domingo, 5 de abril de 2026

 

CORTES PARLAMENTARIAS DEL REINO DE LEÓN DE 1188

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El Reino de León efectuó una importante e imprescindible aportación política, jurídica y sociocultural a la configuración actual de la península Ibérica, y de la actual Unión Europea. Su contribución más destacada fue la celebración en 1188 en la ciudad de León de las primeras Cortes proto-democráticas en Europa, o Cortes Parlamentarias, preludio del Parlamento europeo, con la asistencia de los representantes de las villas y de las ciudades, junto con la nobleza y el clero. En ellas se reconocieron por primera vez importantes derechos civiles para los ciudadanos.


En 1202, se convocaron en Benavente las segundas Cortes Parlamentarias leonesas y aún las segundas de Europa, que aprobaron el primer impuesto territorial por un parlamento, considerado antecedente de los presupuestos generales de los estados modernos.

CORTES PARLAMENTARIAS DE LEÓN DE 1188

Los precedentes democráticos tienen su origen en Grecia. Roma alumbró su propio principio democrático por el cual "lo que involucra a todos tiene que ser aprobado por todos" (quod omnes tangit ab ómnibus appobetur). Ese precepto de Justiniano se consideraba como la base del concepto de bien común. Las asambleas de hombres libres de los germanos, el thing, fue una forma de democracia asamblearia.

En la temprana Edad Media, hubo otros ejemplos de democracia primaria, asambleas de hombres libres reunidos para resolver problemas locales: en el mundo franco existía el placitum; en el anglosajón, el shire y el hundred; en la España visigoda, el conventus publicus vicinorum. La gran innovación consistió en que esos hombres libres se incorporaron a los grandes órganos de decisión política junto a los magnates y los nobles.


La sociedad medieval europea se estructuraba en estamentos; era un orden social jerarquizado y segmentado. La concepción de la sociedad como articulación de estamentos era una constante de la cultura política europea desde Sócrates, que ideaba la República como un cuerpo dotado de una cabeza, un pecho y un vientre. Cada parte del cuerpo representa un estamento social: la cabeza (la razón, el pensamiento) la forman las clases rectoras; el pecho (la fuerza, el coraje) la forman los soldados; y el vientre (el alimento, el trabajo, la reproducción) la forman los trabajadores o productores.

Esa estructura jerárquica determinaron la formación de los estamentos medievales: oratores, bellatores, laboratores. La división en estamentos era una plasmación, en lo social, de ese orden ideal: los religiosos, los nobles y los campesinos. A cada uno de estos estamentos se le reconocía una función social específica y, en consonancia, una condición jurídica singular.

 

ALFONSO IX EN CORTES Y SÍMBOLOS DEL REINO DE LEÓN

Este orden no se tradujo en instituciones representativas generales, donde cupieron todos, hasta que el estado llano entró en las asambleas, gracias a la aportación intelectual de la Iglesia. Fueron los teólogos quienes, hacia los siglos XII y XIII, actualizaron la visión socrática de la comunidad política y la compaginaron con el concepto latino de "bien común". Santo Tomás de Aquino lo expresó de manera inmejorable: a la hora de garantizar el bien común, será bueno hacerlo por "gobernantes elegidos por el pueblo de entre el pueblo". Así aceptaban junto a los magnates y caballeros del estado nobiliario, y junto a los prelados y abades del estado eclesiástico, los patricios de las villas y ciudades.

Las circunstancias de la Reconquista determinaron aquel hecho. Los reinos cristianos hispánicos que se fundaron después de la invasión musulmana empezaron a construir su estructura de poder sobre bases muy elementales: el rey, los nobles y los clérigos. Pero a medida que la Reconquista iba tomando impulso, se fueron formando nuevos núcleos de población y grupos humanos con una personalidad política singular: hombres libres que han construido ciudades que se gobiernan a sí mismas, con tierras que cultivan para sí, que organizan mercados, con una vida económica y social independiente del poder feudal. Esa libertad implicaba el reconocimiento de un cierto número de derechos de naturaleza colectiva. Y cómo estas comunidades de hombres libres eran la base de los reinos de la Reconquista, los reyes no tardaron en convocarlos.


Por otra parte, el Reino de León frenó su expansión geográfica hacia el sur, la Corona precisaba de mayores ingresos y, a fin de obtenerlos, creó nuevos impuestos, lo que produjo un alza de precios. Por ello, la clase ciudadana quiso obtener alguna contrapartida y regular el gasto regio para reorganizar nuevas campañas bélicas contra los moros. Ante estas nuevas necesidades económicas, fue el rey quien solicitó la incorporación de elementos populares.


Así es como, en 1188, durante el reinado de Alfonso IX, a la curia regia de León se incorporan elementos procedentes del estamento popular, exclusivamente ciudadano, representantes de las ciudades y principales villas del reino. Estos eran los procuradores, también llamados personeros u "hombres buenos", elegidos por los ciudadanos de sus correspondientes villas para su representación política en la curia.

 


ALFONSO IX EN LA CATEDRAL DE SANTIAGO

En 1188, en la ciudad de León, se realizaron las primeras Cortes Parlamentarias de Europa. Fueron las Cortes Democráticas de 1188, reunidas en el Claustro de la Basílica de San Isidoro de Sevilla, sito en la ciudad de León. En estas Cortes, además de ampliar los Fueros de Alfonso V del año 1020, se promulgaron nuevas leyes destinadas a proteger a los ciudadanos y a sus bienes contra los abusos y arbitrariedades del poder de los nobles, del clero y del propio rey. Este importante conjunto de decretos ha sido calificado con el nombre de Carta Magna Leonesa.


En estas Cortes parlamentarias se reconoció la inviolabilidad del domicilio, del correo, la necesidad del rey de convocar Cortes para reanudar la guerra o declarar la paz, y se garantizaron numerosos derechos individuales y colectivos.


En 1202, se convocaron en Benavente las segundas Cortes parlamentarias leonesas y aún las segundas que se celebraban en Europa. En ellas se fijaron los principios y derechos económicos del Reino de León y de sus habitantes. Además, se instauraba el primer impuesto territorial aprobado por un parlamento, que fue denominado como Moneda forera y es considerado antecedente de los presupuestos generales de los estados modernos.


Fue el inicio de un nuevo marco político por el que se organizaron las cortes de otros reinos y condados cristianos de Europa, extendiéndose durante los siglos XIII y XIV. A Cataluña llegó en 1218; Castilla en 1250; Aragón en 1274; Valencia en 1283; Navarra en 1300.


Alemania aplicó el ejemplo leonés en 1232; Inglaterra regula la presencia de los representantes del tercer estado en 1265; Francia incorpora la presencia institucional de las ciudades francesas en los primeros Estados Generales de 1302.


MAPA PENSULAR DEL SIGLO XI

La curia regia conservaba sus funciones consultivas, que sólo amplió más adelante, y en ellas el elemento popular estaba claramente diferenciado. Los miembros de los tres estamentos sociales (clero, nobleza, pueblo) eran elegidos con la finalidad expresa de votar en una dirección concreta, y todos los miembros valían igual, teniendo atribuciones muy amplias. Aquellas Cortes parecieron como un diálogo entre el rey y la curia, por un lado, y los representantes de las ciudades y villas por otro, sin oposición a que cada estamento se consolide por separado.


Las cortes aprobaban leyes, consignaban impuestos, atendían las reclamaciones contra cualquier transgresión del orden, y tenían la facultad de requerir al rey para que jure las libertades particulares de los súbditos, como condición necesaria para aceptar la soberanía regia. El juramento de libertades y cartas pueblas significaba algo de un valor trascendental: que ningún ciudadano perdería sus derechos y que el rey aceptaba mantener el estatus jurídico de sus territorios, lo cual garantizaba el mantenimiento del orden colectivo.


Aquellas cortes no formaban una asamblea fija y estable, sino que se reunían con periodicidad discontinua y previa convocatoria del rey, para disolverse tras haber realizado su tarea. Cada reino poseía su Diputación General, tratándose de una comisión permanente con la función de velar por el cumplimiento de los acuerdos en las cortes y que nadie violase los fueros municipales.

Así se fundó la Diputación del General de Cataluña a partir de 1359; también en Navarra, bastante tiempo después, ya dentro de la unidad española, llamándose Cámara de Comptos.




CATEDRAL DE LEÓN Y BASÍLICA DE SAN ISIDORO DE SEVILLA

Cuando en 2013, la Unesco inscribió los "Decreta" de León del año 1188 en su Registro de la Memoria del Mundo, estaba preparando una injusticia, puesto que la literatura anglosajona siempre ofreció su Carta Magna como la primera constitución democrática, aunque tenga treinta años más de que el texto leonés.

Dice el texto de inscripción, literalmente, lo siguiente:

"El corpus documental de Los 'Decreta' (o Decretos) de León de 1188 contiene la referencia al sistema parlamentario europeo más antigua que se conozca hasta el presente. Estos documentos, cuyo origen se remonta a la España medieval, fueron redactados en el marco de la celebración de una curia regia, en el reinado de Alfonso IX de León (1188-1230). Reflejan un modelo de gobierno y de administración original en el marco de las instituciones españolas medievales, en las que la plebe participaba por primera vez, tomando decisiones del más alto nivel, junto con el rey la iglesia y la nobleza, a través de representantes elegidos de pueblos y ciudades."

 

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CONTROVERSIA DE VALLADOLID PRIMER DEBATE SOBRE DERECHOS HUMANOS


La Junta de Valladolid fue denominada a la controversia que tuvo lugar en esta ciudad en los años 1550 y 1551 entre teólogos y juristas para analizar el modo en que se estaba realizando la colonización de América, la licitud de la empresa y los derechos de los indígenas. Está considerado como el primer debate sobre los Derechos Humanos.


En el contexto de lo que fue el impacto en Europa de los descubrimientos geográficos efectuados por españoles y portugueses en los siglos XV y XVI y las nuevas corrientes de pensamiento surgidas al inicio de la Edad Moderna, una efeméride importante fue el de la polémica de indis o debate sobre los naturales. Una cuestión que fue fomentada tanto en España como en los recién colonizados territorios del Nuevo Mundo por teólogos y juristas castellanos en torno a la justicia y la licitud de la dominación en las tierras descubiertas.


Esta cuestión se convirtió en el tema central de las Juntas Consultivas para las Indias realizadas a lo largo del siglo XVI, cuyos resultados fueron la declaración de los Justos Títulos y la aprobación de sucesivas Leyes de Indias.


En principio, se consideraba suficiente el título del propio descubrimiento en base a un texto de Las Partidas de 
Alfonso X, pero pronto aquel título no parecía satisfacer, porque las tierras estaban habitadas por naturales. Entonces, se trató de justificar la colonización a través de las tradicionales teorías medievales que afirmaban que el Papa era Dominus Orbis y que, por lo tanto, las concesiones papales de Alejandro VI realizadas a los Reyes Católicos suponían la plena justificación de la conquista americana. En tal sentido la Bulas Alejandrinas obtenidas en 1493 otorgaban al Reino de Castilla el señorío de las tierras e islas descubiertas y por descubrir, y en esta concesión, fundada por el poder eminente del Príncipe sobre todo el Orbe y especialmente sobre los infieles, se hizo fundamento jurídico suficiente para legitimar la sujeción de los pueblos indígenas a Castilla, llevando los descubrimientos un requerimiento que se formulaba a los indios para acatar aquella donación.


Sin embargo, esa justificación, apoyada en argumentos teológicos, empezó pronto a ser criticada dentro del reino por eclesiásticos, pero también fuera por algunos soberanos europeos. Desde los territorios americanos, los eclesiásticos de la Orden de los dominicos cuestionaron la validez de las Bulas Alejandrinas, denunciaron los abusos de los colonizadores en defensa de los indios, y exigieron un debate sobre los Justos Títulos de conquista.


CATEDRAL DE VALLADOLID

La polémica de los naturales fue tratada en la Junta Consultiva de Valladolid, en el Aula Triste del Palacio de Santa Cruz, antiguo Colegio Universitario y hoy sede del Rectorado de la Universidad de Valladolid, y se desarrolló en dos largas sesiones: en agosto de 1550 y en abril de 1551. En esta ciudad residía la Corte real de España.


La denominada Controversia de Valladolid suponía que, por primera vez en la Historia de la Humanidad, un imperio, el español, discutiese la legitimidad de las tierras conquistadas. Aunque, hay que tener en cuenta que los Imperios francés, inglés y portugués no encontraron organizaciones políticas desarrolladas en Estados, como las civilizaciones maya, azteca e inca.


A la todavía capital de reino llegaron los mejores pensadores de la época, un extraordinario grupo de teólogos y juristas: los dominicos 
Domingo de SotoBartolomé de Carranza o Melchor Cano, que fue sustituido cuando marchó al Concilio de Trento por Pedro de la Gasca, el primer pacificador del Perú, junto a los jurisconsultos del Consejo de Indias. Estos cuatro eruditos eran dominicos, escolásticos defensores del Tomismo (doctrina de Santo Tomás), catedráticos que controlaban las principales universidades y colegios de España. Soto y Cano eran miembros de la Escuela de Salamanca y discípulos de Francisco de Vitoria, enseñaban en la Universidad de Salamanca, una de las más prestigiosas en la Modernidad europea. En cambio, Carranza enseñaba en la Universidad de Valladolid.


El debate se centró en las ideas de tres grandes intelectuales de la época: Juan Ginés de Sepúlveda defendiendo la guerra, Francisco de Vitoria, que había muerto en 1546, aceptando la guerra justa, y Bartolomé de las Casas negándola. Sepúlveda y Las Casas se convirtieron en los protagonistas del debate y en los principales defensores de dos posiciones antagónicas de concebir la conquista del Nuevo Mundo. En realidad, eran dos pensamientos diferentes de entender al indígena y el descubrimiento de América, que desembocó en un debate jamás antes abordado por otro imperio. Nunca se trató como un asunto académico, sino como un problema real, de conciencia para muchos españoles, incluidos los monarcas.

La controversia tenía como bases argumentales la Teología, pues esta disciplina del saber era considerada superior a cualquier otra (philosophia ancilla teologiae). Quedaba por sentado a priori que los indígenas americanos eran seres humanos racionales con alma, lejos de considerarles animales salvajes susceptibles de ser domesticados. Esta cuestión ya se había resuelto en la Cristiandad unos años antes, en 1537, mediante la bula Sublimis Deus, del papa Paulo III, que declaraba el derecho a la libertad y la propiedad de los indios, así como el derecho a la conversión cristiana por métodos pacíficos.


El objetivo filosófico era acordar una base teológica y jurídica fiable para establecer un modelo de descubrimiento, evangelización y colonización de las Indias. Sus campos de actuación fueron amplios: la autoridad papal, la naturaleza de su donación, la definición de la guerra justa, las libertades y derechos de los indios, etc.

Bartolomé de las Casas y los seguidores de la doctrina de Francisco de Vitoria, eran escolásticos de la Orden de los Dominicos y defensores del Iusnaturalismo, una corriente jurídica y teológica que establecía que todas las personas del cualquier lugar del mundo tenían los mismos derechos y libertades por su propia naturaleza humana, y estaban a favor de unas leyes universales para todos los pueblos y países que regulasen sus relaciones internacionales. Fueron los pioneros de los Derechos Humanos y del Derecho Internacional de Gentes. Denunciaban la guerra injusta y los métodos empleados en la colonización, sus pretensiones era el total abandono de la colonización americana.

Las Casas se convirtió en un pionero de la lucha por los Derechos Humanos, los documentos que aportaban fueron su Brevísima relación de la destrucción de las Indias y su Apologética historia sumaria: la primera ocupándose de la licitud o ilicitud de la conquista, y la segunda de la situación en que se encontraban los indígenas. Pero estos testimonios no eran convincentes del todo, ya que se sospechaba que había estado exagerando muchos de los hechos ocurridos.


Respetaba el dominio español en América sólo si se predicaba pacíficamente el evangelio, condenando el uso de la violencia, aunque estuviese justificada, pues para él los colonos tenían la obligación de respetar a los inocentes entre los que citaba a mujeres, niños, sacerdotes, agricultores, obreros y mercaderes. Por eso recordaba que las Bulas Alejandrinas solo permitían la intervención de Castilla en el Nuevo Mundo tan solo para la prédica del evangelio, sin privar a los naturales de sus estados, jurisdicciones, bienes, honras, dignidades y señoríos.


Fue tan influyente en la Corte de Carlos I que se considera un triunfo de sus ideas la aprobación de las Nuevas Leyes de Indias de 1542. En la Junta Eclesiástica de México de 1546, las órdenes eclesiásticas allí establecidas aceptaron sus doctrinas como política misionera.

Pero hubo otras opiniones contrarias a las posiciones de las órdenes religiosas. Una de ellas fue la del gran humanista JuanGinés de Sepúlveda, también dominico y consejero de Carlos I y, más tarde, de Felipe II. Había estudiado en Filosofía y Teología en Alcalá de Henares y Bolonia. Era buen conocedor del latín y griego y tenía una sólida formación aristotélica, cuya doctrina seguía para defender el legítimo derecho de conquista en América. Combatió el pensamiento de Erasmo de Rotterdam, por no compartir su idea sobre el libre albedrío, y refutó a Lutero.


Apoyaba la legitimidad de la conquista, colonización y evangelización de los indígenas americanos y era contrario al espíritu de las Leyes Nuevas. Basándose en el derecho imperial y en el Aristotelismo, justificada que España hiciese la guerra de conquista en las Indias porque, los pueblos de civilización superior tienen derecho a dominar y tutelar a los de civilización inferior y, por tanto, era justo que los españoles dominasen a los indios, idólatras y antropófagos, y los evangelizasen para llevarlos a su misma altura.

En 1535, publicó un libro, Democrates primus, de convenientia militaris disciplinae cum cristiana religione, en el que atacaba las doctrinas erasmistas que establecían que toda guerra, incluso la defensiva, era contraria a la religión católica. En él, hacía compatible la disciplina militar y la religión cristiana, defendiendo la guerra justa bajo las siguientes condiciones: si es declarada por autoridad legítima; con rectitud de intención; si se obra con moderación; si se repelen agresiones y recupera lo arrebatado; y se castiga a malhechores.


Por estímulo de Hernán Cortés y del cardenal Loaysa escribió después Democrates alter, sive de justi belli causis suscepti apud Indos. Trataba las causas justas de la guerra y la legitimidad de la conquista española en América. Esta publicación fue el detonante de una controversia entre Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas.


Las Casas, enterado de la próxima publicación de este segundo libro, emprendió una intensa actividad para impedirlo, enojado también porque Sepúlveda había logrado que la Corte retirase del mercado su Confesionario. Se ganó la confianza de Melchor Cano, y entre ambos consiguieron influir en las universidades de Alcalá de Henares y Salamanca para prohibir la impresión del Democrates alter. Sepúlveda logró publicar esta obra en Roma bajo el título de Apología pro libro de justis belli causis, gracias a la intervención de su amigo Antonio Agustín, presidente del Tribunal de la Rota Romana, y miembro destacado de la Corte pontificia. 


En aquella Apología Sepúlveda siguió defendiendo la conversión de los infieles y la licitud de la guerra por el derecho de los cristianos a hacerla contra los idólatras en virtud de la autoridad del Papa. Por la otra parte, Las Casas impedía la entrada de este libro en España mediante la intervención de Antonio Ramírez de Haro, obispo de Segovia, quien hizo condenarla y ordenó la quema todos los ejemplares en territorio español.


CARLOS V Y LEYES DE INDIAS

Enterado de la disputa surgida, el emperador Carlos V se tomó muy en serio la cuestión, ante lo cual, en 1549, solicitó los consejos de las mejores inteligencias del país que fueron convocadas a una gran asamblea de sabios para tomar una solución definitiva. Y el 3 de julio del mismo año, el Consejo de Indias ordenaba detener la conquista.

Sepúlveda basaba su doctrina en argumentos aristotélicos, tomistas y humanistas, desarrollados en varias obras y que los agrupó en argumentos de razón y derecho natural y argumentos teológicos. Justificaba la guerra justa contra los indios debido a su idolatría y sus pecados, además defendía su inferioridad racial, que obligaba a los españoles a tutelarlos.

Propuso cuatro Justos Títulos para la conquista:

1. el Derecho de Tutela, que implicaba la servidumbre a los españoles de los indígenas para su propio beneficio, porque carecían de capacidades para gobernarse por ellos mismos. 

2. la eliminación de conductas antinaturales, incluso mediante el uso de la fuerza, como el canibalismo. 

3. la obligación de salvar a las futuras víctimas, esclavos o capturados en la llamadas "guerras floridas", del ritual del sacrificio humano a sus dioses falsos. 

4. el mandato evangelizador que Cristo dio a los apóstoles y al Papa, y este como representante de Cristo en la Tierra al rey católico.


Las Casas basaba su defensa del indio en la doctrina de Francisco de Vitoria. Así, el fundador de la Escuela de Salamanca y promotor del Derecho Internacional había establecido siete Injustos Títulos y otros siete Justos Títulos. Estos últimos eran:

1. los españoles tienen el derecho de propagar la religión cristiana en América. 

2. la protección de los indios convertidos al cristianismo cuando sean perseguidos por otros pueblos paganos. 

3. la autoridad papal para otorgar indios cristianizados a un rey católico como su señor. 

4. la intervención militar de los españoles cuando suceden delitos contra-natura. 

5. la libertad de los indios para tomar como rey a uno cristiano. 

6. el derecho de una parte del botín de guerra si los españoles participan en las guerras indias y actúan como aliados de unos u otros. 

7. la protección de aquellos indios más desfavorecidos, atrasados, discapacitados, etc.


Como discípulo de Vitoria, Las Casas consideraba como título injusto todo aquel que autorizase al Papa y Emperador al dominio de las tierras descubiertas, como por ejemplo las Bulas de Alejandro VI o el requerimiento que se hacía a los indígenas para justificar su sometimiento, por tanto, la ocupación del Nuevo Mundo era ilegítima.


Rechazaba la ocupación y sometimiento por la fuerza y la conversión obligatoria de los indígenas, a los cuales no se les podía considerar pecadores o poco inteligentes, sino que eran libres por naturaleza y dueños legítimos de sus propiedades. Defendía el derecho de propagación del evangelio, el cual dejaba de ser una obligación de los colonos para convertirse en un derecho de los indígenas.

Los argumentos principales fueron debatidos de la siguiente manera.

Comenzaba el debate Sepúlveda con la siguiente exposición:

"Dice Aristóteles y corrobora Santo Tomás que los hombres son, por naturaleza, unos superiores y otros inferiores. Los inferiores son los bárbaros, que no viven conforme a la razón natural y tienen malas costumbres. Y es de recta razón que los bárbaros sean sometidos a los que no lo son, y que así los indios obedezcan a los españoles. Y si no puede ser por la paz, habrá de ser por las armas, y esta guerra será justa."


Correspondía a Bartolomé de las Casas demostrar que la racionalidad de los indígenas era igual a la de los europeos. Como prueba se sirvió del desarrollo urbano y de su arquitectura: 

"Pero vuestra reverencia, hermano Sepúlveda, no interpreta bien a Aristóteles. Porque él habla de cuatro clases de bárbaros, y los indios, a los que yo conozco, no son bárbaros propiamente dichos, o sea crueles y sin razón, sino que poseen razón suficiente y bien podrían gobernarse por sus propios medios. ¿O no hay razón en quienes han construido esos grandes templos que nos admiran? Y por su razón, hay que llevarlos a la civilización y a la fe de forma pacífica, y no a través de la guerra."

Sepúlveda intentó desmontar ese argumento comparando a los aztecas con las abejas, pues estas últimas construyen paneles y no son racionales. En cambio, cuestionó la capacidad de razonamiento y autogobierno mediante por el uso del canibalismo y la idolatría, que deben ser combatidas por la fuerza:

"Habláis, fray Bartolomé, de los grandes templos como signo de razón, pero también las abejas construyen paneles prodigiosos, y no por eso se les presupone razón. Mirad, por el contrario, esos grandes pecados de estos mismos bárbaros, que comen carne humana y la ofrecen a sus ídolos. Estos pecados contra la ley natural y fueron castigados por Dios en los antiguos habitantes de la Tierra Prometida. Y del mismo modo es de justicia que la idolatría y blasfemia puedan ser vencidas con la espalda, pues es justo hacer la guerra a los idólatras, para que los infieles puedan oír la predicación de la fe y observar la ley natural."

 

Para Ginés de Sepúlveda los indios americanos estaban en un estado de atraso que requería tutela de reyes y del Papa, mientras que Las Casas los consideraba incluso más adelantados que los europeos en tiempos de antes de Cristo. Ginés de Sepúlveda consideraba atentado contra la naturaleza devorar carne humana, e injusta la idolatría. Las Casas añadía que para castigar dichos males se necesita una jurisdicción sobre los indios de la que los reyes de Castilla carecían. Los indios no eran por tanto súbditos, y sólo admitió que fueran sometidos los herejes.


Las Casas:

"Muy equivocada está vuestra reverencia, pues habláis de castigar al idólatra, pero el castigo sólo puede imponerlo quien para ello tiene jurisdicción, y aquí la jurisdicción no corresponde al príncipe, ni siquiera a Su Santidad. Porque estos indios nos eran del todo desconocidos, luego no son súbditos del príncipe. Ni tampoco conocían la fe; luego, al no ser súbditos de Cristo, no han de estar sometidos al fuero de la Iglesia."

Sepúlveda defendía la intervención bélica para proteger a los inocentes de la idolatría y evitar la antropofagia y la inmolación de víctimas. Las Casas no tuvo objeciones contra esos fines, pero opinaba que ni la antropofagia ni el sacrificio de víctimas humanas constituyesen causa justa para combatirlos por la fuerza, ya que se hacían por motivos religiosos; y que esa falsa idolatría se podía erradicar mejor con la predicación y la ausencia de la violencia.


Sepúlveda:

"¿Tendremos que dejar entonces que todos esos inocentes, víctimas de la idolatría, sigan siendo sacrificados por millares en los altares de los demonios? Porque por millares fueron sacrificados, todos los años, más víctimas inocentes que las que causaría una guerra justa contra los idólatras. Todos los hombres están obligados por ley natural a defender a los inocentes. Y sólo se los podrá defender si los idólatras son sometidos por otros hombres mejores; hombres que, por ser cristianos, aborrezcan los sacrificios."

 

Las Casas:

"Mal podemos defender a los inocentes si los matamos en la guerra. ¿No será mejor favorecer que cambien de religión por vías pacíficas? Aquí no estamos hablando de crímenes comunes, pues ¿dónde se ha visto que sea todo un pueblo el que delinque? Esos sacrificios proceden de la ausencia de fe, pero no de la maldad. La naturaleza no enseña que es justísimo que ofrezcamos a Dios las cosas más preciosas, y ninguna cosa hay tan preciosa como la vida; luego está en la naturaleza que los que carecen de fe, sin otra ley que orden lo contrario, inmolen incluso víctimas humanas al Dios que tienen por verdadero. Nosotros reprobamos esas prácticas según el mandamiento de la fe verdadera: "No matarás." Pero, por lo mismo, no podemos matarlos para que vengan a la verdadera fe."


Sepúlveda justificaba la guerra contra los infieles como medio para la evangelización según la doctrina de San Agustín. Las Casas matizaba que San Agustín solo se refería a los cristianos herejes, sometidos a la jurisdicción de la Iglesia; siendo los indígenas paganos, en ausencia previa de la tutela de dicha institución.

Sepúlveda:

"Pues yo sostengo que, para traerlos a la fe, no es ilegítimo el recurso a la fuerza. Es de derecho natural y divino, siguiendo a San Agustín, corregir a los hombres que yerran muy peligrosamente y que caminan hacia su perdición. Atraerlos a la salvación es de derecho y, además, es un deber que todos los hombres de buena voluntad querrían cumplir. Dos formas hay de hacerlo. Una, a través de exhortaciones y doctrina. Otra, acompañándolas de alguna fuerza y temor a las penas, no para obligarlos a creer, sino para suprimir los impedimentos que puedan oponerse a la predicación de la fe. Hemos visto que los indios, una vez sometidos al poder de los cristianos, se convierten en masa y se apartan de los ritos impíos. Y así en pocos días se convierten más, y más seguramente, que los que se convertirían en trescientos años de exhortación."

 

Las Casas:

"San Agustín defiende el uso de la fuerza, sí, pero sabe vuestra reverencia que los hace específicamente para con los herejes que están bajo la jurisdicción de la Iglesia, no para con los infieles y paganos, que no lo están. Los indios son infieles que no están bajo la jurisdicción de la Iglesia. Luego la forma correcta de obrar con ellos no es usar la fuerza, sino convocar a los indios y, de forma pacífica, invitarles a abandonar la idolatría y a recibir la predicación."

En la disputa no hubo un vencedor final, y ambos opositores se consideraron vencedores.  La mayor parte de los teólogos dieron como ganadoras las tesis de Las Casas, mientras que la mayor parte de los juristas lo hicieron a favor de las de Sepúlveda. La resolución final fue la emisión de varios informes que tuvieron sus consecuencias.

El Debate de Valladolid sirvió para actualizas las Ordenanzas de las Indias y crear la figura del protector de indios. Así, las nuevas instrucciones de colonización, aprobadas en Valladolid el 15 de mayo de 1556, permitieron un avance al virrey del Perú por tierras inexploradas, pero sin daño ni violencia para los indígenas. El mismo espíritu mantuvieron las Ordenanzas de Juan de Ovando, sancionadas por Felipe II el 13 de julio de 1573, en las que se modificó el modelo de conquista por el de poblamiento o pacificación.

 

La Junta inspiró varias medidas posteriores como por ejemplo la abolición definitiva de la encomienda, así como la de cualquier síntoma de esclavitud de los indios. Fue destacable el interés de los propios reyes en mantener vivos a sus súbditos y garantizar la continuidad de los ingresos americanos frente a la codicia de los encomenderos, lo cual propició nuevas normas.

El resultado fue la promoción de la Legislación de Indias, ya antes iniciadas en otras juntas, que es considerada como la base del Derecho Internacional de Gentes (ius gentium), principio del fin de la justificación del dominio en las diferencias entre unos hombres y otros, idea que se arrastraba desde Aristóteles.

Las conquistas españolas se regularon de tal forma que solo a los religiosos les estaba permitido avanzar en territorios vírgenes. Una vez que habían convenido con la población indígena las bases del asentamiento se adentraban más tarde las fuerzas militares, seguidas poco después por los civiles. Nunca en la historia, ningún otro país del mundo ha desarrollado una política semejante.

Se mantuvo el dominio español, pero reconociendo a los indígenas como personas con derechos propios, con las mismas libertades que los españoles peninsulares.

España continuó la empresa de las Indias, teniendo en cuenta las lecciones de Francisco de Vitoria:

"Es claro que, después de que se han convertido allí muchos bárbaros, ni sería conveniente ni lícito al príncipe abandonar por completo la administración de aquellas provincias."

Lo más importante de la Controversia de Valladolid es que en ella se fundaron los Derechos Humanos. Fue la primera vez que reyes y súbditos se plantearon la cuestión de los derechos fundamentales de los hombres por el simple hecho de ser hombres, derechos anteriores a cualquier ley positiva. Nunca antes un pueblo se había cuestionado con tal profundidad dónde acaban los derechos propios, los del vencedor, y donde empiezan los derechos ajenos, los del vencido. Y nunca antes un poder se había sometido de tal manera a la filosofía moral.

 

El hecho de que se considerara necesaria una reflexión pública como la de esta Junta se ha considerado siempre excepcional, en comparación con cualquier otro proceso histórico de formación de un Imperio. Hay que destacar que no surgieron controversias públicas similares en las colonias inglesas o francesas de América, pero desgraciadamente sabemos de los malos tratos y del exterminio que se produjo también en ellas.

 

Una película francesa dirigida por Jean Daniel Verhaeghe en 1991 recrea este episodio con el título de La Controverse de Valladolid. Y lo mismo hizo Jean Dumont en 2009 con su libro El amanecer de los derechos del hombre. La controversia de Valladolid

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sábado, 4 de abril de 2026

 

El Diario de Juana

Cuando nosotros nos marchemos os comerán el alma”, con esta profética frase se despiden de Teresa Monge y Juana López los mineros asturianos que se encontraban en León el 19 de julio de 1936; habían llegado, luego de ser engañados por el coronel Aranda, que aprovechó su salida para sumarse al golpe militar en Oviedo. Les había prometido que en esta ciudad les facilitarían armas para defender Madrid, después de muchas presiones sobre el gobernador recibieron alrededor de 200 fusiles en malas condiciones. La presencia de los mineros determinó que las tropas del general Carlos Bosch, comandante militar de León, retrasaran el golpe hasta las catorce horas del día 20.

Juana López hacia 1936 (foto: Tres días de julio en León)

En este espacio temporal de los días 19 y 20 de julio se desenvuelven los hechos narrados en un cuaderno titulado  “MI DIARIO” BAJO EL RÉGIMEN FASCISTA MILITAR”, de 29 páginas, escrito por Juana López Rodríguez y que se encuentra en la causa militar 75/37[1], instruida contra ella y su compañera Elisa Chamorro Villafañe.

Juana, costurera de profesión, contaba con 21 años y había nacido en León; su familia emigrara a Madrid y luego se estableció en la calle Portamoneda de León, huérfana de padre, parte de su familia seguía residiendo en Vigo y uno de sus tíos era guardia civil en aquella localidad.  De ideología socialista, estaba afiliada al Sindicato de la Aguja (UGT) y pertenecía a la Peña Femenina Naturista que, según declaran algunas afiliadas, tenía como finalidad recaudar fondos entre un grupo de mujeres para pasar los domingos de verano en el campo. Pertenecía al grupo dirigente de la sección femenina de las Juventudes Socialistas Unificadas y su actividad política debió ser destacada, como afirman numerosos testimonios e informes como el de la Guardia Civil (19-2-1937): “afiliada a las Juventudes Marxistas unificadas, figuraba en todas las manifestaciones, era una de las más activas militantes y siendo peligrosa propagandista en favor del Frente Popular”. Era una de las vendedoras del periódico “disolvente” ISKRA. Además de Juana, ocupaban puestos destacados en la organización Teresa Monge[2] (presidenta) y la gallega (natural de Carril) Aurelia Ramos Parodia (secretaria).

Militantes socialistas, comunistas y anarquistas leoneses ante la tumba de Manuel Durruti el 1º de Mayo de 1936 (foto publicada en el libro de Ceferino Conti Vélez y Wenceslao Álvarez Oblanca Historia del anarquismo leonés, Santiago García, 1993)

Pasarían varios meses desde el golpe hasta la detención de Juana, que tiene lugar el 9 de febrero de 1937; en el registro de su casa encuentran unos gorros rojos, cartas y fotografías, recibos de la Peña Femenina Naturista, además del diario citado.  En el interrogatorio reconoce que permaneciera en la Casa del Pueblo la noche del 19 siguiendo órdenes de la agrupación socialista femenina porque, al día siguiente, debían “echarse a la calle con los obreros”, que Teresa Monje le entregara una pistola que guardó en un cajón y que los gorros eran de su fallecido padre. Ingresa en el campo de concentración de San Marcos.

El fiscal Gonzalo Fernández Valladares, juez de instrucción de Ponferrada agregado a la Auditoría de Guerra, la considera una de las más activas militantes de las juventudes unificadas, afirma que prestara auxilio a los mineros asturianos que estuvieran en León “ya alzados contra la Patria” y guardara en un cajón la pistola que le entregaran en la Casa del Pueblo “como un tesoro, pues está en el secreto de que al día siguiente a las tres de la tarde los mozos izquierdistas van a lanzarse a la calle para imponer su brutal poderío”. En relación con el diario afirma: “Su furia revolucionaria se desfoga escribiendo unas memorias que constituyen una apología del ideario y procedimientos marxistas así como una diatriva (sic) contra la actual organización social”.

Acto de unificación de las JSU de León, 17 de mayo de 1936 (foto: Astorga Redacción)

El consejo de guerra, celebrado el 16 de junio de 1937, en procedimiento sumarísimo, condena a Juana, por adhesión a la rebelión con la agravante de notoria perversidad, a 30 anos de reclusión; en el año 1943 se la conmutan por seis años y un día.[3] A la otra encausada, Elisa Chamorro, la condenan a seis años.

El contenido del Diario de Juana se articula en torno a dos ejes: por una parte nos proporciona un relato de primera mano de lo sucedido los días del golpe en la capital leonesa desde la perspectiva de la izquierda obrera, que ve como sus demandas de armas no son atendidas por las autoridades del Frente Popular, a las que acusan de traicionar al pueblo. Contemplan como la marcha de los mineros los deja impotentes e indefensos ante las tropas sublevadas, armados con ineficaces escopetas de variada procedencia y con la inacción de los cargos públicos.

Mujeres presas en la cárcel de Saturrarán, donde Juana López cumplió condena hasta 1941 (foto cedida por la familia de Juana López y publicada en el libro Tres días de julio en León)

Por otra parte, se plasman en sus páginas una serie de reflexiones que nos acercan a la ideología de la autora, con una dura crítica de la burguesía en contraposición con los valores de sus “hermanos” de clase.

La transcripción se hizo a partir del original depositado en el Archivo militar de Ferrol; se ha respetado la ortografía y redacción originales con el añadido de la puntuación imprescindible para una mejor comprensión del texto.


Día 19 de Julio. Día dichoso: el cual quedará grabado en el corazón de todo buen proletariado. León tomado militarmente por los compañeros de lucha, los asturianos. Esto para mi conciencia de buena socialista no lo debía de decir por tenernos que dar un poco de vergüenza que compañeros de fuera tengan que venir ayudarnos a defender la capital de León y hay más todavía, nosotros con los brazos cruzados viendo como obraban los camaradas. En lo íntimo de mi conciencia tengo un poco de indulgencia para conmigo y comprendo que la vergüenza no me tiene que dar a mi ni a mis compañeros dirigentes sino a esos señores que se tienen por republicanos… La representación del Frente Popular no quiso dar armas por ser temprano. ¿Para qué era temprano? ¿para hacer la revolución no se habían levantado en protesta contra el Gobierno Burgos las milicias de Madrid? ¿Por qué no hacer nosotros igual? Pero no, era mejor esperar a que el fascio se echara encima y nos cojiese desprevenidos como así sucedió desgraciadamente.

Vinieron los camaradas, quisieron entrar en la iglesia de los Agustinos por tener sobrados motivos para saber que había armas y municiones, se opusieron ¿cómo no? el Gobernador y Frente Popular. Ya a fuerza de andar y viendo que lo iban a tomar por la fuerza les hicieron y dejaron hacer ¡¡ pero de ninguna de las maneras entrar y profanar los sagrados templos…!! Entraron en el cuartel y con muy buenas palabras y juramento de adhesión a la causa y la República los hecharon (sic) con 300 fusiles, a pesar de eso no les engañaron y prueba de ello las palabras que, al marcharse, nos dijeron los camaradas, no los citaré hasta llegar al final de la jornada de día tan memorable para los que sentimos dentro de nosotros el verdadero ardor de que debemos estar poseídos todos los que queremos hacer otra generación más fuerte y más intelectual que la presente.


Marcos. Se fué por las tiendas a pedir (digámoslo así), no querían dar por voluntad, hubo que recurrir a la fuerza y logramos nos dieran comida. Teresa Monje y yo nos dirigimos a la Casa del Pueblo a preparar la marcha para los que venían a luchar por la causa de la República. ¡¡ Qué desconsuelo y vacío notamos al marchar las camionetas de nuestros hermanos!! Parece que les veo sedientos de venganza pero con los corazones hechidos (sic) de alegría porque por fin iban a lograr sus anhelos de venganza, ¡¡vengaros!! que bonita palabra cuando el corazón está impregnado de dolor y amargura por sabotajes y presiones como las sostuvieron estos bravos hombres por espacio de muchos años. ¡ Qué alegría poder llegar por fin a vengar a los que sufrieron y murieron soportando las injusticias de los convencionalismos sociales! Van a luchar por la libertad, van a luchar para crearse un porvenir que no ponga trabas a la fuerza arrolladora de la inteligencia obrera, que es bastante más fecunda y rica que la del burgés (sic) porque sabe de las desdichas de la vida y la amargura de un día sin pan…

Me voy ajustar a concretar hechos para terminar la etapa de este día memorable. Se marcharon, como dije, dejandos (sic) desconsolados, mi corazón me anunciaba muchas desdichas venideras y no muy lejanas y prueba de ello las palabras de nuestros hermanos de lucha al despedirse (quizás para siempre) de Teresa y yo: “Amigos, cuando nosotros nos marchemos os comerán el alma”; emocionadas estávamos (sic) y no supimos que contestar a palabras tan ciertas como estas.

Terminó el día, llegó la noche con trabajo incesante y angustia de que se acercara la derrota de su ideal y quizás la muerte. Quedará grabada para toda mi vida la noche del día 19 y madrugada del día 20, de ese día fatal en que se derrumbaron nuestras esperanzas y murieron tantos hermanos verdaderos apóstoles de nuestra causa.


Teresa Monge, presidenta de la sección femenina de la JSU de León, torturada y paseada en 1936 (foto: Tres días de julio en León)

Día 20 de Julio: amanece, León está envuelto en la neblina del amanecer, hace frío; estamos en Secretaría Teresa y yo, nos miramos y permanecemos mudas pero nuestras miradas dicen más que las palabras, nuestro silencio es elocuente; nosotras, que sabemos y sentimos la angustia de los que nos rodean por que es la nuestra, nos preguntamos: ¿Qué nuevas sorpresas nos reservará este día? Nos quedamos sin contestación, es un enigma, callamos y a mi imaginación acuden las palabras de los asturianos al marcharse “os comerán el alma amigos”, así sucedió desgraciadamente. A las diez de la mañana (después de cuatro horas sin dormir) nos fuimos a casa para ver si podíamos descansar un poco; al pasar por las calles se veía a los obreros apiñados, anhelantes, esperando noticias y a que les dieran una orden y un arma para vengar y llevar adelante su justa causa…

Llegué a mi casa, me aseé y no pudiendo dominar mi impaciencia me dirigí de nuevo a la Casa del Pueblo, parecía un hervidero humano, deambulaban los grupos de obreros y entre ellos ¿ como iban a faltar? señoritos y burgeses (sic) de la clase media. Entré en Banca y allí estavan (sic) reunidas todas las demás camaradas. Habló Teresa (o sea la presidenta) diciendo que había que distribuirse, unas para atender heridos, otras para los teléfonos y, si quedara alguna, para ayudar a defender la Casa del Pueblo.


Casa del Pueblo de León en 1936 (foto: Memoria Socialista Leonesa)

Alguien dijo: “Yo tengo miedo” ¿Miedo a qué? A las balas no hay que tenerlo, hay que tener más miedo al porvenir que se nos preparaba si se nos hechaba (sic) encima el terrible fascio. Una bala siega una vida, mueres y no vuelves a sentir más; pero vivir soportando humillaciones y vejaciones de los Burgeses (sic) innobles que se están enriqueciendo a costa del sudor de nuestros padres que tienen que exponer sus vidas en trabajos rudos para que un señor tenga coche y se pasee mirando y riéndose de nosotros por nuestro espíritu poco rebelde para decirles ¿qué más privilegio posee él más que nosotros? Ninguno porque todos estamos dotados de inteligencia, más o menos fecunda todos la poseemos: ¿pues entonces por qué esa diferencia de unos a otros? ¿Por qué mientras los hijos de los señoritos tienen buenas ropas, buenas comidas, buena educación el obrero el hijo del que tiene que dedicarse desde muy pequeño a trabajos impropios de su edad porque su padre no gana lo suficiente para mantener la casa, falto de lo necesario no poderles dar la educación (si llaman educación a la serie de prejuicios en que esta sociedad exije (sic) que se nos eduque)? ¿Instruirse el obrero? ¿para qué lo necesita? para tirar de pico no hace falta, es mejor que no sepa y permanezca en la ignorancia para así poderlo engañar mejor.

Todo esto pasa por mi imaginación al oír las palabras de la camarada y a punto estuvieron de salir de mis labios ¿pero para que hablar? Incapaces, por ser muy jóvenes para comprender, lo mejor es dejarlas, la vida con sus amarguras y la tristeza de su hogar se lo hará ver ¿para qué hacerlas comprender la podredumbre y miseria de la sociedad actual? Seguramente estos mismos pensamientos pasaron por Teresa porque les encomendó los teléfonos. Ella y yo con armas, que emoción experimenté al ver entre mis manos ese terrible artefacto que llaman pistola segador de tantas vidas de mis hermanos, me estremecí al pensarlo, pero volví a la realidad y pensé que la tenía en mis manos y que con ella haría prevalecer nuestro derecho a la vida. Al pensar esto se me antojó menos terrible el arma, la guardé como se pudiera guardar un tesoro en un cajón y me marché a mi casa a comer. ¡¡Que ajena estava (sic) de que iba a dejar para siempre quizá la Casa del Pueblo!!

 


El recibimiento de los militantes obreros de León al convoy de mineros asturianos, representado como un “acceso de delirio anarquista” por la iconografía franquista (ilustración de J. Valverde en Arrarás, Historia de la Cruzada española, 1941, vol. IV, tomo XV, p. 137)

Al pasar por la calle de la Rúa había una camioneta parada enfrente de la armería de Alonso, estaba cargando armas ¡pero que armas! escopetas de poca fuerza con las cuales hay que tirar a diez metros. Pregunté a un camarada que donde las llevaban (sic) y me dijo “al Gobierno Civil”, me sonreí y pensé para mi fuero interno que quizás esas armas se volvieran contra nosotros y tenía motivos muy fundados para pensar así (pues sabía o por lo menos adivinaba los pensamientos del Gobernador en la táctica a seguir).

Prueva (sic) era el ambiente, los muchos sacerdotes, mucho militar y muchos señoritos; tres fuerzas contra las que tenemos que pelear y las causantes de nuestra ignorancia. Todos ellos paseaban con las caras sonrientes y satisfechos, como si se hubiesen quitado un peso de encima ¡y que peso! El día 19 no se veía un sacerdote ni militar, todos estaban metidos en casa sin atreverse a salir por los mineros y sin embargo este día se les veía deambular por las calles con caras de sorna, como mofándose de nosotros y de nuestra nobleza. Bien sabían que nosotros con solamente nuestro esfuerzo, para apoderarnos de León con las pocas fuerzas que contábamos, resultaría estéril. Bien seguro tenían el triunfo y por lo mismo paseaban con tranquilidad, como quien tiene seguro el pan y la vida. Al contrario que los otros, nuestros hermanos estaban tristes y pensativos, aunque con esperanza de que se lograran nuestros anhelos (o sea que les dieran armas para defenderse) porque en nuestro corazón no se alberga la traición porque somos muy nobles, demasiado para tener que luchar con enemigos que se ocultan tras la máscara de la hipocresía y la traición. Para ser bien mirado y tener cobijo bajo el burgués innoble, que ser como él depravado y capaz de todas las maldades a que tengan que recurrir para amasar dinero, no les importa mancillar honores ni atropellar leyes si ello es un camino para hacer fortuna; como iba diciendo, fui a comer a mi casa, deprisa me arreglé un poco y estaba empezando a comer cuando sentí una detonación detrás de mi casa, en la carretera de san Francisco, paré de comer y la dije a mi madre que escuchara haber (sic) si sentíamos más detonaciones (a mí me extrañaba que las hubiera tan pronto, pues la hora señalada para tirarnos a la calle hacer prevalecer nuestros derechos era a las tres de la tarde y esto era a las dos menos minutos); por eso al sentir las primeras detonaciones tuve un sobresalto y me asaltó la idea que hacía muchos días me perseguía, una traición.


Efectivos sublevados del Regimiento de Infantería 36 (del Cuartel del Cid) ocupando posiciones en el fielato en la carretera de Asturias, uno de los puntos de acceso de la columna asturiana. La pose distendida puede deberse a que foto está tomada el 30 de julio (foto: Ileon)

Abandoné la mesa y me marché a la calle. Habían cesado los disparos, al salir a la calle estaban puertas y balcones llenos de personas con las caras asustadas, los niños lloraban como vaticinando la desgracia que tendrían que soportar. Al salir me encontré con Avelino, un camarada, le pregunté si iba a la Casa del Pueblo, me contestó que sí, fuimos juntos. La calle de la Rúa estaba desierta, solo se veía en el centro de la CNT muchos compañeros con las manos en los bolsillos, nos acercamos y les preguntamos que si tenían armas, nos contestaron que las estaban dando; seguimos adelante y al pasar por el cuartel vimos las puertas cerradas, se lo hize (sic) notar a mi camarada y este por toda contestación me dijo que me diese prisa en pasar; poníamos los pies en la acera cuando sentimos a nuestras espaldas (o sea en el cuartel) una descarga de fusil, volvimos con sobresalto la cabeza y vimos con terror que, de un grupo que venía detrás de nosotros, caía uno. Avelino fue a recojerle (sic) pero yo se lo impedí, le agarré del brazo y nos metimos en un portal; al mismo tiempo, otra descarga de fusil cerrada vino a confirmar mis presentimientos.  Parapetados detrás de la puerta del cuartel, ellos nos veían, nosotros a ellos no y por la espalda disparaban.

Después de que pasó salimos del portal y seguimos por la calle de la Rúa, al llegar a la esquina de la zapatería la Revoltosa encontramos al capitán Calleja [4], venía con un grupo de obreros, entre ellos un amigo mío llamado Falagán y el camarada Blanco; todos venían descompuestos y pálidos, al vernos se acercaron y a mí me preguntaron que adonde iba, dije que tenía que ir a la Casa del Pueblo. Me dijeron el capitán Calleja que me volviera a casa y le contesté que si él tenía que cumplir con su deber, que yo tenía que cumplir el mío y que fuera como fuera iría a donde mi deber y mi ideal me llamaba, al lado de mis camaradas.


Civiles partidarios del golpe patrullan las calles de León el 22 de julio, armados y equipados por los militares sublevados (foto: Tres días de julio en León)

Nos unimos y nos llegamos hasta la esquina de la tienda de los Benavides; desde allí se dominaba parte de San Marcelo, había un coche e intentamos acercarnos a él para ir a la Casa del Pueblo. Nada más asomarnos a la esquina sonó una descarga de fusil cerrada; nos hechamos (sic) para atrás y al volver asomarnos vimos catorce soldados tirados a tierra, volvieron a tirar contra nosotros y nos volvimos a retirar; al hacerlo recorrí con la vista a los que me rodeaban y les vi con las caras descompuestas, los vi con angustia pidiendo al capitán Calleja armas y vi la desesperación de él al ver lo impotente que era para defender a los que le pedían armas y protección. Vi al camarada Blanco con sus enormes gafas clavadas en el coche, parece que el instinto de conservación le anunciaba su próxima muerte. Otra nueva descarga vino [a] hacernos salir de nuestra incertidumbre, reaccionamos y hechamos (sic) a correr por la calle de la zapatería la Revoltosa, cayó uno de los que venían con nosotros y lo recojieron (sic) el capitán Calleja y el camarada Avelino. Nosotros nos separamos y nos dirigimos hacia la plaza Mayor, subimos por la calle de la Paloma, al llegar a la terminación de la calle nos hecharon (sic) el alto y nos preguntaron donde íbamos, contesté que, a la Avenida del Padre Isla, nos dejaron pasar; todo esto entre un nutrido tiroteo.


en los portales a causa de los tiros. Después fuimos a la calle donde está la Audiencia, al llegar a dicha calle nos fue imposible continuar nuestro camino a causa del intenso tiroteo que había. Nos quedamos en la esquina, pegados a la pared mirando la calle por la cual, a la terminación de ella, se veía impotente la Casa del Pueblo. Se me antojó un gigante defendiéndose de las acometidas de sus enemigos. Me quedé adsorta (sic), en muda contemplación, y por mi imaginación pasaron como un relámpago las noches pasadas, las fatigas, los sobresaltos y más que nada los hermanos nuestros que sabía estaban refugiados allí, sin un arma, sin una defensa, nada más que el cobijo que les daba la que aún era su casa, cobijo que sabían que poco les iba a durar, pues yo veía con amargura y rabia concentrada que estábamos sufriendo una derrota, la más grande, y que la fuerza mayor era del Ejército, maldito Ejército y malditos todos los que hacen causa común con el clero y el capitalismo. Creo que lloré de rabia y de coraje pensando esto, y me subía la rabia a la boca, entraban ganas de gritar y protestar de la canallada que estaban cometiendo, que nos atropellaban.

 

Notas

[1]Depositada en el Archivo Militar Intermedio del Noroeste y en AERLE.

[2]Torturada y “paseada” luego del golpe. [Nota de Conversación sobre la historia: en el texto original de este artículo se afirmaba que tanto Teresa Monge como Aurelia Ramos eran gallegas y que la primera había nacido en 1914 en Monforte de Lemos, pero la reciente biografía Teresa Monge. Una revelación femenina en León, obra de Víctor del Reguero publicada en 2024 por Memoria del Norte, rectifica esta arraigada creencia al acreditar que Teresa Monge nació en León en 1913]

[3]En un artículo del Diario de León podemos encontrar fotografías y otros datos sobre Juana y su Diario. (https://www.diariodeleon.es/articulo/cultura/dias-julio-taller-guerra/201903110400001834518.amp.html)

[4]Se trataba de uno de los militares que permanecieron leales a la República: Eduardo Rodríguez Calleja.


*Xosé Álvarez Castro, historiador, autor de Pontevedra nos anos do medo: Golpe militar e represión (1936-1939)(Vigo, ed. Xerais, 2013). Edita el blog Pontevedra nos anos do medo, en el que el pasado 1 de septiembre apareció un extracto comentado de este diario bajo el título O diario de Juana

https://conversacionsobrehistoria.info/2020/09/19/leon-julio-de-1936-fagmento-del-diario-inedito-de-juana-lopez/  

























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