miércoles, 23 de septiembre de 2026

 

https://www.teologoresponde.org/2014/03/21/cual-es-la-doctrina-y-la-historia-del-gnosticismo/

Cuál es la Doctrina y la Historia del Gnosticismo?

DOCTRINA. 

La palabra griega gnosis significa conocimiento o ciencia. Durante el periodo helenístico adquiere un significado propio y habitualmente religioso, y, tras las herejías gnósticas, se aplica casi exclusivamente en sentido heterodoxo. Tres puntos polarizan la gnosis tomada en sentido religioso: conocimiento, revelación y salvación, susceptibles de múltiples interpretaciones, tanto en sí mismos, como en su interdependencia. La cuestión es eterna, pero el abigarrado mundo sincretista de los primeros siglos en los que se inició la historia de la Iglesia resultó un especial caldo de cultivo para transposiciones y subproductos de la gnosis ortodoxa.

l. Gnosis ortodoxa

En los escritos neotestamentarios, el conocimiento (gnosis), resultado de aceptar la Revelación (v.), goza de especial relieve; supone pasar del esfuerzo racional por conocer a Dios a un nuevo y más alto conocimiento basado en el testimonio divino y recibido por fe. Se trata de un auténtico acceso al misterio divino: ‘Os ha sido dado conocer los misterios del reino de los cielos’ (Lc 8,10); conocimiento, que es fruto de la amistad de Cristo: ‘… a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído de mi Padre os lo he dado a conocer’ (lo 15,15); la vida eterna consiste en conocer a Dios y a su enviado Jesucristo (lo 17,3). Es claro que se trata de un conocimiento de fe (v.), estrechamente ligado al amor, a la caridad (v.) o agapé: ‘… que Cristo habite en vuestros corazones, para que arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor a Cristo, que excede todo conocimiento’ (Eph 3,17-19).

La oscuridad de la fe es al mismo tiempo luminosidad, también para la inteligencia. La fe es una nueva luz, un nuevo conocimiento; el término fotismós (iluminación) es uno de los utilizados desde los primeros tiempos para designar el Bautismo. En sus obras polémicas, los Padres refutarán la gnosis herética (v. 2), no por ser gnosis, sino por ser falsa. S. Ireneo (v.) titula su libro Elenco y refutación de la falsa gnosis, intentando sustraer el término gnosis del proceso de adulteración. En la Didajé (v.), se dan gracias por el conocimiento y la fe que Dios nos ha dado por medio de Jesucristo (9,3; 10,2); S. Ignacio de Antioquía (v.) dice de ella que lleva a la inmortalidad (Ad Ephesios, 17,2); este conocimiento salvador no es otra cosa que la aceptación de Jesucristo (ib.). ‘La verdadera gnosis, añade S. Ireneo (Adversus Haereses, IV,33: PG 7,1077 B), es la doctrina de los Apóstoles’, subrayando que la explicitación de esta doctrina se lleva a cabo por el estudio, y señalando el primer esfuerzo por distinguir la especulación teológica de la fe. Si S. Ireneo dedica gran parte de sus esfuerzos a desenmascarar la falsa gnosis, Clemente de Alejandría (v.) dedica buena parte de los suyos a delimitar la gnosis auténtica. El fundamento de esta gnosis no puede ser otro que la fe, ‘primer movimiento del hombre hacia la salud’ y ‘fundamento de la caridad’ (Stromata, 11,6: PG 8,965-967). Esta fe se funda en las enseñanzas del Señor y de los Apóstoles, contenida en la S. E.; el ‘gnóstico’, además, sigue las palabras y los hechos del Señor que le han llegado por tradición, ‘guardando la rectitud apostólica y eclesiástica de los dogmas’ (Stromata, VII, 16: PG 9,544).

Para ser gnóstico, se requiere, finalmente, llevar una vida ascéticamente perfecta. Para Clemente, el ‘gnóstico es, en primer lugar, aquel que conoce ciertas verdades; es, en segundo lugar, aquel que ha llegado a la perfección espiritual; es, en fin, un educador que conduce a otros a la gnosis’ (J. Daniélou, Message évangélique el culture hellénistique, París 1961, 409-410). La parte intelectual integrante del gnóstico es asimismo rica en facetas: es comparación de los dogmas entre sí (Stromata, 1,2: PG 8,709), apología (ib. 11,11: PG 8, 984), interpretación espiritual y alegórica de la S. E. (ib. VI,15: PG 9,340), uso de la filosofía para explicar los dogmas (ib. 1,2: PG 8,709), es, sobre todo, theoría, contemplación constante: ‘El gnóstico ora durante toda su vida’ (ib. VII,7: PG 9,456C), contemplación que le hace subir cada vez más en la semejanza con Dios (ib. V11,3: PG 9,416 C-428 A). En resumen, para Clemente, la gnosis constituye un paso sobre la mera recepción de la fe; es quehacer teológico, esfuerzo moral, plenitud de vida cristiana, contemplación y apostolado, entendido éste como entrega de lo contemplado a los discípulos, como auténtica función magisterial.

Orígenes (v.) profundiza en el contenido espiritual del concepto de gnosis, distinguiendo con mayor nitidez entre fe y gnosis: creer es aceptar el credo, mientras que la gnosis equivale a conocer a Dios por vía mística, constituyendo el perfeccionamiento o último estadio de la vida de fe (Commentarium in Johannem, X,37: PG 14, 373). Para llegar a ella es imprescindible la práctica de las virtudes y el total dominio de las pasiones por medio de la apatheia. Gnosis y theoría son aspectos que se intercambian en Orígenes: ‘Contemplar, conocer y comprender no son términos que signifiquen actos diferentes’ (H. Crouzel, Origéne el la connaissance mystique, Toulouse 1960, 398). La gnosis versa preferentemente sobre los misterios secretos de Dios contenidos en la S. E. (De Principüs, IV,2: PG 11,372-376); de ahí la importancia de la exégesis alegórica. Orígenes establece un paralelismo entre los estadios de la vida interior -simpliciores, progredientes, perfecti- y los tres sentidos de la Escritura, reservando a los perfectos ‘penetrar en la ley espiritual que contiene los bienes futuros’ (1. c.). La inteligencia se eleva a partir de la letra y bajo la acción de iluminaciones divinas al conocimiento del misterio.

Así lo describe en la Hom. XXVII in Numeros al llegar a la 15 etapa de la ascensión del alma: ‘Después se llega a Rathma o Pharam. Rathma es interpretado como visión consumada, y Pharam como rostro visible. ¿Por qué el alma no ha de ensancharse hasta el punto de que, insensible a los dolores de la carne, tenga visiones consumadas, comprenda la perfecta significación de las cosas, conozca con plenitud y profundidad las razones de la encarnación del Verbo de Dios y las formas que reviste la economía de este misterio?’ (PG 12,794-795). Este conocimiento supone la unión entre cognoscente y conocido, de forma que no se conoce a Dios más que uniéndose a Él (Commentarium in Johannem, XIX,4: PG 14,532).

Junto a la riqueza de la explicitación del concepto de gnosis por parte de los ortodoxos, es necesario destacar algunas sombras y peligros que acompañaron su desarrollo: 1) El que este conocimiento se tornase esotérico bajo los influjos de la exégesis alegórica, de la apocalíptica judía y de la apreciación indiscriminada de ciertas tradiciones orales, muchas de ellas provenientes de los presbíteros judeo-cristianos. Baste citar un texto: ‘Pues, si llamamos sabiduría a Cristo y su operación por medio de los profetas, por medio de la cual se aprende la tradición gnóstica (gnostiké parádosis), como Él mismo enseñó -a los Apóstoles: que la sabiduría es conocimiento, ciencia y comprensión estable y firme de las cosas que son, han sido y serán, ya que ha sido entregada y revelada por el Hijo de Dios. Y, si el fin del sabio es la contemplación, la contemplación de los que ahora son filósofos busca la sabiduría divina; pero, no la consigue, si no recibe la voz profética entregada a él, por la cual es adoctrinado de cómo fueron, son y serán las cosas que son, han sido y serán. El conocimiento es tal, que ha llegado hasta muy pocos entregado desde los Apóstoles por sucesión sin escritos’ (Clemente de Alejandría, Stromata, VI,7: PG 9,281-284). El texto manifiesta un recurso a unas tradiciones orales distintas de la Tradición (v.); por otra parte, el objeto del conocimiento ‘las cosas que son, han sido y serán’, no puede menos de evocar las preocupaciones de la apocalíptica sobre el fin de los tiempos (cfr. J. Daniélou, o. c., 437). 2) La tentación de dividir a los cristianos entre ‘gnósticos’ y ‘simples’, y, dado el papel que juega el conocimiento y su confusión con la perfección o plenitud de vida cristiana, el peligro de reducir la perfección cristiana a patrimonio de una élite. Las sombras, sin embargo, no pueden paliar la grandeza del esfuerzo ligado a este concepto: apertura a la sabiduría, iniciación del quehacer teológico y comienzo de una teología mística, cuyas líneas, a través de S. Gregorio de Nisa (v.) y de Evagrio Póntico (v.), perduran en la Iglesia.

II. Gnosis heterodoxa.

Al enfocar el complejo mundo de la gnosis heterodoxa desde el ángulo teológico, son de especial interés estos tres puntos: 1) Relaciones de la gnosis heterodoxa con el cristianismo; 2) Qué entienden los gnósticos por gnosis; 3) Cuáles son los principales puntos del gnosticismo que motivaron la reacción de los Padres de la Iglesia. No existe unanimidad a la hora de circunscribir las sectas gnósticas, o determinar su origen. Mientras H. Cornelis estima que toda religión lleva consigo su subproducto gnóstico en forma parasitaria, y que la gnosis heterodoxa es tentación eterna de los cristianos (Gnosis eterna, Madrid 1961), R. M. Grant la entiende como ‘formas de pensamiento y experiencias religiosas que van desde la Galia hasta el Irán y desde el primer siglo de nuestra era hasta los ss. xii y XIII’ (La gnose et les origines chrétiennes, París 1964), y Tixeront la reduce hasta el s. v (Histoire des dogmes dans Pantiquité chrétienne. I, París 1914, 192). Seguiremos esta última delimitación.

1) Relaciones de la gnosis con el cristianismo. Según S. Ireneo y S. Epifanio (v.), los gnósticos no constituyen una herejía cristiana, sino una falsa religión, que ha tomado su ropaje externo del cristianismo. Harnack (v.), en cambio, estima erróneamente el gnosticismo como resultado del primer intento del quehacer teológico, como una helenización del cristianismo. Sin mucha exactitud Bultmann (v.) considera que gnosticismo y cristianismo son dos movimientos simultáneos, que se han influenciado mutuamente (G. van Groningen, First century gnosticism, Leiden 1967, 15). Merece especial consideración el juicio de S. Ireneo no sólo por su cercanía temporal y conocimiento personal de los gnósticos, sino también porque un análisis del núcleo profundo de la gnosis, la revela esencialmente distinta del cristianismo. Los diversos sistemas gnósticos, escribe Tixeront (o. c., 193), representan un esfuerzo del pensamiento filosófico por absorber el cristianismo y transformarlo en una simple filosofía religiosa, o del pensamiento religioso por encontrar un sentido más profundo, que no se compone con la sencillez del Evangelio, y transformarlo en una mistagogia de iniciaciones y ensueños.

2) Qué entienden los gnósticos por gnosis. A pesar de la multiformidad de las sectas gnósticas, los Padres denominaron a todos con este nombre, señalando con ello que todas tenían algo en común, y que ese algo estaba vertebrado sobre el contenido del término gnosis. Para el gnóstico, la gnosis no es equivalente a la nueva luz de la fe, a la doctrina de los Apóstoles profesada según el sentir de la Iglesia, o al credo explícitamente confesado, sino a algo esencialmente distinto de la fe de los sencillos y contrapuesto a ella; entre gnosis (conocimiento) y pistis (fe) existe una oposición irreductible. El objeto sobre el que versa este conocimiento superior y contrapuesto a la fe no es ni Dios, ni Cristo, sino el hombre mismo: el gnosticismo es eminente y radicalmente antropocéntrico.

Obsérvese cómo enumera Teodoto los frutos que dimanan del Bautismo: ‘El Bautismo nos da no sólo la libertad, sino la gnosis de qué éramos, qué hemos venido a ser, a dónde hemos sido arrojados, a dónde vamos, de qué nos libramos, qué es nacer y qué es renacer’ (Excerpta ex Theodoto, 78: PG 9,693696). S. Hipólito (v.) transcribe una carta de Monoimo a Teofrasto con igual contenido: ‘Abandonando la búsqueda de Dios, de la creación y de las cosas parecidas, búscalo partiendo de ti mismo, y aprende quién es el que en ti se apropia absolutamente de todas las cosas y dice: mi Dios, mi espíritu, mi pensamiento, mi alma, mi cuerpo; y aprende de dónde proviene el contristarse y el alegrarse, el amar y el odiar, y estar despierto sin querer y dormir involuntariamente, y el airarse no queriendo, y el amar contra la propia voluntad; y cuando hayas buscado todo esto diligentemente, lo encontrarás en ti mismo, según aquel punto uno y múltiple que tuvo su comienzo en él’ (Syntagma, V111,15: PG 16/III,33623363).

Este antropocentrismo de corte subjetivo marca las relaciones entre revelación, salvación y gnosis. El gnóstico habla de que la revelación es necesaria, dada la insuficiencia actual de la inteligencia, alienada por las atracciones de la materia, a la que considera mala, pero afirma a la vez que el fin o sentido de esa revelación es ‘despertar’ al gnóstico, haciéndole tomar conciencia de sí mismo, haciéndole descubrir que es distinto y superior a la materia, que él es una ‘chispa’ desprendida de la Divinidad. Así, en el diálogo con la samaritana (lo 4,18), dice Heracleón, Cristo la despierta descubriéndole que los maridos no están unidos a ella más que en un orden material, y que está llamada, dado su carácter pneumático, a un destino superior (cfr. F. Sagnard, La gnose valentinienne et le témoignage de S. Irénée, París 1947, 498 ss.). Si el fin de la Revelación consiste en ‘despertar’ al gnóstico haciéndole ‘experimentar’ su propia dignidad, es lógico que no preocupe su contenido objetivo, ni su fiel trasmisión, sino la capacidad para provocar la experiencia de sí mismo. De ahí el recurso a revelaciones esotéricas, el horror a un canon o símbolo de doctrina, el desprecio de la autoridad de la Iglesia como intérprete de la Revelación. De ahí también su fluidez y multiformidad. La salvación gnóstica equivale a una autoliberación por una autoconciencia del propio ser divino, efecto de la emanación de la Divinidad, con el que se ha nacido y que no es objeto de conquista, sino de experiencia. Por eso se toma como momento clave de la conversión del hijo pródigo aquel en que ‘entra en sí mismo’ (Le 15,17). no aquel en que es perdonado por su Padre. El gnóstico busca dentro de sí mismo la sustancia de la propia salvación, y espera encontrarla inevitablemente, ya que ha nacido con ella. De ahí que pueda darse, afirma Cornelis (DSAM 6,533), gnosis sin salvador, pero no salvación sin gnosis. La salvación viene en y por la gnosis, no por el salvador, que es objeto secundario, ya que es el mero portador de un mensaje salvífico, cuya aceptación no depende de su gracia, sino de la naturaleza de quien lo recibe (Orígenes, Comm. in Jo/i., XIII, 10: PG 14,413).

Se comprende que el culto a la palabra fuese superior al culto a Cristo, cuya realidad histórica apenas interesa, con el consiguiente desprecio para la Iglesia visible y los sacramentos. Se comprende también que la mayoría de los gnósticos fuesen docetas (V. DOCETISMO). Sostienen, además, el equivocismo entre el mundo y Dios, a quien consideran lo absolutamente otro, llamándole ‘el no-ser’ (Hipólito, Syntagma, VI1,21: PC, 16/III, 3303), y no entienden el concepto de creación ex nihilo, viéndose forzados a aceptar la emanación, considerando al gnóstico como ‘chispa’ desprendida de la Divinidad, y situando la ‘caída’ en el seno mismo de la Divinidad en el pecado de la SopItía divina. Para ello no tienen más remedio que privar al pecado de su cualidad de acto responsable y libre y entenderlo como dialéctica necesaria del espíritu, que ha de tomar conciencia de sí mismo a través de la experiencia de lo que le es ajeno. Es elocuente que Heracleón presente a la samaritana como encarnación del ideal gnóstico ante la gran sorpresa de Orígenes, que no entiende por qué Heracleón dice que no pecó (Comm. in Joh., XII1,11: PG 14,415). Si el pecado es un error inevitable y la salvación el despertar de ese error, les sobra el sacrificio del Redentor, la Redención y el sacerdocio. Finalmente, dada su concepción de la materia como mala (v. DUALISMO), pervierten la escatología, negando la resurrección de los cuerpos, y afirmando que el mundo será aniquilado. La gnosis heterodoxa aparece como un triste empobrecimiento de la gnosis -atólica. Tiene un indudable matiz iluminista, pero ha perdido su carácter de conversión moral, requerida incluso para los filósofos no cristianos (cfr. G. Bardy, La conversión al cristianismo durante los primeros siglos, Bilbao 1961), y se encuentra expuesta a todos los avatares de la imaginación impulsada por el deseo de autojustificación.

3) Principales puntos que motivan la reacción de los Padres: Negación de los conceptos de Tradición, sucesión apostólica y de la regla de fe. Negación del acto creador como fruto divino y atribución al demiurgo. Negación del pecado original, que sitúan en el seno de la Divinidad. Docetismo. Negación de la resurrección de los muertos (cfr. Tixeront, o. c. l). V. t.: FE; TEOLOGÍA; RAZÓN II; REVELACIÓN IV; DIOS IV, 13; DUALISMO; etc.

BIBLIOGRAFÍA.:

Además de la citada en el texto: VOELKER, Quellen zur Geschichte des christlichen Gnosis, Tubinga 1932; F. SAGNARD, Extraits de Théodote, París 1948; G. QUISPEL, Leure de Ptolomée á Flora, París 1949; PG7,1263-1321; TH. CAMELOT, Foi et gnose, Introduction á l’étude de la connaissance mystique chez Clément d’Alexandrie, París 1945; A. ORBE, Estudios valentinianos, Roma 1955-1961; E. PETERSON, Frühkirche, Judentum und Gnosis, Friburgo 1961; T. MOLNAR, Los nuevos gnósticos, ‘Atlántida’ n° 39, VII (1969) 329-336. H. CORNLLIS y A. LÉGNAR6, La gnosis eterna, Andorra 1961; L. CENCILLo, La vida espiritual en las sectas gnósticas, en Historia de la espiritualidad (dir. B. Jiménez Duque y L. Sala Balust), III, Barcelona 1969, 419-454. V. t. la bibl. y las obras generales citadas al final del art. siguiente (II).


Historia. (Por LUIS CENCILLO)

1.Introducción y antecedentes.

Aunque se habla de gnosis cristiana ortodoxa y así lo hace ya S. Ireneo, es cierto que el gnosticismo en sentido estricto significa una corriente de espiritualidad e incluso una religión extracristiana o, cuando menos, heterodoxa (v. i). Está fuera de duda la existencia de una corriente de espiritualidad semejante, con anterioridad a la predicación del Evangelio y distinta también de las Religiones de Misterios (v.). El Poimandres, incluido en el s. III d. C. en el Corpus Hermeticum (v. HERMETIsmo) es, según Reitzenstein (Studien zum Antiken Synkretismus, Leipzig-Berlín 1926, 29-33), el primer documento estrictamente gnóstico no cristiano anterior a la predicación apostólica. Hacia el s. 1 a. C. pululan una serie de sectas influidas por la religiosidad irania (v. IRÁN vil) y fundadas por poetas de carácter profético, el más representativo de los cuales es Alejandro de Abotoneikos (cfr. Filón, De spec. leg., 1,315-323); los miembros de la secta se denominan kátharoi (puros) y ágnoi (devotos) (cfr. Filón, De emigr. Abrah. 89-90), y pretendían vivir como puros espíritus (pneumátikoi) entregados a una devoción puramente personal e intimista con ideas firmes y claras acerca de la inmortalidad personal, fundada en la pre-existencia del alma predestinada, y en un Pléróma trascendente, del cual se habría desprendido como una chispa (spínther) caída e impurificada en el cosmos material.

Según su origen, distingue fundamentalmente la antropología gnóstica tres razas de hombres: los espirituales por naturaleza (que acabamos de citar), los materiales (hylikoi) que son irredimibles, y los animales (psykhikoi) que a base de esfuerzo ético pueden obtener una salvación incompleta, quedando en el tópos (lugar intermedio) sin acceso al Pléróma propiamente dicho. Incluso los espirituales no se salvan totalmente, sino sólo su spínther del Pléróma puede volver a él, habiéndose despojado de su alma psíquica (Ireneo, Adv. Haer., 1,7,1). Así estas tres razas de hombres apenas tienen algo de común, e incluso las dos inferiores tienen menos realidad, ya que ésta consiste en la impronta (egmageion) de la esfera ideal sobre la sombra de la vida animal y material; la idea arquetípica que mediante el spínther se encarna en la materia es el Anthrópos, el hombre primordial cósmico, o la Sophía, según las sectas.

En consecuencia, la perfección gnóstica consiste en tomar conciencia del origen trascendente y arquetípico del alma pneumática, con lo cual desaparece todo temor, ya que el spínther está predestinado por naturaleza (no por gracia) a retornar tarde o temprano al Pléróma, para celebrar allí la unión esponsalicia (syzygía) con su consorte angélico, homologando así las nupcias eternas de Anthrópos y Ekklesía. Para ser capaz de estas nupcias ha de ir madurando el spínther que hay en el hombre; más ello no se logra mediante obras, sino mediante una toma de conciencia cada vez más profunda (gnósis) de su verdadera naturaleza pneumática. Algunos maestros gnósticos, como Satornil, declaraban impuros el matrimonio y la procreación (rasgo común a los maniqueos, v., los cátaros, v., y demás sectas espiritualistas medievales) por contribuir a encadenar almas puras en la materia. La gnósis propiamente dicha difería de la fe o pístis; en las doctrinas de Valentín (v.) y de Basílides se da una fe ciega o adhesión firme a las enseñanzas de la secta, que es el punto de partida indispensable para la gnosis, pero además existe otra fe ruda (psilé) necesitada de pruebas y de milagros por carecer de la connaturalidad con el Pléróma, y que es imperfecta y propia de los psíquicos.

La experiencia de la gnósis es un conocimiento intuitivo e iluminativo (sophía) que descubre la verdadera naturaleza trascendente del fiel y la hace madurar (mórphósis) para el Pléróma, pues mediante esta sophía (sabiduría) se va asimilando a la Sophía personal de arriba. En las sectas de carácter popular, como eran las de Roma del s. III: Barbeliotas, Carpocratianos, Ofitas de Celso, Nicolaítas, Sethianos. Severianos, Arcónticos, etc.. y en el grupo copto, los ritos que existían ya en la gnosis desde un principio (p. ej., bajo forma de banquete, etc., pero que eran considerados de poca importancia para la maduración gnóstica), van desplazando a la gnósis hasta convertirse en una magia (v.) soteriológica de carácter esotérico. Algunas concepciones de base, la ascética y la jerarquía pueden conducir a una identificación de la gnosis con el maniqueísmo y diversas sectas medievales, sin embargo, en ningún caso sería exacta la identificación. El maniqueísmo (v.) recoge ciertamente elementos de las sectas gnósticas dispersos por el Asia anterior, así como del mitraísmo iranio (v. MITRA); su doctrina es esencialmente ecléctica, pero como fenómeno histórico-rreligioso constituye una unidad histórica irreductible e idéntica a sí misma, que tampoco puede considerarse prolongada por las sectas de los cátaros (v.), bogomilas (v.) y patarinos. Su rasgo más personal es el mimetismo que hace de él un movimiento proteico perfectamente adaptable a cuantas áreas culturales se extendía, desde la península Ibérica (se pretende que Prisciliano, v., y su grupo han dependido del movimiento maniqueo) hasta; el Asia central y el Extremo Oriente (descubrimientos en Turfan) pasando por el norte de África, los Balcanes y Armenia. Su culto sencillo, su tendencia igualitaria, su moralidad no excesivamente exigente, su teoría de las reencarnaciones (v. METEMPSÍCOSIS) y su dualismo (v.) para explicar el problema del mal de modo convincente para la mentalidad popular, hacían del maniqueísmo la religión ideal de zonas religiosamente inestables y de pueblos vagamente cristianizados.

2. Primeros gnósticos

A causa de la escasez de datos y fuentes directas sobre los primeros jefes de sectas gnósticas, y de la desconfianza sembrada por De Faye (cfr. Gnostiques et gnosticisme, 2 ed. París 1925) y por la escuela de Tubinga hacia los informes procedentes de los Padres, resulta difícil concretar algo. Hegesipo menciona en su catálogo las herejías de Cleobio, de Dositeo relacionado con Simón en Palestina, de Gorfeo y de Masboteo (cfr. Eusebio, Hist. Eccl. IV,22,5). Orígenes en Contra Celsum (1,57) confirma la existencia de Dositeo. Pero de estos gnósticos no son conocidas sus doctrinas o sistemas. Justino (VI,19; 256,1) testifica la existencia histórica de Menandro en Samaría relacionado también con Simón, y conoce a otros gnósticos dependientes de él. También nos informa de la existencia de Satornil, que habría fundado una secta a mediados del s. II. Cerinto figura en el Adversus Haereses de S. Ireneo, en los Philosophoneuma de Hipólito y en el Dialogus de Cayo, a quien él atribuye una concepción escatológica plagada de reminiscencias materialistas procedentes de los apocalipsis judíos. Finalmente, Cerdón habría vivido en tiempos de S. Higinio, según una buena tradición romana recogida por Ireneo (o. c. 1,27,1; 111,4,2) y habría sido maestro de Marción; parece ser que a él se debe por lo menos la concepción del doble dios inspirador respectivamente del Antiguo y del N. T., fundamento de la doctrina de Marción (v.) que no fue un gnóstico sino un racionalista.

Los testimonios concordes de los contemporáneos de Marción le hacen proceder de Sínope del Ponto y de una familia de armadores. Harnack data su nacimiento en el a. 85, hijo de un obispo cristiano. En tiempos de Antonino Pío llega a Roma, no se sabe si ya cristiano o si hubo de bautizarse en la Urbe, como un pasaje del Adv. Marcionem (IV,4,3) de Tertuliano parece darlo a entender. De todos modos, los armadores de Sínope debían de tener un conocimiento profundo del judaísmo que florecía en los puertos del Ponto y que hubo de influir negativamente en el ánimo de Marción desde antes de su conversión. Es cuestión todavía controvertida la del influjo que sobre él haya ejercido Cerdón, gnóstico de la línea de Satornil. Según la tradición marcionita la ruptura entre Marción y la Iglesia habría ocurrido el 21 jul. 144, poco después del comienzo del año séptimo del emperador Antonio. La secta nacida de esta ruptura todavía ofrecerá resistencia activa a la ortodoxia en el imperio bizantino. Marción no fue ciertamente un gnóstico, como se pensó en algún tiempo, cuando los gnósticos no eran todavía bien conocidos; aunque pretendió integrar en la fe de la Iglesia algunos elementos gnósticos y se halló poderosamente influido por su clima ideológico, presenta un temperamento y estilo moral diversos. El fundamento de toda la doctrina de Marción está en dos principios: la malicia esencial de la materia y la existencia de un verdadero Dios desconocido y foráneo, el Dios revelado en el N. T., pura expresión de la bondad sin mezcla y opuesto al Dios del A. T.; es decir, dualismo (v.) seguido de un rigorismo ascético enfocado al mínimo uso de las cosas creadas y materiales (v. MARCIóN). En el curso del s. II las incertidumbres desaparecen, y repentinamente nos hallamos ante un multiforme despliegue de sectas y de sistemas, a la cabeza de los cuales figuran dos grandes jefes, verdaderos pensadores de cierta altura: se trata de Basílides y de Valentín.

3. Basílides

Basílides aparece como jefe de secta en tiempos de los emperadores Adriano y Antonino Pío; su doctrina es continuada por su hijo Isidoro en las Ethiká. La mejor fuente para Basílides son los Stromata de S. Clemente de Alejandría (v.; ed. Stáhlin en G.C.S., Leipzig 1905-09; vol. IV, 1934), sobre todo el 11, III, IV, V y VII. Parte Basílides de un problema de orden moral y racional, el del sufrimiento de los inocentes; ninguna perspectiva soteriológica ó escatológica le ayuda a encajar el mal físico (su racionalismo inmanentista es semejante al de La Peste de Camus). A diferencia de Marción no busca la solución en un desdoblamiento de la divinidad, sino en la localización de un misterio de iniquidad en el fondo de cada hombre, aun de los inocentes. Para explicarlo no recurre Basílides al mito de una caída prenatal, sino a la concepción más abstracta de una culpa virtual e interpretativa: el hecho de que el hombre sea capaz de pecado, merece ya por sí mismo castigo. Clemente le atribuye una moral rigorista (cfr. Stromata, IV,24,153), según la cual Dios no perdona ninguna falta deliberada. El Dios de Basílides no es; según Apuleyo trasciende todas las categorías del ser, como en los neoplatónicos, pero entre sus atributos la bondad y la justicia, que eclipsan a todos los demás, resultan demasiado semejantes a la bondad y a la justicia terrenas, pues siempre que permiten un mal han de obedecer a un motivo, y a un motivo punitivo, que consiste en la disposición próxima al pecado que cada hombre tiene: tó hamartematikón. Pretendía superar a la vez las limitaciones de la filosofía y de la fe cristiana y obtener un conocimiento más cálido y sapiencial que el de la filosofía estoica .,y más esotérico y misterioso que el de la sobria fe cristiana (éste es un rasgo común a todas las escuelas gnósticas); concibe una pístis physiké o fe natural (cfr. Strom. 11, 3,10) que consiste en la predisposición natural a las enseñanzas de la secta en los predestinados, gracias a la cual éstas son admitidas sin necesidad de demostración racional.

Su doctrina estaba contenida literariamente en las Exegetiká que eran unos comentarios a los Evangelios que también Ireneo, Hipólito y Orígenes conocían a fondo. En su hijo Isidoro la culpabilidad se concreta, más para ello ha de abandonar el plano abstracto y concebir una entidad, procedente tal vez de las concepciones religiosas de Siria y del Irán: el alma adventicia (Per! prosphyoús phychés se titula precisamente otro tratado de Isidoro extractado en los Stromata). El y Basílides pretendían deducir de S. Pablo, y de S. Mateo (19,10-12), que el matrimonio era un mal menor, falseando así la doctrina evangélica. Sin embargo, Basílides e Isidoro, los más sensatos entre los gnósticos, parecen haber observado que el temor excesivo a las caídas resultaba perjudicial y que la lucha angustiosa por la pureza sexual absorbía las energías y secaba la esperanza. Por ello aconseja Isidoro el matrimonio en casos extremos, y de no ser éste posible por excesiva juventud, enfermedad o pobreza, recomienda evitar el aislamiento, buscar la compañía de los hermanos y el consejo y la imposición de manos de algún hermano cualificado (un rito semejante a la absolución penitencial). Como fundamento de su moral sexual pone Isidoro esta notable observación: lo sexual no es una necesidad absoluta (Stromata, III,1,1-3).

Valentín parece haber llenado toda la primera mitad del s. II; su discípulo Heracleón aparece ya citado en el Syntagma de Hipólito a fines del siglo, y cuyo influjo debió de comenzar en el 155. La Epístola a Flora, de su otro discípulo Ptolomeo, parece datar según Harnack (que la publica con aparato crítico en sus Kleine Texte, 1894) del 160; o sea que para estas fechas ya estaba formada y madura la escuela de Valentín, del cual se conservan cartas, sermones y fragmentos diversos en los Stromata, mientras que de su escuela la carta de Ptolomeo a Flora la ha conservado Epifanio, los fragmentos de Heracleón, Orígenes, y los extractos de Teodoto, Clemente de Alejandría. Noticias de la secta nos dan el Adversus Haereses de S. Ireneo (hacia el 180), los Philosophoumena de Hipólito (hacia el 225) y el Adversus Valentinianum de Tertuliano (hacia el 210); también hay una alusión en la Enéada IX de Plotino, en el Pseudotertuliano, en Filastro y en Teodoreto. También Valentín aparece obsesionado con el problema del mal, bajo la forma exclusivamente de pecado, pero es menos abstracto que Basílides y lo explica en forma de mito como contaminación del espíritu por la materia. Aunque de un modo estilizado, por el cual se libran Valentín y su escuela de caer en el barroquismo mitológico y ocultista de las demás sectas gnósticas, se diferencia su sistema del racionalista de Basílides por la amplia acogida que hace a las entidades intermedias y cónicas entre Dios y los humanos. La secta se divide en dos ramas, la ítala y la anatolia. Sus doctrinas son una mezcla del A. T. y N. T. con categorías y leyendas indias, iranias, alejandrinas y griegas (v. VALENTíN y VALENTINIANOS).

4. Severianos

A lo largo del s. III se convierte Roma en el centro de confluencia y de fusión sincrética de todas las sectas que van dando cada vez mayor entrada a formas de culto aberrantes. Así, p. ej., los Severianos influidos en sus orígenes por el marcionismo y el encratismo de Taciano, maestro de su fundador Severo, profesan en sus comienzos una moral rigorista y una gran sobriedad doctrinal a base de una Biblia compuesta por la Ley, los Profetas y los Evangelios, rechazando las narraciones del A. T., los Hechos y las Epístolas; pero acaban por centrarse en torno al culto de la Serpiente (v.), en un mundo constituido por potencias arcónticas; la Serpiente en una unión (hierogamia) con la Tierra, engendra a la Mujer y a la Vid, fuentes de todo mal. Podría tratarse sin dificultad de la doctrina de las sectas Nicolaíta, Ophita, Barbeliota o Perata. En la segunda mitad del s. III el foco de pensamiento gnóstico más creador no se halla en Roma sino en Egipto y en lengua copta, pero notablemente barroquizado y contagiado de magia; sus fuentes principales son los Libros de Jeú y la Pístis Sophía (cfr. 1. Doresse, o. c. en bibl.). Después el movimiento se extingue.

5. Concomitancias gnósticas

Muy diversos movimientos son a veces comparados con el gnosticismo, aunque no son gnósticos. Ya se ha mencionado el maniqueísmo, que tiene su origen en Manés, nacido en Mardini, aldea cerca de Bagdad, entre el 215 y el 216, de padre religiosamente ecléctico natural de Hamadán y de madre de la familia real de los Arsácidas. En Babilonia, donde se habían trasladado sus padres, se presenta en público, cumplidos ya los 20 años, como profeta el día de la coronación de Sapor I, el 20 mar. 242. Su predicación parece haber gozado en un principio del favor popular e incluso del oficial, hasta que el parsismo (v.) obtiene su destierro, que iba a lanzar a Manés a una serie de viajes durante 20 años por todo el Oriente que le van a servir para difundir su doctrina y asimilar al mismo tiempo elementos culturales y religiosos de la India, Kurasan, Turquestán y Tibet. Muerto Sapor I goza en su país de las simpatías de Hormisdas I (271-272) hasta que, muerto éste, Baharam I decreta su pena capital por instigación del clero zoroástrico (v. 7OROASTRO). Como ya se ha dicho, el maniqueísmo (v.) no se puede confundir con el gnosticismo aunque presenta ciertas semejanzas. Así, S. Efrén (m. 373; v.), que conoció a fondo la vida intelectual siria, afirma que la doctrina de Manés es ‘una reproducción fantaseada de las ideas del filósofo herético Bardesanes y el clérigo apóstata Marción’. El mismo Manés reconoce como sus precursores en la revelación de la verdad a Zoroastro, Buda y Jesús, cuya obra habría venido él a consumar. Su sistema está basado en un dualismo (v.) bastante estricto: luz y tinieblas, igual a bien y mal, de cuya mezcla nace el mundo presente, con una mitología complicada. Su secta, que llegó a extenderse también por Occidente (S. Agustín, v., fue durante un tiempo maniqueo), tenía dos clases distintas de adeptos: los electos y los oyentes. Mediante el rigor ascético, vivido institucionalmente, los electos se van purificando físicamente de la materia y llenando de partículas de luz (abstención de todo alimento animal, el vino, la propiedad, el matrimonio, con vida itinerante sin más provisiones que las del día, etc.; rigorismo, que, según testimonios de la época, generalmente no vivían en su vida privada); los electos se dividían en cuatro órdenes jerárquicos según distintas funciones que son poco conocidas. Los oyentes eran irredimibles, no están decididos a abstenerse de la contaminación de la materia; han de esperar a otra existencia para encarnarse en electos y ser incorporados al reino de la luz; mientras, han de vivir algunos mandamientos. Hasta el s. XVII constituyó esta secta una religiosidad popular extendida entre la mentalidad de pastores y mercaderes del Asia Central, que unía la superficialidad con intenso lirismo religioso y que producía la ilusión de una teofanía de luz tras las manifestaciones más cotidianas de la vida (v. MANIQUEÍSMO). Respecto a Prisciliano, al que también ya se ha mencionado (v. 1), no se sabe de sus orígenes; fue obispo de Ávila, y ejecutado por el emperador Máximo en Tréveris en el 385. No es seguro si fue ganado ya en su juventud a la secta de los electos (muy probablemente maniquea) procedente del Oriente. Hartberger (Priscillianea, Friburgo 1916, tesis inédita, 22,28,45) demuestra su dualismo y su astrología maniquea. Düllinger, Schepss y Künstle han mantenido su dependencia del maniqueísmo; mientras que Harnack Schaeder, Alphandéry y Lortz le consideran un mero rigorista que, como Marción, interpreta libremente y con criterios personales, racionalistas, las Escrituras, admitiendo más libros inspirados que los que constan en el Canon. Sus prescripciones morales acerca de la pureza y abstinencia de los elegidos son análogas a las de Manés (v. PRISCILIANO Y PRISCILIANISMO). Ideas dualistas, y algunos elementos de gnosticismo, se encuentran también, posteriormente, en diversos movimientos heréticos que se extienden hasta la Edad Media. Ya se han mencionado algunos. Para ellos v. BOGOMILAS; CÁTAROS; ALBIGENSES (puede verse algo también en VALDENSES; BEGUINAS Y BEGARDOS; POBRES LOMBARDOS).

6. ¿Gnosticismo cristiano?

Algunos pensadores y jefes de secta gnósticos que hemos tratado (v. 2-4) se profesaban cristianos, por eso muchos autores le denominan gnosis cristiana, distinguiéndola de la pagana, atestiguada por el Poimandres del Corpus Hermeticum y por Filón de Alejandría (De specialibus legibus, 1,315-323) que cita como jefe de secta a Alejandro de Abotoneikos. De una gnósis judía parecen hallarse alusiones en la segunda Epístola de S. Pablo a los tesalonicenses (2,7-8), según Friedlánder que identifica el ‘misterio de iniquidad’ con la Minuth o doctrina esotérica de carácter gnóstico. La impresión de haber existido en Palestina una fuerte corriente de este tipo con abandono de la ortodoxia sacerdotal y con antropología dualista se ha confirmado con los descubrimientos de Qumrán (v.; cfr. Die Texte aus Qumran, en hebreo y alemán, ed. Lohse, Darmstadt 1964). San Ireneo (v.), en el Adversus Haereses, no condena inapelablemente el concepto mismo de gnósis, que puede ser entendida como una verdadera ciencia de Dios (11,39) que trata de profundizar en sus misterios, y el origen del mal (v.) lo explica a partir de la libertad humana y de la variedad de seres y de fuerzas cósmicas que, consideradas aisladamente, se oponen, pero que conjuntamente contribuyen a la armonía del todo.

En esta concepción de gnosis ortodoxamente cristiana se halla ya el germen de la reflexión filosófica acerca de la fe que iba a desarrollar la escuela de Alejandría (v. ALEJANDRÍA VI) y, más tarde, la Edad Media y los siglos posteriores (v. TEOLOGíA); pero es claro que esta reflexión de Ireneo no es una gnósis, en el sentido propuesto por Basílides y Valentín, de superación de la fe por la visión y la vivencia de ser portadores de emanaciones de la sustancia divina o Pléróma (v. i, 1).

También para Clemente de Alejandría (n. en Atenas, el 150; v.), hay una gnosis cristiana, y el verdadero objeto de la fe es precisamente la gnosis (Stromata, II,11), y ello le inspira tanto su método de exégesis alegórica en las Hyptypóseis, como su Protreptikós o exhortación a los paganos a aceptar y conocer gnósticamente los misterios del Logos que llama a todos los hombres, y su Paidagogós o introducción a la ‘verdadera filosofía divina’. Sólo que esta gnósis se reduce a una reflexión científica, no ética de los contenidos de la verdadera ‘filosofía’ que es el cristianismo. Más que gnosis debería llamarse noésis, pues presenta un marcado carácter intelectual y moral que se despliega en caridad (agapé) y en contemplación (theoria), bajo la acción de la gracia (Camelot, Foi et gnosis, París 1945). Orígenes (ca. 183-254; v.) continúa la obra de Clemente y la supera (v. i, 1). En el prefacio del Peri Arkhon expone su método y su intención científica: Se trata de constituir un cuerpo de doctrina coherente y fundado a partir de los contenidos de la Revelación, pero sirviéndose de la razón cuanto sea necesario, ya para establecer bases filosóficas, ya para examinar, analizar, deducir, probar y descubrir analogías naturales.

El fundamento de la doctrina mística de Orígenes es la concepción de Filón en su Comentario alegórico de las leyes santas (ed. Bréhier, 23-24) a los dos primeros cap. del Génesis, según el cual hubo una doble creación del hombre, uno celeste e inmaterial y otro terrestre y corpóreo. Orígenes estaba tan lejos de profesar el dualismo antropológico de los gnósticos (verdadero fundamento del concepto de gnosis) que aun aceptando la concepción filónica interioriza a estos ‘dos hombres’ y los unifica en el individuo humano: uno es el hombre interior, que se renueva cada día y que es capaz de gracia, de contemplación y de caridad y el otro es el hombre psíquico y sensorial que se debilita y se corrompe; a esta dualidad dentro del hombre corresponden dos inteligencias, psihké y noús y dos clases de amor, eros y agapé respectivamente (cfr. A. Nygren, Eros et Agapé, París 1944). En la obra Homilías in Numeros (XXVII), Orígenes establece la primera ‘escala’ de grados de purificación mística en la historia del pensamiento cristiano. En la última etapa, el alma está en diálogo abierto con el Esposo (Dios), le ve, le oye, le huele, le toca y le habla, y esta vivencia constituye la verdadera gnosis (cfr. Homilías sobre el Cantar de los Cantares). No cabe duda que este concepto de gnosis como experiencia mística, supera el concepto noético de Clemente, en lo que tiene de vivencia y se acerca algo al concepto de Valentín y del Poimandres; en este caso sólo Orígenes podría ser conceptuado como verdadero gnóstico cristiano, más entonces también todos los místicos lo serían. La discriminación entre gnosis y experiencia mística (v.) no ha de fundarse tanto en el momento vivencial cuanto, en el contenido de la experiencia, y éste difiere radicalmente en Orígenes, y en los místicos, del contenido de la gnosis propiamente dicha de Basílides, de Valentín y de las más sectas, que implica siempre un parentesco emanatístico y sustancial con el Pléróma divino. Dadas esas diferencias. radicales nos parece que la expresión ‘gnosis cristiana’ resulta equívoca, y que, sobre todo el término gnosticismo, debe reservarse a las sectas antes mencionadas. En tiempos recientes el gnosticismo ha suscitado gran interés. Se han señalado diversas herejías o errores modernos como nuevas formas de gnosticismo (p. ej., J. Bóhme, Hegel, el modernismo teológico, e incluso, en otro sentido, el marxismo). De hecho, con frecuencia la no aceptación plena de la Revelación por la fe (v.), con los intentos de ‘humanizarla’ y dar una demostración racional de todas las verdades o misterios que sólo se conocen por Revelación, produce, bajo la guía de modas o gustos personales, la aparición de unas ‘élites’ intelectuales o dirigentes, más o menos cerradas, a las que únicamente resultan accesibles ciertas elucubraciones especulativas que vienen a ser como formas renovadas de un gnosticismo estéril. V. t.: DUALISMO; HERMETISMO; MANIQUEísmo; DOCETISMO; ENCRATITAS; VALENTÍN Y VALENTINIANOS; PRISCILIANO Y PRISCILIANISTAS; PLOTINO; TEOSOFÍA; ASCETISMO 11, 3; MíSTICA 11, 2; etc.

BIBLIOGRAFÍA

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https://www.teologoresponde.org/2014/03/21/cual-es-la-doctrina-y-la-historia-del-gnosticismo/


 

Evangelios Sinópticos

Nombre dado desde la época de Griesbach (alrededor de 1790) a los tres primeros Evangelios canónicos. Se deriva del hecho de que estos Evangelios permiten---a diferencia de la narración evangélica de San Juan---ser arreglados y armonizados sección por sección, de modo que permiten al ojo percibir de una ojeada (sinopsis) los numerosos pasajes que son comunes a ellos, y también las partes que le son peculiares a sólo dos, o incluso a uno solo de ellos.

Diferencias y semejanzas

Al hojear las páginas de una armonía común de los cuatro, o de una sinopsis de los tres primeros Evangelios, que muestre en columnas paralelas las partes coincidentes de las narraciones evangélicas, el lector notará de inmediato la gran cantidad de material que es común a los Evangelios de San Mateo, San Marcos y San Lucas. Tan breves como son en realidad estos tres bocetos de la vida de Cristo, corren paralelos entre sí en no menos de 330-370 versículos o cerca de un tercio de su relato total de las palabras y obras de Cristo, mientras que, con la excepción de algunos incidentes (68 versículos), el contenido íntegro de San Marcos se encuentra prácticamente en San Mateo y en San Lucas. Esta concordancia en los hechos relatados parece tanto más sorprendente, debido a la gran cantidad de material histórico que debió haber estado a disposición de cada escritor sinóptico. Todos y cada uno de los sinoptistas están totalmente conscientes de que Jesús sanó un gran número de diversas enfermedades; sin embargo, concurren en la selección de los mismos casos de curación completa para registrarlos completos; y mientras hablan con claridad de su enseñanza incesante y amplia, pero por lo general coinciden en informar los mismos discursos.

Una no menos maravillosa similitud se observa entre los tres primeros Evangelios respecto a la concepción general y el orden de toda la narración. En los tres, la vida pública de Cristo está claramente ligada a la predicación de San Juan el Bautista, se limita principalmente a Galilea, y se establece en determinadas épocas, como el primer ministerio en Galilea, la crisis en Galilea, el ministerio en Perea y Jerusalén, y el trágico final de la Ciudad Santa seguido de una Resurrección gloriosa. En la redacción de sus varias historias, los sinoptistas adoptan el mismo método general de presentación, dando no una narración consecutiva que resultaría en una fusión del material empleado, sino una serie de pequeños relatos que se separan por fórmulas de introducción y conclusión peculiares, y que repetidamente concuerdan en los detalles y en el orden, aun cuando se manifiesta una desviación de la secuencia cronológica. Junto con todas estas semejanzas, a través de todos los Sinópticos hay un notable acuerdo en las palabras y frases, que pueden ser especialmente notados por medio de una armonía griega o de una traducción fiel del texto original. Este acuerdo verbal en los Evangelios en lengua griega es aún más sorprendente, ya que Jesús hablaba en arameo, y, como en la mayoría de los casos, es evidente que las semejanzas verbales no pueden adjudicarse a una semejanza accidental, ya que se deben al uso común de los mismos términos y expresiones peculiares, de variaciones idénticas del hebreo o de los Setenta en citas del Antiguo Testamento.

Sin embargo, la interrelación de los Sinópticos no es simplemente una de cercana semejanza, sino también una de notables diferencias. Cuando se compara minuciosamente, los tres registros aparecen distintos, así como similares en incidentes, plan, y lenguaje. Cada escritor sinóptico introduce en su narración fragmentos más o menos extensos, a veces episodios completos que no son narrados por los otros dos evangelistas. San Marcos no dice nada de la infancia ni de la niñez de Cristo, mientras que San Mateo y San Lucas, que hablan de ellos, por lo regular no narran los mismos hechos. San Marcos, ni siquiera alude al Sermón de la Montaña, y sólo San Lucas narra en detalle el último viaje de Jesús desde Galilea a Jerusalén. Por otra parte, Mateo 14,22 - 16,12 y Marcos 6,45 - 8,26 presentan una serie de incidentes en Galilea, que no aparecen en ninguna parte en el tercer Evangelio. A pesar de su concisión obvia, San Marcos tiene dos milagros y dos parábolas totalmente peculiares suyas. San Mateo, que al parecer no apunta a la brevedad, no hace referencia a la Ascensión.

Además, en los pasajes que indican una relación estrecha entre los tres, o de al menos dos, en sus fuentes, aparecen continuamente pequeñas diferencias en los eventos registrados, que pueden percibirse plenamente sólo a través de un estudio diligente de los pasajes paralelos, o a través de la lectura atenta de grandes comentarios en los que se señalan claramente tales diferencias. A veces las divergencias son tan grandes que aparecen, en un primer momento, contradicciones reales. De esta descripción son las diferencias notables entre la genealogía de Jesucristo (Mateo, 1,1-17; Lc. 3,23-38), los relatos del episodio de los endemoniados de Gerasa (Mt. 8,28-34; Mc. 5,1-20; Lc, 8,26-39), de la curación milagrosa de los ciegos de Jericó (Mt. 20,29-34; Mc. 10,46-52, Lc. 18,35-43 ), de la petición de la madre de Santiago y Juan (Mt. 20,20-28; Mc. 10,35-45), de los incidentes relativos a la Resurrección, etc. La disposición general de los acontecimientos narrados también deja ver diferencias considerables. Así, mientras que San Mateo dedica tres capítulos sucesivos al Sermón de la Montaña (5 - 7) y coloca juntas en un mismo capítulo (13) las parábolas del Reino, San Lucas divide este tema doble en varias porciones que conecta con distintas circunstancias. También es bien sabido que San Mateo a menudo se reúne temas similares, mientras que San Marcos y San Lucas siguen más fielmente el orden cronológico, de donde nacen numerosas transposiciones que afectan la disposición general de la narración.

También se pueden notar numerosas variaciones en el arreglo particular de los hechos y palabras, pues los elementos de uno y el mismo episodio ocupan a menudo un lugar diferente en uno u otro de los Sinópticos, o cada evangelista suprime o añade un detalle que modifica el incidente. Por último, las diferencias verbales entre los tres primeros Evangelios son apenas menos numerosas y notables que sus semejanzas verbales. Cada sinoptista tiene sus propias palabras y expresiones favoritas, que han sido rigurosamente tabuladas por los estudiosos de la Biblia (Hawkins, "Horæ synopticae"; Allen, sobre San Mateo; Swete, sobre San Marcos; Plummer, sobre San Lucas). Las diferencias verbales aparecen en los mismos pasajes que abundan en coincidencias verbales (véase, por ejemplo, Mt. 18,2-3; Mc. 9,47-48), y la identidad de expresión nunca se extiende a través de pasajes de cualquier longitud, y excepto en los discursos de Cristo rara vez más allá de unas pocas palabras a la vez. Esto se debe a la utilización de términos sinónimos, o de diferentes tiempos, o de proposiciones diferentes, o de glosas cortas que cada sinoptista añade al mismo nombre o detalle. Encontramos, por ejemplo, en Mt. 9,6, kline; en Mc. 2,11, krabbatos; en Lc. 5,24, klinidion; en Mt. 3,16, Espíritu de Dios; en Mc. 1,10, “Espíritu”; en Lc. 3,22, “el Espíritu Santo”; etc. Y lo que es de particular importancia en este contexto es el hecho de que las diferencias verbales se producen cuando uno más naturalmente esperaría una absoluta identidad de expresiones, como por ejemplo, en las palabras de la institución de la Eucaristía, en el registro del letrero sobre la Cruz, etc.

El problema sinóptico

Estas semejanzas y diferencias, cuyo alcance y complejidad crecen en el estudiante que compara cuidadosamente los Evangelios Sinópticos y los compara con la narración de San Juan, constituye un fenómeno único en la literatura antigua y moderna. Son hechos que nadie puede adjudicar a la casualidad ni a la influencia directa de la inspiración. Por un lado, las semejanzas son demasiado numerosas y demasiado llamativas para ser consideradas como explicables sobre la hipótesis de que los tres primeros evangelistas escribieron de forma independiente uno del otro. Por otro lado, las diferencias son a veces tan importantes como dar a entender que se deben a que los evangelistas utilizaron diferentes documentos, como por ejemplo en el caso de las dos genealogías de Jesucristo. La armonía y la variedad, las semejanzas y las diferencias deben ser explicadas ambas. Forman juntos un problema literario---el problema sinóptico, como se le llama---cuya existencia era prácticamente desconocida para los antiguos escritores eclesiásticos. En efecto, San Juan Crisóstomo y San Agustín son los únicos Padres que han formulado opiniones sobre la relación mutua de los Evangelios Sinópticos, y los escritores de la Edad Media, no parecen haber tomado en cuenta esas opiniones patrísticas que, después de todo, estaban muy lejos de ofrecer una solución completa de esta cuestión difícil. Destacados investigadores posteriores, tales como Grotius, Rich Simon, Le Clerc, tenían poco más que una sospecha del problema, y es sólo en el curso del siglo XVIII que comenzó en realidad el examen científico del tema.

Desde el último trimestre de ese siglo, el debate sobre el origen de la relación mutua entre los tres primeros Evangelios se ha llevado adelante con gran ardor e ingenio especialmente en Alemania. Como era de esperarse, la suposición de que estos evangelios son muy parecidos entre sí porque sus respectivos autores hicieron uso de los escritos de los demás se intentó por primera vez, y al establecer el orden, encontró primero el favor aquel en el que los Sinópticos están en el canon Como las nuevas investigaciones trajeron a la luz nuevos hechos, nuevas formas de hipótesis trataron de responder a los hechos, con el resultado de que el dominio de la posibilidad casi parece haber sido medido. Numerosos y contradictorios como los sucesivos intentos de solución han sido, su historia demuestra que se ha logrado cierto progreso en el debate sobre el problema sinóptico. Las múltiples relaciones de la cuestión han llegado a una luz más clara, y los datos para su solución se han estado revelando a sí mismos, mientras que sólo las meras opiniones a priori o inferencias erróneas han sido descartadas.

Soluciones al problema sinóptico

Todos los intentos de asignar la causa de las semejanzas y diferencias de los primeros tres Evangelios admiten ser clasificadas bajo tres categorías generales, según se han explicado los sinópticos, apelando a (a) la tradición oral, (b), dependencia mutua, o (c) a documentos antiguos.

Tradición oral

La hipótesis de la tradición oral implica que antes de que surgieran nuestros Evangelios no había registros escritos del ministerio de Cristo, o al menos ninguno que fuese utilizado por los sinoptistas. Afirma que estos evangelistas sacaron los relatos de dichos y hechos de Jesús que los testigos oculares de su vida pública transmitieron oralmente, y que poco a poco asumió un mayor o menor grado de fijeza con la repetición constante. Según esta teoría, las semejanzas entre los tres primeros Evangelios se pueden explicar fácilmente. Las secciones comunes a todos se explican por un ciclo de enseñanza probablemente formado en Jerusalén, realmente compuesta de los incidentes y discursos relacionados con la vida de Cristo desde su bautismo por Juan hasta la Ascensión (cf. Hch. 1,21-22), y fielmente conservados respecto al orden y el idioma por la adiestrada retentiva de la memoria oriental. De igual manera, las diferencias de los evangelios sinópticos son fáciles de explicar. Las secciones se encuentran sólo en dos, o uno, de los Evangelios, porque el vínculo que se establece entre las narrativas era a veces modificado para adaptarse a los diversos círculos de oyentes, y otras diferencias en orden o redacción se deben ya sea a variaciones previas en la tradición oral o a la iniciativa personal de los diversos evangelistas que la pusieron por escrito.

Esta teoría de un evangelio oral, transmitido por todas partes en forma muy similar, fue enunciada por Herder, y elaborada principalmente por Gieseler y A. Wright. Con diferencias de detalle, ha sido aceptado por un gran número de los exégetas católicos (Schegg, Haneberg, Friedlieb, Kaulen, Cornely, Knabenbauer, Meignan, Fillion, Fouard, Le Camus, Felten), y por muchos estudiosos protestantes (Credner, Guericke, De Wette, Ebrard, Lange, Hase, Wetzel, Thompson, Westcott, Godet, etc.). Sin duda, apunta a la vera causa de la propagación del Evangelio, y no puede ser totalmente excluida en un esfuerzo por explicar el origen de nuestros registros escritos de la vida de Cristo. Una de sus pretensiones de aceptación es que prescinde de la inconveniente suposición de que cualquiera de los evangelistas hizo uso al por mayor en su propio Evangelio de registros escritos compuesto por otros, y sin embargo no los reprodujeron con mayor fidelidad. También se apela a favor de esta teoría, a su simplicidad, y su aptitud para explicar las semejanzas y las diferencias que presentan los Evangelios Sinópticos.

Sin embargo, la hipótesis de la tradición oral por sí misma no puede considerarse como una solución adecuada al problema sinóptico. En primer lugar, no explica satisfactoriamente la selección del material incluido en nuestros primeros tres Evangelios. La tradición oral había conservado, sin duda, mucho más que el registro sinóptico, y los evangelistas estaban plenamente conscientes de ello (Mt. 11,21; 23,37; Lc. 10,13; Jn. 21,25, etc); ¿de donde entonces viene que el marco de la narración sinóptica es prácticamente el mismo en todos los tres primeros Evangelios, que consiste en gran parte de los mismos hechos y los mismos discursos, y no relata el ministerio de Jesús en Jerusalén, es decir, de su ministerio en el mismo lugar donde se supone generalmente que se formó la tradición oral?

En segundo lugar, la hipótesis de la tradición oral no explica la identidad general del orden perceptible en los sinópticos. El orden de San Marcos es, como parece, el orden fundamental, y difícilmente puede decirse que fue conocido simplemente como una tradición oral de San Mateo y San Lucas, de otro modo la secuencia de sus secciones, cuando estos dos evangelistas hicieron las adiciones, no habría quedado tan poco alterado como quedó. Una y otra vez, el hilo del orden común que se reanuda en el punto en que había quedado. En el supuesto de una fuente escrita a la que recurrieron San Mateo y San Lucas ha, esto es bastante natural. Pero si dependieron de la memoria, el efecto natural del funcionamiento de las leyes de asociación, sería que cuando se recordara un nuevo incidente o alguna parte de la enseñanza de Cristo, el viejo orden se vería perturbado más o menos ampliamente de lo que nos damos cuenta.

En tercer lugar, la hipótesis de la tradición oral no explica satisfactoriamente la relación verbal entre los Evangelios griegos. Esta tradición oral fue primitivamente en arameo, y las coincidencias en el griego respecto a palabras raras, la disposición irregular de la oración, etc, no pueden ser explicadas por la suposición de que nuestros Evangelios son traducciones independientes de una y la misma tradición oral en arameo. Es cierto que, para dar explicar estas coincidencias en el griego, la formación temprana de una tradición oral griega, que más o menos sería el equivalente del arameo, y que habría sido directamente utilizada por nuestros evangelistas, ha sido postulada por muchos defensores de la teoría bajo examen. Pero sigue siendo muy dudoso que tal tradición oral griega pueda realmente explicar las coincidencias en cuestión; y es muy cierto que no explicaría satisfactoriamente las variaciones en el texto griego de tan importantes pasajes como las palabras de la institución de la Eucaristía, de la Oración del Señor, de las bienaventuranzas, del título sobre la cruz, etc. Por último, hay pruebas históricas de la existencia de documentos escritos en el tiempo que se escribieron nuestros Sinópticos (cf. Mt. 24,15-16; Mc. 13,14; Lc. 1,1), y la suposición más natural es que nuestros evangelistas se valieron de ellos. De hecho, muchos fenómenos revelados por el estudio atento de los primeros tres Evangelios hacen la suposición tan probable, por no decir necesaria, que varios defensores de la hipótesis de la tradición oral (Eckermann, Fillion, LeCamus, etc), han sido llevados a admitir que los sinoptistas hicieron un uso limitado de las ayudas escritas.

Dependencia mutua

La hipótesis de la dependencia mutua supone que los autores de los Evangelios Sinópticos utilizaron los escritos de los demás, valiéndose cada escritor sucesivo de las contribuciones anteriores, de modo que el segundo evangelista (en el orden de tiempo) tomó prestado del primero y el tercera del primero y del segundo. Según ella, los pasajes que se parecen reproducen los de los escritos anteriores; los que son divergentes vienen de la memoria personal del autor o de una fuente oral. Se dice que esta es la forma más natural, ya que es la más antigua, de explicar las semejanzas y diferencias de los tres primeros Evangelios. Es el más natural, ya que, si otros tres escritores exhibieran un parecido tan cercano en sus obras como los Sinópticos, fácilmente se le ocurriría a la mente del lector del lector que no son independientes unos de otros. Es también la más antigua porque se remonta a San Agustín que la formuló de modo general en su “De consensu evangelistarum" (I, II, 4), y que al describir el orden de sucesión de los sinópticos, siguió naturalmente el contenido en el canon: Mateo, Marcos, Lucas. Este orden de sucesión ha sido aceptado por muchos estudiosos: católicos (Hug, Danko, Reithmayr, Patrizi, De Valroger, Wallon, Schanz, Coleridge, Bacuez) y protestantes (Mill, Wetstein, Bengel, Credner, Hilgenfeld, etc.).

Pero cada posible orden de arreglo ha encontrado defensores, de conformidad con sus respectivos puntos de vista sobre la prioridad y orden de secuencia de los Sinópticos. El orden: Mateo, Lucas, Marcos fue promovido por Griesbach y ha sido adoptado por De Wette, Bleek, Maier, Langen, Grimm, Pasquier. El arreglo Marcos, Mateo, Lucas, con varias modificaciones sobre su interdependencia es aceptado por Ritschl, Reuss, Meyer, Wilke, Simons, Holtzmann, Weiss, Batiffol, Weizsäcker, etc. A menudo se le designa bajo el nombre de la “hipótesis de Marcos”, aunque a los ojos de la mayoría de sus defensores, ya no es más una hipótesis, denotando con ello que es un hecho establecido. Además de estas secuencias principales, se han propuesto otras (Marcos, Lucas, Mateo; Lucas, Mateo, Marcos; Lucas, Marcos, Mateo), y también se han sugerido otras combinaciones más recientes (como las propugnadas por Calmet, Zahn, Belser y Bonaccorsi). En cuanto a la teoría de Baur y su escuela sobre la composición de los Evangelios, baste decir que en realidad no debería estar conectada con la hipótesis de dependencia mutua, ya que su alegato sobre el origen de los Evangelios canónicos no tiene nada que ver con el proceso literario de la composición propuesto por esa hipótesis para explicar la relación de los Sinópticos.

Por sí sola, la teoría de la dependencia mutua, no puede considerarse como una solución completa al problema de los sinópticos. Cualquiera que sea el orden que se adopte, siempre hay relatos donde uno de los evangelistas, a veces San Marcos mismo, es más completo que el que da como su fuente, y por lo tanto es independiente de él, de modo que en todos esos casos hay que apelar a la tradición oral o a los escritos no canónicos. Una vez más, en cualquier forma de la teoría, siguen sin explicación las diferencias en la forma de la narración, sobre todo cuando un escritor parece irreconciliable con el otro, y las diferencias en arreglo, donde la secuencia temporal está muy cerca. Obviamente, hay poca necesidad de criticar todas las formas de esta hipótesis poniendo de relieve los casos especiales de las objeciones generales que se acaban de mencionar. Sin embargo, estas formas de ella que han encontrado los más capaces y numerosos defensores, pueden ser consideradas brevemente. Contra la forma que afirma que San Marcos uso el escrito de San Mateo, y que San Lucas usó los de ambos, se puede alegar muy particularmente que:

  • 1. que San Marcos tiene en el griego un sello de originalidad demasiado manifiesto que debería ser considerado simplemente como el trabajo de un abreviador de San Mateo;
  • 2. que, aunque suponemos como un hecho el que San Lucas usara los escritos de San Mateo y San Marcos, es insuficiente para explicar por sí solo la presencia en nuestro Tercer Evangelio de una genealogía de Jesucristo independiente, la inserción por San Lucas de una narrativa completamente nueva del nacimiento e infancia de Jesús, su dispersión de muchos de los dichos de Cristo, agrupados por San Mateo en el Sermón de la Montaña, su relato detallado del viaje de Perea, que está ausente tanto en San Mateo como en San Marcos, etc.

Igualmente, está abierto a objeciones de peso el arreglo defendido por Griesbach, a saber, que San Lucas usó el escrito de San Mateo y que San Marcos utilizó los de ambos. Evidentemente, la suposición de que San Marcos siguió y resumió los otros dos Sinópticos hace más difícil explicar la frescura y la fuerza de su narrativa; y, en efecto, resulta evidente que si se acepta del todo una dependencia directa, es una y otra vez no de parte del estilo escabroso y relatos más cortos del ministerio en Galilea de San Marcos, sino de parte de la forma más suave y más amplio marco de San Mateo y San Lucas. Una vez más, la dependencia de San Lucas en San Mateo solo deja sin explicar las adiciones, transposiciones, etc., ya mencionadas. Por último, las siguientes son las principales dificultades esgrimidas contra la “hipótesis de Marcos". Su suposición de que San Marcos es anterior a los otros dos evangelistas va contra los datos tradicionales que dicen que el Evangelio de San Mateo (en arameo) fue escrito primero, y que la narración de San Marcos se originó independientemente de cualquier evangelio escrito. Una vez más, la supuesta prioridad de San Marcos a San Mateo y San Lucas hace que sea difícil imaginar sobre qué principio los dos últimos evangelistas se dividieron entre sí prácticamente todo el contenido del escrito de San Marcos. También se instó a que en la hipótesis de la "marca" ni la simple dependencia de San Mateo, en San Marcos, ni tampoco la de San Lucas, San Mateo, tanto en San Marcos y pueden explicar todos los fenómenos (las adiciones, las inversiones , los cambios verbales, etc.), que son revelados por un estudio atento de los sinópticos. También se alega que en la “hipótesis de Marcos” ni la simple dependencia de San Mateo sobre San Marcos solo, ni la de San Lucas sobre San Mateo y San Marcos puede explicar el fenómeno (adiciones, inversiones, cambios verbales, etc.), que se revelan con un estudio atento de los Sinópticos.

Primeros Documentos

La hipótesis documental es la teoría prevaleciente entre los no católicos. Su principio general de solución del problema sinóptico es que en la composición de sus escritos los tres primeros evangelistas hicieron uso de material escrito ya existente. La aplicación de este principio general ha dado lugar a un gran número de suposiciones, la principal de las cuales puede ser considerada brevemente. Desde Eichhorn (finales del siglo XVIII), y especialmente desde Resch (fines del siglo XIX), se han hecho intentos para conseguir detrás de nuestros Evangelios en griego a uno o más documentos semitas utilizados en ellos, y así explicar la relación de los Sinópticos. Según Resch y Abbott, esta fuente escrita, cuyo contenido y fraseología todavía pueden ser detectados, era hebrea; aramea, según Marshall, Hoffmann, etc. En general, la variación en los términos y cláusulas en nuestros Evangelios se explica por las diferentes traducciones dadas a las palabras en arameo o en hebreo. Es indudable que los últimos defensores de la hipótesis de un origen semita han desplegado gran aprendizaje e ingenio en señalar las expresiones semitas que podrían subyacer en las diversas variantes notables en los pasajes paralelos de los Sinópticos. Es indudable, también, que el contexto general de los Evangelios es semita en el pensamiento y las formas de expresión, e incluso que los documentos semitas (por ejemplo, las genealogías de Cristo) han sido utilizados por sus autores.

Sin embargo, la teoría de la fuente semita por sí misma no parece una solución satisfactoria para el problema sinóptico. No es cierto que todo el trasfondo semita de los Sinópticos hubiese asumido una forma escrita antes de que fuera utilizado por los evangelistas, pues innumerables casos de formas de pensamiento y expresión semitas pueden explicarse mediante el uso directo de la tradición oral, a cuya fuente, de hecho, San Papías refiere el origen del Evangelio según San Marcos. Una vez más, las diferencias entre los pasajes paralelos de los tres primeros Evangelios son muy a menudo tales como para que apunten directamente a la utilización por los sinoptistas de las mismas fuentes griegas, de modo que en gran parte de sus obras, es mucho más natural explicar tales diferencias por el gusto literario individual, el propósito general, etc., de los evangelistas, que por una apelación al uso colateral de un original semita, o a una multiplicidad de versiones de la misma, cuya misma existencia es dudosa, y cuyo conocimiento por los sinoptistas es aún más cuestionable.

Una forma más plausible de la hipótesis documental se remonta en substancia a Schleiermacher (1817). La misma afirma que, en un período temprano, muchos fragmentos evangélicos, griegos, así como arameos, fueron esparcidos por las Iglesias---tradiciones flotantes de las que se habían hecho relatos escritos. Los tres sinoptistas trabajaban con ellas en sus Evangelios, junto con materiales que cada uno había recopilado, y de esta manera pueden explicarse las coincidencias y las diferencias de los Sinópticos. Esta teoría de una pluralidad de documentos primitivos---que en algunas de sus modificaciones se combina con la de una dependencia de los Evangelios canónicos tardíos sobre los tempranos--- es aceptada por muchos eruditos (Renan, Wrede, Schmiedel, Loisy, etc.). Esta forma de la hipótesis documental no necesariamente va contra el carácter inspirado de los Evangelios Sinópticos. También se puede aceptar fácilmente el uso real de ciertos documentos primitivos, sobre todo por San Mateo y San Lucas. Pero la tradición atribuye al Evangelio de San Marcos un origen muy diferente del que da por supuesto esta teoría, y un estudio cuidadoso del contenido y el estilo de ese Evangelio ha convencido recientemente a varios destacados académicos que la obra no es una compilación a partir de fuentes escritas. Una vez más, no se ha demostrado que debido a que San Mateo y San Lucas emplearon documentos escritos, se limitaran exclusivamente a la utilización de esas fuentes, pues en su época la tradición estaba sin duda mucho más viva. En ese momento la diferencia entre la tradición oral y un documento no era grande en muchos casos, donde fácilmente se había vuelto estereotipada por la repetición frecuente. Y no es una posición segura negar que San Lucas se valiera de dicha tradición, en particular, es decir, por un escritor que naturalmente utilizaría toda fuente de información a su alcance. Por último, un constante recurso a nuevos documentos, cuyo contenido, alcance y existencia misma muchas veces no pueden ser determinados, le da a esta teoría un aire de artificialidad que la recomienda poco como una descripción exacta de la manera real en la que fueron compuestos los Evangelios Sinópticos.

La última forma general de la hipótesis documental que queda por examinar es la "teoría de dos documentos", según la cual la principal fuente de los Sinópticos consta de dos grandes obras. Una obra como nuestro evangelio de San Marcos, si no idéntico, es la fuente de las narraciones comunes a los tres primeros Evangelios, y la otra, que contiene las palabras de Jesús, es la fuente de la materia didáctica común a San Mateo y San Lucas. Modificada de diversas maneras, esta solución al problema de los Sinópticos ha tenido y tiene todavía, numerosos defensores sobre todo entre los estudiosos protestantes. A los ojos de todos los críticos, la teoría de sólo dos fuentes escritas principales es especialmente recomendable por su sencillez y verosimilitud.

El contenido de los sinópticos comprende dos clases de secciones paralelas: una consiste en relatos de las acciones y eventos hallados en los tres Evangelios; la otra, que consiste de la enseñanza de Cristo, sólo aparece en San Mateo y San Lucas. Ahora bien, en cuanto a la selección del material, la disposición y el lenguaje de las secciones paralelas en los tres, San Mateo constantemente concuerda con San Marcos en contra de San Lucas, y San Lucas con San Marcos en contra de San Mateo, pero San Mateo y San Lucas casi nunca concurren contra San Marcos; la suposición más simple suposición es que San Mateo y San Lucas hicieron un uso independiente del escrito de San Marcos según lo tenemos, o de un Evangelio como él (Ur-Marcus). La frescura y el poder de la narrativa de San Marcos, también ayudan a probar su prioridad a la de los otros dos evangelistas. Hasta aquí todo el material común a los tres primeros evangelios.

La mayor parte del material adicional hallado en San Mateo y San Lucas consiste principalmente de las palabras y discursos de Jesús, y aunque se da en forma muy diferente en cuanto a la conexión histórica y la agrupación, sin embargo, está impregnada de tal similitud de pensamiento y la expresión como para sugerir fuertemente la hipótesis de una fuente principal única como su explicación natural. También se pretende que la "teoría de dos documentos" explica el fenómeno peculiar de los "dobles" en San Mateo y San Lucas. Por último, se dice que es apoyada por la tradición interpretada correctamente. Papías, hablando de libros sobre Cristo, escrito por San Mateo y San Marcos, dice: "Marcos, siendo el intérprete de Pedro, escribió cuidadosamente, aunque no en orden y de acuerdo a su memoria, las cosas dichas y hechas por Cristo". "Mateo escribió la Logia en el idioma hebreo, y cada uno los tradujo como pudo". Estas declaraciones parecen apuntar a dos libros como las fuentes de la tradición evangélica escrita. Uno puede ser claramente nombrado; es prácticamente nuestro segundo Evangelio. El otro, de acuerdo con Harnack, Wellhausen, Stanton, todavía puede ser reconstruido; es un registro de Logia contenido principalmente en nuestro primer Evangelio (UrMattheus) y también utilizado por San Lucas.

La "teoría de dos documentos" es defendido por muchos críticos destacados (H. Holtzmann, B. Weiss, Wendt, Wernle, Soltau, Julicher, Hawkins, etc.) Sin embargo, no es una solución adecuada al problema de los Sinópticos. Deja a sus defensores irremediablemente divididos sobre puntos de gran importancia, tales como el carácter compilatorio del Evangelio de San Marcos, el alcance y la naturaleza exacta del documento Logia (Q) utilizado por nuestros primer y tercer evangelistas; la forma de su uso por San Mateo y San Lucas, respectivamente; la pregunta de si fue utilizado también por San Marcos; el número de las fuentes empleadas por San Mateo y San Lucas, además de San Marcos y Q; etc. A veces surgió una mayor dificultad contra esta teoría, respecto a la prioridad de San Marcos, que sus defensores tratan como un punto del todo resuelto. La tradición dice que el Evangelio de San Mateo existía en una forma semita antes de que fuese traducido al griego, es decir, antes de que asumiera la única forma ahora disponible para una comparación con la narrativa de San Marcos. Por lo tanto, se pretende que la dependencia del San Mateo en griego sobre nuestro segundo Evangelio es una que surge del hecho de que su traducción al griego se hizo con la ayuda de nuestro segundo Evangelio, y que se dejó intacta la prioridad de la antigua forma semita del Evangelio de San Mateo a la composición del escrito de San Marcos. Entre otras dificultades contra la “teoría de dos documentos” se pueden mencionar:

  • 1. Su tendencia inherente a apelar a fuentes escritas subsidiarias, cuyo alcance y naturaleza no pueden ser determinados;
  • 2. el hacer caso omiso de la influencia de la tradición oral en la composición de los Sinópticos;
  • 3. su común, pero muy improbable negación de la dependencia de San Lucas sobre San Mateo y San Marcos.

Del anterior estudio rápido de los intentos de resolver el problema sinóptico, es evidente que ninguno de ellos ha sido todo un éxito. El problema es muy complejo; la información histórica sobre el origen de nuestros tres primeros Evangelios es incompleta, y cada teoría cada es unilateral. La hipótesis satisfactoria, aún no formulado, debe ser una hipótesis combinada que recopile y unifique, en debidas proporciones, todas las verdades presentadas por las diversas opiniones, y también una teoría más completa, teniendo plenamente en cuenta tanto los datos de la tradición patrística y los que se revelan mediante el análisis literario. Tal teoría, cuando se formule, sin duda proveerá la mayor reivindicación del valor histórico de nuestros registros Sinópticos.

La cuestión sinóptica y la Comisión Bíblica

El único decreto promulgado hasta el momento por la Comisión Bíblica, que tiene una incidencia en la cuestión sinóptica, se publicó el 19 de junio de 1911. Su objeto directo es afirmar la autoría tradicional, la fecha de composición y el carácter histórico del Evangelio según San Mateo. En consecuencia, declara que el autor de nuestro primer Evangelio no es otro que el apóstol San Mateo, que escribió antes que los otros evangelistas y considerablemente antes de la destrucción de Jerusalén, en el lenguaje de los judíos palestinos, para quienes compuso su obra. Afirma autoritativamente que la obra original de San Mateo no era una mera colección de los dichos y hechos de Cristo, sino un Evangelio sustancialmente idéntico a nuestro Evangelio griego según San Mateo. Por último, proclama el carácter histórico de nuestro primer Evangelio y la autenticidad de algunas de sus partes (los dos primeros capítulos, los pasajes dogmáticos respecto a la primacía de San Pedro, la forma del bautismo, etc), que ha sido cuestionada por los críticos modernos.

Por lo tanto, es evidente que por este decreto la Comisión Bíblica no tenía intención de bregar con el problema sinóptico, para establecer una explicación de las semejanzas y las diferencias reveladas por una comparación de nuestros tres primeros Evangelios. Sin embargo, el decreto romano tiene un alcance especial sobre las teorías de la dependencia mutua y documentos anteriores propuestas como soluciones a la cuestión sinóptica. Al decidir la prioridad del Evangelio de San Mateo en su idioma original y substancia, a las otras narraciones evangélicas, la Comisión Bíblica ha rechazado solemnemente cualquier forma de aquellas teorías que afirman que la obra original de San Mateo no era un Evangelio completo o el primer Evangelio en orden de tiempo. De hecho, los estudiosos católicos que admiten cualquiera de estas teorías consideran a nuestro Evangelio según San Mateo en griego como una obra que se remonta en su forma aramea primitiva al Apóstol de ese nombre, y limitan su dependencia sobre San Marcos a su traducción griega existente.

Nota:

[Lo siguiente apareció en un suplemento posterior de la Enciclopedia Católica:]

En respuesta a las preguntas sobre las relaciones mutuas entre los primeros tres Evangelios, la Comisión Bíblica decidió (26 de junio de 1913) que no es inconsistente con sus decisiones ya emitidas explicar las similitudes o diferencias entre estos Evangelios, disputar libremente las varias opiniones conflictivas de los autores, y apelar a hipótesis de la tradición oral o escrita, o a la dependencia de un Evangelio sobre el otro o sobre los dos que le precedieron. La hipótesis conocida como de las “dos fuentes” ya no es sostenible; es decir, el intento de explicar la composición del Evangelio Griego de Mateo y el Evangelio de Lucas principalmente por su dependencia sobre el Evangelio de Marcos y sobre los llamados “Dichos del Señor”.

Bibliografía

(Los nombres de autores católicos aparecen marcados con un asterisco.)

Sinopsis: — RUSHBROOKE, Synopticon (Londres, 1880); WRIGHT, A Synopsis of the Gospels in Greek (Londres, 1903); HUCK, Synopse (Tübingen, 1910); CAMERLYNCK* AND COPPIETERS*, Evangeliorum sec. Matt., Marc., et Luc. synopsis (Bruges, 1910).

Introducciones al Nuevo Testamento: — CORNELY* (París, 1897); WEISS (Berlin, 1897); GODET (Neuchatel, 1904); BELSER* (Friburgo, 1905); GUTJAHR* (Gratz, 1905); JACQUIER* (París, 1905); JÜLICHER (Tübingen, 1906); ZAHN (tr. Edinburgh, 1909); BRASSAC* (París, 1910); MOFFATT (Nueva York, 1911).

Obras sobre el Problema Sinóptico: — CALMES*, Comment se sont formés les évangiles (París, 1899); WERNLE, Die synoptische Frage (Friburgo, 1900); BONACCORSI*, I tre primi vangeli e la critica letteraria ossia la questione sinottica (Monsa, 1904); WELLHAUSEN, Einleitung in die drei ersten Evanqelien (Berlin, 1905); WEISS, Die Quellen der synoptischen Uberlieferung (Leipzig, 1908); NICOLARDOT, Les procédés de rédaction des trois premiers évangélistes (Paris, 1908); HAWKINS, Horæ synopticæ (Oxford, 1909); BONKAMP*, Zur Evangelien Frage (Münster, 1909); HARNACK, The Sayings of Jesus (Nueva York, 1908); IDEM, The Date of the Acts and Synoptic Gospels (New York, 1911); STANTON, The Gospels as Historical Documents, II (Cambridge, 1909); CAMERLYNCK* Y COPPIETERS*, Synopsis (Brujas, 1910); BURKITT, The Earliest Sources for the Life of Jesus (New York, 1910); SANDAY, Oxford Studies in the Synoptic Problem (Oxford, 1911); PASQUIER*, La solution du problème synoptique (Tours, 1911). Para la acción de la Comisión Bíblica vea Acta Apostolica Sedis (Roma, 1911); V (1913); Roma, XIV (1913).

Fuente: Gigot, Francis. "Synoptics." The Catholic Encyclopedia. Vol. 14. New York: Robert Appleton Company, 1912. <http://www.newadvent.org/cathen/14389b.htm>.

https://ec.aciprensa.com/wiki/Evangelios_Sinópticos

  https://www.teologoresponde.org/2014/03/21/cual-es-la-doctrina-y-la-historia-del-gnosticismo/ Cuál es la Doctrina y la Historia del Gno...