Conquista y Aculturación
en la California Jesuítica
1697-1768
https://cronicassudcalifornianas.blogspot.com/2016/02/historia_28.html
Misiones
y misioneros
La organización dada por los
padres de la Compañía de Jesús a la provincia de California tuvo por base la
misión. Ésta representó, a lo largo del periodo jesuítico, una institución
hegemónica y ordenadora que dio sentido a todas las demás instituciones que en
ese entonces fueron introducidas y desarrolladas por los jesuitas en el ámbito
peninsular. Puede decirse que la misión adquirió ese carácter de institución
dominante precisamente por su eficacia: en ella se apoyó la entrada y gracias a
ella se aseguró la permanencia. Pero fue así también que, aparte de haber
favorecido la penetración y el establecimiento de núcleos coloniales en la
península, en la medida en que alcanzó estos objetivos el sistema de misiones
cobró una relativa estabilidad y, con ello, una nueva dinámica de auto
afianzamiento. Mientras los jesuitas permanecieron en California lograron hacer
que la idea misional, es decir, la de que había que convertir a los indios al
cristianismo y mantenerlos luego como cristianos practicantes, se convirtiera
en el principio rector de las más decisivas instancias de organización de la
provincia, ya en el nivel local dominado por cada una de las unidades
misionales, ya en el del todo el espacio peninsular sobre el que se fue
extendiendo el sistema de misiones.
Para definir la institución misional es necesario no
desatender a los fines explícitos de la misma, los relativos a la
evangelización de los indios, aunque desde luego esto no baste para
caracterizar a esas complejas realidades socioeconómicas que fueron las
misiones. El objetivo religioso, a más de ser un imprescindible elemento de
legitimación del sistema misional, fue un principio básico para la acción de
los misioneros, la que, a su vez, incidió en los procesos de estructuración
social y de desarrollo económico de las misiones. Una interpretación puramente
teleológica en nada contribuiría a explicar la realidad histórica que se vio
encauzada por la institución; pero tampoco puede excluirse enteramente del
análisis la cuestión de los fines a cuyo logro se esperaba que sirvieran
mayormente las misiones, por más que éstas hayan cumplido de hecho una función
múltiple y que, en consecuencia, no puedan ser consideradas tan sólo como
centros de difusión religiosa.
No hay duda de que el término misión alude, en
principio, a un cometido concreto: el que cumple un ministro religioso de
procurar la evangelización de grupos humanos originalmente ajenos al
cristianismo. Pero también es claro que, al aplicarse a los pueblos llamados de
misión, el término sufre una transformación semántica y refiere ya no sólo
la función sino también el ámbito en que la función se cumple y la organización
social que permite su cumplimiento. El pueblo que se forma para propiciar la
evangelización y como resultado del avance de ella constituye así una misión,
con lo que ésta adquiere una dimensión social y aun se materializa en un
espacio físico. De allí que en el lenguaje común el referente pueda ser, además
del hecho mismo de la prédica religiosa, un lugar concreto –la cabecera
misional- con sus instalaciones materiales, o un sector específico de
población- el que forman básicamente el ministro religioso y los indios
catecúmenos o ya cristianos que se hallan a su cuidado en la cabecera y, en general,
en los territorios aledaños a la misma.
Más que un desplazamiento del significado, estos
diferentes usos del término implican la necesaria unidad de los varios
elementos que definen históricamente a la institución: a) la función
esencialmente evangelizadora, b) la comunidad que participa activa y
pasivamente en el proceso de evangelización, c) la organización social que se
adopta para que este proceso se desarrolle con el más alto grado posible de
eficacia, y d) el espacio geográfico que es sede de la comunidad misional, así
como todos los elementos de carácter material que posee dicha comunidad y que
le permiten a ésta formar, afianzar y conservar su estructura socioeconómica.
Como institución, la misión es, además, una entidad moral a la que dan sustento
jurídico, en sus respectivas esferas, tanto el estado como la iglesia católica,
de modo que su existencia y funcionamiento se hallan condicionados
decisivamente por factores de carácter más general que los que se generan en el
interior de cada una de las unidades misionales. Si en lo interno, el fin de la
evangelización representa un principio que tiende a asegurar la congruencia
funcional de la institución y de sus bases organizativas y materiales, en lo
externo es la asunción de ese fin como vigente lo que, en última instancia,
lleva al estado y a la iglesia favorecer la conservación de una comunidad bajo
el estatus del pueblo de misión. 1
Respecto a la organización misional de la Antigua
California dice Peter Masten Dunne que, en algunos aspectos, fue el resultado
de los métodos de organización utilizados por los jesuitas en todos sus
establecimientos misionales, dondequiera que estuviesen; pero que tuvo a la vez
un carácter único debido a la autoridad que ejercieron los misioneros sobre los
soldados y la gente de mar. 2 Esa peculiaridad distintiva que señala el
historiador jesuita es desde luego obvia y su significación se advierte sobre
todo al considerar las misiones californianas en su conjunto y examinar su
funcionamiento como sistema. El dominio de la institución en la provincia es el
del sistema misional, que no sólo integra a los que pudiéramos llamar
microsistemas misionales locales, o sea los formados por las cabeceras de misión y sus respectivos pueblos de visita y áreas
jurisdiccionales, sino que tienden a englobar a toda la sociedad colonial que
se forma en la región. Tan sólo hacia el medio siglo de vida misional, algunos
sectores de población, los constituidos por los colonos que se aplicaron a los
trabajos mineros, consiguieron desarrollarse fuera del marco institucional de
la misión, aunque para hacerlo debió entrar en pugna con los religiosos y
someterse a la estrechez que les impuso el sistema socioeconómico de las
misiones.
Si bien los establecimientos misionales de California
fueron relativamente pocos, su influencia se dejó sentir con continuidad
espacial y temporal en todo el ámbito geográfico de la provincia, desde el cabo
de San lucas hasta, en su momento, aproximadamente el paralelo 30 latitud
norte. Por lo limitado de los recursos de apoyo, que, aunque bastantes para
mantener la ocupación, nunca se tuvieron en medida sobrada, y por la escasez de
aguas y tierras propias para el cultivo agrícola, difícilmente hubieran podido
los jesuitas formar, en los territorios ocupados, un mayor número de cabeceras
misionales. Algunas de las misiones estuvieron realmente apartadas unas de
otras, como las de Santa María, san Francisco de Borja y Santa Gertrudis, entre
las que mediaba respectivamente una distancia de 138, 102 y 89 kilómetros. 3 san
Luis Gonzaga y Nuestra Señora de los Dolores estaban separadas entre sí por
sólo 28 km., pero ambas, por el norte y por el sur, distaban más de cien
kilómetros de las misiones más cercanas. En unas partes el desierto, en otros
peñascales y en todos los desolados caminos, los padres tuvieron continuamente
la comunicación Inter misional y aseguraron así la posibilidad de prestarse una
ayuda mutua. Tampoco las distancias afectaron mayormente la uniformidad en el
método de gobierno misional ni la conciencia que hubo entre los misioneros de
estar participando en una empresa colectiva. Administrada cada misión en forma
particular por su respectivo ministro, los recursos provenientes del exterior
se manejaron centralizadamente desde la misión de Loreto, por lo que todos los
establecimientos, por lejanos que estuvieran, debieron mantener un contacto
continuo con dicho centro administrativo, lo que a su vez obró como otro de los
factore aglutinantes del sistema.
El poblado misional era una especie de pequeño
caserío levantado en derredor de la iglesia y de la morada del misionero.
Además de las edificaciones, siempre sencillas y escasas, cada misión tenía por
lo común una huerta de frutas y hortalizas, así como terrenos de agostadero
para el ganado y tierras para la siembra de maíz, trigo y otros granos. A veces
la escasez de agua obligó a emprender cultivos en sitios alejados de la
cabecera misional; en tales casos se formaban allí pueblos de visita, lugares
que, pese al nombre, no siempre contaron con una población arraigada de fijo.
(4)
Excluidos los efímeros que precedieron puestos coloniales
fundados por los expedicionarios que precedieron a los ministros de San
Ignacio, las misiones que estos últimos formaron fueron los primeros centros de
población que hubo en el mundo peninsular, habitado originalmente tan sólo por
los nómadas californios. Cada fundación implicó así, entre otras cosas, la
paulatina construcción de todo lo que habría de darforma material al poblado,
que en la mayoría de los casos no fue mucho, lo que no quiere decir que haya
requerido poco esfuerzo levantar aquellos pueblos donde prácticamente nada
había sido una naturaleza agreste y, en términos generales, hostil a las formas
de ocupación que se implantaron por efecto de la expansión misional. Las
edificaciones de los pueblos de misión, sobre todo las que se hacían a raíz
de la fundación de cada establecimiento, se caracterizaban por su rusticidad y
sus modestas proporciones. Loreto fue en un principio una simple trinchera en
la que no hubo más que unas tiendas de campaña protegidas por un cerco de ramas
espinosas, (5) si bien, ya para el año de 1700, contaba la misión con varias
casas de adobe “y otras de estacadas de tierra, todas en orden y bien
techadas”. (6) Santa Gertrudis tenía, a los tres años de fundada, una iglesia
de veinticinco varas de largo, con paredes de carrizo y lodo, material del que
también estaban hechos otros tres aposentitos que había, cuyas puertas estaban
cubiertas de cuero, (7) es de suponerse que por falta de madera.
Con el tiempo, al crecer y mejorar sus construcciones,
algunos pueblos misionales pudieron tener una imagen de mayor formalidad,
dentro de su condición siempre rústica, como lo sugiere una pintura de la
misión de Santiago y otra de la de San José del Cabo que aún se conservan y que
fueron hechas por el padre Ignacio Tirsch. (8)
Misión de Santiago de los Coras Aiñiní (1721)
https://culturabcs.gob.mx/recinto/80
Fue fundada originalmente en la hoy
conocida “Ensenada de Las Palmas” sobre el Golfo de California, por el Padre
Ignacio María Napolí, en 1721; posteriormente se cambió dos veces y,
finalmente en 1724, con la financiación del Marqués de Villapuente de la
Peña, en el asentamiento que los nativos pericúes llamaban Aiñiní, a unos 40
kilómetros al norte de San José del Cabo, en Baja California Sur (México). La
misión tomó su nombre de los coras, el pueblo nativo de la región. William C.
Massey (1949) interpretaba las fuentes históricas de los jesuitas de modo que
los coras aparecían como parte de la familia lingüística Guaycura, pero una re
examinación de la evidencia parece apuntar a que el gentilicio Cora era un
sinónimo de pericú (Laylander 1997)
La
Misión de Santiago siempre estuvo inmersa en una historia violenta, tanto por
las adversidades de los indígenas que enfrentó en la época de su fundación,
cuanto por los fenómenos naturales que hasta nuestros días le han hecho padecer
estragos, de tal manera que en 1947 los padres combonianos inician la
construcción de una nueva iglesia, en que se distinguen por su trabajo los
padres Luis Roggera y Mario Menchini, quienes remozaron al Santo Patrono
“Santiago” así como restauraron las campana originales. *
Misión San José del Cabo Añuití (1730)
https://culturabcs.gob.mx/recinto/103
La Misión de San José del Cabo Añuití fue la más sureña de las misiones jesuíticas que se establecieron
durante el período colonial de la historia de México en el territorio de la
Vieja California —correspondiente al actual estado de Baja California Sur—. La
misión estaba dedicada a San José, y se construyó en el sitio que los pericúes
llamaban Añuití.
Esta misión
fue creada el 8 de abril de 1730 por el jesuita Nicolás Tamaral y el padre
visitador José Echeverría, originalmente la misión se desarrolló cerca de la
playa, junto al estero del origen, cambiándose mucho después por considerar el
sitio como insalubre. La misión fue dotada por el gran benefactor de
las misiones californianas, el Marqués de Villapuente. A cargo de la nueva
fundación quedó el padre Tamaral, quien la inició con éxito ya que durante su
primer año bautizó a 1034 pericúes.
Hacia fines
de 1733 inició una rebelión Pericú la más fuerte que se dio en la Antigua
California y que abarcó todas las misiones del extremo sur, incluyendo la de
San José del Cabo. Ante esta rebelión los misioneros solicitaron ayuda al
virrey de la Nueva España y al gobernador de Sinaloa, y aunque ésta les fue
enviada con un importante contingente militar, la paz no llegó sino hasta 1737.
En 1750 se calculó que la población indígena de esta misión consistía en
cien individuos. Hacia 1762 era de 63 personas; 50 en 1769 y para 1800
alcanzaron los 200. Este último incremento en la población indígena se debió al
cierre de la misión de Santiago, cuyos habitantes fueron trasladados a San José
del Cabo. Sin embargo, a partir de tal año se agudizó la caída de la población,
de tal manera que para 1840 la misión fue abandonada permanentemente por la
desaparición de los pericú.
A pesar del estado de decadencia que la misión tuvo en el siglo XIX, en 1822 se
logró rechazar el ataque del navío Independencia, que estaba al mando de
insurgentes chilenos. Durante este ataque, el templo misional sufrió severos
daños, lo que la dejó en muy mal estado. La iglesia actual fue construida en
1940, y de las construcciones anteriores ya no queda nada.
En la
actualidad, forma parte de la localidad de San José del Cabo, en el bello
Municipio de Los Cabos y como tradición, se realizan festejos por la fundación
del lugar y en honor a este santo a mediados del mes de marzo de cada año.
*********
El cabo sur de la
península de Baja California había sido un punto de referencia muy visitado por
los navegantes españoles (así como por los corsarios ingleses) durante casi dos
siglos cuando finalmente Nicolá Tamaral estableció una misión en el asentamiento
pericú de Añuití en 1730. El Río San José, o Río San José, se detiene apenas
cerca del océano, con una barra de arena de un kilómetro de largo que crea un
estuario, el tercero más grande de México. Esta acumulación de agua salobre ha
creado un oasis en el desierto circundante de Sarcocaule. El Río San José fluye
en gran parte bajo tierra por 40 kilómetros (25 mi) desde su nacimiento en la
Sierra de la Laguna (Laguna Mountains). Durante más de 250 años ha
proporcionado agua potable y de riego para la ciudad de San José del Cabo,
comenzando como una fuente de agua dulce para los galeones españoles que
viajaban de regreso de Filipinas. Sobre el banco de arena del estuario se
encuentra una bahía a la que los primeros exploradores españoles, incluido Sebastián
Vizcaíno, se refieren como la Bahía de San Bernabé o Bahía de San Bernabé
(ahora la Bahía de San José del Cabo). Inicialmente ubicada cerca de la playa,
la estación se trasladó posteriormente unos 8 kilómetros tierra adentro. La
misión fue fundada en 1730 en la orilla oeste del cercano Río San José, y su
nombre completo proviene del estuario de agua dulce que da vida.
En 1734 estalló la Revuelta de Pericú, Tamaral fue asesinado y la misión fue
destruida. Entre 1735 y 1736, el puesto de avanzada restablecido se trasladó de
nuevo más cerca de la costa, pero sirvió como visita para la Misión de Santiago
y como sede de un presidio español. En 1753, San José del Cabo se trasladó de
nuevo tierra adentro. En 1795, bajo el gobierno dominico, la población indígena
superviviente de la Misión de Santiago fue trasladada a San José del Cabo. La
misión se clausuró finalmente en 1840. (**)
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Loreto, la misión-capital, la de mayor
población de todas las californianas, que nunca fue más que un pequeño, aunque
bien arreglado y quizas atractivo villorrio, fue descrita en el año de 1729 por
el padre José de Echeverría como un lugar verdaderamente agradable, tanto por su
aspecto físico como por el orden de vida de sus habitantes; decía tal
religioso, llevado por evidente entusiasmo, que las misiones y pueblos de
Sinaloa parecían meros arrabales junto a la capital californiana (9)
Misión de Nuestra Señora de Loreto Conchó (1697)
https://mundonuestro.mx/secciones/historia/item/2638-los-pioneros-de-la-baja-california
Fundada el 25 de octubre de 1697 por el Padre
Jesuita Juan María de Salvatierra, fue cabecera y madre de todas las misiones
de las Californias, ya que de la Misión de Loreto salieron los grupos que
fundaron lo que hoy conocemos como Arquitectura Misional de Baja California
Sur.
En 1773 la Misión de Nuestra Señora de Loreto pasó a manos de la orden de los
dominicos, que arribaron a la población de Loreto en el mes
de octubre del mismo año. Los frailes franciscanos que habían estado en la
misión por cinco años, partieron hacia la Alta California para proseguir en su labor
evangelizadora.
Por las condiciones físico-naturales, en 1829 la nave principal del templo
sufrió estragos, al derrumbarse el techo y el casquete del campanario en
un terremoto en 1877. Actualmente se encuentra reconstruida y alberga el Museo
de las Misiones, donde se exponen objetos religiosos de los siglos XVI y XVII.
Se considera a esta misión "La madre de todas las misiones de las
Californias", como justo reconocimiento al misionero audaz y emprendedor,
por eso se considera al Loreto de Salvatierra.
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El 15 de mayo de 1773, el dominico Fray
Vicente de la Mora recibió la Misión de Nuestra Señora de Loreto y su
inventario de manos del franciscano Fray Francisco Paóu. Debido a las lluvias e
inundaciones, en 1829 la nave principal de la iglesia sufrió daños al
derrumbarse el techo y el campanario. (***)
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Hay que admitir que el juicio de Echeverría
era, por lo menos en parte, producto de una actitud complaciente ante la obra
misional que se realizaba en la península, pues tenemos por otro lado la
opinión de quien pecaba de mal opuesto, el inconmovible padre Baegert, el que
afirma, en síntesis, que Loreto se parecía “tan poco a una ciudad, a un fortín
o una fortaleza, como una ballena a un búho”. (10) La descripción que el mismo
Baegert hace de las construcciones que había en Loreto hacia el final de la
época jesuítica, aunque en sí misma pesimista, y tal vez sólo parcialmente
objetiva, revela la modesta condición que, en lo material tuvo, el poblado que
obró como centro administrativo del sistema de las misones peninsulares.
Consistía la habitación del misionero de
Loreto, dice Baegert, en “un pequeño cuadrilátero de un solo piso, ligeramente
revocado con techo totalmente plano”. Junto a la iglesia construida en parte
“de cantera y mezcla”, había “seis cuartitos de tres brazas por cada lado, cada
uno con un agujero para la luz”, en los que se hallaban al parecer la
sacristía, la cocina y la tienda. Separado de este núcleo, “a la distancia de
un tiro de carabina”, había “un techado de zacate” que desempeñaba “el papel de
cuarto de guardia y, al mismo tiempo, de cuartel de los soldados solteros”. Lo
que se tenía por arsenal y astillero se reducía, a unas simples enramadas.
Hacia la parte poniente del pueblo se veían “dos hileras de chocitas de lodo”,
que ocupaban los indios de la misión, mientras que, por el oriente, sobre la
arena de la playa, había diseminadas “de dos a tres y media docena de barracas
o casas de cuartilla, hechas de tierra”, cada una de ellas de no más de una
pieza, que servían de alojamiento a las personas y familiares de los soldados
casados, los marineros y los oficiales mecánicos. (11)
Las
edificaciones principales de cada pueblo, las que primeramente se procuraba
hacer y mejorar dado que constituían una indispensable base material para el
cumplimiento de la función religiosa, eran el
templo o capilla y la casa del misionero. Los ministros solían conformarse
con que esta última fuera mínimamente habitable, aunque careciera de mayores
comodidades. Con todo, aun el proceso de mejoramiento de estas construcciones
tuvo que ser necesariamente lento y no hay duda de que en todos los casos
debieron de pasar varias décadas antes de que algunas de las construcciones
originales de adobe y paja fueran sustituidas por otras de materiales más
duraderos. En 1755 tan sólo Loreto contaba con una iglesia terminada de cal y
piedra; tenía el edificio 54 varas de largo, 7 de ancho y 10 de alto, y parece
que el techo era plano, asentado sobre vigas de cedro. También era de cal y
piedra, aunque aún no estaban terminadas, la iglesia de San Francisco Javier,
que habría de ser de bóveda y cuyos muros estaban por llegar a las cornisas, y
la de San José de Comondú, diseñada para que tuviera tres naves. Casa
habitación de cal y piedra había en San Luis Gonzaga y se estaba haciendo en
Todos Santos; en ambos lugares se tenían ya puestos los cimientos para
construir sendas iglesias del mismo material. Todos los demás templos
misionales y casas de los ministros tenían paredes de adobe o de carrizo y
lodo, con techos de tijera cubiertos de paja. De alguna de estas sencillas
iglesias –la de Santa Rosalía de Mulegé- se dice que era “peqieña, pero
bonita”; de otras, que eran capaces y fuertes, y de otras más, que no eran más
que especies de salitas habilitadas como capillas. (12)
Los
testimonios escritos mueven a pensar que, en materia de alhajas y ornamentos
religiosos, había una cierta magnificencia en los templos misionales. Entre los
objetos de uso litúrgico que podían hallarse en dichos templos, aparte de las
vestiduras se mencionan lámparas, ciriales, cruces, copones, cálices,
custodias, atriles, blandoncillos, incensarios, crismeras, hostiarios,
vinajeras, navetas, palios, guiones, pilas y conchas bautismales, platillos,
campanillas, etc., algunos de ellos de plata y raramente alguno de oro. A
ningún templo le faltaba por lo menos lo preciso para la celebración de los
oficios y de varios se dice que sus ornamentos eran, además de buenos,
abundantes. (13) Deducir de tales datos que había en todo esto un lujo
inusitado, excesivo y, considerada la pobreza general de los indios, grosero,
es incurrir en una apreciación que tiende a presentar como particular un
fenómeno que fue más bien general en la época. (14) Es probable que, por
juzgarlo desde todo punto de vista necesario, los misioneros no hayan llegado a
tener por dispendioso el gasto que se hacía en el instrumental litúrgico, y
también lo es que en la paupérrima California los términos rico y abundante,
tuvieran en la expresión de los religiosos un significado no necesariamente
igual al que sugeriría su aplicación en otros contextos socioeconómicos menos
precarios que el de las misiones californianas. Más bien contraria a toda idea
de riqueza o de simple afán de boato y esplendor en la descripción que hace
Baegert del mobiliario y enseres de que comúnmente disponían los religiosos
para su servicio personal:
Una
sartén de cobre y otro trasto también de cobre para preparar el chocolate (los
dos estañados por primera y única vez cuando se compraron en México); dos o
tres ollas y cacerolas, hechas de barro y sirle, mal cocidas al aire libre sobre carbón de leña y sin vidriar; un
pequeño asador que frecuentemente no tenía nada que hacer durante medio año;
unas vejigas de vaca llenas de manteca, un crucifijo, unos cuantos cuadros de
papel en las paredes, una biblioteca, dos o tres sillones sin tapizar, una cama
dura sin cortinas o un cuero de res en el
suelo…(15)
Independientemente
de su tamaño y de la calidad de sus instalaciones materiales eran los pueblos
de misión no sólo ámbitos donde se estrechaba el contacto hispano-indígena sino
focos de irradiación del influjo misionero. De cada establecimiento misional
dependía un número variable de rancherías,
según las hubiera en los distritos dominados por las cabeceras. Los misioneros
salían de los lugares de su residencia para recorrer sus respectivas comarcas y
visitar a todas las comunidades de su cargo, a las que inducían a acercarse a
la misión y, conseguido esto, a arraigarse temporal o definitivamente en ella o
en los parajes proporcionados que se hallaran en sus proximidades. Se procuró
que las misiones vecinas tuvieran debidamente señalados los linderos de sus
respectivas jurisdicciones, a efecto de acostumbrar a los indios de reconocer
de fijo una cabecera misional y poder en esta forma controlarlos mejor. Aun
cuando en las nuevas misiones hubiera un solo misionero –solamente en forma
transitoria los religiosos actuaron en pareja-, el contacto con las distintas
rancherías se iba dando en forma más o menos acelerada, no obstante, la
vastedad territorial que tuvieron todos los distritos misionales y el alto
grado de dispersión de las bandas aborígenes. Menos de diez años fueron
suficientes para que todas las rancherías dispersas en una extensión estimada,
tal vez con cierta exageración, en “ciento doce leguas en cuadro”, entraran en
contacto estable con el misionero de San Ignacio y empezaran a gravitar en
torno de la misión, pese a que con ello se vieron alterados de algún modo sus
patrones tradicionales de vida. Esto fue lo que, en 1737, informó al respecto
el padre Juan Bautista Luyando, fundador de San Ignacio:
Todas
las rancherías [dispersas en el amplio distrito de la misión] están sujetas y a
obediencia del padre… y sólo con licencia del padre pueden ir a sus distantes
tierras, pero dejando siempre a los viejos, niños y mujeres encinta[s] y
enfermizos en el pueblo perteneciente a ellos, cercano a la misión, para cuyas
cabeceras se les señalaron los parajes más cercanos y mejores de la misión, en
que tienen su iglesia y algún ganado menor y gallinas, para que le tengan
afecto y les sirva de pie o pueblo. (16)
En
las cabeceras misionales podían
distinguirse casi siempre dos tipos de habitantes: un reducido número de
pobladores fijos, que eran el sacerdote, un soldado o poco más y algunos indios
lugareños entre los que se contaban los trabajadores domésticos y el grupo de
niños que se mantenía bajo el cuidado directo de un misionero; y una población
flotante formada por los indígenas que visitaban temporalmente la misión, que
eran los más y que tras de pasar unos días en el pueblo se volvían a sus
territorios de procedencia. Unos y otros, esto es, los que siempre residían en
la misión y los que normalmente habitaban en sitios fuera de ella, estaban bajo
la responsabilidad del religioso, que para atenderlos y vigilarlos debían
residir en la cabecera sin dejar de recorrer constantemente toda el área de su jurisdicción.
En la California jesuítica no se logró la sedentarización plena de la población
aborigen, salvo en casos individuales o, en momentos ya tardíos, en los de
grupos muy disminuidos.
Ya
se habrá advertido que los trabajos de los misioneros tenían que ser múltiples,
pesados y que exigían, aparte de una adecuada resistencia física, una sólida condición
moral que les permitiera soportar sin desmayo las fatigas, el aislamiento y las
innumerables carencias que habían de experimentar aun cuando ya estuvieran
encarriladas sus misiones. Juan María de Salvatierra, Francisco María Píccolo,
Juan de Ugarte y Jaume Bravo, no escatimaron esfuerzo ni sacrificio para llevar
adelante la empresa californiana, en la que consumieron todos ellos lo mejor de
sus vidas. Difícilmente se podría sospechar otra ambición que la de responder a
una vocación misionera en casos como el del padre Julián de Mayorga que,
habiendo sido criado en la corte, vivió durante veintiocho años casi como un
ermitaño en la misión de San José de Comondú, donde tuvo por habitación, según
asegura un cronista, “un aposentito de piedra y lodo, cubierto de paja, y eso
tan lleno de trastes para los indios que, si venía un huésped, o éste o el
venerable padre había de dormir en el campo, pues no cabía otra cama ni había
otro aposento ni cosa que lo pareciese”. (17) Del mismo Juan Jacobo Baegert,
cuya obra parece exhibir, por el tono en que está escrita, una actitud de desdén
hacia los indios californios, no ha de ignorarse que pasó diecisiete largos
años de su vida entre esos mismos indios, en una de las misiones más pobres de
la península, ubicada en un territorio de aspecto casi empavorecido, tan
desprovisto de agua y vegetación como abundante de polvo y pedregales.
Los
individuos que se incorporaban al trabajo misional se daban cuenta por
experiencia propia de las dificultades que debían ser afrontadas por cada uno
de los ministros para cumplir cabalmente con su cometido. Salvatierra demandó
de sus superiores que solo se nombraran para las misiones californianas
“hombres de probada virtud y que hubiera buena salud y fuerzas corporales”.
(18) Por su parte, el padre Nicolás Tamaral,
en ocasión de necesitarse un operario para la misión de Nuestra Señora del
Pilar de la Paz, hacia ver las cualidades que se requerían en el religioso que
se destinara para cubrir la vacante: “Salud, paciencia, celo de las almas y que
sepa lo que hace y puede hacer en los muchos dificultosos casos que en estos
retiros se ofrecen”; pedía, por tanto,
que el sujeto no fuera de los que sobraban en California, sino de los que
precisamente se requerían para actuar en un medio extremadamente adverso como
el de la provincia peninsular. (19)
Ya
desde que se iniciaba la construcción de los primeros edificios misionales el
sacerdote debía disponerse a practicar las más variadas tareas y ser, como dice
Venegas refiriéndose al padre Juan de Ugarte, “no sólo… maestro y sobrestante
de la obra, sino carpintero, albañil y peón e tods oficios, que de todo debía
llevar el trabajo principal”. (20)
Al
paso que se multiplicaban las actividades de la misión aumentaban las
ocupaciones del misionero, quien debía desempeñar todas aquellas labores para
las cuales no estaban capacitados sus neófitos en un principio, así que ya se
veía a los sacerdotes dedicados a labrar el campo, a fabricar adobes, o
empleados en la cocina, la carpintería o la talabartería. Cada ministro cumplía,
además, por fuerza los cargos de “médico, cirujano, maestro de escuela y de
orquesta, mayordomo, tutor, enfermero” y cuantos más fuera necesario. (21) De
Juan de Ugarte se dice que no hubo oficio mecánico que, de ser preciso, dejara
de ejercerhasta que lo aprendían los indios; aparte de aplicarse a todas las
tareas propias de la construcción o la agricultura, fue también arriero,
pastor, vaquero, tejedor, y zapatero. En un tiempo este padre se dedicó a
fundir campanas y le salieron muy buenas y en otra ocasión se propuso hacer
ollas y otras obras de alfarería y también “salió con ello”. (22) Uno de los misioneros
refiere que el padre Nicolás Tamaral, quien “llegó no sólo a aprender más a ser
labrador, médico, músico, alarife, relojero, organista, carpintero, sastre,
gañán, arriero, albéitar y albañil”, (23) en algún momento de necesidad hizo
las veces de un animal de tiro, pues se le vio ayuntando con un buey y jalando
un arado que manejaba uno de sus indios. (24)
Pero
no quedaban en esto las múltiples funciones de los religiosos. Todos ellos
hubieron de hacer cargo también de los asuntos administrativos de sus
establecimientos, de los servicios religiosos, de las tareas de organización y
gobierno. El misionero cumplía, además, con la obligación de vestir y dar de
comer – a veces confeccionando el mismo la ropa y cocinando personalmente los
alimentos- a todos los neófitos que estaban a su cuidado (25) El padre Taraval
señala que cada ministro debía ser muchas veces, respecto de sus catecúmenos,
“padre, madre, hijo, hermano, criado” a más de “confesor, sepulturero y cura”.
(26) Baegert puntualiza a este respecto:
Así
que, en todo, el misionero era el único sostén para los chicos y grandes,
enfermos y sanos, y él sólo cargaba con la responsabilidad de todo lo que había
que hacer y que arreglar. A él se le pedía comida y medicamentos, ropa y
zapatos, tabaco y rapé, y herramientas, si alguien quería hacerse algo para sí
mismo. Él tenía que componer las desavenencias, hacerse cargo de los pequeños
que habían perdido [a] sus padres, cuidar a los enfermos y nombrar a los que
debían velar a los moribundos. (27)
Tan
amplia y decisiva intervención del religioso en la vida de la comunidad lo
convertía en el centro motor del establecimiento a su cargo, de suerte que el
carácter y la laboriosidad de cada ministro se reflejaban en el funcionamiento
total de su misión. Si muchos misioneros fueron en efecto hombres saludables y
de cierta fortaleza física, como los quería Salvatierra, tales condiciones no
habrían de ser en todos los casos permanentes, ya porque los religiosos
llegaran a enfermar o porque sus fuerzas declinaran con el envejecimiento.
Julián de Mayorga declaraba en 1720 que no había podido atender adecuadamente a
sus indios por haber él padecido durante el último año y medio “unos dolores
en todo el cuerpo, paerticularmente en los hipocondrios, pechos y corazón, bien
vivos y molestos”, que lo habían puesto varias veces a las puertas de la
eternidad y sumido finalmente en una melancolía profundísima”. (28)
En abril de 1731, de un total de diez u once misioneros, cuatro apenas podían
cumplir con sus obligaciones más apremiantes debido a problemas de salud: Jaime
Bravo llevaba varios meses padeciendo “una calentura etílica confirmada y
continua” y más de veinte años “un mal antiguo de estómago”, padecimientos que
le habían debilitado las fuerzas al punto de no tenerlas más que “para poder
decir la santa misa y confesar… con no poco trabajo”; por su avanzada edad
de más de sesenta años, Julián de Mayorga se hallaba “con la salud ya muy
fatigada”; enfermo también, Everardo Helen tenía por entonces seis meses
sin poder salir de sus habitaciones, más que a la iglesia a decir misa, y
Clemente Guillén, accidentado gravemente en su misión de Los Dolores, había
tenido que salir en una canoa rumbo a Loreto, con poca esperanza de llegar…
con vida. (29) Con frecuencia la muerte de un misionero obligó a alguno de
los que sobrevivían a hacerse cargo de administrar temporalmente dos misiones a
la vez, (30), aun cuan do esto implicara un continuo y fatigoso desplazamiento
de una a otra misión.
Como
Nuestra Señora de Loreto era el principal puerto de entrada y el lugar en que
se recibían el situado de la tropa y las memorias de los religiosos, su
encargado tenía sobre sí la responsabilidad de recibir las mercancías,
despachar los barcos, administrar el almacén general, pagar a los soldados y
distribuir todos los géneros que solicitaban los demás misioneros. Esta
complicada labor no podía ser desahogada por un hombre solo, de all´+í que
fuera práctica corriente dejar en este sitio a dos sacerdotes o, bien, utilizat
los servicios de un hermano coadjutor para que entendiera de los negocios
administrativos. Este último empleo fue desempeñado en principio por el hermano
Jaime Bravo, que posteriormente recibió las órdenes sacerdotales, y más tarde
por el hermano Juan Bautista Mugazábal, el que, habiendo sido alférez de
presidio, decidió incorporarse a la Compañía de Jesús, para lo cual obtuvo la
licencia especial de hacer su noviciado en la península bajo la tutoría del
padre Juan de Ugarte. (31)
En
la obra misional jesuítica de California participaron más de cincuenta
religiosos, (32) de los que aproximadamente unos doce murieron en tierras
californianas, dos de ellos, los padres Lorenzo Carranco y Nicolás Tamaral, a
manos de sus propios neófitos. Catorce de los operarios enviados por la
Compañía de Jesús fueron españoles peninsulares. Asistió un número más o menos
igual de misioneros nacidos en la Nueva España y dos, los hermanos Juan y Pedro
de Ugarte, originarios de Honduras. El resto era de procedencia extranjera: un
croata, un escocés, dos de Bohemia, un alsaciano, tres austriacos, ocho nacidos
en los reinos alemanes. Los hubo de muy diversas cualidades: buenos
administradores como Jaime Bravo y Juan bautista Migazábal; incansables
exploradores como Francisco María Píccolo, Fernando Consag y Wescenlao Link;
constructores como Juan de Ugarte, Jacobo Druet y Miguel del barco. Algunos
como Juan Jacobo Baegert, Sigismundo taraval y Miguel del barco dejaron
escritos de gran importancia para la antropología y la historia de la
península, documentos que se complementan con otros muchos informes sobre
diversos tópicos producidos por varios más de los misioneros californianos, así
como con la copiosa correspondencia de todos aquellos religiosos, la que, en
conjunto, tiene un valor testimonial de primer orden.
La reducción de indios
Los recursos de toda índole que se manejaron a través de
la institución misional debían servir ante todo para el cumplimiento de la
función evangelizadora. Tal instancia exigió una diversificación funcional de
las misiones, que, para asegurar la viabilidad del proceso evangelizador,
tuvieron necesariamente que utilizar aquellos mismos recursos para
contrarrestar el nomadismo de los californios vinculando a éstos económica y,
por ende, socialmente con los núcleos poblacionales de carácter sedentario que tendían
a desarrollarse en cada cabecera misional. Es obvio que lograr esto, fijar así
a la móvil población indígena, aun cuando fuera imperfectamente, con el objeto
de propiciar la continuidad del contacto, implicaba en todo caso una
correlativa alteración de las tradiciones culturales de pueblos nómadas de cuya
práctica había dependido hasta entonces la sobrevivencia de los californios.
Una expectativa ideal habría sido la de que el proceso de vinculación de los
aborígenes con las poblaciones misionales fuera cada vez más intenso y
culminara al fin con la sedentarización definitiva de los antiguos nómadas y
con su plena integración a la vida económica y social de los pueblos de misión,
pero lejos estuvieron los establecimientos misionales de california de poder
desarrollar las bases materiales necesarias para llevar hasta tal punto el
proceso de reducción de los grupos nativos.
Es
indudable que los misioneros obraban convencidos de que estaban imperativamente
llamados a salvar las almas de los indios y de que su más urgente obligación
era la de entrar en contacto con el mayor número posible de grupos indígenas a
fin de dar principio desde luego a su cristianización. Toda obra de fundación
imponía por ello a los sacerdotes la necesidad de hacerse expedicionarios a más
de doctrineros.
Nosotros
-dice Píccolo, refiriéndose a los tiempos iniciales de la misión californiana-,
sin faltar a la enseñanza de los que teníamos en casa, salíamos en busca de los
que nos solicitaban, y con estas salidas descubrió el padre rector Juan María
todas las rancherías de que consta la misión de Loreto Conchó y San Juan de
Londó, y yo descubrí [el paraje donde se fundó] la misión de San Francisco
Javier Biaundó, que me abrió puerta para pasar a la contracosta [del Pacífico]
y descubrir todas las rancherías que en su lugar van expresadas. (33)
Puesto
que el apostolado a que aspiraban los religiosos empezaba a ejercerse a partir
de los contactos logrados en el curso de estas expediciones, los misioneros se
apresuraban a hacerlas y siempre recibían con regocijo cualquier noticia sobre
la buena disposición que tuvieran las rancherías desconocidas por ellos para
aceptar una visita inicial. Muy alentado se mostraba Píccolo al ver que algunas
rancherías nuevas le solicitaban a través de mensajeros que fuera a visitarlas
a los parajes que habitaban, ofreciéndole que le presentarían niños para el
bautizo y que le entregarían asimismo vestiduras de las que usaban los
curanderos, “sin saber ellos -declaraba dicho misionero- las ansias de mi
corazón, que no necesitaba de tantos impulsos para ir colando”. (34)
En
estas búsquedas, el misionero iba proveído de todo aquello que se acostumbraba
regalar a los indios para ganarles la voluntad, y no sólo distribuía los
regalos en ocasión de los primeros encuentros, lo mismo entre la población
adulta que entre los niños, sino que ofrecía a los distintos grupos continuar
las dádivas en el lugar escogido para asiento de la misión. Luego de regalar
maíz y otras cosas a varias mujeres y muchachos de una ranchería cercana a La
Paz y de decirles “cuantas diligencias había hecho por hallarlos y el gran
consuelo que tenía de verlos”, el padre Bravo no dejó de instar a aquellas
gentes a “que fuesen… al puerto de La Paz, donde tenía ropa que dar a todos y
otros regalos”. (35) Las dádivas efectivamente se hacían en la misión cada vez
que un grupo se acercaba a ella, al punto de quedar establecidas como una
práctica permanente. Así, al paso del tiempo, mientras los indios usaban cada
vez menos del contra regalo, quizá por considerarlo, ya en las nuevas
circunstancias, innecesario como acto de propiciación, las misiones mantenían y
reforzaban su carácter de centros de aprovisionamiento ocasional para la
población indígena comarcana, la que a la postre hacía de su contacto con la
misión un recurso más de sobrevivencia, agregado a los tradicionales de la
caza, la pesca y la recolección. No es extraño que las rancherías que quedaban
al margen de esta relación procuraran establecerla en cuanto se enteraban de
los que significaba para los grupos que ya acudían a las misiones.
Las
tareas de difusión religiosa se veían favorecidas con todo esto, según se
esperaba, pues el interés de los indios por participar en los repartos de
comida proveía al misionero de una constante clientela de posibles catecúmenos,
bien dispuesta por lo demás aceptar obligaciones como la de asistir a la
doctrina y los oficios religiosos a cambio de asegurar la retribución
alimenticia. Podemos pensar que los indios consideraban sufrientemente
atractivo el beneficio e innocua y llevadera la obligación adquirida, a juzgar
por la general tendencia que mostraba acercarse a las nuevas misiones y a permanecer
en ellas cuanto tiempo les fuera posible. Así ocurrió, por ejemplo, al fundarse
San Francisco de Borja, donde en menos de dos meses se incorporaron a la misión
trescientos treinta y cuatro californios, de los que ciento cuarenta y dos
habían sido en ese lapso bautizados (36) El resto de los indios se mantenía en
doctrina y, según el padre Link, ministro del lugar, edra tanta la gente que se
acercaba con ánimo de agregarse a la comunidad que había necesidad de
contenerla, pues, señalaba el padre, “si de un golpe todos vinieran, uno al
otro estorbará en la instrucción” (37). El indio gentil iba por comida; el
padre la daba para poder catequizar. Hablando de los años que siguieron a la
fundación de San Francisco de Borja dice Miguel del Barco: “Teniendo con qué
dar de comer a los catecúmenos, procedía prósperamente la conquista espiritual”.
(38) Y en tal forma continuó la misión atrayendo a los indios y el misionero
catequizándolos que Link podía informar en 1767 que eran mil ochocientos trece
los neófitos ligados a la misión y no había ya en los dilatados contornos de su
jurisdicción “gentil a quien reducir”. (39)
Al
fin misionero con contaba con previas experiencias en otras reducciones, como
fueron las de la tarahumara, desde el inicio de la empresa de fundación misional
en la península Salvatierra valoró la importancia que, para la evangelización
de los californios, tenía el hecho de que abriera una tregua en el deambular
nómada de aquellos indios mediante el recurso de proveerlos temporalmente de un
alimento seguro:
Su
primer cuidado -escribió Venegas respecto a Salvatierra- era el maíz cocido y
el atole que se había de repartir cada día a los que asistían a la doctrina
cristiana, y por su imposición quedó esto asentado para todas las misiones.
Porque, como la tierra es tan pobre y los indios no tienen más alimentos que
las raíces y frutas silvestres que salen a buscar por los montes, para poderlos
doctrinar ha sido necesario que los padres misioneros los sustenten mientras
están en instrucción, o sea para recibir el bautismo, como sucede a los
catecúmenos. O sea, después, para arraigarse bien en la vida cristiana… (40)
La
práctica de repetir alimentos en las misiones para atraer a los indios y
mantenerlos por algún tiempo como sujetos de catequización tenía la ventaja de
ser un método de reducción que se activaba, entre otros factores, por los
propios intereses que se despertaban en los catecúmenos. En la interpretación
jesuítica, esos repartos aparecen referidos como actos de beneficencia y
caridad que respondían primordialmente a un imperativo moral del cristianismo y
que, por ser intrínsicamente buenos, no podían sino dar lugar a una respuesta
indígena, igualmente positiva, de gratitud y espontaneo sometimiento al orden
misional. Servirse de un medio como ése, “que amansa y domestica a las bestias
más bravas”, apunta Venegas, fue lo que permitió al padre Salvatierra doblegar
suavemente a quienes “habían vivido en su gentilidad más como bestias montaraces
que como hombres racionales” hasta llegar “a convertirlos de lobos en mansos
corderos”. (41)
En
la medida en que hubiera bastimentos disponibles se procuraba que los catecúmenos
asistieran de modo más o menos permanente a la misión hasta que recibían el
bautizo, luego de lo cual, si era necesario para poder destinar los limitados recursos
misionales a la alimentación de otros grupos, se les instaba a retirarse a los
parejes que tradicionalmente habían utilizado para acampar o, en su caso, a
otros que no estuvieran excesivamente alejados de la misión. Los indios no nada
más se retiraban ya rudimentariamente incoados en las prácticas y creencias del
cristianismo y con la sanción bautismal de esa incitación; su estancia en la
cabecera durante el periodo inicial de instrucción religiosa le daba
oportunidad de adquirir un conocimiento práctico de lo que era la vida
sedentaria y les hacía participar así de una experiencia social que en
múltiples sentidos tendía a modificar sus hábitos y, con ello, sus condiciones
de vida.
Se
conseguía de esta manera hacer perdurar el influjo de la misión más allá del
momento de la salida de los indios y es obvio que ese influjo habría de ser más
efectivo cuanto mayor fuera la permanencia de los nativos en la cabecera
misional. Siendo esto así, resulta explicable que los jesuitas se esforzaran
sistemáticamente por prolongar el tiempo de estadía en la misión, ya que no de
todo el conjunto de la población indígena, para lo que no solían contar con
recursos suficientes, al menos de un sector de dicha población, el de los niños
aborígenes, cuya alimentación era menos gravosa que la de los adultos y sobre
quienes se podía ejercer una influencia más decisiva y duradera. Tuvieron por
conveniente los misioneros, y así lo hicieron en cuanto les fue posible,
proveer lo necesario para el sostenimiento de cuantos niños podían recoger en
la misión, los que por lo general permanecían allí, al cuidado del ministro
religioso, de los seis a los doce años, (42) con lo que se lograba formarlos en
un ambiente diferente respecto de aquel en que vivían sus padres. Para
favorecer esta política, los jesuitas trataban con especiales deferencias a las
mujeres, que desde un principio servían de mensajeras y mediadoras, y a los
niños, cita confianza hacia el misionero se procuraba despertar desde la más
temprana edad. Salvatierra acostumbraba agasajar a las mujeres embarazadas y
dispensarlas de todo trabajo, y no dejaba de enviarles algún regalo cuando
daban a luz. (43) Estas medidas hicieron posible que, al cabo del tiempo., las
nuevas generaciones indígenas no vieran a la misión como algo extraño a su
propia experiencia y tradición sino como un sitio familiar, muy ligado a su
vida y sus intereses.
Cuando
recién quedaba fundada la misión y carecí aun de un sistema agrícola local, las
posibilidades de alimentar a los indios con los que el misionero empezaba a
trabar relación eran sumamente limitadas, por lo que muchas veces sólo se podía
repartir una ración diaria a cada individuo, y en ocasiones ni siquiera esto
era dable hacer. Al disminuir las reservas de alimento, la vuelta inmediata a
la recolección y la caza se hacía obligada de modo que ni los indios podían
quedarse más al lado del misionero ni éste les estorbaba su retiro a los
montes. De una situación tal da constancia el siguiente texto del padre Bravo,
primer ministro encargado de Nuestra Señora del Pilar de la Paz:
Misión de Nuestra Señora
del Pilar de la Paz de Airapí
https://programadestinosmexico.com/mision-de-nuestra-senora-del-pilar-de-la-paz-de-airapi-bcs/
Este mismo día, después de dar de almorzar a
todos los feligreses, y viendo que mi bastimento era poco, pidieron licencia
los hombres para ir a cazar venados, y se les dio un poquito de maíz como
viático, y les dije [que] volviesen cuando gustasen; y hasta que me venga
socorro podré darles una comida al día…” (44)
El
continuo reabastecimiento de la misión le permitía al ministro, en casos como
este, manejar de nuevo la oferta alimentaria para seguir atrayendo a los
indios, mientras por otra parte apuraba como podía las primeras labores
agrícolas. Nunca las provisiones que se recibían de la contra costa fueron
suficientes para cubrir totalmente las necesidades de los establecimientos
misionales, tanto más cuanto que dichas necesidades fueron creciendo al multiplicarse
las fundaciones y aumentar en cada una de ellas el número de indios reducidos.
Los cultivos locales de maíz, trigo, frutas y legumbres, a más de los
pecuarios, proporcionaron, al desarrollarse, cuotas complementarias de
aprovisionamiento que, aunque sirvieron para dar mayor estabilidad a los
centros misionales, no en todos los casos alcanzaron la magnitud necesaria para
asegurar el autoabastecimiento de la respectiva unidad misional, nivel
productivo que era la meta económica que idealmente se perseguía y que se
esperaba fuera a la vez resultado y punto culminante del proceso de reducción.
Por los límites que el medio físico de California imponía a la expansión de la
agricultura, pocas fueron las misiones capaces de contar alguna vez con una
producción agrícola bastante para mantener a toda su feligresía. No ignoraron
los jesuitas lo que esto significó para el programa de reducción de los indios
ni dejaron de lamentar que sus afanes para incrementar la producción agrícola
se vieran frustrados finalmente por las condiciones del medio natural. En 1742,
a los cuarenta y cinco años de haberse iniciado la actividad misional en
California, el padre Bravo describía aquélla como una situación que no había
podido ser superada y que no parecía tener otras perspectivas que las de
continuar como hasta entonces. Informaba el religioso:
Los
pobres californios no tienen aversión a nuestra santa religión católica y
acuden con poca o ninguna dificultad a donde hay algo de comida, de suerte que
el padre misionero que tuviere maíz conque sustentarlos los tendrá junto cuanto
tiempo hubiera de comer. Hasta ahora sólo la última misión del norte, del
nombre de San Ignacio, ha podido con sumo trabajo coger anualmente el maíz que
necesita, y ni le sobra ni tiene capacidad de tierra y agua más que la muy
precisa para su manutención. Otra misión hay que pueda, con sólo lo que siembra
y coge, mantenerse de maíz sin que necesite de mar en fuera; ni tampoco hay
ninguna que haya omitido diligencia a todo costo y trabajo, como que es el
principal medio para el bien de los pobres indios, los más miserables de
cuantos habrá en todo el mundo. (45)
Manifiesta
fue la preocupación de los misioneros por localizar sitios que fueran propicios
para la agricultura. Siempre que hacían recorridos de exploración, la búsqueda
de tales lugares y su registro eran objeto de sus principales cuidados. (46)
Sabiendo lo que para su proyecto misional significaba la agricultura, el conocimiento
directo del medio físico peninsular les permitió desde un principio advertir
que no les sería posible aprovechar para los cultivos sino cortas y aisladas
extensiones de tierra, debido fundamentalmente a la falta de agua. (47) Tierras
llanas y de buena calidad para la agricultura las había en relativa abundancia,
pero pocos eran los manantiales que poseían servir para irrigarlas. Y siendo
así que el régimen general de lluvias hacia prácticamente imposible la
agricultura de temporal, las zonas de cultivo no llegaban a ser extensas,
aunque era más bien alto que bajo el índice de rendimiento de lo sembrado.
Aprovechar el agua de superficie al máximo fue, por todo esto, un imperativo al
que debieron responder los misioneros con el propio esfuerzo y con el de sus
neófitos. Muchas veces fue necesario construir canales de considerable longitud
para llevar el agua a los sembradíos, como se hizo en Santa Gertrudis, (48) y
otras más resultó absolutamente imprescindible acarrear desde sitios distantes
hasta varios miles de cargas de tierra para integrar un pequeño suelo de
cultivo en las inmediaciones de algún manantial. (49) Si exiguo e insuficiente
fue el espacio agrícola formado en la California de las misiones jesuíticas,
alto fue en cambio el costo en trabajo humano que representó su integración y
preservación.
Algunas
veces –se lee en la obra de Baegert-, el agua se introducía por altos y
hondonadas, desde una distancia de media hora, por medio de canales angostos;
otras los pequeños chorros de agua se juntaban de seis o doce lugares
diferentes en un depósito común; en otra parte se tapaba un pantano con veinte
mil cargas de piedra y otras tantas de tierra. Casi siempre resultaba
indispensable rodear el agua y la tierra con muros o baluartes, o levantar
presas para evitar que, en un lugar, se escurriera la poca agua, o que, en
otro, fuera arrastrada toda la tierra por los torrentes de los arroyos. Y, sin
embargo, frecuentemente todo resultaba en vano… (50)
Esa
obra de habilitación agrícola que, en efecto, muchas veces se hacía en vano o
rendía escasos frutos fue la reducida base material sobre la que hubo de
sustentarse en buena parte el desarrollo económico interno de las misiones.
Donde la expansión de la agricultura se detuvo, allí también se estancó la
posibilidad de crecimiento de la sociedad sedentaria. Otra fuente de recursos
básicos estuvo representada por la ganadería, que se expandió en ámbitos
territoriales muchos más amplios; pero en modo alguno esta actividad pudo
incidir en forma decisiva en el proceso de asentamiento del indio, dado que los
bajos índices de agostadero de los terrenos peninsulares obligaron adoptar un
sistema de pastoreo libre que dio por resultado la dispersión inmediata y
ulterior alzamiento de la inmensa mayoría de los animales. La vida sedentaria
representó así, para los naturales, una alternativa estrecha que no les
permitía el abandono de su tradicional economía de apropiación ni, por tanto,
el de su existencia nómada. Los indios no podían ser asentados permanentemente
en las misiones, se declara en un informe de 1745, porque, a causa de la “increible
esterilidad” de la tierra, no había modo de ocupar a un tiempo a todos los
nativos ni se tenía conque mantenerlos, razón por la que a los misioneros les
resultaba “preciso dejarlos vaguear por
los montes, en donde buscan, con las frutillas silvestres, el mantenimiento que
no hallan en los pueblos”. (51)
Como
la economía misional se mostrará incapaz de absorber e integrar a la población
indígena en su totalidad, los jesuitas establecieron en sus misiones
peninsulares un característico modo de funcionamiento, mediante el cual se
procuró mantener a todos los neófitos bajo el influjo reiteradamente ejercido
de la misión, no obstante que todos los indios pudieran ser a la vez acogidos
en los poblados. En los principios de la conquista, los padres se habían
propuesto sustentar a todos los indios “que se juntaban en los pueblos, a
trueque de que no viviesen vagantes por los montes y pudiesen ser instruidos en
la fe”. (52) pero el hecho de que las misiones, aun cuando hubieran conseguido
desarrollar una producción agrícola local, no se dieran abasto para mantener
sino a cortos grupos de nativos, demostró con absoluta evidencia que los
pueblos formados en la península alcanzaban muy pronto un límite crítico de
crecimiento.
Los
religiosos advirtieron que, de no encontrar un medio de superar esta
restricción de origen económico, amplios sectores de la población autóctona
permanecerían insumisos y al margen del proceso de evangelización. Ante este
problema, no pareció a los padres que hubiera otro remedio que limitar, en cuanto
a tiempo, la permanencia de la población nativa en las cabeceras de misión. Fue
necesario proceder en esto de un modo organizado para que, sin necesidad de
retener en los pueblos en conjunto entero de los nuevos cristianos, éstos
tuvieran por turnos, ocasión de participar en la vida misional, al mismo tiempo
que los padres la hallaran de seguir impulsando la catequización y de atender a
toda su feligresía. Así, pues, se reglamentaron las visitas de los indios a las
misiones de tal forma que nada más asistieran a éstas, a la vez, grupos cortos
de gente, los que, después de pasar unos días en la correspondiente misión,
debían retirarse a sus zonas habituales de residencia para dejar lugar en el
poblado a otros contingentes semejantes. Cumplido su periodo de visita, los
nuevos grupos también habrían de irse del pueblo para que prosiguiera la
operación con las restantes rancherías de la comarca, que igualmente debían
asistir a la cabecera misional por turnos y periodos determinados. Al
completarse una ronda tenía que iniciarse otra con el mismo orden. Se lograba
así que todos los grupos pasaran varios días en la misión, aunque no llegaran a
asentarse definitivamente en ella. Este método de visitas alternadas se
generalizó rápidamente y hubo misiones en las que se aplicó desde el momento
mismo en que fueron fundadas. (53)
Tanto
el número de rancherías que hacían a un tiempo la visita como los periodos de
permanencia en el pueblo variaron según el volumen de la población indígena
existente en cada jurisdicción misional y la capacidad productiva que tenía
cada pueblo en materia agrícola. Parece que lo más común era que el total de
rancherías quedara dividido en cuatro conjuntos para que cada uno de estos
asistiera a la misión durante una semana entera en el curso de un mes. Así lo
señala Baegert (54) y es de creerse que tal hay sido el sistema que en general
se procuró seguir. Venegas dice que las rancherías se iban “remudando de dos en dos cada semana” en
las cabeceras misionales; (55) pero la remuda no fue necesariamente de dos
rancherías en dos. La idea era que se efectuara una ronda completa cada periodo
lunar, o sea cada cuatro semanas, y muchas misiones tenían bajo su dependencia masa
de ocho rancherías. Sabemos que, en La Purísima, en tiempos de Tamaral, iban
seis rancherías a la misión “cada cuarto de luna”, (56) lo que indica que
habría en la jurisdicción aproximadamente veinticuatro rancherías. También se
daba el caso de que algunos grupos que vivían en lugares muy distantes de la
correspondiente cabecera hicieran la visita en forma más espaciada y sólo
fueran a la misión “cada dos lunas, una vez”. (57) Inevitable fue que los
periodos de permanencia en el pueblo se redujeran a sólo dos o tres días en ellas
misiones que tenían muy pocas tierras de cultivo. (58) Por otro lado, cuando
los recursos de una misión no estaban muy restringidos, se siguió la costumbre
de que todas las rancherías cercanas a la cabecera asistieran simultáneamente a
ésta los domingos y demás días de festividades religiosas con el objeto de que
hubiera una participación amplia de los indios en los oficios del culto
cristiano.
Según
puede inferirse de lo que hemos venido explicando, la California jesuítica se caracterizó
por la inestabilidad básica de sus núcleos misionales de población,
constantemente desintegrados y recompuestos a consecuencia de la práctica del
sistema de visitas alternadas. Mínima fue la población nativa que tuvo la
opción de incorporarse a los pueblos de misión por periodos más o menos largos
o bien de hacerlo en forma definitiva. Ya se ha dicho que los niños eran
usualmente recogidos en las cabeceras por un tiempo de hasta seis años. La
estancia de ellos en la misión, aunque más prolongada que la de otros sectores
indígenas, resultaba de cualquier modo transitoria y concluía, en cada caso,
cuando el niño dejaba de serlo para convertirse en púber. El destino de la
mayoría de estos niños asentados pasajeramente en la misión era el de reintegrarse
a sus comunidades de origen para compartir, con los demás miembros de éstas,
lugar de residencia y formas de vida, lo que representaba un momento reversivo
dentro del proceso de aculturación.
Un
arraigo más estable llegaba a tener los indios que ese empleaban en el servicio
doméstico de las misiones o que asistían a los padres en los oficios
religiosos. Los jesuitas siguieron la política de mantener como población fija
de las misiones a las rancherías que habían tenido por suyos los parajes que
servían de asiento a las cabeceras; pero, aunque estos grupos tendían a
desarrollarse como sedentarios, no siempre podían romper completamente su
antigua dependencia respecto de la caza y de la recolección. En épocas
difíciles, de escasez, esa población radicada en los pueblos disminuía en
volumen, pues los indios tenían que salir al campo en busca de un complemento
alimenticio. Esto mismo pasaba en las pocas misiones de las que, por tener
buenas tierras de cultivo o muy escasa población indígena, se decían que
estaban en aptitud de alimentar a toda su feligresía. Hacia el final de la
época jesuítica, solamente cinco misiones mantenían a toda su población
“alrededor de la casa”; se trataba, explica Baegert, de las misiones menos
populosas” (59), o sea que podían albergar a todos sus indios precisamente
porque éstos eran ya muy pocos.
Fuera
de las cabeceras misionales no hubo asentamientos indígenas de significación.
Puede sugerir lo contrario la constante mención que, en los documentos, se hace
de los pueblos de visita que dependían de las distintas misiones. El hecho es
que pocas de esas unidades sociales referidas como pueblos de visita fueron
algo más que “rancherías volantes”, como solía designarse a las bandas que se
desplazaban usualmente en un territorio propio de recorrido y sólo suspendían
las actividades de caza, pesca y recolección cuando les tocaba acogerse en las
cabeceras. San Marcos, por ejemplo, que es mencionado por Venegas como pueblo
de visita de la misión de Santa Rosalía de Mulegé (60), no era más que una
ranchería que se mantenía de la pesca y de frutas silvestres, como tunas,
pitahayas y mezcal”, sin que, por lo menos hasta 1746, tuvieran más asomo a la
vida sedentaria que cuando iba los días de fiesta la misión. (61) En otros
casos puede hablarse de un germen de poblamiento sedentario, como el de San
Ignacio, un pueblo de visita de la misión de San José de Comondú, en el que ya
para 1720 había cultivos agrícolas, aunque su condición fuera más bien de
rancho que de pueblo, según afirmación del religioso que lo atendía. (62) En
una fecha posterior, en el año de 1730, el padre Echeverría podía declarar que
en toda el área ocupada por las misiones no se había podido formar pueblo
alguno de indios, y que éstos seguían constituidos simplemente en rancherías.
(63) es decir que seguían como bandas sin asiento fijo. A lo que a veces se
aludía como pueblo era al paraje que, de un modo más continuo, usaba para
acampar cada una de estas bandas. Allí se acostumbró a hacer sencillas
construcciones, seguramente más rudimentarias que las de las cabeceras, (64)
para que el sitio contara siquiera con una capilla y el padre con un lugar de
alojamiento. Estas solas construcciones servirían para afirmar el carácter
principal del paraje, pero no bastaban para inducir un proceso de asentamiento
a menos que hubiera un desarrollo agrícola local, sólo posible, por otra parte,
cuando, a más de haber tierras y aguas, mediara la iniciativa del religioso. El
haber sido durante dos décadas cabecera de misión le permitió a San José del
Cabo seguir teniendo agricultura y población indígena fija luego de convertirse
en pueblo de visita de la misión de Santiago; pero, en cambio, la misión
ubicada en la bahía de La Paz, en donde por el agotamiento de agua se acabaron
los cultivos, dejó de ser un sitio de asentamiento desde el momento en que
perdió su estatuto de cabecera misional. A la vista de todo esto no es
infundado afirmar que el fenómeno de la reducción se constriñó esencialmente al
espacio constituido por las cabeceras misionales, situadas en mejores terrenos
que los pueblos de visita y dotadas de un aparato organizativo que, con todas
las limitaciones ya señaladas, permitía la sedentarización de algunas, bien que
cortas, fracciones de la población indígena peninsular.
Unos
autos de visita formados en el año de 1755 por un padre jesuita que no hemos
logrado identificar, incluyen, en su rico contenido informativo, un conjunto de
datos que muestra de una manera más o menos clara el estado en que se hallaba
el proceso de reducción de los californios en una fecha avanzada y
relativamente próxima a aquella en que los ignacianos hubieron de salir de la
península. (65) Se refieren dichos documentos a las doce misiones que entonces
funcionaban en la provincia californiana y precisamente por dar de cada una de
ellas una información válida para un mismo momento, tienen para nosotros la
virtud de poder ser aprovechados para medir el avance global de la reducción y
estimar, aun cuando no sea en forma numéricamente precisa, el porcentaje de
indios que hacia ese entonces tenía en las misiones sus fuentes básicas de
sustento y el de los que todavía dependían en buena parte para sus subsistencia
de los recursos silvestres o de los que por su cuenta recogían en las marismas.
Es menester presente que la población aborigen de la zona de ocupación misional
se hallaba a la sazón muy disminuida, sobre todo en las misiones más antiguas.
De
acuerdo con los documentos de referencia, tan sólo en tres de las doce misiones
existentes no se practicaba el método de las visitas alternadas porque todos
los indios vivían en los poblados, donde se les daba de comer tres veces al día.
Eran las misiones de Loreto, con 91 indios cochimíes; de Santiago, con
159 indios pericúes en la cabecera y 73 en su pueblo de visita de San
José del Cabo, y de Todos Santos, con 251 indios guaycuras. (66) Digamos
por nuestra parte que los indios asentados en Loreto no eran descendientes de
los que originalmente habitaron la región, que, no de lengua cochimí sino de
otra que los jesuitas tuvieron por distinta de ésta, seguramente habían ya
desaparecido por completo. Por lo que toca a las misiones de Santiago y Todos
Santos, y al poblado de San José del Cabo, éste pues, con la categoría de
pueblo de visita, hemos de decir que su población nativa original había sumado
varios miles de individuos, como se deduce de los informes rendidos por los
misioneros fundadores. (67)
AÑO DE 1755
|
Misión |
Población indígena subsistente en
la jurisdicción |
Población indígena sustentada con
recursos de la misión |
Porcentaje de la población
indígena sedentarizada |
|
Loreto |
91 |
91 |
100% |
|
Santiago |
232 |
232 Se incluye la
población de San José del Cabo |
100% |
|
Todos Santos |
251 |
251 |
100% |
|
Nuestra Señora
de los Dolores |
624 (6 rancherías) |
104 (1 ranchería) |
16.66% |
|
San Luis
Gonzaga |
352 (4 rancherías) |
88 (1 ranchería) |
25% |
|
San Francisco
Javier |
380 (4 rancherías
con 89 familias) |
190 (44 familias) |
50% |
|
Santa Rosalía
de Mulegé |
294 (3 rancherías) |
98 (1 ranchería) |
33.33% |
|
San José de
Comondú |
387 |
387 Se dice que las
más estaban sustentadas) |
Casi el 100.33% |
|
La Purísima |
320 (8 rancherías) |
46 (1 ranchería) |
14.37% |
|
Guadalupe |
472 (5 rancherías) |
94 (1 ranchería) |
19.91% |
|
San Ignacio |
1 012 (7 rancherías) |
145 (1 ranchería) |
14.32% |
|
Santa Gertrudis |
1 588 (9 rancherías) |
69
|
4.34% |
|
Totales |
6 003 |
1 795 |
29.9% |
FUENTE: Autos de visita: 1755, Universidad de Texas, Austin, Colección
W.B. Stephens 67.
Las demás misiones eran todavía incapaces de absorber a
todos sus indios y en la mayoría de ellas los residentes fijos constituían
apenas un porcentaje mínimo de la respectiva población jurisdiccional. Dos de
estas misiones Nuestra Señora de los Dolores y San Luis Gonzaga, tenían
población guaycura. La primera contaba con “624 almas en 6 rancherías”;
una de estas rancherías estaba de asiento en la cabecera, mientras, las 5
rancherías restantes formaban otros tantos pueblos de visita. (68) San Luis Gonzaga tenía 352
indios distribuidos, según el redactor de estos documentos, en 4 rancherías y
también con una sola de éstas como residente fija de la cabecera. (69) La situación no variaba mucho
en las misiones cochimíes: había en la misión de San Francisco Havier
“como 44 familias de asiento y 3 rancherías, de a 15 familias cada una, que
cada 15 días vienen a misa”, población que en conjunto sumaba 380 individuos; (70) Santa Rosalía de Mulegé tenía
“como 80 familias y como 294 almas” distribuidas en tres rancherías, una con
asiento en la cabecera; (71) San José Comondú “como 387
almas en 109 familias”, de las que “las más” vivían “de asiento en el pueblo”; (72) La Purísima, “como 320 almas en
90 familias”, las que formaban 8 rancherías, una que estaba en el pueblo y 7
que sólo iban a la cabecera “cada 15 días por su orden” y duraban allí una
semana; (73) Guadalupe tenía 472 indios que
constituían 130 familias y estaban repartidos en 5 rancherías, una de las
cuales estaba en la cabecera y las demás bajo condición de pueblos de visita; (74) en San Ignacio había “como 240
familias y 1 012 almas, en 7 rancherías”, una de ellas con asiento en la
misión; (75) y, finalmente, Santa Gertrudis,
las más populosa, pero también la de más reciente fundación, tenía 1 588 indios
repartidos en 9 rancherías, una que se hallaba de fijo en el pueblo y se
formaba por 69 individuos, y las otras que hacían “algún pie” en distintos
parajes de la jurisdicción e iban por turnos a la cabecera cada domingo “a misa
y plática y cuenta de conciencia”. (76) En Santa Gertrudis se encontraban también ´por esas
fechas “21 gentiles”, (77) , que seguramente no irían a
pasar allí más tiempo que el necesario para recibir el bautismo.
La índole asistemática de estos registros, la vaguedad de
algunos de los datos y el hecho de que, salvo en algún caso particular, no se
consigne el número de integrantes de cada ranchería son factores que impiden
hacer una cuantificación precisa de los indios que, por sostenerse básicamente
de los recursos obtenidos en la misión, puede decirse que se hallaban reducidos
a pueblos y en vías, quizás, de lograr una integración irreversible a la vida
sedentaria. De todas formas, los datos recogidos por el visitador permiten
hacer ciertos cálculos que, en términos generales, pueden resultar confiables.
Para ellos hemos de suponer que las rancherías de cada misión tenían un número
igual de miembros, esto es, que podemos calcular el tamaño de cada ranchería si
dividimos el número total de indios de la misión entre el número total de
rancherías en que se nos dicen que estaban distribuidos.
En relación a lo que podía
observarse en la península al tiempo que los jesuitas se vieron obligados
abandonarla, escribió en su Diario Miguel Costansó:
Lo reducido de la
California, empezando desde el Cabo de San Lucas, llegaba solamente hasta los
treinta grados y medio de latitud, en que se halla la misión de Santa María…;
pero todo este tramo estaba apenas
poblado de otra gente que de sus mismos naturales, congregados muy pocos de
ellos en las misiones y dispersos los
demás en diferentes rancherías vagantes que reconocían como a cabecera más
inmediata; éstos, cuyo número es bien limitado, a excepción de hallarse
catequizados y hechos cristianos conservaban en lo restante el mismo modo de buscar la vida que en su gentilidad, en la
caza o en la pesca, viviendo por los montes para recoger las semillas y frutas
que ofrece la tierra sin cultivo alguno. (78)
El orden misional
La estancia en la misión tenía
para los indios diversas implicaciones, de las que hemos de considerar en este
apartado algunas de las más inmediatas, es decir, de aquellas que
manifiestamente resultarían del solo hecho de que el indio pasara a formar
parte del núcleo poblacional de la cabecera así fuera de un modo transitorio.
La vida en la misión trascurría con arreglo a un orden establecido y era
ineludible que a ese orden ajustaran sus pautas de comportamiento todos los
eventuales componentes del poblado. En el pueblo, el indio no tenía más opción
que la de someterse a un modo de vida radicalmente diferente respecto del que
por tradición y necesidad seguía cuando se hallaba fuera de la misión. Y a
hemos visto que un amplio de la población indígena no residía de fijo en las
cabeceras misionales, aunque periódicamente se integraba a ellas. Para tal
sector, el cambio que significaba el paso a la vida, era una experiencia
repetida de la que no se derivaba necesariamente una integración cada vez más
completa y duradera con los núcleos de vida sedentaria. En cambio, ese tránsito
continuo de una forma de vida a otra, que conllevaba una adopción alternativa
de pautas de comportamiento en su mayor parte antagónicas entre sí, fue
acumulando efectos en la estructura de las culturas autóctonas, cuyos elementos
constitutivos tendieron a cambiar por sustitución y cuya unidad orgánica fue
perdiendo congruencia interna en obvio detrimento de la eficacia del sistema.
Una mayoría de la población indígena osciló entre dos formas de vida
diametralmente opuestas, en una permanente situación de ambigüedad cultural.
Veremos las pautas formales de comportamiento que los indios estuvieron obligados
seguir mientras permanecían en el poblado misional, a fin de contrastar esas
pautas con las que los californios recuperaban al separarse de las cabeceras de
misión. Esto nos permitirá establecer a grandes rasgos la polaridad en que
fluctuó el proceso de aculturación.
El reparto de alimentos, que se hacía en forma
circunstancial al ocurrir los primeros contactos, en el lugar y a la hora que
los indios se acercaban a los misioneros y sin que hubiera necesidad de que la
distribución se limitara a grupos determinados, tuvo que practicarse conforme a
un sistema menos flexible luego que los grupos poblacionales de las misiones
empezaron a configurarse y que ya no bastó con motivar un momentáneo
acercamiento del indio sino que se hizo necesario retener a grupos enteros por
periodos más prolongados. Se procuró así en las misiones, que los repartos se
hicieran a horario fijo y que fueran en general equitativos. Por cuanto que se
trataba de evitar que los indios se vieran forzados a salir día con día de la
misión para buscar en otras partes sus sustentos, fue preciso que las raciones
que se repartían a cada individuo, aun siendo frugales no dejaran lugar para
que el hambre provocara una dispersión incontrolada de los neófitos. En
realidad, los californios conocían más de privaciones que de excesos en cuanto
a la alimentación, así que con poco que se les diera podían sentirse
suficientemente compensados, aunque siempre se hallaban dispuestos a procurar
una mayor satisfacción. “Pueden aguantar ellos el hambre mucho mejor y por más tiempo
que otras gentes -dice Baegert-, pero también pueden, si les alcanza, baquetear
mucho mejor que otras”. (79) Tal vez fuera esta una
capacidad de adaptación largamente desarrollada por los californios, que les
permitía lograr un balance nutricional y resistir mejor los prolongados
periodos de escasez de alimentos silvestres.
Los indios que estaban en la misión recibían alimentos
tres veces al día: por la mañana, al mediodía y al anochecer. (80) Lo más frecuente era que las
tres veces se les repartiera maíz, que por la mañana y en la noche se
suministraba en forma de atole -maíz cocido y después molido, desleído en agua
y puesto otra vez al fuego- y al mediodía en forma de pozole, o sea el grano
entero cocido en agua. (81) Podía en ocasiones ser trigo cocido el que
recibieran los nativos en lugar de maíz. (82) Esta dieta básica de cereal se complementaba con
“carne fresca o tasajo, frutas y legumbres”, según lo que hubiera en la misión.
(83) De un texto de Miguel del
Barco se deduce que los indios disfrutaban de estos agregados más bien en
ocasión de ciertas festividades religiosas en cuya fecha los padres mandaban
matar algunos toros y repartían con más abundancia que de costumbre las frutas
frescas o secas que hubiera disponibles en el pueblo. (84)
Los repartos
corrieron en un principio por mano de los propios misioneros, pero andando el
tiempo muchos padres delegaron esta función en los indios gobernadores de las
rancherías. También fueron los sacerdotes los primeros cocineros de las
misiones hasta que algunos indios se habilitaron en la tarea y quedaron
encargados de preparar diariamente la comida. Un cocinero indígena preparaba la
destinada a los indios y otro distinto la que se servía en la mesa del
religioso,(85). Ningún día del año dejaba de
estar de servicio el comedor colectivo y siempre se procuraba que la comida preparada
alcanzara para todos los indios que se hallaban en el poblado. Como podía ser
que no hubiera suficiente para todos, los misioneros aseguraban primero la
alimentación de los niños y los desvalidos, como “los ciegos, ancianos, débiles
y mujeres embarazadas”, (86) gentes todas estas que se
hallaban incapacitadas para desplazarse por los montes en busca de algo que
comer. Los enfermos graves también eran objeto de una atención especial; se les
preparaba la comida separadamente y, por lo menos una vez al día, se les daba
carne cocida. (87)
Como los padres
controlaban la distribución de la comida, aunque no hicieran los repartos
personalmente, tuvieron en sus manos un medio efectivo para atraer a los indios
a la misión o impelerlos a volver a los montes, según las posibilidades que
había de alimentarlos en un momento dado. No se necesitaba más que hacer
pública la escasez de bastimentos y restringir la distribución a los que
interesaba mantener en el pueblo para que los demás tendieran desde luego a
abandonar la cabecera. Una medida complementaria de control consistió en
limitar a los indios la libertad de tránsito; podían andar libremente en los
territorios pertenecientes a su misión, pero no podían pasar a otro
establecimiento sin el permiso de su ministro. Arguyendo en favor de esa
prohibición, que consideraba muy necesaria. Del Barco dice que, de no
mantenerla en vigor, sucedería comúnmente que las misiones estuvieran llenas de
gente forastera y vacías de la propia. Y ante tal eventualidad, se preguntaba
el misionero, “¿de dónde sacaría un padre tantos víveres para mantener a tantos
huéspedes ociosos y vagabundos…?(88)
Importa destacar el
hecho de que no todos los indios tenían acceso a la alimentación misional con
la misma continuidad. Comensales de planta eran únicamente los pocos que vivían
siempre en la misión, ya que la mayoría restante, sujeta al régimen de visitas
periódicas, sólo comía en el pueblo de un modo discontinuo, obligada a volver
una y otra vez a sus tradicionales fuentes de alimentación y, con ello, a las
prácticas asociadas a la adquisición y disfrute del sustento silvestre. Para
ese sector lo permanente era el cambio, un drástico cambio que se repetía
cíclica y permanentemente. No era sólo la comida en sí lo que se modificaba de
continuo sino todo el sistema alimentario. Aun admitiendo que el valor
nutritivo de lo que los indios comían fuera de la misión llegara a ser equivalente
al de los cereales, la carne y las frutas que se les repartían en el poblado,
no puede dejarse de considerar que eran muchas otras cosas las que cambiaban en
un caso con respecto al otro. Aparte del contenido de la dieta variaba el
horario en que se consumían los alimentos, pues si en la misión se comía tres
veces al día, en los montes los indios no podían sujetarse a una disciplina
similar. (89)
Diferencia
significativa era también la referente a las condiciones en que se adquiría el
alimento. Dentro y fuera de la misión había que invertir cierto esfuerzo para
conseguirlo, pero, en tanto que su medio tradicional el indio lo obtenía en
forma autónoma, sin que el disfrute estuviera condicionado más que por el mismo
proceso de adquisición, en el pueblo misional lo recibía por intermediación del
misionero y siempre que rindiera a éste la obediencia acostumbrada. Aunque los
indios desempeñaban trabajos en la misión y participaban en la producción de
por lo menos una parte de lo que se les repartía, los jesuitas manejaron
siempre los repartos como si se tratara de una dádiva que cada ministro hacía a
sus neófitos a manera de caridad y para el solo efecto de aliviar la habitual
miseria de la población nativa. Tamaral comentaba que el gasto que se hacía en
su misión para dar a comer a los indios que acudían a ella era mucho, pero
también “inevitable por la total pobreza de estos hijos, que no tienen más trojes
que lo que diariamente cogen en los montes para su sustento”. (90) Ese sentido de favor dispensado
por generosidad y como un puro regalo graciosos tienen muchas otras referencias
de las que se hallan en los documentos jesuíticos. A los indios que vivían en
Loreto, se dice en alguno, “les da la misión de almorzar, comer y cenar”. (91) Todavía se personaliza más la
identidad del donador cuando se dice, por ejemplo, que las rancherías de Todos
Santos debían asistir a la cabecera “porque a todas les da el padre de comer
todo el año”. (92), o que, en Santiago a todos los
indios, chicos y grandes, sustenta el padre y les da de comer tres veces al día
(93). Es posible que los indios
obraran también con la idea de que el ministro era su benefactor y de que a
ellos les correspondía manifestar gratitud y sumisión para granjearse el
beneficio.
Los repartos de alimentos que se hacían en las misiones
no eran actos de beneficio unilateral como lo pretendían los religiosos, puesto
que traían aparejadas diversas obligaciones que los indios debían cumplir tanto
en el poblado como fuera de él. La más general era la de admitir el
sometimiento a todas las instancias del orden misional y obedecer, por tanto, a
los respectivos ministros, lo que en principio obligaba a todos los indios que
estaban en contacto con la misión a hacerse cristianos y a mantenerse
ostensiblemente como tales. Ya fueran residentes fijos, visitantes habituales o
catecúmenos recientemente reclutados, los californios que se hallaban en el
pueblo no podían sustraerse a la diaria participación en diversas actividades
de tipo religioso. Todos debían asistir a las pláticas de doctrina y a la misa
que se decía diariamente, como también quedaban obligados a rezar día con día
el rosario en cuanto aprendían a hacerlo. Para poder distinguir a los
bautizados de los que apenas se iniciaban en la instrucción religiosa o de los
que nunca habían sido sujetos de evangelización, los jesuitas adoptaron la
costumbre de repartir pequeñas cruces de madera para que, a modo de insignia,
las llevaran siempre colgadas del cuello todos los indios que recibían el
bautismo. (94)
Esta identificación
servía quizás para que los padres pudieran exigir un mayor celo cristiano a
quienes las traían. Los que estaban ya aptos para confesarse tenían que hacerlo
con la frecuencia debida y, por lo menos una vez al año, recibir la comunión. Los
oficios religiosos eran un elemento cardinal de la vida cotidiana en las
misiones y en ninguna de éstas dejaban de celebrarse con toda solemnidad “las
fiestas del santo titular, la de natividad, la del Corpus, las dos Pascuas y
algunas de las de la Santísima Virgen”. (95) todas las
rancherías a sus respectivas cabeceras y así, con la asistencia de la totalidad
de sus feligreses, los padres podían disponer “procesiones de penitencia, como
en la cristiandad más bien formada”, y realizar, todos los oficios devotísimos
de aquellos días” . (96)
La misa y todos los
actos rituales en que debía oficiar el padre se celebraban con toda regularidad
en la cabecera y sólo circunstancialmente en los pueblos de visita, cuando el
ministro hacia algún recorrido por los territorios de su jurisdicción. Otras
prácticas de carácter religioso, en cambio, se continuaban en cierto modo aún
después de que las rancherías salían del pueblo. Para lograr esto, los padres
se servían de indios que hubieran aprendido más o menos bien algunos de los
puntos esenciales de la doctrina y que fueran capaces de proseguir la
instrucción de sus paisanos o al menos de guiarlos en sus rezos. A estos
individuos, especie de catequistas auxiliares se les daba el nombre de temastianes (del náhuatl temachtiani: “el
que enseña a la gente”). Se asegura en algunos textos jesuíticos que, aún fuera
de la misión, los neófitos continuaban en la disciplina del rezo y el
aprendizaje: “donde quiera que estén rezan todos los días el rosario y la
doctrina, y el temastián les hace plática que sabe de memoria y es, en suma, la
explicación de la doctrina”. (97) La idea era que con
el retiro de los indios a sus parajes y territorios de recorrido no se
suspendieran totalmente la práctica religiosa de los catecúmenos, práctica que
los sacerdotes pretendían hacer perdurar por cuanto que esperaban que sus
neófitos asumieran el cristianismo plenamente y refrendaran su fe con cada acto
de su vida.
Los niños, los ancianos y los inválidos no tenían en el
pueblo más obligación que aprender la doctrina y concurrir a las demás
funciones religiosas; el resto de la gente debía tener además alguna ocupación
productiva mientras permanecía en la misión- A los varones generalmente se les hacía
trabajar en faenas agrícolas o en la construcción de iglesias, casas, caminos,
pequeñas obras de irrigación, etc.; las mujeres se empleaban en tareas
domésticas y en trabajos artesanales como los de hilados y tejidos. El trabajo indígena
no era remunerado en efectivo; los servicios se prestaban a la comunidad y a
cambio se recibía únicamente alimentación y algún trozo de tela para cubrirse.
En la construcción de la balandra “El triunfo de la Cruz”, emprendida por
iniciativa y bajo la supervisión del padre Juan de Ugarte, participaron, aparte
de un buen número de californios, sólo fueron compensados tres oficiales
carpinteros que se llevaron de la “otra banda”. Al personal llevado de fuera,
que había contratado exprofeso para realizar la parte técnica de la obra y
seguramente salió de la península en cuanto la balandra quedó terminada, se le
pagó su trabajo en reales; en cambio, los operarios nativos, que se ocuparon
como hacheros, aserradores y otros ministerios durante cuatro meses, con
raciones alimenticias. (98) Evidentemente no habría sido
posible que se pagara a los californios en efectivo, tanto por la falta de
recursos monetarios como por el alto costo que habría tenido la obra; pero
tampoco un salario en reales habría sido de utilidad alguna para aquellos indios
en razón de que no había en su medio nada que pudiesen comprar. Un principio de
la organización misional era el de que había que trabajar y producir para el
sostenimiento de la comunidad. El producto del trabajo de los indios en las
labores agrícolas “es sólo para su propio bien”, asevera un autor jesuita para
luego agregar que, mientras que los indios destrozaban lo que podían recoger de
las siembras, los padres guardaban el producto de las cosechas para poder
distribuirlos entre los nativos “con concierto” o para socorrer a otras
misiones más necesitadas. (99)
Contaban las misiones
con algunos trabajadores de planta para el servicio doméstico y para auxiliar
en las funciones religiosas. Los padres distribuían entre los indios empleos
como los de “sacristán, pastor de cabras, enfermero, catequista, policía,
fiscal y cocinero”. (100) La agricultura y la
construcción de edificios, presas y caminos, así como los trabajos de
habilitación de terrenos para el cultivo, eran las actividades que absorbían el
mayor volumen de mano de obra indígena, la que, por otra parte, sólo podía
aprovecharse en la proporción que permitieran los recursos alimenticios
disponibles. Para los que se empleaban en estas labores, la jornada de trabajo
empezaba ya entrado el día y terminaba antes de la puesta del sol, con un
periodo intermedio de descanso de unas dos horas. (101) En muchos casos, sobre todo
cuando los indios de alguna zona apenas se incorporaban a la vida misional, los
jesuitas mandaban a los soldados que actuaran como mayordomos, con la encomienda
de que vigilaran el cumplimiento de las tareas y evitaran que los indios
abandonaran las labores y se fueran a los montes. (102) No siempre se requirió de este control
militar, por lo demás de muy relativa eficacia. La expectativa del premio de la
comida y el temor de que se les excluyera del reparto como una sanción por
negarse a cooperar parecen haber sido, entre los indios, elementos motivadores
suficientemente fuerte como para impulsar a los naturales a prestar los
servicios que se les demandaban.
Algunas veces en efecto, fue notoria la buena disposición
que mostraban los indios para integrarse al trabajo colectivo, aunque éste
implicara grandes esfuerzos, como en un caso que refiere el padre José Rotea
sobre los moradores de San Ignacio, que construyeron tres veces el mismo muro
de contención y dos una presa, arrasados ambos sucesivamente por las violentas
avenidas de los arroyos. Cuenta Rotea, que a pesar de eso, cuando le propuso a
las gentes de varias rancherías que se dieran a la tarea de construir un nuevo
y más sólido muro de contención, todos los hombres accedieron de buen grado a
la petición, “ofreciéndose ellos mismos a estarse de pie (esto es, sin
remudarse por sus turnos, como se acostumbraba para el alivio de la gente)
hasta concluirlo. (103) Habiéndolos visto trabajar con
gran constancia y dedicación, el misionero podía informar que la obra se
realizaba sin necesidad de que asistiera el soldado “como se acostumbra para
que del todo no flojeen”, y que sólo en siete meses, con algunas interrupciones,
sus neófitos llevaban construidas “quinientas trece varas del dicho recinto
(muro) de siete varas de ancho y seis de alto, todo de piedra”. (104) En la misión de La Purísima se contaba para el
año de 1730 con cinco caminos principales, “abiertos a mano y punta de barra”,
que, según cifras que proporciona Nicolás tamaral, tenían en conjunto una
longitud aproximada de ciento cincuenta leguas, “hechos todos y trabajados por
los hijos de esta misión”. (105) El padre Juan
Bautista Luyando, quien se propuso que el pueblo cabecera de San Ignacio
quedara comunicado con los sitios en que paraban usualmente las rancherías
volantes de su misión y al efecto hizo construir un camino troncal “a cada
viento”, refiere que en abrir tales caminos se gastaron meses enteros que en
ocasiones se hizo necesario emplear barretas y picos, por ser los cerros de
puras peñas y las más muy encumbradas y que hubo también que remover grandes
pedregales, hacer pedazos los peñascos por medio e fuego y aun, en ciertos
casos, echar ramas y piedras sobre las piedras para formar una especie de
puente o andador, “por no ser posible con picos abrir alguna vereda.” (106)
Tenemos que suponer
que trabajos como éstos fueron realizados en función de toda una serie de
motivaciones, entre las que quizá la que menos contó fue la compulsión directa
de tipo militar. No puede pensarse que uno, dos o tres soldados, a la que se
reducía la escolta de cada misión, hubieran bastado para obligar a los indios,
que tan fácilmente podían escapar hacia los montes, a construir forzadamente
obras de tal magnitud. Lo que parece más bien es que los padres se servían para
estos de otros recursos, como el de los repartos de comida, capaces de
estimular a los indios para acudir a los trabajos cuantas veces fueran
requeridos para ello. Juan Bautista Luyando ofrecía premios a las rancherías
que lograban mayores avances en la construcción de caminos, (107) premios que seguramente consistían
en raciones alimenticias extraordinarias.
Baegert afirma que los californios realizaban con desgano
los trabajos agrícolas de rutina pese a que tales labores redundaban en
provecho de ellos mismos o de sus paisanos. (108) Dice también que algunos se fingían enfermos para
no trabajar durante la semana y que parecía obra de milagro el que los domingos
, que eran días de asueto, todos los que habían estado postrados por graves
enfermedades dieran muestras de haber recobrado plenamente la salud. (109) La pura comida de los repartos era un estímulo
eficaz, pero de efectos efímeros si no se continuaban otorgando y se reforzaba
con otros recursos estimulantes adicionales que comprometieran vitalmente a los
nativos en un programa viable de desarrollo social, que ciertamente no les
ofrecieron las misiones. Es posible que las manifestaciones de indolencia, como
esas de que habla Baegert, no sean sino la prueba de que la misión despertaba
en la mayoría de los indios un interés que no iba más allá del maíz cocido que
se les daba cuando, llegada la fecha de la visita, tenían oportunidad de
figurar como miembros transitorios de una comunidad de base agrícola que no les
ofrecía más perspectiva que la del repetido extrañamiento.
Las tres comidas del día, los actos religiosos y las
labores productivas se realizaban cotidianamente de acuerdo con reglas
estrictas y un sistema de distribución del tiempo que no dejaban prácticamente
margen a la espontaneidad. Para ilustrar lo que decimos vale la pena
transcribir un texto escrito hacia 1730, en el que el padre Tamaral describe el
orden y la forma en que se llevaban a efecto las actividades diarias de los
indios de la misión de La Purísima, según él lo tenía dispuesto como ministro
del lugar:
La distribución
ordinaria del tiempo es ésta: al querer amanecer se tocan las avemarías;
entonces toda familia doméstica acude a la iglesia, rezan y saludan a la
santísima Virgen, cantan el alabado, primero los hombres, después las mujeres,
después los dos coros, hombres y mujeres; y en ésta y en todas las
distribuciones de concurrencia de hombres y mujeres, siempre están aparte los
hombres, juntos, y en lugar separado las mujeres, juntas; y de la misma suerte
los niños y muchachos en lugar separado y las muchachas juntas en otro lugar.
Después, los que entonces tienen ocupación van a sus oficios, como son los de
la cocina y los que aparte hacen el desayuno para los trabajadores, para
enfermos, viejos, huérfanos, etc. Los que no tienen entonces ocupación acuden…
a misa que se dice todos los días, y, acabada la misa, rezan y cantan el
alabado. Después el padre les reparte el desayuno, que es atole. Acabado éste,
cada uno acude a lo que se le ha encargado; los hombres al trabajo de campo o
fábrica de iglesia, que al presente se está haciendo; las mujeres, unas a hilar
algodón y lana, otras a hacer medias, otras a sus tejidos que ya hacen de lana
y algodón. El temastián instruye para confesar [a] las rancherías que van
viniendo a sus tiempos y a los viejos y viejas rudos; el padre atiende a todos.
A las diez del día se toca la campana y acuden a la iglesia todos los niños y
niñas de doctrina y, puestos aparte unos de otros, rezan toda la doctrina y,
acabada, cantan una vez el alabado. Después se reparte la comida, que es, a los
trabajadores, pozole; a los viejos y viejas, niños y niñas, atole y algo de
pozole. Después de comer descansan hasta las dos y entonces cada uno prosigue
el trabajado que se le ha encomendado. A las cinco de la tarde se troca la
campana y acuden los niños y niñas a la iglesia a rezar las oraciones y
doctrinas, cantando a coros el alabado. Al anochecer se tocan las avemarías y,
de rodillas, rezan y saludan todos a la Santísima Virgen; como al medio día,
después de cenar van todos a la iglesia y con el padre rezan a coros el
rosario, letanías y cantan el alabado. Hácese entonces y no antes esta
distribución porque ya entonces están todos desocupados de sus oficios y pueden
acudir todos a devoción tan importante. Después de rezar el rosario y cantar a
coros el alabado en la iglesia, salen todos, los hombres con su temastián y las
mujeres con su temastiana; en lugares totalmente distintos rezan la doctrina y
se van a recoger… (110)
Tal distribución
del tiempo y las actividades excesivamente metódicas como salta a la vista,
contrasta con la libérrima forma de proceder de los naturales en su vida fuera
de la misión. No fue el de La Purísima un caso de excepción, sino que es
solamente el que conocemos con más detalle gracias a la puntual descripción
hecha por su misionero. El propio Tamaral, que fundó luego la misión de San
José del Cabo, informaba a fines de 1730 que en las tres misiones a la sazón
existentes en el sur -San José del Cabo, Santiago y Nuestra Señora del Pilar de
la Paz- se hacía una distribución diaria de rezos semejante a la de la
Purísima. (111) Otros misioneros hicieron
también referencias bastante claras acerca de un orden similar de actividades
desarrollado en las misiones de San Luis Gonzaga, (112) San Francisco de Borja, Santa
Gertrudis y San Ignacio. (113) Tal vez esa rígida forma de
funcionamiento cotidiano se haya relajado un poco cuando faltaban bastimentos
en la cabecera , pues, como aclara Baegert, si no había en la misión lo
suficiente para proporcionar alimentos a todos los indios que allí estaban,
éstos, después de desayunar, “se salían al campo cada quien por su lado para
buscar el sustento”. (114) Pero en general, los jesuitas
trataron de que todas sus misiones funcionaran de acuerdo con un mismo patrón
organizativo en beneficio de la unidad del sistema.
El sometimiento a la rigurosa organización de los centros
misioneros implicaba ya un cambio por demás violento para los aborígenes que
eran atraídos a los pueblos. Y si a esto se agrega el hecho de que la
permanencia en la misión era, para la mayoría de los nativos, tan sólo
temporal; de que, después de pasar unos días bajo ese sistema regido por el
toque de campana, ciertos sectores de la población indígena debían volver a los
montes y continuar su existencia nómada, sin más necesidad inmediata que la de
subsistir de la manera como tradicionalmente lo habían hecho, no se puede sino
reconocer que la vinculación con las misiones trastornaban profunda e
incesantemente la vida de aquellos hombres. La distancia que separaba esos dos
modos de vida en que alternativamente participaban muchos de los californios se
advierte claramente cuando se compara aquel orden de cada jornada descrito por
Tamaral con este otro que, según Baegert, era el que diariamente sed atenían
los indios en su gentilidad y al que sin remedio volvían siempre que dejaban de
trabajar en las misiones (115).
Algo que habría que
precisar respecto a las aseveraciones finales del párrafo, es que aun cuando
los padres lograran imponerse a los indios “para hacerlos trabajar en las
misiones”, los mismo límites de la
economía misional hacían que esos trabajos fueran insuficientes para
mantener permanentemente ocupada a toda la población indígena de cada misión y
para cancelar esa forma de vida en que persistían los californios, que era la
que, en última instancia, aseguraba la sobrevivencia de la parte más numerosa de
los catecúmenos peninsulares.
Forasteros,
mestizos y criollos
Una de las condiciones que hicieron posible la
preponderancia de los intereses misionales sobre sobre cualesquiera otros fue
la baja proporción de pobladores llegados de fuera. Los diez pioneros de la
conquista -tres indios, un mulato y seis personas de origen europeo- que
mencionamos oportunamente, constituyeron el núcleo inicial de la colonia. Unos
meses después, el número se había duplicado: “hoy -decía Salvatierra en julio
de 1698- nos hallamos en tierra con veintidós españoles y algunos indios de la
otra banda”. (116)
En octubre de ese
mismo año de 1698, algunos soldados viajaron a la contracosta continental para
recoger a sus familias y llevarlas a la península, (117) lo que seguramente ayudó a que
aumentara después el número de inmigrantes. (118) Salvatierra procedía con tacto en lo que se refiere
a la entrada de españoles, tanto por la idea de proteger la organización
misional como por el problema de los bastimentos, que en ocasiones se volvía
grave y amenazante para permanencia de los conquistadores; por eso encargaba a
los capitanes de las naves que no embarcaran gente española que deseara pasar
de tierra firme a California con el pretexto de ir a militar en la conquista o
a cumplir otras funciones de servicio. (119) De hecho, la inmigración encontró desde entonces sus
primeros obstáculos.
Con estas restricciones que los jesuitas impusieron por
razones tácticas, la población forastera creció “respecto al número de los
integrantes de la colonia, concentrados hasta entonces en la primera misión:
Hoy día de la fecha
-precisó-… se hallan en este puesto de Loreto Conchó… sesenta almas de
cristianos de la Nueva España, entre padres, españoles y gente de familias,
incluyendo capitán y alférez, dos españoles ventureros sin suelo, diez indios
amigos de la Nueva España armados de arco y flechas, dos mulatos sirvientes,
cinco filipinos pampangos y el resto de mujeres y niños… (120)
Parece que por aquel entonces algunos de los soldados
llevados por los jesuitas empezaron a salir de la península, ya porque
avizoraran buenas perspectivas para hacer fortuna en aquel paupérrimo país o
bien porque no estuvieran de acuerdo con las normas disciplinarias impuestas
por los jesuitas. El caso es que Salvatierra, durante un viaje que hizo a la
Pimería en 1700, pidió al gobernador de Sinaloa, Andrés de Rezábal, lo
socorriera con alguna gente “por quedar ya tan pocos españoles en California”. (121) Pero por grande haya sido la
necesidad no debieron de ser muchos los hombres que se llevaron. El traslado de
gente se efectuaba en la medida en que se contara con medios para sustentarla y
en verdad que no los había sobrados. Los años que siguieron fueron más bien de
escasez, al punto de que, a pesar de la
urgencia señalada por Salvatierra, hacia el año de 1701 los jesuitas tuvieron
que despedir a varios elementos de tropa por no poder cubrir los sueldos que
devengaban. A principios de 1702 permanecían con los padres 18 soldados con sus
cabos, dos de ellos acompañados de sus respectivas esposas e hijos, “más ocho
personas que son chinos y negros de servicio” y un total de 24 marineros que se
hallaban empleados en los barcos de las misiones. Unas sesenta personas, en
suma; es decir, no más e las que había dos años antes, cuando Salvatierra pedía
en Sinaloa refuerzos de hombres para la conquista.
Que
el contingente de la colonia fuera así de corto tenía también sus ventajas para
los jesuitas. Aparte de que se reducían las posibilidades de que la ocupación
fracasar por falta de víveres, los padres podían gobernar a esa población
forastera con relativamente pocos riesgos de que surgieran situaciones de
conflicto difíciles de controlar. La gente que se aceptaba en la colonia debía
comportarse en todo conforme a las reglas fijadas por los misioneros, y, siendo
pocos los colonos, no hubo mayores dificultades para sujetarlos a una
disciplina a la que seguramente muchos de ellos no estaban acostumbrados. Al
menos lograron los padres que entre los primeros pobladores de Loreto no
hubiera riñas y que todos evitaran pronunciar juramentos y maldiciones. (122)
de
allí que procedieran con gran cuidado al admitir nuevos colonos. Su posición no
era la de favorecer la colonización por sí misma sino exclusivamente para
apoyar en lo necesario el proyecto misional. Píccolo sugirió en 1702 que se
poblara la provincia con familias de “oficiales”, es decir, de personas que
conocieran un oficio para que lo ejercieran en provecho del país conquistado.
Lo que querían los jesuitas era que llegar gente de trabajo, que pudiera servir
de apoyo a su proyecto y no estorbo a la acción misionera.
Año con año recorrían las costas del litoral interior de
la península algunas embarcaciones de pescadores de perlas procedentes de la
Nueva Galicia o de las provincias de Sonora y Sinaloa. La gente que iba en
ellas generalmente no se introducía tierra adentro, ya que su interés principal
radicaba en la explotación de los placeres perleros: (123)
pero
había ocasiones en que esas naves paraban en Loreto, donde se sabía que era
posible conseguir agua y víveres. No negaban los jesuitas esa ayuda, como
tampoco se negaron nunca a auxiliar a los pescadores que, habiendo naufragado
fueron rescatados desde las costas de la península. A tales náufragos se les
atendía bien, pero se les reembarcaba hacia tierra firme en la primera
oportunidad. Huéspedes ocasionales de los jesuitas de California fueron también
los pasajeros del galeón de Filipinas que llegaba muy enfermos a San José del
Cabo y que, al no poder seguir su viaje, solían permanecer por algún tiempo en
aquel lugar hasta que lograban recuperarse, luego de lo cual se les conducía a
Loreto para que allí esperaran la salida de algunos de los barcos de las
misiones y se embarcaran en él rumbo a la contra costa.
El problema de la inmigración les preocupaba a los
religiosos más que nada porque temían que la llegada de una población forastera
numerosa hiciera más difícil el control de los aborígenes a los que se empezaba
a evangelizar. Se consideraba que los españoles ejercían influencias nocivas
entre los indios y que el libre contacto de unos y otros era invariablemente un
obstáculo para la obra de cristianización. Venegas recoge y expresa esa idea en
el siguiente texto en que se refiere a la situación que se daba en la
península: “Otro bien
no pequeño consiguió el padre [Salvatierra]… y fue que no pasase a Californias
gente forastera de la otra banda. Ésta es la que en las misiones de tierra
firme suele causar tanto daño en los indios, inquietándolos, alborotándolos y
enseñándoles la borrachera y otros vicios.” (124)
Durante
todo el periodo jesuítico, las limitaciones económicas y las propias
modalidades de la conquista sirvieron como cernidero de la inmigración. En los
primeros años sólo llegaron a establecerse en la península los inmigrantes que
los jesuitas empleaban en alguna actividad específica, como podría ser formar
parte de la milicia, trabajar como marineros o ejercer un oficio de utilidad
para las misiones. Estos sujetos podían acompañarse de sus familiares cercanos,
pero nada más. Si los grandes obstáculos que terminaron malogrando las
expediciones prejesuíticas habían sido la separación geográfica y la pobreza y
esterilidad del medio, los misioneros de Jesús supieron volver a su favor
aquellas circunstancias aparentemente adversas; el aislamiento físico de la
provincia les permitió funcionar de una manera más desembarazada, digamos
autónoma, y controlar casi por entero las comunicaciones con la parte
continental; la penuria de la tierra cerró el paso, en un principio, a los
pobladores particulares. Con esto se lograba en la California misional un
margen de control sobre el contacto hispano-indígena nunca alcanzado en las
misiones de tierra firme, al menos en el mismo grado.
Muchas
veces se dijo que, aun siendo difíciles las condiciones naturales del medio,
eran los padres de la Compañía los únicos culpables de que no se formaran en
aquella tierra poblaciones de españoles como en todas las demás provincias del
reino novohispano. Algo de cierto era sin duda, pero también fue verdad que no
hubiera sido posible que de pronto llegara un contingente de pobladores y se
estableciera, apartado de los centros misionales, en aquellos territorios tan
despoblados de mantenimientos. Salvatierra señalaba en 1705 que la provincia
californiana no era “todavía capaz de admitir vecinos españoles, por su
aspereza” y porque en ella resultaba incluso difícil “sustentar a solo dos
padres”. (125) El argumento de la pobreza de la tierra siguió manejándose durante varias
décadas para convencer a las autoridades civiles de que una política
precipitada de poblamiento no podría sino conducir a un completo fracaso,
aparte de que introduciría factores de riesgo en el proceso de la conquista
Algunas
veces, en casos de urgencia, los jesuitas echaron mano de los indios de las
misiones del macizo continental, principalmente yaquis, para reforzar el
contingente conquistador de California. En 1705, por ejemplo, cuarenta indios
de la nación yaqui pasaron a la península en solicitud de un misionero, al que
acompañaron en una expedición que se hizo a la costa del pacífico con el
propósito de buscar un puerto en que pudiera hacer escala el galeón de
Filipinas. La presencia de este grupo indígena fue aprovechada luego para hacer
los trabajos de desmonte y las primeras siembras en un nuevo pueblo, el de San
pablo, ubicado en la sierra de La Giganta a donde al poco tiempo se trasladó la
cabecera de la misión de San Francisco Javier. Hecha la fundación de San Pablo,
y luego de que allí mismo dejaron construida una pequeña presa, los yaquis
“contentos y pagados”, fueron despachados a su tierra por el padre que los
había solicitado. En ocasiones se emplearon, además de yaquis otros indios de
Sonora y Sinaloa para integrar tropas milicianas como ocurrió el año de 1734,
cuando estalló la rebelión de los pueblos del sur. (126) El empleo de estos
indios les permitía a los jesuitas responder a las necesidades más apremiantes
de refuerzo humano del grupo conquistador, sin que creciera la colonia a un
ritmo mayor que sus recursos de subsistencia. Sabemos que los cochimíes
playanos tenían verdadera aversión a los indios de la contra costa continental
que muchas veces acompañaban a los pescadores de perlas y tal vez la
participación de los yaquis como tropas auxiliares del presidio de Loreto haya
contribuido a generalizar entre los californios un sentimiento de desconfianza
y rechazo hacía los indios forasteros. El caso es que los religiosos
prefirieron siempre utilizar como sirvientes de las misiones a los propios
indios lugareños y sólo ocasionalmente, sobre todo cuando se procedía a hacer
una nueva fundación, se auxiliaron de “indios sirvientes de otra banda”, aunque
nada más para el efecto de que se ocuparan éstos de disponer nuevas tierras
para la agricultura y hacer las primeras siembras en la localidad. (127)
Llegó el tiempo en
que la corona se ocupó expresamente del asunto del poblamiento por juzgar que
era necesario que la conquista fuera apoyada por vecinos españoles. En una real
cédula del 13 de noviembre de 1744, el monarca ordenó que se fundara en California
una villa de gente española para que sirviera de refugio a los misioneros en
caso de una sublevación indígena. (128) Diez años antes se habían rebelado los pueblos
del sur, así que la misma experiencia indicaba que no era una prevención ociosa
la medida propuesta por la corona. Pero los jesuitas adujeron que, pese a todo,
al mandato del rey se oponía la imposibilidad absoluta de cumplirlo. Al
respecto escribió a las autoridades del virreinato Jacobo Sedelmayr, jesuita
misionero de Sonora, conocedor de los problemas de California, haciendo notar
que el medio físico de la península era de suyo ingrato, poco productivo, y que
se padecía allí una escasez crónica de víveres no obstante las remisiones que
se hacían del exterior. (129)
De los mismos
soldados que solicitaban su retiro o de los artesanos llevados por los
misioneros por alguna con alguna finalidad específica fueron resultando poco a
poco los que podríamos llamar colonos independientes. Mientras éstos sólo se
dedicaron a explotar pequeños predios rústicos dispersos en la vastedad enorme
del territorio peninsular, su presencia y actividades no riñeron con la
organización general de la provincia y contribuyeron, en cambio, a aligerar la
carga económica que, de otra suerte, habría supuesto su manutención. Pero
cuando alguno de ellos creyó llegado el momento de formar una población
secular, sustraída al control de los misioneros, éstos no pudieron evitar que
un nuevo tipo de poblador quedara integrado a la colonia californiana.
Este
fue el caso de Manuel de Ocio, antiguo soldado del presidio de Loreto que,
después de hacer una regular fortuna con la pesca de perlas en unos placeres
situados a la altura de la misión de San Ignacio, se estableció como minero y
formó en el sur entre las misiones de Nuestra Señora del Pilar de la Paz y
Santiago, el real de minas de Santa Ana. La fundación de este real se efectuó
el año de 1748 y durante algún tiempo fue aquél el único poblado no misional
existente en california. (130) Años más tarde, en 1756, salieron de Santa Ana
algunas familias para fundar, en un pareje cercano, un segundo real, que
recibió el nombre de mineros a otros sujetos de los que ya estaban en la
península y llevó por su cuenta a algunos de tierra firme, muchos de los cuales
se retiraron luego huyendo de las condiciones verdaderamente difíciles en que
tenían que trabajar y del aislamiento de aquellos lugares. Los jesuitas no
favorecieron a Ocio y sus gentes, pero tampoco tuvieron autoridad alguna para
expulsarlos de la provincia ya que no se trataba de empleados de las misiones.
La formación de los reales de minas, además, resultaba provechosa para los
intereses del rey y se conciliaba con lo mandado en la real cédula de 1744.
En
realidad, los padres no podían legalmente impedir a los españoles el acceso a
la provincia y lo terminaron por convertirse los misioneros obstaculizaban el
asiento de pobladores no tanto por la acción cuanto por la omisión. Con los
colonos de Santa Ana y San Antonio se procedió de la misma manera. Ante el
hecho consumado del mismo establecimiento de estos núcleos de población, los
padres no mostraron empeño alguno en auxiliar a los colonos, a los que los
ministros de las misiones cercanas se resistieron en un principio a venderles
comestibles y otros efectos necesarios para la subsistencia, bajo el argumento
de que esas provisiones eran indispensables para el sostenimiento de los
neófitos. Reconoce Clavijero que así procedían los padres “para obligar de esta
manera a Ocio a abandonar aquellas minas, poco útiles parta él y muy
perniciosas al nuevo cristianismo”. (131)
Sin posibilidad de
echar mano de los nativos californios para los trabajos de las minas, (132) Ocio erigió su
desmedrado feudo explotando a los operarios que consiguió enganchar en la
contracosta y que luego mantuvo como “cautivos de Argel”, según diría más tarde
un testigo de vista (133) A ellos tocó jugar la parte que en otras
circunstancias habría correspondido a los indígenas de origen local; famélicos,
mal pagados y peor tratados, los operarios de las minas. Elocuente es el cuadro
en que Baegert describe la desventurada condición de estos colonos cuya miseria
sirvió para el enriquecimiento de Ocio:
Los que viven en
esas mimas -dejó asentado el jesuita-, grandes y chicos, blancos y negros
juntos, suman unas 400 almas, y son, en parte, españoles nacidos en América, en
parte indios del otro lado del Golfo, porque los indígenas californianos tienen
tan pocas ganas de dejarse enterrar vivos por la plata, como [de] ahogarse por
las perlas. La pobreza y la miseria son mucho más grandes que el número de
estos mineros; la tierra sólo produce un pasto un poco más abundante que en
otras partes, pero la poca plata no alcanza para traer el pan desde el otro
lado del mar, de modo que la mayoría de
estos mineros pueden hablar de buena suerte si consiguen comer, además de su
carne, una tortilla algunas veces al año. Ha habido allí familias españolas que
se vieron en la necesidad de buscar el sustento vagando por los campos como los
indios. Como es la alimentación, así es la ropa, y muchos de los niños ya
crecidos de los españoles andan en las minas como los californios, es decir,
más que semidesnudos. (134)
Quizá
por todo este cúmulo de experiencias, tenidas desde el momento en que se fundó
el Real de Santa Ana, el inicio de la explotación minera no atrajo, como en
otras partes, a grandes masas de pobladores; pero de todas formas la minería le
dio a la colonización civil de California el impulso que no le habían dado los
jesuitas. En 1755 apenas pasaban de doscientos los pobladores no indígenas que
radicaban en Loreto, (135) la más antigua de las misiones californianas
y la que siempre tuvo una mayor población forastera dado que era sede del
presidio y base de la marinería. (136) Por esa misma fecha había ya en el real de
Santa Ana, fundado, como se ha dicho, en 1748, veintidós familias establecidas,
además de doscientos operarios que trabajaban en las minas de Ocio llamadas El
Triunfo de la Cruz, San Pedro y San Pablo y San Nicolás (137) Hacia el año que
salieron los jesuitas de la península vivían en el distrito minero del sur unas
cuatrocientas personas en total, entre las que se contaban “algunos soldados
jubilados o antiguos vaqueros de las misiones”, que se dedicaban al gambusinaje
y que no sumaban más de una docena, sin embargo la población forastera de
california seguía siendo en conjunto muy escasa. Los padrones formados a la
salida de los padres de San Ignacio, que incluían “hasta los párvulos recién
nacidos”, arrojaron la cifra total de 7 888 habitantes, “entre españoles,
indios y demás castas”. (138) Si de esta cantidad deducimos el número de 7
149 individuos, correspondiente a los indios californios adscritos a las
misiones, veremos que la población formada por españoles -o, en general,
personas de origen europeo- y “demás castas” se reducía para entonces a 739 individuos.
Las
fuentes históricas documentales que conocemos parecen indicar que en California
se produjo el mestizaje en muy pequeña escala. Nos referimos al mestizaje
producto de la unión de indios, californios con individuos de otros grupos
étnicos. El hecho, de ser cierto como lo suponemos, se explicaría por la
reducida población forastera que siempre existió en la península, la estrecha
vigilancia que ejercían los sacerdotes para evitar uniones fuera del matrimonio,
la política jesuítica de favorecer la inmigración de mujeres españolas y la
misma vida en buena parte nómada que siguió llevando la mayoría de los
californios. Los casos de mestizaje que seguramente se dieron no alcanzaron la
cuantía necesaria para originar un grupo étnico derivado que pudiera
distinguirse frente a los demás que existían en la región y es de suponerse que
los pocos mestizos que aparecían por allí se integraban más bien a los grupos
indígenas y terminaban por confundirse en ellos.
Hasta
donde llegan nuestras noticias, fue en 1702 cuando se produjo el primer
matrimonio de un español con una india california. El hombre era un soldado de
la tropa presidial llamado José Pérez, conocido más bien por el mote de
Poblano. Poco tiempo tenía de celebrado el matrimonio cuando, llegada la
temporada de las pitahayas, la mujer se huyó con los suyos al campo, dejando
abandonado al flamante marido. Éste indignado, decidió ir a buscar a su mujer
para obligarla a volver a casa. Habiendo encontrado a la huida cónyuge, el
soldado quiso llevársela a la fuerza y, en el lance, mató a un anciano
californio, siendo a su vez muerto el español por los parientes de la esposa.
Este acontecido resulta interesante porque exhibe las dificultades que hubo en
un principio para formalizar una unión conyugal de este tipo.
Probablemente
los pescadores de perlas, los piratas y los marineros del galeón de Filipinas
dejaron alguna descendencia en sus incidentales visitas a California. El padre
Nápoli refiere que en la parte sur de la península vio individuos altos, bien
proporcionados, “gordos, blancos y bermejos”, que se le antojaron hijos de
europeos, pues los jóvenes particularmente le parecían “ingleses o flamencos
por la blanqueza y colorado”. Venegas da por cierta la presencia temprana de
algunos mulatos y mestizos en la región meridional y se hace eco de la
suposición de que fueron dejados allí por los barcos piratas. Nos desconciertan
y obligan a suspender el juicio algunos datos consignados en crónicas de la
época, como el de que uno de los promotores de la rebelión de 1734 llamado
Chicori era mulato. Tan sólo preguntas sin respuestas nos suscitan también el
hecho de que en el Archivo Histórico “Pablo L. Martínez”, de La Paz, B.C.S., se
halle una concesión de tierras hecha en 1768 en favor de un individuo de nombre
Ignacio Harris, “hijo de inglés e india”. (139) Ante la duda preferimos pensar que este
mestizo no era nativo de california y, por tanto, no era hijo de un aindia
perteneciente a los grupos autóctonos.
El
que buena parte de los soldados haya llevado a sus esposas a la península nos
indica que desde los años iniciales deben haber nacido los primeros criollos
californianos. Éstos llegaban a ser generalmente militares, como el hijo de
Esteban Rodríguez Lorenzo, Bernardo, que fue incluso capitán del presidio, como
su padre. También se le ocupaba en los empleos de marinería. Fray Francisco
Palou dice que los tripulantes de la lancha en que se embarcaron los frailes
fernandinos que fueron a la península a sustituir a los jesuitas eran, “los más
de ellos, criollos de la California.” (140) Debido al arraigo permanente de pobladores en
los reales de minas, allí debe haberse formado una población criolla no
exclusivamente española sino descendiente también de inmigrantes mulatos,
mestizos e indios.
NOTAS
|
Río, Ignacio del,
“Tierra de Misiones”, en Conquista y
Aculturación en la California Jesuítica 1697-1768, México, UNAM, 1984, pp.115-165.
1.- Como toda entidad
histórica, la institución misional transformó con el tiempo su contenido y
función. Como un ejemplo de ello mencionaremos aquí que, durante el siglo
pasado, cuando ya en varias de las misiones de la península de California se
había extinguido totalmente la población indígena, bastó la presencia de un
misionero para que, por algún tiempo, subsistieran las antiguas relaciones de
propiedad de la misión sobre tierras y otros medios o instrumentos de
producción. Fue el gobernador Luis del Castillo Negrete, el que obró más
enérgicamente para cancelar esta anómala situación luego de declarar, en un
decreto suyo expedido el 11 de julio de 1841, que “donde no hay comunidad de neófitos
no hay misión”, “que los bienes raíces de las fenecidas comunidades de
neófitos por derecho de reversión pertenecen a la república” y que “tales
bienes son nacionales colonizarles”. Vid. Ulises Urbano Lassèpas, De la colonización de la Baja california y
decreto de 10 de marzo de 1857… Primer memorial, México, Imprenta de
Vicente García Torres, 1859, 250 p., p. 18-19 y 212. Más tarde el nombre de
misión terminó por aplicarse, según se hace aún hoy día, no sólo en la
península de california sino también en otras zonas del norte de México, a
una unidad material que quedó como testimonio de la desaparecida institución:
el templo misional. 2.- Dunne, Peter Masten, Black
Robes in Lower California, 2nd printing, Berkeley and Los
Angeles, University of California Press, 1968, xiv 540 p., map (Library
Reprint Series). 3.- Tomamos los
datos de las distancias de W. Michael Mathes, Las misiones de Baja California. Una reseña histórico-fotográfica.
The Mission of baja California. An Historic-Photographic Survey, 1683-1849, ed. Bilingüe inglés-español, La Paz, 1977,
B.C.S., Gobierno del Estado de baja California Sur/H. Ayuntamiento de La Paz,
1977, 210 p., ils., mapa, p. 109, 113 y 121. 4.- Los
misioneros llamaban a veces “pueblo de visita” al principal de los parajes
utilizados por cada ranchería para acampar. 5.- Carta de Salvatierra a Juan de Ugarte: Real
de Nuestra Señora de Loreto, 27 de noviembre 1697, en Documentos para la historia de México, 2ª serie, p. 127. 6.- Memorial de Salvatierra a la real
audiencia de México; Real de Loreto Conchó: 1 de marzo 1700, BNM, AF
3/42.3, f. 8 v. 7.- Autos de visita: 1755, Universidad de
Texas, Austin, Colección W. B. Stephens
67, f. 107. 8.- Se publican en The Drawungs
if Ignacio Tirsch. A Jesuit Missionary in Baja California, narrative by
Doyce B. Nunus Jr. trans. By Elsbeth Schulz-Bischof, Los Ángeles, Dawson´s
Book Shop, 1972 p. ils. (Baja California Travel Series,27),
p. 45 y 47. *.- https://culturabcs.gob.mx/recinto/80 **.- https://culturabcs.gob.mx/recinto/103 ***.- https://culturabcs.gob.mx/recinto/64 9.- Carta de Echeverría al marqués de
Villapuente: Loreto, 28 de octubre 1729, en BNM, AF 4/55.1, f. 1. 10.-op. cit., p. 157. 11.- Ibid., pp. 157-158. 12.- Los datos
anteriores han sido tomados de autos de
visita: 1755, Universidad de Texas, Austin, Colección W.B. Stephens 66, f. 390 y 67, f. 101-103, 105-106,
108-112, 163, 195, 205-207, 213, 215-217 y 219. 13.- Ibid. 14.- Ortega
González, Rutilio, La California de los
jesuitas, tesis profesional, México, El Colegio de México, Centro de
Estudios Históricos, 1973, XII-282 p. 15.-Op. cit., p. 169. 16.-Respuestas de Luyando al padre Venegas: México,
11 de enero 1737, BNM, AF 4/60.1, f. 2. 17.- Taraval,
Sigismundo, Historia de las misiones
jesuitas en la california Baja, desde su establecimiento hasta 1737 (0bra
manuscrita), Biblioteca Newberry de Chicago, Colección Ayer, ms. 29 873. 18.- Venegas,
Miguel, El apóstol mariano. Vida
admirable del V.P. Juan maría de Salvatierra, conquistador apostólico de las
californias (ovra manuscrita), AGNM, Historia,
300. 19.-Carta al visitador Echeverría: San
José de los Coras, 9 de diciembre 1730, AGNM, Historia 308, f. 473-473 v. 20.- Venegas,
Miguel, Noticia de la california y de
su conquista temporal y espiritual hasta el tiempo presente, vol. 2,
México, Editorial layac, 1944, mapas, apéndice documental, pp.78-79. 21.- Baegert,
Juan Jacobo, Noticias de la península
americana de California, introd. De Päul Kirchhoff, trad. de Pedro R.
Hemdrichs, México, Antigua Librería Robredo de José Porrúa e Hijos, 1942,
xliv-264 p., mapa, p. 166. 22.-
Villavicencio, Juan Joseph de, Vida y
virtudes de el venerable y apostólico padre Juan de Ugarte, de la Compañía de
Jesús, misionero de las uslas Californias y uno de sus primeros
conquistadores…, México, Imprenta del Real y más antiguo Colegio de San
Ildefonso, 1752, [12], p. 216. 23.- Taraval, op. cit., parágrafo 103. 24.- Ibid., parágrafo 256. 25.- Al
principio, en efecto, los padres mismos eran los que hacían los repartos de
comida; después esa tarea se fue dejando a los indios gobernadores. Barco,
Miguel del, Historia Natural y crónica de la Antigua California, [Adiciones
y correcciones a la Noticia de Miguel Venegas], ed. Estudio preliminar,
notas y apéndices de Miguel León Portilla, México, UNAM, Instituto de
investigaciones Históricas, 1973, Ixxvi-466, p., ils., mapa (Serie de
Historiadores y Cronistas de Indias, 3), p. 402. 26.- Op. Cit., parágrafo 4. 27.- Op. Cit., p. 165. 28.- Informe
de Mayorga: San Juan, 20 de octubre 1720, BNM, AF 3/51.1, f. 2 v. 29.- Carta de
Jaime Bravo al marqués de Villapuente; Loreto, 1 de abril 1731, BNM, AF
4/56.1, f. 2. 30.- Hacia 1755,
al morir los padres José Gasteiger y Pedro Nascibem, que administraban las
misiones de Guadalupe y Mulegé, dichas misiones quedaron a cargo del padre
Benno Ducrue, que debió abandonar su propia misión que era la de La Purísima.
En ausencia del padre Ducrue, La Purísima estuvo al cargo del padre Francisco
Inama, que al mismo tiempo obró como ministro de San José de Comondú. Autos
de visita: 1755, Univesidad de Texas, Austin, Colección W. B. Stephens
67, f. 206. 31.- Algunos
datos sobre la personalidad y la labor de Mugazábal, en AGNM, Historia
21 f. 187 v.- 188. 32.- Decorme
proporciona una lista de ellos en Decorme, Gerard, La obra de los jesuitas
mexicanos durante la época colonial, 1572-1767 (Compendio histórico), vol.
2, México, Antigua Librerí< Robredo de José Porrúa e Hijos, 19141, pp.
543-544; la reproduce con algunas correcciones Dunne, op. Cit., pp.
453-453. 33.- Píccolo,
Francisco María, Informe del estado de la nueva cristiandad de California,
1702, y otros documentos, ed., estudio y notas de Ernest J. Burrus,
Madrid, Ediciones José Porrúa Turanzas, 1962, xxiv-484 p., láms., mapas
(Colección Chimalistac de Libros y Documentos acerca de la Nueva España, 14).
Diez eran las rancherías que entonces pertenecían a la misión de Loreto y
doce las de San Francisco Javier, algunas distantes quince y más legus de su
respectiva cabecera misional. 34.- Carta de Píccolo
al padre Basaldúa: Santa Rosalía de Mulegé, 10 de enero 1717, en Píccolo,
op. Cit., p. 200. 35.- Bravo, Jaime
et al., Testimonios sudcalifornianos. Nueva entrada y establecimiento en
el puerto de La Paz, 1720, ed., introd., y notas de Miguel León-Portilla,
México, UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, 1970, 120 p., mapas
(Serie Documental, 9). 36.- Informe
de Wenceslao Link al visitador, AGNM, Historia 21, f. 192-192 v. 37.- Ibid. 38.- Op. Cit., p. 301. 39.- Carta de
Link al procurador Juan de Armesto: San Borja, 16 de agosto de 1767, BNM,
AF 4/70.1, f.1 v.-2. 40.- El
Apóstol…, parágrafo 321. 41.- Ibid. 42.- Venegas, Miguel, Noticia de la California y de su conquista
temporal y espiritual hasta el tiempo presente, 3 vols., México,
Editorial Layac, 1944, mapas, apéndice documental, vol. II, p. 158. 43.- Carta de Salvatierra a Juan de Ugarte: Loreto, 1 de abril
1699, AGNM, Historia 21, f. 54 v.-55. 44.- Bravo, Jaime et al., Testimonios sudcalifornianos. Nueva
entrada y establecimiento en el puerto de La Paz, 1720, ed. Introd. Y
notas de Miguel León-Portilla, México, UNAM, Instituto de Investigaciones
Históricas, 1970, p. 65. 45.- Carta de Jaume Bravo al marqués del Castillo de Aysa: Loreto,
10 marzo 1742, AGNM, Provincias Internas 87, f. 187-187 v. Vid.;
Bayle, Constantino, Historia de los descubrimientos y colonización de los
padres de la Compañía de Jesús en la Baja California, Madrid, Librería
General de Victoriano Suárez, 1933, 232 p. (Biblioteca de los Americanistas,
6) p. 189. 46.- Carta de Píccolo a Bravo: San Patricio, 18 diciembre
1716, en Píccolo, po. Cit., p. 120. 47.- Barco, Miguel del, Historia natural y crónica de la Antigua
California [Adiciones y correcciones a la Noticia de Miguel Venegas], ed.,
estudio preliminar, notas y apéndices de Miguel León-Portilla, México, UNAM,
IIH, 1973, Ixxvi-466 p., ils., mapa (Serie de Historiadores y Cronistas de
Indias, 3) p. 120. 48.- Ibid., p. 283. 49.- Se dice que en uno de los pueblos de visita de Santa Rosalía de
Mulegé llegaron a acarrearse para tal efecto hasta ciento sesenta mil cargas
de tierra. Villavicencio, op. cit.,
p. 82. 50.- Op. cit., p. 176. 51.- Memorial del Provincial Cristóbal de Escobar y Llamas sobre
las misiones de California: 1745, AGNM, Reales Cédulas 67, f. 107.
Un borrador de este documento en AGNM, Misiones 27, f. 275-294. 52.- Memorial del Provincial Cristóbal de Escobar y Llamas sobre
las misiones de California: 1745, AGNM, Reales cédulas 67, f. 107.
Un borrador de este documento en AGNM, Misiones 27, f. 275-294. 53.- Por ejemplo, en santa Gertrudis y san Francisco de Borja, según
lo afirma Del Barco, op. cit., p. 301-302. 54.- Op. cit., p. 163. 55.- Venegas, El Apóstol…, parágrafo 321, y Noticia…,
vol. II, p. 158. También Clavijero, Francisco Javier, Historia de la
Antigua o Baja California, reed. De la trad. de Nicolás García de San
Vicente, estudios preliminares de Miguel León-Portilla, México, Editorial
Porrúa, 1970, XLII-246 p. (Colección “Sepan Cuántos”, p. 111. Al respecto
conviene destacar el hecho de que, en la época misional jesuítica, se
propició la cercana convivencia –y, a la larga, quizás hasta la fusión- de
rancherías indígenas diversas. En San José del Cabo el ministro religioso
juntó “varias rancherías vagantes” y formó con ellas dos pueblos, es decir,
dos unidades mayores. Así también en Guadalupe, veonte rancherías fueron
reducidas por el ministro del lugar a cinco pueblos. Venegas, Noticia…, vol.
II, p. 212 y 268. El padre Juan bautista Luyando afirma que las treinta
rancherías que había originalmente en San Ignacio las redujo a unas 12 y que
así permanecieron durante algún tiempo. Respuestas dadas a Venegas: México,
11 de enero 1737, BNM, AF 4/60.1, f. 1 v. En 1755 se registró la existencia
de sólo 7 rancherías en esta misma misión de San Ignacio. Puede, así,
postularse que, bajo el influjo de las misiones, las rancherías indígenas se
recompusieron continuamente y tal vez hayan tendido a perder su carácter de
macrounidades sociales diferenciadas. 56.- Carta de Nicolás tamaral al visitador (1730), AGNM, Historia
21, f. 171 v. 57.- Ibid., f. 172. 58.- Fue el caso de La Purísima. Ibid., f. 171 v. y 173. 59.- Op. Cit., p. 163. 60.- Noticia…
vol. II, p.340. 61.- Descripción de las
Californias… por Guillermo Stratford, en Ramos, Roberto (ed.)
Tres documentos sobre el descubrimiento y
exploración de Baja California por Francisco María Piccolo, Juan de Ugarte y
Guillermo Stratford, México, Editorial Jus, 1958, x-70 p
(Documentos para la historia de Baja California, 1), p. 57. 62.- Informe del padre Julián de
Mayorga al provincial: San Juan, 20 de octubre de de 1720, BNM, AF
3/51.1, f. 1 v. 63.- Carta al virrey: Loreto,
14 de febrero de 1730, AGNM, Historia 308,
f. 469 v. 64.- San José de Comondú tenía dos pueblos de visita; en uno -San
Ignacio- no había más que un aposento para el padre, en tan malas condiciones
que, si no se caía solo, decía el padre Mayorga, sería menester derribarle;
en el otro -San Juan- había una “piececilla para el padre y una despensilla”,
ambas “piezas bien malas”, y “una iglesia empezada y muy a sus principios”, Informes de Mayorga al provincial: San Juan 20 octubre
1720, BNM, AD 3/51.1, f. 1 v. 65.- Autos de visita: 1755,
Universidad de Texas, Austin, Colección W. B. Stephens 66
y 67. 66.- Ibid, 67,
f. 110-112, 163, 207 y 213. 67.- Ibid. 68.- Autos de visita: 1755,
Universidad de Texas, Austin, Colección W.B. Stephens 67f.
109 y 215. 69.- Ibid.,
f. 108 y 216. Consideramos que deben haber sido cuatro grupos de rancherías
pues Baegert, p. 73, proporciona los nombres de las rancherías pertenecientes
a esta misión, que no eran cuatro sino once. 70.- Ibid.,
f. 101. 71.- Ibid.,
f. 105 y 195. 72.- Ibid.,
f. 102 y 205-206. 73.- Ibid. ,
f. 103, se habla más de “7 rancherías o pueblos volantes”; pero en f. 206 se
indica que la población nativa estaba “dividida en 7 rancherías, además de la
que está en el pueblo”. 74.- Ibid. F.
104 y 193. 75.- Ibid. ,
f. 106 y 219. No se especifica expresamente que hubiera una ranchería de
asiento en la misión, pero como una de las rancherías se llamaba San Ignacio
suponemos que tal grupo se hallaba de fijo en la cabecera. 76.- Ibid.,
F.107, y 217-218. 77.- Ibid. ,
f. 217. 78.- MIGUEL COSTANSÓ, Diario histórico de los
viajes de mar y tierra hechos al norte de California, escrito por… en el año
de 1770, México, Ediciones Chimalistac, 1950, 73 p., 22-23. 79.- Op. Cit., p.
95. 80.- Venegas, Noticia…, vol.
II, p. 158. 81.- Ibid. 82.- Baegert, op. Cit., p. 165. 83.- Venegas, Noticia…, vol.
II, p. 158. 84.- Op. Cit., p. 398. Baegert, op cit., p. 164. 85.- Baegert, op. Cit.,
p. 163 86.- Ibid.
P. 165. 87.- Ibid. 88.- Op. Cit., p.
325-326. 89.- Op. Cit., p.
95. 90.- Carta al visitador
[1730], AGNM, Historia
21. F. 73. 91.- Autos de visita:
1755, Biblioteca de la Universidad de Texas, Austin, Colección W.B. Stephens 67, f. 112. 92.- Ibid., f.
213. 93.- Ibid., f.
111. 94.- Vid. Bravo, Jaime et al., Testimonios
sudcalifornianos. Nueva entrada y establecimiento en el puerto de La Paz,
1720, ed., introd. y notas de Miguel León Portilla, México, UNAM, Instituto
de Investigaciones Históricas, 1970, 120 p., mapas (Serie Documental, 9), p.
64; Barco, Miguel del, Historia natural y crónica de
la Antigua California [Adiciones y correcciones a la Noticia de Miguel
Venegas], ed., estudio preliminar, notas y apéndices de Miguel León Portilla,
México, UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, 1973, Ixxvi-466 p.,
ils., mapa (Serie de Historiadores y Cronistas de Indias, 3), p. 282 y 301;
y Clavijero, Francisco Javier, Historia de la Antigua o Baja California, reed.
De la trad. De Nicolás García de San Vicente, estudios preliminares de Miguel
León-Portilla, México, Editorial Porrúa, 1970, xlii-246 p. (Colección “Sepan
cuántos…”, 143) p. 97. 95.- Venegas, Noticia…, vol.
II, p. 161. 96.- Ibid. 97.- Autos de visita: 1755, Biblioteca
de la Universidad de Texas, Austin, Colección W.B.
Stephens 67, f. 217. 98.- Relación del descubrimiento
del golfo de California… por el padre Juan de Ugarte…, en
Roberto ramos (ed),.. p. 18-19. 99.- Venegas, Noticia…,
vol. II, p. 159. 100.- Baegert, op. Cit., p.163. 101.- Ibid. P.
165. 102.- Del Barco dice que los soldados solamente dirigían el trabajo
de las cuadrillas. Op. Cit., p.
302. 103.- Carta de José Rotea al
visitador [¿1762?], AGNM, Historia 21,
f. 195 v. 104.- Ibid.
F. 196. 105.- Carta de Tamaral al visitador
[1730], AGNM, Historia 21
f. 167-167 v. 106.- Respuestas del padre Juan
Bautista Luyando…: México 11 de enero de 1737, BNM, AF 4/60. 1, f. 2-2 v. 107.- Venegas, Noticia…, vol.
II, p. 255. 108.- Op. Cit., p.
165. 109.- Ibid., p.
113. 110.- Carta al visitador [¿1730?],
AGNM, Historia 21, f. 170 v.- 171
v.. 111.- Carta de Tamaral al padre
Echeverría: San Joseph de los Coras, 9 diciembre 1730, AGNM, Historia 308, f. 472 v. 112.- Baegert, op. Cit., pp.163-164. 113.- Del Barco, op. Cit., p. 302. 114.- Op. Cit., pp. 163-164. 115.- Ibid., pp.
126-127. 116.- Carta a Juan de Ugarte:
3 de julio e 1698, AGNM, Historia
21, f. 40. 117.-Carta ¿de Salvatierra a Juan
de Ugarte: 1 de abril de 1699, AGNM, Historia 21,
f. 41. 118.- En julio de 1699, un solo soldado vivía en California
acompañado de su mujer, pero se esperaba que pronto llegaran otros con sus
respectivas cónyuges. Carta de Salvatierra a Juan
de Ugarte: 9 de julio de 1699, AGNM, Historia 21,
f. 77-77 v. 119.- Ibid., f.
77 v. 120.- Memorial dirigido a la
audiencia de México: Loreto Conchó, 1 de marzo de 1700, BNM, AF 3/42.3, f. 8. 121.- Carta de Salvatierra al provincial Francisco
de Arteaga [Loreto, 1701], AGNM, Historia 21, f. 108-108 v. 122.- Carta de Píccolo al procurador general: México,
22 de mayo de 1702, en Píccolo, op. Cit., p.
110. 123.- Los pescadores de perlas tenían frecuentes contactos con los
indios playanos. Aunque los jesuitas recomendaban a los indios que se
retiraran de las playas cuando vieran llegar alguna embarcación pesquera, no
lograron los padres evitar del todo que hubiera tratos entre los indios y los
pescadores. A estos últimos servían los nativos de buzos a cambio de
regalillos tales como cuchillos y abalorios. No pocas veces los pescadores de
perlas cometieron actos de agresión en contra de las rancherías playanas y
tampoco fue infrecuente que los visitadores de perlas solían hurtar niños
californios y abusar de las mujeres indígenas, lo que el religioso denunciaba
como actos que, además de ser
injustos, perjudicaban la obra de cristianización. 124.- Venegas, El apóstol…, parágrafo
307. 125.- Memorial de Juan María de
Salvatierra: México, 25 de mayo de 1705, en Venegas, Noticia…, vol.
II, p. 109. 126.- Lista de la tropa e indios...
que sirvieron en la sublevación de algunas misiones de Californias:
1735, AGNM, Californias 80,
f. 33-45. 127.- Las primeras siembras que se hicieron en Todos Santos, el año
de 1723, fueron atendidas por indios sirvientes originarios de la provincia
de Sinaloa. Todos Santos era entonces pueblo de visita de la misión de
Nuestra Señora del Pilar de la Paz. Relación del
padre Jaime Bravo: Pilar de la Paz, 21 de junio de 1724, BNM, AF 4/54.1, f. 1-1 v. 128.- Real cédula:
Buen Retiro, 13 de noviembre de 1744, en Venegas, Noticia…, vol.
II, p. 316. 129.- Ortega, José, Historia de Nayarit, Sonora,
Sinaloa y ambas Californias, pról. De Manuel
Olaguíbel, México, Tipografía de E. Abadiano, 1887, x-564-vi, p. 463 y s. 130.- Del Barco, op. Cit., p. 153. El
sitio de Santa Ana había sido descubierto desde 1721 por el padre Ignacio
María Nápoli, quién construyó allí casa y capilla para empezar a atraer a los
naturales. Venegas, Noticia…, vol.
II, p. 244. Los jesuitas no perduraron en el lugar. 131.- Sobre estos conflictos. Río, Ignacio Alejandro del, El régimen jesuítico de la Antigua california, tesis
profesional, México, UNAM, Facultad de Filosofía y Letras, 1971, xv-262 p.
195-199; Amao Manríquez, Jorge Luis, Minas y mineros
en Baja california, 1748-1790 tesis profesional,
México, UNAM, Facultad de Filosofía y Letras, 1981, 134 p. 132.- Los misioneros no dejaban que los indios fueran a los reales de
minas y el virrey I conde de Revillagigedo prohibió a los mineros que
entraran a las misiones. Barco, op. Cit., pp.
326-327. 133.- Velázquez de León, Joaquín, Descripción de la
Antigua California: 1768, transcripción,
presentación y notas del Ignacio del Río, La Paz, B.C.S., H. Ayuntamiento de
La Paz, 1975, 52 p. (Colección Cabildo, 2), p. 33. 134.- Op. Cit., p.
62. 135.- Autos de visita: 1755,
Biblioteca de la Universidad de Texas, Austin, Colección W.B.
Stephens 67, f. 112 y 163. 136.- En 1740 se estableció en san José del Cabo una corta partida
militar de base: “la escuadra del sur”. 137.- Valadés, Adrián, Historia de la Baja
California, 1850-1880, pról.. de Miguel León Portilla, México,
UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas 1974, 246 p. (Serie Documental,
11. Testimonios Sudcalifornianos, 2.) p. 114, nota 15. 138.- [José de Gálvez] Informe general que en virtud
de real orden instruyó y entregó el excelentísimo señor marqués de Sonora…
con fecha 31 de diciembre de 1771, México, Sección de
Fomento del Ministerio de Educación, 1867, 412p., p. 143. 139.- Archivo Histórico “Pablo L. Martínez”, La paz, B.C.S., Ramo I, Aspecto Económico, leg. 9, doc. 4. 140.- Palou, F[rancisco], Noticias de la Nueva
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