https://www.facebook.com/virreinato/photos/refectorio-de-un-convento-carmelita-%C3%B3leo-sobre-tela-an%C3%B3nimo-siglo-xix-en-esta-pi/558399927546925/
LA
REGLA DE LOS CARMELITAS
El empeño original de la Fundadora se
había centrado, como es sabido, en la purificación de la Regla para volverla a
su rigor primitivo. Conseguido esto y llevado a su aplicación estricta y
áspera, no por eso la Carmelita se desprende de aquella su virtud humana que
refleja en sus cosas. “No apretar a las novicias con muchos oficios hasta que
las entienda adónde llega su espíritu.” Y también: “Soy amiga de apretar en las
virtudes, más no en el rigor.”
Las cartas aparecen sembradas de
reconvenciones cariñosas, de consejos domésticos que llegan a la previsión
maternal: “Traigan lienzos y déjense de rigor en tiempo de tanta necesidad.”
“Bo anden hambrientas, que me da mucha pena.” “A la una ni a la otra aprieten
con perfecciones.” “Coma carne, aunque sea Cuaresma.”
Ocurría que algunas prioras nuevas,
llevadas de exceso de celo acentuasen la dureza de la Regla con nuevas
mortificaciones, que, en casos, llegaron a los bofetones y pellizcos.” La
reacción de la Fundadora es deliciosamente humana: “Yo le digo, mi hija, que es
menester mirar mucho esto que las prioritas hacen de sus cabezas; que hace
cuarto lástima.” (21)
No le merecen lástima, sino punzante
ironía, ciertos Carmelitas jóvenes que en una ocasión se presentan a ella en
cómodas cabalgaduras: “Cuán mal parecían descalzos y con buenas mulas; que no
se había de consentir sino para largo camino y grande necesidad, que no venía
bien lo uno con lo otros; que han venido por aquí unos mocitos que parece,
cuando poco y con algún jumento, pudieran venir a pie. Y así le torno a decir
que no parecen bien estos mocitos, descalzos y en mulas con sus sillas.” (22)
Tampoco es transigente para el falso
misticismo, para la religiosidad imaginaria. Acerca de semejante estado de
espíritu, tiene escrita don Juan Valera una conocida y bella página, referida
al ex seminarista don Luis: “Su misticismo, bien estudiado con la nueva luz que
acaba de adquirir, se le antojó que no había tenido ser ni consistencia; que
había sido un producto artificial y vano de sus lecturas, de su petulancia de
muchacho y de sus ternuras sin objeto de colegial inocente.” Las monjas a
quienes la Fundadora juzgaba necesario atajar no se hallaban en esta saludable
posición crítica, y así estimaba discreto detenerlas en su ímpetu religioso y
encaminarlas por sendas de sosiego espiritual. Por esto, contra la flaqueza
corporal, engendradora de largos pasmos, recomienda que no se dejen embobar en
la oración y que las prioras quiten a las que así sufren los ayunos y
disciplinas, dándoles ocupación para que se distraigan. (23) En las Moradas insiste repetidamente, que
no es otra cosa más que estar perdiendo tiempo allí y gastando su salud. A su
mismo hermano, don Lorenzo de Cepeda, llegó a escribirle: “¡Qué bobo es, que
piensa que en esa oración como a la que a mí no me dejaba dormir! No tiene que
ver, que harto más hacía yo para dormir que por estar despierta.” (24)
DIOS
Y LA NATURALEZA
No debemos cerrar estas noticias
preliminares sin referirnos al tema de la Naturaleza, que los místicos han
saboreado como nadie. Y parecerá extraño, a primera vista, que se permitan esa
complacencia terrenal quienes tienen siempre la mirada tendida a lo alto, en
busca del factor divino. Precisamente se trata del sentimiento de la criatura
ante el Creador, cuya obra se aspira a comprender y penetrar. Al escrutar la
Naturaleza (25), nos acercamos a Dios. “Importa analizar el cuerpo del universo
-escribe Leibniz- para descubrir allí las maravillas de la divina sabiduría”, y
también “para reconocer en qué pueden servir a nuestra conversación y aun a
nuestra mayor perfección.”
Pudieran escribirse abundantes páginas
documentadas acerca de la relación entre la Mística y la Naturaleza. Lillo
Rodelgo dedica un interesante capítulo a la cuestión en uno de sus libros (26)
y con referencias al sentimiento cósmico de nuestros grandes místicos. Destaca
entre ellos Santa Teresa por la abundancia de imágenes en sus obras y por la
fruición que estas imágenes descubren en la Carmelita, no ya en la ocasión de
sus viajes por tierras de Castilla y Andalucía, sino al exponer su doctrina
para las almas. Véase una sola referencia en las Moradas: “Lo que yo llamo gusto de
Dios, que en otra parte lo he nombrado oración de quietud, es muy de otra
manera, como entenderéis las que los habéis probado por la misericordia de Dios.
Las Fundaciones, las Cartas y otros libros aparecen
sembrados de pasajes donde se respira el aire de los campos y se apacienta la
mirada: “Y tengo una ermita que se ve el río, y también a donde duermo, que
estando en la cama, puedo gozar de él, que es harta recreación para mí.” En
otros lugares habla de las lindas vistas: dice que el huerto es muy gracioso,
que se ve el río, que tiene una celda muy linda, con una ventana sobre el
huerto; recomienda la vista de campo en los monasterios como grandísima
recreación para las monjas.
María de San José al relatar la
fundación de las Descalzas de Sevilla, dice a su vez: “Aquel primer día
llegamos a la siesta en una hermosa floresta de donde apenas podíamos sacar a
nuestra santa Madre, porque con la diversidad de flores y canto de mil
pajarillos toda se deshacía en alabanzas de Dios.
ALEGRIA
DE LA SANTA
Todavía una alusión a la alegría, que
en la Santa de Ávila pone de manifiesto la paz y serenidad que los espíritus
religiosos logran alcanzar. Teresa de Jesús -consigna su prima María de San
José- no era amiga de la gente triste.
Ni lo era ella , ni quería que los que
iban en su compañía lo fuesen. Decía: “Dios me libre de santos encapotados.”
Por eso recomienda la alegría. Esta es la Fundadora, la monja española. Porque
el misticismo español tiene ese carácter propio, único y verdaderamente nuevo;
es la afirmación de la voluntad humana (27). Va a conquistar el mundo con al
espada y con el verbo sagrado, como los almorávides vinieran a las fronteras de
Sáhara a conquistar a Marruecos y a España. O, como dice Sainz Rodríguez,
nuestra mística huye del quietismo y es activista, creyendo que la exaltación
de la caridad y las obras son caminos para llegar a Dios.
No se entiende por esto que solo los
caminos de Cristo llevan al misticismo. Persona tan poco sospechosa como
Menéndez y Pelayo dejó escrito, al hablar de la poesía mística, que para llegar
a su inspiración “no basta ser cristiano, ni devoto, ni gran teólogo, ni santo,
sino que se requiere un estado psicológico especial, una efervescencia de la
voluntad y del pensamiento, una contemplación ahincada y honda de las cosas
divinas y una metafísica o filosofía primera que va por camino diverso, aunque
no contrario al de la teología dogmática”. Taime dijo: “Hubo un momento extraño
y superior en la especie humana… De 1500 a 1700, España es acaso el país más
interesante de la Tierra.” El mundo podía resultar pequeño para una monja
romera que aspiraba a ofrendarlo entero a la Divinidad.
La Fundadora se daba perfecta cuenta
de cuanto significaba su persona y su obra en la sociedad del tiempo. Y, sin
embargo, de ello, y acaso por ello, por este su rendimiento humilde al renombre
y la fama, puede escribir, muy pocos años antes, a la priora de Sevilla, una
frase que en su sencilla familiaridad es como una profunda afirmación humana: “Bien
veo que no es perfección en mí esto que tengo de ser agradecida; debe de ser
natural, que con una sardina que me den me sobornarán.”
EL
ESTILO DE SANTA TERESA
POR
Ramón
Menéndez Pidal
En
el siglo XVI, primero de nuestra edad de oro literaria, domina una norma de
sencillez y naturalidad en el lenguaje, seguida por todos los principales
escritores de entonces. Dentro de esa norma, Santa Teresa adopta una posición
extrema, particularmente notable por su máxima espontaneidad. Fijar en que
consiste tal espontaneidad, a que móviles obedece y qué grado de originalidad
alcanza, es cosa bastante difícil. Hace años traté incidentalmente este tema, sin
espacio para exponer lo que acerca de él me ocurría, ya ahora voy a
desarrollarlo en algunos puntos, sin la limitación de entonces.
LECTURAS
DE SANTA TERESA
Santa
Teresa se instruyó y fue escritora gracias a que la reforma española del Cardenal
Cisneros había promovido el cultivo de la lengua vulgar en traducciones de
varios libros místicos medievales, hechas generalmente por frailes
franciscanos. Por iniciativa de Cisneros se traduce la Vita Christi del Cartujano (o sea
el Ludolfo de Sajonia), publicada en cuatro volúmenes en folio el año 1503; se
traducen, igualmente gracias a él, el Tratado de la vida espiritual, de
San Vicente Ferrer, en 1510; La vida de Santa Catalina de Sena, en 1511,
y varias obras más, leídas por Santa Teresa. Después, otros franciscanos,
seguidores del pensamiento de Cisneros, compusieron en romance obras originales,
también muy leídas por la Santa; fray Alonso de Madrid, el Arte para
servir a Dios (1521); fray Francisco de Osuna, el Tercer abecedario
espiritual (1527), y fray Bernardino de Laredo, la Subida al monte Sión
(1535).
Estos y bastantes más libros
frecuentaba Santa Teresa, que desde su niñez era ávida lectora, cuando he aquí
que el gran inquisidor Valdés publicó, en 1559, su Índice de libros
prohibidos, incluyendo muchos en lengua vulgar, por el peligro que existía en
entregar doctrinas difíciles de la religión a gente ruda, incapaz de
comprenderlas y expuesta al contacto de la reforma protestante. El criterio del
arzobispo inquisidor era extremadamente hostil a los libros contemplativos en
romance, que él decía “para mujeres de carpinteros”, y hasta incluía en el Índice
la Guía de Pecadores, de fray Luis de Granada, cuyo autor tuvo que
tomarse el trabajo de dar a su obra una nueva redacción para que pudiera seguir
circulando. La Contrarreforma imponía decisiones como estas. El peligro del
libre examen en materias religiosas hacía que el Concilio de Trento, cuando siete
años antes del Índice de Valdés celebraba su segunda reunión,
discutiese la conveniencia de prohibir la Biblia en lengua vulgar,
prohibición que se llevó a cabo en el Índice decretado por el mismo
Concilio en su reunión tercera y última.
Con este riguroso criterio de
contrarreforma, el Índice
del arzobispo Valdés privó de un golpe a Santa Teresa de muchos libros “que
le daba recreación leerlos”, como ella dice en el capítulo XXVI de su Vida.
Aquí la autora nos encarece el gran sentimiento que tuvo por esta privación, ya
que, ignorando el latín no podía no podía tener otras lecturas. Pero entonces
la socorre el consuelo celeste, pues el Señor le dijo: No tengas pena que
yo te daré libro vivo. “Yo -continúa la Santa- no podía entender por qué se
me había dicho esto, porque aún no tenía visiones. Después, desde a bien pocos
días, lo entendí muy bien, porque…. Ha tenido tanto amor el Señor conmigo para
enseñarme de muchas maneras, que muy poca o casi ninguna necesidad he tenido de
libros.” Con este favor del cielo le pareció a la Santa que ya le eran inútiles
los libros no prohibidos que le quedaban, tocantes a la oración, y no los leía,
limitándose a repasar las Vidas de Santos, lectura que tanto le había
enfervorizado en su primera niñez. (Vida. XXX)
Tenía a la sazón la Santa carmelita
cuarenta y cuatro años. Su formación doctrinal o de estudio estaba completa;
pero aún no había empezado a escribir sus obras. Así, Santa Teresa, cuyo
espíritu se había formado al calor de las devotas lecturas franciscanas, fruto
de la reforma española de Cisneros cuando aún el peligro de la reforma
protestante no se hacia sentir, viene a florecer bajo la llamada
contrarreforma, o reforma católica de Trento, en un ambiente del todo lo
contrario. Solo tres años después de la prohibición empieza a redactar su
propia Vida. Se ve entonces obligada a escribir en romance, cuando los
libros contemplativos en romance sufrían una ruda guerra de descrédito; escribe
privada de la lectura, atenida solo a los recuerdos de lo leído mucho antes.
Esto contribuye, desde luego, a explicar el estilo de espontaneidad que ella
practica; pero en qué medida contribuye es punto muy discutido.
No eran suficientes los recuerdos, y
desde el comienzo Santa Teresa se encontró con el recelo de muchos doctos,
hostiles a que las más arduas cuestiones teológicas fuesen tratadas en lengua
vulgar, y a demás por una mujer sin estudios, que trastocaba los vocablos
usuales en las escuelas, “como es llamar unión a la éxtasis, teología mística al
rapto y cosas semejantes (28). La Santa asentía a estas censuras, y cuando el
padre carmelita Jerónimo Gracián la instaba a que escribiese Las Moradas,
ella se resistía: “¿Para qué quieren que escriba? Escriban los letrados que han
estudiado, que yo soy una tonta y no sabré lo que me digo, pondré un vocablo
por otro, con que haré daño.” Pero fue preciso que esa mujer inquieta y
andariega, como la motejaba el mismo nuncio apostólico, describiese las
interioridades de su alma, para que los más arcanos procesos de la mística,
tratados doctrinalmente por los teólogos en su latín, lograsen en una lengua
vulgar más amplia y fecunda exposición, llena de lucidez, tanta, que aquella
pobre monja sin letras mereciese ser declarada por Pío X Doctora de la Iglesia.
El Padre Gracián después de convencerla para que escribiese Las Moradas,
justifica aquella imprecisión léxica censurada, aquellos sustitutivos que la
escritora da por un término técnico. ¿Qué importa el trueque de los vocablos?
Como ellos expliquen bien el concepto, “todos son verdaderos, entendidos como
se debe entender…; un éxtasis (entonces este nombre era femenino, como en
latín), un éxtasis, en cuanto en ella se junta nuestra voluntad con la de Dios,
se llama unión; en cuanto eleva las potencias y las levanta, se llama vuelo
del alma; en cuanto es altísimo conocimiento de Dios, se llama mística
teológica, etc. Todos estos nombres son verdaderos y declaran algo de este
espíritu.”
ESTILO
ERMITAÑO
Groseras
más que curiosas. Aquí tenemos igualmente la explicación de la prosodia
popularizante que Santa Teresa adopta en sus autógrafos, desviándose de la
grafía corriente en los libros por ella leídos; an por aún; anque, aunque; cuantimás,
cuanto más; nadie (Carlos V usa la variante culta nadi); ipróquita,
proquesía; hipoquesía; catedrático; primitir, permitir; muestro, nuestro;
traudinario, extraordinario; pusilánime, pusilaminidad; carractollendas,
carnestolendas, etc, etc. (29) Se suelen tomar estas formas, y yo mismo las
he explicado así, como propias de habla hidalga de Ávila, en la que Teresa se
crió; pero, aunque varias lo son, las más demasiado bastas pertenecen, sin
duda, al habla rústica que la Santa adoptaba por preciarse de estilo grosero y
ermitaño. Recordemos a este propósito la noble asceta granadina doña Catalina
de Mendoza, hija del marqués de Mondejar, que, ejercitada en toda clase de
mortificaciones, hacia consistir una de estas en ocultar su admirado talento
escribiendo sus cartas según la redacción de una inculta sirvienta. (30)
Fuera de la humildad ermitaña, otra
causa de la indomable espontaneidad teresiana es la improvisación llevada a
grado extremo. La reformadora carmelita redacta siempre arrastrada por la
rápida afluencia del idear. “¡Ojalá pudiera yo escribir con muchas manos!” (Camino de perfección, XXXIII). De
ahí elipsis incesantes, concordancias trocadas, paréntesis enormes, que hacen
perder el hilo del discurso; razonamientos inacabados por desviación del
pensamiento, oraciones sin verbo. Juan de Valdés y otros escritores del siglo
XVI yoman por lema estilístico: “Escribo como hablo”; pero Santa Teresa
propiamente ya no escribe, sino que habla por escrito; así el hervor de la
sintaxis emocional rebasa a cada momento los cauces gramaticales ordinarios. El
lenguaje escrito se diferencia fundamentalmente del oral en que se ayuda de los
ojos para compaginar lo que se va a decir con lo que se ha dicho. Santa Teresa
no hace tal diferencia, porque nunca vuelve atrás para releer lo que queda
sobre el papel; así lo afirma expresamente, lo mismo en el descuido epistolar
que en sus obras de más empeño. A su hermano Lorenzo le escribe en 1577:
“Tornar a leer…; yo jamás lo hago; si faltaren letras, póngalas allá, que luego
se entiende lo que quiere decir.” Y los mismo en Las Moradas: “Como la
cabeza no está para tornarlo a leer, todo debe de ir desbaratado y por ventura
dicho alguna cosa dos veces; como es para mis hermanas, poco va en ello” (31)
De
palabra o por escrito, su habla era un hábito incoercible, rebelde a la menor
presión externa. Ella nos cuenta que una vez le fue preciso negociar con una
dama a quien debía tratar de “vuesa merced”, y, a pesar de que la aleccionaron
como habrá de decir, no lo acertó bien, acostumbrada como estaba al trato de
simples caballeros con “vuesa merced”, y así continuó la negociación, echando
en risa su torpeza porque no le pareciera mal a aquella gran señora que la
tratase de merced. Camino
de perfección, XXXVI.
Santa Teresa acude varias veces a
grupos de palabras antitéticas, pero siempre lo hace por una necesidad
psicológica que les quita el menor aspecto de rebuscamiento retórico. Pero
siempre el lenguaje teresiano muestra su atractivo fuera o en oposición de todo
lo que se puede llamar “literatura”. El lenguaje levantado o noble repugnó en
todo tiempo el diminutivo. Fernando Herrera decía: “La lengua toscana
está llena de diminutivos con que se afemina y hace lasciva y pierde la
gravedad, pero tiene con ellos regalo y dulzura y suavidad; la nuestra nos lo
recibe sino con mucha dificultad y muy pocas veces.” Unas devoncioncillas de lágrimas y otros sentimientos
pequeños, que al primer airecito
de persecución se pierden estas florecitas” (Vida, XXV).
Teresa sentía una propensión
irreprimible hacia esta forma gramatical, sin que le arredrasen las
dificultades morfológicas de las terminaciones menos habituadas a recibir el
sufijo: agravuelos escribió
una vez; más luego que se vio obligada a copiar lo escrito, juzgó demasiado
insólito aquel caso, y corrigió: “…unas cositas que llaman agravios, sin poder se arrepintió estaba perfectamente formado. Si
hoy quisiéramos sacar un diminutivo de agravio no lo hallaríamos aceptable; pero el instinto
castellano viejo de Teresa lo halló. Estos sustantivos acabados en dos vocales
tomaban el sufijo -uelo (latín,
-olus) desde los mismos orígenes del idioma,
como lo muestran abuela,
del latín avia;
plazuela, del latín platea, plaza, o los viejos nombres de lugar: Iglesuela, diminutivo de iglesia; Barruelo, de barrio. Tan ingénita y
profundamente poseía Santa Teresa la morfología patrimonial del idioma. Claro
es que también, según esta morfología primitiva el diptongo acentuado de los
nombres desaparece al quedar inacentuado por adición del sufijo diminutivo: estropecillos es el diminutivo teresiano de estropiezo o tropiezo, forma pura, como fontecita, de fuente que siempre es la
empleada con las demás de igual tipo.
Sin el hábil uso de los diminutivos no
lograría el lenguaje de Santa Teresa muy matizadas delicadezas; nos retendría
en un dejo de insatisfacción, como el que experimentamos al eliminar el sufijo
en aquella frase suya: “Queda el alma con un desgustillo, como quien va a saltar y le asen por
detrás, esparce Santa Teresa una sutil gracia, dignificando la proscrita forma
de gran expresividad.
ASIMILACIÓN
E INVENCIÓN
Los
carmelitas de París, al publicar en 1907, traducidas al francés las obras de la
Santa, decían: “Santa Teresa es el escritor más personal que ha traducido el
genio español y quizá el genio cristiano. En ella no hay cosas copiadas de
otro, no hay estudios previos ni laboriosas indagaciones, sino facultades
brillantes, una sensibilidad exquisita, intuiciones filosóficas relevantes.”
Pero este modo de ver, que es el de la
mayoría de los admiradores de la Santa, parece eternamente ilusorio a un
malogrado teresiano, Gastón Etchegoyen, autor de un excelente ensayo sobre las
fuentes de Santa Teresa, publicado en 1923, en el cual quiere mostrar que la
Santa carmelita “en realidad tuvo el genio de la asimilación y de la síntesis
más que el de la asimilación”.
Etchegoyen llega al resultado: Si la
gran carmelita expresa excelentemente la España católica es porque debe los más
ricos elementos de su personalidad a su raza y a su siglo. Sin haber hecho
estudios regulares, su curiosidad insaciable la llevó a leer y releer cuantos
libros en lengua vulgar podían interesarle: la llevó a poner atención ávida en
las pláticas y sermones, a conversar con cuantos teólogos pudo: “después,
cuando escribe su experiencia de la vida interior, no olvida nada de cuanto
aprendió, y así transmite al siglo clásico el testamento religioso de la España
Media, entonces, cuando el Concilio de Trento ensaya el transformar ese arte y
esa doctrina a fin de reaccionar mejor
contra el adversario, una carmelita española,
aislada en su celda, escribe humildes manuscritos, donde la tradición
condenada se perpetúa fresca y fecunda” (32)
Teresa, en su celda, no se limita a
transmitir una tradición en crisis, no se limita a las tenaces reminiscencias
que asaltan su memoria, sino que, y transforma, moderniza, hace completamente
suyo cuanto recibió y crea sobre ello un mundo, dando acabada expresión
literaria al alma teresiana, un sol nuevo, que aparece alejado de la nebulosa
de la tradición.
Respecto de lo que aquí tratamos, la
expresión de cuanto hereda y crea, Santa Teresa se aleja de todos los libros
por ella leídos, sagrados y profanos; se añeja en la forma misma de algunas
palabras, y hasta en la manera especial de escribir. Hacia sus quince años,
Teresa leía, mejor dicho, devoraba apasionadamente los libros de caballerías,
modelo entonces de discreción cortesana; “bebió aquel lenguaje y estilo” y aún
escribió una novela caballeresca, según nos informa su primer biógrafo, fray
Francisco de la Ribera. (33).
Examinemos uno de los más abundantes
casos en que es notorio que Santa Teresa copia literalmente a sus autores. Nos
referimos a un pasaje de Tercer
abecedario espiritual, de Francisco de Osuna, que dice: “Un don es dar Dios
alguan gracia y otro el dar el conoscimiento della; y a muchos da lo primero,
que es hacer las mercedes, y no les da lo segundo, que es el conoscimiento
dellas” (34) En el convento de San José de Ávila, se conserva como preciosa
reliquia el ejemplar gótico de este Tercer abecedario, leído, releído y
anotado por la Santa.
Modernamente hay muchos críticos que
desprecian los estudios de las fuentes literarias, porque lo único que interesa
en un autor es su personalidad, su objetividad, su propia creación. Sin
embargo, yo conservo la antigua estimación hacia el estudio de las fuentes,
porque es el mejor modo de apreciar lo que el autor inventa, es el único modo
de situarle dentro del medio espiritual en que se formó y vivió. Pero es
necesario, repetimos, que el estudio atienda a obtener estos dos resultados
para no privarse de sus naturales frutos.
ÉXITO
DE ORIGINALIDAD
Tratando de describir algunos estados
de oración, dice ella: “Aunque he leído muchos libros espirituales, aunque
tocan en lo que hace al caso, decláranse muy poco.” Y así se ve llevada a
regiones extrañas a la literatura existente para satisfacer su afán de ahondar
en el análisis de los propios estados psíquicos. Muy lejos de todas sus
fuentes, la inspiración divina la exalta; “como desatinada y embriagada” en el
amor celeste, siente florecer su alma, que “no ba en sí con un desasosiego
sabroso. Y contradiciendo la natural llaneza de su lenguaje, la Santa acumula
los adjetivos antitéticos para dar a entender aquella “gozosa pena en que el alma se
anega; un glorioso desatino, una celestial locura, donde se aprende la
verdadera sabiduría.”; una y otra vez repite desatinos santos, borrachez
divina, embriaguez celestial, “palabras en alabanza de Dios, sin concierto
si el mesmo Señor no las concierta…,” hasta que, desahogado su deífico furor de
bacante, exclama, segura de haberse superado: “Veo claro que no soy yo quien lo
dice, que ni lo ordeno, con el entendimiento, ni sé después cómo lo acerté a
decir.”
Esa naturalidad de afecto y de pasión
admirablemente apreciada por el escritor de entonces más perfecto en su
lenguaje, y, por tanto, más contrario al desaliño habitual en la Santa. Fray
Luis de León que no conoció ni vio a la Madre Teresa mientras estaba en la
tierra, se consuela viéndola y comunicando con ella en sus escritos; la lengua
en que ella los redactó, pese a las anomalías gramaticales extrañadas por
muchos, es “la misma elegancia”, envuelta en la cual recibe el alma un fuego
sublime: “que el ardor grande que en aquel pecho santo vivía salió como pegado
en sus palabras, de manera que levantan llama por dondequiera que pasan”. (35)
https://ocdiberica.com/actualidad/comienza-la-veneracion-publica-del-cuerpo-de-santa-teresa-de-jesus/
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SANTA
TERESA DE JESÚS, Obras Completas, Estudio preliminar y notas
explicativas por LUIS SANTULLANO, con un ensayo EL ESTILO DE SANTA TERESA por
Ramón Menéndez Pidal, Madrid, Editorial Aguilar, 1970, pp. 1347.
1.- Experiencias
religiosas.
2.- Vida, cap. XVIII.
3.- PÉREZ DE AYALA, refiriéndose a San Agustín: El sendero
innumerable.
4.- UNAMUNO, En torno al casticismo.
5.- FRANCISCO DE OSUNA, Tercer Abecedario espiritual.
6.- J. BARUZI, Leibniz et l´organisation religieuse de la terre.
7.- Vida, cap. XXXVIII.
8.- Abbé R. HOORNAERT, L´amé ardente de Saint Jean de la Croix.
9.- G.ETCHEGOYEN: L´amour divin.
10.- Padre MIGUEL MIR, Escritores místicos españoles.
11.- Bulletin Hispanique.
12.- Constituciones.
13.- Las Fundaciones.
14.- Vida, cap. XIII.
15.- Carta CXXXVIII.
16.- Vida.
17.- Moradas.
18.- Carta CXVIII.
19.- Carta CXLVI.
20.- Padre SILVERIO DE SANTA TERESA, Obras de Santa Teresa.
21.- Carta CXXXI: A la Madre María de San Jose.
22.- Carta CXLVIII: Al Padre Ambrosio Mariano de San Benito.
23.- Fundaciones, cap. VI
24.- Carta CLXVIII.
25.- J. BARUZZI: Obra citada.
26.- J. LILLO RODELGO: El sentimiento de la Naturaleza.
27.- J. OLIVEIRA MARTINS: Historia de la civilización ibérica.
28.- Recoge esta acusación el P. Jerónimo Gracián: véase Biblioteca
de Autores Españoles LV, págs.. 505 b, 506, con la exculpación que da el
P. Gracián.
29.- Una lista de estas formas da V. de la Fuente en la Biblioteca
de Autores Españoles, LIII, págs.. 15 y siguientes, y más abundante A.
Sánchez Moguel en El lenguaje de Santa Teresa de Jesús, Madrid 1915;
págs.. 45 y 51-55. Véase también Las Moradas, edic. T. Navarro, en La
Lectura, I.°, XVI, 143, etc.
30.-Véase su vida estudiada por A. Morel-Fatio, en el Bulletin
Hispanique, IX, 1907, pág. 245.
Doña Catalina era veintisiete años más joven que Santa Teresa.
31.- Véase la carta en Biblioteca de Autores Españoles, LV, pág.
126 b, Moradas Vas, 4°.
32.- G. ETCHEGOYEN: L´Amour divin, sur les sources de Sainte Thérése,
Bordeaux, 1923, págs.. 29 y 30. Véase sobre este libro A. CASTRO, en la Revista
de Filología Española, XII, 1925, pág. 191, y en Santa Teresa y otros
ensayos, 1929.
33.- Vida de la Madre Teresa de Jesús, Madrid, 1602, I° 5°.
34.- Tercer Abecedario, V.° 3.°; repite en III° 2.° (en la Nueva
Biblioteca de Autores Españoles, págs.. 372 a y 351 b).
35.- Carta a las
Carmelitas Descalzas de Madrid, 1587; en la Biblia de Autores Españoles, LIII, pág. 19
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