
ve revelarse este mismo genio en todas épocas, desde Sagunto hasta Zaragoza,
desde Aníbal hasta Napoleón? ¡Pueblo singular! En cualquier tiempo que el
historiador le estudie, encuentra en él el carácter primitivo, creado allá en
los tiempos que se escapan a su cronología histórica.
Menester
era, no obstante, que la civilización de otros pueblos más adelantados viniera
a suavizar algún tanto la ruda energía de aquellos primeros pobladores. La
Biblia había elogiado el oro de Tharsis, y se creía que los Campos Elíseos de
Homero eran las riberas del Betis. Alicientes eran éstos que no podían dejar de
excitar la codicia de los especuladores Fenicios,
los más acreditados navegantes de su tiempo, y pronto se vio a los bajeles
tirios aportar a las playas meridionales de España. El litoral de la Bética se
abre sin dificultad a aquellos mercaderes inofensivos, que parece no vienen a
hostilizar al país, sino a erigir un templo a Hércules, y a cambiar artefactos
desconocidos por un oro cuyo precio tampoco conocen los naturales. Ellos
avanzan, establecen factorías de comercio, explotan minas, transportan las
riquezas a Tiro, y dejan a los iberos algunas mercancías y las primeras
semillas de una civilización.
Resonaba
ya en Grecia la fama de las riquezas de nuestra Península, y a su vez los Griegos de Rodas los de Zante y los Focenses, acuden a este suelo
afortunado; fundan a Rosas, Sagunto, Denia y Ampurias, y enseñan a los
españoles el culto a Diana y el alfabeto de Cadmo, aprendido de los fenicios y
modificado por ellos. Tampoco oponen los naturales gran resistencia a los
nuevos colonizadores, porque hasta ahora sólo han experimentado los dos más
suaves sistemas de civilización, el del comercio y el de las letras.
Pero
no tardan los fenicios en inspirar recelos a los indígenas, que, apercibidos de
su credulidad, y viendo de mal ojo la arrogancia de aquellos y el ascendiente
que les permite tomar su excesiva opulencia, comienzan a dar las primeras
muestras de su humor independiente y altivo, y no dejan gozar de reposo a los
colonos de Cádiz, guerreándolos y hostigándolos sin piedad. Los gaditanos en su
apuro acuden en demanda de auxilio a sus hermanos de Cartago, colonia también
de Tiro e hija suya emancipada, que, habiendo asesinado a su madre por
heredarla, no es extraño que se propusiera matar también a su hermana de Cádiz
fingiéndose su protectora.
El
ataque de los españoles a los fenicios es la primera protesta de su
independencia; la venida de los Cartagineses,
el primer anuncio de las rudas pruebas que los aguardan; y la expulsión de los
fenicios por sus hermanos de Cartago el primer ejemplo que en España se ofrece
de como los auxiliadores invocados suelen trocarse en dominadores y enemigos.
En
efecto, apenas sientas los cartagineses su planta en España, estos mercaderes y
guerreros sin corazón, atacan igualmente a fenicios, a griegos y a indígenas. A
beneficio de la antigüedad y superioridad de sus armas subyugan el litoral;
pero no penetran el mismo laberinto de la España central sin tener que sufrir
serios choques y obstinada resistencia de parte de un pueblo rudo, pero libre.
La lucha dura siglos enteros, y Cartago conquista, pero no domina.
Se
difirió la conquista de España mientras la república entretenía sus ejércitos
en las guerras de Sicilia y de África. Pero el león de Numidia, que no ha
cesado de atisbar a su presa de España, no esperaba sino una ocasión oportuna
para lanzarse a ella. Se presentó esta ocasión después de la primera guerra
púnica, y Cartago, que medita resarcirse en España de sus pérdidas de Sicilia,
desemboca en ella sus mayores ejércitos y sus mejores generales. El genio de la
conquista se encontró con el genio de la resistencia, y a Anibal, el mayor
guerrero del siglo, respondió Sagunto, la ciudad más heroica del mundo. De las
ruinas humeantes de Sagunto salió una voz que avisó a las generaciones futuras
de cuánto era capaz el heroísmo español. Transcurridos millares de años, el eco
de otra ciudad de España, con ella todo el pueblo, respondió a la voz de
Sagunto, mostrando que al cabo de veinte siglos no había sido olvidado su alto
ejemplo.
Roma aparece a la vez en nuestro suelo.
Pero no viene a socorrer a Sagunto su aliada. Se le ha pasado el tiempo en
meditarlo, y es tarde. Viene a distraer a sus rivales cartagineses, que
amenazaban acabar con el poder romano en el corazón mismo de la república, y
desde entonces queda señalada y como de mutuo y tácito acuerdo elegida esta
región para teatro sangriento en las dos más poderosas y eternamente enemigas
repúblicas se han de disputar el imperio del mundo. Se trataba de decidir en
esta lucha si la esclavitud del género humano saldría del senado de Cartago o
del de Roma. Los españoles, en vez de aliarse entre sí para lanzar de su suelo
a unos y a otros invasores, se hacen auxiliares de los dos rivales, y se
fabrican ellos mismos su propia esclavitud. Es el genio ibero, es la
repugnancia a la unidad y la tendencia al aislamiento el que les hace forjarse
sus cadenas. Hombres individualmente indomables, se harían esclavos por no
unirse. Los veremos tenaces en conservar sus virtudes como sus defectos. Las
mismas causas, los mismos vicios de carácter y de organización traerán en
tiempos posteriores la ruina de España, o la pondrán al borde de su pérdida.
Después
de largas luchas en los campos españoles se decide que el cetro del mundo
pertenecerá a Roma. La cuestión no la resuelven ni la superioridad de las armas
romanas sobre los cartagineses, ni la de los talentos de Escipión sobre los de
Aníbal. La resuelven los españoles mismos, que más simpáticos hacia los
romanos, porque han tenido el artificio de presentarse más nobles y generosos
hacia ellos, se identifican más con su causa, y les prestan mayor auxilio. Roma
triunfa, y los cartagineses son expulsados de España. Quedaron ahí las cenizas
de Amilcar y de Asdrúbal, y muchos testimonios de la fe púnica.
Escipión
victorioso, pasa a Roma a dar gracias a Júpiter capitolino. Escipión se creyó
dueño de España con la expulsión de los cartagineses, y no había hecho sino
vencer a Cartago en España. Se lisonjeaba de haber añadido una provincia más al
imperio, y se equivocó en doscientos años. Ni Escipión ni el senado pudieron
imaginarse entonces que habían de pasar dos siglos antes de poder llamar a
España provincia de Roma.
Ciertamente
si todos los romanos hubieran sido Escipiones, si todos se hubieran conducido
como el generoso vencedor de Cartagena, nada más fácil a Roma amiga que haberse
convertido en Roma señora. Más cuando los españoles se vieron tratados, no como
aliados o amigos, sino como un pueblo conquistado; cuando se vieron sometidos a
una serie de avaros procónsules y de pretores codiciosos, explotadores de sus
riquezas, con un sistema regularizado de exacciones y de rapiñas, entonces se
apercibieron de su decepción, resucitó el innato y fiero humor independiente de
los indígenas y dio principio a la guerra de resistencia, cadena perpetua de
sumisiones y de rebeliones siempre renacientes, que comenzó por los Ilergetes y acabó dos siglos después
por los cántabros y astures, que costó arroyos de sangre a
los españoles y ríos de sangre a los romanos.
¡Cosa
singular! Aquellos españoles que enseñaron al mundo de cuanto era capaz el
genio de la independencia, ayudado del valor y de la perseverancia, no pudieron
aprender ellos mismos la más sencilla de todas las máximas, la fuerza que da la
unión.
Viriato,
ese tipo de guerreros sin escuela que tan fecundo ha sido siempre el suelo
español, que de pastores o bandidos llegan a hacerse prácticos o consumados
generales; Viriato derrota a cuantos pretores o cónsules y cuantas legiones
envía Roma contra él. Pero los españoles, en vez de agruparse en derredor de la
bandera de tan intrépido jefe, permanecen divididos, y Viriato pelea aislado
con sus bandas. Aun así, desbarata ejércitos, y hace balancear el poder de la
república, que en su altivez no se avergüenza de pedirle la paz; y no sabemos
dónde hubiera llegado, si la traición romana no hubiera clavado el puñal en el
corazón del generoso guerrero lusitano.
Numancia,
la inmortal Numancia, que probó con su ejemplo lo que nadie hubiera creído, a
saber, que cabía en lo posible exceder en heroísmo y en gloria a Sagunto;
Numancia, terror y vergüenza de la república, vencedora de cuatro ejércitos con
un puñado de valientes; Numancia, cuando se ve apurada, aunque no combatida,
por el formidable ejército de Escipión, demanda socorro a sus vecinos, pero en
vez de auxilio eficaz encuentran sólo una compasión estéril, y Numancia se
defiende sola. Así con todo, el mundo duda por algún tiempo cuál de los dos
será la vencedora y cuál la vencida, si Roma o Numancia, si la señora del orbe
o la pobre ciudad de la Celtiberia.
Pero
si los españoles, entonces medio inciviles, no aprendieron en dos siglos de
costosa prueba emplear el medio de la unión que hubiera podido darles el
triunfo. Aníbal había fingido amarlos, y fue la causa de que a pesar del
sacrificio de Sagunto le siguieran aquellos españoles que le dieron los
triunfos de Trasimeno y Cannas. Los Escipiones hallaron auxiliares donde quiera
que supieron buscar amigos, y ganando primeo los corazones de los españoles,
ganaban después batallas a los cartagineses. Más tarde Sertorio, proscrito
romano, busca un asilo en España, estudia el carácter de este pueblo, le
acaricia, halaga el orgullo nacional, se muestra justo y benéfico, y captándose
el afecto de los naturales, acuden estos en masa en derredor de un hombre, que
para ellos ha dejado de ser extranjero. El proscrito de Sila se encuentra al
poco tiempo en actitud de desafiar a la república, y a punto de emancipar a
España, o de hacer de ella una segunda Roma. Y si no se completó su obra, fue
porque Sertorio tuvo la virtud y el defecto de no acabar de ser español y no
querer dejar de ser romano. Ni Roma ni España aprendieron lo que les convenía y
estuvieron doscientos años destrozándose sin conocerse.
Los españoles cometieron la última
imprudencia, la de pelear, ya en favor de César, ya en el de los Pompeyos,
acabando así de forjarse los hierros de su esclavitud.
En los campos de Munda se pronunció
el fallo que declaró al vencedor de Farsalia dueño de España y del orbe. En
aquel vasto cementerio de cadáveres romanos quedó sepultada la independencia de
España. César redondea su conquista apoderándose de unas pocas ciudades todavía
rebeldes, y dando por terminado el papel de conquistador, comienza el de
político. Debieron lisonjear mucho al vencedor los nombres de Julia o de Cesárea con que se apresuraron a apellidarse muchas poblaciones
españolas. Antes de salir de España quiso César plantar con su mano en la
elegante Córdoba el famoso plátano que inmortalizó la graciosa musa del español
Marcial: plátano que había de simbolizar la civilización romana, hasta que
sobre sus secas raíces creciera, tiempo andando, en los mismos jardines de
Córdoba la esbelta palma de Oriente, plantada por el califa poeta Abderrahmám,
emblema de otra civilización que reemplazaba a la romana; viniendo a ser
aquella ciudad favorecida el centro de dos civilizaciones, representadas en dos
árboles.
Parecía que no faltaba ya nada a
Roma para ser señora absoluta de España; y así hubiera acontecido en otro país
en que estuviera menos arraigado el amor a la independencia. Pero se había este
refugiado y se conservaba en las montañas, último baluarte de las libertades de
los pueblos, como las cuevas suelen ser el postrer asilo de la religión
perseguida. Era ya Roma dueña del mundo, y solamente no lo era todavía de
algunos rincones de España habitados por rudos montañeses, en cuyas humildes
cabañas no había logrado penetrar ni el genio de la conquista ni el genio de la
civilización. Los cántabros y los astures se atrevieron todavía a desafiar
ellos solos, pocos, pobres e incivilizados, el poderío inmenso de la justamente
enorgullecida Roma. Parece que la soberbia romana hubiera debido mirar con
desdeñosa indiferencia la temeraria protesta de aquellas pobres gentes, como
los últimos impotentes esfuerzos de un moribundo. Y, sin embargo, fue menester
que el mismo Augusto descendiera del
solio que el mundo acababa de erigirle, para venir en persona a combatir a un
puñado de montaraces. En esta desigual campaña pudo recoger un triunfo que no
era posible disputarle, pero triunfo sin gloria; la gloria fue para los
vencidos, que solo lo fueron o recibiendo la muerte o dándosela con propia
mano.
Ya Augusto había cerrado el templo
de Jano, signo de dar por pacificado
el mundo, y todavía de los riscos de Asturias, de allí donde en siglos
posteriores había de revivir el fuego de la independencia, salió el último reto
de libertad contra la opresión. Augusto pudo avergonzarse de haberse anticipado
a cerrar el templo del dios de las dos caras. Otra lucha todavía más desigual,
y por lo tanto menos gloriosa para las armas romanas, acababa de definir el
triunfo definitivo. Los cántabros y astures, oprimidos por el número de sus
enemigos, o buscan una muerte desesperada en las lanzas romanas, o se las dan
con sus propios aceros; en los valles y en los montes se reproducen las escenas
de Sagunto y de Numancia; las madres degüellan a sus propios hijos para que no
sobrevivan a la esclavitud, y sólo así logran las águilas romanas penetrar en
las montuosas regiones de la Península.
IV
Reducida España a simple provincia
romana, con dioses, lengua, leyes y costumbres romanas, cesa o se interrumpe
por siglos enteros lo que podemos llamar su historia activa y propia y comienza
su historia política, si bien refundida en su mayor parte en la del antiguo
mundo europeo.
Le tocó a Octavio Augusto llenar una de las más bellas misiones que pueden
caber a un mortal, la de pacificar el mundo que César había conquistado; y
España bajo la paz octaviana recibe la unidad y la civilización a cambio de la
independencia perdida. Bajo su benéfica administración descansa España de sus
largas guerras, y recibiendo un trato y unas mejoras a que no estaba
acostumbrada, no es maravilla que levante templos y altares al primer señor del
mundo a quien la lisonja humana había divinizado. Cierto que serían más hijas
del cálculo que del sentimiento las virtudes que le merecieron la apoteosis, y
que invocó a las musas para que cubrieran con laureles el cetro con que
avasallaba el mundo. Pero los tiempos y los hombres vinieron a enseñar que le
faltaba mucho a Augusto para ser el peor de los tiranos.
España vencida ganó en civilización
lo que perdió en independencia. Recibió artes y letras, lenguaje, culto y leyes
tutelares; vio su suelo cubierto de obras magníficas de utilidad y de belleza;
de puentes, de acueductos, de grandes vías de comunicación abiertas por entre
las barreras de las montañas, y fue adquiriendo para sus naturales, ya derechos
de ciudadanía, ya participación en las altas dignidades del imperio. Sufrió una
catástrofe, y entró en el número de los pueblos civilizados. Trascurridos
siglos volverán a perder su unidad, y volverá a recobrar su independencia y su
integridad material sin el sacrificio de la libertad civil; hasta que con el
tiempo logre amalgamar estos grandes bienes de los pueblos.
Veremos a España llorando a Augusto
bajo Tiberio, llegando a sentir a
Tiberio bajo el perverso Calígula y
los demás monstruos que deshonraron el trono imperial. Ella es la que liberta
al mundo de la feroz tiranía de Nerón,
siendo después mal correspondida por Galba.
Vespasiano la dota de los derechos
de ciudad latina. Tito la hace gozar
de las dulzuras que derrama sobre el género humano. Trajano la enriquece de soberbios monumentos, es feliz bajo los Antoninos, la agobian los Domicianos y los Decios y participa de la común suerte de las provincias del
imperio, según que en el trono imperial se sienta la virtud o el vicio, el lujo
o la modestia, la magnificencia o la codicia, la dulzura filosófica o la
tiranía brutal, o el desenfreno personificado.
Aún en los siglos en que fue España
una provincia del imperio, tiene su historia propia y sus glorias especiales,
nuestros propios dominadores nos dicen: “El
primer cónsul extranjero que hubo en Roma fue un español. El primer extranjero
que recibió los honores del triunfo, español también. El primer emperador
extranjero, español igualmente.” ¡Dichoso suelo, que tuvo el privilegio de
recoger las primicias de la participación que la señora del orbe se vio
obligada a dar en las altas dignidades de imperio a otros que no fuesen
romanos!
Ni fue sólo un emperador el que
España suministró a Roma. Trajano el
Magnífico, Adriano el Ilustre, Teodosio el Grande, fueron españoles. Marco Aurelio el Filósofo, era un
vástago de familia española. Se diría que España se había propuesto abochornar
a Roma, dándole emperadores virtuosos e ilustres a cambio de los pretores
rapaces y de los gobernadores avaros que ella durante la conquista le había
regalado.
Con no menos generosidad le pagó su
ilustración literaria. No creería Roma que la semilla de esta educación había
de caer en un suelo tan agradecido, que antes de transcurrir cincuenta años le
había de volver España una literatura y que a los Virgilios y Horacios del
tiempo de Augusto había de responderle con los Lucanos y los Sénecas del tiempo
de Nerón, ni menos que la literatura española habría de imprimir a la romana el
sello de su gusto nativo y de trasmitirle hasta sus defectos.
Debió no obstante España a su
dominadora una institución, con la cual parece haberla querido consolar de la
libertad que le había arrancado; institución destinada a aclimatarse en este
suelo, y a ser el germen y el principio restaurador, no ya de su libertad
primitiva, sino de otra libertad más culta y más regularizada. La veremos
plantarse, desarrollarse, crecer, ocultarse o protestar perpetuamente contra
todo lo que tienda a destruirla. Aún conservan el nombre de municipios esas
pequeñas repúblicas comunales que más adelante se crearon en España, aunque
modificadas en su organización y en sus funciones.
Pero la civilización romana era
demasiado imperfecta para que pudiera llenar los altos fines de la creación.
Era la civilización de la guerra, de la conquista y de la servidumbre, y el
mundo necesitaba ya otra civilización más pura, más suave y más humanitaria.
Sus dioses eran tan depravados como sus señores, y la humanidad no podía
consolarse con un Olimpo de divinidades inmorales, y con un gobierno de hombres
que se decretaban así mismos la apoteosis, que divinizaban los crímenes, y
hacían dar culto a las bestias. La antigua sociedad iba cumpliendo el plazo que
le estaba marcado. Era menester un grande acaecimiento que cambiara la faz del
mundo y regenerara la gran familia humana. Esta obra estaba prevista; sonó la
hora del cumplimiento de las profecías, y nació el cristianismo.
Y vino el cristianismo al tiempo que
había de venir, como todas las grandes revoluciones preparadas por Dios. Vino a
dar la unidad al mundo, cuando la unidad se iba a disolver. Vino a reformar por
la caridad una sociedad que la espada había formado y que la espada destruía.
Vino a predicar la abnegación, cuando la doctrina sensual del epicureísmo amenazaba de corromper a los hombres, si algo les faltaba. Vino a
inculcar el sacrificio incruento del espíritu, cuando los sangrientos
holocaustos humanos servían de placentero espectáculo a los hombres y a las
matronas, y de alegre y sabroso recreo a las delicadas doncellas. Vino a
enseñar que los esclavos que se arrojaban a pelear con las fieras, y a
servirlas de pasto eran iguales a los emperadores ante la presencia de Dios.
Humilde al nacer el cristianismo, y lento en propagarse,
como todo lo que está destinado a una duración larga y segura, va poco a poco
minando sordamente el viejo y carcomido edificio de la gentilidad; poco a poco
va subiendo desde la choza hasta el trono; desde la red del pescador hasta la
púrpura imperial: pero todavía después de haber enarbolado Constantino sobre el
trono de los Césares el lábaro de la fe, los cargos públicos se conservaban en
manos paganas, el senado era pagano, y los decrépitos ídolos tenían la
jactancia de estar en mayoría y de creerse inmortales. Todavía en las márgenes
del Duero recibían Diana y Pasiphae la ofrenda de una vaca blanca inmolada en
la celebridad de la superstición
cristiana extinguida. Hombres y dioses se pagaban de estas ceremonias
pueriles, mientras el cristianismo, que daban por extinguido, se iba
infiltrando suavemente en los corazones y ganándolos al nuevo culto.
La nueva religión encomienda su
triunfo a la tolerancia y a la caridad; la vieja religión apela para sostenerse
a las fieras y a los patíbulos. Constantino, emperador cristiano, ordena que no
se inquiete a nadie, que cada cual siga la religión que más guste, y que
paganos e infieles sean igualmente considerados: los emperadores y procónsules
paganos gritan: “Cristianos a las
hogueras; cristianos a los leones.” ¡Qué contraste! Pero las llamas que
consumen el cuerpo de una doncella inocente, encienden la fe en el corazón de
sus compañeras, y gana al cristianismo multitud de vírgenes. La cuchilla del
verdugo cercena el cuello de una víctima, y los hombres de valor, al observar
que la fe cristiana inspira el heroísmo, proclaman que ellos también quieren
ser héroes; y antes se cansan los brazos de los sacrificadores que falte quien
se ofrezca al sacrificio. Otros se refugian a las catacumbas: el cristianismo
no se compone sólo de mártires y de héroes; admite también en su seno a los
pobres de espíritu.
El martirio no podía retraer de
hacerse cristianos a los españoles, siendo los descendientes de aquellos
antiguos celtíberos tan despreciadores de la vida. Así fue, que además de los
campeones de la nueva fe que de cada ciudad fueron brotando aisladamente en
esta lucha generosa, sólo Zaragoza bajo la frenética tiranía de Daciano añadió
tantos héroes al catálogo de los mártires, que por no poderse contar se
llamaron los innumerables. Esta
ciudad, que dio innumerables mártires a la religión, había de dar, siglos
andando, innumerables mártires a la patria.
Acude luego la filosofía en apoyo del
nuevo dogma, y la voz robusta y elocuente de los Ciprianos y los Tertulianos
disipa las más brillantes utopías de los agudos ingenuos del paganismo, los
Sócrates y los Platones; y derrama la verdadera luz sobre el enigma de la vida,
hasta entonces ni descifrado ni comprendido. El politeísmo recibe con esto un
golpe mortal, del que ya no alcanzará a levantarle las doctrinas de la vieja
escuela. Juliano, emperador filósofo y apóstata astuto, se propuso eclipsar las
glorias de Constantino, y tuvo que resignarse a ser ejemplo y testimonio de que
la idolatría había acabado virtualmente. “¡Venciste,
oh Galileo!” exclamó: emitió una blasfemia, y blasfemando proclamó una
verdad.
Descuella en esta época sobre todo las
figuras de su tiempo un personaje bello y colosal. Sabio, virtuoso y elocuente,
tan enemigo del paganismo como de la herejía (que la herejía vino luego a
luchar con la fe ortodoxa para depurarla en el crisol de la controversia),
difunde la luz de su ciencia en los concilios, preside con dignidad estas
asambleas católicas, combate con vigor la herejía arriana, escapa de la
amenazante cuchilla de los verdugos de Diocleciano, expone con valor a
Constantino la doctrina de la separación de los poderes temporales y
espirituales, que el emperador oye con escándalo y el mundo escucha por primera
vez con sorpresa. A la edad de cien años cruza dos veces de una a otra
extremidad del imperio defendiendo siempre la causa del cristianismo. Este
venerable y gigantesco personaje era un español, era Osio, obispo de Córdoba. La España suministrando emperadores
ilustres a Roma: la España suministrando prelados insignes a la naciente
Iglesia.
Pero el politeísmo, minado ya por la
doctrina de la unidad, no había de acabar de caer hasta que fuese derribado por
la fuerza. El paganismo y el imperio, los desacreditados dioses y los
corrompidos señores, debían caer con estrépito y simultáneamente: engrandecidos
por la fuerza, a la fuerza habían de sucumbir. ¿Más dónde está, y de dónde ha
de venir esa fuerza que ha de derrocar el coloso? La Providencia, hemos dicho
en el principio de este discurso, cuando suena la hora de la oportunidad,
dispone los hechos para el triunfo de las ideas.
Para eso han estado escalonadas siglos
ha desde el Tanais hasta el Danubio, amenazando al imperio, ese enjambre de
tribus y poblaciones bárbaras, lanzadas y como escupidas por el Asia hacia el
Norte de Europa. Las más inmediatas constituyen como una barrera entre la
barbarie y la civilización. Son los godos, vanguardia de otras razas más
salvajes todavía que empujados por ellas se derraman como torrente devastador
por las provincias romanas. Pelean, son rechazados, vuelven a guerrear y
vencen. Cuando el emperador Valente quiso atreverse a combatirlos, expió su
anterior debilidad, siendo quemado por ellos dentro de una choza miserable. El
imperio bambolea; y antes se desplomará, si el español Teodosio, último
destello de las antiguas virtudes romanas, y glorioso paréntesis entre la
corrupción pasada y la degradación futura, no detuviera con mano fuerte su
ruina, que sin embargo no puede hacer sino aplazar. Porque los destinos de Roma
se iban cumpliendo, y era llegado el periodo en que tenía que decidirse la lucha
entre la sociedad antigua y la sociedad nueva. Llegan a encontrarse de frente
Honorio y Alarico, un emperador débil y un rey bárbaro: el romano degenerado no
tiene valor para soportar la mirada varonil del hijo del Septentrión. El
sucesor de los Césares huye cobardemente a Rávena, y deja abandonada la ciudad
eterna a las hordas del desierto. Alarico humilla a la señora del mundo antes
de destruirla, y Roma, para pagar el precio en que un godo ha tasado las vidas
de sus habitantes, despoja los templos de sus dioses y reduce a moneda la
estatua de oro del Valor. ¡Digna
expiación de Roma pagana y de Roma afeminada! Ella misma saquea sus dioses, y
el valor es inútil donde no ha quedado ya más que molicie.
No contento todavía el bárbaro, entra
a saco a la ciudad del Capitolio, y la depredadora del universo es entregada a
su vez a un pillaje general.
La ciudad de los Césares ha sucumbido,
se acabaron sus héroes, y sus divinidades han sido hechas pedazos. El genio de
la barbarie se enseñorea de la que fue centro de una civilización de bacanales
y de asiáticos deleites. ¿Quién ha guiado al instrumento de la destrucción? El
mismo Alarico lo reveló sin saberlo. “Siento dentro de mí, decía el godo, una
voz secreta que me grita: “Marcha, y ve a destruir a Roma.” Era la voz de la
Providencia: Alarico la sentía, pero el bárbaro no sabía su nombre.
¿Y qué significa la conducta de
Alarico con los cristianos en Roma? El saquea, mata, derriba los ídolos, pero
respeta los templos cristianos, perdona a los que buscan en ellos un asilo e
interrumpe el saqueo para llevar la procesión las reliquias de un mártir. Es
que Alarico y sus hordas traen una misión más alta que la de destruir. Es el
genio del cristianismo que se anuncias como el futuro dominador del mundo, y
que ha de asentar su trono allí mismo donde le tuvo la proscrita dominación
pagana. Por eso estuvieron los godos tantos años en contacto con el imperio:
porque era menester que cuando destruyeran los que estaban llamados a
conquistar, vinieran ya ellos conquistados por la idea religiosa. Por eso la
Providencia había dispuesto que los primeros invasores de la Europa meridional
y occidental fueran los godos, los menos bárbaros de aquellas tribus salvajes,
y los más dispuestos a recibir un principio civilizador. Ya se columbran las
ideas que regirán el mundo en tiempos venideros. Ellos traen además el sentimiento
de la libertad individual, desconocido en las antiguas sociedades, y que será
el elemento principal de progreso en las sociedades que van a nacer.
Pero antes tiene que pasar la
humanidad por dolorosas calamidades. Es el período más terrible por que ha
tenido que atravesar el género humano, porque también es la mudanza más grande
que ha sufrido. El individuo padecerá mucho en estos días desgraciados, pero la
humanidad progresará. Multitud de otras tribus bárbaras se lanzan como bandadas
buscando presas, las unas por las regiones orientales, por las occidentales las
otras del moribundo imperio romano. Suevos, alanos, vándalos, francos,
borgoñones, hérulos, sármatas, y tantas otras razas, se desparraman desde el
Vístula y el Danubio hasta el Tajo y el Betis, llevando delante de sí la
devastación y el exterminio; y los romanos, bárbaros, semi-bárbaros, se
revuelven en larga y confusa guerra, en la Alemania, Italia, las Galias, España
y hasta el África. A pesar de lo que se había difundido ya el cristianismo, el
mundo llegó a sospechar si Dios habría retirado de él la mano de su
providencia. Entonces se dejó oír desde las regiones de África la elocuente y
vigorosa voz de un Padre de la Iglesia, del obispo de Hipona, exhortando a la
humanidad a que no desfalleciera en tanta angustia, enseñando a los hombres que
Dios había querido castigar al mundo antes de regenerarle, y que tendría un
término sus dolores.
Ciertamente, si la cólera divina
hubiera tenido decretada más venganza, ningún instrumento hubiera podido elegir
mejor para acabar de afligir a la humanidad que el fiero jefe de los hunos,
Atila, la más ruda figura histórica que han conocido los siglos. Más cuando el
feroz Atila se desprendió de lo sombríos bosques de la Germania para venir a
inundar con sus innumerables y salvajes hordas la tierra ya harto ensangrentada
por sus predecesores, entonces se oyó en Occidente una voz estruendosa que
proclamó: No más bárbaros ya. Y
aliándose como providencialmente, romanos, godos, francos, los restos del mundo
civilizado y las nuevas razas en que se había inculcado la fe, salen al
encuentro del más formidable de todos los bárbaros, y en los campos de Chalons
se traba la batalla más horrible y más famosa de que dan noticia los anales del
mundo. Atila es derrotado; la sangre de los hunos hace salir de sus cauces los
ríos; el león del desierto se retira a su cueva, a cuya entrada desahoga en
espantosos rugidos: la barbarie ha sido rechazada; los bosques germánicos cesan
de arrojar salvajes, y si algunos se desgajan todavía, son ya repelidos por los
mismos pueblos asentados en territorio romano; y la humanidad recibió un
consuelo vislumbrado que la civilización se había salvado en aquella tremenda
lid.
Durante esta angustiosa lucha de
pueblos y de generaciones, el decrépito imperio romano, mutilado, atacado en su
corazón y herido de muerte en su cabeza, va arrastrando una agonía. En Oriente
se conserva un fantasma de poder, y en el Occidente se asemeja a un cadáver
palpitante. Odoacro reina a fin en Italia, y Roma concluye su misión. El
imperio que comenzó por un hombre a quien el mérito hizo apellidar con el
nombre divino de Augusto, termina en
Occidente con otro hombre a quien por irrisión y sarcasmo se aplicó el de Augústulo. Este miserable ni siquiera
tuvo la triste gloria de ser llamado el último romano: este título se lo había
arrebatado Aecio, postrer destello del antiguo valor de Roma.
Con toda esta ignominia acabó el
imperio más poderoso que ha conocido el orbe.
V
Casi al mismo tiempo que Alarico
saqueaba Roma, al principio del siglo V de la era cristiana, franqueaban los
Pirineos tres razas de bárbaros, cuya planta salvaje llevaba tras sí la
devastación, el incendio y la muerte. Eran los Suevos, los vándalos y
los Alanos. Viene a completar el
cuadro desolador un hambre horrorosa y una peste mortífera. Faltan campos donde
sepultar tantos cadáveres; el pueblo sabe con horror que una madre ha devorado
uno tras otro sus cuatro hijos. La voz dolorosa de España resonó en toda
Europa, y la Iglesia consignó sus lamentos en sus melancólicas letanías.
¿Serán estos los pueblos destinados a
heredar esta rica y fértil provincia? No: ni España lo merece, ni Dios lo
permite. Unos y otros serán arrojados por otro pueblo menos indigno que ellos
de ocupar este suelo privilegiado, los
visigodos.
Esta misión comienza a llenarla
Ataulfo, que por lo menos había tenido el mérito de no recoger para sí en el
saqueo de Roma otro botín que a la bella Placidia, para convertirla de esclava
en esposa. Prosíguela Walia con más fortuna, aunque a nombre todavía del
imbécil emperador romano que se hacía la ilusión de dominar en España. Eurico
es el que se atreve a emancipar abiertamente la España del expirante poder
romano, y a conquistarla para sí. La España deja de ser romana y se hace goda,
y Eurico aparece como un gigante que sentado sobre el Pirineo abarca con sus
brazos la España entera y la Galia meridional. Es el mayor estado de Occidente
que se ha formado sobre las ruinas del imperio.
Alarico II es víctima de la deslealtad
de Clodoveo, rey de los francos, que le sonríe y halaga en un festín para
quitarle alevosamente la vida en el campo de batalla. Pierden los godos en los
campos de Poitiers una gran parte de la Galia gótica, y aunque conservan la
Septimania, el asiento de la monarquía goda se fijará ya en la Península
española. Aquí es donde ha de tener su centro, su fuerza, su porvenir, su
declinación y su caída. En los tiempos de Alarico II, un siglo después de
Alarico I, es cuando se ven formadas las tres grandes naciones neo-latinas,
Italia, España y Francia, fundadas por las tres grandes razas septentrionales, ostrogodas, visigodas y francos, que
se arrogaron la más pingüe herencia del desmoronado imperio.
Pasa la monarquía godo-hispana después
de Alarico II, por alternativas y vicisitudes de decadencia y engrandecimiento;
agítanla rebeliones intestinas, y la inquietan invasiones y guerras extrañas.
Por dentro los indóciles vascos,
cántabros y astures, de
indomable genio, y los suevos de
Galicia, reino ingerto, que aparece y desaparece, muere y resucita
misteriosamente por períodos. Por el litoral, los griegos bizantinos, pegadizos huéspedes y vecinos incómodos, que
servían para alentar banderías y conspiraciones y entretener las fuerzas del
reino. Por el Pirineo oriental la raza franca,
rival envidiosa de los visigodos, que hacía servir las diferencias religiosas
para trabajarlos y enflaquecerlos, y les iba arrancando a pedazos las
posesiones góticas de las Galias. Hasta Suintila ninguno pudo llamarse rey de toda
España sin contradicción.
¿Cómo tan pronto se apoderaron los bárbaros
del Norte de esta nación belicosa que por tantos siglos resistió a la más
ilustrada y más poderosa república del mundo? ¿Es que había degenerado el genio
indomable de los antiguos celtíberos? Algo había. Pueblo ya la España de
artistas, de agricultores, de literatos y de clérigos, infectado de la inercia
y de la molicie de la corrompida civilización romana, no era fácil que
resistiera al rudo empuje y a la salvaje energía del pueblo soldado, endurecido
con el ejercicio de la guerra, y que contaba tantos guerreros como individuos.
¿Ni qué interés tenían ya los españoles en seguir viviendo bajo la coyunda de
los gobernadores romanos? ¿No les sobraban motivos para mirar a los nuevos
conquistadores como mensajeros de su libertad? Salviano lo dijo bien: “El común
sentimiento de los españoles es que vale más la jurisdicción de los godos que
la de los magistrados imperiales. ¡Ojalá, dicen, nos sea permitido vivir bajo
las leyes de estos bárbaros!” Lección grande que enseña a los pueblos
dominadores hasta donde pueden llevar a los pueblos oprimidos la exasperación.
Explícase esto aun por sus causas naturales, y sin recurrir al espíritu
superior que guiaba los acontecimientos por en medio de aquel caos de
devastación y de sangre.
Pero la España bajo la dominación de
los bárbaros no se hace bárbara. Al contrario, los bárbaros son los que
civilizan en ella. Demasiado incultos los godos para continuar la misión de
Roma, pero los más aptos de todos los septentrionales para recibir la cultura,
van cediendo al ascendiente de la civilización romano-hispana, y los
conquistadores materiales del suelo español acaban por ser moralmente
conquistados por los españoles.
La fusión se hace lenta. Al principio
los dos pueblos, conquistado y conquistador, viven civilmente separados, aunque
sometidos a un solo cetro. Una legislación rige para los godos, y otra para los
romanos-hispanos. Ni aun siquiera en el hogar doméstico pueden unirse las dos
razas, porque la ley prohíbe los matrimonios entre godos y españoles. Pero el
convencimiento va haciendo desaparecer paso a paso esta situación anómala. La
fuerza de la unidad material va obligando a la legislación a marchar hacia la
unidad política. El más severo de los monarcas godos, Leovigildo, salta por
encima de la prohibición legal, y se une en matrimonio con una española. El
ejemplo práctico del trono protesta ya contra lo absurdo y lo irrealizable del
derecho; y Chindasvinto y Recesvinto acaban de uniformar la legislación para
los dos pueblos y autorizan solemnemente los matrimonios mixtos. Desaparecen
las razas, y la nación es ya una ante la ley, en la familia y en el foro.
Igual fusión se había cobrado ya en el
principio religioso. Porque la unidad ante la ley humana hubiera sido demasiado
imperfecta sin la unidad ante la ley divina.
Precisamente el cristianismo había de
ser la base de la regeneración de la nueva sociedad, y no era posible que ésta
prosperara sin la unidad en la fe. Arrianos los godos, y católicos en su mayor
parte los españoles, la herejía en el trono y la ortodoxia en el pueblo, no
podía haber unión ni concordia mientras las creencias no se amalgamarán y
fundieran.
Los godos ni sabían porque eran
arrianos. Cuando se derramaron por las provincias imperiales y se pusieron en
contacto con la sociedad romana, el emperador Valente, que era arriano, les
envió misioneros que les predicaran el arrianismo. Dispuestos los godos en su
rudeza semisalvaje a recibir una doctrina religiosa que aventajaba
evidentemente a la suya, incapaces de percibir esas divergencias al parecer
impalpables que el espíritu de discusión establece o encuentra en los sistemas
religiosos, queriendo hacerse cristianos adoptaron la fórmula arriana, y se
hallaron herejes sin apercibirse de que lo eran. Con la misma docilidad se
hubieran hecho católicos.
Y sin embargo, esta diferencia en el
dogma trajo a los godos consecuencias inmensas y males sin cuento. Eurico,
arriano, persigue a los obispos católicos, y se enajena las simpatías del clero
español. Conquistador glorioso y dominador terrible, no logra dominar en los
espíritus. Su hijo Alarico pierde la Galia meridional por ser arriano. Porque
Clodoveo, ese Moisés de los francos, en quien Roma presentía ya al fundador de
aquella monarquía que se había de aplicar el título de hija mayor de la Iglesia, les dice a sus soldados: “No puedo
tolerar en paciencia que esos herejes estén poseyendo la mayor parte de la
Galia; vamos contra ellos con la ayuda de Dios y del glorioso San Martín, y
sometamos su país a nuestro poder”. Y los descontentos obispos de España ayudan
al monarca extranjero y católico contra el monarca propio y arriano. Amalarico
quiere obligar a su esposa Clotilde a que se haga arriana como él; ella lo
resiste, el rey la maltrata, y la princesa católica envía a sus hermanos los
reyes francos un lienzo ensangrentado para que vean cómo la trata el arriano,
lo que trae a los godos una funesta guerra por parte del rey Childeberto de
París. La herejía arriana les produce guerras exteriores, sublevaciones
intestinas, y escisiones graves en el palacio y hasta en el lecho real. Y los
obcecados godos no acaba de conocer que la herejía es la gangrena que corroe el
solio y el reino.
Faltó poco para que el príncipe
Hermenegildo hubiera hecho triunfar el estandarte de la fe ortodoxa en la
nación godo-hispana. Pero la política del monarca ahogó los sentimientos del
padre, y el severo Leovigildo cerró los oídos a la voz de la religión, y el
corazón a la voz de la piedad. El rigor paternal le despojó de las insignias
reales, y la cuchilla del verdugo le dio la corona del martirio. La Iglesia ha
santificado a Hermenegildo. Lástima que el príncipe católico hubiera tenido que
levantar la espada del pueblo contra el monarca, y que el mártir se hubiera
visto en el caso de ser un hijo rebelde. Siglos después, Hermenegildo es
canonizado a instancias de otro monarca español, Felipe II, padre de un hijo
rebelde también, y cuyo fin se pareció en lo desastroso al del príncipe godo.
Pasan más siglos, y otro monarca español, Fernando VII, impaciente por suceder
a su padre, quiso perpetuar la memoria del príncipe godo, instituyendo una
orden militar con la advocación de San Hermenegildo.
Pero decretado estaba que la enseña
del catolicismo se había de plantar en el trono de los sucesores de Ataulfo, y
que el imperio gótico español había de tener su Constantino como el romano. Las
gradas del solio se habían teñido de sangre de un mártir ilustre, y de las
mismas gradas habían de bajar la reparación. La muerte de Leovigildo arrastra
tras sí la de la secta arriana. Recaredo sube al trono. “Declaro, exclama ante
una asamblea de obispos, declaro que quiero ser admitido en el seno de la
Iglesia católica. Y exhorto a los prelados arrianos aquí presentes, así como a
los grandes del reino que asisten a esta asamblea, a que sigan e imiten mi
ejemplo.” Todos se adhieren. La revolución religiosa se ha consumado. La España
es católica. El imperio godo-hispano es uno en la religión, como lo había de
ser en las leyes, ante Dios y ante los hombres. Si los monarcas españoles se
decoran hoy con el título de Majestades Católicas, la historia nos enseña su
origen, y nos lleva a buscarla en Recaredo.
También tuvo el arrianismo su Juliano
como el politeísmo. También Viterico tuvo impulsos de querer volver a
entronizar el desechado culto, y también alcanzó como Juliano un triste
desengaño de su impopularidad y de su impotencia. Atrájose la reprobación unánime
del pueblo, y se anticipó una muerte trágica. La fe ortodoxa había conquistado el trono español para no
ser derrocada jamás.
Legislación y fe, espíritu legislativo
y espíritu religioso, he aquí los dos principios, las dos bases de la nueva
civilización. ¿Quién había de pensar que aquellos rústicos habitantes del
Tanais y del Danubio, que tan agrestes y fieros se presentaban, habían de ser
sabios legisladores? Y, sin embargo, lo fueron casi todos los reyes godos de
España, desde Eurico hasta Egida. Eurico aspira a borrar con la gloria de
legislador la mancha de asesino con que había subido al trono. Alarico,
desgraciado en la guerra, se hace inmortal con su Breviario. El grande y severo
Leovigildo, Chindasvinto el cruel, Recesvinto el dulce, Wamba el glorioso,
Ervigio el menguado, el pusilánime Egica, especie de obispo lego y coronado,
todos ponen su piedra en el gran edificio de la legislación. Aunque el estado
decayera, la ley se perfeccionaba, y no pocas veces el derecho caminaba por la
vía opuesta del poder. Así se fue elaborando el famoso Código de los visigodos,
monumento perdurable de aquella nación, y la más preciosa página que en
aquellos siglos adornó la historia del linaje humano. ¿Qué hay que añadir a
estas palabras del Fuero-Juzgo? “Doncas faciendo derecho del rey, debe aver nomne
del rey, et faciendo torto, pierde nomne de rey. Onde los antiguos dicen tal
proverbio: Rey serás si fecieres derecho,
et si non fecieres derecho, non serás rey. Rex eris si recte facis, si autem
non facis nom eris” Si los textos legislativos son medallas de las vidas de
los pueblos, el código godo debe revelarnos en triunfo pacienzudo y seguro de
un pueblo desarmado contra otro armado que le subyuga por la fuerza. En tal
conflicto nada más natural que la apelación a la ley. Lex, dicen los oprimidos
a los opresores, lex esta emula
divinitatis, antistes religionis, etc. Y si los opresores preguntan_ ¿Quién
puede vencer a los enemigos? Los oprimidos responden: ¿Quid triumphet de hostibus? Lex.
Si vemos un día en Aragón colocar al Justicia
como un interventor del rey; si vemos en Castilla el poder de los Jueces superior al de los Condes; si
vemos la palabra Fuero suscitar
tantas insurrecciones y protestas en la vida de España, si vemos el Feudalismo echar menos raíces en este
suelo que en las demás regiones de Europa, acaso hallemos la semilla de todo
esto en el código de los visigodos. Él atravesó con gloria la Edad Media, y si
la dominación goda no hubiera hecho más legado a la posteridad que el Fuero-Juzgo,
esto sólo bastaría para probar la herencia de las edades y la sabia ley de la
progresiva perfectibilidad social.
¡Cuán bella teoría de gobierno es la
monarquía electiva! “Que los hombres elijan al más digno de entre ellos para
que los dirija y gobierne.” El principio es seductor, y parece el más natural y
el más justo. Más si las pasiones de los hombres hacen o no provechosa a las
sociedades su aplicación práctica, viene a enseñarlo escrito con letras de
sangre esa galería trágica de reyes godos que por el puñal escalaron las gradas
del trono y por el puñal las descendieron. Estremece recorrer el catálogo de
los regicidios. Corta es la nómina de los que alcanzaron por término de su
carrera una muerte natural y tranquila. Y no sabemos si incluir en este número
a los que acababan tristemente sus días bajo la bóveda de un claustro, forzados
a vestir el tosco sayal del monje, precedido de la ignominiosa decalvación.
Fuente de personales ambiciones la forma electiva, se reproducen a la muerte de
cada monarca, que ellas mismas solían precipitar, los bandos, las alteraciones,
la agitación, los crímenes; y la conspiración era la que no moría nunca. A la
muerte de Atanagildo pasó tiempo y tiempo antes que los nobles pudieran ponerse
de acuerdo para la elección de su sucesor. Tan inconciliables eran las
aspiraciones.
Cierto que a este sistema fue debida
la felicísima elección de Wamba, en que no sabemos que admirar más, si la
unanimidad con que los electores se fijaron en el hombre virtuoso, o la
abnegación y la virtud del elegido. ¿Pero cuántos antes de estos ejemplos
cuenta la corona gótica? El mismo Wamba viene a ser víctima del sistema de
electividad, arma terrible, que curaba alguna vez, pero que las más hería y
mataba. Wamba se duerme rey y despierta monje. Un conde pérfido que ambicionaba
el trono le propina un brebaje soporífero, y aprovechando la insensibilidad del
sueño le corta la larga cabellera, símbolo de la majestad, y el tensurado tiene
que cambiar el manto regio por el hábito monacal, con arreglo a la ley. El
concilio duodécimo de Toledo, después de un discurso humilde de Ervigio,
reconoce al usurpador alevoso, y pronuncia anatema contra todos los que no se
sometan al nuevo monarca, y aun establece un canon contra la misma superchería
que a él le había valido la corona, prohibiendo imponer el hábito de penitencia
a persona alguna contra su voluntad. Otro tanto había practicado el séptimo
concilio de Toledo con Chindasvinto, que había cortado el cabello al joven
Tulga, arrancándole el cetro. Los reyes castigaban de muerte el solo
pensamiento de cometer el crimen que ellos habían perpetrado, y los concilios
excomulgaban a los conspiradores contra aquellos mismos que debían el trono a
la conspiración. ¡Extraña jurisprudencia civil y canónica! ¡Condenar y
anatematizar los delitos futuros, sancionando a los mismos delitos ya
consumados!
La forma electiva de la monarquía
hacia humillarse la corona gótica ante el poder teocrático, ante el ascendiente
que tomaba el sacerdocio a la sombra del formidable derecho de elección, y de
la mayoría que representaba siempre en los concilios, asambleas semireligiosas,
semipolíticas, a que venían a subordinarse todos los poderes del estado. ¡Desgraciado
el monarca que se enajenara el favor del clero, y afortunado el que contara con
su influjo, siquiera le mendigara con humillación! Sucedería al primero lo que
a Suintila cuando trató de destruir el principio electivo; el segundo podía
estar seguro de su proclamación, aunque fuese un usurpador como Sisenando. Si
se quiere tener un ejemplo de lo que era la majestad del solio ante el poder de
la teocracia, no hay sino representarse a Sisenando ante el cuarto concilio de
Toledo, con la rodilla doblada en tierra, inclinada la frente y corriendo las
lágrimas por sus ojos; y a los obispos, pagándose de la actitud suplicante del
monarca, fulminar anatema contra todos los que atentaran a la vida o a la
corona del rey por ellos proclamado.
Así la vieja espada gótica iba a
ocultarse bajo los capisayos espiscopales, y el antiguo instinto guerrero de la
raza indo-germánica desapareció bajo la influencia sacerdotal. De algunos
monarcas pudo dudarse si eran reyes u obispos coronados. La conversión de
Recaredo hizo un bien inmenso a la religión, pero decidió sin intentarlo la lucha
entra la mitra y la corona. Llevando a los concilios los negocios temporales,
vino a ponerse el cetro bajo la tutela de cayado. No previó aquel monarca que
ni todos sus sucesores habían de tener una autoridad tan legítima e
incontestable como la suya, ni todos los prelados habían de ser tan
circunspectos como los del tercer concilio de Toledo. Pudo entonces aconsejarlo
así la política, porque ciertamente la virtud y el saber se habían refugiado en
aquellos tiempos a la Iglesia, sin la cual no se hubiera acaso salvado la
monarquía; y los Leandros e Isidoros de Sevilla, los Ildefonsos y Julianes de
Toledo, y los Braulios de Zaragoza, eran astros que hubieran brillado bien aún
en épocas más adelantadas en civilización. Pero era difícil que la influencia
sacerdotal no fuera convirtiendo el elemento político en fuente inagotable de
inmunidades, y hasta de usurpaciones. La inmunidad había de efectuar también
con el tiempo la pureza de la disciplina.
Se rebela ya también bajo el imperio
de los godos el genio naciente de la Inquisición, cuyo férreo brazo había de
pesar tan duramente sobre España. Contaba ya siglos de existencia el
cristianismo; y la religión, tan pura y tan suave en los primeros tiempos, se
fue convirtiendo por el fanatismo de príncipes y clérigos en intolerante y
dura. Iglesia y trono, concilios y reyes, se mostraban perseguidores
inexorables de esa raza desventurada, marcada con el sello de la venganza
divina, siempre engañada, pero creyente siempre, inflexible y tenaz, propia
para fatigar con su ciega, e inquebrantable constancia, los gobiernos de los
pueblos en que toma asiento. Sólo un celo fanático puede explicar la conducta
de un Sisebuto, llorando la sangre de los enemigos que se veía obligado a
derramar en la guerra, rescatando con su propio dinero los cautivos que hacían
sus soldados, y decretando a lo propio tiempo el exterminio de la raza judaica.
“Porque gracias a la ardiente fe del monarca, decían los Padres del sexto
concilio de Toledo, que no deja vivir en su reino un solo hombre que no sea
católico, nadie podrá subir al trono sin pronunciar el juramento de no tolerar
el judaísmo, y el que falte a él será maldito, y servirán de alimento al fuego
eterno él y todos sus cómplices.” Así la desesperación convirtió en vengadores
terribles a los que el fanatismo se empeñaba en hacer víctimas. Si más adelante
vemos a los judíos de España concertarse con los sarracenos de África para
vengar la opresión de los godos, no lo extrañemos: lo propio habrían hecho
antes los españoles, acogiendo a los godos por no sufrir la tiranía de los
romanos. Lo hemos dicho otra vez: los pueblos duramente vejados están siempre
dispuestos a cambiar de señores. Harto lo lamentaban ya los más ilustres y
sabios prelados católicos.
Es un error atribuir la caída del
reino godo a los vicios y demasías de Witiza y a los excesos y debilidad de
Rodrigo. Hartas causas venían preparadas desde atrás para ir llevando la
monarquía goda a una declinación prematura. Y no era acaso la menor entre ellas
la de no poder subir al trono el que no descendiera de la noble sangre goda:
condición que impedía unirse en los corazones godos e indígenas, vencedores y
vencidos.
Tal vez no fue Witiza ni tan
irreligioso, ni tan tirano, ni tan libertino como no les pintó la historia de
sui tiempo,, ni tan ilustre y tan gran reformador político y moral de las leyes
y costumbres como algunos sabios críticos nos le han dibujado. Es lo cierto,
que bajo este personaje de cuestionada reputación se desarrollaron con más
violencia las parcialidades, y que él bajo del trono lanzado por un partido
ofendido e irritado, que aclamó y ensalzó a Rodrigo, destinado a desplomarse
con la monarquía, que de años atrás venía arrastrando una existencia vacilante.
Porque los bandos intestinos,
capitaneados por la facción y la familia de un monarca reinante, que había sido
conspirador a su vez; porque las costumbres andaban relajadas y sueltas, y la molicie tenía enervados los brazos que
hubieran necesitado esgrimir con vigor las armas; porque los hijos del Dnieper
y del Danubio habían perdido la energía y los instintos severos que los habían
hecho conquistadores y vencedores; porque el trono se hallaba desprestigiado
con las humillaciones, vivas y exarcebadas las rivalidades, y el descontento y
la discordia despedazaban el estado; en tal situación no era posible que el
pueblo godo pudiera resistir la impetuosa invasión de otro pueblo vigoroso y
fuerte. Y este pueblo y esta invasión no habían de faltar, porque nunca falta
la intervención providencial, cuando una sociedad exige ser disuelta o
regenerada. Así el robusto imperio de Occidente, iniciado por el aventurero
Alarico, comenzado en España por Ataulfo, proseguido por Walia, convertido en
estado por Teodoredo, redondeado en la Península por Eurico, esplendente bajo
Leovigildo, hecho católico por Recaredo, completado por Suintila, conservado
enérgicamente por Chindasvinto, restaurado por Wamba, degenerado y flaco por
Egica y Witiza, vino a desmoronarse en un día bajo el desventurado Rodrigo.
VI
Tocó
ser instrumentos de esta misión a los hijos del Profeta.
Esta
vez es el Oriente el que viene a intimar al Norte que su dominación ha
concluido, como antes el Norte había sido llamado a derrocar el imperio del
Mediodía. Es la raza semítica que aspira a reemplazar a la raza japhética y a
la raza indo-germánica. Entonces como ahora todo estaba preparado para una gran
revolución. Entonces Roma degenerada y muelle pudo oír el confuso murmullo de
aquel enjambre de bárbaros que, apostados a los confines septentrionales de su
imperio, no esperaban sino la voz de “avancen” para lanzarse sobre él. Ahora
los godos pudieron oír el sordo ruido de las formidables masas de guerreros
árabes, que desde las playas africanas esperaban la voz de “adelante” para
cruzar el piélago y arrojarse sobre España. Un río había tenido a los godos
separados del imperio romano; un estrecho de mar tenía ahora a los árabes
separados del reino godo. Detenidos por las olas, peroles aguijados del deseo
de plantar el estandarte del Profeta en el mundo de Occidente, el miserable
estado de la monarquía gótica les brindaba ocasión oportuna; la venganza y la
traición les tendieron su mano, y guiados por ella surcaron el estrecho los
hijos de Arabia y los del Magreb en la primavera del año 11 del octavo siglo de
la era cristiana. El sol del 30 de abril alumbró el desembarco de los nuevos
huéspedes en Algeciras y al pie de la gran roca de Gibraltar, que todavía
conservan pocos variados los nombres que los invasores les pusieron, como si su
primer paso quisiera anunciar ya la intrusión de su lengua en la del país que
veían a conquistar.
No
vienen éstos, como los septentrionales, ganados al cristianismo. Al contrario,
vienen a imponer otra religión, otro culto y otra moral. No traen por símbolo
la cruz, sino la cimitarra. Su culto es el de Mahoma, su dogma el fatalismo, su
moral la del deleite, su principio político y religioso el despotismo temporal
y espiritual, su pensamiento acabar con toda la civilización que nos lea la del
Corán.
Pronto
se encuentran cristianos y musulmanes, porque Rodrigo ha acudido a defender su
reino de aquellas gentes extrañas, que al decir de Teodomiro no se sabe si son
venidas del cielo o de la tierra. Pronto se cruzan las armas, y se empeña un
terrible combate. ¿Qué significa ese quejido de dolor que ha resonado en toda
España? Es que el monarca y la monarquía goda han quedado a un tiempo ahogados
en las ensangrentadas aguas del Guadalete. No la España sola, el mundo entero
oyó absorto que los guerreros del Corán habían vencido a los soldados del Evangelio.
Pereció el gran imperio gótico de Occidente bajo los golpes de la cimitarra de
Tarik, siglo y medio después de haber muerto el de Italia al filo de la espada
de Belisario. Porque apenas merece ya el nombre de resistencia la que algunas
ciudades oponen a los vencedores, los cuales pasean orgullosos los estandartes
del Profeta por todo el ámbito de la Península, y no tardan en ondear sobre la
cúpula de la gran basílica de Toledo.
Ya
no se vuelve a hablar de reino gótico: ya no hay godo-hispanos, ni
hispano-romanos; la conquista ha borrado estas distinciones, que una fusión
nunca completa había conservado por más de dos siglos.
Árabes
y moros se derraman por todas las comarcas de la Península y la inundan con un
río sin cauce. La nación ha desaparecido: ella resucitará.
Habíase
detenido la inundación ante una cordillera de escarpadas rocas, a cuya espalda
se escondía un pobre rincón de España, que los invasores, o no conocieron, o
acaso al aspecto de su pobreza le menospreciaron. No había sin duda entre los
sarracenos uno solo que supiera ni la geografía de lo presente, ni la historia
de lo pasado. No hubo quien les dijera: “Mirad que detrás de esas breñas, y
dentro de las estrechas gargantas y hondos valles que a vuestros ojos encubren, se esconde un
pequeño pueblo que se atrevió a desafiar el poder de Roma cuando Roma era ya la
señora del mundo: mirad que ese pequeño pueblo de montañeses no ha cesado de
protestar por cerca de tres siglos contra la dominación de unos extranjeros que
profesaban su misma fe, y que protestarán con más energía contra otros
extranjeros que vienen a quitarle su patria y a imponerles una nueva fe y una
nueva religión”
Dios
había querido, dice la crónica, conservar aquellos pocos fieles, para que la
antorcha del cristianismo no se apagara de todo punto en España” Y así fue.
Mantuviéronse allí sin ser hostilizados los bravos astures, y los que de otras
provincias acudieron a refugiarse al abrigo de sus riscos, el tiempo suficiente
para recobrarse del primer aturdimiento y concebir el temerario plan de
resistir a las huestes agarenas en ninguna parte vencidas, y de fundar allí una
nacionalidad. Ofrécese a guiarlos en tan arrojada empresa un hombre de acción y
de consejo, jefe atrevido y prudente, que nunca desesperó de la causa de su
religión y de su patria. Poco importa que Pelayo fuese un noble godo, hijo de
un duque de Cantabria y deudo de los monarcas destronados, como afirman las
crónicas cristianas, o que fuese Pelayo el Romano, Belay el Rumí, como le apellidan las historias árabes; puesto que
ya no había diferencia entre godos y romanos-hispanos, y todos eran cristianos
y españoles, porque la patria y la fe los habían congregado allí.
Cuando
el rumor de la reunión de aquellas pobres gentes llegó a oídos del walí
El-Horr, y cuando Alkhaman de orden suya penetró con una hueste sarracena por
entre las quebradas y desfiladeros de Asturias, Pelayo y su pequeño pueblo se
recogen a hacerse fuertes en la concavidad de una roca, en la cueva de
Covadonga, ignorada del mundo por entonces, y conocida y célebre en el mundo
después. ¿Quién podría creer que aquella
cueva encerrara una religión, un sacerdocio, un trono, un rey, un pueblo y una
monarquía? ¿Quién podría creer que el pueblo cobijado en aquella cueva como un
niño desvalido, habría un día de abarcar dos mundos como un gigante fabuloso?
¿Ni que aquella monarquía que se albergaba tan humilde con Pelayo en Covadonga
se había de levantar tan soberbia con Isabel en Granada?
Los
árabes dan principio al ataque contra aquella rústica ciudadela y se realiza el
combate más maravilloso que se lee en las páginas de la humanidad. Que, si los
dardos agarenos no se volvían de rebote contra los mismos que los lanzaban, si
las montañas y las rocas no se desplomaban contra ellos, y el terreno no se
hundía bajo sus pies; si no se realizaron todos estos milagros que los
escritores cristianos consignan, realizóse un prodigio que los musulmanes no
han podido desmentir, el de haber aniquilado a un puñado de rústicos y mal
disciplinados montañeses al numeroso, organizado y nunca vencido ejército
musulmán. O el favor de Dios y la protección providencial no se manifiestan
nunca visiblemente en favor de una causa y de un pueblo, o no pudo ser más
evidente su intervención en favor de aquella pequeña grey de fervorosos
cristianos, restos de la monarquía católica pasada y principio de la monarquía
católica futura.
En
efecto, la fe es la que ha alentado a esos pocos españoles a emprender esa
generosa cruzada contra los sectarios del Islam, que se inicia en Covadonga.
Ella es la que no va a enlazar la sociedad destruida con la sociedad que
comienza a nacer. Así se enlazan las edades y los principios. La conversión de
Constantino a la fe cristiana fue el eslabón que unió la vieja sociedad romana
con las nuevas sociedades formadas de las razas septentrionales. La conversión
de Recaredo al catolicismo fue el lazo que había de unir la España gótica con
la España independiente. El espíritu religioso será el que la guíe en la lucha
tenaz y sangrienta que ha inaugurado. La religión y las leyes fueron, ya lo
dijimos, las dos herencias que la dominación goda legó a la posteridad, y estos
dos legados son los que van a sostener a los españoles en esta nueva
regeneración social. Tan pronto como tengan donde celebrar asambleas
religiosas, pedirán que se gobierne su iglesia juxta Gothorum antiqua concilia; y tan luego como recobren
principio de patria, clamarán por egirse secundum
legen Gothorum. Así la España irá recogiendo de cada dominación y de cada
edad los principios que han de ir perfeccionando su organización; y no parece,
sino que la Providencia estuvo deteniendo la invasión de las árabes, hasta que
estuviera acabado el Fuero de los Jueces,
y permitió que la invadieran a poco de haberse concluido, como si no hubiera
querido privarla de su existencia pasada hasta dotarla del principio de su
vitalidad futura. Importa poco que a Pelayo le dieran o no el título de rey
antes o después de su famosa victoria. La posteridad se le ha adjudicado y el
mundo se le ha reconocido, puesto que ya no se interrumpió la sucesión de los
que después de él fueron siendo reyes de Asturias, de León, de Castillla de
España y de los dos Mundos.
Aquella
congregación de militares, labradores, pastores, sacerdotes y artesanos, fue
atreviéndose a descender de las empinadas sierras, y a ocupar poco a poco los
valles y los llanos, donde se ejercitan en las armas, apacientan ganados,
desmontan terrenos, cortan maderas de los bosques y edifican primero templos y
después casas; porque para aquellos piadosos montañeses primero es construir
moradas para Dios que viviendas para los hombres. De todas partes confluyen
cristianos a aquel asilo de la independencia, y llevando cada cual una
industria, un oficio o una espada, aumentan y fortalecen la población, fundan
una pequeña capital correspondiente a la pequeñez del reino, y se preparan a
mayores empresas.
No
era mediado aún el octavo siglo, cuando sintiéndose estrechos en tan reducidos
límites, y considerándose bastante fuertes para no necesitar de sus rústicos
atrincheramientos, salieron a desafiar a los árabes en los campos y pueblos por
ellos dominados. El hacha de Carlos Martel hace cejar a los musulmanes por la
parte de la Aquitania Gótica que habían invadido, amenazando al corazón de
Francia, y difundiendo el espanto por toda Europa; y Alfonso el Católico de
Asturias emprende una serie de gloriosas excursiones, llevando el terror y la
devastación delante de su espada a tal punto, que los mismos sarracenos le
nombran Alfonso el Temido y el Matador de gentes. Las armas cristianas
recorren Galicia y Lusitania, los campos Góticos, Cantabria y Vasconia hasta
los Pirineos Occidentales. Sin embargo, estas conquistas no pueden tener el
carácter de permanentes. Harto hace Alfonso I en enseñar a los infieles que no
es solo al amparo de los riscos donde saben vencer los cristianos, en poner en
contacto a los fieles de uno y otro extremo del Norte de la Península, y en
enseñar a sus sucesores el camino de la restauración.
La
destrucción ha sido grande y la nacionalidad tiene que irse reconstruyendo
lentamente: el árbol que retoña al pie de la centenaria encina, arrancada por
el furiosos vendaval en un día de borrasca, no puede crecer de repente. Pasa,
pues, medio siglo y cinco reinados oscuros, desde las brillantes y pasajeras
correrías de Alfonso el Católico, hasta las adquisiciones permanentes de
Alfonso el Casto, el cual llega a medirse con Carlomagno, la figura más
gigantesca de aquellos tiempos y pacta ya formales treguas con el emir de
Córdoba, como de poder a poder.
Llega
el siglo nono, y otro tercer Alfonso llamado con justicia el Grande, lleva sus
huestes hasta más allá del Guadiana y hace brillar las armas cristianas ante
los muros de Toledo. El jefe del imperio musulmán se humilla a solicitar de él
una paz solemne y el tercer Alfonso designa a sus hijos la ciudad de León como
la residencia futura de los monarcas cristianos.
A
la voz de Asturias respondió pronto el eco de Navarra y el pendón de la fe que
se enarboló en las cumbres de los Pirineos Occidentales no tardó en tremolar
también en el Pirineo Oriental. Pero le faltaba al pueblo cristiano un centro de
unidad y de acción. Cada monarca gustaba de pelear aisladamente y de cuenta
propia; sujetábanse tal cual vez unos a otros de mal grado, y los reyes de
Asturias no podían recabar de los cántabros y vascos sino una dependencia o
nominal o forzada. Era el genio ibero que había revivido con las mismas
virtudes y con los mismos vicios, con el amor a la independencia, y con las
mismas rivalidades de localidad.
Por
fortuna no andaban los conquistadores más acordes y avenidos a la unidad
momentánea de impulsión, que los hizo irresistibles como invasores, sucedieron
luego las antipatías de raza y los odios de tribu que ya dejaron implantados
los primeros jefes de la conquista. Además de las diferencias entre árabes,
sirios y egipcios, los mismos árabes, especie de aristócratas privilegiados, se
dividían en varias categorías, según que sus razas se aproximaban más en origen
a la del Profeta o que conservaban más puras las tradiciones del islam. Y todos
tenían contra sí a los africanos berberiscos, conquistados antes por ellos, sus
aliados forzosos después, más groseros y menos creyentes, que no
desaprovechaban ocasión de vengar su mal tolerada dependencia. La distancia que
separaba la Península gobierno central favorecía el desarrollo de sus
discordias, pues tenían tiempo para devorarse entre sí los musulmanes de
España, antes que la acción del gobierno superior, debilitada con la larga
escala que tenía que recorrer, pudiese aplicar el oportuno medio.
La
angustia misma de la situación les sugirió el pensamiento de fundar en España
un imperio independiente del de Damasco. Pronto las playas de Andalucía
resuenan con un grito de regocijo y con una aclamación de entusiasmo. Era que
saludaban al joven Abderrahmán ben Merwan ben Moawiah, de la ilustre estirpe de
los Beni-Omeyas de la Arabia, único vástago de su esclarecida familia que había
librado su garganta de la tajante cuchilla de los Abbasidas, Este tierno
prófugo, cuya juventud era un tejido de azares dramáticos y de episodios
novelescos, fue el escogido por las tribus árabes y sirias para ocupar el trono
del futuro califato español y venia desde el fondo del desierto a tomar posesión
del solio.
Funda,
pues, Abderrahmán el imperio de los Omniadas, la dinastía más brillante que
ocupó jamás los tronos del mundo y la raza árabe, noble, ardiente y generosa
con sus corceles, se sobrepone a a la raza berberisca, inquieta turbulenta y
pérfida como los númidas sus antepasados.
Realiéntase
y se vigoriza con esto el imperio muslímico español, pero no por eso desmaya el
denuedo ni se entibia la fe de los cristianos. Antes bien principia ahora esa
grande epopeya de los pueblos caballerescos, que se odian por religión y que
rivalizan en arrojo en la pelea. Lucha sublime, en que se ve el ardor y la
sangre de Arabia en pugna incesante con el estoicismo cristiano de los hijos de
Occidente: escenas africanas mezcladas con las tiernas emociones del
cristianismo: mahometanos que se arrojan a la muerte con la confianza de alcanzar
el paraíso, y cristianos que pelean alentados con la esperanza de ganar el
cielo: ejércitos que se contemplan protegidos por la sombra del pendón de
Ismael y combatientes a quienes amparan los brazos de una cruz: la superstición
mezclada en unos y otros con la fe y unos a otros apellidándose infieles y
descreídos: Europa y el mundo, el cielo y la tierra esperando el desenlace de
esta gran Iliada, que aguarda todavía un Homero cristiano que la cante
dignamente. El tiempo dirá quién mostró ser más poderoso, si el Allah de los
islamitas o el Dios de los cristianos, si Mahoma o Jesucristo, si el Corán o el
Evangelio, si la cimitarra o la cruz.
Verdaderamente
al contemplar el gran desarrollo, el engrandecimiento y poderío que alcanzó el imperio
mahometano de España bajo la dominación de los Ommiadas, de aquellos
esclarecidos Califas que ocuparon el trono de Córdoba desde mitad del octavo
hasta entrado el undécimo siglo; de aquellos príncipes, filósofos y guerreros,
estirpe privilegiada de que apenas salió algún vástago que no mereciera un
lugar distinguido en la galería de los grandes jefes de los imperios: al ver
las huestes agarenas franquear los Pirineos, invadir la Aquitania franca, tomar
a Narbona, incendiar los arrabales de Marsella, hacer a África una dependencia
de España y dominar a uno y otro lado del Mediterráneo: al ver a los Césares de
Bizancio y a los emperadores de Alemania, los Teófilos y los Othones, enviar
embajadas solemnes con demandas de auxilio o proposiciones de alianza y
amistad, a los Abderrahmanes de Córdoba: al ver aquellas masas innumerables de
guerreros que a la voz del alghied o guerra santa se congregaban,
reunidos los estandartes de España con los de África, para atacar a los
cristianos que ocupaban unos retazos de esta Península allende el Ebro o del
otro lado del Duero, parece inverosímil, ya que no imposible, que los soldados
cristianos se atrevieran a medir sus fuerzas con tan gigantesco poder.
Y
sin embargo lo hicieron así. Y el éxito fue mostrando que no hay triunfo
imposible cuando la causa es justa, ni empresa temeraria
cuando se
acomete con arrojo, se sostiene con perseverancia y se prosigue con fe. A los
Abderrahman, a los Alhakem y a los Hixem, oponían los cristianos Ramiros, los
Ordoños y los Alfonsos; Almudhafar se encontraba con un Fernán González; y si
los sarracenos contaban con un Almanzor el Victorioso, no les faltaba a
los cristianos un Rodrigo el Campeador.
En todos los
extremos de la Península resonaba un mismo grito de independencia: en cada
territorio se organizaba un pequeño estado que servía de antemural al torrente
de la dominación. Los reyes de León sostienen como buenos el honor de las armas
cristianas. En Castilla se constituye un condado, que después ha de ser reino,
destinado a soportar el peso de la contienda. Las fronteras de Castilla y León,
mil veces ganadas y perdidas por árabes y españoles, sirven por cerca de dos
siglos de baluarte a la cristiandad. En Navarra los Garcías y los Sanchos
dilatan los límites de aquel pequeño reino, de origen oscuro y cuestionado. En
los Pirineos Orientales, sobre el cimiento de la Marca Gótica, fundada por
Carlomagno y Luís el Pío, se erige el condado de Barcelona, que franco primero,
español después y cristiano siempre, ocupado sucesivamente por los Wifredos,
los Borreles, los Berengueres y los Ramones, forman otro dique en que va a
chocar el oleaje de las algaradas muslímicas: dique que se ensancha hasta
incorporarse con Aragón, cuyo estado ven nacer los Ommiadas antes de la
disolución de su imperio.
A la segunda mitad del siglo X, bajo
Abderrahmán III y Alhakem II, llega el Califato a un grado asombroso de
grandeza y de esplendor. El primero es el reinado de la conquista y de la
magnificencia; el segundo es el imperio de las letras y de la cultura.
Abderrahmán III el Magnífico, el primero que toma el título de Califa a
imitación de los de Damasco, el Imán, el Emir Almumenín, acaba con todas las
sediciones intestinas, gana Toledo, último atrincheramiento de los rebeldes,
destruye en África los Califatos de Fez y de cairán, y teniendo con una mano
sujeta a África y ejerciendo con otra un protectorado discrecional sobre todos
los estados cristianos de España, ve desde el fantástico palacio de Zahara,
mansión de maravillas, de voluptuosidad y de deleites, postrarse a sus pies a
embajadores de los Césares de Oriente y de los emperadores del resto de Europa,
venir a solicitar su amistad los representantes de los soberanos de Francia, de
Borgoña y de Hungría, acogerse a su
patronato y apoyo el conde de Barcelona y el rey García de Navarra, a
Sancho el Gordo de León ir a buscar a Córdoba los recursos de la
medicina y la tutela del califa, a Ordoño IV el Malo pedir un rincón del
basto imperio musulmán en que acabar triste sus últimos días: aliados, en fin,
cuya flaqueza, les garantiza fidelidad o protegidos que le debían su corona y
le retribuían una dependencia y sumisión moral. Alhakém II, amparador de las letras
y protector de los doctos, sustituye las bibliotecas a los campos de batalla,
los cantos poéticos al ruido de los atabales, los certámenes literarios a los
combates sangrientos y las academias a los triunfos del alfanje; llevan a las
musas a habitar su alcázar, y sus graciosas esclavas Rhedya, Aischa y Maryem,
recuerdan las Safos, las Aspasias y las Corinas de los bellos tiempos de
Grecia. Era el uno el César, y el otro el Augusto del imperio musulmán.
Desgraciada estrella tenía que lucir a los cristianos.
Eclípsase esta con Almanzor, el
grande, el guerrero, el victorioso; genio privilegiado y conjunto admirable de
tacto político, de talentos literarios y de intrepidez bélica; que en 25 años
gana cincuenta batallas a los cristianos, cayendo sobre ellos como un meteoro
abrasador de incierto rumbo y reduciendo su reino casi a los estrechos confines
del tiempo de Pelayo. Las campanas de la catedral de Compostela son
transportadas a Córdoba en hombros de cautivos cristianos para servir de
lámparas en las naves de la grande aljama y hasta las reliquias de los santos y
los huesos de los mártires, conducidos por monarcas fugitivos, van a buscar un
altar seguro en las cuevas y rocas inaccesibles de Asturias.
No hay al parecer medio humano que
pueda salvar la causa de la independencia y la causa del cristianismo. Pero le
habrá: porque no es la civilización de Mahoma la que está llamada a alumbrar a
la humanidad, ni del astro que ha de guiarla en su carrera. Caerá el coloso,
porque la Providencia vendrá otra vez en ayuda de este pueblo, que por lo menos
ha tenido el mérito de no desconfiar nunca de la justicia y de no desmayar
jamás en la fe.
La común necesidad y peligro inspira
a los príncipes cristianos el pensamiento, aunque harto tardío, de la unión, y
deponiendo rivalidades y discordias, se determinan a arriesgar en una batalla y
a jugar en un día sus comunes destinos, los destinos de ambos pueblos, los
destinos de la cristiandad. Los ejércitos se avistan, se encuentran en los
campos de Calatañazor (la cuesta de las Águilas), y se traba la terrible
pelea… O los ataqueviras de los soldados de Mahoma no han llegado a
Allah o Allah ha sido impotente ante el Dios de los cristianos y Almanzor el
Victorioso ha dejado de ser el Invencible. Almanzor deja de existir, y es
enterrado en Medinaceli, en la caja de polvo que había ido recogiendo del que
sacaba en sus vestidos en cada batalla. Aquel polvo cubría 25 años de gloria
suya y un día de gloria para los cristianos. El desastre de Guadalete ha sido
vengado en Calatañazor. Ahora como entonces se oye un quejido de dolor en toda
España; pero ahora es la España musulmana la que se lamenta. La España
cristiana hace resonar las bóvedas de sus templos con el himno sagrado que la Iglesia
destina a dar gracias a Dios por las prosperidades de la cristiandad.
Con razón se vistió de luto el
pueblo musulmán, porque la muerte de Almanzor era la muerte del imperio. Su
desprestigiado Califa Hisem, soberano sin autoridad y niño de por vida, esclavo
en su alcázar y rodeado de muchachos y de jóvenes y mujerzuelas, sirve ya solo
de miserable juguete a los que se disputan la herencia de un trono, ni vacante
en realidad, ni en realidad ocupado; pregónanle muerto o le proclaman vivo o
resucitado, le enseñas o le esconden al pueblo a manera de maniquí según
conviene a las miras de un pretendiente astuto o de un eunuco de palacio. El
trono de Córdoba se hace presa del más atrevido usurpador, como el de Roma en
tiempo del Bajo Imperio. Se desencadena el odio de tribus, y se devoran entre
sí, disputándose con horroroso encarnizamiento los despojos del Califato que se
desmorona. Desaparece la noble raza de los Beni-Omeyas y sobre las ruinas del
tan soberbio imperio, se levantan tantos reyezuelos como son los valíes
y las ciudades musulmanas.
Entretanto los monarcas cristianos
se contentan con ser solicitados por los competidores al trono musulmán, con
inclinar la balanza al lado donde arrojan su espada y con hacer reyes a los
mismos que pudieran hacer vasallos. Sin embargo, se restaura la basílica de
Compostela; León se reconstruye; los desmantelados muros de Zamora se
reedifican. Alfonso V de León puede celebrar ya un concilio en la resucitada
ciudad. Los Berengueres de Cataluña dominan desde Rosas hasta la desembocadura
del Ebro. Aragón se constituye. Sancho el Mayor de Navarra dilata
prodigiosamente su diminuto estado. Padre de reyes y repartidor de reinos, hacen
a Fernando primer rey de Castilla. Fernando se ciñe las dos coronas de Castilla
y de León y somete a tributo a los emires independiente de Zaragoza, Badajoz y
Sevilla. Por último, Alfonso VI, rey de Castilla, de León y de Galicia, se
apodera del primero y más inexpugnable baluarte de la España sarracena, de la
inmortal Toledo. La antigua corte de la España gótica vuelve a ser la capital
de la España cristiana. Es el 25 de mayo de 1085.
VII
El imperio ommiada ha caído. Se ha
desplomado desde la cumbre del poder, casi sin declinación, casi sin gradación
intermedia entre su mayor grandeza y su total ruina. ¿Cómo descendió desde la
cúspide al abismo? El prodigio de su engrandecimiento explica el de su caída:
las relevantes cualidades y especiales talentos de sus califas lo habían hecho
todo. La grandeza moral del pueblo no existía; estaba toda en el jefe del
estado. El peso del edificio cargaba sobre la cabeza. Faltó el jefe, y con él
se desplomó el imperio, como una estatua sin pedestal.
No era esto sólo. Vivían
inextinguibles las antipatías de casta y de tribu, de origen, de costumbres, de
inclinaciones y de creencias. Las eternas rebeliones de los Hafsún y de los
Cleb, trasmitidas de generación en generación, probaban que la raza feroz de
los hijos del Atlas ni transigía ni perdonaba jamás a la raza más culta de los
hijos del Yemen. El África había enviado hombres a los soberanos de Córdoba,
mientras meditaba como enviarles señores. Y tan pronto como halló ocasión, esa
raza indómita, que tuvo el privilegio de conservar los instintos salvajes en
medio de un pueblo civilizado, destruyó con su propia mano los brillantes
mármoles de los palacios de Córdoba, holló con su ruda planta los elegantes
jardines de Zahara, e hizo hogueras de la biblioteca de Merwan, adquirida a
precio de oro. Vándalos del mediodía, hicieron con Córdoba lo que con Roma
ejecutaron los bárbaros del Norte, Acababan los árabes, y comenzaron los moros.
Mahoma cometió un olvido
imperdonable al fabricar la constitución del imperio. No hizo una ley de
sucesión al trono. Y los califas, arrogándose la facultad de elegir sucesor
entre sus hijos o deudos, sin atender ni a la primogenitura ni aun a la
estricta legitimidad, prefiriendo a veces un nieto a los hijos, o un postrer
nacido a los hermanos primogénitos, pocas veces dejaron de ver ensangrentadas
las gradas del trono por los miembros postergados de aquellas familias que la
poligamia hacía tan numerosas, y las guerras comenzaban por domésticas y
concluían por civiles. Los godos y los cristianos de los primeros tiempos de la
restauración sufrieron por la misma falta iguales inquietudes. ¿Cuánto tardaron
los hombres en conocer las ventajas de esa institución, menos bella pero menos
fatal, de la sucesión hereditaria?
¿Qué
representaba el pueblo musulmán, al lado del pueblo cristiano? El uno el triple
despotismo de un hombre, a la vez monarca, pontífice y jefe superior de los
ejércitos. La nación no existía; era una congregación de esclavos, en que todos
lo eran menos el señor de todos. Aparte del fanatismo religioso, ¿qué aliciente
tenían para ellos las fatigas de una eterna campaña?
Sabían
que desde Mahoma hasta la consumación del imperio, su condición,, inmutable
como la ley, no había de variar nunca; esclavos siempre; ni una franquicia que
adquirir, ni una institución que ganar: ¡Hay de ellos, si se atrevían a
quejarse de que el botín de sus triunfos sirviera para las prodigalidades de un
califa, que desde el artesonado salón de su suntuoso alcázar le repartía entre
las poetisas que le adormecían con el arrullo de sus versos o de sus cantos, o
de que distribuyera la sustancia del pueblo entre las esclavas que le
enloquecían con estudiados placeres, o de que las rentas anuales de una
provincia fueran el precio del collar que destinaba a la garganta de una
odalisca de ojos negros! Las cabezas de los que tal murmuraban rodarían por el
suelo, cualquiera que fuese su número, y no faltarían poetas que ensalzaran a
las nubes las virtudes y aun la piedad del soberano.
Los
cristianos representaban el triple entusiasmo de la religión, de la patria y de
la libertad civil. Pues al paso que peleaban por la fe, luchaban por rescatar
su nacionalidad, y ganando la sociedad ganaba también el individuo, y
conquistaba franquicias y derechos. Este triple entusiasmo en oposición a la
triple esclavitud de los musulmanes, necesariamente había de infundir más vigor
en aquellos. Los viejos cronistas han hecho mal en recurrir al milagro para
explicar cada triunfo de los cristianos.
Si
disuelto el imperio ommiada no acabaron de expulsar las razas mahometanas,
culpa fue del heredado espíritu del individualismo y de sus incorregibles
rivalidades de localidad. Las envidias se recrudecieron después del triunfo de
Calatañazor, y los reinados de Sancho y García de Navarra, de Ramiro de Aragón,
de Fernando, Sancho, Alfonso y García de Castilla, León y Galicia, todos
parientes o hermanos, presentan un triste cuadro de enconos y rencores
fraternales. En que parece haberse desatado completamente los vínculos de
patria y borrado del todo los afectos de la sangre. Los hermanos se arrojan
mutuamente de sus tronos, y los hijos de un mismo padre se clavan las lanzas en
los campos de batalla. Ni a las hermanas escudaba la flaqueza de su sexo, y
vióse a Urraca y Elvira inquietadas por un hermano en los dos rincones que su
padre les adjudicara para que les sirviesen de pacífico retiro. Y como si fuese
necesario poner el cebo más cerca de la ambición y de la envidia, los padres al
morir partían el reino en tantos pequeños estados como eran sus hijos. Fernando
de Castilla no escarmentó en los desastres del error de su padre: cayó en el
mismo, y a igual falta correspondieron iguales calamidades. Merced a estas
funestas particiones, se encontró la España cristiana, reducida y pobre como
era todavía, dividida en seis estados independientes. Por fortuna era harto
mayor el fraccionamiento de la España mahometana, y el mayor desconcierto de la
una era la salvación de la otra.
Aunque
supongamos hija de la necesidad y obra de la política aquella desdeñosa
tolerancia que en los dos primeros siglos de lucha usaron los conquistadores,
permitiendo a los cristianos el libre ejercicio de su religión y de su culto
los mismos que venían a imponerles otro culto y otra religión, no por eso deja
de ser admirable aquel prudente convenimiento, tan desusado de los pueblos
conquistadores. Y sería un espectáculo singular ver en las grandes poblaciones
alternar el escapulario del monje cristiano con el turbante del musulmán, y al
tiempo que el sonido de la campana convocaba a los fieles al sacrificio de la
misa o a oír la predicación del sacerdote de Cristo, la voz de los muecines
estar llamando a los hijos del Profeta desde lo alto de un alminar a rezar su hazla
en la mezquita, ir a oír el sermón de su alchatib.
Más
tan extraña tolerancia cambió al fin en cruda persecución. San Eulogio, el
campeón impertérrito de la fe, nos ha dejado consignadas en sus preciosas
páginas las glorias de los mártires de Córdoba. ¿Sería acaso que él mismo, y
otros celosos apologistas como Álvaro, Cipriano y Samsón, provocaran el
martirio como el único medio de atajar la propensión que en los mozárabes de
aquel tiempo se notaba a dejarse arrastrar del ascendiente de la civilización
de los árabes, y a fundirse en la población musulmana por el idioma, por las
costumbres, por los trajes, por la literatura y hasta por los matrimonios? Si
tal fue su intento lograrónle cumplidamente, porque la sangre de los mártires
abrió de nuevo un abismo entre los dos cultos y entre los dos pueblos, que por
otra parte rivalizaban en espíritu y en celo religioso.
Si
en Córdoba se levantaba una soberbia aljama o mezquita, más grandiosa que todas
las de Occidente y rival en suntuosidad con la gran Zekia de Damasco, lugar
santo de peregrinación para los musulmanes como la Meca, en Compostela se
erigía una gran basílica, se descubría el sepulcro del santo apóstol Santiago,
y los piadosos cristianos acudían allí en peregrinación como a Jerusalén o a
Roma. Si cada emir y cada califa enriquecían o agrandaba el gran templo, o
construía nuevas mezquitas y las dotaba con gruesas sumas de dinares de oro,
cada obispo y cada monarca cristiano dotaban con esplendidez una iglesia, o
levantaba una catedral o fundaba un monasterio. Si el alghieb publicado desde el almimbar o púlpito alentaba a los
soldados del Profeta a emprender con vigor una campaña, los soldados de Cristo
entraban con ardor en el combate invocando al santo patrono Santiago, a quien
veían en los aires caballero en un soberbio corcel y armado de reluciente
espada, vahar a ayudarlos en la pelea y a derribar millares de infieles bajo
los pies de su caballo; o bien era San Millán, que se aparecía entre nubes con
vistoso traje y armado de todas armas, o bien San Jorge en caballo blanco y con
cruz roja; visiones saludables que les valieron más de un triunfo. Y si la
verdad histórica no admite el milagro de Clavijo bajo el primer Ramiro, sólo
aquella fe les pudo proporcionar otra victoria en el mismo lugar bajo el primer
Ordoño.
Encontrábanse
en las batallas los alfaquíes y alchatibes musulmanes con los sacerdotes
y obispos cristianos, unos y otros llevando sobre la vestidura sagrada el
armamento guerrero. En Valdejunquera dieron muerte los cristianos a dos
doctores del Islam, y los muslimes
hicieron prisioneros a dos obispos cristianos. Cuando el conde Armengol de
Urgel llegó con sus catalanes cerca de Córdoba, para auxiliar al árabe Muhammad
contra el berberisco Suleimán, tres prelados le acompañaban en esta singular
cruzada, y todos tres sucumbieron con su jefe peleando como soldados. Si el
pueblo ve después sin sorpresa en el siglo XV al arzobispo de Toledo capitanear
los escuadrones rebeldes del príncipe Alfonso contra las huestes de Enrique IV
de Castilla; si en el siglo XVI el más eminente cardenal de España no tuvo por
ajeno de sus estado ordenar el asalto de Orán con la espada del guerrero ceñida
sobre el sayal del franciscano; si más adelante se vió sin maravilla una legión
de clérigos comandados por un obispo defender las libertades de Castilla en los
campos de batalla contra los ejércitos imperiales del gran Carlos V; si en el
siglo XIX hemos visto a los ministros del altar blandir la lanza y acaudillar
guerreros contra las legiones de un invasor extraño, y hasta en nuestras
contiendas civiles cambiar la vestidura sacerdotal por la armadura bélica,
fuerza es reconocer lo que encarnó en esta clase la costumbre adquirida en
aquellos tiempos de celo religioso.
Los
pueblos que así competían en devoción no podían competir lo mismo en
civilización y en cultura. Los árabes con su natural viveza se habían lanzado a
la conquista de las letras con el mismo ardor que a la conquista de las armas,
y el pueblo muslímico español era un hijo emancipado de aquella Arabia que
heredó las riquezas literarias de Egipto, de Grecia, de Roma y de la India. Los
califas de Occidente se propusieron que la corte de Córdoba no cediera en
brillo intelectual a la de Bagdad, la ciudad de los ochocientos médicos, y de
la universidad de los seis mil alumnos. Abderrahmán III supo fomentar los
diversos ramos del saber humano tanto como Alraschid, y Alhakem II no sería
acaso inferior a Almamum, el más espléndido y el más sabio de los Abbasidas.
Los cuatrocientos mil volúmenes de la biblioteca Merwan son un testimonio del
asombroso impulso que dieron a la literatura los soberanos Ommiadas. Llevaban
tras sí aquellos califas aun en las expediciones militares, gran séquito de
médicos, astrónomos, filósofos, historiógrafos y poetas, y doquiera que el jefe
del imperio se moviese era como un planeta que se divisaba de lejos por el
brillo que le rodeaba o por el rastro de luz que iba dejando. Examinaremos, no obstante,
en nuestra obra aquella cultura intelectual, y veremos si tenía tanta parte de
gusto, de raciocinio y de solidez, como de artificio, de atrevimiento y de
imaginación. Y veremos también el influjo que ejerciera aquella literatura y en
el idioma español.
De todos modos, no podía el pueblo cristiano-español
nivelarse en este punto al hispano-arábigo, reducido como quedó aquél con la
invasión a la infancia social. Y antes era para él ganar comarcas que crear
colegios, primero era existir que filosofar, y la espada era más necesaria que
la pluma. Así con todo, desde Alfonso el Casto, que señaló ya en el siglo IX el
cimiento de que había de arrancar la nueva organización del pueblo
hispano-cristiano, hasta el XI que marcó una era de mejoramiento material y
moral, no dejó de hacer los adelantos relativos que su condición y la vida activa
de la campaña le permitían.
¿Y qué fue de aquella exquisita y
refinada cultura oriental que tanto lustre dio al Imperio Ommiada? Sostenida
como él por los califas, se desplomó con su material grandeza. Oscurecerán su
brillo póstumo las dominaciones pasajeras de los Almoravides y de los
Almohades. En Granada se dejará ver un resplandor que desaparecerá al
aproximarse la radiante cruz de los cristianos, y el África volverá a recoger
los restos fugitivos de un pueblo que fue culto, y que no hará ya sino vegetar
en la barbarie allá en los desiertos de donde había salido. Así se cumplirá
aquella profecía que la indignación arrancó a un cierto Takeddin cuando dijo: “Dios castigará en la segunda vida a Almamum,
porque ha convertido hacia las ciencias profanas la piedad de los musulmanes”.
No sabía este celoso ismaelita que no era la piedad del Corán y la civilización
de la esclavitud la llamada a alumbrar el género humano.
En cambio, conquistaba el pueblo
cristianos preciosas libertades políticas, y ganaba inapreciables derechos
civiles. Gloria eterna será de España el haber procedido a las grandes naciones
de Europa en la posesión de esos pequeños códigos populares, que dieron a las
corporaciones comunales, a los vecinos, artesanos y cultivadores, un influjo y
un poder que no habían tenido en la antigua sociedad germánica, ni le tenían
aún en los estados europeos de ella nacidos. Aparecen pues los Fueros
de León y de Castilla. Los Usages de Cataluña, y las cartas municipales:
la Iglesia restablece sus concilios, y el elemento popular entra a hacer parte
de los poderes del Estado; merecida recompensa que los príncipes otorgan a los
pobladores de una ciudad fronteriza, de continúo combatida por el enemigo y
defendida siempre con vigor, o mercedes hechas por servicios heroicos prestados
por los pueblos al trono y al país.. A la libertad individual de los godos
suceden las libertades comunales y las franquicias civiles, y la España a paso que reconquista va marchando también hacia
su reorganización.
A pesar del fervor religioso que daba impulso y vida al
movimiento de la restauración, la corte romana no había extendido a la española
el influjo y la omnipotencia que ejercía en los estados cristianos de allende el Pirineo.
La nación proveía a su gobierno y sus necesidades, y la Iglesia celebraba sus
concilios convocados por el monarca, de la misma manera que lo había hecho la
Iglesia gótica. Por primera vez después de diez siglos, se pone un reino de
España bajo la dependencia inmediata de la corte pontificia. Un rey de Aragón
hace su reino tributario de Roma, y otro monarca aragonés amenazado con los
rayos espirituales del Vaticano, se ve obligado a hacer penitencia pública, y a
restituir a la Iglesia los bienes que, llevado de un celo religioso había tomado
para subvenir a los gastos de la cruzada contra los sarracenos. Más tarde deja
penetrar Alfonso VI en la Iglesia y reino de Castilla la doctrina de la
soberanía universal de los papas, tan arrogantemente sostenida por Gregorio
VII, el gran invasor de los poderes temporales. El campo escogido para esta
primera tentativa fue el reemplazo del breviario gótico o mozárabe, tan querido
de los españoles, por la liturgia romana. En vano clamó el pueblo porque se le
conservara su ritual, que miraba como el símbolo de sus glorias. El clamor
popular, el juicio de Dios, y la prueba del fuego, que se pronuncian en favor
del rito toledano, se estrellaron contra la obstinación del monarca, que,
resuelto a complacer al pontífice, decretó la abolición del breviario mozárabe
y la adopción del romano. El pueblo, entre indignado y lloroso, exclamó: Allá van leyes do quieren reyes. Y la
frase adquirió desde entonces en España una celebridad proverbial. Las
vicisitudes que desde esta primera victoria del poder papal sobre los reyes y
las libertades de la Iglesia de Castilla experimentó en lo de adelante, según
las ideas de cada siglo y el humor de cada monarca, forman una parte muy
esencial de la historia de nuestro pueblo.
Bajo la influencia de una reina
francesa y a la sombra de un primado de Toledo, también francés y monje de
Clunny como Gregorio VII, hace al propio tiempo su irrupción en Castilla la
milicia Cluniacense, que al poco tiempo invade las mejores sillas episcopales
de la iglesia española. Y bajo el mismo influjo dos condes franceses, soldados
aventureros que vienen a buscar fortuna a España, obtienen la mano de dos
princesas españolas, y se hacen troncos de dos familias de reyes de Portugal y
de Castilla.
VIII
Era destino de España tener que
luchar y combatir siglos y siglos; con extrañas gentes antes de alcanzar su
independencia, con sus propios hijos antes de lograr la unidad.
Cuando derrocado el imperio Ommiada y conquistada Toledo, parecía no
restar a las armas cristianas sino volar de triunfo en triunfo, viene otra
irrupción de bárbaros mahometanos, los africanos Almorávides, numerosos como
las arenas del mar que han atravesado. Terribles fueron sus primeros ímpetus.
En Malaca hacen rodar las cabezas de cien mil guerreros cristianos, y en Uclés
perece la flor de la nobleza castellana, y pierde Alfonso su tierno hijo
Sancho, único heredero varón del trono de Castilla, luz de sus ojos y solaz de
su vejez, como él le llamaba. No sucumbió, pero alejose por indefinidos tiempos
el triunfo de la independencia española.
Y cuando parecía que el enlace de Urraca de Castilla con Alfonso de
Aragón habría de ser el lazo que uniera ambas coronas y el preludio de una
próxima unidad nacional, frustrase todas las esperanzas y fallan todos los
cálculos de la prudencia humana. El genio impetuoso y áspero del aragonés, y
las facilidades y distracciones poco disimuladas de la reina de Castilla,
convierten el consorcio en manantial inagotable de discordias y agitaciones, de
guerras y disturbios, de tragedias y calamidades sin cuento, en Castilla y
Aragón, en Galicia y Portugal, entre esposo y esposa, entre madre e hijo, entre
princesas hermanas, entre prelados y nobles, entre vasallos y soldados, de
todos los reinos, de todos los bandos y parcialidades: laberinto intrincado de
bastardas pasiones, y episodio funesto que borraríamos de buen grado de las
páginas históricas de nuestra patria. Matrimonio fatal, que difirió por más de
otros trescientos años la obra apetecida de la unidad española; hasta que otra
reina de Castilla y otro rey de Aragón, más virtuosos y más simpáticos, y
unidos en más feliz consorcio, enlazarán indisolublemente las dos diademas.
¡Pero han de trascurrir trescientos años todavía!
Por ventura ese mismo monarca aragonés, grande agitador de la Castilla,
revuelve luego sus armas contra los infieles, y dase tal prisa a batallar que
con razón se le aplica el sobrenombre de Batallador. Conquista a
Zaragoza de los Almorávides, la hace capital del reino, y ensancha el Aragón
hasta los términos que hoy tiene. Veníanle estrechos al hazañoso aragonés los
límites de la Península, y con igual arrogancia salva las Alpujarras y saluda
las costas del otro continente, que franquea los Pirineos y toma a Bayona. La
batalla de Fraga privó a España de este robusto brazo.
Una solemne fiesta religiosa se celebraba en la catedral de León poco
antes de mediar el siglo XII. Un personaje, que llevaba en sus hombros una rica
vestidura primorosamente trabajada, era conducido al altar mayor entre el rey
de Navarra y el prelado de la diócesis. Colocábase en sus manos un cetro; en su
cabeza una corona imperial de oro puro guarnecida de piedras preciosas.
Entonábase él Te Deum, y las bóvedas del soberbio santuario
resonaron al grito de: ¡Viva el emperador Alfonso! España
tenía ya un emperador y este emperador era el hijo de Urraca, Alfonso VII, que
sin ser más que rey de Castilla se encontraba una especie de rey de reyes y
jefe de príncipes y soberanos. Rendíanle vasallaje los emires de las
principales ciudades musulmanas: el rey monje de Aragón se había puesto bajo su
dependencia: el de Navarra le daba por su mano la investidura imperial:
reconocíanle su primacía los condes de Barcelona, de Portugal, de Tolosa, de
Provenza y de Gascuña, y el imperio castellano se extendía desde el Tajo hasta
el Ródano, y desde Lisboa hasta Burdeos. ¡Admirable engrandecimiento, que no
era de esperar tras el turbulento y aciago reinado de Urraca! «¡Por Dios vivo,
exclamó el rey Luis el Joven de Francia, cuando vino a visitar a Toledo, que no
he visto jamás una corte tan brillante, y que sin duda no existe igual en el
universo!» Aun rebajando la parte hiperbólica con que acaso el esposo de
Constanza quisiera lisonjear a su suegro Alfonso, dedúcese todavía la
brillantez que había alcanzado la corte de Castilla, tan modesta no hacía
muchos años.
Verifícanse a poco importantes cambios en la España cristiana. La unión
de Aragón y Cataluña bajo un solo cetro hecha en sazón oportuna por medio de un
acertado matrimonio, convierte los dos estados en un vasto y poderoso reino,
que veremos irse saliendo fuera de sí mismo, difundirse por Europa, dominar en
el Mediterráneo, dar reyes a Nápoles y Sicilia, agregar coronas a coronas, y
traer a España la mitad de Italia.
En cambio, Portugal se emancipa de Castilla y se erige en reino
independiente. Desde entonces aquel reino, especie de girón violentamente
rasgado del manto real de España, florón arrancado de la corona de Castilla,
enmienda hecha por los hombres a las leyes naturales de la geografía, o sirve
de embarazo para la grande obra de la unidad, o de manzana de discordia
disputada con éxito vario hasta los tiempos de los Felipes de Austria, acá ya
en los siglos XVI y XVII.
Aun sufre mayores trasformaciones la España sarracena. El África era en
aquellos siglos para España lo que en otros tiempos había sido la Germania para
el imperio romano: semillero inagotable de razas, de tribus y de pueblos,
dispuestos a invadirla sucesivamente, siendo aquí como allí los que venían
detrás los más agrestes y feroces. Allí eran godos, suevos, vándalos, francos y
hunos: aquí eran árabes, sirios, egipcios, Ommiadas, Almorávides y Almohades.
Todos habían venido ya menos estos últimos, los discípulos y sectarios de El
Mahedy, nuevo profeta que se anunciaba como apóstol y gran reformador
de los musulmanes degenerados y corrompidos. Los Almorávides atacaron aquellos
cismáticos del dogma muslímico, pero más afortunados o más fogosos los unitarios o
Almohades, les toman sucesivamente a Tremecen, Fez, Salé, Tanger, Ceuta y
Marruecos, que hacen la capital del imperio. La consecuencia inmediata de cada
nueva dominación que se levantaba en la Mauritania era la invasión de la
península española; y Abdelmumen, jefe de los Almohades, sigue en el siglo XII
el ejemplo y el camino de Yussuf, jefe de los Almorávides en el XI. Los
Almohades arrojan de España a los Almorávides, como estos habían arrojado a los
Beni-Omeyas, y Abdelmumen se posesiona del vasto imperio de Yussuf, aunque
cercenado por los cristianos. Estos no tienen ya que pelear, con árabes, sino
con moros de pura raza africana.
Mientras Almorávides y Almohades se revolvían en mortíferas guerras, los
Castros y los Laras, los Alfonsos de Castilla, León y Portugal se destrozaban
en sangrientas discordias. Ni cristianos ni moros acometían empresa de
importancia. Ocupábanse los correligionarios en devorarse entre sí.
Un rey de Castilla emprende una atrevida incursión por tierras
musulmanas. Llega a Algeciras, y desde allí envía un arrogante reto al
emperador almohade de Marruecos. «Puesto que no puedes venir contra mí, le
dice, ni enviar tus gentes, envíame barcos, que yo pasaré con mis cristianos
donde tú estás y pelearé contigo en tu misma tierra.» Reto imprudente y fatal,
que costó a los españoles la memorable derrota de Alarcos, solo comparable al
desastre que ciento doce años antes habían sufrido en Malaca.
Afortunadamente un largo armisticio siguió a la catástrofe de Alarcos, y
no fue menor suerte que los monarcas cristianos aprovecharan esta tregua feliz
para arreglar sus querellas y prepararse a una guerra nacional.
La voz del pontífice se hace oír en toda la cristiandad a principios del
siglo XIII exhortando a los príncipes y a los pueblos a que ayuden a la gran
cruzada, no ya contra los turcos de la Palestina, sino contra los moros de
España. Procesiones, rogativas y ayunos públicos anuncian en Roma que el mundo
se halla en vísperas de presenciar un gran suceso, que habrá de interesar a
todo el orbe cristiano. Este suceso había de acontecer en España, donde se
ventilaba la causa de la cristiandad más que en la Tierra Santa. En Roma se
paseaba el Lignum Crucis, y en Toledo se congregaban cinco
reyes españoles, mientras el nieto de Abdelmumen cruzaba el estrecho de
Gibraltar con cuatrocientos cincuenta mil guerreros mahometanos, el más
formidable ejército que jamás el África había lanzado contra Europa. Avanzan
los infieles, y los cristianos avanzan también. Se avistan unos y otros, y se
da el famoso combate de las Navas de Tolosa, la más grandiosa
lid que desde Atila habían visto los hombres. Cuatro días doraron los rayos del
sol abrasador de julio las altas cumbres de Sierra Morena, antes que el mundo
pudiera saber quién había salido vencedor, si el estandarte de Cristo o el
pendón del Islam. El resultado glorioso le pregona y canta la iglesia española
en la fiesta religiosa y nacional que en conmemoración de aquel día feliz
celebra todavía bajo la advocación del Triunfo de la Santa Cruz.
Como en los campos de Chalons se había decidido la causa de la
civilización contra la barbarie, así en las Navas de Tolosa se decidió
virtualmente la causa del cristianismo contra el Corán. Doscientos mil
combatientes del septentrión quedaron en los campos Cataláunicos; doscientos
mil guerreros del Mediodía sucumbieron en los campos de las Navas. El soberbio
jefe de los unos había sido rechazado a los bosques de la Germania; el altivo
jefe de los Almohades se retiró a devorar su desesperación en el serrallo de
Marruecos. Ambas causas triunfaron con la misma sangrienta solemnidad.
Desde la terrible rota de las Navas quedó el imperio almohade en el mismo
desconcierto, en la misma anarquía y flaqueza que había quedado el imperio
ommiada desde el revés de Calatañazor. Los cristianos avanzarán ya siempre, y
nunca retrocederán. Ya no hay equilibrio; la balanza se ha inclinado.
A poco tiempo se sientan casi simultáneamente en los tronos de Aragón y
de Castilla, en el uno un conquistador, en el otro un conquistador y un santo:
si dramático ha sido el nacimiento del aragonés, también ha sido dramático el
ensalzamiento del castellano. Jaime I ciñe las dos coronas de Aragón y
Cataluña; Fernando III vuelve a unir en sus sienes las de Castilla y León para
no separarse ya jamás. El esforzado aragonés aventa los moros por Oriente, el
brioso castellano los estrecha y acorrala por Mediodía. El Conquistador se
apodera de las Baleares, último refugio de los Almorávides, y toma a Valencia,
la ciudad del Cid. El rey Santo, se posesiona de Córdoba la corte de los
Califas, y planta el pendón castellano en la Giralda de Sevilla, la ciudad que
había reemplazado y excedía ya a Córdoba en población y en opulencia.
Trescientos mil mahometanos de todas edades y sexos salieron, llevando consigo
sus riquezas mobiliarias, a buscar un triste asilo en África, o en los Algarves
o en Granada. Millares de moros eran también arrancados de sus hogares, y huían
de Valencia lanzados por un edicto del Conquistador, a refugiarse entre sus
hermanos de Granada, cuyos muros apenas bastan a contener los dispersos que de
las provincias limítrofes se apiñan en su recinto como en un postrer lugar de
refugio. Mediaba entonces el siglo XIII.
El reino granadino, especie de retoño que brota del destruido tronco del
imperio árabe-africano, es el último residuo y la última forma de la dominación
mahometana en nuestro suelo.
Aún queda Granada rebosando de habitadores, que bien necesita ser
prodigiosamente feraz su campiña para proveer al mantenimiento de tanta
muchedumbre. Aún queda su soberbia Alhambra, deliciosa mansión de reyes, donde
tremola todavía y se ostenta con orgullo la enseña del Profeta. Y se ostentará
por espacio de más de dos siglos. ¿Cómo tan largo tiempo se sostiene ese
pequeño reino, reducido al estrecho recinto de una sola provincia de España,
contra príncipes tan poderosos como eran ya los de Aragón y de Castilla?
Mucho hace la benéfica y sabia administración de Ben-Alamar, y la paz en
que le deja vivir San Fernando hasta su muerte, como aliado suyo que había sido
y auxiliador en sus empresas. Es que también mientras la población muslímica se
concentraba y se fortalecía en Granada, los sucesores de Jaime y de Fernando,
como si se olvidaran de que aún había moros en territorio español, se gastan en
empresas exteriores, mezclados y enredados en los negocios generales de Europa.
Halagan al de Aragón las adquisiciones de Sicilia, que le traen largas luchas
con Roma y con la Francia. Preocupaban al castellano sus pretensiones a la
corona imperial de Alemania, y faltó poco para que España pagara a caro precio
las distracciones de sus príncipes, cuando ausentes de sus estados se ligó el
rey moro de Granada con los Beni-Merines que reinaban en Magreb. Castilla
después de San Fernando hubiera necesitado otro rey conquistador, y tuvo un rey
sabio. Pensó en hacer leyes más que en acabar de expulsar a los moros, y se
difirió por dos siglos la reconquista.
Vuelven también las discordias intestinas a retrasar más esta obra
laboriosa y lenta. Desde Alfonso el Sabio hasta el Justiciero, no hay más que
eternas conjuras o menoridades turbulentas, gran calamidad de los estados y
desolación de los imperios, plaga fatal con que más que otra nación alguna ha
sido castigada la España. Ya era un hijo que se alzaba en armas para arrancar
la corona de las sienes de su padre, y que a su vez probaba la pena del talión
sufriendo las propias amarguras de sus deudos, tíos o hermanos. Ya eran los
envalentonados nobles de Castilla, los Haros, los Laras o los infantes de la
Cerda, los que traían en agitación dolorosa el estado, pasándose así años y
reinados en sangrientas turbaciones, sin que entretanto la guerra contra los
moros suministrara a la historia hechos gloriosos que recordar, si por muchos
no valiera el rasgo insigne de patriotismo heroico, de abnegación sublime y de
noble grandeza castellana, con que inmortalizó el sitio de Tarifa Alfonso Pérez
de Guzmán el Bueno.
Así trascurre un siglo, hasta que al mediar el XIV vuelve a resucitar
delante de Algeciras el antiguo brío castellano con el undécimo Alfonso, el
último de esos Alfonsos, nombre de glorias para España, donde dejaron
perdurable memoria de preclaros hechos, y que fueron como los Césares y los
Abderrahmanes de la restauración. Unido va al nombre de Alfonso XI el glorioso
recuerdo de la memorable victoria del Salado, donde como en las Navas parece
deber reconocerse una protección superior, pues no pudiera de otro modo haber
llegado el número de cadáveres musulmanes a la prodigiosa cifra a que le hacen
subir todas las crónicas. Reservada estaba al undécimo Alfonso de Castilla una
honra póstuma que dudamos haya alcanzado otro príncipe alguno de la tierra. Sus
mismos enemigos vistieron luto al saber su muerte; y cuando el ejército
cristiano conducía sus restos mortales a Sevilla, las tropas del rey moro de
Granada que le habían combatido en el campamento abrieron respetuosamente sus
filas para hacer paso al fúnebre convoy.
Pero Granada entretanto se mantiene, y aquel resto de dominación
musulmana se niega a desprenderse del suelo español, a semejanza de aquellos
mariscos que viven y crecen encerrados en la estrechez de una concha, en tal
manera a la roca adheridos, que ni el furor de los vientos, ni el azote de las
olas son poderosos a despegarlos. Su fortuna le depara otro soberano tan sabio
y prudente como Ben-Alamar, y a su benéfica sombra florece el diminuto y exiguo
reino. La ciudad de las manufacturas y de los bellos jardines se hace el
emporio del comercio y el centro de la cultura y del placer. El tráfico
mercantil atrae a los negociantes de lejanas regiones; las fiestas y los
torneos la hacen el punto de reunión de los más apuestos caballeros de las
vecinas naciones, musulmanes y cristianos. Pero no tardará la ciudad poética en
experimentar también los estragos de la discordia civil, y las lanzas que ahora
en alegres justas se ejercitan se clavarán luego en los pechos fraternales con
desapiadado y bárbaro furor.
En Castilla sucede ya esto otra vez. La sangre riega sus campos y colorea
sus ciudades. Apenas hay familia noble o persona ilustre que no la vierta
peleando en favor del monarca legítimo o del hermano bastardo. La que no se
derrama en los combates la hace saltar el puñal, o asestado por la mano de un
príncipe que le maneja en lugar de cetro, o por la de sus terribles maceros, o
por la de sus consejeros más íntimos y allegados: y la que el puñal perdona va
a salpicar las tablas del patíbulo, erigido y aparejado a todas horas por un
soberano irascible, impetuoso y arrebatado, a las veces justiciero, cruel y
sanguinario siempre. La suya propia tiñe las manos fraternales, y el hermano
que le arranca la vida se ciñe su corona.
Los pueblos, fatigados de tanta tragedia, se felicitan al pronto de haber
cambiado las crueldades del monarca legítimo por las larguezas del bastardo
dadivoso. Pronto conocieron cuán poco habían ganado con el ensalzamiento de la
nueva dinastía. En poco más de un siglo que ocupó el trono de Castilla la línea
varonil de la familia de los Trastámara, viose a aquellos príncipes ir
degenerando desde la energía hasta el apocamiento, y desde la audacia hasta la
pusilanimidad. El prestigio de la majestad desciende hasta el menosprecio y el
vilipendio, y la arrogancia de la nobleza sube hasta la insolencia y el
desacato. La licencia invade el hogar doméstico, la corte se convierte en
lupanar, y el regio tálamo se mancillaba de impureza, o por lo menos se
cuestionaba de público la legitimidad de la sucesión. La justicia y la fe
pública gemían bajo la violación y el escarnio. La opulencia de los grandes o
el boato de un valido insultaban la miseria del pueblo y escarnecían las
escaseces del que aún conservaba el nombre de soberano. Mientras los nobles
devoraban tesoros en opíparos banquetes, Enrique III encontraba exhausto su
palacio y sus arcas, y su despensero no hallaba quien quisiera fiarle. Juan II
procuraba olvidar entre los placeres de las musas las calamidades del reino, y
se entretenía con la Querella de amor, o con los versos
del Laberinto, teniendo siempre sobre la mesa las poesías de
sus cortesanos al lado del libro de las oraciones. Este príncipe tuvo la
candidez de confesar en el lecho mortuorio, que hubiera valido más para fraile
del Abrojo que para rey de Castilla. Los bienes de la corona se disipaban en
personales placeres, o se dispendiaban en mercedes prodigadas para granjearse
la adhesión de un partido que sostuviera el vacilante trono.
No había sido mucho más feliz Aragón con la dinastía de Trastámara, que
también fue llamada a ocupar el trono de aquel reino. Allí otro Juan II,
monarca duro y padre desamorado, traía desasosegada y en combustión la
monarquía. Desheredaba a un hijo, digno por sus prendas de más amor y de mejor
fortuna, y los catalanes irritados contra el desnaturalizado monarca, llamaban
a su suelo extranjeras tropas y brindaban con la corona de Cataluña a cualquier
príncipe extraño que quisiera aceptarla, antes que obedecer al monarca
aragonés. En Navarra la misma fermentación de partidos, la misma hoguera de
discordias, el encarnizamiento no menor.
¿Qué servía que aquejaran ya al pequeño reino granadino iguales o
parecidas turbaciones que a los estados cristianos? Si allí se derribaban
alternativamente los Al-Hayzari, los Al-Zaqui, los Ben-Ismahil y los
Abul-Hacen, aquí se destrozaban entre sí los Enriques, los Juanes, los Alfonsos
y los Carlos. Si un caudillo moro invocaba el apoyo de un monarca cristiano
para derrocar a un rey de Granada, otro pariente de aquel se aprovechaba del
desconcierto y las miserias del reino castellano para destronar a su vez al
usurpador y negar el tributo al monarca de Castilla. Así el reducido reino de
Granada se mantenía en medio de las convulsiones por la impotencia de los reyes
y del pueblo cristiano para arrojar a los infieles de aquel estrecho rincón,
afrenta ya y escándalo de España.
La degradación del trono, la impureza de la privanza, la insolencia de
los grandes, la relajación del clero, el estrago de la moral pública, el encono
de los bandos y el desbordamiento de las pasiones, llegan al más alto punto en
el reinado del cuarto Enrique de Castilla. Los castillos de los grandes se
convierten en cuevas de ladrones; los indefensos pasajeros son robados en los
caminos, y el fruto de las rapiñas se vende impunemente en las plazas públicas
de las ciudades; un arzobispo es arrojado de su silla en un tumulto popular por
atentar contra el honor de una recién desposada, y otro arzobispo capitanea una
tropa de rebeldes para derribar al monarca y sentar a su hermano en el solio.
En el campo de Ávila se hace un burlesco y extravagante simulacro de
destronamiento: ignominioso espectáculo y ceremonia cómica, en que un prelado
turbulento y altivo, a la cabeza de unos nobles ambiciosos y soberbios se
entretienen en despojar de las insignias reales la estatua de su soberano, y en
arrojar al suelo, entre los gritos de la multitud, cetro, diadema, manto y
espada, y en poner el pie sobre la imagen misma del que había tenido la
imprudente debilidad de colmarlos de mercedes.
Había llegado, pues, esta nación a uno de los casos y situaciones
extremas, en que no queda a los imperios sino la alternativa entre una nueva
dominación extraña, o la disolución interior del cuerpo social. A no ser que se
levante uno de aquellos genios privilegiados que tienen la fuerza y el don de
resucitar un estado cadavérico, y de infundirle nueva vitalidad y sensatez: uno
de esos genios extraordinarios que contadas veces en el trascurso de los
tiempos son enviados de lo alto a la humanidad. Vendrá este genio vivificador,
porque lo merece una perseverancia de cerca de ochocientos años puesta a tan
rudas y dolorosas pruebas.
IX
A medida que el territorio se ensancha, que la asociación crece, que el
estado se forma, tiene más necesidad de constituirse en el orden moral; los
derechos, los deberes, las relaciones mutuas entre las diferentes clases del
cuerpo social necesitan fijarse. Esto es lo que ha ido haciendo la España en
los cuatro siglos que hemos bosquejado.
El orden de suceder en la corona, electivo primero, semi-electivo
después, se hace hereditario. Gran paso dado en los elementos constitutivos de
las sociedades civiles.
Aquellos primeros albores de libertad política que dejamos apuntados en
el décimo siglo, se difunden en el undécimo. Las franquicias comunales se
multiplican y ensanchan, el conquistador de Toledo dilata las cartas y los
derechos de los municipios.
La nobleza, creada y adquirida por la conquista, aquella orgullosa y
potente aristocracia que formaba ya una parte integrante de la monarquía,
reclamaba leyes que aquietaran entre sí a los turbulentos señores, y
consignaran su respectiva condición para con el soberano y para con los
vasallos. Establécese con este objeto en el siglo XII el fuero de los
Fijos-dalgo y Ricos-homes. De este modo se ve Castilla constituida bajo una
organización especial; semi-monárquica, semi-feudal, semi-democrática: dividida
en municipalidades, repúblicas parciales y aisladas con fueros y magistrados
propios; en señoríos, especie de pequeñas monarquías, con su código, su
jurisdicción y sus vasallos; y al frente de todas estas repúblicas y monarquías
un jefe común del estado, cuya autoridad mengua con las concesiones que para el
sostenimiento del poder real necesita hacer a los otros dos grandes poderes,
por mucho que discurra para dominarlos y para neutralizar, ya las aspiraciones
de la altiva nobleza, ya las pretensiones de la invasora democracia.
Corre con los tiempos la lucha de influencia entre los comunes y los
nobles, entre la grandeza y el trono, entre la corona y el brazo popular. La
historia de la legislación revela esta incesante lucha política. A principios
del siglo XIII un monarca se propone revisar y corregir los fueros y
privilegios de los fijos-dalgo para confirmar lo que fuere bueno a pro
del pueblo; pero por las muchas priesas que ovo fincó el pleito en
este estado. Los conocedores de los tiempos no han podido dejar de entrever
en aquellas priesas la índole de las dificultades con que hubo de tropezar el
soberano. Cuando más adelante su nieto el rey Sabio, queriendo uniformar la
legislación castellana, publicó el Fuero Real, no pudieron sufrir los fieros
hidalgos de Castilla la lesión que se hacía a sus antiguos privilegios. Se
conjuran y amotinan contra la majestad, se arman, se acuartelan, se pertrechan,
tratan y ventilan su causa con el soberano como de poder a poder, y al cabo de
diez y siete años de pugna, el débil monarca accede a la abolición del Fuero
Real, y manda que los nobles sean otra vez juzgados por el Fuero Viejo, ansi
como solien.
Condenado parecía estar aquel buen rey a gastar su sabiduría y su vida en
hacer leyes que no había de ver planteadas. Forma el célebre código de las
Partidas, y apercibidos los pueblos de que en él se quiere borrar la memoria de
los fueros de población y de conquista, resisten su admisión, y no obtiene
subsistencia ni valimiento hasta cerca de un siglo después bajo Alfonso el
onceno, y eso dando un lugar preferente a los fueros municipales. Tan celosos
eran los castellanos, y tan apegados a su antigua y privilegiada
jurisprudencia.
Tuvieron los últimos Alfonsos el mérito de haber sido casi todos
legisladores y guerreros insignes; y no sabemos cómo las complicadas guerras en
que anduvo de continúo envuelto y enredado Pedro de Castilla le dejaron vagar
para hacer su famosa recopilación, con que ganó no pequeño título de gloria
para todos los hombres, y más para los que quisieran apellidarlo solo el
Justiciero, y borrar el sobrenombre tradicional de Cruel.
La historia política de la edad media de España se encuentra como
compendiada y simbolizada en sus códigos. El Fuero Juzgo, el
primero en antigüedad, representa la monarquía teocrática, fundada por los
godos, y es como el anillo que une la sociedad antigua que pereció con la
sociedad nueva que de ella ha renacido. Los Fueros municipales son
la carta democrática de la España que conquista su libertad, y el emblema de
las franquicias ganadas por un pueblo que recobra su independencia a costa de
esfuerzos y sacrificios. En el Fuero Viejo de Castilla se
consignan los privilegios señoriales de la nobleza castellana, y es la sanción
legal de sus derechos. Las Partidas son el trasunto de la
monarquía que se reorganiza, que toma del derecho romano y del derecho canónico
sus tradiciones monárquicas, y en que las libertades comunales entran solo como
aliadas forzosas, y los privilegios nobiliarios como una inevitable
transacción. El clero recobra sus inmunidades con las Partidas, y Roma ve
legalmente sancionado en un código de leyes el principio de una supremacía que
por muchos siglos no había podido hacer prevalecer en España.
Honra es de esta nación que en una época en que la Europa gemía aún bajo
el poder absoluto de los reyes, tuviera ella ya un sistema de gobierno con
condiciones que hoy mismo agradecerían pueblos muy avanzados en la carrera de
la civilización. En aquel estado de fermentación social aparecen las Cortes
españolas. Allí también luchan esos cuatro poderes. Desde que entra en ellas el
elemento popular, fuerte con la independencia que le dan sus inmunidades,
prepondera muchas veces en las asambleas nacionales de Castilla. Pierde en
ocasiones de su influencia, y cede ante las sistemáticas usurpaciones de la
corona, o ante las invasiones de las clases privilegiadas. Sufre modificaciones
la elección, y se altera el número de las ciudades con voto. Pero siempre el brazo
popular se presenta como un adalid firme y como un sostenedor intrépido de las
libertades públicas. Interviene y vigila en la manera de recaudar e invertir
las rentas y subsidios, y a las veces se abroga hasta las atribuciones
ejecutivas de la administración, a las veces se extiende hasta el arreglo de
los gastos de la casa real. En 1258 se atreve a decir al rey que disminuya los
de su mesa y trajes, y que reduzca a más regulares términos su apetito.
El indispensable reconocimiento de las Cortes para la validez del derecho a la
corona; los nombramientos de las regencias y la determinación de sus
facultades; la concesión o denegación de los impuestos; la libertad en la
elección de diputados; la exclusión de los empleados a sueldo del rey; las
instrucciones que se daban a los representantes; las garantías y restricciones
con que se los ligaba para que no pudieran abusar de su misión; la arrogancia
del lenguaje que estos usaban; las concesiones que arrancaban a los soberanos,
prueban la extensión que hasta la última mitad del siglo XV había adquirido su
poder, y lo sostenida que estaba en aquellos tiempos la representación nacional
por la pública opinión.
Cataluña, Aragón y Valencia, esas tres hermanas que viviendo bajo una
misma corona constituían como tres estados anseáticos regidos por leyes e
instituciones propias, se organizan también sobre la base de la libertad, y
cada cual tiene su representación y celebra sus Cortes, parecidas en parte a
las de Castilla, pero harto diferentes para dar a ese triple reino la fisonomía
especial que le distingue, y cuyos rasgos no ha alcanzado a borrar la
uniformidad de legislación de los tiempos posteriores.
Especie de república marítima, Cataluña ostenta al frente del poder real
sus municipalidades democráticas, su consejo de Ciento y sus poderosos
consellers. El humor vidrioso y levantisco de aquellos naturales no sufre con
paciencia ni aun el amago de opresión, antes bien traduce a imperdonable ofensa
la menor contradicción de parte de la majestad. Este carácter marcial,
independiente y fiero, sobrevivió a la edad media, y los cambios y novedades de
los tiempos y el trascurso de los siglos han podido modificarle, pero no
extinguirle.
Valencia desde la conquista entra a participar de las libertades de
Aragón, cuya constitución es todavía la admiración de los hombres políticos.
Ningún soberano de Europa estuvo reducido a más limitada autoridad que lo
estuvieron por mucho tiempo los monarcas aragoneses. Estrechábanla las
universidades o comunes, y desafiábanla frecuentemente los ricos-hombres de
natura, a pesar del atrevido ensanche que le diera el segundo Pedro, y del
equilibrio diestramente intentado por Jaime el Conquistador. Menor en número su
nobleza que la de Castilla, pero por lo mismo más unida y compacta, a ambas las
calificó donosamente Fernando el Católico cuando dijo, que era tan difícil unir
la nobleza castellana como desunir la aragonesa. Asombrosa conquista fue la del
Privilegio de la Unión, a cuya voz nobles y ciudadanos se levantaban
osados e imponentes a vengar la más leve ofensa del monarca o la más ligera
violación que se intentara contra sus fueros. La memorable batalla de Epila, en
que fue derrotado el ejército de la Unión, señaló «el último caso en que fue
lícito a los súbditos tomar las armas contra el soberano por causa de
libertad.» El puñal del monarca victorioso al rasgar el Privilegio le hirió su
propia mano, y la sangre del rey manchó el famoso pergamino. Hále quedado el
sobrenombre de el del Puñal. Y a pesar de tan rudo golpe las
libertades de Aragón no perecieron, el mismo soberano ratificó los antiguos
fueros del reino, acompañando la confirmación con saludables concesiones, y las
Cortes aragonesas continuaron legislando con admirable independencia y celo por
el mantenimiento de la libertad.
La pluma de un escritor de aquel reino y de nuestros días se ha empleado
en rectificar la tradición de muchos siglos acerca de la famosa fórmula de
juramento de los antiguos reyes de Aragón. Auténtica o adulterada la fórmula,
ningún príncipe se sentó en el trono aragonés que no jurara guardar los fueros
y libertades del reino. Y la original institución del Justicia, magistrado
interpuesto entre el trono y el pueblo, y como el guardián y protector del
último contra las invasiones o las arbitrariedades de los reyes, testifica
hasta qué punto quiso perfeccionar la máquina de su organización política aquel
pueblo arrogante y desconfiado.
Y a vueltas de tan extremada solicitud y celo, jamás pueblo alguno mostró
una moderación, una sensatez y una cordura comparables a la de aquel reino
cuando vació sin sucesión cierta la corona. Los pretendientes se agitan, las
parcialidades se revuelven, el mejor derecho de cada uno arroja ambigüedad e
incertidumbre, la elección se somete al gran jurado nacional, el parlamento
pronuncia, el triple reino acata y venera su fallo, y la nación entera trasmite
respetuosa la herencia de los Berengueres, de los Jaimes y de los Pedros a un
infante de Castilla. El compromiso de Caspe es una de las páginas más
honrosas de la historia de aquel magnánimo pueblo.
El feudalismo que domina en Europa en la edad media penetra en Cataluña y
Aragón. El origen del primero de estos estados y la proximidad y contacto de
ambos con la Francia, feudalmente organizada, los hace partícipes de esa
institución de los pueblos germánicos. En León y Castilla hay más señoríos y
menos feudo, y a pesar de las behetrías es la región de Europa en que arraiga
menos esta planta septentrional.
Si Aragón protesta contra las concesiones humillantes hechas por sus
primitivos monarcas al poder pontificio, no por eso se liberta de sufrir los
rayos del Vaticano, y la excomunión y el entredicho afligen más de una vez en
este tiempo a los soberanos y al reino, como a los de Portugal y Castilla. En
unos y otros países crecen y se desarrollan multitud de pequeñas repúblicas
eclesiásticas que viven al lado de las repúblicas civiles. Los papas se sirven
de las órdenes religiosas como de una milicia espiritual, obediente, dócil y
disciplinada, para acrecentar su influjo, mientras ellas a su sombra alcanzan
inmunidades y franquicias personales y colectivas, con independencia del
episcopado, cuya jurisdicción absorbe la tiara. Con las exenciones y con las
riquezas que acumula se hace el clero un poder formidable en el estado. Allí
confluyen las dádivas de los príncipes, las liberalidades de los devotos, las
herencias de los finados, y hasta los territorios conquistados a los infieles
se adjudican a los institutos religiosos a título de donación. Una mitra poseía
más rentas y más vasallos que algunos monarcas, y la abadesa de un monasterio
ejercía señorío y jurisdicción en catorce villas principales y en más de
cincuenta pueblos. La opulencia y la inmunidad engendran el estrago y la
relajación, y cuando después los monarcas menudean las pragmáticas y cédulas
contra el concubinato público de los clérigos, e intentan la reforma de las
degeneradas órdenes religiosas, se estrella su celo contra el inveterado
desorden, y tropiezan con dificultades insuperables.
Toda Europa fue más o menos caballeresca durante la edad media. Ningún
país, sin embargo, tuvo tantos motivos para serlo como España. Juntóse aquí la
galantería innata de los hijos de este suelo con el respeto a la mujer y el
sentimiento de la dignidad personal heredada de los godos. La afición de los
germanos a dirimir las querellas por medio del reto, y a apelar a la
jurisprudencia brutal de la espada, asocióse con la pasión de los españoles al
combate personal y a las empresas hazañosas de que tantas pruebas dieron ya en
la guerra con los romanos. El genio de estos dos pueblos se encontró de frente
con la exaltación oriental de los árabes; y el sentimiento religioso sostenido
por una lucha tenaz, y las frecuentes ocasiones que la vecindad misma proporcionaba
a los contendientes para los encuentros personales, y el palenque siempre
abierto para los ejercicios bélicos, ya se cruzaran en ellos las lanzas por
odio, ya se mezclaran por recreo, todo cooperaba a desarrollar el espíritu
caballeresco en un pueblo para quien eran tres virtudes el valor, la cortesía y
la generosidad, que si había de recobrar su independencia necesitaba de muchos
caballeros como Pelayo y el Cid. Si el enlace de la devoción con la guerra hizo
desplegar en Europa la caballería con las Cruzadas, España que sostenía dentro
de sí misma una cruzada perpetua, y que ya antes de aquel gran movimiento
religioso veneraba como al mejor caballero al santo apóstol Santiago, hubiera
tenido de todos modos su caballería individual y su caballería colectiva. Los
árabes mismos le habían enseñado la conveniencia de esa institución
semi-sagrada, semi-guerrera, que con el nombre de órdenes militares se
estableció para defender las fronteras cristianas de los ataques de los
infieles.
Pasó, pues, la caballería en España por sus tres períodos y fases, de
heroica y guerrera, de devota y galante, y de extravagante y quijotesca, que
este nombre le quedó desde que llevada a la exageración y al ridículo hubo de
ser contenida por la cáustica sátira de Cervantes. El Paso honroso de
Suero de Quiñones, con sus setecientos encuentros y sus ciento setenta lanzas
rotas antes de declararse la empresa por bien hecha y acabada, es un buen tipo
de caballería amorosa, y Suero y Mendo dos excelentes paladines. Confesamos no
obstante hallar ya mucho de extravagante y pueril en este mismo paso de armas.
Ni hay que confundir la caballería de la realidad con la caballería ideal y
fantástica de las leyendas y de los romances, ni siempre resaltaba la virtud y
la generosidad en los combates; y la lucha que sostuvieron aquellos dos nobles
aragoneses que se obligaron con juramento a no desistir de ella en toda su vida
y a no oír los que quisieran reconciliarlos, aunque fuese el mismo rey, nos
prueba cuanta parte solía tener en ellos la ira y el encono.
Vese también en este tiempo formarse una lengua y una literatura
nacional. Desde el sencillo y vigoroso poema del Cid hasta las limadas y
flexibles estrofas de Juan de Mena y la artificiosa composición de la Celestina, se
va pasando gradualmente como del crepúsculo al día claro. Las Partidas y las
Crónicas manifiestan los adelantos de la prosa y el progreso y fijación de la
lengua, y el tránsito de los romances populares y las aventuras cantadas al
lenguaje serio de la política y de la historia. Algunos monarcas protegieron
decididamente las letras y las cultivaban ellos mismos. Alfonso el Sabio
dividía el tiempo entre los cantares, la astronomía, las leyes y la guerra. Y
la afición y protección de Juan II a la culta literatura hizo su reinado, tan
desdichado y funesto bajo el aspecto político, recomendable y glorioso bajo el
intelectual.
Ni el espíritu mercantil de los catalanes ni el genio marcial de los
aragoneses, impidió que se asentaran en su suelo las alegres musas, y que se
cultivara con esmero la gaya ciencia, no cediendo en mérito y
en dulzura sus trovadores a los celebrados cantores provenzales. Barcelona
poseía grandes almacenes de comercio como Génova y Pisa, y academias florales
como Tolosa. La actividad y el movimiento de sus talleres contrastaban con sus
justas literarias y sus certámenes poéticos: extraña simultaneidad, que nos
pareciera inverosímil si no vivieran los armoniosos versos de Ausias March, el
Petrarca de los provenzales, y las novelas caballerescas de Martorell, el
Boccacio lemosín, y si no lo certificaran las producciones en prosa y verso que
nos legaron los mismos monarcas y príncipes, los Alfonsos, los Pedros, los
Jaimes y los Carlos de Viana. Es consolador mirar a Oriente y ver el
consistorio literario de Barcelona dotado de fondos por sus reyes, que
presidian sus justas y distribuían por su mano los premios poéticos, y mirar
luego a mediodía y ver la municipalidad de Sevilla recompensar con cien doblas
de oro al poeta que había cantado las glorias de su ciudad natal, y ofrecer
igual suma cada año para otra composición de la misma especie.
Hemos apuntado estas ligeras observaciones para indicar cómo iba España
en estos siglos viviendo su vida política, religiosa e intelectual. Volvamos a la historia.
X
A pesar de todo este progreso legislativo y literario, a pesar también de
las instituciones y de las libertades políticas, y del espíritu caballeresco,
hallábase España en los últimos tiempo del reinado de Enrique IV de Castilla en
uno de aquellos períodos de abatimiento, de pobreza, de inmoralidad, de
desquiciamiento y de anarquía, que inspiran melancólicos presagios sobre la
suerte futura de una nación e infunde recelos de que se repita una de aquellas
grandes catástrofes que en circunstancias análogas suelen sobrevenir a los
estados. ¿Había de permitir la Providencia que por premio de más de siete
siglos de terrible lucha y de esfuerzos heroicos por conquistar su
independencia y defender su fe, hubiera de caer de nuevo esta nación tan
maravillosamente trabajada y sufrida en poder de extrañas gentes?
No: bastaba ya de calamidades y de pruebas; bastaba ya de infortunios.
Cuando más inminente parecía su disolución, por una extraña combinación de
eventualidades viene a ocupar el trono de Castilla una tierna princesa, hija de
un rey débil, y hermana del más impotente y apocado monarca. Esta tierna
princesa es la magnánima Isabel.
La escena cambia: la decoración se trasforma; y vamos a asistir al
magnífico espectáculo de un pueblo que resucita, que nace a nueva vida, que se
levanta, que se organiza, que crece, que adquiere proporciones colosales, que
deja pequeños a todos los pueblos del mundo, todo bajo el genio benéfico y
tutelar de una mujer.
Inspiración o talento, inclinación o cálculo político, entre la multitud
de príncipes y personajes que aspiran con empeño a obtener su mano, Isabel se
fija irrevocablemente en el infante de Aragón, en quien por un concurso de no
menos extrañas combinaciones recae la herencia de aquel reino. Enlázanse los
príncipes y las coronas; la concordia conyugal trae la concordia política; es
un doble consorcio de monarcas y de monarquías; y aunque todavía sean Isabel de
Castilla y Fernando de Aragón, el que les suceda no será ya rey de Aragón ni
rey de Castilla, sino rey de España: palabra apetecida, que no
habíamos podido pronunciar en tantos centenares de años como hemos
históricamente recorrido. Comienza la unidad.
Gran príncipe el monarca aragonés, sin dejar de serlo lo parece menos al
lado de la reina de Castilla. Asociados en la gobernación de los reinos como en
la vida doméstica, sus firmas van unidas como sus voluntades; «Tanto monta»
es la empresa de sus banderas. Son dos planetas que iluminan a un tiempo el
horizonte español, pero el mayor brillo del uno modera sin eclipsarle la luz
del otro. La magnanimidad y la virtud, la devoción y el espíritu caballeresco
de la reina descuellan sobre la política fría y calculada, reservada y astuta
del rey. Los altos pensamientos, las inspiraciones elevadas vienen de la reina.
El rey es grande, la reina eminente. Tendrá España príncipes que igualen o
excedan a Fernando; vendrá su nieto rodeado de gloria y asombrando al mundo:
pasarán generaciones, dinastías y siglos, antes que aparezca otra Isabel.
La anarquía social, la licencia y el estrago de costumbres, triste
herencia de una sucesión de reinados o corrompidos o flojos, desaparecen como
por encanto. Isabel se consagra a esta nueva tarea, primera necesidad en un
reino, con la energía de un reformador resuelto y alentado, con la prudencia de
un consumado político. Sin consideración a clases ni alcurnias enfrena y
castiga a los bandoleros humildes y a los bandidos aristócratas; y los
baluartes de la expoliación y de la tiranía, y las guaridas de los altos
criminales son arrasadas por los cimientos. A poco tiempo la seguridad pública
se afianza, se marcha sin temor por los caminos, los ciudadanos de las
poblaciones se entregan sin temor a sus ocupaciones tranquilas, el orden
público se restablece, los tribunales administran justicia. Es la reina la que
los preside, la que oye las quejas de sus súbditos, la que repara los agravios.
Los antiguos tuvieron necesidad de fingir una Astréa y una Temis que bajaran
del cielo a hacer justicia a los hombres, e inventaron la edad de oro. España
tuvo una reina que hizo realidad la fábula.
Isabel encuentra una nobleza valiente, pero licenciosa; guerrera, pero
relajada; poderosa, pero turbulenta y díscola. Primero la humilla para
robustecer la majestad; después la moralizará instruyéndola.
Ya no se levantan nuevos castillos: ya no se ponen las armas reales en
los escudos de los grandes: las mercedes inmerecidas, otorgadas por príncipes
débiles y pródigos, son revocadas, y sus pingües rentas vuelven a acrecer las
rentas de la corona, que se aumentan en tres cuartas partes. La arrogante
grandeza enmudece ante la imponente energía de la majestad, y el trono de
Castilla recobra su perdido poder y su empañado brillo, porque se ha sentado
sobre él la mujer fuerte.
Honrando los talentos, las letras y la magistratura, y elevando a los
cargos públicos a los hombres de mérito, aunque sean del pueblo, enseña a los
magnates que hay profesiones nobles que no son la milicia, virtudes sociales
que no son el valor militar, y que la cuna dorada ha dejado de ser un título de
monopolio para los honores, las influencias y la participación del poder. Los
grandes comprenden que necesitan ya saber para influir, y que el prestigio se
les escapa si no descienden de los artesonados salones de los viejos castillos
góticos a las modestas aulas de los colegios a disputar los laureles literarios
a los que antes miraban con superioridad desdeñosa. Aquellos orgullosos
magnates que enamorados de la espada habían menospreciado las letras, van después
a enseñarlas con gloria en las universidades, y obligan a decir a Jovio en el
Elogio de Lebrija, «que no era tenido por noble el que mostraba aversión a las
letras y a los estudios.» Ha hecho pues Isabel de una nobleza feroz una nobleza
culta; ha ennoblecido la nobleza.
Esos opulentos y altivos grandes-maestres, señores de castillos y de
pueblos, de encomiendas y de beneficios, de lanzas y de vasallos, que tantas
veces han desafiado y puesto en conflicto la autoridad real con su caballería
sagrada, ya no conmoverán más el solio, ni se turbará más la paz del reino en
cada vacante de estas altas dignidades, porque ya no hay más grandes-maestres
de las órdenes militares que los monarcas mismos.
Hay revoluciones sociales que nos inducen a creer que no siempre las
épocas producen los reformadores, ni siempre los cambios de condición que sufre
un pueblo han venido preparados por las leyes, las costumbres y las ideas. Por
lo menos nos es fuerza reconocer que a las veces, siquiera sean muy contadas,
un genio extraordinario puede bastar con escasos elementos a trasformar una
sociedad en el sentido que menos parece determinar las ideas y las costumbres
que encuentra dominando en el estado. Y esto es lo que aconteció en España.
Cuando más avocado se podía creer el país a una disolución social,
aparece un genio, que sin deber a su primera educación sino la formación de su
espíritu a una piedad acendrada, y a la escuela del mundo la reflexión sobre
los infortunios que nacen del desorden y de la inmoralidad, acomete la empresa
de hacer de un cuerpo cadavérico un cuerpo robusto y brioso, de una nación
desconcertada una nación compacta y vigorosa, de un pueblo corrompido un pueblo
moralizado, y lleva su obra a próspero término y feliz remate. Este personaje,
con una actividad prodigiosa, con una perseverancia que causa maravilla, y con
una universalidad que hace cierto lo inverosímil, purga el suelo de
malhechores, organiza tribunales y los preside, administra justicia y manda
hacer cuerpos de leyes, derriba las fortalezas de los poderosos y va a buscar
los talentos a los retiros, da ejemplos diarios de virtud y expide cédulas y
provisiones para la reforma de las costumbres, enseña con actos propios de
piedad y manda con severas pragmáticas, asiste a los templos y recorre los
campos de batalla, ora de rodillas ante el altar y revista los campamentos
sobre un soberbio corcel, socorre a las vírgenes del claustro y provisiona los
ejércitos, erige santuarios y toma plazas de guerra a los enemigos, fomenta las
escuelas y organiza la milicia, contiene la relajación del clero y hace cejar
la corte pontificia en su sistema de invasión y de usurpaciones, restablece la
buena disciplina en la iglesia española y hace respetar a la tiara los derechos
de la corona y las regalías del trono, celebra y preside cortes y también
celebra y preside torneos, vigila la educación del pueblo, y cuida de la
educación de los príncipes, se ejercita en labores de manos bajo el techo
doméstico, y atiende al gobierno de dos mundos, y a diferencia del rey de las
tablas astronómicas, no desatiende a la tierra por mirar al cielo, sino que
atiende simultáneamente al negocio del cielo y a los negocios de la tierra.
Así brillaban bajo su benéfica protección jurisconsultos como Montalvo,
prelados como Mendoza, Talavera y Cisneros, capitanes como Aguilar, Gonzalo y
el marqués de Cádiz, literatos como Oliva, Pulgar y Vergara.
Las letras humanas adquieren un prodigioso desarrollo en este reinado
feliz. Llega su fama a remotos climas, y desde el fondo de la Holanda deja oír
el sabio Erasmo los acentos de admiración y de elogio que le arranca el vuelo y
progreso de la literatura española. La ilustración se hace extensiva al bello
sexo: una dama va a explicar los clásicos en Salamanca, y otra dama sustituye a
su padre en la cátedra de retórica de Alcalá. El movimiento literario se
extiende desde el romance morisco y la leyenda caballeresca hasta los estudios
graves de las aulas universitarias. Échanse los primeros cimientos del teatro
español, que habrá de servir de modelo al mundo en los siglos que van a entrar.
Fortuna es también de los esclarecidos reyes católicos que venga la invención
de la imprenta en su siglo en ayuda de sus esfuerzos, a dar una vida permanente
a los progresos de la razón y a centuplicar los medios de propagación de los
conocimientos humanos. Merced al prodigioso invento, en el mismo año que se
conquista el último baluarte de los moros, se da a la luz pública la primera
gramática de la lengua castellana. A poco tiempo asombra la España al mundo con
la edición de la Poliglota, la empresa tipográfica más gigantesca del siglo.
Todo renace bajo el influjo tutelar de los reyes católicos: letras,
artes, comercio, leyes, virtud, religiosidad, gobierno. Es el siglo de oro de
España.
Una negra nube aparece no obstante en el horizonte español, que viene a
sombrear este halagüeño cuadro. En el reinado de la piedad se levanta un
tribunal de sangre. ¡Triste condición humana! Un príncipe ilustre, y una
princesa la más esclarecida y la y más bondadosa que ha ocupado el trono de
Castilla, son los que llegan a la posteridad la institución más funesta, la más
tenebrosa, la más opresiva de la dignidad y del pensamiento del hombre, y la
más contraria al espíritu y al genio del cristianismo. Se establece la
Inquisición, y comienzan los horribles autos de fe. Los hombres,
hechos a imagen y semejanza de Dios, son abrasados, derretidos en hogueras,
porque no creen lo que creen otros hombres. Es la creación humana de que se ha
hecho más pronto, más duradero y más espantoso abuso. Los monarcas españoles
que se sucedan, se servirán grandemente de este instrumento de tiranía que
encontrarán erigido, y el fanatismo retrasará la civilización por largas
edades. Apresurémonos a hacer la Inquisición obra del siglo, producto de las
ideas que había dejado una lucha religiosa de ochocientos años, hechura de las
inspiraciones y consejos de los directores espirituales de la conciencia de
Isabel, a quienes ella miraba como varones los más prudentes y santos, de la piedad
misma y del celo religioso de la reina. El siglo dominó en esto a aquel genio,
que en lo demás había logrado dominar al siglo. Quiso, sin duda, hacer una
institución benéfica bajo el conveniente pensamiento de establecer la unidad
religiosa, y levantó contra su intención un tribunal de exterminio. Es
imposible armonizar los sentimientos piadosos de la magnánima Isabel con las
monstruosidades de Torquemada. ¿Era que reconocido el error le faltarían ya o
fortaleza o medios para contener los brazos de aquellos freidores de carne
humana?
Pero apartemos la vista de tan sombrío cuadro, y llevémosla a la
pintoresca y magnífica vega de Granada. Frente a esta ciudad, abrigo formidable
de los últimos restos del viejo imperio mahometano, se ostenta otra ciudad
moderna, obra maravillosa de rapidez, para cuya construcción se han convertido
los guerreros cristianos en artesanos y fabricadores. Esta ciudad-campamento es
Santa Fe. Allí están Isabel y Fernando al frente de su ejército. Un día
aparecen cortesanos y soldados vestidos de gala. General alborozo se nota en
los reales de los cristianos. Despléganse los pendones. Retumba en la vega el
estampido de tres cañonazos disparados desde la Alhambra. Se levanta el
campamento, y se encamina hacia los muros de la soberbia ciudad. ¿Es que sonó
la última hora para el pueblo infiel?
Un personaje moro, seguido de cincuenta caballeros musulmanes, se dirige
con semblante mustio hacia el Genil. Al llegar a la presencia de otro personaje
cristiano, hace ademan de apearse de su palafrén, e inclinando su abatido
rostro: «Tuyos somos, le dice, rey poderoso y ensalzado: estas son, señor, las
llaves de este paraíso; recibe esta ciudad, que tal es la voluntad de Dios.»
Era el desgraciado Boabdil, el último rey moro de Granada, que entregaba las
llaves de la Alhambra al victorioso Fernando con arreglo a la capitulación.
Pronto reflejaron los rayos del sol en la luciente cruz de plata que los reyes
católicos llevaban consigo a los campamentos, símbolo del cristianismo
victorioso del Corán, y el pendón de Castilla ondeó luego en una de las torres
de aquel alcázar donde tantos siglos tremolasen el estandarte del Profeta. Era
el 2 de enero de 1492.
Llegó a su desenlace el drama heroico de ochocientos años, la Ilíada de
ocho siglos. La soberbia Ilion de los musulmanes está en poder de los
cristianos. Consumóse el doble triunfo de la fe y de la independencia de
España. Los orgullosos hijos de Mahoma, vencedores en Guadalete, se han
retirado llorosos, vencidos para siempre en el Genil. Las dos pobres monarquías
que nacieron en los riscos de Asturias y en las rocas de Jaca son ya un solo y
poderoso imperio que se extiende desde el Pirineo hasta los dos mares: y a esta
grande obra de religión, de independencia y de unidad, han cooperado Dios, la
naturaleza y los hombres.
Aun esperaba otra mayor remuneración a la perseverancia española. El
premio ha sido tardío, pero será abundoso.
Había un mundo que nadie conocía, y un hombre que si no le había
adivinado tal como era, llevaba en su cabeza el proyecto y en su corazón la
esperanza de descubrir nuevas regiones del otro lado del Atlántico. Era el más
grande pensamiento que jamás había concebido ingenio humano. Por lo mismo los
príncipes y soberanos de Europa le habían desechado como una bella quimera, y
tratado al atrevido proyectista como un visionario merecedor solo de compasión.
Solo hay una potestad en la tierra que se atreva a prohijar el proyecto de
Colón. Es la reina Isabel de Castilla. Colón merecía descubrir un mundo, y
encontró una Isabel que le protegiera: Isabel merecía el mundo que se iba a
descubrir, y vino un Colón a brindarla con él. Merecíanse mutuamente la
grandeza del pensador y la grandeza de la majestad, y el cielo puso en contacto
estas dos grandezas de la tierra.
Atónito se quedó el mundo antiguo cuando supo que aquel temerario
navegante que desde un pequeño puerto de España había tenido la audacia de
lanzarse en una miserable flotilla a desconocidos mares, en busca de
continentes desconocidos también; que aquel visionario despreciado de las
coronas, convertido ya en cosmógrafo insigne, había regresado a España y
ofrecido a los pies de su real protectora testimonios irrecusables de un nuevo
mundo descubierto. Ya no quedó duda de que el Nuevo Mundo existía,
y la fama de Colón voló por el Mundo Antiguo, que admiró y envidió
la gloria del descubridor, y admiró y envidió la gloria de España, a quien
aquel mundo pertenecía, y admiró y envidió la gloria de Isabel, a quien se
debía la realización del maravilloso proyecto.
Encontrose, pues, España la mayor potencia del orbe, a pesar de la famosa
línea de división que un papa hizo tirar de polo a polo por la plenitud
de la potestad apostólica, para señalar a los españoles la parte que
les correspondía poseer en aquellos remotos climas.
El globo se ha agrandado; el comercio y la marina se extenderán por la
inmensidad de un Océano sin riberas; los metales del Nuevo Mundo harán una
revolución en la hacienda, en la propiedad, en las manufacturas, en el espíritu
mercantil de las naciones, y las cruzadas para la conversión de idólatras
reemplazarán a las cruzadas contra los mahometanos.
No se cansaba la fortuna de halagar en este tiempo a los españoles: y
como si fuese poco haberlos liberado del yugo musulmán y haberles dado un nuevo
mundo, les abre otro vasto campo de glorias en el centro de la Europa
civilizada. Después de haber peleado ochocientos años dentro de su propio
territorio, salen a gastar sus instintos guerreros en tierras extrañas. Los
unos van a llevar su civilización a pueblos incultos del otro lado del Océano,
los otros van a recibir otra civilización más culta del otro lado del
Mediterráneo, venciendo y conquistando en ambos hemisferios. Porque mientras el
sol de Occidente alumbra sus conquistas en la India, el sol de Oriente ilumina
sus triunfos en Italia. Allá se agregan imperios inmensos a la corona de
Castilla; acá las pretensiones de Carlos VIII y de Luis XII de Francia sobre la
posesión de las Sicilias son atajadas por la espada de Fernando el Católico,
que asegura para sí la dominación de aquellos países, que tan fértiles como
son, no producen tantos laureles como ganan los tercios y los capitanes
españoles. Sandricourt, Lafayette, Bayardo, la flor de los caballeros de
Francia, son eclipsados por Antonio de Leyva, Pedro Navarro y García de
Paredes. El duque de Nemours, el último descendiente de Clodoveo, recibe la muerte
en Ceriñola por mano de Gonzalo de Córdoba, él solo entre tantos guerreros como
han producido los siglos que goza el privilegio de ser conocido en todo el
mundo con el renombre de él Gran Capitán; merecida distinción, y
digna honra del vencedor de Garillano. Si más adelante otros capitanes pasean
la bandera victoriosa de Castilla por los dominios de África y de Europa al
frente de la invencible infantería española, esos capitanes se habrán formado
bajo los pendones y en la escuela del Gran Gonzalo.
Mucho, y con sobrada justicia, lloraron los españoles la muerte de su
adorada reina la magnánima y virtuosa Isabel, que vino a enlutar sus corazones
en estos momentos de interior prosperidad y de exterior grandeza. Pero fue
Isabel un astro, que a semejanza del sol siguió todavía difundiendo las
emanaciones de su luz después de haberse ocultado.
La protectora de Cristóbal Colón y de Gonzalo de Córdoba había sabido
sacar de la soledad y del retiro y colocado en alto puesto a otro varón
eminente, dechado de virtud y prodigio de talento, que no era ni navegante ni
soldado, sino un religioso que vestía el tosco sayal de San Francisco. Este
esclarecido genio, que llegó a gobernar la monarquía desde la silla primada de
España, concibe la osada empresa de plantar el pendón del cristianismo en las
ciudades musulmanas de la costa berberisca e incorporarlas a los dominios
españoles. Y, lo que, es más, lo ejecuta a sus expensas y dirige por sí mismo
la atrevida expedición. Sucumbe la opulenta Orán. Brilla la cruz en sus
adarves, y ondea en sus almenas el estandarte de Castilla. Y las victoriosas
tropas españolas presencian el extraño espectáculo de un franciscano, que
rodeado de guerreros y de frailes, con la espada ceñida sobre la humilde
túnica, se adelanta a recibir las llaves de la poco ha orgullosa y ahora
rendida ciudad morisca. Era el insigne cardenal Cisneros, honor de la religión,
lustre de las letras, gloria de las armas y sostén de la monarquía.
Continúa su obra el brioso Pedro Navarro, el compañero de Gonzalo en
Italia, y el que ha dirigido el ataque de Orán, y hace ciudades españolas a
Bujía, Argel, Túnez, Tremecen y Trípoli. Solo se detiene ante la catástrofe de
los Gelves.
Navarra, único fragmento del territorio español que había permanecido
independiente y segregado, pasa a formar parte de la gran monarquía. Fernando
el Católico la ha conquistado. Importante adquisición para un imperio, que
abarca ya posesiones inmensas en las tres partes del globo.
Pero estaba decretado que esta pingüe herencia había de ser patrimonio de
una familia extraña. La Providencia lo quiso así, y lo preparó por medios que
nos será permitido sentir, ya que no nos sea permitido objetar. Adoradores
respetuosos de sus altos juicios y de sus decretos inescrutables, encaminados
siempre al magnífico plan de la armonía del universo, lícito nos será lamentar
como hombres que en las combinaciones de esta universal armonía tocará a la
España en el periodo de su mayor grandeza ser regida por un príncipe nacido y
educado en extrañas y apartadas tierras.
Contra todos los cálculos probables de sucesión habían subido Isabel y
Fernando a sus respectivos tronos; contra todos los cálculos probables de
sucesión bajan prematuramente sus hijos al sepulcro, y solo les sobrevive para
heredarlos una princesa casada con un extranjero, desjuiciada, además, y cuyas
enajenaciones mentales la incapacitan para la gobernación del reino. Desciende
también su esposo a la tumba apenas gusta las dulces amarguras del reinar; y
cuando la trabajosa restauración de ocho siglos se ha consumado, cuando España
ha recobrado su ansiada independencia, cuando el fraccionamiento ha
desaparecido ante la obra de la unidad, cuando una administración sabia,
prudente y económica ha curado los dolores y dilapidaciones de calamitosos
tiempos, cuando ha extendido su poderío del otro lado de ambos mares, cuando
posee imperios por provincias en ambos hemisferios, entonces la herencia a
costa de años y de heroísmo ganada y acumulada por los Alfonsos, los Ramiros,
los Garcías, los Fernandos, los Berengueres y los Jaimes, todos españoles desde
Pelayo de Asturias hasta Fernando de Aragón, pasa íntegra a manos de Carlos V
de Austria. Nueva era social.
XI
El reinado de los reyes católicos, todo español y el más glorioso que ha
tenido España, es la transición de la edad media que se disuelve a la edad
moderna que se inaugura. Carlos V encuentra ya iniciado el nuevo poder militar
de los ejércitos permanentes, y el nuevo poder político de la diplomacia.
Confesamos que el reinado de Carlos V nos admira, pero no nos entusiasma.
Porque nos admiran los grandes hombres y los grandes hechos, nos entusiasman
solo los que hacen grandes bienes al género humano. Apreciamos demasiado la
felicidad verdadera de los hombres para que nos dejemos fascinar por el ostentoso
aparato de las magníficas expediciones y por el brillo aparente de las
conquistas. Querríamos más gobernadores prudentes que revolvedores del mundo.
Las empresas gigantescas llevan siempre algo maravilloso que seduce. Es muy
fácil dejarse deslumbrar por las grandes maniobras.
Pudieron justificar las circunstancias en que entonces la nación se
encontraba el afán del Cardenal regente por abrir y desembarazar a Carlos el
camino del trono, y por hacerle proclamar. El pueblo le miraba más receloso, y
no se apresuraba tanto. ¿Quién fue más previsor, el instinto popular, o el
talento del gran político? El regente arzobispo con el fin de abatir una
nobleza soberbia, quiso entregar a Carlos una autoridad real robusta, y
deseando hacer un monarca respetado, preparó sin quererlo un señor absoluto.
«Estos son mis poderes», les dijo a los nobles mostrándoles los cañones y
arcabuces que preparados tenía; y Carlos fue proclamado. La expresión fue
conceptuosa y enérgica; pero el príncipe en cuyo obsequio se pronunció había de
saber aprovecharse bien de aquella especie de sanción del ultima ratio
regum. El mismo Cardenal Cisneros fue el primero que recibió por premio de
su celo monárquico y de su adhesión personal aquella fría y desdeñosa carta de
Carlos, que o le ocasionó o le aceleró la muerte. Desengaño amargo, y ejemplo
insigne de ingratitud. Poco tiempo después reemplazaba al venerable y sabio
prelado español en la silla primada un extranjero ignorante e imberbe:
escándalo grande para un pueblo religioso.
Disgustaba además a los españoles un príncipe que ni había nacido en su
suelo, ni hablaba su lengua, ni menos conocía sus costumbres, y que tanta
impaciencia había mostrado por titularse rey de España, viviendo todavía su
madre, la legítima reina de Castilla, a quien no obstante el lamentable estado
de su juicio conservaba grande afición y cariño los castellanos. Veíanle venir
rodeado de flamencos, y el recuerdo de los tesoros devorados por la comitiva
parásita que ya con su padre había invadido la España, y de la audacia y la
rapacidad que aquellos habían desplegado, no era en verdad para que auguraran
bien ni se mostraran devotos del príncipe flamenco.
No tarda el disgusto en trocarse en exasperación, y el descontento en
convertirse en rebelión formal. Elegido Carlos emperador de Alemania, dispónese
a salir de España para tomar posesión de la corona de Carlo-Magno. Pide un
subsidio exorbitante, y convoca las Cortes de Castilla para un punto desusado y
extremo de la Península. La demanda, el objeto, la forma, todo desazona a los
castellanos, y apenas el sucesor de Maximiliano abandona las playas españolas,
se agitan las ciudades, se ensaña el furor popular contra los procuradores que
votaron el impuesto, y se alzan en armas las comunidades de Castilla, no contra
Carlos sino contra la violación de sus fueros y en vindicación de sus antiguas
libertades. El levantamiento, más en justicia fundado y con más valor
sostenido, que dirigido con circunspección y ordenado con acierto, sucumbe ante
las armas imperiales auxiliadas de la nobleza, a quien los comuneros no han
sabido atraer. Perecen, pues, las libertades públicas de Castilla en los campos
de Villalar, y Padilla y los principales caudillos de las comunidades expían su
ardor patriótico en un cadalso. Inútil, aunque heroicamente, intenta
sostenerlas en Toledo una mujer animosa, enamorada a un tiempo de un esposo que
acababa de perder y de una libertad que acababa de sucumbir. Fue la última
protesta armada de la libertad contra la opresión. Desde entonces las Cortes
quedan reducidas a una mera fórmula, y no serán ya llamadas sino a votar los
impuestos. El emperador publicó un edicto perdonando a los insurgentes, pero
pasaban de doscientos los exceptuados. No era fácil castigar de muerte a casi
todos los habitantes de la Castilla entera. Con tales auspicios se inauguró en
España el primer soberano de la casa de Austria.
Desde que Carlos se aleja de la Península, la historia del emperador
oscurece y eclipsa la historia del rey. En vano es que declare en una carta
patente que el anteponer en los despachos el título de Emperador de Alemania al
de rey de España no parará perjuicio a esta corona. Los actos pregonan casi
siempre al emperador; y el nombre de Carlos V con que entonces y ahora ha sido
universalmente apellidado, siendo el I de España, está revelando todavía que no
era lo español lo que predominaba en la majestad imperial.
No tardó en demostrar el nieto de Isabel y de Maximiliano, que, si por la
herencia de la primera era el mayor potentado del orbe, y por la del segundo se
encontraba el mayor monarca de Europa, la grandeza de sus pensamientos
correspondía a la magnitud de sus dominios. La idea de tener un rey, en cuyos
estados no se ponía jamás el sol, era demasiado brillante para que dejara de ir
halagando a los españoles. Veíanle desplegar talentos militares y políticos;
veíanle acometer empresas gigantescas y rematarlas con felicidad; veíanle
representar el primer papel en el mundo; veíanle triunfar casi a un tiempo en
Méjico y en Italia, vencer a Motezuma y hacer prisionero a Francisco I; y que
los capitanes y soldados españoles recogían a su sombra larga cosecha de lauros.
Y ofuscados por el brillo de las adquisiciones y de las hazañas, iban olvidando
poco a poco la pérdida de sus libertades; la emigración de sus tesoros y de sus
hijos, con cuya sangre se compraban aquellos lauros. Llegaba a España el ruido
de las victorias, pero no llegaban los lamentos de las víctimas. No se reparaba
que los brazos que iban a manejar la espada en remotas tierras se robaban a la
agricultura y a las artes: que allá iban a ganar reinos que no habían de poder
conservarse, o a imponer la esclavitud a otros pueblos, o a decidir cuestiones
de amor propio entre príncipes rivales, mientras aquí se paralizaba la
industria interior y se agotaba la sangre de los hombres y la sangre del
pueblo. Las Cortes permanecían mudas, y solo hablaban los partes de las
batallas. Así España se acostumbraba a entregarse a un hombre. Al fin este le
daba glorias. Cuando pasada una generación le falten las glorias, continuará
atada a la voluntad de un hombre por más de una generación.
Imposible es por lo demás dejar de reconocer la grandeza de quien supo
elevarse y descollar sobre los eminentes príncipes que encontró ya al frente de
los demás estados de Europa; un Francisco I de Francia, un Enrique VIII de
Inglaterra, un Solimán II de Turquía, un pontífice como León X, cada uno de los
cuales hubiera bastado por sí solo para dar nombre a un siglo. Época de
soberanos insignes y de capitanes que merecían ser soberanos; y sin embargo
nunca se oscurece ni anubla el nombre del rey-emperador.
Carlos V y Francisco I; he aquí las dos figuras de más bulto en esta
galería de personajes famosos. Rivales de por vida, sus codiciosas pretensiones
trajeron desasosegado el mundo, y costaron muchas miserias a la humanidad. «Si
Dios hubiera querido, dice un elocuente escritor, que estos dos monarcas se
uniesen, la tierra hubiera temblado bajo sus pies.» Nosotros creemos que tembló
de todos modos. Lo que hizo su mutua envidia fue que ninguno de los dos pudiera
encadenarla. Carlos con más vastos dominios, pero más desparramados y no bien
sujetos; Francisco con estados más cortos, pero más concentrados, venciéronse
alternativamente sin poder destruirse. Pero el emperador humilló más veces al
rey, y el vencedor de Marignan cayó prisionero en Pavía, y viose más de una vez
forzado en los campos de batalla a jurar el cumplimiento de tratados ominosos
impuestos en la prisión.
Francisco apenas tuvo que sostener sino las guerras con el emperador, y
pudo muchas veces descansar. Carlos guerreaba en Francia, en Italia, en
Alemania, en Flandes, en África y en Turquía, y no descansó nunca. Viajero
infatigable, no había para él distancias de estado a estado, y se hallaba en
todas partes. El emperador alemán del siglo XVI anticipose en el sistema de
actividad al emperador francés del siglo XIX; y pareciéndosele en la magnitud
de las empresas y en la energía de las resoluciones, aunque con más desigual
fortuna en los azares de la guerra, excediole en la espontaneidad del retiro
cuando conoció que su estrella se eclipsaba.
Necesitando ambos de alianzas, era en esto Carlos más político y más
mañoso que Francisco: escrupuloso ninguno. Francisco quiso ser un caballero de
la edad media, y el siglo le enseñó que aquellos tiempos habían pasado. Carlos
representaba ya al monarca de los tiempos modernos, y poseía la política de
gabinete. Descubríase en las miras del emperador, justas o injustas, otra
grandeza, otra elevación que en las del monarca francés. Francisco hubiera
podido contentarse con dominar en los estados cuyos derechos reclamaba: Carlos,
si no abrigó el pensamiento de la monarquía universal, aspiró por lo menos a la
unidad religiosa. El emperador sin la oposición del monarca francés hubiera
podido dominar la Europa, y aun así lo hubiera hecho acaso, si la casa de Austria
no se hubiera dividido en dos ramas: el monarca francés aun sin la oposición
del emperador probablemente no hubiera tenido la audacia de intentarlo. Cuando
Francisco escribió las memorables palabras: «Todo se ha perdido menos el
honor,» parece que añadió, aunque entonces no se dijo: «y la vida que se
ha salvado.» Y cuando libre de la prisión de Madrid pisó de nuevo el
territorio francés, saltó y corrió como un muchacho exclamando: «ya soy otra
vez rey de Francia.» Carlos recibió por lo menos con apariencias de fría
serenidad y circunspección la noticia de la victoria de Pavía, como aquel a
quien ni sorprenden ni alteran los triunfos.
El caballero francés, galante y guerrero, llamó a su corte a las mujeres,
y entregándose a favoritas y cortesanas descontentaba a sus generales, que
pasaban al servicio de su cauteloso rival, que sabía atraerse el afecto de
propios y extraños. Así abandonó a Francisco el condestable de Borbón, único
traidor, dicen, que han tenido los Borbones en su dinastía: así el almirante
Doria, aquel famoso genovés que ayudando a establecer el despotismo en otras
naciones supo dar la libertad a su patria. Ambos hicieron servicios eminentes
al emperador, a quien permanecieron fieles ¡cosa extraña! hasta los tránsfugas
que se le habían adherido haciendo traición a su patria y a su rey.
Las guerras entre Carlos V, Francisco I y Enrique VIII vinieron, a
vueltas de sus muchas calamidades, a hacer un bien a la Europa, porque
multiplicaron y difundieran las ideas confundiendo los pueblos, y produjeron la
necesidad del sistema de equilibrio entre los grandes estados, que tanto
influjo había de ejercer en el derecho de gentes de las naciones modernas.
Pero faltó poco para que estas luchas entre príncipes cristianos
proporcionaran al turco apoderarse de Italia. Carlos V combatiendo a Solimán y
a Barbarroja, impidió a la media luna enseñorearse de Nápoles, y a las hordas
de un pirata acabar de despojar el Vaticano. Oprimiendo la Italia, tuvo por lo
menos el mérito de salvar la Europa, aunque a costa de los tesoros de sus
reinos y de la sangre de sus súbditos.
En este período brillante y sombrío de la historia de la humanidad
viéronse muchos héroes y muchos malvados, grandes proezas y grandes perfidias,
alianzas anómalas, rompimientos injustificables, y deslealtades diarias, y
Maquiavelo pudo quedar satisfecho de ver los progresos de su política. A pesar
de la repetición de escándalos, todavía el mundo no pudo dejar de
escandalizarse en ocasiones solemnes. El gran protector del catolicismo retenía
prisionero al jefe de la iglesia, y mandaba hacer rogativas públicas por la
libertad del pontífice. El rey cristianísimo se confederaba con los reformistas
y se aliaba con los mahometanos contra el jefe de la cristiandad y contra el
campeón de la unidad católica. Roma era saqueada por un ejército católico
mandado por un traidor político, cuyos soldados llevaron la rapiña y la
profanación hasta un punto que hizo tener por moderados y prudentes a los
bárbaros de Alarico. Y un rey de Inglaterra, el primero que escribió un libro
de denuestos contra Lutero y la reforma, se apartaba él y apartaba a su reino
de la obediencia al romano pontífice, y traía un nuevo cisma a la cristiandad
por los amores impúdicos de una mujer.
La reforma religiosa fue un acaecimiento más trascendental en esta época
que las revoluciones políticas. Lutero adquirió una celebridad e importancia
que no merecía ni por sus talentos ni por sus virtudes, pues carecía de estas y
no eran eminentes aquellos. Faltó prudencia a la corte de Roma, y la opinión de
muchos pueblos y de muchos hombres no había necesitado sino de una voz atrevida
que la formulara. De otro modo no hubiera podido el fraile de Witemberg
conmover los estados alemanes, y él mismo debió asombrarse de haber llegado a
asustar al mundo católico. Carlos V se propuso hacer frente al predicador y a
sus doctrinas. Impulsábanle a ello sus ideas religiosas y le iba la
conservación de sus dominios. El francés y el turco le distraían y embarazaban,
y los papas no le ayudaron bien. Por otra parte, ni bastante condescendiente
con los reformadores para atraerlos por la dulzura, ni bastante riguroso para
dominarlos por la fuerza, hubo de entablar con ellos aquella serie de
negociaciones pesadas que abarcan desde la dieta de Worms hasta el concilio de
Trento. Al decreto de Spira contra la reforma respondía la protesta de los
cinco grandes príncipes y de las catorce ciudades del imperio que los señaló
con el nombre de protestantes. Al de la confesión de Augsburgo
respondía la liga de Smalkalda; y con el famoso Interim de
Ratisbona no satisfizo el emperador ni a protestantes ni a católicos. La
reforma le gastó más fuerzas que las guerras, y la espada de un príncipe
luterano fue la que le dio el más funesto golpe. La cuestión religiosa llenó la
Europa de sangre y la dejó para mucho tiempo dividida en dos grandes
fracciones, protestante y católica. España se preservó del contagio. Hízolo con
las armas Carlos V, y con las hogueras los inquisidores. España se aisló del
movimiento europeo.
No hay duda que la reforma imprimió una nueva fisonomía a la sociedad
moderna que se creaba. Los protestantes la han mirado como una feliz
insurrección de la inteligencia contra el poder absoluto en el orden
espiritual, como una poderosa tentativa de emancipación del espíritu humano, y
la hacen como la madre de las libertades políticas. Los católicos niegan que el
protestantismo haya emancipado los pueblos, atribúyenle haber dividido los
hombres sin mejorar la sociedad, y esperan que la doctrina de Lutero con todas
las variaciones que descubrió Bossuet y que después se han añadido, sucumbirá
como el error de Arrio y como el catecismo de Mahoma. Si no nos equivocamos, en
nuestra misma edad se notan síntomas de ir marchando este problema hacia su
resolución. El catolicismo gana prosélitos: los protestantes de hoy no son lo
que antes fueron, y creemos que la unidad católica se realizará.
Contra el fraile alemán se levantó entonces un caballero español. Al
enemigo audaz del pontificado se opuso un papista decidido y animoso.
Presentose Ignacio de Loyola a combatir a Martin Lutero, y contra la reforma
del fraile de San Agustín estableció la compañía de Jesús, milicia destinada a
pelear a favor de la Santa Sede, obligándose a ello con el voto de obediencia,
lo cual valió a los jesuitas de parte de los protestantes el nombre de
genízaros del papa. Comenzó la reacción religiosa, y la gran cuestión de
concilio de Trento preocupó a los pontífices que se fueron sucediendo, y
sobrevivió a Carlos V, el cual ofreció el fenómeno de ser más conciliador que
los papas mismos.
Afortunadamente, y por la vez primera, no fue ahora España el campo en
que se ventilaron las grandes cuestiones religiosas, políticas y militares que
cubrieron de sangre y luto la Europa. Sufrieron mucho Francia, Alemania y
Hungría, pero la víctima sacrificada a las ambiciones de todos fue la
desgraciada Italia. Teatro nunca vacante de sangrientas lides, saqueábala el
turco por la costa, mientras en el interior la devastaba la soldadesca
cristiana, franceses, flamencos, alemanes y españoles, gentes de diversas
religiones y distintas lenguas, que hormigueaban allí como nubes de langostas
talándola a quien más podía, todos licenciosos, católicos y protestantes. No
pensaría aquel bello país que había de tener que sufrir una invasión de pueblos
civilizados que le recordara los horrores de la irrupción vándala.
Vengamos a los últimos momentos del gran Carlos V, el protagonista de
aquel vastísimo drama de luchas, de batallas, de alianzas, de negociaciones y
de tratados, en que no hubo estado grande ni pequeño que se librara de tomar
parte, y que fue como la fermentación por qué pasó la sociedad humana para
entrar en un nuevo período de su vida.
Aquel hombre infatigable, que en cuarenta años de imperio había estado
nueve veces en Alemania, seis en España, cuatro en Francia, siete en Italia,
diez en los Países-Bajos, dos en Inglaterra, otras dos en África, que había
atravesado once veces los mares, y que, nuevo Atlante, sostenía sobre sus
hombros el peso de dos mundos, sintiéndose debilitado de cuerpo y de espíritu,
y no pudiendo ya inspeccionar personalmente sus inmensos dominios, determina
retirarse a acabar tranquilamente sus días en el silencio y soledad de un
claustro, en esta misma España, principio y fundamento de su colosal poder:
trasfiere a su hijo Felipe las coronas de Flandes y de España con todos sus
territorios del antiguo y del nuevo mundo, y el agitador de África y Europa,
aquel a cuya presencia temblaban los reyes y se estremecían los reinos, se
abisma espontáneamente, y pasa desde el solio más elevado de la tierra a
sepultarse en la humilde celda de un solitario monasterio.
Seguirémosle en nuestra obra hasta sus últimos momentos, hasta su muerte
ejemplarmente cristiana y religiosa; y guiados por la luz de auténticos e
irrecusables documentos, rectificaremos los errores e inexactitudes que acerca
de la vida de Carlos V en Yuste han consignado casi todos los historiadores que
nos han precedido, y daremos a conocer con verdad los pensamientos que
preocupaban al grande hombre en su retiro.
En
1556 era rey de España Felipe II.
XII
Aun desmembrada la corona imperial que heredo de Carlos V su hermano
Fernando, quedada todavía Felipe II el soberano más poderoso de Europa, y su
matrimonio con María de Inglaterra le daba además gran mano en aquel reino.
Entre el padre y el hijo absorben casi todo el siglo XVI, pero le
imprimen distinta fisonomía, porque no se asemejan en índole y en carácter.
Así, dotados ambos de talento claro y de perspicacia suma, abrigando en mucha
parte los mismos designios, constituyéndose uno y otro en representantes del
catolicismo y de la unidad religiosa, difieren grandemente en la política y en
los medios. Flamenco y educado en Flandes el uno, había desagradado a los
españoles porque no hablaba su idioma; español y criado en España el otro,
había disgustado a los flamencos porque no conocía su lengua. Carlos flamenco,
tenía la vivacidad española; Felipe español, tenía la fría calma de un
flamenco. Parecía que habían equivocado la patria. Carlos era expansivo y
cosmopolita; Felipe sombrío y político de gabinete. Aquél, infatigable en el
ejercicio del cuerpo, había querido gobernar el mundo hallándose en todas
partes; éste, incansable en el manejo de la pluma, aspiró a regir la Europa
desde el rincón de un monasterio. Aquel dictaba leyes a cada país en su propio
territorio; éste se las imponía desde su bufete. El padre hacía temblar un
estado con su presencia; el hijo le intimidaba con un decreto. El padre paseaba
las tierras y los mares personalmente; al hijo le bastaba tener un mapa sobre
su mesa. Carlos asistía a todas las asambleas de Europa; Felipe daba
instrucciones a sus embajadores, era el jefe de los diplomáticos, y sabía más
que ellos.
¿Era Felipe II el demonio del Mediodía, como le
nombraban entonces los extranjeros, o era el rey santo, el
hombre religioso, el que libertó la iglesia de la herejía, y salvó de la
anarquía los estados? ¿Fue el representante del fanatismo y de la tiranía, el
hombre de las hogueras y el verdugo de los pueblos, o fue el gran político que
comprendió su siglo, y dio a España engrandecimiento y gloria? Personaje tan
ensalzado como deprimido, cada cual le ha colmado de elogios o de invectivas,
según sus ideas o sus pasiones. Observamos en ciertos escritores nacionales,
empeño en unos, tendencia en otros a rehabilitar su memoria. Nosotros hemos
procurado estudiar el genio del hombre y los designios del monarca, en el
interior de su familia y palacio y en la dirección de los negocios públicos.
Hemos visto sus decretos originales: ha pasado por nuestras manos su
correspondencia diplomática, y hemos leído sus disposiciones en letra de su
puño. Hemos tenido ocasión de examinar muchos de sus escritos, de sus propios borradores,
allí donde al cabo de trescientos años parece verse todavía la cabeza que
concebía, el corazón que dictaba, y la mano que se apoyó sobre aquel mismo
papel; allí donde las líneas puestas a un margen para sustituir a otras que se
tachaban, revelan el pensamiento primitivo y el pensamiento nuevo que le
reemplazó. Después de todo esto podemos decir sin género alguno de
apasionamiento que admiramos las grandes cualidades de aquel monarca y
reconocemos y amamos algunas virtudes que le adornaron; pero sentimos no sernos
posible amarle tanto como le admiramos.
Por nuestra parte hemos creído descubrir en Felipe II las prendas de un
gran político; pero también las cualidades de un gran déspota. Sombrío y
pensativo, suspicaz y mañoso, dotado de gran penetración para el conocimiento
de los hombres y de prodigiosa memoria para retener los nombres y no olvidar
los hechos, incansable en el trabajo y expedito para el despacho de los
negocios, tan atento a los asuntos de grave interés como cuidadoso de los más
menudos accidentes, firme en sus convicciones, perseverante en sus propósitos y
no escrupuloso en los medios de ejecución, indiferente a los placeres que
disipan la atención y libre de las pasiones que distraen el ánimo, frío a la
compasión, desdeñoso a la lisonja e inaccesible a la sorpresa, dueño siempre y
señor de sí mismo para poder dominar a los demás, cauteloso como un jesuita,
reservado como un confesor y taciturno como un cartujo, este hombre no podía
ser dominado por nadie y tenía que dominar a todos; tenía que ser un rey
absoluto.
El hombre por cuyas manos pasaban todos los negocios de Estado en una
época en que sus relaciones se extendían por las regiones de ambos mundos; que
lo leía todo y lo decretaba todo por su mano, o lo anotaba y corregía de su
puño; el que sabía las intrigas y manejos de las cortes extranjeras antes que
le informaran de ellas sus embajadores acreditados; el que cuando un embajador
le designaba las influencias de un gabinete y el lado flaco de cada príncipe,
recibía al propio tiempo informaciones confidenciales de la conducta y de las
relaciones y tratos de este mismo embajador; el que sabía las circunstancias y
los medios de cada uno de los jefes de la insurrección de Flandes, las
propiedades de cada aspirante a la corona de Francia, la índole de cada pretendiente
a la mano de la reina de Inglaterra, el carácter de cada cardenal y las
opiniones de los que influían con el papa o habían de asistir al concilio; el
que conocía de antemano el mérito y conducta de cada uno de los que se
presentaban a pedir un empleo; el que sin asistir a los consejos sabía cuánto
en ellos pasaba, y no asistía con el fin de que su presencia no impidiera a
cada cual manifestar libremente sus pasiones; el que sabía dividir para reinar
y fomentar los partidos para neutralizar mejor las influencias; este hombre no
hubiera podido reinar sin gobernar solo, porque se sentía con genio, con
propensión y con capacidad para ello.
Así las cortes que el padre había reducido a simple fórmula las redujo el
hijo a peor condición que la nulidad, y las libertades que Carlos extinguió en
Villalar con Padilla acabó de ahogarlas Felipe en Aragón con Lanuza.
Uniendo al ardor del religioso la frialdad del calculista, cuidando de no
separar nunca el mejor servicio de Dios del mayor engrandecimiento de sus
reinos, y de que el fanatismo no obstara al acrecimiento o conservación del
poder, quiso extinguir la herejía que agitaba la Europa ayudando a los
católicos contra los reformados y herejes, pero esperando vencer con los unos
para reinar sobre todos; imponerles primero la creencia religiosa para
someterlos después a la autoridad política. Hízose el defensor nato de la
iglesia romana y empezó ganándose al papa con blandura; pero si el papa se
oponía a sus planes políticos tratábale con dureza y se gozaba de los
atrevimientos que con el jefe de la Iglesia se tomaban sus embajadores.
Perseguía a los enemigos de la plenitud de la potestad pontificia, pero no le
asustaban las excomuniones. Veneraba a los frailes y se rodeaba de ellos, pero
si atentaban a su poder los mandaba ahorcar.
Si no hubiera hallado la Inquisición, la hubiera inventado él: pero se le
había anticipado en más de medio siglo. La halló establecida y la hizo su brazo
derecho, más nunca consintió en que se erigiese en cabeza. Gustábale servirse
de los inquisidores, pero dominándolos.
No reparaba en reducir a prisión al mismo que había sido el más activo
instrumento de su tiranía en Flandes, como tampoco dificultaba en sacarle del
calabozo cuando le convenia para hacer la conquista de Portugal: entonces
volvía a confiar el mando del ejército al duque de Alba. Llevaba a un hombre
inteligente y laborioso a los altos puestos de presidente del consejo de
Castilla y de Italia, de inquisidor mayor y cardenal, pero en el apogeo del
favor le intimaba la caída de su gracia, aunque el pesar le acabara la vida.
Así murió Espinosa. Y don Juan de Austria, el hijo ilegítimo de Carlos y el
heredero legítimo de su grandeza y de sus glorias, la más noble, la más bella y
la más elevada figura de su tiempo, el vencedor de los moriscos en las
Alpujarras y de los turcos en Lepanto, gana victorias y países para su hermano,
pero no puede ganar para sí un quilate de cariño en su corazón. Felipe II no
consentía verse eclipsado por nadie, ni en poder, ni en gloria, ni en
laboriosidad siquiera.
No era impasible, pero lo parecía en las ocasiones en que es más difícil
reprimir los sentimientos y las afecciones humanas. Cuando el de Alba le
participó la ejecución de los ilustres condes de Horn y de Egmont, contestole
diciendo: «puesto que ha sido indispensable el castigo, no hay sino
encomendarlos a Dios.» Y como implorase su piedad hacia la virtuosa viuda de
Egmont y sus once hijos, que quedaban en la más espantosa miseria y desamparo,
«sobre esto, le dijo, ya proveeré y os avisaré de ello.» No le corría prisa
hacer el bien que le pedía con urgencia el hombre que pasaba por el más duro de
su tiempo, y el de Alba debió conocer que había otro en cuyo cotejo podía pasar
por blando de corazón. La noticia del desastre de la Invencible armada no le
demudó el rostro, y se limitó a decir que había enviado la escuadra a luchar
con los hombres y no con los elementos. Y la del glorioso triunfo de Lepanto no
hizo asomar a los reales labios una ligera sonrisa. La recibió rezando, calló y
continuó su oración. Hasta que esta fue acabada no mandó entonar el Te
Deum: nadie sabía por qué.
Todos sus actos llevaban el sello del misterio y de la tenebrosidad.
Montigny, el príncipe de Orange, Escobedo, Antonio Pérez y el príncipe Carlos,
son arcanos que se traslucen hoy, pero que no se revelan. ¿Serán perpetuamente
enigmas algunos de ellos? ¿Lo será la prisión misteriosa del príncipe, objeto
de tantas curiosas investigaciones, inclusas las nuestras? Poseemos la copia de
un codicilo en que mandó fuesen quemados sin ser leídos los papeles tocantes a
negocios terminados, y especialmente de difuntos. ¿Será improbable que se
hallaran entre ellos los que han buscado con tanto afán biógrafos, críticos e
historiadores? Sea lo que quiera, creemos que hubiera podido ser Felipe el
mejor inquisidor y el mejor jesuita, como el más diestro embajador y el más
astuto ministro. Era rey, y lo reunía todo.
Mas donde ha quedado perpetuamente esculpido su genio es en esa colosal
maravilla que se levanta majestuosa y severa al pie de una cadena de
cenicientas montañas que parece hundirse como los despojos de un mundo
calcinado. Todo en el Escorial respira grandeza, y todo en él inspira
austeridad y devoción. Diríase que era la fortaleza en que había querido
encastillarse una edad para pasar el invierno de las revoluciones que el viento
norte presagiaba. «¿Como había de traspasar, dice un filósofo, una sola idea del
mundo moderno aquellos muros de granito de aspecto egipcio, aquellos
castillejos, aquellos claustros, aquellas bastillas y aquellos palacios
circundados de celdas?» Dedicóle a San Lorenzo en conmemoración del día en que
se ganó la famosa batalla de San Quintín, y quiso que el edificio representara
la forma de las parrillas en que fue quemado el santo: singularidad que ha dado
ocasión a algunos para buscar analogías entre aquella especie de martirio y las
hogueras tantas veces encendidas en el reinado del fundador. Hízole a un tiempo
para vivienda de monjes y para alcázar de reyes: y la cámara regia al lado de
la celda prioral, la corona junto a la cogulla, y el trono de España bajo el
mismo techo que la regla de San Gerónimo, representan el gusto del monarca y el
espíritu de la época.
Pero el reinado de Felipe fue todo español. A diferencia del de Carlos V,
ni en su consejo ni en su corte predominaban extranjeros. Si Carlos V hubiera
subyugado la Europa, la hubiera hecho alemana: si la hubiera dominado Felipe
II, la hubiera hecho española. Aun sin haberla vencido, la superioridad de su
política y la superioridad de nuestra literatura, difundieron por Europa la
lengua, las costumbres y las modas de España, y el gusto español preponderaba
en los salones diplomáticos, en los teatros, en los libros y en los trajes.
Paris mismo se asemejaba a Madrid, y tomaba de los españoles hasta las
extravagancias que les había de devolver después; porque un siglo antes que
Luis XIV pudiera llamar a Madrid la corte francesa de España, había
llamado Felipe II a la corte de Francia mi bella ciudad de París.
Los españoles, avezados ya a las largas expediciones militares en que
recogían gloriosos triunfos, sinceramente religiosos como su rey, y
acostumbrados por más de siete siglos a mirar a los enemigos de su culto como
enemigos también de su independencia, servían gustosamente de instrumentos a
las empresas de su monarca, y fueron, como en tiempo del emperador, a pelear en
Francia, en Inglaterra, en Flandes, en Italia, en Portugal y en los mares,
contra moros, contra turcos, contra herejes y contra cristianos-católicos, y la
política española intervino en todos los negocios de Europa. Ganáronse muchos
laureles para recoger después muchas espinas.
La política de Felipe con los Países Bajos produjo una lucha sangrienta
que convirtió aquellas florecientes provincias en un vasto campo de carnicería,
y consumió a España su dinero y sus hombres. Para España fue una fatalidad, y
para Flandes una providencial expiación. Medio siglo hacía que había venido
aquí un príncipe flamenco, cuyos primeros pasos fueron extraer nuestras
riquezas, dar a flamencos los más altos puestos del estado y ahogar nuestras
libertades. Al cabo de cincuenta años un monarca español, hijo de aquel, trata
a Flandes como a país de conquista, confiere los primeros cargos a españoles, y
prueba a establecer allí la Inquisición española. Los flamencos se irritan y se
levantan, como aquí se irritaron y levantaron los castellanos. Allí se firmó
el Compromiso de Breda, como aquí se formó la Junta de
Ávila. Allí perecieron en un patíbulo los condes de Horn y de Egmont, como
aquí habían perecido Padilla y Bravo. En Castilla fue incendiada Medina, y allí
fueron profanadas y saqueadas más de cuatrocientas iglesias en Flandes y
Bravante. La expiación fue terrible, pero no nos regocijamos de ella. Porque
después de infinitos desastres y de infinitos horrores ejecutados por españoles
y por orangistas, y después de gastados generales y tesoros, el resultado fue
constituirse la república libre de las Provincias Unidas allí donde Felipe
quiso establecer un imprudente despotismo, y producir una guerra larga y
desastrosa que había de terminar por la pérdida de aquellos ricos países.
El afán y los esfuerzos de treinta y ocho años por dominar en Francia y
colocar en aquel trono a la infanta su hija, costó muchos millares de hombres y
treinta millones de ducados, para venir a someterse al célebre tratado de
Vervins en que reconoció a Enrique IV y se obligó a restituirle todas sus
conquistas. Sacamos de allí los triunfos de San Quintín y de Gravelinas, y el
placer de haber guarnecido algún tiempo a París tropas españolas.
Mientras Felipe suscitaba enemigos a Isabel de Inglaterra y protegía a
María Stuard de Escocia, el Drake depredaba las colonias españolas de América,
y los piratas ingleses apresaban nuestros buques y se llevaban las flotas de
oro. El desastre de la Invencible armada fue una pérdida irreparable para
España, que dejó desde entonces de ser la señora de los mares. Subió de punto
el poder marítimo de la Gran Bretaña, y una vez se atrevieron los ingleses a
penetrar en Cádiz, y se llevaron hasta las campanas de las iglesias y las rejas
de las casas. Juró Felipe vengar el ultraje, pero otra vez dispersó la armada
española una tempestad. Data de aquel tiempo, la decadencia de nuestra marina.
No fue más feliz en el proyecto de enseñorear el Báltico y de extender su
influencia a los estados escandinavos. Frustráronse sus costosos intentos por
la repentina conversión de Juan de Suecia en sentido inverso a la de Enrique IV
de Francia.
La mayor gloria militar que alcanzaron las armas españolas en aquel
tiempo, fue la memorable victoria de Lepanto, que celebró con trasportes de
júbilo toda la cristiandad, y el más rudo golpe que pudo darse al poder
entonces inmenso de la media-luna. Pero diose tiempo a los turcos para
rehacerse, y al año siguiente pudo el sultán hacer salir del puerto de
Constantinopla una nueva escuadra de doscientos cincuenta navíos. Al cabo
vinieron a ajustarse treguas con el turco; mezquino resultado, que ni correspondió
a los esfuerzos que costara a la nación, ni a los triunfos que había sabido
alcanzar el ilustre bastardo de Carlos V.
Con la conquista de Portugal se realizó por primera vez la completa
unidad de la Península ibérica; y así como Suintila fue el primer soberano godo
que pudo llamarse sin contradicción rey de la España entera, así Felipe II fue
el primer soberano de la edad moderna que pudo llamarse con verdad rey de toda
España, pues no había ya una sola pulgada de territorio desde Gibraltar a los
Pirineos que no fuese del dominio del monarca español, y por primera vez al
cabo de cerca de nueve siglos recobró España los límites naturales que le
señalaba su geografía. Agregáronsele las inmensas y riquísimas colonias que los
portugueses poseían en África, en América y en las Indias. ¡Cuán poco habían de
durar aquellas importantes adquisiciones! En vez de un gobierno prudente,
conciliador y benéfico, que hiciera olvidar a los portugueses su humillación e
identificarse gustosos a la gran familia española, la dura política de Felipe
ofende su nacional orgullo, mantiene vivo el sentimiento de su independencia, y
espiando la primera ocasión de sacudir el yugo español, España verá con dolor
desprenderse otra vez ese rico florón de su corona antes de extinguirse la
dinastía austriaca.
Llegó, pues, la España en el reinado de Felipe II al apogeo de su
material grandeza. Era un imperio que se derramaba por todo el globo. En medio
de muchos reveses y de muchas empresas malogradas, se habían ganado glorias
militares sin cuento. El nombre español era un nombre universal. ¿Podrían
conservarse a tal altura el nombre y el imperio? Tales adquisiciones, tantas
expediciones y guerras no se habían hecho sin imponer a la nación sacrificios
inmensos, sacrificios insoportables. Habíanse consumido los tesoros del reino y
los tesoros del Nuevo Mundo por el loco empeño de conservar países apartados, que,
sobre constituir un gravísimo y perpetuo censo para España, fuera demencia
prometerse jamás de ellos una incorporación sincera y provechosa. El temerario
afán de Felipe de someter la Europa a su conciencia y a su cetro, nos atrajo su
enemistad sin lograr ningún fruto: y mientras en el interior el fatídico fuego
de las hogueras del Santo Oficio abogaba la vida política de la nación, y se
malograban los muchos elementos de prosperidad que habían sembrado los reyes
Católicos, en el exterior se gastaba su vitalidad material en el intento de
sujetar pueblos que no nos habían de servir y que habíamos de perder. Dejó,
pues, Felipe II a sus sucesores una España gigante, pero gigante extenuado y
por muchos lados vulnerable, y aquel aparente engrandecimiento encerraba el
germen de la decadencia que apuntaba, y preparó cerca de dos siglos de
calamidades y humillaciones. Volvamos la vista a otro cuadro más halagüeño.
Felizmente este mismo siglo de batallas y de sacrificios humanos es el
siglo de las artes, es el siglo de oro de la literatura española, de que había
sido preludio el reinado de los reyes católicos. Las guerras de Carlos V han
puesto a los ingenios españoles en relaciones íntimas y frecuente trato con los
que ya brillaban en la culta Italia. Aquellos palacios que decoraban las obras
maestras de Leonardo Vinci, de Miguel Ángel, de Rafael, de Ticiano y de
Corregio, los estudios y talleres de aquellos insignes artistas, son otros
tantos tesoros de que se aprovechan los pintores, arquitectos y escultores de
España para formar su gusto, enriquecerse de conocimientos, traerlos después a
su patria, y fundar más adelante escuelas propias, que comienzan por serlo de
imitación y acaban por producir una vigorosa originalidad. Dos veces en el
trascurso de los tiempos ha prestado también esa bella Italia a los genios
españoles modelos literarios que imitar y escuelas en que aprender: la Italia
de Augusto, y la Italia de León X, el Augusto sagrado del siglo XVI. Y ambas
veces la España se ha emancipado pronto de su maestra, creándose una literatura
nacional, independiente y propia, que había de trasmitir luego a otros pueblos.
La poesía lírica y la dramática, la ligera sátira y la grave epopeya, la
novela y la historia, el género didáctico, el místico y el festivo, todos los
géneros, todos los estilos y todas las formas literarias tuvieron en el siglo
XVI dignos intérpretes que al cabo de trescientos años sirven todavía de
modelos. Muchas lumbreras derramaron la luz de las letras por el horizonte
español. Es el siglo de Garcilaso, de Rueda, de Ercilla, de Herrera, de los
Luises de Granada y de León, de Mendoza, de Zurita, de Arias Montano, de Santa
Teresa, de Lope de Vega, de Mariana y de Cervantes. Y tal impulso recibe la
literatura española en los reinados de Carlos V y de Felipe II, que la veremos
avanzar todavía majestuosa y rica por los reinados de los siguientes Felipes, conducida
por Rioja y Calderón de la Barca, sirviendo de tipo a las demás naciones, hasta
que, comenzando a caer en manos del culteranismo con Góngora y Quevedo,
degenerando de corrupción en corrupción, llegue a una anticipada decadencia y a
una prematura decrepitud como la monarquía.
Incomprensible parece este desarrollo intelectual en un pueblo comprimido
por la Inquisición y en medio del ruido de las armas y del estruendo de la
pelea. Pero el Santo Oficio ejercía sus rigores sobre los libros de teología,
de filosofía o de derecho, que pudieran atacar o lastimar las doctrinas del más
puro catolicismo, tal como entonces los inquisidores y el monarca le entendían.
Inexorable en estas materias, pocos hombres distinguidos por su saber pudieron
librarse de las persecuciones de aquel terrible tribunal. En cambio, la poesía,
terreno neutral y ajeno por su índole a las cuestiones teológicas y
filosóficas, podía tomar todo el vuelo que quisiera, y monarcas e inquisidores
eran indulgentísimos para las licencias de la imaginación, excepto en lo que
tocara a asuntos religiosos. Complacíales por el contrario que los poetas se
entretuvieran en cantar los amores tiernos de los pastores y los dulces
desdenes de las esquivas zagalas. No pudiendo España producir filósofos, se
indemnizó en producir abundancia de poetas. El Parnaso era el campo más libre,
y refugiándose a él las inteligencias independientes de los españoles, hicieron
la poesía una especie de soberana de la literatura.
Ni es menos sorprendente que tantos ingenios cultivaran las letras en
medio de la agitación de las batallas, enemigas al parecer de los sentimientos
tiernos y de los estudios tranquilos. Parecía que del choque de las lanzas y de
los escudos salían chispas de inspiración para aquellos ingenios guerreros. Es
admirable el número de soldados escritores que en el siglo XVI y aun antes de
él produjo la España. El cronista Pérez de Guzmán se encontró como soldado en
el combate de la Higuera: Lope de Ayala es hecho prisionero en las batallas de
Nájera y de Aljubarrota, y escribe los sucesos en que ha tomado parte : Jorge
Manrique manda expediciones militares, combate en Calatrava y en el sitio de
Vélez, y hace tiernas elegías: Bernal Diaz del Castillo acompaña a Cortés a
Méjico, se encuentra en ciento diez y nueve batallas, y el soldado batallador
escribe la Historia verdadera de la conquista de Nueva España: Boscán pelea por
su país, y aclimata en la poesía castellana los endecasílabos italianos:
Hurtado de Mendoza, general y embajador de Carlos V hace versos y novelas
picarescas, y escribe con docta pluma la historia de la última guerra de
Granada: Garcilaso acompaña como militar a Carlos V en sus principales
expediciones, se encuentra en la defensa de Viena, en la toma de la Goleta y de
Túnez, y el dulce cantor de Salicio y Nemoroso muere de una herida que recibe
al asaltar una plaza: Lope de Vega lleva el arcabuz y sirve como soldado en la
Invencible armada, y escribe tantas comedias que nadie las ha podido contar todavía:
Ercilla combate a los indios bravos en Arauco, y combatiendo escribe la
Araucana: Cervantes se distingue como guerrero en la batalla de Lepanto, y el
mutilado en la guerra y el cautivo de Argel escribe comedias y novelas
originales, y asombra el mundo con su Quijote. No se podía decir aquí aquello
de: musæ silent inter arma; pues en este país singular las musas
cantaban dulcemente entre el ronco estampido del cañón y el áspero crujir de
las espadas y rodelas.
La historia literaria de España en aquellos siglos represéntanos los tres
períodos de un largo día. El crepúsculo matinal que vimos apuntando en los
siglos XI y XII va siempre derramando más luz hasta el XV, para alumbrar en
pleno día en el XVI y entrar en el crepúsculo de declinación en el XVII.
Diéranos mayor pena el ver llegar la tarde de este día, si no supiésemos que
las letras como el sol vuelven después de haberse marchado a alumbrar otros
hemisferios, y que, si desaparecen de nuestro horizonte para ir a comunicar su
luz a otras regiones de Europa, volverán a iluminarle a fines del siglo XVIII
para bañarle en el XIX con un nuevo resplandor, de que sentimos no participar
de lleno, pero que esperamos alcanzará el siglo, que ha de vivir más que
nosotros. Así las naciones y las sociedades se comunican recíprocamente sus
luces, y así es necesario para el progreso perfectivo de la vida universal de
la humanidad, uno de nuestros principios históricos.
XIII
A la independiente actividad de Felipe II sucede la sumisa indolencia de
Felipe III, y el hombre a quien no había podido dominar nadie es reemplazado
por un hijo que ni piensa, ni obra, ni gobierna sino por la voluntad de un
favorito, a cuya firma ha dado el rey igual autoridad que a la suya propia. El
privado es el árbitro de los empleos públicos, el repartidor de las fortunas, y
su fausto eclipsa, oscurece el del monarca. A ejemplo del duque de Lerma, la
nobleza abatida en los anteriores reinados abandona sus antiguos castillos y
acude a ostentar sus galas en la corte. Palacios suntuosos, gran tren de
carrozas, muchedumbre de mayordomos, capellanes, palafreneros, pajes y
entretenidos, todo boato les parecía poco a aquellos nuevos ricos-hombres, que
hacían venir tapices de Bruselas, linos de Holanda, telas de Florencia, gorros
de Lombardía, capas de Inglaterra y calzado de Alemania. Dejábanse arrastrar
del mismo impulso las clases medias, y a todos alcanzaba el contagio.
¿Correspondía la prosperidad del Estado al brillo de la corte?
Abrumados de impuestos los labradores, dejaban el cultivo y emigraban a
la aventura, allá donde creían poder proporcionarse algún medio de vivir;
provincias enteras se convertían en áridos yermos, y el viajero andaba muchas
leguas sin encontrar una casa habitada ni un campo labrado. «Si este mal
continúa, le decían al rey las Cortes de Madrid, pronto faltarán paisanos que
labren los campos, pilotos que dirijan las naves… es imposible que dure el
reino un siglo si no se pone un remedio eficaz.»- «Las casas se desploman, le
decía el Consejo a su vez, y nadie las reconstruye; las aldeas quedan
abandonadas, los campos incultos…»
El Consejo proponía remedios. Que se moderen los tributos; que se
revoquen las mercedes y donaciones; que los grandes se vuelvan a sus estados y
empleen a los cultivadores y jornaleros; que se limite el número de religiosos
de ambos sexos; que se refrene el lujo y se ponga tasa a los trajes; que
comience el soberano dando ejemplo por el arreglo de su casa, «pues el número
de criados, le decía, y las raciones que consumen son dos terceras partes más
que en tiempo de vuestro augusto padre el Sr. Don Felipe II, cosa que merece
que V. M. lo considere con reflexión y haga conciencia de ello.» Los remedios
quedaron escritos.
No había rentas, pero había lujo: los labradores perecían, pero los
grandes comían en vajilla de oro; moría la industria, pero se erigían
monasterios: las aldeas se despoblaban, pero los conventos rebosaban de
habitadores.
Y no por eso se renunciaba al sistema de guerra exterior de los
anteriores reinados. Nuestros ejércitos eran enviados como antes a pelear en
todos los países de Europa, y nuestros marinos cruzaban todos los mares. Los
arranques eran los mismos, pero las fuerzas no podían corresponder a los
ánimos. Imponíanse al gigante enflaquecido los mismos esfuerzos que en los días
de su virilidad y robustez. ¿Dónde estaban los recursos para alimentar a los
soldados que batallaban? Las flotas de la India llegaban con dificultad, y
dábase gracias de ver arribar algún galeón que no hubieran apresado los
corsarios ingleses u holandeses. Las que llegaban estaban anticipadamente
empeñadas, e invertíanse en sostener el fausto de la corte. Un general salía
por fiador del gobierno, y empeñando sus alhajas particulares lograba que los
comerciantes de Cádiz le prestaran algunas sumas para ir manteniendo sus
tropas. Subíanse los impuestos, pero era pedir jugo a un tronco seco y
aridecido. El cuerpo social perecía de extenuación, y le desangraban para darle
vitalidad. Quísose convertir en moneda la plata de los templos, pero se opuso
el clero, y faltole fuerza al gobierno para hacerse obedecer. Se recurrió a la
alteración de la moneda, y doblándose el valor del vellón se dobló el precio de
las mercancías. Se inundó el reino de moneda de cobre adulterada, y desapareció
la plata y el oro. Tal era la ciencia de gobierno del duque de Lerma.
La irreflexiva expedición a Irlanda costó una derrota y un bochorno. Y de
la muerte de Isabel de Inglaterra, astuta y decidida protectora de los enemigos
de la España y del catolicismo, no se sacó más partido que un tratado de paz,
que algunos años antes hubiera parecido vergonzoso, y que entonces se celebró
en Madrid con regocijo.
Flandes continuaba siendo cementerio de hombres y sima de tesoros. La
toma de Ostende fue gloriosa, pero costó cerca de tres años de sitio y
cincuenta mil soldados. Entretanto el de Nassau nos tomó otras plazas. La
famosa tregua de doce años empezó a poner de manifiesto a los ojos de Europa la
flaqueza y decadencia de España.
Pudo no obstante esta misma situación haber redundado en bien de la
monarquía, si esta hubiera estado dirigida por más hábiles manos. En paz con
Inglaterra y Holanda, garantida la de Francia por el doble matrimonio de los
príncipes y princesas de ambas naciones, pudo el gobierno español, con un
desahogo que no había disfrutado en cerca de un siglo, dedicarse a restañar las
profundas heridas que en el corazón del país habían abierto las dilapidaciones
de dentro y los dispendios de fuera. Pero estos fueron los momentos que escogió
el monarca, aconsejado por dos arzobispos, para descargar sobre él un golpe
fatal. Expidiose el edicto para la expulsión de los moriscos, y la población
proscripta se llevó tras sí el comercio, la agricultura y las artes. El consejo
del beato Juan de Ribera pudo ser muy piadoso y muy justo, pero despobló la
nación y la dejó arruinada.
Contrastaba grandemente la guerra de armas en Italia con la guerra de
intrigas en la corte. Allá se disputaba el ducado de Saboya; aquí el
favoritismo del monarca. Allá Carlos Manuel despedía al embajador de España e
invadía el Milanesado; aquí el de Uceda suplantaba a su mismo padre el de Lerma
en el favor del débil príncipe. Allá mediaba Luis XIII para ajustar un tratado
en Pavía; aquí intervenía el padre Aliaga, confesor del rey, en los manejos de
las privanzas palaciegas. Allá se formaban alianzas de príncipes italianos
contra España y conjuraciones de españoles contra Venecia; aquí se fraguaban
planes y se empleaban artificios para dominar en palacio. Allá se ganaba para
España la Valtelina que había de envolverla en nuevas complicaciones; aquí se
ganaba el valimiento del monarca, que poseído por Don Rodrigo Calderón había de
llevarle con el tiempo, como a otro Don Álvaro de Luna, de las gradas del trono
a los escalones del cadalso. Habían vuelto los tiempos de Juan II y de Enrique
IV.
Y prosiguieron todavía. Porque a la privanza infausta de Lerma y Uceda
con Felipe III sustituyó la no menos funesta de Olivares con Felipe IV.
Mas embajador que político el Conde-Duque, alucinó al pueblo y fascinó al
rey. El pueblo creyó en las ofertas de un bello programa, y se dejó engañar
como un enfermo desesperado que acoge las palabras de un curandero. El rey era
un niño, y se enamoró de un ministro que le hacía apellidar el Grande mucho
antes de poder serlo. Cuando el pueblo reconoció su error, no pudiendo poner
remedio se limitó a murmurar, que era lo único para que le habían dejado
fuerzas los reinados anteriores: y el monarca que hubiera podido remediarlo no
lo conocía.
Felipe IV y la política de su privado trajeron a España males que aun
lamenta, y compromisos de que no ha acabado de salir al cabo de dos siglos.
Empeñados en engrandecer la casa de Austria, arruinaron la España. En la famosa
guerra del imperio, llamada de los treinta años, no cesó Felipe de prodigar
hombres y tesoros al emperador. Iban nuestros soldados a vencer en Praga, para
ser vencidos después en Estremoz y Villaviciosa. Triunfaban a quinientas leguas
de distancia para dar a Fernando de Austria la corona de Bohemia, y cuando
tuvieron que pelear dentro de España eran ya un ejército debilitado que dejaba
perder el Portugal. Arrojaban del imperio al Elector Palatino y dominaban el
Rhin, para no poder y defender más adelante las fronteras de Francia y tener
que ceder el Rosellón. Luchaban con su acostumbrada bravura allá en Alsacia, en
la Suabia y la Baviera, contra el rhingrave Othon, contra el landgrave de Hesse
y contra el terrible Gustavo de Suecia; eran degollados en Oppenheim,
triunfaban en Lutzen, perecían helados en los Alpes y ganaban laureles en
Norlinga: sufrían reveses y alcanzaban triunfos en lejanas tierras y por ajenas
causas; y cuando hubo necesidad de defender el reino, invadido por los vecinos
o alterado por los naturales, faltaron ya fuerzas para ello: habíase gastado la
vida en climas y en empresas extrañas.
La guerra con Holanda, emprendida de nuevo al espirar la tregua de los
doce años, hubiera podido justificarse si hubiera podido sostenerse. Pero a
pesar del arrojo de nuestros soldados, que allí, como en todas partes, vencían
y triunfaban, pero no dominaban; a pesar de los talentos militares de Espínola,
de la protección del emperador, y de los refuerzos sacados de Alemania para
atender a aquellos países, hubo de resignarse Felipe IV a reconocer
definitivamente la independencia de la República, y a cederle las conquistas
hechas en América y en la India. Triste resultado de ochenta años de lucha, tan
dispendiosa en hombres como en dinero. La tregua de doce años había sido el
indicio de nuestra debilidad; el tratado de Westfalia lo fue de nuestra
impotencia.
Cierto que fue una fatalidad el que se hubiera levantado contra España un
genio tan activo, tan político y tan sagaz como el ministro de Luis XIII. No
pudiendo sufrir el cardenal de Richelieu ni el engrandecimiento amenazador de
la casa de Austria ni la arrogancia del gobierno español, dedicado a alentar a
los que ya eran enemigos y a suscitar otros nuevos a los gabinetes de Madrid y
de Viena, la política y las armas francesas encendieron la guerra donde estaba
apagada, y aviváronla donde estaba ya encendida, y en tan general conflagración
no era posible que dejara de sufrir la España grandes catástrofes. La nación
que tenía sus guerreros desparramados por toda Europa y por todos los mares vio
su propio territorio invadido por ejércitos extraños. Los franceses se
atrevieron a penetrar en Guipúzcoa y en Cataluña. No tenía Richelieu mejor
auxiliar que la política del Conde-Duque. Parecía obrar de concierto.
Creciendo con los reveses del reino la altanería del valido, apuraba a un
tiempo los recursos y la paciencia del pueblo. Estalló con explosión la mina
del despecho en la provincia menos sufrida, en la más celosa de sus fueros, y
también la más ofendida y hostigada. La insurrección de Cataluña con sus
terribles bandas de segadores, con sus horribles matanzas y sus venganzas
sangrientas, fue un feliz acontecimiento para Richelieu y los franceses, y la
imprudente política de Olivares convirtió en guerra larga y formal lo que
hubiera podido ser un arranque momentáneo de enojo. Reprodujéronse las escenas
de los tiempos de Juan II de Aragón, y aun fueron más adelante, porque Luis
XIII, nombrado conde de Barcelona, pudo llamarse algún tiempo rey de Francia y
de Cataluña. Esta provincia volvió a ser española, pero el Rosellón y la
Cerdaña allá se quedaron para no más volver.
Todo era desastres. Portugal oprimido y vejado, se levanta también,
encuentra ocasión de sacudir la dependencia de Castilla, y la dominadora del
orbe es impotente a evitar la desmembración de una provincia suya. ¿Qué importa
que no se reconozca todavía de derecho su independencia? La monarquía
portuguesa renace con Juan IV con todas las condiciones de estabilidad.
Emancípanse también sus colonias, y entre portugueses y holandeses nos hicieron
perder medio mundo. Todos lo sabían menos el monarca español. Cuando Olivares
le dijo que el duque de Braganza había hecho la locura de coronarse rey de
Portugal, lo cual era una fortuna, porque así sus bienes volverían al fisco,
«pues disponerlo así,» le contestó Felipe; y continuó divirtiéndose.
Sicilia y Nápoles imitan también el ejemplo de Cataluña, y se sublevan
contra la tiranía de los virreyes. En Palermo se erige un calderero en jefe del
tumulto, y el gobernador se esconde en el sótano de un convento para evitar el
furor de la muchedumbre amotinada que incendiaba las casas de los agentes del
gobierno español. En Nápoles se proclamaba la república a la voz de un
pescador; el duque de Arcos abraza primero a Masaniello en el balcón de su
palacio para significar al pueblo que accede a todas sus peticiones; pero
después el conde de Oñate hace degollar hasta a los hijos de los que habían
tomado parte en la insurrección. Tampoco falta allí la intervención de la
Francia. Las revueltas se sosiegan y se restablece el orden; pero los sucesos
mostraban cuán impopular y cuán flaca era la dominación de los virreyes en
aquellos países.
No cambió la suerte de España ni mejoró su fortuna con la muerte de
Richelieu y con la de Luis XIII. A Richelieu sucede Mazzarini, cardenal como él
y hechura suya, menos enérgico y violento, pero más disimulado y astuto.
Continuador de su política, sostiene la monarquía durante la regencia de la
reina madre. Luis XIV comienza a anunciarse fatal para España desde la cuna con
la victoria de Rocroy. Las guerras de la Fronda en Francia infunden aliento a
los españoles; Turena y Condé ayudan con sus venganzas de rivalidad el
ascendiente que a favor de las revueltas iba recobrando la España, pero todo lo
deshace la mañosa política de Mazzarini. Cuando Felipe IV solicitó el auxilio
del gran protector de Inglaterra, ya Mazzarini se le había anticipado, y
prefiriendo Cromwell la amistad de la Francia, se declara Inglaterra contra
España, y coopera activamente a su ruina. La derrota de Dunes pone a Felipe IV
en el caso de suscribir a la paz. Estipúlase el célebre tratado de los
Pirineos. Conciértase en él el matrimonio de Luis XIV con la infanta María
Teresa de España, y se ceden a Francia la Cerdaña y el Rosellón con muchas
plazas fuertes de Flandes y de los Países Bajos. Triunfó la diestra política de
Mazzarini sobre la del negociador por España. En una pequeña isla del Bidasoa
se determinaron los destinos futuros de nuestra nación. El tratado de la isla
de los Faisanes contenía el germen de un cambio de dinastía. Aquellas
capitulaciones matrimoniales habían de hacer de una España austriaca una España
borbónica; y sin embargo, tal era el estado de las cosas que se aplaudió como
una fortuna el tratado de los Pirineos.
Richelieu y Olivares representan la elevación de Francia sobre el
abatimiento de España. Aquel personifica la creación de la monarquía absoluta
francesa sobre la muerte de la vieja monarquía aristocrática: éste simboliza la
decadencia de la monarquía conquistadora de España, que había reemplazado a la
monarquía popular, y dado entrada a la monarquía de los grandes, de los
favoritos, de los confesores y de las mujeres. Richelieu abrió el camino a Luis
el Grande, y Olivares le preparó a Carlos el Imbécil. Felipe IV con toda su
indolencia tenía todavía elementos para haber sido más que Luis XIII si en
lugar de un Gaspar de Guzmán hubiera contado con un Richelieu: y Luis XII no
era ni tan grande ni tan intrépido que sin un Richelieu no se hubiera quedado
en menos de lo que fue Felipe IV.
Tres grandes transiciones políticas se verifican en esta época. La
Inglaterra pasa a la libertad después de sus guerras parlamentarias, últimas
convulsiones de la arbitrariedad inglesa. La Francia corrió al despotismo de
Luis XIV después de las guerras de la Fronda, últimos esfuerzos de la
independencia francesa. España entra en una impotencia miserable después de la
guerra universal del cuarto Felipe, últimos alientos de su antiguo colosal
poder. Inglaterra libre y Francia absoluta se levantan sobre la España
impotente que las dominó antes.
La adulación había aplicado el sobrenombre de Grande a
un monarca que merecía solo el de piadoso y benigno. Cuando se vio que lo iba
perdiendo todo, la lisonja halló un medio ingenioso de conservarle el dictado
dándole por divisa un pozo con estas palabras: cuanto más le quitan más
grande es. Queriendo adularle, le hicieron un epigrama.
Apesadumbrole mucho la pérdida de Portugal y le aceleró la muerte.
«Quiera Dios, le dijo al tiempo de morir a su hijo Carlos, que seas más
afortunado que yo.» Pero Dios no lo quiso así, y el hijo fue mucho más
desdichado que el padre.
Faltan términos con que expresar el abatimiento a que vino la monarquía
en el reinado de Carlos II. Todo se conjuraba contra ella. Un rey de cuatro
años, flaco de espíritu y enfermizo de cuerpo, una madre regente caprichosa y
terca, toda austriaca y nada española, entregada a la dirección de un confesor
alemán y jesuita, inquisidor general y ministro orgulloso; con un reino
extenuado y un enemigo tan poderoso y hábil como Luis XIV, ¿qué suerte podía
esperar esta desventurada monarquía? Luis XIV apareció como el terrible
vengador de Francisco I y vino en ocasión en que no hubiera necesitado ser un
héroe para invadir nuestras apartadas posesiones de Italia y Flandes, cuando
Portugal había tenido la audacia de venir a provocarnos dentro de nuestro
propio territorio: y la nación que se vio forzada a reconocer formalmente la
independencia de Portugal, no es maravilla que perdiera en tres meses la mayor
parte de la Flandes, y que viera al monarca francés hacer en quince días la
conquista del Franco Condado. Un ejército del vecino reino ocupaba parte de
Cataluña; y Messina se levantaba al grito de: ¡Viva la Francia! Los tratados de
Aquisgrán y de Nimega iban sumiendo a España en el abismo de la nulidad.
Habían cambiado los papeles de Europa, y la dominación universal con que
a principios del siglo XVI había amenazado Carlos V y la España, venía a fines
del XVII de parte de Luis XIV y la Francia. La Europa se llenó otra vez de
pavor y asombro. Mas a pesar de la coalición de Augsburgo para atajar las
invasiones incesantes de la Francia, encubiertas bajo el insidioso nombre de
pacificación, y para conservar la integridad del imperio tal como la
garantizaban los tratados de Wetsfalia, Nimega y Ratisbona, España no logró
reconquistar las provincias perdidas en la guerra que se siguió, y hubo de
sufrir nuevas invasiones, no obstante tener que luchar la Francia a un tiempo
con Inglaterra, Holanda, Suecia, Saboya y el Imperio. Fuese rompiendo la liga,
y a España alcanzaron sus más fatales consecuencias.
No acostumbrado Luis XIV a la idea de ver la Europa conjurada contra un
hombre solo, procuraba mañosamente desarmarla con capciosas paces y con
tratados artificiosos, cuya supuesta infracción le diera pretexto para nuevas
declaraciones de guerra. El hombre que aparecía generoso, bombardeaba después
de un tratado de paz a Oudenarde, Génova, Alicante, Barcelona y Bruselas. Si en
la paz de Riswich se prestó a restituir a España las conquistas hechas después
de la de Nimega, hízolo por contentar a los españoles para que se dejaran
imponer un rey de su familia. Con la alegría de la paz olvidáronse las
potencias del gran principio que las hiciera aliarse; olvido feliz para Luis
XIV y que todos los esfuerzos del Austria no alcanzaron a subsanar después.
Mientras la monarquía se desmoronaba, la corte era un hervidero perenne
de miserables intrigas palaciegas. El rey, la reina madre, Nithard, Valenzuela
y don Juan de Austria, daban abundante pasto a la murmuración y a la
maledicencia pública; y el pueblo que presenciaba las miserias de la corte en
medio de la ruina de la monarquía, parecía encontrar un desahogo a sus males en
las sátiras, libelos y pasquines con que diariamente se le entretenía,
denunciándole flaquezas que no ignoraba, más viéndolas representadas bajo
formas picantes y festivas, mostraba alegrarse de que le hicieran reír, a
trueque de no llorar.
Aborreciendo a los sucesivos favoritos de la reina viuda, fijaba su
cariño en don Juan de Austria, que aparecía como el único capaz de dar vida al
desfalleciente reino; y cuando se acercó a las puertas de Madrid, hubiérale tal
vez aclamado rey sin reparar en que fuese hijo de una cómica, si él hubiera
tenido más audacia y más altos pensamientos; pero contentose con un destierro
para el confesor y con un virreinato para sí. Cuando después fue primer
ministro, no correspondió el acierto del gobernador a la fama del guerrero. Don
Juan perdió su popularidad, y murió desopinado después de una administración
tempestuosa. Como si los nombres hubiesen sido necesarios para hacer más
palpable la decadencia de España de los primeros a los últimos príncipes
austriacos, vino este don Juan de Austria, hijo bastardo de Felipe IV a
recordar con dolor las glorias del otro don Juan de Austria, hijo bastardo de
Carlos I.
¡Cuánto había degenerado esta familia de reyes! El biznieto de Felipe II,
de aquel monarca que había gobernado el mundo por sí solo, viose
alternativamente dominado por una madre, por un hermano, por dos esposas, por
confesores, por camareras intrigantes y por magnates codiciosos. El que de niño
había tenido que ser llevado hasta los cinco años en brazos de una aya, no pudo
de rey marchar nunca sin andadores.
A la desmembración que de sus posesiones sufría por fuera agregábase
dentro la penuria de la hacienda, que nunca a tan desdichada estrechez llegara.
Era un mal heredado, que había venido agravándose con las generaciones.
Sucedíanse ministerios, discurríanse arbitrios, creábanse juntas magnas,
imaginábanse expedientes, útiles algunos, injustos muchos, absurdos otros,
ridículos y extravagantes los más, eficaz ninguno. Pusiéronse en venta los
títulos de Castilla y las grandezas de España, y viose a un simple curial sin
más categoría que la de paje, y al hijo de un maestro de obras y otros sujetos
de la clase más ínfima del pueblo, a los unos grandes de España, a los otros
títulos de Castilla. Concibiose la idea de entregar al clero la administración
pública y de confiar la dirección de la hacienda, guerra y marina a los
cabildos de Toledo, Sevilla y Málaga. El ejército de tierra apenas llegaría a
veinte mil hombres mal disciplinados y casi desnudos, la marina a trece galeras
de mal servicio, y la población del reino a menos de seis millones de
habitantes. Veíase languidecer, extinguirse a un tiempo la nación y la dinastía
reinante.
Sin esperanzas ni de sucesión ni de salud el monarca; litígase entre
potencias extrañas la sucesión española, y por dos veces se reparten entre sí
nuestro territorio como hacienda sin dueño. Mostróse Luis XIV en estos tratados
de partición el negociador más activo y el político más astuto y mañero, pero
también el menos fiel y el menos sincero aliado. En la misma corte de España
bullían y se agitaban el partido francés y el partido austriaco, que
prevalecían alternativamente según las influencias que accidentalmente
dominaban. El desgraciado monarca, hipocondriaco y enfermo, asediado y
hostigado por todos, tímido, vacilante, irresoluto y zozobroso entre
instigaciones y consejos, opuestas pretensiones, personales afectos y
escrúpulos de conciencia, estrechado por embajadores, grandes, inquisidores,
confesores, consejeros y ministros, no acertaba a resolverse a nombrar sucesor.
La Europa entera pendía de sus labios, y Carlos no pronunciaba. Representósele
hechizado; muchos creyeron en el maleficio; él lo creyó también, y su confesor
le exorcizaba con la fe más cándida y más pura. Consultábase a los teólogos, a
los juristas, al pontífice; apelábase a las respuestas de las mujeres
endemoniadas; y todos, hasta los malos espíritus intervenían en el negocio de
la sucesión a la corona de Castilla, menos las Cortes del reino, con las cuales
no se contaba.
Firmó por último Carlos en el lecho de muerte el documento que fijaba la
disputada sucesión. Falleció a poco tiempo el atribulado monarca. Abriose con
toda solemnidad el codicilo. La política de Luis XIV había triunfado. El
elegido era su nieto el duque de Anjou. Felipe V de Borbón era el rey de
España. La dinastía austriaca había concluido.
Esta dinastía como la antigua de los Trastámara, había pasado en dos
siglos, como aquella, de la actividad más vigorosa a la nulidad más completa.
Aun fue mayor la degeneración de Carlos I a Carlos II, que de Enrique II a
Enrique IV. No carece ni de exactitud ni de genio la pintura que de esta degradación
hace un ilustre escritor contemporáneo. «Carlos V (dice) había sido general y
rey: Felipe II fue solo rey: Felipe III, y Felipe IV no supieron ser reyes; y
Carlos II ni siquiera fue un hombre.»
Obstinada la dinastía austriaca en dominar la Europa, despobló la España,
sacrificó sus hijos, agotó sus tesoros y abogó sus libertades políticas.
Quiso abatir la Francia e imponerle un rey de su dinastía, y sufrió la
ley providencial de la expiación, siendo ella misma la que llamó a un príncipe
francés a ocupar el trono de España. Y a tal extremo de desolación había venido
nuestro pueblo, que hubo los españoles de mirar como un bien el ser regido por
un príncipe extranjero, uno de los últimos recursos de los pueblos agobiados
por los infortunios. Era el año 1700.
Si los reyes católicos hubieran resucitado, ¡cuántas lágrimas de amargura
hubieran vertido sobre esta pobre España que dejaron tan floreciente y con
tantos elementos de prosperidad! ¡Si es que podían reconocer en la España de
fines del siglo XVII la misma España que ellos legaron en principios del siglo
XVI!
XIV
«Desde este instante ya no hay Pirineos.» La Europa alarmada
recogió estas palabras fatídicas con que el gran Luis XIV apostrofó al nuevo
monarca español al salir para España con el superior beneplácito de su
abuelo. En siglo y medio no las ha olvidado, y en nuestros días ha tenido
ocasiones de recordarlas.
El tratado de los Pirineos produjo el testamento de Carlos II. Había en
aquel una cláusula que se procuró hacer desaparecer en este. ¿Se invalidaba la
renuncia de María Teresa al trono de España estipulada en las capitulaciones
matrimoniales de los Pirineos, con la condición de que no se reuniesen en una
misma persona las coronas de Francia y España puesta en el testamento de
Carlos? ¿Cuál de las dos dinastías alegaba mejor derecho a la sucesión
española, la rama austriaca o la rama borbónica? ¿Cuál era más conveniente a
España? La cuestión de derecho y la cuestión de conveniencia las resolvieron la
voluntad del rey y la voluntad de los españoles. Había además para Europa la
cuestión de forma. La política capciosa de Luis XIV había desabrido al Austria
y burlado a las potencias signatarias de los tratados de partición. La guerra,
pues, era inevitable. Pero tenemos la convicción de que cualquiera que hubiese
sido el fallo de este gran litigio, se hubiera apelado de él al terrible
tribunal de las campañas, que es donde por desgracia se fallan siempre en
última instancia las querellas de los príncipes y los pleitos de las naciones.
Cuando estalló la guerra, halló a Luis XIV esperándola con arma al brazo,
y cuando las primeras águilas imperiales penetraron en las posesiones españolas
de Italia, encontraron al gallo francés despierto y vigilante y preparado a la
pelea.
Francia y España luchan ahora solas contra la Europa confederada. Nuestra
península se ve invadida por Oriente y Occidente. Las escuadras
anglo-holandesas cruzan nuestros mares, cañonean nuestras plazas y destruyen
nuestros escasos bajeles. Valencia, Aragón y Cataluña se levantaron contra
Felipe V y proclaman al archiduque Carlos de Austria. Estamos en plena guerra
de sucesión.
España y Austria se encuentran guerreando entre sí, en expiación de sus
faltas respectivas. Austria, que causó la ruina de España envolviéndola en
temerarias y costosas guerras exteriores, recoge ahora el fruto de su funesto
sistema teniendo que lidiar con esos mismos españoles que han excluido su
fatídica dinastía y defienden con las armas a un príncipe de la familia más
enemiga del imperio. España paga el error de haberse enflaquecido por
robustecer la casa de Austria, y de haber antepuesto a su felicidad doméstica
el brillo de las conquistas exteriores. Un Carlos archiduque de Austria, rey de
España, y emperador de Alemania después, fue el que movió aquel desbordamiento
de la España. Otro Carlos archiduque de Austria, que también ha de ser
emperador de Alemania, es el que trae ahora sus legiones a pelear dentro del
territorio español en reclamación de un trono de que ha sido excluido. Al cabo
de dos siglos (¡tan lentas son las grandes lecciones de la historia, porque tan
lento es el desarrollo de la vida de los pueblos!) Carlos VI de Alemania se ve
reducido al papel de pretendiente desairado al trono español, por consecuencia
de la política iniciada por Carlos V de Alemania.
Parece imposible que, en el estado de abandono, de desnudez y de miseria
en que había dejado Carlos II el ejército, las plazas y el erario, pudieran los
castellanos solos desenvolverse de tan cruda guerra, teniendo que combatir a un
tiempo en Levante y en Poniente, contra ingleses, holandeses, portugueses y
alemanes, y lo que es más, contra catalanes, aragoneses y valencianos,
distraídas las fuerzas de su única aliada la Francia, en el Rhin, en Italia y
en los Países-Bajos. Y sin embargo los triunfos de Almansa y de Villaviciosa
hicieron ver a la Europa conjurada cómo sabían sostener los castellanos con las
armas al monarca a quien una vez juraran fidelidad. Ayudáronlos Berwich y
Vandome. Cien banderas cogidas a los aliados en Almansa fueron a adornar las bóvedas
del templo de Nuestra Señora de Atocha. Felipe V y los castellanos vencían:
peor estrella alumbraba a Luis XIV y la Francia. España se rejuvenecía con su
joven rey: Francia declinaba con su viejo monarca, a quien faltaban a un tiempo
el vigor y la fortuna. Era una casa fallida que se iba sosteniendo, aunque mal,
con el antiguo crédito.
Los tratados de Utrech pusieron término a la sangrienta guerra de
sucesión, y aseguraron en el trono de España la dinastía de los Borbones,
renunciando Felipe V sus derechos eventuales a la corona de Francia, y
haciéndolo a su vez los príncipes franceses de los que pudieran tener al trono
español, de modo que nunca pudieran unirse ambas coronas. Solo no se adhieren a
los tratados Austria y Cataluña. Austria no cede un punto de sus pretensiones,
y Cataluña prefiere erigirse en república a reconocer la autoridad de Felipe de
Borbón: arranque de energía, que no fue sino un testimonio más del genio
impetuoso de los naturales de aquel suelo, pero que costó a Cataluña la pérdida
de sus amadas libertades, como ya le había costado a Valencia y Aragón.
No se compró la paz de Utrech sin costosos sacrificios. Inglaterra no
quiso soltar sus presas de Gibraltar y Menorca; y cediendo España la Sicilia,
Nápoles y Cerdeña, fue borrada del catálogo de las potencias de primer orden.
La Gran Bretaña se propuso mantener el equilibrio europeo agrandando las
naciones pequeñas, y diose Sicilia a la casa de Saboya con derechos a la corona
de España en el caso de extinguirse la línea de Felipe V. Hiciéronse otros
repartimientos que alteraron la faz de Europa.
Con el advenimiento del nieto de Luis XIV al trono español supúsose desde
luego que el gabinete de Madrid giraría dentro de la órbita que le designara el
de Versalles. Mirábase al de España como un satélite del gran planeta, y
entonces no era una calumnia, era una verdad y una consecuencia. El monarca
francés surtía de confesores al rey de España, de camareras a la reina, y de
administradores a la nación. Los embajadores franceses obraban como ministros
españoles, y los ministros españoles eran como embajadores franceses. Felipe
sin embargo se identificó pronto con su patria adoptiva; juró muchas veces
vivir y morir con sus amados españoles, y lo cumplió. Cuando Luis XIV,
acobardado por los reveses, le propuso firmar con las potencias aliadas un
tratado ominoso a España y a sus derechos, dirigía a su abuelo estas enérgicas
y sentidas palabras: «Ya que Dios ciñó mis sienes con la corona de España, la
conservaré y defenderé mientras me quede en las venas una gota de sangre: es un
deber que me imponen mi conciencia, mi honor, y el amor que a mis súbditos
profeso…… Con la vida solamente me separaré de España, y sin comparación
preferiré morir disputando el terreno palmo a palmo al frente de mis atropas a
tomar un partido que empañe el lustre de nuestra casa……»
Aquí Felipe no es ya el príncipe francés, sino el monarca español. No es
ya el joven tímido e inexperto que inclina humilde la frente a los mandamientos
de un abuelo preceptuoso, sino un rey celoso de la honra de su reino y de su
trono, que da lecciones de enérgica entereza a un anciano a quien abandona el
vigor asustado por los contratiempos. Felipe V se atrevió a decir: «Aun habrá
Pirineos.» Y los hubo. Por eso no le faltó nunca el cariño del pueblo
castellano; y este admirable concierto entre el pueblo y el monarca fue el que
produjo aquellos recíprocos esfuerzos que salvaron la monarquía, aunque con
pérdidas dolorosas.
Y sin embargo este príncipe que tan español se había hecho y que tanto
debía a los castellanos, se acuerda una vez que es francés, y altera la antigua
ley de sucesión a la corona de Castilla. El que debía su trono a una mujer,
priva a las hembras del derecho de suceder en el trono, y establece a disgusto
de la nación la ley Sálica poco modificada. Innovación fatal, que al cabo de
ciento y veinte años había de ser invocada por un descendiente suyo para
pretender suplantar a la reina legítima, y que, aunque revocada por otro
monarca y por las Cortes del reino no ha podido esta nación libertarse de
sufrir las calamidades y estragos de una guerra civil.
La corte de Luis XIV emancipó al rey y al gobierno español de la tutela
del de Versalles; y las segundas nupcias a que pasó Felipe V con la princesa de
Parma trajeron en derredor del trono otras influencias que dieron diversa
dirección a los negocios y distinto rumbo a la política.
Viva se mantenía la animadversión entre Austria y España, y aun las
potencias signatarias de los tratados de Utrech habían quedado al pronto
tranquilas, pero ninguna contenta. Pronto se ve la Europa hondamente agitada y
de nuevo revuelta a impulsos de un genio turbulento, que enmaraña a todas las
naciones, que halaga con la Sicilia al duque regente de Francia y fragua
conspiraciones en París para desposeerle de la regencia; que promete a
Inglaterra y le busca enemigos en Escocia; que entretiene y engaña a Holanda,
que auxilia a Venecia contra el turco, que suscita en todas partes enemigos al
imperio, que convida a Ragotzy a posesionarse de la Transilvania y a inquietar
la Hungría, que proyecta con Rusia y Suecia una expedición contra la Gran
Bretaña, que lucha con Francia en el país vasco y en Cataluña, con Inglaterra,
Holanda y el imperio en el Mediterráneo, que promueve alianzas y tratados, que
atreviéndose a rasgar las estipulaciones de Utrech, reclama para España las
posesiones allí cedidas, que reconquista a Sicilia y Cerdeña, que levanta
formidables ejércitos de tierra y hace respetar otra vez el pabellón español en
los mares, que reanima el genio de España y le restituye un puesto importante
en el sistema político de Europa.
Este gran revolvedor del mundo, que de tal suerte intimida a las
potencias europeas con su asombroso talento y sus gigantescos planes, que las
más poderosas se ven obligadas a conjurarse contra su persona y a exigir a
Felipe V su separación como preliminar de la paz, es un clérigo italiano, es el
hijo de un pobre hortelano de Plasencia, que ha sido él mismo campanero de una
iglesia de aquella ciudad de Italia, que por su propio mérito se ha ido
encumbrando hasta elevarse al alto puesto de primer ministro de Felipe V de
España, y de consejero y confidente de la reina Isabel de Farnesio, que ha alcanzado
el capelo de cardenal engañando al papa como engañaba a los demás soberanos: es
el abate Julio Alberoni. Felipe V accede a hacer salir de España a Alberoni; se
estipulan los tratados, y España y Europa parece quedar otra vez tranquilas.
Desde las segundas nupcias de Felipe, uno de los monarcas en cuyo ánimo
han ejercido más dominio sus mujeres, un pensamiento invariable, una idea fija
descuella en la marcha de su gobierno y constituye por más de treinta años el
blanco de su política. Este pensamiento se revela en todas las negociaciones
diplomáticas, se trasluce en las alianzas y en los rompimientos, se descubre en
los tratados de Londres, de Viena, de Sevilla y de Fontainebleau, predomina en
los congresos de Cambray y de Soissons, es el alma de la política traviesa del
fecundo Alberoni, subsiste durante la larga privanza del buen Grimaldo, dicta
los atrevidos proyectos del presuntuoso y fantasmagórico Riperdá, sirve de
norte a los planes del hábil Patiño, guía al honradísimo Campillo en su
prudente y corta administración; él es el que inspira a Felipe la renuncia de
San Ildefonso, el que le decide a volver a empuñar el cetro abdicado, el que
trasciende en los dictámenes del consejo de Castilla y de las juntas de
teólogos, el que concierta y deshace enlaces de príncipes, el que promueve las
guerras y los acomodamientos, el que alienta las arriesgadas empresas de los
hijos de los reyes, las comprometidas operaciones militares del prudente
Montemar y del intrépido Gages, el que absorbe los tesoros, el que preocupa los
ánimos en los palacios y en las campañas, el que conmueve muchas veces la
Europa y trae en constante inquietud y desasosiego a España. A este afán, que
gasta toda la vitalidad de Isabel de Farnesio, y a cuyas sugestiones no puede resistir
el débil e hipocondriaco Felipe, se encaminan todos los cuidados, todos los
pactos, todas las empresas, y ante él se oscurecen y eclipsan todos los demás
propósitos y fines. Este pensamiento de una madre solícita, incansable y ciega
de amor a sus hijos, es el de recobrar las posesiones españolas de la península
italiana para colocar en ellas como soberanos a los hijos del segundo tálamo de
Felipe, y a impulsos de este anhelo se han perturbado muchas veces España y
Europa, y el amor delirante de una madre ha influido grandemente en el cambio
de condición de las naciones europeas.
Asombro universal causó cuando se supo que se había firmado la paz con el
imperio. Montes de oro costó a España esta negociación, más nada le importaba a
la reina con tal que redundara en la mejor colocación de sus hijos. Manejóla
secretamente el ministro Riperdá, famoso aventurero holandés (que siempre, y
entonces más, ha parecido España la tierra de promisión de especuladores
advenedizos), que de embajador de Holanda se trasformó en ministro español, que
de protestante se hizo católico, y de católico se convirtió en musulmán: gran
arbitrista, que después de haber hecho instrumentos de su ambición primeramente
a Lutero y luego a Jesucristo, quiso por último servirse de Mahoma, y concluyó
su carrera de aventuras en Tetuán, hecho bajá y apóstol de una nueva secta
mahometana.
Isabel de Farnesio, a vueltas de mil negociaciones y dificultades, ve al
fin a su hijo Carlos, el que algún día ha de ser rey de España, posesionarse de
los ducados de Parma y de Plasencia. Tres años después, los vencedores de
Almansa triunfan de los austriacos en Bitonto, la bandera de Castilla tremola
otra vez en aquellas antiguas posesiones españolas, el príncipe Carlos es
proclamado con entusiasmo rey de Nápoles y de Sicilia, y el orgullo español y
el amor de madre se ven a un tiempo halagados. Las naciones se cansan de tan
costosas lides, y se ajusta el tratado definitivo de la paz.
Poco tiempo se saborearon sus dulzuras. Vaca el trono imperial de
Alemania, y a instigación de Isabel se presenta el rey católico entre los
muchos competidores al imperio. Otra vez se desenvainan las espadas de todas
las naciones al grito de guerra. La solícita madre ve una ocasión para que su
segundo hijo Felipe pueda conquistarse también a favor de la turbación general
alguna soberanía en su querido país de Italia, perpetuo tema de sus dorados
sueños. Nuevas y sangrientas complicaciones. Guerras en Italia. Funesto
comportamiento de Inglaterra para con los dos príncipes españoles. Fatal
derrota de Campo Santo: terrible sorpresa de Velletri. Felipe en Lombardía;
triunfal entrada en Milán. Paz entre el emperador y Francisco II. Desavenencias
entre las dos ramas de la familia de Borbón, y torcida conducta del gabinete de
Luis XV. Isabel de Farnesio se conforma con el pequeño patrimonio de Parma y
Plasencia para su hijo Felipe.
Hubo en el largo reinado del primer Borbón un brevísimo paréntesis, que
pareció insignificante, y sin embargo encerraba profundos e importantes
arcanos: el de su solemne abdicación en su hijo Luis, y el reinado de este
joven príncipe que pasó como las flores que nacen y mueren en un día, y que
apenas legó a la historia sino un nombre más que intercalar en la cronología de
nuestros reyes. ¿Será cierto que nunca devoraron a Felipe V más ambiciosos
proyectos que cuando rezaba como un monje desengañado del mundo en el coro de
San Ildefonso, o cuando para distraer su misantropía cazaba en los bosques de Valsain?
¿Lo será que pareciendo querer imitar en su retiro de la Granja a Carlos V de
Alemania en Yuste, se semejó más a Alfonso IV de León en Sahagún? Lo que no
tiene duda es que salió como éste del solitario lugar tan luego como murió su
hijo para volver a empuñar el abdicado cetro, y manejarle todavía por espacio
de otros veinte y dos años.
Aquel palacio de San Ildefonso, con su colegiata, sus bellos jardines,
sus elegantes y soberbias fuentes, cuyos surtidores de agua representan los
arroyos de oro que en ellas se invirtieron, esa obra famosa de Felipe V, nuevo
Versalles construido al pie de un escarpado monte, prueba la magnificencia de
los primeros reyes de la dinastía de Borbón, si bien no muy compatible con los
ahorros del erario. El adusto monasterio del Escorial revela la época severa de
Felipe II: los amenos jardines de la Granja simbolizan la época fastuosa y
elegante de Luis XIV. En siete leguas de distancia se recorren dos dinastías y
cerca de dos siglos, y toda la travesía es ingrata y pobre como los reinados
que los dividen.
Mas si se coteja el mísero estado en que el último monarca de la casa de
Austria dejó la hacienda, el ejército, la marina, el comercio y la industria
española, con el que se registra en el reinado del primer Borbón, España debió
felicitarse por el cambio de dinastía. Aquellos veinte mil hombres
desorganizados y medio desnudos de los últimos tiempos de Carlos II, aparecen
multiplicados como por encanto, ostentando Felipe V a los ojos de la Europa
admirada al terminar la guerra de sucesión un ejército de ciento veinte
batallones y de ciento tres escuadrones disciplinados y aguerridos. Aquella
docena de casi inservibles galeras que dejara el postrer monarca austriaco,
preséntase en los mares bajo el primer Borbón trasformada en respetable
escuadra de más de veinte navíos de guerra con trescientos cuarenta buques de
trasporte y treinta mil hombres de desembarco. La industria y el comercio, casi
exánimes en los últimos reinados, reciben el impulso que los escasos
conocimientos de aquel tiempo en estos ramos permitían. Y aunque las medidas
para su fomento solían ser menos acertadas que patrióticas, publicábanse ya
escritos luminosos, y al través de los errores de la ciencia y de los
obstáculos de las preocupaciones, vislumbrábase ya el sistema de las
franquicias, y se levantaban muchas fábricas. El francés Orri hubiera
necesitado más tiempo del que le permitieron las intrigas palaciegas para
desenmarañar el caos de la hacienda: el creador de los intendentes no pudo
hacer sino incoar algunas reformas, y no dejó de corresponder a la fama que
traía de entendido rentista. Riperdá, a vueltas de sus jactanciosas utopías,
suministró ideas económicas que fueron útiles después. Era un loco que no
carecía de conocimientos. El honrado español Campillo dio un golpe oportuno
para liberar al pueblo de la plaga de los arrendadores asentistas de que Orri
había querido emanciparle ya. Trabajábase en regularizar la administración,
pero falló energía para alterar el funesto sistema de impuestos. Las guerras
consumieron inmensos capitales, y la nación se encontró con una deuda de cerca
de cincuenta millones de duros.
Educado Felipe V en los principios de la escuela política de Luis XIV,
poco podía esperarse en favor de las antiguas instituciones populares de
Castilla.
Las rebeliones de Valencia, Aragón y Cataluña sirviéronle para acabar de
extinguir las de aquel antiguo reino. El pueblo castellano, avezado como estaba
por espacio de largas dominaciones a la ilimitada autoridad de los príncipes,
no se inquietaba por la idea de recobrar la libertad civil, y solo vivían sus
recuerdos en ilustradas individualidades. El Santo Oficio continuaba fulminando
sus sangrientos fallos con toda la actividad de los tiempos de su juventud.
Algo no obstante se había adelantado. Felipe V no honraba con su real presencia
los autos de fe, ni los tomaba por recreo como Carlos II.
Un hombre hubo ya en este tiempo, de vasta capacidad, de asombrosa
erudición, de sólida virtud y de incontrastable fortaleza de ánimo, que quiso
libertar la autoridad real del vasallaje de la Inquisición, volver al trono y a
la potestad civil las atribuciones que el tribunal de la fe les tenía
usurpadas, emancipar la corona de la dependencia de la tiara pontificia en los
negocios temporales, y devolver sus antiguas libertades a la iglesia española.
Hubiera tal vez aquel hombre insigne recabado de Felipe V tan grandes reformas,
si con la venida a España de Isabel de Farnesio y la caída de la princesa de
los Ursinos no se hubiera encumbrado en derredor del trono el partido italiano.
Tomole éste por blanco de sus iras, y cúpole a Macanáz la suerte que por lo común
está reservada al apostolado de las ideas, el martirio de la persecución.
Amábale el rey, pero supeditado por inquisidores y jesuitas le desterraba del
reino: seguía queriéndole en el extranjero, y le mantenía proscripto; le
nombraba representante en el congreso de Cambray, y no se atrevía a abrirle las
puertas de la patria. Entretanto encomendados a otras manos los asuntos de
Roma, negociábase la púrpura cardenalicia, y se admitía al nuncio a trueque de
conseguir el capelo, y le prometía el capelo a condición de que se admitiera al
nuncio: contrato entre partes en que la doctrina canónica no hallaba ocasión de
intervenir. Así se hizo el ajuste de 1717, y a parecido precio se obtuvo el
concordato de 1737, si bien en este comenzaron ya a triunfar las ideas de
Macanáz: hasta que en el de 1753 sancionó ya la Santa Sede el patronato
universal de la corona de España.
En el autor del Memorial de los cincuenta y cinco párrafos, y
de los Auxilios para gobernar bien una monarquía católica, vemos
el representante del primer albor con que se anunciaba la regeneración política
de España. El entendimiento de Macanáz marchaba delante de su siglo. Muchas de
sus máximas religiosas y políticas habían de ser puestas en ejecución por los
sabios ministros del gran Carlos III, y algunas eran tan avanzadas que muchos
pueblos de los que más progreso han alcanzado en la carrera de la civilización
aún no han podido verlas planteadas en el siglo XIX. En las desapasionadas
páginas de nuestra obra hallará por lo menos la justicia que le fue denegada en
su tiempo: diminuta compensación que por nuestra parte podemos dar al magistrado
incorruptible, al sabio publicista, al hombre de la expatriación y de los
calabozos.
Suelen no caminar al mismo paso el desarrollo de la ciencia política y el
de otros ramos de los conocimientos humanos. Felipe II que dejaba cantar a los
poetas tan libremente como quisieran, no permitía la circulación de una sola
idea que tendiese a menoscabar la plenitud de la potestad real. Luis XIV
empuñaba con una mano el cetro del absolutismo, y con otra erigía academias
científicas de que plagaba el suelo de la Francia: con una levantaba el
catafalco de las libertades francesas, y con otra encendía mil lumbreras de
gloria. Así mientras su nieto en España permitía a un inquisidor que prohibiera
los escritos políticos de Macanáz, creaba por otra parte bibliotecas, academias
y universidades a ejemplo de su abuelo. Nacieron entonces la de la Lengua y la de
la Historia, la Biblioteca Real, el Seminario de Nobles y el colegio de San
Telmo. La revolución literaria iba preparando sin que él mismo lo sintiese la
revolución política. Feijoo abrió una herida mortal a las preocupaciones
populares, citándolas ante el tribunal del espíritu analítico, de la razón y de
la filosofía. A pesar de la cautela con que se vedó a sí mismo el examen de las
materias políticas y religiosas, todavía fue delatado al Santo Oficio. Pero el
sabio benedictino tuvo la suerte de alcanzar el reinado de Fernando VI cuyos
ministros le pusieron a cubierto de toda persecución. El proceso del P. Froilán
Díaz había marcado la transición del reinado de Carlos II al de Felipe V: el
proceso del P. Feijoo divide y marca perfectamente el tránsito del reinado de
Felipe V al de Fernando VI.
Por primera vez después de tantos siglos de eternas luchas subió al trono
español un príncipe, que mirando las guerras como el más cruel azote de la
humanidad proclamó el sistema de paz a toda costa. La de Aquisgrán vino en 1749
a colmar los deseos del bondadoso Fernando VI. Desde este momento se encastilla
en una prudente y estricta neutralidad, y deja que peleen cuanto quieran las
demás naciones. Francia e Inglaterra, rivales antipáticas que se acechan para
abatirse, rompen de nuevo las hostilidades, y cada cual solicita para sí con
ahínco la amistad y el apoyo de España. Fatíganse en vano ministros y
embajadores por inclinar el fiel de aquella balanza a un lado o a otro. Ayuda a
Francia el imperio, pónese la Prusia de parte de Inglaterra, España permanece
neutral. Brindan los franceses a Fernando con Menorca, los ingleses le hacen la
ofrenda de Gibraltar; tentadores eran los ofrecimientos, pero se estrellan
contra la imperturbable impasibilidad del rey, lo mismo que la actividad
diplomática. Igual lucha sustentaban dos ilustres miembros del gabinete
español, predilecto del rey el uno, preferido de la reina el otro, queriendo el
uno inclinarle a la alianza francesa, el otro a la amistad británica. Pero
deshaciendo Carvajal la trama que Ensenada urdía, especie de tela penelópica
tejida y destejida en el taller de la diplomacia, iba manteniendo Fernando la
nave de la neutralidad entre contrarios vientos sin dejarla irse a fondo, y la
paz era más honrosa cuanto la nación se veía por dos estados poderosos acariciada.
Situación nueva para España, y sería difícil encontrar otra análoga
retrocediendo siglos.
Así mientras las vecinas naciones sufrían los estragos horribles de la
guerra, aquí a la sombra saludable del árbol de la paz, plantado por un monarca
benéfico, prosperaban la industria, el comercio y la agricultura,
desarrollábanse las letras y las artes, tomaba nuevo vuelo nuestra marina, y
¡cosa desoída en largos siglos! se encontraban sumas considerables en las arcas
del tesoro.
El próspero y pacífico reinado de Fernando VI, acusación elocuente de los
seis reinados tumultuosos que le precedieron, nos ratificaría, si de ello
necesitáramos, en que no es la gloria de las conquistas ni los triunfos
estruendosos de las armas lo que labra el edificio de la felicidad de los
pueblos.
Tras larga y penosa agonía, y cerniéndose en torno al lecho mortuorio del
misántropo monarca intrigas sin cuento, fallece el virtuoso Fernando, dejando
su esterilidad abierta el camino del trono, su prudencia el camino de la
prosperidad a su hermano Carlos, el rey de las Dos Sicilias, que arreglada la
sucesión de aquellos reinos viene a tomar posesión de su nueva herencia.
Nápoles llora su despedida y España entona cantos de júbilo a su arribo. Sus
gloriosos antecedentes auguran días de bonanza para su país natal.
XV
No puede pronunciarse sin un sentimiento de amor respetuoso el nombre de
Carlos III. A él viene asociada la idea de la regeneración española.
Si el talento de Carlos no rayó en el más alto punto de la escala de las
inteligencias, tuvo por lo menos razón clara, sano juicio, intención recta,
desinterés loable, ciego amor a la justicia, solicitud paternal, religiosidad
indestructible, firmeza y perseverancia en las resoluciones. Si le hubiera
faltado grandeza propia, diérasela y no pequeña el tacto con que supo rodearse
de hombres eminentes, y el tino de haber encomendado a los varones más
esclarecidos y a las más altas capacidades de su tiempo, y puesto en las más
hábiles manos, la administración y el gobierno de la monarquía.
Inaugura su entrada en España restituyendo fueros y condonando deudas.
Reconocióse luego al genio benéfico de Nápoles que venía a fecundar su suelo
patrio.
Duélenos por lo tanto verle abandonar en la política exterior desde los
primeros tiempos de su reinado el prudente sistema de neutralidad en que su
hermano había sabido parapetarse. Los afectos de la sangre conducen a Carlos a
ajustar con la Francia el famoso Pacto de familia, con que
quedó ligada la suerte de España a la del vecino reino. Soberbio y atrevido
reto que hizo una sola familia de príncipes a todos los poderes de la tierra en
circunstancias las más comprometidas.
La política de Choiseul, el negociador de la Francia, especie de ministro
universal de Luis XV, envuelve a Grimaldi, negociador por España, en el Pacto
de familia, como Mazzarini había sabido atraer a don Luis de Haro al
ajuste de la Paz de los Pirineos, los dos tratados que han
ligado más las dos ramas de los Borbones. Carlos IV y Luis XVI, Fernando VII y
Luis XVIII, nos recordarán a Carlos III y Luis XV, como estos hacen remontar
nuestra memoria a Felipe IV, y Luis XIV.
Pronto comenzó España a probar las aguas amargas que brotaron de aquella
fuente de discordias secretamente abierta en París. La guerra con la Gran
Bretaña era consecuencia natural del Pacto de familia. Las dos
preciosas joyas de nuestras colonias de Oriente y Occidente, Manila y la
Habana, caen en poder de los ingleses, y no sin sacrificio se logra recobrarlas
dos años después por la paz de París.
Si pudiéramos establecer una línea divisoria entre el hombre y el
monarca, aplaudiríamos los sentimientos que dictaron aquel concierto de familia
como negocio del corazón. Pero en las potestades que rigen los pueblos, antes
son los deberes de la soberanía que los afectos de deudo: y aquellos mismos
sentimientos que merecían una bella página en la biografía de un príncipe
pueden formar una de las hojas más tristes de su historia política. Creemos no
obstante que hubo de parte de Carlos III algo más que los vínculos de
cognación. No tenía olvidado este monarca que la Inglaterra había sido la que
años antes, siendo rey de Nápoles, le impuso con aire de ruda y despótica
amenaza aquella neutralidad mortificante que le forzó a reprimir los naturales
afectos de la fraternidad prohibiéndole acudir en ayuda de su hermano Felipe.
Veía Carlos además con amargura y enojo ondear el pabellón británico en
territorio español, y Gibraltar y Menorca en poder de los ingleses eran dos
espinas que le punzaban como español y como rey. Concedamos, pues, algo al
justo resentimiento, algo también al honor nacional lastimado, y el Pacto de
familia aparecerá, sin eximirle de lo impolítico, un tanto excusable al menos,
y no por un solo motivo dictado.
Insurrecciónanse las colonias inglesas de América contra la metrópoli, y
Carlos, como vengador de agravios recibidos de Inglaterra y como cumplidor del
Pacto de familia, fomenta en unión con Francia una insurrección que si al
pronto enflaquecía a su rival había de ser con el tiempo funesta a España. La
emancipación de los anglo-americanos, tan útil a la especie humana en general,
no podía serlo a la nación que tenía en aquella parte del mundo inmensas
posesiones que perder. Hubo un español que vaticinó con maravillosa exactitud
todo lo que después había de sobrevenir, y lo que es más, lo expuso a su
monarca con desembarazo y lealtad. «Llegará un día, decía el insigne conde de
Aranda en su Memoria, en que esta república federal que ha nacido Pigmea crezca
y se torne gigante, y aun coloso terrible en aquellas regiones. Entonces
olvidará los beneficios que ha recibido de las dos potencias, y solo pensará en
su engrandecimiento… El primer paso de esta potencia, cuando haya logrado
engrandecerse, será apoderarse de las Floridas a fin de dominar el golfo de
Méjico… Estos temores son muy fundados, señor, y deben realizarse dentro de
breves años, si no presenciamos antes otras conmociones más funestas en
nuestras Américas…» Proponíale seguidamente un plan de emancipación, con
condiciones igualmente ventajosas a la metrópoli y a las colonias.
Por desgracia el monarca, casi siempre deferente a los consejos de los
hombres ilustrados, no escuchó esta vez el patriótico pensamiento del antiguo
presidente de Castilla, y los resultados justificaron por desdicha la sagaz
previsión del embajador. El mismo Carlos III alcanzó algunos chispazos del
fuego de la independencia que había comenzado a prender en nuestras colonias.
Cuarenta años después lloraba España la pérdida de sus ricas Indias. Hoy nos
parece un acontecimiento feliz cada vez que los representantes de alguno de
aquellos nuevos estados, antes posesiones nuestras, vienen a convidársenos por
amigos. Tal vez alguna de aquellas recientes repúblicas, no muy afortunadas en
la obra laboriosa de su organización, amenazadas por el gigante del Nuevo Mundo,
tal vez la España misma también haya vuelto en alguna ocasión sus ojos hacia
algo semejante al pensamiento salvador del gran conde de Aranda. Pero los
tiempos pasan y no tornan.
Las guerras sostenidas con la Gran Bretaña en los mares de ambos mundos,
proporcionaron a España hacer alarde de una fuerza naval imponente que le daba
consideración en América y Europa. Triunfos gloriosos alcanzaron nuestras
escuadras, señaladamente en las Indias Occidentales. Aun en el antiguo
continente, donde fueron menos afortunadas, hicieron muchas veces vacilar el
poder marítimo de la que blasonaba de ser la soberana y la señora absoluta de
los mares. Pero sufrimos también lamentables reveses. El desastre del cabo de
San Vicente fue un golpe mortal para la marina española. El pabellón nacional
fue sin embargo digna y maravillosamente sostenido, y los ingleses hicieron
justicia al heroísmo de nuestros soldados. Todavía el contratiempo del cabo de
San Vicente fue vengado en lo alto de las Azores, y Cádiz vio entrar en triunfo
una de las más ricas presas de que hacen mención las historias.
Una expedición feliz devuelve a la corona de España la isla de Menorca,
desmembrada de ella por espacio de setenta y cuatro años. No hubo igual suerte
con Gibraltar, cuya recuperación era el afán del pundonoroso monarca, el objeto
a que consagraba esfuerzos, sacrificios y gastos sin cuento, el bello ideal de
sus esperanzas y de sus ilusiones. «Gibraltar es un objeto, decía
Floridablanca, por el cual el rey mi amo rompería el Pacto de familia, o
cualquier otro compromiso que tuviese con Francia.» Pero a su vez decía lord
Stormont, «que, si España le ponía ante los ojos el mapa de sus estados para
que buscase un equivalente a Gibraltar, fijando tres semanas para la decisión,
no podría en tan largo plazo hallar entre todas las posesiones del rey de
España nada que bastase a compensar la cesión de aquella plaza.» Así los
manejos diplomáticos fueron tan inútiles como los bloqueos, y las diestras
maniobras navales de Crillon tan ineficaces como las famosas baterías flotantes
con que Mr. D’Arson entretuvo las esperanzas de los españoles y la curiosidad
de Europa. Los ingleses defendieron su presa contra los disparos de los cañones
con la misma tenacidad que contra las proposiciones y tratos de los gabinetes,
y Carlos III hubo de resignarse a firmar la paz de 1783 con el desconsuelo de
dejar en poder de la Gran Bretaña aquella fortaleza formidable. Sinceramente
desearíamos no ver en esa enorme y disputada roca sino un castillo inglés
enclavado en suelo español, y que no nos inspirara ideas y recuerdos de la fe
británica.
La política exterior de Carlos y de su primer ministro lleva en los
últimos años un sello de circunspección, de firmeza y de aplomo que sorprenden
y admiran a Europa. Valiole esto una de las honras más distinguidas que pueden
caber a un soberano, la de haber sido elegido por las naciones para árbitro
mediador en las graves contiendas que las traían desasosegadas y envueltas en
funestas lides.
El ánimo fatigado con la perspectiva de tantos cuadros sombríos como
hemos tenido que bosquejar hasta ahora, siente un gustoso descanso al volver la
vista al que presenta el gobierno interior de este gran príncipe. Vese a la
España cobrar una animada existencia después de un largo marasmo, y entrar en
el movimiento progresivo de la humanidad que parecía paralizado en ella. Se ve
a los entendimientos ir sacudiendo las trabas de su esclavitud, y las doctrinas
humanitarias erigirse en principio de gobierno. Era la preparación más
conveniente para los cambios políticos y sociales que hubieran de sobrevenir.
Era el anuncio de una época de regeneración, o más bien el principio de ella,
iniciado con prudente mesura, como si el espíritu reformador que se desarrollaba
se propusiera realizar su obra sin las violentas conmociones que habían
señalado este tránsito en Inglaterra, y sin los terribles sacudimientos que
amenazaban ya a Francia.
No se proclamó la libre emisión del pensamiento, pero se le libertó del
poder censorio de la corte de Roma y de la Inquisición, que se le habían
exclusivamente arrogado. Prohibióse la censura de las obras sin escuchar
previamente al autor y oír la interpretación que daba a sus palabras. Los
breves de Roma en que se condenara algún libro no eran admitidos ya sin el
consentimiento de la potestad civil. Estableciéronse garantías contra las
arbitrariedades de la Inquisición, y muchas disposiciones emanadas de la
autoridad real anunciaban a aquel tribunal terrible que no tardaría en caducar
su omnipotente imperio. Hubiera caído derrumbado aquel baluarte del fanatismo
al cumplirse los tres siglos de su existencia, si el prudente Carlos no hubiera
creído más conveniente y más político irle demoliendo por grados que
desplomarle con súbita y estrepitosa explosión. Cuando el ministro Roda le
aconsejaba la supresión del Santo Oficio, «no me atrevo, le contestó el
juicioso monarca, a arrostrar la resistencia de una parte del clero y del
pueblo, que todavía no está bastante ilustrada para consentir en esta
supresión.» Palabras que descubren la posición respectiva del monarca y del
pueblo; y que revelan que no era Carlos III un ejecutor obsecuente de los
dictámenes de sus ministros, sino que tomaba resoluciones y tenía ideas
propias. Contentose con allanar obstáculos y dejar al tiempo y a circunstancias
más favorables la total destrucción del sangriento tribunal. No hizo poco en
hacerle perder su ferocidad primitiva, en cercenar su poder y poner coto a sus
vejaciones. Escasísimos fueron ya los autos de fe, y sin el antiguo formidable
aparato: cesaron de encenderse las hogueras, y la humanidad le quedó
agradecida.
Las doctrinas sobre las regalías de la corona en la gran cuestión sobre
los límites de las dos potestades, el sacerdocio y el imperio, defendidas en el
reinado de Felipe IV por los ilustrados Chumacero y Pimentel, difundidas en el
de Felipe V por Macanáz, el grande apóstol de los regalistas, ya
más desarrolladas en el de Fernando VI, se desenvuelven completamente y
fructifican en el de Carlos III. La corte romana ceja en sus antiguas
pretensiones ante la enérgica actitud del monarca español y de sus hombres de
estado, y la autoridad real recobra el ensanche, y la potestad civil recupera
gran parte del terreno que había venido perdiendo desde la edad media. El
proceso contra el obispo de Cuenca acreditó que el soberano en este punto no
toleraba oposición.
Había estado apegado el jesuitismo al confesonario y a la cámara regia,
representado en tiempo de Fernando VI por el P. Rábago, celoso procurador del
engrandecimiento de su orden en ambos mundos. Pero la existencia de una milicia
papal era casi incompatible con el reinado de los regalistas; y creemos que,
sin la carta del P. Ricci, y aunque en el motín contra Esquilache no se hubiera
gritado: ¡vivan los jesuitas! los jesuitas hubieran sido del mismo modo
expulsados, como lo habían sido ya en Portugal y en Francia. Lo que hizo el
motín fue aglomerar causas y acelerar el golpe. La expulsión se ejecutó de un
modo análogo a las máximas jesuíticas, con misterioso sigilo como obraban
ellos. Los defensores del poder absoluto de la tiara cayeron a impulsos de un rasgo
de poder absoluto de la corona. Fue pues la expulsión de los jesuitas un gran
golpe de Estado. No tuvieron mejor suerte los hijos de Loyola en Nápoles y
Parma. Todos los Borbones se pusieron de acuerdo para la abolición de la orden,
y no descansó Carlos III hasta conseguir la bula de extinción, que otorgó
Clemente XIV. No olvidemos que Carlos III era un monarca profundamente
religioso.
La desamortización eclesiástica y civil, ese gran principio que en la
cartilla económica moderna goza los honores de axioma, tuvo muchos
propagadores, pero no encontró ejecutores todavía. El Consejo de Castilla quiso
aun conservar la mano muerta, pero era una mano que quedaba herida y manca.
Desde que apareció el tratado de Regalía de Amortización de
Campomanes, y desde las peticiones fiscales de los Consejos de Castilla y
Hacienda, que tanto esforzó después en sus luminosos escritos el ilustrado
autor del Informe sobre la Ley Agraria, el clero y los
mayorazguistas pudieron comprender que si la cuestión no se había resuelto en
la práctica quedaba resuelta en los entendimientos, como pudieron comprender
las clases privilegiadas la brecha que se les habría con la introducción del
elemento popular en las municipalidades, representado por los diputados y
personeros del común en contraposición a las regidurías perpetuas, y con el
golpe dado al monopolio de la enseñanza, de la magistratura y de las dignidades
eclesiásticas, con la reforma de los colegios mayores. Los hombres de Carlos
III, entregando al espíritu de examen materias y cuestiones de interés público
que se habían mirado como intangibles, o al menos como invulnerables, hicieron
una revolución en las ideas, y dejaron por lo menos indicadas las reformas que
no pudieron realizar, alumbrando a los gobiernos futuros y enseñándoles el
camino que habían de seguir.
Bastaría la feliz creación de las Sociedades económicas de Amigos
del país para hacer la apología de un reinado. Aquellas asambleas nos
parecían un fenómeno en un gobierno absoluto, si en pos de ellas no vinieran
las Escuelas patrióticas gratuitas a advertirnos que aquel
gobierno absoluto era al propio tiempo un gobierno paternal. Clero, grandeza,
propiedad, comercio, capacidad, todo se apresuró a concurrir al sostenimiento y
brillo de aquellas asociaciones humanitarias, pacíficas, inofensivas,
laboratorios contiguos de mejoras saludables y de adelantos provechosos para la
agricultura, la industria, el comercio y las artes, para la educación pública,
para el establecimiento y organización de asilos de beneficencia, y donde se
esclarecían hasta cuestiones científicas y puntos importantes de derecho
público. Hasta las damas, que jamás se habían reunido sino en los claustros o
en las cofradías, fueron llamadas a formar parte de estas benéficas
corporaciones. Allí eran enseñadas por distinguidas maestras las delicadas
labores de la aguja, al propio tiempo que hombres laboriosos y entendidos daban
lecciones sobre los rudos trabajos del arado, y mientras las unas enseñaban a
bordar, los otros enseñaban a roturar terrenos. La real orden comunicada por
Floridablanca para la admisión de señoras en la Sociedad de Madrid es de un
género tiernamente sublime.
No alcanzaron todos los esfuerzos de los hombres de Carlos III, aunque lo
intentaron con ahínco, a reformar la enseñanza universitaria. Apegadas las
universidades al rancio escolasticismo y a las sutilezas de la filosofía
peripatética y de una metafísica ininteligible, regidas por frailes, que
constituían la mayoría de los claustros de doctores, resistieron tenazmente las
reformas que se trataba de introducir. El informe de la de Salamanca, la
primera en categoría y en crédito, escandalizó al fiscal del Consejo de
Castilla. ¿Qué podía esperarse cuando ejercía en ella una especie de dictadura
el P. Rivera, que llamaba enciclopedistas a Heineccio y a Muratori? Y sin
embargo, infatigable el monarca en procurar el fomento y propagación de las
luces como los intereses materiales, halló medios de lograrlo promoviendo fuera
del recinto de las universidades el estudio de las ciencias naturales y
exactas: y el creador del Banco de san Carlos creó también los colegios de
Artillería y de Marina; el colonizador de Sierra Morena estableció el Jardín
Botánico y el gabinete de Historia Natural; y el fundador de la Compañía de
Filipinas fundó escuelas especiales de física y de matemáticas hasta en las
colonias de América, donde se formaron aquellos hombres insignes que después
admiró el sabio Humboldt.
Era llegado el caso de que Francia nos devolviera también el fulgor
literario que España en otros tiempos le había prestado, y regresó a su turno
con el nuevo brillo que había debido comunicarle otra civilización más
avanzada. La intimidad con el vecino reino que bajo el aspecto político había
hecho tan funesta el Pacto de la familia fue de gran provecho bajo el punto de
vista literario. Resucitaba el siglo XVI sin la tétrica fisonomía que le
imprimió el genio sombrío de Felipe II, y humanizado y ataviado con las
conquistas de la razón.
Ciencias, administración, legislación, educación pública, todo recibe
mejoras importantes. Las investigaciones históricas a que se habían dedicado ya
con fruto en el reinado de Fernando VI los PP. Burriel y Sarmiento, el
infatigable Flórez, y los eruditos Mayans y Bayer, continúan siendo objeto de
los desvelos de los Mohedano, de los Lampillas, de los Capmani, de los Masdeu,
de los Risco y los Casiri, y de otros esclarecidos talentos en el reinado del
tercer Borbón. Y si en muchas de sus obras no resplandece gran luz filosófica
ni refleja el más exquisito juicio crítico, menester es no olvidar que aquellos
ilustres sabios escribían a la vista de la recelosa y asustadiza Inquisición, que,
aunque amansada ya, todavía condenaba a Olavide, y acusaba de herejes a los que
habían aconsejado la expulsión de los jesuitas. La poesía y la elocuencia
subyugadas de largo tiempo a la tiranía de una insulsa hinchazón y de un
depravado culteranismo, cuando no se abandonaban a una vulgaridad rastrera,
resucitaban con las galas de una decorosa libertad y de una sencillez elegante.
Moratín reformaba el teatro español, y Meléndez restauraba la poesía
castellana, mientras los sabios prelados Climent y Tavira restituían a la
oratoria del púlpito la conveniente dignidad.
Siguiendo las artes el movimiento de las letras, la Europa entera
admiraba el fecundo pincel de Mengs, el restaurador de la moderna pintura, y el
pintor filósofo que decía el erudito Azara. Maella honraba a su digno maestro,
y Goya se hacía célebre por aquella graciosa originalidad que no ha podido ser
imitada después. El buril de Selma embellecía la magnífica edición del Quijote
de Ibarra, honra del arte tipográfico. Y de los adelantos de la arquitectura y
escultura certifican los magníficos y elegantes monumentos que en prodigioso
número por todo el ámbito de la península a nuestra vista se ofrecen, y que, si
el gusto y estilo no los revelara bastante como obras de aquel feliz reinado,
avisáraselo al menos entendido el Carolo III, regnante, que en
casi todos se lee.
Hubiera sido Carlos III el Luis XIV de España, si los días de su reinado
hubieran sido tan largos como los del monarca francés: pero faltole tiempo para
hacer tanto como al soberano de la Francia le permitió su longevidad
prodigiosa. En cambio, fue mucho menos déspota. Luis XIV erigió el absolutismo:
Carlos III, le encontró establecido y le humanizó. Semejósele mucho como rey, y
le aventajó en virtudes como hombre. Carlos III no introdujo en la corte el
fausto oriental como Luis XIV ni menos permitió los desórdenes y escándalos de
Luis XV. No se vieron aquí ni las Lavalliere ni las Maintenon del primero, ni
las Pompadour y las Dubarry del segundo. Isabel la Católica y Carlos III
hubieran hecho una de las mejores parejas de reyes de la tierra. Pero los separaron
tres siglos, para que los tiempos se repartieran la benéfica influencia de sus
genios. Aquella dejó establecida una institución que creyó necesaria para la
unidad religiosa: éste halló la unidad religiosa asegurada, y quebrantó un
poder que dañaba a la tolerancia y al desarrollo de las luces, que era ya la
necesidad de las naciones católicas modernas. Así va marchando la sociedad
humana hacia su perfección.
Muéstranse como apenados algunos políticos impacientes, porque en medio
de la revolución de ideas y del espíritu reformador que se desenvolvió en el
reinado que nos ocupa, no hubiera ni el monarca ni sus ilustrados ministros
tentado restablecer las antiguas libertades españolas bajo una forma acomodada
a las necesidades y adelantos de la moderna civilización. Mas tal vez en nada
mostraron tanta cordura aquellos hombres de estado como en no haber anticipado
esta novedad. No era culpa suya que el pueblo avezado de largos siglos al
despotismo y a la Inquisición, hubiera ido perdiendo el amor a la libertad
civil. ¿Podemos estar ciertos de que no hubiera sido arriesgado otorgar
instituciones políticas a quien ni mostraba desearlas, ni las hubiera recibido
con gusto, ni menos con agradecimiento? ¿No se podrá decir del monarca y de los
reformadores de su época aquello de: sui eos non cognoverunt? No
olvidemos tampoco que no eran ni la religiosidad ni el respeto al principio
monárquico los síntomas con que se anunciaba la revolución francesa, y que la
religión y el trono eran los dos dogmas venerados, los dos ídolos de los
españoles. Bastaron las reformas que ejecutaron y las que intentaron para que
el clero y las clases privilegiadas, muy poderosas en España y muy influyentes
todavía, tildaran y acusaran a los consejeros de Carlos de enciclopedistas y
afectos a la filosofía francesa del siglo XVIII que amenazaba invadir y
trastornar el mundo. Y a fe que de no serlo procuraron dar pruebas en los
últimos años de aquel monarca, cuando asustados por el estruendo de la
tempestad política que rugía ya en el vecino reino, cejaron ante los peligros
de la crisis, que el clero y la Inquisición no se descuidaban tampoco en
encarecer y abultar. El mismo Floridablanca se convirtió en desconfiado, y
retiró la mano franca y liberal con que hasta entonces alentara al espíritu de
reforma; hizo más, intentó reprimirle.
No sabemos sin embargo cómo se hubiera desenvuelto Carlos III de los
compromisos en que habría tenido que verse si le hubiera alcanzado la explosión
que muy luego estalló del otro lado del Pirineo. Fortuna fue para aquel
monarca, y fatalidad para España, el haber muerto en vísperas de aquel grande
incendio.
Sucediole
su hijo Carlos IV a fines de 1788.
XVI
El año siguiente al advenimiento de Carlos IV al trono español estalla en
Francia el volcán revolucionario, cuyo sacudimiento conmovió toda la Europa e
hizo estremecer todos los solios. La rapidez de los primeros pasos de la
revolución anunciaba que en breve se iban a ensayar todas las formas, a
recorrerse toda la escala de las trasformaciones sociales. Y así fue.
Jamás en tan corto espacio de tiempo anduvo una sociedad tan largo
camino. La impaciencia de marchar exigía a cada año el desarrollo y la
vitalidad de un siglo, y parecía que los tiempos se compendiaban a la voz de
los hombres. Hallose medio de acortar la distancia de tiempos antes que la
distancia de lugar, y la revolución francesa precedió a la invención del vapor.
La Europa armada gritaba ¡atrás! y la Francia, armada también,
contestaba ¡adelante! Las ideas sin embargo avanzaban más
dentro de la Francia que los ejércitos fuera. Estados generales, asamblea
constituyente, asamblea legislativa, convención, república, directorio,
consulado, imperio… monarquía, democracia, despotismo militar… A los pocos años
de un regicidio nacional, se entronizaba a un déspota: habíase hecho perecer en
un cadalso a un rey virtuoso y débil, y se aclamaba a un tirano heroico. Cuando
Napoleón establecía repúblicas en Europa, en Francia iban retrocediendo las
ideas republicanas. Las ideas y las conquistas marchaban al revés. Del suplicio
del rey a la proclamación del emperador mediaron once años. Al cabo de otros
once años la Francia vuelve a gritar ¡viva el rey! El nuevo rey era otro
Borbón. Gran retroceso. Pero el movimiento galvánico no ha cesado. Pasan otros
quince años, y las ideas que habían retrocedido vuelven a avanzar. La antigua
dinastía es de nuevo expulsada, y se proclama a un Orleans rey constitucional.
Antes de otros diez y ocho años la monarquía constitucional va a acompañar en
la proscripción a la vieja monarquía y al imperio. La Francia es otra vez
republicana. ¿Volverá otro imperio y otra monarquía? ¿Se acabarán de fijar las
ideas sobre el mejor gobierno de los pueblos? ¿Estará la humanidad condenada a
girar perpetuamente en derredor de un círculo?
Gira, sí; pero es describiendo círculos concéntricos, cuya circunferencia
se va agrandando sin cesar, y de cada círculo que describe va recogiendo la
humanidad algún principio provechoso que queda siempre. Así con las alianzas de
lo antiguo que vive y de lo nuevo que nace va modificando su existencia.
Costosas son las trasformaciones. Si los pueblos y las generaciones que las
promueven meditaran los estragos que acompañan a las grandes revoluciones,
retrocederían espantados. Mas por una disposición providencial la embriaguez
del entusiasmo no deja lugar al frío razonamiento y predispone a recibir con
gusto el martirio: también el furor de la venganza perturba la razón: son las
dos fuentes de las grandes virtudes y de los grandes crímenes que en ella se
desarrollan. Fecunda en unos y en otras fue la de 1789. Acaso ninguna ha
producido tantos héroes y tantos monstruos. La lección fue dura. ¿Supieron
aprovecharla los reyes y los pueblos? Ha sido menester otra revolución a
mediados de este siglo para enseñarles más. ¿Han aprendido los hombres de ahora
más que los de entonces? ¿Ha ganado algo la humanidad? Comparemos.
La revolución de 1789 fue agresora y conquistadora; la de 1848 proclamó
el respeto a la independencia de los pueblos. Entonces la Europa opuso muros de
acero a las ideas democráticas; ahora la Europa siguió el impulso de la nación
iniciadora. En la revolución del siglo pasado eran llevados los hombres a
carretadas a la guillotina; la cuchilla era el primer poder del estado: en la
del presente siglo se aclamó el principio de la abolición de la pena de muerte
por delitos políticos. En 1793 manchó la frente de la Francia la sangre con que
tiñó el cadalso uno de los monarcas que menos lo merecía: en 1848 hubo muchas
revoluciones y la sangre de varios príncipes corrió en los campos de batalla,
ni una gota de sangre real en el afrentoso patíbulo. La Francia del siglo
pasado abolió el culto católico, y divinizó la razón humana: se quitó a Dios de
los altares y se dio incienso a una prostituta: en la Francia del presente
siglo los más extremados reformadores se han visto precisados a invocar el
cristianismo, y el sacerdocio católico ha sido buscado para rociar con el agua
santa el árbol de la libertad. Entonces un soldado arrancó violentamente de su
silla al jefe visible de la Iglesia, y el gran guerrero puso su mano profana
sobre el gran sacerdote; aquel hombre se llamaba Napoleón: ahora otro Napoleón,
deudo de aquel, y como él jefe de la Francia, envió las legiones republicanas a
reponer en su silla a otro pontífice, Pío también como el abofeteado en
Fontainebleau, y cometiendo una injusticia política y una inconsecuencia, ha
hecho una reparación religiosa. La Europa lo ha murmurado; ha parecido un
contrasentido. Tal vez la Francia misma lo hizo de mal grado. No murmure la
Europa; no era la voluntad de la Francia la que obraba; era el impulso secreto
de la Providencia que le había impuesto una expiación, y al cual ella obedecía
de mal humor sin saberlo. También Alarico iba de mala gana a Roma y obedecía a
la voz secreta que se lo mandaba. Distinto era entonces el fin; la Providencia
la misma.
Excesos abominables se han cometido en aquella y en esta revolución.
Lamentamos unos y otros. ¿Cuándo dejará de intervenir el mortífero acero en las
cuestiones de política fundamental? ¿Cuándo serán los cambios sociales
resultado solo de la discusión pacífica y razonada? Los pocos síntomas que de
ello vemos nos indican que aún tiene que vivir mucho la humanidad hasta tocar
este estado de perfección. ¿Por qué entretanto ha de estar condenada a comprar
su mejoramiento a precio de tan costosas pruebas? Lo sentimos, pero no nos
atrevemos ni a acusar a la Providencia ni a responder a Dios. Solo sabemos que
es así, porque nos lo enseña la historia de todos los siglos. Consuélanos en
parte observar que la humanidad no deja de ir progresando siempre, aunque a
veces parece retroceder.
Insensiblemente hemos ido abarcando en estas reflexiones sucesos que no
son todavía de nuestro dominio histórico. Séanos dispensado, siquiera por si
nos faltase después tiempo y ocasión de hacerlas. Reanudemos el hilo de nuestro
bosquejo historial.
Cuando estalló la revolución de 1789, alarmáronse todas las potencias
europeas, y se formaron aquellas coaliciones y comenzaron aquellas guerras que
tantos triunfos proporcionaron a las armas de Francia, y tantos progresos
dieron al movimiento revolucionario. Porque los hombres de la revolución,
exigentes y descontentadizos de suyo, exacerbados con la oposición de dentro y
con la resistencia de fuera, pasaban del entusiasmo al delirio, y del vigor y
la energía al arrebato y al frenesí, y no había ni concesiones que los
contentaran ni fuerza que los contuviera. España se hallaba en una posición
excepcional. Era Carlos IV pariente de Luis XVI, vivía el Pacto de familia, y
no estaba entonces el pueblo español ni en sazón ni en deseo de adoptar los
principios que se proclamaban en el vecino reino. El mismo Floridablanca,
ministro que Carlos III había dejado como en herencia a su hijo, temía que
invadieran la Península las máximas que del otro lado del Pirineo se ostentaban
triunfantes. Y sin embargo todo lo que el monarca y el gobierno español se
atrevieron a hacer en favor del atribulado Luis XVI, fueron ardientes votos,
tímidas reclamaciones y gestiones ineficaces, alguna de las cuales les valió
una repulsa bochornosa de parte de la Convención.
Solo después del suplicio de aquel infortunado monarca se resolvió el
gabinete de Madrid a declarar la guerra a la república contra el dictamen del
viejo y experimentado conde de Aranda, a quien costó ceder el puesto
ministerial a un joven que había opinado por la guerra. Este joven, que pasó
del cuartel de Guardias de Corps, casi con botas y espuelas, al primer
ministerio de España en una de las más difíciles situaciones en que pudiera
verse nación alguna, obtenía ya un favor ilimitado del rey y de la reina. Opinó
don Manuel de Godoy por la guerra, y la guerra se hizo. Alegrose la Europa,
porque se añadía un guarismo más al número de las potencias enemigas de la
Francia. España dio el primer paso en la carrera azarosa de los compromisos.
Felices al principio nuestras armas, les vuelve su espalda la fortuna en
Tolon, donde por primera vez se da a conocer el genio de aquel Bonaparte que
muy poco después había de asombrar al mundo. Los ejércitos republicanos nos
toman nuestras plazas fronterizas, y amenazan abrirse camino hasta Madrid.
Asustado Godoy de su obra, ajusta la paz de Basilea, que nos costó la cesión de
la parte española de Santo Domingo. El provocador de la guerra es condecorado
con el título de Príncipe de la Paz. Sigue el famoso tratado de San Ildefonso.
Alianza ofensiva y defensiva entre la monarquía española y la república
francesa. Guerra con la Gran Bretaña que nos cuesta la derrota de nuestra
escuadra en el fatal Cabo de San Vicente, y la cesión de la Trinidad en la paz
de Amiens. La guerra y la paz con Francia, y la guerra y la paz con Inglaterra,
nos iban saliendo igualmente caras.
La paz de Amiens fue un pasajero respiro. Encendida de nuevo la lucha
entre Francia e Inglaterra, España sigue atándose al carro de la república, y
otro tratado de San Ildefonso nos empeña en otra nueva carrera de desastres y
de compromisos. Francia aliada, nos costaba un subsidio de seis millones
mensuales: Inglaterra enemiga, destrozaba la marina española, que más por culpa
de Francia que de España, dio su postrer aliento en el desventurado combate de
Trafalgar, sin que le valiera ni la inteligencia ni el heroico comportamiento
de nuestros marinos. Perdimos quince navíos de línea; y como quien busca un
consuelo, recordamos siempre que allí pereció el famoso almirante inglés
Nelson. Pero la Francia no por eso renunció a seguir cobrando los millones
estipulados. Era una acreedora sin entrañas. La catástrofe de 1805 fue una
consecuencia del primer error de 1793.
En este tiempo la situación de la Francia había cambiado. Aquella nación
que no había podido soportar el cetro de un monarca se sometió a la espada de
un soldado. La libertad la había anegado en sangre, y buscó un hombre que
atajara la sangre, aunque ahogara la libertad. Desde el 18 brumario no se vio
brillar en el horizonte de la república sino el fulgor de las bayonetas.
Enmudeció la tribuna, y solo se escuchó ya la voz del guerrero, a cuya voz se
formó a un cuerpo de treinta millones de hombres, que obedecían a un redoble de
tambores. Aunque nombrado solamente Bonaparte primer cónsul, nadie dejaba de
entrever por debajo del manto consular la corona imperial con que había de
ceñir sus sienes. Contenta la Francia con ver al cónsul obrar como emperador,
no tardó en darle el título y la investidura. De otro modo se la hubiera dado
él mismo y la Francia hubiera callado. Napoleón emperador, sin dejar de ser
general, se pone al frente de los ejércitos franceses, la Francia militar le
sigue entusiasmada, y marchando de victoria en victoria, derrota ejércitos,
deshace coaliciones, humilla monarcas, derriba solios, crea nuevos reinos, como
antes había creado repúblicas, y distribuye los tronos que su omnipotente
voluntad va declarando vacantes. En el de Nápoles, donde se sentaba un Borbón,
coloca a su hermano José. ¿Pensará en darle un ascenso? ¿Respetará el trono
español este repartidor de coronas?
España no obstante continúa aliada del imperio, como lo fue de la
convención, del directorio y del consulado. Pero el príncipe de la Paz, a cuyas
manos se hallaban confiados los destinos de nuestra patria, recela del
emperador, medita cooperar a la destrucción del coloso aliándose con las
potencias que guerreaban ya contra él, y publica una proclama apellidando a las
armas a los españoles, sin nombrar en ella ningún enemigo. En hora fatal
apareció el documento. Napoleón triunfaba en Jena de la cuarta coalición, y
Berlín le abría sus puertas. Napoleón y el príncipe de la Paz conocen a un
tiempo la imprudencia de la declaración. Godoy procura enmendar el yerro
felicitando a Bonaparte por sus triunfos: Bonaparte se sonríe, decreta en su
ánimo la ocupación de España, y sigue fingiéndose aliado. Y para fingirlo
mejor, pide un auxilio de tropas españolas. ¿Quién se atrevía negárselas? Una
escogida división española fue trasportada a Dinamarca a las órdenes del
emperador.
Triunfan las águilas francesas de las águilas rusas en Friedland, y se
firma la famosa paz de Tilsit. Es el punto culminante de la fortuna de
Napoleón. Ya queda desembarazado en el Norte para atender al Mediodía. A
Inglaterra piensa destruirla con el bloqueo continental, monstruosa concepción,
que se tuviera por delirio pueril, si no hubiera sido el pensamiento de un
grande hombre, con el cual, sin embargo, acabó de aturdir la Europa, y puso en
conflicto la tierra y los mares. A España, ¿quién podría pensarlo? no se
atrevió el vencedor universal a acometerla de frente. Medita la empresa de
Portugal, y hace a España tomar parte en ella como aliada del imperio. Ajustase
el célebre tratado de Fontenebleau, por el que se partía el Portugal en tres
trozos, como tantas veces se ha partido la Polonia, de los cuales uno se
adjudicaba a Godoy con el título de príncipe soberano de los Algarves. El Pacto
de familia parecía apretado con estrechos nudos, no ya entre dos Borbones, sino
entre un Borbón y un Bonaparte. Con gusto lo hacía Carlos IV. ¿No se destinaba
un nuevo principado para su querido príncipe, y no le daba Napoleón a él mismo
el título pomposo de Emperador de las Américas? En su virtud las armas
imperiales penetran en Castilla, las de Castilla en Portugal, allí unas y
otras. Jamás bajo tan engañosa capa embozó un gran conquistador sus
pensamientos. Eran los nuevos cartagineses que se fingían hermanos para salir
señores. Por lo menos tuvo España el privilegio que no había tenido nación
alguna, el de que el gran Napoleón creyera necesario engañarla para
sorprenderla.
Cuando Napoleón discurría con Talleyrand cómo apropiarse el trono de los
Borbones de España de manera que no diese el mayor de los escándalos a Europa,
vienen las lastimosas escenas del Escorial en ayuda de sus designios. En el
mismo palacio en que se representó el drama de Felipe II y el príncipe Carlos,
se reproduce en la ocasión más crítica otro parecido entre Carlos IV y el
príncipe Fernando; con la diferencia que, si hubo ahora más benignidad, hubo
también menos misterio, y reveláronse a la nación flaquezas que deploraba, y a
Napoleón discordias que servían grandemente a sus desleales proyectos. ¿Es
cierto que se había inspirado a Fernando el pensamiento de representar el papel
de San Hermenegildo cerca de su padre? ¿O era solo su objeto y el de sus instigadores
derribar al favorito? Lo cierto es que se vio un monarca denunciando a la faz
de España y de Europa al príncipe heredero, al padre y a la madre echando
públicamente la ignominia del crimen sobre la frente del hijo, y al hijo
implorando humildemente el perdón de sus padres: al soberano de España haciendo
el emperador francés confidente de sus amarguras y como pidiéndole alivio y
consejo, y al príncipe heredero solicitando de Napoleón a espaldas de su padre
la protección imperial y la mano de una princesa de su familia, las dos cosas
que necesitaba para ser feliz. Tampoco necesitaba más el emperador para
acelerar sus planes, aprovechando las debilidades del padre y del hijo.
Hallábanse a principios de 1808 en poder de los franceses y por traición
ocupadas las principales plazas de guerra, y Murat sobre Madrid. Y todavía
¡admirable candidez! el rey, el príncipe, el privado, la corte, el pueblo,
todos ignoraban el objeto de aquel formidable aparato de fuerza. Doce millones
de hombres fluctuaban entre el temor y la esperanza. No cabía en el corazón de
la hidalga nación española sospechar de un hombre tan grande como Napoleón una
grande alevosía. A dos cosas estaba dispuesta; a imputar al valido Godoy los
males que sobrevinieran y las miserias que presenciaba; a esperar del príncipe
Fernando los remedios que deseaba y las reparaciones que apetecía. Aborrecía a
aquel tanto como amaba a éste. Así en el motín de Aranjuez Godoy fue el blanco
de las iras del pueblo, Fernando el de sus aclamaciones. Cayó el valido, y
abdicó Carlos IV por salvarle; que Carlos IV y María Luisa amaban más al amigo
que al trono. Fernando es proclamado rey de España.
Dos palabras de ese personaje en cuyas manos estuvieron los destinos de
la patria durante todo el reinado de Carlos IV.
Nadie ignoraba el origen del rápido encumbramiento de Godoy y de su
valimiento ilimitado. La reina no había cuidado de acreditarse de circunspecta.
Movía a lástima la bondad del rey.
Cuando Godoy firmó el segundo tratado de San Ildefonso en 1796,
titulábase ya en él príncipe de la Paz, duque de la Alcudia, señor del soto de
Roma y del estado de Albalá, grande de España de primera clase… caballero de la
insigne orden del Toison de oro, gran cruz de Carlos III (la que este monarca
había creado para premiar la virtud y el mérito…) primer secretario de Estado y
del despacho, secretario de la Reina, superintendente general de correos y
caminos, protector de la Real Academia de Nobles Artes… capitán general de los
reales ejércitos, inspector y sargento mayor del real cuerpo de guardias de
Corps… y otros muchos títulos menos importantes que hemos omitido. A poco
tiempo se casó con una sobrina del rey. Después fue generalísimo y gran
almirante con tratamiento de Alteza. Faltábale una corona, y no anduvo lejos de
ceñírsela, que a tal equivalía la partija que se le adjudicaba en la
distribución de Portugal. Fue el valimiento más monstruoso de los tiempos
modernos, y acaso en duración no tenga ejemplar en los antiguos. Por lo menos
tuvo la singularidad de ser indisoluble el afecto entre los reyes y el privado,
de avivarse en la desgracia cuando se veían destronados los unos y perseguido
el otro, y de deshacer solo la muerte el vínculo de toda la vida.
Al paso que el favorito acumulaba riquezas inmensas y honores desusados,
crecía el odio del pueblo hacia él, que siempre la odiosidad popular carga más
sobre la flaqueza del que acepta y recibe inmerecidos dones que sobre la
fragilidad de quien los dispensa y otorga, acaso por la costumbre de considerar
al dispensador abroquelado en la inviolabilidad de la ley, y al aceptante
escudado solo con el favor, y por consecuencia más vulnerable. Ello es que
marchaban a la par el amor de los monarcas y el enojo del pueblo. Era Godoy
como una medalla que representaba el bien y el mal, y a la cual los reyes
miraban siempre por el anverso, el pueblo por el reverso siempre.
Pero aparte de lo odioso del encumbramiento, de la opulencia y de la
privanza, ¿era el príncipe de la Paz el causador de todas las calamidades
públicas? ¿Era como hombre de Estado tan de corazón avieso, tan de intención
torcida, de tan profunda ignorancia como le pregonaba entonces el pueblo y le
ha dibujado después la historia? ¿Se ha considerado para calificar sus
transacciones diplomáticas la índole y calidad de los negociadores con quienes
las había? ¿Pudieron el clero, la Inquisición y las órdenes religiosas, cuya
reformación había comenzado y amenazaba llevar a más lejano término, contribuir
a acrecentar el desabrimiento hacia el privado haciéndole extensivo al
ministro? ¿Será cierto que soñó en un cambio de dinastía? Este hombre, a quien
la fortuna se mostró locamente risueña por espacio de veinte años para darle
después cuarenta de ostracismo, en quien las plumas de los historiadores se han
clavado como dardos que se arrojan a un cuerpo que se asaetea sin pecar, ha
hablado a su vez en propia vindicación. Y aunque para nosotros las
oraciones pro domo sua no justifiquen ni los desvanecimientos
del hombre ni las faltas del gobernante, no dejan sus Memorias de derramar luz
sobre muchos de los dramas de aquel tiempo, o con tupido velo cubiertos, o solo
por un lado hasta ahora presentados. Los juzgaremos en nuestra obra con el
desapasionamiento de quien los mira solo por el prisma de la severidad
histórica.
Pocos monarcas habrán sido saludados por sus pueblos con más entusiasmo
que lo fue Fernando VII. El día de su entrada en Madrid después de la
abdicación de Aranjuez, el regocijo público no tenía límites. Era la embriaguez
del gozo. Aquellas lágrimas de júbilo iban a convertirse pronto en lágrimas de
sangre.
Comienza una larga cadena de reales miserias y de traiciones imperiales.
Ruboriza leer las cartas de Carlos, de María Luisa y de la reina de Etruria al
gran duque de Berg, intercediendo por el pobre Príncipe de la Paz.
Lastiman el alma las de Carlos y Fernando a Napoleón. Son dos litigantes que le
buscan humildes por árbitro de su pleito. El árbitro no pronuncia. La España
angustiada y congojosa después de los primeros trasportes de alegría espera que
salga una palabra de los labios del emperador para saber a quién piensa dar el
derecho de reinar, si al padre o al hijo. Napoleón en Bayona se asemejaba a
esas serpientes que atraen con su hálito a los inocentes pajaritos para
devorarlos. Reyes, príncipes, favoritos, todos van donde el emperador los
llama. Allí los dioses menores de España se prosternan ante el Júpiter del
Olimpo europeo. A una palabra suya el hijo devuelve humildemente al padre lo
que antes el padre había cedido con poca voluntad al hijo, y ambos se
desprenden del cetro de dos mundos para ponerle a los pies del señor de los
reyes. Pero Napoleón es tan generoso que renuncia para sí el trono de España, y
en uso de su omnipotencia le trasfiere a su hermano José, el rey de las Dos
Sicilias. Le da el ascenso que había meditado en la carrera de los tronos de su
invención. Abochornan las escenas de Bayona, y cuesta trabajo concebir tanta
perfidia en uno, tanta debilidad y tanta degradación en otros.
Por fortuna el pueblo tuvo más firmeza y más dignidad que sus príncipes.
Y esta nación, sin reyes, sin hacienda, sin marina, casi sin ejército, pues
toda la herencia de Carlos III se había ido disipando, se levanta imponente a
proveerse a sí misma, a sacudir la coyunda que alevosamente se intentaba
ponerle. Apurose su paciencia; y resucitó el antiguo genio ibero con sus
impetuosos arranques. Diose el primer grito en Madrid el 2 de mayo, uno de los
días más infaustos y más felices que cuentan los fastos españoles. Al ruido de
aquel primer sacudimiento despertó el viejo león de Castilla, de muchos años
aletargado, y su rugido resonó en todo el ámbito de la Península, y a su eco
fueron respondiendo una tras otra todas las provincias de la monarquía.
Dios permite a los hombres obcecarse para perderse, cuando traspasan su
misión sobre la tierra, y no había trazado su dedo la geografía del continente
europeo para que todas sus regiones obedecieran a un hombre solo.
Vínole bien al pueblo español el ser acometido con felonía, porque solo
así pudo revivir con todo su rudo desenfado su independiente altivez. Si la
empresa hubiera sido conducida con más cordura por parte de Napoleón, tal vez
hubiera sido coronada con otro éxito. Pero fue conveniente recibir un grande
ultraje para que fuese terrible el escarmiento, y que el gran político
cometiera el mayor de sus yerros al tratar de sojuzgar la España, para que se
estrellara en esta tierra excepcional, de antiguo destinada a gastar la
vitalidad de los grandes conquistadores.
Jamás pueblo alguno se alzó en su propia defensa ni más unánime ni más
imponente. Si alguna vez ha sido exacta la frase de que una nación se
levanta como un solo hombre, lo fue en esta insurrección
gloriosa. Un solo sentimiento movía como agente eléctrico todos los corazones.
El movimiento, anárquico al nacer, se regulariza luego. Juntas locales de
gobierno; junta central. Es la nación que se gobierna a sí misma; es el reinado
de la nación. Se improvisan ejércitos; se organizan. Es la nación que se
defiende; es la nación que se sacude. La lucha está abierta. Inglaterra, esa
adversaria antigua de la España, cuya enemistad nos había sido tan funesta en
los mares, se convierte en aliada íntima, y viene a luchar también en nuestro
suelo, porque le conviene tomar parte en toda pelea que tenga por objeto
derrocar al coloso de la Francia. Portugal se alienta, y se levanta también. En
cambio, Napoleón hace trasportar a la Península el grande ejército de Alemania,
desguarneciendo aquellos países. Vienen gentes de todas regiones. Hasta a los
valientes polacos los trae a sellar con su sangre su renombrado ardor bélico
bajo el cielo puro de Castilla. Extraño trasiego de naciones. Los ejércitos de
las tres cuartas partes de la Europa concurren a combatir a un pueblo pobre,
pero heroico.
No se descorazonan los españoles en lid tan desigual. De las grandes
ciudades, de las aldeas, de las cabañas, de los campos, de las escuelas y de
los talleres, sale espontáneamente la juventud a engrosar las filas de los
defensores de la patria: y cambiando el arado, el escoplo o el libro de texto,
por la carabina, el fusil o la espada, corren voluntarios a la pelea, o
individualmente, o en grupos, o en cuerpos ya regimentados. Los sacerdotes
predicaban la guerra en el púlpito, y empuñaban después el acero con propia
mano; se desnudan de la estola, y embridan el caballo de batalla, y acaudillan
cuerpos armados, como en los siglos de la guerra con los musulmanes. Hasta las
piedras parecía convertirse en combatientes, como de otros tiempos fingió la
fábula.
La Europa atenta supo con admiración que los triunfadores de Jena habían
rendido sus espadas en Bailén, y que las legiones del vencedor habían dejado de
ser invencibles en batalla campal. Los sitios de Zaragoza y Gerona anunciaron a
los nuevos romanos que se hallaban en la tierra de Sagunto y de Numancia. Los
nombres de aquellas dos heroicas poblaciones, tiempos y años andando, han sido
invocados como tipos de heroísmo en cualquier región del globo en que se ha
querido excitar el ardor bélico y el entusiasmo patrio con memorias de alto
ejemplo. Mientras tales lecciones daban las tropas regladas y los moradores de
las ciudades, plagábanse los campos de guerrilleros, de esos
soldados sin escuela, modernos Viriatos, de que tan fecundo dijimos ya en otra
parte que ha sido siempre el suelo español: los cuales con rápidas y atrevidas
maniobras, ingeniosas revueltas e inesperados ataques, diezmaban pequeños
cuerpos enemigos, o embarazaban el paso a gruesas columnas, o sorprendían
convoyes, y con mil géneros de menudas hostilidades desesperaban a los famosos
generales del imperio, que no hallaban medio de librarse de tan importunos
acometedores, ni de evitar los descalabros y desperfectos que con tan singular
estrategia les ocasionaban. ¡Desgraciado y sin ventura entretanto el francés
que por cualquier incidente se encontrara, en poblado o en desierto, aislado y
separado de su columna! ¡Cuántos sacrificó así el furor popular! El paisanaje,
que en su ruda lógica no veía en el soldado francés sino al guerrero de la nación
enemiga, lejos de inquietarle la idea de que perpetrarse un acto de bárbara
inhumanidad, persuadíase de que ejecutaba una acción meritoria a los ojos de la
patria, y aun a los ojos de Dios. Era el fanatismo religioso unido al
sentimiento de la nacionalidad; y a un pueblo que obra a impulso de estas dos
ideas no hay armas que le venzan ni ejércitos que basten a domeñarle.
Viose Napoleón precisado a venir en persona a reanimar la guerra y a dar
aliento a los suyos; y sin dificultad grande, que no podían oponerla unas
débiles tapias, se posesiona de la capital, donde queda su hermano José
haciendo funciones de rey de España. No importa. También el archiduque Carlos
de Austria en los tiempos del primer Felipe de Borbón se hizo aclamar rey de
España en Madrid. Pero Madrid deja de ser la capital de la monarquía española
desde el momento que la ocupa un usurpador, y no es sino un pueblo más de que
se ha apoderado el enemigo. La capital de los españoles está allí donde se
encuentra su legítimo gobierno. Fuerza es no obstante confesar que la presencia
y los triunfos del emperador llegaron a poner a España en situación harto
apurada y angustiosa.
De repente esta situación se trueca y cambia. El emperador retrocede de
improviso del corazón de la Vieja Castilla, donde se había internado. Corre,
avanza, vuela, quiere devorar las distancias, desaparece. Sigue en pos de él el
grande ejército. ¿Dónde va? ¿Quién le llama? ¿Qué le impulsa? A los pocos días
de hallarse en Astorga penetraba dentro de los muros de Viena. Con razón había
escogido por empresa el águila quien la igualaba en rapidez.
Era que la voz de la Junta Central de España había resonado en apartadas
regiones, y el Austria oyendo su llamamiento había vuelto a declarar la guerra
a Napoleón. Otra vez vence allí. Cada jornada suya señala un triunfo. Pero
España ha enseñado al mundo a resistir; su ejemplo ha sido contagioso; y
Napoleón, que derrota ejércitos, encuentra por primera vez una resistencia
fatigosa en las masas del pueblo alemán que han aprendido de los españoles a
insurreccionarse, y las condiciones de la paz de Viena fueron ya menos duras
que las de los tratados anteriores. Napoleón se desvanecía allá con sus nuevas
glorias, mientras acá las iban marchitando sus ejércitos enflaquecidos y
menguados.
En medio del incesante afán de la pelea y del ruido y estruendo de los
combates, España ofrecía a los ojos del mundo otro espectáculo no menos
grandioso y sublime, de distinta índole y naturaleza. Lo hombres ilustrados del
país, aprovechando el gran movimiento popular para regenerar políticamente la
España, habían acordado dotarla de instituciones análogas a los progresos de la
civilización y a las ideas del siglo. Y cuando en Francia habían pasado los
sangrientos ensayos de la revolución, entonces se erigió en este extremo de
Europa y en su punta más occidental una tribuna, la única en todo el
continente, en que hombres esclarecidos y vigorosos levantaban arrogantes su
voz, y labraban el edificio de la libertad española. Era un cuadro magnífico y
grandioso el de las Cortes de Cádiz, deliberando impávidas bajo el estruendo
del cañón y al fulgor de las bombas enemigas. Allí, encerrados los
representantes de dos mundos en una isla azotada por las olas de dos mares y
circundada de mortíferas baterías, libertaban de sus trabas el pensamiento,
proclamaban la libertad de la imprenta, abolían la Inquisición, y elaboraban el
código político que había de ser la ley fundamental de la monarquía: aquella
Constitución que tantas vicisitudes estaba destinada a sufrir en el corto
espacio de un cuarto de siglo, y que refundida después, había de dar nacimiento
a la que recientemente ha regido y a la que de presente rige el estado. Obra de
legislación no exenta ni de imperfecciones ni de dificultades de aplicación,
pero libro venerable como símbolo glorioso de desinteresado y heroico
patriotismo, como la primera bandera de libertad que se enarboló en la España
moderna.
Durante esta guerra nacional, Fernando continuaba siendo objeto de amor
idolátrico para los españoles. Por él no había ni padecimientos que arredraran,
ni sacrificios que dolieran, ni tesoros ni sangre que se economizara. A pesar
de sus renuncias bochornosas, la Central, la regencia, las Cortes, todos
obraban a nombre del rey, todos deliberaban como poderes delegados del rey. El
pueblo le conservaba la majestad de que él se había desposeído; la nación le
guardaba la corona de que él se había desnudado. Disculpábale débil en Bayona,
y absolvíale cautivo en Valencey. Era un rey que se desprendía de su reino, y
un reino que no quería desprenderse de su rey. Fernando VII era rey de España y
de las Indias a pesar suyo. Él felicitaba a Napoleón por sus triunfos, y el
pueblo se ofrecía en holocausto por él. Él importunaba al emperador con el tema
perpetuo de que le otorgara una princesa de su imperial familia para esposa, y
la nación se afanaba por entregarle al regreso de su cautividad un reino
grande, íntegro, regido por leyes más justas, y por instituciones más sabias
que las que él había dejado.
Ni todas fueron derrotas para el enemigo en estos seis años de porfiada
lucha, ni todos fueron triunfos para las armas españolas. Viose, por el
contrario, más de una vez la España a punto de ser ahogada bajo el peso de
aquellas infinitas masas de guerreros de casi todas las naciones europeas, de
aquellas cohortes innumerables, conducida por los más expertos generales del
imperio, que del otro lado del Pirineo de tiempo en tiempo desembocaban, en
reemplazo de las que iban quedando sepultadas en este suelo, y que parecía
brotar de un fondo inagotable como las olas del grande Océano. Pero jamás
desmayó el denuedo español. Ni el número de los enemigos le imponía, ni le
desalentaban los reveses, ni los peligros le arredraban, ni nada en ningún
momento le hizo desfallecer. Crecía con los infortunios el esfuerzo, con los
contratiempos la audacia, con los conflictos la fortaleza, la intrepidez con
los apuros, con las contrariedades el valor. «No importa,» decía a todo. Y se
entregaba a arranques impetuosos, se multiplicaban las acciones heroicas,
menudeaban las hazañas, y la victoria se iba declarando por la causa de la
justicia y por los animosos de corazón. Era el genio indomable de la
resistencia, que venía heredado de los antiguos celtíberos; era aquella perseverancia
infatigable, que desesperó a los romanos, que acabó con los sarracenos, y de la
cual no sufría la altivez española que triunfaran los franceses. Hallose pues
Napoleón con los descendientes de los que habían peleado con Aníbal, con César
y con Almanzor; y el vencedor de las Pirámides, de Marengo, de Austerlitz, de
Jena y de Friedland, se encontró con los hijos de los que habían vencido en
Covadonga, en Calatañazor, en las Navas de Tolosa y ante los muros de Granada.
De caída iba ya en España el poder de Napoleón, cuando a la extremidad
opuesta en Europa se oyó resonar otro grito de guerra. Era el eco de España que
respondía también en Rusia. Allá acude el mayor capitán que han producido los
siglos modernos, al frente del más formidable ejército que han visto los siglos
modernos también. Austria, Prusia, Dinamarca, Nápoles, la Italia entera, le han
suministrado contingentes, y ha hecho una siega en la juventud de la Francia.
Allá van las viejas bandas del imperio, que ha hecho salir otra vez de Castilla
para trasplantarlas desde el abrasado clima del mediodía a las heladas regiones
del septentrión. Cuatro veces en tres años han atravesado la Francia esos
veteranos imperiales, cruzando los Alpes o franqueando los Pirineos, teniendo
que acudir alternativamente del Tajo al Rhin y del Rhin al Tajo, allí donde una
necesidad más imperiosa los llamaba. En su lugar tiernos reclutas, arrancados
prematuramente a los brazos de sus madres, vienen a entretener a los cañones y
bayonetas de España y a servirles de cebo, mientras él da cima a la gigantesca
empresa que le llama al otro extremo del continente.
La Europa central avanza armada hacia el Norte a la voz de un hombre
solo. Napoleón penetra con asombro del mundo hasta el corazón del imperio
moscovita… Dios permitió que el gigante que se lisonjeaba de abarcar a un
tiempo con sus brazos las dos más opuestas naciones del continente europeo,
cometiera al querer conquistarlas los dos más graves yerros de su vida… Medio
millón de hombres quedó sepultado bajo las nieves de Rusia; medio millón de
hombres halló su sepulcro bajo la luciente bóveda del cielo español. Allí lo
hicieron los elementos; aquí lo hicieron los hombres. Allí el hielo del clima;
aquí el ardor de los corazones. Los rusos buscaron por aliado el invierno, y
esperaron a que el cielo se declarara contra el hombre de la tierra; los
españoles pelearon cuerpo a cuerpo con los soldados de Bonaparte, y los
vencieron en buena lid.
En la mañana en que se dio la famosa batalla de Mojaisk, en que jugaron
ochocientas piezas de artillería, recibió Napoleón noticias de España, y la dio
por perdida. Y cuando después del desastre de Moscú se coligó contra él toda la
Europa; cuando los ejércitos de la confederación amenazaban a su vez invadir la
Francia; cuando todavía los restos de las columnas imperiales disputaban a los
aliados el paso del Rhin, ya las tropas anglo-españolas habían franqueado el
Bidasoa y perseguían a los franceses dentro de su propio territorio. Salvose
pues la España antes que la Europa. Cúpole la gloria de la iniciativa en la
caída del gran coloso. Fue la primera en vencer a Napoleón.
Faltábale rescatar al real prisionero de Valencey, a su amado, a su
idolatrado Fernando. Napoleón al eclipsarse su estrella se decide a reconocer a
Fernando rey de España. Celebra primeramente con él un tratado de paz y
amistad, y declara luego rey libre al que hacía seis años era príncipe cautivo.
Fernando el Deseado pisa al fin el territorio español.
Gran regocijo para España, que vuelve a ver su ídolo, que tiene ya en su
seno al objeto de sus sacrificios y de sus votos. Resuenan por todas partes
cantos de júbilo. Las Cortes acuerdan erigir a orillas del Fluviá un monumento
que señale a la posteridad el día fausto en que volvió Fernando a los brazos de
sus leales españoles. Una comisión de diputados sale a felicitarle al camino a
nombre de la representación nacional. El rey esquivo recibirla. ¿Qué significa
este desdeñoso desaire? Nótase irse formando un negro nublado en el horizonte
de esta nación ebria de gozo. ¿De qué proceden y qué auguran estos síntomas
fatídicos en la ocasión en que todos los corazones debieran rebosar de
entusiasmo?
Pronto se aclara el misterio. Numerosas prisiones se están ejecutando en
la capital de la monarquía. Llénanse las cárceles públicas: muchos desgraciados
van a poblar hediondos y fétidos calabozos. ¿Quiénes son estos desventurados?
¿Son criminales a quienes no puede alcanzar la real clemencia ni aun en días de
expansión y de olvido? ¿Son por ventura los que hayan tenido la desgracia de
ser traidores a la causa nacional? No: son ilustres miembros de la regencia,
son los ministros constitucionales, son los más esclarecidos diputados de las
Cortes, son los más distinguidos hombres de letras, son la flor y la gloria de
España. ¿Quién ha ordenado la prisión de estos varones eminentes, que tanto se
han afanado por entregar a su rey una nación grande, respetada, independiente y
libre? Es Fernando VII rey absoluto de España, que tal se ha declarado a sí
mismo. Publícase el famoso y tristemente célebre Manifiesto de 4 de mayo.
Aquellas Cortes y aquella Constitución que los soberanos de Rusia, Suecia y
Prusia, habían reconocido solemnemente por legítimas, las declara el rey de
España nulas y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno,
como si no hubiesen pasado jamás tales actos, y se quitasen de en medio del
tiempo.
El 13 de mayo de 1814 hace Fernando su entrada pública en Madrid por en
medio de arcos de triunfo. La parte fanática del pueblo le victorea con
frenesí; sollozos y lágrimas vertían las familias de hombres ilustres que
gemían en calabozos.
«Aborrezco y detesto el despotismo, había dicho Fernando en
aquel Manifiesto célebre: ni las luces y cultura de las naciones de
Europa lo sufre ya, ni en España fueron déspotas jamás sus reyes, ni sus buenas
leyes y constitución lo han autorizado.» Tras estas bellas palabras
empeñaba la suya de gobernar con Cortes legítimamente congregadas, conforme
a los antiguos y buenos usos del reino. Pero añadió a la ingratitud el engaño:
y el que aborrecía y detestaba el despotismo, hizo enarbolar de nuevo el negro
pendón inquisitorial abatido en Cádiz, y lanzó a los más ilustrados españoles a
los presidios y a las áridas rocas de África. Tal fue el fruto que recogió la
España de su gigantesco esfuerzo.
XVII
Triunfante la monarquía absoluta, pero difundidas las ideas de libertad;
perseguidos, pero no desalentados los constitucionales; empeñada y no cumplida
una real palabra; llorando unos la destrucción de lo pasado, y satisfechos
otros con lo presente; empobrecida la nación con las profusiones antiguas y con
los recientes dispendios de una guerra de seis años; apurado el público tesoro,
y encomendada la administración a manos inhábiles; insurreccionadas las
colonias de América, y privada de sus recursos la Metrópoli; disgustados
muchos, exasperados algunos, contentos pocos, pásanse otros seis años del
reinado de Fernando en sofocar conspiraciones y reprimir tentativas de los
adictos al régimen constitucional.
Apeteciendo estos un cambio en la organización del estado, volvían
naturalmente sus ojos al código de 1812, única bandera de su libertad que
entonces se conocía. No se pensaba en sus imperfecciones, ni en si era el más
acomodado y aplicable a la situación de España; y dado que se pensará en ello,
olvidáranlo todo en gracia de simbolizar una época de glorias y de patriotismo
mal correspondido. Este código era el que se invocaba siempre. Contestaba el
monarca con cadalsos y con calabozos. Allí fueron a terminar una tras otra
todas las tentativas.
Una insurrección militar proclamó otra vez aquella misma constitución,
allá cerca de Cádiz, donde había nacido. Esta vez no pudo reprimirse el
movimiento. Las ideas habían cundido, y las grandes poblaciones se levantaron
en apoyo de la revolución militar. La capital de la monarquía siguió el mismo
impulso, y Fernando juró aquella misma constitución que seis años antes había
tan rudamente anatematizado. Hasta qué punto marcharan acordes en este
juramento el corazón y los labios, la letra y el espíritu, la real conciencia y
la real palabra, el juicio público lo caló pronto, y los sucesos lo mostraron
después más claro.
Breve y efímero, agitado y proceloso fue este segundo período de gobierno
constitucional. Todo conspiraba contra su afianzamiento. Las Cortes agriaron al
clero y la nobleza, lastimando sus intereses y añejos privilegios con la ley
sobre vinculaciones y la venta de los bienes monacales. El partido vencedor,
embriagado con el gozo de haber pasado de los calabozos a las sillas del poder,
de la roca Tarpeya al Capitolio, no supo contener el entusiasmo dentro de sus
justos límites, y muchos se entregaron a ruidosas demostraciones y alharacas, y
se propasaban a desacatos y desmanes que provocaban las iras de los vencidos,
ofendían altos poderes, y predisponían a la venganza. Por su parte los
realistas, o llevados del fanatismo, o instigados por las clases privilegiadas,
comenzaron pronto a inquietar las provincias promoviendo la guerra civil,
primero en pequeñas partidas armadas, en gruesas masas después, y conspirando
siempre daban ocasión a medidas violentas por parte del gobierno y de las
autoridades, o a demostraciones más violentas aun por la del partido dominante.
Las exageraciones de las sociedades patrióticas alarmaban a los tímidos y
desabrían más a los descontentos. Las sociedades secretas introducían el cisma
entre los mismos amigos de la libertad. El gobierno estaba muchas veces en
desacuerdo con las Cortes, a veces lo estaba con el trono mismo, y faltaba un
poder moderador entre la corona y el elemento popular. Todo conspiraba; y acaso
no era el menor de los conspiradores el rey mismo, que, si no lo fue desde el
instante de jurar la Constitución, por lo menos no le cogían de sorpresa ni las
maquinaciones de dentro ni los designios de fuera.
No podía la Santa Alianza, en su vivísimo celo por el principio de la
omnipotencia monárquica, consentir en España el triunfo de una revolución que
se habían apresurado a imitar Nápoles, el Piamonte y Portugal; y aunque la
anarquía interior no hubiera dado tanto pretexto a la intervención de las
grandes potencias, creemos que de todos modos se hubiera resuelto en el
congreso de Verona apagar un fuego que miraban como peligroso. ¿Se habría
desarrugado el ceño de aquellos soberanos si el gobierno constitucional de
España se hubiese prestado a las modificaciones que le proponían? ¿Se hubiera
parado el rudo golpe si la contestación del gabinete español a las notas de los
aliados hubiera sido menos altiva o menos adusta? La fogosidad de los ministros
españoles no consintió esta prueba, y cien mil bayonetas vinieron a responder
al arrogante reto.
Sucumbió, pues, por segunda vez la libertad en España en los mismos
sitios que las dos veces le sirvieran de cuna. Pero en 1814 había bastado a
ahogarla un simple decreto del rey: en 1823, fue necesario el auxilio de los
cien mil nietos de San Luis. ¡Destino poco feliz, y misión nada envidiable la
de la Francia! Las armas de Napoleón habían venido a arrebatar a España su
independencia; las armas de Luis XVIII vinieron a arrancarle su libertad.
Conducíanse del mismo modo con ella el poder de la revolución y el poder de la
legitimidad. Las águilas y las lises le eran igualmente funestas.
No aplaudiremos nosotros los descomedimientos e irreverencias que en la
fogosidad de las pasiones se permitieron algunos para con la majestad; pero
tampoco hallamos modo de justificar o la inconsecuencia o la doblez del monarca
en los últimos episodios de este drama de tres años. El prisionero de Cádiz no
desmintió al prisionero de Valencey. Su proclama de 1.° de agosto en la ciudad
española rebosaba el más encendido liberalismo, como los escritos de su pluma
en la ciudad francesa le revelaban el bonapartista más apasionado. El 30 de
setiembre ofrecía a los constitucionales todas las garantías apetecibles: el
1.° de octubre se proclamó otra vez rey absoluto, y anuló de una plumada todos
los actos del gobierno que espiraba y todas las promesas reales. El decreto del
Puerto de Santa María anunció que Fernando VII era el mismo hombre del decreto
de Valencia, y el 4 de mayo de 1814 se reprodujo en 1.° de octubre de 1823 con
augurios aún más siniestros.
Porque la reacción se ostentó implacable y espantosa. Había más
resentimientos que vengar, y la gente fanática se mostró tan brutalmente
rabiosa en sus venganzas, que Angulema y su ejército hubieron de avergonzarse
de haber sido los instrumentos de una contrarrevolución tan bárbaramente
desbordada. El mismo príncipe generalísimo quiso templar aquel furor salvaje
dando por sí algunas garantías contra la arbitrariedad y los atropellos; pero
clamaron contra tan humano pensamiento las nuevas autoridades españolas, y so
pretexto de que usurpaba la soberanía del rey ahogaron la única voz de
compasión y de filantropía que se atrevía a levantarse en favor de los
oprimidos. El iracundo fanatismo del 23 se sublevaba hasta contra la caridad
extraña. Atestáronse los calabozos de presos ilustres, y se dio abundante tarea
a los verdugos. Declaróse una guerra de exterminio contra la raza liberal, como
contra una raza maldita. La expiación alcanzaba a todo lo más espigado de la
sociedad. El más feliz era el que lograba ganar una frontera o entregarse a la
aventura a los mares. Parecía que la humanidad había retrocedido veinte siglos.
Faltó al complemento de tan negro cuadro el restablecimiento de la
Inquisición, por última vez abolida en el gobierno de los tres años.
Solicitábalo con instancia el partido apostólico: pedíanlo con ardiente
fanatismo autoridades y corporaciones, pero merced a la Santa Alianza misma,
merced principalmente a la Francia que declaró explícitamente no consentirlo,
nunca el monarca se prestó a ello. Hubo no obstante dos prelados tan locamente
fanáticos que tuvieron la audacia de restablecer el Santo Oficio en sus
diócesis por propia autoridad. En Valencia llegó a ejecutarse un auto de fe. El
gobierno no le había autorizado, pero no lo castigó. A falta de inquisición
religiosa se discurrió una inquisición política, y se inventó el sistema de las
purificaciones, y se crearon comisiones militares, especie de inquisidores con
galones y entorchados. Sometiose a purificación hasta a las mujeres que tenían
opción a pensiones; los cómicos necesitaban purificarse para poder ejercer su
profesión, y los lidiadores de toros tenían que acreditar plenamente no estar
infectados de la lepra del liberalismo si habían de ser habilitados para el
ejercicio público del arte. En los registros secretos de la policía se hallaba
anotada una miserable mujer septuagenaria, hija y esposa de labradores, que no
sabía leer ni escribir y que había sido calificada con la nota de: «mujer de
mucha influencia por su fortuna; adicta al sistema constitucional; masona, y
patriota exaltada sin comparación.» No ha muchos años se conservaba archivado
este singular proceso. Y en la Gaceta de Madrid de 30 de octubre de 1824 se
publicaba la sentencia siguiente: «Francisco de la Torre, de estado casado, de
edad de cincuenta y cinco años, natural de Córdoba y vecino de esta corte, de
oficio zapatero, Justo Damián, Joaquín del Canto, María de la Soledad Mancera,
Dolores de la Torre, Ramón Fernández, Antonio Fernández, Francisco Susanaga,
Roque Mirar (prófugo), Juan de la Torre y María del Carmen de la Torre:
resultando estos procesados hallarse confesos y convictos del delito de tener
en su casa colgado a la vista el retrato del rebelde Riego, y conservado
el nefando folleto de la Constitución: vista la causa en 24 de
setiembre último, ha sido condenado el Francisco a llevar pendiente del cuello
el retrato hasta la plazuela de la Cebada de esta corte, para que presencie la
quema pública del mismo retrato por mano del verdugo, y que además sufra la
pena de diez años de presidio con retención: que la María Soledad Mancera, su
mujer, en consideración a su sexo y a la culpa que resulta contra ella en la
conservación del retrato del mismo Riego, y a la irreligiosidad que usó con una
estampa de la Virgen nuestra Señora, sufra asimismo la de diez años de
galera……» ¿Qué falta hacia la inquisición religiosa donde la inquisición
política se encargaba de resucitar los autos de fe, con sus procesiones, sus
quemas en estampa y sus sambenitos?
Ocurrían por este tiempo del otro lado de los mares sucesos de alta
importancia, no más prósperos, aunque de índole bien diferente. Nuestras
colonias de América llevaban a cabo su emancipación de la metrópoli, y España
perdía un mundo entero al mismo tiempo que su libertad: esta para volver un día
a recobrarla; aquel para no volver a poseerle.
Aun no contentaba el despotismo reaccionario que siguió a la restauración
del 23 al partido llamado apostólico, que no perdonaba a Fernando el crimen de
no haber restablecido la Inquisición; desazonábale el que hubiera intentado
modificar la organización de los voluntarios realistas, y no pudo sufrir una
sombra de amnistía que el monarca se vio obligado a dar a los liberales.
Comenzó, pues, el partido ultra-absolutista a conspirar contra el rey absoluto,
encubiertamente primero, y a las claras después. A su vez los emigrados
liberales, con más patriotismo que elementos, y con más ardor que prudencia, se
lanzaban a tentativas temerarias y a arrojadas empresas para restablecer el
gobierno constitucional. Prematuros planes, y como tales malogrados, que no producían
otro fruto que dejar manchadas las playas y fronteras del reino con la sangre
de aquellos acalorados patriotas, empeorar la suerte, ya harta desventurada, de
sus amigos políticos, y hacer más osado y frenético al partido realista
exagerado.
Con más elementos contaba este cuando promovió la insurrección de
Cataluña, que se presentó imponente, terrible y audaz, como que la dirigía
el Ángel exterminador, advocación la más adecuada al sistema
de exterminio que constituía la base de la sociedad secreta que se engalanaba
con aquel título. El clero predicaba en público de real orden contra la
insurrección con patente tibieza; de secreto, aunque no con gran rebozo,
atizaba fogosamente el furor de las bandas de la fe. Invocábanse ya
abiertamente dos nombres que no eran ni Fernando ni absolutismo. Estos nombres
eran Inquisición y Carlos. En aquel tribunal y en este príncipe veían ellos la
encarnación viva de su partido.
La presencia del monarca en el teatro de la rebelión desconcertó a los
rebeldes, y apagó un fuego que amenazaba devorar el trono. Los jefes de los
insurrectos, después de admitidos a besar la real mano, eran llevados al
patíbulo cuando menos lo esperaban. Los proclamadores de la Inquisición
sucumbían inquisitorialmente. Solo se sabía el número de víctimas por el número
de cañonazos y por las veces que se veía ondear un pendón negro sobre el
torreón de una ciudadela. Lo demás lo sabía el conde de España, especie de
Torquemada militar del siglo XIX.
Tampoco desistían de sus tentativas los emigrados liberales. Todos eran
tenaces, y todos pagaban cara su impaciencia. Las playas de Málaga y las
crestas del Pirineo volvieron a enrojecerse con la sangre de ilustres víctimas.
Torrijos fue el más compadecido de los mártires porque fue el más impíamente
engañado. Poco menos lo fue Mina, y poco le faltó para que las simpatías
francesas de la revolución de julio le llevaran a un fin tan trágico como el de
su generoso compañero.
Así procuraba Fernando, como observa un escritor contemporáneo, sostener
entre opuestos partidos una balanza sangrienta, en cuyos platos echaba cabezas
para equilibrarla el conde de España. Conspiradores de ambos bandos eran
ejecutados con una impasibilidad igualmente fría. En el hecho de atentar contra
su poder dábale lo mismo que vistieran el gorro frigio o el bonete teocrático;
y lo mismo eran sacrificados Riego, el Empecinado, Manzanares y Torrijos, que
Bessieres, Busols, Ballester, y el Padre Puñal. Propia conducta de
quien tenía en el ministerio a Zea y Calomarde para que mutuamente se espiaran,
de quien oponía a los Erro, los Eguía y los Aymerich, furiosos atizadores del
despotismo, los Ofalia, los Ballesteros y los Zambrano, o moderados o tolerantes
con los reformadores, que encargaba a Ugarte y Larrazabal que los vigilaran a
todos cuidadosamente, y que, sonriendo alternativamente a unos y a otros, se
escudaba con todos y no obedecía a ninguno.
Es un período horrible de nuestra historia el de estos veinte años. Pero
el movimiento progresivo de la razón humana tenía que salir victorioso de esta
lucha sangrienta, y la Providencia lo dispuso así por una serie de
combinaciones inesperadas, de aquellas que suele poner en juego cuando
determina cambiar la condición de un pueblo.
La obra de la regeneración española que los hombres había por tantos años
contrariado y detenido, encomendósela a la belleza de una mujer y a la
inocencia de una niña. El monarca a quien no habían conmovido las terribles
escenas de tantas revoluciones, y a quien los sacrificios de tantos millares de
hombres no habían ablandado, no pudo resistir a los encantos de una esposa
cariñosa y tierna, que vino a reanimar su existencia achacosa, y a halagar con
la esperanza de la paternidad a quien en los días de su robustez y juventud no
había podido lograr fruto de sucesión de otras tres princesas con quienes
sucesivamente había compartido el tálamo y el trono. Gran inquietud y zozobra
causó este cuarto consorcio al partido apostólico, que contaba con la seguridad
de ver pronto colocada la corona de Castilla en el hermano mayor del rey por
falta de sucesión directa: gran manantial de esperanzas para el partido
liberal, que instintivamente las cifraba todas en la joven princesa de Nápoles,
y que se aumentaron y avivaron al saber que ofrecía síntomas de próxima
maternidad.
El doble amor de esposo y de padre hizo a Fernando prever el caso del
nacimiento de una princesa, y queriendo dejarle allanado el camino del trono,
dio fuerza y sanción de ley a la pragmática-sanción de Carlos IV, que entonces
era todavía un secreto, y al acuerdo de las Cortes de 1789, que derogaba el
auto acordado de Felipe V, relativo a la sucesión de la corona. Cuando nació la
princesa Isabel, encontró ya garantidos por la ley sus derechos al trono. El
nacimiento de otra princesa a poco más de un año, acabó de aumentar el
desconcierto y la desesperación del partido que ya se denominaba carlista, y
que a pesar de todo ni reconocía el derecho ni cejaba en sus designios.
Agraváronse los males del rey. La enfermedad tomó un carácter alarmante que
hacía desesperar de su vida. Estos fueron los momentos que escogieron los
hombres que blasonaban de religiosos para arrancar al moribundo monarca la
resolución que apetecían.
En una alcoba del palacio de la Granja se iban a resolver los destinos
futuros de una gran nación. Iba a decidirse la lucha entre el progreso de la
razón humana y el retroceso de las ideas, entre la civilización y el fanatismo,
entre la legitimidad y la usurpación, entre la inocencia y la hipocresía.
Ciérnense y se agitan en torno al lecho del dolor en que yacía Fernando
intrigas y amaños semejantes a los que rodearon el lecho mortuorio de Carlos
II. Desigual era la lucha, interesante y patético el drama, tierna y horrible a
un tiempo la escena. De una parte, hombres osados, avezados a los manejos,
ayudados de un extranjero audaz y de los directores de la conciencia de un
monarca moribundo, cuyas facultades mentales turbaban ya las sombras de la
muerte; de otra una esposa atribulada, fatigada por las vigilias, madre
afligida y tierna, traspasado su corazón con el doble dardo de un esposo que va
a fallecer y de dos inocentes hijas amenazadas de orfandad. Aquellos aterrando
al augusto enfermo con las penas de otra vida, intimidando a la desolada madre
con siniestras predicciones sobre ella y sobre sus hijas, si no se apresuraban
a revocar el acta que las llamaba al trono: el rey no pensando sino en morir
con conciencia tranquila, la reina no queriendo acibarar los últimos momentos
de su esposo… ¿qué habían de hacer? Cristina consiente, Fernando traza con mano
incierta y temblorosa sobre el documento que le presentan unos caracteres casi
ilegibles que significan su asentimiento… El triunfo del bando carlista parece
consumado. Sobreviene al monarca un letargo profundo y parece haber dejado de
existir, y Carlos recibe las felicitaciones y plácemes de los palaciegos.
Pero la Providencia da un nuevo y sorprendente giro al interesante drama
que parecía terminado. El rey vivía… el que tantas veces había burlado a los
partidos políticos en vida, los engañó con la muerte. Aun da lugar a que otra
princesa de ánimo varonil y resuelto acuda de larga distancia con la velocidad
del rayo a realentar los abatidos espíritus de los regios esposos. A la
aparición de este personaje, que parece revestido de un poder mágico e
irresistible, tiemblan los más atrevidos conspiradores; las palabras enérgicas
que salen de su boca los humillan y anonadan. El testamento arrancado por
sorpresa al moribundo monarca es rasgado en menudas piezas por las manos de una
mujer. Un tanto repuesto el soberano de sus dolencias y de su asombro, trasmite
el cetro de la monarquía a su tierna esposa para que la rija hasta el total
restablecimiento de su salud. Desde este momento la escena cambia. Cristina
abre con una mano las puertas de la patria a los liberales proscriptos, y con
otro rompe los cerrojos con que los enemigos de las luces tenían cerrados los
templos del saber.
Fernando recobrado de su enfermedad lo bastante para poder manejar el
cetro, vuelve a empuñarle otra vez, y ratifica el acta de 1830. La tierna
Isabel es jurada solemnemente princesa de Asturias y heredera del trono por las
Cortes de la nación. Carlos protesta. Muere Fernando VII en 1833… Isabel es
aclamada y reconocida como reina legítima de España. Comienza aquí una nueva
era para la nación.
XVIII
Cuando al leve soplo de una brisa suave se ve caer derrumbado el árbol
añoso y robusto, que parecía desafiar las tormentas y los huracanes, preciso es
reconocer la intervención de un poder superior que da a los agentes secundarios
una fuerza de acción desusada y que de las leyes naturales no se pudiera
esperar. «Dios, hemos dicho en el principio de este discurso, cuando suena la
hora de la oportunidad, pone la fuerza a la orden del derecho, y dispone los
hechos para el triunfo de las ideas.»
Todo lo había ido preparando por caminos en que tal vez los hombres de
entonces no repararon bastante. Él fue sin duda el que cuando la existencia del
monarca parecía más marchita le dotó de una sucesión que le había negado en los
días de su mayor virilidad. Él quien permitió que el que tantas veces se había
retractado en vida, en contra siempre de los hombres de unos principios, se
retractara una vez en favor de ellos in articulo mortis, subsanando
así en la muerte, si posible fuera, las contradicciones de la vida. No es esto
solo.
Hallábanse de un lado todos los elementos de fuerza, del otro solo
debilidad. De un lado la influencia y el poder, de muchos años ejercidos por
hombres prácticos y sagaces, que contaban con un príncipe en edad sobradamente
madura para poder manejar el cetro con propia mano, y dispuesto a realizar su
reaccionario sistema: de las otras dos princesas hermanas, y dos niñas
inocentes; la flaqueza de la edad, y la flaqueza del sexo. De un lado el apoyo
de medio millón de bayonetas; del otro el arrimo presunto de un partido
debilitado por los infortunios, diezmado por los patíbulos, no muy numeroso
entonces de suyo, y diseminado por extraños climas. Y con todo esto dejáronse
arrebatar al poder de entre las manos los poderosos y armados de los desarmados
y débiles. Y el árbol añoso y robusto, que parecía desafiar las tormentas y los
huracanes, cayó derrumbado al suave soplo de una brisa ligera.
Al fallecimiento de Fernando, declaráronse abiertamente los partidarios
del príncipe Carlos contra los derechos de la hija del monarca, y estalló la
guerra civil. La de 1833 venía a ser una continuación de la de 1827. Aquellos
innumerables voluntarios realistas, que cuando eran todopoderosos se habían
dejado desarmar, en unas partes con escasa resistencia, en otras como flacas
mujeres, fueron a engrosar las filas de la rebelión. Lo que no hicieron cuando
eran cuerpos organizados, intentáronlo cuando eran solo individuos. Necesarios
eran estos errores inconcebibles para que los que entonces eran todavía pocos
triunfaran tiempo andando de los muchos. Agrupáronse a su vez los liberales en
torno a la cuna de la hija de Fernando y en derredor de la bandera enarbolada
ya por la viuda del rey. Cristina reclamó su auxilio y no podían negársele.
Necesitábanse mutuamente, y hablaban en favor de esta unión la gratitud, el
deber, la hidalguía y la conveniencia. Era la causa de dos reinas, inocente y
tierna la una, bella y joven la otra. Era además la causa de las luces, de la
civilización y de la libertad. Los enemigos de ellas habían abierto el combate,
y la lucha fue aceptada.
Comprimido por dos sangrientas reacciones el gran principio de libertad
que desde 1810 había ido sobreviviendo a las persecuciones y los infortunios,
pugnaba por dilatarse. La resistencia se anunciaba terrible. Era por lo tanto
insostenible en tal situación el sistema de inmovilidad y de stato quo que
intentó plantear un ministro poco conocedor de la ley natural del movimiento y
de la resistencia. Quiso por medio de un Manifiesto célebre tranquilizar a los
dos partidos, y descontentó y desazonó a todos. Procuró disfrazar el
absolutismo bajo formas menos odiosas, y dándole un nombre más bello que
exacto; pero aun así se le reconoció, y fueron repudiados el autor y el
sistema.
Reemplazóle otro ministro con el Estatuto Real, término medio entre la
libertad y el absolutismo, concepción indefinible entre la ficción y la
realidad, y que pareció un parto raquítico a los amigos de las reformas, y una
nueva quimera en el estado en que ya los ánimos se encontraban. Proponiéndose
su autor huir de las reminiscencias de la Constitución francesa de 1791 que se
advertían en el código de Cádiz, cayó en el extremo opuesto, como si hubiera
tomado por modelo la carta otorgada de la restauración, rasgada en las jornadas
de julio. Sin cesar combatido el Estatuto desde su nacimiento, arrastró dos
años de procelosa existencia, y cayó a impulsos de una revolución movida por
los más fogosos liberales. Por tercera vez se aclamó la Constitución de 1812.
Brusca y desacatada fue la manera como se obtuvo el asentimiento de la
reina regente: deplorables los excesos que en aquellos días de agitación se
cometieron: digna de toda alabanza la sensatez con que se procedió a la
revisión y modificación de aquel código político en cumplimiento de una
condición impuesta. Desempeñaron esta delicada misión las Cortes constituyentes
con más aplomo del que pudiera esperarse en época tan revuelta y enmarañada.
Alzóse la Constitución de 1837 como una bandera de concordia en derredor de la
cual habían de agruparse las diferentes fracciones de los amigos del gobierno
representativo. Mucho menos monárquica que el Estatuto, pero mucho menos
democrática que la del año 12, consignábase en ella el principio de las dos
cámaras, y dejando regular ensanche al elemento popular, se robustecía al mismo
tiempo el poder de la corona. Fue entonces saludada con demostraciones de
universal beneplácito, y nadie en aquellos momentos, por suspicaz que fuese,
calculaba ni presumía, ni sospechaba siquiera, que hubiera de alcanzar tan solo
ocho años de vida, al cabo de los cuales había de elaborarse otra Constitución
que reemplazara aquella, variando unos y conservando otros de sus principios
fundamentales.
La guerra civil había ido tomando colosales proporciones, y mientras la
revolución política gastaba con rapidez constituciones y ministerios, la
rebelión carlista con no menor rapidez consumía los recursos del estado y
gastaba los generales de más reputación y prestigio. Un militar de inteligencia
y de genio, que por un desabrimiento personal había pasado de las filas de la
reina a las del príncipe pretendiente, había organizado y reducido a pie de
ejército las que en un principio habían sido masas irregulares y bandas
indisciplinadas. La muerte de este genio extraordinario fue una gran pérdida
para los insurrectos. Pero el impulso estaba dado, y era ya tal su pujanza que
en más de una ocasión obtuvieron ventajas sobre gruesos cuerpos del ejército
nacional mandados por generales que pasaban por expertos y bravos. Mas no solía
marchar en armonía la bravura y el acierto en los planes de compaña.
El tratado de la cuádruple alianza fue más aparatoso que eficaz. La
diplomacia pudo fácilmente eludir compromisos, interpretando del modo que más
le convenía las palabras de un texto que se prestaba maravillosamente a todas
las versiones. Contentáronse las potencias signatarias con permitir que
viniesen unas cortas legiones auxiliares a sueldo de España. Cuando se invocó
su intervención, no se creyeron obligadas a tanto, y se recibió un desaire. Se
pedía socorro, y contestaban con simpatías. En la asamblea de una de las
naciones aliadas se pronunció un jamás que apesadumbró a
muchos, pero que se convirtió en honra de España cuando se vio la lucha llevada
a feliz remate sin extrañas intervenciones. Cargos de deslealtad o por lo menos
de doblez, hacía a algunas de ellas la prensa diaria, y no sabemos hasta qué
punto las podrá absolver de ellos la historia.
Algo humanizó el tratado Eliot una guerra que había comenzado con ruda
ferocidad, no dándose cuartel los contendientes. Pero duró poco la templanza.
Encrudeciéronse otra vez los partidos, y hombres de instintos dañinos, dueños
accidentalmente de la fuerza, prevaliéndose de la turbación de los tiempos, se
abandonaban a actos de bárbara fiereza al abrigo de la impunidad. Estremecen
todavía los recuerdos de tantos sacrificios horrorosos, y parécenos resonar aun
en nuestros oídos los ayes de tantas víctimas inmoladas por aquellos modernos
vándalos, afrenta de la humanidad y del siglo, y deshonor de la causa que los
contaba por defensores. Ni por eso disculpamos las demasías y crueldades, y las
represalias imprudentes ejercidas a su vez por algunos de los que peleaban por
la causa de la libertad y del trono legítimo. La civilización condena y la
humanidad repugna tales monstruosidades, cualquiera que sea el que las ejecute
u ordene. Y si algo puede, a fuer de españoles, ya que no consolarnos, atenuar
por lo menos la pena de tan ingratos recuerdos, es la consideración de que en
el corto período de convulsión política que posteriormente ha agitado la
Europa, hemos visto a las naciones más civilizadas ser teatro de más execrables
y repugnantes crímenes y en mayor número de los que mancharon el suelo español
en siete años de mortífera y encarnizada pelea.
Naturalmente habían de abundar más los desmanes y excesos de parte de los
rebeldes, en cuyas filas si bien militaban muchos hombres probos a fuer de
generosos defensores de una causa que sus ideas y sus convicciones les
representaban como la más justa, se alistaba además y se recogía, como en un
receptáculo siempre abierto, toda la gente aviesa, que o mal hallada con la
sujeción inherente al ejercicio de un arte mecánico o de una profesión
lentamente lucrativa, o temerosa de los fallos de los tribunales, o viciada con
la vagancia, o desesperada por la miseria, buscaba rápidos medros a favor del
desorden y de la vida aventurera (tendencia que por desgracia ha distinguido
siempre y parece innata a los hijos de nuestro suelo), y se arrimaba a una
causa a cuya sombra tan fácil era cometer a mansalva despojos a que antes se
daba otro nombre, y cuyos perpetradores se disfrazaban con dictados políticos,
menos mal sonantes que los que en otro caso hubieran merecido.
Daba también a veces ocasión al descontento y alas a la insurrección, ya
la falta de un buen orden administrativo, llaga que parece incurable en España,
ya algunas medidas o impremeditadas o incompetentes de gobierno, que sin crear
nuevos intereses lastimaban derechos antiguos, y sin captarse adictos
engendraban desafectos. Repetíanse las sublevaciones militares y las
conmociones populares, provocadas unas, sin apariencia de justificación otras.
A veces una insubordinación militar inutilizaba o contrariaba una providencia
saludable del gobierno; a veces, por el contrario, la conducta de los
gobernantes excitaba, o por lo menos suministraba pretexto al levantamiento de
una o más ciudades, y se distraía la fuerza pública destinada a las operaciones
de la guerra para emplearla en sofocar la sublevación desguarneciendo una línea
de defensa. A veces mientras un general ganaba un importante triunfo sobre el
enemigo, otro general se ponía a la cabeza de un motín; o mientras los
milicianos nacionales defendían heroicamente sus hogares y sus vidas y daban
ejemplos sublimes de bizarría y resolución en las poblaciones y en los campos,
los jefes de los ejércitos se entretenían en promover un cambio de gabinete, o
empleábanse los representantes del pueblo en debatir personales y fútiles
altercados.
Alentaban igualmente a los enemigos de la libertad las escisiones y
desacuerdos que muy pronto comenzaron a dividir a los hombres de la comunión
liberal, que empezando por desconvenirse en cuestiones abstractas de política o
en los medios de realizar las reformas, concluían por hostilizarse con encono,
y parecía emplearse más en destruirse a sí mismos que en inutilizar los
esfuerzos del enemigo común. Época de pasiones, como todas aquellas en que para
regenerarse una sociedad pasa por un período de fermentación.
Por fortuna para los liberales, bullían iguales o parecidas discordias en
el campo y en la corte carlista. La presencia del príncipe pretendiente en las
provincias del Norte, núcleo y foco principal de la rebelión, si bien había
alentado al pronto las masas, fáciles de fanatizar, sobre haberlas servido de
no poco embarazo y estorbo, teniendo que distraer fuerzas y recursos para
atender a los gastos y a la protección de una corte ambulante y nómada, había
llevado tras sí un manantial perenne de rivalidades y de intrigas entre sus
adeptos, sirviendo además para poner en evidencia su nulidad a los ojos de los
más ilustrados de los suyos. Veían estos de mal ojo a su rey circundado siempre
y supeditado por hombres fanáticos y por influencias monacales, y murmurábanle
de ser él mismo más cortado para monje que para monarca. Así se fueron formando
en aquella pequeña corte dos partidos que se miraban primero con desconfianza y
desapego, después con ojeriza, y que trabajaban mutuamente por desconceptuarse,
suplantarse y destruirse. A la cabeza del primero estaba el mismo príncipe, y
componíanle los ultra-realistas, inquisitoriales y antiguos apostólicos:
formaban el segundo los realistas más templados y menos fanáticos, los que
hasta cierto punto transigían con las nuevas ideas, los más propensos a la
tolerancia.
A pesar de todo, la insurrección llegó a tomar un vuelo imponente; cundió
por todas las provincias de la monarquía; dominaba en algunas; amenazó una vez
y puso en alarma a la misma capital del reino; y no fueron pocos los que en más
de una ocasión concibieron serios temores y pusieron en tela de duda el éxito
final de la contienda.
Pero la causa de la inocencia y de la civilización que milagrosamente se
había salvado en el alcázar de los reyes, no estaba destinada a sucumbir en los
campos de batalla. Las ideas habían derramado ya demasiada luz para que la
ilustración pudiera ser vencida por las sombras del fanatismo.
Viose declinar la causa carlista desde que se frustró la temeraria
tentativa sobre Madrid. La superioridad que iban tomando las armas
constitucionales hizo desarrollarse más los gérmenes de división que pululaban
en los campamentos y en derredor de la diminuta corte de Oñate. Conocieron los
menos obcecados la inutilidad de sus esfuerzos por sostener una lucha, larga en
duración, costosa en sacrificios, estéril en resultados, y de cuyo término no
tenían motivos para augurar favorablemente, y se formó un partido de jefes con
tendencia a la paz y con disposiciones de aceptar una transacción. Penetraban
estas ideas en las masas y cundían en los pueblos. Participaba de ellas el que
mandaba en jefe el ejército realista.
Las discordias crecen, los partidos se enconan, la escisión estalla. Las
sangrientas ejecuciones de Estella abren un abismo entre el desacordado
príncipe y el osado caudillo de sus tropas, y entre los parciales de uno y
otro. La pobreza de espíritu y las debilidades y contradicciones del príncipe
con el audaz ejecutor de aquella tragedia terrible, acaban de desconsiderarle
con los suyos. Triunfa el caudillo del ejército realista, y desde este momento
le es fácil entenderse con el general en jefe de los ejércitos
constitucionales. Las negociaciones se activan; la idea de paz gana prosélitos
en las filas de uno y otro campo; celébranse pláticas; entáblanse tratos;
ventílanse condiciones; se repiten las entrevistas; se ajusta el convenio; y el
patético drama de la guerra civil termina con un desenlace tierno, noble y
sublime en los campos de Vergara. Eran solo españoles los que se encontraban
allí, españoles que se habían combatido enemigos y se abrazaban hermanos. Aquel
abrazo afirmaba a una reina inocente y tierna en el trono de sus mayores que
por espacio de seis años le había sido encarnizadamente disputado, y decidía el
triunfo de la civilización y de la libertad. Voces de júbilo y cantos de
regocijo resonaron en todo el ámbito de la monarquía.
A poco tiempo cruzaba el Pretendiente la frontera del vecino reino, a
devorar su amargura en el lugar que al gobierno de la Francia le plugo
señalarle.
Inútil fue la pertinacia con que los más tenaces defensores del carlismo
intentaron prolongar todavía la guerra en algunas comarcas de la Península. El
más feroz de sus caudillos viose igualmente forzado a buscar su salvación con
el resto de sus terribles bandas del otro lado de la frontera española. En 1840
no quedaba en el territorio de la Península un solo carlista armado.
Ni han sido más felices las tentativas posteriormente ensayadas por
algunos genios incorregibles para resucitar la causa que había muerto en los
campos de Vergara.
Terminada la guerra civil, avivose más la guerra política y de opiniones
entre las diversas fracciones del partido vencedor. Que en las épocas de
regeneración parece que el espíritu humano no acierta a vivir en el reposo, y
busca, si no los tiene, incentivos que le agiten, y nuevas luchas en que gastar
el exceso y sobreexcitación de su vitalidad.
Una cuestión de la ley municipal llevó la desavenencia del campo
tranquilo de la discusión al terreno peligroso de la fuerza. En 1840 un
movimiento popular imponente se proporcionó en favor de los hombres de más
avanzadas ideas en materia de reformas, y en contra de los que en aquella sazón
tenían el poder. Mantúvose del lado de estos últimos la Gobernadora del reino;
declarose por aquellos el general Espartero que mandaba los ejércitos, y
echando su espada en la balanza acabó por darles el triunfo. Creyose la reina
madre en el deber de renunciar la regencia antes que ceder a la general
sublevación, y dejando la guarda de sus augustas hijas confiada al patriotismo
de los españoles, abandonó las playas de la Península y se ausentó del reino.
Las Cortes encomendaron la regencia vacante al afortunado general que
había tenido la suerte de terminar la guerra civil, y a quien rodeaba entonces
ancha aureola de prestigio. Confiose la tutela de las augustas huérfanas a un
ilustre veterano de la libertad.
Lejos estuvo de ser tranquila la regencia del duque de la Victoria. Una
conjuración militar se fraguó para derrocar al regente. Estalló, fue vencida y
corrió en los cadalsos sangre ilustre. Adversarios y amigos lloraron la de un
general bizarro cuya lanza había sido el terror de las huestes carlistas. La
revolución devora sus propios hijos. Dos años más adelante se formó contra el
gobierno del regente una coalición en que entraron hombres de diferentes y aun
opuestos partidos, de buena fe unos, con ulteriores y encubiertos designios
otros. Fuéseles adhiriendo el ejército, que en su mayor parte abandonó al
regente Espartero, como tres años antes había abandonado a la Gobernadora
Cristina, y Espartero a su vez tuvo que ausentarse de España como la madre de la
reina. Los sacudimientos políticos no perdonan ni a los hombres eminentes
salidos del pueblo ni a los vástagos y padres de reyes.
Vencedora la coalición, menor de edad la reina, la regencia de nuevo
vacante, y no sosegada todavía la España, el gobierno provisional y las Cortes
por él convocadas acordaron anticipar la mayoría de la reina, remedio muchas
veces ya usado por la nación, para obviar conflictos en los casos de
menoridades turbulentas.
Aunque el ministerio aclamado por la coalición antes y después del
triunfo había salido de las filas de los hombres del progreso, desavenidos que
fueron los coalicionistas pasó el poder a manos de los que se nombraban
conservadores, ya por arte y maña de los unos, ya por incomprensible inercia y
flojedad de los otros. Obra suya fue la reforma del código de 1837, o más bien
la nueva Constitución de 1845. Resolvióse también el importantísimo punto del
matrimonio de S. M., realizándose en un día la doble boda de la reina doña
Isabel II y de la princesa su augusta hermana, no sin protesta y disgustos del
gabinete de la Gran Bretaña, causa y raíz de algunas malas inteligencias que
después entre los gobiernos de ambas naciones sobrevinieron.
Ha sido el alma de la situación creada en 1843, con breves intervalos, el
general Narváez, duque de Valencia, hombre de nervio y de acción, y uno de los
que contribuyeron más al triunfo del movimiento coalicionista de aquel año.
Deben en gran parte los que desde entonces han regido los destinos de España a
su actividad y su fortuna el haber sofocado o vencido los sacudimientos y
perturbaciones de diversas indoles y tendencias que desde aquella época han
acontecido en varios períodos y puntos de la Península, no sin que haya vuelto
a correr sangre española en los campos, en las calles y en los patíbulos:
deplorable fatalidad de las revueltas y agitaciones políticas.
XIX
Hemos apuntado con cuanta rapidez nos ha sido posible los hechos
principales que han ido trayendo la España a la situación en que hoy se
encuentra, cuidando de citar en lo perteneciente a las últimas épocas tan
solamente aquellos sucesos consumados que ningún partido político puede negar,
que nadie puede borrar ya de las tablas de los fastos españoles. En el tiempo
en que estos sucesos se verificaban, nosotros, cumpliendo con un deber que a
fuer de españoles amantes de nuestra patria nos habíamos impuesto, emitíamos
diariamente nuestro juicio y los calificábamos según nuestro leal y humilde
saber en escritos de bien diversa índole que el presente. Por espacio de más de
diez años levantamos nuestra débil voz en defensa y vindicación de la ley, de
la moralidad y de la justicia, no siempre acaso sin fruto, siempre animados de
la mejor fe, jamás faltando a nuestra conciencia, aun en aquello en que tal vez
pudiéramos como hombres equivocarnos más.
Hoy como historiadores tenemos deberes muy distintos que cumplir. Actos y
sucesos que entraban bien en el dominio del periódico no pueden entrar todavía
en el de la historia, si ha de presidir a esta la crítica desapasionada y la
más estricta imparcialidad. Las consecuencias y resultados de los grandes
acontecimientos políticos tardan en desarrollarse y en dar sus frutos
saludables o nocivos, y no son las primeras impresiones las que deben servir de
norma al fallo severo del historiador. ¡Cuántos acaecimientos de la historia
antigua debieron parecer calamidades a los que entonces los presenciaban, y
solo más tarde se vio que no habían sido sino en provecho de la humanidad!
Hay verdades y principios que tenemos por fundamentales y eternos. Pero
las modificaciones de las formas no pueden ser históricamente juzgadas sin
riesgo de equivocarse en su apreciación, hasta que sufren la prueba decisiva
del tiempo. Por eso, así como ni debemos ni podemos juzgar del espíritu de un
siglo o de una época remota por las ideas que dominan en el presente, sería
igualmente aventurado calificar lo de hoy como lo más conveniente para mañana,
cuando el tiempo y las combinaciones políticas han hecho tantas veces fallidos
los cálculos humanos.
Por eso en nuestra obra, donde tenemos que ser más extensos y más
explícitos como narradores y como analizadores, llegaremos hasta donde
prudentemente creamos que puede extenderse la jurisdicción, el deber y la
libertad del historiador, sin que consideraciones humanas, ni antojos propios,
ni halagos ajenos, ni tentaciones de ningún linaje nos muevan a traspasar ni
una línea los límites que nos habremos de prescribir.
Podemos, sí, anticipar sin inconveniente que, en este último período de
regeneración política, único que nos ha cogido en edad de poder aplicar nuestro
humilde criterio a los hechos que hemos presenciado, hemos visto sucederse
alternativamente en el poder hombres eminentes e ilustres, y también hombres
oscuros de todos los partidos. Todos en nuestro entender, a vueltas de algunas
reformas útiles y de algunas providencias beneficiosas, han cometido errores
más o menos excusables, que han hecho más laboriosa y más imperfecta la obra de
la regeneración. Nos contentáramos con que hubieran sido solo errores de
entendimiento. Hemos visto nacer ambiciones, desarrollarse pasiones bastardas;
hemos presenciado faltas de justicia, inobservancias e infracciones de ley.
Gobernantes, legisladores, pueblos, clases, individuos, ¿quién podrá decir que
no tiene algo de que acusarse? No nos toca fallar quiénes hayan pecado más.
Deploramos los males, pero no nos han sorprendido. Habíamos leído ya bastante
en la historia de la humanidad, sabíamos demasiado lo que en todos los pueblos
y en todas las edades ha acontecido en períodos de agitación y de turbulencias
políticas, para que pretendiéramos que los hombres de nuestra época, que
nosotros mismos pudiéramos tener el privilegio de obrar ni pensar libres y
exentos de las pasiones que en circunstancias análogas se desenvuelven siempre
y son el patrimonio triste de la humanidad.
Estamos por lo tanto muy lejos de halagarnos con la idea lisonjera de que
la sociedad y la época en que vivimos hayan alcanzado una condición tan
ventajosa como la que nuestro natural deseo nos hace apetecer. Muchos y graves
males tenemos que lamentar todavía. Lentos y penosos son los mejoramientos
sociales, porque es larga también la vida de los pueblos. Mucho le falta
todavía a la gran familia humana para llegar a ese posible perfeccionamiento a
que debe tenerla destinada el que la dirige y guía; mucho también a España,
como parte de este todo social. Pero aliéntenos la confianza de que mejorará su
condición. Cabalmente vivimos en un siglo en que la razón ha hecho grandes
conquistas, y la razón humana no retrocede. Sufrirá combates y oscilaciones,
contrariedades y vicisitudes: este es su destino; pero seguirá su marcha
progresiva; este es su destino también. Si creemos que no hemos adelantado,
volvamos la vista atrás, ojeemos la historia, meditemos las grandes catástrofes
por que ha pasado la humanidad, y nos consolaremos.
Natural es que nos afecte mucho más la impresión de los males que vemos,
que palpamos y que sentimos, que los recuerdos de otros mayores que les tocó
sufrir a las generaciones que nos precedieron. Nos asusta el más ligero temblor
de la casa en que nos albergamos, y leemos sin perturbación y sin susto los
estragos de los terremotos en lejanas edades, y las devastaciones de apartados
pueblos. Nos estremeceríamos con que retemblara ligeramente el pavimento de
nuestro gabinete, y si pisáramos la tierra que cubre las ruinas de Pompeya,
recordaríamos con una emoción melancólica cómo fue sumida una gran ciudad, pero
no nos perturbaría el recuerdo.
Miremos, pues, a lo pasado para no afligirnos tanto por lo presente, y
por la contemplación de lo pasado y de lo presente aprendamos a esperar en lo
futuro, sin dejar por eso de aplicar nuestros esfuerzos individuales para
mejorar lo que existe. Ni juzguemos tampoco por un breve período de cortos años
de la fisonomía social y de la índole de una época o de un siglo.
A los que demasiado impresionados por los males presentes juzguen que la
razón no ha hecho adquisiciones en este mismo siglo, les contestaremos
solamente, que siendo nosotros profundamente religiosos, siendo también
tolerantes en política, por convicción, por temperamento y por moralidad,
estando basada nuestra obra sobre los principios eternos de religión, de moral
y de justicia, hace veinte años no hubiéramos podido publicar esta historia.
|
.- Lafuente, Modesto,
Historia General de España, desde los
tiempos primitivos hasta la muerte de Fernando VII, obra continuada desde
dicha época hasta nuestros días por D. Juan Valera, con la colaboración de D.
Andrés Borrego y D. Antonio Pirala, Barcelona, Montaner y Simón, Editores, 1889,
Tomo Primero, págs. I a CXIX. |
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