RABINDRANATH
TAGORE
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Entre las grandes personalidades del último siglo, tanto
en el campo del pensamiento, como en el de la acción y en el de la creación
literaria, Rabindranath Tagore, poeta conocido en todos los círculos
intelectuales y cuyas obras han sido traducidas a la mayor parte de los idiomas
importantes, ocupa un sitio de singular relevancia. No es fácil encontrar, en
todas sus características humanas: como educador, como hombre de letras y altas
virtudes, notabilidades que se le pueden parangonar.
Rabindranath Tagore, sobre quien se dijo que “de sus
pensamientos hace canciones y que en las alas de su inspiración soberana sube
hasta el cielo para hacer rezar a las siete estrellas sabias de sus poemas” (1), vio la
luz primera en una tierra propia para el más elevado pensamiento y pata la más
profunda filosofía, al par, que con milenaria tradición cultural. Nació en la
India, en la ciudad de Calcuta, metrópoli de la nación bengalí el 6 de mayo de
1861.
En su formación cultural y filosófica
debemos situar a su progenitor, Maharshi Davendranath Tagore, quien formaba
parte de una familia hindú de alta tradición literaria y de sólida fortuna. En
un país donde la persistencia de una estructura social pesa abrumadoramente, es
importante señalar que Davendranath se adhirió muy joven a una secta
monoteísta, la Brahma-Samay, fundada por un distinguido redformador religioso,
Ramohun Roy. El abuelo de Rabindranath, llamado Duarkanaz, fue también uno de
los más firmes y cercanos colaboradores de dicho reformador religioso, a tal
punto que cuando Roy falleció, Duarkanaz asumió, virtualmente, la dirección de
Brahma-Samay. Ya este antecesor de Rabindranath siguió la costumbre de
numerosos aristócratas hindúes: la de hacer un viaje a Inglaterra, donde la
nobleza británica condescendía graciosamente para alternar con las figuras
dirigentes de la India, colaboradores suyos, a su vez, en la dominación de
aquel complejo, intrincado y vasto subcontinente.
Aunque la familia de Tagore: su
abuelo, y su padre en particular no formaban parte del grupo de aquellos rajás
desdeñosos de su pueblo, unidos estrechamente a los dominadores ingleses, no es
posible comprender la obra monumental de Rabindranath sin recordar que se
realizó en los momentos de desintegración del mundo colonial, cuando los
grandes imperios declinaban. Muchos años después, el filósofo hierofante del
existencialismo, Jean Paul Sartre había de retratar, con lenguaje agresivo,
lapidario y admonitorio, aquel mundo:
No hace mucho tiempo, la tierra estaba poblada por dos mil
millones de habitantes, es decir, quinientos millones de hombres y mil
quinientos millones de indígenas. Los primeros disponían del verbo, los otros
lo tomaban prestado. Entre aquéllos y éstos, reyezuelos vendidos, señores
feudales, una falsa burguesía forjada de una sola pieza, servían de
intermediarios. En las colonias, la verdad aparecía desnuda; las metrópolis la
preferían vestida; era necesario que los indígenas la amaran….(2)
Es necesario señalar el nacimiento de Tagore en un mundo
imperialista, sobre todo del imperialismo británico, que en esos años
victorianos parecían llegar a la plenitud, al mismo tiempo que para el europeo
aquello daba la impresión de ser eterno cuando menos sus usufructuarios tenían
esa aspiración, para entender mucho de la obra de este singular a la mayor
parte de los idiomas. Por cierto, si las traducciones abarcan parte importante
de su creación, la mayor parte permanece en su idioma nativo. Más volvamos a la
personalidad de Devendranath, el padre de Rabindranath, que, como su abuelo,
resultó dinámico sostenedor del Brahma-Samay. Preparado lo mismo en el campo
literario que en el filosófico, resultó un verdadero apóstol de su credo, y
nada mejor para señalar su vigorosa influencia en los círculos en que se movía,
pues tuvo la satisfacción de disminuir la masiva conversión al protestantismo
de las altas clases bengalíes. (3) Y un detalle que se advertirá también en el hijo:
si era un defensor de los valores hindúes y de la ortodoxia religiosa frente a
los credos extraños, no era sujeto incondicional del dogma a que servía. Por
circunstancia de una actitud crítica o al menos incrédula frente a la ortodoxia
de su pueblo, se le ha considerado, con justicia, un revolucionario o, cuando
menos, un innovador. Devendranath, dque siempre vivieron los antiguos
pensadores de la India. Su cultura y el prestigio de su sabiduría alcanzó tal
fama, que se llegó a titular Maharshi o “Gran sabio”.
Las innovaciones del progenitor de
nuestro autologado que siguiendo las ideas de Roy combatió el politeísmo y la
idolatría, también lo indujeron a retornar a los principios fundamentales de
los Vedas. La influencia de Devendranath fue decisiva, a pesar de que en esos
años la acción inglesa resultara avasalladora en su postura intransigente, pues
numerosos sucesos hacían que la cultura hindú fuese menospreciada por los
dominadores. No obstante que algunos ingleses, con mayor preparación y cultura
que los primeros comerciantes y navegantes que llegaron a la India, tras el
desplazamiento de los portugueses, si algunos ingleses apreciaban mejor la
cultura y el arte hindúes, al punto de ser llamados “orientalistas”, fueron
derrotados en su afán de comprender mejor el país dominado, por los que era
conocidos como “anglicistas” (4).
A pesar de todo, los renovadores hindúes continuaron en su
prédica, sin que se decidieran, finalmente, por la cultura británica. Si por
una parte denunciaron el atraso en que se debatía la India, en muchos aspectos,
por la otra hacían la más tenaz defensa de los valores tradicionales. De ahí la
explicación fácil del retorno a los más puros principios de los Vedas,
la revelación de la milenaria tradición cultural de sus ancestros. Esto lo
habrá de señalar en más de una ocasión el singular poeta bengalí.
Los familiares de Rabindranath
pertenecían a un conjunto de comerciantes acaudalados, al par, que propietarios
de tierras. La comodidad material y las casas señoriales, facilitaban, cuando
existió la vocación, el cultivo de las artes, de la ciencia y de la filosofía.
Nuestro autor fue el menor de los siete hijos de Devendranath. Las discusiones
de toda índole cultural, más aún en el campo filosófico, artístico y social,
fueron excelentes modeladores del más ilustre vástago de esa familia. Hay una
circunstancia que habrá de influir vigorosamente en el destino de Rabindranath:
la forma en que se realiza su educación. Asiste, aunque, anárquicamente, a
varios centros de enseñanza, pasando más tarde a la Academia de Bengala, el
Colegio de San Javier. Curiosamente, casi nunca aprueba los cursos. En cambio,
su sensibilidad tan fina, va captando y recogiendo los más elevados valores y
su espíritu se va afinando y cultivando. Por otra parte, se halla el vigilado
cuidado de su padre, el Maharsi.
En su libro Recuerdos,
Rabindranath advertía, en añorante evocación, la forma en la que su padre
intervenía en su educación, fuera en su casa, fuera viajando, como ocurrió
durante una gira que duró varios meses, en el que también concurría, su hermano
Rabí, por el Himalaya.
“Nos detuvimos también en Bolpur y aunque yo era un niño mi
padre no se oponía a mis paseos. En las hendeduras del terreno arenoso la
lluvia había abiertos surcos y labrado montecitos de arena roja y piedrecitas
de variadas formas, por entre las cuales corrían arroyuelos. Parecía un mapa
geográfico para uso de Liliput. En mi túnica recogía bonitos fragmentos de
piedras y le llevé a mi padre la colección. Jamás se reía de mis iniciativas,
que, por el contrario, le entusiasmaban.
Mi padre había marcado en su volumen de la Bhagavedgita
sus pasajes predilectos, y me mandó que se los copiase con su traducción. En casa
era yo un chiquillo travieso; pero entonces, al verme honrado con tan importantes
funciones, sentí toda la gloria de mi nueva situación. (5)
Seguramente que el respeto a la propia personalidad
infantil, el propósito de que se desenvolviera en sus propios carriles y la
mayor espontaneidad, fueron los determinantes de la conducta paterna hacia
Rabindranath, quien jamás olvidó estas enseñanzas, cuando a su vez sintió el
llamado hacia la educación. Continuemos con los Recuerdos:
“Con mi bastón en la mano yo trepaba frecuentemente
bastante lejos, de una eminencia a otra del Himalaya. Mi padre no me oponía
ninguna objeción. Hasta el fin de su vida he podido conservar que jamás
atentaba contra nuestra independencia. Muchas veces he dicho o hecho cosas que
contrariaban a la vez sus gustos y sus juicios; con una sola palabra hubiese
podido detenerme; pero él prefería que la corrección me saliese de mis
adentros. Que aceptásemos pasivamente por nuestra parte lo que era conveniente
o correcto no le satisfacía; quería que amásemos cordialmente lo verdadero.
Sabía muy bien que una concesión sin cariño carece de sentido y también que si
uno se aparta de la verdad puede aún volver a encontrar el camino, en tanto que
una obligada aceptación a ciegas de lo externo cierra el sendero del corazón”.
(6)
Nuevas responsabilidades van surgiendo conforme se avanza
en la edad. Mas en ningún momento, Devendranath abandonará el camino que se ha
trazado y que servirá para que su hijo vaya comprendiendo, por sí mismo, los
más intrincados aspectos de la vida y, que vaya resolviendo las diversas
cuestiones que se le presenten. Pero, al mismo tiempo, con singular precocidad,
el futuro poeta y educador va integrando su obra.
Tal vez sin penetrar el sentido de la
poesía, va creando su propia obra. Muchos recuerdan que, a los trece años,
comienza un poema intitulado Flores silvestres y ya en 1879 aparece una
edición con sus versos. Sin embargo, la mayor parte de sus estudiosos, sobre
todo el más afamado, Edward Thomson, sitúan el comienzo de su obra en 1877,
cuando publica un poema en la revista Bharati (advocación de Saravasti,
diosa de la erudición y la poesía). Lector asiduo de los viejos cantos y
leyendas hindúes, en ellas encontrará la inspiración. El mismo dirá
posteriormente que fue en los poetas vaisnavas donde encontró el movimiento
lírico y las imágenes inéditas y sorprendentes.
Sobre la influencia de otros textos
clásicos, hay la expresión literal del propio poeta en el prefacio a Sadhana:
“Quien esto escribe fue educado en el seno de una familia
que se servía de los textos de los Unapanishadas en las cotidianas
oraciones, y por lo tanto, ha tenido ante sí el ejemplo de su padre, que pasó
larga vida en la más íntima comunión con Dios, sin descuidar por ello sus
deberes para con el mundo ni dejar que disminuyera su vivo interés por los
asuntos humanos. Así pues, ojalá los lectores occidentales hallen oportunidad
en estos capítulos de ponerse en contacto con el viejo espíritu de la India,
según lo revelan nuestros textos sagrados y lo manifiesta nuestra vida de hoy.”
(7)
Un dato que más tarde servirá para su tarea de educador se
encuentra en las Reminiscencias; ahí nos dice: “Yo me acuerdo de muchas cosas que no
comprendía y que, no obstante, me conmovieron profundamente. Una vez, por
ejemplo, hallándonos en la azotea de nuestra casa de la ribera del Ganges, ante
un súbito amontonamiento de nubes, mi hermano mayor recitó en alta voz algunas
estancias del Mensajero de las nubes, de Mahakavi Kalidasa. Yo no sabía
ni una palabra de sánscrito; pero esta declamación extática, de un ritmo
sonoro, me satisfizo plenamente.”
“Otra vez, mucho antes de que yo pudiese leer en inglés, cayó en mis manos
una edición ilustrada de la novela de Dickens, Old Curiosity Shop. La
leía por entero, aunque de cada diez palabras nueve me era desconocidas, y, con
la ayuda de las ideas que pude atrapar, tejí un hilo coloreado con el que fui
uniendo las estampas. Un tribunal de examen me hubiese puesto cero, y, no
obstante, la lectura de este libro no me había sido inútil.” (8)
Los duros sistemas educativos lo hicieron renunciar a
concurrir formalmente a la escuela, donde el castigo y las torturas eran los
procedimientos comunes. Años después recordará cómo le gustaba, en ocasiones,
jugar a la escuela, azotando un barandal que se suponía eran los chicos
escolares. En el campo literario, en plena adolescencia, ensaya el cuento, el
drama, y muy pronto la novela. Luego, el obligado viaje para la clase
acomodada, a Inglaterra, hacia donde marchó a los diecisiete años de edad.
Aprendió rápidamente el idioma y leyó con avidez lo más preciado de la
literatura inglesa, adquiriendo, en la mejor edad, los instrumentos culturales
para comprender el genio occidental y para servir de enlace con el mundo de la
cultura del Oriente. Su propia obra parece una frondosa jungla, tal vez como
las selvas hindúes de que nos habla Pierre Lotí. También, de 1877 es un
artículo en el que plantea uno de los capítulos básicos de su personalidad, la
necesidad mutua entre Oriente y Occidente. El artículo se intitulaba Esperanzas
y desesperanzas de los bengalíes.
Respecto a su etapa formativa, que
seguramente es la de mayor adolescencia y el final de la primera juventud, él
mismo nos dice: “Estos años de mi vida, desde los dieciséis a los veintidós o veintitrés,
fueron un periodo de desarrollo. En las primeras edades de la tierra, cuando
aún no estaban fijos los límites del suelo y el agua, enormes seres anfibios
erraban por los bosques cubiertos de limo. Del mismo modo, en las épocas
obscuras que preceden a la madurez, las pasiones, desconociéndose a sí mismas y
desconociendo el fin de sus caminos, frecuentan las regiones incultas del
espíritu joven.” (9)
A la edad de veintitrés años tuvo
necesidad de establecerse en el campo, para atender los intereses agrícolas de
su familia. Cambió de sistema de vida, sin que por ello abandonara las tareas
literarias. El contacto con la gente campesina, el trato de los humildes, que
siempre le resultaron de particular agrado, los pequeños quehaceres, dejaron
profunda huella en su espíritu, como puede advertirse en la carta que a
continuación recogemos y que fue publicada en inglés, con otras más, en el
volumen Glimpses of Bangal.
“Shelidah,
16 de junio de 1892.
“Cuanto más vive uno en el campo y en la ribera, más cuenta
se da de que no hay nada más bello ni más grande en el mundo que cumplir
sencillamente los deberes ordinarios de la vida. Desde el brotecillo de hierba
de los campos hasta los astros en el cielo todo se aplica únicamente a esto. Si
es tan profunda la paz y tan insuperable la belleza en la naturaleza es porque
ninguna cosa creada intenta salirse de sus límites. Por los demás, lo que hace
cada uno no es nunca insignificante. La brizna de hierba tiene que emplear toda
su energía para extraer su subsistencia con el punto de sus raíces y crecer
sencillamente en donde está el prado; jamás hace vanos esfuerzos para
convertirse en un arbusto; así como consigue tener la tierra su encantadora
alfombra de verdor.
“Verdaderamente,
la poca belleza y paz que aún se puede hallar entre los hombres, es debida al
cumplimiento cotidiano de los pequeños deberes y no a las grandes empresas ni a
los altos parloteos”.
El final del siglo XIX y los primeros años del XX lo
encuentran en las actividades sociales y políticas, sirviendo sin tregua y con
fe de fanático, en la lucha por la independencia cultural y política de su
país. Nada más que su actuación, que trata de ser imparcial y objetiva, le
concita enemigos en los bandos irreconciliables de los nacionalistas y los probritánicos.
Piensa que no solamente se requiere la autonomía y la libertad de su país, sino
también una imprescindible reforma social. Al mismo tiempo van apareciendo sus
libros de más fama y llega un momento, 1912, en el que alcanza la consagración
nacional y un año después, 1913, la consagración universal al recibir, el
primer asiático, el reconocimiento de un prestigiado galardón.
EL PREMIO NOBEL
Más de una vez ha sido relatado cómo
en 1913, un miembro de la Royal Society, Thomas Sturge Moore, presentó ante la
Academia sueca, una candidatura inusitada, cuyo nombre no tenía para los
jurados, relieve mundial, y que según se expresó, esa institución recogió “con
agradable sorpresa”. Se puso para el premio Nobel, el nombre del poeta hindú
Rabindranath Tagore. Tuvo desde luego, algunos simpatizantes, aunque debemos
decir que la votación parecía inclinada por un erudito francés, Emile Faguet,
cuyos méritos principales se encontraban en la crítica literaria, pero que no
tenía requisitos de haber producido, “durante el año, la obra literaria más
sobresaliente de carácter idealista”. A su vez, a Tagore se le objetaba por la
circunstancia de que su obra no se consideraba del todo original, ya que para
muchos sus poemas eran reelaboración de las lejanas y profundas tradiciones de
la literatura bengalí.
Hubo, sin embargo, una opinión la del
poeta y entonces académico Verner Von Heidenstam, quien conocía y admiraba la
poesía del gran escritor bengalí, y que no hacía mucho había leído la obra que
muchos consideraban cumbre, Gitanjali. Su voto razonado, resulta, al
mismo tiempo, uno de los más justos y cálidos elogios de nuestro autor y sus
poemas:
“Los he leído –expresó- con emoción
profunda. No recuerdo nada en la poesía lírica de hace muchos años a esta parte
que se le pueda comparar. Ha sido una extraña sensación, que sólo me atrevería
a parangonar con la que se experimenta la beber de un manantial fresco y claro.
Su poesía no contiene nada impugnable o que desasosiegue, nada que sea trivial,
grosero o caprichoso. Si hay algún poeta del que pueda decirse que es acreedor
al premio Nobel, helo aquí.” (10)
El mismo Von Heidenstam, agregó: “Por
primera vez y acaso para mucho tiempo última vez, nos ha sido deparado el
privilegio de descubrir un nombre eximio que no lleva años siendo ensalzado en
las columnas de los periódicos. Si de verdad queremos sacar partido de este
descubrimiento, no desaprovechemos la oportunidad demorando su elección para
otro momento”. (11)
Y la oportunidad no fue
desaprovechada, ante la categórica composición que significaba la moción de
Heidenstam ante la Academia Sueca. La resolución fue favorable a Tagore; y la
justificación del fallo sigue el entusiasmo del proponente. Se le otorgó el galardón
al poeta: “Por sus versos llenos de belleza, de frescura y de honda
sensibilidad, mediante los cuales ha incorporado con habilidad consumada su
pensamiento poético, expresado por él mismo en inglés, a la literatura de
Occidente”.
El poeta, el educador y el ideólogo
habían llegado a la plenitud. El 28 de enero de 1912 el ayuntamiento de la
ciudad de Calcuta le había dedicado un homenaje nacional; pero si este año
publica una de sus obras más conocidas, El Jardinero, el galardón
universal concedido en el premio Nobel, no lo hacen llegar a la vanidad.
Destina la cantidad en metálico a su escuela de Bolpur y se recluye en el
trabajo, el estudio y la creación, durante tres años. Los volúmenes que en lo
sucedido salen de su pluma, revelan la óptima calidad; los viajes a Europa y
América se repiten constantemente, para recibir el homenaje de los pueblos.
EL PENSADOR
Si en el género literario puramente
dicho, en la poesía, el teatro, la novela, Tagore adquirió plena consagración,
no es menos importante su obra de carácter ideológico, sus escritos de orden
filosófico, social y político. Que no se quedaron en meras teorías, sino que
intervino en las más palpitantes cuestiones, lo mismo en la pelea por la
independencia de su patria, en la reforma religiosa, en su afán pacifista, en
su combatividad nacionalista, o en los esfuerzos por la comprensión de
Occidente y la posibilidad de tender un puente entre la cultura occidental y el
mundo oriental. Aunque muchos han sostenido y es la idea general, de la
separación de ambos mundos hasta la fecha relativamente reciente de la
historia, a partir de la expansión europea por los otros continentes, hay
autores que opinan, con datos fundados, que la diconomía entre el pensamiento
oriental, más antiguo desde luego, y el occidental, es más bien una ficción.
Para sostener esta tesis no es por
demás recoger las afirmaciones de uno de los más distinguidos investigadores de
estas cuestiones,. El profesor H. G. Rawlinson, quien, en su opúsculo sobre la India
y el pensamiento europeos, asevera:
“Nada nos extravía tanto como la
verdad a medias, y sería difícil hallar un ejemplo más convincente de esto que
l viejo adagio de que el Oriente y el Occidente nunca se han encontrado. No
cabe afirmación más inexacta. A pesar de los obstáculos geográficos, lingüísticos
y racionales, el intercambio entre la India y Europa a través de los siglos ha
sido casi ininterrumpido, y ambas se han influido mutuamente de modo
considerable. La India nunca ha estado totalmente aislada. Antes del alborear
de la Historia, existía una extensa cultura chalcolítica en las llanuras del
bajo Indo, íntimamente ligadas con las culturas contemporáneas de Mesopotamia y
Adia menor. El comercio entre la desembocadura del Indo y el Golfo Pérsico
continuó sin interrupción hasta la época budista, y poseemos pruebas evidentes
de un temprano comercio marítimo entre los fenicios de Levante y la India
occidental en fecha tan antigua como el 915 a. C., cuando Hiram, rey de Tiro,
envió su flota de navíos de Tarshish
desde Ezion Geber, en el Golfo de Akaba, en el Mar Rojo para traer marfil,
monos y pavos reales “del puerto de Ofir para decorar los palacios y el templo
del rey Salomón” (12)
Aunque todavía se discute la ubicación exacta de Ofir, que
aparece en los libros bíblicos; sea en la costa cercana a Bombay, o en extremo
sudeste de la península de Arabia, el comercio de monos, marfil y pavos reales,
tenía que ser de procedencia hindú. Y lo que se afirma del comercio material,
se puede decir del intercambio filosófico.
En nuestros mismos días el padre
Garibay al entregarnos sus Voces de Oriente, ha retornado al tema: “En
nuestros tiempos constantemente oímos hablar de Oriente y del Occidente, de sus
relaciones y contrastes. Es una de las modas temporales de la humanidad. ¿Dónde
comienza el Oriente y dónde acaba? Hay lo que se llama en Europa el Oriente
próximo y el Oriente remoto o lejano. Divisiones convencionales, pero que uso
hace que sean acatadas.” (13) También nos habla que
“se tenía noticia de esa región de Oriente desde la Biblia y los autores
griegos y romanos. La Biblia nos habla de la deportación de los hebreos en el
siglo VI a.C. Herodoto nos da muchos datos de esas regiones en el siglo V
Estrabón, Diodoro, Quinto Curio, ya en los albores de nuestra era, agregan
datos vagos y no muy valederos.”
Serán siglos posteriores los que
marcarán una división tajante que se acentuará cuando unido a la contienda
ideológica se añada la competencia económica. Todo ello viene a cuento porque
el pensamiento de los ideólogos hindúes del siglo XIX, preñado de tradiciones
milenarias, ha venido a significar un encuentro con los filósofos europeos, al
punto que quienes están prevenidos les ha resultado completamente novedosa esta
coincidencia.-
El pensamiento hindú tuvo estrechas
relaciones con lo que hoy se llama pensamiento occidental. Concretamente en el
campo helénico. No es secreto que la lengua del grupo racial que invadió la
península del Penjab, sus tradiciones religiosas y su cultura, ofrece profundas
semejanzas con el mundo indogermánico. Indoarios, se les ha llamado, y la
difusión de la lengua sánscrita, tronco común de los idiomas arios, es un dato
no desdeñable que firma el enlazamiento. Autores como Rawlinson han insistido
en la similitud persistente entre las sociedades que describen los poemas
homéricos y los védicos: “La semejanza entre la Era épica que pinta Homero y el
Mahabharata es sorprendente. Si posteriormente se trataron como extraños,
cuando el contacto se realizó en los linderos de Persia, donde gobernaban
iranios, parientes, a su vez de los arios de los Vedas, no significa que lo
hayan sido. (14) El mundo del emperador Darío, posteriormente el de
Alejandro el Macedónico, iniciarán un choque que es también reencuentro.
Cuando Tagore empezó a reiterar la
validez del pensamiento oriental, hizo una brillante exposición al hablar de El
Nacionalismo en Japón, país que al despertar de sus sueños avanzó, en el
sentido de la civilización europea: “Esto ha roto el hechizo bajo el cual
estuvimos en somnolencia por tanto tiempo, empeñados en considerar que ese
estado era la condición normal de ciertas razas que viven dentro de
determinados límites geográficos.” (15) El lenguaje tagoriano
suena como timbre distinto al que usarán, posteriormente, los anticolonialistas
africanos o asiáticos, sin que por ello sean menos demoledores los resultados. En
la propia conferencia de este tema, pronunciada en Tokio, asevera:
“Olvidábamos que en Asia se fundaron grandes reinos, que
hubo alta filosofía, ciencias, artes y literatura y que allí tuvieron su cuna
las grandes religiones del mudo. Por tanto, no puede decirse que haya cosa
inherente al suelo o al clima de Asia que produzca inactividad mental y atrofie
las dificultades que impelen a los hombres a ir adelante. (16)
En una de sus visitas a Norteamérica, fue invitado a
exponer sus puntos de vista, particularmente sobre el problema del nacionalismo-imperialismo.
En esta ocasión tuvo oportunidad de manifestar:
“Nuestro problema verdadero en la India no es político. Es
social. No se trata de una situación que prevalezca nada más en la India, sino
que existe en todas las naciones. Yo no creo que hay interés político alguno
que sea exclusivo. En el Oeste la política ha dominado a los ideales
occidentales, y en la India venimos tratando de imitaros. Hay que recordar que,
en Europa, donde los pueblos tuvieron desde un principio unidad étnica y los
recursos naturales eran suficientes para los habitantes, la civilización ha
asumido naturalmente un carácter de agresividad política y comercial.” (17) En unas cuantas líneas se ha trazado -pensamos que esto se
escribió en 1916, lo que ahora vemos con claridad los no europeos. Para un
hombre surgido en un mundo que hasta nuestros días muestra su afán pacifista,
la agresividad europea, el instinto predatorio de que hablara Thorstein Veblen
en su Teoría de la clase ociosa, tenía que resultar una arista demasiado
impetuosa y violenta.
Decíamos, sigue vigente la
interrogación, en los momentos en que el problema de castas-raza cada día más
grave en los Estados Unidos. Si cuando parecía exclusiva la cuestión de los
Estados sureños, al punto que, con exactitud, podemos pensar que las peores
batallas se libraban en la Guerra de Secesión, cuando vemos que, en las
ciudades norteñas como Chicago y Nueva York, la violencia racial ha llegado a
los más inquietantes recelos, la interpelación de Tagore, resulta de mayor
agudeza.
El siguiente matiz de su pensamiento,
que a muchos pareció peregrino cuando se formuló, en nuestros días tenemos que
aceptarlo casi en su integridad. “ Al encontrar la solución de nuestro problema habremos
ayudado a todo el mundo a resolver el suyo. Lo que la India ha sido, lo es
ahora el mundo entero. Todo el globo se va convirtiendo en un solo país por
obra de las facilidades que la ciencia proporciona. Y ha llegado el momento en
que vosotros también deberéis encontrar una base de unidad que no sea política.
Si puede la india ofrecer al mundo su solución, será una contribución a la
Humanidad. No hay más que una historia… la historia del hombre. Todas las
historias nacionales son sólo capítulos de una historia mayor.” (18)
Cuando se lee el pensamiento de Gandhi,
cuando se escuchaban los discursos de Nehru, no podemos dejar de pensar que hay
un eco reiterado, de las ideas de Tagore. “El hecho más importante que se
registra en la época presente, es que todas las diversas razas humanas se han
acercado. Y otra vez nos hallamos ante dos alternativas. El problema consiste
en saber si los diversos grupos de seres humanos deberán continuar peleando
entre sí, o si encuentran una base cierta de reconciliación y ayuda mutua; si
ha de seguir una interminable competencia o cooperación.”
Los años de la Primera Guerra Mundial,
tras la aparente tranquilidad de finales del siglo decimonono y los primeros
años del siguiente, habían quebrantado las más caras esperanzas de los hombres
que luchaban por una mayor comprensión entre los diversos países y pueblos. Sin
embargo, Tagore, no desesperaba y su fe en el futuro permanecía inconmovible,
pensando en la fuerza del espíritu y de los valores éticos.
Por haber seguido sendas opuestas a
las trazadas por este gran pacifista, el mundo volvió, apenas pasadas dos
décadas de la terminación de la primera guerra mundial, a una segunda más
devastadora que la del 1914-18. Por ello en los momentos en que las principales
potencias europeas se destrozaban unas a las otras., Rabindranath desviaba su
mirada hacia otras tierras: “América tiene el destino de justificar ante el
Oriente la civilización Occidental. Europa ha perdido su fe en la humanidad y
se ha vuelto desconfiada y enfermiza. Por otra parte, América, ni es pesimista
ni está hastiada. En América todavía las costumbres y las tradiciones no han
tenido tiempo de extender sus raíces constrictivas en torno a su corazón… (19)
Por otra parte, su elevado sentido de la dignidad, que lo
llevó jamás a desmentir su pensamiento con la acción, entrañaba, dentro de
suavidad y tolerancia, una ideología insobornable. Por ello, cuando en 1919 las
fuerzas coloniales del Imperio Británico, salvada la primera prueba del imperialismo
castigaron con mayor dureza las rebeldías del Punjab, hicieron que Tagore
renunciara al título de Sir, que en los años de glorificación le había
concedido la Gran Bretaña. Lo curioso era que en su propia tierra tenía
adversarios: los colaboracionistas lo juzgaban tibio, en tanto que los enemigos
del colaboracionismo creían que era cobarde. Pronto, sin embargo, la razón vino
a ponerse de quien siempre la tuvo, el poeta bengalí. Uno de los momentos menos
felices de su vida ocurrió al visitar la Europa devastada en 1920. Cuando
publicó su obra Unidad creadora, en 1922, expresó:
“Acabo de visitar los campos de batalla de Francia,
devastados por la guerra. La calma terrible de esta desolación, que todavía
exhibe las llagas del dolor reciente… suscitó en mi mente la visión de un
demonio descomunal, un demonio sin forma, sin inteligencia, pero con un par de
brazos capaces de golpear, de romper, de desgarrar; con un cerebro obtuso, pero
que puede conspirar las más tremendas maquinaciones. (20)
Tradición, personalidad propia, universalismo al propio
tiempo, son las características de una ideología expuesta con mesura, al par
que con firmeza de roca. Si no, complementos sus ideas: “El nacionalismo es una gran amenaza.
Es, en concreto, lo que hay en el fondo de las dificultades en que ha vivido la
India durante años. Y puesto que hemos vivido dirigidos y dominados por una
nación, que es, en su actitud, estrictamente política, hemos procurado
desarrollar en nosotros mismos, a pesar de cuantos heredamos del pasado. La
creencia general de que tenemos un destino político eventual.” (21)
Pasemos, siquiera someramente, del
campo general de sus ideas al capítulo correspondiente a su lucha dentro de una
sociedad en apariencia estratificada, como ha señalado Massani, quien sostiene
que “la división de la humanidad en grupos, basados en diferencias
fundamentales de temperamento, capacidad y carácter, es un rasgo común de la
sociedad en todo el mundo. Tales grupos tienen una tendencia a aislarse en
clases separadas y mantener, principalmente, relaciones en sí mismos”. (22) Dediquemos
pues, unas líneas a la contienda social en la India, de la que Tagore fue
protagonista en la primera trinchera avanzada.
EL REFORMADOR SOCIAL
Son muchos los que han estudiado el
grave problema de las castas en la India, para algunos de ellos causa
fundamental del atraso de este país. Lo mismo los conquistadores británicos,
que viajeros superficiales como Tibor Mende. Mientras que los hindúes, entre
ellos Rabindranath Tagore, estiman las castas actuales como resultado de la
sedimentación racial, otros toman en consideración el aspecto religioso.
Preocupación de los patriotas indos, de los proselitistas sociales, lo mismo
fascistas que comunistas; de los dominadores ingleses o de los partidarios de
la independencia antes de conquistarla, es una intrincada cuestión, más de lo
que parece. Massani, uno de los contemporáneos que mejor han analizado este
sistema, puntualiza:
“Los profetas del primer período védico no
conocieron ninguna casta. Sondeando lo que es posible en la literatura de la
época descubrimos sólo clases, no castas. Los elementos que van a formar las
castas estaban, sin embargo, allí; de suerte que gradualmente se fue creando
una sima entre una clase y otra. No obstante, durante algún tiempo, el concepto
de segregación social y de intocabilidad repugnaba al genio del pueblo, que
buscaba la unidad en la variedad y se disolvía la variedad en la unidad. Cada
clase era considerada como una parte integrante de todo el edificio social.
Cada una se sometía de buen grado a las funciones y deberes especiales que tenía
asignados. Incluso los sudras, parecen haber estado contentos con su misión en la vida, y
no había agitadores en el exterior que sembraran en las mentes del proletariado
las semillas del descontento. Parece haber habido una inteligencia tácita
respecto a la que las diferentes clases de individuos se hallaban en diferentes
etapas de evolución y que, por consiguiente, los deberes, modos de vida y
reglas de conducta aplicables y conveniente a cada uno debían necesariamente
diferir. Sin embargo, la diferenciación se consideraba sólo como un medio para
un fin, no como un fin en sí misma.” (23)
Esto nos lleva a una problemática que se consideraba
normal, o que se encontraba en la natural mentalidad de la mayoría, que
observaba un consenso casi general en vista a la estratificación
socioeconómica. Cada individuo tenía su posición dentro del orden social; las
relaciones con los demás se encontraban reguladas con los otros miembros de la
comunidad dentro de la cual se desenvolvía con cierta posibilidad de tolerable
convivencia.
El hecho es que el sistema de castas
llegó a convertirse en factor casi imprescindible de una estructura social y
política. Por ello, recurrimos nuevamente a Massani, quien tras un amplio
análisis llega a las siguientes conclusiones:
Ora se juzgue por los resultados, ora se considere a la luz
del moderno pensamiento filosófico, la utilidad superviviente del sistema de
castas está asegurada sólo con que los hermanos de casta tengan siempre
presente en su espíritu que ésta busca almas libres más bien que hombres
libres, y más la fuerza moral que lo material; que la base esencial de la
institución era el desarrollo de los grupos de individuos en consonancia con
sus cualidades y aptitudes; que la piedra angular de la estructura no era la
separación, sino la unión; que el elemento de exclusivismo e intocabilidad
repugna a la filosofía social y a la tradición de la raza aria, y que el
principal, si no el único, objeto del sistema de castas debe ser asegurar la
eficiencia sobre los principios democráticos y socialistas de la colaboración
de las clases y el imperio del derecho. (24)
La aptitud de Tagore frente a los problemas sociales de su
patria, dijo que no era solamente el problema de la independencia política,
sino el de la reforma social; lo hizo en conferencias, en ensayos, en libros,
en novelas; afirmó que ninguna nación que buscara nada más bases políticas o
comerciales de unión, podría dar con la solución conveniente. Explica las
castas como un principio de convivencia, no de eliminación, de las razas.
Para estas fechas ya había publicado
su novela Gora, que tantos sinsabores le causó, por los rudos ataques
que le lanzó la clase aristocrática bengalí, que se dio cuenta del auténtico
significado de la obra. El sentido humanista del novelista iba, en este caso,
impregnado de un fermento subversivo contra el sistema social de la India, al
plantear lo arbitrario del sistema de castas, que “levantó fronteras de
montañas”. El prejuicio de clase y odio religioso, que son combatidos
valerosamente, deben dejar su lugar a la comprensión y el amor. Gora ha
sido considerada como la obra más acabada, en su género, de la literatura
bengalí.
Los sectores burgueses de la India
tuvieron razón al considerar al novelista hindú como un adversario de peligro,
tanto por su prestigio, como por la fuerza de los argumentos empleados. La
trama es sencilla en este libro, traducido originalmente como Una juventud
en la India, (25) ya que sus principales personajes,
Binoy-Bussan y Gora, muy jóvenes, son los que, con sus actitudes sociales,
tejen la trama de esta obra. En ella aparece el retrato de algunas familias de
las castas elevadas, constreñidas por los prejuicios hasta en sus relaciones
más elementales, como corresponde, desde luego a una sociedad estratificada.
EL EDUCADOR
En páginas anteriores
hemos aludido, someramente, a la forma en que se educó el gran combatiente por
el mundo bengalí, advirtiendo que su padre influyó vigorosamente en su
formación, al propio tiempo que su temperamento sensitivo chocó con los sistemas
coercitivos imperantes en su época. Estos serán factores importantes para que,
a su tiempo, Tagore se convierta en uno de los grandes pedagogos de la
humanidad: “El Gran centinela de la India”, como le llamó Gandhi, vigiló
en todos los aspectos, creyó, fundadamente, que transformando a los jóvenes y
niños hindúes se lograría la transformación de su patria. Así sea brevemente,
es imprescindible referirnos a sus principios educativos, que influyeron
vigorosamente no sólo en su país, sino en el mundo entero.
Un sencillo hecho, recogido por
Victoria Ocampo, la escritora argentina, revela el fondo del pensamiento de
Tagore. Se le interrogó, como se decía “odio” en idioma bengalí. La respuesta
fue que en este idioma no existe tal término, ya que, si el sentimiento es
universal, en bengalí no hay término equivalente con exactitud. Interrogado
nuevamente cómo se expresaba esa idea, respondió que era necesario utilizar
algunas frases, la más aproximada de las cuales era: “La espiritualidad del
mundo en que se desarrolló la personalidad tan destacada, nos lleva a pensar
que no es ajena a su futura acción.”
En el prólogo al libro de W.W.
Pearson, tal vez el occidental que estudió con mayor profundidad la pedagogía
tagoriana, el propio Tagore, nos dice en La Escuela de Rabidrannath Tagore
en Bolpur: “Los más grandes maestros de la India antigua, de nombres imperecederos,
vivieron en el bosque. En la orilla umbría de algún río sagrado de algún lago
del Himalaya, hacían su altar de fuego, apacentaban su ganado y cultivaban el
arroz silvestre y las frutas para su alimento. La naturaleza era su hogar y el
de sus esposas y sus hijos; y en su seno, meditaban sobre los problemas más
hondos del alma, haciendo objeto de su vida la unidad del alma con toda la
creación y comunicación con el Ser Supremo. Sus discípulos se congregaban a su
alrededor y así recibían sus enseñanzas sobre la vida inmortal, en el lugar de
la verdad, de la paz y del alma libre.” (26)
A la sombra de un ashrams (santuarios del bosque)
funcionó su escuela, con la mayor naturalidad, como se deslizan los ríos hacia
el mar. Así recuerda a Satish Chandra Roy: “Con él, los muchachos no se
sintieron nunca sujetos a un determinado aprendizaje, sino que parecían tener
entrada en todo. En primavera, cuando los árboles de sal estaban llenos de flor,
Satish se iba al bosque con los muchachos, y allí les recitaba, frenético de
emoción, sus poemas favoritos. Les leía a Shakespeare y hasta a Browing y se
los explicaba, con su extraordinario don de palabra en bengalí.
En tan breve párrafo se encuentran las
líneas básicas de la enseñanza que implantó y que se extendió por su patria y
en muchas regiones del mundo. Porque, como dice; “La literatura que aprendía no
olía a biblioteca”, sino que entrañaba todas las sutilezas de la vida. O como
expresó Tagore: “La función más alta de la inteligencia no es asir con claridad
el sentido de las palabras. El objeto principal de la enseñanza no es
interpretar términos, sino llamar a las puertas del espíritu”. (27)
Nehru, alguna vez expresó:
“He conocido a mucha gente importante en diversas partes
del mundo, pero no abrigo una duda en mi mente de que las dos más grandes que
he tenido el privilegio de conocer han sido Ganhdi y Tagore. Creo que han sido
las dos personalidades sobresalientes en el mundo . A medida que el tiempo pasa,
estoy seguro que esto será reconocido, cuando todos los mariscales de campo y
dictadores y políticos gritones estén largo tiempo muertos y mayormente
olvidados”.
DANIEL MORENO
San Ángel, D. F., agosto 7 de 1964
XXIII aniversario de la muerte de Tagore.
LA LUNA NUEVA
EL PRINCIPIO
|
“¿De dónde vine yo? ¿Dónde me encontraste?”,
pregunta el niño a su madre. Ella llora y ríe al mismo tiempo, y estrechándolo
contra su pecho le responde: “Tú estabas escondido en mi corazón, amor mío, tú
eras su deseo. “Estabas en las muñecas de mi infancia; y cuando,
cada mañana, yo modelaba con arcilla la imagen de mi dios, en verdad te hacía
y deshacía a ti. “Estabas en el altar junto a la divinidad de
nuestro hogar; al adorarla, a ti te adoraba. “Has vivido en todas mis esperanzas, en todos mis
amores , en toda mi vida y en la vida de mi madre. “El espíritu inmortal que preside nuestro hogar
te ha albergado en su seno desde el principio de los tiempos. “En mi adolescencia, cuando mi corazón habría sus
pétalos, tú lo envolvías como un flotante perfume. “Tu delicada suavidad aterciopelaba mis carnes
juveniles, como el reflejo rosado que precede a la aurora. “Tú, el predilecto del cielo; tú que tienes por
hermana gemela la prima luz del alba has sido traído por la corriente de la
vida universal, que al fin te ha depositado sobre mi corazón “Mientras contemplo tu rostro, me siento
sumergida en una ola de misterio: tú, que a todos perteneces te has hecho mío. “Te estrecho contra mi corazón, temerosa de que
escapes. ¿Qué magua ha entregado el tesoro del mundo a mis frágiles brazos?”
LAS RAZONES DEL NIÑO
Si quisiera, el niño podría volar ahora mismo al
cielo. Pero tiene sus razones para no dejarnos. Toda su felicidad consiste en descansar su cabeza
en el seno de su madre; por nada del mundo dejaría de verla.
La sabiduría del niño se expresa en sutiles
palabras. ¡Que pocos son los que pueden comprender su sentido! Si no habla, es que tiene sus razones. Lo que más desea es aprender la lengua materna de
los mismos labios de su madre. ¡Por ello adopta un aire tan inocente!
Pese a que poseía montones de oro y perlas, el
niño vino a esta tierra como un mendigo. Tuvo sus razones para llegar con este disfraz. Pequeño, desnudo y suplicante, si simula una
completa indigencia es para reclamar a su madre el inmenso tesoro de su
ternura.
En el país de la minúscula luna creciente nada
entorpecía la libertad del niño. Si renunció a su independencia tuvo sus razones. Sabe muy bien que ese pequeño nido, el corazón de
su madre, contiene una alegría inagotable, y que la tierna atadura de los
brazos maternales es infinitamente más dulce que la libertad. El niño no sabía llorar. Vivía en el país de la
felicidad perfecta. No le faltaron las razones para empezar a verter
lágrimas. Las entrañas de su madre se conmueven con las
sonrisas de su dulce rostro, pero es el pequeño llanto que nace de sus penas
de niño en que teje entre ella y él el doble lazo de la piedad y del amor.
EL MUNDO DEL NIÑO
¡Ah, si yo pudiera entrar hasta el mism0 centro del
mundo de mi niño para elegir allí un placentero refugio! Sé que ese mundo tiene estrellas que le hablan, y
un cielo que desciende hasta su rostro y lo divierte con su arcoíris y sus
fantásticas nubes. Esos que parecen ser mudos e incapaces de un solo
movimiento, se deslizan en secreto a su ventana y le cuentan historietas y le
ofrecen montones de juguetes de brillantes colores. ¡Ah, si yo pudiera caminar por el sendero que cruza
el espíritu de mi niño y seguirlo aun más allá, fuera de todos los límites! Hasta donde mensajeros sin mensaje van y vienen entre
Estados de reyes sin historia, donde la razón hace barriletes de sus leyes y
los lanza al aire; donde la verdad libera a las acciones de sus grilletes.
EL JUEZ
Di de él, Juez, lo que te plazca, pero yo conozco
las faltas de mi niño. Si le amo no es porque sea bueno, sino porque es
mi hijo. ¿Qué sabes de la ternura que puede inspirar, tú que
pretendes hacer exacto inventario de sus cualidades y defectos? Cuando yo tengo que castigarlo se convierte en mi
propia carne. Cuando lo hago llorar, mi corazón llora con él. Sólo yo puedo acusarle y reñirle, pues sólo quien
ama tiene derecho a castigar.
EL ASTRONOMO
“¡Oh, si pidiéramos coger la luna, al anochecer,
cuando es completamente redonda y se engancha en las ramas del cadabo!” No dije más que eso. Pero Dadá, mi hermano mayor, se burló de mí: “No
he conocido nadie tan tonto como tú. La luna está muy lejos, ¿Cómo podríamos
cogerla?” Yo dije: “¡El tonto eres tú Dadá! Cuando, desde
la ventana, Mámá mira como jugamos en el patio y nos sonríe, ¿Te parece que
está muy lejos?” Pero Dadá replicó: “Pobre ignorante, ¿Dónde
encontraríamos una red bastante grande para coger la luna?” Yo dije: “Podría cogerla perfectamente con las
manos.” Dadá se echó a reír y me dijo: “¡Nunca vi un niño
tan simple! ¡Si la luna se acercara, ya me dirías tú si es grande o no!” Yo dije: “Dadá, ¡qué barbaridades te enseñan en
la escuela! Cuando Máma se inclina para besarnos, ¿te parece
que su cara es muy grande?
NUBES Y OLAS
Madre, los que viven allá arriba, en las nubes,
me llaman: “Nosotros jugamos dese que despertamos hasta el
anochecer”, dicen. “Jugamos con el alba de oro y con la luna de
plata” Yo les pregunto: “Pero ¿cómo subiré hasta
vosotros?” Y me contestan: “Ven hasta el borde de la tierra,
levanta entonces las manos al cielo y te subiremos con las nubes”. Pero yo les digo: “Mi madre me espera en casa, ¿cómo podría dejarla para venir? Entonces se ríen y se van flotando. Pero conozco un juego más bonito que ese. Yo seré la nube y tú la luna. Yo cubriré tu rostro con mis dos manos y el techo
de nuestra casa será el cielo azul. Los que viven en las olas me llaman: “Nosotros cantamos dese el alba al crepúsculo;
avanzamos siempre, sin saber por dónde pasamos.” Yo les pregunto: “Pero, ¿cómo me uniré a vosotros?” “Ven”, dicen, “ven hasta la orilla de la playa,
cierra los ojos y serás arrebatado por las olas”. Yo respondo: “Pero cuando llega la noche mi madre
me quiere a su lado; ¿cómo podría dejarla para venir?
LA FLOR DE CHAMPA
Si por divertirme me convirtiera en una flor de
champa… Si creciera allí arriba, en una rama de este árbol,
y sacudido por el viento sintiera deseos de reír y bailara entre las hojas
tiernas ¿me reconocerías, madrecita? Me llamarías: “Niño, ¿dónde estás?” y yo reiría
en silencio sin moverme. Entreabriría mis pétalos y te espiaría mientras
trabajas. Después de tu baño, con los cabellos todavía mojados,
desparramados sobre tuis hombros,
cruzarías bajo la sombra de la champa para ir al pequeño patio donde dives
tus oraciones, y allí sentirías el aroma de la flor, pero no sabrías que sale
de mí. Después de la comida del mediodía, cuando te
sentaría a la ventana a leer el Ramayana y la sombra del árbol caería sobre
tus cabellos y tu regazo, yo proyectaría mi minúscula silueta de flor sobre
la página del libro, exactamente en el lugar en que estuvieses leyendo. Pero, ¿adivinarías tú que es la pequeña sombra de
tu hijito? Al anochecer, cuando fueras al establo de las
vacas con la lámpara encendida, yo me dejaría caer de pronto al suelo, y
convertido otra vez en tu niño, te pediría que me contaras un cuento.
LOS BARCOS DE PAPEL
Todos los días echo mis barcos de papel al río,
donde flotan y, uno tras otro, son arrastrados por la corriente. En ellos he escrito, con grandes letras negras,
mi nombre y el nombre de mi pueblo. Confío en que alguien los encontrará, en un país
lejano, y así sabrá quién soy. Cargo mis barquitos con flores de shiuli cogidas
en nuestro jardín, y espero que estas flores abiertas al amanecer tendrán la
suerte de llegar al país de la noche. Después de haber echado al agua mis barcos de
papel, levanto los ojos el cielo y veo que las nubecillas preparan sus velas
blancas y combadas. Tal vez algún amiguito juegue conmigo desde el
cielo, lanzándolas al viento, para que compitan con mis barcos… Cuando llega la noche, hundo la cabeza entre mis
brazos y sueño que mis barcos de papel bogan sin cesar, cada vez más lejos,
bajo la claridad de las estrellas de la medianoche. Las hadas del sueño viajan en ellos, y llevan por
carga sus cestos de ensueños.
EL FIN
Madre, ha llegado la hora de que me vaya. Me voy. Cuando la oscuridad palidezca y dé paso al alba
solitaria, cuando desde tu lecho tenderás los brazos hacia tu hijo, yo te
diré: “El niño ya no está”. Me voy,
madre. Me convertiré en un leve soplo de aire y te
acariciaré: cuando te bañes, seré las pequeñas ondas del agua y te cubriré
incesantemente de besos. Cuando, en las noches de tormenta, la lluvia
susurrará sobre las hojas, oirás mis murmullos desde tu lecho, y de pronto,
con el relámpago, mi risa cruzará tu ventana y estallará en tu estancia. Si no puedes dormirte hasta muy tarde, pensando
siempre en tu niño, te cantaré desde las estrellas: “Duerme, madre, duerme.” Me deslizaré a lo largo de los rayos de la luna
hasta llegar a tu cama, y me echaré sobre tu pecho mientras duermes. Me convertiré en ensueño, y por la estrecha
rendija de tus párpados descenderé hasta lo más profundo de tu reposo. Te despertarás
sobresaltada y mientras miras a tu alrededor huiré en un momento, como una
libélula. En la gran fiesta de Puja, cuando los niños de
los vecinos vengan a jugar en nuestro jardín, yo me convertiré en la música
de las flautas y palpitaré en tu corazón durante todo el día. Llegará mi tía, cargada de regalos, y te
preguntará: “Hermana, ¿dónde está el niño? Y tú, madre, está en mi cuerpo, está en mi alma.
BENDICIÓN
Bendice esta alma blanca que ha ganado para la
tierra el beso del cielo, bendice este tierno corazón. Ama la luz del sol, le gusta contemplar el rostro
de su madre. No ha aprendido a despreciar el polvo ni a desear
el oro. Estréchalo contra tu corazón y bendícelo..
Vino a este mundo de cien encrucijadas ¿Por qué, entre la multitud, te eligió a ti, por
qué llegó a tu puerta, por qué te preguntó el camino estrechándote en
silencio la mano? Re seguirá, hablando y riendo sin que nunca
recele su corazón. Conserva su confianza, guíale por el buen camino
y bendícelo.
Pon tus manos sobre su cabeza y pide en tus
plegarias que, por más que las olas se levante amenazadoras, el soplo del
cielo acuda a hinchar sus velas y lo impulse hacia el puerto del reposo. No lo olvides en tus prisas, ábrele tu corazón y
bendícelo.
EL REGALO
Quiero hacerte un regalo, hijo mío, pues la vida
nos arrastra a la deriva. El destino nos separará, y nuestro amor será
olvidado. Ya sé que sería demasiada ingenuidad creer que
puedo comprar tu corazón con mis regalos. Tú vida es aún joven, tu camino largo. Bebes de
un sorbo la ternura que te ofrecemos, luego te vuelves y te vas de nuestro
lado. Tienes tus juegos y tus compañeros, y comprendo
que no dediques ni tu tiempo ni tus pensamientos. Pero a nosotros la vejez nos da ocasión de
recordar los días pasados, de reencontrar en nuestro corazón lo que nuestras
manos perdieron para siempre. El río corre rápidamente y rompe, cantando, tos
los obstáculos que se le presentan. Pero la montaña inmóvil lo ve pasar con
amor y guarda su recuerdo.
MI CANCIÓN
Como los brazos conmovidos del amor, hijo mío, la
música de mi canción te envolverá. Mi canto besará tu frente como una bendición. Cuando estés sólo, vendrá a tu lado y,
dulcemente, repetirá su música en tu oído. Cuando estés entre la multitud, te
mantendrá aislado en tu soledad. Mi canción será una luz en tus pupilas y
adentrará tu corazón hasta las fronteras de lo desconocido. Será como la estrella fiel que brilla en lo alto,
cuando la noche esconda tu camino. Mi canción será una luz en tus pupilas y adentrará
tu mirada hasta el secreto corazón de las cosas. Y cuando mi voz enmudezca con la muerte, seguirás
oyendo mi canción en tu corazón rebosante de vida.
EL ÚLTIMO TRATO
“¡Estoy por alquilar, contratadme!”, gritaba yo
una mañana andando por la carretera. El rey pasó en su carroza, la espada en la mano. Me cogió de la mano y me dijo: “Te tomo a mi
servicio; a cambio, tendrás parte de mi poder.” Pero yo no sabía que hacer de
su poder y le dejé partir en su carroza.
En el ardiente medio día todas las casas estaban
cerradas. Yo vagaba por tortuosos caminos. Un anciano se me acercó, llevando un saco lleno
de oro. Se detuvo pensativo, y me dijo: “Ven, te tomo a
mi servicio. Te pagaré con este oro.” Empezó a contar sus monedas, una a una,
pero le volví la espalda.
Caía la tarde. El seto del jardín había florecido. Una hermosa muchacha se me acercó y me dijo: “Te tomo
a mi servicio y te pagaré con una sonrisa.” Pero su sonrisa se desvaneció, le saltaron las
lágrimas y, sola se perdió de nuevo en
la sombra.
El sol reverberaba en la arena y las olas rompían
caprichosamente. Un niño jugaba con las conchas sentado en la
playa. Levantó la cabeza, me miró como si me
reconociera, y me dijo: “Te tomo por nada.” Desde que hizo este trato, jugando, con un niño,
me he convertido en un hombre libre.
F I N |
NOTAS
|
1.- Tagore, Rabindranath, La
escuela del papagayo y Alocuciones de Shanti Niketan. Traducción directa
del bengalí, con autorización del autor, por Noto Soeroto y G. Gossé. Prólogo
de V.C. Ilustraciones de Abanindranath Tagore. Segunda edición. Editorial
Cervantes. Barcelona, 1943. 2.- Frantz Fanon, Los
condenados de la tierra. Prefacio de Jean Paul Sartre. Colección Popular,
FCE. México-Buenos Aires, 1963. 3.- H:G: Rawlinson, La India en
la literatura y en el pensamiento europeos, trabajo incluido en El
legado de la India, editado por la Universidad de Oxford bajo la
dirección de G.T. Garratt. Ediciones Pegaso, Madrid, 1950. 4.- G:T: Garratt, La civilización
indobritánica, Vid. nota 3. 5.- Tagore, Rabindranath, Recuerdos.
(nota. 1) 6.- Ibid. 7.- Sadhana. La comprensión
de la vida. Utilizo la versión incluida en las Obras de Tagore,
publicada por la Universidad nacional de México, México, 1924. 8.- Recuerdos. Vid. Nota 5. 9.- Ibid. 10.- Caballero Robredo, Agustín,
en el prólogo a Rabindranath Tagore, Premio Nobel 1913. Obra Escogida. Lírica
Breve / Teatro / Cuento / Aforismo/ Escuela. Traducción de Zenobia Camprubí
de Jiménez. Madrid, 1955. 11.- Cit. Por Agustín Caballero
Robredo, ibíd. 12.- H. G. Rawlinson, La India
en la literatura, op. cit. 13.- Ángel María GARIBAY K., Voces
de Oriente, Traducciones, introducciones y notas de… Editorial Porrúa,
México, 1964. 14.- Garibay, op. cit. 15.- Rawlinson, op. cit. 16.- Tagore, R., El
Nacionalismo en japón, págs..95 y sigs., incluido en sus Obras. 17.- Tagore, Ibid. 18.- El nacionalismo en
Occidente, incluido en Obras, vid. Supra. 19.- Op. cit. 20.- op.cit. 21.- El Nacionalismo en
Occidente. 22.- El Nacionalismo en la
India… 23.- Ibid. 24.- Las castas y la estructura
de la sociedad, por R.P. Massani, en El legado de la India, Ver
nota 3. 25.- Tagore, El Nacionalismo en
la India… 26.- Una juventud en la India
(Gora), Novela de Rabindranath Tagore, Traducción del alemán de Anatole y
Nina Saderman. Editorial Futuro, Buenos Aires, 1945. Hay una edición moderna,
de 1962; Gora, Buenos Aires-Barcelona-México-Bogotá-Río de Janeiro.
Editores Plaza&Janes. 27.- Morada de Paz (Santiniketan),
incluida en Obras escogidas, nota 10. |
TAGORE, RABINDRANATH, La
Luna Nueva, El jardinero, El Cartero del Rey, Las Piedras hambrientas y otros
cuentos, introducción de Daniel
Moreno, México, Editorial Porrúa, “Colección Sepan Cuantos…”, Núm. 33, 1970
