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REVOLUCIÓN EN ESPAÑA por Karl Marx y Friedrich Engels
(parte I)
PRÓLOGO
Este volumen contiene veintinueve
artículos periodísticos y tres de enciclopedia, todos ellos referentes a temas
españoles, escritos por Marx y Engels entre 1854 y 1856; en 1858, 1860 y
1873. El lector no
está pues en presencia de un libro, sino de una
colección de escritos. La colección ha sido ordenada del modo
siguiente:
PARTE PRIMERA.- Siendo Marx
corresponsal de la New York Daily Tribune en
Europa tiene lugar en Madrid en junio de 1854 la sublevación de O’Donnell y
Dulce conocida por los españoles con el nombre de «la Vicalvarada». Marx
escribe once artículos o notas para su periódico, al hilo de los
acontecimientos.
Algún artículo de esa serie puede
haber sido redactado con intervención de Engels. Tal podría ser especialmente
el caso de las correspondencias II y IV. Pero las razones de crítica interna
que justifican ese juicio – la complacencia en detalles técnicos militares, muy
propia de Engels, y algunos rasgos de estilo en las fórmulas utilizadas para
valorar noticias oficiales- son tan difíciles de aquilatar (máxime tratándose
de textos escritos por uno u otro autor en inglés, y no en su lengua materna)
que el juicio en cuestión se ofrece aquí como mera conjetura. Por lo demás, que
Marx es también, en colaboración con Engels o sin ella, el redactor de la
correspondencia II queda probado por el hecho de que anuncie en ella la serie
de artículos que constituye la segunda parte de este volumen: «Como el carácter
de la historia moderna de España merece ser apreciado muy diversamente de como
lo ha sido hasta ahora, aprovecharé una oportunidad para tratar este tema en
una de mis próximas cartas» (pág. 27).
PARTE SEGUNDA. – La rápida
intervención del pueblo en la Vicalvarada confirma la previsión de Marx en su
segunda correspondencia al respecto: “… no sería cosa de asombrarse si
estallara en la Península· un movimiento general partiendo de la mera rebelión
militar» (pág. 27). Como por otra parte éste es el primer movimiento
revolucionario de cierta envergadura en Europa desde los acontecimientos de
1848 Marx le atribuye una importancia considerable y profundiza su conocimiento
de la historia moderna de España: «Mi principal tema de estudio es ahora
España. Hasta el momento, básicamente en fuentes españolas, he estudiado las
épocas de 1808 a 1814 y de 1820 a 1823. En este momento estoy pasando al
período de 1834 a 1843. Es una historia bastante confusa. Es verdaderamente
difícil dar con las causas de los desarrollos… Todo el asunto, si lo resumo
mucho, podrá hacer seis artículos para la Tribune».([1])
Fueron esos artículos nueve, de los
que la New York Daily Tribune no publicó más que
ocho.([2]) Empezaron a aparecer en dicho periódico
el 9 de agosto de 1854, antes de terminarse la serie de correspondencias sobre
la Vicalvarada, de las que. aun aparecieron dos, el 16 y el 30 de agosto de
1854 respectivamente. Esos ocho artículos constituyen la segunda parte de este
volumen. El título España Revolucionaria (Revolutionary
Spain) lo es de toda la serie.
PARTE TERCERA. – Dos años después con
ocasión del golpe de Estado de O’Donnell de 1856, Marx escribe dos
correspondencias para su periódico. Constituyen la parte tercera de este
volumen. Aparecieron con el título de Revolución en España
(Revolution in Spain).
PARTE CUARTA- Está constituida por la
voz «Bolívar» de la New American Cyclopedia, escrita
por Marx (y con este artículo terminan los textos del mismo en este volumen)
tres artículos de Engels: uno sobre el ejército español para Putnam’s Magazine y
las voces «Badajoz» y «Bidasoa» de 1a New American Cyclopedia. El
artículo de Putnam’s Magazine está escrito en 1855; los de
la New American Cyclopedia (también el de Marx) en 1858.
PARTE QUINTA. – Tres correspondencias
de Engels para la New York Daily Tribune sobre la toma de
Tetuán por O’Donnell. Son de 1860. Los tres artículos fueron apareciendo bajo
el titular: La guerra mora (The moorish war).
PARTE SEXTA.- Consta de cuatro
artículos de Engels publicados en 1873 en Der Volkstaat bajo
el título de Los
bakuninistas en acción (Die Bakuninisten an
der Arbeit). La nota introductoria y el subtítulo fueron añadidos
por el propio Engels en la reimpresión de 1894.
Todos los artículos de Marx
contenidos en este volumen son posteriores al Manifiesto
Comunista (1848) y sin duda contemporáneos de la primera elaboración
de los materiales para El Capital, esto es, de la Crítíca
de la economía política (1859). Escritos en Londres
entre 1854 y 1858, proceden de uno de los períodos de su vida más intensamente
dedicados al estudio. Desde su traslado a Londres en 1849 a consecuencia de la
derrota de la revolución de 1848, Marx, tras un probable y breve período de
esperanza en un pronto regreso compartida con los demás emigrados alemanes, se
dedica al estudio de las posibles causas de la indicada derrota. A partir sobre
todo de 1850 intensifica además el estudio de la economía, seguramente el fruto
más importante cosechado por él de su amistad con Engels.
El Marx que escribe sobre España
desde 1854 está, pues, ya en posesión de todos los elementos de su metodología.
El lector que abra estas páginas de
Marx escritas hace ya más de un siglo estará seguramente más movido por un
interés referente al pensamiento de su autor que por el de estudiar la historia
de España. Y probablemente el valor capital de estos escritos radica en la luz
que arrojan sobre la metodología de Marx. Pero 7 está claro que, tratándose de
la metodología de un pensador historicista, su estudio y su valoración están
indisolublemente asociados con la consideración de sus resultados
histórico-positivos. Desde este punto de vista, una lectura de estos artículos,
por desprovista que esté de curiosidad histórico-positiva, no puede menos de
detenerse ante consideraciones como las hechas por Marx acerca del papel
político del ejército español en el siglo XIX, o la explicación de la
importancia y arraigo de la resistencia guerrillera contra Napoleón por la
escasa centralización de la monarquía española, o la lectura de la constitución
de 1812 sobre el trasfondo de los viejos fueros peninsulares, pero sin perder
de vista su relación con la Revolución Francesa, etc. Cuando se para mientes en
que observaciones sobre las Cortes tradicionales o sobre la Reconquista que han
sido novedad ruidosa en la investigación española hace menos
de diez años tienen un llamativo paralelismo con tesis de Marx al respecto, se
abre una profunda perspectiva sobre la capacidad analítica de éste, sobre lo
que Ballesteros llama «su gran capacidad intelectual».
De los historiadores españoles es, en
efecto, don Antonio Ballesteros el que más presentes tiene los artículos de
Marx.([3]) Emite sobre algunos de ellos -los que
conoce por la deficiente traducción de Andrés Nin de 1929-([4]) el siguiente juicio: «En 1929 aparecían
en castellano los artículos que Carlos Marx había publicado en New York Tribune
[sic] sobre la Revolución española. Están escritos a mediados del
pasado siglo, y aunque se refieren a los períodos de 1808-1814, 1820-1823 y
1840-1843([5]) son, por sus consideraciones, algunas
muy atinadas,([6]) un antecedente de interés para el
estudio· del movimiento revolucionario hispano, pues el autor había presenciado
varias revoluciones europeas y su gran capacidad intelectual aplicaba sus
conocimientos a los sucesos españoles. Casi no hay necesidad de apuntar que el
criterio de Marx es en extremo parcial. Sus recorridos históricos de los siglos
anteriores contienen errores de bulto en cuanto a los hechos se refiere».([7])
La «parcialidad» de «criterio» a que
alude Ballesteros puede seguramente cifrarse de un modo suficiente en el
principio progresista y revolucionario: Marx considera la revolución liberal y
luego la aparición del proletariado en ella (según él en 1856) como hechos
coherentes con el sentido del proceso histórico. Para el positivismo histórico
de Ballesteros todo criterio histórico-filosófico es naturalmente un «partido»
contrario a la aspiración positivista a la eliminación de tales criterios de
sentido. Pero, aunque esa consideración pueda bastar en sustancia para aclarar
lo que Ballesteros entiende por «partidismo», su juicio viene seguramente
codeterminado además por otra circunstancia, a saber, la básica falta de una
tabla de valores morales tradicionales en la comprensión de los hechos por
Marx. Por positivista que sea, en efecto, -acaso más: por ser positivista y
prescindir de criterios explícitos de sentido-, un historiador
está siempre más o menos sometido a la tabla de valores procedentes de la
tradición y que reinan en su época. Marx usa tales valores tradicionales
retóricamente cuando habla de personajes -cuando traza, por ejemplo, las semblanzas
de Espartero o de Bolivar-, pero los ignora completamente al enjuiciar hechos.
Mientras, por ejemplo, el hecho de que Espartero permitiera la huida de la
reina Cristina tras la revolución de 1854, y aplastara la consiguiente protesta
popular, es para Ballesteros prueba de la «nobleza» e «hidalguía» del gobierno
oficialmente revolucionario,([8]) el hecho es interpretado por Marx
simplemente como indicio de que la tendencia contrarrevolucionaria gana terreno
en el gobierno del general. (Cfr. pág. 64).
La siguiente confrontación puede
ilustrar aún más concluyentemente al respecto([9])
BALLESTEROS
«Consideraciones graves puede sugerir
el cambio brusco del pueblo español, que un día vitoreó hasta la exasperación
al general Riego y proclamaba enardecido la Constitución; parece increíble que
fuera ése el mismo pueblo que el año 1823 gritaba ¡Vivan
las caenas!, ¡mueran los negros!, ¡viva el
rey absoluto! Claro es que nos referimos al bajo pueblo, a la
plebe, a las capas ínfimas de la sociedad. Nadie las ha descrito mejor que un
gran novelista de nuestra edad. Sus hermosas palabras merecen reproducirse:
«<<El populacho -dice- es
algunas veces sublime, no puede negarse. Tiene horas de heroísmo, por
extraordinaria inspiración que de lo alto recibe; pero fuera de esas ocasiones,
muy raras en la historia, el populacho es bajo, soez, envidioso, cruel y, sobre
todo, cobarde»” (op. cit., VII, pág. 213).
MARX
«Las Cortes… encontraron una sociedad
fatigada, exhausta, todo sufrimiento, consecuencia necesaria de una guerra tan
prolongada… No era de esperar que una sociedad en ese estado resultara muy
sensible a las abstractas bellezas de una Constitución… No obstante… la
Constitución fue recibida con <<entusiasta alegría», pues en general las
masas esperaban la súbita desaparición de sus males por el mero cambio de
gobierno. Cuando descubrieron que la Constitución no poseía tales poderes
milagrosos, las exageradas esperanzas se trocaron en decepción, y en esos
apasionados pueblos meridionales no hay más que un paso de la decepción a la
cólera.
«Algunas circunstancias concretas
contribuyeron también a enajenar al régimen constitucional las simpatías
populares.» [Marx enumera: la expulsión de los afrancesados, la introducción
por las Cortes de un impuesto sobre la renta, los decretos prohibiendo la
circulación de moneda acuñada por José Bonaparte, la subida de precios,·la
acción política de los «serviles» y el paso de gran parte del ejército al bando
absolutista siguiendo el ejemplo de Elío (Cf. págs. 133-136).]
Por último, por lo que hace a los
errores de Marx en su examen del pasado revolucionario español, indicaremos que
Marx sitúa la actividad política de don Álvaro de Luna a fines del siglo xiv,
en vez de a principios del’ xv (cfr. pág. 77), hace morir al virrey Santa
Coloma en Zaragoza (cfr. pág. 78) en vez de en Barcelona, y cree sin discusión
en la autenticidad de los fueros de Sobrarbe, hecho este último que no le
perjudica gran cosa porque lo que en el contexto interesa es la autenticidad
del Privilegio de la Unión (cfr. pág. 124). También en los artículos
desconocidos por Ballesteros hay algunos lapsus: la confusión de Bravo Murillo
con González Brabo (cfr. págs. 54 y 66) y la de Buceta con Pucheta (cfr. pág.
53).
Todos esos errores se mantienen en la
traducción. En ella se ha seguido siempre el criterio de abstenerse de
correcciones. Al mismo criterio obedece la práctica seguida de mantener los
textos españoles o traducidos por Marx tal como éste los da, ya sean textos
políticos, ya sean textos literarios, como la cita del Quijote en
la página 71.
Quizá precisamente por su modestia
dentro de la obra de Marx, los artículos contenidos en este volumen son una
verdadera piedra de toque para juzgar a su autor. Es éste un filósofo y teórico
de la sociedad que los ha escrito por motivos de pane lucrando, pan
que siempre le fue muy escaso en Inglaterra. Más de un talento, verdadero
mostraría en circunstancias tales las mayores flaquezas de su personalidad
intelectual. Tal vez sea ése también el caso aquí. Pero pese a ello estos artículos
son prototipos de la aplicación consciente y concienzuda de un método. Hay,
ante todo, el historicismo de principio de su autor: para comprender él mismo y
hacer comprender a sus lectores el pronunciamiento de O’Donnell y Dulce, el
insólito periodista promete y realmente ofrece «un concepto de la primitiva
historia revolucionaria de España» (pág. 86).
El estudio de la misma le lleva a
concluir que el momento culminante de la revolución burguesa en España coincide
con la guerra de la Independencia. En ese momento el florecimiento más o menos
pleno de «las condiciones naturales de la sociedad moderna» en las ciudades
comerciales y portuarias (pág. 91) tiene en su favor determinadas
circunstancias políticas y militares.
Pero, como toda guerra
antinapoleónica, la española lleva también inextricablemente mezclados
elementos reaccionarios y revolucionarios. A Marx le parece empero observar en
la guerra española características muy particulares. Asume entonces
resueltamente la relevancia metodológica de ese «rasgo diferencial» y realiza
un estudio histórico inequívocamente encaminado a la comprensión de la
peculiaridad, único ‘camino transitable para llegar a entender la acción de
leyes sociales generales en un medio determinado.
Ya ese solo rasgo basta para poner de
manifiesto una importante diferencia entre el verdadero método de Marx y la
simplificadora imagen del mismo que suele darse en manuales y polémicas al uso.
Pero el contraste resulta aún mucho más vivo cuando se observa que el análisis
de la peculiaridad española se mueve principalmente en el terreno sobre estructural
de las instituciones, la cultura, la psique popular y la política. Así, por
ejemplo, por lo que hace a la historia revolucionaria española, Marx da un
papel de cierta importancia a la tradicional constante del levantamiento contra
aisladas camarillas, y para la interpretación de la constitución de 1812 apela
tanto a factores sociales estructurales cuanto a elementos de la tradición
jurídica e institucional, como son los fueros y las Cortes
medievales. Un fenómeno político-militar, la Reconquista, es interpretado por
Marx como la causa primera de un rasgo estructural de la sociedad española que
le parece decisivo: el aislamiento local, la autosuficiencia y la independencia
de las fuerzas regionales. Con esa causa se entreteje luego según él en el
curso de la historia española otro factor político, a saber, la incapacidad de
la dinastía austríaca para crear un estado moderno centralizado. Todo ello
redunda por un lado en un anquilosamiento cada vez más manifiesto del estado, y
en el retraso del logro de las «condiciones naturales de la sociedad moderna»
por otro.
El sentido de esa flexibilidad
metodológica quedaría empero sin apresar si no se viera en ella más que un
empírico aferrarse a una supuesta sustantividad cerrada de un complejo de datos
nacionales. Los artículos de Marx sobre España están sembrados de alusiones y
referencias que ponen los acontecimientos españoles en explícita correlación
con la historia moderna europea en general y con la interpretación marxista de
la misma en particular. La insistente búsqueda de la peculiaridad
revolucionaria española no es fruto de una gratuita postulación de misteriosos
rincones estancos y racionalmente irreductibles en el «alma» o «vividora» de
los pueblos. Tiene raíces menos especulativas: es en última instancia
consecuencia de un principio metódico, a saber, el de la importancia del papel
dialéctico de los elementos sobrestructurales -tradición, cultura,
instituciones, política, religión- en su reversión sobre los elementos
estructurales básicos de la vida social. Y llama incluso la atención, como ha
señalado Brenan([10]) al notar
que Marx no considera el proceso de desamortización de las tierras
eclesiásticas y comunales, la radicalidad con que aplica el principio. Marx se
mueve en efecto inicialmente en cada análisis en un terreno sobrestructural,
generalmente el político, y no lo abandona hasta tropezar, como sin buscarla,
con la intervención ya palmaria de las «condiciones naturales» sociales. El
método puesto en obra por Marx en estos artículos podría, pues, cifrarse en la
siguiente regla: proceder en la explicación de un fenómeno político de tal modo
que el análisis agote todas las instancias sobrestructurales antes de apelar a
las instancias económico- sociales fundamentales. Así se evita que éstas se
conviertan en Dii ex machina desprovistos de
adecuada función heurística. Esa regla supone un principio epistemológico que
podría formularse así: el orden del análisis en la investigación es inverso del
orden de fundamentación real admitido por el método.
La importancia de esas cuestiones
metodológicas en el estado actual de los estudios marxistas da a estos
artículos un valor que supera ampliamente el que suele ser propio de ese género
literario. Ello justifica la afirmación antes hecha de que el principal interés
de su lectura estriba en su carácter de piedra de toque de una metodología. Por
otra parte, el que tales cuestiones puedan ser suscitadas por la lectura de
unos artículos periodísticos es un hecho que da testimonio de la coherencia del
obrar y de la vida de su autor, coherencia capaz de extenderse hasta una
actividad ocasional en él escritor nada «ensayista».
Los artículos de Engels contenidos en
este volumen componen tres series de desigual interés. Las dos primeras (partes
cuarta y quinta) son fundamentalmente informativas. La otra (parte sexta) es la
única muestra de literatura política militante en esta publicación.
Los artículos de Engels en Der
Volkstaat sobre «la sublevación española del verano de 1873» – es
decir, sobre la rebelión cantonal o federalista de aquel año – merecen atención
en más de un respecto; pues aparte del interés que puedan tener para la
contemplación de aquellos acontecimientos desde el punto de vista de la Primera
Internacional, esos escritos ocupan un lugar en el proceso de clarificación de
las concepciones políticas de los partidos marxistas frente a las ardorosas
impaciencias del comunismo anarquista.
Los cuatro artículos están escritos
con un pathos que exaspera aún más la ya acostumbrada dureza
del estilo polémico de Engels. Acaso pueda explicarse esa circunstancia por el
hecho de estar escritos menos de un año después de la batalla que terminó con
la expulsión de Bakunin y Guillaume de la Internacional en el congreso de La
Haya (septiembre de 1872). La lucha en el congreso había tenido momentos de
dramática tensión, y el más violento de ellos había sido protagonizado
precisamente por el propio Engels: «Engels dice que tenemos que decidir si la
l. A. A. [Internationale Arbeiter Association (Asociación
Internacional de Trabajadores)] debe seguir siendo administrada según
principios democráticos o gobernada por. un dique organizado secretamente y con
violación de los estatutos de la l. A. A. Hay aquí presentes seis personas que
pertenecen a esa sociedad secreta: los cuatro españoles, Schwitzguebel y
Guillaume. Guillaume interrumpe: «Eso es falso», Engels continúa: «Tengo las
pruebas aquí» (la saca de la cartera). Guillaume se ve obligado a retirar sus
palabras».([11])
No se presentó en el congreso moción
alguna contra los cuatro delegados españoles.([12]) Por lo
demás, las minutas ponen de manifiesto que el congreso, no creyó en ningún
momento que los españoles hubieran participado en la actividad conspiratoria de
los principales lugartenientes de Bakunin.
La influencia de éste en España
quedaba, empero, de manifiesto.([13]) En los
artículos aquí traducidos Engels atribuye a esa influencia la actitud apolítica
de los dirigentes obreros españoles, actitud que privó a la joven república de
una base proletaria unificada y organizada y atomizó la clase obrera en la
extraña aventura cantonalista. Un hecho sin duda desconocido por Engels da
notable fuerza a su interpretación política de los acontecimientos: la defensa
de la Internacional hecha por Salmerón en el célebre discurso
ante las Cortes del 1872. La interpretación de Engels puede resumirse en una
frase del primer artículo, formulación del «politicismo» de los comunistas
marxistas frente al «apoliticismo» de los comunistas bakuninistas: «España es
un país tan atrasado desde el punto de vista industrial que no puede en
absoluto hablarse de una emancipación completa e inmediata de
la clase obrera. Antes de llegar a ello tiene que pasar España por varios
estadios de desarrollo previos y superar totalmente cierto número de
obstáculos. La república ofrecía una oportunidad para comprimir el proceso de
esos estadios previos en el menor tiempo posible y para eliminar rápidamente
aquellos obstáculos. Pero esa oportunidad sólo podía aprovecharse mediante la
intervención política activa de la clase obrera española»
(pág. 125). La intervención meramente violenta y apolítica que propugnó y
realizó la Alianza anarquista es para Engels «un
ejemplo insuperable de cómo no se hace una revolución» (pág.
247).
Los artículos de Engels que cierran
este volumen tienen, pues, para el lector español, junto con el evidente
interés de su significación en la historia de la doctrina política marxista, el
de su inmediata referencia a un capítulo no muy lejano de la historia de
España. Tal vez incluso más ·lejano en los calendarios que en el tiempo social
del país.
Barcelona, mayo de 1959.
PARTE
PRIMERA
KARL MARX
Correspondencias para la <<New
Daily Trihune>> sobre la «Vicalvarada> (1854)
LA INSURRECCIÓN DE MADRID
Londres, 4 de julio de 1854
La tan esperada insurrección militar
en Madrid se ha producido finalmente bajo la dirección de los generales
O’Donnell y Dulce. Los periódicos gubernamentales franceses se han apresurado
ya a informar de que el gobierno español ha superado el peligro y de que la
insurrección ha sido aplastada. Pero el corresponsal de The Morning
Chronicle en Madrid, que da una detallada exposición del movimiento y
comunica el manifiesto de los insurrectos, dice que éstos han abandonado
simplemente la capital para unirse con la guarnición de Alcalá, y que en caso
de que Madrid permaneciera pasivo no tendrían dificultad alguna para alcanzar
Zaragoza. Si el movimiento tuviera más éxito que la última rebelión ocurrida en
aquella ciudad, las consecuencias provocarían una diversión de la acción
militar francesa, constituirían materia de discrepancias entre Francia e
Inglaterra y afectarían probablemente también a la complicación existente entre
España y el gobierno de los Estados Unidos. [New York Daily Tribune, 19
de julio de 1854]
**********
[1] Carta a Engels de 2 de agosto de 1854. Marx und Engels
Gesamtausgabe, dritte Abteilung, Band 2, 1930, pág. 51
[2] .KARL MARX, Chronik seines Lebens, 1934,
pág. 148.
[3] Por lo que hace a la literatura extranjera reciente sobre
España, Brenan es probablemente uno de los autores que ·más han estudiado los
artículos de Marx en cuestión. Hace suyo incluso el criterio básico de Marx en
su estudio: «Hace casi noventa años observaba Karl Marx que el conocimiento de
la historia de España era en su tiempo completamente inadecuado. <<No hay
quizás escribe, país alguno tan mal conocido y tan falsamente juzgado como
España>>. Y pasa a explicar que eso se debe al hecho de que los historiadores
<<en vez de ver la fuerza y los recursos de esos pueblos en su
organización provincial y local, han bebido en la fuente de sus historias
oficiales>>. Esas observaciones siguen teniendo hoy gran parte de
verdad». (GERALD BRENAN, The spanish Labyrinth, 2ª
ed. 1950, Preface a la lª ed. [1942], pág. IX). El punto de
vista estrictamente geopolítico de Brenan está empero muy lejos del método de
Marx
[4] CARLOS MARX, La Revolución Española (1808-1814, 1820–
1823, 1840-1843) traducción directa de Andrés Nin, citas
aclaratorias de divulgación histórica de Jenaro Artiles, Madrid, 1929.
[5]Además de sus deficiencias de traducción – algunas de ellas por
ingenuo Patriotismo- la edición de Nin tiene el principal defecto de ser
muy incompleta: le faltan los artículos que forman las partes primera y tercera
de este volumen. Ballesteros tampoco parece conocerlos.
[6] Ballesteros coincide concretamente con la interpretación
de ciertos acontecimientos o fenómenos puramente políticos con Marx. He aquí un
ejemplo, a propósito de la prolongada ausencia de republicanismo en el XIX
español: Marx: cSi las Cortes españolas se abstuvieron de
chocar con la Corona en 1812, ello se debió al hecho de que b Corona estaba
representada sólo nominalmente, pues el rey estaba ausente del suelo español
desde hacía años. Y si también se abstuvieron de hacerlo en 1837 fue porque
tenían que terminar con la monarquía absoluta antes de poder pensar en hacerlo
con la constitucional (pág. 58): Ballesteros: •S011J?rende
a muchos que no surgiera diáfana y clara una tendencia republicana en ningún
sector, pero la razón está en que el partido extremista, como el templado, no
sólo combatía al rey, sino que tenía enfrente un poderosísimo ambiente de
opinión absolutista, cuyos partidarios, aunque vencidos momentáneamente por la
revolución, no se resignaban a la derrota•. (Historia de
España y su influencia en la historia universal, tomo
VIII, 1936, pág. 175).
[7] BALLESTEROS y BERETTA, .ANTONIO, op. cit., VIII,
pág. 99.
[8] <<… el gobierno, ·generoso y noble, ¡preparó el
viaje secreto de Cristina a Portugal, escoltada ¡por dos escuadrones que
mandaba el general Garrig6. Estalla un motín popular de protesta, y el duque de
la Victoria, con hidalga entereza, se muestra tanto o más celoso que O’Donnell
en reprimir el desmán de los que levantaron barricadas insultando a la ex reina
gobernadora• (BALLESTEROS, op. dt., VIII, págs. 46 y 47).
[9]El texto de Ballesteros se refiere a la reacción de 1823, el de
Marx a la de 1814; se confrontan como muestras de dos métodos de interpretar
circunstancias subjetivas análogas en un pueblo.
[10]The spanish Labyrinth, pág. 346.
[11] The First Intematiotwl. Minutes
of the Hague Congress of 1872 with related
documents, edited and translated by Hans Gerth.
The University of Winconsin Press, Madison, 1958, pág. 26 [de las fotocopias de
los manuscritos de las minutas]. La existencia de esas minutas -probablemente
redactadas para uso privado por Sorge y publicadas por vez primera en 1958 por
Gerth en excelentes fotocopias – era desconocida por el propio Engels, como se
desprende de su carta al citado Sorge, de 21-9-1872, citada por Gerth en su
edición.
[12] Las minutas dan los nombres de González Morago, Marcelau,
Alerini y Lafargue Pellicer. Lafargue, el yerno de Marx, representaba además la
federación de Madrid, donde residía; era el único representante español no
bakuninista.
[13] Las consideraciones histórico-críticas de Gerth son
bastante menos apreciables que su obra de editor. En el concreto punto de la
influencia de Bakunin en España, Gerth interpreta la posición de los marxistas
– Marx, Engels, Lafargue, Sorge, etc. – en el congreso de La Haya del modo
siguiente: • Y puesto que Marx poseía un conocimiento profundo de las
peculiaridades sociales de la Península Ibérica, el éxito de Bak1Jnin tenía que
haberse debido a actividades conspiratorias, no a «factores objetivos».• (The First ...
, Introduction, pág. XV). Esa interpretación es insostenible a
la vista del material publicado por el propio Gerth. En el informe del marxista Sorge
a la federación norteamericana de la que fue delegado en La Haya, el éxito de
Bakunin en España y en Italia se atribuye precisamente a factores objetivos, lo
cual, naturalmente. no hablaba ni en pro ni en contra de la existencia de una
sociedad secreta conspiratoria bakuninista en el seno de la Internacional.
Escribe Sorge: •Hay poco peligro de que el obrero !)Jráctico y sensato se deje
engañar por esa retórica [anarquista]. Por eso, en los países de industria muy
desarrollada, Inglaterra, Francia, Alemania, apenas encontramos esos llamados
federalistas, o no encontramos siquiera partidarios de esa tendencia; ésta tiene
en cambio un considerable número de discípulos en aquellos países en que la
industria y el proletariado están poco desarrollados, y la clase obrera está,
por tanto, lejos todavía de tener conciencia de su situación -así por ejemplo
en Italia y en España – •. (The First … , página
127).
REVOLUCIÓN EN ESPAÑA por Karl Marx y Friedrich Engels
(parte II)
Leopoldo O’Donnell
NOTICIAS DE LA INSURRECCIÓN DE MADRID
Londres, 7 de julio de 1854
Las noticias que recibimos de la
insurrección militar de Madrid siguen siendo de carácter muy contradictorio y
fragmentario. Todos los despachos telegráficos procedentes de Madrid son
naturalmente comunicados del gobierno, y de fe tan dudosa como los boletines
publicados en la Gaceta. Por tanto, todo lo que puedo
ofrecerles es un resumen del escaso material que tengo a mano. Como se
recordará, O’Donnell fue uno de los generales desterrados por la reina en
febrero; se negó a obedecer la orden de destierro, se ocultó en Madrid y
consiguió entablar desde su escondite una correspondencia secreta con la
guarnición de Madrid, particularmente con el general Dulce, inspector general
de la caballería. El gobierno sabía que O’Donell seguía en Madrid, y el 27 de
junio por la noche el general Bláser, ministro de la Guerra, y el general Lara,
capitán general de Castilla la Nueva, recibieron el aviso de que se preparaba
un levantamiento bajo la dirección del general Dulce. Sin embargo, no se hizo
nada para impedir la insurrección o ahogarla en germen. Por ello, el general
Dulce no encontró dificultad alguna para concentrar el 28 unos 2.000 hombres de
caballería con el pretexto de una revista, ni para abandonar la ciudad en
compañía de O’Donell con la intención de apoderarse de la reina, que se encontraba
en El Escorial. Fracasó empero el proyecto, y la reina llegó a Madrid el 29,
asistida por el conde de San Luis, presidente del Consejo. La reina pasó una
revista mientras los insurrectos asentaban sus cuarteles en los
alrededores de la capital. Se les sumó el coronel Echagüe con 400 hombres del
regimiento del Príncipe, llevando consigo la caja regimental con una suma
equivalente a 1.000.000 de francos. Una columna compuesta por siete batallones
de infantería, un destacamento de guardias montados y dos baterías de
artillería abandonó Madrid el día 29 por la tarde bajo el mando del general
Lara, con objeto de atacar a los rebeldes en sus posiciones de las Ventas del
Espíritu Santo y del pueblo de Vicálvaro. El día 30 tuvo lugar una batalla
entre ambos ejércitos, de la cual hemos recibido tres informaciones: la
oficial, dirigida por el general Lara al ministro de la Guerra y publicada en
la Gaceta; otra, publicada por el Messager
de Bayonne, y una tercera que procede del corresponsal de
la Indépendance Belge, testigo ocular de los hechos. La
primera, aparecida en todos los periódicos de Londres, es fácil de condenar,
pues el general Lara declara primero que atacó a los insurrectos, luego que
ellos le atacaron a él, haciendo prisioneros en una parte y perdiéndolos en
otra; se declara victorioso y vuelve a Madrid, dejando en fin a
los insurrectos dueños del terreno, aunque disimula el hecho hablando de la
muerte al «enemigo» mientras pretende no haber tenido más bajas que treinta
heridos.
He aquí la versión del Messager de
Bayonne:
El 30 de junio a las 4 de la tarde el
general Quesada salió de Madrid a la cabeza de dos brigadas, con el fin de
atacar a las tropas rebeldes. La cosa, empero, duró poco, pues el general
Quesada fue rechazado vigorosamente. El general Bláser, ministro de la guerra,
concentró toda la guarnición de Madrid [la cual cuenta, dicho sea de paso, con
unos 7.000 u 8000 hombres] e hizo a su vez una salida a las 7 de la tarde. Se
entabló inmediatamente un combate que duró casi sin interrupción hasta la caída
de la noche. Amenazada por la numerosa caballería de los insurrectos, la
infantería tuvo que formar los cuadros. A la cabeza de varios escuadrones, el
coronel Garrigó cargó tan vigorosamente contra uno de esos cuadros que lo
rompió en profundidad, pero, se encontró entonces bajo el fuego de una
disimulada batería de cinco piezas, cuya metralla dispersó sus
escuadrones. El coronel Garrigó cayó en manos de las tropas de la reina; pero
el general O’Donnell reorganizó los escuadrones de aquél sin perder un momento
y los lanzó él mismo tan enérgicamente contra la infantería que rompió las
filas de ésta, liberó al coronel Garrigó y se apoderó de las cinco piezas de
artillería. Sufrido este golpe, las tropas de la reina se retiraron hacia
Madrid, donde entraron a las 8 de la noche. La mortífera escaramuza
originó gran número de muertos y heridos por ambas partes.
Pasamos ahora a la información de la
Indépendance Belge, fechada en Madrid el 1 de julio y que parece la más digna
de confianza:
La Venta del Espíritu Santo y
Vicálvaro han sido escenario de un sangriento combate en el que las tropas de
la reina han sido rechazadas a este lado de la Fonda de la Alegría. Tres
cuadros formados sucesivamente en diferentes lugares fueron disueltos espontáneamente
por orden del ministro de la guerra. Un cuarto se formó detrás del Retiro. Diez
escuadrones de insurrectos mandados personalmente por los generales O Donnell y
Dulce lo atacaron por el centro (?) mientras diversas guerrillas lo hacían por
los flancos (?) [Es difícil de saber lo que este corresponsal entiende por
atacar de centro y de flanco un cuadro]. Por dos veces entraron los insurrectos
en lucha con la artillería, que los rechazó cubriéndolos de metralla. Los
insurrectos pretendían evidentemente apoderarse de algunas de las piezas de
artillería situadas en los ángulos del cuadro. Como mientras tanto había ido
cayendo la noche, las tropas gubernamentales se retiraron escalonadamente hacia
la Puerta de Alcalá, donde un escuadrón de caballería que había permanecido
fiel al gobierno fue sorprendido por un destacamento de lanceros insurrectos
ocultos tras la Plaza de Toros. En medio de la confusión producida por este
ataque inesperado, los insurrectos se apoderaron de cuatro piezas de artillería
que se habían retrasado. Las pérdidas han sido aproximadamente iguales por
ambas partes. La caballería rebelde ha sufrido mucho por la metralla, pero sus
lanzas han exterminado casi completamente el regimiento de la Reina Gobernadora
y la guardia montada. Noticias recientes dicen que los insurrectos han recibido
refuerzos de Toledo y de Valladolid. Circula incluso el rumor de que
el general Narváez es esperado hoy en Vallecas, donde será recibido por
los generales Dulce, O’Donnell, Ros de Olano y Armero. Han sido abiertas
trincheras en la puerta de Atocha. Grupos de curiosos se apiñan en la estación,
desde donde se ven los puestos avanzados del general O’Donnell. Todas las
puertas de Madrid están, empero, severamente vigiladas.
Tres de la tarde del mismo día. -Los
insurrectos ocupan Vallecas, a tres millas inglesas de Madrid, con fuerzas
considerables. El gobierno espera para hoy las tropas de las provincias,
especialmente el batallón del Rey. Pero si hay que dar fe a las informaciones
más recientes, esa fuerza se ha unido a los insurrectos.
Cuatro de la tarde. -En este momento
casi toda la guarnición de Madrid está saliendo de la ciudad en dirección de
Vallecas, al encuentro de los insurrectos, que se muestran muy seguros. Están
cerradas las tiendas. La guardia del Retiro y, en general, todos los
funcionarios del gobierno, han sido apresuradamente armados. Oigo en este
momento que varias compañías de la guarnición se sumaron ayer a los
insurrectos. La guarnición de Madrid va al mando de los generales Campuzano,
del que se dijo erróneamente que se había pasado a los sublevados, Vista
Hermosa y Blaser, ministro de la guerra. Hasta ahora no han llegado refuerzos
en apoyo del gobierno, pero se dice que el 4.0 regimiento de línea y el 1.0 de
caballería han salido de Valladolid y se dirigen a Madrid a marchas forzadas.
Lo mismo se dice de la guarnición de Burgos, mandada por el general Turón. Por
último, el general Rivera ha salido de Zaragoza con una imponente fuerza. Hay
que esperar por tanto más encuentros sangrientos.
Hasta ayer, día 6, no han llegado más
periódicos ni cartas de Madrid. El Moniteur únicamente publica este lacónico
despacho, fechado en Madrid el 4 de julio:
Sigue reinando la calma en Madrid y
provincias.
Un despacho privado afirma que los
rebeldes se encuentran en Aranjuez. Si la batalla prevista para el día 1 por el
corresponsal de la Indépendance hubiera concluido victoriosamente para el
gobierno no faltarían cartas, periódicos ni boletines. A pesar de haber sido
proclamado en Madrid el estado de sitio, han reaparecido el Clamor público, la
Nación, el Diario, la España y la Época sin previo aviso al gobierno, cuyo
fiscal ha informado de esta anómala circunstancia. Entre las personas
arrestadas en Madrid se cita a los señores Antonio Guillermo Moreno y José
Manuel Collado, banqueros. Se ha dictado orden de arresto contra el señor
Sevillano, marqués de Fuentes de Duero, amigo personal del general Narváez. Los
señores Pidal y Mon han sido sometidos a vigilancia.
Sería prematuro formular una opinión
sobre el carácter general de esta insurrección. Puedo decir, sin embargo, que
no parece proceder del partido progresista, cuyo soldado, el general San
Miguel, permanece inactivo en Madrid. A juzgar por todas las informaciones,
parece al contrario que Narváez esté en el fondo del movimiento y que no le sea
completamente extraña la reina Cristina: cuya influencia ha disminuido mucho en
los últimos tiempos ante el favorito de la reina, conde San Luis.
Acaso no haya país alguno salvo Turquía que sea tan poco conocido y tan mal juzgado por Europa como España. Los numerosos pronunciamientos locales y rebeliones militares han acostumbrado a Europa a considerar a España como un país colocado en la situación de la Roma imperial en la era de los pretorianos. Es éste un error tan superficial como el que cometieron en el caso de Turquía quienes creyeron que la vida de la nación se había extinguido por el hecho de que su historia oficial del último siglo no consistiera más que en revoluciones palaciegas y en émeutes de los jenízaros. La explicación de esta falacia reside en la sencilla razón de que los historiadores, en vez de descubrir los recursos y la fuerza de esos países en su organización provincial y local, se han limitado a tomar sus materiales de los almanaques de la corte. Los movimientos de aquello que solemos llamar estado han afectado tan escasamente al pueblo español que éste se ha desentendido, muy gustosamente de este estanco dominio de alternas pasiones y mezquinas intrigas de los guapos de la corte, de los militares, aventureros y del puñado de sedicentes estadistas, y no ha tenido razones importantes para arrepentirse de su indiferencia. Como el carácter de la historia moderna de España merece ser apreciado muy diversamente de como lo ha sido hasta ahora, aprovecharé una oportunidad para tratar este tema en una de mis próximas cartas. Ya ahora, empero, querría indicar que no sería cosa de asombrarse si estallara en la Península un movimiento general partiendo de la mera rebelión militar, ya que las últimas medidas financieras del gobierno han convertido al exactor de impuestos en un eficacísimo propagandista revolucionario.
[New York Daily Tribune, 21 de julio
de 1854]
III
PROCLAMAS DE DULCE Y O’DONNELL.
ÉXITOS DE LOS INSURRECTOS
Londres, 18 de julio de 1854
La insurrección española parece tomar
un nuevo aspecto, como resulta evidente por las proclamas de Dulce Y O´Donnell,
el primero de los cuales es un partidario de Espartero, mientras el segundo era
un importante seguidor de Narváez, adicto también, acaso secretamente a la
reina Cristina. Al convencerse de que las ciudades españolas no pueden
movilizarse esta vez por una mera revolución palaciega, O’Donnell ha postulado
inesperadamente principios liberales. Su proclama está fechada en Manzanares,
un burgo de la Mancha no lejano de Ciudad Real. Dice que sus objetivos
consisten en preservar el trono, pero expulsando la camarilla, la observancia
rigurosa de las leyes fundamentales, el perfeccionamiento de las leyes
electoral y de prensa, la disminución de los impuestos, la implantación en las
carreras civiles del ascenso por méritos exclusivamente la descentralización y
el establecimiento de una Milicia Nacional con amplia base. Propone la
constitución de juntas y una asamblea general de las Cortes en Madrid para
encargarse de la revisión de las leyes. La proclama del general Dulce es
todavía más enérgica. Dice en ella:
Ya no hay progresistas ni moderados;
todos somos españoles, émulos de los hombres del 7 de julio de 1822. Vuelta a
la constitución de 1837; mantenimiento de Isabel II;
destierro perpetuo de la Reina Madre; destitución del actual ministerio;
restablecimiento de la paz en el país: tal es el fin que perseguimos a toda
costa, como mostraremos en el campo del honor a los traidores que castigaremos
por su culpable locura.
Según el Journal des Débats se han
ocupado en Madrid papeles y correspondencia que prueban sin dejar lugar a dudas
que el secreto objetivo de los Insurrectos consiste en declarar vacante el
trono, unificar la Península Ibérica en un estado único y ofrecer la corona del
mismo al rey don Pedro V, príncipe de Sajonia-Coburgo Gotha. El gran interés
que muestra The Times por la insurrección española y la simultánea presencia de
dicho don Pedro en Inglaterra parecen indicar que flota en el ambiente un nuevo
fantasma Coburgo. Evidentemente, la corte está muy inquieta tras haber
arriesgado todas las combinaciones ministeriales posibles: Istúriz y
Martínez de la Rosa han sido utilizados en vano. El Messager de Bayonne
afirma que el conde de Montemolín ha abandonado Nápoles apenas le llegaron
noticias de la insurrección.
O’Donnell ha entrado en Andalucía
atravesando Sierra Morena con tres columnas, por La Carolina la una, por
Pozoblanco la otra y por Despeñaperros la tercera. La Gaceta confiesa que el
coronel Buceta ha conseguido tomar por sorpresa la plaza de Cuenca, con cuya
posesión los insurrectos han asegurado sus comunicaciones con Valencia. En esta
última provincia el movimiento se extiende ya a cuatro o cinco ciudades aparte
de Alora, donde las tropas del gobierno han sufrido un severo golpe.
Se afirma también que ha estallado un movimiento en Reus, Cataluña, y el Messager de Bayonne añade que han tenido lugar disturbios en Aragón.
[New York Daily Tribune, 3 de agosto
de 1854]
Quema de banderas en la puerta del sol 1854
IV
LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA.
LUCHA DE PARTIDOS.
PRONUNCIAMIENTOS EN SAN SEBASTIAN,
BARCELONA, ZARAGOZA Y MADRID
Londres, 21 de julio de 1854
“Ne touchez pas” a la Reine es vieja
máxima en Castilla, pero la aventurera señora Muñoz y su hija Isabel han
sobrepasado tan ampliamente sus derechos de reinas de Castilla que por fuerza
tienen que haber debilitado los monárquicos prejuicios del pueblo español.
Los pronunciamientos de 1843 duraron
tres meses; los de 1854 han durado escasamente otras tantas semanas. Ha sido
disuelto el ministerio, el conde de San Luis ha huido, la reina Cristina está
intentando llegar a la frontera francesa y las tropas y los ciudadanos de
Madrid se han declarado contra el gobierno.
Los movimientos revolucionarios
españoles ofrecen desde comienzos del siglo un aspecto notablemente uniforme,
con excepción de los movimientos en favor de privilegios provinciales y locales
que agitan periódicamente las provincias del Norte. En todo otro caso ocurre
que cada complot palaciego se basa en insurrecciones militares que
arrasaban indefectiblemente tras de sí pronunciamientos municipales. Dos causas
explican este fenómeno. En primer lugar, lo que llamamos estado en el sentido
moderno de la palabra no tiene verdadera corporización frente a la corte, por
causa de la vida exclusivamente provincial del pueblo, si no es en el ejército.
En segundo lugar, la peculiar posición de España y la guerra por
la Independencia crearon condiciones en las cuales el ejército resultó el
único lugar en que podían concentrarse las fuerzas vitales de la nación
española. Así pudo ocurrir que las únicas manifestaciones nacionales (las de
1812 y 1822) procedieran del ejército; con ello, los sectores movilizables de
la nación se han acostumbrado a ver en el ejército el instrumento natural de
todo movimiento nacional. Durante el difícil período 1830-1854 las ciudades
españolas comprendieron empero que el ejército, en vez de seguir siendo un
sostén de la causa de la nación, se había transformado en instrumento de las
rivalidades de ambiciosos pretendientes a la tutoría militar de la corte.
Consecuentemente, el movimiento de 1854 es muy diverso del de 1843. La émeute
del general O’Donnell fue considerada por la población como una mera
conspiración contra las personas influyentes en la corte, especialmente desde
que se vio que el movimiento contaba con el apoyo del ex favorito Serrano. Las
ciudades y el campo se guardaron consiguientemente de responder al llamamiento
de la caballería de Madrid. Así se vio obligado el general O’Donnell a cambiar
completamente la naturaleza de su operación, con objeto de no quedarse aislado
y expuesto al fracaso. Se vio pues obligado a incluir en su proclama tres
puntos a cuál más opuesto a la supremacía del ejército: convocatoria de las
Cortes, gobierno económico y formación de una milicia nacional -reivindicación
esta última originada precisamente en el deseo de las ciudades de recobrar su
independencia respecto del ejército-. Es por tanto un hecho que la insurrección
militar no ha obtenido la ayuda de un movimiento popular sino a cambio de
aceptar las condiciones de este último. Falta por ver si también será obligada
a adherirse a ellas y a cumplir sus promesas.
Con excepción de los carlistas, todos
los partidos han lanzado su grito: progresistas, partidarios de la Constitución
de 1837, partidarios de la Constitución de 1812, unionistas (que propugnan la
anexión de Portugal) y republicanos. Las noticias referentes a este último
partido tienen que ser acogidas con precaución, dado que pasan por la censura
de la policía de París. Junto con esas luchas de partidos se desarrollan
plenamente las rivalidades y pretensiones de los jefes militares. Tan pronto
tuvo noticia del éxito de O’Donnell, Espartero abandonó su retiro en Leganés y
se nombró a sí mismo jefe del movimiento. Pero apenas César Narváez supo que su
viejo Pompeyo se había presentado en escena, ofreció sin dilación sus servicios
a la reina, servicios que fueron aceptados. Y así está Narváez formando nuevo
ministerio. Por los detalles que me dispongo a darles se aprecia que los
militares han estado lejos de tomar la iniciativa en todas partes y que en
muchos lugares no han hecho más que ceder a las superiores presiones de la
población.
Entrada de Espartero en Madrid el día 29 de julio de 1854.
Aparte del pronunciamiento de Valencia, del que informé en mi anterior, ha habido otro en Alicante. En Andalucía se han producido pronunciamientos en Granada, Sevilla y Jaén; en Castilla la Vieja lo ha habido en Burgos; en León, en Valladolid; en Navarra, en Tolosa y en Pamplona; en Guipúzcoa; en Aragón, en Zaragoza; en Cataluña, en Barcelona, Tarragona, Lérida y Gerona; se dice también que ha habido un pronunciamiento en las islas Baleares, y parece que hay que esperarlo igualmente en Murcia, a juzgar por una carta de Cartagena fechada el 12 de julio y que dice:
A consecuencia de un bando([1]) publicado por el gobernador militar de la Plaza, todos los
habitantes que posean fusiles u otras armas han recibido orden de depositarlas
ante las autoridades civiles en el plazo de veinticuatro horas. A petición del
cónsul de Francia, el gobierno ha autorizado a los residentes franceses, como
ya se hizo en 1848, a depositar sus armas en el consulado.
De todos esos pronunciamientos sólo
cuatro merecen particular atención, a saber: los de San Sebastián en Vizcaya,
Barcelona, capital de Cataluña, Zaragoza, capital de Aragón, y Madrid.
Baldomero Espartero
El pronunciamiento se ha originado en
Vizcaya en el seno de las municipalidades, mientras que en Aragón lo ha sido en
el del ejército. La municipalidad de San Sebastián se ha pronunciado en favor
de la insurrección al presentarse la petición de armar al pueblo. Toda la
ciudad quedó cubierta de armas inmediatamente. Ya el mismo día 17 se había
convencido a los dos batallones de la guarnición para que se unieran al
movimiento. Completada la fusión de los ciudadanos y el ejército, unos 1.000
vecinos armados y acompañados por alguna tropa salieron hacia Pamplona para
organizar la insurrección en Navarra. La mera aparición de los ciudadanos
armados de San Sebastián facilitó el movimiento en la capital navarra; el
general Zabala se unió más tarde al movimiento y se dirigió a Bayona, invitando
a los soldados y oficiales del regimiento de Córdoba, refugiados en aquella
ciudad francesa tras su última derrota en Zaragoza, a volver inmediatamente al
país y reunirse con él en San Sebastián. De acuerdo con algunas informaciones
marchó luego a Madrid para colocarse a las órdenes de Espartero, si bien otras
informaciones le suponen camino de Zaragoza para unirse a los insurrectos
aragoneses.
El general Mazaredo, comandante de
las provincias vascas, se ha visto obligado a pasar a Francia por haberse
negado a tomar parte en el pronunciamiento de Vitoria. Las tropas que se
encuentran a las órdenes del general Zabala son dos batallones del regimiento
de Barbón, un batallón de fusileros y un destacamento de caballería. Antes de
concluir con las provincias vascas deseo indicar como hecho característico que
el brigadier Barcáiztegui, que ha sido nombrado gobernador de Guipúzcoa, es un
antiguo ayudante de campo de Espartero.
En Barcelona la iniciativa fue
aparentemente de los militares, pero la espontaneidad de su actuación resulta
muy dudosa cuando se considera la información adicional que hemos recibido. El
13 de julio, a las 7 de la tarde, los soldados de los cuarteles de San Pablo y
Buen Suceso cedieron a las manifestaciones del pueblo y se pronunciaron al
grito de ¡Viva la Reina! ¡Viva la Constitución!([2]) ¡Muerte a los ministros! ¡Fuera Cristina! Luego de
confraternizar con las masas y marchar con ellas por las Ramblas, se detuvieron
en la Plaza de la Constitución. La caballería, confinada en la Barceloneta
durante los seis días anteriores, a consecuencia de la desconfianza que
inspiraba al capitán general, se pronunció también a su vez. Desde ese momento
toda la guarnición Pasó al lado del pueblo y resultó imposible cualquier
resistencia de parte de las autoridades. A las 10, el gobernador militar, general
Marchesi, cedió a las universales presiones, y el propio capitán general
anunció a media noche su decisión de adherirse al movimiento. Se dirigió a la
plaza del Ayuntamiento ([3]) y arengó al pueblo que la colmaba. El 18 se constituyó una
junta formada por el capitán general y otras eminentes personalidades, cuya
consigna fue: Constitución, Reina y Moralidad. Ulteriores noticias de Barcelona
informan que varios trabajadores han sido fusilados por orden de las nuevas
autoridades por haber destruido maquinaria y atentado contra la propiedad;
también se dice que ha sido arrestado un comité republicano reunido en una
villa vecina; pero hay que recordar que estas noticias pasan por las manos del
«Dos de Diciembre», cuya especial vocación consiste en calumniar a republicanos
y obreros.
También se ha dicho que en Zaragoza
la iniciativa procedía de los militares; pero la afirmación resulta refutada
por la noticia adicional según la cual se decidió inmediatamente constituir un
cuerpo de Milicia Nacional. ¡Lo que sí es cierto -y está confirmado por la
propia Gaceta de Madrid- es que antes del pronunciamiento de Zaragoza 150
soldados del regimiento de Montesa (caballería) que estaban en marcha hacia
Madrid y tenían sus cuarteles en Torrejón (a cinco leguas de la capital) se
sublevaron y abandonaron a sus jefes, los cuales llegaron a Madrid con la caja
regimental!. Bajo el mando del capitán Baraibán, los soldados montaron a
caballo y tomaron la carretera de Huete, suponiéndose que intentan unirse a las
fuerzas del coronel Buceta en Cuenca. Por lo que hace a Madrid, hacia el cual
marcha según parece Espartero con un «ejército del centro» y el general Zabala
con el ejército del norte, era natural que una ciudad que vive de la corte
fuera la última en unirse al movimiento insurreccional. La Gaceta del 15
publicaba todavía un boletín del ministerio de la guerra afirmando que los
facciosos se habían dado a la huida y que aumentaba la entusiasta lealtad de
las tropas. El conde de San Luis, que parece haber entendido correctamente cuál
es la situación en Madrid, anunció a los trabajadores que el general
O’Donnell y los anarquistas les quitarían el trabajo, mientras que si el
gobierno triunfaba emplearía a todos los obreros en obras públicas a seis
reales diarios. Con esta estratagema el conde de San Luis esperaba colocar bajo
su bandera el sector más impresionable de los madrileños. Pero su éxito
fue semejante al alcanzado por el partido del Natíonal en París en 1848. Los
aliados así obtenidos se convirtieron pronto en sus más peligrosos enemigos,
pues los fondos para pagarlos se agotaron al sexto día. Hasta qué punto temía
el gobierno un pronunciamiento en Madrid resulta patente en la proclama del general
Lara (gobernador de la plaza) prohibiendo la publicación de cualquier noticia
referente al curso de la insurrección. Resulta además claro que la táctica del
general Bláser se reduce a evitar cuidadosamente todo contacto con los
insurrectos, para evitar que sus tropas contraigan la misma infección. Se dice
que el plan inicial del general O’Donnell consistía en atraer las tropas
gubernamentales a un combate en las llanuras de la Mancha, tan favorables a las
operaciones de la caballería. Pero el plan fue abandonado a consecuencia de la
llegada del ex favorito Serrano, en conexión con las principales ciudades
andaluzas. En vista de ello el ejército constitucional decidió dirigirse hacia
Jaén y Sevilla, en vez de permanecer en la Mancha.
Puede observarse en passant que los
boletines ([4]) del general Bláser muestran un asombroso parecido con las
órdenes del día de los generales españoles del siglo XVI, que tanta hilaridad
causaban a Francisco I, y con los del siglo XVIII, ridiculizados por Federico
el Grande de Prusia.
Está claro que esta insurrección
española tiene que llegar a ser fuente de disensiones entre los gobiernos
francés e inglés, y la información de un periódico francés según la cual el
general O’Donnell estuvo escondido hasta el día de su sublevación en el palacio
del embajador británico no es como para disminuir los recelos de Bonaparte
por lo que hace a las causas de aquel movimiento. Existe ya cierta irritación
en germen entre Bonaparte y Victoria; Bonaparte esperaba encontrarse con la
reina al embarcar sus tropas en Calais, pero Su Majestad contestó a ese deseo
visitando a la ex reina Amelía aquel mismo día. Por otra parte, al ser
interpelados los ministros ingleses acerca del hecho de no estar bloqueados el
mar Blanco, el mar Negro y el mar de Azov, contestaron poniendo como excusa la
alianza con Francia. Bonaparte ha replicado anunciando esos bloqueos en el Moniteur,
sin esperar el consentimiento formal de Inglaterra. Finalmente, al producir mal
efecto en Francia el embarque de tropas francesas en navíos exclusivamente
ingleses, Bonaparte ha publicado una lista de buques franceses aptos para ello
y destinados al efecto.
[New York Daily Tribune, 4 de agosto
de 1854]
*******
[1] En castellano en el original.- N. T.
[2] En castellano en el original.-N. T.
[3] Idem
[4] En castellano en el original. -N. T.
[5] Publicado como editorial.
REVOLUCIÓN EN ESPAÑA por Karl Marx y Friedrich Engels
(parte III)
Es precisamente en 1854, durante el
reinado de Isabel II y siendo Marx corresponsal para Europa del New York Daily
Tribune, que tiene lugar la sublevación de Leopoldo O’Donnell y Domingo Dulce
que puso fin a la década moderada y dio paso al bienio progresista al ser
sustituido el gobierno del conde de San Luis, que sólo contaba con el apoyo de
la corona, por otro de corte liberal.
Momentos de revueltas en una España
históricamente proclive al auto enfrentamiento y a la sedición y poco dada al
cambio pacífico y al acuerdo, relatados por unos autores que, por aquel
entonces, habían publicado ya el Manifiesto Comunista y elaboraban su obra
cumbre El Capital.
*******
V
ESPARTERO
Una de las peculiaridades de las
revoluciones consiste en que en el momento mismo en que el pueblo parece estar
a punto de dar un gran paso e inaugurar una nueva era, sucumbe a ilusiones del
pasado y pone todo el poder e influencia tan costosamente conquistados en manos
de hombres que representan, o se supone representan, el movimiento popular de
una época ya terminada. Espartero es uno de esos hombres tradicionales que el
pueblo acostumbra a cargarse a las espaldas en los momentos de crisis sociales
y que, como el perverso viejo que hundía obstinadamente sus piernas en torno al
cuello de Simbad el Marino, son luego muy difíciles de descabalgar. Si se
preguntara a un español de la llamada escuela progresista cuál es el valor
político de Espartero, contestan inmediatamente: «Espartero representa la
unidad del gran partido liberal; Espartero es popular porque procede del
pueblo, y su popularidad beneficia exclusivamente a la causa de los
progresistas«. Es verdad que Espartero es hijo de un artesano, y que se ha
encaramado hasta la regencia de España; y es verdad que habiendo entrado en el
ejército como simple soldado ha salido de él con el grado de un mariscal de
campo. Pero si realmente es el símbolo de la unidad del gran partido liberal,
no puede serlo solo por constituir ese punto de indiferenciada humildad en el
que se neutralizan todos los extremos. Y por lo que hace a la unidad de los
progresistas, no exageraremos al decir que quedó arruinada desde el momento en
que pasó del cuerpo del partido a un individuo particular.
No hace falta más prueba de la
ambigüedad y excepcionalidad de la grandeza de Espartero que el simple hecho de
que nadie consiga explicarla racionalmente. Mientras que su amigos se refugian
en gloriosas vaguedades, sus enemigos, aludiendo a peculiares rasgos de su vida
privada, hacen de él un simple tahúr afortunado. Unos Y otros, amigos y
enemigos, están igualmente lejos de descubrir la menor conexión lógica entre el
hombre mismo y su fama y su nombre.
Entrada de Espartero en Madrid (1854)
Los méritos militares de Espartero
son tan discutidos como indiscutible es su cortedad política. En una voluminosa
biografía publicada por el señor de Flórez se presentan con gran aparato sus
proezas militares y su actuación de general en las provincias de Charcas,
La Paz, Arequipa, Potosí y Cochabamba, donde 1uchó bajo las órdenes del
general Morillo, encargado por entonces de colocar los estados sudamericanos
bajo la autoridad de la corona española. Pero la impresión general producida
por sus hechos de armas sudamericanos en la impresionable mentalidad de su país
queda lo suficientemente caracterizada por el hecho de que Espartero sea
conocido como Jefe del Ayacuchismo, y sus partidarios
como ayacuchos en recuerdo de la desgraciada batalla de
Ayacucho, en 1a que Perú y Sudamérica se separaron definitivamente de España.
Es pues a todas luces un héroe
verdaderamente extraordinario, cuyo bautizo histórico data de una derrota, en vez
de datar de un triunfo. En los siete años de guerra contra los carlistas nunca
se señaló por uno de esos golpes de audacia que pronto dieron a conocer a su
rival Narváez como un soldado de nervios de acero. Tiene sin duda el don de
saber obtener el mayor provecho de éxitos menores, pues fue pura suerte el que
Maroto le entregara las últimas fuerzas del Pretendiente; el alzamiento de
Cabrera en 1840 no fue más que un esfuerzo póstumo por galvanizar el seco
esqueleto del carlismo. El señor de Marliani, admirador de Espartero e
historiador de la España moderna, no puede menos de reconocer que los siete
años de guerra carlista no pueden compararse sino con las luchas feudales de la
dulce Galia del siglo X, en las que el éxito no era siempre resultado de la
victoria. Existe además la desagradable circunstancia de que, de todos los
hechos de Espartero en la Península, los que más viva impresión han causado en
la imaginación pública han sido, si no propiamente derrotas, sí por lo menos
hazañas poco comunes en un héroe de la libertad: Espartero es conocido como el
hombre que manda bombardear ciudades -Barcelona y Sevilla-. Si los españoles
quisieran representarle como a Marte, dice un escritor español, pintarían al
dios con atributos de «destructor de paredes».
Bombardeo de Barcelona por Espartero
Cuando Cristina se vio obligada en
1840 a abandonar la regencia y huir de España, Espartero asumió la autoridad
suprema dentro de los límites de un gobierno parlamentario, contra los deseos
de un sector muy amplio de los progresistas. Se rodeó de una especie de
camarilla y se dio aires de dictador militar, sin llegar empero a alzarse
realmente por encima de la mediocridad de «un rey constitucional”. Sus favores
se dirigieron más a los moderados que a los viejos progresistas, los cuales,
con pocas excepciones, fueron excluidos de los cargos públicos. Sin valor para
romper las barreras del régimen parlamentario, no supo tampoco aceptarlo, ni
gobernarlo, ni transformarlo en un instrumento de acción. Durante sus tres años
de dictadura el espíritu revolucionario fue agotándose poco a poco a fuerza de
innumerables compromisos, y las disensiones en el partido progresista llegaron
a alcanzar tal intensidad que permitieron a los moderados volver al poder
exclusivo mediante un simple coup de main. Espartero
había llegado a perder su autoridad hasta el punto de que su propio embajador
en París conspiraba contra él con Cristina y Narváez; era además tan pobre de
recursos que no encontró medios para defenderse de sus miserables intrigas o de
los mezquinos engaños de Luis Felipe. Entendió tan poco su situación que
ofreció una resistencia a ultranza a la opinión pública en un momento en que
ésta no esperaba más que un pretexto para destrozarle.
En mayo de 1843, ya muy decaída su
popularidad, insistió en conservar a Seoane, Zurbano y los demás miembros de su
camarilla, cuya expulsión era violento clamor público; destruyó el ministerio
López, que disponía de una amplia mayoría en la cámara de los diputados, y se
negó testarudamente a dictar una amnistía en favor de los moderados
desterrados, amnistía reclamada por todo el mundo -por el parlamento, el pueblo
y el propio Ejército-. La petición de amnistía no era por otra parte más que
una expresión del público disgusto producido por su administración.
Entonces y repentinamente, un
huracán de pronunciamientos contra “el tirano Espartero» sacudió toda la
península de un extremo a otro; por la rapidez de su difusión, el
movimiento no puede compararse más que con el que está teniendo lugar estos
días. Moderados y progresistas se unieron con el único objeto de liberarse del
regente. La crisis le cogió desprevenido, y la hora fatal le halló mal
preparado. Narváez, acompañado por O’Donnell, Concha y Pezuela, desembarcó en
Valencia con un puñado de hombres.
Ramón María Narváez
Todo fue en ellos rapidez y acción,
calculada audacia, decisión enérgica. Por parte de Espartero todo fue
vacilación, retraso mortal, apática irresolución, indolente debilidad. Mientras
Narváez levantaba el cerco de Teruel y penetraba en Aragón, Espartero se
retiraba de Madrid y consumía semanas enteras en Albacete en una inexplicable
inactividad. Cuando Narváez, derrotados los cuerpos de Seoane y de Zurbano en
Torrejón, marchaba sobre Madrid, Espartero se une finalmente a Van Halen para
el inútil y odioso bombardeo de Sevilla. Huye luego de ciudad en ciudad,
abandonado a cada paso de su retirada por parte de sus tropas, y alcanza
finalmente la costa. Al embarcarse en Cádiz, esta ciudad, la última en que
Espartero conservó partidarios, le deseó feliz viaje pronunciándose también
contra él. Un inglés que residía en España durante la catástrofe ha dado una
gráfica descripción del resbaladizo hundimiento de la grandeza de Espartero:
«No fue el tremendo desplomarse en un momento, tras lucha valerosa, sino un
descenso paulatino, escalón tras escalón, sin combatir en parte alguna, desde
Madrid a Ciudad Real, de Ciudad Real a Albacete, de Albacete a Córdoba, de Córdoba
a Sevilla, de Sevilla a Puerto de Santa María y de allí al amplio océano. Fue
cayendo de la idolatría al entusiasmo, del entusiasmo a la lealtad, de la
lealtad al respeto, del respeto a la indiferencia, de la indiferencia al
desprecio, del desprecio a la indignación, y de la indignación al mar».
¿Cómo, pues, puede Espartero haberse
convertido de nuevo en el Salvador de la Patria y la «Espada de la Revolución»,
¿cómo se le llama? Este hecho sería completa mente incomprensible si no
existieran de por medio los diez años de reacción que ha sufrido España bajo la
brutal dictadura de Narváez y el tentacular yugo de los favoritos de la reina,
sucesores de Narváez. Épocas de reacción intensa y duradera son
maravillosamente adecuadas para restablecer a los hombres desprestigiados en
abortos revolucionarios. Ellas aumentan la capacidad imaginativa de un pueblo
-¿y dónde es más poderosa la imaginación que en el sur de Europa?- y el más
irresistible de sus impulsos, que consiste en oponer a las encarnaciones
individuales del despotismo encarnaciones individuales de la Revolución. Al no
poder improvisarlos ellos mismos, exhuman los hombres muertos de sus anteriores
movimientos. ¿No estuvo el propio Narváez a punto de convertirse en un
personaje popular a costa de Sartorius?
El Espartero que realizó su entrada
triunfal en Madrid el 29 de julio no era un hombre real, sino un fantasma, un
nombre, una reminiscencia.
Es, empero, de justicia recordar que
Espartero no ha declarado nunca ser sino un monárquico constitucional; y si
alguna duda hubiera existido sobre este punto, debería haberse ya disipado
plenamente ante la entusiasta acogida que durante su destierro en Inglaterra le
dispensaron el palacio de Windsor y las clases gobernantes inglesas. A su
llegada a Londres, toda la aristocracia se precipitó unánimemente a su casa,
con el duque de Wellington y Palmerston en cabeza. En su calidad de ministro de
Asuntos Exteriores, Aberdeen le envió una invitación para ser presentado a la
reina; el lord Mayor y los Aldermen de la ciudad le entretienen con
gastronómicos agasajos en Mansion House. Y cuando se supo que el hispánico
Cincinato consagraba sus horas de ocio a la jardinería, no hubo sociedad
agrícola, botánica u hortícola que no ansiara otorgarle el título de miembro.
Fue realmente el león de esta metrópoli. A fines de 1847 una amnistía llamó a
España a los desterrados españoles, y el decreto de la reina Isabel le nombraba
senador. De todos modos, no pudo abandonar Inglaterra sin que la reina Victoria
le invitara a su mesa, junto con la duquesa, añadiendo a ello el señalado honor
de ofrecerles alojamiento nocturno en el palacio de Windsor. Es cierto, según
creemos, que esta aureola creada en torno de su persona está relacionada de
algún modo con la idea de que Espartero ha sido y sigue siendo el representante
de los intereses británicos en España. Pero no es menos verdad
que las manifestaciones hechas en honor de Espartero tienen algo de
demostración contra Luis Felipe.
A su regreso a España recibió
Espartero diputación tras diputación, congratulación tras congratulación,
y la ciudad de Barcelona despachó un mensajero exclusivamente para
disculparse ante él por la mala conducta de la ciudad en 1843. Pero ¿ha oído alguien
citar su nombre durante el fatal período que se abrió en enero de 1846 y ha
concluido con los últimos acontecimientos? ¿Ha alzado acaso Espartero su voz en
aquel agónico silencio de la degradada España? ¿Se recuerda un solo hecho
de resistencia patriótica por su parte? Se retiró a su propiedad de Logroño, a cultivar
sus hortalizas y sus flores hasta que llegara la hora. No dio un paso hacia la
revolución hasta que la revolución llegó hasta él. Ha hecho realmente más que
Mahoma. Esperó que la montaña llegara hasta él y ésta lo ha hecho
efectivamente. Hay que citar, sin embargo, una excepción: cuando estalló la
revolución de febrero, seguida del terremoto general en Europa, Espartero hizo
que el señor de Príncipe y otros amigos publicaran un breve panfleto
titulado Espartero. Su pasado, su presente y su porvenir, para
recordar a España que seguía poseyendo el hombre del pasado, del presente
y del futuro. Pero al hundirse en Francia el movimiento revolucionario, el
hombre del pasado, del presente y del futuro se sumergió una vez más en el
olvido.
Espartero nació en Granátula, en La
Mancha, y como su famoso paisano tiene también su idea fija – la Constitución-
y su Dulcinea -la reina Isabel- . El 8 de enero de 1848, cuando volvió de su
destierro inglés a Madrid, fue recibido por la reina y se despidió de ella con
las siguientes palabras: «Suplico
a Vuestra Majestad me llame siempre que necesite
una
espada para defenderla o un corazón para amarla«.
Su Majestad lo ha llamado finalmente, y el caballero andante ha acudido,
aplacando las oleadas revolucionarias, desanimando a las masas con una calma
engañosa, permitiendo a Cristina, San Luis y los demás refugiarse en el
palacio, y proclamando estentóreamente su indestructible fe en las palabras de
la inocente Isabel.
El entonces estudiante Salustiano de Olózaga pronuncia un
discurso político en el café Lorenzini de Madrid. La Estafeta de Palacio
Como es sabido, esta reina tan digna
de fe, cuyos rasgos, según dicen, cobran cada vez más parecido con los de
Fernando VII de infeliz memoria, fue proclamada mayor el 15 de noviembre de
1843. El 21 de noviembre del mismo año cumplía ella los trece de edad. Olózaga,
al que López había nombrado tutor de la reina por tres meses, formó un
ministerio poco grato a la camarilla y a las Cortes recién elegidas bajo la
impresión del primer éxito de Narváez. Quiso entonces disolver las Cortes y
obtuvo un Real Decreto firmado por la reina que le autorizaba a ello, pero con
la fecha de su promulgación en blanco. Olózaga recibió el decreto de manos de
la reina la tarde del 28. La tarde del 29 tuvo otra entrevista con ella; pero
apenas la había dejado cuando se presentó en su casa un subsecretario de Estado
informándole de que había sido destituido y exigiéndole el decreto que había
obligado a firmar a la reina. Olózaga, abogado de profesión, era demasiado
agudo para caer en una trampa tan burda. No devolvió el documento hasta el día
siguiente y tras haberlo mostrado a más de cien diputados; para que comprobaran
que la firma de la reina presentaba sus trazos habituales. El 13 de diciembre
González Brabo, nombrado primer ministro, llamó ante la reina a los presidentes
de las cámaras, las principales personalidades de Madrid,
Narváez, el marqués de Santa Cruz y otras personas, pues la reina deseaba hacer
una declaración sobre lo que había ocurrido entre ella y Olózaga la tarde del
28 de noviembre. La inocente reinecita les introdujo en la habitación en que
había recibido a Olózaga y representó para informarles un pequeño drama en
forma muy graciosa, aunque más bien exagerada. Así atrancó Olózaga la puerta,
así la tomó del vestido, así la obligó a sentarse, así le guió la mano, así la
obligó a firmar el decreto, en una palabra, así violó su dignidad real. Durante
la escena, González Brabo fue tomando nota de esas declaraciones, mientras
todas las personas presentes podían apreciar que el decreto en cuestión estaba
firmado con mano trémula y agarrotada. En virtud de esta solemne declaración de
la reina, Olózaga debía ser condenado por el crimen de lesa majestad a ser
despedazado por cuatro caballos, o, en el mejor de los casos, a destierro
perpetuo a las Filipinas.
La Junta de Filipinas
Pero, como hemos visto, Olózaga había
tomado ya sus precauciones. Tuvo entonces lugar un debate de diecisiete días en
las Cortes, que causo, aún más impresión que el famoso proceso de la reina
Carolina en Inglaterra. La defensa de Olózaga ante las Cortes contiene entre
otras cosas el siguiente párrafo:
«Si me
decís que hay que dar fe sin
discusión a la palabra de la reina yo os contesto: No. O existe
acusación o
no existe. Y si existe, esa palabra es un testimonio como otro
cualquiera, y a ese testimonio opongo yo el mío«.
En la balanza de las Cortes, la palabra de Olózaga resultó de
más peso que la de la reina. Olózaga tuvo empero que huir a Portugal para
escapar de los asesinos lanzados contra él. Esta fue la primera aparición de
Isabel en la escena política de España. Y esta es la misma reinecita a creer
cuyas palabras exhorta Espartero al pueblo, y a la que, tras once años de
escándalos ejemplares, se ofrece el «brazo defensor» y el «corazón amante» de
la «Espada de la Revolución».
[New York Daily Tribune, 19 de agosto de 1854]
*******
VI
LA CONTRARREVOLUCIÓN EN ACCIÓN
Londres, 8 de agosto de 1854
Apenas habían sido retiradas las
barricadas de Madrid -a petición de Espartero- cuando ya estaba actuando la
contrarrevolución. El primer paso contrarrevolucionario fue la impunidad
acordada a la reina Cristina, Sartorius y sus asociados. A ese paso siguió el
de la formación del ministerio, con el moderado O’Donnell en la cartera de
Guerra y todo el ejército, por tanto, puesto a disposición de este viejo amigo
de Narváez. En la lista del Gobierno figuran los nombres de
Pacheco, Luján, don Francisco Santa Cruz, todos ellos partidarios notorios de
Narváez y miembro el primero además del mal afamado ministerio de 1847. Otro de
los miembros Salazar, ha sido nombrado por el único mérito de
ser un compañero de juego de Espartero. En premio a los sangrientos sacrificios
del pueblo en las barricadas y en las calles ha caído un chaparrón de
condecoraciones sobre los generales de Espartero, por una parte, y los amigos
moderados de O’Donnell por otra. Para preparar el completo silencio de la
prensa ha sido restablecida la ley de 1837. En vez de convocar Cortes constituyentes,
Espartero desea, según se dice, convocar sólo las cámaras según la constitución
de 1837, respetando, además, de creer ciertos informes, las modificaciones
realizadas en la misma por Narváez. Han sido concentradas muchas tropas cerca
de Madrid para asegurar lo mejor posible el éxito de esas medidas y de las que
seguirán. Si hay algo que llame especialmente nuestra atención en este asunto
es la prontitud con que ha empezado a actuar la reacción.
Palacio de las Cortes. Narciso Colomer 1850
Desde el. Primer momento los jefes de
las barricadas visitaron a Espartero para hacerle objeciones sobre la
constitución de su gobierno. Espartero entró en largas explicaciones sobre las
dificultades que le acosaban y se esforzó por defender sus nombramientos. Pero
los diputados del pueblo no parecen haber quedado muy satisfechos con su
explicación. Al mismo tiempo llegaron noticias «muy alarmantes» de los
movimientos republicanos en Valencia, Cataluña y Andalucía. La turbación de
Espartero puede comprobarse por su decreto sancionando la continuación de la
actividad de las juntas provinciales. Ni siquiera ha osado todavía disolver la
junta de Madrid, a pesar de que su ministerio está completo y ha asumido
oficialmente sus funciones.
[New Y01·k DailyTribune, 21 de agosto de 1854]
*******
VII
REIVINDICACIONES DEL PUEBLO ESPAÑOL
Londres, 11 de agosto de 1854
Días atrás publicaba el Charivari una
caricatura en la que el pueblo español aparece enredado en una batalla mientras
los dos espadones -Espartero y O’Donnell- se abrazan por encima de él. El Charivari interpreta
como final de la revolución lo que es sólo su comienzo. La pugna ha empezado ya
entre Espartero y O’Donnell, y no solo entre ellos, sino también entre los
jefes militares y el pueblo. De poco provecho ha sido para el gobierno nombrar
al torero Pucheta superintendente de los mataderos, formar un comité para
premiar a los combatientes de las barricadas y encargar finalmente a dos
franceses, Pujol y Delmas, la historia de la revolución. O’Donnell desea que
las Cortes sean elegidas de acuerdo con la ley de 1845, Espartero según la
Constitución de 1837 y el pueblo por sufragio universal.
El pueblo, además, se niega a deponer
las armas mientras el gobierno no publique un nuevo programa, pues el de
Manzanares no le resulta ya satisfactorio. Pide también el pueblo la anulación
del Concordato de 1852, la confiscación de los bienes de los contrarrevolucionarios,
una exposición pública de la situación financiera, la cancelación de todas las
concesiones de ferrocarriles y otros contratos para la realización de obras
públicas concertados de forma fraudulenta y, finalmente, la comparecencia de Cristina
ante un tribunal especial. Dos intentos de huida de esta última han sido
frustrados por la resistencia armada del pueblo. El Tribuno da
la siguiente exposición de las sumas que debe restituir Cristina al Tesoro
Nacional: veinticuatro millones percibidos ilegalmente como regente de 1834 a
1840; doce millones recibidos a su vuelta de Francia tras una ausencia de tres
años; y treinta y cinco millones recibidos de la tesorería de Cuba. Y aún hay
que decir que esa exposición es demasiado generosa, pues al dejar España en
1840, Cristina se llevó consigo grandes sumas y casi todas las joyas de la
corona española.
[New York DaílyTribune, 25 de agosto de 1854]
*******
VIII
LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA EN RUSIA.- LA
CUESTIÓN DE LAS COLONIAS.- CORRUPCION DE LOS HOMBRES PÚBLICOS. – ANARQU1A EN
LAS PROVINCIAS. – LA PRENSA DE MADRID
Londres, 15 de agosto de 1854
Algunos meses antes de estallar la
presente revolución española dije a los lectores de este periódico que la
influencia rusa intentaba provocar una conmoción en España. Rusia no necesitaba
agentes directos para ello. Ahí estaba el Times, abogado y
amigo del rey Bomba, de la «joven esperanza» de Austria, de Nicolás, de Jorge
IV, indignándose repentinamente ante las grandes inmoralidades de la reina
Isabel y de la corte española.
Ahí estaban, además, los agentes
diplomáticos del gobierno inglés, a los que el ministro ruso Palmerston engañó
fácilmente con visiones de una monarquía Coburgo peninsular.
Está ya comprobado que fue el
embajador británico el que escondió a O’Dopnell en su residencia y convenció al
banquero Collado, actual ministro de Hacienda, para que adelantara el dinero
que necesitaban O’Donnell y Dulce para su pronunciamiento. Por si algún lector
abriga todavía dudas sobre la intervención de Rusia en los asuntos peninsulares
me permitiré recordar el asunto de la isla de León. Tropas numerosas fueron
concentradas en Cádiz en 1820 con destino a las colonias sudamericanas.
Repentinamente el ejército estacionado en la isla se declaró por la
Constitución de 1812, y su ejemplo fue seguido en otros lugares. Ahora bien,
sabemos por Chateaubriand, embajador de Francia en el congreso de Verona, que
Rusia estimuló a España a emprender la expedición a Sudamérica y que impulsó a
Francia a intervenir en España. Sabemos además por el mensaje del presidente de
los Estados Unidos que Rusia le había prometido impedir la expedición española
a Sudamérica. Hace falta pues poca reflexión para poner en claro quién provocó
la insurrección de la isla de León. Pero, quiero darles otro ejemplo del intenso
interés que se toma Rusia por las conmociones de la península española. En
su Historia política de la España moderna (Barcelona,
1849), el señor de Marliani, para probar que Rusia no tiene motivos para
oponerse al movimiento constitucional Marliani sienta la siguiente afirmación:
Isabel II jura la Constitución de 1837 ante las Cortes el 10 de
noviembre de 1843.
Se vio en el Neva soldados españoles
jurando la Constitución [de 1812] y recibiendo sus banderas de manos
imperiales. En su extraordinaria expedición contra Rusia formó Napoleón una
legión especial con los prisioneros españoles en Francia, la cual, tras la
derrota de las fuerzas francesas, desertó al campo ruso. Alejandro los recibió
con mucha condescendencia y los instaló en Peterhoff, adonde fue a visitarlos
frecuentemente la emperatriz. Cierto día Alejandro les dio orden de
concentrarse sobre el Neva helado y les hizo prestar juramento a la
Constitución española, presentándoles al mismo tiempo banderas bordadas por la
emperatriz en persona. Este cuerpo, llamado desde entonces «Imperial
Alejandro», embarcó en Kronstadty desembarcó en Cádiz. Hizo honor a su
juramento del Neva sublevándose en Ocaña en 1821 por el restablecimiento de la
Constitución.
Aunque Rusia intriga en la Península
a través de Inglaterra, no por ello deja de denunciar a ésta ante Francia. Así
leemos en la Nueva Gaceta prusiana que Inglaterra ha
promovido la revolución española a espaldas de Francia.
¿Qué interés tiene Rusia en fomentar
conmociones en España? El de crear una división en el Oeste, provocar
disensiones entre Francia e Inglaterra y obligar a Francia a intervenir. Ya nos
dice la prensa anglo-rusa que revolucionarios franceses de junio han levantado
las barricadas de Madrid, y lo mismo se dijo de Carlos X en el Congreso de
Verona.
El precedente sentado por el ejército
español ha sido seguido por Portugal, se ha contagiado a Nápoles y Piamonte y
difunde por todas partes el peligroso ejemplo de un ejército que se entromete
en disponer medidas de reforma y dicta leyes a un país por la fuerza de las
armas. Inmediatamente después de la insurrección piamontesa han tenido lugar en
Francia, en Lyon y otras ciudades, movimientos de la misma naturaleza. En la
Rochela se produjo la conspiración de Berton, en la que tomaron parte 25
soldados del 45 regimiento. La España revolucionaria contagia a Francia sus
espantosos elementos de discordia, y ambos países alían sus facciones
democráticas contra el sistema monárquico.
¿Hay pues que concluir que la
revolución española ha sido llevada a cabo por los anglo-rusos? En modo alguno.
Rusia no hace más que apoyar movimientos rebeldes en momentos en que comprende
la inminencia de crisis revolucionarias. Además, apenas comienza, el verdadero
movimiento popular resulta tan contrario a las intrigas de Rusia cuanto a la
opresión del gobierno. Así ocurrió en Valaquia en 1848 y así ocurre en España
en 1854.
La pérfida conducta de Inglaterra
queda claramente de manifiesto con la de su embajador en Madrid, Lord Howden.
Antes de salir de Inglaterra para regresar a su puesto, el embajador convocó a
los tenedores de títulos españoles y les pidió que exigieran del gobierno
español el pago de los mismos, y, en caso de negativa de éste, que negaran
ellos todo crédito a los comerciantes españoles. Así preparó dificultades al
nuevo gobierno. Pero apenas llegado a Madrid tributó en una suscripción en
favor de los familiares de las víctimas caídas en las barricadas, arrancando
los aplausos del pueblo español.
The Times acusa a Mr. Soulé de haber provocado la insurrección en Madrid
en interés de la actual administración americana. En todo caso, Mr. Soulé no ha
escrito los artículos del Times contra Isabel, ni el partido
que propugna la anexión de Cuba ha obtenido la menor ventaja de la revolución.
En este aspecto, el nombramiento del general Concha como capitán general de la
isla de Cuba es muy significativo, pues el general ha sido uno de los padrinos
del duque de Alba en su duelo con el hijo de Mr. Soulé. Sería un error suponer
que los liberales españoles participan en lo más mínimo de las opiniones del
liberal inglés Mr. Cobden respecto del abandono de las colonias. Uno de los
objetivos capitales de la Constitución de 1812 era precisamente el de conservar
el dominio de las colonias introduciendo en el nuevo código un sistema de
representación unitario. Incluso en 1811 los españoles reunieron una fuerza
considerable compuesta por varios regimientos de Galicia -única región no
ocupada entonces por los franceses- con objeto de aumentar la eficacia de su
policía sudamericana. Casi el principal axioma de la Constitución fue el de no
abandonar ninguna colonia, y los revolucionarios de hoy profesan la misma
opinión.
No ha habido jamás revolución que
haya ofrecido espectáculo tan escandaloso en la conducta de sus hombres
públicos como esta revolución emprendida en interés de la «moralidad». La
coalición de los viejos partidos que constituye el actual gobierno (partidarios
de Espartero y partidarios de Narváez) se ha ocupado principalmente en
repartirse el botín de cargos, empleos, salarios, títulos y condecoraciones.
Dulce y Echagüe han llegado a Madrid, y Serrano ha pedido permiso para
presentarse en la capital, todos con objeto de asegurarse su participación en
el saqueo. En este momento tiene lugar una gran carrera
Entre moderados y progresistas,
encargados los primeros de nombrar todos los generales y los segundos de
hacerlo con todos los jefes políticos. Para calmar los celos del «populacho» el
torero Buceta ha sido ascendido de director de los mataderos a jefe de la
policía. Incluso el Clamor Público, un periódico muy
moderado, manifiesta su decepción.
«La conducta de
generales y jefes habría ganado mucho en dignidad si
hubieran renunciado a todo ascenso, dando un noble ejemplo
de desinterés y conformándose ellos mismos con los
principios de moralidad proclamados por la Revolución«.
La rapacidad sin igual con que se
está repartiendo el botín queda bien caracterizada por el reparto de
embajadores. No hablemos ya del nombramiento del señor Olózaga para París, a
pesar de que siendo embajador de Espartero en esa misma corte de 1843 conspiró
con Luis Felipe, Cristina y Narváez, ni del de Alejandro Mon para Viena,
ministro de Hacienda de Narváez en 1844; ni de los de Ríos Rosas para Lisboa y
Pastor Díaz para Turín, dos moderados de méritos poco notables. Limitémonos a
considerar el nombramiento de González Brabo para Constantinopla. González
Brabo es la encarnación de la corrupción española. En 1840 publicaba escritos
en El Guirigay, una especie de Punch madrileño
en el que vertía los más furiosos ataques contra Cristina. Tres años más tarde
su pasión por obtener un cargo le había transformado en un moderado furioso.
Narváez, que necesitaba un instrumento dócil, lo utilizó como primer ministro,
para despedirlo destempladamente tan pronto como pudo prescindir de él.
Mientras tanto había nombrado González Brabo ministro de Hacienda a un cierto
Carrasco que saqueó sin rodeos el Tesoro español. Nombró subsecretario del
Tesoro a su padre, persona que había sido expulsada de su empleo en Hacienda a
causa de malversaciones, y convirtió a su hermano político, empleadillo del
teatro del Príncipe, en camarero de la reina. Cuando se le reprochaba su
venalidad y corrupción contestaba: «¿Y no es ridículo ser siempre el mismo?»
Este fue el hombre nombrado embajador de la revolución de la moralidad.
En contraste con esa infamia oficial
que mancilla el movimiento español, consuela saber que el pueblo consiguió
finalmente obligar a esos caballeros a poner a Cristina a
disposición de las Cortes y a permitir la convocatoria de una Asamblea Nacional
Constituyente sin senado, y consecuentemente sobre bases diversas de las leyes
electorales de 1837 y 1845. El gobierno no había osado promulgar una ley
electoral propia, por estar el pueblo unánimemente en favor del sufragio
universal. En las elecciones madrileñas para la Guardia Nacional triunfaron
rotundamente los exaltados.
Prevalece en las provincias una
saludable anarquía. Se han constituido juntas que actúan en todo el país,
dictando decretos en interés de cada localidad, aboliendo la una el monopolio
del tabaco, y la otra el gravamen de la sal. Los contrabandistas operan en gran
escala y con la mayor eficacia, pues son la única fuerza que nunca se ha
desorganizado en España. En Barcelona las fuerzas militares chocan entre sí o
con los obreros. Este anárquico estado de las provincias es de gran utilidad
para la causa de la revolución, pues impide que ésta sea ahogada en la capital.
La prensa de Madrid se compone en
este momento de los siguientes periódicos:
España,
Novedades, Nación, Clamor Público, Diario Español,
Tribuno, Esperanza, Iberia, Católico, Miliciano,
Independencia, Guardia Nacional, Esparterista, Europa,
Unión, Espectador, Liberal, Eco de la Revolución. -Heraldo,
Boletín del Pueblo y Mensajero han dejado de existir.
[New York DailyTribune, 1 de septiembre de 1854]
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REVOLUCIÓN EN ESPAÑA, por Karl Marx y Friedrich Engels
(parte IV)
En 1821, un grupo de masones de ideas
revolucionarias decidieron crear en Madrid una sociedad secreta, adoptando como
base las reivindicaciones de los comuneros. La nueva organización, llamada los
Caballeros Comuneros y Vengadores de Padilla, tomó como «héroe mítico» a José
Padilla y mantuvo ciertos ritos propios de las sociedades masónicas. El rito de
iniciación de los neófitos, por ejemplo, terminaba con un juramento frente al
«escudo de Padilla» con las espadas desenvainadas. Los líderes de la sociedad
secreta incluso aseguraban poseer los huesos de Padilla, que también utilizaban
en algunos de sus rituales secretos.
Frente a los masones, partidarios de
una monarquía constitucional, los Caballeros Comuneros pretendían ganar todavía
más libertades en el terreno político y social. En sus memorias, el diputado y
escritor Antonio Alcalá Galiano, quien empezó militando en los comuneros y
luego se pasó a la masonería, cuenta que los primeros trazaron un plan para
asesinarlo. No es extraño, pues las rencillas y ajustes de cuentas eran moneda
corriente entre ambas organizaciones. Al final, la sociedad secreta se escindió
en dos: un ala más moderada y otras más radical. Esta última, que controlaba
las Milicias Nacionales, hizo posible que este ejército derrotara a los
batallones de la Guardia Real, que intentaron dar un golpe de estado en 1822.
La victoria desembocó en un gobierno controlado por los Caballeros Comuneros.
Cuando en 1823 los Cien Mil Hijos de San Luis –soldados enviados por Francia y
otras monarquías a petición de Fernando VII, para restablecer el absolutismo en
España– penetraron en las fronteras españolas, el jefe de los comuneros
exaltados, general Ballesteros, fue el encargado de dirigir las tropas que les
hicieron frente. Sin embargo, nada pudieron hacer y finalmente fueron
derrotados.
Gremios forestales
Los carbonarios aseguraban que su
sociedad secreta había surgido de los gremios de carboneros que trabajaban en
los bosques en la Edad Media. Al igual que la simbología masónica se basaba en
los útiles de trabajo utilizados por los gremios de constructores, los
carbonarios les otorgaban una gran importancia en sus ritos a las hachas, las
sierras o las antorchas. Se trataba de una sociedad de corte iniciático que
también empleaba en sus ceremonias iconografía cristiana, como cruces, clavos o
coronas de espinas. Sólo a los miembros de alto grado se les explicaba el
verdadero significado esotérico de dichos elementos: provocar el sufrimiento de
los poderosos, nobles y reyes por sus desmanes contra el pueblo soberano.
De todos modos, lo que parece claro
es que esta sociedad secreta surge a principios del siglo XIX en Francia como
una escisión de la masonería, aunque antes ya existían grupos que practicaban
ritos de corte forestal. El carbonarismo se asentó en España a partir de 1820,
gracias a los refugiados italianos que llegaron a partir de ese año a la
Península, huyendo de varias revoluciones fallidas. España se había convertido
en refugio para los revolucionarios europeos, pues en el poder se encontraba un
gobierno de corte progresista y liberal.
El objetivo fundamental de los
carbonarios era lograr un gobierno republicano. Para ello, primero se unieron a
los comuneros y más tarde a los masones. Cuando se produjo la invasión de Los
Cien Mil Hijos de San Luis, los carbonarios organizaron un pequeño ejército
formado por cientos de exiliados en España, pero tampoco consiguieron frenar el
poderío militar francés. Después de esta derrota, la organización acabó
diluyéndose con el paso del tiempo.
Anilleros y la Santa Alianza
En esta misma época nació una nueva
organización secreta en España: la Sociedad del Anillo, formada por
poderosos personajes de ideología liberal, cuya meta era promulgar una nueva
constitución progresista, similar a la de Cádiz de 1812. Se cree que entre sus
fundadores se encontraban gentes tan influyentes como Martínez de la Rosa o el
conde de Toreno. Pertenecieron al grupo algunos ministros, generales y nobles
de la talla del príncipe de Anglona, quien incluso presidió la sociedad durante
algún tiempo. Se llamaba Sociedad del Anillo porque sus miembros portaban un
anillo adornado por una serpiente con la cola entre sus fauces, lo que hizo
circular entre el pueblo toda clase de leyendas. Los anilleros al final no
resultaron tan progresistas como parecían y tomaron parte en el intento del
golpe de estado de la Guardia Real contra el gobierno liberal en 1822, que
finalmente se saldó con un estrepitoso fracaso, gracias a la acción de los
comuneros que, como ya hemos comentado, controlaban las Milicias Nacionales que
se opusieron a la intentona golpista.
Desde el momento que Fernando VII
restituyó en España el absolutismo por la acción de los Cien Mil Hijos de San
Luis, se preocupó de destruir a cualquier sociedad secreta, pues temía una
conspiración en su contra. Y no se equivocaba. En 1824 un grupo de exiliados en
Londres ponen en funcionamiento la Santa Alianza, cuya organización
se basó en la de los comuneros. Uno de los fundadores era el español Pablo
Iglesias, antiguo oficial de las Milicias Nacionales. Sin embargo, más tarde se
supo que dos líderes de esta sociedad secreta, el francés Housson de Tour y el
italiano César Conti, eran en realidad espías a las órdenes de Fernando VII.
Gracias al capital cedido por algunos ricos mecenas consiguieron reunir a un
ejército y algunos barcos para desembarcar en España. Pero las rivalidades entre
los jefes militares desembocaron en un estrepitoso fracaso.
Conspiraciones políticas
En 1837 se crea en Madrid una
sociedad secreta, conocida como La Federación, que no era sino la
unión de varias organizaciones de este tipo, entre las que destacaba La Joven
España. Ésta formaba parte de una estructura mayor: La Joven Europa, una
especie de órgano directivo de sociedades secretas repartidas por todo el
continente (La Joven Francia, La Joven Alemania, etc.), fundada por el
revolucionario y esoterista Mazini y de carácter republicano. En la mayor parte
de los países no caló lo suficiente, a excepción del país transalpino, donde la
sociedad jugó un papel de primer orden en la independencia italiana. Se
desconoce el grado de influencia que ejerció la organización secreta en la
política española.
Los tres primeros diputados
republicanos se sentaron en las Cortes españolas en 1841. Ese mismo año la
Policía se hizo con los estatutos de otra sociedad secreta, recogidos en un
documento titulado Copia de las bases orgánicas y reglamentos provisionales de
la Confederación de Regeneradores Españoles. En dichos papeles se alude a la
formación de diferentes «círculos», los cuales tenían la misión de estudiar a
las personas que pretendían acceder a cargos públicos, para apoyarlos o no en
función de los intereses de la Confederación, de ideología claramente
republicana.
Diez años más tarde, en 1848, nace el
Partido Democrático Español, formado fundamentalmente
por republicanos y socialistas. A principios de 1850, el capitán general de
Madrid recibe diferentes informes de sus espías acerca de la existencia de una
sociedad secreta de ideas democráticas llamada Los Hijos del Pueblo. Uno
de los planes para hacerse con el poder consistía en iniciar una revolución
armada. Al parecer, la sociedad secreta estaba controlada por el ala más
izquierdista del Partido Democrático, organización que tuvo una implicación
decisiva en el derrocamiento de los Borbones.
***
El Ángel Exterminador (sociedad secreta).
El Ángel Exterminador es el nombre
de una sociedad secreta española, absolutista y clerical, del siglo XIX, cuya
existencia se tiene aún por no confirmada o hipotética.
El cometido de esta sociedad sería,
ante todo, por medios ilegales y violentos, incluido el asesinato, devolver la
Inquisición a España, destruir los restos del Liberalismo, derrocar a Fernando
VII, tenido por demasiado progresista y afrancesado, proclamar como rey de
España a su hermano Carlos María Isidro, más católico, y aliar para siempre
altar y trono.
Su labor habría empezado según
algunos (el general Juan van Halen en concreto) ya en el Sexenio absolutista,
en 1817, y, según otros, durante la Década Ominosa (1823-1833). El hispanista
Gerald Brenan (1894-1987), en su ensayo El laberinto español, propone como
fecha de fundación 1821, aún durante el Trienio Liberal; el historiador
Estanislao de Kotska Vayo (1804-1864) apuesta por el año 1823. El año más
citado como fecha de su fundación es 1827, aunque por razones tan arbitrarias
como las de los anteriores.
Después de la muerte de Fernando VII
en 1833, la sociedad habría pretendido hacer resurgir la Inquisición tras su
abolición definitiva en 1834 por Francisco Martínez de la Rosa. Se suele
considerar como casos en que actuó el Ángel Exterminador la Rebelión de los
Malcontents o Agraviados en Cataluña y el juicio y ejecución del maestro
librepensador Cayetano Ripoll en 1827.
La sociedad habría estado compuesta
por el bando más irreductible del absolutismo, los apostólicos, y sobre todo
por obispos, entre los cuales el presidente sería el de Osma, que por entonces
era Juan de Cavia González (tuvo la diócesis de 1815 a 1831 y luego quedó
vacante hasta 1848). Formarían parte de ella importantes personajes de la
época, como el Conde de España o Francisco Tadeo Calomarde, quienes, tras ser
aparentemente leales a Fernando VII, pronto se pasaron al Carlismo.
Dudas sobre su existencia.
Pero el obispo de Osma era enemigo de
las sociedades secretas: en una pastoral de 1827 alecciona a sus feligreses
sobre los peligros de las sociedades secretas y avisa de que muchos papas ya
habían advertido sobre ellas. Por otra parte, las sociedades secretas
absolutistas no eran necesarias: el papel de la Inquisición se hallaba bien
traspasado a organismos nuevos como las Juntas de Fe y la Junta Secreta de
Estado presidida precisamente por el obispo de Osma. Más sentido tendría hablar
de un grupo conspirativo y de presión de descontentos creado para oponerse a la
llamada Camarilla de Fernando VII.
Por otra parte, un estudioso de las
sociedades secretas como Vicente de la Fuente (1817-1889) en su Historia de las sociedades secretas antiguas y modernas en
España, especialmente de la Franc-Masonería (1874) niega que la sociedad
haya existido y aduce que nadie se ha puesto de acuerdo en la fecha de
fundación de la misma, que no hay fuentes primarias y testimonios documentales
y que la hipótesis más probable es que fuese un bulo y patraña inventado por la
Masonería para desacreditar a sus enemigos absolutistas y católicos y
justificar su misma existencia como sociedad secreta; el mismo Benito Pérez
Galdós (1843-1920) dice en uno de sus Episodios nacionales que «ningún
historiador ha probado la existencia de El Ángel Exterminador».
Sin embargo, no sólo liberales
exaltados o progresistas, sino monárquicos y liberales conservadores como Juan
Rico y Amat han defendido la existencia real de esta sociedad, que creen
formada en 1823.
Pero acaso piense nuestro autor que «el
privilegio de los contrarrevolucionarios consiste en contraer deudas, y el de
las revoluciones en pagarlas«. Esta cita, parece más actual que histórica. ¿La
historia es circular o sólo se repite hasta obtener la sabiduría de sus
lecciones? Les dejamos con la lectura dominical, no sin antes recomendar
especialmente la lectura de la «Constitución de una República Federal Ibérica»
que cierra la entrega de hoy del libro de artículos de Marx y Engels.
Mapa político de España de la época
♦♦♦♦♦
IX
CONVOCATORIA DE LAS CORTES
CONSTITUYENTES. – LA LEY ELECTORAL.-DESÓRDENES EN TORTOSA. –
SOCIEDADES SECRETAS. – EL GOBIERNO COMPRA ARMAS.- LA HACIENDA
ESPAÑOLA
Londres, 21 de agosto de 1854
Los artículos de fondo de la Assemblée
Nationale, el Times y el ]oumal des
Débats prueban que ni el partido ruso puro, ni el ruso-Coburgo ni el
constitucional están satisfechos con el curso de la revolución española. Esto
permitiría suponer que España tiene algunas posibilidades, pese al contrario
aspecto de las apariencias.
El 8 una comisión de la Unión esperó
a Espartero para presentarle un manifiesto pidiendo la adopción del sufragio
universal. Se acumularon numerosas peticiones en el mismo sentido. Ha tenido
entonces lugar una larga y animada discusión en el consejo de ministros. Pero
los partidarios del sufragio universal han salido derrotados, así como los de
la ley electoral de 1846. La Gaceta de Madrid publica un
decreto de convocatoria de las Cortes para el 8 de noviembre, precedido de
un exposé dirigido a la reina. Las elecciones tendrán lugar de
acuerdo con la ley de 1837, con ligeras modificaciones. Las Cortes serán una
asamblea constituyente, quedando suprimidas las funciones legislativas del
senado. Se han mantenido dos disposiciones de la ley de 1846, a saber: la norma
56 de constitución de las mesas electorales (mesas que reciben
los sufragios y publican los resultados) y la referente al número de diputados;
debe elegirse un diputado por cada 5.000 almas. La asamblea estará así
compuesta de 420 a 430 miembros. De acuerdo con una circular del Ministro del
Interior, Santa Cruz, los electores tienen que estar registrados el 6 de
septiembre. Tras su verificación por las diputaciones provinciales, las listas
electorales se cerrarán el 12 de septiembre. Las elecciones tendrán lugar el 3
de octubre en las localidades principales de los distritos electorales. El
escrutinio se realizará el 16 de octubre en la capital de cada provincia. En
caso de controversia el nuevo procedimiento que deba desarrollarse tendrá que
quedar resuelto para el 30 de octubre. La exposición sienta explícitamente
que «las Cortes de 1854, como las de 1837, respetarán
la monarquía; constituirán un nuevo lazo entre
el trono y la nación, cosas que no pueden ser
puestas en tela de juicio ni discutidas«. Con otras
palabras, el gobierno prohíbe discusión de la cuestión dinástica; de aquí
infiere el Times lo contrario, suponiendo que la discusión se
entablará ahora en términos de «o esta dinastía o ninguna»
-posibilidad que, apenas será necesario decirlo, disgusta y decepciona
infinitamente al Times en sus cálculos.
La ley de 1837 limita el derecho
electoral por las condiciones de ser cabeza de familia, pagar mayores
cuotas (impuestos estatales) y tener la edad de veinticinco años.
Tienen también derecho a un voto los miembros de las academias Española, de la
Historia, de Artes Nobles, los Doctores y licenciados en las facultades de
teología, derecho y medicina, los miembros de los capítulos eclesiásticos, los
curas párrocos y su clero, los magistrados y abogados con dos años de
ejercicio, los oficiales del ejército a partir de cierta graduación, estén en
servicio activo o en retiro, los médicos, cirujanos, farmacéuticos con dos
años de ejercicio, los arquitectos, pintores y escultores miembros de
academias, los profesores y docentes en general en cualquier centro de
enseñanza atendido por fondos públicos. Están privados de voto por la misma ley
los deudores al Tesoro o al fisco local, los declarados en quiebra, las
personas sobre las cuales pesa interdicción dictada por los tribunales por
incapacidad moral o civil, y finalmente todas las personas condenadas por
sentencia firme.
Es verdad que el decreto no proclama
el sufragio universal y que sustrae la cuestión dinástica al foro de las
Cortes. Pero es a pesar de todo dudoso lo que la asamblea hará. Si las Cortes
españolas se abstuvieron de chocar con la Corona en 1812, ello se debió al
hecho de que la Corona estaba representada sólo nominalmente, pues el rey
estaba ausente del suelo español desde hacía años. Y si también se abstuvieron
de hacerlo en 1837 fue porque tenían que terminar con la monarquía absoluta
antes de poder pensar en hacerlo con la constitucional. A la vista de la
situación general, el Times tiene verdaderamente buenas
razones para lamentar la falta de una centralización a la francesa en España y
el hecho consecuente de que una victoria sobre la revolución en la capital no
decida nada en las provincias, mientras persista en éstas ese estado de
«anarquía» sin el cual no puede triunfar ninguna revolución.
Sitio de Gerona. Paulize. Litografia. Barcelona ca.1886.
Hay sin duda en la revolución
española algunas circunstancias que le son peculiares. Por ejemplo, la
combinación de saqueo y acción revolucionaria, conexión que nació en la guerra
guerrillera contra la invasión francesa y fue continuada luego por los
«realistas» en 1823 y por los carlistas desde 1835. No debe pues causar
sorpresa la información de que han ocurrido graves desórdenes en Tortosa, en la
Cataluña meridional.
La Junta 58 Popular
dice en su proclama del 31 de julio:
«Una banda de
despreciables asesinos, con el pretexto de abolir
los impuestos indirectos,
se ha apoderado de la ciudad y ha pisoteado
todas las leyes de la sociedad. El saqueo, el
asesinato y el incendio señalan todos sus pasos».
El orden fue empero inmediatamente
restablecido por la junta, armándose los ciudadanos y ayudando a la reducida
guarnición de la plaza. Se ha establecido ya una comisión militar encargada de
perseguir y castigar a los culpables de la catástrofe del 30 de julio.
Naturalmente, el hecho ha dado ocasión a los periódicos reaccionarios para
escribir virtuosas declamaciones. Hasta qué punto es escasa su autoridad para
hacerlo puede quedar ilustrado por la observación del Messager de
Bayonne, según el cual los carlistas han vuelto a izar su bandera en
las provincias catalanas, aragonesas y valencianas, precisamente en las mismas
montañas próximas a Tortosa en las que tuvieron su nido principal durante las
viejas guerras carlistas. Los carlistas han sido los que han creado el tipo de
los ladrones facciosos, una combinación de bandidismo y
pretendida lealtad a un partido oprimido en el estado. El guerrillero español
ha tenido siempre algo de bandido, desde los tiempos de Viriato, pero es una
invención carlista la de que un puro bandido pueda otorgarse a sí mismo el
nombre de guerrillero. Los hombres del asunto de Tortosa pertenecen ciertamente
a este tipo.
Las cosas son en cambio serias en
Lérida, Zaragoza y Barcelona. Las dos primeras ciudades se han negado a unirse
con Barcelona, a causa de que los militares tienen en ésta el predominio. Y,
sin embargo, da la impresión de que Concha no consigue todavía dominar la
tempestad de Barcelona y de que será sustituido por el general Dulce, pues la
reciente popularidad de este general parece ofrecer más garantías para una
superación de las dificultades.
Las sociedades secretas han reanudado
su actividad en Madrid y gobiernan el partido democrático exactamente igual que
en 1823. La primera petición que han aconsejado presentar al pueblo es la de
que todos los ministros de 1843 den cuentas de su gestión.
El gobierno está recuperando por
compra las armas de que se apoderó el pueblo el día de las barricadas. Así ha
conseguido recoger 2.500 mosquetones que estaban en manos de los insurrectos.
Don Manuel Zagasti, Jefe Político ayacucho de Madrid en 1843,
ha sido repuesto en sus funciones. Ha dirigido a la población y a la milicia
nacional dos proclamas en las que expresa su intención de reprimir
enérgicamente cualquier desorden. La expulsión de las criaturas de Sartorius de
sus diversos empleos procede con rapidez. Esta es quizá la única cosa que se
hace deprisa en España. Todos los partidos se muestran igualmente ágiles en
esta cuestión.
Salamanca no está encarcelado como se
dijo. Fue arrestado en Aranjuez, pero puesto en seguida en libertad. Se
encuentra en Málaga.
La presión ejercida por el pueblo
sobre el gobierno se patentiza en el hecho de que los ministros de la Guerra,
Interior y Obras Públicas han realizado amplias reformas y simplificaciones en
sus diversos departamentos, acontecimiento desconocido hasta ahora en la
historia de España.
El partido unionista o
Coburgo-Braganza es débil hasta el punto de inspirar lástima ¿Por qué otras
razones harían tanto ruido a cuenta de una simple proclama dirigida desde
Portugal a·la Guardia Nacional de Madrid? Además, si se considera más
cuidadosamente se aprecia que el manifiesto (procedente. del lisboeta Journal
de Progres) no tiene en absoluto carácter dinástico, sino que es
simplemente de aquel tipo de confraternización tan conocido en los movimientos
de 1848.
La causa principal de la revolución
española ha sido el estado de la Hacienda, y particularmente el decreto de
Sartorius ordenando el pago anticipado de seis meses de impuestos. Todas las
cajas públicas estaban vacías en el momento de estallar la revolución, pese a
la circunstancia de que no había rama de los servicios públicos que estuviera
pagada; tampoco habían sido libradas desde hacía meses las sumas destinadas a
las diversas atenciones. Así por ejemplo jamás se destinaron a la conservación
de carreteras las sumas recaudadas al efecto. Ese también fue el destino de las
sumas previstas para obras públicas. Cuando se realizó la inspección de la Caja
de Obras Públicas, en vez de justificantes de obras realizadas se hallaron
recibos de favoritos de la corte. Es sabido que la administración ha sido
durante mucho tiempo el negocio más fructífero de Madrid. El presupuesto
español para 1853 era como sigue:
|
Lista civil y atenciones de la real
casa |
47.350.000.00 |
|
Legislación |
1.331.685.00 |
|
Intereses
de la deuda pública |
213.271.423.00 |
|
Presidente
del Consejo |
1.687.860.00 |
|
Asuntos
Exteriores |
3.919.083.00 |
|
Justicia |
39.001.233.00 |
|
Guerra |
273.646.284.00 |
|
Interior |
43.957.940.00 |
|
Marina |
85.165.000.00 |
|
Policía |
72.000.000.00 |
|
Hacienda |
142.279.000.00 |
|
Pensiones |
143.400.586.00 |
|
Culto |
119.050.508.00 |
|
Extras |
18.387.788.00 |
|
Total |
1.204.448.390.00 |
Pese a ese presupuesto, España es el
país menos gravado de Europa y la cuestión económica es más sencilla que en
parte alguna. La reducción y simplificación de la máquina burocrática es poco
difícil en España, dado que tradicionalmente las municipalidades administran
sus propios asuntos; la reforma de las tarifas y una prudente aplicación de
los bienes nacionales no son todavía imposibles. La cuestión
social en el sentido moderno de la palabra no tiene base en un país aún
subdesarrollado, con sus recursos y con una población tan escasa como España
sólo 15.000.000 de habitantes.
[New York Daily Tribtme, 4 de
septiembre de 1854]
++++++
Luchas por el sufragio universal
X
LA REACCION DE ESPAÑA.- CONSTITUCION
DE LA REPÚBLICA FEDERAL IBÉRICA
Londres, 1 de septiembre de 1854
La entrada del regimiento de
Vicálvaro en Madrid ha animado al gobierno a emprender una mayor actividad
contrarrevolucionaria. La resurrección de la restrictiva ley de prensa de 1837,
adornada con todos los rigores de la ley suplementaria de 1842, ha matado todo
el sector «incendiario» de la prensa, incapaz de ofrecer la caución requerida.
El día 24 ha aparecido el último
número del Clamor de las Barricadas con el título de últimas Barricadas; sus
dos directores habían sido arrestados. El mismo día ha ocupado su lugar un
periódico reaccionario llamado Las Cortes.
«Su Excelencia el capitán general don Evaristo
San Miguel«, dice el programa de este periódico, «que
nos honra con su amistad, ha ofrecido a
este periódico el favor de su colaboración. Sus artículos aparecerán
firmados con sus iniciales.
Los hombres que están en cabeza de esta empresa
defenderán con energía la revolución
que ha destruido los abusos y excesos de
un poder corrompido, pero plantarán su bandera en
el recinto
de la Asamblea Constituyente. Ahí hay que librar la gran
batalla«.
Esa gran batalla se libra por Isabel
II y por Espartero. Recordarán ustedes que este mismo San Miguel declaró en el
banquete de la prensa que ésta no tiene más correctivo que ella misma, el
sentido común y la educación pública; que es una institución que no podrán
aplastar ni la espada, ni el confinamiento, ni el destierro ni ningún poder del
mundo. El mismo día en que se ofrece como colaborador a la prensa no tiene una
sola palabra contra el decreto que suprime su amada libertad de prensa.
La supresión de la libertad de prensa
ha sido inmediatamente seguida por la de la libertad de asociación, ocurrida
también por Real Decreto. En Madrid han sido disueltos los clubs, y en las
provincias las juntas y comités de salvación pública, con la excepción de los
reconocidos por el gobierno como «diputaciones». El Club de la Unión ha sido
clausurado por decisión unánime del gobierno, a pesar de que Espartero había
aceptado pocos días antes la presidencia honoraria del mismo, hecho que The London
Times se esfuerza vanamente en negar. Este club ha enviado una
comisión al ministro del Interior, pidiendola destitución del Jefe Político de
Madrid, señor Zagasti, acusándole de haber violado la libertad de prensa y el
derecho de asociación. El señor Santa Cruz ha contestado que no puede reprochar
a un funcionario público el haber tomado medidas aprobadas por el consejo de
ministros. La consecuencia ha sido una seria agitación; pero la Plaza
de la Constitución ha sido tomada por la Guardia Nacional y
no ha ocurrido nada más. Apenas habían sido suprimidos los periódicos menores
cuando los grandes, que habían asegurado hasta entonces su protección a
Zagasti, hallaron ocasión de chocar con él. Para reducir el Clamor Público al
silencio se nombró ministro a su director, el señor Corradi. Pero esta solución
no será suficiente, porque no todos los directores de periódicos pueden ser
incluidos en el gobierno.
Pero el golpe más audaz de la
contrarrevolución ha sidola autorización dada a la reina Cristina para salir
hacia Lisboa, después de haber prometido el consejo de ministros ponerla a
disposición de las Cortes Constituyentes; el gobierno ha intentado disimular
esa violación de su palabra confiscando anticipadamente las posesiones de
Cristina en España, que constituyen notoriamente la parte menos considerable de
su riqueza. Así ha tenido Cristina una escapatoria barata; acabamos de oír
además que también San Luis ha llegado tranquilamente a Bayona. La parte más curiosa
de esos manejos es el modo como ha sido obtenido el aludido decreto. El día 26
algunos patriotas de la Guardia Nacional se reunieron para considerar la
seguridad de la causa pública, acusaron al gobierno de vacilación y de
compromiso y decidieron enviar una diputación al consejo pidiéndole que
trasladara a Cristina de Palacio, donde estaba organizando conspiraciones para
yugular la libertad. Se dio la sospechosa circunstancia de que dos ayudantes de
campo de Espartero, junto con el propio Zagasti, se adhirieron a la petición.
El resultado fue que el gobierno se reunió en consejo de ministros; y el
resultado del consejo de ministros fue a su vez la huida de Cristina.
El 25 apareció la reina por vez
primera en público, en el Paseo del Prado, acompañada por el que llaman su
marido y por el Príncipe de Asturias. Pero parece que se le tributó acogida muy
fría.
La comisión nombrada para informar
sobre la situación financiera en el momento de la caída de Sartorius ha
publicado su informe en la Gaceta, precedido de una exposición
del señor Collado, ministro de Hacienda. De acuerdo con ella, la deuda flotante
de España suma 33.000.000 de dólares y el déficit total es de 50.000.000 de
dólares. Resulta del informe que incluso los recursos extraordinarios del
estado han sido anticipados en varios años y derrochados. Las rentas de la
Habana y Filipinas han sido también anticipadas en dos años y medio. El
producto del empréstito obligatorio ha desaparecido sin dejar rastro. Las minas
de mercurio de Almadén están comprometidas por años. El saldo debido a la Caja de
depósitos no existe. Tampoco existe el fondo de sustitución militar. Se deben
7.485.692 reales por compra de tabaco. Idem 5.505.000 reales por cuentas
a cargo de obras públicas. Según el señor Collado el montante de las
obligaciones más apremiantes es de 252.980.253 reales. Las medidas que propone
para cubrir ese déficit son las de un verdadero banquero, a saber: vuelta al
orden y a la tranquilidad, continuar la exacción de los viejos impuestos y
emitir nuevos empréstitos. De acuerdo con ese consejo, Espartero ha obtenido
2.500.000 dólares ele los banqueros de Madrid, a cambio de la promesa de
realizar una política estrictamente moderada. Sus últimas
medidas prueban lo gustosamente que está dispuesto a cumplir esa promesa.
No hay que creer que todas esas
medidas reaccionarias hayan sido recibidas sin resistencia alguna por el
pueblo. Al conocerse la salida de Cristina el 28 de agosto volvieron a
levantarse barricadas; pero si hemos de creer a un despacho de Bayona publicado
por el Moniteur francés, «Las tropas, unidas
con la Guardia Nacional, destruyeron las barricadas y
aplastaron el movimiento«.
Para poder
llevar a cabo nuevos empréstitos tienen que garantizar el «orden», es decir,
tienen que tomar ellos mismos medidas contrarrevolucionarias. Y así el nuevo
gobierno popular se transforma finalmente en servidor de los grandes
capitalistas y en opresor de pueblo.
Este es el cercle vitieux en
el que están condenados a moverse todos los gobiernos revolucionarios
abortivos. Reconocen como obligaciones nacionales las deudas contraídas por sus
predecesores contrarrevolucionarios. Para poder pagarlas tienen que seguir con
los viejos impuestos y contraer nuevas deudas. Para poder llevar a cabo nuevos empréstitos
tienen que garantizar el «orden», es decir, tienen que tomar
ellos mismos medidas contrarrevolucionarias. Y así el nuevo gobierno popular se
transforma finalmente en servidor de los grandes capitalistas y en opresor de
pueblo. Exactamente del mismo modo se vio obligado el gobierno provisional
francés de 1848 a tomar la célebre medida de los 45 céntimos y a confiscar los
fondos de las Cajas de Ahorro para poder pagar a los capitalistas sus
intereses.
«Los gobiernos revolucionarios de España«, escribe
el autor inglés de las Revelations on Spaín, «no han caído de todos modos tan bajo como para
adoptar la infame política de repudiación
practicada en los Estados Unidos«.
El hecho es que, si cualquier
revolución española anterior hubiera practicado la repudiación, el infame
gobierno de San Luis no habría encontrado banqueros dispuestos a favorecerle
con anticipos. Pero acaso piense nuestro autor que el privilegio de los
contrarrevolucionarios consiste en contraer deudas, y el de las revoluciones en
pagarlas.
Parece empero que Zaragoza, Valencia
y Algeciras no comparten ese punto de vista, pues han suprimido todos los
impuestos que les parecían odiosos. No contento con enviar a Bravo Murillo como
embajador a Constantinopla, el gobierno ha despachado a González Brabo con el
mismo título a Viena.
El domingo 27 de agosto tuvieron
lugar reuniones electorales en el distrito de Madrid para nombrar por sufragio
universal las comisiones encargadas de dirigir la elección de la capital.
Existen en Madrid dos comités electorales: la Unión Liberal y la Unión del
Comercio.
Los síntomas de reacción reseñados
antes resultan menos impresionantes para las personas familiarizadas con la
historia de las revoluciones españolas de lo que tienen que parecerlo a un
observador superficial, pues las revoluciones españolas se originan por lo
general con la reunión de las Cortes, que es ordinariamente la señal de
disolución del gobierno. Por otra parte, hay en Madrid pocas tropas, y a lo
sumo 20.000 guardias nacionales. Pero sólo la mitad de estos últimos está
propiamente armada, mientras se sabe que el pueblo ha desobedecido la orden de
entregar las armas.
Pese a las lágrimas de la reina,
O’Donnell ha disuelto la guardia personal de aquélla, porque el ejército
regular estaba celoso de los privilegios de ese corps desde
cuyas filas un Godoy, conocido como buen tocador de guitarra y cantor de seguidillas
graciosas y picantes, pudo alzarse hasta
convertirse en marido de una sobrina del rey, y un Muñoz, sólo conocido por sus
excelencias íntimas, pudo convertirse en marido de una reina madre.
Un grupo de republicanos ha hecho
circular en Madrid la siguiente:
Constitución de una República
Federal Ibérica:
Título 1 .Organización de la República
Federal Ibérica (*)
Art. 1.- España,
sus islas y Portugal se unirán
para formar la República
Federal Ibérica. Los colores de
su bandera serán la unión de las dos banderas
actuales de España y Portugal.
Su divisa será: Libertad, Igualdad, Fraternidad.
Art.2. –
La soberanía reside en la universalidad
de los ciudadanos. Es inalienable e
imprescriptible. Ni
individuos ni fracciones del pueblo pueden usurpar
su ejercicio.
Art.
3. – El derecho es expresión de la
voluntad nacional. Los jueces son nombrados por el
pueblo por medio del sufragio universal.
Art. 4. –
Son electores todos los ciudadanos
a partir de los 21 años de edad y
en· disfrute de sus derechos civiles.
Art.
5. – Queda abolida la pena de muerte, tanto
para delitos políticos cuanto para delitos
comunes. En todas las instancias se instaurarán
jurados.
Art.
6.- La propiedad es sagrada. Las propiedades
confíscadas a los emigrados políticos
les serán restituidas.
Art.
7. – Los impuestos serán proporcionales
a las rentas. No habrá más que un
impuesto, directo v general.
Todas las contribuciones indirectas quedan
abolidas. Igualmente quedan
abolidos los monopolios estatales de la sal y
el tabaco, los sellos de correos,
patentes y conscripciones.
Art.
8.- Se garantizan las libertades de prensa,
asociación, reunión, domicilio, educación,
comercio y conciencia. Cada religión pagará sus propios ministros.
Título II. Administración federal
Art.
14.- Será ejercida por un Consejo Ejecutivo nombrado
y revocable por el Congreso Federal Central.
Art. 15.- Las relaciones
internacionales y comerciales, la uniformidad de medidas, pesos y monedas, los
correos y las fuerzas armadas son competencia de la Administración Federal.
Art. 16.- El Congreso Federal
Central se compondrá de nueve diputados de cada provincia, elegidos por
sufragio universal y obligados por su mandato.
Art. 17.- El Congreso Federal Central
está reunido permanentemente.
Att. 20. – Cuando la Administración
crea que tiene que promulgar una ley, estará obligada a dar a conocer el
proyecto con seis meses de anticipación si ha de votarlo el Congreso, y con
tres meses de anticipación si afecta a la legislación provincial.
Art. 21. – Todo diputado que deje de
someterse a las instrucciones de sus mandantes será entregado a la justicia.
El art. 3 del Tít. III se
refiere a la administración provincial y municipal, y acepta principios
análogos. El último artículo de este título dice: Dejarán de existir colonias;
se convertirán en provincias y serán administradas según los principios
provinciales. Se abolirá esclavitud.
Título IV. El Ejército
Art. 34.- Todo el pueblo será
armado y organizado en una Guardia Nacional, una porción de la cual será móvil,
y la otra fija.
Art. 35. – La guardia móvil constará
de solteros entre las edades de 21 y 35 años; sus oficiales serán escogidos en
las escuelas militares mediante elecciones.
Art. 36. – La milicia sedentaria está
formada por todos los ciudadanos entre los 35 y 56 años de edad. Los oficiales
serán también nombrados mediante elecciones. Su misión es la defensa de
las comunidades.
Art. 37.- Los cuerpos de artillería e
ingenieros serán formados mediante alistamiento voluntario; serán permanentes y
constituirán guarniciones en las fortalezas de la costa y en las
fronteras. No habrá fortalezas en el interior del país.
El art. 38, que se refiere a la
Marina, contiene determinaciones semejantes.
Art. 40.- Quedan suprimidos los
estados mayores provinciales y las Capitanías generales.
Art. 42. – La República Federal
renuncia a toda guerra de conquista y someterá sus diferencias internacionales
al arbitrio de gobiernos desinteresados de las mismas.
Art. 43.- No existirán ejércitos
permanentes.
(*) El estilo del original indica claramente que Marx
resume (no trascribe) los artículos que cita (N.T.)
[New York Daily
Tribune, 16 de septiembre de 1854]
https://puntocritico.com/2017/05/07/revolucion-en-espana-por-karl-marx-y-friedrich-engels-indice/
FIN DE LA PRIMERA PARTE........... CONTINUARÁ




















