LA HISTORIA A TRAVÉS DEL TIEMPO
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miércoles, 15 de abril de 2026
Los tiempos de la quema: Los juicios de brujas escoceses
https://todaescocia.com/2020/10/27/brujeria-en-escocia/
Entre 1563 y 1763, Escocia fue un país en plena
transformación, y la paranoia resultante alimentó los juicios por brujería
escoceses.
La creencia en la brujería era común durante la Edad Media,
pero los líderes de la Iglesia Católica se mostraban en gran medida escépticos,
considerándola folclore más que algo siniestro. Los abogados solo se
interesaban en casos donde se alegaba que se había producido algún daño, y se
han registrado algunos casos políticos de gran repercusión, como el de John
Stewart, conde de Mar, por supuestamente usar brujería contra su hermano, el
rey Jacobo III, en 1479. Casos como este eran escasos. Sin embargo, a medida
que Escocia se sumergía en la turbulencia de la Edad Moderna, las actitudes
comenzaron a cambiar, se promulgaron nuevas leyes y Escocia se vio inmersa en
varios juicios y persecuciones de brujas.
La aprobación de la Ley de Brujería de 1563 convirtió la
brujería y la consulta con brujas en delitos capitales. Como resultado, se
estima que entre 4000 y 6000 personas fueron juzgadas por brujería y que más de
1500 fueron ejecutadas. Aproximadamente el 75 % de los acusados eran mujeres.
Con frecuencia se sucedieron varias oleadas de juicios por brujería,
especialmente las de 1590-91, 1597, 1628-31, 1649-50 y 1661-62. En 1736, el
Parlamento británico unificado derogó la Ley de 1563.
La Ley de Brujería de
1553
La Ley de Brujería fue aprobada por el Parlamento escocés
en 1563. Pocas leyes, si acaso alguna, aprobadas por el Parlamento escocés han
tenido consecuencias tan fatales. Era una época de grandes cambios en Escocia:
una época en la que la afiliación religiosa podía encumbrar o derrocar a un
monarca, o incluso condenar a muerte a una persona. Las ideas luteranas habían
llegado a Escocia en 1525, sumiendo a la nación en la Reforma. Bajo la atenta
mirada de John Knox, Escocia acabó convirtiéndose en un país protestante. Knox,
inicialmente seguidor de Lutero, adoptó posteriormente la ideología de Juan
Calvino. Tanto Lutero como Calvino creían que la brujería era un delito tan
grave que merecía la pena de muerte. Parece probable que John Knox participara
en la redacción de la Ley de Brujería escocesa y que se viera influenciado por
las creencias de sus modelos a seguir.
En agosto de 1560, el Parlamento escocés estableció el
marco legal que convirtió oficialmente a Escocia en un país protestante. Sin
embargo, esta legislación no definió los poderes que la iglesia podría tener
respecto a quienes desobedecieran los preceptos de esta nueva fe. De hecho, la
nueva iglesia apenas se había familiarizado con sus nuevos poderes y las
implicaciones para el gobierno de sus congregaciones. La gran incógnita a la
que se enfrentaban era qué constituía la impiedad. Pronto se haría evidente que
el nuevo régimen veía el mundo únicamente en términos absolutos.
Es significativo que la Ley de Brujería no definiera qué
constituía un acto de brujería, ni mencionara el «pacto demoníaco».
Inicialmente, quienes aplicaban la Ley de Brujería estaban más preocupados por
acabar con la superstición y la creencia en la magia. La magia era el uso
ritual de un objeto o palabras en forma de conjuro para lograr un resultado
deseado. Esto podía manifestarse en forma de curación, adivinación, pociones de
amor, búsqueda de objetos perdidos o robados, y amuletos de protección o buena
suerte. Se creía que las enfermedades eran causadas por espíritus malignos que
podían eliminarse transfiriéndolos a otra persona u objeto. Por supuesto, si
alguien podía realizar magia «buena», entonces lo contrario también debía ser
cierto: la magia podía usarse para causar daño.
Los juicios de brujas en Escocia entre 1560 y 1590
Entre 1560 y 1590, se registraron pocos casos de brujería.
No siempre se aplicaba la pena de muerte. Tibbie Smart fue quemada en la
mejilla y desterrada por cometer diversos actos de hechicería y encantamientos.
En mayo de 1558, Agnes Fergusson fue arrojada al pozo por brujería.
Sin embargo, en 1590 se produjo un cambio drástico en la
forma en que Escocia trataba a sus supuestas brujas. Los juicios por brujería
en Escocia comenzaron en serio.
La influencia de Jacobo VI en los juicios por brujería en
Escocia
Jacobo VI viajó a Dinamarca para recoger a su esposa, Ana,
hija de Federico II. En su viaje de regreso a Escocia, se desató una terrible
tormenta. Mientras el oleaje azotaba la flota, el temeroso almirante danés
declaró que la causa de la tormenta era la brujería. Creía que la había
provocado la esposa de un administrador al que había insultado. Al parecer, el
barco de Jacobo fue sacudido con más fuerza que los demás. La flota regresó a
duras penas a la costa y se refugió frente a las costas de Noruega. Jacobo se
había reunido recientemente con un teólogo luterano danés y experto en
demonología, Neils Hemmingsen. Su reciente formación sobre los peligros de la
brujería convenció al rey de que las acusaciones debían ser ciertas. Poco
después, se iniciaron las cazas de brujas tanto en Escocia como en Dinamarca.
En Dinamarca, Anna Koldings fue quemada en la hoguera junto
con otras doce personas en Kronberg, Helsinor. Mientras tanto, en Tranent, a
las afueras de Edimburgo, una sirvienta, Gelies Duncan, fue acusada de brujería
por su empleador. Alguien relacionó ambos casos y, tras una prolongada tortura,
identificó a cómplices, entre ellos Agnes Sampson, John Fian y Euphemia McLean.
Los acusados fueron azotados hasta que confesaron haber conspirado contra el
rey. Jacobo I participó activamente en el interrogatorio de los sospechosos,
quienes fueron condenados a muerte. Este suceso se conoció como los Juicios de Brujas de North Berwick .
Esto resultó ser el catalizador que cambió la mentalidad
del pueblo escocés respecto a la brujería. La caza de brujas ya había comenzado
en toda Europa, donde se originó la idea de la bruja diabólica. James escribió
un tratado llamado «Daemonología» que enfatizaba el concepto de que las brujas
habían hecho un pacto con el diablo.
Los juicios de brujas
escoceses y el pacto con el diablo
La idea de que las brujas pactaban con el diablo cambió la
forma en que se llevaban a cabo los juicios por brujería en Escocia durante el
siglo XVII. Se creía que las brujas practicaban magia negra o malévola tras
sellar un pacto con el diablo. Este pacto implicaba renunciar al bautismo y,
posteriormente, adorar y copular con él. Se decía que el diablo dejaba su marca
en quienes participaban en este vil acuerdo. A veces la marca era visible,
mientras que otras veces era invisible a simple vista, pero podía identificarse
como una zona del cuerpo insensible al dolor y que no sangraba. Esta marca
podía detectarse pinchando al acusado con una aguja.
Originalmente, este trabajo lo realizaban miembros del
clero, pero con el tiempo se desarrolló la lucrativa profesión de cazador de
brujas. Como a los cazadores se les pagaba según el número de casos positivos
que identificaban, les convenía encontrar a tantas brujas como fuera posible.
Muchos cazadores de brujas se convirtieron en charlatanes, utilizando agujas
cuya hoja podía retraerse en un mango de madera para que pareciera que la
acusada no sentía dolor ni sangraba en ciertas partes del cuerpo.
A finales del siglo XVII, muchos de los acusados de
brujería fueron denunciados y arrestados como impostores, entre ellos John
Kincaid y John Dick. John Dick llevaba una verdadera doble vida, pues cuando
fue arrestado, se descubrió que era una mujer, Christian Caddell . Curiosamente, una vez que se
identificó a los acusados de brujería como impostores, la caza de brujas
disminuyó.
¡Castigo aplicado!
En Escocia, la mayoría de las brujas eran ahorcadas o
estranguladas antes de que sus cuerpos fueran incinerados. La quema de sus
restos mortales era una parte importante de su castigo, ya que garantizaba que
el diablo no pudiera resucitarlos para sus malvados propósitos. Sin embargo, a
veces una bruja era quemada en la hoguera o, como en el caso de las brujas de
Forres, era introducida en barriles llenos de púas y arrojada por la colina de Cluny . El barril era luego incendiado
en el lugar donde se encontraba. Hoy en día, una piedra yace al pie de la
colina de Cluny, marcando el lugar donde tuvo lugar una de estas ejecuciones.
Los juicios por brujería están en declive.
Mientras la guerra civil asolaba Inglaterra, el reino
independiente de Escocia fue incorporado por la fuerza a la Commonwealth
inglesa en 1652. Ocupada por las tropas de Cromwell, el Consejo Privado y los
tribunales fueron disueltos. Se nombraron jueces ingleses y se produjo un
drástico descenso en el número de casos de brujería. Con la Restauración de la
Monarquía en 1660, Escocia recuperó su libertad e independencia judicial. Esto
provocó una avalancha de más de 600 casos de personas acusadas de brujería. El
Consejo Privado se alarmó ante el rápido aumento de los juicios y prohibió el
uso de la tortura judicial, insistiendo en la necesidad de su comisión para
cualquier arresto o procesamiento.
En gran medida gracias a la labor de Sir George MacKenzie,
el Lord Abogado del Estado, se elevaron los estándares de las pruebas. Sir
George creía en la existencia de la brujería y en que los culpables debían ser
condenados a muerte. Sin embargo, consideraba que muchas personas inocentes
habían sido condenadas a muerte. Si bien no se oponía al uso de la tortura en
determinadas circunstancias, opinaba que era inapropiado obtener confesiones de
personas acusadas de brujería. Creía que muchas de las autoridades locales que
juzgaban a brujas carecían del conocimiento adecuado del delito y que, a
menudo, los testigos utilizados no estaban cualificados para participar.
En 1662, los cazadores de brujas fueron desenmascarados
como impostores, eliminando así una importante fuente de pruebas contra los
acusados de brujería. El Parlamento británico derogó la Ley de 1563 en 1736,
imponiendo multas o penas de prisión a quienes afirmaran poseer poderes
mágicos.
Cronología de los juicios por brujería en Escocia:
1537: Janet Douglas , Lady Glamis, es acusada de brujería
por el rey Jacobo V, pero ejecutada por traición.
1563: Durante el reinado de María Estuardo, reina de
Escocia, se promulgó la Ley de Brujería, que convertía la brujería y la
asociación con brujas en un delito capital.
1576: Bessie Dunlop de Lynne fue ejecutada en Castle
Hill, Edimburgo. Había sido declarada culpable de recibir hierbas de la Reina
de las Hadas y de relacionarse con un grupo de ocho mujeres brujas y cuatro
hombres.
1577-78: La primera verdadera caza de brujas tuvo
lugar en Easter Ross. Seis hombres y veintiséis mujeres fueron acusados de
brujería, entre ellos Kenneth Ower (Coinneach Odhar), posiblemente la persona
más conocida como el Vidente de Brahan . Algunos de los acusados fueron
condenados y ejecutados en Chanonry Point, en la Isla Negra. Otros, arrestados
en aquel entonces, sobrevivieron, solo para enfrentar nuevas acusaciones de
brujería en el sonado juicio de Katherine Ross, Lady Munro de Fowlis, en 1590.
1590: Mientras regresaba de Dinamarca con su esposa,
Jacobo VI de Escocia tuvo que soportar una terrible tormenta. El capitán danés
declaró que solo podía deberse a la brujería. Este suceso cambiaría la forma en
que Escocia trataría a las brujas durante los siguientes cien años. Los juicios
por brujería en Escocia comenzaron en serio.
1590-1592: Tuvieron lugar los juicios por brujería de North
Berwick, en los que se implicó a 70 personas.
1591: El rey Jacobo VI publicó un panfleto titulado
«Las últimas noticias de Escocia». En él se detallaban algunas de las torturas
que aguardaban a quienes eran acusados de brujería.
1594: Allison Balfour, de Steness en Orkney, fue
acusada de brujería. De manera inusual, este caso fue iniciado únicamente por
la autoridad de Patrick Stewart, segundoConde de Orkney, sin una Comisión
de Justicia.
Existía una enemistad constante entre Patrick Stewart,
también conocido como Black Patie, y su hermano John. Supuestamente, John se
había acercado a Balfour para preguntarle cómo envenenar a su hermano. Si bien
no había pruebas que respaldaran la afirmación de que Balfour suministró el
veneno, fue acusada de usar brujería para ayudar al hermano menor. Fue
brutalmente torturada durante cuarenta y ocho horas para obtener una confesión.
Sus piernas fueron encerradas en un dispositivo de hierro llamado caschielawes
y calentadas hasta que su carne comenzó a arder. Perdió el conocimiento en
varias ocasiones, solo para que la tortura se reanudara cada vez que recuperaba
la consciencia.
Su esposo, Taillifer, fue torturado frente a ella con
largos hierros o placas de hierro colocadas sobre su cuerpo. Sobre las placas
se colocaron piedras que pesaban más de 317 kilos, aplastando así el cuerpo.
Luego, torturaron a su hija de siete años, aplastándole los
dedos con un instrumento llamado pinniewinkle. Esto fue demasiado para la
madre, que ya estaba desquiciada. Confesó los crímenes. La llevaron al Gallow
Ha' en Kirkwell. Allí, a punto de ser ejecutada, proclamó su inocencia y relató
cómo habían torturado a su familia. Pero fue en vano. La pobre mujer fue
estrangulada y quemada el 16 de diciembre de 1594.
1596: Uno de los casos más interesantes de Aberdeen
tuvo lugar un par de años después, en 1596, y afectó a toda una familia. La
madre, Jane Wishart, fue llevada a juicio y finalmente condenada por 18 cargos
de brujería, aunque el número total de cargos presentados contra ella superaba
los 30. Estos cargos incluían un hechizo sobre un pescador que, posteriormente,
guardó cama y «estuvo enfermo durante un mes». Uno de los cargos se refería a
un incidente en el que cinco hombres la sorprendieron saliendo de la casa de
Adam Mair, uno de sus vecinos, a las dos de la madrugada. Los hombres
despertaron rápidamente a la esposa de Adam para contarle lo sucedido. Más
tarde ese mismo día, alrededor de las dos o tres de la tarde, dos de los
hombres fueron encontrados ahogados en el Auld Wattergang, en The Links, donde
habían ido a lavarse. Otros dos que habían visto a Janet salir de la casa de su
vecino se ofrecieron posteriormente a testificar en su contra. Incluso el yerno
de Janet, John Allan, testificó en su contra tras un incidente en el que golpeó
a su esposa y Janet lo reprendió. Inmediatamente después, un perro marrón
comenzó a entrar en su habitación y atacarlo, aunque dejó en paz a su joven
esposa. Al parecer, ocho días antes de que Janet fuera arrestada, se escuchó un
fuerte estruendo proveniente de su casa, lo que asustó a su vecino, quien pensó
que su casa podría derrumbarse. Esto también se atribuyó a los poderes
sobrenaturales de Janet y constituyó una de las acusaciones por las que fue
condenada.
El hijo de Janet, Thomas Leyis, fue acusado y declarado
culpable de ser el cabecilla. Fue condenado por tres cargos de brujería. Tanto
Janet como Thomas fueron estrangulados y quemados como brujos.
El 22 de marzo del mismo año, John Leyis (esposo de Janet)
y sus tres hijas, Elspet, Janet y Violet, también fueron acusados de brujería.
Fueron absueltos de todos los cargos de brujería, pero declarados culpables de
ser cómplices de Janet y Thomas. Como consecuencia, fueron desterrados de
Aberdeen y se les prohibió acercarse a menos de 16 kilómetros de la ciudad.
1597: La segunda gran caza de brujas de Escocia tuvo
lugar cuando Margaret Aitken, conocida como la Gran Bruja de Balwearie, ofreció
identificar a otras brujas a cambio de su vida. Durante varios meses, recorrió
el país implicando a desconocidos, hasta que su supuesta pericia fue puesta en
duda cuando señaló con el dedo a varias personas a las que había exonerado
previamente. Lamentablemente, para entonces ya se habían juzgado a unas 400
personas, y más de la mitad de los acusados habían sido ejecutados por
brujería.
1597: El rey Jacobo I publicó su libro Demonología. En
esta disertación, ofreció una teoría sobre «la razón por la que hay veinte
mujeres dedicadas a ese oficio, donde hay un solo hombre». Su razonamiento fue:
«Porque ese sexo es más frágil que los hombres, así es más fácil caer en las
trampas del Diablo, como se demostrará más adelante, por el engaño de la
Serpiente a Eva al principio, lo que lo hace más vulnerable ante ese sexo
sensible».
1605 (aproximadamente) : William Shakespeare escribe
la obra Macbeth. Aprovechando la obsesión del rey (Jacobo era ahora Jacobo I de
Inglaterra), incluye a tres famosas brujas escocesas, las hermanas Weird o
Weyward, que hicieron su debut en Macbeth. En esta obra, Macbeth se encuentra
con «tres mujeres con atuendos extraños y salvajes, semejantes a criaturas de
un mundo antiguo», que predicen que se convertirá en rey de Escocia.
1614: En un caso particularmente espantoso ocurrido en
Edimburgo, Robert Erskine, junto con sus hermanas Annas e Issobell, fue
decapitado en la Cruz del Mercado tras ser declarado culpable de consultar con
brujas y de "envenenamiento y asesinato por traición".
1649 : En febrero de este año, un cervecero de
Dunfermline pudo demostrar su inocencia después de que se presentaran
acusaciones que lo implicaban en el uso de magia para mejorar la calidad de su
cerveza.
1652: Escocia es incorporada por la fuerza a la
Commonwealth de Oliver Cromwell. Durante la ocupación inglesa de Escocia,
disminuye el número de juicios por brujería.
1661: Kathrin Key y Margaret Liddell fueron juzgadas por
brujería. Kathrin ya había sido acusada por el pastor local, Lawrence Oliphant,
de haber matado a su hijo. ¿Acaso Kathrin incendió la casa parroquial como
parte de una disputa entre ambas?
1661-1662 : La última gran caza de brujas de Escocia
vio cientos de juicios más durante un período de dieciséis meses. En total, más
de 650 personas fueron juzgadas, en su mayoría mujeres de clase baja a media.
La caza comenzó en abril en Midlothian y East Lothian, donde 206 personas
fueron acusadas. Posteriormente, se extendió rápidamente por todo el país, en
gran parte debido a la influencia de perseguidores de brujas como John Kincaid.
Sin embargo, se desconoce el número exacto de ejecuciones debido a la gran
cantidad de tribunales involucrados.
1662: Isobel Gowdie fue una de las víctimas de la caza de
brujas de 1661-62. Quizás sus confesiones sean las más notables de todas las
registradas durante los juicios de brujas escoceses. Gowdie, supuestamente,
confesó sus tratos con el diablo, aparentemente sin mucha presión. Sin embargo,
cabe señalar que lo que hoy clasificaríamos como tortura, es algo diferente de
lo que legalmente se consideraba tortura en el pasado. Quizás la forma de
tortura más común durante un juicio de brujas era la privación del sueño. Era un
medio realmente efectivo para permitir que quienes reunían pruebas contra una
acusada de brujería obtuvieran un resultado positivo. Después de varios días de
privación del sueño, el sujeto comienza a alucinar.
Al parecer, Isobel había cometido actos de maldición contra
su casero, el Laird de Park, creando imágenes de arcilla para maldecir a sus
hijos. Habló extensamente sobre sus encuentros con el diablo y sus visitas a
Downie Hill, cerca de Auldearn, donde conoció a la Reina de las Hadas. De su
testimonio surgió la palabra «aquelarre» (coven) en inglés. Además, en su
testimonio implicó a muchas otras personas.
1662 : Christian Caddell se disfrazó de 'John Dick'
para convertirse en la única mujer cazadora de brujas de Escocia.
1662: Los cazadores de brujas fueron desenmascarados
como impostores.
1663: Se descubrió la verdadera identidad de Christian
Caddell. Fue enviada a trabajar en las plantaciones de Barbados como sirvienta
contratada. Irónicamente, el mismo día en que embarcó, las últimas de sus
víctimas estaban siendo ejecutadas en Forres.
1670: Tras confesar tener "inteligencia
sobrenatural" relacionada con la derrota escocesa en la batalla de
Worcester veinte años antes, Thomas Weir fue encarcelado en una antigua colonia
de leprosos en Greenside, al pie de Calton Hill, en Edimburgo. Como distinguido
exsoldado, sus confesiones fueron ignoradas al principio, hasta que se
volvieron tan descabelladas y traidoras que las autoridades se vieron obligadas
a actuar. Finalmente, decidieron estrangularlo y quemarlo en Gallowlee, en el
camino de Leith. Confesó públicamente haber mantenido una relación incestuosa
con su hermana, quien posteriormente fue quemada en Grassmarket.
1679: Por entonces, el escepticismo sobre la brujería
crecía entre el público en general. Sin embargo, en Bo'ness, se decía que cinco
mujeres y un hombre estaban en compañía del diablo mientras bebían cerveza, y
las mujeres fueron acusadas de copular con él. El grupo fue acusado de intentar
dañar a un hombre, Andrew Mitchell, pero los registros son escasos sobre su
éxito. Los seis fueron ejecutados en Corbiehill.
1697: Las brujas de Paisley, Margaret Lang, John
Lindsay, James Lindsay, John Reid, Catherine Campbell, Margaret Fulton y Agnes
Naismith, fueron condenadas a la horca y luego a la hoguera en Gallow Green por
embrujar a Christian Shaw, la hija de once años del Laird de Bargarran. En la
última ejecución masiva de brujas, seis de ellas fueron ejecutadas, mientras
que una séptima se suicidó antes de la ejecución. Durante años, se culpó a una
maldición supuestamente pronunciada por una de las seis de todos los males que
asolaban el pueblo, hasta que Christian Shaw finalmente admitió que todo había
sido un engaño.
1705: En Fife, Janet Cornfoot, la «Bruja de
Pittenweem», fue acusada de embrujar al aprendiz del herrero local. Fue
encerrada en la cárcel del pueblo tras ser azotada por el párroco. Logró
escapar, pero fue recapturada por una turba que la arrastró hasta la playa,
donde la golpearon y la apedrearon. La dejaron allí, dándola por muerta, bajo
una puerta cubierta de pesadas piedras y pisoteada por caballos.
1720: El hijo de doce años de James, séptimo Lord
Torphichen, afirmó haber sido embrujado por una anciana en Calder. Aseguró que,
posteriormente, cayó en un trance del que ningún azote podía despertarlo hasta
que él mismo despertaba, y que podía levitar. Cinco lugareños fueron arrestados
y encarcelados. Sin embargo, para cuando llegó el juicio, había transcurrido
tanto tiempo que solo recibieron una reprimenda pública y fueron puestos en
libertad.
1727: Janet Horne fue la última persona ejecutada
públicamente por brujería en Escocia. Acusada por sus vecinos de cabalgar hacia
el diablo a lomos de su hija, e incapaz de recitar el Padrenuestro en gaélico
durante su juicio, fue ejecutada en Dornoch. Su cuerpo fue quemado vivo en un
barril de madera lleno de brea en llamas.
1736: La Ley de Brujería de Escocia fue finalmente
derogada. El delito de brujería quedó abolido y sustituido por un nuevo delito
de "brujería fingida", que conllevaba una pena máxima de un año de
prisión.
1944: Helen Duncan, una médium de mediana edad de
Callander, en Perthshire, se convirtió en la última persona en ser encarcelada
bajo la Ley de Brujería de 1735, tras afirmar haber invocado el espíritu de un
marinero muerto cuando el HMS Barham fue torpedeado tres años antes. Para
mantener la moral nacional, la pérdida del barco a manos de un submarino alemán
se mantuvo en secreto. Las autoridades, temiendo que pudiera revelar detalles
del inminente desembarco de Normandía, actuaron de inmediato. Fue declarada
culpable de "fingir resucitar espíritus" y sentenciada a nueve meses
en la prisión de Holloway, en el norte de Londres. En 1951, la anticuada
legislación fue finalmente derogada en favor de una nueva y más apropiada Ley
de Médiums Fraudulentos.
https://spookyscotland.net/scottish-witch-trials/
La historia de la Asamblea y la Confesión de
Westminster
La Asamblea de Westminster (en adelante AW) fue una
asamblea civil y eclesiástica que se reunió por primera vez en el edificio de
la antigua Abadía de Westminster (Londrés, Inglaterra) el 1 de julio de 1643;
de hecho, fue de este edificio de donde tomó su nombre. La actividad de la AW
duró unos 10 años (durante el mismo periodo de la guerra civil inglesa), hasta
1653, cuando fue disuelta por el ‘Lord Protector’ Oliver Cromwell (1599-1658).
Uno de sus propósitos más importantes era reformar con más profundidad el
gobierno y la liturgia de la Iglesia de Inglaterra a través (principalmente) de
una confesión de fe.
La Abadía de Westminster, con una procesión
de los caballeros del Bath (1749) por Giovanni Antonio Canal.
Unos 120 teólogos o “divinos” (como se les llamaba por
estudiar a la ‘divinidad’) participaron en esta asamblea por invitación del
parlamento inglés, que en ese tiempo contaba con una mayoría de parlamentarios
puritanos, que hasta entonces habían formado parte del ala disconforme y
opositora dentro de la iglesia de Inglaterra, ya que creían que esta se había
alejado de su intento de reforma original iniciado por Thomas Cranmer
(1489-1556), y que había adoptado costumbres y prácticas del llamado ‘romanismo’
o ‘papismo’, especialmente durante el episcopado de William Laud (1573-1645) y
el reinado de Carlos I (1600-1649).
Nuevamente, la AW contaba con importantes teólogos,
mayoritariamente ingleses, pero también escoceses. Entre estos se destacaban
William Twisse (1578-1646), ¿Cornelius Burgess (1589?-1665), Edmund Calamy
(1600-1666), John Lightfoot (1602-1675), Stephen Marshall (1594-1655), Philip
Nye (c. 1595-1672), William Gouge (1575-1653), Samuel Rutherford (c.
1600-1661), Anthony Tuckney (1599-1670), John Arrowsmith (1602-1659), Edward
Reynolds (1599-1676), George Gillespie (1613-1648), Jeremiah Burroughs
(1599-1646), Anthony Burgess (1600-1663), y Thomas Goodwin (1600-1680). De
entre estos, a su vez, destacaban Goodwin, líder del ala congregacionalista y
un importante autor puritano, así como Rutherford, teólogo escolástico escoces
y ferviente defensor del presbiterianismo jure divino (por ley
divina).
Samuel Rutherford (s. XVII), pintor
desconocido, en University of St Andrews.
El propósito original era solamente revisar los 39
Artículos, que desde 1571 había sido la confesión oficial de fe de la
Iglesia de Inglaterra. Como cristianos ingleses, los miembros de la AW
suscribían en esencia esta confesión; sin embargo, era su convicción y la del
parlamento que esta podía ser ‘mejorada’ a la luz de las Sagradas Escrituras.
Los cambios o ‘mejoras’ que se hicieron a la confesión no fueron sustanciales,
sino meramente de términos y doctrinas secundarias; por ejemplo, en el artículo
3 se añadió una explicación de las palabras “descendió al infierno” del Credo
Apostólico, y en el 6 se eliminó la referencia a los libros apócrifos.
No obstante, la revisión de los 39 Artículos solo
duró unos meses y llegó hasta el artículo 16, ya que fue suspendida por el
parlamento para que, en lugar de estos, se redactara una nueva confesión de fe
que sirviera para los tres reinos de Inglaterra, Escocia e Irlanda, de acuerdo
con el tratado político-religioso conocido como la Liga y el Pacto
Solemnes (1643). De esta manera, al año siguiente (20 de agosto de
1644), se comenzó la redacción de la nueva confesión de fe, que luego sería
conocida popularmente como la Confesión de fe Westminster (en
adelante CFW).
La firma del pacto nacional (1903) por
William Brassey Hole en Museums & Galleries Edinburgh.
La
composición de la CFW tomó poco más de dos años. Fue terminada e impresa en
diciembre de 1646, y presentada en un borrador al parlamento inglés. Una segunda
edición se publicó en mayo de 1647 con el texto final aprobado. El título
original y completo de la confesión fue: “Los ‘artículos de la religión
cristiana’ aprobados y promulgados por ambas Cámaras del Parlamento, después de
haber consultado con la Asamblea de Divinos que por la autoridad del Parlamento
se reunió en Westminster”. Así, por un tiempo esta fue la declaración de fe de
la Iglesia de Inglaterra, aunque también lo sería de la iglesia de Escocia, que
la adoptó completamente en el mismo año de su publicación (1647), afirmando que
era “muy conforme a la Palabra de Dios, y en nada contrario a la doctrina, el
culto, la disciplina y el gobierno recibidos de la iglesia escocesa (Kirk)”.
Estaba compuesta de 33 capítulos o artículos, similares en
cuanto a su forma a los anteriores 39 Artículos, y seguían de fondo
la estructura del Credo de los Apóstoles, desde la ‘creación’ hasta
el ‘juicio’. Esta estructura era similar a la de las viejas y grandes
confesiones protestantes, como la de Augsburgo (1530), la Helvética (1536), la
Gala (1559) y la Belga (1561). Pero sobre todo fue influenciada en parte
importante de su contenido por los Artículos Irlandeses de la Religión (1615),
una confesión protestante de la Iglesia de Irlanda que fue escrita por el
ilustre arzobispo James Ussher (1581-1656). Esta influencia se ve especialmente
en los temas de la Escritura, la predestinación, el pacto de gracia y la Cena
del Señor.
Todos los artículos estaban agrupados dentro de tres
grandes temas teológicos: (1) la creación y caída del hombre; (2) la obra
redentora de Cristo, y (3) la aplicación de la redención por el Espíritu; pero,
a su vez, estos temas estaban bajo el tema arquitectónico de la teología del
pacto, según la visión cristiana reformada. Los temas particulares de los
artículos son las Escrituras, Dios y la Trinidad, el decreto divino, la
creación, la providencia, la caída, el pacto, el mediador, el libre albedrío, el
llamado eficaz, la justificación, la adopción, la santificación, la fe, el
arrepentimiento, las buenas obras, la perseverancia de los santos, la seguridad
de la gracia y la salvación, la ley de Dios, la libertad cristiana y la
libertad de conciencia, la adoración y el día de reposo, los juramentos y votos
lícitos, el magistrado civil, el matrimonio, la iglesia, la comunión de los
santos, los sacramentos, el bautismo, la Cena, la disciplina, los sínodos y
concilios, la muerte y resurrección, y el juicio final.
Portada de la primera edición publicada de
la Confesión de fe de Westminster, impresa después de que la Asamblea
General de la Iglesia de Escocia la aprobara en 1647.
Además de todo esto, hay 10 notas particulares en relación
con la composición y el contenido de la CFW que creo se deben destacar, las
cuales para mí son las siguientes:
1. Uno de los propósitos de la AW era la búsqueda de la
unidad y la armonía, a pesar de la diversidad de opiniones. Aunque los teólogos
de Westminster acordaban en todos los ‘artículos de fe’, es decir, en las
creencias fundamentales del cristianismo, no obstante, podían tener diferencias
en cuestiones que entonces eran controversiales, como la reprobación, la caída
de Adán, la imputación de la obediencia de Cristo, el pacto mosaico, el alcance
de la expiación, el libre albedrío, la libertad de conciencia, la disciplina
eclesiástica y el gobierno de la iglesia. Por supuesto, los desacuerdos no eran
iguales, siendo algunos solamente menores y, por lo tanto, abordados sin mucha
polémica, a diferencia de otros que sí fueron debatidos de manera acalorada,
como la forma de gobierno entre presbiterianos, congregacionalistas,
episcopales y erastianos. Otras cuestiones quedaron ‘abiertas’ o requirieron
cierto ‘compromiso’. En cualquier caso, los teólogos pudieron llegar a un
acuerdo mayoritario de los diferentes artículos, y produjeron una confesión que
para ellos era un consenso de la teología reformada de las iglesias de
Inglaterra y Escocia.
2. Los teólogos ingleses que redactaron la CFW (como
Anthony Tuckney) expresaron que no tenían la intención de que esta fuese
impuesta a la conciencia mediante una suscripción obligatoria o algún voto
civil o eclesiástico. Igualmente, el célebre teólogo inglés Richard Baxter
(1615-1691), que estimaba mucho esta confesión, afirmó que esta no debe “ser
impuesta como una prueba de comunión cristiana, ni [debe usarse] para repudiar
a todos los que indagan cada palabra en ella”.
Interior de la capilla de Enrique
VII (c. 1750) por Giovanni Antonio Canal. Este fue el primer lugar de
reunión de la Asamblea de Westminster. Luego esta fue trasladada a la Cámara de
Jerusalén.
3. Está permeada por la distinción doctrinal de
‘fe en Dios’ y ‘deber para con Dios’, o simplemente de fe y servicio. Esta
había sido seguida por las confesiones protestantes anteriores a la CFW, y fue
igualmente adoptada por ella, aunque el origen de la distinción se halla
tradicionalmente en la Carta a los romanos del apóstol Pablo,
quien en sus primeros 11 capítulos trata de la fe cristiana y en los siguientes
(12-15) del servicio cristiano. Igualmente, los primeros 18 artículos de la CFW
tratan de nuestra fe, o de lo que creemos, mientras que los artículos restantes
(19-33) tratan de nuestro servicio para con Dios, o de lo que debemos hacer
para servir a Dios en relación con el prójimo, el estado (o la sociedad) y la
Iglesia. El Catecismo Menor de Westminster establece de forma
más explícita esta distinción en su pregunta 3.
4. Contaba con textos de prueba que soportaban bíblicamente
todas sus declaraciones, y se ha identificado la influencia de hasta unos 4,000
versículos. Asimismo, esta empieza con el artículo De la Sagrada
Escritura, en el que se fundamentan los subsecuentes artículos teológicos.
Allí se establecen las doctrinas de la inspiración, la interpretación, el
canon, la autoridad, la necesidad, la suficiencia, la perspicuidad y la
infalibilidad de la Escritura, llamándola así “la regla de fe y conducta”. De
esta manera se mantuvo el principio protestante de la Sola Scriptura,
el cual declaraba, entre otras cosas, que la Escritura es “el juez supremo” de
todas las controversias teológicas, y que ella por su autoridad divina está por
encima de cualquier credo o confesión, incluso de la misma CFW.
Catálogo de diversas sectas en
Inglaterra (1647) en British Museum. Entre los diversos ‘herejes’ se
retratan a los ‘antescripturian’, quienes negaban que la Biblia fuera la
palabra de Dios.
5. Esta presenta una forma de la llamada ‘teología del
pacto’, un locus o tópico clásico de la teología cristiana
reformada, el cual se puede rastrear hasta Ulrico Zuinglio (1484-1531), pero
que se estableció formalmente con el teólogo reformado alemán Caspar Oleviano
(1536-1587), y que luego fue desarrollado por otros teólogos reformados, como
el holandés Johannes Cocceius (1603-1669), mayormente reconocido por su
obra Suma de la doctrina del pacto y el testamento de Dios (1648),
escrita y publicada alrededor del tiempo de la CFW. Especialmente la confesión
formaliza la distinción del ‘pacto de obras’ y el ‘pacto de gracia’ (art. 7):
el primero hecho con Adán y su posteridad, y el segundo hecho con los creyentes
de todos los tiempos y dispensaciones, o tanto del Antiguo como del Nuevo
Pacto, siendo un solo y mismo pacto en su sustancia.
6. George Gillespie fue un joven teólogo y delegado
escocés; el más joven, de hecho, de toda la AW. Este colaboró en la elaboración
del difícil artículo 2 sobre Dios de una forma muy singular. En medio de la
sesión Gillespie alzó su voz y oró: “Oh Dios, tú eres un espíritu, infinito,
eterno e inmutable, en tu ser, sabiduría, poder, santidad, justicia, bondad y
verdad”. Esta oración fue rápidamente transcrita y adoptada como la respuesta a
la pregunta de ¿Qué es Dios? (ver art. 2. 1). Esto es una
muestra del proceder de los teólogos al redactar la confesión, quienes no veían
el ejercicio teológico como algo solamente racional y académico, sino también
como algo espiritual y afectivo en comunión con Dios.
George Gillespie (c. 1610-1680) por
David Scougall en National Galleries of Scotland.
7. El artículo 20 aborda el crucial tema de la libertad
cristiana, esto es, que los cristianos están libres de cualquier yugo que les
impida acceder con confianza a Dios, tales como el pecado, la culpa, la ira
divina y cualquier maldición, aunque también, de forma interesante, están
libres de una observancia rigorista de las leyes ceremoniales y judiciales del
AT, estando ahora en el Nuevo Pacto obligados solamente a la obediencia de la
ley moral (o los diez mandamientos). De igual manera se afirma la libertad de
conciencia de los creyentes, a los cuales no se puede imponer en su ‘fuero
interno’ ningún mandamiento humano “en asuntos de fe y adoración”, aunque estos
siguen debiendo obediencia a las autoridades civiles y eclesiásticas en asuntos
de orden externo para la paz de la sociedad y la Iglesia.
Nota: De la ley judicial del AT la confesión aclara que aún
debe obedecerse en lo que requiera su “justicia general”, o sus principios de
justicia, de acuerdo, es importante añadir, con la luz natural y las
circunstancias de los tiempos; pero el rigor y la fuerza de esta ley ya no
están sobre los cristianos, dado que el estado político judío que la respaldaba
desapareció (art. 19. 4). De esta manera, volver a una observancia rigurosa de
la ley judicial, sería volver al judaísmo y alejarse del cristianismo. La
postura de la confesión la amplió uno de sus miembros (Burgess) en su A
vindication of the moral law (1647).
8. La CFW expresa la postura puritana del ‘día del Señor’
(el domingo), entendiéndolo como un ‘sabbat’ cristiano, esto es, un día de
reposo o descanso espiritual y físico dedicado completa y exclusivamente a la
adoración de Dios de forma privada y pública, así como a las obras de
misericordia, absteniéndose así de todo trabajo, ocupación y entretenimiento
‘mundanos’. Tan importante era este tema para los teólogos de Westminster que
le dedicaron un artículo junto con el tema de la adoración religiosa. Para aquellos
teólogos, Dios nos ha ordenado todo el modo correcto de adorarlo en su Palabra,
lo cual incluye el día en que debemos adorarlo formalmente en la Iglesia. Según
los mismos, esto él lo ha hecho en el cuarto mandamiento del decálogo
(“acuérdate del día de reposo”), que, aunque se refiere en su contexto al
sábado judío, aplica en cuanto a su principio moral al domingo cristiano. Así,
de acuerdo con estos, Dios ordena que apartemos un día entero para él de los
siete y, según la práctica apostólica del NT, ese día es el domingo.
Nota: Vale aclarar que esta no fue toda la postura de los
reformadores, ni ha sido la misma de todos los teólogos reformados, entre
quienes ha habido diversas opiniones. Tampoco fue ni ha sido la forma de
entender y guardar el domingo de todas las iglesias reformadas, ya sea en la
Europa Continental o en Inglaterra. Esta fue la postura de la iglesia escocesa,
de la iglesia presbiteriana inglesa y de varias iglesias evangélicas en Nueva
Inglaterra. Aún más, hoy en día no todas las iglesias que alrededor del mundo
suscriben la CFW aplican la postura de la misma manera: unas tienden a ser más
flexibles, mientras que otras son más rigurosas. Independientemente de esto,
como dice Philip Schaff: “La Confesión de Westminster, sin entrar en detalles,
y sin aprobar los excesos incidentales de la práctica puritana, reproduce el
día de descanso cristiano”.
Los quebrantadores del Sabbath (1896)
por J. C. Dollman. En la imagen dos hombres son sorprendidos jugando golf
durante un domingo por un par de pastores/clérigos.
9. Otro tema importante en la confesión es “la luz de la
naturaleza”, que, aunque no cuenta con un artículo propio, sin embargo, se
puede hallar su expresión a lo largo de la misma confesión. Esta significa la
facultad interior en el ser humano de entender y discernir el mundo natural por
medio de la razón. Según la misma confesión, dicha luz manifiesta con claridad
algunos atributos divinos (art. 1. 1); ordena algunas circunstancias externas
de la adoración a Dios y el gobierno de la Iglesia (art. 1. 6); puede guiar
moralmente las vidas de algunos no cristianos (art. 10. 4); revela el error de
ciertas opiniones o prácticas (art. 20. 4), y muestra la existencia de Dios
(art. 21. 1). Otras expresiones sinónimas también se hallan, tales como “la ley
de la naturaleza” (21. 7), “la razón” (art. 20. 2; 29. 6) y “el sentido común”
(29. 6). Todas estas expresiones pueden relacionarse correctamente con
conceptos tradicionales como ‘revelación natural’, ‘teología natural’ y ‘ley
natural’, ya que la misma confesión enseña que Dios se reveló por medio de la
naturaleza que creó (art. 1 1), hizo al hombre con “alma racional” para que lo
conociera (por lo que somos “criaturas racionales” [art. 7. 1]), y escribió su
ley en el corazón humano (art. 4. 2).
Nota: Ciertamente, la CFW es tajante en cuanto a que la luz
natural no es suficiente para salvarnos (art. 1. 1), pero, a pesar de esta
aclaración, la misma muestra la utilidad de la luz natural para los asuntos
naturales, que es lo que se ha mostrado anteriormente. Por supuesto, la
confesión tampoco aborda todas las formas en que esta puede ser útil, a saber,
para la ciencia, el lenguaje, el arte, la política, la economía, el derecho,
etc., pero lo que dice nos lleva en la dirección de extenderla a esas formas.
10. Además de una confesión, la AW produjo otros documentos
que la acompañaran y complementaran, conocidos como los ‘estándares de
Westminster’: (1) los catecismos Mayor y Menor,
escritos en 1647, y que tenían el fin de acercar el contenido de la confesión a
las iglesias y las familias de una forma catequética, contando uno con 189
preguntas y otro con 107. Tratan catequéticamente algunos temas propiamente
dogmáticos, pero se destacan sobre todo por su tratamiento de los diez
mandamientos, el Padrenuestro y los sacramentos. Especialmente resuenan las
palabras de la pregunta 1: “¿Cuál es el fin principal del hombre? Glorificar a
Dios y gozar de él para siempre” (CMW). (2) El Directorio para la
adoración pública de Dios (1645) fue otro documento, en
este caso litúrgico, el cual tenía la intención de reemplazar el Libro
de oración común. Este fijaba y organizaba elementos litúrgicos típicos del
culto cristiano en general, tales como la lectura de la Biblia, la predicación
del sermón, la celebración de los sacramentos, el canto, el día del Señor, el
ayuno público, la visita a los enfermos, la solemnización del matrimonio y la
sepultura de los muertos. Resaltan controversialmente la cancelación de los
días festivos cristianos (como la pascua o la navidad), el canto exclusivo de
salmos (para lo que se preparó un salterio) y la prohibición de la
lectura de los libros apócrifos del AT en el culto público (y por extensión de
cualquier escrito humano); todo lo cual es conforme con el entendimiento
estricto del llamado ‘principio regulador del culto’, que se expresa
esencialmente en la CFW (art. 21). Pero más allá de esto, y siendo justos,
el Directorio transmite un sentimiento de orden, reverencia y
piedad para con Dios, así como una elegante sencillez en sus arreglos
litúrgicos, y en este sentido puede ser apreciado. (3) Por último, se produjo
la Forma del gobierno eclesiástico presbiterial que, como su
nombre revela, establece el presbiterianismo como el sistema de orden más
bíblico y acorde para la Iglesia Cristiana. Esto no es sorpresa si se considera
que la mayoría de los teólogos en la Asamblea eran presbiterianos, aunque
igualmente hubo una representación y defensa importante del congregacionalismo
(gobierno autónomo de las iglesias locales).
Catequesis presbiteriana (1847) por John
Phillip.
Pero volviendo a la historia: al ser restaurada la
monarquía en los tres reinos (1660), y al ser anulada legalmente la AW y sus
efectos, la CFW fue abandonada en Inglaterra por la iglesia anglicana oficial.
Aun así, esta sirvió en la Asamblea de Savoy (1658, Londres) como una plantilla
para la Declaración de Savoy, una confesión de fe
congregacionalista que adoptó la CFW, eliminando los artículos 30 y 31 sobre la
forma de gobierno, añadiendo la postura de un gobierno local autónomo (art. 25
sobre la Iglesia), y creando un artículo nuevo (“del evangelio”). En esta
Asamblea participó el viejo Goodwin, y un nuevo e importante teólogo: John Owen
(1616-1683) de la Universidad de Oxford. Sobre la base de esta revisión de
Savoy poco después se produciría la Confesión bautista de Londres (1677-89),
que haría mayores cambios al texto original de la CFW, especialmente en los
artículos de la Escritura, los pactos, la Iglesia y los sacramentos. En cambio,
en Escocia la CFW ha sido la confesión de la iglesia oficial aun hasta nuestros
días (aunque igualmente con cambios). Dos denominaciones que en la modernidad
han surgido de esta iglesia oficial, la Free Church of Scotland y la United
Free Church of Scotland, también la suscriben.
Pero más allá de Europa, a través de los peregrinos
ingleses, la CFW llegaría al ‘nuevo mundo’, y en 1729 se crearía la Iglesia
Presbiteriana en los Estados Unidos de América, la cual la adoptaría en 1788
con modificaciones en el artículo 23 sobre el magistrado civil, con la creencia
de que el gobierno “no debería interferir ni un poco en los asuntos de fe”
(algo que el texto original de la CFW permitía). Otras denominaciones
presbiterianas que se formarían en los EEUU mantendrían esta versión de la confesión.
Pero esta ha llegado más lejos, incluso a Latinoamérica, donde, por ejemplo,
llegó a Brasil a través de misioneros presbiterianos-americanos como Ashbel
Green Simonton (1833-1867). Lo mismo ocurrió en el siglo XIX (aunque con menos
influencia) en otros países latinos. En la actualidad, gracias a la extensión
del internet, la CFW puede hallarse fácilmente online y en español, así como
también se puede acceder a libros de estudio, siendo uno de los más influyentes
el del teólogo americano G. I. Williamson. Esto en parte ha ocasionado la
aparición de varias iglesias presbiterianas, consideradas ‘low church’, entre
el evangelicalismo latinoamericano, pero que en mayor o menor medida desean
seguir fielmente la CFW y sus estándares.
Aunque ciertamente la CFW no es la única confesión
protestante, ni es la más suscrita dentro de la iglesia protestante, aun así
esta puede ser apreciada como un documento credal-histórico que declara la fe
cristiana fundamental de forma sistemática, precisa y clara, siendo así una de
las confesiones protestantes más académicas y científicas, y teniendo un lugar
importante en el escolasticismo protestante del siglo XVII. De su larga
historia puede apreciarse el desarrollo que experimentó a lo largo del tiempo,
recordándonos que la teología de la Iglesia cristiana progresa en la medida que
tiene mayor luz acerca de ciertos asuntos, sin apartarse de la fe una vez dada
a los santos, y estando atenta a la palabra profética más segura que alumbra en
lugar oscuro, que es precisamente lo que en su contexto y tiempo buscaron hacer
los teólogos de la AW con aquella nueva confesión.
https://biteproject.com/westminster/
martes, 14 de abril de 2026
¿Escucha Dios las oraciones escritas?
Lecciones de una controversia puritana
Entre los puritanos hubo controversia
respecto al uso de oraciones escritas: ¿son bíblicas y escuchadas por Dios, o
contradicen el corazón cristiano sincero? En medio de las posiciones
encontradas, podemos aprender valiosas lecciones para nuestra propia adoración
pública y privada.
Primera página de título del Libro de
Oración Común / Imagen: Dominio público
https://es.wikipedia.org/wiki/Libro_de_Oraci%C3%B3n_Com%C3%BAn#/media/Archivo:Book_of_Common_Prayer_1760.jpg
Los últimos 70 años han sido testigos de un resurgimiento
del interés por los puritanos. Dos eventos en particular han lanzado a los
puritanos de las polvorientas páginas de la historia al centro del calvinismo
convencional. El primero fue la creación de Banner of Truth Trust en
1957 con el fin de volver a publicar los clásicos de la literatura puritana.
Luego, las últimas décadas han visto el surgimiento del Nuevo Calvinismo, que
encuentra sus raíces históricas y teológicas dentro del movimiento puritano. El
resultado es que muchos (incluyéndome) anhelan derribar el estereotipo,
repetido a menudo, de que los puritanos eran aquellos que tenían “el miedo
persistente de que alguien, en algún lugar, pudiera ser feliz”.
Algunos observadores del cristianismo también han notado
cómo ciertos evangélicos (incluidos los que se identifican como reformados) se
han desplazado hacia un enfoque del culto más litúrgico. En años recientes, los
cristianos han deseado comprender la visión de los puritanos sobre el uso de
oraciones escritas tanto en el culto público como en el privado. Aunque muchos
de ellos argumentaron en contra de la prescripción del Libro de Oración
Común de implementarlas en las reuniones congregacionales, algunos
creían que tal práctica era coherente con la adoración bíblica. Además, la
mayoría de los puritanos —incluso aquellos que se oponían al uso de oraciones
escritas en el culto público— creían que era perfectamente legítimo usarlas en
el culto privado o incluso familiar.
En este artículo examinaremos los argumentos más
importantes presentados por algunos de los puritanos más influyentes,
particularmente John Owen, John Bunyan, Richard Baxter y Matthew Henry.
Analizaremos sus argumentos a favor y en contra del uso de oraciones escritas
tanto en el culto público como en el privado. Terminaremos explorando cuatro
lecciones que podemos aprender al estudiar las perspectivas de los puritanos
sobre estos temas tan importantes.
Puritanos perseguidos
Para comprender por qué muchos teólogos puritanos se
opusieron al uso de cualquier oración establecida en el culto público, es
importante recordar el contexto histórico en el que vivieron y ministraron. El
movimiento del que hacían parte comenzó a principios de la década de 1560,
cuando la reina protestante Elizabeth
I ascendió al trono tras la muerte de su hermana católica, la reina
María I. Como resultado de esta transición, los puritanos ingleses pudieron
regresar a casa desde la Europa continental (particularmente desde la Ginebra
de Juan Calvino),
donde habían estado viviendo en el exilio para evitar la persecución católica.
Trajeron consigo convicciones recién forjadas sobre la
naturaleza de la doctrina, el culto y el gobierno de la Iglesia bíblicos y, en
su opinión, verdaderamente reformados. Creían que la Iglesia de Inglaterra —con
su compromiso doctrinal con los Treinta y nueve artículos, las formas
litúrgicas establecidas de oración (descritas en el Libro de Oración
Común) y el gobierno episcopal— estaba “reformada a medias” y necesitaba un
cambio más profundo, siguiendo el modelo de la Ginebra de Calvino. Así, durante
el siglo siguiente, buscaron reformarla. Algunos persiguieron estos ideales
como miembros algo leales a la Iglesia establecida, mientras que otros
permanecieron fuera de ella e intentaron instaurar estructuras paralelas a
ella, aunque a menudo fracasaron.
Si bien los primeros 80 años del movimiento puritano
tuvieron poco éxito, las décadas de 1640 y 1650 fueron la edad de oro, en la
medida en que la aspiración de sus partidarios de formar una iglesia nacional
basada en sus principios estaba ahora a su alcance. Sin embargo, su líder
político, Oliver
Cromwell, murió en 1658 y su hijo Richard ocupó su lugar como Lord
Protector de Inglaterra, pero este último carecía del liderazgo carismático y
el talento de su padre. En dos años, los puritanos concluyeron que su visión se
ejecutaría mejor en el suelo estable de una monarquía restaurada en lugar de
una república fallida. En consecuencia, invitaron a Carlos II —hijo de Carlos
I, a quien ejecutaron en 1649— a regresar del exilio para reinstaurar la
corona.
Las negociaciones iniciales entre el parlamento y Carlos II
para una iglesia nacional “ampliamente inclusiva” que otorgara libertad a las
conciencias puritanas en torno al gobierno y el culto parecían prometedoras.
Sin embargo, tras el fracaso en alcanzar un consenso sobre su alcance y sus
estructuras particulares, y la elección de una nueva lista de jóvenes
anglicanos “Cavaliers” (caballeros) para el parlamento en 1661, la marea
política y eclesiástica cambió totalmente a favor de los anglicanos y en contra
de los entonces marginados puritanos.
Ahora, no solo se desvanecieron sus esperanzas de una
iglesia nacional ampliamente inclusiva, sino que la probabilidad de persecución
era inminente, ya que la Iglesia establecida emitió un mandato conocido como la
Ley de Uniformidad (1662). Esta exigía que todo el clero inglés ordenado
repudiara su antigua ordenación presbiteriana y sus lealtades políticas, y se
sometiera a la reordenación por un obispo y a la adhesión a los ideales
litúrgicos descritos en el Libro de Oración Común, que acababa de
ser revisado en una dirección más anglicana. Aquellos ministros que no se
conformaran por escrito perderían tanto sus puestos ministeriales como los
beneficios ligados a ellos. Al final, más de 2000 clérigos en Inglaterra y
Gales no se conformaron y fueron expulsados de sus púlpitos y beneficios. Fue
la persecución más significativa y sistemática de los puritanos en sus más de
100 años de historia.
Contra las oraciones escritas en el culto público
Dada su convicción de que la Iglesia de Inglaterra estaba
“reformada a medias” y su experiencia de persecución por buscar reformarla, no
es sorprendente que muchos teólogos puritanos se opusieran al uso de cualquier
oración escrita en el culto público. Consideremos algunos de los argumentos que
puritanos como John Owen y John Bunyan plantearon
contra la práctica.
Las oraciones escritas violan el principio regulador
La razón más clara por la que los puritanos se opusieron a
tales oraciones es porque creían que Su uso violaba el principio regulador del
culto, a saber, que nada debe hacerse en el culto público a menos que esté
prescrito por la Palabra de Dios.
En una de las defensas más formidables del principio
regulador, que también es su crítica más extensa a la Iglesia de Inglaterra,
John Owen (1616-1683) argumentó que Su compromiso con el principio regulador
del culto, y particularmente con el segundo mandamiento, requería Su oposición
al uso de oraciones escritas en el culto público. Owen argumentó que eran “una
invención humana” y una violación idolátrica del segundo mandamiento. Incluso
sostuvo que, aunque los apóstoles fueron inspirados por el Espíritu Santo para
escribir la Escritura, nunca fueron inspirados para escribir “formas prescritas
de oración, ya sea para toda la Iglesia o para personas individuales”.
Por lo tanto, concluye que, si a los mismos apóstoles nunca
se les encomendó este deber, “no se ha dado a nadie tal promesa especial para
esta obra de componer oraciones”. La explicación de Owen de por qué existían
oraciones escritas en el culto público era simple: a lo largo de la historia
humana desde la caída, el hombre ha ideado otras formas de “adorar” a Dios
distintas a las prescritas por el Señor mismo según lo “revelado en la Palabra
de Dios”.
John Bunyan (1628-1688) también defendió el principio
regulador del culto, oponiéndose específicamente a las oraciones escritas
porque “no las encontró mandadas en la Palabra de Dios”. En pocas palabras,
estos puritanos prohibieron su uso en el culto público porque la práctica no
estaba prescrita en la Escritura.
Las oraciones
escritas son una práctica católica e incluso del Antiguo Testamento
En segundo lugar, los puritanos creían que el uso de
oraciones escritas en el culto público era una práctica católica y del Antiguo
Testamento. Por ejemplo, tanto Owen como Bunyan argumentaron que su
implementación por parte de la Iglesia de Inglaterra la hacía culpable del
error católico de adorar según la invención humana. Owen fue aún más lejos al
afirmar que esto reducía el culto “al estado y condición mismos en que se
encontraban en el judaísmo” y, por lo tanto, era antitético a la obra salvadora
de Cristo. Pues Él “liberó a Sus discípulos del yugo de las instituciones
mosaicas”, y la misma destrucción del templo de Jerusalén por los romanos en el
70 d. C. fue una indicación providencial de que se había producido una
transición en el culto a Dios. En resumen, el patrón del Antiguo Testamento
quedó literalmente “enterrado en las ruinas de la ciudad y el templo”, haciendo
imposible adorar a Dios de esa manera.
La oración es principalmente interna
En tercer lugar, los puritanos argumentaron que el Libro
de Oración Común no podía facilitar lo que era principalmente un
compromiso interno, espiritual y sincero de los afectos expresado en palabras
externas. Tras la Ley de Uniformidad, John Bunyan fue encarcelado por su
inconformidad y se le negó la oportunidad de ser liberado de prisión porque no
prometía dejar de predicar según los principios puritanos. Su oposición al uso
de oraciones escritas en el culto público fue un punto central de discusión en
el juicio con las autoridades, especialmente con sir John Keeling, que tuvo
lugar siete semanas después de su encarcelamiento inicial.
En el Discurso sobre la oración (1662) de
Bunyan, publicado durante su encarcelamiento, él argumentó que el uso de
plegarias escritas se oponía a la esencia misma de la verdadera oración que
debía ser “con el espíritu y con el entendimiento” (ver 1 Co 14:15). Citando
textos como Jeremías 29:12-13 y haciendo eco de Juan Calvino y Matthew Henry,
Bunyan dijo: “La oración es un derramamiento del corazón o del alma a Dios,
sincero, sensible y afectuoso (…) por las cosas que Dios ha prometido, o
conforme a la Palabra”. Cuando Keeling le preguntó en su juicio si uno podía
“orar con el espíritu y con el entendimiento” usando “el Libro de
Oración Común”, Bunyan respondió que estaba convencido de “que es imposible
que todos los libros de oración que los hombres han hecho en el mundo levanten
o preparen el corazón”, porque “no es la boca lo principal a lo que hay que
mirar en la oración, sino si el corazón está tan lleno de afecto y fervor en Cuando
las autoridades defendieron esta práctica argumentando que “las oraciones
hechas por los hombres son buenas para enseñar y ayudar a los hombres a orar”,
Bunyan respondió que si bien “un hombre puede decirle a otro cómo debe orar”,
ni él ni el libro de oraciones podían ayudarle a “dar a conocer su condición a
Dios” o despertar en su corazón deseos de venir a Dios, ya que esa era la obra
del Espíritu para ayudar al creyente en la oración (Ro 8:26). De hecho, los
puritanos creían que no había nada distintivamente espiritual en la
pronunciación de formas familiares específicas, ya que la verdadera
espiritualidad implicaba comprometer los afectos en la oración, porque solo
“entonces el hombre entero está comprometido”. Dado que el énfasis en la
importancia de la religión del corazón era un tema principal entrelazado en
toda la teología puritana, no es de extrañar que fuera central en Su
comprensión de la oración.
Las oraciones escritas apagan al
Espíritu
En cuarto lugar, Bunyan y Owen argumentaron que las
plegarias escritas no solo no facilitaban la verdadera oración, sino que
apagaban al Espíritu Santo. Owen las llamó “una forma limitada de oraciones”,
cuyo “uso constante e invariable (…) puede convertirse en una gran ocasión para
apagar al Espíritu”. Del mismo modo, el predicador independiente galés Walter
Cradock (aprox. 1606-1659) dijo que quienes exigen su uso en el culto público
“restringen al Espíritu de Dios en los santos”, así como en el propio ministro.
Pues, aunque un ministro viniera al Señor en oración pública con la carga de
derramar “su alma al Señor” por su congregación, estaba “atado a un viejo libro
de servicios” que le obligaba a “leerlo” hasta que “apenaban al Espíritu de
Dios, y secaban” sus “espíritus como una astilla”.
Los
ministros dirigen usando oraciones públicas empoderadas por el Espíritu
Finalmente, los puritanos argumentaron que los ministros
estaban facultados para dirigir al pueblo de Dios en el culto público por el
Espíritu, y no por las palabras escritas de los hombres. Owen argumentó que el
uso de oraciones escritas en realidad “hacía inútil” el verdadero medio de
Cristo para dirigir la oración pública, a saber, Su “envío del Espíritu Santo
(…) para capacitar” al ministro para dirigir a la congregación en el “culto
divino”. En la mente de Owen, había dos tipos de ministros: aquellos que
administraban correctamente las “cosas santas en sus asambleas” con la ayuda
del Espíritu Santo, y aquellos que ministraban “por la prescripción de una
forma de palabras” de los hombres.
Del mismo modo, Bunyan dijo que incluso si los ministros
“tuvieran mil Libros de Oración Común” pero carecieran del “Espíritu”, “no
sabrían por qué deberían orar como es debido”, sino que serían “como los hijos
de Aarón, ofreciendo fuego extraño” (Lv 10:1-2). Owen y Bunyan argumentaron
asimismo que, dado que el Espíritu debe equipar a los ministros con la
capacidad de orar extemporáneamente en la oración pública, por extensión
aquellos que dependían de la liturgia del libro de oraciones carecían del don
espiritual necesario de Dios para el ministerio. Los puritanos incluso buscaron
proporcionar a los ministros menos competentes herramientas —como las
“Instrucciones sobre cómo alcanzar el don de la oración y la prontitud de
expresión en ese deber” en el libro The Spirit of Prayer (El espíritu de la
oración) de Nathaniel Vincent— para darlos a crecer en la oración extemporánea.
A
favor de las oraciones escritas en el culto público
Sin embargo, aunque los argumentos anteriores fueron
dominantes en todo el movimiento puritano, hubo otros representantes del
movimiento —especialmente Richard
Baxter (1615-1691)— que estaban abiertos a usar oraciones escritas en
el culto público. Aunque Baxter elogiaba la oración extemporánea, comprendía
estos argumentos contra las oraciones escritas y tenía serias preocupaciones
sobre el Libro de Oración Común (y deseaba reformarlo). Creía,
no obstante, que había algunas ventajas en usarlas, al igual que Juan Calvino,
compuso oraciones establecidas para su uso en el culto público.
Incluso llegó a componer una alternativa puritana al Libro
de Oración Común, completa con formas litúrgicas y plegarias escritas
extraídas principalmente de la Escritura y especialmente de la oración del
Señor y los Diez Mandamientos. La redactó en solo dos semanas y afirmó que solo
usó la Biblia, su concordancia bíblica y el Directorio de la Asamblea de
Westminster. Esperaba que su Liturgia reformada (como se
llamaría) pudiera ser un libro de oraciones sustituto que tanto sus colegas
presbiterianos moderados como sus oponentes anglicanos pudieran apoyar. A
continuación, se presentan algunos de los argumentos de Baxter a favor del uso
de oraciones escritas en el culto público.
Las
oraciones escritas pueden prevenir el desorden y la repetición innecesaria
Primero, Baxter argumentó que el uso de oraciones escritas
en el culto podía prevenir el desorden y la repetición innecesaria en la
oración pública. Sostuvo que las oraciones públicas de “muchos cristianos
débiles” estaban tan plagadas de “desorden, repeticiones y expresiones
inadecuadas” que prefería que usaran plegarias escritas. Afirmó que otros
puritanos mantenían la misma posición, diciendo que el teólogo de la Asamblea
de Westminster, Simeon Ashe (1595-1662), “nos ha dicho a menudo que esta era la
mentalidad de los antiguos no conformistas, y que a menudo ha escuchado a
algunos ministros débiles ser tan desordenados en la oración, especialmente en
el bautismo y la Cena del Señor, que habría deseado que usaran preferiblemente
la Oración Común”.
Las
oraciones escritas pueden ser una ayuda subordinada a la guía del Espíritu
Santo
Segundo, Baxter argumentó que el uso de oraciones escritas
podía funcionar como una “ayuda” que estaba “subordinada a la ayuda del
Espíritu”. Dijo que las oraciones escritas podían ayudar a los cristianos a
orar de la misma manera que las “gafas” ayudan a otros a ver o incluso las
“notas de los sermones” ayudan a las “memorias débiles”, compartiendo incluso
con franqueza que las “formas establecidas a menudo me sirven de ayuda”. Si
bien estaba de acuerdo con quienes sostenían que la verdadera oración procede
del corazón, argumentó contra quienes se oponían a las oraciones escritas por
este motivo, diciendo que “es un gran error pensar que los dones y las gracias
del Espíritu Santo no pueden ejercerse si usamos las mismas palabras, o si
estas están prescritas”.
El
Padre Nuestro es una oración escrita
Tercero, los puritanos estaban quizás más abiertos al uso
del Padre nuestro en el culto público, ya que fue prescrito por Jesús mismo
como un patrón de cómo orar. La Asamblea de Westminster discrepó sobre si
incluirlo en el Directorio para el culto público. Algunos teólogos
estaban encantados de hacerlo, mientras que otros se mostraban reticentes a
obligar a las iglesias a usarlo en el culto. Mientras que los primeros creían
que serviría de modelo para enseñar a los congregantes a orar, el segundo grupo
creía, como habían argumentado Bunyan y Owen, que ni siquiera las meras
palabras del Padre Nuestro podían incitar a la verdadera oración desde el
corazón, ya que esta es la obra del Espíritu. Al final, el Directorio
para el culto público no exigió que los ministros usaran el Padre
Nuestro en el culto, sino que lo “recomendó”, como afirmó el teólogo de
Westminster William Gouge, como “un patrón de oración” y “una oración sumamente
completa (…) para ser usada en las oraciones de la Iglesia”.
Las
oraciones escritas tienen precedentes históricos
Por último, los puritanos, particularmente Richard Baxter y
John Preston (1587–1628), argumentaron que había suficientes precedentes a lo
largo de la historia de la Iglesia de teólogos reformados de confianza que
utilizaban oraciones escritas en el culto público. Por ejemplo, escribió: “No
hay duda de que se puede usar una forma establecida [de oración]” en el culto
público, como habían hecho Lutero, Calvino, la Iglesia primitiva y “la Iglesia
en todo momento”.
La diversidad de puntos de vista a lo largo de la historia
de la Iglesia llevó a Baxter a la conclusión de que la convicción de un
ministro respecto a la oración escrita era un asunto secundario sobre el cual
se le debía dar libertad de conciencia “a su discreción”, ya que las oraciones
escritas no pertenecen “a la salvación de los hombres, ni por su naturaleza ni
por virtud de ninguna promesa de Dios”. Entender esto es clave para comprender
su posición. Pues, aunque el propio Baxter se vio afectado por la Ley de
Uniformidad y defendió a los ministros expulsados en 1662, antes y después de
la gran expulsión trabajó para cultivar la unidad mediante la negociación de
una posición mediadora que pudiera ser aceptable tanto para puritanos como para
anglicanos.
Los
teólogos puritanos eran más cercanos de lo que se presupone
Estos desacuerdos entre los puritanos sobre el uso de
oraciones escritas en el culto público a menudo se ocultaron. Una excepción
notable fue un choque entre Owen y Baxter que resultó en que este recibiera una
copia de los Doce argumentos contra cualquier conformidad al culto que
no sea de institución divina de Owen y de que Baxter respondiera con
su propia obra.
Geoffrey Nuttall ha argumentado de manera persuasiva que, a
pesar de sus diferencias expresadas, “Baxter y Owen estaban de hecho (…) cerca
espiritualmente” en este tema. Por ejemplo, a pesar de toda Su oposición al uso
de oraciones escritas en el culto público, en un momento dado Owen parece
suavizarse, expresando que, si bien no desea manifestar “ningún desacuerdo” ni
“juzgar o condenar” ni la práctica ni a quienes usaban oraciones escritas, sí
argumenta que no es necesario usarlas. Esto llevó a Nuttall a concluir que tal
vez parte de la razón por la que ambos diferían sobre la oración escrita era
porque Owen nunca superó el hecho de que fuera el celo de los anglicanos por
las oraciones establecidas lo que llevó a “silenciar, destruir y desterrar” a
sus hermanos puritanos.
El
uso de libros de oración privados
Si bien los puritanos estaban divididos sobre el uso de
oraciones escritas en el culto público, en general simpatizaban bastante con la
implementación de libros de oración privados en el culto personal y familiar.
Su razón era única y sencilla: creían que podían ser especialmente útiles para
ayudar a las personas y a las familias a aprender a orar según la Escritura.
Decían que, así como los flotadores inflables podían ser útiles para ayudar a
un nadador principiante a nadar, estos libros de oración privados podían ayudar
a los cristianos a aprender a orar tanto en las oraciones privadas como en las
familiares. Aunque docenas de puritanos publicaron libros de este tipo, muchos
de los más conocidos —como El caminar diario del cristiano de
Henry Scudder, El ejercicio diario del santo de John
Preston, El espíritu de oración de Nathaniel Vincent y La
práctica de la piedad de Lewis Bayly— se reimprimieron continuamente a
lo largo del siglo XVII en Inglaterra.
Probablemente el más conocido de estos devocionales de
oración privada fue Un método para la oración (1710) del
ministro presbiteriano Matthew
Henry (1662–1714). Uno percibe la importancia que Henry daba a la
oración por el hecho de que, en realidad, interrumpió la finalización de su
ahora famoso comentario sobre toda la Biblia para escribirlo. Henry compuso
intencionadamente su obra utilizando únicamente el lenguaje de las Escrituras
para demostrar “la suficiencia de la Escritura para equiparnos para toda buena
obra” y para enseñar a los cristianos a invocar las promesas de Dios. No
obstante, admitió que “a menudo es necesario utilizar otras expresiones en la
oración además deuram las pente bíblicas”.
El libro de Henry está organizado según un patrón bastante
familiar —adoración, confesión, peticiones y súplicas por nosotros mismos,
acción de gracias, intercesión por los demás y una conclusión— que seguía el
esquema básico de la “oración pública antes del sermón” en el Directorio
de Westminster para el culto público. Su libro también contiene plegarias
escritas para numerosas ocasiones, incluyendo unas diarias para la mañana y la
noche, unas de los padres por sus hijos, oraciones breves que los niños podrían
usar para aprender a orar, una paráfrasis del Padre Nuestro para niños y
jóvenes, y algunas específicas para bendiciones y desafíos especiales. También
había algunas para hacer en privado (o presumiblemente en público) en un
servicio de culto público antes de la Cena del Señor y durante los servicios de
matrimonio o funeral.
Lecciones
de los puritanos
Podemos aprender al menos cuatro lecciones al estudiar las
perspectivas de los puritanos sobre las oraciones escritas. Primero, los
puritanos poseían un celo vital por adorar a Dios según las prescripciones de
la Escritura en lugar de las preferencias propias. En una época en la que
muchas iglesias adoran a Dios según las últimas tendencias mundanas o
eclesiásticas para aumentar la asistencia a la iglesia, atraer a los no
creyentes o ser relevantes para la cultura, los puritanos comprendieron que
Dios es honrado por el culto bíblico y solo bendecirá este.
Segundo, los puritanos nos instan a buscar a Dios con todo
nuestro corazón en el culto público. Al haber adorado en diversos entornos de
iglesias reformadas a lo largo de los años, he notado que a veces los más
celosos por preservar el principio regulador del culto parecen carecer más de
la convicción central de los puritanos: a saber, que el instrumento principal
que debe estar comprometido a lo largo de todo el culto público (al orar,
cantar, escuchar el sermón) es el corazón. Comprendieron que quienes simplemente
cumplen con los ritos del culto no se diferencian de los fariseos, de quienes
Jesús dijo: “Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está muy
lejos de Mí” (Mt 15:8).
Tercero, este estudio de los puritanos nos enseña que es
posible que los reformados fieles difieran en asuntos secundarios, y que a
veces esas variaciones son el resultado del desconocimiento de la existencia de
prácticas similares dentro de su propia tradición reformada o de diferentes
experiencias personales. Por ejemplo, además de la percepción de Nuttall sobre
cómo la persecución afectó de manera distinta a Owen y Baxter, es posible que
algunos puritanos no supieran que influyentes teólogos reformados como Juan
Calvino compusieron oraciones escritas para el culto público.
Finalmente, los puritanos nos animan a usar la Escritura
para dar forma a nuestras oraciones y comprometer nuestros corazones con este
medio de gracia. Ya sea que esta idea te resulte familiar o nueva, te animo a
usar los Salmos, el Método para la oración de Matthew Henry o
la colección de oraciones puritanas El valle de la visión como
medios para cultivar la oración de las Escrituras en tus tiempos devocionales
diarios con Dios.
Una sección del Método para la oración de
Matthew Henry que me parece particularmente perspicaz es su exhortación a
comenzar el tiempo de lectura de las Escrituras y de oración con la meditación
en la Escritura para dirigir los afectos hacia una comunión vital con Dios.
Esta práctica anima al creyente a fijar Su “atención” totalmente en “el Señor”
y a “situarse [a sí mismo] en Su presencia especial”. De este modo, el creyente
puede “atender al Señor sin distracción” y sin que su corazón esté “lejos de Él
cuando” se acerca a Dios en oración. En última instancia, la lección principal
que nos enseñan los puritanos es buscar al Señor en oración con la plena
seguridad de que, al acercarnos a Él, Él se acercará a nosotros (Stg 4:8).
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