domingo, 1 de noviembre de 2026

 

SANTA TERESA DE JESÚS

 

ESTUDIO PRELIMINAR

EL MISTICISMO

            Comencemos por un interrogante: ¿Son los estados místicos como ventanas abiertas a un mundo nuevo?

          Para William James (1) esto es lo que importa averiguar ante el fenómeno que la mística ofrece, lo que todo espíritu curioso del misterio quisiera ver revelado. Más al plantear así el problema se olvida el carácter subjetivo de la experiencia mística, que imposibilita la enseñanza ajena. No se trata de un empeño de conocimiento intelectual, transmisible, sino de una relación directa con la divinidad. “Ninguna cosa -dice San Juan de la Cruz- criada ni pensada puede servir al entendimiento de propio medio para unirse con Dios… Todo lo que el entendimiento puede alcanzar, antes le sirve de impedimento que, de medio, si a ello se quisiere asir.”

          Esta es la doctrina, que prueban los mejores testimonios. “Mientras menos lo entiendo más lo creo”, declara Santa Teresa en sus Mercedes de Dios. Y en otro lugar: (2) “El entendimiento, si se entiende, no se entiende como entiende; al menos, no puede comprender nada de lo que entiende. A mi no me parece que entienda, porque, como digo, no se entiende: yo no acabo de entender esto.” Semejante debatirse para para alcanzar la comprensión revela algo que suele negarse a los místicos, a saber: la resistencia a la entrega ciega desde el primer momento, en un acto de sumisión espontánea y total. Si bien el místico descubre antes que el puro intelectual su limitación, no se rinde sin lucha, que llega a la congoja, y sin que el propio vencimiento deje de influir otros factores, entre ellos el horror al pecado de soberbia:

         

El pecado del intelecto,

que es el pecado satánico

de querer comprenderlo todo

y abarcar los misterios más altos… (3)

 

          Santa Teresa alcanza pronto esta humanidad, que la hace decir en sus Conceptos: “Lo que no entendáis, no os canséis. No es para mujeres, ni para hombres, muchas cosas.” Coincide así con san Pablo, de quien son estas palabras: “Dios vive en una luz a donde nadie puede llegar.”

          Y, sin embargo, se aspira precisamente a este imposible, y en esa aspiración radica esencialmente la disposición mística, originada en una apetencia indominable de divinidad que impulsa a los místicos y no les deja sosegar: “Esta sed de supremo goce de posesión, sabiduría y ser, por conquista amorosa, les llevó en aquella edad al anhelo del martirio, a la voluptuosidad tremenda del sufrimiento, a la embriaguez del combate espiritual, al frenesí de pedir deliquio de pena sabrosa, a que el alma hecha ascua se derritiera en amor, desgarrándose la urdimbre de espíritu y cuerpo y corriendo por las venas espirituales mares de fuego y, por fin, llegaron algunos, rompiendo con la ortodoxia, a pedir la nada.” (4) Aún más que de una disposición, se trata de un estado espiritual, que arrebata al místico de la tierra y lo lanza a los cielos en una aspiración ideal.

          De aquí que Teresa de Jesús hay podido decir que sí, que no sólo había sido pobre de espíritu, aunque lo tenía profesado, sino loca de espíritu.

          Conseguido este arrebatamiento y locura santa, el místico se halla como peraltado sobre cuanto le rodea, y fácilmente logra el estado que tan sencilla y certeramente describe Francisco de Osuna: “Debes saber que cuando la inteligencia del ánima, que es la más alta fuerza entre las que se conocen, pasa en afección o amor de las cosas que contempla, cuasi es dicha levantarse sobre sí misma, y la tal obra se llama exceso del ánima o levantamiento sobre sí mismo o sobre el espíritu suyo. Puedes tomar ejemplo en alguna vasija que contiene agua u otro licor, el cual poniendo fuego se calienta en el vaso de ésta; empero cuando hierve y bulle, parece en alguna manera no caber en sí, más exceder así mismo el licor que antes estaba seguro y ser llevado sobre sí por la virtud del calor. Así el ánima que aun no está encendida con el calor amoroso de la mística teología, entre tanto que el solo conocimiento de la especulativa está, parece estar echada y que se contiene en sí misma dentro de sí; más cuando concibe el espíritu del amor en fervor del corazón, en alguna manera sale de sí misma, saltando de sí o volando sobre sí.” (5)

 

LA SOLEDAD CON DIOS

            Este hervor del alma viene a derramarse en el más puro y absoluto egoísmo, que es la aspiración a la soledad con Dios. Leibniz había comprendido y expuesto como nadie el maravilloso diálogo (6) al presentar al místico como a quien niega las destrucciones fenoménicas y, por inspiración, se persuade de alcanzar a Dios. “Si Dios está aún más cercano a mí que mi mismo cuerpo, el mundo aparece como algo que no cuenta. Esencialmente: yo soy, Dios es.”

          Por esto Leibniz encuentra en Santa teresa la confirmación de su sistema y destaca, admirado, de la obra de la Carmelita, aquella magna idea de que el alma debe concebir las cosas como si en el universo solo existiesen ella y Dios. En esta soledad del alma con la divinidad culmina la aspiración que mueve insaciablemente la mística y ocasiona sus goces y desalientos, tan íntimos y personales que en vano quisiéramos representárnoslos, y que hacen exclamar a Kempis: O quam salubre, ¡quan iricundum et suave est sedere in solitudine et tacere et loqui cum Deo!

          Como hemos de esperar muy poco de las revelaciones que el místico tenga a bien confiarnos. “El autor místico -decía Ortega y Gasset en una de sus admirables conferencias- propone un viaje maravilloso a un sitio donde él ha estado ya: al centro del universo. Lo primero que nos sorprende es que él no se haya transformado después de tal recorrido… El místico vuelve intacto, impermeable a la materia soberana donde se había bañado. De todas suertes, seguimos al místico, llenos de ilusión. Los místicos han sido en todo tiempo y lugar grandes artistas de la palabra, clásicos del idioma y, además, grandes dramaturgos, porque, dividiendo su viaje en etapas, van multiplicando el interés por lo que va a llegar después. Ha de decirse, sin embargo, que a cada etapa recorrida sentimos decepción, porque el paisaje descubierto no es cosa mayor, pero nos incita la esperanza de que hay otras cosas más allá. Pero al llegar a la etapa final, el místico, que no ha cesado de hablar dice: “Yo me voy allá, y a la vuelta hablaré”.

          Para fijar mejor su posición, Ortega añadía: “No puede ser objeción contra el misticismo que su conocimiento sea indecible; un color tampoco puede decirse. Por esto lo arriesgado que es someter a peso y medida intelectual lo que el místico declara.” Tomemos en comprobación el ejemplo de uno de los frecuentes arrobamientos de Santa Teresa, según ella misma lo relata (7): “Estaba un día, víspera del Espíritu Santo, después de misa; fuime a una parte bien apartada, adonde yo rezaba muchas veces, y comencé a leer en un Cartujano esta fiesta, y leyendo las señales que han de tener los que comienzan y aprovechan y los perfectos, para entender está con ellos el Espíritu Santo, leídos estos tres estados, parecióme, por la bondad Dios, que no dejaba de estar conmigo, a lo que yo podía entender. Estándole alabándolo y acordándome de otra vez que le había leído, que estaba bien falta de todo aquello, que lo creía yo muy bien, así como ahora entendía lo contrario de mí, así conocí era merced grande de que el Señor me había hecho. Y así comencé a considerar el lugar que tenía en el infierno merecido por mis pecados, y daba loores a Dios, porque no me parecía conocía mi alma, según la veía trocada. Estando en esta consideración, diome un ímpetu grande, sin entender yo la ocasión; parecía que el alma se me quería salir del cuerpo, porque no cabía en ella, ni se hallaba capaz de esperar tanto bien. Era ímpetu tan excesivo que no me podía valer y, a mi parecer, diferente de otras veces, ni entendía qué había el alma, ni qué quería, que tan alterada estaba. Arriméme que aún sentada no podía esperar, porque la fuerza natural me faltaba toda. Estando en esto, veo sobre mi cabeza una paloma, bien diferente de las de acá, porque no tenía estas plumas, sino las alas de unas conchicas que echaban de sí gran resplandor. Era grande más que paloma; paréceme que oía el ruido que hacía con las alas. Estaría aleteando espacio de un Avemaría. Ya el alma estaba de tal suerte, que, perdiéndose así de sí, la perdió de vista. Sosegóse el espíritu con también huésped que, según mi parecer, la merced tan maravillosa le debía de desasosegar y espantar; y como comenzó a gozarle, quitósele el miedo y comenzó la quietud con el gozo, quedando en arrobamiento.

          Esta realidad, en la comunicación con Dios, aparece así declarada en Francisco de Osuna: “La amistad e comunicación de Dios es posible en esta vida y destierro; no así pequeña, sino más estrecha y segura que jamás fue entre hermanos, ni entre madre e hijo. Esta amistad o comunicación de Dios al hombre, no por llamarse espiritual deja de tener mucho tomo e certidumbre…; hablo de la comunicación que buscan e hallan las personas que trabajan de llegar a la oración y devoción, la cual es tan cierta que no hay cosa más cierta en el mundo, ni más gozosa, ni de mayor valor ni precio.”

EL CRIADOR Y LA CRIATURA

y anhelo que brota originalmente. “Mi naturaleza es de fuego”, decía Santa Catalina de Siena. Y Santa Teresa: “Mi temperamento quiere con ardor”.

          El objeto y fin de ese amor es la divinidad, en cuya esencia se quiere participar. Pero esta soberana ansia impone, además de la renunciación radical a lo temporal y terreno, la disposición de humildad absoluta. La criatura aspira a ser digna del Criador, a contemplarle de cerca, participando en su gloria; más sabe bien que ello no ha de lograrse solo por el propio merecimiento, sino esencialmente por la magnanimidad de Dios al levantar hasta sí a la criatura. Eckehart relaciona los conceptos de humildad y de majestad divina, haciendo provenir el concepto místico de Dios de la emoción de Abrahán cuando le habla cerca de la suerte de los sodomitas y dice: “He aquí que me atrevo a hablarte yo, so, que soy polvo y ceniza”. En su Tercer tratado, Osuna muestra cómo se ha de haber el ánima con Dios, diciendo: “ciego y sordo y mudo debes ser u manso siempre”, declarando así esta subordinación absoluta del hombre con todo lo creado, “pues que el Señor es Dios de las esciencias y quiere más que oren a él callando y en espíritu y verdad, que no con palabras; mientras con mayor silencio le : “aunque callaba porque oraba en silencio, respondió como hombre importunado, diciendo: ¿Para qué me estás dando voces?

 

HUMANIDAD Y DIVINIDAD

Como hombre importunado… ¿No hay aquí, en esta ingenua alusión, cierta posibilidad de relacionar lo que pudiera ofrecérsenos como opuesto y contrario? Según apunta Otto, en el Evangelio de Jesús se consuma y perfecciona la aspiración a racionalizar, moralizar y humanizar la idea de Dios que palpitaba desde los tiempos más remotos de la tradición israelita. Así se llegó a la creencia en Dios Padre. Y de la misma manera que para alcanzar la Divinidad el hombre ha de vaciarse de humanidad, deshumanizarse (8), análogamente el místico necesita, para asegurar esta relación, percibir el Dios-Hombre, sentir aquella su presencia real que pueda favorecer el diálogo.

          El lenguaje místico viene a comprobarlo en muchos pasajes; así en este lugar del Camino de Perfección, donde Santa Teresa establece una concordancia en la relación de los esposos de la tierra y de lo alto: “¡Oh, válame Dios!, pues acá, cuando uno se casa, primero sabe con quién, quien es y qué tiene; nosotras, ya desposadas antes de las bodas, que nos han de llevar a su casa, ¿No pensaremos en nuestro Esposo? Pues acá no quitan estos pensamientos a las que están desposadas con los hombres, ¿por qué nos han de quitar que procuremos entender quien es este hombre y quien es su padre y qué tierra es esta adonde me ha de llevar y qué bienes son los que promete darme, que condición tiene, como podré contentarle mejor, en que le haré placer, y estudiar como haré mi condición que conforme con la suya?

          Pues si una mujer ha de ser bien casada, no le avisan otra cosa, sino que procure esto, aunque sea hombre muy bajo su marido. Pues, Esposo mío, ¿En todo han de hacer menos caso de hacer vida con Vos? Es verdad que es buena vida si un esposo es tan celoso que quiere no trate con nadie su esposa.

          Easta humanización de lo divino viene a concordar de modo patente con el poderoso realismo hispano. Santa Teresa -dice Etchegoyen (9)- quiere la plenitud de la felicidad absoluta, para siempre, exclamaba ya en sus ansias infantiles. El amor divino logra satisfacerla, adaptándose mucho mejor que el amor humano a las necesidades psicológicas, morales y religiosas de su vida cotidiana. Gracias a ese realismo de la Carmelita, esta adaptación crea entre ella y Dios una asombrosa intimidad. Lejos de buscar a Dios en el cielo, prefiere descubrir lo divino en la realidad de cada día. Así, nada iguala la tierna familiaridad de Tresa con Jesús como la de Jesús con Teresa.

Grabado de Diego de Astor, edición príncipe de las obras del santo https://delaruecaalapluma.com/2018/02/02/juan-de-la-cruz-400-anos-en-letra-de-molde/?utm_source=Pinterest&utm_medium=organic

FORMACIÓN E INFLUENCIAS

          Sabido es que Teresa de Jesús recibió del Tercer abecedario, de Francisco de Osuna, las primeras y decisivas influencias en su vocación religiosa. De Osuna y de este su hondo influjo escribe el padre Mir (10) “Aunque no hable de sí sino pocas veces se conoce que cuanto dice lo ha experimentado y vivido, como declara el calor de vida que informa sus explicaciones. Este calor interno, esta experiencia propia, íntima, personal, debió de ser la causa de los efectos maravillosos que hizo en Santa Teresa de Jesús del Tercer abecedario, arrastrándola en doctrinas y experiencias hasta entonces nuevas para ella,” ¡Calor de vida! Toda la mística española está ahí. Por eso la Carmelita, lectora fervorosa de los Ejercicios de San Ignacio, encuentra dificultad para acomodarse cuanto quisiera a su doctrina y servirse de los sentidos para el empeño contemplativo, sino que permanece de alguna manera sometida a la limitación de la imagen.

          En Les lectures de Sainte Thérése (11) examina Morel-Fatio la formación intelectual y mística de Teresa de Jesús que pudiera explicar de algún modo la fuerza de su estilo, al lado de una evidente disposición artística. Interesa, desde luego, oponer algún reparo a quienes estiman desmedidamente la espontaneidad de la Carmelita, descuidando el aprecio de sus lecturas y de su inclinación a las letras, cuando estas no dañaban la preocupación superior. Nada más fácil que recoger algunos textos que lo comprueban:

          “Tenga cuenta la priora con que haya buenos libros, en especial Cartujanos, Flos Sanctorum, Comtemptus mundo, Oratorio de religiosas, los de fray Luis de Granada y del padre fray Pedro de Alcántara; porque es en parte tan necesario este mantenimiento para el alma como el comer para el cuerpo” (12)

          “Siempre informaos, hijas, de quien tenga letras; que en estas hallaréis el camino de la perfección con discreción y verdad. Esto han menester mucho las preladas, si quieren hacer bien su oficio, confesarse con letrado, y si no harán hartos borrones, pensando que es santidad; y aun procurar que sus monjas se confiesen con quien tenga letras” (13).

          “… y es gran cosa letras, porque estas nos enseñan a los que poco sabemos y nos dan luz, y llegados a verdades de la Sagrada Escritura, hacemos lo que debemos. De devociones a bobas nos libre Dios” (14)

          “…cuando hubiere de comunicar algo, se deje de maestros de espíritu y busque grandes letrados; que estos me han sacado de muchos trabajos” (15).

          Santa Teresa cuenta en la Autobiografía su iniciación en el placer de la lectura. Un hermano de su padre, con quien pasa unos días, y cuyo ejercicio eran buenos libros de romance, hacia que se los leyese.

          Y, si bien ella no encontraba en esto diversión alguna, “mostraba que sí; porque en esto de dar contento a otros he tenido extremo, aunque a mí me hiciese pesar” A pesar de que estos libros no satisfacen las ansias de su alma, en la lectura encuentra el impulso que decide su vocación, después e una larga enfermedad: “Diome la vida haber quedado ya amiga de buenos libros. Leía en las Epístolas de San Jerónimo, que me animaban de suerte que me determiné a decirlo a mi padre, que casi era como tomar hábito; porque era tan honrosa que me parece no tornar atrás por ninguna manera, habiéndolo dicho una vez” (16).

Autor: José García Hidalgo

Técnica: Óleo sobre lienzo

Fecha aproximada: 1690

Población/Ciudad: Segovia

Edificio: Museo

 

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          Todavía cabe concretar algo en la religiosa decisión y citar otros muchos pasajes de su Vida, donde se confirma esta relación con los libros; “gustaba en leer buenos libros, que eran toda mi recreación; “en este tiempo me dieron las Confesiones, de San Agustín”, libro que influye profundamente en ella: “Cuando legué a su conversión y leí cómo yo aquella voz en el Huerto, no me parece, sino que el Señor me la dio a mí, según sintió mi corazón. Estuve por gran rato que toda me deshacía en lágrimas y entre mí misma con gran aflicción y fatiga.”

          En otro lugar de la Vida aconseja el Arte de servir a Dios, del franciscano Padre Alonso de Madrid, “muy bueno y apropiado” para alcanzar el perfeccionamiento de las virtudes; mientras que en el Camino de perfección no duda en recomendar la lectura profana como estímulo en la ocasión de laxitud espiritual: “También es gran remedio tomar un libro de romance bueno, aun para recoger el pensamiento, para venir a rezar bien vocalmente, y poquito a poquito ir acostumbrando el alma con halagos y artificios para no la amendrentar” Texto que cabe relacionar con este otro de la Autobiografía, donde se refiere a sus grandes sequedades durante dieciocho años: “En todos estos, sino era cavando de comulgar, jamás osaba comenzar a tener oración sin un libro: que tanto temía mi alma estar sin él en oración como si con mucha gente fuera a pelear. Con este remedio, que era como uan compañía y escudo en que había de recibir los golpes de los muchos pensamientos, andaba consolada. Porque la sequedad no era lo ordinario, más era siempre cuando me faltaba libro…”

          Y, sin embargo, de esta su inclinación a los libros, dirá donosamente en una ocasión: “Como no soy tan letrera como ella, no sé qué son asirios.”

 

RASGOS DE LA FUNDADORA

          En su Libro de recreaciones, María de San José hace este retrato de Teresa de Jesús: “Era una Santa de mediana estatura, antes grande que pequeña. Tuvo en su mocedad fama de muy hermosa, y hasta su última edad mostraba serlo. Era su rostro no nada común, sino extraordinario, y de suerte que no se puede decir redondo ni aguileño; los tercios de él, iguales; la frente, ancha y igual y muy hermosa; las cejas, de color rubio oscuro, con poca semejanza de negro, anchas y algo arqueadas; los ojos negros, vivos y redondos, no muy grandes, más muy bien puestos. La nariz, redonda y en derecho de los lagrimales para arriba, disminuida hasta igualar con las cejas, formando un apacible entrecejo… Era gruesa más que flaca, y en todo bien proporcionada; tenía muy lindas manos, aunque pequeñas; en el rostro, al lado izquierdo, tres lunares… en derecho unos de otros, comenzando desde debajo de la boca el que mayor era, y el otro entre la boca y la nariz, y el último en la nariz, más cerca de abajo que de arriba. Era en todo perfecta.”

          Teresa conocía estas perfecciones, que su noble sinceridad no la permitía desdeñar. Recuérdese la anécdota del retrato, cuando Juan de la Miseria traslada sin gran fortuna su imagen al lienzo, y el comentario final de la santa: Dios te lo perdone, fray Juan, que, ya que me pintaste, me has pintado fea y legañosa. Recuérdese también aquellas palabras que se atribuyen: “Tres cosas han dicho de mí en todo el discurso de mi vida: que era, cuando moza, de bien parecer, que era discreta, y ahora dicen algunos que soy santa. Las dos primeras en algún tiempo las creí, y me he confesado por haber dado crédito a esta vanidad; pero en la tercera nunca me he engañado tanto que haya jamás venido a creerla."

          Cuando muchacha -declara en el Libro de la Vida- gustaba de tener galas, de parecer bien, de cuidarse manos y cabello y de usar perfumes. De esta época es, sin duda, la referencia que sigue de doña Inés de Quesada, monja en la Encarnación, de Ávila: “Yo me acuerdo cuando la Santa Madre venía a seglar algunas veces a este convento, y doy por señas que traía una saya naranjada con unos ribetes de terciopelo negro.” Dentro de esta aparente superficialidad van cuajándose aquellas disposiciones que la mujer de entonces solía apetecer en el siglo. El Padre Ribera habla de su habilidad manual, que le permitía ejecutar labores de aguja prodigiosas, entre ellas maravillosos bordados representando escenas históricas. Y Louis Bertrand, en su atropellado estudio tiene el acierto de ofrecer a los pintores el tema de Teresa de Ahumada hilando en su celda de Ávila, cerca de una ventana abierta sobre la ciudad y sus murallas, torres, conventos e iglesias…

          Era también experta en el arte de la cocina, lo que no dejó de aprovechar más tarde a sus fundaciones. “En aquellos principios -dice la Madre María de San Jerónimo- no se tenían freilas y andábamos a semanas en la cocina, y con todas sus ocupaciones, que eran muchas, cumplía la semana que le venía como las demás hermanas, y no nos daba poco contento verla en la cocina, porque lo hacía con gran alegría y cuidado de regalar a todas, y así parece que le tenía Su Majestad de enviar aquella semana más limosnas que otras, y ansí decía que condescendía Nuestro Señor con su deseo, que, como le tenía de darnos bien de comer, le enviaban con qué lo hiciese.”

          Jerónimo Gracián añade esta referencia: “Cuando caminaba en mulla se sabía también tener en ella e iba tan segura como si fuera en el coche. Acaeció una vez disparar a correr la mula en que iba, alborotándose; y ella, sin dar voces ni hacer extremos de mujer, la refrenó.”

          Sobre todo, encantaba por su conversación e ingenio. “Nunca le vi -testifica el Padre Pedro de la Purificación- tener conversación y trato de gentes, así seglares como religiosos, que no hiciesen alguna ganancia para Dios en alguna alma, porque eran sus palabras tales y tan llenas de Dios y dichas con tanta prudencia, que robaba los corazones… Una cosa me espantaba de la conversación de esta gloriosa Madre, y que lo noté muchas veces, y me puse de advertencia el considerarlo, y es que estuviese hablando tres o cuatro horas, que sucedía ser necesario estar con ella en negocios, así a solas como acompañado, tenía tan suave conversación, tan altas palabras y la boca llena de alegría, que nunca cansaba y no había quien se pudiese despedir de ella.”

          Esta amenidad de su conversación refléjase también en los escritos, donde se complace en graciosas familiaridades; así en la aplicación de motes, justificados algunos de ellos por la discreción con que era obligado tratar los asuntos de la orden ante las dificultades que se ponían a la obra. Al Padre Pablo Hernández le llama Padre Eterno, “parece que por la gravedad y apostura y mucho respeto y veneración que le tenía la santa”, dice el Padre Silverio. Al Padre Gracián le llama Eliseo porque era de “gran cabeza y calvo”, explica Andrés Mármol; Séneca y mi Senequita, a San Juan de la Cruz, esto último por lo bajo de su estatura. Llama Matusalén al nuncio Nicolás Ornamento; los del Paño y Gatos, a los Carmelitas Calzados; ‘águilas, a los Descalzos; cigarras, a las Carmelitas Calzadas; mariposas, a las Descalzas; Ángeles, a los Inquisidores; Patillas, al Diablo…

          De sí misma habla también, en la ocasión, con palabras familiares: “No hice poco yo entender estos negocios, y estoy tan baratona y negociadora que ya sé de todo, con estas cosas de Dios y de la Orden.” Y en otra ocasión, al Padre Jerónimo Gracián: “Vuestra paternidad, Padre mío advierta en esto y crea que entiendo mejor los reveses de las mujeres que vuestra paternidad…” O también; “Mire que para muchas cosas conviene, que quizá no las entienda vuestra señoría allá como que estoy acá, y que, aunque las mujeres no somos buenas para consejo, que alguna vez acertamos.”

          A veces deja correr la pluma con encantador halago. Así, a la carta en que don Francisco de Salcedo dice que daría hasta seis ducados por verla, contesta donosamente Teresa de Jesús: “No me pareció poco el encarecimiento de los seis ducados; más harto más pudiera yo alargarme en dar por ver a vuestra merced. Verdad es que merece más precio; que una monjilla pobre, ¿quién la ha de apreciar? Vuestra merced, que puede dar aloja (Mezcla de agua, miel y algunas especies) y obleas, rábanos, lechugas; que tiene un huerto y sé es él mozo para traer manzanas, algo más es de apreciar.” Otras es veces es la más fina reconvención por el silencio epistolar: “Al Padre fray Antonio de Jesús y al Padre Mariano dé mis encomiendas, y que ya quiero procurar la perfección que ellos tienen de no escribirme.”

          Quien así se manifiesta con esta gracia amable, podrá también decir con igual verdad: “No soy nada tierna, antes tengo un corazón tan recio, que algunas veces me da pena; aunque cuando el fuego de adentro es grande, por recio que sea el corazón, destila como hace una alquitara” (17)

COMPRENSIÓN, FEMINIDAD

          La fundadora se daba perfecta cuenta de la importancia de su obra, de la atención que la sociedad fijaba en ella y en su persona: “Y crea que quien está en los ojos del mudo tanto como yo, que aun lo que es en virtud es menester mirar como se hace” (18) Pero, exigiéndose a sí todo, sabía comprender y disculpar a los demás hasta un punto rara vez igualado. Recuérdese la carta al Padre fray Juan Bautista Rubeo, general del Carmen en Roma, que la Santa le escribe desde Sevilla: “Vuestra señoría no ve allá lo que acá pasa, yo lo veo y lo llevo todo, porque se bien la santidad de vuestra señoría y cuán amigo es de virtud. Y como por nuestros pecados las cosas de la Orden por acá andan tales, que ahora que veo lo de acá me parecen los frailes de Castilla muy buenos. Aún después que aquí estoy ha acaecido una cosa harto trabajosa: que en mitad del día halló la Justicia dos frailes en una casa infame y públicamente los llevaron presos, que fue harto mal hecho, que ya no me espantan flaquezas; más querría que se mirase la honra.”

          Acaso porque no le espantan las flaquezas, desea evitarlas en lo posible, y así dice al padre Gracián, hablando de sus monjas: “Todas son mozas, y créame, Padre mío, que lo más seguro es que no traten con frailes.” Mayor temor le da la reunión de muchas monjas en un convento: “Cuanto al ser tantas, como vuestra merced decía, siempre me descontentó; porque entiendo es tan diferente enseñar mujeres e imponerles muchas juntas a enseñar mancebos, como de lo negro a lo blanco. Y hay tantos inconvenientes en ser muchas para no se hacer cosa buena, sino que conviene hay número señalado, y cuando pasare de cuarenta, es muy mucho y toda baratería… Serán menester otras cosas hartas. Allá tratamos algunas, en especial no salir; más las que me parecen que importan en gran manera son las dos primeras; porque tengo experiencia de lo que son muchas mujeres juntas ¡Dios nos libre!”. (19)

         

Bordado de Santa Teresa en una casulla (Carmelo de Medina del Campo)

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Al lado de estos ejemplos mayores, cabría citar otros muchos que subrayan los valores humanos destacados en la Carmelita, cuya feminidad manifestábase en toda ocasión favorable, velando la santidad con el mando de la mujer. “Bendito sea Dios -decían las monjas de Pastrana- que nos han dejado ver a una santa, a quien todas podemos imitar. Habla, duerme y come como nosotras, y conversa sin ceremonias.” A lo que diriáse replica Teresa cuando pregunta donosamente a una novicia: “Hermana, diga la verdad ¿cuál le parece que es más santa, la Madre priora o yo? “La Madre priora.” “Así es, hija mía; ella es santa y yo tengo la fama” (20)

Como estas pudieran recogerse otras numerosas anécdotas. Isabel de Jesús no tiene un reír gracioso, y la Santa lucha por arreglarle el mohín: “Solo tengo un trabajo, que no sé como le poner la boca, porque la tiene frigidísima y se ríe muy fríamente, y siempre se anda riendo. Una vez la hago que la abra, otra que la cierre, otra que no se ría. Ella dice que no tiene culpa, sino la boca, y dice verdad.”

 

ELECCIÓN DE MONJAS

Según esto, la Fundadora concedía alguna importancia al agrado físico de sus monjas.  En ninguna manera, Roque Huerta me huelgo que sea bonita”, escribe a la priora de Soria. En cambio, dirá a la priora de Sevilla: “Esta monja me han dicho que es muy buena; harto tengo encomendado a Juan Díaz que la vea, y que si es fealdad no sé qué señal que dice tiene en el rostro, que no se tome.” Y en otro aspecto, a la misma priora: “En lo que dice de las Hermanas de fray Bartolomé, me cae en gracia la falta que las halla; porque, aunque acabaran de pagar la casa con ellas, era intolerable. En ninguna manera, si no son avisadas, tome ninguna, que es contra constitución y mal incurable.”

La escasez de inteligencia ¡mal incurable! Entonces como siempre. Tampoco quiere monjas excesivamente jóvenes: “En lo de la profesión de la Hermana -Carta a la priora de Soria-, bien me parece que se detenga hasta lo que vuestra reverencia dice; que niña es y no importa. Ni se espante vuestra reverencia de que tenga algunos reveses, que de su edad no es mucho. Ella se hará, y suelen ser más mortificadas después que otras.” Otro caso: “No sé -A la priora de Medina- para que se de tanta priesa para que haga profesión Juana Bautista. Déjela un poco más, que harto moza es; y si le parece otra c osa y está contenta de ella, hágalo; más no me parecería mal que la probase más, que me preció enferma.”

Si, como indicábamos, se place en la estimación de la inteligencia, sabe diferenciarla de la simple instrucción superficial: “Víspera de entrar religiosa -escribe el Padre Silverio de Santa Teresa, tomándolo del historiador de la Reforma-, trató una joven con la Madre lo que había de disponer para el día siguiente, y estando ya en pie para despedirse, dixo: Madre, también traeré una Biblia que tengo. En oyendo esto, la Santa dixo: ¿Biblia, hija? No vengáis acá, que no tenemos necesidad de vos, ni de vuestra Biblia, que somos mujeres ignorantes y no sabemos más que hilar y hacer lo que nos mandan.”

En carta a doña María de Mendoza precisa bien su doctrina para la elección de monjas al oponerse a que se reciba una postulante, ello “porque ni santidad, ni valor, ni tan sobrada discreción, ni talentos, yo no los veo, para que la casa gane.” Y su oposición se alza rígida e inflexible frente a las tocadas de histerismo- acerca del cual y de su tratamiento discurre sabiamente en un capítulo de Las Fundaciones-, como declaran estas palabras de una carta: “harto más valdría no fundar, que llevar melancólicas, que estraguen la casa.” Todavía señala, en carta al Padre Jerónimo Gracián, un peligro mayor: “Con aquella hija de la Flamenca temo ha de haber trabajado toda la vida, como con su madre; plega a Dios que no sea peor. Crea que a una monja descontenta yo la temo más que a muchos demonios.”

En esta pintura se observa el refectorio o comedor de un convento de monjas carmelitas. Las religiosas se encuentran sentadas alrededor de las mesas, en tanto que otra más les sirve los alimentos. En el púlpito, que suele aparecer en todos los refectorios conventuales, se destaca una religiosa leyendo alguna obra piadosa, tal como se acostumbraba en la época.

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LA REGLA DE LOS CARMELITAS

El empeño original de la Fundadora se había centrado, como es sabido, en la purificación de la Regla para volverla a su rigor primitivo. Conseguido esto y llevado a su aplicación estricta y áspera, no por eso la Carmelita se desprende de aquella su virtud humana que refleja en sus cosas. “No apretar a las novicias con muchos oficios hasta que las entienda adónde llega su espíritu.” Y también: “Soy amiga de apretar en las virtudes, más no en el rigor.”

Las cartas aparecen sembradas de reconvenciones cariñosas, de consejos domésticos que llegan a la previsión maternal: “Traigan lienzos y déjense de rigor en tiempo de tanta necesidad.” “Bo anden hambrientas, que me da mucha pena.” “A la una ni a la otra aprieten con perfecciones.” “Coma carne, aunque sea Cuaresma.”

Ocurría que algunas prioras nuevas, llevadas de exceso de celo acentuasen la dureza de la Regla con nuevas mortificaciones, que, en casos, llegaron a los bofetones y pellizcos.” La reacción de la Fundadora es deliciosamente humana: “Yo le digo, mi hija, que es menester mirar mucho esto que las prioritas hacen de sus cabezas; que hace cuarto lástima.” (21)

No le merecen lástima, sino punzante ironía, ciertos Carmelitas jóvenes que en una ocasión se presentan a ella en cómodas cabalgaduras: “Cuán mal parecían descalzos y con buenas mulas; que no se había de consentir sino para largo camino y grande necesidad, que no venía bien lo uno con lo otros; que han venido por aquí unos mocitos que parece, cuando poco y con algún jumento, pudieran venir a pie. Y así le torno a decir que no parecen bien estos mocitos, descalzos y en mulas con sus sillas.” (22)

Tampoco es transigente para el falso misticismo, para la religiosidad imaginaria. Acerca de semejante estado de espíritu, tiene escrita don Juan Valera una conocida y bella página, referida al ex seminarista don Luis: “Su misticismo, bien estudiado con la nueva luz que acaba de adquirir, se le antojó que no había tenido ser ni consistencia; que había sido un producto artificial y vano de sus lecturas, de su petulancia de muchacho y de sus ternuras sin objeto de colegial inocente.” Las monjas a quienes la Fundadora juzgaba necesario atajar no se hallaban en esta saludable posición crítica, y así estimaba discreto detenerlas en su ímpetu religioso y encaminarlas por sendas de sosiego espiritual. Por esto, contra la flaqueza corporal, engendradora de largos pasmos, recomienda que no se dejen embobar en la oración y que las prioras quiten a las que así sufren los ayunos y disciplinas, dándoles ocupación para que se distraigan. (23) En las Moradas insiste repetidamente, que no es otra cosa más que estar perdiendo tiempo allí y gastando su salud. A su mismo hermano, don Lorenzo de Cepeda, llegó a escribirle: “¡Qué bobo es, que piensa que en esa oración como a la que a mí no me dejaba dormir! No tiene que ver, que harto más hacía yo para dormir que por estar despierta.” (24)

 

DIOS Y LA NATURALEZA

          No debemos cerrar estas noticias preliminares sin referirnos al tema de la Naturaleza, que los místicos han saboreado como nadie. Y parecerá extraño, a primera vista, que se permitan esa complacencia terrenal quienes tienen siempre la mirada tendida a lo alto, en busca del factor divino. Precisamente se trata del sentimiento de la criatura ante el Creador, cuya obra se aspira a comprender y penetrar. Al escrutar la Naturaleza (25), nos acercamos a Dios. “Importa analizar el cuerpo del universo -escribe Leibniz- para descubrir allí las maravillas de la divina sabiduría”, y también “para reconocer en qué pueden servir a nuestra conversación y aun a nuestra mayor perfección.”

          Pudieran escribirse abundantes páginas documentadas acerca de la relación entre la Mística y la Naturaleza. Lillo Rodelgo dedica un interesante capítulo a la cuestión en uno de sus libros (26) y con referencias al sentimiento cósmico de nuestros grandes místicos. Destaca entre ellos Santa Teresa por la abundancia de imágenes en sus obras y por la fruición que estas imágenes descubren en la Carmelita, no ya en la ocasión de sus viajes por tierras de Castilla y Andalucía, sino al exponer su doctrina para las almas. Véase una sola referencia en las Moradas: “Lo que yo llamo gusto de Dios, que en otra parte lo he nombrado oración de quietud, es muy de otra manera, como entenderéis las que los habéis probado por la misericordia de Dios.

Las Fundaciones, las Cartas y otros libros aparecen sembrados de pasajes donde se respira el aire de los campos y se apacienta la mirada: “Y tengo una ermita que se ve el río, y también a donde duermo, que estando en la cama, puedo gozar de él, que es harta recreación para mí.” En otros lugares habla de las lindas vistas: dice que el huerto es muy gracioso, que se ve el río, que tiene una celda muy linda, con una ventana sobre el huerto; recomienda la vista de campo en los monasterios como grandísima recreación para las monjas.

María de San José al relatar la fundación de las Descalzas de Sevilla, dice a su vez: “Aquel primer día llegamos a la siesta en una hermosa floresta de donde apenas podíamos sacar a nuestra santa Madre, porque con la diversidad de flores y canto de mil pajarillos toda se deshacía en alabanzas de Dios.

 

ALEGRIA DE LA SANTA

Todavía una alusión a la alegría, que en la Santa de Ávila pone de manifiesto la paz y serenidad que los espíritus religiosos logran alcanzar. Teresa de Jesús -consigna su prima María de San José- no era amiga de la gente triste.

Ni lo era ella , ni quería que los que iban en su compañía lo fuesen. Decía: “Dios me libre de santos encapotados.” Por eso recomienda la alegría. Esta es la Fundadora, la monja española. Porque el misticismo español tiene ese carácter propio, único y verdaderamente nuevo; es la afirmación de la voluntad humana (27). Va a conquistar el mundo con al espada y con el verbo sagrado, como los almorávides vinieran a las fronteras de Sáhara a conquistar a Marruecos y a España. O, como dice Sainz Rodríguez, nuestra mística huye del quietismo y es activista, creyendo que la exaltación de la caridad y las obras son caminos para llegar a Dios.

No se entiende por esto que solo los caminos de Cristo llevan al misticismo. Persona tan poco sospechosa como Menéndez y Pelayo dejó escrito, al hablar de la poesía mística, que para llegar a su inspiración “no basta ser cristiano, ni devoto, ni gran teólogo, ni santo, sino que se requiere un estado psicológico especial, una efervescencia de la voluntad y del pensamiento, una contemplación ahincada y honda de las cosas divinas y una metafísica o filosofía primera que va por camino diverso, aunque no contrario al de la teología dogmática”. Taime dijo: “Hubo un momento extraño y superior en la especie humana… De 1500 a 1700, España es acaso el país más interesante de la Tierra.” El mundo podía resultar pequeño para una monja romera que aspiraba a ofrendarlo entero a la Divinidad.

La Fundadora se daba perfecta cuenta de cuanto significaba su persona y su obra en la sociedad del tiempo. Y, sin embargo, de ello, y acaso por ello, por este su rendimiento humilde al renombre y la fama, puede escribir, muy pocos años antes, a la priora de Sevilla, una frase que en su sencilla familiaridad es como una profunda afirmación humana: “Bien veo que no es perfección en mí esto que tengo de ser agradecida; debe de ser natural, que con una sardina que me den me sobornarán.”

 

EL ESTILO DE SANTA TERESA

POR

Ramón Menéndez Pidal

En el siglo XVI, primero de nuestra edad de oro literaria, domina una norma de sencillez y naturalidad en el lenguaje, seguida por todos los principales escritores de entonces. Dentro de esa norma, Santa Teresa adopta una posición extrema, particularmente notable por su máxima espontaneidad. Fijar en que consiste tal espontaneidad, a que móviles obedece y qué grado de originalidad alcanza, es cosa bastante difícil. Hace años traté incidentalmente este tema, sin espacio para exponer lo que acerca de él me ocurría, ya ahora voy a desarrollarlo en algunos puntos, sin la limitación de entonces.

 

LECTURAS DE SANTA TERESA

Santa Teresa se instruyó y fue escritora gracias a que la reforma española del Cardenal Cisneros había promovido el cultivo de la lengua vulgar en traducciones de varios libros místicos medievales, hechas generalmente por frailes franciscanos. Por iniciativa de Cisneros se traduce la Vita Christi del Cartujano (o sea el Ludolfo de Sajonia), publicada en cuatro volúmenes en folio el año 1503; se traducen, igualmente gracias a él, el Tratado de la vida espiritual, de San Vicente Ferrer, en 1510; La vida de Santa Catalina de Sena, en 1511, y varias obras más, leídas por Santa Teresa. Después, otros franciscanos, seguidores del pensamiento de Cisneros, compusieron en romance obras originales, también muy leídas por la Santa; fray Alonso de Madrid, el Arte para servir a Dios (1521); fray Francisco de Osuna, el Tercer abecedario espiritual (1527), y fray Bernardino de Laredo, la Subida al monte Sión (1535).

          Estos y bastantes más libros frecuentaba Santa Teresa, que desde su niñez era ávida lectora, cuando he aquí que el gran inquisidor Valdés publicó, en 1559, su Índice de libros prohibidos, incluyendo muchos en lengua vulgar, por el peligro que existía en entregar doctrinas difíciles de la religión a gente ruda, incapaz de comprenderlas y expuesta al contacto de la reforma protestante. El criterio del arzobispo inquisidor era extremadamente hostil a los libros contemplativos en romance, que él decía “para mujeres de carpinteros”, y hasta incluía en el Índice la Guía de Pecadores, de fray Luis de Granada, cuyo autor tuvo que tomarse el trabajo de dar a su obra una nueva redacción para que pudiera seguir circulando. La Contrarreforma imponía decisiones como estas. El peligro del libre examen en materias religiosas hacía que el Concilio de Trento, cuando siete años antes del Índice de Valdés celebraba su segunda reunión, discutiese la conveniencia de prohibir la Biblia en lengua vulgar, prohibición que se llevó a cabo en el Índice decretado por el mismo Concilio en su reunión tercera y última.

          Con este riguroso criterio de contrarreforma, el Índice del arzobispo Valdés privó de un golpe a Santa Teresa de muchos libros “que le daba recreación leerlos”, como ella dice en el capítulo XXVI de su Vida. Aquí la autora nos encarece el gran sentimiento que tuvo por esta privación, ya que, ignorando el latín no podía no podía tener otras lecturas. Pero entonces la socorre el consuelo celeste, pues el Señor le dijo: No tengas pena que yo te daré libro vivo. “Yo -continúa la Santa- no podía entender por qué se me había dicho esto, porque aún no tenía visiones. Después, desde a bien pocos días, lo entendí muy bien, porque…. Ha tenido tanto amor el Señor conmigo para enseñarme de muchas maneras, que muy poca o casi ninguna necesidad he tenido de libros.” Con este favor del cielo le pareció a la Santa que ya le eran inútiles los libros no prohibidos que le quedaban, tocantes a la oración, y no los leía, limitándose a repasar las Vidas de Santos, lectura que tanto le había enfervorizado en su primera niñez. (Vida. XXX)

          Tenía a la sazón la Santa carmelita cuarenta y cuatro años. Su formación doctrinal o de estudio estaba completa; pero aún no había empezado a escribir sus obras. Así, Santa Teresa, cuyo espíritu se había formado al calor de las devotas lecturas franciscanas, fruto de la reforma española de Cisneros cuando aún el peligro de la reforma protestante no se hacia sentir, viene a florecer bajo la llamada contrarreforma, o reforma católica de Trento, en un ambiente del todo lo contrario. Solo tres años después de la prohibición empieza a redactar su propia Vida. Se ve entonces obligada a escribir en romance, cuando los libros contemplativos en romance sufrían una ruda guerra de descrédito; escribe privada de la lectura, atenida solo a los recuerdos de lo leído mucho antes. Esto contribuye, desde luego, a explicar el estilo de espontaneidad que ella practica; pero en qué medida contribuye es punto muy discutido.

          No eran suficientes los recuerdos, y desde el comienzo Santa Teresa se encontró con el recelo de muchos doctos, hostiles a que las más arduas cuestiones teológicas fuesen tratadas en lengua vulgar, y a demás por una mujer sin estudios, que trastocaba los vocablos usuales en las escuelas, “como es llamar unión a la éxtasis, teología mística al rapto y cosas semejantes (28). La Santa asentía a estas censuras, y cuando el padre carmelita Jerónimo Gracián la instaba a que escribiese Las Moradas, ella se resistía: “¿Para qué quieren que escriba? Escriban los letrados que han estudiado, que yo soy una tonta y no sabré lo que me digo, pondré un vocablo por otro, con que haré daño.” Pero fue preciso que esa mujer inquieta y andariega, como la motejaba el mismo nuncio apostólico, describiese las interioridades de su alma, para que los más arcanos procesos de la mística, tratados doctrinalmente por los teólogos en su latín, lograsen en una lengua vulgar más amplia y fecunda exposición, llena de lucidez, tanta, que aquella pobre monja sin letras mereciese ser declarada por Pío X Doctora de la Iglesia. El Padre Gracián después de convencerla para que escribiese Las Moradas, justifica aquella imprecisión léxica censurada, aquellos sustitutivos que la escritora da por un término técnico. ¿Qué importa el trueque de los vocablos? Como ellos expliquen bien el concepto, “todos son verdaderos, entendidos como se debe entender…; un éxtasis (entonces este nombre era femenino, como en latín), un éxtasis, en cuanto en ella se junta nuestra voluntad con la de Dios, se llama unión; en cuanto eleva las potencias y las levanta, se llama vuelo del alma; en cuanto es altísimo conocimiento de Dios, se llama mística teológica, etc. Todos estos nombres son verdaderos y declaran algo de este espíritu.”

 

ESTILO ERMITAÑO

Groseras más que curiosas. Aquí tenemos igualmente la explicación de la prosodia popularizante que Santa Teresa adopta en sus autógrafos, desviándose de la grafía corriente en los libros por ella leídos; an por aún; anque, aunque; cuantimás, cuanto más; nadie (Carlos V usa la variante culta nadi); ipróquita, proquesía; hipoquesía; catedrático; primitir, permitir; muestro, nuestro; traudinario, extraordinario; pusilánime, pusilaminidad; carractollendas, carnestolendas, etc, etc. (29) Se suelen tomar estas formas, y yo mismo las he explicado así, como propias de habla hidalga de Ávila, en la que Teresa se crió; pero, aunque varias lo son, las más demasiado bastas pertenecen, sin duda, al habla rústica que la Santa adoptaba por preciarse de estilo grosero y ermitaño. Recordemos a este propósito la noble asceta granadina doña Catalina de Mendoza, hija del marqués de Mondejar, que, ejercitada en toda clase de mortificaciones, hacia consistir una de estas en ocultar su admirado talento escribiendo sus cartas según la redacción de una inculta sirvienta. (30)

Fuera de la humildad ermitaña, otra causa de la indomable espontaneidad teresiana es la improvisación llevada a grado extremo. La reformadora carmelita redacta siempre arrastrada por la rápida afluencia del idear. “¡Ojalá pudiera yo escribir con muchas manos!” (Camino de perfección, XXXIII). De ahí elipsis incesantes, concordancias trocadas, paréntesis enormes, que hacen perder el hilo del discurso; razonamientos inacabados por desviación del pensamiento, oraciones sin verbo. Juan de Valdés y otros escritores del siglo XVI yoman por lema estilístico: “Escribo como hablo”; pero Santa Teresa propiamente ya no escribe, sino que habla por escrito; así el hervor de la sintaxis emocional rebasa a cada momento los cauces gramaticales ordinarios. El lenguaje escrito se diferencia fundamentalmente del oral en que se ayuda de los ojos para compaginar lo que se va a decir con lo que se ha dicho. Santa Teresa no hace tal diferencia, porque nunca vuelve atrás para releer lo que queda sobre el papel; así lo afirma expresamente, lo mismo en el descuido epistolar que en sus obras de más empeño. A su hermano Lorenzo le escribe en 1577: “Tornar a leer…; yo jamás lo hago; si faltaren letras, póngalas allá, que luego se entiende lo que quiere decir.” Y los mismo en Las Moradas: “Como la cabeza no está para tornarlo a leer, todo debe de ir desbaratado y por ventura dicho alguna cosa dos veces; como es para mis hermanas, poco va en ello”  (31)

          De palabra o por escrito, su habla era un hábito incoercible, rebelde a la menor presión externa. Ella nos cuenta que una vez le fue preciso negociar con una dama a quien debía tratar de “vuesa merced”, y, a pesar de que la aleccionaron como habrá de decir, no lo acertó bien, acostumbrada como estaba al trato de simples caballeros con “vuesa merced”, y así continuó la negociación, echando en risa su torpeza porque no le pareciera mal a aquella gran señora que la tratase de merced. Camino de perfección, XXXVI.

Santa Teresa acude varias veces a grupos de palabras antitéticas, pero siempre lo hace por una necesidad psicológica que les quita el menor aspecto de rebuscamiento retórico. Pero siempre el lenguaje teresiano muestra su atractivo fuera o en oposición de todo lo que se puede llamar “literatura”. El lenguaje levantado o noble repugnó en todo tiempo el diminutivo. Fernando Herrera decía: “La lengua toscana está llena de diminutivos con que se afemina y hace lasciva y pierde la gravedad, pero tiene con ellos regalo y dulzura y suavidad; la nuestra nos lo recibe sino con mucha dificultad y muy pocas veces.” Unas devoncioncillas de lágrimas y otros sentimientos pequeños, que al primer airecito de persecución se pierden estas florecitas” (Vida, XXV).

Teresa sentía una propensión irreprimible hacia esta forma gramatical, sin que le arredrasen las dificultades morfológicas de las terminaciones menos habituadas a recibir el sufijo: agravuelos escribió una vez; más luego que se vio obligada a copiar lo escrito, juzgó demasiado insólito aquel caso, y corrigió: “…unas cositas que llaman agravios, sin poder  se arrepintió estaba perfectamente formado. Si hoy quisiéramos sacar un diminutivo de agravio no lo hallaríamos aceptable; pero el instinto castellano viejo de Teresa lo halló. Estos sustantivos acabados en dos vocales tomaban el sufijo -uelo (latín, -olus) desde los mismos orígenes del idioma, como lo muestran abuela, del latín avia; plazuela, del latín platea, plaza, o los viejos nombres de lugar: Iglesuela, diminutivo de iglesia; Barruelo, de barrio. Tan ingénita y profundamente poseía Santa Teresa la morfología patrimonial del idioma. Claro es que también, según esta morfología primitiva el diptongo acentuado de los nombres desaparece al quedar inacentuado por adición del sufijo diminutivo: estropecillos es el diminutivo teresiano de estropiezo o tropiezo, forma pura, como fontecita, de fuente que siempre es la empleada con las demás de igual tipo.

Sin el hábil uso de los diminutivos no lograría el lenguaje de Santa Teresa muy matizadas delicadezas; nos retendría en un dejo de insatisfacción, como el que experimentamos al eliminar el sufijo en aquella frase suya: “Queda el alma con un desgustillo, como quien va a saltar y le asen por detrás, esparce Santa Teresa una sutil gracia, dignificando la proscrita forma de gran expresividad.

 

ASIMILACIÓN E INVENCIÓN

Los carmelitas de París, al publicar en 1907, traducidas al francés las obras de la Santa, decían: “Santa Teresa es el escritor más personal que ha traducido el genio español y quizá el genio cristiano. En ella no hay cosas copiadas de otro, no hay estudios previos ni laboriosas indagaciones, sino facultades brillantes, una sensibilidad exquisita, intuiciones filosóficas relevantes.”

          Pero este modo de ver, que es el de la mayoría de los admiradores de la Santa, parece eternamente ilusorio a un malogrado teresiano, Gastón Etchegoyen, autor de un excelente ensayo sobre las fuentes de Santa Teresa, publicado en 1923, en el cual quiere mostrar que la Santa carmelita “en realidad tuvo el genio de la asimilación y de la síntesis más que el de la asimilación”.

          Etchegoyen llega al resultado: Si la gran carmelita expresa excelentemente la España católica es porque debe los más ricos elementos de su personalidad a su raza y a su siglo. Sin haber hecho estudios regulares, su curiosidad insaciable la llevó a leer y releer cuantos libros en lengua vulgar podían interesarle: la llevó a poner atención ávida en las pláticas y sermones, a conversar con cuantos teólogos pudo: “después, cuando escribe su experiencia de la vida interior, no olvida nada de cuanto aprendió, y así transmite al siglo clásico el testamento religioso de la España Media, entonces, cuando el Concilio de Trento ensaya el transformar ese arte y esa doctrina a fin de reaccionar  mejor contra el adversario, una carmelita española,  aislada en su celda, escribe humildes manuscritos, donde la tradición condenada se perpetúa fresca y fecunda” (32)

          Teresa, en su celda, no se limita a transmitir una tradición en crisis, no se limita a las tenaces reminiscencias que asaltan su memoria, sino que, y transforma, moderniza, hace completamente suyo cuanto recibió y crea sobre ello un mundo, dando acabada expresión literaria al alma teresiana, un sol nuevo, que aparece alejado de la nebulosa de la tradición.

          Respecto de lo que aquí tratamos, la expresión de cuanto hereda y crea, Santa Teresa se aleja de todos los libros por ella leídos, sagrados y profanos; se añeja en la forma misma de algunas palabras, y hasta en la manera especial de escribir. Hacia sus quince años, Teresa leía, mejor dicho, devoraba apasionadamente los libros de caballerías, modelo entonces de discreción cortesana; “bebió aquel lenguaje y estilo” y aún escribió una novela caballeresca, según nos informa su primer biógrafo, fray Francisco de la Ribera. (33).

Examinemos uno de los más abundantes casos en que es notorio que Santa Teresa copia literalmente a sus autores. Nos referimos a un pasaje de Tercer abecedario espiritual, de Francisco de Osuna, que dice: “Un don es dar Dios alguan gracia y otro el dar el conoscimiento della; y a muchos da lo primero, que es hacer las mercedes, y no les da lo segundo, que es el conoscimiento dellas” (34) En el convento de San José de Ávila, se conserva como preciosa reliquia el ejemplar gótico de este Tercer abecedario, leído, releído y anotado por la Santa.

          Modernamente hay muchos críticos que desprecian los estudios de las fuentes literarias, porque lo único que interesa en un autor es su personalidad, su objetividad, su propia creación. Sin embargo, yo conservo la antigua estimación hacia el estudio de las fuentes, porque es el mejor modo de apreciar lo que el autor inventa, es el único modo de situarle dentro del medio espiritual en que se formó y vivió. Pero es necesario, repetimos, que el estudio atienda a obtener estos dos resultados para no privarse de sus naturales frutos.

 

 

ÉXITO DE ORIGINALIDAD

          Tratando de describir algunos estados de oración, dice ella: “Aunque he leído muchos libros espirituales, aunque tocan en lo que hace al caso, decláranse muy poco.” Y así se ve llevada a regiones extrañas a la literatura existente para satisfacer su afán de ahondar en el análisis de los propios estados psíquicos. Muy lejos de todas sus fuentes, la inspiración divina la exalta; “como desatinada y embriagada” en el amor celeste, siente florecer su alma, que “no ba en sí con un desasosiego sabroso. Y contradiciendo la natural llaneza de su lenguaje, la Santa acumula los adjetivos antitéticos para dar a entender aquella “gozosa pena en que el alma se anega; un glorioso desatino, una celestial locura, donde se aprende la verdadera sabiduría.”; una y otra vez repite desatinos santos, borrachez divina, embriaguez celestial, “palabras en alabanza de Dios, sin concierto si el mesmo Señor no las concierta…,” hasta que, desahogado su deífico furor de bacante, exclama, segura de haberse superado: “Veo claro que no soy yo quien lo dice, que ni lo ordeno, con el entendimiento, ni sé después cómo lo acerté a decir.”

          Esa naturalidad de afecto y de pasión admirablemente apreciada por el escritor de entonces más perfecto en su lenguaje, y, por tanto, más contrario al desaliño habitual en la Santa. Fray Luis de León que no conoció ni vio a la Madre Teresa mientras estaba en la tierra, se consuela viéndola y comunicando con ella en sus escritos; la lengua en que ella los redactó, pese a las anomalías gramaticales extrañadas por muchos, es “la misma elegancia”, envuelta en la cual recibe el alma un fuego sublime: “que el ardor grande que en aquel pecho santo vivía salió como pegado en sus palabras, de manera que levantan llama por dondequiera que pasan”. (35)

https://ocdiberica.com/actualidad/comienza-la-veneracion-publica-del-cuerpo-de-santa-teresa-de-jesus/

 

 

SANTA TERESA DE JESÚS, Obras Completas, Estudio preliminar y notas explicativas por LUIS SANTULLANO, con un ensayo EL ESTILO DE SANTA TERESA por Ramón Menéndez Pidal, Madrid, Editorial Aguilar, 1970, pp. 1347.

 

1.- Experiencias religiosas.

2.- Vida, cap. XVIII.

3.- PÉREZ DE AYALA, refiriéndose a San Agustín: El sendero innumerable.

4.- UNAMUNO, En torno al casticismo.

5.- FRANCISCO DE OSUNA, Tercer Abecedario espiritual.

6.- J. BARUZI, Leibniz et l´organisation religieuse de la terre.

7.- Vida, cap. XXXVIII.

8.- Abbé R. HOORNAERT, L´amé ardente de Saint Jean de la Croix.

9.- G.ETCHEGOYEN: L´amour divin.

10.- Padre MIGUEL MIR, Escritores místicos españoles.

11.- Bulletin Hispanique.

12.- Constituciones.

13.- Las Fundaciones.

14.- Vida, cap. XIII.

15.- Carta CXXXVIII.

16.- Vida.

17.- Moradas.

18.- Carta CXVIII.

19.- Carta CXLVI.

20.- Padre SILVERIO DE SANTA TERESA, Obras de Santa Teresa.

21.- Carta CXXXI: A la Madre María de San Jose.

22.- Carta CXLVIII: Al Padre Ambrosio Mariano de San Benito.

23.- Fundaciones, cap. VI

24.- Carta CLXVIII.

25.- J. BARUZZI: Obra citada.

26.- J. LILLO RODELGO: El sentimiento de la Naturaleza.

27.- J. OLIVEIRA MARTINS: Historia de la civilización ibérica.

28.- Recoge esta acusación el P. Jerónimo Gracián: véase Biblioteca de Autores Españoles LV, págs.. 505 b, 506, con la exculpación que da el P. Gracián.

29.- Una lista de estas formas da V. de la Fuente en la Biblioteca de Autores Españoles, LIII, págs.. 15 y siguientes, y más abundante A. Sánchez Moguel en El lenguaje de Santa Teresa de Jesús, Madrid 1915; págs.. 45 y 51-55. Véase también Las Moradas, edic. T. Navarro, en La Lectura, I.°, XVI, 143, etc.

30.-Véase su vida estudiada por A. Morel-Fatio, en el Bulletin Hispanique, IX, 1907, pág. 245.  Doña Catalina era veintisiete años más joven que Santa Teresa.

31.- Véase la carta en Biblioteca de Autores Españoles, LV, pág. 126 b, Moradas Vas, 4°.

32.- G. ETCHEGOYEN: L´Amour divin, sur les sources de Sainte Thérése, Bordeaux, 1923, págs.. 29 y 30. Véase sobre este libro A. CASTRO, en la Revista de Filología Española, XII, 1925, pág. 191, y en Santa Teresa y otros ensayos, 1929.

33.- Vida de la Madre Teresa de Jesús, Madrid, 1602, I° 5°.

34.- Tercer Abecedario, V.° 3.°; repite en III° 2.° (en la Nueva Biblioteca de Autores Españoles, págs.. 372 a y 351 b).

35.- Carta a las Carmelitas Descalzas de Madrid, 1587; en la Biblia de Autores Españoles, LIII, pág. 19

 

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