Imágenes como agentes de santidad en series
pictóricas franciscanas: la escuela cuzqueña
Figura 1
Juan
ZAPATA INCA y taller, Los prodigios de las llagas, 1678-1684, óleo sobre
lienzo. Extraída de: Barroco hispanoamericano en Chile, 2020.
El propósito de este estudio es el
análisis de dos temas de la hagiografía visual de Francisco de Asís que
comparten, de ahí que despertaran mi interés, su ausencia de la cultura
figurativa monumental italiana y el uso de imágenes como motores del milagro1. Se trata de “El
incrédulo que raía los estigmas de un cuadro” y de “La decapitación del
obispo incrédulo”, episodios que a su vez inciden en el favor recibido de las
más altas autoridades cristianas por Francisco de Asís: Cristo y los apóstoles.
Ambos se incluyen en la serie pictórica realizada para la decoración del
claustro del convento franciscano de Santiago de Chile, espacio hoy
parcialmente musealizado2, aunque
parecen tener como prototipo el ciclo del cenobio seráfico de Cuzco3, realizado por el
pintor indio ladino Basilio de Santa Cruz en 1667-16684 y compuesto por
44 lienzos, a diferencia de los 54 aún existentes en Santiago de Chile –éstos
segundos de autoría compartida y una veintena de años posteriores5. De hecho, la serie
pictórica cuzqueña fue copiada y reelaborada en varias ocasiones a lo largo de
un siglo y medio, eliminando episodios y/o asociándolos de distinta manera en
un mismo cuadro; hecho que sin duda demuestra el éxito del programa iconográfico
debido muy probablemente a su elevada eficacia didáctica, al combinar imágenes
de gran narratividad con largas inscripciones, y a la existencia por entonces
de una escuela pictórica autónoma en los Andes centrales con sus propios
referentes.
La breve reflexión que presento en este
artículo se enmarca en mis estudios precedentes sobre iconografía franciscana
post-tridentina, iniciados antaño en mi tesis doctoral6 y continuados
con la reciente publicación de una monografía sobre las pinturas murales de
San Pietro in Montorio (Roma)7, y significa
sumergirme, por primera vez en mi caso, en la rica cultura colonial
latinoamericana, en concreto del virreinato del Perú. Se inscribe, por otra
parte, en el debate sobre la licitud y el uso de las imágenes sagradas en
tiempos de la Reforma católica, apostando en este caso por su valor no tan sólo
instructivo sino también medial de la divinidad. ¿Una imagen usada por la
divinidad debe ser sacralizada y, en consecuencia, objeto ella misma de culto y
representación? El cuadro dentro el cuadro, rememorando el título del ensayo de
Julián Gállego8, ¿es una construcción
visual y discursiva al alcance de todos los públicos (frailes y laicos;
letrados y analfabetos; españoles, ¿criollos, indios, negros y mestizos)?
En este viaje de la iconografía europea
de Francisco de Asís a la cusqueña, usaremos como referencia el conjunto
pictórico de Santiago de Chile por disponer de reproducciones fotográficas de
mayor calidad para explicar los episodios objeto de nuestra atención, y por ser
el ejemplo más amplio conservado en la actualidad con 54 pinturas. En el caso
de que fuera necesario introducir algún matiz en relación con las figuras o las
inscripciones del supuesto prototipo del convento de San Francisco de Cuzco
así lo haríamos. Resulta evidente la mayor calidad pictórica de este último,
que incluye un retrato del virrey conde de Lemos, cargo ejercido entre 1667 y
1672, en recuerdo de la visita hecha al claustro en su inauguración. Ambos
temas, “El incrédulo que raía los estigmas de un cuadro” y “El obispo
decapitado”, se emplazan tras la estigmatización, la muerte y las exequias del
santo fundador y están tan sólo separados por un lienzo, Francisco ante
el embarcador moro.
Análisis de
fuentes, literarias y visuales
En el primero de los cuadros objeto de
este análisis se representan dos episodios, como indica la duplicidad de las
cartelas oblongas y bien señala el frontis de un muro divisorio fingido
(fig. 1)9.
El emplazamiento de esta pintura dentro
de la serie y las líneas diagonales rojas que emergen en ambos casos de las
heridas del cuerpo de Francisco apuntan a la representación de milagros
relacionados con la estigmatización del santo; de ahí que haya sido
titulado Los prodigios de las llagas10. El suceso acontecido
en el monte Alvernia suscitó con los años las más variadas y fantasiosas
iconografías franciscanas dada la excepcionalidad del propio hecho: un bello
serafín de silueta cruciforme imprimiendo las heridas de Cristo en Francisco de
Asís. También las fuentes hagiográficas primitivas recalcan la incredulidad que
causó en los coetáneos, solicitando sus compañeros que se las mostrara o
intentando verlas a hurtadillas (fray Maseo o fray Rufino, por ejemplo). El
suceso milagroso dispone de una fuente literaria específica, de autoría y fecha
inciertas, titulada Consideraciones sobre las llagas, pero anterior
en cualquier caso al siglo XIV11.
El quinto capítulo es una primera
compilación de los milagros obrados por el cuerpo del santo, titulado:
“Apariciones a santas personas relacionadas con las llagas”. Uno de los últimos
prodigios relatado corresponde al representado en el lado derecho del
lienzo, La incredulidad del pontífice Gregorio IX, quien, dos
años después de la muerte del santo, sería responsable precisamente de su
canonización (1228). En uno de sus sueños se explica cómo la retoma que hizo
sostener Francisco en una aparición al pontífice rebosaba de la sangre que
emanaba de su herida costal12. En cambio, el
segundo milagro no es consignado en las Consideraciones sobre las
llagas. La leyenda de la pintura dice así:
Incrédulo
al prodigio de las llagas, llevaba mal un indevoto que (se) pintara a Nuestro
Sto. P. S. Francisco con ellas y de una pintura que en su casa
tenía en la pared raíalas con un cuchillo y volvían a aparecer más hermosas. Un
día impaciente arrimó una escalera a la pintura y raspó como solía las llagas,
y de ellas salieron cinco arroyos de sangre tan copiosos que le derribaron en
tierra y le hallaron de esta forma con que caió. Ex vita Santi
Francisci13.
En la mayoría de estas series cuzqueñas
se introduce la fuente de procedencia del hecho representado en la inscripción
(aunque no siempre de manera precisa o correcta), una actuación con la que se
pretendía legitimar lo narrado con una voz de autoridad. En este caso, el
primer relato biográfico donde hemos podido localizar el episodio concreto es
en el Floreto de Sant Francisco de Asís14, un texto que
había sido considerado la traducción al castellano de Las Florecillas…,
pero que la edición crítica de Juana M. Arcelus Ulibarrena demostró ser
una obra autónoma, editada en Sevilla el año 1492 y concebida bajo inspiración
del cardenal reformista Jiménez Cisneros. El dato lingüístico, como apuntaré
más adelante, es probablemente fundamental; pero ahora me interesa subrayar que
el protagonista de la actuación vandálica en el relato literario recae en un
fraile de la orden de Predicadores (“[…] el qual así aborrescía a
sant Francisco cordialmente”15) y que la imagen con
los estigmas se hallaba en el refectorio de un convento. Por tres veces rascó
la pintura antes de que empezara a emanar la sangre que lo derribó de la
escalera. Tras el milagro, el anónimo dominico se convirtió en un ardiente
devoto de san Francisco y visitó el monte Alvernia16.
En el segundo tercio del siglo XVII
estaba firmemente asentada la transmisión iconográfica y estilística a través
del grabado en el arte occidental, dada su multiplicidad y facilidad de
transporte. En el mismo convento de San Francisco de Asís de Cuzco se
conserva un gran lienzo pintado con la historia de la Orden de los frailes
menores en forma de monumental árbol (fig. 2)17, con el fundador a
los pies y los miembros de la orden distribuidos como ramas bajo la protección
superior de la Inmaculada Concepción; una crónica visual basada en la
composición grabada por Pieter de Iode en Amberes el año 1626 y compuesta a su
vez por doce estampas (fig. 3)18.
Figura 2
Juan
ESPINOSA DE LOS MONTEROS, Epílogo de la orden franciscana en forma de
árbol, 1655, óleo sobre lienzo, Convento de San Francisco, Cuzco,
escalera.
Figura 3
Pieter
de IODE, Epilogvs totivs ordinis seraphici P.S. Francisci...,
1626, óleo sobre lienzo, 184 x 126 cm, Monasterio de la
Puríssima Concepción, Palma de Mallorca.
La especificidad y la complejidad de
estas temáticas son indicios suficientes para suponer que los modelos eran
proporcionados a los pintores por la comunidad que encargaba la ejecución de
las pinturas. Así, los dos episodios incluidos en el lienzo Los
prodigios de las llagas se encuentran en una serie de grabados editada
por Thomas de Leu (ca. 1555-1612), entre los años 1602 y 1612,
titulada Seraphici Patris S. Francisco Ordinis Minorvm Fondatoris
admirada historia, aunque en estampas correlativas y asociados a otros
temas19. El sueño de
Gregorio IX comparte escenario con la propia Estigmatización (fig. 4)20 y el accidentado
de la escalera, con otro incrédulo que fue lesionado en su mano izquierda
(fig. 5)21.
Figura 4
Thomas
de LEU (excudit), Stigmatvm Christi in Francisco demonstratio,
1602-1614, grabado, Museo Francescano, Roma.
Figura 5
Thomas
de LEU (excudit), Miracvlis confirmatv Stigmata, 1602-1614,
grabado, Museo Francescano, Roma.
Esta serie parisina, editada en más de
una ocasión22, tiene como punto de
partida la de Philip Galle, impresa en Amberes en el año 158723. Es un producto
editorial de gran calidad y erudición concebido poco después de la reconquista
de la ciudad por Alejandro Farnese24, que sirvió como
modelo, desdoblándose sus episodios de agrupación temática, en múltiples
hagiografías visuales del santo de Asís posteriores a la Reforma católica25. De este modo, tanto
el milagro de Gregorio IX como el rayador de los estigmas se incluyen en
la estampa flamenca titulada Stigmatvm in corpore S. Francisci
demonstratio, junto a otros dos episodios, en un formato muy pequeño
(fig. 6)26. Tanto en la
colección gráfica francesa como en la flamenca es un fraile el escarmentado con
la caída.
Figura 6
Philip
GALLE (excudit), Stigmatvm in corpore S. Francisci
demonstratio, 1587, grabado,
16 x 2 cm-26 x 32,5 cm, Museo Francescano, Roma.
Si tuviéramos que decantarlos por un
modelo para la concepción de esta pintura de la escuela cuzqueña, es probable
que escogiéramos los grabados de Thomas de Leu, y no tan sólo por el mayor
tamaño de las escenas concretas sino por la certeza de la circulación de otras
series de este mismo impresor por aquellos años en Cuzco, como la que inspiró a
Juan Espinosa de los Monteros el ciclo pictórico de la vida de
santa Catalina de Siena en 1669, de Jan Gerrits Swelinck e idéntico editor27. De hecho, este
grabador, de origen neerlandés e instalado en Francia desde 1580, se dedicó al
comercio de estampas con intermediarios en Grenoble y Orléans, llegando muchas
de sus composiciones a España28. A pesar de esta
consideración, los grabados de Leu no pueden entenderse como un modelo literal,
sino más bien como un claro referente iconográfico. Como sostiene la crítica
actual29, una de las
características de la pintura virreinal americana es la libertad con la que
interpretan las fuentes, desconocedores los pintores autóctonos –criollos o
indios– de los modelos europeos pictóricos, focalizando y ampliando acciones y
detalles sin excesiva tradición hasta entonces y creando así obras de gran
originalidad.
Mayor contundencia visual posee el
segundo lienzo objeto de nuestra atención: El obispo decapitado (fig. 7).
Figura 7
Juan
ZAPATA INCA y taller, El obispo decapitado, 1678-1684, óleo sobre
lienzo, Museo Colonial San Francisco, Santiago de Chile. Extraída
de: Barroco hispanoamericano en Chile, 2020.
La existencia de una sola leyenda en la
pintura indica la representación de un único tema a pesar de la
compartimentación lateral del espacio pictórico en un dormitorio, a la
izquierda, y una capilla, a la derecha. Diversos personajes en pie intentan resolver
el enigma que plantea el solitario cuerpo seccionado del prelado sobre su
lecho, con la cabeza cortada en la alfombra y la mitra bien dispuesta encima de
una mesa. Aunque la composición recuerde diversas imágenes de Judith y
Holofernes, tanto en pintura como grabado, el lienzo no deja de sorprender por
la valentía del escorzo escogido y por la condición de su protagonista. Al otro
lado, un sacerdote reza ante un altar presidido por un retablo. La cartela
inferior, sostenida como es habitual por una figura infantil, dice así:
En la Iglesia de un obispo que perseguía la
orden de los Menores, había una imagen de San Pablo con una espada en la
mano y otra de Nuestro P. S. Francisco con una cruz. Una noche oyó el
sacristán que la imagen de San Pablo hablaba y ofrecía a la de
N. Padre San Francisco el alfanje para que quitase la vida a aquel
obispo perseguidor. A la mañana se hallaron trocadas las insignias de los
Santos. San Pablo con la cruz y Nuestro Padre San Francisco con la
espada ensangrentada y el obispo amaneció degollado.
Las dos escenas descritas responden,
pues, a una secuencia temporal y la figura del retablo con sayal sostiene, en
efecto, un arma blanca con el filo embrutecido.
En el estudio iconográfico de
M. Carmen García-Atance de Claro se transcribe una fuente hagiográfica con
la narración del suceso30. Se trata del Epílogo
de la vida, muerte y milagros del Serafín llagado, y singularissimo patriarca
San Francisco escrito por el teólogo conquense Juan de Soria
Butrón y publicado en 1649 cuando el autor residía en el convento observante de
Cuenca31. En función de este
relato, el obispo ahora decapitado tenía la intención al día siguiente de
solicitar la supresión de la Orden franciscana al papa, sin precisar el texto
ni el lugar ni el momento de la acción. El biógrafo fraile advierte que: “[…]
es de los más prodigiosos hechos que cuentan de san Francisco” y a
continuación, quizás por incredulidad, remite a la fuente: “[…] segunda parte
de las Crónicas seráficas antiguas, en el lib. octavo, cap. treinta y seis”;
una cita demasiado concreta para dudar de su existencia, aunque aún tengamos
pendiente la identificación32. El episodio del
prelado asesinado continúa su singladura literaria y unas décadas más tarde se
compila en la Crónica, también en lengua castellana, de fray Damián
Cornejo33, editada por vez
primera en Madrid en el año 168234. La inclusión en esta
obra amplió sin duda las posibilidades de recepción, dadas las cuantiosas
impresiones existentes, aunque debemos subrayar que su primera edición es
posterior a la pintura de Basilio de Santa Cruz. Tanto Soria como Cornejo
describen las figuras de Pablo y Francisco integradas en una vidriera de “vivos
colores” y pretenden evidenciar con su diálogo la humildad del fundador en su
aceptación pasiva de los agravios, en contraste con la determinación doctrinal
del treceavo apóstol, quien cede su espada en aras de enmendar
la calumnia.
Este extraño prodigio se suma a la
amplísima nómina de episodios que remiten al triunfo de la justicia divina en
las artes del barroco, procedentes de repertorios temáticos muy diversos:
bíblicos, mitológicos, alegóricos, emblemáticos, y también hagiográficos. A
pesar de ello, es poco probable que el tema del obispo decapitado tuviera
fortuna visual en Italia o Flandes, citados en tanto que territorios creadores
de iconografía franciscana. Semejante tema podría interpretarse como una
invitación a la derogación de la autoridad eclesiástica; y más aun estando
inscrito en un ciclo franciscano: una orden que desde su fundación tuvo
miembros y secciones acusados de asomarse a la herejía, y teniendo también
cercano en el tiempo el inicio de la reforma protestante. En América el
“encuentro” con el cristiano europeo (civil o religioso, seglar o regular,
castellano o portugués) significó la asimilación forzada de una nueva cultura
en bloque. Además, el relevo en las estructuras de poder y las guerras
fratricidas, recurriendo a la violencia y al asesinato, formaba parte de la
memoria histórica reciente de los fieles. En este sentido, basta recordar que
el retrato del inca Huáscar decapitado había sido exhibido públicamente en Lima
con una voluntad claramente ejemplarizante35. Por eso, aunque
sabemos que la crueldad de la imagen afectó también la sensibilidad de las
capuchinas del convento de la Santísima Trinidad de Chile, quizás deberíamos
obviar la contrariedad que nos despierta la observación de la imagen de un
obispo decapitado en el interior de un convento, fruto de nuestra mirada
eurocéntrica36.
No hay duda de que estas pinturas fueron
concebidas para el consumo de la población local con todas sus complejidades y
contradicciones. Un gesto evidente de aclimatación visual del relato a la
realidad artística cuzqueña es por ejemplo la substitución del vitral
visionario por un retablo tallado que se ilustra en la pintura, de morfología
similar al que podía encontrarse en las capillas del lugar y que suele hallarse
en otras obras.
Jaime Lara, conocedor de las tesis
escatológicas y joaquinitas que reinaban en el seno de la orden a mediados del
Seiscientos en el virreinato del Perú37, interpreta la
representación de este magnicidio como un símbolo de la rivalidad entonces
existente entre la iglesia regular y secular en el control de las misiones y la
evangelización38. El largo obispado de
Manuel de Mollinedo y Angulo (1673-1699), promotor artístico y reformador de la
diócesis, estaba por empezar cuando la obra de Basilio de Santa Cruz fue
pintada39. Sus predecesores
inmediatos fueron Pedro de Ortega Sotomayor (1651-1658) –sepultado en la
iglesia de San Francisco–, Agustín Muñoz de Sandoval (1659-1661) y
Bernardo de Isaguirre Reyes (1662-1670).
En el texto de Juan de Soria y Butrón, la
narración del prodigio del prelado decapitado concluye con una alusión textual
a la heroína bíblica: “[…] el Obispo pretendiendo a una devota Bethulia
perseguir, como otro Olofernes, fue degollado de una mano mejor que de Iudith”40. No resulta extraño,
entonces, que el pintor recurriera a fuentes visuales con este tema durante su
proceso creativo. De hecho, la visión frontal del cuello sesgado y la
colocación de los brazos, el derecho un tanto dislocado, remiten a un grabado
flamenco de Martín de Vos (1585) con Judith y la sirvienta Abra de pie en
frente de un lecho de aparatoso dosel. Las cabezas cortadas de santos, un tema
pictórico y escultórico de amplio espectro durante el barroco, también pudieron
inspirar la representación de la testa mutilada del obispo reposando en la
alfombra, como la de san Juan lo hizo en la campiña romana tras dar origen
a tres fuentes41.
Este tema obtuvo cierta fortuna visual en
tierras del virreinato; presente en la serie franciscana de la capital andina y
en los conventos chilenos de los franciscanos y las capuchinas, también lo
hemos podido localizar en el convento cuzqueño de La Recoleta, realizado –según
la información que consta en una de las inscripciones– por fray Juan de la
Concepción Beraún en el año 1719 (fig. 8)42.
Figure 8
Fray
Juan de LA CONCEPCIÓN BERAÚN, El hallazgo del cuerpo de Francisco de
Asís por Nicolás V y los milagros de las llagas, óleo sobre lienzo,
1719, La Recoleta, Cuzco. Imagen facilitada por Victoria Jiménez.
La pintura narra en gran formato el Hallazgo
del cuerpo incorrupto de Francisco de Asís por Nicolás V43, mientras
que cuatro tondos dispuestos de manera lineal ilustran diversos prodigiosos del
santo. Los dos centrales son los dedicados al “Obispo decapitado”,
desdoblándose las acciones acontecidas en la capilla y el dormitorio.
La repetición selectiva convierte esta
serie franciscana de la ciudad de Cuzco en un claro referente local gracias,
probablemente, a la calidad del pintor indígena Basilio de Santa Cruz
Pumacallao, pero también gracias al momento histórico preciso –tras el
cataclismo natural de 1650–, gracias a un cierto renacimiento incaico y, por
fin, gracias a la ideología dominante, escatológica y apocalíptica, que
permitió el desarrollo de nuevas iconografías. Ya no son tan sólo cuatro los
ciclos pictóricos que se derivan, como apuntaba el estudio de Luis K.
Melbold44. Victoria
Jiménez, en su investigación doctoral, resolverá sin ninguna duda otras
incógnitas acerca de la contratación de estas series hagiográficas, en que la
originalidad no era un valor dominante45, y sobre los
mecanismos de producción del área cultural cuzqueña, tanto a nivel social como
técnico46. Esperando a ello, y
bajo mi aportación metodológica, considero importante demostrar la existencia
de una renovación temática respecto a los ciclos franciscanos europeos de la
primera modernidad y el papel que en ella desarrollaron las vidas y crónicas en
lengua castellana. No hay duda de que en la pintura virreinal andina tomaron
protagonismo episodios hasta el momento secundarios en Italia o Flandes. Dichos
episodios fueron transmitidos a través de los textos recopilatorios de Marcos
de Lisboa, Juan de Soria Butrón o Damián Cornejo, y que se generaron nuevas
imágenes a través de los exegetas del momento, de Pedro de Alva y Astorga –por
ejemplo. A nuestro parecer, y como apuntó Francisco Stansky a inicios de los
ochenta47, esta creatividad
sitúa la pintura cuzqueña en un primer orden internacional en lo que atañe,
desde mi punto de vista, a la iconografía franciscana, y por extensión
cristiana, más allá del ámbito territorial propiamente colonial. Un nuevo
ejemplo nos puede ayudar a demostrarlo.
Adriana Lara Silva relacionó, en su tesis
doctoral, los once lienzos conservados en el Museo Regional de Guadalajara
(México) con el contrato acordado en Sevilla, el 13 de febrero de 1694, entre
el presbítero Fernando Ramírez de Arellano y el pintor murillesco Esteban
Marqués de Velasco, para la realización de una serie de la vida de
San Francisco con objeto de ser enviada, un año más tarde, por flota a
Nueva España48. Con independencia de
la validez de esta teoría, sobre la cual no es nuestro propósito interrogarnos,
en la escritura se detallan los temas que debía representar el pintor andaluz y
se menciona “[…] otro cuando degolló al obispo”49. En el museo
mencionado se exhibe un lienzo con esta temática, sin que la investigadora
pudiera localizar entonces cuál era la destinación exacta del conjunto
pictórico (fig. 9)50.
Figura 9
Esteban
MARQUÉS DE VELASCO, San Francisco corta obstáculos a la labor
franciscana, 1695, óleo sobre lienzo, 390 x 318 cm, Museo
Regional, Guadalajara (Jalisco). Extraída de: Lara Silva, 2014.
Parece claro que el presbítero Fernando
Ramírez de Arellano actuaba en esta escritura como agente comercial. Lo
interesante del caso es saber que era miembro de la orden franciscana y que
obtuvo licencia para viajar al Perú en 1678. Este hecho explica en mi opinión
el porqué del encargo de un episodio con tan poca tradición figurativa en
España51. En fecha del acto
notarial, Fernando Ramírez de Arellano podía conocer los ejemplos de las series
de Cuzco (1667) o Lima (1679). El pintor sevillano, ajeno a las obras de la
escuela cuzqueña, concibió una composición totalmente autónoma. En ella no existe
una división espacio-temporal y el sacristán, en el umbral de la puerta abierta
del dormitorio episcopal, señala una vidriera con las figuras de San Pablo
y San Francisco, como si se tratara del típico personaje introductor al
milagro. Al fondo, sobre el lecho, el cuerpo decapitado del obispo. Al no estar
dividido el prodigio en dos episodios resulta complejo enlazar los elementos y
comprender el milagro narrado. Este caso ilustra un viaje iconográfico de ida y
vuelta, que acabó generando cadenas de transmisión estilística52. Un tema con una
sólida tradición figurativa en Cuzco fue encargado en Sevilla para que fuera
enviado a Nueva España, concibiéndose en consecuencia una composición ajena a
los modelos de la capital andina.
A mediados del seiscientos, la
convivencia de la población indígena con la imagen figurativa europea estaba
totalmente asentada y así lo demuestra la amplia nómina de pintores indios
existente, de manera significativa en Cuzco, algunos de los cuales pertenecientes
a la nobleza inca53. Nos sorprende, sin
embargo, el uso elevado que se hizo del recurso visual del cuadro dentro del
cuadro y, en especial, en estas series franciscanas54. El naturalismo
inherente al momento y la voluntad de empatía con fines doctrinales explican la
contextualización de la vida del fundador en ciudades y arquitecturas
coloniales o en ambientes domésticos con ajuares y aditamentos propios del
lugar, entre los cuales se incluyen naturalmente retablos, esculturas o
pinturas. La apropiación de la indumentaria típica del lugar por los
protagonistas de una religión ajena fue una estrategia bien conocida de
acercamiento hacia el otro con objetivos aquí innecesarios de recordar.
Retomando el hilo de las imágenes representadas, algunas de ellas son el motor
de la acción y manifiestan, como apuntábamos al inicio, la voluntad divina. El
cuadro rasgado que hace caer al incrédulo de la escalera o las imágenes de
Pablo y Francisco ejecutoras de la voluntad de Dios ante la calumnia de un
obispo son buena muestra de ello. De hecho, y es una cuestión central en
nuestra argumentación, pensamos que la utilización de este recurso narrativo
está arraigada en la familia franciscana desde sus orígenes.
Los primeros biógrafos del santo, Tomás
de Celano –quien conoció a Francisco en persona55– y Buenaventura de
Bagnoregio –autor de la biografía oficial56– explican cómo la
imagen de un crucifijo del interior de la iglesia de San Damiano (en las
afueras de Asís) habló a Francisco. El primero, en la llamada Vita
seconda (1244-1246), es quien imagina con todo tipo de detalles la
escena, cuando en su relato biográfico anterior, la Vita prima (1228-1229),
tan sólo aludía a la reparación de esta iglesia ayudado por la “gracia del
Altíssimo”57. Así enriqueció la
acción reparativa quince años más tarde:
[…]
anda un día cerca de la iglesia de San Damián, que estaba casi derruida y
abandonada de todos. Entra en ella, guiándole el Espíritu, a orar, se postra
suplicante y devoto ante el crucifijo, y, visitado con toques acostumbrados en
el alma, se reconoce luego distinto de cuando había entrado. Y en este trance,
la imagen de Cristo crucificado –cosa nunca oída– desplegando los labios, habla
desde el cuadro a Francisco. Llamándole por su nombre: “Francisco –le dice–,
vete, repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo”58.
Celano interpreta este primer encuentro
con el Crucificado como un preludio de la estigmatización, pero no olvida
narrar el cumplimiento del mandato divino y el cuidado de Francisco hacia la
imagen: “[…] no descuida por olvido la santa imagen misma […]. Da, desde luego,
a cierto sacerdote una suma de dinero con que comprar lámpara y aceite para que
ni por un instante falte a la imagen sagrada el honor merecido de la luz”59. Buenaventura remite
también al Crucifijo, pero es menos descriptivo:
[…]
mientras oraba postrado ante la imagen del Crucificado, de pronto se sintió
inundado de una gran consolación espiritual. Fijó sus ojos, arrasados de
lágrimas, en la cruz del Señor, y he aquí que oyó con sus oídos corporales una
voz procedente de la misma cruz que le dijo tres veces: “¡Francisco, vete y
repara mi casa, que, como ves, está a punto de arruinarse toda ella!”60.
A continuación, el teólogo desarrolla más
extensamente que su predecesor la confusión del joven Francisco en interpretar
de manera literal las palabras de Cristo, cuando lo que le pedía era una
reparación espiritual de la iglesia.
La imagen que habló a Francisco se
conserva en la actualidad. Se trata de la típica tabla pintada con silueta
cruciforme de tradición bizantina, fechada hacia el 1200, dispuesta ahora en el
interior de la iglesia del convento de Santa Chiara, ya que fue en
San Damiano donde se estableció por primera vez la orden femenina
franciscana. Es lógico que este episodio de la conversión evangélica del
fundador, cuando aún viste ropas seglares, se incluya en la mayoría de los
ciclos pictóricos de carácter biográfico entre las primeras escenas. Así ocurre
también en las series de la escuela cuzqueña (fig. 10). Pero como ya había
sucedido en el arte español e italiano de época moderna, se olvida el referente
exacto y la imagen del crucificado deviene escultórica. En cambio, Giotto y sus
seguidores reprodujeron la silueta cruciforme de la pintura milagrosa venerada
en Italia61.
Figura 10
Juan
ZAPATA INCA y taller, La revelación del Crucifijo de San Damiano
al joven Francisco, 1678-1684, óleo sobre lienzo. Extraída de: Barroco
hispanoamericano en Chile, 2020.
30Tomando en
cuenta esta tradición hagiográfica y visual dentro de la orden franciscana, no
resulta extraño que, pasando el tiempo, se desarrollen otros episodios con el
mismo recurso visual, basado en una imagen (pintura, escultura o vitral) que
tomaba vida por acción de un milagro. Sin embargo, en tiempos de la Reforma y
ante la acusación de idolatría, la existencia y la representación de estas
imágenes sacralizadas tuvieron que defenderse en Europa mediante
investigaciones autorizadas y bajo argumentos teológicos, recuperados del
II Concilio de Nicea y basados principalmente en el concepto de
hiperdulía. Diversas actuaciones, en cambio, pudieron favorecer la convivencia
con estas imágenes en los virreinatos americanos, aunque no desapareciera la vigilancia
respecto a dichas imágenes, y aún más en el virreinato del Perú62.
En primer
lugar, y como es obvio, nos referiremos a la enseñanza de un nuevo código
doctrinal a través de la imagen. Es bien conocida la recomendación del uso de
pinturas y grabados en la predicación para la conversión de los indígenas
dentro de la orden franciscana63. El ejemplo del
novohispano Diego Valadés es paradigmático en este sentido, y más con la
inclusión en su Rethorica Christiana (1579) de un grabado con
el predicador desde el púlpito señalando con un punzón imágenes de la Pasión
ante una nutrida audiencia64. También, en las
tierras meridionales de América, la crónica de Guamán Poma de Ayala (1613-1615)65 describe con
palabras el uso que los franciscanos, entre otros institutos religiosos,
hicieron de las imágenes en las misiones66.
El enriquecimiento de la oratoria sagrada
con todo tipo de recursos retóricos y teatrales, tales como la exhibición de
objetos –cruces, calaveras, infiernos–, solía acompañarse también del acto de
interrogación a una imagen67. Recomendamos el
artículo de Ramón Mujica Pinilla, “El arte y los sermones”68, en el que describe
algunas de estas prácticas a través de crónicas y sermonarios locales del
seiscientos. Sostener una imagen, cubrirla con una tela, fingir un tono de voz
distinto al del orador… son todo un conjunto de actuaciones performativas que
ofrecían al público una visión semejante a la de las pinturas consideradas
santas porque la intervención divina las hacia hablar, cambiar de aspecto o
moverse.
Y aquí llegamos a otro punto clave de
nuestro razonamiento: la proliferación de las imágenes de culto en los
virreinatos americanos; un hecho bien conocido y que singularizó, con cierta
anticipación a los estudios actuales, el padre Ceballos69. A las exportadas
desde Europa, tanto españolas (la “Antigua”, Guadalupe, Aránzazu, Atocha o
Montserrat) como italianas (Loreto), mediante la iconografía de los “veros
retratos” por razones probablemente asociativas70, cabe añadir las de
gestación autónoma, a partir de los prototipos europeos del Crucificado y de la
Virgen María. A la paradigmática Virgen de Guadalupe de Tepeyac se suman, a
modo de ejemplo, dentro del antiguo virreinato del Perú: el Señor de los Temblores,
la Virgen de Copacabana, la Virgen de Chiquinquira, o la Virgen de Guápulo71. Como apuntan los
estudios de María Elena Alcalá, se trata de un conjunto de nuevas devociones
que fueron impulsadas por la población criolla, la cual quería así demostrar su
identidad americana, siguiendo los referentes de la vieja Europa pero singularizándose
a la vez de los mismos. Con independencia de la razón sociológica, la
veneración de estas imágenes estaba autorizada por el signo divino a través de
su origen remoto (acheiropoietico) o por sus actuaciones milagrosas
(taumatúrgicas) y se distinguían por ello de la propensión indígena en
confundir el signo con el significante72.
Sin duda, ambos aspectos, el ortodoxo y
el heterodoxo, pueden ayudar a explicar la inclusión de episodios con poca
tradición figurativa en Europa, en los cuales la acción divina se inocula a
través de imágenes sacralizadas en estas series de la escuela cuzqueña. Se
trata, por otra parte, de conjuntos pictóricos tardíos desde un punto de vista
cronológico, necesarios para su uso didáctico y doctrinal, que incorporan la
veracidad y la intimidad en la comprensión de lo religioso procedente del
último compás del siglo de oro de la pintura española con sus recursos también
metalingüísticos73. El propio Luis
Eduardo Wuffarden destaca como un signo de calidad de la pintura cuzqueña, de
Basilio de Santa Cruz o de Juan Zapata Inca, la utilización por tres veces
del recurso del cuadro dentro del cuadro en la famosa serie del Corpus Christi,
de la parroquia Santa Ana74.
Mediante el análisis de fuentes y modelos
europeos y tras una primera inmersión bibliográfica en la América colonial,
hemos superado la curiosidad que suscitó la génesis de este artículo debida a
la rareza de los temas representados. Para llegar a conclusiones más
definitivas sería necesario profundizar en la historia de la orden franciscana
en el virreinato del Perú y en las vicisitudes particulares del momento a
través de las crónicas y de las fuentes primarias del lugar. Aún así,
consideramos haber alcanzado un primer objetivo que era demostrar la
singularidad de estas series pictóricas de la escuela cuzqueña respecto a la
iconografía europea, que sin duda los promotores conocían mediante pinturas y
estampas, y relacionarla con la compleja realidad social de la América
colonial. Asimismo, hemos transitado por los usos no siempre normativos de la
imagen religiosa, a pesar de la existencia de mecanismos de control, y
sospechamos las licencias y las razones de ciertos sectores eclesiales en su
utilización.
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Notes
1 El presente estudio se
enmarca en las actividades del grupo de investigación Arte y Cultura en
la Barcelona Moderna (ss. XVII-XVIII). Relaciones e influencias en el
ámbito del Mediterráneo Occidental, código: PGC2018-093424-B-100
(Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, 2019-2022).
2 Se llama Museo de arte colonial de San Francisco.
Agradezco al profesor Vicent Zuriaga que me facilitara reproducciones
fotográficas de este conjunto pictórico, como de otras tantas series
franciscanas, conocedor como es de mis intereses de investigación. Este ciclo
pictórico, originariamente dispuesto en el claustro, fue trasladado a su
ubicación actual, “la gran sala de pintura”, con intenciones conservativas en
el año 1981. Asimismo, ha sido objeto de una exposición monográfica en el Museo
de América de Madrid, cuyo catálogo se titula: Barroco hispanoamericano
en Chile. Vida de San Francisco de Asís pintada en el siglo XVIII
para el convento franciscano de Santiago, Madrid, Corporación 3C para el
Arte, 2002.
3 Luis K. Mebold, Catálogo de pintura
colonial en Chile, Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad Católica,
1985, p. 228.
4 Activo entre 1661 y 1700, el descubrimiento de su segundo
apellido, Pumacallao (cf. Jorge Cornejo Buouroncle, “Arte
cuzqueño”, Revista del Archivo Histórico de Cuzco, nº 2, 1951,
p. 270-289; Carolyn Sue DeÁn, Los cuerpos de los incas y el
cuerpo de Cristo. El Corpus Christi en el Cuzco colonial, Lima, Universidad
Mayor de San Marcos, 2002, p. 62-63), permitió reconstruir su
identidad indígena (no española), como confirma a su vez la documentación de
archivo (cf. Teresa Gisbert, “La identidad étnica de los artistas
del Virreinato del Perú”, in Ramón Mujica Pinilla, dir., El
barroco peruano, Lima, Banco de Crédito, 2002, p. 99-143). Se trata de
uno de los pintores más importantes de Cuzco, junto a Diego Quispe de Tito,
durante el último tercio del siglo XVII.
5 Se fechan de manera aproximada entre 1668 y 1684. Dentro
del conjunto tan sólo es posible advertir la firma en dos cuadros: de Juan
Zapata Inca, en Los funerales de Francisco de Asís, y de Pedro
Lorenzo, en San Francisco castigando la desobediencia. La
documentación señala también la participación de Bartolomé de Cárdenas. Las
obras realizadas por pintores peruanos fueron trasladas a Chile por las rutas
comerciales (cf. Eugenio Pereira Salas, Historia del
arte en el Reino de Chile, Santiago, Ediciones de la Universidad de Chile,
1965, p. 62-63; y Alicia Rojas Abrigo, Pinturas franciscanas,
Santiago de Chile, Banco O’Higgins, 1982). Entres ambas series debe situarse la
del convento de San Francisco de Lima, con 36 lienzos, pintada por
Francisco Escobar, Diego de Aguilar, Andrés de Liébana y Pedro Fernández de
Noriega, entre los años 1670 y 1671.
6 Sílvia Canalda Llobet, El conjunt ceràmic de
convent de Sant Francesc d’Assís a Terrassa (ca. 1671-1673): gènesi,
obratge i significat, Tesis doctoral inédita, Universitat de Barcelona,
2003, 2 vols.
7 Id., Francisco
de Asís en San Pietro in Montorio. Los frescos de la Real Academia de
España, Roma, Real Academia de España, 2019.
8 Julián GÁllego, El cuadro dentro del cuadro,
Madrid, Ensayos de arte Cátedra, 1991 (3ª ed.).
9 La simplicidad de los motivos –por ejemplo, de los
bordados de la alfombra o del dosel–, en el cuadro de Santiago de Chile, es una
clara prueba de su derivación de la pintura cuzqueña, sin duda de mayor calidad
artística y de estilo más definido.
10 En singular, El prodigio de las llagas,
consta en el catálogo de la exposición celebrado en la Casa de América de
Madrid (Barroco hispanoamericano en Chile…, op. cit.,
nº 49, p. 146).
11 Se incluye entre las llamadas fonte franciscane y
se cree que su autor es el mismo que el de Las florecillas de
San Francisco. Dividida en cinco capítulos, como las llagas del
fundador, relata el viaje de Francisco al monte Alvernia, la estigmatización y
el retorno a su Porciúncula, hoy en el interior de la basílica de Santa Maria
degli Angeli. Hemos consultado la edición de José Antonio GUERRA, compilada
en: San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la
época, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos [BAC], 1998,
p. 894-930.
12 “[…] para conclusión de esta quinta consideración es de
saber cómo el papa Gregorio IX, que tenía alguna duda cerca de la llaga
del costado de San Francisco –según él mismo contó–, tuvo una noche una
aparición de San Francisco; levantando éste su brazo derecho, descubrió la
herida del costado y le pidió una redoma. El papa la hizo traer; mandándole
San Francisco ponérsela debajo de la herida del costado, parecíale al papa
que se llenaba totalmente con el agua y sangre que brotaban de dicha herida. Y
desde entonces no dudó más” (ibid., p. 930).
13 La combinación de imagen y texto es frecuente en la
mayoría de las series hagiográficas franciscanas; este recurso intermedial se
usa ya en el ciclo atribuido a Giotto de la basílica superior de Asís con
fragmentos de la Leyenda mayor, de San Buenaventura. No
obstante, caracteriza estas series latinoamericanas la longitud de las
inscripciones, realizadas frecuentemente por calígrafos o escribanos que
colaboraban con los pintores.
14 Floreto de Sant Francisco, Madrid, Fundación universitaria española y Universidad
pontificia de Salamanca, 1998.
15 Ibid.,
p. 724-732.
16 La competencia entre las dos órdenes mendicantes de
fundación paralela en Italia es bien conocida a inicios de su larga singladura.
Con el tiempo y ante el establecimiento de nuevos institutos religiosos, sus
intereses se hermanaron y ambos fundadores fueron representados abrazados,
incluso en la práctica de la predicación ante las disidencias doctrinales de la
primera modernidad y la perspectiva de nuevas campañas de evangelización. En la
serie de Santiago de Chile, por ejemplo, se representan de manera conjunta y
colaborando en dos pinturas (Barroco hispanoamericano…, op. cit.,
nº 22 y 23, p. 78-81).
17 Obra encargada por la comunidad en 1655 a Juan Espinosa
de los Monteros (cf. R. Mujica Pinilla, “El arte y los
sermones”, in El barroco peruano, op, cit.,
p. 230-235). La construcción visual de la historia de las órdenes
religiosas en forma de árbol se remonta a inicios del gótico, como se apunta en
el estudio específico de Dominique Donadieu-Rigaut, Penser en
images les ordres religieux (XII-XV siècles), París, Éditions
Arguments, 2005. Otros ejemplos en el virreinato del Perú se hallan en
Arequipa, Lima o Santiago de Chile. El del Museo de Arte Colonial, anónimo y de
412 x 386 cm, fue realizado en 1723 y se halla aún en su
emplazamiento primigenio.
18 Bajo el título Epilogus totius ordinis seraphici
P. S. Francisci, mide en su conjunto 184 x 126 cm. En
el monasterio de las capuchinas de Palma de Mallorca se conserva un ejemplar,
que hace unos años tuve la oportunidad de estudiar (S. Canalda LLOBET:
“Imatges arbòries de l’orde franciscà i caputxí. Dos arbres seràfics del
sis-cents al convent de la Puríssima de Palma”, in El
Franciscanisme a Mallorca. Art, festes i devocions. Palma, Ajuntament y
CAM, 2008, p. 41-54), junto al más tardío, también custodiado en el
locutorio, de la rama capuchina (Arbor Fratrum Minorum S. Francisci
Capuccinorum [Valencia, 1662]). Otra muestra del Epilogus
totius… se conserva en el Museo Francescano de Roma y fue
objeto de análisis en paralelo por su director Servus Gieben (L’Albero
serafico e Carlo de Arenberg, Roma, Istituto Storico dei Cappuccini, 2008,
p. 9-56).
19 Un ejemplar íntegro se conserva en el Museo
Francescano de Roma (V-BA-5). Compuesta por 25 estampas más el
frontispicio, las leyendas inferiores están escritas en latín y en francés.
20 Se trata de la estampa número 21, titulada Stigmatvm
Christi in Francisco demonstratio.
21 La número 22: Miracvlis confirmatv Stigmata.
22 S. Gieben, “San Francesco nell’arte popolare
medievale e nella gràfica”, in Francesco. In Italia, nel
Mondo, Milano, Jaca Book, 1990, p. 415-437.
23 D. Seraphici Francisci totivs evangelicae
perfectionis exemplaris, admiranda historia, 1587.
24 S. Gieben, “Philip Galle’s original engravings of
the life of St. Francis and the corrected Edition of 1587”, Collectanea
Franciscana (Roma), nº 46, 1976, p. 241-307.
25 Simonetta Prosperi Valenti Rodinò, “La diffusione
dell’iconografia franciscana attraverso l’incisione”, in L’immagine di
San Francesco nella Controriforma, Roma, Quasar, 1982,
p. 159-169.
26 La primera corresponde a la escena “B” explicada en la
leyenda latina inferior como: Gregori Papa IX nonnihil addubitans
accipit phialam plenam sanguine, qui de vulnere lateris exus scaturivit (sin
referencia a ninguna fuente) y la segunda a la “D”: Frater quidam ex
odio delens imaginem S. Fran. stigmata referentem, concidit semimor tuus
sangine ex illis copiosissime defluete. En cambio, la estampa titulada Stigmatvm in
corpore S. Francisci demonstratio se remite al Conformitate
Christi, 32 (una obra de Bartolomeo de Pisa, escrita en latín entre los
años 1385 y 1390, donde se sistematizaron por vez primera 40 confrontaciones
entre el fundador y Jesucristo).
27 Luis Eduardo Wuffarden, “Entre el arcaísmo y la
innovación”, in Luisa Elena Alcalá y
Jonathan Brown, ed., Pintura en Hispanoamérica 1550-1820,
Madrid, Ediciones el Viso, 2014, p. 302. Un pintor, Juan Espinosa de los
Monteros, que también trabajó en el convento de Cuzco.
28 Maxime Préaud,
Pierre Casselle, Marianne Grivel y Corinne Le
Bitouzé, Dictionnaire des éditeurs d’estampes à Paris sous l’Ancien
Régime, París, Promedis, 1987, p. 220-221; Jean Ehrmann, “La vie
de l’atelier du graveur Thomas de Leu, gendre du peintre Antoine Caron”, Archives
de l’Art français, vol. XXVI, 1984,
p. 43-46.
29 Francisco Stastny Mosberg, Estudios de arte
colonial (ed. a cargo de Sonia V. Rose y Juan Carlos Estenssoro),
Lima, Institut français d’études andines, 2015, vol. 1);
L. E. Alcalá, “La pintura de los virreinatos americanos:
planteamientos teóricos y coordenadas históricas”, in L. E. Alcalá y J. Brown,
ed., Pintura en Hispanoamérica 1550-1820, op. cit.,
p. 15-68.
30 M. Carmen García-Atance de Claro, “Estudio
iconográfico de la serie sobre la vida de San Francisco”, in
Barroco hispanoamericano en Chile, op. cit.,
p. 152-153.
31 Juan de Soria Buitrón, Epílogo de la vida, muerte
y milagros del Serafín llagado, y singularíssimo patriarca San Francisco,
Cuenca, por Salvador de Viader, 1649, parte IV, cap. XXX,
p. 188-190. Pocos datos he podido reunir por el momento del autor. Nacido
en la localidad de San Lorenzo de la Parrilla, ejerció la cátedra de
teología en los conventos de Murcia y Cuenca. Su nacimiento debe situarse hacia
inicios del siglo XVII.
32 La fuente más probable sería la Crónica de
fray Marcos de Lisboa, cuyas partes primera y segunda fueron publicadas en
portugués los años 1557 y 1562, respectivamente, y la tercera en castellano, en
1570. La fortuna de la obra es incuestionable con más de 100 ediciones entre
los años 1557 y 1889 (cf. Frai Marcos de Lisboa: Cronista
franciscano e bispo do Porto, Porto, Universidade, 2002). La primera
edición en castellano del primer volumen fue el mismo año 1562. Por el momento,
sin embargo, no hemos localizado el suceso.
33 Fray Damián Cornejo, Chrónica Seráphica del
glorioso patriarca San Francisco y sus discípulos. Madrid, Juan García
Insançon, 1682, Libro V, cap. XL, p. 558-560 (bajo el título:
“Castigo formidable de un obispo, emulo de san Francisco y de su
apostólica religión”). Este autor, más crédulo del evento y a su vez más
descriptivo, dice esconder el nombre y lugar de la Iglesia “[…] por no hacer
pública la infamia de su castigo”. Menciona como fuentes genéricas crónicas
antiguas y modernas y un “Hieronim. Plat. Lib. De bono
stat. Relig. C. 33” (ibid., p. 558). En el libro IV
(cap. XXXII, p. 466-467), Damián Cornejo compila también el episodio
del incrédulo de la escalera otorgándole la condición de fraile, pero sin
especificar la orden religiosa, y emplazando la acción en la galería de un
claustro; una descripción literaria parecida a la vista en las estampas de
Galle y Leu años antes.
34 El nombre completo del autor es Damián Francisco García
de Labra Cornejo (Palencia, 1629 – Orense, 1707). Franciscano desde los 14
años, fue profesor de Alcalá de Henares y obispo de Orense, en cuya catedral
recibió sepultura. Su crónica de la orden franciscana, en cuatro volúmenes, fue
progresivamente ampliada en el siglo XVIII. Sorprende sin duda su
ocasional obra poética, quizás de etapa juvenil, por el carácter satírico y
erótico de la misma. A continuación transcribimos por curiosidad una muestra,
escogida por hablar del uso de las imágenes: “[en relación al estado de
abandono de un pueblo anónimo visitado] El templo, cuya puerta está en la
plaza, / no es nada bueno, mas ni tiene traza, / y a pensar he llegado, /
viéndole todo tan desbaratado, / que Jesuchristo en él está aburrido, / y por
estar zerrado no se ha ido… / Hay de bulto una imagen que no creo / que virgen
sea, porque la beo / toda mui mal parada / y a poder de desuellos descarada… /
En fin, virgen de vulto fue en su origen, / mas ya no es más que el vulto de la
virgen. / Yo no la reço, porque fuera ynsulto / que un hombre como yo reçara a
bulto… / Pues la cruz es tan mala e yndevota / que abía de estar puesta en la
picota” (cf. Antonio Carreira, “La obra poética de Damián
Cornejo: cuatro manuscritos más y uno menos”, Criticón,
nº 103-104, 2008, p. 39-54, p. 50-51).
35 L. E. Wuffarden, “Los orígenes,
1532-1585”, in E. L. Alcalá y J. Brown,
ed., op. cit., p. 249.
36 “A las monjitas pareció tan cruda la escena que rasparon
la pintura hasta llegar a la tela donde se representaba la cabeza cortada, a
los pies del lecho, sobre la ornamentada alfombra” (L. Melbold, op. cit.,
1985, p. 267).
37 A través, principalmente, de la figura y la obra del
teólogo franciscano Pedro Alva y Astorga (1601-1667), quien, tras ingresar y
formarse en la orden en Perú, publicó en Madrid, en el año 1651, Naturae
prodigium gratiae portentum, con casi 4 000 semejanzas del fundador con
Jesucristo; una obra que acabó en el Índice de Libros Prohibidos, sin que ello
significara la desaparición de su circulación en Latinoamérica (Miquel
Ángel Lavilla Martín, “El Naturae prodigium, gratiae portentum de
Pedro de Alva y Astorga, una colección franciscana barroca”, in Sanctus
evangelium observare. Saggi in onore de Martino Conti, Roma, Pontificium
Athenaeum Antonianum, 2003, p. 211-246; Costanza Acuña Fariña, “Naturae
prodigium gratiae portemtum: Pedro de Alva y Astorga y la serie de 54
pinturas sobra la vida de San Francisco del museo colonial de Santiago:
milenarismo y visualidad en la cultura cuzqueña del siglo XVII”, Eadem
utraque Europa, nº 12, 2011, p. 55-79).
38 “In the seventeenth and eighteenth centuries, the
medicants in America were often in conflict with the secular clergy and the
bishops who were taking over their Indian missions and converting them into
diocesan parishes” (Jaime Lara, “Francis alive and aloft:
Franciscan Apocalypticism in the Colonial Andes”, The Americas,
nº 70/2, 2013, p. 139-163, p. 155-156). Nos ha sido imposible
por el momento consultar la monografía del mismo autor (Birdman of Assisi.
Art and Apocalyptic in the Colonial Andes, Tempe, Center for Medieval and
Renaissance Studies, 2016) donde es probable que ahonde en este aspecto; aunque
deberíamos pensar en la posibilidad de diversas lecturas simultáneas.
39 Existe una amplia bibliografía sobre la labor
desarrollada por el mismo. Citemos una fuente clásica, más un estudio reciente:
Horacio Villanueva Urteaga, Nuevos datos sobre la vida y obra del
obispo Mollinedo, Cuzco, Princeton Theological Seminari Library, 1959, y
Pedro Guibovich Pérez y Luis Eduardo Wuffarden, Sociedad
y gobierno episcopal: las visitas del obispo Manuel de Mollinedo y Angulo
(Cuzco, 1674-1694), Lima, Institut français d’études andines, 2008. La
colección pictórica del prelado, traída desde Castilla, tuvo incidencia en la
praxis local. El ciclo franciscano del convento de Uramuchi, realizado en la
década de 1680-1690, fue por él patrocinado (L. Melbold, op. cit.,
p. 289).
40 J. Soria Butrón, op. cit.,
Parte III, cap. XXX, p. 189.
41 Milagro que dio origen a la Abbazia delle Tre
Fontane, en las afueras de la ciudad de Roma.
42 Hector H. Schenone, Iconografía del
arte colonial. Los santos, vol. 1, Buenos Aires, Fundación Tarea,
1992, p. 333.
43 Joan Sureda i Pons, “Sant Francesc d’Assís
segons la visió del papa Nicolau V”, in Zurbarán al
Museu Nacional d’Art de Catalunya, Barcelona, MNAC, 1998, p. 104-109;
S. Canalda Llobet, “Ecos de un nuevo Francisco de Asís. Gestación,
difusión y ejemplos de la interpretación contrarreformista del santo”, in Rafael García
Mahíques y Vicent F. Zuriaga Senent, ed., Imagen y Cultura. La
interpretación de las imágenes como Historia cultural, Valencia,
Generalitat valenciana, 2008, p. 359-379, p. 376-377.
44 El autor remitía a los de Santiago de Chile, en los
conventos de San Francisco y de la Santísima Trinidad (1748), al de
Uramachi (1680-1690) y Ocopa (1763).
45 Tomando como marco teórico el estudio clásico de
George Kubler (La configuración del tiempo, Bilbao, Nerea,
1988).
46 Bajo la doble dirección de la autora de este artículo y
de Ismael Jiménez Jiménez, de la Universidad de Valladolid, lleva por
título: Comitencia, producción y políticas colonialistas en el taller
de Basilio de Santa Cruz: un estudio documental y material desde la serie
virreinal de la vida de San Francisco de Asís en Cusco.
47 “No obstante quien observa desaprensivamente la pintura
colonial cuzqueña y la compara con las escuelas europeas, percibirá la
existencia de un conjunto de iconografías sui generis que no
posee equivalente en el arte del Viejo Mundo. Esta serie de innovaciones
representa una verdadera ola creativa en el arte cuzqueño del siglo XVIII,
cuya significación no ha sido medida en todas sus consecuencias para una
adecuada valoración de la pintura virreinal” (Francisco Stansky,
“Iconografía, pensamiento y sociedad en la Cuzco virreinal, Cielo
abierto, nº 21, 1982, p. 41-54).
48 Adriana Cruz Lara Silva, De Sevilla al Museo
Regional de Guadalajara. Atribución, valoración y restauración de una seria
pictórica franciscana, Tesis para optar por el grado de doctora en Historia
del arte, Universidad Nacional Autónoma de México, febrero 2014, p. 109.
49 La autora ha preferido titular el episodio de manera más
eufemística: San Francisco corta obstáculos a la labor
franciscana. En esta serie también se incluye El papa
Gregorio IX confirmando las llagas de Francisco, con la representación
del episodio antes comentado de la redoma milagrosamente repleta de sangre.
50 “Desafortunadamente no hemos dado con la documentación
necesaria que nos permite confirmar tal suposición, tampoco identificar a las
personas que desde el virreinato novohispano pudieran haber estado involucradas
en este proceso” (ibid., p. 113).
51 Fernando Collar de Cáceres, “Más pinturas de
Francisco Camilo en Segovia”, Archivo español de arte, nº 235,
1986, p. 277-290; Juan Miguel González Gómez y
Jesús Rojas-Marcos González, Juan de Dios Fernández y la serie
pictórica de San Francisco en la Rábida, Huelva, Ayuntamiento de Palos
de la Frontera y Universidad internacional de Andalucía, 2015.
52 Por ejemplo, la pintura de Ignacio Berbén (1756), en el
Colegio de Propaganda Fidei de Guadalupe (Zacalecas), sigue la propuesta
sevillana (A. Lara Silva, op. cit., p. 186-187).
53 Teresa Gisbert, “La identidad étnica de los artistas
del Virreinato del Perú”, in R. MUJICA PINILLA,
dir., El barroco peruano…, op. cit.,
p. 99-143.
54 Este sistema narrativo estaba firmemente asentado en
determinados temas, como en San Lucas pintando a la Virgen o en las
Vanitas, de los cuales hay también testimonios en la pintura virreinal
americana.
55 Fallecido en 1260, su ingreso en la primitiva fraternidad
franciscana se sitúa hacia 1214 o 1215. A pesar de no formar parte del primer
grupo de seguidores de Francisco, lo conoció en persona y estuvo en Asís
durante la agonía, entierro y canonización del fundador.
56 La Leyenda mayor de
San Buenaventura (1217/1218-1274) fue considerada oficial en el capítulo
general de 1266 con una intención clara de desplazar textos anteriores más
revolucionarios en cuanto al modelo planteado de vida religiosa.
57 “La primera obra que emprendió el bienaventurado
Francisco al sentirse libre de la mano de su padre carnal fue la construcción
de una casa al Señor; pero no pretende edificar una nueva; repara la antigua,
remoza la vieja […]. Como hubiese retornado al lugar donde, según se ha dicho,
fue construida antiguamente la iglesia de San Damián, la restauró con sumo
interés en poco tiempo, ayudado de la gracia del Altísimo. / Este es el lugar
bendito y santo en el que felizmente nació la gloriosa Religión y la eminentísima
orden y santas vírgenes […]” (Vida primera, cap. VIII, 18, in
San Francisco de Asís. Escritos…, op. cit., p. 152-153).
Un texto que encargó Gregorio IX a Celano en aras a la canonización del
fundador de los frailes menores.
58 Tomás de CELANO, Vida segunda, cap. VI, 10, in San Francisco de
Asís. Escritos…, op. cit., p. 235-236.
59 Ibid.,
p. 236.
60 SAN BUENAVENTURA, Leyenda mayor, cap. 2,
1, in San Francisco de Asís. Escritos…, op. cit.,
p. 388.
61 El ejemplo más notorio es el de la basílica superior de
Asís. Sobre esta cuestión existe una amplia bibliografía, pero
recomendamos: Pietro Scarpellini, “Iconografia francescana nei
secoli XIII e XIV”, in Francesco d’Assisi. Storia e
Arte,
Milano, Electa, 1982, p. 91-126,
p. 100; Michel Feuillet, Les visages de François
d’Assise. L’iconographie franciscaine des origines. 1226-1282, París,
Desclée de Brouwer, 1997; William R. Cook, Images of
St. Francis of Assisi in painting, stone and glass from the earliest
images to ca. 1320 in Italy. A catalogue,
Firenze, Leo S. Olschki Editore, 1999.
62 Las campañas para la extirpación de la idolatría en Perú
continuaron a mediados del siglo XVII con una existencia disonante en
función de la procedencia del testimonio, según fuera la iglesia secular o la
regular (cf. F. STANSKY, “Iconografía, pensamiento y
sociedad en el Cuzco virreinal”, op. cit.; J. C.
ESTENSSORO, “El simio de Dios. Los indígenas y la Iglesia frente a la
evangelización del Perú, siglos XVI y XVII”, Bulletin de
l’Institut français d’études andines, nº 30, 2, 2001, p. 455-474;
o del mismo autor: Del paganismo a la santidad. La incorporación de los
indios del Perú al catolicismo, 1532-1750, Lima, Pontificia Universidad
Católica del Perú e Instituto Francés de Estudios Andinos, 2003.
63 Alfonso Rodríguez G. de Ceballos, “Usos y funciones
de la imagen religiosa en los virreinatos americanos”, in Los
siglos de Oro en los virreinatos de América 1550-1700, Madrid, Sociedad
Estatal para la Conmemoración de los centenarios de Felipe II y
Carlos V, 1999, p. 89-105.
64 Diego Valadés, Rhetorica Christiana ad
concionandi et orandi usum accommodate…, Perugia, Petrus Jacobus Petrutius,
1579. Esta imagen fue
reinterpretada en el frontispicio de la Primera parte de los veinte i
un libros rituales i monarchia indiana… (1615), de Juan de Torquemada, con
un público variado y pintoresco –en cuanto a la representación del “indio”.
Puede consultarse la edición de 1723 en línea en la Biblioteca Digital de la
AECID.
65 El texto original, con los dibujos de su autor indio, se
conserva en la Biblioteca Nacional de Dinamarca y puede consultarse en línea a
través de un índice temático con la transcripción del texto: http://www5.kb.dk/permalink/2006/poma/1/es/text/?open=idm45821230785840.
66 Felipe Guamán Poma de Ayala, Nueva Crónica y buen
gobierno. Crónica de América, Madrid, Historia 16, 1987, vol. II,
p. 682. Más información detallada sobre esta cuestión
en: J. C. Estenssoro, Del paganismo a la santidad, op. cit.,
p. 201 y 471.
67 Darío Velandia Onofre, Destrucción y culto.
Políticas de la imagen sagrada en América y España (1563-1700). Bogotá,
Universidad de Los Andes, 2021.
68 R. Mujica Pinilla, “El arte y los sermones”, in El
barroco peruano, op. cit., p. 219-313,
p. 241-246.
69 “[…] un culto casi fetichista tributado por ingentes
multitudes, se levantaron pronto por toda América, sobre todo si los misioneros
y evangelizadores podían substituir con ellos sitios y lugares donde
primitivamente existieron templos y adoratorios de importantes divinidades
aborígenes” (A. Rodríguez G. de Ceballos, “Usos y funciones de la
imagen religiosa en los virreinatos americanos”, op. cit.,
p. 93).
70 Alfonso E. Pérez Sánchez, “Trampantojos ‘a lo
divino’”, in Lecturas de Historia del Arte, III. Victoria-Gasteiz,
Ephialte, Instituto de Estudios Iconográfico, 1992, p. 139-155;
Sergi Doménech García, “Función y discurso de la imagen de devoción en
Nueva España. Los ‘verdaderos retratos’ marianos como imágenes de sustitución
afectiva”, Tiempos de América. Revista de historia, cultura y
territorio, nº 18, 2011, p. 77-95.
71 Olga Acosta, Milagrosas imágenes marianas en
la Nueva Granada, Madrid-Frankfurt, Iberoamericana Editorial Vervuert,
2011.
72 J. C. EsteNssoro, Del paganismo a la
santidad…, op. cit.
73 Javier Portús, Metapintura. Un viaje a la
idea del arte en España, Madrid, Museo Nacional del Prado, 2016,
p. 19-93.
74 L. E. Wuffarden, “La serie del Corpus:
historia, pintura y ficción en el Cuzco del siglo XVIII”, in La
procesión del Corpus en el Cuzco, Sevilla, Unión Latina, Fundación El
Monte, Universidad de La Rábida, 1996, p. 26-65, p. 49-51.
Référence électronique
Sílvia Canalda Llobet, « Imágenes como agentes de santidad en series pictóricas
franciscanas: la escuela cuzqueña », Atlante [En
ligne], 15 | 2021, mis en ligne le 01 octobre 2021, consulté
le 27 avril 2026. URL :
http://journals.openedition.org/atlante/5474 ; DOI :
https://doi.org/10.4000/atlante.5474









