El PASADO INDÍGENA
EL PRECLÁSICO MESOAMERICANO
UNA VISIÓN GENERAL DEL PRECLÁSICO
a.
Vasija con forma de pez. Tlatilco, estado de México. Museo
Nacional de Antropología. b. Huehuetéotl. Cuicuilco, Ciudad de México. Museo de
Sitio de Cuicuilco. Fotos: Marco Antonio Pacheco / Raíces
https://arqueologiamexicana.mx/mexico-antiguo/preclasico-2500-ac-200-dc
CUANDO
LOS ARQUEÓLOGOS, con su particular terminología afirman haber llegado a una
capa precerámica, se están refiriendo a los estratos más antiguos de la
historia humana. En ellos encontrarán losa vestigios de la época en que sólo
existían las sociedades de recolectores-cazadores. En cambio, por la presencia
de la cerámica en capas menos profundas distinguen otros estadios de desarrollo
cultural: los de la vida sedentaria. Lo
anterior se debe a que la alfarería es un excelente índice del sedentarismo, ya
que los nómadas –aun los vecinos de los pueblos ceramistas- prescinden de
artefactos que, para su forma de existencia, resultan muy voluminosos, pesados
y frágiles. Otra es la situación de los pueblos que no tienen que desplazarse
periódicamente: las vasijas de barro cocido ofrecen más ventajas que los
recipientes de cestería, de madera o de piedra. La invención de la cerámica
significó un enorme avance tecnológico, ya que permite formas especializadas,
retiene muy bien los líquidos, soporta altas temperaturas y resiste los ataques
de los depredadores y los microorganismos.
La aparición de la cerámica está
vinculada al nacimiento de Mesoamérica. De acuerdo con los fechamientos radio
carbónicos, las cerámicas más antiguas, procedentes de Puerto Marqués,
Guerrero, de Tehuacán, Puebla, y de Tlapacoya, Estado de México, datan de
2400-2300 aC. Son cerámicas aún burdas, de superficie áspera debido a las
arenas gruesas que se mezclaron a la arcilla para hacerla más modelable. Sin
embargo, no debe equipararse el inicio del Preclásico a la aparición de la
cerámica. Hay que aclarar que lo que define el principio del Preclásico y, en
consecuencia, el de Mesoamérica, es el surgimiento de nuevas formas de
organización social. La cerámica es sólo uno de los rasgos más evidentes para
los arqueólogos.
a. Vaso ceremonial.
Tlapacoya, estado de México. Museo Nacional de Antropología. Foto: Boris de
Swan/Raíces.
b. Escultura
masculina, Tehuacán, Puebla, Museo Regional INAH. Puebla. Foto: Agustín
Uzárraga/Raíces.
Los años 2500 aC y 200 dC son los límites temporales de
este primer periodo mesoamericano. El fenómeno más notable del Preclásico es la
generalización del sedentarismo agrícola. En efecto, las sociedades de este
tiempo dependerán predominantemente de los frutos de sus sementeras, se
incrementará el número de sus miembros y se concentrarán en caseríos y aldeas.
El Preclásico puede dividirse globalmente en tres grandes
momentos de distinta complejidad social. El primero corresponde al Preclásico
Temprano (2500 aC-1200 aC), época en que tan sólo existieron
comunidades tribales igualitarias. Junto a los campos de cultivo se establecían
pequeñas aldeas, conjunto que no rebasaban20 chozas. Éstas, construidas con
materiales perecederos, eran muy parecidas entre sí, y respondían a la
homogeneidad del grupo. Las actividades comunitarias giraban en torno al
cultivo que aprovechaba las lluvias estacionales, las inundaciones de los ríos
o los suelos humedecidos por el alto nivel freático. La variedad del entorno
geográfico favorecía el intercambio entre aldeas; no obstante, cada comunidad
producía la mayor parte de los bienes que requería para su subsistencia. Las
concepciones religiosas de los aldeanos pueden deducirse de las prácticas
frecuentes de enterrar a los muertos bajo los pisos de las habitaciones.
El segundo momento corresponde al Preclásico Medio (1200
aC-400 aC). En estos ocho siglos se produjeron cambios tecnológicos
considerables, principalmente en la agricultura. En regiones claves de
territorio mesoamericano se han descubierto represas, canales, terrazas y otros
sistemas de control de aguas. Gracias a ellos, el hombre atenuaba los riesgos
de la insuficiencia y del retraso de las lluvias, y podía aumentar el número de
cosechas por año. Los sistemas de irrigación aparecen en Tehuacán hacia 700 aC;
100 o 200 años más tarde en la Cuenca de México y en el 400 aC en el Valle de
Oaxaca. Correlativamente se enriquecerá la variedad de las plantas domésticas.
El desarrollo en otros campos tecnológicos y la creciente
especialización en la producción fomentarían el intercambio de materias primas,
productos e ideas entre aldeas y regiones, robusteciendo la unidad cultural e
histórica de Mesoamérica. La especialización trajo consigo un número creciente
de individuos apartados de la producción de alimentos.
El fenómeno más importante del Preclásico Medio es el
surgimiento de la diferenciación social, el cual alcanza sus primeros efectos
espectaculares entre los olmecas del área del Golfo de México. Las
desigualdades entre los individuos de una misma comunidad son notorias en la
complejidad de las tumbas, en la riqueza de las ofrendas funerarias, en las
representaciones iconográficas y en la importancia que adquieren los bienes de
prestigio, sobre todo cuando son de procedencia foránea.
Los estudiosos de este periodo han hecho hincapié en la
importancia que entonces gozó el intercambio de bienes de prestigio entre las
élites. Eran bienes cuyos materiales procedían con frecuencia de regiones muy
remotas. Además, la manufactura de la mayor parte de ellos exigía muchas horas
de trabajo y una refinada especialización artesanal. Pueden mencionarse entre los objetos suntuarios del Preclásico la
refinada cerámica polícroma, los espejos de hematita e ilmenita, el polvo de
cinabrio, las figurillas de piedra verde y los adornos de hueso, conchas y
piedras semipreciosas. Además, su uso parece haber estado ligado a los cargos de
gobierno, a las funciones de representación de la comunidad ante grupos
externos y a las de mediación entre los hombres y los poderes sobrenaturales.
Son varias las hipótesis que pretender explicar el
surgimiento de la diferenciación social. Cada uno atribuye este trascendental
cambio a una causa distinta: el acceso diferencial a los recursos naturales
originado por el incremento demográfico; el desarrollo tecnológico, el
conocimiento de fenómenos naturales básicos para la producción agrícola; la
coordinación de las obras hidráulicas comunales; el control, del intercambio
regional y la redistribución de los productos alóctonos, o el manejo de la
sobrenaturaleza. Es difícil tomar partido con base en los magros datos
concretos que nos ofrece hasta hoy la arqueología. DE cualquier manera, la
mayor parte de las hipótesis coinciden en una creciente especialización de
segmentos específicos de la sociedad, probablemente grupos de parentesco. Con
el paso del tiempo, algunos de estos segmentos tendrían un acceso privilegiado
a los bienes y a los servicios, ejercerían funciones de control social y
alcanzarían una posición prestigiosa.
Un proceso paralelo y estrechamente vinculado al origen
de la diferenciación social es el surgimiento del calendario y la escritura. La
escritura, en efecto, transmite desde sus inicios información política, y a
ella van asociados muy frecuentemente los registros cronológicos. Según Joyce
Marcus, la historia, el mito y la propaganda política se funden y quedan
registrados por la escritura desde 600 aC hasta el fin de Mesoamérica. Los
monumentos de piedra en los cuales aparecen las primeras notaciones
calendáricas han sido descubiertos en el Valle de Oaxaca: el monumento 3 de San
José Mogote, las lápidas de “danzantes” de Monte Albán y las Estelas 12 y 13 de
este mismo sitio. En unas de estas obras están registradas fechas del
calendario adivinatorio de 260 días; en otras hay, además, cargadores y signos
de años, y, posiblemente, nombres de veintenas, lo que haría referencia al año
de 365 días.
En regiones específicas del territorio mesoamericano
surgieron densos centros de población con arquitectura monumental. Los mejores
ejemplos son La Venta y San José Mogote.
El tercer momento se inicia con el ocaso del mundo
olmeca. Ha sido llamado Preclásico Tardío, y comprende de
400 aC a 200 dC. En algunos asentamientos aumentaron de tamaño y complejidad
hasta el punto de llegar a convertirse en enormes centros de poder rodeados por
aldeas que fueron sus satélites, estructuradas por orden de importancia. La
multiplicidad de las pujantes cabeceras significó pugnas y francos conflictos
bélicos dirigidos a zanjar las rivalidades por el control comercial y político.
Los nuevos centros se distinguen por un tipo
arquitectónico de plazas, plataformas y templos monumentales formados por
basamentos superpuestos de planta rectangular o circular, en cuya cúspide había
una capilla a la que se accedía por rampas o escalinatas. El gigantismo fue el
sello de la época. Nunca antes se habían erigido pirámides de tales
dimensiones. Basten como ejemplos la Pirámide del Sol en Teotihuacan o la
pirámide principal del conjunto El Tigre en El Mirador, Guatemala,
respectivamente de 63 y 55 m de altura.
Los arqueólogos han encontrado evidencias de la
importancia que el comercio llegó a tener en estas capitales. Así, se sabe que
Kaminaljuyú, en los altos guatemaltecos, fue un floreciente centro mercantil, y
que Teotihuacan se fundó en una encrucijada de rutas de intercambio y próxima a
ricas minas de obsidiana.
Durante el Preclásico tardío proliferó la escultura religiosa que reproduce episodios míticos y escenas cosmológicas. Entre las obras más notables están la de Izapa, que nos aproximan a las creencias de la época. También durante el Preclásico Tardío se desarrolla la escritura, que irá extendiéndose hasta ocupar un vasto territorio de Oaxaca, Veracruz, tabasco, Chiapas y Guatemala. El estado actual de nuestros conocimientos impide atribuir la escritura a un grupo étnico específico. No obstante, las inscripciones de esta época se encuentran distribuidas en territorios ocupados por hablantes de lenguas otomangues y mixe-zoques. Los textos conocidos tienen mayor complejidad en su estructura y un número inusitado de glifos, lo cual habla de mensajes cada vez más elaborados. En la segunda mitad del Preclásico Tardío aparece la cuenta larga, el sistema de cómputo calendárico más desarrollado de Mesoamérica, que fija en el tiempo, en forma precisa, acontecimientos míticos y reales a prtir de una fecha-hito. La Estela 2 de Chiapa de Corzo contiene la fecha más antigua conocida de cuenta larga (36 aC). Otros monumentos con fechas tempranas son la Estela C de Tres Zapotes (31 aC), la Estela 1 de El Baúl, en el sur de Guatemala (16 y 36 dC), la Estatuilla de los Tuxtlas (162 dC) y la Estela 1 de La Mojarra (143 y 156 dC). Con un larguísimo texto que se refiere a la imagen de un gobernante ricamente ataviado, la Estela de La Mojarra prefigura la escritura maya del Clásico. Su carácter excepcional reside en que, al parecer, está escrita en una lengua mixeana.
EL CENTRO EN EL PRECLÁSICO
Sin lugar a dudas, el Centro de México es el área
mesoamericana cuya larga historia prehispánica es la mejor conocida por las
minuciosas descripciones de las fuentes documentales y las intensas
investigaciones arqueológicas. Es un territorio compuesto fundamentalmente por
cuatro unidades geográficas enlazadas por sus tradiciones: el Valle de Morelos
al Sur, el Valle de Puebla-Tlaxcala al oriente, la Cuenca de México al centro y
el Valle de Toluca al occidente. De ellos, el Valle de Morelos es el único
emplazado en tierra caliente. En cambio, las otras tres unidades, rodeadas por
altas montañas, se encuentran al norte del eje Neovolcánico y a más de 2000
metros sobre el nivel del mar. Éstas son grandes extensiones de tierras
fértiles que en épocas prehispánicas contaron con importantes sistemas
fluviales y lacustres.
La Cuenca de México desempeñó un papel protagónico en la
historia mesoamericana debido, entre otras cosas, a su posición central, a su
considerable extensión y a la riqueza y diversidad de sus ecosistemas. Una
séptima parte de su superficie era ocupada por un sistema de lagos y pantanos
que proveían de abundante proteína ambiental y facilitaban los desplazamientos
al hombre. A lo anterior se suma su temperatura benigna, sus densos bosques, la
buena calidad de sus suelos aluviales con altos niveles freáticos y la
magnífica repartición de los recursos estacionales. Todo ello contribuyó a que,
aun antes de la generalización de la agricultura, en la Cuenca existieran
comunidades de recolectores-cazadores de vida sedentaria.
El Preclásico del Centro de México, en forma semejante al
resto de Mesoamérica, puede dividirse en tres grandes momentos: El Temprano (2500-1250
aC), caracterizado por las aldeas agrarias; el Medio (1250-600 aC), en
el cual surgen numerosos centros regionales, y el Tardío (600 aC-150 dC),
que se inicia con la transformación de algunos de dichos centros en capitales
protourbanas y finaliza con el nacimiento de una ciudad de poder
suprarregional: Teotihuacan.
De acuerdo con los estudios de Christine Niederberguer,
David C. Grove, Paul Tolstoy y muchos más, las sociedades del Preclásico
Temprano eran igualitarias, de economía plenamente agrícola y se distribuían en
aldeas muy semejantes entre sí. Al menos en la Cuenca, no existió entonces un
notorio aumento demográfico en relación con la etapa previa del sedentarismo
preagrícola. Las poblaciones mejor conocidas de aquel entonces son:
Chalcatzingo en el valle de Amatzinac, Morelos y Loma Terremote, el Arbolillo,
Tlatilco, Tlapacoya y Coapexco en la Cuenca. Con excepción de este último,
parece que la norma era el asentamiento en las riberas fluviales y lacustres y
en el somonte.
Como ya se dijo, los restos de producción alfarera más
antigua en el Centro de México provienen del Valle de Tehuacán, en Puebla (fase
Purrón), y podrían remontarse a 2300 aC, de acuerdo con los fechamientos de
Richard S. MacNeish. Esta cerámica, de superficies tan ásperas que le han
valido la designación inglesa de pox potery, contrasta con las
bellísimas piezas de alfarería de un milenio más tarde, producidas en Tlatilco
y Tlapacoya. Su decoración roja sobre fondo bayo, similar a la de San José
Mogote y Chupícuaro, ha hecho suponer intensos contactos de La Cuenca de México
con sus contemporáneos mesoamericanos.
Cambios sustanciales tuvieron lugar a partir de 1250 aC,
año en que se ha fijado el inicio del preclásico Medio. Dos de los fenómenos
más importantes de este periodo fueron un considerable aumento de población y
el desarrollo de técnicas de intensificación agrícola. Tanto en las zonas secas
de la Cuenca de México como en la de los valles de Puebla y Morelos se han
encontrado vestigios de sistemas de terrazas y de canalización. Igualmente,
existen indicios de construcción de chinampas en las zonas pantanosas de los
lagos. A pesar de la gran importancia de estas técnicas, es preciso reconocer
que la mayor parte de la agricultura seguía dependiendo de las lluvias
estacionales.
En el Preclásico Medio el isomorfismo aldeano deja su
lugar a una nueva realidad política: el espacio adquiere entonces otro sentido
con el surgimiento de centros regionales que agrupan a su alrededor numerosas
aldeas satélites. Esto permite suponer la conformación de estructuras políticas
y administrativas complejas que se fueron integrando en un sistema de
intercambio panmesoamericano. Destacan en la Cuenca sitios como Tlapacoya en la
ribera lacustre, Tlatilco en el somonte y Coapexco en las estribaciones del
Iztaccíhuatl. Otro sitio muy importante, pero en el Valle de Amatzinac, Morelos
es Chalcatzingo, que aprovechó la riqueza regional de hematita, cal y caolín, y
un clima favorable para el cultivo del algodón.
En estas poblaciones residía un nuevo grupo social, que
no estaba dedicado de manera directa a la producción de alimentos. Los
beneficios que la elite emergente obtuvo por medio de una desigual distribución
de prestigio, poder, bienes y servicios son evidentes hoy en los restos
arqueológicos: representaciones cerámicas de individuos ricamente ataviados o
con atributo de mando, y tumbas suntuosas no sólo de adultos, sino de niños, lo
que evidencia el estatus adquirido por el mero nacimiento dentro de un linaje
privilegiado.
Como en muchas otras partes de Mesoamérica, el poder de
estas elites se expresó mediante objetos suntuarios en que aparecen el estilo y
los símbolos de un arte generalizado en la época, el conocido como olmeca. Esta
amplia difusión artística fue una de las consecuencias de la inusitada
interrelación mesoamericana que se produjo en esta época. Así, por ejemplo, es
notable la distribución hasta remotas regiones de Mesoamérica de la obsidiana
extraída de las minas de la Cuenca. En el nuevo orden jerárquico eran los
gobernantes quienes tenían en sus manos la organización de la producción
especializada, el intercambio con regiones distantes y la redistribución de los
productos foráneos. Los contactos más importantes del Centro de México fueron
con San Lorenzo en el área del Golfo, el Valle de Oaxaca y el territorio
chiapaneco.
Otro elemento que define al Preclásico medio es la
proliferación de figurillas de cerámica que dejan entrever algunas de las
concepciones religiosas de la época. Predominan las figuras femeninas de
caderas amplias, que han sido asociadas a la fertilidad de la tierra. También
son comunes las representaciones de individuos de os cabezas o de dos caras,
así como de jugadores de pelota y contorsionistas. Es en Chalcatzingo donde se
conserva el conjunto más impresionante de imágenes religiosas, bajorrelieves de
estilo olmeca esculpidos en las peñas de un cerro. Los personajes humanos o
divinos allí representados, los felinos rampantes, los animales fantásticos y
los motivos litomorfos de calabazas y bromelias, todo relacionado directamente
con la agricultura, revelan un culto complejo A la tierra y a la lluvia, y una
rica mitología.
De acuerdo con los investigadores especializados en el
Centro de México, el Preclásico Tardío se inicia en esta área hacia 600 aC con
la desaparición de lo olmeca. Este periodo, que concluiría hacia 150 dC, que se
caracteriza por la transformación de algunos centros regionales en capitales
protourbanas que no sólo concentran el poder, sino que son verdaderos imanes de
población. En el Valle de Puebla, por ejemplo, diversos centros se
desarrollaron al grado de formar capitales con plataformas templarias, plazas,
calles, sistemas de drenaje y juegos de pelota.
Cuicuilco es un caso notable de este mismo fenómeno.
Establecida en las márgenes occidentales del Lago de Xochimilco, contó con la
fuerza económica y política suficiente para erigir un majestuoso complejo de
edificios públicos, en torno a un templo con basamento en forma de cono
truncado que llegó a medir aproximadamente 135 metros de diámetro y 25 de
altura. La atracción que ejerció Cuicuilco sobre las aldeas de la región fue
impresionante. Según Sanders et al., entre el 650 y el 300 aC la Cuenca
tenía 80 000 habitantes, de los cuales entre 5000 y 10 000 ocupaban Cuicuilco.
En los dos siglos subsecuentes, cuando la Cuenca contaba con 140 000, Cuicuilco
al menos había doblado su población. En ese entonces Teotihuacan había igualado
en población y extensión a su rival del sur.
En la última parte del Preclásico Tardío, Cuicuilco
desaparece, probablemente ante las erupciones del volcán Xitle. Teotihuacan,
que muy bien pudo haber captado su población, se convierte de esta manera no
sólo en el poder absoluto de la Cuenca, sino que lleva su influencia mucho más
allá de los límites regionales. Entre 100 aC y 150 dC casi 80 000 personas
residían en esta capital, es decir de 80 a 90 % del total de la Cuenca. Tal
concentración humana permitía la erección de las pirámides del Sol y de la Luna
y, a la postre, el surgimiento de la monumental ciudad mesoamericana.
OAXACA EN EL PRECLÁSICO
De todas las áreas mesoamericanas Oaxaca es, quizá, la
que ofrece al estudioso la secuencia evolutiva más clara del Preclásico. Desde tiempos
remotos, sociedades de las distintas ramas lingüísticas de la familia oaxaqueña
establecieron aldeas agrícolas en todos los confines del territorio. Sitios
como El Guayabo en la Mixteca Baja, Yucuita en la Mixteca Alta, San José Mogote
en el Valle de Oaxaca, Hacienda Tecomaxtlahua en la Cañada, Ayotzintepec en la
Chinantla y Laguan Zope en el Istmo son ejemplos de esta prístina fase aldeana.
En el siglo V aC varias aldeas entre ellas Yucuita, Huamelulpan, Cerro de las
Minas y Monte Albán, se habrían convertido en lo que fuera el preludio del
urbanismo mesoamericano.
Los
arqueólogos han centrado su atención fundamentalmente en el Valle de Oaxaca,
compuesto por tes ramales: Etla, Tlacolula y Zimatlán. El valle
ocupa una extensión de más de 2 000 km2 limitada por la Sierra Madre del Sur y
las elevaciones de la Mixteca Alta, La región es de clima semiárido, templado y
de gran potencial agrícola, ya que dominan en ella los suelos aluviales
irrigados por los ríos Atoyac y Salado. Durante el Preclásico, sus recursos
fueron abundantes en bosques y en minerales como la arcilla, el cuarzo, el
pedernal, la magnetita y la ilmenita.
Gracias a los trabajos sistemáticos del equipo dirigido
por Kent V. Flannery y Joyce Marcus, sabemos que durante el Preclásico tuvo
lugar en el Valle de Oaxaca una transformación firme y continuada de las
sociedades aldeanas igualitarias hacia las urbanas jerárquicas. En efecto, los
vestigios arqueológicos exhumados permiten reconstruir la v ida en el Valle
desde estadios precerámicos hasta el surgimiento de la Ciudad de Monte Albán.
Los límites del Preclásico Temprano en el valle de Oaxaca
se fijan en 1 900 y 1 150 aC. Comprende las fases Espiridión y Tierras Largas.
En la primera fase se fabricó una cerámica burda y sin decoración que tiene
ciertas semejanzas con la alfarería Purrón de Tehuacán. Hacia 1400 aC, en el
Valle de Etla había ya cinco caseríos distribuidos en torno a la pequeña aldea
de San José Mogote, la cual tendría unos 150 habitantes y una extensión de más
de siete hectáreas. El centro de esta aldea estaba ocupado ´por un edificio
público estucado y con un altar interior. Alrededor de esta construcción se
levantaban casas de bajareque provistas de hornos y de pozos troncocónicos que
servían para almacenar granos.
A partir de 1150 y hasta 500 aC se desarrolla el
Preclásico Medio, dividido en las fases san José, Guadalupe y Rosario.
Esta época tendrá como signos un sorprendente aumento de la población, la
multiplicación de los asentamientos en el Valle y el desarrollo de la
diferenciación social. En los primeros tres siglos del Preclásico Medio, San
José Mogote llega a 700 habitantes, repartidos en cuatro barrios residenciales.
Hay para ese entonces viviendas que se distinguen por sus mayores dimensiones,
por su construcción de piedra y adobe y por sus entierros con ricas ofrendas.
La presencia de cerámica y esculturas de piedra verde procedentes del Golfo, de
alfarería de Morelos y Guatemala, y de productos costeros como espinas de
mantarraya, dientes de tiburón y trompetas de caracol, nos hablan de un intenso
contacto con sus contemporáneos mesoamericanos, principalmente con los olmecas
de San Lorenzo. A cambo de estos productos, los habitantes de San José Mogote
exportaban cerámica, hachas de piedra y, sobre todo, espejos de magnetita e
ilmenita que han aparecido en sitios de Morelos y en la llamada zona
metropolitana olmeca. Estos minerales de hierro, encontrados en pequeños trozos
servían para fabricar reflejantes que se usaban como pendientes o que se
incrustaban en madera y concha.
A partir del siglo IX aC se inició una disminución
paulatina de los intercambios oaxaqueños con el área nuclear olmeca. De acuerdo
con Marcus Winter, Oaxaca sufre un proceso de regionalización perceptible en la
creciente variedad cerámica. En este tiempo la Mixteca Baja adquiere fuertes
vínculos con el Valle de Puebla-Tlaxcala; la Chinantla con la zona del Golfo, y
el Istmo de Tehuantepec con los olmecas, el Soconusco y los Altos de Guatemala.
En ese mismo siglo hicieron su aparición en el Valle de
Oaxaca técnicas de riego -como la canalización y el terraceado en Hierve el
Agua- que incrementaron la producción agrícola. El aumento de las cosechas fue
paralelo a la multiplicación de las aldeas. Algunos investigadores han dividido
los asentamientos en tres niveles de complejidad: San José Mogote ocupa la
cúspide de esta pirámide, en tanto que el centro rival de Huitzo se halla en la
segunda categoría.
Ya casi al final del Preclásico Medio, San José Mogote
alcanza su máximo esplendor. Su población se calcula para aquel entonces en 1
400 habitantes. Este centro, del cual dependían 20 aldeas, contaba con varios
edificios públicos sobre plataformas de mampostería. A la entrada de uno de
ellos, en un monumento de piedra, se grabó una figura humana similar a la que
más tarde se esculpirían en Monte Albán, los llamados danzantes. Esta
figura es importante por dos razones. En primer término, porque parece representar
un cautivo sacrificado, lo que robustece la idea de un clima bélico en la
época. Por otra parte, el glifo 1 temblor en dicho monumento constituye el más
antiguo testimonio del calendario de 260 días.
En el Preclásico Tardío (500 aC-250 dC), San José Mogote
perdió la preeminencia que había conservado durante siglos. Su lugar fue
ocupado por un nuevo centro de poder, Monte Albán, al cual San José Mogote
quedaría subordinado. El surgimiento de la que algunos consideran la más
antigua ciudad de Mesoamérica no deja de ser polémico: su fundación en la cima
de un cerro deshabitado de 400 metros de altura y de difícil acceso a fuentes
de aprovisionamiento debido a que el cerro de Monte Albán se encuentra justo en
la unión de los tres ramales y los domina desde lo alto. Según este autor es
probable que Monte Albán haya sido el producto de la confederación de tres
entidades políticas antes autónomas que fundaron una nueva capital común en un
territorio neutral y estratégico.
La historia preclásica de este centro se ha dividido en
tres fases:: Monte Albán 1 Temprano (500-300 aC), Monte Albán 1 Tardío
(300-200 aC) y Monte Albán II (200 aC-250 dC). En la primera fase inicia su
urbanización y llega a tener 5 000 habitantes. Los arqueólogos distinguen en
esa época cuatro niveles jerárquicos en los asentamientos del valle.
Un impresionante aumento demográfico tiene lugar en Monte
Albán I Tardío: la población estimada de la ciudad es de 16 000 individuos. La
diferenciación social se advierte claramente con la aparición de lujosas tumbas
de piedra. A esta época se remonta el Edificio de los Danzantes, célebre por
sus muros decorados con cerca de 300 lápidas que representan hombres desnudos,
en muy diversas posiciones y, comúnmente con peinado elaborado, orejeras, ojos
cerrados, boca abierta, piernas distorsionadas y extrañas volutas en el pecho o
en la zona genital. Dependiendo de su posición vertical u horizontal, han sido
bautizados danzantes y nadadores. Muchas de estas imágenes están
acompañadas de glifos; algunos pudieran ser sus nombres. Entre las múltiples
hipótesis sobre el significado del conjunto, nos inclinamos por la que propone
que son jefes enemigos vencidos y sacrificados, algunos emasculados.
La traza urbana de Monte Albán se establece en la fase II
con la nivelación y pavimentación de la Gran Plaza, conjunto organizador del
espacio. Alrededor se elevaron los primeros templos de dos cuartos y en medio
de ella el Edificio J, extraña construcción con planta en forma de punta de
flecha orientada hacía el punto donde surgía la estrecha Capella, según lo
calcula Anthony F. Aveni. Un total de 40 losas que registran conquistas están
empotradas en este edificio, al que se le atribuye la función de observatorio.
Se han podido identificar algunos de los topónimos de estas losas, que dan
nombres equivalentes a las actuales Cuicatlán, Miahuatlán, Tututepec, Sosola,
Ocelotepec y Chiltepec. Si se supusiera que estos nombres han permanecido
durante siglos, pudiera verse un corredor de influencia zapoteca que se
extendía desde Cuicatlán hasta el norte de la costa del pacífico sur. Al
parecer, la sede de gobierno y la residencia de la familia real estaba situada
en la Plataforma Norte. En las postrimerías del Preclásico la ciudad tenía casi
3 000 casas divididas en 14 barrios. El centro de cada barrio estaba ocupado
por una pequeña área de edificios públicos.
EL OCCIDENTE EN EL PRECLÁSICO
A diferencia de las demás áreas mesoamericanas, el
Occidente no forma una clara unidad cultural. Las sociedades que habitaron el
extenso territorio que comprende el centro y el sur de Sinaloa, Nayarit,
Jalisco, Colima, Michoacán y partes de Guanajuato y Guerrero carecieron de una
historia común tan evidente como la de los pobladores del Centro de México, el
Golfo, el Sureste o Oaxaca. Si en la actualidad se define esta enorme franja
como un área, es en parte porque la escasez de las investigaciones arqueológicas
impide hacer una subdivisión más adecuada. El desconocimiento se acentúa debido
a que la cerámica del occidente es muy codiciada por los coleccionistas y su
demanda propicia el saqueo sistemático de los sitios. De hecho, la información
anterior a 250 dC se limita a unas cuantas regiones, por lo que no se tiene una
visión de conjunto. Quizá el único común denominador nítido de las sociedades
preclásicas occidentales sea el arraigo de la vida aldeana y la lenta
evolución, hacia formas de organización más complejas.
En Colima y Jalisco se produjo una cerámica monócroma que
Isabel Kelly llamó Capacha. Los fechamientos por radiocarbono han dado a
esta cerámica una sorprendente antigüedad, pues la ubican hacia el siglo XVIII
aC. Sus formas más típicas sin los tecomates decorados por incisión y
punzonado. La estrecha cintura de algunos recipientes hace que parezcan un par
de vasijas colocadas una sobre otra; los casos extremos son aquellos en que
verdaderamente se forman dos vasijas, comunicadas entre sí por tres tubos curvos
verticales.
Es sin duda la llamada Tradición de las Tumbas de Tiro
una de las más vigorosas del Occidente. Se extiende por Nayarit, Jalisco,
Colima y Michoacán; se inicia en el 200 aC y va a concluir 8oo años más tarde.
Los pueblos de esta tradición acostumbraban enterrar a
sus muertos entre ricas ofrendas, en cámaras subterráneas excavadas en el
tepetate, a las cuales se accedía a través de tiros que frecuentemente tenían
entre cuatro y seis metros de profundidad. El Opeño, en Michoacán es uno
de los pocos sitios donde los arqueólogos han descubierto tumbas de tiro sin
saquear. Una de ellas contenía los restos de 10 individuos, recipientes y
figurillas de cerámica. Otra tumba encontrada indemne es la de Huitzilapa,
Jalisco, entierro múltiple en el cual hay vestigios de los petates conque
fueron envueltos los cadáveres. Entre los individuos encontrados en la tumba, a
uno se dedicó una rica ofrenda de conchas y cerámica. Otra más es la de San
Martín de Bolaños, en Jalisco, cuya reciente investigación la sitúa
hacia 135 aC. Es muy interesante señalar que estas sociedades y algunas de sus
contemporáneas del noroeste sudamericano tenían en común la construcción de
tumbas de tiro y la elaboración de vasijas con asas en forma de estribo. Lo a
nterior ha hecho suponer contactos marítimos.
Más al Sur, en el estado de Guerrero, los olmecas
tuvieron una notable presencia entre 1400 y 600 aC. Teopantecuanitlan, en la
confluencia del Amacuzac y el Balsas, es el asentamiento de mayores
proporciones. La magnitud de sus restos, excavados por Guadalupe Martínez
Donjuán, revela la existencia de una sociedad compleja. Entre ellos destacan un
acueducto de piedra que conducía el agua de una represa a los campos de
cultivo; un recinto cuadrangular hundido, limitado por pesados bloques de
piedra y cuatro monolitos que representan personajes antropomorfos con los
típicos rasgos del jaguar. Otros dos sitios olmecas de Guerrero son las
cavernas de Juxtlahuaca y Oxtotitlán, célebres por sus pinturas polícromas.
Mucho más tardío son los restos de la cultura
Mezcala en el alto río Balsas. También esta es una región muy saqueada,
pues en ella se buscan las preciadas esculturas de piedra verde que, por su
esquematismo, han sido comparadas con las de las islas Cícladas. En el arte
Mezcala bastaron trozos breves y rectilíneos para representar bellas figuras
humanas de cuerpo entero, máscaras, animales, templos y objetos rituales. Ahuináhuac
es el único sitio preclásico de la región en donde estas obras han sido
registradas en contexto arqueológico. Su antigüedad ha sido establecida por
Louise I. Paradis entre 700 y 200 aC. Los lapidarios que tallaron estas piezas
vivían en conjuntos habitacionales compuestos por varios cuartos.
Finalmente nos referimos a Chupícuaro,
aldea del Preclásico Tardío que desaparece hacia 300 dC. Ubicada en los bancos
del río Lerma, en Guanajuato, Chupícuaro es notable porque allí se rescataron
más de 400 tumbas con ricas ofrendas. Junto a los muertos fueron inhumandos
instrumentos musicales, perros, cráneos con evidencias de extracción de la masa
encefálica y rica cerámica sin pintar o con diseños rojos y negros sobre fondo
bayo. La alfarería de Chupícuaro comparte estilos con las de otros sitios
contemporáneos del Occidente, el Norte y el Centro de Mesoamérica.
EL SURESTE EN EL PRECLÁSICO
Hasta hace poco tiempo nuestras reconstrucciones de las
sociedades preclásicas del Sureste mesoamericano resultaban muy limitadas. Las
grandes lagunas en el conocimiento de este periodo eran consecuencia directa de
la dificultad de la conservación en contextos selváticos de los restos más
tempranos de pueblos agricultores; de los obstáculos que debían y deben todavía
franquearse para conocer pequeñas partes de los primeros edificios públicos,
sepultados bajo masivos rellenos de construcciones más recientes, y del
desinterés de muchos arqueólogos dedicados más a establecer la secuencia
cultural de sitios grandiosos que al estudio regional de las épocas más
antiguas y con vestigios más modestos.
Afortunadamente, el creciente interés por el Preclásico y
la consecuente proliferación de exploraciones arqueológicas en los últimos años
han permitido una visión global del área y el surgimiento de teorías que
pretenden explicar que pretenden explicar la génesis de las culturas olmeca y
maya. Debemos subrayar, no obstante, que la novedad de estos trabajos los hace
susceptibles aún a los fuertes debates propios del quehacer científico.
Uno de los rasgos que más influyó en el desarrollo de las
sociedades del Sureste fue la diversidad geográfica. Durante el Preclásico los
principales focos culturales se dieron en cuatro ambientes totalmente
distintos: las planicies costeras meridionales de Chiapas y Guatemala, las
tierras altas guatemaltecas, la región selvática del Petén y las extensas
llanuras calcáreas de la península de Yucatán. Fueron éstos los escenarios de
dos grandes complejos culturales que los especialistas adscriben a las familias
lingüísticas mixe-zoque y maya.
El complejo mixe-zoque, la Gran Tradición del Istmo, ha
sido estudiado recientemente por John E. Clark y Michael Blake. De acuerdo con
su polémica propuesta, el complejo se generó en territorio chiapaneco, para más
tarde traspasar los límites del Sureste y llegar hasta el sur de Veracruz y el
occidente de Tabasco. En el Preclásico temprano, entre 1800 y 1325 aC (fases Barra,
Locona y Ocós), habitaron en las fértiles planicies costeras del Soconusco
y Guatemala pueblos aldeanos dedicados a la agricultura, la pesca, la caza y la
producción alfarera. Esta última actividad los distingue de sus contemporáneos
de Oaxaca y Tehuacán, pues alcanzaron grandes alturas técnicas y artísticas.
Las cerámicas decoradas con pigmento iridiscente y por impresión de cuerda y concha
han hecho suponer que estos pueblos tuvieron contactos con Ecuador, Altamira,
La Victoria, Salinas la Blanca y Paso de la Amada son sitios de esta época.
Hacia 1600 aC, las sociedades del Soconusco se habían
expandido a través del Istmo hasta ocupar lo que a partir de 1200 aC sería el
área nuclear olmeca. Con base en estudios glotocronológicos se infiere que
estos hombres penetraron como una cuña en territorios habitados por hablantes
de protomaya. Según Clark y Blake, el resultado de este proceso fue la génesis
de la tradición olmeca, fusión de estos mixe-zoques con los protomayas y los
oaxaqueños en la costa del Golfo.
Durante el Preclásico Medio 1200-400 aC, en una franja
que se prolonga desde México hasta El salvador, la Gran Tradición del Istmo floreció
en sitios como Tzutzuculi, Pijijiapan, Chiapa de Corzo, La Blanca, Bilbao,
Chalchuapa y Quelepa. La vida de estas sociedades estaría marcada por el
contacto con los olmecas. Eran al parecer unidades políticas independientes con
influencia cultural olmeca, que se puede observar tanto en montículos, de más
de 20 metros de altura, como en sus importantes monumentos escultóricos.
El segundo complejo, la Tradición de las Tierras Bajas
Mayas, comenzó a integrarse entre 1200 y 900 aC en las selvas tropicales de
Guatemala y Belize, y en Yucatán. Las aldeas más antiguas estaban habitadas por
cultivadores de maíz. De estos remotos tiempos son dignos de mención los
antiguos entierros descubiertos en el Grupo 9N-8 de Copán, los cuales estaban
acompañados de vasijas decoradas con motivos similares a los de Tlatilco,
Tlapacoya y San José Mogote.
En la actualidad también se debate el origen de la
Tradición de las Tierras Bajas Mayas. Autores como E. Wyllys Andrews V suponen
una doble ascendencia. Hacia 1000 aC, el sur del Petén estaba habitado por un
grupo no maya que produjo la cerámica Xe. Sus principales sitios fueron
Seibal y Altar de Sacrificios. Por la semejanza de esta cerámica con otras del
sur, se supone que sus antecedentes se encuentran en las tierras altas de
Chiapas y Guatemala y quizá anteriormente en la costa del Pacífico. El segundo grupo
estaba constituido por hablantes de maya y se concentraba en el norte de
Belize, en sitios como Cuello. Hacia 600 aC, estos mayas comenzaron a
expandirse por todo el Petén, alcanzando incluso tierras salvadoreñas. Entonces
aparece otra cerámica muy diferente, la conocida con el nombre de Mamom. Los
principales centros de esta tradición fueron Uaxactún y Tikal.
Los sitios mayas mejor estudiados del Preclásico Medio
son la aldea igualitaria de Cuello, en Belize y los asentamientos mucho más
complejos -con varios templos de piedra y mayor diferenciación social- de Nakbé
y El Mirador en Guatemala, y de Calakmul en Campeche. En la Península de
Yucatán han sido descubiertos innumerables caseríos que datan de esta época en
Dzibilchaltún, Aké, Maní, Dzibilnocac y Ezná.
Pinturas rupestres de la Sierra de san Francisco. Área de la
baja california, Aridamérica.
Vasija antropomorfa de Paquimé, Chihuahua. Área Mogollón,
Oasisamérica, oeriodo Tardío.
https://raaicesculturalees.blogspot.com/2012/09/capacha.html
Hacha ceremonial olmeca
Esta cabeza de un hacha ceremonial olmeca, tallada en jade, combina rasgos
humanos y felinos, quizá como representación de una deidad. Data de alguna
fecha entre los años 700 y 300 a.C. y se conserva en el Museo Británico de
Londres.
Bridgeman Art Library, London/New York
Microsoft ® Encarta ® 2006. © 1993-2005 Microsoft Corporation. Reservados todos
los derechos.
https://impulsox.blogspot.com/2007/05/los-olmecas.html
Tapa de incensario teotihuacano encontrada en Oztoyahualco,
Teotihuacan, Estado de México, Área Centro, periodo Clásico
Brasero con la efigie del dios joven del fuego. Área Oaxaca,
periodo Preclásico
Almena de alabastro, Teotihuacan, Estado de México. Área Centro,
periodo Clásico.
https://www.facebook.com/watch/?v=3131979093674576
Urna policromada ñuiñé que representa al Dios Viejo, Cerro de
las Minas, Oaxaca. Área Oaxaca. Periodo Clásico
En 400 aC se iniciaron cambios trascendentales que marcan
el principio del Preclásico Tardío. Una de las notas de esta época que
finalizaría en 250 dC, es el clima de violencia y de competencia entre los
principales centros de poder. Así lo atestiguan los enterramientos masivos de
víctimas sacrificiales en sitios como Cuello y Chalchuapa. Algunos autores suponen
que las continuas escaramuzas y los francos enfrentamientos bélicos se
encuentran entre las causas del florecimiento y del colapso de capitales preclásicas
como El Mirador, así como entre los catalizadores del surgimiento del estado.
Otro elemento que caracteriza el Preclásico Tardío son
las obras arquitectónicas cuya consecución implicó el trabajo de miles de
hombres y la necesaria coordinación de especialistas. Las antiguas áreas
residenciales de las aldeas del Preclásico Medio son ahora teatro de
impresionantes programas constructivos. Entre los ejemplos más notables se
encuentran el conjunto de 55 m de altura conocido como El Tigre, en El Mirador;
la Estructura II de Calakmul, de la misma altura; la Acrópolis Noret de Tikal;
la pirámide 33 m de Lamanai; el foso defensivo de dos kilómetros que encierra a
Becán, y el muelle y el canal de Cerros. En cambio, en los centros yucatecos,
como Dzibilchaltún y Komchén, la arquitectura pública no alcanzó tales
dimensiones.
En las tierras bajas centrales muchos de los templos
estuvieron bellamente decorados con grandes mascarones de estuco, imágenes de
las deidades adoradas a fines del Preclásico. Entre ellas se encuentran el Sol
y el planeta Venus, dioses estudiados por Linda Schele y David Freidel en la
estructura 5C-2ª de Cerros. Esta misma pasión por las representaciones de la
sobre naturaleza se observa claramente mucho mas al sur, en los sitios de Izapa
y Abaj Takalik. Sólo que sus imágenes se plasmaron en estelas y altares de
piedra. Aparecen representaciones de figuras míticas, como la del árbol,
sagrado que comunica el cielo, la superficie de la tierra y el inframundo, y
los dioses protagonizan aventuras en escenas que se seguirán repitiendo durante
siglos. El estilo artístico, la temática mitológica y las notaciones de cuenta
larga plasmadas en los monumentos de Izapa y Abaj Takalik han hecho afirmar a
muchos investigadores que ambos centros son una suerte de eslabón entre la
tradición olmeca y la maya. Desde esta perspectiva, las concepciones
ideológicas del mundo maya habrían tenido su origen en las costas del Pacífico
próximas a la frontera actual entre México y Guatemala.
EL GOLFO EN EL PRECLÁSICO
Poco queda de aquel ambiente exuberante que fuera el
hogar de los aldeanos del río Barí en el tercer milenio antes de nuestra era y
que aun subsistía en los años cuarenta, cuando Mathew W. Stirling exploraba las
capitales del mundo olmeca. Hoy, la ganadería y la explotación petrolera han
hecho estragos en las selvas altas de Veracruz y Tabasco, convirtiéndolas en
sabanas. Sin embargo, subsiste en esta enorme llanura costera una amplia red
hidrológica, abundante en ríos caudalosos y extensos pantanos. Es clima es
tropical de lluvias torrenciales. La superficie de mayor actividad cultural
durante el Preclásico abarcaba casi 18 000 km2 que rebasaban los límites del
Papaloapan y el Tonalá. Al centro de este territorio de elevación uniforme se levantan
las montañas de los Tuxtlas.
Muy próximo a La Venta, en el estado de Tabasco,
se han descubierto los que, hasta la fecha, son los asentamientos aldeanos más
antiguos del Preclásico Temprano en el área. Hacia 2 250 aC, grupos humanos
cultivaban las riberas del río Barí y aprovechaban los recursos del manglar. De
este rico ambiente obtenían pescados, moluscos, tortugas, pecaríes y venados
fauna que, junto con el maíz y muy probablemente la yuca, les proporcionaba su
sustento. Su primera cerámica se produjo entre 1 750 y 1 400 aC.
En este mismo periodo pudieron haber llegado al Golfo
migrantes del Soconusco, pertenecientes a la Gran Tradición del Istmo.
Estos pueblos producirían en San Lorenzo, de 1500 a 1150 aC (fases Ojochi,
Bajío y Chivharras), una cerámica muy semejante a la Ocós de la costa del
Pacífico.
El
Preclásico Medio se identifica con la historia olmeca, que dura siete siglos y
medio (1150-400 aC). Aun se debate el origen de la civilización olmeca, a la
que se han atribuido principalmente filiaciones lingüísticas de las familias
maya y mixe. En últimas fechas se ha propuesto que el pueblo olmeca fue la
fusión de hombres pertenecientes a estas dos familias lingüísticas y a las
oaxaqueñas, todos integrados en cacicazgos desarrollados.
Junto a las
imágenes de los gobernantes aparecen seres sobrenaturales que dan a éstos un
carácter semidivino, así como servidores y cautivos de guerra que aluden a la
materialidad del poder.
Mediante el arte se particulariza también un panteón
complejo. Las deidades adquieren formas fantásticas que conjugan rasgos humanos
y animales. El cocodrilo, el tiburón, la serpiente, el ave rapaz, pero sobre
todo el jaguar, son los modelos tomados de la naturaleza para configurar el
mundo mítico expresado en un estilo vigoroso. Muchas veces bastan elementos
anatómicos esquematizados -fauces, alas, garras, cejas, manchas de la piel-
para aludir a estos seres. Hay una fusión obsesiva del hombre y el jaguar en
representaciones de personajes infantiles, regordetes, mofletudos, con largos
colmillos, labios felinos y aun con garras.
Los símbolos van más allá: reproducen la topología del
universo tal y como lo señala F. Kent Reilly. Bajo los ojos de los olmecas la
superficie terrestre es concebida como un plano definido por cuatro puntos
extremos y un centro que es el eje del mundo. Se personifica como un ser mítico
con una hendidura en forma de V en la cabeza. De ella emerge una planta de
maíz, símbolo polivalente del poder real y del árbol cósmico que comunica el
cielo con el inframundo. Los otros cuatro puntos del plano tienen forma semejante;
son las columnas restantes del cosmos. El esquema de los cinco elementos se
repite en el cielo con la figura de la Cruz de San Andrés.
https://es.wikipedia.org/wiki/La_Venta#/media/Archivo:Plano_La_Venta.png
Las obras de arte olmeca proceden de sitios como San
Lorenzo, La Venta, Tres Zapotes, El Manatí, Laguna de los Cerros, Potrero Nuevo
y Las Limas. San Lorenzo fue el centro olmeca de mayor importancia entre 1150 y
900 aC. Se construyó entre las tierras altas y las fértiles planicies irrigadas
por el Coatzacoalcos y el Río Chiquito. La mayor parte de sus construcciones
fueron levantadas sobre una gran plataforma de 45 m de altura y 59 ha de
superficie, regularizada por la mano del hombre. Predominan en ella los
montículos de tierra que encierran plazas rectangulares. También hay numerosas
estructuras habitacionales. Entre las obras de planificación más importantes de
san Lorenzo sobresale un acueducto, explorado en una longitud de 170 metros y
compuesto por grandes piezas de basalto tallado.
https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Olmec_Heartland_Overview_4-es.svg
Aún más sorprendentes, por la cantidad de trabajo
necesario para producirlos, fueron los bellos monumentos esculpidos durante el
esplendor de este centro. Basta imaginar el esfuerzo realizado para trasladar
las enormes piedras desde el cerro Cintepec, situado a 70 km de distancia de
las montañas de los Tuxtlas. Muy probablemente se necesitaron cientos de
hombres para llevar estas rocas en balsas a través de los flujos del
Coatzacoalcos. Algunos de los monolitos -diez encontrados hasta ahora- son
cabezas masculinas colosales cubiertas por cascos ceñidos. Dadas las
particularidades de sus rostros, es de suponerse que son verdaderos retratos de
los gobernantes. Otros monolitos han sido llamados altares por tener
plana su cara superior. Entre los motivos escultóricos de estos altares está el
del gobernante que, sentado al frente de la pieza, en un nicho que representa
la boca de la tierra, sostiene sobre las piernas un niño pequeño con rasgos de
jaguar.
Estela 1 de la Mojarra, Veracruz. Área Golfo, periodo
Preclásico. Describe los momentos políticos de su vida.
Durante el esplendor de San Lorenzo, otros sitios como La
Venta y Tres Zapotes tuvieron una gran actividad constructiva. En ellos también
se tallaron cabezas colosales, de las cuales se conocen cuatro en La Venta y
dos en Tres Zapotes. La homogeneidad cultural del momento no se limita a las
cabezas. Los edificios de La Venta tienen la misma orientación axial que los de
San Lorenzo. Ambos sitios comparten, además, la presencia de altares, conductos
subterráneos de agua, ofrendas con figurillas de piedra verde y espejos de
hematita.
San Lorenzo declina hacia el año 900. En cambio, La Venta
alcanzará en los cuatro siglos siguientes su máximo esplendor, aunque ya en ese
tiempo no se tallarán esculturas colosales. Contra lo que se supuso hasta hace
poco tiempo, La Venta no fue un mero centro ceremonial. Mientras que los
grandes edificios públicos se levantaban en una isla, una extensa población se
distribuía en el territorio circundante, surcado por ríos y pantanos.
El corazón de La Venta está formado por varias plazas. La
principal de ellas (el Complejo C) está limitada por dos estructuras alargadas,
un montículo bajo y una gran pirámide de 34 metros de altura, planta radial y
esquinas remetidas, como lo muestran las exploraciones de Rebeca Gon´zalez
Lauck. Al norte, y siguiendo el mismo eje, hay otra plaza rectangular (el
Complejo A) que en alguna época estuvo circundada por varios edificios y una
valla de columnas prismáticas de basalto de dos metros de altura. Bajo sus
pisos de arcillas de colores rosa, morado y rojo aparecieron depósitos masivos
de serpentina, pavimentos de mosaico que forman mascarones geométricos de seres
telúricos, hachas y figurillas de piedra verde, todo esto colocado como
ofrenda. En el extremo norte de esta plaza se eleva un montículo de arcilla
bajo el cual se encontró una tumba con paredes y techo de pilares de basalto en
que yacían dos cuerpos juveniles. A La Venta también se ha atribuido un fin
violento: los arqueólogos fijan hacia 400 aC la mutilación de 20 de los 24
grandes monumentos pétreos conocidos hasta ahora, hecho análogo registrado en
San Lorenzo siglos antes.
Tres Zapotes, el tercero de los centros importantes de
los olmecas, fue construido sobre las colinas de una cuenca pantanosa de los
ríos Papaloapan y San Juan. En él se levantaron más de 50 edificios y numerosos
monumentos pétreos. Esta larga tradición escultórica continuaría en Tres
Zapotes varios siglos después de la caída del mundo olmeca, establecida por los
arqueólogos hacia el año 400 aC. No se sabe con certeza que sucedió en esa
época, pero los especialistas consideran que a partir de ella ya no se puede
hablar de los olmecas como unidad cultural. Después, a lo largo del Preclásico
Tardío, Tres Zapotes siguió habitado por pueblos que se suponen fueron de la
misma familia lingüística que los olmecas, el mixe. Incluso su producción
artística llega a tener una reminiscencia de la gran tradición desaparecida, lo
que le ha merecido la denominación de epiolmeca. La Estela C es el
monumento más célebre de este periodo. Conjuga un estilo que es clara
derivación del arte olmeca con una fecha calendárica de cuenta larga, el año 31
aC, unos de los más tempranos testimonios del uso de este sistema de cómputo.
De la región del Golfo proceden otros registros tempranos
de cuenta larga, acompañados de extensas inscripciones jeroglíficas. Los más
notables son la Estatuilla de los Tluxtlas (162 dC) y la Estela 1 de
La Mojarra (143 y 156 dC). En ésta aparece la figura ricamente ataviada de
un gobernante y un texto muy largo que describe los principales momentos
políticos de su vida. Lo anterior demostraría que este sistema calendárico y la
escritura compleja, característicos del pueblo maya del Clásico, no les fueron
privativos y tuvieron como antecedentes las producciones de pueblos
mixes-zoques.
EL PRECLÁSICO Y LO OLMECA
Si tuviéramos que caracterizar el Preclásico de manera
sintética, distinguiríamos tres grandes momentos. El primero, fundacional de
Mesoamérica, sería definido como un universo de aldeas agrícolas muy semejantes
entre sí, vinculadas por el intercambio y compuestas por grupos igualitarios.
El segundo periodo sería decisivo, pues la relación en cadena entre las aldeas
se transforma en una compleja red pluriétnica. Nacen por doquier centros de
poder político, económico y religioso rodeados por constelaciones de aldeas
donde comienzan a cobrar importancia numerosas técnicas de intensificación
agrícola. A partir de entonces las sociedades se dividen jerárquicamente. El
tercero y último momento del Preclásico sería el de la diferenciación regional,
del desarrollo de la escritura y el calendario, y del monumentalismo
arquitectónico.
En el contexto global mesoamericano es indudable que el
segundo periodo o Preclásico Medio (1200 a 400 aC) es el de la maduración:
logran romperse las barreras impuestas por las diversidades geográfica y
lingüística, dando lugar al gran dinamismo globalizador olmeca. Sin embargo, el
primer problema que se presenta es el de la definición de lo olmeca. Bajo este
término han sido caracterizadas realidades históricas muy disímiles: un pueblo
de la región del Golfo, un estilo artístico y una cultura panmesoamericana. Ya
hemos hablado del pueblo olmeca, cuyo hábitat se circunscribió al sureste de
Veracruz y al occidente de Tabasco. En cambio, el estilo normalmente atribuido
a este pueblo trasciende en mucho los límites de dicha región. Efectivamente,
los símbolos y las formas de este estilo, plasmados en peñas, cuevas,
monolitos, pequeñas esculturas de piedra verde y objetos de barro, se
encuentran diseminados por toda Mesoamérica. Desde Jalisco hasta Costa Rica lo
olmeca se manifiesta en imágenes de niños-jaguares, cejas flamígeras, cruces de
San Andrés.
Ya hemos hablado también de la presencia de lo olmeca en
la cerámica de la costa y del valle de Oaxaca desde fechas tan tempranas como
1150 aC. En el estado de Chiapas proliferan las esculturas megalíticas, las
estelas, los relieves grabados en afloraciones rocosas y el arte mobiliar
olmeca en sitios como Xoc, Tzutzuculi, Ojo de Agua, Altamira, Izapa y Aquiles
Serdán. Ejemplos semejantes abundan en Guatemala, principalmente en la costa
del Pacífico y en sitios más elevados, como Abaj Takalik; además, existen
pinturas rupestres en Cañón Muñeca. También en Centroamérica se localizan los
sitios salvadoreños de Chalchoapa y Las Victorias, y los hondureños de Los
Naranjos, Playa de los Muertos y las Grutas de Cuyamel. Muchos más lejos, en el
Altiplano Central de México, también se han descubiertos excelsas obras de arte
olmeca. En Puebla destacan los sitios del valle del río Nexapa, Las Bocas,
Necaxa, Tepatlaxco y San Martín Texmelucan; en la cuenca de México se localizan
los ya mencionados Tlatilco y Tlapacoya, y en Morelos sobresalen Chalcatzingo,
Atlihuayán y Gualupita. Por su parte, el estado de Guerrero cuenta con el
impresionante centro arqueológico de Teopantecuanitlan, así como con las
pinturas rupestres de Juxtlahuaca y Oxtotitlan. Muchos artefactos del más puro
estilo olmeca, principalmente de cerámica y de piedra verde pulida, han sido
exhumados en regiones periféricas, a las cuales debieron de haber llegado como
preciados bienes de intercambio. Son claros ejemplos de lo anterior, un hacha
encontrada en Etzatlán, Jalisco, y numerosos objetos depositados hoy en día en
colecciones públicas y privadas de Costa Rica.
Pero ¿quiénes fueron los creadores del estilo que desde
los años veinte conocemos con el nombre de “olmeca”? La respuesta tradicional
ha adjudicado la autoría a los habitantes de la costa del Golfo que irradiaron
su cultura sobre pueblos receptores de cultura inferior. En esta misma línea de
pensamiento se han propuesto otros focos difusores, entre ellos Guerrero y
Morelos. Tales posiciones dan por sentada la influencia directa de sociedades
culturalmente activas sobre poblaciones maleables y poco evolucionadas. Esta
explicación crea, sin embargo, un nuevo problema: el derivado del uso de un
término tan vago como lo es influencia, mismo; que engloba una gran diversidad
de fenómenos. Algunos autores al intentar precisar, han propuesto diversas
hipótesis: conquistas militares que habrían creado un imperio; expansión
comercial que distribuía objetos suntuarios a cambio de materias primas como la
obsidiana, el cinabrio, las piedras verdes y los minerales de hierro necesarios
para la elaboración de espejos; colonización o migraciones de grupos de
especialistas que inculcarían en las poblaciones locales una nueva forma de
vida; y difusión de una doctrina religiosa promovida por misioneros.
En la actualidad cobra fuerza la idea de que los pueblos
olmecas del Golfo, desde esta región, impulsaron una red e intercambios, con numerosas
etnias ubicadas en territorios muy distantes. Se acuerdo con Flannery, dichas
etnias contaban con elites incipientes que apuntalaban su posición jerárquica
mediante la ideología olmeca, y el uso de bienes de prestigio importados desde
sitios como La Venta y San Lorenzo. Las ideas, los símbolos, las costumbres
adoptadas y quizá el intercambio de mujeres entre elites habrían de reforzar
los contrastes sociales y políticos dentro de los cacicazgos de buena parte de
Mesoamérica.
Hoy es demasiado complicado evaluar empíricamente las
hipótesis mencionadas. El principal obstáculo es la gran dificultad para discernir,
a partir de los vestigios arqueológicos, procesos pretéritos de conquista,
expansión comercial, colonización a adoctrinamiento. Si bien es cierto que en
algunos sitios hay indicios que apoyan algunas de estas proposiciones, aun
falta refinar la metodología y las técnicas arqueológicas para convertir los
indicios en pruebas. Además, debemos tomar en cuenta que lo más probable es que
cada región, e incluso en cada época en la misma región, se presentaran uno o
más de los procesos mencionados.
Aunque aún muy arraigadas, las hipótesis de la influencia
directa a partir de un único foco han perdido adeptos recientemente. En poco
tiempo se ha pasado de hablar de una cultura madre a concebir muchas culturas
hermanas. Por ejemplo, Christine Niederberger ha hecho notar que las fechas
de radiocarbono no permiten sostener la existencia precoz de lo olmeca en un
solo foco cultural; por el contrario, a partir del siglo XIII aC se observa una
sincronía en el surgimiento de las manifestaciones simbólicas y estilísticas
olmecas. Esto se hace patente en sitios muy lejanos a la costa del Golfo, en
los cuales se produjeron con materias primas locales obras cuya calidad
artística va mucho más allá de las simples copias provinciales. Lo anterior
hace proponer a Niederberger que en 1200 aC se gestó la primera cultura
panmesoamericana como resultado de un proceso generalizado de ósmosis
económica, cuya evidencia más tangible es el llamado estilo olmeca. Fue éste un
proceso de maduración cultural simultánea de numerosas etnias que habitaban un
vasto territorio geográficamente diverso.
De ser cierto lo señalado por Niederberger, podría suponerse
que las sociedades del área del Golfo, conocidas en sentido estricto como
olmecas, serían, por su particular desarrollo sociopolítico, el caso más evolucionado
de la cultura que caracterizó el Preclásico Medio. Durante esta etapa proliferaron
en Mesoamérica cacicazgos con diferentes niveles de desarrollo, aunque todos
con un alto grado de centralización política, una organización jerarquizada,
una especialización técnica y artística nada despreciable, y un ceremonialismo
complejo y compartido.
NOTAS
|
López Austin, Alfredo y Leonardo López Luján, El pasado indígena, México,
Fideicomiso Historia de las Américas, Serie Hacia una Nueva Historia de
México, El Colegio de México, Fondo de Cultura Económica, 2005, pp. 80-108.
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