martes, 7 de abril de 2026

 

Bernardino de Rebolledo: el gran militar, diplomático y literato leonés que logró la conversión al catolicismo de la Reina Cristina de Suecia

  • El 21 de marzo se cumplieron los 350 años de la muerte de uno de los personajes históricos más importantes del siglo de Oro, el Conde de Rebolledo, con calle en León, pero muy desconocido. Tanto que su maravillosa tumba en la Catedral de León se usa como trastero

Tumba del Conde de Rebolledo en la Catedral de León excelso militar, diplomático y gran literato español.

León es cuna de enormes personajes históricos, pero muy desconocidos para la mayoría de la gente, ya no de España –a la que se la venido ocultando la importancia de lo leonés en su historia hasta el punto de que la mayoría de los ciudadanos del país desconocen incluso la existencia del Reino Cristiano más importante de la Europa Occidental Cristiana entre los siglos XI y XIII– sino del propio León.

Y en este caso –aún con calle hacia el Barrio Húmedo desde La Rúa–, se ha olvidado la figura de otro gran militar, literato, poeta, científico diplomático y espía altamente reconocido por los reyes de España y hasta el Emperador del Sacro Imperio Germánico: el Conde de Rebolledo que consiguió, nada menos, que la gran defensora del protestantismo en el Norte de Europa –la reina Cristina de Suecia–, huyera de su país y se pasara al catolicismo en uno de los mayores escándalos de la época.

Hablamos de Bernardino de Rebolledo y Villamizar, nacido en León en 1597 y bautizado en la iglesia del Mercado. Que con 12 años se fue a Italia y con 14 ya combatía, y del que este 21 de marzo se cumplieron 350 años de su muerte (en 1676), como recordó convenientemente el profesor de Historia del Arte de la Universidad de León César García Álvarez en Onda Cero León hace dos semanas.

El Conde de Rebolledo representa el ideal del caballero del Siglo de Oro español: un hombre capaz de manejar con igual destreza la espada, la diplomacia y la pluma. Y no es el único leonés de la época que también lo hace: ya que otro personaje de alcurnia leonesa, Diego de Prado y Tovar –que vivió 96 años a caballo entre el siglo XVI y el XVII con lo que fue coetáneo de Rebolledo, y además tuvo una conexión muy curiosa con él–, fue un explorador que estuvo a punto de pisar las tierrras australianas, avezado militar que escribió nada menos que dos tratados de artillería, escritor de obras de teatro y espía en la Italia de mediados del siglo XVI. De él, otro representante de los bizarros españoles (lo que los ingleses dirían un badass, un súpersoldado).

Rebolledo, exitoso militar de muy rancio abolengo

Lo de Bernardino de Rebolledo fue un ascenso meteórico a partir de la segunda década del siglo XVII (cuando ya era famoso Diego de Prado). Hijo de los señores de Irián, provenía de una familia de rancísimo abolengo ya que eran nobles de alta alcurnia desde tiempos del rey de los astures Ramiro I en el siglo IX (y según este monarca descendientes nada menos que del supuesto último rey visigodo Rodrigo), lo que le hacía heredero de una familia inmensamente rica y de reconocida nobleza.

El joven Rebolledo inició su carrera militar a la temprana edad de 14 años en Italia batallando en el Mediterráneo contra piratas berberiscos y turcos. Pese a lo que se cree, la maqueta del galeón como exvoto en la Iglesia del Mercado supuestamente por la batalla de Lepanto, no es de este conde Rebolledo, sino de su padre Jerónimo, ya que la batalla naval se produjo en 1571 (y por la clase del navío todavía quedaría por ver si más bien se refería a la Empresa de Inglaterra, mal llamada Armada Invencible). La carrera militar de su hijo comenzó a los 14 años. En 1611 inició su periplo bélico con el grado de alférez embarcando en Denia rumbo a las galeras de Sicilia y Nápoles, destinadas a combatir a los piratas berberiscos y a las fuerzas del Imperio otomano.

Un tratado de Artillería de Diego de Prado y Tovar, el también olvidado capitán, cartógrafo y navegante leonés del siglo XVI que exploró Australia, las Américas y el Pacífico; y además fue literato, diplomático y espía en Italia en el siglo XVII.

En 1615 participó en la toma de Asti y diez años más tarde, en 1625, alcanzó el grado de capitán. Bajo las órdenes de Pedro de Toledo y Leyva y del príncipe Filiberto de Saboya, actuó en operaciones en la isla de San Pedro, Cabo Martín, la defensa de Génova, Arbenga, el asalto de Onella, y en la conquista de Porto Mauricio y del castillo de Ventimiglia.

Ya como capitán, se incorporó en 1626 a los tercios de Italia, tomando parte en la guerra de Sucesión de Mantua, dentro del escenario bélico de Lombardía. Su valor fue recompensado en febrero de 1628 con el hábito de caballero de Santiago.

Bajo el mando y el auspicio de nada menos que Ambrosio de Spínola participó en los asedios de Mantua y Casale de Monferrato, donde resultó gravemente herido en el brazo derecho por un pelotazo de arcabuz. Aun así, tuvo el honor de entregar personalmente las llaves del castillo al monarca español, quien lo distinguió en 1630 con la dignidad de gentilhombre del cardenal infante don Fernando de Austria. Durante los años siguientes lo acompañó por Europa, con el rango de teniente y maestre de campo general.

Ese mismo año se incorporó a las tropas de los tercios de Flandes, participando en combates en Maastricht, el Mosa, Wertal y Gueldres, y en la célebre batalla de Nördlingen (1634). En 1635 pasó a formar parte del cuartel general del duque de Lerma, destacando no sólo por su capacidad militar, sino por su creciente implicación en tareas diplomáticas al servicio de la Corona.

Como delegado del cardenal infante, asistió a la Dieta de Ratisbona y a varias negociaciones encaminadas a poner fin a la Guerra de los Treinta Años. Su éxito diplomático le valió, en 1638, el título de conde del Sacro Imperio, con la denominación de conde de Rebolledo, concesión otorgada por el emperador FernandoIII y ratificada por FelipeIV.

Ascendido a maestre de campo del Tercio de Infantería en diciembre de 1640, fue nombrado gobernador de la plaza de Frackenthal en septiembre de 1641. Poco después asumió la superintendencia de la gente de guerra del Palatinado, y en 1643 fue designado capitán general y gobernador del Palatinado Inferior. La carrera militar de Benardino de Rebolledo fue meteórica, en tan sólo 32 años pasó de un simple alférez a uno de los más importantes genios logísticos de su tiempo.

Diplomático de alto nivel honrado por el Sacro Imperio Germánico

Tras la muerte de su madre, Ana de Villamizar, regresó a España por orden real para intervenir en la rebelión catalana de 1640. Sin embargo, el rey decidió aprovechar su talento diplomático en las negociaciones que desembocaron en el Tratado de Westfalia, firmado el 24 de octubre de 1648 en la Sala de la Paz del Ayuntamiento de Münster, que puso fin a la Guerra de los Treinta Años.

Ese mismo año, FelipeIV lo envió como embajador a la corte de Dinamarca, donde se ganó fama de hombre ilustrado, sagaz y experimentado militar. Durante su misión, contribuyó de forma decisiva a la defensa de Copenhague frente al asedio sueco y apoyó las operaciones danesas en la isla de Selandia, consolidando su prestigio tanto en el campo de batalla como en el terreno diplomático.

Su valentía y presencia diplomática le valió el título de Conde del Sacro Imperio Romano, otorgado por el emperador Fernando III, que, muestra de su tacto e inteligencia, no asumió directamente porque primero que pidió permiso al rey español Felipe IV.

César García Álvarez, doctor en Historia del Arte y profesor de la Universidad de León, destacó en el programa 'Arte y Mucho más' de Onda Cero, con motivo del aniversario de su fallecimiento, que Rebolledo fue “un superhombre de su época por sobrevivir a incontables conflictos y llegar a los 79 años”. Según García Álvarez, Rebolledo poseía una “gallardía, competencia e inteligencia que le permitieron cosechar victorias no solo para España, sino también para sus aliados, ganándose el prestigio de daneses y flamencos”.

El Conde de Rebolledo, un superhombre del Siglo de Oro español

Bernardino de Rebolledo y Villamizar no es simplemente un nombre en el callejero leonés, de esos que muchos no saben quién es, sino que es alguien más que sobresaliente en la historia de España y del mundo. “Representa la culminación del ideal del Siglo de Oro español, donde la pluma y la espada se entrelazaban en una vida de una intensidad casi cinematográfica”, explica García Álvarez.

Al conmemorarse el 350 aniversario de su fallecimiento, la figura de este aristócrata, militar y diplomático cobra una relevancia renovada, especialmente a través del análisis como este experto, quien en su programa de Onda Cero León reivindicó su enorme estatura histórica. Para este profesor de la ULE –y uno de sus mejores divulgadores–, Rebolledo fue “un auténtico superhombre de su tiempo, alguien que sobrevivió a incontables batallas y naufragios en una época de altísima mortalidad, logrando alcanzar los 79 años con una lucidez y determinación admirables”.

La nobleza de Bernardino de Rebolledo, como ya se indicó al principio del artículo no era un título reciente, sino que hundía sus raíces en la historia más arcaica de la Hispania medieval. Según relata García Álvarez, su linaje se remonta al siglo IX, vinculado a la figura de Ramiro I, quien habría otorgado los terrenos de Irián a su antepasado Rodrigo tras la batalla de los Lodos. Nacido en 1597 y bautizado en la Iglesia del Mercado de León el 31 de mayo de ese año, Bernardino creció en un ambiente donde el servicio a la Corona y la fe eran los pilares fundamentales.

Su entrada en la madurez fue, por necesidad de la época, extremadamente prematura. El profesor subraya que, “frente a la adolescencia eternizada” de la actualidad“, Rebolledo ya era un soldado a los 14 años, partiendo hacia Italia en 1611 para servir como alférez en las galeras de Nápoles y Sicilia. Durante dieciocho años, su vida transcurrió en el Mediterráneo, enfrentándose a piratas berberiscos y turcos en una lucha constante por el control de las rutas marítimas. Esta etapa forjó en él una ”gallardía, competencia e inteligencia“ que le permitirían destacar no solo como combatiente, sino como un estratega capaz de manejar máquinas de guerra y tácticas poliorcéticas complejas.

La carrera militar de Rebolledo es una sucesión de hitos en los teatros de guerra más calientes de Europa. En 1626, bajo las órdenes de Ambrosio Spínola, combatió en Lombardía y recibió una grave herida de arcabuz en el brazo durante el sitio de Casale Monferrato. Este episodio, lejos de retirarlo, acrecentó su prestigio; él mismo llevó las llaves del castillo conquistado a Felipe IV, quien lo nombró gentilhombre.

Su periplo continuó en Flandes y el Palatinado, donde desempeñó cargos de altísima responsabilidad, como el de gobernador y capitán general.

García Álvarez destaca que Rebolledo “no solo luchaba por España, sino que su genio militar era tan evidente que obtenía victorias para los aliados del Imperio, ganándose el respeto de daneses y flamencos. Su labor diplomática en la Dieta de Ratisbona y sus negociaciones entre el emperador y los electores le valieron el título de Conde del Sacro Imperio Romano en 1636, una distinción que él, con la prudencia que le caracterizaba, no aceptó hasta recibir el visto bueno de su propio rey, Felipe IV”.

Su capacidad de resistencia quedó demostrada en el asedio de Frankenthal, donde aguantó dieciocho meses contra las fuerzas franco-suecas, obligándolas finalmente a retirarse.

Misión diplomática en el Norte: la conversión de la Reina Cristina

El capítulo más fascinante y políticamente trascendental de su vida comenzó en 1647, cuando fue destinado como embajador plenipotenciario a Copenhague. En este entorno luterano y hostil, Rebolledo no solo actuó como representante de la corona española, sino que, en palabras de César García Álvarez, operó como un auténtico 'agente encubierto' del Papa. Su misión iba mucho más allá de los tratados comerciales o territoriales; se trataba de una lucha ideológica en el corazón del protestantismo.

Fue en este contexto donde se forjó su relación con la reina Cristina de Suecia. A pesar de que es probable que nunca se encontraran físicamente en suelo sueco, mantuvieron una correspondencia epistolar en latín de una profundidad teológica y filosófica abrumadora. César García Álvarez enfatiza que esta “amistad epistolar” fue el motor que aceleró y condicionó la conversión de la reina al catolicismo, lo que supuso un “escándalo mayúsculo” y una de las victorias ideológicas esenciales del catolicismo contra el protestantismo en el siglo XVII.

Rebolledo no se limitó a la persuasión intelectual. Cuando Cristina decidió abdicar y abandonar su reino, él fue el artífice de su huida clandestina, esperándola en Hamburgo y facilitando su trayecto hacia Roma, donde sería recibida y bautizada por el Papa. Esta operación de ‘fichaje’ religioso tuvo consecuencias geopolíticas inmensas, elevando el prestigio de la monarquía española de Felipe IV, quien veía en la conversión de la soberana sueca un triunfo personal.

El retrato a caballo de Cristina de Suecia en el Museo del Prado pintado por Sébastien Bourdon.

Como muestra de gratitud y admiración, la reina Cristina le concedió la banda de la Orden del Amaranto, un honor que Rebolledo portó con orgullo y que aparece representado en su iconografía funeraria.

Y en esta historia también hay que recordar que en un principio de este reportaje se dijo que había una conexión más o menos directa con el otro militar, literato, diplomático y espía Diego de Prado y Tovar. Y tanto, el encargado de recoger y ayudar en la fuga a la reina Cristina de Suecia fue nada menos que sobrino-nieto de ambos prohombres de la época: Antonio Pimentel de Prado, apellido de los condes de Benavente y su madre, familia directa del militar artillero Prado y Tovar. Fue un diplomático y militar al servicio de la Monarquía Hispánica en el siglo XVII. Nació en Palermo, creció en un entorno ligado a la nobleza hispana de Sicilia y desarrolló una carrera que lo llevó a gobernar Nieuwpoort, representar a España en Estocolmo y París, ejercer como gobernador de Cádiz y terminar su vida en Amberes con cargos de responsabilidad militar y política.

Su perfil combinó, como sus tio abuelos, guerra y diplomacia: primero sirvió en campañas militares en Italia y después ganó prestigio como negociador, especialmente durante su embajada en Suecia, donde trató con la reina Cristina y participó en la red diplomática española de la segunda mitad del siglo XVII. La propia Historia Hispánica lo presenta como miembro de una rama menor de la familia leonesa de los Prado, lo que encaja con su vínculo con la nobleza del reino de León.

Y fue, como protegido de Rebolledo enviado como embajador a Suecia, el que consiguió que escapara la reina Cristina de Suecia y se convirtiera al catolicismo en 1654, y como tal sale en la película de 1933 La Reina Cristina protagonizada por Greta Garbo. Aunque es una versión muy libre de lo que ocurrió en verdad –muy hollywoodiense– se le identifica como el personaje ‘Antonio, el enviado español’.

La antigua monarca mantuvo, ya tranquila en territorio católico, su amistad con Pimentel. Entre otras razones, porque quería servir de mediadora entre Francia y España. Ambos volvieron a encontrarse en Bruselas en 1655, y él estuvo presente cuando la reina se convirtió al catolicismo en la víspera de Navidad de ese año. Después la acompañó a Innsbruck y Roma, aunque se separaron en 1656, cuando Cristina hizo nuevas propuestas a Francia. Más tarde, Pimentel continuó su labor diplomática en París y, en nombre de España, participó en las gestiones que desembocaron en la Paz de los Pirineos, en el equipo diplomático de su tío abuelo el Conde de Rebolledo, firmada en octubre de 1659.

Representante Papal que consiguió reabrir iglesias católicas en la protestante Dinamarca

Tras trece años de penurias en el norte, donde llegó a endeudarse personalmente para mantener la dignidad de la embajada ante el olvido de la corte de Madrid, volvió a España. Sin olvidar que consiguió una de sus hazañas más importantes para él en lo personal ya que consiguió que la monarquía danesa diera permiso para reabrir una iglesia católica tras la reforma protestante que prohibió fulminantemente las misas con el rito romano y persiguió a los católicos de forma terrible, dejando a la Inquisición Española como si fueran hermanitos de la caridad, robándoles las iglesias y sus bienes; y señalando a los que seguían las órdenes de Roma como “seguidores del Anticristo”.

Cómo sería la ‘mano izquierda’ diplomática de Rebolledo que un país que detestaba tantísimo al Papa de Roma terminó permitiendo que los católicos –que celebraban completamente a escondidas su rito cristiano–, tuvieran un templo permitido para hacerlo. Inicialmente, Rebolledo obtuvo la venia para que se pudiera celebrar misa en la embajada española, que en aquel entonces se encontraba situada en Kungetorget, el centro viejo de Copenhague. De hecho, la primera capilla católica de la capital danesa tras la Reforma fue creada por el propio Rebolledo en su casa, donde se oficiaba misa y se administraban los sacramentos a los fieles de la ciudad.

Interior de la Catedral católica de San Óscar en Copenhage. Daderot / Wikimedia Commons

En realidad, esto fue uno de sus enormes logros como diplomático y a la vez espía. Además de su papel como embajador de España, Rebolledo actuaba como representante personal del Papa ante las iglesias católicas clandestinas tanto de Suecia como de Dinamarca.

Tan importante fue que, en la actualidad, como legado en reconocimiento de su labor, la catedral católica de San Óscar en Copenhague cuenta hoy en día con un pequeño museo en honor al conde leonés, y en una de sus residencias de descanso cerca de Nyhavn todavía se conserva su escudo nobiliario esculpido en piedra.

Regreso a España y entierro en León, para ser lamentablemente olvidado

Bernardino de Rebolledo y Villamizar regresó a España en 1661. Pasó sus últimos años como ministro del Consejo de Guerra, retirado pero respetado, dedicándose al estudio de la cosmografía y la literatura. Enfermo y cansado de tantas responsabilidades residirá hasta su muerte en su patria recibiendo notables honores, remarcando su crucial importancia en los hechos de aquel siglo. El mismo año de su regreso fue nombrado ministro del Consejo Supremo de Guerra y miembro del Consejo de Estado; en 1670 se incorporó también a las Juntas de Competencias y de Galeras, y más tarde añadió a su hoja de servicios los cargos de consejero de Indias y presidente del Consejo de Castilla.

En la última etapa de su vida se volcó en obras piadosas, creando dotaciones para huérfanas, reservadas a quienes llevasen los apellidos Rebolledo, Quiñones, Lorenzana o Villamizar. Estas fundaciones se completaron con las dispuestas en su testamento, destinadas a muchachas nacidas entre León y Astorga, con la excepción de las naturales de esta última ciudad.

Falleció en Madrid el 27 de marzo de 1676, pero su última voluntad fue clara: su corazón y sus restos debían descansar en su tierra natal, León. “Un lugar que jamás olvidó y siempre tuvo presente”, afirma César García Álvarez.

Sin embargo, muy propio de esta tierra que tantos grandes hombres dio, pero que se ha olvidado a sí misma tras tantos años de una historiografía castellanista en la que les ha inculcado durante los últimos siglos a los leoneses que no eran nadie ni merecían la pena, pese a pagarse una tumba de renombre y de postín –de tipo orante en la que, de rodillas, reza el conde Rebolledo a Dios, en una de las capillas del claustro de la Catedral de León, nada menos–nadie se acuerda de ella y ni siquiera se puede visitar, habiendo sido usada, para colmo, durante años y años como almacén de limpieza por parte del Cabildo.

César García Álvarez lamenta profundamente el estado actual de la capilla funeraria de Rebolledo en el claustro de la Catedral de León. A pesar de ser uno de los espacios artísticos más interesantes de la catedral, con un sepulcro en alabastro donde el conde aparece arrodillado en oración perpetua luciendo la banda de la reina Cristina, García Álvarez denuncia que “el lugar ha sido históricamente maltratado, llegando a ser utilizado como trastero para cubos de fregar”.

“Tiene una capilla propia con un maravilloso sepulcro funerario encargado por él... que ha estado cerrado mucho tiempo, se abrió y ahora está vuelto a cerrar y que es uno de los espacios claustrales de nuestra catedral más interesantes y más maltratados, que a ver si ya de una vez se puede incorporar de un modo definitivo a todo el itinerario”, apunta el especialista.

Capilla del Conde Rebolledo usada como almacén en la Catedral de León. Blog Fonsado

Según García Álvarez el monumento funerario es uno de los más interesantes de todo su periodo “, y posiblemente el más notorio de la Catedral Leonesa por su disposición, ”aunque bastante arcaizante en muchos aspectos, pero aparece él allí arrodillado“en posición orante. ” Y allí mandó a hacer un sepulcro que cualquiera puede ver... obedece a unas fórmulas bastante tradicionales que siguen los modelos incluso casi tardo medievales, renacentistas y del primer barroco de monumento funerario, pero ahí está él arrodillado con sus armas, reclinado en oración permanente y con un gran arcosolio, una gran hornacina que acompaña esa especie de oración permanente o eterna y la banda de la orden de Amaranto concedida por la propia reina Cristina de Suecia “.

Lo que ocurre, de forma muy desgraciada, es que la capilla pasa “absolutamente desapercibida porque ha estado cerrada y se ha tratado muy mal, ya que ha sido un trastero. Yo lo he visto lleno de cubos de fregar y de todo. Se abrió temporalmente, pero ahora parece que está otra vez cerrada”.

Una injusticia histórica, muy a la leonesa, una figura de importancia crucial en el siglo XVII europeo, militar, literato, diplomático que consiguió el mayor éxito de la Iglesia y la Monarquía Católica, que se pagó una espectacular tumba… y que sus conciudadanos, tanto leoneses como españoles, no puedan visitar. “Mi deseo es que se incorpore definitivamente al recorrido de un espacio... que es el claustro de la propia catedral en sí mismo, que es uno de los espacios más ricos artísticamente de la Catedral”, demanda el afamado profesor de Historia del Arte “.

La más que necesaria reapertura de su capilla

El profesor hace un llamamiento para que este espacio, que representa la memoria de un leonés que siempre llevó a su ciudad en el corazón, sea restaurado e incorporado definitivamente al itinerario cultural de la ciudad: “Ojalá se pueda acercar al claustro de la catedral, pille abierto o que realmente se le haga justicia a alguien que no solamente fue un leonés de pro, por así decirlo, sino que siempre llevó a León en su corazón y de hecho lo acabó enriqueciendo de modo permanente con su capilla y con su sepulcro”.

Desde luego, un personaje de tal calibre, reconocido por el Emperador del Sacro Imperio Germánico, loado por el propio rey de España, adorado por la reina Cristina de Suecia, valorado por sus compañeros militares como gran estratega y maestro de la logística, elevado por el Papa como el mejor de sus soldados en tierras enemigas protestantes y que hasta los herejes loan actualmente en la capital de Dinamarca… debería recibir el trato y la propaganda que merece su figura.

Que, además, es uno de los grandes literatos del siglo de Oro, que comenzó a vislumbrar la ilustración, al ser también un gran astrónomo y científico.

Es hora de que León despierte, y haga de su paisano una gran figura con la que brillar de nuevo en la historia de España. Mejor estrella que la de Bernardino de Rebolledo y Villamizar para volverlo a hacer, pocas.

El conde rebolledo: literato, poeta y científico en el Siglo de Oro que abrió camino a la Ilustración y cuya obra debe ser republicada para poderla disfrutar

El 'Idilio Sacro' del Conde de Rebolledo.

Diplomático, espía… y científico, literato y poeta. El Conde de Rebolledo era un grande de todo. El perfecto militar ilustrado de la época. Un ejemplo a seguir. Muchos de sus coetáneos cultivaban la guerra y las letras, como hemos visto con Diego de Prado, amigo de Lope de Vega, otro militar que llegó a la cumbre del teatro español, y se puede ver con Cervantes y Quevedo. El modelo estaba claro y este Rebolledo nacido en León fue uno de los de la segunda fila por estar más dedicado a las armas y la diplomacia. Aparentemente segundón, sí, pero brillantísimo opacado por unos astros literarios en el momento más cegador de la literatura española y mundial en aquel siglo XVII.

Fue ya más durante sus años de servicio en Dinamarca, alejado de los campos de batalla (aunque muy comprometido con los de la diplomacia) cuando desarrolló una intensa actividad literaria, en la que cultivó poemas, sonetos, traducciones de pasajes bíblicos, algunas piezas teatrales y textos de carácter didáctico.

Su poesía se reunió en los Ocios del conde Don Bernardino de Rebolledo, impresos en Amberes por Isidro Flórez de Laviada en 1656, precedidos por una primera edición más breve de 1650. En 1652 publicó en Colonia, con Antonio Kinchio, la Selva militar y política, un extenso poema didáctico dedicado al emperador Fernando IV donde volcó su experiencia diplomática y su visión de la guerra, a la que se añadió después un tercer bloque poético bajo el título de Rimas sacras.

Una segunda edición ampliada de este conjunto de obras, con el título genérico de Ocios (aquí se pueden descargar unos PDF de la Biblioteca Nacional de España), apareció en 1660 y volvió a ver la luz en la imprenta de Sancha en 1778.

En la corte de Copenhague compuso las Selvas dánicas (1655, Pedro Morsingio), donde reconstruye la genealogía de la casa real danesa, subrayando la figura de los monarcas católicos frente a los luteranos, obra que dedicó a la reina Sofía Amalia de Lunenburg, su protectora.

Alejado de esta línea se sitúan el Discurso sobre la hermosura y el amor (1652), inspirado en el Banquete de Platón, y el Discurso apologético (1656), dirigido al senador Gestorf, gran maestre de Dinamarca, en defensa de la doctrina católica sobre el purgatorio.

Dentro de su producción religiosa destaca La constancia victoriosa, égloga sacra (Colonia, 1655), traducción del Libro de Job dedicada a la reina Cristina de Suecia, junto a Selva sagrada (1657), versión de los Salmos ofrecida a Felipe IV, y Idilio sacro (Amberes, 1660), paráfrasis en verso de la Pasión de Cristo según el Evangelio de San Juan, dedicada a Mariana de Austria. También emprendió una versión en verso de las Lamentaciones de Jeremías, titulada Trenos (1655), que nunca llegó a publicarse como obra independiente.

Además, se le atribuyen varias piezas dramáticas, como el Entremés de los maridos conformes y Amar despreciando riesgos, así como el prólogo a la obra de Villayzan Sufrir más por querer más. Una obra amplísima que merece la pena leer, sobre todo por empezar a introducir modos de la Ilustración en la literatura española, algo que hará un siglo más tarde el Padre Isla, otra de esas grandes figuras que pasaron por las escuelas de León, que algo tendrían para generar una serie de personajes de alto nivel y que, posiblemente, necesitan una revisión profunda de su importancia en la España Moderna, en una ciudad que ya hacía siglos que había dejado de ser capital de reino y v vivía en una modesta economía.

Una obra literaria que intenta rescatar el Grupo LETRA de la Universidad de León

La obra literaria de Bernardino de Rebolledo es tan vasta como su carrera militar, y su importancia ha sido rescatada por la Universidad de León, particularmente a través del Grupo LETRA (Literatura Española y Tradición Clásica) y las investigaciones de expertos como Rafael González Cañal destacando precisamente que la ciencia influyó mucho en su formas literarias La particularidad de su escritura reside en que fue compuesta casi en su totalidad durante su aislamiento en Dinamarca, lejos de las modas y cenáculos de la corte madrileña, lo que le otorga una “extraña originalidad” y un carácter “preilustrado” o de “novator”.

En sus escritos, Rebolledo evita los excesos del barroquismo más recargado para abrazar un estilo más claro y doctrinal, lo que le valió ser muy apreciado en el siglo XVIII por autores neoclásicos y ser incluido como una de las autoridades en el diccionario de la Real Academia Española. Su producción poética, recogida principalmente bajo el título de Ocios, muestra una versatilidad que va desde lo amatorio y satírico hasta lo profundamente moral y religioso, reflejando siempre esa formación humanística que César García Álvarez considera “esencial en el ideal del caballero de las armas y las letras”.

Su experiencia como estratega y hombre de Estado quedó plasmada en la Selva militar y política, una obra única en su género donde utiliza la poesía didáctica para exponer teorías sobre el gobierno y la guerra, integrando epigramas e ilustraciones que funcionan como emblemas de sabiduría práctica. Por otro lado, su faceta como cronista y diplomático en tierras nórdicas se manifiesta en las Selvas dánicas, donde narra la genealogía de la casa real danesa con un trasfondo que, bajo la apariencia de una historia real, encubre una defensa de los monarcas católicos y una crítica al luteranismo imperante.

Especial mención merecen sus traducciones bíblicas, realizadas con un rigor y una calidad literaria que asombraron a Menéndez Pelayo. Entre ellas destaca La constancia victoriosa, una versión del Libro de Job que dedicó a Cristina de Suecia como símbolo de su fe compartida, así como la Selva sagrada, una traducción completa de los Salmos en la que Rebolledo utilizó diversas fuentes, incluyendo versiones judías, para lograr una fidelidad y elegancia excepcionales.

Sus Trenos, basados en las Lamentaciones de Jeremías, completan este corpus de poesía sagrada que, según los estudios de la Universidad de León, posicionan a Rebolledo no solo como un soldado de fortuna, sino como un pensador de una modernidad sorprendente, capaz de dialogar con la ciencia experimental y la teología más avanzada de su tiempo desde su retiro en el Báltico.

Una obra literaria que merece, sin la más mínima duda, más esfuerzo para poder ser publicada con una buena revisión para conocer a uno de los precursores de la literatura de la Ilustración en nuestro país. Un genio olvidado que, a buen seguro, mostrará que muchos de los mitos y leyendas del retraso español en la ciencia y la técnica son completamente infundados.

https://ileon.eldiario.es/historia/bernardino-rebolledo-gran-militar-diplomatico-literato-leones-logro-conversion-catolicismo-reina-cristina-suecia_1_13118745.html

 

 

















domingo, 5 de abril de 2026

 

CORTES PARLAMENTARIAS DEL REINO DE LEÓN DE 1188

https://www.historiasinpretensiones.com/2020/04/las-cortes-de-leon-de-1188.html

El Reino de León efectuó una importante e imprescindible aportación política, jurídica y sociocultural a la configuración actual de la península Ibérica, y de la actual Unión Europea. Su contribución más destacada fue la celebración en 1188 en la ciudad de León de las primeras Cortes proto-democráticas en Europa, o Cortes Parlamentarias, preludio del Parlamento europeo, con la asistencia de los representantes de las villas y de las ciudades, junto con la nobleza y el clero. En ellas se reconocieron por primera vez importantes derechos civiles para los ciudadanos.


En 1202, se convocaron en Benavente las segundas Cortes Parlamentarias leonesas y aún las segundas de Europa, que aprobaron el primer impuesto territorial por un parlamento, considerado antecedente de los presupuestos generales de los estados modernos.

CORTES PARLAMENTARIAS DE LEÓN DE 1188

Los precedentes democráticos tienen su origen en Grecia. Roma alumbró su propio principio democrático por el cual "lo que involucra a todos tiene que ser aprobado por todos" (quod omnes tangit ab ómnibus appobetur). Ese precepto de Justiniano se consideraba como la base del concepto de bien común. Las asambleas de hombres libres de los germanos, el thing, fue una forma de democracia asamblearia.

En la temprana Edad Media, hubo otros ejemplos de democracia primaria, asambleas de hombres libres reunidos para resolver problemas locales: en el mundo franco existía el placitum; en el anglosajón, el shire y el hundred; en la España visigoda, el conventus publicus vicinorum. La gran innovación consistió en que esos hombres libres se incorporaron a los grandes órganos de decisión política junto a los magnates y los nobles.


La sociedad medieval europea se estructuraba en estamentos; era un orden social jerarquizado y segmentado. La concepción de la sociedad como articulación de estamentos era una constante de la cultura política europea desde Sócrates, que ideaba la República como un cuerpo dotado de una cabeza, un pecho y un vientre. Cada parte del cuerpo representa un estamento social: la cabeza (la razón, el pensamiento) la forman las clases rectoras; el pecho (la fuerza, el coraje) la forman los soldados; y el vientre (el alimento, el trabajo, la reproducción) la forman los trabajadores o productores.

Esa estructura jerárquica determinaron la formación de los estamentos medievales: oratores, bellatores, laboratores. La división en estamentos era una plasmación, en lo social, de ese orden ideal: los religiosos, los nobles y los campesinos. A cada uno de estos estamentos se le reconocía una función social específica y, en consonancia, una condición jurídica singular.

 

ALFONSO IX EN CORTES Y SÍMBOLOS DEL REINO DE LEÓN

Este orden no se tradujo en instituciones representativas generales, donde cupieron todos, hasta que el estado llano entró en las asambleas, gracias a la aportación intelectual de la Iglesia. Fueron los teólogos quienes, hacia los siglos XII y XIII, actualizaron la visión socrática de la comunidad política y la compaginaron con el concepto latino de "bien común". Santo Tomás de Aquino lo expresó de manera inmejorable: a la hora de garantizar el bien común, será bueno hacerlo por "gobernantes elegidos por el pueblo de entre el pueblo". Así aceptaban junto a los magnates y caballeros del estado nobiliario, y junto a los prelados y abades del estado eclesiástico, los patricios de las villas y ciudades.

Las circunstancias de la Reconquista determinaron aquel hecho. Los reinos cristianos hispánicos que se fundaron después de la invasión musulmana empezaron a construir su estructura de poder sobre bases muy elementales: el rey, los nobles y los clérigos. Pero a medida que la Reconquista iba tomando impulso, se fueron formando nuevos núcleos de población y grupos humanos con una personalidad política singular: hombres libres que han construido ciudades que se gobiernan a sí mismas, con tierras que cultivan para sí, que organizan mercados, con una vida económica y social independiente del poder feudal. Esa libertad implicaba el reconocimiento de un cierto número de derechos de naturaleza colectiva. Y cómo estas comunidades de hombres libres eran la base de los reinos de la Reconquista, los reyes no tardaron en convocarlos.


Por otra parte, el Reino de León frenó su expansión geográfica hacia el sur, la Corona precisaba de mayores ingresos y, a fin de obtenerlos, creó nuevos impuestos, lo que produjo un alza de precios. Por ello, la clase ciudadana quiso obtener alguna contrapartida y regular el gasto regio para reorganizar nuevas campañas bélicas contra los moros. Ante estas nuevas necesidades económicas, fue el rey quien solicitó la incorporación de elementos populares.


Así es como, en 1188, durante el reinado de Alfonso IX, a la curia regia de León se incorporan elementos procedentes del estamento popular, exclusivamente ciudadano, representantes de las ciudades y principales villas del reino. Estos eran los procuradores, también llamados personeros u "hombres buenos", elegidos por los ciudadanos de sus correspondientes villas para su representación política en la curia.

 


ALFONSO IX EN LA CATEDRAL DE SANTIAGO

En 1188, en la ciudad de León, se realizaron las primeras Cortes Parlamentarias de Europa. Fueron las Cortes Democráticas de 1188, reunidas en el Claustro de la Basílica de San Isidoro de Sevilla, sito en la ciudad de León. En estas Cortes, además de ampliar los Fueros de Alfonso V del año 1020, se promulgaron nuevas leyes destinadas a proteger a los ciudadanos y a sus bienes contra los abusos y arbitrariedades del poder de los nobles, del clero y del propio rey. Este importante conjunto de decretos ha sido calificado con el nombre de Carta Magna Leonesa.


En estas Cortes parlamentarias se reconoció la inviolabilidad del domicilio, del correo, la necesidad del rey de convocar Cortes para reanudar la guerra o declarar la paz, y se garantizaron numerosos derechos individuales y colectivos.


En 1202, se convocaron en Benavente las segundas Cortes parlamentarias leonesas y aún las segundas que se celebraban en Europa. En ellas se fijaron los principios y derechos económicos del Reino de León y de sus habitantes. Además, se instauraba el primer impuesto territorial aprobado por un parlamento, que fue denominado como Moneda forera y es considerado antecedente de los presupuestos generales de los estados modernos.


Fue el inicio de un nuevo marco político por el que se organizaron las cortes de otros reinos y condados cristianos de Europa, extendiéndose durante los siglos XIII y XIV. A Cataluña llegó en 1218; Castilla en 1250; Aragón en 1274; Valencia en 1283; Navarra en 1300.


Alemania aplicó el ejemplo leonés en 1232; Inglaterra regula la presencia de los representantes del tercer estado en 1265; Francia incorpora la presencia institucional de las ciudades francesas en los primeros Estados Generales de 1302.


MAPA PENSULAR DEL SIGLO XI

La curia regia conservaba sus funciones consultivas, que sólo amplió más adelante, y en ellas el elemento popular estaba claramente diferenciado. Los miembros de los tres estamentos sociales (clero, nobleza, pueblo) eran elegidos con la finalidad expresa de votar en una dirección concreta, y todos los miembros valían igual, teniendo atribuciones muy amplias. Aquellas Cortes parecieron como un diálogo entre el rey y la curia, por un lado, y los representantes de las ciudades y villas por otro, sin oposición a que cada estamento se consolide por separado.


Las cortes aprobaban leyes, consignaban impuestos, atendían las reclamaciones contra cualquier transgresión del orden, y tenían la facultad de requerir al rey para que jure las libertades particulares de los súbditos, como condición necesaria para aceptar la soberanía regia. El juramento de libertades y cartas pueblas significaba algo de un valor trascendental: que ningún ciudadano perdería sus derechos y que el rey aceptaba mantener el estatus jurídico de sus territorios, lo cual garantizaba el mantenimiento del orden colectivo.


Aquellas cortes no formaban una asamblea fija y estable, sino que se reunían con periodicidad discontinua y previa convocatoria del rey, para disolverse tras haber realizado su tarea. Cada reino poseía su Diputación General, tratándose de una comisión permanente con la función de velar por el cumplimiento de los acuerdos en las cortes y que nadie violase los fueros municipales.

Así se fundó la Diputación del General de Cataluña a partir de 1359; también en Navarra, bastante tiempo después, ya dentro de la unidad española, llamándose Cámara de Comptos.




CATEDRAL DE LEÓN Y BASÍLICA DE SAN ISIDORO DE SEVILLA

Cuando en 2013, la Unesco inscribió los "Decreta" de León del año 1188 en su Registro de la Memoria del Mundo, estaba preparando una injusticia, puesto que la literatura anglosajona siempre ofreció su Carta Magna como la primera constitución democrática, aunque tenga treinta años más de que el texto leonés.

Dice el texto de inscripción, literalmente, lo siguiente:

"El corpus documental de Los 'Decreta' (o Decretos) de León de 1188 contiene la referencia al sistema parlamentario europeo más antigua que se conozca hasta el presente. Estos documentos, cuyo origen se remonta a la España medieval, fueron redactados en el marco de la celebración de una curia regia, en el reinado de Alfonso IX de León (1188-1230). Reflejan un modelo de gobierno y de administración original en el marco de las instituciones españolas medievales, en las que la plebe participaba por primera vez, tomando decisiones del más alto nivel, junto con el rey la iglesia y la nobleza, a través de representantes elegidos de pueblos y ciudades."

 

https://spainillustrated.blogspot.com/2020/09/cortes-parlamentarias-reino-leon.html










 

CONTROVERSIA DE VALLADOLID PRIMER DEBATE SOBRE DERECHOS HUMANOS


La Junta de Valladolid fue denominada a la controversia que tuvo lugar en esta ciudad en los años 1550 y 1551 entre teólogos y juristas para analizar el modo en que se estaba realizando la colonización de América, la licitud de la empresa y los derechos de los indígenas. Está considerado como el primer debate sobre los Derechos Humanos.


En el contexto de lo que fue el impacto en Europa de los descubrimientos geográficos efectuados por españoles y portugueses en los siglos XV y XVI y las nuevas corrientes de pensamiento surgidas al inicio de la Edad Moderna, una efeméride importante fue el de la polémica de indis o debate sobre los naturales. Una cuestión que fue fomentada tanto en España como en los recién colonizados territorios del Nuevo Mundo por teólogos y juristas castellanos en torno a la justicia y la licitud de la dominación en las tierras descubiertas.


Esta cuestión se convirtió en el tema central de las Juntas Consultivas para las Indias realizadas a lo largo del siglo XVI, cuyos resultados fueron la declaración de los Justos Títulos y la aprobación de sucesivas Leyes de Indias.


En principio, se consideraba suficiente el título del propio descubrimiento en base a un texto de Las Partidas de 
Alfonso X, pero pronto aquel título no parecía satisfacer, porque las tierras estaban habitadas por naturales. Entonces, se trató de justificar la colonización a través de las tradicionales teorías medievales que afirmaban que el Papa era Dominus Orbis y que, por lo tanto, las concesiones papales de Alejandro VI realizadas a los Reyes Católicos suponían la plena justificación de la conquista americana. En tal sentido la Bulas Alejandrinas obtenidas en 1493 otorgaban al Reino de Castilla el señorío de las tierras e islas descubiertas y por descubrir, y en esta concesión, fundada por el poder eminente del Príncipe sobre todo el Orbe y especialmente sobre los infieles, se hizo fundamento jurídico suficiente para legitimar la sujeción de los pueblos indígenas a Castilla, llevando los descubrimientos un requerimiento que se formulaba a los indios para acatar aquella donación.


Sin embargo, esa justificación, apoyada en argumentos teológicos, empezó pronto a ser criticada dentro del reino por eclesiásticos, pero también fuera por algunos soberanos europeos. Desde los territorios americanos, los eclesiásticos de la Orden de los dominicos cuestionaron la validez de las Bulas Alejandrinas, denunciaron los abusos de los colonizadores en defensa de los indios, y exigieron un debate sobre los Justos Títulos de conquista.


CATEDRAL DE VALLADOLID

La polémica de los naturales fue tratada en la Junta Consultiva de Valladolid, en el Aula Triste del Palacio de Santa Cruz, antiguo Colegio Universitario y hoy sede del Rectorado de la Universidad de Valladolid, y se desarrolló en dos largas sesiones: en agosto de 1550 y en abril de 1551. En esta ciudad residía la Corte real de España.


La denominada Controversia de Valladolid suponía que, por primera vez en la Historia de la Humanidad, un imperio, el español, discutiese la legitimidad de las tierras conquistadas. Aunque, hay que tener en cuenta que los Imperios francés, inglés y portugués no encontraron organizaciones políticas desarrolladas en Estados, como las civilizaciones maya, azteca e inca.


A la todavía capital de reino llegaron los mejores pensadores de la época, un extraordinario grupo de teólogos y juristas: los dominicos 
Domingo de SotoBartolomé de Carranza o Melchor Cano, que fue sustituido cuando marchó al Concilio de Trento por Pedro de la Gasca, el primer pacificador del Perú, junto a los jurisconsultos del Consejo de Indias. Estos cuatro eruditos eran dominicos, escolásticos defensores del Tomismo (doctrina de Santo Tomás), catedráticos que controlaban las principales universidades y colegios de España. Soto y Cano eran miembros de la Escuela de Salamanca y discípulos de Francisco de Vitoria, enseñaban en la Universidad de Salamanca, una de las más prestigiosas en la Modernidad europea. En cambio, Carranza enseñaba en la Universidad de Valladolid.


El debate se centró en las ideas de tres grandes intelectuales de la época: Juan Ginés de Sepúlveda defendiendo la guerra, Francisco de Vitoria, que había muerto en 1546, aceptando la guerra justa, y Bartolomé de las Casas negándola. Sepúlveda y Las Casas se convirtieron en los protagonistas del debate y en los principales defensores de dos posiciones antagónicas de concebir la conquista del Nuevo Mundo. En realidad, eran dos pensamientos diferentes de entender al indígena y el descubrimiento de América, que desembocó en un debate jamás antes abordado por otro imperio. Nunca se trató como un asunto académico, sino como un problema real, de conciencia para muchos españoles, incluidos los monarcas.

La controversia tenía como bases argumentales la Teología, pues esta disciplina del saber era considerada superior a cualquier otra (philosophia ancilla teologiae). Quedaba por sentado a priori que los indígenas americanos eran seres humanos racionales con alma, lejos de considerarles animales salvajes susceptibles de ser domesticados. Esta cuestión ya se había resuelto en la Cristiandad unos años antes, en 1537, mediante la bula Sublimis Deus, del papa Paulo III, que declaraba el derecho a la libertad y la propiedad de los indios, así como el derecho a la conversión cristiana por métodos pacíficos.


El objetivo filosófico era acordar una base teológica y jurídica fiable para establecer un modelo de descubrimiento, evangelización y colonización de las Indias. Sus campos de actuación fueron amplios: la autoridad papal, la naturaleza de su donación, la definición de la guerra justa, las libertades y derechos de los indios, etc.

Bartolomé de las Casas y los seguidores de la doctrina de Francisco de Vitoria, eran escolásticos de la Orden de los Dominicos y defensores del Iusnaturalismo, una corriente jurídica y teológica que establecía que todas las personas del cualquier lugar del mundo tenían los mismos derechos y libertades por su propia naturaleza humana, y estaban a favor de unas leyes universales para todos los pueblos y países que regulasen sus relaciones internacionales. Fueron los pioneros de los Derechos Humanos y del Derecho Internacional de Gentes. Denunciaban la guerra injusta y los métodos empleados en la colonización, sus pretensiones era el total abandono de la colonización americana.

Las Casas se convirtió en un pionero de la lucha por los Derechos Humanos, los documentos que aportaban fueron su Brevísima relación de la destrucción de las Indias y su Apologética historia sumaria: la primera ocupándose de la licitud o ilicitud de la conquista, y la segunda de la situación en que se encontraban los indígenas. Pero estos testimonios no eran convincentes del todo, ya que se sospechaba que había estado exagerando muchos de los hechos ocurridos.


Respetaba el dominio español en América sólo si se predicaba pacíficamente el evangelio, condenando el uso de la violencia, aunque estuviese justificada, pues para él los colonos tenían la obligación de respetar a los inocentes entre los que citaba a mujeres, niños, sacerdotes, agricultores, obreros y mercaderes. Por eso recordaba que las Bulas Alejandrinas solo permitían la intervención de Castilla en el Nuevo Mundo tan solo para la prédica del evangelio, sin privar a los naturales de sus estados, jurisdicciones, bienes, honras, dignidades y señoríos.


Fue tan influyente en la Corte de Carlos I que se considera un triunfo de sus ideas la aprobación de las Nuevas Leyes de Indias de 1542. En la Junta Eclesiástica de México de 1546, las órdenes eclesiásticas allí establecidas aceptaron sus doctrinas como política misionera.

Pero hubo otras opiniones contrarias a las posiciones de las órdenes religiosas. Una de ellas fue la del gran humanista JuanGinés de Sepúlveda, también dominico y consejero de Carlos I y, más tarde, de Felipe II. Había estudiado en Filosofía y Teología en Alcalá de Henares y Bolonia. Era buen conocedor del latín y griego y tenía una sólida formación aristotélica, cuya doctrina seguía para defender el legítimo derecho de conquista en América. Combatió el pensamiento de Erasmo de Rotterdam, por no compartir su idea sobre el libre albedrío, y refutó a Lutero.


Apoyaba la legitimidad de la conquista, colonización y evangelización de los indígenas americanos y era contrario al espíritu de las Leyes Nuevas. Basándose en el derecho imperial y en el Aristotelismo, justificada que España hiciese la guerra de conquista en las Indias porque, los pueblos de civilización superior tienen derecho a dominar y tutelar a los de civilización inferior y, por tanto, era justo que los españoles dominasen a los indios, idólatras y antropófagos, y los evangelizasen para llevarlos a su misma altura.

En 1535, publicó un libro, Democrates primus, de convenientia militaris disciplinae cum cristiana religione, en el que atacaba las doctrinas erasmistas que establecían que toda guerra, incluso la defensiva, era contraria a la religión católica. En él, hacía compatible la disciplina militar y la religión cristiana, defendiendo la guerra justa bajo las siguientes condiciones: si es declarada por autoridad legítima; con rectitud de intención; si se obra con moderación; si se repelen agresiones y recupera lo arrebatado; y se castiga a malhechores.


Por estímulo de Hernán Cortés y del cardenal Loaysa escribió después Democrates alter, sive de justi belli causis suscepti apud Indos. Trataba las causas justas de la guerra y la legitimidad de la conquista española en América. Esta publicación fue el detonante de una controversia entre Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas.


Las Casas, enterado de la próxima publicación de este segundo libro, emprendió una intensa actividad para impedirlo, enojado también porque Sepúlveda había logrado que la Corte retirase del mercado su Confesionario. Se ganó la confianza de Melchor Cano, y entre ambos consiguieron influir en las universidades de Alcalá de Henares y Salamanca para prohibir la impresión del Democrates alter. Sepúlveda logró publicar esta obra en Roma bajo el título de Apología pro libro de justis belli causis, gracias a la intervención de su amigo Antonio Agustín, presidente del Tribunal de la Rota Romana, y miembro destacado de la Corte pontificia. 


En aquella Apología Sepúlveda siguió defendiendo la conversión de los infieles y la licitud de la guerra por el derecho de los cristianos a hacerla contra los idólatras en virtud de la autoridad del Papa. Por la otra parte, Las Casas impedía la entrada de este libro en España mediante la intervención de Antonio Ramírez de Haro, obispo de Segovia, quien hizo condenarla y ordenó la quema todos los ejemplares en territorio español.


CARLOS V Y LEYES DE INDIAS

Enterado de la disputa surgida, el emperador Carlos V se tomó muy en serio la cuestión, ante lo cual, en 1549, solicitó los consejos de las mejores inteligencias del país que fueron convocadas a una gran asamblea de sabios para tomar una solución definitiva. Y el 3 de julio del mismo año, el Consejo de Indias ordenaba detener la conquista.

Sepúlveda basaba su doctrina en argumentos aristotélicos, tomistas y humanistas, desarrollados en varias obras y que los agrupó en argumentos de razón y derecho natural y argumentos teológicos. Justificaba la guerra justa contra los indios debido a su idolatría y sus pecados, además defendía su inferioridad racial, que obligaba a los españoles a tutelarlos.

Propuso cuatro Justos Títulos para la conquista:

1. el Derecho de Tutela, que implicaba la servidumbre a los españoles de los indígenas para su propio beneficio, porque carecían de capacidades para gobernarse por ellos mismos. 

2. la eliminación de conductas antinaturales, incluso mediante el uso de la fuerza, como el canibalismo. 

3. la obligación de salvar a las futuras víctimas, esclavos o capturados en la llamadas "guerras floridas", del ritual del sacrificio humano a sus dioses falsos. 

4. el mandato evangelizador que Cristo dio a los apóstoles y al Papa, y este como representante de Cristo en la Tierra al rey católico.


Las Casas basaba su defensa del indio en la doctrina de Francisco de Vitoria. Así, el fundador de la Escuela de Salamanca y promotor del Derecho Internacional había establecido siete Injustos Títulos y otros siete Justos Títulos. Estos últimos eran:

1. los españoles tienen el derecho de propagar la religión cristiana en América. 

2. la protección de los indios convertidos al cristianismo cuando sean perseguidos por otros pueblos paganos. 

3. la autoridad papal para otorgar indios cristianizados a un rey católico como su señor. 

4. la intervención militar de los españoles cuando suceden delitos contra-natura. 

5. la libertad de los indios para tomar como rey a uno cristiano. 

6. el derecho de una parte del botín de guerra si los españoles participan en las guerras indias y actúan como aliados de unos u otros. 

7. la protección de aquellos indios más desfavorecidos, atrasados, discapacitados, etc.


Como discípulo de Vitoria, Las Casas consideraba como título injusto todo aquel que autorizase al Papa y Emperador al dominio de las tierras descubiertas, como por ejemplo las Bulas de Alejandro VI o el requerimiento que se hacía a los indígenas para justificar su sometimiento, por tanto, la ocupación del Nuevo Mundo era ilegítima.


Rechazaba la ocupación y sometimiento por la fuerza y la conversión obligatoria de los indígenas, a los cuales no se les podía considerar pecadores o poco inteligentes, sino que eran libres por naturaleza y dueños legítimos de sus propiedades. Defendía el derecho de propagación del evangelio, el cual dejaba de ser una obligación de los colonos para convertirse en un derecho de los indígenas.

Los argumentos principales fueron debatidos de la siguiente manera.

Comenzaba el debate Sepúlveda con la siguiente exposición:

"Dice Aristóteles y corrobora Santo Tomás que los hombres son, por naturaleza, unos superiores y otros inferiores. Los inferiores son los bárbaros, que no viven conforme a la razón natural y tienen malas costumbres. Y es de recta razón que los bárbaros sean sometidos a los que no lo son, y que así los indios obedezcan a los españoles. Y si no puede ser por la paz, habrá de ser por las armas, y esta guerra será justa."


Correspondía a Bartolomé de las Casas demostrar que la racionalidad de los indígenas era igual a la de los europeos. Como prueba se sirvió del desarrollo urbano y de su arquitectura: 

"Pero vuestra reverencia, hermano Sepúlveda, no interpreta bien a Aristóteles. Porque él habla de cuatro clases de bárbaros, y los indios, a los que yo conozco, no son bárbaros propiamente dichos, o sea crueles y sin razón, sino que poseen razón suficiente y bien podrían gobernarse por sus propios medios. ¿O no hay razón en quienes han construido esos grandes templos que nos admiran? Y por su razón, hay que llevarlos a la civilización y a la fe de forma pacífica, y no a través de la guerra."

Sepúlveda intentó desmontar ese argumento comparando a los aztecas con las abejas, pues estas últimas construyen paneles y no son racionales. En cambio, cuestionó la capacidad de razonamiento y autogobierno mediante por el uso del canibalismo y la idolatría, que deben ser combatidas por la fuerza:

"Habláis, fray Bartolomé, de los grandes templos como signo de razón, pero también las abejas construyen paneles prodigiosos, y no por eso se les presupone razón. Mirad, por el contrario, esos grandes pecados de estos mismos bárbaros, que comen carne humana y la ofrecen a sus ídolos. Estos pecados contra la ley natural y fueron castigados por Dios en los antiguos habitantes de la Tierra Prometida. Y del mismo modo es de justicia que la idolatría y blasfemia puedan ser vencidas con la espalda, pues es justo hacer la guerra a los idólatras, para que los infieles puedan oír la predicación de la fe y observar la ley natural."

 

Para Ginés de Sepúlveda los indios americanos estaban en un estado de atraso que requería tutela de reyes y del Papa, mientras que Las Casas los consideraba incluso más adelantados que los europeos en tiempos de antes de Cristo. Ginés de Sepúlveda consideraba atentado contra la naturaleza devorar carne humana, e injusta la idolatría. Las Casas añadía que para castigar dichos males se necesita una jurisdicción sobre los indios de la que los reyes de Castilla carecían. Los indios no eran por tanto súbditos, y sólo admitió que fueran sometidos los herejes.


Las Casas:

"Muy equivocada está vuestra reverencia, pues habláis de castigar al idólatra, pero el castigo sólo puede imponerlo quien para ello tiene jurisdicción, y aquí la jurisdicción no corresponde al príncipe, ni siquiera a Su Santidad. Porque estos indios nos eran del todo desconocidos, luego no son súbditos del príncipe. Ni tampoco conocían la fe; luego, al no ser súbditos de Cristo, no han de estar sometidos al fuero de la Iglesia."

Sepúlveda defendía la intervención bélica para proteger a los inocentes de la idolatría y evitar la antropofagia y la inmolación de víctimas. Las Casas no tuvo objeciones contra esos fines, pero opinaba que ni la antropofagia ni el sacrificio de víctimas humanas constituyesen causa justa para combatirlos por la fuerza, ya que se hacían por motivos religiosos; y que esa falsa idolatría se podía erradicar mejor con la predicación y la ausencia de la violencia.


Sepúlveda:

"¿Tendremos que dejar entonces que todos esos inocentes, víctimas de la idolatría, sigan siendo sacrificados por millares en los altares de los demonios? Porque por millares fueron sacrificados, todos los años, más víctimas inocentes que las que causaría una guerra justa contra los idólatras. Todos los hombres están obligados por ley natural a defender a los inocentes. Y sólo se los podrá defender si los idólatras son sometidos por otros hombres mejores; hombres que, por ser cristianos, aborrezcan los sacrificios."

 

Las Casas:

"Mal podemos defender a los inocentes si los matamos en la guerra. ¿No será mejor favorecer que cambien de religión por vías pacíficas? Aquí no estamos hablando de crímenes comunes, pues ¿dónde se ha visto que sea todo un pueblo el que delinque? Esos sacrificios proceden de la ausencia de fe, pero no de la maldad. La naturaleza no enseña que es justísimo que ofrezcamos a Dios las cosas más preciosas, y ninguna cosa hay tan preciosa como la vida; luego está en la naturaleza que los que carecen de fe, sin otra ley que orden lo contrario, inmolen incluso víctimas humanas al Dios que tienen por verdadero. Nosotros reprobamos esas prácticas según el mandamiento de la fe verdadera: "No matarás." Pero, por lo mismo, no podemos matarlos para que vengan a la verdadera fe."


Sepúlveda justificaba la guerra contra los infieles como medio para la evangelización según la doctrina de San Agustín. Las Casas matizaba que San Agustín solo se refería a los cristianos herejes, sometidos a la jurisdicción de la Iglesia; siendo los indígenas paganos, en ausencia previa de la tutela de dicha institución.

Sepúlveda:

"Pues yo sostengo que, para traerlos a la fe, no es ilegítimo el recurso a la fuerza. Es de derecho natural y divino, siguiendo a San Agustín, corregir a los hombres que yerran muy peligrosamente y que caminan hacia su perdición. Atraerlos a la salvación es de derecho y, además, es un deber que todos los hombres de buena voluntad querrían cumplir. Dos formas hay de hacerlo. Una, a través de exhortaciones y doctrina. Otra, acompañándolas de alguna fuerza y temor a las penas, no para obligarlos a creer, sino para suprimir los impedimentos que puedan oponerse a la predicación de la fe. Hemos visto que los indios, una vez sometidos al poder de los cristianos, se convierten en masa y se apartan de los ritos impíos. Y así en pocos días se convierten más, y más seguramente, que los que se convertirían en trescientos años de exhortación."

 

Las Casas:

"San Agustín defiende el uso de la fuerza, sí, pero sabe vuestra reverencia que los hace específicamente para con los herejes que están bajo la jurisdicción de la Iglesia, no para con los infieles y paganos, que no lo están. Los indios son infieles que no están bajo la jurisdicción de la Iglesia. Luego la forma correcta de obrar con ellos no es usar la fuerza, sino convocar a los indios y, de forma pacífica, invitarles a abandonar la idolatría y a recibir la predicación."

En la disputa no hubo un vencedor final, y ambos opositores se consideraron vencedores.  La mayor parte de los teólogos dieron como ganadoras las tesis de Las Casas, mientras que la mayor parte de los juristas lo hicieron a favor de las de Sepúlveda. La resolución final fue la emisión de varios informes que tuvieron sus consecuencias.

El Debate de Valladolid sirvió para actualizas las Ordenanzas de las Indias y crear la figura del protector de indios. Así, las nuevas instrucciones de colonización, aprobadas en Valladolid el 15 de mayo de 1556, permitieron un avance al virrey del Perú por tierras inexploradas, pero sin daño ni violencia para los indígenas. El mismo espíritu mantuvieron las Ordenanzas de Juan de Ovando, sancionadas por Felipe II el 13 de julio de 1573, en las que se modificó el modelo de conquista por el de poblamiento o pacificación.

 

La Junta inspiró varias medidas posteriores como por ejemplo la abolición definitiva de la encomienda, así como la de cualquier síntoma de esclavitud de los indios. Fue destacable el interés de los propios reyes en mantener vivos a sus súbditos y garantizar la continuidad de los ingresos americanos frente a la codicia de los encomenderos, lo cual propició nuevas normas.

El resultado fue la promoción de la Legislación de Indias, ya antes iniciadas en otras juntas, que es considerada como la base del Derecho Internacional de Gentes (ius gentium), principio del fin de la justificación del dominio en las diferencias entre unos hombres y otros, idea que se arrastraba desde Aristóteles.

Las conquistas españolas se regularon de tal forma que solo a los religiosos les estaba permitido avanzar en territorios vírgenes. Una vez que habían convenido con la población indígena las bases del asentamiento se adentraban más tarde las fuerzas militares, seguidas poco después por los civiles. Nunca en la historia, ningún otro país del mundo ha desarrollado una política semejante.

Se mantuvo el dominio español, pero reconociendo a los indígenas como personas con derechos propios, con las mismas libertades que los españoles peninsulares.

España continuó la empresa de las Indias, teniendo en cuenta las lecciones de Francisco de Vitoria:

"Es claro que, después de que se han convertido allí muchos bárbaros, ni sería conveniente ni lícito al príncipe abandonar por completo la administración de aquellas provincias."

Lo más importante de la Controversia de Valladolid es que en ella se fundaron los Derechos Humanos. Fue la primera vez que reyes y súbditos se plantearon la cuestión de los derechos fundamentales de los hombres por el simple hecho de ser hombres, derechos anteriores a cualquier ley positiva. Nunca antes un pueblo se había cuestionado con tal profundidad dónde acaban los derechos propios, los del vencedor, y donde empiezan los derechos ajenos, los del vencido. Y nunca antes un poder se había sometido de tal manera a la filosofía moral.

 

El hecho de que se considerara necesaria una reflexión pública como la de esta Junta se ha considerado siempre excepcional, en comparación con cualquier otro proceso histórico de formación de un Imperio. Hay que destacar que no surgieron controversias públicas similares en las colonias inglesas o francesas de América, pero desgraciadamente sabemos de los malos tratos y del exterminio que se produjo también en ellas.

 

Una película francesa dirigida por Jean Daniel Verhaeghe en 1991 recrea este episodio con el título de La Controverse de Valladolid. Y lo mismo hizo Jean Dumont en 2009 con su libro El amanecer de los derechos del hombre. La controversia de Valladolid

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