La nobleza española y los bailes populares en
los siglos XVI y XVII (1)
Fig. 1. La tondue
d'Espaigne, en la Recueil de la diversité des
habits de François Desprez (1562). Bibliothèque Nationale de France
Mientras las formas del gobierno o la hacienda han permanecido estables,
sujetas a sus funciones, las formas de bailar se han ido encarnando de las
variaciones más sutiles de cada generación. De ahí que la disección
historicista de la danza, petrificada en un momento aislado, nos prive de su
genuina sustancia histórica, que está precisamente en el movimiento. A todo
amago de reconstrucción, siempre ansioso por los datos y cifras, se le escapa
la región invisible de creencias y estimaciones desde las que las que vivía el
hombre en otros tiempos, que le hacían ver en el baile algo distinto de lo que
hoy vemos. Por eso la auténtica fidelidad histórica comienza por renunciar a
este trato abstracto e inmediato con el pasado2.
Los bailes más originales
del Siglo de Oro fueron aquellos que cambiaron de prendas, saltando del aduar
gitano a la casa señorial: la zarabanda o la chacona sortearon todas las
estructuras en apariencia inamovibles, desvelando una región distinta e irrenunciable
de la historia. El problema es que aún se las tiene por anomalías, desprovistas
de peso histórico: lo importante de aquellos tiempos sigue pareciendo la
separación estamental entre los bailes del pueblo y los de los privilegiados.
La lengua de los siglos XVI y XVII distinguía la propia «danza»,
grave y aristocrática, del baile, más libre y plebeyo3. El error
ha sido concebir esta diferencia abstraída del tiempo, como si el «baile» y la
«danza» hubieran sido dos tipos de movimientos fijos, porque esta fijeza,
desprovista de pasado y porvenir, sólo es posible en las páginas de un tratado.
Basta devolverlos a la cambiante realidad histórica para ver que no pocos
«bailes» acabaron figurando entre las «danzas», y cómo su distinción no
obedecía a tipos de movimientos, sino más bien de maneras de estimarlos –lo
grave y lo desenvuelto, lo noble y lo vulgar–, sujetas a cambiar cada cierto
tiempo. La misma forma de moverse pudo ser, en el mismo momento, censurable
para el abuelo, fascinante para el hijo y una antigualla para el nieto.
Los influjos de la
zarabanda o la chacona, no fueron contingencias curiosas, sino que radicaron en
estos cambios estimativos de gran relevancia histórica. No hay dominio sin un
dejarse dominar: sobre las constantes corrientes populares actuaron siempre las
inclinaciones cambiantes de las minorías aristocráticas, que dominaban las
formas ejemplares de vida4. Bien
distinta fue la inspiración pastoril del Renacimiento, más o menos abstracta,
de la imitación directa y consciente del majismo dieciochesco. La llegada de
bailes de baja estirpe a los palacios españoles del siglo XVII fue un
fenómeno que no puede ventilarse con unas cuantas leyes generales, ni puede
imaginarse sin la licencia de las instituciones vigentes, como la Monarquía o
la Iglesia. Es preciso esclarecer por qué en aquel preciso momento los más
ilustres se fijaron en los bailes de los rufianes y las gitanas, rastrear los
caminos concretos por los que pudieron conocerlos y dejarse cautivar por ellos.
La honestidad y la desenvoltura
El buen nacimiento, el prestigio y el danzar iban juntos en los
siglos XVI y XVII. No es riguroso aislar cada uno de
los términos, como si la danza hubiera sido adorno, o peor: mero
instrumento para justificar riquezas y privilegios. Esta inclinación
utilitaria, común en nuestro tiempo, empecé de primeras la visión de una época
dominada por los ideales –sólidamente unidos– de la nobleza, la virtud y el
honor5. Los
ejercicios y las competiciones caballerescas –también danzadas– estaban en la
raíz: eran la forma primera de la vieja cultura aristocrática6, pues la
virtud contaba como dominio de uno mismo tanto como la exigencia de demostrarlo7.
El danzado era antes que
nada una escuela para moldear la figura hermosa y el buen caminar que se exigía
a las damas y los caballeros8. Pero no
podemos olvidar que bajo esta coraza normativa sobrevivía encendido un núcleo
de juego y competición. Todo el espíritu caballeresco de las justas y torneos,
pero también de afrentas y duelos personales, pervivió en España hasta bien
entrado el siglo XVI, y aún más tarde, cuando el paladín hubo de reducirse
a cortesano9. La danza
iba acompañada, y a veces mezclada, con las armas y otras pruebas de fuerza. A
pesar de huérfano y alejado en las Indias, Andrés de León no perdía de vista
aquellos ejercicios que le correspondían como a noble frente al «plebeyo vulgo
y oficiales»: además de «airosísimo danzarín a usanza de Italia», se entretenía
levantando sillas, cargándose a las espaldas amigos y caballos, saltando
tapias, y hasta torciendo rejas. No anduvo solo en esto: basta asomarse a las
memorias de la época para observar que danzar estaba cerca de saltar, trotar y
romper10. Rodrigo
Caro advirtió cómo los antiguos griegos y romanos diferenciaban el baile vulgar
de la danza «útil para el ejercicio del cuerpo»11, y esto
no había quedado en ruinas: no era raro que un capitán decidiera avezarse
danzando para luego andar más diestro en la batalla12. El gran
espadachín Luis Pacheco de Narváez recomendaba añadir una suela de plomo a los
zapatos tanto para danzar como para esgrimir: con ello los caballeros
conseguirían ser «sueltos y ligeros de pies, fuertes de piernas y robustos»13.
La danza ilustre no era,
por tanto, un baile maniatado por un prurito de distinción, ni de un tipo de
movimientos –terreno siempre incierto–: es que era un fenómeno radicalmente
distinto. En él se sentía aún una forma de vida heroica: sólo de ahí venía el
prestigio social y el estilo de los movimientos. El esfuerzo y la tensión
–disimulada para no empañar la natural calidad aristocrática– dejaban el placer
en segundo plano, pero no excluido. Podían infiltrarse algunas delicias: la
mayor era sin duda el encuentro de los sexos. María de Zayas ha descrito en una
de sus novelas cómo un don Diego aprovecha «el tiempo que duró el danzar una
gallarda» para acercarse a su amada y susurrarle: «Señora mía, yo os adoro»14. Pero es
de notar que la danza aristocrática no se mezclaba propiamente con los apetitos
eróticos, sino que se ofrecía como un uso más del amor noble y sacrificado15. No había
lugar para las travesuras que podían pasar en una reja o en una huerta
solitaria.
En cuanto pasaba a ocupar
el centro, el placer acababa escamoteando el sentido auténtico de los juegos
caballerescos. De hecho, la región que quedaba fuera de la danza elevada era
concebida como el dominio del gusto a rienda suelta. Entrado el siglo XVIII
sacar a colación deseos y apetitos seguía pareciendo una chocarrería que podía
convertir de golpe a los caballeros en pícaros16. Estos
últimos habían abierto otro camino: dejar llevar la vida donde soplara el
viento del gusto, aferrándose al propio provecho y tirando la virtud por la
borda. La invitación a gozar de los placeres incurría de alguna manera en esta
contrafigura del hombre esforzado. La molicie y la sonrisa picaresca van juntas
en el símbolo de las sonajas y los cascabeles: como los que agita el propio
Guzmán de Alfarache en el grabado de Justina, pero también los negros de Lisboa
y la tondue d'Espaigne, un tipo de juglaresa que se
percibía como típicamente española en la Europa de mediados del siglo XVI
(véanse figs. 1 y 2). No en vano las «danzas de cascabel» eran otro
nombre para los bailes hechos «para gente que puede salir a dançar por las
calles»17.
8Si la
danza académica se armaba sobre el ejercicio de las piernas, el gesto
espontáneo del baile por placer llamaba a las manos y a la castañeta. Este
hecho comenzaba a dar la idea de un estilo propiamente español: «En cada nación
ay differentes maneras de baylar: los de España baylan con castañetas; en
Italia más armonía hazen con el cuerpo y pies que con las manos»18. Bastaba
con los dedos, pero había varios instrumentos para acompañarlos, entre los que
triunfaron las propias castañuelas, que los buhoneros de Madrid vendían como
cualquier otra mercaduría en 1627: las había blancas y negras de boj, solo
blancas o negras finas, de menos a más caras19. Para la
pícara Justina, las castañetas eran la expresión repentina del gusto alegre en
el baile, como la risa que le retozaba en el cuerpo20; no muy
distinto es lo que sentía don Diego Duque de Estrada cuando «cantaba mi
libertad con las castañetas de las manos»21.
la danza era de origen
aristocrático, no sería tan justo asociar los bailes más desenvueltos con el
común del pueblo, sin más precisión. Cuando miraba por su honra, también el
vulgo prefería los pasos decentes de la danza. Por otro lado, parece inconcebible
la vida noble sin los placeres, por mucho que se racionaran; de hecho, es
posible que las prohibiciones de algunos bailes trataran de frenar –siempre
ineficazmente– su propagación entre los bien nacidos22. Va
pareciendo claro que la diferencia entre danzas y bailes radicaba en valores
irreductibles a los estamentos: en el fondo, todos estaban llamados a la
honestidad. Seguir el gusto, sin importar dónde ni cómo, aquella vida bona de
la chacona, era patrimonio de los descarriados.
Fig. 2. Detalle der Chafariz
d'el Rey. Anónimo (ca. 1570-1580). Coleção Berardo.
El oficio
del gusto
Los bailes y
las canciones del pueblo no eran todavía los vestigios lejanos que buscaron los
románticos: estaban en palacio. Tampoco eran la emanación de un
vago espíritu colectivo, sino que los traían hombres y mujeres bien
reconocibles. Por muy envarados que vivieran, los aristócratas no desterraron
aquel mundo del gusto desenvuelto: más bien lo delegaron en un oficio de la casa,
como otros tantos servicios necesarios en los que no podían ocupar sus propias
manos. Las canciones, la poesía y los bailes que llamamos populares no son los
opuestos a la aristocracia, sino los que nacieron de este comercio de placeres
que en la edad moderna seguía reuniendo a nobles y plebeyos23. Los
cantantes y los bailarines que llegaban a los palacios no sólo eran los
intermediarios: encarnaban las mismas corrientes populares; sin el encanto
personal de los artistas y el aliento de las minorías, los bailes no eran
propiamente populares; quedaban sólo a merced del vulgo, expuestos a
innumerables rehechuras más o menos afortunadas, pero que acababan por
difuminar su carácter: como las canciones y los versos, pasaban a ser
tradicionales24.
Los ritmos que empezaron a
causar revuelo a finales del siglo XVI no nacieron en círculos
prestigiosos, pero tampoco en el sustrato tradicional. Desde el comienzo
aparecieron asociados a una caterva bien vistosa: la jácara, el escarramán o el
rastreado venía con los rufianes y sus rameras; el zarambeque, el ye-ye, o el
guineo con los negros; la zarabanda y la chacona con una sarta de indianos,
gitanos, mulatos, mozos apicarados y una mezcla de todo lo anterior25. La
propia plebe debía de distinguir bien a estas personas, y no sin recelo: cuando
el esclavo indio Alessio de Cotto cantó la zarabanda por las calles de Toledo
en 1593 los primeros escandalizados no fueron prelados ni caballeros, sino unas
humildes vendedoras de nieve26. En las
aldeas había también viejos cantares deshonestos, pero los nuevos bailes
pasaban los límites de la cazurrería tradicional27.
Lo que llegaba no eran los
bailes de las gentes comunes, sumidas en la intrahistoria: eran los propios de
los «desgarrados», es decir: los que habían roto sus vínculos, bien fuese con
el terruño –negros, gitanos– las normas honestas –rameras, rufianes– o de la
familia –pícaros, mozos y ganapanes–28. Esta
condición se hacía patente en el baile: Gonzalo Correas percibía en las
seguidillas un tipo distinto de «gusto i placer», que correspondía a los que
«vida libre sin lei, i su furia, i siguen i las casas públicas, i aún porque
son seguidos y perseguidos de la justicia»29. Los
nuevos bailes eran ante todo la expresión de la vida libre y airada: por eso
hacían vistoso contraste en un mundo de obligaciones y ataduras de toda clase.
La distinción no es baladí:
las tradiciones silenciosas de la aldea no dejaron de ser observadas y
recreadas por la aristocracia, pero siempre en géneros más o menos abstractos y
cultos30. En
cambio, los desgarrados traían el rostro distinto, las vidas concretas que
podían llegar a influir en los palacios: bien mirados, los gitanos, los negros
y los rufianes no andaban tan lejos de los juglares. Desde hacía siglos, el
oficio de dar alegría y solaz a los señores había sido un cobijo para los que
estaban fuera de los vínculos tradicionales, ya fuese por condición o por
vocación: mucho antes de la zarabanda, las soldaderas ya eran famosas por sus
bailes y vidas licenciosas. A finales de la Edad Media, cuando la parte culta
de la juglaría se fue solemnizando en la música profesional, la parte más
picaresca no murió, sino que continuó en tiempos modernos con los bufones y los
hombres de placer31. Estos
compartían con los nuevos bailes los terrenos de la desmesura en el gusto y
aquella vida sin estado, «en tierra de nadie»32. Por eso
ellos fueron los primeros en contagiarse. Cuando el «guineo» no era aún un
baile popular, Felipe II comentaba cómo su loquilla, Magdalena Ruiz,
«hacía ventana» muy atenta para ver bailar a los negros de Lisboa33,y cuando
quisieron llevar a la gitanilla Preciosa a bailar delante de los reyes, ella
misma se lo temía: «querránme para truhana»34.
Este oficio del gusto viene
a recordarnos que había un lugar para los placeres desordenados en la misma
vida aristocrática, y, por tanto, un camino abierto a la zarabanda y toda su
estirpe. Nada hay de sorprendente en que los nuevos bailes llegaran a las
grandes casas españolas: ya se les esperaba, como a otros tantos disparates que
dieran que reír. El cambio estuvo en su modo de estar; a partir de cierto
momento, el mundo del gusto comenzó a rezumar fuera de los límites nítidos que
se habían puesto: los señores comenzaron a hacer suyo lo que hasta el momento
estaba reservado a la bufonería. Al principio parecía una broma de mal gusto,
por eso a Cervantes le parecía un caballero «se hace chocarrero» si se preciaba
de «que no hay quien como él sepa bailar la chacona»35. Lo
cierto es que no sólo se imitaba, sino que en la chacona comenzaba a
descubrirse algo estimable, que muy bien podía sobrevivir depurándolo de las
carcajadas y los demás componentes picarescos. La novedad no estaba tanto en
los bailes como en la manera de mirarlos; no eran las cosas –siempre habían
estado allí–, sino los hombres.
La
desenvoltura honesta
La
gitanilla es el mejor símbolo de la nueva época que comenzaba en los
últimos años del siglo XVI. Vemos llegar por las calles de Madrid los
bailes desarrapados de las afueras; el naciente público barroco los recibe, y
descubre algo nuevo en ellos: el baile de una de aquellas gitanas parece más
noble, más elevado, sin perder por ello la gracia. De hecho, Preciosa resulta
ser una noble dama, pero no le iba tan mal el disfraz de gitana. No quiso ser
truhana –«no lo sabré ser»– porque no había nada de malicioso en sus gracias.
Era gran bailadora de «villancicos, de coplas, seguidillas y zarabandas»;
cantaba con las sonajas en la mano, «al tono correntío y loquesco», pero no
consentía las letras más descompuestas. «Era algo desenvuelta; pero no de modo
que descubriese algún género de deshonestidad». Una honesta desenvoltura: he
aquí lo que se iba descubriendo poco a poco en los bailes populares. En manos
ingenuas, los gestos gustosos no llevaban fatalmente a la vileza; en la misma
zarabanda había una nobleza posible, hermosa y verdadera36.
Antes de su gran extensión
a través del corral de comedias, el baile, como la música y la poesía popular,
tuvo que irse desprendiendo de lo que tenía de vulgar o de mera bagatela, para
desvelar su verdadera sustancia artística37. Esta
primera transformación de las estimaciones suele pasarse por alto, pero fue un
fundamento necesario del espectáculo barroco. Lo más importante es que no pudo
germinar en la masa informe, sino muy especialmente en las minorías. Más
exactamente, en un grupo de aristócratas y poetas que comenzaron a hacerse
notar hacia 158038. Los
jóvenes nacidos en el reinado de Felipe II tenían sus propios hartazgos y
anhelos, de modo que cataron en el mundo del gusto algo distinto de lo que
habían catado sus padres. Los truhanes y otros placeres de la mocedad, que
siempre habían sido un peligro para los nobles –también para el propio Rey–39, les
tocaron más hondo: no sólo les dieron risa y un mundo patas arriba, sino
también la sensualidad y la llaneza que deseaban en el arte. No lo descubrieron
en el escritorio, sino en las calaveradas que abundaron por aquellos años.
Aquel mundo, que seguía siendo bajo y picaresco, sólo podía conquistarles por
los caminos más irracionales: fue un descubrimiento sentimental. Pero pronto
pasaron a expresarse en los términos de la cultura: el propio Lope defendía que
lo estimable del estilo popular era su facilidad y su gracia naturales, los
altos valores de la aristocracia, opuestos a la afectación y el artificio
aprendidos40.
La nueva interpretación de
los viejos ideales nobiliarios cambió la clásica gravedad española por una
versión más desenfadada, pero igualmente prestigiosa y ejemplar. Una vez
incorporados, los géneros populares adquirían una modalidad más alta. Ya en tiempos
de Felipe III los aristócratas y el propio Rey habían hecho suyas la
guitarra y la comedia nueva. Algo parecido debió de suceder en la danza: los
invitados a las bodas de los nuevos monarcas en 1599 se regocijaron viendo las
condenadas zarabandas y chaconas, y las folías que bailaron con sonajas los
propios músicos reales41. No es
descartable que los aristócratas comenzaran a contagiarse de los zarabandistas,
por mucho que los tratados lo negaran –también Cerone negaba que gustasen de
música cuando ya andaban con la guitarra en mano–; pero todo debió de quedar en
la estricta intimidad:
MÚSICO 2:
También danzan las reinas en los saraos.
MADRIGAL: Verdad; y a solas mil
desenvolturas,
guardando honestidad, hacen las damas.
Poco importa el momento preciso en que los aristócratas se permitieron
entrar en los bailes de cascabel: ocurrió sin que nadie pudiera verlo. La
cuestión es que las nuevas preferencias estéticas habían elevado a los mulatos,
negros y gitanas a la vida artística, ya sin la mediación de los bufones. La
historia del ascenso del rastro, la jácara o la zarabanda a los palacios no se
entiende sin este hallazgo de finales del siglo XVI: la honestidad posible
en la desenvoltura. Las cartas del conde de Gondomar, don Diego Sarmiento de
Acuña, nos muestran cómo algunas escenas como las de La
gitanilla no son fantasía: fueron bien reales y conquistaron a toda
una generación. Sabemos que hacia 1600, mientras era corregidor de Toro,
Gondomar trató con unos gitanos que se ofrecían a organizar las fiestas de la
Resurrección. Años más tarde, trasladado a Londres como embajador, sabemos que
el conde cantaba y bailaba «aquellas coplas de gitanas»42.
La monarquía
y la Iglesia
La zarabanda o la chacona
no se entienden sin el concurso de las gentes dispares y desarraigadas, sin la
acumulación de los placeres, sin las licencias de la anonimia y, al fin, sin la
concurrencia de todos estos factores en las ciudades. Los nuevos bailes
españoles fueron fenómenos de mayorías43, propios
de los escenarios urbanos, pero esto no quiere decir que fueran fenómenos de
masas o de medianías. En el corral de comedias la aportación de la plebe se
cruzó con las inclinaciones genuinas de las minorías cultas. Basta levantar la
vista para advertir que la participación de los aristócratas fue uno de los
rasgos más originales de los bailes españoles: durante los siglos XVI
y XVII en no pocas regiones de Europa ya se estaba consumando la primera
gran retirada de los estamentos superiores de la vida popular44. Con el
hiato de 1580, la vida española consolidó una tendencia opuesta: lejos de
seguir menguando en el periodo italianizante, los influjos populares volvieron
a arreciar, ensanchando sus dominios.
Aunque empezaran haciendo algo de ruido, las inclinaciones de la
aristocracia española del último siglo XVI eran herederas fieles de las
vigencias tradicionales. En las ciudades se hace patente cómo la
Monarquía y la Iglesia, contra lo que se ha pensado, habían dado licencia a los
bailes populares. No olvidemos que las tan citadas diatribas de los moralistas
no reaccionaban en general contra los bailes lascivos, sino muy especialmente
contra la franquía con la que habían entrado tanto en las fiestas religiosas
como en los teatros públicos, dependientes del Rey45. En la
época de las grandes reformas, que amenazaron con desterrarlas, la Iglesia
española terminó por salvar las danzas como había hecho con la música del culto46. Con esta
licencia, los nuevos bailes se fueron dejando ver en público: ya en la década
de 1570 una mujer –y mulata–, la portuguesa Leonor Rica, capitaneaba las danzas
del Corpus Christi de Sevilla47.
A José de Pellicer y a
otros muchos no dejó de parecerles que las danzas de cascabel entraban algo
«bárbaramente» en las fiestas solemnes48. Pero
ante ellos encontramos la opinión, ciertamente dominante, de quienes juzgaban
«escusado el notar de bárbara a Hespaña por este uso, porque el cristianar los
festejos gentílicos es cosa mui de la cathólica policía»49. Antes
que desterrarlos, predominó la idea de que bastaba con regular los bailes y los
cantares populares y reducirlos a un lugar decoroso. Bajo los aspavientos y las
ideas sobre el oscurantismo de la sociedad confesional del barroco, vemos
prevalecer de nuevo la idea de que había una honestidad posible en los bailes
más sensuales. El propio Pellicer se desengañaba: poco cabía esperar que se
reformasen estas costumbres si los propios sacerdotes componían y ensayaban
bailes para los teatros50; al fin y
al cabo, también era clérigo Quiñones de Benavente, el más genial inventor de
bailes y entremeses.
Aún con los riesgos que
traía para las solemnidades, la sanción de la Iglesia fue de enorme importancia
en la vida artística de todo el mundo hispánico, pues garantizó una continuidad
y la licitud fundamental sin las que no se entiende su elevación a manos
aristocráticas. Los bailes que amparaba la religión fueron fenómenos
verdaderamente generales, que llamaban universalmente a todos los fieles. Un
observador italiano describía cómo en la fiesta de la Asunción de 1633, los
madrileños hacían corros al son de panderos y castañuelas dentro de la propia
basílica de Atocha51. Y
Rodrigo Caro reparaba en cómo esta clase de corros, que en principio eran cosa
de la «media plebe», se habían ensanchado a todos los estados:
que tengo
por imposible haber oído semejante ejemplo en ningún siglo; pues vimos en
muchos de estos corros juntos príncipes, grandes, hombres de todas suertes,
mujeres, niños y doncellas, siervos, libres […]52.
En la corte, esta fiestas religiosas y romerías para las gentes de toda
condición consagraron algunos lugares famosos por sus bailes: es el caso del
Prado, el Sotillo de Manzanares y las riberas del río en la fiesta de San
Juan. En algunas escenas de comedia y en un puñado de pinturas se ven
aún las carrozas desde las que los señores acudían a ve ver los bailes alegres
del pueblo (véase fig. 3).
Fig. 3. Vista del Manzanares en la fiesta de San
Juan. Anónimo (mediados del siglo XVII). Colección
Abelló.
El baile estaba llamado a tomar los tablados. Y a última
hora, los cimientos de la vida teatral fueron obra de la Monarquía, con sus
instituciones, su estabilidad y el establecimiento de la capitalidad: también
con el favor personal del Felipe II. La extensión del nuevo teatro
comercial encarna precisamente todo el signo de la época, pues también él nacía
de un cruce entre la corte y la plebe53. Los
meneos de las comediantas dieron siempre que pensar, pero no se hizo todo por
erradicarlos: en tiempos de Felipe IV, fray Hortensio Félix Paravicino ya
no osaba censurar del todo las comedias, ni siquiera en su arrebato más
rigorista, porque «sería dura cosa a las delicias de España»54.
Los nobles y aristócratas
no sólo recibieron los bailes de soslayo en el corral: como el resto del
público, debían de considerarlo el encanto principal de los espectáculos. De
ahí que contrataran a las compañías de comediantes para que bailaran en sus casas.
Los bailes entremesados que comenzaron a triunfar desde la segunda década del
siglo XVII son la mejor expresión del cruce de las academias cultas con la
inspiración popular55. En ese
preciso momento, encontramos que algunos de los más famosos titulados de la
Monarquía hispánica trazaban ya ellos mismos algunos bailes teatrales. Durante
su virreinato napolitano, el duque de Osuna dejó una letrilla de su mano,
dedicada al baile «menudico» que hacía una niña que encantaba con sus manos56. Don
Pedro Fernández de Castro, el famoso conde de Lemos, que fue en sus ocios
comediógrafo, había incorporado ya todo el nuevo lenguaje de los tablados. Su
comedia de La casa confusa, que hizo representar ante los
Reyes en 1617, acababa con una zarabanda; organizó también varias «máscaras y
mojigangas» donde no faltaron escarramanes de «pendencias avalentadas»,
seguidillas de «carretería, rastro y pipironda» y demás bailes «mezclando pasos
de dançar de cuenta entre alegres bailes de castañuelas»57.
Fig. 4. Detalle de los comediantes en la entrada del
príncipe de Gales en Madrid, Jan Schorkens (1623-1625). Rijks
Museum.
Los maestros
de danzar
En los Discursos
sobre el arte del danzado de Juan de Esquivel, de 1642, la
escuela de danzar ideal aparece como una reunión ceremoniosa y retraída del
mundo: no se toleran gestos espontáneos ni conversaciones; las mujeres quedan
apartadas en una tarima –«que no estén con los hombres»–; las danzas de
cascabel no se contemplan siquiera58. Lo
cierto es que el propio Esquivel se desmiente: también él bailaba jácaras,
zarabandas o chaconas; eran bailes ya ennoblecidos, pero ni al más desmemoriado
se le ocultaba que todas ellas habían empezado como esas «chapadanças» que
tanto despreciaba. Aun ciñéndonos a sus términos más estrechos, el tratado no
se basta a sí mismo; exige tener en cuenta que la danza académica y
aristocrática había convivido promiscuamente –y lo seguía haciendo– con los
bailes populares.
En la vida, fuera del
tratado, los maestros de danza se ajustan siempre a esa posición medianera
entre la plebe y la nobleza, compartida con la gente de placer e incluso con la
alcahuetería. Tuvieran o no abierta su propia escuela, solían introducirse en
las casas; allí se ocupaban sobre todo con los mancebos, y también con las
mancebas, en un momento donde no abundaban los encuentros a solas. Tratando de
música y del cuerpo no sorprendería que les cercaran los apetitos del amor:
esos que la danza honesta quería desterrar. En 1630 una rica familia de Burgos
denunciaba cómo el maestro de guitarra Juan de Portal, que «entrava y salía de
su casa», aprovechando la «confianza que ordinariamente se hazía de semejantes
maestros», había convencido a la joven primogénita de que se casara con él, con
la ayuda de una criada «tercera» de los embelecos59. La
novela y el teatro introdujeron varias historias de maestros de danzar o tañer
que se adentraban por caminos escabrosos con sus alumnas: es el caso de
Rutilio, el bailarín italiano experto en grandes saltos que termina en
los Trabajos de Persiles y Sigismunda por
un desliz con su discípula: «entré a enseñarla los movimientos del cuerpo, pero
movíla los del alma»60; también
el del propio Maestro de danzar de Lope, el mocito barbero
del Marcos de Obregón61 o el
de Jorge Voto, que Rodríguez Freyle nos pinta altercando la Nueva Granada con
su vihuela y su espada en la segunda mitad del siglo XVI62.
Esquivel prefería que el maestro tuviese su propia escuela abierta y que no
anduviese por casas, no digamos por bodegones o tabernas63. Pero ni
siquiera la escuela estaba libre de tentaciones. Entendemos que eran frecuentes
para Antonio de Torres, músico con escuela de danzar en Madrid, que en 1570
opinaba que era «imposible detenerse un hombre ocho días sin tratar con mujer»,
y tuvo que comparecer ante la Inquisición por sostener que no era pecado mortal
«echarse con una mujer soltera»64. En
cierto modo, las escuelas eran un tipo de ocio nocturno al que acudían los
jóvenes sin más acompañamiento que los amigos: «que muchos hijos de familias,
con ocasión de yr a la escuela a dançar, quieran o no sus padres, salen de sus
casas a abrasar la ciudad»65. Algo así
hicieron un grupo de muchachos y oficiales en el Toledo de 1550, que por «hazer
burla del maestro» Juan de Villegas, entraron embozados «haziendo barahúnda» en
la escuela y fueron al puesto donde se danzaba; allí hicieron «caballitos con
la espada» y «coscojitas»; remataron la travesura lanzando unos melocotones a
la vela que iluminaba la sala66. Piezas
más peligrosas podían pasar por la escuela: cuando don Diego Duque de Estrada
estaba en el abismo de sus peores años, hecho un valentón y revuelto con una
«mujer ordinaria», no abandonó los «juegos de armas y escuelas de danzar,
adonde yo siempre acudía y lucía»67.
Todo este ambiente
desordenado no tenía prendas para eternizarse en los tratados, pero está claro
que rodeaba el mundo de la danza y llegó a aportarle cierta vitalidad conforme
se acercaba el siglo XVII. El propio Esquivel sólo reconocía un puñado de
maestros académicos y se quejaba de que esos otros –los que «andan con la
guitarrilla debajo de la capa»– amenazasen con ir ocupando su lugar con sus
bailes descompuestos:
por aver
tanta cantidad de negros y otros hombres de baxa suerte, que quieren honrar sus
personas, y sustentarse, y dar luzimiento a ellas con el dançado, en descrédito
del Arte68.
Ni siquiera los maestros de danzar que entraban en su estrechísimo círculo
aristocrático –cuenta sólo un centenar para toda España– estaban libres del
torrente popular que iba creciendo. Uno de los más prestigiosos,
Francisco Cerdán, tuvo un discípulo de la jacarandina: el propio don Diego
Duque de Estrada69. Otro de
los elegidos, Pedro Vergel, apareció dando mucho que reír en una fiesta muy
sonada de 1627, haciendo su parte en una escena de boda aldeana, entre «adufes
y zapatetas»70.
Vemos cómo el maestro de
danzar ilustre pedía que se hicieran «meneos» con «alma y sainete» en el baile
del rastro, pero a última hora prefería olvidar el origen de este baile y
abjuraba de lo más auténtico que llevaba. Tales contradicciones no procedían de
un espíritu aristocrático, sino más bien de ciertos melindres del gremio que
los llevaban a distinguir obsesivamente su noble oficio del de los
«mequetrefes» callejeros. Aunque haya dejado más pistas, este mundo escolástico
no debería tomarse como epítome de la época; en realidad se encontraba
esquinado. Aquellos maestros de danzar estaban llamados a ser caballeros,
ajustándose a los ideales aristocráticos y a separarse de los bailarines
corrientes, pero he aquí que los grandes señores, sobrados de distinción,
empezaban a aplaudir la gracia de los negros.
Conclusión
Un artista de la Corte,
Francisco de Barrera, ha pintado los bailes de su tiempo (véase fig. 5)71. Cuatro
galanes y cuatro damas bailan en media luna, van sorteando los arriates del
jardín; casi todos abren y levantan los brazos, repicando las castañuelas; el
primero lleva la guitarra, como los comediantes, y la segunda agita una sonaja,
el viejo símbolo del gusto. El corro lo cierra –en realidad lo lleva– una
pareja de negros; él con libreas bien distintas, ella tocando un adufe. Ahora
entendemos los miedos de Esquivel: sólo en segundo plano, al lado derecho, un
hombre que tañe un violín podría hacer la parte del maestro de danzar. Le
acompaña de cerca un arpista. Al fondo, las gentes noveleras se asoman a los
balcones. No es más que un ángulo del cuadro: estos bailes no eran más que unas
niñerías, unas alegrías pasajeras de primavera; todavía no ocupaban el centro,
como harían un siglo después. Pero allí, entre las ramas de un árbol, se
escondía un cambio profundo.
Fig. 5. Detalle de La primavera, de Francisco Barrera (mediados
del siglo XVII). Colección privada. Fotografía cedida por la casa de
subastas Bonhams.
Ya tiempos de Felipe IV, la danza noble llevaba las señas de haber
retozado entre los desgarrados, la comedia y las fiestas populares. Don
Francisco de Portugal, el maestro de las galanterías de aquel tiempo, pinta las
mismas mujeres que Francisco de Barrera: eran mujeres sin tantas «severidades»,
que en día de fiesta se permitían «este poco de profanidad»: «bailar una capona
en fraldellín y vaquero corto, sombrero de plumas, con castañetas» 72. Una de
aquellas mujeres, Mariana de Carvajal, introduce en sus novelas a un galán que
divierte a sus amigos –todos «de lo más luzido» de Toledo– con «un bayle
mandingo a lo negro, con todas sus circunstancias»; allí mismo bailan varias
caponas, pero les gustan más las que se hacen con «donaire y gravedad» que las
que se desparraman en alusiones sexuales73.
La nobleza parecía ir
domando los bailes populares con sus palabras: acaso pasaban a llamarse
«danzas», y no nos debiera extrañar que se aplaudiera una capona por grave. Si
lo fiáramos todo a un solo sarao, como si no trajera pasado y trascendencia,
nos sentiríamos tentados a decir que nada había cambiado: seguía habiendo una
casta de danzas elevadas, distintas de las más vulgares. Pero un mínimo de
perspectiva histórica nos enseña el verdadero movimiento: lo que ahora se
estimaba alto y señorial habría sido, tan solo unos años antes, cosa de
bufones. No es que los bailes populares se hubieran desvestido de su ser
original para ennoblecerse, es que los nuevos hombres los estimaban ahora
nobles.
Aquella región sentimental
que se venía relegando en un oficio vil venía conciliada con la honestidad en
la nueva sensibilidad aristocrática. Pese a que sea menos conocido, este
ensanchamiento hacia la sensualidad y la alegría en el baile fue, con la ortodoxia
religiosa y el honor, parte esencial del «modelo de humanidad» nacido en la
España del primer siglo XVII74. Este
tipo aristocrático tuvo que decaer, pero irradió aquella fórmula de
desenvoltura, ya dignificada, sobre la música y la danza. Visto así, en el
movimiento que le corresponde, el binomio de la danza y el baile no se nos
revela como una separación, sino más bien como una relación cambiante que
culmina en una síntesis de enorme relevancia en la historia del arte español.
NOTAS
1 Este
estudio es parte de las actividades del grupo de investigación de la
Universidad Complutense de Madrid «Virtuosa pars. Política y cultura de las
élites ibéricas en la Alta Edad Moderna (siglos XVI-XVII)»
(Ref. 970759). También se enmarca en el proyecto «Las prácticas culturales
de las aristocracias ibéricas del siglo de oro: en los orígenes del
cosmopolitismo altomoderno (siglos XVI-XVII)». Entidad: Ministerio de
Ciencia e Innovación (ref. ª PID2020-113906GB-I00). Se usan las siguientes
abreviaturas: Biblioteca Nacional de España (BNE), Archivo Histórico Nacional
(AHN), Archivo de la Real Chancillería de Valladolid (ARCHV), Real Biblioteca
del Palacio Real de Madrid (RB) y Archivio di Stato di Firenze (ASF).
2 Esta idea de la fidelidad histórica es la que lleva
defendiendo sobre las tablas la compañía de teatro For the Fun of It desde
2014. A ella y a su director, Antonio Castillo Algarra, se debe buena parte de
lo que aquí se dice.
3 Sobre las flaquezas de este esquema véase Carmen
GARCÍA-MATOS ALONSO, «Una polémica en torno a las danzas de cuenta y los bailes
de cascabel de los siglos XVI y XVII», Nassarre: Revista aragonesa de
musicología, 12 (2), 1996, p. 121-134 o Lynn M.
BROOKS, The art of
dancing in Seventeenth–Century Spain, Lewisburg: Bucknell
University Press, 2003, p. 122 y ss. Más adelante citaremos la edición
original del tratado de Esquivel que Brooks transcribe en su libro.
4 Hablamos aquí indistintamente de la nobleza y de las
minorías aristocráticas: no nos referimos, por lo tanto, al círculo mucho más
estrecho de alta nobleza al que solemos reservar la palabra «aristocracia»,
sino en general al estamento superior y los valores nobiliarios influyentes en
la danza.
5 Huizinga, quien precisamente daba por superada la tiranía
utilitaria, explica esta unión original de la vida arcaica. Johan
HUIZINGA, Homo ludens.
El juego y la cultura, Ciudad de México: Fondo de Cultura
Económica, 2005, p. 86.
6 Véase Johan HUIZINGA, ibid., p. 67 y José ORTEGA Y
GASSET. «Sobre el origen deportivo del Estado», in: id., El espectador,
T. VII, Madrid: El arquero, 1964, p. 79–105.
7 Otto
BRUNNER, Vita nobiliare
e cultura europea, Bolonia: Il Mulino, 1982, p. 99-108.
8 Véase Fernando BOUZA, Palabra e imagen en la Corte. Cultura
ora y visual de la nobleza en el Siglo de Oro, Madrid:
Abada, 2003, p. 83 y ss. y Luis ROBLEDO ESTAIRE, «El lugar de la
música en la educación del príncipe humanista», in: Virginie DUMANOIR
(coord.), Música y
literatura en la España de la Edad Media y del Renacimiento,
Madrid: Casa de Velázquez, 2003, p. 1-19.
9 Fernando BOUZA, ibid., p. 160.
10 Andrés de LEÓN, Historia
del huérfano, ed. de Belinda PALACIOS, Madrid: Biblioteca de
Castro, 2017, p. 104 y ss. Agilidades muy parecidas a las
del húerfano se encuentran en otra de las más interesantes autobiografías de la
época. Véase Diego DUQUE DE ESTRADA, Comentarios
del desengañado de sí mismo, ed. de Henry ETTINGHAUSEN,
Madrid: Castalia, 1982, p. 89 y ss.
11 Rodrigo CARO, Días
geniales o lúdricos, ed. de Jean-Pierre ETIENVRE, Madrid:
Espasa-Calpe, 1978, p. 88.
12 Diego de ALAVA Y VIAMONT, El perfecto capitán, En
Madrid: Por Pedro Madrigal, 1590, fol. 38vº.
13 Luis PACHECO DE NARVÁEZ, Libro de las grandezas de la espada, En
Madrid: Por los hijos de Juan Íñiguez de Lequerica, 1600, fol. 30vº y Juan
de ESQUIVEL, Discursos
sobre el arte del danzado, En Sevilla: por Juan Gómez de Blas,
1642, fol. 3rº.
14 María de ZAYAS Y SOTOMAYOR, «La fuerza del amor», in Novelas amorosas y ejemplares,
ed. de Julián OLIVARES, Madrid: Cátedra, 2014, p. 347.
15 Era el tipo de amor caballeresco que se escenificaba en
los torneos. Véase Johan HUIZINGA, El
otoño de la Edad Media, Madrid: Alianza, 1989, p. 107
y ss.
16 Carmen MARTÍN GAITE, Usos amorosos del dieciocho en España, in Obras completas IV,
Madrid: Espasa-Calpe, 2015, p. 803.
17 Juan de ESQUIVEL, op. cit.,
fol. 44rº.
18 Jerónimo ROMÁN, Repúblicas
del mundo, Vol. II, En Medina del Campo: Por
Francisco del Canto, 1595, fol. 348rº.
19 El abad de Rute habla de todos estos instrumentos en
Francisco FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA, Didascalia
Multiplex, Lugduni: Sumptibus Horatij Cardon, 1615,
p. 267 y ss. Los precios de las castañuelas se
encuentran en Tassa de
los precios que se han de vender las mercaderías, En Madrid: Por
Juan González, 1627, fol. 13rº.
20 Véase el episodio de la «castañeta repentina» en
Francisco LÓPEZ DE ÚBEDA, Libro
de entretenimiento de la pícara Justina, ed. de Rosa NAVARRO
DURÁN, Madrid:
Biblioteca de Castro, 2007, p. 127
21 Diego DUQUE DE ESTRADA, op. cit., p. 175.
22 Sobre las famosas prohibiciones véase Álvaro TORRENTE,
«El “destierro” de la zarabanda (1585): una lectura poética desde la British
Library», Revista de
musicología, 43 (2), 2020, p. 529-586.
23 Peter BURKE, Popular
Culture in Early Modern Europe, Nueva York: Harper Torchbooks,
1978, p. 23 y ss.
24 Ramón MENÉNDEZ PIDAL, «Poesía popular y poesía
tradicional en la literatura española» in:
id., Mis
páginas preferidas. Temas literarios / Temas
lingüísticos e históricos, Madrid: Gredos, 2008, p. 109-138.
25 Véase Emilio COTARELO Y MORI, Colección de entremeses, loas, bailes,
jácaras y mojigangas, T. I, vol. I, Madrid: Bailly Baillière, 1911, p. CCXXIII y ss.
26 Fernando BOUZA, «Cultures and communications across the
Iberian world (fifteenth-seventeenth century)», in: Pedro CARDIM,
Antonio FEROS y Fernando BOUZA (eds.), The
Iberian World, 1450-1820, Abingdon-Nueva York: Routledge, 2019,
p. 211-244.
27 Alonso REMÓN, Entretenimientos
y juegos honestos y recreaciones christianas, Madrid: Por la viuda
de Alonso Martín, 1623, fol. 96vº.
28 Véase José Antonio MARAVALL, La literatura picaresca desde la
historia social, Madrid: Taurus, 1986, p. 245 y ss.
29 Gonzalo CORREAS, Arte
grande de la lengua castellana, Madrid: Real Academia Española,
1903, p. 272-273.
30 Es el caso del famoso baile del «villano». Véase
también Fernando BOUZA, «O
qual eu vi. Escritura y mirada nobiliarias en el Discurso nas jornadas que fiz a
Montserrate de Manuel de Ataíde, tercer conde de Castanheira
(1602-1603)», En la
España medieval, Anejo 1 (2006), p. 277-304.
31 Ver Ramón MENÉNDEZ PIDAL, Poesía juglaresca y juglares,
Madrid: Espasa-Calpe, 1975 y Fernando BOUZA, Locos, enanos y hombres de placer en la corte de los
Austrias, Madrid: Temas de hoy, 1991.
32 Fernando BOUZA, ibid.,
p. 11 y ss.
33 Ibid., p. 81.
34 Miguel de CERVANTES, La gitanilla, in Novelas Ejemplares I,
ed. de Juan Bautista AVALLE-ARCE, Madrid: Castalia, 1982, p. 95
35 Miguel de CERVANTES El coloquio de los perros, in Novelas Ejemplares III, ed. De Juan
Bautista AVALLE-ARCE, Madrid: Castalia, 1982, p. 260
36 Miguel de CERVANTES, La gitanilla…, p. 74 y ss.
37 Margit FRENK ALATORRE, «Dignificación de la lírica
popular en el siglo de Oro», Anuario
de Letras, 2, 1962, p. 27-54. Sobre el
lugar de la música en todo este fenómeno véase Ignacio RODULFO HAZEN, El aire español. Los usos musicales de
la aristocracia española en la vida italiana durante el Siglo de Oro
(1580-1640), Tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid,
2020, p. 45 y ss.
38 José FERNÁNDEZ MONTESINOS, Ensayos y estudios de literatura española,
México: Ediciones de Andrea, 1959, p. 75-98.
39 En su propia juventud, Felipe II, siempre amigo de
los graciosos, pudo estar cerca de convertirse en uno de estos jóvenes
descarriados.
40 Ramón MENÉNDEZ PIDAL, «Lope de Vega. El “arte
nuevo” y la “nueva biografía”», en Mis
páginas preferidas..., p. 246-303.
41 Felipe DE GAUNA, Relación
de las fiestas celebradas en Valencia con el motivo del casamiento de Felipe
III, Valencia: Acción bibliográfica valenciana, 1926,
p. 168.
42 De Francisco de Baeza a don Diego Sarmiento de Acuña, 28
de agosto de 1600, Villalonso-Toro, RB Mss. II-2140, [fol. 68].
43 Véase, en este punto concreto, José Antonio
MARAVALL, La cultura
del Barroco, Barcelona: Ariel, 1975, p. 183.
44 Peter BURKE, op. cit.,
p. 270 y ss.
45 Véanse varios ejemplos en Emilio de COTARELO Y
MORI, Bibliografía de
las controversias sobre la licitud del teatro en España, Madrid:
Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1904.
46 Lynn M. BROOKS, The
dances of the processions of Seville in Spain’s Golden Age, Kassel:
Reichenberger, 1988 y Juan José CARRERAS LÓPEZ, «Música y diplomacia: la
reforma post-tridentina del canto litúrgico y la corona española», Itálica, 17, 1984,
p. 219-230.
47 Ibídem y
Clara BEJARANO PELLICER, «Las mujeres y la práctica musical en el Siglo de Oro:
ficción y realidad en Sevilla», Janus,
3, 2014, p. 185-219.
48 José de PELLICER, Lecciones
solemnes a las obras de don Luis de Góngora y Argote, Madrid: En la
Imprenta del Reino, 1630, p. 22.
49 Manuel de ASTETE, Questión
singular política y académica acerca de un estilo de Hespaña en las danzas
festivas notado de bárbaro injustamente de un autor cortesano, BNE,
MSS/11146, fol. 250rº. Y ss.
50 José
de PELLICER, op. cit.,
p. 301.
51 ASF, Mediceo del Principato, V. 4959, Fol. 890 (Base
de datos BIA del Medici Archive Project).
52 Rodrigo CARO, op. cit.,
p. 63.
53 Carmen SANZ AYÁN «Felipe II y los orígenes del
teatro barroco», Cuadernos
de Historia Moderna, 23, 1999, p. 47-78.
54 Edward M. WILSON, «Fray Hortensio Paravicino protest
against El príncipe
constante», Ibérida 6,
1961, p. 245-266.
55 Eugenio ASENSIO, Itinerario
del entremés, Madrid: Gredos, 1971, p. 124 y ss.
56 Ignacio RODULFO HAZEN, op. cit., p. 174.
57 Teresa FERRER VALLS, Nobleza y espectáculo teatral (1535-1622),
Valencia: UNED, 1993, p. 269 y ss.
58 Juan de ESQUIVEL, op. cit., fol. 31vº
y ss.
59 ARCHV, Registro de ejecutorias, C. 2561, 46.
60 Miguel de CERVANTES, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, ed. de
Juan Bautista AVALLE ARCE, Madrid: Castalia, 1969, p. 88.
61 Vicente ESPINEL, Vida
del Escudero Marcos de Obregón, ed. de Soledad CARRASCO
URGOITI, Madrid: Castalia, 1972, p. 99.
62 Juan RODRÍGUEZ FREYLE, El carnero, ed. de Darío ACHURY VALENZUELA,
Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1979, p. 220 y ss.
63 Juan de ESQUIVEL, op. cit.,
fol. 24rº.
64 AHN, Inquisición 75, Exp. 16.
65 Alonso de VILLEGAS, Flos sanctorum: quarta parte y última parte y discursos y
sermones, Impresso en Barcelona: en casa de la viuda Gotard, 1590,
p. 276.
66 AHN, Inquisición, 225, Exp. 26.
67 Diego DUQUE DE ESTRADA, op. cit., p. 110.
68 Juan ESQUIVEL, op. cit.,
fol. 24rº.
69 Diego DUQUE DE ESTRADA, op. cit., p. 90.
70 BNE, Relación
de la fiesta que hizo don Juan de Espina, MSS/2359,
fol. 112vº.
71 Gracias a Fernando Bouza por haberme descubierto esta
imagen reveladora, además la de la tondue
d’Espaigne.
72 Francisco
DE PORTUGAL, Arte de
galantería, ed. de Jose Adriano de Freitas CARVALHO, Porto: Centro
Inter-Universitário de História da Espiritualidade, p. 69 y ss.
73 Maria
Grazia PROFETI, «La danza como “savoir-vivre” en la España del
siglo XVII», in
Les traités de savoir-vivre en Espagne et au Portugal, Clermont-Ferrand:
Association des Publications de la Faculté des Lettres et Sciences Humaines de
Clermont–Ferrand, 1995, p. 205-213.
74 Cfr. Paul
HAZARD, La crisis de la
conciencia europea, Madrid: Ediciones Pegaso, 1975, p. 295
y ss.
https://journals.openedition.org/e-spania/43455?lang=en




