miércoles, 9 de septiembre de 2026

 

Ideas políticas y agentes del triunfo del Despotismo Ilustrado Español (1756-1766)

El despotismo Ilustrado es un concepto que define muy bien una forma de hacer política cuyo origen está en los primeros servidores de los Borbones, con la guerra – primer arcano regio- como escenario total, tales como Macanaz o el marqués de la Paz, y cuyo desarrollo se acelera a partir de la paz de Aguisgrán (1748) gracias a la armonía forzada por un gobierno bifronte –Carvajal y Ensenada1 -, que lleva la fórmula a la plenitud. Así la encuentra el primer gobierno de Carlos III, el italiano de Esquilache y Grimaldi, del que muy pronto se dijo que había cambiado la manera española de mandar por un despotismo insufrible2 . Pero el primer gobierno carolino, a pesar de la privanza de Esquilache, mantuvo todavía el entramado político que podemos definir con la fórmula ministros con el rey, el que habían empleado Carvajal, Ensenada y Wall3 , a pesar del rey loco, y que fue el fundamento del despotismo ilustrado español, pues de entrada el “ministros con el rey” que  sustituyó nada menos que al fundamento de la política antes de la llegada de Felipe V: “los grandes con el rey”. Sin embargo, el gobierno que salió –reforzado- de los motines de 1766 y de la “mancha original” que supuso la expulsión de los jesuitas, con Aranda de brazo ejecutor y Roda y Campomanes de inspiradores, desvío la vieja fórmula al magnificar la figura del rey, al que se divinizó, provocando el desequilibrio de la praxis política a favor de la megalocefalia de una monarquía despótica y sagrada –y para la historiografía, ilustrada- que, en el caso de Carlos III, era consustancial a su personalidad4 . Devoto, santurrón, testarudo y sobre todo vengativo, Carlos III jugó con sus ministros, que hubieron de humillarse ante el Sumo poder del monarca. El rey lo daba todo y lo quitaba todo. No hay que añadir que la mayor o menor ilustración de sus súbditos le importaba menos que la opinión que tuviera sobre ello su confesor, el padre Eleta, un oscuro fraile gilito, tan supersticioso como el rey y por ello, tan peligroso en su permanente cercanía5 .

Así pues, interesa definir con precisión a qué llamamos Despotismo Ilustrado, pues su esencia está en la contradicción, en la convivencia de lo viejo, la Domus Regia, y lo nuevo, el Estado6 . Descompondremos, de entrada, los elementos de esta fórmula. Por una parte, está el rey, en lo alto, el rey absoluto como en los siglos anteriores; pero los dos primeros borbones tuvieron una pésima salud mental, lo que provocó graves dificultades para que ambos reyes pudieran hacer otra cosa que mantener intacta la simbología sacralizadora, lo que no era poco en un cambio político de la envergadura que se produjo en España tras llegar Felipe V y más aún al ser proclamado Fernando VI. Por ahora, convendrá que nos dejemos ya de tapujos y llamemos a las cosas por su nombre: los dos reyes tuvieron un trastorno bipolar. En el caso de Felipe V, las rutinas – hacer de la noche día-, los miedos a ser envenenado, los arrebatos –seguidos luego de periodos de inacción- fueron contrarrestados por la energía y la resolución de la gran reina que fue Isabel Farnesio7 . En el caso de Fernando VI, Bárbara de Braganza sólo pudo ser un bálsamo por su dulzura de trato hacia el rey enfermo. En definitiva, la enfermedad de los reyes debilitó una parte muy importante de la estructura política, pero paradójicamente, contribuyó a resaltar los símbolos, la abstracción del concepto de Monarquía: antes la gloria del rey que el propio rey, o como de forma pueril lo expresaba Carlos III, que distinguía entre Carlos y Rey8 . Toda la pintura, la iconografía en general de la corte, responde a planes premeditados de glorificación de la monarquía, a la que se quiere presentar no sólo como de origen divino, sino de origen histórico. A ello responde la España Sagrada de Flórez, el programa escultórico de reyes, emperadores, obispos, desde los romanos –o incluso desde antes-, que coronarían el palacio real, idea del padre Sarmiento; o las comisiones de archivos9 dirigidas por el jesuita Burriel y encargadas por Carvajal, el ministro que, en su obsesión por la monarquía histórica, llegó a decir que Fernando VI era rey no por ser Borbón, sino por ser Austria10. Con estas ideas sobre la monarquía sagrada hispánica y su alto lugar en los planes de Dios venía Carlos III desde Nápoles.

Junto al rey, se mantiene como siempre la Domus Regia, la corte, una nube de gente muy especial, casi todos los descollantes pertenecientes a la gran nobleza, los grandes de España, hombres y mujeres –e hijos e hijas, obviamente-, que se suceden en los cargos honoríficos, bajo un mayordomo mayor y una camarera mayor, y de unos secretarios particulares, así como otros cargos que recuerdan su origen feudal, gentileshombres, pajes; sin olvidar el decisivo espacio del confesor, siempre junto al rey en la toma de decisiones. Esta nube de cortesanos exhibía con su servicio su acrisolada nobleza y en un juego perfecto, do ut des, todavía recibe del rey nuevos títulos, menciones, condecoraciones, mientras usan su influencia para continuar siendo la mayor agencia de colocación del reino. Su situación regalada y privilegiada les mantenía en una beneficiosa marginalidad real –salvo alguna excepción, como veremos-, reproduciéndose a la manera de los reyes. Este fenómeno de la reproducción es lo más importante que han de hacer si quieren –como obviamente querían- perpetuar el sistema. Así se fueron apartando de la política (ya se habían apartado antes, obviamente, de cualquier trabajo). Como explicó magistralmente Jacques Soubeyroux, el Colegio Imperial, el centro al que enviaban a sus retoños muchos de ellos para que fueran educados por los jesuitas, no dio ni un solo ministro en todo el siglo XVIII. Entre 1727 y 1752, de los 361 alumnos que salieron del seminario, 218 (un 60,38 %) se quedaron sin empleo, 108 (un 29,91%) eligieron la carrera de las armas, 13 (un 3,60 %) una carrera en la administración (alcalde de Casa y Corte, alcalde de la Real Audiencia, alcalde de la Chancillería, miembro de los Reales Consejos); 9 (un 2,40 %) una carrera eclesiástica y solo 7 (un 1,93 %) una carrera en la Corte (3 mayordomos, dos empleados de Palacio, un gentilhombre de cámara y un paje de su Majestad). Otro documento incompleto, de tiempos de Carlos III, ofrece una lista de 56 seminaristas, de los que 18 no ocuparon empleo. Los demás se repartieron entre la carrera militar (32), el servicio en la Corte (3, o sea 2 pajes de SM y un gentilhombre de boca) y la Iglesia (3 canónigos)11.

Así pues, era un cuerpo muy importante y se debía contar con él, pues no hacerlo era muy peligroso, pero las críticas a su ociosidad, luego a su frivolidad y finalmente a su falta de contribución al desarrollo de la nación, se encargaron de divulgar su posición de escaso interés en la política a lo largo del siglo (lo que obviamente les irritaba). Con todo, su peso a través de los segundones, en las universidades y en los colegios mayores, y por ello en la administración de la Monarquía y en la Iglesia –aquí, sin embargo, fue al revés: prácticamente todos los obispos pertenecieron a la nobleza- y en los altos mandos del ejército –en pugna con los grados técnicos de las academias- fue incontestable hasta el final del Régimen, aunque como ha demostrado F. Andújar, tuvieran que comprar el cargo y los ascensos.12

Al otro lado de una línea bien marcada –incluso por las costumbres, el vestido, los horarios del trabajo, horas y horas-, pero sobre todo porque sabían que su mundo era la Política- están los que sirven a algo difuso en cuyo frente está también el rey – recordemos con Wall que sin la firma de Su Majestad nada valdría13- y que podemos llamar ya Estado. Son los ministros, los oficiales de las secretarías, los empleados de los ministerios, incluyendo peritos en lenguas o espías14. La mayoría de ellos fueron miembros de la pequeña nobleza, algunos grandes; pero desde el principio los hubo puramente plebeyos, como Macanaz, Somodevilla (marqués de la Ensenada), Olavide, o Godoy. He elegido evidentemente a las víctimas, a los que salieron perdiendo de su tránsito por el poder, a los que por hacer política -Ensenada decía “busco dinero y hombres de mar y tierra, no teologías”, no cabe más materialismo-, desequilibraron a favor del Estado todo el artificio que consistía en mantener la armonía de las distintas piezas, una armonía que era el fruto de cohonestar las viejas concepciones de la “política de Dios, gobierno de Cristo” –lo diremos con palabras de Quevedo- y las nuevas ideas políticas, las que al noble por los cuatro costados que era Carvajal le parecían “maquiaveladas”, en alusión a las formas políticas de Ensenada. Todo eso era posible en la década central del siglo.

Y junto a estos hombres a los que se les ve carpeta en mano, con muchos papeles, están los que podemos llamar el fundamento técnico, que es el cuerpo ilustrado de este conjunto. Ahí están los ingenieros, también los artistas y los literatos -en este tiempo ya muy engagés, sirviendo al Estado con la pluma, o con la arquitectura de la razón-, el personal de embajadas y consulados, profesores y científicos, muchos de origen extranjero, que impulsan las academias, o que son llamados para que las funden, como ocurrió con la idea de la Academia de Ciencias, no nata, y la que, ya en tiempos de Godoy, se quiso que reuniera la de Ciencias y la de la Lengua. En los expedientes de 1796 y 1797 sobre diversos proyectos de academias remitidos a Godoy, hay un texto atribuyendo el proyecto de creación de la Academia de Ciencias a Luzán por encargo de Carvajal, pero después, alguien cuya letra no reconozco, anotó: “Antes que el señor Carvajal pensó Ensenada en Academia de las Ciencias e hizo varios preparativos, pero abandonó la idea porque vio que los jesuitas, por medio de Rávago, se iban a apoderar de tal academia, situándola en el Seminario de Nobles”.15 En efecto, el marqués pagó mucho dinero para traer científicos que pudieran poner en marcha una academia que cuarenta años después era todavía un sueño, aunque es evidente que se trataba de uno de los “fundamento técnicos” de la Ilustración, que aquí fue menos filosófica. 16

Estos servidores del Estado, desde el ministro al último escritor, matemático o ingeniero, o militar de academia, tenían que tener cuidado de no sobrepasar los límites no escritos de la fórmula política, de los que eran garantes el rey y el cuerpo que le rodeaba, la Domus Regia, cuya prolongación natural todavía seguían siendo los consejos –incluyendo el de la Santa Inquisición-, la vieja polisinodia de los Austrias, que Ensenada se ocupó de debilitar (a veces introduciendo en su seno parciales suyos para paralizar proyectos), la universidad, los altos cargos cortesanos, o el ejército de los caballeros. Cuando en 1759 Isabel Farnesio imaginaba los posibles riesgos que aquejaban a su cada vez más cercano día de gloria, obviamente el de la ascensión al trono de su adorado Carlet, pensaba en la vieja nobleza reunida en los consejos, intrigando de nuevo. Wall no veía inminente el peligro que preocupaba a la reina viuda, salvo que Carlos siguiera retrasando su decisión de hacerse cargo del gobierno. “Un partido con secuaces –decía el general Wall- procedente de los togados no es de temer pues no tienen aquí la estimación popular que los parlamentarios en Francia”. Tampoco se movían los grandes por más que Isabel Farnesio augurara que “si su natural lealtad les tuvo hasta ahora con freno, nadie fiará suceda así mucho tiempo, y es justo prevenir el golpe, ya que sólo con las señales de él nos favorece Dios”.17

Si el “golpe” llegaba a ocurrir, quedaría al descubierto la debilidad del Estado, donde no había forma de justificar la política, las maquiaveladas, el despotismo –para eso se empleaba el término: para denigrar a los ministros, déspotas18- mientras los grandes encontrarían para toda una justificación natural buscando el arrimo al rey, que obviamente, los servidores del Estado no tendrían. Verse privados del apoyo regio era, para los ministros, el comienzo de su caída en desgracia. “Los arcanos del rey no se indagan, se veneran”, decía un pasquín en alusión al caído Ensenada en julio de 1754. De nuevo, los arcanos fueron la causa de su última desgracia en 1766, mientras el rey añadía más gloria a su simbología, creando un nuevo mundo, con Aranda y Alba representantes de la gran nobleza, y unos ministros plebeyos, Roda o Campomanes, que solo podían sumarse a la glorificación del rey. Como dice con brillantez Francisco Sánchez-Blanco, “prosperan aquellos personajes que hacen alarde de disciplina y vasallaje ante la persona del monarca y no los que defienden las metas genéricas de una monarquía ilustrada”19. Yo añadiría sólo que la mayoría de los servidores del estado del XVIII quisieron esa monarquía ilustrada, como los liberales quisieron en el siglo XIX una monarquía constitucional. Pero no fue así.

Reaparecía el viejo mundo y con él se permitía coexistir al nuevo, al de la modernidad, al de la Ilustración (aunque todo cambio en 1773-1776, hacia atrás), al del reformismo carolino de ese periodo álgido, ahora protegido por el vigor renovado que revelaba la Domus Regia, el mundo donde persistían las ideas feudales de honor, sangre y fidelidad, el absolutismo canónico, las atribuciones ilimitadas de la Corona –pensemos en el Patronato Universal concedido en el Concordato de 1753, o en lo que provocó en la mentalidad soberbia de Carlos III el Exequatur, nada menos que estar por encima del papa, lo que a algunos les hacía recordar al mismísimo Luis XIV-; el poder del rey sobre la Inquisición –demostrado luego en el caso Olavide-, la lesa majestad en materia militar –lo que en 1763 provoca el consejo de guerra para juzgar a los que rindieron La Habana en nombre de Su Majestad-, incluso el del rey padre de familia que todavía asomó con Carlos III –ley de matrimonios morganáticos, hidalgos de bragueta, disposiciones regias sobre costumbres-, en suma, un viejo modo de gobernar que siempre estuvo detrás de los ministros, casi siempre de manera amenazante.

Así se fueron mezclando los diferentes componentes y se llegó al trampantojo de la indisolubilidad del Estado, la Nobleza, la Iglesia y la Monarquía. Como todo era uno – y eso acabó siendo la España eterna que todavía resucita-, fue muy difícil el tránsito a la modernidad: se siguió discutiendo sobre soberanía popular, sobre el papel de la Iglesia – la primera ley de tolerancia de otros cultos que el católico es de 1869-, sobre el alcance político de la Corona y sobre el papel de la Nobleza en las instituciones. Y por supuesto, sobre los ilustrados (como luego sobre los liberales), sobre una Ilustración insuficiente – cuando no inexistente-, o sobre la contradicción entre un Carlos III beato y sin ilustración alguna y una España que, a pesar de todo, hizo en su tiempo el mayor esfuerzo por incorporarse a las luces y a Europa.

Por eso, necesitamos definir con precisión el concepto Despotismo Ilustrado, pues su pervivencia, o mejor dicho, la pervivencia de su desviación monárquico-absolutista de 1766, es el fundamento de los graves problemas de la modernidad política en España y de la dificultad posterior de romper con el Antiguo Régimen, de su larga pervivencia. Y, sin embargo, el Despotismo Ilustrado español en su fase primaria representaba la modernidad. La fórmula ministros con el rey en tiempos de Fernando VI y el fin de la lucha contra la decadencia –la aceptación de la España discreta-, el nuevo papel del Estado en la diplomacia y el desarrollo de una política estatal cuyas claves se mantuvieron hasta Trafalgar –por la influencia del ensenadismo-, fueron los elementos visibles del Despotismo Ilustrado español, que logró de entrada arrinconar a los grandes, privarles de influencia política, y hacer avanzar al estado. Todos los elementos de la fórmula estaban equilibrados a mediados de siglo: la monarquía, por la enfermedad (debilidad) del rey –y por la eficacia del “equipo terapeútico” –Farinelli, Rávago, Bárbara, Ensenada- que le convencieron de su papel de rey pacífico –“la paz nos deja hábiles de hacer prodigios si supiéramos”, dijo Carvajal en 1748- y de los éxitos de su reinado; la Domus Regia, por imposibilidad de entrar en conflicto con el plebeyo Ensenada, respaldado a pesar de lo que le disgustaba por uno de los más conspicuos representantes de la nobleza, José de Carvajal y Lancáster, además de noble por los cuatro costados, universitario y –para tranquilizar a la reina- de sangre portuguesa, una ilusión más que sensata de una posible unión de las dos coronas20.

Muerto Carvajal en abril de 1754, el duque de Alba ocupó la primera secretaría de Estado, pero poco más de un mes. El gran conspirador ya fue conocido durante su embajada en París en 1746 por ser un vago –levantarse tarde, entretener a una querida y profiter du carnaval-; le sucedería su hechura el general Wall, al que venía recomendando desde hacía años. Wall y Alba tuvieron el camino libre para acabar con Ensenada: el noble, mayordomo del rey, contra el plebeyo. Los grandes contra Patiño, contra Macanaz, la historia se repetía, sin embargo, la caída del marqués descubre lo que hay detrás de su política: “los colegiales, los ensenadistas y los jesuitas se han unido”, dice Wall, mientras se llega a pensar que Fernando VI, arrepentido, volverá a llamar al marqués. La aventura de Alba, que al fin ocupa su lugar natural en la Domus Regia al ser nombrado mayordomo de Fernando VI, se va oscureciendo como la vida del rey, al que despierta todas las mañanas y despide cada noche (como el confesor). Llega la muerte a palacio, primero muere la reina, luego el rey; la reina viuda, la vieja leona, vuelve al poder por deseo expreso de su hijo Carlos III, que la nombra gobernadora aún en vida del moribundo Fernando VI. El duque de Alba, que se sabe aborrecido por la que se jactaba de haber expulsado de la corte –“yo la quisiera en Parma”, había dicho a Carvajal21-, no puede estar presente cuando la reina vuelve a Madrid, exultante. Luego, ya enferma y ciega la reina madre, Alba se acerca a Carlos III, intenta hacer política, intriga de nuevo contra Ensenada, a quien pretende perder con su amigo el conde de Superunda, acusado en el consejo de Guerra de ser el que tomó la decisión de entregar La Habana a los ingleses, pero en realidad, dolido porque la aplicación del concordato ensenadista, la nueva regulación de diezmos a laicos, de novales, de iglesias de patronato –como las de sus “estados”, que se reparten por media España- perjudica los intereses de su sangre. Y todo ello es culpa de un hidalguillo medrado que ha vuelto a ocupar sitio en la corte, nada menos que en la junta del Catastro, que Carlos III ha vuelto a poner a trabajar pensando en aplicar la única contribución, otro instrumento decididamente antifeudal que también puede perjudicarle, a él y a los de su estamento. “Catastro, polilla del hacendado, remedio del necesitado”, rezaba un pasquín en alusión a la reforma hacendística de Ensenada.22 Alba y Aranda –embajador en Varsovia antes de dirigir el ejército contra Portugal- tienen todavía a su hechura Wall como ministro de Estado, pero éste cae en 1763, sucedido por el abate Jerónimo Grimaldi, quien de hecho, al ser el inspirador del nuevo pacto de familia, ha sido desde París, en íntima conexión con Choiseul, el verdadero ministro de asuntos exteriores, mientras en Madrid, Esquilache ejercía de primer ministro de facto.23 Se podría decir de él lo que el padre Isla dijo de Ensenada: era “el secretario de todo”. Los dos extranjeros, los dos llevando las riendas de la monarquía: era algo excesivo para el duque de Alba y para los grandes, que de nuevo se veían denostados, pues todos esperaban que el nuevo rey, el de la “feliz revolución” que predijo el jesuita Isla, siguiera arrinconándolos. Así, decía un pasquín:

Y en viniendo ¿qué se harán

¿los Grandes y potentados?

Por el rey están preñados

y en llegando, parirán (...)

porque Carlos con gran ira

contra ellos se prepara.

 

Sin embargo, el nuevo rey, simplemente …no hizo nada. Al llegar a Barcelona, repartió dinero a espuertas, hasta provocar la suave crítica de la reina Amalia. El marqués de la Victoria, encargado del real viaje, recibió 30.000 pesos, el grado de capitán general, un retrato del rey guarnecido de diamantes, una pensión de 1.000 pesos, etc.–, Gamoneda, el factotum de la madre, recibía una "nueva gracia" que rentaba 2.400 ducados. Hay una larga lista de agraciados.24 Luego, el largo viaje, la detención en Zaragoza por la enfermedad de la reina y el infante -"te aseguro que no veo la hora de salir de aquí", le decía a Tanucci el 8 de noviembre-, las demostraciones del pueblo -"no te puedo explicar lo que hacen estos pueblos pues son locuras", de nuevo a Tanucci25 -, finalmente, el gran espectáculo: el rey y la madre aclamados en Madrid, en diciembre de 1759. Luego, el rey caza y los ministros y el personal de palacio, los italianos que el rey se ha traído, gobiernan, ante el estupor de muchos de los que esperaban su oportunidad, entre ellos Ensenada, de nuevo en la corte, pero sin lograr siquiera ver al rey, que le hace menos caso que a sus perros.

Según el embajador danés, “el Rey continúa despreciando más que nunca a sus nuevos súbditos, y estimando y distinguiendo a los napolitanos, a los sicilianos y, en general, a los italianos, y no creo que sea excesivo aventurar que el Sr. Grimaldi debe, en gran parte, a esta actitud del Rey el brillante puesto que acaba de obtener”.26 El ministro Wall se retiró humillado y sin honores, uno de los pocos servidores de primera línea en el siglo que no fue recompensado con un título, quizás porque Isabel Farnesio le aborrecía, tanto como a Alba-; sin embargo, el abate Grimaldi fue premiado con el toisón y con el título de duque. El fulgurante ascenso era, para la crítica, otra baza ganada por Francia.

El caso de Esquilache era todavía más irritante, a juzgar por el embajador danés:

El Sr. Esquilache, siempre en posesión del favor y de la confianza del Rey, cerrado en sus principios, no actuando sino según sus estrechas miras y sus intereses particulares, continúa haciendo despóticamente lo que le viene en gana, llenando las arcas del Rey, enriqueciéndose él mismo, destruyendo el Comercio y la Industria, y precipitando al pueblo cada vez más a la miseria27.

Tanto es así que el embajador se atrevía a profetizar, en 1764: “la miseria es ya tan grande, que a poco que se persista en seguir pisando al pueblo, y a nada que la cosecha de este año sea tan mala como fue la del año pasado, las consecuencias no podrán ser sino funestas y terribles”. No era un vaticinio –aunque los había y muy variados28-, sino la reflexión de un observador que ya había podido ver el hambre, la falta de alojamientos, el paro de las clases bajas de Madrid, la llegada de pobres desesperados a la gran ciudad, una ciudad peligrosa29, con mucha gente durmiendo en la calle, donde ya habían estallado algunos disturbios graves, como, por ejemplo, los de la boda de la infanta, celebrada por todo lo alto en El Retiro. Hubo 24 muertos entre la plebe hambrienta que vociferaba ante el lujo de los cortesanos, a manos de la guardia walona, lo que el pueblo madrileño no olvidará durante el motín del domingo de ramos de 1766.

Las reflexiones de muchos diplomáticos eran inquietantes. El conde de Rosemberg, informando en 1764 a la emperatriz Mª Teresa, culpaba del malestar a la falta de recursos de la monarquía: “se habían consumido los millones ahorrados por Fernando VI, y no había provisión de dinero”. Para el diplomático austriaco, Esquilache, pero también el rey, eran los responsables directos: “Yo soy de la opinión –decía- que el Rey desconoce la situación real de su Monarquía. Él se ha despreocupado siempre de los asuntos financieros, que por lo demás ignora, y no es una temeridad suponer que seguirá interesándose por ellos todavía menos, ya que por desgracia comienza a descuidar todo trabajo y pone una ilimitada confianza en el marqués de Esquilache”. Rosemberg demostraba conocer bien el objetivo último de las protestas cuando escribía: “el crédito está totalmente perdido en España desde hace ya mucho tiempo, y sólo la desconfianza ha crecido hasta tal extremo de odio, que se manifiesta sin excepción contra el Ministro de Hacienda”.30

En pocos años, el gobierno de los italianos había cambiado de raíz la estrategia española de neutralidad al entrar en la guerra junto a Francia –con la consiguiente derrota y gastos- y la política de recuperación interior de base ensenadista, la que había llenado las arcas que Carlos III encontró al llegar, “los millones ahorrados por Fernando VI”. Las consecuencias no se harían esperar. Los grandes se sintieron de nuevo marginados, antes por ensenadistas, plebeyos, jesuitas y colegiales, ahora por orgullosos extranjeros que, además, anunciaban grandes reformas ilustradas, algunas de ellas sufridas de manera personal por algunos representantes de la nobleza más intocable, entre ellos, el mismísimo duque de Alba. Relegado de la mayordomía, el duque seguía cobrando su sueldo y disfrutando de los honores del cargo, pero cada día estaba más resentido al ver al rey entre ministros extranjeros, hablando italiano, todo el día cazando “así cayeran chuzos de punta”. Por eso, cuando en 1764 se suprimieron algunos de sus privilegios, entre ellos el de nombrar a los eclesiásticos de sus Estados (en razón de los “indultos apostólicos” concedidos por el papa Paulo IV hacía dos siglos), o cuando vio cómo Ensenada y Esquilache influían en la sentencia del consejo de guerra en que se juzgaba a los responsables de la pérdida de La Habana –entre ellos, el ensenadista y riojano conde de Superunda, virrey del Perú- contra la opinión del conde de Aranda, el duque, junto a otros grandes –por ejemplo, el de Alburquerque-, sintió el alcance de las reformas en su propia casa y preparó la venganza31. El objetivo sería en adelante el extranjero Esquilache, que además mantenía buenas relaciones con el ahora consejero Ensenada y con algunos conocidos ensenadistas, de nuevo en puestos de consejeros, como Ordeñana –brazo derecho del marqués-, Félix de Abreu32, Ventura Figueroa y, sobre todo, el abate Gándara (junto con Ensenada y Valdeflores, las víctimas del motín). Precisamente, los dos últimos habían informado desde la Cámara sobre el asunto de los “indultos apostólicos”, que perjudicaban al duque.

La armonía de todas las piezas, clave del mantenimiento del Despotismo Ilustrado, sufría ahora una novedad: el descontento popular, el que siempre habían estimulado los grandes contra los gobiernos de los hidalguillos medrados, aunque ahora, la situación era más compleja. En la medida en que aumentaba la carestía por las malas cosechas de 1763-65, la gente desesperada era capaz de comprender que las medidas del gobierno podían todavía empeorar su situación, lo que ocurrió cuando Esquilache decretó la liberalización del mercado de granos en 1765, siguiendo ideas del fiscal Campomanes. La percepción del pueblo fue que la medida provocaba el almacenamiento con fines especulativos y, por ello, el desabastecimiento de pósitos y panaderías arrendadas bajo “postura” por los concejos. Obviamente, los efectos se notaron más en Madrid y Esquilache, consciente del peligro en la capital, se empleó a fondo en su abastecimiento, pero la importación de trigo a gran escala no dio resultado. A su caída, el italiano lamentará la ingratitud del pueblo, “al que evité el hambre en dos años de carestía”, limitándose a culpar de la escasez a “la escandalosa, perjudicial codicia de los propietarios del trigo, particularmente de las dos Castillas, que le han escondido y encerrado, todo con el detestable fin de venderle a precios subidísimos en grave daño del público”.33

Esquilache no iba descaminado del todo, pero su reacción fomentaba aún más la animadversión de las oligarquías de los pueblos, que veían en sus medidas el fundamento del despotismo contra las tradiciones paternalistas, mantenidas de consuno por los eclesiásticos -perceptores de diezmos y administradores de la “economía moral”, basada en los pósitos, las arcas de misericordia, en suma, las prácticas de la caridad tradicional, el tomismo de los púlpitos- y por la nobleza feudal, que en esas circunstancias adversas unía a todos los grandes, perceptores de rentas en sus estados, titulares de derechos feudales –pagados en trigo o en dinero- arrebatados al rey, a la hacienda, a las iglesias y al común –pues muchos nombraban alcaldes, regidores, escribanos y mayordomos de los monopolios municipales-, como era por ejemplo, el conde Aranda, ilustrado y cosmopolita, pero dueño de las vidas y haciendas de sus súbditos en sus pueblos aragoneses34, igual que el “voleteriano” duque de Alba en los suyos. El choque entre el viejo privilegio sacralizado nobiliario monopolizador y la modernidad del mercado provocaba un enorme malestar mucho antes de la “crisis del pan”, pues los ilustrados –los ministros- veían cómo los monopolios agarrotaban las máximas de la “sabia economía” y causaban el hambre del pueblo (y la mengua de las arcas del estado). Ahora, podían ver en acción las dos grandes ideas: la libertad del mercado de granos y la solución a la amortización de la tierra, que daba a la imprenta Campomanes poco antes. Había que insistir en ello, pues todo el mundo conocía el problema y las dificultades de su solución. Un vecino de Barco de Ávila, en carta Roda (que además de ministro de Gracia y Justicia era superintendente general de Pósitos), le decía en junio de 1765: “una razón de la carestía de pan se funda en esta manera: si todo eclesiástico que percibe sus rentas en granos las vendiese al precio de cómo se le regula la fanega, a este mismo respecto valiera cada pan; pero como, por lo regular, retienen dichos granos hasta que llega el subido precio, carece el pobre de lo necesario por el subido precio, y esto es tan práctico como la experiencia lo acredita, todo muy contrario a las doctrinas de los Santos Padres”.

Así pues, las piezas de la vieja política de armonía se habían desequilibrado. La fórmula ministros con el rey perdía su eficacia en manos de italianos que impedían el ascenso de una generación muy preparada, manteístas y golillas, plebeyos, llenos de proyectos, cuyos ejemplos más nítidos son Campomanes, Roda y luego, Floridablanca, “albistas” –han sido abogados del duque- o protegidos por Wall, que ha comprobado su capacidad desde sus primeros pasos en la administración. En 1765-66 están a la espera. Pero, además, hay desde hace unos años otro frente abierto, éste inusitado, sorprendente por la velocidad con que se ha presentado en primer plano: el antijesuitismo. En medio de la formidable campaña contra los ignacianos que seguía desplegando en toda Europa el marqués de Pombal, secundado por Choiseul, y con la orden ya expulsada de Portugal y de Francia, la actuación de los jesuitas españoles y de sus apoyos políticos estaba siendo observada con un enorme recelo, sobre todo por los que aspiraban a modernizar España en torno al rey ilustrado. Reconocerse en el antijesuitismo, con Wall, Alba o Campomanes, empezaba a ser una distinción, pero lograr involucrar al propio rey en ello, significaría un éxito rotundo del que emanarían grandes beneficios.35 Era muy difícil conociendo al rey y a la reina madres, pero…

La Iglesia era ya la pieza política más débil del entramado y también veía incierta su situación: se había publicado por Campomanes la Regalía de la Amortización y desde ahora, conocido el pensamiento del rey desde el asunto del Exequatur, se podía intuir que los bienes de manos muertas iban a ser siempre objeto de discusión inclinado hacia el regalismo. Además, se empezaba a aplicar el Concordato de 1754, tan regalista que justificaba ya la amortización de ciertas propiedades de la Iglesia y la reducción de muchos de sus privilegios. Los eclesiásticos contribuían ya a la Hacienda, todavía con algunas rentas (los diezmos de novales, o el excusado, que era el diezmo de la mayor casa dezmera de la parroquia), pero las previsiones eran que el regalismo36 iría a más, por lo que saltaron algunos obispos, como el de Cuenca (hermano del marqués de Sarria, el general que dirigió el ejército que invadió Portugal, y del difunto ministro Carvajal).

Muchos eclesiásticos veían “abrirse el infierno a raudales” ante los avances de la crítica y las nuevas costumbres, la difusión de libros y periódicos, la irrupción de lo extranjero, ideas nuevas que atribuían derechos al pueblo; mientras, la cruzada antijesuitica se recrudecía en el propio seno del clero, regular y secular, al haber perdido la orden el confesionario regio por primera vez en el siglo y sufrir la humillación de la beatificación del obispo Palafox, odiado por los jesuitas (a los que el obispo de Puebla había insultado como nadie, además en carta al papa, la famosa Inocenciana). El propio rey –y desde luego, su confesor, el padre Eleta, que era del mismo pueblo en el que Palafox terminó sus días de obispo, El Burgo de Osma37- quería elevar al santo a la condición de patrón de España. De un hombre como Carlos III, extremadamente religioso –hasta la superstición-, devoto del obispo Palafox y de la Inmaculada –cuyo dogma impuso en España un siglo antes que el Papa-, exasperado por la guerra del Paraguay –fuente de constantes críticas sobre la participación de los jesuitas al lado de los indios- y con un confesor de escasas luces que por primera vez no pertenecía a la orden, el gilito Eleta, los seguidores de San Ignacio podían esperar cualquier decisión, por más que Carlos III fuera un hombre en extremo piadoso (también era terco y rencoroso). Desde que se publicó el Fray Gerundio, los más avisados de la orden sabían que tenían enemigos irreconciliables en el seno de la propia Iglesia española38.

En definitiva, además de una protesta por la carestía, había un estado de confusión política inédito, que es lo que R. Olechea denominó “barullo”, pues parecía que todo “iba a la diabla” y que las fricciones entre las piezas del entramado crecerían hasta provocar lo que acabó ocurriendo: el motín del día de ramos, o motín contra Esquilache.

No es este el lugar para narrar los hechos, bien conocidos gracias a una abundante bibliografía39, sin embargo, conviene insistir en que el motín duró muchos días en Madrid, que evolucionó en sus reivindicaciones, que el conde de Aranda y Grimaldi, a pesar de haber ya más de 8.000 soldados en Madrid, siguieron conduciéndose con prudencia y blandura –a pesar de que repetían que la causa era la debilidad y que la demostración de la fuerza terminaría con todo en horas- y sobre todo, que en provincias el motín podía discurrir por caminos absolutamente insólitos, desde una protesta antiseñorial a una algarada por las costumbres o la moralidad, o a un problema de intervención extranjera40. En el propio Madrid, la llegada del conde de Aranda fue celebrada por las del pandero, o sea las prostitutas y las mujeres de las clases más bajas, que se presentaron a rondar ante su casa, por tres veces durante la noche. Era ya en días en que el motín parecía que se había olvidado y sin embargo, continuaba la falta de respeto, la pérdida del pudor de lo que todos llamaban la plebe, lo más bajo del pueblo.

El sacrificio de Esquilache no había servido de nada, pues las algaradas seguían produciéndose. La fermentación no cesaba, ni en Madrid, ni en provincias. Los que rodeaban al rey sabían que con fuerza militar suficiente todo se hubiera aquietado antes y no se hubieran atrevido a mantener la actitud amenazante41. Grimaldi y el propio Aranda conocían las medidas preventivas empleadas por el marqués de la Mina en Barcelona, donde por tener fuerza suficiente, había mantenido a raya a los que habían fijado los primeros pasquines, amenazándoles con cañones y logrando la colaboración de los ciudadanos honrados. El 15 de abril, el capitán general Mina le decía dice a Grimaldi que había descubierto pasquines; los seguiría habiendo en los días siguientes, pero el 25, ya informa que ha traído a las inmediaciones de Barcelona “un escuadrón de caballería del Príncipe y otro de dragones de Lusitania, por si fuere necesaria su asistencia en las amenazas con que se insulta la quietud de aquel pueblo en varios papeles mal concebidos, de que acompaña copia de uno”. Con todo, el general está tranquilo, pues “nobleza y pueblo civil he han ofrecido con fervor personas y bienes en servicio de VM, pero no se atreve a entregarse a una imprudente confianza”. El pasquín al que se refiere, que apareció en la mañana de 17 de abril, dice así:

Respecte de que los jefes de la ciutat no fan cas de nostres avisos, se convida a tots los plebeos (bax pena de vida) que diumenge al tocar la oració sian debant la Aduana para cumplir lo que los avem promes a cas de no contentarnos. Al vesbere. 42

El marqués de la Mina, un viejo amigo de Ensenada, era un militar muy chapado a la antigua que no dudó en utilizar la fuerza desde el primer momento y en hablar a las claras a Aranda y a Grimaldi. El mismo día en que apareció el pasquín que convocaba a la revuelta, el 17, reunió a los jefes militares durante más de dos horas. El 18, “al amanecer se vieron cargar todos los cañones de los baluartes de esta plaza, de la ciudadela y de Monjuich, y poner cañones en las troneras que miraban a la plaza, que no las había, y proveer estos puestos de pólvora, balas, etc. teniendo de día y de noche la mecha encendida (…); con estas providencias a la vista se vio esta ciudad consternada”. Por la mañana, el general recibió a los gremios y les pidió que nombrasen diputados con quienes pudiera tratar. “Los prohombres (de los gremios) se obligaron a todo, con expresiones propias de su fidelidad y amor a su soberano”. Por la tarde, Mina reunió a la nobleza, que “se ofreció con sus personas y haciendas” y por la noche, mandó doblar las patrullas de infantería y caballería. El 19, entró de guarnición el regimiento de Suizos de Dunant y el de Dragones de Lusitania y un escuadrón de caballería del Príncipe; “llegaron a las inmediaciones de esta ciudad, donde deben mantenerse”. Por la tarde, se dio la orden secreta de cómo debía desplegarse la guarnición, “compuesta de 5 batallones de guardias españolas, el regimiento de Infantería de África, el de Nápoles, el de suizos de Dunant, un batallón de Artillería y un escuadrón de caballería del Príncipe”. El 20, día concertado para la protesta, el general permitió a los gremios publicar el conocido bando en el que ofrecían mil pesos a quien descubriera al autor de los pasquines. El 21, los doce representantes de los gremios le ofrecían la seguridad de que se mantendría la calma; entonces, Mina mandó descargar los cañones y acuartelar a las tropas. Los días siguientes informaba a Grimaldi de que había total tranquilidad en Barcelona.43

Era ejemplar el marqués en aplicar la doctrina militar imperante, mano dura, sí, pero en el Madrid controlado militarmente por Aranda –bien que el general se inclinaba a la blandura por prudencia- y en el entorno del rey, donde se actuaba con mucha cautela, todos temían la intriga política que sabían que había detrás de la plebe, la responsable de que aparecieran tardíamente pasquines netamente políticos, por ejemplo, los que amenazaban de muerte al corregidor de Madrid, incluso al rey o al propio Aranda. Eran los epígonos de la “fermentación” que, paradójicamente, iban a servir para “orientar” la búsqueda de los culpables. El nerviosismo de los ministros, la debilidad y el miedo de algunos –en Madrid se seguía pidiendo la expulsión de Grimaldi-, las intrigas de Alba y la testarudez de Carlos III, empeñado en no volver a Madrid –se habló incluso de que quería fijar su residencia en Sevilla (Grimaldi pensó en llevarle a Valencia)- decidieron a sus más próximos, el confesor Eleta y el ministro de Gracia y Justicia, Roda, a proponer un plan de búsqueda de culpables –una pesquisa secreta- que respetaría la regia –y tozuda- decisión de perdonar al pueblo de Madrid (todavía castigado sin su real presencia) y castigaría a los inductores.

El plan se convirtió en decreto (8 de junio de 1766) y su ejecución se encomendó al conde de Aranda, que ordenó recoger toda la documentación y pasarla al fiscal del Consejo de Castilla, Campomanes. El Consejo Extraordinario creado al efecto fue presidido por Aranda en su sección criminal, mientras en la sección civil, Eleta se encargaba de “asuntos de gracia” y Roda, de “justicia civil”. Ambos, junto con Alba “se valieron de la energía de Aranda, de su prestigio como Presidente y también de su ambición –hacer méritos delante de Carlos III-, para convertirlo en testaferro de sus planes”.44 Así, el conde, que despertaba ya el recelo de los Grandes y de la Iglesia, acabaría por ser único responsable de la represión, provocando con sus sentencias contra el marqués de Alventos, hermano del ex-gobernador del Consejo, el abate Gándara o el marqués de Valdeflores, entre otros, una primera conmoción, a la que seguiría su responsabilidad en la expulsión de los jesuitas. Su fama de radical, volteriano, ateo y masón, entre otras falsedades, viene de este momento. Su mejor biógrafo, Rafael Olaechea, concluía así:

Esto hacía que, de cara al público, ¡y también de cara a la Historia!, apareciera Aranda como el único responsable sobre el que cargaban, y han seguido cargando, las acciones, procedimiento y consecuencias de la pesquisa secreta, cuya formación ni siquiera fue idea suya; mientras que Roda45 y el P. Osma (Eleta), sin desviarse un ápice de sus metas, urdían taimadamente -a veces incluso a espaldas del Presidente- una política tan sigilosa como eficaz.

Sin embargo, Aranda sí pensaba que detrás de todo había una gran conspiración.

Entre los papeles que recibió por correo tras llegar a Madrid46 hay un anónimo que vino entre las cartas del correo de 28 de abril de 1766 dirigido a él, que comienza con “A los verdaderos españoles”, y que sigue con críticas a la política de concentrar tropas en Madrid, pues además de costoso, será ineficaz o perjudicial -“siendo española (la tropa) no obrará en la ocasión y aun cuando obren qué ventaja se consigue en matarse unos a otros por solo el mantener el despotismo en detrimento del reino, de los Grandes y chicos”-, continua con críticas a Francia y acaba con un rechazo del “yugo del despotismo”, que pide a Aranda y a los “señores grandes” que contribuyan a “sacudir”. El anónimo presenta a Francia como inductora, por lo que –añade- “nos valdremos (con mucho sentimiento nuestro) de potencia que sepa oponerse a la Francia y a la España siendo esta teatro de la guerra”. Y continúa: Aranda y los grandes –según el anónimo autor- están “en el oropel de la privanza, se dejan caer en la adulación y ayudan al despotismo y máximas extranjeras con tanto menoscabo del reino y afrenta de los Españoles”.

La crítica a la desviación política introducida nombrando a un militar presidente del Consejo y sacralizando al rey, servido por ministros extranjeros, plebeyos y déspotas, se expresa rotundamente: “Siendo Vuestras Excelencias Reyes en sus estados, que solo deben reconocer un monarca ¿por qué han de servir a hacer un rey despótico que los trate como a criados?” La clave, según el pasquín, es Esquilache, el que “priva”, el “extranjero y a veces malnacido y que este extraiga los caudales del reino, quitándole las fuerzas y dándoselas a otras potencias”. El problema es “hacer un rey despótico”, pero también los pobres y los delincuentes de Madrid, pues “la Corte debe ser el lugar más sagrado, de mejor gobierno y de más respeto y seguridad que todas las demás ciudades del reino” –otra de las ideas glorificadoras del rey esgrimidas por Aranda-; sin embargo, el 8 de junio, el fiscal Campomanes, con el acuerdo de Aranda y del Consejo expresos, elevaba el informe a SM. en el que ya se señalaba que “se observa que las malas ideas esparcidas sobre la autoridad Real de parte de los Eclesiásticos les han dado un ascendiente notable en el vulgo y por fruto del fanatismo que incesantemente la han infundido de algunos siglos a esta parte, tienen más mano de la que conviene para abusar de la gente sencilla y pintarle las cosas a su modo”. Y concluía el fiscal: “Los pasquines o sátiras, o son de personas privilegiadas o de quienes obran adictos a sus órdenes”. Además: “En todo el reino resulta que había sembradas especies del motín anteriores al suceso, proferidas por personas eclesiásticas que eran las únicas que estaban en el secreto”. Y una sentencia asombrosa: “Se hacía acto meritorio el sacudir el respeto a la autoridad legítima: hechos todos que no podía alcanzar la plebe, dispuesta más bien a sufrir el despotismo que la anarquía”. De ser así, debió ser asombroso que en el mismísimo palacio regio, en “los postes de la panadería de Aranjuez”, el día 10 de abril, apareciera fijado un pasquín amenazante, pero más aún, que los hubiera en el mismísimo Real Sitio de San Ildefonso –una afrenta para la reina madre casi moribunda-, donde el día 7 de mayo, según informaba el alcalde a Roda, había habido gritos subversivos, por los que el día 13 ya informaba tener algunos detenidos.47 ¿Eran los que preferían sufrir el despotismo antes que la anarquía?

Campomanes también tenía ya señalados a los culpables, pero afirmaba: “estas indagaciones van produciendo buenos efectos por la diligencia y reserva con que se conducen. En esto nada hay que adelantar al fruto con que se camina. Cualquier innovación alteraría el plan”. Al final, para tener las manos libres, proponía que la “sala” donde se tomarán las decisiones fuera “la posada” del presidente Aranda, para extremando el secreto, poderse reunir a cualquier hora.48

El 11 de septiembre, La “pesquisa reservada” iba encaminada hacia “lo que conviene proveer conforme a las leyes del reino a fin de evitar que el clero pueda tomar parte a favor de ningún particular, ni cuerpo religioso, que requiera providencia”. Ahora ya estaba claro: “un cuerpo religioso” era el que incluso a sabiendas de que se investigaba continuaba con sus maquinaciones haciéndose seguir de ilusos”, además ahora, era contra el Estado, contra el gobierno. Sus ardides habrían sido tales “que del cuarto de la reina madre salieron caudales a los que como mandatarios se mezclaron en el motín”. Por esa pista se llegaba a Ensenada, que había sido, meses antes, el 19 de abril, la primera víctima del motín, desterrado –esta vez definitivamente- a Medina del Campo. Y por esa pista, se llegaba también al cuerpo jesuítico, al que desde julio de 1754 se creía que conspiraba, con los colegiales, para volver a los buenos tiempos de Ensenada.

Sin embargo, el militar Aranda no descansó durante aquel verano intentando limpiar Madrid de chusma, buscando lugares para encerrar a vagos y mendigos, decretando expulsiones de ociosos y redadas de pobres. Pensó en la Casa de la Porcelana, en sus bóvedas, pero no tuvo permiso regio; podía ser perjudicial a las familias de los trabajadores, muchos italianos; luego reparó en los sótanos de la Aduana de Madrid y después, en las dependencias que la Real Fábrica de Guadalajara tenía en Vicálvaro, lo que tampoco era adecuado, pues había que trasladar los materiales y herramientas a Guadalajara y además, los operarios (que le enviaron una representación oponiéndose) quedarían en paro. Aranda se quejaba a Múzquiz de que no le estaba ayudando nada con la logística militar y creía que si su proyecto no veía la luz acarrearía el descrédito de su persona y cargo. Otra alternativa era San Fernando y aunque lo veía malsano, encargó a Pablo de Olavide hacer preparativos. Incluso estuvo con don Pablo en persona viendo el sitio y le comentó su idea de enviar vagos y gitanos a algunas regiones de América, como Luisiana y Malvinas, pero tanto Grimaldi como Arriaga lo desaconsejaron. Al fin, el 22 de mayo, el rey mandó recoger los apresados en las levas de Madrid en San Fernando y poco después, Olavide recibía el nombramiento de director del hospicio, o mejor, del centro de detención de pobres, a los que había que dar ocupación, o incluso instrucción para hacerlos útiles a la sociedad. Aranda empezaba a estar satisfecho, pues sus planes ilustrados eran vistos con buenos ojos por el rey ilustrado, a quien quería contentar a toda costa, a pesar de que ya empezó a quejarse de que el sentimiento no era mutuo, pues Carlos III no le quería en Aranjuez (o era Roda el que influía sobre el rey).49

Cuatro días después, el propio Aranda, a caballo, dirigió una redada contra los 17 vagos presos que se habían escapado del depósito previsto en la primera redada y se habían refugiado en Santo Tomás. Se lo contaba en carta a Roda el 26 de mayo de 1766:

Hice poner mi coche y me fui con el fiscal don Pedro de Campomanes que a la ocasión se hallaba conmigo; fui allá disponiendo que me siguiese un caballo para montar. Era ya muy de noche cuando llegué; había ya alguna gente del pueblo por curiosidad; al propio tiempo, llegó el vicario, estaba ya el gobernador de la sala y algún alcalde: Se dispuso inmediatamente con el auxilio eclesiástico pasar a Santo Tomás, Santa Cruz y San Felipe el Real, donde hubo noticias de haberse repartido (los reos). Empezó a llegar la tropa. Yo monté entonces a caballo a la misma puerta de la cárcel, dije que la tropa se repartiese para dicho fin y al numeroso pueblo que allí había, que yo no necesitaba más que de él para custodia de la misma cárcel. Y sigue: No puedo exagerar el buen corazón con que todo clamó ofreciéndose, la quietud, el respeto con que estaban y el paso libre que a esmero facilitaban a las partidas. Acabaron de llegar las compañías, las hice arrimar donde no embarazasen y me he mantenido más de dos horas a caballo parado, enternecido de ver aquel concurso tan deseoso de justicia y tan venerador de su rey. 50

Pero el malestar no cesaba. El 30 de julio, Aranda escribía a Roda y le decía que anoche, a las 12 y media, cuando se iba a dormir, vino Olavide a contarle el alboroto que habían organizado las mujeres en San Fernando. Más de 200 habían querido escaparse. Olavide estuvo allí hasta las siete (de la mañana). El bullicio comenzó entre las 8 y las 9 de la tarde, después de haber cenado. La guardia se componía de un piquete de infantería y 12 soldados a caballo. Como los hombres podían rebelarse también, Aranda mandó una compañía de granaderos del rey y 30 caballos. Pero todo estaba sosegado por la mañana, por lo que mandó volver la tropa. El 31 de julio de 1766, Roda le contestaba que el rey quería castigo, para dar ejemplo a ellas y para que vieran los hombres que nada quedaría impune.

En el lado oscuro de los papeles y la información, la actividad de Roda y Campomanes era igualmente febril. Durante el verano y el otoño de 1766, Campomanes fue acopiando documentación demostrando un celo sorprendente. Como explica Enrique Giménez,51 el fiscal, responsable material de la pesquisa y del dictamen posterior, ordenó una férrea censura, pagó espías y violó el correo de los jesuitas, solicitó información a los obispos (que enviaron cartas de acatamiento de la autoridad regia y de rendida veneración por Su Majestad); en fin, logró una amplísima información con la que elaboró un dictamen fiscal en el que los jesuitas aparecían como el “cuerpo peligroso” que no sólo quería mudar el gobierno en su beneficio, sino incluso asesinar al rey –se materializaba la teoría del tiranicidio, como años antes en el atentado contra el rey de Portugal-, al que acusaban de estar amancebado con la mujer de Esquilache. Todo había sido “una formidable conspiración, trama, horrible movimiento”. El rey tenía al fin a los culpables; sólo debía castigarlos.

Hasta entonces débil y asustado, Carlos III no vaciló en firmar el día 29 de enero de 1767 la Pragmática Sanción –redactada íntegramente por Roda- que condenaba al exilio a unos 6.000 jesuitas. Sorprende que la decisión se mantuviera en secreto hasta el mismo día de la expulsión, el 31 de marzo de 1767. La medida había sido consultada con varios obispos, en la sala había varios consejeros; además, las justicias de las poblaciones donde había jesuitas (más de 120 casas) recibieron un pliego cerrado con la orden impresa (en la imprenta real) que no podía ser abierta hasta el día de la expulsión. Nada trascendió, sin embargo, sobre la decisión regia: nada supieron los jesuitas, que salieron dócilmente al exilio, donde sufrirían mil penalidades y darían lugar a la justificación rotunda de la decisión regia: la extinción de la Compañía por el papa, en 1773 52.

Meses después de terminada la fermentación y ya decidido el castigo, los diplomáticos siguieron informando a sus cortes, más o menos interesadamente, pero coincidiendo en que, tras la “revolución”53, comenzaba una nueva época. El profesor Olaechea Albistur publicó algunos reportes, de los que destacamos de nuevo los del embajador Larrey:

La majestad y el honor del trono –escribía en julio de 1766-, deshonrado durante un breve tiempo, lucía otra vez el brillo y el respeto que le eran debidos, y volvía a ser lo que cuadraba a un Estado absolutista bien constituido.

Pero el diplomático danés añadía unas reflexiones de enorme interés y que nos sirven de conclusión:

El mejor poder es, sin duda, el que los soberanos ejercen sobre los corazones. Desgraciadamente, está feliz divisa no es la del Rey Católico. Todo ha quedado sometido a su despotismo, pero no todo está tranquilo todavía. Se obedece, pero solamente a la fuerza. Y yo puedo demostrar que todas las sumisiones de la nobleza y de los demás súbditos del rey, todas las protestas de amor, celo, reverencia y sumisión, se han conseguido más por la fuerza que por una disposición de ánimo voluntario. La desconfianza y el descontento del monarca respecto a sus súbditos, y de éstos para con su soberano, son los mismos de siempre, y es muy posible que no hayamos logrado llegar todavía al fin de los males54.

Todo sumaba a favor del rey, pues era ya el rey la única fuente de poder y su única justificación (como denunciaba aquel anónimo que recibió Aranda). Este era ya otro despotismo ilustrado. El rey tuvo tanto poder para desequilibrar la vieja fórmula que pudo ejercer todos sus poderes –hasta los de “maitre” de la Inquisición (como lo llamó Macanaz)-; símbolo sagrado y glorificado de la vieja esencia del más noble de los nobles, no dudó en retratarse con la armadura gótica, o en exhibir su poder arbitrario enviando a Aranda a la embajada de París, o expulsando de la corte a su propio hermano, mientras pensaba que era designio de Dios haber sufrido una derrota contra los moros de Argel, en 1775, una advertencia divina sobre los excesos de la política. Este es, en efecto, otro despotismo, que sufrieron, obviamente, muchas víctimas, la más terrible Olavide, símbolo máximo de la condición vengativa y rencorosa del rey beato y supersticioso55. Sólo que estas víctimas no lo fueron del despotismo ilustrado, de aquella fórmula que logró armonizar el Estado y la Monarquía apartando a los grandes, introduciendo la meritocracia en el poder, sino del absolutismo regio modernizado, que es la fórmula política con la que Carlos III pilotó la Monarquía Católica, solventando por arriba la contradicción entre la vieja Domus Regia de corte feudal y absolutista y el Estado modernizador, logrando la confusión -tan dramática en la historia de España entre Monarquía, Nobleza, Iglesia y Estado.

 

NOTAS

1.-GÓMEZ URDÁÑEZ, J.L., “Carvajal y Ensenada, un binomio político”, en J.L. GÓMEZ URDÁÑEZ y JOSÉ MIGUEL DELGADO BARRADO (Coords.), Ministros de Fernando VI, Córdoba, Servicio de Publicaciones de las Universidades de Córdoba y Jaén, 2002, pp. 65-92.

2 Para José Andrés Gallego, el “giro despótico” se habría producido entre 1759 y 1763; sin embargo, para el triunfo rotundo, involucrando al rey sacralizado, creemos que hay que esperar a los motines de 1766. ANDRÉS-GALLEGO, J., El motín de Esquilache, España y América. Madrid, 2003, p. 305 y ss.

3 TÉLLEZ ALARCIA, D., Despotismo e Ilustración en la España del siglo XVIII. El despotismo ilustrado de Ricardo Wall. Madrid, 2010; DELGADO BARRADO, J. M., El proyecto político de Carvajal. Pensamiento y reforma en tiempos de Fernando VI. Madrid, 2001. Sobre Ensenada citaremos en adelante bibliografía específica.

4 Nadie hizo esto con más energía que el general, rudo, mandón, noble aragonés, conde de Aranda, quien se hartó de repetir frases como ésta: “Su Majestad está al frente del vicariado de Dios en el mundo”, etc. Véase TARACHA, C., GONZÁLEZ CAIZÁN, C y TÉLLEZ ALARCIA, D., (eds.), Cartas desde Varsovia. Correspondencia privada entre el conde de Aranda y Ricardo Wall (1760-1762), Lublin, 2005.

5 “No se le niegan virtudes, ni austeridad, reputación de misionero y ciertos conocimientos teológicos. Pero casi todos coinciden en su genio desabrido, mal humor sin miramientos, terco y de voz áspera. Hay quienes van más allá y le consideran fanático, corto de luces, impertinente e ignorante (...) fue objeto de algunas sátiras publicadas y de críticas en los mentideros, por ejemplo, aludiendo a que su austeridad, siempre de sayal y de alpargatas, no le impedía hacer carrera de obispo”, SARRAILH, J., La España Ilustrada de la segunda mitad del s. XVIII, Madrid, 1985, p. 583.

6 Lo vio con claridad GOMEZ MOLLEDA, M.D., en «Viejo y nuevo estilo político en la Corte de Fernando VI». Eidos, 6 (1957).

7 ALFONSO MOLA, M. y MARTÍNEZ SHAW, C., Felipe V, col. Los Borbones, Madrid, 2001; PÉREZ SAMPER, M. A., Isabel Farnesio, Isabel de Farnesio. Barcelona, 2003.

8 FERNÁNDEZ, R., Carlos III, col. Los Borbones, Madrid, 2001.

9 APARICIO VALERO, M. G., Las Comisiones de Archivos. Una recopilación histórico-regalista (1749- 1756), Universidad de Alicante, 2010, tesis doctoral inédita dirigida por E. GIMÉNEZ LÓPEZ.

10 CARVAJAL Y LANCASTER, J., Mis pensamientos, manuscrito, 1753. MOZAS MESA, M., D. José de Carvajal y Lancaster, ministro de Fernando VI. Apuntes de su vida y labor política. Jaén, 1924.

11 SOUBEYROUX, J., "El Real Seminario de Nobles de Madrid y la formacion de las élites en el siglo XVIII", La culture des élites espagnoles à l'époque moderne, Bulletin Hispanique, tome 97, n°1, janvierjuin 1995, p. 201-212. El trabajo del gran hispanista proviene de AHN, Universidades, leg. 691-2 y 1304. Gracias, Jacques.

12 ANDÚJAR, F., El sonido del dinero. Monarquía, ejército y venalidad en la España del siglo XVIII. Madrid, 2004.

13 “Lo cierto es –decía Wall– que en los secretarios de Estado no reside la más leve autoridad cuando cesa la voz del rey”, que es precisamente lo que a él le ocurría en el momento de escribir a Nápoles, al pie del lecho del moribundo Fernando VI. Todavía lo decía más explícitamente: “¿Quien quita que un capitán general o comandante de provincia o un gobernador de plaza a quien fuese la orden para deshacerse de un regimiento o cosa tal respondiese: y quien lo manda? ¿Se había de decir entonces que Su Majestad Serenísima?" V. GÓMEZ URDÁÑEZ, J.L., Fernando VI..., epílogo. Sobre los argumentos políticos de Wall, véase también GÓMEZ URDÁÑEZ, J.L. Y TÉLLEZ ALARCIA, D., “El año sin rey y con rey: la naturaleza del poder al descubierto”, en GARCÍA FERNÁNDEZ, E. (cood.), El poder en Europa y América: mitos, tópicos y realidades, Bilbao, UPV, 2001, 95-110.

14 TARACHA, C., Szpiedzy i dyplomaci. Wywiad hiszpañski w XVIII wieku, Lublin, 2005, (Espías y diplomáticos. Servicios de inteligencia españoles en el siglo XVIII), a punto de aparecer, traducido en español, por el Instituto Juan Velázquez de Velasco, de la Universidad Carlos III.

15 AHN, Estado, legs. 3.021 y 3.022-1.

16 GÓMEZ URDÁÑEZ, J.L., El proyecto reformista de Ensenada, Lleida, 1996, especialmente el capítulo “Los fundamentos técnicos: el impacto de una Ilustración de saberes prácticos., p. 236 y ss. No se puede, en efecto, como dice Sánchez Blanco, “identificar las luces con el despotismo carolino”, pero tampoco se pueden rechazar las “realizaciones tecnocráticas al alcance de un ingeniero de caminos, canales y puertos” como fundamento de la renovación ilustrada en tiempos de Ensenada, como hace el autor. Cfr. SÁNCHEZ-BLANCO, F., La mentalidad ilustrada, Madrid, 1999, pp. 332-333.

17 GÓMEZ URDÁÑEZ, J.L., Fernando VI, col. Los Borbones, Madrid, 2001.

18 Así los llama, entre otros insultos, el marqués de la Corona, el fiscal Carrasco, colega de Campomanes. Cuadernos sobre gobierno y administración, en AHN. Estado. Leg. 3211-2. Una transcripción en BERMEJO CABRERO, J. L. Estudios de Historia del Derecho y de las Instituciones. Alcalá de Henares, 1989, pp. 113-169.

19 SÁNCHEZ BLANCO, F. El absolutismo y las luces en el reinado de Carlos III, Madrid, 2002, p. 73.

20 GARCIA RIVES, A., Fernando VI y Dª Bárbara de Braganza. Apuntes sobre su reinado (1746-1759). Madrid, 1917. La propia reina lo dice a su padre, “e o sangue que tem Portuguez e em que mais fio o seu bom procedimento”. Bárbara a Juan V, 23 de diciembre de 1746, en OZANAM, D., La diplomacia de Fernando VI…, p. 19.

21 Ibid.

22 GÓMEZ URDÁÑEZ, J.L., “Ensenada, hacendista ilustrado”, en El catastro de Ensenada, 1749-1756, Madrid, Ministerio de Hacienda, 2002, pp. 83-99.

23 OZANAM, D., “Política y amistad. Choiseul y Grimaldi, correspondencia particular entre ambos ministros (1763-1770)”, Actas del Congreso Internacional sobre Carlos III y la Ilustracion, vol. I, Madrid, 1989, pp. 213-237.

24 Pérez Samper, M.A., "El rey la corte...", Actas sobre el Congreso Internacional..., Madrid, 1989, t. I, p. 560.

25 La conocida correspondencia publicada, en AGS, Estado, leg. 318.

26 OLAECHEA, R., cit. En “Contribución …”

27 Ibid., de nuevo del embajador danés, 1764.

28 El Piscator de Torres Villarroel de 1766 sí anunciaba la revolución por artes adivinatorias; también la literatura, véase SOLER GALLO, M., "Hágate temeroso el caso de Raquel": el motín contra Esquilache escenificado en La Raquel de García de la Huerta”, Tonos digital: Revista electrónica de estudios filológicos., Nº. 18 (2009). En Roma se anunciaban graves alteraciones en Madrid. Véase GIMÉNEZ, E. “El antijesuitismo en la España de mediados del siglo XVIII”, en FERNÁNDEZ ALBADALEJO, P. Fénix de España, Modernidad y cultura propia en la España del siglo XVIII (1737-1766), Madrid, 2006, p. 291.

29 SOUBEYROUX, J., Le “motín de Esquilache” et le peuple de Madrid...”

30 OLAECHEA, R., “Contribución…”.

31 Así definió Olaechea la posición de Alba durante los motines: “Alba, personaje ambiguo y ambicioso que gozaba del favor y privanza de Carlos III, y era presidente del Consejo de Estado. Sus metas inmediatas se cifraban en derrocar al marqués de Grimaldi (para ocupar su lugar) y en destruir la Compañía de Jesús, y con objeto de desacreditar a uno y otra intervino de forma oscura -aunque inequívoca- en el motín contra Esquilache”. OLAECHEA, R. “Contribución al estudio del motín contra Esquilache”, reedición en Tiempos Modernos, 8, 2003, formato digital.

32 Félix de Abreu era el encargado de la embajada de Londres tras partir Ricardo Wall a hacerse cargo de la secretaría de Estado en 1754. Abreu pidió a Wall machaconamente pruebas de los “cargos” imputados a Ensenada, lo que nunca consiguió. Véase sobre el papel de Abreu, COXE, G. España bajo el reinado de la casa de Borbón, desde 1700 en que subió al trono Felipe V, hasta la muerte de Carlos III, acaecida en 1788. Madrid, 1846. p. 402 y ss. Su correspondencia de ese tiempo en AHN, Estado, leg. 4273. En 1766, era consejero de Estado como Ordeñana. AGS, Secretaría de Guerra, leg. 1562.

33 ANDRÉS-GALLEGO, J., El motín de Esquilache, España y América. Madrid, 2003.

34 OLAECHEA, R. y FERRER BENIMELI, J. A., El conde de Aranda. Mito y realidad de un político aragonés, Huesca, 1998 (2ª edic, correg. y aumentada).

35 GIMÉNEZ, E. (coord.), Y en el tercero perecerán. Gloria, caída y exilio de los jesuitas españoles. Alicante, 2002.

36 OLAECHEA, R., "Política eclesiástica del gobierno de Fernando VI" en La época de Fernando VI, Oviedo, 1981, pp. 139-225. OLAECHEA, R. Las Relaciones hispano-romanas en la segunda mitad del XVIII. Zaragoza, 1988, (2 vols.) «El regalismo», en E. LA PARRA y J. PRADELLS NADAL (eds.), Iglesia, Sociedad y Estado en España, Francia e Italia (ss. XVIII al XX). Alicante, 1991, pp. 193-217. EGIDO, T. “La inventada heterodoxia del regalismo borbónico" en GARCÍA VILLOSLADA, R. (dir.). Historia de la Iglesia en España. Madrid, 1979.

37 El asunto de la beatificación de Palafox ha sido, desde el siglo XVII, una especie de test que mide la importancia de los jesuitas en la Iglesia. Tras la expulsión de la orden, la beatificación se convirtió en cuestión de estado, pero no prosperó. Cuantas veces se volvió a iniciar la causa, otras tantas se paralizaba. Se atribuía, como no, a la “mano negra” de los jesuitas. Finalmente, Palafox ha sido santo bajo el pontificado de Benedicto XVI. Véase BARTOLOME MARTÍN, G., Jaque mate al obispo virrey. Siglo y medio de sátiras y libelos contra don Juan de Palafox y Mendoza, México, 1991. Recientemente ha publicado un librito delicioso, Los clérigos a la greña, Sátiras, mascaradas, insultos, infundios, descaros, libelos y trampas entre sí de la gente de púlpito y altar, Alicante, 2010.

38 GÓMEZ URDÁÑEZ, J.L., Fernando VI…, “el gerundiazo”.

39 Sin ánimo de exhaustividad, ANDRÉS-GALLEGO, J., El motín de Esquilache, España y América. Madrid, 2003; OLAECHEA, R., “Contribución…”, La mejor síntesis sobre la “época de los motines”, LÓPEZ GARCÍA, J. M. El motín contra Esquilache, Madrid, 2006. Sobre la justificación del miedo de Carlos III y algunos detalles del robo de armas, etc.. GÓMEZ URDÁÑEZ, “El rey, la domus regia y los ministros. Los primeros años del reinado de Carlos III (1759-1767) y el "giro español", Actas, Universidad de Mar del Plata; SOUBEYROUX, J., “Le motín de Esquilache et le peuple de Madrid”, Cahiers du monde Hispanique et luso-brésilien, 31 (1978) pp. 59-79; CORONA, C., “El poder real y los motines de 1766”, en Homenaje al Dr. Canellas, Universidad de Zaragoza, 1969, págs. 259-274; VILAR, P., “El motín de Esquilache y las crisis del antiguo régimen”, Revista de Occidente, 36 (1972) pp. 233-246; FERRER BENIMELI, J. A., “El motín de Esquilache y sus consecuencias según la correspondencia diplomática francesa”, Archivum Historicum S.I., 105 (1984), pp. 193-219.

40 En la confusión, como siempre, aparecían sospechas sobre la intervención de Francia. Véase FERRER BENIMELI, J.A., “El motín de 1766 de Madrid en los Archivos Diplomáticos de París”, Anales de literatura española, Nº 4 (1985), p. 157-182.

41 GÓMEZ URDÁÑEZ, J. L., El rey, la domus regia y los ministros. Los primeros años del reinado de

Carlos III (1759-1767) y el "giro español", Actas… Universidad de Mar del Plata (en prensa).

42 AGS, Secretaría de Guerra, leg. 578.

43 AGC, Gracia y Justicia, leg. 1009.

44 OLAECHEA, R. “Contribución …”.

45 El marqués de la Corona, el fiscal Carrasco, definió muy bien a Roda: “Acuérdome de haber oído al P. Confesor (...) cuando se dudaba mucho de que se lograse la extinción de los jesuitas, y aún llegaba a temerse que volvieran, estas precisas palabras: ´tal arte tiene este hombre de esconderse en lo que tiene más parte y aún en lo que sea enteramente obra suya como perciba desde lejos el más remoto peligro, que si se volviera a examinar el asunto de Jesuitas y los que habían tenido parte en su expulsión, no se encontraría una esquela ni un dedo de papel suyo. El Consejo Extraordinario, el confesor, ciertos sujetos y prelados y el rey mismo serían los que tendrían que responder y él se quedaría muy tapado y encubierto como que nada había hecho, habiendo sido el alma de todo cuanto se hizo’”. Cuadernos sobre gobierno y administración, en AHN. Estado. Leg. 3211-2. Una transcripción en BERMEJO CABRERO, J. L. Estudios de Historia del Derecho y de las Instituciones. Alcalá de Henares, 1989, pp. 113-169.

46 AGS, Gracia y Justicia, leg. 1009.

47 AGS, Gracia y Justicia, leg. 1009.

48 El anónimo y el informe fiscal en AGS, Gracia y Justicia, leg. 1009. Véase EGIDO LÓPEZ, T. y PINEDO, I., Las causas "gravisimas" y secretas de la expulsión de los jesuitas por Carlos III, Madrid, 1994.

49 Hay varias cartas en AGS, Gracia y Justicia, leg. 1009, sobre las intenciones de Aranda de ir a besar la mano al rey cuando, en mayo, ya llevaba varios días en Madrid, pero solo recibía disculpas.

50AGS, Gracia y Justicia, leg. 1009. Véase SOUBEYROUX, J., Pauperisme et rapports sociaux a Madrid au XVIIIeme siecle, Lille, 1978, hay traducción española en Estudios de Historia Social, 12-13 (1980) y 14-15 (1981).

51 GIMÉNEZ, E., “El antijesuitismo en la España de mediados del siglo XVIII”…op. cit. Véase también Dictamen fiscal de expulsión de los jesuítas de España (1766-1767). Edición, introducción y notas de Jorge Cejudo y Teófanes Egido. Madrid, 1977.

52 GIMÉNEZ, E. (coord..), Y en el tercero perecerán. Gloria, caída y exilio de los jesuitas españoles. Alicante, 2002. Puede verse su web, alojada en el Instituto Cervantes.

53 A cuatro días de haber estallado el motín de Madrid, el embajador danés se había percatado de que no se trataba de una algarada callejera, sino de una revolución (y así la denominará repetidas veces) que podía tener consecuencias insospechadas. Por eso, el 27 de marzo escribía: “Es difícil hacerse una idea clara de todo lo que ha sucedido en esta crisis fatal. La catástrofe, con todo lo que le ha acompañado y seguido, será memorable para siempre en los anales de España, y puedo añadir muy bien que en los de Europa”. OLAECHEA, R., “Contribución…”.

54 OLAECHEA, R., “Contribución…”.

55 GÓMEZ URDÁÑEZ, J.L., “El católico Pablo de Olavide, víctima del absolutismo regio”, Homenaje al profesor D. Antonio Domínguez Ortiz, Granada, Universidad de Granada, 2008, pp. 445-473.

 

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martes, 8 de septiembre de 2026

 LA ASTRONOMÍA MEDIEVAL EN EUROPA

https://observandoeluniverso.es/como-se-veia-el-universo-en-la-edad-media/

Podemos definir la astronomía de la Europa medieval como aquellas prácticas astronómicas que se desarrollaron en Europa desde la caída del Imperio Romano de Occidente a finales del siglo V hasta el Renacimiento. Dicho esto, sería útil comenzar a delimitar los límites geográficos, cronológicos y culturales de la astronomía medieval europea, diferenciándola de otras tres tradiciones astronómicas con las que guarda relación:

 

Delimitar los límites geográficos, cronológicos y culturales de la astronomía medieval europea, diferenciándola de otras tres tradiciones astronómicas con las que guarda relación:

 

EL MUNDO CLÁSICO

Lo que aquí denominamos el «mundo clásico» se define mejor desde una perspectiva cultural que geográfica. Cronológicamente, abarca las sociedades griega e itálica de la Edad del Hierro (siglos VIII al IV a. C.) y las civilizaciones helenística y romana, hasta el fin del Imperio romano. Geográficamente, comprende la actual Grecia e Italia, junto con las colonias griegas y los asentamientos romanos que se extendían por casi todos los demás países mediterráneos.

Los orígenes de la astronomía y el pensamiento astronómico en esta región se remontan sin duda a la Edad del Bronce. Esto se evidencia, por ejemplo, en las referencias astronómicas presentes en las obras de Homero y Hesíodo, y en el análisis del calendario romano arcaico (conocido como calendario numano), que data al menos de mediados del siglo VI a. C. Si bien es probable que se hayan producido influencias de Oriente Medio y Egipto en épocas muy antiguas, la verdadera fusión de las culturas tuvo lugar finalmente en la época helenística.

El extraordinario desarrollo de la astronomía matemática en la antigua Grecia fue resultado de los esfuerzos de los filósofos clásicos por demostrar la regularidad de los movimientos de los cuerpos celestes, lo cual, en la época helenística (después del 323 a. C., tras las conquistas de Alejandro Magno), se fusionó con la predilección babilónica por predecir dichos movimientos con la mayor precisión posible. Los filósofos griegos clásicos consideraban su astronomía como la búsqueda «científica» de la verdad, que debía distinguirse por completo del uso «común» de la astronomía, por ejemplo, por parte de agricultores y administradores para llevar la contabilidad.

 

Astronomía de la antigua Grecia: una visión general 

La astronomía matemática de la antigua Grecia puede definirse como la astronomía de los epiciclos. Este sistema para describir los movimientos celestes, que perduró hasta el siglo XVII, es una invención del siglo III a. C. Los astrónomos griegos de aquella época, que llegaron a esta explicación de los movimientos planetarios, ya contaban con el beneficio de tres siglos de observaciones y teorías matemáticas.

Se sabe poco sobre la astronomía matemática de los presocráticos. Tales de Mileto (siglos VII-VI a. C.) es considerado el primer astrónomo griego. Predijo los eclipses solares estudiando sus recurrencias periódicas, aunque con errores significativos. Anaximandro (siglo VI a. C.) identificó lo que hoy conocemos como la oblicuidad de la eclíptica. Pitágoras (siglos VI-V a. C.) estableció el orden correcto de los planetas dentro del sistema geocéntrico (Tierra, Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte, Júpiter, Saturno), mientras que Aristóteles posteriormente colocó el Sol entre la Luna y Mercurio. Se sabe algo más sobre Metón, contemporáneo de Sócrates, quien definió el ciclo solar-lunar de 19 años mediante observaciones desde el cerro de la Pnyx alrededor del año 432 a. C.

Los datos de observación (especialmente los relativos a los movimientos planetarios retrógrados y las anomalías del Sol y la Luna) eran lo suficientemente importantes en la época de Platón como para que este se planteara el problema de «salvar los fenómenos» (cómo explicar las observaciones interpretando los movimientos de los cuerpos celestes en términos de órbitas circulares con velocidad uniforme). Según Simplicio (siglo VI d. C.), fue Eudoxo (siglo IV a. C.) quien lo logró, creando un sistema compuesto por esferas concéntricas. La combinación de dos esferas que giran a velocidad constante puede representar eficazmente los movimientos planetarios retrógrados. Para el movimiento del Sol, Eudoxo empleó tres esferas (una para explicar una observación que ahora se sabe que fue errónea) y otras tres para la Luna.

De hecho, el sistema de Eudoxo solo explicaba parcialmente los fenómenos: en particular, no tenía en cuenta las variaciones en la distancia de los cuerpos celestes (la variación en el diámetro aparente del Sol o en el brillo de los planetas). Este problema se reconoció durante el siglo III a. C. El sistema heliocéntrico propuesto por Aristarco de Samos (siglos IV-III a. C.) fue una respuesta adecuada a dicho problema, pero, probablemente por razones filosóficas, no fue adoptado por los principales astrónomos griegos. Según una fuente posterior, Teón de Esmirna (siglo II d. C.), durante el siglo III a. C. se propuso un sistema similar al que Tycho Brahe concibió diecinueve siglos después. En este sistema, los dos planetas interiores, Mercurio y Venus, orbitan alrededor del Sol, mientras que este último orbita alrededor de la Tierra, el centro del universo. Este sistema explicaba los movimientos de Mercurio y Venus mucho mejor que el de Eudoxo, y es muy probable que fuera el origen de la astronomía de los epiciclos. En efecto, si se sustituye la órbita del Sol por el ciclo deferente de Mercurio y Venus, se llega a la solución atribuida a Apolonio de Perge (nacido hacia el 244 a. C.).

En un intento por dar respuesta a la anomalía solar, respetando el principio del movimiento circular uniforme, los astrónomos griegos del siglo III propusieron la solución «excéntrica»: el Sol se desplaza en un círculo excéntrico (centrado en un punto que no corresponde al centro de la Tierra). Este sistema presentaba dos dificultades: no era simétrico y contradecía la física aristotélica, que no podía aceptar un movimiento alrededor de un punto imaginario. Probablemente fue Apolonio quien resolvió el problema de la simetría, al demostrar que un círculo excéntrico era equivalente a un epiciclo que se desplazaba alrededor de un círculo concéntrico (deferente). (El problema «aristotélico» nunca se resolvió). Esta solución de epiciclo más deferente llegó a caracterizar todos los sistemas astronómicos hasta principios del siglo XVII, cuando Kepler formuló su primera ley planetaria, la de las órbitas elípticas.

Entre Apolonio e Hiparco (quien realizaba observaciones en Rodas hacia el año 128 a. C.) desarrollaron una teoría astronómica completa basada en el epiciclo y el deferente. Al combinar adecuadamente los radios y los movimientos (en sentido horario o antihorario), pudieron reproducir el movimiento retrógrado de los planetas (aunque no el hecho de que los "bucles" producidos por este movimiento fueran asimétricos) y representar, con una aproximación razonable, los movimientos del Sol y la Luna.

Al invertir el enfoque metodológico de la astronomía, Hiparco desempeñó un papel decisivo en el desarrollo de la astronomía griega. Según la información disponible, que proviene principalmente de Ptolomeo, Hiparco fue el primero en priorizar la recopilación de observaciones para determinar las leyes empíricas que rigen los movimientos de los cuerpos celestes. Una vez hecho esto, los modeló en términos de movimientos circulares uniformes, determinando así los radios de los deferentes y los epiciclos planetarios.

Hiparco también elaboró una teoría exitosa sobre el movimiento del Sol, determinando su excentricidad y resolviendo así la principal anomalía: la desigualdad en la duración de las estaciones. Probablemente, mientras trabajaba en la teoría del Sol, realizó su principal descubrimiento: la precesión de los equinoccios. Al comparar observaciones históricas, Hiparco notó que, en su movimiento anual, el Sol tardaba un poco más en alcanzar el mismo punto zodiacal que en llegar al ecuador celeste; por lo tanto, el año sideral era diferente del año solar. Este fenómeno, debido en realidad a la lenta rotación del eje de la Tierra, fue interpretado por Hiparco como un desplazamiento muy lento de la esfera estelar, de oeste a este, de aproximadamente 1 grado por siglo (el valor real es 1° 23 30).

La cúspide de la astronomía griega fue la obra magistral de Claudio Ptolomeo. Su Gran Sintaxis Matemática de la Astronomía , también conocida como Almagesto , completada entre los años 142 y 146 d. C., abarcaba todos los fenómenos astronómicos conocidos en aquel entonces. Este libro constituyó un avance único en la historia de la ciencia: se convertiría en la principal referencia para todos los astrónomos hasta la obra de Tycho Brahe y Kepler, casi 1500 años después. De hecho, toda la astronomía planetaria griega, islámica o romana hasta la época de Kepler puede caracterizarse como ptolemaica.

Ptolomeo continuó y concluyó la obra de Hiparco. Su método era similar: recopilar el mayor número posible de observaciones; resaltar las anomalías en los movimientos planetarios; hallar las leyes empíricas que rigen estas anomalías; combinar diversos movimientos circulares uniformes para «conservar los fenómenos»; elegir la mejor de las diferentes soluciones, determinando los radios y las posiciones de los círculos y las velocidades angulares; y calcular las tablas planetarias. Si las observaciones posteriores coincidían con las predicciones calculadas, esto confirmaría la teoría.

Según Ptolomeo, los principales movimientos celestes eran (a) el movimiento diurno del cielo de este a oeste y (b) todos los demás movimientos, que se producían principalmente de oeste a este y cerca de la eclíptica. Siempre que podía elegir entre varias soluciones posibles, Ptolomeo prefería la más sencilla. Así, adoptó el modelo de Hiparco para el Sol, pero se decantó por el excéntrico en lugar del deferente más epiciclo. Para todos los demás cuerpos celestes presentó su propia solución, que en el caso de Venus, Marte, Júpiter y Saturno implicaba el famoso «ecuante» (nombre que se le asignó durante la Edad Media). Su idea era que el centro del epiciclo no se mueve con un movimiento uniforme, sino que este movimiento circular uniforme se «transfiere» a un punto de otro círculo (el ecuante). En consecuencia, se conservaron los fenómenos (los planetas se mueven más rápido en su perigeo y más despacio en su apogeo), pero esto representó una seria desviación de la física aristotélica y del principio de movimiento circular uniforme propuesto por el propio Ptolomeo. El sistema era además extremadamente complejo: ¡Ptolomeo incluso añadió círculos para modificar el nivel del epiciclo con respecto al del deferente!

Ptolomeo presentó sus especulaciones cosmológicas (los mecanismos responsables de todos los movimientos de los cuerpos celestes) en su libro Hipótesis planetarias . Esta obra fue precursora de las teorías astronómicas islámicas sobre los mecanismos de las esferas celestes. Otra de las obras astronómicas de Ptolomeo, las Tablas prácticas , una versión revisada del Almagesto , se mantuvo en uso durante toda la Edad Media.

El principal comentarista griego de Ptolomeo fue Teón de Alejandría (siglo IV d. C.). Su comentario sobre el Almagesto y dos comentarios sobre las Tablas Prácticas fueron las últimas obras importantes de la astronomía griega antigua. En el siglo VI, Juan Filopono escribió el primer Tratado conocido sobre el Astrolabio (c. 520-550), basado en una fuente desconocida. Se considera que el primer astrónomo bizantino de renombre fue Esteban de Alejandría. Escribió un Comentario sobre las Tablas Prácticas (c. 610-620) inspirado en el Pequeño Comentario de Teón, una obra destinada a estudiantes que no dominaban la multiplicación y la división.

 

Astronomía de la antigua Grecia: una visión general 

Figura 1. Vista frontal del principal fragmento conservado del Mecanismo de Anticitera. Contiene 27 engranajes: el engranaje grande con cuatro radios en la parte frontal es la Rueda Solar Media. Fotografía © Proyecto de Investigación del Mecanismo de Anticitera

Si bien el desarrollo de la astronomía matemática griega constituye una parte crucial de la historia de la astronomía científica moderna, existe muy poco patrimonio inmueble directamente relacionado con ella. No se conserva ninguna evidencia directa de las observaciones realizadas por estos astrónomos: incluso en el caso de Ptolomeo, no se sabe nada sobre su "observatorio". Por otro lado, se conocen algunos lugares de observación, como la Pnyx , donde Metón observó.

Existe, sin embargo, un objeto portátil excepcional relacionado con el legado de la astronomía matemática griega. Se trata del mecanismo de Anticitera, descubierto en un naufragio romano en 1901. Es un dispositivo mecánico de bronce con al menos 30 engranajes, probablemente accionados manualmente, que calculaba y mostraba diversos ciclos astronómicos. Estos incluían el ciclo de fases de la luna, el paso del sol y la luna por el zodíaco, el ciclo metónico de 19 años (235 lunaciones), el ciclo de eclipses de Saros de 223 lunaciones y, probablemente, también varios ciclos planetarios. Los engranajes que determinaban la posición de la luna incluían un notable mecanismo de pasador y ranura que modelaba, según la teoría de Hiparco, las irregularidades del movimiento lunar en el cielo debido a la elipticidad de su órbita alrededor de la Tierra. Símbolos especiales ayudaban a predecir los eclipses lunares y solares. Incluso había una esfera que modelaba el ciclo de cuatro años de la Olimpiada. Se cree que el mecanismo de Anticitera fue construido a finales del siglo II a. C. Originalmente estaba alojado en una caja con marco de madera, y sus dos puertas parecen tener inscripciones con instrucciones de uso, lo que sugiere que probablemente estaba destinado al uso personal de un viajero sin experiencia. Es improbable que fuera único.

 

Astronomía de la antigua Grecia: una visión general 

El uso de las estrellas como indicadores estacionales era conocido por los agricultores griegos al menos desde el siglo VIII a. C., como lo demuestran los escritos de Hesíodo. Agricultor y poeta, su obra Trabajos y días (registrada tres siglos después) contiene una serie de signos astronómicos, como la primera aparición al amanecer (salida helíaca) de diversas estrellas y las actividades que se desencadenaban por ellas. Se trata a la vez de una recopilación de conocimiento popular y una especie de almanaque agrícola. Hacia el siglo V a. C., el desarrollo de calendarios estelares con agujeros, conocidos como parapegmas, comenzó a desempeñar un papel fundamental en la regulación de los diversos calendarios lunares cívicos que, hasta entonces, funcionaban de forma mayoritariamente independiente en las distintas ciudades.


Figura 2. El Erecteion, Atenas. Fotografía © DS Levine, Licencia Creative Commons.

La astronomía también desempeñó un papel crucial en la religión y las prácticas de culto griegas. Observar el cielo en busca de señales de intervención divina era común en Grecia; un ejemplo es la costumbre del siglo IV a. C. de la peregrinación sagrada de los pitios desde Atenas a Delfos, que solo se llevaba a cabo si el grupo de pitios veía los presagios adecuados (en este caso, relámpagos) durante los días y noches prescritos. Muchos festivales religiosos griegos se celebraban al aire libre y de noche. Diversas fuentes históricas atestiguan la importancia del cielo como parte integral de la experiencia de culto, así como su importancia para determinar el momento preciso de diversos ritos (tanto la fecha como la hora del día/noche).

La práctica de construir grandes templos de piedra data del siglo VII a. C., y los antiguos griegos claramente se inspiraron y adquirieron conocimientos tecnológicos del antiguo Egipto . Por lo tanto, no sorprende encontrar evidencia de una orientación cardinal y solsticial aparentemente deliberada. Sin embargo, las afirmaciones de que la orientación predominantemente oriental de los templos griegos se debe casi exclusivamente a la salida del sol han sido completamente refutadas.

Las prácticas religiosas griegas estaban muy localizadas, con muchas deidades y cultos diferentes: antes del desarrollo de los templos, estas se realizaban al aire libre, y es probable que la ubicación y el diseño (incluida la orientación) de cualquier templo estuvieran fuertemente influenciados por las prácticas de culto con las que estaba asociado.

Cada vez se acumulan más pruebas de que la orientación de los templos reflejaba deliberadamente las asociaciones celestiales de los dioses a los que estaban dedicados, de modo que estas asociaciones pudieran exhibirse y reforzarse durante los ritos que allí se celebraban. Ejemplos de ello son el oráculo de Apolo en Delfos (relacionado con la constelación de Delphinus), el santuario de Artemisa Orthia en Esparta (relacionado con las Pléyades) y el Erecteion en el lado norte de la Acrópolis de Atenas (relacionado con la constelación de Draco). En los tres casos, parece haber existido una conexión entre la fecha de ciertos ritos y un evento estelar visible sobre el horizonte en la dirección hacia la que estaba orientado el templo correspondiente. En cada caso, la conexión entre la deidad y la estrella o constelación en cuestión se confirma mediante diversas pruebas: la mitología, y en particular el mito fundacional del culto; los relatos históricos sobre la fecha de la festividad; las pruebas arqueoastronómicas de la orientación de los templos; y los artefactos arqueológicos asociados.

 

La astronomía en el mundo itálico y romano. 

El mundo itálico en la Edad del Hierro comprendía una variedad de pueblos y culturas, con una activa red de intercambio cultural y comercial que operaba en el área mediterránea. Los romanos eran simplemente uno de estos pueblos itálicos. Su expansión y conquista comenzaron a principios del siglo IV a. C.

Para entonces ya se había desarrollado una religión cuyos aspectos estaban íntimamente ligados al cielo. A partir de los registros arqueológicos y las escasas fuentes escritas disponibles (como las Tavole Eugubine ), es razonable concluir que, a pesar de las diferencias culturales, los rasgos principales de esta religión eran comunes a todos los pueblos itálicos, aunque los historiadores romanos solo los atribuyen directamente a los etruscos. En esta religión, la conexión fundamental entre los humanos y los dioses la proporcionaban los aruspexes , sacerdotes versados en la llamada Disciplina , que ejercían el arte de interpretar la voluntad de los dioses en el vuelo de las aves y en el hígado de las ovejas sacrificadas, por ejemplo, en la fundación de nuevas ciudades. El lugar sagrado de trabajo de estos sacerdotes era el auguraculum , una estructura cuadrada (o rectangular) generalmente sin muros y situada en un lugar destacado con respecto al paisaje y la ciudad. La Disciplina nos es conocida principalmente a través de los escritos de autores romanos como Cicerón, pero la tradición de los auguráculos es muy antigua, ya que este tipo de construcción está documentada desde el siglo VI a. C. Una función fundamental de los arúspices era reafirmar el orden cósmico, y consistía en la individuación de una imagen terrestre de los cielos ( templum ) en la que los dioses estaban «ordenados» y «orientados» en 8 (o 16) direcciones radiales a partir del norte. En consecuencia, estos edificios suelen estar orientados en los puntos cardinales o intercardinales.

Otros vestigios de las creencias religiosas itálicas relacionadas con el cielo se pueden encontrar en la espectacular acrópolis de varias ciudades, especialmente en una zona centrada en el Lacio Vetus (esencialmente el actual Lacio, con su capital regional Roma) y que se extiende por todo el lado occidental del centro de Italia, desde Umbría hasta Campania. Aquí, se empleó una impresionante mampostería poligonal para construir imponentes edificios alineados con los puntos cardinales o intercardinales (por ejemplo, Alatri y Ferentino) y/o con el amanecer o el atardecer del solsticio de verano (como Alatri y Norba). También está bien documentado el interés por la salida y la puesta de las estrellas brillantes, especialmente las de Géminis.

Casi todas las ciudades etruscas fueron reconstruidas por los romanos, pero aún se pueden apreciar vestigios de los rituales fundacionales y la correspondiente división del "cosmos" en Misa (la actual Marzabotto), que fue destruida por los celtas antes de la llegada de los romanos, así como en las espectaculares "ciudades funerarias" (necropoleis) como Cerveteri, donde los túmulos están orientados mayoritariamente hacia el noroeste.

La romanización de los pueblos itálicos fue un proceso gradual, y es probable que la orientación de las ciudades romanas heredara creencias y prácticas de la tradición existente. Sin embargo, el papel de la astronomía en los monumentos y templos romanos imperiales aún dista mucho de estar claro. Un ejemplo clave es el problema del papel de la astronomía en el proyecto del Campo de Marte, la enorme explanada cerca de un meandro del Tíber que Agripa concibió como un «lugar sagrado» dedicado a la glorificación del emperador Augusto. El mausoleo de Augusto hacia el norte, un reloj de sol con un obelisco egipcio (que hoy se encuentra en la cercana Piazza Montecitorio) como gnomon en el «centro», el Ara Pacis hacia el este y el Panteón hacia el sur fueron elementos fundamentales en la organización de este espacio. El complejo parece haber encarnado una hierofanía deliberada, ya que la sombra del obelisco apuntaba hacia la entrada del Ara Pacis durante los equinoccios. Sin embargo, se debate mucho y aún no se ha resuelto si esto se planeó específicamente para destacar el cumpleaños de Augusto (lo que implicaría que el enorme reloj de sol desempeñó un papel fundamental al representar el lugar central de Augusto en el nuevo «orden cósmico»), o si simplemente reflejaba una relación estacional más sencilla, o incluso si fue intencional en absoluto. Por otro lado, no cabe duda de que el monumento más representativo del Campo de Marte, el Panteón , que vemos hoy tal como fue reconstruido por Adriano alrededor del año 120 d. C., es un monumento estrechamente vinculado a los ciclos anuales y diarios del sol.

 

La astronomía en el mundo itálico y romano. 

Los yacimientos de interés, o al menos aquellos que han sido suficientemente estudiados, se concentran en Italia central. En orden alfabético, los principales yacimientos itálicos/romanos tempranos son Alatri, Circei, Ferentino, Norba y Sant'Erasmo di Cesi, y los principales yacimientos etruscos son la necrópolis de Banditaccia (Cerveteri) y Misa. La investigación sobre astronomía en la Roma imperial se centra principalmente en el Panteón (junto con toda la zona del Campo de Marte de Augusto) y la Domus Aurea. Todos estos yacimientos se conservan en buen estado, están protegidos o ubicados en ciudades habitadas y son accesibles al público.

También existe un patrimonio mueble de gran interés astronómico. Un buen ejemplo es la estatua conocida como el Atlas Farnesio. Conservada actualmente en el Museo Nacional de Nápoles, es una obra maestra de principios del Imperio que representa al dios Atlas portando la esfera celeste. Esta esfera contiene la representación más completa de las constelaciones que se conoce del período romano. Incluso se han realizado intentos por reconstruir los datos originales de este mapa celeste, remontándose al «mapa perdido» de Hiparco.

 

Bibliografía seleccionada 

Grecia antigua

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ASTRONOMÍA ISLÁMICA

En el intervalo de tiempo comprendido entre Ptolomeo (siglo II d. C.) y Copérnico (siglo XVI), los principales avances en astronomía observacional y teórica tuvieron lugar desde el norte de África hasta Asia Central, durante la Antigüedad tardía, y posteriormente en las sociedades preislámicas y, finalmente, islámicas. Los avances más importantes se produjeron entre los siglos IX y mediados del XV. Durante este período, los eruditos musulmanes se familiarizaron con las tradiciones astronómicas indopersas, dominaron los modelos planetarios ptolemaicos, mejoraron las técnicas de cálculo y observación, establecieron observatorios a gran escala, diseñaron instrumentos de observación precisos y, finalmente, desarrollaron varios modelos planetarios no ptolemaicos para hacer que los movimientos observados de los planetas fueran más compatibles con la cosmología aristotélica.

Figura 1 . Una página del catálogo de estrellas de al-Sūf½: la constelación de Sagitario vista en un globo celeste. De 'Abd al-Rahmān al-Sūf½ (Azophi) (964), Libro de las estrellas fijas . Licencia Creative Commons

La introducción de la astronomía helenística 

Nuestro conocimiento sobre el grado de familiaridad de los pueblos de la península arábiga con la astronomía en la época preislámica es limitado. Sin embargo, se sabe que conocían el recorrido del sol a través de los signos zodiacales, que adoptaron un calendario lunar, definieron las mansiones lunares identificando ciertas estrellas fijas y asterismos, y utilizaron las horas de salida y puesta de ciertas estrellas específicas para predecir fenómenos estacionales y meteorológicos.

La rápida expansión de los territorios islámicos a partir de mediados del siglo VII puso a los musulmanes en contacto con persas y bizantinos, quienes poseían una larga tradición en astronomía. Sin embargo, el conocimiento que los musulmanes tuvieron de las ciencias «extranjeras», incluida la astronomía, comenzó realmente a finales del siglo VIII, cuando las primeras traducciones de obras griegas, siríacas y persas al árabe estuvieron disponibles en la corte del califa abasí al-Mansūr, en la recién construida capital, Bagdad. La creación de la Casa de la Sabiduría, un instituto de investigación y traducción, a principios del siglo IX en Bagdad, dio inicio al gran proyecto de traducción de libros científicos y filosóficos de las tradiciones griega, helenística, persa e india.

En poco tiempo, gracias a la traducción de obras como el persa Zīj-i Shahriyār (traducido al árabe como Zīj al-Shāh ), el Sindhind (tablas astronómicas indias en sánscrito), el Mathematikô Sýntaxis de Ptolomeo ( Tratado matemático , comúnmente llamado Almagesto , basado en la forma latina de su título árabe, Kitab al-Majist½ , El Gran Libro ) y otras obras matemáticas de las tradiciones griega y helenística, los musulmanes se familiarizaron con los modelos planetarios y la astronomía matemática. Sin embargo, fue la astronomía ptolemaica la que finalmente se impuso entre los astrónomos musulmanes, aunque la elaboración de zījs basada en la tradición indo-persa también continuó. Durante los siglos VIII y IX, el Almagesto de Ptolomeo se tradujo al árabe al menos cinco veces, y sus otras obras —sobre todo la Hipótesis Planetaria— también se dieron a conocer entre los astrónomos que ejercían en los territorios islámicos. Cuando los textos principales estuvieron disponibles, aparecieron varios comentarios, revisiones críticas y resúmenes. Algunos de ellos analizaban las dificultades e inconsistencias presentes en los textos originales, mientras que otros contribuían a hacerlos comprensibles para los estudiantes.

La primera introducción de los musulmanes a la astronomía computacional se produjo a través de los zījs. Un zīj es una combinación de tablas que contienen datos de observación sobre el movimiento y la posición de los planetas, el sol, la luna y ciertas estrellas fijas, así como las coordenadas de los puntos de intersección de los círculos principales en la esfera celeste. Esto permitía a los astrónomos y astrólogos realizar sus cálculos y predicciones astronómicas. El término deriva de la palabra persa media zīk o zīg , que significa cuerda.

Los primeros zījs producidos en el período islámico se basaron en la tradición indo-persa: Zīj al-Arkand fue escrito en árabe en el año 735 a partir de tablas indias; Zīj-i Shahriyār fue traducido del pahlavi en los últimos años del siglo VIII (los astrónomos musulmanes lo conocían en su original pahlavi mucho antes de su traducción); y Zīj al-Sindhind fue traducido del sánscrito en la década de 770 por al-Fazār y Ya'qūb ibn Tāriq, los eruditos de la corte del califa abasí al-Mansūr. Sin embargo, en la primera mitad del siglo IX, al-Khwārizm, un matemático y astrónomo persa que vivió en Bagdad, compiló un zīj, que es la primera tabla astronómica islámica original que se conserva. Aunque en este zīj se utilizan elementos de las tablas traducidas previamente, también se introdujeron elementos ptolemaicos. El zīj fue escrito bajo el patrocinio del califa al-Ma'mūn, durante cuyo reinado (813-833) el Almagesto de Ptolomeo fue traducido dos veces al árabe.

La combinación de parámetros de las tablas indoiranias y ptolemaicas, como se hizo en el zīj de al-Juarismo y otras tablas similares, habría generado discrepancias tanto en la astronomía práctica como en la predictiva. Por otro lado, habían transcurrido más de seis siglos desde la época de Ptolomeo, periodo durante el cual los parámetros de la astronomía posicional ya habían cambiado, por lo que la lucha de los primeros astrónomos observacionales islámicos con las discrepancias observacionales era inevitable. Los primeros esfuerzos en astronomía observacional incluyeron intentos de construir instrumentos basados en información de Ptolomeo y otras fuentes, y de medir algunos de los parámetros básicos de la astronomía posicional, como la oblicuidad de la eclíptica, la duración del año solar y la longitud de un grado de latitud, así como ciertos parámetros lunares. Los astrónomos musulmanes también realizaron observaciones para fijar coordenadas locales con el fin de determinar la qibla —la dirección sagrada de La Meca— hacia la que se orientan los musulmanes al rezar. Gracias a estos programas de observación, los astrónomos pudieron corregir errores en las observaciones antiguas y obtener valores actualizados para los parámetros astronómicos. Esto les ayudó a evitar el uso de parámetros contradictorios provenientes de diferentes fuentes.

Durante el reinado de al-Ma'mūn, se iniciaron otros programas de observación en Bagdad y Damasco. Se calcularon nuevos parámetros para los movimientos solares, lunares y planetarios; se midió la oblicuidad de la eclíptica; y se realizaron observaciones para determinar las posiciones de las estrellas. Los astrónomos también realizaron mediciones geodésicas para determinar el tamaño de la tierra midiendo la longitud de un grado de latitud (con el fin de proporcionar un nuevo mapa del mundo), y fijaron coordenadas locales mediante observaciones simultáneas de un eclipse lunar desde Bagdad y La Meca, con el fin de determinar la qibla en Bagdad. El resultado de estas diversas observaciones fue (directa o indirectamente) influyente en la provisión de nuevos zījs, entre ellos al-Zīj al-Mumtahan y el zīj de Habash al-Hāsib. En estas tablas, no solo se utilizaron nuevos valores para parámetros astronómicos; También se emplearon nuevas técnicas computacionales, como se puede apreciar en el uso de la trigonometría esférica en el zīj de Habash al-Hāsib. Además, la comparación de los resultados de estas observaciones con los del período helenístico condujo a importantes correcciones a los modelos cinemáticos existentes. Por ejemplo, se estableció que, a diferencia de Ptolomeo e Hiparco, la posición del apogeo solar con respecto al equinoccio de primavera no era fija.

Esta tradición observacional perduró después de al-Ma'mūn. Entre los astrónomos de la segunda mitad del siglo IX se encontraba Thābit ibn Qurra (836-901), un erudito y editor de una traducción al árabe del Almagesto de Ptolomeo . Thābit era un sabiano de Harrán (actualmente en el sur de Turquía). Los sabianos eran seguidores de una antigua orden religiosa que veneraba los cuerpos celestes. Thābit observó con atención los movimientos del sol y la luna, midió la duración del año sideral, determinó el apogeo solar y la excentricidad, y escribió el Libro del Año Solar , Sobre la Visibilidad de la Luna Nueva y un libro sobre el movimiento aparente de la luna basado en la teoría lunar de Ptolomeo. Thābit también concluyó que la precisión de los equinoccios no era lineal, sino que oscilaba periódicamente. Explicó esta teoría sobre la inquietud de los equinoccios en su tratado Sobre el movimiento de la octava esfera . Thābit propuso que los polos de la octava esfera se movían en pequeños círculos cuyos centros contenían los polos de una novena esfera.

Contemporáneo de Thābit, el astrónomo al-Battān, o Albategnius en su forma latinizada (c. 850-929), observando desde una ciudad situada en la margen norte del Éufrates, calculó una nueva cifra para la oblicuidad de la eclíptica (23° 35 en lugar de los 23° 51 20 de Ptolomeo), halló un valor preciso para la excentricidad del sol (0,017326 en lugar de los 0,0175 de Ptolomeo), observó cuidadosamente los movimientos planetarios y mejoró los valores observados para el movimiento medio de la luna en longitud. En su zīj (conocido como al-zīj al-Sābi' ), al-Battān no solo utilizó valores mejorados para la mayoría de los parámetros planetarios, sino que también empleó nuevas fórmulas en trigonometría esférica. Además, introdujo nuevos tipos de instrumentos de observación, como un nuevo reloj de sol, un armilar y un cuadrante mural. Al-Battān, por primera vez en la historia de la astronomía, habló sobre la posibilidad de eclipses solares anulares, que dedujo de las variaciones en los tamaños aparentes de la luna y el sol.

A principios del siglo XI, los intentos de realizar observaciones precisas, junto con el desarrollo de nuevos métodos en la astronomía matemática, se convirtieron en un rasgo característico de la astronomía islámica: entre los astrónomos involucrados se encuentran 'Abd al-Rahmān al-Sūf½ (903-86), Abū'l Wafā al-Būzjān½ (m. 997), Ibn Yūnus (m. 1009) y Abū Rayhān al-B½rūn½ (973-1048). El persa al-Sūf½, en su Libro de las Estrellas Fijas (964) —que fue el primer estudio completo del cielo nocturno desde Ptolomeo— proporcionó un catálogo estelar preciso con correcciones a los datos de posición y magnitudes de la lista estelar de Ptolomeo. También describió varios objetos nebulosos que ahora clasificamos como galaxias y cúmulos estelares. Abū'l Wafā, otro astrónomo y matemático persa, trabajó principalmente en astronomía matemática y realizó importantes avances en astronomía esférica. Al introducir nuevos métodos, Abū'l Wafā simplificó y mejoró la resolución de problemas que involucraban triángulos esféricos oblicuos en comparación con los métodos de Ptolomeo, que se basaban en el Teorema de Menelao. Ibn Yūnus, observando en El Cairo, preparó un excelente zīj (llamado Hak½m½ Zīj ) que se diferenciaba de otros zījs existentes por demostrar el conocimiento del autor sobre las observaciones de sus predecesores y su conciencia de los errores de observación y la precisión computacional. Sus tablas para la medición del tiempo todavía se utilizaban en El Cairo en el siglo XIX. El erudito multidisciplinar al-B½rūn½ no solo introdujo una sofisticada trigonometría esférica para resolver problemas astronómicos y geodésicos, sino que también intentó volver a medir algunos de los parámetros astronómicos y las coordenadas locales.

Observaciones tan meticulosas como estas se convirtieron en parte integral de la astronomía en el mundo musulmán a lo largo de los siglos siguientes. Sin embargo, esta no fue la principal contribución de la astronomía islámica. También se produjeron importantes avances en los campos de la astronomía teórica y matemática. Algunos de estos avances surgieron de necesidades prácticas relacionadas con problemas astronómicos y geodésicos en los rituales islámicos, mientras que otros fueron de naturaleza teórica y filosófica. En ambos aspectos, los astrónomos de los territorios islámicos lograron avances significativos en la historia de la astronomía.

Fig. 2. Zīj Gurgani [ Zīj-i Jurjān½ = Tablas Astronómicas de Gurgani]. 1193 H/1779. Biblioteca de Libros Raros y Manuscritos Beinecke . (Dominio público)

Los aspectos astronómicos y geodésicos relacionados con los rituales islámicos pueden abordarse bajo tres epígrafes: problemas relacionados con la medición del tiempo; la determinación de la dirección sagrada ( qibla ); y la regulación del calendario lunar. Los horarios exactos de las cinco oraciones diarias se basan en la posición del sol en el cielo: los horarios de las oraciones diurnas se determinan por la longitud de las sombras, mientras que los horarios de las oraciones cuando el sol no está sobre el horizonte local se establecen en función de los fenómenos del crepúsculo. La oración de la mañana comienza al amanecer y termina antes de la salida del sol; la oración del mediodía comienza al mediodía, después de que el sol cruza el meridiano local y la sombra de un objeto vertical alcanza su mínimo; la siguiente oración comienza por la tarde, cuando la longitud de la sombra de cualquier objeto es igual a la suma de su sombra mínima al mediodía y la longitud del objeto que proyecta la sombra; la siguiente oración comienza después de la oración de la tarde y termina antes de la puesta del sol; y la oración final comienza cuando desaparece el resplandor del atardecer y debe terminar antes de la medianoche. Si bien no es difícil estimar empíricamente estos horarios de oración, para determinarlos con precisión es necesario adquirir un buen conocimiento del sistema de coordenadas local y de los cambios diarios en la posición aparente del sol en el cielo.

Durante los primeros trece años del surgimiento del Islam, los musulmanes oraban mirando hacia Jerusalén. Sin embargo, diecisiete meses después de la Hégira —la migración del profeta Mahoma de La Meca a Medina— la orientación de las oraciones ( qibla ) cambió para dirigirse hacia la Kaaba en La Meca. Dado que La Meca se encuentra al sur de Medina, encontrar la qibla en Medina no era difícil. Sin embargo, una vez que los territorios islámicos se expandieron, encontrar la qibla correcta se convirtió en un problema complejo de geometría esférica. El problema consistía en encontrar la dirección del círculo máximo que pasa por dos puntos del globo. A lo largo de los siglos, astrónomos y matemáticos musulmanes desarrollaron métodos para resolver este problema basados en la trigonometría esférica, y crearon tablas e incluso instrumentos sofisticados para determinar la orientación de La Meca desde diferentes lugares.

La regulación del calendario lunar fue uno de los problemas más importantes y, a la vez, uno de los más difíciles para los astrónomos musulmanes. En la ley islámica, el mes lunar comienza con el primer avistamiento de la luna creciente. Dependiendo del tiempo transcurrido desde la luna nueva, esta primera luna creciente puede ser muy difícil de observar, debido al poco tiempo que permanece sobre el horizonte y a su tenue brillo en comparación con la luminosidad del horizonte occidental tras la puesta del sol. Por lo tanto, es necesario saber con exactitud cuándo y dónde mirar para encontrar la primera luna creciente. Tradicionalmente, se enviaban observadores a lugares con un horizonte despejado para informar sobre la visibilidad de la luna. Si no la veían, debían repetir sus observaciones la noche siguiente. Si el horizonte estaba nublado, se debía asumir un número fijo de días para el mes en cuestión. Estas incertidumbres, especialmente durante el mes sagrado del Ramadán, resultaban problemáticas. Los primeros astrónomos musulmanes, basándose en fuentes indias, desarrollaron procedimientos para definir la visibilidad de la luna creciente calculando las distancias relativas del sol y la luna y determinando la diferencia en sus horas de puesta. Sin embargo, en los siglos siguientes desarrollaron procedimientos más complejos, teniendo en cuenta también la separación angular entre el sol y la luna y la velocidad aparente de la luna, y proporcionaron tablas complicadas para determinar la visibilidad.

Para obtener datos celestes precisos con fines astronómicos y astrológicos, era necesario contar con programas de observación continuos. Si bien algunos datos podían obtenerse en un tiempo relativamente corto con instrumentos portátiles, la mayoría de los datos necesarios en astronomía posicional requerían observaciones a largo plazo. Por consiguiente, la creación de observatorios se convirtió en parte integral de los programas astronómicos durante el período islámico. Según las fuentes disponibles, los primeros observatorios en el Islam se establecieron en Bagdad y Damasco bajo el patrocinio del califa abasí al-Ma'mūn a principios del siglo IX. Estos observatorios, que no han sobrevivido, se crearon principalmente para actualizar los valores de los parámetros astronómicos y geodésicos, con el fin de compilar nuevos zījs, elaborar tablas precisas para la medición del tiempo y la regulación del calendario, y producir nuevos mapas estelares.

Algunos eruditos realizaron observaciones independientemente de los observatorios de al-Ma'mūn, utilizando sus propias estaciones de observación privadas. Por ejemplo, al-Battān½ observó durante muchos años en Raqqa (en el norte de Siria); los hermanos Banū Mūsā observaron durante unos treinta años desde sus propiedades en Bagdad y la cercana ciudad de Samarra; la familia Banū Amājūr, incluyendo al padre, dos hijos y un esclavo liberado, observó durante un largo período y realizó sus propios zījs; y Sharf al-Dawla construyó un observatorio en el jardín de su palacio en Bagdad.

Desde mediados del siglo X hasta mediados del siglo XIII, se construyeron observatorios o estaciones de observación en todos los territorios islámicos, con diversos instrumentos de observación y para llevar a cabo diferentes programas astronómicos. En la década de 950, al-Sūf½ realizó observaciones en Rayy (cerca de Teherán) y Shiraz; a finales del siglo X, Abū'l Wafā al-Būzjān½ observó desde Bagdad y observó un eclipse lunar simultáneamente con al-B½rūn½ mientras este último se encontraba en Khwarizm (en el actual Turkmenistán); en 994, al-Khujand½ midió la oblicuidad de la eclíptica en Rayy utilizando un sextante de unos 20 m de radio; en la década de 970, Ibn Yūnus inició un extenso programa de observación en El Cairo que explica en su zīj; A finales del siglo X y durante las dos primeras décadas del siglo XI, al-Brūn llevó a cabo observaciones durante más de treinta años en Jorasán (Irán oriental); a finales del siglo XI, Umar al-Khayyām utilizó un observatorio en Isfahán, Irán, durante unos 18 años, donde preparó un zīj y supervisó el proyecto de reforma del calendario para el gobernante selyúcida Malik Shāh; y finalmente, Sa'id al-Ándalus e Ibn al-Zarqāllu emprendieron un programa de observación a largo plazo en España en el siglo XI.

Sin embargo, dos observatorios del período islámico ocupan un lugar especial en la historia de la astronomía: el Observatorio de Maragha , construido en 1259 en el norte de Irán bajo el patrocinio de Hūlāgū (nieto del conquistador mongol Genghis Khan); y el Observatorio de Samarcanda , fundado por Ulugh Beg (nieto de Tamerlán) en 1424. La magnitud de los instrumentos de observación en estos dos observatorios, la importancia de sus programas de observación, su contexto institucional y el número de astrónomos y matemáticos afiliados, se combinan para hacer de estas dos instituciones algo único en la historia de la astronomía medieval.

El observatorio de Samarcanda, basado en ideas del observatorio de Maragha, se convirtió a su vez en modelo para un observatorio construido por Taqā al-Dān en Estambul en 1575 y para los observatorios de Jantar Mantar en el norte de la India en la década de 1720. Tras la caída de la dinastía de Ulugh Beg en la década de 1450, varios eruditos de su círculo emigraron al recién nacido Imperio Otomano, donde influyeron notablemente en los avances científicos. Taqā al-Dān, astrónomo de la corte del sultán Murad III (reinado 1574-1595), estableció un observatorio en Estambul, algo que los sultanes turcos habían anhelado desde la conquista de Constantinopla en 1453. Unos quince astrónomos colaboraron en la construcción y el uso de los instrumentos, cuyo propósito era producir un nuevo Žīj. Sin embargo, dos años después apareció el gran cometa de 1577, que Taqā al-Dān interpretó como una señal de la victoria del ejército turco sobre Persia. Si bien el ejército persa fue derrotado, las tropas turcas también sufrieron grandes pérdidas. Ese mismo año, varios dignatarios fallecieron en cortos intervalos y se desató una plaga. Ante estos inesperados y terribles sucesos, el sultán creyó que el cometa había aparecido debido a la construcción del observatorio y que desaparecería si se eliminaba su causa (el observatorio). En consecuencia, el observatorio fue demolido de inmediato, antes de que Taqā al-Dān pudiera finalizar su zij.

Los observatorios de Jantar Mantar, construidos por Jai Singh en el norte de la India entre 1724 y 1734, aunque se construyeron después de la invención del telescopio, continuaron la tradición islámico-persa de construcción de observatorios monumentales y se inspiraron en gran medida en el Observatorio de Samarcanda.

Además de la astronomía observacional y computacional, los astrónomos musulmanes tenían un interés especial en crear una imagen clara del universo en su sentido físico. Generalmente se aceptaba que la Tierra se encontraba en el centro del universo, con todos los cuerpos celestes moviéndose uniformemente a su alrededor. Aristóteles había argumentado que la región celeste consistía en una serie de esferas concéntricas (u "orbes") con la Tierra en el centro. Cada uno de los planetas, por ejemplo, se movía a una velocidad constante alrededor de uno de estos orbes. Sin embargo, los datos observacionales no respaldaban esta imagen: todos los cuerpos celestes, desde el Sol y la Luna hasta los planetas y las estrellas, manifestaban diferentes movimientos no uniformes a corto plazo o seculares. Para explicar estas observaciones, se desarrollaron modelos no concéntricos de movimientos planetarios en los siglos III y II a. C., culminando en el modelo de Ptolomeo. Este modelo conservaba los orbes concéntricos, pero incluía otros orbes excéntricos y epiciclos incrustados en cada uno de ellos. Según Ptolomeo, el movimiento uniforme de un planeta o el centro de un epiciclo se producía alrededor de un punto llamado ecuante , que no coincidía con la Tierra. Con esta innovación, las observaciones y los modelos matemáticos de los movimientos planetarios se hicieron compatibles, pero la estructura física del universo se volvió confusa. El problema era sencillo: dado que las órbitas excéntricas, los epiciclos y el ecuante eran solo herramientas matemáticas para calcular los movimientos planetarios, ¿cuál era la verdadera configuración física de las esferas celestes? Ni siquiera Ptolomeo fue explícito en su tratamiento del universo: en el Almagesto se limita a describir matemáticamente los movimientos y modelos, mientras que en su Hipótesis Planetaria habla de la configuración de las esferas sin referirse a las premisas problemáticas que subyacen a sus modelos matemáticos.

Las críticas a Ptolomeo comenzaron a aparecer poco después de que los astrónomos musulmanes se familiarizaran con el sistema ptolemaico. Las dudas sobre los datos de observación de Ptolomeo o su descripción del cosmos se hicieron comunes en el Islam. El principal desafío era crear una configuración ( hay'a ) del universo que satisficiera tanto los principios observacionales como los físicos. En otras palabras, el objetivo principal era desarrollar modelos que implicaran movimientos uniformes alrededor del centro del universo —la Tierra— que fueran compatibles con las observaciones.

Fig. 3. Izquierda /Arriba: Par de Tūs. Imaginemos dos esferas tangentes internamente en un punto ( C ), cuyo diámetro es la mitad del de la otra. Si la esfera pequeña se mueve uniformemente al doble (2α) de velocidad que la grande, pero en dirección opuesta, el punto común D se moverá de un lado a otro a lo largo de AB . En otras palabras, los movimientos circulares uniformes de las dos esferas crean un movimiento lineal. Al elegir un par de Tūs con las dimensiones y velocidades adecuadas de las dos esferas giratorias, y unirlo a una esfera dada, se puede producir el movimiento no uniforme observado de un planeta en particular alrededor de la Tierra central, aunque el movimiento de las esferas giratorias sea uniforme. Por lo tanto, se conservan tanto la observación como los principios físicos. © Tofigh Heidarzadeh. Derecha/Abajo: Diagrama de Tūs del par, que muestra la oscilación de un punto dado a lo largo del diámetro del círculo grande. Después de Tūs½ pareja de Vat . Manuscrito árabe 319, commons.wikimedia.org. Licencia Creative Commons

La solución de este problema ocupó la mente de varios astrónomos musulmanes, entre ellos Ibn al-Haytham, Abū 'Ubeyd Jūzjān, discípulo de Ibn-S½nā, Ibn Rūshd e Ibn Bājja. Sin embargo, fue Nas½r al-D½n al-Tūs½ quien desarrolló una solución revolucionaria para eliminar el ecuante. Tūs½ introdujo una disposición en la que los movimientos circulares de dos esferas producían un movimiento lineal que desplazaba un punto (por ejemplo, el centro de un epiciclo) acercándolo o alejándolo de un punto central. Esta disposición (conocida como el par de Tūs½), capaz de generar movimientos no uniformes a partir de movimientos uniformes concéntricos, fue un concepto clave en el desarrollo de modelos no ptolemaicos. Los contemporáneos de Tūs, Mu'ayyad al-D½n al-'Urd½ y Qutb al-D½n Sh½raz½, también desarrollaron modelos innovadores no ptolemaicos, y la tradición continuó con otros modelos producidos por Al½ Al-Qūshj½ (del Observatorio de Samarcanda) e Ibn al-Shātir (1304-75), el cronometrador de la Mezquita Omeya de Damasco.

Copérnico empleó repetidamente conceptos desarrollados por Tusí y sus seguidores y colegas. En De revolutionibus, utilizó el par de Tusí para crear la variación en la oblicuidad de la eclíptica y producir una oscilación en los planos orbitales de los planetas. En el Commentariolus, Copérnico utiliza los modelos de al-Urd y Ibn al-Shātir para desarrollar sus propios modelos de longitud planetaria. El modelo de Copérnico para los movimientos lunares es casi idéntico al propuesto por Ibn al-Shātir. Probablemente, Copérnico conoció los modelos musulmanes no ptolemaicos, especialmente los desarrollados por Tusí y sus seguidores, durante sus estudios en Italia, donde tenía un acceso más fácil a los textos árabes.

 

 

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LA ASTRONOMÍA DESDE EL RENACIMIENTO

HASTA MEDIADOS DEL SIGLO XX



El periodo comprendido entre el Renacimiento europeo y mediados del siglo XX fue extraordinariamente fructífero para la historia de la astronomía. El paradigma heliocéntrico de Copérnico (mediados del siglo XVI), seguido por la revolución tecnocientífica del telescopio refractor de Galileo (1609), impulsó un enorme movimiento de revitalización y progreso en las observaciones astronómicas y la comprensión teórica del cielo, lo que favoreció la construcción y el desarrollo de numerosos observatorios con sucesivas generaciones de instrumentos completamente nuevos. A finales del siglo XIX, las observaciones astronómicas se transformaron radicalmente gracias a los métodos de la astrofísica, tras el descubrimiento de la naturaleza ondulatoria de la luz y los espectros de emisión de los materiales calentados.

El patrimonio astronómico de los cuatro siglos en cuestión es inmenso, principalmente en países europeos y posteriormente en otras partes del mundo. Comprende simultáneamente diversas categorías de patrimonio: instrumentos móviles, instrumentos fijos, observatorios y registros de datos de observación originales.

Para lograr un equilibrio en la amplia gama de temas representados en este portal, este ensayo temático no pretende, por el momento, ofrecer una visión general completa de la astronomía desde el Renacimiento hasta mediados del siglo XX, sino que se limita a un breve repaso cronológico. El lector interesado puede consultar una publicación dedicada íntegramente a este tema: « Observatorios Astronómicos: De la Astronomía Clásica a la Astrofísica Moderna» , editada por Gudrun Wolfschmidt (Berlín, 2009: ICOMOS, Monuments and Sites XVIII). Este volumen recoge las actas de un simposio internacional sobre «Patrimonio Cultural: Observatorios Astronómicos (alrededor de 1900)», organizado por ICOMOS Alemania junto con la Universidad de Hamburgo en octubre de 2008, y contiene 40 artículos sobre observatorios clásicos y su legado.

Los cinco estudios de caso incluidos en el primer Estudio Temático —a saber, el Real Observatorio de Greenwich , Reino Unido; el Real Observatorio del Cabo de Buena Esperanza , Sudáfrica; el Observatorio de París-Meudon , Francia; el Observatorio del Monte Wilson, California , EE. UU.; y la Torre Einstein en Potsdam , Alemania— fueron elegidos en la medida de lo posible para complementar, en lugar de reproducir, la información disponible en el libro de Hamburgo. Greenwich y Ciudad del Cabo aparecen en el volumen de Hamburgo, pero se incluyeron en aras del equilibrio: Greenwich por ser parte de un Patrimonio de la Humanidad y por ejemplificar varias cuestiones importantes, y el Observatorio de Ciudad del Cabo por su especial relevancia debido a su ubicación tanto en el hemisferio sur como en África. El segundo Estudio Temático (2017) contiene estudios de caso ampliados sobre el Real Observatorio del Cabo de Buena Esperanza , Sudáfrica, y el Observatorio de París , Francia.

En ocasiones, el enfoque patrimonial en la astronomía moderna y contemporánea se centra en un instrumento específico. Históricamente, este fue a menudo el motivo fundamental de la creación del observatorio, de modo que un instrumento excepcional se considera la parte central del lugar, otorgándole todo su valor. Los requisitos científicos y las capacidades técnicas de un momento dado se combinan para crear un instrumento de alto rendimiento: en términos científico-tecnológicos, esto, más que su contexto arquitectónico, constituye la verdadera obra maestra. Para ello, debemos considerar el sitio como un bien patrimonial en su conjunto; es decir, el instrumento no puede separarse de su entorno inmediato ni de su entorno material considerado como una totalidad. La concordancia entre un instrumento y un sitio (patrimonio tangible fijo) y entre un instrumento y sus usos y resultados científicos (patrimonio intangible) son cuestiones esenciales si se pretende desarrollar una definición de un bien patrimonial con vistas a una candidatura viable.

 

Primeros desarrollos 

Investigado y escrito alrededor de 1530, De revolutionibus orbium côlestium , la obra de referencia de Nicolás Copérnico (1473-1543), se publicó el año de su muerte. Dentro de la historia de la cosmogonía y el pensamiento europeo, este libro supuso un cambio de paradigma trascendental. La descripción ptolemaica de un mundo geocéntrico (siglo II d. C.) fue reemplazada por un sistema heliocéntrico que conservaba órbitas circulares y movimientos uniformes.

Figura 1 . 'Uraniborg', en Tycho Brahe, Astronomiae instauratae mechanica (1598). Fue derribado durante el siglo XVII. Wikimedia Commons (dominio público)

Durante la segunda mitad del siglo XVI, la posición de los objetos celestes se determinaba a simple vista, utilizando instrumentos clásicos inspirados tanto en las tradiciones medievales europeas como en las árabe-islámicas. En Europa, el proyecto astronómico más importante fue la construcción del complejo del observatorio de Uraniborg. Financiado por el rey de Dinamarca, fue construido en una pequeña isla por el astrónomo Tycho Brahe (1546-1601) entre 1576 y 1580. Equipado con nuevos y grandes instrumentos, permitió a Tycho y a su grupo de astrónomos trabajar durante un largo período para establecer nuevas tablas astronómicas para más de 1000 estrellas. Estas tablas fueron publicadas posteriormente por Johann Kepler (en 1627). Tycho también mejoró la calidad de las mediciones, alcanzando una precisión inferior a un minuto de arco, lo que permitió la predicción precisa de eventos celestes.

Un acontecimiento social importante de la época, vinculado a la astronomía y la cosmología, fue la reforma del calendario adoptada por la Iglesia Católica en 1582 bajo el pontificado del papa Gregorio XIII. Las dificultades para cambiar el paradigma cosmológico durante el Renacimiento tardío se ilustran con la actitud ambivalente de Tycho Brahe al intentar mantener la Tierra en el centro del universo, con los planetas girando alrededor del Sol y el Sol alrededor de la Tierra. El concepto de universo infinito de Giordano Bruno (1548-1600) ilustra el florecimiento general de las ideas en ciencia y cosmología durante el período humanista, así como las dificultades que obstaculizaron su reconocimiento social y cultural.

Johannes Kepler (1571-1630) continuó el trabajo de Tycho Brahe, utilizando sus resultados para respaldar las propuestas de Copérnico sobre los movimientos celestes mediante sus famosas tres leyes: que las órbitas planetarias son elípticas, que la línea que une el Sol con un planeta barre áreas iguales en tiempos iguales, y que una fórmula sencilla relaciona el período de revolución con las dimensiones de la órbita. Kepler impulsó la «revolución científica moderna» al formular leyes matemáticas sumamente simples con consecuencias universales. Sin embargo, Kepler siguió siendo un hombre de su tiempo, publicando almanaques populares y elaborando horóscopos y pronósticos astrológicos para sus clientes.

El sistema heliocéntrico de Copérnico tardó en ser plenamente reconocido como una descripción completamente nueva del cielo: la famosa controversia de Galileo Galilei (1564-1642) con la Iglesia Católica se prolongó desde la década de 1610 hasta su muerte. En el proceso de alcanzar su propia certeza en apoyo del modelo copernicano, Galileo transformó radicalmente las capacidades de las observaciones astronómicas mediante el uso del telescopio refractor: dos lentes convexas montadas en un tubo que magnificaban el campo de visión. A partir de 1609, el conocimiento astronómico se transformó repentinamente, ya que los telescopios comenzaron a revelar multitud de objetos celestes que ningún ser humano había visto antes. Uno de los primeros y más significativos descubrimientos de Galileo fue la existencia de las cuatro lunas (las más grandes) de Júpiter, lo que demostró que la Tierra no era el único planeta con lunas y, por lo tanto, apoyó el modelo copernicano. Otro descubrimiento importante fue el de montañas en la Luna, lo que demostró su materialidad y sus similitudes con la Tierra.

Figura 2. El telescopio de 140 pies de Johannes Hevelius (de Machina coelestis , 1673). Wikimedia Commons (Dominio público).

Una nueva era comenzó a mediados del siglo XVII tras el desarrollo de telescopios refractores fiables y eficientes. Científicos y artesanos perfeccionaron sus conocimientos y construyeron mejores instrumentos, por ejemplo, añadiendo sistemas de medición angular al telescopio. Estos dispositivos propiciaron numerosos descubrimientos: por ejemplo, en la década de 1650, Christiaan Huygens (1629-1695) descubrió los anillos de Saturno y su luna Titán, y realizó el primer boceto conocido de la nebulosa de Orión. También supusieron mejoras en la navegación transoceánica, ya que las observaciones astronómicas podían utilizarse para determinar la posición en el mar. Este periodo se caracterizó por programas de observación e intercambio de información a través de redes de científicos europeos. Los poderosos reinos de la época optaron por construir grandes observatorios, utilizando los últimos avances tecnológicos para crear nuevos instrumentos y financiando a astrónomos profesionales reclutados de toda Europa. En 1641, Johannes Hevelius (1611-1687) fundó un observatorio en Danzig (Gdańsk) equipado con un gran telescopio. El Observatorio de París fue fundado en 1667 por Luis XIV, con un grupo de astrónomos centrado inicialmente en Jean Picard (1620-1682) y posteriormente en Jean-Dominique Cassini (1625-1712), quien se convirtió en su primer director. El Real Observatorio de Greenwich fue encargado por el rey inglés Carlos II en 1675 y dirigido por el Astrónomo Real John Flamsteed (1646-1719), sucedido por Edmund Halley (1656-1742).

La disponibilidad de todos estos nuevos equipos y el creciente número de astrónomos propiciaron numerosos descubrimientos cruciales y generaron una visión y comprensión del cielo completamente nuevas. Eventos específicos, como la aparición del cometa Halley (1680-1684), captaron la atención de un amplio público y ofrecieron numerosas oportunidades para el debate entre la élite en los salones. Los astrónomos publicaron catálogos estelares revisados y efemérides actualizadas.

Con sus Principia (1687), Isaac Newton (1643-1727) logró el mayor hito teórico del siglo XVII, unificando la astrofísica y la física terrestre. El concepto de gravitación universal y las tres leyes del movimiento sentaron las bases de un modelo matemático completo y coherente que dio origen a lo que se conoció como «mecánica celeste».

Este periodo también marcó la aparición de nuevos campos de descubrimiento experimental, como la determinación de la velocidad finita de la luz en 1676 por Ole Christensen Rømer (1644-1710), mientras trabajaba en el Observatorio de París. Una aparente variación en la posición de las estrellas observadas a finales del siglo XVII generó la esperanza de determinar su paralaje (la variación anual en su posición causada por el movimiento de la Tierra alrededor del Sol) y, por lo tanto, su distancia. En cambio, esto llevó a James Bradley (1693-1762) a descubrir el efecto de aberración (1727), consecuencia de la velocidad finita de la luz, y confirmó la teoría de Rømer. Bradley también descubrió la nutación del eje terrestre en 1738.

Las mejoras en los instrumentos y la teoría propiciaron numerosos avances en las ciencias astronómicas durante el siglo XVIII. Se inventaron nuevos instrumentos de precisión, como el telescopio meridiano de Rømer (1704), equipado con micrómetros, y el heliómetro de Pierre Bouguer (1748). Se perfeccionaron las técnicas de fabricación de espejos parabólicos de bronce, lo que hizo viables los telescopios reflectores, mientras que en 1758 John Dollond (1706-1761) descubrió un método para eliminar en gran medida la aberración cromática de las lentes en los refractores. A finales de siglo, estos instrumentos mejorados permitieron completar varios catálogos y efemérides sustanciales. Así pues:

Figura 3. Reflector de 40 pies de William Herschel, terminado en 1789 (Dominio público).

  • En 1764, Jérôme Lalande (1732-1807) publicó su Traité d'Astronomie , un compendio de conocimientos astronómicos de la época, escrito de manera racional y pedagógica según la Ilustración;
  • En 1771, Charles Messier (1730-1817) publicó su catálogo de cuerpos celestes fuera del sistema solar;
  • En 1776 apareció la primera edición del Berliner Astronomisches Jahrbuch , una publicación anual de efemérides y astronomía que continuó hasta 1960; y
  • En 1801, Jérôme Lalande (1732-1807) publicó la Histoire Céleste Française , que contenía un catálogo de más de 47.000 estrellas.

William Herschel (1738-1822), quien descubrió Urano en 1781, dio origen a una dinastía familiar de astrónomos. Sus instrumentos de alta precisión marcaron el comienzo de una nueva generación de grandes telescopios reflectores.

Durante el siglo XVIII se organizaron varias expediciones científicas para determinar el tamaño y la forma real de la Tierra. La medición del meridiano de París, de un extremo a otro de Francia, un proyecto iniciado por Picard, fue continuada por J.-D. Cassini y su hijo Jacques. Las expediciones al Perú y Laponia, coordinadas por la Academia de Ciencias de París a mediados de la década de 1730 y en las que participaron numerosos astrónomos y otros científicos, confirmaron que la Tierra estaba achatada en los polos. Los tránsitos de Venus (a través del disco solar) en 1761 y 1769 propiciaron la organización de expediciones científicas que implicaron cooperación internacional y la coordinación de observaciones en diferentes partes del mundo, con el objetivo principal de obtener una medición más precisa de la distancia al Sol y, por lo tanto, de «escalar» el sistema solar.

Otra cuestión importante derivada de las nuevas posibilidades astronómicas surgió a principios del siglo XVIII: ¿podría determinarse la longitud mediante observaciones astronómicas en el mar o mediante mediciones de tiempo con relojes marítimos precisos y fiables? Las soluciones se desarrollaron principalmente en Inglaterra y Francia. A principios de la década de 1730 comenzaron a fabricarse octantes aptos para la navegación, seguidos en la década de 1750 por sextantes portátiles, y en 1787 Jean-Charles Borda inventó un círculo reflectante mejorado (esencialmente un octante extendido a un círculo completo). El último aspecto de la solución a la búsqueda de la longitud en el mar fue la elaboración, en 1752, de tablas de movimientos lunares por el astrónomo alemán Tobias Mayer (1723-1762).

 

Desarrollos a principios y mediados del siglo XIX 

Figura 4. Observatorio de Pulkovo. Fotografía © Vladimir Ivanov, licencia Creative Commons.

La construcción de nuevos observatorios continuó e incluso se aceleró en el siglo XIX, creando no solo una considerable red internacional en Europa, sino también, y por primera vez, una importante dispersión de observatorios modernos por todo el mundo. Entre 1830 y 1840, surgió la arquitectura clásica del observatorio con cúpula, dando lugar a un hito característico y popular, fácilmente reconocible. Aún hoy, sigue siendo un símbolo de la astronomía y de los astrónomos. De las numerosas construcciones de este tipo de la época, el Observatorio de Pulkovo en San Petersburgo, Rusia, construido por orden del zar Nicolás I e inaugurado en 1839 bajo la dirección de Friedrich Georg Wilhelm Struve, fue probablemente uno de los más representativos y completos. El Observatorio del Harvard College en Estados Unidos, fundado en 1839, y el Real Observatorio del Cabo de Buena Esperanza en Sudáfrica son buenos ejemplos de instalaciones permanentes construidas fuera de Europa.

Al mismo tiempo, la eficiencia de los instrumentos continuó aumentando de diversas maneras: en términos de la calidad del metal, las capacidades mecánicas de los constructores, la mano de obra de los fabricantes de lentes y la precisión del pulido de los espejos. Por ejemplo, la disponibilidad de vidrio homogéneo acromático permitió construir lentes objetivo más grandes, de modo que se pudieron construir grandes telescopios refractores por primera vez; y los soportes ecuatoriales y los accionamientos mecánicos permitieron que el telescopio siguiera las estrellas en el cielo, lo que permitió un estudio extenso de un solo campo con una precisión de observación limitada únicamente por factores externos como la difracción y la turbulencia del aire. Un efecto de todas estas mejoras fue que el lugar de honor en el observatorio pasó a ser el telescopio refractor. Otro fue que ahora se podían observar objetos más pequeños, de modo que, por ejemplo, ahora se podían resolver muchas "estrellas dobles" (binarias). Las capacidades teóricas de los astrónomos de este período se ilustran con Carl Friedrich Gauss (1777-1855), quien predijo con éxito en 1801 la posición en el cielo del asteroide (ahora planeta enano) Ceres mediante cálculo; y más tarde, en 1846, con el descubrimiento de Neptuno por Urbain Le Verrier (1811-1877) utilizando cálculos basados en perturbaciones en la posición de Urano.

Mediados del siglo XIX se caracteriza por grandes estudios sistemáticos del cielo. Proyectos internacionales elaboraron extensos catálogos y mapas que incluían un número creciente de objetos celestes, junto con su posición, magnitud y otros detalles. El Nuevo Catálogo General (NGC), publicado en 1880, catalogó 7840 «objetos no estelares»: cúmulos estelares y nebulosas, muchos de los cuales ahora sabemos que son otras galaxias. Fue el comienzo de una comprensión más profunda del Universo.

 

Los albores de la astrofísica 

A finales del siglo XIX, el uso de la espectroscopia y la fotografía provocó un cambio fundamental en el enfoque, pasando de la cartografía del firmamento a la comprensión de los procesos físicos que tienen lugar en el espacio. Los orígenes de la espectroscopia astronómica se remontan a mediados de la década de 1810, con la observación de Joseph Fraunhofer (1787-1826) de líneas espectrales oscuras en el espectro solar, pero sus implicaciones para la astronomía no se abordaron seriamente hasta las décadas de 1850 y 1860. En 1868, Pierre Janssen (1824-1907) y Norman Lockyer (1836-1920) descubrieron un nuevo elemento, el helio, en el Sol. Los espectros permitieron rápidamente comprender la estructura química no solo del Sol, sino también de otras estrellas.

Janssen fue un pionero de la astrofotografía, tomando las primeras fotografías del sol e introduciendo innovaciones técnicas que permitieron tomar un gran número de fotografías en rápida sucesión. A partir de la década de 1870, las nuevas emulsiones fotográficas y la mayor precisión del movimiento en los sistemas de seguimiento ecuatorial permitieron tomar magníficas fotografías, lo que condujo a la creación en 1885 de un programa internacional global para cartografiar el cielo, la Carte du Ciel .

El nuevo campo de la astrofísica conectó la astronomía con la física y la química, y propició la creación de comunidades específicas de profesionales en las décadas de 1860 y 1870, como la Sociedad Italiana de Espectroscopistas. Dos mejoras complementarias permitieron que la espectrometría se convirtiera en una práctica habitual en los estudios sistemáticos del cielo: la sustitución de los prismas de vidrio por rejillas de difracción de alta densidad y el uso de la fotografía de grano fino para registrar los espectros. Durante la década de 1870 se establecieron centros específicos de espectroscopia astronómica en Greenwich, Se iniciaron programas para catalogar espectros estelares y trabajar en una mejor comprensión de la estructura estelar.

A finales del siglo XIX, se comprendía que el Universo era un conjunto complejo y disperso de galaxias de distintos tipos que contenían una cantidad increíble de estrellas, cuyos movimientos interdependientes seguían las leyes de la mecánica celeste y cuya luz proporcionaba información sobre su estructura química y temperatura. Se habían desarrollado metodologías exitosas para estudios astronómicos sistemáticos que involucraban redes mundiales de observatorios y a la comunidad internacional de astrónomos.

No obstante, a principios del siglo XX, el rendimiento instrumental seguía limitado por el tamaño de los telescopios y por limitaciones físicas como la turbulencia atmosférica y la difracción. Además, la iluminación artificial y la niebla urbana resultaban perjudiciales tanto para la observación directa como para la espectrometría. A esto se sumaba que los astrofísicos empezaron a comprender la importancia de la nueva información que podía obtenerse observando la radiación fuera del espectro visible. El problema radicaba en que dicha radiación se veía gravemente afectada por la atmósfera terrestre, especialmente a bajas temperaturas. La solución consistió en trasladar algunos observatorios a ubicaciones nuevas y más aisladas, y construir otros nuevos en zonas montañosas con condiciones atmosféricas estables y de alta calidad.

Dos nuevos observatorios que superaron estas dos limitaciones —las dimensiones de los reflectores y la perturbación atmosférica— se construyeron durante la primera mitad del siglo XX en Estados Unidos, bajo la concepción de George Ellery Hale (1868-1938). El Observatorio del Monte Wilson , cuya construcción comenzó en 1904, se edificó en California a una altitud de 1740 m. En 1908, se equipó con un reflector de alta calidad de 1,5 m, y en 1917 con uno de 2,5 m. Una innovación técnica inventada por Bernhard Schmidt (1879-1935) en 1930 corrigió el problema de las aberraciones fuera del eje que restringían el campo de visión de los grandes telescopios, facilitando así los estudios que abarcaban grandes áreas del cielo. El observatorio Hale, inaugurado en 1936 en el Monte Palomar, también en California, albergaba un telescopio Schmidt de 46 cm. El telescopio reflector de 200 pulgadas (5,08 m), conocido como telescopio Hale, que se instaló en 1948, siguió siendo el telescopio óptico de mayor apertura del mundo hasta 1976.

 

Bibliografía seleccionada 

  • Bennett, Jim (1987). El círculo dividido: una historia de los instrumentos para astronomía, navegación y topografía . Oxford: Phaidon-Christie's.
  • Hearnshaw, John B. (1986). El análisis de la luz estelar: ciento cincuenta años de espectroscopia astronómica . Cambridge: Cambridge University Press.
  • Hoskin, Michael, ed. (1997). Historia ilustrada de la astronomía de Cambridge . Cambridge: Cambridge University Press.
  • Hoskin, Michael, ed. (1999). Historia concisa de la astronomía de Cambridge . Cambridge: Cambridge University Press.
  • Marcorini, Edgardo, ed. (1988). Historia de la ciencia y la tecnología: una cronología narrativa (2 vols.). Nueva York: Facts On File.
  • Tatón, René, ed. (1981-83). Histoire Générale des Sciences: la Science Contemporaine (2 vols). París: Presse Universitaire de France.
  • Wolfschmidt, Gudrun, ed. (2009). Observatorios astronómicos: de la astronomía clásica a la astrofísica moderna . Berlín: ICOMOS (Monumentos y sitios XVIII).

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