martes, 1 de septiembre de 2026

 

Edad Antigua

 

Mi amiga Marién. Mujeres musulmanas y sus vínculos con cristianas y judías en la península ibérica medieval

Las mujeres tenían prohibidas las relaciones amorosas, eróticas o matrimoniales con personas de otra religión, tener hijos con un varón de otra religión, o incluso amamantar a la niña o al niño nacido de padres de otra religión; tenían vetado permanecer juntos bajo el mismo techo, compartir comidas, festejos, o duelos. Pero, ¿cumplían, o podían cumplir, estas normas? La documentación revela que eran muchas las ocasiones en que las necesidades de la vida diaria hacían imposible su cumplimiento.

Manuel Gómez Moreno, fragmento de La salida de la Alhambra (1880) Creative Commons

Cierto día entré en casa del cadí de Iwalatan tras haberme él autorizado y le encontré en compañía de una mujer muy joven y de belleza maravillosa. Al verla quedé dudando y quise volver atrás. Ella se rio de mí sin que le afectara rubor alguno. El juez me dijo: ‘¿Por qué te vas a ir? Es amiga mía’. Tal comportamiento me dejó perplejo, porque este hombre es un alfaquí y ha peregrinado a La Meca. 

Este texto, tomado de A través del Islam, el famoso libro de Ibn Battuta, lo incluye Javier Albarrán en su artículo “Ibn Batuta y las mujeres del Sahel”, publicado en esta misma revista. De otras palabras de este libro (“la amistad de hombres y mujeres entre nosotros está bien vista y no tiene nada de sospechoso. Además, nuestras mujeres no son como las vuestras”), deduce Albarrán que “a pesar de reconocerse como musulmanes, la explicación de la divergencia de costumbres y de ‘ley islámica’ viene de la existencia de un ‘nosotros’ y un ‘vosotros’”. Esta observación – la presencia de un “nosotros” y un “vosotros” -, me ha encaminado a pensar en las mujeres musulmanas bajo el prisma de un “nosotras” y un “vosotras”, que puede aplicarse no sólo a diferencias entre sociedades musulmanas de lugares distintos, sino también a los espacios en los que estas mujeres vivieron cohabitando con mujeres de otras creencias; entre ellas había siempre un “vosotras” las mujeres, o un “vosotras” las pobres, o un “vosotras” las musulmanas. Un estudio del mundo femenino en la península ibérica no puede hacerse sin contemplar las semejanzas y diferencias entre mujeres de las tres comunidades religiosas, así como las relaciones que mantuvieron entre ellas. Este último aspecto es el que voy a enfocar brevemente en este artículo. 

Como resultado de la conquista de tierras de al-Ándalus, muchas familias musulmanas de los grupos sociales menos favorecidos se encontraron viviendo en los reinos cristianos. A las mujeres musulmanas, como a cristianas y a judías, se les planteaban nuevos desafíos. Tenían que afrontar un dilema: cumplir con las leyes, y al mismo tiempo hacer frente a la práctica de la vida diaria, cosas que no siempre coincidían, y que podían exponerlas a compromisos y problemas. ¿Cómo eran las relaciones entre mujeres de diferente religión? ¿Cuándo se las ve juntas? ¿Cuándo, y cuánto, necesitan unas de otras? ¿Sus relaciones se limitaban a lo necesario o tenían posibilidad de fomentar la amistad o la sororidad? 

Las leyes religiosas de las tres comunidades – junto a otras emanadas en los reinos – vetaban la relación entre personas de otra religión en diversos aspectos de la vida. Las mujeres tenían prohibidas las relaciones amorosas, eróticas o matrimoniales con personas de otra religión, tener hijos con un varón de otra religión, o incluso amamantar a la niña o al niño nacido de padres de otra religión; tenían vetado permanecer juntos bajo el mismo techo, compartir comidas, festejos, o duelos. Pero, ¿cumplían, o podían cumplir, estas normas? La documentación revela que eran muchas las ocasiones en que las necesidades de la vida diaria hacían imposible su cumplimiento. A la hora de relacionarse, ¿qué importaba más, la religión de una mujer que se necesitaba para alguna tarea, o la utilidad que aportaba? ¿Las relaciones entre mujeres de la misma religión serían diferentes a las que se tendrían con “otras” que practicaban otra religión? ¿Era la tónica normal propia de una sociedad multi-religiosa y multicultural?   

Mujeres de las tres religiones juntas en un asunto común: la defensa de sus hijos. La “Matanza de los inocentes” fresco de la catedral de Mondoñedo. Creative Commons


En la sociedad andalusí las mujeres estaban discriminadas por el simple hecho de serlo – las leyes sobre la herencia son buen ejemplo -, o por el grupo social al que pertenecían – como en todas las sociedades, las mujeres son más o menos vulnerables dependiendo del nivel económico de la familia -; al permanecer en territorios conquistados por los reinos del Norte entró en escena un nuevo motivo de discriminación, el credo religioso, que afectó a mujeres musulmanas y judías. Sin embargo, cabe defender la hipótesis de que la religión no planteaba problemas graves en la vida ordinaria de las familias, que las relaciones interreligiosas eran normalmente pacíficas, y que el conflicto surgía por otras razones. La religión se utilizaba como arma arrojadiza cuando surgía un conflicto de otra índole, o cuando venía bien a la comunidad dominante. Los credos religiosos no frenaban los vínculos entre mujeres, entre ellos la amistad.   

Las relaciones que reunían a las mujeres eran principalmente relaciones de trabajo; buena parte de los intercambios tuvieron como escenario principal la casa o los lugares a los que habían de acudir para cumplir con las necesidades domésticas. No faltaban vínculos por otras razones; se reunían para celebrar hitos de la vida que tenían la casa como escenario: bautizos, circuncisiones, fadas, y bodas. El mundo de la casa era, pues, un espacio de intensas relaciones entre mujeres. Vamos a examinar tres escenas domésticas y una festiva que conducían a entablar vínculos entre ellas. 

Primera escena doméstica: de nacer y de morir 

Encontramos a Marién, una mora de Toledo, en la cámara donde daba a luz la reina de Navarra Leonor de Trastámara (1363-1416), fue la comadrona que la atendió cuando nacieron sus hijos Isabel (1396) y Carlos (1397). Como ella, otras mujeres musulmanas se dedicaban al oficio de comadrona o partera, y, a pesar de los impedimentos religiosos, que prohibían atender a mujeres de otra religión, cristianas y judías acudían a ellas cuando las necesitaban. Lo que era normal en aquel tiempo, que una mujer de parto recibiera la ayuda de las vecinas, estaba prohibido si no eran de la misma religión; cabe suponer que no cumplían la ley, como muestran los casos de parteras o comadronas conducidas ante la justicia.  

Se ayudaban porque se necesitaban unas a otras en el momento difícil del parto. En muchas ocasiones una parturienta no tenía oportunidad de elegir, en algunos sitios ni siquiera había una “profesional de los partos”, pero donde sí había, no podían pararse a contemplar si la religión de la parturienta coincidía con la de la comadrona. Juana de Álava, una mujer cristiana de Daroca, fue atendida en sus partos por comadronas moras y judías. Y viceversa, Catalina de Llenana, cristiana vecina de Medinaceli, decía ante el tribunal de la Inquisición de Sigüenza que “todas las moras e judías paren con ella porque no tenían otra partera”. Si las mujeres de los grupos populares acudían a quienes tenían más cerca, la fama de algunas comadronas llevaba a las mujeres de los grupos poderosos a llamar a quien consideraban más experta, sin importar ni la religión ni la distancia. En la documentación hay noticias de parteras moras, con fama de ser las mejores, cuyos nombres han quedado por ser quienes atendían los partos de reinas e infantas. Otra partera de nombre Marién, ejercía en Guadalajara durante el reinado de Juan II. 

Junto a comadronas, hay que apuntar a mujeres musulmanas contratadas como nodrizas, independientemente del credo de la familia del niño o niña al que amamantaban. Tenían fama de tener buenas ubres y abundante leche y algunas familias recurrían a ellas. En juicios de la Inquisición queda de manifiesto la práctica, así como los castigos, a quienes quebrantaban la ley. 

También aparecen mujeres musulmanas en escenarios luctuosos. Bien notorias eran las plañideras que acompañaban a los entierros, aunque también los cristianos tenían prohibido contratarlas. No podían ejercer el oficio al acompañar al muerto, ni en las misas de cabo de año, tal como indica El Libro de los Ordenamientos de Sevilla, que dice que no traigan “moras nin judías para facer llanto al enterramiento”. 

Jan-Baptist Huysmans (1826-1906), “Jóvenes mujeres enrollando lana”. Creative Commons

Segunda escena doméstica: de señoras y criadas 

Encontramos a Marién, la burgueña, esclava en la casa de una familia de Zaragoza que la compró a unos mercaderes dedicados al tráfico lucrativo de estas mujeres. Marién había tenido “suerte”, pues eran afortunadas las esclavas que podían entrar al servicio de una familia, para la que trabajaban como criadas, mancebas, mozas o sirvientas. Eran muy necesarias en casas de familias que podían cargar con su mantenimiento, tanto en al Ándalus como en los reinos del Norte.  

Manuela Marín en su famoso libro Mujeres en al-Ándalus cuenta una historia peculiar, referente a una familia de buena posición, que podría iluminar lo que las criadas significaban para las mujeres de los grupos sociales elevados. La historia cuenta “una escena doméstica de la vida de Abu Marwan al-Yuhanisi”. Un matrimonio se ocupaba de ayudar en su casa: el hombre, Abu Ishaq Ibn Aysun, dedicado a las necesidades de la familia en el exterior de la residencia, y su mujer al servicio de la casa y a amamantar a la hija de Ibn Marwan. Un día Abu Ishaq y su esposa se ausentaron para ir a Guadix. Cuando Ibn Marwan llegó a casa se encontró con su mujer bañada en lágrimas, desesperada porque al faltar la sirvienta, ella se había tenido que ocupar del cuidado de sus hijos. 

Sirvientas, esclavas o libres, eran esenciales en hogares de al-Ándalus, y lo fueron también en hogares de otras religiones cuando la población musulmana se quedó dentro de las fronteras de los reinos cristianos. Como consecuencia de la conquista, musulmanas pobres entraron al servicio de familias que las necesitaban en pueblos y ciudades. Su situación era frágil, al ser vulnerables por razón de género, de religión y de nivel social. Si una mujer musulmana perdía el contacto con su familia y comunidad, corría el riesgo de convertirse en prostituta en una localidad cristiana. Algunas de ellas, como los hombres también, servían como esclavas o concubinas en hogares cristianos. Ambos trabajos, prostitutas en burdeles y sirvientas o esclavas en hogares cristianos, se convirtieron en algo común para las mujeres musulmanas. La servidumbre de criadas, esclavas o mozas, podía extenderse a otro tipo de “servicio”: el oficio de la prostitución, que, ejercido por mujeres musulmanas pobres pasó a ser un servicio doméstico. Utilizadas para el placer de los hombres, las mujeres musulmanas han sido consideradas un trofeo de guerra de los conquistadores, como si la conquista hubiera sido no sólo política sino sexual. Aunque es una idea interesante, que podría explicar por qué la figura romantizada de la bella mora es un tropo de la literatura española de finales de la Edad Media, la verdad es probablemente más prosaica: el abuso y la violencia definían las relaciones entre mujeres musulmanas y hombres cristianos, y las mujeres no sólo sufrían a manos de sus clientes, patrones o señores, sino también de los hombres de sus propias comunidades, ávidos de ganar dinero vendiendo como esclavas a mujeres transgresoras de las reglas de la comunidad que no las permitían mezclarse con hombres de otra religión. 

Jean-Léon Gérôme (1824-1904), «Mujeres del harem alimentando a las palomas”. Creative Commons


Los contactos cotidianos entre señoras y criadas generaban relaciones complejas y diversas. Se conocen conflictos por denuncias de criadas que llevaban ante la justicia casos de malos tratos. Buen ejemplo se encuentra en el proceso a la familia Arias Dávila: Fátima, una esclava mora, señalaba que “un sábado tenía esta testigo en una bodega, a una ornilla, una adafina que abía traydo de casa del dicho Frayme (donde les hacían la adafina) y entró un perro y ge la comió, sobre lo qual la fizo atar a este testigo la dicha Elbira, su ama, a una escalera, e le fizo dar a un hombre suyo, en su presençia, de açotes”. Las señoras no las castigaban por ser de otra religión, sino por descuidos o mala conducta en la casa, algo que no solo afectaba a las criadas moras, sino a sirvientas de cualquier religión. 

Las malas relaciones son más evidentes en momentos de crisis, tal como revelan los juicios de la Inquisición. El enfado, la frustración o el odio de criadas o esclavas que habían sido despreciadas o maltratadas salía en esos momentos. Cuando tenían oportunidad de denunciar a sus señoras y vengarse de ellas no la perdían. Antes del tribunal de la Inquisición, ¿no se extrañaban del comportamiento de sus señoras? Fue al comenzar los interrogatorios de ese tribunal cuando dejaron de verlo normal para tenerlo por delito. Al hacer las denuncias se puso de manifiesto que tenían buena memoria.  

Tercera escena doméstica: de la casa a la calle  

Encontramos a varias Marién en documentos de la corona de Aragón, donde buena parte de la población musulmana permaneció cuando la frontera de al-Ándalus se fue desplazando hacia el sur: una Marién, encargada del comercio de hierro, otra Marién, hortelana de Huesca, una tercera Marién de Marquent, “maestra mora” que vivía en Calatayud (Zaragoza) en 1487, y otras Marién de profesión desconocida, que en los documentos aparecen como “pobres”. No sería arriesgado suponer que estas “pobres” eran criadas que trabajaban en las casas, y hacían parte de las tareas domésticas fuera de ellas, pues entre sus obligaciones estaba hacer labores que no gustaban a las señoras: ir a la fuente a coger agua, al río o al lavadero para lavar la ropa, al horno a cocer el pan, etc. 

Entre las muchas Marién, nombre muy popular entre las mujeres musulmanas, después de Fátima o de Axa, había también pastoras, serranas, ayudantes de maestro albañil, amasadoras en obras de construcción, peluqueras, curanderas, vendedoras ambulantes o en su tienda, juglaresas, atabaleras, tamborinas, etc. Como en al-Ándalus, también había muchachas cantoras musulmanas en las cortes reales de Castilla y Aragón, en particular en tiempos de los reyes Alfonso X y Sancho IV de León y Castilla, y Pedro IV y Juan II de Aragón.  

Ya fueran criadas o practicaran otro tipo de oficios, las mujeres tenían oportunidad de coincidir con otras en los espacios donde acudían para realizar trabajos; en el río, en el horno, o en la plaza, o en lugares donde se juntaban para hilar, tomar el sol y charlar, las moras se encontraban con las “otras”. Buen ejemplo de los contactos entre mujeres de diferente religión se observa en un suceso ocurrido en el call de Barcelona en 1301. Una pescadera cristiana entró en ese barrio judío a vender, y pocas horas después una esclava musulmana encontró el cuerpo sin vida de un recién nacido. Se interrogó a la pescadera cristiana, a la esclava musulmana y a varias comadronas judías que tenían clientas cristianas. No se encontró culpable. 

Grabado del Ensemble de gravures de costumes espagnols du XVIe siècle .Creative Commons

 

En las relaciones de trabajo difícilmente se planteaban problemas por cuestiones de religión. Cuando algunas actividades estaban vetadas, siempre se encontraba una fórmula para poder ejercerlas. En el reino de Valencia, las curanderas mudéjares sanaban mediante hierbas o remedios caseros, a pesar de que los Furs (Fueros de Valencia) prohibían el ejercicio de la medicina a las mujeres, excepto si atendían a niños pequeños o a otras mujeres, pero cuando una curandera alcanzaba buena fama, no había impedimento para contratarla incluso por las autoridades municipales, como ocurrió en Castellón, donde a mediados del siglo XV invitaron a establecerse a una curandera mudéjar, porque “fos fet plaer que fer li pusque per la bona obra que y fa”. En realidad, cabe pensar que en esos casos la diferencia no la establecía la religión, sino la posición social o la necesidad de acudir a servicios de una mujer estimada por su trabajo. 

Una escena festiva: dos hitos a celebrar (nacimiento y matrimonio)   

Marina, una conversa de Berlanga, acusada ante el tribunal de la Inquisición de Sigüenza, confesó que un día “fue a visitar una mora parida e comió de su fruta”. No le había importado la religión de la mujer, se había limitado a seguir la costumbre de la vecindad, pero había incumplido la norma que prohibía visitar a gentes de otra comunidad y comer con ellos. No sólo ayudaban en el parto, las vecinas visitaban a la recién parida, y compartían la celebración en el hogar; en el caso de las musulmanas, amigas y vecinas solían asistir a la ceremonia de las “fadas”. Las moras no solían acudir a bautizos, pues se celebraban en la Iglesia, aunque no faltaban ocasiones en que visitaban lugares de oración de las “otras”. Hay testimonios de vecinas que confesaban ante el tribunal de la Inquisición de Sigüenza haber ido con gentes de la localidad a la sinagoga a oír predicar a un judío, o a la mezquita, a ver “a çela de los moros”. 

Otro hito importante en la vida del hombre, el del matrimonio, promovía también las relaciones interreligiosas. Aunque la asistencia a bodas de parejas de otra religión estaba prohibida, como señalaban las leyes de Castilla y de Aragón, o el ordenamiento de judíos y moros de Juan II de Castilla decía que “moros y judíos no vayan a sus bodas ni entierros”, hay menciones a la asistencia de bodas entre miembros de las distintas comunidades. En 1304 el rey Jaime II de Aragón ordenó al Batlle de Morvedre que prohibiese a los conversos participar en bodas de musulmanes. Tanta prohibición hace sospechar que era práctica común.  

Theodore Chassériau. “Mujeres saliendo del baño”. Creative Commons


La participación activa de las mujeres en tareas de socialización de la comunidad musulmana, como bodas – o convites de boda – y entierros, muestra la intensidad de las relaciones intercomunitarias. Los festejos locales, especialmente en pueblos medianos o pequeños, reunía a miembros de las tres comunidades; a las fiestas religiosas y populares locales, propias de la comunidad cristiana, no faltaban individuos de las otras dos religiones, incluso entrando en las iglesias cristianas. Lo prohibía el concilio de Valladolid de 1322 y la normativa del rey Juan II de Castilla que ordenaba que “ningún judío ni moro ni judía ni mora no sean osados de entrar ni entren en ninguna iglesia ni monasterio”. Pero en las fiestas de un pueblo, ¿quién renunciaba a participar? 

En parte de las prohibiciones de asistir a festejos o duelos venían motivadas por el temor a compartir comidas y bebidas prohibidas para las distintas comunidades, prohibición que se encontraba en códigos de envergadura, como las Partidas, y en normas de algunos lugares que afianzaban la prohibición.  

Necesidad, amistad, sororidad

Tantas restricciones de asistir a festejos de los “otros” conducen a pensar que las relaciones entre los “nuestros” y los “vuestros”, y las “nuestras” y las “vuestras” no eran habitualmente problemáticas, e incluso, en ocasiones, como en otras sociedades multiculturales, podían ser amistosas. Si no hubiera sido así, habría sido innecesario establecer tantas prohibiciones y repetirlas de vez en cuando. Junto a la necesidad de relacionarse en distintos ambientes, y posiblemente por el roce que se desprende de esas relaciones “ineludibles”, las mujeres llegaban a hacerse amigas, independientemente de la religión que practicaban. La amistad entre mujeres, fuera cual fuera su religión, debió de ser común y fluida, tal como ponen de manifiesto los documentos del tribunal de la Inquisición. De hecho, las delaciones de criptojudaísmo a finales del siglo XV y comienzos del XVI y de criptoislamismo a lo largo del XVI fueron posibles por el contacto tan directo y próximo en que vivían, y habían vivido, las tres comunidades. 

Los vínculos entre mujeres, desarrollados en diversos ámbitos, muestran cómo, independientemente de su religión, mantenían una red de relaciones dentro y fuera del hogar. Las Marién citadas, como las Axas y las Fátimas, eran amigas de otras musulmanas y de mujeres de otras religiones. La amistad podía llevar a connivencia de un grupo femenino de diversa religión si necesitaba unirse para conseguir algo, aunque no fuera precisamente bueno, como darle una paliza a otra vecina. Este pudo ser el caso de la agresión que sufrió María Martín, vecina de Teruel, en 1331; fue atacada en la calle con piedras y fustas por varias personas: Hamet “el Cuende”, Marieta, la esposa de Hamet, María, la criada del converso García Gonçales, Uzeyt, esposa de Alí el alamín de los sarracenos de Teruel, y María Meiá, hija de Gonçalvo García; sin embargo, es probable que el ataque, del que María Martín quedó inválida, se debiera a sospechas de adulterio, no a motivos religiosos. 

Otros documentos aportan casos de amistad entre mujeres. En el juicio a Juana la platera testificó María, vecina de Ariza, que la acusaba de que al recibir la noticia de que había muerto un moro, había dicho “Dios le perdone en su ley”, y la testigo la rectificó diciendo que nadie podía salvarse sino en la ley cristiana, a lo que Juana la platera respondió “que lo desía porque estaban delante vnas moras y porque tenía amistad con ellas”. 

Las relaciones de amistad entre mujeres musulmanas, o entre éstas y mujeres de otras religiones ¿podrían calificarse de sororales? Lo fueron para las mujeres musulmanas si se tiene en cuenta la definición del DRAE que define la sororidad como “relación de solidaridad entre las mujeres”. Pero también serían sororales bajo el prisma de la sororidad defendida en un libro reciente, Historia de la sororidad. Historias de sororidad: “dar cuenta de las expresiones, formas y prácticas en las que se ha declinado cotidianamente, en cada situación, atendiendo a los condicionantes y a la multiplicidad de pertenencias – clase social, raza, religión… – y de circunstancias vitales posibles”.  

Para finalizar, no se puede dejar de destacar el papel de las mujeres musulmanas cuando al-Ándalus desaparece: fueron ellas las que salvaguardaron la cultura (costumbres, lengua, gastronomía…) y la identidad de la comunidad musulmana (de la parte de sus miembros empeñados en su supervivencia), aunque hubieron de hacerlo de manera oculta. Esa es otra apasionante historia. 


Para ampliar:

  • Bard, Ch., “Introduction”, en Bard, Ch. (ed.), Le genre des territoires: masculin, fémenin, neutre, Angers, Press de l’Université d’Angers, 2004,
  • Blud, V., Heath, D., Klafter, E. (eds.)., Gender in medieval places, spaces and thresholds, University of London Press, 2019.
  • Bueno Sánchez, M., “Espacios femeninos en Al-andalus. Aportaciones desde la arqueología urbana en la Marca Media”, en Pilar Díaz et al. (eds.). Impulsando la historia desde la historia de las mujeres, Huelva, ediciones de la Universidad de Huelva, pp. 205-219.
  • Epalza, M., “La mujer en el espacio urbano musulmán”, en María Jesús Viguera (ed.), La
  • mujer en al-Andalus, reflejos históricos de su actividad y categorías sociales, Madrid -Sevilla, Universidad Autónoma de Madrid-Editoriales Andaluzas Reunidas, 1989, pp. 53-60.
  • Fuente Pérez, M. J., “En casa de la “otra”: la casa hispano-medieval como espacio religioso transgresor”, en Eduardo Jiménez Rayado (ed.), Espacios de la mujer en la península ibérica medieval, Madrid, Silex, 2022, pp. 131-158.
  • Lourie, E., “A plot which failed? The case of the corpse found in the Jewish «call» of Barcelona (1301)”, en Elena Lourie, Crusade and Colonisation. Muslims, Christians and Jews in medieval Aragon, London, variorum, 1990.
  • Pelaz Flores, D., “La parturienta te llama, oh partera morisca. El servicio de las parteras musulmanas en la Corte castellana del siglo XV a través de las crónicas y otros testimonios documentales”, en Rica Amrán y Antonio Cortijo Ocaña (eds.), Minorías en la España medieval y moderna (ss. XV-XVII) Minorities in medieval and early modern Spain (15th-17th c.), Santa Barbara, Publications of eHumanista, 2016, pp. 181-189.
  • Rezeanu, C-I., “The relationship between domestic space and gender identity: Some signs of emergence of alternative domestic femininity and masculinity”, Journal of Comparative Research in Anthropology and Sociology, 6, 2, Winter 2015, pp. 9-29.

https://www.alandalusylahistoria.com/?p=5274

 

Solo para mujeres: los rituales de la vida y el espacio doméstico

Entre las paredes de las casas andalusíes y moriscas palpitan los principales momentos de un ser humano: se nace y se muere. Los rituales que envuelven estos límites de la vida están, a la fuerza, en manos de las mujeres

Hadīth Bayā wa Riyā (s.XIII) Biblioteca Vaticana, Códice Vat. Arabe 368, fº15r. Wikimedia Commons

La casa y los rituales de paso de la vida

El espacio doméstico ha sido, tradicionalmente, considerado el espacio femenino por excelencia. Aun no estando totalmente de acuerdo con la ecuación según la cual uno de sus elementos sean las mujeres y el otro el espacio doméstico, es indiscutible que, desde el punto de vista metodológico, analizar dicho ámbito resulta ser muy rentable para la Historia de las mujeres.

De manera que, en este texto, voy a centrarme en el espacio propiamente femenino comenzando por “la casa” como núcleo y corazón de la domesticidad. En ella, no solo la distribución de espacios está marcada por la presencia de mujeres, sino también los objetos que habitan en la vivienda llevan impregnados una marca de género. Su estudio aporta datos que acaban, indiscutiblemente, vinculados a la historia de las emociones; a modo de ejemplo sirvan el ajuar que trae la novia el día de su boda, esa prenda de vestir que la madre deja en herencia a su hija, el arca que pasará de las manos de la abuela a la nieta. Es decir, elementos vinculados a la cultura material que, ahora, por fin, serán rescatados como testigos directos de una época y observados como objetos de estudio que aporten una información hasta este momento silenciada en las fuentes.

Otra razón por la que el análisis del espacio doméstico ofrece tanto interés es porque es el lugar en el que se pare, se nace, se muere y se descansa, en otras palabras, es orbe en el que se gestan los rituales de paso de la vida. En ese lugar tan privado es en el que se crea todo un universo de relaciones tejidas en género femenino cuya exploración resulta esclarecedora para entender el entramado familiar, pero, sobre todo, para conocer un mundo femenino de solidaridad, gestión y autonomía, sobre el que las crónicas del contexto andalusí y morisco no mostraron apenas interés.

El espacio doméstico y el tiempo de las mujeres

Se pudiera decir que al invocar el mundo femenino en la cronología que aquí hemos determinado – al-Ándalus (711-1492) y el periodo morisco (1492-1609) – las primeras imágenes que surgen son, inexorablemente, las de mujeres veladas o semiveladas, ociosas entres cojines y enmarcadas en paisajes domésticos y patios porticados. Son las imágenes de harenes que el orientalismo del siglo XIX construyó y que permanece en el colectivo imaginario del siglo XXI absolutamente viva y es más, con más frecuencia de la que sería deseable, se traslada al estudio de las mujeres de épocas medievales.

«Mujeres de Argel en su apartamento”de Eugène Delacroix (1834). Museo del Louvre, París. Wikimedia Commons


Junto al romantizado retrato del espacio doméstico se transmite, además, una idea que también funciona en el imaginario colectivo: mujeres ociosas, recluidas y ocultas de la mirada extraña; sin embargo, esta imagen orientalista es fácilmente desmontable a través de la investigación. Se podría decir, sin temor a equivocarnos, que las mujeres andalusíes y moriscas se fueron de la Historia, de las que estaban prácticamente ausentes, para habitar únicamente en el espacio doméstico. Ahora bien, recuperando su estudio ocurre algo sorprendente, y es que las mujeres vuelven a estar presentes y esta vez, habitando de pleno derecho esa misma Historia de las que fueron expulsadas por las fuentes.

“Odalisca con esclava” de Jean Auguste Dominique Ingres y Paul Flandrin (1842). Walters Art Museum. Wikimedia Commons


Así las cosas, no se puede analizar lo que representa dicho espacio doméstico en relación con las mujeres sin que, previamente, se establezca una distinción entre las coordenadas espacio-temporales. En efecto, hay que tener presente que, en la estructura de una sociedad medieval las coordenadas tiempo y espacio son diferentes dependiendo de si se nace hombre o mujer y, de hecho, existe un tiempo y un espacio masculino cuyas coordenadas vienen predeterminadas por la segregación de espacios que caracteriza a este tipo de sociedad y que culmina con una predeterminación de roles. Se trata de un encasillado que convierte al hombre en proveedor con lo que ello conlleva: trabajo remunerado, reconocimiento y la propiedad del espacio público. Por el contrario, a las mujeres se les asigna el papel de reproductora: maternidad, crianza y el cuidado de la familia al completo, tareas que se desempeñan en el espacio privado. Todo esto afecta profundamente a la coordenada temporal. El tiempo masculino se ajusta, perfectamente, a la referencia cronológica en la que se enmarca este trabajo porque ese calendario pertenece a los hombres y se refiere al transcurrir del tiempo teniendo como contexto el espacio público y construido con unas bases muy concretas:  la alternancia trabajo-ocio; día-noche y las grandes fechas históricas.

En cambio, de puertas para adentro el tiempo y la vida transcurre con otros parámetros temporales. Entre las paredes del hogar, los ejes tiempo-espacio tienen una dimensión muy diferente; ese calendario que se acaba de describir no es imputable en el caso femenino ya que el cuidado de la familia -su trabajo principal- desconoce el ocio y el descanso, e, incluso, la alternancia día-noche. Así es que, excluidas de este escenario, tampoco la medida artificial del tiempo les afecta, pudiéndose decir que ni el transcurrir histórico ni el mundo se perciben, por lo que, tal vez, sería más exacto afirmar que el tiempo de estas mujeres, realmente, sigue su ciclo vital y, además, está estrechamente vinculado a los rituales de la vida, es decir, el nacimiento, el óbito y el matrimonio, estando todos ellos, insertos y arraigados en el espacio doméstico.

«Trachtenbuch» de Christoph Weiditz (1530). Germanisches Nationalmuseum Nürnberg, Hs. 22474. Bl. 101 “Morisca en Granada dispuesta hilar” y 102 «Morisca barriendo la casa». Wikimedia Commons


Alegría y bienvenida: el nacimiento

Entre las paredes de las casas andalusíes y moriscas palpitan los principales momentos de un ser humano: se nace y se muere. Los rituales que envuelven estos límites de la vida están, a la fuerza, en manos de las mujeres. Ellas paren y lo hacen entre familiares y amigas que las asisten, creándose una relación puramente femenina en el momento del parto y de la crianza, que conlleva, también, dos profesiones que salen del espacio doméstico y atraviesan el público. Me refiero a la comadrona y, en su caso, la nodriza. La primera no solo atiende partos y enfermedades “de mujeres” sino que llegan a actuar como verdaderas forenses en determinados momentos, certificando la muerte del recién nacido si se diera el caso.

Asimismo, en las casas se produce ese momento de bienvenida a la comunidad que supone la imposición de un nombre propio a quien acaba de nacer. Durante el periodo andalusí, las madres no asisten a esa ceremonia, denominada tasmiya. Por el contrario, en la época morisca, la participación femenina es fundamental, entre otras cosas porque, ante la obligación del bautismo eran ellas las encargadas de lavar esa huella y, por tanto, las encargadas del ritual islámico. Esta ceremonia pasó a denominarse fadas y, según la documentación, se daban dos rituales diferentes para recién nacidos, dependiendo de si eran niños o niñas. A estas les pintaban unos puntos en la frente mientras que a los niños le rapaban parte de la cabeza, desde las sienes hasta la parte posterior. Asimismo, siguiendo a Tejada Remiro “en los ocho días siguientes al parto, las mujeres vestían no sé qué alcandora. (…) el día tercero o séptimo después del nacimiento hacen convites y congregaciones nuevas (…) usando también alcandora la mujer servía la mesa” (Tejada Remiro, 1855: 389-392).

Queda por conocer cómo eran exactamente esas alcandoras, pero lo más relevante de esta documentación es, sin duda alguna, la referencia directa que hace a que las madres moriscas se visten con un determinado atavío en el momento de la celebración del nacimiento del nuevo miembro de la comunidad, formando parte, por tanto, dicha prenda del ceremonial de bienvenida. Téngase en cuenta que, en este caso, se establece un vínculo entre la ropa vestida en el ceremonial y las mujeres, poniendo de manifiesto la importancia que ellas tienen en este tipo de eventos, a pesar de que la tradición parecía haberlas excluido.

«Trachtenbuch» de Christoph Weiditz (1530). Germanisches Nationalmuseum Nürnberg, Hs. 22474. Bl. 99.»Traje de casa de las mujeres moriscas de Granada» y 100. «Traje de casa de mujeres y niñas de los moriscos». Wikimedia Commons


Tristeza por la pérdida: la muerte

También el protocolo del óbito estaba en manos de las mujeres. Son ellas quienes lavan y amortajan el cadáver, como bien explica la cita recogida por Manuela Marín: “Hicieron con ella lo que se hace con los muertos: cerrarle la boca, ajustarle la barbilla y cubrirle el rostro. Así se quedó desde la oración de la tarde hasta el día siguiente. Después la lavaron y envolvieron en el sudario” (Marín, 2000: 611). De hecho, en esta ceremonia funeraria, la presencia femenina aparecerá en las diferentes etapas que conlleva el ritual en sí y que comienza con los llantos y el plañir de mujeres que recorrían las calles dando a conocer la defunción de un pariente; a veces, desveladas, a veces, autolesionándose, como queda registrado en el tratado de hisba de Al-Saqati.

Bien es cierto que llorar a los muertos no es propio de una u otra religión y, si la expresión de los sentimientos fluye -según la concepción tradicional- con más facilidad entre las mujeres, el duelo es común a ambos sexos. De hecho, los rituales mortuorios, a juzgar por las fuentes, igualan en gran medida a toda la sociedad. Y no es menos cierto que, con la escasez de con las que se cuenta, resulta muy difícil reconstruir no ya una historia de mujeres sino también lo que ellas sentían, es decir, una historia de sus emociones. Conocer, por ejemplo, qué sentimientos las estremecían en los momentos cruciales de la vida es algo quimérico, sin duda, pero el concierto de fuentes, a veces, saca a la luz datos que pueden reconducirnos por la memoria de este colectivo. Un ejemplo de lo que acabo de mencionar es el hecho simbólico del luto femenino. Las mujeres, en el momento de la muerte se ponen vestidos negros de luto denomindado hidâd y sillâb y, por otra parte, se sabe que existe un atuendo denominado sidâra, una prenda de lana que se echaba sobre la cabeza y cubría pecho y brazos, usada por ellas cuando habían perdido un hijo. Estas manifestaciones de dolor propiamente femeninas me llevan a considerar que las mujeres son las depositarias de la cultura. En estas sociedades, recae sobre ellas la obligación y el deber de transmitir a sus hijos los valores intrínsecos de su propia comunidad y, por otra parte, la relación entre los vivos y los muertos es un rasgo cultural de gran importancia, donde cada religión y cada cultura elaboran y construyen los términos de dicha relación.

En el caso de las moriscas, se podría decir que el duelo y su ceremonial se llevaba a cabo en absoluta clandestinidad y esto conlleva un acto de resistencia en las que las mujeres también han sido protagonistas. Hay documentación con la que corroborar lo que se acaba de afirmar, entre ellas, la inquisitorial conformada por delaciones y torturas que relatan la manera en que las mujeres participaron activamente en estos ritos. Es el caso de la vecina de Granada, María Ruiz, casada con un sastre de Baza, Miguel López, ambos procesados en 1606. A María Ruiz se la acusaba de “amortajar a un niño con ceremonia, lavándole todas las partes del cuerpo, y ynvocando a Mahoma para que llevase su ánima al cielo”, porque la Inquisición perseguía a esas mujeres amortajadoras que purificaban los cuerpos difuntos con sus lavados.

Una nueva etapa de la vida. El matrimonio

Otro de los rituales de paso que se celebraba entre las paredes de una casa era el matrimonio. El carácter civil del matrimonio islámico que se materializa ante un cadí no resulta tan sugerente como la celebración propiamente dicha. En esta sociedad en que, para las mujeres, el matrimonio y la maternidad encarnan su auténtico destino trazado de antemano, la fiesta de la boda acaba siendo una ceremonia puramente femenina, un espacio de sociabilidad y de resistencia pasiva, si se habla de las moriscas en concreto. Se sabe que cada boda traía consigo más de una reunión de mujeres encargadas de los muchos preparativos necesarios para la celebración del festejo y que había para la ocasión “maestras de bodas”. El protagonismo femenino en este ritual es absoluto en casi todos sus momentos. Sirva de ejemplo que, por lo general, los primeros tanteos de boda lo realizan las mujeres: buscan pareja, negocian el ajuar y la dote y establecen las conexiones entre las respectivas familias de los futuros novios.

Cuando el festejo propiamente dicho tiene lugar, se realiza el traslado de la novia hasta su nueva casa y allí recibirá todos lo agasajos de las mujeres de las respectivas familias y de las allegadas. Las fuentes no dan mucha más información sobre estos momentos de la boda, probablemente, porque están teñidos de un halo lo suficientemente doméstico como para que no interese a las crónicas, pero también porque el territorio en el que se desenvuelve es absolutamente femenino razón por la que escapa totalmente a la pluma masculina del cronista. Aun así, sabemos que, en esos momentos, la novia, sentada en el tálamo nupcial, se halla respaldada por otras mujeres mientras va recibiendo los regalos en un acto que sirve, a la vez, de presentación de la futura esposa. Una confrontación de este hecho en los diccionarios de indumentaria arroja un dato muy interesante: cada momento iba asociado a un determinado atavío. A modo de ejemplo, citaré aquí el manto que las cubre en el momento en que son trasladas en palanquín (kidn) o el que colocan sobre su vestido de novia y que las debe ocultar totalmente (jifâ).

Asimismo, las mujeres se ocupaban del banquete nupcial. Excepto del sacrificio de los animales, ritual estrictamente masculino, todo lo demás estaba a su cargo. La celebración del citado banquete es un momento social tan esperado como importante, una verdadera ocasión de unión de la comunidad y de reunión de familias, parientes y amigos. No hay que olvidar que la unión matrimonial se convierte en una celebración de la comunidad que refuerza, en gran medida, la cohesión del grupo y que estas fiestas eran, también, un momento propicio de encuentro y relación entre hombres y mujeres en edad de contraer matrimonio.

Hadīth Bayā wa Riyā (s.XIII) Biblioteca Vaticana, Códice Vat. Arabe 368, fº13r. Mujer hablando con una anciana. Wikimedia Commons


Además, se debe tener en cuenta el capital aportado por la novia al nuevo hogar. Esa parte de la dote destinada al ajuar de la recién casada y de la casa y en esto, las mujeres participaban activamente, sobre todo porque el mobiliario básico de un hogar andalusí o morisco era textil: tejidos de diferentes texturas y tamaños que servían como alfombras, tapices, cortinas, manteles, colchones, almohadones, etc. salidos expresamente de telares domésticos y elaborados para tal ocasión o legados por otras mujeres a la novia. En definitiva, en el ritual de la boda, la mujer también es la auténtica protagonista y en las diferentes etapas que componen dicho ritual, es habitual que se construyan espacios femeninos que escapan, por completo, al control de los hombres. Así es que la segregación espacial que caracteriza a toda sociedad medieval ha conducido a las mujeres a la búsqueda de un espacio propio. Además, pareciera que la participación femenina en los rituales de paso de la vida irá cobrando paulatinamente protagonismo con el cambio de sociedad de al-Ándalus a la sociedad morisca.  Esas transformaciones derivan, probablemente, de las tensiones entre la población cristiana y la dominada. En este caso, el papel de transmisora de cultura que tiene la mujer se incrementa y la necesidad de salvaguardar sus valores la van a situar en un lugar de relieve. En definitiva, son ellas las que crían a los hijos, les cantan canciones de cuna, los alimentan con comidas aprendidas de sus madres, les enseñan juegos y les hacen llegar toda la historia cultural y familiar. Son, por tanto, las transmisoras de la cultura que poseen y de los valores en los que se desenvuelven. Sin embargo, la vida de las mujeres y, por tanto, la sociabilidad femenina se establece, sobre todo, en espacios domésticos, pero también en los semipúblicos, es decir, en las tareas del campo, las reuniones para coser, las visitas a otras mujeres de la familia, etc. Este mismo entorno es el proclive a establecer alianzas solidarias, aunque, como se ha visto, tales alianzas pueden observarse, con mayor nitidez, en el espacio ritual que a ellas se ha reservado: los momentos del parto y el nacimiento, la muerte y el matrimonio.


Para ampliar:

  • Al-Saqati (s. XIII) Kitab fi Adab al-hisba, traducción de Pedro Chalmeta, 1968.
  • Ana Labarta, «La mujer morisca: sus actividades», en María Jesús Viguera (ed.), La mujer en Al-Andalus. Reflejo histórico de su actividad y categorías sociales, Madrid-Sevilla: Universidad Autónoma de Madrid y Editoriales andaluzas unidad, 1989, pp. 219-231.
  • Pedro Longás, La vida religiosa de los moriscos, Granada: Universidad de Granada, 1990.
  • Gloria López de la Plaza, «Las mujeres moriscas granadinas en el discurso político y religioso de la Castilla del siglo XVI (1492-1567)», En la España Medieval, 16 (1993), pp. 307-320.
  • Manuela Marín, Mujeres en Al-Andalus, Madrid: CSIC, 2000.
  • Dolores Serrano-Niza, “Moriscas granadinas en comunidad (emocional). Indumentaria y ritos en el espacio doméstico morisco (ss. XV-XVI)» en Mª Elena Díez Jorge, Sentir la casa. Emociones y cultura material en los siglos XV y XVI, Ediciones Trea, Gijón,  2022, pp. 279-307
  • Juan Tejada Ramiro, «Colección de Cánones y concilios de la Iglesia Española», V, Madrid, 1855, pp. 389-392.
  • Thorton, Lynne, La femme dans la peinture orientaliste, París, ACR Editions, 1993.

 

https://www.alandalusylahistoria.com/?p=5820&

























 

RESUMEN DE LA VIDA DE

VALLE-INCLÁN

EXIMIO ESCRITOR Y EXTRAVAGANTE CIUDADANO

Fotografiado por Audouard hacia 1911

https://es.wikipedia.org/wiki/Ram%C3%B3n_Mar%C3%ADa_del_Valle-Incl%C3%A1n

EL EGREGIO escritor que se iba a llamar don Ramón María de Valle-Inclán nació en Villanueva de Arosa, pequeño pueblo situado en la provincia gallega de Pontevedra, el 28 de octubre de 1866. Por ambos lados la familia contaba con antepasados distinguidos; a Valle le gustaba siempre hablar de su buen linaje, y entre los apellidos familiares figuraba el de Montenegro, el mismo que iba a llevar uno de sus personajes predilectos, el vinculero don Juan Manuel, poderoso protagonista de las Comedias bárbaras. Sobre la ascendencia aristocrática de los Montenegro de Galicia se fantasea en la Sonata de otoño. El padre de Valle tenía cierta fama de escritor local y el hijo, en sus comienzos literarios, se aprovechó libremente de algunos textos paternos. Más que sus lecciones de latín, varias veces recordadas en su literatura posterior, le gustaba al adolescente escuchar embelesado los cuentos populares de santos y brujas, narrados por las criadas viejas de su casa, así como le fascinaban las leyendas folklóricas y supersticiosas de su tierra natal, tan rica en ellas. En una nota antepuesta a Jardín umbrío, Valle recuerda cómo Micaela la Galana, vieja doncella de su abuela, le contaba en la infancia esas “historias de santos, de almas en pena, de duendes y ladrones”.

            A los diecinueve años, en 1885, Valle se gradúa de bachiller en el Instituto de Pontevedra y empieza, el mismo año, estudios de derecho en la Universidad de Santiago de Compostela, sin llegar nunca a terminar la carrera de abogado. De esta época data,. Por lo visto, su primer cuento Babel (1888); otro, titulado A media noche, aparece en 1889 en La Ilustración Ibérica de Barcelona con firma de Ramón del Valle de la Peña. En 1890 muere el padre de Valle; abandona sus estudios y marcha a Madrid, donde comienza en 1891 sus colaboraciones en el periódico liberal El Globo, siendo la primera una reseña crítica de la novela Ángel Guerra, donde escribe: “con menos facilidad, Galdós sería no más novelista, pero sí más literato”.

            Valle permaneció poco tiempo en Madrid. En 1892, emprende su primer viaje a México, país que tanto ina a estimular su incipiente talento artístico, y el 8 de abril de aquel año llegó al puerto de Veracruz. Se recordará que sobre las circunstancias de este viaje. México, en efecto, será una presencia constante en su obra, y no se puede menospreciar la gran importancia que tuvo en la formación poética de Valle-Inclan. Todo lector piensa de inmediato en la Sonata de estío, en los anticipos fragmentarios de la misma (“Bajo los trópicos” y “La niña Chole”), y en su gran novela esperpéntica Tirano Banderas, amén de otros recuerdos, algunos de ellos meramente lingüísticos diseminados en otras obras (Cara de plata, La cabeza del bautista). Había ido a México según dijo una vez, porque se escribe con equis, y, antes de hacer en 1921 su segundo viaje, confesó a don Alfonso Reyes que “México me abrió los ojos y me hizo poeta”. Reafirma sus palabras entusiastas en una entrevista publicada en El Universal de México de 1921, diciendo:

            Y usted no sabe cuán grato a mi espíritu es regresar de nuevo a este país, en donde encontré mi propia libertad de vocación. Debo, pues, a México, indirectamente, mi carrera literaria… Mis padres allá en España querían que yo me recibiese de abogado, es decir, que yo terminase esa carrera espantosa a la cual no tenía ninguna inclinación, a pesar que ya sólo me faltaba el último examen. Pues bien, para no terminarla, me trasladé a México con el dinero que me dieron para recibirme, y aquí empecé a seguir mi propio camino, es decir, el literario, no sin antes haber pasado por algunas vacilaciones, ya que solicitaba también muy poderosamente a mi espíritu la carrera de las armas…

Es evidente, pues, la importancia biográfica y literaria que tiene México para el desarrollo del futuro escritor.

            En la estela de anécdotas que siempre dejaba a su paso la pintoresca figura de Valle, hay una verídica que merece mencionarse por ser característica de las reacciones a veces violentas del escritor español. Semanas después de llegar a la capital mexicana tuvo una disputa con Victoriano Agüeros, director de El Tiempo, porque en este periódico capitalino apareció, en mayo de 1892, una carta firmada con el pseudónimo de Oscar, que era una dura invectiva contra los españoles residentes en México, los cuales habían venido, según se decía, a pervertir, a explotar y desmoralizar al país. El autor de la carta se refería a los gachupines como “la basura que [España] continuamente arroja sobre México”. Valle quiso salir en defensa de sus compatriotas, y como Agüeros no quisiera revelar la identidad de “Oscar”, el español le mandó sus padrinos a la redacción del periódico para concertar un duelo que nunca tuvo lugar, porque los representantes de Valle se dieron por satisfechos con las explicaciones posteriores dadas por el director. El caso no sólo es típico del carácter inflamatorio de Valle, sino que también merece señalarse que años después, cuando elaboraba Tirano Banderas, había cambiado radicalmente su actitud y en la novela arremete contra los españoles radicados en Santa Fe de Tierra Firme, país imaginario que tanto recuerda a México.

            Durante su breve estancia en México, menos de un año, colaboró en El Correo Español y en El Universal. En el último volvió a publicar textos dados a conocer anteriormente y adelantó fragmentos significativos, algunos de los cuales, reelaborados, irían a incorporarse a obras posteriores. Seguramente Valle llegó a leer a los modernistas mexicanos de la época: a Manuel Gutiérrez Nájera y a Salvador Díaz Mirón, a quien, en una página de 1892, llama “notabilísimo poeta” al encontrar en él y en otros poetas americanos la plena asimilación del espíritu helénico. Aunque Valle no menciona a Gutiérrez Nájera, a título de curiosidad quisiéramos recordar aquí una estrofa del poema “Tristíssima nox” (1884):

En medio de la horrible pesadilla

trazan, a veces, los traviesos duendes

grotesca historia, lances inconexos,

figuras que parecen retratadas

en espejos convexos.

 

               En el viaje de regreso a la patria, Valle se detuvo algunos días en Cuba invitado por la familia González de Mendoza, dato que no queremos dejar de consignar por la íntima amistad que nos unía al fino escritor mexicano, fallecido, el abate González de Mendoza. Y en efecto, varios son los recuerdos cubanos en la obra de Valle-Inclán.

            Al volver a España, Valle reside tres años en Pontevedra (1893-1896), e inicia una etapa importante de su vida literaria. Ahora se estrecha una fecunda amistad con Jesús Muráis, escritor y catedrático, que tenía una biblioteca riquísima en novedades francesas y cosmopolitas. Es allí, en la biblioteca de Muráis, donde Valle se empapaba de la literatura francesa y europea de la época, leyendo desde los naturalistas hasta Flaubert, los Goncourt, Banville, Gautier, Barbey d´Aurevilly, sin olvidarse de d´Annunzio, toda una constelación de escritores que iban a influir mucho sobre todo en la temprana orientación artística de Valle-Inclán. Su impronta puede rastrearse en Femeninas (seis historias amorosas), primer libro de Valle publicado en Pontevedra en 1895 con amistoso prólogo de Manuel Murguía, y también en las Sonatas. La fortuna de Banville se extiende hasta hacerse patente en obras muy posteriores, como La marquesa Rosalinda y La pipa de kif. A pesar de la gran importancia que se suele dar a esta orientación cosmopolita, seguramente muy significativa, hay que recordar al mismo tiempo que la tradición de la cultura y de la literatura gallegas era rigurosísima en Valle-Inclán. Se ha comprobado en él la influencia de escritores de Galicia (Vicetto, Pondal, Rosalía de Castro, Curros Enríquez y la muy importante del portugués Eça de Queiroz, a quien tradujo Valle), y no se puede pasar por alto el alcance que tuvo en su formación espiritual esta herencia local, que llegó a reflejarse en su lengua y en su predilección por ciertos temas. Cabe decir aquí que Valle era en cierto sentido autodidacta, sí, pero capaz como tantos escritores de la asimilación rápida de las más variadas fuentes. Y más de una vez, como luego veremos, Valle por otra parte, no omitió la más rigurosa documentación histórica en la creación de sus novelas, como ocurre en las de la Guerra Carlista, Tirano Banderas y en la serie inconclusa de El Ruedo Ibérico.

            Quisiéramos llamar ahora la atención sobre otro aspecto significativo de la formación de Valle-Inclán. Nos referimos a las doctrinas espiritistas y la frecuentación de las ciencias ocultas, tendencia compartida con tantos escritores de aquella época, que iba a influir de modo profundo en su literatura y en su concepción del mundo. Una de las bases más firmes de la íntima amistad entre Valle y Rubén Darío se debía al mutuo interés por lo esotérico y a lo que podría llamarse “la estética del misterio”. El artículo “Psiquismo”, publicado en México en 1892, revela un temprano conocimiento de estas creencias, y por lo demás había en Pontevedra centros espiritistas y es casi seguro que los frecuentaba Valle. No es dato perdido recordar que existe prueba documental de su amistad con Mario Roso de Luna. Así es que Valle tenía una sustanciosa cultura teosófica y cabalística como lo comprueban sin duda alguna La lámpara maravillosa (1916), donde se confiesa practicante de las ciencias ocultas, y el poemario El pasajero (1920), que se articula de modo íntimo con el pensamiento de La lámpara maravillosa. Sería ocioso por el momento recordar aquí todas las alusiones que se encuentran en la obra de Valle a las matemáticas celestes; así las llama en la célebre escena IX de Luces de bohemia, en que Darío dialoga con Max Estrella y don Latino. El apóstol Roque Cepeda en Tirano Banderas, que tenía mucho de Francisco I. Madero, era teósofo, y ecos del pensamiento ocultista repercuten en los lugares más inesperados como, por ejemplo, en cierta meditación del cura Santa Cruz sobre la armonía escondida del mundo en Gerifaltes de antaño. Por lo tanto, Rubén Darío y Valle-Inclán, relacionados siempre en íntima amistad literaria, no sólo se emparentan por el estilo sino por una corriente de pensamiento que les permitiese presentar en los arcanos del universo y lograr, mediante la búsqueda del sentido oculto de todo lo creado, la anhelada comunión con la armonía del Gran Todo. Ante lo indescifrable, los dos amigos se conmovieron e intentaron, a veces por el mismo camino, acercarse al secreto y dar con la clave de esa armonía misteriosa. Con frase de Octavio Paz: sentían la nostalgia de la unidad cósmica y querían expresar una visión rítmica del universo. Por lo demás, al lamentar la muerte del poeta nicaragüense en 1916, Valle decía que ya no tenía con quien comentar La lámpara maravillosa, recién aparecida en aquella fecha.

            En el invierno de 1896-97 Valle se halla de nuevo en Madrid, donde vive en extremada estrechez económica, y, con gran estoicismo, pasa días sin comer. Tenemos fidedigno testimonio de Ricardo Baroja que lo recuerda, con Darío y otros artistas de la época, en el Café de Madrid en los años finales del siglo. No sólo era Valle un gran noctámbulo, sino que a lo largo de su vida frecuentó los cafés madrileños, donde establecía sus tertulias, y en las cuales pontificaba o sentenciaba, con frecuencia a gritos, sobre los más variados temas. Levaba una vida activa de café, siendo su peña más célebre la de El Nuevo Café de Levante, que duró unos doce años, hasta 1914, cuando la Primera Guerra Mundial dispersó al grupo de literatos y artista que a ella asistían. En los cafés, que tanta importancia tuvieron en la evolución de la literatura española contemporánea, nacían y se esparcían en gran parte las infinitas anécdotas relacionadas con la extravagante persona de Valle-Inclán. Ningún episodio más fantaseado, desde luego que la amputación de su brazo izquierdo, en 1899, como resultado de una disputa con Manuel Bueno en el Café de la Montaña, hecho que se recuerda, bajo condiciones algo más heroicas, en la Sonata de Invierno.

            Eran los años triunfales del modernismo, y el magisterio de Darío fue reconocido por los escritores españoles, que un poco después iban a revolucionar las letras peninsulares. Darío mismo había llegado a España, desembarcando en Barcelona el 1 de enero de 1899, comisionado por La Nación para comentar en sus crónicas la situación del país a raíz del desastre nacional de 1898. Lo conoció Valle el mismo año en que se quedó manco, quizá presentado por el escritor bohemio Alejandro Sawa, asiduo compañero de Darío en su aventuras nocturnas en el Barrio Latino durante su primera estancia en parís (1893); ese mismo Sawa sería luego en parte el modelo del poeta ciego y borracho Max Estrella, protagonista del primer esperpento Luces de Bohemia (1920).

            Hay que recordar que, durante aquella época, Valle siempre tan aficionado al teatro, desempeñó en La comida de las fieras (1898) de Benavente el papel de Teófilo Everit, una especie de caricatura del nuevo tipo de literato. E ha dicho también que Valle actuaba en Los reyes del destierro (1899), escenificación hecha por Sawa de una novela de Daudet. Años después, hacia, hacia 1926, se estableció en casa de los Baroja un teatro llamado El Mirlo Blanco, y en sus funciones Valle tomó parte como autor y como actor, apareciendo en una parodia del Don Juan Tenorio de Zorrilla en el papel de Doña Brígida. Aquí se menciona el hecho porque es un dato más de la experiencia de actor que tuvo Valle y porque uno de sus esperpentos, Las galas del difunto, es precisamente una desmitificación del tema de don Juan, como luego veremos. En el Teatro Lara se estrenó por primera vez una obra de Valle: Cenizas 1899, luego rehecha y publicada con el título de El yermo de las almas (1908).

            Reconocida la fama creciente de Valle, las revistas de la época (Germinal, Electra, La Revista Nueva, La Vida Literaria) admiten sus colaboraciones, y hacia 1901 empieza a anticipar fragmentos de la Sonata de otoño en Los Lunes del Imparcial. En 1903, además de publicar Sonata de estío, valle recoge una serie de relatos ya publicados en los volúmenes titulados Jardín Umbrío y Corte de Amor. Al año siguiente salió otra de sus pequeñas obras maestras: la novela Flor de santidad. Aquel año de 1903, acompañado por su gran amigo Antonio Machado, viaja a Andalucía para asistir al estreno de una adaptación hecha por Valle de la obra Andrea Doria. Toma parte activa en la redacción del manifiesto contra el homenaje oficial a Echegaray, recién laureado en 1905 con el Premio Nobel de Literatura. Al año siguiente estrenó El marqués de Bradomín, obra en la que fueron escenificadas partes de Flor de santidad y Sonata de otoño. En ella desempeño un papel la joven actriz Josefina Blanco, con quien Valle casó en 1907. De ella se separa legalmente en el año de 1932. Emprendida la tarea en 1908 de escribir las dos últimas novelas de la serie de la Guerra carlista, el escritor fue a Navarra para documentarse sobre el terreno, así como ver el paisaje y para conocer personalmente a los viejos capitanes de las campañas carlistas.

            1910: Valle viaja a la Argentina como director artístico de la compañía teatral de García Ortega, en la cual actuaba su esposa. Llegó a la Argentina el 22 de abril, y parece que no guardó los recuerdos más placenteros de aquel país. En Buenos Aires estrenó Cuento de abril, representado el año anterior en España, siendo muy aplaudido por el público porteño, sobre todo en cuanto a la actuación de Josefina Blanco, que desempeñó el papel del trovador Pedro Vidal, desterrado por la princesa Imberal de la corte de amor y luego devuelto a su gracia en esta deliciosa y frívola obra de la más franca filiación modernista. En Buenos Aires, Valle dictó cuatro conferencias, cuyo contenido sólo se conserva en los resúmenes periodísticos de la prensa porteña. Una de ellas versaba sobre el modernismo literario. La prestigiosa revista literaria Nosotros le ofreció una comida de homenaje. Allá Valle se incorporó, con su mujer, a la compañía de María Guerrero y Díaz de Mendoza, con quienes viajó más tarde a otros países hispanoamericanos. De vuelta a España, Valle estrena varias obras dramáticas La marquesa Rosalinda y Voces de gesta en 1912 y luego va a vivir en Galicia -en cambados y después Puebla del Caramiñal- aunque hace viajes frecuentes a Madrid. Dos hechos de 1913 merecen destacarse: Galdós, como asesor del Teatro Español, rechaza El embrujado; en el mismo año se inicia la publicación de la primera serie de Obras completas de Valle.

            Al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914, Valle se declara aliadófilo y, con otros escritores de la época, suscribe un manifiesto de adhesión a la causa de los aliados. Sin éxito pidió Valle-Inclán la rehabilitación de ciertos títulos nobiliarios; la gestión fracasó porque no ofreció pruebas suficientes de ninguna clase. En mayo de 1916 visita el frente francés y las crónicas escritas sobre la guerra para El Imparcial formarán el libro titulado La media noche: visión estelar de un momento de guerra (1917). En el mismo año de 1916 ve la luz su libro de estética La lámpara maravillosa; muere su gran amigo Rubén Darío; y Julio Burell, ministro de Instrucción Pública, le ofreció una Cátedra de Estética en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado. Como era de esperar, pocas clases dictó en ella nuestro autor.

            A partir de 1919, año en que se publicaron los novedosos e irreverentes versos de La pipa de Kif, el más estricto antecedente de los esperpentos, Valle se desprende por completo del modernismo para crear un nuevo estilo más personal. Este estilo corresponde a la perspectiva que va a predominar en su obra de entonces en adelante. una en 1920 define el arte en los siguientes términos: “El arte es un juego, el supremo juego, y sus normas están dictadas por numérico capricho, en el cual reside su gracia peculiar. Catorce versos dicen que es soneto. El arte es, pues, forma”. Pero luego, cuando le preguntaron qué debemos hacer, respondió sin titubear: “Arte no. No debemos hacer arte ahora, porque jugar en los tiempos que corren es inmoral, es una canallada. Hay que lograr primero una justicia social.” Y con esta declaración de 1920 Valle se enrola en lo que con el tiempo se llamará literatura comprometida. No es que se le hayan abierto de repente los ojos a la realidad más inmediata, sino que esta nueva literatura, orientada hacia lo grotesco y lo truculento, era un paso natural de la evolución de su obra. El primer libro bautizado “esperpento” y en el cual se explica como veremos, la nueva estética es Luces de bohemia, publicado en la revista España en 1920. Conviene notar aquí que antes de recoger en libro varias obras de esta época (Farsa y licencia de la reina castiza, Los cuernos de don Friolera, Cara de plata) fueron anticipadas, entre 1920 y 1922, en la revista madrileña La Pluma, revista en la cual se publicó un número de homenaje a Valle-Inclán (enero de 1923).

            En 1921 don Alfonso Reyes, por entonces Encargado de Negocios de su país en Madrid, le extiende a Valle, en nombre del Presidente Álvaro Obregón, la invitación para que asista, en calidad de huésped de honor, a las Fiestas del Centenario. El mismo Obregón, otro manco, le dedicó luego su libro Ocho mil kilómetros de campaña. Esta segunda estancia en México duró unos pocos meses, Valle se entusiasma mucho con la obra de la Revolución Mexicana, pues con el tiempo, a juzgar por sus propias palabras, sus ideas políticas y sociales se habían hecho más radicales. Parece que también leyó en México una conferencia sobre el origen de la Sonata de estío, cuyo texto no se conoce. Un poco después de su regreso a España, Valle fue agasajado por los escritores españoles en el restaurante Fornos, de Madrid. Habló Unamuno a los postres y Valle, en su discurso, aprovechó la ocasión para defenderse irónicamente de la acusación de plagio que le hiciera años atrás Julio Casares (se trataba de la inclusión en la Sonata de primavera de unos fragmentos tomados de las Memorias de Casanova). En la misma ocasión afirma: “El sino de los intelectuales españoles es idéntico al de los gitanos: vivir perseguidos por la Guardia Civil.”

            En 1923 el general Primo de Rivera asume el poder. Valle-Inclán se convierte desde luego en enemigo decidido y vociferante del nuevo régimen político, atacándolo públicamente y satirizándolo en su obra. En una carta pública protesta por el destierro de Unamuno a Fuerteventura. El ataque tal vez a su punto más alto en 1927 cuando se publica La hija del capitán, fuerte y sarcástica denuncia del ejército y la política en general. La edición de esta novelita fue secuestrada por el Gobierno, que con este motivo publico la siguiente nota oficiosa: “La Dirección General de Seguridad, cumpliendo órdenes del Gobierno, ha dispuesto la recogida de un folleto, titulado La hija del capitán, cuya publicación califica su autor de “esperpento”, no habiendo en aquél, renglón que no hiera el buen gusto ni omita denigrar a clases respetabilísimas a través de la más absurda de las fábulas. Si pudiera darse a la luz pública algún trozo del mencionado folleto, sería suficiente para poner de manifiesto que la determinación gubernativa no está en un escrito estrecho e intolerable, y sí exclusivamente en el de impedir la circulación de aquellos escritos que sólo pueden alcanzar el resultado de prostituir el gusto, atentando a las buenas costumbres.” En 1929 el gobierno encarcela a Valle durante quince días, a causa de no haber pagado una multa impuesta por haber provocado tiempo atrás un escándalo en un teatro de Madrid; cosa nada insólita. Recordemos que en octubre de 1927 Valle fue llevado a la comisaría por haber interrumpido el estreno, en el teatro Fontalba, de El hijo del diablo de Joaquín Montaner. Por estos años Valle publicó una serie de libros en los que reunía en haz compacto obras antes publicadas por separado e íntimamente relacionadas entre sí: Tablado de marionetas para educación de príncipes (1926), Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte (1927), y Martes de Carnaval: Esperpentos (1930). Ya había empezado a trabajar, en 1923, en su gran novela de una dictadura hispanoamericana Tirano Banderas, y anticipa fragmentos de la misma en varios sitios, entre 1925 y 1926, fecha de la primera edición, aunque la definitiva no apareció sino hasta 1927. Continúa escribiendo las que serán sus últimas novelas, las de El Ruedo Ibérico: La corte de los milagros se publica en 1927 y Viva mi dueño en 1928. Colabora con El Sol y con Ahora.

            En la década de los treinta, Valle sufre unas recaídas de salud -padecía una dolencia vesicular, que había sido causa de varias intervenciones quirúrgicas-; sus asuntos editoriales andaban mal, en parte por la quiebra de la Compañía Ibero Americana de Publicaciones. Proclamada la república en 1931, Valle se presentó como candidato a diputado por La Coruña y fue derrotado. Al agravarse su situación económica, fue nombrado, en 1933, director de la Academia Española de Bellas Artes en Roma. Va, pues, a Italia por algún tiempo; empeora su salud; y “camino de la muerte” regresa a Santiago en 1935, internándose en el sanatorio del doctor Villar Iglesias. No se sometió del todo al régimen recomendado por los médicos, ni abandonó su inveterada costumbre de ir al café. Murió el 5 de agosto de 1936, de cáncer a la vejiga; para la posteridad han sido recogidas algunas de sus palabras finales. Cuando se le sugirió que recibiera los últimos sacramentos exclamó: “No quiero a mi lado ni cura discreto ni fraile humilde ni jesuita sabihondo”. Dejó un testamento en verso, ampliamente conocido en sus dos versiones: pondremos aquí unas sentidas palabras de su gran amigo Antonio Machado. Escribe el poeta:

 

            Juan de Mairena conoció a Valle-Inclán hacia el año 95; escuchó de sus labios el relato de sus andanzas en México, y fue uno de los tres compradores de su primer libro Femeninas. “La verdad es -decía Mairena a sus amigos- que este hombre parece muy capaz de haber realizado todas las proezas y valentías que se atribuye. Que tiene el don de mando no puede dudarse. Si no fue nombrado -como él nos cuenta- mayor honorario del Ejército de Tierra Caliente, culpa habrá sido de los mejicanos; porque no hubo nunca mejor madera de capitanes que la suya. Sin embargo, lo propio de este hombre, más que el heroísmo guerrero, es la santidad, el afán de ennoblecer su vida, su ardiente anhelo de salvación. Él ha querido acaso salvarse por la espada; se salvará por la pluma. Valle Inclán será el santo de nuestras letras”.

               Un santo de las letras, en efecto, fue Valle-Inclán, el hombre que sacrifica su humanidad y la convierte en buena literatura, la más excelente que pudo imaginar… Y del buen D. Ramón del Valle, el amigo querido, siempre maestro, digamos que fue también el que quiso ser: un caballero sin mendiguez ni envidia. Olvidemos un poco la copiosa anecdótica de su vida, para anotar un rasgo muy elegante y, a mi entender, profundamente religioso de su muerte: la orden fulminante que dio a los suyos para que lo enterraran civilmente. ¡Qué pocos lo esperaban!, allá, en la admirable Compostela, con su catedral y su cabildo, y su arzobispo, y el botafumeiro… ¡Qué escenario tan magnífico para el entierro de Bradomín! Pero Valle Inclán, el santo inventor de Bradomín, se debía a la verdad antes que a los inventos de su fantasía. Y aquellas sus últimas palabras a la muerte, con aquella impaciencia de poeta de capitán: “¡Cuánto tarda esto!”

               Leído este testimonio, se nos ocurre que relativamente poco se ha dicho en las páginas anteriores sobre la intimidad del hombre Valle-Inclán. Es indudable que él mismo contribuyó a la creación de su leyenda. Debido a las pintorescas anécdotas, tantas veces repetidas. Muchos imaginan un Valle vociferante e impetuoso, exponiendo desde la mesa del café fantásticas e imaginativas, por no decir arbitrarias. Sin embargo, su uno escarba un poco abajo la superficie, dejando a un lado intemperancias y salidas de tono, lo que se encuentra es un hombre, tal vez tímido en el fondo, como creía su buen amigo Manuel Azaña, que deseaba cubrir su propia intimidad con toda una serie de gestos extravagantes. No creemos que en retrato del escritor se debe descartar las anécdotas oportunas, puesto que su personalidad y su creación artística forman una unidad, sin que entre el hombre y la obra exista una dicotomía. Valle era un espíritu independiente. Un eterno disconforme. Sus protestas, no obstante, tenían su origen en una firme pasión ética y estética. Por lo tanto, en cualquier semblanza que de él se haga, había que destacar su absoluta integridad moral y la dignidad estoica con que supo soportar los duros golpes de la vida. En el fondo era Valle-Inclán un hombre noble y compasivo, que no claudicaba, y su vida fue, en más de un sentido, ejemplar.

 

ASEDIO PRELIMINAR A LA OBRA DE VALLE-INCLÁN

            Antes de estudiar la estética del esperpento y de ocuparnos detenidamente del Valle-Inclán novelista, dramaturgo y poeta, nos parece conveniente hacer aquí unas observaciones muy generales a la totalidad de su obra con el deseo de establecer, desde un principio, las coordenadas que caracterizan la producción valleinclanesca durante un período de aproximadamente treinta y cinco años.

            Muchas veces se ha repetido que de los escritores españoles del 98 ninguno es más artista que Valle-Inclán. Empieza a escribir bajo la influencia modernista, estilizando primero el lado más bello de las cosas para crear después, en los esperpentos, una belleza de signo contrario, acentuando los aspectos más feos y ridículos de los seres humanos. No importa, sin embargo, que sus personajes sean hermosas damas aristocráticas o fantoches deformes: en ambos casos los elabora Valle-Inclán según un estricto criterio artístico. Una vez más conviene recordar que los símbolos esteticistas del modernismo no son vacíos, sino que se llenan de contenido ideológico, y así sirven como armas de protesta contra la mezquina realidad que rodeaba al escritor en los finales del siglo XIX. Hubo en los modernistas un sincero anhelo de superar las circunstancias exteriores, creando un mundo de eterna belleza no contaminada por el materialismo burgués. Así es también el caso de Valle. Las armas de protesta empleadas en 1902, fecha de la publicación de la Sonata de Otoño, ya no le bastaban a Valle años después, aunque creemos que en el fondo el procedimiento estético y la actitud personal del escritor no había cambiado tan sensiblemente como a primera vista parece. Destacada la unidad de su obra, puede afirmarse con seguridad que una misma concepción poética caracteriza siempre la creación valleinclanesca. Fueron precisamente los escritores, y escritores de la talla de un Unamuno, un Juan Ramón Jiménez o un Alfonso Reyes quienes consideraron que su máxima virtud como artista era la ilimitada capacidad para la creación lingüística.

            Como ya dijimos, Valle inicia su obra bajo la manifiesta influencia de la renovación producida por el modernismo americano. Pronto y progresivamente se aleja de los estilos ajenos, superando la exquisitez aristocrática de Darío y de otros modelos de la época, para forjar un instrumento expresivo propio, que le permitiría desembocar en los esperpentos de su última y decisiva etapa. Antes Valle ya se había apartado un tanto de la línea modernista en lo que tenía de más exterior para arraigar en su propia tradición galaica. O, dicho de otra manera, llega a un modernismo esencial y depurado, siempre con idéntica voluntad de perfección, utilizando temas y motivos gallegos. En el estilo y en las ideas, Valle comienza dentro de una tradición, universalista o regional, para luego desembocar en la subversión estilística de años después. Poco a poco va dejándose de los modos decadentes o finiseculares y de las leyendas poéticas de Galicia, para acercarse y denunciar, a lo más próximo; a la historia y a la realidad española.

            No se nos oculta la dificultad de sintetizar de manera adecuada la trayectoria estética de un escritor tan complejo y en constante renovación como Valle-Inclán. Al enfrentarse con su obra total, éste es un primer obstáculo. Tan sólo vale como síntesis de esa evolución la fórmula cómoda: del modernismo al esperpentismo. O esta otra, a nuestro juicio más satisfactoria: del impresionismo al expresionismo. Es decir, una evolución literaria que partiendo del aristocratismo estético y del preciosísimo exquisito de una literatura inspirada más en el arte que en la vida (las Sonatas), llegará a una expresión trascendente, más humana, menos gratuita y menos frívola (los esperpentos). Atenerse de modo estricto a esas dos fórmulas para describir la trayectoria de Valle sería pasar por alto significativas etapas intermedias: la eglógica de Flor de santidad (1904) y Aromas de leyenda (1907); la violenta de las primeras Comedias Bárbaras (Águila de blasón, 1907 y Romance de lobos 1908): o la de las tres novelas históricas de la Guerra Carlista. Tampoco deben ser olvidadas las repetidas incursiones en los teatros todavía modernistas y versallescos, como en Cuento  de abril (1909) o en La marquesa Rosalinda (1913), obra ésta de transición por su franca tonalidad burlesca que anticipa en cierto sentido actitudes que se marcarán con toda claridad en 1919, año de la publicación de los versos funambulescos de La pipa de kif, riguroso antecedente, como ya señalamos, de las modalidades expresivas y de las preocupaciones temáticas de Valle en su último periodo.

            Otros títulos suyos dificultan la reducción del conjunto de su obra a un esquema rígido. Sirva de ejemplo la deliciosa farsa de La cabeza del dragón, estrenada en 1909 y legítima obra pre-esperpéntica, en la cual se mezcla el versallismo de los decorados con una tonalidad de burla y fina sátira. O ¿Cómo insertar en el panorama total una pieza como Voces de gesta (1912), escrita en versos modernistas, pero cuya solemnidad épica y grandiosa responde al intento de adaptar las pautas clásicas al teatro moderno? Por otra parte, algunos han visto la obra del escritor gallego como una progresiva esperpentización de la realidad, destacando en los textos de la primera etapa elementos dispersos en que lo trágico y lo grotesco aparecen unidos según luego ocurrirá en los esperpentos. Dado el sentido irónico de la vida que poseía Valle-Inclán, no sorprende, si lo pensamos bien, que la leve sonrisa “modernista” del marqués de Bradomín se convierta con el tiempo en la mueca grotesca de los fantoches y peleles de 1920 y años ulteriores.

            Finalmente, para terminar estas páginas de introducción, recordemos que Valle siempre estuvo en la vanguardia. Tal vez por ser un adelantado de su tiempo no tuvo, hasta últimamente, la fortuna crítica de que gozaron otros compañeros de la misma generación. Aunque le debían mucho los escritores más jóvenes, el testimonio de Juan Ramón Jiménez es concluyente. Entre los autores muy influidos por Valle mencionemos sólo dos nombres: Federico García Lorca y Camilo José Cela.

            Valle, pues, parte de una posición estética y luego coincide a su modo con la ideología seria y preocupada de las figuras principales del 98. Toma una actitud crítica ante la realidad española y americana, y es, en este sentido, el hijo pródigo de su generación, como lo llamó Pedro Salinas en su excelente estudio sobre el esperpento. Viendo la trayectoria artística del autor, desde aproximadamente 1900 hasta su muerte en 1936, no parece arriesgado decir que ha logrado en su obra una admirable síntesis que se corresponde estrechamente con su firme postura estética ante la literatura y con su actitud ética ante la vida misma.

 

INTERMEDIO: LUCES DE BOHEMIA Y LA ESTÉTICA DEL ESPERPENTO

            Como preámbulo al estudio de los géneros literarios cultivados por Valle-Inclán, nos parece necesario intentar aquí una breve definición del esperpento y una exposición de su teoría y los principios estéticos en que se funda. Sin olvidar los elementos pre-esperpénticos visibles desde el comienzo en la literatura valleinclanesca, para nuestro propósito actual el punto de partida obligatorio es Luces de bohemia, publicada en 1920, y cuatro años más tarde en libro, con el subtítulo, precisamente, de ESPERPENTO… En esta obra, que es si duda una de las más altas realizaciones artísticas de Valle, se inicia plenamente la dirección estética y ética que predominará en la etapa final de nuestro autor. Asistimos, al nacimiento de una forma literaria, en la cual Valle se compromete no sólo con un mundo que provoca su indignación, sino que le impulsa a crear un nuevo instrumento expresivo perfecto.

            Luces de bohemia presenta las últimas horas en la vida del poeta Máximo Estrella, que acompañado del histriónico y falso amigo perro don Latino de Hispalis, rueda incesantemente de una taberna a otra en aquel Madrid de principios de siglo, absurdo, brillante y hambriento, hasta que Max se muere al amanecer tendido ante la puerta de su casa. Para la creación de ese poeta borracho, Valle se inspiró parcialmente, como ya anotamos, en Alejandro Sawa, dipsómano impenitente y tipo hiperbólico de la bohemia de entonces. Valle buen conocedor del aquel mundillo literario, llena su obra de rostros auténticos, ligeramente disfrazados a veces; rostros de escritores. Luces de bohemia es, pues, literatura sobre literatura y también sobre realidades sociales; Valle-Inclán utiliza datos reales e inventa otros, caminando libremente la cronología histórica; por ejemplo, Sawa muere en 1909, pero las huelgas y disturbios callejeros de que se habla en la obra son de los años 1917-1919.

            El libro expone una doble tragedia. La primera es personal: la de Max Estrella, cuya dignidad humana sufre toda clase de degradaciones humillantes en una sociedad egoísta e insensible. Aunque sometido a cierta desvalorización grotesca, logra mantener una relativa potencia trágica de héroe clásico, con ecos de Homero y de Edipo. En íntima fusión con la tragedia individual de Máximo Estrella, Valle toma conciencia de la tragedia nacional. Esa dimensión político-social es altamente significativa, y en este sentido Luces de bohemia tiene valor testimonial. Ante la realidad y la farsa de la vida española, la actitud de Valle es amarga y dolida. En el episodio de la mujer que lleva en brazos a su hijo muerto, víctima de una bala perdida, relacionado con el del preso catalán a quien se le aplica la ley de fugas (Escena undécima) se manifiesta con claridad la indignación del escritor ante tales acontecimientos. En contraste con la indiferencia de los demás, Max pronuncia las siguientes palabras de denuncia, que no dejan lugar a dudas sobre su actitud:

            Latino, ya no puedo gritar… ¡Me muero de rabia!... Estoy masticando ortigas. Ese muerto sabía su fin… No le asustaba, pero temía el tormento… La Leyenda Negra, en estos días menguados, es la Historia de España. Nuestra vida es un círculo dantesco. Rabia y vergüenza. Me muero de hambre, satisfecho de no haber llevado una triste velilla en la trágica mojiganga…

            Excusado decir que en Luces de bohemia se impone la tonalidad satírica, y que Valle critica acremente la política, la burocracia, la policía y, de modo especialmente mordaz, la Academia.

            Para nuestros fines actuales es altamente significativa una conversación, muchas veces citada, entre Max Estrella y don Latino, porque es la primera exposición teórica del arte del esperpento (Escena duodécima):

MAX.- ¡Don Latino de Hispalis, grotesco personaje, te inmortalizaré en una novela!

DON LATINO.- Una tragedia, Max.

MAX.- La tragedia nuestra no es tragedia.

DON LATINO.-¡Pues algo será!

MAX.- El esperpento.

…………………………………………………………………………………………….

MAX.- Los ultraístas son unos farsantes. El esperpentismo lo ha inventado Goya. Los héroes clásicos han ido a pasearse en el Callejón del Gato.

DON LATINO.- ¡Estás completamente curda!

MAX.-Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada.

DON LATINO.- ¡Miau! ¡Te estás contagiando!

MAX.- España es una deformación grotesca de la civilización europea.

DON LATINO.- ¡Pudiera! Yo me inhibo.

MAX.- Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas.

DON LATINO.- Conforme. Pero a mí me divierte mirarme en los espejos de la calle del Gato.

MAX.- Y a mí. La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática de espejo cóncavo las normas clásicas.

 

            El esperpento ni es solamente un nuevo estilo, ni se limita a un género específico; implica un modo de ver la realidad, ya que es en sí deformada (“España es una deformación grotesca de la civilización europea”), a la cual Valle ve con desprecio y con sarcasmo. Siendo un arte de la deformación, a menudo, al exagerar las líneas, llega a la caricatura. Los espejos del Callejón del Gato eran deformantes; en ellos la figura humana se retuerce en posturas ridículas y grotescas. Así los héroes clásicos y sus mitos, que ya no pueden prosperar en las lamentables condiciones de nuestra época, fueron sometidos a una visión degradadora. En el esperpento se estilizan los seres y las cosas por su lado más feo y absurdo. Por lo tanto, no sorprende que en la literatura esperpéntica el ser humano se quede con frecuencia reducido a mero fantoche o pelele, cosificándose. Valle además animaliza a sus personajes y hasta suele negarles cara de seres humanos, suplantada por máscaras o caretas. Significativo es el apuntado antecedente de Goya en la pintura y Quevedo en la literatura. Un modo pesimista de ver el mundo da origen a una expresión de burla satírica, ya no meramente humorística como antes, sino corrosiva y comprometida con realidades. Y en los esperpentos, uno de los grandes aciertos de Valle es la creación de un nuevo lenguaje violento, crudo y procaz, mediante l cual logra dar forma artística a su desgarrada visión del mundo.

            La teoría del esperpento expresada en Luces de bohemia se completa y se reafirma con mayor precisión en otra importante conversación entre don Manolito y don Estrafalario en el prólogo a Los cuernos de don Friolera. Por razones de espacio debemos limitarnos a resumir aquí una pequeña porción de ese diálogo. Valle, identificándose con don Estrafalario, recomienda una estética capaz de superar el dolor y la risa, viendo el mundo desde la perspectiva suprahumana de la otra ribera, lo cual supone alejamiento o distanciamiento entre autor y creación. Presentada la divertida representación de los títeres del bulubú, se advierte que quien los maneja, el ciego Fidel, sabe divertirse a costa de sus criaturas sin dejar de considerarse superior a ellas, a diferencia de Shakespeare que rima con el latido de su corazón, desdoblándose en sus personajes. Esta actitud estética no sólo insinúa un desinterés sino una especie de deshumanización. Para completar este rápido esbozo, es pertinente citar aquí otras palabras de Valle, en las cuales define las tres posiciones de un autor frente a sus personajes:

            La verdad es que no me hubiera gustado vivir la vida de ninguno de mis personajes. Hay que estudiar a los autores en sus tres maneras. Primera, el personaje es superior al autor. La manera del héroe, HOMERO, que no es de sangre de dioses. Segunda, el autor que se desdobla: SHAKESPEARE. Sus personajes no son otra cosa sino desdoblamientos de su personalidad. Tercera, es autor es superior a sus personajes y los contempla como Dios a sus criaturas. GOYA pintó a sus personajes como seres inferiores a él. Como QUEVEDO. Esto nace de la literatura picaresca. Los autores de estas novelas tenían mucho empeño en que no se les confundiera con sus personajes, a los que consideraban muy inferiores a ellos, y este espíritu persiste aún a través de la literatura española, naturalmente. Yo considero también mis personajes inferiores a mí. Mi obra es un intento de lo que quise hacer.

            Valle expresó las mismas ideas en distintas formas, diciendo, por ejemplo, en 1928, que había tres modos de ver el mundo: de rodillas, en pie o levantado en el aire. Citando de nuevo a HOMERO y a SHAKESPEARE como ejemplos de los dos primeros tipos de visión, el tercero es el de QUEVEDO y de CERVANTES. Es, por lo demás, “una manera muy española, manera de demiurgo, que no se cree en modo alguno hecho del mismo barro que sus muñecos”.

            Ésta es, en rápida síntesis, la teoría. La práctica se estudiará analizando las obras mismas, pero por de pronto recordemos con el dramaturgo Buero Vallejo que el esperpento es bueno porque no es absoluto. En esta nueva forma desde 1920 en adelante, Valle logra unir a su constante virtuosismo artístico una profunda preocupación ética y moral; le permite llegar a alturas literarias antes no alcanzadas la contemplación de un mundo que encuentra absurdo, subvertido y distorsionado.

 

EL NOVELISTA

            Las grandes novelas de Valle-Inclán pertenecen casi exclusivamente a dos etapas de su evolución artística: la primera y la última. Las cuatro Sonatas se publican entre 1902 y 1905; Flor de Santidad, breve novela poemática, cuyo estilo delata también la afiliación modernista, aparece en 1904; y entre 1908 y 1909 ven la luz las tres novelas históricas de la Guerra Carlista. Desde 1909 Valle se dedica más que nada al teatro, hasta publicar, en 1926, Tirano Banderas, una de sus obras maestras. Por esos años, últimos de su vida, inicia la serie inconclusa de las novelas que componen el ciclo de El Ruedo Ibérico.

LAS SONATAS O LA PLENITUD MODERNISTA

 

            Las cuatro Sonatas, que en algunos casos exigieron lenta elaboración antes de alcanzar forma definitiva, se publican en las siguientes fechas teniendo como escenario geográfico los que se indican: Otoño (Galicia), 1902; Estío (México), 1903; Primavera (Italia), 1904; e Invierno (Provincias Vascas), 1905. Hoy no es arriesgado afirmar que son las obras más populares y conocidas de Valle. El público suele identificarle, sobre todo, como autor de las Sonatas: representan una cumbre de la prosa modernista, y al mismo tiempo constituyen la primera gran aportación del autor a la literatura española. Son pequeñas obras maestras de un estilo ahora preferido por los cambios del gusto. Con todas sus excelencias formales, palidecen un poco ante las grandes realizaciones artísticas de épocas posteriores. Sin embargo, a pesar del preciosismo y del amaneramiento exquisito de las Sonatas, hay que reconocer el virtuosismo estilístico de su autor. Como algunas obras tempranas de Azorín, marcan en España un hito importante en cuanto a la perfección de la prosa poemática. Elaborada bajo la divisa del arte por el arte, Valle ha pagado con ella tributo quizá excesivo a ciertos aspectos decorativos del modernismo y a tópicos decadentistas que caracterizaban la literatura de aquella época. Años después, al referirse de México en sus libros tempranos, Valle los llamará mala musiquilla de violín; pero estas palabras pertenecen a los años de Tirano Banderas, cuando su inspiración había tomado un rumbo más comprometido. En este contexto, es instructivo comparar la visión pintoresca de México en la Sonata de Estío como la más profunda y desgarrada de la novela de 1926. No obstante, las concesiones a un estilo de época que incitaba a literaturizar la vida, la prosa esencialmente musical y plástica de las Sonatas evidencia el talento de Valle, que con otros de su generación renueva la prosa castellana, inmovilizada hasta ellos en el realismo decimonónico.

            Las Sonatas son cuatro episodios en la vida amorosa del marqués de Bradomín recordados desde una perspectiva lejana. Como se desprende de los títulos mismos, simbolizan cuatro etapas en la existencia del protagonista, desde la juventud (Primavera) a la vejez (Invierno), pasando por la plenitud voluptuosa (Estío) y el declinar melancólico (Otoño). Como primera nota característica quisiéramos destacar en esta obra la muy lograda armonización artística de temas y tonalidades, de personajes y ambientes.

            En la nota antepuesta a la Sonata de primavera se afirma que estos libros son un fragmento de las memorias amables que ya muy viejo, en la emigración, empezó a escribir el marqués; esas memorias se limitan a recodar cuatro momentos intensos de una larga vida galante, sin presentar un pasado completo. Las cuatro aventuras apenas se relacionan entre sí, aunque el marqués rememora alguna u otra presencia femenina, y en su narración se alude pocas veces a episodios anteriores. La unidad de las Sonatas se logra situando en primer plano al protagonista y utilizando un mismo lenguaje sentimental y evocador enderezado a la recreación nostálgica del pasado. Son novelas de personalidad y no e circunstancias. En ella se refieren sucesos, pero los esquemas narrativos se diluyen, y Valle se desinteresa del mundo real para crear el suyo propio, acercándose de modo indirecto a las cosas, con técnica de poeta, para extraer de ellas su sentido misterioso. Describe con preferencia lo velado y lo reflejo; evoca la emoción del paisaje, en parte inventado por él. Y más que en la representación objetiva de la realidad, Valle se interesa en la exaltación de atmósferas y estados de ánimo, expresados con una riqueza de sensaciones raras y exquisitas, a veces perversas y demoníacas. Advertido cómo él y otros escritores de fin de siglo extremaron la aventura sensorial, nos permitimos un breve paréntesis para referirnos a un importante texto de 1902 y luego refundido en el prólogo de Corte de Amor. Las ideas son de todos, dice Valle, y la tarea del escritor es perpetuarlas “por un hálito de personalidad y por la belleza de la expresión”. Luego identifica el arte moderno con

            … una tendencia a refinar las sensaciones en el número y en la intensidad. Hay poetas que sueñan con dar a sus estrofas el ritmo de la danza, la melodía de la música y la majestad de la estatua.

            Citados varios ejemplos de sinestesia (Baudelaire, Rimbaud), Valle vuelve a afirmar que el modernismo en literatura es la analogía y equivalencia de las sensaciones. Al retornar esos motivos en el texto más ampliado, el escritor gallego insiste en el valor de la renovación frente a la rutina literaria de aquellos viejos escritores “que nunca supieron ayuntar dos palabras por primera vez” y que seguían siempre un camino trillado. Ha buscado Valle un estilo personal “Buscarme a mí mismo y no en ,los otros”), y advierte cómo los autores jóvenes, con quien quiere identificarse, tienen más empeño por expresar sensaciones que ideas. Es excusado decir que cumple tal programa en la elaboración de sus Sonatas.

            No sólo imprime Valle la sociedad del siglo XIX para crear otra artificial, sino que en el reparto de los temas básicos (amor, muerte y, religión, o mejor dicho, en el cínico marqués de la irreligiosidad) se ha señalado la importancia del tema ausente: la lucha por la vida. El protagonista elegante y refinado, no sujeto a las normas sociales del día, no es de su siglo y se comporta de acuerdo con ideales de otros tiempos, según se reitera varias veces en la Sonata de Invierno. En general, los demás personajes, esencialmente lánguidos, no se entregan a impulsos activos, moviéndose como figuras de ballet que deleitan en estudiadas poses estéticas.

            Del marqués de Bradomín, una de las primeras creaciones geniales de nuestro autor, se dice que es, con una ironía que nunca abandona a Valle hasta en las Sonatas: “Un Don Juan admirable”. Se ve enseguida que el protagonista no responde al arquetipo donjuanesco, y Valle nos ha explicado sus intenciones al recrear el donjuanismo de modo personal:

            En ellas [las Sonatas] intenté un tema eterno… Don Juan es un tema eterno y nacional; pero don Juan no esencialmente conquistador de mujeres; se caracteriza también por la impiedad y por el desacato a las leyes y a los hombres. En don Juan se han de desarrollar tres temas. Primero: falta de respeto a los muertos y a la religión, que es una misma cosa. Segunda: satisfacción de sus pasiones saltando sobre el derecho de los demás. Tercero: conquista de mujeres. Es decir, demonio, mundo y carne, respectivamente.

            El marqués de Bradomín se caracteriza precisamente por estas cualidades que Valle ve en el mito: irreverencia, culto de lo impío, y entrega a las pasiones carnales. En la presentación del tema amoroso, cabe advertir cómo el autor aprovecha con frecuencia la dualidad erótica típica del modernismo en su declive decadentista, mezclando lo carnal con un fondo devoto reñido en apariencia con erotismo. No falta en las Sonatas la presencia del incesto y de la homosexualidad. El marqués goza y saborea el amor, a su modo, pero las escenas de alcoba tienden a convertirse en espectáculos de arte. En la religión, lo que más deleita al católico marqués son los aspectos exteriores y sensuales de la liturgia; ante el esplendor del rito es la suya una actitud estética. En cualquiera semblanza que se haga de él, al lado de su sensualidad y relativo satanismo, de su complacencia en el mal, hay que recordar su extremado orgullo y la virtud de saber sonreír, atributo que permitirá la frecuente desvalorización de lo meramente sentimental. Y, por último, quisiéramos transcribir aquí parte de un párrafo tomado de Los cruzados de la causa, donde se dice de este personaje: “Parecía convencido y, sin embargo, apuntaba en sus palabras un dejo de ironía, aquella ironía con que el viejo dandy lograba dar a todas las cosas, y a todos los sentimientos, un aire de frivolidad galante…”

            Junto con los grandes temas mencionados de las Sonatas, temas íntimamente fundidos y armonizados entre sí, hay otros motivos que persisten, en grado diferente, en otras obras de Valle, y todo lo señorial, así como la importancia atribuida al linaje de ciertos personajes. Mayor atención merece el tema del carlismo, brevemente aludido en la Sonata de Estío, pero central en la de Invierno, cuya acción transcurre en parte en la Corte de Estella, con intervención de las personas reales, sin que falten alusiones a otras figuras que conoceremos con más detalle en las novelas de la serie carlista. La Segunda Guerra Carlista no fue heroica; guerra sin gloria. De hecho el marqués pierde el brazo en una escaramuza, episodio poetizado después del cual enamora a su propia hija. No por convicción sino por razones estéticas abraza la causa tradicionalista.

            El estilo elaborado de las cuatro Sonatas revela, como hemos dicho ya, su clara filiación modernista. Al estudiar la formación literaria de Valle, se mencionaron fuentes francesas e italianas que tanto influyeron en la temprana orientación estilística del escritor gallego; a ellas hay que añadir el magisterio de Darío, cuyo estilo se refleja en la prosa de estas novelas, hasta en imágenes concretas. En las Sonatas mucho se debe a los impresionistas y a los parnasianos, sobre todo en la técnica de las transposiciones artísticas y en la agrupación de las figuras en cuadros. La prosa es refinada, de museo y de biblioteca; en su aristocratismo se evidencia el afán del autor para rehuir todo lo vulgar. Valle ha eliminado de sus obras toda atención trascendente, y en la Sonata de invierno hace exclamar al marqués de Bradomín: “Yo no aspiro a enseñar, sino a divertir. Toda mi doctrina está en una sola frase: ¡Viva la bagatela! Para mí, haber aprendido a sonreír en la mayor conquista de la Humanidad.” Y aún antes, en la misma novela, había definido su actitud esteticista ante la vida.

            En resumen, al elaborar la prosa de admirable mérito formal de las Sonatas, Valle cuida sobre todo la entonación musical de la frase, y se apoya en palabras ricas en potencia asociativa para darnos una visión de la vida embellecida por el arte. A pesar de los cambios del gusto registrados en la obra del mismo Valle, las cuatro Sonatas siguen siendo pequeñas obras maestras representativas de un estilo que por su conciencia profesional marca el comienzo de la literatura moderna de lengua española.

 

“FLOR DE SANTIDAD”: LA VISIÓN MÍTICA DE GALICIA

            La acción de esta breve novela, publicada en 1904, es mínima: la pastora Adega, inocente y delicada virgen alucinada, se entrega por devoción y candorosa fe a un falso peregrino, creyendo que es Dios Nuestro Señor. Más que los esquemas narrativos, otra vez muy diluidos, destaca Flor de santidad por su atmósfera, entre religiosa y legendaria, milagrera y piadosa, y por su tonalidad cuasi-mística, supersticiosa y cristiana a la vez. La intención de recrear el mundo primitivo y mágico de la Galicia eterna y mítica se cumple así eficazmente. El desinterés por los detalles narrativos se revela aún en los momentos más dinámicos del relato (por ejemplo, la seducción de Adega, la muerte del peregrino), pues el autor no cuenta esos episodios, sino que los sugiere, suprimiendo los pormenores en que se hubiera complacido un escritor realista. Ni siquiera en el desenlace de la novela se resuelve el destino de la pobre zagala. Por lo demás, en Flor de santidad se aleja Valle del realismo objetivo, del siglo XIX para acwercarse a uno de tipo artístico y evocador.

            Otro aspecto significativo de la narración es su intemporalidad. A primera vista parece acontecer en una vaga y remota Edad Media. Sin embargo, la obra está escrita desde una perspectiva lejana y lo que más interesa al autor es subrayar la supervivencia del pasado medieval de Galicia. Nunca precisa la época, y como dice en La lámpara maravillosa, en Santiago de Compostela, ciudad inmóvil y petrificada, huye la idea del tiempo; en el mismo libro de ejercicios estéticos, acerca de los cuentos campesinos escuchados en la infancia se dice que para alcanzar la pauta divina hay que penetrar religiosamente “bajo esa arca de luz donde todas las cosas son cerca y lejos, rotos los lazos del lugar y de la hora”. De ahí el significado de historia milenaria, subtítulo de Flor de santidad y el deseo de romper con las limitaciones temporales para ofrecer la esencia del mundo gallego en lo que tiene de absoluto, inmutable y eterno. De ahí también que sean sus personajes tipos eternos de Galicia y que se conceda gran importancia a la sociedad rural como colectividad.

            El estilo de Flor de santidad es todavía modernista, pero de un modernismo depurado al servicio del tema galaico. El ideal de perfección artística prevalece en esta prosa impresionista, pero se aleja más y más de lo meramente decorativo y parnasiano. El refinamiento rebuscado y los tópicos decadentistas, característicos de las Sonatas tienden a desaparecer ante las nuevas exigencias temáticas. En el fondo, sin embargo, es siempre la misma prosa cadenciosa, de entonación lírica. Dignas de la más estricta antología de la prosa valleinclanesca son las páginas que presentan, al final de la novela, la impresionante Misa de la Endemoniadas, que tiene lugar a orilla del mar, en Santa Baya de Cristamilde. En aquel momento se descubre la aparente preñez de Adega, lo que constituye un toque irónico e irreverente; todo aquel mundo de fe ingenua se bien abajo al llamar la atención sobre la realidad de las cosas. De golpe se desvaloriza la atmósfera de inocencia, y, por otra parte, la realidad del embarazo será para la gente campesina “el milagro” tantas veces prometido por la zagala en sus alucinaciones. Flor de santidad, buena novela poemática, es un intento muy logrado de fijar en una prosa sugestiva lírica la esencia eterna de la tierra gallega.

 

LAS NOVELAS DE LA GUERRA CARLISTA:

LA EPOPEYA FRUSTRADA

               Después de la publicación, en 1908, de Los cruzados de la causa, cuyo escenario gallego y la reaparición de muchos personajes, entre ellos el marqués de Bradomín y don Juan Manuel, la relacionan con la Sonata de otoño y las Comedias Bárbaras, Valle fue a Navarra para documentarse sobre los hechos de la guerra que quería novelar. Allí conoció a los veteranos de la causa legitimista, y recorrió los lugares de la campaña carlista. En la segunda novela de la trilogía, El resplandor de la hoguera (1909), la madre Isabel, cuya salida a los campos de batalla para curar a los heridos había sido anunciada al finalizar la primera obra de la serie, piensa para sí:

            … La guerra comenzaba a parecerle una agonía larga y triste, una mueca epiléptica y dolorosa. Aquellos campos encharcados, aquella nieve enlodada cubriendo lo caminos, le producían una indefinible sensación de miedo y de frío. Era la misma sensación que experimentara otras veces al ver un entierro en medio en medio de chubascos, y oír sobre la caja el hueco azotar de la lluvia. Había imaginado la guerra gloriosa y luminosa, llena con el trueno de los tambores y el claro canto de las cornetas. Una guerra animosa como un himno, donde las espadas fueran lenguas de fuego, y el cañón la voz de los montes. Deseaba llegar a la hoguera para quemarse en ella, y no sabía dónde estaba. Por todas partes advertía el resplandor, pero no hallaba en ninguna aquella hoguera de lenguas de oro, sagrada como el fuego de un sacrificio… (Capítulo XIV).

            Estas palabras de la monja expresan el desencanto y cómo su impulso romántico de ir a los campos de batalla se derrumba al tomar contacto con la guerra. A nuestro juicio, puede que le pasara a Valle, algo parecido: quizá pensó la guerra carlista como una epopeya gloriosa, la gran gesta del XIX, pero al estudiarla se encontró con una guerra fragmentaria, de partidas, sin la grandiosidad que esperaba. La visión histórica de la guerra en las dos novelas finales de la trilogía impone la descripción de una pluralidad de acciones, realizadas en pequeña escala, frustradas a veces y faltas de unidad. Valle logra transmitir, con innegable acierto, la sensación de un pueblo en guerra y de una colectividad rural, en las pequeñas vidas de cuyos habitantes se reflejaban con intensidad las llamas ardientes de la hoguera bélica. En la trilogía se da lo que pudiéramos llamar intrahistoria vital, desde dentro, y tal como afecta las vidas íntimas de los personajes. En determinados momentos Valle se emociona ante el sufrimiento de éstos. El carlismo es entonces algo más que un tema esteticista, y es tratado con mayor seriedad, aunque con un no sé qué de nostalgia romántica por la tradición. La visión criticista a veces rea pareciente en estas novelas confirma que el autor se daba cuenta de que algo iba mal en España; en su prosa deja atrás los refinamientos de antaño para encararse directamente con la realidad histórica. En cuanto al carlismo, es significativo anotar que en las dos novelas finales el enfoque narrativo hace ver entusiasmo y fe en las tropas carlistas, mientras en el cuartel republicano hay desaliento y fatiga por una guerra que no inspiraba a los liberales el idealismo que caracterizaba a los voluntarios carlistas.

            Los cruzados de la causa, lejos del campo de batalla, puede considerarse la novela de los sentimientos colectivos, en la cual todo se pone al servicio de la causa combativa y religiosa; El resplandor de la hoguera la de la gesta, que reduce en realidad a un breve encuentro entre los voluntarios y las tropas republicanas; y Gerifaltes de antaño (1909), cuyo título se deriva de un verso de Rubén Darío, la de un personaje, la del fanático y ambicioso cura de Santa Cruz. De las tres, la más lograda parece la última, porque se concentra en la imponente figura del cabecilla, sin dispersarse tanto como las otras en una estructura tan episódica como la guerra misma; al cura, que quería unir todas las partidas bajo un solo mando, logra darle intimidad. Por lo demás, las tres novelas, de poca intriga y reducida acción novelesca, son de trama interior; las dos primeras quedan abiertas a una continuación, y la última resuelve situaciones planteadas con anterioridad, además de resumir la guerra en el personaje simbólico de Santa Cruz, cuya presencia amenazante sólo se sentía de modo indirecto en El resplandor de la hoguera.

            En su conjunto esta trilogía, nueva serie de episodios nacionales, no constituye, a nuestro modo de ver, un aspecto importante de la obra de Valle-Inclán. Interesan por varios motivos: el carlismo, tema central en varias obras del primer Valle; el concepto que tiene de la historia y el modo como la incorpora a la ficción; y especialmente por el proceso mismo, no sólo histórico sino también a veces preesperpéntico, que llegará a su culminación en algunas obras posteriores.

“TIRANO BANDERAS”: LA SÍNTESIS HISPANOAMERICANA

            Es imposible en tan poco espacio idea cabal de la riqueza artística de una novela tan densa como Tirano banderas  (1926). Sin duda una de las creaciones más geniales de Valle-Inclán. Estamos frente a la culminación de un estilo y de una actitud ante el mundo. Al crear ese mundo vertiginoso, casi de pesadilla alucinada, de un país imaginario de Hispanoamérica, llega el autor a un alto grado de perfección expresiva y de elaboración novelesca.

            Se sabe que en 1923 estaba trabajando en lo qie él llamaba una “novela americana de caudillaje y avaricia gachupinesca”. Han sido establecidas con paciencia sus fuentes de inspiración (las crónicas y la obra de Ciro Bayo), y para aclarar las intenciones sintéticas del libro es de particular valor el epistolario con su entrañable amigo Alfonso Reyes. Tirano Banderas es la novela de un dictador sombrío, rodeado de compinches igualmente sórdidos, y de la revolución criolla que por fin triunfa sobre la tiranía. Al finalizar la novela, no se deja oír en el desenlace victorioso ninguna nota optimista; las taras y ambiciones que pesan de manera fatal sobre la condición humana anuncian como transitoria esa paz final.

            La acción, rapidísima en sí, transcurre durante tres días en una imaginaria república hispanoamericana, Santa Fe de Tierra Firme; un país que ofrece rasgos característicos de todos los países de Hispanoamérica, aunque predominantemente mexicanos. El tirano es a su vez una síntesis de los dictadores americanos, y su oponente, el apóstol iluminado don Roque Cepeda, hombre recto y de cultura teosófica, no deja de recordar a Madero en lo concreto y a Martí en los abstracto. En aquel  mundo sórdido de crueldades y bajezas morales de toda clase, a la sombra de la opresión se opone la luz regeneradora. Otros personajes parecen representar, de la misma manera sintética, determinados grupos sociales: el indio (Zacarias el Cruzado), el criollo (Filomeno Cuevas), el español radicado en América (don Celes Galindo y varios otros). Mediante un calculado proceso combinatorio, la intención de síntesis se revela en múltiples detalles; en la geografía; en la fusión de recuerdos históricos, políticos y literarios; en los variados tipos; y hasta en la moneda, la ropa y los alimentos. Pero, sobre todo, el vocabulario y los modos de decir, propios de las más apartadas regiones de Sudamérica, dan sus rasgos peculiares a la lengua de la novela. ¡Y con qué arte se han sabido fundir las particularidades en una totalidad que presenta a América y sus más característicos males sociales!

            En Tirano Banderas la narración no es lineal; los frecuentes desplazamientos temporales dan a la obra una innegable nota de modernidad. A la forma esencialmente dramática se agrega, como se ha señalado ya, una estructura semejante a la de un cuadro cubista por las múltiples partes que la componen, de variada extensión, que se fragmentan y sobreponen, refractándose la visión en formas geométricas. Además, la simultaneidad de acciones, a veces realizada por las fuerzas sobrenaturales de los sueños y las visiones oníricas, pueden relacionarse también con aquella dirección en las partes plásticas a la cual se alude dos veces de modo directo en el texto de la novela. Como dijimos, la acción de Tirano Banderas dura apenas tres días; Valle, al hablar de la elaboración de su obra, confiesa que le preocupaba entonces la ide a de llenar el tiempo como el Greco llenaba el espacio, totalmente. De ahí el ritmo acelerado de los infinitos episodios que componen la fábula del libro.

            En la esperpentización de aquella sórdida realidad americana, vista como tragedia y como farsa al mismo, se pone de manifiesto una actitud ética, de rigurosa denuncia y crítica social; en el estilo se revela la degradación a que están sometidos la mayoría de los personajes. Se animalizan y se mecanizan, siendo reducidos con frecuencia a muñecos automatizados. Indignado, como siempre, por el despotismo y la falta de justicia social, Valle satiriza con acritud no sólo la tiranía y el militarismo, sino también la politiquería del “honorable” Cuerpo Diplomático, con sus ministros imbéciles, y la actuación siempre interesada de la Colonia Española. DE los diplomáticos, el tratado con la máxima y más increíble esperpentización es el perverso invertido ministro de España, el barón de Benicarlés, llamado Isabelita por su amante, el andaluz Currito Mi Alma. Aunque sea de pasada, quisiéramos llamar la atención sobre las páginas, elaboradas a base de imágenes inconexas y realmente dignas de antología, en las cuales Valle recrea el estado alucinatorio del ministro, producido por una inyección de morfina. (Sexta Parte, Libro Tercero, I). Sin embargo, la intencionada sátira no se limita a los males sociales y políticos, sino que se extiende a la literatura (Espronceda), su propio estilo en las Sonatas, y en la huera retórica de los vacuos doctorcitos de Santa Fe de Tierra Firme.

            Finalmente, la visión desgarrada y comprometida que nos ofrece Valle de un aspecto de la realidad americana en Tirano Banderas corresponde al momento de su madurez artística, en el cual logra unir en síntesis superior la ética y la estética. La perfección se revela en los detalles, muchas veces irónicos (por ejemplo, el perro del indio Zacarías se llama Porfirio), y en el cuadro total trazado con estilo enérgico y dinámico, que le permite captar el mundo turbulento de Santa Fe de Tierra Firme.

 

“EL RUEDO IBÉRICO”: LA VISIÓN SARCÁSTICA

DEL REINADO DE ISABEL II

Poco espacio queda para estudiar, siquiera sea someramente, la última y más ambiciosa fase novelesca de Valle-Inclán, a la cual la crítica actual ha dado la debida importancia en relación con su obra total. No se le afloja a Valle la voluntad de estilo; más bien se intensifica; en esos libros finales lleva el esperpento a sus últimas consecuencias.

            De compleja historia bibliográfica son las tres novelas del inconcluso ciclo de El Ruedo Ibérico; el plan primitivo fue escribir nueves obras, divididas en tres series destinadas a abarcar el período que desde los años finales del reinado de Isabel II hasta la restauración de la monarquía en la persona de Alfonso XII, pero Valle solamente llegó a escribir, de modo parcial, la primera trilogía, llamada Los amenes de un reinado, publicando La corte de los milagros (1927), Viva mi dueño (1928) y Baza de espadas, obra no acabada que apareció en El Sol (1932) y en libro en 1958. Cabe mencionar que la última obra de Valle, El trueno dorado, se publicó en Ahora en 1936 y es otro fragmento destinado a formar parte del mismo ciclo.

            Es seguro que a través de los años iba madurando ese vasto proyecto, y en el proceso que lleva El Ruedo Ibérico habría que tener en cuenta los episodios nacionales de la Guerra Carlista, la novelita  ya esperpéntica y poco conocida titulada Una tertulia de antaño (1909), y sobre todo la grotesca Farsa y licencia de la reina castiza (1920), inspirada directamente en la ridícula corte de la reina Isabel II.

            Las tres novelas, en lo que respecta a la estructura circular y en la concentración temporal, totalmente llenado el tiempo de nuevo, son de una complejidad singular, con muchísimos personajes que figuran en argumentos detallados, íntimamente relacionados entre sí. Aunque la historia está muy cuidadosamente elaborada, sobre la más sólida documentación. Lo que en verdad interesa es la mirada del autor, agria y amargada, una reina caprichosa y concupiscente, una nobleza amoral y egoísta, en franca decadencia, y una absoluta falta de moralidad en la vida nacional. Ante la historia, Valle no opina ni sermonea; describe, manteniendo la distancia estética. Dijo una vez que su propósito fue burlarse de todo y también refiriéndose a las novelas de El Ruedo Ibérico:

            … es una novela única y grande, al estilo de La guerra y la paz, en la que doy una visión de la sensibilidad española desde la caída de Isabel II. No es la novela de un individuo, es la novela de una colectividad, de un pueblo.

 

EL DRAMATURGO

En el teatro, como en la novela, logró Valle-Inclán rotundos éxitos literarios, lo cual permite situarlo entre los mejores dramaturgos españoles. A estas alturas perece ocioso abordar el problema de los géneros literarios, cuyos límites en la literatura moderna son más fluctuantes que nunca. Hay un texto suyo que por su importancia merece transcribirse. En una entrevista en 1926 dice:

            Yo escribo en forma escénica, dialogada, casi siempre. Pero no me preocupa que las obras puedan ser o no representadas más adelante. Escribo de esta manera porque me gusta mucho, porque me parece que es la forma literaria mejor, más serena y más impasible de conducir la acción. Amo la impasibilidad en el arte. Quiero que mis personajes se presenten ellos solos y sean en todo momento ellos sin el comentario, sin la explicación del autor. Que todo lo sea la acción misma…

            Conste que muchas obras suyas, antes consideradas teatro para leer, demasiado difíciles para la escena, han sido representadas, sobre todo en los últimos años, con singular fortuna.

            Siempre muy aficionado al teatro, con experiencia de actor y de director, a partir de 1909 se dedica más intensamente a su obra dramática. Su primer estreno, Cenizas, luego refundida y publicada con el título de El yermo de las almas , data de 1899; y en 1906 se representa El marqués de Bradomín, escenificación de fragmentos de la Sonata de Otoño y Flor de santidad. Quisiéramos iniciar nuestro recorrido de su producción dramática con las Comedias bárbaras y pasar luego a tres obras en verso (Cuento de abril, 1909; Voces de gesta, 1912; y La marquesa Rosalinda, 1913) En un aparte veremos la nueva visión de Galicia evidente en Divinas palabras, 1920. Para completar el estudio de esta trayectoria teatral de Valle, conviene considerar los libros en que figuran piezas de distintas épocas, pero temáticamente relacionadas (Tablado de marionetas, 1926; Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, 1927; y Martes de carnaval, 1930).

 

LAS COMEDIAS BÁRBARAS Y LA FAMILIA

DE LOS MONTENEGRO DE GALICIA

 

Las Comedias bárbaras son tres, y, a pesar de las notables diferencias existentes entre ellas, constituyen una sola obra, en tres partes bien articuladas: Águila de blasón (1907), Romance de lobos (1908) y Cara de plata (1922). Presentan así mismos tres momentos intensos y dramáticos de la vida del protagonista, don Juan Manuel Montenegro, personaje de frecuente aparición y larga evolución en la obra de Valle; en cuanto a la cronología interior de la trilogía la primera obra Cara de plata será la última en ser publicada. Es de notar la distancia entre la publicación, en 1922 y en plena época del esperpento, de Cara de plata de la de las dos obras anteriores. El hecho de escribirla después de un lapso de casi quince años puede explicarse no sólo por el cariño que tenía Valle por aquellos personajes y los valores tradicionales en ellos explícitos, sino también por la necesidad artística de completar, en forma simétrica, la trilogía, exponiendo las circunstancias en que Sabelita llegó a ser la barragana del mayorazgo, tal como aparece en Águila de blasón.

            Las dos primeras comedias bárbaras manifiestan una nueva dirección estilística en la obra de Valle. La magia verbal del modernismo tiende a desaparecer en la recreación de aquel mundo bárbaro y primitivo, cuyas raíces célticas y germano-suevas se armonizan. Si antes predominaba el interés por la atmósfera poética, ahora la acción misma pasa a primer plano. La prosa todavía literaturizada de ciertas acotaciones contrasta con el diálogo, vivo y popular, sabroso y procaz, que vivifica esas comedias, íntimamente relacionadas con las ideas y creencias de Galicia.

            En una significativa confesión que años después hizo Valle a su amigo Rivas Cherif, se lee lo siguiente respecto a las intenciones del autor en sus comedias:

            … Creo cada día con mayor fuerza que el hombre no se gobierna por sus ideas ni por su cultura. Imagino un fatalismo del edio, de la herencia y de las taras fisiológicas, siendo la conducta totalmente desprendida de los pensamientos. Y, en cambio, siendo los oscuros pensamientos motrices consecuencia de la fatalidad de medio, herencia y salud. Sólo el orgullo del hombre le hace suponer que es un animal pensante. En esta Comedia bárbara… estos conceptos que vengo expresando motivan desde la forma hasta el más ligero episodio. He asistido al cambio de una sociedad de castas (los hidalgos que conocí de rapaz), y lo que yo vi no lo verá nadie.. Soy el historiador de un mundo que acabó conmigo. Ya nadie volverá a ver vinculeros y mayorazgos. Y en este mundo que yo presento de clérigos, mendigos, escribanos, putas y alcahuetes, lo mejor -con todos sus vicios- era los hidalgos, lo desaparecido.

               Por eso, las Comedias podrían ser clasificadas, en un nivel, como dramas históricos sobre la disolución y desaparición de un mundo social y semifeudal, cuyo medievalismo se revela en la conducta anárquica del vinculero y en la de sus hijos, degenerados que no heredaron la grandeza del padre, excepto Cara de Plata, don Miguel, el hermoso hijo menor, que en varios aspectos parece un duplicado de su progenitor. Sobre esos cambios sociales son instructivas ciertas páginas de Los cruzados de la causa, primera novela de la trilogía carlista; recuérdese también que Valle simpatizaba con aquella casta de hidalgos. En estas historias del pecado y la virtud, la carne y el arrepentimiento, se yergue una figura grandiosa e imponente, toda ímpetu y pasión; la de don Juan Manuel, “uno de esos hidalgos mujeriegos y despóticos, hospitalarios y violentos (Águila de blasón)”. No es del caso trazar aquí los antecedentes del tío Bradomín; recordemos solamente que en la Sonata de otoño habíamos oído su voz estentórea, gritando desde lejos que iba a Viana del prior para apalear a un escribano. En la misma obra contrasta la vitalidad de este poderoso señor con las inclinaciones más bien librescas del marqués de Bradomín. En Águila de blasón y en Romance de lobos se infiere que don Juan Manuel muere a manos de don Mauro, uno de los hijos. En esta breve semblanza del viejo linajudo merece tenerse en cuenta una “reprise” sobre su persona expresada por la madre Isabel en El resplandor de la hoguera.

            La presencia de don Juan Manuel tiende a llenar el drama, pero no se desdeña nunca el papel del coro gallego, formado por viejas criadas fieles, la hueste de mendigos, chalanes, feriantes y otros grupos típicos de Galicia. Las masas sociales intervienen de modo directo en la acción dramática. Sin merma, pues, de su propia personalidad, don Juan Manuel está visto en estrecha relación con la tierra y con el pueblo, con el mundo legendario y con los sentimientos colectivos.

            Estudiar detenidamente las tres obras en cuestión, sería exceder los límites del presente ensayo, pero conviene establecer, dentro de su unidad esencial, ciertos rasgos específicos de cada una.

 

EL TEATRO MODERNISTA EN VERSO

            Aunque cada una de las obras que nos proponemos estudiar tienen rasgos propios e inconfundibles, por sus fechas de composición y por estar escritas en verso, parece legítimo agrupar tres libros independientes que ilustran, de modo diferente, una dirección significativa en la producción teatral de Valle: Cuento de abril (1909), Voces de gesta (1912) y La marquesa Rosalinda (1913).

            Cuento de abril. (Escena rimada en una manera extravagante) es una obra frívola y artificiosa; su levísima acción transcurre en los jardines refinados, con fuentes y pavos reales, de una Corte de Amor, en Provenza, presidida por la princesa de Imberal, rodeada de su coro de azafatas, “ninfas de una alegría”. Tomado de fuentes medievales europeas y gallegas el argumento sencillo y poco dramático se reduce al siguiente esquema: destierro del enamorado trovador Pedro de Vidal por haber robado a la princesa un beso y su penitencia vestido con una piel de lobo; llegada del rudo infante de Castilla que pretende a la princesa y su pronto retorno a las tierras castellanas; y el perdón del trovador devuelto a la gracia de la princesa. Al final, partido el Infante con sus ballesteros, se restablece la armonía inicial. En el Preludio, el autor dice que cortesano y abrileño, caracterizado por su aire de cancionero y su fantasía de cuento de hadas. Motivo constante de la pieza la oposición entre los usos y costumbres de dos culturas: a las rudas y bárbaras prácticas de la Castilla seca y amarilla se contraponen las exquisitas y refinadas de Provenza. Cuando el Infante regresa a sus tierras, fracasadas sus tentativas amorosas con la princesa, el ruiseñor vuelve a cantar y en la Corte de Amor renacen rosas fragantes.

            En Cuento de abril se recogen elementos decorativos y artificiosos del modernismo de escuela, pero aún así, aceptadas las limitaciones de un género difícil y la aparente gratuidad de la obra, no se puede menos de admirar el talento con que Valle llegar a crear, casi del aire o de la nada, una pieza esencialmente lírica y ligera, muy superior, por cierto, al teatro modernista de un Villaespesa o de un Marquina.

            Con la gracia aérea de Cuento de abril contrasta la tonalidad solemne y épica de Voces de gesta, tragedia pastoril que se publicó por primera vez en Mundial Magazine de Darío en 1911. Rubén envió a Valle, después, la “Balada laudatoria”, tantas veces solicitada, que serviría de prólogo al drama. Voces de gesta es la presentación lírica, dramática e ideológica del tema carlista. En un nivel, la tragedia personal de Ginebra, en otro la tragedia de la colectividad campesina, leal a la cusa perdida del rey Carlino, pese a sufrir el dolor de la guerra.

            En cuanto a geografía y época, en Voces de gesta, hay una confusión deliberada: el poema dramático se ofrece al pueblo vasco navarro y en él puede reconocerse una geografía semi-mítica que recuerda a aquella región española. Sin embargo, es de notar que Valle mismo dice que la acción transcurre “en tierras de Castilla hace muchos años”. La obra tiene mucho de medieval y los enemigos del rey Carlino son moros, hecho que nos lleva directamente a otra guerra religiosa. La fusión temporal y espacial, visible hasta en los nombres de los personajes, permite que el tema del carlismo se funda con el trasfondo legendario y fabuloso de las epopeyas caballerescas.

            Voces de gesta constituye un serio intento de adaptar el teatro modernista a las pautas de la tragedia clásica. Con calculada precisión rítmica un período exacto de diez años separa las jornadas del poema; cada una de éstas tiene lugar en un momento determinado del día y en un escenario específico (el alba dorada del Monte Araal, la tarde en una cocina, el ocaso sangriento de nuevo en campo abierto. Admirable en verdad es la organización del drama, donde se advierte una serie de paralelismos en distintos niveles, que atestiguan el esfuerzo de Valle por lograr una estructura unitaria. El movimiento dramático está bien dispuesto: en cada acto se presenta una acción culminante, partiendo de la violación brutal de la pastora Ginebra, cegada luego por el puñal del capitán enemigo; la muerte del hijo, Garín, a manos del padre y la muerte de éste, cuya cabeza siega Ginebra mientras duerme; y la ofrenda sangrienta de la cabeza trunca que Ginebra ofrece al rey herido. Las pasiones del odio y la venganza, la lujuria y la bestialidad, llegan a su apogeo en la segunda jornada y luego decaen en la última, en donde se pone de relieve un acabamiento general. Desde el principio, se insiste en el desaliento colectivo de los partidarios del rey Carlino, rey derrotado que como mera sombra corre por la sierra en busca de amigos, perseguido por un destino negro. La nota optimista sola la da el viejo Tibaldo, que labra para el rey un cuerno simbólico, destinado a despertar los ecos de la tradición que nunca muere. Con una nota elegíaca y de ofrenda lírica a una causa perdida Valle cierra en Voces de gesta el tema del carlismo.

            De las tres obras analizadas en esta parte de nuestro ensayo la mejor realizada y la más interesante para el estudio de la evolución artística de Valle-Inclán, es La marquesa Rosalinda, cuyo subtítulo de “farsa sentimental y grotesca” merece señalarse. En efecto, desde los eneasílabos del preludio, publicado en Mundial Magazine en 1911, el tono es otro y otro el clima: con humorismo alegre y desenfadado se combinan los personajes y enredos cómicos de la Comedia dell´Arte. Además de los nombres convencionales (Arlequín, Pierrot, Colombia, Polichinela) pueden identificarse otras máscaras, y el carro de los farsantes que llega a la cancela del jardín dieciochesco anticipa de una manera u otra, obras posteriores en las cuales se concederá gran importancia al mundo de los titiriteros y a los muñecos del tablado. El preludio de la tónica a toda la farsa galante, con su bellas mentiras y rimas de cascabel, y, en una palabra, la seriedad y el sentimentalismo modernistas se rompen en los graciosos versos y los diálogos cómicos de La marquesa Rosalinda. Poco tiene de sentimental esta farsa, que presenta los amores interesados del oportunista y cínico Arlequín con la marquesa enamorada. En los versos finales, acabado su papel y consciente de haber estado representando, al retirarse de la escena confiesa Arlequín: “y he de dejar para mañana/el mostraros mi corazón”. Algo hay de grotesco en la obra, pero nunca llega a las fealdades y a la mueca sarcástica de años después. Estamos ante otro ejemplo de la versatilidad artística de valle-Inclán.

            Señalada la nueva tonalidad jovial y funambulesca de La marquesa Rosalinda, no excluye el “modernismo” del fondo decorativo y de los versos, de excelente factura. La acción acontece en un ambiente aristocrático del siglo XVIII, con los personajes típicos de las Fiestas galantes de Versalles, tan queridas de los modernistas: abates y marqueses, damas y dueñas, poetas de madrigales y pajes enamorados. El paisaje es también característico: un jardín con cisnes y rosas, en el cual se oye el discreto cortesano y la música de clavicordio. Al reparto se añaden dos tipos cervantinos, Juanco y Reparado, rufianes pagados por el marqués ofendido. Es evidente que Valle presenta suma atención a los movimientos y los gestos afectados de sus caracteres, que se mueven con paso de minué o con piruetas que tienen el ritmo de las hechas por marionetas.

 

“DIVINAS PALABRAS” (1920) Y LA NUEVA VISIÓN DE GALICIA

 

Tanto en España como en México, tuvieron las presentes representaciones de Divinas Palabras gran éxito teatral, lo que no debe sorprender dada dramática de la obra. Es un libro importante, ubicado en el momento de transición de Valle a otro, que hasta la fecha no ha sido sometido a la exégesis crítica que merece. Aquí nos contentaremos con unas pocas precisiones sobre esta tragicomedia de aldea, en la cual vuelve el autor al tema gallego; lo más interesante de este regreso es que la mirada de 1920 es radicalmente diferente de la anterior, aunque no olvidamos que El embrujado, también de ambiente gallego, data de 1913.

            En Divinas palabras se mira de modo crítico y realista, no a los gloriosos y nobles hidalgos aristocráticos del pasado remoto, sino a un grupo popular de personas indiferentes a los valores morales -salvo la posible excepción de la niña que en la Jornada segunda deja sobre el dornajo del idiota guindas y roscos. Estos personajes, algunos de los cuales ya conocíamos de obras anteriores, obedecen tan solo a sus instintos más primitivos y elementales: el sexo, la avaricia, el provecho personal,… En este mundo corrompido pululan pícaros, ladrones, celestinas, peregrinos falsos, mujeres de mala vida y otros tipos de las capas sociales más bajas. Ha desaparecido, claro está, la visión idealista, eglógica y sentimental de Galicia tal como se presentó en obras como Flor de santidad y Aromas de leyenda. Valle ya no poetiza y embellece la realidad; Valle se enfrenta con una realidad grosera, en sus aspectos más sórdidos, dándole forma artística en una prosa de tipo feísta, nutrida de crudezas violentas tomadas del habla popular. Otra vez la creación que clima del esperpento y muy cerca de algunos de sus más característicos procedimientos artísticos, pero aún no se llega a la técnica deformante y de caricatura que pronto predominará en la literatura de Valle. Hay que advertir que en esta obra de 1920 se preludian episodios que pasarán, transformados, a los esperpentos de Los cuernos de don Friolera y Tirano banderas.

            Incluso después de muerto, víctima de la perversidad del maricón padrones que a sus expensas se divierte en la taberna, Laureano, el monstruoso enano hidrocéfalo, es el eje estructural de la obra. Para las mujeres codiciosas que quieren explotarlo, el idiota es, desde los comienzos, un billete de lotería o un horno de pan sin mencionar lo que valía en bebida. En la acotación final, cuando la sacristana desnuda se acoge al asilo de la iglesia, se lee: “Al penetrar en la sombra del pórtico, la enorme cabeza del idiota, coronada de camelias, se le aparece como una cabeza de ángel”. En la jornada inicial, Coimbra la perra sabia del titiritero de feria, Séptimo Miau, resume otro aspecto temático del drama al levantar la pata derecha en señal de que el sacristán Pedro Gailo, esposo de la sensual y disoluta Mari-Gaila, está destinado a ingresar en la cofradía de los Coronados. Y así es, porque ella se convierte en amante del mismo Séptimo Miau, lo cual conduce al desenlace de la tragicomedia. Detalle típico del humor valleinclanesco, es la conducta del maricón que, en la penúltima escena, convoca a la gente para que vea a los adúlteros fornicando en las brañas. Huido Séptimo, empieza -entre los relinchos rijosos de los campesinos- el espectáculo del escarnio de la mujer adúltera obligada a lucir su cuerpo y a bailar en el carro de Milón de la Arnoya, levantando “su blanca desnudez ante rl río de oros”. Entre las risas y las voces de los rústicos, llega Mari-Gaila al atrio de San Clemente donde se halla el pobre y grotesco marido. Este, que se muestra indulgente con el pecado de su mujer, dice en castellano -nadie le hace caso- “¡Quién sea libre de culpa, tire la primera piedra!”; al repetir la sentencia divina en el milagroso latín de la liturgia, la burla de los campesinos cesa en el acto. Así, en aquel desenlace irónico, Valle se mofa de la fe ingenua de los aldeanos que en realidad no comprenden la misteriosa sentencia dicha en latín. Sin prejuicio de la totalidad orgánica de Divinas palabras, algunas escenas destacan de modo especial; mencionaremos dos: en un momento el sacristán se emborracha y, consciente de su deshonor, intenta seducir a su propia hija Simoniña (II,6); después de muerto el enano, en una escena de naturaleza sobrenatural, el rijoso Trasgo cabrío visita a Mari-Gaila y parece anticipar la obscena danza final (II,8). Sencilla y simétrica en su composición, Divinas palabras es una de las obras más estimadas de valle-Inclán.

 

LAS FARSAS DE “TABLADO DE MARIONETAS” (1926)

 

            Tablado de Marionetas es el título de un volumen, publicado en 1926, donde se reúnen dos obras en verso, aparecidas primero en 1920 (Farsa italiana de la enamorada del rey y farsa y licencia de la reina castiza) y una prosa (Farsa infantil de la cabeza del dragón), que se estrenó con título abreviado en 1909, datando de 1914 su primera edición en libro. Insistimos en la fecha de estreno de La cabeza del dragón, porque ésta es ya una pieza pre-esperpéntica. Al coleccionar las tres en un tomo, Valle, siempre muy atento a las conveniencias editoriales, tenía una intención precisa, y de ahí el subtítulo del volumen: “para educación de príncipes”, propósito central en cada una de las breves obras. Con tono jocoso se dan en ellas “reglas” de buen gobernar o, en el caso de la farsa isabelina, de acento mucho más sarcástico, se presenta un ejemplo grotesco de cómo no se gobierna.

            La acción de La cabeza del dragón transcurre en el reino de la más alta fantasía, en un mundo fabuloso derivado de las novelas de caballerías y del Quijote, de los cuentos de hadas y narraciones populares, y de modo más concreto, quizá, de un episodio tomado de la leyenda de Tristán e Isolda.

            Las críticas a la España oficial indican que se ha despertado ya la conciencia social del autor, aunque la crítica no va más allá de la sátira cómica. Reserva, sin embargo, la sátira más aguda y graciosa para la Corte: reyes, ministros, generales (¡Fierabrás!) y toda la ridícula etiqueta, determinada en para por ¡una pragmática del buen rey Dagoberto! NO faltan en La cabeza del dragón , reminiscencias modernistas, en el decorado versallesco y en los cisnes unánimes, pero el estilo trasciende la época: la caricatura casi grotesca de los reyes y los cortesanos, con la sugestión de marionetas (“…meninas y pajes, damas y chambelanes acciona con el aire pueril de los muñecos que tienen el movimiento regido por un cimbel”); los movimientos abruptos de los personajes; la visión lugoniana e irónica de la luna; la equivalencia insinuada entre los hombres y los perros; y la tonalidad general de sátira suave se combinan con los elementos temáticos e ideológicos para dar a  esta farsa una calidad  singular. Finísima la ironía y finísimo el humor de La cabeza del dragón.

            Por muchos motivos la Farsa y licencia de la reina castiza marca un hito decisivo en la evolución de Valle hacia la esperpentización de la realidad. En primer lugar, es antecedente directo de las grandes novelas de El Ruedo Ibérico, porque presenta una visión caricaturesca y una estilización grotesca de la Corte, de su caprichosa política y sus personajes estúpidos. La farsa corresponde a la musa moderna, tan jovialmente saludada en el apostillón; el autor se ha propuesto contar en tono burlesco un complicado caso de chantaje ocasionado por la incontinencia epistolar de la reina, mujer “meridional” muy sensible a la atracción erótica. El acento cae sobre los aspectos más risibles de aquella “Corte de milagros”, y los personajes se dividen en dos grupos: uno rodea al Rey Consorte, de “adamada voz de eunuco”, y el otro acompaña a la Reina misma. En las últimas escenas de la noche en que se desarrolla la farsa, ambos grupos se juntan cuando la camarilla del Rey Consorte -deseoso de afirmar sus títulos de marido- irrumpe en la cámara regía donde la Reina está con el amante de turno.

            Los personajes de la historia se reducen a la condición de fantoches, que repetidamente salen y entran en escena con bruscos y exagerados movimientos. Dsi comparamos esta farsa con la anterior, notaremos enseguida que aquí se va muchos más lejos en la degradación y animalización del ser humano. Baste un par de ejemplos relativos a la Reina para ver hasta dónde llega el autor en esa dirección estilística: “ríe la comadre feliz y carnal, / y un temblor cachondo la baja del papo / al anca fondona y de yegua real” o este otro: “Sale LA SEÑORA, con la papalina / puesta sobre un ojo, y dando guiñadas. / Las fofas mantecas, tras la muselina / del camisón blanco, tiemblan sonrosadas.” Es obvio que el humor satírico en la farsa isabelina es mucho más sarcástico, y no sólo abarca la política sino otros aspectos de la vida nacional (la prensa, la casta militar y otras instituciones).

            Poquísimo residuo queda de la lengua o del decorado modernista, salvo una estudiada desvalorización sutil de ciertos tópicos de escuela. El lenguaje se basa mayormente en palabras y giros coloquiales tomados de las más variadas fuentes populares. En el apostillón inicial se ajusta Valle a una nueva coreografía popular y anti-modernista; la musa moderna “enarca la pierna, / se cimbra, se ondula / se comba, se achula / con el ringorrango / rítmico del tango / y recoge la falda detrás”.

            Un último detalle: cuando la farsa isabelina se publicó en libro (1922), dos años después de aparecida en La Pluma, la dedicó al monarca Alfonso XIII: “Señor: tengo el honor de enviaros este libro, estilización del reinado de vuestra abuela doña Isabel II, y hago votos porque el vuestro no sugiera la misma estilización a los poetas del porvenir.”

            La otra obra de 1920 inserta en Tablado de marionetas es la Farsa italiana de la enamorada del rey, que narra en verso os amores ilusionados de la dulce niña Mari-Justina por el rey viejo y narigudo, du decepción final al darse cuenta, en la tercera jornada, de la realidad de las cosas. La farsa termina con el casamiento de Mari-Justina y Maese Lotario, poeta y titiritero, portavoz del dramaturgo, que había glosado en unos versos los amores ideales de la niña inocente. Se asegura también el triunfo de la poesía y la fantasía, porque el Rey nombra consejero real a Maese Lotario, trocando “… por normas de poesía / los chabacanos ritos leguleyos”. Aún más que la locura ideal y quijotesca de Mari-Justina interesan en esta farsa el ambiente y la realidad literaturizada. Dos son lugares de la acción: una venta clásica castellana (Jornadas I y III) y una corte imaginaria del siglo XVIII, presentada con reminiscencias francesas, españolas e italianas. La realidad de la obra es eminentemente libresca, con infinitas alusiones literarias de toda clase, sobre todo cervantinas. Deliciosa es la sátira o parodia del teatro clásico español, de los estilos poéticos y de la Academia. El erudito y retórico don Facundo, a veces don Furibundo, cuyos títulos ridículos pretende un sillón en la docta casa es ese personaje bufonesco se ha visto una intencionada caricatura del académico Julio Casares. En la farsa italiana la sátira es jovial y alegre, sin los tonos acres o sarcásticos tan visibles en la del reinado de Isabel II. Pocos elementos esperpénticos se deslizan en esta obra. Es menos realista que la Farsa y licencia de la reina castiza y menos fantástica que La cabeza del dragón, a pesar de su base literaria. Por su ambiente y tonalidad se relaciona con la farsa de La marquesa Rosalinda.

 

“RETABLO DE LA AVARICIA, LA LUJURIA Y LA MUERTE” (1927)

 

Poco espacio va quedando para indicar el alcance de las cinco piezas que Valle agrupó en 1927 bajo este título significativo. En esta nueva colección de obrillas breves, la unidad del volumen se logra precisamente porque los pecados capitales mencionados en el título son temas de las piezas mismas. El propósito del autor, en estas cinco obras, ha sido dramatizar en forma directa y sencilla algunos casos en que destacan las motivaciones sórdidas y las pasiones bajas propias de la condición humana o sub-humana, y sus instintos primitivos y egoístas. De ahí la visión desvalorizadora que permea todas ellas.

            En este tomo llama en seguida la atención su estructura. Es un retablo medieval, con una tabla central de mayor extensión (El embrujado, 1913), alrededor de la cual se agrupan dos melodramas para marionetas (La rosa de papel y La cabeza del bautista, ambos de 1924) y dos autos para siluetas (Ligazón, 1926, que abre el volumen y Sacrilegio que lo cierra). Con excepción de la última pieza, que sucede en Andalucía, las demás tienen escenario gallego. El llamar siluetas a los personajes acusa quizá un lejano entronque con el teatro oriental al que alude Valle, en su vertiente japonés, en Farsa y licencia de la reina castiza, y en estas piezas, por el constante juego de luces y sombras,  tienden a ser proyectadas las figuras humanas. Este efecto lo produce, por ejemplo, la luz de la luna en Ligazón o las antorchas de la cueva de los bandoleros andaluces en Sacrilegio. El término melodrama implica, sobre todo en La rosa de papel, una desvalorización de ,lo sentimental y una lograda parodia burlesca del estilo retórico y declamatorio del teatro sentimental del siglo XIX. La tragedia del Embrujado, de fuerte sabor regional, puede relacionarse a su vez con una visión de Galicia algo menos idealizada; la tendencia realista culminará en la ya comentada Divinas palabras, con la cual tiene parentesco El Embrujado: la disputa sobre una criatura desvalida es, salvando las obvias diferencias, motivo central de ambas obras. Falta en la de 1913 la mirada esperpéntica, con implicaciones tragicómicas, que opera siete años después en Divinas palabras.

            A los temas fundamentales, señalados desde el título el volumen, habría que agregar por lo menos dos más. La superstición popular y las artes de brujería, en su versión galaica, son elementos importantes en Ligazón y en El Embrujado, obras en las cuales se manifiesta el poder infernal de una mujer. La lujuria no parece ser el ingrediente principal de Sacrilegio, cuyo tono es de farsa y parodia; el erotismo mezclado con lo macabro destaca en La rosa de papel y La cabeza del bautista, obras en que amor carnal y muerte se funden. De hecho ambas obras acaban en un abrazo fúnebre y fatal; no será ocioso recordar que se publicaron con la original calificación de “novelas macabras”: En la última de las piezas mencionadas, grotesca degradación esperpéntica del mito bíblico, con truculento argumento de folletín, al escenario gallego se le añade un fondo americano en los antecedentes de los personajes y en su lengua, preludio de la explosión lingüística de Tirano Banderas. Preocupado por la unidad esencial de su obra, Valle acertó al juntar, en haz compacto, una serie de obras estrechamente relacionadas entre sí por los temas y por la visión degradante de la humanidad que confirma, una vez más, la actitud desengañada del autor ante el mundo.

“MARTES DE CARNAVAL” (19390

 

Este volumen recoge tres esperpentos capitales: Las galas del difunto (1926), Los cuernos de don Friolera (1921) y La hija del capitán (1927), siendo el segundo, de compleja factura, una de las obras maestras de Valle-Inclán. Nueva colección homogénea y unitaria. Sobre el título de ella no se ha llamado todavía la atención. Aparte del obvio significado de este rótulo, conviene notar que en cada obra los personajes principales son unos, Martes de carnaval, es decir, militares ridículos y grotescos; ello indica desde el principio que el militarismo será aquí el blanco predilecto de la invectiva. Si en La cabeza de dragón se trataba el tema con aire de farsa alegre, sin mayores complicaciones, y en Farsa y licencia de la reina castiza advertimos una evolución hacia el sarcasmo, en las páginas de Martes de carnaval se desemboca en un ataque despiadado y frenético contra la casta militar y los males de que es responsable.

            Las galas del difunto presentan una desmitificación del tema de Don Juan. Juanito Ventolera, sorche repatriado después de la derrota en Ultramar, es el reverso del mito y el último paso en la trayectoria que arranca del Marqués de Bradomín, el dandy afrancesado, y de don Juan Manuel Montenegro, el fuerte hidalgo de las Comedias bárbaras. Según la teoría expuesta en Luces de Bohemia, uno de los héroes clásicos ha ido a pasearse ante los espejos deformantes del Callejón del Gato; el resultado es un don Juan esperpentizado y reducido a las circunstancias del mundo contemporáneo. La obra es, además, una transparente parodia del Don Juan Tenorio, de Zorrilla, obra citada expresamente en el texto. Juanito, de origen gallego, para lucirse en una cita con la daifa Ernestina, “la garza enjaulada” que trabaja en el prostíbulo de la Madre Celeste, va al cementerio para despojar de sus ropas al cadáver de un sujeto recién fallecido, el boticario Sócrates Galindo, que resulta ser padre de la prostituta, y así vestir las “galas del difunto”. En la escena del cementerio el irreverente Juanito se encuentra con unos pistolos que lo invitan a cenar y le recomiendan, para completar la indumentaria, que vaya a casa de la viuda y reclame el bombín del muerto. La esperpentización no se limita a lo militar y a la guerra vergonzosa, mero negocio de los galones: abarca también la usura de la Iglesia, la prensa y la literatura de folletín. Hasta la carta escrita por Ernestina pidiendo ayuda económica a su acaudalado padre fue copiada de un manual; desmayada la niña, Juanito la lee en los momentos finales de la obra. Aunque nada se dice del destino ulterior de la daifa, ahora heredera, puede que llegara a establecer su propio negocio, porque en La hija del capitán se hace alusión a un antro llamado Villa Ernestina. La dimensión paródica de las galas del difunto es muy acertada, y la divertida obra, entre macabra y grotesca, tiene un tono irreverente y sarcástico.

            Más fuerte aun en intención y lenguaje es La hija del capitán, ataque apenas disimulado a la dictadura militar de Primo de Rivera, cuyo gobierno, como ya señalamos, recogió la primera edición de la obra. Este esperpento trata de un golpe de Estado militar debido al asesinato -por error- de El Pollo de Cartagena y a los comprometedores documentos encontrados en su cartera. El glorioso general, vencedor de Periquito Pérez, llamado pachá Bum Bum, se sacrificará ´por la patria, por la Religión y por la Monarquía, salvando al país con el apoyo de toda la honrosa familia militar. El autor no perdona a nadie: aquí está la sociedad corrompida del Madrid moderno, crímenes y bajos fondos: al lado del general y de sus oficiales, se reflejan en los espejos deformantes los tipos amorales y achulados, de nombres pintorescos, tan abundantes en aquel mundo. Ni siquiera el Monarca, en la escena final, escapa de la más exagerada esperpentización.

            De propósito hemos dejado para el final el comentario de la obra más extensa y más lograda de las tres que componen Martes de carnaval. Los cuernos de don Friolera se estructura en tres partes claramente diferenciadas; un prólogo y un epílogo enmarcan la parte central. Cada división de la obra da una versión distinta de los celos y de las desventuras conyugales del Teniente de Carabineros, a quien, por la muletilla de que abusa, llaman don Friolera. Las tres versiones difieren en su forma literaria y en importantes modalidades de la acción, pero se relacionan íntimamente por una serie de correspondencias y paralelismos unificadores. Examinemos ahora esa composición tripartita.

            El prólogo se divide a su vez en tres partes: una conversación teórica en que intervienen don Manolito y don Estrafalario precede la representación de los muñecos del Ciego Fidel, a la cual sigue otro diálogo en que se comentan los méritos estéticos del paso que acaban de presenciar los dos “intelectuales”. Al ocuparnos en el presente ensayo de la estética del esperpento, ya aludimos, siquiera de modo somero, a las implicaciones teóricas de esas dos conversaciones. La representación escénica del bululú anticipa la forma dramática de la segunda parte, y los muñecos reales del titiritero ofrecen una visión cómica y no realista de la acción. Es una mera burla de cornudo o tragedia, y por el momento Valle no profundiza en el asunto, dándonos sólo un esbozo en miniatura de la acción posterior.

            En la parte central, más extensa, se presenta con todas sus posibilidades tragicómicas lo que pudiéramos llamar tragedia (ya no tragedia) de don Friolera. A diferencia de la representación anterior, los personajes son seres humanos, aunque reducidos a la condición de muñecos o fantoches. Al tema del honor se añade el de la venganza sangrienta y equivocada del pobre teniente: incitado por sus compañeros y por un anónimo que denuncia la conducta adúltera de su mujer, doña Loreta, dispara contra ella y mata a su hija. Acaba demente y por lo visto pasa al hospital.

            En el epílogo reaparecen don Manolito y don Estrafalario, presos por anarquistas, y desde la cárcel escuchan un romance de ciego que da la tercera y distinta versión de lo ocurrido. El romance hiperbólico presenta el reverso de la moneda glorificando al valiente don Friolera: se trata de una versión sensacional y fantaseada hecha por el pueblo de que el argumento se repita, necesidad que el autor del romance debe acatar.

            Indignado por la corrupción de la sociedad y de la política, Valle utilizando reminiscencias del drama de honor calderoniano y del Otelo de Shakespeare, plantea una situación potencionalmente trágica, pero desvalorizada por el aire de farsa cómica que le dan los personajes. Lo que distingue esta obra de las otras dos recopiladas en Martes de carnaval son algunas inflexiones trágicas, apenas visibles en La hija del capitán y Las galas del difunto: el pobre teniente es algo más de un mero objeto de risa. El esposo cincuentón, de lastimosa y radical capacidad, está atrapado por las circunstancias y éstas son consecuencia de un código militar -y social- estúpido, que nos abe superar. Recordemos: el esperpento es bueno por no ser absoluto. Al terminar nuestro examen del teatro de Valle-Inclán, podemos afirmar que Los cuernos de don Friolera, con cierta ambigüedad que oscila entre los más risible y lo potencialmente trágico, es una de las más perfectas realizaciones del autor, ocupando en su obra, al lado de Tirano Banderas, el nivel más alto.

 

EL POETA LÍRICO

Dadas las excelencias poemáticas de la prosa, al hacer el balance de la obra total de Valle-Inclán, la crítica no suele favorecer su poesía lírica. Esta parte de su creación tiende a ser postergada. Mal hecho; la poesía en verso no es en Valle actividad marginal, sino algo íntimamente relacionado con su labor de novelista y dramaturgo. Además de sus tres libros de poemas y de otras composiciones nunca recogidas en volumen, se recordará que al menos cinco de sus obras teatrales están en verso. No estudiar, pues, la poesía de Valle sería olvidarse de una faceta significativa de su obra, esencialmente coherente y unitaria, aunque se averdad que nunca alcanzó en el verso las altas calidades de su prosa.

            En 1930 Valle publica Claves líricas y, bajo ese título, reúne tres libros breves publicados con anterioridad. Cada uno de ellos representa una diferente actitud estética y un determinado cambio en su evolución. Aromas de leyenda (1907)es la evocación lírica y nostálgica de su natal Galicia: versos suaves articulados, en cuanto a temas y hasta en las imágenes, con Flor de santidad, la temprana visión idealizada de aquella región milenaria donde sobreviven las leyendas piadosas y las supersticiones de la Edad Media. Las composiciones de La pipa de kif (1919) corresponden a lo que Valle llama la musa moderna, que le inspira versos acrobáticos y joviales, típicos del vanguardismo. Es libro clave para explicar la trayectoria de Valle, porque prefigura, en los temas callejeros y en las disonancias verbales, su nueva postura ante la vida, luego acentuada en los esperpentos. Es obra de transición, abierta al futuro; marca el tránsito de un mundo a otro y evidencia un notable cambio en el estilo.. Por último, El pasajero (1920) se vincula con las doctrinas esotéricas ya expuestas en La lámpara maravillosa (1916) y contiene algunos de los poemas más intimistas de Valle. Esos tres poemarios registran modalidades líricas muy distintas entre sí, que corresponden a hitos fundamentales de la evolución artística e ideológica de Valle-Inclán: la idealización de Galicia, la realidad pintoresca -ya no del campo sino de la ciudad moderna; y al inmersión en el mundo hermético de la cábala y el ocultismo.

“AROMAS DE LEYENDA”

 

En la delicada y sugestiva poesía de Aromas de leyenda, cuyo subtítulo es “versos en loor de un santo ermitaño”, Valle rememora con añoranza la tierra galaica de su juventud, evocándola en sus aspectos más suaves y dulces. En esos versos sencillos, de tono eglógico, destacan las notas risueñas del paisaje y de la Naturaleza: mañanas frescas y azules, caminos florecidos y eras verdes; fuentes de claro cristal y agua plateada de las presas; la santa paz de la aldea que se despierta en la húmeda aurora, las brisas suaves y el sol de la tarde dorando la cima del monte. Todo embellecido en la visión de Valle. Tampoco omite, en su presentación de Galicia, la descripción de las alegres y sanas costumbres campesinas (“son de muñeira”). Y sobre todo se manifiesta la simpatía del autor por la caravana de tipos menesterosos, característicos de la región, que transitaba por los caminos salmodiando eternos dolores. Expresa también su fe en la redención futura de esos pobres de Dios que sufren las penas de vivir (“Lirio franciscano”), y en varias ocasiones recuerda a los ermitaños o peregrinos de las leyendas pías (“Prosas de dos ermitaños”, “Estela de prodigio”). Lo más humilde del vivir cotidiano y el amor a las cosas -por ejemplo, en un ´poema importante, “Ave serafín – declaran una actitud franciscana ante la creación, que por momentos nos hace pensar en el delicado prosista Gabriel Miró. Los siguientes versos indican hasta dónde llega la fraternidad cósmica que el poeta intuye en el mundo natural:

Tañía en la gloria del alba

Una campana celestial,

Y el alma de las yerbas, iba

Trémula de amor y humildad,

A juntarse con la campana

En el aire lleno de paz.

 

(“Estela de prodigio”)

 

            Es una poesía rica en percepciones sensoriales de toda clase; a través de ellas, se capta el alma antigua y cristiana de Galicia. Se oyen constantemente repiques de campanas en el aire azul y puro de las mañanas, trinos de pájaros, y apacibles murmullos de la campiña; se representan de modo especial las sensaciones olfativas que se asocian líricamente al recuerdo como en los primeros versos del libro:

 

¡Oh, lejanas memorias de la tierra lejana,

¡Olorosas a yerbas frescas por la mañana!

 

(“Ave”)

            Al lado de las sensaciones visuales, estos versos fragantes y sonoros aparecen llenos de cruces sinestésicos. En cuanto a la métrica, se nota la influencia formal de Darío y del modernismo, pero, como en Flor de santidad, de un modernismo esencial y asimilado, más cercano del simbolismo que del parnasianismo decorativo, un modernismo vuelto a lo indígena y no a lo exótico. La poesía de Valle, de gran variedad rítmica, es testimonio de la renovación métrica llevada acabo por los modernistas; la de Aromas de leyenda, de tono menor, descriptiva, a veces dialogada, se acerca al simbolismo por sus cualidades musicales y sugestivas. Rubén Darío exaltó la musicalidad y destreza rítmica de estos versos. En La lámpara maravillosa Valle pondera lo que llama el milagro musical, y copiaremos unos textos breves de este libro tan importante para penetrar en las intenciones estéticas del autor:

 

… Hagamos de toda nuestra vida a modo de una estrofa, donde el ritmo interior despierta las sensaciones indefinibles aniquilando el significado ideológico de las palabras.

… Adonde no llegan las palabras con sus significados, van las ondas de sus músicas. El verso, por ser verso, es ya emotivo sin requerir juicio ni razonamiento. Al goce de su esencia ideológica suma el goce de su esencia musical, numen de una categoría más alta…

 

            La esencia de Aromas de leyenda se ajusta a la teoría expuesta sobre el poder musical de la palabra.

 

“LA PIPA DE KIF”

            Aunque no se puede negar la existencia de un pequeño residuo modernista, en las formas métricas, ¡qué diferentes los versos disonantes, sarcásticos y hasta violentos de La pipa de kif comparados con los más bien suaves y delicados del libro anterior! Valle se lanza por nuevos caminos, en dirección a la truculencia de épocas posteriores. La tradición modernista de lo que es bello y lírico tiende a desmoronarse; apunta la poesía de crítica social; la rima, siempre consonante, se hace insólita y audaz; la poesía entra en el terreno de la caricatura jocosa; y se dan de alta en el poema tipos y escenarios del suburbio madrileño. Desde la segunda clave del volumen, escrita en eneasílabos pareados, se anuncian en forma de manifiesto poético las normas que informarán esta nueva poesía de 1919:

Por la divina primavera

Me ha venido la ventolera

 

De hacer versos funambulescos.

-un purista diría grotescos-,

 

Para las gentes respetables

Son cabriolas espantables.

 

…………………………………..

 

¿Acaso esta musa grotesca

-Ya no digo funambulesca-,

 

Que con sus gritos espasmódicos

Irrita a los viejos retóricos,

 

Y salta luciendo la pierna,

¿No será la musa moderna?

Los cambios son evidentes: se imponen un humorismo jovial y un marcado interés por lo grotesco; una actitud de desinterés irónico que recuerda a Laforgue o a Lugones se hace patente es esta poesía, deliberadamente intrascendente, orientada a la diversión y complacida en las piruetas anti-académicas. En fin: una despoetización de los mitos modernistas y del lastre literario y culto. La modernidad de lo presente y no el prestigio de lo pasado. ¿No hemos de ver una leve nota de parodia y contraste intencionado en los versos citados arriba, al conjugar la divina primavera con la ventolera? Por lo demás, cuando Valle escribe su propia sinfonía en gris mayor, llena de reminiscencias del poema de Darío, parece proponerse otro programa estético:

 

La triste sinfonía de las cosas

Tiene en la tarde un grito futurista:

De una nueva emoción y nuevas glosas

Estéticas, se anuncia la conquista.

 

(“Marina norteña”)

 

En la composición final del libro, donde evoca las sensaciones experimentadas por el cloroformo y “el amarillo olor del yodoformo”, escribe:

 

Cubista, futurista y estridente,

Por el caos febril de la modorra

Vuela la sensación,…

 

(“Rosa del sanatorio”)

 

¡Qué lejos de las suavidades bellas del paisaje gallego y de sus leyendas milagreras! Si en Aromas de leyenda predomina la música sugestiva, al modo simbolista, ahora la atención se concentra en los efectos visuales, a veces con violentos contrastes de color, recordándose, con obvia intención estética, a ciertos pintores predilectos (El Greco, Goya y Solana). Si antes los colores favoritos eran el azul y el blanco del ambiente cristalino de Galicia, en La pipa de kif se acentúan el negro y el gris.

            En este libro varios poemas tienen por escenario un ambiente popular de circo y feria; el espectáculo y los personajes se describen con abigarrado lenguaje coloquial, lenguaje del que extrajo magníficos efectos en sus grandes realizaciones tardías. Los tipos suelen ser peponas y payasos de circo, golfos y busconas, gitanos y bandoleros capaces de crímenes espantosos.

            En otra composición “Bestiario”, que destaca por su gracia, el poeta evoca con los ojos de la niñez a los animales de la Casa de Fieras, estilizándolos graciosamente en sus formas y actitudes físicas. Si en los esperpentos el ser humano se animaliza, aquí el animal se humaniza, y hasta los perros, en otra poesía, “se lamentan de los yerros / De la humanidad “Fin del carnaval”. Quisiéramos llamar la atención sobre el extenso y truculento poema narrativo, dividido en varias claves y titulado “El jaque de Medinica”, porque su última parte, la recapitulación del crimen, parece preludiar por su forma, con pregón de ciego y comento final, la compleja estructura de Los cuernos de don Friolera.

            La pipa de kif, por tonalidad y ambiente, es una salida del modernismo; sin romper formalmente con aquella herencia literaria, el poeta avanza hacia un concepto más contemporáneo del arte. Los sorprendentes versos de Valle, por su jovialidad y por su reacción contra la retórica y tradicional, coinciden con algunos aspectos de la poesía ultraísta surgida precisamente en aquellos años convulsos de las entreguerras.

 

“EL PASAJERO”

            Por la variedad temática creemos que en este volumen figuran composiciones que datan de épocas diferentes. Aun así, es obra con personalidad propia dentro de Claves líricas. El verso es más simbólico, más serio, de mayor contenido conceptual, aunque sigue siendo modernista en cuanto a su forma y expresión (“Como al cisne de la laguna / iba mi barca de marfil, / En el plenilunio de Abril / Sobre la estela de la Luna”, Clave XVII. Se vuelve a las visiones de la Galicia aldeana, de romería, y se incorporan también toques exotistas, sobre todo reminiscencias de México y de Argentina. Si El pasajero tiene una tonalidad especial es porque, como pocas veces, valle revela su intimidad de hombre meditabundo ante la vida y la muerte, la carne y el tiempo. Poesía subjetiva e intimista que aspira a expresar el sentido de su propia vida. Con frecuencia aparece el motivo del viaje, del yo peregrinante por el mundo en busca de las “claves del gran todo”, Clave IX. En esta trayectoria vital resuenan las notas de lo perecedero, de lo que pronto se apagará. En verdad, Valle parece estar echando cuentas, al evocar, de modo autobiográfico, su paso por el mundo, desde el despertar de la emoción infantil hasta la muerte inevitable y prevista.

            A pesar de su temática algo heterogénea, lo que asegura la unidad del libro es, como hemos dicho, su estrecha relación con las creencias esotéricas ya formuladas en La lámpara maravillosa: un vago misticismo, interés por lo arcano y lo pitagórico, la fuente gnóstica, las rosas simbólicas, de significado hermético, que figuran en la mayoría de los títulos, y por fin el afán de penetrar el misterio y de captar la armonía del universo:

 

Conversé con las rosas, y, como un amuleto

Recogí de las rosas, el sideral secreto

          Los números dorados

De sus selladas cláusulas, me fueron revelados.

 

(“Rosaleda”, Clave II)

 

La constante nota intimista del libro puede oírse en el soneto “Rosa de melancolía”, que -recogiendo ecos de Darío- representa de modo admirable lo más valioso de El pasajero:

 

Era yo otro tiempo un pastor de estrellas,

Y la vida, como luminoso canto

Un símbolo eran las cosas más bellas

Para mí: la rosa, la niña, el acanto

 

Y era la armoniosa voz del mundo, una

Onda azul que rompe en la playa de oro,

Cantando el oculto poder de la luna

Sobre los destinos del humano coro.

 

Me daba Epicuro sus ánforas llenas,

Un fauno me daba su agreste alegría,

Un pastor de Arcadia, miel de sus colmenas.

 

Pero hacia el ensueño navegando un día,

Escuché lejano canto de sirenas

Y enfermo mi alma de melancolía.

 

En vista de lo ya indicado sobre la poesía lírica de Valle-Inclán, no parece arriesgado recordar que cada libro de los incluidos en Claves líricas corresponde a una actitud diferente ante el mundo.

BREVES CONCLUSIONES

            La presente introducción a la obra literaria de Ramón del Valle-Inclán ha querido describir sus libros más importantes y situarlos en la evolución artística del escritor. Cuando se escriba, con la necesaria perspectiva temporal, la historia definitiva de las letras españolas modernas, es seguro que su figura ocupará uno de los sitios privilegiados en la constelación de excelentes escritores de la España del siglo XX. En los últimos años, las letras peninsulares han alcanzado nueva madurez universal, de altura europea, después de casi dos siglos durante los cuales sólo de modo esporádico se destacaron algunos escritores aislados (un Bécquer, un Galdós, por ejemplo). A este renacimiento contribuyó Valle, perfeccionando la prosa modernista y creando la expresión netamente contemporánea de los esperpentos. Partió de una tradición establecida para subvertirla y abrir nuevos horizontes para el arte. Si este prólogo sirve para incitar al lector a una mayor frecuentación de los textos de Valle-Inclán, habrá cumplido con su modesta función.

ALLEN W. PHILLIPS

Universidad de Texas (Austin)

Septiembre de 1969.

 

VALLE-INCLÁN, Ramón del, Sonata de primavera, Sonata de estío, Sonata de otoño, Sonata de invierno, Memorias del Marqués de Bradomín, Estudio preliminar de Allen W. Phillips, México 1981, Editorial Porrúa, S.A., pp. XI-LX.

 

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