Paisaje después de
la batalla:
El precio de la paz
La Puerta Antigua de
Bisagra o de Alfonso VI, en la muralla de Toledo
https://elretohistorico.com/la-capitulacion-de-toledo-en-mayo-de-1085/
1. INTRODUCCIÓN
De manera que, aunque parezca un contrasentido, ya que el
coloquio trata de guerra, yo voy a hablarles de paz\ lo que, por otra parte, no
es ningún despropósito pues, ya Aristóteles dijo que la guerra se debe
a la paz 2 y San Agustín corroboró con su
sentencia: La paz es el fin deseado de la guerra3 . Creo
que ninguno de los profesores que me han precedido en el uso de la palabra ha
tratado el tema de la paz después de la guerra, y espero que resulte de su
interés.
Nájera fue escenario de importantes batallas en el pasado, como
la que libraron Pedro I y Enrique II en 1367. También tuvo lugar aquí una
entrevista para negociar un tratado de paz en 1451 entre Don Carlos Príncipe de
Viana y Don Álvaro de Luna como representante de Juan II de Castilla; aunque
aquel acuerdo provocó al final una guerra civil en Navarra entre los
partidarios del Príncipe y su padre, el rey Juan II de Aragón. Sin embargo, en
esta ocasión, me gustaría referirme a una batalla fantástica, y por lo tanto
imaginaria e irreal, que libraron en este lugar Roldán, como capitán de las
tropas carolingias, contra el fabuloso gigante Ferragut, jefe de la guarnición
islámica de la plaza. La noticia de esta singular batalla de Nájera la da el
Pseudo Turpín en su crónica, contenida en el Liber Sancti Jacobi 4. Para
comprender los hechos que vaya comentar es necesario despojamos del
racionalismo crítico de nuestra cultura y dejamos seducir por la fantasía de un
relato ingenuo, pero sutilmente elaborado por un supuesto clérigo del siglo XII
que narra una inexistente, aunque deseada para él, conquista de España por
Carlomagno, y la derrota de Almanzor y los califas cordobese
2. LA IMAGINARIA BATALLA DE NÁJERA ENTRE ROLDÁN Y
FERRAGUT
La imaginaria batalla de Nájera tuvo lugar en el contexto de una
guerra fantástica, a continuación de otra fabulosa batalla, la de Pamplona.
Carlomagno fue informado de que la ciudad de Nájera no podía ser tomada porque
estaba defendida por un gigante llamado Ferragut, un musulmán de origen sirio
de la estirpe de Goliath, que había derrotado y encarcelado a todos los que
osaron enfrentarse contra él; entre otros al legendario caballero Reinaldos de
Montalbán, e incluso al mismísimo emperador Constantino. Como pueden apreciar,
la cronología no supone ningún límite a la fantasía desbordante del autor del
relato quien, precisamente por ello, no deja de deleitamos con esta historia.
La batalla se planteó como un combate singular entre los dos
campeones, y se acordó que el vencedor sería dueño de la plaza, sin que nadie
más pudiera intervenir en la lucha. Para empezar, ambos contendientes montaron
sobre sus caballos y lucharon con sus espadas. Roldán quiso dar un fuerte golpe
a Ferragut, pero el gigante lo esquivó, con tan mala suerte que Roldán partió
por la mitad a su propio caballo. Poco después, el gigante lanzó un puñetazo a
Roldán, que también lo esquivó, y esta vez fue Ferragut el que golpeó con tal
fuerza la cabeza de su caballo que cayó fulminado al instante. Ambos
contendientes se disponían a continuar el combate a pie, pero eran las tres de
la tarde, por lo que acordaron darse una tregua y concertaron la hora del
encuentro para el día siguiente y las armas que emplearían.
El segundo combate también concluyó en tablas, por lo que
volvieron a acordar otra tregua hasta el día siguiente. A estas alturas del
combate, el cansancio iba haciendo mella entre los campeones. Ferragut se quedó
dormido en el mismo campo de batalla, y Roldán, como buen caballero, veló su
sueño hasta que se despertó. Entonces entablaron una animada conversación como
señal de la camaradería que siempre debía existir entre las gentes de armas. El
gigante alardeó de su fortaleza de forma un tanto imprudente, pues le hizo una
peligrosa confidencia a Roldán: tan sólo por el ombligo puedo ser
herido. Después hablaron de sus linajes y de los misterios de sus
respectivas religiones, el cristianismo y el islam. Al final acordaron
continuar el combate y que las armas decidieran cuál era la verdadera fe: Lucharé
contigo -dijo Ferragut- a condición de que si es verdadera esa
fe que sostienes, sea yo vencido, y si es
falsa lo seas tú, con lo que el combate se convirtió en una lucha
sagrada. Como pueden suponer, Roldán, invocando el favor de Jesucristo,
consiguió clavar un puñal en el ombligo del gigante y murió mientras pedía
inútilmente la protección de Mahoma. Después se tomó la ciudad
-de Nájera- y el castillo, y se sacó de la
prisión a los luchadores.
Les ruego que disculpen esta anécdota, cuya exposición se
justifica por el mero hecho de desarrollarse en el mismo lugar de Nájera, y
también por su deliciosa ingenuidad. Pero hay algo más en esta historia sobre
lo que quiero llamar su atención. Me refiero a la negociación de las treguas y
el compromiso y camaradería que había entre los combatientes. Recordemos
algunos detalles más del texto. Cuando Ferragut, vencido por el sueño, se quedó
dormido, Rolando como cumplido caballero que era, puso una piedra bajo
su cabeza para que durmiese mejor. ¿Acaso no resulta sorprendente este
comportamiento, cuando lo más lógico habría sido aprovechar la ocasión para
matar al fiero gigante? El pseudo-Turpín advierte que la moral caballeresca lo
impide; Ferragut duerme protegido por la tregua, una de las más sagradas leyes
de la guerra -o de la paz: Ningún cristiano, pues, ni aún el mismo
Rolando, se atrevía a matarlo entonces, porque se hallaba establecido entre
ellos que si un cristiano concedía treguas a un sarraceno, o un
sarraceno a un cristiano, nadie le haria daño. Y si alguien
rompía deslealmente la tregua concedida, era muerto enseguida.
3. EL CAMINO PARA LA SOLUCIÓN DE LOS CONFLICTOS
La existencia de treguas y pactos entre contendientes es una
forma inicial de preparar la solución de conflictos, cuando no existe la
posibilidad de llegar a un acuerdo global y definitivo entre las partes
enfrentadas. Mediante la tregua cesan las agresiones y se restablece una paz
frágil e inestable, a menudo con una fecha de caducidad ya fijada. Pero ese
tiempo permite curar las heridas, reorganizar las fuerzas, comunicarse con el
enemigo y, ¿quién sabe? abrir nuevas vías para el diálogo y el entendimiento5.
Podría decirse que toda guerra, toda confrontación, contempla en
una última instancia una forma de resolución del conflicto que ponga fin a la
espiral de violencia que el deseo de venganza desencadena y haga posible la
paz. Tratemos de imaginar cómo se desenvolverían los acontecimientos. Podría
ocurrir que unas simples palabras contra el honor de una persona, una injuria,
pudiera provocar un homicidio. A continuación, los familiares del fallecido
exigirían la muerte del asesino como reparación. Pero éste huye y sus parientes
le ocultan. En ese momento se inician los contactos entre ambas familias para
encontrar el camino de la paz. Lo primero es abrir un proceso de negociación
para fijar el precio de la sangre. Habría en primer lugar una ceremonia de
encuentro en la que se dieran los primeros pasos para la reconciliación. Podría
ser un banquete con libaciones, intercambio de mujeres o de rehenes, jóvenes
escuderos de familias reconocidas, etc. para reconstruir el buen amor entre las
panes. También cabría negociar una compensación material, que puede ir desde el
intercambio de regalos hasta el pago aplazado de rescates o tributos de guerra.
El proceso siempre es lento y difícil. A menudo, aparecen
individuos que denuncian la claudicación de los negociadores o el olvido de las
víctimas. A veces los parientes, las partes directamente implicadas, son
incapaces de progresar en la negociación. Entonces se recurre a la intervención
de terceras personas, hacedores de la paz, hombres buenos, clérigos, o expertos
juristas. A veces las diferencias son tan grandes que no es posible llegar a un
acuerdo de paz, pero siempre es posible proponer la ausencia de violencia por
medio de treguas y pactos. De esta forma, las panes se comprometen a no
atacarse, y para reforzar el acuerdo intercambian castillos o rehenes como
garantía (en fie1dat, dicen los documentos medievales) o bien
se los entregan a una persona neutral que se encarga de vigilar el cumplimiento
de la tregua. El principal objetivo no es alcanzar una paz justa, como proponía
San Agustín, sino prolongar la ausencia de violencia, para que e] tiempo cure
las heridas y se consiga la resolución definitiva del conflicto.
Seguro que han escuchado ya en más de una ocasión a lo largo de
este coloquio la cita de Clausewitz: La guerra no es más que la
política del estado proseguida por otros medios6 Podríamos
sustituirla por otra frase, dicha por un gobernante del siglo XI: La
guerra es puro ardid: si no puedes vencer, engaña7. Prescindiendo
del cinismo moral hobbesiano que contiene la frase, estarán de acuerdo conmigo
en que uno de sus significados más profundos reside, precisamente, en el hecho
de ligar la guerra a la política y también en la ausencia clamorosa de la paz
como contrapunto de la guerra. Algunos historiadores recientes, como P. Burke,
especialista en historia de la cultura, consideran que la violencia forma pal1e
de la producción cultural de una época8 La violencia se
considera un fenómeno social y antropológico que sigue unas pautas culturales
determinadas. La violencia religiosa, la violencia de las movilizaciones
populares, la violencia generacional de los jóvenes, el aspecto lúdico,
carnavalesco y festivo de la guerra, todo se relaciona con
determinados rituales de purificación o sacrificios propiciatorios. La
exaltación nacionalista y el rechazo de lo extraño es también una forma de
afirmar la identidad y, en ese contexto, el recurso a la violencia por parte de
una minoría, lo que hoy llamamos terrorismo, puede aparecer como un sacrificio
de auto inmolación en nombre de valores colectivos.
4. LA GUERRA PRIVADA DE LOS SEÑORES FEUDALES
En la edad media, la guerra fue una situación crónica a causa de
la inseguridad general en la que se vivía9 A veces se presenta
la guerra como un escenario heroico propio de las gestas caballerescas, aunque
sus detractores más realistas siempre la denuncian como abominable: Dulce
bellum inexpertis -la guerra es dulce sólo para los inexpertos-
afirmaba irónico Erasmol0, recordando unos antiguos versos de
Píndaro. La violencia de las invasiones que asolaron de forma continuada las
márgenes de Occidente, fue mucho más notable en zonas fronterizas como la
Península Ibérica, invadida por musulmanes y bereberes hasta bien avanzado el
siglo XIV. También engendraban violencia e inseguridad los señores feudales,
los bellatores, verdaderos malhechores encargados de proteger
a los demás, según el modelo de la sociedad de los Tres Órdenes que estudió G.
Duby11, que en realidad luchaban casi siempre por imponer su
voluntad y apoderarse de los bienes de sus vecinos, sin respetar orden social
alguno.
El recurso a la guerra fue primero algo desordenado que se desenvolvió en
el ámbito privado de los señores y sus mesnadas durante los siglos X y XI.
Según el primitivo derecho feudal de tradición germánica, la werra era
algo legítimo cuando se trataba de defender el poder, el honor y la riqueza, lo
que resultaba ser un conjunto de valores demasiado ambiguos que justificaban
todo tipo de agresiones violentas y venganzas contra los propios vasallos o
contra los enemigos. La espiral de violencia que provocaba la sucesión infinita
de venganzas, empezó a ser rechazada en primer lugar por los hombres de
Iglesia, que querían la paz para sus monasterios y la seguridad para sus
bienes. Nadie en aquellos tiempos pensó en suprimir el derecho feudal de
resistencia, pero poco a poco se impuso una reglamentación que limitaba el
recurso a la violencia por medio de la Paz de Dios y la Tregua de Dios, hasta
convertida en una prerrogativa pública que sólo se legitimaba cuando era la monarquía
quien la iniciaba.
Durante el período central de la edad media, la época
comprendida entre los siglos XI y XIII, se asistió a esta evolución. Las
guerras privadas y el predominio de los caballeros se debió a que, en
principio, sólo el grupo de los milites disponía de la riqueza
suficiente para pagar el elevado precio del caballo y las armas con los que se
luchaba, por lo que impusieron su poder sobre los rústicos, gentes
inermes, desvalidas y toscas, cuya única posibilidad de salvación consistía en
someterse a la voluntad y protección de los más poderosos. El uso de las armas
subrayaba el carácter aristocrático del grupo de los caballeros, al mismo
tiempo que dignificaba su función social y daba un sentido heroico a sus vidas.
Eran los que exponían sus cuerpos y derramaban su sangre para proteger a los
demás, por esa misma razón debían ser reconocidos como los mejores (aristas).
Sólo había que reconducir esa violencia y aceptar su uso exclusivamente en
aquellas situaciones en las que los Padres de la Iglesia la habían considerado
legítima y, en todo caso, hacer de ello un acto sagrado en defensa de la ley de
Dios.
Tomás de Aquino sintetizó de forma escolástica las ideas
expuestas anteriormente por San Agustín a este respecto:
Tres cosas se requiere para que una guerra sea justa -legítima- Primera
la autoridad del príncipe, por cuyo mandato se ha de hacer la guerra. No
pertenece a persona privada declarar la guerra ... Se requiere en segundo lugar
justa causa, que quienes son impugnados merezcan por alguna culpa esa
impugnación ... Finalmente se requiere que sea recta la intención de los
combatientes, que se intente o se promueva el bien o que
se evite el mal12
5. LA GUERRA DE ESTADO DE LAS MONARQUÍAS
Las relaciones de vasallaje que articulaban aquella sociedad de
caballeros contemplaban el servicio de aussiJium, es decir, la
prestación de servicios militares. Por otra parte, en la Europa feudal regía el
principio de ningún hombre sin señor. Todo buen vasallo
prestaba servicio militar a un buen señor y era recompensado por ello con su
amistad y otros bienes materiales. Los señores, por su parte, servían con sus
huestes a los príncipes y reyes, y todos juntos, a su vez, servían al señor por
excelencia, Dios.
La participación en la hueste real pro facere guerram et
pacem 13 hizo que el servicio militar se
convirtiera en un servicio al estado, con lo que el juramento del caballero de
proteger a los débiles pasó a ser un compromiso de lucha por la defensa de la
fe y la patria. Las guerras que dirigía el príncipe respondían a estrategias
más amplias y los efectivos militares movilizados estaban muy por encima de las
posibilidades de los pequeños señores de la guerra. Con esto quiero decir que
los recursos económicos necesarios para poder llevar una guerra de estado eran
mucho mayores, por lo que se requería que la hacienda y todo el aparato de
estado se pusieran al servicio de los reyes. Cuando estas tendencias terminaron
de consolidarse a lo largo de los siglos XIV y XV, las armas de fuego y los
ejércitos profesionales, integrados principalmente por tropas de infantería, se
difundían también por la mayor parte de los reinos europeos, con lo que se puso
punto final a la época gloriosa de la caballería medieval14
6. LAS TREGUAS Y LOS PACTOS. LA FRONTERA
GRANADINA EN EL SIGLO XI
En este trabajo voy a referirme principalmente al período feudal
en el que predominaron las guerras privadas, aunque también los príncipes
organizaban guerras de estado, por lo que, consecuentemente, las treguas y los
tratados de paz que se alcanzaron tuvieron características privadas y públicas.
Un verdadero reflejo de esta situación lo observamos al leer Las
memorias de 'Abd Allah, último rey ZiJi de Granada, destronado por los
almorávides (1090)15 El autor, rey de la taifa
granadina entre los años 1075 y 1090, muestra con toda naturalidad la
corrupción moral de los gobernantes andalusíes de aquella época, y hace gala de
un perfecto conocimiento de las complejas relaciones políticas y militares existentes
entre ellos. El libro V relata con realismo político las luchas que mantuvo con
las taifas vecinas, y la intervención del rey Alfonso VI en aquellos conflictos
con el fin de recaudar parias y debilitar a unos enemigos que, por entonces, no
podía conquistar:
"¿Qué razón hay para que desee tomar Granada? -Se pregunta el rey
Alfonso- Que se someta sin combatir es cosa imposible y, si ha de ser
por guerra, teniendo en cuenta aquellos de mis hombres que han de morir y el
dinero que he de gastar, las pérdidas serán mucho mayores que lo que esperaría
obtener, caso de ganarla. Por otra parte, si la ganase, no podría conservarla ... Por
consiguiente, no hay en absoluto otra línea de conducta que encizañar unos
contra otros a los príncipes musulmanes y sacarles continuamente dinero, para
que se queden sin recursos y se debiliten"16
Como puede apreciarse, Alfonso calculaba sus posibilidades y
optaba por lo que pudiera resultarle más rentable a corto y largo plazo. En
definitiva, quería apoderarse de la riqueza que escondían las taifas
andalusíes, por lo que exigía el pago de parias anuales, normalmente asociadas
a una alianza política en la línea del vasallaje, o bien reclamaba un tributo
para evitar la devastación de la guerra. Como último recurso, si no lograba
ningún acuerdo, sólo le quedaba saquear a sus enemigos y capturar el botín
necesario para pagar a sus tropas.
La presión militar se acompañaba de una labor constante de
intriga política para enfrentar a los distintos reyezuelos de taifas entre sí,
de hostigar a los más poderosos para debilitados, y de aproximarse a los más
proclives a una alianza con los cristianos. Todo esto exigía un conocimiento
muy directo de la situación política existente en cada una de las taifas, para
lo cual era necesario desarrollar una estrategia de ocupación selectiva, y todo
un complejo sistema de obtención de información a partir de los datos
suministrados por los vasallos musulmanes, las tropas cristianas mercenarias
existentes en las taifas o, directamente, por medio de sobornos. No estoy
seguro que este tipo de estrategia respondiera a las necesidades del reino,
aunque sí lo hacía a los intereses del rey; del propio Alfonso VI como caudillo
militar, quien, como es sabido, no sólo consiguió recuperar el trono a la
muerte de su hermano Sancho II el año 1072, sino que restableció una alianza
con la abadía borgoñona de Cluny mediante el pago de un censo anual a partir
del dinero obtenido de las parias17
La situación se complicaba aún más porque, sobre el escenario de
las taifas, actuaban también huestes privadas, organizadas por verdaderos
señores de la guerra, que servían principalmente a sus intereses particulares.
Uno de los casos más conocidos de estos señores de la guerra a fines del siglo
XI es el Cid, aunque en las memorias de 'Abd Allah quien resulta retratado con
más fidelidad es Álvar Fáñez. Se trata de uno de los caballeros más fieles del
Campeador según el Cantar, aunque como veremos a continuación, tenía su propia
hueste y actuaba a las órdenes de su señor el rey Alfonso VI, haciendo gala de
una gran autonomía, como correspondía a un señor de la frontera.
El rey de Granada dice que:
Álvar Fáñez era el jefe cristiano que tenía a su cargo las
regiones de Granada y Almería. Alfonso le había
encargado de unos y otros estados para que
obrara como quisiera, procediendo contra los musulmanes que se
vieran imposibilitados de acceder a sus exigencias, sacándoles
dinero e interviniendo en cuantos asuntos pudiesen
proporcionarle alguna ventaja 18.
Álvar Fáñez envió emisarios al rey de Granada para anunciarle
que se preparaba para saquear la vega de Guadix, si no le pagaba un rescate.
La coyuntura política era bastante difícil para 'Abd Allah. Poco
antes, los almorávides tomaron la plaza de Aledo, y ordenaron a los reyezuelos
andalusíes que no hicieran alianzas con los cristianos ni les pagaran tributos.
Pero el ejército almorávide se retiró después a Marruecos, y las taifas
quedaron de nuevo indefensas y enfrentadas entre sí. 'Abd Allah se lamenta de
esta debilidad, aunque sus palabras suenan a justificación para incumplir la
orden de los almorávides y volver a los tratos y alianzas con los cristianos:
Tomé, pues, la resolución de contentar a Álvar Fáñez, dándole lo
menos posible, y haciendo con él un pacto para que, después de recibir
el dinero, no se acercase a ninguno de mis estados.
La estrategia de supervivencia, podríamos decir, de 'Abd Allah
dio resultado a corto plazo. La campaña de Guadix fue abortada; pero Álvar
Fáñez, después de cobrar lo suyo, advirtió al rey de Granada:
De mí nada tienes que temer ahora. Pero la más grave
amenaza que pesa sobre ti es la de Alfonso, que se apresta a venir contra
ti y contra los demás príncipes. El que le pague lo que le
debe, escapará con bien; pero si alguien se resiste, me ordenará
atacarlo, y yo no soy más que un siervo suyo que no tiene otro
remedio que complacerlo y ejecutar sus mandatos. Si le
desobedeces, de nada te servirá lo que me has dado, pues esto no te vale más
que en lo que personalmente me concierne, a salvo de que mi señor me prescriba
lo contrario.
Las palabras de Álvar Fáñez indican con claridad que había dos
planos de negociación, el del rey y el suyo propio, aunque la persona con la
que se tratara fuera la misma. 'Abd Allah, por su parte, comprendía
perfectamente esta situación, pues estaba acostumbrado a relacionarse con este
tipo de caballeros de la frontera. Sabía que no tenía salida, y que iba a
seguir siendo extorsionado indefinidamente. Sólo podía aspirar a ganar tiempo y
confiar en que el escenario político fuera cambiando por sí solo tras una nueva
intervención de los almorávides. Sus palabras, después de la advertencia de
Álvar Fáñez, sólo contienen especulaciones para dilatar el pago de parias a
Alfonso mediante mentiras, envolviéndolo con negociaciones. Esta
estrategia ya había empezado a ensayarla con Álvar Fáñez, al que dijo que no le
quedaba dinero para pagar las parias del rey porque los almorávides le habían
sacado todo lo que tenía antes de marcharse. Pero él conoce perfectamente la
inutilidad de su esfuerzo, y con un gesto del más puro realismo político, nos
dice que el caballero castellano:
Lo que hizo, fiel al servicio de su señor, fue despachar a éste
un mensajero para pedirle que me enviase un embajador a reclamarme el
tributo, y que, si este embajador retornaba con las manos
vacías, él fuese encargado de tomar venganza invadiendo mis estados.
Poco después, llegó la embajada de Alfonso para reclamar las
parias. 'Abd Allah, temeroso de las consecuencias que podría tener la
recaudación entre sus súbditos de un nuevo tributo para el
cristiano, decidió regatear la cantidad y pagar de su propio tesoro. Su
objetivo era salvar las dificultades y mantenerse en el poder a la espera de
tiempos mejores. A fin de cuentas, el destino que le aguardaba, como dijo el
rey al-Mu'tamid de Sevilla, sólo le permitía elegir entre ser pastor de
camellos en el desierto marroquí con los almorávides, o cuidar de los cerdos de
los cristianos en España. Efectivamente, como se pudo comprobar poco después,
todos los reinos de taifa desaparecieron a fines del siglo XI a manos de unos u
otros.
7. LA GUERRA Y LAS RELACIONES POLÍTICAS. LA CONQUISTA DE
TOLEDO
La peligrosidad de este tipo de relaciones político-militares y
la debilidad estructural de las taifas se había puesto de manifiesto unos años
antes, durante la conquista de Toledo por Alfonso VI. Los reyes de la taifa
toledana eran tributarios de los cristianos desde los tiempos de Fernando I. El
importe de las parias recaía sobre los súbditos de forma pesada,
provocando un malestar económico y religioso cada vez mayor a
medida que continuaba la extorsión. Las dificultades políticas de un gobernante
inepto y especialmente odiado por sus súbditos, como al-Qadir, el último rey
moro de Toledo, le obligaron a completar sus pactos con los cristianos con una
verdadera dependencia vasallática. En este sentido, es sabido que Alfonso VI
había recibido los castillos de Canales y Olmos, situados al norte de Toledo,
que le proporcionaban un verdadero control estratégico sobre la
ciudad sin necesidad de ser conquistada. El año 1080, una revuelta de los
habitantes de Toledo provocó la huida de al-Qadir a Cuenca, la patria original
de sus antepasados, mientras que su reino era ocupado por al-Mutawakkil de
Badajoz. El monarca destronado necesitó la ayuda de Alfonso para recuperar su
reino, por lo que su dependencia, en lo sucesivo, fue aún mayor. Finalmente se
tomó la ciudad el año 1085, sin apenas resistencia de la población y con muchos
pactos previos, entre otros, que al-Qadir recibiría en el futuro el reino taifa
de Valencia, para cuya conquista contaría con la ayuda eficaz de Pedro Ansúrez
y sus mesnadas, verdadero señor de la tierra conquense por entonces.
https://elretohistorico.com/la-capitulacion-de-toledo-en-mayo-de-1085/
La crónica del arzobispo de Toledo, don Rodrigo Jiménez de Rada,
refiere sucintamente la complejidad de las negociaciones que condujeron a la
capitulación de la ciudad de Toledo, urdidas por un negociador hábil y
experimentado en estos asuntos, el mozárabe Sisnado Davídiz, que ya había
actuado en asuntos de este tipo durante la rendición de Coimbra:
Tomó Toledo en la era de 1123 (1085) fijándose muchas
condiciones, a saber, que los sarracenos conservarían de pleno derecho sus
casas, tierras y todo lo que poseían, y quedarían
en poder del rey las fortalezas de la ciudad y los jardines de
más allá del puente; las rentas que los agarenos estaban obligados a pagar
desde antiguo a sus reyes, se las pagarían a él; y además
la mezquita mayor les pertenecería a perpetuidad19.
El pacto que refiere el Toledano, en el que se recoge el derecho
de la población musulmana de la ciudad a conservar sus propiedades y una cierta
libertad religiosa, a cambio de someterse al nuevo monarca cristiano y pagarle
los tributos acostumbrados, se inscribe perfectamente dentro de la tradición
islámica del aman: pacto de paz o salvoconducto, que los
musulmanes solían conceder a las gentes del libro, esto es, a judíos y
cristianos. A este respecto, conviene recordar que, durante la capitulación de
Toledo, según el profesor B. F. Reil1y, también se negociaron otros pactos
paralelos, de contenido similar, con las comunidades judía y mozárabe, y que
Alfonso, tras entrar en el alcázar de Toledo, hizo un reparto de cierta cantidad
de dinares entre los musulmanes que poblaban la vega del Tajo, para
compensarles por las pérdidas sufridas durante el asedio de la ciudad20.
8. LA CULTURA DEL PACTO ENTRE LOS MUSULMANES. EL AMAN
La cultura del pacto estaba fuertemente arraigada entre los
árabes desde tiempos anteriores al Profeta, hasta el punto de haber sido
considerada como uno de los fundamentos de las sociedades beduinas que
habitaban en las márgenes del desierto de Arabia y del Magreb21.
Mahoma recogió esta tradición y la incluyó como uno de los mandatos contenidos
en el sagrado Corán: Cuando tengáis un encuentro con los infieles,
descargad los golpes en el cuello hasta someterlos. Entonces, atadlos
fuertemente. Luego, devolvedles la libertad, de gracia o mediante
rescate, para que cese la guerra. Es así como debéis hacer (sura 47,
vº 4)22. Igualmente, a menudo se afirma en el texto coránico que los
buenos musulmanes observan fielmente la alianza con Alá y no
violan lo pactado (sura 13, vº 20). En cambio, se maldice a
aquellos que violan los pactos, alteran el sentido de las
palabras u olvidan parte de lo que se les
recordó (sura v, vº 13).
Como puede apreciarse, este tipo de pactos no se basaba en la
existencia de unas relaciones igualitarias entre las partes, sino que partía de
una posición de dominio de los musulmanes sobre los demás. Las condiciones para
que este tipo de pactos pudieran establecerse exigían también el sometimiento
pacífico de los infieles, con los que sólo se puede llegar a tales
acuerdos si no combaten contra vosotros y os ofrecen
someterse -pero- si no os ofrecen someterse, si no deponen las
armas, apoderaos de ellos y matadlos donde deis con
ellos (sura 4, vº 90 y 91).
Es sabido que los árabes consolidaron muchas de sus conquistas
por medio de pactos de capitulación con los que ofrecían a los pueblos
conquistados y, en especial, a sus minorías dirigentes, la posibilidad de
integrarse en el imperio islámico conservando gran parte de su poder y
privilegios. Sin duda, la enorme extensión del islam -de Talas a Poitiers, de
la frontera del imperio chino hasta el corazón de la Francia carolingia-la
rapidez de su conquista (622-751) y la estabilidad con la que se ha mantenido
la civilización islámica en este basto conjunto territorial se debieron a la
existencia de esa cultura del pacto. Para abreviar, podríamos decir que la
formidable expansión musulmana desde sus orígenes hasta mediados del siglo VIII
fue en realidad una sucesión de pactos. La conquista de la península no fue
ninguna excepción, en este sentido. Es conocido el texto del pacto de
capitulación suscrito entre el walí Abd al-Aziz y el conde visigodo Teodomiro,
gobernador de Murcia, que arabiza su nombre como Tudmir. También se tiene
noticia de la existencia de otros muchos pactos alcanzados con otras ciudades y
regiones españolas, después de derrotar a la oposición armada de los visigodos,
encabezada por Rodrigo, en las batallas de Guadalete y Écija.
De igual forma, los musulmanes recurrieron a pactos para
consolidar su relación con las tribus bereberes que vinieron a la península, y
con los reinos cristianos del norte, que multiplicaron sus contactos con los
emires y califas cordobeses a medida que avanzaban sus fronteras hacia el sur.
Para esa época, los alfaquíes ya habían desarrollado una compleja
jurisprudencia relacionada con los pactos, que en el caso del derecho malikí, ampliamente
difundido entre los andalusíes, aceptaba la existencia de treguas incluso en
caso de Gihad, siempre que fueran pactadas por el imán, es
decir el jefe de la comunidad de los creyentes, y se cumplieran determinadas
condiciones:
Al imán únicamente pertenece el derecho de concluir una tregua
cuando se considere útil y no conlleve
condiciones tales como el abandono de prisioneros musulmanes (o de
una ciudad). Un pago, entonces, puede ser estipulado, pero el temor
de un mal mayor hará callar esas consideraciones. La duración no está limitada,
pero se recomienda que no sobrepase los cuatro meses. Cuando
el imán (o su representante) sea informado de que alguna de las condiciones de
la tregua ha sido violada, romperá la tregua y advertirá al
enemigo de la reanudación de las hostilidades (el Mujtasar tratado
de derecho malikí del siglo XIV debido a Jalil ibn Ishaq)23.
Me resulta dudosa la preocupación por los asuntos religiosos en
casos de negociación política y el protagonismo político de los imanes con
respecto a los pactos. Más bien, cabe pensar que las negociaciones dependieran
a menudo de las relaciones de poder existentes y de las circunstancias
militares en las que se desenvolvían, por lo que pienso que fueron las
autoridades políticas las que acordaron las treguas habitualmente, y que su
duración tendió a dilatarse entre dos y cuatro años para conseguir una mayor
estabilidad en las zonas de conflicto. Los pactos, en todo caso, serían
analizados y estudiados por las autoridades religiosas para dar su aceptación
antes de ser ratificados por las partes. Una vez acordada la tregua o el pacto,
todos estaban obligados a cumplir sus condiciones, con independencia de las
diferencias religiosas o las conveniencias políticas que pudieran surgir más
tarde:
Los musulmanes deben cumplir las condiciones mediante las cuales
un enemigo nos hace una conquista posible ... En el combate, las condiciones
establecidas entre los adversarios deberán ser rigurosamente observadas ... Los
infieles que dejen su ciudad sitiada someterán su suerte al arbitraje de un
musulmán, estando obligados a respetar su decisión ... al imán pertenece el
derecho de ratificar o rechazar el amán dado a una región 24.
9. PACTOS Y TREGUAS ENTRE LOS CRISTIANOS. LAS
POSTURAS
Del lado cristiano había una cultura similar proclive al pacto,
como se comprueba, no sólo por la existencia de múltiples acuerdos reflejados
por las fuentes de la época, de algunos de los cuales hablaré a continuación,
sino también por su ratificación por los textos jurídicos, cuya máxima
expresión son Las Partidas25, La Partida II, Ley XXVIII,
Título XI, sanciona la obligación de observar los pactos y el castigo que debe
imponerse a los que no guarden las posturas acordadas durante
la guerra:
et la -postura- que ponen con los enemigos, quier sea de
paz o de guerra, debe otrosi seer mucho guardada, fueras
ende si fuese contra fe, o a daño del rey o del
regno; et esto por dos razones, la una por guardar su lealtad, la otra porque
aquellos que lo oyeren hayan mayor sabor de avenirse con ellos, et
facer lo que quisieren teniendo que les estarán en lo que
con ellos pusieren. Et por ende debe seer mucho escarmentado el que tal postura
quebrantase, asi que non le han de menguar nada de la pena que en ella fuere
puesta; et si non la hi hobiere, débele seer dada por alvedrio del rey, catadas
todas las cosas que dichas son.
Los pactos canalizaron la actuación política de los reyes para
trazar las estrategias generales de la guerra, o bien contribuyeron a adoptar
tácticas coyunturales para superar algunas dificultades. La época que a
nosotros nos interesa en este momento fue denominada la de las grandes batallas
de la Reconquista26. El lado islámico se caracterizó por la
inestabilidad política de las taifas y la sucesiva presencia de imperios
bereberes originados en Marruecos, almorávides y almohades por lo que en este
momento nos interesa, pues los benimerines llegaron ya a finales del siglo
XIII, en tiempos del rey Sabio, superado el período cronológico al que nos
referimos en este trabajo. Mientras que del lado cristiano asistimos a la
formación de la España de los cinco reinos, en expresión ya clásica de R.
Menéndez Pidal, entre los que se perfilaban por entonces, como nuevas potencias
emergentes, los reinos de Castilla y Aragón. Las luchas de la Reconquista
adquirieron en esta época un sentido religioso, el del Gihad islámico
y la cruzada cristiana, pero eso no impidió que proliferaran al mismo tiempo
las negociaciones entre los combatientes y los acuerdos para poner fin a muchos
conflictos.
Almorávides y almohades se vieron obligados a actuar en al-Ándalus
como un ejército de ocupación en un país extraño, por lo que, a pesar de su
intransigencia religiosa, mostraron una actitud favorable a los pactos y a las
alianzas con los poderes locales. Los cristianos, por su parte, además de
participar en la política de pactos y treguas, acostumbraron a llevar una
guerra de desgaste contra los musulmanes, con incursiones rápidas,
protagonizadas por grupos armados reducidos, que no encerraban grandes riesgos.
De esta forma consiguieron crear zonas de influencia sobre territorios próximos
a la frontera, en donde reclamaban el pago de tributos bajo la amenaza de
incursiones de castigo. Muchas de las campañas de la Reconquista estuvieron
relacionadas con los pactos. Es decir, fueron originadas por la violación de
acuerdos previos que establecían fronteras y fijaban el pago de tributos; o
bien concluyeron con el establecimiento de un nuevo pacto conforme a nuevas
relaciones de poder surgidas después de una batalla o una crisis política.
10. LOS CONTACTOS EN LA FRONTERA
En la frontera castellana del siglo XII, la guerra era una
situación crónica, aunque eso no era obstáculo para la existencia de contactos
frecuentes entre musulmanes y cristianos, ni tampoco impedía que existiera un
control político sobre las campañas. Los diferentes reinos
hispano-cristianos suscribieron tratados entre sí por los que se repartían los
territorios que pudieran conquistar a los musulmanes en el futuro. Así hicieron
los reinos de Castilla y Aragón en Tudillén y Cazorla, con respecto al sector
levantino de la frontera; y los de Castilla y León en Sahagún, respecto de
Badajoz. Los almohades administraron políticamente las diferencias internas
entre los reyes cristianos españoles y sus ambiciones territoriales. Fernando
II de León suscribió una alianza con el califa Abu Yaqub el año 1170 para
asegurarse que Portugal no conquistaría Badajoz. Después se convertiría en uno
de los más firmes aliados cristianos de los almohades en la península, junto
con Navarra, en contra de Castilla. Las disputas fronterizas entre estos reinos
fueron la causa de esas alianzas con los musulmanes; aunque no por ello dejaron
de sentir el fervor religioso de los tiempos de las cruzadas. Ese mismo
Fernando II, al que acabamos de referirnos, es el creador de la
Orden Militar de Santiago.
Muchas acciones bélicas a lo largo de los siglos XI y XII
estuvieron protagonizadas por milicias concejiles y pequeñas mesnadas de
caballeros reunidas por caudillos y señores de la guerra muy violentos y ávidos
de botín27. Viri bellicosi se les denomina de forma
expresiva en la Cronica Adefonsi Imperatoris. Su actividad
principal consistía en organizar cabalgadas que penetraban en profundidad por
tierras musulmanas para apoderarse de botín y desgastar las reservas del
enemigo. Eran incursiones muy rápidas, en las que el factor sorpresa resultaba
determinante para el éxito. Preferentemente se dirigían contra las alquerías y
la población dispersa por los campos, y evitaban atacar los castillos y otros
núcleos de población mejor defendidos:
La costumbre de los cristianos que habitaban en la Transierra y
en toda Extremadura fue siempre congregarse cada año en cuñas ... e iban a
tierra de moros y de los agarenos y hacían
muchas muertes y cautivaban muchos sarracenos y mucho
botín y provocaban muchos incendios y mataban
a muchos reyes y duques de los moabitas y de
los agarenos28.
El principal objetivo de estas campañas era robar ganado y
capturar rehenes para ser canjeados posteriormente por un rescate. Por ese
motivo, la violencia propia de este tipo de guerras privadas, que no respondía
a objetivos políticos ni tampoco a un código de conducta moral o caballeresca,
quedaba limitada por los intereses materiales de sus organizadores. No era
conveniente destruir o aniquilar completamente al enemigo, sino que resultaba
más rentable permitir la recuperación del tejido productivo, pedir un rescate
por los cautivos y reclamar el pago de tributos para evitar la destrucción de
la guerra.
Los gobernadores andalusíes de la frontera también habían
organizado este tipo de incursiones en el pasado. Las taifas, sin embargo,
cesaron prácticamente de hostigar la frontera cristiana a causa de su
debilidad. Los gobernadores almorávides y almohades que vinieron después no
tuvieron autonomía ni iniciativa propia para atacar las fronteras de los reinos
cristianos, con quienes existía una compleja red de relaciones políticas
dirigidas por el emir desde Marraqués. Las principales acciones de guerra por
parte islámica fueron las grandes campañas militares organizadas por el califa
para consolidar el dominio sobre un sector de la frontera y los territorios
colindantes. Como es lógico, los efectivos militares movilizados eran mucho
mayores, por lo que el esfuerzo económico requerido era también grande, y las
consecuencias políticas, en el caso de sufrir una derrota, enormes. Las tropas
se desplazaban lentamente, agotando los recursos de las ciudades por las que
pasaban. Los problemas de avituallamiento no tenían solución, debido al escaso
desarrollo de la intendencia militar. A ello habría que sumar el tremendo
esfuerzo que suponía el asedio y conquista de los castillos, prácticamente
inexpugnables en esta etapa anterior al uso de la pólvora.
11. ASEDIOS Y CAPITULACIONES
Las crónicas nos informan de la manera de actuar los ejércitos
durante los asedios. Primero se rodeaba el castillo para cortar los suministros
y se levantaba un campamento en las inmediaciones, rodeado por una empalizada
de leña. Después saqueaban los campos y hostigaban a los sitiados con armas
arrojadizas. Antes de iniciar el asalto definitivo se ofrecía el aman para
que los de dentro se rindieran sin oponer mayor resistencia. Los sitiados, por
su parte, se defendían desde los muros de la ciudad y realizaban salidas por
sorpresa, llamadas espoladas, para destruir las máquinas y quemar el
campamento, lo que tenía efectos devastadores sobre los atacantes.
11.1. OREJA (1139)
Veamos un caso concreto: el asedio del castillo
de Oreja por las tropas cristianas dirigidas por el rey Alfonso VII el
Emperador el año 1139. El castillo de Oreja ocupaba una posición estratégica
sobre el Tajo, cerca de Ocaña, desde donde partían las incursiones de los
musulmanes contra la ciudad de Toledo. Contaba con una importante guarnición
dirigida por el al-caíd Hali. Desde el principio el ataque se planteó
como un asedio prolongado para que el hambre y la sed minaran
la resistencia de los sitiados. Los cristianos emplearon máquinas de asalto con
las que destruyeron algunos torreones. Entonces Hali pidió una tregua para
negociar un pacto:
"Ali tomó consejo con los suyos y envió
emisarios al emperador para decirle: Tómanos como tus aliados y concédenos
una tregua de un mes para que enviemos emisarios a nuestro rey Taxufín al otro
lado del mar y por todas las tierras de los agarenos. Y si no
encontráramos quien nos defienda, te entregaremos el castillo a cambio de que
tú nos permitas marchar pacíficamente hasta nuestra ciudad de Calatrava. A lo
que el emperador respondió: Haré este pacto con vosotros: que me deis
quince rehenes de vuestros mayores, excepto Ali; Y si no
encontrarais quien os defienda, me entregaréis
el castillo y dejaréis allí las ballestas y todas
las armas y todas las regalías. Podréis llevaros vuestros
propios bienes, pero no a los cautivos cristianos que tenéis en la cárcel''29.
Este tipo de acuerdos fueron frecuentes para la resolución de
muchos conflictos fronterizos en aquella época. Coria, por ejemplo, también se
conquistó en 1142 por medio de un pacto tras un asedio. Como puede apreciarse
en el texto citado, el procedimiento era el siguiente: las partes enfrentadas
acordaban una tregua mientras negociaban un pacto de capitulación, más o menos
ventajoso en función de la importancia de las tropas de cada bando. Los
términos de la negociación, que en síntesis eran la tregua, el intercambio de
rehenes y el compromiso final de entregar el castillo si no se encontraban
refuerzos, eran los habituales en tales ocasiones. En el caso de Oreja, Hali no
consiguió encontrar ayuda en el plazo fijado, por lo que entregó la plaza y el
emperador les permitió salir según lo pactado:
Y así pues, salieron del castillo Ali y los suyos, llevando consigo sus bienes propios y dejando en su interior a los cautivos cristianos y todas las otras regalías. Y vinieron ante el emperador, que les recibió pacíficamente, y estuvieron con él algunos días en el campamento y le entregaron los rehenes. Después marcharon hacia Calatrava, yendo con ellos Rodrigo Fernández para custodiarlos30.
11.2. HUETE (1172)
https://ciudadhuete.es/tercer-concierto-2/
Bien diferente fue el resultado del asedio de Huete llevado a
cabo por el emir almohade Yusuf treinta años después. La plaza de Huete era
también una posición estratégica desde la cual los cristianos hostigaban la
tierra de Cuenca y todo el valle del Júcar. Cuando cayó el régimen mardanisí de
Murcia, el año 1172, Yusuf decidió atacar Huete pensando que no opondría mucha
resistencia porque, según sus informaciones, las murallas de su castillo
estaban medio derruidas. Con rapidez, las tropas almohades tomaron posiciones
ante el castillo y los sitiados, sorprendidos y temerosos por su inferioridad,
pidieron el aman; pero el emir lo rechazó, seguro de conseguir
una rendición incondicional. Ordenó entonces levantar un campamento, rodeado de
una empalizada de leña, y construir torres de asalto. Cuando todo estaba
preparado, se desató una terrible tormenta de verano que anegó las tiendas y
destruyó las máquinas de guerra. Aprovechando el desconcierto, los sitiados
hicieron una salida por sorpresa, incendiaron el campamento y se apoderaron de
gran cantidad de víveres. Esta serie sucesiva de desastres muestra, no sólo la
necesidad de contar con una información veraz sobre la capacidad de resistencia
del enemigo, sino también la ineficacia de las estrategias convencionales de
conquista, que provocaron a la postre la pérdida de la moral de las tropas
almohades y su retirada posterior en un clima de auténtica desolación.
12. LA RECONQUISTA COMO GUERRA DE ESTADO
El proceso para que las luchas de la Reconquista dejaran de ser
guerras privadas y se ajustaran a grandes estrategias de estado de carácter
general fue gradual y paulatino. A fines del siglo
XII y principios del siglo XIII, los protagonistas de las principales acciones
bélicas eran todavía las milicias concejiles integradas por caballeros de la
frontera. Sin embargo, fueros como los de la familia de Teruel Cuenca nos
muestran unas huestes más organizadas y disciplinadas y la existencia de una
escala de mando que aseguraba la dirección política de la guerra31.
La intervención de la Iglesia, con los obispos a la cabeza, fue fundamental
para ello. También hay que destacar el papel jugado por las órdenes militares,
los nuevos institutos religiosos creados en la Península en la segunda mitad
del siglo XII a imitación del modelo surgido en los estados cruzados de Tierra
Santa, cuya organización militar interna se inspiraba directamente en las
milicias concejiles32. Sus maestres tendieron a conservar la
tradicional alianza entre la Iglesia y la corona, y sus castillos y encomiendas
acogieron a la mayor parte de estos caballeros de la frontera como freiles o
como familiares y benefactores.
A fines del siglo XII la situación fronteriza peninsular parecía
estabilizada, mientras que la monarquía castellana de Alfonso VIII se había
reconstruido como un auténtico poder capaz de encabezar de nuevo una guerra de
estado. En los años precedentes había habido una ligera ampliación de la
frontera portuguesa hacia el Algarbe y de la castellana por la Mancha. Los almohades,
por su parte, recuperaron el control efectivo sobre territorios levantinos y
restablecieron el sistema de treguas que les permitía controlar cualquier
iniciativa bélica de los reyes cristianos. El nuevo califa Abu Yusuf Yaqub
(1184-1199) llevó el imperio almohade a su máximo apogeo. El año 1191 dirigió
una campaña contra Portugal por las partes de Silves y Alcacer do Sal. Después
se firmaron nuevas treguas, con lo que la situación peninsular se pacificó por
el momento. Cuatro años más tarde se interrumpieron las treguas, por lo que la
tensión en la frontera fue en aumento de nuevo, hasta culminar en la batalla de
Alarcos, a la que me referiré a continuación.
El rey de Castilla Alfonso VIII había tratado de evitar el
enfrentamiento con los almohades en los dos últimos decenios del siglo XII. El
año 1190 envió una carta al califa ofreciéndole un tributo y ayuda para luchar
contra sus enemigos, sin importarle que fueran cristianos. El califa aceptó y
se pactaron las treguas33. Las negociaciones para su renovación en
1194 fracasaron, como ya hemos dicho, seguramente porque los embajadores
castellanos esperaban que estallara una revuelta en la zona de Ifriquiya. Pero
se trataba de un grave error de cálculo, pues el califa no tuvo dificultades
para controlar la situación en aquella región africana, y mantuvo las treguas
con los reyes de Navarra y León, lo que le dejaba las manos libres para atacar
la frontera castellana.
13. LA BATALLA DE ALARCOS (1195)
Cuando Alfonso VIII tuvo noticias de la llegada del ejército
almohade, salió a su encuentro hacia el castillo de Alarcos, un castillo y una
ciudadela situada en el curso alto del Guadiana, no muy lejos de la ciudad
fortificada de Calatrava, en donde tenía su cabeza la orden militar del mismo
nombre. De esta forma evitaba poner en peligro la ciudad de Toledo, que quedó
como punto de apoyo en retaguardia. El rey pidió ayuda al arzobispo de Toledo y
convocó a los magnates del reino para la hueste, pero no aguardó a la llegada
del rey de León, que iba en su auxilio y andaba ya por Talavera, a pesar del
consejo en contra de sus caballeros34. La precipitación en presentar
batalla el día 18 de julio, cuando los almohades acababan de levantar su
campamento, deja pensar, no obstante, que hubo una cierta indecisión por parte
de los castellanos. Desplegaron sus fuerzas en el campo de batalla, pero se
limitaron a esperar el ataque enemigo, que no se produjo, retirándose poco
después sin atacar el campamento, cuando vieron que los musulmanes no tenían
intención de luchar aquel día. Era costumbre entre los ejércitos medievales que
los contendientes acordaran previamente la fecha y el lugar de la batalla, por
lo que es posible que lo ocurrido en el campo de Alarcos fuera consecuencia
también de la falta de contactos previos entre Alfonso VIII y Yaqub.
Al día siguiente los almohades salieron al campo y presentaron
batalla en una amplia llanura, a cierta distancia de las murallas de la ciudad,
que los cristianos protegieron como refugio en retaguardia. La batalla campal
duró algo más de tres horas, (desde media mañana hasta pasado el medio día)
hasta que los castellanos, en inferioridad numérica, empezaron a retroceder,
por lo que algunos caballeros pidieron al rey que se retirara. El alférez,
Diego López de Haro, se hizo fuerte en el castillo e izó el pendón real, para
hacer creer a los almohades que el rey estaba dentro, cuando en realidad había
huido hacia Toledo. Estos datos nos permiten afirmar que, si bien la batalla se
inició, cuando el rey comprobó que no podría conseguir la victoria, se retiró
con el grueso de su ejército para evitar un descalabro mayor, mientras que una
minoría resistía en el castillo para proteger su retirada.
El final de la batalla se resolvió en realidad como un asedio
del castillo de Alarcos. Los almohades intentaron el asalto y don Diego realizó
una espolada, en parte abortada. La lucha se encarnizó al pie de la muralla,
como se comprueba en la denominada fosa de los despojos, recientemente
excavada. Pero finalmente se negoció el aman y don Diego,
después de rendir la plaza y dejar algunos rehenes, se retiró junto con los
demás caballeros a Toledo, protegido por un pacto de capitulación:
"Diego López de Vizcaya, vasallo del rey, se refugió
en el castillo de Alarcos, donde fue asediado por los moros; pero por la gracia
de Dios, que le reservaba mejores días, dejó algunos rehenes y pudo
salir, y siguiendo a su rey, pasados algunos
días, llegó a Toledo" 35.
La edición portuguesa de la Crónica General amplía
la información sobre estos acontecimientos. El portavoz de los almohades para
la negociación del amán fue el caballero castellano
desnaturalizado don Pedro Fernández de Castro, que era amigo del alférez mayor
de Castilla don Diego López de Haro. Su salida del reino se había debido al
enfrentamiento que los de Castro tenían con la casa de Lara desde los tiempos
de la minoridad del rey Alfonso VIII. Cuando don Pedro se acercó a parlamentar
con don Diego, le habían dicho que dentro del castillo se encontraban dos
caballeros de ese linaje, don Gonzalo y don Diego de Lara, con los que
tenía mala querencia, por lo que exigió que fueran incluidos
dentro del grupo de quince rehenes que debían entregar los sitiados para poder
salir. Don Diego aceptó, y se comprometió a reunir un rescate para pagar la
libertad de todos ellos más tarde. Sin embargo, los de Lara se escondieron y
consiguieron salir confundidos con el resto de los caballeros, sin ser
reconocidos. Los que se quedaron como rehenes no debían de tener familiares
interesados en su liberación, porque nunca se pagó el rescate y es probable que
terminaran esclavizados36.
Como puede apreciarse, la capitulación de Alarcos fue una
verdadera rendición con condiciones, para que los sitiados se salvaran. Las
consecuencias de la batalla fueron enormes, pues los almohades se apoderaron
del Campo de Calatrava hasta los Montes de Toledo, mientras que Alfonso VIII de
Castilla trataba de defender Toledo y la vega del Tajo37.
Probablemente, lo más preocupante era la amenaza leonesa y navarra que,
aprovechando la derrota, se preparaban para atacar las fronteras castellanas.
Alfonso VIII se apresuró a pedir treguas al califa, pero las rechazó. En los
años siguientes fueron saqueadas las vegas del Tajo y del Júcar. La ciudad de
Toledo fue asediada en varias ocasiones, pero consiguió resistir. Finalmente,
en 1197 se firmaron las treguas:
El noble rey Alfonso juzgó por fin que era digno
ceder en su furor y hacer una tregua durante un tiempo
con el rey de los árabes, para poder ocuparse de los otros
reyes vecinos (Crónica Latina). El califa almohade se retiró a
Marruecos para hacer frente a una nueva revuelta en Ifriquiya, mientras que los
castellanos se ocuparon de frenar el avance de los leoneses por la Tierra de
Campos. Las treguas se mantuvieron hasta 1211, cuando los almohades asaltaron
el castillo de Salvatierra. Al año siguiente, tuvo lugar la batalla de las
Navas de Tolosa que supuso la derrota definitiva del imperio almohade en
al-Andalus y consolidó la hegemonía castellana sobre el conjunto de los reinos
peninsulares en lo sucesivo.
14. CONCLUSIONES
La guerra y la paz, a fines del siglo XII, requería la
movilización de ejércitos muy numerosos y bien pertrechados, lo que exigía
también recursos económicos mayores. Sobre el campo de batalla, lo más
importante era conseguir grandes ganancias con el menor desgaste posible.
Incluso el enemigo era considerado como un potencial de recursos, en forma de
tributos, que convenía preservar. Los participantes en aquellas luchas
valoraron la conveniencia de aliarse o enfrentarse entre sí, de acuerdo con su
apreciación de las circunstancias de cada momento. El resultado fue la creación
de una red de alianzas y oposiciones que no siempre respondieron a afinidades
religiosas, y la existencia de un sistema de treguas más o menos permanente,
pactadas por una diplomacia un tanto rudimentaria, a juzgar por los medios
empleados, aunque bastante experimentada y eficaz, que marcó el ritmo de las
campañas militares, y perduró por encima del resultado de las batallas.
NOTAS
1. La cuestión de la paz y su negociación siempre ha
llamado la atención de los intelectuales, más aún en las circunstancias por las
que discurre actualmente la política internacional. Sin ánimo de exhaustivida
al ofrezco al lector un balance de la bibliografía al respecto: B.
Lowwe. Imaging peace. A history of early english pacifist ideas,
1340-1560. Pennsylvania, 1997. Diego de Valera, Exhortación de
la paz. B.A.E., CXVI, Madrid, 1959. Francisco de Vitoria, Relectio
de Jure belli, o Paz dinámica. Escuela española de la paz.
Primera generación: 1526-1560. Madrid 1981. F. A. Muñoz y B.
Molina Rueda, ecls. Cosmovisiones de la paz en el
Mediterráneo antiguo y medieval. Granada, 1998.
F. Garda Fitz. La edad media, guerra e ideología.
Justificaciones religiosas y jurídicas. Madrid, 2003. J.
García Caneiro y F J. Vidarte. Guerra y fiJosofía. Concepciones de la
guerra en la historia del pensamiemo. Valencia 2002. A. Rubio,
ed. Presupuestos teóricos y éticos sobre la paz. Granada,
1998. F. A. Muñoz y Ma. López Martínez, eds. Historia
de la paz. Tiempos, espacios y actores. Granada,
2000. E. Deuber Ziegler, dir. Paix. Geneve,
2001. J. Galting. Paz por medios pacíficos. Paz y conflictos.
desarrollo y civilización. Bilbao,
2003. Pace e guerra nel basso medioevo. Tai del XI
Convegno storico internazionale. Todi, 12-14 octobre
2003. Fondazione Centro italiano di Studi sull'alto Medioevo. Spoleto,
2004.
2. Aristóteles, Política, introducción,
notas y traducción de Pedro López Quiroga y Estela García
Fernández. Madrid, 2005. Lib. VII, cap. XlV
3. San Agustín, La ciudad de Dios, ed. y trad.
de S. Santamarta del Río y M. Fuertes Lanero, B.A.E. 4ª ed.
Madrid 1988. Lib. VII, cap. 12.
4. A. Moralejo, C. Torres y J. Feo
eds. y trads. Liber Sancti Jacobi, Crónica del Pseudo
Turpín, capítulo XVII. reed. Lugo, 1998, pp. 447-453.
5. Sobre esta cuestión vid. la reciente aportación de M. T
Ferrer Mallol, J. M. Moeglin, S. Péquignot, S. M. Sánchez Martínez.
eds. Negociar en la Edad Media - Négocier au Moyen
Áge. Madrid 2006.
6. C. Von Clausewitz, De la guerra. Madrid
1980, p. 19.
7. E. Lévi Provençal y E. García Gómez, trad. y ed. El
siglo Xl en 1ª persona. Las memorias de 'Abd AlI'h, último rey Zirí
de Granada, destronado por los almorávides (1090). Madrid
1980, p. 228.
8. P. Burke, ¿Qué es la Historia
Cultural Barcelona 2005, p. 131.
9. Ph. Contamine. La guerra en la edad media. Barcelona,
1984. Ph. Contamine y O. Guyotjeannin. La Guerre, la
Violence et les gens au Moyen Âge. (Congres des Societés savantes d'Amiens, 1994) París 1996. F.
Cardini, Quella antica festa crudele. Guerra e cultura
Della guerra del Medioevo alla Rivoluzione francese (n. ed.) Milano, 1995.
10. Erasmo de Rotterdam, Adagios del poder y de la guerra y
teoría del adagio; ed. trad. y presentación de R. Puig de la Bellacasa
; revisión y asesoramiento filológicos de Ch. Fantazzi ; asesoramiento y
colaboración de A. Vanautgaerden. Valencia, 2000.
11. G. Duby, Los tres órdenes o lo imaginario del
feudalismo. Barcelona, 1999.
12. Sto. Tomás, Suma Teológica, B.A.E.
Madrid 1959. Vol. II, pp. 1.075-1.076.
13. H. Grassotti "El deber y el derecho de hacer
guerra y paz en León y Castilla" Cuadernos de
Historia de España, LlXLX (1976), pp. 221-296.
14. M. Keen, ed. Historia de la guerra en la
Edad Media. Madrid, 2005, vid en especial cap. IV "Una era de
expansión. c. 1020-1204" por J. Guillingham, pp. 87-122 y cap. VII
"La época de la Guerra de los Cien Años" por Cl. J. Rogers, pp.
179-208.
15. Vid. nota 7.
16. Ibid p. 158.
17. Ch. J. Bishko, "Fernando I y los
orígenes de la alianza castellano-Ieonesa con Cluny" en Cuadernos
de Historia de España, 47-48 (1968), pp. 31-135, y 49-50 (1969), pp.
50-116. Reimp. En Studies in Medieval Spanish Frontier History, Variorum
Reprints, Londres, 1980.
18. ibid, p. 225-227
19. Rodrigo Jiménez de Rada, Historia de los hechos de
España. Introducción, traducción, notas e índices de J. Fernández
Valverde. Madrid 1989. Libro VI, cap. XXII.
20. B. F. Reilly, El reino de León y Castilla
bajo el rey Alfonso VI (1065-1109), Toledo 1989, pp. 192-197.
21. X. de Planhol, Les Fondements
Géographiques de l'Histoire de l'Islam, París,
1968.
22. El Corán / introducción, traducción y notas
de Juan Vernet Barcelona, 2005
23. F. Maillo Salgado, "La guerra santa según el derecho
malikí. Su preceptiva, su influencia en el derecho de las comunidades
cristianas del medievo hispano" en Studia Historica. Historia
Medieval, vol. 1, n° 2 (1983), p. 61.
24. Ibid, p. 41.
25. J. G. Martínez Martínez, Acerca de
la guerra y de la paz, los ejércitos, las estrategias y las
armas según el libro de las Siete Partidas, Cáceres,
1984.
26. A. Huid Miranda, Las grandes batalIas de la
reconquista durante las invasiones africanas. Estudio preliminar por
E. Molina López y V. Carlos Navarro Oltra. Granada, 2000.
27. J. F. Powers. A society organized for war. The
Iberian Municipal Militias in the Central Middle Ages, 1000-1284.
Berkeley and Los Angeles, 1988.
28. Cronica Adefonsi Imperatoris, Ed. y estudio por L.
Sánchez Belda, Madrid 1950. Ofrezco la traducción propia del texto latino
original. Lib. II, cap. 20.
29. Ibid. Lib. II, Cap. 57.
30. Ibid. Lib. II, Cap. 60.
31. A.Valmaña Vicente, El Fuero de Cuenca, Cuenca
1978. F. Ruiz Gómez "La hueste de las Órdenes Militares" en R.
Izquierdo Benito y F. Ruiz Gómez, Las Órdenes Militares en la
Península Ibérica. Vol. l. Edad Media. Cuenca, 2000, pp. 403-436. F.
Garcia Fitz, Castilla y León frente al Islam.
Estrategias de expansión y tácticas militares. Sevilla,
1998.
32. Th. M. Vann, "A new look at the foundation of the Order
of Calatrava" en: On the social origins
of medieval institutions. Essays in Honour of Joseph F. O'Callaghan. Edited
by D. J. Kagay y Th. M. Vann. New York, 1998, pp. 93-114. F. Ruiz Gómez. Los
orígenes de la órdenes militares y la repoblación de
los territorios de la Mancha (1150-1250). Madrid,
2003. C. de Ayala Martínez. Las órdenes militares hispánicas en la Edad
Media (siglos XIIXV). Madrid, 2003.
33. E. Levi-Provençal, "Un recueil de lettres officielles
almohades. Étude diplomatique et historique" en Hesperis XXVIII
(941), p. 180. J. González, 1960, Repoblación de Castilla la
Nueva. Madrid, 1975, vol. 1, p. 960.
34. Crónica Latina de los reyes de Castilla, ed. y
trad. de I. Charlo Brea. Cádiz 1984, p. 13.
35. Ibid, p. 15.
36. Estos hechos los refiere A. Huici Miranda en sus estudios
sobre la batalla de Alarcos. Además de la obra ya citada sobre Las
grandes batallas de la Reconquista, vid. su Historia Política
del Imperio Almohade. Tetuán 195659. También los recoge F. de Rades y
Andrada, Chronica de las tres Órdenes y Cavallerías de Santiago,
Calatrava y Alcántara ... Impresa en Toledo, año de 1572. Reed. de D.
Lomax Barcelona, 1980, en Chroníca de Calatrava fol. 20 vº,
tomando la noticia de Hernán Pérez de Guzmán.
37. Mª J. Viguera Molins, coordª y Prólogo, El retroceso
territorial de Al-Andalus. Almorávides y almohades. Siglos XI al XIII. Tomo
VIII-II de la Historia de España, Ramón Menéndez Pidal. Ed.
Espasa-Calpe, Madrid 1997, p. 98.
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