Tesoros, zahoríes y rumores en
Madrid: las excavaciones del Noviciado de los jesuitas (1841) y del convento de
la Merced (1855)
Las décadas de 1830 y 1840 vieron la decadencia, y en
muchos casos el cambio de uso, la ruina e incluso la desaparición de muchos
templos y propiedades que la Iglesia católica acumulaba en toda la geografía de
España, y también de Madrid. La llamada Desamortización de Godoy (1798), las
expropiaciones y nacionalizaciones decretadas en tiempos de José I, de las
Cortes de Cádiz y del Trienio Liberal, y, sobre todo, las desamortizaciones de
Mendizábal (1836-1837), Espartero (1841) y Madoz (1854-1856) arrancaron de las
manos de la institución que era la mayor propietaria de inmuebles y tierras del
país un sinnúmero de posesiones que el estado expropiador no fue capaz, en
muchos casos, de gestionar ni de preservar de manera adecuada, y que tampoco
recibieron un trato digno por parte de muchos de sus compradores.
NOVICIADO DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
Fue fundado el 15 de abril de 1602, a partir de una
iniciativa de Ana Félix de Guzmán (1560-1612), marquesa de Camarasa. Ésta puso
a disposición de los jesuitas unos terrenos de reciente adquisición, que
ocupaban la práctica totalidad de la manzana comprendida entre las actuales
calles de San Bernardo, Noviciado, Amaniel y Reyes.
En 1767, los jesuitas fueron expulsados por orden de Carlos III
Durante el reinado de Fernando VII (r. 1813-33), hacia 1829, la Compañía de
Jesús consiguió regresar a las instalaciones, aunque sólo pudo permanecer en
las mismas hasta 1836, cuando se produjo la Desamortización de Mendizábal.
https://baulitoadelrte.blogspot.com/2016/09/las-iglesias-y-conventos-desaparecidos.html
El inmenso y fastuosamente barroco Noviciado de la
Compañía de Jesús en Madrid, que inició su construcción en 1605 y que ocupaba
una manzana amplísima cuya fachada principal daba a la calle Ancha de San
Bernardo (hoy calle de San Bernardo), donde ahora se encuentra la sede de la
antigua Universidad Central (ahora Complutense), el Instituto Cardenal Cisneros
y otras dependencias que pertenecen al Ministerio de Educación, quedó
convertido, tras el desalojo de los jesuitas en 1836, en cuartel de ingenieros
militares. En ese uso, que contribuyó al deterioro de los edificios —los
ingenieros habilitaron espacios para cuadras, máquinas, piezas de artillería,
etc.—, se mantuvo hasta que en 1843 instaló allí sus reales la Universidad
Central. En aquellos años, y en los que vinieron después, todo el complejo fue
sometido a reformas que borraron casi cualquier traza del antiguo Noviciado de
los jesuitas[1].
En los tiempos en que el antiguo templo tuvo uso de
cuartel, a la circunstancia de que los edificios en decadencia suelen ser
terreno abonado para la leyenda se sumó el de que la Iglesia católica tuvo,
durante siglos, fama de ocultar tesoros inmensos: de ahí resultó el rumor que
vino a resumir, en sus grandes líneas, El Correo Nacional del 3 de enero de
1841:
Leemos en El Castellano la siguiente curiosa noticia:
Parece que siendo jefe político de Madrid el señor Don
Juan Lasaña, tuvo noticia de que un faccioso prisionero en el Puerto de Santa
María había escrito a algún sujeto de esta corte que en el Noviciado de los
Jesuitas de la calle Ancha de S. Bernardo había enterrada una cantidad
considerable de dinero.
Aquella autoridad había hecho ya indagaciones con el
sigilo conveniente y seguía el hilo de la trama, cuando se le presentó un juez
de primera instancia con su escribano pidiéndole auxilio para pasar a buscar el
tesoro que ni se sabe a punto fijo en qué paraje del convento se enterró, ni a
qué cantidad asciende.
Suponen unos que consiste en dos millones de reales y
otros que en más. Viendo el jefe político que ya había cundido la noticia, y
que la autoridad judicial quería tomar conocimiento del negocio, no tuvo reparo
en inhibirse, y prestarle los auxilios que estaban a su alcance. Comenzóse a
trabajar en el noviciado, y ya iban algunos días de obra en balde, cuando se
presentó un ingeniero a tomar posesión del edificio para trasladar allí la
artillería.
Los salvaguardias dieron cuenta a su jefe y este al
gobierno; y en vista de la indiferencia con que contestó este, se abandonó el
proyecto, se retiraron los dependientes del gobierno político y los operarios,
y se entregó el oficial de ingenieros del convento.
Posteriormente hemos oído decir que por disposición
del gobierno había comenzado otra vez a trabajarse para descubrir el tesoro; y
aun añaden ayer algunos que se había descubierto, pero nada sabemos de
positivo.
Nada de alentador tuvieron, desde luego, las noticias
que siguieron llegando después. A los diez días de que se publicase la noticia
anterior, una pluma que firmaba en El Correo Nacional del 13 de enero de 1841
(p. 4) se manifestaba con este desdeñoso escepticismo:
Nota un periódico de esta corte
que ha días se están haciendo excavaciones en los claustros de la que fue casa
del noviciado de los padres jesuitas, con objeto de hallar no sabemos qué
tesoros que diz se encuentran enterrados allí.
Los modernos jesuitas
naturalmente deben ser herederos de las riquezas de sus antecesores. ¡Pero qué
tesoros ni calabazas! ¡Buenos están los tiempos para tesoros!
La prensa clerical mostró su repulsa, por supuesto,
hacia la creencia de que los jesuitas hubiesen ocultado un gran tesoro en su
templo, con el mismo enfado con que se había opuesto en años anteriores a la
expropiación. El Católico del 15 de enero de 1841 (p. 119) hacía saber su
indignación de esta manera:
Continúan las excavaciones en los
claustros de la que fue casa del Noviciado de los padres jesuitas. El pretexto
es un tesoro que está allí escondido. Ya verán vds. cómo no hay tal tesoro.
El objeto es echar abajo un buen
edificio más, y progresar, que es demoler.
No apareció el tesoro, en efecto.
O no hay noticias de que apareciese.
Pero, pese a la intentona fallida de 1841, a muchos
madrileños no se les fue de la cabeza la ilusión de que había tesoros
escondidos en lugares y terrenos que habían estado ocupados por templos
católicos.
El reverdecer más consistente de aquellas fantasías y
rumores tuvo lugar entre los meses de abril y mayo de 1855, en plena época de
la desamortización de Madoz. Y su nuevo escenario fue la entonces llamada plaza
del Progreso (hoy de Tirso de Molina). El solar de la actual plaza había estado
ocupado por el convento de Nuestra Señora de los Remedios, llamado también
convento de la Merced, que había sido fundado en 1564, y en el que, dicho sea
de paso, había vivido Tirso de Molina. Fue uno de los cuatro conventos
históricos que los mercedarios han tenido en Madrid: los otros tres estuvieron
o están en las actuales plaza de Santa Bárbara (este desapareció en 1836, a
poco de la desamortización), calle de Valverde y calle de Luis de Góngora
(estos dos siguen perteneciendo a la orden).
La década de 1830 fue muy desdichada para el convento
de la plaza del Progreso y para sus moradores: en julio de 1834 el templo fue
asaltado y varios de sus religiosos asesinados por la turba incontrolada que
actuó durante lo que se llamó la matanza de los frailes de Madrid, que se
produjo tras correr el rumor de que el clero estaba envenenando las fuentes de
agua de la ciudad[2];
en 1837 fue derruido gran parte del complejo edificado, que había sido
desamortizado y desocupado por los mercedarios el año anterior, y en 1840 el
Ayuntamiento de Madrid limpió los escombros que desde entonces habían llenado
el lugar, reordenó todo el espacio y lo convirtió en plaza pública.
Es de suponer que los rumores acerca de la existencia
de riquezas ocultas en el subsuelo del lugar no dejaron de bullir durante todo
aquel tiempo. Pero fue unos quince años después, en tiempos de la siguiente
desamortización, la de Madoz, cuando tomaron consistencia. Las excavaciones se
abrieron a mediados de abril de aquel año. Así es como las anunció La Esperanza
del 17 de abril de 1855:
En La Nación leemos lo que sigue:
Preocupa estos días los ánimos la
noticia de que en lo profundo de la plazuela del Progreso se esconde un gran
tesoro, cuya existencia parece que ha anunciado un niño de muy corta edad.
Es cierto que, en el centro de
dicha plazuela, donde antes se halló el convento de la Merced, se está haciendo
una excavación considerable, acerca de la cual se forman mil comentarios y
pronósticos. La circunstancia de haberse sujetado el niño a diversas pruebas
que lo acreditan dotado de doble vista, pone en vacilación a los más
incrédulos, y en movimiento hacia el punto de operaciones a los desocupados que
en cada momento esperan ver las riquezas sobre que por tanto tiempo han estado
jugando los muchachos y tomando el sol los mozos de cuerda.
El 20 de abril de 1855 (p. 4) publicó La Iberia esta
síntesis, muy ilustradora, de lo que estaba pasando:
El Cristo de las tinajas.
Ya hemos dado cuenta a nuestros
lectores de la excavación que se está verificando en la plaza del Progreso en
busca del tesoro que consiste en un Cristo y dos tinajas llenas de... no
sabemos si de oro o de plata. Vamos ahora a contarles algunos detalles acerca
de la causa de esta excavación.
Parece ser que un muchacho
perteneciente a una familia pobre, al ver que en su casa se carecía de lo
indispensable para vivir, no cesaba de exclamar: «¡y que hemos de ser tan
pobres, teniendo cerca de nosotros tanto dinero!». Esta exclamación, repetida muchas
veces, excitó la curiosidad de la familia que preguntó al chico lo que
significaban sus palabras: entonces el prodigioso zahorí dijo que todos los
días estaba viendo en unas bóvedas subterráneas que había en la plaza del
Progreso dos tinajas de dinero y un Cristo.
Como es muy fácil creer aquello
que se desea, y es muy general entre nosotros el amor al dinero, la profecía
del chico alteró la tranquilidad de la familia, y un tío de este moderno
descubridor de tesoros se presentó al señor gobernador de Madrid proponiéndole
partir con el gobierno la mitad del dinero, siempre que este le diera la
autorización para empezar por su cuenta la excavación. Sucedióle al gobierno
con el tío lo que a este le había sucedido con el sobrino, y autorizóle para
que cavase cuanto fuera menester, hasta encontrar las tinajas y el Cristo, y
esta es la historia de la excavación que tanto preocupa el ánimo de los
madrileños.
En cuanto a las probabilidades de
éxito en esta empresa, diremos que, según noticias fidedignas, el tío ha hecho
varios experimentos, uno de los cuales ha sido enterrar un vaso lleno de
napoleones en el sitio de la excavación y preguntar después a su sobrino qué
era lo que veía: el chico respondió sin vacilar que el tesoro, y además mucho más
cerquita un vaso lleno de napoleones.
De este y otros experimentos ha
salido triunfante el pequeño zahorí, lo cual hace renacer la confianza de los
interesados, y da ancho campo a los comentarios de los curiosos y desocupados.
Últimamente hemos oído decir que ya se había
descubierto una bóveda, y que a los pocos azadonazos apuntaron los pies del
Cristo. Procuraremos averiguar la verdad de todo para que nuestros lectores se
enteren de la prodigiosa historia del Cristo de las tinajas.
Naturalmente, las noticias que iban llegando no podían
ser más desalentadoras, y el rumor fue tornándose en chiste a medida que pasaba
la cuenta de los días. Un avispado periodista que firmaba «Pedro Fernández»
publicó en La Época del 9 de mayo de 1855 (p. 4), unos veinte días después de
que viese la luz la noticia anterior, una columna tan escéptica como
bienhumorada, que se reía de todos aquellos infundios:
Por los periódicos sabrás que
tenemos aquí un zahorí de doce años, que pretende haber adivinado un tesoro
debajo de tierra y en medio de la plaza del Progreso.
Muchos días hace que entre las
cuchufletas de la Gacetilla y los chistes de los curiosos que ejecutan allí
inmensas excavaciones, las cuales han producido hasta ahora grandes
resultados... negativos. Como la mayoría de la población, me he reído de la candidez
de los que gastan el dinero, de que andamos tan sobrados, en esas empresas
gloriosas y lucrativas; pero desde ayer me voy convenciendo de que es posible
que el zahorí se salga con la suya.
Un lance muy curioso que me
sucedió en el Ateneo le explicará esta súbita convicción.
Había yo entrado en la sala de la
lectura no con otro objeto que el de escribir una carta en las mesas preparadas
ad hoc. Tomé, pues, papel y pluma, y tracé las primeras líneas; más me detuve
al notar que un extraño personaje colocado en pie detrás de mí leía lo que yo
iba escribiendo, aparentando estar entretenido en la lectura de La Época. Dos
veces continué mi epístola, y otras tantas la suspendí, viendo que proseguía la
fiscalización de aquel individuo; hasta que, irritado de tan imprudente
curiosidad, terminé la misiva con estas frases: «No soy más largo, porque hay
detrás de mí un majadero que lee lo que le escribo».
Al terminar la última palabra
sentí que me tocaban ligeramente en la espalda, y volví la cabeza. Era mi
hombre.
—Señor mío —me dijo en tono
agridulce—, yo no soy un majadero, ni leo lo que nadie escribe.
—Caballero —repuse poniéndome en
pie y saludándole—, después de esas explicaciones satisfactorias, yo creo a V.
bajo su palabra.
Visto este fenómeno sorprendente,
¿quién ha de dudar del misterioso poder del zahorí?
Cuidaré, pues, de anunciarte los
tesoros que se encuentren en la plaza del Progreso, y que harán sin duda a esta
nación tan próspera y feliz cual ella necesita y yo la deseo. Sin embargo, me
atrevo a asegurarle que de allí no saldrá lo único que puede curar nuestros
males; es decir, un buen gobierno.
Pero no todo fueron pérdidas en aquel negocio.
Anunciaba el Diario Oficial de Avisos de Madrid del 11 de mayo de 1855 (p. 4)
lo que sigue:
Continúa la excavación en la
plazuela del Progreso, sin que hasta ahora aparezcan señales del tesoro
escondido, a pesar de haberse abierto tres pozos.
Los únicos que han encontrado
alguna moneda, aunque no tienen doble vista, son los jornaleros que se ocupan
allí en sacar arena, lo cual no es del todo malo.
Quienes también se lucraron muy a gusto, a costa del
tesoro que nunca apareció, fueron los carteristas que se cebaron con los
curiosos que se acercaban a contemplar las excavaciones. Así lo denunciaba La
Esperanza del 26 de abril de 1855 (p. 4):
Estando anteayer tarde un curioso
observador enterándose del estado que tenía la excavación en la plaza del
Progreso, le sacó del bolsillo cuatro pesetas un tomador del dos, que sin duda
es más observador que él y más práctico en descubrir los tesoros escondidos que
el muchacho a quien se atribuye la cualidad de zahorí.
El inexistente tesoro de la plaza del Progreso tuvo
otro efecto secundario que para nosotros resulta bastante venturoso: inspiró un
buen número de coplas graciosas a los ciegos de Madrid. La Nación del 2 de mayo
de 1855 (p. 3) dio cuenta de la mordacidad de algunas de ellas:
Mina de la plazuela del Progreso.
De los partes recibidos hasta la fecha resulta que son
muchas y de un inmenso valor las alhajas encontradas en la misteriosa cueva de
esta plazuela. He aquí el último parte que nos ha remitido el tío del sobrino,
y que pregonaban ayer los ciegos a voz en grito:
Aleluya, aleluya,
somos dichosos,
partarse, señores,
atrás curiosos.
Oh, providencia,
oh del sapiente niño,
sublime ciencia.
Un Santo Cristo de oro,
doce tinajas,
cinco llenas de onzas,
siete de alhajas;
y once baúles
atestados de paños,
blondas y tules.
Un caballo de plata
de mucho peso,
y la efigie de un santo
bañada en yeso;
dos cachorrillos
y más de ochenta momias
en calzoncillos.
Una estatua de mármol
de San Antonio,
y un purgatorio en forma
de matrimonio.
Si el tío y el sobrino continúan por la misma senda,
si Dios no les detiene, ¿quién es capaz de presumir lo que podrán sacar de la
encantada cueva?
A medida que iba avanzando el mes de mayo, las
esperanzas iban decayendo, y el emprendedor tío del niño zahorí acabó
renunciando a continuar las obras. Con esta displicencia publicó la noticia La
España el 22 de mayo de 1855 (p. 4):
Agua de cerrajas.
Ya ha concluido enteramente la excavación que se
estaba haciendo en la plazuela del Progreso, renunciando el interesado a la
gran riqueza que, según el famoso zahorí, existe debajo de tierra, por no
gastar otra mayor en jornales.
Tardarían, sin embargo, en quedar apagados los ecos
del suceso del tesoro fantasmal que había trastornado la vida cotidiana del
Madrid primaveral de 1855. Unas cuantas semanas después, el 9 de junio de 1855
(p. 3) sacó El Clamor Público una noticia que daba cuenta del hallazgo casual
de un tesoro en Zafra (Badajoz), lo que ofreció un punto de comparación muy
incisivo con respecto al que no había sido encontrado, por más que lo buscaron,
en la plaza del Progreso de la capital:
Tesoro. Según nos escriben de
Zafra, se ha encontrado en aquella población un tesoro en monedas y joyas de
oro, que asciende al valor de cincuenta mil duros. La mayor parte de las
monedas tienen el busto doble de los Reyes Católicos, y algunas el del godo
Eurico; el diámetro de las mismas es casi igual al de las actuales, pero el
grueso es mucho menor, siendo algunas tan delgadas, que fácilmente se doblan:
todo el tesoro residía en varias ollas pequeñas, y se cree que algunas han
quedado sin desenterrar, por la precipitación con que se ha procedido. Los
afortunados con el hallazgo han sido varios albañiles.
El honrado madrileño que ha
invertido su dinero buscando un tesoro en la plazuela del Progreso, por
indicaciones de su sobrino el zahorí, renegará de su mala estrella: mientras él
buscaba sin fruto, otros encontraban sin trabajo. Así sucede todo en el mundo;
el que más pone, pierde más.
Algunos chistes e ironías llegaron a afluir, incluso,
hasta el río, muy revuelto en aquellos años, de la controversia política. El
Pensamiento Español del 2 de junio de 1869 (p. 3) nos da este atisbo, que se
burla de los métodos de recaudación que había hecho públicos el joven
industrial catalán Antoni Sedó i Pàmies (1842-1902) en su polémico folleto La
bancarrota española detrás del último empréstito (1869):
Sin embargo, permítasenos dudar de la eficacia de las
promesas del Sr. Sedó para proporcionar nada menos que la friolera de
veintitrés mil millones. ¿Quién no se ríe de un anuncio de esta especie en las
presentes circunstancias? Recordemos que en situaciones como la presente y
cuando el Tesoro estaba exhausto, esto en épocas en que mandaban los progresistas,
se hicieron las famosas excavaciones en el edificio que fue Noviciado de
Jesuitas y en la plazuela del Progreso en que estuvo el convento de
mercenarios.
Esta última, por ser más reciente, estará más presente
en la memoria de los vecinos da Madrid. ¿Quién no recuerda el afán con que bajo
la dirección del ayuntamiento se pasaron días y días cavando la tierra en busca
de un riquísimo tesoro que, según se dijo, había denunciado un niño zahorí?
Hoy nos encontramos en situación progresista y, como
de costumbre, los apuros de la Hacienda han subido de punto. ¿Qué tendría,
pues, de extraño que un nuevo zahorí, aunque con la buena fe que suponemos en
el Sr. Sedó, a quien no conocemos, quiera dispensar su protección y sacar de
apuros a nuestros gobernantes?
El tesoro que no pudo ser localizado en las
excavaciones de 1855 no dejó de ser evocado cuando se hizo otra reforma de la
madrileña plaza del Progreso en 1870. Presidía entonces el lugar la estatua del
político progresista Juan Álvarez Mendizábal, que había sido instalada allí
cuando triunfó la Revolución de septiembre de 1868, y que en la plaza se
mantendría hasta que, al final de la Guerra Civil de 1936-1939, las autoridades
franquistas la reemplazaron por la de Tirso de Molina que sigue en el lugar.
El periodista Daniel García publicó una columna
titulada «La plaza del progreso» en La Ilustración Española y Americana del 25
de febrero de 1870 (pp. 70-71), donde hace una descripción muy sugestiva de la
plaza:
Pueden considerarse las obras que
no ha mucho se han verificado en esta plaza, como parte de los embellecimientos
de Madrid.
Los antiguos habitantes de las
casas que la rodean echan de menos los frondosos y elevados árboles que la
adornaban; pero estos árboles hubieran quitado vista a la estatua del patricio
don Juan Álvarez Mendizábal que hoy se levanta en su seno, y desaparecieron
siendo reemplazados por arbustos, plantas y musgo, rodeados de un enverjado que
les da todo el aspecto de grandes canastillos. Entre ellos hay sendas o calles
con cómodos bancos, y todo el jardín está rodeado por una verja de hierro
pintada de verde. En el centro, sobre una meseta de tres escalones, hay un
sencillo pedestal de piedra, y encima la magnífica estatua del gran hombre de
Estado, esculpida por Grajera.
Esta estatua, producto de una
suscripción patriótica, ha necesitado la Revolución de Setiembre para salir del
estudio de su autor. Hoy puede el pueblo contemplar la imagen de aquel hombre,
que desde el escritorio de una casa de comercio logró llegar al primer puesto
de la nación, gracias a su talento y a la energía de su carácter.
A derecha e izquierda del
pedestal se ven dos fuentes rodeadas por una verja de caprichoso dibujo. El
agua forma al salir una especie de cono luminoso. No necesitamos añadir que
esta plaza-jardín está durante el día llena de niños que corren y juegan, de
niñeras distraídas y de soldados galanteadores.
Por las noches sirve de punto de
cita a los enamorados, los cuales pueden reconocerse aun en las noches oscuras
a favor de unos hermosos faroles que la alumbran.
Para completar esta reseña,
diremos que antiguamente ocupaba todo el espacio del jardín el magnífico y
célebre convento de la Merced, donde vivió el gran poeta Tirso de Molina, que
era mercenario. Este convento fue uno de los que más desgracias tuvieron que
lamentar durante el terrible día conocido en la historia de este siglo por el
de la matanza de los frailes.
Hace algunos años despertó la
plaza del Progreso la curiosidad del público. Un zahorí anunció que había en
ella un tesoro desde el tiempo de los mercedarios. La prensa repitió el
anuncio, y el gobernador de Madrid tomó cartas en el asunto. «Yo averiguaré, se
dijo, si es cierto que ese hombre ve oro a través de las capas de tierra».
Lo llamó, enterró una onza en un
tiesto, mandó que llevasen a su despacho el tiesto con la onza, y al tener
delante al zahorí, le dijo:
—Vamos a ver, buen hombre, dígame
usted si en ese tiesto hay una onza de oro enterrada.
El zahorí, viéndose interrogado
con tanta candidez, vaciló; pero al fin contestó afirmativamente.
Pocos días después comenzaron las
excavaciones en la plaza, acudieron muchos curiosos a presenciarlas y, en
efecto, después de varias exploraciones, no pareció tesoro alguno.
Terminemos diciendo que las
hermosas casas que se han construido recientemente embellecen esta plaza, una
de las más animadas de Madrid, tanto en tiempos tranquilos como en las
desdichadas épocas de jarana.
En monografías futuras espero seguir recuperando
noticias acerca de los tesoros, reales o ilusorios —más hubo de lo segundo que
de lo primero— que alguna vez brillaron en los suelos o en las ansias y
fantasías de los madrileños y de los españoles de antaño. En torno a ellos se
tejieron y destejieron no solo rumores y leyendas, sino también vidas
atribuladas y sucesos reales que a veces se decantaron hacia los dominios de la
tragedia y otras hacia los de la comedia, pero que siempre anduvieron tocados,
además, por un poco de épica.
Aunque la historiografía con mayúsculas, la de los
grandes nombres y efemérides, haya desdeñado atender a lo que considerará no
más que anécdotas vulgares, puede que en el relato de estas pequeñas quimeras y
decepciones que trastornaron el ritmo de la cotidianidad de los siglos pasados
haya historia de la mejor ley, de la más significativa y legítima.
NOTAS
[1] Véanse, para adquirir alguna idea
acerca del edificio y su uso: Alfonso Rodríguez G. de Ceballos, «El antiguo
Noviciado de los Jesuitas en Madrid», Archivo Español de Arte 41 (1968):
245-265; Aurora Miguel Alonso, «Los bienes de la Compañía de Jesús incautados
en Madrid en 1767 y 1835, y conservados en la Universidad Complutense», en La
desamortización: el expolio del patrimonio artístico y cultural de la Iglesia
en España, ed. Francisco Javier Campos y Fernández de Sevilla (El Escorial:
Ediciones Escurialenses, 2007, pp. 413-432), y Aurora Miguel Alonso, «Maculistas
e inmaculistas en las bibliotecas jesuitas de Madrid: Colegio Imperial, Casa
Profesa y Noviciado», en Advocaciones Marianas de Gloria (San Lorenzo del
Escorial: Instituto Escurialense de Investigaciones Históricas y Artísticas,
2012, pp. 747-768).
[2] Véanse, sobre aquellos sucesos:
Julio Caro Baroja, «El terror desde el punto de vista histórico», en Cárcel de
mujeres. Ayer y hoy de la mujer delincuente y víctima, eds. Antonio Beristain
Ipiña y José Luis de la Cuesta Arzamendi (Bilbao: Mensajero, 1989, pp. 15-34,
p. 33), y Juan González Castaño, «La matanza de frailes en Madrid, en julio de
1834», en Homenaje al Académico Julio Mas (Murcia: Real Academia Alfonso X el
Sabio, 2009, pp. 181-188).











