HISTORIA
Y LEYENDA
EN LA VIDA DE SANTA CLARA
por Ezio Franceschini
Texto original: Storia e leggenda nella vita di
S. Chiara, en Forma Sororum 14 (1977) 89-99, 125-138]
I.
LAS FUENTES PARA EL CONOCIMIENTO DE SANTA CLARA
Las fuentes para la biografía de santa Clara no son numerosas.
Su vida, aparte el episodio fundamental de la fuga de su casa y de la
consagración a Dios en manos de san Francisco en Santa María de los Ángeles,
transcurre toda ella dentro de los muros de un monasterio, en San Damián: y las
vicisitudes interiores de un alma, con frecuencia grandiosas y sorprendentes,
no ofrecen mucha materia para el relato histórico.
Por tanto, la primera comprobación del investigador de santa
Clara es ésta: mientras, por lo que se refiere a san Francisco, el problema de
las fuentes biográficas es de tal amplitud y dificultad que no se ha podido
todavía resolver, a pesar de decenios de trabajo crítico, y no ofrece por ahora
esperanzas de posibles soluciones que satisfagan a todos, por lo que se refiere
a santa Clara, el problema es de una extrema simplicidad, y si existen
dificultades, son únicamente marginales, que no afectan a lo sustancial.
Los textos de los que pueden sacarse noticias sobre la vida, la
obra y la figura de Clara de Asís, se dividen en tres grupos, que deben
examinarse por separado dadas sus diferencias intrínsecas:
a) Escritos de santa Clara o inspirados por
ella.
b) Fuentes que tratan de la vida de Clara tomada como objeto
específico de la narración.
c) Textos que hablan de Clara, pero sólo en cuanto a
las relaciones que tuvo con san Francisco.
El primer grupo reúne pocos documentos, los únicos que nos han llegado a
nombre de la Santa:
- la Regla,[1]
- el Testamento,[2] (si
bien no se han disipado todas las dudas sobre su autenticidad), y
- las cuatro Cartas a Inés de Bohemia.[3]
Al segundo grupo pertenecen:
- el Proceso de canonización,[4] cuyas
Actas se remontan a noviembre de 1253;
- todos los documentos pontificios relativos a santa Clara y a
su obra, que culminan en la Bula de canonización, promulgada por el
papa Alejandro IV en el verano-otoño de 1255.[5] La
pequeña Vita en miniatura (contenida en las letras de
Inocencio IV al obispo de Espoleto encargándole la instrucción canónica del
proceso: BAC 65-68); no ofrece detalles nuevos, como es evidente por tratarse
de un documento oficial, por su naturaleza breve y vinculado al Proceso
de canonización; pero es rica en una sucesión inagotable de alabanzas y
adjetivos dentro de un texto de consumada finura retórica; esta bula es un
singular testimonio de la fama en que era tenida la Santa;
- y, por fin, la Leyenda[6] que
escribió en 1256, poco después de la muerte de la Santa y por encargo del mismo
Alejandro IV, un franciscano que la crítica es ya casi unánime en identificar
en Tomás de Celano, el biógrafo de san Francisco.
El Proceso de canonización, instruido, bajo mandato
expreso del Sumo Pontífice, por Bartolomé, obispo de Espoleto, quien en pocos
días lo llevó a cabo con escrúpulo y diligencia, se reencontró en época
reciente (1920), y no en su redacción original latina, sino en una vulgarización
italiana del siglo XV. Confrontado críticamente con la Leyenda (también
para mí de Celano), no ha dado lugar a dudas, contradicciones o incertidumbres;
los dos textos, por tanto, aun manteniendo cada uno su fisonomía propia, forman
un documento único de valor histórico seguro y ofrecen un conjunto de
testimonios creíbles, que son la materia casi única de toda biografía de santa
Clara, formalmente variada sólo por el variar de la sensibilidad de quien se
sirve de ella.
La Leyenda, traducida ya en el Medievo y también
después a muchas lenguas, nos ha llegado incluso en una redacción latina
versificada, de autor desconocido[7] y
casi contemporánea, pues ciertamente es anterior a 1261, año de la muerte del
papa Alejandro IV, a quien está dedicada. Fiel en todo al texto en prosa,
esta Leyenda versificada debería, sin embargo, ser conocida
por los biógrafos de santa Clara más de cuanto lo ha sido hasta ahora, por la
presencia en ella de algún detalle no falto de interés dentro del hálito épico
del sonoro hexámetro virgiliano.
De este modo, también Clara tuvo su poema, al igual que a san
Francisco se lo compuso Enrique de Avranches: pobres los dos, pues en ellos se
pierde todo sentido de espiritualidad, toda frescura poética, todo aroma de
gracia; pero válida aportación de la cultura de una época que creía en los
valores de la cultura y consideraba que podía levantar a sus santos basílicas
de versos, además de las basílicas de piedra.
Del texto de Celano derivan también otros documentos antiguos:
algunas Leyendas menores, estudiadas por el P. Bihl,[8] y
algún breve poema; pero no son más que riachuelos, hijos apagados y pálidos del
único manantial.
Para la tercera categoría de fuentes, que se refieren sólo a
las relaciones de Clara con Francisco, los textos fundamentales son
naturalmente los mismos que narran la vida de Francisco:
- las dos Vidas de Tomás de Celano (en la
primera, de 1228, se encuentra el testimonio más antiguo sobre santa Clara);[9]
- las pocas líneas que san Buenaventura dedica a santa Clara;[10]
- las páginas que se encuentran en los textos de la corriente de
biógrafos de san Francisco que arranca del material recogido por Fr. León, es
decir, el Espejo de Perfección,[11] primero,
y, más tarde, los Actus beati Francisci et sociorum eius (compuestos
hacia 1322-1328), que son el original latino de las Florecillas.[12]
Como es sabido, cada uno de estos textos lleva consigo un
problema que se ha convertido en objeto de insalvable polémica. Por tanto,
antes de usarse como fuentes de información, han de tratarse con la prudencia
crítica que los documentos de este género presuponen y exigen.
A este tercer grupo de textos, pueden añadirse otros documentos
de épocas más tardías:
- el De conformitate de Bartolomé de Pisa;[13]
- la Crónica de los 24 Generales,[14] de
finales del siglo XIV, y,
- última de todas, la compleja obra de Fr. Mariano de Florencia,
de principios del siglo XVI.[15]
Alguno de estos textos, como por ejemplo el de Bartolomé de
Pisa, ofrece informaciones sobre la vida de santa Clara que no tienen respaldo
en ninguna de las fuentes precedentes. Ante estas noticias sobre todo, la
crítica debe ser cauta y severa, porque no es fácil frenar la carga emotiva que
con frecuencia brota de ellas con una invitación más seductora que el antiguo
canto de las sirenas; valga por todas como ejemplo la leyenda de la presencia
de santa Clara al lado de san Francisco en el momento en que salió de sus
inspirados labios el Cántico de las Criaturas, leyenda que se formó
claramente por una serie de sucesivas aproximaciones textuales, y a la que dio
el último toque Pablo Sabatier, añadiendo al Cántico una estrofa en alabanza de
santa Clara, que ha fascinado a todos los biógrafos posteriores (incluidos
hombres como Tommaso Nediani y Giulio Salvadori) y que alguno ha tenido la
ingenuidad de creerla auténtica.
Prudencia y cautela, pues, ante tal material.
Añado, sin embargo, que sería injusto pasarlo por alto sin
examen y seguir a san Buenaventura, quien deja en la sombra toda relación de
santa Clara con san Francisco: la poesía, el arte, la literatura y la piedad
cristiana han ocupado ese terreno desde el siglo XIII, y si bien éstas no son
pruebas para la validez histórica de los textos, son siempre, sin embargo, un
testimonio autorizado de una tradición antiquísima que ningún historiador puede
ignorar sin faltar a su cometido. Se trata sólo de indicar con exactitud las
fuentes, dejando en torno a ellas el problema crítico de su validez.
El intento de redactar una Vida de santa Clara basada
en todos los textos que he indicado, fue ya llevado a cabo a principios del
siglo XVI por un franciscano de Toscana, y dio lugar a la que comúnmente es
considerada como la primera biografía completa de Clara de Asís. El P. Lazzeri,
que la descubrió y publicó en 1920,[16] ve
en su autor a «un historiador que conoce todas las fuentes y sabe coordinarlas
y servirse de ellas, aunque alguna vez tales fuentes sean de segundo orden»
(Prefacio, p. IV); debe añadirse, sin embargo, que el autor de esa biografía
realiza sólo un trabajo de aproximación material de los textos, más que de
criba y de selección, por lo que su escrito ha de considerarse más como una
fuente que como una biografía (y así lo ha juzgado en definitiva también el P.
Lazzeri, indicando para cada capítulo los textos a los que se remontan las
noticias en él contenidas).
En estos tres grupos de textos están, pues, las bases para la
biografía de santa Clara. Pienso, sin embargo, que a ellos se podría añadir un
cuarto grupo, hasta ahora poco explorado y, ya de salida, extremadamente débil
en cuanto a posibles resultados. Se trata de los textos en los que se pone de
relieve algún aspecto de la vida de santa Clara y, más aún, de su
espiritualidad, ya sea en función de una invitación religiosa y exhortación a
la santidad de vida, ya sea en relación a su alabanza en el canto. Me estoy
refiriendo a los sermones sobre santa Clara, empezando por el primer
panegírico, por desgracia perdido, que debió pronunciar el cardenal protector
de la Orden el mismo día de las exequias, y a los himnos compuestos en su
honor, en latín y en lengua vulgar.
En cuanto a los primeros, nadie, que yo sepa, los ha buscado en
las infinitas compilaciones, en su mayoría todavía inéditas, que existen en
nuestras bibliotecas. Sobre la himnografía en honor de Clara -litúrgica o no-,
las investigaciones están más adelantadas, pero muy lejos de ser completas; y
deben extenderse también al mundo tan fascinante de las «laudi», en el cual no
está ausente ni mucho menos la figura de Clara, a menudo exaltada en rápidas
biografías de excepcional belleza artística.
Es evidente que las fuentes de este género, con fines
deliberadamente laudativos y extraídas de documentos conocidos, sólo pueden
ofrecer tenues contribuciones a un mayor conocimiento de la vida y
espiritualidad de santa Clara. Pero, dado que ésta depende de un número harto
limitado de textos, como ya hemos visto, me parece que no deben ser totalmente
descuidadas como se ha hecho hasta ahora.
II. HISTORIA Y LEYENDA
Para poder estudiar el tema que nos habíamos propuesto eran
indispensables las premisas antes expuestas sobre las fuentes del conocimiento
de la vida de santa Clara. Y es necesario igualmente responder a una pregunta
previa: ¿Es posible dividir historia y leyenda en ese documento singular que es
la vida de un santo? O sea: ¿Es posible hacer esto en un documento en el que
confluyen los elementos más dispares: emotividades de todo género, necesidades
anejas a la difusión del culto, ¿exigencias de corrientes devocionales en las
que no es extraño el factor económico, etc.?
Que sea extremadamente difícil lo ve todo el mundo. Que sea no
sólo lícito, sino justo y obligado, nos lo dice el ejemplo de los Bolandistas,
que desde hace ya siglos trabajan con el arma de la crítica histórica más
severa para dar a la Iglesia -de la que han recibido el mandato- el oro puro de
las vidas de los santos, purificado de toda incrustación de añadiduras
posteriores, aunque fueran hechas con fines piadosos, por las insaciables
exigencias de una piedad mal entendida.
Los obstáculos que hay que evitar son dos: el primero es la
falta de espíritu crítico, por la que, especialmente bajo la autoridad de
nombres famosos y de largas tradiciones, se siente uno inducido a aceptar como
verdadero lo que no está documentado o lo está insuficientemente (éste es el
defecto de los «escritores píos», que no hacen historia ni hagiografía, sino
tan sólo anotaciones personales sobre el tema del santo); el segundo es su
opuesto: la hipercrítica, que busca cualquier pretexto -incluso los más
claramente absurdos- para negar la validez de los documentos y la posible
realidad de los hechos.
El camino justo está, como siempre, en el medio: en el uso de
una crítica severa, pero honesta; que tenga en cuenta las leyes históricas,
pero que no olvide las del sentido común; que compruebe los hechos, pero que
tenga presente que en el mundo de lo sobrenatural todo es posible.
En cuanto a los autores, es necesario estudiar su mentalidad,
cultura, intenciones: las razones de sus palabras y las de sus silencios, los
cuales, con frecuencia, no significan la inexistencia de los hechos callados,
sino solamente la fidelidad a una intención suya, expresa o tácita.
Por ejemplo, ¡ay si nosotros consideráramos como histórico
respecto a santa Clara únicamente lo que de ella dice san Buenaventura en
su Leyenda de san Francisco! Deberíamos decir, entre otras cosas,
que Clara nunca estuvo en Santa María de los Ángeles y que jamás vio a san
Francisco vivo. Pero es que san Buenaventura había escrito una página
extremadamente estricta sobre los consejos que Francisco daba a sus hermanos
acerca del modo de comportarse con las mujeres (es el texto de la LM 5,5): no
podía, por tanto, presentar a un san Francisco que no fuese modelo también en
los consejos que daba. Por esta razón, el historiador debe guardarse de creer
sólo lo que Buenaventura dice, y buscar en otras partes los hechos que él
calla.
En base a estos criterios, expuestos quizá con demasiada
simplicidad, trataremos ahora de ver, a grandes rasgos y sin ninguna pretensión
de hacer una obra completa, cuál es la parte ciertamente histórica y cuál la
legendaria de la vida de santa Clara de Asís.
HECHOS HISTÓRICOS
Pertenecen ciertamente a la historia los siguientes hechos:
1. El nacimiento de Clara en 1193 en Asís, de una familia de
feudatarios que no es la de los Scifi, por más que los biógrafos modernos
continúan repitiéndolo. Lo ha demostrado el insigne investigador de cuestiones
franciscanas Arnaldo Fortini, a quien debemos nuevos datos, sacados de
documentos de archivo, acerca de Clara y su familia.[17]
2. Los coloquios secretos con Francisco. Fueron muchos. Clara
acudía a ellos acompañada por Bona de Guelfuccio; con Francisco estaba Fr.
Felipe Longo.[18]
El tema único era el modo de servir a Dios. Clara acudía para
afirmarse en sus convicciones: tenía más necesidad de ser frenada que de ser
estimulada. Todo esto parece evidente por el testimonio preciso de la misma
Bona de Guelfuccio en el proceso de canonización de noviembre de 1253: «La
madonna Clara... tenía gran fervor de espíritu, pensando cómo podría
servir a Dios y agradarle. Por esta razón, la
testigo fue muchas veces con ella a hablar con san Francisco, e iba
secretamente para no ser vista por los parientes. Preguntada sobre qué
le decía san Francisco, respondió que siempre la exhortaba
a que se convirtiera a Jesucristo, y Fr. Felipe hacía lo mismo. Y
ella los oía con gusto y asentía a todos aquellos bienes que le decían».[19]
3. La fuga de la casa paterna en la noche del domingo de
ramos al lunes santo de 1211 (que aquel año cayó el 28 de marzo) y la
consagración a Dios en manos de san Francisco en la iglesita de Santa María de
la Porciúncula.
Quien la acompañó esta vez no fue madonna Bona de Guelfuccio,
pues ésta se encontraba aquellos días en Roma: «La testigo no estuvo presente,
ya que entonces estaba en Roma, por la cuaresma».[20]
4. La brevísima estancia (pocos días) en el monasterio de San
Pablo de las Abadesas, próximo a Bastia, y la estancia en la iglesia del Santo
Ángel de Panzo (sobre ambos monasterios, véanse las noticias dadas por Fortini
en su ya citado artículo).[20bis]
5. La persecución de los familiares para disuadirla, incluso
por la fuerza, de su propósito.
6. La vida transcurrida en el silencio, el trabajo y la
oración en San Damián, hasta el 11 de agosto de 1253, fecha de su muerte.
7. El acontecimiento externo más importante durante este
largo período, fue el asalto al convento por parte de una banda de mercenarios
en 1240, y la milagrosa liberación subsiguiente gracias a la oración de Clara.
Ésta, enferma desde hacía ya tiempo, se hizo llevar en tal ocasión al
refectorio, contra cuya puerta se estrellaba la furia de los rufianes. Y allí,
sostenida por dos compañeras, se postró en oración ante el Santísimo que
-encerrado dentro de un doble cofrecito de plata y de marfil- ella había mandado
adosar a la parte interior de la misma puerta.
8. También pertenecen a la historia la rápida multiplicación
de las «damas pobres», la difusión de los monasterios de clarisas por todos los
rincones de Europa, las visitas a San Damián del cardenal Rainaldo de Hostia y,
más tarde, del papa Inocencio IV, la presencia en la cabecera de Clara
moribunda de tres de los compañeros más conocidos de san Francisco: Fr.
Junípero, Fr. Ángel Tancredi y Fr. León.
9. Finalmente, está presente y operante en todo momento el
hecho de la santidad de Clara: el ejercicio heroico de la virtud, la caridad
incansable hacia cualquier forma de sufrimiento, la defensa de la pobreza, el
espíritu de sacrificio, la contemplación de Dios en la oración hasta los
arrobamientos y los éxtasis. Y, en este terreno tan fértil, un florecer
continuo de milagros: el pan que se multiplica, el aceite que no mengua, la
curación de toda clase de enfermedades, dentro y fuera del convento, al suave
contacto de una mano o con la señal de la cruz.
Milagros que están presentes en la vida de todos los santos y
que se renuevan cada vez que un alma, correspondiendo a una vocación, se une de
tal forma a su Dios que tiene a su disposición el poder infinito. Ante ellos,
los cánones de la llamada historia pueden quedar mudos e inoperantes, sin que
por esto aquéllos dejen de ser realidades concretas y fecundas en la vida de
los hombres.
10. Desde este punto de vista, todo lo que contiene el Proceso
de canonización de santa Clara -llevado a cabo con extrema severidad por el
obispo Bartolomé de Espoleto y el tribunal por él constituido- puede
considerarse digno de fe, sobre todo si es corroborado por la Leyenda
de santa Clara, que no se limitó a aprovechar las Actas del Proceso, sino
que quiso confirmar sus noticias mediante el recurso directo a las fuentes más
autorizadas: las compañeras de santa Clara y los compañeros de san Francisco.
El P. Lazzeri, con suma diligencia, ha examinado todo este
material, ha realizado una minuciosa confrontación entre el Proceso y la Leyenda de
Celano, ha recogido todos los datos sobre los que no se pueden adelantar
seriamente dudas.[21] Baste,
pues, remitir a su trabajo para los detalles particulares del cuadro histórico
que hemos examinado hasta ahora.
LEYENDAS
No es tan fácil moverse en el campo de las leyendas para tratar
de ver, hasta donde sea posible, sus génesis y razones.
Una observación que hay que hacer de inmediato es la siguiente:
casi todas estas leyendas nacieron del deseo de una mayor y más visible
inserción de Clara en la vida de san Francisco, a causa de la impaciencia, con
frecuencia ingenua, ante los demasiado escasos datos históricos sobre las
relaciones entre los dos santos de Asís.
Veamos, sumariamente también, las principales leyendas que
pueden definirse con seguridad como tales:
1. Según Bartolomé de Pisa, que a finales del siglo XIV
escribió una obra sobre la Conformidad de la vida de S. Francisco con
la vida de Cristo[22] -que
será nuestra principal fuente para la identificación de las leyendas ya
formadas en torno a santa Clara-, Francisco, durante uno de los coloquios con
la jovencita que acudía a él en busca de consejo, queriendo probar su vocación,
le habría dicho: «Si quieres que yo te crea, vístete de saco y ve a mendigar el
pan por toda la ciudad de Asís». Clara habría obedecido, pero, milagrosamente,
no habría sido reconocida por nadie.[23]
Ya los Bolandistas negaron toda autoridad a esta noticia. En
efecto, es evidente que Francisco, conociendo perfectamente la hostilidad de la
familia de Clara a toda solución que no fuese la de un matrimonio acorde con el
poder y la riqueza de su linaje, no podía correr el riesgo de hacer fracasar el
santo proyecto que tenía ya sobre la vida de Clara, imponiéndole una prueba
como la referida por Bartolomé. De ella se habrían seguido, con el escándalo,
dificultades de todo género: precisamente aquellas que él trató de evitar
sugiriendo a la jovencita que se alejase de casa a escondidas, después de un
día festivo (el domingo de ramos de 1211), para poner a la familia ante el
hecho consumado de su consagración a Dios.
2. El capítulo XV de las Florecillas (que,
como es sabido, se remontan, en su redacción original latina, a la primera
mitad del siglo XIV) cuenta cómo «los habitantes de Asís bajaron a todo correr
a Santa María de los Ángeles para apagar el fuego» que, según veían, consumía
«la iglesia, el convento y el bosque al mismo tiempo».
Francisco, impelido por la insistencia de los hermanos, había
querido condescender, finalmente, al «grandísimo deseo» que Clara tenía de
«comer una vez con él». Clara, con una compañera de San Damián, había bajado a
Santa María de los Ángeles, donde los hermanos habían preparado la mesa «sobre
el suelo, como él estaba acostumbrado». Clara se sentó al lado de Francisco y
su compañera junto a un hermano; después se acercaron a la mesa todos los demás
compañeros.
«Como primera vianda, san Francisco comenzó a hablar de Dios con
tal suavidad, con tal elevación y tan maravillosamente, que, viniendo sobre
ellos la abundancia de la divina gracia, todos quedaron arrebatados en Dios. Y,
estando así arrobados, con los ojos y las manos elevados al cielo, las gentes
de Asís y de Bettona y las de todo el contorno vieron que Santa María de los
Ángeles y todo el convento y el bosque que había entonces al lado del convento
ardían violentamente, como si fueran pasto de las llamas la iglesia, el
convento y el bosque al mismo tiempo». Los habitantes de Asís corrieron a
apagar el fuego, pero, llegados al lugar, no encontraron ni rastro de incendio.
Entraron en el interior y vieron a Francisco, a Clara y a todos los compañeros
arrebatados en contemplación, y entonces comprendieron «que se trataba de un
fuego divino y no material, encendido milagrosamente por Dios para manifestar y
significar el fuego del amor divino en que se abrasaban las almas de aquellos
santos hermanos y de aquellas santas monjas».
El arrobamiento místico -que, como fenómeno espiritual, no dice
nada a la gente-, materializado y hecho evidente con fuego real (real hasta el
punto de que se viera arder un bosque, y que los hombres corrieran para limitar
los daños del incendio), pertenece a un proceso muy conocido en el campo
hagiográfico (basta leer el libro del P. Delehaye, Le Leggende
agiografiche, II, ed. ital., Florencia 1910).
Pero el hecho que fue la causa, la comida, ¿pudo ocurrir?
Entre los estudiosos franciscanos, hay quien lo niega
absolutamente, como Robinson,[24] alegando
la afirmación de la Leyenda de S. Clara (cf. LCl 10; BAC
142-143) de que la Santa nunca salió de San Damián en los cuarenta y dos años
que allí permaneció encerrada; y hay quien defiende su veracidad, como
Cuthbert.[25]
Significativo y grave es el silencio de las fuentes más antiguas
y más autorizadas. Ninguna de las monjas que vivió con Clara desde el principio
y que declaró en el proceso de canonización recuerda el hecho. Y, sin embargo,
habría tenido que recordarlo si, como dicen las Florecillas, la
salida de Clara del convento para la comida fue motivo para ellas de gran
temor. En efecto, se alegraron mucho al verla regresar, «porque temían que san
Francisco la hubiera enviado a gobernar otro monasterio, como ya había enviado
a su santa hermana sor Inés a gobernar como abadesa el monasterio de
Monticelli, de Florencia».
Todo, pues, induce a pensar que nos movemos sobre el terreno
exclusivo de la leyenda.
3. «La bienaventurada Clara vio las llagas de san Francisco
mientras éste aún vivía y, para la herida del costado, ella misma preparó un
ungüento, como aún hoy puede verse en el monasterio de Santa Clara en Asís».
Esto dice Bartolomé de Pisa.[26]
Para demostrar que esto es falso, basta recordar la extrema
discreción de Francisco respecto a sus dolorosas heridas. Todas las fuentes
antiguas nos dicen que, si muchos vieron las llagas de Francisco,[27] sólo
un hombre podía curarlas: Fr. León, el compañero fiel, que era para Francisco,
a un tiempo, confesor, amigo, médico, discípulo, custodio...
4. El mismo Bartolomé es autor, o al menos divulgador, de
otra leyenda referente al tema de las llagas: la que cuenta el intento de Clara
de arrancar el clavo de una de las manos del Santo.
Los documentos más antiguos nos atestiguan de manera concorde
que el cuerpo de Francisco, apenas expiró el Santo, durante su traslado a Asís,
fue depositado por breve tiempo en el monasterio de San Damián para que Clara y
sus compañeras pudieran observar y besar sus llagas.[28] Este
hecho es indudablemente histórico.
Bartolomé añade que «la bienaventurada Clara trató de arrancar
uno de los clavos de las manos, pero no fue capaz de ello en absoluto»,[29] como
para confirmar lo que anteriormente había escrito: que «los clavos eran
movibles y, sin embargo, no pudieron ser extraídos ni de las manos ni de los
pies, aunque intentaron hacerlo santa Clara y otros».[30]
La añadidura fue debida a que Bartolomé quería a toda costa
persuadir a los lectores de que se trataba verdaderamente de clavos...
Wadding da otros detalles: Clara habría empapado en la sangre de
las heridas un pañuelo, y habría tomado las medidas del cuerpo de Francisco,
haciendo luego excavar en 1a parte posterior de la tribuna, en San Damián, un
nicho del tamaño del Santo, y pintar allí su imagen.
5. Ya hemos visto el episodio, ciertamente histórico, del
asalto de una banda de mercenarios a San Damián en 1240.
El testimonio de las monjas en el Proceso de canonización es
concorde en afirmar que en aquella ocasión Clara, estando gravemente enferma,
se hizo llevar al refectorio, contra cuya puerta, sacudida ya por los golpes de
los asaltantes, había mandado colocar un cofrecito que contenía el Santísimo; y
que allí, postrada en tierra y sostenida por dos compañeras, obtuvo del Señor
la gracia de la liberación. No es fácil precisar cómo se formó la leyenda,
carente de todo fundamento, según la cual la Santa, puesta de pie a pesar de la
debilidad de toda su persona, sin ayuda de nadie, muestra el Santísimo
encerrado en un ostensorio o en un copón, arriba en el dormitorio (donde
todavía hoy se indica a los visitantes el lugar), y hace que los soldados, que
subían por las escaleras apoyadas en los muros, caigan precipitadamente y
emprendan la huida.
Pennacchi[31] cree
que esa leyenda es posterior al siglo XVI. Tal vez se debió al hecho de que el
relato histórico no era fácil de presentar ni en pintura ni en escultura: era
necesario, para estas artes, un planteamiento espectacular, una Clara visible,
con el Santísimo en las manos, que con Él se mostraba terrible a los enemigos.
Si esto es cierto, preciso será confesar que el arte ha
conseguido su objetivo; pero, ¡con qué deformación de la verdad y de la misma
figura de la Santa!
6. Hay otro hecho prodigioso, referido a San Damián, que
debemos considerar como pura leyenda: la impresión de la señal de la cruz sobre
los panes bendecidos por Clara a petición del papa y en su presencia. Léase el
cap. 33 de las Florecillas: el papa (no se dice cuál) visita a
Clara en San Damián, «para oírla hablar de las cosas celestiales y divinas»; a
la hora de la comida, el pontífice quiere que, en virtud de obediencia, sea
Clara quien bendiga la mesa: «Entonces, santa Clara, como verdadera hija de obediencia,
bendijo muy devotamente aquellos panes con la señal de la cruz. Y, ¡cosa
admirable!, al instante apareció en todos aquellos panes la señal de la cruz,
bellísimamente trazada. Entonces comieron una parte de los panes, y la otra
parte fue guardada en recuerdo del milagro».
Este hecho es uno de los más conocidos de la vida de Clara. Unos
lo sitúan en 1228, otros en 1234-1235 ó 1253; hay quien dice que el papa era
Gregorio IX, y quien dice que era Inocencio IV.[31bis]
Pienso, sin embargo, que toda discusión es inútil, porque
ninguna de las monjas que vivió con Clara en aquellos años recuerda, al
declarar en el Proceso de canonización en 1253, este hecho maravilloso. Y todas
ellas deberían haber estado presentes en la escena, haber visto todas aquellas
señales, haber comido todas de aquellos panes, haberse guardado algún trozo
como recuerdo del milagro. No es creíble que todas lo hubieran olvidado o,
menos aún, que no hubieran dado importancia al hecho: estaba presente en su
pobre refectorio un papa, y un hecho semejante, además de otros muchos, habría
indicado el poder de su santa Madre, habría ayudado a darle incluso
oficialmente la aureola de santidad cuyas pruebas venía a buscar precisamente
de ellas Bartolomé de Espoleto, interrogándolas bajo juramento, a fin de que la
Iglesia pudiese proceder a su canonización.
El episodio es, por tanto, legendario: debido tal vez a la gran
devoción de Clara a la cruz; véanse los capítulos 30-35 de la Leyenda
de santa Clara y los testimonios de las monjas en el Proceso de
canonización.
7. Y legendario es también el contenido del capítulo 35 de
las Florecillas, que se refiere ciertamente a la noche de Navidad
de 1252: el episodio es ciertamente histórico, pero en la forma en que lo
presentan el Proceso y la Leyenda, y no como lo
hacen las Florecillas.
Clara está triste porque, dada la gravedad de su enfermedad, no
puede participar en los sagrados ritos de aquella noche santa: «Pero
Jesucristo, su esposo, no quiso dejarla sin aquel consuelo: la hizo transportar
milagrosamente a la iglesia de San Francisco y asistir a todo el oficio de los
maitines y de la misa de media noche, y además pudo recibir la sagrada
comunión; después fue llevada de nuevo a su cama». Aquí, sin embargo, es fácil
ver cómo nació la leyenda.
Sor Felipa de Leonardo de Gislerio declara efectivamente que, en
aquella ocasión, tras lamentarse Clara dulcemente al Señor («¡Oh Señor Dios!
Aquí me han dejado sola contigo, en este lugar»), «de pronto comenzó a oír los
órganos y los responsorios y todo el oficio de los frailes en la iglesia de San
Francisco, como si estuviera presente allí».[32]
Idéntica declaración hace Balbina de Martín de Cocorano,[33] cuya
hermana, Amada, añade, confirmando lo que había dicho Felipa, que Clara «en
aquella noche de la Navidad del Señor había visto también el pesebre de nuestro
Señor Jesucristo».[34]
Tomás de Celano (LCl 29) repite estos mismos detalles, incluido
el del pesebre, y adelanta una doble hipótesis: «o la resonancia de aquella
solemnidad había sido amplificada hasta ella por el divino poder, o su
capacidad auditiva le había sido reforzada más allá del límite humano», porque
ella no se movió de su lecho en San Damián. Hipótesis honestas de un hombre
docto; pero difíciles y extrañas para una muchedumbre a la que era mucho mejor
hacerle ver a una Clara transportada por los ángeles a la iglesia de San
Francisco; y para que esta muchedumbre quedara más convencida de que se trataba
de un verdadero transporte material, he aquí el detalle de la comunión recibida
corporalmente, de la que no hay rastro alguno ni en el Proceso ni en Tomás de
Celano. La génesis de la leyenda, por tanto, es clarísima en este caso, incluso
en los detalles.
8. El último hecho que queremos examinar aquí es el más
famoso de todos: la afirmada presencia de santa Clara junto a san Francisco en
el momento en que, de su corazón, brotó el Cántico del Hermano Sol.
En los tiempos modernos, esta presencia ha tenido su máximo
cantor en Pablo Sabatier. He aquí a Clara «sentada a los pies de aquel a quien
amaba más de lo que se ama sobre la tierra»; y he aquí la estrofa que pone en
los labios de san Francisco, no pronunciada por éste, pero que «estuvo ciertamente en
su corazón», dice Sabatier:
«Loado seas, Señor, por
la hermana Clara,
Vos la habéis hecho silenciosa, activa y sutil,
Y por ella vuestra luz brilla en nuestros corazones».[34bis]
El espectáculo es indudablemente grandioso. La presencia de una
mujer -¡y de qué mujer!- junto a Francisco en el momento culminante de una
oración que es al mismo tiempo poesía, parece hacer más completa esta voz
humana que sube a Dios, intérprete de la voz de cada criatura, en un canto de
agradecimiento, de adoración, de alabanza, de súplica. Pero Clara en aquel
momento no estaba allí, si es cierto cuanto sabemos sobre la composición del
Cántico.
Léase el Espejo de Perfección (EP 100-101-102),
la Leyenda antigua de Perusa (LP 83-84-85), reeditada ahora
con el título de Compilación Asisiense (cf. LP 83-84-85),
la Leyenda antigua vaticana. Francisco, dos años antes de morir, se
encontraba enfermo de los ojos, «apud Sanctum Damianum in cellula quadam
facta de storiis» («junto a San Damián, en una celdilla hecha de esteras»),
y, además, plagada de ratones.
Una noche, Francisco recibe de Dios la confirmación de su
salvación y, con ella, una alegría inefable. Al clarear el día, llama a los
compañeros que estaban con él, les cuenta las misericordias que el Señor ha
tenido para con él y su júbilo se hace palabra en el Cántico (hasta la
estrofa: Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra...;
las estrofas del perdón y de la muerte fueron añadidas más tarde). Ninguna
huella de Clara en este preciso y pormenorizado relato.
Pero he aquí que, a principios del siglo XIV, unos cien años
después de la muerte de Francisco, un texto va a revelarnos que aquella
«celdilla hecha de esteras» fue obra de santa Clara: «San Francisco... fue
primero a San Damián, donde estaba Clara, esposa devotísima de Cristo, con el
fin de darle alguna consolación y luego proseguir a donde el cardenal lo
llamaba. Pero, estando aquí, a la noche siguiente empeoró de tal manera su mal
de ojos, que no soportaba la luz. Como por esta razón no podía partir, le
hizo santa Clara una celdita de cañizos para que pudiera reposar...»
(Flor 19).
Se ha dado ya el primer paso. El segundo y decisivo lo dará una
vez más, a finales del mismo siglo, Bartolomé de Pisa: «Habiéndose trasladado
Francisco a San Damián, con Fr. Leonardo de Asís, para visitar a santa Clara, y
habiéndose prolongado la conversación hasta la hora de la comida, se quedó allí
a comer. Pero, apenas había comido cuatro bocados, alzado el rostro al cielo,
se quedó mucho tiempo absorto. Después, volviendo en sí, gritó con voz potente:
Loado seas Señor...».[35]
Que Clara estuviese presente, es cierto por el contexto; y
aunque esta comida tenga una extraña semejanza con la otra que hemos examinado
más arriba, y no se haga aquí mención de la celdita ni de los ratones, es
evidente que Bartolomé quiere recordar el nacimiento del Cántico, cuyas
primeras palabras reproduce en lengua vulgar. Por tanto, para él, Clara está
junto a Francisco en aquel preciso momento.
Luigi Foscolo Benedetto ha escrito un libro[36] para
rehacer minuciosamente la génesis del Cántico. Pero a nosotros bástenos
concluir que -aun no aceptando en absoluto la tesis de Benedetto sobre la
composición del Cántico en San Fabián, cerca de Rieti- también la presencia de
Clara al lado de Francisco durante la composición del Cántico pertenece a la
leyenda.
* * *
Naturalmente, las leyendas aquí examinadas no son todas las que
hay; pero son las principales y, al menos algunas, son de las más conocidas.
Sólo dos de ellas miran a santa Clara en sí misma: la exhibición
del Santísimo a los sarracenos durante el asalto a San Damián y la cruz impresa
sobre los panes en presencia del pontífice. Ambas están vinculadas al poder de
su oración, de la que son manifestaciones visibles y espectaculares para la
piedad de los fieles y para gloria de la Santa.
Todas las demás nacieron para insertarla más y más en la vida de
Francisco; para poner junto al Santo, herido por las llagas, la piedad de una
mujer (cura de las heridas, intento de arrancarle un clavo) o para aproximarla
a él en el momento de la oración o del éxtasis (comida, presencia en la
composición del Cántico). La piedad de los fieles ha querido más próximos a los
dos santos de Asís, a los cuales el Señor ha confiado la tarea de renovar la
vida cristiana en el mundo, haciéndole ver los valores más altos para todos los
tiempos.
La historia hace valer justamente sus derechos reduciendo las
proporciones de esta cercanía; pero, bien fijados los confines del propio
dominio, se inclina ante la poesía, de la que les llega a sus mismas páginas
claridad y fragancia, como de un jardín florido en las márgenes de los severos
documentos.
Se trata, con todo, de no invertir la escala de valores, como
frecuentemente hace la piedad devocional, y de dar, también en este campo, el
primado a la verdad. Porque la fantasía puede encender los cielos del arte y de
la poesía, pero sólo en la verdad somos verdaderos hijos de Dios.
Y aquí, con este recurso a los derechos de la historia, podría
terminar el discurso. Pero valdrá la pena añadir una última observación,
precisamente respecto a la historia. La historia que aprendemos y enseñamos en
las escuelas es la historia del género humano, de las naciones, de los estados,
en sus acontecimientos alegres y tristes: nacimiento, esplendor, acaso de
pueblos; batallas perdidas y ganadas; tiempos de esclavitud y de libertad, de
abyección y de dominio, en este imparable andar de los hombres a lo largo de la
corriente del tiempo.
Esta es la historia que tiene su lugar en los tratados y que
detiene el pasado en páginas inmóviles que los siglos, poco a poco,
descolorean.
Mas, para el cristiano, por debajo de esta historia, existe
otra, la única verdadera, y es la historia de las almas en sus relaciones entre
ellas y con Dios.
Así entendida, la historia es el conflicto entre la gracia y el
pecado, en nosotros y en el mundo; es la lucha entre la luz y las tinieblas: y
su verdadera desembocadura no es una gigantesca catalogación de hechos o una
construcción cronológica de datos, sino el destino eterno para cada alma venida
a esta tierra.
Nuestra participación personal en esta historia, Dios la
juzgará: si hemos acogido, amado y difundido la luz; si hemos dado testimonio
de la verdad en todo momento; si hemos arrancado, aunque sea un solo milímetro
al reino de las tinieblas.
Desde este punto de vista, Clara de Asís es una voz límpida en
el gran coro de los santos: a ellos solos les es dado el continuar haciendo
amar a Dios en la tierra y en el tiempo, incluso después de la muerte; el
reavivar su llama en el corazón de los hombres y mujeres que vendrán después de
ellos, con frecuencia durante una larga serie de siglos, y que en su nombre
continuarán su obra... Por encima de la historia y de la leyenda humanamente
entendidas, la voz de Clara llama a los hombres del siglo XX al amor de Dios.
Bona de Guelfuccio, en su declaración en el Proceso, resume así
la vida de Clara: «pues madonna Clara estaba llena de gracia y quería que las
demás también lo estuviesen».[37] Este
llamamiento a vivir en la gracia es la amonestación que la Iglesia, madre de
los santos, nos hace escuchar, alto y solemne, a través de la celebración de
Clara de Asís.
N O T A S:
[1] La Regla de santa Clara, de 1253, es el punto de llegada de una serie de experiencias
por las que pasó durante decenios el grupo de San Damián. Representa el
desarrollo final de la Fórmula o pequeña regla que san
Francisco les dio a las Damas Pobres de San Damián (FVCl); a ella alude santa
Clara en el cap. VI de su Regla (BAC 278).
Precisamente
por esto, porque es el desarrollo de la forma vivendi dada por
san Francisco a las Damianitas, es llamada con toda razón por la Sede
Apostólica: «la forma de vida y modo de santa unidad y altísima pobreza
que os enseñó a observar el bienaventurado padre san Francisco
tanto de palabra como por escrito» (RCl Pról.; BAC 267).
El original de
la Regla Solet annuere, bulada por Inocencio IV el 9 de agosto de
1253 -o sea, las «letras buladas» llevadas con urgencia a Clara moribunda y
besadas por ella en el lecho de muerte, según el testimonio de sor Felipa de
Gislerio en el Proceso canónico (Proceso 3, 32; BAC 84)-, desapareció durante
siglos, hasta que en 1893, buscado diligentemente en el Protomonasterio de Asís
(donde todavía se conserva) por la entonces abadesa Clara Matilde Rossi, fue
reencontrado en la caja sellada que contenía los vestidos de santa Clara
(cf. Seraphicae legislationis textus originales, Quaracchi 1897,
pp. 2. 3).
La Regla, por
lo demás, se había difundido desde el principio por medio de otras copias,
idénticas totalmente al original, publicadas por la misma Santa Sede.
La prisa del
procedimiento por entregar a tiempo la Bula con la Regla a Clara moribunda es
visible en la nota, ahora casi ilegible, escrita en el margen superior de la
Bula, de su propio puño, por el pontífice Inocencio IV: «Hágase según se pide.
Sinibaldo. Hágase según se pide por causas conocidas a mí y al protector del
monasterio». Sinibaldo Fieschi es el papa Inocencio IV (cf. P. Robinson, Inventarium
omnium documentorum quae in Archivo Protomonasterii S. Clarae Assisiensis nunc
asservantur, en Arch Fran Hist 1, 1908, 417).
La primera
edición del original está en Seraphicae legislationis textus originales,
Quaracchi 1897, pp. 2. 3; 49-76.
Fundamental y
todavía valido es el estudio magistral de L. Oliger, De
origine regularum Ordinis S. Clarae, en Arch Fran Hist 5
(1912) 181-209, 413-447, que ha sido y sigue siendo el punto de referencia para
todo trabajo serio sobre las Reglas de la Segunda Orden Franciscana.
Muy útiles son
los dos estudios de E. Grau, Die päpstliche Bestätigung der
Regel der hl. Klara (1253), en Franziskanische Studien 35
(1953) 317-323, y Die Regel der hl. Klara (1253) in ihrer Abhängigkeit
von der Regel der Minderbrüder (1223), en la misma revista, pp. 211-273.
Un estudio
comparativo entre la Regla de santa Clara de 1253 y la Regla de san Francisco
de 1223 es el de C. A. Lainati, La
Regla franciscana y la II Orden, en Selecciones
de Franciscanismo n. 10 (1975) 11-26.
El P. Ignacio
Omaechevarría ha publicado el texto de la Regla, junto a todos los
otros documentos de santa Clara y de su Orden, en la edición bilingüe
latino-castellana: Escritos de santa Clara y documentos complementarios,
Madrid, BAC, 1970, pp. 247-276 (en 1982 se ha publicado la segunda edición
ampliada). También ha publicado recientemente un estudio sobre determinados
aspectos de la vida de las Clarisas, a través de las Reglas primitivas: La
Regla y las Reglas de la Orden de Santa Clara, en Collectanea Franciscana 46
(1976) 93-119, y en Selecciones de Franciscanismo n. 18 (1977)
248-269.
Cronológicamente,
las últimas ediciones del original de la Regla se encuentran en la «Regla y
Constituciones Generales» de las Clarisas. Y, por último, en I. Boccali, Textus
opusculorum S. Francisci et S. Clarae Assisiensium, Santa María de los
Ángeles-Asís 1976, pp. 167-184. (L. Iriarte, Escritos de san
Francisco y santa Clara de Asís, Valencia, Ed. Asís, 1981, pp. 185-206.)
Nota
del traductor.- La antes referida obra del
P. Omaechevarría, en su segunda edición, la citaremos: BAC,
añadiendo a continuación la página o páginas correspondientes.
[2] Entre
los escritos de santa Clara, el Testamento es sin duda el más discutido en cuanto a su autenticidad,
porque ninguna de las fuentes primitivas da noticias de él, y no tiene una
tradición manuscrita antigua que dé garantía de su autenticidad.
En su
contenido, sin embargo, se revela como uno de los escritos más cercano al
corazón y al alma de santa Clara, y el más rico en recuerdos autobiográficos.
La forma, en cambio, es con frecuencia pesada y farragosa: y aquí es donde,
eventualmente, surge la duda, que fue planteada por primera vez por Lemmp en
1892: Die Anfänge des Clarissenordens, en Zeitschrift für
Kirchengeschichte 13 (1892) 626-629; pero pronto fue rebatido
por Lemmens: Die Anfänge des. Clarissenordens, en Römische
Quartalschrift 16 (1902) 93-124, mientras lo apoyaban Wauer: Entstehung
und Ausbreitung des Klarissenordens, Leipzig 1906, y Van Ortroy (AB
XII, 360).
Con Robinson (The
writings of St. Clare of Assisi, en Arch Fran Hist 3,
1910, 442-447), en cambio, que rechaza con razón el argumento ex
silentio, el Testamento de santa Clara vuelve a ser
considerado, aunque sea con cautela, entre las fuentes auténticas.
En esta misma
línea están M. Fassbinder, en Franziskanische Studien 23
(1936) 304-306; E. Grau, Leben und Schriften der hl. Klara
von Assisi (Werl/Westf 1960, 21-22) y Omaechevarría (BAC
337-339).
En efecto, no
hay razones positivas para negar la autenticidad del Testamento,
pero la duda permanecerá mientras no podamos apoyarnos en una tradición
manuscrita más segura. Hasta ahora, las nuevas ediciones se basan en la edición
de Seraphicae legislationis textus originales, Quaracchi 1897,
273-280, que es la redacción de Wadding (Annales Minorum, ad ann. 1253,
pp. 340-343).
Hemos tenido
noticias de un pequeño manuscrito del Testamento de santa Clara, de
finales del siglo XIV o principios del XV, que se halla en el monasterio B.
Eustaquia de Messina (cf. Chiara d'Assisi. Rassegna del
Protomonastero, II, 1954, p. 138). Este es, sin duda, el manuscrito más antiguo
que conocemos del Testamento de santa Clara: sacarlo a la luz constituirá una
buena contribución en favor de la autenticidad del documento. Todos los
monasterios de Clarisas deberían revisar cuidadosamente sus archivos y
bibliotecas, por si acaso hubiera en ellos alguna copia antigua del Testamento
de santa Clara, anterior a los siglos XVI-XVII, época en la que comenzó a
difundirse su texto, después de la publicación que hizo del mismo, el año 1600,
el analista franciscano Lucas Wadding.
[3] El
manuscrito más antiguo y autorizado de las Cartas de santa Clara a la beata Inés de Praga es un códice del
siglo XIV, perteneciente a la Biblioteca del Cabildo de San Ambrosio de Milán,
signado M-10; fue copiado en Praga, entre 1283 y 1322, probablemente de los
originales de las Cartas de santa Clara, con el fin preciso de que la Curia
papal tuviera una copia de las Cartas, como documento que debía servir para la
introducción de la causa de beatificación o canonización de Inés de Praga.
Cronológicamente,
la primera edición de las Cartas es la de Lucas Wadding (Annales Minorum,
t. IV, 90-91).
A principios
del siglo XX, la primera aportación a un estudio serio de las Cartas, y de
todos los escritos de santa Clara, se debe a P. Robinson, The
writings of St. Clare of Assisi, en Arch Fran Hist 3
(1910) 433-447; seguido poco después por W. W. Seton, Some
new sources for the live of blessed Agnes of Prag, en Arch Fran
Hist 7 (1914) 185-197. En este estudio, Seton da noticia de un códice
de Bamberg del siglo XIV, signado Bibl. Misc. Hist. 146 E VII 19, que el mismo
autor publicó como libro al año siguiente: Some new sources for the
live of blessed Agnes of Bohemia, Aberdeen 1915. Contiene una traducción al
alemán, del siglo XIV, de las Cartas de santa Clara, además de
la Leyenda de la beata Inés de Praga, en latín y en alemán, y
la Bendición de santa Clara.
Sólo años más
tarde, en 1924, el mismo W. W. Seton publicó las cuatro Cartas de santa Clara a
la beata Inés de Praga según el texto latino más antiguo que existe, es decir,
el códice de la Biblioteca del Cabildo de San Ambrosio de Milán, signado M-10,
del siglo XIV (Vyskocil datará luego este códice como posterior al 18 de enero
de 1283 y anterior al 8 de diciembre de 1322): W. W. Seton, The
Letters from St. Clare to blessed Agnes of Bohemia, en Arch Fran
Hist 17 (1924) 509-519.
En 1932, el P.
Jan Kapistran Vyskocil publicó en Praga un óptimo estudio
crítico de las Cartas: La Leyenda de la beata Inés y las cuatro Cartas
de santa Clara. Este estudio se basa en el códice M-10. Es un libro
utilísimo, pero muy difícil de encontrar y, por la dificultad de la lengua en
que está escrito, inaccesible a la mayor parte de los estudiosos. El P.
Leo Barabás ha hecho un resumen del mismo, con el título Le
Lettere di Santa Chiara alla beata Agnese di Praga, publicado en el volumen
conmemorativo del VII centenario de la Santa: Santa Chiara d'Assisi.
Studi e cronaca del VII centenario 1253-1953, Asís 1954, pp. 123-131.
Sigue, en esta publicación, el texto latino de las Cartas, lamentablemente en
una edición poco exacta por las omisiones y erratas de imprenta, con la
traducción al lado, de Fausta Casolini.
Más recientes
son la publicación de I. Omaechevarría ya citada (BAC
373-398), la de I. Boccali, (Textus opusculorum..., pp.
197-218, confrontada ésta con el texto más antiguo del ya citado códice M-10) y
la de L. Iriarte (Escritos... 218-235).
[4] El Proceso
de canonización de santa Clara ha
permanecido prácticamente desconocido hasta 1920. Corresponde al P. Ceferino
Lazzeri el mérito de haberlo devuelto a la luz, después de cuidadosas
investigaciones en numerosas bibliotecas. Lo halló en el códice misceláneo
1975/2040 de la Biblioteca privada Landau, que ahora forma parte de la
Biblioteca Nacional de Florencia (códice XXXVIII, 135 del Depósito
Finaly-Landau).
Normalmente,
las Actas de un Proceso canónico están llamadas a desaparecer
una vez que sucede la canonización del santo y se redacta su Leyenda oficial.
Así ha sucedido con las actas del proceso de san Francisco. El Proceso de santa
Clara, en cambio, se conservó en el ambiente perusino; de allí, en efecto, con
toda probabilidad, el texto -que no está en latín, sino en un umbro antiguo-
pasó, en la segunda mitad del siglo XV, al monasterio de Santa Chiara Novella
de Florencia, al que perteneció. El probable paso de Perusa a Florencia se
explica muy bien: el monasterio florentino de Santa Chiara Novella fue fundado
en 1453 por María de los Albizzi, y aquí vino como abadesa sor Magdalena del
Conte Uberto de Romagna, junto con otras tres hermanas, todas ellas procedentes
del monasterio de Perusa.
La edición auténtica del Proceso de santa Clara es la que
hizo el P. Lazzeri, Il Processo di canonizzazione di santa
Chiara d'Assisi, en Arch Fran Hist 13 (1920) 403-507. Esta es la edición que sirve de base a todas las ediciones
posteriores del Proceso, y tiene el mérito de ofrecer el texto en su genuina
lectura paleográfica, aparte la gran aportación de datos.
[5] Santa
Clara fue canonizada en la catedral de Anagni por el papa Alejandro IV, en una
fecha imprecisa que oscila entre agosto y octubre de 1255: los ejemplares que
tenemos de la Bula de canonización, «Clara claris praeclara» (BAC
117-127), llevan, en efecto, fechas diversas. Esta Bula es el documento
conclusivo del Proceso canónico instituido por Inocencio IV el 18 de octubre de
1253 con la Bula «Gloriosus Deus» (BAC 65-68) dirigida al obispo
Bartolomé de Espoleto. La Bula de canonización responde, incluso en su
estructura, al esquema de investigación propuesto en la Gloriosus Deus:
«vita, conversio, conversatio» de Clara, es decir, su vida en el mundo, su paso
al servicio total de Cristo, su vida en el claustro y, por último, los milagros
realizados en vida y después de su muerte.
El hilo de la
narración se entrelaza continuamente con el motivo luminoso y sapiencial de la
«claridad» (Sab 6,13ss; 7,25ss) del alma virtuosa y casta (Sab 4,1), que es
reflejo de la luz eterna (Sab 7,25ss y 8), con un juego de asonancias al que se
presta de maravilla el nombre profético de Clara. Un texto de la Bula
de canonización, digno de consideración por ser fruto de la confrontación
de diversos ejemplares del documento, es el publicado por F. Pennacchi como
apéndice de la Legenda sanctae Clarae virginis, Asís 1910, 108-118.
[6] Se
trata de una Leyenda en el sentido medieval del término, o sea, el texto
oficial, que leer, de la vida de la Santa. Hasta nosotros ha
llegado como anónima; en cualquier caso, fue redactada, por encargo de
Alejandro IV, por un hermano menor, después de la canonización de santa Clara,
a la que hacen referencia tanto la carta introductoria dirigida a Alejandro IV
(que ocupó la sede pontificia de 1254 a 1261), como también la conclusión del
texto. Comúnmente es fechada en 1256, inmediatamente después de la canonización
de santa Clara, cuya fecha precisa es desconocida, pero oscila, en los varios
ejemplares de la bula Clara claris praeclara, entre agosto y
octubre de 1255.
Después de la
edición de los Bolandistas, fue reeditada en Asís en 1910 por F.
Pennacchi, Legenda S. Clarae virginis, que sigue
fundamentalmente la lectura del famoso códice 338 de la Biblioteca comunal de
Asís (que, en la parte que contiene la Leyenda de santa Clara es de la primera
mitad del siglo XIV), confrontando este códice con otros seis y dejando de lado
otros doce elencados por él mismo. El texto de Pennacchi fue reimpreso en Asís
en 1953, con traducción al italiano de Fausta Casolini.
[7] La Leyenda
versificada fue publicada en 1912 por B. Bughetti, Legenda
versificata S. Clarae Assisiensis, en Arch Fran Hist 5
(1912) 238-260, 459-481, 621-631. Fue estudiada por E. Franceschini, Una cattedrale di
versi per Chiara d'Assisi, en Chiara d'Assisi, Rassegna del
Protomonastero IV (1956) pp. 157-162. Un estudio
comparado con la Leyenda en prosa y razones de crítica interna, aparte el hecho
de que ignora la canonización de santa Clara como si todavía no hubiera
sucedido, la hacen incluso anterior, en cuanto a fecha, a la redacción de la
Leyenda en prosa, tal como nosotros la poseemos. Aquí reside toda la
importancia y valor de esta Leyenda versificada, que no remite a la Leyenda en
prosa, sino a sus fuentes mismas.
[8] M.
Bihl, Tres Legendae minores S. Clarae Assisiensis (saec. XIII),
en Arch Fran Hist 7 (1914) 32-54.
[9] Celano
habla de santa Clara y de las Damas Pobres en general en 1 Cel 18-20, 78,
116-117, 122, 124; 2 Cel 13, 106, 204-207.
[10] Cf.
LM, 4,6; 12,2; 15,5.
[11] Cf.
EP 90 y 108; TC 24; LP y Compilación Asisiense 13 y 85.
[12] Cf.
Florecillas 15, 16, 33, 35.
[13] Bartolomé
de Pisa, De conformitate vitae B. Francisci ad vitam Domini Iesu,
Analecta Franciscana t. IV, pp. 73, 162, 208, 248, 351-360, 466-467, 472, 504,
586; t V, pp. 17, 81, 144, 179-180, 197, 272, 331, 350-351, 394-410, 442.
[14] Chronica XXIV Generalium Ordinis
Minorum, Analecta Franciscana t. III, Quaracchi 1897, pp. 81, 167, 173,
182-183, 271, 274-275, 678.
[15] Mariano da Firenze (siglo
XVI), Libro Delle dignità et excellentie dell'Ordine della seraphica
Madre delle povere Donne, Sancta Chiara de Ascesi. Hay manuscritos de esta obra en Florencia (Biblioteca
d'Ognissanti y Biblioteca Nacional) y en Volterra (Biblioteca Guarnacci, cod.
190).
[16] Vita
di S. Chiara, recopilada y traducida de todas las fuentes conocidas y
completada con el texto inédito del Proceso de canonización, por un franciscano
toscano del siglo XVI: ed. Z. Lazzeri,
Quaracchi 1920.
[17] A. Fortini, Nuove
notizie intorno a S. Chiara d'Assisi, en Arch Franc Hist 46
(1953) 1-43.
[18] Fr.
Felipe Longo, uno de los primerísimos compañeros de san Francisco, el séptimo
que lo siguió, se ocupó durante muchos años, y de cerca, de Clara y del
monasterio de Hermanas Pobres de San Damián.
Era natural de
Atri, y dotado de gran elocuencia y unción, tanto que Celano escribe de él: «A
éste el Señor le tocó los labios con la piedra de la purificación para que
dijese de Él cosas dulces y melifluas; comprendía y comentaba las Sagradas
Escrituras, sin que hubiera hecho estudios, como aquellos a quienes los
príncipes de los judíos reprochaban de idiotas y sin letras» (1 Cel 25). Más
tarde lo encontraremos como predicador en San Damián, explicando la Palabra de
Dios a las Hermanas Pobres.
Es el hermano
que acompañaba habitualmente a Francisco en sus secretos coloquios con Clara,
antes de que ella se fugase de su casa (lo atestigua Bona de Guelfuccio en el
Proceso de canonización de santa Clara: Proceso 17,3; BAC 112). Es también él
quien, junto a san Francisco y a Fr. Bernardo de Quintavalle, acompañó a Clara,
después de su consagración, desde el monasterio benedictino de San Pablo de las
Abadesas (cerca de Bastia), hasta el, también benedictino, del Santo Ángel de
Panzo, en la pendiente del Subasio (Proceso 12,5; BAC 104).
Durante el
viaje de san Francisco a Oriente, fue nombrado Visitador General de las
Hermanas Pobres por el cardenal Hugolino (L. Oliger, De origine
regularum Ordinis S. Clarae, en Arch Fran Hist 5, 1912,
419-420). A su regreso, san Francisco lo hizo deponer inmediatamente por el
mismo cardenal Hugolino. Probablemente, el gesto de san Francisco quería tener
la fuerza de una enseñanza ejemplar, porque Fr. Felipe -si nos atenemos a la
noticia, aunque discutible, de Fr. Esteban de Narni: en Arch Fran Hist 12,
1919, p. 384- había solicitado del papa este cuidado de las Hermanas Pobres.
La Crónica de Jordán
de Giano esclarece la posición de Fr. Felipe en esta cuestión: «... Y
esto era verdad, pues Fr. Felipe, que tenía el cuidado de las Damas Pobres, en
contra del bienaventurado Francisco, quien prefería superar todos los
conflictos con la humildad más que con la potestad judicial, había obtenido de
la Sede Apostólica cartas que le autorizaban a defender a las Damas y
excomulgar a quienes las molestasen» (Crónica 13; en Sel Fran n. 25-26, 1980, 242-243).
Es un hecho
probado que san Francisco, a su regreso de Oriente, hizo deponerlo de su cargo,
y elegir, en su lugar, a Fr. Pacífico (Arch Fran Hist 5, 1912, p.
446).
Según otro
testimonio (Proceso 10,8: BAC 100; LCl 37), lo encontramos como predicador en
San Damián: precisamente durante una de sus predicaciones fue visto un Niño
hermosísimo recrearse junto a santa Clara.
En 1228,
después de la muerte de san Francisco, fue reelegido Visitador de las Clarisas;
da noticia de ello el mismo cardenal Rainaldo en su carta circular a
veinticuatro monasterios de Hermanas Pobres, de fecha 18 de agosto de 1228 (Arch
Fran Hist 5, 1912, pp. 445-446). Según un documento publicado
por Z. Lazzeri en Arch Fran Hist 13 (1920)
286-289, era todavía Visitador General de las Clarisas en 1244.
En noviembre
de 1253, según el testimonio de sor Cecilia de Spello, era ya «de feliz
memoria» (Proceso 6,1; BAC 89).
[19] Proceso 17,2-3; BAC 111-112.
[20] Proceso 17,5; BAC 112.
[20bis] A. Fortini, Nuove
notizie intorno a S. Chiara d'Assisi, en Arch Franc Hist 46
(1953) 1-43.
[21] Z. Lazzeri, Il
processo di canonizzazione di S. Chiara d'Assisi, en Arch Fran Hist 13
(1920) 414-430.
[22] Edición
del texto en Analecta Franciscana, tomos IV y V: Bartolomé
de Pisa, De conformitate vitae B. Francisci ad vitam Domini Iesu,
en Analecta Franciscana t. IV, pp. 73, 162, 208, 248, 351-360,
466-467, 472, 504, 586; t. V, pp. 17, 81, 144, 179-180, 197, 272, 331, 350-351,
394-410, 442.
[23] Analecta
Franciscana IV, p. 352.
[24] P.
Robinson, A conjectural chapter in the Life of St. Clare,
en Arch Fran Hist 5 (1912) 632-643.
[25] F.
Cuthbert, A disputed story concerning St. Clare, en Arch
Fran Hist 6 (1913) 670-680.
[26] Bartolomé
de Pisa, De conformitate..., en Analecta Franciscana t.
V, p. 410.
[27] Cf. LM 13,8.
[28] 1 Cel 116-117; LM 13,8; 15,5; EP 108.
[29] En Analecta
Franciscana t. V, p. 410.
[30] En Analecta
Franciscana t. V, p. 372.
[31] F. Pennachi, Legenda
S. Clarae virginis, Asís 1910, p. LVII. Sobre el asalto de los sarracenos a
San Damián, cf. el estudio de E. Franceschini, I due assalti dei
Saraceni a S. Damiano e ad Assisi, en Aevum 28 (1953)
289-306; y S. Chiara e i Saraceni, en Chiara d'Assisi, Rassegna
del Protomonastero 1 (1953) 147-157.
[31bis] Cf. F. Pennacchi, Legenda
S. Clarae virginis, Asís 1910, pp. 102-103.
[32] Proceso 3,30; BAC 84.
[33] Proceso 7,9; BAC 93.
[34] Proceso 4,16; BAC 87.
[34bis] Cf. P.
Sabatier, Francisco de Asís, Barcelona 1982, p. 292; [en
Valencia, Ed. Asís, 19943, p. 292].
[35] Bartolomé
de Pisa, De conformitate..., en Analecta Franciscana t.
V, p. 179.
[36] L. F. Benedetto, Il
Cantico di Frate Sole, Florencia 1941.
[37] Proceso 17,6; BAC 112.
https://www.franciscanos.org/historia/Franceschini-HistoriaYLeyendaEnStaCla.htm
ESCRITOS
COMPLETOS
DE
SANTA CLARA DE ASÍS
BENDICIÓN [BenCla]
1En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
2El Señor os bendiga y os guarde. 3Os muestre su
faz y tenga misericordia de vosotras. 4Vuelva su rostro a
vosotras y os dé la paz (cf. Núm 6,24-26), a vosotras, hermanas e hijas
mías, 5y a todas las otras que han de venir y permanecer en
vuestra comunidad, y a todas las demás, tanto presentes como futuras, que
perseveren hasta el fin en todos los otros monasterios de Damas Pobres.
6Yo, Clara, sierva de Cristo, plantita de nuestro muy
bienaventurado padre san Francisco, hermana y madre vuestra y de las demás
hermanas pobres, aunque indigna, 7ruego a nuestro Señor
Jesucristo, por su misericordia y por la intercesión de su santísima Madre
santa María, y del bienaventurado Miguel arcángel y de todos los santos ángeles
de Dios, de nuestro bienaventurado padre Francisco y de todos los santos y santas, 8que
el mismo Padre celestial os dé y os confirme ésta su santísima bendición en el
cielo y en la tierra (cf. Gén 27,28): 9en la tierra,
multiplicándoos en su gracia y en sus virtudes entre sus siervos y siervas en
su Iglesia militante; 10y en el cielo, exaltándoos y
glorificándoos en la Iglesia triunfante entre sus santos y santas.
11Os bendigo en vida mía y después de mi muerte, como puedo y más
de lo que puedo, con todas las bendiciones 12con las que el
Padre de las misericordias (cf. 2 Cor 1,3) ha bendecido y bendecirá a sus hijos
e hijas en el cielo (cf. Ef 1,3) y en la tierra, 13y con las
que el padre y la madre espiritual ha bendecido y bendecirá a sus hijos e hijas
espirituales. Amén.
14Sed siempre amantes de Dios y de vuestras almas y de todas
vuestras hermanas, 15y sed siempre solícitas en observar lo que
habéis prometido al Señor.
16El Señor esté siempre con vosotras (cf. 2 Cor 13,11), y ojalá
que vosotras estéis siempre con Él (cf. Jn 12,26; 1 Tes 4,17). Amén.
CARTA I A SANTA INÉS DE PRAGA [CtaCla1]
1A la venerable y santísima virgen, doña Inés, hija del
excelentísimo e ilustrísimo rey de Bohemia, 2Clara, indigna
servidora de Jesucristo y sierva inútil (cf. Lc 17,10) de las damas encerradas
del monasterio de San Damián, súbdita y sierva suya en todo, se le encomienda
de manera absoluta con especial reverencia y le desea que obtenga la gloria de
la felicidad eterna.
3Al llegar a mis oídos la honestísima fama de vuestro santo
comportamiento religioso y de vuestra vida, que se ha divulgado egregiamente,
no sólo hasta mí, sino por casi toda la tierra, me alegro muchísimo en el Señor
y salto de gozo (cf. Hab 3,18); 4a causa de eso, no sólo yo
personalmente puedo saltar de gozo, sino todos los que sirven y desean servir a
Jesucristo. 5Y el motivo de esto es que, cuando vos hubierais
podido disfrutar más que nadie de las pompas y honores y dignidades del siglo,
desposándoos legítimamente con el ínclito Emperador con gloria excelente, como
convenía a vuestra excelencia y a la suya, 6desdeñando todas
esas cosas, vos habéis elegido más bien, con entereza de ánimo y con todo el
afecto de vuestro corazón, la santísima pobreza y la penuria corporal, 7tomando
un esposo de más noble linaje, el Señor Jesucristo, que guardará vuestra
virginidad siempre inmaculada e ilesa.
8Cuando lo amáis, sois casta; cuando lo tocáis, os volvéis más
pura; cuando lo aceptáis, sois virgen. 9Su poder es más fuerte,
su generosidad más excelsa, su aspecto más hermoso, su amor más suave y toda su
gracia más elegante. 10Ya estáis vos estrechamente abrazada a
Aquel que ha ornado vuestro pecho con piedras preciosas y ha colgado de
vuestras orejas margaritas inestimables, 11y os ha envuelto
toda de perlas brillantes y resplandecientes, y ha puesto sobre vuestra cabeza
una corona de oro marcada con el signo de la santidad (cf. Eclo 45,14).
12Por tanto, hermana carísima, o más bien, señora sumamente
venerable, porque sois esposa y madre y hermana de mi Señor Jesucristo (cf. 2
Cor 11,2; Mt 12,50), 13tan esplendorosamente distinguida por el
estandarte de la virginidad inviolable y de la santísima pobreza, confortaos en
el santo servicio comenzado con el deseo ardiente del pobre Crucificado, 14el
cual soportó la pasión de la cruz por todos nosotros (cf. Heb 12,2),
librándonos del poder del príncipe de las tinieblas (cf. Col 1,13), poder al
que estábamos encadenados por la transgresión del primer hombre, y
reconciliándonos con Dios Padre (cf. 2 Cor 5,18).
15¡Oh bienaventurada pobreza, que da riquezas eternas a quienes la
aman y abrazan! 16¡Oh santa pobreza, que a los que la poseen y
desean les es prometido por Dios el reino de los cielos (cf. Mt 5,3), y les son
ofrecidas, sin duda alguna, hasta la eterna gloria y la vida
bienaventurada! 17¡Oh piadosa pobreza, a la que el Señor
Jesucristo se dignó abrazar con preferencia sobre todas las cosas, Él, que
regía y rige cielo y tierra, que, además, lo dijo y las cosas fueron hechas
(cf. Sal 32,9; 148,5)! 18Pues las zorras, dice Él, tienen
madrigueras, y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre, es decir,
Cristo, no tiene donde reclinar la cabeza (cf. Mt 8,20), sino que, inclinada la
cabeza, entregó el espíritu (cf. Jn 19,30).
19Por consiguiente, si tan grande y tan importante Señor, al venir
al seno de la Virgen, quiso aparecer en el mundo, despreciado, indigente y
pobre (cf. 2 Cor 8,9), 20para que los hombres, que eran
paupérrimos e indigentes, y que sufrían una indigencia extrema de alimento
celestial, se hicieran en Él ricos mediante la posesión del reino de los cielos
(cf. 2 Cor 8,9), 21saltad de gozo y alegraos muchísimo (cf. Hab
3,18), colmada de inmenso gozo y alegría espiritual, 22porque,
por haber preferido vos el desprecio del siglo a los honores, la pobreza a las
riquezas temporales, y guardar los tesoros en el cielo antes que en la
tierra, 23allá donde ni la herrumbre los corroe, ni los come la
polilla, ni los ladrones los desentierran y roban (cf. Mt 6,20), vuestra
recompensa es copiosísima en los cielos (cf. Mt 5,12), 24y
habéis merecido dignamente ser llamada hermana, esposa y madre del Hijo del
Altísimo Padre (cf. 2 Cor 11,2; Mt 12,50) y de la gloriosa Virgen.
25Pues creo firmemente que vos sabíais que el Señor no da ni
promete el reino de los cielos sino a los pobres (cf. Mt 5,3), porque cuando se
ama una cosa temporal, se pierde el fruto de la caridad; 26que
no se puede servir a Dios y al dinero, porque o se ama a uno y se aborrece al
otro, o se servirá a uno y se despreciará al otro (cf. Mt 6,24); 27y
que un hombre vestido no puede luchar con otro desnudo, porque es más pronto
derribado al suelo el que tiene de donde ser asido; y que no se puede
permanecer glorioso en el siglo y luego reinar allá con Cristo; 28y
que antes podrá pasar un camello por el ojo de una aguja, que subir un rico al
reino de los cielos (cf. Mt 19,24). 29Por eso vos os habéis
despojado de los vestidos, esto es, de las riquezas temporales, a fin de evitar
absolutamente sucumbir en el combate, para que podáis entrar en el reino de los
cielos por el camino estrecho y la puerta angosta (cf. Mt 7,13-14). 30Qué
negocio tan grande y loable: dejar las cosas temporales por las eternas,
merecer las cosas celestiales por las terrenas, recibir el ciento por uno, y
poseer la bienaventurada vida eterna (cf. Mt 19,29).
31Por lo cual consideré que, en cuanto puedo, debía suplicar a
vuestra excelencia y santidad, con humildes preces, en las entrañas de Cristo
(cf. Flp 1,8), que os dignéis confortaros en su santo servicio, 32creciendo
de lo bueno a lo mejor, de virtudes en virtudes (cf. Sal 83,8), para que Aquel
a quien servís con todo el deseo de vuestra alma, se digne daros con profusión
los premios deseados.
33Os ruego también en el Señor, como puedo, que os dignéis
encomendarnos en vuestras santísimas oraciones (cf. Rom 15,30), a mí, vuestra
servidora, aunque inútil (cf. Lc 17,10), y a las demás hermanas, tan afectas a
vos, que moran conmigo en este monasterio, 34para que, con la
ayuda de esas oraciones, podamos merecer la misericordia de Jesucristo, y
merezcamos igualmente gozar junto con vos de la visión eterna.
35Que os vaya bien en el Señor, y orad por mí.
CARTA II A SANTA INÉS DE PRAGA [CtaCla2]
1A la hija del Rey de reyes, sierva del Señor de señores (cf. Ap
19,16; 1 Tim 6,15), esposa dignísima de Jesucristo y, por eso, reina
nobilísima, señora Inés, 2Clara, sierva inútil (cf. Lc 17,10) e
indigna de las Damas Pobres, le desea salud y que viva siempre en suma pobreza.
3Doy gracias al espléndido dispensador de la gracia, de quien
sabemos que procede toda dádiva óptima y todo don perfecto (cf. Sant 1,17),
porque te ha adornado con tantos títulos de virtud y te ha hecho brillar con
las insignias de tanta perfección, 4para que, convertida en
diligente imitadora del Padre perfecto (cf. Mt 5,48), merezcas llegar a ser
perfecta, a fin de que sus ojos no vean en ti nada imperfecto (cf. Sal 138,16).
5Ésta es la perfección por la que el mismo Rey te asociará a sí
en el tálamo celestial, donde se asienta glorioso en el solio de
estrellas, 6porque, menospreciando las grandezas de un reino
terrenal y estimando poco dignas las ofertas de un matrimonio imperial, 7convertida
en émula de la santísima pobreza en espíritu de gran humildad y de ardentísima
caridad, te has adherido a las huellas (cf. 1 Pe 2,21) de Aquel a quien has
merecido unirte en matrimonio.
8Como he sabido que estás colmada de virtudes, renuncio a ser
prolija en la expresión y no quiero cargarte de palabras superfluas, 9aunque
a ti no te parezca superfluo nada que pueda proporcionarte algún
consuelo. 10Sin embargo, porque una sola cosa es necesaria (cf.
Lc 10,42), ésta sola te suplico y aconsejo por amor de Aquel a quien te
ofreciste como hostia santa y agradable (cf. Rom 12,1): 11que
acordándote de tu propósito, como otra Raquel (cf. Gén 29,16), y viendo siempre
tu punto de partida, retengas lo que tienes, hagas lo que haces, y no lo dejes
(cf. Cant 3,4), 12sino que, con andar apresurado, con paso
ligero, sin que tropiecen tus pies, para que tus pasos no recojan siquiera el
polvo, 13segura, gozosa y alegre, marcha con prudencia por el
camino de la felicidad, 14no creyendo ni consintiendo a nadie
que quiera apartarte de este propósito o que te ponga algún obstáculo en el
camino (cf. Rom 14,13) para que no cumplas tus votos al Altísimo (cf. Sal
49,14) en aquella perfección a la que te ha llamado el Espíritu del Señor.
15Y en esto, para que recorras con mayor seguridad el camino de
los mandamientos del Señor (cf. Sal 118,32), sigue el consejo de nuestro
venerable padre, nuestro hermano Elías, ministro general; 16antepónlo
a los consejos de los demás y considéralo como más preciado para ti que
cualquier otro don. 17Y si alguien te dijera otra cosa o te
sugiriera otra cosa, que impida tu perfección o que parezca contraria a la
vocación divina, aunque debas venerarlo, no quieras, sin embargo, seguir su
consejo, 18sino, virgen pobre, abraza a Cristo pobre.
19Míralo hecho despreciable por ti y síguelo, hecha tú
despreciable por Él en este mundo. 20Reina nobilísima, mira
atentamente, considera, contempla, deseando imitarlo, a tu Esposo, el más
hermoso de los hijos de los hombres (cf. Sal 44,3), que, por tu salvación, se
ha hecho el más vil de los hombres, despreciado, golpeado y flagelado de múltiples
formas en todo su cuerpo, muriendo en medio de las mismas angustias de la cruz.
21Si sufres con Él, reinarás con Él; si lloras con Él, gozarás con
Él; si mueres con Él en la cruz de la tribulación, poseerás con Él las
mansiones celestes en el esplendor de los santos (cf. Rom 8, 17; 2 Tim 2,12.11;
1 Cor 12,26; Sal 109,3), 22y tu nombre será inscrito en el
libro de la vida (cf. Flp 4,3; Ap 3,5), y será glorioso entre los
hombres. 23Por lo cual, participarás para siempre y por los
siglos de los siglos, de la gloria del reino celestial a cambio de las cosas
terrenas y transitorias, de los bienes eternos a cambio de los perecederos, y
vivirás por los siglos de los siglos.
24Que te vaya bien, carísima hermana y señora, por el Señor tu
esposo; 25y procura encomendarnos al Señor en tus devotas
oraciones, a mí y a mis hermanas, que nos alegramos de los bienes del Señor que
Él obra en ti por su gracia (cf. 1 Cor 15,10). 26Recomiéndanos
también, y mucho, a tus hermanas.
CARTA III A SANTA INÉS DE PRAGA [CtaCla3]
1A la hermana Inés, su reverendísima señora en Cristo y la más
digna de ser amada de todos los mortales, hermana del ilustre rey de Bohemia,
pero ahora hermana y esposa (cf. Mt 12,50; 2 Cor 11,2) del supremo Rey de los
cielos, 2Clara, humildísima e indigna esclava de Cristo y
sierva de las Damas Pobres, le desea los gozos de la salvación en el autor de
la salvación (cf. Heb 2,10) y todo lo mejor que pueda desearse (cf. Flp 4,8-9).
3Reboso de alegría por tu buena salud, por tu estado feliz y por
los prósperos acontecimientos con los que entiendo que te mantienes firme en la
carrera emprendida para obtener el premio celestial (cf. Flp 3,14), 4y
respiro saltando de tanto gozo en el Señor, por cuanto he sabido y compruebo
que tú suples maravillosamente lo que falta, tanto en mí como en mis otras
hermanas, en la imitación de las huellas de Jesucristo pobre y humilde.
5Verdaderamente puedo alegrarme, y nadie podría privarme de tanta
alegría, 6cuando, teniendo ya lo que deseé ardientemente bajo
el cielo, veo que tú, sostenida por una admirable prerrogativa de la sabiduría
que procede de la boca del mismo Dios, echas por tierra de manera terrible e
inopinada las astucias del taimado enemigo, y la soberbia que arruina la
naturaleza humana, y la vanidad que vuelve fatuos los corazones humanos, 7y
cuando veo que abrazas estrechamente con la humildad, con la fuerza de la fe y con
los brazos de la pobreza, el incomparable tesoro escondido en el campo del
mundo y de los corazones humanos, con el que se compra a Aquel por quien fueron
hechas todas las cosas de la nada (cf. Mt 13,44; Jn 1,3); 8y,
para usar con propiedad las palabras del mismo Apóstol, te considero
colaboradora del mismo Dios y apoyo de los miembros vacilantes de su Cuerpo
inefable (cf. 1 Cor 3,9; Rom 16,3).
9¿Quién, por consiguiente, me dirá que no goce de tantas alegrías
admirables? 10Alégrate, pues, también tú siempre en el Señor
(Flp 4,4), carísima, 11y que no te envuelva la amargura ni la
oscuridad, oh señora amadísima en Cristo, alegría de los ángeles y corona de
las hermanas (Flp 4,1); 12fija tu mente en el espejo de la
eternidad, fija tu alma en el esplendor de la gloria (cf. Heb 1,3), 13fija
tu corazón en la figura de la divina sustancia (cf. Heb 1,3), y transfórmate
toda entera, por la contemplación, en imagen de su divinidad (cf. 2 Cor
3,18), 14para que también tú sientas lo que sienten los amigos
cuando gustan la dulzura escondida (cf. Sal 30,20) que el mismo Dios ha
reservado desde el principio para quienes lo aman (cf. 1 Cor 2,9). 15Y
dejando absolutamente de lado a todos aquellos que, en este mundo falaz e
inestable, seducen a sus ciegos amantes, ama totalmente a Aquel que por tu amor
se entregó todo entero (cf. Gál 2,20), 16cuya hermosura admiran
el sol y la luna, cuyas recompensas y su precio y grandeza no tienen límite
(cf. Sal 144,3); 17hablo de aquel Hijo del Altísimo a quien la
Virgen dio a luz, y después de cuyo parto permaneció Virgen. 18Adhiérete
a su Madre dulcísima, que engendró tal Hijo, a quien los cielos no podían
contener (cf. 1 Re 8,27; 2 Cr 2,5), 19y ella, sin embargo, lo
acogió en el pequeño claustro de su sagrado útero y lo llevó en su seno de
doncella.
20¿Quién no aborrecerá las insidias del enemigo del género humano,
el cual, mediante el fausto de glorias momentáneas y falaces, trata de reducir
a la nada lo que es mayor que el cielo? 21En efecto, resulta
evidente que, por la gracia de Dios, la más digna de las criaturas, el alma del
hombre fiel, es mayor que el cielo, 22ya que los cielos y las
demás criaturas no pueden contener al Creador (cf. 1 Re 8,27; 2 Cr 2,5), y sola
el alma fiel es su morada y su sede (cf. Jn 14,23), y esto solamente por la
caridad, de la que carecen los impíos, 23como dice la
Verdad: El que me ama, será amado por mi Padre, y yo lo amaré, y
vendremos a él, y moraremos en él (Jn 14,21.23).
24Por consiguiente, así como la gloriosa Virgen de las vírgenes lo
llevó materialmente, 25así también tú, siguiendo sus huellas (1
Pe 2,21), ante todo las de la humildad y pobreza, siempre puedes, sin duda
alguna, llevarlo espiritualmente en tu cuerpo casto y virginal, 26conteniendo
a Aquel que os contiene a ti y a todas las cosas (cf. Sab 1,7; Col 1,17),
poseyendo aquello que, incluso en comparación con las demás posesiones de este
mundo, que son pasajeras, poseerás más fuertemente. 27En esto
se engañan algunos reyes y reinas del mundo, 28pues aunque su
soberbia se eleve hasta el cielo y su cabeza toque las nubes, al fin se
reducen, por así decir, a basura (cf. Job 20,6-7).
29Y en cuanto a las cosas que me has pedido que te aclare, 30a
saber, cuáles serían las fiestas que tal vez nuestro gloriosísimo padre san
Francisco nos aconsejó que celebráramos especialmente con variedad de manjares,
como creo que hasta cierto punto has estimado, me ha parecido que tenía que
responder a tu caridad. 31Tu prudencia ciertamente se habrá
enterado de que, exceptuadas las débiles y las enfermas, para con las cuales
nos aconsejó y mandó que tuviéramos toda la discreción posible respecto a
cualquier género de alimentos, 32ninguna de nosotras que esté
sana y fuerte debería comer sino alimentos cuaresmales sólo, tanto los días
feriales como los festivos, ayunando todos los días, 33exceptuados
los domingos y el día de la Natividad del Señor, en los cuales deberíamos comer
dos veces al día. 34Y también los jueves, en el tiempo
ordinario, según la voluntad de cada una, es decir, que la que no quisiera
ayunar, no estaría obligada. 35Sin embargo, las que estamos
sanas ayunamos todos los días, exceptuados los domingos y el día de Navidad.
36Mas en todo el tiempo de Pascua, como dice el escrito del
bienaventurado Francisco, y en las fiestas de santa María y de los santos
Apóstoles, no estamos tampoco obligadas a ayunar, a no ser que estas fiestas
caigan en viernes; 37y, como queda dicho más arriba, las que
estamos sanas y fuertes comemos siempre alimentos cuaresmales.
38Pero como nuestra carne no es de bronce, ni nuestra fortaleza es
la de la roca (cf. Job 6,12), 39sino que más bien somos
frágiles y propensas a toda debilidad corporal, 40te ruego,
carísima, y te pido en el Señor que desistas con sabiduría y discreción de una
cierta austeridad indiscreta e imposible en la abstinencia que, según he
sabido, tú te habías propuesto, 41para que, viviendo, alabes al
Señor (cf. Is 38,19; Eclo 17,27), ofrezcas al Señor tu obsequio racional (cf.
Rom 12,1) y tu sacrificio esté siempre condimentado con sal (cf. Lev 2,13; Col
4,6).
42Que te vaya siempre bien en el Señor, como deseo que me vaya
bien a mí, y encomiéndanos en tus santas oraciones tanto a mí como a mis
hermanas.
CARTA IV A SANTA INÉS DE PRAGA [CtaCla4]
1A quien es la mitad de su alma y relicario de su amor entrañable
y singular, a la ilustre reina, a la esposa del Cordero, el Rey eterno, a doña
Inés, su madre carísima e hija suya especial entre todas las demás, 2Clara,
indigna servidora de Cristo e sierva inútil de las siervas de Cristo que moran
en el monasterio de San Damián de Asís, le desea salud, 3y que
cante, con las otras santísimas vírgenes, un cántico nuevo ante el trono de
Dios y del Cordero, y que siga al Cordero dondequiera que vaya (cf. Ap 14,3-4).
4¡Oh madre e hija, esposa del Rey de todos los siglos!, aunque no
te haya escrito con frecuencia, como tu alma y la mía lo desean y anhelan por
igual, no te extrañes, 5ni creas de ninguna manera que el
incendio de la caridad hacia ti arde menos suavemente en las entrañas de tu
madre. 6Este ha sido el impedimento: la falta de mensajeros y
los peligros manifiestos de los caminos. 7Pero ahora, al
escribir a tu caridad, me alegro mucho y salto de júbilo contigo en el gozo del
Espíritu (cf. 1 Tes 1,6), oh esposa de Cristo, 8porque tú, como
la otra virgen santísima, santa Inés, habiendo renunciado a todas las vanidades
de este mundo, te has desposado maravillosamente con el Cordero inmaculado (cf.
1 Pe 1,19), que quita los pecados del mundo (cf. Jn 1,29).
9Feliz ciertamente aquella a quien se le concede gozar de este
banquete sagrado (cf. Lc 14,15; Ap 19,9), para que se adhiera con todas las
fibras del corazón a Aquel 10cuya hermosura admiran sin cesar
todos los bienaventurados ejércitos celestiales, 11cuyo afecto
conmueve, cuya contemplación reconforta, cuya benignidad sacia, 12cuya
suavidad colma, cuya memoria ilumina suavemente, 13a cuyo
perfume revivirán los muertos, y cuya visión gloriosa hará bienaventurados a
todos los ciudadanos de la Jerusalén celestial: 14puesto que Él
es el esplendor de la eterna gloria (cf. Heb 1,3), el reflejo de la luz eterna
y el espejo sin mancha (cf. Sab 7,26). 15Mira atentamente a
diario este espejo, oh reina, esposa de Jesucristo, y observa sin cesar en él
tu rostro, 16para que así te adornes toda entera, interior y
exteriormente, vestida y envuelta de cosas variadas (cf. Sal 44,10), 17adornada
igualmente con las flores y vestidos de todas las virtudes, como conviene, oh
hija y esposa carísima del supremo Rey. 18Ahora bien, en este
espejo resplandece la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la inefable
caridad, como, con la gracia de Dios, podrás contemplar en todo el espejo.
19Considera, digo, el principio de este espejo, la pobreza de
Aquel que es puesto en un pesebre y envuelto en pañales (cf. Lc 2,12). 20¡Oh
admirable humildad, oh asombrosa pobreza! 21El Rey de los
ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es acostado en un pesebre. 22Y
en medio del espejo, considera la humildad, al menos la bienaventurada pobreza,
los innumerables trabajos y penalidades que soportó por la redención del género
humano. 23Y al final del mismo espejo, contempla la inefable
caridad, por la que quiso padecer en el árbol de la cruz y morir en el mismo
del género de muerte más ignominioso de todos.
24Por eso, el mismo espejo, puesto en el árbol de la cruz,
advertía a los transeúntes lo que se tenía que considerar aquí, diciendo: 25¡Oh
vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor
semejante a mi dolor! (Lam 1,12); 26respondamos, digo,
a una sola voz, con un solo espíritu, a quien clama y se lamenta con
gemidos: ¡Me acordaré en mi memoria, y mi alma se consumirá dentro de
mí! (Lam 3,20). 27¡Ojalá, pues, te inflames sin cesar
y cada vez más fuertemente en el ardor de esta caridad, oh reina del Rey
celestial!
28Además, contemplando sus indecibles delicias, sus riquezas y
honores perpetuos, 29y suspirando a causa del deseo y amor
extremos de tu corazón, grita: 30¡Llévame en pos de ti,
correremos al olor de tus perfumes (Cant 1,3), oh esposo
celestial! 31Correré, y no desfalleceré, hasta que me
introduzcas en la bodega (cf. Cant 2,4), 32hasta que tu
izquierda esté debajo de mi cabeza y tu diestra me abrace felizmente (cf. Cant
2,6), hasta que me beses con el ósculo felicísimo de tu boca (cf. Cant
1,1). 33Puesta en esta contemplación, recuerda a tu pobrecilla
madre, 34sabiendo que yo he grabado indeleblemente tu feliz
recuerdo en la tablilla de mi corazón (cf. Prov 3,3; 2 Cor 3,3), teniéndote por
la más querida de todas.
35¿Qué más? En cuanto al amor que te profeso, que calle la lengua
de la carne, digo, y que hable la lengua del espíritu. 36¡Oh
hija bendita!, porque la lengua de la carne no podría en absoluto expresar más
plenamente el amor que te tengo, ha dicho esto que he escrito de manera
semiplena. 37Te ruego que lo recibas con benevolencia y
devoción, considerando en estas letras al menos el afecto materno por el que, a
diario, ardo de caridad hacia ti y tus hijas, a las cuales encomiéndanos mucho
en Cristo a mí y a mis hijas. 38También estas mismas hijas
mías, y principalmente la prudentísima virgen Inés, nuestra hermana, se
encomiendan en el Señor, cuanto pueden, a ti y a tus hijas.
39Que os vaya bien, carísima hija, a ti y a tus hijas, y hasta el
trono de gloria del gran Dios (cf. Tit 2,13), y orad por nosotras.
40Por las presentes recomiendo a tu caridad, en cuanto puedo, a
los portadores de esta carta, nuestros carísimos el hermano Amado, querido por
Dios y por los hombres (cf. Eclo 45,1), y el hermano Bonagura. Amén.
1A Ermentrudis, hermana carísima, Clara de Asís, humilde sierva
de Jesucristo, le desea salud y paz.
2He sabido que tú, oh hermana carísima, con la ayuda de la gracia
de Dios, has huido felizmente del cieno del mundo; 3por lo cual
me alegro y me congratulo contigo, y de nuevo me alegro, porque tú, con tus
hijas, caminas valerosamente por las sendas de la virtud.
4Carísima, sé fiel hasta la muerte a Aquel a quien te has
prometido, pues serás coronada por él con la corona de la vida (cf. Sant
1,12). 5Breve es aquí nuestro trabajo, la recompensa, en
cambio, eterna; que no te confunda el estrépito del mundo que huye como una
sombra (cf. Job 14,2); 6que no te hagan perder el juicio los
vanos fantasmas de este siglo falaz; cierra los oídos a los silbidos del
infierno y, fuerte, quebranta sus embestidas; 7soporta de buen
grado los males adversos, y que los bienes prósperos no te ensoberbezcan: pues
estos piden fe, y aquellos la exigen; 8cumple con fidelidad lo
que has prometido a Dios, y Él te retribuirá.
9Oh carísima, mira al cielo que nos invita, y toma la cruz y
sigue a Cristo (cf. Lc 9,23), que nos precede; 10porque, tras
diversas y numerosas tribulaciones, por él entraremos en su gloria (cf. Hch
14,21; Lc 24,26). 11Ama con todas tus entrañas a Dios y a
Jesús, su Hijo, crucificado por nosotros pecadores, y que su memoria no se
aparte nunca de tu mente; 12procura meditar continuamente los
misterios de la cruz y los dolores de la madre que está de pie junto a la cruz
(cf. Jn 19,25). 13Ora y vela siempre (cf. Mt 26,41). 14Y
la obra que has comenzado bien, llévala a cabo con empeño, y cumple el
ministerio que has asumido en santa pobreza y en humildad sincera (cf. 2 Tim
4,5.7).
15No temas, hija, Dios, que es fiel en todas sus palabras, y santo
en todas sus obras (cf. Sal 144,13), derramará su bendición sobre ti y sobre
tus hijas; 16y Él será vuestro auxilio y vuestro mayor
consuelo; Él es nuestro redentor y la recompensa eterna.
17Oremos a Dios la una por la otra (cf. Sant 5,16), pues así,
llevando cada una la carga de la caridad de la otra, cumpliremos con facilidad
la ley de Cristo (cf. Gál 6,2). Amén.
[Bula del Papa
Inocencio IV
Inocencio
obispo, siervo de los siervos de Dios, a las amadas hijas en Cristo, Clara,
abadesa, y las otras hermanas del monasterio de San Damián de Asís, salud y
bendición apostólica.
La Sede
Apostólica suele acceder a los piadosos deseos y satisfacer con benevolencia
las honestas peticiones de quienes elevan a ella sus preces. Ahora bien, por
vuestra parte se nos ha suplicado humildemente que confirmáramos con autoridad
apostólica la forma de vida que os dio el bienaventurado Francisco y que
vosotras aceptasteis espontáneamente, según la cual debéis vivir
comunitariamente en unidad de espíritus y con el voto de altísima pobreza (cf.
2 Cor 8,2), forma que nuestro venerable hermano el obispo de Ostia y de
Velletri tuvo a bien aprobar, como consta más ampliamente en la carta redactada
con tal motivo por el mismo obispo. Así pues, accediendo a los ruegos de
vuestra devoción, teniendo por ratificado y grato cuanto ha hecho a este
respecto el mismo obispo, lo confirmamos con autoridad apostólica y lo
corroboramos con la protección del presente escrito, haciendo insertar en él,
palabra por palabra, el tenor de la misma carta, que es el siguiente:
Rainaldo, por
la misericordia divina obispo de Ostia y de Velletri, a su amadísima madre e
hija en Cristo madonna Clara, abadesa de San Damián de Asís, y a sus hermanas,
tanto presentes como futuras, salud y bendición paterna.
Ya que
vosotras, amadas hijas en Cristo, habéis despreciado las pompas y delicias del
mundo, y, siguiendo las huellas del mismo Cristo y de su santísima Madre (cf. 1
Pe 2,21), habéis elegido vivir encerradas en cuanto al cuerpo y servir al Señor
en suma pobreza para poder dedicaros a Él con el espíritu libre, Nos,
encomiando en el Señor vuestro santo propósito, queremos de buen grado y con
afecto paterno satisfacer benévolamente vuestros votos y santos deseos.
Por lo cual,
accediendo a vuestros piadosos ruegos, confirmamos a perpetuidad, con la
autoridad del señor Papa y la nuestra, para todas vosotras y para las que os
sucedan en vuestro monasterio, y corroboramos con la protección del presente
escrito la forma de vida y el modo de santa unidad y de altísima pobreza (cf. 2
Cor 8,2), que vuestro bienaventurado padre san Francisco os dio de palabra y
por escrito para que la observarais, anotada en las presentes letras. Es la
siguiente:]
[CAPÍTULO I]
[¡En el nombre del Señor! Comienza la forma de vida de las Hermanas Pobres]
1La forma de vida de la Orden de las Hermanas Pobres, forma que
el bienaventurado Francisco instituyó, es ésta: 2guardar el
santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin propio
y en castidad. 3Clara, indigna sierva de Cristo y plantita del
muy bienaventurado padre Francisco, promete obediencia y reverencia al señor
papa Inocencio y a sus sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia
Romana. 4Y así como al principio de su conversión, junto con
sus hermanas, prometió obediencia al bienaventurado Francisco, así promete
guardar inviolablemente esa misma obediencia a sus sucesores. 5Y
las otras hermanas estén obligadas a obedecer siempre a los sucesores del
bienaventurado Francisco y a la hermana Clara y a las demás abadesas
canónicamente elegidas que la sucedan.
[CAPÍTULO II]
[De aquellas que quieren tomar esta vida, y cómo deben ser recibidas]
1Si alguna por inspiración divina viniera a nosotras queriendo
tomar esta vida, la abadesa esté obligada a pedir el consentimiento de todas
las hermanas; 2y si la mayor parte da su consentimiento,
obtenida la licencia del señor cardenal protector nuestro, podrá
recibirla. 3Y si ve que debe ser recibida, examínela
diligentemente o haga que sea examinada de la fe católica y de los sacramentos
de la Iglesia. 4Y si cree todo esto y quiere confesarlo
fielmente y guardarlo firmemente hasta el fin, 5y no tiene
marido o, si lo tiene, también él ha entrado ya en religión con la autorización
del obispo diocesano, y ha emitido ya el voto de continencia; 6y
si, en fin, la edad avanzada o alguna enfermedad o debilidad mental no le
impide la observancia de esta vida, 7expóngasele diligentemente
el tenor de nuestra vida.
8Y si fuera idónea, dígasele la palabra del santo Evangelio, que
vaya y venda todas sus cosas y se aplique con empeño a distribuirlas a los
pobres (cf. Mt 19,21, y paralelos). 9Si esto no pudiera
hacerlo, le basta la buena voluntad. 10Y guárdense la abadesa y
sus hermanas de preocuparse de sus cosas temporales, para que libremente haga
ella de sus cosas lo que el Señor le inspire. 11Con todo, si
busca consejo, envíenla a algunos discretos y temerosos de Dios, con cuyo
consejo sus bienes se distribuyan a los pobres. 12Después,
cortados los cabellos en redondo y depuesto el vestido seglar, concédale la
abadesa tres túnicas y el manto. 13En adelante no le sea
permitido salir fuera del monasterio sin causa útil, razonable, manifiesta y
digna de aprobación. 14Y finalizado el año de la probación, sea
recibida a la obediencia, prometiendo guardar perpetuamente la vida y la forma
de nuestra pobreza.
15No se conceda el velo a ninguna durante el tiempo de
probación. 16Las hermanas podrán tener también manteletas para
comodidad y decoro del servicio y del trabajo. 17Y la abadesa
provéalas de ropas con discreción, según las condiciones de las personas y los
lugares y tiempos y frías regiones, como vea que conviene a la necesidad. 18A
las jovencitas recibidas en el monasterio antes de la edad legal, córtenles los
cabellos en redondo; 19y, depuesto el vestido seglar, vístanse
de paño religioso, como le parezca a la abadesa. 20Mas cuando
lleguen a la edad legal, vestidas de la misma forma que las otras, hagan su
profesión. 21Y tanto a éstas como a las demás novicias, la
abadesa provéalas con solicitud de una maestra escogida de entre las más
discretas de todo el monasterio, 22la cual las forme
diligentemente en el santo comportamiento y en las buenas costumbres según la
forma de nuestra profesión.
23En el examen y admisión de las hermanas que prestan servicio
fuera del monasterio, guárdese la forma antes dicha; éstas podrán llevar
calzado. 24Que ninguna resida con nosotras en el monasterio si
no ha sido recibida según la forma de nuestra profesión. 25Y
por amor del santísimo y amadísimo Niño envuelto en pobrecillos pañales,
acostado en un pesebre (cf. Lc 2,7.12), y de su santísima Madre, amonesto,
ruego y exhorto a mis hermanas que se vistan siempre de ropas viles.
[CAPÍTULO III]
[Del oficio divino y del ayuno, de la confesión y comunión]
1Las hermanas que saben leer recen el oficio divino según la
costumbre de los Hermanos Menores, por lo que podrán tener breviarios, leyendo
sin canto. 2Y a aquellas que por causa razonable no puedan
alguna vez decir sus horas leyendo, les estará permitido como a las demás
hermanas decir los Padrenuestros. 3Mas aquellas que
no saben leer, digan veinticuatro Padrenuestros por maitines;
por laudes, cinco; 4por prima, tercia, sexta y nona, por cada
una de estas horas, siete; por vísperas, doce; por completas, siete. 5Digan
también por los difuntos, en vísperas, siete Padrenuestros con
el Requiem aeternam, y en maitines, doce, 6cuando
las hermanas que saben leer estén obligadas a rezar el oficio de
difuntos. 7Y cuando muera («emigre») una hermana de nuestro
monasterio, digan cincuenta Padrenuestros.
8Las hermanas ayunen en todo tiempo. 9Pero en la
Natividad del Señor, cualquiera que sea el día en que caiga, podrán tomar dos
refacciones. 10Las jovencitas, las débiles y las que prestan
servicio fuera del monasterio, sean dispensadas, con misericordia, como le
parezca a la abadesa. 11Pero en tiempo de manifiesta necesidad
no estén obligadas las hermanas al ayuno corporal.
12Confiésense al menos doce veces al año con permiso de la
abadesa. 13Y deben guardarse de introducir entonces más
palabras que las que conciernen a la confesión y a la salud de las almas. 14Comulguen
siete veces, a saber: la Natividad del Señor, el Jueves Santo, la Resurrección
del Señor, Pentecostés, la Asunción de la bienaventurada Virgen, la fiesta de
san Francisco y la fiesta de Todos los Santos. 15Para dar la
comunión a las hermanas sanas o enfermas, le estará permitido al capellán
celebrar dentro.
[CAPÍTULO IV]
[De la elección y oficio de la abadesa, del capítulo, de las oficialas y de las
discretas]
1En la elección de la abadesa estén las hermanas obligadas a
guardar la forma canónica. 2Y procuren ellas mismas con
presteza tener al ministro general o provincial de la Orden de los Hermanos
Menores, 3el cual, mediante la palabra de Dios, las disponga a
la perfecta concordia y a la común utilidad en la elección que han de
hacer. 4Y no se elija a ninguna que no sea profesa. 5Y
si fuera elegida o dada de otro modo una no profesa, no se le obedezca, si
antes no profesa la forma de nuestra pobreza. 6En falleciendo
la cual, hágase la elección de otra abadesa. 7Y si en algún
tiempo apareciera a la generalidad de las hermanas que la abadesa no es
suficiente para el servicio y utilidad común de las mismas, 8estén
obligadas las dichas hermanas, según la forma antes mencionada, a elegirse,
cuanto antes puedan, otra para abadesa y madre.
9Y la elegida considere qué carga ha tomado sobre sí y a quién
tiene que dar cuenta de la grey que se le ha encomendado (cf. Mt 12,36; Heb
13,17). 10Esfuércese también en presidir a las otras más por
las virtudes y las santas costumbres que por el oficio, para que las hermanas,
estimuladas por su ejemplo, la obedezcan más por amor que por temor. 11No
tenga amistades particulares, no sea que, al preferir a una parte de las
hermanas, cause escándalo en todas. 12Consuele a las afligidas.
Sea también el último refugio de las atribuladas (cf. Sal 31,7), no sea que, si
faltaran en ella los remedios saludables, prevalezca en las débiles la
enfermedad de la desesperación. 13Guarde la vida común en todo,
pero especialmente en la iglesia, el dormitorio, el refectorio, la enfermería y
en los vestidos. 14Lo que también su vicaria esté obligada a
guardar de manera semejante.
15La abadesa esté obligada a convocar a sus hermanas a capítulo
por lo menos una vez a la semana, 16en el que tanto ella como
las hermanas deberán confesar humildemente las ofensas y negligencias comunes y
públicas. 17Y las cosas que se han de tratar para utilidad y
decoro del monasterio, háblelas allí mismo con todas sus hermanas; 18pues
muchas veces el Señor revela a la menor qué es lo mejor. 19No
se contraiga ninguna deuda grave, sino con el consentimiento común de las
hermanas y por una necesidad manifiesta, y esto mediante procurador. 20Y
guárdese la abadesa y sus hermanas de recibir depósito alguno en el
monasterio, 21pues de ahí surgen muchas veces turbaciones y
escándalos.
22Para conservar la unidad del amor mutuo y de la paz, todas las
oficialas del monasterio sean elegidas con el consentimiento común de todas las
hermanas. 23Y del mismo modo sean elegidas por lo menos ocho
hermanas de entre las más discretas, de cuyo consejo deberá siempre servirse la
abadesa en las cosas que requiere la forma de nuestra vida. 24También
podrán las hermanas y deberán, si les pareciera útil y conveniente, remover
alguna vez a las oficialas y a las discretas y elegir a otras en su lugar.
[CAPÍTULO V]
[Del silencio, del locutorio y de la reja]
1Desde la hora de completas hasta la de tercia, las hermanas
guarden silencio, exceptuadas las que prestan servicio fuera del
monasterio. 2Guarden también silencio continuo en la iglesia,
en el dormitorio, y en el refectorio sólo mientras comen; 3se
exceptúa la enfermería en la que, para recreo y servicio de las enfermas,
siempre les estará permitido a las hermanas hablar con discreción. 4Podrán,
sin embargo, siempre y en todas partes, insinuar brevemente y en voz baja lo
que fuera necesario.
5No sea lícito a las hermanas hablar en el locutorio o en la reja
sin permiso de la abadesa o de su vicaria. 6Y las que tienen
permiso, no se atrevan a hablar en el locutorio si no están presentes y las
escuchan dos hermanas. 7En cuanto a la reja, no se permitan ir
allí si no están presentes al menos tres hermanas designadas por la abadesa o
su vicaria de entre las ocho discretas que son elegidas por todas las hermanas
para el consejo de la abadesa. 8La abadesa y su vicaria estén
obligadas a guardar ellas mismas estas normas sobre el hablar. 9Y
lo dicho, en la reja que suceda rarísimamente. Y en la puerta, de ningún modo.
10A dicha reja póngasele por el interior un paño, que no se
remueva sino cuando se exponga la palabra de Dios o alguna hermana hable con
alguien. 11Tenga también una puerta de madera muy bien
asegurada con dos cerraduras de hierro diferentes, con batientes y
cerrojos, 12para que se cierre, máxime de noche, con dos
llaves, una de las cuales la tendrá la abadesa, y la otra la sacristana; 13y
permanezca siempre cerrada, a no ser cuando se oye el oficio divino, y por las
causas antes mencionadas.
14Antes de la salida del sol o después de la puesta del sol,
ninguna deberá en absoluto hablar con nadie en la reja. 15Y en
el locutorio, manténgase siempre por dentro un paño, que no se remueva. 16Durante
la cuaresma de san Martín y la cuaresma mayor, que ninguna hable en el
locutorio, 17sino al sacerdote por causa de la confesión o de
otra necesidad manifiesta, lo que se reservará a la prudencia de la abadesa o
de su vicaria.
[CAPÍTULO VI]
[Que no se han de tener posesiones]
1Después que el altísimo Padre celestial se dignó iluminar con su
gracia mi corazón para que, siguiendo el ejemplo y la enseñanza de nuestro muy
bienaventurado padre san Francisco, yo hiciera penitencia, poco después de su
conversión, junto con mis hermanas le prometí voluntariamente obediencia.
2Y el bienaventurado Padre, considerando que no teníamos miedo a
ninguna pobreza, trabajo, tribulación, menosprecio y desprecio del siglo, antes
al contrario, que los teníamos por grandes delicias, movido a piedad, escribió
para nosotras una forma de vida en estos términos: 3«Ya que por
divina inspiración os habéis hecho hijas y siervas del altísimo y sumo Rey, el
Padre celestial, y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir
según la perfección del santo Evangelio, 4quiero y prometo
tener siempre, por mí mismo y por mis hermanos, un cuidado amoroso y una
solicitud especial de vosotras como de ellos.» 5Lo que cumplió
diligentemente mientras vivió, y quiso que fuera siempre cumplido por los
hermanos.
6Y para que jamás nos apartásemos de la santísima pobreza que
habíamos abrazado, ni tampoco lo hicieran las que tenían que venir después de
nosotras, poco antes de su muerte de nuevo nos escribió su última voluntad
diciendo: 7«Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir
la vida y la pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima
Madre, y perseverar en ella hasta el fin; 8y os ruego, mis
señoras, y os doy el consejo de que siempre viváis en esta santísima vida y
pobreza. 9Y protegeos mucho, para que de ninguna manera os
apartéis jamás de ella por la enseñanza o consejo de alguien.»
10Y así como yo siempre he sido solícita, junto con mis hermanas,
en guardar la santa pobreza que hemos prometido al Señor Dios y al
bienaventurado Francisco, 11así también las abadesas que me
sucedan en el oficio y todas las hermanas estén obligadas a observarla
inviolablemente hasta el fin: 12a saber, no recibiendo o
teniendo posesión o propiedad por sí mismas ni por interpuesta persona, 13ni
tampoco nada que pueda razonablemente llamarse propiedad, 14a
no ser aquel tanto de tierra que necesariamente se requiere para el decoro y el
aislamiento del monasterio; 15y esa tierra no se cultive sino
como huerto para las necesidades de las mismas hermanas.
[CAPÍTULO VII]
[Del modo de trabajar]
1Las hermanas a quienes el Señor ha dado la gracia de trabajar,
después de la hora de tercia trabajen fiel y devotamente, y en trabajo que
conviene al decoro y a la utilidad común, 2de tal suerte que,
desechando la ociosidad, enemiga del alma, no apaguen el espíritu de la santa
oración y devoción, al cual las demás cosas temporales deben servir. 3Y
lo que producen con sus manos, la abadesa o su vicaria esté obligada a
asignarlo en el capítulo ante todas. 4Hágase lo mismo si hay
personas que envían alguna limosna para las necesidades de las hermanas, a fin
de que se haga memoria de ellas en común. 5Y todas estas cosas
sean distribuidas para utilidad común por la abadesa o su vicaria con el
consejo de las discretas.
[CAPÍTULO
VIII]
[Que nada se apropien las hermanas, y del procurarse limosnas y de las hermanas
enfermas]
1Las hermanas nada se apropien, ni casa, ni lugar, ni cosa
alguna. 2Y como peregrinas y forasteras (cf. 1 Pe 2,11) en este
siglo, sirviendo al Señor en pobreza y humildad, envíen por limosna
confiadamente, 3y no deben avergonzarse, porque el Señor se
hizo pobre por nosotras en este mundo (cf. 2 Cor 8,9). 4Esta es
aquella eminencia de la altísima pobreza, que a vosotras, carísimas hermanas
mías, os ha constituido herederas y reinas del reino de los cielos, os ha hecho
pobres de cosas, os ha sublimado en virtudes (cf. Sant 2,5). 5Esta
sea vuestra porción, que conduce a la tierra de los vivientes (cf. Sal
141,6). 6Adhiriéndoos totalmente a ella, amadísimas hermanas,
por el nombre de nuestro Señor Jesucristo y de su santísima Madre, ninguna otra
cosa jamás queráis tener debajo del cielo.
7A ninguna hermana le esté permitido enviar cartas ni recibir
algo o darlo fuera del monasterio sin permiso de la abadesa. 8Tampoco
le esté permitido tener cosa alguna que la abadesa no le haya dado o
permitido. 9Y si sus parientes u otras personas le envían algo,
la abadesa haga que se lo den. 10Mas ella, si lo necesita, que
pueda usarlo; si no, que lo comparta caritativamente con alguna hermana que lo
necesite. 11Pero si le enviaran dinero, la abadesa, con el
consejo de las discretas, haga que se la provea de lo que necesita.
12Respecto a las hermanas enfermas, la abadesa esté firmemente
obligada a informarse con solicitud, por sí misma y por las otras hermanas, de
lo que su enfermedad requiere en cuanto a consejos y en cuanto a alimentos y a
otras cosas necesarias, 13y a proveer caritativa y
misericordiosamente según las posibilidades del lugar. 14Porque
todas están obligadas a proveer y a servir a sus hermanas enfermas como
querrían ellas ser servidas (cf. Mt 7,12) si estuvieran afectadas por alguna
enfermedad. 15Confiadamente manifieste la una a la otra su
necesidad. 16Y si la madre ama y cuida a su hija (cf. 1 Tes
2,7) carnal, ¿cuánto más amorosamente debe la hermana amar y cuidar a su
hermana espiritual?
17Las que están enfermas descansen en jergones de paja y tengan
para la cabeza almohadas de pluma; 18y las que necesiten
escarpines de lana y colchones, que puedan usarlos. 19Y dichas
enfermas, cuando sean visitadas por quienes entran en el monasterio, que pueda
cada una de ellas responder brevemente algunas buenas palabras a quienes les
hablan. 20Pero las demás hermanas que tengan permiso para ello,
no se atrevan a hablar a quienes entran en el monasterio, sino en presencia de
dos hermanas discretas que las escuchen, designadas por la abadesa o su
vicaria. 21La abadesa y su vicaria estén obligadas a guardar
ellas mismas estas normas sobre el hablar.
[CAPÍTULO IX]
[De la penitencia que se ha de imponer a las hermanas que pecan, y de las
hermanas que prestan servicio fuera del monasterio]
1Si alguna hermana, por instigación del enemigo, pecara
mortalmente contra la forma de nuestra profesión, y si, amonestada dos o tres
veces por la abadesa o por las otras hermanas, 2no se
enmendara, coma en tierra pan y agua ante todas las hermanas en el refectorio
tantos días cuantos haya sido contumaz; 3y sea sometida a una
pena más grave, si así le pareciere a la abadesa. 4Durante todo
el tiempo en que sea contumaz, hágase oración a fin de que el Señor ilumine su
corazón para la penitencia. 5Pero la abadesa y sus hermanas
deben guardarse de airarse y conturbarse por el pecado de alguna, 6porque
la ira y la conturbación impiden en sí mismas y en las otras la caridad.
7Si ocurriera alguna vez, lo que Dios no permita, que entre
hermana y hermana, por alguna palabra o gesto, se produjese un motivo de
turbación o de escándalo, 8la que haya sido causa de la
turbación, de inmediato, antes de presentar la ofrenda (cf. Mt 5,23) de su
oración ante el Señor, no sólo se prosterne humildemente a los pies de la otra,
pidiéndole perdón, 9sino que, también, ruéguele con simplicidad
que interceda por ella ante el Señor para que sea indulgente con ella. 10Mas
la otra, recordando aquella palabra del Señor: Si no perdonáis de corazón,
tampoco vuestro Padre celestial os perdonará (cf. Mt 6,15; 18,35), 11perdone
con liberalidad a su hermana toda la injuria que le haya inferido.
12Las hermanas que prestan servicio fuera del monasterio no
permanezcan largo tiempo fuera del mismo, a no ser que lo requiera una causa de
necesidad manifiesta. 13Y deberán andar con decoro y hablar
poco, para que puedan siempre edificarse quienes las observan. 14Y
guárdense firmemente de tener sospechosas relaciones o consejos con
alguien. 15Y no se hagan madrinas de hombres o mujeres, para
que, con esta ocasión, no se origine murmuración o turbación. 16Y
no se atrevan a referir en el monasterio los rumores del siglo. 17Y
estén firmemente obligadas a no referir fuera del monasterio nada de lo que se
dice o se hace dentro que pueda engendrar escándalo. 18Y si
alguna, por simplicidad, faltara en estas dos cosas, quede en la prudencia de
la abadesa el imponerle penitencia con misericordia. 19Pero si
lo hiciera por costumbre viciosa, la abadesa, con el consejo de las discretas,
impóngale una penitencia según la calidad de la culpa.
[CAPÍTULO X]
[De la amonestación y corrección de las hermanas]
1La abadesa amoneste y visite a sus hermanas, y corríjalas
humilde y caritativamente, no mandándoles nada que sea contrario a su alma y a
la forma de nuestra profesión. 2Mas las hermanas súbditas
recuerden que, por Dios, negaron sus propias voluntades. 3Por
lo que estarán firmemente obligadas a obedecer a sus abadesas en todo lo que al
Señor prometieron guardar y no es contrario al alma y a nuestra
profesión. 4Y la abadesa tenga tanta familiaridad para con
ellas, que éstas puedan hablar y obrar con ella como las señoras con su
sierva; 5pues así debe ser, que la abadesa sea sierva de todas
las hermanas.
6Amonesto de veras y exhorto en el Señor Jesucristo que se
guarden las hermanas de toda soberbia, vanagloria, envidia, avaricia (cf. Lc
12,15), cuidado y solicitud de este siglo (cf. Mt 13,22), detracción y
murmuración, disensión y división; 7sean, en cambio, siempre
solícitas en conservar entre ellas la unidad del amor mutuo, que es el vínculo
de la perfección (cf. Col 3,14).
8Y las que no saben letras, no se cuiden de aprenderlas; 9sino
que atiendan a que sobre todas las cosas deben desear tener el Espíritu del
Señor y su santa operación, 10orar siempre a él con puro
corazón y tener humildad, paciencia en la tribulación y en la enfermedad, 11y
amar a esos que nos persiguen, nos reprenden y nos acusan, 12porque
dice el Señor: Bienaventurados los que padecen persecución por la
justicia, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,10). 13Mas
el que persevere hasta el fin, éste será salvo (Mt 10,22).
[CAPÍTULO XI]
[De la custodia de la clausura]
1La portera sea madura de costumbres y discreta, y sea de una
edad conveniente, y durante el día permanezca allí en una celda abierta y sin
puerta. 2Asígnesele también una compañera idónea que, cuando
sea necesario, haga en todas sus veces.
3La puerta esté muy bien asegurada con dos cerraduras de hierro
diferentes, con batientes y cerrojos, 4para que se cierre,
máxime de noche, con dos llaves, una de las cuales la tendrá la portera, y la
otra la abadesa. 5Y de día, no se deje nunca sin custodia y
esté firmemente cerrada con una llave.
6Pero cuiden con sumo esmero y procuren que la puerta nunca esté
abierta, sino lo menos que de manera congruente sea posible. 7Y
no se abra en absoluto a cualquiera que quiera entrar, sino a quien le haya
sido concedido por el sumo Pontífice o por nuestro señor cardenal. 8Y
no permitan las hermanas a nadie entrar en el monasterio antes de la salida del
sol, ni permanecer dentro después de la puesta del sol, a no ser que lo exija
una causa manifiesta, razonable e inevitable.
9Si para la bendición de una abadesa o para la consagración de
alguna hermana como monja o también por otro motivo, se hubiera concedido a
algún obispo celebrar la misa dentro del monasterio, que se contente con unos
acompañantes y ministros lo menos numerosos y lo más honestos que pueda. 10Y
cuando sea necesario que algunos entren en el monasterio para hacer un trabajo,
la abadesa con solicitud ponga entonces en la puerta a la persona
conveniente, 11que la abra sólo a los asignados al trabajo, y
no a otros. 12Guárdense con sumo cuidado todas las hermanas de
ser vistas entonces por los que entran.
[CAPÍTULO XII]
[Del visitador, del capellán y del cardenal protector]
1Nuestro visitador sea siempre de la Orden de los Hermanos
Menores según la voluntad y el mandato de nuestro cardenal. 2Y
sea tal, que se tenga plena constancia de su decoro y costumbres. 3Su
oficio será corregir, tanto en la cabeza como en los miembros, los excesos
cometidos contra la forma de nuestra profesión. 4A él le estará
permitido hablar con varias y con cada una de las hermanas, estando en un lugar
público para que pueda ser visto por las otras, acerca de las cosas que
pertenecen al oficio de la visita, como le parezca más conveniente.
5Pedimos también un capellán con un compañero clérigo de buena
fama, discreto y prudente, y dos hermanos laicos amantes del santo
comportamiento y decoro religioso, 6para ayuda de nuestra
pobreza, como siempre hemos tenido misericordiosamente de dicha Orden de los
Hermanos Menores, 7y lo pedimos a la misma Orden, como gracia,
por el amor de Dios y del bienaventurado Francisco. 8No le esté
permitido al capellán entrar en el monasterio sin compañero. 9Y
cuando entren, que estén en un lugar público, de modo que siempre puedan verse
el uno al otro y ser vistos por los demás. 10Para la confesión
de las enfermas que no puedan ir al locutorio, para dar la comunión a las
mismas, para la extremaunción, para la recomendación del alma, séales permitido
a los mismos entrar. 11Mas para las exequias y la celebración
de la misa de difuntos, y para cavar o abrir la sepultura, o también para
acomodarla, que puedan entrar personas en número suficiente e idóneas, según el
prudente juicio de la abadesa.
12Con miras a todo lo dicho, las hermanas estén firmemente
obligadas a tener siempre como gobernador, protector y corrector nuestro, al
cardenal de la santa Iglesia Romana que haya sido asignado a los Hermanos
Menores por el señor Papa, 13para que, siempre súbditas y
sujetas a los pies de la misma santa Iglesia, estables en la fe (cf. Col 1,23)
católica, guardemos perpetuamente la pobreza y la humildad de nuestro Señor
Jesucristo y de su santísima Madre, y el santo Evangelio, que firmemente hemos
prometido. Amén.
[Dado en
Perusa, a 16 de septiembre, en el año décimo del pontificado del señor papa
Inocencio IV (1252).
A nadie, pues,
en absoluto le sea permitido infringir esta escritura de nuestra confirmación o
con osadía temeraria ir contra ella. Mas si alguno presumiera intentar esto,
sepa que incurrirá en la indignación de Dios omnipotente y de los
bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo.
Dado en Asís,
a 9 de agosto, en el año undécimo de nuestro pontificado (1253).]
1En el nombre del Señor. Amén.
2Entre los otros beneficios que hemos recibido y recibimos cada
día de nuestro espléndido benefactor el Padre de las misericordias (cf. 2 Cor
1,3), y por los que más debemos dar gracias al Padre glorioso de Cristo, 3está
el de nuestra vocación, por la que, cuanto más perfecta y mayor es, más y más
deudoras le somos. 4Por lo cual dice el Apóstol: Reconoce tu
vocación (cf. 1 Cor 1,26). 5El Hijo de Dios se ha hecho para
nosotras camino (cf. Jn 14,6), que con la palabra y el ejemplo nos mostró y
enseñó nuestro bienaventurado padre Francisco, verdadero amante e imitador
suyo.
6Por tanto, debemos considerar, amadas hermanas, los inmensos
beneficios de Dios que nos han sido concedidos, 7pero, entre
los demás, aquellos que Dios se dignó realizar en nosotras por su amado siervo
nuestro padre el bienaventurado Francisco, 8no sólo después de
nuestra conversión, sino también cuando estábamos en la miserable vanidad del
siglo. 9Pues el mismo Santo, cuando aún no tenía hermanos ni
compañeros, casi inmediatamente después de su conversión, 10mientras
edificaba la iglesia de San Damián, donde, visitado totalmente por la
consolación divina, fue impulsado a abandonar por completo el siglo, 11profetizó
de nosotras, por efecto de una gran alegría e iluminación del Espíritu Santo,
lo que después el Señor cumplió. 12En efecto, subido en aquel
entonces sobre el muro de dicha iglesia, decía en alta voz, en lengua francesa,
a algunos pobres que moraban allí cerca: 13«Venid y ayudadme en
la obra del monasterio de San Damián, 14porque aún ha de haber
en él unas damas, por cuya vida famosa y santo comportamiento religioso será
glorificado nuestro Padre celestial en toda su santa Iglesia».
15En esto, por tanto, podemos considerar la copiosa benignidad de
Dios para con nosotras; 16Él, por su abundante misericordia y
caridad, se dignó decir, por medio de su Santo, estas cosas sobre nuestra
vocación y elección. 17Y no sólo de nosotras profetizó estas
cosas nuestro bienaventurado padre Francisco, sino también de las otras que
habían de venir a la santa vocación a la que el Señor nos ha llamado.
18¡Con cuánta solicitud, pues, y con cuánto empeño de alma y de
cuerpo no debemos guardar los mandamientos de Dios y de nuestro padre [Francisco]
para que, con la ayuda del Señor, ¡le devolvamos multiplicado el talento
recibido! 19Porque el mismo Señor nos ha puesto como modelo que
sirva de ejemplo y espejo no sólo a los otros, sino también a nuestras
hermanas, a las que llamará el Señor a nuestra vocación, 20para
que también ellas sirvan de espejo y ejemplo a los que viven en el mundo. 21Así
pues, ya que el Señor nos ha llamado a cosas tan grandes, a que puedan mirarse
en nosotras las que son para los otros ejemplo y espejo, 22estamos
muy obligadas a bendecir y alabar a Dios, y a confortarnos más y más en el
Señor para obrar el bien. 23Por lo cual, si vivimos según la
sobredicha forma, dejaremos a los demás un noble ejemplo y con un brevísimo
trabajo ganaremos el premio de la eterna bienaventuranza.
24Después que el altísimo Padre celestial se dignó iluminar con su
misericordia y su gracia mi corazón para que, siguiendo el ejemplo y la
enseñanza de nuestro bienaventurado padre Francisco, yo hiciera
penitencia, 25poco después de su conversión, junto con las
pocas hermanas que el Señor me había dado poco después de mi conversión, le
prometí voluntariamente obediencia, 26según la luz de su gracia
que el Señor nos había dado por medio de su admirable vida y enseñanza. 27Y
el bienaventurado Francisco, considerando que si bien éramos frágiles y débiles
según el cuerpo, no rehusábamos ninguna necesidad, pobreza, trabajo,
tribulación o menosprecio y desprecio del siglo, 28antes al
contrario, los teníamos por grandes delicias, como a ejemplo de los santos y de
sus hermanos había comprobado frecuentemente en nosotras, se alegró mucho en el
Señor; 29y movido a piedad hacia nosotras, se obligó con
nosotras a tener siempre, por sí mismo y por su Religión, un cuidado amoroso y
una solicitud especial de nosotras como de sus hermanos.
30Y así, por voluntad de Dios y de nuestro bienaventurado padre
Francisco, fuimos a morar junto a la iglesia de San Damián, 31donde
el Señor, en poco tiempo, nos multiplicó por su misericordia y gracia, para que
se cumpliera lo que el Señor había predicho por su Santo; 32pues
antes habíamos permanecido en otro lugar, aunque por poco tiempo.
33Después, escribió para nosotras una forma de vida, sobre todo
para que perseveráramos siempre en la santa pobreza. 34Y no se
contentó con exhortarnos durante su vida con muchas palabras y ejemplos al amor
de la santísima pobreza y a su observancia, sino que nos entregó varios
escritos para que, después de su muerte, de ninguna manera nos apartáramos de
ella, 35como tampoco el Hijo de Dios, mientras vivió en el
mundo, jamás quiso apartarse de la misma santa pobreza. 36Y
nuestro bienaventurado padre Francisco, habiendo imitado sus huellas (cf. 1 Pe
2,21), su santa pobreza que había elegido para sí y para sus hermanos, no se
apartó en absoluto de ella mientras vivió, ni con su ejemplo ni con su
enseñanza.
37Así pues, yo, Clara, sierva, aunque indigna, de Cristo y de las
hermanas pobres del monasterio de San Damián, y plantita del santo padre,
considerando con mis otras hermanas nuestra profesión tan altísima y el mandato
de tan gran padre, 38y también la fragilidad de las otras,
fragilidad que nos temíamos en nosotras mismas después de la muerte de nuestro
padre san Francisco, que era nuestra columna y nuestro único consuelo después
de Dios, y nuestro apoyo, 39una y otra vez nos obligamos
voluntariamente a nuestra señora la santísima pobreza, para que, después de mi
muerte, las hermanas que están y las que han de venir de ninguna manera puedan
apartarse de ella.
40 Y así como yo siempre he sido diligente y solícita en guardar y
hacer guardar por las otras la santa pobreza que hemos prometido al Señor y a
nuestro bienaventurado padre Francisco, 41así también aquellas
que me sucedan en el oficio estén obligadas hasta el fin a guardar y a hacer
guardar, con el auxilio de Dios, la santa pobreza. 42Más aún,
para mayor cautela me preocupé de hacer corroborar nuestra profesión de la
santísima pobreza, que hemos prometido al Señor y a nuestro bienaventurado
padre, con los privilegios del señor papa Inocencio, en cuyo tiempo comenzamos,
y de otros sucesores suyos, 43para que de ninguna manera nos
apartáramos nunca de ella.
44Por lo cual, de rodillas y postrada en cuerpo y alma, recomiendo
todas mis hermanas, las que están y las que han de venir, a la santa madre
Iglesia Romana, al sumo Pontífice y, de manera especial, al señor cardenal que
fuere designado para la Religión de los Hermanos Menores y para nosotras, 45a
fin de que, por amor de aquel Dios que pobre fue acostado en un pesebre (cf. Lc
2,12), pobre vivió en el siglo y desnudo permaneció en el patíbulo, 46haga
que siempre su pequeña grey (cf. Lc 12,32), que el Señor Padre engendró en su
santa Iglesia por medio de la palabra y el ejemplo de nuestro bienaventurado
padre san Francisco para seguir la pobreza y humildad de su amado Hijo y de la
gloriosa Virgen su Madre, 47guarde la santa pobreza que hemos
prometido a Dios y a nuestro bienaventurado padre san Francisco, y se digne
animarlas y conservarlas siempre en ella.
48Y así como el Señor nos dio a nuestro bienaventurado padre
Francisco como fundador, plantador y ayuda nuestra en el servicio de Cristo y
en las cosas que hemos prometido al Señor y a nuestro bienaventurado
padre, 49quien también, mientras vivió, se preocupó siempre de
cultivarnos y animarnos con la palabra y el ejemplo a nosotras, su
plantita, 50así recomiendo y confío mis hermanas, las que están
y las que han de venir, al sucesor de nuestro bienaventurado padre Francisco y
a toda la Religión, 51a fin de que nos ayuden a progresar
siempre hacia lo mejor para servir a Dios y, de manera especial, para guardar
mejor la santísima pobreza.
52Y si en algún tiempo ocurriera que dichas hermanas abandonaran
el mencionado lugar y se trasladaran a otro, que estén, sin embargo, obligadas,
dondequiera que se encuentren después de mi muerte, a guardar la sobredicha
forma de pobreza, que hemos prometido a Dios y a nuestro bienaventurado padre
Francisco.
53Con todo, tanto la que esté entonces en el oficio [la abadesa]
como las otras hermanas sean solícitas y providentes para que, en torno del
sobredicho lugar, no adquieran o reciban más terreno del que exija la extrema
necesidad como huerto para cultivar hortalizas. 54Y si en algún
lugar conviniera tener más tierra fuera de la cerca del huerto, para el decoro
y aislamiento del monasterio, no permitan que se adquiera ni tampoco reciban
sino cuanto exija la extrema necesidad; 55y que esa tierra no
se cultive ni se siembre en absoluto, sino que permanezca siempre baldía e
inculta.
56Amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo a todas mis hermanas,
las que están y las que han de venir, que se apliquen siempre con esmero a
imitar el camino de la santa simplicidad, humildad, pobreza, y también el
decoro del santo comportamiento religioso, 57tal como desde el
inicio de nuestra conversión nos lo han enseñado Cristo y nuestro
bienaventurado padre Francisco. 58A causa de lo cual, no por
nuestros méritos, sino por la sola misericordia y gracia del espléndido
bienhechor, el mismo Padre de las misericordias (cf. 2 Cor 1,3) esparció el
olor de la buena fama (cf. 2 Cor 2,15), tanto entre los que están lejos como
entre los que están cerca. 59Y amándoos mutuamente con la
caridad de Cristo, mostrad exteriormente por las obras el amor que tenéis
interiormente, 60para que, estimuladas por este ejemplo, las
hermanas crezcan siempre en el amor de Dios y en la mutua caridad.
61Ruego también a aquella que tenga en el futuro el oficio de las
hermanas que se aplique con esmero a presidir a las otras más por las virtudes
y las santas costumbres que por el oficio, 62de tal manera que
sus hermanas, estimuladas por su ejemplo, la obedezcan no tanto por el oficio,
cuanto más bien por amor. 63Sea también próvida y discreta para
con sus hermanas, como una buena madre con sus hijas, 64y, de
manera especial, que se aplique con esmero a proveerlas, de las limosnas que el
Señor les dará, según la necesidad de cada una. 65Sea también
tan benigna y afable, que puedan manifestarle tranquilamente sus
necesidades, 66y recurrir a ella confiadamente a cualquier
hora, como les parezca conveniente, tanto para sí como para sus hermanas.
67Mas las hermanas que son súbditas recuerden que, por Dios,
negaron sus propias voluntades. 68Por eso, quiero que obedezcan
a su madre, como lo han prometido al Señor, con una voluntad espontánea, 69para
que su madre, viendo la caridad, humildad y unión que tienen entre ellas, lleve
más ligeramente toda la carga que por razón del oficio soporta, 70y
lo que es molesto y amargo, por el santo comportamiento religioso de ellas se
le convierta en dulzura.
71Y porque son estrechos el camino y la senda, y es angosta la
puerta por la que se va y se entra en la vida, son pocos los que caminan y
entran por ella (cf. Mt 7,14); 72y si hay algunos que durante
un cierto tiempo caminan por la misma, son poquísimos los que perseveran en
ella. 73¡Bienaventurados de veras aquellos a quienes les es
dado caminar por ella y perseverar hasta el fin (cf. Mt 10,22)!
74Por consiguiente, si hemos entrado por el camino del Señor,
guardémonos de apartarnos nunca en lo más mínimo de él por nuestra culpa e
ignorancia, 75para que no hagamos injuria a tan gran Señor y a
su Madre la Virgen y a nuestro bienaventurado padre Francisco, y a la Iglesia
triunfante y también a la militante. 76Pues está escrito: Malditos
los que se apartan de tus mandamientos (Sal 118,21).
77Por eso doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor
Jesucristo (Ef 3,14), para que, teniendo a
nuestro favor los méritos de la gloriosa Virgen santa María, su Madre, y de
nuestro bienaventurado padre Francisco y de todos los santos, 78el
mismo Señor que dio el buen principio, dé el incremento (cf. 1 Cor 3,6-7), y dé
también la perseverancia final. Amén.
79Para que mejor pueda ser observado este escrito, os lo dejo a
vosotras, carísimas y amadas hermanas mías, presentes y futuras, en señal de la
bendición del Señor y de nuestro bienaventurado padre Francisco, y de la
bendición mía, vuestra madre y sierva.
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