Las haciendas del norte del Valle del Mezquital y su vínculo con el
real de minas de Zimapán en la época novohispana
Los resultados conducen a reconocer que las
haciendas ayudaron a la dinámica de producción argentífera de Zimapán, gracias
a que proveyeron al centro minero de los insumos necesarios para la realización
de dicha actividad, así como a la integración económica y social del Mezquital.
De igual forma, los ricos mineros conformaron una élite regional al acaparar
tierras, recursos naturales y fuerza de trabajo local para abaratar los costos
de producción, además de construir una importante red de caminos para agilizar
el flujo de mercancías.
Introducción
La
conexión entre las actividades económicas de los reales mineros y las haciendas
ha sido mencionada ampliamente por la historiografía; sin embargo, son escasos
los estudios para la región del Mezquital -ubicada en el centro de la Nueva
España-. El presente texto tiene como objetivo evidenciar dicho vínculo a
través del estudio particular de Zimapán durante el periodo virreinal. El
trabajo parte del supuesto de que las haciendas del norte del Valle del
Mezquital fungieron como abastecedoras de este real minero, no solo de
alimentos, sino también de artículos necesarios para la producción de plata
como cuerdas, cebos, velas, cueros, entre otros. Lo anterior fue producto de
las relaciones que los empresarios mineros novohispanos forjaron a lo largo de
los tres siglos de dominación española.
Si
bien el centro minero de Zimapán no fue uno de los mayores productores de plata
en el virreinato -como se verá más adelante-, el volumen de producción de este
fue considerable. Aunado a ello, en 1729 se llevó a cabo el establecimiento de
una caja real, lo que permite suponer que la zona adquirió mayor importancia
económica, y obtener más información de la actividad minera a través de una
fuente fiscal. Asimismo, es posible afirmar que este emplazamiento fue un nodo
importante en la articulación de las dinámicas sociales y económicas de la
región, ya que personas de diversas poblaciones circundantes se trasladaban al
real de minas para trabajar (Cubillo, 1991).
El
estudio aborda del siglo XVI a las primeras décadas del XIX, con la intención
de comprender los cambios y las continuidades en la estructura económica
regional. Por otro lado, es importante mencionar que la información fue tomada
principalmente de fuentes primarias publicadas y trabajos históricos previos,
debido a la restricción de acceso a documentación archivística a causa de la
pandemia de SARS-COV-2.
Aunque
existen importantes trabajos enfocados a la minería, son pocos los que dedican
sus páginas al centro minero de Zimapán. Entre estos últimos se ubica el libro
de Gilda Cubillo Moreno (1991) y
el artículo de la historiadora Isabel Povea (2017)
sobre los juegos de azar. La primera autora identifica los componentes del
sector minero a partir de las relaciones y el funcionamiento interno desde la
perspectiva regional, teniendo como objeto de estudio el complejo de los reales
de Pachuca, Ixmiquilpan y Zimapán de 1552 a 1620; por lo que es el principal
antecedente de la presente investigación. Sin embargo, en el mismo texto se
otorga un papel más relevante a Pachuca e Ixmiquilpan.
Carlos Sempat Assadourian (1982)
expone que los territorios españoles en América tuvieron una economía con
dinámica propia impulsada por la exportación y la explotación de metales, así
como sus efectos de arrastre que promovieron la migración tanto al interior
como desde el exterior, que ayudaron al crecimiento urbano y al aumento de la
demanda y del consumo. De este modo, la minería se caracteriza como “motor de
crecimiento de la economía” (Hausberger,
2015, p. 45). Esta postura ayuda a explicar la complejidad de los
procesos económicos analizados en este artículo.
Sobre
el tema, Antonio Ibarra (2015) ha
señalado que surgieron encadenamientos productivos y regionales a partir de la
producción argentífera, lo que provocó un mecanismo de arrastre que conformó el
mercado interno al articular diversos espacios y dar lugar a un dinamismo de
producción regional. Por su parte, Brígida von Mentz (2015)
indica que los centros mineros crearon redes de abastecimiento amplias, por lo
que cerca o alrededor de ellos se formaron núcleos de haciendas agroganaderas y
diversas carboneras. De la misma manera, Carlos Marichal (2015)
apunta que las empresas mineras funcionaban como hinterland para
las economías regionales. En tanto, Gisela von Wobeser (1989) ha
mostrado que uno de los principales incentivos de los hacendados para ocupar
nuevas tierras fue la existencia de minas en áreas cercanas. Como se observa,
esta idea del mecanismo de arrastre a partir de la minería no es un postulado
novedoso. No obstante, se retoma en esta investigación porque ayuda a sustentar
la presencia y la función de las haciendas en el Mezquital por su importancia
en la extracción del metal.
Acerca
de la hacienda novohispana, la historiografía es amplia. Los trabajos más
conocidos son los de François Chevalier (2013),
Herbert Nickel (1996) y
Gisela von Wobeser (1989),
aunque sus enfoques son más generales. El dimensionamiento de los efectos
regionales de la erección de la hacienda como unidad productiva ha sido
estudiado por David Brading (1978),
para el Bajío; María del Carmen López (2003),
para el caso de Morelia, y Eric Van Young (1981),
para Guadalajara, por mencionar los más destacados.
En
particular para el Valle del Mezquital, Elinor Melville (1990, 1994)
describe los impactos ambientales en el territorio americano causados por el
proceso de colonización. Da a conocer cuan fundamental fue la introducción del
ganado para la desertificación de la zona, la transformación del paisaje y la
posterior formación de la hacienda. Fernando López Aguilar (2005)
realiza un análisis histórico de la configuración de la Teotlalpan y la
Provincia de Jilotepec desde la época prehispánica hasta el movimiento
independentista del siglo XIX. Por último, Patricia Fournier (2003)
investiga las estrategias económicas adoptadas por los otomíes de Tula e
Ixmiquilpan frente al éxito de las haciendas de la región en el siglo XVIII.
Mientras Íñigo Laviada (1984)
recrea la historia del latifundio de los marqueses Villar del Águila desde su
fundación en la época novohispana.
En
resumen, ninguno de estos autores menciona la relación entre las haciendas y
las minas de la región, pero en el texto referido de Cubillo Moreno sí se
aborda el problema. De tal suerte, esta investigación busca aportar a la
historiografía del Mezquital sobre las actividades mineras y agrícolas en la
época novohispana a partir de la sistematización de información dispersa en
diversas fuentes.
Haciendas en el norte del Valle del Mezquital
El
Valle del Mezquital abarca el centro y el suroeste del actual estado de
Hidalgo, una pequeña porción del norte del Estado de México y del sureste de
Querétaro; aunque los límites varían según diferentes autores. Para efectos de
esta investigación, se retoma la delimitación hidrográfica utilizada por
Fernando López Aguilar, que comprende ocho subcuencas del sistema
Moctezuma-Pánuco: Actopan, Alfajayucan, Arroyo Zarco, Rosas, Salado,
Tecozautla, Tlautla y Tula. En cuanto a la topografía, el autor distingue las
sierras de Tolcayuca como límite sureste, la Sierra Gorda al norte, noreste y
este, y la Sierra de las Cruces al oeste (López, 2015).
Como se constata en el mapa 1,
orográficamente cuenta tanto con planicies y mesetas como con formas
accidentadas -por ejemplo, la caldera de Huichapan al este del pueblo del mismo
nombre-. También se aprecian las principales corrientes de agua; el río Tula es
el de mayor importancia por su gran caudal.
La
región estuvo habitada desde la época prehispánica por los hñahñu,
que vivían en caseríos dispersos, y funcionó como frontera chichimeca (Fournier, 2003).1 Se
distinguieron dos áreas, el Mezquital Verde y el Mezquital Árido. En el primero
fue posible una agricultura permanente, mientras en el segundo se practicaba la
agricultura estacional y la caza-recolección (López, 2005).
Cuando los españoles llegaron al territorio identificaron dos zonas: la
Provincia de Jilotepec al oeste, que incluye en la actualidad los pueblos de
Alfajayucan, Chapantongo, Tecozautla, Huichapan, Nopala, Chiapa y Jilotepec; y
la Teotlalpan al este, que comprende Acayucan, Sayanaquilpan, Ixmiquilpan y
Actopan (López, 2005).
Fuente:
elaboración propia con base en documentos varios del AGN, AGI, Mapoteca Orozco y Berra,
cartografía del INEGI y López (2005)
Mapa
1 Configuración espacial del norte del Valle del Mezquital,
finales de la época novohispana
Elinor Melville (1994)
refiere que antes de la llegada de los europeos y hasta mediados del siglo XVI
el paisaje regional era diferente al semidesértico que ahora se observa.
Existen evidencias de que hubo bosques hasta la década de 1560, por ejemplo, en
Ixmiquilpan había un bosque de mezquite en 1540, del cual los mineros se
abastecieron, y había abundante agua para regímenes extensivos de riego. Las
regiones secas como Tlacotlalpilco, Chilcuautla e Ixmiquilpan eran consideradas
buenas para el cultivo de algodón y chile. En tanto, las zonas que no contaban
con sistema de riego subsistían con vegetación del desierto y recurrían a las
hondonadas húmedas para cultivar maíz, chile y calabaza.
La
misma autora señala la introducción de ganado y, por consiguiente, el pastoreo
como las causas de la desertificación de la región, que otrora fuera fértil. En
su análisis distingue tres etapas principales. En la primera de ellas
(1530-1550) se introdujeron ovejas, bovinos, caballos, cerdos y cabras; a pesar
de que la densidad de animales era baja, causó mucho daño en las tierras de los
indios, lo que provocó disputas importantes entre los pueblos y los dueños del
ganado. La segunda etapa (1560-1570) se caracterizó por el aumento exponencial
de los animales y, por consiguiente, por una acelerada reducción de la altura y
el tamaño de la capa vegetal. En la tercera (último cuarto del siglo XVI), la
vegetación fue sustituida por especies de zonas áridas (lechuguilla, nopal,
yuca, mezquite, cardón y matorrales espinosos). Aunado a la pérdida de la
calidad y cantidad del pasto, hubo un colapso en la población animal y el
tamaño de los rebaños se redujo en gran medida. Esto afectó el crecimiento
económico, pues la industria textil se vio amenazada, al igual que el
abastecimiento de carne para mantener el trabajo en las minas (Melville, 1994).
De
igual manera, el descubrimiento de las minas de Ixmiquilpan, Pachuca y Zimapán
y la producción acelerada de cal para la construcción de la ciudad de México
causaron una excesiva tala de árboles, que para la década de 1570 provocó la
desaparición de bosques, la erosión del suelo, la filtración de agua y la
desecación de manantiales, lo cual puso fin a la agricultura de riego. Para
finales del XVI, el pastoreo extensivo sustituyó al intensivo como forma de
explotación dominante en la región. Esta sustitución, junto con los procesos ya
descritos, produjo que el paisaje del Valle del Mezquital adquiriera las
características climáticas y vegetales de semidesierto que actualmente se
conocen (Melville, 1994).
Después
de la conquista y de las afectaciones por las epidemias que redujeron la
población indígena, los españoles afrontaron el problema de la limitación
creciente de recursos; por ello, se produjo un aumento en la acumulación de
tierras para la producción agrícola a través de mercedes reales o por la
apropiación de aquellas que se consideraban jurídicamente libres.2 Del
mismo modo, luego de numerosos problemas causados por los rebaños en los
pueblos de indios, se concedieron estancias para los sitios de ganado (Chevalier, 2013). La
mayoría de estas cesiones se dieron entre 1540 y 1620, y se repartieron cerca
de 600 000 hectáreas en toda la Nueva España, de las cuales solo una pequeña
parte terminó en manos indias. El actual estado de Hidalgo fue la segunda
región en la que se concedieron más mercedes, con 32 por ciento del total,
siendo superado por Oaxaca, con 44 por ciento (Wobeser,
1989).
Otra
concesión de la Corona fue la encomienda, la cual era otorgada a los
conquistadores para que protegieran y evangelizaran a los indios a cambio de
tributos y tierras. Dicha institución funcionó hasta 1720, cuando fue abolida
por la monarquía para restarle poder a los encomenderos. Con su extinción, la
propiedad de las tierras no se vio afectada, razón por la que se le considera
un antecedente de la hacienda (Nickel, 1996).
Sumado a esto, desde la década de 1530 en el Valle del Mezquital las empresas
de pastoreo y pequeñas propiedades agrícolas denominadas “labores” se unieron a
las encomiendas (Melville, 1994). A
finales del siglo aumentó la demanda de recursos agrarios en el virreinato
llevando a los terratenientes a buscar un crecimiento de la producción. De esta
forma, adquirieron más tierras, más trabajadores y realizaron obras de
infraestructura (Wobeser,
1989). Para el caso de la región estudiada, la mayoría de las tierras
concedidas durante esta época se dedicaron a la crianza de ovejas, aunque
también aumentaron en número aquellas destinadas para la agricultura. En
conjunto, estos procesos dieron origen a la hacienda, y en el Mezquital se hizo
visible a inicios del siglo XVII, cuando dejaron de predominar las pequeñas
propiedades para dar paso a los latifundios (Melville, 1994).
De
acuerdo con Herbert J. Nickel, la hacienda es una “institución social y
económica cuya actividad productiva se desarrolla en el sector agrario” (1996,
p. 19). El problema con esta definición es que deja fuera las haciendas de
beneficio. Sin embargo, el autor proporciona las características primarias
constantes que una hacienda debe tener para ser considerada como tal; estas son
el dominio sobre los recursos naturales, la fuerza de trabajo y los mercados
regionales-locales (Nickel, 1996).
Siguiendo
con las características, se distinguen diversos tipos de hacienda según la
actividad productiva de estas. La hacienda cerealera fue aquella dedicada
principalmente al cultivo de maíz, trigo y cebada, junto con otras especies
vegetales; la hacienda ganadera, como su nombre lo indica, era destinada a la
cría de ganado mayor y menor, y la hacienda mixta fue una combinación de las
dos anteriores (Wobeser,
1989). Por otro lado, en la hacienda de beneficio se refinaban los
metales extraídos (Brading, 1975);
mientras en el siglo XVIII se desarrollaron las haciendas pulqueras. Si bien en
el virreinato hubo otros tipos de hacienda, los aquí mencionados son los que
prosperaron en el Valle del Mezquital (Wobeser,
1989).
Ahora
bien, las haciendas pueden distinguirse no solo por su producción, sino también
es posible hacer una jerarquización de estas a partir de su extensión, la
fuente de su capital,3 la
calidad de la tierra, la tecnología con la que contaban y los trabajadores que
empleaban.4 Los
ranchos fueron tierras productivas de menores dimensiones que, muchas veces,
pertenecieron a las haciendas, aunque también los hubo independientes. Otra
extensión territorial de la hacienda fueron los gavilleros, que por lo general
se encontraban en las periferias. Por su parte, los latifundios fueron
haciendas de gran extensión o un conjunto de haciendas pertenecientes al mismo
dueño, que ejercieron un dominio económico importante de la región (Wobeser,
1989).
Según
el impreso de 1746 de Villaseñor y Sánchez, Theatro americano, en
esa época había seis haciendas de labor en Ixmiquilpan: Juan Dó, Deminyó,
Azuchitlán, La Florida,5 Vetzá
(Ocotzá) y San Pablo. En estas se cultivaba maíz, trigo, cebada y otras
semillas (Villaseñor y Sánchez, 1746).
Dentro de la Teotlalpan, Wobeser ubica en 1767 dos haciendas de la Compañía de
Jesús: la hacienda San Francisco Chicavasco, que se dedicaba a la ganadería, y
la hacienda Quesalapa, que era trapiche (Wobeser,
1989). Es importante apuntar que, desde las primeras décadas del
virreinato, las subdelegaciones de Ixmiquilpan y Tula producían ganado menor,
ixtle y lechuguilla (Jiménez y Ramírez, 2014).
En el
caso de la jurisdicción de Huichapan, durante el siglo XVIII el área era
conocida por su producción de ganado cárnico y de arreo, en especial la
cabecera y los pueblos de Alfajayucan, Huichapan, Nopala y Tecozautla; mientras
en Tepeji y Xilotepec se cultivaba maíz y trigo. Jiménez y Ramírez señalan la
existencia de 64 haciendas, en busca de ejemplificar con trece de ellas que la
producción ganadera fue la actividad más importante de la región,6 ya
que se criaban muletos, potros, becerros, lechones, burros, borregos y chivos.
De igual forma, estas haciendas producían cebada, frijol, maíz y, en menor
proporción, leche y pulque (Jiménez y Ramírez, 2014).
Por último, es importante destacar la producción otomí, la cual se basó en el
algodón, el maguey y sus derivados; llegó a una especialización tal que su
economía dependió de los textiles de fibra de maguey, de la miel de agave y del
pulque (Fournier, 2003).
Como se puede observar, en el Valle del Mezquital había una importante
producción agropecuaria -en especial ganadera- que contribuyó al abastecimiento
de la población local y de los reales de minas cercanos, así como al
funcionamiento de la economía regional.
Real minero de Zimapán PAGINA 36
Zimapán
se encuentra en el límite norte del Valle del Mezquital, dentro de la Sierra
Gorda, en el estado de Hidalgo. De acuerdo con el Sistema de Información
Histórico-Geográfica de Hispanoamérica, la jurisdicción de Zimapán de 1701 a
1808 corresponde a los límites actuales del municipio (Austrian Science Fund, 2020). En
el mapa 1 se
ve que solo el sur de la zona pertenece al Valle del Mezquital, mientras el
resto posee una geografía accidentada debido a la Sierra Gorda. En la parte de
la serranía que va de Pachuca a Zimapán están los yacimientos estatales más
ricos, y cuenta con un ecosistema de bosque de pino-encino y relictos de
vegetación semitropical. Los naturales explotaban íntegramente los recursos
naturales de la región, ya que cultivaban maíz, frijol y chile en las partes
más húmedas y complementaban su dieta con la caza, la recolección de frutos
silvestres y el aguamiel que extraían del maguey (Cubillo, 1991).
A lo
largo de la década de 1540 se descubrieron depósitos de plata y plomo en
Ixmiquilpan (Melville, 1994), y
se sabe que para 1552 las minas de Santo Tomé ya estaban activas. Las primeras
noticias de yacimientos argentíferos en Pachuca y Zimapán datan de este mismo
año (Cubillo, 1991),
pero en esta área los trabajos extractivos no comenzaron hasta 1576, según
la Relación de las minas de Zimapán. Siguiendo este mismo
documento, Zimapán perteneció a la jurisdicción de Xilotepec, y sus vetas se
dividieron en tres: Tolimán y Monte, que se encontraban en tierra tan áspera
que no permitía el paso de los animales de carga hasta la boca de las minas
para recoger los metales; al contrario de Santiago, ubicada en cerros menos
escabrosos.7
Gilda Cubillo (1991)
anota que pertenecieron a esta jurisdicción las minas de La Cazuela, de Las
Encinas, de Vaquero y las de los cerros Bermejo y de Nuestra Señora. Patricia
Fournier y Fernando López (2015)
señalan que Ixmiquilpan, Cardonal y Zimapán formaron una misma subregión minera
en el siglo XV; mientras en el XVIII se anexaron Santa Cruz de los Álamos y la
Pechuga. De acuerdo con Aurea Commons (1989), en
1774 había cincuenta minas activas y setenta y cuatro abandonadas en dicha
provincia.8 De
igual forma, Alexander von Humboldt (2013)
indica, en las Tablas geográficas políticas, que a inicios del
siglo XIX Zimapán era una diputación que comprendía la mina del mismo nombre,
El Oro y Cardonal.
Fuente:
Pueblo y minas de Zimapán, de la provincia de Jilotepec, AGI, 1579.
Mapa
2 Mapa histórico de Zimapán, 1579
En la
cartografía de 1579 (véase el mapa 2) se
aprecia que veintisiete años después del descubrimiento de vetas ya estaba
establecido el centro minero. El mapa está orientado hacia el norte -como
indicia la rosa de los vientos en medio del lienzo-. En lo relativo al paisaje,
se distingue un río que rodea al pueblo por el este, sur y oeste, así como
otras corrientes de agua menores que bajan de los cerros. También están
representadas las minas del Monte, Tolimán, Santiago y San Pedro en la sierra
que compone el relieve. En cuanto a la urbanización, en la parte central se
encuentra la plaza, al este de ella está la iglesia y la casa del padre; al
oeste se halla la casa del juez, y alrededor se ven las propiedades con el
apellido de la familia escrito al pie de cada una de ellas; sin embargo,
resalta que en el norte no hay construcciones. Al sureste se aprecia el camino
a Ixmiquilpan denotando el vínculo que existió entre ambos asentamientos. Por
último, se representan un indio con mecapal y otro individuo manejando bestias
de carga.
Debido
a la implementación de la fundición de patio, en la región se dio un auge de la
minería, que atrajo a un gran número de mineros, comerciantes y artesanos
españoles y a indios de laboríos que se emplearon como trabajadores asalariados
en las minas (Mendizábal, 1941). De
tal suerte que el Theatro americano reporta que para 1746 en
Zimapán vivían 820 familias de indios y 200 familias de españoles, mestizos y
mulatos (Villaseñor y Sánchez, 1746).
Los
trabajadores dentro de las minas no fueron una población homogénea. Los indios
de repartimiento9 que
prestaron trabajo en las minas de Pachuca, Ixmiquilpan y Zimapán provenían de
los pueblos de Acayuca, Actopan, Atotonilco, Hueypuxtla, Huayacocotla,
Ixmiquilpan, Tepeapulco, Tolcayuca, Tulancingo, Zempoala, Zizicastla y las
provincias de Meztitlán y Xilotepec (Cubillo, 1991).
Con el transcurso del tiempo, el trabajo en los yacimientos y en el beneficio
de los metales requirió de personal especializado, lo cual condujo a los
empresarios a contratar indios de naborías advenedizas. Asimismo, en la
producción de la plata intervinieron indios esclavizados, que fueron
sustituidos gradualmente por negros de la misma condición, lo que representó
una ventaja por su permanencia (Mendizábal, 1941).
En
su Ensayo político (1827),
Alexander von Humboldt escribió que las minas más importantes de la intendencia
de México -según su riqueza al momento de su visita en 1811- eran el Doctor,
Tehuliotepec, la Vizcaína de Real del Monte y Zimapán. Villaseñor y Sánchez (1746)
precisó que la veta de plata más acaudalada del real minero fue Lomo de Toro.
La
plata de Zimapán tenía abundancia de plomo, por lo que se utilizó el método de
fundición para refinarla. Esta técnica era muy costosa en virtud de la gran
cantidad de carbón que requería, y solo se aplicaba a los metales de mayor ley
porque rendían mayor cantidad que los tratados por amalgamación (Mendizábal, 1941). En
la “Descripción de las minas de Zimapán”, Alejo Murguia10 apunta
que a una legua del real minero se explotaban montes de pinos, robles y álamos
para obtener el carbón necesario para el beneficio de la plata; 11 también
se utilizaba el abundante maguey como leña (Cubillo, 1991).
En lo
relativo al marco jurídico, al igual que las tierras de cultivo y las estancias
ganaderas, la posesión de minas se daba a partir de mercedes reales. Los
particulares podían solicitar la adquisición de una veta recién descubierta,
alguna que estuviera despoblada (inactiva) o en condición de abandono (Cubillo, 1991). En
un primer momento, todos los mineros debían pagar el quinto a los oficiales de
la Caja Real por la plata producida. En 1548, este impuesto se redujo 10 por
ciento como un privilegio temporal y exclusivo para los mineros del centro del
virreinato, con el fin de fomentar la producción y contrarrestar la evasión;
pero años más tarde se haría extensivo a los de Nueva Galicia y Zacatecas.
Finalmente, el rey Felipe V ordenó en 1723 que el diezmo se aplicara al oro y a
la plata sin importar quién llevara el metal; así también se benefició a los
comerciantes, rescatadores y demás intermediarios (Velasco, 2018).
A
raíz de la visita de Gálvez se implementaron nuevas medidas a favor de este
sector económico; por ejemplo, se disminuyeron impuestos y se exceptuó del pago
de alcabalas sobre materias primas, herramientas y productos necesarios para
llevar a cabo esta actividad. La Corona, en su búsqueda por aumentar sus
ganancias, fomentó el descubrimiento de nuevas vetas a través de la exención
total de impuestos, el otorgamiento de subsidios fiscales y la reducción del
costo del mercurio y la pólvora (Brading, 1975).
En
cuanto a la producción de plata, se toman los datos sobre la media anual de
ingresos por concepto de minería publicados por Klein (1985), a
fin de dimensionar el flujo de plata de Zimapán.12 En
la gráfica 1 se
observa que en 1729, cuando se inauguró la caja de Zimapán,13 y
en las siguientes dos décadas el flujo de plata no superó la cantidad de 27 000
pesos. Conforme avanzaba el siglo, los ingresos fueron incrementándose;
alcanzaron su punto máximo en la década de 1770, para luego decrecer y reportar
menos de 60 000 pesos en los primeros diez años del siglo XIX, previo a la
guerra de independencia. Al comparar los mismos ingresos con los de la caja
real del minero de Pachuca -que está dentro del mismo corredor minero-, se
aprecia que, si bien los ingresos de Pachuca fueron más altos que los de
Zimapán -arriba de 60 000 pesos-, ambas cajas presentaban tendencias similares
de constante aumento entre las décadas de 1740 y 1760, para disminuir a finales
del siglo. Llama la atención la caída abrupta de los ingresos de minería de
Pachuca a inicios de la centuria, que se repetirá entre 1760 y 1780.
Fuente:
elaboración propia con base en Klein (1985).
Gráfica
1 Media anual de ingresos de minería de las cajas reales de
Pachuca y Zimapán, 1720-1809
Si se
contrastan los ingresos de otras cajas reales del virreinato (véase el cuadro 1), es
notorio que los mineros más productivos fueron Guanajuato y Zacatecas -un dato
que la historiografía refiere constantemente-. No obstante, Zimapán registró
volúmenes considerables que en ocasiones superaron los de Sombrerete. De igual
forma, se observa una tendencia generalizada al alza, que se explica por su
correspondencia temporal con los incentivos fiscales que el gobierno implementó
en la minería.
Cuadro
1 Media anual de ingresos de minería de algunas cajas
reales en pesos, 1720-1809
|
Década |
Guanajuato |
Pachuca |
San
Luis Potosí |
Sombrerete |
Zacatecas |
Zimapán |
|
1720 |
186
438 |
153
724 |
58
043 |
14
801 |
257
766 |
25
017 |
|
1730 |
280
190 |
93
569 |
66
328 |
53
110 |
237
268 |
26
761 |
|
1740 |
386
799 |
67
151 |
52
014 |
92
615 |
185
809 |
25
500 |
|
1750 |
326
331 |
115
862 |
151
181 |
28
956 |
196
475 |
56
254 |
|
1760 |
301
263 |
138
298 |
117
476 |
21
313 |
127
568 |
48
786 |
|
1770 |
485
329 |
109
191 |
162
295 |
51
666 |
224
061 |
72
684 |
|
1780 |
521
557 |
70
074 |
311
195 |
52
036 |
239
712 |
56
772 |
|
1790 |
591
342 |
81
160 |
359
165 |
99
929 |
264
962 |
60
225 |
|
1800 |
630
983 |
97
707 |
310
124 |
194
046 |
289
649 |
55
829 |
Fuente:
elaboración propia con base en Klein (1985).
Bernd Hausberger (1995)
considera a Zimapán como uno de los reales líderes en la producción de metales
preciosos entre 1761 y 1767.14 Indica
que durante estos años produjo 252 368 marcos de plata de fuego y 2 391 443
pesos de oro y plata; mientras Pachuca produjo 116 626 marcos de plata de fuego
y 3 196 739 pesos de oro y plata. También menciona que, para estas fechas, el
Conde de Regla Pedro Romero de Terreros -uno de los hombres más ricos del
virreinato- poseía una mina en Zimapán, cuya producción probablemente era
llevada a sus haciendas de beneficio en Pachuca.
Después
de la Independencia, el capital extranjero invirtió en las minas mexicanas que
en su mayoría fueron abandonadas durante el conflicto armado. Retomando a Henry
Ward, durante su visita en 1827, las tres compañías que tenían minas de plata,
oro, hierro o plomo en Zimapán fueron The Real del Monte Company (británica),
The Anglo-Mexican Company (británica) y The German Company of Eberfeld
(alemana) (Ward, 1828).
Hinterland de
Zimapán
La
fundación de una villa es la consecuencia inmediata del descubrimiento de una
mina considerable. Si la villa está colocada en el flanco árido ó sobre la
cresta de las cordilleras, los nuevos colonos han de ir lejos á buscar todo lo
necesario para su subsistencia y la del gran número de acémilas que se ocupan
para el agotamiento de las aguas, en la saca y amalgamación del mineral. Al
momento la necesidad despierta la industria […]. Se establecen haciendas en las
inmediaciones de las minas; la carestía de los víveres y el precio considerable
en que la concurrencia de los compradores sostiene todos los productos de la
agricultura, indemnizan al cultivador de las privaciones á que le expone a vida
penosa de las montañas. De este modo, solo por el aliciente de la ganancia, por
los motivos de interés mutuo que son los vínculos más poderosos de la sociedad,
y sin que el gobierno se ocupe en la fundación de colonias, una mina que en el
principio parecía aislada en medio de montañas desiertas y salvages [sic],
en poco tiempo se une á las tierras ya de antiguo labradas (Humboldt, 1827, pp. 226-227).
En la
época novohispana, la minería fue una actividad que organizó espacios
geográficos y económicos. Debido a los insumos que requería y a los efectos
multiplicadores de esta, se fundaron nuevas ciudades y pueblos, se creó un
comercio intenso que ayudó al desarrollo regional, se construyeron nuevas redes
de caminos y se impulsaron otras actividades económicas (Saavedra y Sánchez, 2008).
Los
habitantes de los nuevos poblados debían cubrir sus necesidades básicas como
comida, ropa, instrumentos de trabajo, construcción de viviendas, etcétera, por
lo que los centros mineros atrajeron a numerosos artesanos como sastres,
zapateros, barberos, herreros y carpinteros (Saavedra y Sánchez, 2008),
así como a miembros del clero que pudieran velar por el bienestar espiritual de
la población. Esta demanda de mano de obra, de capital y de servicios tuvo un
papel importante en la definición territorial del virreinato, que se basó en
una jerarquía política, demográfica y económica para ordenar los centros
urbanos (Miño, 2015).
Eduardo Flores Clair (1997)
menciona que en los centros mineros se llevó adelante un alto intercambio
cultural y biológico que se expresó en diversas prácticas sociales que fueron
calificadas en su tiempo como libertinas; ejemplo de estas fueron los juegos de
azar. A finales del siglo XVIII, Jauregui, un subdelegado de Zimapán, fue
acusado de fomentar el juego de cartas, lo cual produjo que mineros y
hacendados adictos al juego perdieran en apuestas una importante cantidad de
capital y herramientas necesarias para el trabajo, incluso comprometieran el
salario de sus empleados. Otra consecuencia importante de este episodio fue que
aquellos trabajadores que se quedaran sin recursos o con deudas de juego eran
forzados a trabajar en la mina de Lomo de Toro o en haciendas de beneficio pertenecientes
a dicho subdelegado.
En
otro orden de ideas, los reales mineros fueron importantes consumidores de
maíz, cebada y harinas de trigo, ya que en ellos se debía alimentar a las
bestias de carga. En Zimapán, la producción agrícola fue insuficiente a causa
de la aridez del paisaje, así que los granos se traían de otras regiones. En
cambio, la abundante demanda de carne caprina, ovina y bovina se pudo
satisfacer localmente, con lo que se benefició a los españoles y criollos que
poseían este negocio; de hecho, se les reconoce como unos de los principales
abastecedores de carne de la ciudad de México (Saavedra y Sánchez, 2008; Quiroz, 2005).
Los
pobladores de Zimapán aprovecharon los recursos naturales que tenían a su
alcance. Por ejemplo, dieron un uso medicinal a algunas especies vegetales;
comían el fruto del mezquite, y utilizaban la madera de este para hacer ruedas
y linternas para los ingenios de fundición. También hacían bebidas con la miel
del maguey y extraían las fibras naturales de este para fabricar ropa y sogas,
incluso utilizaban las pencas como leña (Cubillo, 1991). En
el siglo XXI se observan aún muchos de estos usos entre la población rural del
Mezquital.
Por
otro lado, los aviadores fueron una figura de vital importancia en las minas,
puesto que eran los comerciantes encargados de surtir los reales de diversas
mercancías, en especial a aquellos mineros que no poseían los medios para
autoabastecerse. Esta situación derivó en cierta dependencia por parte de los
compradores, y a los aviadores les dio el poder de imponer los precios sobre
los productos, otorgar préstamos, crear deudas surtiendo por adelantado y
convertirse en socios mineros (Cubillo, 1991).
Sin la presencia de estos personajes y su aportación de capitales, las minas de
la región no habrían podido sortear el problema de las inundaciones en los
tiros, a causa de la incapacidad económica de los mineros para introducir la
tecnología necesaria para desaguarlos (Mendizábal, 1941).
Ahora
bien, uno de los principales incentivos para solicitar tierras a la Corona fue
la existencia de minas, al igual que de suelos fértiles, abundancia de agua y
la cercanía a pueblos y mercados (Wobeser,
1989). Dadas las condiciones del terreno, y tomando en cuenta el
efecto de arrastre, la razón más importante para que los españoles tuvieran
mercedes y establecieran haciendas en el Valle del Mezquital fue el
descubrimiento de vetas en Zimapán, Ixmiquilpan y Cardonal, que trajo consigo
el surgimiento de los pueblos y el desarrollo de un comercio regional.
Los
mineros con capital suficiente tuvieron posesiones en varios reales,
adquirieron estancias de ganado y tierras de cultivo para abastecer sus propios
centros de extracción y separación de metales sin intermediarios a costos
menores y con mayor seguridad (Cubillo, 1991).
Para el trabajo en las vetas, el transporte del mineral a las haciendas de
beneficio y el proceso de fundición se requería de una serie de productos de
origen animal como cueros, sebo para velas y lana para telas; artículos
derivados de vegetales como cordeles, paja, leña y madera para hacer vigas,
ejes de rueda, entre otros, y demás insumos como el carbón, la pólvora y la sal
(Cubillo, 1991; Mendizábal, 1941; Mentz, 2015).
A lo
largo del siglo XVII se generalizó entre los mineros la tendencia a invertir en
tierras y ganado para abaratar gastos de producción, lo cual condujo a la
consolidación de las haciendas. Los productos eran destinados tanto al
autoconsumo como a la comercialización, lo que provocó un acaparamiento de los
recursos naturales y de la mano de obra. Este aumento de la producción
representó, a su vez, una ayuda necesaria para solucionar el problema de
desabasto de los artículos provenientes de los pueblos (Cubillo, 1991).
Del mismo modo, la formación de compañías mineras ayudó a este proceso de
integración agrominera, pues estas lograron obtener exenciones de impuestos e
insumos a bajo costo, con lo que liberaron parte del capital (Sánchez, 2002).
Dos
de los casos más representativos para ilustrar esta situación son Rivadeneyra y
Alonso de Villaseca, quienes iniciaron sus empresas en el siglo XVI y que
prevalecieron por generaciones. Ambos poseían minas en Ixmiquilpan y Zimapán.
Gaspar de Rivadeneyra tuvo tierras en Zimapán, Tlaxcala y Papaloapan, en donde
producía ganado mayor y menor; mientras Villaseca, además, fue propietario de
vetas en Pachuca y Guanajuato, junto con haciendas de beneficio, varias
estancias y grandes extensiones de tierras de cultivo. En el siglo XVIII, por
otro lado, un matrimonio unió dos grandes monopolios de minas: el de los
Villaseca y el de los Guerrero. En conjunto, las familias tuvieron yacimientos
en Ixmiquilpan, Guanajuato, Pachuca, Zacatecas y Zimapán, y propiedades
agrarias en Pánuco, Toluca y otros sitios (Cubillo y Piedras, 2019).
Cabe
mencionar que Rivadeneyra también fue regidor de Pachuca y de México, lo que
evidencia que los miembros de la élite empresarial no se limitaban a una sola
actividad, sino que, a partir de su participación en las diferentes esferas
sociales, crearon redes económicas, políticas y de parentesco que ayudaron a
concentrar el poder regional en un pequeño grupo (Cubillo y Piedras, 2019). No
obstante, no todas las haciendas pertenecieron a mineros. Elinor Melville (1994)
refiere que los españoles poseyeron la mayor parte de las propiedades
agrícolas, en las que produjeron trigo, cebada, maíz, vides y árboles frutales,
productos que vendían en las minas de Zimapán, Ixmiquilpan, Pachuca e incluso
Zacatecas y la ciudad de México.
Para
aumentar la producción minera durante el régimen borbónico, el gobierno
virreinal optó por una serie de medidas para garantizar el abastecimiento de
los insumos principales a los centros mineros; por ejemplo, facilitó su
distribución, controló los precios e impulsó las actividades agropecuarias
orientando la producción de varios pueblos a su aprovisionamiento. Sumado a
ello, los mineros crearon en 1776 un Tribunal y el Fondo Dotal. Este último
tuvo como fin cubrir los gastos del Tribunal y del Real Seminario de Minería y
fungir como una institución de crédito para habilitar empresas mineras. Los
prestamistas de este crédito fueron particulares, instituciones civiles y
corporaciones religiosas. Desde su creación hasta 1823, el Fondo realizó más de
500 contratos con más de 300 particulares, y los préstamos variaron de 500
pesos a 300 mil pesos, con una tasa anual de cinco por ciento (Flores, 1998).
En
sus memorias de viaje, el diplomático Ward (1828)
relata que cerca de Ixmiquilpan estaba la hacienda San Pedro y en el camino de
Zimapán a San José del Oro había una pequeña hacienda llamada De La
Encarnación, que él mismo usó de posada. Además de las unidades productivas
enumeradas con anterioridad, se ubicaron otras en varias fuentes: cartas
actuales del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI),15 mapas
antiguos del estado de Hidalgo de 1869 y 1913,16 las Visitas
pastorales del Arzobispado de México, 1715-1722, realizadas por el
arzobispo José Lanciego Eguilaz (Aguirre, 2016),
documentos del Archivo General de la Nación17 y
los informes de prospección arqueológica del Proyecto Eje Valle del Mezquital (López et al., 1988; López y Fournier, 1989; López y Fournier, 1991; López Aguilar et al., 2011; López et al., 2019). En
total, para finales del periodo novohispano se muestran 149 haciendas; de
estas, solo 106 están estrictamente dentro de los límites del Valle del
Mezquital, sin tomar en cuenta aquellas mencionadas en las fuentes pero que no
se pudieron localizar espacialmente.
En la
jurisdicción de Zimapán, las haciendas Tzijay y La Estancia se dedicaban a la
producción agroganadera; mientras El Aguacatal producía maíz, frijol y maguey,
y San Cristobal fue una hacienda de beneficio y fundición de hierro (Gobierno del Estado de Hidalgo, 1992; Monterrubio, 2002). De
acuerdo con los actuales habitantes de la propiedad y con el texto de Antonio
Monterrubio, Xithá fue una hacienda ganadera, cultivó fruta y fabricó pulque,
aguardiente y vino (J. Rangel, comunicación personal, octubre 10, 2020; Monterrubio, 2002).
En
el mapa 1 se
puede ver la configuración espacial del Valle del Mezquital y regiones vecinas
al final del virreinato, conformada por las 149 haciendas, 63 pueblos, de los
cuales 29 eran cabeceras, y zonas de extracción minera al norte y al este.
Todos estos puntos significan agentes que estuvieron en constante interacción y
generaron una dinámica política, social y económica. Por jerarquía, se puede
decir que las cabeceras fueron puntos comerciales importantes, así que se
consideran como mercados, ya que otras formas en las que los mineros y
pobladores podían abastecerse de mercancías fueron los tianguis locales y por
medio de comerciantes menores que iban a ofrecer sus productos. El tianguis en
Zimapán se llevaba a cabo los domingos, pero en 1798 se prohibió que se pusiera
ese día porque distraía a los feligreses de la celebración religiosa, acción
que provocó quejas por parte de los diputados de las minas.18
A lo
largo del virreinato, la necesidad de distribuir las diversas mercancías,
incluida la plata, derivó en la construcción de una red caminos, siendo la
ciudad de México el núcleo comercial de la Nueva España (Hausberger,
2015). El Camino Real de Tierra Adentro fue la “columna vertebral del
comercio” al interior de la Nueva España (Miño, 2015, p. 146),
pues conectó al territorio desde la capital hasta Santa Fe.
En el
caso del Valle del Mezquital, cuatro mineros, de nombres Cristóbal de Oñate,
Rodrigo de Oñate, Alonso de Villaseca y Pedro de Medinilla, construyeron en
1551 un ramal que iba del real de Ixmiquilpan al Camino Real de Tierra Adentro,
pues todos tenían vetas ahí y en Zacatecas. De igual forma, Villaseca extendió
un camino de Ixmiquilpan a Xilotepec y otro de Ixmiquilpan a Zimapán (Cubillo, 1991). La
importancia de Ixmiquilpan se debió a que era un punto de comunicación entre
los reales mineros de Zimapán, El Cardonal y La Pechuga (Ward, 1828),
sumado a su producción local de jarcia, hilados, tejidos de algodón, miel de
maguey, fruta y ganado menor (Villaseñor y Sánchez, 1746).
Asimismo, en 1804 se solicitó la construcción de puentes que conectaran el
centro minero con los pueblos de Tecozautla y Tasquillo.19
De
igual forma, la región tuvo bifurcaciones del camino de la plata hacia
Huichapan, Cazadero, San Juan del Río, Pachuca y El Bajío, ya que fue una
importante abastecedora de carne para las minas del norte y para la ciudad de
México (López, 2005).
Los comerciantes se detenían a comprar carbón, lana, cuerdas y vino, cortaban
madera para las reparaciones de los caminos y compraban trigo para Zacatecas (Melville, 1994).
Otra consecuencia del Camino Real de Tierra Adentro fue el establecimiento de
pueblos y haciendas; un ejemplo es la hacienda Arroyo Zarco que, además de ser
productora agropecuaria, fungió como posada para los transeúntes (López, 2005).
Al
intentar reconstruir la distancia que los arrieros recorrían a diario en la
época novohispana hay que tomar en cuenta múltiples variables que posiblemente
agilizaban o retrasaban el trayecto, tales como el relieve, el clima, la
condición del camino, el volumen de carga, el número de mulas de carga, la
inseguridad, entre otros. De acuerdo con un itinerario de recuas de 1803 que
recuperó Peter Rees (1976), un
viaje de la ciudad de México a Veracruz duró veinte días. Por lo tanto, si se
calcula el promedio diario de los kilómetros recorridos, se obtienen 21 por
día. Sin embargo, Sergio Florescano (1987)
retoma una carta al rey de España en la cual el Segundo Conde de Revillagigedo
menciona que este recorrido podía durar 22 días en temporada de secas o hasta
35 días en tiempo de lluvias, es decir, aproximadamente 12 kilómetros por día
en el peor de los escenarios. Si la distancia total reportada por el itinerario
de recuas es de 426 kilómetros, y esta se divide entre la media de días de
viaje (27.5 días), se puede hablar de que los arrieros recorrían en promedio
15.5 kilómetros por día de la capital del virreinato a Veracruz.
Ahora
bien, Ignacio Cano (2005)
indica que en la primera mitad del siglo XIX las recuas tardaban quince días en
llegar a Querétaro desde la ciudad de México. Si se toma en cuenta que la
actual carretera 57 México-Querétaro sigue en gran parte el antiguo trazado del
camino real, la distancia entre los centros de ambas ciudades es de 224
kilómetros. Así, se infiere que hace dos siglos los encargados de transportar
las mercancías avanzaban 14.9 kilómetros diarios cuando viajaban a territorio
queretano.
Se
sabe que la velocidad promedio de una carreta con carga es de cuatro kilómetros
por hora. A partir de este dato, la ponderación de caminos y distancias, se
calculó un índice de accesibilidad de las haciendas, pueblos y mercados a
Zimapán con la intención de discernir si existieron vínculos entre ellos y en
qué grado. Se debe entender la accesibilidad como la facilidad de conexión
entre nodos considerando la separación espacial y el coste del desplazamiento (López-Escalano y Pueyo, 2019).
El mapa 3 permite
ver que el relieve desempeña un papel muy importante: los pueblos, mercados y
haciendas que deben rodear o atravesar elementos de topografía abrupta son los
que presentan mayor costo; por ello, los nodos con el índice más alto se
encuentran dentro de la Sierra Gorda o cerca de cerros. De igual modo, el hecho
de que los asentamientos estén lejos en términos euclidianos no significa que
el vínculo con Zimapán fuera complicado; por ejemplo, la hacienda a mayor
distancia en línea recta es Buenavista, a poco más de 91 kilómetros, pero
arroja un índice de 12.7. Las rutas óptimas también ayudan a visualizar el
trayecto con menor tiempo y costo de desplazamiento, el cual corresponde a
terreno con pendientes suaves, puesto que el medio de transporte (carreta) y la
carga tienen limitantes en cuanto a la movilidad.
Fuente:
elaboración propia.
Mapa
3 Análisis de accesibilidad al real minero de Zimapán,
finales de la época novohispana
Otro
aspecto que rescatar es que los pueblos-mercados de Ixmiquilpan, Tasquillo y
Cardonal tenían un bajo coste, en concordancia con la historiografía que
menciona la fuerte relación que había entre ellos. El grado de accesibilidad
con San Juan del Río no era alto, lo que podría indicar que la conexión con el
tramo del Camino Real de Tierra Adentro que pasa por dicho sitio no era difícil
y, por lo tanto, la movilización de mercancías, mano de obra y noticias entre
las minas del norte del virreinato, el Valle del Mezquital y Zimapán no
implicaba un alto costo energético y económico reforzando la racionalización de
los mineros de poseer propiedades en estas regiones. Por supuesto, en el viaje
del real minero al Camino Real de Tierra Adentro se pasaba por diversos
pueblos, como Tecozautla, Tequisquiapan y Huichapan; lo mismo ocurría si se iba
a la ciudad de México a acuñar la plata por los caminos del sur; aspecto que
ayudó a la integración regional e interregional de la Nueva España.
Enriqueta Quiroz (2005), en
su estudio sobre el abastecimiento de carne en la ciudad de México, utiliza el
modelo espacial de Von Thünen para formular la suposición de que las frutas y
verduras provenían de zonas próximas a Zimapán, ya que son productos frágiles y
perecederos que no sobreviven un trayecto grande. Así también, los granos
debieron de estar a una distancia considerable, pues servían tanto para
alimento humano como para forraje para los animales y requería estar disponible
fácilmente. En tanto, es posible que el ganado viniera de haciendas mucho más
lejanas, ya que los animales pueden trasladarse caminando por sus propios
medios y ser sacrificados en el lugar de destino, o bien usados como bestias de
carga. De la misma manera, podemos suponer que los insumos perecederos que
llegaban a Zimapán provenían de haciendas con fácil accesibilidad y que los
productos ganaderos se abastecían principalmente de la producción local. Por
último, la madera era traída de los relictos de bosque que sobrevivieron a la
desertificación de la región o pudo ser sustituida por mezquite o pencas de
maguey.
Gracias
al efecto de arrastre, se construyeron pueblos y centros de comercio alrededor
de las minas. Las haciendas fueron parte de estos agentes abastecedores; muchas
de ellas pertenecieron a los mineros que buscaron abaratar sus costos de
producción en las minas y en la fundición de metales; otras más eran de
hacendados particulares que se asentaron en las inmediaciones de los reales
mineros incentivados por la demanda local. Todo este proceso estuvo presente en
Zimapán. A causa del fenómeno de hinterland se creó una red de
caminos que facilitó el flujo de mercancías y de mano de obra que propició una
integración regional del mercado.
Estas
interacciones se enmarcaron en un paisaje de semidesierto delimitado por la
Sierra Gorda al noreste y diversas cuencas hídricas. Sin embargo, se debe tomar
en cuenta que las fronteras son porosas y las dinámicas económicas y sociales
rara vez corresponden a las delimitaciones políticas y topográficas; por lo tanto,
no es posible entender el Mezquital sin las relaciones que sostuvo con las
regiones circundantes y el resto del virreinato. En el cuadro 2 se
condensa la producción -mencionada a lo largo de este texto- del Valle del
Mezquital en la época novohispana.
Cuadro
2 Producción regional del Valle del Mezquital, época
novohispana
|
Productos
agrícolas |
Algodón,
calabaza, cebada, chile, frijol, lechuguilla, maíz, maguey, mezquite, trigo,
vid |
|
Productos
de origen vegetal |
Aguamiel,
fibra de maguey (ixtle), harina de trigo, leña, madera de mezquite, miel de
maguey, pulque, soga, tela, vino |
|
Productos
ganaderos |
Bovino,
burro, caballo, cabra, cerdo, muleto, oveja, potro |
|
Productos
de origen animal |
Carne,
cebo, cuero, lana, leche |
|
Minerales |
Carbón,
hierro, oro, plata, plomo |
El
Valle del Mezquital estuvo habitado desde la época prehispánica. Después de la
llegada de los españoles fungió como abastecedor tanto del norte como de la
ciudad de México, debido a su destacada producción ganadera. En las primeras
décadas de la época novohispana se descubrieron tres minas de plata en la zona,
Zimapán, Ixmiquilpan y Pachuca, que provocarían un mecanismo de arrastre; es
decir, se convirtieron en centros de atracción económica regional, propiciaron
la migración y crearon redes de abastecimiento. En el caso específico de
Zimapán, también se extrajo oro y plomo.
Durante
el siglo XVI se establecieron en la región los primeros asentamientos en
función de la producción agrícola, ganadera y argentífera, lo cual llevaría a
la consolidación de la hacienda un siglo después. Hacia finales del virreinato,
la configuración espacial era menos dispersa y se conformaba por una serie de
agentes económicos que interactuaron entre sí y con las regiones vecinas de
manera diferenciada e intensificada por el reformismo borbónico que incentivó
la minería.
Por
un lado, se encontraban los pueblos, lugares que concentraban a las autoridades
civiles y eclesiásticas, a los artesanos y a la mano de obra; las cabeceras
importantes eran mercados regionales. Por otro lado, estaban los reales
mineros, que también fueron atrayentes económicos y de urbanización a causa de
la constante demanda de mercancías y fuerza de trabajo. Asimismo, estaban las
haciendas, cuyo papel principal fue proveer de alimento e insumos tanto a los
pueblos como a las minas a partir del empleo de fuerza de trabajo local.
Como
resultado de la investigación, se localizaron 149 haciendas y 62 pueblos (de
los cuales 29 eran cabeceras-mercado) en el norte del Mezquital y sus
alrededores. Si bien no se tiene el detalle de lo que producía cada una de
ellas ni del volumen de producción, sí se puede decir que la mayoría de estas
producían maguey, granos, ganado mayor y ganado menor.
De
igual forma, el análisis de accesibilidad permitió visualizar el grado de coste
que implicó transportar insumos a Zimapán cuando la producción local no fue
suficiente, en especial de productos agrícolas. Es probable que aquellas con
mayor coste de desplazamiento no abastecieran el real minero, pero sí zonas
vecinas. A la par, se modelizaron rutas óptimas que dejan ver la relevancia de
la topografía, ya que es una barrera natural que puede complicar las relaciones
espaciales entre los nodos de la red. Por dichos caminos se transportaron
mercancías, personas e información de manera continua, lo cual contribuyó a la
integración regional impulsada por los intereses de la élite minera.
Se
puede afirmar que las haciendas del norte del Valle del Mezquital fueron puntos
muy importantes en el abastecimiento del real minero de Zimapán y formaron
parte del fenómeno de hinterland. Sin duda, el Mezquital fue una
región compleja configurada por diversas estructuras económicas, que estuvieron
en constante interacción entre ellas, con el resto del virreinato e incluso con
el mundo a través del circuito de la plata.
Por
último, este trabajo permite pensar en futuras líneas de investigación como
detallar la economía del Mezquital por unidad productiva y sus flujos
comerciales, comenzar a estudiar de manera integral las zonas agrícolas en los
estudios de minería y realizar trabajos comparativos acerca de dicha relación
entre diversas regiones del virreinato.
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1Para
finales del Posclásico Tardío, los hñahñu tributaban a los
mexicas fibras de maguey, maíz, frijol, chía, amaranto, miel de maguey,
guajolotes y pieles de ciervo, entre otros objetos (Fournier, 2003).
2Este
proceso de adquisición de terrenos no estuvo exento de abusos, pues hubo
españoles que despojaron a los indios de sus propiedades o usurparon una parte
de ellas al extender los límites de sus tierras concedidas por la Corona (Chevalier, 2013).
3La
Iglesia fue una de las principales fuentes de crédito para las actividades
agrícolas. Los hacendados también recurrieron al avío de los comerciantes u
obtenían capital de otras actividades económicas. Para conocer más sobre este
tema, véase Wobeser
(1993).
4De
acuerdo con Ruggiero Romano (2004), en
las haciendas se empleó mano de obra asalariada que muchas veces vio coartada
su libertad a causa de los mecanismos de endeudamiento, anticipos y pagos
diferidos. De igual forma, explica que había trabajadores temporales,
trabajadores que vivían en las haciendas y arrendatarios.
5Gisela
von Wobeser (1989)
señala que la hacienda La Florida pertenecía a los jesuitas y se dedicaba al
ganado mayor.
6Los
nombres de las trece haciendas son Bondojito, Boyé, Cazadero, Cuaxithí, El
Astillero, El Saucillo, Huixcazdha, Mintó, San Francisco, Tecofaní, Tinté,
Xajay y Xití (Jiménez y Ramírez, 2014).
7Cfr.
Descripción de las minas de Zimapán, 29 de julio de 1579, N. 8, fs. 1- 2,
Indiferente, AGI, España, en
http://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/description/304128?nm
8La
autora considera como parte de la provincia de Zimapán los siguientes reales:
real de Zimapán, real de San José del Oro, real de Cardonal (Ixmiquilpan),
Jacala (Meztitlán), real del Doctor, Maconí y San Cristobal en Cadereyta y real
de Escanela y Escanalilla (Commons, 1989).
9El
repartimiento se abolió en 1632, pero durante el tiempo que tuvo vigencia
existieron varias comunidades indias que lograron ampararse contra el
cumplimiento de esta obligación (Nickel, 1996).
10Cfr.
Descripción de las minas de Zimapán, 29 de julio de 1579, N. 8, fs. 3-4,
Indiferente, AGI, España, en
http://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/show/304128
11El
texto previamente citado de Fournier y López (2015)
aborda el papel de los carboneros en la actividad minera de la región.
12 Klein (1985)
retoma las cartas cuentas para presentar su información; por lo tanto, es
importante señalar el problema que implica usar esta información. Una de las
críticas que ha recibido la utilización de estos documentos históricos es que,
al ser documentos jurídicos, no necesariamente reflejan los ingresos y gastos
reales (Martínez, 2015). Si
bien la fuente tiene sus limitaciones, en este texto se emplea solo como un
acercamiento a la dinámica de producción de plata de la región.
13Antes
del establecimiento de su propia caja real en 1729, los datos fiscales de
Zimapán se registraron en la caja de Pachuca (Cruz, 2016).
14En
orden de mayor a menor volumen de producción, el autor enlista los siguientes
reales de acuerdo con los datos proporcionados por Humboldt en su Ensayo
político: Guanajuato, El Catorce, Zacatecas, Real del Monte, Bolaños,
Guarisamey, Sombrerete, Taxco, Batopilas, Zimapán, Fresnillo, Ramos y Parral (Hauberger,
1995).
15Cfr.
Cartas topográficas de Tequisquiapan (F14C67)
(http://en.www.inegi.org.mx/contenidos/productos/prod_serv/contenidos/espanol/bvinegi/productos/geografia/imagen_cartografica/1_50_000/889463809623_geo.pdf)
y de Tasquillo (F14C69) (https://datos.gob.mx/busca/dataset/mapas-topograficos-escala-1-50-000-serie-iii-hidalgo/resource/7383831b-ee86-476d-a63d-341ca1ffabf1).
16Estos
obran en la Mapoteca Manuel Orozco y Berra, México.
17Varios
documentos localizados en este Archivo de los ramos Alcabalas, General de
parte, Indiferente virreinal, Infidencias, Operaciones de guerra, Provincias
internas, Pulques, Tierras y Tributos.
18Según
el expediente 6, 21 de marzo de 1798-8 de junio de 1798, fs. 360-382, vol. 42,
Marina, Instituciones coloniales, AGN, México.
19De
acuerdo con el expediente 4, 1804, fs. 204-216, vol. 26, Obras públicas,
Instituciones coloniales, AGN, México.
https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1665-899X2022000100126



