SANTA TERESA DE JESÚS
ESTUDIO PRELIMINAR
EL
MISTICISMO
Comencemos por un interrogante: ¿Son los estados
místicos como ventanas abiertas a un mundo nuevo?
Para William James
(1) esto es lo que
importa averiguar ante el fenómeno que la mística ofrece, lo que todo espíritu
curioso del misterio quisiera ver revelado. Más al plantear así el problema se
olvida el carácter subjetivo de la experiencia mística, que imposibilita la
enseñanza ajena. No se trata de un empeño de conocimiento intelectual,
transmisible, sino de una relación directa con la divinidad. “Ninguna cosa
-dice San Juan de la Cruz- criada ni pensada puede servir al entendimiento de
propio medio para unirse con Dios… Todo lo que el entendimiento puede alcanzar,
antes le sirve de impedimento que, de medio, si a ello se quisiere asir.”
Esta es la doctrina, que prueban los
mejores testimonios. “Mientras menos lo entiendo más lo creo”, declara Santa Teresa en sus Mercedes
de Dios. Y en otro lugar: (2) “El entendimiento, si se entiende, no se
entiende como entiende; al menos, no puede comprender nada de lo que entiende.
A mi no me parece que entienda, porque, como digo, no se entiende: yo no acabo
de entender esto.” Semejante debatirse para para alcanzar la comprensión revela
algo que suele negarse a los místicos, a saber: la resistencia a la entrega
ciega desde el primer momento, en un acto de sumisión espontánea y total. Si
bien el místico descubre antes que el puro intelectual su limitación, no se
rinde sin lucha, que llega a la congoja, y sin que el propio vencimiento deje
de influir otros factores, entre ellos el horror al pecado de soberbia:
|
El pecado del
intelecto, que es el pecado
satánico de querer
comprenderlo todo y abarcar los
misterios más altos… (3) |
Santa Teresa alcanza pronto esta
humanidad, que la hace decir en sus Conceptos:
“Lo que no entendáis, no os canséis. No es para mujeres, ni para hombres,
muchas cosas.” Coincide así con san Pablo, de quien son estas palabras: “Dios
vive en una luz a donde nadie puede llegar.”
Y, sin embargo, se aspira precisamente
a este imposible, y en esa aspiración radica esencialmente la disposición
mística, originada en una apetencia indominable de divinidad que impulsa a los
místicos y no les deja sosegar: “Esta sed de supremo goce de posesión,
sabiduría y ser, por conquista amorosa, les llevó en aquella edad al anhelo del
martirio, a la voluptuosidad tremenda del sufrimiento, a la embriaguez del
combate espiritual, al frenesí de pedir deliquio de pena sabrosa, a que el alma
hecha ascua se derritiera en amor, desgarrándose la urdimbre de espíritu y
cuerpo y corriendo por las venas espirituales mares de fuego y, por fin, llegaron
algunos, rompiendo con la ortodoxia, a pedir la nada.” (4) Aún más que de una
disposición, se trata de un estado espiritual, que arrebata al místico de la
tierra y lo lanza a los cielos en una aspiración ideal.
De aquí que Teresa de Jesús hay podido
decir que sí, que no sólo había sido pobre de espíritu, aunque lo tenía
profesado, sino loca de espíritu.
Conseguido este arrebatamiento y
locura santa, el místico se halla como peraltado sobre cuanto le rodea, y
fácilmente logra el estado que tan sencilla y certeramente describe Francisco
de Osuna: “Debes saber que cuando la inteligencia del ánima, que es la más alta
fuerza entre las que se conocen, pasa en afección o amor de las cosas que
contempla, cuasi es dicha levantarse sobre sí misma, y la tal obra se llama
exceso del ánima o levantamiento sobre sí mismo o sobre el espíritu suyo.
Puedes tomar ejemplo en alguna vasija que contiene agua u otro licor, el cual
poniendo fuego se calienta en el vaso de ésta; empero cuando hierve y bulle,
parece en alguna manera no caber en sí, más exceder así mismo el licor que
antes estaba seguro y ser llevado sobre sí por la virtud del calor. Así el
ánima que aun no está encendida con el calor amoroso de la mística teología,
entre tanto que el solo conocimiento de la especulativa está, parece estar
echada y que se contiene en sí misma dentro de sí; más cuando concibe el
espíritu del amor en fervor del corazón, en alguna manera sale de sí misma,
saltando de sí o volando sobre sí.” (5)
LA
SOLEDAD CON DIOS
Este hervor del alma viene a
derramarse en el más puro y absoluto egoísmo, que es la aspiración a la soledad
con Dios. Leibniz había comprendido y expuesto como nadie el maravilloso
diálogo (6) al presentar al místico como a quien niega las destrucciones
fenoménicas y, por inspiración, se persuade de alcanzar a Dios. “Si Dios está
aún más cercano a mí que mi mismo cuerpo, el mundo aparece como algo que no
cuenta. Esencialmente: yo soy, Dios es.”
Por esto Leibniz encuentra en Santa
teresa la confirmación de su sistema y destaca, admirado, de la obra de la
Carmelita, aquella magna idea de que el alma debe concebir las cosas como si en
el universo solo existiesen ella y Dios. En esta soledad del alma con la
divinidad culmina la aspiración que mueve insaciablemente la mística y ocasiona
sus goces y desalientos, tan íntimos y personales que en vano quisiéramos
representárnoslos, y que hacen exclamar a Kempis: O quam salubre, ¡quan iricundum et
suave est sedere in solitudine et tacere et loqui cum Deo!
Como hemos de esperar muy poco de las
revelaciones que el místico tenga a bien confiarnos. “El autor místico -decía
Ortega y Gasset en una de sus admirables conferencias- propone un viaje
maravilloso a un sitio donde él ha estado ya: al centro del universo. Lo
primero que nos sorprende es que él no se haya transformado después de tal
recorrido… El místico vuelve intacto, impermeable a la materia soberana donde
se había bañado. De todas suertes, seguimos al místico, llenos de ilusión. Los
místicos han sido en todo tiempo y lugar grandes artistas de la palabra,
clásicos del idioma y, además, grandes dramaturgos, porque, dividiendo su viaje
en etapas, van multiplicando el interés por lo que va a llegar después. Ha de decirse,
sin embargo, que a cada etapa recorrida sentimos decepción, porque el paisaje
descubierto no es cosa mayor, pero nos incita la esperanza de que hay otras
cosas más allá. Pero al llegar a la etapa final, el místico, que no ha cesado
de hablar dice: “Yo me voy allá, y a la vuelta hablaré”.
Para fijar mejor su posición, Ortega
añadía: “No puede ser objeción contra el misticismo que su conocimiento sea
indecible; un color tampoco puede decirse. Por esto lo arriesgado que es
someter a peso y medida intelectual lo que el místico declara.” Tomemos en
comprobación el ejemplo de uno de los frecuentes arrobamientos de Santa Teresa,
según ella misma lo relata (7): “Estaba un día, víspera del Espíritu Santo,
después de misa; fuime a una parte bien apartada, adonde yo rezaba muchas
veces, y comencé a leer en un Cartujano
esta fiesta, y leyendo las señales que han de tener los que comienzan y
aprovechan y los perfectos, para entender está con ellos el Espíritu Santo,
leídos estos tres estados, parecióme, por la bondad Dios, que no dejaba de
estar conmigo, a lo que yo podía entender. Estándole alabándolo y acordándome
de otra vez que le había leído, que estaba bien falta de todo aquello, que lo
creía yo muy bien, así como ahora entendía lo contrario de mí, así conocí era
merced grande de que el Señor me había hecho. Y así comencé a considerar el
lugar que tenía en el infierno merecido por mis pecados, y daba loores a Dios,
porque no me parecía conocía mi alma, según la veía trocada. Estando en esta
consideración, diome un ímpetu grande, sin entender yo la ocasión; parecía que
el alma se me quería salir del cuerpo, porque no cabía en ella, ni se hallaba
capaz de esperar tanto bien. Era ímpetu tan excesivo que no me podía valer y, a
mi parecer, diferente de otras veces, ni entendía qué había el alma, ni qué
quería, que tan alterada estaba. Arriméme que aún sentada no podía esperar,
porque la fuerza natural me faltaba toda. Estando en esto, veo sobre mi cabeza
una paloma, bien diferente de las de acá, porque no tenía estas plumas, sino
las alas de unas conchicas que echaban de sí gran resplandor. Era grande más
que paloma; paréceme que oía el ruido que hacía con las alas. Estaría aleteando
espacio de un Avemaría. Ya el alma estaba de tal suerte, que, perdiéndose así
de sí, la perdió de vista. Sosegóse el espíritu con también huésped que, según
mi parecer, la merced tan maravillosa le debía de desasosegar y espantar; y
como comenzó a gozarle, quitósele el miedo y comenzó la quietud con el gozo,
quedando en arrobamiento.
Esta realidad, en la comunicación con
Dios, aparece así declarada en Francisco de Osuna: “La amistad e comunicación
de Dios es posible en esta vida y destierro; no así pequeña, sino más estrecha
y segura que jamás fue entre hermanos, ni entre madre e hijo. Esta amistad o
comunicación de Dios al hombre, no por llamarse espiritual deja de tener mucho
tomo e certidumbre…; hablo de la comunicación que buscan e hallan las personas
que trabajan de llegar a la oración y devoción, la cual es tan cierta que no
hay cosa más cierta en el mundo, ni más gozosa, ni de mayor valor ni precio.”
EL
CRIADOR Y LA CRIATURA
y
anhelo que brota originalmente. “Mi naturaleza es de fuego”, decía Santa
Catalina de Siena. Y Santa Teresa: “Mi temperamento quiere con ardor”.
El objeto y fin de ese amor es la
divinidad, en cuya esencia se quiere participar. Pero esta soberana ansia
impone, además de la renunciación radical a lo temporal y terreno, la
disposición de humildad absoluta. La criatura aspira a ser digna del Criador, a
contemplarle de cerca, participando en su gloria; más sabe bien que ello no ha
de lograrse solo por el propio merecimiento, sino esencialmente por la
magnanimidad de Dios al levantar hasta sí a la criatura. Eckehart relaciona los
conceptos de humildad y de majestad divina, haciendo provenir el concepto
místico de Dios de la emoción de Abrahán cuando le habla cerca de la suerte de
los sodomitas y dice: “He aquí que me atrevo a hablarte yo, so, que soy polvo y
ceniza”. En su Tercer
tratado, Osuna muestra cómo se ha de haber el ánima con Dios, diciendo:
“ciego y sordo y mudo debes ser u manso siempre”, declarando así esta
subordinación absoluta del hombre con todo lo creado, “pues que el Señor es
Dios de las esciencias y quiere más que oren a él callando y en espíritu y
verdad, que no con palabras; mientras con mayor silencio le : “aunque callaba
porque oraba en silencio, respondió como hombre importunado, diciendo: ¿Para
qué me estás dando voces?
HUMANIDAD
Y DIVINIDAD
Como
hombre importunado… ¿No hay aquí, en esta ingenua alusión, cierta posibilidad
de relacionar lo que pudiera ofrecérsenos como opuesto y contrario? Según
apunta Otto, en el Evangelio de Jesús se consuma y perfecciona la aspiración a
racionalizar, moralizar y humanizar la idea de Dios que palpitaba desde los
tiempos más remotos de la tradición israelita. Así se llegó a la creencia en
Dios Padre. Y de la misma manera que para alcanzar la Divinidad el hombre ha de
vaciarse de humanidad, deshumanizarse (8), análogamente el místico necesita,
para asegurar esta relación, percibir el Dios-Hombre, sentir aquella su
presencia real que pueda favorecer el diálogo.
El lenguaje místico viene a
comprobarlo en muchos pasajes; así en este lugar del Camino de Perfección, donde Santa
Teresa establece una concordancia en la relación de los esposos de la tierra y
de lo alto: “¡Oh, válame Dios!, pues acá, cuando uno se casa, primero sabe con quién,
quien es y qué tiene; nosotras, ya desposadas antes de las bodas, que nos han
de llevar a su casa, ¿No pensaremos en nuestro Esposo? Pues acá no quitan estos
pensamientos a las que están desposadas con los hombres, ¿por qué nos han de
quitar que procuremos entender quien es este hombre y quien es su padre y qué
tierra es esta adonde me ha de llevar y qué bienes son los que promete darme,
que condición tiene, como podré contentarle mejor, en que le haré placer, y
estudiar como haré mi condición que conforme con la suya?
Pues si una mujer ha de ser bien
casada, no le avisan otra cosa, sino que procure esto, aunque sea hombre muy
bajo su marido. Pues, Esposo mío, ¿En todo han de hacer menos caso de hacer
vida con Vos? Es verdad que es buena vida si un esposo es tan celoso que quiere
no trate con nadie su esposa.
Easta humanización de lo divino viene
a concordar de modo patente con el poderoso realismo hispano. Santa Teresa
-dice Etchegoyen (9)- quiere la plenitud de la felicidad absoluta, para
siempre, exclamaba ya en sus ansias infantiles. El amor divino logra
satisfacerla, adaptándose mucho mejor que el amor humano a las necesidades
psicológicas, morales y religiosas de su vida cotidiana. Gracias a ese realismo
de la Carmelita, esta adaptación crea entre ella y Dios una asombrosa intimidad.
Lejos de buscar a Dios en el cielo, prefiere descubrir lo divino en la realidad
de cada día. Así, nada iguala la tierna familiaridad de Tresa con Jesús como la
de Jesús con Teresa.
Grabado de Diego de Astor, edición
príncipe de las obras del santo https://delaruecaalapluma.com/2018/02/02/juan-de-la-cruz-400-anos-en-letra-de-molde/?utm_source=Pinterest&utm_medium=organic
FORMACIÓN
E INFLUENCIAS
Sabido es que Teresa de Jesús recibió
del Tercer abecedario,
de Francisco de Osuna, las primeras y decisivas influencias en su vocación
religiosa. De Osuna y de este su hondo influjo escribe el padre Mir (10)
“Aunque no hable de sí sino pocas veces se conoce que cuanto dice lo ha
experimentado y vivido, como declara el calor de vida que informa sus
explicaciones. Este calor interno, esta experiencia propia, íntima, personal,
debió de ser la causa de los efectos maravillosos que hizo en Santa Teresa de
Jesús del Tercer abecedario, arrastrándola en doctrinas y experiencias
hasta entonces nuevas para ella,” ¡Calor de vida! Toda la mística española está
ahí. Por eso la Carmelita, lectora fervorosa de los Ejercicios de San
Ignacio, encuentra dificultad para acomodarse cuanto quisiera a su doctrina
y servirse de los sentidos para el empeño contemplativo, sino que permanece de
alguna manera sometida a la limitación de la imagen.
En Les lectures de Sainte Thérése (11)
examina Morel-Fatio la formación intelectual y mística de Teresa de Jesús que
pudiera explicar de algún modo la fuerza de su estilo, al lado de una evidente
disposición artística. Interesa, desde luego, oponer algún reparo a quienes
estiman desmedidamente la espontaneidad de la Carmelita, descuidando el aprecio
de sus lecturas y de su inclinación a las letras, cuando estas no dañaban la
preocupación superior. Nada más fácil que recoger algunos textos que lo
comprueban:
“Tenga cuenta la priora con que haya
buenos libros, en especial Cartujanos,
Flos Sanctorum, Comtemptus mundo, Oratorio de religiosas, los de fray Luis
de Granada y del padre fray Pedro de Alcántara; porque es en parte tan
necesario este mantenimiento para el alma como el comer para el cuerpo” (12)
“Siempre informaos, hijas, de quien
tenga letras; que en estas hallaréis el camino de la perfección con discreción
y verdad. Esto han menester mucho las preladas, si quieren hacer bien su oficio,
confesarse con letrado, y si no harán hartos borrones, pensando que es santidad;
y aun procurar que sus monjas se confiesen con quien tenga letras” (13).
“… y es gran cosa letras, porque estas
nos enseñan a los que poco sabemos y nos dan luz, y llegados a verdades de la
Sagrada Escritura, hacemos lo que debemos. De devociones a bobas nos libre
Dios” (14)
“…cuando hubiere de comunicar algo, se
deje de maestros de espíritu y busque grandes letrados; que estos me han sacado
de muchos trabajos” (15).
Santa Teresa cuenta en la Autobiografía
su iniciación en el placer de la lectura. Un hermano de su padre, con quien pasa
unos días, y cuyo ejercicio eran buenos libros de romance, hacia que se los
leyese.
Y, si bien ella no encontraba en esto diversión
alguna, “mostraba que sí; porque en esto de dar contento a otros he tenido
extremo, aunque a mí me hiciese pesar” A pesar de que estos libros no
satisfacen las ansias de su alma, en la lectura encuentra el impulso que decide
su vocación, después e una larga enfermedad: “Diome la vida haber quedado ya
amiga de buenos libros. Leía en las Epístolas de San Jerónimo, que me animaban
de suerte que me determiné a decirlo a mi padre, que casi era como tomar
hábito; porque era tan honrosa que me parece no tornar atrás por ninguna
manera, habiéndolo dicho una vez” (16).
Autor: José García Hidalgo
Técnica: Óleo sobre lienzo
Fecha aproximada: 1690
Población/Ciudad: Segovia
Edificio: Museo
Todavía cabe concretar algo en la
religiosa decisión y citar otros muchos pasajes de su Vida, donde se confirma esta
relación con los libros; “gustaba en leer buenos libros, que eran toda mi
recreación; “en este tiempo me dieron las Confesiones, de San Agustín”,
libro que influye profundamente en ella: “Cuando legué a su conversión y leí
cómo yo aquella voz en el Huerto, no me parece, sino que el Señor me la dio a
mí, según sintió mi corazón. Estuve por gran rato que toda me deshacía en
lágrimas y entre mí misma con gran aflicción y fatiga.”
En otro lugar de la Vida aconseja el Arte de servir
a Dios, del franciscano Padre Alonso de Madrid, “muy bueno y
apropiado” para alcanzar el perfeccionamiento de las virtudes; mientras que en
el Camino de perfección no duda en recomendar la lectura profana como
estímulo en la ocasión de laxitud espiritual: “También es gran remedio tomar un
libro de romance bueno, aun para recoger el pensamiento, para venir a rezar
bien vocalmente, y poquito a poquito ir acostumbrando el alma con halagos y
artificios para no la amendrentar” Texto que cabe relacionar con este otro de
la Autobiografía, donde se refiere a sus grandes sequedades durante dieciocho
años: “En todos estos, sino era cavando de comulgar, jamás osaba comenzar a
tener oración sin un libro: que tanto temía mi alma estar sin él en oración
como si con mucha gente fuera a pelear. Con este remedio, que era como uan
compañía y escudo en que había de recibir los golpes de los muchos
pensamientos, andaba consolada. Porque la sequedad no era lo ordinario, más era
siempre cuando me faltaba libro…”
Y, sin embargo, de esta su inclinación
a los libros, dirá donosamente en una ocasión: “Como no soy tan letrera como
ella, no sé qué son asirios.”
RASGOS
DE LA FUNDADORA
En su Libro de recreaciones, María de San
José hace este retrato de Teresa de Jesús: “Era una Santa de mediana estatura,
antes grande que pequeña. Tuvo en su mocedad fama de muy hermosa, y hasta su
última edad mostraba serlo. Era su rostro no nada común, sino extraordinario, y
de suerte que no se puede decir redondo ni aguileño; los tercios de él,
iguales; la frente, ancha y igual y muy hermosa; las cejas, de color rubio
oscuro, con poca semejanza de negro, anchas y algo arqueadas; los ojos negros,
vivos y redondos, no muy grandes, más muy bien puestos. La nariz, redonda y en
derecho de los lagrimales para arriba, disminuida hasta igualar con las cejas,
formando un apacible entrecejo… Era gruesa más que flaca, y en todo bien
proporcionada; tenía muy lindas manos, aunque pequeñas; en el rostro, al lado
izquierdo, tres lunares… en derecho unos de otros, comenzando desde debajo de
la boca el que mayor era, y el otro entre la boca y la nariz, y el último en la
nariz, más cerca de abajo que de arriba. Era en todo perfecta.”
Teresa conocía estas perfecciones, que
su noble sinceridad no la permitía desdeñar. Recuérdese la anécdota del retrato,
cuando Juan de la Miseria
traslada sin gran fortuna su imagen al lienzo, y el comentario final de la
santa: Dios te lo perdone, fray Juan, que, ya que me pintaste, me has
pintado fea y legañosa. Recuérdese también aquellas palabras que se
atribuyen: “Tres cosas han dicho de mí en todo el discurso de mi vida: que era,
cuando moza, de bien parecer, que era discreta, y ahora dicen algunos que soy
santa. Las dos primeras en algún tiempo las creí, y me he confesado por haber
dado crédito a esta vanidad; pero en la tercera nunca me he engañado tanto que
haya jamás venido a creerla."
Cuando muchacha -declara en el Libro de la Vida- gustaba de tener
galas, de parecer bien, de cuidarse manos y cabello y de usar perfumes. De esta
época es, sin duda, la referencia que sigue de doña Inés de Quesada, monja en
la Encarnación, de Ávila: “Yo me acuerdo cuando la Santa Madre venía a seglar
algunas veces a este convento, y doy por señas que traía una saya naranjada con
unos ribetes de terciopelo negro.” Dentro de esta aparente superficialidad van
cuajándose aquellas disposiciones que la mujer de entonces solía apetecer en el
siglo. El Padre Ribera habla de su habilidad manual, que le permitía ejecutar
labores de aguja prodigiosas, entre ellas maravillosos bordados representando
escenas históricas. Y Louis Bertrand, en su atropellado estudio tiene el
acierto de ofrecer a los pintores el tema de Teresa de Ahumada hilando en su
celda de Ávila, cerca de una ventana abierta sobre la ciudad y sus murallas,
torres, conventos e iglesias…
Era también experta en el arte de la
cocina, lo que no dejó de aprovechar más tarde a sus fundaciones. “En aquellos
principios -dice la Madre María de San Jerónimo- no se tenían freilas y
andábamos a semanas en la cocina, y con todas sus ocupaciones, que eran muchas,
cumplía la semana que le venía como las demás hermanas, y no nos daba poco
contento verla en la cocina, porque lo hacía con gran alegría y cuidado de
regalar a todas, y así parece que le tenía Su Majestad de enviar aquella semana
más limosnas que otras, y ansí decía que condescendía Nuestro Señor con su
deseo, que, como le tenía de darnos bien de comer, le enviaban con qué lo
hiciese.”
Jerónimo Gracián añade esta
referencia: “Cuando caminaba en mulla se sabía también tener en ella e iba tan
segura como si fuera en el coche. Acaeció una vez disparar a correr la mula en
que iba, alborotándose; y ella, sin dar voces ni hacer extremos de mujer, la
refrenó.”
Sobre todo, encantaba por su
conversación e ingenio. “Nunca le vi -testifica el Padre Pedro de la
Purificación- tener conversación y trato de gentes, así seglares como
religiosos, que no hiciesen alguna ganancia para Dios en alguna alma, porque
eran sus palabras tales y tan llenas de Dios y dichas con tanta prudencia, que
robaba los corazones… Una cosa me espantaba de la conversación de esta gloriosa
Madre, y que lo noté muchas veces, y me puse de advertencia el considerarlo, y
es que estuviese hablando tres o cuatro horas, que sucedía ser necesario estar
con ella en negocios, así a solas como acompañado, tenía tan suave
conversación, tan altas palabras y la boca llena de alegría, que nunca cansaba
y no había quien se pudiese despedir de ella.”
Esta amenidad de su conversación
refléjase también en los escritos, donde se complace en graciosas
familiaridades; así en la aplicación de motes, justificados algunos de ellos
por la discreción con que era obligado tratar los asuntos de la orden ante las
dificultades que se ponían a la obra. Al Padre Pablo Hernández le llama Padre Eterno, “parece que por la
gravedad y apostura y mucho respeto y veneración que le tenía la santa”, dice
el Padre Silverio. Al Padre Gracián le llama Eliseo porque era de “gran
cabeza y calvo”, explica Andrés Mármol; Séneca y mi Senequita, a
San Juan de la Cruz, esto último por lo bajo de su estatura. Llama Matusalén
al nuncio Nicolás Ornamento; los del Paño y Gatos, a los Carmelitas
Calzados; ‘águilas, a los Descalzos; cigarras, a las Carmelitas
Calzadas; mariposas, a las Descalzas; Ángeles, a los Inquisidores;
Patillas, al Diablo…
De sí misma habla también, en la
ocasión, con palabras familiares: “No hice poco yo entender estos negocios, y
estoy tan baratona y negociadora que ya sé de todo, con estas cosas de Dios y
de la Orden.” Y en otra ocasión, al Padre Jerónimo Gracián: “Vuestra paternidad,
Padre mío advierta en esto y crea que entiendo mejor los reveses de las mujeres
que vuestra paternidad…” O también; “Mire que para muchas cosas conviene, que
quizá no las entienda vuestra señoría allá como que estoy acá, y que, aunque
las mujeres no somos buenas para consejo, que alguna vez acertamos.”
A veces deja correr la pluma con
encantador halago. Así, a la carta en que don Francisco de Salcedo dice que
daría hasta seis ducados por verla, contesta donosamente Teresa de Jesús: “No
me pareció poco el encarecimiento de los seis ducados; más harto más pudiera yo
alargarme en dar por ver a vuestra merced. Verdad es que merece más precio; que
una monjilla pobre, ¿quién la ha de apreciar? Vuestra merced, que puede dar
aloja (Mezcla de agua, miel
y algunas especies) y obleas, rábanos, lechugas; que tiene un huerto y sé es
él mozo para traer manzanas, algo más es de apreciar.” Otras es veces es la más
fina reconvención por el silencio epistolar: “Al Padre fray Antonio de Jesús y
al Padre Mariano dé mis encomiendas, y que ya quiero procurar la perfección que
ellos tienen de no escribirme.”
Quien así se manifiesta con esta
gracia amable, podrá también decir con igual verdad: “No soy nada tierna, antes
tengo un corazón tan recio, que algunas veces me da pena; aunque cuando el
fuego de adentro es grande, por recio que sea el corazón, destila como hace una
alquitara” (17)
COMPRENSIÓN,
FEMINIDAD
La fundadora se daba perfecta cuenta
de la importancia de su obra, de la atención que la sociedad fijaba en ella y
en su persona: “Y crea que quien está en los ojos del mudo tanto como yo, que
aun lo que es en virtud es menester mirar como se hace” (18) Pero, exigiéndose
a sí todo, sabía comprender y disculpar a los demás hasta un punto rara vez
igualado. Recuérdese la carta al Padre fray Juan Bautista Rubeo, general del
Carmen en Roma, que la Santa le escribe desde Sevilla: “Vuestra señoría no ve
allá lo que acá pasa, yo lo veo y lo llevo todo, porque se bien la santidad de
vuestra señoría y cuán amigo es de virtud. Y como por nuestros pecados las
cosas de la Orden por acá andan tales, que ahora que veo lo de acá me parecen
los frailes de Castilla muy buenos. Aún después que aquí estoy ha acaecido una
cosa harto trabajosa: que en mitad del día halló la Justicia dos frailes en una
casa infame y públicamente los llevaron presos, que fue harto mal hecho, que ya
no me espantan flaquezas; más querría que se mirase la honra.”
Acaso porque no le espantan las
flaquezas, desea evitarlas en lo posible, y así dice al padre Gracián, hablando
de sus monjas: “Todas son mozas, y créame, Padre mío, que lo más seguro es que
no traten con frailes.” Mayor temor le da la reunión de muchas monjas en un
convento: “Cuanto al ser tantas, como vuestra merced decía, siempre me
descontentó; porque entiendo es tan diferente enseñar mujeres e imponerles
muchas juntas a enseñar mancebos, como de lo negro a lo blanco. Y hay tantos
inconvenientes en ser muchas para no se hacer cosa buena, sino que conviene hay
número señalado, y cuando pasare de cuarenta, es muy mucho y toda baratería…
Serán menester otras cosas hartas. Allá tratamos algunas, en especial no salir;
más las que me parecen que importan en gran manera son las dos primeras; porque
tengo experiencia de lo que son muchas mujeres juntas ¡Dios nos libre!”. (19)
Bordado de Santa Teresa en una casulla
(Carmelo de Medina del Campo)
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Al lado de estos ejemplos mayores,
cabría citar otros muchos que subrayan los valores humanos destacados en la
Carmelita, cuya feminidad manifestábase en toda ocasión favorable, velando la
santidad con el mando de la mujer. “Bendito sea Dios -decían las monjas de Pastrana-
que nos han dejado ver a una santa, a quien todas podemos imitar. Habla, duerme
y come como nosotras, y conversa sin ceremonias.” A lo que diriáse replica
Teresa cuando pregunta donosamente a una novicia: “Hermana, diga la verdad
¿cuál le parece que es más santa, la Madre priora o yo? “La Madre priora.” “Así
es, hija mía; ella es santa y yo tengo la fama” (20)
Como estas pudieran recogerse otras
numerosas anécdotas. Isabel de Jesús no tiene un reír gracioso, y la Santa
lucha por arreglarle el mohín: “Solo tengo un trabajo, que no sé como le poner
la boca, porque la tiene frigidísima y se ríe muy fríamente, y siempre se anda
riendo. Una vez la hago que la abra, otra que la cierre, otra que no se ría.
Ella dice que no tiene culpa, sino la boca, y dice verdad.”
ELECCIÓN
DE MONJAS
Según esto, la Fundadora concedía
alguna importancia al agrado físico de sus monjas. En ninguna manera, Roque Huerta me huelgo que
sea bonita”, escribe a la priora de Soria. En cambio, dirá a la priora de
Sevilla: “Esta monja me han dicho que es muy buena; harto tengo encomendado a
Juan Díaz que la vea, y que si es fealdad no sé qué señal que dice tiene en el
rostro, que no se tome.” Y en otro aspecto, a la misma priora: “En lo que dice
de las Hermanas de fray Bartolomé, me cae en gracia la falta que las halla;
porque, aunque acabaran de pagar la casa con ellas, era intolerable. En ninguna
manera, si no son avisadas, tome ninguna, que es contra constitución y mal
incurable.”
La escasez de inteligencia ¡mal
incurable! Entonces como siempre. Tampoco quiere monjas excesivamente jóvenes:
“En lo de la profesión de la Hermana -Carta
a la priora de Soria-, bien me parece que se detenga hasta lo que vuestra
reverencia dice; que niña es y no importa. Ni se espante vuestra reverencia de
que tenga algunos reveses, que de su edad no es mucho. Ella se hará, y suelen
ser más mortificadas después que otras.” Otro caso: “No sé -A la priora de
Medina- para que se de tanta priesa para que haga profesión Juana Bautista.
Déjela un poco más, que harto moza es; y si le parece otra c osa y está
contenta de ella, hágalo; más no me parecería mal que la probase más, que me
preció enferma.”
Si, como indicábamos, se place en la
estimación de la inteligencia, sabe diferenciarla de la simple instrucción
superficial: “Víspera de entrar religiosa -escribe el Padre Silverio de Santa
Teresa, tomándolo del historiador de la Reforma-, trató una joven con la Madre
lo que había de disponer para el día siguiente, y estando ya en pie para
despedirse, dixo: Madre,
también traeré una Biblia que tengo. En oyendo esto, la Santa dixo: ¿Biblia,
hija? No vengáis acá, que no tenemos necesidad de vos, ni de vuestra Biblia,
que somos mujeres ignorantes y no sabemos más que hilar y hacer lo que nos
mandan.”
En carta a doña María de Mendoza
precisa bien su doctrina para la elección de monjas al oponerse a que se reciba
una postulante, ello “porque ni santidad, ni valor, ni tan sobrada discreción,
ni talentos, yo no los veo, para que la casa gane.” Y su oposición se alza
rígida e inflexible frente a las tocadas de histerismo- acerca del cual y de su
tratamiento discurre sabiamente en un capítulo de Las Fundaciones-, como declaran
estas palabras de una carta: “harto más valdría no fundar, que llevar
melancólicas, que estraguen la casa.” Todavía señala, en carta al Padre
Jerónimo Gracián, un peligro mayor: “Con aquella hija de la Flamenca temo ha de
haber trabajado toda la vida, como con su madre; plega a Dios que no sea peor.
Crea que a una monja descontenta yo la temo más que a muchos demonios.”
En esta pintura se observa el
refectorio o comedor de un convento de monjas carmelitas. Las religiosas se
encuentran sentadas alrededor de las mesas, en tanto que otra más les sirve los
alimentos. En el púlpito, que suele aparecer en todos los refectorios
conventuales, se destaca una religiosa leyendo alguna obra piadosa, tal como se
acostumbraba en la época.
LA
REGLA DE LOS CARMELITAS
El empeño original de la Fundadora se
había centrado, como es sabido, en la purificación de la Regla para volverla a
su rigor primitivo. Conseguido esto y llevado a su aplicación estricta y
áspera, no por eso la Carmelita se desprende de aquella su virtud humana que
refleja en sus cosas. “No apretar a las novicias con muchos oficios hasta que
las entienda adónde llega su espíritu.” Y también: “Soy amiga de apretar en las
virtudes, más no en el rigor.”
Las cartas aparecen sembradas de
reconvenciones cariñosas, de consejos domésticos que llegan a la previsión
maternal: “Traigan lienzos y déjense de rigor en tiempo de tanta necesidad.”
“Bo anden hambrientas, que me da mucha pena.” “A la una ni a la otra aprieten
con perfecciones.” “Coma carne, aunque sea Cuaresma.”
Ocurría que algunas prioras nuevas,
llevadas de exceso de celo acentuasen la dureza de la Regla con nuevas
mortificaciones, que, en casos, llegaron a los bofetones y pellizcos.” La
reacción de la Fundadora es deliciosamente humana: “Yo le digo, mi hija, que es
menester mirar mucho esto que las prioritas hacen de sus cabezas; que hace
cuarto lástima.” (21)
No le merecen lástima, sino punzante
ironía, ciertos Carmelitas jóvenes que en una ocasión se presentan a ella en
cómodas cabalgaduras: “Cuán mal parecían descalzos y con buenas mulas; que no
se había de consentir sino para largo camino y grande necesidad, que no venía
bien lo uno con lo otros; que han venido por aquí unos mocitos que parece,
cuando poco y con algún jumento, pudieran venir a pie. Y así le torno a decir
que no parecen bien estos mocitos, descalzos y en mulas con sus sillas.” (22)
Tampoco es transigente para el falso
misticismo, para la religiosidad imaginaria. Acerca de semejante estado de
espíritu, tiene escrita don Juan Valera una conocida y bella página, referida
al ex seminarista don Luis: “Su misticismo, bien estudiado con la nueva luz que
acaba de adquirir, se le antojó que no había tenido ser ni consistencia; que
había sido un producto artificial y vano de sus lecturas, de su petulancia de
muchacho y de sus ternuras sin objeto de colegial inocente.” Las monjas a
quienes la Fundadora juzgaba necesario atajar no se hallaban en esta saludable
posición crítica, y así estimaba discreto detenerlas en su ímpetu religioso y
encaminarlas por sendas de sosiego espiritual. Por esto, contra la flaqueza
corporal, engendradora de largos pasmos, recomienda que no se dejen embobar en
la oración y que las prioras quiten a las que así sufren los ayunos y
disciplinas, dándoles ocupación para que se distraigan. (23) En las Moradas insiste repetidamente, que
no es otra cosa más que estar perdiendo tiempo allí y gastando su salud. A su
mismo hermano, don Lorenzo de Cepeda, llegó a escribirle: “¡Qué bobo es, que
piensa que en esa oración como a la que a mí no me dejaba dormir! No tiene que
ver, que harto más hacía yo para dormir que por estar despierta.” (24)
DIOS
Y LA NATURALEZA
No debemos cerrar estas noticias
preliminares sin referirnos al tema de la Naturaleza, que los místicos han
saboreado como nadie. Y parecerá extraño, a primera vista, que se permitan esa
complacencia terrenal quienes tienen siempre la mirada tendida a lo alto, en
busca del factor divino. Precisamente se trata del sentimiento de la criatura
ante el Creador, cuya obra se aspira a comprender y penetrar. Al escrutar la
Naturaleza (25), nos acercamos a Dios. “Importa analizar el cuerpo del universo
-escribe Leibniz- para descubrir allí las maravillas de la divina sabiduría”, y
también “para reconocer en qué pueden servir a nuestra conversación y aun a
nuestra mayor perfección.”
Pudieran escribirse abundantes páginas
documentadas acerca de la relación entre la Mística y la Naturaleza. Lillo
Rodelgo dedica un interesante capítulo a la cuestión en uno de sus libros (26)
y con referencias al sentimiento cósmico de nuestros grandes místicos. Destaca
entre ellos Santa Teresa por la abundancia de imágenes en sus obras y por la
fruición que estas imágenes descubren en la Carmelita, no ya en la ocasión de
sus viajes por tierras de Castilla y Andalucía, sino al exponer su doctrina
para las almas. Véase una sola referencia en las Moradas: “Lo que yo llamo gusto de
Dios, que en otra parte lo he nombrado oración de quietud, es muy de otra
manera, como entenderéis las que los habéis probado por la misericordia de Dios.
Las Fundaciones, las Cartas y otros libros aparecen
sembrados de pasajes donde se respira el aire de los campos y se apacienta la
mirada: “Y tengo una ermita que se ve el río, y también a donde duermo, que
estando en la cama, puedo gozar de él, que es harta recreación para mí.” En
otros lugares habla de las lindas vistas: dice que el huerto es muy gracioso,
que se ve el río, que tiene una celda muy linda, con una ventana sobre el
huerto; recomienda la vista de campo en los monasterios como grandísima
recreación para las monjas.
María de San José al relatar la
fundación de las Descalzas de Sevilla, dice a su vez: “Aquel primer día
llegamos a la siesta en una hermosa floresta de donde apenas podíamos sacar a
nuestra santa Madre, porque con la diversidad de flores y canto de mil
pajarillos toda se deshacía en alabanzas de Dios.
ALEGRIA
DE LA SANTA
Todavía una alusión a la alegría, que
en la Santa de Ávila pone de manifiesto la paz y serenidad que los espíritus
religiosos logran alcanzar. Teresa de Jesús -consigna su prima María de San
José- no era amiga de la gente triste.
Ni lo era ella , ni quería que los que
iban en su compañía lo fuesen. Decía: “Dios me libre de santos encapotados.”
Por eso recomienda la alegría. Esta es la Fundadora, la monja española. Porque
el misticismo español tiene ese carácter propio, único y verdaderamente nuevo;
es la afirmación de la voluntad humana (27). Va a conquistar el mundo con al
espada y con el verbo sagrado, como los almorávides vinieran a las fronteras de
Sáhara a conquistar a Marruecos y a España. O, como dice Sainz Rodríguez,
nuestra mística huye del quietismo y es activista, creyendo que la exaltación
de la caridad y las obras son caminos para llegar a Dios.
No se entiende por esto que solo los
caminos de Cristo llevan al misticismo. Persona tan poco sospechosa como
Menéndez y Pelayo dejó escrito, al hablar de la poesía mística, que para llegar
a su inspiración “no basta ser cristiano, ni devoto, ni gran teólogo, ni santo,
sino que se requiere un estado psicológico especial, una efervescencia de la
voluntad y del pensamiento, una contemplación ahincada y honda de las cosas
divinas y una metafísica o filosofía primera que va por camino diverso, aunque
no contrario al de la teología dogmática”. Taime dijo: “Hubo un momento extraño
y superior en la especie humana… De 1500 a 1700, España es acaso el país más
interesante de la Tierra.” El mundo podía resultar pequeño para una monja
romera que aspiraba a ofrendarlo entero a la Divinidad.
La Fundadora se daba perfecta cuenta
de cuanto significaba su persona y su obra en la sociedad del tiempo. Y, sin
embargo, de ello, y acaso por ello, por este su rendimiento humilde al renombre
y la fama, puede escribir, muy pocos años antes, a la priora de Sevilla, una
frase que en su sencilla familiaridad es como una profunda afirmación humana: “Bien
veo que no es perfección en mí esto que tengo de ser agradecida; debe de ser
natural, que con una sardina que me den me sobornarán.”
EL
ESTILO DE SANTA TERESA
POR
Ramón
Menéndez Pidal
En
el siglo XVI, primero de nuestra edad de oro literaria, domina una norma de
sencillez y naturalidad en el lenguaje, seguida por todos los principales
escritores de entonces. Dentro de esa norma, Santa Teresa adopta una posición
extrema, particularmente notable por su máxima espontaneidad. Fijar en que
consiste tal espontaneidad, a que móviles obedece y qué grado de originalidad
alcanza, es cosa bastante difícil. Hace años traté incidentalmente este tema, sin
espacio para exponer lo que acerca de él me ocurría, ya ahora voy a
desarrollarlo en algunos puntos, sin la limitación de entonces.
LECTURAS
DE SANTA TERESA
Santa
Teresa se instruyó y fue escritora gracias a que la reforma española del Cardenal
Cisneros había promovido el cultivo de la lengua vulgar en traducciones de
varios libros místicos medievales, hechas generalmente por frailes
franciscanos. Por iniciativa de Cisneros se traduce la Vita Christi del Cartujano (o sea
el Ludolfo de Sajonia), publicada en cuatro volúmenes en folio el año 1503; se
traducen, igualmente gracias a él, el Tratado de la vida espiritual, de
San Vicente Ferrer, en 1510; La vida de Santa Catalina de Sena, en 1511,
y varias obras más, leídas por Santa Teresa. Después, otros franciscanos,
seguidores del pensamiento de Cisneros, compusieron en romance obras originales,
también muy leídas por la Santa; fray Alonso de Madrid, el Arte para
servir a Dios (1521); fray Francisco de Osuna, el Tercer abecedario
espiritual (1527), y fray Bernardino de Laredo, la Subida al monte Sión
(1535).
Estos y bastantes más libros
frecuentaba Santa Teresa, que desde su niñez era ávida lectora, cuando he aquí
que el gran inquisidor Valdés publicó, en 1559, su Índice de libros
prohibidos, incluyendo muchos en lengua vulgar, por el peligro que existía en
entregar doctrinas difíciles de la religión a gente ruda, incapaz de
comprenderlas y expuesta al contacto de la reforma protestante. El criterio del
arzobispo inquisidor era extremadamente hostil a los libros contemplativos en
romance, que él decía “para mujeres de carpinteros”, y hasta incluía en el Índice
la Guía de Pecadores, de fray Luis de Granada, cuyo autor tuvo que
tomarse el trabajo de dar a su obra una nueva redacción para que pudiera seguir
circulando. La Contrarreforma imponía decisiones como estas. El peligro del
libre examen en materias religiosas hacía que el Concilio de Trento, cuando siete
años antes del Índice de Valdés celebraba su segunda reunión,
discutiese la conveniencia de prohibir la Biblia en lengua vulgar,
prohibición que se llevó a cabo en el Índice decretado por el mismo
Concilio en su reunión tercera y última.
Con este riguroso criterio de
contrarreforma, el Índice
del arzobispo Valdés privó de un golpe a Santa Teresa de muchos libros “que
le daba recreación leerlos”, como ella dice en el capítulo XXVI de su Vida.
Aquí la autora nos encarece el gran sentimiento que tuvo por esta privación, ya
que, ignorando el latín no podía no podía tener otras lecturas. Pero entonces
la socorre el consuelo celeste, pues el Señor le dijo: No tengas pena que
yo te daré libro vivo. “Yo -continúa la Santa- no podía entender por qué se
me había dicho esto, porque aún no tenía visiones. Después, desde a bien pocos
días, lo entendí muy bien, porque…. Ha tenido tanto amor el Señor conmigo para
enseñarme de muchas maneras, que muy poca o casi ninguna necesidad he tenido de
libros.” Con este favor del cielo le pareció a la Santa que ya le eran inútiles
los libros no prohibidos que le quedaban, tocantes a la oración, y no los leía,
limitándose a repasar las Vidas de Santos, lectura que tanto le había
enfervorizado en su primera niñez. (Vida. XXX)
Tenía a la sazón la Santa carmelita
cuarenta y cuatro años. Su formación doctrinal o de estudio estaba completa;
pero aún no había empezado a escribir sus obras. Así, Santa Teresa, cuyo
espíritu se había formado al calor de las devotas lecturas franciscanas, fruto
de la reforma española de Cisneros cuando aún el peligro de la reforma
protestante no se hacia sentir, viene a florecer bajo la llamada
contrarreforma, o reforma católica de Trento, en un ambiente del todo lo
contrario. Solo tres años después de la prohibición empieza a redactar su
propia Vida. Se ve entonces obligada a escribir en romance, cuando los
libros contemplativos en romance sufrían una ruda guerra de descrédito; escribe
privada de la lectura, atenida solo a los recuerdos de lo leído mucho antes.
Esto contribuye, desde luego, a explicar el estilo de espontaneidad que ella
practica; pero en qué medida contribuye es punto muy discutido.
No eran suficientes los recuerdos, y
desde el comienzo Santa Teresa se encontró con el recelo de muchos doctos,
hostiles a que las más arduas cuestiones teológicas fuesen tratadas en lengua
vulgar, y a demás por una mujer sin estudios, que trastocaba los vocablos
usuales en las escuelas, “como es llamar unión a la éxtasis, teología mística al
rapto y cosas semejantes (28). La Santa asentía a estas censuras, y cuando el
padre carmelita Jerónimo Gracián la instaba a que escribiese Las Moradas,
ella se resistía: “¿Para qué quieren que escriba? Escriban los letrados que han
estudiado, que yo soy una tonta y no sabré lo que me digo, pondré un vocablo
por otro, con que haré daño.” Pero fue preciso que esa mujer inquieta y
andariega, como la motejaba el mismo nuncio apostólico, describiese las
interioridades de su alma, para que los más arcanos procesos de la mística,
tratados doctrinalmente por los teólogos en su latín, lograsen en una lengua
vulgar más amplia y fecunda exposición, llena de lucidez, tanta, que aquella
pobre monja sin letras mereciese ser declarada por Pío X Doctora de la Iglesia.
El Padre Gracián después de convencerla para que escribiese Las Moradas,
justifica aquella imprecisión léxica censurada, aquellos sustitutivos que la
escritora da por un término técnico. ¿Qué importa el trueque de los vocablos?
Como ellos expliquen bien el concepto, “todos son verdaderos, entendidos como
se debe entender…; un éxtasis (entonces este nombre era femenino, como en
latín), un éxtasis, en cuanto en ella se junta nuestra voluntad con la de Dios,
se llama unión; en cuanto eleva las potencias y las levanta, se llama vuelo
del alma; en cuanto es altísimo conocimiento de Dios, se llama mística
teológica, etc. Todos estos nombres son verdaderos y declaran algo de este
espíritu.”
ESTILO
ERMITAÑO
Groseras
más que curiosas. Aquí tenemos igualmente la explicación de la prosodia
popularizante que Santa Teresa adopta en sus autógrafos, desviándose de la
grafía corriente en los libros por ella leídos; an por aún; anque, aunque; cuantimás,
cuanto más; nadie (Carlos V usa la variante culta nadi); ipróquita,
proquesía; hipoquesía; catedrático; primitir, permitir; muestro, nuestro;
traudinario, extraordinario; pusilánime, pusilaminidad; carractollendas,
carnestolendas, etc, etc. (29) Se suelen tomar estas formas, y yo mismo las
he explicado así, como propias de habla hidalga de Ávila, en la que Teresa se
crió; pero, aunque varias lo son, las más demasiado bastas pertenecen, sin
duda, al habla rústica que la Santa adoptaba por preciarse de estilo grosero y
ermitaño. Recordemos a este propósito la noble asceta granadina doña Catalina
de Mendoza, hija del marqués de Mondejar, que, ejercitada en toda clase de
mortificaciones, hacia consistir una de estas en ocultar su admirado talento
escribiendo sus cartas según la redacción de una inculta sirvienta. (30)
Fuera de la humildad ermitaña, otra
causa de la indomable espontaneidad teresiana es la improvisación llevada a
grado extremo. La reformadora carmelita redacta siempre arrastrada por la
rápida afluencia del idear. “¡Ojalá pudiera yo escribir con muchas manos!” (Camino de perfección, XXXIII). De
ahí elipsis incesantes, concordancias trocadas, paréntesis enormes, que hacen
perder el hilo del discurso; razonamientos inacabados por desviación del
pensamiento, oraciones sin verbo. Juan de Valdés y otros escritores del siglo
XVI yoman por lema estilístico: “Escribo como hablo”; pero Santa Teresa
propiamente ya no escribe, sino que habla por escrito; así el hervor de la
sintaxis emocional rebasa a cada momento los cauces gramaticales ordinarios. El
lenguaje escrito se diferencia fundamentalmente del oral en que se ayuda de los
ojos para compaginar lo que se va a decir con lo que se ha dicho. Santa Teresa
no hace tal diferencia, porque nunca vuelve atrás para releer lo que queda
sobre el papel; así lo afirma expresamente, lo mismo en el descuido epistolar
que en sus obras de más empeño. A su hermano Lorenzo le escribe en 1577:
“Tornar a leer…; yo jamás lo hago; si faltaren letras, póngalas allá, que luego
se entiende lo que quiere decir.” Y los mismo en Las Moradas: “Como la
cabeza no está para tornarlo a leer, todo debe de ir desbaratado y por ventura
dicho alguna cosa dos veces; como es para mis hermanas, poco va en ello” (31)
De
palabra o por escrito, su habla era un hábito incoercible, rebelde a la menor
presión externa. Ella nos cuenta que una vez le fue preciso negociar con una
dama a quien debía tratar de “vuesa merced”, y, a pesar de que la aleccionaron
como habrá de decir, no lo acertó bien, acostumbrada como estaba al trato de
simples caballeros con “vuesa merced”, y así continuó la negociación, echando
en risa su torpeza porque no le pareciera mal a aquella gran señora que la
tratase de merced. Camino
de perfección, XXXVI.
Santa Teresa acude varias veces a
grupos de palabras antitéticas, pero siempre lo hace por una necesidad
psicológica que les quita el menor aspecto de rebuscamiento retórico. Pero
siempre el lenguaje teresiano muestra su atractivo fuera o en oposición de todo
lo que se puede llamar “literatura”. El lenguaje levantado o noble repugnó en
todo tiempo el diminutivo. Fernando Herrera decía: “La lengua toscana
está llena de diminutivos con que se afemina y hace lasciva y pierde la
gravedad, pero tiene con ellos regalo y dulzura y suavidad; la nuestra nos lo
recibe sino con mucha dificultad y muy pocas veces.” Unas devoncioncillas de lágrimas y otros sentimientos
pequeños, que al primer airecito
de persecución se pierden estas florecitas” (Vida, XXV).
Teresa sentía una propensión
irreprimible hacia esta forma gramatical, sin que le arredrasen las
dificultades morfológicas de las terminaciones menos habituadas a recibir el
sufijo: agravuelos escribió
una vez; más luego que se vio obligada a copiar lo escrito, juzgó demasiado
insólito aquel caso, y corrigió: “…unas cositas que llaman agravios, sin poder se arrepintió estaba perfectamente formado. Si
hoy quisiéramos sacar un diminutivo de agravio no lo hallaríamos aceptable; pero el instinto
castellano viejo de Teresa lo halló. Estos sustantivos acabados en dos vocales
tomaban el sufijo -uelo (latín,
-olus) desde los mismos orígenes del idioma,
como lo muestran abuela,
del latín avia;
plazuela, del latín platea, plaza, o los viejos nombres de lugar: Iglesuela, diminutivo de iglesia; Barruelo, de barrio. Tan ingénita y
profundamente poseía Santa Teresa la morfología patrimonial del idioma. Claro
es que también, según esta morfología primitiva el diptongo acentuado de los
nombres desaparece al quedar inacentuado por adición del sufijo diminutivo: estropecillos es el diminutivo teresiano de estropiezo o tropiezo, forma pura, como fontecita, de fuente que siempre es la
empleada con las demás de igual tipo.
Sin el hábil uso de los diminutivos no
lograría el lenguaje de Santa Teresa muy matizadas delicadezas; nos retendría
en un dejo de insatisfacción, como el que experimentamos al eliminar el sufijo
en aquella frase suya: “Queda el alma con un desgustillo, como quien va a saltar y le asen por
detrás, esparce Santa Teresa una sutil gracia, dignificando la proscrita forma
de gran expresividad.
ASIMILACIÓN
E INVENCIÓN
Los
carmelitas de París, al publicar en 1907, traducidas al francés las obras de la
Santa, decían: “Santa Teresa es el escritor más personal que ha traducido el
genio español y quizá el genio cristiano. En ella no hay cosas copiadas de
otro, no hay estudios previos ni laboriosas indagaciones, sino facultades
brillantes, una sensibilidad exquisita, intuiciones filosóficas relevantes.”
Pero este modo de ver, que es el de la
mayoría de los admiradores de la Santa, parece eternamente ilusorio a un
malogrado teresiano, Gastón Etchegoyen, autor de un excelente ensayo sobre las
fuentes de Santa Teresa, publicado en 1923, en el cual quiere mostrar que la
Santa carmelita “en realidad tuvo el genio de la asimilación y de la síntesis
más que el de la asimilación”.
Etchegoyen llega al resultado: Si la
gran carmelita expresa excelentemente la España católica es porque debe los más
ricos elementos de su personalidad a su raza y a su siglo. Sin haber hecho
estudios regulares, su curiosidad insaciable la llevó a leer y releer cuantos
libros en lengua vulgar podían interesarle: la llevó a poner atención ávida en
las pláticas y sermones, a conversar con cuantos teólogos pudo: “después,
cuando escribe su experiencia de la vida interior, no olvida nada de cuanto
aprendió, y así transmite al siglo clásico el testamento religioso de la España
Media, entonces, cuando el Concilio de Trento ensaya el transformar ese arte y
esa doctrina a fin de reaccionar mejor
contra el adversario, una carmelita española,
aislada en su celda, escribe humildes manuscritos, donde la tradición
condenada se perpetúa fresca y fecunda” (32)
Teresa, en su celda, no se limita a
transmitir una tradición en crisis, no se limita a las tenaces reminiscencias
que asaltan su memoria, sino que, y transforma, moderniza, hace completamente
suyo cuanto recibió y crea sobre ello un mundo, dando acabada expresión
literaria al alma teresiana, un sol nuevo, que aparece alejado de la nebulosa
de la tradición.
Respecto de lo que aquí tratamos, la
expresión de cuanto hereda y crea, Santa Teresa se aleja de todos los libros
por ella leídos, sagrados y profanos; se añeja en la forma misma de algunas
palabras, y hasta en la manera especial de escribir. Hacia sus quince años,
Teresa leía, mejor dicho, devoraba apasionadamente los libros de caballerías,
modelo entonces de discreción cortesana; “bebió aquel lenguaje y estilo” y aún
escribió una novela caballeresca, según nos informa su primer biógrafo, fray
Francisco de la Ribera. (33).
Examinemos uno de los más abundantes
casos en que es notorio que Santa Teresa copia literalmente a sus autores. Nos
referimos a un pasaje de Tercer
abecedario espiritual, de Francisco de Osuna, que dice: “Un don es dar Dios
alguan gracia y otro el dar el conoscimiento della; y a muchos da lo primero,
que es hacer las mercedes, y no les da lo segundo, que es el conoscimiento
dellas” (34) En el convento de San José de Ávila, se conserva como preciosa
reliquia el ejemplar gótico de este Tercer abecedario, leído, releído y
anotado por la Santa.
Modernamente hay muchos críticos que
desprecian los estudios de las fuentes literarias, porque lo único que interesa
en un autor es su personalidad, su objetividad, su propia creación. Sin
embargo, yo conservo la antigua estimación hacia el estudio de las fuentes,
porque es el mejor modo de apreciar lo que el autor inventa, es el único modo
de situarle dentro del medio espiritual en que se formó y vivió. Pero es
necesario, repetimos, que el estudio atienda a obtener estos dos resultados
para no privarse de sus naturales frutos.
ÉXITO
DE ORIGINALIDAD
Tratando de describir algunos estados
de oración, dice ella: “Aunque he leído muchos libros espirituales, aunque
tocan en lo que hace al caso, decláranse muy poco.” Y así se ve llevada a
regiones extrañas a la literatura existente para satisfacer su afán de ahondar
en el análisis de los propios estados psíquicos. Muy lejos de todas sus
fuentes, la inspiración divina la exalta; “como desatinada y embriagada” en el
amor celeste, siente florecer su alma, que “no ba en sí con un desasosiego
sabroso. Y contradiciendo la natural llaneza de su lenguaje, la Santa acumula
los adjetivos antitéticos para dar a entender aquella “gozosa pena en que el alma se
anega; un glorioso desatino, una celestial locura, donde se aprende la
verdadera sabiduría.”; una y otra vez repite desatinos santos, borrachez
divina, embriaguez celestial, “palabras en alabanza de Dios, sin concierto
si el mesmo Señor no las concierta…,” hasta que, desahogado su deífico furor de
bacante, exclama, segura de haberse superado: “Veo claro que no soy yo quien lo
dice, que ni lo ordeno, con el entendimiento, ni sé después cómo lo acerté a
decir.”
Esa naturalidad de afecto y de pasión
admirablemente apreciada por el escritor de entonces más perfecto en su
lenguaje, y, por tanto, más contrario al desaliño habitual en la Santa. Fray
Luis de León que no conoció ni vio a la Madre Teresa mientras estaba en la
tierra, se consuela viéndola y comunicando con ella en sus escritos; la lengua
en que ella los redactó, pese a las anomalías gramaticales extrañadas por
muchos, es “la misma elegancia”, envuelta en la cual recibe el alma un fuego
sublime: “que el ardor grande que en aquel pecho santo vivía salió como pegado
en sus palabras, de manera que levantan llama por dondequiera que pasan”. (35)
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SANTA
TERESA DE JESÚS, Obras Completas, Estudio preliminar y notas
explicativas por LUIS SANTULLANO, con un ensayo EL ESTILO DE SANTA TERESA por
Ramón Menéndez Pidal, Madrid, Editorial Aguilar, 1970, pp. 1347.
1.- Experiencias
religiosas. 2.- Vida, cap. XVIII. 3.- PÉREZ DE AYALA, refiriéndose a San Agustín: El sendero
innumerable. 4.- UNAMUNO, En torno al casticismo. 5.- FRANCISCO DE OSUNA, Tercer Abecedario espiritual. 6.- J. BARUZI, Leibniz et l´organisation religieuse de la terre. 7.- Vida, cap. XXXVIII. 8.- Abbé R. HOORNAERT, L´amé ardente de Saint Jean de la Croix. 9.- G.ETCHEGOYEN: L´amour divin. 10.- Padre MIGUEL MIR, Escritores místicos españoles. 11.- Bulletin Hispanique. 12.- Constituciones. 13.- Las Fundaciones. 14.- Vida, cap. XIII. 15.- Carta CXXXVIII. 16.- Vida. 17.- Moradas. 18.- Carta CXVIII. 19.- Carta CXLVI. 20.- Padre SILVERIO DE SANTA TERESA, Obras de Santa Teresa. 21.- Carta CXXXI: A la Madre María de San Jose. 22.- Carta CXLVIII: Al Padre Ambrosio Mariano de San Benito. 23.- Fundaciones, cap. VI 24.- Carta CLXVIII. 25.- J. BARUZZI: Obra citada. 26.- J. LILLO RODELGO: El sentimiento de la Naturaleza. 27.- J. OLIVEIRA MARTINS: Historia de la civilización ibérica. 28.- Recoge esta acusación el P. Jerónimo Gracián: véase Biblioteca
de Autores Españoles LV, págs.. 505 b, 506, con la exculpación que da el
P. Gracián. 29.- Una lista de estas formas da V. de la Fuente en la Biblioteca
de Autores Españoles, LIII, págs.. 15 y siguientes, y más abundante A.
Sánchez Moguel en El lenguaje de Santa Teresa de Jesús, Madrid 1915;
págs.. 45 y 51-55. Véase también Las Moradas, edic. T. Navarro, en La
Lectura, I.°, XVI, 143, etc. 30.-Véase su vida estudiada por A. Morel-Fatio, en el Bulletin
Hispanique, IX, 1907, pág. 245.
Doña Catalina era veintisiete años más joven que Santa Teresa. 31.- Véase la carta en Biblioteca de Autores Españoles, LV, pág.
126 b, Moradas Vas, 4°. 32.- G. ETCHEGOYEN: L´Amour divin, sur les sources de Sainte Thérése,
Bordeaux, 1923, págs.. 29 y 30. Véase sobre este libro A. CASTRO, en la Revista
de Filología Española, XII, 1925, pág. 191, y en Santa Teresa y otros
ensayos, 1929. 33.- Vida de la Madre Teresa de Jesús, Madrid, 1602, I° 5°. 34.- Tercer Abecedario, V.° 3.°; repite en III° 2.° (en la Nueva
Biblioteca de Autores Españoles, págs.. 372 a y 351 b). 35.- Carta a las
Carmelitas Descalzas de Madrid, 1587; en la Biblia de Autores Españoles, LIII, pág. 19 |
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