HISTORIA GENERAL DE
ESPAÑA
LOS REYES DE LEON Y
CASTILLA
(1230 – 1350) (1)
Introducción
I.-
Situación material y política de España, hasta el reinado de San Fernando
(1137-1217)
https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Sancho_IV_de_Castilla.jpg
Parece un drama interminable el de la
unidad española. La reconquista, aunque lenta y laboriosa, avanza sin embargo
más que la unión. No se cansan los españoles de pelear contra los enemigos de
su libertad y de su fe: se cansan pronto de mirarse como hermanos. No los
fatiga una guerra perpetua; los fatiga subordinarse entre sí. El genio altivo,
independiente y un tanto soberbio heredado de sus mayores, los hace
infatigables para la resistencia a las agresiones y dominaciones extrañas, los
hace indóciles, sordos a la conveniencia de la disciplina, de la concordia y de
la fraternidad. Por eso los ilustres príncipes que al cabo de siglos lograron
hacer de tantos pueblos españoles un solo pueblo español, gozarán de eterna
fama y renombre, y antes faltará la España que falten alabanzas a los autores
de tan grande obra.
Más de siete siglos han
transcurrido, y todavía no podemos dejar de lamentar la segregación de Portugal
de la corona leonesa. La ambición y el espíritu de localidad separaron e
hicieron enemigos a dos pueblos que la geografía había unido y la historia había
hecho hermanos. Alfonso Enríquez, a falta de derechos para formar un reino
independiente de lo que era un distrito de la monarquía leonesa-castellana,
tuvo en su favor un elemento que suele ser más poderoso que el derecho mismo,
el espíritu de independencia del pueblo portugués; y prosiguiendo con tesón,
con energía e intrepidez la obra comenzada por sus padres, el hijo de un conde
extranjero y de una princesa bastarda de Castilla fue subiendo paso a paso de
conde soberano a rey feudatario, y de rey feudatario a monarca independiente,
de hecho por lo menos y tolerado después y consentido, ya que autorizado no,
por el momento por el monarca de Castilla. Aunque no podemos nunca reconocer ni
en el hijo de Enrique de Borgoña ni en los portugueses el derecho a la
emancipación, confesamos que Alfonso Enríquez merecía por sus altas prendas ser
el primer rey de Portugal, y que los hidalgos y guerreros portugueses se
condujeron en su guerra de independencia con el denuedo y constancia de un
pueblo que merecía ser libre. Era su príncipe el más a propósito para hacerles
olvidar con su patriotismo el origen extranjero de su padre, para borrar con
sus ilustres hazañas la memoria de las flaquezas de su madre: y los portugueses
acreditaron en Ourique y en Valdevez que eran los descendientes de los antiguos
lusitanos, los hijos de Viriato, triunfadores en Tríbola y en Erisana.
Si Alfonso Enríquez
merecía ser el primer rey de Portugal, Alfonso VII de Castilla merecía ser el
primer emperador de España. También éste, como aquél, hizo olvidar con su
grandeza el origen extranjero de su padre, las debilidades y flaquezas de su
madre. Heredero de las altas prendas de su abuelo como de su trono, se vieron
los dos en casi iguales circunstancias para que fuera casi igual su gloria. En
el reinado de Alfonso VI invaden a España los Almorávides y arrojan de ella a
los Beni-Omeyas: en el de Alfonso VII la invaden los Almohades, y lanzan de
ella a los Almorávides. Las razas africanas se renuevan y remplazan en el
territorio de la Península. Abdelmumén envía sus hordas a desembarcar donde
setenta años antes habían desembarcado las de Yussuf, y los sectarios del
Mahedi siguen el mismo itinerario que los Morabitas de Lamtuna. Unos y otros
han sido llamados a España por los ismaelitas del Mediodía y Occidente. Por dos
veces las tribus del desierto han sido invocadas por los degenerados hijos del
Profeta sus antiguos dominadores, ambas para libertarse de las terribles lanzas
de los Alfonsos de Castilla, de Aragón y de Portugal. El último representante
de los Beni-Omeyas, Ben Abed de Sevilla, apeló, para defenderse de los
Almorávides, al auxilio del rey cristiano Alfonso VI de Castilla: el último
caudillo de los Almorávides, Abén Gania de Córdoba, buscó la protección de
Alfonso VII de Castilla contra los Almohades. Ambos Alfonsos, el abuelo y el
nieto, tuvieron la generosidad de tender una mano protectora a sus suplicantes
enemigos y de pelear por ellos. Uno y otro tuvieron que combatir contra los
nuevos dominadores. Si Alfonso VII no excedió a su ilustre abuelo en gloria, le
aventajó por lo menos en fortuna. Aquél sufrió una terrible derrota de los
Almorávides en Zalaca y perdió a su hijo Sancho en Uclés; éste triunfó de los
Almohades en Aureia, en Coria, en Mora, en Baeza y en Almería, y tuvo la
satisfacción de que sus hijos Sancho y Fernando presenciaran su última victoria
y le sobrevivirán. Hasta en el morir fue afortunado, puesto que no medió tiempo
entre los plácemes de los soldados victoriosos y los postreros sacramentos de
la Iglesia, entre los aplausos estrepitosos del triunfo y el reposo inalterable
de la tumba.
Otra vez a la muerte de
Alfonso VII se dividen Castilla y León, entre los hijos de un mismo padre: por
tercera vez el mismo error, y por tercera vez las propias consecuencias:
retroceso en la marcha hacia la unidad, discordias y disturbios entre León y
Castilla, decadencia en la monarquía madre. Al brevísimo reinado de Sancho III
de Castilla sucede la monarquía turbulenta y aciaga de su hijo Alfonso VIII.
Dos familias poderosas y rivales, los Laras y los Castros, enemigos ya desde el
tiempo de doña Urraca, se disputan la tutela del rey niño, y la guerra civil
arde en Castilla. Prisionero más que pupilo el niño Alfonso, prenda disputada
por todos y arrancada de unas manos a otras, paseado de pueblo en pueblo y de
fortaleza en fortaleza, sacado furtivamente de Soria e introducido por sorpresa
en Toledo, los azares de la infancia de Alfonso VIII venían a ser un trasunto
de los que en su niñez había corrido su abuelo Alfonso VII en Galicia, con los
condes de Trava éste, en Castilla con los condes de Lara aquél. Es más, a la
muerte de Alfonso VIII se reproducen las propias escenas con su hijo Enrique I.
Permítasenos observar lo
que no ha reparado ningún escritor. A la muerte de tres grandes monarcas
castellanos, Alfonso VI, Alfonso VII y Alfonso VIII, y con intervalo de un solo
reinado entre ellos, Castilla se encuentra en circunstancias análogas, con tres
príncipes niños, juguetes los tres de tutores y magnates codiciosos, y Castilla
después de tres reinados gloriosos y grandes sufre tres minoridades procelosas.
Hemos visto en cronistas e historiadores castellanos afear mucho la
conducta de Fernando II de León en el hecho de pretender la tutela de su
sobrino Alfonso VIII de Castilla, y en haberse apoderado de muchas de sus
plazas y ciudades. No le defendemos en esto último, porque no reconocemos
derecho en ningún monarca para usurpar territorios de otro Estado. ¿Pero merece
la misma censura por lo primero? ¿Podía Fernando II ver con impasible
indiferencia a un príncipe, tan inmediato pariente y vecino, bajo la tutela y
opresión de dos familias enemigas y de dos implacables bandos que
ensangrentaban el reino? ¿Es extraño que reclamara el derecho moral que la edad
y el deudo le daban para arrancar a su sobrino del poder de los Laras, y
convidado por la parcialidad opuesta arrogarse la tutoría y dirección del rey
menor? Sin embargo, los altivos castellanos no sufrían que viniese nadie de
fuera alegando derechos que no podían reconocerse, y rechazaron su
intervención. Por lo demás Fernando II era un príncipe generoso y noble, y bien
lo demostró en su caballeroso y galante comportamiento con Alfonso de Portugal
en Badajoz y en Santarén.
Bajo este príncipe se sobrepone León a Castilla en influjo y en
extensión. Pero la monarquía castellana comienza a reponerse y a recobrar su
lugar desde que Alfonso VIII entra en mayoría y empuña con mano propia las
riendas del gobierno. Grande, elevado, altivo en sus pensamientos el octavo
Alfonso, aunque algo desabrido y áspero para con los demás príncipes, por lo
menos en la primera época de su reinado, se enajena las voluntades de los
monarcas cristianos, que, si no se ligan abiertamente contra él, por lo menos
se desvían de él y se confederan sin él. Reta al príncipe de los infieles en
Alarcos, allí se vio humillado y abandonado. La derrota de los cristianos en
Alarcos designa el apogeo del poder de los Almohades en España.
En el último período de su reinado se maneja Alfonso VIII de otra suerte
con los monarcas españoles sus vecinos; y en que los postreros años del siglo
XII tenía contra sí a todos los soberanos de la España cristiana, se encuentra
a los principios del siglo XIII amigo y aliado de los de Navarra y Aragón, y
suegro de los príncipes de Francia, de León y de Portugal. Del centro de
Castilla salió una voz que logró conmover a toda la cristiandad, y se atrevió a
decir a la Iglesia y a los imperios que había una Tierra Santa que no era la
Palestina, y que merecía bien los honores de una general cruzada, a que no
estaría mal que concurrieran los príncipes y guerreros de las naciones en que
se adoraba al verdadero Dios.
La vigorosa excitación del monarca castellano encontró eco en el pastor
general de los fieles, y nunca la voz del jefe de la Iglesia resonó más a
tiempo por el orbe cristiano, ni jamás pontífice alguno despertó más el
entusiasmo religioso de los verdaderos creyentes, que cuando el papa Inocencio
III ofreció derramar el tesoro de las indulgencias sobre los que acudieran a la
guerra santa de España. Porque el emperador de los Almohades dijo a sus
emisarios aquellas célebres palabras: “Id
a anunciar al gran Muphti de Roma que he resuelto plantar el estandarte del
Profeta sobre la cúpula de San Pedro, y a hacer de su pórtico establo para mis
caballos”, si no es verdad que tal cosa dijo, pudo por lo menos haberlo
cumplido; porque ¿quién era capaz de detener el torrente de los seiscientos mil
soldados de Mahoma acaudillados por el Atila del Mediodía, si aquí hubiera
logrado vencer a los monarcas y a los ejércitos españoles?
Vistoso, grande y sublime espectáculo sería el las banderas de los
cruzados de Francia, Italia y Alemania concurriendo a Toledo a incorporarse y
someterse al pendón de Castilla. Pero estaba decretado para gloria de España,
que la lucha por cinco siglos sostenida por españoles solos, a los esfuerzos de
los españoles quedara encomendada. Miramos el pensamiento de aquellos
extranjeros de abandonar la cruzada so pretexto del rigor de la estación y del
clima. Así el triunfo fue todo nacional, y la gloria española toda, bastaban
los dos o tres prelados y barones que quedaron para que pudieran contar allá en
sus tierras lo mismo que no creerían sino lo hubieran visto. Felizmente en
reemplazo de aquellos extranjeros, se apareció l rey de Navarra con sus rudos e
intrépidos montañeses, en Alarcos, para indemnizarle ahora con creces, yendo
ahora dispuesto a ser el más impetuoso y terrible de sus adversarios. A milagro
se atribuyó entonces la aparición del pastor que condujo y guio a los
cristianos por los desfiladeros del Muradal.
El triunfo de las Navas de Tolosa, sino fue tampoco un milagro, por lo
menos un prodigio. Como en los campos Cataláunicos se decidió la causa de la
civilización del mundo contra los bárbaros del Norte, así en las Navas de
Tolosa se resolvió el triunfo del cristianismo sobre los bárbaros del Mediodía.
El gran drama de la reconquista que tuvo su prólogo en Covadonga, y cuya
primera jornada concluyó en Calatañazor, avanza y deja entrever en la solemne
escena de las Navas el desenlace que tiene en expectativa al mundo. Alfonso de
Castilla, el que en Algeciras había parecido un retador imprudente y en Alarcos
un arrogante escarmentado, apareció en la Navas con toda la grandeza del héroe,
y elevó a Castilla sobre todas las monarquías españolas. Ya no quedó duda de
que Castilla había de ser la base, centro y núcleo de la gran monarquía
cristiano-hispana; y no es que los otros reyes contribuyeran menos que él al
glorioso triunfo: como capitanes y peleadores sería difícil decidir quién
merecía ser el primero: es que Alfonso VIII la fortuna d ser el jefe de la
expedición, como había tenido la gloria de promoverla.
Los dos Alfonsos VII y VIII, emperador de España y conquistador de
Almería el uno, conquistador de Cuenca y triunfador de las Navas el otro, ambos
murieron en un pobre y humilde lugar. El primero en una tienda de campaña
debajo de una encina. ¡Notable contraste entre la grandeza de su vida y la
humildad de su muerte! Necesitaban de aquélla para ser grandes príncipes: les
bastaba esta para morir como cristianos.
II.-
Al paso que avanzaba la reconquista,
progresaba la organización política y civil de los Estados. Al revés de los
mahometanos, que cuando la fortuna favorecía sus armas no hacían otra cosa que
poseer más territorio y extender su dominación material, sin mejorar un ápice
en su condición social por la inmutabilidad de su ley; los cristianos, a medida
que conquistan pueblos conquistan fueros
de población; si ganan ciudades ganan también franquicias y cuando se
dilatan sus dominios se ensanchan sus libertades. Por parciales esfuerzos crece
la nación y se reorganiza; pero avanzando siempre en lo político como en lo
material. La legislación foral de Castilla, comenzada en el siglo X por
el conde Sancho García, ampliada en el XI por el rey Alfonso VI, recibe gran
incremento en el siglo XII y principios del XIII por los siguientes monarcas.
El emperador Alfonso VII hace extensivo a los lugares de la jurisdicción
de Toledo y otros partidos y merindades de Castilla la Nueva, el fuero
municipal otorgado por su abuelo Alfonso VI a los castellanos pobladores de la
capital le añaden nuevos y preciosos privilegios (2), y convirtiendo de esta manera el fuero particular de
una ciudad en regla casi general de gobierno del reino. Un mismo espíritu
dictaba estos pactos entre el soberano y sus pueblos: se semejaban todos, y en
todos se consignaban perecidas franquicias e inmunidades: se añadían a veces
algunos privilegios a determinadas poblaciones, y a veces no se hacía sino
sustituir los nombres de los pueblos, como acontecía con los de Toledo y
Escalona. Algunos, no obstante, merecen especial mención, o por su mayor
amplitud, o por la especial naturaleza y linaje de sus leyes.
Pertenece a esta clase el que se determinó en las cortes de Nájera
celebradas por el emperador Alfonso en 1138, a fin de establecer una buena y
perfecta armonía entre las diferentes clases de vasallos de su reino y lograr
poner en quietud a los hijosdalgo y ricos-omes, o como dice una de sus leyes, “por razón de sacar muertes, e deshonras, e
desheredamientos, e por sacar males de los fijosdalgo de España”. Y como el
principal objeto de sus leyes fue arreglar las disensiones que entre los nobles
había, corregir sus desórdenes y fijar sus obligaciones y derechos y sus
relaciones entre sí mismos, así como con la corona y con las demás clases del
Estado, tomó el nombre de Fuero de hijosdalgo, y también se
denominó Fuero de Fazañas y Albedríos, (3)que así se llamaba a las sentencias
pronunciadas en los tribunales del reino, y que recopiladas y guardadas en la
real cámara desde el reinado de Alfonso VI, fueron recogidas juntamente con los
usos y costumbres de Castilla la Vieja, y de estas leyes y de otras que se
añadieron y ordenaron después se formó más adelante el Fuero Viejo de Castilla. (4)
Una de las leyes más notables de este Fuero fue la prohibición de enajenar a manos muertas. (5) Se
conocían ya los inconvenientes de la amortización, y se procuraba remediar el
exceso y acumulación de bienes en los señores y monasterios, resultado de la
pródiga liberalidad de los reyes en las mercedes y donaciones, hijas del
espíritu religioso de la época. Se estableció además el modo de probar la hidalguía de sangre en Castilla, sobre
lo cual hubo muchos pleitos y debates, y fue, en fin, la base y principio de un
ordenamiento o legislación especial, que debía regir respecto de los nobles y
fijosdalgo de Castilla, en sus relaciones con el trono y con los demás vasallos
de la corona, en sus derechos y privilegios, en sus obligaciones y servicios,
al modo que en los fueros municipales se trataban los de los pueblos y vasallos
con el rey y con los señores.
Más adelante, en 1212, hallándose su nieto el rey don Alfonso el Noble,
o sea el VIII de Castilla, en el hospital de Burgos que acababa de fundar,
después de haber confirmado a los pueblos de Castilla los privilegios,
exenciones y fueros otorgados por sus antecesores, mandó a todos los ricos-omes
e hijosdalgo que recogiesen y uniesen en un escrito todos los buenos fueros,
costumbres y fazañas que tenían para su gobierno, y que unidos en un cuerpo se
los entregasen para corregir las leyes que eran dignas de enmendarse y
confirmar las buenas y útiles al público. La colección parece que se hizo, “por muchas priesas que ovo el rey don
Alfonso fincó el pleito en este estado” (6) Más estaba el rey para pensar en batallas
que en Códigos, pues era el año de la gran cruzada contra los infieles. Sin
embargo, no es extraño que hubiera entrado en el ánimo del monarca otras
consideraciones para no llevar adelante las enmiendas y correcciones que se
proponía hacer. Los derechos de la nobleza para con la corona eran tan
exorbitantes, que entre ellos se contaba, no sólo el de poder renunciar a la
naturaleza del reino cuando quisieran, y dejar de ser vasallos del rey, sino
hasta el de hacerle la guerra. “Si algún
rico-ome, que es vasallo del rey, se quier espedir dél e non ser suo vasallo,
puédese espedir de tal guisa por un suo vasallo, caballero o escudero, que sean
fijosdalgo. Devel´decir ansí: Señor, fulan rico-ome, beso vos yo la mano por
él, e de aquí adelante non es vostro vasallo”. (7) Estos y otros semejantes privilegios
no quería confirmarlos el rey, temiendo autorizar un principio de insurrección
y de anarquía, y tampoco se atrevería a corregirlos por la necesidad que
entonces tenía de la nobleza. Así pues, no es maravilla que quedara en proyecto
la enmienda del Fuero de los Fijosdalgo, y que no se hiciese la compilación
conocida con el nombre de Fuero Viejo.
En cuanto a fueros municipales y
cartas-pueblas, siguió Alfonso VIII
de Castilla el sistema de sus predecesores, y entre otras poblaciones aforadas
por aquel soberano se cuentan Palencia, Yangüas, Catrourdiales, Cuenca,
Santander, Valdefuentes, Treviño, Arlanzón, Navarrete, San Sebastián de
Guipúzcoa, San Vicente de la Barquera y Alcaraz, nos basta decir que estos eran
ya considerados como un compendio de derecho civil o como una suma de
instituciones forenses, donde se trataban los principales puntos de jurisprudencia,
y se hallaban compendiados los antiguos usos y costumbres de Castilla.
Tal fue el de Cuenca, dado por Alfonso VIII cuando la rescató del poder
de los moros, el más excelente, dice uno de nuestros más doctos jurisconsultos,
que de todos los fueros municipales de Castilla y de León, ya por la copiosa
colección de sus leyes, ya por la autoridad y extensión que tuvo este cuerpo
legal en Castilla, tanto que hasta en el tiempo de don Alfonso el Sabio se
consultaba y cotejaba, y se buscaban con esmero sus variantes con las leyes del
monarca legislador. (8)
Se
consignó en el Fuero de Cuenca[1]
una ley contra la amortización eclesiástica. “Mando, que a los homes de orden, nin amonjes, que ninguno non haya
poder nin vender raíz. Que, así como su órden manda et vieda a nos dar o vender
heredat, así el fuero et la costumbre vieda a nos eso mismo.” Bien era
menester que se experimentaran los daños de las excesivas adquisiciones dl
clero y de la acumulación de bienes raíces en manos muertas, cuando un monarca
tan amante del clero, y que le concedía aquellos privilegios y exenciones, y en
una época en que predominaba tanto la jurisprudencia canónica ultramontana, se
veía precisado a dar tales leyes contra la amortización. Se prohibía igualmente
a los que entraban en religión llevar a ella más del quinto de sus bienes muebles: “Que
non es derecho, nin igual cosa que ninguno deherede a sus fijos, dando a
lagunas religiones el mueble, o la raíz, porque es fuero que ninguno non
deherede a sus fijos.”
I.
Se
eximía además a los vecinos de Cuenca de todo tributo, menos de los que se
pagaban para los reparos de los muros, de los cuales nadie estaba exceptuado.
El consejo de Cuenca no estaba obligado al ir al fonsado sino con el rey.
II.
Los
moradores de la ciudad, cristianos, moros o judíos gozaban de un mismo fuero
para los juicios de sus pleitos.9
III.
Se
daban oportunas leyes agrarias para la custodia de los campos, para la
seguridad de los labradores, ganaderos, pastores, etc.
IV.
Se
establecían severísimas penas contra los ladrones, adúlteras y cobijeras,
forzadores de mujeres, y contra otros delitos e injurias.
Pero la legislación penal seguía siendo tan ruda: continuaba la prueba
del fierro candente y su ceremonial
no era menos horrible que en tiempos pasados.
A esta época pertenecen también los fueros
de Señorío, (10) o sea lo que se daba a lugares situados en
territorios cuyo dominio había pasado por donaciones de los monarcas a señores
particulares, y entre los cuales se distinguen los de los Estados de Vizcaya y
de Molina, aquellos por el célebre don Diego López de Haro éstos por don
Manrique de Lara.
Es de admirar el espíritu de libertad que respiran estos fueros, a pesar
de haber sido otorgados por aquellos señores, algunos de los cuales habían
intentado rivalizar con los monarcas mismos y habían tenido en perpetua
agitación al reino. Debido era esto al influjo y ejemplo de los democráticos
fueros y cartas-pueblas (11) concedidos por los reyes;
pues a su vez los señores, para mantener en quietud sus dominios, se veían
precisados a no escasear a sus vasallos las inmunidades y franquicias.
El conde don Enrique en el Fuero de Molina en 1152 daba a las
poblaciones el derecho de elegir por señor a cualquiera de sus hijos o nietos,
al que más les hiciese bien. “Yo el conde
don Manrique do vos en fuero, que siempre de mis fijos o de mis nietos un señor
hayades aquel que vos ploguiese, et a vos ficiese, et non hayades sinon un
señor.” Y no se mostraba menos liberal en todo lo concerniente al gobierno
del señorío.
Debemos no obstante advertir, que aunque la legislación municipal
produjo una mudanza grande en la condición social en la Península, dando
independencia y libertad a los municipios e influjo al estado llano, y creando
un nuevo poder que por de pronto robustecía el de los monarcas al paso que
enflaquecía al de los nobles, con todo no formaba un sistema legal bastante
universal y uniforme para que pudiera constituir un cuerpo nacional de derecho
y para que pudiera derogarse y abolirse el Fuero
Juzgo de los Visigodos (12), que continuaba siendo el código vigente y
rigiendo en los casos en que la nueva jurisprudencia local no se oponía a sus
leyes.
Lo que dio más influjo al estado fue la intervención que en el último
tercio del siglo XII comenzó a tener en las cortes del reino, que ya por este
tiempo, se celebraban también con más frecuencia. (13) En las que Alfonso VIII
convocó en Burgos en 1169, o 1170 según otros, dice la crónica de don Alfonso
el sabio “los condes, e los ricos-omes, e
los perlados, e los caballeros, e los cibdadanos, e muchas gentes de otras
tierras fueron, e la corte fue y muy grande ayuntada.” En las de Carrión en
1188 en que se acordaron las capitulaciones para el matrimonio de doña
Berenguela se dice: “Estos son los
nombres de las ciudades y villas cuyos mayores juraron.” Alfonso IX de León
fue alzado rey por todos los caballeros y cibdadanos. Y en las de Valladolid de
1217, “así los caballeros como los
procuradores de los pueblos recibieron por reina y señora a dona Berenguela.”
Y tan frecuente debía ser ya en el siglo XIII la concurrencia de los
procuradores a las cortes, que Fernando III se vio en la precisión de
regularizarla.
De modo que comenzaron las ciudades de Castilla a tener fueros que las
colocaba en una especie de independencia política y civil, a concurrir a la
guerra con sus estandartes y sus milicias propias, y a asistir a las cortes por
medio de sus representantes o procuradores, más de un siglo antes que en
Francia, y mucho antes que en ningún otro Estado de Europa. Así se organizaba
política y civilmente la nación a medida que con la reconquista se ensanchaba
en lo material y se aseguraba el territorio que se iba recobrando.
III.
Las órdenes militares. - Se establecen por este tiempo en
España, trasplantadas una d unas extrañas tierras, nacidas otras en nuestro
propio suelo, esas milicias semireligiosas, semiguerreras, nombradas órdenes
militares de caballería, que tan célebres se hicieron en la edad media, y
contribuyeron a imprimir una fisonomía especial a aquellos siglos de piedad
religiosa y actividad bélica.
El mismo espíritu, que puesto en acción por la voz d un ermitaño,
acogida por un concilio, había producido el gran movimiento de las cruzadas,
aquella gigantesca empresa del mundo cristiano para rescatar del poder de los
infieles los Santos Lugares, había dado nacimiento a las milicias del Templo, del Hospital y del Santo Sepulcro de Jerusalén,
que tantos y tan eminentes servicios hicieron a los cruzados. Los templarios
principalmente, que reunían todo lo que más duro tiene la vida del guerrero y
la vida del monje, a saber, los peligros y la abstinencia, eran como una
cruzada parcial, fija y permanente, como la noble representación de aquella
guerra mística y santa en que toda la cristiandad se había empeñado: el ideal
de la cruzada, parecía realizado en la orden del Templo: en las batallas, los
templarios y los hospitalarios formaban alternativamente la vanguardia y la
retaguardia: ¡qué felicidad para los peregrinos que viajaban por el arenoso
camino de Jaffa a Jerusalén, y que creían a cada momento ver lanzarse sobre sí
a los salteadores árabes, encontrar un caballero, divisar la protectora cruz
oja sobre el manto blanco de la orden del Templo. (14)
Desde que Ramón Berenguer III el Grande de Barcelona tomó al tiempo de
morir el hábito de templario; desde que Alfonso el Batallador de Aragón señaló
en su testamento por herederas de sus reinos a las tres órdenes militares de
Jerusalén, ya pudo inferirse que, si entonces no se hallaban todavía
solemnemente establecidas estas órdenes en los dos Estados, no tardarían los
sucesores de aquellos dos príncipes en establecerlas con pública y formal
autorización. Lo hizo así el primer príncipe de Aragón y Cataluña Ramón
Berenguer IV, haciéndoles donación de varias ciudades, tierras y castillos, y
encomendándoles la defensa de las plazas fronterizas más importantes y
peligrosas. Desde entonces los monarcas que se suceden, rivalizan en otorgar
mercedes, donaciones y rentas a los caballeros del Hospital y del Templo. (15)
En Castilla y León, en Portugal y en Navarra, aparecen establecidos
estos guerreros religiosos en los reinados del emperador Alfonso VII, de
Alfonso Enríquez y de Sancho el Sabio. Tiempo hacía que poseían a Calatrava
cunado por cesión suya la dio Sancho III el Deseado a los monjes de Fitero. En
los reinados de los dos Alfonsos VIII y IX de Castilla y de León, se
multiplicaban sus bailías y encomiendas, y crecen sus haciendas y sus vasallos,
y se encuentran dueños de multitud de pueblos y señoríos. Con casi igual
rapidez se arraigan en Portugal y en Navarra, que, en Castilla y León, que en
Aragón y Cataluña. (16)
Algunos años más adelante, y poco después de mediado este último siglo,
en nuestra misma España, en León y Castilla, en esta nueva Tierra Santa, donde
se sostenía una cruzada perpetua y constante contra los infieles, nacen también
y se desarrollan otras órdenes militares de caballería, no menos ínclitas e
ilustres que las de Jerusalén. Aquí son un venerable abad y un intrépido monje
los que solicitan del monarca de Castilla que les encomiende la defensa de Calatrava
que los templarios no se atreven a sostener, y se funda la esclarecida milicia
de Calatrava. Allí son unos forajidos o aventureros, que, arrepentidos de la
vida de disipación y de desórdenes, piden al rey de León que les permita vivir
en austera y penitente asociación como religiosos, y en constante guerra contra
los enemigos de la fe como soldados de Cristo, y se instituye la insigne orden
de caballería de Santiago. Allá son vecinos y caballeros de Salamanca, que
deseando combatir a los moros de las fronteras, hacen su primera fortaleza de
una ermita, y se constituyen en comunidad religiosa y en milicia guerrera y en
milicia guerrera, establecen la orden de San Julián del Pereiro, que más
adelante toma la denominación de orden de Alcántara.
Estos fervorosos cristianos comienzan por reunirse en religiosa y
monástica asociación para vivir bajo las austeras reglas de San Agustín o del
Císter: más como la vida ascética, contemplativa y apacible del monaquismo no
corresponda ni al espíritu activo y caballeresco de la ´poca ni a las
necesidades de España y del siglo, los monjes y penitentes profesan también de
guerreros, se constituyen en libertadores de su patria, en campeones de la
religión y en incansables combatientes de los enemigos de la cruz.
Los prelados de León y Castilla otorgan o aprueban las reglas monásticas
a que quieren sujetar su vida; los príncipes les hacen donaciones y mercedes;
les dispensan privilegios, les señalan rentas, territorios, poblaciones y
castillos, y les conceden la posesión de los que conquisten; y las bulas y los
breves de los papas Alejandro III y Lucio III vienen a dar solemne sanción y
autoridad y añadir exenciones y gracias a estos cuerpos semimonásticos,
semiguerreros. A la voz d sus jefes y superiores, de todas partes acuden
devotos a las casas de las órdenes, y los soldados y gentes de armas se
apresuran a agruparse en derredor de las banderas de la nueva milicia.
Cumpliendo con las obligaciones de su instituto, doquiera que hay infieles que
combatir, allí se presentan las lanzas de la caballería sagrada. Auxiliares
intrépidos y denodados de los príncipes, dignos rivales de los caballeros del
Templo y de San Juan, los de Santiago, Calatrava y Alcántara, los estandartes
de las órdenes, conducidos por los grandes maestres, eran los que comúnmente se
desplegaban primero en las batallas. Ellos pelearon en Extremadura y en
Castilla, n Cataluña y León, en Andalucía y Portugal. Los sarracenos
experimentaron el valor de los freires en Badajoz como en Cuenca, en Baeza como
en Tortosa, en Lérida como en Monzón; los caballeros de las órdenes
enrojecieron con preciosa sangre los campos de Alarcos, y la milicia sagrada
recogió laureles en las Navas de Tolosa. La vista de los pendones de las
órdenes infundía pavor a los musulmanes, y España y la cristiandad debieron
servicios inmensos a estos guerreros religiosos. En ellos se ve representada la
índole del siglo XII, aunque algunas degeneran después, como suele suceder en
todas las instituciones humanas.
El influjo y prepotencia de la autoridad pontificia que había comenzado
a hacerse sentir en Aragón con Alejandro II, en Castilla con Gregorio VII, se
extiende de lleno a toda España al comenzar el siglo XIII bajo Inocencio III.
Los reyes y los reinos de León, Castilla y Portugal, de Navarra y Aragón sufren
por diferentes motivos la severidad de las censuras y penas eclesiásticas
fulminadas por el sucesor de San Pedro. Pesa en varias ocasiones sobre los
monarcas la excomunión, sobre las monarquías el entredicho. Como en el
siglo XI el campo escogido por los pontífices para implantar en España la
dominación moral fue el reemplazo de una por otra liturgia, en el siglo XII
para subordinar los monarcas a la Santa Sede, la materia comúnmente elegida
eran los impedimentos de consanguinidad para los matrimonios
de los príncipes. Sin la aprobación y dispensa del pontífice no se realizaba
consorcio alguno entre deudos, y lo eran casi todos los príncipes y princesas
españolas desde que recayeron las coronas de León, Castilla, Aragón y Navarra
en los hijos de Sancho el Mayor de Navarra.
El veto
del papa bastaba para disolver los matrimonios reales, no sólo consumados, sino
favorecidos de abundante prole. Los reyes de León y de Portugal, aunque no
solos, fueron de los que experimentaron más el rigor inflexible de los papas en
este punto, teniendo más de una vez que separarse de sus amadas esposas. Ni las
súplicas de los soberanos, ni las instancias de los obispos, ni la resistencia
de los reyes, ni el disgusto de los pueblos, ni el temor de que se perturbara
la paz de los Estados, ni el peligro de las discordias entre los hijos de las
diferentes esposas de un mismo monarca, nada alcanzaba a doblegar la severidad
de los jefes de la Iglesia en esta materia ni a revocar su fallo. El papa
pronunciaba y se disolvían los matrimonios, so pena de verse privados reyes y
pueblos de los sacramentos de la Iglesia. La necesidad obligaba a legitimar los
hijos de matrimonios que se declaraban nulos.
Nos cuesta trabajo conciliar el rigor y la escrupulosidad de la
jurisprudencia canónica en lo de no dispensar nunca ni por consideración alguna
entre pariente en tercero y cuarto grado con la indulgencia y ensanche respecto
a otro género de impedimentos.
Alfonso VI de Castilla se casa legítimamente con la hija de un rey moro,
aunque hecha cristiana, y sus nietos los reyes de León son obligados a
divorciarse de sus esposas, hijas de reyes cristianos, por mediar entre ellos
algún parentesco. Ramiro II de Aragón contrae nupcias, con dispensa pontificia,
siendo monje, sacerdote y obispo electo, y a su nieto Pedro II no le permite el
pontífice enlazarse con la hermana de Sancho de Navarra por mediar entre ellos
deudo n tercer grado. Así lo soberanos y príncipes españoles se veían
precisados a buscar esposas en Inglaterra, Francia, Alemania, Polonia y hasta
en Constantinopla.
Por otra parte, se veía sin escándalo, y la voz de los pontífices no se
dejaba oír para reprobarlo, que los hijos e hijas ilegítimas, bastardas o
naturales de los reyes se sentaran en los tronos cristianos de España.
Ilegítima era doña Teresa de Portugal, y Alejandro III expidió una bula de
reconocimiento de la independencia de aquel reino, fundado en la sucesión de
doña Teresa. De público se sabía que doña Urraca la Asturiana era bastarda del
emperador Alfonso VIII, ningunas bodas se celebraron en aquella época con más pompa
y solemnidad y con más fiestas y regocijos que las de doña Urraca con don
Sancho de Navarra, cuyo trono fue a ocupar la hija de doña Gontroda.
Portugal y Aragón son declarados en este tiempo por sus príncipes reinos
feudatarios de la santa Sede; más los pueblos se oponen a la cesión de sus
soberanos, les niegan el derecho para otorgar semejantes concesiones, y la
independencia que el pueblo aragonés recobra en el acto y sin tumulto, y por
unánime acuerdo, cuesta a Portugal tiempo, contiendas y turbaciones.
IV.
La civilización, la cultura y las
letras no
permanecían estacionarias a medida que avanzaba y se aseguraba la reconquista.
Y aunque no era posible que la literatura y las ciencias pasaran de repente del
atraso y olvido a un grande adelantamiento y a un estado floreciente, se
hicieron con todo, en el periodo que analizamos, adelantos en algunos ramos del
saber humano.
La Compostelana y la Crónica latina del emperador, ya nos son
aquellos secos y descarnados cronicones, especie de breves tablas cronológicas,
de los primeros siglos de la restauración. Aunque escritas en latín y en el
espíritu teocrático propio de la época, no carecen ya de bellezas de estilo, el
latín es también más puro y más correcto, y contienen períodos en que se nota
bastante fluidez y rotundidad. Las de los obispos Lucas de Tuy y Rodrigo
Jiménez de Toledo, que florecieron a principios del siglo XIII, tienen ya más
mérito como producciones históricas. Verdad es que en vano se buscaría en ellas
la crítica ni la filosofía que ahora tanto apetecemos en las obras de este
género, pero tarde hallaremos estas cualidades en las historias y en los historiadores
de España. Demasiado hizo el Tudense en darnos un resumen casi completo de la
Historia de España hasta San Fernando, y no es poco encontrar ya rasgos de
elocuencia en la obra del arzobispo don Rodrigo. Este sabio prelado, educado en
París, versado en la lengua arábiga, y conocedor de lo que hasta su tiempo se
había escrito, fue una verdadera lumbrera de su tiempo, y como San Isidoro de
su época. Si admitió en su historia fábulas de antiguas edades que él no
alcanzó, fuerza es reconocer que pedir otra cosa aun a los hombres más
eminentes de entonces hubiera sido demasiado exigir.
Más si tales adelantos se habían hecho en materias de jurisprudencia y
de historia, si pudiéramos citar también algunos libros de teología dogmática y mística
que en aquel tiempo se escribieron, excusados en buscar todavía el estudio y
cultivo de las ciencias exactas y naturales; y la medicina y cirugía
seguían ejerciéndose casi exclusivamente por los árabes y judíos, que eran los
médicos de nuestros monarcas. Sin embargo, la historia de las letras españolas
tributará siempre justos y merecidos elogios a Alfonso VIII de Castilla, el
Noble, el Bueno, el de las Navas, por haber sido el primer monarca de la edad
media que fundó en España la enseñanza universitaria con la
creación de una escuela general en Palencia, a la cual hizo venir sabios y
letrados de Francia y de Italia para que enseñasen en ella diferentes
facultades.
Casi al poco tiempo, Alfonso IX de León, a ejemplo del de Castilla, creó
también algunos estudios en Salamanca, y aun concedió a los estudiantes un juez
especial para que conociese en sus causas: principios, digamos así, de
universidad, que sirvieron para que más adelante, su hijo Fernando III
trasladará a esta ciudad, como punto más a propósito, el estudio general de
Palencia. De todos modos, desde los tiempos del arzobispo Gelmírez, que
prohibía a los eclesiásticos que enseñaran a los legos, sin duda con el fin de
monopolizar en el clero la escasa instrucción que había, hasta la fundación de
la universidad de Palencia por Alfonso VIII, se conoce cuanto se había
difundido y arraigado en el convencimiento de la necesidad de propagar los
conocimientos humanos a otras clases del Estado, y aquella institución produjo
por lo menos el beneficio de secularizar las letras, arrancando, de los
clérigos y monjes el monopolio del saber.
La poesía castellana y los romances. Nacen en este período:
gran novedad en la historia de las letras españolas, y testimonio indubitable
de lo que habían progresado la lengua y el habla castellana. Para nuestro
propósito nos basta ver en el célebre Poema del Cid, que debió escribirse
a fines del siglo XII, o cuando más tarde a principios del XIII, el incremento
y desarrollo que había tomado la lengua castellana, cuando ya se prestaba a
cierta armonía rítmica, aunque imperfecta; a cierto vigor en la expresión de
los pensamientos, y a cierto artificio cuyo mérito encarecen unos demasiado y
deprimen otros con exceso. (17) Aparte, pues, de su mérito
artístico, que para nosotros es muy grande como primer destello de nuestra
poesía vulgar, vemos en él y en los romances que le siguieron, no sólo en
proceso de la lengua, sino también la índole y el genio de la edad media española.
El Poema del Cid retrata muy al vivo el espíritu guerrero y caballeresco de la
época, como las poesías de Gonzalo de Berceo, algo posteriores, y por lo mismo
también algo más sueltas y armoniosas, dibujan el sentimiento religioso de los
españoles de aquellos siglos. Los unos contando de una manera sencilla, breve y
vigorosa las victorias, las hazañas y las galanterías de sus héroes, de
Bernardo del Carpio, de Fernán González y del Cid Campeador; el otro cantando,
como él decía, en roman paladino la
vida de santo Domingo de Silos, la de San Millán, el Sacrificio de la misa y
los Milagros
de Nuestra Señora, retratan la sociedad cristiano-española en los dos
sentimientos más poderosos y más fuertes que estaban entonces en los corazones
de todos, la religión y la guerra.
Se cuestiona mucho sobre si la forma del romance español fue tomada de
los árabes. Gayangos le da mucha le da mucha influencia a la poesía árabe sobre
la española. De que nuestra lengua adoptara multitud de voces de los árabes, no
hay género de duda, más en cuanto a la rima, tenemos ciertamente un documento
que parece indicar con claridad como fue naciendo entre nosotros la armonía
rítmica. Tal es el poema latino sobre la conquista de Almería que
escribió a mediados del siglo XII el autor de la Crónica del emperador Alfonso.
Desconociendo la belleza armónica de la prosodia latina, y en la natural
tendencia de los hombres a buscar la cadencia musical de las lenguas, recurrió
a encontrarla en la consonancia, ya
que no la hallaba en la cantidad de las sílabas. Unas veces la colocó en los
dos hemistiquios en que dividía sus versos como en los siguientes:
|
Fortir frangebat; sic fortis
ille premebat… Post Oliverum, fatear sine
crimine rerum… Morte Roderici Valentia plangit amici… |
Otras en los finales de los versos,
como éstos:
|
Florida militia post
urbis legionis Portans vexilia,
prorumpit more Leonis… Ejus juicio patriae
leges moderantur .. Illius auxilio
fortísima bella parantur… |
De esto a la rima y a las consonancias
del poema del Cid:
|
Merced, Campeador, en
ora buena fuestes nado; Por malos mestureros
de tierra sodes echado… A las sus fijas en
brazos las prendia, Lególas al corazón, ca
mucho las quería; |
Y a los versos de Berceo:
|
Yo maestre Gonzalo de
Berceo nomnado, Yendo en romería
caescí en un prado… Lo que una vegada a
Dios es ofrescido Nunca en otros usos
debe ser metido…
|
No había sino aplicar a la lengua
vulgar, que había ido reemplazando a la latina, la rima y las consonancias que
forzadamente s habían ido buscando en ésta, en reemplazo de la prosodia
desconocida en aquellos tiempos de corrompido latín.
Es interesante, además de curioso, observar cómo se fue formando el
habla castellana lenta y gradualmente hasta hacerse la lengua vulgar de los
españoles. Aquel latín degenerado de los primeros tiempos de la restauración
mezclarse palabras extrañas, y de que hallamos salpicados en los mismos
instrumentos públicos y oficiales, fue poco a poco cediendo su lugar a las
voces de nuevo uso, perdiendo aquél sus modismos, sus géneros, sus casos, sus
desinencias y su sintaxis, hasta llegar a prevalecer el nuevo lenguaje sobre el
antiguo. Por contado ya no nos queda duda de que a mediados del siglo XII y en
los tiempos del emperador existía un idioma nacional que no era el latino,
puesto que el cronista de aquél monarca decía:
Quandam
civitatem opulentissiman, quam antiqui dicebant Tuccis, NOSTRA LINGUA
Xeréz…Exibant de castris magnae turbae militum, quod, NOSTRA LINGUA dicimus
algaras….. Fortissimae turres quae NOSTRA LINGUA alcázares vocantur….. etc.
De este modo el cronista iba explicando la significación que las
palabras latinas tnían en lo que él llamaba ya nuestra lengua, esto es, la lengua vulgar de los españoles, el
nacimiento del castellano.
El castellano. De tal manera predominaba ya el romance en aquel
tiempo, que siendo el latín el idioma oficial y de las escrituras públicas,
muchas veces ya no se distingue cuál es que domina en ellas, si el latín que
caduca o el castellano que ha ido naciendo. Sirvan de ejemplo los fueros
otorgados por el emperador Alfonso VII a Oviedo y Avilés. En los primeros se
lee:
“Istos
sut foros, quos didit Rex Domino Adefonso, quando populavit ista villa…..In
primis per solare prendere uno solido ad illo Rex…..et dia cada uno año uno
solido pro incenso de illa casa, et qui illa venderé, dia uno solido al Rey, et
qui illo compre duos denarios ad sagione, et si un solare se partir, , en
quantas parte se partir tantos solidos dare, et quantos solares se compraren en
uno, uno incenso darán. De casa do home morar et fuego ficier, dará uno solido
fornase, faga forno ubi quesierit…..morar et lugo ficier dará uno solido
fornase, faga forno ubi quesierit…..et nullo homme non pose en casa de omme de
Oveto sine so grado, et si ibi qusierit posar a fuerza defiéndase con sus
vecinos quantum potuerit. In istos foros que dedit Re Domino Adefonso otorgó
que de hommes de Oveto no fuesen en fonsado, si el mismo no fuere cercado, aut
lide campal non habuisset…..etc.”
En los segundos leemos: “Estos sunt los foros que deu el Rey don
Alfonso ad Avilés quando la problou per foro. En primo per solar prender un sol
a lo Rey et dos dineros a lo sayón, e cada anno un sol incenso por lo solar, et
qui lo vender de un sol a lo Rey…..etc.”
Esta fue la época de la verdadera fermentación del idioma que cesaba de
ser y delque comenzaba a ser la lengua vulgar. Avanzan un poco los tiempos, y
empiezan a publicarse documentos en castellano, no correcto, pero ya revestido
con forma propia y con los caracteres y condiciones de un idioma nacional.
Algunos se citan del siglo XII, más empezando el XIII se ostenta ya ataviado
con ciertas galas de regular estructura, como se ve por el tratado de paz entre
los reyes Alfonso VIII de Castilla y Alfonso IX de León en 1206 (18)
dice:
“Esta
es la forma de la paz, que es firmada entre el rey don Alfonso de Castilla, y
el rey don Alfonso de León, et entre el rey de León, et el filio daquel rey de
Castilla que en pos él regnara.”
Después de nombrar los castillos que don Alfonso VIII dará a su nieto
don Fernando de León, continúa:
“Et
todos estos castellos debe haver el sobre dicho nieto del rey de Castilla filio
del rey de León en alfozes en direttzis et con todas sus pertinencias por juro
de heredad por siempre….Todos los castillos sobrenombrados son del regno de
Leon, para así que el sobre dicho filio del rey de Leon los haya por juro de
heredad, así como dicho es de suso. Et los caballeros que los deberen tener,
recíbanlos por portero del sobrenombrado filio del rey de Leon o sean vasallos
de él, et reténganlos por cumplir todos los pleitos que por ellos deben ser
cumplidos…..etc.”
¿Qué causas, pregunta el lingüista español Marina (19),
pudieron contribuir a dar solidez y consistencia en este siglo al romance
castellano? ¿Cómo es que aquel lenguaje aun tosco, grosero y latinizado del
siglo XI, se deja ver en el siglo XII ya con tan distinta gramática y
construcción y con tan ajenas y raras terminaciones? El mismo explica las
causas y nosotros expondremos sumariamente las que creemos fueron más
poderosas.
Desde que Alfonso VI tomó posesión de los reinos de León, Castilla y
Galicia, fue más frecuente y más íntimo el trato entre asturianos, gallegos,
leoneses, castellanos, vizcaínos, y aun navarros, mayor la comunicación y
comercio de ideas y pensamientos entre sí. La fama de la empresa de Toledo
trajo a España gentes y tropas de Gascuña, de Francia, y de Alemania a militar
bajo las banderas del rey de Castilla. Multitud de monjes y eclesiásticos
franceses vinieron entonces a poblar nuestros monasterios y a regir las más
insignes iglesias episcopales. Francesas eran las reinas, y con condes
franceses enlazó Alfonso sus hijas. Concedió el rey amplios fueros y
privilegios y establecimientos ventajosos a los francos y gascones, y a condes
francos se encomendó la repoblación de varias ciudades de Castilla. Con esto no
sólo se alteró entonces la liturgia y disciplina eclesiástica, sino hasta que
se mudó la forma material de escribir, adoptándose la letra francesa en lugar
de la gótica, y copiándose los privilegios y documentos por peñolistas
franceses. Así se introdujeron también en el idioma palabras franco-latinas,
que mezcladas con el lenguaje y dialectos vulgares de los diferentes países de
España produjeron el variado y complejo idioma que vemos aparecer formado y con
cierta regularidad gramatical en el siglo XII, para irse perfeccionando y
puliendo según que la reconquista y la cultura avanzaban. (20)
Más de donde recibió y adoptó el castellano mayor número de voces fue
del árabe, y así era natural,
atendida la riqueza de aquella lengua, lo familiarizados que se hallaban con
ella los mozárabes de los muchísimos pueblos que se iban conquistando, las
relaciones, tratos y enlaces mutuos entre árabes y españoles en el orden moral
y político, los fueros que nuestros monarcas, especialmente los Alfonsos VI,
VII y VIII, otorgaban a los árabes y moros que se quedaban en las poblaciones
conquistadas, la seguridad con que se les permitía vivir mezclados con los
cristianos, y otras mil relaciones indispensables y necesarias entre quienes
llevaban tantos siglos habitando en un mismo suelo. (21)
Una gran parte de escrituras así públicas como particulares se otorgaban
en árabe puro, y se escribían muchas veces los documentos en las dos lenguas.
Alfonso VI hizo acuñar varias monedas con inscripciones bilingües, en idioma
latino y arábigo, y Marina en su ensayo histórico-crítico publicó algunas de
este género batidas por Alfonso VIII de las que posee la Real Academia de la
Historia. Hasta el estilo y giro de las cartas de nuestros monarcas tenía todo
el tinte oriental. Así no es extraño que la lengua de Castilla se impregnara de
voces árabes, y no nos maravilla que el docto Marina reuniera un catálogo de
millares de voces castellanas, o puramente arábigas o derivadas de la lengua
griega y de los idiomas orientales, pero introducidas por los árabes en España.
(22) Nosotros, sin desconocer lo mucho que enriqueció nuestro
castellano la lengua arábiga, creemos no obstante que contribuyeron también a
su formación los dialectos vulgares de cada país, en que no podían menos de
entrar voces de las primitivas y antiguas lenguas de las razas que los habían
dominado, y que más o menos alteradas conservan siempre los pueblos. (23)
De esta manera, y precediendo España a Francia y a Italia en la
formación de un idioma vulgar, como las había precedido en el sistema
municipal, y en los fueros y libertades comunales, se había ido constituyendo y
organizando la España en lo material y en lo político, en lo religioso, como en
lo literario, y tal era su estado social cuando ocuparon los tronos de Castilla
los grandes príncipes que serán objeto de los siguientes capítulos.
II.- FERNANDO III EL SANTO DE CASTILLA DE 1217 A 1252 (24)
Diez y ocho años contaba el hijo de
don Alfonso IX de León y de doña Berenguela de Castilla, cuando por la generosa
abdicación de su madre fue reconocido y jurado rey en las cortes de Valladolid
con el nombre de Fernando III (1217). Se comprende bien el disgusto y la
sorpresa que recibiría el monarca leonés al ver revelado en este acto solemne
el verdadero objeto con que su antigua había mañosamente arrancado al hijo del
lado del padre; y aun cuando Alfonso no hubiera abrigado pretensiones sobre
Castilla, no extrañamos que en los primeros momentos de enojo por una acción
que podría calificar de pesada burla, a que naturalmente se agregarían las
instigaciones del de Lara, todavía más burlado que él, tomara las armas contra
su mismo hijo y contra la que había sido su esposa, enviando delante con un
ejército a su hermano don Sancho, que llegó hasta Arroyo, a una legua de
Valladolid. No logró doña Berenguela templar al de León, aunque lo procuró por
medio de los obispos de Burgos y de Ávila a quienes envió a hablarle n su
nombre. Más también se engañó el leonés si creyó encontrar dispuestas en su
favor las ciudades de Castilla. Ya pudo desengañarse cuando desatendiendo las
prudentes razones de doña Berenguela avanzó hasta cerca de Burgos, y vio la
imponente actitud de los caballeros castellanos que defendían la ciudad por don
Lope Díaz de Haro.
La retirada humillante a que se vieron forzados los leoneses, junto con
la adhesión que mostraban al nuevo rey las poblaciones del Duero, bajaron algo
la altivez del de Lara, que no sea atrevió a negar los restos mortales del rey
don Enrique que doña Berenguela le declaró para darles conveniente sepultura en
el monasterio de las Huelgas de Burgos al lado de su hermano don Fernando. Allá
fue la reina madre a hacerle los honores fúnebres, mientras su hijo en joven
rey de Castilla comenzaba a hacer uso de aquella espada que había de brillar
después en su mano con tanta gloria, rindiendo el castillo de Muñón que se le
mantenía rebelde. Cuando volvió doña Berenguela de cumplir la funeral
ceremonia, encontró a su hijo en posesión de aquella fortaleza y prisioneros
sus defensores. De allí partieron juntos para Lerma y Lara que tenía don
Álvaro, y tomadas las villas y presos los caballeros parciales del conde,
pasaron a Burgos, donde fueron recibidos en solemne procesión por el clero y el
pueblo presididos por el prelado don Mauricio.
No podía sufrir, ni era de esperar sufriese el de Lara, con resignada
quietud la adversidad de su suerte, y obedeciendo sólo a los ímpetus de su
soberbia, puso en movimiento a su hermano don Fernando y a todos sus allegados
y amigos, y confiado en algunos lugares fuertes que poseía, comenzó con sus
parciales a estragar la tierra y a obrar como en país enemigo, causando todo
género de males y cometiendo todo linaje de tropelías y desafuero.
Se vieron, pues, el rey y su madre en la necesidad de atajar las
alteraciones movidas por el antiguo tutor: y como careciesen de recursos para
subvenir a los gastos de aquella tierra, se deshizo doña Berenguela de todas
sus joyas y alhajas de plata y oro, sedas y piedras preciosas, y haciéndolas
vender destinó su valor al pago y mantenimiento de sus tropas. Con esto
salieron de Burgos con dirección de Palencia. Se hallaba en Herrera la gente de
los Laras cuando la reina y el rey de Castilla pasaban por frente de aquella
población. El orgulloso don Álvaro salió de la villa con algunos caballos como
a informarse del número de las tropas reales, y como quien ostentaba
menospreciar al enemigo. Cara pagó su arrogante temeridad, pus acometido por
los nobles caballeros y hermanos Alfonso y Suero Téllez, se vio envuelto y
prisionero, teniendo que sufrir el bochorno de ser presentado al rey y a su
madre, que indulgentes y generosos se contentaron con llevarle consigo a
Palencia y Valladolid, y con ponerle en prisión y a buen recaudo, de donde
también le sacaron pronto por palabra que empeñó de entregar al rey todas las
ciudades y fortalezas que poseía y conservaba, obligando a hacer a su hermano
don Fernando lo mismo.
Dueño el rey de las plazas que habían tenido los de Lara, el país
hubiera gozado de la paz de que tanto había menester, si aquella incorregible
familia no hubiera vuelto a turbarla abusando de la generosidad de su soberano.
Otra vez obligaron a Fernando a salir a campaña; y como los rebeldes,
enflaquecido ya su poder, no se atreviesen a hacerle frente, se fueron a León a
inducir a aquel monarca a que viniese a Castilla, pintándole como fácil empresa
apoderarse del reino de su hijo. Otra vez también Alfonso IX, no aleccionado ni
por la edad ni por la experiencia, o se dejó arrastrar de su propia ambición, o
se prestó imprudentemente a ser instrumento de las de otros, y volvió a hacer
armas contra su propio hijo que al cabo había de heredar su corona. Le salieron
al encuentro ambas huestes; le repugnaba a Fernando sacar la espada contra su
padre: sin embargo, tenía que hacerlo, a pesar suyo en propia defensa, y ya
estaba a punto de darse la batalla, cuando por mediación de algunos prelados y
caballeros se avinieron padre e hijo a pactar una tregua y regresar cada cual a
sus dominios. Apesadumbró tanto aquel concierto a don Álvaro de Lara y se vio
tan sin esperanza, que de sus resultas enfermó, y la pena de verse humillado y
abatido le apresuró la muerte, vistiéndose para recibirla con el hábito de
caballero de Santiago. Murió tan pobre, que no dejó con que pagar los gastos
del entierro, y que los suplió con cristiana caridad doña Berenguela, enviando
también una tela de brocado para envolver el cadáver de su antiguo enemigo. Se
le dio sepultura en Uclés en 1219. Su hermano don Fernando, apeló al recurso
usado en aquellos tiempos por los que se veían atribulados; se pasó a África y
se puso al servicio del emperador de los Almohades, que le recibió muy bien y
le colmó de honores y mercedes. Allá murió sin volver a su patria, en el pueblo
cristiano de Evora cerca de Marruecos, vistiendo también el hábito de
Hospitalario de San Juan. Tal fue el remate que tuvieron los revoltosos conde
de Lara. Libre el rey de León de estos instigadores, vino a reconciliarse con
su hijo, y olvidando antiguas querellas convinieron en darse mutua ayuda en la
guerra contra los infieles. (25)
Se vio con esto el hijo de doña Berenguela tranquilo poseedor del reino.
Le guiaba y le dirigía en todo su prudente madre, esta discreta señora que
conocía por propia experiencia cuan peligroso es para un Estado la falta de
sucesión en sus príncipes, y que por otra parte quería preservar a su hijo de
los extravíos a que pudiera arrastrarle su fogosa juventud, cuidó de
proporcionarle una esposa, y como había experimentado ella misma, la facilidad
con que los pontífices rompían los enlaces entre príncipes y princesas
españolas, no la buscó en las familias reinantes de España. La elegida fue la
princesa Beatriz, hija de Felipe de Suabia y prima hermana del emperador
Federico II. Obtenido su beneplácito y ajustadas las capitulaciones
matrimoniales, el obispo don Mauricio de Burgos con varios otros prelados
recibieron la misión de acompañar a la princesa alemana hasta Castilla. El rey
Felipe Augusto de Francia la agasajó a su paso por París y le dio una lúcida
escolta hasta la frontera española. La reina doña Berenguela salió a recibirla
hasta Vitoria con gran séquito de prelados y caballeros, de los maestres de las
órdenes, “de las abadesas y dueñas de
orden, y de mucha nobleza de caballería.” (26Al llegar cerca de Burgos, se
le presento el joven monarca con no menos brillante cortejo. A los dos días de
hacer su entrada, el obispo don Mauricio celebraba una misa solemne en la
Iglesia del real monasterio de las Huelgas, y bendecía las armas con que el rey
don Fernando había de ser armado caballero. El mismo monarca tomó con su mano
de la mesa del altar la espada. Doña Berenguela, como reina y como madre, le
vistió con el cinturón militar, y tres días después el 30 de noviembre de 1219,
el propio obispo bendecía a los ilustres desposados en presencia de casi toda
la nobleza del reino, a las que siguieron grandes fiestas y regocijos públicos.
Gozaba Castilla de reposo y de contento, que sólo alteraron
momentáneamente algunos turbulentos magnates. Fue uno de ellos don Rodrigo
Díaz, señor de los Cameros, que llamado a la corte por el rey para que
respondiese a los cargos que se le hacían, y viendo que resultaban probados los
daños que había hecho, se fugó del corte resuelto a no entregar las fortalezas
que tenía por el rey. Al fin la necesidad le obligó a darse a partido, y
accedió a restituir las tenencias por precio de catorce mil maravedís de oro
que el monarca le aprontó sin dificultad. Así solían dirimirse entonces los
pleitos entre los soberanos y los grandes señores. El otro fue el tercer hermano
de Lara, don Gonzalo, que desde África donde había ido a incorporarse con su
hermano don Fernando, incitó al señor de Molina a rebelarse contra el rey, cuya
rebelión quiso fomentar con su presencia viniéndose a España. Se debió a la
buena maña de doña Berenguela el que el señor de Molina, que se había
fortificado en Zafra, se viniese a buenas con el rey, y viéndose el de Lara
abandonado buscó un asilo entre los moros de Baeza, donde al poco tiempo murió
quedando de esta manera Castilla libre de las inquietudes que no habían cesado
de mover los tres revoltosos hermanos en 1222.
Se hallaba otra vez en paz la monarquía, y Fernando contento con el
primer fruto de su sucesión que le había dado su esposa doña Beatriz el 23 de
noviembre de 1221, el cual recibió en la pila bautismal el nombre glorioso de
Alfonso que habían llevado ya nueve monarcas leoneses y castellanos, y que más
adelante este niño sería conocido con el sobrenombre de Sabio. Año notable y
feliz aquel, así por el nacimiento de este príncipe, como por haberse comenzado
en él a edificar unos de los monumentos cristianos más magníficos y una de las
más bellas obras de la arquitectura de la edad media, la catedral de Burgos,
cuya primera piedra pusieron por su mano los piadosos reyes don Fernando y doña
Beatriz, bajo la dirección religiosa del obispo don Mauricio. Con esto y con
haber hecho reconocer en las cortes de Burgos de 1222 por sucesor y heredero de
la corona a su hijo don Alfonso, y bendecir su espada y estandarte por el
obispo de la ciudad, y publicar un perdón general para todo el reino,,
manifestó su pensamiento de dedicarse a emprender una guerra viva y constante
contra los infieles.
Comienza aquí la época gloriosa de Fernando III. La derrota de las Navas
había desconcertado a los musulmanes de África y de España y señalando el
periodo de decadencia del imperio Almohade. Después de la muerte de Mohammed
Yussuf Alnasir, el emirato había recaído en su hijo Almostansir, niño de once
años, que pasaba su vida en placeres indignos de un rey y no paraba de cuidar
rebaños, no conversando sino con esclavos y pastores. Su muerte correspondió a
su vida, pues murió de una herida de asta que le hizo una vaca, a los 21 años y
sin sucesión en 1224. Su tío Abd-el-Wahid ocupó su trono por intrigas de los
jeques. Sus hermanos Cid Abu Mohammed y Cid Abu Aly ejercían un imperio
despótico en España, y los pueblos de Andalucía vivían en el mayor descontento
y separaban sus destinos de África. Se nombraron emires de Valencia el uno, de
Sevilla el otro. Tales fueron los momentos que escogió el monarca de Castilla
para llevar la guerra al territorio d los infieles, y no les faltaba sino la
proclamación de guerra hecha por un príncipe cristiano como Fernando III. De
tal modo estaba la guerra en el sentimiento de los castellanos, que los de
Cuenca, Huete, Moya y Alarcón, oída la voz del rey, por sí mismos y sin
aguardar ni nombrar caudillos que los gobernaran, se arrojaron en tropel por
tierras de Valencia, de donde volvieron cargados de despojos. El rey entretanto
había alistado sus banderas, y en la primavera de 1224, acompañado del
arzobispo don Rodrigo de Toledo, el historiador de los maestres de las órdenes,
de don Lope Díaz de Vizcaya, de los Girones y Meneses y de otros principales
caballeros, emprendió la marcha con su ejército y pasó Sierra Morena. El emir
de Baeza, Mohammed, envió embajadores a Fernando ofreciéndoles homenaje27, y aún socorro de víveres y dinero. Lo aceptó
el de Castilla y se ajustó el pacto en Guadalimar. Se resistieron por el
contrario los moros de Quesada, pero los defensores de la fortaleza fueron
pasados a cuchillo, y la población quedó arrasada, dice la crónica. Aconteció
otro tanto a un castillo de la sierra de Víboras. Otros pueblos fueron
desmantelados: el país quedaba yermo, y sólo el rigor de la estación avisó a
Fernando que era tiempo de volver a Toledo, donde le esperaban su madre y su
esposa, y donde se celebraron con fiestas y procesiones sus primeros triunfos.
Alentado con ellos el monarca cristiano, cada año después que pasaba el
invierno en Toledo hacía una entrada en Andalucía, que por rápida que fuese, no
dejaba nunca de costar a los moros la pérdida de alguna población importante.
En cuatro años se fue apoderando sucesivamente de Andújar, de Martos, de
Priego, de Loxa, de Alhama, de Capilla, de Salvatierra, de Burgalimar, de
Alcaudete, de Baeza y de otras varias poblaciones. El emir de esta ciudad que
antes le había ofrecido homenaje, se hizo luego vasallo suyo. Tal conducta
costó a Mohammed la vida, muriendo asesinado por los mismos mahometanos.
El conde don Lope de Haro con quinientos caballeros de Castilla entró en
la ciudad que se llamó del Conde. El día d San Andrés de 1227 se vio brillar la
cruz en las almenas de Baeza, y en celebridad del día se puso en las banderas
el aspa del santo, de cuya ceremonia quedó a nuestros reyes la costumbre de
llevar por divisa en los estandartes el aspa de San Andrés. Jaén resistido a
las acometidas de los cristianos, pero los moros granadinos, al ver talada la
hermosa vega de Granada, y perseguidos y acuchillados algunos de sus adalides
hasta las puertas de la ciudad por los caballeros de las órdenes, procuraron
desarmar al monarca cristiano por medio Alvar Pérez de Castro, castellano que
militaba con los moros, y el mismo que había defendido a Jaén, ofreciéndose a
entregar a los cautivos cristianos que tenían. Aceptó el santo rey la tregua, y
mil trescientos que gemían en cautiverio en las mazmorras de las Torres
Bermejas recibieron la libertad. En premio de aquel servicio volvió Alvar Pérez
a la gracia del rey y continuó a su servicio. En todas estas expediciones
llevaba el rey al ilustre prelado don Rodrigo de Toledo, y en una ocasión que
quedó enfermo en Guadalajara acompañó al rey el obispo de Palencia. 28
De regreso de una de estas expediciones, se hallaba el rey en Toledo,
comunicó al arzobispo el pensamiento de erigir un templo digno de la primera
capital de la monarquía cristiana, que reemplazará a la antigua mezquita árabe
que hacía de catedral desde el tiempo de Alfonso VI. Idea era esta que no podía
menos de acoger con goce el ilustre prelado, pusieron el monarca y el obispo
por su mano en 1226 la primera piedra, que había de ser el fundamento, como
dice el autor de las memorias de San Fernando, “de aquella magnífica obra que hoy celebramos con las plumas y admiramos
con los ojos.” Así hermanaba el rey santo la piedad y la magnificencia como
religioso príncipe con la actividad de las conquistas como monarca guerrero. 29
La primera piedra de la nueva catedral se colocó el 20 de julio de 1221 en presencia de los promotores del
templo: el rey Fernando III de Castilla y el obispo Mauricio, prelado de la diócesis burgalesa desde 1213. Cabe suponer que el
primer maestro de obras fue un anónimo arquitecto francés -si bien algunos
investigadores dan el nombre del canónigo Johan de Champagne, citado documentalmente en 1227-, muy
probablemente traído a Burgos por el propio obispo Mauricio, tras el viaje que
había realizado por Francia y Alemania para concertar el matrimonio del monarca
con Beatriz de Suabia, ceremonia nupcial que se realizó
precisamente en la vieja catedral románica. 30
La
construcción de la catedral, emplazada justo en el punto donde comienza a
empinarse la ladera del cerro presidido por el Castillo, se inició por la cabecera y el
presbiterio, lugar éste donde se sepultó al obispo fundador, cuyos restos
fueron posteriormente trasladados al centro del coro capitular. Hacia 1240 asumió la dirección de las obras el
llamado Maestro Enrique, también de origen galo, que después
se haría cargo de la erección de la Catedral de León y que sin duda se inspiró en la Catedral de Reims, con cuya fachada el hastial de la seo burgalesa guarda grandes
semejanzas. Las obras avanzaron con gran rapidez y para 1238, año de la muerte
del prelado fundador, sepultado en el presbiterio, ya estaban casi terminadas
la cabecera y buena parte del crucero y las naves. La consagración del templo
tuvo lugar en 1260, aunque consta la celebración de oficio divino en él
desde 1230.
Entre la
segunda mitad del siglo xiii y principios del xiv se completaron las capillas de las
naves laterales y se construyó un nuevo claustro. Al maestro Enrique, fallecido
en 1277, le tomó el relevo el maestro Johan Pérez, este ya hispano. Otros canteros posteriores fueron Aparicio Pérez, activo en 1327, Pedro Sánchez de Molina y Martín Fernández, fallecidos respectivamente en 1396 y 1418.
Aprovechando el castellano el desconcierto en que se hallaban los
musulmanes, teniendo encomendada la defensa de las plazas conquistadas a sus
más leales caballeros y a sus mejores capitanes, y después de haber puesto al
mismo rey moro de Sevilla en la necesidad de obligarle a pagar tributo, salió
nuevamente de Toledo y entró de nuevo en Andalucía con propósito de rendir a
Jaén, ya que en la otra ocasión no le había sido posible vencer la resistencia
que halló en aquella ciudad. Ya le tenía puesto cerco, después haber talado su
campiña, cuando llegó a los reales la nueva del fallecimiento de su padre el
rey de León en 1230, juntamente con cartas de su madre doña Berenguela, en que
le rogaba se apresurase a ir a tomar posesión de aquel reino que por sucesión
le pertenecía.
Ocasión es esta de dar cuenta de los últimos hechos del monarca leonés
desde la paz de 1219 con su hijo hasta su muerte. Después de aquella paz tuvo
Alfonso IX que sujetar a algunos rebeldes en su reino, de los cuales fue sin
duda el principal su hermano Sancho, que proyectaba pasarse a Marruecos,
ordinario recurso de los descontentos en aquellos siglos, y andaba reclutando
gente para llevar consigo. Pero la muerte le sobrevino a Sancho atajó sus
planes más pronto que las diligencias del monarca. Entonces el rey pudo ya
dedicarse a combatir a los sarracenos, y mientras su hijo el rey de Castilla
los acosaba por la parte de Andalucía, el de León corría por Extremadura,
talaba los campos de Cáceres, y avanzaba hasta cerca de Sevilla, los batía en
unión d los castellanos, y regresaba por Badajoz destruyendo fortalezas
enemigas.
Cáceres, población muy fuerte que los Almohades habían arrancado del
poder de los caballeros de Santiago, que tuvieron allí una de sus primeras
casas, se rindió en 1227 a las armas leonesas, y Alfonso IX otorgó a aquella
población uno de los más famosos y libres fueros de la España de la Edad Media
en 1229. 31 El rey moro Abén-Hud,
descendiente de los antiguos Beni-Hud de Zaragoza, que en las guerras civiles
entre sí traían entonces los sarracenos se había apoderado del señorío de la
mayor parte de la España musulmana, acometió al leonés con numerosísima hueste.
A pesar de ser muy inferior en número la de Alfonso, no dudó este en aceptar la
batalla, y con el auxilio del Apóstol Santiago, que apareció en la pelea con
multitud de soldados vestidos de blancos ropajes, alcanzó una de las más
señaladas victorias de aquel siglo. Con esta protección, y la del glorioso San
Isidoro, que se le había aparecido unos días antes en Zamora, emprendió la
conquista de Mérida. Esta fue la última y acaso la más interesante con que
coronó el monarca leonés el término de su largo reinado de cuarenta y dos años
en 1230. Se dirigía a visitar el templo de Compostela con objeto de dar gracias
al santo apóstol por sus últimos triunfos cuando le acometió en Villanueva de Sarriá
una aguda enfermedad que le ocasionó en poco tiempo la muerte el 24 de
septiembre de 1230. Su cuerpo fue llevado en conformidad a su testamento, a la
iglesia compostelana, donde fue colocado al lado de su padre Fernando II.
Fue, dicen sus crónicas, amante de la justicia y aborrecedor de los
vicios: asalarió los jueces para quitar la ocasión al soborno y al cohecho; de
aspecto naturalmente terrible y algo feroz, distinguiéndose por su rudeza en el
castigo de los delincuentes, pues le parecían suaves las penas que les ponían a
los delincuentes, añadió otras extraordinarias y atroces, tales como las de
sumergir a los reos en el mar, las de tirarlos d las torres, ahorcarlos,
quemarlos, cocerlos en calderas y hasta desollarlos.
32 los panegiristas de este rey, que no emplean una sola palabra para
condenar esta ruda ferocidad, notan como su principal defecto “la facilidad con
que daba oídos a hombres chismosos”.
Más
si tan amante era de la justicia, no comprendemos como llevó el desamor y el
resentimiento hacia su hijo hasta más allá de la tumba, dejando en su
testamento por herederas del reino a sus dos hijas doña Sancha y doña Dulce,
habidas de su primer matrimonio con doña Teresa de Portugal, con exclusión de
don Fernando de Castilla, hijo suyo también y de doña Berenguela, jurado en
León por su mismo padre heredero de trono a poco d su nacimiento, reconocido
como tal por los prelados, ricos-hombres y barones del reino y hasta ratificado
en la herencia de León por el papa Honorio III, que era como la última sanción
en aquellos tiempos. No vemos, pues en el extraño testamento del padre d San
Fernando, sino un desafecto no menos extraño hacia aquel hijo de quien debiera
envanecerse, y a cuyos auxilios había debido en gran parte la conquista de
Mérida. A tan inesperada contrariedad ocurrió la prudente y hábil doña
Berenguela con la energía y sagacidad propia de su genio y que solía emplear en
casos críticos. Con repetidos mensajes, instó y apremió a su hijo para que
dejase Andalucía y acudiese a tomar posesión del reino de León. Lo hizo así
Fernando, y en Orgaz encontró ya a la solícita y anhelos madre que había salido
a recibirle, y desde allí, sin perder momento, como quien conocía los peligros
de la tardanza, prosiguieron juntos hacia los dominios leoneses, llevando
consigo algunos nobles y principales capitanes y caballeros. Desde que pisaron
las fronteras leonesas comenzaron algunos pueblos a aclamar a Fernando de
Castilla. Al llegar a Villalón le salieron al encuentro algunos comisionados de
Toro, que iban a rendir vasallaje al nuevo rey, por cuya puntualidad mereció
aquella ciudad que en ella fuese coronado; desde allí prosiguieron a Mayorga y Mansilla,
y en todas partes se abrían las puertas a recibirlos.
Sin embargo, no todos estaban por don Fernando. Aun cuando el suyo fuese
el mayor, había, no obstante, otros partidos en el reino. Las dos princesas
declaradas herederas por el testamento se hallaban en Castro-Toraf encomendadas
por su padre al maestre t a los caballeros de Santiago, que las guardaba y
defendían, más por galantería y compromiso que por desafecto a Fernando. Todo
fue cediendo ante la actividad de doña Berenguela, que se hallaba ya a las
puertas de la capital. Por fortuna los prelados de León, de Oviedo, de Astorga,
de Lugo, de Mondoñedo, de Ciudad Rodrigo y de Coria, allanaron a Fernando el
Camino del trono leonés, se adelantaron a reconocer el derecho que a él le
asistí. De esta manera pudieron doña Berenguela y su hijo hacer su entrada en
León sin necesidad de derramar una sola gota de sangre, y Fernando III fue
alzado rey de Castilla y de León, uniéndose las dos coronas, para no separarse
jamás. 33
Restaba deliberar lo que había de hacerse con las dos princesas, doña
Sancha y doña Dulce, contra quienes el magnánimo corazón de Fernando no
consentía abusar de un triunfo fácil, ni la nobleza de doña Berenguela permitía
quedasen desamparadas. En todos estos casos se veía la discreción de la madre
del rey. Apartando a su hijo de la intervención de este negocio, por alejar
toda sospecha de parcialidad, y por no hacer decisión de autoridad, resolvió
entenderse ella misma con doña Teresa de Portugal, madre de las dos infantas,,
que vivía consagrada a Dios en un monasterio. Accedió a ello la de Portugal, y
dejando momentáneamente el claustro y su retiro vino con doña Berenguela en
Valencia de Alcántara. Se vio pues a dos reinas en aquel sitio, hijas de reyes,
esposas de un mismo monarca, separadas ambas con dolor del matrimonio por
empeño y sentencia del pontífice. El resultado de la conferencia fue, que como
doña Teresa veía que era inútil intentar hacer valer para sus hijas derechos
que los prelados, los grandes y el pueblo habían decidido a favor de don
Fernando, se apartó de toda reclamación y se contentó con una pensión de quince
mil doblas de oro de por vida para cada una de sus hijas. Contento Fernando con
la fácil solución, salió a buscar a sus hermanas, que encontró en Benavente,
donde firmo la escritura del pacto el 11 de diciembre de 1230, que aprobaron y
confirmaron los prelados y ricos-hombres. Tan feliz remate tuvo un negocio que
hubiera podido traer serios disturbios, si hubiera sido tratado entre príncipes
memos desinteresados o prudentes y entre reinas menos discretas y sensatas como
doña Teresa y doña Berenguela.
Visitó enseguida las poblaciones de su nuevo reino, administrando
justicia, y recibiendo en todas partes los homenajes de las ciudades, y las
demostraciones de afecto de sus súbditos. Y como supo que los moros,
aprovechándose de su ausencia, habían recobrado a Quesada, encomendó al
arzobispo de Toledo la empresa de rescatar para el cristianismo esta villa,
haciéndole merced y donación de ella y de los demás que conquistase. El prelado
Jiménez que era tan ilustre en las armas como en las letras, y que reunía en su
persona las cualidades de apóstol y de capitán esforzado, no sólo tomó a
Quesada, sino que adelantándose a Cazorla la redujo también a la obediencia del
rey de Castilla, principio del Adelantamiento34 de Cazorla, que gozaron por mucho tiempo los prelados de la
iglesia toledana. Para ayudar al arzobispo, envió a su hermano el infante don
Alfonso, dándole por capitán del ejército a Alvar P´rez de Castro el
Castellano, el que antes había servido a los moros de Jaén y de Granada, Se
hallaban a la sazón los musulmanes desavenidos entre sí, en especial los reyes
o caudillos Abén-Hud, Giomail y Alhamar, que traían agitada y dividida la
tierra. La ocasión era oportuna, y no la desaprovecharon los castellanos, se
atrevieron a avanzar, ya no solo hasta la comarca de Sevilla, sino hasta las
cercanías de Jerez. Se vieron allí acometidos por la numerosa morisma que
contra ellos reunió Abén-Hud, el más poderoso de los musulmanes, y aunque los
cristianos eran pocos, se vieron precisados a aceptar el combate, a orillas del
río Guadalete.
Pero esta vez fueron los sarracenos los que sufrieron una mortandad
enorme, y contándose los que perecieron del brioso acero de Garci-Pérez de
Vargas el emir de los Gazules que de África había venido en auxilio de
Abén-Hud, y a quién este había dado Alcalá, que de esto tomó el nombre de
Alcalá de los Gazules. Esta derrota de Abén-Hud, fu la que desconcertó a su
partido y dio fuerza a su rival Alhamar, y le facilitó la elevación al trono,
así coo abrió a los cristianos la conquista d Andalucía. Las proezas que en
este día ejecutaron los castellanos acaudillados por Alvar Pérez las celebraron
después los cantares y las leyendas. La hueste victoriosa regresó a Palencia,
donde se hallaba el rey, a ofrecerle los trofeos de tan señalado triunfo. 35
Mientras el infante don Alfonso y el arzobispo don Rodrigo hacían la
guerra en Andalucía, atenciones de otro género habían ocupado al monarca de
Castilla y de León. El rey de Jerusalén y emperador de Constantinopla, Juan de
Brena o Juan de Acre, a quien la necesidad había obligado a abandonar su reino,
recorría Europa buscando alianzas, había logrado casar a su hija única con el
emperador Federico II, rey de Nápoles y de Sicilia, había venido a España y
recibido agasajos y obsequios del rey don Jaime de Aragón, y pasaba por
Castilla y León, con el pretexto de ir a visitar el cuerpo del apóstol
Santiago. También le agasajó el rey de Castilla, y de estas cortesías y
atenciones resultó que se concertara el matrimonio del de Jerusalén, que era
viudo, con la hermana de don Fernando, llamada también doña Berenguela, como su
madre, a la cual se llevó consigo a Italia. Por otra parte, don Jaime de
Aragón, que desde 1221 se hallaba casado con doña Leonor de Castilla, tía del
rey, se había separado de su esposa por sentencia del legado pontificio,
fundada como tantas otras en el parentesco en tercer grado, y pasaba el
aragonés a segundas nupcias con doña Violante de Hungría. Receloso el
castellano de que este segundo enlace pudiera redundar en perjuicio de la
herencia y sucesión de Alfonso, hijo de don Jaime y de doña Leonor, determinó
tener pláticas con el aragonés, que se verificaron en el monasterio de Huerta,
cerca de Aragón. Aseguró don Jaime que en nada se lastimarían los derechos de
Alfonso, por más hijos que pudiera tener de su segunda esposa, y después de
proveer a la decorosa sustentación de la reina divorciada, añadiendo la villa
de Ariza a los lugares que ya le tenía señalados, se separaron amigablemente
los dos príncipes en 1232. Se empleó don Fernando en León en dictar
providencias y medidas tocante al gobierno político del Estado, y los fueros de
Badajoz, de Cáceres, de Castrojeriz y otros que amplió y otorgó o modificó,
para bien de sus gobernados.
Dadas estas disposiciones y seguro del amor de sus nuevos vasallos,
determinó proseguir la guerra contra los moros andaluces, y juntadas las
huestes fue a sitiar a Úbeda, una de las plazas fronterizas más fuertes. Le
puso cerco, la ciudad se rindió y dio entrada a los soldados y estandartes de
Castilla, el 29 de septiembre de 1234. Tomó Úbeda por armas la imagen del
arcángel San Miguel, en memoria de los días que fue recobrada, y otorgó el
santo monarca a los nuevos moradores el fuero de Cuenca, por haber sido los de
esta ciudad los que principalmente la poblaron. Se disponía Abén-Hud en acudir
en socorro de Úbeda y pasar de allí a Granada, cuando supo, de su caída, y
sobre todo supo que los cristianos de aquella ciudad junto con los de Andújar,
valiéndose de la revelación de unos prisioneros almogávares, se acercaron
secretamente a las puertas de Córdoba, y se apoderaron de la Axarquía,
escalaron los muros de la ciudad, y una compañía mandada por Domingo Muñoz
penetró por sorpresa en las calles y las recorrieron a caballo. Se
acuartelaron, no obstante, en la Axarquía o Arrabal, siendo Alvar Pérez de
Castro el primero que acudió desde Martos con gente de Extremadura y de
Castilla. Se lo notificaron al rey que después de la conquista de Úbeda se
regresó a Castilla, acaso con motivo d la muerte de la reina doña Beatriz. 36
Se hallaba el rey en Benavente sentado a la mesa, cuando llegó Ordoño
Álvarez con cartas de los del Arrabal de Córdoba. Leídas estas y oído al
mensajero, dijo el rey que aguardasen una hora; y a la hora después de dejar
orden a las villas y lugares para que siguiesen en pos de él a la frontera,
cabalgaba ya don Fernando con solo cien caballeros, y tomando la ruta, en sazón
al estado de los caminos y de los ríos, que era época de lluvias, por Ciudad
Rodrigo, Alcántara, Barca de Medellín, Magacela, Bienquerencia, Dos Hermanas y
Guadaljacar, dejando a Córdoba a la derecha puso sus reales en el puente de
Alcolea. Los cristianos de Arrabal estaban contentos, sobre todo al ver que
cada día llegaban compañías de Castilla, de Extremadura y de León, comunidades
y caballeros de las órdenes a incorporarse con el rey. Se encontraba Abén-Hud
en Écija, y a pesar de sus anteriores descalabros hubiera podido libertar a los
cordobeses y poner en apuro al rey de Castilla, si de este propósito no le
hubiera retraído el engañoso consejo de un desleal confidente.
Tenía Abén-Hud en su corte un cristiano nombrado Lorenzo Juárez, a quien
Fernando por algunos delitos había expulsado de su reino. El él había puesto
gran confianza el rey musulmán, y en esta ocasión le consultó lo que debería
hacer. Le respondió este que lo mejor era que fuera el mismo con sólo tres
cristianos de a caballo a los reales del de Castilla, para informarse de las
fuerzas de que disponía el ejército enemigo, y a tomar en consecuencia la mejor
resolución. Agradó a Abén-Hud el consejo y partió Juárez con sus tres
cristianos, a dos de los cuales mandó se quedasen a cierta distancia del
campamento, y él se entró con el otro por los reales de Castilla. Pidió a un
montero que le introdujese con el rey, pues tenía que hablarle de un asunto que
en gran manera interesaba al soberano. Sorprendió y aún irritó a Fernando ver
en su presencia al mismo a quien había desterrado; más luego qu Juárez le
informó de su objeto y de su plan, que era hacerle un gran servicio apartando a
Abén-Hud de todo intento de acometerle y de socorrer a los de Córdoba holgóse
mucho de ello el rey, volvió a su gracia su antiguo vasallo, y puestos ya los
dos de acuerdo, se volvió el don Lorenzo a Écija, donde ponderó al musulmán el
gran poder de la hueste de Castilla, añadiendo que tendría que fuese una
temeridad intentar algo contra el ejército disciplinado y fuerte del rey
Fernando.
Dio entera fe Abén-Hud a la relación de su confidente; y como a la
mañana siguiente llegasen a Écija dos moros enviados por el rey de Valencia
Giomail ben Zayán, rogándole le favoreciese contra don Jaime de Aragón que con
todas sus fuerzas se dirigía sobre aquella ciudad, tomando el consejo de
Lorenzo Juárez y de alguno de sus visires resolvió Abén-Hud ir en socorro dl
valenciano, confiando también en que Córdoba era sobrado fuerte para que los
castellanos pudieran tomarla. Se encaminó, pues, la hueste muslímica hacia
Valencia. Llegado que hubo a Almería, el alcaide Abderramán alojó a Abén-Hud en
la alcazaba y le agasajó con un banquete. Después de haberle embriagado, le
ahogó, en su propia cama, dice la crónica del santo rey. 37 De allí en adelante dice la crónica cristiana “el señorío de los moros de los puertos acá
fue diviso en muchas partes, y nunca quisieron conocer rey ni lo tuvieron sobre
sí como hasta allí.” Sabida la muerte de su rey y caudillo, se desbandaron
los moros de la expedición de Écija, dejando a Valencia sin socorro y expuesta
a ser tomada, como así aconteció por el aragonés; y Lorenzo Juárez con sus
cristianos se vino a los reales de Castilla, cada día aumentados con banderas
de los concejos, y con hijosdalgo, caballeros y freires de las órdenes que allí
acudían.
Con esto ya pudo el santo rey desembarazarse y apretar el bloqueo de
Córdoba. La noticia de la muerte de Abén-Hud, la falta de mantenimientos y
ninguna esperanza, los cordobeses acordaron la rendición. No les admitió
Fernando otra condición que la vida y la libertad de ir donde quisieran. El 29
de junio de 1236, día de los santos apóstoles San Pedro y San Pablo, se plantó
el signo de la rendición delos cristianos en lo más alto de la aljama de
Córdoba; se purificó y se convirtió en
basílica cristiana la gran mezquita de Occidente; la consagró el obispo
de Osma, gran canciller del rey; los prelados de Baeza, de Cuenca, de Plasencia
y de Coria, con toda la clerecía allí presente, se celebró el sacrificio de la
misa por el de Osma, y las campanas de la iglesia compostelana que dos siglos y
medio hacía, fueron llevadas por Almanzor en hombros de cautivos, estaban
sirviendo de lámparas en el templo de Mahoma, las hizo restituir el rey al
templo del santo Apóstol en hombros de cautivos musulmanes: mudanza solemne que
celebrará siempre la iglesia española con regocijo. “Los tristes muslimes, salieron de Córdoba, y se acogieron a otras
ciudades de Andalucía, y los cristianos se repartieron sus casas y heredades.”
A voz de pregón excitó el monarca de Castilla a sus vasallos a que fuesen a
poblar la ciudad conquistada, y tantos acudieron de todas partes que antes
faltaban casas y haciendas que pobladores, atraídos de la fertilidad y amenidad
del terreno. Rendida Córdoba, se hicieron tributarias y se pusieron bajo el
amparo del rey Fernando, Estepa, Écija, Almodóvar y otras ciudades muslímicas
de Andalucía. 38
Hecha la conquista, y dejando por gobernador en lo político a don
Alfonso Téllez de Meneses y en lo militar a don Álvar Pérez de Castro, se
volvió el rey a Toledo, donde le esperaba su madre doña Berenguela, que con
solicitud no había cesado de proveer desde allí al ejército, enviando vituallas
y animando a los vasallos de su hijo a que ayudasen por todos los medios en
aquella gran empresa. La Iglesia participó del regocijo de los españoles, y
Gregorio IX que a la sazón la gobernaba, expidió dos bulas, la una concediendo
los honores de cruzada, y facultando a los obispos de España para que
dispensasen a los que con sus personales o caudales concurrieran y cooperaban a
sustentar la guerra, todas las indulgencias que el concilio general concedía a
los que visitaban los santos lugares de Roma: la otra mandando contribuir al
estado eclesiástico para los gastos de aquella con un subsidio de veinte mil
doblas de oro en cada uno de los tres años siguientes, puesto que la Iglesia
debía concurrir al gasto, ya que suyo era el ensalzamiento. El papa colmaba de
elogios al rey de Castilla por haber rescatado del poder de los infieles la
patria del grande Osio y del confesor Eulogio, la católica Córdoba.
Doña Berenguela, por cuyos consejos seguía gobernándose el monarca, le
pareció que no estaba bien viudo, le proporcionó un segundo enlace con una
noble dama francesa llamada Juana, hija de Simón conde de Ponthieu, y biznieta
del rey de Francia Luis VII cuyas prendas elogia mucho el arzobispo don
Rodrigo, y de la cual dice el rey Sabio que era “grande de cuerpo, et fermosa además, et guisaba en todas buenas
costumbres.” Se celebraron las bodas en Burgos con gran pompa en 1237, y la
acataron como reina todos los prelados, grandes, nobles y pueblos de León y
Castilla. 39
A consecuencia de la muerte de Abén-Hud se formaron varios pequeños
Estados en Andalucía. Mientras el país de Niebla y los Algarbes se gobernaban
por jefes indígenas y en Sevilla se formaba una especie de gobierno
republicano, en Murcia se elegía emir a Mohammed ben Aly Abén-Hud, y en Arjona
se proclamaba a Mohammed Alhamar, que se tituló primero rey de Arjona, por ser
natural de esta illa, pero que fue después reconocido en Guadix, en Huéscar, en
Málaga, en Jaén y en Granada, viniendo así a coincidir la conquista de Córdoba
con la fundación del reino de Granada.
La aglomeración de moradores que de todas partes acudieron a repoblar el
país conquistado, la destrucción consiguiente a la guerra y a las continúas
cabalgadas y el abandono y falta de cultivo en que habían quedado los campos,
produjo a pesar de la natural fecundidad, tal escasez de mantenimientos, que
llegó a faltar el necesario sustento y a sentirse el hambre, en Córdoba muy
especialmente. Se vio obligado Álvar Pérez a ir en persona a exponer al rey la
angustiosa situación de los cristianos. Acudió Fernando al remedio de la
necesidad con dinero de su tesoro y con granos y otras provisiones y los envió
para que fueran distribuidas. Más como al poco volvió otra vez Alvar Pérez a
Castilla a dar cuenta de su administración y gobierno, dejó a la condesa su
esposa en el castillo de Martos con sólo cuarenta caballeros capitaneados por
don Tello su sobrino. Éste como joven que era y amante de gloria, salió con sus
cuarenta caballos a hacer una cabalgada por tierra de moros dejando desamparado
el castillo. Lo supo Alhamar el rey de Arjona, y sin perder un instante se puso
sobre la Peña de Martos, que era como la llave de toda aquella tierra de
Andalucía.
No desmayó la condesa por hallarse sola con sus doncellas en el
castillo; uniendo a la astucia y al ingenio una resolución varonil, hizo que
todas sus damas trocasen las tocas por yelmos y empuñando las armas se dejasen
ver en las almenas, para que creyese Alhamar que aún había hombres que
defendían el castillo, mientras que por medio de un criado avisó secretamente a
don Tello. Este ardid, empleado ya en otro tiempo por Teodomiro para con el
árabe Abdelaziz en los muros de Orihuela, no fue ahora infructuoso contra el
moro Alhamar en la peña de Martos, puesto que los ataques fueron menos vivos y
el proceder más lento. Acudieron, pues don Tello y sus caballeros, más al ver
la numerosa morisma que cercaba la peña creyeron imposible penetrar través de sus filas, pero los alentó el
valeroso don Diego Pérez de Vargas, el nombrado ya Diego Machuca, que entre
otras razones les dijo: “Ea, caballeros,
si queréis, hagámonos un tropel y metámonos por medio de estos moros y probemos
si podemos pasar por ellos, que algunos de nosotros logrará pasar de la otra
parte, y los que murieren salvarán sus ánimas y harán lo que todo buen
caballero debe hacer…Yo de mi parte antes querría morir hoy a manos de estos
moros haciendo mi posibilidad, que no que se pierda mi señora la condesa y la
peña, y nunca yo pareceré yo con esta vergüenza ante el rey y ante don Álvar
Pérez mi señor. E yo determino de meterme entre estos moros y hacer lo que
bastasen mis fuerzas hasta que allí muera, y pues todos sois caballeros
hijosdalgo, haced lo que debéis, que no tenéis de vivir en este mundo para
siempre, que de morir tenemos…” Se alentaron todos con estas palabras, y
haciendo un grupo se adentraron por entre las filas, yendo delante de todos y
abriendo camino el animoso Diego Pérez de Vargas, y aunque algunos fueron
acuchillados, pasaron los demás y llegaron a la peña con gozo de la condesa y
de sus dueñas, que de esta manera fueron ellas y la fortaleza libertadas en
1238, puesto que el rey moro desistió. 40
La alegría que el rey tuvo al saber la heroica defensa de la peña de
Martos, se turbó al saber de la muerte del ilustre caudillo Álvar Pérez,
acaecida en Orgaz de resultas de una aguda dolencia que allí le acometió cuando
regresaba a Andalucía con dinero y bastimentos para Córdoba y toda la frontera
en 1239. Aumentó el hondo pesar del monarca el fallecimiento casi al mismo
tiempo de Pedro López de Haro, otro de los más nobles caballeros. No era fácil
hallar quien los reemplazara, por lo que determinó, pues, el rey pasar él mismo
a Córdoba para que con la falta de Alvar Pérez no se entibiase el ardor de sus
soldados. Premió entonces con largueza a loa que habían tenido más parte en la
conquista; hizo algunas cabalgadas con éxito feliz, y se le rindieron varias
villas y lugares, unas dándosele ellas mismas a partido, otra por fuerza de
armas, contándose entre ellas Moratilla, Zafra, Montoro, Osuna, Marchena,
Aguilar, Porcuna, Corte y Morón. Después de lo cual regresó a Castilla, donde
tuvo que atender una discordia que con carácter de rebelión le movió don Diego
López de Vizcaya, que al fin vino a ponerse a merced del infante don Alfonso, a
quien su padre había dejado en Vitoria con el mando o adelantamiento de la
frontera.
No descuidaba Fernando las cosas de gobierno por atender a la guerra y a
las campañas; y entre otras notables providencias que en este tiempo dictó, fue
la traslación de la universidad de Palencia, o sea su incorporación a la
escuela de Salamanca en 1240, cuya medida nos merecerá después particular
consideración. Su actividad y energía se vieron por algún tiempo embarazadas
por una enfermedad que le acometió en Burgos. Y como en aquel estado no pudiese
volver a Andalucía, le dio a su hijo el infante don Alfonso el cargo de
defender aquella frontera. Partió, pues, el príncipe heredero, más al llegar a
Toledo se encontró con mensajeros del rey moro de Murcia, que venía a ofrecer
su reino al monarca cristiano de Castilla, trayendo ya ordenadas las condiciones
con que reconocía su señorío. Inspiró esta resolución a los musulmanes
murcianos la situación comprometida y desesperada en que se veían. Conquistada
Valencia por don Jaime de Aragón, dueños ya de Játiva los aragoneses, amenazada
y hostigada por otra parte Murcia por Alhamar el de Arjona, su enemigo, que
dominaba ya en Jaén y Granada, y era el más poderoso de todos los reyes
mahometanos, fatigados ya de los bandos y discordias de sus propios alcaides,
antes de someterse a Alhamar el moro, prefirieron hacerse vasallos de Fernando
el cristiano. Aceptó el infante su demanda a nombre de su padre y se firmó las
capitulaciones en Alcaraz por el rey de Murcia Mohammed ben Aly Abén-Hud (el
que los nuestros nombran Hudiel), juntamente con los alcaides de Alicante,
Elche, Orihuela, Alhama, Aledo, Cieza y Chinchilla: pero no vinieron en este
concierto ni el walí de Lorca ni los alcaides de Cartagena y Mula. En su
virtud, y con acuerdo d su padre, pasó el príncipe Alfonso a Murcia acompañado
de varios de sus caballeros y del maestro de la orden de Santiago en Uclés don
Pelayo Correa, que llevó a sus gentes, y “le
ayudó mucho, en estas pleitesías.” El día que entró Alfonso en Murcia fue
un día de gran fiesta: se posesionó pacíficamente del alcázar en 1241, le
trataban todos como a su señor, y el requirió y visitó la tierra como suya sin
dejar de ver a los moradores.
Mientras el rey don Fernando, restablecido de su enfermedad, asistía a
la profesión religiosa de su hija doña Berenguela en las Huelgas de Burgos;
mientras como monarca piadoso daba un ejemplo sublime de humildad y caridad
sirviendo a la mesa a doce pobres;41
mientras como solícito príncipe cuidaba de abastecer de mantenimientos las
nuevas provincias de Córdoba y Murcia, y como legislador creaba un Consejo de
doce sabios que le acompañasen y guiasen con sus luces para el acierto en la
administración de justicia,42 el nuevo rey
moro de Granada, el vigoroso y enérgico Alhamar había estado dando que hacer en
Andalucía a los caballeros de Calatrava, que al mando de su maestre Gómez
Manrique había conquistado Alaudete; había derrotado en un encuentro a don
Rodrigo Alfonso, hijo bastardo de Alfonso IX de León y hermano del rey, y
acuchillando a las tropas cristianas que huían, habían perecido en aquel
combate el comendador de Martos don Isidro Martín Ruiz de Argote, y varios
otros freires y caballeros.
Estimuló el santo rey marchar otra vez a Andalucía para abatir la
soberbia del envalentonado Alhamar. Esta vez llevó en su compañía a la reina
doña Juana, a quien dejó en Andújar, prosiguiendo a los campos de Arjona y de
Jaén, que taló y devastó. En esta expedición cercó y rindió a Arjona, tomo los
castillos de Pegalajar, Bejíjar y Carchena, y envió a su hermano don Alfonso
con los pendones de Úbeda, Quesada y Baeza, para que destruyese la vega de
Granada. Allá fue él a incorporárseles en cuanto trasladó a la reina de Andújar
a Córdoba, y llegó a tiempo de escarmentar a 500 jinetes de Alhamar que con una
impetuosa salida habían puesto en desorden a los cristianos en 1244. Don
Fernando incendió aldeas, redujo a pavesas las mieses y derribó los árboles de
la vega; no dejó, dice la crónica, “cosa
enhiesta de las puertas afuera, así huertas como torres.” Una hueste de
moros gazules, raza valerosa de África, que tenía en gran aprieto a la
guarnición de Martos, fue aventada por el príncipe don Alfonso a los freires de
Calatrava, y el rey don Fernando se retiró a Córdoba a reposar algún tiempo de
tantas fatigas.
Le llegó allí la nueva de los triunfos que su hijo Alfonso alcanzaba en
el reino de Murcia, sobre los walíes de las ciudades que habían resistido
someterse a su señorío, Cartagena y Lorca. Gran placer recibía el monarca con
las prosperidades de su primogénito y se gozaba como recogía ya las glorias el
que había de sucederle en el trono. Por otra parte, la reina doña Berenguela le
anunció su deseo, y aun su resolución, de pasar a visitarle, y don Fernando,
viendo a su madre tan determinada a hacer el viaje a pesar de su avanzada edad
no podía dejar de serle molesto, quiso corresponder a su cariño saliendo a
encontrarla. Partió, pues, don Fernando de Córdoba y halló a su venerable madre
en un pueblo nombrado entonces el Pozuelo, que después se llamó Villa-Real y
hoy es Ciudad Real. Le pidió a su hijo pudiera retirarse a un claustro, porque
para ella ya era muy pesada la carga del gobierno del reino, para poder
prepararse a una muerte quieta y sosegada. Se resignó a hacer el último
sacrificio de su vida en aras del bien público, y ofreció consagrar el resto de
sus días a aliviar a su hijo en la dirección de los negocios de Estado. Así
concluyó aquella tierna entrevista, se despidieron madre e hijo, ella regresó a
Toledo, y él a Córdoba, para no volver a ver jamás a su madre ni a Castilla.
Poco descanso se dio el rey en Córdoba. Junto sus fronteros y
continuando el plan de privar de recursos a los enemigos, taló los campos de
Alcalá la Real; después incendió el arrabal de Íllora, rica villa de donde
recogió buena presa de joyas, preciosas telas, ganados y cautivos; avanzó hasta
Iznalloz, arrasó con su hueste cuantos frutos encontró en la vega de Granada, y
se volvió a Martos, donde recibió buenas noticias de las prosperidades de su
hijo Alfonso en Murcia, el maestre de Santiago don Pelayo Correa; se había
apoderado de la importante plaza de Mula, y devastaba los términos de Cartagena
y Lorca. Le pidió también parecer don Fernando, en materias de guerras sobre el
proyecto que tenía de cercar a Jaén, cuya conquista anhelaba. Aprobó el de
Uclés en pensamiento del monarca, y en su virtud convocados todos los ricos
hombres y todos los concejos, y haciendo dos huestes para que alternasen en las
fatigas del cerco, que no fueron pocas en la estación más rigurosa de lluvias,
se ejecutó todo tal como lo tenía pensado en monarca en 1245. Defendía la
ciudad el bravo walí Omar Abén Muza. El cerco se prolongaba, y los cristianos
sufrían mil penalidades por efecto de la inclemencia de la estación. Un suceso
inesperado vino a indemnizarles de sus padecimientos.
Se vio el rey de Granada hostigado y amenazado dentro de su misma ciudad
por una facción enemiga, llamada el bando de los Oximeles, tanto que se creyó
en peligro hasta de perder el trono. En tal conflicto tomó la resolución
extrema de ampararse con el rey de Castilla y reconocerse su vasallo. Una
mañana se presentó el granadino armado de punta en blanco en los reales de
Fernando, pidió ser admitido a su presencia, le besó la mano y le manifestó el
objeto a que iba. Le recibió Fernando con no menos cortesía, y se concertó
entre los dos el pacto siguiente: que Alhamar entregaría al castellano la
ciudad de Jaén, con más de las rentas de sus dominios, que eran de más de
300,000 maravedís de oro anuales; que quedaría obligado a asistir al de
Castilla con cierto número de caballeros cuando le llamase para alguna empresa,
y a concurrir a las cortes como uno de sus grandes o ricos hombres, y que
Fernando le reconocería en lo demás sus posesiones y dominios. Pactadas estas
condiciones, se despidieron amigablemente los dos reyes, y llevándose consigo
el de Granada al valeroso walí de Jaén, hicieron los cristianos su entrada en
la ciudad, donde reinaba por parte de los moros un silencio que contrastaba con
el canto de los sacerdotes que en procesión se dirigían a la mezquita mayor
para consagrarla y celebrar en ella misa solemne de acción de gracias en abril
de 1246. Se erigió silla episcopal en Jaén, que dotó el rey espléndidamente,
otorgó libertades, privilegios y heredamientos a los cristianos que fuesen a
repoblar, reedificó sus muros y los fortaleció con nuevas torres y adarves, y
permaneció en ella ocho meses dando providencias y dictando medidas de
gobierno. 43
Le pareció, no obstante, a don Fernando que había ya dado demasiado
descanso a las armas, y resuelto a proseguir con actividad la obra de la
reconquista, tomó consejo de los ricos-hombres, caballeros y maestres de las
órdenes sobre lo que debería hacerse: le daba cada cual su dictamen, pero
prevaleció el de don Pelayo Correa, que opinó porque se acometiera la empresa
de conquistar Sevilla.
Pero convenía mucho arreglar antes las diferencias que pudieran
suscitarse entre Aragón y Castilla, respecto a los antiguos reinos musulmanes
de Valencia y Murcia, en que se tocaba y confundía lo conquistado por las
huestes aragonesas conducidas por el rey don Jaime y lo ganado por las tropas
castellanas mandadas por el infante don Alfonso. Se remedió todo por el consejo
de los nobles y prelados con un pacto de alianza en que ambos soberanos
convinieron en ayudarse mutuamente en vez de perjudicarse; y para asegurar y
consolidar este pacto se concertó el matrimonio del primogénito de Castilla con
la infanta doña Violante, hija del rey de Aragón, cuyos esponsales se
celebraron en Valladolid, en los primeros días del año de 1246, señalándose
como dote a la princesa las ciudades y villas de Valladolid, Palencia, San
Esteban de Gormaz, Astudillo, Ayllón, Curiel, Béjar y algunos otros lugares.
Más la satisfacción de aquel pacto y la alegría de esta boda fueron para el rey
engañoso preludio de un amargo pesar que recibió cuando comenzaba a recoger en
Andalucía los primeros triunfos.
Tal fue la muerte de su virtuosa y querida madre, la magnánima doña
Berenguela, gloria y honor de Castilla y modelo de prudentes y discretas
princesas. 44 “E non era muy maravilla (dice el rey Sabio hablando del dolor de su
padre) de haber gran pesar: ca nunca rey en su tiempo otra tal perdió de
cuantas ayamos sabido, ni tan comprida en todos sus fechos. Espejo era cierto
de Castiella et de León, et de toda España: et fue muy llorada de todos los
concejos et de todas las gentes de todas las leyes, et de los fidalgos pobres,
a quien ella mucho bien facie.” Aún es el caso más cumplido el elogio que
el arzobispo Jiménez de Toledo hace de esta gran matrona castellana que por
tantos años y con tanto acierto gobernó los dos reinos de León y Castilla. Y
para acabar de afligir el corazón del monarca, terminó su vida también el gran
prelado don Rodrigo de Toledo, ilustre de la Iglesia, de las letras y de las
armas españolas. 45 El santo rey comenzó la
conquista de Sevilla. 46
Reclamó el auxilio del rey moro de Granada Alhamar con arreglo a la
capitulación de Jaén. Necesario es decir quién era y lo que había sido este
rey, y cómo se hizo el fundador del reino granadino. El verdadero nombre de
Alhamar era Mohammed Abu Abdallah ben Yussuf al Ansary. Le llamamos después Alhamar el Bermejo o el rojo por el color de
su barba. Era hijo de unos labradores o carreteros de Arjona. Pero habiendo
recibido una educación superior a su fortuna y se distinguió desde su juventud
por su amor a las grandes empresas, llegó por su valor a inspirar temor y
respeto, por su prudencia, su frugalidad, su dulzura y su austeridad de
costumbres a captarse la estimación general. Sirvió bajo los emires
descendientes de Abdelmumén, y se señaló por su rectitud en los empleos
administrativos, por su denuedo en las expediciones militares. Enemigo de los Almohades,
en la decadencia del imperio de aquellos africanos en España, trabajo por
aniquilar su poder. Se rebeló contra el mismo Abén-Hud y fue uno de sus más
terribles rivales. Llegó a tomar por asalto a Jaén en 1232, y se apoderó
sucesivamente de Guadix, Baeza y de otras poblaciones, donde se hizo proclamar
Emir Almumenín. Cuando Abén-HUd murió ahogado a traición por el alcaide de
Almería, creció mucho el partido de Alhamar, y con ayuda de su walí de Jaén
ganó a los habitantes de Granada, que le proclamaron y recibieron como rey en
1238, y a la cual hizo asiento de su reino. Fue el que puso al rey de Murcia,
el hijo de Abén-Hud, en el caso desesperado de ampararse del rey de Castilla y
entregarle sus dominios, porque entraba en los planes de Alhamar promover la
rebelión de sus súbditos. Para la defensa de sus fronteras destinaba
caballeros, a quienes por su empleo nombraba Seghrys, de que tal vez tuvieron origen los Zegríes. De vuelta de
una de sus algaradas contra los cristianos, le saludaron en Granada con el
título de Ghaleb (el vencedor),
a lo cual él respondió: Wé le ghaleb i lé
Allah (no hay otro vencedor más que Dios), desde entonces estas palabras
fueron la divisa de los reyes de Granada, y se estamparon en todos los lienzos
del palacio de la Alhambra, fundado por él. Crea la dinastía nazarí y
reorganiza la taifa. 47 Cuando regresó de
hacer la capitulación de Jaén con el rey de Castilla, dedicó su preferente
cuidado a levantar la Alhambra. Bajo su dirección se fabricaron la torre de la
Vela, la fortaleza de la Alcazaba que amplió hasta la torre de Comares, y él
dirigió las cifras e inscripciones, e incluso se mezcló con albañiles y
alarifes. 48
Hermoseando estaba Alhamar a Granada, y embelleciéndola con hospitales,
colegios, baños y otros útiles establecimientos, y fomentando la instrucción,
la industria y las artes, cuando Fernando III reclamó su auxilio para guerrear
contra los moros de Sevilla. Dominaba en esta ciudad los Almohades al mando de
Cid Abu Abdallah, y no le pesaba a Alhamar, como andaluz que era, contribuir a
la destrucción de aquellos africanos. Se fue, pues, al campo cristiano con
quinientos jinetes escogidos. Las primeras poblaciones muslímicas que sufrieron
los estragos de las huestes castellanas fueron, Carmona, que se dio a concierto
con tregua que pidió seis meses, Constantina, Reina, Lora, Alcolea, que fue
entregando el rey a los caballeros de San Juan y Santiago. Pasaron las tropas
el Guadalquivir con no poco riesgo y graves dificultades, por haberse engañado
en cuanto a la profundidad del río por aquella parte, teniendo que suplir la
falta de consistencia del fangoso terreno de su álveo con mucho ramaje que
sobre él hacinaron. Pasaron el río, cayeron sucesivamente en poder de los
cristianos Cantillana, Gexena, Guillena y Alcalá del Río hasta que algo
restablecido el rey y mandando quemar la campiña intimidó al alcaide con su
presencia y su energía.
Desde que concibió Fernando el pensamiento de la conquista de Sevilla
había llamado a su corte a Ramón Bonifaz, noble ciudadano burgalés, que gozaba
fama de hábil y entendido marino, y le encargó que construyese y habilitase
naves con que poder combatir a la ciudad por el lado del Guadalquivir; que en
verdad fuera inútil sitiarla por tierra si se dejaba libre el río a los
cercados o para huir o para recibir socorros. Le dio, pues, el cargo y título
de primer Almirante o jefe de las fuerzas del mar principio y creación de la
dignidad de almirante, que tan importante se hizo después en Castilla. 49 Cumplió Ramón Bonifaz el mandado del rey con
actividad prodigiosa, se dedicó a la construcción de naves en las marinas de
Vizcaya y Guipúzcoa, cuyos habitantes se han distinguido siempre como
intrépidos y diestros marinos. Fortificaba el rey a Alcalá del Río que acababa
de conquistar, cuando le llevo un mensajero la buena nueva de que Ramón Bonifaz
había arribado felizmente a la embocadura del Guadalquivir con una flota de
trece naves y algunas galeras, bien tripuladas y abastecidas. Gran contento recibió de esto el monarca y lo
tuvo mucho mayor cuando supo con poco intervalo, que su almirante había dado ya
una brillante muestra de su inteligencia y arrojo, venciendo con sus valerosos
vizcaínos una armada de más de treinta embarcaciones moriscas que de Ceuta y
Tánger venía en socorro de los sevillanos, les apresó tres naves, echando a
pique otras tres, les quemó una e hizo huir a las demás. Con esto el rey que había
levantado ya sus reales de Alcalá para ir en auxilio de la armada, mandó
avanzar a su gente, y el 20 de agosto de 1247 puso al ejército cristiano sobre
Sevilla.
Se
vio, pues, la insigne ciudad del Guadalquivir bloqueada de uno y otro lado del
río. Con gran trabajo y peligro pasaron por debajo de Aznalfarache el valeroso
maestre de Santiago don Pelayo Correa con sus freires, y el rey moro de Granada
Alhamar con sus caballeros, para atender al gran barrio de Triana (el Atrayana
de los moros), que separado de la ciudad por el Guadalquivir, se comunicaba con
ella por medio de un puente de barcas amarradas con gruesas cadenas de hierro.
Las salidas, los rebatos, las cabalgadas, escaramuzas y peleas que cada día
ocurrían de uno u otro lado del río, eran tantas y frecuentes. En grandes
aprietos y apurados lances se vio el insigne prior de Uclés don Pelayo Correa,
teniendo que atender a los moros de Aznalfarache y de Triana, y el rey o señor
de Niebla, que con la caballería del Algarbe vino en socorro de los sevillanos,
y tuvo Fernando que darle ayuda, enviándole trescientos hombres, con los
capitanes Rodrigo Flores, Fernando Yáñez y Alfonso Téllez. En el campo del rey,
establecido en Tablada, y para seguridad hubo que hacer una cava o trinchera,
se distinguía por su valor y arrojo Gómez Ruiz de Manzanedo, que gobernaba la
gente del concejo de Madrid, y el intrépido Garci-Pérez de Vargas, que por dos
veces se burló el sólo de siete moros que en una de sus atrevidas excursiones
le salieron un día al encuentro. 50
Otro día salieron los sevillanos con intento de quemar las naves de
Ramón Bonifaz, que les impedían recibir socorro ni de gente ni de bastimentos.
Al efecto hicieron una gran balsa que atravesaba el río, y en ellas pusieron
tinajas llenas de alquitrán y de resina, , y acercando la balsa a las
embarcaciones cristianas trataron de arrojar sobre ellas el alquitrán, lanzando
al propio tiempo mechas encendidas. Les salió mal este ardid, porque apercibido
el almirante cristiano cargó tan reciamente con sus naves contra los moros de
la balsa y contra las pequeñas galeras sevillanas, que se regresaron bien
escarmentados, así los del río como los que protegían su operación por tierra,
principalmente desde la Torre del Oro, o como dice la crónica, “hicieron a los moros ser arrepisos de su
acometimiento.” 51
Coincidió este triunfo con la noticia de la rendición de Carmona, que,
trascurridos los seis meses de la tregua, y no viendo esperanza de ser
socorrida, se dio en señorío al rey Fernando, sin otra condición que la de
salvar a los moros sus vidas y haciendas. Don Rodrigo Gonzalo Girón tomó
posesión de Carmona en nombre del rey, y quedaron por aquella parte los
cristianos sin enemigos a la espalda, y tranquilos para atender mejor al cerco
de Sevilla. Continuaban en éste los encuentros diarios entre sitiados y
sitiadores por agua y por tierra, casi sin descanso, dando lugar a multitud de
hazañas, en las que se distinguieron principalmente el almirante Ramón Bonifaz,
el maestre de Santiago don Pelayo Correa, los de San Juan, Calatrava y
Alcántara, el infante don Enrique, los caballeros Garci-Pérez de Vargas,
Rodrigo González Girón, Alfonso Téllez, Arias González y otros no menos
ilustres adalides. Se iban agregando al ejército sitiador nuevos pendones y
concejos de León y de Castilla, y hasta el arzobispo de Santiago acudió con
hueste de gallegos, y no fueron pocos los prelados y clérigos que de todas
partes iban a incorporarse al ejército cristiano. Lo que dio más animación y
lustre al campamento fue la llegada del príncipe heredero don Alfonso, que
ordenadas las cosas de Murcia y arreglada la contienda que traía con su suegro
don Jaime de Aragón sobre límites de los dos reinos, dejó aquello obedeciendo
al mandato de su padre, y se presentó en los reales acompañado de don Diego
López de Haro, y con refuerzo de castellanos.
La larga duración del sitio, que contaba ya cerca de un año, permitía
espacio y suministraba ocasiones para todo género de lances, de vicisitudes y
alternativas, de situaciones dramáticas, de aventuras caballerescas, y de
episodios heroicos. Entre las industrias empleadas para cortar la comunicación
de los moros de Sevilla con los de Triana por el puente de barcas del Guadalquivir,
se escogió a las dos más grandes naves de carga de la flota, y aparejándolas de
todo lo necesario para el caso y montando en una de ellas el mismo Ramón
Bonifaz, hacerlas navegar a toda vela, y cuando soplaba más recio el viento un
buen trecho del río hasta chocar con ímpetu contra el puente de barcas. La
primera no hizo sino quebrantarle, pero al rudo empuje de la segunda, en que
iba el almirante, se rompieron las cadenas que ceñían las barcas. El puente
quedó roto y deshecho con gran alegría de los cristianos y no menor pesadumbre
de los moros, que se vieron privados del único conducto por donde podían
recibir socorro y mantenimientos. Era el día de la Cruz de Mayo de 1248, y
atento al día y al objeto de la empresa hizo el rey enarbolar estandartes con
cruces en lo más alto de los mástiles de la nave victoriosa, y colocar al pie
del palo mayor una bella imagen de María Santísima. Al día siguiente, sin
perder momento, dispuso el rey, de acuerdo con Bonifaz, atacar a Triana por mar
y por tierra. Pero los moros del castillo arrojaban sobre los cristianos tal
cantidad de dardos emplumados y de piedras lanzadas con hondas, y era tal el
daño y estrago que hacían 52que el rey hubo
de mandar que se alejasen los suyos y encargó al infante don Alfonso que con
sus hermanos don Fadrique y don Enrique, y el maestre de Uclés y demás
caudillos, minasen el castillo, lo hicieron así, pero se tropezaron con la
contramina que los moros hacían, hubieron de desistir y nada se adelantó
entonces contra Triana.
Por dos veces durante el sitio recurrieron los moros a la traición, ya
que en buena ley veían no poder conjurar la catástrofe que los amenazaba,
enviando al campamento cristiano quien con engaños y fingidas artes viera si
podía libertar al islamismo del terrible y obstinado campeón de los cristianos.
Uno de aquellos traidores fue enviado al rey don Fernando, otro a su hijo don
Alfonso. En ambas ocasiones se hubieran visto en peligro las vidas del soberano
y del príncipe, si la sagacidad y previsión no hubieran prevenido el engaño.
Al fin después de quince meses de asedio, cansados y desesperanzados los
moros, no provistos ya de vituallas, y sin fácil medio de introducirlas,
determinaron darse a partido y propusieron al rey la entrega de la ciudad y del
alcázar a condición de que quedasen los moros con sus haciendas, y que las
rentas que percibía el emir se repartieran entre él y el monarca cristiano. A
estas proposiciones, que se hicieron al rey por conducto de don Rodrigo
Álvarez, ni siquiera se dignó contestar. En su virtud le ofreció otros
partidos, llegando hasta proponerle la posesión de las dos terceras partes de
la ciudad, obligándose ellos a levantar a su costa una muralla que dividiera
los dos pueblos. Todo lo rechazó Fernando con entereza y con desdén,
diciéndoles que no admitía más términos y condiciones que la de dejarle libre
la ciudad. Al verle tan inexorable, se limitó ya a pedir que les permitiera al
menos salir libres con sus mujeres y sus hijos y el caudal que consigo llevar
pudiesen, a lo cual accedió ya el rey. Una cosa añadía, y era que les dejasen
derribar la mezquita mayor, o por lo menos derruir la más alta torre,
obligándose ellos a levantar otra no menos magnífica y costosa. Se remitió a
esto el monarca a lo que determinase su hijo don Alfonso, el cual dio por
respuesta que ni una sola teja faltaba de la mezquita haría rodar las cabezas
de todos los moros, y por un solo ladrillo que se desmoronara no quedaría en
Sevilla moro ni mora a vida. La necesidad los forzó a todo, y se avinieron a
entregar la ciudad libre y llanamente. Se firmó esta gloriosa capitulación el
23 de noviembre de 1248, día de San Clemente.
Aunque la ciudad pertenecía ya a los cristianos, todavía se demoró la
entrada pública por un mes, plazo que generosamente otorgó el rey a los
rendidos para que en este tiempo pudieran negociar sus haciendas y haberes y
disponer y arreglar su partida. Ofreció además el monarca que tendría
aparejados por su cuenta acémilas y barcos de trasporte para llevarlos por
tierra o por mar a los puntos que eligiesen, y prometió al rey Axataf que dice
nuestra crónica, o sea al walí Abul Hassán, que así nombran al defensor de
Sevilla los árabes, dejarle vivir tranquilamente en Sevilla, o en cualquier
otro punto de sus dominios, dándole rentas con que pudiese vivir decorosamente;
pero el viejo walí, como buen musulmán, no quiso sino embarcarse para África en
el momento de hacer entrega de la ciudad.
Cumplido el plazo, se verificó la entrada triunfal del ejército
cristiano en Sevilla. Se adelantó Abul Hassán a hacer formal entrega de las
llaves de Sevilla al rey Fernando, y mientras el musulmán proseguía tristemente
en busca de la nave que había de conducirle a llorar su desventura en África,
mientras por otra puerta salían trescientos mil a buscar un asilo, o en las
playas africanas, o en el Algarbe español, o en el recinto de Granada bajo la
protección del generoso Alhamar, los cristianos entraban en procesión solemne
en la ciudad de San Leandro y de San Isidoro, hacía más de 500 años ocupada por
los hijos de Mahoma. Era el 22 de diciembre. Delante iban los caballeros de las
órdenes militares con sus estandartes desplegados, presididos por sus grandes
maestres don Pelayo Pérez Correa de Santiago, don Fernando Ordoñez de
Calatrava, don Pedro Yáñez de Alcántara, don Fernando Ruiz de San Juan, y don
Gómez Ramírez del Templo. A la cabeza de los seglares el clero presidido por
los obispos de Jaén, de Córdoba, de Cuenca, de Segovia, de Ávila, de Astorga,
de Cartagena, de Palencia y de Coria. Seguía un magnífico carro triunfal, en
cuya parte superior se veía la imagen de Nuestra Señora,. A los lados del carro
sagrado marchaban, el rey don Fernando llevando la espada desnuda; su esposa la
reina doña Juana; los infantes don Alfonso, don Fadrique, don Enrique, don
Sancho y don Manuel, hijos del rey; el príncipe don Alfonso de Molina su
hermano; el infante don Pedro de Portugal; el hijo del rey don Jaime de Aragón
y el del rey moro que fue de Baeza, y Uberto sobrino del pontífice Inocencio
IV. Los seguían, don Diego López de Haro duodécimo señor de Vizcaya, y los
ricos-hombres, caballeros y nobles de León y de Castilla, cerrando la marcha
las victoriosas tropas y los soldados de los concejos con sus respectivas
banderas y variados pendones.
Purificada la mezquita mayor por el arzobispo electo de Toledo don
Gutierre; celebrada por él la primera misa, pasó el rey a tomar posesión del
alcázar y a proveer al gobierno de la ciudad y reino conquistado. Restableció
la antigua iglesia metropolitana nombrando por primer arzobispo al prelado de
Segovia don Ramón de Lozana, si bien haciendo procurador de la metrópoli a su
hijo l infante don Felipe; estableció un cabildo eclesiástico y dotó a la
Iglesia con ricos heredamientos. 53 Repartió
las tierras y casas de los musulmanes entre los que más habían ayudado a la
conquista: llamó pobladores, que de todas partes acudieron a la fama de la
grandeza de la ciudad, y d la fertilidad y abundancia de su suelo; les dio
franquicias y libertades, otorgándoles el fuero de Toledo; y creó para el
gobierno de la ciudad un cuerpo decurial para sentenciar los juicios.
Así acabó el imperio de los Almohades en Andalucía. “Despidióse Ben Alhamar de Granada, dice su
crónica, del rey Ferdeland, y tornóse más triste que satisfecho de los triunfos
de los cristianos, que bien conocía que su engrandecimiento u prosperidades
producirían al fin la ruina de los muslimes, y sólo se consolaba con esperanzas
que su imaginación le ofrecía, de que tal vez tanto poder y grandeza mudando de
señor se arruinaría y caería de su propio peso, confiando en que Dios no
desampara a los suyos.” “De cuantos
musulmanes, dice Al-Makari, deploraron los desastres de su patria, nadie
prorrumpió en acentos más nobles y tiernos que Abul Béka Selah el de Ronda.”
Es un poema elegíaco que dedicó a la pérdida de Sevilla se leían estos
patéticos y filosóficos pensamientos:
“Todo
lo que se eleva a su mayor altura comienza a declinar. ¡Oh hombre, no te dejes
seducir por los encantos de la vida!...
“Las
cosas humanas sufren continuas revoluciones y trastornos. Si la fortuna te
sonríe en un tiempo, en otro te afligirá…,-¿Dónde están los monarcas poderosos
del Yemen?¿Dónde sus coronas y diademas?...-Reyes y reinos han sido como vanas
sombras que soñando ve el hombre…
o
La fortuna se volvió contra Darío, y
Darío cayó: se dirigió hacia Cosroes y su palacio le negó un asilo.-¿Hay
obstáculo para la fortuna?¿No pasó el reino de Salomón?...
o
No hay consuelo para la desgracia que
acaba de sufrir el islamismo.
o
Un golpe horrible, irremediable, ha
herido de muerte la España: ha resonado hasta en la Arabia, y el monte Ohod y
el monte Thalan se han conmovido.-España ha sido herida en el islamismo, y
tanta ha sido su pesadumbre que sus provincias y sus ciudades han quedado
desiertas.-Preguntad ahora por Valencia: ¿qué ha sido de Murcia?¿Qué se ha
hecho de Játiva?¿Dónde hallaremos a Jaén?-¿Dónde está Córdoba, la mansión de
los talentos?¿Qué ha sido de tantos sabios que brillaron en ella?-¿Dónde está
Sevilla con sus delicias?¿dónde su río de puras, abundantes y deleitosas
aguas?-¡Ciudades soberbias!...¿Cómo se sostendrán las provincias si vosotras,
que erais su fundamento, habéis caído?-Al modo que un amante llora la ausencia
d su amada, así llora el islamismo desconsolado…-Nuestras mezquitas se han
transformado en iglesias, y solo se ven en ellas cruces y campanas.-Nuestros
almimbares y santuarios, aunque de duro e insensible leño, se cubren de
lágrimas, y lamentan nuestro infortunio-Tú que vives en la indolencia…tú te
paseas satisfecho y sin cuidados: tu patria te ofrece encanto:¿pero puede haber
patria para el hombre después de haber perdido Sevilla?-Esta postrera calamidad
hace olvidar todas las otras, y el tiempo no bastará a borrar su memoria.-¡Oh
vosotros, los que montáis ligeros y ardientes corceles, que vuelan como águilas
en los campos en que el acero ejerce sus furores:-Vosotros, los que empuñáis
las espadas de la India, brillantes como el fuego en medio de los negros
torbellinos de polvo: Vosotros que del otro lado del mar veis correr vuestros
días tranquilos y serenos, y gozáis en vuestras moradas de gloria y de
poder:¿no han llegado a vosotros nuevas de los habitantes de España? Pues
mensajeros os han sido enviados para informaros de sus padecimientos. - Ellos
imploran incesantemente vuestro socorro, y sin embargo se los mata y se los
cautiva. ¿Qué? ¿No hay un solo hombre que se levante a defenderlos? ¿No se
alzarán en medio de vosotros algunas almas fuertes, generosas e intrépidas? ¿NO
vendrán guerreros a socorrer y vengar la religión? - Cubiertos de ignominia han
quedado los habitantes de España: de España, que era poco há un estado
floreciente y glorioso. - Ayer eran reyes en sus viviendas, y hoy son esclavos
en el país de la incredulidad. - ¡Ah! Si tu hubieras visto correr sus lágrimas
en el momento en que han sido vencidos, el espectáculo te hubiera penetrado de
dolor, y hubieras perdido el juicio…-Y estas hermosas jóvenes tan bellas como
el sol cuando nace vertiendo corales y rubíes: ¡Oh dolor! El bárbaro las
arrastra para condenarlas a humillantes oficios; bañados están de llanto sus
ojos y turbados sus sentidos. - ¡Ah! Que este horrible cuadro desgarre de dolor
nuestros corazones, si todavía hay en ellos un resto de islamismo y de fe…..!!”
Conquistada Sevilla, ganada la reina del
Guadalquivir, fácil era prever que en poco tiempo sería sometida toda
Andalucía. Ni el genio activo de Fernando le permitía darse más reposo que el
necesario para dotar del competente gobierno a los nuevos pobladores de la
ciudad conquistada. Así, emprendiendo de nuevo la campaña, en poco tiempo se
rindieron a las armas del monarca Sanlúcar, Rota, Jerez, Cádiz, Medina, Arcos,
Lebrija, el Puerto de Santa maría, y en general “todo lo que es faz de la mar acá de aquella comarca.” Ya el
almirante don Ramón Bonifaz tenía de orden del rey aparejada su flota, ya el
ejército se disponía a ganar nuevos triunfos del otro lado del mar, ya en
África se había difundido la voz de que el poderoso Fernando d Castilla iba a
pasar las aguas que dividen los dos continentes, ya sentían pavor los moros, y
el rey de Fez combatido por los Beni-Merines había entablado negociaciones de
amistad con el monarca castellano, cuando vino a frustrar todos los proyectos y
a desvanecer todas las esperanzas el más triste acontecimiento que se pudiera
pensar, la muerte del soberano. 54
Si gloriosa había sido la vida del hijo ilustre de doña Berenguela, no
fue ni menos gloriosa ni menos admirable su muerte.
Atacado de penosa enfermedad en Sevilla, cesó el guerrero, el
triunfador, el conquistador, y comenzó el hombre devoto, el piadoso monarca.
Cuando vio al Obispo de Segovia acercarse a su alcoba llevando en sus manos la
hostia sagrada, se arrojó el rey del lecho, se postró en el suelo y con una
humilde soga al cuello tomando con sus manos el signo de nuestra redención
recibió el santo viático: después de lo cual, mandando que apartasen de su
cuerpo y de su vista todo signo de majestad y ostentación, pronunció aquellas
edificantes palabras: “Desnudo salí del
vientre de mi madre, desnudo he de volver al seno de la tierra.”
Le rodearon en el lecho sus hijos don Alfonso, don Fadrique, don
Enrique, don Felipe y don Manuel, habidos d su primera esposa doña Beatriz55; don Fernando, doña Leonor y don Luis, hijos de
doña Juana. Se hallaba también esta señora a la cabeza del lecho. A todos les
dio el rey su bendición; y después de dirigir a su primogénito y sucesor don
Alfonso un tierno razonamiento para el gobierno del reino que iba a regir,
despidió a toda su familia, y quedando solo con el arzobispo y el clero pidió
una candela, la tomó en su mano, ordenó que entonasen él Te Deum Laudamus, y entre los cantos sagrados de los sacerdotes
entregó su alma al Redentor el mayor monarca que entonces había tenido
Castilla, el jueves 30 de mayo de 1252, a los 54 años no cumplidos de edad, a
los 35 y 11 meses de su reinado en Castilla, y a los 22 de haber ceñido la
corona de León.
Tal fue el glorioso tránsito del tercer Fernando de Castilla, a quien la
Iglesia, en razón de sus excelsas virtudes, colocó después en el catálogo de
los más ilustres santos españoles. 56
Al día siguiente fue aclamado y reconocido su hijo don Alfonso rey de
Castilla y de León, bajo el nombre de Alfonso X. 57
III. Alfonso X El Sabio, en Castilla. De 1252 a 1276.
Estatua de Alfonso X en
la Biblioteca Nacional de Madrid.
Fuente:
http://spainillustrated.blogspot.mx/2012/07/alfonso-x-el-sabio.html
Ningún príncipe español desde el
octavo hasta el décimotercio siglo había recogido tan rica herencia como la que
legó a su muerte San Fernando a su hijo primogénito Alfonso, que, al día
siguiente del fallecimiento de su ilustre padre, y a la edad ya madura de 31
años (1° de junio de 1252), ciñó una corona y empuñó un cetro a que estaban
sometidos los dilatados territorios de Asturias, Galicia, León, Castilla Murcia
y la mayor parte de Andalucía. Veremos si el reinado de Alfonso X correspondió
a las esperanzas que hacía concebir la grandeza de los Estados que heredaba, la
educación que había recibido, el ejemplo que había tenido a la vista, el papel
importante que ya como príncipe había desempeñado, y el talento y la
ilustración que le valieron el sobrenombre de Sabio con que el mundo y la historia le conocen.
Tan luego como Ben Alhamar de Granada supo la muerte de su aliado y
amigo Fernando de Castilla, envió a su hijo Alfonso cien principales moros
vestidos de luto para que asistiesen a los funerales del difunto monarca, como
lo verificaron, llevando en sus manos antorchas o cirios encendidos. Le daba en
esto una prueba de su disposición a mantener con él las mismas relaciones de
amistad que con su padre, y a reconocérsele su vasallo. Alfonso por su parte
tampoco tuvo reparo en reconocer la alianza y los pactos que con el rey de
Granada había su padre establecido: en lo cual de cierto obraba con más
sinceridad el cristiano que el moro, toda vez que éste, como no tardaremos en
ver, sólo aguardaba oportuna sazón y momento para sacudir el yugo y libertarse
del vasallaje al cristiano.
Tenía Ben Alhamar eminentes dotes de príncipe, y sabía regir con tino y
prudencia un reino. En los años que disfrutó de paz, antes y después de la
muerte de San Fernando, hizo florecer las artes, el comercio y la industria en
sus dominios; merced a su protección tomó fomento de la agricultura, se
multiplicaron los productos de la tierra, y se perfeccionaron las manufacturas,
se cultivó con provecho la minería y recibieron considerable aumento las rentas
del Estado; con sabias leyes y con premios y exenciones concedidas al mérito y
a la laboriosidad se estimulaba a sus vasallos, las letras tenían en él a un
protector generoso, se erigían escuelas, se fundaban colegios, y los maestros y
profesores eran muy bien remunerados; el desarrollo intelectual marchaba al
nivel de la prosperidad material; él mismo visitaba los talleres, inspeccionaba
las escuelas y colegios, examinaba el estado de los baños públicos, entraba en
los hospitales y se informaba personalmente sobre el esmero o el descuido con
que se asistía a los enfermos: y él mismo que como soberano daba audiencia dos
días a la semana indistintamente a ricos y pobres oyendo las quejas y
reclamaciones de todos para fallar en justicia, se mezclaba modestamente entre
los obreros y albañiles que trabajaban en la construcción del gran palacio de
la Alhambra. Con un príncipe de tan altas prendas, que por otra parte acogía
favorablemente a todos los refugiados musulmanes que amillares acudían cada día
a su reino de las ciudades conquistadas por las armas cristianas, el pequeño
Estado granadino, circunscrito a estrechos límites, pero rebosando de población
y gobernado con sabiduría, recordaba el esplendor y traía a la memoria el
brillo del antiguo imperio de los califas.
Menos atinado en las cosas de gobierno el nuevo rey de Castilla,
disgustó pronto a sus súbditos con la medida que tomó de alterar el valor de la
moneda para remediar la escasez de dinero que por efecto de las guerras se
hacía sentir. Sucedió lo que en tales casos acontece; subieron de precio las
mercancías, se encarecieron, dice su crónica, las cosas a tal punto, que fue
menester acudir a otro peor remedio, el de la tasa o máximun de los valores. El
resultado fue el que siempre produce; se retrajeron los mercaderes y
vendedores, las plazas y mercados se hallaban vacíos de los más necesarios
artículos, que a medida que escaseaban subían de valor, y afligía al reino una
penuria mucho más insoportable que la del dinero. 58
le fue, pues, preciso a Alfonso revocar el edicto de la tasa, y dejar que las
cosas se vendiesen libremente y a precios convencionales como antes, pero ya se
había producido uno de los más perniciosos efectos, el de desautorizar al
monarca para con su pueblo y sus vasallos.
La alianza con el rey moro de Granada le fue útil a Alfonso en la guerra
que luego tuvo que emprender contra los sarracenos de Jerez, Arcos, Medina
Sidonia y Lebrija. Estas plazas, o porque no hubiesen quedado bien sujetas a
San Fernando, o porque de nuevo sacudieron la dominación de Castilla, fueron
sucesivamente acometidas y tomadas por Alfonso X, con asistencia y auxilio de
Ben Alhamar, que de mala gana le prestaba hombres de su misma fe, pero cuyo
disgusto o repugnancia le convenía disimular en 1254. El gobierno de Arcos se
dio al infante don Enrique, hermano del rey, a quien se había entregado.
Todavía tres años después de esta guerra contaba don Alfonso con la alianza de
Ben Alhamar, y se sirvió de ella con fruto para otra conquista que emprendió
contra los moros del Algarbe, y principalmente contra la fuerte plaza de
Niebla, que era como la cabeza del reino de aquel nombre, donde se mantenían y
se habían fortificado los Almohades.
Enemigo Ben Alhamar de esta raza, entraba más en su interés y prestaba
con más gusto su ayuda al castellano para acabar de arrojarla del suelo
español, y así puso a disposición de Alfonso las tribus de Málaga para el sitio
que éste determinó poner sobre Niebla. Estaba la ciudad defendida con muros y
torres de piedra, y a los ataques de los cristianos respondían los moros con
dardos y piedras lanzadas con máquinas, y con tiros de trueno con fuego. 59
Tal resistencia hizo durar el sitio más de nueve meses, al cabo de los cuales,
tan faltos los sitiados de mantenimientos como de esperanza de socorro,
solicitó el walí de la ciudad, a quien en la crónica se nombra como Abén Mafod
y los árabes Ben Obeid, hablar con el rey Alfonso, y quedó concertada la
entrega de la ciudad, así la rendición de otras villas del Algarbe en 1257,
dando en recompensa al soberano de Castilla al walí de los Almohades la
posesión de grandes dominios, entre ellos la Algaba de Sevilla, la Huerta del
rey con sus torres, y el diezmo del aceite de su alxarafe que producía una
cuantiosa renta. 60
Hemos anticipado estos sucesos para mostrar lo que duró y lo que sirvió
a Alfonso su alianza y amistad con el rey de Granada. Pero antes y en los
principios de su reinado, había querido el nuevo soberano de Castilla realizar
el pensamiento de su padre de llevar la guerra a África, a cuyo efecto hizo
construir una suntuosa Atarazana en Sevilla para la fabricación de bajeles, y
obtuvo un “breve” de aprobación del papa Inocencio IV aplaudiendo la empresa y
exhortando a los clérigos a que le acompañasen en ella y le sirviesen. De la
ejecución de este designio le distrajo por entonces la reclamación que con las
armas hizo al rey Alfonso III d Portugal en 1252 de las plazas del Algarbe, que
decía haberle hecho donación a su hermano Sancho II, llamado Capelo, en
agradecimiento de haberle ayudado el de Castilla, siendo príncipe, cuando intentó recobrar sus Estados que le
tenía desposeído el infante don Alfonso, conde de Bolonia, su hermano. Entablada
con energía su reclamación, y seguidas las negociaciones, se convino el de
Portugal en hacer al castellano la entrega del Algarbe en 1253, ajustándose
además el matrimonio del monarca portugués con una hija bastarda del de
Castilla llamada Beatriz, habida con doña Mayor Guillén de Guzmán: enlace que
movió a gran escándalo, tanto por el origen bastardo de la princesa, como por
estar a la sazón legítimamente casado el de Portugal con Matilde, condesa de
Bolonia61 Reina ya de Portugal doña Beatriz,
y ávido de su matrimonio el infante don Dionisio, acordaron los esposos
solicitar de su padre y suegro el de Castilla les cediese en feudo los lugares
del Algarbe que tenía ya ganados y los que le faltaba conquistar, para ellos,
sus hijos y sucesores. Alfonso X que amaba en extremo a su hija, no le negó la
merced que pedía y les donó a ellos y a sus descendientes del dominio y
jurisdicción del Algarbe, con la sola obligación de que le hubiesen de servir
con cincuenta hombres de a caballo cuando les requiriese.
Terminado este negocio, volvió otra vez Alfonso X a preparar su
proyectada expedición a África, para la cual hacía construir naves, no sólo en
Sevilla sino también las costas de Vizcaya. El papa Inocencio, a quien se
conoce halagaba esta empresa, expedía nuevos “breves” destinando a este objeto
una parte de los diezmos y rentas eclesiásticas, y mandando a los frailes
dominicos y franciscanos, que predicasen la guerra santa y excitasen a la
juventud española a tomar la cruz.
Más otro suceso vino también a contrariar este designio. El rey Teobaldo
I de Navarra había muerto en julio de 1253, dejando de su tercera esposa doña
Margarita dos hijos varones, Teobaldo y Enrique, el mayor de 15 años, bajo la
tutela de su madre. 62 Temiendo la reina
viuda que Alfonso de Castilla renovara las antiguas pretensiones de los
monarcas castellanos sobre Navarra, se acogió al amparo de Jaime de Aragón, el
cual acudió a Tudela, donde hizo alianza con la reina Margarita prometiendo
ayudar a su hijo y protegerle contra
todos los hombres del mundo, ser amigo de sus amigos y enemigo de sus
enemigos, no hacer paz ni tregua con nadie sin la voluntad de la reina y dar a
su hija Constanza por esposa al rey Teobaldo, o si este muriese a su hermano
Enrique, ofreciendo que nunca casará a ninguna de sus hijas con los infantes de
Castilla hermanos del rey don Alfonso, a pesar de ser ya su yerno. La reina de
Navarra por su parte y a nombre de su hijo prometió también ayudar al rey de
Aragón contra todos los hombres del mundo, exceptuando al rey de Francia y al
emperador de Alemania, y que no daría ninguno de sus hijos en matrimonio a
hermanas o hijas del rey Alfonso de Castilla, sin consentimiento del aragonés,
cuyo pacto juraron los prelados y ricos-hombres de Aragón y Navarra, que se
hallaban presentes, y había de ratificar el romano pontífice. 63
Bien había hecho la reina de Navarra en prevenirse y fortalecerse con la
alianza de don Jaime de Aragón, porque Alfonso de Castilla no tardó en ponerse
con sus agentes sobre las fronteras navarras con ánimo al parecer de apoderarse
del reino y de los príncipes. Fiel a su promesa el Conquistador, acudió a
defender al navarro, y una batalla entre el suegro y el yerno y entre
aragoneses y castellanos amenazaba como inevitable. Pero algunos prelados y
ricos-hombres interpusieron su mediación entre ellos, y lograron hacerlos venir
a partido y que se ajustara una tregua en 1254, quedando de este modo seguro el
joven rey de Navarra, que a los quince años comenzó a gobernar el reino con el
nombre de Teobaldo II. 64
No mostraba en verdad el sucesor de San Fernando en Castilla ser hombre
de mucho tesón para proseguir las empresas, así las que acometía por propia
voluntad como las que la suerte le deparaba y se le venían a la mano. En el
número de estas últimas podemos contar con la recuperación de Gascuña:
·
Mal
contentos los gascones con el dominio y gobierno de los ingleses, y acordándose
de que aquel ducado había pertenecido a Castilla como traído en dote por la
princesa Leonor de Inglaterra, hija de Enrique II, cuando vino a casarse con
Alfonso VIII de Castilla llamado el Noble, acordaron ponerse bajo el señorío
del hijo de San Fernando, cuyo ofrecimiento vino a hacerle a nombre de aquellos
naturales el más poderoso príncipe de aquel estado, Gastón, conde de Bigorra y
vizconde de Bearne. Le dio, Alfonso X socorro con que pudiera hacer la guerra a
los ingleses y así poder sacudirse de su yugo, la guerra comenzó con furia
declarándose por don Alfonso la mayor parte de Gascuña. Más como el rey de
Inglaterra, Enrique III, por el temor de perder aquel rico ducado solicitó la
amistad al rey de Castilla, enviándole para ello embajada solemne y rogándole
cesase en sus hostilidades, pidiéndole al propio tiempo la mano de su hermana
Leonor para el príncipe Eduardo, hijo primogénito de Enrique, y heredero del
trono de la Gran Bretaña, a quien su padre cedía la Gascuña, el castellano con
admirable docilidad y condescendencia accedió a todo, hizo confederación y
amistad con el de Inglaterra, aceptó el matrimonio del príncipe Eduardo con la
infanta doña Leonor, que se celebró en Castilla con toda pompa en 1254, y lo
que es más, renunció en el príncipe Eduardo y en sus herederos y sucesores todo
el derecho que tenía o pudiera tener sobre los dominios de Gascuña, ofreciendo
entregar al mismo príncipe todos los instrumentos que sobre esto tuviese de los
soberanos sus predecesores: renuncia
extraña y perjudicial a los derechos de la corona de Castilla, de que
dudaríamos, si no nos certificaran de ella los documentos. 65
Alfonso X comenzó a experimentar defecciones y rebeldías que más
adelante habían de llenar de amargura el corazón y la vida del monarca y de
agitaciones y disturbios la monarquía. Abrió primero este fatal camino:
·
Don
Diego López de Haro, señor de Vizcaya, que por desavenencias con el rey se
ofreció sus servicios a don Jaime de Aragón. Siguió algún tiempo después por la
misma senda su hijo don Lope Díaz, con muchos caballeros vizcaínos; y lo que
fue peor, pasó también a confederarse con el aragonés en contra del del de
Castilla, el infante don Enrique, hermano de don Alfonso, el mismo a quien éste
había encomendado los gobiernos de Arcos y Lebrija que el infante había
conquistado a los moros. Don Jaime de Aragón receloso siempre del castellano y
temiendo a cada paso un rompimiento después de la mal tregua de Navarra, acogía
gustoso a aquellos personajes, les daba caballerías,
66 heredamientos, 67 y señoríos, 68 y pactaba con ellos alianzas contra el de
Castilla, a pesar de ser el marido de su hija, ofreciendo defenderlos y no
abandonarlos hasta que se concordasen a satisfacción del infante y del señor de
Vizcaya las diferencias que traían con su soberano.
Alfonso por su parte ni abandonaba ni cumplía su propósito constante de
pasar a África a guerrear en su propio suelo contra los enemigos de la fe. Un
nuevo “breve” apostólico que impetró el papa Alejandro IV, sucesor de Inocencio
IV, concediendo indulgencias y otras gracias espirituales a los que tomaran
parte en aquella expedición en 1255, quedó tan sin efecto como las cartas
pontificias anteriores. Inútil, le fue también a Alfonso el patrocinio del
pontífice Alejandro en la reclamación que le hizo para que:
·
se
declarará príncipe Conradino inhábil para poseer el ducado de Suabia, en
atención a estar en guerra con la Iglesia su tío y tutor Manfredo, y que se
diese aquel ducado al rey de Castilla en razón al derecho que él tenía por su
madre doña Beatriz, hija mayor del emperador Felipe que le había poseído.
Alfonso iba teniendo la fatalidad de no ver realizados, por diversas
causas y contrariedades, tantos proyectos como abrigaba y tan diferentes
aspiraciones como en una parte y otra intentaba realizar. 69
A veces la fortuna le agraciaba, con alegría suya y de todos sus pueblos
comenzó el año quinto de su reinado 1256, por el feliz nacimiento del primer
hijo varón el infante don Fernando –llamado de la Cerda, por tener largo el
cabello con que nació en el pecho-. A tan justo motivo de regocijo, se agregó
el haber desaparecido los recelos de rompimiento y de guerra que amenazaban con
don Jaime de Aragón, en unas vistas que los dos monarcas celebraron en Soria, y
en que se renovaron las alianzas y las amistades que los reyes sus antecesores
habían tenido entre sí. Por otra parte, como en este tiempo hubiese vacado el
trono de Alemania por muerte del emperador Guillermo, conde de Holanda, en
guerra con los frisones, la república de Pisa teniendo presente el derecho de
Alfonso de Castilla al ducado de Suabia, en cuya ilustre familia se había
conservado por espacio de un siglo la corona del imperio, determinó aclamarle
emperador, enviando el acta de reconocimiento a Castilla por medio del
embajador Bandino Lanza, a quien fue encomendada tan honrosa misión. 70
Se hallaba todavía el rey en Soria cuando llegó el embajador pisano, el
cual le hizo allí homenaje y reconocimiento a nombre de su república como rey
de romanos y emperador de Alemania en marzo de 1256. Admitió don Alfonso la
aclamación y la investidura, si bien no se creyó autorizado para usar el
título, sin duda porque la república de Pisa carecía de derecho electivo para
el nombramiento de emperadores de Alemania, y aquello no podía considerarse
como un acto de oficiosa deferencia y una manifestación de su buen deseo y
voluntad a favor del monarca de Castilla. 71
Más no tardó en llegarle la nueva de otra elección más legítima y
autorizada. Las largas turbaciones que habían agitado el imperio alemán había
mirar como conveniente al restablecimiento de la paz que la corona vacante por
muerte del emperador Guillermo se diese a un príncipe extranjero. Pero se
dividieron los electores, y:
I.
Los
unos nombraron en Fráncfort en enero de 1257 a Ricardo, conde Cornualles y
hermano del rey Enrique III de Inglaterra, los otros eligieron unos meses
después a Alfonso X de Castilla, descendiente de la ilustre dinastía d la casa
de Suabia.
II.
Los primeros dieron posesión a Ricardo de
Inglaterra, llevándole a Aix-la-Chapelle, Aquisgrán, poniéndole la corona
imperial y sentándole según su costumbre en la célebre silla de Carlomagno.
III.
Los segundos enviaron una embajada solemne a
Alfonso de Castilla para participarle su elección e instarle a que aceptara la
dignidad imperial, que el castellano no pudo dejar de admitir. Los electores de
Alfonso de Castilla daban por ilegal y por nula la d Ricardo de Inglaterra, así
por haberse hecho en día no señalado para ello, como por la inhabilidad de
alguno de los electores y ser de todos modos el menor número72, y principalmente por haber sido una elección
arrancada por el soborno.
IV.
En efecto, uno de los cuatro electores, el
arzobispo de Maguncia, que se hallaba preso por el duque de Brunswick, había
sido rescatado de la prisión por Ricardo a precio de ocho mil marcos de plata y
a condición de que le diera su voto. Pero Ricardo tenía en su favor el haber
sido coronado y presentado por sus partidarios en varias ciudades de Alemania,
entre cuyos príncipes iba derramando a manos llenas el oro.
Esto empeñó a Alfonso de Castilla que fundaba su derecho en la legalidad
de su elección y en las nulidades de la de su contrario, en una porfiada
competencia y en una serie de reclamaciones que duraron por espacio de diez y
ocho años, y que costaron a Castilla caudales inmensos para no recoger fruto
alguno de tantos sacrificios.
Esta insistencia de los pontífices en esquivar su aprobación, y aún
negarla, la elección de Alfonso de Castilla para emperador de Alemania y rey de
los romanos, no puede explicarse sino por la circunstancia de pertenecer
Alfonso a la estirpe ducal de Suabia, cuya dinastía, principalmente desde que
obtuvo el imperio Federico Barbarroja, había sido enemiga de Roma y estando
casi siempre en guerra con la Iglesia; y si tal vez aquellos papas no temían
que el castellano hubiera de seguir la conducta de los emperadores de su
familia, lo aparentaban por lo menos en odio a aquella casa, y tampoco querían
descontentar al rey de Inglaterra con la exclusión de su hermano. Así, sin
definir entre los dos contendientes, se limitaban, cuando nombraban al uno y al
otro, a añadir: electo emperador. Al
fin murió Ricardo asesinado en Inglaterra en 1271, después de haber sacrificado
sus tesoros y su quietud a una grandeza quimérica, y parecía que faltando a
Alfonso su competidor debería haber desaparecido todos los obstáculos y
contrariedades que a su coronación se oponían. Lejos de eso, se suscitaron
otras nuevas y más graves. Cuando los embajadores que el rey envió por segunda
vez llegaron a Roma, hallaron la silla pontificia vacante por la muerte de
Clemente IV, y esperaron a la elección del nuevo. 73
Entablada por los enviados de Alfonso la demanda ante Gregorio X, que fue el
nuevo Papa, no sólo la desestimó como sus antecesores, sino que, más hostil que
ninguno al rey de Castilla, la desechó abiertamente y con desdén en 1272, e
influyó para que se reunieran los electores del imperio y así nombrar nuevo
emperador sin tener en cuenta para nada las pretensiones de Alfonso.
He aquí como pinta un historiador de aquella nación la situación en que
se hallaban los pueblos germanos: “Las
leyes eran importantes; cada señor se había convertido en el primer tirano de
sus súbditos; confederados y armados los señores unos contra otros se
destrozaban entre sí por odio y por ambición: un país cubierto de castillos
habitados por nobles que robaban y asesinaban a los pasajeros, una guarida de
bandidos siempre dispuestos a destruirse: tal era la situación de la Alemania.” 74 La necesidad del remedio era urgente y acordes
en esto todos los príncipes eligieron unánimemente a Rodolfo de Habsburgo en
1273, a excepción de Ottokar, rey de Bohemia, que continuó defendiendo la
legitimidad de Alfonso de Castilla. En vano este monarca intentó todavía hacer
reconocer sus derechos al trono imperial por medio de cartas y embajadores que
envió al concilio general de Lyon que el papa Gregorio X celebró en 1274. Su
reclamación fue desatendida, y aprobada la elección de Rodolfo, el papa le dio
el título de rey de romanos, mandando a los príncipes, electores, ciudades y
villas del imperio, que como a legítimo rey de romanos le acatasen y
reconociesen. 75
Mientras esto ocurría una insurrección general de los moros de Murcia y
de Andalucía él puso a pique de perder todas las conquistas de su padre. El rey
Ben Alhamar de Granada, que aun aliado de Alfonso no dejaba de prepararse para
el día en que hubiera de romper con sus naturales enemigos los cristianos,
recorría y fortificaba sus plazas fronterizas; se hallaba reparando los muros
de Gibraltar cuando llegaron enviados de los musulmanes de Jerez, de Arcos, de
Medina Sidonia y de Murcia, ofreciendo reconocerle por su jefe y emir si los
ayudaba a sacudir la servidumbre en que los cristianos los tenían en 1261. Ben
Alhamar, después de consultarlo con su consejo, invitó a los mensajeros a
unirse y con sus hermanos de Niebla y del Algarbe prepararan una sublevación
general para un mismo día en todos los puntos de Andalucía y de Murcia,
prometiéndoles que cuando Alfonso hubiera dividido sus fuerzas para combatirlos
no faltaría él con sus granadinos al socorro de sus correligionarios
No fue menester más para que se alzaran al grito de guerra, y al nombre
de Mohammed Ben Alhamar, los sarracenos de Murcia, Lorca, Mula, Arcos y
Lebrija. En todas partes eran degollados los cristianos, o arrojados de las
plazas que ocupaban. Larga y heroica fue la resistencia de los de Jerez: el
conde don Gómez que la defendía murió acribillado de heridas después de haber
presenciado la muerte hasta del último de sus soldados. Los moros granadinos
partieron en auxilio de los de Murcia y los hicieron dueños de la ciudad. Los
de Sevilla intentaron apoderarse de la reina de Castilla, si bien la tentativa
se les frustró, y Sevilla y Córdoba permanecieron bajo el dominio de los
cristianos. Ben Alhamar atiza por bajo cuerda la sublevación, y hacia venir en
ayuda de los musulmanes españoles a los zenetas o ginetes de África, que le
suministraba el rey de Marruecos. Obraba el de Granada con tanto disimulo, que
el rey don Alfonso, creyéndole todavía su aliado, le escribió pidiéndole le
ayudara en aquella guerra. Los evasivos términos de la respuesta del granadino
convencieron al castellano de que tenía un enemigo, y dio orden a sus tropas
para que atacaran a los súbditos del rey de Granada. Cuando el mismo Alfonso
avanzó hacia Alcalá la Real, ya los campos de esta ciudad habían sido talados
por las huestes granadinas. Se empeñó allí un sangriento combate en que Ben
Alhamar con sus zenetas quedó dueño del campo en 1262. Así se encendió de nuevo
una guerra de exterminio entre los dos pueblos, cristiano y musulmán, a riesgo
de perderse el fruto de las conquistas del largo y glorioso reinado de Fernando
el Santo.
Se declaró la escisión entre los mismos moros. La preferencia que Ben
Alhamar daba a los zenetas africanos resintió a los walíes de Málaga, de Guadix
y de Comares. Aquellos walíes llevaron su resentimiento hasta ofrecerse por
vasallos del rey de Castilla, prometiéndole guerrear contra su propio emir, con
tal que el castellano los protegiera y amparara. Aceptó con gusto Alfonso, y
mandó a sus caudillos que los trataran como amigos y aliados. Los walíes
disidentes llevaron sus algaras hasta la vega misma de Granada, y Alfonso pudo
con más desembarazo hacer la guerra a los rebeldes de Andalucía y el Algarbe.
Jerez volvió a rendirse a las armas de Castilla después de cinco meses de
asedio en 1263. Sidonia, Sanlúcar, Rota, Arcos, Lebrija, se fueron rindiendo.
Los moros de estas poblaciones se fueron diseminando, refugiándose los unos en
África, los otros a Algeciras, otros a Granada, y de este modo Ben Alhamar, al
tiempo que veía disminuir en extensión sus Estados, veía acrecer también la
población granadina, causa principal del gran poder. Se recobró por este tiempo
a Cádiz, que los moros, confiados en la posición y natural fortaleza de la
plaza, tenían descuidada y poco defendida. Una flota castellana al mando del
almirante don Juan García de Villamayor, apareció de improviso en aquellas
aguas, y se apoderó de la ciudad, rica ya entonces, y destinada a ser más
adelante el emporio del comercio de dos mundos.
Había el de Castilla solicitado de su suegro don Jaime de Aragón que le
ayudara en esta guerra en 1264, y sobre todo contra los sublevados de Murcia.
Se condujo el aragonés con una generosidad digna de todo encarecimiento.
Inmediatamente convocó a cortes de catalanes en Barcelona, de aragoneses en
Zaragoza, para pedir subsidios con que solventar los gastos de la empresa. Los
catalanes le concedieron en bovaje; más los ricos-hombres de Aragón antes de
acceder a su demanda, le expusieron multitud de quejas sobre violación de sus
derechos, y sobre las pretensiones a sus fueros y leyes que habían de regir en
el reino. Lo cual produjo réplicas y contestaciones tan enojosas, que llegó el
caso de hacer el monarca llamamiento a sus huestes y emplearlas contra los
ricos-hombres. 76 Al fin, puestas y comprometidas
sus diferencias en manos de los obispos de Zaragoza y Huesca, y ofreciendo unos
y otros estar a derecho, se pactó una tregua hasta que el rey volviese de la
guerra que había determinado emprender contra los moros de Murcia, rebeldes al
de Castilla en 1265. Puso a su hijo, el futuro Pedro III el Grande, que derrotó al
emir Muhammad
ibn Hûd Biha al-Dawla y
conquistó el reino. Sin embargo, debió regresárselo a Castilla en vistas de las cláusulas del Tratado de Almazora de 1244. 77
Don Jaime de Aragón fue invitado por su
yerno el de Castilla para que asistiese a las bodas del infante don Fernando de
la Cerda, hijo del uno y nieto del otro, con Blanca de Francia, la hija de San
Luis, que iban a celebrarse en Burgos con la más pomposa solemnidad. Terminada
la solemnidad de las bodas, se volvió don Jaime a sus Estados, acompañándole
don Alfonso y doña Violante su hija hasta Tarazona: poco tiempo después se
volvieron a ver en Valencia, siendo la primera vez que doña Violante después de
veinticuatro años de casada con Alfonso de Castilla, veía los estados de su
padre. Con grandes fiestas, juegos y regocijos fueron agasajados los reyes de
Castilla en Valencia, bien ajenos tal vez de los sinsabores que en su reino los
esperaban y de la conspiración que iba a estallar en sus dominios y dentro de
su propia familia.
El promotor principal de la rebelión de
que vamos a dar cuenta fue el conde don Nuño González de Lara, uno de los más
poderosos magnates castellanos que con todo el antiguo orgullo y altivez de los
de su linaje, bullicioso, de condición inquieto, olvidó los beneficios, honores y consideraciones que del rey había
recibido, y no olvidó el desabrimiento que Alfonso le mostró por haber sido del
dictamen contrario al del monarca en lo de relevar al reino de Portugal del
feudo y homenaje que reconocía al de Castilla, feudo que redimió por este
tiempo Alfonso X a aquel reino a solicitud de su nieto don Dionisio de
Portugal.
En 1269 vino a Sevilla don Dionisio, hijo
de Alfonso III de Portugal y de Beatriz de Castilla, a rogar a su abuelo
Alfonso X relevase al monarca portugués su padre del vasallaje y feudo que por
el asunto del Algarbe prestaba a Castilla. No atreviéndose Alfonso a resolver
por sí, o aparentando al menos, lo consultó con los infantes y ricos-hombres d
su corte, dudaron estos un rato, como si por un lado conociesen la
inconveniencia de otorgar la pretensión y por otro temiesen disgustar al rey.
Rompió el silencio don Nuño de Lara, y habiendo expuesto que, si bien debía el
rey dispensar mercedes y honores al infante don Dionisio por el parentesco que
los unía, y por la caballería que de él había recibido, añadió: Mas, señor,
que vos tiredes de la corona de vuestros reinos el tributo que el rey de
Portugal y su reino son tenudos de vos facer, yo nunca, señor, vos lo
aconsejaré. Disgustó al rey este lenguaje, pidió su parecer a los demás,
opinaron éstos como el monarca deseaba, y el feudo y vasallaje de Portugal fue
alzado.
Tal fue la causa ostensible que alegó el
de Lara para rebelarse contra su rey, aparte de otros motivos, como que el
conde de Lara conspiró antes en secreto, intentando indisponer con el soberano,
al rey Ben Alhamar de Granada, y a don Jaime de Aragón durante su estancia en
Burgos. Poderosa como era la casa de Lara, y dilatada su familia y parentela,
logró atraer hacía sí y hacer entrar en sus planes a muchos ricos-hombres y
barones castellanos, y aún tuvo maña para conseguir que se pusiese al frente de
la conspiración el infante don Felipe, hermano del rey, el que había sido
arzobispo electo de Sevilla, que se casó después con la princesa Cristina de
Noruega, y últimamente se había enlazado con una señora de la familia de los
Laras. Diez y siete ricos-hombres se juntaron en Lerma, villa del señorío de
don Nuño, donde cada cual expuso las quejas que contra el rey tenían, y se
habló mucho de los oprimidos y aniquilados que estaban los pueblos con tan
grandes cargas y tributos que pagaban. Se resolvió que el infante don Felipe
pasara a Navarra con objeto de inducir o ganar en su favor al infante don Enrique
que gobernaba aquel reino en ausencia de su hermano el rey Teobaldo II, que a
la sazón se hallaba en Túnez en la cruzada contra los infieles y en la compañía
de Luís IX de Francia en 1270. Se negó el de Navarra a las instigaciones del
castellano, teniendo por más seguro mantener la paz del reino que regía, que
perturbarla por el aliciente de promesas de incierta realización. 78
Se hallaba el rey Alfonso en Murcia,
cuando le llegaron noticias de la trama y primeros pasos de los conjurados. En
lugar de venir Alfonso sobre Lerma a sofocar la conjura, se fue a Alicante a
pedir consejo a don Jaime de Aragón sobre si debería favorecer al rey de
Granada, o a los tres walíes disidentes, pues uno y otros le habían escrito
reclamando su auxilio. Mientras Alfonso gastaba el tiempo en estas consultas,
los de Lerma se anticipaban a ganar al emir granadino, y el infante don Felipe
repetía si instancia a Enrique de Navarra, que ya obtenía en propiedad aquel
reino en 1271, por haber muerto sin sucesión su hermano Teobaldo II en Trapani
de vuelta de su expedición a Túnez. La respuesta de Enrique I, no fu n verdad,
más lisonjera al infante de Castilla, que la que antes había dado siendo
regente del reino; más no por eso se desalentaron los de la conjuración, cuya
alma era don Nuño de Lara. Cuando el rey volvió a Castilla, salieron a
recibirlo todos armados, cosa que lo extrañó mucho, dice su crónica “ca no
venían, como homes que van a su señor, más como aquellos que van a buscar sus
enemigos”.
Los agravios y demandas que el de Lara a
nombre de la nobleza exponía al rey principalmente eran:
ü Perjuicios
que decían resultar a sus vasallos de los fueros que el rey daba a algunas
villas;
ü Que no
llevaba en su corte alcaldes de Castilla que los juzgasen;
ü Que se
agraviaban los hijos-dalgos de la alcabala que pagaban en Burgos;
ü Que recibían
daños de los merinos, corregidores y pesquisidores del rey;
ü Que se
disminuyeran los servicios, etc.;
ü Que los
nobles e hijos-dalgo fuesen juzgados sólo por los otros hidalgos, de los cuales
hubiese siempre dos jueces en la corte del rey;
ü Que quitase a
los merinos y pusiese adelantados;
ü Que
deshiciese los pueblos que había mandado a hacer en Castilla;
ü Que
suprimiese los diezmos de los puertos (derechos de aduana).
Como no estuvieron de acuerdo con ninguno
de los puntos que el rey les favoreció y cada vez pedían más, le amenazaron con
desnaturalizarse79 y pasarse a reinos extraños, se salieron de Castilla, saqueando e
incendiando a su paso iglesias y poblaciones, se fueron a la corte del rey de
Granada, que les recibió con los brazos abiertos.
Ben Alhamar se sirvió de los tránsfugas, e
hicieron su primera salida contra el walí de Guadix, acompañados d Mohammed,
hijo y sucesor de Ben Alhamar. Pero amenazado este por el rey de Castilla, vio
que no podía proseguir con vigor aquella guerra sin contar con otros elementos,
y solicitó el socorro del rey de Marruecos y de Fez, Abu Yussuf, príncipe de
los Beni-Merines de África. 80
Ben Alhamar no aguardó a que llegaran los
africanos, salió a combatir en persona a los walíes, con su ejército y
acompañado del infante don Felipe. El pueblo auguró mal aquella campaña al
saber que al primer caballero que formaba la vanguardia se le había roto la
lanza contra las bóvedas de la puerta. El presagio fatídico se cumplió. A la
media jornada de la capital se vio el rey moro atacado de un grave accidente;
los síntomas fueron mortales, se trató de llevarle a Granada, pero en el camino
expiró en 1273, igual que le pasó a Alfonso VII en Castilla cerca del puerto de
Muradal. Todos lloraron su muerte, y su cadáver fue llevado a Granada. 81 El
único hijo que le sobrevivió fue proclamado rey de Granada con el nombre de
Mohammed II.
Mientras esto pasaba, el rey don Alfonso,
deseoso de congraciarse con sus pueblos, en las cortes de Almagro de 1272, les
alivió de algunos tributos. Resolvió otra vez por la guerra contra Mohammed II,
aunque se temían los dos, don Alfonso tenía a su favor a los walíes sarracenos
disidentes, y Mohammed a los disidentes magnates castellanos, don Alfonso pidió
ayuda a Don Jaime de Aragón. Y el de Granada a los Beni-Merines de África.
Se pactaron avenencias entre los reyes, y
se acordó renovar y guardar el concierto anteriormente celebrado con Ben
Alhamar en Alcalá la Real o de Ben Zaide, quedando los vasallos de ambos reinos
libres para comerciar entre sí y con iguales franquezas y seguridades (1274).
Pidió, no obstante, la reina de Castilla al rey moro una gracia, que é con
mucha galantería se apresuró a conceder antes d saber cuál fuese. Le dijo
entonces la reina que quería se añadiese a la capitulación un año de tregua
para los walíes de Málaga, Guadix y Comares. Mucho sintió Mohamed que fuese
aquella la gracia que doña Violante le pedía, pero se había anticipado a
concederla, y con mucho disimulo y comedimiento la dio por otorgada. 82
En cuanto al infante don Felipe, don Nuño de Lara y demás nobles
castellanos que habían hecho causa contra el rey, vióse don Alfonso en la
necesidad de satisfacerles en todos sus pleitos y posturas, aprobando y
confirmando lo que ya antes sin consentimiento y aun contra su voluntad se
habían adelantado a prometer en Córdoba la reina y el infante don Fernando. Así
volvieron aquellos altivos y porfiados magnates al servicio de su rey después
de haberle mortificado con disgustos y humillaciones. Terminado el concierto,
despidióse y regresó el rey moro a Granada, acompañándole hasta Marchena los
príncipes don Felipe, don Manuel y don Enrique con lujosa servidumbre; y el rey
de Castilla, que se vio un momento desembarazado de aquella atención, volvióse
a Toledo a disponer y aprestar su ansiado viaje a Italia para reclamar del
pontífice la corona imperial de Alemania.
Apenas expiró el plazo de aquella
tregua con los walíes, de mala gana concedida por Mohamed, abrió éste de nuevo
la guerra, y para hacerla más viva y asegurar mejor su éxito, escribió al rey
de los Beni-Merines de África pintándole la facilidad con que entre los dos
podrían reducir a l rebeldes y restablecer el estado abatido del islamismo en
Andalucía, y para más estimularle ponía a su disposición los puertos de Tarifa
y Algeciras. Aceptó Yacub Abu Yussuf la invitación y el ofrecimiento, y el 12
de abril de 1275 desembarcaron numerosos escuadrones africanos en las playas de
Tarifa, y poco después arribó el mismo Abu Yussuf con poderosa hueste. La
primera diligencia fue hacer que los tres walíes se sometiesen al legítimo
emir, reprendiéndoles severamente su conducta. Dividiéndose despuéslos dos
ejércitos aliados musulmanes en tres cuerpos, dirigiéndose el uno hacia
Sevilla, hacia Jaén el otro, y el tercero, en que iban los tres walíes, se
encargó de talar la campiña de Córdoba.
Era esto en ocasión que el rey de
Castilla se hallaba ausente del reino a causa de su funesto viaje y de su
malhadada entrevista con el papa. Gobernaba la monarquía su hijo el príncipe
don Fernando de la Cerda, y defendía la frontera el conde don Nuño González de
Lara, el antiguo motor de la rebelión de los ricos-hombres castellanos; el
cual, con noticia de que venía por aquella parte del ejército del emperador de
Fez y de Marruecos, salió de Córdoba y le presentó batalla con la escasa gente
que tenía. Los cristianos fueron arrollados en el combate, y en él pereció el
de Lara víctima de su temerario arrojo, con cuatrocientos escuderos que le
escoltaban. Su cabeza fue enviada por Abu Yussuf al rey Mohammed de Granada, de
quien cuenta la crónica que al mirar las facciones del antiguo amigo de su
padre y suyo, apartó con horror la vista, se tapó la cara con ambas manos y
exclamó: “¡No merecía tal muerte mi buen amigo!”, Así acabó aquel hombre, que
después de haberse alzado contra su rey y se hizo aliado y amigo del emir de
los infieles, murió peleando por su monarca, para servir su cabeza de
sangriento y horrible presente al mismo rey moro cuya amistad había preferido
antes que la de su soberano. Tan luego como la nueva de este desastre llegó al
infante don Fernando, gobernador del reino, que se hallaba en Burgos, hizo
llamamiento general a todos los
ricos-hombres y concejos, y él mismo se
apresuró a acudir a la defensa de la frontera; más al llegar a la Villa Real
(hoy Ciudad Real) enfermó y sucumbió a los pocos días (agosto, 1275) Este
malogrado príncipe que había comenzado a mostrar gran acierto y prudencia en la
gobernación del reino, previno al tiempo de fallecer al conde don Juan Núñez de
Lara hijo mayor de don Nuño, y le rogó mucho afincadamente cuidase de
que su hijo Alfonso sucediera en el reino cuando fuesen acabados los días del
monarca su padre.
Más el infante don Sancho, hijo
segundo del rey, tan luego como supo del inopinado fallecimiento de su hermano
primogénito, antes que de suplir su falta para guerrear contra los moros, se
acordó de prepararse para hacerse proclamar sucesor del trono de Castilla, y
confederándose con don Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya, y ganando a su
partido los ricos-hombres y caballeros que allí había, comenzó a usar en sus
despachos el título de hijo mayor del rey, sucesor y heredero de estos
reinos, persuadido de que hallándole su padre admitido y seguido como tal,
le reconocería y confirmaría en aquella prerrogativa. Y para merecerla más con
su solicitud en atender al peligro en que el reino se hallaba, resolvió
continuar la jornada que había emprendido su malogrado hermano. Prosiguió,
pues, a Córdoba con la gente de Castilla, y encomendando a don Lope Díaz de
Haro la tenencia de la frontera que había tenido don Nuño González de Lara,
pasó a Sevilla a dar disposición de que la armada de Castilla saliese a los
mares al objeto de impedir de que África viniesen nuevos socorros de hombres o
de bastimentos a los infieles. Pero otra nueva desgracia llenó de amargura a
los cristianos españoles. El otro infante don Sancho, arzobispo de Toledo y
hermano de la reina doña Violante de Castilla, llevado de un fervoroso,
lastimado de ver el estrago que hacían los sarracenos en la comarca de Jaén,
resolvió salir en persona a castigar su orgullo. El buen prelado, menos
prudente que animoso, y con menos experiencia en las armas que fe y buen deseo
en el corazón, sin esperar a que llegase don Lope Díaz de Haro, que de orden
del otro don Sancho iba con refuerzo, se adelantó con su caballería hasta la
Torre del campo, y acometiendo a los moros sin orden ni concierto, fue causa de
que los africanos alancearán a los caballeros de su séquito, y el mismo cayó
vivo en poder de los infieles. Se lo disputaban africanos y granadinos, pero el
arráez Abén Nasar cortó la disputa arremetiendo con su caballo al infante
arzobispo y le atravesó con su lanza. Los soldados le cortaron la cabeza y la
mano derecha. El ultraje fue de algún modo vengado al día siguiente por don
Lope Díaz de Haro, que llegando con la nobleza de Castilla atacó a los enemigos
cerca de Jaén, los hizo retirar y recobró el guion del arzobispo. Comenzó a
distinguirse en aquel día el joven Alfonso Pérez de Guzmán, que había de ganar
más adelante el sobrenombre de el bueno
En tal estado halló don Alfonso de
Castilla las cosas de su reino cuando volvió a España de su desventurada
expedición a Belcaire. Traía de allí por todo fruto un desaire bochornoso del
papa, y acá había perdido al adelantado don Nuño, a su hijo primogénito don
Fernando, y a su cuñado el infante arzobispo de Toledo. Lo único que halló de
favorable fueron las acertadas medidas que el infante don Sancho había tomado
en la frontera, y que habían movido al emperador Yacub a replegarse sobre
Algeciras, y el socorro que su suegro el de Aragón enviaba y a Castilla. En su
visita el rey de los Beni-Merines creyó deber aceptar la tregua que el
castellano le ofrecía, no dándole gran cuidado por la situación comprometida en
que quedaba el de Granada, a quién vino a favorecer, contento con retener las
plazas de Tarifa y Algeciras. El granadino, reconociendo que por sí sólo no
podría sostener con buen éxito la guerra contra las fuerzas combinadas de
Castilla y Aragón, pidió también ser comprendido en la tregua, y quedó estipulada
ésta por dos años (1276) entre los tres soberanos de Castilla, de Fez y de
Granada. (83)
Monedas Arábigas
https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:AlHakemII_dirhem_MedinaAzahara.jpg
La
invasión de los Beni-Merines de África en Castilla (1275 produjo también
efectos de consecuencia en Aragón. Después de haber hecho el infante don Pedro
reconocer y jurar en las cortes de Lérida a su hijo don Alfonso sucesor y
heredero del reino, para cuando faltasen su abuelo y su padre, partió en
socorro de Castilla, por la frontera de Murcia. Pero los moros que habían
quedado en Valencia, alentados con la entrada de los africanos en Andalucía, y
más con algunas compañías de zenetas, que del reino de Granada se
corrieron a aquella parte, se levantaron otra vez, y se apoderaron fácilmente
de algunos castillos mal guardados por lo desapercibidos que sus presidios
estaban. Al frente de esta sublevación apareció de nuevo aquel Al Azark, motor
principal de la rebelión primera de los moros valencianos. Procuró don Jaime
remediar con tiempo este daño mandando a todos los ricos-hombres de Valencia,
Aragón y Cataluña, se hallasen pronto a reunirse con él en la primera de estas
ciudades. Dio principio la guerra, y en uno de los primeros reencuentros perdió
la vida en Alcoy el famoso caudillo africano Al Azark, si bien cayendo después
los cristianos en una celada fueron acuchillados la mayor parte (1276). No fue
este todavía el mayor desastre que los cristianos sufrieron. Apenas
convaleciente don Jaime de una enfermedad que acababa de tener, se había
quedado en Játiva mientras sus tropas iban a combatir a unas huestes de moros
que habían pasado a Luxen. El combate fue tan desgraciado para los aragoneses,
por mal consejo de sus caudillos, que en él perecieron muchos bravos campeones
y gente principal, entre ellos don García Ortíz de Azagra, señor de Albarracín,
quedando prisionero el comendador de los Templarios. De Játiva murió tanta
gente que la población quedó casi yerma. (84) Este infortunio causó al anciano y
quebrantado monarca una impresión tan dolorosa que dejando a su hijo don Pedro
todo el cuidado de la guerra, lleno de pena y de fatiga se trasladó de Játiva a
Alcira, donde se le agravó su dolencia.
Después
de recibir los sacramentos eclesiásticos, llamó al infante don Pedro para darle
los últimos consejos, entre los cuales fue que amase y honrase a su hermano don
Jaime, a quien dejaba heredado en las Baleares, Rosellón y Montpellier,
encargándole mucho. También le encomendó que continuase la guerra contra los
moros, hasta acabar de expulsarlos del reino, pues de otro modo no había
esperanza de que dejaran sosegada la tierra, y tomando la espada que tenía a la
cabecera, aquella espada que por tantos años había sido el terror de los
musulmanes, se la dio a su hijo, que al recibirla besó la mano paternal. Con
esto se despidió el príncipe heredero dirigiéndose a la fronte para seguir la
voluntad de su padre, el cual todavía pudo ser trasladado a Valencia, donde se
le agravó la enfermedad, y allí terminó su carrera en este mundo a 27 de julio
de 1276, después de un largo reinado de sesenta y tres años. Con demostraciones
de dolor fue su cuerpo trasladado al monasterio de Poblet (según lo había
ordenado en su testamento). (85)
Don Jaime I de Aragón,
el conquistador de Mallorca, de Valencia y de Murcia, fue uno de los más
grandes capitanes de su siglo: ganó treinta batallas campales a los sarracenos,
y su espada siempre estuvo desenvainada contra los enemigos de la fe. Tan
piadoso como guerrero, fundó multitud de iglesias en países arrancados de poder
de los infieles, y siempre inculcó a sus hijos las máximas de la verdadera
religión. Caballero el cumplido de su tiempo, se condujo muchas veces con
admirable generosidad con los reyes de Castilla y de Navarra, defendiéndolos y
ayudándolos aún a costa de los intereses de su propio reino. Los ricos hombres
y varones de sus dominios se cansaron más pronto de conspirar y de rebelarse
que él de perdonarlos. Le costaba trabajo y violencia, y rehuía cuanto le era
posible firmar una sentencia de muerte.
https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Portada_de_los_Anales_de_la_Corona_de_Arag%C3%B3n.jpg
Se siente, por lo
tanto, siendo naturalmente tan benigno, el desamor con que trató al príncipe
primogénito Alfonso y el verle recibir con alegría la noticia de su hijo Fernán
Sánchez, asesinado por su hermano; y causa maravilla y disgusto y no puede dejar
de mirarse como una mancha con que afeó sus muchos rasgos de clemencia, la
crueldad que usó con el obispo de Gerona, su director, si es cierto que mandó
arrancarle la lengua por haber revelado el secreto de la confesión (86)
Como soberano se había obstinado impolíticamente en distribuir sus reinos y
mostró una inconstancia pueril en la repartición de coronas entre sus hijos, y
como hombre, la historia lo acusa de incontinente y de sensual, si bien creemos
que le ha juzgado en esto con severidad, atendidas las costumbres de los
príncipes, con raras excepciones, en aquellos tiempos. (87).
En su testamento,
hecho en Montpellier en 1272, dejó don Jaime por herederos y sucesores a sus
dos hijos legítimos, sustituyéndoles en caso de morir sin sucesión los dos
legitimados de doña Teresa de Viadure; en defecto de éstos a los hijos varones
de sus hijas, declarando que por ninguna vía pudieran suceder hembras en los
reinos y señoríos de la Corona. (88).
SANCHO IV EL BRAVO EN CASTILLA
De 1284 a 1295
La muerte de don Alfonso el Sabio de Castilla
facilitó a su hijo don Sancho la posesión de una corona que se había anticipado
a ceñir. En Ávila, donde se hallaba cuando recibió la nueva del fallecimiento
de su padre, hízole pomposas exequias y se vistió de luto. Terminados los
funerales, pasó a Toledo con su esposa doña María de Molina, y allí fue
solemnemente reconocido y jurado rey de Castilla y de León, cambiando en el
acto el negro ropaje de duelo por las brillantes vestiduras e insignias reales
(30 de abril, 1284). Prelados, nobles y pueblo, aun aquellos mismos que habían
seguido con más constancia el partido de su padre, se apresuraron a saludarle
como a legítimo soberano; y él, que tan poco escrupuloso se había mostrado en
la observancia del orden de suceder en el reino, diose prisa a hacer jurar en
las cortes de Toledo por heredera del trono a su hija única la infanta doña
Isabel, niña entonces de dos años, para el caso en que no tuviese hijos
varones. Así quedaron otra vez excluidos por un acto solemne de la herencia del
trono los hijos de su hermano mayor don Fernando, los nietos de Alfonso el
Sabio de Castilla y de San Luis de Francia, los infantes de la Cerda. (89
Solamente su hermano el infante don Juan que
se hallaba en Sevilla, reclamaba para sí la herencia de los reinos de Sevilla y
Badajoz que en su segundo testamento le había asignado su padre, y se disponía,
ayudado de algunos parciales, a sostener su derecho con las armas; pero
faltábale el apoyo de los sevillanos mismos, y acudiendo don Sancho con su
natural actividad, desbarató fácilmente sus planes, y habiéndole sometido entró
el nuevo rey en Sevilla en medio de las aclamaciones del pueblo. (90). El
rey Mohammed II de Granada, aliado ya de Sancho siendo príncipe, le envió la
enhorabuena de su proclamación. El de Marruecos, amigo y auxiliar de su padre,
despachole a Sevilla uno de sus arráeces llamado Abdel-hac para decirle que
quien había sido amigo del padre podía también serlo del hijo, y que deseaba
saber cómo pensaba y cuáles eran sus disposiciones respecto a él. «Decid a
vuestro señor, contestó Sancho con arrogancia, que hasta ahora no ha talado ni
corrido las tierras con sus algaras; pero que estoy dispuesto a todo; que en
una mano tengo el pan y en la otra el palo; que escoja lo que quiera>>
(91) No
olvidó el musulmán la jactanciosa contestación; pero previendo también el
castellano los efectos, prevínose para la guerra. Entre otras medidas tomó la
de llamar al famoso marino de Génova, Micer Benito Zaccharia, que vino con doce
galeras genovesas, y al cual nombró temporalmente almirante de la flota que
pensaba emplear para impedir al rey de Marruecos la entrada en la Península,
dándole seis mil doblas mensuales, y además a título hereditario el puerto de
Santa María con la obligación de mantener allí perpetuamente una galera armada
y avituallada para el servicio del rey.
En
las cortes que aquel año celebró don Sancho en Sevilla anuló muchos de los
privilegios y cartas que había otorgado a los pueblos que siendo infante le
ayudaron a ganar la corona. Regresando después a Castilla, tuvo con el rey don
Pedro III de Aragón su tío la entrevista de Ciria de que hemos hablado en el
anterior capítulo, en que le ofreció ayudarle contra todos los hombres del
mundo, siempre que no tuviera que emplear sus armas contra Abu Yussuf. Visitó
algunos países de Castilla que quejosos de la revocación de sus mercedes se
habían alterado; restableció el orden castigando a los descontentos, y haciendo
en ellos justicia, cuya justicia, según la crónica, era «matar a unos,
desheredar a otros, y a otros echarlos del reino tomándoles sus haciendas.» Así
pasó hasta fines del año 1284. En los principios del siguiente, habiendo
reunido don Sancho todos los hidalgos del reino de Burgos, expúsoles que el rey
Abu Yussuf de Marruecos había invadido la Andalucía, devastado las tierras de
Alcalá de los Gazules y Medina Sidonia y puesto cerco a Jerez, y que por lo
tanto necesitaba de su auxilio para hacer la guerra al musulmán: todos
unánimemente se le prometieron, y se hizo un llamamiento a todos los concejos y
milicias. Como por este tiempo amenazara el rey Felipe el Atrevido de Francia
invadir el reino de Aragón, envió a requerir a Sancho de Castilla para que no
auxiliase al aragonés, excomulgado como se hallaba por el papa, privado de su
reino, y dado éste a su hijo Carlos de Valois. Ni al castellano le convenía
malquistarse con el monarca francés, de cuya amistad con el papa se prometía
servicios que no podía hacerle su tío el de Aragón, ni la situación de su
reino, invadido por los africanos, le permitía distraer sus fuerzas para dar
socorro al aragonés. Por eso cuando Pedro III de Aragón reclamó su ayuda contra
el rey de Francia en cumplimiento del tratado de amistad de Ciria, según en el
capítulo precedente expusimos, le dio Sancho una urbana pero evasiva
contestación, exponiéndole cuán sensible le era no poder favorecerle en razón a
tener que acudir al Mediodía de su reino acometido por los sarracenos
merinitas.
Encaminose,
pues, el rey don Sancho a Sevilla; más antes que se le reunieran las huestes y
caudillos que esperaba, destacó el rey de los Beni-Merines desde los campos de
Jerez un cuerpo de doce mil zenetas de caballería al mando de su hijo Abu Yacub
que llegaron a aproximarse a las puertas de la ciudad. Don Sancho había usado
de un ingenioso ardid para engañar a los enemigos. Había ordenado que nadie
saliera de la ciudad; que nadie subiera a las torres de los templos ni del
alcázar; que ni se tañeran campanas, ni se tocaran trompas, bocinas, ni añafiles,
ni nada que hiciese ruido. Los sarracenos, que no encontraron de quien tomar
lenguas, ni vieron señal alguna, ni oyeron ruido que les indicara estar la
ciudad habitada, cuanto más hallarse en ella la corte, volviéronse a decir al
emir de Marruecos que no había llegado el rey Sancho a Sevilla, pues no era
posible estuviese en una población que por el silencio mostraba estar casi
yerma. Mas luego que Sancho tuvo reunidas sus haces, y que se le incorporaron
con escogida caballería el infante don Juan y su suegro don Lope Díaz de Haro
señor de Vizcaya (92), , privado y favorecedor de Sancho desde
que era príncipe, salió camino de Jerez en busca del emir africano, mientras
una armada de hasta cien velas mayores entre galeras y naves, al mando de
Benito Zaccharía, avanzaba hasta el estrecho para cortar toda comunicación con
África, e impedir que de allí viniesen recursos a los sarracenos, lo mismo que
ya en otra ocasión siendo príncipe había ejecutado. Intimidado con esto Abu
Yacub levantó el cerco de Jerez y se retiró hacia Algeciras sin atreverse a
combatir. Sancho y algunos de sus caballeros se empeñaban en perseguirle hasta
darle batalla; pero el infante don Juan y don Lope Díaz se opusieron
enérgicamente pidiendo al rey que se volviera a Sevilla, hasta el punto de que
no pudiendo convencerle con otras razones, le dijeron que ellos de todos modos
se retiraban, lo cual obligó a Sancho, muy a pesar suyo, a regresar a Sevilla,
dejando abastecidos a Jerez, Medina Sidonia y Alcala (93)
No tardó
don Sancho en recibir proposiciones de avenencia así del rey de los
Beni-Merines Abu Yussuf, como de Mohammed el de Granada. Pidió consejo a sus
ricos-hombres sobre cuál de las dos amistades debería preferir, y como se
dividiesen los pareceres y se decidiera el rey por los que le aconsejaban diese
la preferencia a Abu Yussuf, disgustáronse el infante don Juan y su suegro don
Lope que habían opinado en favor del de Granada, y desaviniéndose con el rey se
retiraron a sus tierras y señoríos, donde tomaron una actitud sospechosa que
fue causa y principio de escisiones fatales. Viéronse entonces el rey de
Castilla y el emir de Marruecos en Peñaferrada, donde ajustaron una tregua de
tres años, que costó al de África dos millones de maravedís, con lo cual se
volvieron el uno a sus dominios de allende el mar, el otro a su ciudad de
Sevilla, donde a poco tiempo la reina doña María dio a luz un infante (6 de
diciembre, 1285), a quien se puso por nombre Fernando, y cuya crianza se
encomendó a don Fernán Ponce de León, uno de los principales señores del reino,
señalándole para ello la ciudad de Zamora. Apenas había cumplido un mes el
príncipe cuando fue llevado a Burgos para ser reconocido en cortes como sucesor
y legítimo heredero de los reinos de León y de Castilla.
Habían
acontecido los sucesos que acabamos de referir durante la famosa invasión de
los franceses en Cataluña, el sitio de Gerona, la retirada de Felipe el
Atrevido de Francia, su muerte en Perpiñán, y la proclamación de su hijo Felipe
el Hermoso, que era también rey de Navarra. Había muerto igualmente Pedro el
Grande de Aragón, y sucedídole su hijo Alfonso III. Y para que todo estuviera
mudado en el principio de 1286, falleció también en África el rey Abu Yussuf, y
fue proclamado como rey de Marruecos su hijo Jussuf Abu Yacub, cuya nueva
recibió don Sancho cuando se hallaba ya en Castilla.
Lo primero que procuró el monarca castellano
fue ganar la amistad del nuevo rey de Francia Felipe el Hermoso. Interesábale
esto por dos poderosas razones; la primera, por la predilección que Francia
había mostrado siempre a los infantes de la Cerda, nietos de San Luis, que
continuaban en Játiva bajo la custodia del rey de Aragón, mirando a Sancho como
un usurpador del trono de Castilla; la segunda, porque atendida la amistad del
francés con la corte de Roma, nadie como él podía negociar, si quisiera, la dispensa
del papa en el parentesco entre don Sancho y su mujer doña María de Molina, sin
cuyo requisito podía anularse el matrimonio y declararse ilegítimos los hijos.
A aquel intento envió al obispo de Calahorra don Martín, y el abad de
Valladolid don Gómez García, con el encargo de felicitar al rey de Francia por
su advenimiento al trono, y con la especial misión de apartarle, si podían, de
la protección a los infantes de la Cerda. Lejos de lograr este objeto, el
francés con mucha política propuso al abad de Valladolid, que, pues el
matrimonio del de Castilla era ilegítimo, seríale mucho más conveniente
separarse de doña María, y casarse con una de las princesas de Francia,
Margarita o Blanca, hermanas del rey, en cuyo caso él aseguraba impetrar la
dispensa de Roma, y abandonar el partido de los de la Cerda. Ofrecíale al abad
de Valladolid, si le ayudaba a llevar adelante esta negociación, obtener para
él la mitra arzobispal de Santiago que se hallaba vacante. No se atrevió el
abad a proponérselo al rey don Sancho, pero tampoco rechazó, antes no escuchó
de mal oído la proposición; y por entonces no se hizo más sino acordar que
ambos monarcas se viesen en Bayona, y hablasen y tratasen ellos entre sí.
Convinieron los dos reyes en celebrar estas vistas, mas no fiándose acaso demasiado
uno de otro, el de Castilla se quedó en San Sebastián, dejando a la reina en
Vitoria, y el de Francia no pasó de Mont-de-Marsan. El negocio pues se trató
por medio de embajadores en Bayona. Los de Francia exigían como preliminar la
separación de don Sancho de su esposa doña María, para venir a parar en lo del
segundo enlace propuesto, de lo cual nada había dicho al rey el abad de
Valladolid. No solamente no accedieron a ello los de España, sino que la
noticia de tal pretensión causó tanto enojo a don Sancho, que llamó
inmediatamente a sus embajadores, y sin querer tratar más, tomó el camino de
Vitoria, donde se hallaba la reina. El abad de Valladolid fue desde entonces
objeto de la enemiga y saña de los regios esposos. El rey mandó al arzobispo de
Toledo que le tomara cuentas de las rentas reales que administraba:
encontráronse cargos graves que hacerle, y murió misteriosamente en una prisión
(94).
Cabalmente
era punto este del matrimonio en que menos que en otro alguno transigía don
Sancho. Decía y proclamaba que no había rey en el mundo mejor casado que él; y
si bien apetecía la dispensa de Roma y enviaba para obtenerla gruesas sumas,
también sostenía con firmeza sus derechos, y alegaba para ello dos razones: la
primera, que a otros príncipes, duques y condes había dispensado el papa en
igual grado de parentesco que él, y arriba estaba Dios que le juzgaría; la
segunda, que otros reyes de su casa en el mismo grado que él habían casado sin
dispensación, y «salieron ende muy buenos reyes, y muy aventurados, y
conqueridores contra los enemigos de la fe, y ensanchadores y aprovechadores de
sus reinos.»
Mas todo el vigor, toda la bravura, toda la
energía de carácter que había desplegado don Sancho; así en las relaciones
exteriores como en los negocios interiores del reino, así cuando era príncipe
como después de ser rey, desaparecía en tratándose de don Lope de Haro, señor
de Vizcaya, que parecía ejercer sobre el ánimo del monarca una especie de
influjo mágico. A pesar de la actitud semi-hostil que el de Haro había tomado
desde la retirada de Sevilla, ni pedía al rey gracia que no le otorgara, ni
había honor, título ni poder que don Lope no apeteciera. Habiendo fallecido en
Valladolid don Pedro Álvarez mayordomo del rey (1286), solicitó el de Haro que
le nombrase su mayordomo y alférez mayor, y que le hiciese conde además con
todas las funciones y toda la autoridad que en lo antiguo los condes habían
tenido, con lo cual, decía, se aseguraría la tranquilidad del reino, y
acrecerían cada año las rentas del tesoro. Concedióselo todo el rey; mas no
satisfecho todavía con esto don Lope, atreviose a proponerle que para seguridad
de que no le revocaría estos oficios, le diese en rehenes todas las fortalezas
de Castilla para sí, y para su hijo don Diego si él muriese. Don Sancho, con
una condescendencia que maravilla y se comprende difícilmente en su carácter,
accedió también a esto, y así se consignó y publicó en cartas signadas y
selladas, obligándose por su parte don Lope y su hijo don Diego a no apartarse
jamás del servicio del rey y de su hijo y heredero el infante don Fernando. En
el mismo día que tales mercedes fueron concedidas, dio el rey el adelantamiento
de la frontera a otro don Diego, hermano de don Lope, a título hereditario
(enero, 1287). Dio además al señor de Vizcaya una llave en su cancillería. De
modo que la familia de Haro, emparentada ya con el rey y con el infante don
Juan, teniendo en su mano los castillos, el mando de la frontera, el del
ejército, y la mayordomía de la casa real, no solo quedaba la más poderosa del reino,
sino que tenía como supeditada a sí la corona. Crecieron con esto las
exigencias del orgulloso don Lope, y habiendo pedido que fuese despedida de
palacio la nodriza de la infanta doña Isabel, tampoco se lo negó el monarca, y
el aya y todos los que suponía ser de su partido fueron expulsados de la real
casa con gran sentimiento de la reina. Esto era precisamente lo que buscaba don
Lope, indisponer a los regios consortes, con el pensamiento y designio, si el
matrimonio se disolvía y anulaba, de casar al rey con una sobrina suya, hija
del conde don Gastón de Bearne. Penetrábalo todo la reina, que era señora de
gran entendimiento; pero disimulaba y esperaba en silencio la ocasión de que el
rey conociera la mengua que con la excesiva privanza del de Vizcaya padecían él
y el reino.
El desmedido influjo del conde de Haro, la
revocación que el monarca había hecho de muchas de las exenciones y privilegios
concedidos a las órdenes militares y a los nobles del reino cuando los necesitó
para conquistar el trono, la prohibición a los ricos-hombres de adquirir
dominios o derechos productivos en los lugares del rey, los agravios y
perjuicios que muchos grandes decían haber sufrido en sus señoríos y de que
culpaban a don Lope, y la envidia con que se veía su privanza, todo esto
produjo alteraciones y alzamientos de parte de los ricos-hombres y señores, a
quienes alentaba y capitaneaba el infante don Juan, que desde la villa de
Valencia en el reino de León (la cual desde entonces tomó el nombre de Valencia
de don Juan que hoy conserva) se mantenía en una actitud de casi abierta
hostilidad al rey. Dirigíase un día don Sancho a Astorga a asistir a la misa
nueva del prelado, cuando en el puente de Órbigo se vio asaltado por los
ricos-hombres y caballeros de León y de Galicia acaudillados por el infante don
Juan, el cual a nombre de todos le pidió que allí mismo los desagraviase.
Contestole el rey que al día siguiente se verían en Astorga y tratarían. En
efecto, al otro día, que lo era de San Juan (1287), presentáronse los
tumultuados a la puerta de la ciudad, tan amenazadores y exigentes, que
hallándose el rey en la iglesia, puesta la corona y las vestiduras reales, y el
obispo revestido de pontifical, fue menester que el prelado con el mismo ropaje
sagrado que vestía para la misa saliera a decir a los ricos-hombres que el rey
satisfaría a su demanda tan luego como llegase el conde don Lope a quien
esperaba, y así aconteció más adelante, convencido don Sancho de que los
desagravios que los demandantes pedían eran justos.
Hízole esto al rey volver en sí, y conocer
los peligros del desmedido poder que había dado al señor de Vizcaya. En este
sentido le habló también el rey don Dionís de Portugal en una entrevista que
con él tuvo en Toro para tratar cosas concernientes a ambos reinos. Iguales
avisos le dio el obispo de Astorga, el cual mejor que otro alguno había
experimentado hasta donde rayaba el orgullo y la osadía del conde, puesto que
con motivo de una cuestión en que andaban desacordes el conde y el prelado,
buscole don Lope en su propia casa, y después de haberle dirigido todo género
de denuestos, «maravíllome, añadió, cómo no os saco el alma
a estocadas.» Y hubiera hecho más con el obispo, dice la crónica, sino se
hubieran interpuesto dos ricos-hombres que con don Lope iban (95).
Todo
esto hizo pensar al rey en sacudir el yugo de un vasallo tan orgulloso, y cuyas
intenciones iban tan lejos, que la misma sucesión a la corona peligraba si
siguiese adelante la prepotencia del de Haro. Pero el miedo que el rey tenía ya
al mismo a quien tanto había engrandecido, hízole proceder con mucha cautela y
disimulo, aguardando ocasión oportuna para deshacerse del poderoso magnate,
dispensándole entretanto las mismas consideraciones que antes y las mismas
demostraciones de especial y distinguido aprecio.
Las cortes celebradas en Toro aquel mismo año
(1287), y a que hizo asistiesen el infante don Juan y el conde don Lope, le
abrieron el camino para su plan ulterior. Los reyes de Aragón y de Francia,
prosiguiendo en sus antiguas querellas, solicitaban ambos la alianza de
Castilla. El rey pidió consejo a los ricos-hombres y prelados de las cortes
sobre cuál de las dos avenencias le convendría preferir. Don Lope y don Juan le
aconsejaron se decidiera por el de Aragón; la reina, el arzobispo de Toledo, y
varios ricos-hombres representáronle como más ventajoso adherirse al de
Francia: el rey adoptó el dictamen de la reina y del primado, y don Lope y don
Juan salieron de Toro desabridos con el monarca, comenzando el infante a correr
hostilmente las tierras de Salamanca y de León. Como el rey se quejase al de
Haro de la sinrazón con que el infante le hacia la guerra, «señor, le contestó
el orgulloso conde, todo lo que hace el infante lo hace por mi mandado.» La
respuesta era demasiado explícita para que el rey hubiera dilatado la venganza,
si hubiera creído llegada la oportunidad y sazón de hacerlo: pero disimuló
todavía. Por último, después de muchas negociaciones entre el monarca y los
díscolos magnates, suegro y yerno, pudo lograr que le ofrecieran concurrir a las
cortes que pensaba tener en Alfaro, donde arreglarían sus diferencias, y
acabaría de resolverse la cuestión de alianzas incoada en las de Toro.
Congregadas, pues, las cortes en Alfaro en las casas mismas que habitaba el rey
(1288), y puesto al debate el asunto de las alianzas de Francia y Aragón,
levantose el rey, y so color de una urgencia salió del salón diciendo: «fincad
vos aquí en el acuerdo, ca luego me verné para vos, y decirme heis lo que
oviéredes acordado.» Vio don Sancho que la guardia de su gente que rodeaba
el palacio era más numerosa que la de sus dos soberbios rivales, y pareciole
llegada la ocasión de vengarse de ellos. Volvió, pues, y asomando a la puerta
de la sala, «Y bien, preguntó, ¿avedes ya acordado?
–Entrad, señor, le respondieron, y decíroslo hemos. –Ayna lo
acordastes, replicó el rey, pues yo con otro acuerdo vengo, y
es que vos ambos (dirigiéndose a don Lope y don Juan) finquedes
aquí conmigo fasta que me dédes mis castillos. –¿Cómo? exclamó el
conde; ¿presos? ¡Ha de los míos!» Y echando mano a un gran cuchillo
fuese el brazo levantado derecho al rey. Mas acudiendo a protegerle dos de sus
caballeros dieron tan fuerte mandoble con su espada al osado conde, que cayó su
mano cortada al suelo con el cuchillo empuñado; luego golpeándole, sin orden
del rey, con una maza en la cabeza, acabaron de quitarle la vida.
El rey mismo, dirigiéndose a Diego López y
preguntándole por qué le había corrido las tierras de Ciudad-Rodrigo, como don
Diego en su turbación no acertase qué responder, le dio tres golpes con su
espada en la cabeza dejándole por muerto. Amenazaba hacer otro tanto con el
infante don Juan, que también con otro cuchillo había herido a dos caballeros
del rey, si la reina, que acudió al ruido que oyó desde su cámara, no se
hubiera interpuesto, contentándose por entonces don Sancho con poner en prisión
y con grillos al infante (96). Tal fue el sangriento término que tuvieron
las cortes de Alfaro, testimonio inequívoco de la rudeza de aquella época y de
la índole brava de aquel rey.
Una
nueva guerra civil siguió a esta escandalosa escena. Don Sancho corrió la
Rioja, tomando algunos de los castillos, que estaban por el conde. Mas
habiéndose presentado la condesa viuda, díjole el rey que no habiendo sido su
intención matar a don Lope, sino que él mismo se había precipitado a la muerte,
mantendría a su hijo don Diego en los mismos cargos y oficios que obtenía su
padre, siempre que se estuviese quieto y no le moviese guerra. Así lo prometió
al pronto la condesa doña Juana de Molina (que era hermana de la reina),
ofreciendo influir con su hijo a fin de que aceptara pacíficamente el partido
que el rey le proponía; más luego que se vio con él, fue su más fogosa
instigadora para que tomara una venganza ruidosa y completa. Uniéronse entonces
todos los de la familia de Haro, inclusa la esposa del infante don Juan con su
pariente Gastón vizconde de Bearne para proclamar a los infantes de la Cerda
como legítimos herederos del trono de Castilla; y don Diego López el hijo del
conde asesinado pasó a Aragón a persuadir al rey don Alfonso III que pusiera en
libertad a los infantes, que como sabemos, continuaban encerrados en el castillo
de Játiva. Alegrose de esto el aragonés, disgustado como estaba del de Castilla
por la preferencia que éste había manifestado siempre por la alianza francesa.
Proclamaron, pues, don Diego López y los suyos por rey y señor de Castilla a
don Alfonso de la Cerda, y le besaron la mano como a tal. La guerra se
encendió, y la Vizcaya entera con una parte de la Vieja Castilla se declaró
contra el matador de su señor don Lope, apellidando en los castillos a don
Alfonso como en Aragón, y enarbolando bandera por él. Cuando don Sancho se
hallaba combatiendo los castillos rebeldes de los cuales tomo muchos,
castigando severamente a los defensores, íbanle llegando nuevas de bien
diferente especie. El nuevo rey de Marruecos solicitaba mantener con él la paz
que había concertado con su padre, en lo cual vino con gusto don Sancho. Los
mensajeros que éste había enviado a Francia volvieron con buena respuesta del
rey Felipe el Hermoso, que le convidaba a tener con él una entrevista en
Bayona. Pero en cambio supo que don Diego, el hermano de don Lope, el
adelantado de la frontera de Andalucía, a quien el rey había llamado a sí
ofreciéndole el señorío de Vizcaya, se había fugado desde Aranda, viniendo en
compañía del maestre de Calatrava, y pasádose a Aragón a incorporarse con su
sobrino y con los que seguían su bando.
Continuó no obstante don Sancho tomando
fortalezas; fuese luego a Vitoria, donde la reina acababa de dar a luz otro
príncipe, que se llamó don Enrique; regresó a Burgos; encerró en aquel castillo
al infante don Juan, prosiguió a Valladolid, y de aquí partió a Sabugal a verse
con el rey don Dionís de Portugal, el cual le dio ayuda de gente para la guerra
de Aragón. Regresando después a Castilla, hizo llamamiento general de todas sus
huestes y se puso con ellas sobre Almazán para resistir a los de Haro, al vizconde
Gastón de Bearne, y al mismo rey don Alfonso III de Aragón, que puestos en
libertad los infantes de la Cerda, y proclamado el primogénito de ellos don
Alfonso en Jaca como rey de Castilla con el nombre de Alfonso XI, se había
unido ya abiertamente a los confederados. El joven don Diego López, hijo del
asesinado, había muerto ya a la sazón a consecuencia de excesos y desarreglos a
que como joven se había dejado inconsideradamente arrastrar.
Era el mes de abril de 1289. El rey de
Castilla dejo al frente de sus tropas a don Alfonso de Molina, hermano de la
reina, mientras él con una hueste para contener a los vascongados iba a Bayona
a celebrar las vistas concertadas con Felipe IV de Francia. Mas al llegar a San
Sebastián hallose con mensajeros del francés que venían a decirle de parte de
este monarca que el estado de las cosas de su reino no le permitía en aquellos
momentos concurrir a Bayona, y que sería bueno aplazar la conferencia para el
mes de mayo. Probablemente se proponía el monarca francés dar treguas y estar
en expectativa del resultado de la guerra que amenazaba entre el aragonés y el
castellano, y tomar después partido con más seguridad. Con esto se volvió don
Sancho a incorporarse a su ejército. Aragoneses y castellanos se vieron de
frente en la frontera de ambos reinos, sin atreverse unos ni otros, antes bien
esquivando al parecer el darse batalla. Limitose, pues, por entonces esta
guerra a alguna incursión que el aragonés y los confederados hicieron en los
pueblos de Castilla, y a alguna invasión que a su vez hizo don Sancho en
Aragón, distinguiéndose éste por los estragos que en estas irrupciones hacía.
Don Diego de Haro era el que entretanto
recobraba con sus vizcaínos y algunos auxiliares aragoneses las plazas del
señorío de su hermano, y aun se atrevía a correrse por tierras de Cuenca y
Alarcón, haciendo presas de ganados. El rey de Castilla envió contra él algunas
huestes al mando de Ruy Páez de Sotomayor: más los altivos ricos-hombres
castellanos se negaron a batir al enemigo a las órdenes de un jefe a quien no
tenían por digno de mandarlos, y de quien decían que debía tan solamente su
puesto al favor del rey. El pundonoroso Ruy Páez quiso mostrar que por lo menos
no le faltaba la cualidad de valiente, acometiendo con sola su hueste al de
Vizcaya, y la honrosa muerte que recibió peleando justificó que el rey había
elegido un hombre que no carecía ni de pundonor ni de arrojo.
Cuando en un punto de un reino hay alzada una
bandera de rebelión, a ella apelan y recurren los descontentos de todas partes,
y los que temen el rigor de las leyes o de la autoridad. Así se proclamó a don
Alfonso de la Cerda en la capital de Extremadura. Una cuestión suscitada entre
los dos partidos de bejaranos y portugaleses, en que estaba dividida Badajoz, y
que llegó a ventilarse con las armas, produjo quejas de los vencidos al rey,
desobediencia de los vencedores a las cartas y mandatos del monarca. Temiendo
estos últimos las iras y el castigo del soberano, alzaron voz por el infante de
la Cerda. Envió don Sancho contra Badajoz a los maestres de todas las órdenes
militares con sus respectivas huestes y banderas. Aseguraron estos a los
sublevados de parte del rey que no les harían daño alguno si se entregaran;
rindiéronse ellos en la fe de esta promesa, más luego «mandó el rey, dice su
crónica, que matasen a todos aquellos que eran del linaje de los bejaranos, y
mataron entre o mes y mugeres bien cuatro mil o más (97).»
Tal era la justicia que proseguía haciendo don Sancho el Bravo. Llegado a
Toledo, supo que allí se habían cometido muertes, robos, violencias y otros
crímenes; se informó de que el alcalde mayor Garci Álvarez no los había
castigado como debía, y mandó matar al alcalde, a su hermano Juan Álvarez, y a
muchos otros principales caballeros. Otro tanto hizo en Talavera y en Ávila con
los malhechores, o acaso sediciosos que habían perturbado el país. Por medio de
estos sumarios procedimientos restituía don Sancho el sosiego a las
poblaciones.
Alarmó
por este tiempo y desazonó a muchos nobles y caballeros castellanos el favor y
privanza que dispensó el rey a don Juan Núñez de Lara, que se había hecho
célebre en Aragón en el reinado de Pedro el Grande por las guerras y disturbios
que desde Navarra no había cesado de mover como aliado interesado y venal del
rey de Francia. Ligado ahora con el de Castilla contra el de Aragón, preferido
por don Sancho sobre todos los demás nobles y barones, y nombrado adelantado de
la frontera aragonesa, muchos caballeros antes privados del rey y ahora no sin
fundamento resentidos y celosos del nuevo favorito, discurrieron indisponerlos
y desavenirlos entre sí por medio de escritos anónimos y cartas apócrifas con
sellos contrahechos (que ya entonces se conocían y practicaban tan innobles y
dañosas invenciones), en que avisaban al de Lara, que el rey meditaba
asesinarle. Creyolo don Juan Núñez recordando el ejemplo de don Lope Díaz en
Alfaro, y saliose de Valladolid huyendo del rey. Habló la reina con el de Lara,
hízole ver la falsedad de aquel aviso, le convenció de lo ajeno que el rey
estaba de las intenciones y proyectos que le atribuían, y logró que se viesen y
reconciliasen. Mas habiendo pedido el de Lara algunos castillos en rehenes y
seguridad de aquella avenencia, desconvinieron sobre esto, y entonces don Juan
Núñez se pasó al rey de Aragón, y uniéndose a los confederados hizo cruda
guerra al de Castilla por la parte de Cuenca y Alarcón. De nuevo intervino la
reina, que, aunque acababa de dar a luz otro hijo en Valladolid, nunca y en
ningún estado tenía pereza para acudir donde su consejo o influjo pudiera ser
útil al rey y al reino. Después de muchas negociaciones accedió don Juan Núñez
a volver a Castilla y a renovar su amistad con don Sancho; pero exigiendo ahora
en rehenes, ya no solo castillos sino los principales ricos-hombres y
caballeros que en la fortaleza de Moya se hallaban, y que además su hijo don
Juan Núñez había de casar con doña Isabel de Molina, sobrina de la reina, con
todos sus derechos sobre el señorío de Molina. Otorgóselo todo don Sancho, y
todo se cumplió, que a tal necesidad se veían entonces reducidos los reyes, y
tales pactos se veían obligados a hacer con sus súbditos más revoltosos y más
osados (1290).
Pero otra vez el de Lara en Castilla, otra vez y muy
brevemente volvieron a jugar las tramas y los chismes de los otros magnates,
las denuncias misteriosas, las cartas fingidas (98) , las desavenencias del de Lara y el rey, las pláticas de
la reina, las reconciliaciones momentáneas, los castigos horribles a los
delatores, al modo que Sancho el Bravo acostumbraba a hacerlos, hasta que al
fin el receloso y suspicaz don Juan Núñez, de por sí bullicioso y voluble y
amigo de reyertas y novedades, no contento con declararse contra el rey, le
suscitó otro enemigo en Galicia, en la persona de don Juan Alfonso de
Alburquerque para que le incomodara y distrajera por aquel punto extremo del reino.
Para acudir a lo de Galicia, pareciole conveniente a don Sancho (sin que las
crónicas nos expliquen las razones de conveniencia que para ello tuviese) poner
en libertad al infante don Juan su hermano, sacándole del castillo de Curiel,
en que entonces se hallaba (1291), y llevado a Valladolid, prestó allí
juramento de fidelidad al rey y su sobrino Fernando como sucesor de su padre en
el trono. Pasó después de esto don Sancho a Galicia donde se manejó tan
hábilmente que sosegó el país y aun logró atraer a su servicio al mismo
Alburquerque. Acercose después a la frontera de Portugal para tener unas vistas
con el rey don Dionís que había manifestado desearlo, y en ellas se ajustó el
matrimonio de futuro del primogénito de Castilla don Fernando que contaba entonces
seis años, con la princesa doña Constanza de Portugal, que acababa de nacer. En
cuanto al de Lara, fuese por último para el rey de Francia, de donde conviniera
más que no hubiera venido nunca a acabar de perturbar el reino.
Ya antes de estas cosas (1290) se había
realizado la entrevista tantas veces propuesta, acordada y aplazada de los
reyes de Francia y de Castilla en Bayona. Después de varias pláticas arreglaron
los dos soberanos su pleito, como entonces se decía, renunciando Felipe de
Francia a toda pretensión al trono de Castilla en favor de Alfonso de la Cerda,
y obteniendo en remuneración para el infante el reino de Murcia, a condición de
reconocer homenaje a la corona de Castilla. Mas lo que complació muy especialmente
a don Sancho, y todavía más a la reina, fue la promesa que por un artículo
expreso del tratado les hizo de emplear todo su valimiento para con el papa a
fin de alcanzar la dispensa matrimonial tan deseada, y con tanta instancia y
solicitud, aunque infructuosamente, por ellos pedida, como en efecto se obtuvo
andando el tiempo, con indecible satisfacción de los dos esposos, que se amaban
entrañablemente. La muerte de Alfonso III de Aragón, ocurrida en 1291, y el
advenimiento al trono aragonés de Jaime II su hermano (de que más detenidamente
en la historia de aquel reino trataremos), dieron nuevo y diferente giro a las
relaciones y negocios de ambas monarquías. Jaime II que no tenía prevenciones
contra Sancho de Castilla, propúsole su amistad y le pidió la mano de su hija
la infanta Isabel, aunque niña de nueve años. Sancho que meditaba ya la célebre
expedición, de que luego hablaremos, contra los moros de Andalucía, y que no
veía en aquella alianza nada contrario al tratado de Bayona, no vacilo en
aceptarla, convidando al aragonés a que se viesen en tierra de Soria. Hízose
así, y no solamente quedó concertada la boda del de Aragón con la infanta
Isabel de Castilla para cuando ésta cumpliese doce años, sino que ofreció
también don Jaime asistir al castellano con once galeras armadas para aquella
guerra. No llevó a mal Felipe de Francia este asiento de los dos monarcas
españoles, antes bien cuando se le comunicó don Sancho, contestole dándole su
aprobación, «y que fincasen las posturas y amistades entre ambos, según que
antes estaban (99)».
Veamos
ahora cómo acaeció el suceso que hizo célebre el reinado de Sancho el Bravo. El
nuevo emir de Marruecos Yussuf Abu Yacub estaba irritado contra el rey de
Granada Mohammed II. por la manera
. poco noble con que había ganado al wali de
Málaga y apartándole de la obediencia del emir africano. Resuelto éste a
vengarse del granadino, pasó con sus tropas a Algeciras y procedió a poner
sitio a Vejer. El de Granada había renovado sus pactos de amistad con Sancho de
Castilla, y en su virtud una flota castellana, al mando de Micer Benito
Zacharía de Génova, fue en auxilio de Mohammed. Temeroso el africano de que le
fuera cortada la retirada, apresuróse a regresar a Algeciras, y de allí se
embarcó para Tánger. Allí mismo le fue a buscar el intrépido genovés, almirante
de la escuadra castellana, y a la vista del emir y de las numerosas kabilas que
había reunido, quemó todos los barcos sarracenos que había en la costa de
Tánger (1292). Afectado con este desastre el rey de los Merinitas partió lleno
de despecho a Fez, donde le llamaban atenciones urgentes del Estado (100)Sancho
de Castilla, queriendo sacar fruto de la retirada de Yussuf y de la quema de
sus naves, determinó apoderarse de Algeciras, y aunque el rey de Portugal se
excusó con buenas razones de darle el auxilio que le pedía para esta empresa,
reunió sus huestes y llegó con ellas a Sevilla acompañado de la reina, que le
seguía a todas las campañas, en cualquier estado que se hallase, que era en
aquella sazón bien delicado, puesto que a los pocos días de llegar nació en
Sevilla el infante don Felipe. Tan luego como recibió la flota que había hecho
armar en los puertos de Galicia, Asturias y Castilla, diose la armada a la
vela; y aunque el intento era cercar a Algeciras, el rey por consejo de los
jefes y capitanes decidió poner sitio a Tarifa, plaza más fronteriza de África,
y que dominaba mejor el estrecho. Combatiéronla pues los castellanos por mar y
tierra tan fuertemente, que el 21 de setiembre (1292) cayó en su poder tomada a
viva fuerza. Dejó en ella una fuerte guarnición, y encomendó su gobierno a don
Rodrigo Pérez Ponce, maestre de Calatrava, a quien se obligó a pagar para los
gastos del sostenimiento dos millones de maravedís por año, cantidad para aquel
tiempo exorbitante, y él regresó a Sevilla bastante enfermo de las fatigas que
había sufrido en el sitio.
Sin
embargo, el maestre de Calatrava solo tuvo el gobierno de Tarifa hasta la
primavera del año siguiente, que un ilustre caballero castellano ofreció al rey
defenderla y gobernarla por la suma anual de seiscientos mil maravedís. El rey
aceptó la proposición y el maestre de Calatrava fue reemplazado por Alfonso
Pérez de Guzmán el Bueno, señor de Niebla y de Nebrija, que habiendo estado
antes al servicio del rey de Marruecos asistiéndole en las guerras contra otros
príncipes africanos, según en otra parte hemos tenido ya ocasión de indicar,
había adquirido en África una inmensa fortuna, con la cual había comprado en
Andalucía grandes territorios, y unido esto al señorío de Sanlúcar de
Barrameda, heredado de sus padres, le hacia uno de los más opulentos y
poderosos señores de la tierra.
Un año trascurrió sin guerra formal por
aquella parte, en cuyo tiempo no faltaron a Sancho de Castilla asuntos graves
en que ocuparse dentro de su propio reino. Habiéndole encomendado el monarca
francés la delicada misión de procurar un concierto entre su hermano Carlos de
Valois y el rey don Jaime de Aragón, bajo la base de que si el aragonés
renunciaba lo de Sicilia volviéndolo a la Iglesia, el de Valois renunciaría
también la investidura del reino de Aragón que el papa le había dado; habló
primeramente don Sancho con su tío don Jaime en Guadalajara, y no fue poco
lograr el reducir a los dos príncipes contendientes a celebrar con él una
entrevista en Logroño, y tratar allí personalmente entre los tres los pleitos y
diferencias que sobre derechos y posesión de reinos entre sí traían. Túvose en
efecto la reunión en Logroño (1293), más como no se concertasen el de Francia y
el de Aragón en lo relativo a Sicilia, partiéronse desavenidos, quedándole al
castellano el sentimiento de ver frustrada su mediación, aunque con la
satisfacción de haber hecho lo que estaba de su parte para traerlos a términos
de concordia. Otro mayor disgusto tuvo en este tiempo don Sancho, y fue que su
hermano el infante don Juan, a quien acababa de sacar de su prisión, pero a
quien se conoce no agradaban ni la fidelidad ni el reposo, habíase alzado de
nuevo contra su hermano, moviendo asonadas en unión con don Juan Núñez el Mozo,
el hijo del otro don Juan Núñez que se había retirado a Francia. Perseguidos
activamente y acosados por el rey los dos rebeldes, el Núñez imploró la
indulgencia del monarca, y viniéndose a él le juró que le serviría fielmente y
así lo hizo: el infante se refugió a Portugal, desde donde hacía a su hermano
don Sancho cuanto daño podía. Con estas nuevas el inquieto don Juan Núñez el
Viejo vínose otra vez de Francia a Castilla, y poniéndose al servicio del rey
emprendió, en unión con sus dos hijos don Juan y don Nuño, una guerra viva
contra el infante, cuyos pormenores y vicisitudes es innecesario a nuestro
intento referir. Lo importante fue que habiendo reclamado el rey de Castilla
del de Portugal la expulsión de sus tierras del turbulento infante en
conformidad a los tratados que entre ellos mediaba, salió el revoltoso don Juan
de aquel reino para el de África con el intento que vamos a ver.
Tan luego como el rebelde infante castellano
llegó a Tánger, ofreció al rey Yussuf de Marruecos, que se hallaba en Fez, que
si ponía a su disposición algunas tropas recobraría para él a Tarifa,
arrancándola del poder de su hermano. El emir ordenó a sus caudillos que le
acompañaran con cinco mil zenetas de caballería, con cuya hueste y con las
tropas que de Algeciras le dieron, puso el infante don Juan su campo delante de
Tarifa, y comenzó a batir sus muros con toda clase de máquinas e ingenios que
entonces se usaban. Defendía la plaza con valor y con inteligencia Alfonso
Pérez de Guzmán. «Apurado el príncipe Juan, dice el historiador arábigo, por no
poder cumplir la palabra que había dado al rey, acordó de probar por otra vía
lo que por fuerza no era posible.» El recurso a que apeló don Juan había de
dejar memoria perpetua en los siglos por el rasgo de grandeza y de patriotismo
a que dio ocasión. Tenía el infante en su poder un tierno mancebo, hijo de don
Alfonso de Guzmán, al cual colocó frente a la muralla de Tarifa, y envió a
decir a Guzmán que si no le entregaba la plaza podía ver desde el muro el
sacrificio que estaba resuelto a hacer de su hijo. Lejos de doblegarse por esto
el ánimo heroico de Guzmán, antes querré, contestó, que
me matéis ese hijo, y otros cinco si los tuviese, que daros esta villa que
tengo por el rey (101). Y arrojando desde el adarve al campo su
propio cuchillo, se retiró. El infante don Juan (¡indigna y cobarde acción que
nos duele tener que referir de un príncipe castellano!) degolló al tierno hijo
de Alfonso con el cuchillo de su mismo padre, y llevando más allá su ruda
barbarie, hizo arrojar la cabeza a la plaza con una catapulta para que su padre
la viese. Barbarie inútil, puesto que lejos de consternar a Alfonso la vista de
la sangrienta prenda, le animó a defender con más bravura la plaza, tanto que
al fin el príncipe cristiano y sus auxiliares musulmanes tuvieron que abandonar
el cerco y retirarse vergonzosamente a Algeciras (102).
Este rasgo de inaudita y ruda heroicidad valió a Alfonso el renombre con que le
conoce la posteridad de Guzmán el Bueno (1294).
Viendo
el rey de los Beni-Merines que perdida Tarifa no podría conservar a Algeciras
contra las fuerzas y el poder naval de don Sancho, prefirió dársela al rey de
Granada por una cantidad de metales de oro, a fin de que no saliese del dominio
de los musulmanes, y en su virtud se posesionó de ella Mohammed de Granada,
quedando de este modo los africanos sin una sola posesión en la península
española, «y Abu Yacub, dice su historia, cuidó de sus cosas de África, sin
pensar más en Andalucía.»
Las vicisitudes de la suerte trajeron otra
vez por este tiempo a Castilla al infante don Enrique, hijo de San Fernando y
tío del rey, aquel príncipe valeroso y aventurero, que después de haber estado
en Túnez y peleado en Sicilia en favor de Conradino, había sido encerrado en
una prisión por Carlos de Anjou en la Pulla, y a quien al cabo de veinte y seis
años acababa de poner en libertad en virtud de un tratado el rey Carlos el
Cojo. Recibiole don Sancho muy bien, y señaló grandes heredades y tierras para
su mantenimiento. Este príncipe después de tantas aventuras por extraños reinos
estaba destinado todavía a causar no pocas perturbaciones y a correr nuevos
azares en España. Don Sancho le llevó consigo, juntamente con los hijos de don
Juan Núñez, a la última de sus expediciones bélicas, cuyo objeto fue acabar de
expulsar de Vizcaya al rebelde don Diego López de Haro, que aun andaba
revolviendo el país.
Habíasele ido agravando a don Sancho la
enfermedad que contrajo en el sitio de Tarifa, y como se aproximase el invierno
(1294), vínose para Alcalá de Henares, donde quiso prevenirse para el caso de
muerte que no veía lejana, otorgando su testamento ante el arzobispo de Toledo
y otros prelados, su tío el infante don Enrique y muchos ricos-hombres y
maestres de las órdenes militares. En él señalaba por heredero del trono a su
primogénito don Fernando, y atendida su corta edad, que era de nueve años
solamente, nombraba tutora del rey y gobernadora del reino hasta la mayoría del
príncipe a la reina doña María de Molina, señora de gran prudencia y
entendimiento. A don Juan Núñez le recomendó mucho que no abandonara nunca al
príncipe su hijo «hasta que tuviese barbas,» según expresión de la crónica, y
él lo ofreció así bajo juramento. Hízose luego trasladar a Madrid, y de aquí
fue llevado en hombros humanos a Toledo, donde al cabo de un mes (abril de
1295), recibidos con cristiana devoción todos los sacramentos de la Iglesia,
expiró a poco más de la media noche del 25 de abril a los treinta y seis años
de edad no cumplidos y a los once de su reinado (103) Diósele sepultura en la catedral de Toledo
en una tumba que él mismo se había hecho erigir cerca de la de Alfonso VI (104).
Alfonso VIII
Alfonso IX
Fernando III
Alfonso X
Sancho IV (siendo Rey)
ESTADO SOCIAL DE ESPAÑA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIII
CASTILLA
DE 1252 a 1295
Con el reinado de Alfonso el Sabio comienza
un nuevo período en la vida social de España. Desde Covadonga a Toledo es la
nación que pugna por vivir; desde Toledo a Sevilla es la nación que vive y se
robustece luchando; desde Sevilla a Granada es la nación que trabaja en
organizarse. De Pelayo a Alfonso VI es la infancia y la pubertad de la nueva
sociedad española: del sexto al décimo Alfonso es su juventud y su virilidad:
de Alfonso el Sabio a Isabel la Católica será su madurez y su decrepitud;
aquella decrepitud, que lleva en su muerte el germen de otra vida que sin dejar
de ser nueva es la continuación de la antigua; es más bien que una nueva vida
una nueva forma de ser y de existir: es el retoño que brota para vivir y crecer
lozano, de las raíces del árbol viejo que se seca y muere, siendo otro árbol
sin dejar de ser el mismo. Así hemos visto nacer la edad media de la edad
antigua, y así veremos nacer la edad moderna de esta edad media, en cuyo tercer
período hemos entrado.
Al lado de este pueblo y de esta nacionalidad
se ha formado y crecido otro pueblo y otra nacionalidad que no es la
castellana, aunque es también española: es el pueblo y la nacionalidad
aragonesa. También Aragón cuenta sus tres períodos de edad media como Castilla.
Desde el Pirineo a Zaragoza es la nación que pugna por vivir; desde Zaragoza a
Valencia es la nación que se robustece peleando; desde Valencia a Granada,
donde se refundirá en Castilla, es la nación que trabaja por organizarse. De
Iñigo Arista a Alfonso el Batallador es la infancia y la pubertad de la
sociedad aragonesa; del primer Alfonso a Jaime I es su juventud y su virilidad;
de Jaime I a Fernando II será su madurez y su decrepitud; decrepitud que
llevará en su muerte el germen de otra vida, de otra forma de ser, que sin
dejar de ser nueva será la continuación de la antigua.
Aragón, hijo emancipado de Navarra, en su
robusto desarrollo ha ido reasumiendo en sí todos los elementos de vida de la
España Oriental, Aragón, Cataluña, Valencia, las Baleares, todo es Aragón.
Castilla, hija emancipada de Asturias y León, ha ido concentrando en sí todo lo
que se extiende de Norte a Mediodía: Galicia, Asturias, León, Extremadura,
Castilla y Andalucía, todo es Castilla. En Aragón a la mitad del siglo XIII no
ha quedado nada por conquistar de los moros; los hijos de don Jaime no tienen que
hacer sino conservar. Este pueblo se ha apresurado a cumplir la primera parte
de su misión, la de expulsar los enemigos de la fe y recuperar una patria
perdida. En Castilla ha quedado todavía Granada. Fortuna fue para San Fernando
el haber vivido menos que don Jaime, porque lleno de gloria en la tierra pasó
más pronto a gozar de otra mayor gloria en el cielo; pero fue desgracia para
los castellanos, porque les dejó todavía una tarea penosa que llenar. Sin
embargo, aunque la reconquista no quedó terminada, quedó por lo menos decidida.
Por tanto, así como la obra principal de los
españoles hasta don Jaime y San Fernando, y la necesidad apremiante de España,
era la lucha y el material vencimiento de los enemigos exteriores, la
adquisición y ensanche de territorio, luchar para vencer y vencer para poder
vivir, sin que por eso dejara de ir marchando lentamente la sociedad española
hacia su organización; así, desde aquella época en orden inverso, la fuerza y
la vitalidad de la sociedad española se gasta principalmente en organizarse y
constituirse política y civilmente, sin que por eso deje de emplear de tiempo
en tiempo un resto de su vigor en ir consumando lentamente la reconquista
material. La obra de su organización es poco menos laboriosa y poco menos
sangrienta que la de la reconquista; las naciones como los individuos aprenden
a costa de sufrir, y cuando les parece que han llegado a comprender las reglas
de la vida es cuando mueren para pasar a otra vida nueva. Es el destino de la
humanidad colectiva como de la humanidad individual.
En este período que abarca nuestro capítulo,
la vida política de ambos pueblos, Castilla y Aragón, es casi igualmente
activa, turbulenta y agitada. Pero Castilla se reconcentra en sí misma, y su
vida es toda interior. Mientras Aragón rebosando vitalidad y robustez, cuando
le faltan conquistas que hacer dentro de sus propios límites, se sale fuera de
sí mismo, se desborda, se lanza los mares adelante, se derrama por África y
Europa, hace sentir en todas partes el peso de sus barras, influye, obra o
interviene en todas las cuestiones del mundo, conmueve los imperios de Oriente
y Occidente, concita contra sí con su audacia la tiara y las coronas y les
resiste solo: redime y hace suya la Sicilia, domina y aterra en Calabria,
intimida a Nápoles, cercena los dominios de Roma, vence a Francia, e Inglaterra
hace vanidad y alarde de ser su amiga. Aragón asusta al mundo con sus empresas
exteriores, con su política interior le admira y asombra. La magnitud de los
pensamientos, la grandeza de los sucesos, el interés histórico de España en
este período está más en Aragón que en Castilla. Veamos, no obstante, de qué
modo influyó cada reinado en el engrandecimiento y civilización de España, y en
su marcha y condición social, comenzando por Castilla, según nuestro orden
establecido, atendiendo siempre a ser la monarquía madre.
I. Alfonso el Sabio de Castilla es un ejemplo
insigne de que un monarca ilustrado y docto, dotado de grandes cualidades
personales, puede ser desgraciado en la gobernación de su reino. En nuestro
discurso preliminar dijimos: «Castilla después de San Fernando hubiera
necesitado otro rey conquistador, y tuvo un rey Sabio. Pensó en hacer leyes más
que en acabar de expulsar a los moros, y se difirió por más de dos siglos la
reconquista (105).» En
efecto, Castilla con otro rey como San Fernando hubiera llevado a cabo la
restauración, y Granada y Gibraltar hubieran dejado de pertenecer a los
musulmanes. Si algún testimonio se necesitara de ello, daríalo bien patente la
facilidad con que Alfonso, siendo como era, recobró a Jerez, Arcos, Niebla, y
mucha parte del Algarbe. En rigor ni Alfonso dejaba de pensar en la expulsión
de los infieles, ni le perjudicaron tanto para ello sus ocupaciones literarias
como la debilidad de su carácter, el poco tacto para tratar a sus súbditos,
nobles y pueblo, y la falta de tesón para proseguir sus empresas comenzadas.
Si oyéramos decir: «hubo un rey en Castilla,
que a la edad de treinta y un años, la edad en que hay más vigor en el espíritu
y más robustez en la diestra para manejar un cetro, heredó los más vastos
dominios que hasta entonces hubiera poseído ningún monarca castellano,
Asturias, Galicia, León, Extremadura, Castilla, Murcia, Jaén, Córdoba y
Sevilla, y este rey, después de reinar treinta y dos años y habiéndole sido
además ofrecida una corona imperial, murió pobre y oscuramente, desamparado de
sus hermanos, abandonado de su esposa, de sus propios hijos, perseguido por los
nobles, menospreciado de su pueblo, de ese pueblo castellano amante de sus
reyes, con su corona empeñada en poder de un príncipe africano, infiel y
enemigo, por algunas doblas de oro para poder vivir algún tiempo con el precio
de su postrer alhaja: si esto oyéramos decir de un monarca castellano sin que
se nos revelara su nombre, exclamaríamos: «¡bien falto de capacidad y de
virtudes debió ser ese monarca para que así cayera de la cumbre de tan alto
poder al abismo de tanta pobreza y desventura!» Mas si seguidamente se nos
añadiera: «Sabed que ese rey de Castilla fue uno de los más esclarecidos
soberanos que tuvo España; sabed que ese rey de Castilla fue un príncipe de
privilegiado ingenio, de altas y sublimes concepciones, que tenía asombrado al
mundo con su erudición y con su ciencia; sabed que ese rey de Castilla fue un
filósofo ilustre, fue un historiador admirable, hablista elocuente, poeta
fecundo, insigne matemático y astrónomo, y sobre todo, fue un legislador que no
tuvo igual ni en su siglo ni en muchos siglos después; sabed que ese rey de
Castilla fue el autor de la Crónica General de España, de
las Cántigas y Querellas, de las Tablas
Astronómicas, del Espéculo, del Fuero Real y
de las Siete Partidas: sabed en fin, que ese rey de Castilla
fue aquel don Alfonso a quien la posteridad ha honrado con el sobrenombre
de el Sabio;» entonces, si no supiésemos su historia, crecería
nuestro asombro, y no acertaríamos a comprender fenómeno tan extraño.
Por lo mismo, y para que la historia pueda
servir de enseñanza a reyes y pueblos, es fuerza examinar cómo y por qué causas
un monarca dotado de eminentes cualidades individuales puede desempeñar el
cargo de la gobernación tan erradamente que ocasione su propia ruina y hasta la
decadencia de su reino. Esto nos conducirá al propio tiempo al conocimiento del
estado social de la monarquía castellana en aquella época, y al del influjo que
ejerció este reinado en su suerte y en su porvenir.
Había en Castilla (y era consecuencia de
causas que anteriormente hemos explicado) una nobleza que por lo poderosa llegó
a hacerse insolente: San Fernando, príncipe de gran tacto político, sino de un
prodigioso talento, conoció la necesidad de cortar el vuelo a los orgullosos
magnates que se iban remontando a demasiada altura en alas de su desmentido
poder; y lo logró a fuerza de prudencia y de energía; hízolos sumisos
haciéndolos menos grandes: abolió el título y dignidad de conde; y valiéndose
con preferencia para el gobierno del reino de letrados y hombres buenos de las
ciudades, elevó la clase media e ilustrada y rebajó el poderío e influencia de
la aristocrática y noble. Apartándose de este ejemplo su hijo Alfonso y
siguiendo opuesto camino y sistema, aumentó con pródiga liberalidad las rentas
y cuantías, y con ellas el poder de los grandes, y creyendo hacérselos más
afectos y amigos y mejores servidores los hizo más soberbios, díscolos y
exigentes (106). Un
don Nuño de Lara, que llegó a tener en tiempo de Alfonso trescientos caballeros
por vasallos, con los humos y la altivez hereditaria de su casa y familia, no
podía ser un servidor sumiso del rey, sino un pretencioso rival del monarca,
como lo fue. Así en su línea los demás. De modo que teniendo en cuenta las
tradiciones históricas, los hábitos de la nobleza, las concesiones imprudentes
del rey, el carácter débil de Alfonso, no se extraña ver a aquellos nobles,
peticionarios exigentes en Lerma, retadores amenazantes en Burgos, rebeldes
declarados en Granada, aliados de los moros y peleando como enemigos contra los
amigos de su soberano en los campos de Antequera, y prestándose como quien
otorga merced a pactos de avenencia con su soberano como de poder a poder en
Córdoba y Sevilla.
Y era tanto más de extrañar el débil proceder
de Alfonso para con los nobles, cuanto que su suegro don Jaime de Aragón, al
despedirse de él en Tarazona al regreso de las bodas del príncipe Fernando en
Burgos, entre varios consejos que le dio para la tranquilidad y buen gobierno
de sus reinos le señaló ya la línea de conducta que había de seguir «para
destruir la parcialidad de los ricos-hombres y caballeros cuando se le alzasen
y desobedeciesen (107).» Cuanto más que no se ocultaba a su gran
entendimiento la causa y fin verdadero de aquellos movimientos tumultuarios, y
bien lo expresó el mismo Alfonso en una carta al infante don Fernando su
primogénito: «Y estos ricos-omes (le decía) no se movieron contra mí por razón
de fuero, nin por tuerto que les yo ficiese: ca fuero nunca se lo yo tollí... E
otro sí, aunque tuerto se lo hubiera hecho el mayor del mundo, pues que gelo
quería enmendar a su bien vista dellos, non avían por que más demandar. Otrosi
por pro de la tierra non lo hacen... Mas la razón por que lo hicieron fue
esta, por querer siempre tener los reyes apremiados, y llevar ellos lo
suyo... Y así como los reyes los apoderaron y los honraron, ellos
pugnaron en los desapoderar y deshonrar en tantas maneras que serían muchas de
contar y muy vergonzosas. Este es el fuero y el pro de la tierra que ellos
quisieron siempre... (108)»– Mas a pesar de conocer los torcidos
designios que impulsaban a los turbulentos próceres a mover, con achaque de pro
comunal, tales demandas, pleitos y querellas, Alfonso no solo careció de vigor
para rechazar sus anárquicas peticiones y disolver sus asonadas, sino que, a
más de otorgarles privilegios en daño del pueblo, sufrió humillaciones y dejó
hollar importantes derechos de la corona. La condescendencia para con los
nobles alentaba también a los prelados, que a su vez casi con igual audacia le
hacían sus particulares peticiones hasta el punto «que quisiéralos echar del
reino,» mas «por evitar alteración y por tener contra sí al papa,» como dice la
crónica, encomendaba la decisión de sus quejas a jueces que ellos mismos en
unión con otros del monarca eligiesen.
La diminución que con las indiscretas
concesiones a la nobleza padecían las rentas reales, obligábale a sobrecargar
de tributos al pueblo para ocurrir a los gastos y subvenir a las atenciones que
las empresas en que se metía demandaban, y esto le enajenaba el estado llano y
le concitaba el disgusto y la animadversión popular. Como un remedio a la
imposibilidad de exigir nuevos pechos recurría al ruinoso medio de la
alteración de la moneda. Por dos veces apeló a este expediente fatal, una casi
al principio, otra casi al fin de su reinado; lastimosa y palmaria prueba de
que el rey erudito y sabio no aprendía, ni en las costosas y elocuentes
lecciones de la experiencia, el arte de gobernar. Con el primer acto desazonó
al pueblo, con el segundo le exasperó hasta el punto de entregarse en brazos
del infante don Sancho, y dar ayuda al hijo que había de destronar al padre.
Acontece con frecuencia, en sucesos que
tienen entre sí relación y enlace, ser recíproca y simultáneamente causas y
efectos los unos de los otros, y esto cabalmente sucedía a Alfonso el Sabio en
la famosa cuestión de la corona imperial de Alemania. Las agitaciones y
disturbios interiores que su conducta por un lado, las ambiciones de los nobles
por otro motivaban, no le permitían salir del reino, como tantas veces lo
intentó, para proseguir personalmente su demanda; y mientras aquellas
turbaciones le impedían alcanzar la corona del imperio, las sumas inmensas que
en esta empresa invertía y los cuantiosos tributos con que tenía que
sobrecargar al pueblo producían a su vez mayor desabrimiento en sus súbditos, y
con esto crecía la dificultad de ceñirse la imperial diadema. De este modo su
falta de tacto político en España frustraba sus planes y pretensiones en
Alemania; su manera de conducir el negocio de Alemania le enajenaba los ánimos
y empeoraba la situación de su pueblo. Causas recíprocas, que influyendo mutuamente
y como de rechazo en sí mismas, produjeron el doble resultado, allá el de
correr el desafortunado príncipe tras el trono imperial como tras una sombra
vana, acá el de preparar la pérdida de su propia corona que nadie tenía derecho
a disputarle.
Por lo demás no calificaremos nosotros, como
vemos que lo hacen muchos, de descabellada empresa la pretensión de Alfonso X,
al imperio alemán. Su derecho era por lo menos tan bueno como el del príncipe
inglés Ricardo de Cornualles, su elección indisputablemente más legítima y más
espontánea, mayor su partido entre los príncipes germanos, abiertamente le
protegían las repúblicas y estados más poderosos de Italia. El monarca aragonés
que conquistó a Sicilia no se hubiera quedado sin el trono de Alemania en el
caso y con los elementos de Alfonso de Castilla. Faltole pues a éste facilidad
y resolución para salir de España cuando era invitado y pudiera haberle
convenido, y cuando se determinó a salir no solo había pasado la sazón, sino
que era ya caso desesperado. Cierto que le contrariaron los papas, pero al
menos debió haberlo conocido y se hubiera ahorrado el último desaire. No suelen
ser los hombres eruditos los que más conocen a otros hombres y los que mejor
penetran el corazón humano. Por este defecto volvió el rey Sabio de su
entrevista con el pontífice Gregorio X, desnudo de esperanza y lleno de afrenta
y de bochorno. Y no es que creamos nosotros que la posesión del imperio
germánico hubiera sido de gran provecho para Castilla. Ciertamente para los que
cifran las glorias de un estado en su material engrandecimiento y en la
extensión de sus dominios, habría sido muy lisonjero poder decir con orgullo en
el último tercio del siglo XIII: «Castilla domina en Alemania, Aragón en
Sicilia, España es la nación grande de Europa.» Mas los que tenemos el
convencimiento de que la dominación de extensos y remotos países, apartados del
centro de acción y de los naturales límites geográficos de un pueblo, suele ser
más efímera que sólida, más halagüeña que útil, y menos saludable que dañosa a
la verdadera grandeza y felicidad del pueblo dominador; los que abrigamos la
persuasión de que la unión de las coronas de San Fernando y de Carlo-Magno que
se realizó dos siglos y medio más tarde deslumbró más que aprovechó a los
españoles, y si acaso fue útil al mundo lo fue a costa de España, no sentimos
que Alfonso el Sabio corriera vanamente tras el cetro del imperio alemán;
duélenos, sí, que derramara allá infructuosamente los tesoros de su reino, que
empobreciera a Castilla, que disgustara a sus naturales súbditos, que acabara
de romper la cadena de los afectos que debe unir al monarca con su pueblo, y
que se difiriera la expulsión de los verdaderos enemigos de España, que eran
los musulmanes, indebidamente ya enclavados en territorio español desde Alfonso
el Sabio.
No opinamos lo mismo respecto a la cesión del
Algarbe o de una parte considerable de la comarca de este nombre, que Alfonso
décimo de Castilla hizo al tercero de Portugal, y a la generosidad con que más
adelante relevó del feudo a su nieto don Dionis. Creemos que en esto sacrificó
el monarca castellano los intereses de su pueblo a los afectos de familia, y
que sobre perjudicar a su pueblo desprendiéndose de un territorio y de un
derecho que pertenecía a la monarquía castellana quebrantó la misma ley fundamental
que él había establecido, cuando consignó en el código de las Partidas que una
de las cosas que había de jurar todo rey de Castilla había de ser «de
guardar siempre quel señorio sea uno, et que nunca en dicho nin en fecho
consientan, nin fagan porque se enagene nin se departa (109).» Y
si bien al poderoso don Nuño de Lara no le movería el interés de la patria
cuando se opuso a esta cesión, una de las causas de las desavenencias del de
Lara y otros magnates con el rey, por lo menos el monarca debió no dar a sus
súbditos pretextos de rebelión, ni disgustar al pueblo con medidas que tal vez
tuvieran más de impolíticas que de dañosas, pero que de ningún modo se pueden
calificar de prudentes. Si la ley que hemos citado no regia aun, porque todavía
no estaban en práctica y observancia las Partidas, la teoría de la
indivisibilidad estaba ya escrita y consignada en el gran libro, cuanto más en
el ánimo del rey que faltaba a ella.
En otra ocasión todavía más solemne, y en un
hecho mucho más trascendental obró aquel monarca en oposición a su propia
legislación. Al fijar en las Partidas el orden de suceder en el trono había
dicho: «Que si el fijo mayor (del rey) muriese antes que
heredasse, si dejasse fijo o fija, que oviesse de su mujer legítima, que aquel
o aquella lo oviesse, e non otro ninguno (110).» Con arreglo a esta ley, y habiendo dejado
a su muerte el infante primogénito don Fernando de la Cerda dos hijos
legítimos, hubiera debido el mayor de estos suceder a su abuelo en el trono,
con preferencia al infante don Sancho, hijo segundo del monarca. Y, sin
embargo, el rey Sabio designó e hizo jurar por su sucesor a don Sancho el
Bravo, causa de largas revueltas, guerras y reclamaciones. Comprendemos que
altas razones de conveniencia pública, que la salud del reino, suprema ley de
los estados, aconsejaran esta manera de obrar como la más política y prudente,
toda vez que don Sancho había sido reconocido por la mayor y más poderosa parte
del clero, de la nobleza, del pueblo y del ejército como príncipe sucesor y
heredero del trono, hubieran sido mayores los disturbios y males que hubiera
ocasionado la exclusión de don Sancho que los que le siguieron, y no fueron
cortos, de la de los infantes de la Cerda, y probablemente la declaración del
heredamiento de estos hubiera sido ineficaz. Las cortes del reino y la voluntad
de la nación y de los monarcas sucesivos sancionaron aquella elección y
aseguraron la sucesión en la línea derecha de don Sancho; pero de todos modos
no disculparemos la debilidad de Alfonso que le condujo a la necesidad de
quebrantar sus propias leyes para salvar la tranquilidad del Estado, y de pasar
por encima de derechos establecidos para favorecer a aquel mismo hijo de quien
no era difícil prever que había de pugnar por heredar en vida a su padre.
Una vez que Alfonso se puso a ser enérgico
llevó la energía hasta la violencia y la crueldad. Nos referimos a los
horribles suplicios de su hermano don Fadrique y de don Simón Ruiz señor de los
Cameros, ahogado el uno de su orden en Treviño y quemado el otro por su mandato
en Logroño. Suponiendo que fuesen delincuentes, también era de esperar que
fuesen procesados y juzgados, que para la probanza de los delitos y para la
justificación de las penas se instituyeron los procesos y los tribunales; pero
el autor de tan excelentes códigos de leyes no halló otra ley que su voluntad,
ni otra sentencia que su mandamiento para condenar y ejecutar a un rico-hombre
de Castilla, y al hijo de su mismo padre. ¡Tanto va del legislador al político,
del político al monarca, y del monarca al hombre! Nosotros que tan duramente
reprobamos la ejecución sin forma de proceso de los cuatro condes castellanos
por Ordoño II de León en los principios del siglo X (111),
mal podríamos ser indulgentes al ver empleados tan arbitrarios y rudos castigos
en los tiempos ya infinitamente más alumbrados de fines del siglo XIII y por un
monarca como Alfonso el Sabio.
Otro rasgo se nos recuerda de enérgica pero
violenta severidad del rey Alfonso. Comprendemos bien que en un arranque de
fundada indignación hiciera arrastrar por las calles de Córdoba al judío jefe
de los asentistas y principal recaudador de las rentas e impuestos, aquel Zag
de la Malea, que en vez de enviar los caudales al ejército de Algeciras los
entregaba al infante don Sancho para otros objetos y fines; pero la prisión
secreta de todos los judíos en un solo día, y el hecho de no darles libertad
hasta arrancarles la obligación de pagar doce mil maravedís diarios, fue un
medio vergonzoso de sacar dinero, y un acto que ningún historiador cristiano se
ha atrevido a aprobar, aun tratándose de la raza aborrecida de los hijos de
Israel.
Falto de ardor belicoso el hijo de San
Fernando, lo cual no nos maravilla en príncipe tan dado a las letras y a la
contemplación, más emprendedor que perseverante, más afecto a comenzar que
constante para proseguir, más convidado por la suerte que aprovechador de las
ocasiones que se le deparaban para ganar fama y prez, acometió muchas empresas
y en rigor no llevó a remate ninguna. Proyectó muchas veces realizar el
pensamiento de su padre de llevar la guerra santa al suelo africano, obtuvo
para ello muchas indulgencias de los pontífices, y los breves pontificios
quedaron sin efecto, porque Alfonso no salió de España. Tuvo pensamientos sobre
Navarra, y desistió a poco de intentar ponerlos por obra. Ofreciósele ocasión
de recuperar la Gascuña, pareció procurarlo, aunque flojamente, y acabó por
cederla él mismo al príncipe Eduardo de Inglaterra. Quiso recobrar a Algeciras,
y nos costó la derrota de un ejército, la destrucción de una armada, y una
retirada desastrosa. Ganó o recuperó el Algarbe, y le cedió a Portugal.
Revolucionáronse los moros andaluces y murcianos, y tuvo don Jaime de Aragón
que ayudarle a someterlos, y reconquistar para él a Murcia. Fiose en las
engañosas palabras del rey moro de Granada, y el emir granadino le burló como a
un inocente de gran talento. En la cuestión con el rey de Francia sobre los
infantes de la Cerda accedió a desventajosos conciertos y sucumbió a
humillantes concesiones. Débil con el rey de Aragón, no fue más fuerte con el
de Portugal. El infante don Sancho, príncipe sin ciencia, deshacía y frustraba
las negociaciones políticas del rey sabio, y la bravura bélica del hijo hacía
resaltar la irresolución del padre para la guerra. En las últimas cortes de
Sevilla acabó Alfonso de descubrir sus débiles condescendencias como soberano, y
sus errores y desaciertos como administrador, y el pueblo que amaba ya a Sancho
porque era resuelto y valeroso y arrojado en el pelear con los infieles,
abandonó al monarca y proclamó rey al infante.
Tales fueron a nuestro juicio y según
nuestros datos históricos las causas que principalmente influyeron en que un
rey del esclarecido ingenio y de las apreciables prendas intelectuales y
morales de Alfonso el Sabio no acertara ni a prevenir su propia desventura ni a
evitar los males que experimentó el reino. Menester es, no obstante, proclamar
que ni todo fue culpa suya, ni merecía Alfonso la situación amarga en que llegó
a verse. Mucho hubo de infortunio, y no poco también de ingratitud. Los nobles,
de por sí turbulentos y díscolos, fuéronle más ingratos cuanto debieran estarle
más reconocidos. Los príncipes de su misma sangre, hijos y hermanos,
desamparáronle en ocasiones sin causa justificada, y sin motivo que los abone
le fueron a veces rebeldes y hostiles, como en otro tiempo le aconteció a
Alfonso III el Grande de Asturias, y no se distinguió ciertamente la
descendencia de San Ferrando ni por el amor y sumisión a los legítimos poderes,
ni por los afectos de familia. Un príncipe que así se vio por tan pocos ayudado
y por tantos mal correspondido, no es maravilla que ni se hiciese venturoso a
sí mismo ni hiciese venturoso el reino cometido a sus cuidados.
II. A vueltas de tales adversidades Castilla
iba mejorando y progresando en su organización política y social, que tal es la
índole y tal el destino providencial de las sociedades humanas. Fijábanse ya
las doctrinas y se asentaban las bases del buen gobierno de los estados. Se
reconocían y consignaban las leyes y principios fundamentales de una monarquía
hereditaria, la unidad e indivisibilidad del reino, la sucesión en línea
derecha de mayor a menor en el orden de primogenitura, y la de las hembras a falta
de varones (112), la
centralización del poder en el jefe del Estado, las atribuciones y facultades
propias de la soberanía, así como las obligaciones que los monarcas contraían
con su pueblo. Y no es que estos principios fuesen hasta entonces desconocidos,
y que algunos ya no se observasen en la práctica, sino que se consignaron y
escribieron en cuerpos de leyes destinados a servir de cimiento al edificio de
la monarquía castellana, y esto fue principalmente debido a aquel ilustre
soberano cuyos errores prácticos, hijos de su carácter y temperamento, hemos
notado con dolor.
Las cortes desde Alfonso X comienzan a
reunirse con más frecuencia, y se va consolidando la institución, si bien
sufriendo aquellas alteraciones y modificaciones propias de la situación de un
pueblo que se está organizando y cuyas necesidades varían según los accidentes
de su vida social. Sin asiento fijo ni el rey ni la corte del reino,
congregábase aquel cuerpo nacional en el punto que las circunstancias
aconsejaban en cada caso. No siempre concurrían todas las clases, prelados,
nobles, maestres de las órdenes y procuradores de las ciudades; a veces
asistían solamente el clero y las clases privilegiadas, a veces solo el estado
llano, o sea los diputados del pueblo: y aunque en lo común representaban las
cortes el conjunto de los diferentes reinos que formaban la monarquía
castellana no era raro ver convocar solamente los ricos-hombres y procuradores
de León, o de León y Castilla, o bien de Andalucía. Variaba pues, y esto era
muy frecuente, el punto de reunión de las cortes; variaba igualmente el período,
que nunca era fijo; variaban también, aunque no tanto, las clases, brazos o
estamentos que a ellas concurrían, y tampoco estaba determinado el número de
los procuradores, si bien comúnmente eran dos los síndicos nombrados por cada
ciudad. En lo que había más regularidad era en congregarse y deliberar
separadamente cada brazo, o estado, y en formular y dirigir sus particulares
peticiones (113).
Alfonso el Sabio prevenía ya que las cortes
hubieran de reunirse necesariamente dentro de los cuarenta días siguientes a la
muerte del rey, así para reconocer y jurar al que de derecho heredase el reino,
con tal que fuese ome para ello, et non oviese fecho cosa porque
debiese perder el regno, como para entender en los graves negocios que
naturalmente habían de ocurrir en el principio de cada reinado, debiendo el
nuevo rey por su parte jurar que no enajenaría, ni departiría el reino, y que
conservaría los fueros, franquezas y libertades de Castilla. Este derecho, el
de elegir y nombrar los tutores y guardadores del rey, cuando el monarca no los
dejase nombrados, prescribiendo que fuesen uno, tres, o cinco, y no más, el de
dirigir peticiones y quejas al soberano, y el de conceder y votar los servicios
e impuestos e intervenirlos, eran las principales atribuciones de las cortes en
la época que examinamos. Las facultades que se arrogaron en esta última materia
fueron tales, que en las de Valladolid de 1258 se llegó a poner tasa a los
gastos de la casa real, se asignó para comer al rey y a la reina 150 maravedís
diarios, y se previno al rey que mandase a los que se sentaban a su mesa que
comiesen más mesuradamente, y que no ficiesen tanta costa como facian. Por
lo común los procuradores presentaban respetuosamente y por escrito al monarca
las peticiones de lo que creían conveniente al pro común, o que en los poderes
les habían sido señaladas, y el monarca concedía o negaba, u ofrecía otorgar en
todo o en parte; a su vez el rey pedía a las cortes los servicios o subsidios
que contemplaba necesarios, y los estados accedían o no a su demanda, según lo
aconsejaba la necesidad o la conveniencia pública del reino, y según la
situación de escasez o de desahogo en que los pueblos se hallaban. Esta
petición de servicios a las cortes, de que se empieza a hacer uso muy frecuente
en el reinado de Alfonso el Sabio, siguió practicándose constantemente después
por todos sus sucesores. La cantidad pecuniaria que con el nombre de servicio
se pagaba, debería ser generalmente muy módica, pues de otro modo no puede
explicarse que en un mismo año se pidiesen y otorgasen, como aconteció en
muchas ocasiones, dos, tres, cuatro, y hasta cinco servicios.
Si bien con el ensanche de territorio y con
la mayor seguridad interior había acrecido la riqueza pública, también al paso
que el Estado se organizaba crecían los gastos, las atenciones y las
necesidades del gobierno y de la administración, y si eran mayores los recursos
tenían que aumentarse respectiva y gradualmente los impuestos. En el estado en
que dejó la monarquía el santo rey Fernando III, hubiera sido imposible cubrir
todas las obligaciones del tesoro con las antiguas caloñas o multas pecuniarias,
con la moneda forera, la martiniega, la fosandera, el yantar, y las otras
prestaciones que podemos llamar feudales, antes conocidas. Con las nuevas
necesidades sociales fue preciso recurrir a nuevos tributos, directos o
indirectos, como los derechos de cancillería, los portazgos o derechos de
puertas en las ciudades principales, los diezmos de los puertos, o sean
derechos de aduana, la capitación sobre los moros y judíos, las tercias reales,
las salinas, la alcabala (114), y los servicios votados en cortes.
Algunas de estas imposiciones no dejaban de
producir pingües rendimientos. Tales eran los derechos de cancillería, que
se pagaban, con sujeción a una tarifa gradual, de uno a quinientos maravedís,
por todas las gracias, títulos, nombramientos, privilegios o concesiones del
rey, fuesen de empleos de palacio o de administración, fuesen donaciones de
términos, licencias para ferias y mercados, exención o condonación de pechos, y
otras cualesquiera mercedes, que en un tiempo en que tantas tenían que
dispensar diariamente los reyes, constituían una renta crecida. La capitación
sobre los moros y judíos, o sea la renta de aljamas y juderías, fue un tributo
a que se sujetó a las gentes de aquellas creencias, como en compensación de la
tranquilidad con que se los dejaba vivir y del amparo que recibían de los reyes
cristianos. El impuesto de los judíos parece se fijó en 30 dineros por cabeza,
como en memoria, dice un juicioso historiador, de la cuota y precio en que
ellos vendieron a Cristo (115). Su importe se aplicaba a los gastos de la
real casa. Los derechos de puertas (los portazgos de entonces) y los de los
puertos de mar y tierra (aduanas) eran de los que rendían más saneados
productos. Las rentas de aduanas apreciábalas tanto don Alfonso el Sabio, que
nunca consintió en su abolición, y fue uno de los pocos puntos en que se
mantuvo firme y en que resistió con tesón a las peticiones y reclamaciones de
la nobleza en 1271.
No podemos dejar de admirar, y llamamos hacia
ello con suma complacencia la atención de nuestros lectores, el espíritu de
moderación y templanza de Alfonso el Sabio, sus ideas en materias de portazgos,
de aduanas y de comercio en general, sus discretas y prudentes medidas y
ordenamientos, su sistema protector, humanitario, y hasta delicadamente urbano
y cortés, que sorprende tratándose de tiempos tan remotos y todavía de tanta
ignorancia, que honra sobremanera a aquel ilustre soberano, y que el lector puede
comparar con lo que se practica en este ilustrado siglo en que vivimos. Cuando
estableció el derecho de portazgo para los géneros de importación, añadió: «Pero
si alguno trajiese apartadamente algunas cosas que hoviese menester para sí o
para su compaña, ansi como para su vestir o su calzar o para su vianda, no
tenemos por bien que dé portazgo de lo que para esto traxere, e non lo
vendiese. Otrosí dezimos que trayendo ferramientas algunas, u otras
cosas para labrar sus viñas, o las otras heredades que hoviere, que non debe
dar portazgo dellas, si las non vendiere... Esso mismo dezimos, que de
los libros que los escolares traen, e de las otras cosas que han menester para
su vestir, e para su vianda, que non debe dar portazgo.»– «Aborrescen los
mercaderes a las vegadas (dice en otra parte) venir con sus mercadurías a
algunos lugares, por el tuerto, e el demás que les fazen, en tomarles los
portadgos. E por ende mandamos, que los que oviesen a demandar, o a recabdar
este derecho por Nos, que lo demanden de buena manera. E si
sospecharen que algunas cosas levaren de más de las que manifestaren, tomenles
la jura, que non encubran ninguna cosa. E desque les oviesen tomada la
jura, non les escodriñen sus cuerpos, nin les abran sus arquetas, nin
les fagan otra soberanía, nin otro mal ninguno... (116).»–
Y habiéndose quejado los comerciantes en 1281 de agravios que recibían en las
aduanas, asegurando al rey que si los dejara andar libremente con las mercaderías
se cobrarían mejor y más cumplidamente los derechos, Alfonso dio a los
comerciantes nacionales y extranjeros el privilegio llamado de los
mercaderes en que concedió: 1.° entrada franca a los géneros
extranjeros: 2.° que satisfechos los derechos en los puertos, no se les pusiera
embarazo en el giro y tráfico interior: 3.° habilitación a comercio de todos
los puertos de Castilla: 4.° que los que vinieran a esta y pagaran los derechos
establecidos, pudieran extraer, libre de ellos, una cantidad de géneros
nacionales igual al importe de los derechos adeudados: 5.° exención de derechos
en los géneros que cada comerciante condujera para el uso de su casa: 6.° que
perdiesen el género y el cuerpo cuando hubiesen dado falsas declaraciones.
Tales eran las ideas económicas, y tales, entre otras, las disposiciones de
Alfonso el Sabio en materias de portazgos, de aduanas y de comercio. (117).
Habían comprendido ya los reyes en aquella
época la necesidad y la conveniencia de que el clero, que tantas riquezas había
acumulado, contribuyera con ellas a levantar las cargas públicas. Y si bien por
punto general había estado exento de tributos, los soberanos de Castilla (y el
que dio el ejemplo fue el más religioso de todos, San Fernando) procuraron
obtener de los papas concesiones importantes sobre los diezmos y rentas
eclesiásticas para atender a la guerra de los moros; y con este sistema, de que
tuvieron origen las tercias reales, y que andando días se acrecentaron con el
noveno y escusado, parecía haberse propuesto nuestros monarcas contrapesar
indirectamente y como neutralizar la asombrosa liberalidad de su predecesores
para con el clero, y cuenta que uno de los que hicieron más uso de las rentas
eclesiásticas fue este mismo Alfonso el Sabio, tan acusado de patrocinador de
las inmunidades y privilegios del clero, y de haber introducido en la
legislación las doctrinas ultramontanas de las decretales de Gregorio IX. Mas a
pesar del fundamento que puede tener este cargo, todavía aquel monarca hacía a
los eclesiásticos pagar tributos de los bienes heredados, todavía quiso
extrañar del reino a los prelados exigentes que para serlo se prevalían de las
revueltas de la nobleza (118), todavía mandaba que los obispos fueran
confirmados por los metropolitanos sin recurrir al pontífice (119),
todavía se oponía a los desafueros y usurpaciones de la autoridad eclesiástica
en negocios temporales (120), todavía impedía que circularan por el
reino las cartas pontificias, aun para pedir limosnas en favor de iglesias,
cautivos y hospitales sin sobrecarta del rey (121), y todavía en su tiempo recogía impunemente
su hijo don Sancho a mano real las bulas en que se atacaban sus derechos, y no
se guardaban los entredichos que se ponían al reino (122).
Como documento curioso y que muestra cuáles
eran las costumbres y cuál la vida social del clero castellano en aquella
época, y cuál la tolerancia de prelados y de reyes en ciertos puntos de la
moral, vamos a transcribir el privilegio que otorgó Alfonso el Sabio a los
clérigos del obispado de Salamanca para que pudiesen instituir herederos a sus
hijos y nietos. «Sepan (dice) quantos este privilegio vieren et oyeren, cuento
Nos don Alfonso por la gracia de Dios rey de Castiella, de Toledo, de León, de
Galecia, de Sevilla, de Córdoba, de Jahen, del Algarbe, en uno con la reina
doña Violant mi muger, et con nuestros fijos el infante don Fernando primero et
heredero, et con el infante don Sancho, et con el infante don Pedro, et con el
infante don Juan, damos et otorgamos a todos los clérigos del obispado de
Salamanca, que puedan facer herederos a todos sus fijos, et a todas sus fijas,
et a todos sus nietos, et a todas sus nietas, et de en a ayuso todos quantos
dellos descendieren por línea derecha en todos sus bienes, assi muebles como
raices, después de sus dias: et mandamos et defendemos, que ninguno sea ossado
de venir contra este privilegio para quebrarlo, nin para menguarlo, en ninguna
cosa: et a cualquiera que lo ficiese havría la nuestra ira, et pecharnosye en
coto mil maravedís, et al querellante todo el año doblado, &c. (123)»
Las solemnidades con que salió revestido este
documento, que aparece suscrito por el rey, la reina y los infantes, y
confirmado por casi todos los obispos y grandes del reino, por el rey moro de
Granada, por los duques y condes de Borgoña, de Flandes y de Lorena, y hasta
por los hijos del emperador de Constantinopla como vasallos del rey (124),
nos sugiere una advertencia interesante que hacer a nuestros lectores. Era
costumbre de la corte de Castilla en aquel tiempo, para dar más solemnidad y
autorización a las cartas reales y ostentar magnificencia, hacer confirmar los
documentos, o al menos hacer que apareciesen confirmados, no solo por los
prelados y señores del consejo del rey y de su corte, sino por los demás del
reino que los consentían y tenían derecho de confirmar, aun cuando estuvieran
ausentes; así como se denominaba vasallos del rey a los
monarcas, príncipes o barones extranjeros que a la sazón le reconocían o
pagaban algún género de tributo, feudo u homenaje, o recibían sueldos,
pensiones o acostamientos de Castilla, en cuyo solo concepto se podía titular
vasallos al emir granadino, a los hijos del emperador de Constantinopla, y a
los demás condes y duques extranjeros confirmantes del privilegio (125).
Un monarca tan amante de las reformas y
mejoras de todos los ramos de la administración pública, y tan entendido, como
demostraremos luego, en la ciencia de la legislación, no podía dejar de atender
a la mejor organización de los tribunales de justicia. Además del consejo del
rey, que en los tiempos antiguos constituían los prelados y barones que
accidentalmente se hallaban en la corte y merecían más la confianza del
monarca, pero que en tiempo de San Fernando comenzó a tener forma y principio
de institución, Alfonso el Sabio dio un gran paso hacia la unidad y la
centralización en el orden judicial con el establecimiento de un tribunal
supremo de alzada, ante el cual pudiese recurrir todo vasallo en apelación de
las injusticias o prevaricaciones de los jueces locales. Tal fue la creación de
los alcaldes de corte hecha en las de Zamora de 1274 (126), en
que se dispuso que hubiese nueve alcaldes de Castilla, seis de Extremadura y
ocho de León, que por mitad o terceras partes asistiesen de continuo a la corte
del rey, los cuales debían ser todos legos, es decir, no eclesiásticos. Además
de estos alcaldes instituyó el rey tres jueces para oír las alzadas de
Extremadura, Toledo y León, y mandó que el orden de las apelaciones en Castilla
fuese de los alcaldes de la villa a los adelantados de los alfoces, de estos a
los alcaldes del rey, de los alcaldes del rey a los merinos o adelantados
mayores de Castilla, y de estos al rey en persona: disposición importantísima
en aquella época de desorden y que poco a poco debía ir uniformando la
legislación y hacer sentir en todas partes la autoridad suprema y universal del
monarca. En aquellas mismas cortes prescribió el rey las obligaciones de los
abogados, llamados entonces voceros, en las actuaciones de los
procesos, y ordenó una especie de reglamento de escribanos. Es de notar la
institución de dos abogados de pobres, destinados exclusivamente a defender las
causas de la clase menesterosa. «E por esto de los pobres, que tome el rey dos
abogados, que sean omes buenos, e que teman a Dios e sus almas; e que otro
pleyto ninguno non tenga sinon de los pobres et que les faga el rey porque lo
puedan facer. E esto se entiende de los más pobres que a la corte viniesen,
tales que non haían que dar a los abogados; pero si alguno se ficiese pobre por
enganno, por non dar algo al vocero, e fuese sabido en verdad, que peche
doblado aquello que oviere a dar, e esto que sea la metat para el rey, e la
otra metat para el vocero.» En ellas determinó el rey destinar tres días a la
semana, que fueron los lunes, miércoles y viernes, para oír y librar los
pleitos, mandando que en tales días nadie le estorbara hasta la hora de comer o
del yantar.
No obstante, esta tendencia del rey Sabio a
dar unidad y centralización al poder judicial, no era fácil, en aquella época
de agitación y de lucha política entre la nobleza y el pueblo, dejar de dar
lugar a las jurisdicciones privilegiadas, tales como el tribunal de los
hijosdalgo que Alfonso tuvo que conceder a la clase noble.
Dadas estas ideas generales acerca de la
índole del gobierno y administración del reinado de Alfonso X tiempo es ya de
que vengamos a la gran reforma que hizo justamente célebre e inmortal el nombre
y el reinado de este monarca, a saber, su sistema de legislación.
III. Si en nuestra imparcialidad histórica
hemos podido acaso parecer un tanto severos al juzgar al décimo Alfonso de León
y de Castilla exponiendo sus errores como político, su debilidad como monarca,
y su falta de energía y de perseverancia como hombre de acción, al considerarle
como legislador no hallamos términos con qué expresar nuestro respeto y
admiración a su alta capacidad y a su inteligencia privilegiada. Como
legislador, Alfonso X de Castilla es uno de aquellos genios que forman época,
no en un reino, sino en el mundo, uno de aquellos personajes, cuyo renombre va
creciendo más cuanto más van quedando atrás los tiempos.
Dar unidad legal a un país, uniformar la
legislación de un pueblo conquistado por espacio de siglos a retazos, y formado
de fragmentos y agregaciones heterogéneas, es una de las obras más difíciles y
en que se prueban más los quilates de la inteligencia y del esfuerzo humano.
Alfonso de Castilla vio la anarquía legal en
que se hallaba su reino, resultado de causas que ya no necesitamos explicar;
que los fueros municipales, gran progreso social para la época calamitosa y
oscura en que se dieron, eran ya, ensanchada y afianzada la monarquía, una
legislación informe, diminuta y aun anárquica; que ni el fuero de los
Fijos-dalgo, ni el Viejo de Castilla, ni las cartas forales eran suficientes a
remediar la falta de unidad y de armonía que como cáncer corroía la sociedad
castellana, y se propuso formar un cuerpo de leyes único y general que rigiera
en toda la monarquía y que diera al cuerpo social orden, unidad, armonía y
concierto. El pensamiento le había concebido ya su padre San Fernando, y
comenzó a realizarle con el auxilio del príncipe Alfonso. La Providencia no
permitió al padre dar cima a su proyecto, y cúpole al hijo la gloría de
terminar la obra que a su finamiento le dejó el padre encomendado.
Tres fueron los códigos de leyes que formó
Alfonso el Sabio; el Espéculo, el Fuero Real y las Partidas. El objeto del
primero le expresaba su mismo título de Espejo de todos los derechos;
en él se recogieron las reglas mejores y más equitativas de los fueros de León
y de Castilla, y se destinó para que principalmente se juzgasen por él las
apelaciones en la corte del rey. La intención y fin que le impulsó a dar el
Fuero Real fue el de regularizar los municipales extendiéndole a los pueblos
que carecían de ellos, y haciéndole de observancia general corregir la anarquía
foral que hacía de cada municipio como una nación diferente. Era, pues, el
Fuero Real una compilación de las mejores leyes municipales y del Fuero Juzgo,
y como tal una obra de actualidad y de aplicación inmediata, acomodada a los
usos y costumbres de Castilla, que reflejaba la sociedad de la época, y
satisfacía sus necesidades. Debía por lo tanto haber sido aceptado sin disgusto
y sin obstáculo. Pero pugnaba con los abusos y los intereses locales, y por lo
mismo procuró el ilustrado monarca irle introduciendo y extendiendo
gradualmente y vencer de este modo la repugnancia que pudiera encontrar. Aun así,
no sufrió la altanera nobleza castellana una reforma de que veía salir
perjudicada su clase, y logró su derogación en Castilla a los diez y siete años
de haber comenzado a plantearse (1272), si bien continuó observándose en las
demás provincias de la corona castellana. Créese lo más probable que estos dos
códigos, se publicaron en principios de 1255.
Pero la obra grande y colosal, el monumento
grandioso que inmortalizó a Alfonso el Sabio y le colocó a la altura de los más
insignes legisladores del mundo, fue el código de las Siete Partidas, modesto
título que tomó de las siete partes en que está dividido: el libro de leyes más
acabado y completo que tenemos, superior a todos los códigos legales de la edad
media. A España, que tuvo la gloría de preceder a todas las naciones neolatinas
en la posesión del más excelente de los códigos de la edad de la regeneración,
el Fuero Juzgo de los Visigodos; a España, que tuvo la fortuna de
poseer en el primer período de la edad media, antes que otro pueblo alguno, el
más completo cuaderno legal de usos y costumbres que se hubiese conocido,
los Usages de Cataluña; tocábale al entrar en el tercer período la
honra y excelencia de aventajar a todos los pueblos de Europa en la posesión
del mejor código de leyes que se hubiese elaborado desde los tiempos de
Justiniano, las Siete Partidas.
Y no es que creamos nosotros (teniendo el
disgusto de separarnos en esto de la respetable autoridad del diligente P.
Burriel, y de la más respetable de la Academia de la Historia) que las Partidas
fuesen obra no solo de dirección sino también de ejecución del rey don Alfonso.
Decímoslo, porque además de otras razones que nos parece desvanecer las que
sirven de apoyo a la opinión de la ilustre corporación científica citada (127),
hallamos una que tenemos por muy poderosa por envolver una casi absoluta incompatibilidad,
en lo cual no hacemos sino explanar lo que expone al tratar de este asunto uno
de nuestros modernos publicistas más ilustrados (128). Necesitábase para dirigir la formación de
las Partidas un estudio detenido, profundo y concienzudo de los códigos
romanos, del derecho canónico, de las decretales, de la teología, de las leyes
y costumbres españolas, y dado que el rey don Alfonso tuviese todo el caudal
necesario de conocimientos en estas materias, era menester para su ordenamiento
y redacción un espacio material indispensable de que creemos casi imposible
pudiera disponer un príncipe criado desde infante en el ejercicio de las armas,
dedicado al propio tiempo al estudio de la filosofía, de la astrología y de la
historia, de que adquirió conocimientos que pocos hombres llegan a alcanzar, y
de que escribió obras apreciables, envuelto constantemente en guerras, metido
en empresas arduas é importantes, rodeado de las atenciones del gobierno,
mortificado de disgustos y de contrariedades, presidiendo y dirigiendo los
trabajos astronómicos de las célebres Tablas, precisamente cuando andaba más
solícito en sus pretensiones al imperio alemán, si, como es lo probable, el
código se formó en el período de 1256 al 1263, siendo por lo menos inverosímil,
ya que no incompatible, que con tal conjunto de atenciones le quedase ni el
vagar, ni el gusto, ni la serenidad de ánimo que obra de tanto aliento y tan
graves y largos trabajos de por sí requieren. Harta gloría le cupo, y harto
dignos de admiración y de alabanza son los príncipes que, promoviendo esta
clase de obras, eligiendo con tino y alentando con solicitud a los sabios que
pueden formarlas, dirigiéndolos acaso y tomando parte en sus trabajos y
elucubraciones, que es lo que opinamos hizo el rey don Alfonso, adquieren con
justicia el glorioso título de legisladores de las generaciones futuras.
Lástima causa que la posteridad no haya
logrado saber con certeza ni honrar como debiera los nombres de los eminentes
letrados que concurrieron principalmente a la formación de tan grande obra.
Atribuyen no obstante este honor con mucha probabilidad los publicistas más
autorizados al doctor Jacome Ruiz, llamado el de las Leyes, al maestre Fernando
Martínez, arcediano de Zamora y obispo electo de Oviedo, uno de los embajadores
enviados por el rey al papa Gregorio X para conferenciar sobre sus derechos al
imperio, y al maestre Roldán, autor de la obra legal conocida con el título
de Ordenamiento en razón de las Tafurerías (129).
Entre los sinsabores que experimentó el rey
Sabio debió ser uno, y no pequeño, el de no haber logrado ver puesto en
práctica y observancia el fruto de sus afanes y trabajos legislativos. La
ignorancia y rudeza de la época, las preocupaciones, los hábitos, el apego de
los pueblos a las libertades municipales, las revueltas que agitaron el reino,
la oposición anárquica de los bulliciosos y soberbios magnates, las rebeliones
que comenzaron con la defección de un hermano y terminaron con la rebelión de
un hijo, impidieron al rey ver planteadas las grandes mejoras legales
consignadas en su célebre código, y fue menester que trascurrieran tres
reinados y casi un siglo para que las revistiera del carácter y autoridad de
leyes, y eso imperfecta y parcialmente, su biznieto Alfonso el Onceno,
sirviendo solamente entretanto de libro de estudio y de consulta para los
jurisconsultos y letrados (130). Fue, pues, Alfonso el Sabio superior al
siglo en que vivía, el cual era todavía demasiado rudo para comprenderle: por
lo mismo fue mayor el mérito de aquel monarca, que adelantándose a los tiempos
acertó a dejar en su código la regla de lo futuro.
Mas aunque reconocemos, admiramos y
aplaudimos las Partidas como concepción grande y sublime, como obra de la
literatura, de ciencia y de legislación, y la juzgamos digna de los más altos
elogios por su dicción castiza, correcta, elegante, sencilla, y al mismo tiempo
majestuosa, por los vastos conocimientos científicos que supone en sus autores,
por la cohesión y unidad que daba al cuerpo político, por sus sanos principios
de moralidad religiosa y social, no seremos por eso de los que les tributen las
alabanzas exageradas que les han prodigado algunos doctos escritores españoles
representándolas como un trabajo perfecto y superior a todo lo que en todos los
tiempos ha salido de los entendimientos de los hombres (131).
Nosotros creemos que su autor o autores pudieran haber considerado más las
circunstancias del país, y no haber trasplantado a él leyes extranjeras que
estaban a veces en contradicción con las costumbres y hábitos arraigados
profundamente en la sociedad castellana; que debieran haber procurado más
conciliar lo que creaban con lo que existía; y que dando un carácter de sanción
legal a las doctrinas ultramontanas, defraudaron a la nación y al trono de
prerrogativas y derechos que esencialmente le correspondían. La facultad
atribuida al papa de conferir las dignidades y beneficios de la Iglesia a
quien quisiese (132), produjo la invasión de los extranjeros en
los más pingües beneficios, y dio motivo a enérgicas reclamaciones que no han
dejado de hacer las cortes y los monarcas desde el siglo XIV hasta el XIX. La
declaración de pertenecer al conocimiento de la Iglesia los pleitos por razón
de usura, de adulterio, de perjurio y otros delitos (133),
dio ocasión a usurpaciones de la autoridad eclesiástica, de que probablemente
había estado bien ajena la intención del autor. La influencia de la autoridad
pontificia en los negocios temporales, las inmunidades y exenciones personales
y reales del clero, sino fueron innovaciones, porque muchas de ellas estaban ya
en las ideas y en las prácticas de la época, recibieron una especie de sanción
legal y de carta de naturalización que hasta entonces no habían obtenido,
convirtieron en cetro el cayado de San Pedro, y abrieron la puerta a abusos que
no han podido desarraigarse todavía (134).
El no mencionar ni nombrar una sola vez las
palabras cortes ni fueros era chocar
demasiado abiertamente con las costumbres públicas, y Alfonso mismo parecía
incurrir en un contraprincipio no dejando de otorgar fueros parciales al tiempo
que trataba de uniformar la legislación (135). En el afán de consignar los deberes del
hombre hacia Dios y hacia el rey, en las Partidas, como observa oportunamente
un ilustrado crítico, todos los derechos están arriba, todos los deberes abajo;
diez páginas bastan para señalar las obligaciones del monarca para con sus
súbditos; para definir las de los súbditos para con el monarca han sido
necesarias doscientas.
No siendo de nuestro propósito hacer un
análisis minucioso y detenido de las Partidas, daremos por lo menos una idea de
su orden y de las materias que son objeto de cada una.
La primera, después de referir y explicar el
derecho natural y de gentes, está consagrada al derecho eclesiástico, y es como
un compendio del romano y de las decretales, en el estado que éstas tenían a
mediados del siglo XIII.
En la segunda, se comprende el derecho
político de Castilla, se deslindan la autoridad y prerrogativas del monarca, se
fijan sus obligaciones, y se expresan y consignan las relaciones entre el
soberano y el pueblo. En ella se establecen los principios del absolutismo;
pero se detesta como cosa horrible la tiranía y se sientan máximas morales y
políticas en extremo sabias, prudentes y justas, que templan grandemente la
doctrina del poder absoluto, y que observadas por los mismos reyes
constituirían un gobierno, si no el mejor, por lo menos muy aceptable (136).
Comprende la tercera lo relativo a los
procedimientos jurídicos, orden y ritualidad de los tribunales, personas que
intervienen en los juicios y en general todo lo concerniente al foro.
Explícanse en la cuarta los derechos y
deberes que nacen de las relaciones mutuas, civiles y domésticas, entre los
individuos de un cuerpo social, y se trata en ella de matrimonios, dotes,
donaciones, divorcios, sucesión, patria potestad, concubinato, señorío y
vasallaje, &c.
La quinta, que es sin duda la parte más
acabada de la obra, versa sobre contratos y obligaciones entre partes.
Trata la sexta de testamentos, herencias y
sucesiones.
Y la sétima contiene el derecho penal y los
procedimientos y actuaciones en las causas criminales. En la imposición de
penas se ve luchar a los legisladores entre su ilustrada razón y la rudeza de
la época, entre sus sentimientos humanitarios y las feroces prácticas penales
del siglo. Prohíben marcar a los criminales en la cara con hierro candente,
cortarles las narices y sacarles los ojos, apedrearlos, crucificarlos, ni
despeñarlos: pero establecen que ciertos delincuentes puedan ser quemados, o
arrojados a las bestias para que los maten. Se quiere que las pruebas para la
imposición de pena capital o mutilación sean tan claras como la luz del día;
pero se conserva la prueba bárbara y cruel del tormento. En lo general la
teoría penal de las Partidas refleja el carácter todavía grosero y sanguinario
de la época.
IV. Réstanos considerar a Alfonso X de
Castilla como hombre de letras. Y en verdad que, si como legislador le hemos
considerado digno de ocupar uno de los puestos más eminentes entre los grandes
directores de la humanidad, por su vasta y variada erudición merece ser mirado
como una gran lumbrera que apareció en el horizonte español por encima de las
densas nieblas del siglo XIII. En otra parte hemos mencionado y nombrado varias
de las obras literarias que dirigió, o que mandó hacer, o que compuso él mismo,
dando muestras de una asombrosa inteligencia en todos los ramos que abarcaba.
Un hombre que en aquellos tiempos todavía tan groseros y rudos, en medio del
tráfago de la guerra y del ruido de las armas, de los afanes y cuidados del
gobierno, de las empresas políticas y militares, de las turbaciones y revueltas
civiles, de las conspiraciones de familia y de las inquietudes y disgustos
domésticos, llegó a adquirir conocimientos tan especiales y profundos en tan
diversos ramos del saber humano, como la jurisprudencia y la astronomía, la
teología y la alquimia, la poesía y la historia; el hombre que estaba en
continua campaña contra los moros y cantaba en armoniosos versos loores a
la Virgen; que hacía traducir la Biblia en romance, y
dirigía el trabajo de las Tablas Astronómicas; que escribía la
historia general de su pueblo y hacía leyes nuevas para él; que estudiaba en
los astros y gobernaba los hombres; que poetizaba en dialecto gallego y
enriquecía y perfeccionaba el habla castellana; este hombre poseía un talento
privilegiado, era un genio, era un prodigio para el siglo en que le tocó vivir.
Cierto que no escribió por sí mismo todas las
obras que llevan su nombre, y que algunas no hizo sino dirigirlas u ordenarlas
como la versión de la Biblia al idioma vulgar; la de La
Gran Conquista de Ultramar, que es una narración de las guerras de las
Cruzadas, tomada en parte de una antigua traducción de Guillermo de Tiro, que
historió aquellos sucesos; las Tablas Astronómicas, o Alfonsinas, obra
que todavía se admira a pesar de los grandes adelantamientos de la ciencia,
para cuya formación reunió el rey en Toledo más de cincuenta astrónomos
nacionales y extranjeros que trabajaron bajo su presidencia y dirección por
espacio de cuatro años: las Partidas y demás códigos de que
hemos hablado. Exclusivamente suyas fueron las obras poéticas: las Cántigas en
loor de la Virgen (137), de que existen hasta cuatrocientas y una,
escritas en variedad de metros, y Las Querellas, de que es
lástima se hayan conservado, o por lo menos se conozcan dos estrofas solamente.
Atribúyesele comúnmente el libro Del Tesoro, que trata de la
trasmutación de los metales, y de la piedra filosofal; si bien algunas leyes de
su partida demuestran que no debía ser hombre que creyese en los misterios de
la alquimia, ni en los milagros de los alquimistas (138).
Pero la obra literaria que inmortalizó a
Alfonso, al modo que entre las legislativas eternizó su nombre la de las Siete
Partidas, fue la Crónica general de España, que en vano
algunos escritores españoles han pretendido negar que fuese producto del
entendimiento y de la pluma del monarca mismo, a pesar de lo que en el prólogo
tuvo cuidado de estampar: «E por ende, nos don Alfonso, por la Gracia de Dios
rey de Castiella, e de Toledo, y de León, y de Galicia, &c... mandamos
ayuntar cuantos libros pudimos aver de historias que alguna cosa contasen de
fechos de España... y compusimos este libro.»
Aparte del mérito y de los defectos que como
autoridad histórica pueda tener la Crónica general de don Alfonso el Sabio (en
cuyo concepto la hemos juzgado ya muchas veces en nuestra historia), no podemos
menos de admirarla como obra literaria. El monarca que mandó se escribiesen en
la lengua vulgar los documentos públicos y oficiales; el que se propuso hacer
al castellano la lengua nacional española; el que proyectó hacer una de las más
grandes y provechosas reformas que puede recibir una sociedad en la marcha de
su cultura y de su civilización, a saber, el perfeccionamiento del lenguaje que
ha de hablar el pueblo y en que han de escribir los sabios, quiso dejar a sus
súbditos la mejor y más eficaz de las enseñanzas y la más instructiva de las
lecciones, la del ejemplo. Escribió, pues, la Crónica general, y en ella enseñó
prácticamente de cuánta belleza y claridad, de cuánta elegancia y armonía, de
cuánta riqueza, dulzura y majestad era ya susceptible el habla castellana. La
Crónica general de Alfonso tiene trozos elocuentes; los tiene poéticos y
sublimes; los tiene sencillos pero correctos, limpios, graves y mesurados.
Alfonso X hizo en este sentido el servicio más grande que ha podido hacerse a
la literatura de su patria; abrió la senda y desembarazo el camino a los que
vinieran después de él, y ya poco tendrán que hacer en los tiempos futuros los
Solises, los Mendozas, los Moncadas, los Riojas, los Granadas, los Sigüenzas y
los Cervantes para hacer el idioma castellano uno de los más ricos, sonoros,
correctos, elegantes y majestuosos del universo.(139)
No terminaremos estas observaciones sobre
Alfonso el Sabio sin hacer una reflexión que nos sugieren sus mismas obras, y
que confirma el juicio que de él hemos emitido como político, como monarca,
como legislador y como literato. Si fuese cierto que este príncipe, que tenía
siempre agotado su tesoro, que consumía las rentas de su pueblo en empresas mal
conducidas y no acabadas, escribió el libro Del Tesoro, donde
creía hallar la piedra filosofal, sería más extraño verle desahogarse en
lastimosas Querellas, lamentando su pobreza y su infortunio en
los últimos años de su reinado (140); y que si hubiese creído en el arte de
trasmutar los metales en oro, recurriese para salir de apuros a mandar acuñar
moneda de baja ley (141).
V. El reverso de don Alfonso el Sabio fue don
Sancho el Bravo, su hijo. Sus dos sobrenombres los califican. Faltole al padre
la bravura que al hijo le sobraba: hubiera hecho mucha falta al hijo una parte
siquiera de la sabiduría del padre. Y sin embargo, este hijo iliterato supo
bastante para destronar a un padre tan docto, y para hacerse proclamar y
reconocer rey legítimo hollando los más legítimos derechos: testimonio
inequívoco de que en Castilla se estimaba todavía en más el vigor y la fuerza
que la ciencia y la sabiduría. El instinto público acaso no iba tan desviado de
la razón: si a San Fernando hubiera seguido inmediatamente un Sancho el Bravo,
tal vez la lucha secular contra los moros hubiera tocado a su fin: si Alfonso
el Sabio hubiera venido después de Sancho el Bravo, tal vez sus sabias leyes
hubieran hallado menos resistencia y mejor acogida. Se trocó una generación, y
los musulmanes se mantuvieron en España, y las leyes sabias quedaron escritas
aguardando mejores tiempos.
Don Sancho se retrató a sí mismo cuando dijo
al embajador del rey de Marruecos: «decid a vuestro señor que en la una
mano tengo el pan y en la otra el palo.» Nosotros no obstante podemos
añadir que lo que comúnmente tenía en la mano era el palo, no el pan, y esto no
para los africanos y moros solamente, sino también para los españoles y
cristianos. Lo primero que hizo don Sancho con sus súbditos fue (siguiendo la
metáfora del rey, siquiera sea vulgar) quitarles el pan y enseñarles el palo:
esto es, revocar y romper, tan luego como se vio monarca, las cartas de
privilegios y exenciones que había otorgado siendo príncipe, y a los que por
ello movían reclamaciones y alborotos, «hacíales justicia, dice la
crónica, muy cumplidamente:» pero esta manera cumplida de hacer
justicia la explica a los pocos renglones la misma crónica diciendo: fue contra
ellos y a los unos los mató, y a los otros desheredó, y a los otros
echó de la tierra, y les tomó quanto avian, en guisa que todos los sus
regnos tornó asosegados.»
Tal era en efecto la manera que tenía don
Sancho el Bravo de hacer justicia y de sosegar su reino. Suceden en Badajoz las
disensiones de los dos partidos de portugaleses y bejaranos, proclaman estos
últimos a don Alfonso de la Cerda, somételos el rey ofreciéndoles perdón y
seguro, y el seguro y perdón que les cumplió fue mandar «que matasen a todos
aquellos que eran del linaje de los bejaranos, y mataron (dice la
crónica) entre omes y mugeres bien cuatro mil y más.» Suponemos que
merecían castigo los revoltosos de Talavera, Ávila y Toledo, pero ajusticiar
hasta el número que algunos calculan de cuatrocientos nobles parécenos un
sistema de hacer justicia y de tranquilizar reinos demasiado rudo y feroz. No
ponemos en duda que el conde don Lope Díaz de Haro, a quien el rey había tan
desmedidamente honrado y tan imprudentemente engrandecido, merecía por su
ambición, por sus excesos y por sus insolentes aspiraciones, ser abatido,
exonerado y castigado. Mas si nos trasladamos al salón de cortes de Alfaro, y
vemos la mano de aquel poderoso magnate caer tronchada al suelo al golpe del
machete de uno de los agentes del rey; si vemos al monarca mismo golpear con su
propia espada al caballero don Diego López hasta dejarle por muerto; si leemos
que otro tanto hubiera ejecutado con su hermano el infante don Juan sin la
mediación de la reina que le salvó interponiendo su propio cuerpo, tal manera
de ejercer la soberanía, de castigar rebeliones y de deshacerse de vasallos a
quienes se ha tenido la indiscreción de hacer poderosos y soberbios,
antójasenos harto ruda, sangrienta y bárbara. Fue desgracia de Castilla. Desde
que tuvo un rey grande y santo que la hizo nación respetable, y un monarca
sabio y organizador que le dio una legislación uniforme y regular, los
soberanos se van haciendo cada vez mas despreciadores de las leyes naturales y
escritas, se progresa de padres a hijos en abuso de poder y en crueldad, hasta
llegar a uno que por exceder a todos los otros en sangrientas y arbitrarias
ejecuciones, adquiere el sobrenombre de Cruel, con que le
señaló y con que creemos seguirá conociéndole la posteridad.
La posición de don Sancho tenía que ser
necesariamente complicada e insegura, porque se resentía su origen.
Apropiándose, ya que no digamos usurpando, los derechos de sus sobrinos los
infantes de la Cerda al trono, tenía que quedar, como quedó, siempre enarbolada
y viva una bandera, que servía de enseña y de llamada a todos sus enemigos de
dentro y fuera del reino. Los mismos descontentos de Castilla, en el hecho de
serlo, volvían naturalmente la vista a Aragón, donde sabían que hallaban
siempre alzado un estandarte, que para muchos representaba la legitimidad, para
otros era por lo menos una tentación de invocarla. Para el rey de Aragón y para
el de Francia, en sus relaciones con el de Castilla, eran los infantes un
resorte que comprimían o aflojaban según su conveniencia, y para todo un foco
de alteraciones y de guerras.
Para alzarse con la corona de su padre
adquirió compromisos de que no podía después desentenderse. A un don Lope de
Haro, señor de Vizcaya, que tanto le había ayudado en su obra de usurpación, no
podía negarle merced que le pidiera, y no era en verdad escaso en el pedir el
de Haro. Quiso ser mayordomo de la casa Real y alférez mayor del reino, y don
Sancho no podía dejar de nombrarle mayordomo y alférez. Pidió el antiguo título
y dignidad de conde, y don Sancho restableció el título y dignidad de conde para
investir con ella al de Haro. Solicitó que le entregara las fortalezas de
Castilla, y las fortalezas de Castilla le fueron entregadas. Antojósele tener
una llave en la cancillería del rey, y el rey le dio una llave en su
cancillería. Demandó el adelantamiento de la frontera para su hermano don
Diego, y don Diego fue nombrado adelantado de la frontera. ¿Cómo negar nada a
quien debía la corona? Pero el señor de Vizcaya, instrumento de la usurpación,
se había hecho exigente; alférez y mayordomo, se hizo altanero y rico; nuevo
conde, se hizo dominante y soberbio; señor de la frontera y de los castillos,
se hizo el dueño de la fuerza y del poder; el que tenía la llave de la
cancillería tenía la llave de la voluntad del monarca, y el pueblo veía un
vasallo señor de su rey, y un rey supeditado a su vasallo. Don Sancho no se
apercibió de ello hasta que se lo avisaron tumultuariamente otros nobles,
conjurados por vanidad y sublevados por envidia. Entonces meditó cortar la
cabeza al dragón que amenazaba tragarle, y que él mismo había engordado y
acariciado. Hízolo de la manera agreste y brusca que hemos referido: ¿y para
qué? para oponer un rival a otro rival, una privanza a otra privanza, una
familia a otra familia: deshízose del de Haro para entregarse al de Lara, nuevo
monstruo que amenazó a su vez devorar la mano que le halagaba: nuevas envidias
de la nobleza, y nuevas complicaciones para el rey y para el reino. Para oponer
al de Lara, privado y rebelde, sacó de la prisión al infante don Juan, hermano
y enemigo. Este fue el que excedió a todos en ingratitud y en perfidia. De modo
que don Sancho podía llamar a todos aquellos a quienes dispensaba privanza,
como Cristo a los judíos, genimina viperarum. Y era el caso que su
posición no le permitía pasar sin el apoyo de algún poderoso. Así la altiva
nobleza castellana abatida por San Fernando vuelve a envalentonarse con su hijo
y con su nieto, por debilidad del uno, por necesidad del otro, y verémosla ganar
en influjo y en poder por una serie de reinados, hasta que, a pesar de los
esfuerzos de algunos príncipes por tenerla a raya, llegue a hacer público
ludibrio y escarnio de la majestad.
La fama que don Sancho había ganado de bravo
para la guerra siendo príncipe, continuó mereciéndola siendo rey. Merced a
ella, los moros fueron diversas veces escarmentados, y a pesar de las
incesantes revueltas interiores y de las cuestiones no interrumpidas con
Francia y Aragón, recobró a Tarifa de los musulmanes y arrojó de España a los
africanos. Lo más memorable de este reinado en punto a hechos de armas, fue el
sitio de Tarifa que aquellos mismos africanos vinieron a poner después, unidos
al infante don Juan. Dos actos, el uno de sublime lealtad, el otro de
monstruosa perfidia, inmortalizaron aquel sitio: el uno lo fue de lustre y
esplendor para la nobleza castellana, el otro de afrenta y oprobio para la
sangre real de Castilla. Acaso desde los tiempos patriarcales no se había visto
un rasgo tan sublime de abnegación como el de Alfonso Pérez de Guzmán el Bueno.
El padre de Isaac, lleno de fe divina, llevó por su mano la leña a la hoguera
en que había de ser sacrificado su hijo: Alfonso Pérez, rebosando en
patriotismo y en lealtad humana, alargó con su mano el cuchillo con que su hijo
había de ser inmolado. Para encontrar ejemplos de tan heroica abnegación es
menester ir a buscarlos, o a la historia sagrada, o tal vez a las invenciones
de la mitología. Pero desconsuélanos recordar que el sacrificador inhumano, el
verdugo del niño Guzmán, el que conducía ejércitos infieles contra Tarifa,
contra su patria, contra su rey y contra su hermano, era un cristiano, un
español, un castellano también, un hijo de reyes, un nieto de San Fernando, era
el infante don Juan. ¡Contraste singular de excelsa virtud y de crueldad
horrible, de acendrada fidelidad y de traición abominable, que ofrecieron dos
personajes castellanos en el cerco de Tarifa! Detestemos la última, ya que no
podamos borrarla de nuestra memoria; no olvidemos la primera, y recomendemos a
la imitación de nuestros compatriotas la heroicidad espartana de Alfonso Pérez
de Guzmán el Bueno.
VI. El gobierno de Castilla en el reinado de
Sancho IV continuaba el mismo en las formas que en el de su padre Alfonso X.
Las cortes seguían votando servicios extraordinarios en los casos de apuro a
petición del monarca, el cual incurrió también en los mismos errores de
administración que su padre, mandando acuñar moneda de baja ley, produciendo
los mismos afectos de esconderse los caudales, de escasear y encarecer los
artículos y de disminuir los valores de las rentas públicas: sistema fatal que
no bastaron los repetidos escarmientos a hacer que renunciasen a él nuestros
príncipes, y que hallaremos empleado hasta en épocas que se aproximan a los
tiempos modernos. Si no era una novedad en el reinado de Sancho el Bravo la
intervención que a los obispos se daba en la administración de la hacienda, los
documentos no nos dejan dudar de que por lo menos así se practicó con algunos
prelados. Tal es, entre otros, una cédula de Sancho IV, en favor de don Martín
González, obispo de Astorga, en que manifiesta estar muy satisfecho del modo
con que se había conducido en la recaudación de tributos y en la administración
de varios ramos de la hacienda (142).
Proseguíase no obstante en el sistema
comenzado en el Fuero de Sepúlveda y en las cortes de Nájera, y continuado por
los Alfonsos VII, VIII y X, de impedir o remediar en lo posible la excesiva
acumulación de riquezas en el clero, prohibiendo a las iglesias y a los
eclesiásticos la adquisición y dominio a perpetuidad de nuevas tierras, rentas
y feudos (143).
Como un contrapeso al poder y a la amortización eclesiástica vemos establecerse
ya abiertamente en tiempo de don Sancho IV la amortización civil, con el mismo
título que hoy tiene de mayorazgos. Ya Alfonso el Sabio había dado un ejemplo
de esta institución, cuando dio los fueros de Valderejo a don Diego de Haro,
señor de Vizcaya, con esta condición: «que nunca sean partidos nin vendidos,
nin donados, nin cambiados, nin empeñados, e que anden en el mayorazgo de
Vizcaya, e quien heredase a Vizcaya que herede a Valderejo (144).»
Pero don Sancho fue todavía más explícito, cuando habiéndole pedido su camarero
mayor, Juan Mathe, que le hiciese o le permitiese hacer mayorazgo de sus
bienes, le otorgó en 1291 la real cédula en que se lee: «E nos, habiendo
voluntad de lo honrar, e de lo ennoblecer, porque su casa quede hecha
siempre, e su nombre non se olvide nin se pierda, e por le emendar
muchos servicios leales y buenos, que nos siempre fizo a nos e a los reyes onde
nos venimos, e porque se sigue ende mucha pro, e honra a nos y a nuestros
regnos que aya muchas grandes casas de grandes omes, per ende
nos como rey y señor natural, e de nuestro real poderío, facemos mayorazgo
de todas las casas de su morada, &c. (145)»
Así se ve la ley de vinculación, virtualmente contenida ya en el Fuero Juzgo de
los visigodos, según en otro lugar apuntamos (146), irse desarrollando, primero parcialmente
en la práctica con la posesión de señoríos tácitamente hereditarios, después
por pragmáticas explícitas, y recibiendo la forma, el orden de suceder para
agnación rigorosa, y el aumento y ampliación que adelante tuvieron. Las causas
de la institución de los mayorazgos las expresa ya don Sancho en su citada
cédula.
Admira ciertamente ver cómo en este tiempo
había ido creciendo el influjo y poder del estado llano y del elemento popular
en Castilla, en medio de las aspiraciones de la inquieta y pretenciosa nobleza,
y de los esfuerzos de los soberanos para afirmar y robustecer la autoridad
real. Este mismo don Sancho, tan bravo con los próceres y magnates castellanos,
tan sangriento vengador de los nobles de quienes se convencía que intentaban
atropellar sus derechos, cuando se reunían en cortes los procuradores de las ciudades
no tenía valor ni para desoír y dejar de enmendar sus quejas y agravios, ni
para negarles sus peticiones. No hay sino leer las cortes de Valladolid de
1293. De las veinte y nueve peticiones que en ellas le presentaron, ya sobre
satisfacción de agravios y desmanes de los merinos, o alcaldes, u otros
oficiales del rey, ya sobre franquicias o exenciones, u otros asuntos del
gobierno interior de los pueblos, en casi todas hallamos la concesión u
otorgamiento, bajo las usadas fórmulas de: «A esto respondemos que tenemos por
bien mandar que sea así guardado.— tenemos por bien e mandamos que se guarde
así.– mandamos a los nuestros merinos de Castilla que lo fagan así guardar.»
No dado a las letras el rey don Sancho IV,
pocos adelantos podía hacer en este punto durante su reinado la nación. Haremos
no obstante aquí una observación muy importante sobre el habla castellana. En
tres reinados consecutivos se ve fijarse definitivamente en Castilla el idioma
vulgar. San Fernando publicaba los documentos oficiales, algunos en castellano,
los más todavía en latín, y a veces unos mismos, como hemos visto, parte en
latín y parte en castellano. Alfonso el Sabio, su hijo, muy versado en el latín,
escribía y mandaba escribir todos los documentos públicos sola y exclusivamente
en castellano. Su hijo, Sancho el Bravo, no solamente escribía y hacia escribir
en la lengua vulgar, sino que ya no sabía otra; Sancho IV ya no sabía latín, y
necesitaba de intérprete cuando los enviados del papa le hablaban en el idioma
latino.
Tales eran los principales caracteres del
estado social de Castilla en los reinados de Alfonso el Sabio y Sancho el
Bravo, que llenaron casi toda la segunda mitad del siglo XIII.
FERNANDO IV EL EMPLAZADO EN CASTILLA
DE 1295 a 1310
Niño de nueve años Fernando IV cuando llamado
a reinar por muerte de su padre Sancho el Bravo bajo la tutela y dirección de
su madre doña María de Molina (26 de abril, 1295) fue paseado a caballo por las
calles de Toledo entre prelados, caballeros y ricos-hombres y en medio de
aclamaciones populares, después de haber jurado guardar los fueros del reino,
pocos príncipes de menor edad subieron al trono en circunstancias más difíciles
y espinosas, y pocos habrán encontrado reunidos y prontos a estallar más elementos
de discordia, de ambición, de turbulencias y de anarquía, que las que entonces
fermentaban en derredor del trono castellano. Príncipes de la sangre real,
monarcas extraños y deudos, apartados y vecinos, sarracenos y cristianos,
magnates tan poderosos como reyes y con más orgullo que si fuesen soberanos,
aliados que se convertían en traidores, y vasallos inconsecuentes y desleales,
enemigos entre sí y enemigos del tierno monarca, cuya legitimidad por otra
parte, como rey y como hijo no era tan incuestionable que faltaran razones para
disputarla, todo conspiraba contra la tranquilidad del reino, todo contra la
seguridad del rey, sin que valiera a su madre la previsión con que procuró
captarse la voluntad de los pueblos, apresurándose a dictar medidas como la
abolición del odioso impuesto de la sisa, con que su esposo don Sancho los
había gravado.
El primero que levantó la bandera de la
rebelión fue el tío del rey, el bullicioso y turbulento infante don Juan, el
perturbador del reino en tiempo de don Sancho el Bravo, el aliado del rey de
Marruecos contra su hermano, el que asesinó al hijo de Guzmán el Bueno en el
campo de Tarifa, el que había debido su vida y su libertad a la madre del joven
Fernando: aquel inquieto príncipe, apoyado ahora por el rey moro de Granada, se
hizo proclamar en aquella ciudad rey de Castilla y León, y con el auxilio de tropas
musulmanas invadió los estados de su sobrino, aspirando a arrancarle la corona.
Por otra parte, don Diego de Haro, que se hallaba en Aragón, apoderose de
Vizcaya, y corría las fronteras de Castilla. La reina contando con la lealtad
de los hermanos Laras, a quienes don Sancho en sus últimos momentos había
recomendado que no abandonaran nunca a su hijo, los llamó para que combatieran
al conde de Haro, y les suministró recursos para que levantaran tropas. Mas la
manera que tuvieron de corresponder a la recomendación del rey difunto y a la
confianza de la reina viuda fue unirse con el rebelde a quien habían de
combatir, y ser dos enemigos más del nuevo monarca y de su madre.
Pareció haber encolerizado este proceder al
viejo infante don Enrique, el aventurero de África y de Sicilia a quien vimos
volver a Castilla después de 26 años de prisión en Italia, y ser recibido con
benevolencia y distinción por su sobrino don Sancho el Bravo. Recorrió aquel
príncipe las tierras de Sigüenza y de Osma haciendo llamamiento a los concejos
y aparentando querer favorecer al rey y a la reina. Pero su conducta no fue más
leal que la de los Laras, puesto que prometiendo a los pueblos aliviarles los
tributos, reclamó para sí la tutela y la regencia del reino. Siguiéronle
algunos, pero opusiéronsele fuertemente las ciudades de Cuenca, Ávila y
Segovia. Reunió un simulacro de cortes en Burgos, y expúsoles el estado
miserable en que el reino se hallaba, y la necesidad de poner remedio,
disimulando poco sus ambiciosos designios. En tal conflicto y a vista de tantas
defecciones, la reina doña María convocó a todos los concejos de Castilla a
cortes generales para el 24 de junio en Valladolid (1295). Para impedirlas
propagó don Enrique la absurda especie de que la reina, además de otros
tributos con que intentaba gravar a los pueblos, quería imponerles uno de doce
maravedís por cada varón, y de seis por cada hembra que naciese (147).
Por inverosímil que fuese la invención, produjo su efecto, y cuando la reina y
el rey se acercaron a Valladolid con su séquito de caballeros hallaron cerradas
las puertas de la ciudad. Tuviéronlos allí detenidos algunas horas, al cabo de
las cuales deliberaron los ciudadanos dar entrada a la reina y al rey, pero sin
comitiva ni acompañamiento. Hablados y prevenidos los concejos por don Enrique,
logró que se le diera la apetecida regencia, pero en cuanto a la crianza y
educación del rey declaró con firmeza la reina doña María que no las cedería a
nadie y por ninguna consideración ni título. La situación de la reina y la
tierna edad del rey inspiraban interés a los concejos de Castilla, y juraron
reconocimiento y fidelidad al rey Fernando. No obraron con la misma lealtad los
magnates. Habiendo enviado al gran maestre de Calatrava junto con otros nobles
para que viesen de reducir a los Laras y al de Haro reunidos, confabuláronse
también con los insurrectos, y volvieron diciendo a la reina que era menester que
accediese a sus demandas, o de otro modo ellos también la abandonarían. Fuele,
pues, preciso a la reina renunciar a la Vizcaya. Y sin embargo, estos no eran
sino los principios de los sinsabores que esperaban a la reina, y de las
perturbaciones que habían de señalar este triste reinado.
Abandonado el infante don Juan por los
musulmanes luego que estos consiguieron su objeto de saquear el país; rechazado
de Badajoz, cuyas puertas se le cerraron, pero dueño de Coria y Alcántara que
le acogieron, pasó a verse con el rey don Dionis de Portugal, de quien logró
que abrazase su causa, proclamando que don Juan era el legítimo rey de Castila.
La reina doña María de Molina apeló a la lealtad de los concejos castellanos, a
quienes encomendó la guarda de la frontera portuguesa. Pero el apoyo que le daban
los procuradores de Valladolid no era tampoco desinteresado. Obteníale la reina
a costa de dispensarles mercedes, de acceder a las peticiones que le hacían, y
de ampliarles sus franquicias y sus fueros. Pretendieron ser solos en las
deliberaciones, sin la concurrencia de los nobles y prelados, y también les fue
concedido. Ellos facilitaban subsidios, y la reina les pagaba con privilegios.
Todos los días sin moverse de un sitio desde la mañana hasta la hora de nona se
ocupaba en oír sus demandas y en satisfacerlas «en guisa, dice la crónica, que
los omes buenos se hacían muy maravillados de cómo la reina lo podía sufrir, e
iban todos muy pagados della y del su buen entendimiento.» Declarada por el de
Portugal la guerra a Castilla, fue el infante don Enrique como regente del
reino a ver de pactar alguna tregua así con el rey don Dionis como con el
infante don Juan, lo cual se logró dando al primero las ciudades que reclamaba
y reponiendo al segundo en sus señoríos de tierra de León. Con esto, y con haber
comprado la sumisión de los Laras y de don Diego de Haro a precio de
trescientos mil maravedís que les dio, parecía que debería haberse restablecido
la tranquilidad del reino y robustecido el poder del rey.
Lejos de eso, nuevas y mayores contrariedades
se suscitaron. El rey don Jaime II de Aragón, de quien dijimos haber contraído
esponsales con la tierna infanta doña Isabel de Castilla, la devolvió a su
madre so pretexto de no haber podido obtener la dispensa pontificia. Y como
subsistían en Aragón los infantes de la Cerda, como una bandera perpetua y
siempre alzada para todos los descontentos de Castilla y para todos los
enemigos exteriores de este reino, formose en derredor del estandarte de los
Cerdas, por sugestiones y manejos del inquieto y bullicioso infante don Juan,
una confederación contra el joven Fernando de Castilla, en que entraron la
reina doña Violante, abuela de don Alfonso, el emir de Granada, los reyes de
Portugal y de Aragón, de Francia y de Navarra, proclamando la legitimidad de
don Alfonso de la Cerda. Entre éste y su tío el infante don Juan se concertaron
en repartirse los reinos dependientes de la corona de Castilla; aplicábanse a
don Alfonso Castilla, Toledo y Andalucía; tomaba para sí don Juan León, Galicia
y Asturias. Cedía don Alfonso el reino de Murcia al de Aragón, en premio de la
guerra que éste consentía en hacer contra Castilla. Prometía don Juan al de
Portugal muchas plazas de la frontera. Con tan universal conjuración no parecía
posible que Fernando IV pudiera conservar en su tierna frente la corona
castellana; pero quedábale su madre, que activa y enérgica, imperturbable y
prudente como la madre de San Fernando, velaba incesantemente por su hijo y
acudía con maravillosa prontitud a todo. Recorriendo los pueblos, solicitando
el apoyo de los concejos y comunes, y apelando a la lealtad y al honor
castellano, logró que al infante don Juan se le cerraran las puertas de
Palencia, donde pretendía celebrar cortes como rey, y Segovia franqueó las
suyas a la reina, a pesar de lo que en contrario había procurado persuadir el
infante a los hombres más influyentes de la ciudad (148).
Vino, pues, el ejército de Aragón, mandado
por el infante don Pedro, y reuniéndose en Castilla con la gente de don Juan,
marcharon unidos hacia León, en cuya ciudad se proclamó al infante rey de León
y de Galicia, así como a don Alfonso de la Cerda se le dio en Sahagún el título
de rey de Castilla. El de Aragón se apoderaba de Alicante y Murcia, los
navarros y franceses tomaban a Nájera, y el emir de Granada movía guerra por
Andalucía (1296). Situación crítica y miserable era la de Castilla inquietada por
príncipes propios, invadida en todas direcciones por monarcas y ejércitos
extraños, sola contra todos, con una reina a quien abandonaban los suyos, y con
un rey incapaz por sus pocos años de hacer frente a tantos y tan poderosos
enemigos. Felizmente no desfalleció el ánimo de la reina doña María, ni en
medio de tantas tormentas perdió la esperanza ni le faltó la serenidad. El
infante regente don Enrique, con más deseos de medrar en las revueltas que
voluntad de combatir, propuso a la reina que diera su mano al infante don Pedro
de Aragón, con lo cual estaba seguro de que los aragoneses desistirían de
proteger a los pretendientes del reino, y Castilla se vería libre de enemigos:
propuesta que rechazó doña María con nobleza y dignidad. Y por no guerrear don
Enrique contra los infantes don Juan y don Alfonso, prefirió ir a Andalucía so
color de ser allí más necesaria su presencia para hacer frente al rey moro de
Granada. Pero vencido en un encuentro por los musulmanes, faltó poco para que
hubiera perdido la Andalucía entregando la plaza de Tarifa al granadino, si por
ventura el valeroso y noble Alfonso Pérez de Guzmán el Bueno no hubiera
defendido con su acostumbrada intrepidez contra moros y cristianos aquel reino
y aquella ciudad. Por otra parte, la Providencia pareció mostrarse abiertamente
en favor del rey niño y de su imperturbable madre. Los aragoneses habían puesto
sitio a Mayorga, villa situada entre Valladolid y León, a cinco leguas de
Sahagún. La reina había enviado algunos de sus leales caballeros para defenderla.
El cerco duró más de cuatro meses, al cabo de los cuales contaminó una terrible
epidemia al ejército sitiador, causándole tan horrible mortandad, que de ella
sucumbieron el infante don Pedro de Aragón y casi todos los ricos-hombres y
caballeros de su hueste. Los que sobrevivieron diéronse prisa a alzar el cerco
y a retirarse a Aragón, llevando consigo en procesión fúnebre aquellos ilustres
cadáveres. La misma reina doña María les dio paso franco y seguro por
Valladolid, y aun les regaló telas nuevas de luto con que cubriesen los carros
en que conducían los restos mortales de sus caudillos.
A pesar de este incidente, feliz para
Castilla, la situación de la reina no dejaba por eso de ser angustiosa,
agotadas o en manos de enemigos las rentas del reino, costándole el
mantenimiento de sus tropas gastos que no podía soportar, y creciendo cada día
las exigencias de los concejos y de los nobles. El regente don Enrique tampoco
dispensaba sus escasos servicios sin pretender en recompensa la posesión de
algunas villas que la reina tuvo que darle. El rey de Portugal se atrevió a
avanzar en dirección de Valladolid, llegando basta Simancas, a dos leguas de
aquella ciudad. Aconsejaban a la reina que se retirara de Valladolid, más ella
lo resistió con firmeza, sin perder jamás ni la esperanza ni el valor. La
circunstancia de haber comenzado a desertársele al portugués los suyos, y la de
haber el inconstante y voluble infante don Juan reconocido a su sobrino don
Fernando como rey legítimo de Castilla, hiciéronle regresar a Portugal,
temeroso de encontrarse sin tropas y sin aliados en medio de un país enemigo.
Con mucha maña y destreza supo después la reina madre atraer a don Dionis de
Portugal a una entrevista, y en ello le redujo a ajustar una paz, en que se
estipuló el matrimonio antes proyectado del rey don Fernando con la infanta
portuguesa doña Constanza, y el de doña Beatriz de Castilla con el príncipe
heredero de Portugal, entregando al monarca portugués varias plazas, y obligándose
él a auxiliar al castellano (1297). Al año siguiente pudo ya la reina juntar un
buen ejército, con que recobró a Ampudia, teniendo que fugarse de noche don
Juan de Lara, que después fue hecho prisionero por don Juan Alfonso de Haro, y
puesto otra vez en libertad por la reina. Era un continuo tráfago de
rebeliones, de guerras, de sumisiones y de revueltas, más fácil de comprender
que de describir.
Si en las cortes de Valladolid de 1300 los
concejos penetrados de la buena administración de la reina le votaban
subsidios, y el infante don Juan juraba fidelidad y obediencia al rey don
Fernando y a sus hermanos caso que subiesen al trono, el juramento duraba en él
lo que tantos otros que llevaba hechos, y lo mismo que duraban los de don
Dionis de Portugal, los de don Enrique, los de los Laras, y los de casi todos
los personajes de aquella época; y al año siguiente (1301) se le ve hacer en
unión con don Enrique un tratado con el rey de Aragón ofreciendo entregarle el
reino de Murcia con tal que les ayudara en sus empresas. Apoderáronse en su
virtud los aragoneses de Lorca, pero rescatada luego por las tropas de doña
María, y habiendo ocurrido disturbios en Aragón retirose de Murcia don Jaime II
sin haber podido conseguir de la reina de Castilla le dejara la plaza de
Alicante que él pretendía retener (1302).
Alcanzó la noble doña María de Molina por
este tiempo un triunfo moral que le valió más que los de las armas. Llegáronle
al fin letras de Roma, en que el papa le declaraba la legitimidad de sus hijos
y le otorgaba la dispensa matrimonial para el rey Fernando, si bien a costa de
diez mil marcos de plata. Golpe fue este que desconcertó a los pretendientes,
que desalentó a don Alfonso de la Cerda, y dio no poco pesar a don Enrique, que
se consolaba con propalar que eran falsas las letras pontificias. Dos calamidades,
que añadidas a la de la guerra afligieron entonces el ya harto castigado reino
de Castilla, el hambre y la peste, pusieron aquella ilustre reina en ocasión de
ganar más y más el cariño de sus pueblos. Corriendo de ciudad en ciudad como un
ángel consolador, reparaba los males de la guerra, socorría los enfermos,
llevaba pan a los pobres y recogía por todas partes las bendiciones del pueblo:
«¡noble carácter, exclama con razón un escritor ilustre, ideal y casta figura
que resalta sobre este fondo monótono de crímenes y de infamias, y consuela al
historiador de este cuadro de miserias que se ve precisado a delinear!»
En aquel mismo año se celebró el matrimonio
del joven rey de Castilla con la infanta de Portugal. Pero en medio de tan
puras satisfacciones estábale reservado a la noble reina doña María probar uno
de los sinsabores que debían serle más amargos, la ingratitud de aquel mismo
hijo a quien consagraba todos sus desvelos y por quien tanto se sacrificaba.
Deseaban el infante don Juan y Núñez de Lara sacar al rey de la tutela y lado
de su madre, a cuyo efecto, comenzaron por indisponerle con ella, diciéndole que
su madre no pensaba sino en seguir apoderada del gobierno sin darle a él
participación alguna en el poder, que mientras estuviera dirigido por ella no
tendría sino el nombre de rey, y que él era pobre mientras ella se enriquecía,
con otros discursos propios para alucinar a un joven de no precoz ni muy sutil
inteligencia. Dueños por este medio del ánimo y del corazón del débil príncipe,
persuadiéronle fácilmente a que abandonara a su madre, y Fernando, dejándose
arrastrar de sus instigaciones, con pretexto de ir con ellos de caza marchose
con sus nuevos consejeros por tierras de León y de Extremadura, donde cazaba y
se divertía y hacia oficios de rey; pero perdiendo para con los pueblos que le
iban conociendo de cerca aquel afecto mezclado de compasión que al lado de su
madre les habían inspirado sus desgracias y su corta edad. Así fue, que,
habiendo convocado cortes de leoneses en Medina del Campo, los procuradores de
las villas rehusaban asistir a ellas sin orden de la reina, y el concejo de
Medina ofreció a doña María que cerraría las puertas al rey y a los infantes.
Lejos de consentir en ello la noble reina, rogó a los concejos que obedecieran
la orden del rey, y llevando aún más allá su abnegación y su amor de madre,
accediendo a las instancias del hijo ingrato, consintió en concurrir ella misma
a aquellas cortes para ganar sufragios al rey: y en verdad bien le hizo falta
el auxilio de su madre, porque solo ella pudo contener a los procuradores, que
disgustados de ver al débil monarca supeditado por sus nuevos Mentores, el
infante don Juan y el de Lara, hicieron demostraciones de querer abandonar la
asamblea (149).
Pretendieron estos mismos que el rey hiciera
a su madre presentar en estas cortes las cuentas de su tutela y administración,
creyendo hallar en ellas cargos graves que hacer a la reina doña María, como
que habían esparcido la voz de que en cada uno de los cuatro años anteriores
había guardado para sí cuatro cuentos de maravedís. No pareciéndole bien a
Fernando mostrar así a las claras tan injuriosa sospecha a su madre,
propusiéronle, y él lo aceptó, como si en sustancia no fuese lo mismo, pedir
las dichas cuentas al canciller de la reina, abad de Santander. El canciller
exhibió sus libros, en que constaba con admirable exactitud y minuciosidad la
inversión de todos los fondos, y examinadas y sumadas las partidas se halló que
no solamente no se habían distraído los cuatro millones de maravedís anuales
que se pretendía, sino que la reina había hecho en servicio del rey un anticipo
de dos cuentos más, que había pedido prestados. Resultó para mayor honra suya y
confusión de sus enemigos, que había vendido todas sus alhajas para los gastos
y atenciones de la guerra, sin haberle quedado sino un vaso de plata para
beber, y que comía en escudillas de barro. Con esto enmudecieron sus
acusadores, y la venganza que la noble reina tomó fue rogar a las cortes que
diesen a su hijo los servicios que pedía (150).
Abreviemos los enojosos sucesos de este
reinado de discordias y de intrigas.
Aprovechándose de ellas como buen político el
rey Mohammed II de Granada, no solo había mantenido con esplendor su pequeño
reino, sino que había llevado sus huestes hasta las puertas de Jaén, incendiado
el arrabal de Baena, y apoderándose de la fortaleza de Bezmar, hasta que fue
llevado en 1302 «del reinado de esta vida al eterno descanso, como dice el
historiador árabe, estando en su azala con gran tranquilidad y sin aparente
quebranto en su salud.» Su hijo Mohammed III (151), heredero del valor y del talento de su padre,
pero no de su fortuna, después de haber tomado algunas plazas fuertes a los
cristianos, desistió de aquella guerra, y se resignó a tratar con Fernando IV
de Castilla, reconociéndose vasallo suyo, pero cediéndole éste las plazas
conquistadas, a condición de que quedara Tarifa en los dominios castellanos
(1304): tratado que hizo el rey de Castilla por consejo de sus favoritos y sin
contar con su madre. Continuaban en este reino las turbulencias y los amaños
entre el rey, la reina, los infantes y los poderosos señores de Lara y de Haro.
La muerte del infante don Enrique (1305), sin dejar sucesión, volviendo de este
modo las villas y plazas que poseía al dominio de la corona, dio a Castilla una
tranquilidad momentánea. Y en cuanto a las diferencias y pleitos con el de
Aragón, convínose en someterlas al juicio de árbitros, que lo fueron por parte
de Castilla el infante don Juan, por la de Aragón el obispo de Zaragoza, y el
rey don Dionis de Portugal como mediador entre los dos monarcas. Habidas las
correspondientes conferencias en Campillo, concluyose la negociación de un modo
favorable al aragonés, determinándose que quedaran por él Alicante y muchas
otras plazas al Norte del Júcar; que a don Alfonso de la Cerda se le señalarían
las rentas de varios pueblos hasta la suma de cuatrocientos mil maravedís,
cediendo él todas las plazas que tenía; que se daría a su hermano don Fernando
la renta de infante de Castilla, y que antes de firmarse el tratado prestarían
los dos hermanos juramento de homenaje y de fidelidad al rey. De esta manera
trocó el hijo primogénito de don Fernando de la Cerda su derecho a la corona de
Castilla por una no muy cuantiosa suma de dinero, y fue apellidado en adelante
Alfonso el Desheredado.
https://monedamedieval.es/sellos-reales
Pero las querellas, las intrigas, las guerras
parciales entre el rey, el infante don Juan, los Haros y los Laras, no tenían
término. Pareció que le habrían de tener cuando las cortes de Valladolid (1308)
ratificaron un tratado en que se dejaba a don Diego de Haro el señorío de
Vizcaya por toda su vida, a condición de que después pasaría, a excepción de
algunas plazas, a la mujer del infante don Juan y a sus herederos. Mas como en
todas estas negociaciones había de haber siempre un descontento que mantuviera
el país en estado de eterna inquietud y agitación, esta vez lo fue don Juan de
Lara, a quien el rey se vio precisado a hacer guerra y a quien tuvo cercado en
Turdehumos. Nada, sin embargo, adelantó el monarca, porque confabulados otra
vez el de Lara y el infante, obligáronle a pactar una reconciliación, y lo que
fue más, a mudar la gente de su consejo. Así andaban siempre. Hasta que al fin
conoció el rey, ya por los desengaños que recibía, ya por los consejos e
instrucciones de su madre, que, para librarse de las importunidades de aquellos
turbulentos y soberbios vasallos, le era menester recurrir a la política de sus
antecesores, a promover la guerra contra los moros. En este pensamiento
coincidió felizmente don Jaime II de Aragón, y poniéndose de acuerdo los dos
monarcas solicitaron del papa las gracias espirituales que solían otorgarse
para esta clase de empresas. El papa Clemente V no solo les concedió por tres
años el tercio de las rentas de la Iglesia, sino que dando de mano a los antiguos
escrúpulos de Roma sobre impedimentos de parentesco para los matrimonios,
dispensó sin dificultad en el de segundo grado que mediaba entre el infante don
Jaime de Aragón y la infanta doña Leonor de Castilla, cuyo enlace se concertó
como prenda de reconciliación entre ambos soberanos, al mismo tiempo que el del
infante don Pedro de Castilla, hermano del rey, con doña María, hija del de
Aragón.
Las cortes de Madrid, congregadas en este
mismo año (1308), no solo aprobaron unánimemente la empresa, sino que votaron
con gusto cuantos subsidios le fueron pedidos. Reunidas las tropas en Toledo, y
encomendada la gobernación del estado, durante la ausencia del rey, a la reina
madre doña María de Molina, se decidió, por consejo y empeño del rey de Aragón,
que el ejército castellano emprendiera el sitio de Algeciras, mientras el
aragonés tomaba a su cargo el de Almería. La ocasión era oportuna, y favorables
las circunstancias. Había muerto asesinado dentro de su propio harem el rey de
Marruecos Abu Yussuf, y reemplazádole en el trono Amer ben Yussuf su nieto: y
en cuanto a Mohammed III de Granada, ocupado en hermosear su capital con
suntuosas mezquitas y lujosos baños, gozando de prosperidad dentro de su reino,
pero sin aliados fuera, no estaba en aptitud de poder resistir a dos tan
poderosos monarcas reunidos. Púsose, pues, el de Aragón con su flota sobre
Almería, mientras el castellano con su ejército y su armada avanzaba a la playa
y campo de Algeciras. El emir Mohammed acudió en socorro de la plaza, «pero las
copiosas lluvias y recio temporal, dice el escritor arábigo, no le dejaron
hacer cosa de provecho.» Supieron los cristianos que la de Gibraltar estaba mal
guardada, la cercaron, la combatieron, la tomaron y repararon después sus muros
(agosto, 1309). Sobre mil y quinientos muslimes fueron, a petición suya,
enviados a África. Cuéntase de un viejo musulmán que, al verse lanzado de su
casa, le dijo al rey de Castilla: «Señor, ¿qué te he hecho yo para que me
arrojes de aquí? Tu bisabuelo el rey Fernando me echó de Sevilla y me fui a
vivir a Jerez: cuando tu abuelo tomó a Jerez, yo me refugié en Tarifa, de donde
me arrojó tu padre Sancho. Vine aquí creyendo estar más seguro que en otro
cualquier lugar de España, y he aquí que ya no hay de este lado del mar punto
alguno en que se pueda vivir tranquilo, y será menester que me vaya a África a
acabar mis días.» El discurso del anciano musulmán compendiaba la historia de
los triunfos de Castilla sobre los moros en este último medio siglo.
No faltaron al rey trabajos y disgustos de
todo género en el sitio de Algeciras, y allí mismo le abandonó otra vez el
versátil y turbulento infante don Juan, desamparando el cerco y arrastrando
consigo más de quinientos caballeros, entre ellos el infante don Juan Manuel (152).
Quedó el rey don Fernando reducido a seiscientos hombres de armas y a su
hermano don Pedro. Mas ni aquella defección, ni los consejos que le daban para
que alzase el sitio, ni la crudeza del temporal, ni la penuria y enfermedades
que su corta hueste padecía, ni el ver sucumbir de la epidemia a don Diego de
Haro y a otros ricos-hombres, nada bastó a hacerle desistir de aquella empresa,
«teniendo, dice la crónica, muy a corazón de tomar la villa... mostrando muy
gran esfuerzo y muy gran reciedumbre, y por muchos afincamientos que le
hicieron, a la cima respondió que antes quería allí morir que no levantarse
dende deshonrado (153).» Acudiéronle al fin el arzobispo de
Santiago, y el infante don Felipe su hermano con un refuerzo de cuatrocientos
caballeros; y las copiosas e incesantes lluvias, que tenían acobardado ya al
ejército castellano, se convirtieron en provecho suyo, puesto que aquello mismo
impidió al rey de Granada socorrer a los sitiados. Viendo, pues, Mohammed la
insistencia del de Castilla, que por otra parte el de Aragón con sus
almogávares le estaba devastando las tierras de Almería, que Ceuta le había
sido tomada por el antiguo walí de Almería Suleyman ben Rebieh en unión con los
aragoneses, y que en la misma Granada se estaban urdiendo sordas tramas contra
él, pidió la paz al castellano, ofreciendo entregarle Bezmar, Quesada, y otras
dos plazas de la frontera, con cincuenta mil doblas de oro (154), y
reconocerse su vasallo siempre que levantara el cerco de Algeciras. El rey
aceptó la proposición, y firmada la paz, retirose a Burgos a asistir a las
bodas de su hermana Isabel con el duque Juan de Bretaña (enero, 1310).
La paz de Algeciras sirvió de pretexto a los
descontentos y a los conspiradores de Granada para hacer estallar más pronto la
conjuración. Un día a la hora del alba de la fiesta de Alfitra cercaron el
alcázar muchas gentes del bajo pueblo gritando: «¡Viva Muley Nazar! ¡Viva
nuestro rey Nazar!» Otra infinita chusma de gente menuda, dice el historiador
árabe, acometió la casa del wazir Abu Abdallah el Lachmi, y robó y saqueó el
oro y la plata, vestidos, armas y caballos, destruyendo ricas alhajas, y quemando
muebles y preciosos libros que tenía. Entretanto los caudillos de la sedición
cercaron al rey Mohammed y y le intimaron que, pues el pueblo proclamaba a su
hermano Nazar, le daban a escoger entre perder la corona o la cabeza. El buen
Mohammed, viéndose solo, prefirió lo primero, y renunció aquella noche el reino
en su hermano, el cual sin querer verle le hizo conducir a Almuñécar, donde aún
sobrevivió cinco o seis años a su infortunio. El Nazar quedó solemnemente
proclamad (155).
Apenas se supo en Castilla la revolución de Granada, el rey Fernando, de
acuerdo con el de Aragón, determinó hacer una nueva expedición a Andalucía. Las
cortes de Valladolid le votaron cinco servicios y una moneda forera, y el
ejército castellano conducido por el infante don Pedro, fue a poner sitio a
Alcaudete, sin que el nuevo emir de Granada pudiera conseguir una tregua que
pidió al de Castilla. El rey, después de haber recorrido varios pueblos de
Castilla y de León, pasó a Jaén para incorporarse con su ejército en Alcaudete,
dos meses hacía cercada por su hermano don Pedro. Al llegar a Martos mandó dar
muerte a dos caballeros, de quienes se sospechaba que eran los que habían
asesinado a un favorito del rey. El suplicio de estos dos caballeros hizo
entonces gran ruido y adquirió después gran celebridad histórica, así por haber
ocasionado la muerte del rey con circunstancias bien singulares, como por haber
dado motivo a que se le aplicara el sobrenombre de el Emplazado con
que es conocido.
Cuenta la crónica, que hallándose el rey en
Palencia (156), al
salir una noche del palacio real el caballero don Juan de Benavides (157) de
hablar con el rey, fue asaltado y asesinado por dos hombres. Sospechábase que
los dos caballeros que el rey encontró en Martos eran los asesinos de
Benavides, y aunque ellos protestaron ante el monarca y ofrecieron hacer una
plena justificación de su inocencia, el rey se negó a admitirla, y sin forma de
proceso «Mandolos despeñar de la peña de Martos.» Al tiempo de morir, «viendo,
dice la crónica, que los mataban con tuerto,» esto es, injustamente, emplazaron
al rey para que compareciese con ellos a juicio ante el tribunal de Dios dentro
de treinta días. Eran estos caballeros dos hermanos llamados don Pedro y don
Juan de Carvajal. Hecha la ejecución, el rey se fue al campo de Alcaudete,
donde le acometió una dolencia, que hizo necesario retirarle a Jaén, donde a
pocos días recibió la noticia de haberse rendido la plaza al infante don Pedro
y haberse hecho la paz con el rey de Granada. Al decir de algunas crónicas, el
rey parecía haber recobrado casi enteramente la salud, como que habiendo ido
don Pedro su hermano a verle, acordó con él y con los ricos-hombres que fuesen
al otro día a hacer la guerra al walí de Málaga, enemigo del de Granada con
quien estaban ya avenidos. Habiendo comido el rey, se fue a dormir, y cuando
entraron a despertarle le hallaron muerto. Era el 7 de setiembre (1312), y se
cumplía el plazo de los treinta días que le habían señalado los hermanos
Carvajales para comparecer con ellos ante Dios, por cuyo motivo se le dio el
nombre de Fernando el Emplazado con que le designa la
historia, y era natural que su muerte se atribuyera a castigo del cielo (158).
Murió de edad de veinte y cinco años, y había reinado algo más de diez y siete (159).
No dejando sino un hijo varón, el infante don
Alfonso, en tan tierna edad que solo contaba un año y veinte y cuatro días, el
cual fue aclamado rey después de la muerte de su padre, quedó Castilla, no bien
había salido de las turbulencias de una menoría, expuesta a las borrascas y
agitaciones de una menor edad todavía más larga.
Un acontecimiento memorable señaló los
últimos tiempos del reinado de Fernando IV de Castilla, acontecimiento que fue
de los más ruidosos e importantes que cuenta la historia de la edad media, a
saber, la caída y destrucción de los templarios, cuyo suceso referiremos en
otro lugar, por haberse verificado con más estrépito y solemnidad y hecho más
eco en otros reinos que en el de Castilla.
ALFONSO XI EL JUSTICIERO EN CASTILLA
DE 1312 a 1350
Era desgracia de la monarquía castellana que
con tanta frecuencia y tan a menudo sucediesen en el reino príncipes de menor
edad (160).
Aun duraban en Castilla los efectos de las agitaciones y turbulencias que la
habían conmovido en la menoría de Fernando IV, cuando fue proclamado en Jaén su
hijo Alfonso, niño de escasos trece meses, bajo los auspicios de su tío el
infante don Pedro (7 de setiembre, 1312), hallándose el reino en situación no
menos crítica, ni menos devorado por los partidos que cuando le heredó el rey
su padre. Muchos pretendían la tutela del tierno monarca, que a la sazón se
criaba en Ávila. Tantos eran los aspirantes cuantos eran los deudos del
huérfano. Don Pedro y don Juan, tíos del rey difunto; los infantes don Felipe y
don Juan Manuel; don Juan Núñez de Lara; buscando cada cual el apoyo de alguna
de las reinas viudas, doña María de Molina y doña Constanza, abuela y madre del
rey niño, todos querían ser los tutores y los gobernadores del reino, todos se
aprestaban a apoyar su pretensión con las armas. Viéronse y conferenciaron los
pretendientes entre sí y con las reinas, mas no eran fáciles de concertar
tantas ambiciones individuales. Don Juan Núñez de Lara fue el primero que quiso
sacar de Ávila al rey: intentáronlo a su vez su tío don Pedro y su madre doña
Constanza, que con este objeto habían partido de Andalucía. Negáronsele a unos
y a otros los caballeros de Ávila y muy principalmente el obispo, que para
defender el precioso depósito que les estaba confiado se encerró con él en la catedral,
que no era ya la primera vez que había servido de fortaleza para custodia y
guarda de disputados príncipes. Obraba así el prelado por secretas
instrucciones de la previsora y prudente doña María de Molina, que no quería se
entregase a nadie su nieto hasta que las Cortes determinasen quién se había de
encargar de su guarda y tutela.
Congregáronse estas en Palencia (1313); más
en vez de esperar su pacífica deliberación, cada pretendiente se presentó en la
ciudad o su comarca con cuánta gente armada pudo reunir de los que seguían su
respectivo bando. La actitud y el aparato eran más bien de enemigos ejércitos
que iban a combatir, que de cortes llamadas a deliberar. En su virtud los
prelados y procuradores, que se hallaban en punto a tutela tan divididos como
los pueblos mismos, tomaron unos por tutor al infante don Pedro con su madre la
reina doña María, otros al infante don Juan con la reina doña Constanza,
acordando que cada cual ejerciese la tutoría y gobierno en las ciudades y
pueblos que por cada uno se hubiesen declarado o se declarasen: extraña
resolución, pero la única que se creyó podría evitar al pronto una guerra
civil. La muerte de doña Constanza que sobrevino en Sahagún al tiempo que se
hallaban reunidos en esta villa los procuradores de Castilla y de León, hizo
que el infante don Juan, viéndose sin este apoyo, se viniese más a partido y
concertase con don Pedro y doña María que la crianza del rey se encomendase a
la reina su abuela; que el consejo real, que parece se llamaba ya antes
chancillería, acompañase siempre al rey y tuviese el gobierno supremo del
reino; pero que fuera de los casos graves ellos ejercerían jurisdicción en las
ciudades y villas que los hubiesen elegido por tutores.
En virtud de este acuerdo, que firmaron en el
monasterio de Palazuelo, los ciudadanos de Ávila hicieron entrega de la persona
del rey a la reina doña María (1314), la cual le llevó consigo a Toro. Este
concierto fue ratificado después en las cortes de Burgos (1315), con pequeñas
modificaciones, añadiéndose que en el caso de morir alguno o algunos de los
tres tutores, la tutoría se refundiese en aquel o aquellos que sobrevivieran.
Durante estas cortes murió don Juan Núñez de Lara, que era mayordomo de la casa
real, cuyo cargo se dio a don Alfonso hijo del infante don Juan.
No impedían estos conciertos y avenencias
para que Castilla ardiera en guerras parciales entre los otros infantes y los
grandes señores del reino, guerras que bastaban para turbar el sosiego público
y causar estragos en las poblaciones, pero reducidas a particulares reyertas,
hijas de la ambición y tensiones personales tan comunes en tiempos de menorías
y de gobiernos débiles. Hubo no obstante un resto de patriotismo para atender
en medio de este miserable estado a la guerra contra los moros de Granada, donde
las cosas andaban todavía más seriamente turbadas que en Castilla. El emir
Muley Nazar no podía asegurarse en el trono de que había lanzado a su hermano
Mohammed III, y su pernicioso ejemplo había encontrado imitadores en los
miembros de su propia familia. Aprovechando su sobrino Abul Walid la irritación
que había producido en el pueblo la conducta del ministro favorito de su tío,
se presentó a las puertas de Granada a la cabeza de un partido numeroso.
Subleváronse con esto los descontentos de la ciudad, entregose el populacho a
todo género de excesos y de desmanes, y franqueando las puertas a los
insurrectos de fuera, el emir Nazar tuvo que refugiarse con una pequeña escolta
en el palacio de la Alhambra. Ocurriole entonces pedir auxilio al infante don Pedro
de Castilla, conocido ya en Andalucía por sus campañas en el anterior reinado,
y vencedor en otro tiempo en Alcaudete; el cual, aunque se apresuró a socorrer
al apurado emir, llegó ya tarde, y en ocasión que aquel se había visto forzado
a abdicar el trono, recibiendo en cambio la ciudad de Guadix y su distrito, en
cuyo pequeño estado acabó pacíficamente sus días rodeado de sus parciales, que
nunca pudieron reducirle a que probara de nuevo fortuna ni a que tratara de
reivindicar sus derechos (162). El infante don Pedro, ya que no llegó a
tiempo de socorrer al emir, atacó y tomó la fortaleza de Rute, pasando a
cuchillo a sus defensores, con lo cual se retiró por entonces a Córdoba, y de
allí a Castilla, a causa de las revueltas que agitaban el reino.
El nuevo rey de Granada Ismail Abul Walid ben
Ferag (163), era muy ardiente defensor de las leyes y
prácticas del Corán; prohibió el uso tan admitido del vino, e impuso ciertos
tributos a los judíos, y mandó que llevaran en sus vestidos una señal que los
distinguiera de los musulmanes. Enemigo también de los cristianos, envió una
hueste a combatir a los fronteros de Martos que conducían a Guadix una recua
cargada de bastimentos. Trabose entre unos y otros un sangriento combate en que
perecieron mil quinientos jinetes musulmanes, mas no sin que costara también la
vida a ilustres campeones cristianos. Los moros llamaron este combate la
batalla de Fortuna (1316). Alentados con esto los castellanos, cercaron porción
de fortalezas del reino granadino, y corrieron y talaron las huertas y viñas de
aquella tierra: pero se retiraron a la aproximación de un grande ejército que
Ismail había hecho congregar. Queriendo el emir emplear con provecho aquella
gente, la envió a poner cerco a Gibraltar para ver de arrancar esta plaza de
poder de los cristianos, que le convenía también para hacer frente a los
Beni-Merines de África poseedores de Ceuta. Pero socorridos a tiempo los de
Gibraltar por mar y tierra por los fronteros de Sevilla, tuvieron los
musulmanes que levantar el sitio sin atreverse a aventurar batalla.
Acudió otra vez don Pedro a Andalucía, y con
su actividad acostumbrada recorrió todo el país de Jaén hasta tres leguas de
Granada, incendió y saqueo algunas poblaciones y tomó varias fortalezas. Veía
con celos su tío don Juan de Castilla la fama y autoridad que daban a don Pedro
sus esclarecidas hazañas en la guerra, y mortificábale la estimación y el
influjo que su compañero de regencia iba ganando. Tenía don Juan levantada
mucha gente en Castilla la Vieja: cualquiera que fuera el destino que pensara darle,
la reina doña María tuvo maña para hacer que don Juan llevara también aquellas
tropas a pelear con los moros granadinos, conviniendo en que los dos infantes
acometerían a los sarracenos por dos lados. Hiciéronlo así; cercaron castillos,
devastaron pueblos, y por último aparecieron reunidos en la Vega de Granada.
Ismail habló a sus caudillos y les representó la mengua que estaban sufriendo.
Armose toda la juventud granadina y se unió a la guardia del rey. Añaden
algunos que Ismail había tomado el partido desesperado de comprar el auxilio
del rey de Fez, al precio de entregarle Algeciras y otras cinco plazas. Los
escritores árabes que hemos visto no lo dicen. Lo que se sabe es que un día
salió Ismail de Granada con una hueste numerosa y decidida, y que, habiendo
encontrado a los cristianos, inferiores en número, los acometieron y acosaron
con tanto furor, «que los dos esforzados» príncipes de Castilla (dice la
crónica musulmana) murieron allí peleando como bravos leones: ambos cayeron en
lo más recio y ardiente del combate (1319).» El ejército castellano huyó en
desorden: el cadáver del infante don Juan quedó en poder de los infieles:
reclamado después por su hijo don Juan el Tuerto, le fue devuelto por el emir
en un féretro forrado de un paño de oro. El vencedor Ismail no solo recobró las
fortalezas que le habían tomado los infantes en el país granadino, sino que
destacó un cuerpo de moros, para que se apoderara de algunas plazas de la
frontera de Murcia. Los castellanos, de resultas de la catástrofe de los infantes,
pidieron una tregua, e Ismail se la otorgó por tres años (164).
https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Libro_de_la_Coronaci%C3%B3n_de_los_Reyes_de_Castilla--2.jpg
https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Libro_de_la_Coronaci%C3%B3n_de_los_Reyes_de_Castilla--1.jpg
Con la muerte de los infantes, y en
conformidad al acuerdo de las cortes de Burgos, quedaba la reina doña María de
Molina única tutora del rey su nieto, en cuya virtud despachó cartas a todas
las ciudades anunciando lo acontecido, recordándoles la lealtad que le debían,
y exhortándoles a que no se dejaran seducir de nadie en menoscabo de sus
derechos. Mas no era cosa fácil, y menos en tales circunstancias, poner freno a
ambiciones personales. Faltaron dos tutores, y se multiplicaron los
pretendientes a la tutoría. Eran entre estos los principales los infantes don
Juan Manuel y don Felipe, que guerrearon entre sí, y si bien no se atrevieron a
darse combate formal vengábanse mutuamente en estragar las villas y comarcas
pertenecientes a cada uno, o las que respectivamente los habían nombrado
tutores. Contra estos y contra la reina doña María intrigaba en Castilla don
Juan el Tuerto, hijo del infante don Juan, a quien se adhirió don Fernando de
la Cerda. Cada cual trataba de satisfacer su particular ambición y de medrar a
favor del desorden; entre tantos tutores el rey estaba sin verdadera tutela, y
el reino era presa de las envidias personales. La prudencia de doña María,
única tutora legítima y desinteresada, no alcanzaba a remediar tan lamentable
anarquía, porque el mal no estaba solo en los magnates, sino también en los
pueblos, que con admirable veleidad y ligereza nombraban un tutor y le
desechaban, se ponían en manos de otro y le despedían también, y volvían a
entregarse al primero, o a otro que les ofreciera mejor partido, y esto
acontecía en todas partes, así en Segovia como en Burgos, así en Sevilla como
en Zamora. La reina, con deseo de remediar tan miserable estado, había
convocado cortes en Palencia: más para colmo de desdichas, cuando se preparaba
a ir a ellas adoleció gravemente en Valladolid, consumidas y gastadas todas sus
fuerzas, no tanto por los años como por las fatigas y pesadumbres del gobierno
de tres turbulentos reinados.
Viéndose cercana a la muerte convocó a todos
los caballeros y regidores de la ciudad, y expresándoles la confianza que en
ellos tenía, les hizo entrega de la persona del rey encomendándoles su guarda y
educación, y encareciéndoles que no le fiasen a nadie del mundo hasta que
llegase a edad de gobernar por sí el reino (tenía entonces don Alfonso diez
años). Prometieron ellos corresponder a tamaña honra y cumplirlo así. La reina
recibió muy devotamente los sacramentos de la Iglesia, y después de los trabajos
de esta vida pasó a gozar del eterno descanso en julio de 1321, hallándose
aposentada en una casita contigua al convento de San Francisco de Valladolid, y
fue enterrada en el de las Huelgas de la misma ciudad, fundado por ella como
otros muchos monasterios, que en esto convertía aquella señora sus propios
palacios. Faltando a Castilla el amparo de la mujer fuerte, única que en tres
reinados consecutivos había impedido con su brazo siempre aplicado al timón y
al remo que acabara de naufragar el bajel del Estado, combatido por tan recias
y continuas borrascas, quedaba aquel a merced de encontrados y desencadenados
vientos, sufriendo el azote de los partidos y de las miserables ambiciones. El
cuadro desconsolador que ofrecía el reino después de la muerte de doña María,
le dibuja con vivos colores la Crónica antigua, cuyas palabras vamos a
trascribir, porque nada hay que pueda pintar con más energía el triste estado a
que se vio reducida Castilla.
«Todos los ricos-omes, (dice), et los
caballeros vivían de robos et de tomas que facían en la tierra, et los tutores
consentiangelo por los aver cada uno de ellos en su ayuda. Et quando algunos de
los Ricos-omes et caballeros se partían de la amistad de alguno de los tutores,
aquel de quien se partían destroíale todos los logares et los vasallos que
avía, diciendo que lo facía a voz de justicia por el mal que feciera en quanto
con él estovo: lo coal nunca les estrañaban en quanto estaban con la su
amistad. Otrosí todos los de las villas cada uno en sus lugares eran partidos
en vandos, tan bien los que avian tutores, como los que los non avían tomado.
Et en las villas que avían tutores, los que más podían apremiaban a los otros,
tanto porque avían a catar manera como saliesen del poder de aquel tutor, et
tomasen otro, porque fuesen desfechos et destroidos sus contrarios. Et algunas
villas que non tomaron tutores, los que avían el poder tomaban las rentas del
Rey, et apremiaban los que poco podian, et echaban pechos desaforados… Et en
nenguna parte del regno non se facia justicia con derecho; et llegaron la
tierra a tal estado, que non osaban andar los omes por los caminos sinon
armados, et muchos en una compaña, porque se podiesen defender de los
robadores. Et los logares que non eran cercados non moraba nenguno; et en los
logares que eran cercados manteníanse los más dellos de los robos et furtos que
facian; et en esso tan bien avenían muchos de las villas, et de los que eran
labradores, como los fijos-dalgo: et tanto era el mal que se facia en la
tierra, que, aunque fallasen los omes muertos por los caminos, non lo avían por
extraño. Nin otrosí avían por extraño los furtos, et robos, et daños, et males
que se facían en las villas, nin en los caminos. Et demás desto los tutores
echaban muchos pechos desaforados, et servicios en la tierra de cada año, et
por estas razones veno grand hermamiento en las villas del regno, et en muchos
otros logares de los Ricos-omes et de los caballeros. Et quando el rey ovo a salir
de la tutoría, falló el regno muy despoblado, et muchos logares yermos: ca con
estas maneras muchas de las gentes del regno desamparaban heredades, et los
logares en que vivian, et fueron a poblar a regnos de Aragón et de Portogal (165)»
Tal era la situación del reino cuando don
Alfonso llegó a los catorce años (1325). Urgíale tomar por sí mismo las riendas
del gobierno para ver de poner término a tan deplorable anarquía y a tan
lastimoso desorden. Así lo manifestó a los del concejo de Valladolid, que en lo
de cuidar de su guarda habían sido fieles cumplidores de la misión que les
había encomendado la reina doña María. Con esto despachó cartas con su sello a
los tutores, y otras a los prelados, ricos-hombres y concejos para que concurriesen
a las cortes que determinó celebrar en aquella ciudad. Los infantes tutores don
Felipe, don Juan Manuel y don Juan el Tuerto, acudieron al llamamiento e
hicieron renuncia solemne de la tutoría, reconociendo por señor único al rey,
que comenzó a gobernar y a proveer por sí los empleos de su casa, dando la
principal cabida en ellos y en su consejo a dos caballeros de su privanza,
Garcilaso de la Vega y Alvar Núñez de Osorio (166). Y habiendo igualmente concurrido a las
cortes los prelados, ricos-hombres y procuradores de las ciudades, se declaró
en ellas la mayor edad del rey, se le otorgaron cinco servicios y una moneda,
considerable subsidio atendida la penuria en que había quedado el país, y el
rey por su parte les confirmó los fueros, privilegios, franquezas y libertades
que tenían sus predecesores.
Pero la sumisión de los tutores duró bien
poco. Acostumbrados los príncipes a reinar ellos bajo el nombre de un rey
menor, los infantes don Juan Manuel y don Juan el Tuerto se desabrieron luego
con el monarca, y se salieron de Valladolid conjurados contra él. Para
estrechar esta confederación acordó don Juan Manuel dar a don Juan el Tuerto la
mano de su hija Constanza que se hallaba a la sazón viuda. Dispuesto el rey a
deshacer a cualquier precio esta liga y amistad que podría serle muy peligrosa,
discurrió halagar a don Juan Manuel pidiéndole para sí la mano de su hija. El
infante vio en ello un partido más ventajoso y no vacilo en otorgársela,
siquiera desairase y enojase a su asociado en la conjuración. El casamiento se
firmó y realizó, dando a don Juan Manuel en rehenes, hasta que el rey tuviese
sucesión, el alcázar de Cuenca y los castillos de Huele y de Lorca, nombrándole
además adelantado de la frontera (noviembre, 1325). Mas en cuanto al
matrimonio, no se consumó entonces en razón a la tierna edad de la infanta,
encomendando su crianza al cuidado de una aya nombrada doña Teresa, ni el rey
usó nunca con ella los derechos de esposo, de modo que no llegó doña Constanza
a ver confirmado el título de reina de Castilla por las discordias que luego
sobrevinieron.
Don Juan el Tuerto se tuvo, y no sin razón,
por ultrajado, y buscando cómo vengarse del rey pretendió y obtuvo la mano de
doña Blanca, hija de don Pedro de Castilla, (el que murió con don Juan su padre
en la vega de Granada), la cual se hallaba en Aragón con su madre doña María,
hija de don Jaime II. Separado así del servicio de Alfonso de Castilla, aliado
y amigo del aragonés, teniendo la madre de su esposa grandes dominios en
Castilla y en Vizcaya fronteras de Aragón, y poseyendo él mismo más de ochenta
entre castillos y lugares, era para el nuevo monarca castellano, y más en la
situación en que el reino se hallaba, un formidable enemigo. Alfonso XI por su
parte había comenzado a recorrer y visitar el reino, desplegando una severidad
que no podía esperarse en sus cortos años, a fin de restablecer el orden
difundiendo un terror saludable a los malhechores y díscolos, empezando por
tomar y arrasar el castillo de Valdenebro, guarida de bandidos de la clase
noble, y haciéndolos ejecutar con inexorable rigor. En las cortes de Medina del
Campo (1326) revocó algunas de las concesiones hechas en el año anterior en las
de Valladolid, y continuó su visita rodeada de un aparato imponente para el
castigo de los delitos. Llegado que hubo a Toro, y noticioso de que don Juan el
Tuerto trataba de ganar contra él a los reyes de Aragón y Portugal, enviole a
llamar so pretexto de tratar con él de la guerra de Granada y de otros
importantes negocios, encargando a los mensajeros le ofreciesen grandes
mercedes en su nombre, y que no le negaría ni aun la mano de su hermana doña
Leonor si se la pidiese. Contestó don Juan que no iría mientras tuviese el rey
en su casa a Garcilaso de la Vega, de quien recelaba mucho. También le prometió
el rey que no le encontraría ya en palacio cuando viniese. Consintió, pues, don
Juan a fuerza de instancias y de ofertas en pasar a Toro, enviándole además el
monarca un salvo-conducto en toda forma. Saliole a recibir Alfonso con mucho
agasajo y cortesanía, y convidole a comer al día siguiente. Acudió el infante a
la hora del convite, más apenas entró en palacio se vio bruscamente asaltado y
apuñalado de orden del rey, juntamente con dos caballeros que le acompañaban.
Extraña manera de hacer justicia en un rey de quince años (31 de octubre,
1326). Apoderose en seguida de las villas y castillos de don Juan, y por otra
parte Garcilaso obligó a doña María, la madre del asesinado infante, a que
cediese al rey el señorío de Vizcaya, por lo cual se intituló Alfonso adelante
en sus cartas señor de Vizcaya y de Molina (167).
Tan sumario castigo, ejecutado por un rey
imberbe, produjo la sumisión de todos los partidarios del infante, pero causó
al propio tiempo tan honda impresión de disgusto en el otro infante don Juan
Manuel, su suegro, que dejando el adelantamiento de la frontera se retiró a
tierra de Murcia. El rey determinó proseguir por sí mismo la guerra de Granada
que aquel dejaba abandonada, y poco después de haber muerto en Madrid el otro
infante don Felipe, su tío (abril, 1327), partió el monarca con numerosa hueste
para Sevilla, donde fue recibido con trasportes de júbilo y con públicos
festejos, fatigados como estaban los sevillanos con los males de una menoría
tan turbulenta y larga. Desde allí envió a llamar a don Juan Manuel, pero éste
se negó a concurrir a la guerra, enojado por el suplicio de don Juan el Tuerto.
El momento en verdad era favorable para la guerra contra los moros. En 1325 el
rey Ismail en su última campaña se había apropiado una hermosa cautiva
cristiana que su primo Mohammed, a riesgo de su vida, había libertado de los
ultrajes de los soldados. Quejose de ello Mohammed, e Ismail le desterró. El
ofendido moro con pretexto de tener que hablar al rey se acercó a las puertas
del alcázar con algunos de sus amigos, llevando todos puñales escondidos en las
mangas de las aljubas. En el momento de salir el rey se aproximaron como para
saludarle muy respetuosamente, y al punto cayó al suelo cosido a puñaladas.
Cuando los eunucos y los guardias acudieron, ya los asesinos se habían puesto
en salvo. Muerto Ismail, fue proclamado su hijo Mohammed Abu Abdallah, con el
nombre de Mohammed IV. El nuevo emir en sus guerras con los cristianos había
sufrido algunos descalabros por las tropas de don Juan Manuel, como adelantado
de la frontera, mientras los africanos se habían atrevido otra vez a penetrar
en España, y tomándole las plazas de Ronda y de Marbella. A pesar de las
escisiones que traían debilitados a los granadinos, la campaña de Alfonso se
redujo a ganarles las fortalezas de Olvera, Pruna, Ayamonte y la torre de
Alfaquín, y a un descalabro que causó la armada sevillana a una flota
sarracena.
Atenciones de otra índole embargaron el
pensamiento del joven rey de Castilla. Deseaba el de Portugal (Alfonso IV)
casar con él su hija doña María, y sabedor de que el matrimonio del castellano
con doña Constanza Manuel no se había consumado, insistió en ofrecérsela,
proponiéndole además el enlace de su hijo y sucesor don Pedro con doña Blanca
(la desposada con el difunto don Juan el Tuerto), la cual consentía en recibir
en Portugal posesiones equivalentes a las que dejaría en Castilla. Pareciéronle
al castellano ventajosas ambas proposiciones, y a pretexto de haber hecho el
matrimonio con la hija de don Juan Manuel forzado por las circunstancias y de
no libre voluntad, publicó su resolución de casarse con doña María de Portugal.
La joven y desgraciada Constanza fue recluida en el castillo de Toro (octubre
1327), y su padre se apartó abiertamente del servicio del rey, se desnaturó, buscó
por aliados al rey de Aragón y al emir de Granada, y le declaró la guerra;
guerra que se redujo a atacar mutuamente el rey y el infante sus respectivas
fortalezas y villas y estragar sus tierras. Disgustaba altamente a los
castellanos esta conducta de su monarca, e irritábalos más el verle prodigar
mercedes a sus dos favoritos Garcilaso de la Vega y Alvar Núñez de Osorio: a
este último le había hecho conde de Trastámara, de Lemos y de Sarria, señor de
Cabrera y de Ribera, camarero mayor, mayordomo mayor, adelantado mayor de la frontera,
y pertiguero mayor en tierra de Santiago (168). Ambos privados acabaron desastrosamente.
Garcilaso, que había sido enviado a Soria contra don Juan Manuel, fue asesinado
por el pueblo oyendo misa en la iglesia de San Francisco, con los caballeros
que le acompañaban.
La privanza y la altanería del nuevo conde
produjeron las sublevaciones de Zamora, Toro y Valladolid, de modo que cuando
el rey de regreso del cerco de Escalona (villa del señorío de don Juan Manuel)
se dirigió a Valladolid, cerráronle los vecinos las puertas. Combatiola el rey,
incendiando el monasterio de las Huelgas donde yacía su abuela doña María de
Molina, cuyo cuerpo hizo trasladar a otra parte, y no logró la entrada en la
ciudad sino a condición de sacrificar al nuevo conde de Trastámara Alvar Núñez,
despidiéndole de palacio y despojándole de sus dignidades. El caído favorito
trató de ligarse con don Juan Manuel, el rey le mando devolver a la corona las
ciudades que tenía en feudo, negose a ello Alvar Núñez, el monarca envió a él
un caballero de su confianza llamado Ramiro Flórez, que fingiéndose su amigo le
asesinó alevemente, y se apoderó Alfonso de las fortalezas y tesoros del conde.
De esta manera hacia justicia el rey Alfonso XI que lleva el sobrenombre
de Justiciero (169).
En medio de estas turbulencias se efectuaron
en Ciudad Rodrigo y en Fuente Aguinaldo las bodas de don Alfonso de Castilla
con doña María de Portugal, y del príncipe portugués don Pedro con doña Blanca
de Castilla (1328), pactándose alianza y amistad entre los monarcas de ambos
reinos. El de Castilla solicitó del papa Juan XXII (segundo de los que
residieron en Aviñón) la dispensa del parentesco inmediato con su nueva esposa,
y el pontífice le otorgó sin dificultad. Faltábales al portugués y al castellano
apartar al de Aragón de la alianza con don Juan Manuel: lograron este objeto
proponiendo a Alfonso IV de Aragón el casamiento con la infanta doña Leonor,
hermana del de Castilla, proposición que aceptó el aragonés, verificándose el
enlace en Tarazona (1329) con asistencia de brillante cortejo de ambas cortes y
con la solemnidad que hablando de aquel reinado dejamos en el capítulo
precedente referido. No se hicieron estas bodas sin que intercediera el de
Aragón en favor de don Juan Manuel, a quien no solamente devolvió el castellano
su hija Constanza, prisionera en Toro, y por tres años reina nominal de
Castilla, sino también sus señoríos, con una gran suma de dinero, para que le
sirviese por la parte de Murcia en la guerra que proyectaba contra los moros.
La avenencia a que con este motivo accedió don Juan Manuel fue como impuesta y
aceptada por la necesidad: el infante tomó los dineros, pero dejó tranquilos
por su parte a los moros, y no renunció a la amistad con el de Granada (170) .
Arreglados estos enlaces, pensó Alfonso de
Castilla en llevar otra vez la guerra al reino granadino. Viose con su suegro
el de Portugal, que le auxilió con quinientos jinetes, y dirigiose a Córdoba,
punto de reunión para el ejército. Algunos encuentros felices con los
musulmanes, y la conquista de Teva fueron el resultado de esta campaña, aunque
el principal y más importante fue que cansado de guerra el emir acabó por
reconocerse tributario y vasallo del de Castilla. Con esto y con haber el
infante don Alfonso de la Cerda hecho renuncia de sus derechos al trono
castellano a cambio de algunos ricos dominios, iba quedando Alfonso XI libre de
muchos de los elementos de turbación que habían agitado el reino durante su
menoría.
Mas precisamente a este tiempo fue cuando
prendió en Alfonso de Castilla el fuego de aquella célebre pasión amorosa, que
vino a ser fecundo manantial e inagotable fuente de disturbios y calamidades
para el reino. Había en Sevilla una noble dama, notable por su hermosura, «muy
fija-dalgo, dice la Crónica, et en fermosura la más apuesta
mujer que avía en el regno.» Viola Alfonso y quedó prendado de ella, y
desde aquel momento el rey se convirtió en vasallo de su dama (1330). Llamábase
esta doña Leonor de Guzmán, hija de don Pedro Núñez de Guzmán y de doña Beatriz
Ponce de León, y aunque viuda de don Juan de Velasco, contaba solo diez y nueve
años, dos más que el rey. Impacientaba por otra parte al joven monarca, y
teníase, como dice la crónica, por muy menguado de que la reina en dos años de
matrimonio no le hubiera dado todavía sucesión, y todo contribuyó a encenderle
en deseos de conquistar el corazón de la bella sevillana. Necesitábase mucha
virtud para resistir a los porfiados galanteos de un rey joven y ardientemente
enamorado, y no tuvo tanta doña Leonor; y como la linda viuda no carecía de
entendimiento, esmerábase con arte y estudio en complacer a su real amante,
previniendo sus deseos y fascinándole en términos que pronto no tuvo el rey
voluntad propia ni hacía más sino aquello que era del gusto y agrado de su
dama. Fue el primer fruto de estas amorosas relaciones un hijo que nació en
Valladolid en 1331, a quien se puso por nombre Pedro, y a quien el rey señaló
al punto estados y vasallos, y fue conocido por el apellido de Aguilar, de una
de las villas que le asignó; diole también por mayordomo uno de sus más
favorecidos caballeros llamado don Alfonso Fernández coronel. No solo causó
alegría al rey este suceso, sino que muchos cortesanos aduladores, que nunca y
en ningún tiempo han faltado a los monarcas, le felicitaron y mostraron con
públicos regocijos gran satisfacción y contentamiento. El infante don Juan
Manuel hizo más, que fue instigar a doña Leonor a que moviese al rey a casarse
con ella, repudiando a la reina legítima por infecunda, pero la Guzmán rechazó
con su buen talento la proposición, no dejándose deslumbrar con la risueña
perspectiva de un trono, y penetrando bien las complicaciones y disgustos que
tal resolución produciría.
Dio además la casualidad feliz de saberse al
propio tiempo que la reina doña María se hallaba con síntomas de ser también
madre. Entonces deliberó el rey coronarse solemnemente y armarse caballero,
costumbre que había caído en desuso en Castilla. Al efecto pasó a Santiago de
Galicia, donde ante el altar del Santo Apóstol veló toda una noche sus armas, y
bendecidas que fueron por el arzobispo, él mismo se ajustó el yelmo,
gambax, loriga, quijotes, carrilleras, zapatos de fierro y espada, e
hizo que el prelado le diera la acolada o pescozada de
ordenanza (171).
Pasó después a coronarse a Burgos, donde concurrieron los prelados, ricos-omes
e hijos-dalgo de las ciudades y villas, todo menos don Juan Manuel y don Juan
Núñez de Lara. Había el rey preparado ricos paños de oro, seda, escarlata y
pedrerías, con muchas espadas de oro, plata y cintas. Para ir a la ceremonia,
que se efectuó en la Iglesia de las Huelgas, montó en un caballo soberbiamente
enjaezado, con bridas de hilo de oro y plata, delicadamente tejido: púsole una
espuela el infante don Alfonso de la Cerda, y el otro don Pedro Fernández de
Castro. Seguíale la reina doña María, preciosamente vestida, con gran cortejo
de damas y de prelados. Verificose la ceremonia con la mayor pompa y
magnificencia, y el rey primero y la reina después se pusieron una corona de
oro esmaltada con muchas piedras preciosas. Al otro día fueron armados
caballeros muchos principales personajes, a quienes el rey quiso
particularmente honrar; todo en medio de alegres fiestas y regocijos.
Al año siguiente, en efecto, dio a luz la
reina en Valladolid un infante, que recibió el nombre de Fernando, a quien se
dio por mayordomo a don Juan Alfonso de Alburquerque (1332). El pueblo celebró
con gran júbilo el nacimiento de un heredero legítimo del trono. Pero esta
alegría no duró mucho tiempo. El niño Fernando pasó como un resplandor fugaz, y
en setiembre de 1333 ya no existía. Por fortuna la reina logró al año inmediato
resarcir aquella sensible falta con la prenda de otro hijo, que nació en Burgos
(30 de agosto, 1334), y se llamó Pedro. La providencia le destinaba a suceder a
su padre: es el que más adelante veremos reinar con el dictado de El
Cruel. Mas si la reina andaba como perezosa y tardía en dar herederos
legítimos al reino, en cambio la favorita doña Leonor iba dando repetidas
pruebas de una fecundidad prodigiosa. El 1332 tuvo el segundo hijo llamado
Sancho, a quien dio el rey el señorío de Ledesma y Béjar, y por mayordomo a
Garcilaso de la Vega, el hijo del asesinado en Soria. Y ya antes que la reina
doña María diera a luz al infante don Pedro, había la Guzmán enviado al mundo
en Sevilla otros dos gemelos nombrados don Enrique y don Fadrique. La reina no
tuvo ya más sucesión; los hijos de la favorita aumentaban casi anualmente con
una regularidad admirable. La pasión del rey parecía crecer al mismo compás; la
reina sufría desaires; dueña la Guzmán del corazón del monarca, a ella miraban
como a su norte todos los que deseaban acertar en el rumbo de sus negocios: la
reina se quedaba sin servidores: solo le permaneció heroicamente fiel el
ilustre portugués don Juan Alfonso, que fue obispo de Astorga: los cortesanos
se agrupaban servilmente en derredor de la favorita.
Veamos cómo marchaban en tanto los negocios
públicos. La guerra de Granada se renovaba de tiempo en tiempo con varios y
parciales resultados. El rey Mohammed IV había quitado por sorpresa a los
cristianos la plaza de Gibraltar que tenían mal guardada, si no por traición,
por descuido al menos y por cobardía del gobernador Vasco Pérez de Meyra, y
recobrado a Marbella, Ronda y Algeciras, que poco antes le habían tomado los africanos
merinitos. Mas el nuevo rey de Fez y de Marruecos Abul Hassan (172) pasó con sus africanos el
estrecho y se apoderó de Gebaltaric (dice el escritor arábigo) como de cosa que
le pertenecía. Mucho sintió el granadino aquella pérdida, mas no se atrevió a
romper con príncipe tan poderoso y guerrero, cuya fama era grande así en África
como en Andalucía, y escribiole sus cartas aparentando cederle de grado lo que
había ocupado por fuerza: así quedaron aliados, si no amigos. Los cristianos,
continúa el historiador árabe, fueron con gran poder sobre la fortaleza de
Gebaltaric (Gibraltar), porque conocían su importancia como llave que era de
Andalucía, y aunque los caudillos de Abul Hassan defendían bien la plaza,
fuéronsele apurando las provisiones, sin quedarles esperanza de socorro por la
parte de África, porque los cristianos tenían cercada la fortaleza por mar y
tierra, y sus galeras cruzaban sin cesar el estrecho y no dejaban llegar
vituallas. Sabiendo Mohammed el granadino el apuro de los cercados en
Gibraltar, allegó sus caballeros y marchó a darles auxilio. Entre Algeciras y
Gibraltar peleó victoriosamente con los cristianos, y los venció y obligó a
levantar el cerco. Pero haciendo, como joven, imprudente alarde de su triunfo,
diciendo a los caudillos de África que los cristianos, como buenos caballeros
que eran, no habían querido pelear con ellos, porque todos los andaluces tenían
a mengua guerrear con africanos, gente hambrienta y mezquina, irritaron de tal
manera estas picantes gracias a los de África, que desde entonces concibieron
el pensamiento aleve de asesinarle. Así lo hicieron a la primera ocasión que se
les deparó; espiáronle los pasos y le cogieron subiendo a un monte por una
áspera angostura, y allí le acometieron y pasaron a lanzadas, donde ni él podía
revolver su caballo ni sus guardias defenderle. El cuerpo de Mohammed estuvo
abandonado y desnudo en el monte, hecho el escarnio de los soldados de África,
a quienes acababa de salvar. «¡Cuán ingrata y desconocida es la barbarie!»
exclama aquí el escritor arábigo. Grandemente llorada fue por los granadinos la
infausta nueva de su muerte. Los wazires y jeques proclamaron rey a su hermano
Yussuf Abul Hagiag, mancebo de hermoso cuerpo, de trato dulce, erudito, buen
poeta y docto en diferentes ciencias y facultades, pero más dado a la paz que
al ejercicio de las armas. Así no tardó en enviar cartas y mensajeros a Sevilla
para negociar paces con los cristianos (1333), y se ajustó una tregua de cuatro
años con el rey don Alfonso con buenas condiciones (173).
En las cosas del gobierno interior del reino
desplegaba Alfonso una energía y una severidad, que hubieran sido muy
provechosas y muy loables, atendido el desorden de los años pasados, si en los
castigos no hubiera empleado muchas veces reprobados medios y usado de una
crueldad repugnante. Pudiera alabársele de que se mostrara inexorable con los
malhechores y perturbadores, de los cuales fueron muchísimos ajusticiados, sin
que ni uno solo hallara clemencia ante el rey, por más que espontáneamente se
presentara a implorarla. Pero vésele al propio tiempo emplear, no ya la dureza
y el rigor, sino a veces la violencia, a veces hasta la traición y alevosía en
los tratos y guerras con sus vasallos rebeldes, de que había dado ya ejemplos
con don Juan el Tuerto y con Alvar Núñez de Osorio. Eran los principales que se
mantenían en rebelión el infante don Juan Manuel, don Juan Núñez de Lara y don
Juan Alfonso de Haro, a quienes no había podido ni hacer que le ayudaran en la
guerra contra los moros, ni atraer a su obediencia y servicio, antes
continuaban estragándole la tierra en León y Castilla (174). Hallándose el rey en Ciudad Real le
llegó un mensajero de don Juan Núñez para decirle que se despedía de él y se
desnaturalizaba de sus reinos. Alfonso después de haberle contestado que
debería haberlo hecho antes de causar tantos daños, y que por lo mismo no podía
menos de considerarle como traidor, mandó que, al mensajero, por cómplice en
aquellos delitos, le fueran cortadas la cabeza, los pies y las manos. Y como
llegasen a tal tiempo con igual misión otros enviados de don Juan Manuel,
huyeron precipitadamente temerosos de sufrir la misma suerte. Como más adelante
le fuesen entregadas unas cartas de don Juan Alfonso a don Juan Manuel y al de
Lara, que le fueron interceptadas, y en que les decía que no se aviniesen con
el rey, sino que le corriesen la tierra, y que no sería él quien menos lo
hiciese; sabedor don Alfonso de que don Juan de Haro se hallaba en la Rioja,
partió de Burgos con toda presteza, y sitiándole en el lugar de Agoncillo, no
teniendo aquel tiempo de huir se vio forzado a presentarse al rey; diole éste
en rostro con sus cartas y su delito, y en el acto le hizo matar a lanzadas. El
señorío de los Cameros que Juan de Haro tenía dejósele como por clemencia a su
hermano Alvar Díaz bajo ciertas fianzas, si bien el rey con diversos pretextos tomó
para sí varias de sus tierras y castillos. Así hacía justicia Alfonso el
Justiciero.
Interesábale destruir al de Lara y en ello
formaba el mayor empeño, tanto que más de una vez hubiera caído ya en su poder
don Juan Núñez si no se hubiera acogido y fortificado en su villa de Lerma.
Pertenecíale el señorío de Vizcaya, por su mujer hija de doña María Díaz.
Aunque esta señora había sido antes obligada por Garcilaso a enajenar al rey
aquel dominio, el derecho subsistía, y era interés de Alfonso unir la soberanía
de hecho a la soberanía nominal. Dejando, pues, a don Juan de Lara cercado en Lerma,
pasó a Vizcaya, y en poco tiempo sometió el país, a excepción de cinco
castillos que se mantuvieron por doña María. En consecuencia, de esto, y viendo
el de Lara el fin desastroso que había tenido don Juan Alfonso de Haro, su
compañero de rebelión, determinó pedir acomodamiento y venir a merced del rey
poniendo por mediador a don Martín Fernández Portocarrero. Hízose la avenencia
cediendo el de Lara el derecho que presumía tener a la Vizcaya y a los
castillos que aun retenía en ella, y dando rehenes para lo futuro. Antes de
esto se había puesto espontáneamente bajo su protección y tutela la provincia
de Álava, que hasta entonces unas veces tomaba por señor a un hijo del rey,
otras al de Vizcaya, otras al de Lara o al de los Cameros. En la junta de
Arriaga hidalgos y labradores reconocieron el señorío del rey, el cual a
instancia suya les concedió que se gobernasen por el fuero de Calahorra (175).
Faltábale someter a don Juan Manuel (176), de cuyos castillos aun salían
cuadrillas de salteadores a robar los pueblos del señorío real. Mandó el
monarca a don Lope Gil de Ahumada le entregase una fortaleza perteneciente a
don Lope Díaz de Rojas, partidario de don Juan Manuel. Pero el alcaide Gil, en
vez de entregar el castillo, hizo disparar flechas y piedras al rey y al
estandarte real. Combatida por el rey la fortaleza con máquinas e ingenios, y
no pudiendo resistir más don Lope, se dio a capitulación consintiendo en
entregar el castillo salva su vida y las de sus defensores. Firmada la
capitulación salió don Lope Gil con sus hombres llenos todos de confianza, más
el rey los hizo arrestar, y llevados a una especie de consejo de guerra que
improvisó bajo su tienda fueron breve y sumariamente sentenciados a pena
capital y ejecutados a presencia del soberano. «Otra vez, dice un juicioso
escritor español, atropelló aquí el rey su palabra y juramento, mostrándose
tirano y sin palabra, y así abría el camino para que su hijo don Pedro le
siguiese.» Otro tanto hizo algún tiempo más adelante con el alcaide del
castillo de Iscar que tenía por don Juan Martínez de Leyva, después de haber el
rey sorprendido a éste, cogídole por los cabellos y arrastrádole un buen trecho
para que declarase de orden de quién le había cerrado el alcaide las puertas
del castillo. Con tales actos de ruda severidad, algunas veces justos, ilegales
muchas, intimidaba don Alfonso e imponía respeto a los rebeldes.
Pero el infante don Juan Manuel había crecido
en este tiempo en poder y en consideración. En una entrevista que tuvo con el
rey de Aragón su deudo y aliado en Castelfabib, se trató entre ellos grande
amistad y confederación, se pactó el matrimonio de una hija de don Juan con don
Fernando hijo del monarca aragonés, y éste confirió al infante castellano para
sí y sus sucesores el título de príncipe de Villena, comprometiéndose a
ampararle en su estado y a procurar reducirle a la gracia y obediencia del rey
de Castilla como don Juan Manuel deseaba ya, aterrado con el ejemplo del de
Haro y del de Lara (177).
Envió, en efecto, el aragonés al castellano con este fin al obispo de Burgos,
canciller mayor de la reina de Aragón, y a esto sin duda se debió la paz que se
ajustó entre Alfonso XI y don Juan Manuel, si bien éste no llegó entonces a
verse con el rey. Intimáronse también las relaciones de don Juan Manuel con
Alfonso IV de Portugal (178),
por el matrimonio que a esta sazón se pactó entre doña Constanza, la hija de
don Juan Manuel, reina de Castilla algún tiempo, y el príncipe heredero de
Portugal don Pedro, que, aunque desposado con doña Blanca de Castilla, vino a
quedar libre por el estado de parálisis y de demencia a que ésta había venido y
que la inhabilitaba para el matrimonio. Sin embargo, las bodas con doña
Constanza no se efectuaron hasta 1340.
A la muerte del rey de Aragón, ocurrida en
1535, apresurose don Juan Manuel a renovar su alianza con el nuevo monarca
aragonés don Pedro IV, el cual le confirmó el título de Príncipe de Villena.
Mas temiendo que el de Castilla quisiera despojarle de sus estados, pareciole
ser de necesidad hacer con él un acomodamiento más formal y sobre bases más
sólidas que el precedente. Efectuose este en Madrid por mediación de doña
Juana, madre de don Juan Núñez, reconociendo don Juan Manuel la soberanía de
Alfonso sobre su villa y castillo de Escalona, sobre la ciudad y castillo de
Cartagena, y sobre uno de los castillos de Peñafiel, de modo que si faltase al
servicio del monarca pasarían a ser propiedad de éste, no solo aquellos
castillos, sino además otros tres que podría elegir de entre los del señorío de
don Juan Manuel con facultad de demolerlos y arrasarlos. Esta vez llevó el
infante su condescendencia y sumisión hasta ir a besar la mano al rey que se
hallaba en Cuenca, acompañando al sometido infante la reina viuda de Aragón,
doña Juana de Lara, don Juan Núñez y su esposa, los cuales todos y cada uno de
por sí salieron fiadores de la buena fe de los contratantes. Fue, pues, don
Juan Manuel el único de los tres rebeldes a Alfonso XI que salió bien librado.
La concordia, no obstante, a pesar de todas aquellas fianzas había de durar
bien poco.
Seguían con general escándalo las intimidades
del rey de Castilla con doña Leonor de Guzmán, la cual a favor de sus amores
adulterinos y del ascendiente que ejercía sobre el obcecado monarca tenía
desairada y vergonzosamente postergada a la reina legítima. No podía el rey de
Portugal ver con fría indiferencia la humillante y desdorosa situación de su
hija, así como don Pedro de Aragón tenía presentes los disgustos que siendo
infante le había causado su madrastra, fiada en la protección de su hermano Alfonso
de Castilla (179).
Con tales disposiciones atreviese el de
Portugal a intimar a Alfonso XI de Castilla, cuando tenía cercado a don Juan
Núñez de Lara en Lerma, que levantase el cerco y le dejara libre, pues de otro
modo no podría menos de ayudar a don Juan Núñez como a vasallo suyo. La
respuesta del castellano fue más altiva que conciliadora, y el portugués le
declaró la guerra penetrando repentina y bruscamente sus tropas hasta Badajoz.
A su vez el de Castilla hizo que los suyos invadiesen el Portugal por Yelves, y
comenzó una guerra entre portugueses y castellanos, en cuyas vicisitudes y
alternativas no nos detendremos. Fue no obstante, digno de memoria el triunfo
naval que el almirante de Castilla don Alfonso Jofre Tenorio ganó sobre la
armada portuguesa, apresando muchas de sus naves, echando a pique otras, y
haciendo prisioneros al almirante portugués Manuel Pezano y a su hijo Carlos,
con lo cual volvió Jofre a San Lucas de Barrameda, y entrando en el
Guadalquivir con su flota victoriosa pasó a Sevilla a ofrecer al rey sus
gloriosos trofeos. La guerra duró con sucesos varios desde 1336 hasta 1338.
Viendo el papa Benito XII con dolor los
estragos de esta lucha lamentable entre dos príncipes cristianos, obrando como
buen apóstol y como buen pontífice, envió a España en calidad de legado al
obispo de Rhodes (180), para que en unión del arzobispo de Reims
que se hallaba a la sazón en Sevilla trabajasen en su nombre para reconciliar
los dos monarcas. Las gestiones reiteradas de los dos prelados franceses, si
bien en el principio pareció que iban a estrellarse contra la obstinación de
los soberanos, ninguno de los cuales se mostraba dispuesto a ceder, dieron al
fin un resultado favorable, aunque no tan completo como hubiera sido de desear.
Incansables en el cumplimiento de su misión los dos ilustres agentes del
pontífice, y a fuerza de hablar e instar a uno y a otro monarca, lograron por
lo menos reducirlos a pactar una tregua de diez y ocho meses, que firmó en
Mérida Alfonso de Castilla, y ratificó después Alfonso de Portugal.
Mas de pronto se ve desaparecer las
escisiones y discordias entre unos y otros monarcas, y los que aun después de
la tregua se miraban todavía o con enemiga o con recelo; se convierten en
sinceros amigos y aliados. ¿Qué es lo que ha producido tan inesperada y súbita
mudanza? La voz del común peligro ha sido más elocuente, eficaz y persuasiva
para ellos, que la voz amistosa y conciliadora de los delegados del jefe de la
iglesia. Es que desde la primavera de 1339 ha alarmado toda la España cristiana
el rumor de los inmensos armamentos que hacía el rey de Marruecos y de Fez Abul
Hassan para invadir la península con el orgulloso designio de atarla otra vez
al yugo africano. Temíase una irrupción como la de los Almorávides que condujo
Yussuf ben Tachfin, o como la de los Almohades que trajo Abdelmumen. Pero los
preparativos de Abul Hassan eran más lentos: dueño de Algeciras y de Gibraltar,
diariamente iba trasportando a España algunas huestes de África, que el emir
granadino acogía benévolamente y aun los animaba a la guerra santa contra los
cristianos. Necesitábase que amenazaran de tiempo en tiempo estos grandes
peligros para que se uniesen los príncipes españoles y depusiesen sus
particulares querellas y rivalidades. Así aconteció en los tiempos de Alfonso
V, sin lo cual no hubieran vencido en Calatañazor; así en los tiempos de
Alfonso VIII, sin lo cual no hubieran triunfado en las Navas; así ahora
también, en que el común temor unió a los reyes de Castilla, Aragón y Portugal,
para resistir al enemigo también común, de quien se decía que comenzaría la
guerra por Valencia, para que lo primero que se rescatara fuese lo último que
se había perdido. Alfonso XI de Castilla congregó sus cortes en Burgos a fin de
obtener algunos subsidios; el aragonés alcanzó del papa que le concediese el
diezmo de las rentas eclesiásticas que acostumbraba a otorgar para las guerras
contra infieles, y los reyes de Castilla y de Aragón se convinieron en enviar
cada cual una flota al estrecho para impedir el desembarco de los musulmanes:
la del aragonés constaría de la mitad de las naves de las que enviara el de
Castilla. Diose el mando de la armada castellana al almirante Jofre de Tenorio.
Partió, pues, el primero de Sevilla el rey
Alfonso XI con don Gil de Albornoz, arzobispo de Toledo, don Juan Alfonso de
Alburquerque, el infante don Juan Manuel y don Juan Núñez de Lara, ya
reconciliado con él, y con muchos otros caballeros, conduciendo diferentes
cuerpos de las órdenes militares y de los concejos, formando todo un lúcido
ejército. Entráronse resueltamente por las tierras de los moros, recorriendo
las comarcas de Antequera, Archidona y Ronda: muchas poblaciones encontraban
desiertas, porque los moros se habían refugiado, unos a las breñas, otros a las
plazas fuertes: talaban los cristianos campos y pueblos, y con gran botín se
volvieron por entonces a Sevilla, al tiempo que la armada de Aragón, compuesta
de doce galeras al mando del almirante Gilabert de Cruyllas, llegaba al
estrecho y se unía con la escuadra castellana. Era el otoño de 1339. Quedaron
don Fernando Pérez de Portocarrero en Tarifa, don Fernando Pérez Ponce de León
en Arcos, don Alfonso de Biezma, obispo de Mondoñedo, en Jerez, y con el mando
general de la frontera el gran maestre de Alcántara don Gonzalo Martínez de
Oviedo. Tuvo estos algunos reencuentros ventajosos con las huestes de Yussuf el
de Granada: las escuadras combinadas permanecieron en el estrecho todo el
invierno, y sin embargo no pudieron impedir que siguieran desembarcando
africanos. Hablábase de los formidables preparativos que continuaba haciendo en
África Abul Hassan; y Alfonso de Castilla con no menor diligencia pasó a
Madrid, congregó las cortes, pidió subsidios de hombres y dinero que los
castellanos le otorgaron gustosos, envió una embajada a Aviñón a solicitar del
papa que otorgase las gracias e indulgencias de cruzada a los que concurriesen
a esta guerra, y ordenó que estuviesen dispuestos los contingentes para el mes
de marzo de 1340.
A este tiempo habían ocurrido ya en la
frontera cosas de importancia. El príncipe Abdelmelik, hijo de Abul Hassan, que
había invernado en Algeciras, intentó apoderarse por sorpresa de los almacenes
que los cristianos tenían en Lebrija. Los rebaños que en esta algara iban
recogiendo los musulmanes por las aldeas eran conducidos por un fuerte
destacamento a Algeciras, cuando avisados los fronteros cristianos por
diligencia de Fernando Portocarrero, alcaide de Tarifa, dieron sobre ellos
impetuosamente en un valle, rescataron los ganados, mataron casi todos los
conductores, cogieron sus caballos y se volvieron a Arcos cargados de botín y
de despojos. El príncipe Abdelmelik, que había quedado con el grueso de sus
tropas en los campos de Jerez, Abdelmelik que se jactaba de no inspirarle
ningún temor las tropas cristianas, ignorante de aquel descalabro, avanzaba
lentamente en busca del destacamento de Lebrija. Un cuerpo de quinientos
berberiscos que iba delante se vio sorprendido por los cristianos, que al grito
de ¡Santiago! ¡Santiago! los arremetieron denodadamente. El
intrépido caudillo musulmán Aliatar cayó del caballo acribillado de heridas,
después de haber atravesado de parte a parte con su azagaya a un caballero de
Alcántara que le seguía. Las demás tropas musulmanas dormían todavía en sus
tiendas; muchos fueron alanceados antes de despertar, otros medios despiertos,
y los que pudieron escapar huyeron a Algeciras y a los montes con tal
precipitación que se olvidaron de que su jefe Abdelmelik quedaba allí abandonado.
Dejemos a la crónica contar con su vigorosa sencillez la muerte desgraciada de
este príncipe.
«Et aquel rey Abomelique… metióse en una
breña de zarzos cerca del arroyo. Et estando allí ascondido llegaron por allí
los cristianos, et él desque los vió, echóse como en manera de muerto: et un
cristiano vió como resollaba, et dióle dos lanzadas no le cognosciendo: et
fuese el cristiano, et fincó aquel Abomelique vivo. Et desque fueron ende
partidos los cristianos, levantóse con queja de la muerte: et un moro que
andaba ascondiéndose por aquella breña fallólo, et quisiéralo levar a cuestas; más
él desangrábase mucho de las feridas, et enflaquecia: et dixo que le dejase
alli, et que fuese a tierra de moros, si podiese, et que dixese que veniesen
allí por él. Et el moro fuese, et aquel Abomelique con la quexa de la muerte
ovo sed, et llegó al arroyo por beber del agua, et morió allí (181).» Tal fue el desastroso fin del
príncipe Abdelmelik, el hijo de Abul Hassan, el que tomó a Gibraltar, el que se
alababa de no temer las armas cristianas. «La nueva de este desmán, dice el
escritor árabe, llenó de amargura a todos los muslimes y de despecho a los
reyes de Fez y de Granada. Escribió el de Fez a todos los alcaides de África
para que le enviasen nuevas tropas, y el de Granada hizo llamamiento de sus
gentes con ánimo de tomar venganza cumplida (182).»
Desgraciadamente turbó pronto la alegría de
este triunfo la muerte del almirante de la flota aragonesa Gilabert de
Cruyllas. Este intrépido marino cometió la indiscreción de hacer un desembarco
en la costa de Algeciras. Acomedido, acosado y envuelto por las tropas
musulmanas, cayó atravesado de una flecha. Los de la armada de Aragón, viéndose
privados de su jefe, se retiraron con sus galeras a Cataluña, quedando sola la
escuadra de Castilla para guardar el estrecho (febrero, 1340).
A este tiempo y en circunstancias tan
críticas la influencia desmedida de doña Leonor de Guzmán con el rey, y las
deplorables deferencias del monarca a su favorita, pusieron en un conflicto a
España y fueron causa de privar a Castilla de uno de sus más ilustres adalides
y de sus más denodados capitanes. Habiendo vacado el gran maestrazgo de
Santiago, pretendíase investir con esta alta dignidad a don Fadrique, hijo del
rey y de la Guzmán, siquiera a la bastardía de su origen uniera la
circunstancia de ser un niño de siete años, y siquiera fuese menester para ello
anular con especiosos pretextos la elección que habían hecho ya en don Vasco
López. El nombramiento del niño adulterino pareció ya demasiado escandaloso, y
se creyó acallar las murmuraciones públicas con otro poco menor escándalo,
nombrando gran maestre a don Alfonso Meléndez de Guzmán, hermano de la ilustre
y real concubina. Entre los muchos que por censurar públicamente este
nombramiento se atrajeron las iras del rey y de su favorita, lo fue el valeroso
maestre de Alcántara Gonzalo Martínez de Oviedo, el vencedor de Abdelmelik, que
se hallaba en Jerez. Mandado comparecer ante el monarca, temió por su vida,
negose a cumplir el emplazamiento, y haciéndose fuerte en los castillos y con
los caballeros de su orden, dirigió al rey cartas un tanto irreverentes, como
dictadas por el despecho. Pasando después a las plazas de la orden en la
frontera de Portugal, ofreció al monarca portugués ponerlas bajo la dependencia
de su corona con tal que le ayudara contra el de Castilla. El de Portugal
rehusó dignamente el ofrecimiento respetando la tregua que entre los dos
mediaba, y Alfonso de Castilla se dio a perseguir con su acostumbrada energía y
actividad al rebelde maestre, que se había refugiado y hecho fuerte en Valencia
de Alcántara, villa principal de su orden. Costole al rey una guerra viva y
personal, variada en lances y en proezas, así por parte de los que seguían los
pendones reales, como de los que defendían la bandera del maestre de Alcántara.
Al fin, viendo éste la inutilidad de su resistencia, bajó de la última torre en
que se había atrincherado, y se entregó a merced del rey, el cual después de
reprenderle agriamente le mandó juzgar por traidor. «Et Alfonso Ferrandez (dice
la crónica) que estaba allí con el rey… fízolo degollar et quemar por traydor,
por cumplir la sentencia que el rey había dado contra él.» Esto pasaba, en los
momentos en que Castilla se veía amenazada por los ejércitos de Abul Hassan, y
cuando tan conveniente hubiera sido la presencia del rey en las fronteras de
Andalucía; pero era primero sacrificar a un ilustre guerrero y dejar
desagraviada a doña Leonor de Guzmán.
Mientras así se entretenía Alfonso en sofocar
de una manera tan terrible y trágica rebeliones que su misma conducta producía,
el rey de Marruecos preparaba su grande expedición y proyectaba tomar ruidosa
venganza de la muerte desastrosa de su hijo. Y apenas el rey de Castilla volvió
a Andalucía de su lamentable expedición de Alcántara, cuando se presentó en las
aguas de Algeciras la flota africana en número de doscientas cincuenta velas,
con las correspondientes tropas de desembarque. ¿Qué podía hacer el almirante
castellano con veintisiete galeras en mal estado, seis naves gruesas y algunos
pocos barcos de trasporte que componían toda su escuadra? Y sin embargo no
faltó quien le presentara como sospechoso, tal vez como vendido a los
africanos, por no haber impedido el paso de la armada enemiga. Esto le perdió.
Su esposa, que se hallaba en Sevilla, le trasmitió los rumores calumniosos que
algunos difundían: hirió esto en lo más vivo al pundonoroso marino castellano,
y determinó desmentirlos, aunque fuese a costa de su misma vida.
Arrebatadamente y sin consultar con nadie dio a su pequeña flota la orden de
combatir: obedeciéronle sus gentes, casi ciertas de sucumbir en lucha tan
desigual. Muy en breve se vio el resultado de tan temerario arrojo; casi todas
las galeras castellanas fueron echadas a pique. Defendíase bravamente el
almirante Jofre en su capitana contra cuatro galeras de África. Los castellanos
que iban en un navío de alto bordo que acompañaba la galera del almirante
creyeron hacerle un servicio saltando a ella para defenderle combatiendo a su
lado. Pero apoderados los enemigos de aquel navío acribillaban desde allí a los
cristianos con una lluvia de flechas, y sus mejores y más fieles guerreros, sus
parientes y amigos iban cayendo a los pies del valeroso Jofre. Dejemos a la
crónica misma acabar de contar el triste fin de este combate heroico, ejemplo
insigne del valor y de la nobleza castellana (4 de abril, 1340).
«Et el almirante tenía la una mano en el
estandarte; et desque vía venir los suyos vencidos iba a ferir en los moros, et
tornábase luego al estandarte. Pero tan grande foe la priesa que le daban los
moros, et tantos de los suyos mataban los que estaban en la nave, que fincaron
con él muy pocas compañas, et los moros entraron la galea. Et desque él vió que
non tenía gentes con quien la defender, ni le acorría ninguno, abrazó con el un
brazo el estandarte, et con el otro peleaba et esforzaba a los suyos quanto
podia… Et pelearon yanto, fasta que ge los mataron todos delante; et él
abrazado con el estandarte peleó con una espada que tenía en la mano, fasta que
le cortaron una pierna, et ovo de caer, et lanzaron de encima de la nave una
barra de fierro, et diéronle un golpe en la cabeza de que morió. Et los moros
llegaron a él, et cortáronle la cabeza, et echáronla en la mar: et fincó el
cuerpo en la galea; et derribaron el estandarte que estaba en la galea; et
aquel cuerpo del almirante lleváronlo al rey Albohacen. Et los cristianos de
las otras galeas et de las naves non quisieron llegar a la pelea, desque vieron
que el estandarte era derribado; et las otras galeas perdidas desampararon
aquellas galeas en que estaban, et acogiéronse todos a las naves; et con un
poco de viento que les fizo alzaron las velas, et fuéronse a Cartagena, et
dejaron las galeas desamparadas en el agua. Et los moros desque los vieron
andar de aquella guisa llegaron a ellas, et tomáronlas con remos et con velas,
et con todo su aparejamiento: así que de toda la flota que el rey de Castiella
allí tenía non escaparon más que cinco galeas (183).»
Tal fue la famosa derrota de la escuadra
castellana delante de Gibraltar, resultado de un arranque de pundonor más
glorioso y loable que provechoso y útil. Alfonso recibió la triste nueva en las
Cabezas de San Juan el Domingo de Ramos. El papa Benito XII le dirigió una
sentida pero severa carta, en que no vacilaba en atribuir el desastre a lo
enojado que tenía a Dios, así por el inhumano suplicio del gran maestre de
Alcántara, como principalmente por sus impúdicos amores con la Guzmán.
«Examina, le decía, tu conciencia, y mira si no te habla nada acerca de esa
concubina a que hace tanto tiempo estás demasiadamente apegado en detrimento de
tu salvación y de tu gloria… Combate tu pasión, hazte a tí mismo una guerra
incesante y animada… &c.
(184)»
No abatió, sin embargo, al rey de Castilla
tamaño infortunio. Por el contrario, desde estos momentos es cuando aparece
Alfonso XI grande, animoso, previsor y resuelto, como político, como guerrero,
como monarca. Sin perjuicio de construir y armar nuevas naves, y necesitando
con urgencia reemplazar la escuadra perdida, hace que la reina doña María, que
vivía con su hijo don Pedro en Sevilla retirada y como recluida en un
monasterio, escriba a su padre el rey de Portugal rogándole socorra con su
flota al rey de Castilla. No solo esto, sino que olvidando aquella buena reina
los agravios recibidos como esposa, y atenta solo al interés de su reino y de
toda la España cristiana, envía a su canciller el deán de Toledo don Velasco
Fernández para que personalmente y de viva voz encarezca a su padre la
necesidad urgente de dar al olvido las antiguas ofensas y de acorrer con sus
naves a Alfonso su marido, en lo cual ella y la cristiandad entera recibirían
merced. Si generosa y noble se mostró en esta ocasión la hija, no lo estuvo
menos el padre. A los pocos días mensajeros del rey de Portugal llegaron a
Sevilla para anunciar a Alfonso XI que en breve arribaría allí la armada
portuguesa. ¡Extrañas vicisitudes de la vida humana! Los encargados de conducir
esta flota destinada a reparar el desastre de la de Alfonso Jofre eran el
almirante de Portugal Manuel Pezano y su hijo, a quienes aquel Jofre había
antes vencido y hecho prisioneros en las aguas de Lisboa, y a quienes Alfonso
de Castilla acababa de poner en libertad. El almirante portugués obrando con
mucha prudencia se apostó con su flota en el puerto de Cádiz, que hubiera sido
muy aventurado pasar por entonces más adelante.
En este intermedio el rey de Castilla con
actividad prodigiosa había enviado a Juan Martínez de Leyva con especial
embajada a la señoría de Génova, para que le suministrase naves a sueldo.
Ofreciéronle los genoveses quince galeras a precio de ochocientos florines de
oro mensuales cada una, y de mil quinientos la capitana, con el almirante
Egidio Bocanegra, hermano de Simón Bocanegra, primer dux de aquella república.
De vuelta y a su paso por Aviñón obtuvo el de Leyva del pontífice una bula
concediendo las indulgencias de cruzada por tres meses para la guerra de
Castilla, y a su regreso por Aragón negoció con Pedro IV (el Ceremonioso) que
en conformidad al reciente tratado de alianza acudiera a Alfonso de Castilla,
con las naves que pudiese, en cuya virtud el aragonés prometió doce galeras a
las órdenes del almirante Pedro de Moncada, nieto del célebre almirante de
Aragón y de Sicilia Roger de Lauria. Mientras esto negociaba por allá Martínez
de Leyva, el rey de Castilla había celebrado con su suegro el de Portugal un
tratado definitivo de paz y amistad con las condiciones siguientes: olvido de
todos los motivos de guerra y de discordia y juicios ocasionados por una parte
y por otra; devolución recíproca de todas las plazas que se hubiesen tomado y
retenido a pesar de la tregua de 1338; canje mutuo de todos los prisioneros;
que la princesa Constanza, hija de don Juan Manuel y antigua reina de Castilla,
fuese llevada a Portugal y casase con el infante heredero don Pedro con
anuencia y consentimiento del castellano; que doña Blanca volvería a Castilla
con las ciudades que constituían su dote; que los dos monarcas se unirían en
estrecha amistad, y ninguno de los dos sin mutuo acuerdo podía hacer treguas
con el rey de Marruecos. El Tratado fue firmado en Sevilla (10 de julio, 1340)
por Alfonso XI, juntamente con la reina doña María, el infante don Pedro su
hijo, don Juan Manuel, don Juan Alfonso de Alburquerque, y otros ilustres
caballeros. En su cumplimiento doña Constanza fue llevada a Portugal,
celebráronse las bodas, el monarca portugués ratificó el tratado de Sevilla, y
la desgraciada doña Blanca regresó a su patria para tomar el velo en el
monasterio de las Huelgas de Burgos donde acabó sus días.
No se limitó a esto solo la actividad de
Alfonso el Onceno. Con la mayor premura hizo reparar cuantas naves se
encontraron desarmadas en los puertos de Andalucía; hizo trasportar las pocas
que existían en los de Galicia y Asturias, y con las cinco que se habían
salvado del desastre de Gibraltar compuso una pequeña flotilla que a las
órdenes de Frey don Alfonso Ortiz Calderón, prior de San Juan, destinó a
vigilar la altura de Tarifa.
Como en todo este tiempo no había habido en
el estrecho ni una sola nao de los cristianos que impidiera el desembarco de
las tropas africanas, habíase embocado en España un numerosísimo ejército
musulmán, que el que menos hace subir a la cifra de doscientos mil hombres,
entre los cuales setenta mil de caballería, y en sentir de muchos llegaban las
gentes que vinieron de África a cuatrocientos o seiscientos mil, lo cual no es
exagerado, si se atiende a que además de los guerreros desembarcaron multitud de
familias con la esperanza y casi seguridad de que iban a posesionarse de toda
la península con la misma facilidad que en los tiempos de Muza y de Tarik. El
rey Abul Hassan de Marruecos pasó por fin a España en el mes de setiembre, y
Yussuf Abul Hagiag el de Granada fue con no escasa hueste a incorporársele en
Algeciras. Por una falta de cálculo, feliz para los cristianos, y fatal para
los moros, los dos príncipes musulmanes, en vez de penetrar al interior de
España con su innumerable morisma, detuviéronse a cercar a Tarifa, que
combatieron fuertemente con máquinas e ingenios (185). Defendíanse heroicamente los
sitiados mandados por Juan Alfonso de Benavides, recordando los días gloriosos
de Guzmán el Bueno. Animáronse más al divisar una flota cristiana: era la que
guiaba el prior de San Juan Ortiz Calderón; más toda su alegría se convirtió en
pesadumbre y llanto al ver desaparecer la flota a impulsos de una furiosa y
deshecha borrasca, que hizo perecer casi todas las naves, excepto unas pocas
que la tempestad arrojo a las costas de Cartagena y de Valencia. Los musulmanes
pregonaban que Dios y los elementos estaban por ellos, y el rey Alfonso que se
hallaba en Sevilla se contristó, pero no se abatió con aquel fatal
contratiempo.
Inmediatamente y sobre la marcha convocó los
prelados, ricos-hombres, maestres de las órdenes y otros caballeros e
hijosdalgo para consultar si se había de socorrer a Tarifa. Alfonso los dejó
discutir; eran varios los pareceres; hasta que el rey entró en la sala de la
asamblea y dijo resueltamente: «Tarifa será socorrida.» Quedó pues deliberado
socorrer a los infelices sitiados, costara lo que quisiera. Hizo que la reina
doña María escribiera de nuevo a su padre el rey de Portugal excitándole a que
viniera en persona en ayuda de su marido. Alfonso IV lo prometió así; pero
impaciente el de Castilla, partió él mismo a Portugal, habló con su suegro en
Jurumeña (Alentejo), y volvió a Sevilla con la seguridad de que vendría a
reunírsele pronto el portugués. Mucha era la inquietud del castellano mientras
aquel llegaba. Entretanto no hacía sino despachar mensajes a los de Tarifa,
afirmándoles que de un día a otro iría a socorrerlos con el rey de Portugal, y
previniéndoles que se mantuvieran firmes y no hicieran salidas que los pudieran
comprometer. Llegó al fin el de Portugal con una bien corta pero escogida
hueste de los principales hidalgos de su reino, y partieron los dos Alfonsos de
Sevilla el 20 de octubre en dirección de Tarifa, haciendo muy cortas jornadas con
objeto de proveerse de víveres e ir recogiendo la gente que se les iba
allegando. Ocho días emplearon en la travesía, al cabo de los cuales acamparon
las tropas confederadas en un lugar a dos leguas de Tarifa llamado la Peña del
Ciervo. Al propio tiempo se dejaban ver en el estrecho las velas de Aragón que
costeadas por el rey de Castilla guiaba el almirante don Ramón de Moncada; así
como tres galeras y doce naves que comandaba el prior de San Juan.
A la aproximación de los ejércitos cristianos
levantaron los musulmanes el cerco, y asentaron los de África y los de Granada
separadamente su campo para esperarlos. El plan de batalla de los cristianos
fue que el rey de Castilla atacaría al de Marruecos, el de Portugal al de
Granada. De parte de los moros estaba la ventaja del número, por lo menos tres
o cuatro veces mayor que el de los fieles
(186). Favorecía a estos el ir todos animados del fuego patrio y del valor
del martirio, como que de la derrota o del triunfo pendían no solo sus vidas,
sino la suerte de su patria, de su religión, de sus familias y de sus hogares.
Acompañaban al rey de Castilla los prelados de Toledo, de Santiago, de Sevilla,
de Palencia, de Mondoñedo; los maestres de las órdenes de Santiago, Calatrava,
Alcántara y San Juan; el infante don Juan Manuel, don Juan Núñez de Lara, don
Pedro Fernández de Castro, don Juan Alfonso de Alburquerque, don Juan de la
Cerda, don Diego López de Haro, don Alvar Pérez de Guzmán, don Gonzalo Ruiz Girón
y otros muchos ilustres caballeros de Castilla, León, Galicia y Andalucía, con
los concejos de Zamora, de Salamanca, de Ciudad-Rodrigo, de Badajoz, de
Córdoba, de Sevilla, de Jaén y otros que fuera largo enumerar. Llevaba el de
Portugal en su compañía al obispo de Braga, al prior de Crato, a los maestres
de las órdenes de Santiago y de Avis, a don Lope Fernández Pacheco, don Gonzalo
Gómez de Sousa, don Gonzalo de Acebedo y otros ilustres hidalgos. No teniendo
el portugués sino mil caballos, diole el castellano tres mil de los suyos para
combatir al de Granada que contaba siete mil. Ordenó Alfonso de Castilla a los
almirantes de las flotas que desembarcaran con toda su gente y atacaran por el
flanco a los africanos, y lo mismo previno a la guarnición de Tarifa. Separaba
los dos ejércitos enemigos un pequeño riachuelo conocido con el nombre de
el Salado (187), que corriendo de Norte a Sur
desemboca en el mar.
El lunes 30 de octubre de 1340, antes de
romper el día celebró el arzobispo de Toledo la misa en el pabellón real, en la
cual comulgó el rey, y seguidamente todas las tropas, preparándose para la
batalla como verdaderos y fervorosos cristianos. Ordenose aquella colocando el
rey en primera fila sus caballeros, quedando dice la crónica, «los labradores y
omes de poca valía» en la colina llamada Peña del Ciervo. Don Juan Manuel, que
mandaba la vanguardia y había recibido orden de atravesar el río, reusolo en términos
que hubiera podido desanimar a gentes menos resueltas a combatir, y que hizo
sospechar de su lealtad al rey. Entonces Garcilaso y su hermano Gonzalo pasaron
intrépidamente el río por un puentecillo de madera, seguidos de un cuerpo de
ochocientos a mil hombres, con los cuales atacaron tan bizarramente una hueste
de más de dos mil quinientos jinetes africanos que los hicieron cejar.
Volvieron sobre sí los berberiscos, más los castellanos se mantuvieron firmes
conservando libre el paso del puente a un refuerzo que el rey de Castilla
enviaba en socorro de los Lasos, de los cuales uno estaba ya gravemente herido,
aunque seguía combatiendo. También el maestre de Santiago, don Alfonso Meléndez
de Guzmán, esquivaba pasar el río, como don Juan Núñez de Lara, hasta que llegó
el rey y les hizo avanzar y mezclarse en la pelea con otros o más esforzados o
más leales. Los que llevaban las banderas, marchando por entre unos oteros,
dieron con la tienda del rey Abul Hassan, donde estaban sus mujeres custodiadas
por un cuerpo de zenetas. Sorprendidos estos, hicieron un movimiento de
retroceso hacia Tarifa: entonces la guarnición de la plaza cayó impetuosamente
sobre el centro de los de África, compuesto de tres mil caballos y ocho mil
infantes, número acaso triple que el de los agresores: desconcertados los
infieles con este segundo inopinado ataque, desbandáronse unos hacia el mar,
otros hacia Algeciras, no sin dejar en el campo considerable número de muertos.
A tal sazón pasó el río Salado el rey don
Alfonso con los de su mesnada, metiéndose con ellos en un valle donde estaba el
grueso de la morisma con Abul Hassan. Cargaron sobre ellos de tropel los
africanos, lanzando saetas, una de las cuales se clavó en el arzón de la silla
del caballo del rey. «Feridlos, exclamó entonces Alfonso alentando
a los suyos, feridlos, que yo soy el rey don Alfonso de Castiella et de
León, ca el día de hoy veré yo quales son mis vasallos, et verán ellos quien
soy yo. – Y espoleando su caballo quiso meterse en lo más recio de la
pelea. Pero el arzobispo de Toledo don Gil de Albornoz, teniendo acaso presente
en aquellos momentos el ejemplo de su ilustre predecesor don Rodrigo Jiménez, y
lo que hizo con Alfonso el Noble en las Navas de Tolosa, Señor, exclamó
a imitación de aquel, estad quedo, et non pongades en aventura a
Castiella et León, ca los moros son vencidos, et fio en Dios que vos seredes
hoy vencedor. Las palabras del rey inflamaron a los suyos, y como quiera
que estos fuesen muy pocos, pero como todos eran caballeros y escuderos suyos,
gente criada en su casa y a su merced, todos «omes de buenos corazones et en
quien había vergüenza», cumplieron su deber como buenos, y a algunos por su
especial arrojo los premió en el acto. Bajando al propio tiempo de aquellos
recuestos y colinas los que habían tomado el pabellón del emir de África,
matando y degollando a cuantos encontraban, acabaron de turbarse los
marroquíes, desordenáronse huyendo hacia Algeciras, dábales caza el rey Alfonso
con su gente, el campo se cubría de cadáveres, y el río Salado no parecía ya
río de agua sino de sangre.
Simultáneamente por otro lado el rey de
Portugal envolvía al de Granada, cuya resistencia había sido más floja, siendo
el triunfo de los portugueses sobre los granadinos, si no más decisivo y
completo, más fácil todavía y más breve. Los dos monarcas se juntaron
persiguiendo los fugitivos a las márgenes de Guadalmesí. ¿Quién puede saber el
número cierto de los musulmanes que perecieron en esta memorable batalla?
Nuestros cronistas en su entusiasmo patrio los hacen subir a doscientos mil,
sin contar otra muchedumbre de prisioneros, y para que la similitud de la
victoria del Salado con la de las Navas de Tolosa sea más completa, suponen que
de los cristianos murieron quince o veinte y no más (188). No hay nada imposible cuando se
recurre y apela al milagro: más como los mismos árabes confiesen su derrota,
llamando día infausto, batalla cruel y
matanza memorable la que sufrieron, y sea indudable que el
número de musulmanes muertos y cautivos subió a un cifra prodigiosa, repetimos
aquí lo que dijimos de Covadonga, de Calatañazor y de las Navas, que harto
prodigio fue el triunfo de tan pocos cristianos contra tantos infieles, y que
si signos visibles hay de la especial protección con que la Providencia
favorece algunas causas y algunos pueblos, harto visibles señales de
providencial favor eran estos triunfos portentosos sobre el islamismo con que
de tiempo en tiempo favorecía a los españoles, como en premio de su
perseverancia, de su amor patrio, de su confianza en Dios y de su constancia en
la fe.
Las lanzas cristianas que penetraron en el
pabellón real del marroquí, no perdonaron ni a sus tiernos hijos ni a las
mujeres de su harem. Dos de aquellos perecieron, y entre estas se contaba la
hija del rey de Túnez, Fátima, la más querida de Abul Hassan, como esposa y
como madre. Entre los cautivos lo fueron su hijo Abenamar (189), la
mejor lanza del ejército africano; su sobrino Abu Ali, que había sido rey de
Sedjelmessa (ciudad de Berbería hoy destruida) y otros ilustres caudillos. Los
vencidos reyes de Marruecos y de Granada llegaron juntos a Algeciras, donde
solo se detuvieron algunos instantes. No contemplándose allí seguros, el
africano pasó a Gibraltar, el granadino se embarcó para Marbella y de allí se
trasladó a Granada, donde fue recibido en triste duelo. Abul Hassan, recelando
que su hijo Abderrahman, a quien había dejado en Marruecos, sabedor de aquella
derrota quisiera alzarse con aquel reino, diose también prisa a embarcarse y
ganar la costa de África, lo que consiguió a pesar de la flota aragonesa que
tenía orden de vigilar el paso del estrecho, de lo cual, y de no haber tomado
parte en la batalla hace graves cargos el cronista castellano, y prorrumpe en
amargas quejas contra don Ramón de Moncada, el almirante de Aragón. También los
monarcas vencedores de Castilla y Portugal, temerosos de la falta de subsistencias,
dieron a los dos días (1. ° de noviembre) la vuelta para Sevilla, donde fueron
recibidos en solemne procesión por el clero y el pueblo, en medio de
aclamaciones de júbilo y llorando todos de alegría (190).
Asombra la relación de las riquezas que los
cristianos trajeron a Sevilla recogidas en aquella batalla y principalmente en
la tienda del emir. Multitud de monedas de oro de valor de cien doblas
marroquíes, barras gruesas de oro muchas, brazaletes y collares de las moras en
gran cantidad, alfanjes guarnecidos de oro y plata esmaltados de piedras
preciosas, espuelas de lo mismo, tiendas de paños de oro y seda riquísimas y de
gran precio, tanto que habiendo caído una gran parte de esta riqueza en manos
de la chusma, y habiendo huido con ella fuera del reino, bajó una sexta parte
el valor del oro en París, en Aviñón, en Barcelona, en Valencia y en Pamplona (191). Muchos objetos recobraron todavía
el rey a más de los que él traía, y algunos figuran aun entre los trofeos
gloriosos que decoran la armería regia de Madrid. El monarca los colocó con
separación en su palacio, e invitó a su suegro el de Portugal a que tomara de
ellos los que quisiera. El generoso portugués solo cogió algunas espadas,
sillas, frenos y espuelas, notables por su maravillosa labor, mas no quiso
tomar moneda alguna, por más que a ello le instó el de Castilla. Entonces éste
le dio al noble cautivo Abu Ali, con otros de los más esclarecidos prisioneros,
con lo cual marchó Alfonso IV de Portugal muy satisfecho a su reino,
acompañándole el castellano hasta Cazalla.
Quiso el rey de Castilla hacer participante
al papa de los trofeos de una victoria que resonó por todos los ámbitos del
orbe cristiano, y envió a Juan Martínez de Leyva a Aviñón, residencia del
pontífice Benito XII, con un magnífico regalo. Muchos cardenales salieron a más
de dos leguas de la ciudad a recibir el enviado español. El ilustre mandadero
entró en Aviñón con el pendón de Alfonso de Castilla enarbolado. Delante iban
los mejores caballos árabes cogidos en la lid, todos ensillados, colgando del arzón
a cada uno de ellos una adarga y una espada, llevados de la rienda por otros
tantos pajes. Al lado del pendón iba el caballo que el rey Alfonso había
montado el día de la batalla, tal como le había llevado al combate, con su
caparazón de malla de acero bruñida y dorada sobre una tela de seda encarnada,
con su silla y sus estribos anchos y cortos a usanza de los árabes. Marchaban
detrás veinticuatro cautivos moros, con otros tantos estandartes berberiscos
cogidos en la batalla. Cuando el de Leyva se acercó al pontífice, y le ofreció
los presentes de su rey y señor, el papa con visible complacencia descendió de
su silla pontificia, y tomando con su mano el pendón de Castilla entonó
el Vescilla Regis prodeunt, que repitieron a coro los
cardenales, los obispos y todo el clero. Mandó hacer aquel día solemnes
procesiones, concedió indulgencias, celebró él mismo la misa y predicó un
elocuente sermón comparando el triunfo de Alfonso sobre los musulmanes al de
David sobre los filisteos, y haciendo un paralelo entre el presente que le
enviaba el rey de Castilla con la ofrenda que en otra ocasión semejante hizo el
rey Antíoco al pontífice Simeón. La bandera del rey Alfonso XI de Castilla
junto con los despojos del vencido Abul Hassan fueron suspendidos por su orden
en la capilla pontifical para que fuesen eterna memoria y glorioso recuerdo a
las edades futuras. Concluyeron las fiestas de Aviñón con iluminaciones y
juegos públicos (192).
Después de la victoria del Salado y en la
primavera siguiente (1341) salió don Alfonso nuevamente de Sevilla para correr
las tierras de los moros granadinos. En estas incursiones les tomó a Alcalá de
Benzayde (Alcalá la Real), Priego, Benamejí, Rute y otras varias fortalezas y
villas. Mas noticioso de que Abul Hassan andaba aparejando otra flota para
desembarcar de nuevo en España, fijó su pensamiento en cerrarle las puertas de
la península quitándole la plaza de Algeciras, puerta por donde tantas veces
había venido o la pérdida o el peligro de ella a España. Para subvenir a los
gastos de esta expedición congregó las cortes del reino en Burgos, y les hizo
presente la necesidad de que le asistiesen con recursos extraordinarios para
una empresa tan útil y de que habían de resultar tantos bienes. Agotadas como
se hallaban las rentas ordinarias del estado, y atendido lo sobrecargados que
estaban los labradores y pecheros, concediéronsele las alcabalas de todo el
reino (1342), que era el impuesto de un tanto por ciento con que se gravaban las
compras y ventas, sin que se eximieran en este caso de él los hijosdalgos y los
caballeros (193).
Pasó Alfonso una parte de aquel año en visitar las ciudades de Castilla y de
León, pidiendo las alcabalas, que en todas partes le eran otorgadas, y
entreteniéndose en ejercicios de montería a que era muy apasionado, haciendo
una guerra viva a los osos y venados de los montes siempre que hallaba ocasión
de descansar de la guerra contra los moros, y no pocas veces dedicaba a la caza
de las fieras el tiempo que le hubiera venido bien emplear en perseguir
infieles (194.
Antes de emprender el sitio de Algeciras
habíale llegado la flota genovesa dos años antes contratada, mandada por el
almirante Bocanegra. El rey de Portugal le envió también diez galeras que
mandaba Carlos Pezano, hijo del almirante genovés Manuel. Estas dos flotas
comenzaron muy luego a hacer importantísimos servicios al rey de Castilla
ganando parciales triunfos sobre las galeras africanas y granadinas que andaban
por el litoral del Mediodía. El rey iba recibiendo estas buenas nuevas de paso
que él se encaminaba a Sevilla y Jerez. En las Cabezas de San Juan, donde antes
había sabido el desastre del almirante Jofre y de la armada castellana, allí
mismo supo ahora que las flotas confederadas de Génova, Castilla y Portugal
habían derrotado completamente la escuadra granadina y marroquí fuerte de
ochenta galeras y otros navíos de guerra, apresando o incendiando al enemigo
hasta el número de veintiséis, dispersando las demás, de las cuales algunas se
refugiaron en Ceuta. Gran contento causaba al rey estas noticias, feliz
presagio de la empresa que iba a acometer. Después de este triunfo el almirante
de Portugal pidió permiso a Alfonso para retirarse con su flota, puesto que
ésta había venido pagada solo por dos meses, los cuales eran ya cumplidos.
Mucha pena causó esta determinación al de Castilla, mas para su consuelo no
tardó en arribar una armada de Aragón, la cual había tenido la fortuna de
derrotar al paso en Estepona trece galeras musulmanas que andaban por allí
dispersas y sin rumbo.
Con tan prósperos y lisonjeros preliminares
se movió Alfonso de Jerez para Tarifa y Algeciras. Bien hubiera querido
emprender desde luego el cerco de esta última plaza, aprovechando el desaliento
en que tenía a los musulmanes su derrota naval: pero siendo su hueste corta, y
escasos los víveres con que contaba, hubo de contentarse al pronto con hacerla
bloquear por los dos almirantes. Las circunstancias mismas le hicieron ver que
era más peligroso para él y para los suyos estar tan apartados de la ciudad, y le
obligaron a aproximarse ocupando una altura, a cuya falda mandó hacer un
profundo foso entre la plaza y su campamento. Un suceso inesperado vino a
afligir, ya que no a desalentar a los sitiadores. La flota aragonesa fue
llamada por el rey de Aragón para atender con ella a las necesidades de su
reino, y el almirante Ramón de Moncada abandonó con sus naves las aguas de
Algeciras. Resuelto, sin embargo, Alfonso a no levantar el cerco, escribió al
aragonés recordándole la obligación en que estaba de ayudarle con arreglo a
anteriores pactos; dirigiose al de Portugal rogándole le volviese a enviar sus
galeras, con más dos millones de maravedís sobre la hipoteca de algunas plazas
y villas que le designaba; al rey de Francia le pidió un empréstito
ofreciéndole en prenda y garantía su corona real y sus mejores joyas; y
despachó letras al papa encareciéndole los bienes que a la cristiandad
resultarían de la conquista de Algeciras, y pidiéndole las gracias de cruzada y
los diezmos de la Iglesia. El de Aragón le envió diez galeras, que no dejaron
de serle útiles: el de Portugal le acudió con otras diez, pero no con el
empréstito, y el pontífice y el rey de Francia contestaron con el silencio a
las instancias del monarca castellano.
El sitio se prolongaba, dando lugar a
incidentes de todo género. Murió el gran maestre de Santiago, y como los
caballeros de la orden no pudieran ponerse de acuerdo para la elección de
sucesor, determinaron ofrecer al rey aquella dignidad para su hijo don
Fadrique, sin reparar ni en que fuese menor de edad, ni en su calidad de
bastardo, como hijo de la Guzmán. Todo se remediaba con la dispensa del papa
que él solicitó y obtuvo fácilmente; y don Fadrique quedó hecho gran maestre de
Santiago. Los moros de Algeciras, cuya guarnición consistía en ochocientos
jinetes y doce mil infantes enviaron más de una vez al campo cristiano
emisarios que bajo diversos disfraces, y fingiéndose escapados y haciéndose
amigos del rey Alfonso, llevaban la misión de asesinarle. Esta misma abominable
astucia la vimos ya empleada por los moros de Sevilla, cuando estaban sitiados
por San Fernando. Felizmente ahora como entonces los traidores fueron
descubiertos y pagaron con la vida su alevosía. Trabajos grandes esperaban a
Alfonso y a sus castellanos en este cerco. Con el otoño sobrevinieron las
lluvias en tal abundancia, que las tiendas y barracas eran destruidas y
arrastradas por los torrentes: el campamento se convirtió en un lago fangoso;
hombres y caballos vivían como embutidos en agua y lodo; los que se acogían a
las cuevas las hallaban por la mañana henchidas de agua y algunas se
desplomaban sobre ellos; hasta en una casita de madera cubierta con teja que se
había construido para el rey llegó a entrar el agua hasta su misma cama, en
términos de verse forzado a levantarse y pasar el resto de la noche en pie (195). Hombres y bestias enfermaban y
morían. Fue menester trasladar el real a la arena de la playa. Llovió sin cesar
desde setiembre a noviembre (1342). Era admirable el sufrimiento de los
cristianos. Tampoco a los sitiados les favoreció tan copiosa lluvia, toda vez
que poniéndose intransitables los caminos, de ninguna parte podían entrarles
provisiones, y el agua los bloqueaba más que los enemigos.
Cesó al fin la lluvia, acercáronse más los
sitiadores, y comenzaron los combates, las salidas y los reencuentros diarios y
parciales con éxito vario. Aproximaron los cristianos dos torres de madera a
los muros, y con sus máquinas e ingenios hacían bastante daño en las murallas y
torres de la ciudad: sin dejar por eso de trabajar en la cava y en otras obras,
presente el rey a todo, mezclado continuamente con los trabajadores,
alentándolos con su ejemplo, haciendo de general y de soldado, y exponiendo a cada
paso su vida. Mas la cava, dice la Crónica, «era tan cerca de la ciudad que
desde el adarve les daban muchas saetadas, et tirábanles muchas pellas
de ferro con los truenos, et ferian, et mataban los cristianos (196).» No pasaba día en que no se
pelease. Llegose así el mes de febrero (1343), y como el tiempo era ya más
benigno, diariamente acudían al campo cristiano los concejos de las villas y
ciudades con sus pendones, que solían conducir los obispos. Con esto se iba
estrechando el cerco todo en derredor de la ciudad; continuaban las obras de
ataque, las trincheras, fosos y parapetos, trabajando de noche por ser menor el
peligro. El rey hizo ceñir el puerto con una fuerte estacada sujeta con cadenas
para impedir la entrada a las naves enemigas: encima de la estacada colocaban
toneles llenos de tierra. Cada día se levantaban torres de madera montadas
sobre ruedas, pero el fuego de la artillería de la plaza desbarataba pronto o
incendiaba estas frágiles máquinas. Cansados los cristianos de ver tan a menudo
inutilizadas todas sus torres y bastidas, construyeron un gran cadahalso
(castillo) vasto y elevado, y no obstante tan ligero que podía ser movido
fácilmente, desde el cual combatían al abrigo muchos hombres; este castillo
rodante hizo a los sitiadores importantes servicios.
La fama de tan prolongado asedio y de la
heroica perseverancia de Alfonso y de sus castellanos había resonado en toda la
cristiandad. Esto atrajo al campo de Algeciras cruzados de Francia, de Alemania
y de Inglaterra, con los condes de Arbi y de Solusber, que así los nombra la
Crónica, y el duque de Lancaster, príncipe de la sangre real a su cabeza.
Acudió igualmente en la primavera Gastón de Bearne, conde de Foix, con otros
caballeros de Gascuña. El rey Felipe de Navarra envió al de Castilla una flota cargada
de bastimentos, anunciándole que no tardaría en venir en persona, como lo
verificó en el mes de julio, seguido de cien caballos y de trescientos
infantes. Desconociendo estos auxiliares extranjeros el sistema de guerra que
era menester emplear contra los moros, expusiéronse imprudentemente a mil
peligros en que hubieran perecido sin las medidas y oportunos socorros del rey
de Castilla. El papa y el rey de Francia le enviaron también por último algunos
subsidios (veinte mil florines el uno, cincuenta mil el otro), que se
invirtieron en pagar los soldados de la flota genovesa, que no toleraban bien
los atrasos en sus pagas ni estaban habituados a vivir del crédito. No bastando
todavía estos recursos para cubrir las necesidades urgentes del ejército, reunió
don Alfonso los prelados, ricos-hombres, caudillos y caballeros, y los de los
concejos que seguían la hueste, y exponiéndoles el estado de penuria y de
pobreza en que se hallaba, «ca los de la hueste eran en grand afincamiento et
dábanle muy grand quexa, et él non tenía que les dar,» otorgáronle dos monedas
foreras en todo el reino, facultándole para que mientras esto se cobraba
pudiese pedir y tomar prestado. Por último, el rey de Aragón añadió otras diez
galeras a las que ya estaban al servicio del de Castilla, auxilio que dio a
Alfonso no poco contentamiento.
Todo venía muy a sazón y nada sobraba, porque
además de haber sabido el rey que el de Granada se hallaba con su gente en el
Guadiaro dirigiéndose al campo de Gibraltar, y que la armada de África estaba
en Ceuta pronta a cruzar el estrecho, volviose el conde de Foix a su tierra,
sin que bastaran razones ni ruegos a detenerle, o por mejor decir, intentó
volver, que no pudo pasar de Sevilla donde adoleció y sucumbió. El maestre de
Alcántara murió también con muchos caballeros de la orden, ahogados y llevados
por las aguas al atravesar el río Guadarranque, con cuyo vado no atinaron por
la oscuridad de la noche. El rey de Navarra partió muy enfermo del campamento
(setiembre, 1343), y finó igualmente al llegar a Jerez. Los víveres escaseaban;
faltaba cebada para los caballos y pan para los hombres. Valíales a los
cristianos las presas que de tiempo en tiempo solían hacer de algunas galeras
cargadas de mantenimiento de las que el rey Abul Hassan enviaba para abastecer
a los sitiados, con lo cual si en el campo había escasez era aún mayor la
necesidad que los de la plaza padecían. A pesar de todo no cesaban los combates
por mar y tierra: y como se aproximaba ya otro invierno, así las naves
españolas como las africanas sufrieron temporales terribles y borrascas tempestuosas
en aquellos agitados mares. La armada de África arribó por fin a la playa y
campo de Gibraltar, con el príncipe Aly, hijo del rey Abul Hassan, y muchos
principales Beni-Merines. Entre africanos y granadinos componían cuarenta mil
infantes y doce mil caballos. Sus flotas reunidas más de ciento cuarenta velas.
Necesitábase un corazón de hierro, una
constancia de héroe y una paciencia de mártir para sufrir sin desmayar tantas
privaciones y fatigas, tantos desvelos y cuidados, tan continua e incesante
pelea, tantos personales peligros, tantas mortificaciones y contrariedades, así
por parte de los elementos como de los hombres, así por parte de los enemigos y
extraños como de los aliados y amigos. También los genoveses quisieron
abandonar al rey Alfonso de Castilla por la queja perpetua de la falta de
pagas. Recelaba Alfonso que aquellos mercenarios proyectaran ir a servir a los
moros en razón a haberles ofrecido Abul Hassan cuantas doblas quisiesen si se
apartaban de la ayuda y amistad del rey de Castilla, y para mantenerlos en su
servicio fue menester que el rey, y a su ejemplo los prelados y ricos-omes y
los oficiales de su casa se deshiciesen de cuanta plata tenían, y que con esto
y con algún dinero que tomó prestado les completase las pagas que les debía. No
tardó el almirante de la flota aragonesa en manifestar igual resolución de
retirarse con sus veinte galeras por la propia causa de atraso en las pagas.
Para contener a los de Aragón tuvo Alfonso que tomar prestado de mercaderes
catalanes y genoveses con el correspondiente interés y fianza lo necesario para
pagar por dos meses las veinte galeras. Con esto crecía la escasez y la miseria
en el ejército castellano: los caballos y acémilas se morían por falta de
mantenimiento, y los hombres sufrían con cristiana y admirable resignación la
privación de las cosas más necesarias a la vida.
Intentó en una ocasión el rey incendiar la
flota enemiga que estaba en la bahía de Gibraltar, a cuyo efecto un día que
soplaba viento oeste hizo que sus naves llevando grandes barcas cargadas de
leña seca fuesen a buscar las de los moros, y poniendo fuego a aquellas maderas
y empujando las barcas procuraban que las llamas se comunicasen ayudadas por el
viento a las galeras sarracenas. Pero apercibidos los moros, cubriendo las
delanteras de sus naves con mantas empapadas en agua, con otros recursos que emplearon,
y haciendo trabajar a sus ballesteros, hicieron inútil la maniobra de los
castellanos, y salioles a estos vana su tentativa. Noticioso el rey de que
algunas zabras y saetías moriscas rondaban el estrecho con el fin de socorrer
con viandas a los sitiados de Algeciras que carecían de pan y casi de todo
sustento, todas las noches se embarcaba el monarca en un bote para recorrer y
vigilar la costa y hacer a los demás andar vigilantes y despiertos, temiendo
todos que no bastaría su robustez para resistir a tanta fatiga, y que de ello
le resultara quebranto a su salud: porque además de día atendía a dirigir los
ataques de la plaza y no se daba un momento de reposo.
Eran ya pasados los últimos y más rigorosos
meses del invierno de 1343, y habíase entrado en los primeros de 1344. El punto
por donde atacaban al ejército cristiano las fuerzas confederadas de Granada y
de África, mandadas por el emir granadino Yussuf Abul-Hagiaz y por el príncipe
merinita Alí, hijo del rey Abul Hassan de Marruecos era el pequeño río Palmoner
que dividía los dos campos
(197). Por tres veces intentaron los sarracenos dar en sus orillas un
combate general, y otras tantas salieron escarmentados y vencidos. Llegó por
fin el mes de marzo, y con él el plazo en que Alfonso y sus castellanos habían
de recoger el fruto de tan penosos y largos sacrificios. Cuando el rey de
Castilla había enviado a pedir refuerzos y concejos de Andalucía y Extremadura,
y cuando había emprendido nuevos trabajos al pie de los moros mismos de la
ciudad, un moro principal salió de la plaza y solicitó hablar al rey. La misión
de este moro era la de proponer al monarca cristiano la entrega de Algeciras en
nombre y con autorización de los dos emires de África y de Granada, a condición
de que los sitiados saliesen libres y salvos con sus haberes, de que se
firmasen treguas por quince años con los reyes musulmanes, y de que el de
Granada se reconocería su vasallo dándole cada año en párias doce mil libras de
oro. Consultado por el rey el negocio con los de su consejo, opinaron algunos
que no se debía aceptar, sino que la ciudad debería ser entrada por fuerza y
descabezar cuantos moros en ella hubiese: otros fueron de dictamen de que debía
admitirse el partido que proponían: el rey se adhirió a estos últimos sin hacer
más modificación en las proposiciones que la de limitar la tregua a diez años
en lugar de los quince que los moros pedían. Convenidos en esto los príncipes
musulmanes (26 de marzo, 1344), Alfonso XI de Castilla y de León hizo su
entrada triunfante en Algeciras con sus valientes y heroicos castellanos, con
todos los prelados, ricos-hombres, caballeros y concejos que componían su
hueste. Las banderas de Castilla tremolaron en las almenas y torres de la
ciudad; la mezquita mayor se convirtió en templo cristiano, y púsosele la
advocación de Santa María de la Palma, en conmemoración del
Domingo de las Palmas en que se hizo la solemne consagración. El rey pasó en
seguida a aposentarse en el alcázar.
«Así terminó, dice un erudito escritor
extranjero, después de veinte meses, el sitio de Algeciras, memorable ejemplo
de lo que puede la voluntad de un solo hombre, teniendo que luchar a la vez
contra los elementos y contra la falta de dinero, de víveres, de aliados y de
recursos (y contra poderosos príncipes y soldados valerosos y aguerridos, pudo
añadir). La España se personifica aquí en Alfonso XI, digno representante de
ese pueblo en que el genio es raro, pero en que suple la paciencia, en que se
encuentran menos grandes talentos que grandes caracteres (198). El piadoso monarca anunció al Santo
Padre la conquista de Algeciras, conquista cuya inmensa importancia no
comprendió la cristiandad.» El rey de Marruecos quedó conmovido y admirado de
la generosidad y grandeza de alma del rey de Castilla al ver que le devolvía
sin rescate alguno sus hijas cautivadas en la batalla de el Salado.
El de Granada se dedicó a embellecer su ciudad y hacer reinar el orden y
fomentar las letras, la cultura, la industria, la prosperidad interior en su
pequeño estado (199).
Las revueltas que luego sobrevinieron en
África, y el resultado de ellas, que fue apoderarse del trono y del reino un
hijo de Abul Hassan, que los nuestros nombran Abohanen y entre los africanos
fue conocido por Almotwakil (200), haciéndose por consecuencia dueño de sus
posesiones en España, fueron circunstancias que excitaron a Alfonso a pensar en
nuevas conquistas. Dolíale ver a Gibraltar en poder de infieles, no estaba
tranquilo mientras viera a los sarracenos poseedores de un puñado de tierra en
la península, y creíase desobligado, y así se lo persuadían muchos, de guardar
con el hijo la tregua concertada y jurada con el padre. Espuso este pensamiento
y solicitó recursos para su ejecución en las cortes de Alcalá de Henares de
1348.
Célebres fueron estas cortes de Alcalá, y
forman época en la historia política y civil de Castilla, así por su
generalidad y por la famosa disputa de preferencia entre dos ciudades, como por
las leyes importantes que en ellas se establecieron. Diez y siete ciudades
enviaron sus diputados a estas cortes: Burgos, Soria, Segovia, Ávila y
Valladolid, de Castilla la Vieja; León, Salamanca, Zamora y Toro, del reino de
León; Toledo, Cuenca, Guadalajara, Madrid, de Castilla la Nueva; y de Andalucía
y Murcia, Sevilla, Córdoba, Murcia y Jaén. De estas, Burgos, León, Sevilla,
Córdoba, Murcia, Jaén y Toledo, como cabezas de reinos, tenían sus asientos y
lugares señalados para votar. Las demás se sentaban y votaban sin orden fijo, y
según que acaecía colocarse en el principio de cada asamblea. Moviose en estas
cortes una disputa, que se hizo famosa, sobre preferencia de lugar entre las
ciudades de Burgos y Toledo, alegando cada cual sus privilegios y antiguas
glorias. Los grandes andaban en esta competencia divididos: favorecía a Burgos
don Juan Núñez de Lara, a Toledo el infante don Juan Manuel; así los demás. El
rey, designado por juez en esta cuestión, la resolvió prudentemente, dejando a
Burgos el primer lugar y voto que hasta entonces había tenido, y dando a los
diputados de Toledo un asiento aparte en frente del rey, diciendo éste,
además: Hable Burgos, que yo hablaré por Toledo; o en otros
términos: Yo hablo por Toledo, y hará lo que le mandare: hable Burgos.
Con este expediente se dieron ambas ciudades por satisfechas, y esta fórmula
siguió observándose mucho tiempo en las cortes de Castilla. Dio particular
importancia y celebridad a estas cortes la gran reforma que se hizo en la
legislación castellana, ya con el cuerpo de leyes conocido con el nombre
de Ordenamiento de Alcalá, ya con la gran novedad de haberse
declarado ley del reino y comenzado a obligar a petición de Alfonso XI el
código de las Siete Partidas de su bisabuelo don Alfonso el
Sabio, que hasta entonces no se había aprobado en cortes ni puesto en práctica (201).
En cuanto al subsidio que Alfonso solicitaba
para proseguir la guerra contra los moros, las cortes de Alcalá, habida
consideración al objeto y atendido lo menguado que se hallaba el real tesoro, otorgaron,
aunque con repugnancia, la continuación de la alcabala, cuyos inconvenientes se
adivinaban ya, pero que se aceptaba como un remedio del momento. Con esto se
apercibió el rey para emprender su nueva campaña; juntó y abasteció las
huestes, moviose con el ejército a Andalucía, y asentó sus reales delante de
Gibraltar (1349). Quemó y taló las huertas y casas de recreo de la campiña;
combatió la plaza con ingenios y máquinas; pero como a mas de ser aquella
fuerte de suyo, contaba con una guarnición numerosa y bien bastecida, tuvo a
bien Alfonso suspender los ataques inútiles y convertir el sitio en bloqueo
esperando reducirla por hambre. Engañose también en esta esperanza al
castellano; y el refuerzo de cuatrocientos ballesteros y algunas galeras que le
envió el aragonés (agosto, 1349), arregladas las diferencias que a causa de la
reina doña Leonor y de sus hijos entre sí traían, tampoco fue bastante eficaz
auxilio para la conquista de la plaza. Molestaban por otra parte a los
cristianos los moros granadinos con continuos rebatos y celadas. Mas todo esto
hubiera sido insuficiente para quebrantar la constancia de Alfonso y de sus
valientes castellanos, si por desventura no se hubiera desarrollado en el
campamento una mortífera epidemia, que antes había ya hecho estragos en Italia,
en Inglaterra, en Francia y aun en España en las partes de Extremadura y León.
El infante don Fernando de Aragón, sobrino del rey, hijo de doña Leonor su
hermana; don Juan Núñez de Lara, don Juan Alfonso de Alburquerque, don Fernando
señor de Villena, hijo del infante don Juan Manuel (que a esta sazón había ya
muerto), junto con otros señores, prelados y ricos-hombres, aconsejaban al rey
que desistiera de aquel empeño, atendida la gran mortandad que el ejército
sufría. Tenía Alfonso por mengua y baldón para Castilla abandonar una empresa
por temor a la muerte, y su obstinación y temeridad fueron fatales al monarca y
a la monarquía. Alcanzole al mismo rey el contagio, y atacole tan fuertemente
que el 26 de marzo de 1350 la muerte de Alfonso XI de Castilla difundió el
luto, la tristeza y el llanto por todo el campamento cristiano; llanto y luto
que muy pronto se hizo general en todo el reino (202).
Tal fue el lastimoso fin del undécimo
Alfonso, el postrero de su nombre en esa galería ilustre de los grandes y
esclarecidos Alfonsos de Castilla, a los treinta y ocho años de su reinado, y
poco más de los treinta y nueve de edad. Llevaron su cuerpo a enterrar a
Sevilla. Oigamos el hecho grande que honró más la memoria de este rey. Oigamos
el testimonio sublime de respeto que los musulmanes mismos dieron a sus
cenizas. Copiemos las palabras del historiador arábigo, «El rey de Granada
(dice), cuando entendió la muerte del de Castilla, como quiera que en su
corazón y por el bien y seguridad de sus tierras holgó de la muerte, con todo
eso manifestó sentimiento, porque decía que había muerto uno de los mas
excelentes príncipes del mundo, que sabía honrar a todos los buenos,
así amigos como enemigos, y muchos caballeros muslimes vistieron luto
por el rey Alfonso, y los que estaban de caudillos con las tropas de
socorro para Gebaltaric no incomodaron a los cristianos a su partida
cuando llevaban el cuerpo de su rey desde Gebaltaric a Sevilla (203).» Ya antes había dicho el mismo
historiador: «Era Alfonso de estatura mediana y bien proporcionada, de buen
talle, blanco y rubio, de ojos verdes, graves, de mucha fuerza y buen
temperamento, bien hablado y gracioso en su decir, muy animoso y
esforzado, noble, franco y venturoso en las guerras para mal de los muslimes.»
No le juzgó mal Mariana cuando dijo:
«Pudiérase igualar con los más señalados príncipes del mundo, así en la
grandeza de sus hazañas como por la disciplina militar y su prudencia
aventajada en el gobierno, sino amancillara las demás virtudes y las oscureciera
la incontinencia y soltura continuada por tanto tiempo. La afición que tenía a
la justicia y su celo, a las veces demasiado, le dio acerca del pueblo el
renombre que tuvo de Justiciero.» Nosotros, reconociendo y
admirando sus eminentes dotes como guerrero y como príncipe, sus altos y
gloriosos hechos como soldado y como gobernador, somos algo más severos en
condenar aquellas ejecuciones cruentas, aquellos suplicios horribles sin forma
de proceso, aquellos castigos que si merecidos a las veces, descubrían
demasiado la venganza del hombre mezclada con la justicia del rey, y con los
cuales ensangrentó y manchó y principalmente el primer período de su reinado. Y
en cuanto a sus ilícitos amores con doña Leonor de Guzmán, cadena no
interrumpida de flaquezas que solo se quebró cuando faltó el eslabón de la vida
del monarca, y que hacía resaltar más la fecundidad prodigiosa de la ilustre
concubina, seríamos algo más indulgentes si a la flaqueza no hubiera acompañado
el escándalo. Y en verdad nos asombra la tolerancia con que prelados y señores
presenciaban el espectáculo de la mujer adúltera, siguiendo públicamente al rey
a Sevilla, a Córdoba, a Mérida, a León o a Madrid, y habitando en su palacio
con desdoro de la majestad y con tormento y mortificación de la que
legítimamente debía compartir sola con él el tálamo y el trono. Dejó, pues,
Alfonso XI estos dos funestos ejemplos de crueldad y de lascivia a un hijo que
no había de tardar en excederle en actos escandalosos de lascivia y de
crueldad, y a su fallecimiento quedaba sembrado el germen de las calamidades y
de los crímenes y de los disturbios y horrores que por desgracia tendremos más
adelante que referir.
A la muerte de Alfonso XI, fue aclamado rey
de Castilla y de León su hijo don Pedro, el que la tradición conoce con el
nombre de don Pedro el Cruel.
NOTAS
|
1.-- Lafuente, Modesto, Historia General de España, desde los
tiempos primitivos hasta la muerte de Fernando VII, obra continuada desde
dicha época hasta nuestros días por D. Juan Valera, con la colaboración de D.
Andrés Borrego y D. Antonio Pirala, Barcelona, Montaner y Simón, Editores, 1889,
Tomo 4, pp. 1-31, 116-150, 202-222-237, 282-294, 332-372.
Entre ellos la exención de alojamientos a todas
las casas de la ciudad y sus villas; que la ciudad de Toledo no pudiera darse
en préstamo o feudo a ningún señor; que nadie pudiera tener heredad en Toledo
sino morando en la ciudad con su mujer e hijos, etc. Mucho debieron
contribuir estos privilegios a la gran población que llegó a aglomerarse en
Toledo. El P. Burriel la hace subir a cuarenta mil vecinos, y otros le
suponen aún más numeroso vecindario; Larruga, Memoria política y económica, T. V.
2.-El
juicio de Albedrío (o fuero del albedrío) fue un sistema utilizado en
Castilla, Valencia, Cataluña y Aragón, para resolver los pleitos que suponía
que los jueces no debían fallar en función de ningún texto legal, sino que
simplemente basándose en los usos y costumbres de la zona. Las sentencias así
dictadas en función de la libre interpretación de las costumbres jurídicas
por parte de los jueces, se denominaba fazañas
o exemplos. Las fazañas, es decir, los fallos pronunciados conforme al
sistema de albedrío, permitían el reconocimiento del Derecho consuetudinario
exteriorizándolo de este modo y permitiéndole convertirse en Normas de
Derecho. 3.-El Fuero Viejo de Castilla, sacado y comprobado con el
ejemplar de la misma obra, que existe en la Real Biblioteca de esta Corte, y
con otros MSS, con notas históricas y legales, los doctores D. Ignacio Jordán
de Asso, y Del Río, y D. Miguel de Manuel Rodríguez, Madrid, D. Joaquín
Ibarra Impresor de Cámara de S.M., 1771 y el P. Burriel, Informe sobre pesos y medidas, creyeron que este fuero había sido
obra del conde don Sancho de Castilla; Marina ha refutado sólida y
victoriosamente esta opinión en su Ensayo
histórico-crítico sobre la antigua legislación de Castilla, n° 154. 4.-Ley
2, tít. I, Lib. I, del Fuero Viejo. 5.-Prólogo del rey don Pedro a este
Código. 6.-Ley
3, tít. VIII, lib. I. 7.-Marina, Ensayo…, o. cit., n° 126. 8.-Fuero de Cuenca, https://dialnet.unirioja.es 9.-El Señorío es una institución propia de la
Edad Media y la Edad Moderna en España. Surgió en los reinos cristianos del
norte peninsular y se extendió con la reconquista al resto del territorio,
confirmándose o incrementándose (refeudalización) con la monarquía hispánica
posterior. El Señorío es una
donación hereditaria de tierras y vasallos, incluida la jurisdicción, dada
por monarcas a nobles o clérigos como pago por servicios prestados o
recompensa a méritos adquiridos, pero por su mera voluntad (merced); Valdeón,
Julio, José María Salrach y Javier Zabalo, Feudalismo y consolidación de los pueblos hispánicos, Barcelona,
Labor, 1987; Beceiro, Rita, Ricardo Córdoba de la Llave, Parentesco, poder y mentalidad. La nobleza castellana. Siglos XII al
XV, Madrid, CSIC, 1990. 10.-Carta-puebla, concesión otorgada por el rey o
por un señor laico o eclesiástico a los habitantes establecidos previamente.
Se vinculan al fenómeno de la repoblación necesaria para el avance de la
reconquista, en la Edad Media peninsular; Barrero García, Ana María y Alonso
Martín M., Textos de derecho local
español en el Edad Media: catálogo de fueros y costumbres municipales,
Madrid, CSIC, Inst. de Ciencias Jurídicas, 1989; www.ecadal.org/tag/Carta_puebla 11.-Fuero
Juzgo de los Visigodos,
es el código de la monarquía goda, sucedió a la caída del poder romano y en
sus preceptos se reflejaba la sociedad por cuyas necesidades se dictaba.
Forma una completa apología de los reyes godos de España, es una prueba
irrefutable de que la sociedad para la que se redactó era la más avanzada en
el camino de la civilización; www.enciclopedia.us.es/indez.php/Fuero_Juzgo Visto el 8 de noviembre de 2016. 12.-Las cortes que sabemos se celebraron
en León y Castilla, durante este período, además de las de León en 1135, en
que fue proclamado emperador Alfonso VII, son: las de Nájera en 1138,
celebradas para restablecer la paz y armonía entre los fijosdalgo y fijar los
derechos de la nobleza: las de Palencia en 1148 para el gobierno de Castilla:
las de Valladolid en 1155: las de Burgos en 1169, que según la crónica
general asistieron ya, además de los prelados, ricos-hombres y caballeros,
los concejos del reino de Castilla, parte. IV, cap. Viii: otras de Burgos en
1177, en que según el cronista Alvar García se creó el juez mayor de los
hijosdalgo de Castilla: las de Salamanca en 1178, cuyos estatutos y acuerdos
se publicaron como obra del rey en unión con los obispos, abades, condes y
rectores de las provincias: las de Benavente en 1181, en que se hicieron
leyes para mejorar el Estado y recoger todas las donaciones de bienes
realengos que se habían hecho a exentos en perjuicio de la corona : las de
Carrión en 1188, en que se trató del matrimonio de doña Berenguela con el
príncipe Conrado, y a las que concurrieron ya los representantes de cuarenta
y ocho pueblos: otras de Carrión en 1193, para resolver la guerra contra los
moros: las de León en 1188 y 1189, a las que asistieron también los
procuradores de los concejos: las de Benavente en 1202, y de León en 1208 en
los que se publicó el decreto de espolios de los prelados: las de Toledo en
1212, para preparar la gran cruzada contra los infieles: las de Valladolid en
1217 para la proclamación de la reina doña Berenguela y d su hijo don
Fernando III. Se da también el nombre de Cortes
a todas las reuniones que los prelados, magnates y ricos-hombres celebraban
para el reconocimiento y proclamación de cada nuevo rey. 13.-Tuvieron
principio los templarios en Jerusalén, hacia el año 118, a devoción de Hugo
de Paganis, Godofre de Saint-Omer y otros siete compañeros, los cuales se
consagraron al servicio de Dios en forma de canónigos regulares, e hicieron
los votos de religión en manos del patriarca de Jerusalén, Balduino II,
considerando el celo de estos nuevos religiosos, les dio una casa cerca del
Templo de Salomón, de donde tomaron el nombre de templarios. El mismo
Balduino, sus grandes, el patriarca y prelados, de sus propios bienes les
dieron para su sustento ciertos beneficios, temporales unos y perpetuos
otros. Su primer instituto fue proteger a los peregrinos que iban a visitar
los santos lugares contra los malhechores y salteadores que los infestaban.
Todos los privilegios, todas las donaciones les parecían pocas a los
príncipes para premiar y engrandecer una institución tal útil. Así llegaron a
propagarse tan prodigiosamente y acumular tan grandes riquezas, hasta el
punto que se supone pasaban de nueve mil casas las que poseían en toda la
cristiandad. Se les encomendaba en todos los reinos las plazas más fuertes.
El Papa Inocencio III quiso afiliarse a esta orden. Felipe el Hermoso no pudo
conseguirlo, y Alfonso I de Aragón fue más allá que ningún otro príncipe legándoles
su reino; Rodríguez Campomanes, Lic. D. Pedo, Dissertaciones Históricas del orden y caballería de los Templarios o
resumen historial de sus principios, fundación, Instituto, Progresos y
Extinción en el Concilio de Viena y un apéndice o suplemento, Madrid,
Antonio Pérez de Soto, 1747; www.ordendeloscaballerostemplarios.blogspot.mx/2013/04/disertaciones-historicas-del-orden-y.html?m=1
14.-Campomanes,
op. cit., p. 211 y sig., que antes de la solemne
admisión de los templarios y hospitalarios en Aragón y Cataluña por el conde
don Ramón Berenguer IV en 1142 y 1143, los había ya en aquellos dos Estados
desde don Ramón Berenguer el Grande y don Alfonso el Batallador. 15.-Según
Campomanes, existían ya los templarios en Castilla desde 1128. Poco más tarde
se establecieron en Portugal y Navarra, aunque no es fácil fijar el año o
fecha determinada en que comenzaron a introducirse. 16.-Ticknor,
M. G., Historia de la Literatura
Española, traducida por los señores Pascual Gayangos y Enrique de Vedia,
Madrid, Imprenta de Rivadeneyra, 1851; https://archive.org/details/historiadelalit10tickgoog dice Ticknor que “casi puede
asegurarse que en los diez siglos transcurridos desde la ruina de la
civilización griega y romana, hasta la aparición de la Divina Comedia, ningún
país ha producido un trozo de poesía más original en sus formas, y más lleno de
naturalidad, energía y colorido que el Poema del Cid.” 17.-Tratado de Cabreros. En el municipio vallisoletano de
Cabreros del Monte para tratar de poner término a las disputas existentes
entre ambos reinos por la posesión de diversas fortalezas que se hallaban en
manos de Alfonso VIII, y por la posesión de los castillos que constituían la
dote de la reina Berenguela de Castilla, hija de Alfonso VIII, y esposa de
Alfonso IX de León, de quién el soberano leonés se había separado en 1204;
Martínez Ortega, Ricardo, “El Tratado de Cabreros del Monte (Valladolid) del
año 1206 (primer documento cancilleresco en romance hispánico):
identificación y localización de su toponimia a través de la documentación
latina medieval”, en Fortunatae: Revista canaria de filología, cultura y
humanidades clásicas, La Laguna, Univ. de la Laguna. Servicios de
publicaciones, 13, pp. 203-232, ISSN 1131-6810; https://ore.exeter.ac.uk/repository/bitstream/handle/10871/19284/Tindal-RobertsonC.pdf?sequence=1 18.-Martínez Marina, Francisco, “Ensayo
histórico-crítico sobre el origen y progresos de las lenguas, señaladamente
del romance castellano”, en Memorias de la Real Academia de la Historia, tomo
IV, Madrid, Editor Aguado, 1841, pp. 34-60. 19.-Marina
cita algunas de estas palabras inoculadas entonces en nuestro romance, como lur po su, del francés leur: avant por antes:
ensemble
por juntamente: randre por dar: merchant
por mercader, etc. 20.-Conocido
es el fuero dado a los mozárabes de Toledo por Alfonso VI. En el de Baza
otorgado por el emperador, decía: “Otorgo
esta franqueza a todos…siquier sea cristiano, siquier moro, siquier judío,
siquier franco, venga seguramente…” En el fuero de Plasencia: “Todo ome que a esta feria viniere, siquier
sean cristianos, o judíos, o moros, vengan seguros; e el que los mal ficiere,
o los prendare, peche mil maravedís en coto al rey…” 21.-Este catálogo se halla en el citado
tomo IV de las Memorias de la Real academia de la Historia. 22.-Es
una curiosa observación la del modo como se fueron alterando las voces
latinas y transformándose en castellanas, muchas veces sin más que la
sustitución de una vocal o de una consonante por otra, o la adición o
supresión de una letra. Y aunque al principio no se hiciera por un sistema
gramatical, sino por corruptela o vicio de pronunciación, la costumbre y el
uso primero y el arte y el estudio después, fueron convirtiendo en reglas
generales las que un principio habían sido adulteraciones hechas sin propósito
ni voluntad. Las
terminaciones latinas en us y en um, principalmente de
los participios, se mudan en las terminanciones castellanas en o.
Honoratus,
honrado:
ignoratum
en ignorado:
electus,
electo:
redentum,
redimido.
Así como la au como la u se convierten en general en o.
Auditos-oido:
Taurus-toro:
paucum-poco:
aurum-oro:
lutum-lodo:
ulmus-olmo. Los
adjetivos terminados en bilis y bile, toman en
castellano la terminación ble: amabilis-amable: horribile-horrible:
irascibilis-irascible. La c
se mudaba comunmente en g:
amicus-amigo:
lacus-lago:
ficus-higo: Facio-hago: gallaicus-gallego: dico-digo.- La ct en
ch:
como lectum-lecho: pectus-pecho: dictum-dicho: factum-hecho: nocte-noche. –La
f
en h: como fumus-humo: fatum-hado: furtum-hurto:
formosus-hermoso: formica-hormiga. –La t y s
en los nombres que significaban cualidades morales se convertían en d:
pietas-piedad: benignitas-benignidad: vanias-vanidad:
liberalitas-liberalidad. –Los adverbios latinos acabados en ter
son los adverbios castellanos terminados en mente: firmiter-firmemente:
frecuenter-frecuentemente: y en general la terminación mente
se adoptó para todos los adverbios de modo: como caute-cautamente:
injuste-injustamente: legitime-legítimamente, etc. Sería
interminable este examen y no de nuestro objeto: pro hemos creído deber
presentar esta ligera muestra de cómo se fue trasformando el idioma latino en
romance castellano en muchas de sus voces, ya que en la época que acabamos de
examinar fue cuando comenzó a generalizarse más y a emanciparse y prevalecer
sobre el antiguo el nuevo idioma. 23.-Lafuente, Historia general…op. cit., pp. 31-65. 24.-Martínez
Ugarte, Juan Manuel, O.S.A., conocido como Manuel Risco, España Sagrada, Madrid, Editorial Agustiniana, 1747, vols. XXX al
XLII, t. XXXVI, Ap. 63. En este convenio, el rey de León facultaba al
arzobispo de Toledo y a los obispos de Burgos y Palencia para excomulgarle a
él y poner en entredicho a su reino, sin –apelación alguna-, en el caso de
quebrantarse por él la paz; y a su vez el de Castilla daba plena potestad al
arzobispo de Santiago y a los obispos de Astorga y Zamora, para lo mismo. 25.- Cromberger,
Jacobo, Cronica del santo Rey Don
Fernando III, Sevilla, ed. Facsimil, 1516; https://biblioteca.ucm.es/historia/cronica-de-fernando-iii Ejemplar en la Biblioteca Histórica
de la Universidad Complutense de Madrid con la signatura BHFG 2035. 26.-Ofrecer
homenaje. Ceremonia
en la que un vasallo o personalidad reverenciaba y sumisamente se comprometía
a jurar lealtad a su señor. 27.-Cromberger,
Crónicas del Santo rey….op. cit., cap. XIII. 28.-Cromberger,
op.cit., cap. XIV. 29.-Serrano,
Luciano, Don Mauricio, obispo de Burgos
y fundador de su catedral, España, Edi. Maxtor, 1922. 30.-El Fuero de Cáceres. Fue otorgado por el rey de León
Alfonso IX, cuando el día 23 de abril de 1229, reconquistó la ciudad. En esta
carta de población se prohibía a las órdenes militares, religiosas y nobles a
establecerse en la ciudad, por lo que, con el tiempo, los villanos dedicados
a la ganadería irían conformando una nobleza ganadera; http://www.turismo.caceres.es/recursos-culturales/fuero-de-caceres 31.-Risco,
P. Mtro. Manuel, Historia de la ciudad
y Corte de León y de sus reyes, León, Tipografía de M. Carzo, 1894; https://bibliotecadigital.jcyl.es/es/consulta/registro.cmd?id=5114 32.-Risco,
P. Mtro. Manuel, Historia de la ciudad
y Corte de León, y de sus reyes, Madrid, ofic. de Don Blas Román, 1792; http://faceira.org/2011/12/historia-de-la-ciudad-y-corte-de-leon/ ; Cromberger, Crónicas del….op. cit., caps. XV y XVI. 33.-Adelantamiento:
adelantado.
Duarte Núñez de León escribe que el padre de Fernando III, don Alfonso IX,
tuvo ya por adelantado de León a su primo hermano y cuñado Martín Sánchez,
hijo de don Sancho, el poblador de Portugal. El término adelantado, referido
a las oficialidades del rey y de los concejos, comienza a aparecer por
primera vez en documentos navarros y castellanos del siglo XI. El título de Adelantado
Mayor se otorgaba, usualmente, a individuos apreciados o distinguidos por
sus cualidades militares, pero ante todo a sus cualidades leales, aparejando
al encargo real la inherente cobertura de poderes jurídico materiales para
“adelantar” la empresa propuesta y desempeñado por alguien que estaba en la
confianza del rey o de las cortes, de ordinario por hechos consumados de
armas o vínculos de parentesco con otros adelantados. Algunos
historiadores, como Duarte Núñez de León, Salazar de Mendoza o Francisco de Berganza, los encuentran denominados como tales
siglos antes de la recopilación de leyes de Alfonso X en las Partidas. Durante la Baja Edad Media era un cargo oficial del Reino de
León,
del Reino de Castilla y de la Corona castellana y leonesa que tuvo competencias militares, gubernativas y
judiciales sobre una circunscripción determinada. Las facultades de los
adelantados se describen sumariamente en la ordenación de los oficios de la
administración de Justicia hecha por Enrique II en las Cortes de Toro de 1371. Adelantado,
dice la ley de Partida (L.
22, tit. 9. p.2): (...) tanto quiere decir como
ome metido adelante en algún fecho señalado por mandado del rey: é por esta
razón el que antiguamente era puesto sobre la «tierra grande», llamaronlo en
latín «Præses Provinciæ». (...) El oficio de este es muy grande, ca es puesto
por mandado del rey sobre todos los merinos, también sobre todos los de las
comarcas, é alfozes, como sobre los otros de las villas (...) el puede oír
las alçadas, que fiziesen los homes de los juizios que diesen los alcaldes de
las villas contra ellos, de que se tuviesen por agraviados aquellos que el
rey oyria si en la tierra fuese. Cortes de los antiguos reinos de León y Castilla, t.
II, Madrid, Real Academia de la Historia, 1863, pp. 196-197; https://es.wikipedia.org/wiki/Adelantado; http://ficus.pntic.mec.es/jals0026/documentos/textos/7partidas.pdf 34.-La
hazaña que se cuenta del famoso toledano Diego Pérez de Vargas, hermano de
Garci-Pérez, del cual dice la crónica, que después de haber inutilizado y
roto matando moros su lanza y su espada, “no
teniendo a que echar mano, desgajó de una oliva un verdugón con un cepejón, y
con aquel se metió en lo más recio de la batalla, y comenzó a ferir a una
parte y a otra a diestro y a siniestro, de manera que al que alcanzaba un
golpe no había más menester. E hizo allí con aquel cepejón tales cosas, que
con las armas no pudiera facer tanto. Don Alvar Pérez con el placer de las
porradas que le oya dar con el cepejón, decía cada vez que le oya golpes:
Así, así, Diego, machuca, machuca. Y por esto desde aquel día en adelante
llamaro a aquel caballero Diego Machuca, y hasta hoy quedó este nombre en
algunos de su linaje”, Cromberger, Crónicas…,
op. cit., cap. XX. 35.-Florez
de Setién, P. Enrique, Memorias de las
reinas católicas de España, (2 tomos), Madrid, Aguilar, Colección Crisol,
1953, tomo I. Acaeció la muerte de la reina doña Beatriz en Toro en noviembre
de 1235. Y fue sepultada en las Huelgas de Burgos. “Murió, añade, en buen
olor de virtud y santidad, y así lo indica su hijo don Alfonso el Sabio en
uno de sus cantares. Tuvo de ella don Fernando los siguientes hijos: don
Alfonso, don Fadrique, don Fernando, don Enrique, don Felipe, don Sancho, don
Manuel, doña Leonor, doña Berenguela y doña María. Algunos de éstos, como
Fadrique, Felipe y Manuel, suenan por primera vez en las familias reales de
España. 36.-Cromberger,
Crónica…op. cit., cap. XXVI – XXVII. 37.-Fue nombrado primer obispo de
Córdoba don fray Lope, monje de Fitero. Maestro y director espiritual
de Fernando
III, el cual lo nombró obispo
de Córdoba tras la
conquista de la ciudad en 1236.
Colocó la cruz en el alminar de la antigua mezquita. Asistió a la dedicación
de la nueva catedral. Maestro en Derecho Canónico, formaba parte de la
cancillería real. Fue buen administrador del patrimonio diocesano y logró de
Fernando III que la Iglesia cordobesa tuviera su lugar en el Fuero de la
ciudad de 1241.
Realizó la primera división de canonicatos y dignidades de la diócesis y de
su pontificado arranca la organización parroquial de la capital. Muere el 10
de junio de 1245. https://cordobapedia.wikanda.es/wiki/Don_Lope_de_Fitero El oficio de Canciller Mayor de Castilla, que
ejercía el obispo de Osma a nombre del prelado don Rodrigo Jiménez de Toledo,
le tuvieron desde entonces mucho tiempo los arzobispos toledanos. La dignidad
de Canciller mayor y sus atribuciones la explicaba la Ley de Partida, p. 2,
título 9, 1. 4, diciendo que “es el
segundo oficial de la casa del rey, de aquellos que tienen oficio de puridad:
medianero entre el rey y sus vasallos, porque todas las cosas que él ha de
librar por cartas, de cualquier manera, que sean, ha de ser con su sabiduría,
e él las debe ver antes que las sellen para guardar que no sean dadas contra
derecho, por manera que el rey non reciba ende daño nin vergüenza. E si
fallase que alguna hi había que non fuese así fecha, débela romper o desatar
con la péñola, a que dicen en latin cancellare, e de esta palabra tomó
nome de canciller.” Según Salazar de Mendoza, débese
principalmente la creación de esta dignidad al emperador Alfonso VII, que
como los emperadores llamaron cancilleres a sus secretarios, llamóse así a
los suyos desde su coronación. Salazar de Mendoza, Pedro, Origen de las Dignidades Seglares de
Castilla y León, ed. facsímil, Madrid, oficina de Don Benito cano, 1794,
lib. II, cap. VII. 38.-Cromberger,
Crónica…op. cit., cap. XVIII. De
esta señora tuvo tres hijos, don Fernando, don Luis y doña Leonor. Al final d
este capítulo se lee en la crónica: “Esta
pequeña obra escreví yo don Rodrigo arzobispo de Toledo e primado de las
Españas. Escrevila como mejor supe e pude. Acabéla en el año de la
encarnación del Señor de mil e doscientos e cuarenta e cuatro años. Andados
veynte y seis años del reinado del muy noble rey don Fernando. Acabéla jueves
postrero a treinta y tres años de nuestro arzobispado. Vacaba entonces la
Sede apostólica avia un año y ocho meses y diez días por muerte del papa
Gregorio nono.” Después se lee: “Prólogo
del que prosigue la historia. -Prosigue la historia de los claros hechos del
muy notable rey don Fernando, etc.”. - A pesar de todo, no podemos creer
que esta parte de la crónica fuese del arzobispo don Rodrigo, entre otras
razones, porque en varios capítulos de ella se lee: “Según escribe el arzobispo don Rodrigo:” y en el mismo capítulo
en que se estampa aquella nota, se dice: “Este
casamiento, según escribe el arzobispo don Rodrigo, fue hecho, etc.” Y no
es creíble que el autor hablara de sí mismo en esta forma. Suponemos, pues,
que el autor de la crónica quiso significar que había escrito la primera
parte teniendo presente la historia del arzobispo. 39.-Cromberger,
op. cit., cap. XXX. 40.-De
donde vino, dicen algunas historias, la loable costumbre de nuestros reyes de
dar de comer a doce pobres todos los años el día de Jueves Santo. 41.-Principio
y fundamento del ilustre tribunal que más adelante y con más atribuciones
había de ser el Consejo Real de
Castilla. 42.-Cromberger,
op. cit., cap. XL. 43.-Doña
Berenguela murió el 8 de noviembre de 1246. Florez, Reinas Católicas, t. I, p. 483. Dejó mandado en su testamento que
la enterrasen en la Huelgas de Burgos en sepultura llana y humilde. 44.-Era
el arzobispo don Rodrigo Jiménez de Rada natural de Puente de Rada en
Navarra. Estudió en la Universidad de París. Fue Obispo de Osma antes que de
Toledo. Promovió en Francia la cruzada de las Navas de Tolosa, a cuta batalla
asistió con el estandarte d su Iglesia. Se halló en el IV Concilio general
lateranense, donde sostuvo la reñida disputa contra los metropolitanos de
Braga y de Santiago sobre la primacía de España, y pronunció una oración
latina que al día siguiente tradujo en italiano, tudesco, inglés, castellano
y vascuence. Hizo otros dos viajes a Roma en 1218 y 1235. Estuvo en el
Concilio general de Lyón de 1245, era doctísimo y versado en lenguas,
Escribió el tratado de Rebus in
Hispania gesti, también llamada Rebus
Hispanie, Historia Gothica, o Crónica del Toledano, escrito en latín,
comprende nueve libros (subdivididos en capítulos), que abarca la
historia española, desde Jafet (uno de los hijos de Noé): Historia romanorum la Historia de los
romanos, de los ostrogodos, de los hunos, vándalos, alanos y suevos, y Historia arabum desde el año 750 al
1150. Murió en 1247 en Francia al regresar a su patria, viniendo por el
Ródano. Fue el gran consejero de Alfonso el Noble y de San Fernando. En su
epitafio del monasterio de Huerta, donde fue enterrado, se leía este concepto
expresado en mal latín: Mi madre es
Navarra: Castilla mi nodriza: París mi escuela: Toledo mi domicilio: Huerta
mi sepultura: el cielo mi descanso.; http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=jimenez-de-rada-rodrigo 45.-Sevilla
1248: Congreso Internacional Conmemorativo del 750 Aniversario de la
Conquista de la Ciudad de Sevilla por Fernando III, Rey de Castilla y León,
Sevilla, Real Alcázar, González Jiménez, Manuel (coord.), 23-27 de noviembre
de 1998, Centro de Estudios Ramón Areces, España, 2000.
46.-Menénde
Pidal, Ramón. Historia de España. Tomo VIII: El Reino Nazarí de Granada (1232
– 1492) Madrid, Espasa Calpe, S.A., págs. 74-92; Vidal Castro, Francisco.
"Frontera, genealogía y religión en la gestación y nacimiento del Reino
Nazarí de Granada. En torno a Ibn al-Aḥmar",
En III Estudios de Frontera. Convivencia, Defensa y Comunicación en la
Frontera, Diputación Provincial de Jaén, 2000, págs. 793-810.
47.-https://www.alhambradegranada.org/es/info/palaciosnazaries/palaciorealalhambra.asp 48.-Almirante. Voz arábiga, derivada de emir del mar. Dice la ley 3, t. XXIX de las 7 Partidas que: “Almirante es dicho el que es cabdillo de
todos lo que van en los navíos para facer guerra sobre el mar: e ha tan grand
poder quando va en flota, que es assi como hueste mayor, o en el otro
armamiento menor que se face en lugar de cabalgada como si el rey mismo y
fuese.”; http://ficus.pntic.mec.es/jals0026/documentos/textos/7partidas.pdf; Salazar de Mendoza, Dignidades de
Castilla, op. cit., Lib. II, cap.
XVI. 49.-La
crónica refiere muy por menor ésta señalada acción de Garci-Pérez, y como al
verle el rey desde su tienda en aquel empeño le decía Lorenzo Juárez: “Dejarle, señor, que es Garci-Pérez de
Vargas, y para el pocos son siete moros.” Cromberger,
Crónica del santo rey, op. cit., cap.
XLVIII. 50.-Ibid,
cap. LIII. La torre del Oro. Fue levantada en el
primer tercio del siglo XIII, en los postreros momentos de los reinos de
Taifas. Su nombre en árabe era Borg-al-Azajal, que venía a expresar, que el
revestimiento de azulejería dorada que destellaba al sol era como el oro y se
reflejaba en el río dañando la vista. Abu-l-Ula fue el gobernador almohade que en 1220 la
mandó edificar para defender la ciudad. Cerró también la entrada al puerto
con una gruesa cadena que cruzaba el río y se sujetaba en otra torre (ya
inexistente) en la orilla de Triana. Esta cadena fue la que partieron los
marinos de Ramón Bonifaz en 1248 con la flota de la Reconquista. Es un esbelto poliedro sobre la base de un
dodecágono de tres cuerpos. La obra es de sillería y su interior corresponde
a su elegante arquitectura. La crónica de San Fernando hace mención de ella,
diciendo que, “es de muy gentil arte
labrada y muy fuerte, y es fundada sobre agua… ¿pues qué diremos de la torre
de Santa María y de sus noblezas y hermosura?tiene en anchura 6 brazas y 240
en altura…la escalera por donde suben a ella ancha y tan llana y tan bien
compasada, que los reyes y reinas y grandes señores que a ella quieren subir
a mula o a caballo, pueden muy bien subir hasta encima. Y encima de la torre
esta otra que tiene ocho brazas en alto, hecha de maravilloso arte, y encima
de ella están cuatro manzanas una sobre otra, que es cosa increíble a quien
no la vido…tiene doce canales, cada una de ellas es de cinco palmos de ancho,
que cuando la metieron en la ciudad no pudo caber por la puerta, y fu
menester que quitasen las puertas, y que ensanchasen la entrada para metella.
Quando el sol da en estas manzanas resplandecen tanto, que se ven de más
lejos que una jornada.” Es la famosa torre de la Giralda, así llamada por la grande estatua de la Fe que le sirve
hoy de veleta giratoria, que fue colocada en el siglo XVI en lugar de las
cuatro bolas doradas de que habla la crónica, las cuales derribó un fuerte
terremoto el 21 de agosto de 1396. http://www.andalunet.com/monumentos/fichas/torre_oro.htm
51.-Durante el asedio de Sevilla en 1248,los musulmanes utilizaron
cañones en forma defensiva en al-Ándalus, así como
durante el asedio de Niebla en 1262, donde se informó que los defensores almohades empleaban
máquinas que eyectaban piedras y fuego acompañadas por ruidos atronadores.
Algunos historiadores españoles consideran que
esta fue la primera vez que se utilizó la pólvora durante una batalla en la península Ibérica, Francisco Javier Fernández Conde, La España de Los Siglos XIII Al XV: Transformaciones el
Feudalismo Tardío, Nerea, 2004, pg. 35. Otro
historiador español, Juan de Mariana, recordó
un nuevo uso de cañones durante la conquista de Algeciras en 1342: “Los sitiados causaron
gran daño a los cristianos con las balas de hierro que disparaban. Esta es la
primera vez que hallamos mención de la pólvora y balas en nuestra historia.”, Mariana,
Juan de, Historia general de
España, 2 volúmenes, Madrid, 1608, ii, 27; Navarrete, Martín Fernández de
(1825–37) Colección de los
viages y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del
siglo XV: con varios documentos inéditos concernientes á la historia de la
marina castellana y de los establecimientos españoles en Indias, 5 vols.,
Madrid: Imprensa Real. v.1 (1825), v.2 (1825), v.3(1829), v.4 (1837), v. 5 (1837). https://es.wikipedia.org/wiki/Ca%C3%B1%C3%B3n_medieval Tenían los moros dice la Crónica “tan recias ballestas, que de bien lejos hacían mortales tiros que pasaban el
caballero armado de las más fuertes armas, y a donde iba a parar el cuadrillo
entraba todo debajo de la tierra.” Cuadrillos,
llamaban a las saetas cuadradas y sin aletas. 52.-Cromberger,
Crónica…op. cit. Cap. LXXIV. “Este noble rey don Fernando estableció
calongías e dignidades muy honradas a la honra de la Vírgen Nuestra Señora
Santa María, cuyo nombre la Santa Iglesia tiene. Dótola de muy ricos
heredamientos de villas y lugares muy ricos y otras muchas y grandes riquezas.” 53.-Ruiz
Moreno, Manuel Jesús, La Conquista de
Sevilla, 1248, Madrid Almena
Ediciones,, 2015; Morgado, Alonso, Historia
de Sevilla, Sevilla, Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos de
Sevilla, 1981; Costas Rodríguez, Jenaro, Fernando
III a través de las crónicas medievales, Zamora, Excmo. Ayuntamiento de
Zamora, Centro de la UNED de Zamora, 2001: https://bibliotecadigital.jcyl.es/i18n/catalogo_imagenes/grupo.cmd?path=10079821 54.-Don Sancho no se hallaba allí, sino
en Toledo, de donde ra arzobispo electo, como don Felipe lo era de Sevilla. 55.-Aunque
la santidad de este rey era públicamente reconocida y aun se le daba culto
como santo, no fue solemnemente canonizado hasta 1671 por l papa Clemente X. 56.-Cromberger, Crónica del santo rey, op. cit., caps. LXXVI a LXXXVIII. 57.-Aunque
la santidad de este rey era públicamente reconocida y aun se le daba culto
como santo, no fue solemnemente canonizado hasta 1671 por l papa Clemente X. 58.-Cromberger, Crónica del santo rey, op. cit., caps. LXXVI a LXXXVIII. 59.-Menéndez
Pidal, Ramón, Primera crónica general:
estoria de España que mandó componer Alfonso el Sabio y se continuaba bajo
Sancho IV en 1289, Madrid, Bailly-Bailliére, 1906; Primera crónica general de España que mandó componer Alfonso el Sabio
y se continuaba bajo Sancho IV, Madrid, Gredos, 1955. 60.-En
la noticia y método real escrita por el egipciano Alamreo, secretario del rey
de Egipto Almalek Alsalehi, en 1249, describieron varios instrumentos
militares usados por los árabes, dicen que arrastraban unas bocas de fuego
donde encendían pólvora, y con cuyo medio hacían un ruido horrendo a manera
del trueno, y vomitando fuego lo rompían todo, lo encendían y lo reducían a
cenizas. Schelab Aldino, autor geográfico que floreció antes de mediado el
siglo 13, hace mención de la Artillería entre los árabes. Salas, Don Ramón
de, Memorial Histórico de la Artillería
Española, Madrid, Imprenta que fue de García, calle de Jacometrezo n° 15,
1831. 61.-Menéndez Pidal, Crónica de Alfonso
X, cap. VI, op. cit. 62.-Este
fue uno de los muchos matrimonios de los reyes cristianos de la edad media
que produjeron disturbios en lo político y escándalos en lo moral. Declarado
legítimo por l papa a instancia de la condesa Matilde el matrimonio con
Alfonso de Portugal, y notificado éste para que se apartase de Beatriz, como
se negasen los dos a obedecer el mandamiento pontificio, fueron excomulgados
y puestos en entredicho en cualquier lugar en que se hallasen. En tal estado
permanecieron, hasta que muerta la condesa en 1262, suplicaron los prelados
de Portugal al papa Urbano IV se condoliese de la miserable situación de
aquel reino, y qu se dignase dispensar los dos impedimentos y nulidades del
segundo matrimonio, confirmando y declarando legítimos los hijos que de él
habían nacido y naciesen, absolviendo de la excomunión, tanto a los príncipes
como a los vasallos. Faria y Sousa, Manuel de, Historia del Reino de Portugal dividido en 5 partes, Bruselas, en
casa de Francisco Foppens, 1730, t. III. 63.-El
Rey Teobaldo I de Navarra llamado el Trovador,
por su afición a la poesía provenzal y a la gaya ciencia, y célebre por su
poética pasión a la reina doña Blanca de Castilla, mujer de Luis VIII de
Francia y madre de San Luis, se había unido en 1239 a la cruzada que partió
de Francia para rescatar el Santo Sepulcro, de cuya expedición fue nombrado
jefe. Aquella empresa se malogró por las disensiones de los cruzados, que se
volvieron a Francia en 1240. Después Teobaldo tuvo varias diferencias con el
obispo de Pamplona, que apoyado por la Santa Sede, le excomulgó a él y a su
reino. El rey hubo de ceder, y se alzó el anatema para cuando diese
satisfacción al prelado ofendido; pero el monarca, no satisfecho con esto,
hizo un viaje a Roma para obtener la absolución del santo Padre. Lafuente,
Modesto, Historia de España, op. cit., p.
120. 64.-Mondéjar,
Gaspar Ibáñez de Segovia Peralta y Mendoza, Marqués de, 1628-1708, Memorias históricas del Rei d. Alonso l
Sabio, i observaciones a si chronica, Madrid, Universidad Complutense de
Madrid, 2008; Moret, Joseph de, Annales
del Reyno de Navarra, Pamplona, Francisco Antonio de Neyra, impresor del
Reyno, 1704, t. III, lib. XXI. 65.-Según
la crónica de don Alfonso el Sabio, hablan de otra causa anterior que
desavino a los reyes de Aragón y de Castilla. Dicen que disgustado Alfonso X
de que su esposa doña Violante en seis años de matrimonio no le hubiese dado
sucesión (cuya esterilidad debía consistir en la reina, puesto que el rey
tenía ya hijos bastardos), determinó divorciarse de ella, y pidió al rey
Haquino de Noruega le diese por esposa a su hija Cristina; que éste se la
otorgó, y la princesa vino a España: más cuando llegó a Castilla, había dado
la reina doña Violante síntomas ciertos de próxima maternidad. Comprometido
era el caso para el rey don Alfonso, que cesando el motivo de repudiar a su
esposa quería volverse a ella: el no hacerlo era acabar de enojar al rey de
Aragón su suegro, y haciéndolo desairaba de una manera bochornosa al rey de
Noruega, y a su hija. Alfonso halló medio de salir del paso, casando a la
princesa extranjera su prometida, con su hermano don Felipe, abad de
Valladolid y arzobispo electo de Sevilla, que la aceptó sin inconveniente, y
renunciando a la clerecía se casó con ella, quedando todos contentos, menos
la novia que murió al poco tiempo de melancolía, pensando en que era sólo
princesa habiendo venido a España a ser reina. El ilustrado
marqués de Mondéjar, en sus Memorias históricas, hace ver de un modo
convincente la falsedad de este caso, tal como la Crónica y los historiadores
que la han seguido lo cuentan. Es cierto que la princesa Cristina de Noruega
casó con el infante don Felipe de Castilla, el cual renunció para ello al
sacerdocio y al episcopado por el que había sido electo; pero ni esto se
realizó en la manera y tiempo que otros autores han dicho, sino algunos años
más tarde, ni la princesa fue buscada por el rey Alfonso para esposa suya, ni
vino en 1254 por el motivo que alegan, puesto que en 1253 había dado ya a luz
la reina doña Violante a la infanta Berenguela, prueba bien patente de
fecundidad, de que tantas otras dio después. Pueden verse las razones y los
documentos auténticos en que se apoya esta rectificación, en dichas Memorias
históricas, en Mondéjar, op. cit. y
en Flórez, Reinas Católicas, op. cit., t. 66.-El
Rey Teobaldo I de Navarra llamado el Trovador,
por su afición a la poesía provenzal y a la gaya ciencia, y célebre por su
poética pasión a la reina doña Blanca de Castilla, mujer de Luis VIII de
Francia y madre de San Luis, se había unido en 1239 a la cruzada que partió
de Francia para rescatar el Santo Sepulcro, de cuya expedición fue nombrado
jefe. Aquella empresa se malogró por las disensiones de los cruzados, que se
volvieron a Francia en 1240. Después Teobaldo tuvo varias diferencias con el
obispo de Pamplona, que apoyado por la Santa Sede, le excomulgó a él y a su
reino. El rey hubo de ceder, y se alzó el anatema para cuando diese
satisfacción al prelado ofendido; pero el monarca, no satisfecho con esto,
hizo un viaje a Roma para obtener la absolución del santo Padre. Lafuente,
Modesto, Historia de España, op. cit., p.
120. 67.-Mondéjar,
Gaspar Ibáñez de Segovia Peralta y Mendoza, Marqués de, 1628-1708, Memorias históricas del Rei d. Alonso l
Sabio, i observaciones a si chronica, Madrid, Universidad Complutense de
Madrid, 2008; Moret, Joseph de, Annales
del Reyno de Navarra, Pamplona, Francisco Antonio de Neyra, impresor del
Reyno, 1704, t. III, lib. XXI. 68.-Según
la crónica de don Alfonso el Sabio, hablan de otra causa anterior que
desavino a los reyes de Aragón y de Castilla. Dicen que disgustado Alfonso X
de que su esposa doña Violante en seis años de matrimonio no le hubiese dado
sucesión (cuya esterilidad debía consistir en la reina, puesto que el rey
tenía ya hijos bastardos), determinó divorciarse de ella, y pidió al rey
Haquino de Noruega le diese por esposa a su hija Cristina; que éste se la
otorgó, y la princesa vino a España: más cuando llegó a Castilla, había dado
la reina doña Violante síntomas ciertos de próxima maternidad. Comprometido
era el caso para el rey don Alfonso, que cesando el motivo de repudiar a su
esposa quería volverse a ella: el no hacerlo era acabar de enojar al rey de
Aragón su suegro, y haciéndolo desairaba de una manera bochornosa al rey de
Noruega, y a su hija. Alfonso halló medio de salir del paso, casando a la
princesa extranjera su prometida, con su hermano don Felipe, abad de
Valladolid y arzobispo electo de Sevilla, que la aceptó sin inconveniente, y
renunciando a la clerecía se casó con ella, quedando todos contentos, menos
la novia que murió al poco tiempo de melancolía, pensando en que era sólo
princesa habiendo venido a España a ser reina. El ilustrado
marqués de Mondéjar, en sus Memorias históricas, hace ver de un modo
convincente la falsedad de este caso, tal como la Crónica y los historiadores
que la han seguido lo cuentan. Es cierto que la princesa Cristina de Noruega
casó con el infante don Felipe de Castilla, el cual renunció para ello al
sacerdocio y al episcopado por el que había sido electo; pero ni esto se
realizó en la manera y tiempo que otros autores han dicho, sino algunos años
más tarde, ni la princesa fue buscada por el rey Alfonso para esposa suya, ni
vino en 1254 por el motivo que alegan, puesto que en 1253 había dado ya a luz
la reina doña Violante a la infanta Berenguela, prueba bien patente de
fecundidad, de que tantas otras dio después. Pueden verse las razones y los
documentos auténticos en que se apoya esta rectificación, en dichas Memorias
históricas, en Mondéjar, op. cit. y
en Flórez, Reinas Católicas, op. cit., t. II. 69.-El
instrumento de esta cesión, de que no hacen mérito nuestros historiadores, le
produjo al arzobispo Pedro de Marca, según se conserva en el archivo de
Burdeos, metrópoli de la Gascuña, y lo ha reproducido el marqués de Mondéjar
en sus Memorias. Está fechado en Burgos a 1° de noviembre de 1254, y lo
firman don Alfonso, señor de Molina, hermano del rey, y los infantes don
Enrique, don Fadrique, don Manuel, don Fernando, don Felipe, electo arzobispo
de Sevilla, don Sancho, electo de Toledo, y el arzobispo de Compostela. 70.-Caballerías,
se compone de 384
varas de largo y 192 de ancho. Son tierras para sembrar. 71.-Heredamientos, Capitulación o pacto, comúnmente con ocasión de matrimonio, en que,
según el régimen de algunas regiones, se promete la herencia o parte de ella,
o se dispone, por acto entre vivos, la sucesión. 72.-Señoríos,
señorío es el
nombre que recibe el dominio o la potestad de un señor. El concepto también
hace referencia al territorio que pertenece a esta persona y al estatus o
dignidad que goza. 73.-Mondéjar, Memorias, op. cit., caps. Xxxi, xxxii y xxxiv. 74.-Es
notable este documento, así por su contenido, como por la idea que da de la
gran reputación que por aquellas tierras gozaba el monarca de Castilla. Lo
publicó Fernando Ughel del archivo de Florencia, a donde se trasladó el de
Pisa. Empieza así: “En nombre del Padre
y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén. Porque el Común de Pisa, toda Italia,
y casi todo el mundo os reconoce a vos el excelentísimo, invictísimo y
triunfante señor Alfonso, por la gracia de Dios rey de Castilla, de Toledo,
de León, de Galicia, de Sevilla, de Murcia y de Jaén, por el más excelso
sobre todos los reyes que son o fueron nunca en los tiempos dignos de
memoria…y saben también que amaís más que todos la paz, la verdad, la
misericordia y la justicia: y que sois el más cristianísimo y fiel de
todos….y sabiendo que vos habeís nacido de la sangre de los duques de Sabia,
a cuya casa por privilegio de los príncipes, y por concesión de los
pontífices de la Igesia romana es notorio pertenece digna y justamente el
imperio…etc”. Sigue el acta de reconocimiento y de homenaje hecho por el
síndico Bandino Lanza a nombre de la república, con expresión de los que
fueron testigos y testimonios del notario. 75.-Pueden
verse los documentos relativos a este acto publicadospor Ughel, y copiados
por Mondéjar en sus Memorias, en los últimos capítulos del libro II. 76.-Los
electores de Ricardo habían sido los arzobispos de Maguncia y de Colonia, y
el duque de Baviera, conde palatino: los de Alfonso fueron el arzobispo de
Tréveris, el duque de Sajonia, el marqués de Brandeburgo y el rey de Bohemia.
77.-Anduvieron
en aquella decisión tan discordes los cardenales para la elección de papa,
que habiendo muerto Clemente IV a finales de noviembre de 1268, no se nombró
jefe de la iglesia hasta septiembre de 1271, y para esto fue menester que se
resolvieran a encerrarse en el palacio de Viterbo, con propósito de no salir
de allí hasta haber elegido pontífice, de cuyo acuerdo tuvo origen la
reclusión del conclave que desde entonces se ha observado invariablemente. 78.-Le
Bas, Mr. PH., Historia de la Alemania,
traducida al castellano por Una Sociedad Literaria, Barcelona, Imprenta del
Liberal Barcelonés, 1841, tomo 2. 79.-Este Rodolfo de Habsburgo fue el
jefe de una dinastía que dio multitud de emperadores a Alemania. 80.-Las
dos armas principales con que las cortes de la antigua Corona de Aragón
sostenían su poder parlamentario eran: I.
La
votación de los subsidios a la Corona y II.
La
satisfacción y enmienda que pedían de los desafueros cometidos por el rey o
sus oficiales. Luego que se reunían, el monarca presentaba su proposición (a semejanza de lo que hoy
decimos el discurso del trono) y
enseguida cada brazo exponía las quejas o agravios, que hubiese recibido del
poder real desde la anterior legislatura, pidiendo la satisfacción
correspondiente. En estas cortes llevado don Jaime del deseo de socorrer
cuanto antes a su yerno el rey de Castilla, no solamente quiso prescindir de
esta formalidad, sino que ni siquiera pedía consejo, sino subsidio, como él mismo lo declaró, y lo dejó escrito
en sus Comentarios con estas
notables palabras: “pero no creaís que
a ninguna de ellas (a las corts) les pida consejo en este negocio, porque no
en todos los que a ellas concurren hay siempre tanto saber y valor como se
requiere, y nos consta ya por experiencia, que resultan siempre encontrados
sus pareceres, cuando se los pedimos acerca de algún negocio de importancia;
lo que sí haré será proponerles el asunto y suplicarles que en él me ayuden y
favorezcan, ya que no puedo dejar el tomarlo a mi cargo, etc.” Esta fue
la causa de las desavenencias del rey con las cortes y los ricos-hombres
hasta venir a formal rompimiento. 81.-Mondéjar, Memorias, op. cit., libro IV, capits. XXII al
XXX; Menéndez Pidal, primera crónica general…, op. cit., caps. XIV y XV. Salazar y Castro, don Luís de, Historia genealógica de la Casa de Lara: justificada con instrumentos
y escritores de inviolable fe, Madrid, Imprenta Real, por Mateo de Llanos
y Guzmán, 1696, XX tomos; Sánchez de Mora, Antonio, Nuño González de Lara: “El más poderoso omne que señor ouise e más
honrado de Espanna”. Historia, instituciones, documentos (Sevilla:
Universidad de Sevilla) (31): 631-644. Consultado el 10 de marzo de 2017. Desnaturarse, entregar al rey los castillos y
honores que por merced suya tenían, perdiendo sus derechos y privilegios,
pero quedando libres para poder servir a quien quisiesen sin nota de haber
faltado a la obligación del vasallaje debido a su señor natural. Los Merines. Fundaron un imperio en África, eran
originarios de los zenetas, y estaban agraviados de don Alfonso de Castilla,
porque no había reprimido a los marinos de Sevilla que andaba al corso en la
costa de África. Benimerines, mariníes, meriníes, Mérinides o merínidas (1244-1465) es el
nombre castellanizado que reciben los Banu
Marin, miembros de un Imperio de origen bereber Zenata cuyo núcleo
fundamental estaba en el norte del actual Marruecos. Durante los
siglos XIII y XIV, los Benimerines también controlan, brevemente, algunas
partes de Andalucía y de la zona
este del Magreb. Surgieron tras la caída del Imperio almohade y fueron reemplazados por la dinastía Wattásida. Fueron
fundadores del barrio Jdid en Fez, que convirtieron en su
capital y donde también construyeron muchos monumentos. Notable y curioso es el epitafio que su hijo hizo
inscribir en letras de oro en su sepulcro de alabastro: Este es el sepulcro del sultán alto, fortaleza del Islam, decoro del
género humano, gloria del día y de la noche, lluvia de generosidad, rocío de
clemencia para los pueblos, polo de la secta, esplendor de la ley, amparo en
la traición, espada de verdad mantenedor de las criaturas, león en la guerra,
ruina de los enemigos, apoyo del Estado, defensor de las fronteras, vencedor
de las huestes, domador de los tiranos, triunfador de los impíos, príncipe de
los fieles, sabio adalid del pueblo escogido, defensa de la fe, honra de los
reyes y sultanes, el vencedor por Dios…, ensálcele Dios al grado de los altos
y justificados, y colóquele entre los profetas justos, mártires y santos…- 82.- Conde part. IV,
cap. IX- Crón de don Alfonso el Sabio, cap. LV. 83.-
Conde, part. IV, cap. X.- Crónica de don Alfonso el Sabio, caps. LV a LXV.
-Bleda, Crónica de los Moros, Libro IV.- Argote de Molina, Nobleza de
Andalucía, Sevilla, 1588, Li. II.; Marqués de Mondejar, Memorias
históricas del rey don Alonso el sabio, 1777, lib. V, caps. XVII a XXXI. 84.-
“Por esta causa, según Marsilio escribe, se decía aún en su tiempo por los de
Játiva, el martes aciago.” 85.-
Ramón Muntaner, Crónica de Muntaner, cap. XXVIII. 86.-
Este hecho que apunta Raynald en sus Anales eclesiásticos., y sobre el cual
guardó Zurita un prudente silencio, le refiere Mariana con alguna extensión
(Libro XIII, cap. Vi). Parece, pues, que aquel prelado reveló al papa
Inocencio IV lo que bajo el secreto de la confesión le había confiado don
Jaime acerca de la palabra de casamiento que había dado a doña Teresa Gil de
Vidaure, con quien traía pleito sobre esto en Roma. Noticioso de ello el
monarca, mandó arrancar la lengua al obispo, por cuyo acto de inhumanidad el
pontífice excomulgó al rey y puso en entredicho al reino. Más como don Jaime
manifestara el mayor arrepentimiento, y pidiera penitencia, el papa facultó a
dos legados para que pudiera reconciliarse con la Iglesia; y en una junta de
obispos que se celebró en Lérida, y en la cual se presentó el rey, alzóse la
censura y se absolvió. 87.-
Tuvo en efecto don Jaime
relaciones amorosas con varias
señoras; entre ellas fue la más notable doña Teresa Gil de Vidaure, a quién,
según graves autores, había dado antes palabra de casamiento; más habiéndola
repudiado lo movió ella a litigio, en que llegó a tener sentencia favorable,
si bien no logró que el rey hiciese vida marital con ella, aunque la llama
reina algunos historiadores; lo que hizo fue legitimar sus hijos, que fueron
don Jaime, señor de Exérica, y don Pedro, señor de Ayerbe. De
una señora de la casa de Antillón, cuyo nombre no conocemos, tuvo a don
Fernán Sánchez, a quien dio la baronía de Castro, y de quien tuvo origen la
ilustre casa de este apellido. De
otra señora aragonesa, llamada doña Berenguela, tuvo otro hijo natural, que
fue don Pedro Fernández, a quien dio la baronía de Hijar, y de él procedieron
los de linaje de la casa de Hijar. Tuvo
además otra amiga, llamada doña Guillerma de Cabrera, de quien no se sabe
dejase hijos. -Archivo de la Corona de Aragón, núm. 1304 de la colección de
pergaminos. Sus
hijos legítimos fueron: de doña Leonor de Castilla, don Alfonso, que murió en
1260; de dola Violante de Hungría, don Pedro que le sucedió en la Península;
don Jaime, rey de Mallorca; don
Fernando, que murió niño; don Sancho, arzobispo de Toledo; doña Violante,
reina de Castilla, mujer de don Alfonso el Sabio; doña Constanza, esposa del
infante don Manuel, hermano del rey don Alfonso; doña Sancha, que abrazó la
vida religiosa y murió en Jerusalén asistiendo a las enfermas de los
hospitales; doña María, religiosa también; y doña Isabel, reina de Francia,
esposa de Felipe III el Atrevido. 88.-
Archivo de la Corona de Aragón. Testamento de don Jaime I.- Zurita, Anales,
Libro III, capítulo CI. 89.- Primera
Crónica General. Estoria de España de Alfonso X el Sabio. A comienzos del
siglo XX, y gracias al empeño de don Ramón Menéndez Pidal, vio la luz la
primera edición crítica de la capital obra de Alfonso X Estoria de España,
publicada en dos volúmenes bajo el título de Primera Crónica General que
mandó componer Alfonso el Sabio y se continúa bajo Sancho IV en 1289 (Madrid,
1906). De ella, se realizarían con el tiempo dos reimpresiones (en 1955 y
1977), con materiales complementarios añadidos. Hoy
sabemos que el texto editado por Menéndez Pidal se corresponde con los
códices E1 y E2, (E1, manuscrito Y-I-2 y E2, manuscrito X-I-4) de la
biblioteca de San Lorenzo de El Escorial, esto es: una combinación de la
conocida como Versión primitiva (hasta Pelayo) más la Versión amplificada
sanchina (con interpolaciones), con el añadido final de la tardía Crónica
particular de san Fernando (CPSF). Concluye pues con el reinado de Fernando
III. La CPSF fué compuesta a finales del reinado de Fernando IV (1295-1312),
inspirada en la Vida de San Luis de Joinville (1309). Es una glorificación de
las virtudes guerreras de Fernando III al que se le califica por primera vez
en una fuente escrita con santo y aporta información sobre el cerco y
conquista de Sevilla. Su
tomo I, cuya edición se presenta, consta de casi 800 páginas. Ha sido
digitalizado por la Biblioteca Digital de Castilla y León. https://www.boe.es/biblioteca_juridica/publicacion.php?id=PUB-LH-2022-258 90.-
La Crónica no dice más sino “porque supo algunas cosas del infante don
Fadrique, su hermano…” Pero hay muchas razones para creer que el motivo de
aquella terrible ejecución fue el que hemos indicado, y así opinan Mondéjar,
Zurita y otros autores. 91.- Cron.
del rey don Sancho el Bravo, cap. 1. – Los escritores árabes ponen la
respuesta en estos términos: «Que estoy dispuesto a lo dulce y a lo
agrio, que elija lo que quiera.» Conde, part. VI, capítulo 12. https://filosofia.org/his/laf/p203c04.htm 92.- El
infante había casado con doña María Díaz, hija de don Lope, desde cuyo tiempo
se los ve andar unidos. 93.- Mariana
lo cuenta enteramente al revés de cómo pasó. Después de decir que «al rey
mas agradaban los prudentes consejos con razón, que los arriscados aunque
honrosos, y no todas veces de provecho,» lo cual es enteramente
opuesto al genio y carácter de Sancho el Bravo, añade: «Así contento de
fortificar y bastecer aquella ciudad se tornó a Sevilla, sin embargo que los
soldados se quejaban porque dejaba ir al enemigo de entre manos, y con ansia
pedían los dejasen seguille, hasta amenazar que si perdían esta ocasión, no
tomarían más las armas para pelear; mas el rey inclinado a la paz no
hacía caso de aquellas palabras.» Mariana, libro XIV, cap. 9. No
sabemos de dónde pudo tomar Mariana esta especie tan en contradicción con lo
que dice la Crónica. «Y el rey don Sancho como era ome de gran corazón,
comenzó a porfiar y tenerse con aquellos... que se querían ir a batalla...»
Refiere como se opusieron el infante don Juan y don Lope, y añade: «Y como
quier que el rey les hizo muchas pleytesias porque fueran con él a
aquella batalla... nunca el infante don Juan y don Lope lo quisieron
consentir, más antes dijeron que si se non viniese con ellos, que ellos se
vernian. Y desque el rey vio que los non podia llevar a la batalla...
óvose de tornar para Sevilla.» Crón., cap. 2. Los
historiadores árabes hacen más justicia a don Sancho que el padre Mariana.
«No quiso (Abu Yacub) aventurar una batalla con aquella gente tan osada,
conducida por un rey joven y belicoso, lleno de esperanzas y sin
género de temor.» Conde, part. IV, cap. 12. 94.- «Llególe
mandado al rey, dice la Crónica, en como este abad don Gómez García finara en
Toledo, y plúgole ende mucho.»– Y aun fue maravilla que buscara un cargo o
motivo legal para perder al desdichado abad, porque la manera rápida y brusca
con que solía don Sancho hacer justicia por su propia mano, correspondía bien
al sobrenombre de Bravo con que le designa su historia. Como
un día un caballero de Asturias hubiese proferido a su presencia palabras que
ofendían a uno de sus merinos, tomó el rey un palo a uno de los monteros que
con él estaban, y descargole con tal furía sobre el caballero asturiano, que
le derribó casi muerto a sus pies. Así, dice la Crónica, «escarmentaron en
tal manera todos, que de allí adelante no se atrevió ninguno a embargar la justicia
a los sus merinos.» Cron. de don Sancho el Bravo, cap. 3. Habiendo
sabido que doña Blanca de Molina, hermana de la reina, trataba de casar su
hija Isabel con el rey de Aragón, mandó encerrar a doña Blanca en el alcázar
de Segovia, hasta que pusiese en su poder a su hija, y pudiera él casarla
dentro del reino, para que no pasara el señorío de Molina a Aragón. De este
modo hacia justicia don Sancho el Bravo. Ibid. 95.- Crón.,
cap. 1. 96.- Cron.
de don Sancho el Bravo, cap. 5. 97.- Ibid.,
cap. 6. 98.- Es
curioso, aunque no consolador ciertamente, ver cómo en una época tan apartada
y todavía tan ruda, se falsificaban ya las cartas, firmas y sellos. La
crónica nos da noticia de un Fernán Pérez, natural de Úbeda, que enseñó al
rey varias cartas de ricos-hombres y caballeros de Castilla por las que
parecía estar en convivencia con su sobrino don Alfonso de la Cerda en
Aragón. Pero un hombre que este Fernán Pérez traía consigo, resentido de que
no le diera participación en las mercedes que el rey le hacía, le denunció
como falsificador, diciendo que aquel hombre «con sabiduría falsa por
querellos hacer perder todos hiciera sellos falsos de cada uno
dellos, y que él se hiciera las cartas quales él quisiera nombrando
que las enviaban ellos a don Alfonso, y que los sellos que hiviera
que los trayia consigo. E quando el rey esta razón oyó aquel ome
plugole ende, y mando prender luego a aquel Fernán Pérez y halláronle
los sellos hechos de los ricos omes y de los mas señalados de su reyno...
e veyendo (el rey) la falsedad con que este Fernán Pérez andaba, mandolo
matar.» Cron. de don Sancho el Bravo, cap. 8. 99.- Cron.
de don Sancho el Bravo, cap. 6 al 9. 100.-
Conde, part. IV., cap. 12. Cron. de don Sancho, cap. 9. 101.-
«Dijo (son las palabras de la Crónica) que antes quería
que le matasen aquel hijo y otros cinco si los toviese que non darle la villa
del rey su señor de que le hiciera omenage.» Cap. 10. 102.- Los
árabes de Conde consignan también este hecho glorioso del célebre Guzmán.
Part. IV, cap. 13. 103.-
Diez y seis, dice equivocadamente Romey. El infante fue preso en 1269. 104.-
Tuvo don Sancho el Bravo de doña María de Molina cinco hijos legítimos y dos
hijas: don Fernando que le sucedió en el reino, don Alfonso que murió poco
antes que su padre, don Enrique, don Pedro, don Felipe, doña Isabel y doña
Beatriz. Fuera de matrimonio tuvo otros tres hijos, Violante, Teresa y
Alfonso. – Flórez, Rein. Catól. tom. II. https://filosofia.org/his/laf/p203c04.htm
https://monedamedieval.es/portfolio-items/momeca-s8-1-sancho-iv-sellos 105.- Discurso preliminar. Tomo 1. Pág. 97. 106.- «Como quier, dice la Crónica, que los
ricos-omes, infanzones y caballeros hijosdalgo vivían en paz y en sosiego con
él, pero él con grandeza de corazón y por los tener más ciertos para su
servicio, quando los oviese menester, acrecentólos quantias mucho mas de
quanto las tenían en tiempo del rey don Fernando su padre: e otrosí de las
sus rentas dió a algunos dellos mas tierra, y a otros que hasta allí no la
tenían dióles tierras de nuevo.. 107.- Zurita, Anal., lib. III, capítulo 75. 108.- Cron. pág. 29 y 30. 109.- Ley 5.ª, tít. 15, Part. II. 110.- Ley 2.ª, tít. 15, Part. II. 111.- Tomo III de nuestra historia,
cap. 15. 112.- «Tovieron por derecho quel señorio
del regno non lo oviesse sinon el fijo mayor después de la muerte de su
padre... ca por escusar muchos males que acaescieron, posieron quel señorío
del regno heredasen siempre aquellos que veniesen por liña derecha, et por
ende establecieron que si fijo varon hi non oviese, la fija mayor
heredase el regno...» Ley 2.ª, tít. 15, Part. II. 113.- Tenemos a la vista para estas
noticias y las que siguen, los cuadernos de cortes publicados por la Academia
de la Historia, los Opúsculos de don Alfonso el Sabio, su Crónica, los Anales
de Sevilla de Zúñiga, la Teoría de las cortes de Marina, su Ensayo histórico
crítico sobre la antigua legislación, los documentos publicados por Asso y
Manuel, las historias particulares de Segovia, Palencia, León, Valladolid,
Ávila y otras ciudades de Castilla. 114.- Probaremos más adelante que la
alcabala era conocida en tiempo de don Alfonso el Sabio, y que no comenzó en
el de Alfonso el Onceno, como generalmente se cree. 115.- Colmenares, Hist. de Segovia. 116.- Pueden verse las leyes 5.ª, 6.ª y 7.ª
del tít. 7, Part. V.– El señor Canga Argüelles en su Diccionario de Hacienda
da muy útiles noticias sobre todas estas rentas e impuestos. 117.- En la colección diplomática del señor
Avella, que existe inédita en la Academia de la Historia, se halla (en el
tomo XVII) el arancel de derechos que se cree establecido por don Alfonso X
para los puertos de Santander, Castro Urdiales, Laredo y San Vicente de la
Barquera. 118.- Crónica de don Alfonso, pág. 15 y 16. 119.- Ley 27.ª tít. 5.° Parte I. 120.- Carta de Alfonso X al concejo y
jueces de Badajoz, 21 de junio, 1270. 121.- Ley 21.ª, tít. 18, Part. III. 122.- Recuérdese el caso con el infante don
Sancho. – Crón. p. 51. 123.- Publicado por la Academia de la
Historia en este mismo año de 1851, en su Memorial Histórico, del
tom. II de la colección del marqués de Valdeflores, en la Biblioteca
Nacional, Cod. D. 94, folio 84.– El privilegio fue fecho en Sevilla a 19 de
junio de 1262. 124.- He aquí las suscripciones y
confirmaciones que llevaba este singular documento. «Et nos el sobredicho rey don Alfonso,
regnante en uno con la reina doña Violant mi mugier, et con nuestros fijos el
infante don Fernando primero et heredero, et con el infante don Sancho, et
con el infante don Pedro, et con el infante don Johan, en Castiella, en
Toledo, en León, en Galicia, en Sevilla, en Córdoba, en Murcia, en Jaén, en
Baeza, en Badalloz et en el Algarbe, otorgamos este privilegio, et
confirmámoslo.– Don Aboabdille Abennazar, rey de Granada, vasallo del rey,
confirmo.– Don Yugo, Duc. de Bergoña, vasallo del rey, conf.– Don Guy, conde
de Flandes, vasallo del rey, conf.– Don Henrri duc. de Loregne, vasallo del
rey, conf.– Don Alfonso, fijo del rey Johan Dacre, emperador de
Constantinopla, et de la emperatriz doña Berenguela, conde Dó et vasallo del
rey, conf.– Don Luis, fijo del emperador et de la emperatriz sobre dichos,
conde de Belmont, vasallo del rey, conf.– Don Joan, fijo del emperador et de
la emperatriz sobredichos, conde de Monfort, vasallo del rey, conf.– Don
Abjufar, rey de Murcia, vasallo del rey, conf.– Don Gui, vizconde de Limoges,
vasallo del rey, conf.– Don Martín, obispo de Burgos, conf.– Don Fernando,
obispo de Palencia, conf.– Don Fray Martín, obispo de Segovia, conf.– La
Eglesia de Sigüenza, vacat.– Don Agostrus obispo de Osma, conf.– Don Pedro,
obispo de Cuenca, conf.– La Eglesia de Ávila, vacat.– Don Aznar, obispo de
Calahorra, conf.– Don Fernando, obispo de Córdova, conf.– Don Adam, obispo de
Placenzia, conf.– Don Pascual, obispo de Jaén, conf.– Don Fray Pedro, obispo
de Cartagena, conf.– Don Perivañez, maestre de la Orden de Calatrava, conf.–
Don Remondo, arzobispo de Sevilla, conf.– Don Nuño Gonzalvez, conf.– Don
Alfonso López, conf.– Don Alfonso Tellez, conf.– Don Juan Alfonso, conf.– Don
Gomez Roiz, conf.– Don Rodrigo Álvarez, conf.– Don Alonso de Molina, conf.–
Don Phelipe, conf.– Don Joan, arzobispo de Santiago, canceller del rey,
conf.– Don Martín, obispo de León, conf.– Don Pedro, obispo de Oviedo, conf.–
Don Suero, obispo de Zamora, conf.– Don Pedro, obispo de Salamanca, conf.–
Don Pedro, obispo de Astorga, conf.– Don Domingo, obispo de Cibdat, conf.–
Don Miguel, obispo de Lugo, conf.– Don Johan, obispo de Orense, conf.– Don
Gil, obispo de Tuy, conf.– Don Nuño, obispo de Mondoñedo, conf.– Don
Fernando, obispo de Coria, conf.– Don García, obispo de Silve, conf.– Don
Fray Pedro, obispo de Badalloz, conf.– Don Pelai Pérez, maestre de la Orden
de Santiago, conf.– Don Garci Fernandez, maestre de la Orden de Alcántara,
conf.– Don Martin Núñez, maestre de la Orden del Temple, conf.– Don Gutier
Suarez, Adelantado de León, conf.– La Merindad de Galicia, vagaz.– Don Pedro
Guzmán, adelantado de Castilla, conf.– Maestre Juan Alfonso, notario del rey
en León et arcediano de Santiago, conf.– Don Alfonso García, adelantado mayor
de tierra de Murcia o del Andalucía, conf.– Yo Juan Pérez de Cibdad lo
escrivi por mandado de Millan Pérez de Aellon en el onceno año que el rey don
Alfonso regno. 125.- Memorias Históricas del rey don
Alfonso el Sabio, lib. VII, capítulo 6. 126.- A estas cortes solo concurrieron los
representantes de León, Castilla y Extremadura. – Cuadernos de cortes
publicados por la Academia de la Historia. 127.- Pueden verse en el Prólogo de la
Academia a la edición de las Partidas. – Las del P. Burriel, en su carta a
don Juan de Amaya. – A nuestro juicio contesta victoriosamente a sus
argumentos el ilustrado jurisconsulto español don Pedro Gómez de la Serna en su
Introducción Histórica a las Partidas. Códigos españoles concordados y
anotados, tom. II.– Sobre esta debatida cuestión puede también consultarse al
doctor Salazar de Espinosa, a Marina, Llamas y otros doctos publicistas. 128.- La Serna, loc. cit. 129.- Es curioso este ordenamiento de las
Tafurerías. El libro se encabeza así: «Este es el libro que yo Maestre Roldan
ordené e compuse en razón de las tafurerías por mandado del muy noble e muy
alto sennor don Alfonso, por la gracia de Dios rey de Castiella, &c.
Porque ningunos pleitos de dados, nin de las tafurerías, non eran escriptos
en los libros de los derechos, nin de los fueros, nin los alcalles non eran
sabidores, nin usaban, nin juzgaban dello, fiz este libro apartadamientro de
los otros fueros, porque se judguen los tafures por siempre, porque se viede
el descreer, e se escusen las muertes, e las peleas, e las tafurerías. E tobo
por bien el rey, como sabidor e entendiendo todos los bienes que oviesen cada
uno pena e escarmiento de descreer; e en los otros engannos que se facen, del
qual ordenamiento e libro de títulos son estos que se siguen: 1.° De los que descreen de Dios. 2.° De los que juegan con dados de enganno. 3.° De los que juegan con es carpetas a
enganno. 4.° De aquellos que saben fincar los dados. 5.° De aquellos que juegan con dados
comunales a los juegos de partida. 6.° De los que juegan con dados de talla. 7.° De los que echan los dados a perder. Siguen hasta 47 títulos o capítulos. 130.- Equivócase el señor Sempere y
Guarinos sentando que no había sido la intención del rey don Alfonso publicar
las Partidas como un nuevo código general, sino como una obra de instrucción.
Lo que hubo fue que se estrellaron sus designios contra la anarquía social y
contra el espíritu foral y de localidad que dominaba entonces. 131.- Don Nicolás Antonio les aplica el
célebre dicho de Cicerón sobre las Doce Tablas, que eran superiores a todas
las bibliotecas de los filósofos. Don Rafael Floranes dice que exceden en
mérito a cuanto se ha escrito en España, y da la palma a Alfonso X de Castilla
sobre Adriano, Teodosio y Justiniano; y el académico don José de Vargas
Ponce, en el elogio social de este rey, premiado por la Academia española,
dice que son el código más completo y metódico de cuantos se conocen: es
también de los que suponen al rey autor de las Partidas. 132.- Ley 1.ª, tít. 46, Part. I. 133.- Ley 58, tít. 6.°, Part. I. 134.- Por lo mismo no vemos tantas
innovaciones introducidas en la disciplina eclesiástica española como vio el
señor Marina. 135.- Dio Alfonso X fueros a Aguilar de
Campos, Trujillo, Soria, Cuellar, Luarca, Arciniega, Valderejo, Plasencia y
otros varios pueblos. 136.- Es digna de notarse la definición que
la ley de Partida da del tirano, y la pintura que hace de la tiranía, que no
se haría ni más viva ni más enérgica en una época como la presente. «Tirano
tanto quiere decir como señor cruel, que es apoderado en algún regno o tierra
por fuerza, o por enganno o por traición: et estos tales son de tal natura,
que después que son bien apoderados en la tierra, que la procomunal de
todos.» Dice luego que usan con el pueblo tres géneros de artería. «La
primera es que puñan que los de su señorío sean siempre nescios et medrosos,
porque cuando atales fuesen, non osarien levantarse contra ellos, nin
contrastar sus voluntades; la segunda, que hayan desamor entre sí, de guisa
que non se fien unos dotros, ca mientra en tal desacuerdo vivieren, non
osarán facer ninguna fabla contra él... la tercera razón es, que puñan de los
facer pobres... et sobre todo siempre puñaron los tirados de astragar a los
poderosos, et de matar a los sabidores, et vedaron siempre en sus tierras
confradías et ayuntamientos de los homes...» Y para que no se tenga solamente por
tiranos a los usurpadores, sino también a los soberanos legítimos que abusan
de su poder, añade: «Otrosi decimos, que maguer alguno hubiese ganado señorío
de regno por alguna de las derechas razones que deximos en las leyes antes
desta, que si él usase mal de su poderío en las maneras que
dixiemos en esta ley, quel puedan las gentes decir tirano, en
tórnase el señorío que era derecho en torcidero, así como dijo Aristóteles en
el libro que fabla del regimiento de las cibdades et de los regnos.»– Ley 10,
tít. 1.°, Part. II. 137.- Discurre el señor Tiknor, en su
historia de la literatura española, sobre la especial circunstancia de haber
escrito el monarca castellano estas Cántigas en dialecto
gallego: y después de exponer que el gallego fue en su origen una lengua
importante de la península y el primero que se desarrolló en el ángulo N. O.
de España, concluye diciendo: «Qué razones tuvo para escoger este dialecto
particular, y formular en él sus poesías, cuando conocía tan perfectamente el
castellano; qué le movió a dejar mandado en su testamento que estas Cántigas se
cantasen sobre su sepulcro en Murcia, país donde nunca se ha conocido el
dialecto gallego, son cuestiones que hoy día es imposible dilucidar.» Tom. I,
cap. 3. 138.- Entre otras obras que además se
atribuyen o a mandamiento, o a su dirección o a su pluma, lo son, la Vida de
San Fernando, el Libro de las Armellas o Tratado de la Esfera, el
Cuadripartito de Tolomeo, y varias traducciones del árabe. De lo de no creer en la alquimia dan
testimonio la ley 13, tít. V. de la Partida II, la 4.ª del tít. IV, Part. VI
y la 9.ª del libro VIII, Part. VII. En esta última dice, hablando del que
face moneda falsa: «o que ficiesen alquimia, engañando los homes en facerles
creer lo que non puede ser, segúnt natura...» De que se deduce, o que Alfonso
se desengaño si alguna vez llegó a creer en la alquimia, o que no fue suyo el
libro del Tesoro.
139.- Bonterwek, Sismondi, Ticknor, en las
Hist. de la Literat. española.– Marina, ensayo histórico-critico, en el tom.
IV. de las Mem. de la Acad. de la Historia.– Castro, Bibliot. españ., tom.
I.– Mondejar, Mem. Histor.– Puibusque, Hist. comparada de las Literat. españ.
y franc., y otros muchos. 140.- En el Libro del Tesoro, hablando
del famoso alquimista Egipcio de Alejandría que le enseñó el arte de hacer
oro, decía: La piedra que llaman philosophal 141.- De todos modos nos parecen,
permítasenos la expresión, hasta ridículamente exagerados los encomios que le
prodigó el erudito Vargas Ponce en su Elogio de don Alfonso el Sabio,
premiado por la Academia española, no viendo en él sino virtudes, gracias y
perfecciones, de que puede servir de muestra el siguiente trozo: «Alguna vez, pues, había de tener lugar un
hombre, cuya primera ocupación fue el estudio; un guerrero que sabía arrimar
la espada; un príncipe todo para los suyos hasta olvidarse de sí; un rey que
entre el polvo de la campaña, que entre los afanes del trono, se acordaba de
las musas; un héroe, ni abandonado al furor de las
conquistas, ni enervado en brazos de la ociosidad; un hombre grande, un
guerrero afortunado, un príncipe completo, un rey
cumplido, un héroe consumado, un Alfonso, en fin, gran
político, gran general, gran monarca, por cualquier parte grande, ilustre,
admirable. Al frente de sus ejércitos pasma su valor, su
presencia de ánimo, su vigor, su constancia. En el solio
admira su inexorable justicia, su tierna piedad, su cuidado
en dar leyes, su celo en velar sobre la observancia, su atención al progreso
de las ciencias... En el gabinete espanta su infatigable aplicación al
despacho y a las letras, su fina política... En su vida privada
se nota un hijo sumiso, un esposo fiel, un padre vigilante
en formar de sus hijos reyes dignos de tal padre y de tal madre, y
en todas partes y por todo luce su piedad, brilla su religión, y llena todos
los números de un Alfonso el Sabio.» Así se sacrifica la verdad histórica al
afán de amontonar alabanzas. El Elogio de Vargas Ponce pudo, como discurso,
parecer muy digno de premio a la Academia, aunque a nosotros no nos sea dado
descubrir en él tanto mérito: como juicio crítico, nos es imposible, con la
historia en la mano, conformarnos a é
142.- Real cédula de 1291, en Flórez, Esp.
Sagr., tom. 16. 143.- Cortes de Valladolid de 1293
publicadas por la Real Academia de la Historia. 144.- Colección de documentos sobre las
Provincias Vascongadas, tom. V, pág. 187. 145.- Zúñiga, Anal. de Sevilla, pág.
147. 146.- Tomo II de nuestra historia,
pág. 513.
https://filosofia.org/his/laf/p203c06.htm#kp15 147.- Que les quería demandar hijo (dice la
Crónica de don Fernando IV) que la mujer que pariese hijo que pechase al rey
doce maravedís, y que la que pariese hija que pechase seis maravedís.» 148.- La Crónica de don Fernando el IV,
casi la única fuente que tenemos para los sucesos de este reinado, refiere
los acontecimientos de que vamos dando cuenta con una prolijidad tan
minuciosa y fatigante, que es menester no poco estudio para entresacar y resumir
los hechos y resultados de alguna importancia, de entre el cúmulo inmenso de
accidentes y la enmarañada madeja de tratos, de pláticas, de negociaciones,
de alianzas y rompimientos, de avenencias y traiciones, de alternativas y
revueltas, entre los muchísimos personajes, reinas, reyes, infantes, nobles,
ciudadanos y concejos, bandos y partidos que figuraban y se movían sin cesar
en tantos puntos cuantos eran los lugares del reino y en un estado de
verdadera y completa anarquía. 149.- El ilustrado Romey, que muestra, no
sabemos por qué, un decidido empeño en negar, o por lo menos en hacer dudar
de las virtudes que todos nuestros cronistas e historiadores atribuyen a la
reina doña María de Molina, incurre en bastantes equivocaciones en lo
relativo a este reinado. Hablando, por ejemplo, de estas cortes de Medina,
dice que las convocó la reina, no se sabe en virtud de qué derecho. «La
reine doña María convoqua de son coté a Medina del Campo, on ne sait en certu
de quel droit, les cortes de Castille et de León.» Hist. d'Espagne, tom.
VII, pág. 489.– Si hubiera leído con atención la Crónica, hubiera visto que
las Cortes fueron convocadas por el rey: «Y luego que el rey ovo entregado
estos lugares a don Enrique, acordó con el infante don Juan, y don Juan
Núñez, que hiciesen cortes en Medina del Campo.», Cap. 16.– «Los más
de los concejos de las tierras enviaron a decir a la reina que si ella non lo
mandasse que non vernían a estas cortes.», Cap. 17. 150.- «Y tan grandes acucias pusiera en
poner recaudo en hecho de la reina, que todos cuantos dones y oro y plata
ella tenía, todo lo vendió para mantener la guerra, assi que non fincó con
ella mas de un vaso de plata con que bebía, y comía en escudillas de tierra.»
Cron. de don Fernando IV, capítulo 17. 151.- Llamábase Abu Abdallah, cuyo
sobrenombre fueron los españoles adulterando y corrompiendo en Abu-Abdillah,
Bu-Abdill, Boabdil, y este fue el primer rey de Granada a quien se
aplicó este nombre tan célebre en los romances castellanos. 152.- Este don Juan Manuel era hijo del
infante don Manuel, y por consecuencia nieto de San Fernando, y tío de
Fernando IV. Este personaje, uno de los más notables de la edad media
española, había casado en 1300, siendo de edad de diez y ocho años, con Isabel,
hija de don Jaime de Mallorca, la cual perdió al año siguiente. Mezclado
activamente en todos los movimientos de guerra y de intrigas que señalaron el
principio del siglo XIV, habíanle atraído a su parcialidad el infante don
Juan don Juan Núñez de Lara. Fue de los que pasaron con don Diego de Haro a
ofrecer sus servicios al rey de Aragón y a don Alfonso de la Cerda. En el
tratado de Campillo se le dio el señorío de Villena: lo fue también de
Peñafiel, y tuvo algún tiempo la mayordomía del rey Fernando. Adquirió más
adelante gran celebridad como general y como poeta y romancero: fue autor
del Conde de Lucanor, y de una crónica, que, aunque breve y
sucinta, contiene útiles noticias sobre los sucesos de aquellos tiempos. 153.- Crónica de don Fernando rey Fernando
el IV, cap. 55. 154.- Crónica, cap. 56.– Conde dice cinco
mil doblas. Part. IV, cap. 14. 155.- Al Katib, en Conde, capítulo 15.–
Otros hacen a el Nazar tío de Mohammed. 156.- No en Plasencia, como dice
equivocadamente Romey. 157.- Romey le llama don Alonso, que es
también un error. 158.- «Entendiose, dice Mariana, que su
poco orden en comer y beber le acarrearon la muerte.» Lo cual no
extrañaríamos, pues al decir de la Crónica: «Vínose para Jaén con la
dolencia y non se queriendo guardar comía carne cada día y bebía vino.»
Cap. 64. 159.- La Crónica antigua de este rey,
que muchos suponen escrita de orden de su hijo Alfonso XI, por Hernán Sánchez
de Tobar, notario y canciller de Castilla, así como las de Alfonso el Sabio y
Sancho el Bravo, aunque al principio coloca bien los sucesos, empieza pronto
a trastrocar la cronología, poniendo en unos años lo que aconteció en otros.
Nótase esto especialmente en los últimos de este reinado, en que supone el
nacimiento del niño Alfonso en 1309, y la muerte de su padre don Fernando en
1310. Por lo que ha sido preciso para fijar bien la Cronología apelar a
documentos más seguros y a otras historias; entre las cuales ha servido mucho
el Cronicón de don Juan Manuel, que publico Flórez en el tomo II de la España
Sagrada.– Véase sobre esto a Ulloa, Cronología de España, en el tomo II de
las Memorias de la Academia de la Historia, pág. 432.– Pero no sabemos como
Romey ha podido estampar lo siguiente: «La Crónica de Fernando IV (cap. 62)
dice que Alfonso XI nació el viernes 3 de agosto de 1311... La Crónica del
rey don Alfonso el Onceno dice expresamente que la reina Constanza dio a luz
a Alfonso XI viernes a 13 de agosto del año del Señor de mil y trescientos y
once.» Romey, tom. VIII de su Hist., pág. 522, not. 1.– Nosotros que tenemos
delante las dos Crónicas, estamos leyendo, no lo que dice Romey, sino lo que
arriba hemos dicho. 160.- «Es el inconveniente, dice Mariana,
que resulta de heredarse los reinos, mas que se recompensa con otros muchos
bienes y provechos que dello nacen, como lo persuaden personas muy doctas y
sabias: si con razones aparentes o con verdad, aquí no lo disputamos.» Lib.
XV, cap. 12.– Conócese que el buen jesuita no tenía ideas muy fijas sobre la
conveniencia del sistema de sucesión hereditaria en las monarquías; y si
sobre tan capitales puntos ha de creerse dispensado el historiador de dar su
parecer, desde luego puede decirse que queda reducido su cargo al de narrador
y ensartador de hechos. Misión más alta y más digna creemos que es la del
historiador. 161.- Es notable el epitafio que
inscribieron en su sepulcro. Por él se ve que si el reino granadino fue en
conocida decadencia desde la expulsión de Mohammed III, el gusto y el genio
oriental no abandonaba a los musulmanes andaluces. «Este es el sepulcro (decía)
del sultán alto, poderoso, ilustre, descendiente de los muy nobles reyes y
preciada prosapia de los Alansares, el más alto en linaje, esplendor real y
defensa inaccesible de los suyos. El cuarto de los reyes de Beni-Nazar,
defensores de la ley, escogidos y laboriosos celadores en el camino de Dios,
el rey clemente con los hombres, liberal entre los liberales, noble,
generoso, bien intencionado, santo, misericordioso, Abul Giux Nazar, hijo del
sultán alto, amparador, ilustre, rey justo, ínclito, humano, defensor de la
ley del Islam, aniquilador de los idólatras, el favorecido, el vencedor, el
piadoso, el santo príncipe de los fieles Abu Abdallad, hijo del sultán noble
rey, honor de los hombres, caudillo de los fieles, rey de los que temen a
Dios, el victorioso por la gracia de Dios, el santo, el misericordioso
príncipe de los muslimes Abu Abdallah ben Nazar, sálvele Dios y cúbrale con
su misericordia y su clemencia, colóquele en morada de santidad, escríbale
entre aquellos que le son agradables… Alabado sea el rey de verdad, el
esclarecido heredero de la tierra y de lo que hay sobre ella, que él es el
mejor de los herederos.» Conde, part. IV, cap. 16. 162.- El que Mariana llama el hijo de
Ferraquén, así como a su tío le nombra el rey Azar. 163.- Crónica del rey don Alfonso el
Onceno, cap. 17.– Conde, part. IV, cap. 18.– El historiador árabe afirma,
como vemos, que los dos infantes castellanos murieron en lo más recio del
combate peleando como bravos leones: la crónica cristiana dice que murieron
desmayados del calor y de la fatiga y pesadumbre, sin herida de nadie,
perdiendo «el entendimiento et la fabla.» Nos parece poco verosímil que así
muriesen príncipes tan esforzados y en tan crítico trance, y creemos más
probable lo que cuenta el historiador arábigo. 164.- Cron. de don Alfonso el Onceno, cap.
40.– Esta Crónica es la atribuida a Juan Núñez de Villazán, alguacil mayor de
la casa del rey don Enrique II, hijo del mismo don Alfonso. Tenemos a la
vista la publicada por el ilustre académico don Francisco Cerdá y Rico,
Madrid, 1787. Esta crónica va errada en la cronología, lo mismo que la de
Fernando IV.– El ilustrado Roseew-S. Hilaire padeció una grave
equivocación al sentar que esta crónica había sido reimpresa por Risco, el
continuador de Flórez en 1787, habiéndolo sido, como lo hemos dicho, por
Cerdá y Rico. Tiene razón en cuanto a que hubiera debido rectificar sus
errores cronológicos. 165.-Cron. de don Juan Manuel, era
MCCCLXIII. 166.- Cron. de don Alfonso XI, cap. 51.– El
sobrenombre de Tuerto aplicado a este don Juan, debería
haber sido más propiamente el de Torcido o Contrahecho, que
es lo que se quiso expresar por la irregular conformación de su cuerpo. 167.- La Crónica cuenta la ceremonia
original y extraña con que Alvar Núñez fue investido del título de conde. «Et
porque había luengo tiempo (dice) que en los regnos de Castilla et de León
non avía conde, era dubda en qual manera lo farian, et la estoría cuenta que
lo fecieron desta guisa. El rey asentóse en un estrado, et traxieron una copa
con vino, et tres sopas, et el rey dixo: Comed, Conde, et el
conde dixo: Comed, Rey. Et fue esto dicho por amos a dos tres
veces: et comieron de aquellas sopas amos a dos. Et luego todas las gentes
que estaban y dixieron: Evad el Conde, evad el Conde. Et de
allí adelante traxo pendon et caldera, et casa, et facienda de conde; et
todos los que antes le aguardaban, así como a pariento et amigo, fincaron de
allí adelante por sus vasallos, et otros muchos mas.» Cron., cap. 64 168.- Cron., cap. 65 a 79.– El judio Yuzaf
de Écija, su almoxarife o tesorero, de quien los pueblos se quejaban también,
fue igualmente decapitado de orden del monarca. Alfonso hacía condes y
prodigaba mercedes, pero cortaba después la cabeza a los favorecidos. Algunos
castigos eran acaso bien merecidos, como los que hizo en Córdoba y en Soria
(Crónica, cap. 65 y 83), pero todos iban acompañados de cierta crueldad y
sangre fría, admirables en un príncipe tan joven. 169.- Notemos una coincidencia bien
singular. Esta princesa doña Leonor de Castilla había estado casada con el
infante don Jaime de Aragón, heredero de aquel trono y hermano mayor de
Alfonso IV. Aquel infante entró en religión sin consumar el matrimonio, y la princesa
volvió virgen a Castilla: ahora va a ser reina de Aragón como esposa del
hermano de su primer marido: mientras doña Constanza Manuel, reina de
Castilla, era al propio tiempo devuelta virgen a su padre, para casar más
adelante (en 1340) con el infante don Pedro de Portugal, hermano de la
segunda esposa de su primer marido, y ser después reina de Portugal. Extraña
suerte la de estas dos princesas, casadas y vírgenes, para ser otra vez
casadas y reinas dentro de las familias de sus primeros esposos. 170.- Cron., cap. 102. 171.- El que los nuestros nombran Alboacén. 172.- Conde, part. IV., cap. 20.– Cron. de
don Alfonso, cap. 114 a 130.– He aquí como refiere la crónica haberse
celebrado esta tregua: «El rey de Granada veno allí al real de los
christianos verse con el rey de Castiella… et él comió con el rey de
Castiella amos a dos a una mesa. Et estando y (alli) muchas gentes de
christianos et de moros, amos estos reyes estidieron muy grand pieza en uno.
Et después que ovieron comido, el rey de Granada, dió al rey de Castiella sus
joyas las mas nobles quel avía podido ver, señaladamente una espada guarnida
la vayna, toda cubierta de chapas de oro; et avía en esta vayna muchas
piedras de esmeraldas, et de rubies, et de zafies, et pieza de aljofar
grueso: et otrosi dióle un bacinete muy bien guarnido de oro, et enderredor
del aro avía muy muchas piedras: et señaladamiente avía dos piedras rubies…
que eran tamañas como castañas. Et otrosi dióle muchos paños de oro et de
seda de los que labraban en Granada, et otras joyas muchas de las que él
traia. Et otrosí el rey partió con él de sus donas de las que allí tenía, et
firmaron las posturas et las paces segund que era tractado (reducíanse éstas
a que el de Granada pagára al de Castilla párias anuales como antes). Et ese
día el rey de Granada fuese para su real. Et otro día partió dende, et fue
posar cerca del río de Guadiaro. Et el infante Abomelique (Abdel Melik), que
se llamaba rey, fuese para Algecira. Et el rey don Alfonso mandó poner sus
engeños en la mar, porque los llevasen a Tarifa, et descercó la villa, et fue
posar al Puerto llano, et fincó y (allí) aquel día todo…» Capítulo 129.–
Según las crónicas cristianas quien vino de África a tomar a Gibraltar no fue
el mismo rey de Marruecos, sino su hijo Abdel Melik, el que ellas nombran
Abomelique, y que en unión con el de Granada estableció la tregua con
Alfonso. 173.- Quien desee saber los pormenores de
estas largas contiendas civiles puede verlos en la Crónica de don Alfonso el
Onceno, donde los hallará referidos con minuciosa, pero con fatigante
prolijidad. 174.- En esta expedición, hallándose el rey
don Alfonso en Vitoria instituyó la orden de los Caballeros de la
banda, así llamada de una banda negra, ancha como la mano, que sobre
los vestidos de paño blanco se ponían cruzada desde el hombro izquierdo hasta
la falda, y era el blasón de aquella caballería y signo de honra y de
nobleza. Era un premio de honor para estimular a los caballeros a acometer
empresas grandes y nobles en servicio del rey y del reino. El rey ordenó un
estatuto, que los caballeros juraban guardar cuando recibían la banda.–
Crónica, cap. 100. 175.- «Al caduco y loco don Juan Manuel,»
dice el deán Ortiz en su Compendio cronológico, libr. X, cap. 12. 176.- Zurita inserta la copia del
reconocimiento que por esto le hizo el infante, fecho en Castelfabib, a 7 de
marzo de la era 1372.– Anal. de Aragón, libro VII, cap. 21. 177.- Dos Alfonsos cuartos reinaban
simultáneamente, el uno en Portugal, el otro en Aragón, y tres Pedros eran
los herederos de los tronos de Portugal, Aragón y Castilla. 178.- Recuérdese lo que sobre esto
referimos en nuestro cap. 10 179.- No al gran maestre de Rodas, como
dice Mariana 180.- Cron., cap. 203. 181.- Conde, part. IV., cap. 21. 182.- Cron. de don Alfonso el Onceno, cap.
212. 183.- Carta dada en Aviñón a 13 de las
calendas de julio, año VI (1340) 184.- Al decir de los árabes de Conde, en
el sitio de Tarifa hicieron uso los moros de artillería de fuego. «Y
principiaron a combatirla con máquinas e ingenios de truenos que
lanzaban balas de hierro grandes con nafta, causando
gran destrucción en sus bien torreados muros.» Part. IV, cap. 21.– Ya antes
hablando del sitio de Baza de 1325 había dicho el escritor arábigo: «Combatió
la ciudad de día y de noche con máquinas a ingenios que lanzaban
globos de fuego con grandes truenos, semejantes a los rayos de las
tempestades, y hacían gran estrago en los muros y torres de la ciudad.» Part.
IV, cap. 18.– Por lo mismo extrañamos que Romey, que tanto ha leído y tomado
de Conde, haga notar el uso de estas máquinas que lanzaban pellas de
fierro con truenos en el sitio de Algeciras de 1344, como empleadas
allí por primera vez.– Romey, Hist. d'Espagne, tom. VIII, p. 183. 185.- Suponiendo exagerada la cifra que le
da la Crónica, cuando dice: «que eran los moros más que cincuenta et tres mil
caballeros, et que avía y mas que setecientas veces mill omes de a pie,» no
hay historiador español ni arábigo que no les dé por lo menos de ciento
cincuenta a doscientos mil combatientes. Tampoco se fija con certeza el
número de los soldados españoles: convienen, sí, todos en que era muy
inferior. 186.- Hay varios arroyos y riachuelos de
este nombre en Andalucía, como son el Salado de Arjona, el Salado de Martos,
el Salado de Platero y otros. 187.- La Crónica del rey (capítulo 254)
dice muy formalmente, que cuando el rey Albohacen pasó allende la mar hizo
recontar los nombres de los que habían venido a España, y que por aquella
cuenta «fallaron que de la gente que pasó aquende que menguaban
quatrocientas veces mil personas.» 188.- Así le nombra la Crónica:
probablemente se llamaría Abu Ahmer. 189.- Crón. de don Alfonso, capit. 251 a
255.– Zúñiga, Anales de Sevilla, lib. V.– Conde, part. IV, cap. 21.– Ben
Alkatib, en Casiri, tom. II.– Ayala, Hist. de Gibraltar, lib. II.– Bleda,
Coron, lib. IV.– Argote de Molina, Nobleza de Andalucía, lib. II.– La batalla
del Salado es la que los árabes nombran batalla del Wadalecito. 190.- «Et tanto fue el aver que fue levado
fuera del regno, que en Paris, et Avignon, et en Valencia, et en Barcelona,
et en Pamplona, et en Estella, en todos estos logares bajó el oro et la plata
la sesma parte menos de como valió.» Cronica, cap. 256. 191.- Cron., cap. 257. 192.- Alcabalas. Un pasaje de
la Crónica de Alfonso el Onceno, que dice: «Et porque esto era pecho
nuevo, et fasta en aquel tiempo nunca fuera dado a ningún rey en Castiella
nin en León», ha dado origen a la general creencia de que el oneroso
impuesto conocido con el nombre de alcabala, que por tantos
siglos se ha mantenido en España, tuvo su origen en las cortes de Burgos de
1342, y de que entonces por primera vez se conoció este gravamen. Creemos que
este es un error que Mariana y otros historiadores, guiados sin duda por la
crónica de Villaizán, ayudaron a difundir. Nos fundamos para ello en los
datos siguientes: 1.° En la escritura do donación hecha por doña Jimena Díaz,
mujer del Cid, a la iglesia de Valencia en 1101, en que le cede, entre otros
derechos, las alcabalas máximas y mínimas, las cuales, conforme a la
escritura, eran una la imposición sobre el comercio. Berganza, Antigüed.,
lib. VII, cap. 7.– Yepes, Cron. de San Benito, tom. VI, Escrit. 52.– 2.° En
la carta-puebla que don Pedro Fernández, maestre de Santiago, dio a los
vecinos de Uclés el fuero de Sepúlveda confirmado por don Alfonso en 1179, en
que se habla de haber retenido el rey para el señor de la villa la alcabala
de los carniceros.– 3.° En la Crónica de Alfonso X, cap. 21, referente al
1271, en que se lee: «E otrosi que se agraviaban los hijosdalgo del pecho que
daban en Burgos que decían alcabala.» 4.° En dos privilegios de
Fernando IV, uno del año 1300, otro del 1310, dado el primero a los moradores
de Gibraltar, el segundo a los de Medina Sidonia, concediéndoles la franqueza
de la alcabala en los pueblos a donde fueren a vender y comprar.– 5.° En la
exención que según el testimonio de Ortiz de Zúñiga consiguieron los
procuradores de Sevilla de la renta de la alcabala de las bestias durante la
menor edad de Alfonso XI.– Son los mismos fundamentos que expuso el conde de
Berwick en su Informe legal sobre incorporación de las alcabalas de Monforte,
y que nos parecen concluyentes. Puede verse también la defensa de las
alcabalas del marqués de Astorga en el pleito sobre incorporación a la
corona, hecha en 1782. Lo que hubo en nuestro entender fue que en
las citadas cortes de 1342 se concedieron las alcabalas al rey don Alfonso el
Onceno con una generalidad y bajo unas bases cuales hasta entonces no se
habían usado, en cuyo sentido pudo decir el cronista que era un pecho nuevo y
nunca hasta aquel tiempo dado a los reyes de Castilla y de León, a lo cual se
agrega la circunstancia de haberse hecho desde aquella época una contribución
o gravamen permanente en el Estado. 193.- La Crónica en muchos capítulos. Y en
el 266 dice: «Et este rey era de tal condición, que cuando le menguaba de
contender el trabajar contra los enemigos, contendía et trabajaba contra los
venados de los montes.» 194.- «Et fueron tantas estas aguas que
maguer que el rey fizo de aquel otero casa de madera cobierta de teja, non
avía en su posada un logar en que non lloviese. Et algunas noches acaesció
que fuese tanta el agua que entró en la cama dó el rey yacía, que se ovo de
levantar de la cama, et estar en pié la noche fasta que era de día.» Cron.,
cap. 276. 195.- La mención que en diversos capítulos
hace la Crónica de estas pellas de fierro lanzadas con truenos, que
venían ardiendo como fuego, de que los polvos con que las
lanzaban eran de tal manera, que cualquier llaga que ficiesen luego era
muerto el ome, y el hablar todavía más adelante (cap. 337) de barcos
que llegaron a los moros cargados de pólvora con que lanzaban los
truenos, es lo que ha inducido a la general creencia y persuasión de
que los moros hicieron por primera vez uso de la pólvora y de la artillería
en este sitio de Algeciras. Pero ya hemos probado con los mismos
historiadores árabes que antes la habían usado ya en los sitios de Baza y de
Tarifa. Y aun podemos con fundamento traer el
conocimiento, uso y empleo de la artillería entre los árabes de mucho más
antiguo, de cerca de un siglo atrás, de 1257, en el sitio que Alfonso el
Sabio puso a la plaza de Niebla, según observamos en la nota segunda al
capítulo 1.° de este libro, copiando aquellas palabras del historiador árabe,
en Conde, part. IV, cap. 7.1: «Y lanzaban piedras y dardos con máquinas,
y tiros de trueno con fuego.» Creemos, pues, que si Mariana
hubiese leído las historias árabes no hubiera dicho hablando del cerco de
Algeciras en 1344: «Esta es la primera vez que de este género de tiros de
pólvora hallo hecha mención en las historias.» 196.- El Palmoner es un riachuelo que nace
de las gargantas de la Serranía de Ronda, y pasa por entre San Roque y
Algeciras en el término de los Barrios. 197.- Es un escritor extraño el que habla. 198.- La Crónica de don Alfonso el Onceno
dedica a la relación del sitio de Algeciras 69 capítulos y 130 páginas en 4.°
mayor.– En los árabes de Conde ocupa poco más de una página. 199.- Cron. de don Alfonso XI, cap. 341.–
Conde, part. IV, capítulo 22.– Antes había intentado lo mismo otro de sus
hijos llamado Abderrahman, al cual mandó su padre decapitar. 200.- Mariana no dice una sola palabra, ni
siquiera por indicación, de esta innovación importantísima en la legislación
española, ni de estos dos célebres códigos de leyes. Nosotros nos reservamos
examinar su índole y el influjo que ejercieron en la condición política y
civil del pueblo, cuando expongamos el estado social de España en la primera
mitad del siglo XIV, y consideremos a Alfonso XI como legislador, según que
lo hicimos con Alfonso décimo. 201.- Cron., cap. 341. He aquí las curiosas
noticias que da un escritor español acerca de la horrible epidemia que en
aquel tiempo sufrió la humanidad. «No afligió solamente a España el contagio,
sino que se derramó por toda Europa con espantoso estrago: Se atribuyó a unos
buques comerciantes que en 1348 apestaron a Sicilia y Toscana con los géneros
infectos que traían de Levante. Raynaldo en sus Anales eclesiásticos al dicho
año 1348, n.° XXX y siguientes, refiere los crueles males que causó a Italia,
matando, señaladamente en Florencia, más de la tercera parte de sus
habitantes. Se dice que Juan Boccacio para divertir a sus amigos amedrentados
de los progresos que hacía la epidemia, compuso su Decamerón, o
cien fábulas de chascos amorosos, que por su sal y elegancia han merecido el
mayor aplauso, y ser vertidos en lenguas francesa y alemana, y aun en la
española… El papa Clemente VI mandó encender hogueras para purificar el
ambiente; y concedió que todos los sacerdotes promiscuamente pudiesen
absolver de todos los pecados sin reservar ninguno a los que padeciesen el
contagio. Según los historiadores franceses, la Francia fue uno de los reinos
que padecieron más los horribles efectos de la pestilencia, pues solamente en
el cementerio de los Santos Inocentes de Paris se enterraban diariamente
quinientos apestados. El pueblo, creyendo que los judíos habían envenenado
los pozos y fuentes (de que provino en su concepto la epidemia) los mataba y
condenaba a las llamas sin otro examen. Con semejante violencia llegó su
desesperación a tal punto que las madres se arrojaban con sus hijos en las
hogueras en que ardían sus maridos, para que después de su muerte no bautizasen
a sus hijos. Movido el papa de estos desastres expidió dos bulas, imponiendo
pena de excomunión al que hiciese violencia a los judíos. Nada inferiores
males padeció nuestra España, según lo advierten las crónicas de don Alfonso
XI y don Pedro en las cuales esta peste se la llama la mortandad
grande.» El Cronicón Conimbricense publicado en el tomo 23 de la España
Sagrada, se explica así: «Era de mil trescientos ochenta y seis años por San
Miguel de setiembre comenzó esta pestilencia, que hizo gran mortandad en el
mundo, de modo que murieron las dos partes de la gente. Esta mortandad duraba
por espacio de tres meses y la mayor parte de las dolencias eran unas
hinchazones que se levantaban en las vasillas y bajo los brazos; todos
padecieron iguales dolores, los que murieron y los que curaron. Por las
noticias que hallamos en los escritores musulmanes españoles, creemos que en
la Andalucía se sintió más el azote, para cuyo remedio escribió el cronógrafo
de Granada Ebn Alkatib un tratado que intituló Averiguaciones muy
útiles de la horrible enfermedad. Abugiafar, también musulmán y
médico de Almería, escribió otro tratado sobre el mismo asunto, en el cual
advierte que la pestilencia se dejó ver primeramente en África, luego se
derramó en el Egipto y toda la Asia, finalmente invadió a Italia, Francia y
España, y que en Almería donde hizo el mayor estrago duró por espacio de once
meses.» Casiri, Bibliot. Arabe, His., tomo 2.°, pág. 334, col. 2. 202.- En Conde, part. IV, c. 23.
|












