DE CÁRDENAS A LÓPEZ PORTILLO:
MÉXICO ANTE LA REPÚBLICA ESPAÑOLA, 1936-1977
Cárdenas y la República Española
Es de
suponer a priori que una política exterior, mantenida sin tregua ni
desmayo durante más de cuarenta años, tuvo fundamentos muy sólidos y valederos,
que no estuvo determinada ni por el capricho ni por el azar y si lo hubiera
estado sería en verdad digna de admiración y de estudio como fenómeno histórico
monstruoso. Entre 1939 y 1976 siete presidentes mexicanos -y en México es al
presidente a quien corresponde ex oficio dictar la política externa-, se
negaron tercamente a establecer relaciones diplomáticas con el gobierno del
general Francisco Franco. El caso resulta tanto más admirable cuanto que a lo
largo de esos años no dejó de haber un contacto activo y comunicación constante
entre México y España a varios niveles: humanos, culturales y económicos. Hubo
también activas, constantes y fuertes presiones internas y externas amén de
poderosas razones en favor de que, a su turno, los siete gobiernos, todos ellos
emanados de la Revolución Mexicana, pero todos con características y estilo
propios que los distinguen radicalmente entre sí, reconocieran al gobierno
franquista.
Las
explicaciones que dan razón de un caso tan especial han de buscarse en el
régimen de Lázaro Cárdenas en el periodo correspondiente a la Guerra Civil
española. Entre 1936 y 1939 se originan las condicionantes fundamentales de la
política mexicana hacia España. El régimen cardenista, en éste como en tantos
otros sentidos -el político, el económico, el cultural-, resulta el punto de
partida básico del México contemporáneo; el periodo en que se echan los
cimientos para los logros y también para las limitaciones de la vida mexicana
de los últimos cuarenta años.
Al liquidar
el maximato callista y los restos de los cacicazgos regionales independientes
del poder central; al darle un nuevo sentido, una nueva dignidad y un poder
casi omnipotente a la presidencia; al unificar y fortalecer al partido oficial
y convertirlo en instrumento de los designios gubernamentales, Cárdenas
estableció las reglas del juego político, que habrían de tener vigencia hasta
la crisis de los setenta. El México del "desarrollismo estabilizador"
no hubiera podido construirse de haber faltado los pilares puestos por Cárdenas
en el sistema económico. La repartición de la tierra a los campesinos no
implicó en exclusiva que por fin se empezase a cumplir a gran escala uno de los
objetivos fundamentales por los que las masas campesinas habían luchado durante
la revolución y apoyado a los gobiernos revolucionarios; implicó también un
profundo cambio estructural del sistema de tenencia de la tierra que real y
potencialmente aumentó la productividad del campo mexicano, y al distribuir la
riqueza entre sectores más amplios de la población ensanchó el mercado interno
en beneficio de la incipiente industria nacional, a la cual se favoreció además
acelerando la inversión gubernamental en proyectos de infraestructura que
facilitaron la integración del variado mosaico de regiones mexicanas en un
verdadero mercado interno más vasto a escala propiamente nacional. Con la
nacionalización del petróleo el Estado mexicano se hizo de un instrumento
particularmente idóneo para impulsar el desarrollo industrial. Apoyando a los
organismos obreros y sus demandas de mejoramiento económico Cárdenas logró un
amplio respaldo para su política, al mismo tiempo que establecía los mecanismos
de control para evitar que la clase obrera se convirtiera en una fuerza
independiente, capaz de oponerse al gobierno en igualdad de condiciones.[ 1 ]
En el plano
cultural Cárdenas no dudó en entregar el sistema educativo a sus amigos
radicales, quienes no vieron incongruencia en continuar con el intento de
imponer una educación pretendidamente socialista en un país de estructura
capitalista atrasada.[ 2 ] El propio Cárdenas, sin embargo,
nunca fue socialista. Aunque partidario de que el Estado adquiriera el mayor
peso posible en el manejo y control de ciertas áreas vitales para la vida
nacional, como la economía y la educación, jamás llegó a proponer ni la
apropiación por el Estado de todos los medios de producción ni la abolición de
la propiedad privada. Pero, aunque no fuese socialista tenía grandes simpatías
por los que tal se proclamaban, y consideró saludable para la vida democrática
del país permitirles, dentro de ciertos límites, hacer todo el ruido que
desearan alrededor de sus ideas.
En cierta
medida los grandes lineamientos de la política exterior de Cárdenas estuvieron
condicionados por la necesidad de proyectar hacia adentro una imagen
izquierdista que satisficiera al ala radical del partido oficial, y a los
izquierdistas que sin pertenecer al Partido Nacional Revolucionario (PNR)
apoyaban la política interna del presidente viendo en ella la realización de
por lo menos algunos de sus objetivos. [ 3 ] Cárdenas no quería ni tenía por
qué olvidar que habían sido, entre otros, los radicales del partido los que
lanzaron su candidatura en 1934, y los que lo habían apoyado en la crisis
provocada por Calles al tratar de intervenir en la política presidencial. En
los izquierdistas en general tenía una base de poder importante que le era
necesario conservar y a la que había que mantener contenta. Sin duda, Cárdenas
sabía que para los radicales de todos los matices era muy importante creerse
parte de un movimiento reivindicador a escala mundial, que seguían con atención
minuciosa los progresos de la revolución en el mundo y procuraban ligar y
contrastar sus logros con los de la Revolución Mexicana.
Pero por
mucho que Cárdenas procurase dar satisfacción a sus amigos izquierdistas en el
diseño de su política internacional, es evidente que su preocupación primordial
en este campo era asegurar los intereses nacionales de México a través, sobre
todo, de una afirmación constante de sus derechos soberanos. Que la afirmación
de la soberanía nacional adquiriese un tono izquierdista halagador para ciertos
grupos era en realidad una afortunada coincidencia, de ninguna manera el factor
fundamental que dictase los caminos a seguir. El factor fundamental, de hecho,
lo constituía -lo constituye- la ominosa presencia de los Estados Unidos, que
habían probado ser a lo largo de la historia lejana y reciente un vecino rapaz,
dispuesto a intervenir en los asuntos internos de México siempre que viese o
creyese amenazados sus intereses. De llevar adelante -y Cárdenas estaba
dispuesto a hacerlo- el programa reivindicador de la Revolución Mexicana : la
nacionalización de los sectores clave de la economía, el ejercicio real del
derecho de la nación sobre las riquezas del subsuelo, la confrontación con los
Estados Unidos y otras grandes potencias parecía inevitable. A falta de medios
contundentes para defender los intereses nacionales, Cárdenas optó por insistir
en la afirmación de unos cuantos principios jurídicos básicos, cortos en
enunciación, largos en alcances, que resumían la posición defensiva mexicana y
posibilitaban en teoría la práctica de una política nacionalista independiente:
el principio de la autodeterminación de los pueblos y el principio de no
intervención.[ 4 ]
Con
terquedad comprensible si se toma en consideración cuánto le iba a México en la
aplicación práctica y en carne propia de estos principios, en todos los foros
internacionales que le fue posible Cárdenas los difundió y defendió en un
intento no totalmente vano por lograr que se convirtiesen en parte integral de
un derecho internacional aceptado por todos los pueblos de la tierra. En todos
los conflictos concretos en que tuvo ocasión de aplicarlos, o mejor dicho de
señalar su violación, no perdió la oportunidad de hacerlo. Así se condenó la
invasión de Abisinia por Italia, el ataque del Japón a China, la intervención
de Italia y Alemania en la guerra de España, la anexión de Austria y el
desmembramiento de Checoslovaquia por Alemania y el ataque de Rusia a
Finlandia.
En relación
con España puede argüirse que la postura mexicana no fue más que una
reiteración de los principios caros a nuestra jurisprudencia internacional, una
oportunidad como tantas de defendernos a nosotros mismos defendiendo a los
demás. Fue eso, efectivamente, pero fue también mucho más. Tratándose de
España, México no podía limitarse a enfrentar el caso como otro cualquiera.
Pesaban todavía demasiado en la conciencia mexicana trescientos años de
historia común, cuya valoración había sido y continuaba siendo motivo de
profunda discordia entre los partidarios de distintas concepciones sobre lo que
era y debía ser la vida nacional.[ 5 ] Para un pueblo como el mexicano
que carga a cuestas su historia como un trauma insoluble, resultaban presentes
todos los agravios y todos los beneficios reales o imaginarios recibidos de
España. El español continuaba siendo uno de los términos irreductibles de una
amalgama que no terminaba de cuajar, tanto más cuanto que de España no habían
cesado de venir a México inmigrantes que, si acaso no se habían integrado
plenamente a la vida nacional, sí eran parte integrante de la sociedad mexicana
y polarizaban, en grupo o individualmente, la relación amor-odio del mexicano
hacia España. Entre la elite intelectual existía además una viva conciencia de
la unidad fundamental de la cultura compartida con España, y una admiración muy
extendida por el nuevo siglo de oro español florecido a partir del 98.[ 6 ]
Sólo
teniendo en cuenta estas ligas históricas, humanas y culturales puede
explicarse la reacción pasional que provocó en México la guerra civil. Apenas
estallada la rebelión en julio de 1936 menudearon los mensajes de adhesión al
gobierno republicano de las principales organizaciones políticas y obreras: el
partido oficial, la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y la Liga de
Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR). A las adhesiones siguieron los
mítines y las manifestaciones en que se denunciaba, en los tonos virulentos
propios de la época, la agresión fascista a la República Española.
Inmediatamente las organizaciones obreras tomaron medidas para ayudar a los
republicanos españoles con algo más que palabras y se organizaron colectas de
dinero. La prensa de todas las tendencias se congestionó informando a raudales
sobre el desarrollo de la lucha, cooperando con el exceso de noticias a hacer
más confuso el proceso. De las páginas informativas la guerra brincó a los
editoriales y se inició un largo debate, que habría de durar todo el curso del
conflicto y aun arrastrarse más allá de su término, que abarcaría una revisión
exhaustiva de la historia de España usada con fines apologéticos de uno u otro
bando; una confrontación valorativa de las ideologías en pugna: fascismo,
comunismo, nacionalismo, internacionalismo, liberalismo, conservadurismo y
todos los ismos de moda o pasados de ella; un regodeo fascinado en los
aspectos más truculentos de la lucha; interpretaciones del conflicto en
términos de política interna y no pocas profecías sobre el futuro de un mundo a
la medida de los deseos de los agoreros.
Todo mundo
se sintió obligado de inmediato a tomar partido y a considerar el conflicto
como propio. En aquellos momentos de confusión quizá la única forma de ver
claro consistía precisamente en ponerse resueltamente a uno u otro lado. El
gobierno y los que lo apoyaban optaron por la República por motivos de
"identificación ideológica"; por idénticas razones todos los que se
oponían al programa de cambios revolucionarios que Cárdenas estaba llevando a
cabo dieron su apoyo moral y material al bando rebelde. De esta manera la
guerra española habría de ser vista básicamente en función de las luchas
sociopolíticas internas de México.
Al
apasionamiento contagiado por el entusiasmo que los hispanos ponían en matarse
entre sí, y en tratar de imponer al adversario la propia ideología y el propio
poder, se agregó la polarización provocada en la sociedad mexicana por la
profunda sacudida a que la sometía el general michoacano. El grado de
compromiso ideológico al que se llegó; la fe hondamente sentida en que a la
vuelta de la esquina se hallaba por fin la sociedad perfecta, justa y libre; la
intensidad de una propaganda machacona que insistía en la bondad intrínseca de
los que piensan como "yo" y la maldad, también intrínseca, de los que
piensan como "tú", pueden parecer excesivas al mundo cínico y
desengañado de hoy, pero ese exceso es un factor importante para entender la
época de entreguerras en todo el mundo, y para justipreciar al régimen
cardenista y la impronta imborrable que dejó en la vida de México. Por otra
parte, ha de ponderarse que la composición compleja de los bandos españoles en
pugna facilitó que gentes de ideología variada y aun contrapuesta se
encontrasen al mismo lado de las trincheras, y que para justificar su
partidarismo tuvieran en cuenta en primer lugar al sector que provocaba sus
simpatías. Al bando republicano pudieron apoyarlo así, no sin sonrojo por la
extraña compañía en que se veían obligados a andar, los partidarios
irreductibles del orden legal, los liberales, los demócratas, los burgueses
"avanzados", los antifascistas de todos los matices, los socialistas,
los comunistas y hasta los anarquistas. Alrededor del bando rebelde pudieron agruparse
en espíritu todos los partidarios de un orden autoritario, los militaristas,
los amantes de la tradición, los fascistas, los católicos integristas, los que
repugnaban los cambios a que el mundo se veía lanzado.
Decir que
todo mundo en México se sintió afectado por la guerra española exige
especificar, aunque sea en términos muy generales, que ese "todo
mundo" estaba compuesto por los "lee-periódicos" y
"escucha-radios"; por las clases medias y la burguesía que de una u
otra manera se interesaban y se enteraban de lo que sucedía en el país y en el
mundo; por la burocracia estatal a la que le iba mucho lo que hiciera el
gobierno; a los obreros organizados, en suma, a la parte históricamente
consciente y activa de la nación. Entonces, como ahora, había amplios sectores
de población que no participaban en la vida nacional, a los cuales con mayor
razón lo que sucediese en España no podía causarles cuidado ninguno. Para los
sectores marginados, pero no tanto como para que no apreciasen el esfuerzo de
"Tata" Lázaro por incorporarlos a las actividades nacionales, bastó
que el presidente se pronunciara a favor de la República Española y condenase
la rebelión para que adoptaran la misma postura. Para otros muchos que veían al
diablo en el presidente bastó también que Cárdenas definiese su posición para
que asumieran la contraria.
El 1o. de
septiembre de 1936, con ocasión de su informe de gobierno, Cárdenas hacía
pública y explícita su actitud al anunciar que México había vendido a la
República Española armas por más de ocho millones de pesos y que existía la
posibilidad de venderle también garbanzo. La declaración presidencial señalaba
el inicio de una larga serie de medidas tomadas por el gobierno mexicano en
favor del republicano español, medidas que tendrían todas el denominador común
de ser a la vez beneficiosas para México en uno u otro sentido y beneficiosas
para la República Española, quien se vio abandonada inmediatamente por todos
los gobiernos del mismo signo ideológico que ella y de gran peso en el juego
político internacional, las "democracias occidentales", Francia,
Inglaterra y los Estados Unidos, y forzada a depender para sus suministros de
material de guerra de una nueva amiga, Rusia, que habría de cobrar su ayuda muy
cara en dinero contante y sonante y provocar que al gobierno del Frente Popular
Español se le identificase sin más con el comunismo rojo. La amistad de México
-pobre, débil y sin fuerza internacional- no podía inclinar la balanza en favor
de un gobierno con tantos, tan poderosos y tan agresivos enemigos descarados
-Italia, Alemania y satélites- y tantos malos amigos. México no podía vender a
la República sino lo que tenía, unas cuantas armas y unas cuantas provisiones.
Pero podía convertirse en agente de compras de suministros de guerra para la
República, y lo hizo en cuanta ocasión le fue posible, sin más límites que
exigir que el vendedor supiese y aceptase que el destinatario último de su
venta era el gobierno republicano español. No era cuestión de agregar uno más a
los muchos motivos de fricción que había entre México y los Estados Unidos, que
con su ley de neutralidad hacían todo lo posible por evitar que la República
Española se armase.
México no se
limitó a vender armas y alimentos a la República Española, a favorecer sus
compras y a expresar internamente en todos los tonos posibles su simpatía por
ella. Seguramente previendo las futuras tormentas internacionales en que el
país se vería envuelto -sobre todo a raíz de la expropiación petrolera, que
Cárdenas deseaba desde hacía mucho, y que era uno de los objetivos declarados
de la Revolución Mexicana -, el presidente procuró proyectar en todos los foros
internacionales que le fue posible los principios vitales de la política
exterior de México. Ante la Sociedad de Naciones la defensa que hizo del
gobierno republicano en 1937 fue en cierto sentido una defensa ex ante de
México mismo. La interpretación hecha por Fabela y Bassols -directamente
instruidos por Cárdenas-, del principio de no intervención podía parecer
paradójica: exigía que la Sociedad interviniese en el caso español precisamente
en nombre de tal principio. Pero lógica, histórica y jurídicamente la
argumentación era irreprochable. Aunque muchos estuvieran haciéndose los tontos
por conveniencia o temor, nadie podía ignorar a esas alturas que en España
intervenían abrumadoramente Italia y Alemania en favor de los rebeldes. Esto
era un caso evidente de agresión extranjera. Aplicar a España el principio de
neutralidad -que nazis y fascistas violaban impunemente-, no tenía más efecto
que aislar a la República Española y evitar que adquiriese los pertrechos para defenderse.
La Sociedad de Naciones, si quería conservar la disminuida eficacia que le
quedaba, sus funciones y el respeto de las potencias del mundo, debía
intervenir directamente en el conflicto, garantizando por lo menos a la
República Española su derecho a sobrevivir, o lo que es lo mismo a armarse.
Además, no podía ni debía olvidarse de que el gobierno republicano era un
gobierno legalmente constituido, emanado de elecciones libres y limpias,
miembro con plenos derechos de la sociedad y legítimamente acreditado ante
todos o casi todos sus miembros; tratarlo en el mismo plano en que se trataba a
los rebeldes, y aún peor, resultaba injusto y peligroso. Por desgracia, nada de
lo que dijo Fabela en sus dos célebres intervenciones tuvo efectos decisivos sobre
el curso de los acontecimientos, ni siquiera la profecía de que si no se usaba
a tiempo la fuerza habría que usarla a destiempo y en peores condiciones. Lo
que sí se logró fue que México destacara con voz propia y autorizada en una
asamblea mundial, afirmando y defendiendo principios básicos para su vida como
nación soberana, y que se cubriera de prestigio.
La
iniciativa de un grupo de damas para que México se encargara de proteger y
educar a casi quinientos huérfanos de la guerra española -habrían de llegar a
ser conocidos como los niños de Morelia-, provocó una oleada de sentimentalismo
y de críticas al régimen que dieron fe de la hondura con que el país entero,
identificado con uno u otro de los bandos españoles según conveniencias,
ideologías o emociones, sentía el conflicto como cosa propia. Aún aquí tuvo el
gobierno oportunidad de darle un cariz beneficioso al asunto -que tenía valor
sobre todo como gesto de solidaridad humana- al establecer contra viento y
marea su derecho a asumir la patria potestad de los niños -había que educarlos
conforme a la ideología republicana-, agregando así una más a la ya larga serie
de medidas que fortalecían y ampliaban la jurisdicción y la autoridad del
Estado mexicano. Nada pudo beneficiarse, en cambio, de la posibilidad de que la
España republicana se convirtiese en un cliente importante del petróleo
mexicano, lo cual hubiese ayudado a romper el boicot declarado en contra de
México a raíz de la expropiación petrolera; no hubo tiempo de concretar la
transacción, pues apenas planteada, la República Española vio llegar su derrota
militar, proclamada por el célebre parte franquista el 19 de abril de 1939. Por
contra, sí pudo beneficiarse en enorme medida al aceptar que al término de las
operaciones militares viniesen a México unos cuantos miles -se calculan entre
treinta y cuarenta mil- del medio millón de republicanos españoles que habían
huido ante el avance triunfal de las tropas franquistas. En todas las ocasiones
que les fue posible los diplomáticos mexicanos procuraron aliviar la terrible
condición de los refugiados, y favorecer el traslado de los elegidos para
México. En junio de 1939 empezaron a llegar a Veracruz barcos cargados de
republicanos españoles que iniciaron así la aventura de una nueva vida, la
experiencia de integrarse o no a una tierra desconocida que tantos puntos de
contacto tenía con España.
No podía
ocultársele a Cárdenas el beneficio que México podía derivar de la integración
a la vida nacional de un grupo humano ya hecho, cuya formación no había costado
al país un solo centavo; cuyo traslado y manutención mientras encontraba
trabajo habría de ser financiado por las mismas organizaciones republicanas en
el exilio, la Junta de Auxilio a los Refugiados Españoles (JARE) y el Servicio
de Emigración de los Republicanos Españoles (SERE) y que traían al país restos
del tesoro español manejado por la República Española. Para muchos de los
consejeros y colaboradores del régimen cardenista resultaba evidente la
conveniencia de que México no dejara pasar la oportunidad de apropiarse de los
restos que quedaban del extraordinario grupo de hombres que habían dado impulso
y prestigio a la cultura española del primer tercio de siglo. Para Cárdenas,
sin que dejase de importarle la cultura, resultaba de mayor importancia que los
refugiados viniesen a aumentar y fortalecer la población del país (en 1940
México tenía apenas 20 millones de habitantes); una de sus obsesiones
constantes fue la de que la escasa población mexicana, sobre todo en el norte,
agudizaba la debilidad de México ante los Estados Unidos y aumentaba la
posibilidad de una mayor penetración norteamericana, peligrosísima para la
soberanía de la nación. De ahí su preocupación constante por propiciar el
crecimiento natural de la población mexicana a través de campañas de salud
masivas, la repatriación de mexicanos emigrados a los Estados Unidos y su disposición
favorable a la inmigración republicana. Cárdenas sabía que salvo un pequeño grupo
de políticos que inevitablemente seguirían haciendo política... española, los
refugiados venían a rehacer su vida, a trabajar. Conocía y admiraba el tesón
del trabajador español en el campo mexicano y tenía la esperanza de que sus
esfuerzos se concentrarían en las labores agrícolas. Esa esperanza habría de
quedar frustrada -sin culpa ni de Cárdenas ni de los refugiados-, pues la
mayoría era gente de ciudad y fue en las ciudades mexicanas, sobre todo en el
Distrito Federal, que desplegaron sus actividades. Cárdenas tenía conciencia
también de que los españoles se asimilarían fácilmente al país -a la segunda o
cuando más a la tercera generación la integración sería completa-, y no
olvidaba que los españoles mezclados con los naturales "constituyeron la
base de nuestra nacionalidad".[ 7 ] Por otra parte, para justificar su
política de brazos abiertos a los republicanos españoles -que para muchos
equivalía a entregar al país a la horda comunista-, podía aducir que la
política inmigratoria tradicional mexicana, expresada en las tablas diferenciales
que se publicaban año con año, era recibir a los españoles sin limitación de
número.[ 8 ]
Una ojeada
de conjunto a los motivos por los que el gobierno mexicano se comprometió en
tan gran medida en la defensa de la República Española arroja una lista en
verdad impresionante. Ninguno de ellos, tomado aisladamente, podría configurar
fundamento suficiente para una política externa presidida por el signo de la
desmesura. Tomados como un todo pueden explicar satisfactoriamente las medidas
adoptadas y los compromisos adquiridos, y elucidan en buena medida por qué se
mantuvieron casi sin variaciones durante más de cuarenta años. Por el peso que
pueda haber tenido habrá que recordar que Cárdenas tenía buenos amigos entre
los republicanos españoles, por ejemplo Julio Álvarez del Vayo, embajador de
España en México de 1931 a 1934.[ 9 ] El factor es mínimo para enjuiciar
la vida pública y política de un hombre que como Cárdenas supo deslindar con
precisión sus deberes de amigo de sus deberes y conveniencias políticas, por
ejemplo al enfrentarse con Calles o con Cedillo, o al no apoyar la candidatura
de Múgica para sucederle; pero no es totalmente deleznable en el mundo de la
política mexicana.
Entre la
República Española y la República callista, de 1931 a 1934 se habían
establecido relaciones de la mayor cordialidad y de honda simpatía ideológica.
Al asumir la presidencia, Cárdenas inició la lucha contra el poder personal de
Calles que habría de culminar en su expulsión del país en 1936,[ 10 ] pero continuó desarrollando y
afianzando algunas de las políticas propugnadas por el "jefe máximo",
entre otras la de la amistad con la República Española.[ 11 ] Al estallido de la guerra civil,
Cárdenas aprovechó la oportunidad para tomar una serie de medidas en las que
confluían de manera natural los intereses de la República Española con los de
México; intereses que abarcaron desde el intercambio comercial hasta la defensa
de principios de convivencia internacional vitales para ambos, desde la
adopción de los niños de Morelia hasta la aceptación de los refugiados. Al
crear esta política, Cárdenas demostró tener uno de los talentos más raros y
admirables en un estadista: el poder de concertar el idealismo más intachable
con un agudo sentido práctico de las realidades inmediatas. Y no sólo eso: en
relación con la República Española Cárdenas no satisfacía exclusivamente gustos
o simpatías personales. De haber sido cuestión de un solo hombre, así fuese el
presidente, o de un pequeño grupo de burócratas de altos vuelos, ni la guerra
española hubiera tenido las resonancias que llegó a tener en la opinión pública
de México ni hubiera sido posible que la actitud desmesurada del gobierno
mexicano se mantuviese por mucho tiempo. En realidad, Cárdenas interpretaba en
un sentido positivo, pero también a contrapelo, con el instinto populista que
lo caracterizó en todas sus batallas, el sentir del pueblo mexicano, ligado al
español por lazos históricos, humanos y culturales siempre presentes.
Identificándose ideológicamente con el gobierno del Frente Popular Español
agregaba una más a las razones por las que se le oponían apasionadamente muchos
mexicanos, enemigos de los cambios que efectuaba en las estructuras de la
nación, pero hacía también más hondos y duraderos los lazos entre su régimen y
la mayoría del pueblo mexicano. El éxito y la permanencia de su política
española se dan en razón directa de las realizaciones de su política interna y
de la huella indeleble que estampó en el México contemporáneo.
El
"presidente caballero"
El país que
Cárdenas entregó al general Manuel Ávila Camacho el 19 de diciembre de 1940,
conmocionado por el torbellino cardenista y radicalmente distinto al que don
Lázaro había recibido en 1934, era un país urgido de descanso. Se necesitaba un
periodo de reposo para digerir los cambios realizados, circunstancia de la que
el propio Cárdenas parece haber tenido conciencia puesto que apoyó para
sucederlo a un conservador moderado como Ávila Camacho y no a un radical como
Múgica.[ 12 ] La fuerza que llegó a tener el
almazanismo dio la medida de la oposición real que había provocado en amplios
sectores de la población la política seguida por Cárdenas, quien optó en esta
ocasión por arrebatarles a sus opositores las banderas conservadoras
propiciando que su sucesor representara una línea política moderada. Además,
Europa se hallaba ya en guerra, y por mucho que México tratara de no verse
involucrado directamente en el conflicto era evidente que no podría mantener
esa posición por mucho tiempo. Era imprescindible que el país se enfrentase a
un conflicto de futuro tan incierto unido internamente, fortalecido por un
amplio consenso nacional sobre las prioridades políticas del momento.
El
"presidente caballero" dedicó sus energías a establecer un clima de
concordia y cooperación entre las clases sociales mexicanas, con lo cual al
mismo tiempo que lograba la unidad interna establecía distancias con el régimen
anterior -que había insistido en que la lucha de clases era benéfica- y
mostraba independencia política respecto a Cárdenas. Don Lázaro tenía gran
interés en que la institución presidencial, llevada por él a un grado de poder
que no habían conocido los presidentes anteriores, conservase su prestigio y su
independencia. No estaba dispuesto a tratar de encarnar el papel de "jefe
máximo" y se retiró ostensiblemente de la política activa, a tal punto que
habría de empezar a merecer el apodo de La Esfinge de Jiquilpan. Sólo abandonó
su aislamiento voluntario a raíz de la entrada de México en la Guerra Mundial,
cuando Ávila Camacho, sin duda para aquietar a nacionalistas e izquierdistas
que consideraban que el país se estaba dejando arrastrar en exceso por los
Estados Unidos, lo nombró secretario de la Defensa Nacional del 11 de
septiembre de 1942 al 27 de agosto de 1945.
En relación
con España el nuevo presidente se limitó por lo pronto a permitir que por el
impulso adquirido continuase la política de su predecesor. Derrotada
militarmente la República Española, el gobierno de Cárdenas había aplicado al
franquista la doctrina Estrada -según la cual México se limitaría a suspender o
establecer relaciones diplomáticas con un país cualquiera sin que ello
implicara condenación o alabanza de su régimen-, había propiciado la
inmigración de los republicanos españoles enfrentándose a un sector de la
opinión nacional que pretendía estar muy asustada por la invasión de los rojos,
y protegido en lo posible a los refugiados españoles en Francia.
El estallido
de la Guerra Mundial en septiembre de 1939, la invasión de Francia por los
alemanes en 1940 y el consecuente desquiciamiento de las comunicaciones de todo
tipo entre Europa y América obstaculizaron que el gobierno mexicano llevara a
cabo sus propósitos de acoger a la inmigración republicana con la extensión
planeada originariamente. Los representantes diplomáticos mexicanos tuvieron
que tomar medidas extraordinarias para favorecer a los refugiados, medidas que
no siempre tuvieron éxito ante la indiferencia o la hostilidad de gobiernos
como el de Vichy o el alemán -apoderado de media Francia-, y ante el interés
que el gobierno franquista puso en apoderarse, para asesinarlos, de dirigentes
republicanos que no habían podido o querido huir cuando todavía era tiempo. Aun
así, el pabellón mexicano pudo proteger los últimos días de Azaña, abatido por
la enfermedad mientras huía del avance alemán.
Sin embargo,
muy pronto fue evidente que Ávila Camacho no imitaría la actitud de Cárdenas de
no inmiscuirse para nada en el manejo de los fondos que los republicanos habían
salvado del desastre. Entregados a la Diputación Permanente de las Cortes, que
creó a la JARE para que los administrase, se responsabilizó a Indalecio Prieto
de su manejo. Los fondos fueron utilizados en transportar y mantener a los
refugiados, en crear instituciones culturales, industriales y financieras en
México que al mismo tiempo que daban trabajo a muchos garantizaban la
multiplicación de los propios fondos y su aprovechamiento en empresas
beneficiosas para todos; constituyeron un nuevo motivo de discordia entre los
republicanos españoles, agregando un elemento pecuniario a las pugnas
personales o ideológicas que dificultaban su unificación en el exilio.[ 13 ]
El 21 de
enero de 1941 Ávila Camacho dictó un acuerdo por el cual se emplazaba a la
delegación de la JARE en México para que adecuase su funcionamiento a las leyes
mexicanas, y el 27 de noviembre de 1942 creó una comisión que se encargaría del
control, custodia y administración de sus bienes conservando, eso sí, los
mismos fines que originalmente se les habían señalado. Era una incautación en
toda regla, hecha al amparo de las facultades extraordinarias concedidas al
ejecutivo para suspender las garantías con motivo de la guerra, que
posibilitaron la intervención de los bienes y negocios de los extranjeros
ciudadanos de los países con los que México se hallaba en guerra. La medida
pudo satisfacer a los enemigos de Prieto, pero introdujo un elemento de
suspicacia y recelo entre los políticos republicanos españoles y el gobierno
mexicano, y acentuó la división entre los refugiados. No podía negarse que la
JARE fuese una institución "emanada de un poder extranjero"[ 14 ] puesto que respondía ante la
Diputación Permanente de las Cortes de la República, pero resultaba abusivo
homologar a los restos del vencido gobierno republicano con los gobiernos de
Italia, Alemania o Japón, y a los refugiados españoles con los alemanes, los
italianos o los japoneses. Posiblemente el propio Ávila Camacho tomó conciencia
de que se había propasado, pues en varias oportunidades posteriores declaró su
amor a la República Española y su reconocimiento a la labor que en México
realizaban los refugiados. En 1945, al presentarse la ocasión, habría de tomar
medidas tales en favor del gobierno republicano que hicieran olvidar todos los
resentimientos.
Conforme se
acercaba el fin de la guerra los republicanos se prepararon para sacar provecho
de la derrota del nazi-fascismo. Desde el 20 de noviembre de 1943, con la
creación de la Junta Española de Liberación habían logrado unificar a la
mayoría de sus fuerzas políticas hasta entonces dispersas. Alentaban sus
esperanzas las declaraciones de las potencias aliadas en el sentido de que el
mundo habría de reorganizarse de acuerdo con los principios de la democracia:
Carta del Atlántico (1941) y reunión de Yalta (1944). Se sentían con derecho a
ser partícipes de la victoria por haber sido los primeros que en el mundo se
habían enfrentado al avance del nazi-fascismo con las armas en la mano, y
porque los republicanos españoles habían participado -en primera línea y muchas
veces de manera decisiva-, junto a los aliados en varios frentes durante la
Guerra Mundial : Dunkerque, Narvik, Normandía, el maquis francés, la legión
extranjera, las compañías de trabajo, los frentes soviéticos, etcétera.[ 15 ] Para nadie era un secreto que
Franco había podido imponerse sólo gracias a la ayuda de Mussolini y de Hitler,
y que durante la guerra, a pesar de sus declaraciones de neutralidad y de no
beligerancia había ayudado en múltiples formas a las potencias del Eje,
facilitando sus operaciones de espionaje, abasteciéndolos con materias
estratégicas, enviando soldados al frente ruso. Dentro del curso natural de las
cosas estaba que Franco tuviese el mismo fin que Hitler y Mussolini.
Ávila
Camacho también creyó que era llegada la hora de la caída de Franco y aprestó
sus huestes diplomáticas para poner todo el peso y la influencia de México en
impedir que el generalísimo se sumase a los vencedores. Como secretario de la
Defensa Nacional durante la presidencia de Cárdenas, don Manuel había
intervenido directamente en la venta de armas a la República Española. Como
Cárdenas, había hecho buenos amigos entre los políticos republicanos; quizá
alguno de ellos le inspiró su frase afortunada: "La guerra de España,
golpe de Estado internacional".[ 16 ] Una mirada crítica y realista a la
escena mundial aparente del momento indicaba que el régimen franquista no
podría sostenerse. ¡Y qué gran triunfo diplomático, ideológico, jurídico y
moral sería para México que a la caída de Franco un gobierno republicano
incubado en nuestro país se instalase en España! Hubiera sido la confirmación
irrebatible de que la política mexicana hacia España, que a muchos parecía
excesivamente idealista, había tenido una base sólida en las realidades
políticas del momento. Hubiera sido la culminación perfecta de una historia en
la que los buenos, perseguidos y derrotados en un principio triunfan al final
en toda la línea sobre los malos; un happy end que hubiese confirmado
que la fidelidad sin tregua a una causa justa tiene su apropiada recompensa.
Los republicanos españoles que a todo lo largo de la Guerra Mundial habían
mantenido la esperanza de que tarde o temprano se le haría justicia a su causa,
y que por ella habían luchado, no deseaban otra cosa que ver castigado a Franco
y restablecida la República en tierras de España.
Con un ojo
puesto de soslayo en el régimen franquista, la delegación mexicana -encabezada
por Quintanilla-, que participó en la Conferencia de San Francisco (junio de
1945), antecedente de la constitución de la Organización de las Naciones
Unidas, logró que la asamblea de la primera comisión acordase que no se
admitirían como miembros a aquellos "Estados cuyos regímenes han sido
establecidos con la ayuda de fuerzas militares de los países que han luchado
contra las Naciones Unidas, mientras estos regímenes permanezcan en el
poder".[ 17 ] Las esperanzas de que los aliados
algo harían en contra del generalísimo fueron fortalecidas por la declaración
de los grandes (2 de agosto de 1945), reunidos en Postdam, de que no
favorecerían el ingreso en la Organización de las Naciones Unidas del presente
gobierno español, "el cual, habiendo sido fundado con el apoyo de las
potencias del Eje no posee, en vista de sus orígenes, su naturaleza, su
historia e íntima asociación con los Estados agresores, las condiciones
necesarias que justifiquen su admisión".[ 18 ]
El siguiente
paso dado por Ávila Camacho consistió en facilitar que el gobierno republicano
en el exilio pudiese manifestarse sin trabas en territorio mexicano. La
coyuntura internacional se presentaba tan favorable que por fin los
republicanos españoles se decidieron a poner a un lado sus pugnas y a reunirse
alrededor de un gobierno que pudiese representarlos legítimamente. Los
problemas jurídicos que presentaba el asunto fueron resueltos de un plumazo, al
admitir el gobierno mexicano que el Salón de Cabildos del Distrito Federal
fuera declarado temporalmente territorio español. Concedidas las inmunidades
inherentes al acto, lo que quedaba de las Cortes republicanas electas en 1936
sesionó pública y solemnemente el 17 de agosto de 1945. Posteriormente habrían
de reunirse varias veces para tratar de limar asperezas, ambigüedades y pugnas
entre los múltiples partidos que habían formado el Frente Popular Español en
1936. Hacia el 26 el gobierno de la República Española se encontraba
reconstituido; su nuevo presidente, don Diego Martínez Barrio, encargó a don
José Giral que formase gobierno. La cancillería mexicana se apresuró a anunciar
que se complacía en continuar con el gobierno republicano "las felices y
cordiales relaciones que han unido siempre, a través de una larga fraternidad
histórica, a México y España",[ 19 ] y el 5 de septiembre el ejecutivo
decretó la entrega a la República Española de lo que quedase de los bienes
incautados en 1942. Como una cortesía más, el 18 de febrero de 1946 se concedió
al gobierno republicano la franquicia postal a su correspondencia.
Fue 1946 un
año agitado para los diplomáticos mexicanos ante la ONU y para los
representantes del gobierno republicano. Se trataba de lograr la caída del
régimen franquista, y el único medio que México y la República Española tenían
a su alcance era convencer a las potencias aliadas que actuasen directamente
contra él. El 9 de febrero la ONU, reunida en el Center Hall de Londres,
refrendó respecto a España las declaraciones de la Conferencia de San Francisco
y de la reunión de Potsdam. El 19 de marzo Francia cerró la frontera con
España. Todo el mundo contuvo el aliento, esperando que los ejércitos aliados
se movilizaran rumbo a la península. Se sabía que la oposición interna estaba
dispuesta a intentar una acción desesperada en coordinación con el ataque del
exterior. Se sabía que el diminuto dictador no tenía fuerza militar suficiente
para oponerse ni por unos días a un ataque de los aliados. Cerrada la frontera
con Francia un bloqueo marítimo podía haber sido suficiente. El 4 de marzo las
grandes democracias occidentales, Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos
salieron con "el parto de los montes" al declarar que mientras Franco
continuase al frente del gobierno español, España no podría aspirar a tener
relaciones completas con las naciones que habían derrotado a las potencias
fascistas -al descubrir, en beneficio de quien no lo supiera todavía que el
régimen franquista era represivo-, y al opinar con benevolencia que Franco
debería retirarse pacíficamente, y en paz debía abolirse la Falange y
establecerse un gobierno interino o junta provisional que diese al pueblo
español la oportunidad de decidir con libertad el tipo de gobierno que
prefiriera y de elegir a sus dirigentes democráticamente.
Era una
condena moral en toda regla. Franco podía dormir tranquilo, arrullado por las
dulces palabras de la declaración: "No hay intención de intervenir en los
asuntos internos de España. El pueblo español mismo debe, en fin de cuentas,
labrar su propio destino". El principio de no intervención producía, una
vez más, resultados paradójicos en relación con España.[ 20 ]
Todavía
faltaba dar la batalla diplomática en la ONU, y las baterías mexicanas y las
republicanas se enfilaron para hacer el mayor daño posible al gobierno
franquista. Se trataba ahora de lograr que la ONU aprobara medidas para aislar
diplomática y económicamente al régimen de Franco, de modo que el
debilitamiento resultante hiciera factible su caída. El 9 de abril Polonia
pidió al Consejo de Seguridad que recomendara la ruptura de relaciones
diplomáticas con el régimen de Franco; además de México, que entonces era
miembro del Consejo, apoyaron la petición Francia y la URSS. El 29 de abril el
consejo nombró un "Subcomité encargado de investigar la cuestión de
España", formado por representantes de Australia, Brasil, China, Francia y
Polonia. El 31 de mayo rendía su informe, después de haber examinado una
ingente masa de documentos proporcionados por los gobiernos miembros de la ONU,
y en proporción apreciable por el propio gobierno republicano español. Las
conclusiones del subcomité no podían ser más contundentes: a) el de Franco es
un régimen fascista calcado del alemán y el italiano, y fue establecido gracias
en gran parte a la intervención de Italia y Alemania en la Guerra Civil
Española; b) prestó constante ayuda a las potencias del Eje durante la guerra;
c) Franco es culpable, según lo demuestran sus propias cartas encontradas entre
la documentación capturada a los alemanes, de haber conspirado con Hitler y
Mussolini para provocar la guerra; d) Franco, Hitler y Mussolini consideraban
que la Guerra Mundial había empezado en España; e) Franco es un criminal de
guerra del mismo tipo de los enjuiciados en Nuremberg; f) en España los
nazi-fascistas continúan teniendo un refugio. El informe abundaba en el asunto
descubriendo que el régimen franquista era un régimen que perseguía a su propio
pueblo, y que sus fuerzas armadas eran mucho mayores que las que se podían
esperar de un país no agresor y amante de la paz. Sin embargo, matizaba el
informe, esto último se explica porque la esencia de una dictadura militar consiste
precisamente en dar el primer lugar al ejército en la organización social. Dada
la fuerza militar española, el subcomité no podía concluir que España se
estuviese preparando para una agresión militar. El cierre de la frontera francoespañola
se debía primordialmente a la presión de la opinión pública francesa. Para el
subcomité el punto clave a dilucidar era si había una amenaza, un quebrantamiento
de la paz o un acto de agresión por parte de la España franquista. Su
conclusión fue tajante al respecto: "No ha ocurrido aún ningún
quebrantamiento de la paz. No se ha comprobado ningún acto de agresión. No se
ha establecido ninguna amenaza a la paz. Por consiguiente, el Consejo de
Seguridad no puede ordenar en la actualidad ninguna de las medidas coercitivas
estipuladas en los artículos 41 y 42".[ 21 ] Apenas nacida, la ONU se prohibía
a sí misma el uso de medidas de fuerza, únicas que en circunstancias como ésas
podían haber tenido efectividad. Establecido el límite de acción, el subcomité
podía presentar la píldora dorada, y aceptar que efectivamente había un estado
de fricción internacional -como lo demostraba el hecho de que hubiese dos
gobiernos españoles enemigos, agravado por la circunstancia de que mientras
algunos miembros de las Naciones Unidas reconocían al gobierno republicano en
el exilio otros mantuvieran relaciones con el franquista. El subcomité se
curaba en salud aceptando que de continuar tal situación se podría actualizar
el peligro para el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales. Por
tanto, concluía finalmente: a) aunque no se pueden tomar contra él medidas
coercitivas (derrocarlo por la fuerza), sí es una amenaza potencial; b) el
Consejo de Seguridad tiene autoridad suficiente para tomar medidas preventivas.
Y finalmente recomendaba: 1) apoyar los principios de la declaración de las
democracias occidentales del 4 de marzo; 2) aprobar la suspensión de relaciones
diplomáticas de los miembros de la ONU con el régimen de Franco; y 3) comunicar
estas recomendaciones a todos los miembros de la Organización de las Naciones
Unidas. El Consejo de Seguridad se lavó las manos y remitió el asunto a las
deliberaciones de la Asamblea General.
El resto del
año la cuestión de si se adoptaba o no la suspensión de relaciones diplomáticas
con España fue el centro contencioso de las discusiones en la asamblea. Los
representantes mexicanos, Córdova, De la Colina, Castillo Nájera, Padilla
Nervo, derrocharon elocuencia en favor de que la medida fuera adoptada. Giral
multiplicó sus entrevistas con los representantes de los países miembros para
convencerlos de que votaran la suspensión. Por fin, el 12 de diciembre la
asamblea resolvió recomendar a todos los miembros de la ONU el retiro inmediato
de sus embajadores y ministros plenipotenciarios acreditados en Madrid; excluir
al gobierno español de todos los organismos internacionales establecidos por la
ONU y de todas las actividades que pudiera emprender, y pedir al Consejo de
Seguridad que estudiase las medidas adecuadas para remediar la situación si
dentro de un tiempo razonable, no se ha establecido un gobierno cuya autoridad
emane del consentimiento de los gobernados, que se comprometa a respetar la
libertad de palabra, de culto y de reunión, y esté dispuesto a efectuar
prontamente elecciones en que el pueblo español, libre de intimidación y
violencia y sin tener en cuenta los partidos, pueda expresar su voluntad.[ 22 ]
Para México
y para el gobierno de la República Española fue una victoria, pero una victoria
pírrica. Para los republicanos españoles y para todos los que no se conformaban
con gestos diplomáticos fue el fin de la esperanza.[ 23 ] El retiro de los embajadores de
Madrid podía impresionar a los ingenuos, pero no socavar los fundamentos del
poder de Franco; las recomendaciones no incluían el bloqueo económico. En
España el repudio diplomático de la ONU tuvo exactamente el efecto contrario al
que se buscaba. Franco pudo presentarse ante el pueblo español como víctima de
la malevolencia internacional, atizar sus emociones nacionalistas, exigir su
solidaridad, culpar a la ONU de las estrecheces económicas por las que
atravesaba España. Las multitudes que lo aclamaron como el defensor de la
dignidad española expresaban, sin duda, su desencanto por la tibieza de la
resolución más que su apoyo al régimen franquista. El generalísimo, una vez
más, había jugado sus cartas oportunamente y había sabido hacer valer ante las
democracias occidentales su antigua pretensión de abanderado del anticomunismo.
Mientras sus enemigos interpretaban el acontecer político en función de su
pasado nazi-fascista, Franco y las democracias occidentales lo comprendían en
función de un futuro en el cual el adversario a vencer era Rusia. Desde que se
hizo evidente que los aliados se impondrían a las potencias del Eje se había
iniciado la pugna entre los vencedores por el reparto de los despojos, por
adquirir posiciones de poder para el nuevo orden mundial. Cuando se liquida una
oposición externa es natural que surja una nueva oposición del seno mismo de
las fuerzas que se han quedado dueñas absolutas del campo. Hacia 1946 la lucha
entre Estados Unidos y Rusia, entre el capitalismo y el comunismo
internacionales, estaba ya planteada en toda su virulencia. En el nuevo orden
del mundo España, por su espléndida situación estratégica en la encrucijada de
todos los caminos, y Franco por su anticomunismo, estaban llamados a ocupar un
lugar importante al lado de los Estados Unidos.
Fortalecido
dentro de la propia España por la ambigüedad de la política de las democracias
occidentales -una política realista, si se quiere, pero que negaba radicalmente
todos los principios por los que pretendían haberse batido durante la Guerra
Mundial : la libertad, la democracia, el imperio de la ley, etcétera-, el
generalísimo pudo consolidar su régimen tranquilamente, y mandarse cortar su
nueva casaca de monárquico ad calendas griegas y de demócrata. En 1947
España se definió como reino y se realizó el primer referéndum triunfal del
régimen. Por formas no quedaría. Ningún efecto pudo tener que el 17 de
noviembre de 1947 las Naciones Unidas confirmaran la resolución de diciembre de
1946. Padilla Nervo intervino en las discusiones ratificando la posición de
México.
A partir de
1948 se inicia para el gobierno franquista una serie de triunfos y de
reconocimientos internacionales que habrían de colocarlo en pie de igualdad con
casi todos los gobiernos legítimos del mundo. El 10 de febrero se reabrió la
frontera franco-española. El 30 de marzo la Cámara de Representantes de los
Estados Unidos propuso incluir a España en el Plan Marshall; aunque esto no se
aprobó, quedaba abierta la puerta para que los Estados Unidos intensificaran su
ayuda económica y militar a Franco. La intervención de Padilla Nervo en contra
no pudo evitar que en mayo de 1949 la Asamblea General de la ONU decidiera
dejar entera libertad de acción a los Estados miembros en lo que se refiere a
sus relaciones diplomáticas con el Estado franquista. El 4 de noviembre de 1950
la asamblea resolvió -México se opuso- revocar también la prohibición de que
España pudiese llegar a ser miembro de los organismos internacionales establecidos
por las Naciones Unidas o vinculados a ellas. Se abrió así el camino para que
en marzo de 1951 iniciaran su retorno a Madrid los embajadores, y para que en
noviembre de 1952 los representantes del gobierno franquista fueran admitidos
en la UNESCO. 1953 fue un año triunfal para el "Caudillo de España por la
gracia de Dios", pues logró dos de sus más caros objetivos diplomáticos:
la firma de un concordato con la santa sede (27 de agosto) y un tratado
económico militar con los Estados Unidos (26 de septiembre). Por último, otro
gran objetivo de la diplomacia franquista: ingresar en la ONU, fue alcanzado el
14 de diciembre de 1955, aprovechando el forcejeo entre los Estados Unidos y la
URSS por obtener el ingreso de sus satélites respectivos, y valiéndose de la
transacción salomónica que por fin adoptó la Asamblea General : la admisión en
bloque de un grupo de dieciséis países entre los cuales había de todo un poco:
Albania, Jordania, Irlanda, Portugal, Hungría, Italia, Austria, Rumania,
Bulgaria, Finlandia, Ceilán, Nepal, Libia, Camboya, Laos y España, citados en
el orden en que presentaron su solicitud de ingreso. En aras del equilibrio
entre el mundo capitalista y el comunista, el Consejo de Seguridad había
eliminado a dos de los miembros originales del grupo: la República Popular de
Mongolia y Japón. México votó a favor de la admisión del grupo, y se abstuvo
respecto a España en la votación individual.
La
resolución de diciembre de 1946 marcó para el gobierno republicano español en
el exilio un clímax que no volvería a alcanzar nunca. En enero de 1947 se
planteó la primera de las crisis ministeriales que habrían de debilitarlo cada
vez más, iniciándose así el largo y penoso proceso de verse abandonado -hoy
uno, mañana otro- por algunos de sus propios integrantes, más interesados en
ligarse a las luchas clandestinas contra Franco dentro de España misma que en
mantener en el exilio una legalidad republicana que se revelaba cada vez más
inoperante en el campo de la política práctica, y desamparado por sus amigos.
El último de los fieles, el más tenaz en su apoyo al gobierno de la República
Española habría de ser México.
Desarrollistas
y estabilizadores
Miguel
Alemán inició el 19 de diciembre de 1946 la serie de gobiernos caracterizados
hoy, un tanto despectivamente, por su política económica común: "el
desarrollo estabilizador", que habría de durar hasta bien entrado el
régimen de Echeverría. Aprovechando con audacia el boom financiero
provocado por la guerra, utilizando los instrumentos de control y de estímulo
creados por Cárdenas y Ávila Camacho -que dieron al Estado mexicano la
capacidad de jugar un papel rector en la economía del país-, Alemán decidió
optar con plenitud por uno de los caminos que sus antecesores habían hecho
posible: el desarrollo industrial. A su gobierno, y a los que lo siguieron
hasta hoy, pareció factible hacer realidad por fin el antiguo sueño mexicano de
crear una sociedad industrializada y moderna. A ello dedicaron sus mejores y
mayores esfuerzos, posponiendo en el proceso metas de tanta o mayor importancia
que la industrialización, por ejemplo, la democratización de la vida política y
una distribución más equitativa de la riqueza nacional. La obsesión
industrializadora fue tan absorbente que a partir de Alemán se suavizaron las
prevenciones nacionalistas típicas de un país a la defensiva, y se permitió la
entrada al capital extranjero, en el supuesto de que colaboraría al progreso
industrial en beneficio de México. Se pusieron así nuevamente las bases de una progresiva
y creciente dependencia del exterior, sobre todo de los Estados Unidos. Al
mismo tiempo, el país abrió sus puertas a todas las influencias externas,
acentuando el cosmopolitismo iniciado durante la segunda guerra. La vida
política perdió el tono agresivo y apremiante que había tenido bajo Cárdenas e
incluso bajo Ávila Camacho. De 1946 a 1968, se llegó a hablar de un milagro
económico mexicano y pudo parecer que en México no había desacuerdos explosivos
sobre las prioridades nacionales y los métodos para lograrlas. Este consenso se
hizo extensivo a la política de no entablar relaciones diplomáticas con el
gobierno franquista y de seguir siendo amigos de la República Española.
Miguel
Alemán, Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz dijeron
poco sobre su política española. El primero se limitó a hacer que los
representantes mexicanos ante la ONU reiterasen, cuando hubo ocasión, la
postura adoptada por México en 1945 y 1946. Parece ser que el gobierno
alemanista estuvo a punto de ceder a la tentación de establecer relaciones
diplomáticas con el de Franco, pero en definitiva se contentó con tolerar
-procurando hacer el menor ruido posible- la presencia en el país de un
representante oficioso del régimen franquista y con permitir que entre México y
España se establecieran todo tipo de comunicaciones e intercambios comerciales.
El primer Adolfo fue directamente responsable del voto mexicano a favor de que
España estuviese representada en la ONU, pero nadie pudo reprochárselo, pues su
voto en contra hubiera implicado una oposición a diecisiete naciones más. El
segundo Adolfo tuvo oportunidad de declarar en una entrevista de prensa en
Caracas, el 18 de enero de 1960, que México no tenía relaciones con el gobierno
de Franco porque había sido impuesto al pueblo español por dos potencias
extranjeras, los nazis y los fascistas. Díaz Ordaz se dejó tirar de la lengua
con más largueza. En una entrevista de prensa celebrada el 13 de abril de 1964
-todavía como candidato del PRI a la presidencia de la República -, precisó con
toda claridad y concisión cuál había sido y seguiría siendo la posición de
México.
México se
comprometió [dijo] a romper relaciones con el gobierno de Franco, que no las
tenía por cierto, con otros muchos países. A muchos otros países, después se
les olvidó el compromiso y reanudaron relaciones con Franco. A México no se le
ha olvidado ese compromiso que contrajo. Pero no es eso lo más importante: lo
más importante es que fue evidente que el gobierno de Franco nació por la
intervención descarada de los países nazi-fascistas, y México considera que no
puede establecer relaciones diplomáticas con un régimen que nació de la
intervención extranjera porque sostiene y ha sostenido el principio de la no
intervención; en cambio, ustedes ven qué fáciles, qué amistosas, qué cordiales,
inclusive qué fecundas son las relaciones culturales, mercantiles, personales
entre el pueblo mexicano y el pueblo español.[ 24 ]
En otra
entrevista de prensa, ahora en San José de Costa Rica, 20 de enero de 1966,
reiteró su tesis.
Los cuatro
presidentes desarrollistas y estabilizadores fueron prudentes y discretos al
referirse a su política española. Los cuatro se negaron obstinadamente a dar el
paso definitivo y a establecer relaciones diplomáticas con el generalísimo, y
esto ante fuertes presiones ejercidas desde fuera, Estados Unidos, y desde
dentro, los centros de poder conservador y una parte de la opinión pública que
se preciaba de realista. Sin duda, parte de la explicación de este fenómeno tan
excepcional ha de basarse en el hecho de que la política de los gobiernos
surgidos de la Revolución ha sido una política tradicionalista, aferrada a
tradiciones que partiendo de la matriz "Revolución Mexicana" han
mostrado su eficacia durante mucho tiempo, a veces para resolver con las
fórmulas rituales consagradas los nuevos problemas que se han ido presentando,
siempre para llenar una función legitimadora de gobiernos que no han sido
ungidos -y lo saben- por el voto popular y democrático.[ 25 ] El ejemplo más destacado de esta
peculiaridad de la vida política mexicana, de este tradicionalismo, nos lo
ofrece la insistencia de todos los gobiernos en proclamarse revolucionarios con
mayor énfasis justamente cuando la Revolución hace mucho que ha dejado de
existir. La manía revolucionarista resulta incomprensible si se olvida la
legitimación que conlleva. Otro ejemplo nos lo da precisamente la política
hacia España. La amistad con la República Española y el odio a Franco llegaron
a conformar una tradición por haber nacido bajo el signo de Cárdenas, es decir
durante el régimen que con el paso de los años adquirió visos de mito, de
paraíso perdido; que se convirtió en una nueva fuente de ortodoxia
revolucionaria y hacia el cual se hacía conveniente tender siquiera una línea
de contacto. De ese modo algo de la gloria cardenista podía reflejarse
consecutivamente en los gobiernos posteriores. Por otra parte, la Esfinge de
Jiquilpan vivía -murió el 20 de octubre de 1970-, y aunque se podía contar con
que no abriría la boca para criticar a un "gobierno revolucionario",
su presencia vigilante y la posibilidad de que alguna aberración lo hiciera
abandonar su retiro y convocar a sus huestes, estuvieron siempre presentes como
amenaza y barrera. Llegó a suceder con motivo de la invasión a Cuba en Bahía de
Cochinos.
Por lo que
puedan haber influido han de tomarse en consideración para explicar el caso los
motivos de amistad personal entre los presidentes mexicanos y los refugiados
españoles. De todos ellos se sabe que cultivaron algún amigo refugiado, o
tuvieron admiración y respeto por éste o aquel aspecto de la enorme obra que
habían creado en México. Al escoger el exilio en tierras extrañas -la otra
opción casi segura era la muerte a manos de los franquistas-, pocos fueron los
republicanos que no estuvieran convencidos de que mañana o a más tardar pasado
regresarían en triunfo para colgar a Franco de un farol en la Puerta del Sol.
Pero se interpuso la Guerra Mundial, y la Guerra Fría, y se interpusieron las
leyes de excepción franquistas que equiparaban a todo republicano con un
criminal común y lo amenazaban con la cárcel o la muerte. Pasó demasiado
tiempo. Las raíces que les crecieron en México alcanzaron profundidades no
imaginadas al principio. Romperlas hubiera implicado un nuevo exilio. Cuando
pudieron satisfacer sus ansias de pisar otra vez la tierra patria; cuando las
amnistías franquistas cuidadosamente dosificadas les permitieron regresar a
España, los que se decidieron a dar el gran paso se encontraron con un mundo
que no tenía lugar para ellos más que como visitantes o como luchadores en la
clandestinidad, y tuvieron que deshacer sus maletas y aceptar -si es que no lo
habían aceptado ya- que su vida estaba en México. Además, muchos refugiados
hicieron cuestión de honor no regresar mientras estuviese ahí "ese
señor".
Solamente
sumando el paso de los años a la pasión española por el trabajo, más el hecho
de haberse topado con un país ferozmente nacionalista cuyas leyes les
impidieron -aun nacionalizados- perder el tiempo ocupando puestos directivos y
de representación, puede explicarse que los republicanos españoles hayan podido
acumular una obra tan vasta y tan decisiva para ellos y para el desarrollo
intelectual de México. El respeto general se lo ganaron procurando y logrando
establecer con su ejemplo, con su "austeridad republicana", una
distinción clara entre "refugiados" y "gachupines": ellos
no habían venido a hacer la América. Es seguro que los gobernantes mexicanos, a
la hora de ponderar los pros y los contras de que México estableciera
relaciones diplomáticas con el gobierno del caudillo, tuvieron en cuenta la
importancia cultural y social adquirida en buena lid por los refugiados y
vieron la conveniencia de no herirlos en asunto de tanta gravedad. Tanto más
cuanto que, codo con codo con los refugiados, coincidían en considerar grave el
asunto -de honor, de fidelidad a la palabra empeñada, de lealtad al compromiso
político contraído con el gobierno republicano en el exilio al servirle de
comadrona en su alumbramiento y de apoyo en su debilidad, de solidaridad con el
débil y el vencido- amplios sectores de la sociedad mexicana: muchos
funcionarios de peso en los círculos gubernamentales, nuevas elites
intelectuales formadas por o bajo el ascendiente de los refugiados, periodistas
influyentes en la formación de la opinión pública, izquierdistas de variados
matices, nostálgicos del cardenismo y el avilacamachismo.
En un plano
más directamente relacionado con las motivaciones específicas de la política
internacional mexicana, la política española de los gobiernos desarrollistas se
explica por su inserción dentro de un contexto más amplio que el configurado
por las presiones posibles o actuales de sectores importantes de la sociedad
mexicana. Basada en principios cuya validez fue incuestionable a lo largo de
los años: la no intervención, la autodeterminación de los pueblos, la soberanía
nacional, los gobiernos del desarrollismo estabilizador no tuvieron motivo
suficiente para hacer cambios de fondo en la política internacional que México
había seguido anteriormente y que se había convertido en tradición intocable.
Los Estados Unidos no se habían mudado de casa, y aún más, a partir de la
Segunda Guerra Mundial se habían convertido en uno de los centros de poder de
un mundo bipolarizado entre comunistas y capitalistas, entre Moscú y
Washington. A pesar de la autocomplacencia originada por el progreso industrial
de México y de que se logró adquirir una mayor confianza en los destinos
independientes del país -cimentada en buena parte en los éxitos contra el
imperialismo mundial sobre todo a partir de la expropiación petrolera-, los
Estados Unidos perdieron en buena medida su imagen tradicional de enemigo
histórico para convertirse en el modelo a imitar, la vecindad de una de las dos
mayores potencias mundiales y el peligro constante que su hegemonía implicaba
para la soberanía nacional, no podían dejar de ser las condicionantes
fundamentales de la política exterior mexicana. Política defensiva, producto de
una experiencia histórica rica en agresiones y peligros para el ejercicio de la
soberanía nacional, circunscrita a interpretaciones jurídicas que limitaban la
capacidad de acción en el exterior, resultó de todas maneras, si no la única
posible, sí una política satisfactoria y congruente dada la debilidad y
aislamiento de México. Permitió, entre otras cosas, que el país adoptara en
ciertos casos conductas independientes en relación a los Estados Unidos, tales
como la política hacia España y la insistencia en mantener contra viento y
marea, relaciones con el gobierno de la Revolución Cubana. Esas actitudes
resultaban profundamente gratas a la opinión pública mexicana nacionalista,
precisamente porque iban en contra de los Estados Unidos. Resultaron también
muy útiles a los gobiernos desarrollistas porque con una política exterior
"avanzada", además de adquirir una buena imagen externa, internamente
se satisfacía en parte a las izquierdas y a los nacionalistas a ultranza, y
podía presentarse como contrapeso a una política interna de sentido
conservador. No debe olvidarse asimismo que en definitiva resultaba además de
conveniente muy cómodo no tener relaciones diplomáticas con Franco si las había
de todo tipo con la España franquista.
Pasado
inmediato: don Luis y don José
Cuando Luis
Echeverría Álvarez asumió la presidencia de la República el 19 de diciembre de
1970 el principal problema mexicano era el político. La institución
presidencial se encontraba muy deteriorada: del pináculo de prestigio a que la
había llevado López Mateos -no obstante, la represión contra obreros y
campesinos con veleidades de independencia y del encarcelamiento de Siqueiros-
había caído a una sima de odio y temor provocada por la incapacidad política de
Díaz Ordaz, por su proclividad a resolver problemas políticos con medios
militares. El desarrollismo estabilizador pretendió alcanzar su triunfo más
espectacular, la culminación de su ya larga carrera con la celebración en
México de los juegos olímpicos en octubre de 1968. Destinadas a demostrar que
el país había llegado por fin a la mayoría de edad, las olimpiadas mexicanas se
vieron ensombrecidas por la explosión casi simultánea del desequilibrio entre
el desarrollo socioeconómico y el político. Como siempre, la organización
socioeconómica precedía y rebasaba al sistema político y ponía a prueba su
capacidad de adaptación a renovadas exigencias de democratización. Desde julio
se inició la crisis del sistema político mexicano al hacerse evidente el abismo
creado entre el gobierno y una de sus criaturas favoritas, la que con más
constancia lo había apoyado: la clase media representada en esta ocasión por
los estudiantes universitarios. El movimiento estudiantil de 1968 logró una de
sus metas tácitas: demostrar a propios y extraños que la democracia aducida por
el gobierno como legitimación no era más que una tradición declamatoria; esto a
cambio de una represión bestial que alcanzó su culminación en la matanza de
Tlatelolco el 2 de octubre, convertida desde entonces en símbolo traumático y
definitorio de una nueva relación entre pueblo y gobierno en el sistema
político mexicano. El 68 dio ocasión para que hijos y nietos de los refugiados
españoles dieran la medida de su integración a la vida nacional, al participar
plenamente y en primera fila en el movimiento en pro de que se llevasen a la
práctica principios democráticos que habían oído alabar toda su vida en casa y
fuera de ella. La conmoción producida en la conciencia nacional por la
represión diazordacista provocó que el nuevo presidente hiciera suyas las
banderas del 68, incluido un matiz anarquizante, anti-stablishment por
principio, que Echeverría habría de llevar a alturas insospechadas.
Las críticas
hechas por Echeverría al sistema no carecían de razón ni de oportunidad.
Efectivamente el divorcio entre el gobierno, la clase media y los grupos
pensantes había puesto en entredicho la legitimidad del Estado mexicano y su
capacidad de funcionar sin recurrir a la fuerza; sin duda el desarrollo
estabilizador había puesto un énfasis excesivo en la industrialización a
cualquier costo, y se había olvidado de hacer efectiva la meta de la justicia
social para todos; no podía negarse que había un grave desequilibrio entre la
ciudad y el campo, entre industria y agricultura, y que esta última se había descapitalizado
en favor de la primera; era evidente que el Estado había perdido la capacidad
de dirigir y controlar los procesos económicos ante una oligarquía
constantemente favorecida por la política desarrollista, oligarquía que a pesar
de todos los esfuerzos no lograba conformar una burguesía nacionalista,
independiente de los intereses del capital extranjero.
Sobre el
abismo creado entre el gobierno y la clase media, Echeverría quiso tender el
puente de una "apertura" democrática y de un diálogo constante entre
pueblo y funcionarios públicos; ante la evidente desigualdad en la distribución
del ingreso apoyó la subida de salarios y acudió en auxilio de los grupos
marginados; quiso compensar el desequilibrio entre el medio rural y el urbano
invirtiendo grandes sumas en el campo, y procuró dotar al Estado de los
recursos suficientes para devolverle su papel dominante en la economía,
implementando una reforma fiscal más amplia y más profunda. Pero la realidad
mexicana demostró, una de dos: o ser mucho más reacia al cambio de lo que el
presidente había supuesto, o necesitar, para que el cambio se produjera desde
arriba, de medidas mucho más radicales que las que estuvo dispuesto a tomar.
Una vez inmerso en el afán de cambiarlo todo: economía, política, sociedad,
etcétera, el presidente se engolosinó con su propio juego y confundió el papel
de gobernante con el de agitador profesional. Aleccionado por el ejemplo de
Díaz Ordaz, Echeverría procuró evitar que la crisis del sistema mexicano lo
rebasara, y para ello no encontró mejor procedimiento que encabezarla como su
impugnador más radical. Se imaginó que así arrebataba todas sus banderas a los
críticos del sistema. Su radicalismo, sin embargo, y la eficacia de sus
acciones como poder ejecutivo mostraron muy pronto sus alcances y sus
limitaciones. La apertura democrática naufragó el jueves de Corpus de 1971 al
producirse una nueva represión brutal en contra de los estudiantes. La
credibilidad del presidente quedó en entredicho de ahí en adelante, al no
llegar nunca el día en que se cumpliera su solemne promesa pública de que los
responsables serían castigados. El "diálogo" -una de las exigencias
del movimiento estudiantil de 1968- se convirtió en un torrencial monólogo a
cargo de Echeverría en exclusiva. Los salarios disminuyeron en valor
adquisitivo más rápidamente de lo que aumentaban en valor nominal, a causa de
una inflación desbocada que respondía tanto a la coyuntura internacional como
al aumento del circulante monetario provocado por el gobierno mismo, y que
afectaba especialmente a los asalariados con ingresos fijos. El auxilio dado a
los grupos marginados, al no tenerse en cuenta su cultura y sus posibilidades
reales de desarrollo, resultó inútil y contraproducente. Al mismo tiempo que
denunciaba al desarrollo estabilizador, Echeverría no quiso renunciar a la
ilusión de pasar a la historia como un presidente modernizante,
industrializador, y gastó enormes sumas en ampliar la infraestructura de base que
beneficiaba en primer lugar a la industria, sumas cuyo financiamiento lo llevó
a aumentar sin medida la deuda pública interna y externa. Los capitales
invertidos en el campo por el Estado no lograron aumentar la producción
agropecuaria, pero su política agraria sí consiguió agudizar los problemas
campesinos y hacerlos explosivos. Echeverría no se atrevió a implementar una
reforma fiscal verdaderamente adecuada; en vez de gravar los ingresos del
capital, en vez de forzar a la oligarquía financiera-industrial a contribuir en
mayor proporción a las funciones y los objetivos del Estado, se decidió a
aumentar los gravámenes sobre los ingresos del trabajo, arrojando así sobre los
hombros de la clase media y de los trabajadores asalariados los costos del financiamiento
de la crisis.
Es muy
posible que la complejidad abrumadora de los problemas nacionales, y la
sospecha de que no bastaba hablar sobre ellos para resolverlos, haya llevado a
Echeverría a desplazar el centro de su atención hacia la política
internacional. En este campo encontró amplios espacios para ejercitar su
vocación innovadora en un sentido positivo, a pesar de sus excesos, de sus
contradicciones, de sus errores y rectificaciones, y del rechazo interno a su
estilo de hacer política exterior. Es difícil llegar a un acuerdo sobre las
virtudes o defectos de una política cuyos resultados y proyecciones a largo
plazo están todavía por verse. El hecho es que Echeverría renovó de cuajo las
perspectivas desde las cuales se veían las premisas fundamentales en que se
había basado la política internacional de todos los gobiernos de la Revolución
Mexicana.
Por una
parte, cambió la premisa de que México es un país débil en el concierto mundial
de las naciones. Es indudable que el presidente exageró al comportarse como si
México fuese una gran potencia, y que a sus desmanes agregó la incongruencia de
alinear al país entre las naciones más débiles del planeta, el tan traído y
llevado Tercer Mundo; pero es indudable también que Echeverría interpretó con
mayor audacia el posible peso mundial de un México ya no tan débil y consciente
de ello, y que su insistencia en colocar a México entre los países del Tercer
Mundo transparentaba un intento de liderearlos. Por otra parte, negó la premisa
de que la vecindad con los Estados Unidos y su dependencia económica respecto a
la gran potencia del norte obligase al país a polarizarse unilateralmente de
acuerdo con los intereses norteamericanos. Echeverría trató de aprovechar la
nueva situación internacional en la que se hacía evidente el fin de la Guerra
Fría, el fin de la bipolarización del mundo en dos campos irreductibles: el
capitalista y el comunista, y el surgimiento de nuevos centros de poder
susceptibles de enfrentarse a Moscú y a Washington. En este proceso, la
armadura juridicista en la que se había encerrado el Estado mexicano durante
tanto tiempo para defender su supervivencia perdió su función tradicional, y
quedó abierto el camino para una política internacional con mayor capacidad de
maniobra, más flexible y realista.[ 26 ] En materia de política
internacional, lo mismo que en la interna, el régimen echeverrista fue un régimen
de transición justamente por lo que tuvo de destructor de tradiciones
arraigadas en la vida de México.
El caso de
las relaciones con España resulta ejemplo destacado de la manera de proceder de
Echeverría en su política tanto interna como externa. Es también una síntesis
un tanto desquiciada de la posición de México ante España desde la proclamación
de la República Española en 1931. En los primeros años de su gobierno, el
presidente se contentó con reiterar la postura tradicional mexicana, dándole ya
un peculiar tono subjetivo como si el caso fuese asunto personal. El 5 de enero
de 1970, todavía como candidato del PRI a la presidencia, se declaró partidario
de la República Española "con toda convicción", lamentó no conocer
España y opinó que debíamos incrementar nuestras relaciones culturales y
comerciales con la madre patria.[ 27 ] En diversas ocasiones, mientras
recorría los caminos del mundo promoviendo los intereses de México y la imagen
de Luis Echeverría -en Canadá, en Londres y en París-, corroboró que México no
establecería relaciones con el gobierno de Franco. El 21 de abril de 1974, en
discurso pronunciado en el Centro Libanés ante los republicanos españoles,
reiteró el compromiso contraído de sostener los ideales de la España
republicana, alabó al gobierno español en el exilio por ser una fuente
inagotable de fortaleza espiritual, e insistió en que no había contradicción
entre lo que pensaba y lo que hacía.[ 28 ] En ningún presidente mexicano como
en Echeverría se hizo tan transparente y tan pública la influencia de sus
amigos refugiados en la decisión de no establecer relaciones con el régimen de
Franco: Echeverría se preció en muchas ocasiones de su intimidad con ellos, en
especial con León Felipe. El presidente tuvo buen cuidado, además, de inyectar
nueva vida a las tradicionales celebraciones de aniversario de la República
Española -un tanto ignoradas por los presidentes anteriores-, enviando
representantes de postín: Alfonso García Robles (subsecretario de Relaciones
Exteriores), Mario Moya Palencia (secretario de Gobernación), Horacio Flores de
la Peña (secretario del Patrimonio Nacional), Hugo Cervantes del Río
(secretario de la Presidencia), Víctor Bravo Ahúja (secretario de Educación),
Francisco Xavier Alejo (secretario del Patrimonio Nacional) y asistiendo
personalmente al banquete de 1974.
El caso
español alcanzó inesperada culminación en 1975. El 19 de septiembre, pocas
semanas antes de que estallaran los fuegos de artificio con motivo de España,
en su quinto informe de gobierno, Echeverría había expresado la esperanza de
que antes que concluyera su periodo presidencial pudiera México establecer
relaciones con una España democrática. Fue éste el informe en el cual afirmó
categóricamente que ninguno de sus actos había tenido por meta llegar a
secretario general de la ONU o merecer el Premio Nobel de la Paz, y en el que
dijo su frase célebre: "Por otra parte, nunca en mi vida consideré, ni
considero, que pueda recibir jamás una distinción más alta que la de haber sido
elegido, por voluntad popular, presidente de México".[ 29 ]
El 27 de
septiembre, después de un proceso muy irregular que había llamado la atención
del mundo una vez más sobre las luchas clandestinas contra el régimen
franquista, cinco terroristas de un grupo original de once fueron ejecutados, a
pesar de que el propio Papa había intercedido en su favor. Los seis restantes,
entre ellos dos mujeres embarazadas, suscitaron la clemencia del caudillo y
fueron indultados. Con el fariseísmo típico de las actitudes tomadas ante el
gobierno español, consistente en escandalizarse de la paja en el ojo ajeno y no
advertir la viga en el propio, y en hacerse de nuevas ante el carácter
represivo del régimen del generalísimo, la opinión mundial decidió horrorizarse
ante el crimen. Echeverría vio aquí la oportunidad de dar un golpe sensacional
y se apresuró a enviar a la ONU, el 28 de septiembre, una carta en la que
condenaba al régimen franquista por haber violado los derechos humanos, y en la
que reiteraba los principios tradicionales de México: autodeterminación y no
intervención. Por si a alguien se le ocurriera señalar lo obvio, es decir que
México debía aplicar esos principios a su propia conducta y abstenerse de
intervenir en los asuntos internos de España puesto que el pueblo español tenía
derecho a autodeterminar su vida, insistía en que México no quería ser cómplice
de una conducta criminal y que en todo caso los que debían rectificar eran
todos aquellos que mantenían relaciones con Franco. Para terminar, el
presidente de México pedía al Consejo de Seguridad que el gobierno franquista
"sea suspendido del ejercicio de los derechos y privilegios inherentes a
su calidad de miembro", y que además "inste a los miembros de las
Naciones Unidas a interrumpir totalmente sus relaciones económicas y las
comunicaciones ferroviarias, marítimas, aéreas, postales, telegráficas,
radioeléctricas y otros medios de comunicación (como la televisión) y a romper
con España sus relaciones diplomáticas".[ 30 ]
Uniendo la
acción a la palabra, el mismo día 28 Echeverría ordenó que se cancelase toda
comunicación con España. No había relaciones diplomáticas que se pudieran
romper para hacer más aparatoso el gesto; por imperativos geográficos
ineludibles las conexiones ferroviarias no existían; el tráfico marítimo era
escaso y el correo no podía ser suspendido unilateralmente según compromiso
contraído con la Unión Postal Universal. Pero sí se pudo expulsar a los
representantes oficiosos del régimen franquista, cerrar las oficinas de la
agencia de noticias EFE, cancelar los vuelos de Aeroméxico a Madrid y los
permisos de vuelo de Iberia hacia México, hacerse de la vista gorda ante un
asalto a las oficinas del gobierno español, suspender los servicios de télex,
teléfono y televisión, detener las transacciones financieras e interrumpir todo
trato entre deportistas y cinematografistas mexicanos y españoles. La medida
provocó el usual alud de declaraciones de funcionarios públicos a la prensa,
todas ellas laudatorias del presidente, quien recibió además la solidaridad de
diputados y senadores. El recién destapado candidato del PRI a la presidencia
unió su voz al coro el 28, afirmando que la ejecución de los guerrilleros era
una vileza que justificaba el que México no hubiese reanudado relaciones con
España. El 29 Echeverría aclaró que el propósito de la carta a la ONU era
precipitar la caída de Franco y ayudar al proceso democrático español, y afirmó
que tenía la ambición de ir a España todavía como presidente de México. La
situación creada por Franco, aseguró, podía provocar una nueva guerra. El 3 de
octubre se permitió una manifestación de solidaridad con el pueblo español.
Como en una
comedia ya muy sabida y ensayada, en el resto del mundo se tomaron las
actitudes correspondientes al caso. Los embajadores de dieciocho países se
retiraron de Madrid, llamados "a consulta" por sus respectivos
gobiernos. En varias capitales de la Europa comunista hubo mítines
antifranquistas, y la República Democrática Alemana suspendió sus relaciones
con Franco. En la Europa capitalista se declararon varios boicots obreros a los
productos españoles y hubo huelgas de solidaridad. Los transportes hacia España
se paralizaron en parte, provocando graves problemas a los miles de turistas
que visitaban la península. El 6 de octubre el Mercado Común Europeo suspendió
todos sus tratados comerciales con España.
El caudillo
se sabía también su papel a la perfección. La huelga general en el País Vasco,
del 28 al 30 de septiembre, fue reprimida con la brutalidad habitual. El 19 de
octubre doscientos mil manifestantes expresaron su apoyo a Franco y su repudio
al extranjero. Para que no faltase un solo detalle, el generalísimo aclaró que
los ataques a España se debían a una conjura "masónica y comunista".
En realidad, podía estar mucho más tranquilo que en 1946; con casi cuarenta
años de regir los destinos de España ya podía saber a qué atenerse ante los
desgarramientos de vestiduras de la opinión pública mundial. Además, desde el
30 de septiembre la petición de Echeverría había sido rechazada ad portas por
el Consejo de Seguridad, y turnada a la Comisión de Derechos Humanos donde
dormiría el sueño de los justos.
Echeverría
estaba decidido a dar la batalla en todos los frentes y voló a Nueva York a
enfrentarse personalmente a la ONU. Ante una Asamblea General expectante, el 7
de octubre el presidente pronunció un discurso que fue recibido con
aclamaciones, pero que no cambió ni un ápice la postura del Consejo de
Seguridad. En relación con España, ratificó la petición hecha el 28 de
septiembre, argumentando que México tenía razón tanto técnica como
políticamente. Técnicamente, porque la petición mexicana se ajustaba a los
términos de la Carta de las Naciones Unidas, que da a los miembros el derecho a
denunciar ante el Consejo de Seguridad situaciones como la de que se trataba.
Políticamente, porque los hechos denunciados constituían violación reiterada de
los derechos humanos y porque se trata [y aquí es seguro que Echeverría usó un
tono apocalíptico acorde con lo que iba a decir], ante todo, de la creación
sistemática de un clima de confrontación violenta susceptible de conducir a una
fricción internacional y poner en peligro el mantenimiento de la paz en un
punto de la tierra que, por ser de interés estratégico, amenaza la seguridad
mundial.[ 31 ]
En realidad
la cuestión española ocupó poco espacio en el cuerpo del discurso; la mayor
parte la dedicó a advertir a las grandes potencias industrializadas de la
necesidad de organizar al mundo de acuerdo con bases más justas, ya
establecidas en la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados, y a
exponer su opinión de que la ONU estaba muy mal organizada, pues la minoría
poderosa representada permanentemente en el Consejo de Seguridad podía bloquear
todas las iniciativas presentadas por la mayoría pobre y subdesarrollada. Los
días siguientes los dedicó el presidente a reunirse con altos funcionarios de
las Naciones Unidas. Las pláticas no debieron ser muy satisfactorias pues el 15
de octubre, en entrevista de prensa concedida a los periodistas neoyorquinos,
comentó acremente que en caso de llegar a secretario general de la ONU no sería
imparcial pues se pondría del lado de los pobres. Opinó además que España
evolucionaría hacia la democracia; en ese proceso las Naciones Unidas podrían
tener un papel importante, pero hay oposición a asumirlo en el Consejo de
Seguridad, el cual "tiene que comprender [agregó] que hay un peligro de
fricción entre las potencias si no se puede encaminar a España hacia un
verdadero sistema democrático".[ 32 ]
Por su
parte, López Portillo se había hecho cargo discretamente de continuar
secundando las acciones de su amigo y padrino, y el 5 de octubre, en su
discurso de protesta como candidato del PRI a la presidencia, había lamentado
que una de nuestras raíces, la española, no pudiese librarse del fascismo y el
garrote vil, y profetizado algo ambiguamente, que cuando el pueblo español
rescatase su dignidad y su orgullo México estaría presente.[ 33 ] La insistencia en lo de las raíces
corrió por cuenta del flamante presidente del PRI, Porfirio Muñoz Ledo. El 9 de
octubre, contestando el discurso de López Portillo al iniciar su campaña en
Querétaro, el ex secretario del Trabajo afirmó que México se ponía en posición
de vanguardia al condenar los abusos del régimen franquista y expresar su
solidaridad con el pueblo democrático español, posición que constituía una
reafirmación de nuestra raíz española, pero de la democrática, es decir de la
que confirmaba y no negaba la vigencia de principios revolucionarios que vienen
desde nuestra independencia.[ 34 ]
La exégesis
histórica muñozledista continuó el 19, en un discurso en la conmemoración de
las muertes de Calles y Cárdenas; por azares del destino ambos fallecieron un
20 de octubre. En esa ocasión Muñoz Ledo reiteró la obsesión gubernamental por
ligar sus acciones a pasados históricos prestigiosos y legitimadores,
aseverando que, al definir el caso de España, México se está en realidad
autodefiniendo, es decir reconociendo su tradición liberal española. Además,
comparaba la política de Echeverría con la de Cárdenas.[ 35 ]
A su regreso
a México, Echeverría quiso agregar nuevos y sorprendentes matices a su posición
ante el asunto español. El 22 de octubre, en uno de sus habituales desayunos de
trabajo, esta vez con una multitud (más de cuatrocientas personas) de
entusiastas republicanos que le manifestaron su aprobación y gratitud por la
andanada antifranquista, expuso en detalle sus razones y delineó los siguientes
pasos a dar. Dijo en síntesis que la actitud de México se basaba en razones de
utilidad trascendente: "defendemos al mismo tiempo la honra y la hacienda,
los intereses morales, espirituales y económicos del presente y del
futuro". Por su boca, México había insistido el 7 de octubre en su
petición ante la ONU, donde desgraciadamente predominaba la tendencia elusiva
que simboliza el paraguas de Chamberlain. Porfió en que la situación en España
podía provocar otra guerra civil en cualquier momento, hizo hincapié en que
México pertenecía al Tercer Mundo y se jactó de compartir el orgullo mexicano
por la cultura española, que es la nuestra. Profético, veía venir una nueva
etapa en España que "México quiere[*] que sea la reiniciación de un
proceso democrático". Sintiéndose todavía en posición de fuerza,
especificó las condiciones que ponía a España:
“Tenemos fe, lo
analizamos y lo intuimos, en que en España pronto, muy pronto, se iniciará un
proceso democrático. Ratificamos a los republicanos españoles, diseminados en
América Latina, en muchos países de Europa, en Asia, en África, en todo el
mundo, que tan luego como ese proceso democrático se inicie en alguna forma,
evidente y tangible, México solicitará relaciones diplomáticas al pueblo
español, y esto nos permitirá intercambiar experiencias. Quiero hablar más
concretamente: no las solicitará México -y el Poder Ejecutivo es el responsable
constitucional de la política internacional, y para eso lo ha designado el
pueblo-, si el franquismo permanece sin Franco; pero sí las solicitará cuando
se desmorone, como ocurrirá, y se inicie aunque el camino sea largo, lo que
quiso la República, con un espíritu de libertad, buscando la justicia, con
respeto a la dignidad.”
Para
terminar Echeverría tomó de la mesa dos banderas, la de la República Española y
la de México, y exteriorizó su esperanza de poderlas devolver a los
republicanos en España, todavía con su investidura de presidente. Pero de no
ser así, le correspondería hacerlo al nuevo presidente, quien se había
comprometido a mantener la actitud mexicana tradicional.[ 36 ]
La fe, el
análisis y la intuición de Echeverría sobre el futuro democrático de España no
se basaban exclusivamente en un acto de voluntad pura, pues el 20 de octubre
las agencias de noticias habían empezado a difundir la buena nueva: el
generalísimo Francisco Franco Bahamonde se hallaba aquejado de una
insuficiencia coronaria aguda. Durante todo un mes un mundo acechante y
espeluznado siguió con pasión el proceso de la enfermedad del caudillo,
oscilando entre la esperanza y el temor, corroborando que España seguía siendo
digna de sí misma al ofrecer un espectáculo necrófilo y macabro sin ninguna
turbación. Aferrado a una vida que se le escapaba a pedazos por todas partes,
apoyado en su lucha contra la muerte por su familia y un grupo de
incondicionales y colaboradores que en su último suspiro veían el fin de
cuarenta años de dominio sobre España, auxiliado por treinta médicos y por las
técnicas más avanzadas que la ciencia podía proporcionar, Franco sufrió cuatro
infartos, uremia, gangrena de una pierna, once úlceras estomacales,
peritonitis, afección pulmonar grave, daños cerebrales, tres operaciones
mayores, transfusiones masivas de sangre (cerca de 50 litros )... y para
terminar fue puesto en hibernación. Llegó a pesar treinta y seis kilos. El
jueves 20 de noviembre, a las 4.30 de la mañana, se declaró oficialmente que
Franco había muerto. Tenía ochenta y dos años y había gobernado España durante
treinta y seis, treinta y nueve años si se cuentan los de la Guerra Civil.
Echeverría
se encontró de pronto con que la pieza clave de la partida ya no existía; que
como última y sorpresiva jugada en relación a México, y muy a su pesar Franco
había tornado inútiles todas las medidas en su contra. Todavía el 5 de
noviembre, cuando era casi evidente para todos que Franco se moría, tanto así
que Juan Carlos había sido declarado jefe de Estado "provisional" el
30 de octubre, el presidente había insistido en su posición protectora con
respecto a España en un discurso ante cuarenta egresados del Colegio Madrid.
Tan luego como se dé el proceso de democratización, aseguró, México establecerá
relaciones con España. Aplicándose uno de sus tópicos favoritos, la
autocrítica, Echeverría matizó: "no vamos a esperar que haya lo que
nosotros no tenemos: una democracia perfecta". Las relaciones, aunque sea
con el rey, ayudarán al establecimiento de una democracia en España. Para
terminar se declaró convencido de que regresaríamos a España, pronto y por la
puerta grande.[ 37 ] Incansable, el 9 machacó en sus
temas favoritos en una comida que le ofrecieron los republicanos en el Hotel
Camino Real.[ 38 ] En contradicción con la
desesperanza expresada en la entrevista en Nueva York, dijo estar seguro de que
a México le darían la razón en la ONU. Agregó que los caminos de la democracia
son caminos difíciles, pero tan luego como hubiera síntomas tangibles y
evidentes de que España se encaminaba hacia ella, y se estableciera la
posibilidad de la vuelta de los republicanos, México pediría relaciones
diplomáticas; esto sería un testimonio de que el pueblo mexicano observa
síntomas que deben ser alentados. Anticipándose a las críticas que veía venir,
Echeverría negó que México estuviese erigiéndose en juez calificador del grado
de democracia española. Si México deseaba que hubiera síntomas claros y
precisos de democratización en España no era para juzgarlos sino para
alentarlos. En todo caso, debía entenderse que México consideraría como signos positivos
aquéllos que pudiesen llevar a la instauración de la República en España, no en
balde hablaba el presidente ante un auditorio de republicanos españoles, y esto
a pesar de haber dicho apenas tres días antes que si había democratización se
procurarían las relaciones aunque fuese con el rey.
Ante una
audiencia nacional las declaraciones fueron aún más precisas y contundentes.
Después de haber celebrado un aniversario más de la Revolución Mexicana el 20
de noviembre, el presidente fue abordado por los periodistas para que comentara
sobre la noticia del día: la muerte de Franco. Echeverría se mostró muy seguro
y repitió su prédica: apenas se inicie un proceso democratizador en España, y
de ello hay síntomas alentadores -se refería evidentemente a la muerte de
Franco-, se establecerá contacto y tendremos relaciones diplomáticas. Su
esperanza de que se restablecieran dentro de pocas semanas (lo cual era otra
forma de decir aquí no ha pasado nada), implicaba la suposición de que los
procesos políticos españoles podían ser tan vertiginosos como sus propios
deseos. Por lo pronto, continuó, ha dado ya instrucciones para que se
restablezcan las relaciones comerciales y tiene hecha una lista de trece
posibles candidatos a embajadores. Como quien no quiere la cosa, suelta una
pequeña bomba que parece no haber producido ampolla: restablecidas las
relaciones con España, la República Española tendrá aquí un representante
oficioso.[ 39 ] A Echeverría le parecía fácil y
conveniente seguir con el mismo esquema tradicional, nada más que ahora con los
papeles invertidos: el gobierno español en el de bueno y la República en el de
villano, y México como siempre en su papel de árbitro distribuidor de alabanzas
y reprimendas.
El candidato
del PRI también tuvo comentarios que hacer a raíz de la muerte de Franco,
obligadamente en tono menor. El mismo día 20 expresó su deseo de que se
apresurase la reanudación de relaciones porque a México y a España les hacían
falta, y su opinión de que la muerte de Franco precipitará las decisiones de
autodeterminación del pueblo español ya que constituían magnífica ocasión para
la apertura. Discretamente se negó a decir si México establecería relaciones
con Juan Carlos; eso tendría que decirlo el gobierno. Él apenas era candidato a
la Presidencia.[ 40 ] Entre la avalancha de
declaraciones provocadas por la muerte del caudillo español, además de las del
presidente y del candidato destaca la de Porfirio Muñoz Ledo. El presidente del
PRI recogió seguramente algún comentario malintencionado que homologaba al
régimen franquista con el priista, ya que aclaró que la gran diferencia estaba
en que bajo el PRI se había logrado acelerar el desarrollo del país y liquidar
el latifundismo, y que en México había un régimen de libertades y de lucha
social.[ 41 ]
Lo que se
había liquidado en un santiamén tomó tiempo para volver a su estado original.
Durante el mes de diciembre se fueron reparando poco a poco los desperfectos.
El 17 se reanudaron los vuelos de Iberia y se empezaron a transportar las
decenas de toneladas de carga acumuladas en bodega; el 18 se pusieron
nuevamente en servicio las telecomunicaciones: teléfono, télex y televisión; el
mismo 18 se dio la noticia de que Costa Rica serviría de enlace consular entre
México y España; el 29 se renovaron formalmente los intercambios financieros:
comercio exterior, convenio de pagos y financiamiento. La reparación de los
resquemores políticos, en cambio, Echeverría no habría de verla en el punto en
que la deseaba: restablecidas las relaciones entre México y una España democrática
y él como presidente visitándola en triunfo. La lucha la hizo, sin embargo,
enviando en ocasiones globos sonda para tantear el terreno. El 18 de diciembre
hizo que el secretario de Comunicaciones y Transportes, Eugenio Méndez Docurro,
declarase con motivo de la reanudación de telecomunicaciones que había un
ambiente propicio para el establecimiento de relaciones con España.[ 42 ] El 21, Francisco Xavier Alejo,
secretario del Patrimonio Nacional, informó a la prensa que aprovechando su
estancia en París se había reunido con el canciller español, Areilza. La
entrevista había sido informal y privada; en ella Alejo había manifestado que:
... como lo
señaló el presidente Echeverría, México deseaba que en España se produjese una
lucha abierta de partidos, con participación de todas las corrientes políticas,
con un juego democrático en el que estuviesen representados clara y
abiertamente los obreros y los campesinos y una vez que hubiesen salido los
presos políticos de las cárceles.[ 43 ]
Ésta era la
última, la más novedosa y la más detallada expresión de los deseos del
presidente mexicano. En su declaración Alejo se tomó la molestia de especificar
que la reunión la había solicitado el canciller español. Por lo pronto, Areilza
se había limitado a constatar la postura mexicana, pero poco después, el 16 de
enero de 1976, declaró que no creía que tardase mucho el momento en que
pudieran normalizarse las relaciones entre México y España.[ 44 ] Los acuses de recibo españoles a
las señales echeverristas se intensificaron; el 20 de enero el diario español Pueblo
publicó un editorial sugiriendo que se tomasen medidas para el
restablecimiento de relaciones, y ofreciendo una solución que reputaba decorosa
al impasse en que la precipitación de Echeverría los había colocado a
todos. Pueblo proponía que dadas las reservas españolas sobre el caso
México debería obrar con generosidad abriendo crédito a la vocación democrática
de España; después de todo -opinaba- el programa de Arias Navarro se acercaba a
lo pedido por Echeverría.[ 45 ] Por su parte el presidente del
Consejo de Ministros de la República Española, Valera, declaró el 11 de enero
que el gobierno republicano en el exilio se mantendría hasta que España hubiese
sido libremente consultada, y que la reanudación de relaciones no dependía de
México sino de que España se democratizase.[ 46 ] Echeverría debe haber tenido sus
dudas en relación a que el programa de Arias Navarro implicase realmente una
democratización, pues el crédito sugerido por Pueblo no llegó a
materializarse. Las negociaciones entre los gobiernos, si es que las hubo, no
alcanzaron ya la categoría de noticia pública. Se inició en cambio una
procesión de importantes líderes de la oposición española a quienes no pareció
mal venir a México a establecer relaciones políticas con el PRI,[ 47 ] a escuchar lo que tenía que decir
Echeverría, a recibir su apoyo y su aliento, a dejarse ver y conocer, y
seguramente a tratar de aprender algunos de los secretos de la estabilidad del
sistema mexicano. Uno tras otro desfiló: Enrique Tierno Galván (Partido
Socialista Popular), Felipe González (Partido Socialista Obrero Español) y
Santiago Carrillo (Partido Comunista Español). No es de extrañar que el
gobierno español agregase más reservas a las que ya tenía.
Es probable
que Echeverría haya renunciado a su aspiración de visitar España como
presidente -a fin de cuentas, estaban verdes-, a cambio de procurarse la imagen
de gran gurú de la democratización española. Además, el año se presentaba
problemático en política interna: tocaban elecciones y cambio de gobierno. La
cuestión española pasó a segundo plano, y conforme transcurrían los meses y se
agudizaba la crisis político-económica -causada en gran proporción por la
suspicacia ante un gobierno errático que hoy hacía lo que ayer negaba que iba a
hacer-, el público se olvidó casi completamente de España para preocuparse por
el último rumor[ 48 ] o las devaluaciones. Ante el shock
provocado por el anuncio de la primera devaluación el 31 de agosto, poca
resonancia pudo tener la última formulación que hiciera Echeverría de su
política española en su sexto informe de gobierno. El presidente no sólo se
concretó a mencionar su carta a la ONU y a asegurar que había estado atento a
los progresos de la democratización española. Como si fuera una revelación,
informó que había recibido a muchos grupos de la oposición española para llevar
más adelante la política mexicana de compromiso con la tradición democrática de
España. Aseveró haber recibido insinuaciones del gobierno español para
establecer relaciones y proclamó su orgullo por nuestros orígenes, tanto los
indígenas como los españoles. Y concluyó:
queremos que [en España] se vaya camino seguro de un parlamento en donde
estén representados todos los partidos políticos; que se consolide la libertad
de prensa; que salgan todos los presos de las cárceles; que los emigrados, sin
distinción, puedan regresar a su patria; que sólo así nosotros concluiremos
nuestro compromiso con el pueblo español.
Para
finalizar, y de modo que el asunto se incluyera en el conjunto de cosas que
todavía pensaba hacer -había declarado que gobernaría sin desmayar hasta el
último segundo de su mandato-, amenazó con que pediría relaciones, de darse el
proceso por él detallado, así faltasen unos días para que terminara su
gobierno. Pero -tal como iban las cosas resultaba conveniente curarse en
salud-, pensó que lo más probable era que lo hiciera el próximo gobierno.[ 49 ]
Es dudoso
que Echeverría haya creído -al orquestar el escándalo alrededor de la ejecución
de los cinco guerrilleros españoles en septiembre de 1975-, que sus acciones
habrían de tener por resultado la caída de Franco o a lo menos un aislamiento
diplomático o económico de España. El presidente de México debía saber que la
capacidad ejecutiva de las Naciones Unidas es muy restringida, tanto porque en
su constitución se dio básicamente una forma parlamentaria, limitando
rigurosamente los campos en que podía actuar, como porque el forcejeo constante
entre los bloques del poder mundial la paralizan aún más. El presidente de
México debía de estar informado que en el Consejo de Seguridad, Franco tenía
relaciones tan poderosas como los Estados Unidos. Si la ONU había sido incapaz
en 1946 de dictar medidas verdaderamente decisivas contra el régimen franquista
cuando el contexto mundial parecía exigirlas abrumadoramente, mucho menos lo
iba a hacer en 1975, con un pretexto a fin de cuentas tan pequeño en
comparación con las brutalidades usuales en todo el mundo, que en rigor podía
considerarse asunto de policía interna española, y cuando el caudillo había
sabido hacerse reconocer por casi todos los gobiernos de la tierra. Por otra
parte, era extemporánea una intervención en España en momentos en que podía
vislumbrarse la desaparición física de Franco. En 1974 el generalísimo había
estado enfermo de una flebitis en la pierna derecha, y aunque no se presentaron
las complicaciones posibles en un paciente de ochenta y un años, hubo alarma y
el príncipe heredero fue nombrado jefe interino del Estado español entre el 19
de julio y el 2 de septiembre, mereciendo por entonces el apodo de Juan Carlos
el Breve.
Las
motivaciones de Echeverría debieron ser de un orden distinto. Al igual que
todos los demás presidentes revolucionarios, desarrollistas y estabilizadores,
seguramente conocía y apreciaba los dividendos políticos internos que podían
ganarse adoptando una política externa avanzada que diera satisfacción a los
grupos de izquierda y a los nacionalistas. Por otra parte, en septiembre de
1975, designado ya el heredero de la presidencia, tomaba un cariz más urgente
el problema de en qué ocupar su inagotable vitalidad una vez cumplido el plazo
inexorable que lo colocaría en el limbo de los ex presidentes mexicanos, y la
Secretaría General de la ONU pudo parecer más apetecible. Por su oportunidad,
su forma y el contexto en que se dio no puede menos que concluirse que el
asunto español estuvo íntimamente ligado a la campaña que Echeverría desarrolló
con la mira puesta en el cargo de Secretario General de las Naciones Unidas;
que sus exageraciones tuvieron por objetivo real construirse una imagen
positiva en la ONU, sobre todo entre las naciones del Tercer Mundo de las que
pretendía convertirse en líder y a las que quiso dar mayor peso en la
estructura de la organización. Es condición ineludible de la psicología del
político convencerse de que aquello que lo beneficia es también lo justo y lo
adecuado. Fueron típicos de su estilo personal de gobernar[ 50 ] los intentos de llevar hasta
extremos irreales situaciones que en su origen podían ser problemáticas, pero
que no habían llegado a ser explosivas, a fin de aprovecharlas y resolverlas en
su grado más conflictivo y presentarse como un salvador. El asunto español y
los problemas agrarios del campo mexicano son ejemplos destacados de esta
peligrosa manera de proceder.
A otro
nivel, es indudable que sus móviles, en el caso español, procedían de un trauma
cardenista profundamente arraigado que lo llevó a procurar reproducir en todos
sus detalles la política de don Lázaro. Para Echeverría los treinta años que lo
separaban de Cárdenas no habían sido más que un hiato carente de sentido y de
importancia en la historia de México. Dando un salto en el vacío, su régimen
pretendió ligarse directamente con el de Cárdenas,[ 51 ] continuar políticas que en los
treinta pudieron responder a exigencias reales, pero que en los setenta eran ya
obsoletas como soluciones a los problemas planteados por los nuevos tiempos.
Nadie, y mucho menos un presidente de México, puede ignorar impunemente el paso
de los años. Cubrirse con la tradición cardenista le impidió a Echeverría
alcanzar mayor eficacia inmediata en su política y le costó popularidad. No
obstante, y aunque la política esté considerada como un arte y se juzgue por
sus resultados y no por sus intenciones, ni la popularidad ni la eficacia
inmediata son necesariamente los criterios últimos para enjuiciar en
excelencia. Hay que recordar que a no muy largo plazo se cumplieron en España
todos los requisitos formales de la democratización propugnada por el
presidente mexicano; el grado exacto en que sus exigencias hayan podido influir
en esa democratización no es posible determinarlo, pero sí es factible
corroborar que se dieron a la letra y que cuando Echeverría las planteó muy
pocos creían en su posibilidad. Por otra parte, por apresuradas y excesivas que
hayan podido verse en su momento la denuncia de Franco en la ONU y la
cancelación de las comunicaciones con España, es innegable que en el primer
caso se respondía a un verdadero escándalo internacional, y en el segundo se
recuperaba, aunque fuese por poco tiempo, la congruencia entre las palabras y
las obras, entre una línea política tradicional alabada y defendida en todos
los tonos durante muchos años y una situación de hecho que la contradecía
radicalmente. Además, al restablecer esa congruencia Echeverría reconocía
ampliamente la importancia que en todos los órdenes habían sabido conquistar
los refugiados españoles en la formación del México contemporáneo, y rendía
homenaje a las funciones básicas asumidas por el gobierno republicano español
en el exilio: recordar a un mundo desmemoriado el origen espurio del régimen
franquista, mantener viva la legitimidad republicana y hacer más factible que
en España se reimplantase un sistema democrático. Con ese homenaje, pero sobre
todo con la reanudación del compromiso contraído con la democracia española,
Echeverría rompió las reglas de un juego en el que solían invocarse la doctrina
Estrada y el principio de la no intervención, y se cerró la posibilidad de
visitar España como presidente; pero se ganó un lugar en el proceso de
democratización de España, el agradecimiento de los republicanos y el aplauso
de amplios sectores de la opinión pública mexicana.
El último
acto en esta larga historia de amor entre México y la República Española corrió
a cargo del actual presidente de México. José López Portillo tomó posesión de
su cargo el 19 de diciembre de 1976 en medio de una crisis político-económica
como México no había experimentado en mucho tiempo. Su primera medida consistió
en pedir al país una tregua y en hacer un llamado a la confianza perdida.
Siguiendo una larga y parece que inconmovible tradición -establecida por
Cárdenas y Ávila Camacho-, López Portillo se ocupó inmediatamente en establecer
distancias y diferencias, cuidadosamente dosificadas, con el gobierno de su
predecesor. La tradición política mexicana, que concede un poder casi
omnipotente al presidente de turno, condena al saliente a un ostracismo virtual
y le exige apartarse completamente de la política activa. A fines de 1976 y
principios de 1977 parecía imperativo que el nuevo presidente siguiera un
estilo completamente distinto al del anterior, e hiciera precisamente todo lo
contrario que Echeverría. Como candidato del partido oficial a la presidencia,
López Portillo había hecho segunda voz a Echeverría en su política hacia
España; llegó incluso, el 6 de enero de 1976, a reunirse con los republicanos
españoles en un desayuno de los habituales entonces. En su discurso, López
Portillo bordó retóricamente sobre algunos de los temas que le sugería la
política de México hacia España. Al tomar esa actitud, dijo, México hace honor
a un valor profundamente español: la lealtad, busca crear un orden que
"civilice la relación internacional en los valores fundamentales de
occidente",[ 52 ] y mantiene una congruencia
histórica al salvaguardar los valores por los que México ha luchado: los de la
democracia. Para terminar, el candidato se permitió comprometerse:
De esta
manera México, en su lealtad a ustedes, en su lealtad al pueblo español, sólo
podría admitir la normalidad, cuando los españoles que salieron perseguidos de
España puedan afirmar: ¡Regresamos a España con dignidad![ 53 ]
De esta
manera López Portillo ofrecía a los republicanos españoles una última
trinchera: que pudieran volver a España con dignidad, es decir, con plenitud de
sus derechos civiles, que venía a sumarse a las establecidas con anterioridad,
alguna ya satisfecha: la desaparición de Franco y la desaparición del
franquismo, o sea el establecimiento de la democracia. Con la simbólica banda
presidencial cruzándole ya el pecho, López Portillo se apresuró a aprovechar el
asunto de las relaciones con España como una muestra más de que los
apasionamientos y el exceso eran cosa del pasado. El 18 de marzo de 1977, ante
los medios de difusión convocados sorpresivamente, comparecieron el presidente
de México y el presidente de la República Española : en menos de tres minutos,
don José Maldonado leyó un documento en el cual se anunciaba la cancelación de
las relaciones diplomáticas entre los dos gobiernos. Acto seguido, ambos
presidentes desaparecieron dejando a los periodistas hambrientos y frustrados.
Al día siguiente, el presidente López Portillo declaró que durante la ceremonia
por poco se le saltaban las lágrimas.[ 54 ]
Diez días
más tarde, el 28 de marzo, se anunciaba que México había establecido relaciones
con el gobierno de Juan Carlos I. Un largo capítulo de la historia de México y
España quedaba así concluido.
El
establecimiento de relaciones con el gobierno territorial español le sirvió a
López Portillo, además de muestra de independencia frente a su antecesor, y de
concesión por tanto a una opinión pública generalizada -que no podía perdonar a
Echeverría la forma en que llevó a cabo las devaluaciones con que culminó su
régimen-, de satisfactor de grupos oligárquicos claves para la recuperación
económica del país, grupos que habían llegado a ver en las relaciones con el
gobierno español un símbolo de sus propias relaciones con el gobierno federal.
Por ello pudo decir algún comentarista que habíamos establecido relaciones con
el rey al mismo tiempo que con Monterrey. Las dudas que pudieran haber existido
sobre la conexión entre la política interna y el asunto español quedaron
disipadas el 4 de abril: el mismo día que Martínez Feduchi hacía entrega del
antiguo edificio de la embajada española al subsecretario de Relaciones
Exteriores, Alfonso de Rosenzweig Díaz, quien lo entregó en el acto a Amaro
González de Mesa, encargado provisional de la embajada de España en México, se
difundía además la noticia bomba de que nuestro próximo embajador en España
habría de ser el ex presidente Gustavo Díaz Ordaz, provocándose así una nueva
tormenta política en la que salieron a relucir las diferencias entre Echeverría
y su antecesor, y en la cual el centro de controversia lo constituyó el 2 de
octubre de 1968 en Tlatelolco.
Para tomar
su decisión es seguro que el presidente López Portillo tuvo en cuenta
consideraciones de política internacional de tanto peso como las de la política
interna. Los gobiernos mexicanos estaban acostumbrados a dar por sentado que
cuando así lo quisieran establecerían relaciones con el gobierno español sin
mayor trámite. Esta creencia pudo estar justificada mientras vivió Franco.
Podía darse por seguro, en efecto, que el generalísimo, consciente del origen
de su régimen y del triunfo diplomático que la legitimación mexicana podía
implicar, no desaprovecharía la oportunidad de establecer relaciones con México
en el momento en que éste así lo desease. Tal pudo ser el caso, también, con
los herederos del franquismo durante algún tiempo. Pero conforme el régimen de
Juan Carlos se afianzaba, conforme transfería su legitimación de una dudosa
herencia franquista a un inobjetable mandato popular, su situación se
fortaleció interna y externamente. En julio de 1976 fue nombrado presidente del
gobierno Adolfo Suárez, hasta entonces casi un desconocido en la política
española, con la misión concreta de desmantelar el aparato franquista y
convertirlo en una democracia al estilo europeo. En diciembre se llevó a cabo
un referéndum que aprobó por abrumadora mayoría el camino de la reforma
democrática. Con tales apoyos, la monarquía española podía darse el lujo de
negociar desde una posición de fuerza. Es seguro que el gobierno mexicano fue
advertido de que era tiempo de abrir crédito a la democratización española -tal
como había sugerido Pueblo anteriormente-, de que debía olvidarse de
toda pretensión de calificar el grado de democratización en España, y de que
debía establecer relaciones con la monarquía antes de las elecciones
generales programadas para junio de 1977, y antes de que estuviesen
reconocidos todos los partidos políticos españoles -entre los cuales el
de mayor interés para México y el más importante como señal segura de
democratización era el republicano-. De no ser así, se corría el riesgo de que
el establecimiento de relaciones con España se pospusiese por tiempo
indefinido, haciendo nugatorias todas las promesas y las seguridades dadas en
el sentido de que muy pronto se establecerían. México hubiese quedado impedido
de asistir oficialmente al proceso de democratización española y de atestiguar la
reconciliación de España con el mundo.
De todas
maneras, la forma sorpresiva y apresurada con que se procedió a liquidar una
tradición política tan antigua y prestigiosa, y el hecho evidente de que se
había presionado al gobierno republicano español para que sacase las castañas
del fuego al mexicano y le permitiese preservar su imagen, provocaron una
airada y dolida respuesta de una parte de la opinión pública mexicana, pronto
sumergida por la ola de sentimentalismo retórico a que se entregaron todos los
medios de comunicación celebrando la reconciliación entre una madre y una hija
convertidas de pronto en hermanas. López Portillo habría de salir al paso a las
críticas -un tanto obscurecidas ya por los avances de la nueva amistad: visita
de Suárez a México en abril, próxima visita de López Portillo a España-, en su
primer informe de gobierno.
El
presidente justificó su política afirmando que al establecer relaciones con
España había seguido exactamente los mismos principios que habían creado en el
pasado la situación de alejamiento entre ambas naciones, y recalcando que
habían cambiado las circunstancias dominantes durante más de cuarenta años.
Hizo hincapié después en que México había cancelado sus relaciones con la
República Española previo consentimiento, y en que habíamos sido los únicos en
guardar con ella esa deferencia. Terminó expresando sus respetos por la
gallarda generación de republicanos españoles.[ 55 ]
* * *
Cuarenta y
un años de enemistad con el gobierno de Franco, cuarenta de relaciones
diplomáticas con la República Española -treinta y dos de ellos con el gobierno
republicano en el exilio-, conforman en verdad una larga y sostenida línea
política. De 1931 a 1977 por lo menos tres generaciones de mexicanos y
españoles han sido copartícipes en una peculiar relación de pueblo a pueblo, de
nación a nación, de estado a estado; coautores de una relación de amor-odio
original y extraña en la que los niveles de contacto, confundidos y mezclados
en proporciones desiguales a lo largo de cuarenta y seis años, han alejado y
unido alternadamente a México y España, sin que se llegara nunca a un
alejamiento total o a una relación equilibrada y armoniosa. Los motivos por los
que el gobierno mexicano, interpretando con generosidad el peso de España en la
conciencia nacional, mantuvo durante tantos años su postura básica -si bien
matizada de acuerdo a las circunstancias del momento-, conforman un rico
conjunto en el que pueden verse mezclados intereses, ideas, emociones y
sentimientos de origen y alcance varios. La identificación ideológica con el
republicanismo español, que implicó a la vez un compromiso constante con el
ideal democrático en México y para los mexicanos, jamás cumplido, pero jamás
desmentido como aspiración y meta; la defensa de principios jurídicos vitales
para la supervivencia de la nación soberana; la creación de una imagen interna
y externa digna y valerosa; los beneficios materiales y espirituales; la
conexión con tradiciones legitimadoras: la revolucionaria de 1917 y la
cardenista; la recuperación de un linaje liberal de raíz española que podría
trazarse retrospectivamente hasta los tiempos coloniales; la utilización del
caso español para objetivos políticos circunstanciales; la solidaridad con los
amigos... a la vez que esclarecen esta línea política mexicana le dan un
fundamento mucho más sólido que el mero capricho, la terquedad o el idealismo
excesivo que para muchos eran sus únicas explicaciones aparentes y válidas. El
que esa política haya sido respuesta a un espectro de motivos tan diversos y
tan importantes para México es precisamente lo que le dio su permanencia, y
también lo que le da su grandeza al hacer de ella un proceso histórico en el
que se manifiesta con plenitud la ambigüedad y la complejidad de lo humano a un
nivel de justicia y de dignidad.
[ 1 ] La bibliografía sobre el régimen
cardenista es ya muy abundante. Entre los últimos títulos publicados destacan:
Arnaldo Córdova, La política de masas del cardenismo, México, Era, 1976
(Serie Popular, 26); Octavio lanni, El Estado capitalista en la época de
Cárdenas, México, Era, 1977 (Serie Popular, 51); Tzvi Medin, Ideología y
praxis política de Lázaro Cárdenas, México, Siglo XXI Editores, 1976, y
Lorenzo Meyer, México y los Estados Unidos en el conflicto petrolero
1917-1942, México, El Colegio de México, 1972. Los dos últimos incluyen
bibliografías muy completas.
[ 2 ] Sobre la educación socialista
pueden consultarse: John A. Britton, Educación y radicalismo en México,
2 v., México, Secretaría de Educación Pública, 1976 (Sep-Setentas, 287, 288), y
Josefina Vázquez de Knauth, Nacionalismo y educación en México, México,
El Colegio de México, 1970.
[ 3 ] El papel que juega la necesidad de
proyectar hacia adentro una imagen izquierdista en la determinación de la
política externa es analizado, en relación con los gobiernos del desarrollo
estabilizador de Alemán a Echeverría, por Mario Ojeda, Alcances y límites de
la política exterior de México, México, El Colegio de México, 1976.
[ 4 ] Esta postura juridicista tenía ya
un abolengo entre los gobiernos revolucionarios; fue postulada por primera vez
por Venustiano Carranza.
[ 5 ] Sobre la psicología histórica del
mexicano la bibliografía es abrumadora. A manera de ejemplos clásicos del
interés persistente que ha provocado el tema, citaré solamente a José Elguero, España
en los destinos de México, México, Cuauhtémoc, 1929; Octavio Paz, El
laberinto de la soledad, México, Fondo de Cultura Económica, 1964 (la
primera edición es de 1950); Samuel Ramos, El perfil del hombre y la cultura
en México, México, Espasa-Calpe, 1972 (la primera edición es de 1934), y
Abelardo Villegas, La filosofía de lo mexicano, México, Fondo de Cultura
Económica, 1960.
[ 6 ] Así lo asegura Salvador Novo en La
vida en México en el periodo presidencial de Manuel Ávila Camacho, México,
Empresas Editoriales, 1965, p. 51-52. Éste y su otro volumen, La vida en
México en el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas, México, Empresas
Editoriales, 1964, son recopilaciones de artículos contemporáneos,
espléndidamente escritos, y dan una visión crítica, muy rica y compleja del
acontecer cotidiano en el México de los treinta y los cuarenta. Se complementan
con un tercer volumen, La vida en México en el periodo presidencial de
Miguel Alemán, México, Empresas Editoriales, 1967.
[ 7 ] VI Informe de Gobierno de Lázaro
Cárdenas, 1o. de septiembre, 1940, XLVI Legislatura de la Cámara de Diputados, Los
presidentes de México ante la nación. Informes, manifiestos y documentos de
1821 a 1966, 5 v., Luis González y González (director de la recopilación) et
al., México, Imprenta de la Cámara de Diputados, 1966, t. IV, p. 136.
[ 8 ] Los refugiados españoles han sido
objeto ya de importantes estudios, pueden citarse entre ellos: José Luis
Abellán (editor), El exilio español de 1939, 3 v., Madrid, Taurus, 1976;
Patricia W. Fagen, Exiles and citizens. Spanish republicans in Mexico,
Austin & London, University of Texas Press, 1973 (hay traducción al
español, hecha por el Fondo de Cultura Económica); Carlos Martínez, Crónica
de una emigración (La de los republicanos españoles en 1939), México,
Libro-Mex, 1959.
[ 9 ] A. Álvarez del Vayo lo califica
Cárdenas de "viejo amigo mío", en sus Obras. I. Apuntes 1913-1940,
México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1972, p. 424.
[ 10 ] Lorenzo Meyer analiza esta crisis
en su artículo "La etapa formativa del Estado mexicano contemporáneo
(1928-1940)", Las crisis en el sistema político mexicano, 1928-1977,
México, El Colegio de México, 1977, p. 7-30.
[ 11 ] José Fuentes Mares, Historia de
un conflicto: México-España (El tesoro del " Vita"), Madrid, CVS
Ediciones, 1975, p. 145-146. Llama la atención sobre este importante
antecedente de la política de Cárdenas.
[ 12 ] Así lo afirma Daniel Cosío
Villegas en La sucesión presidencial, México, Joaquín Mortiz, 1975, p.
53-57 y 82-90.
[ 13 ] Un ejemplo de la virulencia
partidista y personalista que habría de provocar el manejo de estos dineros
entre los republicanos españoles lo da Amaro del Rosal, El oro del Banco de
España y la historia del Vita, México, Grijalbo, 1976.
[ 14 ] "Decreto que crea una
comisión encargada del control, custodia y administración de los bienes de la
'Delegación en México de la Junta de Auxilios a los Republicanos
Españoles'", 27 noviembre 1942, Diario Oficial, 1o. diciembre 1942.
[ 15 ] Sobre esta historia, hasta hace
poco desconocida, se han publicado dos buenos estudios exhaustivos: Eduardo
Pons Prades, Republicanos españoles en la Segunda Guerra Mundial,
Barcelona, Planeta, 1975. Antonio Vilanova, Los olvidados. Los exiliados
españoles en la Segunda Guerra Mundial, París, Ruedo Ibérico, 1969.
[ 16 ] "El estado de guerra es una
actitud exigida por el honor de México", mensaje leído el 28 de mayo de
1942 por el ciudadano presidente de la República ante el Honorable Congreso de
la Unión, Memoria de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Septiembre de
1941-agosto de 1942. Presentada al H. Congreso de la Unión por el licenciado
Ezequiel Padilla, secretario del ramo, 2 v., México, 1942, v. I, p. 98.
[ 17 ] Naciones Unidas. Consejo de
Seguridad. Actas oficiales. Primer año: primera serie. Suplemento especial.
Informe del subcomité encargado de investigar la cuestión de España, Nueva
York, junio de 1946, p. 37.
[ 18 ] Naciones Unidas. Consejo de
Seguridad. Actas oficiales. Primer año: primera serie. Suplemento especial.
Informe del subcomité encargado de investigar la cuestión de España, Nueva
York, junio de 1946, p. 37.
[ 19 ] José María del Valle, Las
instituciones de la República Española en exilio, Chatillon-sous-Bagneux,
Ruedo Ibérico, 1976, p. 120. Este magnífico estudio abarca hasta el año 1974.
[ 20 ] Naciones Unidas. Consejo de
Seguridad. Actas oficiales. Primer año: primera serie. Suplemento especial.
Informe del subcomité encargado de investigar la cuestión de España, Nueva
York, junio de 1946, p. 37.
[ 21 ] Naciones Unidas. Consejo de
Seguridad. Actas oficiales. Primer año: primera serie. Suplemento especial.
Informe del subcomité encargado de investigar la cuestión de España, Nueva
York, junio de 1946, p. 6.
[ 22 ] Naciones Unidas. Resoluciones
adoptadas por la Asamblea General, durante la segunda parte de su primera
sesión del 23 de octubre al 15 de diciembre de 1946, Nueva York-Lake
Success, 1947, p. 57-58.
[ 23 ] Precisamente con este nombre, La
fin de l'espoir. Té moignage, Paris, 1950, publicó Juan Hermanos
(seudónimo) un tomito en el que expone la desilusión de los españoles
antifranquistas por la inacción de la ONU.
[ 24 ] Excelsior, 14 abril 1964.
[ 25 ] Esta idea la expone y fundamenta
Jorge Cuesta en su artículo: "La tradición del nuevo régimen", El
Nacional, 10 agosto 1986.
[ 26 ] Mario Ojeda, Alcances y límites
de la política exterior de México, México, El Colegio de México, 1976, p.
161-204, analiza estos cambios.
[ 27 ] La República Española existe.
Las Cortes españolas se reúnen en México. Palabras de presidentes
mexicanos, México, 1971, p. 83.
[ 28 ] "Discurso de Luis Echeverría
en el Centro Libanés. 21 abril 1974", en Centro Republicano español.
Comisión Pro-monumento Lázaro Cárdenas. Banquete conmemorativo II República
Española, México, abril 1974, p. 60-63.
[ 29 ] V Informe de gobierno del
licenciado Luis Echeverría Álvarez, 1o. septiembre 1975, México,
Presidencia de la República, 1975.
[ 30 ] Carta de Luis Echeverría a la ONU,
28 septiembre 1975, El Nacional, 29 septiembre 1975.
[ 31 ] Discurso de Luis Echeverría ante
la Asamblea General de la ONU, 7 octubre 1975, El Nacional, 8 octubre
1975.
[ 32 ] Entrevista a Luis Echeverría en
Nueva York, 15 octubre 1975, Excelsior, 16 octubre 1975.
[ 33 ] Discurso de José López Portillo al
tomar posesión como candidato del PRI a la presidencia, 5 octubre 1975, Excelsior,
8 octubre 1975.
[ 34 ] Discurso de Porfirio Muñoz Ledo en
Querétaro, al iniciarse la gira de José López Portillo, 9 octubre 1975. Excelsior,
10 octubre 1975.
[ 35 ] Discurso de Porfirio Muñoz Ledo en
la conmemoración de la muerte de Calles y Cárdenas, 19 octubre 1975. Excelsior,
20 octubre 1975.
[ 36 ] Discurso de Luis Echeverría en un
desayuno de trabajo con los republicanos españoles, 22 octubre 1975. El
Nacional, 23 octubre 1975.
[ 37 ] Discurso de Luis Echeverría ante
cuarenta egresados del Colegio Madrid, 5 noviembre 1975. El Nacional, 6
noviembre 1975.
[ 38 ] Discurso de Luis Echeverría en el
homenaje que le ofrecieron los republicanos españoles en el hotel Camino Real,
9 noviembre 1975. Excelsior, 1o. Noviembre 1975.
[ 39 ] Declaraciones de Luis Echeverría a
la prensa, 20 noviembre 1975. Excelsior, 21 noviembre 1975.
[ 40 ] Declaraciones de José López
Portillo a la prensa. Excelsior, 20 noviembre 1975.
[ 41 ] Declaraciones de Porfirio Muñoz
Ledo a la prensa. Excelsior, 20 noviembre 1975.
[ 42 ] Declaraciones de Eugenio Méndez
Docurro a la prensa. Excelsior, 18 diciembre 1975.
[ 43 ] Declaraciones de Francisco Xavier
Alejo a la prensa, 21 diciembre 1975. Excelsior, 22 diciembre 1975.
[ 44 ] Declaraciones de José María de
Areilza, ministro de Relaciones Exteriores de España, 16 enero 1976. Excelsior,
17 enero 1976.
[ 45 ] Excelsior, 21 enero 1976.
[ 46 ] Excelsior, 12 enero 1976.
[ 47 ] Declaraciones de Enrique Tierno
Galván, 25 enero 1976. Excelsior, 26 enero 1976.
[ 48 ] Sobre el papel del rumor en la
crisis de fines de 1976, véase Soledad Loaeza, "La política del rumor:
México, noviembre-diciembre de 1976", en Las crisis en el sistema
político mexicano (1928-1977), México, El Colegio de México, 1977, p.
121-150.
[ 49 ] VI Informe de gobierno de Luis
Echeverría, 19 septiembre 1976. El Sol de México, 2 septiembre 1976.
[ 50 ] Daniel Cosío Villegas hace un
análisis detallado en El estilo personal de gobernar, México, Joaquín
Mortiz, 1974.
[ 51 ] De que se olvidaban de la obra de
Adolfo López Mateos se quejó doña Eva Sámano de López Mateos en una declaración
a la prensa el 29 de noviembre de 1975. Excelsior, 30 noviembre 1975.
[ 52 ] Discurso de José López Portillo en
un desayuno con los republicanos españoles, 6 enero 1976. Excelsior, 7
enero 1976.
[ 53 ] Excelsior, 7 enero 1976.
[ 54 ] Declaraciones de José López
Portillo a la prensa, 19 marzo 1977, Excelsior, 20 marzo 1977.
[ 55 ] I Informe de gobierno de José
López Portillo, 19 septiembre 1977. El Universal, 2 septiembre 1977.
Estudios de
Historia Moderna y Contemporánea de México, Álvaro
Matute (editor), Ricardo Sánchez Flores (colaboración), México, Universidad
Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, v. 8,
1980, p. 179-231.
https://moderna.historicas.unam.mx/index.php/ehm/article/view/69029/68957