Bernardino de
Rebolledo: el gran militar, diplomático y literato leonés que logró la
conversión al catolicismo de la Reina Cristina de Suecia
- El 21 de marzo se
cumplieron los 350 años de la muerte de uno de los personajes históricos
más importantes del siglo de Oro, el Conde de Rebolledo, con calle en
León, pero muy desconocido. Tanto que su maravillosa tumba en la Catedral
de León se usa como trastero
Tumba del Conde de
Rebolledo en la Catedral de León excelso militar, diplomático y gran literato
español.
León
es cuna de enormes personajes históricos, pero muy desconocidos para la mayoría
de la gente, ya no de España –a la que se la venido ocultando la importancia de
lo leonés en su historia hasta el punto de que la mayoría de los ciudadanos del
país desconocen incluso la existencia del Reino Cristiano más importante de la
Europa Occidental Cristiana entre los siglos XI y XIII– sino del propio León.
Y en
este caso –aún con calle hacia
el Barrio Húmedo desde La Rúa–, se ha olvidado la figura de otro gran militar,
literato, poeta, científico diplomático y espía altamente reconocido por los
reyes de España y hasta el Emperador del Sacro Imperio Germánico: el Conde de
Rebolledo que
consiguió, nada menos, que la gran defensora del protestantismo en el Norte de
Europa –la reina Cristina de
Suecia–, huyera de su
país y se pasara al catolicismo en uno de los mayores escándalos de la época.
Hablamos
de Bernardino de Rebolledo y Villamizar, nacido en León en 1597 y bautizado en la iglesia
del Mercado. Que con 12 años se fue a Italia y con 14 ya combatía, y del que
este 21 de marzo se cumplieron 350 años de su muerte (en 1676), como recordó
convenientemente el profesor de Historia del Arte de la Universidad de León
César García Álvarez en Onda Cero León hace dos semanas.
El
Conde de Rebolledo representa el ideal del caballero del Siglo de
Oro español: un
hombre capaz de manejar con igual destreza la espada, la diplomacia y la pluma.
Y no es el único leonés de la época que también lo hace: ya que otro personaje
de alcurnia leonesa, Diego de Prado y Tovar –que vivió 96 años a caballo entre el siglo XVI
y el XVII con lo que fue coetáneo de Rebolledo, y además tuvo una conexión muy
curiosa con él–, fue un explorador que estuvo a punto de pisar las tierrras
australianas, avezado militar que escribió nada menos que dos tratados de
artillería, escritor de obras de teatro y espía en la Italia de mediados del
siglo XVI. De él, otro representante de los bizarros españoles (lo que los
ingleses dirían un badass, un súpersoldado).
Rebolledo,
exitoso militar de muy rancio abolengo
Lo de
Bernardino de Rebolledo fue un ascenso meteórico a partir de la segunda década
del siglo XVII (cuando ya era famoso Diego de Prado). Hijo de los señores de
Irián, provenía de una familia de rancísimo abolengo ya que eran nobles de alta
alcurnia desde tiempos del rey de los astures Ramiro I en
el siglo IX (y según este monarca descendientes nada menos que del supuesto
último rey visigodo Rodrigo), lo
que le hacía heredero de una familia inmensamente rica y de reconocida nobleza.
El
joven Rebolledo inició su carrera militar a la temprana edad de 14 años en
Italia batallando en el Mediterráneo contra piratas berberiscos y turcos. Pese
a lo que se cree, la maqueta del galeón como exvoto en la Iglesia del Mercado
supuestamente por la batalla de Lepanto, no es de este conde Rebolledo, sino de
su padre Jerónimo, ya que la batalla naval se produjo en 1571 (y por la clase
del navío todavía quedaría por ver si más bien se refería a la Empresa de
Inglaterra, mal llamada Armada Invencible). La carrera militar de su hijo
comenzó a los 14 años. En 1611 inició su periplo bélico con el grado de alférez
embarcando en Denia rumbo a las galeras de Sicilia y Nápoles, destinadas a
combatir a los piratas berberiscos y a las fuerzas del Imperio otomano.
Un tratado de
Artillería de Diego de Prado y Tovar, el también olvidado capitán, cartógrafo y
navegante leonés del siglo XVI que exploró Australia, las Américas y el
Pacífico; y además fue literato, diplomático y espía en Italia en el siglo
XVII.
En
1615 participó en la toma de Asti y diez años más tarde, en 1625, alcanzó el
grado de capitán. Bajo las órdenes de Pedro de Toledo y Leyva y del príncipe Filiberto de Saboya, actuó en
operaciones en la isla de San Pedro, Cabo Martín, la defensa de Génova,
Arbenga, el asalto de Onella, y en la conquista de Porto Mauricio y del
castillo de Ventimiglia.
Ya
como capitán, se incorporó en 1626 a los tercios de Italia, tomando parte en la
guerra de Sucesión de Mantua, dentro del escenario bélico de Lombardía. Su
valor fue recompensado en febrero de 1628 con el hábito de caballero de
Santiago.
Bajo
el mando y el auspicio de nada menos que Ambrosio de Spínola participó en los asedios de Mantua y Casale de
Monferrato, donde resultó gravemente herido en el brazo derecho por un pelotazo
de arcabuz. Aun así, tuvo el honor de entregar personalmente las llaves del
castillo al monarca español, quien lo distinguió en 1630 con la dignidad de
gentilhombre del cardenal infante don Fernando de Austria. Durante los años siguientes lo acompañó por Europa,
con el rango de teniente y maestre de campo general.
Ese
mismo año se incorporó a las tropas de los tercios de Flandes, participando en
combates en Maastricht, el Mosa, Wertal y Gueldres, y en la célebre batalla
de Nördlingen (1634). En 1635 pasó a formar parte del cuartel
general del duque de Lerma, destacando no sólo por su capacidad militar, sino
por su creciente implicación en tareas diplomáticas al servicio de la Corona.
Como
delegado del cardenal infante, asistió a la Dieta de Ratisbona y a varias
negociaciones encaminadas a poner fin a la Guerra de los Treinta Años. Su éxito
diplomático le valió, en 1638, el título de conde del Sacro Imperio, con la
denominación de conde de Rebolledo, concesión otorgada por el
emperador Fernando III y
ratificada por Felipe IV.
Ascendido
a maestre de campo del Tercio de Infantería en diciembre de 1640, fue nombrado
gobernador de la plaza de Frackenthal en septiembre de 1641. Poco después
asumió la superintendencia de la gente de guerra del Palatinado, y en 1643 fue
designado capitán general y gobernador del Palatinado Inferior. La carrera
militar de Benardino de Rebolledo fue meteórica, en tan sólo 32 años pasó de un
simple alférez a uno de los más importantes genios logísticos de su tiempo.
Diplomático
de alto nivel honrado por el Sacro Imperio Germánico
Tras
la muerte de su madre, Ana de Villamizar, regresó a España por orden real para
intervenir en la rebelión catalana de 1640. Sin embargo, el rey decidió
aprovechar su talento diplomático en las negociaciones que desembocaron en
el Tratado de
Westfalia, firmado el 24
de octubre de 1648 en la Sala de la Paz del Ayuntamiento de Münster, que puso
fin a la Guerra de los Treinta Años.
Ese
mismo año, Felipe IV lo
envió como embajador a la corte de Dinamarca, donde se ganó fama de hombre
ilustrado, sagaz y experimentado militar. Durante su misión, contribuyó de
forma decisiva a la defensa de Copenhague frente al asedio sueco y apoyó las
operaciones danesas en la isla de Selandia, consolidando su prestigio tanto en
el campo de batalla como en el terreno diplomático.
Su
valentía y presencia diplomática le valió el título de Conde del Sacro
Imperio Romano, otorgado por el emperador Fernando III,
que, muestra de su tacto e inteligencia, no asumió directamente porque primero
que pidió permiso al rey español Felipe IV.
César
García Álvarez, doctor en
Historia del Arte y profesor de la Universidad de León, destacó en el programa 'Arte y Mucho más' de Onda Cero, con motivo del aniversario de su fallecimiento, que
Rebolledo fue “un superhombre de su época por sobrevivir a incontables
conflictos y llegar a los 79 años”. Según García Álvarez, Rebolledo poseía una
“gallardía, competencia e inteligencia que le permitieron cosechar victorias no
solo para España, sino también para sus aliados, ganándose el prestigio de
daneses y flamencos”.
El
Conde de Rebolledo, un superhombre del Siglo de Oro español
Bernardino
de Rebolledo y Villamizar no es simplemente un nombre en el callejero leonés,
de esos que muchos no saben quién es, sino que es alguien más que sobresaliente
en la historia de España y del mundo. “Representa la culminación del ideal del
Siglo de Oro español, donde la pluma y la espada se entrelazaban en una vida de
una intensidad casi cinematográfica”, explica García Álvarez.
Al
conmemorarse el 350 aniversario de su fallecimiento, la figura de
este aristócrata, militar y diplomático cobra una relevancia renovada,
especialmente a través del análisis como este experto, quien en su programa
de Onda Cero
León reivindicó
su enorme estatura histórica. Para este profesor de la ULE –y uno de sus
mejores divulgadores–, Rebolledo fue “un auténtico superhombre de
su tiempo, alguien que sobrevivió a incontables batallas y naufragios en una
época de altísima mortalidad, logrando alcanzar los 79 años con una lucidez y
determinación admirables”.
La
nobleza de Bernardino de Rebolledo, como ya se indicó al principio del artículo
no era un título reciente, sino que hundía sus raíces en la historia más
arcaica de la Hispania medieval. Según relata García Álvarez, su linaje se
remonta al siglo IX, vinculado a la figura de Ramiro I, quien
habría otorgado los terrenos de Irián a su antepasado Rodrigo tras la batalla
de los Lodos. Nacido en 1597 y bautizado en la Iglesia del Mercado de
León el 31 de mayo de ese año, Bernardino creció en un ambiente donde
el servicio a la Corona y la fe eran los pilares fundamentales.
Su
entrada en la madurez fue, por necesidad de la época, extremadamente prematura.
El profesor subraya que, “frente a la adolescencia eternizada” de la
actualidad“, Rebolledo ya era un soldado a los 14 años, partiendo hacia Italia
en 1611 para servir como alférez en las galeras de Nápoles y Sicilia. Durante
dieciocho años, su vida transcurrió en el Mediterráneo, enfrentándose a piratas
berberiscos y turcos en una lucha constante por el control de las rutas
marítimas. Esta etapa forjó en él una ”gallardía, competencia e
inteligencia“ que le permitirían destacar no solo como combatiente,
sino como un estratega capaz de manejar máquinas de guerra y tácticas
poliorcéticas complejas.
La
carrera militar de Rebolledo es una sucesión de hitos en los teatros de guerra
más calientes de Europa. En 1626, bajo las órdenes de Ambrosio Spínola,
combatió en Lombardía y recibió una grave herida de arcabuz en
el brazo durante el sitio de Casale Monferrato. Este episodio, lejos de
retirarlo, acrecentó su prestigio; él mismo llevó las llaves del castillo
conquistado a Felipe IV, quien lo nombró gentilhombre.
Su
periplo continuó en Flandes y el Palatinado, donde desempeñó cargos de altísima
responsabilidad, como el de gobernador y capitán general.
García
Álvarez destaca que Rebolledo “no solo luchaba por España, sino que su genio
militar era tan evidente que obtenía victorias para los aliados del Imperio,
ganándose el respeto de daneses y flamencos. Su labor diplomática en la Dieta
de Ratisbona y sus negociaciones entre el emperador y los electores le valieron
el título de Conde del Sacro Imperio Romano en 1636, una
distinción que él, con la prudencia que le caracterizaba, no aceptó hasta
recibir el visto bueno de su propio rey, Felipe IV”.
Su
capacidad de resistencia quedó demostrada en el asedio de Frankenthal, donde
aguantó dieciocho meses contra las fuerzas franco-suecas, obligándolas
finalmente a retirarse.
Misión
diplomática en el Norte: la conversión de la Reina Cristina
El
capítulo más fascinante y políticamente trascendental de su vida comenzó en
1647, cuando fue destinado como embajador plenipotenciario a Copenhague. En
este entorno luterano y hostil, Rebolledo no solo actuó como representante de
la corona española, sino que, en palabras de César García Álvarez, operó como
un auténtico 'agente encubierto' del Papa. Su misión iba mucho más allá
de los tratados comerciales o territoriales; se trataba de una lucha ideológica
en el corazón del protestantismo.
Fue
en este contexto donde se forjó su relación con la reina Cristina de Suecia. A
pesar de que es probable que nunca se encontraran físicamente en suelo sueco,
mantuvieron una correspondencia epistolar en latín de una profundidad teológica
y filosófica abrumadora. César García Álvarez enfatiza que esta “amistad
epistolar” fue el motor que aceleró y condicionó la conversión de la
reina al catolicismo, lo que supuso un “escándalo mayúsculo” y una de
las victorias ideológicas esenciales del catolicismo contra el
protestantismo en el siglo XVII.
Rebolledo
no se limitó a la persuasión intelectual. Cuando Cristina decidió abdicar y
abandonar su reino, él fue el artífice de su huida clandestina, esperándola en
Hamburgo y facilitando su trayecto hacia Roma, donde sería recibida y bautizada
por el Papa. Esta operación de ‘fichaje’ religioso tuvo consecuencias
geopolíticas inmensas, elevando el prestigio de la monarquía española de Felipe
IV, quien veía en la conversión de la soberana sueca un triunfo personal.
El retrato a
caballo de Cristina de Suecia en el Museo del Prado pintado por Sébastien
Bourdon.
Como
muestra de gratitud y admiración, la reina Cristina le concedió la banda de
la Orden del Amaranto, un honor que Rebolledo portó con orgullo y
que aparece representado en su iconografía funeraria.
Y en
esta historia también hay que recordar que en un principio de este reportaje se
dijo que había una conexión más o menos directa con el otro militar, literato,
diplomático y espía Diego de Prado y Tovar. Y tanto, el encargado de recoger y
ayudar en la fuga a la reina Cristina de Suecia fue nada menos que
sobrino-nieto de ambos prohombres de la época: Antonio Pimentel de Prado, apellido de los condes de Benavente y su madre,
familia directa del militar artillero Prado y Tovar. Fue un diplomático y
militar al servicio de la Monarquía Hispánica en el siglo XVII. Nació en
Palermo, creció en un entorno ligado a la nobleza hispana de Sicilia y
desarrolló una carrera que lo llevó a gobernar Nieuwpoort, representar a España
en Estocolmo y París, ejercer como gobernador de Cádiz y terminar su vida en
Amberes con cargos de responsabilidad militar y política.
Su
perfil combinó, como sus tio abuelos, guerra y diplomacia: primero sirvió en
campañas militares en Italia y después ganó prestigio como negociador,
especialmente durante su embajada en Suecia, donde trató con la reina Cristina
y participó en la red diplomática española de la segunda mitad del siglo XVII.
La propia Historia Hispánica lo presenta como miembro de una rama menor de la
familia leonesa de los Prado, lo que encaja con su vínculo con la nobleza del
reino de León.
Y
fue, como protegido de Rebolledo enviado como embajador a Suecia, el que
consiguió que escapara la reina Cristina de Suecia y se convirtiera al
catolicismo en 1654, y como tal sale en la película de 1933 La Reina
Cristina protagonizada por Greta Garbo. Aunque es una versión muy
libre de lo que ocurrió en verdad –muy hollywoodiense– se le identifica como el
personaje ‘Antonio, el enviado español’.
La
antigua monarca mantuvo, ya tranquila en territorio católico, su amistad con
Pimentel. Entre otras razones, porque quería servir de mediadora entre Francia
y España. Ambos volvieron a encontrarse en Bruselas en 1655, y él estuvo
presente cuando la reina se convirtió al catolicismo en la víspera de Navidad
de ese año. Después la acompañó a Innsbruck y Roma, aunque se separaron en
1656, cuando Cristina hizo nuevas propuestas a Francia. Más tarde, Pimentel
continuó su labor diplomática en París y, en nombre de España, participó en las
gestiones que desembocaron en la Paz de los Pirineos, en el equipo diplomático
de su tío abuelo el Conde de Rebolledo, firmada en octubre de 1659.
Representante
Papal que consiguió reabrir iglesias católicas en la protestante Dinamarca
Tras
trece años de penurias en el norte, donde llegó a endeudarse personalmente para
mantener la dignidad de la embajada ante el olvido de la corte de Madrid,
volvió a España. Sin olvidar que consiguió una de sus hazañas más importantes
para él en lo personal ya que consiguió que la monarquía danesa diera permiso
para reabrir una iglesia católica tras la reforma protestante que prohibió
fulminantemente las misas con el rito romano y persiguió a los católicos de
forma terrible, dejando a la Inquisición Española como si fueran hermanitos de
la caridad, robándoles las iglesias y sus bienes; y señalando a los que seguían
las órdenes de Roma como “seguidores del Anticristo”.
Cómo
sería la ‘mano izquierda’ diplomática de Rebolledo que un país que detestaba
tantísimo al Papa de Roma terminó permitiendo que los católicos –que celebraban
completamente a escondidas su rito cristiano–, tuvieran un templo permitido
para hacerlo. Inicialmente, Rebolledo obtuvo la venia para que se pudiera
celebrar misa en la embajada española, que en aquel entonces se encontraba
situada en Kungetorget, el centro viejo de Copenhague. De hecho, la primera
capilla católica de la capital danesa tras la Reforma fue creada por el propio
Rebolledo en su casa, donde se oficiaba misa y se administraban los sacramentos
a los fieles de la ciudad.
Interior de la
Catedral católica de San Óscar en Copenhage. Daderot / Wikimedia Commons
En realidad,
esto fue uno de sus enormes logros como diplomático y a la vez espía. Además de
su papel como embajador de España, Rebolledo actuaba como representante
personal del Papa ante las iglesias católicas clandestinas tanto de Suecia como
de Dinamarca.
Tan
importante fue que, en la actualidad, como legado en reconocimiento de su
labor, la catedral católica de San Óscar en Copenhague cuenta hoy en día con un pequeño museo en honor
al conde leonés, y en una de sus residencias de descanso cerca de Nyhavn
todavía se conserva su escudo nobiliario esculpido en piedra.
Regreso
a España y entierro en León, para ser lamentablemente olvidado
Bernardino
de Rebolledo y Villamizar regresó a España en 1661. Pasó sus últimos años como
ministro del Consejo de Guerra, retirado pero respetado, dedicándose al estudio
de la cosmografía y la literatura. Enfermo y cansado de tantas
responsabilidades residirá hasta su muerte en su patria recibiendo notables
honores, remarcando su crucial importancia en los hechos de aquel siglo. El
mismo año de su regreso fue nombrado ministro del Consejo Supremo de Guerra y
miembro del Consejo de Estado; en 1670 se incorporó también a las Juntas de
Competencias y de Galeras, y más tarde añadió a su hoja de servicios los cargos
de consejero de Indias y presidente del Consejo de Castilla.
En la
última etapa de su vida se volcó en obras piadosas, creando dotaciones para
huérfanas, reservadas a quienes llevasen los apellidos Rebolledo, Quiñones,
Lorenzana o Villamizar. Estas fundaciones se completaron con las dispuestas en
su testamento, destinadas a muchachas nacidas entre León y Astorga, con la
excepción de las naturales de esta última ciudad.
Falleció
en Madrid el 27 de marzo de 1676, pero su última voluntad fue clara: su corazón
y sus restos debían descansar en su tierra natal, León. “Un lugar que jamás
olvidó y siempre tuvo presente”, afirma César García Álvarez.
Sin
embargo, muy propio de esta tierra que tantos grandes hombres dio, pero que se
ha olvidado a sí misma tras tantos años de una historiografía castellanista en
la que les ha inculcado durante los últimos siglos a los leoneses que no eran
nadie ni merecían la pena, pese a pagarse una tumba de renombre y de postín –de
tipo orante en la que, de rodillas, reza el conde Rebolledo a Dios, en una de
las capillas del claustro de la Catedral de León, nada menos–nadie se acuerda
de ella y ni siquiera se puede visitar, habiendo sido usada, para colmo,
durante años y años como almacén de limpieza por parte del Cabildo.
César
García Álvarez lamenta profundamente el estado actual de la capilla
funeraria de Rebolledo en el claustro de la Catedral de León. A pesar de
ser uno de los espacios artísticos más interesantes de la catedral, con un
sepulcro en alabastro donde el conde aparece arrodillado en oración perpetua
luciendo la banda de la reina Cristina, García Álvarez denuncia que “el
lugar ha sido históricamente maltratado, llegando a ser utilizado como trastero para cubos de fregar”.
“Tiene
una capilla propia con un maravilloso sepulcro funerario encargado por él...
que ha estado cerrado mucho tiempo, se abrió y ahora está vuelto a cerrar y que
es uno de los espacios claustrales de nuestra catedral más interesantes y más
maltratados, que a ver si ya de una vez se puede incorporar de un modo
definitivo a todo el itinerario”, apunta el especialista.
Capilla del Conde
Rebolledo usada como almacén en la Catedral de León. Blog Fonsado
Según
García Álvarez el monumento funerario es uno de los más interesantes de todo su
periodo “, y posiblemente el más notorio de la Catedral Leonesa por su
disposición, ”aunque bastante arcaizante en muchos aspectos, pero aparece él
allí arrodillado“en posición orante. ” Y allí mandó a hacer un sepulcro que
cualquiera puede ver... obedece a unas fórmulas bastante tradicionales que
siguen los modelos incluso casi tardo medievales, renacentistas y del primer
barroco de monumento funerario, pero ahí está él arrodillado con sus armas,
reclinado en oración permanente y con un gran arcosolio, una gran hornacina que
acompaña esa especie de oración permanente o eterna y la banda de la orden de
Amaranto concedida por la propia reina Cristina de Suecia “.
Lo
que ocurre, de forma muy desgraciada, es que la capilla pasa “absolutamente
desapercibida porque ha estado cerrada y se ha tratado muy mal, ya que ha sido
un trastero. Yo lo he visto lleno de cubos de fregar y de todo. Se abrió
temporalmente, pero ahora parece que está otra vez cerrada”.
Una
injusticia histórica, muy a la leonesa, una figura de importancia crucial en el
siglo XVII europeo, militar, literato, diplomático que consiguió el mayor éxito
de la Iglesia y la Monarquía Católica, que se pagó una espectacular tumba… y
que sus conciudadanos, tanto leoneses como españoles, no puedan visitar. “Mi
deseo es que se incorpore definitivamente al recorrido de un espacio... que es
el claustro de la propia catedral en sí mismo, que es uno de los espacios más
ricos artísticamente de la Catedral”, demanda el afamado profesor de Historia
del Arte “.
La más que necesaria
reapertura de su capilla
El
profesor hace un llamamiento para que este espacio, que representa la memoria
de un leonés que siempre llevó a su ciudad en el corazón, sea restaurado e
incorporado definitivamente al itinerario cultural de la ciudad: “Ojalá se
pueda acercar al claustro de la catedral, pille abierto o que realmente se le
haga justicia a alguien que no solamente fue un leonés de pro, por así decirlo,
sino que siempre llevó a León en su corazón y de hecho lo acabó enriqueciendo
de modo permanente con su capilla y con su sepulcro”.
Desde
luego, un personaje de tal calibre, reconocido por el Emperador del Sacro
Imperio Germánico, loado por el propio rey de España, adorado por la reina
Cristina de Suecia, valorado por sus compañeros militares como gran estratega y
maestro de la logística, elevado por el Papa como el mejor de sus soldados en
tierras enemigas protestantes y que hasta los herejes loan actualmente en la
capital de Dinamarca… debería recibir el trato y la propaganda que merece su
figura.
Que,
además, es uno de los grandes literatos del siglo de Oro, que comenzó a
vislumbrar la ilustración, al ser también un gran astrónomo y científico.
Es
hora de que León despierte, y haga de su paisano una gran figura con la que
brillar de nuevo en la historia de España. Mejor estrella que la de Bernardino
de Rebolledo y Villamizar para volverlo a hacer, pocas.
El conde rebolledo: literato, poeta y científico en
el Siglo de Oro que abrió camino a la Ilustración y cuya obra debe ser
republicada para poderla disfrutar
El 'Idilio Sacro'
del Conde de Rebolledo.
Diplomático,
espía… y científico, literato y poeta. El Conde de Rebolledo era un grande de
todo. El perfecto militar ilustrado de la época. Un ejemplo a seguir. Muchos de
sus coetáneos cultivaban la guerra y las letras, como hemos visto con Diego de
Prado, amigo de Lope de Vega, otro militar que llegó a la cumbre del teatro
español, y se puede ver con Cervantes y Quevedo. El modelo estaba claro y este
Rebolledo nacido en León fue uno de los de la segunda fila por estar más
dedicado a las armas y la diplomacia. Aparentemente segundón, sí, pero
brillantísimo opacado por unos astros literarios en el momento más cegador de
la literatura española y mundial en aquel siglo XVII.
Fue
ya más durante sus años de servicio en Dinamarca, alejado de los campos de
batalla (aunque muy comprometido con los de la diplomacia) cuando desarrolló
una intensa actividad literaria, en la que cultivó poemas, sonetos,
traducciones de pasajes bíblicos, algunas piezas teatrales y textos de carácter
didáctico.
Su
poesía se reunió en los Ocios del conde Don Bernardino de Rebolledo,
impresos en Amberes por Isidro Flórez de Laviada en 1656, precedidos por una
primera edición más breve de 1650. En 1652 publicó en Colonia, con Antonio
Kinchio, la Selva militar y política, un extenso poema didáctico
dedicado al emperador Fernando IV donde volcó su experiencia diplomática y su
visión de la guerra, a la que se añadió después un tercer bloque poético bajo
el título de Rimas sacras.
Una
segunda edición ampliada de este conjunto de obras, con el título genérico
de Ocios (aquí
se pueden descargar unos PDF de la Biblioteca Nacional de España), apareció en
1660 y volvió a ver la luz en la imprenta de Sancha en 1778.
En la
corte de Copenhague compuso las Selvas dánicas (1655, Pedro
Morsingio), donde reconstruye la genealogía de la casa real danesa, subrayando
la figura de los monarcas católicos frente a los luteranos, obra que dedicó a
la reina Sofía Amalia de Lunenburg, su protectora.
Alejado
de esta línea se sitúan el Discurso sobre la hermosura y el amor (1652),
inspirado en el Banquete de Platón, y el Discurso
apologético (1656), dirigido al senador Gestorf, gran maestre de
Dinamarca, en defensa de la doctrina católica sobre el purgatorio.
Dentro
de su producción religiosa destaca La constancia victoriosa, égloga
sacra (Colonia, 1655), traducción del Libro de Job dedicada
a la reina Cristina de Suecia, junto a Selva sagrada (1657),
versión de los Salmos ofrecida a Felipe IV, y Idilio sacro (Amberes,
1660), paráfrasis en verso de la Pasión de Cristo según el Evangelio de San
Juan, dedicada a Mariana de Austria. También emprendió una versión en verso de
las Lamentaciones de Jeremías, titulada Trenos (1655),
que nunca llegó a publicarse como obra independiente.
Además,
se le atribuyen varias piezas dramáticas, como el Entremés de los
maridos conformes y Amar despreciando riesgos, así como el
prólogo a la obra de Villayzan Sufrir más por querer más. Una obra
amplísima que merece la pena leer, sobre todo por empezar a introducir modos de
la Ilustración en la literatura española, algo que hará un siglo más tarde el
Padre Isla, otra de esas grandes figuras que pasaron por las escuelas de León,
que algo tendrían para generar una serie de personajes de alto nivel y que,
posiblemente, necesitan una revisión profunda de su importancia en la España
Moderna, en una ciudad que ya hacía siglos que había dejado de ser capital de
reino y v vivía en una modesta economía.
Una
obra literaria que intenta rescatar el Grupo LETRA de la Universidad de León
La
obra literaria de Bernardino de Rebolledo es tan vasta como su carrera militar,
y su importancia ha sido rescatada por la Universidad de León,
particularmente a través
del Grupo LETRA (Literatura Española y Tradición Clásica) y las
investigaciones de expertos como Rafael González Cañal destacando precisamente que la ciencia influyó
mucho en su formas literarias La particularidad de su escritura reside en que
fue compuesta casi en su totalidad durante su aislamiento en Dinamarca, lejos
de las modas y cenáculos de la corte madrileña, lo que le otorga una “extraña
originalidad” y un carácter “preilustrado” o de “novator”.
En
sus escritos, Rebolledo evita los excesos del barroquismo más recargado para
abrazar un estilo más claro y doctrinal, lo que le valió ser muy apreciado en
el siglo XVIII por autores neoclásicos y ser incluido como una de las
autoridades en el diccionario de la Real Academia Española. Su producción
poética, recogida principalmente bajo el título de Ocios, muestra una
versatilidad que va desde lo amatorio y satírico hasta lo profundamente moral y
religioso, reflejando siempre esa formación humanística que César García
Álvarez considera “esencial en el ideal del caballero de las armas y las
letras”.
Su
experiencia como estratega y hombre de Estado quedó plasmada en la Selva militar y política, una obra única en su género donde utiliza la poesía
didáctica para exponer teorías sobre el gobierno y la guerra, integrando
epigramas e ilustraciones que funcionan como emblemas de sabiduría práctica.
Por otro lado, su faceta como cronista y diplomático en tierras nórdicas se
manifiesta en las Selvas dánicas, donde narra la genealogía de la casa real
danesa con un trasfondo que, bajo la apariencia de una historia real, encubre
una defensa de los monarcas católicos y una crítica al luteranismo imperante.Especial
mención merecen sus traducciones bíblicas, realizadas con un rigor y una
calidad literaria que asombraron a Menéndez Pelayo. Entre ellas destaca La constancia
victoriosa, una versión del Libro de Job que dedicó a
Cristina de Suecia como símbolo de su fe compartida, así como la Selva sagrada,
una traducción completa de los Salmos en la que Rebolledo utilizó diversas
fuentes, incluyendo versiones judías, para lograr una fidelidad y elegancia
excepcionales.
Sus Trenos,
basados en las Lamentaciones de Jeremías, completan este corpus de
poesía sagrada que, según los estudios de la Universidad de León, posicionan a
Rebolledo no solo como un soldado de fortuna, sino como un pensador de una
modernidad sorprendente, capaz de dialogar con la ciencia experimental y la
teología más avanzada de su tiempo desde su retiro en el Báltico.
Una
obra literaria que merece, sin la más mínima duda, más esfuerzo para poder ser
publicada con una buena revisión para conocer a uno de los precursores de la
literatura de la Ilustración en nuestro país. Un genio olvidado que, a buen
seguro, mostrará que muchos de los mitos y leyendas del retraso español en la
ciencia y la técnica son completamente infundados.














