sábado, 11 de abril de 2026

 

HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA

LOS REYES DE LEON Y CASTILLA

(1230 – 1350) (1)

Introducción

I.- Situación material y política de España, hasta el reinado de San Fernando (1137-1217)

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Parece un drama interminable el de la unidad española. La reconquista, aunque lenta y laboriosa, avanza sin embargo más que la unión. No se cansan los españoles de pelear contra los enemigos de su libertad y de su fe: se cansan pronto de mirarse como hermanos. No los fatiga una guerra perpetua; los fatiga subordinarse entre sí. El genio altivo, independiente y un tanto soberbio heredado de sus mayores, los hace infatigables para la resistencia a las agresiones y dominaciones extrañas, los hace indóciles, sordos a la conveniencia de la disciplina, de la concordia y de la fraternidad. Por eso los ilustres príncipes que al cabo de siglos lograron hacer de tantos pueblos españoles un solo pueblo español, gozarán de eterna fama y renombre, y antes faltará la España que falten alabanzas a los autores de tan grande obra.

Más de siete siglos han transcurrido, y todavía no podemos dejar de lamentar la segregación de Portugal de la corona leonesa. La ambición y el espíritu de localidad separaron e hicieron enemigos a dos pueblos que la geografía había unido y la historia había hecho hermanos. Alfonso Enríquez, a falta de derechos para formar un reino independiente de lo que era un distrito de la monarquía leonesa-castellana, tuvo en su favor un elemento que suele ser más poderoso que el derecho mismo, el espíritu de independencia del pueblo portugués; y prosiguiendo con tesón, con energía e intrepidez la obra comenzada por sus padres, el hijo de un conde extranjero y de una princesa bastarda de Castilla fue subiendo paso a paso de conde soberano a rey feudatario, y de rey feudatario a monarca independiente, de hecho por lo menos y tolerado después y consentido, ya que autorizado no, por el momento por el monarca de Castilla. Aunque no podemos nunca reconocer ni en el hijo de Enrique de Borgoña ni en los portugueses el derecho a la emancipación, confesamos que Alfonso Enríquez merecía por sus altas prendas ser el primer rey de Portugal, y que los hidalgos y guerreros portugueses se condujeron en su guerra de independencia con el denuedo y constancia de un pueblo que merecía ser libre. Era su príncipe el más a propósito para hacerles olvidar con su patriotismo el origen extranjero de su padre, para borrar con sus ilustres hazañas la memoria de las flaquezas de su madre: y los portugueses acreditaron en Ourique y en Valdevez que eran los descendientes de los antiguos lusitanos, los hijos de Viriato, triunfadores en Tríbola y en Erisana.

Si Alfonso Enríquez merecía ser el primer rey de Portugal, Alfonso VII de Castilla merecía ser el primer emperador de España. También éste, como aquél, hizo olvidar con su grandeza el origen extranjero de su padre, las debilidades y flaquezas de su madre. Heredero de las altas prendas de su abuelo como de su trono, se vieron los dos en casi iguales circunstancias para que fuera casi igual su gloria. En el reinado de Alfonso VI invaden a España los Almorávides y arrojan de ella a los Beni-Omeyas: en el de Alfonso VII la invaden los Almohades, y lanzan de ella a los Almorávides. Las razas africanas se renuevan y remplazan en el territorio de la Península. Abdelmumén envía sus hordas a desembarcar donde setenta años antes habían desembarcado las de Yussuf, y los sectarios del Mahedi siguen el mismo itinerario que los Morabitas de Lamtuna. Unos y otros han sido llamados a España por los ismaelitas del Mediodía y Occidente. Por dos veces las tribus del desierto han sido invocadas por los degenerados hijos del Profeta sus antiguos dominadores, ambas para libertarse de las terribles lanzas de los Alfonsos de Castilla, de Aragón y de Portugal. El último representante de los Beni-Omeyas, Ben Abed de Sevilla, apeló, para defenderse de los Almorávides, al auxilio del rey cristiano Alfonso VI de Castilla: el último caudillo de los Almorávides, Abén Gania de Córdoba, buscó la protección de Alfonso VII de Castilla contra los Almohades. Ambos Alfonsos, el abuelo y el nieto, tuvieron la generosidad de tender una mano protectora a sus suplicantes enemigos y de pelear por ellos. Uno y otro tuvieron que combatir contra los nuevos dominadores. Si Alfonso VII no excedió a su ilustre abuelo en gloria, le aventajó por lo menos en fortuna. Aquél sufrió una terrible derrota de los Almorávides en Zalaca y perdió a su hijo Sancho en Uclés; éste triunfó de los Almohades en Aureia, en Coria, en Mora, en Baeza y en Almería, y tuvo la satisfacción de que sus hijos Sancho y Fernando presenciaran su última victoria y le sobrevivirán. Hasta en el morir fue afortunado, puesto que no medió tiempo entre los plácemes de los soldados victoriosos y los postreros sacramentos de la Iglesia, entre los aplausos estrepitosos del triunfo y el reposo inalterable de la tumba.

Otra vez a la muerte de Alfonso VII se dividen Castilla y León, entre los hijos de un mismo padre: por tercera vez el mismo error, y por tercera vez las propias consecuencias: retroceso en la marcha hacia la unidad, discordias y disturbios entre León y Castilla, decadencia en la monarquía madre. Al brevísimo reinado de Sancho III de Castilla sucede la monarquía turbulenta y aciaga de su hijo Alfonso VIII. Dos familias poderosas y rivales, los Laras y los Castros, enemigos ya desde el tiempo de doña Urraca, se disputan la tutela del rey niño, y la guerra civil arde en Castilla. Prisionero más que pupilo el niño Alfonso, prenda disputada por todos y arrancada de unas manos a otras, paseado de pueblo en pueblo y de fortaleza en fortaleza, sacado furtivamente de Soria e introducido por sorpresa en Toledo, los azares de la infancia de Alfonso VIII venían a ser un trasunto de los que en su niñez había corrido su abuelo Alfonso VII en Galicia, con los condes de Trava éste, en Castilla con los condes de Lara aquél. Es más, a la muerte de Alfonso VIII se reproducen las propias escenas con su hijo Enrique I.

Permítasenos observar lo que no ha reparado ningún escritor. A la muerte de tres grandes monarcas castellanos, Alfonso VI, Alfonso VII y Alfonso VIII, y con intervalo de un solo reinado entre ellos, Castilla se encuentra en circunstancias análogas, con tres príncipes niños, juguetes los tres de tutores y magnates codiciosos, y Castilla después de tres reinados gloriosos y grandes sufre tres minoridades procelosas.

     Hemos visto en cronistas e historiadores castellanos afear mucho la conducta de Fernando II de León en el hecho de pretender la tutela de su sobrino Alfonso VIII de Castilla, y en haberse apoderado de muchas de sus plazas y ciudades. No le defendemos en esto último, porque no reconocemos derecho en ningún monarca para usurpar territorios de otro Estado. ¿Pero merece la misma censura por lo primero? ¿Podía Fernando II ver con impasible indiferencia a un príncipe, tan inmediato pariente y vecino, bajo la tutela y opresión de dos familias enemigas y de dos implacables bandos que ensangrentaban el reino? ¿Es extraño que reclamara el derecho moral que la edad y el deudo le daban para arrancar a su sobrino del poder de los Laras, y convidado por la parcialidad opuesta arrogarse la tutoría y dirección del rey menor? Sin embargo, los altivos castellanos no sufrían que viniese nadie de fuera alegando derechos que no podían reconocerse, y rechazaron su intervención. Por lo demás Fernando II era un príncipe generoso y noble, y bien lo demostró en su caballeroso y galante comportamiento con Alfonso de Portugal en Badajoz y en Santarén.

     Bajo este príncipe se sobrepone León a Castilla en influjo y en extensión. Pero la monarquía castellana comienza a reponerse y a recobrar su lugar desde que Alfonso VIII entra en mayoría y empuña con mano propia las riendas del gobierno. Grande, elevado, altivo en sus pensamientos el octavo Alfonso, aunque algo desabrido y áspero para con los demás príncipes, por lo menos en la primera época de su reinado, se enajena las voluntades de los monarcas cristianos, que, si no se ligan abiertamente contra él, por lo menos se desvían de él y se confederan sin él. Reta al príncipe de los infieles en Alarcos, allí se vio humillado y abandonado. La derrota de los cristianos en Alarcos designa el apogeo del poder de los Almohades en España.

     En el último período de su reinado se maneja Alfonso VIII de otra suerte con los monarcas españoles sus vecinos; y en que los postreros años del siglo XII tenía contra sí a todos los soberanos de la España cristiana, se encuentra a los principios del siglo XIII amigo y aliado de los de Navarra y Aragón, y suegro de los príncipes de Francia, de León y de Portugal. Del centro de Castilla salió una voz que logró conmover a toda la cristiandad, y se atrevió a decir a la Iglesia y a los imperios que había una Tierra Santa que no era la Palestina, y que merecía bien los honores de una general cruzada, a que no estaría mal que concurrieran los príncipes y guerreros de las naciones en que se adoraba al verdadero Dios.

     La vigorosa excitación del monarca castellano encontró eco en el pastor general de los fieles, y nunca la voz del jefe de la Iglesia resonó más a tiempo por el orbe cristiano, ni jamás pontífice alguno despertó más el entusiasmo religioso de los verdaderos creyentes, que cuando el papa Inocencio III ofreció derramar el tesoro de las indulgencias sobre los que acudieran a la guerra santa de España. Porque el emperador de los Almohades dijo a sus emisarios aquellas célebres palabras: “Id a anunciar al gran Muphti de Roma que he resuelto plantar el estandarte del Profeta sobre la cúpula de San Pedro, y a hacer de su pórtico establo para mis caballos”, si no es verdad que tal cosa dijo, pudo por lo menos haberlo cumplido; porque ¿quién era capaz de detener el torrente de los seiscientos mil soldados de Mahoma acaudillados por el Atila del Mediodía, si aquí hubiera logrado vencer a los monarcas y a los ejércitos españoles?

     Vistoso, grande y sublime espectáculo sería el las banderas de los cruzados de Francia, Italia y Alemania concurriendo a Toledo a incorporarse y someterse al pendón de Castilla. Pero estaba decretado para gloria de España, que la lucha por cinco siglos sostenida por españoles solos, a los esfuerzos de los españoles quedara encomendada. Miramos el pensamiento de aquellos extranjeros de abandonar la cruzada so pretexto del rigor de la estación y del clima. Así el triunfo fue todo nacional, y la gloria española toda, bastaban los dos o tres prelados y barones que quedaron para que pudieran contar allá en sus tierras lo mismo que no creerían sino lo hubieran visto. Felizmente en reemplazo de aquellos extranjeros, se apareció l rey de Navarra con sus rudos e intrépidos montañeses, en Alarcos, para indemnizarle ahora con creces, yendo ahora dispuesto a ser el más impetuoso y terrible de sus adversarios. A milagro se atribuyó entonces la aparición del pastor que condujo y guio a los cristianos por los desfiladeros del Muradal.

     El triunfo de las Navas de Tolosa, sino fue tampoco un milagro, por lo menos un prodigio. Como en los campos Cataláunicos se decidió la causa de la civilización del mundo contra los bárbaros del Norte, así en las Navas de Tolosa se resolvió el triunfo del cristianismo sobre los bárbaros del Mediodía. El gran drama de la reconquista que tuvo su prólogo en Covadonga, y cuya primera jornada concluyó en Calatañazor, avanza y deja entrever en la solemne escena de las Navas el desenlace que tiene en expectativa al mundo. Alfonso de Castilla, el que en Algeciras había parecido un retador imprudente y en Alarcos un arrogante escarmentado, apareció en la Navas con toda la grandeza del héroe, y elevó a Castilla sobre todas las monarquías españolas. Ya no quedó duda de que Castilla había de ser la base, centro y núcleo de la gran monarquía cristiano-hispana; y no es que los otros reyes contribuyeran menos que él al glorioso triunfo: como capitanes y peleadores sería difícil decidir quién merecía ser el primero: es que Alfonso VIII la fortuna d ser el jefe de la expedición, como había tenido la gloria de promoverla.

     Los dos Alfonsos VII y VIII, emperador de España y conquistador de Almería el uno, conquistador de Cuenca y triunfador de las Navas el otro, ambos murieron en un pobre y humilde lugar. El primero en una tienda de campaña debajo de una encina. ¡Notable contraste entre la grandeza de su vida y la humildad de su muerte! Necesitaban de aquélla para ser grandes príncipes: les bastaba esta para morir como cristianos.

II.-

Al paso que avanzaba la reconquista, progresaba la organización política y civil de los Estados. Al revés de los mahometanos, que cuando la fortuna favorecía sus armas no hacían otra cosa que poseer más territorio y extender su dominación material, sin mejorar un ápice en su condición social por la inmutabilidad de su ley; los cristianos, a medida que conquistan pueblos conquistan fueros de población; si ganan ciudades ganan también franquicias y cuando se dilatan sus dominios se ensanchan sus libertades. Por parciales esfuerzos crece la nación y se reorganiza; pero avanzando siempre en lo político como en lo material. La legislación foral de Castilla, comenzada en el siglo X por el conde Sancho García, ampliada en el XI por el rey Alfonso VI, recibe gran incremento en el siglo XII y principios del XIII por los siguientes monarcas.

     El emperador Alfonso VII hace extensivo a los lugares de la jurisdicción de Toledo y otros partidos y merindades de Castilla la Nueva, el fuero municipal otorgado por su abuelo Alfonso VI a los castellanos pobladores de la capital le añaden nuevos y preciosos privilegios (2), y convirtiendo de esta manera el fuero particular de una ciudad en regla casi general de gobierno del reino. Un mismo espíritu dictaba estos pactos entre el soberano y sus pueblos: se semejaban todos, y en todos se consignaban perecidas franquicias e inmunidades: se añadían a veces algunos privilegios a determinadas poblaciones, y a veces no se hacía sino sustituir los nombres de los pueblos, como acontecía con los de Toledo y Escalona. Algunos, no obstante, merecen especial mención, o por su mayor amplitud, o por la especial naturaleza y linaje de sus leyes.

     Pertenece a esta clase el que se determinó en las cortes de Nájera celebradas por el emperador Alfonso en 1138, a fin de establecer una buena y perfecta armonía entre las diferentes clases de vasallos de su reino y lograr poner en quietud a los hijosdalgo y ricos-omes, o como dice una de sus leyes, “por razón de sacar muertes, e deshonras, e desheredamientos, e por sacar males de los fijosdalgo de España”. Y como el principal objeto de sus leyes fue arreglar las disensiones que entre los nobles había, corregir sus desórdenes y fijar sus obligaciones y derechos y sus relaciones entre sí mismos, así como con la corona y con las demás clases del Estado, tomó el nombre de Fuero de hijosdalgo, y también se denominó Fuero de Fazañas y Albedríos, (3)que así se llamaba a las sentencias pronunciadas en los tribunales del reino, y que recopiladas y guardadas en la real cámara desde el reinado de Alfonso VI, fueron recogidas juntamente con los usos y costumbres de Castilla la Vieja, y de estas leyes y de otras que se añadieron y ordenaron después se formó más adelante el Fuero Viejo de Castilla. (4)

     Una de las leyes más notables de este Fuero fue la prohibición de enajenar a manos muertas. (5) Se conocían ya los inconvenientes de la amortización, y se procuraba remediar el exceso y acumulación de bienes en los señores y monasterios, resultado de la pródiga liberalidad de los reyes en las mercedes y donaciones, hijas del espíritu religioso de la época. Se estableció además el modo de probar la hidalguía de sangre en Castilla, sobre lo cual hubo muchos pleitos y debates, y fue, en fin, la base y principio de un ordenamiento o legislación especial, que debía regir respecto de los nobles y fijosdalgo de Castilla, en sus relaciones con el trono y con los demás vasallos de la corona, en sus derechos y privilegios, en sus obligaciones y servicios, al modo que en los fueros municipales se trataban los de los pueblos y vasallos con el rey y con los señores.

     Más adelante, en 1212, hallándose su nieto el rey don Alfonso el Noble, o sea el VIII de Castilla, en el hospital de Burgos que acababa de fundar, después de haber confirmado a los pueblos de Castilla los privilegios, exenciones y fueros otorgados por sus antecesores, mandó a todos los ricos-omes e hijosdalgo que recogiesen y uniesen en un escrito todos los buenos fueros, costumbres y fazañas que tenían para su gobierno, y que unidos en un cuerpo se los entregasen para corregir las leyes que eran dignas de enmendarse y confirmar las buenas y útiles al público. La colección parece que se hizo, “por muchas priesas que ovo el rey don Alfonso fincó el pleito en este estado(6) Más estaba el rey para pensar en batallas que en Códigos, pues era el año de la gran cruzada contra los infieles. Sin embargo, no es extraño que hubiera entrado en el ánimo del monarca otras consideraciones para no llevar adelante las enmiendas y correcciones que se proponía hacer. Los derechos de la nobleza para con la corona eran tan exorbitantes, que entre ellos se contaba, no sólo el de poder renunciar a la naturaleza del reino cuando quisieran, y dejar de ser vasallos del rey, sino hasta el de hacerle la guerra. “Si algún rico-ome, que es vasallo del rey, se quier espedir dél e non ser suo vasallo, puédese espedir de tal guisa por un suo vasallo, caballero o escudero, que sean fijosdalgo. Devel´decir ansí: Señor, fulan rico-ome, beso vos yo la mano por él, e de aquí adelante non es vostro vasallo”. (7) Estos y otros semejantes privilegios no quería confirmarlos el rey, temiendo autorizar un principio de insurrección y de anarquía, y tampoco se atrevería a corregirlos por la necesidad que entonces tenía de la nobleza. Así pues, no es maravilla que quedara en proyecto la enmienda del Fuero de los Fijosdalgo, y que no se hiciese la compilación conocida con el nombre de Fuero Viejo.

     En cuanto a fueros municipales y cartas-pueblas, siguió Alfonso VIII de Castilla el sistema de sus predecesores, y entre otras poblaciones aforadas por aquel soberano se cuentan Palencia, Yangüas, Catrourdiales, Cuenca, Santander, Valdefuentes, Treviño, Arlanzón, Navarrete, San Sebastián de Guipúzcoa, San Vicente de la Barquera y Alcaraz, nos basta decir que estos eran ya considerados como un compendio de derecho civil o como una suma de instituciones forenses, donde se trataban los principales puntos de jurisprudencia, y se hallaban compendiados los antiguos usos y costumbres de Castilla.

      Tal fue el de Cuenca, dado por Alfonso VIII cuando la rescató del poder de los moros, el más excelente, dice uno de nuestros más doctos jurisconsultos, que de todos los fueros municipales de Castilla y de León, ya por la copiosa colección de sus leyes, ya por la autoridad y extensión que tuvo este cuerpo legal en Castilla, tanto que hasta en el tiempo de don Alfonso el Sabio se consultaba y cotejaba, y se buscaban con esmero sus variantes con las leyes del monarca legislador. (8)

     Se consignó en el Fuero de Cuenca[1] una ley contra la amortización eclesiástica. “Mando, que a los homes de orden, nin amonjes, que ninguno non haya poder nin vender raíz. Que, así como su órden manda et vieda a nos dar o vender heredat, así el fuero et la costumbre vieda a nos eso mismo.” Bien era menester que se experimentaran los daños de las excesivas adquisiciones dl clero y de la acumulación de bienes raíces en manos muertas, cuando un monarca tan amante del clero, y que le concedía aquellos privilegios y exenciones, y en una época en que predominaba tanto la jurisprudencia canónica ultramontana, se veía precisado a dar tales leyes contra la amortización. Se prohibía igualmente a los que entraban en religión llevar a ella más del quinto de sus bienes muebles: “Que non es derecho, nin igual cosa que ninguno deherede a sus fijos, dando a lagunas religiones el mueble, o la raíz, porque es fuero que ninguno non deherede a sus fijos.”

               I.          Se eximía además a los vecinos de Cuenca de todo tributo, menos de los que se pagaban para los reparos de los muros, de los cuales nadie estaba exceptuado. El consejo de Cuenca no estaba obligado al ir al fonsado sino con el rey.

             II.          Los moradores de la ciudad, cristianos, moros o judíos gozaban de un mismo fuero para los juicios de sus pleitos.9

           III.          Se daban oportunas leyes agrarias para la custodia de los campos, para la seguridad de los labradores, ganaderos, pastores, etc.

           IV.          Se establecían severísimas penas contra los ladrones, adúlteras y cobijeras, forzadores de mujeres, y contra otros delitos e injurias.

     Pero la legislación penal seguía siendo tan ruda: continuaba la prueba del fierro candente y su ceremonial no era menos horrible que en tiempos pasados.

     A esta época pertenecen también los fueros de Señorío, (10) o sea lo que se daba a lugares situados en territorios cuyo dominio había pasado por donaciones de los monarcas a señores particulares, y entre los cuales se distinguen los de los Estados de Vizcaya y de Molina, aquellos por el célebre don Diego López de Haro éstos por don Manrique de Lara.

     Es de admirar el espíritu de libertad que respiran estos fueros, a pesar de haber sido otorgados por aquellos señores, algunos de los cuales habían intentado rivalizar con los monarcas mismos y habían tenido en perpetua agitación al reino. Debido era esto al influjo y ejemplo de los democráticos fueros y cartas-pueblas (11) concedidos por los reyes; pues a su vez los señores, para mantener en quietud sus dominios, se veían precisados a no escasear a sus vasallos las inmunidades y franquicias.

     El conde don Enrique en el Fuero de Molina en 1152 daba a las poblaciones el derecho de elegir por señor a cualquiera de sus hijos o nietos, al que más les hiciese bien. “Yo el conde don Manrique do vos en fuero, que siempre de mis fijos o de mis nietos un señor hayades aquel que vos ploguiese, et a vos ficiese, et non hayades sinon un señor.” Y no se mostraba menos liberal en todo lo concerniente al gobierno del señorío.

     Debemos no obstante advertir, que aunque la legislación municipal produjo una mudanza grande en la condición social en la Península, dando independencia y libertad a los municipios e influjo al estado llano, y creando un nuevo poder que por de pronto robustecía el de los monarcas al paso que enflaquecía al de los nobles, con todo no formaba un sistema legal bastante universal y uniforme para que pudiera constituir un cuerpo nacional de derecho y para que pudiera derogarse y abolirse el Fuero Juzgo de los Visigodos (12), que continuaba siendo el código vigente y rigiendo en los casos en que la nueva jurisprudencia local no se oponía a sus leyes.

     Lo que dio más influjo al estado fue la intervención que en el último tercio del siglo XII comenzó a tener en las cortes del reino, que ya por este tiempo, se celebraban también con más frecuencia. (13) En las que Alfonso VIII convocó en Burgos en 1169, o 1170 según otros, dice la crónica de don Alfonso el sabio “los condes, e los ricos-omes, e los perlados, e los caballeros, e los cibdadanos, e muchas gentes de otras tierras fueron, e la corte fue y muy grande ayuntada.” En las de Carrión en 1188 en que se acordaron las capitulaciones para el matrimonio de doña Berenguela se dice: “Estos son los nombres de las ciudades y villas cuyos mayores juraron.” Alfonso IX de León fue alzado rey por todos los caballeros y cibdadanos. Y en las de Valladolid de 1217, “así los caballeros como los procuradores de los pueblos recibieron por reina y señora a dona Berenguela.” Y tan frecuente debía ser ya en el siglo XIII la concurrencia de los procuradores a las cortes, que Fernando III se vio en la precisión de regularizarla.

     De modo que comenzaron las ciudades de Castilla a tener fueros que las colocaba en una especie de independencia política y civil, a concurrir a la guerra con sus estandartes y sus milicias propias, y a asistir a las cortes por medio de sus representantes o procuradores, más de un siglo antes que en Francia, y mucho antes que en ningún otro Estado de Europa. Así se organizaba política y civilmente la nación a medida que con la reconquista se ensanchaba en lo material y se aseguraba el territorio que se iba recobrando.

III.

Las órdenes militares. - Se establecen por este tiempo en España, trasplantadas una d unas extrañas tierras, nacidas otras en nuestro propio suelo, esas milicias semireligiosas, semiguerreras, nombradas órdenes militares de caballería, que tan célebres se hicieron en la edad media, y contribuyeron a imprimir una fisonomía especial a aquellos siglos de piedad religiosa y actividad bélica.

     El mismo espíritu, que puesto en acción por la voz d un ermitaño, acogida por un concilio, había producido el gran movimiento de las cruzadas, aquella gigantesca empresa del mundo cristiano para rescatar del poder de los infieles los Santos Lugares, había dado nacimiento a las milicias del Templo, del Hospital y del Santo Sepulcro de Jerusalén, que tantos y tan eminentes servicios hicieron a los cruzados. Los templarios principalmente, que reunían todo lo que más duro tiene la vida del guerrero y la vida del monje, a saber, los peligros y la abstinencia, eran como una cruzada parcial, fija y permanente, como la noble representación de aquella guerra mística y santa en que toda la cristiandad se había empeñado: el ideal de la cruzada, parecía realizado en la orden del Templo: en las batallas, los templarios y los hospitalarios formaban alternativamente la vanguardia y la retaguardia: ¡qué felicidad para los peregrinos que viajaban por el arenoso camino de Jaffa a Jerusalén, y que creían a cada momento ver lanzarse sobre sí a los salteadores árabes, encontrar un caballero, divisar la protectora cruz oja sobre el manto blanco de la orden del Templo. (14)

     Desde que Ramón Berenguer III el Grande de Barcelona tomó al tiempo de morir el hábito de templario; desde que Alfonso el Batallador de Aragón señaló en su testamento por herederas de sus reinos a las tres órdenes militares de Jerusalén, ya pudo inferirse que, si entonces no se hallaban todavía solemnemente establecidas estas órdenes en los dos Estados, no tardarían los sucesores de aquellos dos príncipes en establecerlas con pública y formal autorización. Lo hizo así el primer príncipe de Aragón y Cataluña Ramón Berenguer IV, haciéndoles donación de varias ciudades, tierras y castillos, y encomendándoles la defensa de las plazas fronterizas más importantes y peligrosas. Desde entonces los monarcas que se suceden, rivalizan en otorgar mercedes, donaciones y rentas a los caballeros del Hospital y del Templo. (15)

     En Castilla y León, en Portugal y en Navarra, aparecen establecidos estos guerreros religiosos en los reinados del emperador Alfonso VII, de Alfonso Enríquez y de Sancho el Sabio. Tiempo hacía que poseían a Calatrava cunado por cesión suya la dio Sancho III el Deseado a los monjes de Fitero. En los reinados de los dos Alfonsos VIII y IX de Castilla y de León, se multiplicaban sus bailías y encomiendas, y crecen sus haciendas y sus vasallos, y se encuentran dueños de multitud de pueblos y señoríos. Con casi igual rapidez se arraigan en Portugal y en Navarra, que, en Castilla y León, que en Aragón y Cataluña. (16)

     Algunos años más adelante, y poco después de mediado este último siglo, en nuestra misma España, en León y Castilla, en esta nueva Tierra Santa, donde se sostenía una cruzada perpetua y constante contra los infieles, nacen también y se desarrollan otras órdenes militares de caballería, no menos ínclitas e ilustres que las de Jerusalén. Aquí son un venerable abad y un intrépido monje los que solicitan del monarca de Castilla que les encomiende la defensa de Calatrava que los templarios no se atreven a sostener, y se funda la esclarecida milicia de Calatrava. Allí son unos forajidos o aventureros, que, arrepentidos de la vida de disipación y de desórdenes, piden al rey de León que les permita vivir en austera y penitente asociación como religiosos, y en constante guerra contra los enemigos de la fe como soldados de Cristo, y se instituye la insigne orden de caballería de Santiago. Allá son vecinos y caballeros de Salamanca, que deseando combatir a los moros de las fronteras, hacen su primera fortaleza de una ermita, y se constituyen en comunidad religiosa y en milicia guerrera y en milicia guerrera, establecen la orden de San Julián del Pereiro, que más adelante toma la denominación de orden de Alcántara.

     Estos fervorosos cristianos comienzan por reunirse en religiosa y monástica asociación para vivir bajo las austeras reglas de San Agustín o del Císter: más como la vida ascética, contemplativa y apacible del monaquismo no corresponda ni al espíritu activo y caballeresco de la ´poca ni a las necesidades de España y del siglo, los monjes y penitentes profesan también de guerreros, se constituyen en libertadores de su patria, en campeones de la religión y en incansables combatientes de los enemigos de la cruz.

     Los prelados de León y Castilla otorgan o aprueban las reglas monásticas a que quieren sujetar su vida; los príncipes les hacen donaciones y mercedes; les dispensan privilegios, les señalan rentas, territorios, poblaciones y castillos, y les conceden la posesión de los que conquisten; y las bulas y los breves de los papas Alejandro III y Lucio III vienen a dar solemne sanción y autoridad y añadir exenciones y gracias a estos cuerpos semimonásticos, semiguerreros. A la voz d sus jefes y superiores, de todas partes acuden devotos a las casas de las órdenes, y los soldados y gentes de armas se apresuran a agruparse en derredor de las banderas de la nueva milicia. Cumpliendo con las obligaciones de su instituto, doquiera que hay infieles que combatir, allí se presentan las lanzas de la caballería sagrada. Auxiliares intrépidos y denodados de los príncipes, dignos rivales de los caballeros del Templo y de San Juan, los de Santiago, Calatrava y Alcántara, los estandartes de las órdenes, conducidos por los grandes maestres, eran los que comúnmente se desplegaban primero en las batallas. Ellos pelearon en Extremadura y en Castilla, n Cataluña y León, en Andalucía y Portugal. Los sarracenos experimentaron el valor de los freires en Badajoz como en Cuenca, en Baeza como en Tortosa, en Lérida como en Monzón; los caballeros de las órdenes enrojecieron con preciosa sangre los campos de Alarcos, y la milicia sagrada recogió laureles en las Navas de Tolosa. La vista de los pendones de las órdenes infundía pavor a los musulmanes, y España y la cristiandad debieron servicios inmensos a estos guerreros religiosos. En ellos se ve representada la índole del siglo XII, aunque algunas degeneran después, como suele suceder en todas las instituciones humanas.

     El influjo y prepotencia de la autoridad pontificia que había comenzado a hacerse sentir en Aragón con Alejandro II, en Castilla con Gregorio VII, se extiende de lleno a toda España al comenzar el siglo XIII bajo Inocencio III. Los reyes y los reinos de León, Castilla y Portugal, de Navarra y Aragón sufren por diferentes motivos la severidad de las censuras y penas eclesiásticas fulminadas por el sucesor de San Pedro. Pesa en varias ocasiones sobre los monarcas la excomunión, sobre las monarquías el entredicho. Como en el siglo XI el campo escogido por los pontífices para implantar en España la dominación moral fue el reemplazo de una por otra liturgia, en el siglo XII para subordinar los monarcas a la Santa Sede, la materia comúnmente elegida eran los impedimentos de consanguinidad para los matrimonios de los príncipes. Sin la aprobación y dispensa del pontífice no se realizaba consorcio alguno entre deudos, y lo eran casi todos los príncipes y princesas españolas desde que recayeron las coronas de León, Castilla, Aragón y Navarra en los hijos de Sancho el Mayor de Navarra.

     El veto del papa bastaba para disolver los matrimonios reales, no sólo consumados, sino favorecidos de abundante prole. Los reyes de León y de Portugal, aunque no solos, fueron de los que experimentaron más el rigor inflexible de los papas en este punto, teniendo más de una vez que separarse de sus amadas esposas. Ni las súplicas de los soberanos, ni las instancias de los obispos, ni la resistencia de los reyes, ni el disgusto de los pueblos, ni el temor de que se perturbara la paz de los Estados, ni el peligro de las discordias entre los hijos de las diferentes esposas de un mismo monarca, nada alcanzaba a doblegar la severidad de los jefes de la Iglesia en esta materia ni a revocar su fallo. El papa pronunciaba y se disolvían los matrimonios, so pena de verse privados reyes y pueblos de los sacramentos de la Iglesia. La necesidad obligaba a legitimar los hijos de matrimonios que se declaraban nulos.

     Nos cuesta trabajo conciliar el rigor y la escrupulosidad de la jurisprudencia canónica en lo de no dispensar nunca ni por consideración alguna entre pariente en tercero y cuarto grado con la indulgencia y ensanche respecto a otro género de impedimentos.

     Alfonso VI de Castilla se casa legítimamente con la hija de un rey moro, aunque hecha cristiana, y sus nietos los reyes de León son obligados a divorciarse de sus esposas, hijas de reyes cristianos, por mediar entre ellos algún parentesco. Ramiro II de Aragón contrae nupcias, con dispensa pontificia, siendo monje, sacerdote y obispo electo, y a su nieto Pedro II no le permite el pontífice enlazarse con la hermana de Sancho de Navarra por mediar entre ellos deudo n tercer grado. Así lo soberanos y príncipes españoles se veían precisados a buscar esposas en Inglaterra, Francia, Alemania, Polonia y hasta en Constantinopla.

     Por otra parte, se veía sin escándalo, y la voz de los pontífices no se dejaba oír para reprobarlo, que los hijos e hijas ilegítimas, bastardas o naturales de los reyes se sentaran en los tronos cristianos de España. Ilegítima era doña Teresa de Portugal, y Alejandro III expidió una bula de reconocimiento de la independencia de aquel reino, fundado en la sucesión de doña Teresa. De público se sabía que doña Urraca la Asturiana era bastarda del emperador Alfonso VIII, ningunas bodas se celebraron en aquella época con más pompa y solemnidad y con más fiestas y regocijos que las de doña Urraca con don Sancho de Navarra, cuyo trono fue a ocupar la hija de doña Gontroda.

     Portugal y Aragón son declarados en este tiempo por sus príncipes reinos feudatarios de la santa Sede; más los pueblos se oponen a la cesión de sus soberanos, les niegan el derecho para otorgar semejantes concesiones, y la independencia que el pueblo aragonés recobra en el acto y sin tumulto, y por unánime acuerdo, cuesta a Portugal tiempo, contiendas y turbaciones.

IV.

La civilización, la cultura y las letras no permanecían estacionarias a medida que avanzaba y se aseguraba la reconquista. Y aunque no era posible que la literatura y las ciencias pasaran de repente del atraso y olvido a un grande adelantamiento y a un estado floreciente, se hicieron con todo, en el periodo que analizamos, adelantos en algunos ramos del saber humano.

     La Compostelana y la Crónica latina del emperador, ya nos son aquellos secos y descarnados cronicones, especie de breves tablas cronológicas, de los primeros siglos de la restauración. Aunque escritas en latín y en el espíritu teocrático propio de la época, no carecen ya de bellezas de estilo, el latín es también más puro y más correcto, y contienen períodos en que se nota bastante fluidez y rotundidad. Las de los obispos Lucas de Tuy y Rodrigo Jiménez de Toledo, que florecieron a principios del siglo XIII, tienen ya más mérito como producciones históricas. Verdad es que en vano se buscaría en ellas la crítica ni la filosofía que ahora tanto apetecemos en las obras de este género, pero tarde hallaremos estas cualidades en las historias y en los historiadores de España. Demasiado hizo el Tudense en darnos un resumen casi completo de la Historia de España hasta San Fernando, y no es poco encontrar ya rasgos de elocuencia en la obra del arzobispo don Rodrigo. Este sabio prelado, educado en París, versado en la lengua arábiga, y conocedor de lo que hasta su tiempo se había escrito, fue una verdadera lumbrera de su tiempo, y como San Isidoro de su época. Si admitió en su historia fábulas de antiguas edades que él no alcanzó, fuerza es reconocer que pedir otra cosa aun a los hombres más eminentes de entonces hubiera sido demasiado exigir.

     Más si tales adelantos se habían hecho en materias de jurisprudencia y de historia, si pudiéramos citar también algunos libros de teología dogmática y mística que en aquel tiempo se escribieron, excusados en buscar todavía el estudio y cultivo de las ciencias exactas y naturales; y la medicina y cirugía seguían ejerciéndose casi exclusivamente por los árabes y judíos, que eran los médicos de nuestros monarcas. Sin embargo, la historia de las letras españolas tributará siempre justos y merecidos elogios a Alfonso VIII de Castilla, el Noble, el Bueno, el de las Navas, por haber sido el primer monarca de la edad media que fundó en España la enseñanza universitaria con la creación de una escuela general en Palencia, a la cual hizo venir sabios y letrados de Francia y de Italia para que enseñasen en ella diferentes facultades.

     Casi al poco tiempo, Alfonso IX de León, a ejemplo del de Castilla, creó también algunos estudios en Salamanca, y aun concedió a los estudiantes un juez especial para que conociese en sus causas: principios, digamos así, de universidad, que sirvieron para que más adelante, su hijo Fernando III trasladará a esta ciudad, como punto más a propósito, el estudio general de Palencia. De todos modos, desde los tiempos del arzobispo Gelmírez, que prohibía a los eclesiásticos que enseñaran a los legos, sin duda con el fin de monopolizar en el clero la escasa instrucción que había, hasta la fundación de la universidad de Palencia por Alfonso VIII, se conoce cuanto se había difundido y arraigado en el convencimiento de la necesidad de propagar los conocimientos humanos a otras clases del Estado, y aquella institución produjo por lo menos el beneficio de secularizar las letras, arrancando, de los clérigos y monjes el monopolio del saber.

     La poesía castellana y los romances. Nacen en este período: gran novedad en la historia de las letras españolas, y testimonio indubitable de lo que habían progresado la lengua y el habla castellana. Para nuestro propósito nos basta ver en el célebre Poema del Cid, que debió escribirse a fines del siglo XII, o cuando más tarde a principios del XIII, el incremento y desarrollo que había tomado la lengua castellana, cuando ya se prestaba a cierta armonía rítmica, aunque imperfecta; a cierto vigor en la expresión de los pensamientos, y a cierto artificio cuyo mérito encarecen unos demasiado y deprimen otros con exceso. (17) Aparte, pues, de su mérito artístico, que para nosotros es muy grande como primer destello de nuestra poesía vulgar, vemos en él y en los romances que le siguieron, no sólo en proceso de la lengua, sino también la índole y el genio de la edad media española. El Poema del Cid retrata muy al vivo el espíritu guerrero y caballeresco de la época, como las poesías de Gonzalo de Berceo, algo posteriores, y por lo mismo también algo más sueltas y armoniosas, dibujan el sentimiento religioso de los españoles de aquellos siglos. Los unos contando de una manera sencilla, breve y vigorosa las victorias, las hazañas y las galanterías de sus héroes, de Bernardo del Carpio, de Fernán González y del Cid Campeador; el otro cantando, como él decía, en roman paladino la vida de santo Domingo de Silos, la de San Millán, el Sacrificio de la misa y los Milagros de Nuestra Señora, retratan la sociedad cristiano-española en los dos sentimientos más poderosos y más fuertes que estaban entonces en los corazones de todos, la religión y la guerra.

     Se cuestiona mucho sobre si la forma del romance español fue tomada de los árabes. Gayangos le da mucha le da mucha influencia a la poesía árabe sobre la española. De que nuestra lengua adoptara multitud de voces de los árabes, no hay género de duda, más en cuanto a la rima, tenemos ciertamente un documento que parece indicar con claridad como fue naciendo entre nosotros la armonía rítmica. Tal es el poema latino sobre la conquista de Almería que escribió a mediados del siglo XII el autor de la Crónica del emperador Alfonso. Desconociendo la belleza armónica de la prosodia latina, y en la natural tendencia de los hombres a buscar la cadencia musical de las lenguas, recurrió a encontrarla en la consonancia, ya que no la hallaba en la cantidad de las sílabas. Unas veces la colocó en los dos hemistiquios en que dividía sus versos como en los siguientes:

Fortir frangebat; sic fortis ille premebat

Post Oliverum, fatear sine crimine rerum

Morte Roderici Valentia plangit amici

Otras en los finales de los versos, como éstos:

Florida militia post urbis legionis

Portans vexilia, prorumpit more Leonis

Ejus juicio patriae leges moderantur ..

Illius auxilio fortísima bella parantur

De esto a la rima y a las consonancias del poema del Cid:

Merced, Campeador, en ora buena fuestes nado;

Por malos mestureros de tierra sodes echado

A las sus fijas en brazos las prendia,

Lególas al corazón, ca mucho las quería;

Y a los versos de Berceo:

Yo maestre Gonzalo de Berceo nomnado,

Yendo en romería caescí en un prado

Lo que una vegada a Dios es ofrescido

Nunca en otros usos debe ser metido

 

No había sino aplicar a la lengua vulgar, que había ido reemplazando a la latina, la rima y las consonancias que forzadamente s habían ido buscando en ésta, en reemplazo de la prosodia desconocida en aquellos tiempos de corrompido latín.

     Es interesante, además de curioso, observar cómo se fue formando el habla castellana lenta y gradualmente hasta hacerse la lengua vulgar de los españoles. Aquel latín degenerado de los primeros tiempos de la restauración mezclarse palabras extrañas, y de que hallamos salpicados en los mismos instrumentos públicos y oficiales, fue poco a poco cediendo su lugar a las voces de nuevo uso, perdiendo aquél sus modismos, sus géneros, sus casos, sus desinencias y su sintaxis, hasta llegar a prevalecer el nuevo lenguaje sobre el antiguo. Por contado ya no nos queda duda de que a mediados del siglo XII y en los tiempos del emperador existía un idioma nacional que no era el latino, puesto que el cronista de aquél monarca decía:

Quandam civitatem opulentissiman, quam antiqui dicebant Tuccis, NOSTRA LINGUA Xeréz…Exibant de castris magnae turbae militum, quod, NOSTRA LINGUA dicimus algaras….. Fortissimae turres quae NOSTRA LINGUA alcázares vocantur….. etc.

     De este modo el cronista iba explicando la significación que las palabras latinas tnían en lo que él llamaba ya nuestra lengua, esto es, la lengua vulgar de los españoles, el nacimiento del castellano.

     El castellano. De tal manera predominaba ya el romance en aquel tiempo, que siendo el latín el idioma oficial y de las escrituras públicas, muchas veces ya no se distingue cuál es que domina en ellas, si el latín que caduca o el castellano que ha ido naciendo. Sirvan de ejemplo los fueros otorgados por el emperador Alfonso VII a Oviedo y Avilés. En los primeros se lee:

Istos sut foros, quos didit Rex Domino Adefonso, quando populavit ista villa…..In primis per solare prendere uno solido ad illo Rex…..et dia cada uno año uno solido pro incenso de illa casa, et qui illa venderé, dia uno solido al Rey, et qui illo compre duos denarios ad sagione, et si un solare se partir, , en quantas parte se partir tantos solidos dare, et quantos solares se compraren en uno, uno incenso darán. De casa do home morar et fuego ficier, dará uno solido fornase, faga forno ubi quesierit…..morar et lugo ficier dará uno solido fornase, faga forno ubi quesierit…..et nullo homme non pose en casa de omme de Oveto sine so grado, et si ibi qusierit posar a fuerza defiéndase con sus vecinos quantum potuerit. In istos foros que dedit Re Domino Adefonso otorgó que de hommes de Oveto no fuesen en fonsado, si el mismo no fuere cercado, aut lide campal non habuisset…..etc.

En los segundos leemos: “Estos sunt los foros que deu el Rey don Alfonso ad Avilés quando la problou per foro. En primo per solar prender un sol a lo Rey et dos dineros a lo sayón, e cada anno un sol incenso por lo solar, et qui lo vender de un sol a lo Rey…..etc.

     Esta fue la época de la verdadera fermentación del idioma que cesaba de ser y delque comenzaba a ser la lengua vulgar. Avanzan un poco los tiempos, y empiezan a publicarse documentos en castellano, no correcto, pero ya revestido con forma propia y con los caracteres y condiciones de un idioma nacional. Algunos se citan del siglo XII, más empezando el XIII se ostenta ya ataviado con ciertas galas de regular estructura, como se ve por el tratado de paz entre los reyes Alfonso VIII de Castilla y Alfonso IX de León en 1206 (18) dice:

Esta es la forma de la paz, que es firmada entre el rey don Alfonso de Castilla, y el rey don Alfonso de León, et entre el rey de León, et el filio daquel rey de Castilla que en pos él regnara.”

     Después de nombrar los castillos que don Alfonso VIII dará a su nieto don Fernando de León, continúa:

Et todos estos castellos debe haver el sobre dicho nieto del rey de Castilla filio del rey de León en alfozes en direttzis et con todas sus pertinencias por juro de heredad por siempre….Todos los castillos sobrenombrados son del regno de Leon, para así que el sobre dicho filio del rey de Leon los haya por juro de heredad, así como dicho es de suso. Et los caballeros que los deberen tener, recíbanlos por portero del sobrenombrado filio del rey de Leon o sean vasallos de él, et reténganlos por cumplir todos los pleitos que por ellos deben ser cumplidos…..etc.

     ¿Qué causas, pregunta el lingüista español Marina (19), pudieron contribuir a dar solidez y consistencia en este siglo al romance castellano? ¿Cómo es que aquel lenguaje aun tosco, grosero y latinizado del siglo XI, se deja ver en el siglo XII ya con tan distinta gramática y construcción y con tan ajenas y raras terminaciones? El mismo explica las causas y nosotros expondremos sumariamente las que creemos fueron más poderosas.

     Desde que Alfonso VI tomó posesión de los reinos de León, Castilla y Galicia, fue más frecuente y más íntimo el trato entre asturianos, gallegos, leoneses, castellanos, vizcaínos, y aun navarros, mayor la comunicación y comercio de ideas y pensamientos entre sí. La fama de la empresa de Toledo trajo a España gentes y tropas de Gascuña, de Francia, y de Alemania a militar bajo las banderas del rey de Castilla. Multitud de monjes y eclesiásticos franceses vinieron entonces a poblar nuestros monasterios y a regir las más insignes iglesias episcopales. Francesas eran las reinas, y con condes franceses enlazó Alfonso sus hijas. Concedió el rey amplios fueros y privilegios y establecimientos ventajosos a los francos y gascones, y a condes francos se encomendó la repoblación de varias ciudades de Castilla. Con esto no sólo se alteró entonces la liturgia y disciplina eclesiástica, sino hasta que se mudó la forma material de escribir, adoptándose la letra francesa en lugar de la gótica, y copiándose los privilegios y documentos por peñolistas franceses. Así se introdujeron también en el idioma palabras franco-latinas, que mezcladas con el lenguaje y dialectos vulgares de los diferentes países de España produjeron el variado y complejo idioma que vemos aparecer formado y con cierta regularidad gramatical en el siglo XII, para irse perfeccionando y puliendo según que la reconquista y la cultura avanzaban. (20)

     Más de donde recibió y adoptó el castellano mayor número de voces fue del árabe, y así era natural, atendida la riqueza de aquella lengua, lo familiarizados que se hallaban con ella los mozárabes de los muchísimos pueblos que se iban conquistando, las relaciones, tratos y enlaces mutuos entre árabes y españoles en el orden moral y político, los fueros que nuestros monarcas, especialmente los Alfonsos VI, VII y VIII, otorgaban a los árabes y moros que se quedaban en las poblaciones conquistadas, la seguridad con que se les permitía vivir mezclados con los cristianos, y otras mil relaciones indispensables y necesarias entre quienes llevaban tantos siglos habitando en un mismo suelo. (21)

     Una gran parte de escrituras así públicas como particulares se otorgaban en árabe puro, y se escribían muchas veces los documentos en las dos lenguas. Alfonso VI hizo acuñar varias monedas con inscripciones bilingües, en idioma latino y arábigo, y Marina en su ensayo histórico-crítico publicó algunas de este género batidas por Alfonso VIII de las que posee la Real Academia de la Historia. Hasta el estilo y giro de las cartas de nuestros monarcas tenía todo el tinte oriental. Así no es extraño que la lengua de Castilla se impregnara de voces árabes, y no nos maravilla que el docto Marina reuniera un catálogo de millares de voces castellanas, o puramente arábigas o derivadas de la lengua griega y de los idiomas orientales, pero introducidas por los árabes en España. (22) Nosotros, sin desconocer lo mucho que enriqueció nuestro castellano la lengua arábiga, creemos no obstante que contribuyeron también a su formación los dialectos vulgares de cada país, en que no podían menos de entrar voces de las primitivas y antiguas lenguas de las razas que los habían dominado, y que más o menos alteradas conservan siempre los pueblos. (23)

     De esta manera, y precediendo España a Francia y a Italia en la formación de un idioma vulgar, como las había precedido en el sistema municipal, y en los fueros y libertades comunales, se había ido constituyendo y organizando la España en lo material y en lo político, en lo religioso, como en lo literario, y tal era su estado social cuando ocuparon los tronos de Castilla los grandes príncipes que serán objeto de los siguientes capítulos.

 II.- FERNANDO III EL SANTO DE CASTILLA DE 1217 A 1252  (24)

Diez y ocho años contaba el hijo de don Alfonso IX de León y de doña Berenguela de Castilla, cuando por la generosa abdicación de su madre fue reconocido y jurado rey en las cortes de Valladolid con el nombre de Fernando III (1217). Se comprende bien el disgusto y la sorpresa que recibiría el monarca leonés al ver revelado en este acto solemne el verdadero objeto con que su antigua había mañosamente arrancado al hijo del lado del padre; y aun cuando Alfonso no hubiera abrigado pretensiones sobre Castilla, no extrañamos que en los primeros momentos de enojo por una acción que podría calificar de pesada burla, a que naturalmente se agregarían las instigaciones del de Lara, todavía más burlado que él, tomara las armas contra su mismo hijo y contra la que había sido su esposa, enviando delante con un ejército a su hermano don Sancho, que llegó hasta Arroyo, a una legua de Valladolid. No logró doña Berenguela templar al de León, aunque lo procuró por medio de los obispos de Burgos y de Ávila a quienes envió a hablarle n su nombre. Más también se engañó el leonés si creyó encontrar dispuestas en su favor las ciudades de Castilla. Ya pudo desengañarse cuando desatendiendo las prudentes razones de doña Berenguela avanzó hasta cerca de Burgos, y vio la imponente actitud de los caballeros castellanos que defendían la ciudad por don Lope Díaz de Haro.

     La retirada humillante a que se vieron forzados los leoneses, junto con la adhesión que mostraban al nuevo rey las poblaciones del Duero, bajaron algo la altivez del de Lara, que no sea atrevió a negar los restos mortales del rey don Enrique que doña Berenguela le declaró para darles conveniente sepultura en el monasterio de las Huelgas de Burgos al lado de su hermano don Fernando. Allá fue la reina madre a hacerle los honores fúnebres, mientras su hijo en joven rey de Castilla comenzaba a hacer uso de aquella espada que había de brillar después en su mano con tanta gloria, rindiendo el castillo de Muñón que se le mantenía rebelde. Cuando volvió doña Berenguela de cumplir la funeral ceremonia, encontró a su hijo en posesión de aquella fortaleza y prisioneros sus defensores. De allí partieron juntos para Lerma y Lara que tenía don Álvaro, y tomadas las villas y presos los caballeros parciales del conde, pasaron a Burgos, donde fueron recibidos en solemne procesión por el clero y el pueblo presididos por el prelado don Mauricio.

     No podía sufrir, ni era de esperar sufriese el de Lara, con resignada quietud la adversidad de su suerte, y obedeciendo sólo a los ímpetus de su soberbia, puso en movimiento a su hermano don Fernando y a todos sus allegados y amigos, y confiado en algunos lugares fuertes que poseía, comenzó con sus parciales a estragar la tierra y a obrar como en país enemigo, causando todo género de males y cometiendo todo linaje de tropelías y desafuero.

     Se vieron, pues, el rey y su madre en la necesidad de atajar las alteraciones movidas por el antiguo tutor: y como careciesen de recursos para subvenir a los gastos de aquella tierra, se deshizo doña Berenguela de todas sus joyas y alhajas de plata y oro, sedas y piedras preciosas, y haciéndolas vender destinó su valor al pago y mantenimiento de sus tropas. Con esto salieron de Burgos con dirección de Palencia. Se hallaba en Herrera la gente de los Laras cuando la reina y el rey de Castilla pasaban por frente de aquella población. El orgulloso don Álvaro salió de la villa con algunos caballos como a informarse del número de las tropas reales, y como quien ostentaba menospreciar al enemigo. Cara pagó su arrogante temeridad, pus acometido por los nobles caballeros y hermanos Alfonso y Suero Téllez, se vio envuelto y prisionero, teniendo que sufrir el bochorno de ser presentado al rey y a su madre, que indulgentes y generosos se contentaron con llevarle consigo a Palencia y Valladolid, y con ponerle en prisión y a buen recaudo, de donde también le sacaron pronto por palabra que empeñó de entregar al rey todas las ciudades y fortalezas que poseía y conservaba, obligando a hacer a su hermano don Fernando lo mismo.

     Dueño el rey de las plazas que habían tenido los de Lara, el país hubiera gozado de la paz de que tanto había menester, si aquella incorregible familia no hubiera vuelto a turbarla abusando de la generosidad de su soberano. Otra vez obligaron a Fernando a salir a campaña; y como los rebeldes, enflaquecido ya su poder, no se atreviesen a hacerle frente, se fueron a León a inducir a aquel monarca a que viniese a Castilla, pintándole como fácil empresa apoderarse del reino de su hijo. Otra vez también Alfonso IX, no aleccionado ni por la edad ni por la experiencia, o se dejó arrastrar de su propia ambición, o se prestó imprudentemente a ser instrumento de las de otros, y volvió a hacer armas contra su propio hijo que al cabo había de heredar su corona. Le salieron al encuentro ambas huestes; le repugnaba a Fernando sacar la espada contra su padre: sin embargo, tenía que hacerlo, a pesar suyo en propia defensa, y ya estaba a punto de darse la batalla, cuando por mediación de algunos prelados y caballeros se avinieron padre e hijo a pactar una tregua y regresar cada cual a sus dominios. Apesadumbró tanto aquel concierto a don Álvaro de Lara y se vio tan sin esperanza, que de sus resultas enfermó, y la pena de verse humillado y abatido le apresuró la muerte, vistiéndose para recibirla con el hábito de caballero de Santiago. Murió tan pobre, que no dejó con que pagar los gastos del entierro, y que los suplió con cristiana caridad doña Berenguela, enviando también una tela de brocado para envolver el cadáver de su antiguo enemigo. Se le dio sepultura en Uclés en 1219. Su hermano don Fernando, apeló al recurso usado en aquellos tiempos por los que se veían atribulados; se pasó a África y se puso al servicio del emperador de los Almohades, que le recibió muy bien y le colmó de honores y mercedes. Allá murió sin volver a su patria, en el pueblo cristiano de Evora cerca de Marruecos, vistiendo también el hábito de Hospitalario de San Juan. Tal fue el remate que tuvieron los revoltosos conde de Lara. Libre el rey de León de estos instigadores, vino a reconciliarse con su hijo, y olvidando antiguas querellas convinieron en darse mutua ayuda en la guerra contra los infieles. (25)

     Se vio con esto el hijo de doña Berenguela tranquilo poseedor del reino. Le guiaba y le dirigía en todo su prudente madre, esta discreta señora que conocía por propia experiencia cuan peligroso es para un Estado la falta de sucesión en sus príncipes, y que por otra parte quería preservar a su hijo de los extravíos a que pudiera arrastrarle su fogosa juventud, cuidó de proporcionarle una esposa, y como había experimentado ella misma, la facilidad con que los pontífices rompían los enlaces entre príncipes y princesas españolas, no la buscó en las familias reinantes de España. La elegida fue la princesa Beatriz, hija de Felipe de Suabia y prima hermana del emperador Federico II. Obtenido su beneplácito y ajustadas las capitulaciones matrimoniales, el obispo don Mauricio de Burgos con varios otros prelados recibieron la misión de acompañar a la princesa alemana hasta Castilla. El rey Felipe Augusto de Francia la agasajó a su paso por París y le dio una lúcida escolta hasta la frontera española. La reina doña Berenguela salió a recibirla hasta Vitoria con gran séquito de prelados y caballeros, de los maestres de las órdenes, “de las abadesas y dueñas de orden, y de mucha nobleza de caballería.” (26Al llegar cerca de Burgos, se le presento el joven monarca con no menos brillante cortejo. A los dos días de hacer su entrada, el obispo don Mauricio celebraba una misa solemne en la Iglesia del real monasterio de las Huelgas, y bendecía las armas con que el rey don Fernando había de ser armado caballero. El mismo monarca tomó con su mano de la mesa del altar la espada. Doña Berenguela, como reina y como madre, le vistió con el cinturón militar, y tres días después el 30 de noviembre de 1219, el propio obispo bendecía a los ilustres desposados en presencia de casi toda la nobleza del reino, a las que siguieron grandes fiestas y regocijos públicos.

     Gozaba Castilla de reposo y de contento, que sólo alteraron momentáneamente algunos turbulentos magnates. Fue uno de ellos don Rodrigo Díaz, señor de los Cameros, que llamado a la corte por el rey para que respondiese a los cargos que se le hacían, y viendo que resultaban probados los daños que había hecho, se fugó del corte resuelto a no entregar las fortalezas que tenía por el rey. Al fin la necesidad le obligó a darse a partido, y accedió a restituir las tenencias por precio de catorce mil maravedís de oro que el monarca le aprontó sin dificultad. Así solían dirimirse entonces los pleitos entre los soberanos y los grandes señores. El otro fue el tercer hermano de Lara, don Gonzalo, que desde África donde había ido a incorporarse con su hermano don Fernando, incitó al señor de Molina a rebelarse contra el rey, cuya rebelión quiso fomentar con su presencia viniéndose a España. Se debió a la buena maña de doña Berenguela el que el señor de Molina, que se había fortificado en Zafra, se viniese a buenas con el rey, y viéndose el de Lara abandonado buscó un asilo entre los moros de Baeza, donde al poco tiempo murió quedando de esta manera Castilla libre de las inquietudes que no habían cesado de mover los tres revoltosos hermanos en 1222.

     Se hallaba otra vez en paz la monarquía, y Fernando contento con el primer fruto de su sucesión que le había dado su esposa doña Beatriz el 23 de noviembre de 1221, el cual recibió en la pila bautismal el nombre glorioso de Alfonso que habían llevado ya nueve monarcas leoneses y castellanos, y que más adelante este niño sería conocido con el sobrenombre de Sabio. Año notable y feliz aquel, así por el nacimiento de este príncipe, como por haberse comenzado en él a edificar unos de los monumentos cristianos más magníficos y una de las más bellas obras de la arquitectura de la edad media, la catedral de Burgos, cuya primera piedra pusieron por su mano los piadosos reyes don Fernando y doña Beatriz, bajo la dirección religiosa del obispo don Mauricio. Con esto y con haber hecho reconocer en las cortes de Burgos de 1222 por sucesor y heredero de la corona a su hijo don Alfonso, y bendecir su espada y estandarte por el obispo de la ciudad, y publicar un perdón general para todo el reino,, manifestó su pensamiento de dedicarse a emprender una guerra viva y constante contra los infieles.

     Comienza aquí la época gloriosa de Fernando III. La derrota de las Navas había desconcertado a los musulmanes de África y de España y señalando el periodo de decadencia del imperio Almohade. Después de la muerte de Mohammed Yussuf Alnasir, el emirato había recaído en su hijo Almostansir, niño de once años, que pasaba su vida en placeres indignos de un rey y no paraba de cuidar rebaños, no conversando sino con esclavos y pastores. Su muerte correspondió a su vida, pues murió de una herida de asta que le hizo una vaca, a los 21 años y sin sucesión en 1224. Su tío Abd-el-Wahid ocupó su trono por intrigas de los jeques. Sus hermanos Cid Abu Mohammed y Cid Abu Aly ejercían un imperio despótico en España, y los pueblos de Andalucía vivían en el mayor descontento y separaban sus destinos de África. Se nombraron emires de Valencia el uno, de Sevilla el otro. Tales fueron los momentos que escogió el monarca de Castilla para llevar la guerra al territorio d los infieles, y no les faltaba sino la proclamación de guerra hecha por un príncipe cristiano como Fernando III. De tal modo estaba la guerra en el sentimiento de los castellanos, que los de Cuenca, Huete, Moya y Alarcón, oída la voz del rey, por sí mismos y sin aguardar ni nombrar caudillos que los gobernaran, se arrojaron en tropel por tierras de Valencia, de donde volvieron cargados de despojos. El rey entretanto había alistado sus banderas, y en la primavera de 1224, acompañado del arzobispo don Rodrigo de Toledo, el historiador de los maestres de las órdenes, de don Lope Díaz de Vizcaya, de los Girones y Meneses y de otros principales caballeros, emprendió la marcha con su ejército y pasó Sierra Morena. El emir de Baeza, Mohammed, envió embajadores a Fernando ofreciéndoles homenaje27, y aún socorro de víveres y dinero. Lo aceptó el de Castilla y se ajustó el pacto en Guadalimar. Se resistieron por el contrario los moros de Quesada, pero los defensores de la fortaleza fueron pasados a cuchillo, y la población quedó arrasada, dice la crónica. Aconteció otro tanto a un castillo de la sierra de Víboras. Otros pueblos fueron desmantelados: el país quedaba yermo, y sólo el rigor de la estación avisó a Fernando que era tiempo de volver a Toledo, donde le esperaban su madre y su esposa, y donde se celebraron con fiestas y procesiones sus primeros triunfos.

     Alentado con ellos el monarca cristiano, cada año después que pasaba el invierno en Toledo hacía una entrada en Andalucía, que por rápida que fuese, no dejaba nunca de costar a los moros la pérdida de alguna población importante. En cuatro años se fue apoderando sucesivamente de Andújar, de Martos, de Priego, de Loxa, de Alhama, de Capilla, de Salvatierra, de Burgalimar, de Alcaudete, de Baeza y de otras varias poblaciones. El emir de esta ciudad que antes le había ofrecido homenaje, se hizo luego vasallo suyo. Tal conducta costó a Mohammed la vida, muriendo asesinado por los mismos mahometanos.

    El conde don Lope de Haro con quinientos caballeros de Castilla entró en la ciudad que se llamó del Conde. El día d San Andrés de 1227 se vio brillar la cruz en las almenas de Baeza, y en celebridad del día se puso en las banderas el aspa del santo, de cuya ceremonia quedó a nuestros reyes la costumbre de llevar por divisa en los estandartes el aspa de San Andrés. Jaén resistido a las acometidas de los cristianos, pero los moros granadinos, al ver talada la hermosa vega de Granada, y perseguidos y acuchillados algunos de sus adalides hasta las puertas de la ciudad por los caballeros de las órdenes, procuraron desarmar al monarca cristiano por medio Alvar Pérez de Castro, castellano que militaba con los moros, y el mismo que había defendido a Jaén, ofreciéndose a entregar a los cautivos cristianos que tenían. Aceptó el santo rey la tregua, y mil trescientos que gemían en cautiverio en las mazmorras de las Torres Bermejas recibieron la libertad. En premio de aquel servicio volvió Alvar Pérez a la gracia del rey y continuó a su servicio. En todas estas expediciones llevaba el rey al ilustre prelado don Rodrigo de Toledo, y en una ocasión que quedó enfermo en Guadalajara acompañó al rey el obispo de Palencia. 28

     De regreso de una de estas expediciones, se hallaba el rey en Toledo, comunicó al arzobispo el pensamiento de erigir un templo digno de la primera capital de la monarquía cristiana, que reemplazará a la antigua mezquita árabe que hacía de catedral desde el tiempo de Alfonso VI. Idea era esta que no podía menos de acoger con goce el ilustre prelado, pusieron el monarca y el obispo por su mano en 1226 la primera piedra, que había de ser el fundamento, como dice el autor de las memorias de San Fernando, “de aquella magnífica obra que hoy celebramos con las plumas y admiramos con los ojos.” Así hermanaba el rey santo la piedad y la magnificencia como religioso príncipe con la actividad de las conquistas como monarca guerrero. 29

     La primera piedra de la nueva catedral se colocó el 20 de julio de 1221 en presencia de los promotores del templo: el rey Fernando III de Castilla y el obispo Mauricio, prelado de la diócesis burgalesa desde 1213. Cabe suponer que el primer maestro de obras fue un anónimo arquitecto francés -si bien algunos investigadores dan el nombre del canónigo Johan de Champagne, citado documentalmente en 1227-, muy probablemente traído a Burgos por el propio obispo Mauricio, tras el viaje que había realizado por Francia y Alemania para concertar el matrimonio del monarca con Beatriz de Suabia, ceremonia nupcial que se realizó precisamente en la vieja catedral románica. 30

     La construcción de la catedral, emplazada justo en el punto donde comienza a empinarse la ladera del cerro presidido por el Castillo, se inició por la cabecera y el presbiterio, lugar éste donde se sepultó al obispo fundador, cuyos restos fueron posteriormente trasladados al centro del coro capitular. Hacia 1240 asumió la dirección de las obras el llamado Maestro Enrique, también de origen galo, que después se haría cargo de la erección de la Catedral de León y que sin duda se inspiró en la Catedral de Reims, con cuya fachada el hastial de la seo burgalesa guarda grandes semejanzas. Las obras avanzaron con gran rapidez y para 1238, año de la muerte del prelado fundador, sepultado en el presbiterio, ya estaban casi terminadas la cabecera y buena parte del crucero y las naves. La consagración del templo tuvo lugar en 1260, aunque consta la celebración de oficio divino en él desde 1230.

     Entre la segunda mitad del siglo xiii y principios del xiv se completaron las capillas de las naves laterales y se construyó un nuevo claustro. Al maestro Enrique, fallecido en 1277, le tomó el relevo el maestro Johan Pérez, este ya hispano. Otros canteros posteriores fueron Aparicio Pérez, activo en 1327, Pedro Sánchez de Molina y Martín Fernández, fallecidos respectivamente en 1396 y 1418.   

     Aprovechando el castellano el desconcierto en que se hallaban los musulmanes, teniendo encomendada la defensa de las plazas conquistadas a sus más leales caballeros y a sus mejores capitanes, y después de haber puesto al mismo rey moro de Sevilla en la necesidad de obligarle a pagar tributo, salió nuevamente de Toledo y entró de nuevo en Andalucía con propósito de rendir a Jaén, ya que en la otra ocasión no le había sido posible vencer la resistencia que halló en aquella ciudad. Ya le tenía puesto cerco, después haber talado su campiña, cuando llegó a los reales la nueva del fallecimiento de su padre el rey de León en 1230, juntamente con cartas de su madre doña Berenguela, en que le rogaba se apresurase a ir a tomar posesión de aquel reino que por sucesión le pertenecía.

     Ocasión es esta de dar cuenta de los últimos hechos del monarca leonés desde la paz de 1219 con su hijo hasta su muerte. Después de aquella paz tuvo Alfonso IX que sujetar a algunos rebeldes en su reino, de los cuales fue sin duda el principal su hermano Sancho, que proyectaba pasarse a Marruecos, ordinario recurso de los descontentos en aquellos siglos, y andaba reclutando gente para llevar consigo. Pero la muerte le sobrevino a Sancho atajó sus planes más pronto que las diligencias del monarca. Entonces el rey pudo ya dedicarse a combatir a los sarracenos, y mientras su hijo el rey de Castilla los acosaba por la parte de Andalucía, el de León corría por Extremadura, talaba los campos de Cáceres, y avanzaba hasta cerca de Sevilla, los batía en unión d los castellanos, y regresaba por Badajoz destruyendo fortalezas enemigas.

     Cáceres, población muy fuerte que los Almohades habían arrancado del poder de los caballeros de Santiago, que tuvieron allí una de sus primeras casas, se rindió en 1227 a las armas leonesas, y Alfonso IX otorgó a aquella población uno de los más famosos y libres fueros de la España de la Edad Media en 1229. 31 El rey moro Abén-Hud, descendiente de los antiguos Beni-Hud de Zaragoza, que en las guerras civiles entre sí traían entonces los sarracenos se había apoderado del señorío de la mayor parte de la España musulmana, acometió al leonés con numerosísima hueste. A pesar de ser muy inferior en número la de Alfonso, no dudó este en aceptar la batalla, y con el auxilio del Apóstol Santiago, que apareció en la pelea con multitud de soldados vestidos de blancos ropajes, alcanzó una de las más señaladas victorias de aquel siglo. Con esta protección, y la del glorioso San Isidoro, que se le había aparecido unos días antes en Zamora, emprendió la conquista de Mérida. Esta fue la última y acaso la más interesante con que coronó el monarca leonés el término de su largo reinado de cuarenta y dos años en 1230. Se dirigía a visitar el templo de Compostela con objeto de dar gracias al santo apóstol por sus últimos triunfos cuando le acometió en Villanueva de Sarriá una aguda enfermedad que le ocasionó en poco tiempo la muerte el 24 de septiembre de 1230. Su cuerpo fue llevado en conformidad a su testamento, a la iglesia compostelana, donde fue colocado al lado de su padre Fernando II.

     Fue, dicen sus crónicas, amante de la justicia y aborrecedor de los vicios: asalarió los jueces para quitar la ocasión al soborno y al cohecho; de aspecto naturalmente terrible y algo feroz, distinguiéndose por su rudeza en el castigo de los delincuentes, pues le parecían suaves las penas que les ponían a los delincuentes, añadió otras extraordinarias y atroces, tales como las de sumergir a los reos en el mar, las de tirarlos d las torres, ahorcarlos, quemarlos, cocerlos en calderas y hasta desollarlos. 32 los panegiristas de este rey, que no emplean una sola palabra para condenar esta ruda ferocidad, notan como su principal defecto “la facilidad con que daba oídos a hombres chismosos”.

     Más si tan amante era de la justicia, no comprendemos como llevó el desamor y el resentimiento hacia su hijo hasta más allá de la tumba, dejando en su testamento por herederas del reino a sus dos hijas doña Sancha y doña Dulce, habidas de su primer matrimonio con doña Teresa de Portugal, con exclusión de don Fernando de Castilla, hijo suyo también y de doña Berenguela, jurado en León por su mismo padre heredero de trono a poco d su nacimiento, reconocido como tal por los prelados, ricos-hombres y barones del reino y hasta ratificado en la herencia de León por el papa Honorio III, que era como la última sanción en aquellos tiempos. No vemos, pues en el extraño testamento del padre d San Fernando, sino un desafecto no menos extraño hacia aquel hijo de quien debiera envanecerse, y a cuyos auxilios había debido en gran parte la conquista de Mérida. A tan inesperada contrariedad ocurrió la prudente y hábil doña Berenguela con la energía y sagacidad propia de su genio y que solía emplear en casos críticos. Con repetidos mensajes, instó y apremió a su hijo para que dejase Andalucía y acudiese a tomar posesión del reino de León. Lo hizo así Fernando, y en Orgaz encontró ya a la solícita y anhelos madre que había salido a recibirle, y desde allí, sin perder momento, como quien conocía los peligros de la tardanza, prosiguieron juntos hacia los dominios leoneses, llevando consigo algunos nobles y principales capitanes y caballeros. Desde que pisaron las fronteras leonesas comenzaron algunos pueblos a aclamar a Fernando de Castilla. Al llegar a Villalón le salieron al encuentro algunos comisionados de Toro, que iban a rendir vasallaje al nuevo rey, por cuya puntualidad mereció aquella ciudad que en ella fuese coronado; desde allí prosiguieron a Mayorga y Mansilla, y en todas partes se abrían las puertas a recibirlos.

     Sin embargo, no todos estaban por don Fernando. Aun cuando el suyo fuese el mayor, había, no obstante, otros partidos en el reino. Las dos princesas declaradas herederas por el testamento se hallaban en Castro-Toraf encomendadas por su padre al maestre t a los caballeros de Santiago, que las guardaba y defendían, más por galantería y compromiso que por desafecto a Fernando. Todo fue cediendo ante la actividad de doña Berenguela, que se hallaba ya a las puertas de la capital. Por fortuna los prelados de León, de Oviedo, de Astorga, de Lugo, de Mondoñedo, de Ciudad Rodrigo y de Coria, allanaron a Fernando el Camino del trono leonés, se adelantaron a reconocer el derecho que a él le asistí. De esta manera pudieron doña Berenguela y su hijo hacer su entrada en León sin necesidad de derramar una sola gota de sangre, y Fernando III fue alzado rey de Castilla y de León, uniéndose las dos coronas, para no separarse jamás. 33

     Restaba deliberar lo que había de hacerse con las dos princesas, doña Sancha y doña Dulce, contra quienes el magnánimo corazón de Fernando no consentía abusar de un triunfo fácil, ni la nobleza de doña Berenguela permitía quedasen desamparadas. En todos estos casos se veía la discreción de la madre del rey. Apartando a su hijo de la intervención de este negocio, por alejar toda sospecha de parcialidad, y por no hacer decisión de autoridad, resolvió entenderse ella misma con doña Teresa de Portugal, madre de las dos infantas,, que vivía consagrada a Dios en un monasterio. Accedió a ello la de Portugal, y dejando momentáneamente el claustro y su retiro vino con doña Berenguela en Valencia de Alcántara. Se vio pues a dos reinas en aquel sitio, hijas de reyes, esposas de un mismo monarca, separadas ambas con dolor del matrimonio por empeño y sentencia del pontífice. El resultado de la conferencia fue, que como doña Teresa veía que era inútil intentar hacer valer para sus hijas derechos que los prelados, los grandes y el pueblo habían decidido a favor de don Fernando, se apartó de toda reclamación y se contentó con una pensión de quince mil doblas de oro de por vida para cada una de sus hijas. Contento Fernando con la fácil solución, salió a buscar a sus hermanas, que encontró en Benavente, donde firmo la escritura del pacto el 11 de diciembre de 1230, que aprobaron y confirmaron los prelados y ricos-hombres. Tan feliz remate tuvo un negocio que hubiera podido traer serios disturbios, si hubiera sido tratado entre príncipes memos desinteresados o prudentes y entre reinas menos discretas y sensatas como doña Teresa y doña Berenguela.

     Visitó enseguida las poblaciones de su nuevo reino, administrando justicia, y recibiendo en todas partes los homenajes de las ciudades, y las demostraciones de afecto de sus súbditos. Y como supo que los moros, aprovechándose de su ausencia, habían recobrado a Quesada, encomendó al arzobispo de Toledo la empresa de rescatar para el cristianismo esta villa, haciéndole merced y donación de ella y de los demás que conquistase. El prelado Jiménez que era tan ilustre en las armas como en las letras, y que reunía en su persona las cualidades de apóstol y de capitán esforzado, no sólo tomó a Quesada, sino que adelantándose a Cazorla la redujo también a la obediencia del rey de Castilla, principio del Adelantamiento34 de Cazorla, que gozaron por mucho tiempo los prelados de la iglesia toledana. Para ayudar al arzobispo, envió a su hermano el infante don Alfonso, dándole por capitán del ejército a Alvar P´rez de Castro el Castellano, el que antes había servido a los moros de Jaén y de Granada, Se hallaban a la sazón los musulmanes desavenidos entre sí, en especial los reyes o caudillos Abén-Hud, Giomail y Alhamar, que traían agitada y dividida la tierra. La ocasión era oportuna, y no la desaprovecharon los castellanos, se atrevieron a avanzar, ya no solo hasta la comarca de Sevilla, sino hasta las cercanías de Jerez. Se vieron allí acometidos por la numerosa morisma que contra ellos reunió Abén-Hud, el más poderoso de los musulmanes, y aunque los cristianos eran pocos, se vieron precisados a aceptar el combate, a orillas del río Guadalete.

     Pero esta vez fueron los sarracenos los que sufrieron una mortandad enorme, y contándose los que perecieron del brioso acero de Garci-Pérez de Vargas el emir de los Gazules que de África había venido en auxilio de Abén-Hud, y a quién este había dado Alcalá, que de esto tomó el nombre de Alcalá de los Gazules. Esta derrota de Abén-Hud, fu la que desconcertó a su partido y dio fuerza a su rival Alhamar, y le facilitó la elevación al trono, así coo abrió a los cristianos la conquista d Andalucía. Las proezas que en este día ejecutaron los castellanos acaudillados por Alvar Pérez las celebraron después los cantares y las leyendas. La hueste victoriosa regresó a Palencia, donde se hallaba el rey, a ofrecerle los trofeos de tan señalado triunfo. 35

     Mientras el infante don Alfonso y el arzobispo don Rodrigo hacían la guerra en Andalucía, atenciones de otro género habían ocupado al monarca de Castilla y de León. El rey de Jerusalén y emperador de Constantinopla, Juan de Brena o Juan de Acre, a quien la necesidad había obligado a abandonar su reino, recorría Europa buscando alianzas, había logrado casar a su hija única con el emperador Federico II, rey de Nápoles y de Sicilia, había venido a España y recibido agasajos y obsequios del rey don Jaime de Aragón, y pasaba por Castilla y León, con el pretexto de ir a visitar el cuerpo del apóstol Santiago. También le agasajó el rey de Castilla, y de estas cortesías y atenciones resultó que se concertara el matrimonio del de Jerusalén, que era viudo, con la hermana de don Fernando, llamada también doña Berenguela, como su madre, a la cual se llevó consigo a Italia. Por otra parte, don Jaime de Aragón, que desde 1221 se hallaba casado con doña Leonor de Castilla, tía del rey, se había separado de su esposa por sentencia del legado pontificio, fundada como tantas otras en el parentesco en tercer grado, y pasaba el aragonés a segundas nupcias con doña Violante de Hungría. Receloso el castellano de que este segundo enlace pudiera redundar en perjuicio de la herencia y sucesión de Alfonso, hijo de don Jaime y de doña Leonor, determinó tener pláticas con el aragonés, que se verificaron en el monasterio de Huerta, cerca de Aragón. Aseguró don Jaime que en nada se lastimarían los derechos de Alfonso, por más hijos que pudiera tener de su segunda esposa, y después de proveer a la decorosa sustentación de la reina divorciada, añadiendo la villa de Ariza a los lugares que ya le tenía señalados, se separaron amigablemente los dos príncipes en 1232. Se empleó don Fernando en León en dictar providencias y medidas tocante al gobierno político del Estado, y los fueros de Badajoz, de Cáceres, de Castrojeriz y otros que amplió y otorgó o modificó, para bien de sus gobernados.

     Dadas estas disposiciones y seguro del amor de sus nuevos vasallos, determinó proseguir la guerra contra los moros andaluces, y juntadas las huestes fue a sitiar a Úbeda, una de las plazas fronterizas más fuertes. Le puso cerco, la ciudad se rindió y dio entrada a los soldados y estandartes de Castilla, el 29 de septiembre de 1234. Tomó Úbeda por armas la imagen del arcángel San Miguel, en memoria de los días que fue recobrada, y otorgó el santo monarca a los nuevos moradores el fuero de Cuenca, por haber sido los de esta ciudad los que principalmente la poblaron. Se disponía Abén-Hud en acudir en socorro de Úbeda y pasar de allí a Granada, cuando supo, de su caída, y sobre todo supo que los cristianos de aquella ciudad junto con los de Andújar, valiéndose de la revelación de unos prisioneros almogávares, se acercaron secretamente a las puertas de Córdoba, y se apoderaron de la Axarquía, escalaron los muros de la ciudad, y una compañía mandada por Domingo Muñoz penetró por sorpresa en las calles y las recorrieron a caballo. Se acuartelaron, no obstante, en la Axarquía o Arrabal, siendo Alvar Pérez de Castro el primero que acudió desde Martos con gente de Extremadura y de Castilla. Se lo notificaron al rey que después de la conquista de Úbeda se regresó a Castilla, acaso con motivo d la muerte de la reina doña Beatriz. 36

     Se hallaba el rey en Benavente sentado a la mesa, cuando llegó Ordoño Álvarez con cartas de los del Arrabal de Córdoba. Leídas estas y oído al mensajero, dijo el rey que aguardasen una hora; y a la hora después de dejar orden a las villas y lugares para que siguiesen en pos de él a la frontera, cabalgaba ya don Fernando con solo cien caballeros, y tomando la ruta, en sazón al estado de los caminos y de los ríos, que era época de lluvias, por Ciudad Rodrigo, Alcántara, Barca de Medellín, Magacela, Bienquerencia, Dos Hermanas y Guadaljacar, dejando a Córdoba a la derecha puso sus reales en el puente de Alcolea. Los cristianos de Arrabal estaban contentos, sobre todo al ver que cada día llegaban compañías de Castilla, de Extremadura y de León, comunidades y caballeros de las órdenes a incorporarse con el rey. Se encontraba Abén-Hud en Écija, y a pesar de sus anteriores descalabros hubiera podido libertar a los cordobeses y poner en apuro al rey de Castilla, si de este propósito no le hubiera retraído el engañoso consejo de un desleal confidente.

     Tenía Abén-Hud en su corte un cristiano nombrado Lorenzo Juárez, a quien Fernando por algunos delitos había expulsado de su reino. El él había puesto gran confianza el rey musulmán, y en esta ocasión le consultó lo que debería hacer. Le respondió este que lo mejor era que fuera el mismo con sólo tres cristianos de a caballo a los reales del de Castilla, para informarse de las fuerzas de que disponía el ejército enemigo, y a tomar en consecuencia la mejor resolución. Agradó a Abén-Hud el consejo y partió Juárez con sus tres cristianos, a dos de los cuales mandó se quedasen a cierta distancia del campamento, y él se entró con el otro por los reales de Castilla. Pidió a un montero que le introdujese con el rey, pues tenía que hablarle de un asunto que en gran manera interesaba al soberano. Sorprendió y aún irritó a Fernando ver en su presencia al mismo a quien había desterrado; más luego qu Juárez le informó de su objeto y de su plan, que era hacerle un gran servicio apartando a Abén-Hud de todo intento de acometerle y de socorrer a los de Córdoba holgóse mucho de ello el rey, volvió a su gracia su antiguo vasallo, y puestos ya los dos de acuerdo, se volvió el don Lorenzo a Écija, donde ponderó al musulmán el gran poder de la hueste de Castilla, añadiendo que tendría que fuese una temeridad intentar algo contra el ejército disciplinado y fuerte del rey Fernando.

     Dio entera fe Abén-Hud a la relación de su confidente; y como a la mañana siguiente llegasen a Écija dos moros enviados por el rey de Valencia Giomail ben Zayán, rogándole le favoreciese contra don Jaime de Aragón que con todas sus fuerzas se dirigía sobre aquella ciudad, tomando el consejo de Lorenzo Juárez y de alguno de sus visires resolvió Abén-Hud ir en socorro dl valenciano, confiando también en que Córdoba era sobrado fuerte para que los castellanos pudieran tomarla. Se encaminó, pues, la hueste muslímica hacia Valencia. Llegado que hubo a Almería, el alcaide Abderramán alojó a Abén-Hud en la alcazaba y le agasajó con un banquete. Después de haberle embriagado, le ahogó, en su propia cama, dice la crónica del santo rey. 37 De allí en adelante dice la crónica cristiana “el señorío de los moros de los puertos acá fue diviso en muchas partes, y nunca quisieron conocer rey ni lo tuvieron sobre sí como hasta allí.” Sabida la muerte de su rey y caudillo, se desbandaron los moros de la expedición de Écija, dejando a Valencia sin socorro y expuesta a ser tomada, como así aconteció por el aragonés; y Lorenzo Juárez con sus cristianos se vino a los reales de Castilla, cada día aumentados con banderas de los concejos, y con hijosdalgo, caballeros y freires de las órdenes que allí acudían.

     Con esto ya pudo el santo rey desembarazarse y apretar el bloqueo de Córdoba. La noticia de la muerte de Abén-Hud, la falta de mantenimientos y ninguna esperanza, los cordobeses acordaron la rendición. No les admitió Fernando otra condición que la vida y la libertad de ir donde quisieran. El 29 de junio de 1236, día de los santos apóstoles San Pedro y San Pablo, se plantó el signo de la rendición delos cristianos en lo más alto de la aljama de Córdoba; se purificó y se convirtió en  basílica cristiana la gran mezquita de Occidente; la consagró el obispo de Osma, gran canciller del rey; los prelados de Baeza, de Cuenca, de Plasencia y de Coria, con toda la clerecía allí presente, se celebró el sacrificio de la misa por el de Osma, y las campanas de la iglesia compostelana que dos siglos y medio hacía, fueron llevadas por Almanzor en hombros de cautivos, estaban sirviendo de lámparas en el templo de Mahoma, las hizo restituir el rey al templo del santo Apóstol en hombros de cautivos musulmanes: mudanza solemne que celebrará siempre la iglesia española con regocijo. “Los tristes muslimes, salieron de Córdoba, y se acogieron a otras ciudades de Andalucía, y los cristianos se repartieron sus casas y heredades.” A voz de pregón excitó el monarca de Castilla a sus vasallos a que fuesen a poblar la ciudad conquistada, y tantos acudieron de todas partes que antes faltaban casas y haciendas que pobladores, atraídos de la fertilidad y amenidad del terreno. Rendida Córdoba, se hicieron tributarias y se pusieron bajo el amparo del rey Fernando, Estepa, Écija, Almodóvar y otras ciudades muslímicas de Andalucía. 38

     Hecha la conquista, y dejando por gobernador en lo político a don Alfonso Téllez de Meneses y en lo militar a don Álvar Pérez de Castro, se volvió el rey a Toledo, donde le esperaba su madre doña Berenguela, que con solicitud no había cesado de proveer desde allí al ejército, enviando vituallas y animando a los vasallos de su hijo a que ayudasen por todos los medios en aquella gran empresa. La Iglesia participó del regocijo de los españoles, y Gregorio IX que a la sazón la gobernaba, expidió dos bulas, la una concediendo los honores de cruzada, y facultando a los obispos de España para que dispensasen a los que con sus personales o caudales concurrieran y cooperaban a sustentar la guerra, todas las indulgencias que el concilio general concedía a los que visitaban los santos lugares de Roma: la otra mandando contribuir al estado eclesiástico para los gastos de aquella con un subsidio de veinte mil doblas de oro en cada uno de los tres años siguientes, puesto que la Iglesia debía concurrir al gasto, ya que suyo era el ensalzamiento. El papa colmaba de elogios al rey de Castilla por haber rescatado del poder de los infieles la patria del grande Osio y del confesor Eulogio, la católica Córdoba.

     Doña Berenguela, por cuyos consejos seguía gobernándose el monarca, le pareció que no estaba bien viudo, le proporcionó un segundo enlace con una noble dama francesa llamada Juana, hija de Simón conde de Ponthieu, y biznieta del rey de Francia Luis VII cuyas prendas elogia mucho el arzobispo don Rodrigo, y de la cual dice el rey Sabio que era “grande de cuerpo, et fermosa además, et guisaba en todas buenas costumbres.” Se celebraron las bodas en Burgos con gran pompa en 1237, y la acataron como reina todos los prelados, grandes, nobles y pueblos de León y Castilla. 39

     A consecuencia de la muerte de Abén-Hud se formaron varios pequeños Estados en Andalucía. Mientras el país de Niebla y los Algarbes se gobernaban por jefes indígenas y en Sevilla se formaba una especie de gobierno republicano, en Murcia se elegía emir a Mohammed ben Aly Abén-Hud, y en Arjona se proclamaba a Mohammed Alhamar, que se tituló primero rey de Arjona, por ser natural de esta illa, pero que fue después reconocido en Guadix, en Huéscar, en Málaga, en Jaén y en Granada, viniendo así a coincidir la conquista de Córdoba con la fundación del reino de Granada.

     La aglomeración de moradores que de todas partes acudieron a repoblar el país conquistado, la destrucción consiguiente a la guerra y a las continúas cabalgadas y el abandono y falta de cultivo en que habían quedado los campos, produjo a pesar de la natural fecundidad, tal escasez de mantenimientos, que llegó a faltar el necesario sustento y a sentirse el hambre, en Córdoba muy especialmente. Se vio obligado Álvar Pérez a ir en persona a exponer al rey la angustiosa situación de los cristianos. Acudió Fernando al remedio de la necesidad con dinero de su tesoro y con granos y otras provisiones y los envió para que fueran distribuidas. Más como al poco volvió otra vez Alvar Pérez a Castilla a dar cuenta de su administración y gobierno, dejó a la condesa su esposa en el castillo de Martos con sólo cuarenta caballeros capitaneados por don Tello su sobrino. Éste como joven que era y amante de gloria, salió con sus cuarenta caballos a hacer una cabalgada por tierra de moros dejando desamparado el castillo. Lo supo Alhamar el rey de Arjona, y sin perder un instante se puso sobre la Peña de Martos, que era como la llave de toda aquella tierra de Andalucía.

     No desmayó la condesa por hallarse sola con sus doncellas en el castillo; uniendo a la astucia y al ingenio una resolución varonil, hizo que todas sus damas trocasen las tocas por yelmos y empuñando las armas se dejasen ver en las almenas, para que creyese Alhamar que aún había hombres que defendían el castillo, mientras que por medio de un criado avisó secretamente a don Tello. Este ardid, empleado ya en otro tiempo por Teodomiro para con el árabe Abdelaziz en los muros de Orihuela, no fue ahora infructuoso contra el moro Alhamar en la peña de Martos, puesto que los ataques fueron menos vivos y el proceder más lento. Acudieron, pues don Tello y sus caballeros, más al ver la numerosa morisma que cercaba la peña creyeron imposible penetrar  través de sus filas, pero los alentó el valeroso don Diego Pérez de Vargas, el nombrado ya Diego Machuca, que entre otras razones les dijo: “Ea, caballeros, si queréis, hagámonos un tropel y metámonos por medio de estos moros y probemos si podemos pasar por ellos, que algunos de nosotros logrará pasar de la otra parte, y los que murieren salvarán sus ánimas y harán lo que todo buen caballero debe hacer…Yo de mi parte antes querría morir hoy a manos de estos moros haciendo mi posibilidad, que no que se pierda mi señora la condesa y la peña, y nunca yo pareceré yo con esta vergüenza ante el rey y ante don Álvar Pérez mi señor. E yo determino de meterme entre estos moros y hacer lo que bastasen mis fuerzas hasta que allí muera, y pues todos sois caballeros hijosdalgo, haced lo que debéis, que no tenéis de vivir en este mundo para siempre, que de morir tenemos…” Se alentaron todos con estas palabras, y haciendo un grupo se adentraron por entre las filas, yendo delante de todos y abriendo camino el animoso Diego Pérez de Vargas, y aunque algunos fueron acuchillados, pasaron los demás y llegaron a la peña con gozo de la condesa y de sus dueñas, que de esta manera fueron ellas y la fortaleza libertadas en 1238, puesto que el rey moro desistió. 40

     La alegría que el rey tuvo al saber la heroica defensa de la peña de Martos, se turbó al saber de la muerte del ilustre caudillo Álvar Pérez, acaecida en Orgaz de resultas de una aguda dolencia que allí le acometió cuando regresaba a Andalucía con dinero y bastimentos para Córdoba y toda la frontera en 1239. Aumentó el hondo pesar del monarca el fallecimiento casi al mismo tiempo de Pedro López de Haro, otro de los más nobles caballeros. No era fácil hallar quien los reemplazara, por lo que determinó, pues, el rey pasar él mismo a Córdoba para que con la falta de Alvar Pérez no se entibiase el ardor de sus soldados. Premió entonces con largueza a loa que habían tenido más parte en la conquista; hizo algunas cabalgadas con éxito feliz, y se le rindieron varias villas y lugares, unas dándosele ellas mismas a partido, otra por fuerza de armas, contándose entre ellas Moratilla, Zafra, Montoro, Osuna, Marchena, Aguilar, Porcuna, Corte y Morón. Después de lo cual regresó a Castilla, donde tuvo que atender una discordia que con carácter de rebelión le movió don Diego López de Vizcaya, que al fin vino a ponerse a merced del infante don Alfonso, a quien su padre había dejado en Vitoria con el mando o adelantamiento de la frontera.

     No descuidaba Fernando las cosas de gobierno por atender a la guerra y a las campañas; y entre otras notables providencias que en este tiempo dictó, fue la traslación de la universidad de Palencia, o sea su incorporación a la escuela de Salamanca en 1240, cuya medida nos merecerá después particular consideración. Su actividad y energía se vieron por algún tiempo embarazadas por una enfermedad que le acometió en Burgos. Y como en aquel estado no pudiese volver a Andalucía, le dio a su hijo el infante don Alfonso el cargo de defender aquella frontera. Partió, pues, el príncipe heredero, más al llegar a Toledo se encontró con mensajeros del rey moro de Murcia, que venía a ofrecer su reino al monarca cristiano de Castilla, trayendo ya ordenadas las condiciones con que reconocía su señorío. Inspiró esta resolución a los musulmanes murcianos la situación comprometida y desesperada en que se veían. Conquistada Valencia por don Jaime de Aragón, dueños ya de Játiva los aragoneses, amenazada y hostigada por otra parte Murcia por Alhamar el de Arjona, su enemigo, que dominaba ya en Jaén y Granada, y era el más poderoso de todos los reyes mahometanos, fatigados ya de los bandos y discordias de sus propios alcaides, antes de someterse a Alhamar el moro, prefirieron hacerse vasallos de Fernando el cristiano. Aceptó el infante su demanda a nombre de su padre y se firmó las capitulaciones en Alcaraz por el rey de Murcia Mohammed ben Aly Abén-Hud (el que los nuestros nombran Hudiel), juntamente con los alcaides de Alicante, Elche, Orihuela, Alhama, Aledo, Cieza y Chinchilla: pero no vinieron en este concierto ni el walí de Lorca ni los alcaides de Cartagena y Mula. En su virtud, y con acuerdo d su padre, pasó el príncipe Alfonso a Murcia acompañado de varios de sus caballeros y del maestro de la orden de Santiago en Uclés don Pelayo Correa, que llevó a sus gentes, y “le ayudó mucho, en estas pleitesías.” El día que entró Alfonso en Murcia fue un día de gran fiesta: se posesionó pacíficamente del alcázar en 1241, le trataban todos como a su señor, y el requirió y visitó la tierra como suya sin dejar de ver a los moradores.

     Mientras el rey don Fernando, restablecido de su enfermedad, asistía a la profesión religiosa de su hija doña Berenguela en las Huelgas de Burgos; mientras como monarca piadoso daba un ejemplo sublime de humildad y caridad sirviendo a la mesa a doce pobres;41 mientras como solícito príncipe cuidaba de abastecer de mantenimientos las nuevas provincias de Córdoba y Murcia, y como legislador creaba un Consejo de doce sabios que le acompañasen y guiasen con sus luces para el acierto en la administración de justicia,42 el nuevo rey moro de Granada, el vigoroso y enérgico Alhamar había estado dando que hacer en Andalucía a los caballeros de Calatrava, que al mando de su maestre Gómez Manrique había conquistado Alaudete; había derrotado en un encuentro a don Rodrigo Alfonso, hijo bastardo de Alfonso IX de León y hermano del rey, y acuchillando a las tropas cristianas que huían, habían perecido en aquel combate el comendador de Martos don Isidro Martín Ruiz de Argote, y varios otros freires y caballeros.

     Estimuló el santo rey marchar otra vez a Andalucía para abatir la soberbia del envalentonado Alhamar. Esta vez llevó en su compañía a la reina doña Juana, a quien dejó en Andújar, prosiguiendo a los campos de Arjona y de Jaén, que taló y devastó. En esta expedición cercó y rindió a Arjona, tomo los castillos de Pegalajar, Bejíjar y Carchena, y envió a su hermano don Alfonso con los pendones de Úbeda, Quesada y Baeza, para que destruyese la vega de Granada. Allá fue él a incorporárseles en cuanto trasladó a la reina de Andújar a Córdoba, y llegó a tiempo de escarmentar a 500 jinetes de Alhamar que con una impetuosa salida habían puesto en desorden a los cristianos en 1244. Don Fernando incendió aldeas, redujo a pavesas las mieses y derribó los árboles de la vega; no dejó, dice la crónica, “cosa enhiesta de las puertas afuera, así huertas como torres.” Una hueste de moros gazules, raza valerosa de África, que tenía en gran aprieto a la guarnición de Martos, fue aventada por el príncipe don Alfonso a los freires de Calatrava, y el rey don Fernando se retiró a Córdoba a reposar algún tiempo de tantas fatigas.

     Le llegó allí la nueva de los triunfos que su hijo Alfonso alcanzaba en el reino de Murcia, sobre los walíes de las ciudades que habían resistido someterse a su señorío, Cartagena y Lorca. Gran placer recibía el monarca con las prosperidades de su primogénito y se gozaba como recogía ya las glorias el que había de sucederle en el trono. Por otra parte, la reina doña Berenguela le anunció su deseo, y aun su resolución, de pasar a visitarle, y don Fernando, viendo a su madre tan determinada a hacer el viaje a pesar de su avanzada edad no podía dejar de serle molesto, quiso corresponder a su cariño saliendo a encontrarla. Partió, pues, don Fernando de Córdoba y halló a su venerable madre en un pueblo nombrado entonces el Pozuelo, que después se llamó Villa-Real y hoy es Ciudad Real. Le pidió a su hijo pudiera retirarse a un claustro, porque para ella ya era muy pesada la carga del gobierno del reino, para poder prepararse a una muerte quieta y sosegada. Se resignó a hacer el último sacrificio de su vida en aras del bien público, y ofreció consagrar el resto de sus días a aliviar a su hijo en la dirección de los negocios de Estado. Así concluyó aquella tierna entrevista, se despidieron madre e hijo, ella regresó a Toledo, y él a Córdoba, para no volver a ver jamás a su madre ni a Castilla.

     Poco descanso se dio el rey en Córdoba. Junto sus fronteros y continuando el plan de privar de recursos a los enemigos, taló los campos de Alcalá la Real; después incendió el arrabal de Íllora, rica villa de donde recogió buena presa de joyas, preciosas telas, ganados y cautivos; avanzó hasta Iznalloz, arrasó con su hueste cuantos frutos encontró en la vega de Granada, y se volvió a Martos, donde recibió buenas noticias de las prosperidades de su hijo Alfonso en Murcia, el maestre de Santiago don Pelayo Correa; se había apoderado de la importante plaza de Mula, y devastaba los términos de Cartagena y Lorca. Le pidió también parecer don Fernando, en materias de guerras sobre el proyecto que tenía de cercar a Jaén, cuya conquista anhelaba. Aprobó el de Uclés en pensamiento del monarca, y en su virtud convocados todos los ricos hombres y todos los concejos, y haciendo dos huestes para que alternasen en las fatigas del cerco, que no fueron pocas en la estación más rigurosa de lluvias, se ejecutó todo tal como lo tenía pensado en monarca en 1245. Defendía la ciudad el bravo walí Omar Abén Muza. El cerco se prolongaba, y los cristianos sufrían mil penalidades por efecto de la inclemencia de la estación. Un suceso inesperado vino a indemnizarles de sus padecimientos.

     Se vio el rey de Granada hostigado y amenazado dentro de su misma ciudad por una facción enemiga, llamada el bando de los Oximeles, tanto que se creyó en peligro hasta de perder el trono. En tal conflicto tomó la resolución extrema de ampararse con el rey de Castilla y reconocerse su vasallo. Una mañana se presentó el granadino armado de punta en blanco en los reales de Fernando, pidió ser admitido a su presencia, le besó la mano y le manifestó el objeto a que iba. Le recibió Fernando con no menos cortesía, y se concertó entre los dos el pacto siguiente: que Alhamar entregaría al castellano la ciudad de Jaén, con más de las rentas de sus dominios, que eran de más de 300,000 maravedís de oro anuales; que quedaría obligado a asistir al de Castilla con cierto número de caballeros cuando le llamase para alguna empresa, y a concurrir a las cortes como uno de sus grandes o ricos hombres, y que Fernando le reconocería en lo demás sus posesiones y dominios. Pactadas estas condiciones, se despidieron amigablemente los dos reyes, y llevándose consigo el de Granada al valeroso walí de Jaén, hicieron los cristianos su entrada en la ciudad, donde reinaba por parte de los moros un silencio que contrastaba con el canto de los sacerdotes que en procesión se dirigían a la mezquita mayor para consagrarla y celebrar en ella misa solemne de acción de gracias en abril de 1246. Se erigió silla episcopal en Jaén, que dotó el rey espléndidamente, otorgó libertades, privilegios y heredamientos a los cristianos que fuesen a repoblar, reedificó sus muros y los fortaleció con nuevas torres y adarves, y permaneció en ella ocho meses dando providencias y dictando medidas de gobierno. 43

     Le pareció, no obstante, a don Fernando que había ya dado demasiado descanso a las armas, y resuelto a proseguir con actividad la obra de la reconquista, tomó consejo de los ricos-hombres, caballeros y maestres de las órdenes sobre lo que debería hacerse: le daba cada cual su dictamen, pero prevaleció el de don Pelayo Correa, que opinó porque se acometiera la empresa de conquistar Sevilla.

     Pero convenía mucho arreglar antes las diferencias que pudieran suscitarse entre Aragón y Castilla, respecto a los antiguos reinos musulmanes de Valencia y Murcia, en que se tocaba y confundía lo conquistado por las huestes aragonesas conducidas por el rey don Jaime y lo ganado por las tropas castellanas mandadas por el infante don Alfonso. Se remedió todo por el consejo de los nobles y prelados con un pacto de alianza en que ambos soberanos convinieron en ayudarse mutuamente en vez de perjudicarse; y para asegurar y consolidar este pacto se concertó el matrimonio del primogénito de Castilla con la infanta doña Violante, hija del rey de Aragón, cuyos esponsales se celebraron en Valladolid, en los primeros días del año de 1246, señalándose como dote a la princesa las ciudades y villas de Valladolid, Palencia, San Esteban de Gormaz, Astudillo, Ayllón, Curiel, Béjar y algunos otros lugares. Más la satisfacción de aquel pacto y la alegría de esta boda fueron para el rey engañoso preludio de un amargo pesar que recibió cuando comenzaba a recoger en Andalucía los primeros triunfos.

     Tal fue la muerte de su virtuosa y querida madre, la magnánima doña Berenguela, gloria y honor de Castilla y modelo de prudentes y discretas princesas. 44E non era muy maravilla (dice el rey Sabio hablando del dolor de su padre) de haber gran pesar: ca nunca rey en su tiempo otra tal perdió de cuantas ayamos sabido, ni tan comprida en todos sus fechos. Espejo era cierto de Castiella et de León, et de toda España: et fue muy llorada de todos los concejos et de todas las gentes de todas las leyes, et de los fidalgos pobres, a quien ella mucho bien facie.” Aún es el caso más cumplido el elogio que el arzobispo Jiménez de Toledo hace de esta gran matrona castellana que por tantos años y con tanto acierto gobernó los dos reinos de León y Castilla. Y para acabar de afligir el corazón del monarca, terminó su vida también el gran prelado don Rodrigo de Toledo, ilustre de la Iglesia, de las letras y de las armas españolas. 45 El santo rey comenzó la conquista de Sevilla. 46

     Reclamó el auxilio del rey moro de Granada Alhamar con arreglo a la capitulación de Jaén. Necesario es decir quién era y lo que había sido este rey, y cómo se hizo el fundador del reino granadino. El verdadero nombre de Alhamar era Mohammed Abu Abdallah ben Yussuf al Ansary. Le llamamos después Alhamar el Bermejo o el rojo por el color de su barba. Era hijo de unos labradores o carreteros de Arjona. Pero habiendo recibido una educación superior a su fortuna y se distinguió desde su juventud por su amor a las grandes empresas, llegó por su valor a inspirar temor y respeto, por su prudencia, su frugalidad, su dulzura y su austeridad de costumbres a captarse la estimación general. Sirvió bajo los emires descendientes de Abdelmumén, y se señaló por su rectitud en los empleos administrativos, por su denuedo en las expediciones militares. Enemigo de los Almohades, en la decadencia del imperio de aquellos africanos en España, trabajo por aniquilar su poder. Se rebeló contra el mismo Abén-Hud y fue uno de sus más terribles rivales. Llegó a tomar por asalto a Jaén en 1232, y se apoderó sucesivamente de Guadix, Baeza y de otras poblaciones, donde se hizo proclamar Emir Almumenín. Cuando Abén-HUd murió ahogado a traición por el alcaide de Almería, creció mucho el partido de Alhamar, y con ayuda de su walí de Jaén ganó a los habitantes de Granada, que le proclamaron y recibieron como rey en 1238, y a la cual hizo asiento de su reino. Fue el que puso al rey de Murcia, el hijo de Abén-Hud, en el caso desesperado de ampararse del rey de Castilla y entregarle sus dominios, porque entraba en los planes de Alhamar promover la rebelión de sus súbditos. Para la defensa de sus fronteras destinaba caballeros, a quienes por su empleo nombraba Seghrys, de que tal vez tuvieron origen los Zegríes. De vuelta de una de sus algaradas contra los cristianos, le saludaron en Granada con el título de Ghaleb (el vencedor), a lo cual él respondió: Wé le ghaleb i lé Allah (no hay otro vencedor más que Dios), desde entonces estas palabras fueron la divisa de los reyes de Granada, y se estamparon en todos los lienzos del palacio de la Alhambra, fundado por él. Crea la dinastía nazarí y reorganiza la taifa. 47 Cuando regresó de hacer la capitulación de Jaén con el rey de Castilla, dedicó su preferente cuidado a levantar la Alhambra. Bajo su dirección se fabricaron la torre de la Vela, la fortaleza de la Alcazaba que amplió hasta la torre de Comares, y él dirigió las cifras e inscripciones, e incluso se mezcló con albañiles y alarifes. 48

     Hermoseando estaba Alhamar a Granada, y embelleciéndola con hospitales, colegios, baños y otros útiles establecimientos, y fomentando la instrucción, la industria y las artes, cuando Fernando III reclamó su auxilio para guerrear contra los moros de Sevilla. Dominaba en esta ciudad los Almohades al mando de Cid Abu Abdallah, y no le pesaba a Alhamar, como andaluz que era, contribuir a la destrucción de aquellos africanos. Se fue, pues, al campo cristiano con quinientos jinetes escogidos. Las primeras poblaciones muslímicas que sufrieron los estragos de las huestes castellanas fueron, Carmona, que se dio a concierto con tregua que pidió seis meses, Constantina, Reina, Lora, Alcolea, que fue entregando el rey a los caballeros de San Juan y Santiago. Pasaron las tropas el Guadalquivir con no poco riesgo y graves dificultades, por haberse engañado en cuanto a la profundidad del río por aquella parte, teniendo que suplir la falta de consistencia del fangoso terreno de su álveo con mucho ramaje que sobre él hacinaron. Pasaron el río, cayeron sucesivamente en poder de los cristianos Cantillana, Gexena, Guillena y Alcalá del Río hasta que algo restablecido el rey y mandando quemar la campiña intimidó al alcaide con su presencia y su energía.

     Desde que concibió Fernando el pensamiento de la conquista de Sevilla había llamado a su corte a Ramón Bonifaz, noble ciudadano burgalés, que gozaba fama de hábil y entendido marino, y le encargó que construyese y habilitase naves con que poder combatir a la ciudad por el lado del Guadalquivir; que en verdad fuera inútil sitiarla por tierra si se dejaba libre el río a los cercados o para huir o para recibir socorros. Le dio, pues, el cargo y título de primer Almirante o jefe de las fuerzas del mar principio y creación de la dignidad de almirante, que tan importante se hizo después en Castilla. 49 Cumplió Ramón Bonifaz el mandado del rey con actividad prodigiosa, se dedicó a la construcción de naves en las marinas de Vizcaya y Guipúzcoa, cuyos habitantes se han distinguido siempre como intrépidos y diestros marinos. Fortificaba el rey a Alcalá del Río que acababa de conquistar, cuando le llevo un mensajero la buena nueva de que Ramón Bonifaz había arribado felizmente a la embocadura del Guadalquivir con una flota de trece naves y algunas galeras, bien tripuladas y abastecidas.  Gran contento recibió de esto el monarca y lo tuvo mucho mayor cuando supo con poco intervalo, que su almirante había dado ya una brillante muestra de su inteligencia y arrojo, venciendo con sus valerosos vizcaínos una armada de más de treinta embarcaciones moriscas que de Ceuta y Tánger venía en socorro de los sevillanos, les apresó tres naves, echando a pique otras tres, les quemó una e hizo huir a las demás. Con esto el rey que había levantado ya sus reales de Alcalá para ir en auxilio de la armada, mandó avanzar a su gente, y el 20 de agosto de 1247 puso al ejército cristiano sobre Sevilla.

     Se vio, pues, la insigne ciudad del Guadalquivir bloqueada de uno y otro lado del río. Con gran trabajo y peligro pasaron por debajo de Aznalfarache el valeroso maestre de Santiago don Pelayo Correa con sus freires, y el rey moro de Granada Alhamar con sus caballeros, para atender al gran barrio de Triana (el Atrayana de los moros), que separado de la ciudad por el Guadalquivir, se comunicaba con ella por medio de un puente de barcas amarradas con gruesas cadenas de hierro. Las salidas, los rebatos, las cabalgadas, escaramuzas y peleas que cada día ocurrían de uno u otro lado del río, eran tantas y frecuentes. En grandes aprietos y apurados lances se vio el insigne prior de Uclés don Pelayo Correa, teniendo que atender a los moros de Aznalfarache y de Triana, y el rey o señor de Niebla, que con la caballería del Algarbe vino en socorro de los sevillanos, y tuvo Fernando que darle ayuda, enviándole trescientos hombres, con los capitanes Rodrigo Flores, Fernando Yáñez y Alfonso Téllez. En el campo del rey, establecido en Tablada, y para seguridad hubo que hacer una cava o trinchera, se distinguía por su valor y arrojo Gómez Ruiz de Manzanedo, que gobernaba la gente del concejo de Madrid, y el intrépido Garci-Pérez de Vargas, que por dos veces se burló el sólo de siete moros que en una de sus atrevidas excursiones le salieron un día al encuentro. 50

     Otro día salieron los sevillanos con intento de quemar las naves de Ramón Bonifaz, que les impedían recibir socorro ni de gente ni de bastimentos. Al efecto hicieron una gran balsa que atravesaba el río, y en ellas pusieron tinajas llenas de alquitrán y de resina, , y acercando la balsa a las embarcaciones cristianas trataron de arrojar sobre ellas el alquitrán, lanzando al propio tiempo mechas encendidas. Les salió mal este ardid, porque apercibido el almirante cristiano cargó tan reciamente con sus naves contra los moros de la balsa y contra las pequeñas galeras sevillanas, que se regresaron bien escarmentados, así los del río como los que protegían su operación por tierra, principalmente desde la Torre del Oro, o como dice la crónica, “hicieron a los moros ser arrepisos de su acometimiento.” 51

     Coincidió este triunfo con la noticia de la rendición de Carmona, que, trascurridos los seis meses de la tregua, y no viendo esperanza de ser socorrida, se dio en señorío al rey Fernando, sin otra condición que la de salvar a los moros sus vidas y haciendas. Don Rodrigo Gonzalo Girón tomó posesión de Carmona en nombre del rey, y quedaron por aquella parte los cristianos sin enemigos a la espalda, y tranquilos para atender mejor al cerco de Sevilla. Continuaban en éste los encuentros diarios entre sitiados y sitiadores por agua y por tierra, casi sin descanso, dando lugar a multitud de hazañas, en las que se distinguieron principalmente el almirante Ramón Bonifaz, el maestre de Santiago don Pelayo Correa, los de San Juan, Calatrava y Alcántara, el infante don Enrique, los caballeros Garci-Pérez de Vargas, Rodrigo González Girón, Alfonso Téllez, Arias González y otros no menos ilustres adalides. Se iban agregando al ejército sitiador nuevos pendones y concejos de León y de Castilla, y hasta el arzobispo de Santiago acudió con hueste de gallegos, y no fueron pocos los prelados y clérigos que de todas partes iban a incorporarse al ejército cristiano. Lo que dio más animación y lustre al campamento fue la llegada del príncipe heredero don Alfonso, que ordenadas las cosas de Murcia y arreglada la contienda que traía con su suegro don Jaime de Aragón sobre límites de los dos reinos, dejó aquello obedeciendo al mandato de su padre, y se presentó en los reales acompañado de don Diego López de Haro, y con refuerzo de castellanos.

     La larga duración del sitio, que contaba ya cerca de un año, permitía espacio y suministraba ocasiones para todo género de lances, de vicisitudes y alternativas, de situaciones dramáticas, de aventuras caballerescas, y de episodios heroicos. Entre las industrias empleadas para cortar la comunicación de los moros de Sevilla con los de Triana por el puente de barcas del Guadalquivir, se escogió a las dos más grandes naves de carga de la flota, y aparejándolas de todo lo necesario para el caso y montando en una de ellas el mismo Ramón Bonifaz, hacerlas navegar a toda vela, y cuando soplaba más recio el viento un buen trecho del río hasta chocar con ímpetu contra el puente de barcas. La primera no hizo sino quebrantarle, pero al rudo empuje de la segunda, en que iba el almirante, se rompieron las cadenas que ceñían las barcas. El puente quedó roto y deshecho con gran alegría de los cristianos y no menor pesadumbre de los moros, que se vieron privados del único conducto por donde podían recibir socorro y mantenimientos. Era el día de la Cruz de Mayo de 1248, y atento al día y al objeto de la empresa hizo el rey enarbolar estandartes con cruces en lo más alto de los mástiles de la nave victoriosa, y colocar al pie del palo mayor una bella imagen de María Santísima. Al día siguiente, sin perder momento, dispuso el rey, de acuerdo con Bonifaz, atacar a Triana por mar y por tierra. Pero los moros del castillo arrojaban sobre los cristianos tal cantidad de dardos emplumados y de piedras lanzadas con hondas, y era tal el daño y estrago que hacían 52que el rey hubo de mandar que se alejasen los suyos y encargó al infante don Alfonso que con sus hermanos don Fadrique y don Enrique, y el maestre de Uclés y demás caudillos, minasen el castillo, lo hicieron así, pero se tropezaron con la contramina que los moros hacían, hubieron de desistir y nada se adelantó entonces contra Triana.

     Por dos veces durante el sitio recurrieron los moros a la traición, ya que en buena ley veían no poder conjurar la catástrofe que los amenazaba, enviando al campamento cristiano quien con engaños y fingidas artes viera si podía libertar al islamismo del terrible y obstinado campeón de los cristianos. Uno de aquellos traidores fue enviado al rey don Fernando, otro a su hijo don Alfonso. En ambas ocasiones se hubieran visto en peligro las vidas del soberano y del príncipe, si la sagacidad y previsión no hubieran prevenido el engaño.

     Al fin después de quince meses de asedio, cansados y desesperanzados los moros, no provistos ya de vituallas, y sin fácil medio de introducirlas, determinaron darse a partido y propusieron al rey la entrega de la ciudad y del alcázar a condición de que quedasen los moros con sus haciendas, y que las rentas que percibía el emir se repartieran entre él y el monarca cristiano. A estas proposiciones, que se hicieron al rey por conducto de don Rodrigo Álvarez, ni siquiera se dignó contestar. En su virtud le ofreció otros partidos, llegando hasta proponerle la posesión de las dos terceras partes de la ciudad, obligándose ellos a levantar a su costa una muralla que dividiera los dos pueblos. Todo lo rechazó Fernando con entereza y con desdén, diciéndoles que no admitía más términos y condiciones que la de dejarle libre la ciudad. Al verle tan inexorable, se limitó ya a pedir que les permitiera al menos salir libres con sus mujeres y sus hijos y el caudal que consigo llevar pudiesen, a lo cual accedió ya el rey. Una cosa añadía, y era que les dejasen derribar la mezquita mayor, o por lo menos derruir la más alta torre, obligándose ellos a levantar otra no menos magnífica y costosa. Se remitió a esto el monarca a lo que determinase su hijo don Alfonso, el cual dio por respuesta que ni una sola teja faltaba de la mezquita haría rodar las cabezas de todos los moros, y por un solo ladrillo que se desmoronara no quedaría en Sevilla moro ni mora a vida. La necesidad los forzó a todo, y se avinieron a entregar la ciudad libre y llanamente. Se firmó esta gloriosa capitulación el 23 de noviembre de 1248, día de San Clemente.

     Aunque la ciudad pertenecía ya a los cristianos, todavía se demoró la entrada pública por un mes, plazo que generosamente otorgó el rey a los rendidos para que en este tiempo pudieran negociar sus haciendas y haberes y disponer y arreglar su partida. Ofreció además el monarca que tendría aparejados por su cuenta acémilas y barcos de trasporte para llevarlos por tierra o por mar a los puntos que eligiesen, y prometió al rey Axataf que dice nuestra crónica, o sea al walí Abul Hassán, que así nombran al defensor de Sevilla los árabes, dejarle vivir tranquilamente en Sevilla, o en cualquier otro punto de sus dominios, dándole rentas con que pudiese vivir decorosamente; pero el viejo walí, como buen musulmán, no quiso sino embarcarse para África en el momento de hacer entrega de la ciudad.

     Cumplido el plazo, se verificó la entrada triunfal del ejército cristiano en Sevilla. Se adelantó Abul Hassán a hacer formal entrega de las llaves de Sevilla al rey Fernando, y mientras el musulmán proseguía tristemente en busca de la nave que había de conducirle a llorar su desventura en África, mientras por otra puerta salían trescientos mil a buscar un asilo, o en las playas africanas, o en el Algarbe español, o en el recinto de Granada bajo la protección del generoso Alhamar, los cristianos entraban en procesión solemne en la ciudad de San Leandro y de San Isidoro, hacía más de 500 años ocupada por los hijos de Mahoma. Era el 22 de diciembre. Delante iban los caballeros de las órdenes militares con sus estandartes desplegados, presididos por sus grandes maestres don Pelayo Pérez Correa de Santiago, don Fernando Ordoñez de Calatrava, don Pedro Yáñez de Alcántara, don Fernando Ruiz de San Juan, y don Gómez Ramírez del Templo. A la cabeza de los seglares el clero presidido por los obispos de Jaén, de Córdoba, de Cuenca, de Segovia, de Ávila, de Astorga, de Cartagena, de Palencia y de Coria. Seguía un magnífico carro triunfal, en cuya parte superior se veía la imagen de Nuestra Señora,. A los lados del carro sagrado marchaban, el rey don Fernando llevando la espada desnuda; su esposa la reina doña Juana; los infantes don Alfonso, don Fadrique, don Enrique, don Sancho y don Manuel, hijos del rey; el príncipe don Alfonso de Molina su hermano; el infante don Pedro de Portugal; el hijo del rey don Jaime de Aragón y el del rey moro que fue de Baeza, y Uberto sobrino del pontífice Inocencio IV. Los seguían, don Diego López de Haro duodécimo señor de Vizcaya, y los ricos-hombres, caballeros y nobles de León y de Castilla, cerrando la marcha las victoriosas tropas y los soldados de los concejos con sus respectivas banderas y variados pendones.

     Purificada la mezquita mayor por el arzobispo electo de Toledo don Gutierre; celebrada por él la primera misa, pasó el rey a tomar posesión del alcázar y a proveer al gobierno de la ciudad y reino conquistado. Restableció la antigua iglesia metropolitana nombrando por primer arzobispo al prelado de Segovia don Ramón de Lozana, si bien haciendo procurador de la metrópoli a su hijo l infante don Felipe; estableció un cabildo eclesiástico y dotó a la Iglesia con ricos heredamientos. 53 Repartió las tierras y casas de los musulmanes entre los que más habían ayudado a la conquista: llamó pobladores, que de todas partes acudieron a la fama de la grandeza de la ciudad, y d la fertilidad y abundancia de su suelo; les dio franquicias y libertades, otorgándoles el fuero de Toledo; y creó para el gobierno de la ciudad un cuerpo decurial para sentenciar los juicios.

     Así acabó el imperio de los Almohades en Andalucía. “Despidióse Ben Alhamar de Granada, dice su crónica, del rey Ferdeland, y tornóse más triste que satisfecho de los triunfos de los cristianos, que bien conocía que su engrandecimiento u prosperidades producirían al fin la ruina de los muslimes, y sólo se consolaba con esperanzas que su imaginación le ofrecía, de que tal vez tanto poder y grandeza mudando de señor se arruinaría y caería de su propio peso, confiando en que Dios no desampara a los suyos.” “De cuantos musulmanes, dice Al-Makari, deploraron los desastres de su patria, nadie prorrumpió en acentos más nobles y tiernos que Abul Béka Selah el de Ronda.” Es un poema elegíaco que dedicó a la pérdida de Sevilla se leían estos patéticos y filosóficos pensamientos:

Todo lo que se eleva a su mayor altura comienza a declinar. ¡Oh hombre, no te dejes seducir por los encantos de la vida!...

“Las cosas humanas sufren continuas revoluciones y trastornos. Si la fortuna te sonríe en un tiempo, en otro te afligirá…,-¿Dónde están los monarcas poderosos del Yemen?¿Dónde sus coronas y diademas?...-Reyes y reinos han sido como vanas sombras que soñando ve el hombre…

o   La fortuna se volvió contra Darío, y Darío cayó: se dirigió hacia Cosroes y su palacio le negó un asilo.-¿Hay obstáculo para la fortuna?¿No pasó el reino de Salomón?...

o   No hay consuelo para la desgracia que acaba de sufrir el islamismo.

o   Un golpe horrible, irremediable, ha herido de muerte la España: ha resonado hasta en la Arabia, y el monte Ohod y el monte Thalan se han conmovido.-España ha sido herida en el islamismo, y tanta ha sido su pesadumbre que sus provincias y sus ciudades han quedado desiertas.-Preguntad ahora por Valencia: ¿qué ha sido de Murcia?¿Qué se ha hecho de Játiva?¿Dónde hallaremos a Jaén?-¿Dónde está Córdoba, la mansión de los talentos?¿Qué ha sido de tantos sabios que brillaron en ella?-¿Dónde está Sevilla con sus delicias?¿dónde su río de puras, abundantes y deleitosas aguas?-¡Ciudades soberbias!...¿Cómo se sostendrán las provincias si vosotras, que erais su fundamento, habéis caído?-Al modo que un amante llora la ausencia d su amada, así llora el islamismo desconsolado…-Nuestras mezquitas se han transformado en iglesias, y solo se ven en ellas cruces y campanas.-Nuestros almimbares y santuarios, aunque de duro e insensible leño, se cubren de lágrimas, y lamentan nuestro infortunio-Tú que vives en la indolencia…tú te paseas satisfecho y sin cuidados: tu patria te ofrece encanto:¿pero puede haber patria para el hombre después de haber perdido Sevilla?-Esta postrera calamidad hace olvidar todas las otras, y el tiempo no bastará a borrar su memoria.-¡Oh vosotros, los que montáis ligeros y ardientes corceles, que vuelan como águilas en los campos en que el acero ejerce sus furores:-Vosotros, los que empuñáis las espadas de la India, brillantes como el fuego en medio de los negros torbellinos de polvo: Vosotros que del otro lado del mar veis correr vuestros días tranquilos y serenos, y gozáis en vuestras moradas de gloria y de poder:¿no han llegado a vosotros nuevas de los habitantes de España? Pues mensajeros os han sido enviados para informaros de sus padecimientos. - Ellos imploran incesantemente vuestro socorro, y sin embargo se los mata y se los cautiva. ¿Qué? ¿No hay un solo hombre que se levante a defenderlos? ¿No se alzarán en medio de vosotros algunas almas fuertes, generosas e intrépidas? ¿NO vendrán guerreros a socorrer y vengar la religión? - Cubiertos de ignominia han quedado los habitantes de España: de España, que era poco há un estado floreciente y glorioso. - Ayer eran reyes en sus viviendas, y hoy son esclavos en el país de la incredulidad. - ¡Ah! Si tu hubieras visto correr sus lágrimas en el momento en que han sido vencidos, el espectáculo te hubiera penetrado de dolor, y hubieras perdido el juicio…-Y estas hermosas jóvenes tan bellas como el sol cuando nace vertiendo corales y rubíes: ¡Oh dolor! El bárbaro las arrastra para condenarlas a humillantes oficios; bañados están de llanto sus ojos y turbados sus sentidos. - ¡Ah! Que este horrible cuadro desgarre de dolor nuestros corazones, si todavía hay en ellos un resto de islamismo y de fe…..!!

          Conquistada Sevilla, ganada la reina del Guadalquivir, fácil era prever que en poco tiempo sería sometida toda Andalucía. Ni el genio activo de Fernando le permitía darse más reposo que el necesario para dotar del competente gobierno a los nuevos pobladores de la ciudad conquistada. Así, emprendiendo de nuevo la campaña, en poco tiempo se rindieron a las armas del monarca Sanlúcar, Rota, Jerez, Cádiz, Medina, Arcos, Lebrija, el Puerto de Santa maría, y en general “todo lo que es faz de la mar acá de aquella comarca.” Ya el almirante don Ramón Bonifaz tenía de orden del rey aparejada su flota, ya el ejército se disponía a ganar nuevos triunfos del otro lado del mar, ya en África se había difundido la voz de que el poderoso Fernando d Castilla iba a pasar las aguas que dividen los dos continentes, ya sentían pavor los moros, y el rey de Fez combatido por los Beni-Merines había entablado negociaciones de amistad con el monarca castellano, cuando vino a frustrar todos los proyectos y a desvanecer todas las esperanzas el más triste acontecimiento que se pudiera pensar, la muerte del soberano. 54

     Si gloriosa había sido la vida del hijo ilustre de doña Berenguela, no fue ni menos gloriosa ni menos admirable su muerte.

     Atacado de penosa enfermedad en Sevilla, cesó el guerrero, el triunfador, el conquistador, y comenzó el hombre devoto, el piadoso monarca. Cuando vio al Obispo de Segovia acercarse a su alcoba llevando en sus manos la hostia sagrada, se arrojó el rey del lecho, se postró en el suelo y con una humilde soga al cuello tomando con sus manos el signo de nuestra redención recibió el santo viático: después de lo cual, mandando que apartasen de su cuerpo y de su vista todo signo de majestad y ostentación, pronunció aquellas edificantes palabras: “Desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo he de volver al seno de la tierra.

     Le rodearon en el lecho sus hijos don Alfonso, don Fadrique, don Enrique, don Felipe y don Manuel, habidos d su primera esposa doña Beatriz55; don Fernando, doña Leonor y don Luis, hijos de doña Juana. Se hallaba también esta señora a la cabeza del lecho. A todos les dio el rey su bendición; y después de dirigir a su primogénito y sucesor don Alfonso un tierno razonamiento para el gobierno del reino que iba a regir, despidió a toda su familia, y quedando solo con el arzobispo y el clero pidió una candela, la tomó en su mano, ordenó que entonasen él Te Deum Laudamus, y entre los cantos sagrados de los sacerdotes entregó su alma al Redentor el mayor monarca que entonces había tenido Castilla, el jueves 30 de mayo de 1252, a los 54 años no cumplidos de edad, a los 35 y 11 meses de su reinado en Castilla, y a los 22 de haber ceñido la corona de León.

     Tal fue el glorioso tránsito del tercer Fernando de Castilla, a quien la Iglesia, en razón de sus excelsas virtudes, colocó después en el catálogo de los más ilustres santos españoles. 56

     Al día siguiente fue aclamado y reconocido su hijo don Alfonso rey de Castilla y de León, bajo el nombre de Alfonso X. 57



III. Alfonso X El Sabio, en Castilla. De 1252 a 1276.

Estatua de Alfonso X en la Biblioteca Nacional de Madrid.

Fuente: http://spainillustrated.blogspot.mx/2012/07/alfonso-x-el-sabio.html

Ningún príncipe español desde el octavo hasta el décimotercio siglo había recogido tan rica herencia como la que legó a su muerte San Fernando a su hijo primogénito Alfonso, que, al día siguiente del fallecimiento de su ilustre padre, y a la edad ya madura de 31 años (1° de junio de 1252), ciñó una corona y empuñó un cetro a que estaban sometidos los dilatados territorios de Asturias, Galicia, León, Castilla Murcia y la mayor parte de Andalucía. Veremos si el reinado de Alfonso X correspondió a las esperanzas que hacía concebir la grandeza de los Estados que heredaba, la educación que había recibido, el ejemplo que había tenido a la vista, el papel importante que ya como príncipe había desempeñado, y el talento y la ilustración que le valieron el sobrenombre de Sabio con que el mundo y la historia le conocen.

     Tan luego como Ben Alhamar de Granada supo la muerte de su aliado y amigo Fernando de Castilla, envió a su hijo Alfonso cien principales moros vestidos de luto para que asistiesen a los funerales del difunto monarca, como lo verificaron, llevando en sus manos antorchas o cirios encendidos. Le daba en esto una prueba de su disposición a mantener con él las mismas relaciones de amistad que con su padre, y a reconocérsele su vasallo. Alfonso por su parte tampoco tuvo reparo en reconocer la alianza y los pactos que con el rey de Granada había su padre establecido: en lo cual de cierto obraba con más sinceridad el cristiano que el moro, toda vez que éste, como no tardaremos en ver, sólo aguardaba oportuna sazón y momento para sacudir el yugo y libertarse del vasallaje al cristiano.

     Tenía Ben Alhamar eminentes dotes de príncipe, y sabía regir con tino y prudencia un reino. En los años que disfrutó de paz, antes y después de la muerte de San Fernando, hizo florecer las artes, el comercio y la industria en sus dominios; merced a su protección tomó fomento de la agricultura, se multiplicaron los productos de la tierra, y se perfeccionaron las manufacturas, se cultivó con provecho la minería y recibieron considerable aumento las rentas del Estado; con sabias leyes y con premios y exenciones concedidas al mérito y a la laboriosidad se estimulaba a sus vasallos, las letras tenían en él a un protector generoso, se erigían escuelas, se fundaban colegios, y los maestros y profesores eran muy bien remunerados; el desarrollo intelectual marchaba al nivel de la prosperidad material; él mismo visitaba los talleres, inspeccionaba las escuelas y colegios, examinaba el estado de los baños públicos, entraba en los hospitales y se informaba personalmente sobre el esmero o el descuido con que se asistía a los enfermos: y él mismo que como soberano daba audiencia dos días a la semana indistintamente a ricos y pobres oyendo las quejas y reclamaciones de todos para fallar en justicia, se mezclaba modestamente entre los obreros y albañiles que trabajaban en la construcción del gran palacio de la Alhambra. Con un príncipe de tan altas prendas, que por otra parte acogía favorablemente a todos los refugiados musulmanes que amillares acudían cada día a su reino de las ciudades conquistadas por las armas cristianas, el pequeño Estado granadino, circunscrito a estrechos límites, pero rebosando de población y gobernado con sabiduría, recordaba el esplendor y traía a la memoria el brillo del antiguo imperio de los califas.

     Menos atinado en las cosas de gobierno el nuevo rey de Castilla, disgustó pronto a sus súbditos con la medida que tomó de alterar el valor de la moneda para remediar la escasez de dinero que por efecto de las guerras se hacía sentir. Sucedió lo que en tales casos acontece; subieron de precio las mercancías, se encarecieron, dice su crónica, las cosas a tal punto, que fue menester acudir a otro peor remedio, el de la tasa o máximun de los valores. El resultado fue el que siempre produce; se retrajeron los mercaderes y vendedores, las plazas y mercados se hallaban vacíos de los más necesarios artículos, que a medida que escaseaban subían de valor, y afligía al reino una penuria mucho más insoportable que la del dinero. 58 le fue, pues, preciso a Alfonso revocar el edicto de la tasa, y dejar que las cosas se vendiesen libremente y a precios convencionales como antes, pero ya se había producido uno de los más perniciosos efectos, el de desautorizar al monarca para con su pueblo y sus vasallos.

     La alianza con el rey moro de Granada le fue útil a Alfonso en la guerra que luego tuvo que emprender contra los sarracenos de Jerez, Arcos, Medina Sidonia y Lebrija. Estas plazas, o porque no hubiesen quedado bien sujetas a San Fernando, o porque de nuevo sacudieron la dominación de Castilla, fueron sucesivamente acometidas y tomadas por Alfonso X, con asistencia y auxilio de Ben Alhamar, que de mala gana le prestaba hombres de su misma fe, pero cuyo disgusto o repugnancia le convenía disimular en 1254. El gobierno de Arcos se dio al infante don Enrique, hermano del rey, a quien se había entregado. Todavía tres años después de esta guerra contaba don Alfonso con la alianza de Ben Alhamar, y se sirvió de ella con fruto para otra conquista que emprendió contra los moros del Algarbe, y principalmente contra la fuerte plaza de Niebla, que era como la cabeza del reino de aquel nombre, donde se mantenían y se habían fortificado los Almohades.

     Enemigo Ben Alhamar de esta raza, entraba más en su interés y prestaba con más gusto su ayuda al castellano para acabar de arrojarla del suelo español, y así puso a disposición de Alfonso las tribus de Málaga para el sitio que éste determinó poner sobre Niebla. Estaba la ciudad defendida con muros y torres de piedra, y a los ataques de los cristianos respondían los moros con dardos y piedras lanzadas con máquinas, y con tiros de trueno con fuego. 59 Tal resistencia hizo durar el sitio más de nueve meses, al cabo de los cuales, tan faltos los sitiados de mantenimientos como de esperanza de socorro, solicitó el walí de la ciudad, a quien en la crónica se nombra como Abén Mafod y los árabes Ben Obeid, hablar con el rey Alfonso, y quedó concertada la entrega de la ciudad, así la rendición de otras villas del Algarbe en 1257, dando en recompensa al soberano de Castilla al walí de los Almohades la posesión de grandes dominios, entre ellos la Algaba de Sevilla, la Huerta del rey con sus torres, y el diezmo del aceite de su alxarafe que producía una cuantiosa renta. 60

     Hemos anticipado estos sucesos para mostrar lo que duró y lo que sirvió a Alfonso su alianza y amistad con el rey de Granada. Pero antes y en los principios de su reinado, había querido el nuevo soberano de Castilla realizar el pensamiento de su padre de llevar la guerra a África, a cuyo efecto hizo construir una suntuosa Atarazana en Sevilla para la fabricación de bajeles, y obtuvo un “breve” de aprobación del papa Inocencio IV aplaudiendo la empresa y exhortando a los clérigos a que le acompañasen en ella y le sirviesen. De la ejecución de este designio le distrajo por entonces la reclamación que con las armas hizo al rey Alfonso III d Portugal en 1252 de las plazas del Algarbe, que decía haberle hecho donación a su hermano Sancho II, llamado Capelo, en agradecimiento de haberle ayudado el de Castilla, siendo príncipe,  cuando intentó recobrar sus Estados que le tenía desposeído el infante don Alfonso, conde de Bolonia, su hermano. Entablada con energía su reclamación, y seguidas las negociaciones, se convino el de Portugal en hacer al castellano la entrega del Algarbe en 1253, ajustándose además el matrimonio del monarca portugués con una hija bastarda del de Castilla llamada Beatriz, habida con doña Mayor Guillén de Guzmán: enlace que movió a gran escándalo, tanto por el origen bastardo de la princesa, como por estar a la sazón legítimamente casado el de Portugal con Matilde, condesa de Bolonia61 Reina ya de Portugal doña Beatriz, y ávido de su matrimonio el infante don Dionisio, acordaron los esposos solicitar de su padre y suegro el de Castilla les cediese en feudo los lugares del Algarbe que tenía ya ganados y los que le faltaba conquistar, para ellos, sus hijos y sucesores. Alfonso X que amaba en extremo a su hija, no le negó la merced que pedía y les donó a ellos y a sus descendientes del dominio y jurisdicción del Algarbe, con la sola obligación de que le hubiesen de servir con cincuenta hombres de a caballo cuando les requiriese.

     Terminado este negocio, volvió otra vez Alfonso X a preparar su proyectada expedición a África, para la cual hacía construir naves, no sólo en Sevilla sino también las costas de Vizcaya. El papa Inocencio, a quien se conoce halagaba esta empresa, expedía nuevos “breves” destinando a este objeto una parte de los diezmos y rentas eclesiásticas, y mandando a los frailes dominicos y franciscanos, que predicasen la guerra santa y excitasen a la juventud española a tomar la cruz.

     Más otro suceso vino también a contrariar este designio. El rey Teobaldo I de Navarra había muerto en julio de 1253, dejando de su tercera esposa doña Margarita dos hijos varones, Teobaldo y Enrique, el mayor de 15 años, bajo la tutela de su madre. 62 Temiendo la reina viuda que Alfonso de Castilla renovara las antiguas pretensiones de los monarcas castellanos sobre Navarra, se acogió al amparo de Jaime de Aragón, el cual acudió a Tudela, donde hizo alianza con la reina Margarita prometiendo ayudar a su hijo y protegerle contra todos los hombres del mundo, ser amigo de sus amigos y enemigo de sus enemigos, no hacer paz ni tregua con nadie sin la voluntad de la reina y dar a su hija Constanza por esposa al rey Teobaldo, o si este muriese a su hermano Enrique, ofreciendo que nunca casará a ninguna de sus hijas con los infantes de Castilla hermanos del rey don Alfonso, a pesar de ser ya su yerno. La reina de Navarra por su parte y a nombre de su hijo prometió también ayudar al rey de Aragón contra todos los hombres del mundo, exceptuando al rey de Francia y al emperador de Alemania, y que no daría ninguno de sus hijos en matrimonio a hermanas o hijas del rey Alfonso de Castilla, sin consentimiento del aragonés, cuyo pacto juraron los prelados y ricos-hombres de Aragón y Navarra, que se hallaban presentes, y había de ratificar el romano pontífice. 63

     Bien había hecho la reina de Navarra en prevenirse y fortalecerse con la alianza de don Jaime de Aragón, porque Alfonso de Castilla no tardó en ponerse con sus agentes sobre las fronteras navarras con ánimo al parecer de apoderarse del reino y de los príncipes. Fiel a su promesa el Conquistador, acudió a defender al navarro, y una batalla entre el suegro y el yerno y entre aragoneses y castellanos amenazaba como inevitable. Pero algunos prelados y ricos-hombres interpusieron su mediación entre ellos, y lograron hacerlos venir a partido y que se ajustara una tregua en 1254, quedando de este modo seguro el joven rey de Navarra, que a los quince años comenzó a gobernar el reino con el nombre de Teobaldo II. 64

     No mostraba en verdad el sucesor de San Fernando en Castilla ser hombre de mucho tesón para proseguir las empresas, así las que acometía por propia voluntad como las que la suerte le deparaba y se le venían a la mano. En el número de estas últimas podemos contar con la recuperación de Gascuña:

·        Mal contentos los gascones con el dominio y gobierno de los ingleses, y acordándose de que aquel ducado había pertenecido a Castilla como traído en dote por la princesa Leonor de Inglaterra, hija de Enrique II, cuando vino a casarse con Alfonso VIII de Castilla llamado el Noble, acordaron ponerse bajo el señorío del hijo de San Fernando, cuyo ofrecimiento vino a hacerle a nombre de aquellos naturales el más poderoso príncipe de aquel estado, Gastón, conde de Bigorra y vizconde de Bearne. Le dio, Alfonso X socorro con que pudiera hacer la guerra a los ingleses y así poder sacudirse de su yugo, la guerra comenzó con furia declarándose por don Alfonso la mayor parte de Gascuña. Más como el rey de Inglaterra, Enrique III, por el temor de perder aquel rico ducado solicitó la amistad al rey de Castilla, enviándole para ello embajada solemne y rogándole cesase en sus hostilidades, pidiéndole al propio tiempo la mano de su hermana Leonor para el príncipe Eduardo, hijo primogénito de Enrique, y heredero del trono de la Gran Bretaña, a quien su padre cedía la Gascuña, el castellano con admirable docilidad y condescendencia accedió a todo, hizo confederación y amistad con el de Inglaterra, aceptó el matrimonio del príncipe Eduardo con la infanta doña Leonor, que se celebró en Castilla con toda pompa en 1254, y lo que es más, renunció en el príncipe Eduardo y en sus herederos y sucesores todo el derecho que tenía o pudiera tener sobre los dominios de Gascuña, ofreciendo entregar al mismo príncipe todos los instrumentos que sobre esto tuviese de los soberanos sus predecesores: renuncia extraña y perjudicial a los derechos de la corona de Castilla, de que dudaríamos, si no nos certificaran de ella los documentos. 65

     Alfonso X comenzó a experimentar defecciones y rebeldías que más adelante habían de llenar de amargura el corazón y la vida del monarca y de agitaciones y disturbios la monarquía. Abrió primero este fatal camino:

·        Don Diego López de Haro, señor de Vizcaya, que por desavenencias con el rey se ofreció sus servicios a don Jaime de Aragón. Siguió algún tiempo después por la misma senda su hijo don Lope Díaz, con muchos caballeros vizcaínos; y lo que fue peor, pasó también a confederarse con el aragonés en contra del del de Castilla, el infante don Enrique, hermano de don Alfonso, el mismo a quien éste había encomendado los gobiernos de Arcos y Lebrija que el infante había conquistado a los moros. Don Jaime de Aragón receloso siempre del castellano y temiendo a cada paso un rompimiento después de la mal tregua de Navarra, acogía gustoso a aquellos personajes, les daba caballerías, 66 heredamientos, 67 y señoríos, 68 y pactaba con ellos alianzas contra el de Castilla, a pesar de ser el marido de su hija, ofreciendo defenderlos y no abandonarlos hasta que se concordasen a satisfacción del infante y del señor de Vizcaya las diferencias que traían con su soberano.

     Alfonso por su parte ni abandonaba ni cumplía su propósito constante de pasar a África a guerrear en su propio suelo contra los enemigos de la fe. Un nuevo “breve” apostólico que impetró el papa Alejandro IV, sucesor de Inocencio IV, concediendo indulgencias y otras gracias espirituales a los que tomaran parte en aquella expedición en 1255, quedó tan sin efecto como las cartas pontificias anteriores. Inútil, le fue también a Alfonso el patrocinio del pontífice Alejandro en la reclamación que le hizo para que:

·        se declarará príncipe Conradino inhábil para poseer el ducado de Suabia, en atención a estar en guerra con la Iglesia su tío y tutor Manfredo, y que se diese aquel ducado al rey de Castilla en razón al derecho que él tenía por su madre doña Beatriz, hija mayor del emperador Felipe que le había poseído.

     Alfonso iba teniendo la fatalidad de no ver realizados, por diversas causas y contrariedades, tantos proyectos como abrigaba y tan diferentes aspiraciones como en una parte y otra intentaba realizar. 69

     A veces la fortuna le agraciaba, con alegría suya y de todos sus pueblos comenzó el año quinto de su reinado 1256, por el feliz nacimiento del primer hijo varón el infante don Fernando –llamado de la Cerda, por tener largo el cabello con que nació en el pecho-. A tan justo motivo de regocijo, se agregó el haber desaparecido los recelos de rompimiento y de guerra que amenazaban con don Jaime de Aragón, en unas vistas que los dos monarcas celebraron en Soria, y en que se renovaron las alianzas y las amistades que los reyes sus antecesores habían tenido entre sí. Por otra parte, como en este tiempo hubiese vacado el trono de Alemania por muerte del emperador Guillermo, conde de Holanda, en guerra con los frisones, la república de Pisa teniendo presente el derecho de Alfonso de Castilla al ducado de Suabia, en cuya ilustre familia se había conservado por espacio de un siglo la corona del imperio, determinó aclamarle emperador, enviando el acta de reconocimiento a Castilla por medio del embajador Bandino Lanza, a quien fue encomendada tan honrosa misión. 70

     Se hallaba todavía el rey en Soria cuando llegó el embajador pisano, el cual le hizo allí homenaje y reconocimiento a nombre de su república como rey de romanos y emperador de Alemania en marzo de 1256. Admitió don Alfonso la aclamación y la investidura, si bien no se creyó autorizado para usar el título, sin duda porque la república de Pisa carecía de derecho electivo para el nombramiento de emperadores de Alemania, y aquello no podía considerarse como un acto de oficiosa deferencia y una manifestación de su buen deseo y voluntad a favor del monarca de Castilla. 71

     Más no tardó en llegarle la nueva de otra elección más legítima y autorizada. Las largas turbaciones que habían agitado el imperio alemán había mirar como conveniente al restablecimiento de la paz que la corona vacante por muerte del emperador Guillermo se diese a un príncipe extranjero. Pero se dividieron los electores, y:

        I.          Los unos nombraron en Fráncfort en enero de 1257 a Ricardo, conde Cornualles y hermano del rey Enrique III de Inglaterra, los otros eligieron unos meses después a Alfonso X de Castilla, descendiente de la ilustre dinastía d la casa de Suabia.

      II.          Los primeros dieron posesión a Ricardo de Inglaterra, llevándole a Aix-la-Chapelle, Aquisgrán, poniéndole la corona imperial y sentándole según su costumbre en la célebre silla de Carlomagno.

   III.          Los segundos enviaron una embajada solemne a Alfonso de Castilla para participarle su elección e instarle a que aceptara la dignidad imperial, que el castellano no pudo dejar de admitir. Los electores de Alfonso de Castilla daban por ilegal y por nula la d Ricardo de Inglaterra, así por haberse hecho en día no señalado para ello, como por la inhabilidad de alguno de los electores y ser de todos modos el menor número72, y principalmente por haber sido una elección arrancada por el soborno.

    IV.          En efecto, uno de los cuatro electores, el arzobispo de Maguncia, que se hallaba preso por el duque de Brunswick, había sido rescatado de la prisión por Ricardo a precio de ocho mil marcos de plata y a condición de que le diera su voto. Pero Ricardo tenía en su favor el haber sido coronado y presentado por sus partidarios en varias ciudades de Alemania, entre cuyos príncipes iba derramando a manos llenas el oro.

     Esto empeñó a Alfonso de Castilla que fundaba su derecho en la legalidad de su elección y en las nulidades de la de su contrario, en una porfiada competencia y en una serie de reclamaciones que duraron por espacio de diez y ocho años, y que costaron a Castilla caudales inmensos para no recoger fruto alguno de tantos sacrificios.

     Esta insistencia de los pontífices en esquivar su aprobación, y aún negarla, la elección de Alfonso de Castilla para emperador de Alemania y rey de los romanos, no puede explicarse sino por la circunstancia de pertenecer Alfonso a la estirpe ducal de Suabia, cuya dinastía, principalmente desde que obtuvo el imperio Federico Barbarroja, había sido enemiga de Roma y estando casi siempre en guerra con la Iglesia; y si tal vez aquellos papas no temían que el castellano hubiera de seguir la conducta de los emperadores de su familia, lo aparentaban por lo menos en odio a aquella casa, y tampoco querían descontentar al rey de Inglaterra con la exclusión de su hermano. Así, sin definir entre los dos contendientes, se limitaban, cuando nombraban al uno y al otro, a añadir: electo emperador. Al fin murió Ricardo asesinado en Inglaterra en 1271, después de haber sacrificado sus tesoros y su quietud a una grandeza quimérica, y parecía que faltando a Alfonso su competidor debería haber desaparecido todos los obstáculos y contrariedades que a su coronación se oponían. Lejos de eso, se suscitaron otras nuevas y más graves. Cuando los embajadores que el rey envió por segunda vez llegaron a Roma, hallaron la silla pontificia vacante por la muerte de Clemente IV, y esperaron a la elección del nuevo. 73 Entablada por los enviados de Alfonso la demanda ante Gregorio X, que fue el nuevo Papa, no sólo la desestimó como sus antecesores, sino que, más hostil que ninguno al rey de Castilla, la desechó abiertamente y con desdén en 1272, e influyó para que se reunieran los electores del imperio y así nombrar nuevo emperador sin tener en cuenta para nada las pretensiones de Alfonso.

     He aquí como pinta un historiador de aquella nación la situación en que se hallaban los pueblos germanos: “Las leyes eran importantes; cada señor se había convertido en el primer tirano de sus súbditos; confederados y armados los señores unos contra otros se destrozaban entre sí por odio y por ambición: un país cubierto de castillos habitados por nobles que robaban y asesinaban a los pasajeros, una guarida de bandidos siempre dispuestos a destruirse: tal era la situación de la Alemania.” 74 La necesidad del remedio era urgente y acordes en esto todos los príncipes eligieron unánimemente a Rodolfo de Habsburgo en 1273, a excepción de Ottokar, rey de Bohemia, que continuó defendiendo la legitimidad de Alfonso de Castilla. En vano este monarca intentó todavía hacer reconocer sus derechos al trono imperial por medio de cartas y embajadores que envió al concilio general de Lyon que el papa Gregorio X celebró en 1274. Su reclamación fue desatendida, y aprobada la elección de Rodolfo, el papa le dio el título de rey de romanos, mandando a los príncipes, electores, ciudades y villas del imperio, que como a legítimo rey de romanos le acatasen y reconociesen. 75

     Mientras esto ocurría una insurrección general de los moros de Murcia y de Andalucía él puso a pique de perder todas las conquistas de su padre. El rey Ben Alhamar de Granada, que aun aliado de Alfonso no dejaba de prepararse para el día en que hubiera de romper con sus naturales enemigos los cristianos, recorría y fortificaba sus plazas fronterizas; se hallaba reparando los muros de Gibraltar cuando llegaron enviados de los musulmanes de Jerez, de Arcos, de Medina Sidonia y de Murcia, ofreciendo reconocerle por su jefe y emir si los ayudaba a sacudir la servidumbre en que los cristianos los tenían en 1261. Ben Alhamar, después de consultarlo con su consejo, invitó a los mensajeros a unirse y con sus hermanos de Niebla y del Algarbe prepararan una sublevación general para un mismo día en todos los puntos de Andalucía y de Murcia, prometiéndoles que cuando Alfonso hubiera dividido sus fuerzas para combatirlos no faltaría él con sus granadinos al socorro de sus correligionarios

     No fue menester más para que se alzaran al grito de guerra, y al nombre de Mohammed Ben Alhamar, los sarracenos de Murcia, Lorca, Mula, Arcos y Lebrija. En todas partes eran degollados los cristianos, o arrojados de las plazas que ocupaban. Larga y heroica fue la resistencia de los de Jerez: el conde don Gómez que la defendía murió acribillado de heridas después de haber presenciado la muerte hasta del último de sus soldados. Los moros granadinos partieron en auxilio de los de Murcia y los hicieron dueños de la ciudad. Los de Sevilla intentaron apoderarse de la reina de Castilla, si bien la tentativa se les frustró, y Sevilla y Córdoba permanecieron bajo el dominio de los cristianos. Ben Alhamar atiza por bajo cuerda la sublevación, y hacia venir en ayuda de los musulmanes españoles a los zenetas o ginetes de África, que le suministraba el rey de Marruecos. Obraba el de Granada con tanto disimulo, que el rey don Alfonso, creyéndole todavía su aliado, le escribió pidiéndole le ayudara en aquella guerra. Los evasivos términos de la respuesta del granadino convencieron al castellano de que tenía un enemigo, y dio orden a sus tropas para que atacaran a los súbditos del rey de Granada. Cuando el mismo Alfonso avanzó hacia Alcalá la Real, ya los campos de esta ciudad habían sido talados por las huestes granadinas. Se empeñó allí un sangriento combate en que Ben Alhamar con sus zenetas quedó dueño del campo en 1262. Así se encendió de nuevo una guerra de exterminio entre los dos pueblos, cristiano y musulmán, a riesgo de perderse el fruto de las conquistas del largo y glorioso reinado de Fernando el Santo.

     Se declaró la escisión entre los mismos moros. La preferencia que Ben Alhamar daba a los zenetas africanos resintió a los walíes de Málaga, de Guadix y de Comares. Aquellos walíes llevaron su resentimiento hasta ofrecerse por vasallos del rey de Castilla, prometiéndole guerrear contra su propio emir, con tal que el castellano los protegiera y amparara. Aceptó con gusto Alfonso, y mandó a sus caudillos que los trataran como amigos y aliados. Los walíes disidentes llevaron sus algaras hasta la vega misma de Granada, y Alfonso pudo con más desembarazo hacer la guerra a los rebeldes de Andalucía y el Algarbe. Jerez volvió a rendirse a las armas de Castilla después de cinco meses de asedio en 1263. Sidonia, Sanlúcar, Rota, Arcos, Lebrija, se fueron rindiendo. Los moros de estas poblaciones se fueron diseminando, refugiándose los unos en África, los otros a Algeciras, otros a Granada, y de este modo Ben Alhamar, al tiempo que veía disminuir en extensión sus Estados, veía acrecer también la población granadina, causa principal del gran poder. Se recobró por este tiempo a Cádiz, que los moros, confiados en la posición y natural fortaleza de la plaza, tenían descuidada y poco defendida. Una flota castellana al mando del almirante don Juan García de Villamayor, apareció de improviso en aquellas aguas, y se apoderó de la ciudad, rica ya entonces, y destinada a ser más adelante el emporio del comercio de dos mundos.

     Había el de Castilla solicitado de su suegro don Jaime de Aragón que le ayudara en esta guerra en 1264, y sobre todo contra los sublevados de Murcia. Se condujo el aragonés con una generosidad digna de todo encarecimiento. Inmediatamente convocó a cortes de catalanes en Barcelona, de aragoneses en Zaragoza, para pedir subsidios con que solventar los gastos de la empresa. Los catalanes le concedieron en bovaje; más los ricos-hombres de Aragón antes de acceder a su demanda, le expusieron multitud de quejas sobre violación de sus derechos, y sobre las pretensiones a sus fueros y leyes que habían de regir en el reino. Lo cual produjo réplicas y contestaciones tan enojosas, que llegó el caso de hacer el monarca llamamiento a sus huestes y emplearlas contra los ricos-hombres. 76 Al fin, puestas y comprometidas sus diferencias en manos de los obispos de Zaragoza y Huesca, y ofreciendo unos y otros estar a derecho, se pactó una tregua hasta que el rey volviese de la guerra que había determinado emprender contra los moros de Murcia, rebeldes al de Castilla en 1265. Puso a su hijo, el futuro Pedro III el Grande, que derrotó al emir Muhammad ibn Hûd Biha al-Dawla y conquistó el reino. Sin embargo, debió regresárselo a Castilla en vistas de las cláusulas del Tratado de Almazora de 1244. 77

     Don Jaime de Aragón fue invitado por su yerno el de Castilla para que asistiese a las bodas del infante don Fernando de la Cerda, hijo del uno y nieto del otro, con Blanca de Francia, la hija de San Luis, que iban a celebrarse en Burgos con la más pomposa solemnidad. Terminada la solemnidad de las bodas, se volvió don Jaime a sus Estados, acompañándole don Alfonso y doña Violante su hija hasta Tarazona: poco tiempo después se volvieron a ver en Valencia, siendo la primera vez que doña Violante después de veinticuatro años de casada con Alfonso de Castilla, veía los estados de su padre. Con grandes fiestas, juegos y regocijos fueron agasajados los reyes de Castilla en Valencia, bien ajenos tal vez de los sinsabores que en su reino los esperaban y de la conspiración que iba a estallar en sus dominios y dentro de su propia familia.

     El promotor principal de la rebelión de que vamos a dar cuenta fue el conde don Nuño González de Lara, uno de los más poderosos magnates castellanos que con todo el antiguo orgullo y altivez de los de su linaje, bullicioso, de condición inquieto, olvidó los beneficios,  honores y consideraciones que del rey había recibido, y no olvidó el desabrimiento que Alfonso le mostró por haber sido del dictamen contrario al del monarca en lo de relevar al reino de Portugal del feudo y homenaje que reconocía al de Castilla, feudo que redimió por este tiempo Alfonso X a aquel reino a solicitud de su nieto don Dionisio de Portugal.

     En 1269 vino a Sevilla don Dionisio, hijo de Alfonso III de Portugal y de Beatriz de Castilla, a rogar a su abuelo Alfonso X relevase al monarca portugués su padre del vasallaje y feudo que por el asunto del Algarbe prestaba a Castilla. No atreviéndose Alfonso a resolver por sí, o aparentando al menos, lo consultó con los infantes y ricos-hombres d su corte, dudaron estos un rato, como si por un lado conociesen la inconveniencia de otorgar la pretensión y por otro temiesen disgustar al rey. Rompió el silencio don Nuño de Lara, y habiendo expuesto que, si bien debía el rey dispensar mercedes y honores al infante don Dionisio por el parentesco que los unía, y por la caballería que de él había recibido, añadió: Mas, señor, que vos tiredes de la corona de vuestros reinos el tributo que el rey de Portugal y su reino son tenudos de vos facer, yo nunca, señor, vos lo aconsejaré. Disgustó al rey este lenguaje, pidió su parecer a los demás, opinaron éstos como el monarca deseaba, y el feudo y vasallaje de Portugal fue alzado.

     Tal fue la causa ostensible que alegó el de Lara para rebelarse contra su rey, aparte de otros motivos, como que el conde de Lara conspiró antes en secreto, intentando indisponer con el soberano, al rey Ben Alhamar de Granada, y a don Jaime de Aragón durante su estancia en Burgos. Poderosa como era la casa de Lara, y dilatada su familia y parentela, logró atraer hacía sí y hacer entrar en sus planes a muchos ricos-hombres y barones castellanos, y aún tuvo maña para conseguir que se pusiese al frente de la conspiración el infante don Felipe, hermano del rey, el que había sido arzobispo electo de Sevilla, que se casó después con la princesa Cristina de Noruega, y últimamente se había enlazado con una señora de la familia de los Laras. Diez y siete ricos-hombres se juntaron en Lerma, villa del señorío de don Nuño, donde cada cual expuso las quejas que contra el rey tenían, y se habló mucho de los oprimidos y aniquilados que estaban los pueblos con tan grandes cargas y tributos que pagaban. Se resolvió que el infante don Felipe pasara a Navarra con objeto de inducir o ganar en su favor al infante don Enrique que gobernaba aquel reino en ausencia de su hermano el rey Teobaldo II, que a la sazón se hallaba en Túnez en la cruzada contra los infieles y en la compañía de Luís IX de Francia en 1270. Se negó el de Navarra a las instigaciones del castellano, teniendo por más seguro mantener la paz del reino que regía, que perturbarla por el aliciente de promesas de incierta realización. 78

     Se hallaba el rey Alfonso en Murcia, cuando le llegaron noticias de la trama y primeros pasos de los conjurados. En lugar de venir Alfonso sobre Lerma a sofocar la conjura, se fue a Alicante a pedir consejo a don Jaime de Aragón sobre si debería favorecer al rey de Granada, o a los tres walíes disidentes, pues uno y otros le habían escrito reclamando su auxilio. Mientras Alfonso gastaba el tiempo en estas consultas, los de Lerma se anticipaban a ganar al emir granadino, y el infante don Felipe repetía si instancia a Enrique de Navarra, que ya obtenía en propiedad aquel reino en 1271, por haber muerto sin sucesión su hermano Teobaldo II en Trapani de vuelta de su expedición a Túnez. La respuesta de Enrique I, no fu n verdad, más lisonjera al infante de Castilla, que la que antes había dado siendo regente del reino; más no por eso se desalentaron los de la conjuración, cuya alma era don Nuño de Lara. Cuando el rey volvió a Castilla, salieron a recibirlo todos armados, cosa que lo extrañó mucho, dice su crónica “ca no venían, como homes que van a su señor, más como aquellos que van a buscar sus enemigos”.

     Los agravios y demandas que el de Lara a nombre de la nobleza exponía al rey principalmente eran:

ü  Perjuicios que decían resultar a sus vasallos de los fueros que el rey daba a algunas villas;

ü  Que no llevaba en su corte alcaldes de Castilla que los juzgasen;

ü  Que se agraviaban los hijos-dalgos de la alcabala que pagaban en Burgos;

ü  Que recibían daños de los merinos, corregidores y pesquisidores del rey;

ü  Que se disminuyeran los servicios, etc.;

ü  Que los nobles e hijos-dalgo fuesen juzgados sólo por los otros hidalgos, de los cuales hubiese siempre dos jueces en la corte del rey;

ü  Que quitase a los merinos y pusiese adelantados;

ü  Que deshiciese los pueblos que había mandado a hacer en Castilla;

ü  Que suprimiese los diezmos de los puertos (derechos de aduana).

     Como no estuvieron de acuerdo con ninguno de los puntos que el rey les favoreció y cada vez pedían más, le amenazaron con desnaturalizarse79 y pasarse a reinos extraños, se salieron de Castilla, saqueando e incendiando a su paso iglesias y poblaciones, se fueron a la corte del rey de Granada, que les recibió con los brazos abiertos.

     Ben Alhamar se sirvió de los tránsfugas, e hicieron su primera salida contra el walí de Guadix, acompañados d Mohammed, hijo y sucesor de Ben Alhamar. Pero amenazado este por el rey de Castilla, vio que no podía proseguir con vigor aquella guerra sin contar con otros elementos, y solicitó el socorro del rey de Marruecos y de Fez, Abu Yussuf, príncipe de los Beni-Merines de África. 80

     Ben Alhamar no aguardó a que llegaran los africanos, salió a combatir en persona a los walíes, con su ejército y acompañado del infante don Felipe. El pueblo auguró mal aquella campaña al saber que al primer caballero que formaba la vanguardia se le había roto la lanza contra las bóvedas de la puerta. El presagio fatídico se cumplió. A la media jornada de la capital se vio el rey moro atacado de un grave accidente; los síntomas fueron mortales, se trató de llevarle a Granada, pero en el camino expiró en 1273, igual que le pasó a Alfonso VII en Castilla cerca del puerto de Muradal. Todos lloraron su muerte, y su cadáver fue llevado a Granada. 81   El único hijo que le sobrevivió fue proclamado rey de Granada con el nombre de Mohammed II.

     Mientras esto pasaba, el rey don Alfonso, deseoso de congraciarse con sus pueblos, en las cortes de Almagro de 1272, les alivió de algunos tributos. Resolvió otra vez por la guerra contra Mohammed II, aunque se temían los dos, don Alfonso tenía a su favor a los walíes sarracenos disidentes, y Mohammed a los disidentes magnates castellanos, don Alfonso pidió ayuda a Don Jaime de Aragón. Y el de Granada a los Beni-Merines de África.

     Se pactaron avenencias entre los reyes, y se acordó renovar y guardar el concierto anteriormente celebrado con Ben Alhamar en Alcalá la Real o de Ben Zaide, quedando los vasallos de ambos reinos libres para comerciar entre sí y con iguales franquezas y seguridades (1274). Pidió, no obstante, la reina de Castilla al rey moro una gracia, que é con mucha galantería se apresuró a conceder antes d saber cuál fuese. Le dijo entonces la reina que quería se añadiese a la capitulación un año de tregua para los walíes de Málaga, Guadix y Comares. Mucho sintió Mohamed que fuese aquella la gracia que doña Violante le pedía, pero se había anticipado a concederla, y con mucho disimulo y comedimiento la dio por otorgada. 82

En cuanto al infante don Felipe, don Nuño de Lara y demás nobles castellanos que habían hecho causa contra el rey, vióse don Alfonso en la necesidad de satisfacerles en todos sus pleitos y posturas, aprobando y confirmando lo que ya antes sin consentimiento y aun contra su voluntad se habían adelantado a prometer en Córdoba la reina y el infante don Fernando. Así volvieron aquellos altivos y porfiados magnates al servicio de su rey después de haberle mortificado con disgustos y humillaciones. Terminado el concierto, despidióse y regresó el rey moro a Granada, acompañándole hasta Marchena los príncipes don Felipe, don Manuel y don Enrique con lujosa servidumbre; y el rey de Castilla, que se vio un momento desembarazado de aquella atención, volvióse a Toledo a disponer y aprestar su ansiado viaje a Italia para reclamar del pontífice la corona imperial de Alemania.

            Apenas expiró el plazo de aquella tregua con los walíes, de mala gana concedida por Mohamed, abrió éste de nuevo la guerra, y para hacerla más viva y asegurar mejor su éxito, escribió al rey de los Beni-Merines de África pintándole la facilidad con que entre los dos podrían reducir a l rebeldes y restablecer el estado abatido del islamismo en Andalucía, y para más estimularle ponía a su disposición los puertos de Tarifa y Algeciras. Aceptó Yacub Abu Yussuf la invitación y el ofrecimiento, y el 12 de abril de 1275 desembarcaron numerosos escuadrones africanos en las playas de Tarifa, y poco después arribó el mismo Abu Yussuf con poderosa hueste. La primera diligencia fue hacer que los tres walíes se sometiesen al legítimo emir, reprendiéndoles severamente su conducta. Dividiéndose despuéslos dos ejércitos aliados musulmanes en tres cuerpos, dirigiéndose el uno hacia Sevilla, hacia Jaén el otro, y el tercero, en que iban los tres walíes, se encargó de talar la campiña de Córdoba.

            Era esto en ocasión que el rey de Castilla se hallaba ausente del reino a causa de su funesto viaje y de su malhadada entrevista con el papa. Gobernaba la monarquía su hijo el príncipe don Fernando de la Cerda, y defendía la frontera el conde don Nuño González de Lara, el antiguo motor de la rebelión de los ricos-hombres castellanos; el cual, con noticia de que venía por aquella parte del ejército del emperador de Fez y de Marruecos, salió de Córdoba y le presentó batalla con la escasa gente que tenía. Los cristianos fueron arrollados en el combate, y en él pereció el de Lara víctima de su temerario arrojo, con cuatrocientos escuderos que le escoltaban. Su cabeza fue enviada por Abu Yussuf al rey Mohammed de Granada, de quien cuenta la crónica que al mirar las facciones del antiguo amigo de su padre y suyo, apartó con horror la vista, se tapó la cara con ambas manos y exclamó: “¡No merecía tal muerte mi buen amigo!”, Así acabó aquel hombre, que después de haberse alzado contra su rey y se hizo aliado y amigo del emir de los infieles, murió peleando por su monarca, para servir su cabeza de sangriento y horrible presente al mismo rey moro cuya amistad había preferido antes que la de su soberano. Tan luego como la nueva de este desastre llegó al infante don Fernando, gobernador del reino, que se hallaba en Burgos, hizo llamamiento general  a todos los ricos-hombres y concejos, y  él mismo se apresuró a acudir a la defensa de la frontera; más al llegar a la Villa Real (hoy Ciudad Real) enfermó y sucumbió a los pocos días (agosto, 1275) Este malogrado príncipe que había comenzado a mostrar gran acierto y prudencia en la gobernación del reino, previno al tiempo de fallecer al conde don Juan Núñez de Lara hijo mayor de don Nuño, y le rogó mucho afincadamente cuidase de que su hijo Alfonso sucediera en el reino cuando fuesen acabados los días del monarca su padre.

            Más el infante don Sancho, hijo segundo del rey, tan luego como supo del inopinado fallecimiento de su hermano primogénito, antes que de suplir su falta para guerrear contra los moros, se acordó de prepararse para hacerse proclamar sucesor del trono de Castilla, y confederándose con don Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya, y ganando a su partido los ricos-hombres y caballeros que allí había, comenzó a usar en sus despachos el título de hijo mayor del rey, sucesor y heredero de estos reinos, persuadido de que hallándole su padre admitido y seguido como tal, le reconocería y confirmaría en aquella prerrogativa. Y para merecerla más con su solicitud en atender al peligro en que el reino se hallaba, resolvió continuar la jornada que había emprendido su malogrado hermano. Prosiguió, pues, a Córdoba con la gente de Castilla, y encomendando a don Lope Díaz de Haro la tenencia de la frontera que había tenido don Nuño González de Lara, pasó a Sevilla a dar disposición de que la armada de Castilla saliese a los mares al objeto de impedir de que África viniesen nuevos socorros de hombres o de bastimentos a los infieles. Pero otra nueva desgracia llenó de amargura a los cristianos españoles. El otro infante don Sancho, arzobispo de Toledo y hermano de la reina doña Violante de Castilla, llevado de un fervoroso, lastimado de ver el estrago que hacían los sarracenos en la comarca de Jaén, resolvió salir en persona a castigar su orgullo. El buen prelado, menos prudente que animoso, y con menos experiencia en las armas que fe y buen deseo en el corazón, sin esperar a que llegase don Lope Díaz de Haro, que de orden del otro don Sancho iba con refuerzo, se adelantó con su caballería hasta la Torre del campo, y acometiendo a los moros sin orden ni concierto, fue causa de que los africanos alancearán a los caballeros de su séquito, y el mismo cayó vivo en poder de los infieles. Se lo disputaban africanos y granadinos, pero el arráez Abén Nasar cortó la disputa arremetiendo con su caballo al infante arzobispo y le atravesó con su lanza. Los soldados le cortaron la cabeza y la mano derecha. El ultraje fue de algún modo vengado al día siguiente por don Lope Díaz de Haro, que llegando con la nobleza de Castilla atacó a los enemigos cerca de Jaén, los hizo retirar y recobró el guion del arzobispo. Comenzó a distinguirse en aquel día el joven Alfonso Pérez de Guzmán, que había de ganar más adelante el sobrenombre de el bueno

            En tal estado halló don Alfonso de Castilla las cosas de su reino cuando volvió a España de su desventurada expedición a Belcaire. Traía de allí por todo fruto un desaire bochornoso del papa, y acá había perdido al adelantado don Nuño, a su hijo primogénito don Fernando, y a su cuñado el infante arzobispo de Toledo. Lo único que halló de favorable fueron las acertadas medidas que el infante don Sancho había tomado en la frontera, y que habían movido al emperador Yacub a replegarse sobre Algeciras, y el socorro que su suegro el de Aragón enviaba y a Castilla. En su visita el rey de los Beni-Merines creyó deber aceptar la tregua que el castellano le ofrecía, no dándole gran cuidado por la situación comprometida en que quedaba el de Granada, a quién vino a favorecer, contento con retener las plazas de Tarifa y Algeciras. El granadino, reconociendo que por sí sólo no podría sostener con buen éxito la guerra contra las fuerzas combinadas de Castilla y Aragón, pidió también ser comprendido en la tregua, y quedó estipulada ésta por dos años (1276) entre los tres soberanos de Castilla, de Fez y de Granada. (83)

Monedas Arábigas

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            La invasión de los Beni-Merines de África en Castilla (1275 produjo también efectos de consecuencia en Aragón. Después de haber hecho el infante don Pedro reconocer y jurar en las cortes de Lérida a su hijo don Alfonso sucesor y heredero del reino, para cuando faltasen su abuelo y su padre, partió en socorro de Castilla, por la frontera de Murcia. Pero los moros que habían quedado en Valencia, alentados con la entrada de los africanos en Andalucía, y más con algunas compañías de zenetas, que del reino de Granada se corrieron a aquella parte, se levantaron otra vez, y se apoderaron fácilmente de algunos castillos mal guardados por lo desapercibidos que sus presidios estaban. Al frente de esta sublevación apareció de nuevo aquel Al Azark, motor principal de la rebelión primera de los moros valencianos. Procuró don Jaime remediar con tiempo este daño mandando a todos los ricos-hombres de Valencia, Aragón y Cataluña, se hallasen pronto a reunirse con él en la primera de estas ciudades. Dio principio la guerra, y en uno de los primeros reencuentros perdió la vida en Alcoy el famoso caudillo africano Al Azark, si bien cayendo después los cristianos en una celada fueron acuchillados la mayor parte (1276). No fue este todavía el mayor desastre que los cristianos sufrieron. Apenas convaleciente don Jaime de una enfermedad que acababa de tener, se había quedado en Játiva mientras sus tropas iban a combatir a unas huestes de moros que habían pasado a Luxen. El combate fue tan desgraciado para los aragoneses, por mal consejo de sus caudillos, que en él perecieron muchos bravos campeones y gente principal, entre ellos don García Ortíz de Azagra, señor de Albarracín, quedando prisionero el comendador de los Templarios. De Játiva murió tanta gente que la población quedó casi yerma. (84) Este infortunio causó al anciano y quebrantado monarca una impresión tan dolorosa que dejando a su hijo don Pedro todo el cuidado de la guerra, lleno de pena y de fatiga se trasladó de Játiva a Alcira, donde se le agravó su dolencia.

            Después de recibir los sacramentos eclesiásticos, llamó al infante don Pedro para darle los últimos consejos, entre los cuales fue que amase y honrase a su hermano don Jaime, a quien dejaba heredado en las Baleares, Rosellón y Montpellier, encargándole mucho. También le encomendó que continuase la guerra contra los moros, hasta acabar de expulsarlos del reino, pues de otro modo no había esperanza de que dejaran sosegada la tierra, y tomando la espada que tenía a la cabecera, aquella espada que por tantos años había sido el terror de los musulmanes, se la dio a su hijo, que al recibirla besó la mano paternal. Con esto se despidió el príncipe heredero dirigiéndose a la fronte para seguir la voluntad de su padre, el cual todavía pudo ser trasladado a Valencia, donde se le agravó la enfermedad, y allí terminó su carrera en este mundo a 27 de julio de 1276, después de un largo reinado de sesenta y tres años. Con demostraciones de dolor fue su cuerpo trasladado al monasterio de Poblet (según lo había ordenado en su testamento). (85)

Don Jaime I de Aragón, el conquistador de Mallorca, de Valencia y de Murcia, fue uno de los más grandes capitanes de su siglo: ganó treinta batallas campales a los sarracenos, y su espada siempre estuvo desenvainada contra los enemigos de la fe. Tan piadoso como guerrero, fundó multitud de iglesias en países arrancados de poder de los infieles, y siempre inculcó a sus hijos las máximas de la verdadera religión. Caballero el cumplido de su tiempo, se condujo muchas veces con admirable generosidad con los reyes de Castilla y de Navarra, defendiéndolos y ayudándolos aún a costa de los intereses de su propio reino. Los ricos hombres y varones de sus dominios se cansaron más pronto de conspirar y de rebelarse que él de perdonarlos. Le costaba trabajo y violencia, y rehuía cuanto le era posible firmar una sentencia de muerte.

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Se siente, por lo tanto, siendo naturalmente tan benigno, el desamor con que trató al príncipe primogénito Alfonso y el verle recibir con alegría la noticia de su hijo Fernán Sánchez, asesinado por su hermano; y causa maravilla y disgusto y no puede dejar de mirarse como una mancha con que afeó sus muchos rasgos de clemencia, la crueldad que usó con el obispo de Gerona, su director, si es cierto que mandó arrancarle la lengua por haber revelado el secreto de la confesión (86) Como soberano se había obstinado impolíticamente en distribuir sus reinos y mostró una inconstancia pueril en la repartición de coronas entre sus hijos, y como hombre, la historia lo acusa de incontinente y de sensual, si bien creemos que le ha juzgado en esto con severidad, atendidas las costumbres de los príncipes, con raras excepciones, en aquellos tiempos. (87).

En su testamento, hecho en Montpellier en 1272, dejó don Jaime por herederos y sucesores a sus dos hijos legítimos, sustituyéndoles en caso de morir sin sucesión los dos legitimados de doña Teresa de Viadure; en defecto de éstos a los hijos varones de sus hijas, declarando que por ninguna vía pudieran suceder hembras en los reinos y señoríos de la Corona. (88).

 

SANCHO IV EL BRAVO EN CASTILLA

De 1284 a 1295

La muerte de don Alfonso el Sabio de Castilla facilitó a su hijo don Sancho la posesión de una corona que se había anticipado a ceñir. En Ávila, donde se hallaba cuando recibió la nueva del fallecimiento de su padre, hízole pomposas exequias y se vistió de luto. Terminados los funerales, pasó a Toledo con su esposa doña María de Molina, y allí fue solemnemente reconocido y jurado rey de Castilla y de León, cambiando en el acto el negro ropaje de duelo por las brillantes vestiduras e insignias reales (30 de abril, 1284). Prelados, nobles y pueblo, aun aquellos mismos que habían seguido con más constancia el partido de su padre, se apresuraron a saludarle como a legítimo soberano; y él, que tan poco escrupuloso se había mostrado en la observancia del orden de suceder en el reino, diose prisa a hacer jurar en las cortes de Toledo por heredera del trono a su hija única la infanta doña Isabel, niña entonces de dos años, para el caso en que no tuviese hijos varones. Así quedaron otra vez excluidos por un acto solemne de la herencia del trono los hijos de su hermano mayor don Fernando, los nietos de Alfonso el Sabio de Castilla y de San Luis de Francia, los infantes de la Cerda. (89

 

Solamente su hermano el infante don Juan que se hallaba en Sevilla, reclamaba para sí la herencia de los reinos de Sevilla y Badajoz que en su segundo testamento le había asignado su padre, y se disponía, ayudado de algunos parciales, a sostener su derecho con las armas; pero faltábale el apoyo de los sevillanos mismos, y acudiendo don Sancho con su natural actividad, desbarató fácilmente sus planes, y habiéndole sometido entró el nuevo rey en Sevilla en medio de las aclamaciones del pueblo. (90). El rey Mohammed II de Granada, aliado ya de Sancho siendo príncipe, le envió la enhorabuena de su proclamación. El de Marruecos, amigo y auxiliar de su padre, despachole a Sevilla uno de sus arráeces llamado Abdel-hac para decirle que quien había sido amigo del padre podía también serlo del hijo, y que deseaba saber cómo pensaba y cuáles eran sus disposiciones respecto a él. «Decid a vuestro señor, contestó Sancho con arrogancia, que hasta ahora no ha talado ni corrido las tierras con sus algaras; pero que estoy dispuesto a todo; que en una mano tengo el pan y en la otra el palo; que escoja lo que quiera>> (91) No olvidó el musulmán la jactanciosa contestación; pero previendo también el castellano los efectos, prevínose para la guerra. Entre otras medidas tomó la de llamar al famoso marino de Génova, Micer Benito Zaccharia, que vino con doce galeras genovesas, y al cual nombró temporalmente almirante de la flota que pensaba emplear para impedir al rey de Marruecos la entrada en la Península, dándole seis mil doblas mensuales, y además a título hereditario el puerto de Santa María con la obligación de mantener allí perpetuamente una galera armada y avituallada para el servicio del rey.

En las cortes que aquel año celebró don Sancho en Sevilla anuló muchos de los privilegios y cartas que había otorgado a los pueblos que siendo infante le ayudaron a ganar la corona. Regresando después a Castilla, tuvo con el rey don Pedro III de Aragón su tío la entrevista de Ciria de que hemos hablado en el anterior capítulo, en que le ofreció ayudarle contra todos los hombres del mundo, siempre que no tuviera que emplear sus armas contra Abu Yussuf. Visitó algunos países de Castilla que quejosos de la revocación de sus mercedes se habían alterado; restableció el orden castigando a los descontentos, y haciendo en ellos justicia, cuya justicia, según la crónica, era «matar a unos, desheredar a otros, y a otros echarlos del reino tomándoles sus haciendas.» Así pasó hasta fines del año 1284. En los principios del siguiente, habiendo reunido don Sancho todos los hidalgos del reino de Burgos, expúsoles que el rey Abu Yussuf de Marruecos había invadido la Andalucía, devastado las tierras de Alcalá de los Gazules y Medina Sidonia y puesto cerco a Jerez, y que por lo tanto necesitaba de su auxilio para hacer la guerra al musulmán: todos unánimemente se le prometieron, y se hizo un llamamiento a todos los concejos y milicias. Como por este tiempo amenazara el rey Felipe el Atrevido de Francia invadir el reino de Aragón, envió a requerir a Sancho de Castilla para que no auxiliase al aragonés, excomulgado como se hallaba por el papa, privado de su reino, y dado éste a su hijo Carlos de Valois. Ni al castellano le convenía malquistarse con el monarca francés, de cuya amistad con el papa se prometía servicios que no podía hacerle su tío el de Aragón, ni la situación de su reino, invadido por los africanos, le permitía distraer sus fuerzas para dar socorro al aragonés. Por eso cuando Pedro III de Aragón reclamó su ayuda contra el rey de Francia en cumplimiento del tratado de amistad de Ciria, según en el capítulo precedente expusimos, le dio Sancho una urbana pero evasiva contestación, exponiéndole cuán sensible le era no poder favorecerle en razón a tener que acudir al Mediodía de su reino acometido por los sarracenos merinitas.

Encaminose, pues, el rey don Sancho a Sevilla; más antes que se le reunieran las huestes y caudillos que esperaba, destacó el rey de los Beni-Merines desde los campos de Jerez un cuerpo de doce mil zenetas de caballería al mando de su hijo Abu Yacub que llegaron a aproximarse a las puertas de la ciudad. Don Sancho había usado de un ingenioso ardid para engañar a los enemigos. Había ordenado que nadie saliera de la ciudad; que nadie subiera a las torres de los templos ni del alcázar; que ni se tañeran campanas, ni se tocaran trompas, bocinas, ni añafiles, ni nada que hiciese ruido. Los sarracenos, que no encontraron de quien tomar lenguas, ni vieron señal alguna, ni oyeron ruido que les indicara estar la ciudad habitada, cuanto más hallarse en ella la corte, volviéronse a decir al emir de Marruecos que no había llegado el rey Sancho a Sevilla, pues no era posible estuviese en una población que por el silencio mostraba estar casi yerma. Mas luego que Sancho tuvo reunidas sus haces, y que se le incorporaron con escogida caballería el infante don Juan y su suegro don Lope Díaz de Haro señor de Vizcaya (92), , privado y favorecedor de Sancho desde que era príncipe, salió camino de Jerez en busca del emir africano, mientras una armada de hasta cien velas mayores entre galeras y naves, al mando de Benito Zaccharía, avanzaba hasta el estrecho para cortar toda comunicación con África, e impedir que de allí viniesen recursos a los sarracenos, lo mismo que ya en otra ocasión siendo príncipe había ejecutado. Intimidado con esto Abu Yacub levantó el cerco de Jerez y se retiró hacia Algeciras sin atreverse a combatir. Sancho y algunos de sus caballeros se empeñaban en perseguirle hasta darle batalla; pero el infante don Juan y don Lope Díaz se opusieron enérgicamente pidiendo al rey que se volviera a Sevilla, hasta el punto de que no pudiendo convencerle con otras razones, le dijeron que ellos de todos modos se retiraban, lo cual obligó a Sancho, muy a pesar suyo, a regresar a Sevilla, dejando abastecidos a Jerez, Medina Sidonia y Alcala (93)

            No tardó don Sancho en recibir proposiciones de avenencia así del rey de los Beni-Merines Abu Yussuf, como de Mohammed el de Granada. Pidió consejo a sus ricos-hombres sobre cuál de las dos amistades debería preferir, y como se dividiesen los pareceres y se decidiera el rey por los que le aconsejaban diese la preferencia a Abu Yussuf, disgustáronse el infante don Juan y su suegro don Lope que habían opinado en favor del de Granada, y desaviniéndose con el rey se retiraron a sus tierras y señoríos, donde tomaron una actitud sospechosa que fue causa y principio de escisiones fatales. Viéronse entonces el rey de Castilla y el emir de Marruecos en Peñaferrada, donde ajustaron una tregua de tres años, que costó al de África dos millones de maravedís, con lo cual se volvieron el uno a sus dominios de allende el mar, el otro a su ciudad de Sevilla, donde a poco tiempo la reina doña María dio a luz un infante (6 de diciembre, 1285), a quien se puso por nombre Fernando, y cuya crianza se encomendó a don Fernán Ponce de León, uno de los principales señores del reino, señalándole para ello la ciudad de Zamora. Apenas había cumplido un mes el príncipe cuando fue llevado a Burgos para ser reconocido en cortes como sucesor y legítimo heredero de los reinos de León y de Castilla.

Habían acontecido los sucesos que acabamos de referir durante la famosa invasión de los franceses en Cataluña, el sitio de Gerona, la retirada de Felipe el Atrevido de Francia, su muerte en Perpiñán, y la proclamación de su hijo Felipe el Hermoso, que era también rey de Navarra. Había muerto igualmente Pedro el Grande de Aragón, y sucedídole su hijo Alfonso III. Y para que todo estuviera mudado en el principio de 1286, falleció también en África el rey Abu Yussuf, y fue proclamado como rey de Marruecos su hijo Jussuf Abu Yacub, cuya nueva recibió don Sancho cuando se hallaba ya en Castilla.

Lo primero que procuró el monarca castellano fue ganar la amistad del nuevo rey de Francia Felipe el Hermoso. Interesábale esto por dos poderosas razones; la primera, por la predilección que Francia había mostrado siempre a los infantes de la Cerda, nietos de San Luis, que continuaban en Játiva bajo la custodia del rey de Aragón, mirando a Sancho como un usurpador del trono de Castilla; la segunda, porque atendida la amistad del francés con la corte de Roma, nadie como él podía negociar, si quisiera, la dispensa del papa en el parentesco entre don Sancho y su mujer doña María de Molina, sin cuyo requisito podía anularse el matrimonio y declararse ilegítimos los hijos. A aquel intento envió al obispo de Calahorra don Martín, y el abad de Valladolid don Gómez García, con el encargo de felicitar al rey de Francia por su advenimiento al trono, y con la especial misión de apartarle, si podían, de la protección a los infantes de la Cerda. Lejos de lograr este objeto, el francés con mucha política propuso al abad de Valladolid, que, pues el matrimonio del de Castilla era ilegítimo, seríale mucho más conveniente separarse de doña María, y casarse con una de las princesas de Francia, Margarita o Blanca, hermanas del rey, en cuyo caso él aseguraba impetrar la dispensa de Roma, y abandonar el partido de los de la Cerda. Ofrecíale al abad de Valladolid, si le ayudaba a llevar adelante esta negociación, obtener para él la mitra arzobispal de Santiago que se hallaba vacante. No se atrevió el abad a proponérselo al rey don Sancho, pero tampoco rechazó, antes no escuchó de mal oído la proposición; y por entonces no se hizo más sino acordar que ambos monarcas se viesen en Bayona, y hablasen y tratasen ellos entre sí. Convinieron los dos reyes en celebrar estas vistas, mas no fiándose acaso demasiado uno de otro, el de Castilla se quedó en San Sebastián, dejando a la reina en Vitoria, y el de Francia no pasó de Mont-de-Marsan. El negocio pues se trató por medio de embajadores en Bayona. Los de Francia exigían como preliminar la separación de don Sancho de su esposa doña María, para venir a parar en lo del segundo enlace propuesto, de lo cual nada había dicho al rey el abad de Valladolid. No solamente no accedieron a ello los de España, sino que la noticia de tal pretensión causó tanto enojo a don Sancho, que llamó inmediatamente a sus embajadores, y sin querer tratar más, tomó el camino de Vitoria, donde se hallaba la reina. El abad de Valladolid fue desde entonces objeto de la enemiga y saña de los regios esposos. El rey mandó al arzobispo de Toledo que le tomara cuentas de las rentas reales que administraba: encontráronse cargos graves que hacerle, y murió misteriosamente en una prisión (94).

            Cabalmente era punto este del matrimonio en que menos que en otro alguno transigía don Sancho. Decía y proclamaba que no había rey en el mundo mejor casado que él; y si bien apetecía la dispensa de Roma y enviaba para obtenerla gruesas sumas, también sostenía con firmeza sus derechos, y alegaba para ello dos razones: la primera, que a otros príncipes, duques y condes había dispensado el papa en igual grado de parentesco que él, y arriba estaba Dios que le juzgaría; la segunda, que otros reyes de su casa en el mismo grado que él habían casado sin dispensación, y «salieron ende muy buenos reyes, y muy aventurados, y conqueridores contra los enemigos de la fe, y ensanchadores y aprovechadores de sus reinos.»

Mas todo el vigor, toda la bravura, toda la energía de carácter que había desplegado don Sancho; así en las relaciones exteriores como en los negocios interiores del reino, así cuando era príncipe como después de ser rey, desaparecía en tratándose de don Lope de Haro, señor de Vizcaya, que parecía ejercer sobre el ánimo del monarca una especie de influjo mágico. A pesar de la actitud semi-hostil que el de Haro había tomado desde la retirada de Sevilla, ni pedía al rey gracia que no le otorgara, ni había honor, título ni poder que don Lope no apeteciera. Habiendo fallecido en Valladolid don Pedro Álvarez mayordomo del rey (1286), solicitó el de Haro que le nombrase su mayordomo y alférez mayor, y que le hiciese conde además con todas las funciones y toda la autoridad que en lo antiguo los condes habían tenido, con lo cual, decía, se aseguraría la tranquilidad del reino, y acrecerían cada año las rentas del tesoro. Concedióselo todo el rey; mas no satisfecho todavía con esto don Lope, atreviose a proponerle que para seguridad de que no le revocaría estos oficios, le diese en rehenes todas las fortalezas de Castilla para sí, y para su hijo don Diego si él muriese. Don Sancho, con una condescendencia que maravilla y se comprende difícilmente en su carácter, accedió también a esto, y así se consignó y publicó en cartas signadas y selladas, obligándose por su parte don Lope y su hijo don Diego a no apartarse jamás del servicio del rey y de su hijo y heredero el infante don Fernando. En el mismo día que tales mercedes fueron concedidas, dio el rey el adelantamiento de la frontera a otro don Diego, hermano de don Lope, a título hereditario (enero, 1287). Dio además al señor de Vizcaya una llave en su cancillería. De modo que la familia de Haro, emparentada ya con el rey y con el infante don Juan, teniendo en su mano los castillos, el mando de la frontera, el del ejército, y la mayordomía de la casa real, no solo quedaba la más poderosa del reino, sino que tenía como supeditada a sí la corona. Crecieron con esto las exigencias del orgulloso don Lope, y habiendo pedido que fuese despedida de palacio la nodriza de la infanta doña Isabel, tampoco se lo negó el monarca, y el aya y todos los que suponía ser de su partido fueron expulsados de la real casa con gran sentimiento de la reina. Esto era precisamente lo que buscaba don Lope, indisponer a los regios consortes, con el pensamiento y designio, si el matrimonio se disolvía y anulaba, de casar al rey con una sobrina suya, hija del conde don Gastón de Bearne. Penetrábalo todo la reina, que era señora de gran entendimiento; pero disimulaba y esperaba en silencio la ocasión de que el rey conociera la mengua que con la excesiva privanza del de Vizcaya padecían él y el reino.

El desmedido influjo del conde de Haro, la revocación que el monarca había hecho de muchas de las exenciones y privilegios concedidos a las órdenes militares y a los nobles del reino cuando los necesitó para conquistar el trono, la prohibición a los ricos-hombres de adquirir dominios o derechos productivos en los lugares del rey, los agravios y perjuicios que muchos grandes decían haber sufrido en sus señoríos y de que culpaban a don Lope, y la envidia con que se veía su privanza, todo esto produjo alteraciones y alzamientos de parte de los ricos-hombres y señores, a quienes alentaba y capitaneaba el infante don Juan, que desde la villa de Valencia en el reino de León (la cual desde entonces tomó el nombre de Valencia de don Juan que hoy conserva) se mantenía en una actitud de casi abierta hostilidad al rey. Dirigíase un día don Sancho a Astorga a asistir a la misa nueva del prelado, cuando en el puente de Órbigo se vio asaltado por los ricos-hombres y caballeros de León y de Galicia acaudillados por el infante don Juan, el cual a nombre de todos le pidió que allí mismo los desagraviase. Contestole el rey que al día siguiente se verían en Astorga y tratarían. En efecto, al otro día, que lo era de San Juan (1287), presentáronse los tumultuados a la puerta de la ciudad, tan amenazadores y exigentes, que hallándose el rey en la iglesia, puesta la corona y las vestiduras reales, y el obispo revestido de pontifical, fue menester que el prelado con el mismo ropaje sagrado que vestía para la misa saliera a decir a los ricos-hombres que el rey satisfaría a su demanda tan luego como llegase el conde don Lope a quien esperaba, y así aconteció más adelante, convencido don Sancho de que los desagravios que los demandantes pedían eran justos.

Hízole esto al rey volver en sí, y conocer los peligros del desmedido poder que había dado al señor de Vizcaya. En este sentido le habló también el rey don Dionís de Portugal en una entrevista que con él tuvo en Toro para tratar cosas concernientes a ambos reinos. Iguales avisos le dio el obispo de Astorga, el cual mejor que otro alguno había experimentado hasta donde rayaba el orgullo y la osadía del conde, puesto que con motivo de una cuestión en que andaban desacordes el conde y el prelado, buscole don Lope en su propia casa, y después de haberle dirigido todo género de denuestos, «maravíllome, añadió, cómo no os saco el alma a estocadas.» Y hubiera hecho más con el obispo, dice la crónica, sino se hubieran interpuesto dos ricos-hombres que con don Lope iban (95).

            Todo esto hizo pensar al rey en sacudir el yugo de un vasallo tan orgulloso, y cuyas intenciones iban tan lejos, que la misma sucesión a la corona peligraba si siguiese adelante la prepotencia del de Haro. Pero el miedo que el rey tenía ya al mismo a quien tanto había engrandecido, hízole proceder con mucha cautela y disimulo, aguardando ocasión oportuna para deshacerse del poderoso magnate, dispensándole entretanto las mismas consideraciones que antes y las mismas demostraciones de especial y distinguido aprecio.

Las cortes celebradas en Toro aquel mismo año (1287), y a que hizo asistiesen el infante don Juan y el conde don Lope, le abrieron el camino para su plan ulterior. Los reyes de Aragón y de Francia, prosiguiendo en sus antiguas querellas, solicitaban ambos la alianza de Castilla. El rey pidió consejo a los ricos-hombres y prelados de las cortes sobre cuál de las dos avenencias le convendría preferir. Don Lope y don Juan le aconsejaron se decidiera por el de Aragón; la reina, el arzobispo de Toledo, y varios ricos-hombres representáronle como más ventajoso adherirse al de Francia: el rey adoptó el dictamen de la reina y del primado, y don Lope y don Juan salieron de Toro desabridos con el monarca, comenzando el infante a correr hostilmente las tierras de Salamanca y de León. Como el rey se quejase al de Haro de la sinrazón con que el infante le hacia la guerra, «señor, le contestó el orgulloso conde, todo lo que hace el infante lo hace por mi mandado.» La respuesta era demasiado explícita para que el rey hubiera dilatado la venganza, si hubiera creído llegada la oportunidad y sazón de hacerlo: pero disimuló todavía. Por último, después de muchas negociaciones entre el monarca y los díscolos magnates, suegro y yerno, pudo lograr que le ofrecieran concurrir a las cortes que pensaba tener en Alfaro, donde arreglarían sus diferencias, y acabaría de resolverse la cuestión de alianzas incoada en las de Toro. Congregadas, pues, las cortes en Alfaro en las casas mismas que habitaba el rey (1288), y puesto al debate el asunto de las alianzas de Francia y Aragón, levantose el rey, y so color de una urgencia salió del salón diciendo: «fincad vos aquí en el acuerdo, ca luego me verné para vos, y decirme heis lo que oviéredes acordado.» Vio don Sancho que la guardia de su gente que rodeaba el palacio era más numerosa que la de sus dos soberbios rivales, y pareciole llegada la ocasión de vengarse de ellos. Volvió, pues, y asomando a la puerta de la sala, «Y bien, preguntó, ¿avedes ya acordado? –Entrad, señor, le respondieron, y decíroslo hemos. –Ayna lo acordastes, replicó el rey, pues yo con otro acuerdo vengo, y es que vos ambos (dirigiéndose a don Lope y don Juan) finquedes aquí conmigo fasta que me dédes mis castillos. –¿Cómo? exclamó el conde; ¿presos? ¡Ha de los míos!» Y echando mano a un gran cuchillo fuese el brazo levantado derecho al rey. Mas acudiendo a protegerle dos de sus caballeros dieron tan fuerte mandoble con su espada al osado conde, que cayó su mano cortada al suelo con el cuchillo empuñado; luego golpeándole, sin orden del rey, con una maza en la cabeza, acabaron de quitarle la vida.

El rey mismo, dirigiéndose a Diego López y preguntándole por qué le había corrido las tierras de Ciudad-Rodrigo, como don Diego en su turbación no acertase qué responder, le dio tres golpes con su espada en la cabeza dejándole por muerto. Amenazaba hacer otro tanto con el infante don Juan, que también con otro cuchillo había herido a dos caballeros del rey, si la reina, que acudió al ruido que oyó desde su cámara, no se hubiera interpuesto, contentándose por entonces don Sancho con poner en prisión y con grillos al infante (96). Tal fue el sangriento término que tuvieron las cortes de Alfaro, testimonio inequívoco de la rudeza de aquella época y de la índole brava de aquel rey.

            Una nueva guerra civil siguió a esta escandalosa escena. Don Sancho corrió la Rioja, tomando algunos de los castillos, que estaban por el conde. Mas habiéndose presentado la condesa viuda, díjole el rey que no habiendo sido su intención matar a don Lope, sino que él mismo se había precipitado a la muerte, mantendría a su hijo don Diego en los mismos cargos y oficios que obtenía su padre, siempre que se estuviese quieto y no le moviese guerra. Así lo prometió al pronto la condesa doña Juana de Molina (que era hermana de la reina), ofreciendo influir con su hijo a fin de que aceptara pacíficamente el partido que el rey le proponía; más luego que se vio con él, fue su más fogosa instigadora para que tomara una venganza ruidosa y completa. Uniéronse entonces todos los de la familia de Haro, inclusa la esposa del infante don Juan con su pariente Gastón vizconde de Bearne para proclamar a los infantes de la Cerda como legítimos herederos del trono de Castilla; y don Diego López el hijo del conde asesinado pasó a Aragón a persuadir al rey don Alfonso III que pusiera en libertad a los infantes, que como sabemos, continuaban encerrados en el castillo de Játiva. Alegrose de esto el aragonés, disgustado como estaba del de Castilla por la preferencia que éste había manifestado siempre por la alianza francesa. Proclamaron, pues, don Diego López y los suyos por rey y señor de Castilla a don Alfonso de la Cerda, y le besaron la mano como a tal. La guerra se encendió, y la Vizcaya entera con una parte de la Vieja Castilla se declaró contra el matador de su señor don Lope, apellidando en los castillos a don Alfonso como en Aragón, y enarbolando bandera por él. Cuando don Sancho se hallaba combatiendo los castillos rebeldes de los cuales tomo muchos, castigando severamente a los defensores, íbanle llegando nuevas de bien diferente especie. El nuevo rey de Marruecos solicitaba mantener con él la paz que había concertado con su padre, en lo cual vino con gusto don Sancho. Los mensajeros que éste había enviado a Francia volvieron con buena respuesta del rey Felipe el Hermoso, que le convidaba a tener con él una entrevista en Bayona. Pero en cambio supo que don Diego, el hermano de don Lope, el adelantado de la frontera de Andalucía, a quien el rey había llamado a sí ofreciéndole el señorío de Vizcaya, se había fugado desde Aranda, viniendo en compañía del maestre de Calatrava, y pasádose a Aragón a incorporarse con su sobrino y con los que seguían su bando.

Continuó no obstante don Sancho tomando fortalezas; fuese luego a Vitoria, donde la reina acababa de dar a luz otro príncipe, que se llamó don Enrique; regresó a Burgos; encerró en aquel castillo al infante don Juan, prosiguió a Valladolid, y de aquí partió a Sabugal a verse con el rey don Dionís de Portugal, el cual le dio ayuda de gente para la guerra de Aragón. Regresando después a Castilla, hizo llamamiento general de todas sus huestes y se puso con ellas sobre Almazán para resistir a los de Haro, al vizconde Gastón de Bearne, y al mismo rey don Alfonso III de Aragón, que puestos en libertad los infantes de la Cerda, y proclamado el primogénito de ellos don Alfonso en Jaca como rey de Castilla con el nombre de Alfonso XI, se había unido ya abiertamente a los confederados. El joven don Diego López, hijo del asesinado, había muerto ya a la sazón a consecuencia de excesos y desarreglos a que como joven se había dejado inconsideradamente arrastrar.

Era el mes de abril de 1289. El rey de Castilla dejo al frente de sus tropas a don Alfonso de Molina, hermano de la reina, mientras él con una hueste para contener a los vascongados iba a Bayona a celebrar las vistas concertadas con Felipe IV de Francia. Mas al llegar a San Sebastián hallose con mensajeros del francés que venían a decirle de parte de este monarca que el estado de las cosas de su reino no le permitía en aquellos momentos concurrir a Bayona, y que sería bueno aplazar la conferencia para el mes de mayo. Probablemente se proponía el monarca francés dar treguas y estar en expectativa del resultado de la guerra que amenazaba entre el aragonés y el castellano, y tomar después partido con más seguridad. Con esto se volvió don Sancho a incorporarse a su ejército. Aragoneses y castellanos se vieron de frente en la frontera de ambos reinos, sin atreverse unos ni otros, antes bien esquivando al parecer el darse batalla. Limitose, pues, por entonces esta guerra a alguna incursión que el aragonés y los confederados hicieron en los pueblos de Castilla, y a alguna invasión que a su vez hizo don Sancho en Aragón, distinguiéndose éste por los estragos que en estas irrupciones hacía.

Don Diego de Haro era el que entretanto recobraba con sus vizcaínos y algunos auxiliares aragoneses las plazas del señorío de su hermano, y aun se atrevía a correrse por tierras de Cuenca y Alarcón, haciendo presas de ganados. El rey de Castilla envió contra él algunas huestes al mando de Ruy Páez de Sotomayor: más los altivos ricos-hombres castellanos se negaron a batir al enemigo a las órdenes de un jefe a quien no tenían por digno de mandarlos, y de quien decían que debía tan solamente su puesto al favor del rey. El pundonoroso Ruy Páez quiso mostrar que por lo menos no le faltaba la cualidad de valiente, acometiendo con sola su hueste al de Vizcaya, y la honrosa muerte que recibió peleando justificó que el rey había elegido un hombre que no carecía ni de pundonor ni de arrojo.

Cuando en un punto de un reino hay alzada una bandera de rebelión, a ella apelan y recurren los descontentos de todas partes, y los que temen el rigor de las leyes o de la autoridad. Así se proclamó a don Alfonso de la Cerda en la capital de Extremadura. Una cuestión suscitada entre los dos partidos de bejaranos y portugaleses, en que estaba dividida Badajoz, y que llegó a ventilarse con las armas, produjo quejas de los vencidos al rey, desobediencia de los vencedores a las cartas y mandatos del monarca. Temiendo estos últimos las iras y el castigo del soberano, alzaron voz por el infante de la Cerda. Envió don Sancho contra Badajoz a los maestres de todas las órdenes militares con sus respectivas huestes y banderas. Aseguraron estos a los sublevados de parte del rey que no les harían daño alguno si se entregaran; rindiéronse ellos en la fe de esta promesa, más luego «mandó el rey, dice su crónica, que matasen a todos aquellos que eran del linaje de los bejaranos, y mataron entre o mes y mugeres bien cuatro mil o más (97).» Tal era la justicia que proseguía haciendo don Sancho el Bravo. Llegado a Toledo, supo que allí se habían cometido muertes, robos, violencias y otros crímenes; se informó de que el alcalde mayor Garci Álvarez no los había castigado como debía, y mandó matar al alcalde, a su hermano Juan Álvarez, y a muchos otros principales caballeros. Otro tanto hizo en Talavera y en Ávila con los malhechores, o acaso sediciosos que habían perturbado el país. Por medio de estos sumarios procedimientos restituía don Sancho el sosiego a las poblaciones.

            Alarmó por este tiempo y desazonó a muchos nobles y caballeros castellanos el favor y privanza que dispensó el rey a don Juan Núñez de Lara, que se había hecho célebre en Aragón en el reinado de Pedro el Grande por las guerras y disturbios que desde Navarra no había cesado de mover como aliado interesado y venal del rey de Francia. Ligado ahora con el de Castilla contra el de Aragón, preferido por don Sancho sobre todos los demás nobles y barones, y nombrado adelantado de la frontera aragonesa, muchos caballeros antes privados del rey y ahora no sin fundamento resentidos y celosos del nuevo favorito, discurrieron indisponerlos y desavenirlos entre sí por medio de escritos anónimos y cartas apócrifas con sellos contrahechos (que ya entonces se conocían y practicaban tan innobles y dañosas invenciones), en que avisaban al de Lara, que el rey meditaba asesinarle. Creyolo don Juan Núñez recordando el ejemplo de don Lope Díaz en Alfaro, y saliose de Valladolid huyendo del rey. Habló la reina con el de Lara, hízole ver la falsedad de aquel aviso, le convenció de lo ajeno que el rey estaba de las intenciones y proyectos que le atribuían, y logró que se viesen y reconciliasen. Mas habiendo pedido el de Lara algunos castillos en rehenes y seguridad de aquella avenencia, desconvinieron sobre esto, y entonces don Juan Núñez se pasó al rey de Aragón, y uniéndose a los confederados hizo cruda guerra al de Castilla por la parte de Cuenca y Alarcón. De nuevo intervino la reina, que, aunque acababa de dar a luz otro hijo en Valladolid, nunca y en ningún estado tenía pereza para acudir donde su consejo o influjo pudiera ser útil al rey y al reino. Después de muchas negociaciones accedió don Juan Núñez a volver a Castilla y a renovar su amistad con don Sancho; pero exigiendo ahora en rehenes, ya no solo castillos sino los principales ricos-hombres y caballeros que en la fortaleza de Moya se hallaban, y que además su hijo don Juan Núñez había de casar con doña Isabel de Molina, sobrina de la reina, con todos sus derechos sobre el señorío de Molina. Otorgóselo todo don Sancho, y todo se cumplió, que a tal necesidad se veían entonces reducidos los reyes, y tales pactos se veían obligados a hacer con sus súbditos más revoltosos y más osados (1290).

Pero otra vez el de Lara en Castilla, otra vez y muy brevemente volvieron a jugar las tramas y los chismes de los otros magnates, las denuncias misteriosas, las cartas fingidas (98) , las desavenencias del de Lara y el rey, las pláticas de la reina, las reconciliaciones momentáneas, los castigos horribles a los delatores, al modo que Sancho el Bravo acostumbraba a hacerlos, hasta que al fin el receloso y suspicaz don Juan Núñez, de por sí bullicioso y voluble y amigo de reyertas y novedades, no contento con declararse contra el rey, le suscitó otro enemigo en Galicia, en la persona de don Juan Alfonso de Alburquerque para que le incomodara y distrajera por aquel punto extremo del reino. Para acudir a lo de Galicia, pareciole conveniente a don Sancho (sin que las crónicas nos expliquen las razones de conveniencia que para ello tuviese) poner en libertad al infante don Juan su hermano, sacándole del castillo de Curiel, en que entonces se hallaba (1291), y llevado a Valladolid, prestó allí juramento de fidelidad al rey y su sobrino Fernando como sucesor de su padre en el trono. Pasó después de esto don Sancho a Galicia donde se manejó tan hábilmente que sosegó el país y aun logró atraer a su servicio al mismo Alburquerque. Acercose después a la frontera de Portugal para tener unas vistas con el rey don Dionís que había manifestado desearlo, y en ellas se ajustó el matrimonio de futuro del primogénito de Castilla don Fernando que contaba entonces seis años, con la princesa doña Constanza de Portugal, que acababa de nacer. En cuanto al de Lara, fuese por último para el rey de Francia, de donde conviniera más que no hubiera venido nunca a acabar de perturbar el reino.

Ya antes de estas cosas (1290) se había realizado la entrevista tantas veces propuesta, acordada y aplazada de los reyes de Francia y de Castilla en Bayona. Después de varias pláticas arreglaron los dos soberanos su pleito, como entonces se decía, renunciando Felipe de Francia a toda pretensión al trono de Castilla en favor de Alfonso de la Cerda, y obteniendo en remuneración para el infante el reino de Murcia, a condición de reconocer homenaje a la corona de Castilla. Mas lo que complació muy especialmente a don Sancho, y todavía más a la reina, fue la promesa que por un artículo expreso del tratado les hizo de emplear todo su valimiento para con el papa a fin de alcanzar la dispensa matrimonial tan deseada, y con tanta instancia y solicitud, aunque infructuosamente, por ellos pedida, como en efecto se obtuvo andando el tiempo, con indecible satisfacción de los dos esposos, que se amaban entrañablemente. La muerte de Alfonso III de Aragón, ocurrida en 1291, y el advenimiento al trono aragonés de Jaime II su hermano (de que más detenidamente en la historia de aquel reino trataremos), dieron nuevo y diferente giro a las relaciones y negocios de ambas monarquías. Jaime II que no tenía prevenciones contra Sancho de Castilla, propúsole su amistad y le pidió la mano de su hija la infanta Isabel, aunque niña de nueve años. Sancho que meditaba ya la célebre expedición, de que luego hablaremos, contra los moros de Andalucía, y que no veía en aquella alianza nada contrario al tratado de Bayona, no vacilo en aceptarla, convidando al aragonés a que se viesen en tierra de Soria. Hízose así, y no solamente quedó concertada la boda del de Aragón con la infanta Isabel de Castilla para cuando ésta cumpliese doce años, sino que ofreció también don Jaime asistir al castellano con once galeras armadas para aquella guerra. No llevó a mal Felipe de Francia este asiento de los dos monarcas españoles, antes bien cuando se le comunicó don Sancho, contestole dándole su aprobación, «y que fincasen las posturas y amistades entre ambos, según que antes estaban (99)».

            Veamos ahora cómo acaeció el suceso que hizo célebre el reinado de Sancho el Bravo. El nuevo emir de Marruecos Yussuf Abu Yacub estaba irritado contra el rey de Granada Mohammed II. por la manera

. poco noble con que había ganado al wali de Málaga y apartándole de la obediencia del emir africano. Resuelto éste a vengarse del granadino, pasó con sus tropas a Algeciras y procedió a poner sitio a Vejer. El de Granada había renovado sus pactos de amistad con Sancho de Castilla, y en su virtud una flota castellana, al mando de Micer Benito Zacharía de Génova, fue en auxilio de Mohammed. Temeroso el africano de que le fuera cortada la retirada, apresuróse a regresar a Algeciras, y de allí se embarcó para Tánger. Allí mismo le fue a buscar el intrépido genovés, almirante de la escuadra castellana, y a la vista del emir y de las numerosas kabilas que había reunido, quemó todos los barcos sarracenos que había en la costa de Tánger (1292). Afectado con este desastre el rey de los Merinitas partió lleno de despecho a Fez, donde le llamaban atenciones urgentes del Estado (100)Sancho de Castilla, queriendo sacar fruto de la retirada de Yussuf y de la quema de sus naves, determinó apoderarse de Algeciras, y aunque el rey de Portugal se excusó con buenas razones de darle el auxilio que le pedía para esta empresa, reunió sus huestes y llegó con ellas a Sevilla acompañado de la reina, que le seguía a todas las campañas, en cualquier estado que se hallase, que era en aquella sazón bien delicado, puesto que a los pocos días de llegar nació en Sevilla el infante don Felipe. Tan luego como recibió la flota que había hecho armar en los puertos de Galicia, Asturias y Castilla, diose la armada a la vela; y aunque el intento era cercar a Algeciras, el rey por consejo de los jefes y capitanes decidió poner sitio a Tarifa, plaza más fronteriza de África, y que dominaba mejor el estrecho. Combatiéronla pues los castellanos por mar y tierra tan fuertemente, que el 21 de setiembre (1292) cayó en su poder tomada a viva fuerza. Dejó en ella una fuerte guarnición, y encomendó su gobierno a don Rodrigo Pérez Ponce, maestre de Calatrava, a quien se obligó a pagar para los gastos del sostenimiento dos millones de maravedís por año, cantidad para aquel tiempo exorbitante, y él regresó a Sevilla bastante enfermo de las fatigas que había sufrido en el sitio.

            Sin embargo, el maestre de Calatrava solo tuvo el gobierno de Tarifa hasta la primavera del año siguiente, que un ilustre caballero castellano ofreció al rey defenderla y gobernarla por la suma anual de seiscientos mil maravedís. El rey aceptó la proposición y el maestre de Calatrava fue reemplazado por Alfonso Pérez de Guzmán el Bueno, señor de Niebla y de Nebrija, que habiendo estado antes al servicio del rey de Marruecos asistiéndole en las guerras contra otros príncipes africanos, según en otra parte hemos tenido ya ocasión de indicar, había adquirido en África una inmensa fortuna, con la cual había comprado en Andalucía grandes territorios, y unido esto al señorío de Sanlúcar de Barrameda, heredado de sus padres, le hacia uno de los más opulentos y poderosos señores de la tierra.

Un año trascurrió sin guerra formal por aquella parte, en cuyo tiempo no faltaron a Sancho de Castilla asuntos graves en que ocuparse dentro de su propio reino. Habiéndole encomendado el monarca francés la delicada misión de procurar un concierto entre su hermano Carlos de Valois y el rey don Jaime de Aragón, bajo la base de que si el aragonés renunciaba lo de Sicilia volviéndolo a la Iglesia, el de Valois renunciaría también la investidura del reino de Aragón que el papa le había dado; habló primeramente don Sancho con su tío don Jaime en Guadalajara, y no fue poco lograr el reducir a los dos príncipes contendientes a celebrar con él una entrevista en Logroño, y tratar allí personalmente entre los tres los pleitos y diferencias que sobre derechos y posesión de reinos entre sí traían. Túvose en efecto la reunión en Logroño (1293), más como no se concertasen el de Francia y el de Aragón en lo relativo a Sicilia, partiéronse desavenidos, quedándole al castellano el sentimiento de ver frustrada su mediación, aunque con la satisfacción de haber hecho lo que estaba de su parte para traerlos a términos de concordia. Otro mayor disgusto tuvo en este tiempo don Sancho, y fue que su hermano el infante don Juan, a quien acababa de sacar de su prisión, pero a quien se conoce no agradaban ni la fidelidad ni el reposo, habíase alzado de nuevo contra su hermano, moviendo asonadas en unión con don Juan Núñez el Mozo, el hijo del otro don Juan Núñez que se había retirado a Francia. Perseguidos activamente y acosados por el rey los dos rebeldes, el Núñez imploró la indulgencia del monarca, y viniéndose a él le juró que le serviría fielmente y así lo hizo: el infante se refugió a Portugal, desde donde hacía a su hermano don Sancho cuanto daño podía. Con estas nuevas el inquieto don Juan Núñez el Viejo vínose otra vez de Francia a Castilla, y poniéndose al servicio del rey emprendió, en unión con sus dos hijos don Juan y don Nuño, una guerra viva contra el infante, cuyos pormenores y vicisitudes es innecesario a nuestro intento referir. Lo importante fue que habiendo reclamado el rey de Castilla del de Portugal la expulsión de sus tierras del turbulento infante en conformidad a los tratados que entre ellos mediaba, salió el revoltoso don Juan de aquel reino para el de África con el intento que vamos a ver.

Tan luego como el rebelde infante castellano llegó a Tánger, ofreció al rey Yussuf de Marruecos, que se hallaba en Fez, que si ponía a su disposición algunas tropas recobraría para él a Tarifa, arrancándola del poder de su hermano. El emir ordenó a sus caudillos que le acompañaran con cinco mil zenetas de caballería, con cuya hueste y con las tropas que de Algeciras le dieron, puso el infante don Juan su campo delante de Tarifa, y comenzó a batir sus muros con toda clase de máquinas e ingenios que entonces se usaban. Defendía la plaza con valor y con inteligencia Alfonso Pérez de Guzmán. «Apurado el príncipe Juan, dice el historiador arábigo, por no poder cumplir la palabra que había dado al rey, acordó de probar por otra vía lo que por fuerza no era posible.» El recurso a que apeló don Juan había de dejar memoria perpetua en los siglos por el rasgo de grandeza y de patriotismo a que dio ocasión. Tenía el infante en su poder un tierno mancebo, hijo de don Alfonso de Guzmán, al cual colocó frente a la muralla de Tarifa, y envió a decir a Guzmán que si no le entregaba la plaza podía ver desde el muro el sacrificio que estaba resuelto a hacer de su hijo. Lejos de doblegarse por esto el ánimo heroico de Guzmán, antes querré, contestó, que me matéis ese hijo, y otros cinco si los tuviese, que daros esta villa que tengo por el rey (101). Y arrojando desde el adarve al campo su propio cuchillo, se retiró. El infante don Juan (¡indigna y cobarde acción que nos duele tener que referir de un príncipe castellano!) degolló al tierno hijo de Alfonso con el cuchillo de su mismo padre, y llevando más allá su ruda barbarie, hizo arrojar la cabeza a la plaza con una catapulta para que su padre la viese. Barbarie inútil, puesto que lejos de consternar a Alfonso la vista de la sangrienta prenda, le animó a defender con más bravura la plaza, tanto que al fin el príncipe cristiano y sus auxiliares musulmanes tuvieron que abandonar el cerco y retirarse vergonzosamente a Algeciras (102). Este rasgo de inaudita y ruda heroicidad valió a Alfonso el renombre con que le conoce la posteridad de Guzmán el Bueno (1294).

            Viendo el rey de los Beni-Merines que perdida Tarifa no podría conservar a Algeciras contra las fuerzas y el poder naval de don Sancho, prefirió dársela al rey de Granada por una cantidad de metales de oro, a fin de que no saliese del dominio de los musulmanes, y en su virtud se posesionó de ella Mohammed de Granada, quedando de este modo los africanos sin una sola posesión en la península española, «y Abu Yacub, dice su historia, cuidó de sus cosas de África, sin pensar más en Andalucía.»

Las vicisitudes de la suerte trajeron otra vez por este tiempo a Castilla al infante don Enrique, hijo de San Fernando y tío del rey, aquel príncipe valeroso y aventurero, que después de haber estado en Túnez y peleado en Sicilia en favor de Conradino, había sido encerrado en una prisión por Carlos de Anjou en la Pulla, y a quien al cabo de veinte y seis años acababa de poner en libertad en virtud de un tratado el rey Carlos el Cojo. Recibiole don Sancho muy bien, y señaló grandes heredades y tierras para su mantenimiento. Este príncipe después de tantas aventuras por extraños reinos estaba destinado todavía a causar no pocas perturbaciones y a correr nuevos azares en España. Don Sancho le llevó consigo, juntamente con los hijos de don Juan Núñez, a la última de sus expediciones bélicas, cuyo objeto fue acabar de expulsar de Vizcaya al rebelde don Diego López de Haro, que aun andaba revolviendo el país.

Habíasele ido agravando a don Sancho la enfermedad que contrajo en el sitio de Tarifa, y como se aproximase el invierno (1294), vínose para Alcalá de Henares, donde quiso prevenirse para el caso de muerte que no veía lejana, otorgando su testamento ante el arzobispo de Toledo y otros prelados, su tío el infante don Enrique y muchos ricos-hombres y maestres de las órdenes militares. En él señalaba por heredero del trono a su primogénito don Fernando, y atendida su corta edad, que era de nueve años solamente, nombraba tutora del rey y gobernadora del reino hasta la mayoría del príncipe a la reina doña María de Molina, señora de gran prudencia y entendimiento. A don Juan Núñez le recomendó mucho que no abandonara nunca al príncipe su hijo «hasta que tuviese barbas,» según expresión de la crónica, y él lo ofreció así bajo juramento. Hízose luego trasladar a Madrid, y de aquí fue llevado en hombros humanos a Toledo, donde al cabo de un mes (abril de 1295), recibidos con cristiana devoción todos los sacramentos de la Iglesia, expiró a poco más de la media noche del 25 de abril a los treinta y seis años de edad no cumplidos y a los once de su reinado (103) Diósele sepultura en la catedral de Toledo en una tumba que él mismo se había hecho erigir cerca de la de Alfonso VI (104).

Alfonso VIII

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Alfonso IX

Fernando III

Alfonso X

Sancho IV (siendo Rey)


ESTADO SOCIAL DE ESPAÑA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIII

CASTILLA

DE 1252 a 1295

Con el reinado de Alfonso el Sabio comienza un nuevo período en la vida social de España. Desde Covadonga a Toledo es la nación que pugna por vivir; desde Toledo a Sevilla es la nación que vive y se robustece luchando; desde Sevilla a Granada es la nación que trabaja en organizarse. De Pelayo a Alfonso VI es la infancia y la pubertad de la nueva sociedad española: del sexto al décimo Alfonso es su juventud y su virilidad: de Alfonso el Sabio a Isabel la Católica será su madurez y su decrepitud; aquella decrepitud, que lleva en su muerte el germen de otra vida que sin dejar de ser nueva es la continuación de la antigua; es más bien que una nueva vida una nueva forma de ser y de existir: es el retoño que brota para vivir y crecer lozano, de las raíces del árbol viejo que se seca y muere, siendo otro árbol sin dejar de ser el mismo. Así hemos visto nacer la edad media de la edad antigua, y así veremos nacer la edad moderna de esta edad media, en cuyo tercer período hemos entrado.

Al lado de este pueblo y de esta nacionalidad se ha formado y crecido otro pueblo y otra nacionalidad que no es la castellana, aunque es también española: es el pueblo y la nacionalidad aragonesa. También Aragón cuenta sus tres períodos de edad media como Castilla. Desde el Pirineo a Zaragoza es la nación que pugna por vivir; desde Zaragoza a Valencia es la nación que se robustece peleando; desde Valencia a Granada, donde se refundirá en Castilla, es la nación que trabaja por organizarse. De Iñigo Arista a Alfonso el Batallador es la infancia y la pubertad de la sociedad aragonesa; del primer Alfonso a Jaime I es su juventud y su virilidad; de Jaime I a Fernando II será su madurez y su decrepitud; decrepitud que llevará en su muerte el germen de otra vida, de otra forma de ser, que sin dejar de ser nueva será la continuación de la antigua.

Aragón, hijo emancipado de Navarra, en su robusto desarrollo ha ido reasumiendo en sí todos los elementos de vida de la España Oriental, Aragón, Cataluña, Valencia, las Baleares, todo es Aragón. Castilla, hija emancipada de Asturias y León, ha ido concentrando en sí todo lo que se extiende de Norte a Mediodía: Galicia, Asturias, León, Extremadura, Castilla y Andalucía, todo es Castilla. En Aragón a la mitad del siglo XIII no ha quedado nada por conquistar de los moros; los hijos de don Jaime no tienen que hacer sino conservar. Este pueblo se ha apresurado a cumplir la primera parte de su misión, la de expulsar los enemigos de la fe y recuperar una patria perdida. En Castilla ha quedado todavía Granada. Fortuna fue para San Fernando el haber vivido menos que don Jaime, porque lleno de gloria en la tierra pasó más pronto a gozar de otra mayor gloria en el cielo; pero fue desgracia para los castellanos, porque les dejó todavía una tarea penosa que llenar. Sin embargo, aunque la reconquista no quedó terminada, quedó por lo menos decidida.

Por tanto, así como la obra principal de los españoles hasta don Jaime y San Fernando, y la necesidad apremiante de España, era la lucha y el material vencimiento de los enemigos exteriores, la adquisición y ensanche de territorio, luchar para vencer y vencer para poder vivir, sin que por eso dejara de ir marchando lentamente la sociedad española hacia su organización; así, desde aquella época en orden inverso, la fuerza y la vitalidad de la sociedad española se gasta principalmente en organizarse y constituirse política y civilmente, sin que por eso deje de emplear de tiempo en tiempo un resto de su vigor en ir consumando lentamente la reconquista material. La obra de su organización es poco menos laboriosa y poco menos sangrienta que la de la reconquista; las naciones como los individuos aprenden a costa de sufrir, y cuando les parece que han llegado a comprender las reglas de la vida es cuando mueren para pasar a otra vida nueva. Es el destino de la humanidad colectiva como de la humanidad individual.

En este período que abarca nuestro capítulo, la vida política de ambos pueblos, Castilla y Aragón, es casi igualmente activa, turbulenta y agitada. Pero Castilla se reconcentra en sí misma, y su vida es toda interior. Mientras Aragón rebosando vitalidad y robustez, cuando le faltan conquistas que hacer dentro de sus propios límites, se sale fuera de sí mismo, se desborda, se lanza los mares adelante, se derrama por África y Europa, hace sentir en todas partes el peso de sus barras, influye, obra o interviene en todas las cuestiones del mundo, conmueve los imperios de Oriente y Occidente, concita contra sí con su audacia la tiara y las coronas y les resiste solo: redime y hace suya la Sicilia, domina y aterra en Calabria, intimida a Nápoles, cercena los dominios de Roma, vence a Francia, e Inglaterra hace vanidad y alarde de ser su amiga. Aragón asusta al mundo con sus empresas exteriores, con su política interior le admira y asombra. La magnitud de los pensamientos, la grandeza de los sucesos, el interés histórico de España en este período está más en Aragón que en Castilla. Veamos, no obstante, de qué modo influyó cada reinado en el engrandecimiento y civilización de España, y en su marcha y condición social, comenzando por Castilla, según nuestro orden establecido, atendiendo siempre a ser la monarquía madre.

I. Alfonso el Sabio de Castilla es un ejemplo insigne de que un monarca ilustrado y docto, dotado de grandes cualidades personales, puede ser desgraciado en la gobernación de su reino. En nuestro discurso preliminar dijimos: «Castilla después de San Fernando hubiera necesitado otro rey conquistador, y tuvo un rey Sabio. Pensó en hacer leyes más que en acabar de expulsar a los moros, y se difirió por más de dos siglos la reconquista (105).» En efecto, Castilla con otro rey como San Fernando hubiera llevado a cabo la restauración, y Granada y Gibraltar hubieran dejado de pertenecer a los musulmanes. Si algún testimonio se necesitara de ello, daríalo bien patente la facilidad con que Alfonso, siendo como era, recobró a Jerez, Arcos, Niebla, y mucha parte del Algarbe. En rigor ni Alfonso dejaba de pensar en la expulsión de los infieles, ni le perjudicaron tanto para ello sus ocupaciones literarias como la debilidad de su carácter, el poco tacto para tratar a sus súbditos, nobles y pueblo, y la falta de tesón para proseguir sus empresas comenzadas.

Si oyéramos decir: «hubo un rey en Castilla, que a la edad de treinta y un años, la edad en que hay más vigor en el espíritu y más robustez en la diestra para manejar un cetro, heredó los más vastos dominios que hasta entonces hubiera poseído ningún monarca castellano, Asturias, Galicia, León, Extremadura, Castilla, Murcia, Jaén, Córdoba y Sevilla, y este rey, después de reinar treinta y dos años y habiéndole sido además ofrecida una corona imperial, murió pobre y oscuramente, desamparado de sus hermanos, abandonado de su esposa, de sus propios hijos, perseguido por los nobles, menospreciado de su pueblo, de ese pueblo castellano amante de sus reyes, con su corona empeñada en poder de un príncipe africano, infiel y enemigo, por algunas doblas de oro para poder vivir algún tiempo con el precio de su postrer alhaja: si esto oyéramos decir de un monarca castellano sin que se nos revelara su nombre, exclamaríamos: «¡bien falto de capacidad y de virtudes debió ser ese monarca para que así cayera de la cumbre de tan alto poder al abismo de tanta pobreza y desventura!» Mas si seguidamente se nos añadiera: «Sabed que ese rey de Castilla fue uno de los más esclarecidos soberanos que tuvo España; sabed que ese rey de Castilla fue un príncipe de privilegiado ingenio, de altas y sublimes concepciones, que tenía asombrado al mundo con su erudición y con su ciencia; sabed que ese rey de Castilla fue un filósofo ilustre, fue un historiador admirable, hablista elocuente, poeta fecundo, insigne matemático y astrónomo, y sobre todo, fue un legislador que no tuvo igual ni en su siglo ni en muchos siglos después; sabed que ese rey de Castilla fue el autor de la Crónica General de España, de las Cántigas y Querellas, de las Tablas Astronómicas, del Espéculo, del Fuero Real y de las Siete Partidas: sabed en fin, que ese rey de Castilla fue aquel don Alfonso a quien la posteridad ha honrado con el sobrenombre de el Sabio;» entonces, si no supiésemos su historia, crecería nuestro asombro, y no acertaríamos a comprender fenómeno tan extraño.

Por lo mismo, y para que la historia pueda servir de enseñanza a reyes y pueblos, es fuerza examinar cómo y por qué causas un monarca dotado de eminentes cualidades individuales puede desempeñar el cargo de la gobernación tan erradamente que ocasione su propia ruina y hasta la decadencia de su reino. Esto nos conducirá al propio tiempo al conocimiento del estado social de la monarquía castellana en aquella época, y al del influjo que ejerció este reinado en su suerte y en su porvenir.

Había en Castilla (y era consecuencia de causas que anteriormente hemos explicado) una nobleza que por lo poderosa llegó a hacerse insolente: San Fernando, príncipe de gran tacto político, sino de un prodigioso talento, conoció la necesidad de cortar el vuelo a los orgullosos magnates que se iban remontando a demasiada altura en alas de su desmentido poder; y lo logró a fuerza de prudencia y de energía; hízolos sumisos haciéndolos menos grandes: abolió el título y dignidad de conde; y valiéndose con preferencia para el gobierno del reino de letrados y hombres buenos de las ciudades, elevó la clase media e ilustrada y rebajó el poderío e influencia de la aristocrática y noble. Apartándose de este ejemplo su hijo Alfonso y siguiendo opuesto camino y sistema, aumentó con pródiga liberalidad las rentas y cuantías, y con ellas el poder de los grandes, y creyendo hacérselos más afectos y amigos y mejores servidores los hizo más soberbios, díscolos y exigentes (106). Un don Nuño de Lara, que llegó a tener en tiempo de Alfonso trescientos caballeros por vasallos, con los humos y la altivez hereditaria de su casa y familia, no podía ser un servidor sumiso del rey, sino un pretencioso rival del monarca, como lo fue. Así en su línea los demás. De modo que teniendo en cuenta las tradiciones históricas, los hábitos de la nobleza, las concesiones imprudentes del rey, el carácter débil de Alfonso, no se extraña ver a aquellos nobles, peticionarios exigentes en Lerma, retadores amenazantes en Burgos, rebeldes declarados en Granada, aliados de los moros y peleando como enemigos contra los amigos de su soberano en los campos de Antequera, y prestándose como quien otorga merced a pactos de avenencia con su soberano como de poder a poder en Córdoba y Sevilla.

Y era tanto más de extrañar el débil proceder de Alfonso para con los nobles, cuanto que su suegro don Jaime de Aragón, al despedirse de él en Tarazona al regreso de las bodas del príncipe Fernando en Burgos, entre varios consejos que le dio para la tranquilidad y buen gobierno de sus reinos le señaló ya la línea de conducta que había de seguir «para destruir la parcialidad de los ricos-hombres y caballeros cuando se le alzasen y desobedeciesen (107).» Cuanto más que no se ocultaba a su gran entendimiento la causa y fin verdadero de aquellos movimientos tumultuarios, y bien lo expresó el mismo Alfonso en una carta al infante don Fernando su primogénito: «Y estos ricos-omes (le decía) no se movieron contra mí por razón de fuero, nin por tuerto que les yo ficiese: ca fuero nunca se lo yo tollí... E otro sí, aunque tuerto se lo hubiera hecho el mayor del mundo, pues que gelo quería enmendar a su bien vista dellos, non avían por que más demandar. Otrosi por pro de la tierra non lo hacen... Mas la razón por que lo hicieron fue esta, por querer siempre tener los reyes apremiados, y llevar ellos lo suyo... Y así como los reyes los apoderaron y los honraron, ellos pugnaron en los desapoderar y deshonrar en tantas maneras que serían muchas de contar y muy vergonzosas. Este es el fuero y el pro de la tierra que ellos quisieron siempre... (108)»– Mas a pesar de conocer los torcidos designios que impulsaban a los turbulentos próceres a mover, con achaque de pro comunal, tales demandas, pleitos y querellas, Alfonso no solo careció de vigor para rechazar sus anárquicas peticiones y disolver sus asonadas, sino que, a más de otorgarles privilegios en daño del pueblo, sufrió humillaciones y dejó hollar importantes derechos de la corona. La condescendencia para con los nobles alentaba también a los prelados, que a su vez casi con igual audacia le hacían sus particulares peticiones hasta el punto «que quisiéralos echar del reino,» mas «por evitar alteración y por tener contra sí al papa,» como dice la crónica, encomendaba la decisión de sus quejas a jueces que ellos mismos en unión con otros del monarca eligiesen.

La diminución que con las indiscretas concesiones a la nobleza padecían las rentas reales, obligábale a sobrecargar de tributos al pueblo para ocurrir a los gastos y subvenir a las atenciones que las empresas en que se metía demandaban, y esto le enajenaba el estado llano y le concitaba el disgusto y la animadversión popular. Como un remedio a la imposibilidad de exigir nuevos pechos recurría al ruinoso medio de la alteración de la moneda. Por dos veces apeló a este expediente fatal, una casi al principio, otra casi al fin de su reinado; lastimosa y palmaria prueba de que el rey erudito y sabio no aprendía, ni en las costosas y elocuentes lecciones de la experiencia, el arte de gobernar. Con el primer acto desazonó al pueblo, con el segundo le exasperó hasta el punto de entregarse en brazos del infante don Sancho, y dar ayuda al hijo que había de destronar al padre.

Acontece con frecuencia, en sucesos que tienen entre sí relación y enlace, ser recíproca y simultáneamente causas y efectos los unos de los otros, y esto cabalmente sucedía a Alfonso el Sabio en la famosa cuestión de la corona imperial de Alemania. Las agitaciones y disturbios interiores que su conducta por un lado, las ambiciones de los nobles por otro motivaban, no le permitían salir del reino, como tantas veces lo intentó, para proseguir personalmente su demanda; y mientras aquellas turbaciones le impedían alcanzar la corona del imperio, las sumas inmensas que en esta empresa invertía y los cuantiosos tributos con que tenía que sobrecargar al pueblo producían a su vez mayor desabrimiento en sus súbditos, y con esto crecía la dificultad de ceñirse la imperial diadema. De este modo su falta de tacto político en España frustraba sus planes y pretensiones en Alemania; su manera de conducir el negocio de Alemania le enajenaba los ánimos y empeoraba la situación de su pueblo. Causas recíprocas, que influyendo mutuamente y como de rechazo en sí mismas, produjeron el doble resultado, allá el de correr el desafortunado príncipe tras el trono imperial como tras una sombra vana, acá el de preparar la pérdida de su propia corona que nadie tenía derecho a disputarle.

Por lo demás no calificaremos nosotros, como vemos que lo hacen muchos, de descabellada empresa la pretensión de Alfonso X, al imperio alemán. Su derecho era por lo menos tan bueno como el del príncipe inglés Ricardo de Cornualles, su elección indisputablemente más legítima y más espontánea, mayor su partido entre los príncipes germanos, abiertamente le protegían las repúblicas y estados más poderosos de Italia. El monarca aragonés que conquistó a Sicilia no se hubiera quedado sin el trono de Alemania en el caso y con los elementos de Alfonso de Castilla. Faltole pues a éste facilidad y resolución para salir de España cuando era invitado y pudiera haberle convenido, y cuando se determinó a salir no solo había pasado la sazón, sino que era ya caso desesperado. Cierto que le contrariaron los papas, pero al menos debió haberlo conocido y se hubiera ahorrado el último desaire. No suelen ser los hombres eruditos los que más conocen a otros hombres y los que mejor penetran el corazón humano. Por este defecto volvió el rey Sabio de su entrevista con el pontífice Gregorio X, desnudo de esperanza y lleno de afrenta y de bochorno. Y no es que creamos nosotros que la posesión del imperio germánico hubiera sido de gran provecho para Castilla. Ciertamente para los que cifran las glorias de un estado en su material engrandecimiento y en la extensión de sus dominios, habría sido muy lisonjero poder decir con orgullo en el último tercio del siglo XIII: «Castilla domina en Alemania, Aragón en Sicilia, España es la nación grande de Europa.» Mas los que tenemos el convencimiento de que la dominación de extensos y remotos países, apartados del centro de acción y de los naturales límites geográficos de un pueblo, suele ser más efímera que sólida, más halagüeña que útil, y menos saludable que dañosa a la verdadera grandeza y felicidad del pueblo dominador; los que abrigamos la persuasión de que la unión de las coronas de San Fernando y de Carlo-Magno que se realizó dos siglos y medio más tarde deslumbró más que aprovechó a los españoles, y si acaso fue útil al mundo lo fue a costa de España, no sentimos que Alfonso el Sabio corriera vanamente tras el cetro del imperio alemán; duélenos, sí, que derramara allá infructuosamente los tesoros de su reino, que empobreciera a Castilla, que disgustara a sus naturales súbditos, que acabara de romper la cadena de los afectos que debe unir al monarca con su pueblo, y que se difiriera la expulsión de los verdaderos enemigos de España, que eran los musulmanes, indebidamente ya enclavados en territorio español desde Alfonso el Sabio.

No opinamos lo mismo respecto a la cesión del Algarbe o de una parte considerable de la comarca de este nombre, que Alfonso décimo de Castilla hizo al tercero de Portugal, y a la generosidad con que más adelante relevó del feudo a su nieto don Dionis. Creemos que en esto sacrificó el monarca castellano los intereses de su pueblo a los afectos de familia, y que sobre perjudicar a su pueblo desprendiéndose de un territorio y de un derecho que pertenecía a la monarquía castellana quebrantó la misma ley fundamental que él había establecido, cuando consignó en el código de las Partidas que una de las cosas que había de jurar todo rey de Castilla había de ser «de guardar siempre quel señorio sea uno, et que nunca en dicho nin en fecho consientan, nin fagan porque se enagene nin se departa (109).» Y si bien al poderoso don Nuño de Lara no le movería el interés de la patria cuando se opuso a esta cesión, una de las causas de las desavenencias del de Lara y otros magnates con el rey, por lo menos el monarca debió no dar a sus súbditos pretextos de rebelión, ni disgustar al pueblo con medidas que tal vez tuvieran más de impolíticas que de dañosas, pero que de ningún modo se pueden calificar de prudentes. Si la ley que hemos citado no regia aun, porque todavía no estaban en práctica y observancia las Partidas, la teoría de la indivisibilidad estaba ya escrita y consignada en el gran libro, cuanto más en el ánimo del rey que faltaba a ella.

En otra ocasión todavía más solemne, y en un hecho mucho más trascendental obró aquel monarca en oposición a su propia legislación. Al fijar en las Partidas el orden de suceder en el trono había dicho: «Que si el fijo mayor (del rey) muriese antes que heredasse, si dejasse fijo o fija, que oviesse de su mujer legítima, que aquel o aquella lo oviesse, e non otro ninguno (110).» Con arreglo a esta ley, y habiendo dejado a su muerte el infante primogénito don Fernando de la Cerda dos hijos legítimos, hubiera debido el mayor de estos suceder a su abuelo en el trono, con preferencia al infante don Sancho, hijo segundo del monarca. Y, sin embargo, el rey Sabio designó e hizo jurar por su sucesor a don Sancho el Bravo, causa de largas revueltas, guerras y reclamaciones. Comprendemos que altas razones de conveniencia pública, que la salud del reino, suprema ley de los estados, aconsejaran esta manera de obrar como la más política y prudente, toda vez que don Sancho había sido reconocido por la mayor y más poderosa parte del clero, de la nobleza, del pueblo y del ejército como príncipe sucesor y heredero del trono, hubieran sido mayores los disturbios y males que hubiera ocasionado la exclusión de don Sancho que los que le siguieron, y no fueron cortos, de la de los infantes de la Cerda, y probablemente la declaración del heredamiento de estos hubiera sido ineficaz. Las cortes del reino y la voluntad de la nación y de los monarcas sucesivos sancionaron aquella elección y aseguraron la sucesión en la línea derecha de don Sancho; pero de todos modos no disculparemos la debilidad de Alfonso que le condujo a la necesidad de quebrantar sus propias leyes para salvar la tranquilidad del Estado, y de pasar por encima de derechos establecidos para favorecer a aquel mismo hijo de quien no era difícil prever que había de pugnar por heredar en vida a su padre.

Una vez que Alfonso se puso a ser enérgico llevó la energía hasta la violencia y la crueldad. Nos referimos a los horribles suplicios de su hermano don Fadrique y de don Simón Ruiz señor de los Cameros, ahogado el uno de su orden en Treviño y quemado el otro por su mandato en Logroño. Suponiendo que fuesen delincuentes, también era de esperar que fuesen procesados y juzgados, que para la probanza de los delitos y para la justificación de las penas se instituyeron los procesos y los tribunales; pero el autor de tan excelentes códigos de leyes no halló otra ley que su voluntad, ni otra sentencia que su mandamiento para condenar y ejecutar a un rico-hombre de Castilla, y al hijo de su mismo padre. ¡Tanto va del legislador al político, del político al monarca, y del monarca al hombre! Nosotros que tan duramente reprobamos la ejecución sin forma de proceso de los cuatro condes castellanos por Ordoño II de León en los principios del siglo X (111), mal podríamos ser indulgentes al ver empleados tan arbitrarios y rudos castigos en los tiempos ya infinitamente más alumbrados de fines del siglo XIII y por un monarca como Alfonso el Sabio.

Otro rasgo se nos recuerda de enérgica pero violenta severidad del rey Alfonso. Comprendemos bien que en un arranque de fundada indignación hiciera arrastrar por las calles de Córdoba al judío jefe de los asentistas y principal recaudador de las rentas e impuestos, aquel Zag de la Malea, que en vez de enviar los caudales al ejército de Algeciras los entregaba al infante don Sancho para otros objetos y fines; pero la prisión secreta de todos los judíos en un solo día, y el hecho de no darles libertad hasta arrancarles la obligación de pagar doce mil maravedís diarios, fue un medio vergonzoso de sacar dinero, y un acto que ningún historiador cristiano se ha atrevido a aprobar, aun tratándose de la raza aborrecida de los hijos de Israel.

Falto de ardor belicoso el hijo de San Fernando, lo cual no nos maravilla en príncipe tan dado a las letras y a la contemplación, más emprendedor que perseverante, más afecto a comenzar que constante para proseguir, más convidado por la suerte que aprovechador de las ocasiones que se le deparaban para ganar fama y prez, acometió muchas empresas y en rigor no llevó a remate ninguna. Proyectó muchas veces realizar el pensamiento de su padre de llevar la guerra santa al suelo africano, obtuvo para ello muchas indulgencias de los pontífices, y los breves pontificios quedaron sin efecto, porque Alfonso no salió de España. Tuvo pensamientos sobre Navarra, y desistió a poco de intentar ponerlos por obra. Ofreciósele ocasión de recuperar la Gascuña, pareció procurarlo, aunque flojamente, y acabó por cederla él mismo al príncipe Eduardo de Inglaterra. Quiso recobrar a Algeciras, y nos costó la derrota de un ejército, la destrucción de una armada, y una retirada desastrosa. Ganó o recuperó el Algarbe, y le cedió a Portugal. Revolucionáronse los moros andaluces y murcianos, y tuvo don Jaime de Aragón que ayudarle a someterlos, y reconquistar para él a Murcia. Fiose en las engañosas palabras del rey moro de Granada, y el emir granadino le burló como a un inocente de gran talento. En la cuestión con el rey de Francia sobre los infantes de la Cerda accedió a desventajosos conciertos y sucumbió a humillantes concesiones. Débil con el rey de Aragón, no fue más fuerte con el de Portugal. El infante don Sancho, príncipe sin ciencia, deshacía y frustraba las negociaciones políticas del rey sabio, y la bravura bélica del hijo hacía resaltar la irresolución del padre para la guerra. En las últimas cortes de Sevilla acabó Alfonso de descubrir sus débiles condescendencias como soberano, y sus errores y desaciertos como administrador, y el pueblo que amaba ya a Sancho porque era resuelto y valeroso y arrojado en el pelear con los infieles, abandonó al monarca y proclamó rey al infante.

Tales fueron a nuestro juicio y según nuestros datos históricos las causas que principalmente influyeron en que un rey del esclarecido ingenio y de las apreciables prendas intelectuales y morales de Alfonso el Sabio no acertara ni a prevenir su propia desventura ni a evitar los males que experimentó el reino. Menester es, no obstante, proclamar que ni todo fue culpa suya, ni merecía Alfonso la situación amarga en que llegó a verse. Mucho hubo de infortunio, y no poco también de ingratitud. Los nobles, de por sí turbulentos y díscolos, fuéronle más ingratos cuanto debieran estarle más reconocidos. Los príncipes de su misma sangre, hijos y hermanos, desamparáronle en ocasiones sin causa justificada, y sin motivo que los abone le fueron a veces rebeldes y hostiles, como en otro tiempo le aconteció a Alfonso III el Grande de Asturias, y no se distinguió ciertamente la descendencia de San Ferrando ni por el amor y sumisión a los legítimos poderes, ni por los afectos de familia. Un príncipe que así se vio por tan pocos ayudado y por tantos mal correspondido, no es maravilla que ni se hiciese venturoso a sí mismo ni hiciese venturoso el reino cometido a sus cuidados.

II. A vueltas de tales adversidades Castilla iba mejorando y progresando en su organización política y social, que tal es la índole y tal el destino providencial de las sociedades humanas. Fijábanse ya las doctrinas y se asentaban las bases del buen gobierno de los estados. Se reconocían y consignaban las leyes y principios fundamentales de una monarquía hereditaria, la unidad e indivisibilidad del reino, la sucesión en línea derecha de mayor a menor en el orden de primogenitura, y la de las hembras a falta de varones (112), la centralización del poder en el jefe del Estado, las atribuciones y facultades propias de la soberanía, así como las obligaciones que los monarcas contraían con su pueblo. Y no es que estos principios fuesen hasta entonces desconocidos, y que algunos ya no se observasen en la práctica, sino que se consignaron y escribieron en cuerpos de leyes destinados a servir de cimiento al edificio de la monarquía castellana, y esto fue principalmente debido a aquel ilustre soberano cuyos errores prácticos, hijos de su carácter y temperamento, hemos notado con dolor.

Las cortes desde Alfonso X comienzan a reunirse con más frecuencia, y se va consolidando la institución, si bien sufriendo aquellas alteraciones y modificaciones propias de la situación de un pueblo que se está organizando y cuyas necesidades varían según los accidentes de su vida social. Sin asiento fijo ni el rey ni la corte del reino, congregábase aquel cuerpo nacional en el punto que las circunstancias aconsejaban en cada caso. No siempre concurrían todas las clases, prelados, nobles, maestres de las órdenes y procuradores de las ciudades; a veces asistían solamente el clero y las clases privilegiadas, a veces solo el estado llano, o sea los diputados del pueblo: y aunque en lo común representaban las cortes el conjunto de los diferentes reinos que formaban la monarquía castellana no era raro ver convocar solamente los ricos-hombres y procuradores de León, o de León y Castilla, o bien de Andalucía. Variaba pues, y esto era muy frecuente, el punto de reunión de las cortes; variaba igualmente el período, que nunca era fijo; variaban también, aunque no tanto, las clases, brazos o estamentos que a ellas concurrían, y tampoco estaba determinado el número de los procuradores, si bien comúnmente eran dos los síndicos nombrados por cada ciudad. En lo que había más regularidad era en congregarse y deliberar separadamente cada brazo, o estado, y en formular y dirigir sus particulares peticiones (113).

Alfonso el Sabio prevenía ya que las cortes hubieran de reunirse necesariamente dentro de los cuarenta días siguientes a la muerte del rey, así para reconocer y jurar al que de derecho heredase el reino, con tal que fuese ome para ello, et non oviese fecho cosa porque debiese perder el regno, como para entender en los graves negocios que naturalmente habían de ocurrir en el principio de cada reinado, debiendo el nuevo rey por su parte jurar que no enajenaría, ni departiría el reino, y que conservaría los fueros, franquezas y libertades de Castilla. Este derecho, el de elegir y nombrar los tutores y guardadores del rey, cuando el monarca no los dejase nombrados, prescribiendo que fuesen uno, tres, o cinco, y no más, el de dirigir peticiones y quejas al soberano, y el de conceder y votar los servicios e impuestos e intervenirlos, eran las principales atribuciones de las cortes en la época que examinamos. Las facultades que se arrogaron en esta última materia fueron tales, que en las de Valladolid de 1258 se llegó a poner tasa a los gastos de la casa real, se asignó para comer al rey y a la reina 150 maravedís diarios, y se previno al rey que mandase a los que se sentaban a su mesa que comiesen más mesuradamente, y que no ficiesen tanta costa como facian. Por lo común los procuradores presentaban respetuosamente y por escrito al monarca las peticiones de lo que creían conveniente al pro común, o que en los poderes les habían sido señaladas, y el monarca concedía o negaba, u ofrecía otorgar en todo o en parte; a su vez el rey pedía a las cortes los servicios o subsidios que contemplaba necesarios, y los estados accedían o no a su demanda, según lo aconsejaba la necesidad o la conveniencia pública del reino, y según la situación de escasez o de desahogo en que los pueblos se hallaban. Esta petición de servicios a las cortes, de que se empieza a hacer uso muy frecuente en el reinado de Alfonso el Sabio, siguió practicándose constantemente después por todos sus sucesores. La cantidad pecuniaria que con el nombre de servicio se pagaba, debería ser generalmente muy módica, pues de otro modo no puede explicarse que en un mismo año se pidiesen y otorgasen, como aconteció en muchas ocasiones, dos, tres, cuatro, y hasta cinco servicios.

Si bien con el ensanche de territorio y con la mayor seguridad interior había acrecido la riqueza pública, también al paso que el Estado se organizaba crecían los gastos, las atenciones y las necesidades del gobierno y de la administración, y si eran mayores los recursos tenían que aumentarse respectiva y gradualmente los impuestos. En el estado en que dejó la monarquía el santo rey Fernando III, hubiera sido imposible cubrir todas las obligaciones del tesoro con las antiguas caloñas o multas pecuniarias, con la moneda forera, la martiniega, la fosandera, el yantar, y las otras prestaciones que podemos llamar feudales, antes conocidas. Con las nuevas necesidades sociales fue preciso recurrir a nuevos tributos, directos o indirectos, como los derechos de cancillería, los portazgos o derechos de puertas en las ciudades principales, los diezmos de los puertos, o sean derechos de aduana, la capitación sobre los moros y judíos, las tercias reales, las salinas, la alcabala (114), y los servicios votados en cortes.

Algunas de estas imposiciones no dejaban de producir pingües rendimientos. Tales eran los derechos de cancillería, que se pagaban, con sujeción a una tarifa gradual, de uno a quinientos maravedís, por todas las gracias, títulos, nombramientos, privilegios o concesiones del rey, fuesen de empleos de palacio o de administración, fuesen donaciones de términos, licencias para ferias y mercados, exención o condonación de pechos, y otras cualesquiera mercedes, que en un tiempo en que tantas tenían que dispensar diariamente los reyes, constituían una renta crecida. La capitación sobre los moros y judíos, o sea la renta de aljamas y juderías, fue un tributo a que se sujetó a las gentes de aquellas creencias, como en compensación de la tranquilidad con que se los dejaba vivir y del amparo que recibían de los reyes cristianos. El impuesto de los judíos parece se fijó en 30 dineros por cabeza, como en memoria, dice un juicioso historiador, de la cuota y precio en que ellos vendieron a Cristo (115). Su importe se aplicaba a los gastos de la real casa. Los derechos de puertas (los portazgos de entonces) y los de los puertos de mar y tierra (aduanas) eran de los que rendían más saneados productos. Las rentas de aduanas apreciábalas tanto don Alfonso el Sabio, que nunca consintió en su abolición, y fue uno de los pocos puntos en que se mantuvo firme y en que resistió con tesón a las peticiones y reclamaciones de la nobleza en 1271.

No podemos dejar de admirar, y llamamos hacia ello con suma complacencia la atención de nuestros lectores, el espíritu de moderación y templanza de Alfonso el Sabio, sus ideas en materias de portazgos, de aduanas y de comercio en general, sus discretas y prudentes medidas y ordenamientos, su sistema protector, humanitario, y hasta delicadamente urbano y cortés, que sorprende tratándose de tiempos tan remotos y todavía de tanta ignorancia, que honra sobremanera a aquel ilustre soberano, y que el lector puede comparar con lo que se practica en este ilustrado siglo en que vivimos. Cuando estableció el derecho de portazgo para los géneros de importación, añadió: «Pero si alguno trajiese apartadamente algunas cosas que hoviese menester para sí o para su compaña, ansi como para su vestir o su calzar o para su vianda, no tenemos por bien que dé portazgo de lo que para esto traxere, e non lo vendiese. Otrosí dezimos que trayendo ferramientas algunas, u otras cosas para labrar sus viñas, o las otras heredades que hoviere, que non debe dar portazgo dellas, si las non vendiere... Esso mismo dezimos, que de los libros que los escolares traen, e de las otras cosas que han menester para su vestir, e para su vianda, que non debe dar portazgo.»– «Aborrescen los mercaderes a las vegadas (dice en otra parte) venir con sus mercadurías a algunos lugares, por el tuerto, e el demás que les fazen, en tomarles los portadgos. E por ende mandamos, que los que oviesen a demandar, o a recabdar este derecho por Nos, que lo demanden de buena manera. E si sospecharen que algunas cosas levaren de más de las que manifestaren, tomenles la jura, que non encubran ninguna cosa. E desque les oviesen tomada la jura, non les escodriñen sus cuerpos, nin les abran sus arquetas, nin les fagan otra soberanía, nin otro mal ninguno... (116).»– Y habiéndose quejado los comerciantes en 1281 de agravios que recibían en las aduanas, asegurando al rey que si los dejara andar libremente con las mercaderías se cobrarían mejor y más cumplidamente los derechos, Alfonso dio a los comerciantes nacionales y extranjeros el privilegio llamado de los mercaderes en que concedió: 1.° entrada franca a los géneros extranjeros: 2.° que satisfechos los derechos en los puertos, no se les pusiera embarazo en el giro y tráfico interior: 3.° habilitación a comercio de todos los puertos de Castilla: 4.° que los que vinieran a esta y pagaran los derechos establecidos, pudieran extraer, libre de ellos, una cantidad de géneros nacionales igual al importe de los derechos adeudados: 5.° exención de derechos en los géneros que cada comerciante condujera para el uso de su casa: 6.° que perdiesen el género y el cuerpo cuando hubiesen dado falsas declaraciones. Tales eran las ideas económicas, y tales, entre otras, las disposiciones de Alfonso el Sabio en materias de portazgos, de aduanas y de comercio. (117).

Habían comprendido ya los reyes en aquella época la necesidad y la conveniencia de que el clero, que tantas riquezas había acumulado, contribuyera con ellas a levantar las cargas públicas. Y si bien por punto general había estado exento de tributos, los soberanos de Castilla (y el que dio el ejemplo fue el más religioso de todos, San Fernando) procuraron obtener de los papas concesiones importantes sobre los diezmos y rentas eclesiásticas para atender a la guerra de los moros; y con este sistema, de que tuvieron origen las tercias reales, y que andando días se acrecentaron con el noveno y escusado, parecía haberse propuesto nuestros monarcas contrapesar indirectamente y como neutralizar la asombrosa liberalidad de su predecesores para con el clero, y cuenta que uno de los que hicieron más uso de las rentas eclesiásticas fue este mismo Alfonso el Sabio, tan acusado de patrocinador de las inmunidades y privilegios del clero, y de haber introducido en la legislación las doctrinas ultramontanas de las decretales de Gregorio IX. Mas a pesar del fundamento que puede tener este cargo, todavía aquel monarca hacía a los eclesiásticos pagar tributos de los bienes heredados, todavía quiso extrañar del reino a los prelados exigentes que para serlo se prevalían de las revueltas de la nobleza (118), todavía mandaba que los obispos fueran confirmados por los metropolitanos sin recurrir al pontífice (119), todavía se oponía a los desafueros y usurpaciones de la autoridad eclesiástica en negocios temporales (120), todavía impedía que circularan por el reino las cartas pontificias, aun para pedir limosnas en favor de iglesias, cautivos y hospitales sin sobrecarta del rey (121), y todavía en su tiempo recogía impunemente su hijo don Sancho a mano real las bulas en que se atacaban sus derechos, y no se guardaban los entredichos que se ponían al reino (122).

Como documento curioso y que muestra cuáles eran las costumbres y cuál la vida social del clero castellano en aquella época, y cuál la tolerancia de prelados y de reyes en ciertos puntos de la moral, vamos a transcribir el privilegio que otorgó Alfonso el Sabio a los clérigos del obispado de Salamanca para que pudiesen instituir herederos a sus hijos y nietos. «Sepan (dice) quantos este privilegio vieren et oyeren, cuento Nos don Alfonso por la gracia de Dios rey de Castiella, de Toledo, de León, de Galecia, de Sevilla, de Córdoba, de Jahen, del Algarbe, en uno con la reina doña Violant mi muger, et con nuestros fijos el infante don Fernando primero et heredero, et con el infante don Sancho, et con el infante don Pedro, et con el infante don Juan, damos et otorgamos a todos los clérigos del obispado de Salamanca, que puedan facer herederos a todos sus fijos, et a todas sus fijas, et a todos sus nietos, et a todas sus nietas, et de en a ayuso todos quantos dellos descendieren por línea derecha en todos sus bienes, assi muebles como raices, después de sus dias: et mandamos et defendemos, que ninguno sea ossado de venir contra este privilegio para quebrarlo, nin para menguarlo, en ninguna cosa: et a cualquiera que lo ficiese havría la nuestra ira, et pecharnosye en coto mil maravedís, et al querellante todo el año doblado, &c. (123

Las solemnidades con que salió revestido este documento, que aparece suscrito por el rey, la reina y los infantes, y confirmado por casi todos los obispos y grandes del reino, por el rey moro de Granada, por los duques y condes de Borgoña, de Flandes y de Lorena, y hasta por los hijos del emperador de Constantinopla como vasallos del rey (124), nos sugiere una advertencia interesante que hacer a nuestros lectores. Era costumbre de la corte de Castilla en aquel tiempo, para dar más solemnidad y autorización a las cartas reales y ostentar magnificencia, hacer confirmar los documentos, o al menos hacer que apareciesen confirmados, no solo por los prelados y señores del consejo del rey y de su corte, sino por los demás del reino que los consentían y tenían derecho de confirmar, aun cuando estuvieran ausentes; así como se denominaba vasallos del rey a los monarcas, príncipes o barones extranjeros que a la sazón le reconocían o pagaban algún género de tributo, feudo u homenaje, o recibían sueldos, pensiones o acostamientos de Castilla, en cuyo solo concepto se podía titular vasallos al emir granadino, a los hijos del emperador de Constantinopla, y a los demás condes y duques extranjeros confirmantes del privilegio (125).

Un monarca tan amante de las reformas y mejoras de todos los ramos de la administración pública, y tan entendido, como demostraremos luego, en la ciencia de la legislación, no podía dejar de atender a la mejor organización de los tribunales de justicia. Además del consejo del rey, que en los tiempos antiguos constituían los prelados y barones que accidentalmente se hallaban en la corte y merecían más la confianza del monarca, pero que en tiempo de San Fernando comenzó a tener forma y principio de institución, Alfonso el Sabio dio un gran paso hacia la unidad y la centralización en el orden judicial con el establecimiento de un tribunal supremo de alzada, ante el cual pudiese recurrir todo vasallo en apelación de las injusticias o prevaricaciones de los jueces locales. Tal fue la creación de los alcaldes de corte hecha en las de Zamora de 1274 (126), en que se dispuso que hubiese nueve alcaldes de Castilla, seis de Extremadura y ocho de León, que por mitad o terceras partes asistiesen de continuo a la corte del rey, los cuales debían ser todos legos, es decir, no eclesiásticos. Además de estos alcaldes instituyó el rey tres jueces para oír las alzadas de Extremadura, Toledo y León, y mandó que el orden de las apelaciones en Castilla fuese de los alcaldes de la villa a los adelantados de los alfoces, de estos a los alcaldes del rey, de los alcaldes del rey a los merinos o adelantados mayores de Castilla, y de estos al rey en persona: disposición importantísima en aquella época de desorden y que poco a poco debía ir uniformando la legislación y hacer sentir en todas partes la autoridad suprema y universal del monarca. En aquellas mismas cortes prescribió el rey las obligaciones de los abogados, llamados entonces voceros, en las actuaciones de los procesos, y ordenó una especie de reglamento de escribanos. Es de notar la institución de dos abogados de pobres, destinados exclusivamente a defender las causas de la clase menesterosa. «E por esto de los pobres, que tome el rey dos abogados, que sean omes buenos, e que teman a Dios e sus almas; e que otro pleyto ninguno non tenga sinon de los pobres et que les faga el rey porque lo puedan facer. E esto se entiende de los más pobres que a la corte viniesen, tales que non haían que dar a los abogados; pero si alguno se ficiese pobre por enganno, por non dar algo al vocero, e fuese sabido en verdad, que peche doblado aquello que oviere a dar, e esto que sea la metat para el rey, e la otra metat para el vocero.» En ellas determinó el rey destinar tres días a la semana, que fueron los lunes, miércoles y viernes, para oír y librar los pleitos, mandando que en tales días nadie le estorbara hasta la hora de comer o del yantar.

No obstante, esta tendencia del rey Sabio a dar unidad y centralización al poder judicial, no era fácil, en aquella época de agitación y de lucha política entre la nobleza y el pueblo, dejar de dar lugar a las jurisdicciones privilegiadas, tales como el tribunal de los hijosdalgo que Alfonso tuvo que conceder a la clase noble.

Dadas estas ideas generales acerca de la índole del gobierno y administración del reinado de Alfonso X tiempo es ya de que vengamos a la gran reforma que hizo justamente célebre e inmortal el nombre y el reinado de este monarca, a saber, su sistema de legislación.

III. Si en nuestra imparcialidad histórica hemos podido acaso parecer un tanto severos al juzgar al décimo Alfonso de León y de Castilla exponiendo sus errores como político, su debilidad como monarca, y su falta de energía y de perseverancia como hombre de acción, al considerarle como legislador no hallamos términos con qué expresar nuestro respeto y admiración a su alta capacidad y a su inteligencia privilegiada. Como legislador, Alfonso X de Castilla es uno de aquellos genios que forman época, no en un reino, sino en el mundo, uno de aquellos personajes, cuyo renombre va creciendo más cuanto más van quedando atrás los tiempos.

Dar unidad legal a un país, uniformar la legislación de un pueblo conquistado por espacio de siglos a retazos, y formado de fragmentos y agregaciones heterogéneas, es una de las obras más difíciles y en que se prueban más los quilates de la inteligencia y del esfuerzo humano.

Alfonso de Castilla vio la anarquía legal en que se hallaba su reino, resultado de causas que ya no necesitamos explicar; que los fueros municipales, gran progreso social para la época calamitosa y oscura en que se dieron, eran ya, ensanchada y afianzada la monarquía, una legislación informe, diminuta y aun anárquica; que ni el fuero de los Fijos-dalgo, ni el Viejo de Castilla, ni las cartas forales eran suficientes a remediar la falta de unidad y de armonía que como cáncer corroía la sociedad castellana, y se propuso formar un cuerpo de leyes único y general que rigiera en toda la monarquía y que diera al cuerpo social orden, unidad, armonía y concierto. El pensamiento le había concebido ya su padre San Fernando, y comenzó a realizarle con el auxilio del príncipe Alfonso. La Providencia no permitió al padre dar cima a su proyecto, y cúpole al hijo la gloría de terminar la obra que a su finamiento le dejó el padre encomendado.

Tres fueron los códigos de leyes que formó Alfonso el Sabio; el Espéculo, el Fuero Real y las Partidas. El objeto del primero le expresaba su mismo título de Espejo de todos los derechos; en él se recogieron las reglas mejores y más equitativas de los fueros de León y de Castilla, y se destinó para que principalmente se juzgasen por él las apelaciones en la corte del rey. La intención y fin que le impulsó a dar el Fuero Real fue el de regularizar los municipales extendiéndole a los pueblos que carecían de ellos, y haciéndole de observancia general corregir la anarquía foral que hacía de cada municipio como una nación diferente. Era, pues, el Fuero Real una compilación de las mejores leyes municipales y del Fuero Juzgo, y como tal una obra de actualidad y de aplicación inmediata, acomodada a los usos y costumbres de Castilla, que reflejaba la sociedad de la época, y satisfacía sus necesidades. Debía por lo tanto haber sido aceptado sin disgusto y sin obstáculo. Pero pugnaba con los abusos y los intereses locales, y por lo mismo procuró el ilustrado monarca irle introduciendo y extendiendo gradualmente y vencer de este modo la repugnancia que pudiera encontrar. Aun así, no sufrió la altanera nobleza castellana una reforma de que veía salir perjudicada su clase, y logró su derogación en Castilla a los diez y siete años de haber comenzado a plantearse (1272), si bien continuó observándose en las demás provincias de la corona castellana. Créese lo más probable que estos dos códigos, se publicaron en principios de 1255.

Pero la obra grande y colosal, el monumento grandioso que inmortalizó a Alfonso el Sabio y le colocó a la altura de los más insignes legisladores del mundo, fue el código de las Siete Partidas, modesto título que tomó de las siete partes en que está dividido: el libro de leyes más acabado y completo que tenemos, superior a todos los códigos legales de la edad media. A España, que tuvo la gloría de preceder a todas las naciones neolatinas en la posesión del más excelente de los códigos de la edad de la regeneración, el Fuero Juzgo de los Visigodos; a España, que tuvo la fortuna de poseer en el primer período de la edad media, antes que otro pueblo alguno, el más completo cuaderno legal de usos y costumbres que se hubiese conocido, los Usages de Cataluña; tocábale al entrar en el tercer período la honra y excelencia de aventajar a todos los pueblos de Europa en la posesión del mejor código de leyes que se hubiese elaborado desde los tiempos de Justiniano, las Siete Partidas.

Y no es que creamos nosotros (teniendo el disgusto de separarnos en esto de la respetable autoridad del diligente P. Burriel, y de la más respetable de la Academia de la Historia) que las Partidas fuesen obra no solo de dirección sino también de ejecución del rey don Alfonso. Decímoslo, porque además de otras razones que nos parece desvanecer las que sirven de apoyo a la opinión de la ilustre corporación científica citada (127), hallamos una que tenemos por muy poderosa por envolver una casi absoluta incompatibilidad, en lo cual no hacemos sino explanar lo que expone al tratar de este asunto uno de nuestros modernos publicistas más ilustrados (128). Necesitábase para dirigir la formación de las Partidas un estudio detenido, profundo y concienzudo de los códigos romanos, del derecho canónico, de las decretales, de la teología, de las leyes y costumbres españolas, y dado que el rey don Alfonso tuviese todo el caudal necesario de conocimientos en estas materias, era menester para su ordenamiento y redacción un espacio material indispensable de que creemos casi imposible pudiera disponer un príncipe criado desde infante en el ejercicio de las armas, dedicado al propio tiempo al estudio de la filosofía, de la astrología y de la historia, de que adquirió conocimientos que pocos hombres llegan a alcanzar, y de que escribió obras apreciables, envuelto constantemente en guerras, metido en empresas arduas é importantes, rodeado de las atenciones del gobierno, mortificado de disgustos y de contrariedades, presidiendo y dirigiendo los trabajos astronómicos de las célebres Tablas, precisamente cuando andaba más solícito en sus pretensiones al imperio alemán, si, como es lo probable, el código se formó en el período de 1256 al 1263, siendo por lo menos inverosímil, ya que no incompatible, que con tal conjunto de atenciones le quedase ni el vagar, ni el gusto, ni la serenidad de ánimo que obra de tanto aliento y tan graves y largos trabajos de por sí requieren. Harta gloría le cupo, y harto dignos de admiración y de alabanza son los príncipes que, promoviendo esta clase de obras, eligiendo con tino y alentando con solicitud a los sabios que pueden formarlas, dirigiéndolos acaso y tomando parte en sus trabajos y elucubraciones, que es lo que opinamos hizo el rey don Alfonso, adquieren con justicia el glorioso título de legisladores de las generaciones futuras.

Lástima causa que la posteridad no haya logrado saber con certeza ni honrar como debiera los nombres de los eminentes letrados que concurrieron principalmente a la formación de tan grande obra. Atribuyen no obstante este honor con mucha probabilidad los publicistas más autorizados al doctor Jacome Ruiz, llamado el de las Leyes, al maestre Fernando Martínez, arcediano de Zamora y obispo electo de Oviedo, uno de los embajadores enviados por el rey al papa Gregorio X para conferenciar sobre sus derechos al imperio, y al maestre Roldán, autor de la obra legal conocida con el título de Ordenamiento en razón de las Tafurerías  (129).

Entre los sinsabores que experimentó el rey Sabio debió ser uno, y no pequeño, el de no haber logrado ver puesto en práctica y observancia el fruto de sus afanes y trabajos legislativos. La ignorancia y rudeza de la época, las preocupaciones, los hábitos, el apego de los pueblos a las libertades municipales, las revueltas que agitaron el reino, la oposición anárquica de los bulliciosos y soberbios magnates, las rebeliones que comenzaron con la defección de un hermano y terminaron con la rebelión de un hijo, impidieron al rey ver planteadas las grandes mejoras legales consignadas en su célebre código, y fue menester que trascurrieran tres reinados y casi un siglo para que las revistiera del carácter y autoridad de leyes, y eso imperfecta y parcialmente, su biznieto Alfonso el Onceno, sirviendo solamente entretanto de libro de estudio y de consulta para los jurisconsultos y letrados (130). Fue, pues, Alfonso el Sabio superior al siglo en que vivía, el cual era todavía demasiado rudo para comprenderle: por lo mismo fue mayor el mérito de aquel monarca, que adelantándose a los tiempos acertó a dejar en su código la regla de lo futuro.

Mas aunque reconocemos, admiramos y aplaudimos las Partidas como concepción grande y sublime, como obra de la literatura, de ciencia y de legislación, y la juzgamos digna de los más altos elogios por su dicción castiza, correcta, elegante, sencilla, y al mismo tiempo majestuosa, por los vastos conocimientos científicos que supone en sus autores, por la cohesión y unidad que daba al cuerpo político, por sus sanos principios de moralidad religiosa y social, no seremos por eso de los que les tributen las alabanzas exageradas que les han prodigado algunos doctos escritores españoles representándolas como un trabajo perfecto y superior a todo lo que en todos los tiempos ha salido de los entendimientos de los hombres (131). Nosotros creemos que su autor o autores pudieran haber considerado más las circunstancias del país, y no haber trasplantado a él leyes extranjeras que estaban a veces en contradicción con las costumbres y hábitos arraigados profundamente en la sociedad castellana; que debieran haber procurado más conciliar lo que creaban con lo que existía; y que dando un carácter de sanción legal a las doctrinas ultramontanas, defraudaron a la nación y al trono de prerrogativas y derechos que esencialmente le correspondían. La facultad atribuida al papa de conferir las dignidades y beneficios de la Iglesia a quien quisiese (132), produjo la invasión de los extranjeros en los más pingües beneficios, y dio motivo a enérgicas reclamaciones que no han dejado de hacer las cortes y los monarcas desde el siglo XIV hasta el XIX. La declaración de pertenecer al conocimiento de la Iglesia los pleitos por razón de usura, de adulterio, de perjurio y otros delitos (133), dio ocasión a usurpaciones de la autoridad eclesiástica, de que probablemente había estado bien ajena la intención del autor. La influencia de la autoridad pontificia en los negocios temporales, las inmunidades y exenciones personales y reales del clero, sino fueron innovaciones, porque muchas de ellas estaban ya en las ideas y en las prácticas de la época, recibieron una especie de sanción legal y de carta de naturalización que hasta entonces no habían obtenido, convirtieron en cetro el cayado de San Pedro, y abrieron la puerta a abusos que no han podido desarraigarse todavía (134).

El no mencionar ni nombrar una sola vez las palabras cortes ni fueros era chocar demasiado abiertamente con las costumbres públicas, y Alfonso mismo parecía incurrir en un contraprincipio no dejando de otorgar fueros parciales al tiempo que trataba de uniformar la legislación (135). En el afán de consignar los deberes del hombre hacia Dios y hacia el rey, en las Partidas, como observa oportunamente un ilustrado crítico, todos los derechos están arriba, todos los deberes abajo; diez páginas bastan para señalar las obligaciones del monarca para con sus súbditos; para definir las de los súbditos para con el monarca han sido necesarias doscientas.

No siendo de nuestro propósito hacer un análisis minucioso y detenido de las Partidas, daremos por lo menos una idea de su orden y de las materias que son objeto de cada una.

La primera, después de referir y explicar el derecho natural y de gentes, está consagrada al derecho eclesiástico, y es como un compendio del romano y de las decretales, en el estado que éstas tenían a mediados del siglo XIII.

En la segunda, se comprende el derecho político de Castilla, se deslindan la autoridad y prerrogativas del monarca, se fijan sus obligaciones, y se expresan y consignan las relaciones entre el soberano y el pueblo. En ella se establecen los principios del absolutismo; pero se detesta como cosa horrible la tiranía y se sientan máximas morales y políticas en extremo sabias, prudentes y justas, que templan grandemente la doctrina del poder absoluto, y que observadas por los mismos reyes constituirían un gobierno, si no el mejor, por lo menos muy aceptable (136).

Comprende la tercera lo relativo a los procedimientos jurídicos, orden y ritualidad de los tribunales, personas que intervienen en los juicios y en general todo lo concerniente al foro.

Explícanse en la cuarta los derechos y deberes que nacen de las relaciones mutuas, civiles y domésticas, entre los individuos de un cuerpo social, y se trata en ella de matrimonios, dotes, donaciones, divorcios, sucesión, patria potestad, concubinato, señorío y vasallaje, &c.

La quinta, que es sin duda la parte más acabada de la obra, versa sobre contratos y obligaciones entre partes.

Trata la sexta de testamentos, herencias y sucesiones.

Y la sétima contiene el derecho penal y los procedimientos y actuaciones en las causas criminales. En la imposición de penas se ve luchar a los legisladores entre su ilustrada razón y la rudeza de la época, entre sus sentimientos humanitarios y las feroces prácticas penales del siglo. Prohíben marcar a los criminales en la cara con hierro candente, cortarles las narices y sacarles los ojos, apedrearlos, crucificarlos, ni despeñarlos: pero establecen que ciertos delincuentes puedan ser quemados, o arrojados a las bestias para que los maten. Se quiere que las pruebas para la imposición de pena capital o mutilación sean tan claras como la luz del día; pero se conserva la prueba bárbara y cruel del tormento. En lo general la teoría penal de las Partidas refleja el carácter todavía grosero y sanguinario de la época.

IV. Réstanos considerar a Alfonso X de Castilla como hombre de letras. Y en verdad que, si como legislador le hemos considerado digno de ocupar uno de los puestos más eminentes entre los grandes directores de la humanidad, por su vasta y variada erudición merece ser mirado como una gran lumbrera que apareció en el horizonte español por encima de las densas nieblas del siglo XIII. En otra parte hemos mencionado y nombrado varias de las obras literarias que dirigió, o que mandó hacer, o que compuso él mismo, dando muestras de una asombrosa inteligencia en todos los ramos que abarcaba. Un hombre que en aquellos tiempos todavía tan groseros y rudos, en medio del tráfago de la guerra y del ruido de las armas, de los afanes y cuidados del gobierno, de las empresas políticas y militares, de las turbaciones y revueltas civiles, de las conspiraciones de familia y de las inquietudes y disgustos domésticos, llegó a adquirir conocimientos tan especiales y profundos en tan diversos ramos del saber humano, como la jurisprudencia y la astronomía, la teología y la alquimia, la poesía y la historia; el hombre que estaba en continua campaña contra los moros y cantaba en armoniosos versos loores a la Virgen; que hacía traducir la Biblia en romance, y dirigía el trabajo de las Tablas Astronómicas; que escribía la historia general de su pueblo y hacía leyes nuevas para él; que estudiaba en los astros y gobernaba los hombres; que poetizaba en dialecto gallego y enriquecía y perfeccionaba el habla castellana; este hombre poseía un talento privilegiado, era un genio, era un prodigio para el siglo en que le tocó vivir.

Cierto que no escribió por sí mismo todas las obras que llevan su nombre, y que algunas no hizo sino dirigirlas u ordenarlas como la versión de la Biblia al idioma vulgar; la de La Gran Conquista de Ultramar, que es una narración de las guerras de las Cruzadas, tomada en parte de una antigua traducción de Guillermo de Tiro, que historió aquellos sucesos; las Tablas Astronómicas, o Alfonsinas, obra que todavía se admira a pesar de los grandes adelantamientos de la ciencia, para cuya formación reunió el rey en Toledo más de cincuenta astrónomos nacionales y extranjeros que trabajaron bajo su presidencia y dirección por espacio de cuatro años: las Partidas y demás códigos de que hemos hablado. Exclusivamente suyas fueron las obras poéticas: las Cántigas en loor de la Virgen (137), de que existen hasta cuatrocientas y una, escritas en variedad de metros, y Las Querellas, de que es lástima se hayan conservado, o por lo menos se conozcan dos estrofas solamente. Atribúyesele comúnmente el libro Del Tesoro, que trata de la trasmutación de los metales, y de la piedra filosofal; si bien algunas leyes de su partida demuestran que no debía ser hombre que creyese en los misterios de la alquimia, ni en los milagros de los alquimistas (138).

Pero la obra literaria que inmortalizó a Alfonso, al modo que entre las legislativas eternizó su nombre la de las Siete Partidas, fue la Crónica general de España, que en vano algunos escritores españoles han pretendido negar que fuese producto del entendimiento y de la pluma del monarca mismo, a pesar de lo que en el prólogo tuvo cuidado de estampar: «E por ende, nos don Alfonso, por la Gracia de Dios rey de Castiella, e de Toledo, y de León, y de Galicia, &c... mandamos ayuntar cuantos libros pudimos aver de historias que alguna cosa contasen de fechos de España... y compusimos este libro.»

Aparte del mérito y de los defectos que como autoridad histórica pueda tener la Crónica general de don Alfonso el Sabio (en cuyo concepto la hemos juzgado ya muchas veces en nuestra historia), no podemos menos de admirarla como obra literaria. El monarca que mandó se escribiesen en la lengua vulgar los documentos públicos y oficiales; el que se propuso hacer al castellano la lengua nacional española; el que proyectó hacer una de las más grandes y provechosas reformas que puede recibir una sociedad en la marcha de su cultura y de su civilización, a saber, el perfeccionamiento del lenguaje que ha de hablar el pueblo y en que han de escribir los sabios, quiso dejar a sus súbditos la mejor y más eficaz de las enseñanzas y la más instructiva de las lecciones, la del ejemplo. Escribió, pues, la Crónica general, y en ella enseñó prácticamente de cuánta belleza y claridad, de cuánta elegancia y armonía, de cuánta riqueza, dulzura y majestad era ya susceptible el habla castellana. La Crónica general de Alfonso tiene trozos elocuentes; los tiene poéticos y sublimes; los tiene sencillos pero correctos, limpios, graves y mesurados. Alfonso X hizo en este sentido el servicio más grande que ha podido hacerse a la literatura de su patria; abrió la senda y desembarazo el camino a los que vinieran después de él, y ya poco tendrán que hacer en los tiempos futuros los Solises, los Mendozas, los Moncadas, los Riojas, los Granadas, los Sigüenzas y los Cervantes para hacer el idioma castellano uno de los más ricos, sonoros, correctos, elegantes y majestuosos del universo.(139)

No terminaremos estas observaciones sobre Alfonso el Sabio sin hacer una reflexión que nos sugieren sus mismas obras, y que confirma el juicio que de él hemos emitido como político, como monarca, como legislador y como literato. Si fuese cierto que este príncipe, que tenía siempre agotado su tesoro, que consumía las rentas de su pueblo en empresas mal conducidas y no acabadas, escribió el libro Del Tesoro, donde creía hallar la piedra filosofal, sería más extraño verle desahogarse en lastimosas Querellas, lamentando su pobreza y su infortunio en los últimos años de su reinado (140); y que si hubiese creído en el arte de trasmutar los metales en oro, recurriese para salir de apuros a mandar acuñar moneda de baja ley (141).

V. El reverso de don Alfonso el Sabio fue don Sancho el Bravo, su hijo. Sus dos sobrenombres los califican. Faltole al padre la bravura que al hijo le sobraba: hubiera hecho mucha falta al hijo una parte siquiera de la sabiduría del padre. Y sin embargo, este hijo iliterato supo bastante para destronar a un padre tan docto, y para hacerse proclamar y reconocer rey legítimo hollando los más legítimos derechos: testimonio inequívoco de que en Castilla se estimaba todavía en más el vigor y la fuerza que la ciencia y la sabiduría. El instinto público acaso no iba tan desviado de la razón: si a San Fernando hubiera seguido inmediatamente un Sancho el Bravo, tal vez la lucha secular contra los moros hubiera tocado a su fin: si Alfonso el Sabio hubiera venido después de Sancho el Bravo, tal vez sus sabias leyes hubieran hallado menos resistencia y mejor acogida. Se trocó una generación, y los musulmanes se mantuvieron en España, y las leyes sabias quedaron escritas aguardando mejores tiempos.

Don Sancho se retrató a sí mismo cuando dijo al embajador del rey de Marruecos: «decid a vuestro señor que en la una mano tengo el pan y en la otra el palo.» Nosotros no obstante podemos añadir que lo que comúnmente tenía en la mano era el palo, no el pan, y esto no para los africanos y moros solamente, sino también para los españoles y cristianos. Lo primero que hizo don Sancho con sus súbditos fue (siguiendo la metáfora del rey, siquiera sea vulgar) quitarles el pan y enseñarles el palo: esto es, revocar y romper, tan luego como se vio monarca, las cartas de privilegios y exenciones que había otorgado siendo príncipe, y a los que por ello movían reclamaciones y alborotos, «hacíales justicia, dice la crónica, muy cumplidamente:» pero esta manera cumplida de hacer justicia la explica a los pocos renglones la misma crónica diciendo: fue contra ellos y a los unos los mató, y a los otros desheredó, y a los otros echó de la tierra, y les tomó quanto avian, en guisa que todos los sus regnos tornó asosegados.»

Tal era en efecto la manera que tenía don Sancho el Bravo de hacer justicia y de sosegar su reino. Suceden en Badajoz las disensiones de los dos partidos de portugaleses y bejaranos, proclaman estos últimos a don Alfonso de la Cerda, somételos el rey ofreciéndoles perdón y seguro, y el seguro y perdón que les cumplió fue mandar «que matasen a todos aquellos que eran del linaje de los bejaranos, y mataron (dice la crónica) entre omes y mugeres bien cuatro mil y más.» Suponemos que merecían castigo los revoltosos de Talavera, Ávila y Toledo, pero ajusticiar hasta el número que algunos calculan de cuatrocientos nobles parécenos un sistema de hacer justicia y de tranquilizar reinos demasiado rudo y feroz. No ponemos en duda que el conde don Lope Díaz de Haro, a quien el rey había tan desmedidamente honrado y tan imprudentemente engrandecido, merecía por su ambición, por sus excesos y por sus insolentes aspiraciones, ser abatido, exonerado y castigado. Mas si nos trasladamos al salón de cortes de Alfaro, y vemos la mano de aquel poderoso magnate caer tronchada al suelo al golpe del machete de uno de los agentes del rey; si vemos al monarca mismo golpear con su propia espada al caballero don Diego López hasta dejarle por muerto; si leemos que otro tanto hubiera ejecutado con su hermano el infante don Juan sin la mediación de la reina que le salvó interponiendo su propio cuerpo, tal manera de ejercer la soberanía, de castigar rebeliones y de deshacerse de vasallos a quienes se ha tenido la indiscreción de hacer poderosos y soberbios, antójasenos harto ruda, sangrienta y bárbara. Fue desgracia de Castilla. Desde que tuvo un rey grande y santo que la hizo nación respetable, y un monarca sabio y organizador que le dio una legislación uniforme y regular, los soberanos se van haciendo cada vez mas despreciadores de las leyes naturales y escritas, se progresa de padres a hijos en abuso de poder y en crueldad, hasta llegar a uno que por exceder a todos los otros en sangrientas y arbitrarias ejecuciones, adquiere el sobrenombre de Cruel, con que le señaló y con que creemos seguirá conociéndole la posteridad.

La posición de don Sancho tenía que ser necesariamente complicada e insegura, porque se resentía su origen. Apropiándose, ya que no digamos usurpando, los derechos de sus sobrinos los infantes de la Cerda al trono, tenía que quedar, como quedó, siempre enarbolada y viva una bandera, que servía de enseña y de llamada a todos sus enemigos de dentro y fuera del reino. Los mismos descontentos de Castilla, en el hecho de serlo, volvían naturalmente la vista a Aragón, donde sabían que hallaban siempre alzado un estandarte, que para muchos representaba la legitimidad, para otros era por lo menos una tentación de invocarla. Para el rey de Aragón y para el de Francia, en sus relaciones con el de Castilla, eran los infantes un resorte que comprimían o aflojaban según su conveniencia, y para todo un foco de alteraciones y de guerras.

Para alzarse con la corona de su padre adquirió compromisos de que no podía después desentenderse. A un don Lope de Haro, señor de Vizcaya, que tanto le había ayudado en su obra de usurpación, no podía negarle merced que le pidiera, y no era en verdad escaso en el pedir el de Haro. Quiso ser mayordomo de la casa Real y alférez mayor del reino, y don Sancho no podía dejar de nombrarle mayordomo y alférez. Pidió el antiguo título y dignidad de conde, y don Sancho restableció el título y dignidad de conde para investir con ella al de Haro. Solicitó que le entregara las fortalezas de Castilla, y las fortalezas de Castilla le fueron entregadas. Antojósele tener una llave en la cancillería del rey, y el rey le dio una llave en su cancillería. Demandó el adelantamiento de la frontera para su hermano don Diego, y don Diego fue nombrado adelantado de la frontera. ¿Cómo negar nada a quien debía la corona? Pero el señor de Vizcaya, instrumento de la usurpación, se había hecho exigente; alférez y mayordomo, se hizo altanero y rico; nuevo conde, se hizo dominante y soberbio; señor de la frontera y de los castillos, se hizo el dueño de la fuerza y del poder; el que tenía la llave de la cancillería tenía la llave de la voluntad del monarca, y el pueblo veía un vasallo señor de su rey, y un rey supeditado a su vasallo. Don Sancho no se apercibió de ello hasta que se lo avisaron tumultuariamente otros nobles, conjurados por vanidad y sublevados por envidia. Entonces meditó cortar la cabeza al dragón que amenazaba tragarle, y que él mismo había engordado y acariciado. Hízolo de la manera agreste y brusca que hemos referido: ¿y para qué? para oponer un rival a otro rival, una privanza a otra privanza, una familia a otra familia: deshízose del de Haro para entregarse al de Lara, nuevo monstruo que amenazó a su vez devorar la mano que le halagaba: nuevas envidias de la nobleza, y nuevas complicaciones para el rey y para el reino. Para oponer al de Lara, privado y rebelde, sacó de la prisión al infante don Juan, hermano y enemigo. Este fue el que excedió a todos en ingratitud y en perfidia. De modo que don Sancho podía llamar a todos aquellos a quienes dispensaba privanza, como Cristo a los judíos, genimina viperarum. Y era el caso que su posición no le permitía pasar sin el apoyo de algún poderoso. Así la altiva nobleza castellana abatida por San Fernando vuelve a envalentonarse con su hijo y con su nieto, por debilidad del uno, por necesidad del otro, y verémosla ganar en influjo y en poder por una serie de reinados, hasta que, a pesar de los esfuerzos de algunos príncipes por tenerla a raya, llegue a hacer público ludibrio y escarnio de la majestad.

La fama que don Sancho había ganado de bravo para la guerra siendo príncipe, continuó mereciéndola siendo rey. Merced a ella, los moros fueron diversas veces escarmentados, y a pesar de las incesantes revueltas interiores y de las cuestiones no interrumpidas con Francia y Aragón, recobró a Tarifa de los musulmanes y arrojó de España a los africanos. Lo más memorable de este reinado en punto a hechos de armas, fue el sitio de Tarifa que aquellos mismos africanos vinieron a poner después, unidos al infante don Juan. Dos actos, el uno de sublime lealtad, el otro de monstruosa perfidia, inmortalizaron aquel sitio: el uno lo fue de lustre y esplendor para la nobleza castellana, el otro de afrenta y oprobio para la sangre real de Castilla. Acaso desde los tiempos patriarcales no se había visto un rasgo tan sublime de abnegación como el de Alfonso Pérez de Guzmán el Bueno. El padre de Isaac, lleno de fe divina, llevó por su mano la leña a la hoguera en que había de ser sacrificado su hijo: Alfonso Pérez, rebosando en patriotismo y en lealtad humana, alargó con su mano el cuchillo con que su hijo había de ser inmolado. Para encontrar ejemplos de tan heroica abnegación es menester ir a buscarlos, o a la historia sagrada, o tal vez a las invenciones de la mitología. Pero desconsuélanos recordar que el sacrificador inhumano, el verdugo del niño Guzmán, el que conducía ejércitos infieles contra Tarifa, contra su patria, contra su rey y contra su hermano, era un cristiano, un español, un castellano también, un hijo de reyes, un nieto de San Fernando, era el infante don Juan. ¡Contraste singular de excelsa virtud y de crueldad horrible, de acendrada fidelidad y de traición abominable, que ofrecieron dos personajes castellanos en el cerco de Tarifa! Detestemos la última, ya que no podamos borrarla de nuestra memoria; no olvidemos la primera, y recomendemos a la imitación de nuestros compatriotas la heroicidad espartana de Alfonso Pérez de Guzmán el Bueno.

VI. El gobierno de Castilla en el reinado de Sancho IV continuaba el mismo en las formas que en el de su padre Alfonso X. Las cortes seguían votando servicios extraordinarios en los casos de apuro a petición del monarca, el cual incurrió también en los mismos errores de administración que su padre, mandando acuñar moneda de baja ley, produciendo los mismos afectos de esconderse los caudales, de escasear y encarecer los artículos y de disminuir los valores de las rentas públicas: sistema fatal que no bastaron los repetidos escarmientos a hacer que renunciasen a él nuestros príncipes, y que hallaremos empleado hasta en épocas que se aproximan a los tiempos modernos. Si no era una novedad en el reinado de Sancho el Bravo la intervención que a los obispos se daba en la administración de la hacienda, los documentos no nos dejan dudar de que por lo menos así se practicó con algunos prelados. Tal es, entre otros, una cédula de Sancho IV, en favor de don Martín González, obispo de Astorga, en que manifiesta estar muy satisfecho del modo con que se había conducido en la recaudación de tributos y en la administración de varios ramos de la hacienda (142).

Proseguíase no obstante en el sistema comenzado en el Fuero de Sepúlveda y en las cortes de Nájera, y continuado por los Alfonsos VII, VIII y X, de impedir o remediar en lo posible la excesiva acumulación de riquezas en el clero, prohibiendo a las iglesias y a los eclesiásticos la adquisición y dominio a perpetuidad de nuevas tierras, rentas y feudos (143). Como un contrapeso al poder y a la amortización eclesiástica vemos establecerse ya abiertamente en tiempo de don Sancho IV la amortización civil, con el mismo título que hoy tiene de mayorazgos. Ya Alfonso el Sabio había dado un ejemplo de esta institución, cuando dio los fueros de Valderejo a don Diego de Haro, señor de Vizcaya, con esta condición: «que nunca sean partidos nin vendidos, nin donados, nin cambiados, nin empeñados, e que anden en el mayorazgo de Vizcaya, e quien heredase a Vizcaya que herede a Valderejo (144).» Pero don Sancho fue todavía más explícito, cuando habiéndole pedido su camarero mayor, Juan Mathe, que le hiciese o le permitiese hacer mayorazgo de sus bienes, le otorgó en 1291 la real cédula en que se lee: «E nos, habiendo voluntad de lo honrar, e de lo ennoblecer, porque su casa quede hecha siempre, e su nombre non se olvide nin se pierda, e por le emendar muchos servicios leales y buenos, que nos siempre fizo a nos e a los reyes onde nos venimos, e porque se sigue ende mucha pro, e honra a nos y a nuestros regnos que aya muchas grandes casas de grandes omes, per ende nos como rey y señor natural, e de nuestro real poderío, facemos mayorazgo de todas las casas de su morada, &c. (145)» Así se ve la ley de vinculación, virtualmente contenida ya en el Fuero Juzgo de los visigodos, según en otro lugar apuntamos (146), irse desarrollando, primero parcialmente en la práctica con la posesión de señoríos tácitamente hereditarios, después por pragmáticas explícitas, y recibiendo la forma, el orden de suceder para agnación rigorosa, y el aumento y ampliación que adelante tuvieron. Las causas de la institución de los mayorazgos las expresa ya don Sancho en su citada cédula.

Admira ciertamente ver cómo en este tiempo había ido creciendo el influjo y poder del estado llano y del elemento popular en Castilla, en medio de las aspiraciones de la inquieta y pretenciosa nobleza, y de los esfuerzos de los soberanos para afirmar y robustecer la autoridad real. Este mismo don Sancho, tan bravo con los próceres y magnates castellanos, tan sangriento vengador de los nobles de quienes se convencía que intentaban atropellar sus derechos, cuando se reunían en cortes los procuradores de las ciudades no tenía valor ni para desoír y dejar de enmendar sus quejas y agravios, ni para negarles sus peticiones. No hay sino leer las cortes de Valladolid de 1293. De las veinte y nueve peticiones que en ellas le presentaron, ya sobre satisfacción de agravios y desmanes de los merinos, o alcaldes, u otros oficiales del rey, ya sobre franquicias o exenciones, u otros asuntos del gobierno interior de los pueblos, en casi todas hallamos la concesión u otorgamiento, bajo las usadas fórmulas de: «A esto respondemos que tenemos por bien mandar que sea así guardado.— tenemos por bien e mandamos que se guarde así.– mandamos a los nuestros merinos de Castilla que lo fagan así guardar.»

No dado a las letras el rey don Sancho IV, pocos adelantos podía hacer en este punto durante su reinado la nación. Haremos no obstante aquí una observación muy importante sobre el habla castellana. En tres reinados consecutivos se ve fijarse definitivamente en Castilla el idioma vulgar. San Fernando publicaba los documentos oficiales, algunos en castellano, los más todavía en latín, y a veces unos mismos, como hemos visto, parte en latín y parte en castellano. Alfonso el Sabio, su hijo, muy versado en el latín, escribía y mandaba escribir todos los documentos públicos sola y exclusivamente en castellano. Su hijo, Sancho el Bravo, no solamente escribía y hacia escribir en la lengua vulgar, sino que ya no sabía otra; Sancho IV ya no sabía latín, y necesitaba de intérprete cuando los enviados del papa le hablaban en el idioma latino.

Tales eran los principales caracteres del estado social de Castilla en los reinados de Alfonso el Sabio y Sancho el Bravo, que llenaron casi toda la segunda mitad del siglo XIII.

FERNANDO IV EL EMPLAZADO EN CASTILLA

DE 1295 a 1310

Niño de nueve años Fernando IV cuando llamado a reinar por muerte de su padre Sancho el Bravo bajo la tutela y dirección de su madre doña María de Molina (26 de abril, 1295) fue paseado a caballo por las calles de Toledo entre prelados, caballeros y ricos-hombres y en medio de aclamaciones populares, después de haber jurado guardar los fueros del reino, pocos príncipes de menor edad subieron al trono en circunstancias más difíciles y espinosas, y pocos habrán encontrado reunidos y prontos a estallar más elementos de discordia, de ambición, de turbulencias y de anarquía, que las que entonces fermentaban en derredor del trono castellano. Príncipes de la sangre real, monarcas extraños y deudos, apartados y vecinos, sarracenos y cristianos, magnates tan poderosos como reyes y con más orgullo que si fuesen soberanos, aliados que se convertían en traidores, y vasallos inconsecuentes y desleales, enemigos entre sí y enemigos del tierno monarca, cuya legitimidad por otra parte, como rey y como hijo no era tan incuestionable que faltaran razones para disputarla, todo conspiraba contra la tranquilidad del reino, todo contra la seguridad del rey, sin que valiera a su madre la previsión con que procuró captarse la voluntad de los pueblos, apresurándose a dictar medidas como la abolición del odioso impuesto de la sisa, con que su esposo don Sancho los había gravado.

El primero que levantó la bandera de la rebelión fue el tío del rey, el bullicioso y turbulento infante don Juan, el perturbador del reino en tiempo de don Sancho el Bravo, el aliado del rey de Marruecos contra su hermano, el que asesinó al hijo de Guzmán el Bueno en el campo de Tarifa, el que había debido su vida y su libertad a la madre del joven Fernando: aquel inquieto príncipe, apoyado ahora por el rey moro de Granada, se hizo proclamar en aquella ciudad rey de Castilla y León, y con el auxilio de tropas musulmanas invadió los estados de su sobrino, aspirando a arrancarle la corona. Por otra parte, don Diego de Haro, que se hallaba en Aragón, apoderose de Vizcaya, y corría las fronteras de Castilla. La reina contando con la lealtad de los hermanos Laras, a quienes don Sancho en sus últimos momentos había recomendado que no abandonaran nunca a su hijo, los llamó para que combatieran al conde de Haro, y les suministró recursos para que levantaran tropas. Mas la manera que tuvieron de corresponder a la recomendación del rey difunto y a la confianza de la reina viuda fue unirse con el rebelde a quien habían de combatir, y ser dos enemigos más del nuevo monarca y de su madre.

Pareció haber encolerizado este proceder al viejo infante don Enrique, el aventurero de África y de Sicilia a quien vimos volver a Castilla después de 26 años de prisión en Italia, y ser recibido con benevolencia y distinción por su sobrino don Sancho el Bravo. Recorrió aquel príncipe las tierras de Sigüenza y de Osma haciendo llamamiento a los concejos y aparentando querer favorecer al rey y a la reina. Pero su conducta no fue más leal que la de los Laras, puesto que prometiendo a los pueblos aliviarles los tributos, reclamó para sí la tutela y la regencia del reino. Siguiéronle algunos, pero opusiéronsele fuertemente las ciudades de Cuenca, Ávila y Segovia. Reunió un simulacro de cortes en Burgos, y expúsoles el estado miserable en que el reino se hallaba, y la necesidad de poner remedio, disimulando poco sus ambiciosos designios. En tal conflicto y a vista de tantas defecciones, la reina doña María convocó a todos los concejos de Castilla a cortes generales para el 24 de junio en Valladolid (1295). Para impedirlas propagó don Enrique la absurda especie de que la reina, además de otros tributos con que intentaba gravar a los pueblos, quería imponerles uno de doce maravedís por cada varón, y de seis por cada hembra que naciese (147). Por inverosímil que fuese la invención, produjo su efecto, y cuando la reina y el rey se acercaron a Valladolid con su séquito de caballeros hallaron cerradas las puertas de la ciudad. Tuviéronlos allí detenidos algunas horas, al cabo de las cuales deliberaron los ciudadanos dar entrada a la reina y al rey, pero sin comitiva ni acompañamiento. Hablados y prevenidos los concejos por don Enrique, logró que se le diera la apetecida regencia, pero en cuanto a la crianza y educación del rey declaró con firmeza la reina doña María que no las cedería a nadie y por ninguna consideración ni título. La situación de la reina y la tierna edad del rey inspiraban interés a los concejos de Castilla, y juraron reconocimiento y fidelidad al rey Fernando. No obraron con la misma lealtad los magnates. Habiendo enviado al gran maestre de Calatrava junto con otros nobles para que viesen de reducir a los Laras y al de Haro reunidos, confabuláronse también con los insurrectos, y volvieron diciendo a la reina que era menester que accediese a sus demandas, o de otro modo ellos también la abandonarían. Fuele, pues, preciso a la reina renunciar a la Vizcaya. Y sin embargo, estos no eran sino los principios de los sinsabores que esperaban a la reina, y de las perturbaciones que habían de señalar este triste reinado.

Abandonado el infante don Juan por los musulmanes luego que estos consiguieron su objeto de saquear el país; rechazado de Badajoz, cuyas puertas se le cerraron, pero dueño de Coria y Alcántara que le acogieron, pasó a verse con el rey don Dionis de Portugal, de quien logró que abrazase su causa, proclamando que don Juan era el legítimo rey de Castila. La reina doña María de Molina apeló a la lealtad de los concejos castellanos, a quienes encomendó la guarda de la frontera portuguesa. Pero el apoyo que le daban los procuradores de Valladolid no era tampoco desinteresado. Obteníale la reina a costa de dispensarles mercedes, de acceder a las peticiones que le hacían, y de ampliarles sus franquicias y sus fueros. Pretendieron ser solos en las deliberaciones, sin la concurrencia de los nobles y prelados, y también les fue concedido. Ellos facilitaban subsidios, y la reina les pagaba con privilegios. Todos los días sin moverse de un sitio desde la mañana hasta la hora de nona se ocupaba en oír sus demandas y en satisfacerlas «en guisa, dice la crónica, que los omes buenos se hacían muy maravillados de cómo la reina lo podía sufrir, e iban todos muy pagados della y del su buen entendimiento.» Declarada por el de Portugal la guerra a Castilla, fue el infante don Enrique como regente del reino a ver de pactar alguna tregua así con el rey don Dionis como con el infante don Juan, lo cual se logró dando al primero las ciudades que reclamaba y reponiendo al segundo en sus señoríos de tierra de León. Con esto, y con haber comprado la sumisión de los Laras y de don Diego de Haro a precio de trescientos mil maravedís que les dio, parecía que debería haberse restablecido la tranquilidad del reino y robustecido el poder del rey.

Lejos de eso, nuevas y mayores contrariedades se suscitaron. El rey don Jaime II de Aragón, de quien dijimos haber contraído esponsales con la tierna infanta doña Isabel de Castilla, la devolvió a su madre so pretexto de no haber podido obtener la dispensa pontificia. Y como subsistían en Aragón los infantes de la Cerda, como una bandera perpetua y siempre alzada para todos los descontentos de Castilla y para todos los enemigos exteriores de este reino, formose en derredor del estandarte de los Cerdas, por sugestiones y manejos del inquieto y bullicioso infante don Juan, una confederación contra el joven Fernando de Castilla, en que entraron la reina doña Violante, abuela de don Alfonso, el emir de Granada, los reyes de Portugal y de Aragón, de Francia y de Navarra, proclamando la legitimidad de don Alfonso de la Cerda. Entre éste y su tío el infante don Juan se concertaron en repartirse los reinos dependientes de la corona de Castilla; aplicábanse a don Alfonso Castilla, Toledo y Andalucía; tomaba para sí don Juan León, Galicia y Asturias. Cedía don Alfonso el reino de Murcia al de Aragón, en premio de la guerra que éste consentía en hacer contra Castilla. Prometía don Juan al de Portugal muchas plazas de la frontera. Con tan universal conjuración no parecía posible que Fernando IV pudiera conservar en su tierna frente la corona castellana; pero quedábale su madre, que activa y enérgica, imperturbable y prudente como la madre de San Fernando, velaba incesantemente por su hijo y acudía con maravillosa prontitud a todo. Recorriendo los pueblos, solicitando el apoyo de los concejos y comunes, y apelando a la lealtad y al honor castellano, logró que al infante don Juan se le cerraran las puertas de Palencia, donde pretendía celebrar cortes como rey, y Segovia franqueó las suyas a la reina, a pesar de lo que en contrario había procurado persuadir el infante a los hombres más influyentes de la ciudad (148).

Vino, pues, el ejército de Aragón, mandado por el infante don Pedro, y reuniéndose en Castilla con la gente de don Juan, marcharon unidos hacia León, en cuya ciudad se proclamó al infante rey de León y de Galicia, así como a don Alfonso de la Cerda se le dio en Sahagún el título de rey de Castilla. El de Aragón se apoderaba de Alicante y Murcia, los navarros y franceses tomaban a Nájera, y el emir de Granada movía guerra por Andalucía (1296). Situación crítica y miserable era la de Castilla inquietada por príncipes propios, invadida en todas direcciones por monarcas y ejércitos extraños, sola contra todos, con una reina a quien abandonaban los suyos, y con un rey incapaz por sus pocos años de hacer frente a tantos y tan poderosos enemigos. Felizmente no desfalleció el ánimo de la reina doña María, ni en medio de tantas tormentas perdió la esperanza ni le faltó la serenidad. El infante regente don Enrique, con más deseos de medrar en las revueltas que voluntad de combatir, propuso a la reina que diera su mano al infante don Pedro de Aragón, con lo cual estaba seguro de que los aragoneses desistirían de proteger a los pretendientes del reino, y Castilla se vería libre de enemigos: propuesta que rechazó doña María con nobleza y dignidad. Y por no guerrear don Enrique contra los infantes don Juan y don Alfonso, prefirió ir a Andalucía so color de ser allí más necesaria su presencia para hacer frente al rey moro de Granada. Pero vencido en un encuentro por los musulmanes, faltó poco para que hubiera perdido la Andalucía entregando la plaza de Tarifa al granadino, si por ventura el valeroso y noble Alfonso Pérez de Guzmán el Bueno no hubiera defendido con su acostumbrada intrepidez contra moros y cristianos aquel reino y aquella ciudad. Por otra parte, la Providencia pareció mostrarse abiertamente en favor del rey niño y de su imperturbable madre. Los aragoneses habían puesto sitio a Mayorga, villa situada entre Valladolid y León, a cinco leguas de Sahagún. La reina había enviado algunos de sus leales caballeros para defenderla. El cerco duró más de cuatro meses, al cabo de los cuales contaminó una terrible epidemia al ejército sitiador, causándole tan horrible mortandad, que de ella sucumbieron el infante don Pedro de Aragón y casi todos los ricos-hombres y caballeros de su hueste. Los que sobrevivieron diéronse prisa a alzar el cerco y a retirarse a Aragón, llevando consigo en procesión fúnebre aquellos ilustres cadáveres. La misma reina doña María les dio paso franco y seguro por Valladolid, y aun les regaló telas nuevas de luto con que cubriesen los carros en que conducían los restos mortales de sus caudillos.

A pesar de este incidente, feliz para Castilla, la situación de la reina no dejaba por eso de ser angustiosa, agotadas o en manos de enemigos las rentas del reino, costándole el mantenimiento de sus tropas gastos que no podía soportar, y creciendo cada día las exigencias de los concejos y de los nobles. El regente don Enrique tampoco dispensaba sus escasos servicios sin pretender en recompensa la posesión de algunas villas que la reina tuvo que darle. El rey de Portugal se atrevió a avanzar en dirección de Valladolid, llegando basta Simancas, a dos leguas de aquella ciudad. Aconsejaban a la reina que se retirara de Valladolid, más ella lo resistió con firmeza, sin perder jamás ni la esperanza ni el valor. La circunstancia de haber comenzado a desertársele al portugués los suyos, y la de haber el inconstante y voluble infante don Juan reconocido a su sobrino don Fernando como rey legítimo de Castilla, hiciéronle regresar a Portugal, temeroso de encontrarse sin tropas y sin aliados en medio de un país enemigo. Con mucha maña y destreza supo después la reina madre atraer a don Dionis de Portugal a una entrevista, y en ello le redujo a ajustar una paz, en que se estipuló el matrimonio antes proyectado del rey don Fernando con la infanta portuguesa doña Constanza, y el de doña Beatriz de Castilla con el príncipe heredero de Portugal, entregando al monarca portugués varias plazas, y obligándose él a auxiliar al castellano (1297). Al año siguiente pudo ya la reina juntar un buen ejército, con que recobró a Ampudia, teniendo que fugarse de noche don Juan de Lara, que después fue hecho prisionero por don Juan Alfonso de Haro, y puesto otra vez en libertad por la reina. Era un continuo tráfago de rebeliones, de guerras, de sumisiones y de revueltas, más fácil de comprender que de describir.

Si en las cortes de Valladolid de 1300 los concejos penetrados de la buena administración de la reina le votaban subsidios, y el infante don Juan juraba fidelidad y obediencia al rey don Fernando y a sus hermanos caso que subiesen al trono, el juramento duraba en él lo que tantos otros que llevaba hechos, y lo mismo que duraban los de don Dionis de Portugal, los de don Enrique, los de los Laras, y los de casi todos los personajes de aquella época; y al año siguiente (1301) se le ve hacer en unión con don Enrique un tratado con el rey de Aragón ofreciendo entregarle el reino de Murcia con tal que les ayudara en sus empresas. Apoderáronse en su virtud los aragoneses de Lorca, pero rescatada luego por las tropas de doña María, y habiendo ocurrido disturbios en Aragón retirose de Murcia don Jaime II sin haber podido conseguir de la reina de Castilla le dejara la plaza de Alicante que él pretendía retener (1302).

Alcanzó la noble doña María de Molina por este tiempo un triunfo moral que le valió más que los de las armas. Llegáronle al fin letras de Roma, en que el papa le declaraba la legitimidad de sus hijos y le otorgaba la dispensa matrimonial para el rey Fernando, si bien a costa de diez mil marcos de plata. Golpe fue este que desconcertó a los pretendientes, que desalentó a don Alfonso de la Cerda, y dio no poco pesar a don Enrique, que se consolaba con propalar que eran falsas las letras pontificias. Dos calamidades, que añadidas a la de la guerra afligieron entonces el ya harto castigado reino de Castilla, el hambre y la peste, pusieron aquella ilustre reina en ocasión de ganar más y más el cariño de sus pueblos. Corriendo de ciudad en ciudad como un ángel consolador, reparaba los males de la guerra, socorría los enfermos, llevaba pan a los pobres y recogía por todas partes las bendiciones del pueblo: «¡noble carácter, exclama con razón un escritor ilustre, ideal y casta figura que resalta sobre este fondo monótono de crímenes y de infamias, y consuela al historiador de este cuadro de miserias que se ve precisado a delinear!»

En aquel mismo año se celebró el matrimonio del joven rey de Castilla con la infanta de Portugal. Pero en medio de tan puras satisfacciones estábale reservado a la noble reina doña María probar uno de los sinsabores que debían serle más amargos, la ingratitud de aquel mismo hijo a quien consagraba todos sus desvelos y por quien tanto se sacrificaba. Deseaban el infante don Juan y Núñez de Lara sacar al rey de la tutela y lado de su madre, a cuyo efecto, comenzaron por indisponerle con ella, diciéndole que su madre no pensaba sino en seguir apoderada del gobierno sin darle a él participación alguna en el poder, que mientras estuviera dirigido por ella no tendría sino el nombre de rey, y que él era pobre mientras ella se enriquecía, con otros discursos propios para alucinar a un joven de no precoz ni muy sutil inteligencia. Dueños por este medio del ánimo y del corazón del débil príncipe, persuadiéronle fácilmente a que abandonara a su madre, y Fernando, dejándose arrastrar de sus instigaciones, con pretexto de ir con ellos de caza marchose con sus nuevos consejeros por tierras de León y de Extremadura, donde cazaba y se divertía y hacia oficios de rey; pero perdiendo para con los pueblos que le iban conociendo de cerca aquel afecto mezclado de compasión que al lado de su madre les habían inspirado sus desgracias y su corta edad. Así fue, que, habiendo convocado cortes de leoneses en Medina del Campo, los procuradores de las villas rehusaban asistir a ellas sin orden de la reina, y el concejo de Medina ofreció a doña María que cerraría las puertas al rey y a los infantes. Lejos de consentir en ello la noble reina, rogó a los concejos que obedecieran la orden del rey, y llevando aún más allá su abnegación y su amor de madre, accediendo a las instancias del hijo ingrato, consintió en concurrir ella misma a aquellas cortes para ganar sufragios al rey: y en verdad bien le hizo falta el auxilio de su madre, porque solo ella pudo contener a los procuradores, que disgustados de ver al débil monarca supeditado por sus nuevos Mentores, el infante don Juan y el de Lara, hicieron demostraciones de querer abandonar la asamblea (149).

Pretendieron estos mismos que el rey hiciera a su madre presentar en estas cortes las cuentas de su tutela y administración, creyendo hallar en ellas cargos graves que hacer a la reina doña María, como que habían esparcido la voz de que en cada uno de los cuatro años anteriores había guardado para sí cuatro cuentos de maravedís. No pareciéndole bien a Fernando mostrar así a las claras tan injuriosa sospecha a su madre, propusiéronle, y él lo aceptó, como si en sustancia no fuese lo mismo, pedir las dichas cuentas al canciller de la reina, abad de Santander. El canciller exhibió sus libros, en que constaba con admirable exactitud y minuciosidad la inversión de todos los fondos, y examinadas y sumadas las partidas se halló que no solamente no se habían distraído los cuatro millones de maravedís anuales que se pretendía, sino que la reina había hecho en servicio del rey un anticipo de dos cuentos más, que había pedido prestados. Resultó para mayor honra suya y confusión de sus enemigos, que había vendido todas sus alhajas para los gastos y atenciones de la guerra, sin haberle quedado sino un vaso de plata para beber, y que comía en escudillas de barro. Con esto enmudecieron sus acusadores, y la venganza que la noble reina tomó fue rogar a las cortes que diesen a su hijo los servicios que pedía (150).

Abreviemos los enojosos sucesos de este reinado de discordias y de intrigas.

Aprovechándose de ellas como buen político el rey Mohammed II de Granada, no solo había mantenido con esplendor su pequeño reino, sino que había llevado sus huestes hasta las puertas de Jaén, incendiado el arrabal de Baena, y apoderándose de la fortaleza de Bezmar, hasta que fue llevado en 1302 «del reinado de esta vida al eterno descanso, como dice el historiador árabe, estando en su azala con gran tranquilidad y sin aparente quebranto en su salud.» Su hijo Mohammed III (151), heredero del valor y del talento de su padre, pero no de su fortuna, después de haber tomado algunas plazas fuertes a los cristianos, desistió de aquella guerra, y se resignó a tratar con Fernando IV de Castilla, reconociéndose vasallo suyo, pero cediéndole éste las plazas conquistadas, a condición de que quedara Tarifa en los dominios castellanos (1304): tratado que hizo el rey de Castilla por consejo de sus favoritos y sin contar con su madre. Continuaban en este reino las turbulencias y los amaños entre el rey, la reina, los infantes y los poderosos señores de Lara y de Haro. La muerte del infante don Enrique (1305), sin dejar sucesión, volviendo de este modo las villas y plazas que poseía al dominio de la corona, dio a Castilla una tranquilidad momentánea. Y en cuanto a las diferencias y pleitos con el de Aragón, convínose en someterlas al juicio de árbitros, que lo fueron por parte de Castilla el infante don Juan, por la de Aragón el obispo de Zaragoza, y el rey don Dionis de Portugal como mediador entre los dos monarcas. Habidas las correspondientes conferencias en Campillo, concluyose la negociación de un modo favorable al aragonés, determinándose que quedaran por él Alicante y muchas otras plazas al Norte del Júcar; que a don Alfonso de la Cerda se le señalarían las rentas de varios pueblos hasta la suma de cuatrocientos mil maravedís, cediendo él todas las plazas que tenía; que se daría a su hermano don Fernando la renta de infante de Castilla, y que antes de firmarse el tratado prestarían los dos hermanos juramento de homenaje y de fidelidad al rey. De esta manera trocó el hijo primogénito de don Fernando de la Cerda su derecho a la corona de Castilla por una no muy cuantiosa suma de dinero, y fue apellidado en adelante Alfonso el Desheredado.

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Pero las querellas, las intrigas, las guerras parciales entre el rey, el infante don Juan, los Haros y los Laras, no tenían término. Pareció que le habrían de tener cuando las cortes de Valladolid (1308) ratificaron un tratado en que se dejaba a don Diego de Haro el señorío de Vizcaya por toda su vida, a condición de que después pasaría, a excepción de algunas plazas, a la mujer del infante don Juan y a sus herederos. Mas como en todas estas negociaciones había de haber siempre un descontento que mantuviera el país en estado de eterna inquietud y agitación, esta vez lo fue don Juan de Lara, a quien el rey se vio precisado a hacer guerra y a quien tuvo cercado en Turdehumos. Nada, sin embargo, adelantó el monarca, porque confabulados otra vez el de Lara y el infante, obligáronle a pactar una reconciliación, y lo que fue más, a mudar la gente de su consejo. Así andaban siempre. Hasta que al fin conoció el rey, ya por los desengaños que recibía, ya por los consejos e instrucciones de su madre, que, para librarse de las importunidades de aquellos turbulentos y soberbios vasallos, le era menester recurrir a la política de sus antecesores, a promover la guerra contra los moros. En este pensamiento coincidió felizmente don Jaime II de Aragón, y poniéndose de acuerdo los dos monarcas solicitaron del papa las gracias espirituales que solían otorgarse para esta clase de empresas. El papa Clemente V no solo les concedió por tres años el tercio de las rentas de la Iglesia, sino que dando de mano a los antiguos escrúpulos de Roma sobre impedimentos de parentesco para los matrimonios, dispensó sin dificultad en el de segundo grado que mediaba entre el infante don Jaime de Aragón y la infanta doña Leonor de Castilla, cuyo enlace se concertó como prenda de reconciliación entre ambos soberanos, al mismo tiempo que el del infante don Pedro de Castilla, hermano del rey, con doña María, hija del de Aragón.

Las cortes de Madrid, congregadas en este mismo año (1308), no solo aprobaron unánimemente la empresa, sino que votaron con gusto cuantos subsidios le fueron pedidos. Reunidas las tropas en Toledo, y encomendada la gobernación del estado, durante la ausencia del rey, a la reina madre doña María de Molina, se decidió, por consejo y empeño del rey de Aragón, que el ejército castellano emprendiera el sitio de Algeciras, mientras el aragonés tomaba a su cargo el de Almería. La ocasión era oportuna, y favorables las circunstancias. Había muerto asesinado dentro de su propio harem el rey de Marruecos Abu Yussuf, y reemplazádole en el trono Amer ben Yussuf su nieto: y en cuanto a Mohammed III de Granada, ocupado en hermosear su capital con suntuosas mezquitas y lujosos baños, gozando de prosperidad dentro de su reino, pero sin aliados fuera, no estaba en aptitud de poder resistir a dos tan poderosos monarcas reunidos. Púsose, pues, el de Aragón con su flota sobre Almería, mientras el castellano con su ejército y su armada avanzaba a la playa y campo de Algeciras. El emir Mohammed acudió en socorro de la plaza, «pero las copiosas lluvias y recio temporal, dice el escritor arábigo, no le dejaron hacer cosa de provecho.» Supieron los cristianos que la de Gibraltar estaba mal guardada, la cercaron, la combatieron, la tomaron y repararon después sus muros (agosto, 1309). Sobre mil y quinientos muslimes fueron, a petición suya, enviados a África. Cuéntase de un viejo musulmán que, al verse lanzado de su casa, le dijo al rey de Castilla: «Señor, ¿qué te he hecho yo para que me arrojes de aquí? Tu bisabuelo el rey Fernando me echó de Sevilla y me fui a vivir a Jerez: cuando tu abuelo tomó a Jerez, yo me refugié en Tarifa, de donde me arrojó tu padre Sancho. Vine aquí creyendo estar más seguro que en otro cualquier lugar de España, y he aquí que ya no hay de este lado del mar punto alguno en que se pueda vivir tranquilo, y será menester que me vaya a África a acabar mis días.» El discurso del anciano musulmán compendiaba la historia de los triunfos de Castilla sobre los moros en este último medio siglo.

No faltaron al rey trabajos y disgustos de todo género en el sitio de Algeciras, y allí mismo le abandonó otra vez el versátil y turbulento infante don Juan, desamparando el cerco y arrastrando consigo más de quinientos caballeros, entre ellos el infante don Juan Manuel (152). Quedó el rey don Fernando reducido a seiscientos hombres de armas y a su hermano don Pedro. Mas ni aquella defección, ni los consejos que le daban para que alzase el sitio, ni la crudeza del temporal, ni la penuria y enfermedades que su corta hueste padecía, ni el ver sucumbir de la epidemia a don Diego de Haro y a otros ricos-hombres, nada bastó a hacerle desistir de aquella empresa, «teniendo, dice la crónica, muy a corazón de tomar la villa... mostrando muy gran esfuerzo y muy gran reciedumbre, y por muchos afincamientos que le hicieron, a la cima respondió que antes quería allí morir que no levantarse dende deshonrado (153).» Acudiéronle al fin el arzobispo de Santiago, y el infante don Felipe su hermano con un refuerzo de cuatrocientos caballeros; y las copiosas e incesantes lluvias, que tenían acobardado ya al ejército castellano, se convirtieron en provecho suyo, puesto que aquello mismo impidió al rey de Granada socorrer a los sitiados. Viendo, pues, Mohammed la insistencia del de Castilla, que por otra parte el de Aragón con sus almogávares le estaba devastando las tierras de Almería, que Ceuta le había sido tomada por el antiguo walí de Almería Suleyman ben Rebieh en unión con los aragoneses, y que en la misma Granada se estaban urdiendo sordas tramas contra él, pidió la paz al castellano, ofreciendo entregarle Bezmar, Quesada, y otras dos plazas de la frontera, con cincuenta mil doblas de oro (154), y reconocerse su vasallo siempre que levantara el cerco de Algeciras. El rey aceptó la proposición, y firmada la paz, retirose a Burgos a asistir a las bodas de su hermana Isabel con el duque Juan de Bretaña (enero, 1310).

La paz de Algeciras sirvió de pretexto a los descontentos y a los conspiradores de Granada para hacer estallar más pronto la conjuración. Un día a la hora del alba de la fiesta de Alfitra cercaron el alcázar muchas gentes del bajo pueblo gritando: «¡Viva Muley Nazar! ¡Viva nuestro rey Nazar!» Otra infinita chusma de gente menuda, dice el historiador árabe, acometió la casa del wazir Abu Abdallah el Lachmi, y robó y saqueó el oro y la plata, vestidos, armas y caballos, destruyendo ricas alhajas, y quemando muebles y preciosos libros que tenía. Entretanto los caudillos de la sedición cercaron al rey Mohammed y y le intimaron que, pues el pueblo proclamaba a su hermano Nazar, le daban a escoger entre perder la corona o la cabeza. El buen Mohammed, viéndose solo, prefirió lo primero, y renunció aquella noche el reino en su hermano, el cual sin querer verle le hizo conducir a Almuñécar, donde aún sobrevivió cinco o seis años a su infortunio. El Nazar quedó solemnemente proclamad (155). Apenas se supo en Castilla la revolución de Granada, el rey Fernando, de acuerdo con el de Aragón, determinó hacer una nueva expedición a Andalucía. Las cortes de Valladolid le votaron cinco servicios y una moneda forera, y el ejército castellano conducido por el infante don Pedro, fue a poner sitio a Alcaudete, sin que el nuevo emir de Granada pudiera conseguir una tregua que pidió al de Castilla. El rey, después de haber recorrido varios pueblos de Castilla y de León, pasó a Jaén para incorporarse con su ejército en Alcaudete, dos meses hacía cercada por su hermano don Pedro. Al llegar a Martos mandó dar muerte a dos caballeros, de quienes se sospechaba que eran los que habían asesinado a un favorito del rey. El suplicio de estos dos caballeros hizo entonces gran ruido y adquirió después gran celebridad histórica, así por haber ocasionado la muerte del rey con circunstancias bien singulares, como por haber dado motivo a que se le aplicara el sobrenombre de el Emplazado con que es conocido.

Cuenta la crónica, que hallándose el rey en Palencia (156), al salir una noche del palacio real el caballero don Juan de Benavides (157) de hablar con el rey, fue asaltado y asesinado por dos hombres. Sospechábase que los dos caballeros que el rey encontró en Martos eran los asesinos de Benavides, y aunque ellos protestaron ante el monarca y ofrecieron hacer una plena justificación de su inocencia, el rey se negó a admitirla, y sin forma de proceso «Mandolos despeñar de la peña de Martos.» Al tiempo de morir, «viendo, dice la crónica, que los mataban con tuerto,» esto es, injustamente, emplazaron al rey para que compareciese con ellos a juicio ante el tribunal de Dios dentro de treinta días. Eran estos caballeros dos hermanos llamados don Pedro y don Juan de Carvajal. Hecha la ejecución, el rey se fue al campo de Alcaudete, donde le acometió una dolencia, que hizo necesario retirarle a Jaén, donde a pocos días recibió la noticia de haberse rendido la plaza al infante don Pedro y haberse hecho la paz con el rey de Granada. Al decir de algunas crónicas, el rey parecía haber recobrado casi enteramente la salud, como que habiendo ido don Pedro su hermano a verle, acordó con él y con los ricos-hombres que fuesen al otro día a hacer la guerra al walí de Málaga, enemigo del de Granada con quien estaban ya avenidos. Habiendo comido el rey, se fue a dormir, y cuando entraron a despertarle le hallaron muerto. Era el 7 de setiembre (1312), y se cumplía el plazo de los treinta días que le habían señalado los hermanos Carvajales para comparecer con ellos ante Dios, por cuyo motivo se le dio el nombre de Fernando el Emplazado con que le designa la historia, y era natural que su muerte se atribuyera a castigo del cielo (158). Murió de edad de veinte y cinco años, y había reinado algo más de diez y siete (159).

No dejando sino un hijo varón, el infante don Alfonso, en tan tierna edad que solo contaba un año y veinte y cuatro días, el cual fue aclamado rey después de la muerte de su padre, quedó Castilla, no bien había salido de las turbulencias de una menoría, expuesta a las borrascas y agitaciones de una menor edad todavía más larga.

Un acontecimiento memorable señaló los últimos tiempos del reinado de Fernando IV de Castilla, acontecimiento que fue de los más ruidosos e importantes que cuenta la historia de la edad media, a saber, la caída y destrucción de los templarios, cuyo suceso referiremos en otro lugar, por haberse verificado con más estrépito y solemnidad y hecho más eco en otros reinos que en el de Castilla.

 

ALFONSO XI EL JUSTICIERO EN CASTILLA

DE 1312 a 1350

Era desgracia de la monarquía castellana que con tanta frecuencia y tan a menudo sucediesen en el reino príncipes de menor edad (160). Aun duraban en Castilla los efectos de las agitaciones y turbulencias que la habían conmovido en la menoría de Fernando IV, cuando fue proclamado en Jaén su hijo Alfonso, niño de escasos trece meses, bajo los auspicios de su tío el infante don Pedro (7 de setiembre, 1312), hallándose el reino en situación no menos crítica, ni menos devorado por los partidos que cuando le heredó el rey su padre. Muchos pretendían la tutela del tierno monarca, que a la sazón se criaba en Ávila. Tantos eran los aspirantes cuantos eran los deudos del huérfano. Don Pedro y don Juan, tíos del rey difunto; los infantes don Felipe y don Juan Manuel; don Juan Núñez de Lara; buscando cada cual el apoyo de alguna de las reinas viudas, doña María de Molina y doña Constanza, abuela y madre del rey niño, todos querían ser los tutores y los gobernadores del reino, todos se aprestaban a apoyar su pretensión con las armas. Viéronse y conferenciaron los pretendientes entre sí y con las reinas, mas no eran fáciles de concertar tantas ambiciones individuales. Don Juan Núñez de Lara fue el primero que quiso sacar de Ávila al rey: intentáronlo a su vez su tío don Pedro y su madre doña Constanza, que con este objeto habían partido de Andalucía. Negáronsele a unos y a otros los caballeros de Ávila y muy principalmente el obispo, que para defender el precioso depósito que les estaba confiado se encerró con él en la catedral, que no era ya la primera vez que había servido de fortaleza para custodia y guarda de disputados príncipes. Obraba así el prelado por secretas instrucciones de la previsora y prudente doña María de Molina, que no quería se entregase a nadie su nieto hasta que las Cortes determinasen quién se había de encargar de su guarda y tutela.

Congregáronse estas en Palencia (1313); más en vez de esperar su pacífica deliberación, cada pretendiente se presentó en la ciudad o su comarca con cuánta gente armada pudo reunir de los que seguían su respectivo bando. La actitud y el aparato eran más bien de enemigos ejércitos que iban a combatir, que de cortes llamadas a deliberar. En su virtud los prelados y procuradores, que se hallaban en punto a tutela tan divididos como los pueblos mismos, tomaron unos por tutor al infante don Pedro con su madre la reina doña María, otros al infante don Juan con la reina doña Constanza, acordando que cada cual ejerciese la tutoría y gobierno en las ciudades y pueblos que por cada uno se hubiesen declarado o se declarasen: extraña resolución, pero la única que se creyó podría evitar al pronto una guerra civil. La muerte de doña Constanza que sobrevino en Sahagún al tiempo que se hallaban reunidos en esta villa los procuradores de Castilla y de León, hizo que el infante don Juan, viéndose sin este apoyo, se viniese más a partido y concertase con don Pedro y doña María que la crianza del rey se encomendase a la reina su abuela; que el consejo real, que parece se llamaba ya antes chancillería, acompañase siempre al rey y tuviese el gobierno supremo del reino; pero que fuera de los casos graves ellos ejercerían jurisdicción en las ciudades y villas que los hubiesen elegido por tutores.

En virtud de este acuerdo, que firmaron en el monasterio de Palazuelo, los ciudadanos de Ávila hicieron entrega de la persona del rey a la reina doña María (1314), la cual le llevó consigo a Toro. Este concierto fue ratificado después en las cortes de Burgos (1315), con pequeñas modificaciones, añadiéndose que en el caso de morir alguno o algunos de los tres tutores, la tutoría se refundiese en aquel o aquellos que sobrevivieran. Durante estas cortes murió don Juan Núñez de Lara, que era mayordomo de la casa real, cuyo cargo se dio a don Alfonso hijo del infante don Juan.

No impedían estos conciertos y avenencias para que Castilla ardiera en guerras parciales entre los otros infantes y los grandes señores del reino, guerras que bastaban para turbar el sosiego público y causar estragos en las poblaciones, pero reducidas a particulares reyertas, hijas de la ambición y tensiones personales tan comunes en tiempos de menorías y de gobiernos débiles. Hubo no obstante un resto de patriotismo para atender en medio de este miserable estado a la guerra contra los moros de Granada, donde las cosas andaban todavía más seriamente turbadas que en Castilla. El emir Muley Nazar no podía asegurarse en el trono de que había lanzado a su hermano Mohammed III, y su pernicioso ejemplo había encontrado imitadores en los miembros de su propia familia. Aprovechando su sobrino Abul Walid la irritación que había producido en el pueblo la conducta del ministro favorito de su tío, se presentó a las puertas de Granada a la cabeza de un partido numeroso. Subleváronse con esto los descontentos de la ciudad, entregose el populacho a todo género de excesos y de desmanes, y franqueando las puertas a los insurrectos de fuera, el emir Nazar tuvo que refugiarse con una pequeña escolta en el palacio de la Alhambra. Ocurriole entonces pedir auxilio al infante don Pedro de Castilla, conocido ya en Andalucía por sus campañas en el anterior reinado, y vencedor en otro tiempo en Alcaudete; el cual, aunque se apresuró a socorrer al apurado emir, llegó ya tarde, y en ocasión que aquel se había visto forzado a abdicar el trono, recibiendo en cambio la ciudad de Guadix y su distrito, en cuyo pequeño estado acabó pacíficamente sus días rodeado de sus parciales, que nunca pudieron reducirle a que probara de nuevo fortuna ni a que tratara de reivindicar sus derechos (162). El infante don Pedro, ya que no llegó a tiempo de socorrer al emir, atacó y tomó la fortaleza de Rute, pasando a cuchillo a sus defensores, con lo cual se retiró por entonces a Córdoba, y de allí a Castilla, a causa de las revueltas que agitaban el reino.

El nuevo rey de Granada Ismail Abul Walid ben Ferag (163), era muy ardiente defensor de las leyes y prácticas del Corán; prohibió el uso tan admitido del vino, e impuso ciertos tributos a los judíos, y mandó que llevaran en sus vestidos una señal que los distinguiera de los musulmanes. Enemigo también de los cristianos, envió una hueste a combatir a los fronteros de Martos que conducían a Guadix una recua cargada de bastimentos. Trabose entre unos y otros un sangriento combate en que perecieron mil quinientos jinetes musulmanes, mas no sin que costara también la vida a ilustres campeones cristianos. Los moros llamaron este combate la batalla de Fortuna (1316). Alentados con esto los castellanos, cercaron porción de fortalezas del reino granadino, y corrieron y talaron las huertas y viñas de aquella tierra: pero se retiraron a la aproximación de un grande ejército que Ismail había hecho congregar. Queriendo el emir emplear con provecho aquella gente, la envió a poner cerco a Gibraltar para ver de arrancar esta plaza de poder de los cristianos, que le convenía también para hacer frente a los Beni-Merines de África poseedores de Ceuta. Pero socorridos a tiempo los de Gibraltar por mar y tierra por los fronteros de Sevilla, tuvieron los musulmanes que levantar el sitio sin atreverse a aventurar batalla.

Acudió otra vez don Pedro a Andalucía, y con su actividad acostumbrada recorrió todo el país de Jaén hasta tres leguas de Granada, incendió y saqueo algunas poblaciones y tomó varias fortalezas. Veía con celos su tío don Juan de Castilla la fama y autoridad que daban a don Pedro sus esclarecidas hazañas en la guerra, y mortificábale la estimación y el influjo que su compañero de regencia iba ganando. Tenía don Juan levantada mucha gente en Castilla la Vieja: cualquiera que fuera el destino que pensara darle, la reina doña María tuvo maña para hacer que don Juan llevara también aquellas tropas a pelear con los moros granadinos, conviniendo en que los dos infantes acometerían a los sarracenos por dos lados. Hiciéronlo así; cercaron castillos, devastaron pueblos, y por último aparecieron reunidos en la Vega de Granada. Ismail habló a sus caudillos y les representó la mengua que estaban sufriendo. Armose toda la juventud granadina y se unió a la guardia del rey. Añaden algunos que Ismail había tomado el partido desesperado de comprar el auxilio del rey de Fez, al precio de entregarle Algeciras y otras cinco plazas. Los escritores árabes que hemos visto no lo dicen. Lo que se sabe es que un día salió Ismail de Granada con una hueste numerosa y decidida, y que, habiendo encontrado a los cristianos, inferiores en número, los acometieron y acosaron con tanto furor, «que los dos esforzados» príncipes de Castilla (dice la crónica musulmana) murieron allí peleando como bravos leones: ambos cayeron en lo más recio y ardiente del combate (1319).» El ejército castellano huyó en desorden: el cadáver del infante don Juan quedó en poder de los infieles: reclamado después por su hijo don Juan el Tuerto, le fue devuelto por el emir en un féretro forrado de un paño de oro. El vencedor Ismail no solo recobró las fortalezas que le habían tomado los infantes en el país granadino, sino que destacó un cuerpo de moros, para que se apoderara de algunas plazas de la frontera de Murcia. Los castellanos, de resultas de la catástrofe de los infantes, pidieron una tregua, e Ismail se la otorgó por tres años (164).

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Con la muerte de los infantes, y en conformidad al acuerdo de las cortes de Burgos, quedaba la reina doña María de Molina única tutora del rey su nieto, en cuya virtud despachó cartas a todas las ciudades anunciando lo acontecido, recordándoles la lealtad que le debían, y exhortándoles a que no se dejaran seducir de nadie en menoscabo de sus derechos. Mas no era cosa fácil, y menos en tales circunstancias, poner freno a ambiciones personales. Faltaron dos tutores, y se multiplicaron los pretendientes a la tutoría. Eran entre estos los principales los infantes don Juan Manuel y don Felipe, que guerrearon entre sí, y si bien no se atrevieron a darse combate formal vengábanse mutuamente en estragar las villas y comarcas pertenecientes a cada uno, o las que respectivamente los habían nombrado tutores. Contra estos y contra la reina doña María intrigaba en Castilla don Juan el Tuerto, hijo del infante don Juan, a quien se adhirió don Fernando de la Cerda. Cada cual trataba de satisfacer su particular ambición y de medrar a favor del desorden; entre tantos tutores el rey estaba sin verdadera tutela, y el reino era presa de las envidias personales. La prudencia de doña María, única tutora legítima y desinteresada, no alcanzaba a remediar tan lamentable anarquía, porque el mal no estaba solo en los magnates, sino también en los pueblos, que con admirable veleidad y ligereza nombraban un tutor y le desechaban, se ponían en manos de otro y le despedían también, y volvían a entregarse al primero, o a otro que les ofreciera mejor partido, y esto acontecía en todas partes, así en Segovia como en Burgos, así en Sevilla como en Zamora. La reina, con deseo de remediar tan miserable estado, había convocado cortes en Palencia: más para colmo de desdichas, cuando se preparaba a ir a ellas adoleció gravemente en Valladolid, consumidas y gastadas todas sus fuerzas, no tanto por los años como por las fatigas y pesadumbres del gobierno de tres turbulentos reinados.

Viéndose cercana a la muerte convocó a todos los caballeros y regidores de la ciudad, y expresándoles la confianza que en ellos tenía, les hizo entrega de la persona del rey encomendándoles su guarda y educación, y encareciéndoles que no le fiasen a nadie del mundo hasta que llegase a edad de gobernar por sí el reino (tenía entonces don Alfonso diez años). Prometieron ellos corresponder a tamaña honra y cumplirlo así. La reina recibió muy devotamente los sacramentos de la Iglesia, y después de los trabajos de esta vida pasó a gozar del eterno descanso en julio de 1321, hallándose aposentada en una casita contigua al convento de San Francisco de Valladolid, y fue enterrada en el de las Huelgas de la misma ciudad, fundado por ella como otros muchos monasterios, que en esto convertía aquella señora sus propios palacios. Faltando a Castilla el amparo de la mujer fuerte, única que en tres reinados consecutivos había impedido con su brazo siempre aplicado al timón y al remo que acabara de naufragar el bajel del Estado, combatido por tan recias y continuas borrascas, quedaba aquel a merced de encontrados y desencadenados vientos, sufriendo el azote de los partidos y de las miserables ambiciones. El cuadro desconsolador que ofrecía el reino después de la muerte de doña María, le dibuja con vivos colores la Crónica antigua, cuyas palabras vamos a trascribir, porque nada hay que pueda pintar con más energía el triste estado a que se vio reducida Castilla.

«Todos los ricos-omes, (dice), et los caballeros vivían de robos et de tomas que facían en la tierra, et los tutores consentiangelo por los aver cada uno de ellos en su ayuda. Et quando algunos de los Ricos-omes et caballeros se partían de la amistad de alguno de los tutores, aquel de quien se partían destroíale todos los logares et los vasallos que avía, diciendo que lo facía a voz de justicia por el mal que feciera en quanto con él estovo: lo coal nunca les estrañaban en quanto estaban con la su amistad. Otrosí todos los de las villas cada uno en sus lugares eran partidos en vandos, tan bien los que avian tutores, como los que los non avían tomado. Et en las villas que avían tutores, los que más podían apremiaban a los otros, tanto porque avían a catar manera como saliesen del poder de aquel tutor, et tomasen otro, porque fuesen desfechos et destroidos sus contrarios. Et algunas villas que non tomaron tutores, los que avían el poder tomaban las rentas del Rey, et apremiaban los que poco podian, et echaban pechos desaforados… Et en nenguna parte del regno non se facia justicia con derecho; et llegaron la tierra a tal estado, que non osaban andar los omes por los caminos sinon armados, et muchos en una compaña, porque se podiesen defender de los robadores. Et los logares que non eran cercados non moraba nenguno; et en los logares que eran cercados manteníanse los más dellos de los robos et furtos que facian; et en esso tan bien avenían muchos de las villas, et de los que eran labradores, como los fijos-dalgo: et tanto era el mal que se facia en la tierra, que, aunque fallasen los omes muertos por los caminos, non lo avían por extraño. Nin otrosí avían por extraño los furtos, et robos, et daños, et males que se facían en las villas, nin en los caminos. Et demás desto los tutores echaban muchos pechos desaforados, et servicios en la tierra de cada año, et por estas razones veno grand hermamiento en las villas del regno, et en muchos otros logares de los Ricos-omes et de los caballeros. Et quando el rey ovo a salir de la tutoría, falló el regno muy despoblado, et muchos logares yermos: ca con estas maneras muchas de las gentes del regno desamparaban heredades, et los logares en que vivian, et fueron a poblar a regnos de Aragón et de Portogal (165

Tal era la situación del reino cuando don Alfonso llegó a los catorce años (1325). Urgíale tomar por sí mismo las riendas del gobierno para ver de poner término a tan deplorable anarquía y a tan lastimoso desorden. Así lo manifestó a los del concejo de Valladolid, que en lo de cuidar de su guarda habían sido fieles cumplidores de la misión que les había encomendado la reina doña María. Con esto despachó cartas con su sello a los tutores, y otras a los prelados, ricos-hombres y concejos para que concurriesen a las cortes que determinó celebrar en aquella ciudad. Los infantes tutores don Felipe, don Juan Manuel y don Juan el Tuerto, acudieron al llamamiento e hicieron renuncia solemne de la tutoría, reconociendo por señor único al rey, que comenzó a gobernar y a proveer por sí los empleos de su casa, dando la principal cabida en ellos y en su consejo a dos caballeros de su privanza, Garcilaso de la Vega y Alvar Núñez de Osorio (166). Y habiendo igualmente concurrido a las cortes los prelados, ricos-hombres y procuradores de las ciudades, se declaró en ellas la mayor edad del rey, se le otorgaron cinco servicios y una moneda, considerable subsidio atendida la penuria en que había quedado el país, y el rey por su parte les confirmó los fueros, privilegios, franquezas y libertades que tenían sus predecesores.

Pero la sumisión de los tutores duró bien poco. Acostumbrados los príncipes a reinar ellos bajo el nombre de un rey menor, los infantes don Juan Manuel y don Juan el Tuerto se desabrieron luego con el monarca, y se salieron de Valladolid conjurados contra él. Para estrechar esta confederación acordó don Juan Manuel dar a don Juan el Tuerto la mano de su hija Constanza que se hallaba a la sazón viuda. Dispuesto el rey a deshacer a cualquier precio esta liga y amistad que podría serle muy peligrosa, discurrió halagar a don Juan Manuel pidiéndole para sí la mano de su hija. El infante vio en ello un partido más ventajoso y no vacilo en otorgársela, siquiera desairase y enojase a su asociado en la conjuración. El casamiento se firmó y realizó, dando a don Juan Manuel en rehenes, hasta que el rey tuviese sucesión, el alcázar de Cuenca y los castillos de Huele y de Lorca, nombrándole además adelantado de la frontera (noviembre, 1325). Mas en cuanto al matrimonio, no se consumó entonces en razón a la tierna edad de la infanta, encomendando su crianza al cuidado de una aya nombrada doña Teresa, ni el rey usó nunca con ella los derechos de esposo, de modo que no llegó doña Constanza a ver confirmado el título de reina de Castilla por las discordias que luego sobrevinieron.

Don Juan el Tuerto se tuvo, y no sin razón, por ultrajado, y buscando cómo vengarse del rey pretendió y obtuvo la mano de doña Blanca, hija de don Pedro de Castilla, (el que murió con don Juan su padre en la vega de Granada), la cual se hallaba en Aragón con su madre doña María, hija de don Jaime II. Separado así del servicio de Alfonso de Castilla, aliado y amigo del aragonés, teniendo la madre de su esposa grandes dominios en Castilla y en Vizcaya fronteras de Aragón, y poseyendo él mismo más de ochenta entre castillos y lugares, era para el nuevo monarca castellano, y más en la situación en que el reino se hallaba, un formidable enemigo. Alfonso XI por su parte había comenzado a recorrer y visitar el reino, desplegando una severidad que no podía esperarse en sus cortos años, a fin de restablecer el orden difundiendo un terror saludable a los malhechores y díscolos, empezando por tomar y arrasar el castillo de Valdenebro, guarida de bandidos de la clase noble, y haciéndolos ejecutar con inexorable rigor. En las cortes de Medina del Campo (1326) revocó algunas de las concesiones hechas en el año anterior en las de Valladolid, y continuó su visita rodeada de un aparato imponente para el castigo de los delitos. Llegado que hubo a Toro, y noticioso de que don Juan el Tuerto trataba de ganar contra él a los reyes de Aragón y Portugal, enviole a llamar so pretexto de tratar con él de la guerra de Granada y de otros importantes negocios, encargando a los mensajeros le ofreciesen grandes mercedes en su nombre, y que no le negaría ni aun la mano de su hermana doña Leonor si se la pidiese. Contestó don Juan que no iría mientras tuviese el rey en su casa a Garcilaso de la Vega, de quien recelaba mucho. También le prometió el rey que no le encontraría ya en palacio cuando viniese. Consintió, pues, don Juan a fuerza de instancias y de ofertas en pasar a Toro, enviándole además el monarca un salvo-conducto en toda forma. Saliole a recibir Alfonso con mucho agasajo y cortesanía, y convidole a comer al día siguiente. Acudió el infante a la hora del convite, más apenas entró en palacio se vio bruscamente asaltado y apuñalado de orden del rey, juntamente con dos caballeros que le acompañaban. Extraña manera de hacer justicia en un rey de quince años (31 de octubre, 1326). Apoderose en seguida de las villas y castillos de don Juan, y por otra parte Garcilaso obligó a doña María, la madre del asesinado infante, a que cediese al rey el señorío de Vizcaya, por lo cual se intituló Alfonso adelante en sus cartas señor de Vizcaya y de Molina (167).

Tan sumario castigo, ejecutado por un rey imberbe, produjo la sumisión de todos los partidarios del infante, pero causó al propio tiempo tan honda impresión de disgusto en el otro infante don Juan Manuel, su suegro, que dejando el adelantamiento de la frontera se retiró a tierra de Murcia. El rey determinó proseguir por sí mismo la guerra de Granada que aquel dejaba abandonada, y poco después de haber muerto en Madrid el otro infante don Felipe, su tío (abril, 1327), partió el monarca con numerosa hueste para Sevilla, donde fue recibido con trasportes de júbilo y con públicos festejos, fatigados como estaban los sevillanos con los males de una menoría tan turbulenta y larga. Desde allí envió a llamar a don Juan Manuel, pero éste se negó a concurrir a la guerra, enojado por el suplicio de don Juan el Tuerto. El momento en verdad era favorable para la guerra contra los moros. En 1325 el rey Ismail en su última campaña se había apropiado una hermosa cautiva cristiana que su primo Mohammed, a riesgo de su vida, había libertado de los ultrajes de los soldados. Quejose de ello Mohammed, e Ismail le desterró. El ofendido moro con pretexto de tener que hablar al rey se acercó a las puertas del alcázar con algunos de sus amigos, llevando todos puñales escondidos en las mangas de las aljubas. En el momento de salir el rey se aproximaron como para saludarle muy respetuosamente, y al punto cayó al suelo cosido a puñaladas. Cuando los eunucos y los guardias acudieron, ya los asesinos se habían puesto en salvo. Muerto Ismail, fue proclamado su hijo Mohammed Abu Abdallah, con el nombre de Mohammed IV. El nuevo emir en sus guerras con los cristianos había sufrido algunos descalabros por las tropas de don Juan Manuel, como adelantado de la frontera, mientras los africanos se habían atrevido otra vez a penetrar en España, y tomándole las plazas de Ronda y de Marbella. A pesar de las escisiones que traían debilitados a los granadinos, la campaña de Alfonso se redujo a ganarles las fortalezas de Olvera, Pruna, Ayamonte y la torre de Alfaquín, y a un descalabro que causó la armada sevillana a una flota sarracena.

Atenciones de otra índole embargaron el pensamiento del joven rey de Castilla. Deseaba el de Portugal (Alfonso IV) casar con él su hija doña María, y sabedor de que el matrimonio del castellano con doña Constanza Manuel no se había consumado, insistió en ofrecérsela, proponiéndole además el enlace de su hijo y sucesor don Pedro con doña Blanca (la desposada con el difunto don Juan el Tuerto), la cual consentía en recibir en Portugal posesiones equivalentes a las que dejaría en Castilla. Pareciéronle al castellano ventajosas ambas proposiciones, y a pretexto de haber hecho el matrimonio con la hija de don Juan Manuel forzado por las circunstancias y de no libre voluntad, publicó su resolución de casarse con doña María de Portugal. La joven y desgraciada Constanza fue recluida en el castillo de Toro (octubre 1327), y su padre se apartó abiertamente del servicio del rey, se desnaturó, buscó por aliados al rey de Aragón y al emir de Granada, y le declaró la guerra; guerra que se redujo a atacar mutuamente el rey y el infante sus respectivas fortalezas y villas y estragar sus tierras. Disgustaba altamente a los castellanos esta conducta de su monarca, e irritábalos más el verle prodigar mercedes a sus dos favoritos Garcilaso de la Vega y Alvar Núñez de Osorio: a este último le había hecho conde de Trastámara, de Lemos y de Sarria, señor de Cabrera y de Ribera, camarero mayor, mayordomo mayor, adelantado mayor de la frontera, y pertiguero mayor en tierra de Santiago (168). Ambos privados acabaron desastrosamente. Garcilaso, que había sido enviado a Soria contra don Juan Manuel, fue asesinado por el pueblo oyendo misa en la iglesia de San Francisco, con los caballeros que le acompañaban.

La privanza y la altanería del nuevo conde produjeron las sublevaciones de Zamora, Toro y Valladolid, de modo que cuando el rey de regreso del cerco de Escalona (villa del señorío de don Juan Manuel) se dirigió a Valladolid, cerráronle los vecinos las puertas. Combatiola el rey, incendiando el monasterio de las Huelgas donde yacía su abuela doña María de Molina, cuyo cuerpo hizo trasladar a otra parte, y no logró la entrada en la ciudad sino a condición de sacrificar al nuevo conde de Trastámara Alvar Núñez, despidiéndole de palacio y despojándole de sus dignidades. El caído favorito trató de ligarse con don Juan Manuel, el rey le mando devolver a la corona las ciudades que tenía en feudo, negose a ello Alvar Núñez, el monarca envió a él un caballero de su confianza llamado Ramiro Flórez, que fingiéndose su amigo le asesinó alevemente, y se apoderó Alfonso de las fortalezas y tesoros del conde. De esta manera hacia justicia el rey Alfonso XI que lleva el sobrenombre de Justiciero (169).

En medio de estas turbulencias se efectuaron en Ciudad Rodrigo y en Fuente Aguinaldo las bodas de don Alfonso de Castilla con doña María de Portugal, y del príncipe portugués don Pedro con doña Blanca de Castilla (1328), pactándose alianza y amistad entre los monarcas de ambos reinos. El de Castilla solicitó del papa Juan XXII (segundo de los que residieron en Aviñón) la dispensa del parentesco inmediato con su nueva esposa, y el pontífice le otorgó sin dificultad. Faltábales al portugués y al castellano apartar al de Aragón de la alianza con don Juan Manuel: lograron este objeto proponiendo a Alfonso IV de Aragón el casamiento con la infanta doña Leonor, hermana del de Castilla, proposición que aceptó el aragonés, verificándose el enlace en Tarazona (1329) con asistencia de brillante cortejo de ambas cortes y con la solemnidad que hablando de aquel reinado dejamos en el capítulo precedente referido. No se hicieron estas bodas sin que intercediera el de Aragón en favor de don Juan Manuel, a quien no solamente devolvió el castellano su hija Constanza, prisionera en Toro, y por tres años reina nominal de Castilla, sino también sus señoríos, con una gran suma de dinero, para que le sirviese por la parte de Murcia en la guerra que proyectaba contra los moros. La avenencia a que con este motivo accedió don Juan Manuel fue como impuesta y aceptada por la necesidad: el infante tomó los dineros, pero dejó tranquilos por su parte a los moros, y no renunció a la amistad con el de Granada (170) .

Arreglados estos enlaces, pensó Alfonso de Castilla en llevar otra vez la guerra al reino granadino. Viose con su suegro el de Portugal, que le auxilió con quinientos jinetes, y dirigiose a Córdoba, punto de reunión para el ejército. Algunos encuentros felices con los musulmanes, y la conquista de Teva fueron el resultado de esta campaña, aunque el principal y más importante fue que cansado de guerra el emir acabó por reconocerse tributario y vasallo del de Castilla. Con esto y con haber el infante don Alfonso de la Cerda hecho renuncia de sus derechos al trono castellano a cambio de algunos ricos dominios, iba quedando Alfonso XI libre de muchos de los elementos de turbación que habían agitado el reino durante su menoría.

Mas precisamente a este tiempo fue cuando prendió en Alfonso de Castilla el fuego de aquella célebre pasión amorosa, que vino a ser fecundo manantial e inagotable fuente de disturbios y calamidades para el reino. Había en Sevilla una noble dama, notable por su hermosura, «muy fija-dalgo, dice la Crónica, et en fermosura la más apuesta mujer que avía en el regno.» Viola Alfonso y quedó prendado de ella, y desde aquel momento el rey se convirtió en vasallo de su dama (1330). Llamábase esta doña Leonor de Guzmán, hija de don Pedro Núñez de Guzmán y de doña Beatriz Ponce de León, y aunque viuda de don Juan de Velasco, contaba solo diez y nueve años, dos más que el rey. Impacientaba por otra parte al joven monarca, y teníase, como dice la crónica, por muy menguado de que la reina en dos años de matrimonio no le hubiera dado todavía sucesión, y todo contribuyó a encenderle en deseos de conquistar el corazón de la bella sevillana. Necesitábase mucha virtud para resistir a los porfiados galanteos de un rey joven y ardientemente enamorado, y no tuvo tanta doña Leonor; y como la linda viuda no carecía de entendimiento, esmerábase con arte y estudio en complacer a su real amante, previniendo sus deseos y fascinándole en términos que pronto no tuvo el rey voluntad propia ni hacía más sino aquello que era del gusto y agrado de su dama. Fue el primer fruto de estas amorosas relaciones un hijo que nació en Valladolid en 1331, a quien se puso por nombre Pedro, y a quien el rey señaló al punto estados y vasallos, y fue conocido por el apellido de Aguilar, de una de las villas que le asignó; diole también por mayordomo uno de sus más favorecidos caballeros llamado don Alfonso Fernández coronel. No solo causó alegría al rey este suceso, sino que muchos cortesanos aduladores, que nunca y en ningún tiempo han faltado a los monarcas, le felicitaron y mostraron con públicos regocijos gran satisfacción y contentamiento. El infante don Juan Manuel hizo más, que fue instigar a doña Leonor a que moviese al rey a casarse con ella, repudiando a la reina legítima por infecunda, pero la Guzmán rechazó con su buen talento la proposición, no dejándose deslumbrar con la risueña perspectiva de un trono, y penetrando bien las complicaciones y disgustos que tal resolución produciría.

Dio además la casualidad feliz de saberse al propio tiempo que la reina doña María se hallaba con síntomas de ser también madre. Entonces deliberó el rey coronarse solemnemente y armarse caballero, costumbre que había caído en desuso en Castilla. Al efecto pasó a Santiago de Galicia, donde ante el altar del Santo Apóstol veló toda una noche sus armas, y bendecidas que fueron por el arzobispo, él mismo se ajustó el yelmo, gambax, loriga, quijotes, carrilleras, zapatos de fierro y espada, e hizo que el prelado le diera la acolada o pescozada de ordenanza (171). Pasó después a coronarse a Burgos, donde concurrieron los prelados, ricos-omes e hijos-dalgo de las ciudades y villas, todo menos don Juan Manuel y don Juan Núñez de Lara. Había el rey preparado ricos paños de oro, seda, escarlata y pedrerías, con muchas espadas de oro, plata y cintas. Para ir a la ceremonia, que se efectuó en la Iglesia de las Huelgas, montó en un caballo soberbiamente enjaezado, con bridas de hilo de oro y plata, delicadamente tejido: púsole una espuela el infante don Alfonso de la Cerda, y el otro don Pedro Fernández de Castro. Seguíale la reina doña María, preciosamente vestida, con gran cortejo de damas y de prelados. Verificose la ceremonia con la mayor pompa y magnificencia, y el rey primero y la reina después se pusieron una corona de oro esmaltada con muchas piedras preciosas. Al otro día fueron armados caballeros muchos principales personajes, a quienes el rey quiso particularmente honrar; todo en medio de alegres fiestas y regocijos.

Al año siguiente, en efecto, dio a luz la reina en Valladolid un infante, que recibió el nombre de Fernando, a quien se dio por mayordomo a don Juan Alfonso de Alburquerque (1332). El pueblo celebró con gran júbilo el nacimiento de un heredero legítimo del trono. Pero esta alegría no duró mucho tiempo. El niño Fernando pasó como un resplandor fugaz, y en setiembre de 1333 ya no existía. Por fortuna la reina logró al año inmediato resarcir aquella sensible falta con la prenda de otro hijo, que nació en Burgos (30 de agosto, 1334), y se llamó Pedro. La providencia le destinaba a suceder a su padre: es el que más adelante veremos reinar con el dictado de El Cruel. Mas si la reina andaba como perezosa y tardía en dar herederos legítimos al reino, en cambio la favorita doña Leonor iba dando repetidas pruebas de una fecundidad prodigiosa. El 1332 tuvo el segundo hijo llamado Sancho, a quien dio el rey el señorío de Ledesma y Béjar, y por mayordomo a Garcilaso de la Vega, el hijo del asesinado en Soria. Y ya antes que la reina doña María diera a luz al infante don Pedro, había la Guzmán enviado al mundo en Sevilla otros dos gemelos nombrados don Enrique y don Fadrique. La reina no tuvo ya más sucesión; los hijos de la favorita aumentaban casi anualmente con una regularidad admirable. La pasión del rey parecía crecer al mismo compás; la reina sufría desaires; dueña la Guzmán del corazón del monarca, a ella miraban como a su norte todos los que deseaban acertar en el rumbo de sus negocios: la reina se quedaba sin servidores: solo le permaneció heroicamente fiel el ilustre portugués don Juan Alfonso, que fue obispo de Astorga: los cortesanos se agrupaban servilmente en derredor de la favorita.

Veamos cómo marchaban en tanto los negocios públicos. La guerra de Granada se renovaba de tiempo en tiempo con varios y parciales resultados. El rey Mohammed IV había quitado por sorpresa a los cristianos la plaza de Gibraltar que tenían mal guardada, si no por traición, por descuido al menos y por cobardía del gobernador Vasco Pérez de Meyra, y recobrado a Marbella, Ronda y Algeciras, que poco antes le habían tomado los africanos merinitos. Mas el nuevo rey de Fez y de Marruecos Abul Hassan (172) pasó con sus africanos el estrecho y se apoderó de Gebaltaric (dice el escritor arábigo) como de cosa que le pertenecía. Mucho sintió el granadino aquella pérdida, mas no se atrevió a romper con príncipe tan poderoso y guerrero, cuya fama era grande así en África como en Andalucía, y escribiole sus cartas aparentando cederle de grado lo que había ocupado por fuerza: así quedaron aliados, si no amigos. Los cristianos, continúa el historiador árabe, fueron con gran poder sobre la fortaleza de Gebaltaric (Gibraltar), porque conocían su importancia como llave que era de Andalucía, y aunque los caudillos de Abul Hassan defendían bien la plaza, fuéronsele apurando las provisiones, sin quedarles esperanza de socorro por la parte de África, porque los cristianos tenían cercada la fortaleza por mar y tierra, y sus galeras cruzaban sin cesar el estrecho y no dejaban llegar vituallas. Sabiendo Mohammed el granadino el apuro de los cercados en Gibraltar, allegó sus caballeros y marchó a darles auxilio. Entre Algeciras y Gibraltar peleó victoriosamente con los cristianos, y los venció y obligó a levantar el cerco. Pero haciendo, como joven, imprudente alarde de su triunfo, diciendo a los caudillos de África que los cristianos, como buenos caballeros que eran, no habían querido pelear con ellos, porque todos los andaluces tenían a mengua guerrear con africanos, gente hambrienta y mezquina, irritaron de tal manera estas picantes gracias a los de África, que desde entonces concibieron el pensamiento aleve de asesinarle. Así lo hicieron a la primera ocasión que se les deparó; espiáronle los pasos y le cogieron subiendo a un monte por una áspera angostura, y allí le acometieron y pasaron a lanzadas, donde ni él podía revolver su caballo ni sus guardias defenderle. El cuerpo de Mohammed estuvo abandonado y desnudo en el monte, hecho el escarnio de los soldados de África, a quienes acababa de salvar. «¡Cuán ingrata y desconocida es la barbarie!» exclama aquí el escritor arábigo. Grandemente llorada fue por los granadinos la infausta nueva de su muerte. Los wazires y jeques proclamaron rey a su hermano Yussuf Abul Hagiag, mancebo de hermoso cuerpo, de trato dulce, erudito, buen poeta y docto en diferentes ciencias y facultades, pero más dado a la paz que al ejercicio de las armas. Así no tardó en enviar cartas y mensajeros a Sevilla para negociar paces con los cristianos (1333), y se ajustó una tregua de cuatro años con el rey don Alfonso con buenas condiciones (173).

En las cosas del gobierno interior del reino desplegaba Alfonso una energía y una severidad, que hubieran sido muy provechosas y muy loables, atendido el desorden de los años pasados, si en los castigos no hubiera empleado muchas veces reprobados medios y usado de una crueldad repugnante. Pudiera alabársele de que se mostrara inexorable con los malhechores y perturbadores, de los cuales fueron muchísimos ajusticiados, sin que ni uno solo hallara clemencia ante el rey, por más que espontáneamente se presentara a implorarla. Pero vésele al propio tiempo emplear, no ya la dureza y el rigor, sino a veces la violencia, a veces hasta la traición y alevosía en los tratos y guerras con sus vasallos rebeldes, de que había dado ya ejemplos con don Juan el Tuerto y con Alvar Núñez de Osorio. Eran los principales que se mantenían en rebelión el infante don Juan Manuel, don Juan Núñez de Lara y don Juan Alfonso de Haro, a quienes no había podido ni hacer que le ayudaran en la guerra contra los moros, ni atraer a su obediencia y servicio, antes continuaban estragándole la tierra en León y Castilla (174). Hallándose el rey en Ciudad Real le llegó un mensajero de don Juan Núñez para decirle que se despedía de él y se desnaturalizaba de sus reinos. Alfonso después de haberle contestado que debería haberlo hecho antes de causar tantos daños, y que por lo mismo no podía menos de considerarle como traidor, mandó que, al mensajero, por cómplice en aquellos delitos, le fueran cortadas la cabeza, los pies y las manos. Y como llegasen a tal tiempo con igual misión otros enviados de don Juan Manuel, huyeron precipitadamente temerosos de sufrir la misma suerte. Como más adelante le fuesen entregadas unas cartas de don Juan Alfonso a don Juan Manuel y al de Lara, que le fueron interceptadas, y en que les decía que no se aviniesen con el rey, sino que le corriesen la tierra, y que no sería él quien menos lo hiciese; sabedor don Alfonso de que don Juan de Haro se hallaba en la Rioja, partió de Burgos con toda presteza, y sitiándole en el lugar de Agoncillo, no teniendo aquel tiempo de huir se vio forzado a presentarse al rey; diole éste en rostro con sus cartas y su delito, y en el acto le hizo matar a lanzadas. El señorío de los Cameros que Juan de Haro tenía dejósele como por clemencia a su hermano Alvar Díaz bajo ciertas fianzas, si bien el rey con diversos pretextos tomó para sí varias de sus tierras y castillos. Así hacía justicia Alfonso el Justiciero.

Interesábale destruir al de Lara y en ello formaba el mayor empeño, tanto que más de una vez hubiera caído ya en su poder don Juan Núñez si no se hubiera acogido y fortificado en su villa de Lerma. Pertenecíale el señorío de Vizcaya, por su mujer hija de doña María Díaz. Aunque esta señora había sido antes obligada por Garcilaso a enajenar al rey aquel dominio, el derecho subsistía, y era interés de Alfonso unir la soberanía de hecho a la soberanía nominal. Dejando, pues, a don Juan de Lara cercado en Lerma, pasó a Vizcaya, y en poco tiempo sometió el país, a excepción de cinco castillos que se mantuvieron por doña María. En consecuencia, de esto, y viendo el de Lara el fin desastroso que había tenido don Juan Alfonso de Haro, su compañero de rebelión, determinó pedir acomodamiento y venir a merced del rey poniendo por mediador a don Martín Fernández Portocarrero. Hízose la avenencia cediendo el de Lara el derecho que presumía tener a la Vizcaya y a los castillos que aun retenía en ella, y dando rehenes para lo futuro. Antes de esto se había puesto espontáneamente bajo su protección y tutela la provincia de Álava, que hasta entonces unas veces tomaba por señor a un hijo del rey, otras al de Vizcaya, otras al de Lara o al de los Cameros. En la junta de Arriaga hidalgos y labradores reconocieron el señorío del rey, el cual a instancia suya les concedió que se gobernasen por el fuero de Calahorra (175).

Faltábale someter a don Juan Manuel (176), de cuyos castillos aun salían cuadrillas de salteadores a robar los pueblos del señorío real. Mandó el monarca a don Lope Gil de Ahumada le entregase una fortaleza perteneciente a don Lope Díaz de Rojas, partidario de don Juan Manuel. Pero el alcaide Gil, en vez de entregar el castillo, hizo disparar flechas y piedras al rey y al estandarte real. Combatida por el rey la fortaleza con máquinas e ingenios, y no pudiendo resistir más don Lope, se dio a capitulación consintiendo en entregar el castillo salva su vida y las de sus defensores. Firmada la capitulación salió don Lope Gil con sus hombres llenos todos de confianza, más el rey los hizo arrestar, y llevados a una especie de consejo de guerra que improvisó bajo su tienda fueron breve y sumariamente sentenciados a pena capital y ejecutados a presencia del soberano. «Otra vez, dice un juicioso escritor español, atropelló aquí el rey su palabra y juramento, mostrándose tirano y sin palabra, y así abría el camino para que su hijo don Pedro le siguiese.» Otro tanto hizo algún tiempo más adelante con el alcaide del castillo de Iscar que tenía por don Juan Martínez de Leyva, después de haber el rey sorprendido a éste, cogídole por los cabellos y arrastrádole un buen trecho para que declarase de orden de quién le había cerrado el alcaide las puertas del castillo. Con tales actos de ruda severidad, algunas veces justos, ilegales muchas, intimidaba don Alfonso e imponía respeto a los rebeldes.

Pero el infante don Juan Manuel había crecido en este tiempo en poder y en consideración. En una entrevista que tuvo con el rey de Aragón su deudo y aliado en Castelfabib, se trató entre ellos grande amistad y confederación, se pactó el matrimonio de una hija de don Juan con don Fernando hijo del monarca aragonés, y éste confirió al infante castellano para sí y sus sucesores el título de príncipe de Villena, comprometiéndose a ampararle en su estado y a procurar reducirle a la gracia y obediencia del rey de Castilla como don Juan Manuel deseaba ya, aterrado con el ejemplo del de Haro y del de Lara (177). Envió, en efecto, el aragonés al castellano con este fin al obispo de Burgos, canciller mayor de la reina de Aragón, y a esto sin duda se debió la paz que se ajustó entre Alfonso XI y don Juan Manuel, si bien éste no llegó entonces a verse con el rey. Intimáronse también las relaciones de don Juan Manuel con Alfonso IV de Portugal (178), por el matrimonio que a esta sazón se pactó entre doña Constanza, la hija de don Juan Manuel, reina de Castilla algún tiempo, y el príncipe heredero de Portugal don Pedro, que, aunque desposado con doña Blanca de Castilla, vino a quedar libre por el estado de parálisis y de demencia a que ésta había venido y que la inhabilitaba para el matrimonio. Sin embargo, las bodas con doña Constanza no se efectuaron hasta 1340.

A la muerte del rey de Aragón, ocurrida en 1535, apresurose don Juan Manuel a renovar su alianza con el nuevo monarca aragonés don Pedro IV, el cual le confirmó el título de Príncipe de Villena. Mas temiendo que el de Castilla quisiera despojarle de sus estados, pareciole ser de necesidad hacer con él un acomodamiento más formal y sobre bases más sólidas que el precedente. Efectuose este en Madrid por mediación de doña Juana, madre de don Juan Núñez, reconociendo don Juan Manuel la soberanía de Alfonso sobre su villa y castillo de Escalona, sobre la ciudad y castillo de Cartagena, y sobre uno de los castillos de Peñafiel, de modo que si faltase al servicio del monarca pasarían a ser propiedad de éste, no solo aquellos castillos, sino además otros tres que podría elegir de entre los del señorío de don Juan Manuel con facultad de demolerlos y arrasarlos. Esta vez llevó el infante su condescendencia y sumisión hasta ir a besar la mano al rey que se hallaba en Cuenca, acompañando al sometido infante la reina viuda de Aragón, doña Juana de Lara, don Juan Núñez y su esposa, los cuales todos y cada uno de por sí salieron fiadores de la buena fe de los contratantes. Fue, pues, don Juan Manuel el único de los tres rebeldes a Alfonso XI que salió bien librado. La concordia, no obstante, a pesar de todas aquellas fianzas había de durar bien poco.

Seguían con general escándalo las intimidades del rey de Castilla con doña Leonor de Guzmán, la cual a favor de sus amores adulterinos y del ascendiente que ejercía sobre el obcecado monarca tenía desairada y vergonzosamente postergada a la reina legítima. No podía el rey de Portugal ver con fría indiferencia la humillante y desdorosa situación de su hija, así como don Pedro de Aragón tenía presentes los disgustos que siendo infante le había causado su madrastra, fiada en la protección de su hermano Alfonso de Castilla (179).

Con tales disposiciones atreviese el de Portugal a intimar a Alfonso XI de Castilla, cuando tenía cercado a don Juan Núñez de Lara en Lerma, que levantase el cerco y le dejara libre, pues de otro modo no podría menos de ayudar a don Juan Núñez como a vasallo suyo. La respuesta del castellano fue más altiva que conciliadora, y el portugués le declaró la guerra penetrando repentina y bruscamente sus tropas hasta Badajoz. A su vez el de Castilla hizo que los suyos invadiesen el Portugal por Yelves, y comenzó una guerra entre portugueses y castellanos, en cuyas vicisitudes y alternativas no nos detendremos. Fue no obstante, digno de memoria el triunfo naval que el almirante de Castilla don Alfonso Jofre Tenorio ganó sobre la armada portuguesa, apresando muchas de sus naves, echando a pique otras, y haciendo prisioneros al almirante portugués Manuel Pezano y a su hijo Carlos, con lo cual volvió Jofre a San Lucas de Barrameda, y entrando en el Guadalquivir con su flota victoriosa pasó a Sevilla a ofrecer al rey sus gloriosos trofeos. La guerra duró con sucesos varios desde 1336 hasta 1338.

Viendo el papa Benito XII con dolor los estragos de esta lucha lamentable entre dos príncipes cristianos, obrando como buen apóstol y como buen pontífice, envió a España en calidad de legado al obispo de Rhodes (180), para que en unión del arzobispo de Reims que se hallaba a la sazón en Sevilla trabajasen en su nombre para reconciliar los dos monarcas. Las gestiones reiteradas de los dos prelados franceses, si bien en el principio pareció que iban a estrellarse contra la obstinación de los soberanos, ninguno de los cuales se mostraba dispuesto a ceder, dieron al fin un resultado favorable, aunque no tan completo como hubiera sido de desear. Incansables en el cumplimiento de su misión los dos ilustres agentes del pontífice, y a fuerza de hablar e instar a uno y a otro monarca, lograron por lo menos reducirlos a pactar una tregua de diez y ocho meses, que firmó en Mérida Alfonso de Castilla, y ratificó después Alfonso de Portugal.

Mas de pronto se ve desaparecer las escisiones y discordias entre unos y otros monarcas, y los que aun después de la tregua se miraban todavía o con enemiga o con recelo; se convierten en sinceros amigos y aliados. ¿Qué es lo que ha producido tan inesperada y súbita mudanza? La voz del común peligro ha sido más elocuente, eficaz y persuasiva para ellos, que la voz amistosa y conciliadora de los delegados del jefe de la iglesia. Es que desde la primavera de 1339 ha alarmado toda la España cristiana el rumor de los inmensos armamentos que hacía el rey de Marruecos y de Fez Abul Hassan para invadir la península con el orgulloso designio de atarla otra vez al yugo africano. Temíase una irrupción como la de los Almorávides que condujo Yussuf ben Tachfin, o como la de los Almohades que trajo Abdelmumen. Pero los preparativos de Abul Hassan eran más lentos: dueño de Algeciras y de Gibraltar, diariamente iba trasportando a España algunas huestes de África, que el emir granadino acogía benévolamente y aun los animaba a la guerra santa contra los cristianos. Necesitábase que amenazaran de tiempo en tiempo estos grandes peligros para que se uniesen los príncipes españoles y depusiesen sus particulares querellas y rivalidades. Así aconteció en los tiempos de Alfonso V, sin lo cual no hubieran vencido en Calatañazor; así en los tiempos de Alfonso VIII, sin lo cual no hubieran triunfado en las Navas; así ahora también, en que el común temor unió a los reyes de Castilla, Aragón y Portugal, para resistir al enemigo también común, de quien se decía que comenzaría la guerra por Valencia, para que lo primero que se rescatara fuese lo último que se había perdido. Alfonso XI de Castilla congregó sus cortes en Burgos a fin de obtener algunos subsidios; el aragonés alcanzó del papa que le concediese el diezmo de las rentas eclesiásticas que acostumbraba a otorgar para las guerras contra infieles, y los reyes de Castilla y de Aragón se convinieron en enviar cada cual una flota al estrecho para impedir el desembarco de los musulmanes: la del aragonés constaría de la mitad de las naves de las que enviara el de Castilla. Diose el mando de la armada castellana al almirante Jofre de Tenorio.

Partió, pues, el primero de Sevilla el rey Alfonso XI con don Gil de Albornoz, arzobispo de Toledo, don Juan Alfonso de Alburquerque, el infante don Juan Manuel y don Juan Núñez de Lara, ya reconciliado con él, y con muchos otros caballeros, conduciendo diferentes cuerpos de las órdenes militares y de los concejos, formando todo un lúcido ejército. Entráronse resueltamente por las tierras de los moros, recorriendo las comarcas de Antequera, Archidona y Ronda: muchas poblaciones encontraban desiertas, porque los moros se habían refugiado, unos a las breñas, otros a las plazas fuertes: talaban los cristianos campos y pueblos, y con gran botín se volvieron por entonces a Sevilla, al tiempo que la armada de Aragón, compuesta de doce galeras al mando del almirante Gilabert de Cruyllas, llegaba al estrecho y se unía con la escuadra castellana. Era el otoño de 1339. Quedaron don Fernando Pérez de Portocarrero en Tarifa, don Fernando Pérez Ponce de León en Arcos, don Alfonso de Biezma, obispo de Mondoñedo, en Jerez, y con el mando general de la frontera el gran maestre de Alcántara don Gonzalo Martínez de Oviedo. Tuvo estos algunos reencuentros ventajosos con las huestes de Yussuf el de Granada: las escuadras combinadas permanecieron en el estrecho todo el invierno, y sin embargo no pudieron impedir que siguieran desembarcando africanos. Hablábase de los formidables preparativos que continuaba haciendo en África Abul Hassan; y Alfonso de Castilla con no menor diligencia pasó a Madrid, congregó las cortes, pidió subsidios de hombres y dinero que los castellanos le otorgaron gustosos, envió una embajada a Aviñón a solicitar del papa que otorgase las gracias e indulgencias de cruzada a los que concurriesen a esta guerra, y ordenó que estuviesen dispuestos los contingentes para el mes de marzo de 1340.

A este tiempo habían ocurrido ya en la frontera cosas de importancia. El príncipe Abdelmelik, hijo de Abul Hassan, que había invernado en Algeciras, intentó apoderarse por sorpresa de los almacenes que los cristianos tenían en Lebrija. Los rebaños que en esta algara iban recogiendo los musulmanes por las aldeas eran conducidos por un fuerte destacamento a Algeciras, cuando avisados los fronteros cristianos por diligencia de Fernando Portocarrero, alcaide de Tarifa, dieron sobre ellos impetuosamente en un valle, rescataron los ganados, mataron casi todos los conductores, cogieron sus caballos y se volvieron a Arcos cargados de botín y de despojos. El príncipe Abdelmelik, que había quedado con el grueso de sus tropas en los campos de Jerez, Abdelmelik que se jactaba de no inspirarle ningún temor las tropas cristianas, ignorante de aquel descalabro, avanzaba lentamente en busca del destacamento de Lebrija. Un cuerpo de quinientos berberiscos que iba delante se vio sorprendido por los cristianos, que al grito de ¡Santiago! ¡Santiago! los arremetieron denodadamente. El intrépido caudillo musulmán Aliatar cayó del caballo acribillado de heridas, después de haber atravesado de parte a parte con su azagaya a un caballero de Alcántara que le seguía. Las demás tropas musulmanas dormían todavía en sus tiendas; muchos fueron alanceados antes de despertar, otros medios despiertos, y los que pudieron escapar huyeron a Algeciras y a los montes con tal precipitación que se olvidaron de que su jefe Abdelmelik quedaba allí abandonado. Dejemos a la crónica contar con su vigorosa sencillez la muerte desgraciada de este príncipe.

«Et aquel rey Abomelique… metióse en una breña de zarzos cerca del arroyo. Et estando allí ascondido llegaron por allí los cristianos, et él desque los vió, echóse como en manera de muerto: et un cristiano vió como resollaba, et dióle dos lanzadas no le cognosciendo: et fuese el cristiano, et fincó aquel Abomelique vivo. Et desque fueron ende partidos los cristianos, levantóse con queja de la muerte: et un moro que andaba ascondiéndose por aquella breña fallólo, et quisiéralo levar a cuestas; más él desangrábase mucho de las feridas, et enflaquecia: et dixo que le dejase alli, et que fuese a tierra de moros, si podiese, et que dixese que veniesen allí por él. Et el moro fuese, et aquel Abomelique con la quexa de la muerte ovo sed, et llegó al arroyo por beber del agua, et morió allí (181).» Tal fue el desastroso fin del príncipe Abdelmelik, el hijo de Abul Hassan, el que tomó a Gibraltar, el que se alababa de no temer las armas cristianas. «La nueva de este desmán, dice el escritor árabe, llenó de amargura a todos los muslimes y de despecho a los reyes de Fez y de Granada. Escribió el de Fez a todos los alcaides de África para que le enviasen nuevas tropas, y el de Granada hizo llamamiento de sus gentes con ánimo de tomar venganza cumplida (182).»

Desgraciadamente turbó pronto la alegría de este triunfo la muerte del almirante de la flota aragonesa Gilabert de Cruyllas. Este intrépido marino cometió la indiscreción de hacer un desembarco en la costa de Algeciras. Acomedido, acosado y envuelto por las tropas musulmanas, cayó atravesado de una flecha. Los de la armada de Aragón, viéndose privados de su jefe, se retiraron con sus galeras a Cataluña, quedando sola la escuadra de Castilla para guardar el estrecho (febrero, 1340).

A este tiempo y en circunstancias tan críticas la influencia desmedida de doña Leonor de Guzmán con el rey, y las deplorables deferencias del monarca a su favorita, pusieron en un conflicto a España y fueron causa de privar a Castilla de uno de sus más ilustres adalides y de sus más denodados capitanes. Habiendo vacado el gran maestrazgo de Santiago, pretendíase investir con esta alta dignidad a don Fadrique, hijo del rey y de la Guzmán, siquiera a la bastardía de su origen uniera la circunstancia de ser un niño de siete años, y siquiera fuese menester para ello anular con especiosos pretextos la elección que habían hecho ya en don Vasco López. El nombramiento del niño adulterino pareció ya demasiado escandaloso, y se creyó acallar las murmuraciones públicas con otro poco menor escándalo, nombrando gran maestre a don Alfonso Meléndez de Guzmán, hermano de la ilustre y real concubina. Entre los muchos que por censurar públicamente este nombramiento se atrajeron las iras del rey y de su favorita, lo fue el valeroso maestre de Alcántara Gonzalo Martínez de Oviedo, el vencedor de Abdelmelik, que se hallaba en Jerez. Mandado comparecer ante el monarca, temió por su vida, negose a cumplir el emplazamiento, y haciéndose fuerte en los castillos y con los caballeros de su orden, dirigió al rey cartas un tanto irreverentes, como dictadas por el despecho. Pasando después a las plazas de la orden en la frontera de Portugal, ofreció al monarca portugués ponerlas bajo la dependencia de su corona con tal que le ayudara contra el de Castilla. El de Portugal rehusó dignamente el ofrecimiento respetando la tregua que entre los dos mediaba, y Alfonso de Castilla se dio a perseguir con su acostumbrada energía y actividad al rebelde maestre, que se había refugiado y hecho fuerte en Valencia de Alcántara, villa principal de su orden. Costole al rey una guerra viva y personal, variada en lances y en proezas, así por parte de los que seguían los pendones reales, como de los que defendían la bandera del maestre de Alcántara. Al fin, viendo éste la inutilidad de su resistencia, bajó de la última torre en que se había atrincherado, y se entregó a merced del rey, el cual después de reprenderle agriamente le mandó juzgar por traidor. «Et Alfonso Ferrandez (dice la crónica) que estaba allí con el rey… fízolo degollar et quemar por traydor, por cumplir la sentencia que el rey había dado contra él.» Esto pasaba, en los momentos en que Castilla se veía amenazada por los ejércitos de Abul Hassan, y cuando tan conveniente hubiera sido la presencia del rey en las fronteras de Andalucía; pero era primero sacrificar a un ilustre guerrero y dejar desagraviada a doña Leonor de Guzmán.

Mientras así se entretenía Alfonso en sofocar de una manera tan terrible y trágica rebeliones que su misma conducta producía, el rey de Marruecos preparaba su grande expedición y proyectaba tomar ruidosa venganza de la muerte desastrosa de su hijo. Y apenas el rey de Castilla volvió a Andalucía de su lamentable expedición de Alcántara, cuando se presentó en las aguas de Algeciras la flota africana en número de doscientas cincuenta velas, con las correspondientes tropas de desembarque. ¿Qué podía hacer el almirante castellano con veintisiete galeras en mal estado, seis naves gruesas y algunos pocos barcos de trasporte que componían toda su escuadra? Y sin embargo no faltó quien le presentara como sospechoso, tal vez como vendido a los africanos, por no haber impedido el paso de la armada enemiga. Esto le perdió. Su esposa, que se hallaba en Sevilla, le trasmitió los rumores calumniosos que algunos difundían: hirió esto en lo más vivo al pundonoroso marino castellano, y determinó desmentirlos, aunque fuese a costa de su misma vida. Arrebatadamente y sin consultar con nadie dio a su pequeña flota la orden de combatir: obedeciéronle sus gentes, casi ciertas de sucumbir en lucha tan desigual. Muy en breve se vio el resultado de tan temerario arrojo; casi todas las galeras castellanas fueron echadas a pique. Defendíase bravamente el almirante Jofre en su capitana contra cuatro galeras de África. Los castellanos que iban en un navío de alto bordo que acompañaba la galera del almirante creyeron hacerle un servicio saltando a ella para defenderle combatiendo a su lado. Pero apoderados los enemigos de aquel navío acribillaban desde allí a los cristianos con una lluvia de flechas, y sus mejores y más fieles guerreros, sus parientes y amigos iban cayendo a los pies del valeroso Jofre. Dejemos a la crónica misma acabar de contar el triste fin de este combate heroico, ejemplo insigne del valor y de la nobleza castellana (4 de abril, 1340).

«Et el almirante tenía la una mano en el estandarte; et desque vía venir los suyos vencidos iba a ferir en los moros, et tornábase luego al estandarte. Pero tan grande foe la priesa que le daban los moros, et tantos de los suyos mataban los que estaban en la nave, que fincaron con él muy pocas compañas, et los moros entraron la galea. Et desque él vió que non tenía gentes con quien la defender, ni le acorría ninguno, abrazó con el un brazo el estandarte, et con el otro peleaba et esforzaba a los suyos quanto podia… Et pelearon yanto, fasta que ge los mataron todos delante; et él abrazado con el estandarte peleó con una espada que tenía en la mano, fasta que le cortaron una pierna, et ovo de caer, et lanzaron de encima de la nave una barra de fierro, et diéronle un golpe en la cabeza de que morió. Et los moros llegaron a él, et cortáronle la cabeza, et echáronla en la mar: et fincó el cuerpo en la galea; et derribaron el estandarte que estaba en la galea; et aquel cuerpo del almirante lleváronlo al rey Albohacen. Et los cristianos de las otras galeas et de las naves non quisieron llegar a la pelea, desque vieron que el estandarte era derribado; et las otras galeas perdidas desampararon aquellas galeas en que estaban, et acogiéronse todos a las naves; et con un poco de viento que les fizo alzaron las velas, et fuéronse a Cartagena, et dejaron las galeas desamparadas en el agua. Et los moros desque los vieron andar de aquella guisa llegaron a ellas, et tomáronlas con remos et con velas, et con todo su aparejamiento: así que de toda la flota que el rey de Castiella allí tenía non escaparon más que cinco galeas (183).»

Tal fue la famosa derrota de la escuadra castellana delante de Gibraltar, resultado de un arranque de pundonor más glorioso y loable que provechoso y útil. Alfonso recibió la triste nueva en las Cabezas de San Juan el Domingo de Ramos. El papa Benito XII le dirigió una sentida pero severa carta, en que no vacilaba en atribuir el desastre a lo enojado que tenía a Dios, así por el inhumano suplicio del gran maestre de Alcántara, como principalmente por sus impúdicos amores con la Guzmán. «Examina, le decía, tu conciencia, y mira si no te habla nada acerca de esa concubina a que hace tanto tiempo estás demasiadamente apegado en detrimento de tu salvación y de tu gloria… Combate tu pasión, hazte a tí mismo una guerra incesante y animada… &c. (184

No abatió, sin embargo, al rey de Castilla tamaño infortunio. Por el contrario, desde estos momentos es cuando aparece Alfonso XI grande, animoso, previsor y resuelto, como político, como guerrero, como monarca. Sin perjuicio de construir y armar nuevas naves, y necesitando con urgencia reemplazar la escuadra perdida, hace que la reina doña María, que vivía con su hijo don Pedro en Sevilla retirada y como recluida en un monasterio, escriba a su padre el rey de Portugal rogándole socorra con su flota al rey de Castilla. No solo esto, sino que olvidando aquella buena reina los agravios recibidos como esposa, y atenta solo al interés de su reino y de toda la España cristiana, envía a su canciller el deán de Toledo don Velasco Fernández para que personalmente y de viva voz encarezca a su padre la necesidad urgente de dar al olvido las antiguas ofensas y de acorrer con sus naves a Alfonso su marido, en lo cual ella y la cristiandad entera recibirían merced. Si generosa y noble se mostró en esta ocasión la hija, no lo estuvo menos el padre. A los pocos días mensajeros del rey de Portugal llegaron a Sevilla para anunciar a Alfonso XI que en breve arribaría allí la armada portuguesa. ¡Extrañas vicisitudes de la vida humana! Los encargados de conducir esta flota destinada a reparar el desastre de la de Alfonso Jofre eran el almirante de Portugal Manuel Pezano y su hijo, a quienes aquel Jofre había antes vencido y hecho prisioneros en las aguas de Lisboa, y a quienes Alfonso de Castilla acababa de poner en libertad. El almirante portugués obrando con mucha prudencia se apostó con su flota en el puerto de Cádiz, que hubiera sido muy aventurado pasar por entonces más adelante.

En este intermedio el rey de Castilla con actividad prodigiosa había enviado a Juan Martínez de Leyva con especial embajada a la señoría de Génova, para que le suministrase naves a sueldo. Ofreciéronle los genoveses quince galeras a precio de ochocientos florines de oro mensuales cada una, y de mil quinientos la capitana, con el almirante Egidio Bocanegra, hermano de Simón Bocanegra, primer dux de aquella república. De vuelta y a su paso por Aviñón obtuvo el de Leyva del pontífice una bula concediendo las indulgencias de cruzada por tres meses para la guerra de Castilla, y a su regreso por Aragón negoció con Pedro IV (el Ceremonioso) que en conformidad al reciente tratado de alianza acudiera a Alfonso de Castilla, con las naves que pudiese, en cuya virtud el aragonés prometió doce galeras a las órdenes del almirante Pedro de Moncada, nieto del célebre almirante de Aragón y de Sicilia Roger de Lauria. Mientras esto negociaba por allá Martínez de Leyva, el rey de Castilla había celebrado con su suegro el de Portugal un tratado definitivo de paz y amistad con las condiciones siguientes: olvido de todos los motivos de guerra y de discordia y juicios ocasionados por una parte y por otra; devolución recíproca de todas las plazas que se hubiesen tomado y retenido a pesar de la tregua de 1338; canje mutuo de todos los prisioneros; que la princesa Constanza, hija de don Juan Manuel y antigua reina de Castilla, fuese llevada a Portugal y casase con el infante heredero don Pedro con anuencia y consentimiento del castellano; que doña Blanca volvería a Castilla con las ciudades que constituían su dote; que los dos monarcas se unirían en estrecha amistad, y ninguno de los dos sin mutuo acuerdo podía hacer treguas con el rey de Marruecos. El Tratado fue firmado en Sevilla (10 de julio, 1340) por Alfonso XI, juntamente con la reina doña María, el infante don Pedro su hijo, don Juan Manuel, don Juan Alfonso de Alburquerque, y otros ilustres caballeros. En su cumplimiento doña Constanza fue llevada a Portugal, celebráronse las bodas, el monarca portugués ratificó el tratado de Sevilla, y la desgraciada doña Blanca regresó a su patria para tomar el velo en el monasterio de las Huelgas de Burgos donde acabó sus días.

No se limitó a esto solo la actividad de Alfonso el Onceno. Con la mayor premura hizo reparar cuantas naves se encontraron desarmadas en los puertos de Andalucía; hizo trasportar las pocas que existían en los de Galicia y Asturias, y con las cinco que se habían salvado del desastre de Gibraltar compuso una pequeña flotilla que a las órdenes de Frey don Alfonso Ortiz Calderón, prior de San Juan, destinó a vigilar la altura de Tarifa.

Como en todo este tiempo no había habido en el estrecho ni una sola nao de los cristianos que impidiera el desembarco de las tropas africanas, habíase embocado en España un numerosísimo ejército musulmán, que el que menos hace subir a la cifra de doscientos mil hombres, entre los cuales setenta mil de caballería, y en sentir de muchos llegaban las gentes que vinieron de África a cuatrocientos o seiscientos mil, lo cual no es exagerado, si se atiende a que además de los guerreros desembarcaron multitud de familias con la esperanza y casi seguridad de que iban a posesionarse de toda la península con la misma facilidad que en los tiempos de Muza y de Tarik. El rey Abul Hassan de Marruecos pasó por fin a España en el mes de setiembre, y Yussuf Abul Hagiag el de Granada fue con no escasa hueste a incorporársele en Algeciras. Por una falta de cálculo, feliz para los cristianos, y fatal para los moros, los dos príncipes musulmanes, en vez de penetrar al interior de España con su innumerable morisma, detuviéronse a cercar a Tarifa, que combatieron fuertemente con máquinas e ingenios (185). Defendíanse heroicamente los sitiados mandados por Juan Alfonso de Benavides, recordando los días gloriosos de Guzmán el Bueno. Animáronse más al divisar una flota cristiana: era la que guiaba el prior de San Juan Ortiz Calderón; más toda su alegría se convirtió en pesadumbre y llanto al ver desaparecer la flota a impulsos de una furiosa y deshecha borrasca, que hizo perecer casi todas las naves, excepto unas pocas que la tempestad arrojo a las costas de Cartagena y de Valencia. Los musulmanes pregonaban que Dios y los elementos estaban por ellos, y el rey Alfonso que se hallaba en Sevilla se contristó, pero no se abatió con aquel fatal contratiempo.

Inmediatamente y sobre la marcha convocó los prelados, ricos-hombres, maestres de las órdenes y otros caballeros e hijosdalgo para consultar si se había de socorrer a Tarifa. Alfonso los dejó discutir; eran varios los pareceres; hasta que el rey entró en la sala de la asamblea y dijo resueltamente: «Tarifa será socorrida.» Quedó pues deliberado socorrer a los infelices sitiados, costara lo que quisiera. Hizo que la reina doña María escribiera de nuevo a su padre el rey de Portugal excitándole a que viniera en persona en ayuda de su marido. Alfonso IV lo prometió así; pero impaciente el de Castilla, partió él mismo a Portugal, habló con su suegro en Jurumeña (Alentejo), y volvió a Sevilla con la seguridad de que vendría a reunírsele pronto el portugués. Mucha era la inquietud del castellano mientras aquel llegaba. Entretanto no hacía sino despachar mensajes a los de Tarifa, afirmándoles que de un día a otro iría a socorrerlos con el rey de Portugal, y previniéndoles que se mantuvieran firmes y no hicieran salidas que los pudieran comprometer. Llegó al fin el de Portugal con una bien corta pero escogida hueste de los principales hidalgos de su reino, y partieron los dos Alfonsos de Sevilla el 20 de octubre en dirección de Tarifa, haciendo muy cortas jornadas con objeto de proveerse de víveres e ir recogiendo la gente que se les iba allegando. Ocho días emplearon en la travesía, al cabo de los cuales acamparon las tropas confederadas en un lugar a dos leguas de Tarifa llamado la Peña del Ciervo. Al propio tiempo se dejaban ver en el estrecho las velas de Aragón que costeadas por el rey de Castilla guiaba el almirante don Ramón de Moncada; así como tres galeras y doce naves que comandaba el prior de San Juan.

A la aproximación de los ejércitos cristianos levantaron los musulmanes el cerco, y asentaron los de África y los de Granada separadamente su campo para esperarlos. El plan de batalla de los cristianos fue que el rey de Castilla atacaría al de Marruecos, el de Portugal al de Granada. De parte de los moros estaba la ventaja del número, por lo menos tres o cuatro veces mayor que el de los fieles (186). Favorecía a estos el ir todos animados del fuego patrio y del valor del martirio, como que de la derrota o del triunfo pendían no solo sus vidas, sino la suerte de su patria, de su religión, de sus familias y de sus hogares. Acompañaban al rey de Castilla los prelados de Toledo, de Santiago, de Sevilla, de Palencia, de Mondoñedo; los maestres de las órdenes de Santiago, Calatrava, Alcántara y San Juan; el infante don Juan Manuel, don Juan Núñez de Lara, don Pedro Fernández de Castro, don Juan Alfonso de Alburquerque, don Juan de la Cerda, don Diego López de Haro, don Alvar Pérez de Guzmán, don Gonzalo Ruiz Girón y otros muchos ilustres caballeros de Castilla, León, Galicia y Andalucía, con los concejos de Zamora, de Salamanca, de Ciudad-Rodrigo, de Badajoz, de Córdoba, de Sevilla, de Jaén y otros que fuera largo enumerar. Llevaba el de Portugal en su compañía al obispo de Braga, al prior de Crato, a los maestres de las órdenes de Santiago y de Avis, a don Lope Fernández Pacheco, don Gonzalo Gómez de Sousa, don Gonzalo de Acebedo y otros ilustres hidalgos. No teniendo el portugués sino mil caballos, diole el castellano tres mil de los suyos para combatir al de Granada que contaba siete mil. Ordenó Alfonso de Castilla a los almirantes de las flotas que desembarcaran con toda su gente y atacaran por el flanco a los africanos, y lo mismo previno a la guarnición de Tarifa. Separaba los dos ejércitos enemigos un pequeño riachuelo conocido con el nombre de  el Salado (187), que corriendo de Norte a Sur desemboca en el mar.

El lunes 30 de octubre de 1340, antes de romper el día celebró el arzobispo de Toledo la misa en el pabellón real, en la cual comulgó el rey, y seguidamente todas las tropas, preparándose para la batalla como verdaderos y fervorosos cristianos. Ordenose aquella colocando el rey en primera fila sus caballeros, quedando dice la crónica, «los labradores y omes de poca valía» en la colina llamada Peña del Ciervo. Don Juan Manuel, que mandaba la vanguardia y había recibido orden de atravesar el río, reusolo en términos que hubiera podido desanimar a gentes menos resueltas a combatir, y que hizo sospechar de su lealtad al rey. Entonces Garcilaso y su hermano Gonzalo pasaron intrépidamente el río por un puentecillo de madera, seguidos de un cuerpo de ochocientos a mil hombres, con los cuales atacaron tan bizarramente una hueste de más de dos mil quinientos jinetes africanos que los hicieron cejar. Volvieron sobre sí los berberiscos, más los castellanos se mantuvieron firmes conservando libre el paso del puente a un refuerzo que el rey de Castilla enviaba en socorro de los Lasos, de los cuales uno estaba ya gravemente herido, aunque seguía combatiendo. También el maestre de Santiago, don Alfonso Meléndez de Guzmán, esquivaba pasar el río, como don Juan Núñez de Lara, hasta que llegó el rey y les hizo avanzar y mezclarse en la pelea con otros o más esforzados o más leales. Los que llevaban las banderas, marchando por entre unos oteros, dieron con la tienda del rey Abul Hassan, donde estaban sus mujeres custodiadas por un cuerpo de zenetas. Sorprendidos estos, hicieron un movimiento de retroceso hacia Tarifa: entonces la guarnición de la plaza cayó impetuosamente sobre el centro de los de África, compuesto de tres mil caballos y ocho mil infantes, número acaso triple que el de los agresores: desconcertados los infieles con este segundo inopinado ataque, desbandáronse unos hacia el mar, otros hacia Algeciras, no sin dejar en el campo considerable número de muertos.

A tal sazón pasó el río Salado el rey don Alfonso con los de su mesnada, metiéndose con ellos en un valle donde estaba el grueso de la morisma con Abul Hassan. Cargaron sobre ellos de tropel los africanos, lanzando saetas, una de las cuales se clavó en el arzón de la silla del caballo del rey. «Feridlos, exclamó entonces Alfonso alentando a los suyos, feridlos, que yo soy el rey don Alfonso de Castiella et de León, ca el día de hoy veré yo quales son mis vasallos, et verán ellos quien soy yo. – Y espoleando su caballo quiso meterse en lo más recio de la pelea. Pero el arzobispo de Toledo don Gil de Albornoz, teniendo acaso presente en aquellos momentos el ejemplo de su ilustre predecesor don Rodrigo Jiménez, y lo que hizo con Alfonso el Noble en las Navas de Tolosa, Señor, exclamó a imitación de aquel, estad quedo, et non pongades en aventura a Castiella et León, ca los moros son vencidos, et fio en Dios que vos seredes hoy vencedor. Las palabras del rey inflamaron a los suyos, y como quiera que estos fuesen muy pocos, pero como todos eran caballeros y escuderos suyos, gente criada en su casa y a su merced, todos «omes de buenos corazones et en quien había vergüenza», cumplieron su deber como buenos, y a algunos por su especial arrojo los premió en el acto. Bajando al propio tiempo de aquellos recuestos y colinas los que habían tomado el pabellón del emir de África, matando y degollando a cuantos encontraban, acabaron de turbarse los marroquíes, desordenáronse huyendo hacia Algeciras, dábales caza el rey Alfonso con su gente, el campo se cubría de cadáveres, y el río Salado no parecía ya río de agua sino de sangre.

Simultáneamente por otro lado el rey de Portugal envolvía al de Granada, cuya resistencia había sido más floja, siendo el triunfo de los portugueses sobre los granadinos, si no más decisivo y completo, más fácil todavía y más breve. Los dos monarcas se juntaron persiguiendo los fugitivos a las márgenes de Guadalmesí. ¿Quién puede saber el número cierto de los musulmanes que perecieron en esta memorable batalla? Nuestros cronistas en su entusiasmo patrio los hacen subir a doscientos mil, sin contar otra muchedumbre de prisioneros, y para que la similitud de la victoria del Salado con la de las Navas de Tolosa sea más completa, suponen que de los cristianos murieron quince o veinte y no más (188). No hay nada imposible cuando se recurre y apela al milagro: más como los mismos árabes confiesen su derrota, llamando día infausto, batalla cruel y matanza memorable la que sufrieron, y sea indudable que el número de musulmanes muertos y cautivos subió a un cifra prodigiosa, repetimos aquí lo que dijimos de Covadonga, de Calatañazor y de las Navas, que harto prodigio fue el triunfo de tan pocos cristianos contra tantos infieles, y que si signos visibles hay de la especial protección con que la Providencia favorece algunas causas y algunos pueblos, harto visibles señales de providencial favor eran estos triunfos portentosos sobre el islamismo con que de tiempo en tiempo favorecía a los españoles, como en premio de su perseverancia, de su amor patrio, de su confianza en Dios y de su constancia en la fe.

Las lanzas cristianas que penetraron en el pabellón real del marroquí, no perdonaron ni a sus tiernos hijos ni a las mujeres de su harem. Dos de aquellos perecieron, y entre estas se contaba la hija del rey de Túnez, Fátima, la más querida de Abul Hassan, como esposa y como madre. Entre los cautivos lo fueron su hijo Abenamar (189), la mejor lanza del ejército africano; su sobrino Abu Ali, que había sido rey de Sedjelmessa (ciudad de Berbería hoy destruida) y otros ilustres caudillos. Los vencidos reyes de Marruecos y de Granada llegaron juntos a Algeciras, donde solo se detuvieron algunos instantes. No contemplándose allí seguros, el africano pasó a Gibraltar, el granadino se embarcó para Marbella y de allí se trasladó a Granada, donde fue recibido en triste duelo. Abul Hassan, recelando que su hijo Abderrahman, a quien había dejado en Marruecos, sabedor de aquella derrota quisiera alzarse con aquel reino, diose también prisa a embarcarse y ganar la costa de África, lo que consiguió a pesar de la flota aragonesa que tenía orden de vigilar el paso del estrecho, de lo cual, y de no haber tomado parte en la batalla hace graves cargos el cronista castellano, y prorrumpe en amargas quejas contra don Ramón de Moncada, el almirante de Aragón. También los monarcas vencedores de Castilla y Portugal, temerosos de la falta de subsistencias, dieron a los dos días (1. ° de noviembre) la vuelta para Sevilla, donde fueron recibidos en solemne procesión por el clero y el pueblo, en medio de aclamaciones de júbilo y llorando todos de alegría (190).

Asombra la relación de las riquezas que los cristianos trajeron a Sevilla recogidas en aquella batalla y principalmente en la tienda del emir. Multitud de monedas de oro de valor de cien doblas marroquíes, barras gruesas de oro muchas, brazaletes y collares de las moras en gran cantidad, alfanjes guarnecidos de oro y plata esmaltados de piedras preciosas, espuelas de lo mismo, tiendas de paños de oro y seda riquísimas y de gran precio, tanto que habiendo caído una gran parte de esta riqueza en manos de la chusma, y habiendo huido con ella fuera del reino, bajó una sexta parte el valor del oro en París, en Aviñón, en Barcelona, en Valencia y en Pamplona (191). Muchos objetos recobraron todavía el rey a más de los que él traía, y algunos figuran aun entre los trofeos gloriosos que decoran la armería regia de Madrid. El monarca los colocó con separación en su palacio, e invitó a su suegro el de Portugal a que tomara de ellos los que quisiera. El generoso portugués solo cogió algunas espadas, sillas, frenos y espuelas, notables por su maravillosa labor, mas no quiso tomar moneda alguna, por más que a ello le instó el de Castilla. Entonces éste le dio al noble cautivo Abu Ali, con otros de los más esclarecidos prisioneros, con lo cual marchó Alfonso IV de Portugal muy satisfecho a su reino, acompañándole el castellano hasta Cazalla.

Quiso el rey de Castilla hacer participante al papa de los trofeos de una victoria que resonó por todos los ámbitos del orbe cristiano, y envió a Juan Martínez de Leyva a Aviñón, residencia del pontífice Benito XII, con un magnífico regalo. Muchos cardenales salieron a más de dos leguas de la ciudad a recibir el enviado español. El ilustre mandadero entró en Aviñón con el pendón de Alfonso de Castilla enarbolado. Delante iban los mejores caballos árabes cogidos en la lid, todos ensillados, colgando del arzón a cada uno de ellos una adarga y una espada, llevados de la rienda por otros tantos pajes. Al lado del pendón iba el caballo que el rey Alfonso había montado el día de la batalla, tal como le había llevado al combate, con su caparazón de malla de acero bruñida y dorada sobre una tela de seda encarnada, con su silla y sus estribos anchos y cortos a usanza de los árabes. Marchaban detrás veinticuatro cautivos moros, con otros tantos estandartes berberiscos cogidos en la batalla. Cuando el de Leyva se acercó al pontífice, y le ofreció los presentes de su rey y señor, el papa con visible complacencia descendió de su silla pontificia, y tomando con su mano el pendón de Castilla entonó el Vescilla Regis prodeunt, que repitieron a coro los cardenales, los obispos y todo el clero. Mandó hacer aquel día solemnes procesiones, concedió indulgencias, celebró él mismo la misa y predicó un elocuente sermón comparando el triunfo de Alfonso sobre los musulmanes al de David sobre los filisteos, y haciendo un paralelo entre el presente que le enviaba el rey de Castilla con la ofrenda que en otra ocasión semejante hizo el rey Antíoco al pontífice Simeón. La bandera del rey Alfonso XI de Castilla junto con los despojos del vencido Abul Hassan fueron suspendidos por su orden en la capilla pontifical para que fuesen eterna memoria y glorioso recuerdo a las edades futuras. Concluyeron las fiestas de Aviñón con iluminaciones y juegos públicos (192).

Después de la victoria del Salado y en la primavera siguiente (1341) salió don Alfonso nuevamente de Sevilla para correr las tierras de los moros granadinos. En estas incursiones les tomó a Alcalá de Benzayde (Alcalá la Real), Priego, Benamejí, Rute y otras varias fortalezas y villas. Mas noticioso de que Abul Hassan andaba aparejando otra flota para desembarcar de nuevo en España, fijó su pensamiento en cerrarle las puertas de la península quitándole la plaza de Algeciras, puerta por donde tantas veces había venido o la pérdida o el peligro de ella a España. Para subvenir a los gastos de esta expedición congregó las cortes del reino en Burgos, y les hizo presente la necesidad de que le asistiesen con recursos extraordinarios para una empresa tan útil y de que habían de resultar tantos bienes. Agotadas como se hallaban las rentas ordinarias del estado, y atendido lo sobrecargados que estaban los labradores y pecheros, concediéronsele las alcabalas de todo el reino (1342), que era el impuesto de un tanto por ciento con que se gravaban las compras y ventas, sin que se eximieran en este caso de él los hijosdalgos y los caballeros (193). Pasó Alfonso una parte de aquel año en visitar las ciudades de Castilla y de León, pidiendo las alcabalas, que en todas partes le eran otorgadas, y entreteniéndose en ejercicios de montería a que era muy apasionado, haciendo una guerra viva a los osos y venados de los montes siempre que hallaba ocasión de descansar de la guerra contra los moros, y no pocas veces dedicaba a la caza de las fieras el tiempo que le hubiera venido bien emplear en perseguir infieles (194.

Antes de emprender el sitio de Algeciras habíale llegado la flota genovesa dos años antes contratada, mandada por el almirante Bocanegra. El rey de Portugal le envió también diez galeras que mandaba Carlos Pezano, hijo del almirante genovés Manuel. Estas dos flotas comenzaron muy luego a hacer importantísimos servicios al rey de Castilla ganando parciales triunfos sobre las galeras africanas y granadinas que andaban por el litoral del Mediodía. El rey iba recibiendo estas buenas nuevas de paso que él se encaminaba a Sevilla y Jerez. En las Cabezas de San Juan, donde antes había sabido el desastre del almirante Jofre y de la armada castellana, allí mismo supo ahora que las flotas confederadas de Génova, Castilla y Portugal habían derrotado completamente la escuadra granadina y marroquí fuerte de ochenta galeras y otros navíos de guerra, apresando o incendiando al enemigo hasta el número de veintiséis, dispersando las demás, de las cuales algunas se refugiaron en Ceuta. Gran contento causaba al rey estas noticias, feliz presagio de la empresa que iba a acometer. Después de este triunfo el almirante de Portugal pidió permiso a Alfonso para retirarse con su flota, puesto que ésta había venido pagada solo por dos meses, los cuales eran ya cumplidos. Mucha pena causó esta determinación al de Castilla, mas para su consuelo no tardó en arribar una armada de Aragón, la cual había tenido la fortuna de derrotar al paso en Estepona trece galeras musulmanas que andaban por allí dispersas y sin rumbo.

Con tan prósperos y lisonjeros preliminares se movió Alfonso de Jerez para Tarifa y Algeciras. Bien hubiera querido emprender desde luego el cerco de esta última plaza, aprovechando el desaliento en que tenía a los musulmanes su derrota naval: pero siendo su hueste corta, y escasos los víveres con que contaba, hubo de contentarse al pronto con hacerla bloquear por los dos almirantes. Las circunstancias mismas le hicieron ver que era más peligroso para él y para los suyos estar tan apartados de la ciudad, y le obligaron a aproximarse ocupando una altura, a cuya falda mandó hacer un profundo foso entre la plaza y su campamento. Un suceso inesperado vino a afligir, ya que no a desalentar a los sitiadores. La flota aragonesa fue llamada por el rey de Aragón para atender con ella a las necesidades de su reino, y el almirante Ramón de Moncada abandonó con sus naves las aguas de Algeciras. Resuelto, sin embargo, Alfonso a no levantar el cerco, escribió al aragonés recordándole la obligación en que estaba de ayudarle con arreglo a anteriores pactos; dirigiose al de Portugal rogándole le volviese a enviar sus galeras, con más dos millones de maravedís sobre la hipoteca de algunas plazas y villas que le designaba; al rey de Francia le pidió un empréstito ofreciéndole en prenda y garantía su corona real y sus mejores joyas; y despachó letras al papa encareciéndole los bienes que a la cristiandad resultarían de la conquista de Algeciras, y pidiéndole las gracias de cruzada y los diezmos de la Iglesia. El de Aragón le envió diez galeras, que no dejaron de serle útiles: el de Portugal le acudió con otras diez, pero no con el empréstito, y el pontífice y el rey de Francia contestaron con el silencio a las instancias del monarca castellano.

El sitio se prolongaba, dando lugar a incidentes de todo género. Murió el gran maestre de Santiago, y como los caballeros de la orden no pudieran ponerse de acuerdo para la elección de sucesor, determinaron ofrecer al rey aquella dignidad para su hijo don Fadrique, sin reparar ni en que fuese menor de edad, ni en su calidad de bastardo, como hijo de la Guzmán. Todo se remediaba con la dispensa del papa que él solicitó y obtuvo fácilmente; y don Fadrique quedó hecho gran maestre de Santiago. Los moros de Algeciras, cuya guarnición consistía en ochocientos jinetes y doce mil infantes enviaron más de una vez al campo cristiano emisarios que bajo diversos disfraces, y fingiéndose escapados y haciéndose amigos del rey Alfonso, llevaban la misión de asesinarle. Esta misma abominable astucia la vimos ya empleada por los moros de Sevilla, cuando estaban sitiados por San Fernando. Felizmente ahora como entonces los traidores fueron descubiertos y pagaron con la vida su alevosía. Trabajos grandes esperaban a Alfonso y a sus castellanos en este cerco. Con el otoño sobrevinieron las lluvias en tal abundancia, que las tiendas y barracas eran destruidas y arrastradas por los torrentes: el campamento se convirtió en un lago fangoso; hombres y caballos vivían como embutidos en agua y lodo; los que se acogían a las cuevas las hallaban por la mañana henchidas de agua y algunas se desplomaban sobre ellos; hasta en una casita de madera cubierta con teja que se había construido para el rey llegó a entrar el agua hasta su misma cama, en términos de verse forzado a levantarse y pasar el resto de la noche en pie (195). Hombres y bestias enfermaban y morían. Fue menester trasladar el real a la arena de la playa. Llovió sin cesar desde setiembre a noviembre (1342). Era admirable el sufrimiento de los cristianos. Tampoco a los sitiados les favoreció tan copiosa lluvia, toda vez que poniéndose intransitables los caminos, de ninguna parte podían entrarles provisiones, y el agua los bloqueaba más que los enemigos.

Cesó al fin la lluvia, acercáronse más los sitiadores, y comenzaron los combates, las salidas y los reencuentros diarios y parciales con éxito vario. Aproximaron los cristianos dos torres de madera a los muros, y con sus máquinas e ingenios hacían bastante daño en las murallas y torres de la ciudad: sin dejar por eso de trabajar en la cava y en otras obras, presente el rey a todo, mezclado continuamente con los trabajadores, alentándolos con su ejemplo, haciendo de general y de soldado, y exponiendo a cada paso su vida. Mas la cava, dice la Crónica, «era tan cerca de la ciudad que desde el adarve les daban muchas saetadas, et tirábanles muchas pellas de ferro con los truenos, et ferian, et mataban los cristianos (196).» No pasaba día en que no se pelease. Llegose así el mes de febrero (1343), y como el tiempo era ya más benigno, diariamente acudían al campo cristiano los concejos de las villas y ciudades con sus pendones, que solían conducir los obispos. Con esto se iba estrechando el cerco todo en derredor de la ciudad; continuaban las obras de ataque, las trincheras, fosos y parapetos, trabajando de noche por ser menor el peligro. El rey hizo ceñir el puerto con una fuerte estacada sujeta con cadenas para impedir la entrada a las naves enemigas: encima de la estacada colocaban toneles llenos de tierra. Cada día se levantaban torres de madera montadas sobre ruedas, pero el fuego de la artillería de la plaza desbarataba pronto o incendiaba estas frágiles máquinas. Cansados los cristianos de ver tan a menudo inutilizadas todas sus torres y bastidas, construyeron un gran cadahalso (castillo) vasto y elevado, y no obstante tan ligero que podía ser movido fácilmente, desde el cual combatían al abrigo muchos hombres; este castillo rodante hizo a los sitiadores importantes servicios.

La fama de tan prolongado asedio y de la heroica perseverancia de Alfonso y de sus castellanos había resonado en toda la cristiandad. Esto atrajo al campo de Algeciras cruzados de Francia, de Alemania y de Inglaterra, con los condes de Arbi y de Solusber, que así los nombra la Crónica, y el duque de Lancaster, príncipe de la sangre real a su cabeza. Acudió igualmente en la primavera Gastón de Bearne, conde de Foix, con otros caballeros de Gascuña. El rey Felipe de Navarra envió al de Castilla una flota cargada de bastimentos, anunciándole que no tardaría en venir en persona, como lo verificó en el mes de julio, seguido de cien caballos y de trescientos infantes. Desconociendo estos auxiliares extranjeros el sistema de guerra que era menester emplear contra los moros, expusiéronse imprudentemente a mil peligros en que hubieran perecido sin las medidas y oportunos socorros del rey de Castilla. El papa y el rey de Francia le enviaron también por último algunos subsidios (veinte mil florines el uno, cincuenta mil el otro), que se invirtieron en pagar los soldados de la flota genovesa, que no toleraban bien los atrasos en sus pagas ni estaban habituados a vivir del crédito. No bastando todavía estos recursos para cubrir las necesidades urgentes del ejército, reunió don Alfonso los prelados, ricos-hombres, caudillos y caballeros, y los de los concejos que seguían la hueste, y exponiéndoles el estado de penuria y de pobreza en que se hallaba, «ca los de la hueste eran en grand afincamiento et dábanle muy grand quexa, et él non tenía que les dar,» otorgáronle dos monedas foreras en todo el reino, facultándole para que mientras esto se cobraba pudiese pedir y tomar prestado. Por último, el rey de Aragón añadió otras diez galeras a las que ya estaban al servicio del de Castilla, auxilio que dio a Alfonso no poco contentamiento.

Todo venía muy a sazón y nada sobraba, porque además de haber sabido el rey que el de Granada se hallaba con su gente en el Guadiaro dirigiéndose al campo de Gibraltar, y que la armada de África estaba en Ceuta pronta a cruzar el estrecho, volviose el conde de Foix a su tierra, sin que bastaran razones ni ruegos a detenerle, o por mejor decir, intentó volver, que no pudo pasar de Sevilla donde adoleció y sucumbió. El maestre de Alcántara murió también con muchos caballeros de la orden, ahogados y llevados por las aguas al atravesar el río Guadarranque, con cuyo vado no atinaron por la oscuridad de la noche. El rey de Navarra partió muy enfermo del campamento (setiembre, 1343), y finó igualmente al llegar a Jerez. Los víveres escaseaban; faltaba cebada para los caballos y pan para los hombres. Valíales a los cristianos las presas que de tiempo en tiempo solían hacer de algunas galeras cargadas de mantenimiento de las que el rey Abul Hassan enviaba para abastecer a los sitiados, con lo cual si en el campo había escasez era aún mayor la necesidad que los de la plaza padecían. A pesar de todo no cesaban los combates por mar y tierra: y como se aproximaba ya otro invierno, así las naves españolas como las africanas sufrieron temporales terribles y borrascas tempestuosas en aquellos agitados mares. La armada de África arribó por fin a la playa y campo de Gibraltar, con el príncipe Aly, hijo del rey Abul Hassan, y muchos principales Beni-Merines. Entre africanos y granadinos componían cuarenta mil infantes y doce mil caballos. Sus flotas reunidas más de ciento cuarenta velas.

Necesitábase un corazón de hierro, una constancia de héroe y una paciencia de mártir para sufrir sin desmayar tantas privaciones y fatigas, tantos desvelos y cuidados, tan continua e incesante pelea, tantos personales peligros, tantas mortificaciones y contrariedades, así por parte de los elementos como de los hombres, así por parte de los enemigos y extraños como de los aliados y amigos. También los genoveses quisieron abandonar al rey Alfonso de Castilla por la queja perpetua de la falta de pagas. Recelaba Alfonso que aquellos mercenarios proyectaran ir a servir a los moros en razón a haberles ofrecido Abul Hassan cuantas doblas quisiesen si se apartaban de la ayuda y amistad del rey de Castilla, y para mantenerlos en su servicio fue menester que el rey, y a su ejemplo los prelados y ricos-omes y los oficiales de su casa se deshiciesen de cuanta plata tenían, y que con esto y con algún dinero que tomó prestado les completase las pagas que les debía. No tardó el almirante de la flota aragonesa en manifestar igual resolución de retirarse con sus veinte galeras por la propia causa de atraso en las pagas. Para contener a los de Aragón tuvo Alfonso que tomar prestado de mercaderes catalanes y genoveses con el correspondiente interés y fianza lo necesario para pagar por dos meses las veinte galeras. Con esto crecía la escasez y la miseria en el ejército castellano: los caballos y acémilas se morían por falta de mantenimiento, y los hombres sufrían con cristiana y admirable resignación la privación de las cosas más necesarias a la vida.

Intentó en una ocasión el rey incendiar la flota enemiga que estaba en la bahía de Gibraltar, a cuyo efecto un día que soplaba viento oeste hizo que sus naves llevando grandes barcas cargadas de leña seca fuesen a buscar las de los moros, y poniendo fuego a aquellas maderas y empujando las barcas procuraban que las llamas se comunicasen ayudadas por el viento a las galeras sarracenas. Pero apercibidos los moros, cubriendo las delanteras de sus naves con mantas empapadas en agua, con otros recursos que emplearon, y haciendo trabajar a sus ballesteros, hicieron inútil la maniobra de los castellanos, y salioles a estos vana su tentativa. Noticioso el rey de que algunas zabras y saetías moriscas rondaban el estrecho con el fin de socorrer con viandas a los sitiados de Algeciras que carecían de pan y casi de todo sustento, todas las noches se embarcaba el monarca en un bote para recorrer y vigilar la costa y hacer a los demás andar vigilantes y despiertos, temiendo todos que no bastaría su robustez para resistir a tanta fatiga, y que de ello le resultara quebranto a su salud: porque además de día atendía a dirigir los ataques de la plaza y no se daba un momento de reposo.

Eran ya pasados los últimos y más rigorosos meses del invierno de 1343, y habíase entrado en los primeros de 1344. El punto por donde atacaban al ejército cristiano las fuerzas confederadas de Granada y de África, mandadas por el emir granadino Yussuf Abul-Hagiaz y por el príncipe merinita Alí, hijo del rey Abul Hassan de Marruecos era el pequeño río Palmoner que dividía los dos campos (197). Por tres veces intentaron los sarracenos dar en sus orillas un combate general, y otras tantas salieron escarmentados y vencidos. Llegó por fin el mes de marzo, y con él el plazo en que Alfonso y sus castellanos habían de recoger el fruto de tan penosos y largos sacrificios. Cuando el rey de Castilla había enviado a pedir refuerzos y concejos de Andalucía y Extremadura, y cuando había emprendido nuevos trabajos al pie de los moros mismos de la ciudad, un moro principal salió de la plaza y solicitó hablar al rey. La misión de este moro era la de proponer al monarca cristiano la entrega de Algeciras en nombre y con autorización de los dos emires de África y de Granada, a condición de que los sitiados saliesen libres y salvos con sus haberes, de que se firmasen treguas por quince años con los reyes musulmanes, y de que el de Granada se reconocería su vasallo dándole cada año en párias doce mil libras de oro. Consultado por el rey el negocio con los de su consejo, opinaron algunos que no se debía aceptar, sino que la ciudad debería ser entrada por fuerza y descabezar cuantos moros en ella hubiese: otros fueron de dictamen de que debía admitirse el partido que proponían: el rey se adhirió a estos últimos sin hacer más modificación en las proposiciones que la de limitar la tregua a diez años en lugar de los quince que los moros pedían. Convenidos en esto los príncipes musulmanes (26 de marzo, 1344), Alfonso XI de Castilla y de León hizo su entrada triunfante en Algeciras con sus valientes y heroicos castellanos, con todos los prelados, ricos-hombres, caballeros y concejos que componían su hueste. Las banderas de Castilla tremolaron en las almenas y torres de la ciudad; la mezquita mayor se convirtió en templo cristiano, y púsosele la advocación de Santa María de la Palma, en conmemoración del Domingo de las Palmas en que se hizo la solemne consagración. El rey pasó en seguida a aposentarse en el alcázar.

«Así terminó, dice un erudito escritor extranjero, después de veinte meses, el sitio de Algeciras, memorable ejemplo de lo que puede la voluntad de un solo hombre, teniendo que luchar a la vez contra los elementos y contra la falta de dinero, de víveres, de aliados y de recursos (y contra poderosos príncipes y soldados valerosos y aguerridos, pudo añadir). La España se personifica aquí en Alfonso XI, digno representante de ese pueblo en que el genio es raro, pero en que suple la paciencia, en que se encuentran menos grandes talentos que grandes caracteres (198). El piadoso monarca anunció al Santo Padre la conquista de Algeciras, conquista cuya inmensa importancia no comprendió la cristiandad.» El rey de Marruecos quedó conmovido y admirado de la generosidad y grandeza de alma del rey de Castilla al ver que le devolvía sin rescate alguno sus hijas cautivadas en la batalla de el Salado. El de Granada se dedicó a embellecer su ciudad y hacer reinar el orden y fomentar las letras, la cultura, la industria, la prosperidad interior en su pequeño estado (199).

Las revueltas que luego sobrevinieron en África, y el resultado de ellas, que fue apoderarse del trono y del reino un hijo de Abul Hassan, que los nuestros nombran Abohanen y entre los africanos fue conocido por Almotwakil (200), haciéndose por consecuencia dueño de sus posesiones en España, fueron circunstancias que excitaron a Alfonso a pensar en nuevas conquistas. Dolíale ver a Gibraltar en poder de infieles, no estaba tranquilo mientras viera a los sarracenos poseedores de un puñado de tierra en la península, y creíase desobligado, y así se lo persuadían muchos, de guardar con el hijo la tregua concertada y jurada con el padre. Espuso este pensamiento y solicitó recursos para su ejecución en las cortes de Alcalá de Henares de 1348.

Célebres fueron estas cortes de Alcalá, y forman época en la historia política y civil de Castilla, así por su generalidad y por la famosa disputa de preferencia entre dos ciudades, como por las leyes importantes que en ellas se establecieron. Diez y siete ciudades enviaron sus diputados a estas cortes: Burgos, Soria, Segovia, Ávila y Valladolid, de Castilla la Vieja; León, Salamanca, Zamora y Toro, del reino de León; Toledo, Cuenca, Guadalajara, Madrid, de Castilla la Nueva; y de Andalucía y Murcia, Sevilla, Córdoba, Murcia y Jaén. De estas, Burgos, León, Sevilla, Córdoba, Murcia, Jaén y Toledo, como cabezas de reinos, tenían sus asientos y lugares señalados para votar. Las demás se sentaban y votaban sin orden fijo, y según que acaecía colocarse en el principio de cada asamblea. Moviose en estas cortes una disputa, que se hizo famosa, sobre preferencia de lugar entre las ciudades de Burgos y Toledo, alegando cada cual sus privilegios y antiguas glorias. Los grandes andaban en esta competencia divididos: favorecía a Burgos don Juan Núñez de Lara, a Toledo el infante don Juan Manuel; así los demás. El rey, designado por juez en esta cuestión, la resolvió prudentemente, dejando a Burgos el primer lugar y voto que hasta entonces había tenido, y dando a los diputados de Toledo un asiento aparte en frente del rey, diciendo éste, además: Hable Burgos, que yo hablaré por Toledo; o en otros términos: Yo hablo por Toledo, y hará lo que le mandare: hable Burgos. Con este expediente se dieron ambas ciudades por satisfechas, y esta fórmula siguió observándose mucho tiempo en las cortes de Castilla. Dio particular importancia y celebridad a estas cortes la gran reforma que se hizo en la legislación castellana, ya con el cuerpo de leyes conocido con el nombre de Ordenamiento de Alcalá, ya con la gran novedad de haberse declarado ley del reino y comenzado a obligar a petición de Alfonso XI el código de las Siete Partidas de su bisabuelo don Alfonso el Sabio, que hasta entonces no se había aprobado en cortes ni puesto en práctica (201).

En cuanto al subsidio que Alfonso solicitaba para proseguir la guerra contra los moros, las cortes de Alcalá, habida consideración al objeto y atendido lo menguado que se hallaba el real tesoro, otorgaron, aunque con repugnancia, la continuación de la alcabala, cuyos inconvenientes se adivinaban ya, pero que se aceptaba como un remedio del momento. Con esto se apercibió el rey para emprender su nueva campaña; juntó y abasteció las huestes, moviose con el ejército a Andalucía, y asentó sus reales delante de Gibraltar (1349). Quemó y taló las huertas y casas de recreo de la campiña; combatió la plaza con ingenios y máquinas; pero como a mas de ser aquella fuerte de suyo, contaba con una guarnición numerosa y bien bastecida, tuvo a bien Alfonso suspender los ataques inútiles y convertir el sitio en bloqueo esperando reducirla por hambre. Engañose también en esta esperanza al castellano; y el refuerzo de cuatrocientos ballesteros y algunas galeras que le envió el aragonés (agosto, 1349), arregladas las diferencias que a causa de la reina doña Leonor y de sus hijos entre sí traían, tampoco fue bastante eficaz auxilio para la conquista de la plaza. Molestaban por otra parte a los cristianos los moros granadinos con continuos rebatos y celadas. Mas todo esto hubiera sido insuficiente para quebrantar la constancia de Alfonso y de sus valientes castellanos, si por desventura no se hubiera desarrollado en el campamento una mortífera epidemia, que antes había ya hecho estragos en Italia, en Inglaterra, en Francia y aun en España en las partes de Extremadura y León. El infante don Fernando de Aragón, sobrino del rey, hijo de doña Leonor su hermana; don Juan Núñez de Lara, don Juan Alfonso de Alburquerque, don Fernando señor de Villena, hijo del infante don Juan Manuel (que a esta sazón había ya muerto), junto con otros señores, prelados y ricos-hombres, aconsejaban al rey que desistiera de aquel empeño, atendida la gran mortandad que el ejército sufría. Tenía Alfonso por mengua y baldón para Castilla abandonar una empresa por temor a la muerte, y su obstinación y temeridad fueron fatales al monarca y a la monarquía. Alcanzole al mismo rey el contagio, y atacole tan fuertemente que el 26 de marzo de 1350 la muerte de Alfonso XI de Castilla difundió el luto, la tristeza y el llanto por todo el campamento cristiano; llanto y luto que muy pronto se hizo general en todo el reino (202).

Tal fue el lastimoso fin del undécimo Alfonso, el postrero de su nombre en esa galería ilustre de los grandes y esclarecidos Alfonsos de Castilla, a los treinta y ocho años de su reinado, y poco más de los treinta y nueve de edad. Llevaron su cuerpo a enterrar a Sevilla. Oigamos el hecho grande que honró más la memoria de este rey. Oigamos el testimonio sublime de respeto que los musulmanes mismos dieron a sus cenizas. Copiemos las palabras del historiador arábigo, «El rey de Granada (dice), cuando entendió la muerte del de Castilla, como quiera que en su corazón y por el bien y seguridad de sus tierras holgó de la muerte, con todo eso manifestó sentimiento, porque decía que había muerto uno de los mas excelentes príncipes del mundo, que sabía honrar a todos los buenos, así amigos como enemigos, y muchos caballeros muslimes vistieron luto por el rey Alfonso, y los que estaban de caudillos con las tropas de socorro para Gebaltaric no incomodaron a los cristianos a su partida cuando llevaban el cuerpo de su rey desde Gebaltaric a Sevilla (203).» Ya antes había dicho el mismo historiador: «Era Alfonso de estatura mediana y bien proporcionada, de buen talle, blanco y rubio, de ojos verdes, graves, de mucha fuerza y buen temperamento, bien hablado y gracioso en su decir, muy animoso y esforzado, noble, franco y venturoso en las guerras para mal de los muslimes.»

No le juzgó mal Mariana cuando dijo: «Pudiérase igualar con los más señalados príncipes del mundo, así en la grandeza de sus hazañas como por la disciplina militar y su prudencia aventajada en el gobierno, sino amancillara las demás virtudes y las oscureciera la incontinencia y soltura continuada por tanto tiempo. La afición que tenía a la justicia y su celo, a las veces demasiado, le dio acerca del pueblo el renombre que tuvo de Justiciero.» Nosotros, reconociendo y admirando sus eminentes dotes como guerrero y como príncipe, sus altos y gloriosos hechos como soldado y como gobernador, somos algo más severos en condenar aquellas ejecuciones cruentas, aquellos suplicios horribles sin forma de proceso, aquellos castigos que si merecidos a las veces, descubrían demasiado la venganza del hombre mezclada con la justicia del rey, y con los cuales ensangrentó y manchó y principalmente el primer período de su reinado. Y en cuanto a sus ilícitos amores con doña Leonor de Guzmán, cadena no interrumpida de flaquezas que solo se quebró cuando faltó el eslabón de la vida del monarca, y que hacía resaltar más la fecundidad prodigiosa de la ilustre concubina, seríamos algo más indulgentes si a la flaqueza no hubiera acompañado el escándalo. Y en verdad nos asombra la tolerancia con que prelados y señores presenciaban el espectáculo de la mujer adúltera, siguiendo públicamente al rey a Sevilla, a Córdoba, a Mérida, a León o a Madrid, y habitando en su palacio con desdoro de la majestad y con tormento y mortificación de la que legítimamente debía compartir sola con él el tálamo y el trono. Dejó, pues, Alfonso XI estos dos funestos ejemplos de crueldad y de lascivia a un hijo que no había de tardar en excederle en actos escandalosos de lascivia y de crueldad, y a su fallecimiento quedaba sembrado el germen de las calamidades y de los crímenes y de los disturbios y horrores que por desgracia tendremos más adelante que referir.

A la muerte de Alfonso XI, fue aclamado rey de Castilla y de León su hijo don Pedro, el que la tradición conoce con el nombre de don Pedro el Cruel.

NOTAS

1.-- Lafuente, Modesto, Historia General de España, desde los tiempos primitivos hasta la muerte de Fernando VII, obra continuada desde dicha época hasta nuestros días por D. Juan Valera, con la colaboración de D. Andrés Borrego y D. Antonio Pirala, Barcelona, Montaner y Simón, Editores, 1889, Tomo 4, pp. 1-31, 116-150, 202-222-237, 282-294, 332-372.

 

Entre ellos la exención de alojamientos a todas las casas de la ciudad y sus villas; que la ciudad de Toledo no pudiera darse en préstamo o feudo a ningún señor; que nadie pudiera tener heredad en Toledo sino morando en la ciudad con su mujer e hijos, etc. Mucho debieron contribuir estos privilegios a la gran población que llegó a aglomerarse en Toledo. El P. Burriel la hace subir a cuarenta mil vecinos, y otros le suponen aún más numeroso vecindario; Larruga, Memoria política y económica, T. V.

 

2.-El juicio de Albedrío (o fuero del albedrío) fue un sistema utilizado en Castilla, Valencia, Cataluña y Aragón, para resolver los pleitos que suponía que los jueces no debían fallar en función de ningún texto legal, sino que simplemente basándose en los usos y costumbres de la zona. Las sentencias así dictadas en función de la libre interpretación de las costumbres jurídicas por parte de los jueces, se denominaba fazañas o exemplos. Las fazañas, es decir, los fallos pronunciados conforme al sistema de albedrío, permitían el reconocimiento del Derecho consuetudinario exteriorizándolo de este modo y permitiéndole convertirse en Normas de Derecho.

3.-El Fuero Viejo de Castilla, sacado y comprobado con el ejemplar de la misma obra, que existe en la Real Biblioteca de esta Corte, y con otros MSS, con notas históricas y legales, los doctores D. Ignacio Jordán de Asso, y Del Río, y D. Miguel de Manuel Rodríguez, Madrid, D. Joaquín Ibarra Impresor de Cámara de S.M., 1771 y el P. Burriel, Informe sobre pesos y medidas, creyeron que este fuero había sido obra del conde don Sancho de Castilla; Marina ha refutado sólida y victoriosamente esta opinión en su Ensayo histórico-crítico sobre la antigua legislación de Castilla, n° 154.

4.-Ley 2, tít. I, Lib. I, del Fuero Viejo.

5.-Prólogo del rey don Pedro a este Código.

6.-Ley 3,  tít. VIII, lib. I.

7.-Marina, Ensayo…, o. cit., n° 126.

8.-Fuero de Cuenca,  https://dialnet.unirioja.es

9.-El Señorío es una institución propia de la Edad Media y la Edad Moderna en España. Surgió en los reinos cristianos del norte peninsular y se extendió con la reconquista al resto del territorio, confirmándose o incrementándose (refeudalización) con la monarquía hispánica posterior. El Señorío es una donación hereditaria de tierras y vasallos, incluida la jurisdicción, dada por monarcas a nobles o clérigos como pago por servicios prestados o recompensa a méritos adquiridos, pero por su mera voluntad (merced); Valdeón, Julio, José María Salrach y Javier Zabalo, Feudalismo y consolidación de los pueblos hispánicos, Barcelona, Labor, 1987; Beceiro, Rita, Ricardo Córdoba de la Llave, Parentesco, poder y mentalidad. La nobleza castellana. Siglos XII al XV, Madrid, CSIC, 1990.

10.-Carta-puebla, concesión otorgada por el rey o por un señor laico o eclesiástico a los habitantes establecidos previamente. Se vinculan al fenómeno de la repoblación necesaria para el avance de la reconquista, en la Edad Media peninsular; Barrero García, Ana María y Alonso Martín M., Textos de derecho local español en el Edad Media: catálogo de fueros y costumbres municipales, Madrid, CSIC, Inst. de Ciencias Jurídicas, 1989; www.ecadal.org/tag/Carta_puebla

11.-Fuero Juzgo de los Visigodos, es el código de la monarquía goda, sucedió a la caída del poder romano y en sus preceptos se reflejaba la sociedad por cuyas necesidades se dictaba. Forma una completa apología de los reyes godos de España, es una prueba irrefutable de que la sociedad para la que se redactó era la más avanzada en el camino de la civilización; www.enciclopedia.us.es/indez.php/Fuero_Juzgo Visto el 8 de noviembre de 2016.

12.-Las cortes que sabemos se celebraron en León y Castilla, durante este período, además de las de León en 1135, en que fue proclamado emperador Alfonso VII, son: las de Nájera en 1138, celebradas para restablecer la paz y armonía entre los fijosdalgo y fijar los derechos de la nobleza: las de Palencia en 1148 para el gobierno de Castilla: las de Valladolid en 1155: las de Burgos en 1169, que según la crónica general asistieron ya, además de los prelados, ricos-hombres y caballeros, los concejos del reino de Castilla, parte. IV, cap. Viii: otras de Burgos en 1177, en que según el cronista Alvar García se creó el juez mayor de los hijosdalgo de Castilla: las de Salamanca en 1178, cuyos estatutos y acuerdos se publicaron como obra del rey en unión con los obispos, abades, condes y rectores de las provincias: las de Benavente en 1181, en que se hicieron leyes para mejorar el Estado y recoger todas las donaciones de bienes realengos que se habían hecho a exentos en perjuicio de la corona : las de Carrión en 1188, en que se trató del matrimonio de doña Berenguela con el príncipe Conrado, y a las que concurrieron ya los representantes de cuarenta y ocho pueblos: otras de Carrión en 1193, para resolver la guerra contra los moros: las de León en 1188 y 1189, a las que asistieron también los procuradores de los concejos: las de Benavente en 1202, y de León en 1208 en los que se publicó el decreto de espolios de los prelados: las de Toledo en 1212, para preparar la gran cruzada contra los infieles: las de Valladolid en 1217 para la proclamación de la reina doña Berenguela y d su hijo don Fernando III. Se da también el nombre de Cortes a todas las reuniones que los prelados, magnates y ricos-hombres celebraban para el reconocimiento y proclamación de cada nuevo rey.

13.-Tuvieron principio los templarios en Jerusalén, hacia el año 118, a devoción de Hugo de Paganis, Godofre de Saint-Omer y otros siete compañeros, los cuales se consagraron al servicio de Dios en forma de canónigos regulares, e hicieron los votos de religión en manos del patriarca de Jerusalén, Balduino II, considerando el celo de estos nuevos religiosos, les dio una casa cerca del Templo de Salomón, de donde tomaron el nombre de templarios. El mismo Balduino, sus grandes, el patriarca y prelados, de sus propios bienes les dieron para su sustento ciertos beneficios, temporales unos y perpetuos otros. Su primer instituto fue proteger a los peregrinos que iban a visitar los santos lugares contra los malhechores y salteadores que los infestaban. Todos los privilegios, todas las donaciones les parecían pocas a los príncipes para premiar y engrandecer una institución tal útil. Así llegaron a propagarse tan prodigiosamente y acumular tan grandes riquezas, hasta el punto que se supone pasaban de nueve mil casas las que poseían en toda la cristiandad. Se les encomendaba en todos los reinos las plazas más fuertes. El Papa Inocencio III quiso afiliarse a esta orden. Felipe el Hermoso no pudo conseguirlo, y Alfonso I de Aragón fue más allá que ningún otro príncipe legándoles su reino; Rodríguez Campomanes, Lic. D. Pedo, Dissertaciones Históricas del orden y caballería de los Templarios o resumen historial de sus principios, fundación, Instituto, Progresos y Extinción en el Concilio de Viena y un apéndice o suplemento, Madrid, Antonio Pérez de Soto, 1747; www.ordendeloscaballerostemplarios.blogspot.mx/2013/04/disertaciones-historicas-del-orden-y.html?m=1 

14.-Campomanes, op. cit., p.  211 y sig., que antes de la solemne admisión de los templarios y hospitalarios en Aragón y Cataluña por el conde don Ramón Berenguer IV en 1142 y 1143, los había ya en aquellos dos Estados desde don Ramón Berenguer el Grande y don Alfonso el Batallador.

15.-Según Campomanes, existían ya los templarios en Castilla desde 1128. Poco más tarde se establecieron en Portugal y Navarra, aunque no es fácil fijar el año o fecha determinada en que comenzaron a introducirse.

16.-Ticknor, M. G., Historia de la Literatura Española, traducida por los señores Pascual Gayangos y Enrique de Vedia, Madrid, Imprenta de Rivadeneyra, 1851;

  https://archive.org/details/historiadelalit10tickgoog dice Ticknor que “casi puede asegurarse que en los diez siglos transcurridos desde la ruina de la civilización griega y romana, hasta la aparición de la Divina Comedia, ningún país ha producido un trozo de poesía más original en sus formas, y más lleno de naturalidad, energía y colorido que el Poema del Cid.” 

17.-Tratado de Cabreros. En el municipio vallisoletano de Cabreros del Monte para tratar de poner término a las disputas existentes entre ambos reinos por la posesión de diversas fortalezas que se hallaban en manos de Alfonso VIII, y por la posesión de los castillos que constituían la dote de la reina Berenguela de Castilla, hija de Alfonso VIII, y esposa de Alfonso IX de León, de quién el soberano leonés se había separado en 1204; Martínez Ortega, Ricardo, “El Tratado de Cabreros del Monte (Valladolid) del año 1206 (primer documento cancilleresco en romance hispánico): identificación y localización de su toponimia a través de la documentación latina medieval”, en Fortunatae: Revista canaria de filología, cultura y humanidades clásicas, La Laguna, Univ. de la Laguna. Servicios de publicaciones, 13, pp. 203-232, ISSN 1131-6810; https://ore.exeter.ac.uk/repository/bitstream/handle/10871/19284/Tindal-RobertsonC.pdf?sequence=1

18.-Martínez Marina, Francisco, “Ensayo histórico-crítico sobre el origen y progresos de las lenguas, señaladamente del romance castellano”, en Memorias de la Real Academia de la Historia, tomo IV, Madrid, Editor Aguado, 1841, pp. 34-60.

19.-Marina cita algunas de estas palabras inoculadas entonces en nuestro romance, como lur po su, del francés leur: avant por antes: ensemble por juntamente: randre por dar: merchant por mercader, etc.

20.-Conocido es el fuero dado a los mozárabes de Toledo por Alfonso VI. En el de Baza otorgado por el emperador, decía: “Otorgo esta franqueza a todos…siquier sea cristiano, siquier moro, siquier judío, siquier franco, venga seguramente…” En el fuero de Plasencia: “Todo ome que a esta feria viniere, siquier sean cristianos, o judíos, o moros, vengan seguros; e el que los mal ficiere, o los prendare, peche mil maravedís en coto al rey…

21.-Este catálogo se halla en el citado tomo IV de las Memorias de la Real academia de la Historia.

22.-Es una curiosa observación la del modo como se fueron alterando las voces latinas y transformándose en castellanas, muchas veces sin más que la sustitución de una vocal o de una consonante por otra, o la adición o supresión de una letra. Y aunque al principio no se hiciera por un sistema gramatical, sino por corruptela o vicio de pronunciación, la costumbre y el uso primero y el arte y el estudio después, fueron convirtiendo en reglas generales las que un principio habían sido adulteraciones hechas sin propósito ni voluntad.

     Las terminaciones latinas en us y en um, principalmente de los participios, se mudan en las terminanciones castellanas en o. Honoratus, honrado: ignoratum en ignorado: electus, electo: redentum, redimido. Así como la au como la u se convierten en general en o. Auditos-oido: Taurus-toro: paucum-poco: aurum-oro: lutum-lodo: ulmus-olmo.

     Los adjetivos terminados en bilis y bile, toman en castellano la terminación ble: amabilis-amable: horribile-horrible: irascibilis-irascible.

     La c se mudaba comunmente  en g: amicus-amigo: lacus-lago: ficus-higo: Facio-hago: gallaicus-gallego: dico-digo.- La ct en ch: como lectum-lecho: pectus-pecho: dictum-dicho: factum-hecho: nocte-noche. –La f en h: como fumus-humo: fatum-hado: furtum-hurto: formosus-hermoso: formica-hormiga. –La t y s en los nombres que significaban cualidades morales se convertían en d: pietas-piedad: benignitas-benignidad: vanias-vanidad: liberalitas-liberalidad. –Los adverbios latinos acabados en ter son los adverbios castellanos terminados en mente: firmiter-firmemente: frecuenter-frecuentemente: y en general la terminación mente se adoptó para todos los adverbios de modo: como caute-cautamente: injuste-injustamente: legitime-legítimamente, etc.

     Sería interminable este examen y no de nuestro objeto: pro hemos creído deber presentar esta ligera muestra de cómo se fue trasformando el idioma latino en romance castellano en muchas de sus voces, ya que en la época que acabamos de examinar fue cuando comenzó a generalizarse más y a emanciparse y prevalecer sobre el antiguo el nuevo idioma.

23.-Lafuente, Historia general…op. cit., pp. 31-65.

24.-Martínez Ugarte, Juan Manuel, O.S.A., conocido como Manuel Risco, España Sagrada, Madrid, Editorial Agustiniana, 1747, vols. XXX al XLII, t. XXXVI, Ap. 63. En este convenio, el rey de León facultaba al arzobispo de Toledo y a los obispos de Burgos y Palencia para excomulgarle a él y poner en entredicho a su reino, sin –apelación alguna-, en el caso de quebrantarse por él la paz; y a su vez el de Castilla daba plena potestad al arzobispo de Santiago y a los obispos de Astorga y Zamora, para lo mismo.

25.- Cromberger, Jacobo, Cronica del santo Rey Don Fernando III, Sevilla, ed. Facsimil, 1516; https://biblioteca.ucm.es/historia/cronica-de-fernando-iii Ejemplar en la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense de Madrid con la signatura BHFG 2035.

26.-Ofrecer homenaje. Ceremonia en la que un vasallo o personalidad reverenciaba y sumisamente se comprometía a jurar lealtad a su señor.

27.-Cromberger, Crónicas del Santo rey….op. cit., cap. XIII.

28.-Cromberger, op.cit., cap. XIV.

29.-Serrano, Luciano, Don Mauricio, obispo de Burgos y fundador de su catedral, España, Edi. Maxtor, 1922.

30.-El Fuero de Cáceres. Fue otorgado por el rey de León Alfonso IX, cuando el día 23 de abril de 1229, reconquistó la ciudad. En esta carta de población se prohibía a las órdenes militares, religiosas y nobles a establecerse en la ciudad, por lo que, con el tiempo, los villanos dedicados a la ganadería irían conformando una nobleza ganadera; http://www.turismo.caceres.es/recursos-culturales/fuero-de-caceres

31.-Risco, P. Mtro. Manuel, Historia de la ciudad y Corte de León y de sus reyes, León, Tipografía de M. Carzo, 1894; https://bibliotecadigital.jcyl.es/es/consulta/registro.cmd?id=5114

32.-Risco, P. Mtro. Manuel, Historia de la ciudad y Corte de León, y de sus reyes, Madrid, ofic. de Don Blas Román, 1792; http://faceira.org/2011/12/historia-de-la-ciudad-y-corte-de-leon/ ; Cromberger, Crónicas del….op. cit., caps. XV y XVI.

33.-Adelantamiento: adelantado. Duarte Núñez de León escribe que el padre de Fernando III, don Alfonso IX, tuvo ya por adelantado de León a su primo hermano y cuñado Martín Sánchez, hijo de don Sancho, el poblador de Portugal. El término adelantado, referido a las oficialidades del rey y de los concejos, comienza a aparecer por primera vez en documentos navarros y castellanos del siglo XI.

El título de Adelantado Mayor se otorgaba, usualmente, a individuos apreciados o distinguidos por sus cualidades militares, pero ante todo a sus cualidades leales, aparejando al encargo real la inherente cobertura de poderes jurídico materiales para “adelantar” la empresa propuesta y desempeñado por alguien que estaba en la confianza del rey o de las cortes, de ordinario por hechos consumados de armas o vínculos de parentesco con otros adelantados. Algunos historiadores, como Duarte Núñez de León, Salazar de Mendoza o Francisco de Berganza, los encuentran denominados como tales siglos antes de la recopilación de leyes de Alfonso X en las Partidas.

Durante la Baja Edad Media era un cargo oficial del Reino de León, del Reino de Castilla y de la Corona castellana y leonesa que tuvo competencias militares, gubernativas y judiciales sobre una circunscripción determinada. Las facultades de los adelantados se describen sumariamente en la ordenación de los oficios de la administración de Justicia hecha por Enrique II en las Cortes de Toro de 1371.

Adelantado, dice la ley de Partida (L. 22, tit. 9. p.2):

(...) tanto quiere decir como ome metido adelante en algún fecho señalado por mandado del rey: é por esta razón el que antiguamente era puesto sobre la «tierra grande», llamaronlo en latín «Præses Provinciæ». (...) El oficio de este es muy grande, ca es puesto por mandado del rey sobre todos los merinos, también sobre todos los de las comarcas, é alfozes, como sobre los otros de las villas (...) el puede oír las alçadas, que fiziesen los homes de los juizios que diesen los alcaldes de las villas contra ellos, de que se tuviesen por agraviados aquellos que el rey oyria si en la tierra fuese.

Cortes de los antiguos reinos de León y Castilla, t. II, Madrid, Real Academia de la Historia, 1863, pp. 196-197; https://es.wikipedia.org/wiki/Adelantado; http://ficus.pntic.mec.es/jals0026/documentos/textos/7partidas.pdf

34.-La hazaña que se cuenta del famoso toledano Diego Pérez de Vargas, hermano de Garci-Pérez, del cual dice la crónica, que después de haber inutilizado y roto matando moros su lanza y su espada, “no teniendo a que echar mano, desgajó de una oliva un verdugón con un cepejón, y con aquel se metió en lo más recio de la batalla, y comenzó a ferir a una parte y a otra a diestro y a siniestro, de manera que al que alcanzaba un golpe no había más menester. E hizo allí con aquel cepejón tales cosas, que con las armas no pudiera facer tanto. Don Alvar Pérez con el placer de las porradas que le oya dar con el cepejón, decía cada vez que le oya golpes: Así, así, Diego, machuca, machuca. Y por esto desde aquel día en adelante llamaro a aquel caballero Diego Machuca, y hasta hoy quedó este nombre en algunos de su linaje”, Cromberger, Crónicas…, op. cit., cap. XX.

35.-Florez de Setién, P. Enrique, Memorias de las reinas católicas de España, (2 tomos), Madrid, Aguilar, Colección Crisol, 1953, tomo I. Acaeció la muerte de la reina doña Beatriz en Toro en noviembre de 1235. Y fue sepultada en las Huelgas de Burgos. “Murió, añade, en buen olor de virtud y santidad, y así lo indica su hijo don Alfonso el Sabio en uno de sus cantares. Tuvo de ella don Fernando los siguientes hijos: don Alfonso, don Fadrique, don Fernando, don Enrique, don Felipe, don Sancho, don Manuel, doña Leonor, doña Berenguela y doña María. Algunos de éstos, como Fadrique, Felipe y Manuel, suenan por primera vez en las familias reales de España.

36.-Cromberger, Crónica…op. cit., cap. XXVI – XXVII.

37.-Fue nombrado primer obispo de Córdoba don fray Lope, monje de Fitero. Maestro y director espiritual de Fernando III, el cual lo nombró obispo de Córdoba tras la conquista de la ciudad en 1236. Colocó la cruz en el alminar de la antigua mezquita. Asistió a la dedicación de la nueva catedral. Maestro en Derecho Canónico, formaba parte de la cancillería real. Fue buen administrador del patrimonio diocesano y logró de Fernando III que la Iglesia cordobesa tuviera su lugar en el Fuero de la ciudad de 1241. Realizó la primera división de canonicatos y dignidades de la diócesis y de su pontificado arranca la organización parroquial de la capital. Muere el 10 de junio de 1245.

https://cordobapedia.wikanda.es/wiki/Don_Lope_de_Fitero El oficio de Canciller Mayor de Castilla, que ejercía el obispo de Osma a nombre del prelado don Rodrigo Jiménez de Toledo, le tuvieron desde entonces mucho tiempo los arzobispos toledanos. La dignidad de Canciller mayor y sus atribuciones la explicaba la Ley de Partida, p. 2, título 9, 1. 4, diciendo que “es el segundo oficial de la casa del rey, de aquellos que tienen oficio de puridad: medianero entre el rey y sus vasallos, porque todas las cosas que él ha de librar por cartas, de cualquier manera, que sean, ha de ser con su sabiduría, e él las debe ver antes que las sellen para guardar que no sean dadas contra derecho, por manera que el rey non reciba ende daño nin vergüenza. E si fallase que alguna hi había que non fuese así fecha, débela romper o desatar con la péñola, a que dicen en latin cancellare, e de esta palabra tomó nome de canciller.” Según Salazar de Mendoza, débese principalmente la creación de esta dignidad al emperador Alfonso VII, que como los emperadores llamaron cancilleres a sus secretarios, llamóse así a los suyos desde su coronación. Salazar de Mendoza, Pedro, Origen de las Dignidades Seglares de Castilla y León, ed. facsímil, Madrid, oficina de Don Benito cano, 1794, lib. II, cap. VII.

38.-Cromberger, Crónica…op. cit., cap. XVIII. De esta señora tuvo tres hijos, don Fernando, don Luis y doña Leonor. Al final d este capítulo se lee en la crónica: “Esta pequeña obra escreví yo don Rodrigo arzobispo de Toledo e primado de las Españas. Escrevila como mejor supe e pude. Acabéla en el año de la encarnación del Señor de mil e doscientos e cuarenta e cuatro años. Andados veynte y seis años del reinado del muy noble rey don Fernando. Acabéla jueves postrero a treinta y tres años de nuestro arzobispado. Vacaba entonces la Sede apostólica avia un año y ocho meses y diez días por muerte del papa Gregorio nono.” Después se lee: “Prólogo del que prosigue la historia. -Prosigue la historia de los claros hechos del muy notable rey don Fernando, etc.”. - A pesar de todo, no podemos creer que esta parte de la crónica fuese del arzobispo don Rodrigo, entre otras razones, porque en varios capítulos de ella se lee: “Según escribe el arzobispo don Rodrigo:” y en el mismo capítulo en que se estampa aquella nota, se dice: “Este casamiento, según escribe el arzobispo don Rodrigo, fue hecho, etc.” Y no es creíble que el autor hablara de sí mismo en esta forma. Suponemos, pues, que el autor de la crónica quiso significar que había escrito la primera parte teniendo presente la historia del arzobispo.

39.-Cromberger, op. cit., cap. XXX.

40.-De donde vino, dicen algunas historias, la loable costumbre de nuestros reyes de dar de comer a doce pobres todos los años el día de Jueves Santo.

41.-Principio y fundamento del ilustre tribunal que más adelante y con más atribuciones había de ser el Consejo Real de Castilla.

42.-Cromberger, op. cit., cap. XL.

43.-Doña Berenguela murió el 8 de noviembre de 1246. Florez, Reinas Católicas, t. I, p. 483. Dejó mandado en su testamento que la enterrasen en la Huelgas de Burgos en sepultura llana y humilde.

44.-Era el arzobispo don Rodrigo Jiménez de Rada natural de Puente de Rada en Navarra. Estudió en la Universidad de París. Fue Obispo de Osma antes que de Toledo. Promovió en Francia la cruzada de las Navas de Tolosa, a cuta batalla asistió con el estandarte d su Iglesia. Se halló en el IV Concilio general lateranense, donde sostuvo la reñida disputa contra los metropolitanos de Braga y de Santiago sobre la primacía de España, y pronunció una oración latina que al día siguiente tradujo en italiano, tudesco, inglés, castellano y vascuence. Hizo otros dos viajes a Roma en 1218 y 1235. Estuvo en el Concilio general de Lyón de 1245, era doctísimo y versado en lenguas, Escribió el tratado de Rebus in Hispania gesti, también llamada Rebus Hispanie, Historia Gothica, o Crónica del Toledano, escrito en latín, comprende nueve libros (subdivididos en capítulos), que abarca la historia española, desde Jafet (uno de los hijos de Noé): Historia romanorum la Historia de los romanos, de los ostrogodos, de los hunos, vándalos, alanos y suevos, y Historia arabum desde el año 750 al 1150. Murió en 1247 en Francia al regresar a su patria, viniendo por el Ródano. Fue el gran consejero de Alfonso el Noble y de San Fernando. En su epitafio del monasterio de Huerta, donde fue enterrado, se leía este concepto expresado en mal latín: Mi madre es Navarra: Castilla mi nodriza: París mi escuela: Toledo mi domicilio: Huerta mi sepultura: el cielo mi descanso.;

http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=jimenez-de-rada-rodrigo

45.-Sevilla 1248: Congreso Internacional Conmemorativo del 750 Aniversario de la Conquista de la Ciudad de Sevilla por Fernando III, Rey de Castilla y León, Sevilla, Real Alcázar, González Jiménez, Manuel (coord.), 23-27 de noviembre de 1998, Centro de Estudios Ramón Areces, España, 2000.

46.-Menénde Pidal, Ramón. Historia de España. Tomo VIII: El Reino Nazarí de Granada (1232 – 1492) Madrid, Espasa Calpe, S.A., págs. 74-92; Vidal Castro, Francisco. "Frontera, genealogía y religión en la gestación y nacimiento del Reino Nazarí de Granada. En torno a Ibn al-Amar", En III Estudios de Frontera. Convivencia, Defensa y Comunicación en la Frontera, Diputación Provincial de Jaén, 2000, págs. 793-810.

47.-https://www.alhambradegranada.org/es/info/palaciosnazaries/palaciorealalhambra.asp

48.-Almirante. Voz arábiga, derivada de emir del mar. Dice la ley 3, t. XXIX de las 7 Partidas que: “Almirante es dicho el que es cabdillo de todos lo que van en los navíos para facer guerra sobre el mar: e ha tan grand poder quando va en flota, que es assi como hueste mayor, o en el otro armamiento menor que se face en lugar de cabalgada como si el rey mismo y fuese.”; http://ficus.pntic.mec.es/jals0026/documentos/textos/7partidas.pdf; Salazar de Mendoza, Dignidades de Castilla, op. cit., Lib. II, cap. XVI.

49.-La crónica refiere muy por menor ésta señalada acción de Garci-Pérez, y como al verle el rey desde su tienda en aquel empeño le decía Lorenzo Juárez: “Dejarle, señor, que es Garci-Pérez de Vargas, y para el pocos son siete moros.” Cromberger, Crónica del santo rey, op. cit., cap. XLVIII.

50.-Ibid, cap. LIII. La torre del Oro. Fue levantada en el primer tercio del siglo XIII, en los postreros momentos de los reinos de Taifas. Su nombre en árabe era Borg-al-Azajal, que venía a expresar, que el revestimiento de azulejería dorada que destellaba al sol era como el oro y se reflejaba en el río dañando la vista. Abu-l-Ula fue el gobernador almohade que en 1220 la mandó edificar para defender la ciudad. Cerró también la entrada al puerto con una gruesa cadena que cruzaba el río y se sujetaba en otra torre (ya inexistente) en la orilla de Triana. Esta cadena fue la que partieron los marinos de Ramón Bonifaz en 1248 con la flota de la Reconquista. Es un esbelto poliedro sobre la base de un dodecágono de tres cuerpos. La obra es de sillería y su interior corresponde a su elegante arquitectura. La crónica de San Fernando hace mención de ella, diciendo que, “es de muy gentil arte labrada y muy fuerte, y es fundada sobre agua… ¿pues qué diremos de la torre de Santa María y de sus noblezas y hermosura?tiene en anchura 6 brazas y 240 en altura…la escalera por donde suben a ella ancha y tan llana y tan bien compasada, que los reyes y reinas y grandes señores que a ella quieren subir a mula o a caballo, pueden muy bien subir hasta encima. Y encima de la torre esta otra que tiene ocho brazas en alto, hecha de maravilloso arte, y encima de ella están cuatro manzanas una sobre otra, que es cosa increíble a quien no la vido…tiene doce canales, cada una de ellas es de cinco palmos de ancho, que cuando la metieron en la ciudad no pudo caber por la puerta, y fu menester que quitasen las puertas, y que ensanchasen la entrada para metella. Quando el sol da en estas manzanas resplandecen tanto, que se ven de más lejos que una jornada.” Es la famosa torre de la Giralda, así llamada por la grande estatua de la Fe que le sirve hoy de veleta giratoria, que fue colocada en el siglo XVI en lugar de las cuatro bolas doradas de que habla la crónica, las cuales derribó un fuerte terremoto el 21 de agosto de 1396. http://www.andalunet.com/monumentos/fichas/torre_oro.htm

51.-Durante el asedio de Sevilla en 1248,los musulmanes utilizaron cañones en forma defensiva en al-Ándalus, así como durante el asedio de Niebla en 1262, donde se informó que los defensores almohades empleaban máquinas que eyectaban piedras y fuego acompañadas por ruidos atronadores. Algunos historiadores españoles consideran que esta fue la primera vez que se utilizó la pólvora durante una batalla en la península Ibérica, Francisco Javier Fernández Conde, La España de Los Siglos XIII Al XV: Transformaciones el Feudalismo Tardío, Nerea, 2004, pg. 35. Otro historiador español, Juan de Mariana, recordó un nuevo uso de cañones durante la conquista de Algeciras en 1342: “Los sitiados causaron gran daño a los cristianos con las balas de hierro que disparaban. Esta es la primera vez que hallamos mención de la pólvora y balas en nuestra historia.”, Mariana, Juan de, Historia general de España, 2 volúmenes, Madrid, 1608, ii, 27; Navarrete, Martín Fernández de (1825–37) Colección de los viages y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV: con varios documentos inéditos concernientes á la historia de la marina castellana y de los establecimientos españoles en Indias, 5 vols., Madrid: Imprensa Real. v.1 (1825), v.2 (1825), v.3(1829), v.4 (1837), v. 5 (1837).

https://es.wikipedia.org/wiki/Ca%C3%B1%C3%B3n_medieval

Tenían los moros dice la Crónica “tan recias ballestas, que de bien lejos  hacían mortales tiros que pasaban el caballero armado de las más fuertes armas, y a donde iba a parar el cuadrillo entraba todo debajo de la tierra.” Cuadrillos, llamaban a las saetas cuadradas y sin aletas.

52.-Cromberger, Crónica…op. cit. Cap. LXXIV. “Este noble rey don Fernando estableció calongías e dignidades muy honradas a la honra de la Vírgen Nuestra Señora Santa María, cuyo nombre la Santa Iglesia tiene. Dótola de muy ricos heredamientos de villas y lugares muy ricos y otras muchas y grandes riquezas.”

53.-Ruiz Moreno, Manuel Jesús, La Conquista de Sevilla, 1248, Madrid Almena Ediciones,, 2015; Morgado, Alonso, Historia de Sevilla, Sevilla, Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos de Sevilla, 1981; Costas Rodríguez, Jenaro, Fernando III a través de las crónicas medievales, Zamora, Excmo. Ayuntamiento de Zamora, Centro de la UNED de Zamora, 2001: https://bibliotecadigital.jcyl.es/i18n/catalogo_imagenes/grupo.cmd?path=10079821

54.-Don Sancho no se hallaba allí, sino en Toledo, de donde ra arzobispo electo, como don Felipe lo era de Sevilla.

55.-Aunque la santidad de este rey era públicamente reconocida y aun se le daba culto como santo, no fue solemnemente canonizado hasta 1671 por l papa Clemente X.

56.-Cromberger, Crónica del santo rey, op. cit., caps. LXXVI a LXXXVIII.

57.-Aunque la santidad de este rey era públicamente reconocida y aun se le daba culto como santo, no fue solemnemente canonizado hasta 1671 por l papa Clemente X.

58.-Cromberger, Crónica del santo rey, op. cit., caps. LXXVI a LXXXVIII.

59.-Menéndez Pidal, Ramón, Primera crónica general: estoria de España que mandó componer Alfonso el Sabio y se continuaba bajo Sancho IV en 1289, Madrid, Bailly-Bailliére, 1906; Primera crónica general de España que mandó componer Alfonso el Sabio y se continuaba bajo Sancho IV, Madrid, Gredos, 1955.

60.-En la noticia y método real escrita por el egipciano Alamreo, secretario del rey de Egipto Almalek Alsalehi, en 1249, describieron varios instrumentos militares usados por los árabes, dicen que arrastraban unas bocas de fuego donde encendían pólvora, y con cuyo medio hacían un ruido horrendo a manera del trueno, y vomitando fuego lo rompían todo, lo encendían y lo reducían a cenizas. Schelab Aldino, autor geográfico que floreció antes de mediado el siglo 13, hace mención de la Artillería entre los árabes. Salas, Don Ramón de, Memorial Histórico de la Artillería Española, Madrid, Imprenta que fue de García, calle de Jacometrezo n° 15, 1831.

61.-Menéndez Pidal, Crónica de Alfonso X, cap. VI, op. cit.

62.-Este fue uno de los muchos matrimonios de los reyes cristianos de la edad media que produjeron disturbios en lo político y escándalos en lo moral. Declarado legítimo por l papa a instancia de la condesa Matilde el matrimonio con Alfonso de Portugal, y notificado éste para que se apartase de Beatriz, como se negasen los dos a obedecer el mandamiento pontificio, fueron excomulgados y puestos en entredicho en cualquier lugar en que se hallasen. En tal estado permanecieron, hasta que muerta la condesa en 1262, suplicaron los prelados de Portugal al papa Urbano IV se condoliese de la miserable situación de aquel reino, y qu se dignase dispensar los dos impedimentos y nulidades del segundo matrimonio, confirmando y declarando legítimos los hijos que de él habían nacido y naciesen, absolviendo de la excomunión, tanto a los príncipes como a los vasallos. Faria y Sousa, Manuel de, Historia del Reino de Portugal dividido en 5 partes, Bruselas, en casa de Francisco Foppens, 1730, t. III.

63.-El Rey Teobaldo I de Navarra llamado el Trovador, por su afición a la poesía provenzal y a la gaya ciencia, y célebre por su poética pasión a la reina doña Blanca de Castilla, mujer de Luis VIII de Francia y madre de San Luis, se había unido en 1239 a la cruzada que partió de Francia para rescatar el Santo Sepulcro, de cuya expedición fue nombrado jefe. Aquella empresa se malogró por las disensiones de los cruzados, que se volvieron a Francia en 1240. Después Teobaldo tuvo varias diferencias con el obispo de Pamplona, que apoyado por la Santa Sede, le excomulgó a él y a su reino. El rey hubo de ceder, y se alzó el anatema para cuando diese satisfacción al prelado ofendido; pero el monarca, no satisfecho con esto, hizo un viaje a Roma para obtener la absolución del santo Padre. Lafuente, Modesto, Historia de España, op. cit., p. 120.

64.-Mondéjar, Gaspar Ibáñez de Segovia Peralta y Mendoza, Marqués de, 1628-1708, Memorias históricas del Rei d. Alonso l Sabio, i observaciones a si chronica, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 2008; Moret, Joseph de, Annales del Reyno de Navarra, Pamplona, Francisco Antonio de Neyra, impresor del Reyno, 1704, t. III, lib. XXI.

65.-Según la crónica de don Alfonso el Sabio, hablan de otra causa anterior que desavino a los reyes de Aragón y de Castilla. Dicen que disgustado Alfonso X de que su esposa doña Violante en seis años de matrimonio no le hubiese dado sucesión (cuya esterilidad debía consistir en la reina, puesto que el rey tenía ya hijos bastardos), determinó divorciarse de ella, y pidió al rey Haquino de Noruega le diese por esposa a su hija Cristina; que éste se la otorgó, y la princesa vino a España: más cuando llegó a Castilla, había dado la reina doña Violante síntomas ciertos de próxima maternidad. Comprometido era el caso para el rey don Alfonso, que cesando el motivo de repudiar a su esposa quería volverse a ella: el no hacerlo era acabar de enojar al rey de Aragón su suegro, y haciéndolo desairaba de una manera bochornosa al rey de Noruega, y a su hija. Alfonso halló medio de salir del paso, casando a la princesa extranjera su prometida, con su hermano don Felipe, abad de Valladolid y arzobispo electo de Sevilla, que la aceptó sin inconveniente, y renunciando a la clerecía se casó con ella, quedando todos contentos, menos la novia que murió al poco tiempo de melancolía, pensando en que era sólo princesa habiendo venido a España a ser reina.

     El ilustrado marqués de Mondéjar, en sus Memorias históricas, hace ver de un modo convincente la falsedad de este caso, tal como la Crónica y los historiadores que la han seguido lo cuentan. Es cierto que la princesa Cristina de Noruega casó con el infante don Felipe de Castilla, el cual renunció para ello al sacerdocio y al episcopado por el que había sido electo; pero ni esto se realizó en la manera y tiempo que otros autores han dicho, sino algunos años más tarde, ni la princesa fue buscada por el rey Alfonso para esposa suya, ni vino en 1254 por el motivo que alegan, puesto que en 1253 había dado ya a luz la reina doña Violante a la infanta Berenguela, prueba bien patente de fecundidad, de que tantas otras dio después. Pueden verse las razones y los documentos auténticos en que se apoya esta rectificación, en dichas Memorias históricas, en Mondéjar, op. cit. y en Flórez, Reinas Católicas, op. cit., t.

66.-El Rey Teobaldo I de Navarra llamado el Trovador, por su afición a la poesía provenzal y a la gaya ciencia, y célebre por su poética pasión a la reina doña Blanca de Castilla, mujer de Luis VIII de Francia y madre de San Luis, se había unido en 1239 a la cruzada que partió de Francia para rescatar el Santo Sepulcro, de cuya expedición fue nombrado jefe. Aquella empresa se malogró por las disensiones de los cruzados, que se volvieron a Francia en 1240. Después Teobaldo tuvo varias diferencias con el obispo de Pamplona, que apoyado por la Santa Sede, le excomulgó a él y a su reino. El rey hubo de ceder, y se alzó el anatema para cuando diese satisfacción al prelado ofendido; pero el monarca, no satisfecho con esto, hizo un viaje a Roma para obtener la absolución del santo Padre. Lafuente, Modesto, Historia de España, op. cit., p. 120.

67.-Mondéjar, Gaspar Ibáñez de Segovia Peralta y Mendoza, Marqués de, 1628-1708, Memorias históricas del Rei d. Alonso l Sabio, i observaciones a si chronica, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 2008; Moret, Joseph de, Annales del Reyno de Navarra, Pamplona, Francisco Antonio de Neyra, impresor del Reyno, 1704, t. III, lib. XXI.

68.-Según la crónica de don Alfonso el Sabio, hablan de otra causa anterior que desavino a los reyes de Aragón y de Castilla. Dicen que disgustado Alfonso X de que su esposa doña Violante en seis años de matrimonio no le hubiese dado sucesión (cuya esterilidad debía consistir en la reina, puesto que el rey tenía ya hijos bastardos), determinó divorciarse de ella, y pidió al rey Haquino de Noruega le diese por esposa a su hija Cristina; que éste se la otorgó, y la princesa vino a España: más cuando llegó a Castilla, había dado la reina doña Violante síntomas ciertos de próxima maternidad. Comprometido era el caso para el rey don Alfonso, que cesando el motivo de repudiar a su esposa quería volverse a ella: el no hacerlo era acabar de enojar al rey de Aragón su suegro, y haciéndolo desairaba de una manera bochornosa al rey de Noruega, y a su hija. Alfonso halló medio de salir del paso, casando a la princesa extranjera su prometida, con su hermano don Felipe, abad de Valladolid y arzobispo electo de Sevilla, que la aceptó sin inconveniente, y renunciando a la clerecía se casó con ella, quedando todos contentos, menos la novia que murió al poco tiempo de melancolía, pensando en que era sólo princesa habiendo venido a España a ser reina.

     El ilustrado marqués de Mondéjar, en sus Memorias históricas, hace ver de un modo convincente la falsedad de este caso, tal como la Crónica y los historiadores que la han seguido lo cuentan. Es cierto que la princesa Cristina de Noruega casó con el infante don Felipe de Castilla, el cual renunció para ello al sacerdocio y al episcopado por el que había sido electo; pero ni esto se realizó en la manera y tiempo que otros autores han dicho, sino algunos años más tarde, ni la princesa fue buscada por el rey Alfonso para esposa suya, ni vino en 1254 por el motivo que alegan, puesto que en 1253 había dado ya a luz la reina doña Violante a la infanta Berenguela, prueba bien patente de fecundidad, de que tantas otras dio después. Pueden verse las razones y los documentos auténticos en que se apoya esta rectificación, en dichas Memorias históricas, en Mondéjar, op. cit. y en Flórez, Reinas Católicas, op. cit., t. II.

69.-El instrumento de esta cesión, de que no hacen mérito nuestros historiadores, le produjo al arzobispo Pedro de Marca, según se conserva en el archivo de Burdeos, metrópoli de la Gascuña, y lo ha reproducido el marqués de Mondéjar en sus Memorias. Está fechado en Burgos a 1° de noviembre de 1254, y lo firman don Alfonso, señor de Molina, hermano del rey, y los infantes don Enrique, don Fadrique, don Manuel, don Fernando, don Felipe, electo arzobispo de Sevilla, don Sancho, electo de Toledo, y el arzobispo de Compostela.

70.-Caballerías, se compone de 384 varas de largo y 192 de ancho. Son tierras para sembrar.

71.-Heredamientos, Capitulación o pacto, comúnmente con ocasión de matrimonio, en que, según el régimen de algunas regiones, se promete la herencia o parte de ella, o se dispone, por acto entre vivos, la sucesión.

72.-Señoríos, señorío es el nombre que recibe el dominio o la potestad de un señor. El concepto también hace referencia al territorio que pertenece a esta persona y al estatus o dignidad que goza.

73.-Mondéjar, Memorias, op. cit., caps. Xxxi, xxxii y xxxiv.

74.-Es notable este documento, así por su contenido, como por la idea que da de la gran reputación que por aquellas tierras gozaba el monarca de Castilla. Lo publicó Fernando Ughel del archivo de Florencia, a donde se trasladó el de Pisa. Empieza así: “En nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén. Porque el Común de Pisa, toda Italia, y casi todo el mundo os reconoce a vos el excelentísimo, invictísimo y triunfante señor Alfonso, por la gracia de Dios rey de Castilla, de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Murcia y de Jaén, por el más excelso sobre todos los reyes que son o fueron nunca en los tiempos dignos de memoria…y saben también que amaís más que todos la paz, la verdad, la misericordia y la justicia: y que sois el más cristianísimo y fiel de todos….y sabiendo que vos habeís nacido de la sangre de los duques de Sabia, a cuya casa por privilegio de los príncipes, y por concesión de los pontífices de la Igesia romana es notorio pertenece digna y justamente el imperio…etc”. Sigue el acta de reconocimiento y de homenaje hecho por el síndico Bandino Lanza a nombre de la república, con expresión de los que fueron testigos y testimonios del notario.

75.-Pueden verse los documentos relativos a este acto publicadospor Ughel, y copiados por Mondéjar en sus Memorias, en los últimos capítulos del libro II.

76.-Los electores de Ricardo habían sido los arzobispos de Maguncia y de Colonia, y el duque de Baviera, conde palatino: los de Alfonso fueron el arzobispo de Tréveris, el duque de Sajonia, el marqués de Brandeburgo y el rey de Bohemia.

77.-Anduvieron en aquella decisión tan discordes los cardenales para la elección de papa, que habiendo muerto Clemente IV a finales de noviembre de 1268, no se nombró jefe de la iglesia hasta septiembre de 1271, y para esto fue menester que se resolvieran a encerrarse en el palacio de Viterbo, con propósito de no salir de allí hasta haber elegido pontífice, de cuyo acuerdo tuvo origen la reclusión del conclave que desde entonces se ha observado invariablemente.

78.-Le Bas, Mr. PH., Historia de la Alemania, traducida al castellano por Una Sociedad Literaria, Barcelona, Imprenta del Liberal Barcelonés, 1841, tomo 2.

79.-Este Rodolfo de Habsburgo fue el jefe de una dinastía que dio multitud de emperadores a Alemania.

80.-Las dos armas principales con que las cortes de la antigua Corona de Aragón sostenían su poder parlamentario eran:

       I.          La votación de los subsidios a la Corona y

     II.          La satisfacción y enmienda que pedían de los desafueros cometidos por el rey o sus oficiales.

Luego que se reunían, el monarca presentaba su proposición (a semejanza de lo que hoy decimos el discurso del trono) y enseguida cada brazo exponía las quejas o agravios, que hubiese recibido del poder real desde la anterior legislatura, pidiendo la satisfacción correspondiente. En estas cortes llevado don Jaime del deseo de socorrer cuanto antes a su yerno el rey de Castilla, no solamente quiso prescindir de esta formalidad, sino que ni siquiera pedía consejo, sino subsidio,  como él mismo lo declaró, y lo dejó escrito en sus Comentarios con estas notables palabras: “pero no creaís que a ninguna de ellas (a las corts) les pida consejo en este negocio, porque no en todos los que a ellas concurren hay siempre tanto saber y valor como se requiere, y nos consta ya por experiencia, que resultan siempre encontrados sus pareceres, cuando se los pedimos acerca de algún negocio de importancia; lo que sí haré será proponerles el asunto y suplicarles que en él me ayuden y favorezcan, ya que no puedo dejar el tomarlo a mi cargo, etc.” Esta fue la causa de las desavenencias del rey con las cortes y los ricos-hombres hasta venir a formal rompimiento.

81.-Mondéjar, Memorias, op. cit., libro IV, capits. XXII al XXX; Menéndez Pidal, primera crónica general…, op. cit., caps. XIV y XV.

Salazar y Castro, don Luís de, Historia genealógica de la Casa de Lara: justificada con instrumentos y escritores de inviolable fe, Madrid, Imprenta Real, por Mateo de Llanos y Guzmán, 1696, XX tomos; Sánchez de Mora, Antonio, Nuño González de Lara: “El más poderoso omne que señor ouise e más honrado de Espanna”. Historia, instituciones, documentos (Sevilla: Universidad de Sevilla) (31): 631-644. Consultado el 10 de marzo de 2017.

Desnaturarse, entregar al rey los castillos y honores que por merced suya tenían, perdiendo sus derechos y privilegios, pero quedando libres para poder servir a quien quisiesen sin nota de haber faltado a la obligación del vasallaje debido a su señor natural.

Los Merines. Fundaron un imperio en África, eran originarios de los zenetas, y estaban agraviados de don Alfonso de Castilla, porque no había reprimido a los marinos de Sevilla que andaba al corso en la costa de África. Benimerines, mariníes, meriníes, Mérinides o merínidas (1244-1465) es el nombre castellanizado que reciben los Banu Marin, miembros de un Imperio de origen bereber Zenata cuyo núcleo fundamental estaba en el norte del actual Marruecos. Durante los siglos XIII y XIV, los Benimerines también controlan, brevemente, algunas partes de Andalucía y de la zona este del Magreb. Surgieron tras la caída del Imperio almohade y fueron reemplazados por la dinastía Wattásida. Fueron fundadores del barrio Jdid en Fez, que convirtieron en su capital y donde también construyeron muchos monumentos.

Notable y curioso es el epitafio que su hijo hizo inscribir en letras de oro en su sepulcro de alabastro: Este es el sepulcro del sultán alto, fortaleza del Islam, decoro del género humano, gloria del día y de la noche, lluvia de generosidad, rocío de clemencia para los pueblos, polo de la secta, esplendor de la ley, amparo en la traición, espada de verdad mantenedor de las criaturas, león en la guerra, ruina de los enemigos, apoyo del Estado, defensor de las fronteras, vencedor de las huestes, domador de los tiranos, triunfador de los impíos, príncipe de los fieles, sabio adalid del pueblo escogido, defensa de la fe, honra de los reyes y sultanes, el vencedor por Dios…, ensálcele Dios al grado de los altos y justificados, y colóquele entre los profetas justos, mártires y santos…-

82.- Conde part. IV, cap. IX- Crón de don Alfonso el Sabio, cap. LV.

83.- Conde, part. IV, cap. X.- Crónica de don Alfonso el Sabio, caps. LV a LXV. -Bleda, Crónica de los Moros, Libro IV.- Argote de Molina, Nobleza de Andalucía, Sevilla, 1588, Li. II.; Marqués de Mondejar, Memorias históricas del rey don Alonso el sabio, 1777, lib. V, caps. XVII a XXXI.

84.- “Por esta causa, según Marsilio escribe, se decía aún en su tiempo por los de Játiva, el martes aciago.”

85.- Ramón Muntaner, Crónica de Muntaner, cap. XXVIII.

86.- Este hecho que apunta Raynald en sus Anales eclesiásticos., y sobre el cual guardó Zurita un prudente silencio, le refiere Mariana con alguna extensión (Libro XIII, cap. Vi). Parece, pues, que aquel prelado reveló al papa Inocencio IV lo que bajo el secreto de la confesión le había confiado don Jaime acerca de la palabra de casamiento que había dado a doña Teresa Gil de Vidaure, con quien traía pleito sobre esto en Roma. Noticioso de ello el monarca, mandó arrancar la lengua al obispo, por cuyo acto de inhumanidad el pontífice excomulgó al rey y puso en entredicho al reino. Más como don Jaime manifestara el mayor arrepentimiento, y pidiera penitencia, el papa facultó a dos legados para que pudiera reconciliarse con la Iglesia; y en una junta de obispos que se celebró en Lérida, y en la cual se presentó el rey, alzóse la censura y se absolvió.

87.- Tuvo en efecto  don Jaime relaciones  amorosas con varias señoras; entre ellas fue la más notable doña Teresa Gil de Vidaure, a quién, según graves autores, había dado antes palabra de casamiento; más habiéndola repudiado lo movió ella a litigio, en que llegó a tener sentencia favorable, si bien no logró que el rey hiciese vida marital con ella, aunque la llama reina algunos historiadores; lo que hizo fue legitimar sus hijos, que fueron don Jaime, señor de Exérica, y don Pedro, señor de Ayerbe.

De una señora de la casa de Antillón, cuyo nombre no conocemos, tuvo a don Fernán Sánchez, a quien dio la baronía de Castro, y de quien tuvo origen la ilustre casa de este apellido.

De otra señora aragonesa, llamada doña Berenguela, tuvo otro hijo natural, que fue don Pedro Fernández, a quien dio la baronía de Hijar, y de él procedieron los de linaje de la casa de Hijar.

Tuvo además otra amiga, llamada doña Guillerma de Cabrera, de quien no se sabe dejase hijos. -Archivo de la Corona de Aragón, núm. 1304 de la colección de pergaminos.

Sus hijos legítimos fueron: de doña Leonor de Castilla, don Alfonso, que murió en 1260; de dola Violante de Hungría, don Pedro que le sucedió en la Península; don Jaime, rey  de Mallorca; don Fernando, que murió niño; don Sancho, arzobispo de Toledo; doña Violante, reina de Castilla, mujer de don Alfonso el Sabio; doña Constanza, esposa del infante don Manuel, hermano del rey don Alfonso; doña Sancha, que abrazó la vida religiosa y murió en Jerusalén asistiendo a las enfermas de los hospitales; doña María, religiosa también; y doña Isabel, reina de Francia, esposa de Felipe III el Atrevido.

88.- Archivo de la Corona de Aragón. Testamento de don Jaime I.- Zurita, Anales, Libro III, capítulo CI.

89.- Primera Crónica General. Estoria de España de Alfonso X el Sabio. A comienzos del siglo XX, y gracias al empeño de don Ramón Menéndez Pidal, vio la luz la primera edición crítica de la capital obra de Alfonso X Estoria de España, publicada en dos volúmenes bajo el título de Primera Crónica General que mandó componer Alfonso el Sabio y se continúa bajo Sancho IV en 1289 (Madrid, 1906). De ella, se realizarían con el tiempo dos reimpresiones (en 1955 y 1977), con materiales complementarios añadidos.

Hoy sabemos que el texto editado por Menéndez Pidal se corresponde con los códices E1 y E2, (E1, manuscrito Y-I-2 y E2, manuscrito X-I-4) de la biblioteca de San Lorenzo de El Escorial, esto es: una combinación de la conocida como Versión primitiva (hasta Pelayo) más la Versión amplificada sanchina (con interpolaciones), con el añadido final de la tardía Crónica particular de san Fernando (CPSF). Concluye pues con el reinado de Fernando III. La CPSF fué compuesta a finales del reinado de Fernando IV (1295-1312), inspirada en la Vida de San Luis de Joinville (1309). Es una glorificación de las virtudes guerreras de Fernando III al que se le califica por primera vez en una fuente escrita con santo y aporta información sobre el cerco y conquista de Sevilla.

Su tomo I, cuya edición se presenta, consta de casi 800 páginas. Ha sido digitalizado por la Biblioteca Digital de Castilla y León.

https://www.boe.es/biblioteca_juridica/publicacion.php?id=PUB-LH-2022-258

90.- La Crónica no dice más sino “porque supo algunas cosas del infante don Fadrique, su hermano…” Pero hay muchas razones para creer que el motivo de aquella terrible ejecución fue el que hemos indicado, y así opinan Mondéjar, Zurita y otros autores.

91.- Cron. del rey don Sancho el Bravo, cap. 1. – Los escritores árabes ponen la respuesta en estos términos: «Que estoy dispuesto a lo dulce y a lo agrio, que elija lo que quiera.» Conde, part. VI, capítulo 12.

https://filosofia.org/his/laf/p203c04.htm

92.- El infante había casado con doña María Díaz, hija de don Lope, desde cuyo tiempo se los ve andar unidos.

93.- Mariana lo cuenta enteramente al revés de cómo pasó. Después de decir que «al rey mas agradaban los prudentes consejos con razón, que los arriscados aunque honrosos, y no todas veces de provecho,» lo cual es enteramente opuesto al genio y carácter de Sancho el Bravo, añade: «Así contento de fortificar y bastecer aquella ciudad se tornó a Sevilla, sin embargo que los soldados se quejaban porque dejaba ir al enemigo de entre manos, y con ansia pedían los dejasen seguille, hasta amenazar que si perdían esta ocasión, no tomarían más las armas para pelear; mas el rey inclinado a la paz no hacía caso de aquellas palabras.» Mariana, libro XIV, cap. 9.

No sabemos de dónde pudo tomar Mariana esta especie tan en contradicción con lo que dice la Crónica. «Y el rey don Sancho como era ome de gran  corazón, comenzó a porfiar y tenerse con aquellos... que se querían ir a batalla...» Refiere como se opusieron el infante don Juan y don Lope, y añade: «Y como quier que el rey les hizo muchas pleytesias porque fueran con él a aquella batalla... nunca el infante don Juan y don Lope lo quisieron consentir, más antes dijeron que si se non viniese con ellos, que ellos se vernian. Y desque el rey vio que los non podia llevar a la batalla... óvose de tornar para Sevilla.»  Crón., cap. 2.

Los historiadores árabes hacen más justicia a don Sancho que el padre Mariana. «No quiso (Abu Yacub) aventurar una batalla con aquella gente tan osada, conducida por un rey joven y belicoso, lleno de esperanzas y sin género de temor.» Conde, part. IV, cap. 12.

94.- «Llególe mandado al rey, dice la Crónica, en como este abad don Gómez García finara en Toledo, y plúgole ende mucho.»– Y aun fue maravilla que buscara un cargo o motivo legal para perder al desdichado abad, porque la manera rápida y brusca con que solía don Sancho hacer justicia por su propia mano, correspondía bien al sobrenombre de Bravo con que le designa su historia. Como un día un caballero de Asturias hubiese proferido a su presencia palabras que ofendían a uno de sus merinos, tomó el rey un palo a uno de los monteros que con él estaban, y descargole con tal furía sobre el caballero asturiano, que le derribó casi muerto a sus pies. Así, dice la Crónica, «escarmentaron en tal manera todos, que de allí adelante no se atrevió ninguno a embargar la justicia a los sus merinos.» Cron. de don Sancho el Bravo, cap. 3.

Habiendo sabido que doña Blanca de Molina, hermana de la reina, trataba de casar su hija Isabel con el rey de Aragón, mandó encerrar a doña Blanca en el alcázar de Segovia, hasta que pusiese en su poder a su hija, y pudiera él casarla dentro del reino, para que no pasara el señorío de Molina a Aragón. De este modo hacia justicia don Sancho el Bravo. Ibid.

95.- Crón., cap. 1.

96.- Cron. de don Sancho el Bravo, cap. 5.

97.- Ibid., cap. 6.

98.- Es curioso, aunque no consolador ciertamente, ver cómo en una época tan apartada y todavía tan ruda, se falsificaban ya las cartas, firmas y sellos. La crónica nos da noticia de un Fernán Pérez, natural de Úbeda, que enseñó al rey varias cartas de ricos-hombres y caballeros de Castilla por las que parecía estar en convivencia con su sobrino don Alfonso de la Cerda en Aragón. Pero un hombre que este Fernán Pérez traía consigo, resentido de que no le diera participación en las mercedes que el rey le hacía, le denunció como falsificador, diciendo que aquel hombre «con sabiduría falsa por querellos hacer perder todos hiciera sellos falsos de cada uno dellos, y que él se hiciera las cartas quales él quisiera nombrando que las enviaban ellos a don Alfonso, y que los sellos que hiviera que los trayia consigo. E quando el rey esta razón oyó aquel ome plugole ende, y mando prender luego a aquel Fernán Pérez y halláronle los sellos hechos de los ricos omes y de los mas señalados de su reyno... e veyendo (el rey) la falsedad con que este Fernán Pérez andaba, mandolo matar.» Cron. de don Sancho el Bravo, cap. 8.

99.- Cron. de don Sancho el Bravo, cap. 6 al 9.

100.- Conde, part. IV., cap. 12. Cron. de don Sancho, cap. 9.

101.- «Dijo (son las palabras de la Crónica) que antes quería que le matasen aquel hijo y otros cinco si los toviese que non darle la villa del rey su señor de que le hiciera omenage.» Cap. 10.

102.- Los árabes de Conde consignan también este hecho glorioso del célebre Guzmán. Part. IV, cap. 13.

103.- Diez y seis, dice equivocadamente Romey. El infante fue preso en 1269.

104.- Tuvo don Sancho el Bravo de doña María de Molina cinco hijos legítimos y dos hijas: don Fernando que le sucedió en el reino, don Alfonso que murió poco antes que su padre, don Enrique, don Pedro, don Felipe, doña Isabel y doña Beatriz. Fuera de matrimonio tuvo otros tres hijos, Violante, Teresa y Alfonso. – Flórez, Rein. Catól. tom. II.

https://filosofia.org/his/laf/p203c04.htm

 

https://monedamedieval.es/portfolio-items/momeca-s8-1-sancho-iv-sellos

105.- Discurso preliminar. Tomo 1. Pág. 97.

106.- «Como quier, dice la Crónica, que los ricos-omes, infanzones y caballeros hijosdalgo vivían en paz y en sosiego con él, pero él con grandeza de corazón y por los tener más ciertos para su servicio, quando los oviese menester, acrecentólos quantias mucho mas de quanto las tenían en tiempo del rey don Fernando su padre: e otrosí de las sus rentas dió a algunos dellos mas tierra, y a otros que hasta allí no la tenían dióles tierras de nuevo..

107.- Zurita, Anal., lib. III, capítulo 75.

108.- Cron. pág. 29 y 30.

109.- Ley 5.ª, tít. 15, Part. II.

110.- Ley 2.ª, tít. 15, Part. II.

111.- Tomo III de nuestra historia, cap. 15.

112.- «Tovieron por derecho quel señorio del regno non lo oviesse sinon el fijo mayor después de la muerte de su padre... ca por escusar muchos males que acaescieron, posieron quel señorío del regno heredasen siempre aquellos que veniesen por liña derecha, et por ende establecieron que si fijo varon hi non oviese, la fija mayor heredase el regno...» Ley 2.ª, tít. 15, Part. II.

113.- Tenemos a la vista para estas noticias y las que siguen, los cuadernos de cortes publicados por la Academia de la Historia, los Opúsculos de don Alfonso el Sabio, su Crónica, los Anales de Sevilla de Zúñiga, la Teoría de las cortes de Marina, su Ensayo histórico crítico sobre la antigua legislación, los documentos publicados por Asso y Manuel, las historias particulares de Segovia, Palencia, León, Valladolid, Ávila y otras ciudades de Castilla.

114.- Probaremos más adelante que la alcabala era conocida en tiempo de don Alfonso el Sabio, y que no comenzó en el de Alfonso el Onceno, como generalmente se cree.

115.- Colmenares, Hist. de Segovia.

116.- Pueden verse las leyes 5.ª, 6.ª y 7.ª del tít. 7, Part. V.– El señor Canga Argüelles en su Diccionario de Hacienda da muy útiles noticias sobre todas estas rentas e impuestos.

117.- En la colección diplomática del señor Avella, que existe inédita en la Academia de la Historia, se halla (en el tomo XVII) el arancel de derechos que se cree establecido por don Alfonso X para los puertos de Santander, Castro Urdiales, Laredo y San Vicente de la Barquera.

118.- Crónica de don Alfonso, pág. 15 y 16.

119.- Ley 27.ª tít. 5.° Parte I.

120.- Carta de Alfonso X al concejo y jueces de Badajoz, 21 de junio, 1270.

121.- Ley 21.ª, tít. 18, Part. III.

122.- Recuérdese el caso con el infante don Sancho. – Crón. p. 51.

123.- Publicado por la Academia de la Historia en este mismo año de 1851, en su Memorial Histórico, del tom. II de la colección del marqués de Valdeflores, en la Biblioteca Nacional, Cod. D. 94, folio 84.– El privilegio fue fecho en Sevilla a 19 de junio de 1262.

124.- He aquí las suscripciones y confirmaciones que llevaba este singular documento.

«Et nos el sobredicho rey don Alfonso, regnante en uno con la reina doña Violant mi mugier, et con nuestros fijos el infante don Fernando primero et heredero, et con el infante don Sancho, et con el infante don Pedro, et con el infante don Johan, en Castiella, en Toledo, en León, en Galicia, en Sevilla, en Córdoba, en Murcia, en Jaén, en Baeza, en Badalloz et en el Algarbe, otorgamos este privilegio, et confirmámoslo.– Don Aboabdille Abennazar, rey de Granada, vasallo del rey, confirmo.– Don Yugo, Duc. de Bergoña, vasallo del rey, conf.– Don Guy, conde de Flandes, vasallo del rey, conf.– Don Henrri duc. de Loregne, vasallo del rey, conf.– Don Alfonso, fijo del rey Johan Dacre, emperador de Constantinopla, et de la emperatriz doña Berenguela, conde Dó et vasallo del rey, conf.– Don Luis, fijo del emperador et de la emperatriz sobre dichos, conde de Belmont, vasallo del rey, conf.– Don Joan, fijo del emperador et de la emperatriz sobredichos, conde de Monfort, vasallo del rey, conf.– Don Abjufar, rey de Murcia, vasallo del rey, conf.– Don Gui, vizconde de Limoges, vasallo del rey, conf.– Don Martín, obispo de Burgos, conf.– Don Fernando, obispo de Palencia, conf.– Don Fray Martín, obispo de Segovia, conf.– La Eglesia de Sigüenza, vacat.– Don Agostrus obispo de Osma, conf.– Don Pedro, obispo de Cuenca, conf.– La Eglesia de Ávila, vacat.– Don Aznar, obispo de Calahorra, conf.– Don Fernando, obispo de Córdova, conf.– Don Adam, obispo de Placenzia, conf.– Don Pascual, obispo de Jaén, conf.– Don Fray Pedro, obispo de Cartagena, conf.– Don Perivañez, maestre de la Orden de Calatrava, conf.– Don Remondo, arzobispo de Sevilla, conf.– Don Nuño Gonzalvez, conf.– Don Alfonso López, conf.– Don Alfonso Tellez, conf.– Don Juan Alfonso, conf.– Don Gomez Roiz, conf.– Don Rodrigo Álvarez, conf.– Don Alonso de Molina, conf.– Don Phelipe, conf.– Don Joan, arzobispo de Santiago, canceller del rey, conf.– Don Martín, obispo de León, conf.– Don Pedro, obispo de Oviedo, conf.– Don Suero, obispo de Zamora, conf.– Don Pedro, obispo de Salamanca, conf.– Don Pedro, obispo de Astorga, conf.– Don Domingo, obispo de Cibdat, conf.– Don Miguel, obispo de Lugo, conf.– Don Johan, obispo de Orense, conf.– Don Gil, obispo de Tuy, conf.– Don Nuño, obispo de Mondoñedo, conf.– Don Fernando, obispo de Coria, conf.– Don García, obispo de Silve, conf.– Don Fray Pedro, obispo de Badalloz, conf.– Don Pelai Pérez, maestre de la Orden de Santiago, conf.– Don Garci Fernandez, maestre de la Orden de Alcántara, conf.– Don Martin Núñez, maestre de la Orden del Temple, conf.– Don Gutier Suarez, Adelantado de León, conf.– La Merindad de Galicia, vagaz.– Don Pedro Guzmán, adelantado de Castilla, conf.– Maestre Juan Alfonso, notario del rey en León et arcediano de Santiago, conf.– Don Alfonso García, adelantado mayor de tierra de Murcia o del Andalucía, conf.– Yo Juan Pérez de Cibdad lo escrivi por mandado de Millan Pérez de Aellon en el onceno año que el rey don Alfonso regno.

125.- Memorias Históricas del rey don Alfonso el Sabio, lib. VII, capítulo 6.

126.- A estas cortes solo concurrieron los representantes de León, Castilla y Extremadura. – Cuadernos de cortes publicados por la Academia de la Historia.

127.- Pueden verse en el Prólogo de la Academia a la edición de las Partidas. – Las del P. Burriel, en su carta a don Juan de Amaya. – A nuestro juicio contesta victoriosamente a sus argumentos el ilustrado jurisconsulto español don Pedro Gómez de la Serna en su Introducción Histórica a las Partidas. Códigos españoles concordados y anotados, tom. II.– Sobre esta debatida cuestión puede también consultarse al doctor Salazar de Espinosa, a Marina, Llamas y otros doctos publicistas.

128.- La Serna, loc. cit.

129.- Es curioso este ordenamiento de las Tafurerías. El libro se encabeza así:

«Este es el libro que yo Maestre Roldan ordené e compuse en razón de las tafurerías por mandado del muy noble e muy alto sennor don Alfonso, por la gracia de Dios rey de Castiella, &c. Porque ningunos pleitos de dados, nin de las tafurerías, non eran escriptos en los libros de los derechos, nin de los fueros, nin los alcalles non eran sabidores, nin usaban, nin juzgaban dello, fiz este libro apartadamientro de los otros fueros, porque se judguen los tafures por siempre, porque se viede el descreer, e se escusen las muertes, e las peleas, e las tafurerías. E tobo por bien el rey, como sabidor e entendiendo todos los bienes que oviesen cada uno pena e escarmiento de descreer; e en los otros engannos que se facen, del qual ordenamiento e libro de títulos son estos que se siguen:

1.° De los que descreen de Dios.

2.° De los que juegan con dados de enganno.

3.° De los que juegan con es carpetas a enganno.

4.° De aquellos que saben fincar los dados.

5.° De aquellos que juegan con dados comunales a los juegos de partida.

6.° De los que juegan con dados de talla.

7.° De los que echan los dados a perder.

Siguen hasta 47 títulos o capítulos.

130.- Equivócase el señor Sempere y Guarinos sentando que no había sido la intención del rey don Alfonso publicar las Partidas como un nuevo código general, sino como una obra de instrucción. Lo que hubo fue que se estrellaron sus designios contra la anarquía social y contra el espíritu foral y de localidad que dominaba entonces.

131.- Don Nicolás Antonio les aplica el célebre dicho de Cicerón sobre las Doce Tablas, que eran superiores a todas las bibliotecas de los filósofos. Don Rafael Floranes dice que exceden en mérito a cuanto se ha escrito en España, y da la palma a Alfonso X de Castilla sobre Adriano, Teodosio y Justiniano; y el académico don José de Vargas Ponce, en el elogio social de este rey, premiado por la Academia española, dice que son el código más completo y metódico de cuantos se conocen: es también de los que suponen al rey autor de las Partidas.

132.- Ley 1.ª, tít. 46, Part. I.

133.- Ley 58, tít. 6.°, Part. I.

134.- Por lo mismo no vemos tantas innovaciones introducidas en la disciplina eclesiástica española como vio el señor Marina.

135.- Dio Alfonso X fueros a Aguilar de Campos, Trujillo, Soria, Cuellar, Luarca, Arciniega, Valderejo, Plasencia y otros varios pueblos.

136.- Es digna de notarse la definición que la ley de Partida da del tirano, y la pintura que hace de la tiranía, que no se haría ni más viva ni más enérgica en una época como la presente. «Tirano tanto quiere decir como señor cruel, que es apoderado en algún regno o tierra por fuerza, o por enganno o por traición: et estos tales son de tal natura, que después que son bien apoderados en la tierra, que la procomunal de todos.» Dice luego que usan con el pueblo tres géneros de artería. «La primera es que puñan que los de su señorío sean siempre nescios et medrosos, porque cuando atales fuesen, non osarien levantarse contra ellos, nin contrastar sus voluntades; la segunda, que hayan desamor entre sí, de guisa que non se fien unos dotros, ca mientra en tal desacuerdo vivieren, non osarán facer ninguna fabla contra él... la tercera razón es, que puñan de los facer pobres... et sobre todo siempre puñaron los tirados de astragar a los poderosos, et de matar a los sabidores, et vedaron siempre en sus tierras confradías et ayuntamientos de los homes...»

Y para que no se tenga solamente por tiranos a los usurpadores, sino también a los soberanos legítimos que abusan de su poder, añade: «Otrosi decimos, que maguer alguno hubiese ganado señorío de regno por alguna de las derechas razones que deximos en las leyes antes desta, que si él usase mal de su poderío en las maneras que dixiemos en esta ley, quel puedan las gentes decir tirano, en tórnase el señorío que era derecho en torcidero, así como dijo Aristóteles en el libro que fabla del regimiento de las cibdades et de los regnos.»– Ley 10, tít. 1.°, Part. II.

137.- Discurre el señor Tiknor, en su historia de la literatura española, sobre la especial circunstancia de haber escrito el monarca castellano estas Cántigas en dialecto gallego: y después de exponer que el gallego fue en su origen una lengua importante de la península y el primero que se desarrolló en el ángulo N. O. de España, concluye diciendo: «Qué razones tuvo para escoger este dialecto particular, y formular en él sus poesías, cuando conocía tan perfectamente el castellano; qué le movió a dejar mandado en su testamento que estas Cántigas se cantasen sobre su sepulcro en Murcia, país donde nunca se ha conocido el dialecto gallego, son cuestiones que hoy día es imposible dilucidar.» Tom. I, cap. 3.

138.- Entre otras obras que además se atribuyen o a mandamiento, o a su dirección o a su pluma, lo son, la Vida de San Fernando, el Libro de las Armellas o Tratado de la Esfera, el Cuadripartito de Tolomeo, y varias traducciones del árabe.

De lo de no creer en la alquimia dan testimonio la ley 13, tít. V. de la Partida II, la 4.ª del tít. IV, Part. VI y la 9.ª del libro VIII, Part. VII. En esta última dice, hablando del que face moneda falsa: «o que ficiesen alquimia, engañando los homes en facerles creer lo que non puede ser, segúnt natura...» De que se deduce, o que Alfonso se desengaño si alguna vez llegó a creer en la alquimia, o que no fue suyo el libro del Tesoro.

 

139.- Bonterwek, Sismondi, Ticknor, en las Hist. de la Literat. española.– Marina, ensayo histórico-critico, en el tom. IV. de las Mem. de la Acad. de la Historia.– Castro, Bibliot. españ., tom. I.– Mondejar, Mem. Histor.– Puibusque, Hist. comparada de las Literat. españ. y franc., y otros muchos.

140.- En el Libro del Tesoro, hablando del famoso alquimista Egipcio de Alejandría que le enseñó el arte de hacer oro, decía:

La piedra que llaman philosophal
Sabia facer, e me la enseñó.
Fizimosla juntos: después solo yo
Conque muchas veces creció mi caudal,
E viendo que puede facerse esta tal
De muchas maneras, mas siempre una cosa
Yo vos propongo la menos penosa,
Por mas excelente e mas principal.
Y en las Querellas exclamaba:
Como yaz solo el rey de Castilla
Emperador de Alemaña que foe... &c.

141.- De todos modos nos parecen, permítasenos la expresión, hasta ridículamente exagerados los encomios que le prodigó el erudito Vargas Ponce en su Elogio de don Alfonso el Sabio, premiado por la Academia española, no viendo en él sino virtudes, gracias y perfecciones, de que puede servir de muestra el siguiente trozo:

«Alguna vez, pues, había de tener lugar un hombre, cuya primera ocupación fue el estudio; un guerrero que sabía arrimar la espada; un príncipe todo para los suyos hasta olvidarse de sí; un rey que entre el polvo de la campaña, que entre los afanes del trono, se acordaba de las musas; un héroe, ni abandonado al furor de las conquistas, ni enervado en brazos de la ociosidad; un hombre grande, un guerrero afortunado, un príncipe completo, un rey cumplido, un héroe consumado, un Alfonso, en fin, gran político, gran general, gran monarca, por cualquier parte grande, ilustre, admirable. Al frente de sus ejércitos pasma su valor, su presencia de ánimo, su vigor, su constancia. En el solio admira su inexorable justicia, su tierna piedad, su cuidado en dar leyes, su celo en velar sobre la observancia, su atención al progreso de las ciencias... En el gabinete espanta su infatigable aplicación al despacho y a las letras, su fina política... En su vida privada se nota un hijo sumiso, un esposo fiel, un padre vigilante en formar de sus hijos reyes dignos de tal padre y de tal madre, y en todas partes y por todo luce su piedad, brilla su religión, y llena todos los números de un Alfonso el Sabio.»

Así se sacrifica la verdad histórica al afán de amontonar alabanzas. El Elogio de Vargas Ponce pudo, como discurso, parecer muy digno de premio a la Academia, aunque a nosotros no nos sea dado descubrir en él tanto mérito: como juicio crítico, nos es imposible, con la historia en la mano, conformarnos a é

 

142.- Real cédula de 1291, en Flórez, Esp. Sagr., tom. 16.

143.- Cortes de Valladolid de 1293 publicadas por la Real Academia de la Historia.

144.- Colección de documentos sobre las Provincias Vascongadas, tom. V, pág. 187.

145.-  Zúñiga, Anal. de Sevilla, pág. 147.

146.- Tomo II de nuestra historia, pág. 513.

 

https://filosofia.org/his/laf/p203c06.htm#kp15

147.- Que les quería demandar hijo (dice la Crónica de don Fernando IV) que la mujer que pariese hijo que pechase al rey doce maravedís, y que la que pariese hija que pechase seis maravedís.»

148.- La Crónica de don Fernando el IV, casi la única fuente que tenemos para los sucesos de este reinado, refiere los acontecimientos de que vamos dando cuenta con una prolijidad tan minuciosa y fatigante, que es menester no poco estudio para entresacar y resumir los hechos y resultados de alguna importancia, de entre el cúmulo inmenso de accidentes y la enmarañada madeja de tratos, de pláticas, de negociaciones, de alianzas y rompimientos, de avenencias y traiciones, de alternativas y revueltas, entre los muchísimos personajes, reinas, reyes, infantes, nobles, ciudadanos y concejos, bandos y partidos que figuraban y se movían sin cesar en tantos puntos cuantos eran los lugares del reino y en un estado de verdadera y completa anarquía.

149.- El ilustrado Romey, que muestra, no sabemos por qué, un decidido empeño en negar, o por lo menos en hacer dudar de las virtudes que todos nuestros cronistas e historiadores atribuyen a la reina doña María de Molina, incurre en bastantes equivocaciones en lo relativo a este reinado. Hablando, por ejemplo, de estas cortes de Medina, dice que las convocó la reina, no se sabe en virtud de qué derecho. «La reine doña María convoqua de son coté a Medina del Campo, on ne sait en certu de quel droit, les cortes de Castille et de León.» Hist. d'Espagne, tom. VII, pág. 489.– Si hubiera leído con atención la Crónica, hubiera visto que las Cortes fueron convocadas por el rey: «Y luego que el rey ovo entregado estos lugares a don Enrique, acordó con el infante don Juan, y don Juan Núñez, que hiciesen cortes en Medina del Campo.», Cap. 16.– «Los más de los concejos de las tierras enviaron a decir a la reina que si ella non lo mandasse que non vernían a estas cortes.», Cap. 17.

150.- «Y tan grandes acucias pusiera en poner recaudo en hecho de la reina, que todos cuantos dones y oro y plata ella tenía, todo lo vendió para mantener la guerra, assi que non fincó con ella mas de un vaso de plata con que bebía, y comía en escudillas de tierra.» Cron. de don Fernando IV, capítulo 17.

151.- Llamábase Abu Abdallah, cuyo sobrenombre fueron los españoles adulterando y corrompiendo en Abu-Abdillah, Bu-Abdill, Boabdil, y este fue el primer rey de Granada a quien se aplicó este nombre tan célebre en los romances castellanos.

152.- Este don Juan Manuel era hijo del infante don Manuel, y por consecuencia nieto de San Fernando, y tío de Fernando IV. Este personaje, uno de los más notables de la edad media española, había casado en 1300, siendo de edad de diez y ocho años, con Isabel, hija de don Jaime de Mallorca, la cual perdió al año siguiente. Mezclado activamente en todos los movimientos de guerra y de intrigas que señalaron el principio del siglo XIV, habíanle atraído a su parcialidad el infante don Juan don Juan Núñez de Lara. Fue de los que pasaron con don Diego de Haro a ofrecer sus servicios al rey de Aragón y a don Alfonso de la Cerda. En el tratado de Campillo se le dio el señorío de Villena: lo fue también de Peñafiel, y tuvo algún tiempo la mayordomía del rey Fernando. Adquirió más adelante gran celebridad como general y como poeta y romancero: fue autor del Conde de Lucanor, y de una crónica, que, aunque breve y sucinta, contiene útiles noticias sobre los sucesos de aquellos tiempos.

153.- Crónica de don Fernando rey Fernando el IV, cap. 55.

154.- Crónica, cap. 56.– Conde dice cinco mil doblas. Part. IV, cap. 14.

155.- Al Katib, en Conde, capítulo 15.– Otros hacen a el Nazar tío de Mohammed.

156.- No en Plasencia, como dice equivocadamente Romey.

157.- Romey le llama don Alonso, que es también un error.

158.- «Entendiose, dice Mariana, que su poco orden en comer y beber le acarrearon la muerte.» Lo cual no extrañaríamos, pues al decir de la Crónica: «Vínose para Jaén con la dolencia y non se queriendo guardar comía carne cada día y bebía vino.» Cap. 64.

159.-  La Crónica antigua de este rey, que muchos suponen escrita de orden de su hijo Alfonso XI, por Hernán Sánchez de Tobar, notario y canciller de Castilla, así como las de Alfonso el Sabio y Sancho el Bravo, aunque al principio coloca bien los sucesos, empieza pronto a trastrocar la cronología, poniendo en unos años lo que aconteció en otros. Nótase esto especialmente en los últimos de este reinado, en que supone el nacimiento del niño Alfonso en 1309, y la muerte de su padre don Fernando en 1310. Por lo que ha sido preciso para fijar bien la Cronología apelar a documentos más seguros y a otras historias; entre las cuales ha servido mucho el Cronicón de don Juan Manuel, que publico Flórez en el tomo II de la España Sagrada.– Véase sobre esto a Ulloa, Cronología de España, en el tomo II de las Memorias de la Academia de la Historia, pág. 432.– Pero no sabemos como Romey ha podido estampar lo siguiente: «La Crónica de Fernando IV (cap. 62) dice que Alfonso XI nació el viernes 3 de agosto de 1311... La Crónica del rey don Alfonso el Onceno dice expresamente que la reina Constanza dio a luz a Alfonso XI viernes a 13 de agosto del año del Señor de mil y trescientos y once.» Romey, tom. VIII de su Hist., pág. 522, not. 1.– Nosotros que tenemos delante las dos Crónicas, estamos leyendo, no lo que dice Romey, sino lo que arriba hemos dicho.

160.- «Es el inconveniente, dice Mariana, que resulta de heredarse los reinos, mas que se recompensa con otros muchos bienes y provechos que dello nacen, como lo persuaden personas muy doctas y sabias: si con razones aparentes o con verdad, aquí no lo disputamos.» Lib. XV, cap. 12.– Conócese que el buen jesuita no tenía ideas muy fijas sobre la conveniencia del sistema de sucesión hereditaria en las monarquías; y si sobre tan capitales puntos ha de creerse dispensado el historiador de dar su parecer, desde luego puede decirse que queda reducido su cargo al de narrador y ensartador de hechos. Misión más alta y más digna creemos que es la del historiador.

161.- Es notable el epitafio que inscribieron en su sepulcro. Por él se ve que si el reino granadino fue en conocida decadencia desde la expulsión de Mohammed III, el gusto y el genio oriental no abandonaba a los musulmanes andaluces. «Este es el sepulcro (decía) del sultán alto, poderoso, ilustre, descendiente de los muy nobles reyes y preciada prosapia de los Alansares, el más alto en linaje, esplendor real y defensa inaccesible de los suyos. El cuarto de los reyes de Beni-Nazar, defensores de la ley, escogidos y laboriosos celadores en el camino de Dios, el rey clemente con los hombres, liberal entre los liberales, noble, generoso, bien intencionado, santo, misericordioso, Abul Giux Nazar, hijo del sultán alto, amparador, ilustre, rey justo, ínclito, humano, defensor de la ley del Islam, aniquilador de los idólatras, el favorecido, el vencedor, el piadoso, el santo príncipe de los fieles Abu Abdallad, hijo del sultán noble rey, honor de los hombres, caudillo de los fieles, rey de los que temen a Dios, el victorioso por la gracia de Dios, el santo, el misericordioso príncipe de los muslimes Abu Abdallah ben Nazar, sálvele Dios y cúbrale con su misericordia y su clemencia, colóquele en morada de santidad, escríbale entre aquellos que le son agradables… Alabado sea el rey de verdad, el esclarecido heredero de la tierra y de lo que hay sobre ella, que él es el mejor de los herederos.» Conde, part. IV, cap. 16.

162.- El que Mariana llama el hijo de Ferraquén, así como a su tío le nombra el rey Azar.

163.- Crónica del rey don Alfonso el Onceno, cap. 17.– Conde, part. IV, cap. 18.– El historiador árabe afirma, como vemos, que los dos infantes castellanos murieron en lo más recio del combate peleando como bravos leones: la crónica cristiana dice que murieron desmayados del calor y de la fatiga y pesadumbre, sin herida de nadie, perdiendo «el entendimiento et la fabla.» Nos parece poco verosímil que así muriesen príncipes tan esforzados y en tan crítico trance, y creemos más probable lo que cuenta el historiador arábigo.

164.- Cron. de don Alfonso el Onceno, cap. 40.– Esta Crónica es la atribuida a Juan Núñez de Villazán, alguacil mayor de la casa del rey don Enrique II, hijo del mismo don Alfonso. Tenemos a la vista la publicada por el ilustre académico don Francisco Cerdá y Rico, Madrid, 1787. Esta crónica va errada en la cronología, lo mismo que la de Fernando IV.–  El ilustrado Roseew-S. Hilaire padeció una grave equivocación al sentar que esta crónica había sido reimpresa por Risco, el continuador de Flórez en 1787, habiéndolo sido, como lo hemos dicho, por Cerdá y Rico. Tiene razón en cuanto a que hubiera debido rectificar sus errores cronológicos.

165.-Cron. de don Juan Manuel, era MCCCLXIII.

166.- Cron. de don Alfonso XI, cap. 51.– El sobrenombre de Tuerto aplicado a este don Juan, debería haber sido más propiamente el de Torcido o Contrahecho, que es lo que se quiso expresar por la irregular conformación de su cuerpo.

167.- La Crónica cuenta la ceremonia original y extraña con que Alvar Núñez fue investido del título de conde. «Et porque había luengo tiempo (dice) que en los regnos de Castilla et de León non avía conde, era dubda en qual manera lo farian, et la estoría cuenta que lo fecieron desta guisa. El rey asentóse en un estrado, et traxieron una copa con vino, et tres sopas, et el rey dixo: Comed, Conde, et el conde dixo: Comed, Rey. Et fue esto dicho por amos a dos tres veces: et comieron de aquellas sopas amos a dos. Et luego todas las gentes que estaban y dixieron: Evad el Conde, evad el Conde. Et de allí adelante traxo pendon et caldera, et casa, et facienda de conde; et todos los que antes le aguardaban, así como a pariento et amigo, fincaron de allí adelante por sus vasallos, et otros muchos mas.» Cron., cap. 64

168.- Cron., cap. 65 a 79.– El judio Yuzaf de Écija, su almoxarife o tesorero, de quien los pueblos se quejaban también, fue igualmente decapitado de orden del monarca. Alfonso hacía condes y prodigaba mercedes, pero cortaba después la cabeza a los favorecidos. Algunos castigos eran acaso bien merecidos, como los que hizo en Córdoba y en Soria (Crónica, cap. 65 y 83), pero todos iban acompañados de cierta crueldad y sangre fría, admirables en un príncipe tan joven.

169.- Notemos una coincidencia bien singular. Esta princesa doña Leonor de Castilla había estado casada con el infante don Jaime de Aragón, heredero de aquel trono y hermano mayor de Alfonso IV. Aquel infante entró en religión sin consumar el matrimonio, y la princesa volvió virgen a Castilla: ahora va a ser reina de Aragón como esposa del hermano de su primer marido: mientras doña Constanza Manuel, reina de Castilla, era al propio tiempo devuelta virgen a su padre, para casar más adelante (en 1340) con el infante don Pedro de Portugal, hermano de la segunda esposa de su primer marido, y ser después reina de Portugal. Extraña suerte la de estas dos princesas, casadas y vírgenes, para ser otra vez casadas y reinas dentro de las familias de sus primeros esposos.

170.- Cron., cap. 102.

171.- El que los nuestros nombran Alboacén.

172.- Conde, part. IV., cap. 20.– Cron. de don Alfonso, cap. 114 a 130.– He aquí como refiere la crónica haberse celebrado esta tregua: «El rey de Granada veno allí al real de los christianos verse con el rey de Castiella… et él comió con el rey de Castiella amos a dos a una mesa. Et estando y (alli) muchas gentes de christianos et de moros, amos estos reyes estidieron muy grand pieza en uno. Et después que ovieron comido, el rey de Granada, dió al rey de Castiella sus joyas las mas nobles quel avía podido ver, señaladamente una espada guarnida la vayna, toda cubierta de chapas de oro; et avía en esta vayna muchas piedras de esmeraldas, et de rubies, et de zafies, et pieza de aljofar grueso: et otrosi dióle un bacinete muy bien guarnido de oro, et enderredor del aro avía muy muchas piedras: et señaladamiente avía dos piedras rubies… que eran tamañas como castañas. Et otrosi dióle muchos paños de oro et de seda de los que labraban en Granada, et otras joyas muchas de las que él traia. Et otrosí el rey partió con él de sus donas de las que allí tenía, et firmaron las posturas et las paces segund que era tractado (reducíanse éstas a que el de Granada pagára al de Castilla párias anuales como antes). Et ese día el rey de Granada fuese para su real. Et otro día partió dende, et fue posar cerca del río de Guadiaro. Et el infante Abomelique (Abdel Melik), que se llamaba rey, fuese para Algecira. Et el rey don Alfonso mandó poner sus engeños en la mar, porque los llevasen a Tarifa, et descercó la villa, et fue posar al Puerto llano, et fincó y (allí) aquel día todo…» Capítulo 129.– Según las crónicas cristianas quien vino de África a tomar a Gibraltar no fue el mismo rey de Marruecos, sino su hijo Abdel Melik, el que ellas nombran Abomelique, y que en unión con el de Granada estableció la tregua con Alfonso.

173.- Quien desee saber los pormenores de estas largas contiendas civiles puede verlos en la Crónica de don Alfonso el Onceno, donde los hallará referidos con minuciosa, pero con fatigante prolijidad.

174.- En esta expedición, hallándose el rey don Alfonso en Vitoria instituyó la orden de los Caballeros de la banda, así llamada de una banda negra, ancha como la mano, que sobre los vestidos de paño blanco se ponían cruzada desde el hombro izquierdo hasta la falda, y era el blasón de aquella caballería y signo de honra y de nobleza. Era un premio de honor para estimular a los caballeros a acometer empresas grandes y nobles en servicio del rey y del reino. El rey ordenó un estatuto, que los caballeros juraban guardar cuando recibían la banda.– Crónica, cap. 100.

175.- «Al caduco y loco don Juan Manuel,» dice el deán Ortiz en su Compendio cronológico, libr. X, cap. 12.

176.- Zurita inserta la copia del reconocimiento que por esto le hizo el infante, fecho en Castelfabib, a 7 de marzo de la era 1372.– Anal. de Aragón, libro VII, cap. 21.

177.- Dos Alfonsos cuartos reinaban simultáneamente, el uno en Portugal, el otro en Aragón, y tres Pedros eran los herederos de los tronos de Portugal, Aragón y Castilla.

178.- Recuérdese lo que sobre esto referimos en nuestro cap. 10

179.- No al gran maestre de Rodas, como dice Mariana

180.- Cron., cap. 203.

181.- Conde, part. IV., cap. 21.

182.- Cron. de don Alfonso el Onceno, cap. 212.

183.- Carta dada en Aviñón a 13 de las calendas de julio, año VI (1340)

184.- Al decir de los árabes de Conde, en el sitio de Tarifa hicieron uso los moros de artillería de fuego. «Y principiaron a combatirla con máquinas e ingenios de truenos que lanzaban balas de hierro grandes con nafta, causando gran destrucción en sus bien torreados muros.» Part. IV, cap. 21.– Ya antes hablando del sitio de Baza de 1325 había dicho el escritor arábigo: «Combatió la ciudad de día y de noche con máquinas a ingenios que lanzaban globos de fuego con grandes truenos, semejantes a los rayos de las tempestades, y hacían gran estrago en los muros y torres de la ciudad.» Part. IV, cap. 18.– Por lo mismo extrañamos que Romey, que tanto ha leído y tomado de Conde, haga notar el uso de estas máquinas que lanzaban pellas de fierro con truenos en el sitio de Algeciras de 1344, como empleadas allí por primera vez.– Romey, Hist. d'Espagne, tom. VIII, p. 183.

185.- Suponiendo exagerada la cifra que le da la Crónica, cuando dice: «que eran los moros más que cincuenta et tres mil caballeros, et que avía y mas que setecientas veces mill omes de a pie,» no hay historiador español ni arábigo que no les dé por lo menos de ciento cincuenta a doscientos mil combatientes. Tampoco se fija con certeza el número de los soldados españoles: convienen, sí, todos en que era muy inferior.

186.- Hay varios arroyos y riachuelos de este nombre en Andalucía, como son el Salado de Arjona, el Salado de Martos, el Salado de Platero y otros.

187.- La Crónica del rey (capítulo 254) dice muy formalmente, que cuando el rey Albohacen pasó allende la mar hizo recontar los nombres de los que habían venido a España, y que por aquella cuenta «fallaron que de la gente que pasó aquende que menguaban quatrocientas veces mil personas

188.- Así le nombra la Crónica: probablemente se llamaría Abu Ahmer.

189.- Crón. de don Alfonso, capit. 251 a 255.– Zúñiga, Anales de Sevilla, lib. V.– Conde, part. IV, cap. 21.– Ben Alkatib, en Casiri, tom. II.– Ayala, Hist. de Gibraltar, lib. II.– Bleda, Coron, lib. IV.– Argote de Molina, Nobleza de Andalucía, lib. II.– La batalla del Salado es la que los árabes nombran batalla del Wadalecito.

190.- «Et tanto fue el aver que fue levado fuera del regno, que en Paris, et Avignon, et en Valencia, et en Barcelona, et en Pamplona, et en Estella, en todos estos logares bajó el oro et la plata la sesma parte menos de como valió.» Cronica, cap. 256.

191.- Cron., cap. 257.

192.- Alcabalas. Un pasaje de la Crónica de Alfonso el Onceno, que dice: «Et porque esto era pecho nuevo, et fasta en aquel tiempo nunca fuera dado a ningún rey en Castiella nin en León», ha dado origen a la general creencia de que el oneroso impuesto conocido con el nombre de alcabala, que por tantos siglos se ha mantenido en España, tuvo su origen en las cortes de Burgos de 1342, y de que entonces por primera vez se conoció este gravamen. Creemos que este es un error que Mariana y otros historiadores, guiados sin duda por la crónica de Villaizán, ayudaron a difundir. Nos fundamos para ello en los datos siguientes: 1.° En la escritura do donación hecha por doña Jimena Díaz, mujer del Cid, a la iglesia de Valencia en 1101, en que le cede, entre otros derechos, las alcabalas máximas y mínimas, las cuales, conforme a la escritura, eran una la imposición sobre el comercio. Berganza, Antigüed., lib. VII, cap. 7.– Yepes, Cron. de San Benito, tom. VI, Escrit. 52.– 2.° En la carta-puebla que don Pedro Fernández, maestre de Santiago, dio a los vecinos de Uclés el fuero de Sepúlveda confirmado por don Alfonso en 1179, en que se habla de haber retenido el rey para el señor de la villa la alcabala de los carniceros.– 3.° En la Crónica de Alfonso X, cap. 21, referente al 1271, en que se lee: «E otrosi que se agraviaban los hijosdalgo del pecho que daban en Burgos que decían alcabala.» 4.° En dos privilegios de Fernando IV, uno del año 1300, otro del 1310, dado el primero a los moradores de Gibraltar, el segundo a los de Medina Sidonia, concediéndoles la franqueza de la alcabala en los pueblos a donde fueren a vender y comprar.– 5.° En la exención que según el testimonio de Ortiz de Zúñiga consiguieron los procuradores de Sevilla de la renta de la alcabala de las bestias durante la menor edad de Alfonso XI.– Son los mismos fundamentos que expuso el conde de Berwick en su Informe legal sobre incorporación de las alcabalas de Monforte, y que nos parecen concluyentes. Puede verse también la defensa de las alcabalas del marqués de Astorga en el pleito sobre incorporación a la corona, hecha en 1782.

Lo que hubo en nuestro entender fue que en las citadas cortes de 1342 se concedieron las alcabalas al rey don Alfonso el Onceno con una generalidad y bajo unas bases cuales hasta entonces no se habían usado, en cuyo sentido pudo decir el cronista que era un pecho nuevo y nunca hasta aquel tiempo dado a los reyes de Castilla y de León, a lo cual se agrega la circunstancia de haberse hecho desde aquella época una contribución o gravamen permanente en el Estado.

193.- La Crónica en muchos capítulos. Y en el 266 dice: «Et este rey era de tal condición, que cuando le menguaba de contender el trabajar contra los enemigos, contendía et trabajaba contra los venados de los montes.»

194.- «Et fueron tantas estas aguas que maguer que el rey fizo de aquel otero casa de madera cobierta de teja, non avía en su posada un logar en que non lloviese. Et algunas noches acaesció que fuese tanta el agua que entró en la cama dó el rey yacía, que se ovo de levantar de la cama, et estar en pié la noche fasta que era de día.» Cron., cap. 276.

195.- La mención que en diversos capítulos hace la Crónica de estas pellas de fierro lanzadas con truenos, que venían ardiendo como fuego, de que los polvos con que las lanzaban eran de tal manera, que cualquier llaga que ficiesen luego era muerto el ome, y el hablar todavía más adelante (cap. 337) de barcos que llegaron a los moros cargados de pólvora con que lanzaban los truenos, es lo que ha inducido a la general creencia y persuasión de que los moros hicieron por primera vez uso de la pólvora y de la artillería en este sitio de Algeciras. Pero ya hemos probado con los mismos historiadores árabes que antes la habían usado ya en los sitios de Baza y de Tarifa.

Y aun podemos con fundamento traer el conocimiento, uso y empleo de la artillería entre los árabes de mucho más antiguo, de cerca de un siglo atrás, de 1257, en el sitio que Alfonso el Sabio puso a la plaza de Niebla, según observamos en la nota segunda al capítulo 1.° de este libro, copiando aquellas palabras del historiador árabe, en Conde, part. IV, cap. 7.1: «Y lanzaban piedras y dardos con máquinas, y tiros de trueno con fuego.» Creemos, pues, que si Mariana hubiese leído las historias árabes no hubiera dicho hablando del cerco de Algeciras en 1344: «Esta es la primera vez que de este género de tiros de pólvora hallo hecha mención en las historias.»

196.- El Palmoner es un riachuelo que nace de las gargantas de la Serranía de Ronda, y pasa por entre San Roque y Algeciras en el término de los Barrios.

197.- Es un escritor extraño el que habla.

198.- La Crónica de don Alfonso el Onceno dedica a la relación del sitio de Algeciras 69 capítulos y 130 páginas en 4.° mayor.– En los árabes de Conde ocupa poco más de una página.

199.- Cron. de don Alfonso XI, cap. 341.– Conde, part. IV, capítulo 22.– Antes había intentado lo mismo otro de sus hijos llamado Abderrahman, al cual mandó su padre decapitar.

200.- Mariana no dice una sola palabra, ni siquiera por indicación, de esta innovación importantísima en la legislación española, ni de estos dos célebres códigos de leyes. Nosotros nos reservamos examinar su índole y el influjo que ejercieron en la condición política y civil del pueblo, cuando expongamos el estado social de España en la primera mitad del siglo XIV, y consideremos a Alfonso XI como legislador, según que lo hicimos con Alfonso décimo.

201.- Cron., cap. 341. He aquí las curiosas noticias que da un escritor español acerca de la horrible epidemia que en aquel tiempo sufrió la humanidad.

«No afligió solamente a España el contagio, sino que se derramó por toda Europa con espantoso estrago: Se atribuyó a unos buques comerciantes que en 1348 apestaron a Sicilia y Toscana con los géneros infectos que traían de Levante. Raynaldo en sus Anales eclesiásticos al dicho año 1348, n.° XXX y siguientes, refiere los crueles males que causó a Italia, matando, señaladamente en Florencia, más de la tercera parte de sus habitantes. Se dice que Juan Boccacio para divertir a sus amigos amedrentados de los progresos que hacía la epidemia, compuso su Decamerón, o cien fábulas de chascos amorosos, que por su sal y elegancia han merecido el mayor aplauso, y ser vertidos en lenguas francesa y alemana, y aun en la española… El papa Clemente VI mandó encender hogueras para purificar el ambiente; y concedió que todos los sacerdotes promiscuamente pudiesen absolver de todos los pecados sin reservar ninguno a los que padeciesen el contagio. Según los historiadores franceses, la Francia fue uno de los reinos que padecieron más los horribles efectos de la pestilencia, pues solamente en el cementerio de los Santos Inocentes de Paris se enterraban diariamente quinientos apestados. El pueblo, creyendo que los judíos habían envenenado los pozos y fuentes (de que provino en su concepto la epidemia) los mataba y condenaba a las llamas sin otro examen. Con semejante violencia llegó su desesperación a tal punto que las madres se arrojaban con sus hijos en las hogueras en que ardían sus maridos, para que después de su muerte no bautizasen a sus hijos. Movido el papa de estos desastres expidió dos bulas, imponiendo pena de excomunión al que hiciese violencia a los judíos. Nada inferiores males padeció nuestra España, según lo advierten las crónicas de don Alfonso XI y don Pedro en las cuales esta peste se la llama la mortandad grande.» El Cronicón Conimbricense publicado en el tomo 23 de la España Sagrada, se explica así: «Era de mil trescientos ochenta y seis años por San Miguel de setiembre comenzó esta pestilencia, que hizo gran mortandad en el mundo, de modo que murieron las dos partes de la gente. Esta mortandad duraba por espacio de tres meses y la mayor parte de las dolencias eran unas hinchazones que se levantaban en las vasillas y bajo los brazos; todos padecieron iguales dolores, los que murieron y los que curaron. Por las noticias que hallamos en los escritores musulmanes españoles, creemos que en la Andalucía se sintió más el azote, para cuyo remedio escribió el cronógrafo de Granada Ebn Alkatib un tratado que intituló Averiguaciones muy útiles de la horrible enfermedad. Abugiafar, también musulmán y médico de Almería, escribió otro tratado sobre el mismo asunto, en el cual advierte que la pestilencia se dejó ver primeramente en África, luego se derramó en el Egipto y toda la Asia, finalmente invadió a Italia, Francia y España, y que en Almería donde hizo el mayor estrago duró por espacio de once meses.» Casiri, Bibliot. Arabe, His., tomo 2.°, pág. 334, col. 2.

202.- En Conde, part. IV, c. 23.

 

https://filosofia.org/his/laf/p203c11.htm







 






















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