EL
RENACIMIENTO
CAUSAS Y EFECTOS
GENERALES DEL RENACIMIENTO
El Renacimiento,
como todas las grandes conmociones de la historia, no puede quedar limitado tan
sólo a su periodo de esplendor, ni tampoco reducirse a los frutos que con más
abundancia en todos los órdenes de la cultura haya dado en el país o zona en
que con más evidencia se produjo su manifestación. Con tal artificioso
confinamiento se nos aparecería como unas inexplicable y pasajera floración,
sin raíz en el pasado ni ramificaciones en el futuro, como un hecho curioso,
coincidente con ciertas fechas, siglos XV y XVI, pero al margen del proceso más
hondo y consecuente del espíritu humano.
El Imperio Romano cae ante el empuje
de los bárbaros del Norte de Europa en el momento en que el Cristianismo se
asentaba en Roma y, protegido al fin por el poder romano, comenzaba a influir
un nuevo aliento a la cultura y a la sociedad occidental. El triunfo de estas
fuerzas bárbaras le impide su difusión normal a través del orden romano. Al
quedar Europa sin un orden político, sin una fuerza que como la romana
estructurase todas las energías del continente en torno a su metrópoli, a su
peculiar organización social y a su sentido de la civilización, cumplía el
cristianismo el papel de ir soldando otra vez con su acción aquellas partes
desmembradas del Imperio más capaces de constituir una garantía para el
hallazgo del nuevo espíritu político que habría de integrar otra vez a los
pueblos de Europa bajo un mismo signo civilizador. Esto no quiere decir, como se
supone vulgarmente, que la Edad Media haya sido, tanto en su periodo bajo como
en el alto, una etapa de tinieblas, un obscuro e inconfesable baldón, situado
muy confusamente, muy vagamente, entre la historia espléndida de Grecia y Roma
y el impulso maravilloso que el descubrimiento de esta historia, entre otras
cosas, da a los hombres de los siglos XV y XVI, haciendo nacer en ellos, a la
vista de los triunfos del espíritu griego y romano, la ambición de imitarlos,
y, lo que es más importante, la fe en los destinos futuros del hombre. Ya son
muchos hoy los investigadores que conceden otro sentido a la palabra
Renacimiento, desechando el viejo concepto a que se prestaba el significado
común de la misma, que parecía entrañar la idea de que, al llamarse Renacimiento al formidable movimiento
humanístico de los siglos XV y XVI, con
él renaciese el espíritu de entre unas supuestas cenizas medievales, lo cual
prácticamente daba a entender que entre la muerte de Roma y la fundación de los
Estados Modernos, la cultura hubiese desaparecido.
Hoy consideramos que ese mal llamado
“periodo de tinieblas” es fuente inagotable de valores perdurables, de los que
no puede prescindir el hombre moderno; hasta el mismo Renacimiento nos sería
extraño sin la existencia previa de la cultura medieval. En efecto, ni siquiera
la misma cultura italiana, la más afectada, la más fuertemente influida por los
descubrimientos de los antiguos monumentos –escultura, arquitectura,
literatura, filosofía- de las culturas griega y latina, puede hoy entenderse si
no se ve en ella una consecuencia de sueños y especulaciones de carácter
medieval; no comprenderíamos el profundo sentido cristiano que se advierte en
todos los sectores del movimiento renacentista italiano si no viésemos en él,
oculta en la sangre misma del nuevo cuerpo histórico, la acción de las fuerzas
medievales. En el carácter medieval, tanto como los rasgos bárbaros que asoman
en Europa incluso mucho después del Renacimiento, participan los mandatos
caballerescos que ennoblecieron esos rasgos, orientándolos, y haciendo que las
hordas nórdicas se librasen de caer en los desenfrenos que reblandecieron al
pueblo romano y le hicieron perder su antigua grandeza.
¿Podemos entender hoy las violentas
luchas entabladas entre las diferentes tendencias renacentistas, incluso entre
las mismas personalidades dirigentes, rectoras, del Renacimiento italiano, si
consideramos que el Renacimiento, visto por ejemplo a través de Lorenzo de
Médicis o de Miguel Ángel, no es más que un simple despertar de la capacidad de
admiración del hombre ante la madurez griega y romana? Por otra parte, hoy está
demostrado que la vieja leyenda acerca de la limitación de la cultura, durante
la Edad Media, al espacio comprendido entre las paredes de los conventos, no es
más que un mero afán de favorecer torpemente determinada tendencia filosófica,
política y espiritual que se caracteriza por una excesiva y mal aplicada fe en
el progreso técnico. En El Otoño en la
Edad Media, de Huizinga, está demostrada la convivencia, en un mismo
pueblo, en una misma corte, en una misma persona, de dos espíritus opuestos: el
espíritu cristiano, civilizador, ordenador, y el espíritu bárbaro, heroico,
recio, pasmado ante su victoria inesperada sobre los romanos por una parte, y
por la otra derrotado por la cultura y las formas sociales de los vencidos.
Se ha querido ver en el humanismo
renacentista, cuyo director universal fue Erasmo de Rotterdam, una actitud de
la que se desprende que aquel estaba dirigido principalmente contra el espíritu
medieval. Asimismo se ha supuesto que las luchas de la Reforma y la
Contrarreforma, más que tener un carácter exclusivamente religioso, revelaban
el afán, por parte de los miembros de la Reforma, de encontrar una salida que
condujese Europa a la libertad. Pero no lograremos nunca comprender, si damos
en llamar a lo renacentista lo progresivo, y a lo medieval lo regresivo, que no
es posible diferenciar en el mismo Renacimiento lo que hay de medieval, de lo
que pertenece más bien al espíritu moderno. Podemos afirmar que el Renacimiento
no es otra cosa que el movimiento más importante, la obra de madurez del
espíritu medieval. El Renacimiento, en lo que tiene de recuperación de las
antiguas conquistas del saber, y no de recuperación puramente arqueológica,
sino sobre todo de recuperación del impulso creador, comienza mucho antes del
siglo XV, y sus orígenes se pierden en los primeros tiempos medievales;
convencido de ello, decía Marcelino Menéndez y Pelayo: “Todo el que en medio
del deslumbramiento y desorden de la Edad Media tuvo un pensamiento de unidad
social o científica fue precursor del Renacimiento…”
En definitiva, hay en el
Renacimiento un profundo carácter moderno, pero este no es para nosotros otra
cosa que la victoria de las fuerzas luminosas medievales sobre las fuerzas
oscuras medievales, apegadas, por múltiples razones –religiosas, económicas,
políticas-, al feudalismo. No hubiera sido tan rápida esa victoria sin los
extraordinarios inventos que la acompañan, desde la creación de la imprenta
hasta el uso de la pólvora.
A mediados del siglo XV los libros
eran manuscritos, y tan costosos, debido a la escasez de pergamino, que de
todos es conocido el hecho de que en muchos conventos, lugares en los que
principalmente, estaban los libros sujetos a sus estantes con cadenas. Es de
imaginar la enorme importancia que por lo tanto hubo de tener la invención de
la imprenta.
A últimos del siglo XIV comenzaron a
realizarse gran cantidad der experimentos para satisfacer la necesidad de
libros de los estudiosos, los cuales sólo podían obtener los textos previa una
penosa copia am mano del original. Así se llegó a descubrir el procedimiento
del grabado en madera o xilografía, a parir del cual se pasó, en salto
prodigioso, al descubrimiento de los tipos móviles. Descubrimiento debido, ya
en pleno siglo XV, al holandés Lorenzo Coster. Pero el fundamento de la
imprenta moderna, la utilización del antimonio y del plomo, aleados para
construir los tipos, grabando previamente los caracteres en hueco, se debe al
alemán Juan Gutenberg, natural de Estrasburgo, quien estando al tanto de las
experiencias de Coster las concluyó con su invención de los moldes o matrices.
Así en 1457 se imprimió el primer libro: una Biblia.
Las ediciones eran antes
dificultosas por lo penoso del procedimiento del grabado en madera, que exigía
el grabado independiente para cada página, mientras que gracias a Gutenberg los
tipos móviles pudieron ser utilizados para la impresión de las si9guientes, ya
que con ellos pueden formarse combinaciones de letras, con lo cual el
procedimiento de impresión se hizo infinitamente más rápido y eficaz, teniendo
así los humanistas del Renacimiento el instrumento necesario para la difusión
amplia de su labor. Al principio los impresores hubieron de hacer frente a la resistencia
de los espíritus más cultivados de la época, quienes por razones estéticas
preferían los antiguos procedimientos manuscritos, en cuya confección se había
llegado a alcanzar gran belleza. Los primeros libros impresos eran mirados por
los bibliófilos con cierto desprecio, pues los procedimientos de impresión eran
muy rudimentarios, y los problemas estéticos que se planteaban al arte de
imprimir aún no estaban resueltos, haciendo que aquellas ediciones fuesen
inferiores a los artísticos manuscritos realizados por copistas excepcionales,
y adornados con miniados bellísimos. Pero como el impresor se consideraba
artista más que comerciante puso todo su empeño en superar la tosquedad
inicial, y gracias a ello las ediciones del Renacimiento alcanzaron una perfección
insuperable, logrando ser en sí mismas una alta expresión del sentido
renacentista de la belleza.
Una de las invenciones auxiliares de
más importancia para el mundo renacentista, pues a ella se debe en gran parte
el descubrimiento del mundo moderno, es la que trajo como consecuencia el
perfeccionamiento de la brújula. Entre las muchas otras adquisiciones que el
occidente europeo debe a las Cruzadas, que lo pusieron en contacto con Oriente,
ha de señalarse la de conocer la dirección Norte o Sur a través del imán, que
los orientales venían utilizando, al parecer desde edades antiguas. Pero el
empleo de la ley de atracción por medio del imán, para orientar la navegación,
no se hace hasta la época renacentista, aunque se supone que ya se había utilizado
este procedimiento anteriormente. Si pensamos que de este detalle pudo depender
el descubrimiento del Nuevo Mundo y el del camino hacia Oriente pasando por el
Sur de África, comprenderemos que sin el avance técnico hubiesen quedado
malogradas gran parte de las aventuras marítimas renacentistas. Gracias a este
avance el hombre logró tener una idea geográficamente exacta del mundo,
librándose de errores que por entonces se revestían del prestigio dogmático,
apoyados en conceptos antiguos, y formándose por lo tanto una nueva concepción
del universo; concepción que, con la doctrina de Copérnico, obliga al hombre a
renunciar a la idea que sobre el universo tenía la Edad Media, y a admitir que
la tierra, la habitación del hombre, no es el centro mismo del universo,
creando así una de las más graves angustias que pueden presentarse a la humanidad. De no ser porque
no había muerto en la Edad Media el espíritu de navegación, y porque el
pensamiento, a pesar de todos los obstáculos de la época, no había cesado de estar
en marcha, no podríamos explicarnos esa naturalidad, esa ausencia de asombro
con que reciben las nuevas ideas los contemporáneos de los descubrimientos y de
las invenciones, que en muchos casos quedaban más maravillados ante el hallazgo
de una Venus o de un viejo texto griego o latino, que ante los más
sorprendentes descubrimientos e invenciones. Las cuestiones suscitadas por el
nuevo concepto del universo, que echaba por tierra toda la cosmografía
medieval, quedaron para la reflexión de siglos posteriores, sin que aun hoy
mismo podamos decir que están resueltas.
Con el invento de la nueva brújula y
del reloj portátil, coincidiendo con el reacopio de todas las antiguas teorías
mediterráneas, y con las necesidades comerciales de hallar una ruta mejor y sin
peligros para llegar a Oriente, al viejo mundo de las especies, todas las
naciones de capacidad marítima, especialmente España y Portugal, se lanzaron a
heroicas empresas, resultado de las cuales fue el descubrimiento de América,
continente hasta entonces desconocido, a pesar de una confusa y extraña leyenda
nórdica según la cual los navegantes vikingos habrían llegado al Nuevo Mundo
mucho antes. Y junto al descubrimiento del Nuevo Mundo, se adquiere el
conocimiento completo del lejano Oriente, del que hasta entonces apenas había
más noticias que las de algunos navegantes al servicio de empresas comerciales,
y los datos, en gran parte fantásticos que ofrecían libros y leyendas de la
antigüedad mediterránea. Por otra parte al que tuviera un conocimiento más
completo de los lejanos países orientales no le convenía de ningún modo la
divulgación del mismo, pues el comercio más productivo de Europa y,
principalmente, toda la riqueza de los principales puertos de Italia, dependía
del tráfico mercantil con aquellos países.
El descubrimiento, el 12 de Octubre
de 1492, de San Salvador, es la primera victoria decisiva del espíritu
renacentista. La tierra dejaba de terminar poco más allá de Finisterre, se
acababan las leyendas de que el planeta estuviese sostenido por columnas o por
elefantes, y el legendario mar de fuego, terror de todos los marinos, había
sido cruzado. No sólo se ensanchaba el mundo, no sólo se tenía una idea más
cabal de cómo estaba constituido, sino que se ensanchaba a la vez el campo del
pensamiento y de la investigación, y quedaban destruidas las teorías que en la
Edad Media parecían más indiscutibles. La existencia se veía de otro modo, y el
mundo tenía para la conciencia del hombre otra medida y otro significado.
El prodigioso impulso dado al
estudio de las ciencias naturales, en una época en que las especializaciones no
estaban aún definidas, demarcadas, determinó a su vez un amplio
desenvolvimiento de las demás ciencias. Junto con los descubrimientos de nuevas
tierras, de nuevos mares, de nuevos climas, de hechos naturales antes
desconocidos, comenzaron a florecer también nuevos principios, postulados y
métodos para explicar lo que se tenía por conocido.
Fueron
realizándose los descubrimientos, uno tras otro, así como la conquista de
imperios enteros con antigua civilización original, como México y Perú. Casi
cada día se descubría alguna tierra nueva, se observaba algún fenómeno
desconocido, se inventaba algún mecanismo, se imprimía algún libro raro y
maravilloso de la antigüedad griega o latina, y se fundaba algún centro de
estudios. El hombre salía del letargo bárbaro de los primeros tiempos
medioevales para entregarse a la actividad más febril que conoce la historia
del espíritu.
No es de extrañar, pues, que por
entonces circulasen ya las utopías más fantásticas que pueden imaginarse y que,
al quedar desamparada o vacilante la fe medieval, el mundo fuese absorbido por
la preocupación de obtener un orden terrenal independiente de las inquietudes
religiosas. Los afanosos estudios para completar el conocimiento material del
mundo hicieron olvidar, excepto en casos personalísimos, las búsquedas
religiosas realizadas antes, y se perdió aquella consagración de los tiempos
medioevales a los valores cristianos. Con el descubrimiento de tierras nuevas,
de hombres nuevos, de mundos nuevos, se descubre también el valor de lo hasta
entonces conocido. Así nace en el Renacimiento la primera idea del Estado
Moderno, el descubrimiento de las nacionalidades. Por entonces se funda, sin
que hasta ahora haya sido alterada aquella fundación, lo que hoy son
esencialmente España, Inglaterra, Francia, etc. y, en definitiva, lo que hoy es
Europa, pues el sentido de lo nacional había de ser unido al mismo tiempo al
sentido de lo universal.
Una actitud espiritual característicamente
renacentista es la universalidad de conocimientos. El hombre renacentista
dirige sus investigaciones y estudios por caminos múltiples, uniendo
indisolublemente todos los aspectos de la cultura, formando en este sentido una
unidad intelectual que es de envidiar en nuestros días.
Una de las consecuencias del
Renacimiento, explicable por el prestigio inmediatamente adquirido en nombre de
los descubrimientos e invenciones, fue la de crear en toda Europa un
extraordinario respeto y admiración hacia la inteligencia y el saber. Al señor
feudal le bastó con sus modales, su valentía, su fe religiosa, el conocimiento
de los problemas de su feudo, el cumplimiento de los mandatos de la tradición y
del linaje. Pero muy pronto les fue indispensable tanto a monarcas como a
señores, igual que a las nuevas clases pudientes, adquirir rápidamente los
nuevos conocimientos.
Y ello en toda Europa. El
Renacimiento no queda encerrado en la península italiana; abarca, más pronto o
más tarde, con mayor o menor brillantez general, a todos los países del
continente europeo. Cada país pone en el movimiento renacentista su sello
propio. En Italia se revive el viejo espíritu ordenado de Roma, y por eso es
una de las características más visibles de los renacentistas italianos el
sentido de la ley, la arquitectura, el rigor. En España la Edad Media no da por
perdida la batalla, y lo más vivo y firme del espíritu medioeval lucha
victoriosamente hasta lograr su íntima alianza con el Renacimiento; quizá por
eso se ha dicho con insistencia que el espíritu medioeval se prolonga en España
hasta mucho más allá de los tiempos renacentistas. En Francia, si bien el
aspecto italiano del Renacimiento domina en cortes y palacios, hay otro
movimiento más popular, más francés, más tradicional, que sin renunciar a las
nuevas tendencias espirituales, no olvida las fuentes medioevales de la nación.
Lo mismo sucede en Inglaterra, Holanda, Alemania, etc., y debido a ello, el
Renacimiento no consiste tan sólo en el mero hallazgo de estatuas, templos y
libros de griegos y romanos, en el descubrimiento geográfico de nuevos
continentes, y en la invención de nuevos instrumentos auxiliares para las
investigaciones científicas, sino que adquiere un sentido propio en cada país y
en cada hombre, y en virtud de este sentido el país se descubre así mismo y el
hombre ahonda en los conocimientos sobre su existencia misteriosa. Sin esta
preocupación renacentista por ensanchar también la medida del hombre,
ahondándose, y la medida del país, buscando sus raíces, su destino, su genio,
el Renacimiento no habría tenido más importancia, sin que ésta sea poca, que la
geografía, técnica, o arqueología. Es esta faz, la faz espiritual del
Renacimiento, a nuestro entender, lo que caracteriza al nuevo movimiento
europeo. La preocupación metafísica, que había llegado a ser una preocupación
de orden formal, se transforma en una preocupación íntegramente humana, viva,
que no queda desvirtuada a pesar de todas las arrogancias utópicas que hoy nos
pueden parecer ingenuas y desproporcionadas. Con el conocimiento más perfecto
posible de la antigüedad, la formidable amplitud del presente, y la difusión
del saber humano, casi popular por primera vez en la historia del mundo,
comienza la participación colectiva en la conquista del espíritu. Y en ellos
reside el carácter revolucionario principal del Humanismo y del Renacimiento.
Las monarquías dejan de ser haciendas administradas por el rey para convertirse
en auténticas naciones poco a poco, y cada vez más organizadas por un pueblo.
El hombre deja de considerarse habitante accidental de este mundo y obra en la
tierra de acuerdo con unos principios permanentes que le obligan a poner en
cada creación suya el sentido duradero que le exige su sueño de eternidad.
Algunos autores han considerado que
el Humanismo es un hecho aparte, que en cierto modo precede al Renacimiento.
Está generalmente aceptado que el estudio de los clásicos griegos y latinos,
imperfectamente conocidos a lo largo de la Edad Media, determinó una profunda
crisis de escolasticismo medieval. Más no podemos separar al espíritu humanista
del espíritu renacentista sin hacer que se resientan en su raíz ambos
conceptos, que en el fondo son floraciones de un solo movimiento del espíritu.
Los dos están caracterizados por la devoción a las artes y las ciencias
antiguas, así como por el método crítico basado en la observación y en la
comprobación experimental. Hay otro criterio vulgar, también erróneo, que da
como absoluta la oposición entre el Renacimiento y la Edad Media. Es cierto que
frente a la cultura clásica vemos dos actitudes esencialmente diferentes: la
actitud medieval aristocrática, de un lado, y del otro la actitud burguesa del
Renacimiento. En la primera participan, más que los mismos nobles, los hombres
de la Iglesia en cuyos conventos permanecen guardados los documentos clásicos,
conciliados en lo posible, durante la Edad Media, con el dogma, como lo
demuestra el hecho de que un monje de París hiciese una copia del Ars
amandi de Ovidio, dedicándola en loor de la Virgen María.
En realidad el Renacimiento, desde
el punto de vista histórico, es la época en que tiene lugar el tránsito de la
Edad Media a la Edad Moderna.
Hoy es imposible hablar de
Renacimiento sin considerarlo como el albor del espíritu moderno, caracterizado
por su fervor a los principios científicos, tanto como por el empleo práctico,
cada vez en mayor escala, de esos principios, dando lugar a la aparición de una
energía social típicamente moderna: la técnica.
Y el espíritu moderno está
profundamente unido al desarrollo del comercio, siendo los comerciantes, los
burgueses, quienes desde el Renacimiento vienen decidiendo el desarrollo del
destino de los países. Hasta tal punto había adquirido la burguesía, casi desde
su nacimiento, conciencia de la misión a que estaba destinada, que la de
Florencia promulgó en el año 1293 unas Ordenanzas de Justicia, que separaban a
la nobleza de los asuntos del Estado.
La base del renacentismo, desde el
punto de vista social, radica en las corporaciones burguesas, que desarrollan
el comercio y crean la banca, y que, en el orden cultural, dan fisonomía al
Humanismo. Colón, hijo de un tejedor, descubre un mundo; Copérnico, hijo de un
panadero, descubre las leyes del movimiento de los astros, y Jacobo Fugger crea
la gran banca moderna. En busca de Fugger van los emperadores y los Papas
cuando necesitan oro, el oro obtenido con el tráfico de lana, seda, especias.
Carlos V lo nombra consejero áulico; el Papa, Conde Palatino. Y como él, Ango
en Dieppe, y Chiggi en Siena.
Para tener una idea de la potencia
de estos banqueros, precursores de la economía actual, bastará recordar que
Jean Ango bombardeó las costas portuguesas y bloqueó Lisboa porque los portugueses
habían asaltado uno de sus navíos. El Rey de Portugal hubo de ofrecerle la paz.
Se calculan en cien navíos que tenía
Chiggi, y en veinte mil los empleados que trabajaban en su sucursales. De esta
raza mercantil son los famosos Médicis de Florencia, descendientes de
cardadores de lana, que adquirieron poder y nobleza a medida que fueron
adquiriendo fortuna. A fines del siglo XIII vemos unos Médicis al frente del
Cuerpo de los Oficios; a principios del XV otro Médicis es confalonero de la
ciudad; hacia la mitad del siglo XIV, Cosme de Médicis es el señor de
Florencia. El oro hace de este celebrado mecenas una de las primeras potencias
de Europa, y cuando el Rey de Nápoles pacta con los Venecianos, en contra de
Médicis, éste no le hace frente con las armas; cierra sus establecimientos de
crédito, y las dos potencias enemigas tienen que capitular. De esta manera se
creaba un nuevo señorío que sustituiría a la nobleza: el señorío del oro, cuyas
leyes regirían el mundo hasta nuestros días.
EL RENACIMIENTO
EN ITALIA
La simple
relación de los nombres más importantes del movimiento renacentista italiano
ocuparía el espacio correspondiente a un capítulo de los más extensos del
presente trabajo. No es posible, sin embargo, dejar de citar, al menos, algunos
de los nombres que en las diferentes actividades del espíritu contribuyeron a
dar brillantez sin par a la Italia renacentista.
Sucede con respecto a los momentos
estelares de la cultura que, pasados los años, sólo se destaca un pequeño
grupo, entre los que tomaron parte en ellos, el de los grandes genios, pasando
a un olvido relativo, e injusto desde luego, los otros, muchos de los cuales,
si se hiciera una justicia estricta, merecerían la más alta consideración.
Tomando al azar los primeros nombres
que se nos vienen a la memoria, daremos una pálida idea del conjunto de
personalidades del Renacimiento italiano, pero no podemos hacer otra cosa si es
que queremos a pesar de la brevedad del espacio, dejar más adelante señaladas
las direcciones fundamentales del Renacimiento en los países principales. ¿Cómo
prescindir de los nombres ya simbólicos de Alejandro Sexto, de Bocaccio, Dante,
Rafael, Brunellesco, Aretino, Georgione, Donatello, Baltasar de Castiglione,
Benvenuto Cellini, la familia Colonna, los Sforza, la familia de Este, los
Farnesio de Parma, Giotto, los Gonzaga de Mantua, Fray Filippo Lippi, Ludovico
el Moro, Aldo Manucio, los Médicis, los Montefeltro, Andrea navegero, los
Orsini, Pietro Perugino, Pico Della Mirandola, Cola di Rienzi, Jacopo
Sannazaro, Andrea del Sarto, Savonarola, Bernardo Tasso, Torcuato Tasso,
Lorenzo valla, Giorgio Vasari, Giovanni Bellini, Verrocchio, Sandro Boticelli,
Vittore Carpaccio, y tantos otros? Todos ellos, cada uno en su vocación,
pusieron en la gran aventura renacentista su saber y su alma, y ni uno solo de
ellos puede considerarse perdido para los intereses esenciales y permanentes
del espíritu. Más, una vez cumplido nuestro compromiso de lealtad a su memoria,
pasemos a considerar en su conjunto, a través de los hechos y figuras cumbres,
las características del Renacimiento en Italia.
Desde la caída de Roma, en la
península itálica había quedado reunido, como en un cofre oculto, parte del
tesoro de la antigüedad griega y latina. El hundimiento del Imperio Romano
significó la decadencia absoluta de Italia como potencia europea sin que los
nuevos poseedores de la península lograsen, amalgamando sus fuerza a las
nativas, constituir una fuerza de carácter nacional, encauzada en un reino, una
república o un principado único. La experiencia de Carlo Magno de Francia, la
experiencia del Imperio católico germano-romano de Alemania, y la experiencia,
contemporánea al Renacimiento, realizada por los Reyes católicos en España con
la victoria final sobre los árabes, estaba Italia destinada a realizarla mucho
tiempo después. Esto ocurrió a pesar de ser una característica del renacimiento
el impulsar las nacionalidades, pues hasta entonces los países actuales no
habían alcanzado las condiciones necesarias para advertir el profundo sentido
de comunidad nacional que les daba su unidad social, geográfica, económica y
cultural; ni siquiera se hacían visibles estas condiciones en el terreno
administrativo, ya que debido a la debilidad de los reyes, por una parte, y a
la ausencia de conciencia nacional en el pueblo, por otra, cada uno de los
grandes señores feudales era un absoluto jefe de Estado en sus vastas
posesiones, y de esta manera cada nación actual constituía de hecho tantas
naciones como pueblos y tierras estuvieran bajo el amparo y dominio de diversos
señores.
El pujante desarrollo del comercio y
de la industria crearon en Europa una nueva clase, que se unió en torno a los
reyes, aportando la energía y los medios necesarios para mermar definitivamente
el poder de los señores y cambiar radicalmente la organización económica y
política de Europa. Esta nueva clase es la burguesía. El burgués es el
habitante del burgo, de la ciudad, que no depende directamente de las leyes de
los señores, sino del rey, y que en nombre de éste se gobierna a sí mismo a
través de cabildos y concejos. A partir de entonces, frente a las Villas
torreadas de los señores se alzan los burgos comerciales, también en muchos
casos torreados y con ejército propio.
Puede decirse sin lugar a dudas que
antes del descubrimiento de América son los puertos italianos los nudos
comerciales de Europa. Italia había perdido su poderío como centro del Imperio
Romano, pero su situación geográfica la convertía en la llave comercial del
Mediterráneo, mar que constituía el único camino hacia Oriente. La
extraordinaria riqueza de la burguesía italiana concentrada en ciudades que
reunían fortunas incalculables, como Génova, Venecia o Florencia, hacía de ella
pa presa codiciada de las potencias más occidentales de Europa. Al mismo tiempo
la rivalidad comercial entre estas ciudades era la clave de la división
italiana, división aprovechada constantemente por los príncipes extranjeros.
Esto explicaría, debido a esas inmensas riquezas y al contacto de sus
mercaderes con las culturas orientales, el carácter lujoso y universal del
Renacimiento italiano. Y también sería la explicación de por qué siendo Italia
la fuente inicial de ese maravilloso Renacimiento de la cultura en el aspecto
artístico e intelectual, fuese en cambio el país que más ha tardado en resolver
los problemas políticos nacionales que planteaba el Renacimiento. Italia
alcanzó así, muchos antes que su madurez política y social, su madurez
intelectual. Mientras, por ejemplo, en España se forjaba un profundo sentido de
la nacionalidad con la participación del pueblo, en Italia los principados, las
ciudades y señoríos, dependían del gobierno de monarquías extranjeras. La
disolución, la disgregación de la moral italiana en el Renacimiento, el
relajamiento de las costumbres, que llegó a contagiar al mismo centro de la
Iglesia católica, podría tener como orígenes sociales tanto el excesivo influjo
de la riqueza como la disgregación política de la península y la falta de una
inspiración integradora.
Hemos visto ya que el Renacimiento
no nace de un falso vacío medieval sino que es la floración superior de la
capacidad creadora medieval, realizada en los siglos XIV y XV, aunque arranque
desde antes del XIV y en muchos países no termine hasta el siglo XVII. Pero
hacía falta un hecho, una chispa capaz de dar lumbre y orientación, capara de
hacer que cuajase todo aquel vago afán que el hombre venía conteniendo a lo
largo de los difíciles siglos de la Edad Media. En el terreno de las artes y de
las letras, como en el terreno científico, ese hecho lo constituyó el amplio
redescubrimiento de la cultura latina y de la griega, sobre todo de la griega,
sólo entrevista durante los siglos medievales. Asombra observar hasta qué punto
los pueblos y los hombres que se encuentran a obscuras en su época pueden
hallar el camino de la salvación tomando como punto de partida el
descubrimiento de una hasta entonces ignorada luz de siglos anteriores y
distantes. Hay gentes que quieren ver en el Renacimiento, sobre todo en el
italiano, tan sólo una copia, con intentos a veces acertados, de imitar la
perfección de la cultura griega. Pero la acción principal de la cultura y arte
griego en el período renacentista no ha sido exclusivamente la de servir como
modelo. Los hombres del siglo XV estaban separados del alma griega por algo
fundamental; el sentido cristiano de la muerte. En efecto, a pesar de la
violenta presión que sobre los espíritus renacentistas italianos causaron los
hallazgos de estatuas y manuscritos, de leyes y de mitos del mundo heleno, no
hay que olvidar que en la misma Grecia se había perdido lo que más
esencialmente anhelaba el hombre de la sociedad griega: la concepción pagana
del mundo. No se podía olvidar de la noche a la mañana que desde la palabra de
Cristo hasta la Edad Moderna hay en el espíritu una fuerza central de
preocupación: la idea de la eternidad.
¿Y no podría tal vez explicarse el
carácter turbulento, libertino, y la moral acomodaticia que tanto resaltan en
la fisonomía política y social del Renacimiento italiano, por la dificultad de
conciliar la concepción pagana del mundo y la cristiana? Es cierto que en
Italia los intentos de resurrección del paganismo griego tuvieron decididos
partidarios. Decididos íntimamente, aunque por fuera se siguiera manteniendo la
fórmula católica a todo trance. Algún Papa del Renacimiento posiblemente
tuviese un sentido del mundo más pagano que Sócrates o Platón…
Más esos intentos paganizantes, ese
desquiciamiento del orden cristiano, fue provocado tan sólo debido a prestigio
de los frutos de la inteligencia creadora de Grecia, haciendo que de rechazo se
convirtiera en un mandato de la moda, la imitación de las costumbres griegas
adaptadas a las nuevas circunstancias.
Jacob Burckhardt, en su famoso libro
sobre el Renacimiento italiano, observa, por un lado, esta influencia netamente
pagana, y por otro, la influencia serena de Platón, autor conciliable con los
principios esenciales del Cristianismo. Ello da lugar que en el seno del
Renacimiento exista una poderosa corriente neoplatónica sostenida tanto por los
hombres más cultos de la Iglesia como por los escritores y artistas. Pero
aunque la fuente principal de la nueva época sea el mundo helénico, no es éste
el único dato que hay que tener en cuenta para un entendimiento cabal del
proceso renacentista.
El temor a las invasiones turcas
obligó a la iglesia de Constantinopla a buscar y concertar la alianza con la
Iglesia de Roma. Quedaba así solucionado el viejo y profundo cisma que había
dividido a la Iglesia Católica. Las razones que habían motivado esta división,
la principal de las cuales fue la división misma del Imperio Romano de
Occidente e Imperio Romano de Oriente, habían desaparecido. Y en su lugar
advino una situación tan favorable a la unidad de la iglesia, como lo anterior
lo había sido su división. Realizada la fusión, entró en Europa, infiltrándose
en el corazón mismo de la Iglesia Católica, el espíritu de la Iglesia de
Oriente, en la que predominaban los griegos, viniendo así este hecho a
favorecer extraordinariamente el descubrimiento de la cultura griega. Pues es
un hecho, conocido que en Occidente, en determinado momento no había un solo
europeo que tuviese íntegro conocimiento del idioma griego. A propósito de este
curioso recordar, como homenaje además a la devoción de Petrarca por la cultura
griega, que esta gran poeta italiano, uno de los más completos humanistas de su
tiempo, copió un manuscrito griego entero sin entender ni los signos del
alfabeto.
De Constantinopla vinieron entonces
a Roma griegos que facilitaron y difundieron el conocimiento de los textos
antiguos, no sólo a través de traducciones sino enseñando también el idioma.
Nos dará una idea de la importancia extraordinaria que llegó a alcanzar el
dominio del griego, el hecho de que Besarión, venido de Constantinopla, llegó a
causa de ello a ser Cardenal de la Curia y estuvo a punto de ser elegido Papa.
Así, pues la alianza de
Constantinopla trajo de repente al mundo occidental europeo dos tesoros de
incalculable valor; uno, el instrumento intelectual principal del Renacimiento,
la lengua griega; otro, la experiencia y el conocimiento de la sociedad y de
las culturas orientales. Con este hecho, unido al de los descubrimientos e
invenciones de que hemos hablado anteriormente, queda caracterizado el mundo
renacentista, siempre a través de Italia, en tres dimensiones: la
reconstrucción del pasado, el dominio del presente en toda su extensión, y la
crisis moral y científica que anunciaba la búsqueda de una nueva concepción del
mundo, independiente de las explicaciones que se tenían por dogmáticas. Esta
independencia respecto de ciertas tradiciones de la Iglesia Católica, que sobre
todo entre las clases cultas italianas se manifestó acusadamente, trajo
consigo, tanto en el terreno del arte como en el de la medicina, el redescubrimiento
del hombre. Al lado de la teoría heliocéntrica de Copérnico podían considerarse
como dos los rasgos más significativos del Renacimiento, la aparición en la
pintura del desnudo y el descubrimiento del paisaje, así como el estudio, en
medicina de las leyes por las que se rige el cuerpo humano. Debemos en gran
parte al Renacimiento en el terreno de las aportaciones espirituales el sentido
de la libertad y universalidad de la cultura.
Bocaccio, Ariosto, etc., crean una
literatura que entra sin trabas en la descripción de las pasiones humanas, y en
una misma persona aparecen reunidas las cualidades correspondientes a varias
vocaciones, a varias técnicas, a varios oficios. Dante tiene presente para su
formación literaria las experiencias de las culturas más dispares; Leonardo da
Vinci es a la vez pintor y arquitecto, dibujante y matemático, inventor y
mecánico. La observación, el análisis, la experimentación, pasan a ser el único
método de buscar la verdad. La realización material de las intuiciones, de las
ambiciones, en todos los órdenes, es un intento típicamente renacentista. Todas
aquellas disciplinas que durante la Edad Media habían servido al ideal
religioso, se orientaban ahora a las ciencias y a las artes, con el mismo ardor
que los ascetas ponían en su meditación.
Entregado a las aventuras
terrenales, no podía el hombre renacentista aceptar una realidad imperfecta.
Sobre todo el renacentista italiano, que tenía ante sí las esculturas de
Fidias, y los poemas de Homero, y que estudiaba la cuidada belleza que ponían
los griegos en todas sus cosas, incluso en los mínimos objetos familiares,
tenía que alejarse de todo lo que no pudiera convivir dignamente junto a la
perfección del arte griego. Y así como la perfección griega pagana corresponde
a los tiempos de madurez de la sociedad griega, la perfección cristiana
renacentista corresponde a la época de madurez del medioevo católico. Fra
Ángelico, Giorgione, Piero de la Francesca, etc., se encontraban ante un hombre
que no era el griego, ante el hombre cristiano. Por eso no podía su actitud ser
igual a la de los artistas griegos, paganos, aunque buscasen en éstos, del modo
más apasionado, la ejemplaridad. Esto se hace patente comparando el arte del
Renacimiento con el de los demás países europeos, en que la influencia helénica
fue mucho más débil. En el Renacimiento italiano prima sobre todo la ambición
de la belleza. En el Renacimiento del resto de Europa prima sobre todo el
carácter nacional: el dramatismo o la sensualidad, el sentido lógico o la
gracia, según el país de que se trate.
Habiendo una profunda reforma en
todos los aspectos esenciales, en el político con la liquidación parcial del
feudalismo, en el moral con las preocupaciones que causaban las nuevas teorías
científicas, y en todos los órdenes debido a la resurrección del espíritu
clásico a través del humanismo, no podía la Iglesia quedar al margen de tantos
cambios fundamentales. Hacía tiempo que se notaba una profunda inquietud en el
bajo y medio clero. Era necesario que la Iglesia tomase posición ante los
nuevos hechos y al mismo tiempo aprovechase las circunstancias para realizar
una purificación de sus normas, así como de las leyes internas por las que se
regía. La resurrección posible de un nuevo paganismo preocupaba por igual a
todos los sectores de la Iglesia, desde el Papado hasta los simples frailes.
Este peligro era mayor debido al relajamiento de las costumbres de un buen
número de sus miembros y, entre ellos, de los más encumbrados. Al mismo tiempo,
la unidad de la Iglesia estaba amenazada por el crecimiento de diversas
tendencias que habían surgido en su seno con respecto al dogma. Todas estas
causas dan origen al movimiento llamado más tarde la Reforma.
Al hablar del movimiento religioso
reformista, habremos de salir forzosamente del marco del Renacimiento italiano
para entrar de lleno en el movimiento humanista de los demás países de Europa,
principalmente, Alemania, España, Francia, Inglaterra. Alemania, que no estaba
aún constituida como nación, pues es otro de los pueblos retrasados en cuanto a
la formación de su nacionalidad, iba a la cabeza del movimiento reformista.
España, por intereses de Estado, y quizá por otras razones más hondas, a la
cabeza de la Contrarreforma, en defensa de las instituciones católicas tal como
estaban constituidas. Francia primero partidaria de la Reforma, como Alemania
acaba apoyando al papado. Inglaterra, con el canal de la Mancha por medio, con
menos temor a las armas españolas y al poder del Papa, crea su propia Iglesia
Nacional, la Iglesia Anglicana.
El Renacimiento italiano pierde la
primacía en el movimiento humanista a partir del planteamiento de las luchas
religiosas, quedando prácticamente, debido quizás a la inexistencia del Estado
italiano, al margen de la disputa. Las luchas religiosas habían de entablarse
fatalmente, pues el Renacimiento no podía concluir sin intentar dar solución a
la incertidumbre religiosa que había creado. Desde ese momento, Italia pierde
su papel dirigente en el movimiento renacentista, papel cumplido
espléndidamente, debiéndosele a ella un aspecto fundamental del Renacimiento:
la resurrección del sentido eterno de la belleza. Naturalmente, la realización
italiana de ese sentido de la belleza, como la que en cualquier país se haya
realizado antes o después del Renacimiento, no es la belleza modelo, la única
que deba servir de ejemplo. Pues la belleza se manifiesta en cada país, como en
cada hombre, de un modo distinto, teniendo como puente de unión tan sólo un
principio unitario común que la hace universal: ese encanto, esa adivinación,
esa revelación de los sueños recónditos, esa expresión graciosa del
conocimiento que sólo en ella puede darse.
Entre todos los artistas italianos
que la cultivaron, han trascendido principalmente tres: Miguel Ángel, Leonardo
da Vinci y Ticiano.
Aunque de toda la literatura
italiana del Renacimiento la que más ha trascendido es la escritura en
italiano, el movimiento literario en latín tuvo entonces un gran auge. Se
justificaba la admiración enorme que despertaba la antigüedad en la época. De
otra manera no se habría podido comprender cómo, poseyendo ya un idioma
italiano bastante perfecto, y teniendo en cuenta el sentido nacional que en
cada país creó el Renacimiento, los principales poetas y escritores italianos
escribiesen en latín. Junto a esta admiración, aunque quizá consecuencia de
ella misma, otras dos causas justifican la latinización de la literatura
italiana: el orgullo que sentían por el antiguo genio peninsular, de una parte,
y por otra, no menos importante, la de que el latín era el idioma internacional
de entonces. En cuanto al valor de la poesía neolatina, nada más claro podemos
decir que lo ya apuntado por J. Burckhardt: “quien en las artes no tolera
formas derivadas, quien no siente fervor por la antigüedad, o, inversamente, la
considera mágicamente inaccesible, intangible o inimitable; quien finalmente,
no sabe de indulgencia ante poetas que –por ejemplo- tuvieron que exhumar o
adivinar multitud de cantidades silábicas…, quien así sienta y piense, más vale
que no se ocupe de esta literatura. Sus más bellas obras no fueron creadas para
desafiar una crítica absoluta, sino para recreo y delicia de los poetas mismos
y de millares de contemporáneos.”
Hoy Petrarca no es admirado por su
poema épico África, un canto al genio
de Roma y a Scipión, sino por sus sonetos amorosos. Pero en el siglo XIV su
poema épico parece haber tenido gran circulación y haber causado incomparable
entusiasmo. Lo mismo sucede con las obras de Bocaccio: no es pos su Teseida, reconstrucción del mito de
Teseo, por lo que lo admiramos en nuestros días, sino por su maravilloso libro
de cuentos, el Decamerón.
Bajo la influencia latina. Loa
poesía italiana renacentista adquiere a la vez las dos formas de la poesía
clásica: la mitológica y la bucólica, naciendo allí el género que más tarde se
trasladara a toda Europa con el nombre de poesía pastoril. La lectura de los
principales poetas latinos, Horacio, Ovidio, Tíbulo, Propercio, Virgilio y
Cátulo en la lírica, en sus textos completos, estudiados filológicamente hasta
llegar al conocimiento exacto de todas las medidas silábicas de la poesía
latina, vino a cerrar el largo proceso de imitación de ésta, proceso que se
desarrollaba desde principios de la Edad Media. Hasta los poetas considerados
como más fieles a las normas de la Iglesia recurrieron al empleo de las
fórmulas líricas latinas, no sólo en cuanto se refiere a la métrica, sino
también al simbolismo pagano. El más famoso de estos, Jacobo Sannazaro
(1456-1530), en su poema De partus
virginis en 1526, narra el nacimiento de Cristo, utilizando a la vez la
cultura clásica greco-latina y la bíblica.
Así como en las demás naciones de
Europa el Renacimiento precede a las edades de oro, al auge de las literaturas
nacionales, en Italia se produce a un mismo tiempo el movimiento renacentista y
la edad de oro de la literatura italiana. Las mismas personalidades que han
estudiado, escrito y divulgado las lenguas clásicas, han estudiado, escrito y
divulgado la lengua nacional italiana. Desde luego, hoy consideramos que la
poesía de más valor del Renacimiento italiano es la que ha sido escrita en la
lengua nacional. LO mismo sucede con la prosa. Dos poetas, el Tasso y Ariosto,
han alcanzado la cumbre de esta poesía nacional. Maquiavelo asume la
representación de la prosa. Luis Ariosto (1474-1533) es el autor de Orlando Furioso, cuyos cuarenta y seis
cantos han pasado a la posteridad como una de las obras fundamentales del
Renacimiento. La Jerusalén Libertada,
de Tasso es, junto al Orlando, otra de las obras maestras del Renacimiento.
Y ahora vuelve a plantearse otro
problema, que ambos poetas resuelven. El movimiento humanístico había quedado
confinado en las capas superiores de la sociedad. NO se podía hacer una
literatura nacional contando sólo con este sector. El pueblo seguía viviendo
con conceptos medievales. Por otra parte, frente al espíritu mercantil, al afán
de lucro, a la desmoralización final del Renacimiento italiano, que afectaba
incluso a espíritus superiores por la falta de las bases absolutas medievales,
se produjo un movimiento general de reacción que cristalizó en una nostalgia
del espíritu caballeresco y heroico, de los tiempos medievales. Frente a los
personajes amatorios resucitados por los humanistas, se recordaba el mito
medieval cristiano de la mujer, de la doncella. Frente a los héroes latinos que
iban a luchar por un Imperio, a abrir rutas para la riqueza de la patria,
sentíase la nostalgia del guerrero medieval, que iba a luchar por el honor de
su linaje, a defender doncellas desamparadas, a vengar agravios, a realizar
justicia y a defender la religión. Sin el entronque de la tradición medieval
con la antigüedad clásica, el Renacimiento hubiera acabado siendo tan sólo un
movimiento filológico, de carácter pagano, tan rígido, burdo e incompleto como
la misma escolástica, a la que había desterrado. Era necesario hallar el mito,
así como se habían hallado nuevos mundos, nuevas verdades científicas. La
mitología griega servía tan solo para adornar el lenguaje, pero el aliento, el
espíritu de ese mito no podía ser resucitado. El cristianismo había cavado
definitivamente con los dioses griegos, como tales dioses. Los héroes griegos
correspondían a una sociedad lejana, tan perdida ya en la época del
Renacimiento como los mismos dioses. Pero aún estaba reciente, y no
definitivamente cerrado, el mito medieval, de que era expresión máxima, por su
ejemplaridad caballeresca, la novela española Amadis de Gaula. SE trataba de resucitar el espíritu caballeresco,
pero capaz de resistir la ironía y la burla de la sabiduría y del sentido
crítico de los tiempos nuevos.
Se ha querido ver, tanto en la
literatura como en la pintura y en general en el Renacimiento italiano, la
lucha del idealismo humanístico contra el realismo medieval. Expresada así, la
afirmación es inexacta. Ni el renacentismo era tan idealista, ni la Edad Media
tan realista. Quizá porque la Edad Media renunciaba a contemplar serenamente
las bellezas del mundo, puesto que bajo su adorno veía crecer la muerte, cuyo
recuerdo era obstinación fundamental de los tiempos medievales, mientras que en
el Renacimiento se intentaba alcanzar la serenidad de la edad clásica, llamen
muchos idealismo a la representación preferente de la belleza, y realismo a la
representación obsesionada de la muerte y de los caminos que a través del
dolor, los padecimientos, las angustias, la vejez, conducen a ella. Pero
nosotros no podemos creer tan ingenuamente que haya una separación entre lo
real y lo ideal, de tal naturaleza que lo ideal carezca en absoluto de
contactos con lo real y que lo real merezca el desprecio de lo ideal.
El intento de fundir ambas
concepciones señala el punto de madurez del Renacimiento.
Si en la obra de Ariosto están
implícitos los temas de estas reflexiones, en la de Maquiavelo –El Príncipe-
está el fundamento de la política renacentista. Si bien los humanistas sentaban
el precedente necesario para las utopías, en cambio los príncipes utilizaban a
los condotieros, y empleaban toda clase de medios para conseguir el crecimiento
y la estabilidad de su poder.
El autor de los Discursos sobre Tito Livio y de la Historia de Florencia ha revelado como nadie la descomposición de
la sociedad al asimilar sólo externamente la cultura clásica y al perder el
asidero de la disciplina impuesta por la Iglesia Católica de los primeros
tiempos. Es representativo de los excesos y de la oscuridad moral de la
sociedad italiana de la época el nombre de César Borgia o Borja, hijo del Papa
Alejandro VI. Por otra parte, el poder eclesiástico se disputaba con tantas
complicadas maniobras y conspiraciones como el poder temporal.
Para comprender hasta qué punto era
ya oficial este modo de guerrear por los intereses personales sin reconocer
ninguna frontera moral, hasta qué punto era natural el mismo crimen, no bastará
con recordar una anécdota del gran cincelador Benvenuto Cellini. Cuando le
comunicaron al Papa Pablo III que Benvenuto había cometido una muerte, y no era
la única, el Papa respondió: “Hombres únicos en su arte, como Cellini, no deben
someterse a las leyes”. Esas palabras no son más que la prueba del hundimiento
moral del Renacimiento, que habría de dar lugar más tarde a la más grave
escisión de la Iglesia, al sobrevenir la Reforma. En cuanto al mismo César
Borgia o Borja, a quien se consideraba con razón el representante máximo de ese
espíritu neopagano, elegante, culto, audaz, de una capacidad de acción
verdaderamente notable, cometió por su mano innumerables crímenes, sin por eso
tener en su tiempo especial fama de cruel, tan natural llegó a ser el uso del
puñal y del veneno.
La serenidad alcanzada por los
humanistas a través de los clásicos le costó a la sociedad el despliegue de
todas las pasiones sujetas en los rigores medioevales. Se desataron los nudos
de la personalidad y el individuo entabló una lucha feroz para alcanzar
aquellos goces de la vida que le compensaran la ausencia del celo prometido en
los albores del cristianismo, derribado implacablemente por las nuevas ideas.
Sólo se vive una vez y esa vez hay que aprovecharla, parece ser la consigna
general. Y con el temor a la brevedad de la vida, los hombres se lanzan hacia
la rápida consecución de cuantos sueños les traza su destino y vocación. El humanista no tenía ninguna estabilidad, y
su destino dependía de que pudiera o no ganarse la voluntad del Mecenas. Este,
a su vez, necesitaba del humanista para prestigiar su casa, su nombre, su
señorío, y adornar con él su ambiente. Aquel rey de Francia que refiriéndose a
Ronsard decía: “A un buen poeta hay que cuidarlo como a un buen caballo”,
resumía en su frase la condición de los humanistas, que ora llegaban a las más
altas situaciones, ora caían en desgracia y perdían hasta la libertad o la
vida. Esto dio lugar a la corrupción cortesana del hombre de espíritu en la
generación renacentista, cuyo descrédito, en cuanto a su valentía moral y a su
vida privada, perdura aún hoy en los pueblos.
Sin embargo, los Médicis en
Florencia, Francisco I en Francia, y otros mecenas de los diferentes países de
Europa, facilitaron la expansión del Renacimiento, y a ellos se deben muchas obras
que se pudieron realizar gracias a su protección.
EL RENACIMIENTO
EN ESPAÑA
En España es
donde más tarda el influir el descubrimiento de la cultura grecolatina. Desde
luego, en los siglos XV y XVI, periodo de esplendor del Imperio español, los
españoles están demasiado atareados con sus preocupaciones de orden político y
militar. En esos siglos están en manos de España los destinos del mayor imperio
del mundo. Pero en el orden económico no hay en España la riqueza que existe en
cada una de las ciudades italianas y en muchas de las de Centro de Europa. El
oro de América iba a parar con más frecuencia a las manos de los grandes
banqueros no españoles que, financiaban las guerras que el Imperio sostenía,
que a las arcas del Estado.
En un estudio de esta brevedad es
imposible analizar las causas por las cuales siendo España, en aquel entonces,
el centro político del mundo y teniendo, aparte de su influencia general en el
territorio italiano, el dominio del reino de Nápoles, que heredaba la corona
española de manos de Alfonso de Aragón, no haya habido una mayor influencia del
despertar de las artes y de las letras italianas en el campo peninsular.
El periodo final de la Edad Media
española fue dedicado a la construcción de la unidad política peninsular. Las
invasiones árabes no habían dejado tiempo al desarrollo de otras aptitudes
generales que no fueran las militares y políticas. La nación estuvo en peligro
permanente de ser absorbida por el poderío árabe. De tal manera que el
florecimiento intelectual habido en España en los siglos XII y XIII,
principalmente en, en Santiago de Compostela, punto de concentración de la
cultura medieval; Aragón zona de enlace de la cultura provenzal y de la
galaico-portuguesa, y Cataluña, cuyo desarrollo espiritual estaba unido al
desarrollo del sur de Francia, del Languedoc, quedará interrumpido por las
luchas entre los diversos reinos y las que éstos mantenían en conjunto contra
los árabes.
Si bien España participa como las
demás naciones europeas de las influencias principales del Renacimiento, estas
sólo actúan aquí en su carácter político, por una parte, y por la otra en la
preparación humanística de un pequeño sector.
Así como en Italia existía ya una
burguesía que manejaba los recursos de un comercio floreciente, en España eran
aún los señores feudales el verdadero nervio dirigente del país. Es curioso
tener que hacer referencias a la pobreza del Estado y de las clases sociales
españolas, justamente en el momento en que su Imperio no tenía rival en el
mundo. La expulsión de los judíos y de los moros por una parte, dejando
abandonada como consecuencia la zona comercial de los judíos y la zona agraria
de los moros, y por otra parte la entrega de las mejores energías peninsulares
al ejército y a la armada imperial, hacían de España uno de los territorios más
pobres del mundo. La ausencia de grandes ciudades era otra de las consecuencias
de aquella situación. Y ya hemos visto que el Renacimiento es una corriente
civilizadora esencialmente ciudadana. En cuanto a España, por esa razón,
podemos afirmar hoy que no ha habido Renacimiento propiamente dicho hasta que
alcanza su madurez nacional, aprovechando tanto la beneficiosa influencia del
Renacimiento italiano como la no menos importante de la cultura árabe. Hasta el
siglo XVII no hay en España aquel esplendor de conjunto, aquel maravilloso
despliegue de la personalidad, aquel formidable racimo de grandes
individualidades que caracterizó al movimiento renacentista.
Además, España no fue conmovida,
como lo fue Italia, por el descubrimiento del paganismo y por las dudas que en
cuanto al dogma habían surgido entre los italianos, a raíz de las nuevas
teorías científicas y de los nuevos caminos filosóficos abiertos por los
humanistas. No es extraño que sea un hombre de la Iglesia, el Cardenal
Cisneros, quien de los primeros pasos para la organización de un grupo
humanístico en España. Ni tampoco es extraño que el primer resultado de la
acción de este grupo humanístico dirigido por Cisneros haya sido la publicación
de una Biblia. No podían concebir los españoles un Renacimiento que desbaratara
el orden cristiano por el que habían combatido durante siglos contra los árabes
y bajo cuyas banderas habían emprendido una de las mayores hazañas del periodo
renacentista: la conquista de México por Hernán Cortés y la del Perú por
Pizarro. En ningún momento de la historia de España se hay podido crear un
movimiento verdaderamente español, moderno, sin partir de las luces medievales
que han dejado en la península las nostalgias de una época de plenitud, sólo
alterada por las leyendas heroicas y religiosas. El verdadero Renacimiento
español se produce en el periodo del agotamiento del Renacimiento italiano, es
decir, unos dos siglos después de la acción de los primeros humanistas, en el
siglo XVII. Y es un Renacimiento que más que estar referido a las fuentes
griegas y latinas, descansa sobre las tradiciones populares españolas. Griegos,
latinos y renacentistas italianos son solamente acogidos en el seno del
espíritu español de los siglos XVI y XVII en cuanto a su influencia
civilizadora, sus maneras, su lenguaje depurado, su ordenamiento espiritual, su
riqueza de símbolos, podían facilitar una expresión de la cultura íntegramente
española. Aquellos dos siglos de oro acabaron ganando el máximo esplendor
creador en el orden intelectual mientras se producía el apagamiento completo
del genio político nacional.
Estas razones, entre otras, fueron
motivos de grandes polémicas entre los eruditos en torno a la existencia o no
existencia de un Renacimiento español en el sentido estricto de la palabra.
Claro está que en ese sentido, en el que se refiere el renacer de las maneras
griegas y romanas, sólo se puede hablar de la existencia de un Renacimiento
italiano, y ello sería debido, a que en Italia volvió a revivir, aunque en un
plano exclusivamente intelectual, el genio peninsular que antes diera a Roma su
preponderancia política en el Mediterráneo.
Podemos juzgar como un hecho
renacentista el de la reina Isabel la Católica aprendiese el latín para dar
ejemplo de admiración al Humanismo, pero no podemos comparar la actitud de
Isabel la Católica al obrar así con la actitud de las damas de la casa de Este,
o la cualquier mujer italiana. Si, en cierto modo, en Italia son los humanistas
los que llegan a apoderarse de los altos cargos de la Iglesia y la llevan por
los caminos que se proponen, en España es la Iglesia la que impulsa la
expansión humanística, pero poniendo ésta al servicio de sus fines y sin que
éstos choquen en ningún momento con los precedentes sentados por la
escolástica. Es ésa la razón por la cual España estaba preparada en el momento
oportuno para la lucha para la lucha contra el luteranismo. Mientras los
reducidos grupos propiamente humanísticos de España, relacionados con el
movimiento humanístico internacional, sobre todo con Erasmo, se encerraba en
sus investigaciones, o, cuando más, éstas sólo trascendían a algunos
dignatarios de la Iglesia y miembros de la corte, la Iglesia en su conjunto
tenía vivos contactos populares, como los tenía la corte y la aristocracia en
general. A los grupos humanísticos españoles les faltó por otra parte el
mecenazgo de los burgueses italianos, que estaban interesados, incluso por el
fortalecimiento político de su clase, en el movimiento anti-feudal de los
humanistas.
Decía Erasmo: “debo a España más a los míos ni
a otra nación alguna”. En efecto, mientras la Iglesia no advirtió el peligro
que para sus fines circunstanciales entrañaba el movimiento renacentista,
Erasmo tuvo en España fama y protección. No sucedió así cuando hubo que tomar
partido en Europa entre la Reforma y la Contrarreforma, pues a partir de
entonces el solo hecho de leer a Erasmo significaba en España la pena de
muerte.
La obra más característica del
Renacimiento español es la impresión de la Biblia llamada Complutense,
verdadero alarde de imprenta y
erudición. Constaba de seis tomos, cuatro correspondientes al Antiguo
Testamento, en griego, latín y hebreo; el quinto, al Nuevo Testamento, texto
latino y griego, y el sexto dedicado a un vocabulario hebreo-caldeo, principios
de gramática hebrea y relación de nombres. La figura central de este humanismo
español habría sido Antonio de Nebrija (1441-1522), autor de la primera
gramática castellana, que es a su vez la primera que se ha publicado de una lengua
romance, es decir, de una lengua derivada del latín. Hizo Nebrija también un
diccionario latino-español y otro español-latino, aparte de sus estudios
históricos y de su misión de cronista real, concediendo a la vez atención a los
problemas retóricos, pedagógicos, arqueológicos y teológicos.
Pero si puede considerarse a Nebrija
como el centro del Renacimiento español, el alma del mismo fue Juan Luis Vives
(1492-1540), catedrático en Valencia, París, Lovaina y Oxford, de quien dice
Menéndez Pelayo: “es el gran pedagogo del Renacimiento, es el escritor más
completo y enciclopédico de aquella época portentosa, el reformador de los
métodos, el instaurador de las disciplinas; invocó el testimonio de la razón y
no de los antiguos, y formuló por primera vez los cánones de la ciencia
experimental”.
Todavía estaban frescos los cuadros
paganos de los pintores del Renacimiento italiano y en su período de máxima
descomposición la sociedad renacentista, cuando en España comenzó a notarse la
influencia de la nueva cultura, no con el carácter neopagano, sino en dos
sentidos completamente distintos. Por un lado el recrudecimiento del realismo
medieval español, y por otro lado la exaltación de los valores religiosos que
había de crear el movimiento místico más sorprendente. Nótese, como reflejo de
la verdadera situación social española de la época, el nacimiento de la
literatura picaresca, por una parte, y el nacimiento de la poesía y literatura
mística. De un lado, la “Vida del pícaro
Guzmán de Alfarache” y el “Lazarillo
de Tormes”, de otro lado los poemas cristianos de Fray Luis de León, el
traductor del bíblico “Cantar de los
Cantares”, profesor de teología de la Universidad de Salamanca, y las obras
místicas de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz.
Es verdad que hubo una influencia
netamente italiana en la península, a través de los poetas Juan Boscán y
Garcilaso de La Vega. Este último crea en España un camino lírico similar al
que trazan en la literatura italiana los poemas de Petrarca. Y los sonetos de
Garcilaso siguen el curso apasionado de aquéllos, así como sus églogas
recuerdan a la poseía pastoril neolatina de Italia. Pero ni el enorme prestigio
que llegó a adquirir Garcilaso de la Vega descansó estrictamente en su carácter
renacentista, ni sirvió para despertar una excesiva atención por parte de los
españoles hacia la cultura italiana. Los versos de Garcilaso, medidos en el
molde petrarqueño, tenían en cambio alma española. Lo italiano servía en ellos
como instrumento perfecto para la expresión de un espíritu propio, pero la
lección neopagana pasó en España inadvertida.
Cuando nos referimos anteriormente
al desbarajuste del orden cristiano medieval, olvidábamos hacer constar que
España no participó en esa caída vertical de los principios religiosos del
medioevo, caída que arrastró consigo a la sociedad italiana. La vida española
sigue desarrollándose después de los descubrimientos y de los inventos
exactamente con la misma pausa que antes de los mismos.
Con la conquista de Granada no
quedaba cerrado el período de la unidad peninsular. Había de tardar siglos en
encaminarse la voluntad política y espiritual de los pueblos que componen la
península ibérica hacia la realización de su unidad. Pues es un principio
generalmente aceptado hoy el de que la evolución de España está caracterizada
por dos rasgos principales: uno, la supervivencia de caracteres medievales que
llegan hasta nuestro tiempo, y otro, la falta de unidad peninsular. Si bien muy
pronto España, como los demás países de Europa, se incorporó a los Estados
modernos, nunca se ha realizado allí en su totalidad la unidad social
indispensable para el desarrollo de un Estado moderno. La literatura picaresca,
iniciada en la época renacentista, aunque haya algunos precedentes anteriores,
es el espejo de la pobreza, el reflejo de los andrajos que vestían los
depauperados cuerpos españoles de la época renacentista. Es la literatura de la
pereza, del abandono, del escarnio, del hambre, del ingenio desplegado en busca
del alimento y del techo diarios, una literatura hecha de refranes que se
refieren al pan y a las longanizas, al vino y al hogar, a la servidumbre
maltratada, a los caminos polvorientos, sin amparo, es la literatura del hombre
que depende de un hidalgo que ya sólo tiene espada, y que si tiene criado es
con la vaga esperanza de que sea el criado quien lo alimente a él. ¿Qué tiene
que ver esta literatura con los arrayanes lujosos del Renacimiento italiano,
con las joyas de Venecia, los banquetes de Florencia, las sederías de Génova,
la radiante aventura de Roma? Si el Renacimiento español puede representar
algún estado social, alguna situación nacional, representa, a través del hampa
estudiantil y mendicante de la picaresca, la descomposición del Imperio
español. Descomposición que nada tiene que ver con las encrucijadas inmorales
de los ducados italianos, sino con el fracaso del genio político español. Por
otra parte, hasta que ese fracaso tenga lugar de un modo completo y se pierda
íntegramente el Imperio no ha de aparecer la generación genial –Cervantes, Lope
de Vega, Quevedo, Góngora, Velázquez, Murillo, Zurbarán- que interpretará ese
genio y lo reflejará en una literatura y en un arte que han de tener las más
profundas repercusiones en el mundo.
Esto era la literatura picaresca,
preñada de modismos populares, de costumbres, de verdades de a puño, de
gracejos y picardías, de ingenio verdaderamente conmovedor. Era una literatura
que expresaba el pensamiento español de la época, cuajado de desconfianza, de
desasosiego y de temor ante la caída del Imperio. Junto a la picaresca es la
literatura mística la que da fecha al comienzo del Renacimiento español. El
lenguaje culto de Garcilaso de la Vega no tiene el origen popular que tiene el
lenguaje de la picaresca, por una parte, y el lenguaje de Santa Teresa por la
otra. Santa Teresa habla de Dios como el pícaro habla del pan difícil de ganar.
El lenguaje de Santa Teresa es un lenguaje llano, casero, pero que corresponde
a esa difícil llaneza que hace más claro el fluir del pensamiento en el momento
en que nace un idioma. Porque aunque el castellano hubiera ya creado obras
eternas antes del período renacentista, realmente hasta la picaresca y la
mística no alcanza a cuajar ese gran idioma que había de servir después de
principio inmejorable para la creación del lenguaje de Quevedo y de Cervantes.
El movimiento místico y escéptico era, en el orden terrenal, un movimiento
tendiente a purificar la Iglesia y a hacer que sus miembros renunciaran
íntegramente a los goces del mundo. Y su lenguaje era el lenguaje del pueblo,
como lo era el de la picaresca y el de los romances. A ello se debe que el
místico español al hablar de las más altas cumbres religiosas, y reflejar el
estado máximo de religiosidad en sí mismo, lo haga empleando un lenguaje tan
real, tan violento en algunas ocasiones y tan tierno y sencillo en otras, en
lugar de utilizar como instrumento expresivo el idioma de las gentes cultas de
la época: el latín.
En el Renacimiento español ha tenido
más repercusión el conocimiento de la literatura oriental a través de los
árabes, y el conocimiento completo de los textos bíblicos, que ninguna otra
cosa. Todavía en pleno siglo XVII, y en plena inquisición, se habla de Platón y
de Aristóteles interpretándolos de una manera cristiana. Lo mismo sucede con
Horacio, con Virgilio, con Cicerón, etc. Lo que en Italia habían motivado una
tendencia a separarse de los principios católicos, en España significa todo lo
contrario, convirtiendo a los filósofos y a los poetas del paganismo clásico en
verdaderos auxiliares del catolicismo.
Igual que en el caso de la
literatura mística y en el de la picaresca, sucede en España con las artes y
con la literatura en general, tanto renacentista como perteneciente a la Edad
de Oro. Mientras que no podemos decir que la pintura italiana es una pintura
popular que refleja un pensamiento, un sentimiento, una actitud de la
sensibilidad y de la moral populares, por el contrario en España no hay una
sola obra de arte de valor universal que no haya nacido al calor del pueblo. Y
como el pueblo, frente a la derrota del Imperio, recordaba con nostalgia un
pasado esplendor medieval, esplendor que no sólo se medía por las riquezas
materiales sino por las relaciones espirituales entre una región y otra, entre
una clase y otra, entre un hombre y otro, la literatura fue a buscar para
nutrirse, no de las epopeyas clásicas de griegos y romanos, sino de los hechos
heroicos medievales en los que prevalecían los sentimientos hidalgos que el
cristianismo primitivo había inculcado a los pobladores de la península. En una
etapa de decadencia social y política el escritor brindaba al pueblo el ejemplo
de los tiempos pasados, cuando la justicia era una función que incumbía tanto a
la dignidad del rey como a la del pueblo, tanto a la del señor como a la del siervo.
Y ese ideal de justicia, de orden social verdadero, de dirección espiritual
segura, es lo que reflejan las obras de los principales autores españoles. La
influencia del Renacimiento italiano les dio a estos el conocimiento de los
métodos críticos, que podían ser ejercidos en la comparación de las literaturas
antiguas entre sí y con las contemporáneas. Les dio también un afán de
perfección, de altura, de ambición formal, que hicieron posible que los temas
violentos que abordaban hayan alcanzado una serenidad idiomática ejemplar, sin
perder por ello la condición realista que imponía el genio español.
Un poeta español de segundo orden,
pero de gran fama entre sus contemporáneos, Cristóbal de Castillejo, intentó la
fundación de un movimiento literario castellano tradicionalista en contra de
los que él llamaba españoles itali9anizantes, el más grande de los cuales era
Garcilaso de la Vega.
El movimiento fracasó no sólo porque
los ejemplos de su obra personal eran poco alentadores, sino porque no había
tal italianización. Hubo, es claro, gentes poderosamente influidas por el
maravilloso esplendor italiano, pero ni un solo autor de genio fue arrastrado
por aquella influencia. Los instrumentos de la influencia italiana, por ejemplo
Juan Boscán, íntimo amigo de Garcilaso, a quien le descubrió el género lírico
más característico del Renacimiento, junto con la égloga, el soneto, invención
métrica italiana, quedaron tan sólo como instrumentos, pero su obra creadora no
ha contado ni cuenta en el curso de la literatura española.
En definitiva Italia brindó a España
en la época del Renacimiento cuando ella había descubierto, tanto a los griegos
como a los romanos, y en España todo ello fue aprovechado como magnífico
vehículo para alcanzar la madurez propia. Pero no fue menor el préstamo que
hizo a la Península la cultura arábiga, la judía, y la tomada de todos los
países de Europa a través de sus dominios, y de la realidad americana a través
de sus colonizadores. El reagrupamiento y la ordenación de todas esas culturas
en el espíritu español, de todas esas influencias y experiencias, tiene lugar
en el siglo XVII.
Mientras en Italia se imita a los
poetas de Grecia y de Roma y se revive en la memoria del pueblo la épica griega
y romana, en España triunfa la novela caballeresca, cuyo más alto ejemplo, es
el Amadís de Gaula, había de ser salvado de la quema por Cervantes en la
célebre selección que se realiza en el Quijote. Frente a los héroes griegos,
distantes, incomprensibles, se alzan los héroes medievales, los vengadores de
agravios, los enderezadores de entuertos.
EL RENACIMIENTO
EN FRANCIA
El Renacimiento
francés gira en torno a tres grandes figuras: Miguel de Montaigne (1533-1592),
Rabelais y Pedro de Ronsard. Hoy está considerado Montaigne como la figura
humanística por excelencia del Renacimiento francés. Sus Ensayos han creado quizás la modalidad más peculiar de la
literatura francesa. Dotado de una firme preparación clásica, Montaigne,
encuentra la manera de expresar en su lenguaje nacional el pensamiento más
general de su país en la época, un escepticismo razonador, envuelto en una
sencillez de estilo y en un desarrollo lógico que ha sido base de la prosa
francesa posterior al Renacimiento. Si el movimiento humanístico italiano, si
la literatura española de la Edad de Oro han sabido encontrar la manera de
difundir la literatura clásica con el propio carácter nacional, también el
Renacimiento francés pudo hallar a partir de las humanidades clásicas su característica
propia. Habíamos visto cómo el Renacimiento italiano, neolatinizante, supo
despertar el antiguo genio itálico, y cómo el Renacimiento español, ahondando
en las raíces medievales peninsulares, supo preparar la madurez nacional del
Siglo de Oro. Si en España la dirección literaria que parece brotar a partir
del espíritu renacentista es la que impone la línea conceptista, barroca, y
culterana, en Francia, y principalmente en la figura de Montaigne, lo que se
busca con más anhelo es una claridad de expresión media que tenga validez
universal, aun a costa de los más grandes sacrificios, entre otros el de
renunciar al complejo espíritu medieval de Francia. En el Renacimiento francés
se produce con todas sus consecuencias la batalla que en España había tan sólo
intentada por Cristóbal de Castillejo. En efecto, la lucha entre los
representantes y continuadores de la tradición medievalista en contra de los
innovadores renacentistas adquiere allí sus máximas proporciones. Más la figura
de Montaigne no entra en estos combates. Desde su castillo, al que se había
retirado después de ocupar diferentes cargos mundanos, Montaigne, refugiado en
sus clásicos, se dedica a reflexionar sobre ellos. Este carácter reflexivo de
los ensayos, tranquilos, remansados, ha de crear los preclaros antecedentes de
la literatura francesa moderna, en la que es clave un escepticismo conformista,
sereno, sin amargores, como las características de la literatura española.
Crea Montaigne, lo que evolucionando
habría de llegar a ser el actual género literario conocido con el nombre de ensayo. Ningún otro género se presta
más a servir de vehículo a tanta serena reflexión circunscripta a observaciones
de orden parcial, a estudios enderezados hacia una demostración determinada en
los que se puede alcanzar, sin necesidad de la extensión y del ánimo necesarios
para emprender la realización de un texto completo, el esclarecimiento de los
problemas que el autor se propone..
Pedro de Ronsard es indudablemente
el poeta más representativo del Renacimiento literario francés y el verdadero
jefe de aquella amplia escuela literaria que se llamó Pléyade.
En 1549, casi simultáneamente,
aparecen la Defensa e Ilustración de la
Lengua Francesa, de Joaquín de Bellay, y las Odas Pindáricas de Pedro de Ronsard. La obra de Joaquín de Bellay,
amigo y discípulo de Ronsard, es el comienzo de una verdadera batalla contra
los neolatinizantes que consideraban que la lengua francesa no tenía riqueza
suficiente para servir a la expresión poética, y que debía quedar reservada
para el uso vulgar. En las obras literarias, según la tendencia de los
humanistas, debían utilizarse tan sólo las lenguas latina y griega, así como
sus formas y temas poéticos. Realmente, esta posición traía como consecuencia
el desdén hacia toda posibilidad de creación de una literatura nacional. Pedro
de Ronsard y Joaquín Bellay, junto a todo el grupo de la Pléyade –Ponthus de
Tiard, Remy Belleau, Etienne Jodelle y. J. Antoine de Baif-, intentan expresar,
para fortalecer la lengua francesa, el mundo latinizante y clásico en el idioma
propio. Es decir, por un lado se desvían de las tradiciones literarias
nacionales, y por el otro se apartan de los clasicistas recalcitrantes, para
quienes la creación literaria de los franceses sólo podía tener expresión a través
de los idiomas griego y latino. El grupo de la Pléyade se sitúa así en un punto
medio en el que era muy difícil mantener el justo equilibrio. Como documento
curioso, no sólo para la mejor comprensión de los problemas planteados por el
Renacimiento a la literatura nacional francesa, sino para un entendimiento
cabal de los problemas planteados a todas las nacionalidades de la época,
citaremos unos curiosos fragmentos de la Defensa
e Ilustración de la Lengua Francesa, que si bien lleva solamente la firma
de Joaquín Bellay tiene todas as características de haber sido escrita en
nombre de toda la escuela: las lenguas no han nacido de sí mismas, a maneras de
hierbas, raíces o árboles. Unas, enfermas y débiles en sus esperanzas; las
otras, sanas y robustas y más aptas para soportar el peso de las concepciones
humanas: más la virtud de todas ha nacido en el mundo gracias al querer y al
arbitrio de los mortales. Por esta razón no debemos alabar una lengua y
censurar otra, pues como se ve todas ellas vienen de una misma fuente de
origen: la fantasía de los hombres; y han sido formadas por un mismo juicio y
con un mismo fin: para significar entre nosotros las concepciones y las
inteligencias del espíritu. En verdad que, a medida que transcurre el tiempo,
unas llegan a ser más ricas que las otras. En este sentido, nunca reprocharé lo
suficiente la imbécil arrogancia y temeridad de algunos que en nuestra nación,
no siendo inferiores a los griegos y a los latinos desprecian o rechazan, todo
lo que se escribe en francés.
No sucede lo mismo en cuanto a
Rabelais. Fúndase éste, para realizar su obra literaria, en crónicas y
tradiciones medioevales. Su condición de renacentista no llega a velarle el
pasado literario de su pueblo, sobre todo la tradición popular de la literatura
nórdica francesa; médico, monje y escritor, a la vez que cortesano, es
Rabelais, el que representa de un modo más absoluto, en la generación
renacentista francesa, el espíritu burlón, satírico, lleno a la vez de humor y
sensualidad, aspectos que caracterizan a gran parte de la literatura medioeval
francesa. Francisco Rabelais, cuya obra Gargantúa
y Pantagruel ha cruzado todas las fronteras y ha logrado fama universal, es
el escritor que mantiene por encima de las innovaciones humanísticas las
condiciones narrativas que habían prevalecido en el campo humorístico francés
del medioevo. La reacción del Renacimiento contra el ascetismo medioeval, el
descubrimiento de la naturaleza y de los goces del cuerpo y del espíritu, se
concentran en Rabelais con más claridad que en ningún otro de los escritores
franceses. Es en este sentido el renacentista francés más completo, no en
cuanto a su imitación de los clásicos ni a la captación del sentido más
profundo del Renacimiento, sino en cuanto a su liberación de los impedimentos
medievales. Rabelais representa el moderno pacto entre las exigencias de la
sensualidad y los rigores que impone la Iglesia. Rabelais, anticipándose a las
actitudes más modernas, concilia en la tierra todos los matices de la “buena
vida”, con el respeto a las normas religiosas, condicionado éste a la tolerancia de la Iglesia para con sus
desvíos.
Es el impulsor de la sátira
francesa, amable e irónica, chispeante, que hace virtudes de los defectos y
defectos de las virtudes sin poner en ello la violencia justiciera que se
observa en las sátiras de otros países. La sátira francesa aun en los momentos
más agudos sabe mantener la tolerancia, la discreción, el encanto de las medias
palabras y de las medias definiciones. En la sátira española o en la italiana
brillarían en el curso de su desarrollo la ira y el puñal, el sentido vengador
de la justicia, el escarnio, el señalamiento de las virtudes y de los defectos
por su nombre. La sátira de Rabelais se levanta con una arquitectura suave e
inalterable, en la cual son los rasgos de burla rasgos equívocos que nunca
hicieron con saña. Está también destacado en su obra el valor de los apetitos,
común a toda una gran rama de la literatura francesa. Rebosante de graciosos
epigramas, de refranes y de patochadas,
todo ello entreverado de insinuaciones y reticencias, el estilo de Rabelais,
así como sus temas, representa la continuidad de aquel género de literatura
medieval del que decía de Bellay que sólo se podría tomar de él la piel y el
color.
Quizás debido al genio de Ronsard,
quienes vencen en la contienda no son los tradicionalistas, sino los
partidarios de desarrollar temas y formas grecolatinos en el idioma nacional. Y
al vencer los miembros de la Pléyade, no solo vencen en el tiempo enmarcado por
los años más propiamente renacentistas, sino que su victoria se extiende a lo
largo de la historia literaria de Francia en el curso de los siglos
posteriores. Había de tardar mucho en intentarse una revisión de la teoría de Bellay
y de Ronsard, así como el rescate de los valores tradicionales originalmente
franceses. Pero, además de los aportes generales que traen a Francia por el
solo hecho de representar al Renacimiento, tanto el grupo de la Pléyade como
los humanistas al estilo de Montaigne son los constructores de la actual lengua
francesa. En cuanto al espíritu más íntimo y propio, al que mejor representaba
el carácter y el genio de Francia, hubo un nutrido y suficiente grupo, que
desde Francois Villon hasta Rabelais mantuvo la llama del genio popular
francés.
EL RENACIMIENTO
EN ALEMANIA
Se caracteriza
especialmente por las influencias que rápidamente obtienen las predicaciones de
los humanistas en todas las clases del país, tanto en la ciudad como en el
campo. Por lo tanto es muy probable que sea en Alemania el único país en donde
podamos encontrar un ejemplo de los resultados de la acción de las ideas de los
humanistas, cuando ésta se efectúa directamente sobre el pueblo.
Dos pintores, Alberto Durero
(1471-1528) y Juan Holbein (1497-1543), son las figuras más universales del
Renacimiento alemán. Ambos representan por sí mismos toda una escuela de
pintura, la pintura alemana. Su obra pictórica significa para Alemania todo
para cuanto otros países pueden significar los más nutridos grupos de
humanistas dedicados a todas las materias propias de los estudios
renacentistas. Es Holbein uno de los primeros retratistas del mundo, y
especialmente uno de los retratos que hizo de Erasmo merece considerarse como
uno de los milagros de la pintura de la época. Si la pintura en general tiene
una profunda preocupación por la forma, la pintura alemana, tan
maravillosamente representada por estos dos prodigiosos maestros, tiene sobre
todo una preocupación de orden moral, preocupación que se advierte como una de
las características del pensamiento alemán en su conjunto. Holbein, que es un
alemán del sur, más unido que Durero al desarrollo de la pintura italiana,
tiene más emoción, es más humano. Los objetos y las personas de sus cuadros están
tan encarnados, más cercanos a nosotros que los objetos y las personas de los
cuadros de Duerero, los cuales, a pesar de la fidelidad exigente del dibujo, de
la composición y del color, parecen situados en un plano de orden mental más
que de orden real. Pero pudiera creerse que esta característica coincide con la
de la pintura italiana florentina, pues al referirnos a ella hemos utilizado
también las palabras abstracta e ideal. Sin embargo, nada tiene que ver, salvo
en aquellos aspectos del genio universal comunes a las artes de todos los
países, nada tiene que ver, repetimos, el idealismo de la pintura alemana con
el idealismo de la pintura italiana. El idealismo italiano persigue la gracia
suprema, el alemán busca el orden puro. En cuanto a la pintura española, hemos
visto ya que por su carácter realista tiene sus raíces demasiado aseguradas en
la tierra, en la verdad directa del mundo, para ser sujeto de comparación con
la pintura alemana, con la cual sólo podría tener un rasgo común: la severidad.
Parece como si la pintura alemana,
ante la ausencia de las otras artes, y ante la ausencia incluso de un
pensamiento alemán de orden renacentista en general, como por ejemplo que en
los demás pueblos contribuyó a la formación de la nacionalidad, hubiera asumido
la responsabilidad de representar ella sola, o principalmente, el carácter, el
genio y la personalidad alemanes.
Por otra parte, la pintura alemana
participa también de la influencia del Renacimiento en los Países Bajos, que en
el orden histórico –principalmente en Holanda, en donde tiene origen la técnica
de la pintura al aceite- han contribuído con uno de los centros más importantes
y originales de la época. Pero sin duda el genio alemán por excelencia, las
dotes nacionales del espíritu de su pueblo, están representados mejor que nadie
por Alberto Durero. En este pintor unos de los más perfectos de su tiempo y sus
grabados están considerados como los más valiosos del género.
No priva en Durero el influjo del
recuerdo clásico de griegos y de romanos, sino la tradición medioeval alemana.
El tema del caballero, de la muerte y del milagro, es, por decirlo así, el tema
constante y esencial de Alberto Durero. Sus realizaciones tienen una precisión
tenaz, lógica, rigurosa, pero en ellas, a pesar de todo esto, está presente un
espíritu atento y vivo. La t5écnica prodigiosa que ha llegado a alcanzar su
pintura no ha oscurecido su capacidad expresiva.
En cuanto a Holbein, autor de los
más espléndidos retratos de su tiempo, podemos decir que se han manifestado en
él condiciones más humanas que humanísticas.
Citaremos entre las obras de Durero,
El Caballero y la Muerte, La Melancolía,
San Jerónimo en su celda, tres grabados de acabada maestría y de completo
sentido novelesco y medieval. Entre óleos recordaremos tan sólo sus
autorretratos, que han servido después de modelos para las pinturas de Cristo,
debido a que coincidían con la idea que se tenía de Jesús, en sus
características externas. De Holbein, aparte ya del citado retrato de Erasmo,
recordaremos el más conocido de Enrique VIII, de quien fue pintor de cámara en
Inglaterra, y El Mercader, una de sus
obras más apegadas al estilo flamenco, con el que compartió su admiración por
la pintura veneciana.
El principal humanista propiamente
alemán, pues Erasmo sólo lo es accidentalmente debido a la circunstancia de
estar en ese tiempo Holanda unida a aquella nacionalidad, es Ulrico de Hutten
(1488-1523), del linaje más puro de la aristocracia de Franconia. Unió a su
ocasión por la antigüedad la ambición de contribuir a la reforma de la Iglesia,
siendo uno de los principales propagandistas de Lutero. Sus panfletos tienen la
belleza del latinista perfecto, pues Ulrico de Hutten puso en la polémica de
orden político y religioso entre los reformistas y el Papado toda la belleza
que otros escritores de la época pusieron en sus obras de imaginación o en sus
divulgaciones de la cultura antigua. Fue el escritor más revolucionario de su
tiempo, y su nombre está unido tanto a las luchas religiosas por la reforma de
la Iglesia como a las ambiciones de las clases más pobres de su pueblo. Y su
acción final, desarrollada casi íntegramente en alemán, ha dejado a la
literatura y a la historia de la política alemana apasionadas y bellas páginas
que han sido ya suficientemente elogiadas por Goethe.
Pero no se puede afirmar, aparte de
los últimos panfletos de Ulrico y de sus últimos y encendidos versos políticos,
y aparte de la prosa de Lutero, que haya existido en Alemania una generación de
poetas renacentistas que fundasen o dieran los primeros pasos para la fundación
de la nacionalidad alemana. Las obras principales de la época son totalmente
neolatinizantes.
Uno de los más curiosos personajes
de esta época alemana, extraño y perdido en las leyendas que en torno a su vida
fueron tejidas después de su muerte, es Fausto, que se hizo célebre por su
conocimiento de las artes mágicas. Todas las antiguas leyendas relacionadas con
el diablo y los personajes a él entregados, así como otras más recientes acerca
de los excesos de un desenfadado individualismo renacentista, se polarizaron
más tarde en torno a la figura de este extraordinario personaje, extraña mezcla
de charlatán, alquimista, astrólogo y humanista. Se unen en él los más curiosos
rasgos, desde el espíritu de los antiguos augures hasta el de los lugareños
adivinos medievales que vendían su alma al diablo para conocer los secretos del
destino. Este personaje es bastante representativo de la formación cultural
alemana en esa época en que el espíritu del bien y el del mal rondan
peligrosamente confundidos.
EL RENACIMIENTO
EN FLANDES Y EN HOLANDA
En Holanda y
Flandes nace la llamada pintura flamenca que constituye, en torno a tres
pintores, para citar los principales, Juan Van Eyck, Rubens y Rembrandt, una de
las escuelas pictóricas más importantes del mundo.
Quizá el nacimiento de la pintura
moderna, en su aspecto de liberación con respecto a la Edad Media, sea debido a
los pintores flamencos, descubridores del enorme valor de la luz en la pintura.
Ellos son los primeros en hacer uso del aceite, procedimiento que debía causar
una verdadera revolución plástica. Son también los primeros en liberar la
pintura de la obscuridad y del anonimato medioevales. Hasta ellos se había
limitado el pintor medioeval a ser un artesano al servicio de la Iglesia, como
artista decorador.. Con ellos adquiere el artista su independencia y su
personalidad, pues al pasar a ser pintores de la aristocracia y de los grandes
mercaderes, aparte de adquirir con ello independencia en los temas y la
libertad para expresarlos, alcanzan también el derecho a firmar como autores de
sus obras. En la Edad Media, el artista era anónimo y son los flamencos los
primeros en que a finales de la misma ponen su nombre en las obras que
realizan. Se crea principios del siglo XIV un movimiento histórico tan
extraordinario, que está considerado como el cimiento de la pintura occidental.
El primero de los pintores
nombrados, Van Eyck, es un pintor sereno, luminoso, henchido de reposo y de
calma, y tanto los colores y las formas, como la luz, parecen allí descansar
con la misma naturalidad con que se descansa en el hogar propio. Su gran
sabiduría pictórica, y su atención hacia la nueva luz, que comenzaba a
difundirse en Europa en los primeros albores del Renacimiento, hacen de su obra
el más alto homenaje del hombre de finales de la Edad Media, al descubrimiento
de los temas humanos, a la vida terrena, al mundo. Comienza con Van Eyck, lo
mismo en los temas profanos que en los religiosos, la pintura que había de
reflejar en el límpido espejo de la escuela flamenco-holandesa la gracia
espléndida del mundo. No es extraño este anticipo de la pintura en Flandes y en
Holanda. En Flandes estaba concentrada gran parte de la riqueza medioeval, y
los duques de Borgoña, condes de Flandes, tenían por esa razón en sus manos el
fiel de la política francesa hasta que su poderío fue batido por Luis XI. Fue
esta pintura a la vez honda y popular, hasta tal punto que, para ver las obras
de Van Eyck, desfilaban en largas columnas los habitantes de una ciudad.
Pedro Pablo Rubens, es pintor de
gran poderío, ya definitivamente ganado para las sensualidades del mundo,
definitivamente entregado a la pintura laica, Rubens es el punto de unión de la
pintura flamenca con la pintura italiana. Quiso llevar al naturalismo peculiar
de los flamencos el vuelo ideal de los italianos. Sus extraordinarias dotes de
pintor y su condición de artista internacional, conocedor del paisaje, de la
vida y de las costumbres de la mayor parte de los centros más importantes de
Europa en aquel entonces, dan a su obra esa riqueza que la caracteriza.
Entre la pintura de la escuela
veneciana y la pintura flamenca, Rubens prepara el camino por el que habría de
llegar el gran maestro de finales del Renacimiento, Rembrandt.
EL RENACIMIENTO
EN INGLATERRA
Tampoco en
Inglaterra coincide la creación máxima de la literatura nacional inglesa con el
periodo histórico comprendido rigurosamente en el Renacimiento. Pues ni la de
influencia franco-italiana en el periodo pre-isabelino, ni la literatura
cortesana se apoyan en raíces nacionales.
Pero al igual que en España, se
funda en este período la base de la comunidad británica, forma política única
en el mundo moderno, levantando un Imperio constituido por diferentes
nacionalidades.
La voluntad nacional para la
creación del Imperio inglés, así como la conciencia de esa voluntad, pueden ser
más claramente entendidas si recordamos la decisión inglesa en las luchas
religiosas entre la Iglesia de Roma y los luteranistas alemanes, por una parte,
y por otra contra los calvinistas ginebrinos y franceses. Rota la unidad
cristiana con el movimiento de la Reforma, muy pronto habrían de cobrar valor
principal en las soluciones de la lucha los intereses políticos de las clases y
de las naciones.
Ya en Alemania el movimiento
reformista había despertado profundas resonancias populares y en torno a él
habían dado la batalla todas las clases sociales, desde la nobleza que
aprovechaba la ocasión para apropiarse de los bienes de la Iglesia, pues una de
las bases de la Reforma consistía en el retorno de ésta a la pobreza de los
primeros tiempos del Cristianismo, hasta el campesinado, que en torno a las
luchas religiosas buscaba la solución de un problema social. De la violencia de
los combates nos dará una idea el hecho de que costaron decenas de miles de
vidas a los campesinos alemanes, y que en Ginebra los calvinistas hacen quemar
vivo al gran médico español Miguel Servet por considerar sus doctrinas
contraías a la creencia en la divinidad de Cristo.
En Inglaterra el problema se decide
por parte del Estado mismo, el cual era su propia Iglesia, la Iglesia
Anglicana.
La idea más reveladora del genio
nacional inglés moderno, nacido entonces, nos lo da hacía el siglo XVII un
hombre que crea por sí mismo un movimiento que vale por todo un Renacimiento:
Guillermo Shakespeare (1564-1616). Todo en él acusa la múltiple condición de su
genio. Aquella voluntad de poderío que se despierta en el hombre en el curso
del Renacimiento, y cuyo centro de energía, cuyo fin, es la disputa por el
dominio terrenal, tiene en sus obras. Resumen sus obras, además las nuevas
creencias que sustituyen a la antigua y única creencia en el cielo. Lo que
actualmente llamamos ideales, el
ideal amoroso, el ideal político, el ideal de la aventura, el ideal de la
gloria, son en Shakespeare temas centrales, cuyo origen es completamente
renacentista. El maquiavelismo político, cuyas consecuencias no están referidas
sólo en el campo político, sino que actúan también sobre los demás órdenes del
espíritu, tiene asimismo en su obra su spersonajes propios y definidos.
EPÍLOGO
Es muy grande la
importancia técnica del Renacimiento. Pero suele dársele a este aspecto
técnico, equivocadamente, una categoría mayor que la que ha tenido la profunda
transformación operada en la mente del hombre en la época renacentista.
Renacimiento y Edad Media, están aún hoy, si no en lucha, buscando el camino
propicio para lograr la unidad del espíritu, que es lo que en el lenguaje
intelectual y social de nuestros días llamamos orden nuevo. Dentro de los
márgenes históricos concedidos al Renacimiento, esto es, el periodo que abarca
los siglos XV y XVI, que en algunos casos se extiende hasta el siglo XVII, en
el combate entre el Renacimiento y la Edad Media no hay vencedor ni vencido,
pues ni las nuevas ideas logran encarnarse decisivamente en el hombre, ni las
más profundas del período medioeval quedan olvidadas. Y la desorientación, la
inestabilidad material y moral que se produce como consecuencia de ello en el
mundo, persiste aún en nuestro tiempo.
La intervención de la imprenta, como
todas las demás invenciones del Renacimiento, así como los descubrimientos
geográficos y científicos, no bastarían por sí mismos para alterar el orden del
pensamiento medieval. Es el descubrimiento del hombre lo que altera este orden.
Y como este descubrimiento fue parcial, el hombre se ha descubierto a sí mismo
en un momento en que fatalmente tenía que advertirse lleno de impotencias y de
dudas, esto es, incompleto.
El Renacimiento no resuelve ninguno
de los problemas que plantea. No resuelve el problema del espíritu, quedándose
azorado ante su descubrimiento, ni el social, problema imprevisto en el
movimiento humanístico, pero que es uno de los que más realmente vienen
inquietando al mundo desde el nacimiento del comercio y de la industria, que
tiene lugar en plena época renacentista.
La Iglesia, así como el problema
religioso en su conjunto, continúan también sin haber solucionado la cuestión
principal, que podría ser la de hallar las bases de la unidad del mundo
cristiano actual.
La difusión de la cultura, hecho
típicamente renacentista, sin un plan de orden superior y sin ninguna garantía,
ha creado tantos problemas contrarios al crecimiento del espíritu como la misma
ignorancia medioeval. El múltiple falseamiento de hechos históricos, así como
de las ideas, ha producido una desconfianza fundamental de las grandes capas
humanas hacia el valor práctico de la cultura. La excesiva fe en las
investigaciones científicas trajo como consecuencia un renunciamiento a las
fuerzas de la imaginación de la sensibilidad y de la fe, y ha creado una
superstición de los números y de la técnica, tan peligrosa e ignara como la
falta absoluta de sabiduría científica en los tiempos medioevales, que había
creado una bastarda y torpe superstición milagrera que atenazaba a las grandes
muchedumbres, como puede atenazarlas hoy la superstición de la maquinaria y del
progreso técnico, sin la participación de las ideas, de los instintos y de los
sentimientos humanos, es decir, sin la cultura del espíritu, puede alcanzar
verdaderamente las cumbres del progreso del hombre.
En último término, el Renacimiento
representa el primer esfuerzo humano de grandes proporciones para, después del
fracaso romano, crear un mundo que soluciones todos los problemas que plantea
el intento del descubrimiento completo del hombre.
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Varela, Lorenzo,
El Renacimiento, Buenos Aires,
Editorial Atlántida, S.A., 1943.
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