“A por esos gachupines
fascistas”: El Popular de Lombardo Toledano y su ofensiva contra Falange
Española en México
En junio de
1938 vio la luz en México el primer número de El Popular por iniciativa
del líder sindical Vicente Lombardo Toledano, secretario general de la
Confederación de Trabajadores de México. El periódico nacía con la vocación de
canalizar la voz del proletariado mexicano, aunque muy pronto, y ante el
devenir de los acontecimientos nacionales e internacionales, se convirtió en el
abanderado de la prensa antifascista en México e incluso en el resto de América
Latina. Así, el objetivo de estas páginas es analizar el papel desempeñado por El
Popular ante la progresiva penetración del falangismo español en México, en
un contexto histórico donde el fascismo se mostraba como la verdadera amenaza a
la democracia en el mundo, tal y como pudo comprobarse en la Guerra Civil
Española.
Cuando el día de ayer los jóvenes y los obreros
revolucionarios avanzaban por las calles difundiendo
la extra de El Popular contra Falange, y pidiendo
la disolución de esta mafia, los gachupines
franquistas
-pálidos y temblorosos- cerraban las puertas
de sus comercios y musitaban: ¡Ahí viene la CTM!
El Popular, 5 de abril de 1939, p. 3
El Popular, un periódico obrero, revolucionario y antifascista: a modo de introito
El primero
de junio de 1938 apareció en México El Popular, un periódico de corte
progresista y de izquierdas, bajo la dirección de Vicente Lombardo Toledano y
la gerencia de Fidel Velázquez, los dos hombres más destacados del movimiento
obrero mexicano durante el largo periplo revolucionario del siglo XX. Ya en
febrero de 1936, en el marco del Congreso Nacional de Unificación Proletaria
que dio origen a la poderosa Confederación de Trabajadores de México (CTM),
Lombardo Toledano abogó por que los obreros del país tuvieran la posibilidad de
expresarse “libremente, con valentía y franqueza”.1 Unos meses después, a
comienzos de junio, y con motivo del Primer Consejo Nacional de la CTM, se
abordó la pertinencia de crear un órgano de prensa -específicamente, con
carácter representativo y funcional- no sólo para canalizar las opiniones de
esta central obrera, sino para enfrentar los sistemáticos ataques provenientes
de los patronos y de los sectores conservadores del país.2 De este modo, y como
acertadamente destacó María del Carmen Ruiz, El Popular surgió en una
época cuando “más relevancia alcanzaron las clases populares ante el Estado”.3
Ya desde sus
primeros números, se definió con marcada nitidez el perfil ideológico del
periódico.4 De acentuado sesgo
filocomunista, quedó orientado a la defensa del movimiento obrero
-específicamente del cetemismo-, a la preservación de los ideales progresistas
de la Revolución Mexicana, así como de la figura y obra del general Lázaro
Cárdenas en calidad de presidente de la República.5 En principio, venía a
llenar un vacío, habida cuenta de que la prensa debía ser “el vehículo
principal de la cultura popular”, en buena medida porque el proyecto
revolucionario había llegado “a un grado tal de avance en su progreso
constructivo que necesita de la prensa para superarse”.6 Teniendo presente
este enfoque, El Popular se definía en sus cabeceras de portada como “un
órgano de la Confederación de Trabajadores de México”7 o “una tribuna del
pueblo; no una empresa mercantil”.8 A la postre, y como
se verá en estas páginas, su acendrado antifascismo acabó siendo una de sus
principales marcas de identidad periodística en sus 23 años de tiraje
ininterrumpido.
Desde el
punto de vista operativo, fue notoria la voluntad de su fundador y líder
sindical de vertebrar y preservar la unidad del movimiento obrero en México
como uno de los grandes pilares constitutivos del régimen revolucionario,
principalmente, para hacer frente a los enemigos internos y externos de la
Revolución. No hay duda de que El Popular fue un periódico de doctrina y
adoctrinamiento. La cohesión interna del movimiento obrero -y de las clases
populares, en general-, la estructura jerárquica de mando, la lealtad
incondicional de los obreros a sus líderes y la defensa de los principios torales
de la Revolución Mexicana van a estar en la lista de sus más incesantes
reclamos. “En el momento presente -se leía en uno de sus editoriales de julio
de 1938-, las consignas de las izquierdas se sintetizan en tres postulados
indispensables para conseguir el triunfo: unidad, organización y disciplina.”9
Su apuesta
no fue en vano, ya que, en aquellos años centrales del siglo XX, El Popular
fue un espacio de recreación intelectual de destacados militantes comunistas,
de activistas del movimiento obrero, de correligionarios antifascistas o
simplemente de simpatizantes del proyecto cardenista. En un plano
internacional, su labor de divulgación y discusión política favoreció el
encuentro intelectual de personajes como Romain Rolland, Pablo Neruda, Julio
Álvarez del Vayo, Manuel Azaña, Jean Zyromski, José Revueltas, Efraín Huerta,
Alberto Quintero, Octavio Paz, Adolfo Sánchez Vázquez, Daniel Cosío Villegas,
Alfonso Reyes, Narciso Bassols y Neftalí Beltrán, entre otros muchos. A su vez,
y habida cuenta de que buena parte de su información se presentaba en forma de
editoriales, sus páginas acabarían recogiendo el pensamiento de su fundador
Lombardo Toledano,10
precisamente en un tiempo histórico de estrecha y hasta cómplice colaboración
con el presidente Cárdenas y el cardenismo, en general.11 No hay que
olvidar que durante estos años el régimen revolucionario acabó definiendo su
fisonomía en torno de tres pilares de apoyo: la institución presidencial, el
corporativismo y el partido de Estado. En consecuencia, El Popular
vio la luz para ser el órgano de prensa de una de las fuerzas constitutivas de
aquel régimen revolucionario mexicano.
En julio de
1938, y poner un ejemplo de su contenido doctrinario, El Popular publicó
un editorial con el significativo título de “El llamado del deber”. En el
mismo, se dirigía a cada uno de sus “camaradas” para recordar cuáles debían ser
sus actividades cotidianas. He aquí la reproducción íntegra del texto:
- 1o. Consciente de la importancia de tu
esfuerzo, no desmayes; subscríbete o compra el periódico de los
trabajadores: El Popular. Con eso demostrarás tu solidaridad y
conciencia de clase;
- 2o. La unidad de los trabajadores debe ser
tu doctrina, la que deberás pregonar dondequiera que te encuentres, ya que
en eso estriba el triunfo de tu causa. La reacción se esfuerza en dividir
al proletariado. No lo permitas. Convence a los que no creen en la bondad
y nobleza de ella;
- 3o. En beneficio de la colectividad a que
perteneces, di a tus camaradas de trabajo que no deben comprar los
periódicos reaccionarios, porque con ello envenenan su espíritu. Sé el
mejor propagandista y habrás cumplido satisfactoriamente tus actividades de
este día.12
Y, sin
embargo, El Popular fue un periódico cuya fundación fue deudora de una
época histórica con aristas bien definidas. De alguna manera, El Popular,
en su calidad de órgano de prensa de la CTM, sirvió para hacer una lectura de
su tiempo -tan particular y hasta sesgada como la del resto de los periódicos
mexicanos afines o contrarios ideológicamente- de una difícil coyuntura
histórica a nivel nacional. Acontecimientos como la nacionalización del
petróleo del 18 de marzo de 1938, la fundación del Partido de la Revolución
Mexicana (PRM) unos días más tarde, la revuelta contra el Gobierno Federal del
general Saturnino Cedillo unas semanas después o las nuevas elecciones
generales programadas para julio de 1940 fueron realidades que, por su tamaña
naturaleza, estuvieron en el capítulo de análisis de este periódico de nueva
fundación.
En el plano
internacional, un hecho histórico marcó el devenir del periódico desde el
momento mismo de su fundación: la Guerra Civil Española (1936-1939). Desde el
día del llamado “alzamiento nacional” del 18 de julio, el gobierno cardenista
repudió el levantamiento armado y manifestó su apoyo al bando republicano del
presidente Manuel Azaña. En el capítulo de acciones, y entre las más
destacadas, México vendió pertrechos de guerra al ejército republicano y brindó
un incondicional apoyo diplomático, por medio de figuras destacadas como
Narciso Bassols o Isidro Fabela, en la defensa de su causa en la ginebrina
Sociedad de las Naciones.13 Después, y
tras la derrota en los campos de batalla, México abrió sus puertas y puertos
para recibir a un importante contingente de exiliados españoles que, sin
embargo, ya contaba con el precedente de aquellos 456 niños que llegaron a
Morelia en junio de 1937.14 “No hay
antifascismo verdadero que no se sitúe claramente ante la cuestión española”,
se leía en un editorial de El Popular; para añadir lo siguiente: “No
pueden ser demócratas sinceros y auténticos los que, frente al caso de un país
torturado e invadido por traidores y asaltantes de pueblos, no adopten una
posición categórica en defensa de la razón y el derecho”.15
Sin entrar
en detalles, aquel conflicto armado -tan civil como militarizado, tan nacional
como internacionalizado-, se presentó desde las páginas de El Popular
como una gran lección para México; esto es, como un acontecimiento bélico que
podía reproducirse en el país si no se lograba poner freno al avance del
fascismo internacional.16 He aquí uno
de los tantos mensajes alusivos: “Hemos puesto sitio a los baluartes de la
reacción y el fascismo, representados por la prensa reaccionaria. Y los
trabajadores no tenemos otro camino que el de tomar esos baluartes por el
asalto o la rendición […]. Los reaccionarios provocan esta lucha. Los
revolucionarios no la rehuimos”.17
En este
ambiente de tensión beligerante, un acontecimiento sacudió la conciencia de
aquellos que habían vivido como propio el devenir de esta guerra y
especialmente se habían decantado por el bando gubernamental republicano: la
toma de Madrid por los “nacionales” el 28 de marzo de 1939 y el consiguiente
final de la Guerra Civil Española, este último y de manera oficial cuando el
primero de abril del mismo el general Franco publicó un bando desde su cuartel
de Burgos dando por terminada la guerra, una vez “cautivo y desarmado el
ejército rojo”. Ciertamente, la guerra había terminado, pero no todos estaban
dispuestos a permitir la celebración de la victoria, no al menos en lo que al
México revolucionario se refería. El triunfo del franquismo en España no se iba
a permitir allende sus fronteras.
Por todo
esto y por más, y así presentado el contexto histórico, en las páginas
siguientes daremos puntual cuenta del modus operandi de El Popular
ante la manifestación de Falange Española en México,18 una
organización política que, entre otras definiciones, va a ser tildada por este
periódico cetemista de “mafia franquista”, de “tropa complotista”, de “milicia
extranjera totalmente subversiva”, de “conspiradores con patente de legalidad”
o de ser un “ejército extranjero en tierra mexicana”.19 Todo hacía
presagiar, como así terminó siendo, que el cetemismo habría de mostrarse como
un frente granítico para frenar una posible expansión del falangismo franquista
en México al socaire de su triunfo militar en la Guerra Civil Española. Detrás
estaba la seria advertencia de la CTM a todos aquellos mexicanos que, desde la
trinchera de la prensa, agrupaciones varias o formaciones políticas, osaran con
frenar la marcha social y las conquistas de la Revolución, y todo ello en un
enrarecido ambiente político ante las cercanas elecciones presidenciales
programadas para julio de 1940.
Por último,
y después de estas páginas preliminares que nos han servido para presentar a El
Popular como el gran órgano de prensa de la CTM -un periódico caracterizado
por su carácter obrero, revolucionario y antifascista-, nos adentraremos en el
análisis del que es deudor este manuscrito, comenzando por la forma en que una
parte de la Colonia española en México vivió el final de la Guerra Civil
Española, entre ellos y de manera destacada los falangistas. Después, y en el
cuerpo central del artículo, se presentarán las diferentes estrategias que el
cetemismo, a través de su periódico El Popular, puso en marcha para
atacar y neutralizar a Falange Española en México hasta lograr, de la mano del
presidente Cárdenas, la aplicación del artículo 33 constitucional y la
consiguiente expulsión del país de la triada directiva del falangismo.
Finalmente, cerraremos el manuscrito probando cómo el caso de Falange Española
fue presentado por El Popular como una lección para México, bajo la
premisa de que sólo la unidad obrera y el compromiso solidario del resto de los
sectores revolucionarios, así como el apoyo incondicional al ejecutivo
cardenista debían ser las dos grandes estrategias para impedir la penetración y
el triunfo del fascismo internacional en México. Si la bibliografía
especializada nos permitirá comprender adecuadamente el contexto, así como la
interacción de los diferentes acontecimientos históricos, la selección de
artículos de El Popular -muchos de ellos editoriales que implícitamente
llevaban la firma de Lombardo Toledano- nos asegurará la lectura de los hechos
y el posicionamiento de este periódico cetemista en torno del fenómeno del
falangismo español en México en una coyuntura especialmente marcada por el
triunfo del bando franquista en la Guerra Civil Española y la inminente llegada
del exilio español a México.
El final de
la Guerra Civil Española y su celebración en México
Aquel
domingo, 2 de abril, día siguiente al final de la Guerra Civil Española, tuvo
lugar en el Casino Español, sito en una de las céntricas calles de la ciudad de
México, la celebración de un festín privado -se le llamó “comida del plato
único” por su clara evocación falangista-, para celebrar, al menos así se había
anunciado, el final de aquel conflicto armado que durante tres años había
desangrado a España.20 En el
convite, y en representación del Ejecutivo Federal mexicano, también estuvo
Ricardo Rubio, uno de los funcionarios de la Secretaría de Gobernación,
instancia que había sido puntualmente informada de la organización del evento.21 A su
término, y con intervención incluida de la Policía, se desató una algarada en
las céntricas calles de la capital mexicana entre falangistas y cetemistas,
donde se llegaron a lanzar piedras contra de la fachada del Casino, calificado
por El Popular como un “centro de espionaje” y una “madriguera
falangista en México”.22 La
respuesta primera fue la siguiente: “Por lo que toca a los estúpidos desahogos
de los diarios que insultan al pueblo de México por la expresión de su justa
protesta, lapidando los muros del Casino antiespañol y falangista, no tenemos
nada que decir”.23 Como se
verá a continuación, las consecuencias políticas de aquella noche fueron
determinantes para el sino de la Falange en México.24
De lo
acontecido, y que fue portada de los periódicos capitalinos, El Popular
hacía su particular narración de los hechos: “El domingo pasado, para celebrar
la derrota infligida a un pueblo amigo del pueblo mexicano y de un gobierno
amigo y aliado del gobierno de México, los falangistas hicieron una gran fiesta
en el Casino Español”. Además, se hacía constar que durante el acto había
tomado posesión de su puesto el jefe de Falange -Genaro Riestra-, donde hizo
“una apología de este partido el señor Alejandro Villanueva, que es sacerdote
católico y visitador de las Falanges de América”, donde estuvo presente Ibáñez
Serrano, “representante privado de Franco” y, finalmente, y para que “nada
faltase”, donde pronunciaron sendos discursos “los ministros de Alemania e
Italia en México”.25
Llovía sobre
mojado. Tan sólo unos días antes, El Popular ya había manifestado su
repulsa por el activismo vociferante de los falangistas con motivo de la toma
de Madrid por las tropas del general Franco y que, a la postre, acabó
sentenciando la debacle del ejército republicano. En un editorial titulado
“Impudicia falangista”, este periódico cetemista hacía la siguiente valoración:
“Verdaderos escándalos fueron provocados ayer en las céntricas calles de esta capital
por falangistas españoles y demás elementos nazi-fascistas de México que, en
grupos numerosos y en absoluto estado de embriaguez, recorrieron cantinas,
clubes, prostíbulos y demás centros de vicio donde suelen darse cita tales
sujetos, provocando en todas partes escándalos al grito de ¡Viva Franco!”
Frente a este prontuario de hechos, El Popular hacía público su rechazo
ante la “punible indiferencia o tolerancia de la Policía metropolitana, que los
vio desfilar como en fiesta de carnaval, vistiendo el uniforme de la Falange de
la traición”.26
Ese mismo 30
de marzo, El Popular abría otra columna con el título “Júbilo” para
entrar en un juego de análisis en torno de la organización política Falange
Española, haciendo hincapié no sólo en los hechos, sino en el colectivo que, a
su entender, había detrás del mismo:
El grupo de
españoles -que ya no son españoles, ni tampoco afortunadamente mexicanos-
socios de todos los casinos, centros, grupos, etcétera, en que está dividida la
colonia ibera, se reunieron ayer en el Casino Español -lujoso edificio de mal
gusto, hecho con la sangre del pueblo mexicano- para celebrar la caída de
Madrid, tomada por los italianos, los moros y los traidores al servicio de
Hitler y Mussolini.
Entrando en
detalles, se decían cosas como las siguientes: “Se reunieron los taberneros,
tahoneros, los abarroteros y demás héroes franquistas que, si no derramaron la
sangre de los ‘rojos’, sí han chupado heroicamente la sangre del pueblo
nuestro. Izaron la bandera roja y gualda, cantaron el himno de Falange,
saludaron a la usanza fachista y cerraron los comercios”. También se decía que
los concurrentes “insultaron al general Cárdenas y al movimiento obrero y
democrático; escupieron a la Nación y al pueblo que tan generosamente les ha
dado asilo; brindaron por el triunfo de los italianos y por la próxima derrota
a la Revolución Mexicana y de su política internacional”. En la misma línea, se
explicitaba que “todos estos extranjeros [...] son feroces enemigos de nuestro
pueblo [...], son los eternos gachupines”. Y, en consecuencia, “esta
depreciable gentuza debe ser reprimida. [...] ¡Cambiamos gachupines por
españoles!”27
El primero
de abril, día en que el general Franco daba por finiquitada la Guerra Civil, El
Popular se posicionaba con un editorial titulado “Contra los falangistas
subversivos”.28 Y lo hacía
precisamente manifestando su orgullo, porque, “el mismo día que publicamos la
denuncia de los excesos cometidos por españoles fascistas residentes en
México”, la Secretaría de Gobernación de México, al mando de Ignacio García
Téllez, había intervenido, “amonestando a los gachupines para que respeten las
leyes del país o de lo contrario se preparasen a recibir las sanciones que la
Constitución Mexicana determina para los que abusan de nuestra hospitalidad”.
En materia de argumentaciones, se hacía saber que el pueblo mexicano era
“respetuoso de las diversas filiaciones y creencias”, pero que no se podía
tolerar que desfilasen en sus calles “los fascistas uniformados y lanzando los
alaridos propios de sus sectas”, celebrando acontecimientos como “la caída de
Madrid, que son el producto de la agresión imperialista a pueblos amigos del
nuestro”.
En materia
de caracterización, El Popular informaba que los “gachupines
falangistas” realizaban una labor “totalmente ilegal” -contraria a “las
instituciones democráticas mexicanas”- y que urgía “impedir con la mayor
energía”.29 Por ello,
no se justificaba la celebración del final de dicha guerra porque resultaba
“desagradable para una parte importante del pueblo mexicano”. He aquí el
siguiente fragmento, con carga calificativa peyorativa incluida: “No sólo es el
hecho de que la horda de cantineros y tenderos -explotadores del pueblo de
México- salga a las calles en son de reto, gritando vivas al traidor que ha
entregado su patria al fascismo internacional. Podemos afirmar que las
actividades de los fascistas españoles van mucho más allá e intervienen
directamente en los asuntos propios de México, en conexión con los grupos
reaccionarios nacionales y con todas las fuerzas enemigas de la Revolución y
del gobierno actual”. Para este periódico, los falangistas estaban “organizados
secretamente” y formaban parte de “ese conjunto de agrupaciones nazis-fascistas
dedicadas al espionaje, a la política de oposición y, lo que, es más, a
prepararse para el momento en que se produzca una acción armada contra el
régimen progresista del país”.
Así, El
Popular atestiguaba que sus afirmaciones contra Falange Española no eran
“ninguna fantasía”, puesto que contaba con “datos concretos” que iría dando a
conocer “en próxima campaña contra los extranjeros perniciosos”. La siguiente
advertencia no sólo era para los falangistas, sino para el movimiento obrero de
México en su conjunto ante la actitud que cada uno de sus afiliados debía
mostrar frente a cualquier tipo de afrenta proveniente del fascismo
internacional: “Aquí no estamos en la España dolorosamente dominada y humillada
por los batallones de italianos y moros. Aquí no gobierna el mequetrefe de
Franco. En consecuencia, los falangistas residentes, quiéranlo o no, tienen que
respetar las leyes del país”.30
La toma de
Madrid por los franquistas a fines de marzo de 1939 y el final de la Guerra
Civil Española marcaron el contenido de El Popular también durante los
días siguientes, dando puntual cuenta de la secuencia de hechos. Como se ha
dicho, el 3 de abril, y con una inusitada rapidez, la Secretaría de Gobernación
emitió un boletín por expreso deseo del presidente Cárdenas, con el fin de hacer
pública la posición del Ejecutivo Federal respecto de lo que venía aconteciendo
con los falangistas. A la postre, se trataba de una firme y seria advertencia
frente a todos aquellos que, con ramificaciones extranjeras, decidieran alterar
el orden público o contravenir el marco legal constituido. Por eso, y entre
otras, se hacía saber que el Gobierno mexicano no reconocía “ninguna
personalidad a la Falange” y que la hospitalidad de México hacia los
extranjeros estaba mediatizada por “el respeto absoluto hacia sus
instituciones”, después de que el país había quedado “libre para siempre de
toda intromisión extranjera y de toda penetración imperialista”.31 Aquello no
era sino el preludio a una medida gubernamental que se habría de tomar de
inmediato: la expulsión del país de tres líderes falangistas. En palabras de El
Popular, “urge la inmediata disolución de este cuerpo de conspiradores y la
expulsión de nuestro territorio de cuantos han traicionado tan innoblemente la
hospitalidad mexicana”.32 Por eso, y
lejos de entrar en una cacería de brujas, el Gobierno adoptó esta medida
disuasoria, en buena medida para acallar las voces discrepantes que reclamaban
medidas especialmente coercitivas en contra de los militantes falangistas
mexicanos, en su gran mayoría, residentes legales en el país.33 Finalmente,
y a tenor de los resultados, la expulsión de los falangistas españoles se
convirtió en todo un acontecimiento nacional, habida cuenta de la cantidad de
telegramas de felicitación que el presidente Lázaro Cárdenas recibió desde los
más recónditos lugares del país.34
El Popular y
sus estrategias contra Falange Española en México
Un gran
titular de El Popular daba cuenta de la reciente medida adoptada por el
ejecutivo mexicano del general Cárdenas: “Fueron expulsados de México tres de
los jefes falangistas. Ellos son Alejandro Villanueva, José Celorio Ortega y
Genaro Riestra”.35 Publicando
las fotos de los tres implicados, las columnas específicas se nutrieron de
titulares como los siguientes: “Cárdenas libró al país de peligrosas bacterias
fascistas”; “Por conducto de Gobernación se dio ayer la orden de expulsión de
los tres propagandistas de Franco”; “Ayer mismo salieron hacia Veracruz y serán
embarcados hoy en el Siboney con rumbo a Cuba” y “Triunfo rotundo de El
Popular”.36 En efecto,
el Gobierno del general Cárdenas echó mano del artículo 33 constitucional y,
por consiguiente, Villanueva, Celorio y Riestra fueron expulsados al ser
considerados personas no gratas para México. Aceptando sin mayor problema la
orden gubernamental, su desplazamiento hasta el puerto de Veracruz, así como su
embarcación con destino a Cuba, se hizo sin la mayor incidencia.37
En la
Sección Palabras del Día, ubicada en la parte superior derecha de la portada,
se hacía eco de lo siguiente: “El pueblo aplaude la expulsión de tres
connotados falangistas. Pero es necesario decir claramente que eso no es
bastante. Urge que la organización político-militar de los gachupines
franquistas sea disuelta, si no se quiere la perturbación del orden y el
derramamiento de sangre”. Seguidamente añadía esto: “Las organizaciones de
trabajadores no cejarán hasta que no desaparezca por completo la amenaza de un
golpe aleve, de carácter violento, contra las instituciones democráticas de
nuestra patria”.38
La
celebración del final de la Guerra Civil Española en el Casino Español -un acto
privado y en un recinto cerrado- y el cariz que tomaron después los
acontecimientos en las calles céntricas de la ciudad de México fueron portada
de prensa en todos los periódicos mexicanos. El Popular, que desde el
momento de su fundación mostró su frontal oposición a toda forma de fascismo,
escenificó durante los días siguientes su tradicional activismo combativo.39 Lejos de
recoger únicamente las medidas tomadas por el ejecutivo de Cárdenas, se entró
en un calculado juego de retratar los múltiples aspectos de Falange Española.
Como se verá a continuación, la dirección de El Popular sacará a la luz
una serie de editoriales -e incluso una sección especial- para analizar todos y
cada uno de los puntos característicos de esta organización española, ahondando
en aspectos como su arraigo en México, su ideario político, sus principales dirigentes
-en algunos casos, publicando la dirección de sus domicilios particulares- o
sus diferentes modos de actuación.40
Huelga decir
que detrás de todo ello se encontraba el afán de este periódico de mostrar su
fuerza y capacidad de reacción en su calidad de órgano de difusión y propaganda
de la CTM. Para el caso que nos ocupa, su meta fue dictar su particular
sentencia sobre el caso de Falange Española, una seria advertencia no sólo para
esta formación española, sino para cualquiera otra que, desde el prontuario
ideológico del fascismo, osara con atentar contra los intereses del pueblo
mexicano. Nunca, como el presente ejemplo, para ilustrar el viejo aforismo
según el cual “quien nomina, domina”. Así, El Popular se mostraba como
un periódico defensor del statu quo de la Revolución Mexicana y para
ello entrará en el juego de hacer su particular definición de Falange, de
identificar a los falangistas o, entre otros apartados, de presentar sus
prácticas de actuación.41
La
definición de Falange Española en México
Tan sólo
unos días después de lo acaecido en el Casino Español y en las céntricas calles
de la capital mexicana, El Popular ya estaba en condiciones de presentar
a sus lectores todos los pormenores de esta organización política compuesta, a
su entender, por gachupines fachistas. El encabezado del editorial hablaba por
sí mismo: “La Falange Española de México”.42 La primera
consideración era para señalar que ya se venía señalando -“desde hace mucho
tiempo”- el hecho de que “uno de los focos de conspiración fascista que existen
en México” era el de Falange Española. De ella, se decía que estaba integrada
por “españoles residentes en nuestro país” y que era una “sucursal” de la que
existía en España. En materia de ideario, se daba cuenta de que Falange era
“simple y llanamente un partido político”, cuyos principios fundamentales
estaban “calcados fielmente de los postulados del Partido fascista italiano y
de las modalidades introducidas por el Partido Nazi al régimen
corporativo-nacionalista”. Por consiguiente, Falange Española se mostraba,
primero, “fiel siempre al programa y a la táctica fascista”; segundo, se proclamaba
“enemiga de la democracia”; tercero, defendía “el empleo de la violencia para
luchar en contra de los regímenes democráticos” y, en suma, se trataba de un
“núcleo de conspiración en contra del régimen democrático y del sistema liberal
progresista en que se sustenta la vida política de México”.
En cuanto a
su modus operandi, El Popular enfatizaba en la idea de que
Falange estaba organizada militarmente, tal y como se había puesto de
manifiesto durante el desarrollo de la Guerra Civil Española, donde los
falangistas se habían comportado “subrepticiamente”, a manera de “una secreta
asociación de delincuentes, realizando una labor opuesta y contraria a la del
pueblo y gobierno mexicanos, haciendo inclusive labor de espionaje para impedir
la realización de propósitos del gobierno mexicano”.43
Siguiendo
con su manera de actuar, El Popular puso especial acento en el
particular juramento de los falangistas en el momento de ingresar a la
organización. Así, y de entrada, se hacía hincapié en uno de los mandamientos
del “código de Falange Española”, a saber: “Evitarás las exclamaciones y aplausos
que puedan confundir las huestes de la Falange con las mercenarias ‘claques’
aduladoras del estilo liberal, y gritarás sólo tus ‘arriba’ cuando en un
ambiente hostil o desconocido pueda interpretarse tu silencio como una falta de
convicción o exceso de prudencia”.44
En el mismo
rubro, y en otra de sus columnas intitulada “Vergonzoso juramento del cuerpo”,
se insistía en que esta organización política tenía un carácter militante y
que, por lo tanto, su finalidad última no era otra que la violencia. Así, la
Falange Española de México había establecido un juramento para todos sus
miembros, “que los compromete para toda la vida”, un compromiso mucho más
riguroso -se decía- que “los de la orden jesuita o la masonería”. Entre sus
compromisos, se señalaban los siguientes: 1) “Juro lealtad y sumisión absoluta
a todas las jerarquías del Movimiento”; 2) “Juro no dar oído a las palabras que
puedan debilitar el espíritu y el estilo de Falange Española Tradicionalista y
de las JONS”; 3) “Juro no haber pertenecido ni pertenecer a ninguna logia
masónica ni sociedad secreta”, y 4) “Juro dar mi vida, si fuere preciso con las
armas, a la causa de Falange Española Tradicionalista y de su Caudillo”.45
Falange y
falangistas en México o la presencia de un ejército enemigo
Los nombres,
fotografías y demás rasgos biográficos de los tres falangistas expulsados del
país fueron de inmediato portada de los diarios mexicanos y, en particular, y
tal y como era previsible, de un periódico como El Popular. “Quiénes son
los jefes de Falange” era el título de una de las columnas que se abrió ex
professo para la ocasión. De ellos se decía que la consigna que daban a
“sus huestes” era la de “minar nuestro régimen democrático” y que, al frente de
la organización en México, se encontraba Augusto Ibáñez Serrano, “un ente de la
confianza del traidor Franco”.46
Ante sus
lectores, El Popular presumía de contar en su poder con “datos
fidedignos” para afirmar que existía en México “una poderosa organización
militar fascista integrada por españoles pertenecientes a la llamada Falange”.
Sus integrantes eran conocidos bajo el denominativo de “militantes” y eran el
producto “de una selección rigurosa sobre la base de la exaltación del
fanatismo más ciego y la obediencia más sumisa para con los superiores
jerárquicos”.47 Al
respecto, y de la documentación reunida, hay que decir que, en marzo de 1938, y
desde la capital mexicana, Celorio Ortega escribió una carta a Augusto Ibáñez
Serrano para informarle, primero, que FET y de las JONS en México contaba con
“más de 500 afiliados”; segundo, que esperaba que la organización fuera
“debidamente autorizada” para “poder actuar con más firmeza” y, tercero, que
confiaba que la “mayor parte” de los españoles radicados en esa República se
unieran “bajo nuestras banderas en apretado haz”.48
En aquella
“sección especial”, dedicada exclusivamente a Falange Española, se reproducía
una gran fotografía, que daba cuenta de un grupo de 40 falangistas de México,
todos ellos varones, bajo el siguiente encabezamiento: “Impúdica ostentación de
los gachupines falangistas en México”. Entre ellos, se identificaba a los
siguientes, en ciertos casos hasta señalando su domicilio, lugar de trabajo o
dirección de negocios, algunos de los cuales existen en el día de hoy. He aquí
su mención:
Manuel
Porrúa, García Purón, Genaro Riestra (mueblero), Adolfo Caso, Jr. (estudiante
de Leyes); Marcos Odriozola; José Celorio Ortega; Nicolás Suárez; Alberto Caso,
Jr. (de los Almacenes Sevilla, en Venustiano Carranza 51) y Ángel Lozano, de la
misma casa; Jerónimo Porrúa, A. Cardín (de la fábrica de camisas Euseva) y a
otro empleado de la Librería Porrúa, cuyo nombre no nos es conocido. Enrique
Sánchez Rodríguez (de la camisería Bolívar); Miguel Valverde, que vive en Luis
Moya 74; Fernando Padrusco (cantinero de la Villa Madrid, situada en la esquina
de Bolívar y Uruguay); José Castedo, editor de la revista franquista Unidad,
y un tal Santos Fernández, a quien se puede localizar en la esquina de Allende
y Tacuba.
Esta lista
de falangistas era apostillada con el mensaje siguiente: “Para muestra basta un
botón”.49
Ante el
desmantelamiento de la jefatura de Falange Española y la larga lista de
candidatos acreedores del artículo 33 constitucional, El Popular no tuvo
reparo en sobredimensionar los hechos al publicar una columna con el siguiente
entrecomillado: “El ejército de México puede ser atacado mañana”. Hiperbolizar
el potencial del enemigo formaba parte de su estrategia de propaganda y de
movilización obrera. En materia argumentativa, este periódico cetemista
reiteraba que Falange Española era una organización militar y que estaba
llamada “a alterar el orden y hacer armas inclusive contra el Ejército
Nacional, defensor de las instituciones mexicanas”.50
No se oculta
que la nota fue estratégicamente aprovechada por El Popular para sacar a
relucir uno de los grandes problemas mexicanos del momento: el tipo de
protagonismo que las masas obreras debían asumir en defensa de la Revolución
Mexicana.51 Tomando
como ejemplo el rearme de las milicias republicanas en el caso de la Guerra
Civil Española, El Popular se venía planteando sobre la pertinencia de
proporcionar armas a los obreros, campesinos y, en general, a las clases
populares para ponerlas al servicio de los ideales revolucionarios en el caso
de una agresión interna o externa.52 He aquí el
mensaje: “En muchas ocasiones, se ha hecho enorme propaganda acusando a las
organizaciones populares del país de pretender sustituir y desplazar a nuestro
glorioso ejército, nacido de la Revolución. La verdad es que, mientras el
pueblo quiere tener instrucción militar para defender al gobierno
revolucionario y auxiliar al propio ejército, la Falange es una milicia
extranjera totalmente subversiva”.53 Más allá
del protagonismo del movimiento obrero y de las clases populares en la defensa
del ideario revolucionario, el mensaje era claro: sobre el papel, Falange
Española venía atentando gravemente contra dos de los grandes pilares
institucionales del Estado revolucionario mexicano: la presidencia de la
República y el ejército nacional, al que, dicho sea de paso, pertenecía con
rango de general el propio presidente Cárdenas.
Con el fin
de denigrar a los miembros de esa “tropa de complotistas”, se hizo alusión a la
complicidad de algunos falangistas con determinados oficios de dudosa
respetabilidad desde el punto de vista de la moral pública. Además de que se
especificaban los casos, el entrecomillado era una apuesta intencional por la
generalización como recurso lingüístico: “Los falangistas son tratantes en
blancas y vicios”. Así, se informaba que los datos habían sido proporcionados
por “algunas personas” que habían dado cuenta de la existencia de “individuos
de reconocida inmoralidad y de mal vivir” entre los “activos propagandistas de
Falange Española en México”. Siguiendo con la mencionada estrategia del
señalamiento, El Popular publicó los nombres de Braulio Suárez González
y Mario Fernández Barceló, que eran “directores y redactores de periódicos
franquistas” y además “culpables de estafas y trata de blancas”. Por lo tanto,
y ante tales evidencias, desde las páginas de este periódico lombardista se
hacía un llamado a las autoridades competentes del Gobierno de la República,
porque, “de comprobarse esta pista”, había razones más que fundadas para que a
los “mencionados extranjeros perniciosos se les aplicase el artículo 33 constitucional”.54
En materia
de significación, la celebración falangista del triunfo del “bando nacional” en
la Guerra Civil Española fue resumida por El Popular con dos palabras en
su editorial “Cinismo y provocación”.55 He aquí su
mensaje: “Si durante la guerra, la Falange Española de México actuó desde las
sombras, consciente de que su trabajo ilegal no podía hacerse a la luz pública,
ahora que el fascismo ha derrocado al régimen republicano en España la Falange
surge en nuestro país en forma declarada con jubiloso bullicio”. “¿Qué
significa esto?”, se preguntaba El Popular, más aún cuando todos los
periódicos mexicanos venían haciéndose eco de la noticia. La respuesta a tal
pregunta tenía su singular sello editorial, haciendo su particular lectura de
todo cuanto había sucedido en el recién finalizado conflicto español. He aquí
el recuento: “Cuando todavía está caliente la sangre de un millón de hombres
que cayeron sobre los campos de España defendiendo la democracia; cuando
millones de niños y mujeres lloran la angustia de haber perdido, asesinados por
la metralla del fascismo, a sus padres, a sus hijos, a sus hermanos; cuando la
conciencia de la humanidad civilizada se halla embargada de dolor por la
pérdida de los héroes de la libertad, los cómplices de los asesinos, de los
bárbaros que arrasaron a la España honrada y noble, salen de las cavernas de la
conspiración y se lanzan a la luz pública gritando el triunfo de su crimen, la
victoria de su ignominia”.
Tras esta
exposición de motivos, este periódico cetemista hacía pública la siguiente
declaración de repudio: “En nombre de lo más noble y más limpio del pueblo
mexicano, en nombre de los millones de hombres que sucumbieron en el suelo de
México luchando por la libertad, en nombre de la humanidad civilizada, dolida
hoy por el crimen que el fascismo cometió en España, declaramos nuestro repudio
a esos extranjeros que se han enriquecido a costa del hambre de los mexicanos y
ahora quieren robarles la única fortuna que tienen: la libertad”. En
consecuencia, y avanzando su sentencia final, “declaramos nuestro repudio a los
españoles que integran la Falange en México, hermanos y cómplices de los
victimarios del pueblo español”.56
En la misma
línea, este editorial de El Popular calificaba el acto falangista como
“una provocación al pueblo de México” y, por consiguiente, los “hombres de
conciencia libre” no podían tolerar semejante “alarde cínico” y debían
“responder con vigor”, porque todavía había tiempo de “evitar la hecatombe de
la libertad”. Así, y al entender de El Popular, esa libertad estaba
seriamente amenazada por los “cínicos provocadores” que no sólo seguían “en pie
de lucha, en actitud retadora”, sino que además tenían “las manos manchadas de
sangre” con el fin de sembrar “el pánico entre los defensores de la libertad”.57
Frente a
ello, el pueblo en su conjunto debía reaccionar hasta que “los sembradores de
muerte y de miedo [quebrantasen] sus arrestos ante la respuesta categórica del
pueblo”, ya que esos “conspiradores con patente de legalidad no deben seguir
ostentando su ignominia”. Por eso, y habida cuenta de que “el pueblo no tiene
derecho de ser negligente en la defensa de la libertad”, Falange Española de
México debía ser disuelta inmediatamente y sus miembros castigados “en forma
ejemplar”, y además con “un castigo del mismo tamaño que el crimen que ha
cometido esa organización política en España”.58
En este
sentido, y si bien desde las páginas de El Popular el cetemismo
felicitaba al Gobierno Federal por la certera aplicación del artículo 33
constitucional contra los tres líderes falangistas, el alcance se consideraba
insuficiente para frenar la invectiva de una organización política como Falange
Española, más aún después de su empoderamiento con el triunfo del bando
nacional.59El Popular cuestionaba el grado de firmeza de las autoridades mexicanas,
especialmente porque venían teniendo “conocimiento de la existencia y de la
labor realizada en contra del régimen político de México”, por medio de
actividades “penadas por la ley, como son las de espionaje”; además, se
insistía en que se tenía conocimiento de “las ligas que existen entre esa
organización y algunos gobiernos extranjeros, a los cuales aquélla presta
servicios de información militar y económica y de provocación política”. Y, a
pesar de ello, y para sorpresa de más de un cetemista, “las autoridades no han
procedido en la forma en que legalmente debieron hacerlo”, más aún cuando los
falangistas de México eran “extranjeros perniciosos que realizan actos que
ponen en peligro la seguridad pública”.60 Por lo
tanto, El Popular se hacía estas dos preguntas: “¿A qué puede obedecer
esta negligencia de las autoridades competentes? ¿Será necesario para deslindar
responsabilidades y esclarecer estas cuestiones, esperar acontecimientos
dolorosos como en España?”61 En
consecuencia, El Popular lanzaba el siguiente exhorto: “Urge que la
acción popular descargue su puño, sin contemplaciones, sobre quienes intentan
dominar por la fuerza nuestras instituciones republicanas”.62
Tras la
sensación de derrota que el desenlace de la Guerra Civil Española generó no
solamente entre el cetemismo, sino en buena parte de la sociedad mexicana, El
Popular dio testimonio de algunas victorias ejemplares que se fueron
logrando precisamente contra los vencedores en aquel conflicto, tal y como
sucedió con el caso del falangismo mexicano.63 En portada,
en su Sección Palabras del Día, este periódico cetemista dio cuenta con
regocijo de su gran victoria: “Continuamos recibiendo felicitaciones de
diversos lugares del país por nuestra enérgica denuncia de las actividades
sediciosas de la Falange Española en México”. Así, y en aquellos momentos
“graves para la patria”, El Popular empeñaba “su promesa de ser siempre,
como hasta ahora, un resuelto paladín de la verdad y la justicia”.64 “Palo dado,
ni Dios lo quita. [...] Porque Franco ganó en España, pero no en México. Y los
traidores gachupines, así como sus cómplices de aquí, no han ganado ni
ganarán”, se decía en un editorial titulado “Palo dado”.65 En aquellas
décadas del pasado siglo, la presencia de organizaciones obreras como la CTM o
de periódicos como El Popular fueron buenos ejemplos de la actitud
combativa contra el fascismo y sus distintas ramificaciones nacionales o
internacionales. Incesantes fueron sus llamados a la defensa de la soberanía
nacional y a la preservación de los ideales de la Revolución Mexicana como
baluartes para evitar la penetración del fascismo en México. De ahí que la
opinión sobre los falangistas fuese muy clara: “Pérfidos, alientan la oposición
a Cárdenas y laboran contra la Revolución”.66 Por eso, y
esto es importante subrayarlo, El Popular se fue convirtiendo en la
memoria impresa del alcance y hasta éxito político de la CTM.
Desde sus
primeros números, El Popular reclamó la unidad del movimiento obrero, y
en general de las clases populares, frente a todo aquello que pudiera amenazar
los principios revolucionarios del cardenismo. “¡En pie de lucha contra el
fascismo internacional, por el mantenimiento de la unidad proletaria y la
salvación de las masas oprimidas del mundo!”, rezaba el pie de foto de una de
las tantas caricaturas que publicaba este periódico con claros tintes políticos
e ideológicos.67 En señal de
advertencia a sus enemigos, el destinatario del mensaje iba especialmente
dirigido a sus correligionarios, a quienes se les pedía no sólo la unidad, sino
también su lealtad incondicional a los mandos superiores: “Ante la penetración
fascista y las actividades de la reacción nacional y extranjera, los miembros
de la Confederación de Trabajadores de México deben apretar sus filas y ser
responsables y disciplinados a los acuerdos de nuestros dirigentes”.68 Este
mensaje también acompañaba a una imagen representativa encabezada por el lema
“Quién aplastará al fascismo”.69
Además de la
unidad, cohesión interna y acatamiento incondicional de las órdenes de los
jefes superiores -Lombardo Toledano a la cabeza de ellos-, El Popular
marcaba la verdadera traza del camino para acabar con aquellas ideologías
opositoras que podían conculcar los derechos conquistados por las clases
populares. En un editorial titulado “Triunfo antifascista en América”, este
periódico avanzaba la siguiente propuesta: “Para vencer al fascismo hay que
combatirlo con bravura. Toda contemplación, cualquier suavidad, es ineficaz.
Contra el fascismo debemos emplear toda nuestra fuerza para ganarle batallas en
todos los frentes. Con entusiasmo y con ardor, derrotaremos a la barbarie
fascista y a sus agentes de provocación”.70
De ahí, y
para el caso que nos ocupa, el éxito logrado ante la “Certera respuesta a la
Falange” -tal era el titular de otro de sus editoriales-, todo un golpe dado a
esta organización política ante la “conmoción y protesta” que había provocado
“en todos los sectores populares” aquel “acto público” que, a todas luces, se
entendía como “un arresto desafiante”.71 En materia
de justificación, se hacía el recordatorio de que, durante el devenir de la
Guerra Civil Española, el pueblo mexicano había estado “del lado del pueblo
español con entusiasmo fervoroso” y que, por consiguiente, para los mexicanos
constituía “un motivo de dolor el desenlace actual de la guerra en España”. Por
eso, las implicaciones de las celebraciones falangistas en la capital mexicana,
acusados sus participantes de ser “cómplices del crimen cometido por el
fascismo”, de haber sido soldados “al servicio del traidor Franco” y de no
haber tenido “empacho en manifestar públicamente lo que son: miembros de un
partido político integrado por extranjeros, organizados bajo régimen militar,
en servicio activo de los gobiernos fascistas, en pie de lucha en contra de la
democracia y la libertad y copartícipes del crimen cometido contra el pueblo
hispano”. Por consiguiente, “semejante alarde” había constituido “una dura
afrenta en contra de los mexicanos, la cual no podía tolerarse [y] la respuesta
no se hizo esperar”. A la postre, todo se reducía a un asunto de “salud
social”.
En opinión
de El Popular, la reacción ante aquella “conducta perniciosa” se hizo de
forma inmediata y además correcta, en lo que debía ser todo un ejemplo de
comportamiento a seguir ante situaciones afines, especialmente, porque el
Gobierno había sido congruente con el sentir y repudio del pueblo. Así, en
primer lugar, “un numeroso grupo de ciudadanos conscientes y con pleno sentido
de su responsabilidad, manifestó su coraje y su repudio en contra de la
desvergonzada actitud de los falangistas”. Después, el Gobierno Nacional, “proveyendo
una medida de salud social en contra de extranjeros”, aplicó el artículo 33
constitucional y procedió a “expulsar del país a tres de los dirigentes de la
Falange Española”.
Aquel doble
acto, el realizado por “los elementos populares” y después por el Gobierno,
tenía “plena justificación” al ser resultado de “la conducta insolente de un
grupo de extranjeros que, a la hospitalidad que les brindó México y que les ha
permitido hasta amasar cuantiosas fortunas, respondieron infiriendo duros
agravios al pueblo mexicano, ejecutando actos en contra de deliberados
propósitos del pueblo y el Gobierno e intentando destruir el régimen
democrático progresista en que se sustenta la vida pública de nuestro país por
voluntad soberana de la Nación”. Por eso, y en consecuencia, este periódico
tenía la certeza de que con medidas así -“sólidas y vigorosas”- se aseguraba la
salvación del “destino de un pueblo”.
En su
editorial “Un triunfo rápido y fulminante”,72El Popular se vanagloriaba no sólo del éxito obtenido frente al falangismo español,
sino de la rapidez con la que se había actuado en su contra. En tan sólo unas
líneas quedaba resumida la crónica de una intensa jornada de lucha contra
Falange Española: “La prensa de la mañana publicó la advertencia de la
Secretaría de Gobernación a los falangistas; a las cinco de la tarde una
muchedumbre, tomando en sus manos la edición extra de El Popular,
recorría las calles en son de protesta; poco después los edificios del Casino
Español y del Centro Asturiano, madriguera de los conspiradores, eran
lapidados, y a las nueve de la noche las estaciones radiodifusoras daban a
conocer el acuerdo presidencial que contiene la orden de expulsión”. Por eso, El
Popular hacía su particular valoración ante un hecho que parecía insólito
al entender de este periódico: “En pocas ocasiones como ésta la voluntad
popular se ha cumplido de un modo tan inmediato”.
Empero, y si
bien México -no ya el pueblo y el Gobierno, sino México entero- había dado “una
certera respuesta al reto de los fascistas españoles”, no debía ser, ni mucho
menos, la “única respuesta”. Su apuesta, a modo de sentencia, era inexorable:
“La Falange debe ser exterminada”. Tal exterminio quedaba justificado, primero,
porque Falange Española en México iba a seguir operando “subrepticiamente”
después de “la primera arremetida que el pueblo le ha dado” y, segundo, porque
la “seguridad pública” exigía la extinción de semejante “foco de conspiración”.73
La sentencia
de El Popular quedaba puesta sobre la mesa, después de la primera y gran
medida ejecutada contra Falange Española y el desmantelamiento de su cúpula
directiva, en lo que, a modo de ejemplo, debía ser un dique para frenar
cualquier invectiva del fascismo internacional. El cetemismo y su órgano de
prensa mostraban su presencia y poder ante aquellas manifestaciones falangistas
tras el fin de la Guerra Civil Española, haciendo además alarde de su
connivencia con las autoridades federales.74 En suma,
una manifestación de fuerza de uno de los brazos organizados del régimen
cardenista. He aquí el siguiente y significativo fragmento: “Cuando el día de
ayer los jóvenes y los obreros revolucionarios avanzaban por las calles
difundiendo la extra de El Popular contra Falange, y pidiendo la
disolución de esta mafia, los gachupines franquistas -pálidos y temblorosos-
cerraban las puertas de sus comercios y musitaban: ¡Ahí viene la CTM!”75
En materia
de medidas, la vigilancia jerarquizada debía ser la gran coartada para
erradicar hasta el más mínimo atisbo de fascismo. Por momentos, y a
requerimiento de El Popular, México debía convertirse en un gran
panóptico -término que utilizamos, evocando a Bentham o a Foucault-76 para hacer
de cada mexicano un vigilante y, por tanto, un informante al servicio de las
autoridades competentes y así estar a la altura y cumplimiento de la honestidad
y del patriotismo. Uno de sus titulares tuvo este nivel de elocuencia:
“¡Mexicano: vigila a los gachupines conspiradores!” He aquí un extracto de su
contenido: “Nos dirigimos a todos los ciudadanos honestos y patriotas de
México. [...] La organización militar Falange Española no tiene otros fines que
cooperar con los reaccionarios y fascistas de todos los colores en una labor
antimexicana. En consecuencia, es necesario vigilarlos”. En un modus
operandi, por cierto, muy cercano a las tácticas asfixiantes del
nazi-fascismo europeo del momento, a todo mexicano se le pedía específicamente
lo siguiente: “Infórmate en esta misma página de los nombres, ocupaciones y
domicilios de los jefes de la mafia franquista y toma a tu cargo la vigilancia
de cada uno de ellos. Observa todos sus movimientos, denúncialos a las
organizaciones y a las autoridades y prepárate a aplastarlos en el momento
oportuno”.77 En suma,
vigilancia, información y preparación para el aplastamiento: la consigna de la
CTM estaba dada para conocimiento de todos a través de su periódico.78
El caso de
Falange Española como gran lección para México: a modo de final
Desde su
fundación en junio de 1938, y en su condición de órgano de prensa de la CTM del
sindicalista Lombardo Toledano, El Popular defendió la causa obrera y
campesina, los intereses de las clases populares y los ideales de la Revolución
Mexicana, encarnados en aquellos años en la figura del presidente Lázaro
Cárdenas. El proyecto revolucionario debía seguir su evolución y, en
consecuencia, y como primera medida, había que evitar a toda costa su
involución hacia el conservadurismo, tal y como pretendía la reacción, un
término despectivo muy utilizado en ese entonces para identificar a los
enemigos de la Revolución, del pueblo y hasta de México.
Desde sus
primeros números, El Popular se va a ofrecer como el periódico defensor
de la libertad, así como el impulsor de la unidad, organización y hasta
disciplina obreras como bastión para la defensa de la democracia,
principalmente ante la gran acechanza internacional que representaba el fascismo.
El ejemplo de la Guerra Civil española fue el gran espejo donde mirarse y sus
múltiples enseñanzas debían ser la gran lección que debía sacar el movimiento
obrero mexicano, especialmente, por el apoyo que los rebeldes obtuvieron del
nazi-fascismo. De ahí que el pueblo mexicano, de la mano de su gobierno
revolucionario, debía seguir formando un frente pétreo para abortar toda
invectiva que se diera, desde adentro o desde afuera, para minar los cimientos
de la Revolución.
En su
condición de aliado de la España republicana, México también perdió la Guerra
Civil Española y la derrota republicana fue vivida como propia por amplios
sectores de la sociedad mexicana. Empero, el caso español no fue en vano y
México acabaría ganando algunas simbólicas “batallas” en contra del régimen
franquista y del falangismo en particular. El intento de expansión del
franquismo a través de una organización política como Falange Española -que
acabaría siendo el soporte ideológico y burocrático del posterior régimen
militar- encontró en países como México un dique donde frenó sus tentativas de
avance y penetración en el continente americano.79
Testimonio
de ello fueron las páginas de El Popular, el periódico de la
todopoderosa CTM, uno de los bastiones del régimen presidencialista de aquellos
años. Su carácter revolucionario, progresista y filocomunista se compaginó
desde su origen en junio de 1938 con un marcado antifascismo, identificado en aquellos
años con figuras como Hitler, Mussolini o el propio general Franco. De ahí que El
Popular evidenciara un rápido y frontal rechazo a Falange Española en
México, desde el momento mismo en que se hizo sentir en el espacio público con
motivo de sus celebraciones en la capital mexicana tras el triunfo del bando
nacional en la Guerra Civil Española. Aquella “sección especial” del 5 de abril
de 1939 se presentó como un ejemplo de cómo hacer frente al falangismo desde la
trinchera de la prensa, un ejercicio que hasta el propio periódico lo convirtió
en un éxito político tras el descabezamiento de la estructura directiva de
Falange previa aplicación gubernamental del artículo 33 constitucional.
Por la
cantidad de información que brindó a sus lectores, este periódico cetemista
hizo un claro ejercicio de poder y fuerza, dando puntual cuenta de lo que era
Falange Española en México, de los nombres y apellidos de los falangistas, de
sus juramentos para el ingreso en la organización o, entre otros aspectos, de
sus estrategias militares operativas. En pocas palabras, Falange fue presentada
como el primer y gran ejemplo de la penetración del fascismo internacional en
México, haciéndose la seria advertencia del riesgo que corrían las libertades
conquistadas si el pueblo de México no hacía frente a tal intervención. Lo que
Franco había hecho en España no podía, ni debía lograrlo en México.80
El
desenmascaramiento del enemigo -a la sazón, el falangismo-, la constatación de
su presencia en la capital y en el resto del país, así como su debida
caracterización “desde arriba” se convirtieron en la mejor coartada para
arengar a las masas obreras y pedirles unidad, disciplina y hasta lealtad a la
de estructura de mando vertical. Falange era el claro ejemplo de que el enemigo
-infiltrado- ya estaba ahí.81
Políticamente hablando, el contexto histórico del momento fue uno de los más
agitados del siglo XX mexicano: fundación de la CTM (24 de febrero de 1936),
expropiación y nacionalización del petróleo por el presidente Cárdenas (18 de
marzo de 1938), fundación de PRM (30 de marzo de 1938), revuelta del general
Cedillo (mayo de 1938) o las nuevas elecciones federales (julio de 1940), y
todo ello en un marco internacional marcado por el auge del fascismo, la Guerra
Civil Española o los preliminares de la Segunda Guerra Mundial.
Por eso, y
tras la primera batalla ganada contra Falange Española, la CTM de Lombardo
Toledano pidió a sus correligionarios desde las páginas de El Popular
“continuar con vigor y con energía esta lucha apenas iniciada”, puesto que “la
defensa de nuestra libertad y de nuestros más altos derechos así lo demanda”.82 No se
oculta, y con esto ponemos el punto final a estas páginas, que el cetemismo
lombardista dejó buen ejemplo de cómo se podía ganar la batalla al falangismo
español a través de un periódico y de cómo rentabilizar la presencia cercana
del enemigo -hiperbolizado en exceso-, con el fin de mantener a las huestes
obreras en tensión, en alerta permanente y dispuestas siempre a entrar en
combate con el “puño cerrado”.
Citas
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