lunes, 24 de agosto de 2026

 

Bartolomé de Las Casas

Sevilla, c.1484 – Madrid, 18.VII.1566. Dominico (OP), obispo, teólogo, polemista, defensor de los indios.


Nació en Sevilla, colación del Salvador, en el centro de la ciudad; dato cierto, pues él no pierde ocasión de proclamarlo. El 19 de septiembre de 1516 afirmó que tenía treinta y un años. Algunos dicen que era de familia noble, pero no aportan pruebas y si se atiende a la profesión paterna, cabe pensar que no. Y aunque él se ufana en que sus ascendientes eran cristianos viejos, es más verosímil que por sus venas corriera sangre de cristianos nuevos, pero todo esto es mera conjetura. Pedro, su padre, se embarcó en el segundo viaje colombino. Volvió a Sevilla en 1498. De su madre, nada cierto se sabe y muy poco de sus cuatro hermanos. Con ellos pasó Bartolomé su infancia y adolescencia. En el hogar aprendió a rezar y en el colegio sus primeras letras. De joven estudió latín con un buen maestro, pues lo escribe con cierta corrección. No hay rastro de que hiciera carrera universitaria, ni fechas que permitan su posibilidad. Nadie, que sepamos, ha aclarado el itinerario de su formación intelectual que, en gran medida, fue autodidacta. Hizo un viaje a Granada, con su padre, en 1501. No se sabe a qué: para unos a participar en la guerra contra los moriscos, pero no encaja, pues era muy joven. Tampoco consta que fueran a negocios. Se cree que iban a preparar su viaje a Indias. En Granada firmaban los Reyes el nombramiento de Nicolás de Ovando como gobernador de las Antillas. El 13 de febrero de 1502, padre e hijo zarpaban de Sanlúcar. Las Casas describe la flota —imponente—, las peripecias de la travesía, la arribada a Santo Domingo el 15 de abril de 1502. Pero nada dice de él, ni de su padre. Piensan sus biógrafos que iba de doctrinero, pero él da a entender otra cosa: iba “a desechar de sí la pobreza…”. En 1506 vino a España. Tampoco se sabe a qué; estuvo en Roma en 1507 y regresó a La Española, donde fue colono y agricultor.

1. Los dominicos llegaron a La Española en 1510. Procedían de una vida religiosa renacida y llevaban un alto sentido humanitario y la rica doctrina de santo Tomás de Aquino. Las Casas tomó contacto con ellos, oyó el sermón-denuncia de Montesino y se ordenó sacerdote. Lo dice él, aunque no precisa fechas. Lo importante es que se ordenó. A principios de 1513 pasó a Cuba y obtuvo una excelente encomienda. Le visitaron unos padres dominicos, conversaron y despertaron sus dudas. No era lógico predicar contra la encomienda siendo encomendero. El resultado: su primera conversión. Devolvió la encomienda, dispuesto a defender a los indios para siempre. Salió para La Española, se entrevistó con fray Córdoba que le habló de un viaje a España, con Montesino y otro fraile. Embarcaron, en efecto, en septiembre de 1515 y llegaron a Sevilla el 6 de octubre. Los frailes se alojaron en el convento de San Pablo, y Bartolomé, con sus deudos. Visitó al arzobispo Deza, quien le dio cartas para el Rey: quería “notificarle la perdición de estas tierras”; pero la audiencia, que sería en Sevilla, nunca se celebró. El Rey murió el 23 de enero de 1516. Dirigió un Memorial de remedios (1516) a Adriano de Utrech, el primer plan auténtico sobre la república de españoles y la república de los indios. Propone la construcción de fortalezas defensivas, que la penetración y la evangelización fuesen pacíficas, la liberación de esclavos, la creación de diócesis, la restitución de todo lo robado. Explica después la organización de comunidades mixtas y la radical supresión de la encomienda. Cisneros y Adriano le oyeron complacidos, y le encargaron, con Palacios Rubios, elaborar un plan de reforma de las Indias, estableciendo comunidades indígenas libres, otras intervenidas por funcionarios reales, y el cumplimiento de la Leyes de Burgos de 1512.

La reforma era un noble intento, pero de planteamiento difícil y la elección de los Jerónimos para su ejecución no fue acertada: no tenían experiencia alguna, ni entendieron el pacifismo. En su Informe (1 de abril de 1517), los indios no quedaban bien parados y se desecha la idea de comunidades indígenas. Las Casas, aconsejado por los dominicos, regresó a España el 3 de junio de 1517. Fue a Aranda a ver a Cisneros, pero estaba muy grave, y se fue a Valladolid a esperar al rey, que llegó el 18 de noviembre de 1517. Bartolomé se ganó a los consejeros flamencos y logró presentar su proyecto al Rey. Consciente de que no lograría suprimir la encomienda, si antes no demostraba que la supresión no suponía la ruina económica, escribió el Memorial de remedios (abril 1518) en el que trazó un plan socioeconómico de colonización pacífica con una consecuencia clara: el aumento de población y de riquezas, aunque no era fácil ponerlo en práctica, pues significaba un cambio radical del sistema, con dificultades insalvables. No llegó a discutirse. El Rey partió para Coruña el 25 de enero de 1520, y el día antes de embarcar firmó la capitulación para poblar la costa de Paría (19 mayo 1520). Eran veintisiete puntos que precisaban su finalidad: colonización y evangelización pacífica, tributos para el rey y modo y manera de tratar a los indios. Las Casas embarcó con los labradores en Sanlúcar el 15 de diciembre de 1520 y llegaron a Puerto Rico en febrero de 1521. La expedición fue un fracaso, y casi una tragedia.

Las Casas ingresó en el noviciado de los dominicos en 1522 y profesó a finales del año siguiente. Su vida no sufrió un cambio radical, pero su defensa de los indios se hizo más evangélica, más doctrinal y polémica. Abandonado su plan de colonización, siguió una etapa de silencio y estudio —exigencias de la Orden— y desarrolló su vocación de escritor. Durante estos años se dedicó a escribir la Historia general, y la Apologética historia, que terminó más adelante. También escribió su primer libro teológico y doctrinal, el más sólido, terminándolo hacia 1526: De unico vocationis modo. El planteamiento es muy claro: “la única norma para llevar a los pueblos la religión cristiana, es la evangelización pacífica”. Quiso decir dos cosas: no hay más que un camino de evangelización: la persuasión del entendimiento y la invitación de la voluntad. Y este camino es común para todos los hombres. De esta obra sólo se conocen tres grandes capítulos: uno lo dedica a probar su aserto en un esfuerzo argumental, con la Bula Sublimis Deus, de Paulo III como fundamento (2 de mayo de 1537). El Papa trató de los derechos naturales de los indios, como utpote veros homines y aunque no tuviesen fe no carecían de libertad y dominio, y no se les podía esclavizar. El segundo capítulo lo dedicó a refutar a su oponente, Ginés de Sepúlveda; y se nos manifiesta el gran polemista. Sepúlveda, en cuanto a métodos de evangelización, militó en campo contrario. No trató de que se obligase, directa y absolutamente, a los indios a hacerse cristianos. Admitió, con criterios amplios y benignos, una coacción indirecta, para crear las condiciones más favorables a la predicación y conversión de los indígenas. Tal sería la conquista previa, para que los indios pudiesen ser más cómodamente catequizados. No negó otros caminos, pero tan difíciles que, de hecho, resultaban imposibles. En el tercer capítulo, Las Casas concluyó categóricamente: la guerra que se hace a los indios es temeraria, porque es contraria al derecho natural, divino y humano; injusta, porque los indios no han injuriado a los españoles y tiránica, porque es cruel y violenta. Y, en consecuencia, a) todos los que, de algún modo, han cooperado a esta guerra, han pecado gravemente; b) están obligados a restituir, y c) los clérigos que castigan a los indios son culpables. El libro es sorprendente por su alcance universal, su aplicación al problema indiano es una simple consecuencia, y por su tono moderado, aunque, de vez en cuando, se arranca en párrafos que no desdicen de la Brevisima.

A la luz de estos principios, se aprestó a ensayar el nuevo sistema de evangelización en Verapaz (Guatemala), en los años 1537-1539, como modelo de conversión y pacificación de los indios. Acierta Las Casas en la preparación diplomática —cesión de las tierras, ausencia de españoles—, y sobre todo, en la elección de los compañeros: los dominicos Andrade, Angulo y Cáncer, verdaderos ejecutores del ensayo. Se inició con éxito, pero pronto llegaron las dificultades. De todos modos, es el proyecto misionero más admirado y estudiado.

Volvió a España en 1540. Su propósito era plantear a Carlos V —que regresa en 1542— la reforma general del gobierno de las Indias, para lo cual había preparado dos importantes documentos: uno, Entre los remedios, de contenido teórico, que preludia la evolución de su pensamiento jurídico. El alegato, extenso, constituye el Octavo remedio, “el más principal y sustancial”. Y consiste: a) inmediata suspensión de las encomiendas; b) que todos los indios fuesen incorporados a la Corona Real, “como súbditos y vasallos libres”, irrevocablemente. Los razonamientos —teológicos, jurídicos, históricos— son abrumadores. El autor no duda de la soberanía del Rey sobre las Indias, en virtud de la Bula de donación, compatible con la libertad de los nativos, que la pierden cuando son sometidos a la jurisdicción y servidumbre de los encomenderos. El otro documento fue la Brevísima relación de la destruición de las Indias, también de 1542 y editado en 1552. El más endeble y el más difundido. Es posible que lo escribiera de buena fe para conseguir leyes más humanas. Pero se excedió e hizo daño a España, con relatos que la crítica histórica y el sentido común necesariamente han de calificar de inverosímiles.

2. La Leyes Nuevas de 1542. La esclavitud de indios fue un hecho. Carlos V la prohibió en 1530; pero ante la reacción de los españoles, la restableció cuatro años más tarde. Hubo reacciones nobles, como la de Vasco de Quiroga, quien envió al Monarca un alegato jurídico contra la esclavitud. Se discutió en las aulas universitarias por obra y saber de Vitoria y de Soto, e intervino con toda su autoridad Paulo III: “Decretamos y declaramos… que los indios no deben ser reducidos a esclavitud”. Es la Sublimis Deus. En la misma línea, el Breve Pastorale officium (29 de mayo de 1537) dirigido al cardenal Tavera, en Toledo: nadie puede privar a los indios de su libertad y de sus bienes, aunque estén fuera de la Iglesia. Las Leyes Nuevas vienen a recoger una parte importante de esta corriente crítica. El 20 de noviembre de 1542 fueron promulgadas en Barcelona. Cinco son los puntos que aquí se pueden subrayar: 1) la dignidad del indio, considerándolo como un súbdito más de la Corona; 2) la eliminación de la esclavitud; 3) la anulación de la encomienda, como principio de servidumbre; 4) la supresión de la guerra de conquista; 5) las cláusulas de seguridad de estas determinaciones, mediante vigilancia, procesos judiciales, castigos.

Las Casas influyó en estas leyes, pero no las aprobó, pues, a pesar de los avances indudables, mantenían la encomienda, aunque con ciertas condiciones. En 1543 escribió al Emperador denunciando lo que aún subsistía de injusto con relación a la libertad de los indios. Sus quejas fueron examinadas y se tuvieron en cuenta, incluyendo en la Leyes algunas disposiciones complementarias. Fueron tan imprevistas para conquistadores y encomenderos, que hubo que diferir su aplicación, pero su contenido se fue imponiendo poco a poco e influyeron, cada vez más, con su humanitarismo, en los hispanos del Nuevo Mundo.

El dominico volvió a presentar nuevos Memoriales al Rey. El primero, en 1543, lo suscribió su hermano de hábito fray Rodrigo de Andrada. Protestó porque no se hubiesen abolido inmediatamente las encomiendas. Expuso y fundamentó la predicación pacífica y la abolición de la esclavitud, y esbozó su teoría de soberanía imperial. Fue un gran momento para fray Bartolomé. El cenit de su prestigio. Y fue nombrado obispo de Chiapas (1543). Consagrado en Sevilla (1544), se trasladó a Indias y entró en su sede al año siguiente. Promulgó su Confesonario, que prohibía absolver a conquistadores, encomenderos y traficantes de armas, si antes no se retractaban, liberaban a los indios y restituían todos sus bienes. La resistencia y oposición fue total. Hubo una conmoción general.

El cabildo de México protestó ante la Corte y en la asamblea de obispos fue recibido con desagrado. La Audiencia también mostró su disgusto, y en la Corte actuaron sus opositores. El fraile renunció a su obispado, pero no a su cargo de defensor de los indios.

En 1547, regresa definitivamente a España. Es la época de sus grandes obras. Interesan los Tratados, en los que sintetizó sus ideas con más precisión y orden.

Estaba ya en Valladolid, en San Gregorio, más sosegado y en un ambiente intelectual émulo de San Esteban de Salamanca. Los Tratados son de lo mejor de fray Bartolomé, desde el punto de vista teológicojurídico. En Las treinta proposiciones muy jurídicas pretendió probar el fundamento en que se fundaba el título y señorío supremo que los Reyes de Castilla y León tenían en las Indias. La Proposición XVII dice: el único derecho de soberanía y su único fundamento jurídico es la donación pontificia, que, dice, no privó de su dominio a los príncipes y señores que estaban en el Nuevo Mundo; sólo había colocado sobre ellos, como supremo emperador, a los reyes de Castilla, lo que supuso un cambio sustancial. Sin detenernos en esta variante, conviene insistir en que Las Casas sostuvo en la mayor parte de sus obras la idea de que el Papa, como vicario de Cristo y dominus orbis, subrogó en los Reyes Católicos su poder temporal sobre las Indias para el cumplimiento del fin evangélico que les había encomendado. En la XVIII se subraya que los naturales conservan sus derechos y dominio sobre sus súbditos…, pero, (Proposición XIX) que estaban obligados a reconocer este imperio de los Reyes de Castilla, una vez recibido libremente el bautismo. Idea que se verá precisada más adelante. Después, habla de métodos misionales; defiende el apostólico, condena la conquista previa, y recuerda al Rey su obligación de gobernar bien aquellos territorios; condena, una vez más, la encomienda —“la más cruel especie de tiranía”— y los repartimientos efectuados por Colón.

Vitoria y Soto trataron de estos asuntos con más cautela. Rechazaron el Imperator y el Papa dominus orbis, negaron al Papa cualquier poder sobre los infieles, y de no mediar otras causas, ni él, ni los Reyes, tendrían más derecho que a predicar el evangelio.

Para llegar a la guerra justa hacía falta que surgiese la injuria y, agotados los medios pacíficos, si los indios ofreciesen resistencia o impidiesen la predicación o matasen a los predicadores, surgiría ese derecho. Se sabe que Vitoria y Soto pensaron en otra vía de acceso, pacífica o violenta, según las circunstancias: la natural, que no necesitaba las bulas de donación. Es posible que Las Casas buscase en el fondo este camino, pero no acertó a expresarlo con precisión: defiende con vigor los derechos naturales de los indios, antes y después de la conversión, aunque les busque una tutela bajo la Corona, que consideraba beneficiosa para ellos. Pero resucita la teocracia y el cesaropapismo, aunque sea tímidamente, y se olvida del origen del poder civil y de los derechos de los pueblos soberanos.

3. La disputa o controversia. La Junta de Valladolid (1550-1551) fue importante en la historia del humanismo cristiano. Los antecedentes son conocidos. Ginés de Sepúlveda había publicado su Democrates alter en forma de Apología, y fray Bartolomé escribió otra Apología para combatir los fundamentos del Democrates y defender a los indios. Ambos fueron convocados en Valladolid, entonces capital de la Corte, para que explicaran sus teorías. Primero habló Sepúlveda: expuso su tesis, “sin leer”, durante dos o tres horas. Las Casas no asistió. Pero, “durante cinco días sin interrupción, él hizo lectura completa de su Apología”. Asombrados los miembros de la asamblea, encargaron a Soto que hiciera un resumen de lo expuesto por los dos. Soto cumplió su cometido con habilidad y pericia. El Sumario fue entregado a Sepúlveda, quien presentó doce objeciones a la Apología lascasiana. Objeciones que pasaron a fray Bartolomé, quien en su réplica las calificó de frívolas y sin ningún efecto ni valor.

El texto de la Disputa, tal como la publicó Las Casas en los Tratados, contiene las tres piezas: a) el resumen que hizo Domingo de Soto; b) las doce objeciones de Sepúlveda; c) las doce réplicas de fray Bartolomé. Se trata de una síntesis de obras mucho más amplias. Cabe citar, por vía de ejemplo, la respuesta del padre Las Casas a la duodécima objeción de Sepúlveda, “la intención del Papa fue subjetar y después predicar”. Dice el dominico que es falso: la Bula de donación subraya que los indios vivían mansos y pacíficos; y entonces ¿para qué la guerra? La Bula urge el envío de misioneros, y ¿para qué la conquista? Ilustra su negativa con el testamento de Isabel la Católica, “que debía tener entendida la intención del Papa” algo mejor que Sepúlveda, y con la instrucción que los Reyes dieron a Colón. Afirma que, antes de bautizarse, los infieles no eran súbditos de la Iglesia, y “no se les puede poner o quitar señor”, a no ser per accidens, por ejemplo, si impedían la predicación de la fe. Pero, después de convertidos, “la Iglesia puede ejercer su jurisdicción temporal en ellos, como en súbditos”, si fuera necesario para la conversión de la fe; cuando es de tanta utilidad para los naturales, “como es poner sobre todo aquel orbe un supremo o universal monarca, o como imperial señor, que les ordene, rija y gobierne”. Ahora bien, si no quisieran recibirlo, no por eso se les podía hacer la guerra, mientras siguieran en la fe; el “supremo e universal señor” se les ponía para su bien, y no para daño, pues, en este caso, tal señorío sería injusto y tiránico. Así hay que entender la citada proposición XIX. Por tanto, no hay más que un camino para asentar y perpetuar el señorío sobre aquellos reinos: la vía pacífica, ganar por amor sus “voluntades e ánimas”.

Con ello, el principado supremo queda sin contenido: se trataría de un derecho que el Papa concede a los Reyes —excluidos otros príncipes cristianos— a ser reconocidos como emperadores por los indios, pero cuando éstos quieran, sin facultad alguna para hacerlo efectivo, aunque, el derecho de elegir o reconocer a un príncipe lo tienen todos los pueblos por derecho natural.

En el Tratado comprobatorio, las Casas pretendió probar las proposiciones anteriores. Presenta inicialmente dos conclusiones que sintetizan la doctrina del Tratado: 1) el único título justo que tienen los reyes de España al imperio soberano universal sobre las Indias es la donación pontificia; 2) este dominio soberano imperial es compatible con el dominio y jurisdicción de los reyes y señores naturales de las Indias sobre sus pueblos y territorios. Las pruebas son abrumadoras: jurídicas, teológicas, filosóficas e históricas… En esta obra se inclina más a las doctrinas teocráticas que los maestros de Salamanca: el Papa tiene plenísimo poder en la tierra sobre todo el mundo; el poder temporal lo posee “en orden al espiritual”, es decir, “en orden a encaminar a los hombres, fieles e infieles, por el camino de la vida eterna: in ordine ad finem spiritualem”. Según este tratado, el bautismo le da al Papa un poder indirecto temporal para entregar esos indios en manos de los Reyes de España. Consecuencia que no admitiría Vitoria, y que el propio Las Casas enmendó más adelante.

4. Los dos tratados teóricos, orientados a defender los derechos de los indios: a) Principia quaedam, publicado en los Tratados de 1552. En ellos formula su doctrina de la libertad y derechos de los indios. Trata del señorío y la potestad de las autoridades públicas conceptuándolas como derecho natural y de gentes, de que el hombre es naturalmente social, y sobre que la sociedad no puede subsistir sin la autoridad. La consecuencia de este planteamiento es que a nadie le es lícito, sin legítima causa, usurpar o impedir el dominio o jurisdicción que un rey o señor ejerce sobre sus súbditos, sencillamente, porque el poder de tales reyes y señores se asienta en el derecho natural y de gentes. Todos estos derechos se encuentran en sujetos libres: hombres, pueblos, reyes y gobernantes. La libertad es común y natural a todos los hombres, luego los pueblos y sus gobernantes o reyes son libres. Era su idea fija: presentar al indio y a los pueblos indígenas en pie de igualdad con los españoles y demás pueblos europeos, en el ámbito de los derechos.

b) De regia potestate o Erudita et elegans explicatio (1559). Supera al anterior en extensión y en importancia. No trata aquí el problema de la autoría, pero resume algunas nociones del escrito anterior y explica las ideas expuestas en obras anteriores. No deja de sorprender la falta de referencias a la donación pontificia y la condena “por herética” de la opinión del Hostiense, aunque sí se refiere con frecuencia a la toma de posesión justa como condición sine qua non para establecer una autoridad legítima. La obra constituye un alarde de erudición jurídica y canónica. Consta de cuatro notabilia o cuestiones y cinco conclusiones en las que afirma que no basta la autoridad real para autorizar cualquier enajenación. He aquí algunos principios: 1) Todos los hombres son libres; la libertad es inherente a la persona humana. La esclavitud es un fenómeno accidental, no obedece a causas naturales; 2) ninguna servidumbre puede imponerse al pueblo sin que éste dé su consentimiento; el poder y la soberanía proceden directamente del pueblo; 3) los reyes y soberanos son señores de sus señoríos y dominios en cuanto a la jurisdicción, protección y defensa, pero no en cuanto a la propiedad que es de los particulares; 4) el rey o soberano sólo puede mandar conforme a las leyes; 5) ningún príncipe puede enajenar “ni porción la más pequeña del país”, sin el consentimiento libre de los súbditos. La estructura del Estado que aquí proyecta Las Casas es avanzada, pero la extrae de la mejor tradición jurídica medieval. Su convicción de que los reyes de España eran soberanos de las Indias, basada en un principio teocrático, era tan sólida como siempre. Y lo que pretendía era concluir —una vez más— que la enajenación perpetua de la encomienda era radicalmente injusta.

5. Los últimos años de Las Casas fueron fecundos. En Atocha, Madrid, escribió dos tratados polémicos: De thesauris in Perú y Las doce dudas, la Historia general de las Indias y la Apologética historia.

El De thesauris, Madrid 1563, escrito en latín, responde a una duda presentada por los dominicos del Perú sobre si era lícito apropiarse de los objetos valiosos de los incas. La respuesta es negativa y tajante: a nadie le era lícito tal apropiación, ni siquiera al Rey de España. Aprovechó para puntualizar el alcance de la donación pontificia, que, dice, hizo a los Reyes de España príncipes de aquellos territorios, pero se requiere el consentimiento de los indios para que obtengan la posesión jurídica de las Indias. Así, Las Casas corrige lo dicho en Las treinta…, y en el Comprobatorio: que una vez bautizados los indios pasan a ser súbditos de la Iglesia y del Rey, que recibe la jurisdicción actual sobre ellos. Aquí, en cambio, aclara que los reyes de España, con la Bula, sólo reciben la jurisdicción in habitu y de derecho, ya que era necesario el consentimiento unánime de los naturales y el juramento de fidelidad para la posesión jurídica y ejercicio de la soberanía, pues la “causa eficiente” del poder jurisdiccional, “que da el derecho más principal, es el consentimiento de los pueblos”. Mientras los Reyes no obtengan ese consentimiento, tienen ius ad rem, a reclamar su potestad, no el ius in re o potestad efectiva. Termina con dos conclusiones: 1) Nunca los indios dieron ese libre consentimiento, por tanto, no existía el ius in re, salvo en Verapaz; 2) los Reyes de España, en cuanto al dominio, se encuentran como en el momento de la donación, de modo que todas las conquistas de los españoles son injustas y tiránicas. Y dos corolarios: 1) el Rey no tiene nada que ver con los tesoros del Perú; 2) todos los bienes que los españoles trajeron de Indias fueron robados y han de ser restituidos.

Tratado de las doce dudas, escrito en castellano en 1564. Un dominico que residía en el convento de Valladolid, fray Bartolomé de la Vega, antiguo misionero en el Perú, entregó a Las Casas “doce dudas”, pidiendo solución. El tratado contiene las dudas y las respuestas, que se pueden reducir a una: los españoles han sido ladrones y están obligados a restituir in integrum. Y concreta: los que participaron en la muerte de Atahualpa, conquistadores, tasadores de tributos, funcionarios de gobierno y de justicia. Tampoco se salva el Rey de España, a quien niega toda legitimidad, por tener solo ius ad rem. Ha de restituirlo todo siguiendo la norma trazada en el Tratado anterior. Estos escritos iban dirigidos al Rey, o al Consejo Real.

La Quaestio theologalis (c. 1560-1563), en la que perfila su concepto del poder del Papa. Toda potestad y jurisdicción temporal, y en resumen todo lo temporal, se ordena a lo espiritual, como el cuerpo al alma. Al Papa, de suyo, le atañen los asuntos espirituales y el fin espiritual —conducir a los hombres a la salvación—. Por consiguiente, puede la potestad espiritual disponer de algunas cosas temporales, en la medida que convenga o sea necesario para los asuntos espirituales. Por eso, el Papa tiene amplísima potestad sobre algunas cosas temporales, de modo que puede alterar los estados de los reyes y de los príncipes seculares, deponerlos y colocar a otros en su lugar, si fuera necesario para la propagación y defensa de la fe, y para la prosperidad y unidad de la Iglesia.

6. Y en su retiro de Atocha, puso punto final a sus dos obras más extensas: la Historia general y la Apologética historia. En la Historia, que comenzó a escribir en 1527 en La Española y terminó en su retiro de Valladolid, se propuso narrar los acontecimientos de los primeros años de la acción colonizadora, y remediar los problemas de aquellas gentes. Es su obra fundamental. Interesa referirse a su concepción del hombre, que se centra en la idea de unidad específica del género humano. Todos los hombres son esencialmente iguales y dignos de respeto y tienen unos derechos que, por nacer de la naturaleza, son derechos naturales, inviolables e inalienables, y unos atributos fundamentales: racionalidad, libertad y sociabilidad. Lo postula como un concepto recibido de autores clásicos y de escritores cristianos. De las ocho razones que le indujeron a escribir la Historia, hay una —la sexta— que es desconcertante: “Librar a mi nación española del error y engaño gravísimo y perniciosísimo… estimando de estas océanas gentes faltarles el ser, haciéndoles brutales bestias incapaces de virtud y doctrina”.

Hay que preguntarse qué quiere decir Las Casas al escribir que, en su opinión, la nación española, a mediados del siglo XVI, creía que los indios no eran hombres. No parece que quisiera hacer tal afirmación, pues ¿cómo explicaría él —testigo de tantas cosas, promotor de los derechos humanos— el esfuerzo misionero, la legislación canónica y civil, la fundación temprana de colegios, la experiencia de Tlatelolco y de San Juan Letrán, por citar sólo algunos hechos? Sin embargo, sus palabras han servido de argumento —entre otros varios— para que algunos hablen de una gran controversia “durante la primera mitad del siglo de la conquista” sobre la racionalidad del indio. Se cree que no existió tal controversia y que nadie impugnó responsablemente la racionalidad del indio. Lo que sí se debatió fue su capacidad para recibir algunos sacramentos, que es cuestión bien distinta. En todo caso, fray Bartolomé no podía dudar de la condición humana de los indios. Y cuando Garcés escribe al Papa, y Minaya en Roma convence a Paulo III de que declarase la capacidad del indio para la fe, no pretendían aclarar sus ideas, sino lograr que el Papa condenara a aquellos españoles que no trataban a los indios conforme a su dignidad humana.

Y si Las Casas lo plantea no es para demostrar su humanidad, sino para facilitar su encuentro con el mensaje cristiano. En cualquier caso, para fray Bartolomé los indios pertenecían a una raza excelente, estaban dotados de inteligencia clara y de notable hermosura: eran sobrios, castos, mansos e ingeniosos. Tal es la tesis de su Apologética historia, que empezó a escribir en 1527. Este libro, que muchos definen como la primera antropología, es más bien una obra de tesis. Así, cuando exalta las excelencias del clima, no se refiere a sus vivencias personales, pues lo que pretende es demostrar la gran influencia que tiene sobre los seres vivos: “en las zonas templadas, las inteligencias son claras y los sentidos despiertos”. De este modo, al ponderar el medio ambiente en que viven los indios, formula un nuevo argumento a su convicción de que constituyen la raza más perfecta del orbe. Y cuando describe costumbres indígenas, no es con afán etnológico, sino como un nuevo argumento que confirma su opinión: los indios tenían una buena economía doméstica y vivían en buena sociedad; y si algunos —más bien, muchos— no estaban agrupados en pueblos, no faltaban razones que justificaran y explicaran satisfactoriamente tal situación. En una comparación entre indios y griegos, éstos salen mal parados: los indios, calificados de bárbaros, tendrían más conocimiento natural de Dios que griegos y romanos. Exaltó todas las condiciones físicas e intelectuales de los indios, así como los ambientes naturales en que habitaron, siguiendo el esquema aristotélico, para probar la total y absoluta posibilidad de los indios, seres racionales excelentes e insuperables. Siguiendo una relación de autoridades, estableció que el medio geográfico en que habita el hombre puede determinar notables características, y determinar, que haya inferiores y superiores. Llegó a establecer las condiciones ideales para el ser humano que, en su gama completa, se cumplirían de manera singularísima y en grado sumo en los indígenas de América. En suma, que el determinismo geográfico alcanza en Las Casas una amplia y decisiva función.

Para fijar la figura de fray Bartolomé de las Casas, se han seguido sus escritos, por considerar que son la medida y la imagen del autor. La personalidad del padre Las Casas está reflejada mucho mejor en el De unico, o en la Historia de las Indias, que en la Brevisima. Estos escritos, exceptuados los Tratados, impresos en Sevilla en 1552-1553, han permanecido inéditos hasta el siglo XX. La primera edición crítica, completa, es la de Alianza Editorial, Madrid 1988-1996, bajo la dirección del doctor Castañeda Delgado, que es la que se consigna aquí.

OBRAS

De regia potestate o Derecho de autodeterminación, ed. de L. Pereña, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), 1984

Apología, ed. de A. Losada, Madrid, Alianza Editorial, 1988

Diario del primer y tercer viaje de Cristóbal Colón, ed. de C. Varela, Madrid, Alianza Editorial, 1989

Obras completas. De unico vocationis modo, ed. de P. Castañeda Delgado y A. García del Moral, Madrid, Alianza Editorial, 1990

De regia potestae

Quaestio theologalis, ed. de A. Larios y A. García del Moral, Madrid, Alianza Editorial, 1990

Apologetica historia sumaria, ed. de V. Abril Castelló et al., Madrid, Alianza Editorial, 1992, 3 vols.

Tratados de 1552, ed. de R. Hernández y L. Galmés, Madrid, Alianza Editorial, 1992

De thesauris, ed. de A. Losada y J. B. Lassègue, Madrid, Alianza Editorial, 1992

Doce dudas, ed. de J. B. Lassègue, Madrid, Alianza Editorial, 1992

Historia de las Indias, ed. de I. Pérez Fernández, M. A. Medina y J. A. Barreda, Madrid, Alianza Editorial, 1994

Cartas y memoriales, ed. de P. Castañeda et al., Madrid, Alianza Editorial, 1995.

BIBLIOGRAFÍA

M. Giménez Fernández, Bartolomé de las Casas. Tomo I, Delegado de Cisneros para la reformación de Indias. Tomo II, Capellán de Carlos V y poblador de Cumaná, Sevilla, Escuela de Estudios Hispano-americanos, 1953 y 1960 respect.

T. Urdanoz, “Las Casas y Francisco de Vitoria”, en Revista de Estudios Políticos, 197 (1974), págs. 115-187

F. Morales Padrón (coord.), Estudios sobre Fray Bartolomé de las Casas, Sevilla, Escuela de Estudios Hispano-americanos, 1974

I. Pérez Fernández, Inventario documentado de los escritos de Fr. Bartolomé de las Casa, Bayamón (Puerto Rico), Universidad Central, Vicariatos Dominicos del Caribe, 1991

P. Castañeda Delgado, La teocracia pontifical en las controversias sobre el Nuevo Mundo, México, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Instituto de Investigaciones Jurídicas, 1996

A. Huerga, Fray Bartolomé de las Casas, vida y obras, Madrid, Alianza Editorial, 1998

P. Castañeda Delgado, “El pensamiento de Bartolomé de la Casas”, en Cuadernos Salmantinos de Filosofía, 30 (2003), págs. 669-687

B. Hernández, Bartolomé de las Casas, Barcelona, Taurus, 2015.

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Enconchados: gustos, estrategias y precios en la Nueva España

 

En la historiografía de la pintura novohispana se advierte cierto vacío respecto a las pinturas incrustadas de concha (ca. 1650-1750), hoy conocidas como enconchados. Estas obras menudearon en los inventarios de pintura capitalinos de finales del siglo XVII y principios del XVIII y se conservan numerosos ejemplares de factura esmerada (figs. 24-8 y 10). Tomás, Juan y Miguel González,1 que al parecer se dedicaron sólo a esta modalidad pictórica, llegaron a trabajar para personajes encumbrados y pertenecieron al gremio de pintores, en el cual tuvieron competidores notables, como Nicolás Correa. Sin embargo, hasta fechas recientes estas obras han ocupado un lugar marginal en los estudios sobre la pintura novohispana. No se ha negado directamente que se trata de pinturas, pero por sus particularidades no ha sido fácil situarlas, de modo que a menudo se han soslayado o se han considerado "artes decorativas".












En la actualidad se conocen más de 250 pinturas incrustadas de concha.2 En su mayoría se trata de obras anónimas; sin embargo, 85 ejemplares están firmados por Miguel y Juan González. Los González hicieron piezas muy conocidas; por ejemplo, una serie de 24 tablas de la Conquista de México (1698) conservada en el Museo de América de Madrid que originalmente perteneció a Carlos II,3 así como una serie del mismo tema y número de tablas del Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. La primera está firmada en coautoría por Miguel y Juan González, mientras que la segunda es de Miguel González. Estos artistas han recibido mucha atención, pues distintos estudios se han referido a las series de temática histórica o religiosa ligadas a ellos.4

Algunos pintores incursionaron tanto en las pinturas enconchadas como en las que prescinden de ese material. El caso más conocido es el de Nicolás Correa —sobrino de Juan Correa—, que estuvo activo hacia 1690, al mismo tiempo que Miguel y Juan González. El trabajo de Correa fue, como se verá, de gran calidad; es decir, los González no monopolizaron la producción de los enconchados de buena factura. También se conservan ejemplares de Agustín del Pino, Pedro López Calderón, un tal Rodulpho y, al parecer, Antonio de Santander.5 Más aún, desde 1980 han salido a la luz más de cien obras —en su mayoría anónimas— de distintos tamaños y formatos, cuya factura y calidad difieren notablemente en el uso del nácar, así como en el dibujo y el trabajo pictórico.6

En conjunto, los ejemplares conservados muestran una diversificación que no resulta tan evidente en las series a las que se han dedicado la mayor parte de los estudios. Esta diversificación es aún más notable en la información documental, pues los documentos referentes a estas pinturas describieron y dieron importancia a aspectos distintos. También consignaron grandes diferencias de precios. Es decir, no hubo un público homogéneo que viera y entendiera las pinturas enconchadas de un mismo modo,7 sino que éstas resultaron de una pluralidad de concepciones e intereses.

La tradición pictórica española de la época admitió muchas técnicas y soportes. El conocido tratado de pintura de Antonio Palomino de 1715 mencionó las pinturas al fresco, al óleo, al temple, bordada, cerífica, aguazo, de porcelana, embutida, férrea, figulina, tejida y vítrea;8 modalidades que el Diccionario de Autoridades retomó en la definición de "pintura", en 1737.9 La capital novohispana produjo su propia diversidad y dio lugar a obras como la plumaria y los enconchados. Estos últimos se hicieron en un contexto en el que las concepciones pictóricas tradicionales, que comprendían distintas técnicas y materiales, coexistieron con las modernas, basadas en planteamientos técnicos más restrictivos.

La imposición de las concepciones modernas se observa en las Ordenanzas del Gremio de Pintores de 1686, que contemplaron únicamente las obras hechas al óleo, temple y fresco. En los enconchados se usaron temple y óleo, además de pigmentos y procedimientos parecidos a los de las pinturas que prescinden de la concha.10 Sin embargo, el distintivo uso del nácar fue una innovación tomada de ciertas lacas japonesas, que distingue a los enconchados técnica y formalmente de cualquier otra pintura de su tiempo.

 

Los orígenes

No sabemos exactamente cómo surgieron los enconchados. En su estudio "Art, Value, and Market Practices in the Netherlands in the Seventeenth Century", Neil de Marchi y Hans van Migroet han advertido que, en el siglo XVII, la pintura neerlandesa experimentó un perpetuo giro innovador, afectado por el acceso de los artistas a nuevas mercancías, tecnologías, fuentes de suministro y formas de organización. A la vez, los mercados fueron los foros y los resultados tentativos del comportamiento interactivo experimental entre muchos individuos y grupos; de ahí que tanto los productos como las estrategias se modificaran constantemente.11 Los enconchados requirieron de la circulación de las lacas japonesas de exportación namban (muy gustadas en Europa) y de cierto impulso innovador entre los pintores; desde luego, su éxito habría sido imposible si no hubieran captado el interés de los consumidores. El gusto por distintas obras asiáticas, así como por el brillo de ciertos materiales y por la ornamentación se advierte en diversas producciones artísticas,12 y dio lugar a soluciones particulares en este caso.

Las incrustaciones de nácar no supusieron una ruptura con la manera de concebir la pintura, sino que agregaron nuevas particularidades a la diversidad de la época. Los enconchados tomaron de las lacas japonesas namban la ornamentación, consistente en fondos negros y figuras doradas e incrustadas de concha, con diseños basados en flores y hojas (fig. 1). El desarrollo de la nueva modalidad artística fue producto de las experimentaciones novohispanas, pues la incorporación de la concha al trabajo pictórico en las escenas representadas fue una aportación local. Pese al efecto similar, la técnica de ambas producciones es completamente distinta.

Los enconchados se insertaron con naturalidad en el contexto pictórico novohispano, pese a que no fueron un mero producto de la tradición española. Al contrario, resultaron de un impulso innovador que tomó el gusto por las lacas japonesas como punto de partida para hacer nuevas búsquedas pictóricas. Dicho impulso fue avalado por el gremio de pintores en la práctica, aunque no se contempló en las ordenanzas. Para advertir mejor qué características de los enconchados los acercan a otras pinturas novohispanas y cuáles los aproximan a las lacas namban, se describirán a continuación algunos ejemplares notables.

 

Las pinturas incrustadas de concha. Características técnicas y formales

En las obras más minuciosas, la capa de pintura se aplica mediante transparencias que resaltan la luminosidad natural del nácar, cuyas incrustaciones se planean cuidadosamente y se incluyen en el dibujo preparatorio.13 Esto se advierte en la serie de 12 tablas de las Alegorías del credo de Miguel González, dividida entre el Museo Nacional del Virreinato de México y el Patrimonio Artístico del Banco Nacional de México. En 1990 Alejandro Huerta estudió la técnica de la tabla San Felipe (fig. 2) de esta serie y halló que el soporte es cedro blanco, reforzado en la parte posterior con una tela.14 Por el peso del nácar, el mejor soporte de estas obras es la tabla. Todos los ejemplares conservados la usan, misma que en ocasiones se recubre con lienzo.

La base de preparación consiste en una capa porosa de yeso aglutinado con cola animal,15 la capa de impregnación también es de cola animal.16 La imprimatura es muy fina y está hecha al temple, de blanco de plomo y blanco de España, con impurezas de negro de carbón.17 En la capa pictórica se usan resinato de cobre, negro de carbón, blanco de plomo, laca de granza, cinabrio, siena tostado, negro de humo, polvo de oro y sombra natural.18 El aglutinante es el temple, excepto en las encarnaciones y el color del pelo, que son oleosos.19 Al parecer, el adhesivo de las placas de nácar es la goma laca.20 Se trata de materiales de uso corriente en la pintura novohispana, cuyo uso se adapta para lucir el brillo del nácar subyacente.

El San Felipe 21 representa sendas escenas correspondientes al quinto artículo del Credo, "descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos". La composición guarda parecido con un modelo de Martin de Vos, grabado por Adriaen Collaert hacia 1600 (fig. 3). La escena principal es el descenso de Jesús a los infiernos e incluye a Adán, Eva y otros personajes de la Antigua Ley. En el primer plano aparece, de espaldas al espectador, un joven —¿san Juan Bautista?—, que sostiene en la mano derecha la cruz y en la izquierda un estandarte con la cruz. La escena secundaria muestra a Jesús saliendo del sepulcro ante cuatro soldados, cuyos expresivos gestos muestran su temor ante el inesperado hecho. A diferencia de la escena principal, ésta tiene un fondo luminoso, para destacar que la resurrección es la culminación del triunfo sobre la muerte.

En todas las tablas de esta serie González introdujo numerosas variaciones compositivas para evitar los desnudos frontales del modelo europeo. Es decir, al margen de su capacidad como artista, se preocupó por hacer obras decorosas, según lo estipulado en las ordenanzas.22 Las particularidades de su trabajo se advierten en la articulación entre el brillo del nácar y la paleta restringida, en la que predominan los colores cálidos —sobre todo el amarillo—, así como en el enfático uso de la línea y los marcos ricos. El nácar se embute en pequeños trozos irregulares en las vestiduras de los personajes, sin llegar a conformarlas en su totalidad. La capa pictórica es ligera y permite advertir el brillo del material orgánico. Las vestiduras están pintadas de amarillo, así como de tonos brillantes de rojo y verde.

González prestó mucha atención al marco, cuyas entrecalles están pobladas por tantas flores, aves y hojas, que apenas se distingue el negro del fondo. Como es habitual, la concepción unitaria de esta serie no se restringió a las escenas, sino que también comprendió los marcos, cuyas soluciones similares los distinguen de otros marcos de este tipo. La mayoría de las aves aparece en reposo, aunque algunas muestran posturas poco naturales. Por ejemplo, en el lado superior del marco de Santiago el Menor, del Banco Nacional de México, se ve una que yace con las alas plegadas y el cuerpo horizontal invertido, de modo que el pecho queda en la parte superior. En el mismo lado se aprecia un ave volando hacia la derecha del espectador, con la cabeza vuelta al lado opuesto. Estas variaciones demuestran que González estuvo muy atento al trabajo de los marcos, seguramente muy apreciados por los comitentes.

También destacan sendas Vírgenes de Guadalupe anónimas de la parroquia de San José en Tlaxcala y del convento de monjas capuchinas de Castellón de la Plana en Valencia (fig. 4). Ambas son muy similares, pero la de Castellón de la Plana conserva un rico marco enconchado original, mientras que la de Tlaxcala tiene uno moderno. Estas obras muestran una excepcional luminosidad en las ropas de la Virgen, cuyas capas fluidas de transparencias permiten advertir el brillo del nácar subyacente, incrustado en fragmentos regulares. Pocas piezas conservadas exhiben embutidos de concha de formas tan precisas. Sin duda el artista estaba muy familiarizado con este tipo de trabajo, en el que la técnica pictórica se adapta para resaltar la luminosidad.

El marco de la obra de Castellón de la Plana contiene tantos racimos de uvas, flores, hojas, aves y mariposas pintados y embutidos de concha, que hace falta observarlos con mucho cuidado para reconocer las figuras (figs. 4b y 4c). Algunas flores exhiben un tono desleído de rojo, así como el color natural del nácar, que en el marco no brilla tanto como en la pintura. En las uvas se aprovecha el tono violáceo natural de los fragmentos de concha, mientras que las ramas de los sarmientos están logradas mediante trazos dorados. Es interesante que, a diferencia del marco, la guirnalda que rodea a la Virgen no sea muy elaborada; las figuras que la componen están escasamente pintadas, aunque el brillo de la concha contribuye a la luminosidad de la pieza.

 

El trabajo de las pinturas incrustadas de concha en el contexto gremial

A finales del siglo XVII, cuando los enconchados alcanzaron su apogeo, los pintores acababan de reorganizar su gremio. Las nuevas ordenanzas (1686) fueron iniciativa de los propios artistas, quienes intentaron proteger su mercado al insistir en la calidad de las obras para propiciar la obtención de beneficios económicos; de ahí que las ordenanzas regulen la venta de pinturas en obradores, calles, plazas, mesones, portales y baratillos.23 Desde luego había también reventas y ventas irregulares que el gremio trató de evitar.24 Las ordenanzas no dicen nada sobre el trabajo de los enconchados. Sin embargo, en 1986 Guillermo Tovar de Teresa dio a conocer dos documentos de 1689 y uno de 1699, que demuestran que Tomás, Juan y Miguel González pertenecieron al gremio de pintores.25 Asimismo, en 2008 Paula Mues Orts publicó un "Donativo del gremio de pintores y doradores para la Guerra de Sucesión" de la ciudad de México de 1704, que incluye a "Miguel González el conchero" entre los oficiales con tienda.26

Al margen de las particularidades de su trabajo, los González deben haber acreditado —según lo establecido en las ordenanzas— su habilidad en el dibujo, colorido y sobre todo en la factura de rostros y cuerpos hermosos y en el decoro de sus obras.27 Estos artistas se tomaron muy en serio todas estas cuestiones en sus obras más destacadas. Es decir, su vínculo con el gremio no fue meramente formal, sino que se esforzaron por adaptar su trabajo a las exigencias gremiales.

En términos mercantiles, el éxito se mide en función del lucro. La actitud de los artistas hacia el gremio y el mercado depende de sus circunstancias laborales y económicas.28 Como el gremio avalaba la calidad de las obras, el interés de los González por obtener su reconocimiento fue parte de una estrategia que buscó protección y prestigio para facilitar el control de su mercado y de los precios de sus obras. Su estrategia funcionó, pues al parecer acapararon los encargos más importantes, a pesar de que, para entonces, artistas como Nicolás Correa incursionaron indistintamente (con éxito) en estas pinturas y las que no emplean la concha.

Los pintores perciben el mercado de forma diferente y adaptan sus estrategias en consecuencia.29 Nicolás Correa y más adelante Agustín del Pino hicieron enconchados notables (figs. 5 y 7). Sin embargo, en esta producción hubo cierta relación movediza entre fama y calidad. Esto se advierte al comparar una Boda de Caná de Nicolás Correa (1696) conservada en la Hispanic Society of America y otra que pertenece a la serie de 24 tablas de la Vida de Cristo del Museo de América, atribuida a alguno de los González (fig. 6).30

En el aspecto compositivo, ambas obras son muy similares. En la escena principal Jesús preside el banquete nupcial y María aparece de pie a su lado, llamando su atención al vino, servido en primer plano por dos criados. En una escena secundaria se aprecia la actividad de la cocina.31En la tabla atribuida a los González, tanto la escena secundaria como los criados se hallan a la izquierda del espectador, mientras que en la de Correa están a la derecha.

En la tabla de la serie, las vestiduras de todos los personajes están incrustadas de nácar, pero sólo las de Jesús y María están completamente cubiertas del material, embutido en trozos regulares. Además, ambos son los únicos que visten mantos azules, cuyas transparencias muestran el brillo del nácar subyacente. El rico marco contribuye a mantener la atención del espectador. Las figuras son abigarradas y están dispuestas de manera asimétrica. Esta parte de la obra resulta casi tan luminosa como la escena; ahí el brillo del nácar se advierte sobre todo en las flores. También destacan las aves, cuyas cabezas están muy detalladas, pero no hacen referencia a especies reales. Para apreciar mejor estos detalles, es preciso observar las piezas de cerca. Así, la obra contribuye a mantener la atención al plantear sutiles exigencias al espectador.

Correa exhibe mucha familiarización con este tipo de trabajos, a la vez que se aleja de las soluciones de los González. El artista adapta cuidadosamente la labor pictórica para lucir al máximo el brillo del nácar —reservado a la escena, pues la obra no tiene marco enconchado. El efecto es poco común debido al contraste entre el inusual fondo negro y el brillo de los pequeñísimos fragmentos de nácar empleados con profusión. En el muro negro del fondo, estos últimos se usan para formar cuadros, mientras que en la parte inferior de la composición simulan un piso marmoleado y a la izquierda se embuten en la vajilla exhibida en el mostrador.

De las más de 250 obras conocidas, ésta es la única que se vale de un fondo negro para potenciar la luminosidad de la concha; al parecer, este recurso no fue usado por los González. Las diferencias entre estas versiones de la Boda de Caná corresponden a gustos distintos respecto al uso del nácar. A la vez, la pintura de Correa demuestra que hacia 1690 la afición por los enconchados estaba lo bastante difundida como para que al menos un artista ajeno a los González estuviera muy familiarizado con este tipo de trabajo, sin abandonar la realización de otras pinturas.

Es decir, los comitentes connotados tuvieron distintas opciones para satisfacer su gusto por este tipo de obras. Sin embargo, a menudo eligieron a los González, cuya reputación parece haber sido superior. En otras palabras, Juan y Miguel González lograron afianzarse en la preferencia novohispana no porque fueran los únicos capaces de hacer buenas obras, sino porque lograron mayor reconocimiento. Además, el gusto por los enconchados estuvo lo bastante extendido como para que distintos miembros de la familia González se dedicaran sólo a este tipo de trabajo.

Se ignora con cuánta frecuencia Correa incursionó en esta producción. De las seis pinturas firmadas por él que se conocen, tres poseen incrustaciones de concha y otras tres no.32 Todas datan de la década de 1690, aunque el artista seguía activo en 1704 —aparece entre los oficiales con tienda en el "Donativo de pintores" de ese año localizado por Mues.33 El documento no se refiere a Correa como "conchero", a diferencia de lo que ocurre con Miguel González. Así pues, Correa nunca abandonó la realización de pinturas que prescinden de la concha. Sin embargo, es necesario seguir investigando su producción, pues de momento el escaso número de ejemplares firmados nos impide saber cuán representativos fueron los enconchados de su trabajo, en términos cuantitativos.

Puesto que Correa era capaz, como los González, de hacer enconchados notables, cabe afirmar que, aparte de la calidad de sus obras, el prestigio de los González tuvo otras bases. A finales de 1680, cuando se acreditaron ante el recién reorganizado gremio, Tomás y Juan González llevaban más de 20 años trabajando.34 Al parecer, la invención de estas obras les corresponde y por un tiempo fueron los únicos capaces de hacerlas. Esto naturalmente les dio ventaja sobre otros artistas y a la vez los limitó a esta modalidad pictórica. Pero hacia 1690, cuando el gusto por los enconchados se había difundido, ya habían surgido buenos competidores. Esto obligó a los González a afianzar su prestigio mediante nuevas estrategias. La reorganización del gremio les permitió obtener un respaldo efectivo para mantener cierta preeminencia entre el mercado de mayor poder adquisitivo.

Tanto la exclusividad del trabajo de los González como la no exclusividad del trabajo de otros artistas emanan de la estrecha relación entre los enconchados y las pinturas que prescinden del nácar. Las obras enconchadas fueron lo bastante diferentes como para que —al margen de la calidad variable de los ejemplares— el mayor reconocimiento correspondiera a los artistas que las habían inventado. Sin embargo, fueron lo bastante parecidas a las otras pinturas como para permitir que algunos artistas incursionaran indistintamente en ambas, con buenos resultados.

 

Mercados, gustos y precios

Estas reflexiones se nutren del mencionado estudio de Neil de Marchi y Hans van Migroet sobre arte, valor y prácticas mercantiles en los Países Bajos en el siglo XVII. Pese a centrarse en una problemática distinta, los autores hacen algunas observaciones pertinentes en relación con los enconchados. Las diversas soluciones que exhiben las obras corresponden en parte a la coexistencia de una producción hecha sobre pedido y otra destinada al mercado abierto. La valoración económica podía cambiar si los consumidores tenían un gusto particular por la pintura o si, en cambio, se trataba de individuos poco interesados en el arte, o de comerciantes.35

Esto es interesante en relación con nuestras obras, cuyos precios van de 2 reales por dos obras en 1727 a 500 pesos por una serie de diez tablas, en 1696.36 Tales variaciones difícilmente se explican sólo por el año, la calidad y el tamaño de los ejemplares. Los precios también dependieron de que las obras respondieran a encargos específicos, de que se compraran a un vendedor, al artista en su tienda, o en una almoneda pública.

En 1992, María Concepción García Sáiz señaló las notables diferencias de calidad que exhiben distintas obras de los González —en particular, la serie de la Conquista de México firmada por Miguel y Juan González en 1698 (fig. 8) y una serie de al menos ocho tablas de la Vida de san Ignacio de Loyola de Juan González, de 1697, conservada en colecciones de México, España, Argentina y Perú (fig. 9). En esta última, el artista "se ha limitado a reproducir las imágenes que le ofrecen los grabados europeos, a los que copia con una fidelidad cargada de torpeza, llegando al extremo de dividir el espacio de que dispone de forma que las escenas queden aisladas, con lo que evita incorporar nuevos elementos a la composición."37

Así pues, llama la atención que apenas un año después, la serie histórica exhiba "dominio del dibujo a mano alzada y composición de los grupos [...] trazos ágiles y seguros que sirven para definir contornos y dar movilidad a las figuras [así como] las suaves transparencias que caracterizan a los mejores enconchados." 38 El contraste resulta de especial interés al tratarse de obras de madurez. Como los artistas podían hacer personalmente un número limitado de piezas, en ocasiones sólo daban un toque al trabajo de taller. Tal podría ser el caso en la Vida de san Ignacio de Loyola, cuya falta de soltura la aleja de las otras pinturas de Juan González de la época. En mi opinión, el contraste de factura responde al uso de distintas estrategias, destinadas a satisfacer diferentes necesidades de consumo. Es decir, una de las claves del éxito de los González fue su capacidad de adaptarse a los gustos y posibilidades económicas de distintos clientes.

Incluso en sus obras más logradas, los González a menudo se ciñeron a los grabados que les sirvieron de modelo, como en el biombo dividido entre el Museo Nacional del Virreinato de México y el Brooklyn Museum (figs. 10 y 11), que muestra dominio técnico tanto en el dibujo, como en el trabajo pictórico y el de incrustación. En otras ocasiones, los artistas deliberadamente introdujeron variaciones compositivas. Por ejemplo, en las series de la Conquista de México resolvieron las escenas de maneras distintas, aunque se trate de los mismos episodios.39 El tema representado y el rápido envío a prominentes colecciones europeas sugieren que se trató de obras hechas por encargo. Así, la individualidad de las soluciones, lejos de ser casual, debió acordarse por los comitentes y los artistas.


No es fácil saber hasta qué punto las soluciones originales se valoraron económicamente. De Marchi y Van Migroet han advertido que los artistas neerlandeses enfatizaron cuando se trataba de obras originales (más apreciadas por el público), para aumentar el precio, así como el reconocimiento a su trabajo.40 La problemática novohispana tuvo sus propias particularidades y, aunque en ocasiones se valoró la originalidad compositiva, ésta se planteó en términos distintos a los neerlandeses.41 Aun así, la originalidad requirió un esfuerzo adicional que habría permitido a los artistas aumentar su prestigio y obtener mayor beneficio económico.42

Respecto a lo que los consumidores pudieron haber apreciado en las obras hechas sobre pedido, una de las mejores fuentes de información se encuentra en un contrato de Juan González de 1699, que ofrece muchos datos sobre la relación entre la calidad y el precio de las mismas:

Primeramente, contratan y se obligan el dicho Juan González a hacer y entregar al dicho [factor], trece láminas de pintura y embutido, de concha de a vara y cuarta en cuadro, y han de ser de la misma calidad y embutido de una de san Antonio que se ha hecho para muestra y está en poder de dicho Juan González, pagada por el dicho factor, para que sirva de pauta y regla para las demás que ha de hacer de la historia e imágenes que se le pidiere. Y así estar referidas acabadas quedan ajustadas en el precio de veinte y seis pesos cada una, que le ha de pagar el dicho factor. Asimismo ha de hacer otras catorce láminas unas medianas del tamaño y forma de otra que se ha hecho para muestra de la imagen de Nuestra Señora de la Concepción, de vara y cuarta de largo y una vara de ancho, con la misma calidad de embutido, pero en la pintura, la historia e imágenes que le pidiere dicho factor y constarán unas y otras por memoria firmada de su nombre; y estas conclusas y acabadas, se le han de pagar al dicho Juan González, al precio de veinte pesos cada una, entendiéndose que se han de cotejar con las muchas referidas, y estando como ellas en el embutido y flores que tienen, las ha de recibir el dicho factor por el dicho precio, y si no fueren de esa calidad, no ha de ser obligado a recibirlas.43

El hecho de que Juan González hubiera hecho una obra de muestra para este encargo sugiere que el comitente apreció el trabajo no sólo por la reputación del artista —el año anterior Juan y Miguel González habían hecho una serie destinada a Carlos II— sino también por la calidad que esperaba de las piezas. De Marchi y Van Migroet han advertido que en los Países Bajos las autorías se ligaron íntimamente a la innovación y a los precios de las obras y a que el valor mercantil del arte correspondió, más que a su valor intrínseco, a la reputación del artista.44 Y, aunque González estaba consciente de la importancia de la firma para su prestigio personal,45 en su contrato los ejemplares se valoran a partir de su calidad.

Parte de la información documental debe leerse entre líneas. Tanto el brillo como el parecido con las lacas son temas importantes a los que rara vez hay referencias específicas. Ahora bien, en el contrato de 1699 la calidad de las obras se relaciona explícitamente con el trabajo de pintura, embutido y flores. La insistencia en la calidad del embutido demuestra que el factor prestó mucha atención al uso de la concha, cuya principal cualidad es su brillo.

Los consumidores deben haber valorado en especial los enconchados que usaron teselas regulares de nácar para conformar ciertos elementos compositivos en su totalidad. A menudo esos ejemplares exhiben un brillo notable, gracias al uso de transparencias en la capa pictórica. Esto se advierte en las mencionadas Vírgenes de Guadalupe de Castellón de la Plana (fig. 4) y Tlaxcala. Es lógico suponer que el precio de las obras se ajustó en función del esfuerzo adicional requerido por este tipo de trabajo.

Respecto al parecido entre estas pinturas y ciertas lacas, las referencias se hallan implícitas en las frecuentes menciones a los marcos embutidos de concha. Las flores mencionadas en el contrato de 1699 deben de haberse localizado en marcos o cenefas. Muchos marcos enconchados exhiben diseños similares a los de las lacas namban (en los que abundan las flores). Esto sugiere que no sólo los marcos "de concha y maque", sino también muchos de los que los documentos refieren únicamente como "marcos de concha", tuvieron diseños parecidos a los de los ejemplares conservados.46 En esta investigación se localizaron menciones documentales a 244 pinturas enconchadas. Muchas partidas omiten los marcos; sin embargo, cuando éstos se aluden, en su mayoría se trata de los de concha. Los documentos registran 98 ejemplares con marcos de concha y sólo 14 de otro tipo —negros, dorados, de ébano, pintados de añil.

Por otro lado, en el contrato el precio de las obras varía en función de su tamaño. Las dos pinturas que sirvieron de muestra deben de haber sido de calidad similar, pero la que medía aproximadamente 104.5 cm "en cuadro" se tasó en 26 pesos, mientras que la que medía cerca de 104.5 cm de alto por 83.59 cm de ancho se valuó en 20 pesos.47 Estos precios son de interés, pues se trató de tablas nuevas de buena calidad, hechas sobre pedido por un artista prestigiado en el apogeo de la producción. Sin embargo, como la producción y el consumo se diversificaron, no es posible sacar conclusiones que sean válidas para todos los casos.

Por importante que fuera el trabajo de los González, no hay duda de que la elaboración, así como el gusto por las obras, los trascendió. Estas pinturas nacieron vinculadas a Tomás González —el padre de Miguel González— y a su pariente Juan González. Pero el reconocimiento del gremio implicaba cierta relación con otros pintores y es probable que en los talleres de los González hubiera oficiales y aprendices. La incursión de artistas como Nicolás Correa en estas obras permite afirmar que hacia 1690 la difusión de esta modalidad pictórica ya contaba con distintos agentes.

Agustín del Pino y Pedro López Calderón estuvieron activos después de los González. Se sabe poco de estos artistas. La actividad de López Calderón, así como la de Del Pino, están documentadas en 1720.48 Pero es probable que la actividad de Del Pino haya empezado más de 20 años antes. Gabriela Sánchez Reyes localizó una diligencia probatoria para contraer matrimonio (1705) de Agustín del Pino, "español viudo". El documento no menciona el oficio de Del Pino, pero sí el de su testigo Tomás de Sosa, mulato libre y maestro de pintor.49 Al igual que Correa, Del Pino y López Calderón deben haber incursionado en los enconchados para aumentar sus ingresos al diversificar su mercado. Desde luego, para conocer mejor las diferencias entre su trabajo y el de los González es necesario estudiar la técnica de los ejemplares firmados por aquéllos.50

El trabajo de López Calderón y —al parecer— el de Del Pino corresponden a la última etapa de la producción, que hasta ahora se ha estudiado poco. Una de las razones para analizarla es que fue lo bastante importante como para incluir ejemplares hechos por encargo. La obra más tardía conocida es una Virgen de Guadalupe anónima, de colección particular, cuya inscripción reza: "A devoción de Manuel Pérez de la Paz y Motezuma y su mujer Bárbara Lopez de Huetor año 1734".51 La familia Moctezuma había encargado enconchados a los González durante la gestión de José de Sarmiento y Valladares, conde de Moctezuma (por su primer matrimonio con María Jerónima Moctezuma y Jofre de Loaisa) como virrey de la Nueva España de 1696 a 1701.52 La actividad documentada de los González concluyó en 1704 y existen pocas evidencias de obras hechas sobre pedido después de su muerte. Sin embargo, la Virgen de Guadalupe de 1734 demuestra que para entonces los consumidores interesados en ellas aún tenían al alcance el trabajo de artistas a los que apenas conocemos.

 

¿Buena calidad y precios altos?

La información que aquí se analizará procede de inventarios de bienes y cartas de dote. En algunos casos se trata de fuentes primarias inéditas, aunque también se discutirán menciones documentales previamente publicadas en distintos textos.53 De gran interés resulta el inventario de bienes de Teresa Francisca María de Guadalupe Retes Paz Vera, marquesa de San Jorge, de 1696. El documento lo localizó y estudió el investigador Gustavo Curiel, quien se ha referido al excepcional poder económico de la familia Retes.54 La marquesa tuvo 210 pinturas, de las cuales 26 estaban incrustadas de concha. Las obras se describieron como:

Diez láminas de concha con marcos de concha y maque, vara y cuarta de alto, Vida de Nuestra Señora la Virgen María, 50 pesos cada una, montan 500 pesos. 15 láminas de concha de diferentes tamaños y advocaciones con marcos de maque y concha, montan 150 pesos en total. 1 lámina de concha con marco de lo mismo y maque, Glorioso san Esteban, poco menos de vara, 25 pesos.55

El documento también mencionó una mesa pintada de concha con varias figuras, de vara y dos tercias de largo y travesaños de fierro, apreciada en 25 pesos, que seguramente se hizo en un taller de pintura familiarizado con el trabajo de enconchados.56

El contrato de Juan González de 1699 permite apreciar en su justa medida la calidad de las obras de doña Teresa Retes. La diferencia entre ambos documentos es de apenas tres años; más aún, el contrato se refiere a obras nuevas y de buena calidad encargadas a un artista prestigioso. En el inventario de la marquesa de San Jorge, las diez pinturas tasadas en 500 pesos midieron lo mismo que las obras mencionadas en el contrato, cuyo precio duplicaron. Entre los documentos novohispanos conocidos, éste es el que registra los costos más altos en relación con estas pinturas. Sin duda la serie de la marquesa tuvo buena factura, aunque es difícil precisar hasta qué punto el alto precio se debe a la calidad excepcional o al gusto particular de este personaje por esta producción. Como el trabajo de los González se adaptaba a las exigencias de los consumidores, para esta serie se podrían haber hecho requerimientos concretos —por ejemplo, un trabajo especialmente rico en los marcos de concha y maque— que incidieran en el precio.

Al margen de las posibilidades económicas de doña Teresa, su gusto por estas obras es evidente, pues los enconchados componen más de 10 por ciento de su colección pictórica. La pintura de mayor precio de este inventario fue una imagen del Señor san Miguel con marco de ébano; como la serie enconchada de la Vida de la Virgen, midió vara y cuarta de alto (aprox. 104.5 cm), pero triplicó su precio, pues se valuó en 150 pesos.57 Dos láminas "bordadas de coral" de tres cuartas de alto (63 cm) se tasaron en 160 pesos,58 mientras que las otras pinturas alcanzaron un máximo de 50 pesos.59 Es decir, las tablas de la Vida de la Virgen se contaron entre sus pinturas más valoradas.

Por su parte, el San Esteban midió poco menos de 83.59 cm y se tasó a 25 pesos. Sin duda se consideró también de buena calidad, pues el contrato de Juan González se refirió a obras de medidas similares (104.5 cm de alto por 83.59 cm de ancho), tasadas a 20 pesos. La cuestión no resulta tan clara en el caso de las 15 láminas de distintos tamaños y advocaciones, valuadas en 150 pesos en total, pues el inventario de bienes advierte la presencia de marcos de maque y concha, pero omite otros detalles que pudieran tener incidencia en el precio.

Gustavo Curiel señaló que a la muerte de la marquesa de San Jorge, sus familiares emprendieron una agria disputa por sus bienes.60 En esta investigación se localizó el inventario de bienes del contador Bentura de Paz (1704), tío carnal de la marquesa (era hermano de su madre),61 que había estado presente en las diligencias de recopilar y avaluar sus cuantiosos bienes.62 El documento de Bentura de Paz menciona muchos objetos que originalmente pertenecieron a la marquesa, incluyendo el lote de enconchados. Es interesante advertir que numerosos objetos provenientes del inventario de 1696 habían sufrido una notable depreciación.63

La serie de la Vida de la Virgen, que en 1696 se había valuado en 500 pesos, se tasó en 250 pesos.64 El San Esteban que había costado 25 pesos se valuó en 12 pesos; siete tablas del grupo de 15 "de distintos tamaños y advocaciones" se valuaron en cinco pesos y las otras ocho en diez pesos cada una —estas últimas son las únicas que mantuvieron su precio original. La mesa pintada y con embutidos de concha alcanzó diez pesos; es decir, menos de la mitad de su valor original.65 La descripción de las obras es casi idéntica a la del inventario de 1696, lo que sugiere que mantenían un estado similar. Así pues, la relación entre calidad y precios podía ser volátil: en cortos periodos de tiempo, las mismas piezas podían dar lugar a grandes variaciones, en términos de apreciación económica.

En la investigación de la que surge este texto se localizaron numerosos inventarios de bienes ricos, con colecciones pictóricas importantes, que no incluyeron enconchados. Incluso entre quienes sí gustaron de las obras, el aprecio varió de manera notable, pues algunos personajes encumbrados gustaron de ellas pero no exhibieron un interés tan pronunciado como el de la marquesa de San Jorge. De Marchi y Van Migroet han advertido que la actitud de los consumidores hacia las obras no necesariamente dependía del poder adquisitivo, aunque desde luego éste podía ser una restricción.66 Esta observación es pertinente en relación con las pinturas incrustadas de concha, pues enseguida se verá que ciertos personajes muestran mucho interés por este tipo de obras, a pesar de que su poder adquisitivo no es tan alto como en los casos que se acaban de discutir.

 

Expansión del gusto y diversificación

El inventario de bienes del difunto capitán Joseph Olmedo y Luján (1708) menciona 105 pinturas, de las cuales 12 estuvieron incrustadas de nácar. La pintura de mayor precio de este inventario se tasó en 70 pesos,67 pero la mayoría no alcanzó 10 pesos. Los costos de los enconchados van de 24 pesos por dos obras a 20 reales por otras dos.68 Las diferencias de tamaño entre los ejemplares de mayor y menor monto son notables, lo que en parte explica la diferencia de precios. Ya se ha visto que los costos de las obras podían variar al margen de su calidad. Sin embargo, en este caso las diferencias de calidad fueron determinantes para las variaciones de valor económico.

Las pinturas enconchadas más caras de este inventario fueron "Dos tableros de concha de a vara en cuadro con sus marcos de lo mismo, en veinte y cuatro pesos ambos"; mientras que las más baratas se describieron como "Otros dos tapleros [sic] de concha de una tercia de alto y de ancho una cuarta con sus marcos de lo mismo, de San Joseph y La Virgen, a diez reales cada uno". Es decir, las que se tasaron a doce pesos medían unos 83.59 cm por lado, mientras que las que alcanzaron diez reales, 27.86 cm de alto y 21 cm de ancho. Todas tenían marcos de concha.

Las primeras recuerdan por sus medidas al San Esteban que cuatro años atrás también se tasó en 12 pesos en el inventario de bienes del contador Bentura de Paz. Esto sugiere que su calidad fue buena porque el contraste de precio con las obras tasadas a diez reales es demasiado pronunciado como para suponer que obedece tan sólo al tamaño. Recuérdese que en el contrato de Juan González de 1699, las diferencias de costo entre las obras de distinto tamaño no son tan grandes. En el inventario de bienes de Olmedo y Luján, el valor especialmente bajo de los últimos ejemplares permite afirmar que no fueron de calidad destacada.

Los otros ejemplares registrados en este documento oscilan entre ambos extremos tanto en precio como en tamaño. Fueron descritos como "Otros dos tableros en media vara de alto y una tercia de ancho con su marco de concha de la Presentación el uno, y el otro de la Visitación, a cinco pesos los dos", "Otros dos tableros de concha con sus marcos de lo propio de media vara de alto y tercia poco más de ancho, de San Pedro y San Pablo, a cuatro pesos apreciados cada uno. 8 pesos" y "Otros dos tableros de concha de media vara de ancho y una tercia de largo con sus marcos de lo mismo, de San Jerónimo y otro de San Juan, a veinte reales cada uno. 5 pesos". Aunque las diferencias del monto entre estas obras no son pronunciadas, merecen atención, pues sus medidas son muy similares: 41.7 por 27.86 cm, con variaciones en el formato.

Las seis obras no sólo midieron casi lo mismo, sino que también coincidieron en la presencia de marcos enconchados. Así pues, aunque el documento no menciona explícitamente la calidad o estado de conservación de ninguna de las tablas, cabe afirmar que el San Pedro y el San Pablo estaban en mejores condiciones o tenían un trabajo más cuidadoso que las otras cuatro tablas, y que ésa es la razón de la diferencia de precios. Al parecer, cada par de obras corresponde a distintos ciclos pictóricos, de los que Olmedo y Luján sólo adquirió algunos ejemplares.

Los precios relativamente bajos sugieren que se trató de pinturas hechas para el mercado abierto. Quizá su trabajo haya sido similar al de una Virgen niña con sus padres, un San Agustín y un San Gregorio anónimos que se conservan en la capilla de San José de la Parroquia de San Bartolomé de Sevilla. Las tres obras poseen las mismas dimensiones, una factura similar y marcos iguales; es decir, se realizaron en conjunto. Es difícil saber cuál fue su aspecto original, pues se hallan muy oscurecidas por la oxidación del barniz. Las tres usan la línea de manera enfática y poseen marcos enconchados, cuya paleta es muy similar a la de las pinturas que enmarcan. Los marcos son en extremo sencillos y emplean el nácar (que ha perdido casi todo su brillo) en trozos irregulares, en las flores que pueblan la entrecalle.69 Así pues, los consumidores esperaban que las obras tuvieran marcos de concha y los artistas intentaron satisfacer sus expectativas, con resultados irregulares. Los ejemplos mencionados en el documento de Olmedo y Luján también pueden haber sido parecidos a un San Miguel arcángel anónimo, de colección particular, que mide 41 × 30 cm (fig. 12). En este caso el marco incluye un sencillo trabajo de pintura y concha, que deja de lado la ornamentación habitual. En la pintura el nácar mantiene su brillo, pero el trabajo pictórico no es muy diestro. Casi toda la composición la ocupa el San Miguel arcángel; el reducido fondo muestra vagas alusiones a un paisaje. La paleta es muy restringida y el rostro resulta poco detallado.


También otros consumidores mostraron especial interés por estas obras. Toussaint citó una mención de un inventario de bienes de 1709 a "Dos tableros de Nuestra Señora y Señor San José, ambos de concha. Dos láminas de concha de San Juan de Dios y San Esteban. Otras dos dichas de concha de Cena y Lavatorio. Quatro dichas [láminas] de concha de los quatro doctores. Dos tableritos de concha de San Pedro y San Pablo".70 Ignoramos de cuántas pinturas se componía esta colección pictórica, así como el precio y tamaño de los enconchados mencionados. Ahora bien, la existencia de 12 ejemplares sugiere un gusto particular por éstos.

Aunque la mayoría de los documentos no menciona obras tan numerosas, a menudo las pinturas se describen de manera muy similar a la de los ejemplos anteriores. Aún no se han localizado inventarios de bienes novohispanos que mencionen series enconchadas de temática histórica. El mercado de la pintura novohispana tuvo particularidades en sus distintos segmentos y, al margen del uso de la concha, buena parte de la producción pictórica fue anónima y no correspondió a encargos específicos. Cuantitativamente, lo más representativo de la producción de enconchados fueron las obras de temática religiosa de entre 30 y 80 cm, hechas para el mercado abierto, que a menudo se adquirieron de manera individual, o por pares.

 

Las obras "ordinarias" y "muy ordinarias". Los precios bajos

Si bien los ejemplares conservados permiten advertir cierta diversificación de calidad, dicha variedad resulta mucho más evidente en la información documental. Al respecto, la mejor fuente de información es un inventario de bienes de 1727 que registra "Dos lienzos y tableritos embutidos de concha con marcos de lo mismo, uno de la Huida a Egipto y otro de la Encarnación. Seis tableros de a media vara embutidos de concha con marcos de lo mismo ordinarios. Catorce liencecitos labrados de concha muy ordinarios".71 Se advierte que los tres grupos de obras tuvieron distintas calidades: el inventario no se pronuncia sobre las primeras, mientras que el calificativo "ordinarias" explícitamente alude a una calidad inferior y el de "muy ordinarias", a una calidad extremadamente baja.

El calificativo "ordinarias" permite descartar que las obras procedan de un taller familiarizado con este tipo de trabajo. Aun así, los seis tableros ordinarios poseyeron marcos enconchados; es decir, en todos los segmentos del mercado hubo consumidores que los consideraron como parte significativa de las obras. Es probable que las obras "ordinarias" hayan tenido importantes diferencias técnicas comparadas con las de mejor calidad. Al respecto, llama la atención la referencia a los lienzos. Las obras conservadas emplean como soporte la tabla (más apta para sostener el peso de la concha) y la mayoría de las menciones documentales se refieren a "tableros" o "láminas" de concha. La referencia al lienzo en relación con obras consideradas de mala calidad sugiere, en consecuencia, el trabajo de un artista que tenía poca experiencia con los enconchados.

Es imposible saber a ciencia cierta cómo fueron estos ejemplares, pues se han perdido. Los enconchados presentan muchos problemas de conservación, pues los fragmentos de concha tienden a desprenderse con el tiempo. En su mayoría, las obras conservadas muestran adaptaciones técnicas que sugieren familiaridad con este tipo de trabajo. A pesar de esto, muchas han sido intervenidas para evitar o detener el deterioro. Así pues, las mayores evidencias que tenemos de que los novohispanos consideraron ciertas obras de mala calidad son documentales.

Por otro lado, es interesante que el inventario de bienes en cuestión mencione un lote de 22 ejemplares. Entre los documentos localizados, éste es el que incluye mayor cantidad de obras, después de los de la marquesa de San Jorge y su tío el contador Bentura de Paz. El documento que nos ocupa corresponde a la época en que estuvieron activos Del Pino y López Calderón. Sin embargo, a juzgar por la calidad de los ejemplares firmados por esos artistas, cabe suponer que los ejemplares "ordinarios" de este documento fueron obra de artistas desconocidos. El gusto por estas obras propició que pintores sin renombre incursionaran ocasionalmente en esta producción y satisficieran parte de la demanda del mercado de bajo presupuesto. Años después de que concluyera el trabajo de los González, quienes gustaron de los enconchados tuvieron a su alcance obras de distintas calidades y precios.

Como en este inventario de bienes no se avaluaron las pinturas, es difícil saber qué precios se asociaron a las obras consideradas de mala calidad. Ahora bien, en la búsqueda documental se hallaron menciones a 244 ejemplares, procedentes de inventarios de bienes de entre 1692 y 1767. Se omitieron los precios de 99 obras. Otras 47, de 1704-1734, se tasaron a dos pesos o menos. No hay duda de que presentaron facturas distintas: sus tamaños van de "una tercia de alto y de ancho una cuarta" a "poco menos de vara de alto y de ancho tres cuartas" (27.86 cm de alto y de ancho 21 cm; poco menos de 83.59 cm de alto y de ancho 63 cm).

Los precios más bajos se hallan en un inventario de bienes de 1727 que menciona "Yt otras dos dichas [láminas] con sus marcos pintados en dos reales" y "Dos dichas [láminas] sobrepuestas de concha en tres reales ambas".72 También destacan estas menciones: "Yten, dos tableros de concha con Nuestra Señora de Belén, de poco menos de vara de alto y de ancho tres cuartas, que apreció en tres pesos ambos", "Yten, otros dos tableros de concha, con el Sueño de San Joseph y Adán y Eva en el paraíso, de media vara de alto y menos de dos tercias de ancho, que apreció en dos pesos ambos" (1712); "203 Yt. Dos cuadritos de concha con sus marcos de lo mismo avaluados en doce reales ambos" (1714)73 y "Un cuadrito de Nuestra Señora del Rosario, de a tercia, embutido, en 8 reales y "Un tablero de Felipe Quinto, embutido en concha, con los escudos de armas, en 12 reales" (1716).

El documento de 1727 no proporciona mayor información sobre las obras, pero el costo es tan reducido que no hay duda de que la calidad del trabajo fue pobre, o bien, los ejemplares estaban muy deteriorados. Por su parte, el documento de 1712 ofrece información sugerente, pues las obras de tema desconocido eran medianas —medían poco menos de 84.9 cm de alto y 62.4 cm de ancho— y sus precios (tres pesos ambas) fueron mucho más bajos que los de las obras de años y medidas similiares comentados en apartados anteriores. Esto permite suponer que su calidad fue pobre, aunque la mención nada dice al respecto. Por su parte, el Sueño de San Joseph y Adán y Eva en el paraíso medían cerca de 42.45 cm de alto y menos de 55.6 cm de ancho y se avaluaron en dos pesos ambas. Las diferencias de valor entre las cuatro obras no son muy significativas y probablemente corresponden a las de tamaño, más que a la calidad.

En la mención de 1714, el diminutivo revela que se trata de obras pequeñas, lo que en parte explica el precio bajo. Algo parecido se advierte en Nuestra Señora del Rosario de 27.8 cm, tasada en ocho reales en el documento de 1716. En el mismo documento se valuó a 12 reales el tablero de Felipe Quinto del que no se proporcionaron otros detalles. Sin embargo, como en el documento de 1727, en este caso el monto es tan reducido que cabe descartar que se trate de piezas logradas.

No hay duda de que estos precios se deben, en buena medida, a la calidad de las obras. Sin embargo, conviene tener en cuenta que los distintos segmentos del mercado tuvieron dinámicas diferentes y dieron lugar a distintas circunstancias de adquisición —y, en consecuencia, de aprecio. De Marchi y Van Migroet han advertido que en el siglo XVII en los Países Bajos coexistieron dos métodos de subasta: el inglés, con valores al alza (preferido por los pintores agremiados) y el holandés, con costos a la baja, habitual en los negocios clandestinos fuera de regulación.74 La preferencia por cada método correspondía a mercados hasta cierto punto distintos, cada uno con propia clientela, método de ventas y rango de precios: el primero se asoció a las pinturas de buena calidad, y el segundo permitió movilizar grandes lotes de obras de calidad inferior.75

En el caso de los enconchados, las pronunciadas diferencias entre los precios más altos y los más bajos deben de haberse debido en parte a las circunstancias de producción y compra. Las ordenanzas del gremio de pintores de 1686 advirtieron "que sólo los maestros examinados puedan vender [...] las pinturas que ellos hicieren [...] por la poca reverencia y devoción que causan las malas hechuras y pinturas, y que haciéndose de cargazón por otros y dándolas a revender, se siguen los grandes inconvenientes que hasta aquí se han experimentado".76 Más allá de la calidad de las obras, los pintores que no tuvieron el reconocimiento del gremio, cuyos ejemplares circularon por medio de reventas, deben de haber tenido que aceptar precios más bajos que aquellos que trabajaron en el marco de la regulación oficial.

Entre los ejemplares conservados, son pocos los que muestran un trabajo lo bastante torpe como para suponer que puedan haberse considerado ordinarios o haberse tasado a precios tan bajos como los aquí discutidos. Sin embargo, existen algunos ejemplares de composición sencilla, en los que la concha apenas brilla. Tal es el caso de un San Jerónimo del Museo Franz Mayer (fig. 13). Los embutidos de concha, reservados a las vestiduras del personaje, se ven a simple vista bajo la capa pictórica poco cubriente. Los fragmentos son muy pequeños, de formas geométricas y bordes irregulares. Sin embargo, la obra apenas permite advertir la luminosidad asociada a esta producción.


La luminosidad también está ausente de un Salvator mundi anónimo, de colección particular (fig. 14). La pieza está deteriorada y conserva pocas incrustaciones de concha; se advierten también faltantes de capa pictórica en el fondo. La paleta es muy pobre y el dibujo sugiere el trabajo de un pintor poco experimentado, al margen del uso de la concha. Debido al estado de conservación de la obra, es difícil saber si el trabajo original tuvo cualidades hoy perdidas. En caso de que la falta de brillo sea original, cabe advertir que no todas las conchas son nacaradas. Incluso en las que sí poseen nácar, la iridiscencia rara vez aparece en todo el objeto. Es posible que los artistas poco renombrados que en pocas ocasiones incursionaron en estas técnicas tuvieran problemas para aprovechar la luminosidad de las conchas nacaradas. En consecuencia, sus obras carecerían del brillo apreciado por los consumidores, lo que se percibiría como un trabajo de calidad inferior y daría lugar a precios más bajos.


Conclusiones

El hecho de que las pinturas incrustadas de concha hayan estado al alcance de buena parte de la sociedad capitalina demuestra que el fenómeno tuvo muchas aristas. Si bien su origen se liga a los González, los consumidores novohispanos tuvieron obras de características distintas, hechas por diferentes artistas. Las variaciones de precios registradas en los documentos son tan significativas que no se explican sólo por el tamaño de las piezas, la fecha de realización o la presencia y tipo de marcos, sino que también corresponden a la calidad de las pinturas. Aunque escasas, las referencias documentales a dicha calidad demuestran que el público tenía ideas concretas sobre lo que esperaban de este tipo de pinturas, más allá del mero uso de las incrustaciones de concha.

La información documental arroja luz a aspectos poco conocidos de la problemática de los enconchados. Con todo, el tema no se puede estudiar sólo desde este punto de vista. La paulatina aparición de numerosos ejemplares de características contrastantes permite hacer un análisis formal que nos ayuda a entender mejor este fenómeno pictórico el cual, como se vio, alcanzó cierto arraigo entre distintos grupos sociales capitalinos, pese a no haberse generalizado.

Desde luego es importante seguir estudiando esta modalidad pictórica tanto documental como formalmente. Ahora bien, nuestro conocimiento seguirá siendo fragmentario en tanto no se hagan estudios técnicos a los ejemplares de Correa, Del Pino, López Calderón, Rodulpho, además de las numerosas obras anónimas, que sin duda corresponden a distintos artistas. Más allá de registrar la existencia de piezas de diferentes facturas, conviene seguir discutiendo el papel que en su conjunto desempeñaron en el contexto pictórico novohispano. Estas obras nutren la reflexión sobre la problemática general de la pintura novohispana, pues si bien el gusto por las lacas japonesas fue común a distintos ámbitos, el desarrollo de los enconchados da cuenta de un marcado gusto por la originalidad.

 

Notas 

1. Documentalmente se sabe que el padre de Miguel González, Tomás González, hizo obras, aunque no se conocen ejemplares firmados. Véase Guillermo Tovar de Teresa, "Documentos sobre 'enconchados' y la familia mexicana de los González", Cuadernos de Arte Colonial, núm. 1 (1986): 101.

2. Numerosos ejemplares pertenecen a colecciones particulares. El mayor registro de obras se encuentra en Marta Dujovne, Las pinturas con incrustaciones de nácar (México: Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Estéticas, 1984); La concha nácar en México (México: Grupo Gutsa, 1990); María Concepción García Sáiz y Juan Miguel Serre­ra, "Aportaciones al catálogo de enconchados", Cuadernos de Arte Colonial, núm. 6 (mayo, 1990): 55-87; México en el mundo de las colecciones de arte. Nueva España 1 (México: Azabache, 1994) y Rodrigo Rivero Lake, La visión de un anticuario (México: Américo Arte Editores, 1997). El Museo Franz Mayer incluye en su exhibición permanente una Virgen de Guadalupe de Agustín del Pino y otra anónima, así como un San Jerónimo y una Inmaculada Concepción igualmente anónimos. A finales de 2013 el Museo Nacional del Virreinato de Tepotzotlán incluyó en su exhibición permanente seis tablas de una serie de 12 de las Alegorías del Credo de Miguel González, que se suman al biombo enconchado de la Defensa de Viena y a la serie de la Conquista de México, anónimos que ya se exhibían en dicho recinto. También el museo Soumaya ha adquirido obras que exhibe de manera permanente.

3. María Concepción García Sáiz, "La conquista militar y los enconchados. Las peculiaridades de un patrocinio indiano", en Los pinceles de la historia. El origen del reino de la Nueva España (México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Instituto Nacional de Bellas Artes, 1999), 113.

4. Marta Dujovne, La conquista de México por Miguel González (Buenos Aires: Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes, 1972); María Concepción García Sáiz, "Vida de la Virgen", en Los siglos de oro en los virreinatos de América (Madrid: Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 1999), 376-377, "Vida de Cristo", 374 y "La conquista de México", 384-389; México en el mundo, 125-155 y 182-183; María Concepción García Sáiz, "Precisiones al estudio de la obra de Miguel González", en Coloquio Internacional Extraordinario. Manuel Toussaint. Su proyección en la historia del arte mexicano (México: Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Estéticas, 1992), 105-116 y Sonia I. Ocaña Ruiz, "Nuevas reflexiones sobre las pinturas incrustadas de concha y el trabajo de Juan y Miguel González", Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas XXXV, núm. 102 (primavera, 2013): 125-176.

5. De Del Pino se conocen, además de la mencionada Virgen de Guadalupe del Museo Franz Mayer, un San Ignacio de Loyola de la colección Mayer de Denver y un San Francisco Xavier (sin firma) a juego con el anterior, del Museo de América de Madrid. De Rodulpho se conserva una Virgen de Guadalupe en el Museo Casa Natal de Jovellanos en Gijón. Las obras de López Calderón y Santander pertenecen a sendas colecciones particulares; del primero es un Nacimiento de la Virgen. Véase García Sáiz y Serrera, "Aportaciones al catálogo de enconchados", 66-74. En 1959 Martín Soria dijo haber visto en la colección de Ramón Aranda una Virgen de Balvanera de Antonio de Santander. Martín Soria, "Painting in Spanish America", en Art and Architecture in Spain and Portugal and their American Dominions 1500-1800 (Baltimore: Penguin Books, 1959), 313. Sin embargo, en 1990 Virginia Armella de Aspe señaló que la obra sólo tenía concha pegada a la orilla de la toca, en el vestido y en todo el ruedo del manto de la Virgen. Armella de Aspe, "La influencia asiática", en La concha nácar, 83. El mismo año, Tovar de Teresa advirtió: "De no ser porque Soria afirma haber visto un enconchado firmado por este artista, jamás hubiera imaginado que realizaba esta clase de trabajos. Es más, dudo que se trate de Antonio de Santander cuando se alude a la Virgen de Balvanera de la colección de Ramón Aranda." Guillermo Tovar de Teresa, "Los artistas y las pinturas con incrustaciones de concha nácar en México", en La concha nácar, 120.

6. Véase n. 2.

7. Neil de Marchi y Hans van Migroet, "Art, Value, and Market Practices in the Netherlands in the Seventeenth Century", The Art Bulletin 76, núm. 3 (septiembre, 1994): 451-464.

8. Antonio Palomino, El museo pictórico y escala óptica, 2 vols. (Madrid: Aguilar Maior, 1988 [1a edición, 1715.

9. Diccionario de la lengua castellana,[...]Tomo quinto. Que contiene las letras O.R. (Madrid: imprenta de Francisco del Hierro, 1737), 278. Consultado en http://buscon.rae.es/, el 10 de julio de 2011.

10. Véase Alejandro Huerta Carrillo, Análisis de la técnica y material de dos colecciones de pinturas enconchadas, Colección Textos Básicos y Manuales (México: Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1991), y Adelina Illán y Rafael Romero, "La técnica pictórica de los enconchados mexicanos y la problemática de su restauración", Ciencia y Esencia. Cuadernos de Conservación y Tecnología del Arte, núm. 1 (2008): 29-46. Hay cierta discusión respecto al uso de los barnices, que en ocasiones se han considerado fundamentales para producir un efecto similar al de las lacas asiáticas. Véase Julieta Ávila Hernández, El influjo de la pintura china en los enconchados de Nueva España, Colección Obra Diversa (México: Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1997), 31; Andrés Escalera y Estefanía Rivas, "Un ejemplo de pintura 'enconchada'. La Virgen de la Redonda: estudio radiográfico", Anales del Museo de América, núm. 10 (2002): 300-301 y José de Santiago Silva, Algunas consideraciones sobre las pinturas enconchadas del Museo Nacional de Historia (México: Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1976), 24.

11. De Marchi y Van Migroet, "Art, Value and Market Prices", 452.

12. Sobre las apropiaciones del arte asiático en distintos ámbitos americanos, véase XXVII Coloquio Internacional de Historia del Arte. Orientes y Occidentes. El arte y la mirada del otro, ed. Gustavo Curiel (México: Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Estéticas, 2007), así como Asia and Spanish America: Trans-Pacific Artistic and Cultural Exchange 1500-1850, eds. Donna Pierce y Ronald Otsuka (Denver Art Museum, 2009). Sobre el gusto por los materiales luminosos, véase Mikkel Bille y Tim Flohr Sørensen, "An Anthropology of Luminosity", Journal of Material Culture, núm. 12 (2007): 263-284 y, para la problemática virreinal, Elena Isabel Estrada de Gerlero, "El tesoro perdido de la catedral michoacana", en La catedral de Morelia, coord. Nelly Sigaut (Zamora: El Colegio de Michoacán/Gobierno del Estado de Michoacán, 1991), 127-170, así como Alessandra Russo, "Plumes of Sacrifice. Transformations in 16th Century Mexican Feather Art", res. Anthropology and Aesthetics, núm. 42 (otoño, 2002): 227-250 y Janeth Rodríguez Nóbrega, "El oro en la pintura de los reinos de la monarquía española. Técnica y simbolismo", en Pintura de los reinos. Identidades compartidas, territorios del mundo hispánico siglos XVI-XVIII, coord. Juana Gutiérrez Haces, t. IV (México: Fomento Cultural Banamex, 2009), 1315-1375.

13. Escalera y Rivas, "Un ejemplo de pintura 'enconchada'. La Virgen de la Redonda: estudio radiográfico", 298.

14. Huerta Carrillo, Análisis de la técnica, 47. El análisis consistió en la observación con microscopio estereoscópico y la toma de muestras estratigráficas.

15. Huerta Carrillo, Análisis de la técnica, 47.

16. Huerta Carrillo, Análisis de la técnica, 47.

17. Huerta Carrillo, Análisis de la técnica, 48.

18. Huerta Carrillo, Análisis de la técnica, 48-50.

19. Huerta Carrillo, Análisis de la técnica, 50 y 51. Huerta encontró algunas diferencias en las otras tablas. Por ejemplo, el soporte del "San Andrés" es el pino; la tabla presenta una sinopia roja "aplicada con pintura muy diluida a manera de acuarela", quizá hecha con laca de granza.

20. Huerta Carrillo, Análisis de la técnica, 51. Esta muestra procede de la tabla "Santo Thomás". Según Huerta, no se trata de cola animal.

21. Sonia I. Ocaña Ruiz, "San Felipe",

 http://www.virreinato.inah.gob.mx/index.php?option=content&view=article&id=235&Itemid=109

22. Manuel Toussaint, Pintura colonial en México (México: Universidad Nacional Autó­noma de México-Instituto de Investigaciones Estéticas, 1990 [1a edición, 1965]), 224.

23.Toussaint, Pintura colonial en México, 224.

24. De ahí la prohibición de "tener tienda de santos de bulto, ni pintura para poderlas revender". Toussaint, Pintura colonial en México, 224.

25.Tovar de Teresa, "Documentos sobre 'enconchados'".

26. Paula Mues Orts, La libertad del pincel. Los discursos sobre la nobleza de la pintura en la Nueva España (México: Universidad Iberoamericana-Departamento de Arte, 2008), 395.

27. Toussaint, Pintura colonial en México, 224. Cabe advertir que tanto Tomás como Juan González alcanzaron el grado de maestro, a diferencia de Miguel González. Sin embargo, según el documento de 1704, hallado por Mues Orts, tener el grado de oficial no le impidió encabezar su propio taller, firmar obras y abrir tienda.

28. De Marchi y Van Migroet, "Art, Value and Market Prices", 458.

29. De Marchi y Van Migroet, "Art, Value and Market Prices", 451.

30. Ocaña Ruiz, "Nuevas reflexiones sobre las pinturas incrustadas de concha ", 159-160.

31. María Concepción García Sáiz, "Las bodas de Caná", en Suzanne L. Stratton-Pruitt, Revelaciones: las artes en América Latina (México: Fondo de Cultura Económica, 2007), 123 y Ocaña Ruiz, "Nuevas reflexiones sobre las pinturas incrustadas de concha", 161-163.

32. Los enconchados de este artista incluyen, además de la Boda de Caná, un Camino del Calvario y una tabla que representa Los Cinco Señores. El primero se ofreció en venta al Museo de América en 1948 y se halla en paradero desconocido; el segundo pertenece a una colección particular. Las pinturas que prescinden de la concha son una Multiplicación de los panes y los peces (Museo de América), unos Desposorios místicos de santa Rosa de Lima (Museo Nacional de Arte) y una Virgen del Rosario y santo Domingo de Guzmán (Museo Regional de Querétaro).

33. Mues Orts, La libertad del pincel, 395.

34. Tovar de Teresa, "Documentos sobre enconchados" y García Sáiz, "Precisiones al estudio de la obra de Miguel González", 190-110.

35 De Marchi y Van Migroet, "Art, Value and Market Prices", 451.

36.Véase Archivo General de la Nación de México (en adelante AGN), Civil, vol. 179, exp. 2, 1727, f. 10, "Inventario de bienes de Gertrudis Romeo difunta (1727)"; y AGN, Vínculos y Mayorazgos, vol. 170, exp. 1, ff. 44-45, "Autos hechos sobre la muerte de la señora doña Teresa María Retes y Paz Marquesa que fue de San Jorge, inventario y aprecio de sus bienes (1696)".

37. García Sáiz, "Precisiones al estudio de la obra de Miguel González", 110-111. Las novedades respecto al modelo son "ciertos elementos decorativos, como en el adorno del barco en que Ignacio abandona España, tras arrojar a la orilla de la playa sus últimas monedas; una enorme banderola de rizados vuelos y un mascarón profusamente ornamentado."

38. García Sáiz, "Precisiones al estudio de la obra de Miguel González", 111.

39. García Sáiz, "La conquista militar y los enconchados", 121-122.

40. De Marchi y Van Migroet, "Art, Value and Market Prices", 456.

41. Al respecto véase Clara Bargellini, "Difusión de modelos: grabados y pinturas flamencos e italianos en territorios americanos", en Pintura de los reinos. Identidades compartidas, territorios del mundo hispánico siglos XVI-XVIII, 965-1005.

42. De Marchi y Van Migroet se han referido a la capacidad de "diferenciación creativa", que en Europa fue necesaria para aumentar la valoración del trabajo, lo cual se reflejó en términos económicos. Véase "Art, Value and Market Prices", 452.

43. Tovar de Teresa, "Documentos sobre enconchados", 101. Las cursivas son mías.

44. De Marchi y Van Migroet, "Art, Value and Market Prices", 455-456.

45. La serie de la Conquista de México de 1698 es la única firmada en coautoría y es probable que los González supieran a quién estaba destinada y aprovecharan el importante encargo para afianzar su reputación. Ocaña Ruiz, "Nuevas reflexiones sobre las pinturas incrustadas de concha", 150-152.

46. Desde luego, los diseños varían en algunas obras. Por ejemplo, una Inmaculada Concepción y un San José con el Niño anónimos, del monasterio de las Descalzas Reales de Madrid, poseen ricos marcos de concha, ajenos al trabajo de incrustación y pictórico. Véase Nuria Salazar, "Inmaculada" y "San José con el Niño", en México en el mundo, 148-149.

47. Aunque al parecer se trata de ejemplares no conservados, cabe advertir que las medidas de la primera obra son parecidas a las de una Virgen de Guadalupe de Miguel González (124.4 × 95.2 cm), de Los Angeles County Museum of Art. La obra se reproduce y comenta en la página web de Los Angeles County Museum of Art: http://collections.lacma.org/node/222405, así como en Ocaña Ruiz, "Nuevas reflexiones sobre las pinturas incrustadas de concha", 156.

48. García Sáiz y Serrera, "Aportaciones al catálogo de enconchados", 66-70. En 1984, Marta Dujovne se refirió a la Virgen de Guadalupe de Del Pino y señaló: "Según La pintura mexicana, siglos XVII-XVIII. Colecciones particulares [...] Agustín del Pino [está] documentado en México en 1727 y 1728¨. Dujovne, Las pinturas con incrustaciones de nácar, 59.

49. Gabriela Sánchez Reyes, "Los mulatos en el gremio de pintores novohispanos: el caso de Tomás de Sosa, ca. 1655-ca. 1712", Boletín de Monumentos Históricos, tercera época, núm. 13 (mayo-agosto, 2008): 8.

50. Las obras de los González se han estudiado técnicamente en Huerta Carrillo, Análisis, y en Illán y Romero, "La técnica".

51. La obra se registra y reproduce en Dujovne, Las pinturas con incrustaciones de nácar, 60-61.

52. Antonio Bonet Correa, "Un biombo del siglo XVII", Boletín del INAH, núm. 21 (septiembre, 1965): 33 y Dujovne, La conquista de México por Miguel González, 8.

53. Para distinguir las menciones documentales ya publicadas de las localizadas en esta investigación, cuando se trate de menciones publicadas se dará el crédito al autor en las notas a pie de página; cuando se trate de fuentes inéditas, se citará el fondo documental. Algunos documentos ofrecen mucha información, en la que se ahondará, mientras que en otros casos se analizarán de modo general los datos desprendidos de un conjunto de documentos.

54. Gustavo Curiel, "El efímero caudal de una joven noble. Inventario y aprecio de los bienes de la marquesa doña Teresa Francisca María de Guadalupe Retes Paz Vera (ciudad de México, 1695)", Anales del Museo de América, núm. 8 (2000): 65-101.

55.AGN, Vínculos y mayorazgos, vol. 170, exp. 1, ff. 44-45, "Autos hechos sobre la muerte de la señora doña Teresa María Retes y Paz marquesa que fue de San Jorge, inventario y aprecio de sus bienes (1696)".

56. Véanse ejemplos de este tipo de trabajo en Gustavo Curiel, "Alegoría de Atlas con Vulcano", en México en el mundo, 182-183 y en Elisa Vargaslugo, "Sagrario exento", en México en el mundo, 154.

57. Curiel, "El efímero caudal", 78.

58. Curiel, "El efimero caudal", 78.

59. Curiel, "El efímero caudal", 78.

60. Curiel, "El efímero caudal", 65-68.

61. María Teresa Huerta, "Los Retes: prototipo del mercader de plata novohispana en la segunda mitad del siglo XVII", en Los vascos en las regiones de México. Siglos XVI a XX, coord. Amaya Garritz, t. III (México: Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Históricas/Ministerio de Cultura del Gobierno Vasco/Instituto Vasco-Mexicano de Desarrollo, 1997), 85.

62. Curiel, "El efímero caudal", 66.

63 AGN, Civil, vol. 179, exp. 8, f. 30, "Bienes del contador don Bentura de Paz (1704)".

64. "Ytem diez láminas de concha con marcos de lo mismo de vara y cuarta de alto de la Vida de la Virgen Nuestra Señora cada uno a veinte y cinco pesos montan doscientos cincuenta pesos."AGN, Civil, vol. 179, exp. 8, f. 30, "Bienes del contador don Bentura de Paz (1704)".

65."Ytem otra lámina y marco de concha del Glorioso san Esteban de poco más de vara en doce pesos". "Ytem quince láminas de concha de diferentes tamaños y advocaciones con sus marcos de maque y concha; los siete apreciados a cinco pesos, montan treinta y cinco pesos. Y los ocho complementos a las quince, declaró dicho contador, haberlos vendido a diez pesos, importa todo ciento quince pesos". "Ytem una mesa pintada de concha con varias figuras, de vara y dos tercias de largo y atravesaños de fierro apreciada en diez pesos", AGN, Civil, vol. 179, exp. 8, ff. 36v y 39v.

66. De Marchi y Van Migroet, "Art, Value and Market Prices", 457.

67. De Marchi y Van Migroet, "Art, Value and Market Prices", 150.

68. Elisa Vargaslugo, Gustavo Curiel et al., Juan Correa, su vida y su obra, t. III, Cuerpo de documentos (México: Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Estéticas, 1991), 147-148.

69. Las tres obras se reproducen en blanco y negro en María Concepción García Sáiz y Juan Miguel Serrera, "Aportaciones al catálogo de enconchados", en Cuadernos de Arte Colonial, núm. 6 (1990): 86.

70. Testamentaría de don José Bueno Basorí. Manuel Toussaint, "La pintura con incrus­taciones de concha nácar en la Nueva España", Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas V, núm. 20 (1952): 9.

71."Bienes de don Alonso Gutiérrez Deza y de su mujer Bernarda Bázquez difunta, 1727". Véase Toussaint, "La pintura con incrustaciones", 9. Las cursivas son mías.

72.AGN, Civil, vol. 179, exp. 2, f. 10, "Inventario de bienes de Gertrudis Romeo difunta (1727)".

73. AGN, Civil, vol. 134, exp. 3, f. 33, "Inventario de bienes del capitán Francisco Vélez (1714)".

74. De Marchi y Van Migroet, "Art, Value and Market Prices", 453.

75. Los autores señalan que debe haber habido algunos cruces entre ambos mercados, y que cabría esperar que los gremios favorecerían sólo el mercado "de calidad" y tratarían de mantener ambos mercados separados. De Marchi y Van Migroet, "Art, Value and Market Prices", 453.

76. De Marchi y Van Migroet, "Art, Value and Market Prices", 453.

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  Bartolomé de Las Casas Sevilla,  c .1484 – Madrid, 18.VII.1566. Dominico (OP), obispo, teólogo, polemista, defensor de los indios. Nació...