martes, 13 de octubre de 2026

 

ARTE, CULTURA, ESCULTURA, ARQUITECTURA

PINTURA MEDIEVAL

Biografía de Luis Vélez de Guevara (1579-1644),

Casa del siglo XVIII donde estaba la natal de Luis Vélez de Guevara en Écija (fotografía de Marina Martín Ojeda).

La mayor parte de los datos biográficos conocidos del escritor fueron agrupados y dados a conocer por Emilio Cotarelo en 1916-1917, en un trabajo aún imprescindible[1]. Sin embargo, para una lectura más comprensiva desde la historia de esas noticias resulta pertinente el trabajo de Maria Grazia Profeti de 1965[2]. Luis Vélez nació en Écija en agosto de 1579, según la partida bautismal (aunque su hijo Juan adelanta la fecha en un año[3]). Tras graduarse como Bachiller en Artes en 1596 en la Universidad de Osuna, donde fue exento del pago de costas por pobre, entró al servicio del arzobispo de Sevilla, don Rodrigo de Castro, emparentado con el Duque de Lerma. En su compañía realizó diferentes viajes, de los que destaca la jornada de Valencia para asistir a las nupcias de Felipe III con Margarita de Austria. A este primer servicio de letras, le seguiría el de armas en una etapa a cuyo comienzo y final es difícil ponerles fechas. El propio escritor apunta una duración de seis años, en los que participaría en diversas campañas en Italia y en el Mediterráneo bajo el mando sucesivo del Conde de Fuentes, de Andrea Doria y de Pedro de Toledo.

En 1603 se registra su presencia en Valladolid. Se desconoce la continuidad de esa estancia en la ciudad que desde 1601 daba cobijo a la corte de Felipe III, pero es claro que se encontraba en ella en 1605, el año de mayor esplendor cortesano, marcado sobre todo por el nacimiento del príncipe heredero. A su cargo correría la escritura de una de las relaciones de las fiestas bautismales, hoy perdida (o sin identificar). El regreso definitivo de la corte a Madrid, a comienzos de 1606, debió de marcar también el final de la etapa vallisoletana de Vélez, ya incorporado al entorno de don Diego Gómez de Sandoval, conde de Saldaña, segundo hijo del Duque de Lerma. Hasta en cuatro ocasiones parece que contrajo matrimonio. Del primero, que debió de ocurrir al regreso de la milicia y del que enviudaría muy pronto, apenas se sabe nada. Los otros tres sí que constan fehacientemente. De sus uniones conyugales con Úrsula Ramisi Bravo (en 1608), Ana María del Valle (1618) y María López de Palacios (1626) nacieron varios hijos. La documentación generada por las bodas y los bautizos subraya inequívocamente la adscripción cortesana del escritor, al figurar como padrinos miembros destacados de la aristocracia. De sus hijos, destaca Juan, nacido en 1611, y heredero de su dedicación a la literatura y hasta de su futuro cargo en la corte del monarca. En su partida bautismal el padre es identificado como «criado del conde de Saldaña —quien ofició de padrino junto con su esposa— y poeta».

Efectivamente, la vida de Luis Vélez de Guevara se define por los servicios literarios a algunos de los grandes señores del momento. En el séquito del hijo de Lerma permanecería hasta 1618, no sin dificultades. Tras la caída del privado, sirvió a don Juan Téllez de Girón, marqués de Peñafiel, futuro Duque de Osuna. Y, por fin, cuando accedió a la corona Felipe IV, y probablemente favorecido por el Conde-Duque de Olivares[4], ocupó una serie de cargos palaciegos, que culminaron con el de Ujier de Cámara a partir de 1625, puesto en el que habría de permanecer hasta 1642, en que se lo traspasó a su hijo Juan. Sus cualidades para desenvolverse en tales círculos quedaron plasmadas en las conocidas palabras del Viaje del Parnaso, donde Cervantes le ensalza como «lustre y alegría y discreción del trato cortesano». La no obtención del hábito de Santiago, con que el monarca premió los servicios de otros artistas de su entorno, como Calderón, Rojas o Velázquez, podría considerarse un indicio más de sus antecedentes judíos, a los que también algunos estudiosos han achacado otros aspectos más o menos transcendentales, desde su cambio de apellido a algunos rasgos relevantes de su escritura[5]. En términos generales, los testimonios de la época muestran su buena integración en los círculos de la creación literaria. Unas noticias y otras dibujan una figura de la que son trazos el ingenio, el humor, la jovialidad; también un físico largo y delgado.

[1] «Luis Vé­lez de Guevara y sus obras dramáticas», BRAE, III (1916), pp. 621-52; IV (1917), pp. 137-71, 269­-308 y 414-444.

[2] «Note critiche sull'opera di Vélez de Guevara», Miscellanea di Studi Ispanici, 10, Pisa, Università di Pisa, 1965, pp. 47-174.

[3] Lo hace en una carta dirigida a Pellicer que editó A. Paz y Melia («Nuevos datos para la vida de Luis Vélez de Guevara», RABM, VII (1902), pp. 129-30.

[4] Véase Elliott, J. H., El conde-duque de Olivares. El político de una época de decadencia, Barcelona, Grijalbo-Mondadori, 1998, p. 209.

[5] Véase Peale, George, «Ingenio y cortesanía en El (dos notas sobre el haz y envés de Vélez de Guevara) Diablo Cojuelo», en Antigüedad y actualidad de Luis Vélez de Guevara, Amsterdam, Benjamins Publishing, 1983, pp. 233-253.

https://www.cervantesvirtual.com/portales/velez_de_guevara/autor_biografia/

 

La obra dramática de Luis Vélez de Guevara

Son 103 las obras dramáticas conservadas que se asocian al nombre de Luis Vélez de Guevara. De ellas hay 92 que se le pueden atribuir con bastante fundamento: 84 de autoría exclusiva (71 comedias, dos autos sacramentales, un auto navideño y diez piezas breves) y ocho de colaboración (todas ellas comedias). Las once restantes presentan problemas serios de atribución (ocho comedias de un solo escritor y tres supuestamente colaboradas).

Esas obras han sobrevivido en testimonios de diferentes formatos y grados de fiabilidad. Son sólo seis los autógrafos rescatados, correspondientes a otras tantas comedias, de las que son únicos testimonios críticos, salvo de la citada en primer lugar: El conde don Pero Vélez; El águila del agua y Batalla naval de Lepanto; El conde don Pero Vélez y don Sancho el Deseado; La cristianísima lis; El rey en su imaginación y La serrana de la Vera. Hay otras siete obras rescatadas exclusivamente en manuscritos. Cinco comedias de autoría más o menos segura: Los agravios perdonados; La creación del mundo; El negro del Serafín; El renegado de Jerusalén; El rey muerto; El triunfo mayor de Ciro, Saber vencerse a sí mismo. Una dudosa, El milagroso imposible, Santa Rita de Casia. Y un auto, La abadesa del cielo.

Hay manuscritos de quince comedias más, que también cuentan con impresos antiguos. Trece de auténticas: El alba y el sol; El amor en vizcaíno, los celos en francés y torneos de Navarra; Don Pedro Miago; El espejo del mundo; Los fijos de la Barbuda; El hijo del águila; Juliano Apóstata; La luna de la sierra; La mayor desgracia de Carlos V y jornada de Argel; El niño diablo; Los novios de Hornachuelos y La luna africana (en colaboración). Y dos de dudosas: Diego García de Paredes y La romera de Santiago y La luna africana (en colaboración).

De lo ya apuntado se deriva la importancia de la imprenta en la transmisión y recuperación del teatro de Vélez, en consonancia con lo que ocurre con los otros dramaturgos contemporáneos. Solo el 26 por ciento de sus obras cuenta con manuscritos; si bien, algo menos de un 13 por ciento se puede leer gracias a ellos exclusivamente. Las piezas con impresos antiguos suponen hasta el 87 por ciento; y alcanzan el 74 por ciento las que sólo se han conservado en este tipo de copias. Al analizar la tipología de esos impresos conservados, lo primero que destaca es la ausencia de una colección particular compuesta de partes con comedias del autor exclusivamente, como las que tuvieron Lope, Tirso, Guillén de Castro, Ruiz de Alarcón, Calderón, Rojas Zorrilla, Moreto o Diamante. Como fantasma bibliográfico debe considerarse el tomo de Comedias de Luis Vélez de Guevara. Primera parte (Sevilla, 1730), que menciona La Barrera[1]: nadie más ha hablado de ese tomo, cuya datación, en todo caso, es demasiado tardía. Resulta algo raro, dado su prestigio y que está en plena actividad en los años treinta, que es el gran momento de las ediciones en partes.

Bastantes de las obras de Luis Vélez se publicaron por primera vez en las colecciones de varios ingenios del siglo XVII. Siete son las que se encuentran en la denominada de Diferentes autores[2]. Hay hasta cuatro en dos de las primeras partes de Lope: la Parte 3 (1612, 1613 y 1614) y la Parte 5 [Flor de las comedias de España… Quinta parte] (1615 y 1616). Cinco más aparecieron en algunas de las cinco partes de la colección lisboeta de Doce comedias las más grandiosas[3]. Hay dos en la Flor de las mejores doce comedias… (1652). Y otras dos en el desaseado tomo de Doce comedias las más famosas que hasta ahora han salido a luz de los mejores y más insignes poetas. Primera parte (1697). También están presentes en otros libros colectivos del XVII no bien identificados. Uno de ellos es precisamente el que acoge más comedias suyas de todos los conocidos, hasta cinco: se trata del denominado Tomo antiguo de Schaeffer, hoy custodiado en la biblioteca de la Universidad de Friburgo[4].

Las comedias del escritor también aparecen en algunos de los tomos considerados extravagantes o espurios: una está incluida en la Parte 29 de Lope (1634); otra en El mejor de los mejores libros que han salido de comedias nuevas (1651 y 1653); y otras dos en el colecticio y fraudulento Doce comedias de varios autores (1638). Pero, sin duda, la colección que se lleva la palma en presencia de obras de Vélez es la de Nuevas escogidas (1652-1681), responsable primera de su difusión y supervivencia. Son 22 las comedias incluidas en los 47 volúmenes aparecidos desde la mitad de la centuria hasta la muerte de Calderón[5], que le confieren el cuarto puesto entre los dramaturgos más publicados, por detrás de Calderón, Moreto y Matos Fragoso, pero por delante de Lope y Tirso. Por lo que se refiere a otros géneros, hay una pieza navideña suya en Autos sacramentales con cuatro comedias nuevas… Primera parte (1655); un auto sacramental en Navidad y Corpus Christi festejados por los mejores ingenios de España… (1664); y piezas cómicas breves en Entremeses y flor de sainetes de varios autores (1657) y en Ramillete de sainetes escogidos de los mejores ingenios de España (1672).

El teatro de Vélez tuvo también una amplia difusión en el formato de sueltas, tan boga ya en el siglo XVII, y que casi llega a anular las partes desde finales de esa centuria hasta los últimos estertores del teatro impreso en el primer tercio del siglo XIX. Son 56 las comedias de las que nos han llegado testimonios de esta clase. Para 23 constituyen el único soporte de su supervivencia. La dificultad para determinar las fechas de escritura de sus piezas repercute en la determinación de las líneas de desarrollo de su teatro. Vélez comparte los problemas de datación de la dramaturgia áurea, ante la escasez de referencias externas o internas. Pero, a diferencia de los demás notables de la escena del momento, tampoco cuenta hoy con un estudio estrófico general, que podría ayudar en las tareas de secuenciación cronológica (y de atribución, incluso), donde estos análisis han demostrado una rentabilidad aceptable. El escritor solo dispone de un trabajo de M. Bruerton que apenas cubre una décima parte de su repertorio[6].

Con el refrendo de un tipo u otro de pruebas, puede proponerse esta cronología parcial: El capitán prodigioso, príncipe de Transilvania (1597-1598), El espejo del mundo (1602-1603), La hermosura de Raquel (primera parte) (1602-1605), La hermosura de Raquel (segunda parte) (1602-1608), La devoción de la misa (1604-1610), El rey don Sebastián (1604-1608), La obligación a las mujeres y duquesa de Sajonia (1606-1610), Los fijos de la Barbuda (1608-1610), Don pedro Miago (1613), El conde don Pero Vélez (1615), El caballero del sol (1617), Virtudes vencen señales (1617), Amor es naturaleza (1617-1618), El lucero de Castilla (1618-1619), Más pesa el rey que la sangre (1621-1622), El rey en su imaginación (1624-1625), A lo que obliga el ser rey (1625), Las palabras a los reyes (1625-1626), El príncipe esclavo (primera y segunda partes) (1628), Correr por amor fortuna (1632), El águila del agua (1632-1633).

El inventario bibliográfico que sigue es deudor de las propuestas de Cotarelo (1916-1917), Spencer-Schevill (1937) y Urzáiz (2002); y, desde luego, debe considerarse provisional: las fuentes primarias e incluso la propia nómina de títulos podrían aumentar con nuevos hallazgos o mermar ante eventuales evidencias de atribuciones erróneas, a medida que se conozcan mejor los fondos de las bibliotecas y, sobre todo, que se incrementen las ediciones críticas. En este sentido, han sido de especial ayuda los apartados bibliográficos que con espacio y rigor dedican a cada obra las introducciones de Manson-Peale.

[1] Catálogo bibliográfico y biográfico del teatro antiguo español desde sus orígenes hasta mediados del siglo XVIII, Madrid, Rivadeneyra, 1860. Edición facsímil: Madrid, Gredos, 1969, p. 466.

[2] Véase Profeti, M. G., La Collezione «Diferentes Autores», Kassel, Reichenberger, 1988.

[3] De ella se ha ocupado M. G. Profeti (1978).

[4] Falto de portada y preliminares, Restori y Profeti han conjeturado que podría tratarse de la «perdida» Parte 21 de Diferentes autores (La collezione…, 1988, pp. 21-27).

[5] Véase Cotarelo, E., «Catálogo descriptivo de la gran colección de comedias escogidas que consta de cuarenta y ocho volúmenes, impresos de 1652 a 1704», BRAE, 18 (1931), pp. 232-80, 418-68, 583-636 y 772-826; 19 (1932), pp. 161-218.

[6] «Eight plays by Vélez de Guevara», Romance Philology, VI (1953), pp. 248-53.

https://www.cervantesvirtual.com/portales/velez_de_guevara/autor_obra_dramatica/

 

Antonio Mira de Amescua. Biografía (Guadix, 1577-Guadix, 1644)

 

«Oh Musas, recibid al doctor Mira,
que con tanta justicia al Lauro aspira,
si la inexhausta vena
de hermosos versos y conceptos llena
enriqueció vuestras sagradas minas
en materias humanas y divinas».

Lope de Vega, Laurel de Apolo.


Mira de Amescua es nombrado en 1619 capellán del infante cardenal don Fernando de Austria (1609/1610-1641).

La fecha de nacimiento de Antonio Mira de Amescua en Guadix es el primer enigma de los muchos que su biografía contiene, ya que accedemos a ella a partir de los datos deducidos de una documentación auténtica, pero poco fiable. Las fuentes de las que se disponen son básicamente dos expedientes de limpieza de sangre de los cuales llega completo a nosotros solamente el de 1609, y el otro, de 1631, es trasladado parcialmente por Fructuoso Sanz, en 1914, perdiéndose el documento original a partir de esa fecha; además se cuenta con una serie de documentos indirectos que permiten deducir y modificar la información sesgada que los expedientes de limpieza de sangre ofrecen. Según este material la fecha de nacimiento parece que podría ser establecida entre 1574 y 1579, pero la última aportación a la biografía del autor accitano nos la ofrecen Roberto Castilla Pérez y Agustín de la Granja (2005), que apoyándose en Carlos Asenjo Sedano (1994) y en otras aportaciones propias, concluyen que la fecha de nacimiento fue el día de San Antonio Abad, 17 de enero de 1577.

Con respecto a los padres, el dramaturgo era hijo natural de Melchor de Mescua y Mira, este era descendiente de caballeros que habían prestado servicio en la toma de la ciudad de Baza y que, posteriormente instalados en Guadix, ocupan un papel destacado en la vida de la ciudad y mantienen relación de parentesco con varias familias importantes de ella. El enredo en la documentación surge a la hora de presentar  a la madre, en ella figura como tal Beatriz de Torres Heredia, soltera, procedente de Berja, que vivía junto a unos tíos, él médico conocido vecino y amigo de Melchor Mescua, y que entre los antepasados de Beatriz pudo existir una abuela morisca, pero nadie dice una palabra de por qué no se casó con el padre de su hijo, siendo los dos solteros, ni por qué no figura en los apellidos del niño, además ya no vive en Guadix en la fecha del primer expediente, sin que ningún testigo la mencione para nada más. En cambio, todos ellos resaltan que el niño se crio, alguno señala incluso que nació, en casa de su padre y que ha sido cuidado como hijo por sus dos tías solteras hermanas de su padre y que tenía un ama, que lo cuidaba muy bien. La hipótesis novedosa de Carlos Asenjo Sedano se basa en que en 1583 el padre de Mira libera a una esclava morisca, Angélica Micaela, de veintiséis años que le había correspondido en la cabalgada de la Ragua, durante la guerra de Granada, y que seguramente esa sería la madre y la razón por la que su padre no regulariza su situación, en cambio la libera antes de enviar el niño al Colegio de San Miguel en Granada. Si bien todas estas hipótesis tienen una base lógica, como concluyen los dos investigadores citados, desgraciadamente no existe documentación más explícita que las avale.

Siguiendo estas últimas aportaciones podemos decir que Mira inicia sus estudios en el año 1584 en Granada, con siete años y bajo el patrocinio del obispo de Guadix, de ello queda constancia en el documento que recoge la voluntad de su padre y sus tías de hacer frente a los gastos para conseguir que se ordene de tonsura, «acceda a corona», y después continúe con la carrera eclesiástica. Tal y como él declara, parece que continuó sus estudios en Alcalá de 1587 a 1591, de donde regresa siendo bachiller para continuar estudios en Granada donde se ordenará a la edad de dieciséis años; pronto, en 1593, se le adjudica el beneficio de la parroquia de Santa Ana en Guadix, que había establecido Hernando de Briviesca con fondos de la herencia de Diego Hurtado de Mendoza. Su formación en leyes parece que la lleva a cabo en Granada, durante los años 1594 a 1598, sin abandonar su ministerio en Guadix, como lo atestiguan una serie de gestiones que lleva a cabo para el obispo en la vecina ciudad de Baza. Sería seguramente en 1599 cuando viajó a Salamanca y se doctoró en Teología mediante un trámite breve, frecuente en la época, porque es en esta fecha en la que, según Asenjo Sedano (1994), empieza a firmar como doctor.

Por otra parte, su iniciación en el mundo de las letras queda recogida en una documentación muy variada; en primer lugar, en 1593 aparece noticia de una obra titulada Vida de San Torcuato que se representa en Guadix y que Asenjo Sedano le atribuye, aunque no se vuelve a tener noticias de ese texto; por otra parte, en 1597,  hace un poder notarial para que su padre cobre unas comedias que se le adeudan. Además de las citas elogiosas de Lope de Vega (1602) y Agustín de Rojas (1603) reconociéndolo como escritor de obras de teatro y, por último, aparece en la antología de Pedro de Espinosa, Flores de poetas ilustres de España (1605).

Para este tiempo ha estado ya en Madrid preparando lo que será su marcha definitiva de Guadix, pero antes han ocurrido una serie de acontecimientos importantes que lo mantienen a caballo entre Granada, y su ciudad natal. A la salida de la procesión del Corpus de 1601 su padre, por enemistades locales, es herido de varias estocadas y muere a los pocos días, lógicamente se emprende un pleito pidiendo justicia, que terminará con el perdón del ofensor por parte de la familia de Mira a cambio de una fuerte indemnización. Por otra parte, su pretensión para ser nombrado capellán en la Capilla Real de Granada, origen del primer expediente de sangre, ha dado sus frutos, aunque el obispo de Granada le pondrá impedimentos y no tomará posesión hasta 1610, fecha en la que además liquida su patrimonio en Guadix, ya que, debido a la muerte de sus tías, en 1603 y en 1606, ha heredado los bienes de la familia.

Pero la fecha de 1610 es importante porque marca la incorporación al mundo de la Corte del accitano, ya que es de los pocos escritores seleccionados para acompañar al Conde de Lemos a Nápoles, aunque él se incorpora un poco después retenido por los asuntos económicos, citados anteriormente, que deja resueltos. La estancia en Nápoles también está llena de incógnitas, hay pocas menciones a Mira, pero sobre todo es que las que hay son muy escuetas; aparece mencionado en las memorias de Diego Duque de Estrada y lo encontramos como ecónomo de la diócesis de Tropea, ciudad de Calabria relativamente cercana a Nápoles, y en calidad de tal cobra y realiza algunas gestiones.

En 1616 vuelve a Madrid con el Conde de Lemos y comienza un largo pleito con la Capilla Real de Granada, ya que desde esta ciudad el obispo le acucia para que se incorpore a sus obligaciones y él se resiste, buscando el apoyo del Rey para una serie de permutas con otras capellanías que no logra cuajar. En cambio, sí que consigue otro nombramiento importante, que suma al anterior, será capellán del infante cardenal don Fernando de Austria, en 1619. Mira, en este momento está en pleno apogeo de su éxito como autor de comedias y autos, y así lo encontramos citado en numerosas fuentes que recogen los acontecimientos importantes de la época, en los que participa, a veces como organizador, pero excepto en los documentos relacionados con la Capilla Real y algún pleito sobre su casa, son muy pocos los datos que nos dan noticia de su vida, quedando su faceta cortesana muy en la penumbra.

 

La vida de Mira da un brusco giro cuando, en 1631, solicita y consigue la permuta de su capellanía en Granada por una canonjía con el arcedianato en la Catedral de Guadix; este movimiento coincide con la salida de su señor, el Infante Cardenal don Fernando, primero hacia Cataluña y posteriormente a Flandes, sin que sepamos las razones que llevan a Mira a no acompañarlo ni a quedarse en Madrid. Lo que sí queda claro es el corte radical con el ambiente cortesano y literario, ya que no aparece a partir de 1632 en ninguna de las relaciones sobre acontecimientos de la Corte, como se puede ver en su ausencia en el Elogio póstumo a Lope de Vega que organiza Montalbán, buen amigo suyo.

La documentación local, sobre todo, las actas del cabildo nos lo muestran integrado con normalidad en el nuevo ambiente, excepto en algún choque con algún compañero de cabildo, estudiado por Roberto Castilla (1998). Pero esto no es obstáculo para verlo, incluso como encargado de festejos teatrales y musicales, aunque no se nos dan detalles sobre si escribe para estos acontecimientos o no, la faceta que recoge la documentación en esta etapa es la de poeta lírico, pues interviene en algunos certámenes en Murcia y Granada.

Cuando muere, el 8 de septiembre de 1644, se mantiene el mismo silencio que sobre su persona había caído a partir de 1632 y en su misma ciudad, Guadix, se pasa muy de puntillas sobre su muerte, en las actas del cabildo solo se la menciona cuando se procede a nombrar a su sucesor.

La dedicación de Mira de Amescua al teatro fue temprana como podemos comprobar por la documentación citada anteriormente, pues ya en 1597 da un poder notarial para que su padre cobre unas obras suyas, lo que nos lo establece como un autor dentro del circuito comercial del teatro. De hecho, tanto los elogios de Lope de Vega, como de Agustín de Rojas, nos lo sitúan en el espacio granadino, formando parte del grupo de escritores locales y antes de estar instalado en Madrid tenemos noticias que en 1604 una obra suya, La rueda de la fortuna, es representada en Toledo por la compañía de Juan de Morales. Posteriormente el aparecer mencionado entre los autores notables de la Corte, con motivo de acontecimientos diversos y su elección para acompañar al Conde de Lemos a Nápoles nos indican que fue un autor muy reconocido en su época.

Sin embargo, como acabamos de ver, la fama del accitano decae cuando en 1632 abandona Madrid y, sobre todo, a partir de su muerte. Y así los tópicos, sobre su condición de mero seguidor del teatro de Lope y de que, en esa imitación, es irregular y poco ágil, se repiten de un crítico a otro, sin apenas apoyarse en el conocimiento de sus obras, que apenas se editan, fuera de un par de títulos. Pero esta tendencia cambia a partir del interés que sobre su teatro se va a manifestar, primero en los seguidores de Menéndez Pelayo y después en el último tercio del siglo XX, pues, aparte de la meritoria tarea de recopilación de textos y edición que se realiza por parte de algunos investigadores americanos e italianos, en la Universidad de Granada el profesor Agustín de la Granja inició el «Aula Biblioteca Mira de Amescua», que tiene como objetivo la edición del teatro completo, del cual se han editado ya doce volúmenes (unas sesenta y seis comedias y dieciocho autos), además de la realización de tesis doctorales y celebrar periódicamente encuentros de especialistas en teatro del siglo XVII, con lo que la bibliografía de Mira ha aumentado considerablemente y su revalorización también.

La producción de Mira hay que valorarla a partir de verla englobada entre dos grandes autores, Lope y Calderón, con los que mantiene una relación bastante buena, por los elogios que se cruzan, pero también competitiva en la búsqueda de originalidad para sus obras, tal y como se reconocen mutuamente, lo mismo podemos afirmar con otros autores con los que a veces hasta colabora; no se trata tanto de un tema de préstamos, cuanto de compartir espacio y recursos para un arte, el teatro, que en ese momento es sobre todo un hecho social. Los años en Madrid, de 1604 a 1610, ya nos atestiguan a un autor englobado plenamente en el ambiente teatral con presencia constante en los estrenos, pero es a partir de su vuelta de Nápoles, en 1616, cuando se convierte en un nombre imprescindible en la vida cortesana, por el número de obras suyas estrenadas y su participación en los acontecimientos festivos.

Mira nos deja escritas sesenta y siete comedias, de las cuales algunas se atribuyeron a otros autores, a causa de su alejamiento de la vida pública a partir de 1632, por lo tanto, ese número es relativo pues está pendiente de que alguna otra le pueda ser atribuida. Además, escribe cuatro en colaboración con otros escritores como Calderón, Montalbán y Guillén de Castro. Dentro de este corpus encontramos toda la tipología existente en la época, tanto desde el punto de vista de su extensión, estructura y recursos escénicos como desde los argumentos y temas elegidos, es esta la base para la clasificación de Valbuena Prat que sigue en gran medida la establecida por Menéndez Pelayo para Lope. Su erudición en el campo histórico y teológico queda reflejada en toda su obra, perfectamente incorporada a su dominio de la retórica teatral, así como su capacidad poética le permite introducir fragmentos líricos de gran brillantez. Tiene tendencia a la complejidad de la acción, bien desdoblando los protagonistas o bien eligiendo dobles conflictos, que por razones del ingenio de algún personaje o la casualidad se enlazan; así el concepto y la traza como elementos estructuradores del enredo son básicos en su concepción del teatro.

 

Mira de Amescua toma posesión en 1610 del cargo de capellán en la Capilla Real de la Catedral de Granada.

Desde el punto de vista temático y argumental, aunque su repertorio sea muy similar al del teatro de su tiempo, hay tendencias que le interesan especialmente bien por su condición de sacerdote, bien por su condición de cortesano, sin que ambos aspectos dejaran de coincidir en muchos momentos. Dentro de este campo encontramos una serie de obras de tema histórico, español o extranjero, que es muy difícil que no estén relacionadas con un determinado conflicto en la Historia de la Iglesia o con algún tema doctrinal y, por supuesto, con una lectura del hecho histórico aplicada al presente, así ocurre con La rueda de la Fortuna, El primer conde de Flandes, La próspera y la adversa fortuna de D. Bernardo de Cabrera y otras muchas. Lo mismo podemos decir de las obras de vidas de santos o bíblicas que tienen también vertientes históricas, sociales o políticas muy marcadas. Es el caso de la obra más conocida de nuestro autor El esclavo del demonio, en la que junto al tema central del libre albedrío representado en el santo tentado, hay toda una serie de temáticas secundarias como el orden familiar, el matrimonio por amor y el bandolerismo, que nos lleva al plano social, aparte de que la vida del santo al ser histórica se incardina en la realidad. Si bien es menos conocida, La mesonera del cielo no desmerece en fuerza dramática con esos mismos elementos. La materia bíblica, muy utilizada como plano referencial en todas sus comedias, deja también hermosas obras con tema bíblico, como El arpa de David o El clavo de Jaël.

El argumento mitológico y palatino añade a esos contenidos, más o menos ambientados en el presente, la brillantez de su puesta en escena y el enredo divertido dentro de un campo moralizador universal, como vemos en El hombre de mayor fama que recrea la leyenda de Hércules como ejemplo de las primeras o La confusión de Hungría, que sería ejemplo de las segundas, situadas en un espacio y un tiempo convencional. En cuanto a la comedia de enredo, propiamente dichas, ya hemos indicado el entusiasmo de Mira por las trazas y los juegos de confusión y mal entendidos, quizás se le pueda ver como un paso hacia la comedia burguesa en los planteamientos posibilistas en cuestiones de honra, matrimonios desiguales, etc., es  el grupo más amplio, de entre ellas destacamos, La tercera de sí misma, No hay burlas con las mujeres  o La Fénix de Salamanca, esta última es un bello ejemplo, con todos los ingredientes de la comedia de enredo, doble acción amorosa, una dama vestida de hombre, un matrimonio pactado por intereses familiares que se deshace por el amor entre jóvenes, una pareja de graciosos, criado y criada, todo ello culmina en ese final feliz en el que el orden social se restablece y los protagonistas alcanzan lo que desean.

Con respecto a los autos sacramentales y de Navidad, la aportación del dramaturgo es muy interesante porque aunque el número que conservamos es modesto, unos dieciocho, nos muestra un gran abanico de tipologías y sobre todo introduce los grandes símbolos, procedentes de una lectura erudita y teológica de la Biblia, que serán la base de las grandes alegorías sacramentales de su tiempo, como es el caso de El heredero; en el auto de Navidad El Sol a medianoche tenemos un ejemplo de la complejidad que puede alcanzar Mira, pues el plano alegórico, en el que la naturaleza humana está sometida a la esclavitud por el pecado, caracterizado de turco bizarro, y San Juan, en imagen de niño, le profetiza el fin de su esclavitud, se une al plano ficticio de los pastores, que representan la realidad temporal de la humanidad, y todo ello se incorpora a un tercer plano, que representa fielmente el relato evangélico del Nacimiento, los tres coinciden en un acto final de adoración y justificación de todos los elementos, que semeja un gran retablo barroco. El sincretismo político y religioso sería el otro pilar en el que se sustentan sus modelos, pues adapta los contenidos dogmáticos a la circunstancia de unas celebraciones que, al tener carácter cíclico, recogen el momento histórico y también la necesidad de sorprender al público con novedades, así grandes acontecimientos, o simples efemérides, le sirven de pretexto para construir su alegoría y utilizarla con un sentido político, El erario y monte de la  piedad, La jura del Príncipe o La fe de Hungría, ilustran lo que decimos. Con respecto a las piezas menores, loas, entremeses y mojigangas, nos llegan muy pocas dado el carácter menor que se le da a este teatro y que influye en el poco cuidado en su transmisión, lo que se agrava al abandonar Mira el ambiente teatral y no cuidar la edición de sus textos.

Como poeta Mira participó en varios repertorios de su época, amén de justas y premios, su poesía entra dentro de la poesía de circunstancias y no alcanza la categoría de su teatro, aunque este le debe no poco a ese lenguaje barroco, brillante y sensorial.

Textos de interés para la biografía de Antonio Mira de Amescua

https://www.cervantesvirtual.com/portales/antonio_mira_de_amescua/autor_biografia/

 

Fernando de Rojas y el antiguo «auctor»

Por Rafael Beltrán, José Luis Canet y Marta Haro
(
Universitat de València)

Fernando de Rojas, «Comedia de Calisto y Melibea», Burgos, Fadrique Alemán de Basilea, 1499, f1r (edición facsímil: New York, Hispanic Society of America, 1909).

A partir de la edición toledana de 1500, siempre aparecerán en las octavas acrósticas iniciales del «Autor, escusándose de su yerro» los datos sobre su identidad: El bachjller Fernando de Royas acabó la comedja de Caysto y Melybea, y fve nascjdo en la Puevla de Montalván, perteneciente en la actualidad la Puebla de Montalbán a la provincia de Toledo.

Sobre su vida pocos datos conocemos, a no ser los extraídos del proceso que el licenciado Hernando de Rojas, nieto de Fernando de Rojas, entabló contra la ciudad de Talavera de la Reina para probar su «hidalguía» (Gilman, 1978: 486-493; Salvador Miguel: 2001: 71-103). Sobre la fecha de su nacimiento podemos conjeturar, a partir de los datos dados por el propio autor (quien afirma que acabó la obra siendo estudiante en Salamanca), que podría tratarse de la década de 1470. Según el proceso de la solicitud de probanza de hidalguía de su nieto, parece ser que los padres de Fernando de Rojas fueron Garci González Ponce de Rojas y Catalina de Rojas. En este mismo proceso se indica que Hernando de Roxas es un hidalgo notorio y conocido.

Fernando de Rojas estudió en Salamanca a fines del siglo XV, alcanzando el grado de bachiller, con el que él mismo se nombra en el acróstico inicial, mientras que en la carta de «El auctor a un su amigo» se declara «jurista» y estudiante en derechos (civil y canónico).

Se piensa que posteriormente volvió a la Puebla de Montalbán y allí residió hasta 1508 aproximadamente, pues en dicho año tomó posesión de la alcaldía de Talavera de la Reina, según aparece documentado en los libros de Acuerdos del Ayuntamiento (Valverde Azula: 1992). Ocupó el cargo de alcalde (cuya función era dictar sentencia en los pleitos civiles) y también de letrado, oficio que ejerció durante un periodo dilatado de tiempo, al menos hasta 1538. En Talavera de la Reina se casó con Leonor Álvarez, con la que tuvo varios hijos, siendo su primogénito Francisco de Rojas, a quien lega toda su biblioteca, el cual también ejerció como letrado en dicho Ayuntamiento. Murió en Talavera de la Reina en 1541, según se desprende de su testamento (Valle Lersundi: 1929).

Queda por establecer, finalmente, su presunta filiación de judío converso, según el proceso iniciado en 1525 por la Inquisición a Álvaro de Montalbán, su suegro, por judaizante, quien intentó, sin conseguirlo, que fuera su letrado el bachiller Fernando de Rojas. Este proceso ha servido para catalogar a Rojas de converso, e intentar así explicar algunos aspectos de la Celestina bajo esta corriente judaizante dentro de una sociedad que los perseguía. Sin embargo, los estudios más recientes, así como el que la obra de Rojas jamás tuvo problemas con la Inquisición ni con la Iglesia en el siglo XVI, ha hecho reconsiderar dicha postura. Nada en la obra atisba hacia una actitud de defensa de los planteamientos judaicos ni en defensa de los conversos, y finalmente en todos los otros procesos y peticiones de hidalguía, siempre aparece la familia de Rojas como hidalgos viejos y conocidos. Por ello, hemos de coincidir con Salvador Miguel en que: lo que realmente interesa es la imposibilidad de explanar la Celestina en función de presuntas claves judaicas, pues la explicación de su argumento como reflejo de un problema racial no se apoya en el más mínimo fundamento; tampoco existe base alguna para pensar que la Tragicomedia plantee una protesta social contra la situación de los conversos; la actitud del autor no deja al descubierto ningún flanco de supuesto ataque a la ortodoxia ni a la Inquisición; ningún aspecto de la obra se aclara desde la perspectiva del Rojas converso (2001: 85).

Fernando de Rojas, «Tragicomedia de Calisto y Melibea», Valencia, Juan Joffre, 1514, f1r.

A partir de todos estos datos, podemos hacernos una idea de los estudios realizados por el autor, y del ambiente donde se gestó la Celestina. El primer elemento que hay que tener en cuenta es que Rojas, según él mismo comenta en «El Autor a un su amigo» y en «El Autor escusándose de su yerro», es el continuador de un texto que encontró en Salamanca:

Yo vi en Salamanca la obra presente.
Movíme a acabarla por estas razones:
la primera, que estó en vacaciones;
otra, que oý su inventor ser ciente...

Por tanto, se encontraba en la ciudad de Salamanca realizando sus estudios de derecho, y quién sabe si también en artes, cuando encontró un manuscrito que decidió continuar durante su periodo vacacional. La Universidad de Salamanca destacaba en este momento por sus estudios en los dos derechos (civil y canónico), así como en teología y en artes liberales. Es un periodo capital, pues se asiste al cambio de la enseñanza tradicional mediante la incorporación de las nuevas corrientes del Humanismo italiano y del Nominalismo procedente de la Universidad de París. También influye en los grandes cambios de fines del siglo XV el nacimiento de la imprenta y su capacidad de difusión de los textos, que modificó sustancialmente el modo de educación eminentemente memorística anterior, pues a partir de estos momentos los estudiantes y profesores pueden poseer los ejemplares que se estudian en las universidades y tienen acceso a textos publicados en los lugares más remotos de Europa.

No podemos olvidar, tampoco, la renovación de los estudios de la lengua latina iniciados por Nebrija, cuyas Introductiones latinae seguían siendo el manual escolar principal, y cuyos discípulos (Alonso de la Cámara, Cerezo, etc.) fueron contemporáneos de Rojas. Por Salamanca pasaron ilustres humanistas italianos, como es el caso de Lucio Marineo Sículo, Lucio Flamminio, Pedro Mártir de Anglería o el portugués Arias Barbosa, que afianzaron la renovación intelectual. En este ambiente cultural, en donde los estudios de las obras clásicas terencianas y la comedia humanística latina formaban parte del bachillerato en artes, se educó Fernando de Rojas, y por tanto, es en este ambiente donde se encuadra perfectamente la Comedia de Calisto y Melibea, continuando y modificando dicha tradición escolar y universitaria. Proaza, humanista y corrector de la obra, afirma en los versos finales:

No debuxó la cómica mano
de Nevio ni Plauto, varones prudentes
tan bien los engaños de falsos sirvientes
y malas mugeres, en metro romano.
Cratino y Menandro y Magnes anciano
esta materia supo apenas
pintar en estilo primero en Athenas,
como este poeta en su castellano.
(pp. 612-613)

El antiguo «auctor»

En la epístola introductoria del «Autor a un su amigo», Rojas nos confirma que continúa un texto por él hallado:

Y, como mirasse su primor, su sotil artificio, su fuerte y claro metal, su modo y manera de lavor, su estilo elegante, jamás en nuestra castellana lengua visto ni oýdo, líelo tres o quatro vezes, y tantas quantas más lo leýa, tanta más necesidad me ponía de releerlo y tanto más me agradava y en su processo nuevas sentencias sentía. Vi no sólo ser dulce en su principal historia o fición toda junta, pero aun de algunas sus particularidades salían delectables fontezicas de filosophía; de otras, agradables donayres; de otras, avisos y consejos contra lisonjeros y malos sirvientes y falsas mugeres hechizeras. Vi que no tenía su firma del autor, y era la causa que estava por acabar; pero quien quier que fuesse, es digno de recordable memoria por la sotil invención, por la gran copia de sentencias entrexeridas, que so color de donayres tiene. Gran filósofo era. [...] Y porque conozcáis dónde comiençan mis mal doladas razones y acaban las del antiguo actor, en la margen hallaréys una cruz; y es en fin de la primera cena. Vale.


Hasta la fecha, muchas han sido las opiniones sobre si realmente Rojas continuó este primer acto, como él mismo afirma (incluso sugiriendo como posibles autores en las adiciones a la Tragicomedia a Juan Mena o Rodrigo de Cota), o por el contrario dicha alusión formaba parte de los tópicos literarios, como ocurre en muchas de las obras de ficción de la época, entre ellas las de caballerías. En tiempos bastante recientes se han multiplicado los estudios sobre las fuentes, refranes, sentencias, formas verbales, etc., utilizadas en el primer Acto y en los 15 añadidos por Rojas en la Comedia, y también frente a los 20 Actos de la Tragicomedia, incluso comparándolos con las interpolaciones posteriores.

Gran parte de los estudiosos, viendo los significativos cambios de estilo, lengua, construcciones verbales, fuentes, e incluso actitudes, se han decantado por aceptar la veracidad de la doble autoría, eso sí, sin poder asignar el primer Acto a un nombre concreto, ni mucho menos a los dos propuestos por el propio Rojas: Mena o Cota. Aunque no falten tampoco quienes afirmen una única autoría con convincentes razones (Miguel Martínez: 1996), incluso tres o cuatro. Pero siguen aún válidas las palabras de D. Marcelino Menéndez y Pelayo, cuando afirma que: En absoluto rigor crítico la cuestión del primer acto es insoluble, y a quien se atenga estrictamente a las palabras del bachiller ha de ser muy difícil refutarle (1910: XIX) y con la excepción acaso de Lorenzo Palmyreno en sus Hypotiposes clarissimorum virorum, todo el siglo XVI creyó en la veracidad de las palabras de Rojas y aceptó la Celestina como obra de dos autores (1910: XXIII).

Aceptando como probable la doble autoría de la Celestina, Rojas al haber continuado y acabado tan perfectamente el primer Acto, ha dado a la luz una obra maestra literaria universal y por tanto, hablaremos siempre de él como responsable final del texto que dio a la imprenta, quedando relegada la problemática de la autoría a los especialistas.

Bibliografía citada

  • GILMAN, Stephen, La España de Fernando de Rojas. Panorama intelectual y social de «La Celestina», Madrid, Taurus, 1978, pp. 486-493.
  • SALVADOR MIGUEL, Nicasio, «La identidad de Fernando de Rojas», en Gonzalo Santonja (coord.), Celestina. La comedia de Calisto y Melibea, locos enamorados, Madrid, Sociedad Estatal España Nuevo Milenio, 2001, pp. 71-103.
  • VALLE LERSUNDI, Fernando, «Testamento de Fernando de Rojas, autor de La Celestina», Revista de Filología Española, XVI (1929), pp. 366-88.
  • VALVERDE AZULA, Inés, «Documentos referentes a Fernando de Rojas en el Archivo Municipal de Talavera de la Reina», Celestinesca, 16-2 (1992).
  • MIGUEL MARTÍNEZ, Emilio de, La Celestina de Rojas, Madrid, Gredos, 1996.
  • MENÉNDEZ Y PELAYO, Marcelino, Orígenes de la novela, t. III, Madrid, Editorial Bailly-Baillière, 1910.

https://www.cervantesvirtual.com/portales/la_celestina/el_autor/

















  ARTE, CULTURA, ESCULTURA, ARQUITECTURA PINTURA MEDIEVAL Biografía de Luis Vélez de Guevara (1579-1644), Casa del siglo XVIII donde est...