lunes, 1 de agosto de 2022

 

La muerte del rey en las crónicas (Castilla y León, ss. xii-xiii)


https://renovatiomedievalium.wordpress.com/2017/11/02/el-rey-ha-muerto-larga-vida-al-rey/

Desde hace unas décadas, los estudios sobre la muerte de los reyes en la Edad Media vienen experimentando un auge notable que se ha concretado tanto en la aparición de diversas monografías sobre el tema como en la celebración de congresos y la publicación de actas y obras colectivas1. De hecho, el proyecto en el que se enmarca este trabajo, titulado «Migravit: La muerte del príncipe en Francia y los reinos hispánicos (ss. xi-xv)2», se centra precisamente en este aspecto y es un buen ejemplo de su actualidad. La muerte del rey es, por la notoriedad de dicho personaje, uno de los fenómenos necrológicos mejor documentados para la Edad Media a diversos niveles: son numerosos los textos y obras de arte que remiten al fallecimiento de la persona regia por su importancia en muy diferentes aspectos, pero, en especial, en el plano político —la defunción del príncipe abre el proceso sucesorio, si ha dejado heredero al trono— e ideológico —en una cultura como la cristiana, la muerte y el destino del alma adquieren una creciente importancia a lo largo de toda la Edad Media, en especial a partir del siglo xii3.

2Debido a la obligada limitación del presente trabajo, forzosamente han de ser limitados sus temas de estudio y objetivos. Las páginas que siguen pretenden centrarse en un aspecto concreto de la muerte regia que aporta información de gran valor acerca del conjunto del proceso: su reflejo en las crónicas, y más concretamente en el ámbito castellanoleonés entre los siglos xii y xiii4. La defunción del príncipe en las fuentes historiográficas medievales es un observatorio privilegiado desde el que estudiar diversos aspectos acerca de este fenómeno en los siglos medievales. Resulta evidente que, a la hora de enfrentarse a las crónicas, el investigador tiene que ser muy cauto en diferenciar entre lo que el relato dice que pasó y lo que realmente sucedió5. No obstante, este tipo de textos, tan denostados muchas veces por la crítica por su falta de veracidad —cuando no, directamente, por su descarada distorsión de los hechos—, siguen constituyendo el mejor testimonio del que dispone el historiador para abordar un tema como el del fallecimiento del monarca. Su gran riqueza en detalles e informaciones hace que el medievalista pueda reconstruir el momento de la muerte del príncipe con una viveza que, por desgracia, otro tipo de fuentes más veraces pero mucho más parcas —cuando existen— no pueden captar.

3Así, parece bastante razonable considerar que para el período englobado entre el siglo xii y mediados del xiii, en el espacio de Castilla y León, las crónicas suponen una de las fuentes más útiles que puede manejar el historiador para abordar el fenómeno de la muerte del rey. Por ello el presente trabajo pretende explorar las distintas informaciones que dan estos textos acerca de este proceso, permaneciendo siempre, eso sí, en un enfoque que quizá peque de historicismo pero que el lector sabrá perdonar debido a las ya mencionadas limitaciones; para otra ocasión quedará un análisis que se adentre en la compleja ideología que subyacía al fenómeno de la muerte del rey6. Asimismo, dada la peculiar característica compilatoria de algunos de estos escritos, que los lleva a recopilar informaciones no solo cercanas a su tiempo, sino desde el Génesis o desde la época visigoda7, me centraré preferentemente en la parte más reciente del relato, esto es, en el período posconquista islámica, que es en el que las crónicas ofrecen informaciones más recientes y, por tanto, más genuinas.

4Quede claro, antes de entrar en materia, que a lo largo de estas líneas no pretende afirmarse que todo lo que dicen las crónicas sea cierto, pues ello sería sin duda alguna erróneo. No obstante, las narraciones sobre las muertes de los distintos reyes incluyen una serie de patrones y rasgos que se reiteran no solo dentro de un mismo texto, sino también en distintos escritos y épocas, por lo que cabe deducir que incluyen elementos que debían ser verídicos. Quizá Fernando I no muriese de la forma tan dramática en la que lo describe, casi un siglo después, la Historia Silensis, pero no cabe duda de que en el proceso de la muerte del monarca tenían lugar una serie de ritos religiosos en los que participaba el alto clero del reino y que este asumía su papel de muriente casi como un cristiano más. Quizá el pueblo llano fuese relativamente indiferente al fallecimiento de Alfonso VI, a diferencia de cómo lo recrea Jiménez de Rada casi ciento cincuenta años más tarde; o puede que la reina Leonor Plantagenet no sollozara desgarradoramente por su difunto marido Alfonso VIII de Castilla, según afirma Juan de Osma, pero qué duda cabe de que la muerte del rey era percibida como un momento dramático y de incertidumbres no solo para los familiares próximos sino para todo el reino, debido a las consecuencias políticas que acarreaba. Lo que viene pretende precisamente hilvanar la realidad de la muerte del rey en la Castilla y León plenomedievales en base a los vívidos relatos que de la misma han llegado hasta nuestros días.

Muertes «naturales» y muertes «violentas»

5La crónica es —y así ha sido principalmente utilizada por los estudiosos— una de las fuentes que más información de tipo factual proporciona acerca del pasado. Por su forma historiográfica y narrativa y por su amplitud, es una de las fuentes que más riqueza informativa ofrece a la hora de reconstruir un hecho histórico. Esta afirmación se vuelve tanto más verdadera cuando hablamos de la muerte de los reyes, puesto que son los miembros de la realeza quienes, por regla general, pueblan las páginas de la historiografía medieval y protagonizan los hechos que en ella se recogen8.

6Se dice algo de la muerte de prácticamente la totalidad de los reyes que son mencionados en las crónicas, pues es, evidentemente, uno de los momentos de mayor importancia de su reinado. Incluso para aquellos monarcas de quienes apenas se dan unos datos escuetos y poco sustanciosos, la muerte ocupa un lugar de primer orden entre ellos, puesto que no solo se da la fecha, sino que también suele venir acompañada por las circunstancias de esta y el posterior entierro del cadáver regio9, lo que permite una primera aproximación de tipo estadístico al fenómeno de la defunción de los reyes en el pleno medioevo hispano10.

La muerte «natural»

7La muerte más común, por amplia mayoría, entre los miembros de la realeza es la morte propria, aquella que puede calificarse de «muerte natural» o debida a causas «naturales» como son la enfermedad o el propio deterioro del organismo de resultas del envejecimiento11. En la mayoría de las ocasiones, las crónicas apenas proporcionan información al respecto y se limitan a señalar que tal o cual monarca murió (de muerte natural, se sobreentiende), por lo que solo queda elucubrar acerca de la enfermedad que le condujo a ello.

8El léxico usado en la mayoría de los casos se refiere de forma muy genérica a la enfermedad (egritudo o morbus/morbus proprius12) o bien, directamente, emplea un reducido abanico de fórmulas metafóricas para traducir este último tránsito del monarca que abandona esta vida. Es habitual, así, que el cronista se limite a señalar el fallecimiento regio mediante expresiones como mortuus13 (morior, «morir»), defunctus14 (defungor, «terminar», «morir») u obiit15 (obeo, «salir al paso», una manera figurada de indicar la muerte). A veces la crónica enriquece la terminología al introducir fórmulas como «muerte propia» (morte propria) acompañada por los verbos mortuusdefunctusobiitdiscessit16 (discedo, «dejar», también figurado) y las locuciones verbales uitam finiuit (uitam fineo, «terminar su vida») y seculo migrauit17 (seculo migro, «abandonar el siglo»). En raras ocasiones se emplean expresiones más poéticas que hacen referencia a la muerte como final de la existencia: uite sue terminum dedit, uite termino consumato o cui regni et uite anni circulus finem dedit18.

9Puede afirmarse, por tanto, que en general la muerte es expresada mediante cierta variedad léxica pero que ello no aporta mucha información sobre dicho fenómeno. Solo en contadas ocasiones sí se indica el tipo de enfermedad, entre las que destaca la gota (morbo podagricus, en el caso de Ordoño I19), la fiebre (correptus acuta febre, en el caso del infante Fernando de Castilla20), las enfermedades crónicas (Sancho I murió morbo cronico diu detentus21) y la lepra (con Fruela II22).

10Hay que destacar, finalmente, que en algunos casos se introduce una terminología de corte más teológico para designar el momento de la muerte, con expresiones del tipo ingressus est uiam uniuerse carnis o spiritum Domino tradidit23, de un marcado significado cristiano que hace referencia quizá a un posible tránsito del alma del rey a la otra vida.

La muerte «violenta»

11Pese a que la gran mayoría de los reyes, según cuentan las crónicas, murieron de muerte natural, algunos fallecieron a causa de una muerte violenta. En esta categoría quedan incluidos tres grandes niveles de decesos: accidentes, muertes en combate y asesinatos.

12Si bien para el período anterior a la conquista islámica la ratio de muertes violentas entre miembros de la realeza visigoda debió de ser mucho más elevada24 —tal y como hacía notar Jiménez de Rada al reflexionar sobre las posibles causas de la desaparición del reino de Toledo, cuando enumeraba una larga lista de reyes muertos tras el triunfo de una conjura25—parece que desde entonces las expectativas de no morir como resultado de la inestabilidad política mejoraron sustancialmente. También puede sorprender la escasa cantidad de reyes que murieron en combate, habida cuenta de la imagen guerrera que tanto se han esforzado en transmitir las crónicas. En realidad, como se ha encargado de señalar D. Baloup, el lugar de los reyes nunca estaba en primera línea de combate, sino en la retaguardia, donde realizaban labores de dirección y liderazgo de las operaciones militares pero a salvo de los riesgos del choque bélico26.

13Pese a todo, los reyes medievales, junto con otros miembros varones de las élites, llevaban una vida no exenta de numerosos peligros que podían entrañar una muerte violenta27. La tradición cronística recoge dos accidentes regios célebres: el de Favila, muerto por un oso mientras cazaba imprudentemente28; y el de Enrique I de Castilla, quien, siendo todavía un niño, murió mientras jugaba con otros niños a causa de una teja que recibió en la cabeza por accidente:

Cum rex Henricus luderet in Palencia more solito cum pueris nobilibus, qui eum sequebantur, proiecit unus eorum lapidem, et ipsum regem in caite grauiter uulnerauit. Ex quo quidem uulnere rex idem infra paucos dies uite terminum dedit29.

14Estos accidentes, pese a que rara vez daban al traste con la vida del monarca, debían ser habituales para unos individuos que pasaban su vida de un lado para otro realizando diversas actividades de riesgo. Por ejemplo, Alfonso I de Portugal fue derrotado por Fernando II de León y, tras una aparatosa caída de su caballo, se hirió la pierna de tal modo que, aunque no murió, nunca más pudo volver a cabalgar30.

15Los regicidios tampoco eran comunes31, aunque se hallan, no obstante, algunos ejemplos de muertes por asesinato: quizá el más conocido de todos sea el del llamado infante García, último conde castellano, en León a manos de los Vela cuando iba a desposar a la hermana de Vermudo III de León:

Tunc quidam milites de regno Legionis cum predictis filiis Vegile ad Sarracenos transfuge, eo quod a comite Sancio indignanter recesserant a Castella, prodicione tractata infantem Garsiam annorum XIII occiderunt, Roderico Vegile ea manu qua eum de sacro fonte leuauerat gladio feriente. Et prodicionem huiusmodi sponsa sua Sancia, que utcumque preceperat, reuelarat; set magnates qui secum aderant, cum essent nobiles et fideles, tantum fascinus credere noluerunt. Vnde et perpetrato fascinore Castellani et Legionenses intestine plage uulnere corruerunt32.

17Por último, están aquellos raros ejemplos de monarcas que murieron en el combate. Un rápido vistazo al relato de las crónicas basta para comprobar que en su mayor parte fallecieron por su imprudencia. De sobra es conocido el caso de Pedro II de Aragón, muerto en la batalla de Muret de forma un tanto accidental cuando Simón de Monfort y los suyos, «Videns igitur periculum sibi et suis inminere, in uirtute Domini Iesu Christi exeuntes de castro obsesso irruerunt in castra et eos per uirtutem Crucis uerterunt in fugam, et ipsum regem Aragonum cum multis militibus interfecerunt36».

18Asimismo, hay otros casos: el de Alfonso V en León, que terminó sus días ante los muros de Viseo37; el de Vermudo III de León, muerto en Tamarón38; el de García III de Pamplona, fallecido en la batalla de Atapuerca39; el de Ramiro I de Aragón, muerto en Graus40 o el del infante Sancho, hijo de Alfonso VI, que murió en el choque de Uclés41. La mayor parte de ellos murió —al menos a decir de los cronistas— de una forma que casi podría calificarse de accidental, al abandonar la seguridad de la retaguardia y exponerse a los disparos del enemigo o al hacer gala de demasiada temeridad en el momento del combate42.

El contexto de la muerte regia

19El proceso de defunción del monarca iba acompañado de toda una serie de pasos y ritos, previos y posteriores a la muerte en sí43, que las crónicas han reflejado con gran viveza en ocasiones. Si bien no todos los monarcas gozan en estos textos de una descripción pormenorizada de estos rituales, sí parece razonable extrapolar al conjunto de los reyes muchos de estos detalles.

El séquito del muriente

20Cuando la muerte del rey se producía de forma natural, lo habitual era que en este último tránsito del cuerpo el muriente se hallase acompañado de los suyos, pero también por algunos de los más importantes magnates laicos y eclesiásticos del reino. La muerte del rey abría en el reino un período de incertidumbre política, incluso en aquellos casos en los que la sucesión regia estaba totalmente garantizada, y los más importantes nobles querían estar presentes para asegurarse sus cuotas de poder o para mediatizar el desarrollo del ulterior devenir político. El ejemplo de Alfonso VIII es revelador:

… facta prius confessione Roderico pontifici et sumpto summi uiatici sacramento, assistentibus episcopis Tellio Palentino et Dominico Placentino. Sequenti nocte in presencia Alienor uxoris sue karissime et regine Brengarie filie sue dulcissime cum Henrrico filio et Alienor filia et nepotibus suis Fernando et Aldefonso in etate consistentibus puerili44

21El rey aparece rodeado, en primer, lugar, de su familia, su esposa y sus hijos, que eran los primeros interesados en una tranquila sucesión en su seno. Asimismo, era habitual la presencia de altos eclesiásticos, obispos y arzobispos que, además de ejercer labores ceremoniales durante los últimos momentos del moribundo, también jugaban un papel político de primer orden en el futuro del reino. Por último, aunque no menos importantes por ello, también solían estar junto al rey algunos destacados magnates laicos, deseosos de beneficiarse de los posibles cambios políticos o bien investidos de poderes tutelares, como ocurrió durante la minoría de Alfonso VIII o la de Enrique I.

22Como demostró A. Guiance, las crónicas ofrecen un testimonio vívido de los ritos previos y posteriores a la muerte regia. Si bien no todos los reyes podían prever con cierta antelación el momento de este último tránsito, sí que es cierto que, al morir la mayor parte de ellos por enfermedad, disponían de un período de tiempo más o menos breve para realizar estas prácticas y prepararse espiritualmente para la muerte. Los propios textos, más allá de su intención propagandística a este respecto, ofrecen algunos ejemplos de monarcas que, al sentirse enfermar gravemente, tuvieron tiempo aún de prepararse para el último tránsito. Así, de Alfonso VIII se dice que «… cum iam cerneret sibi mortis periculum imminere, quia iam ualde debilis erat et senectute confectus et laboribus multis et doloribus actritus […]. Tanta igitur spe, et in mortis articulo constitutus, frustratus rex gloriosus doluit ultra modum45».

23Muchos de estos monarcas, además, al sentir que la enfermedad se apodera de ellos, tratan de llegar a Oviedo o León lo antes posible, lo que denota un interés del monarca por fallecer en el lugar en el que presumiblemente iba a ser enterrado y en el que, además, iba a tener lugar la sucesión en el trono. Ello se aprecia bien en los casos de Ordoño II, quien «Hic dum esset Zemore et se egrotare sensisset, festinauit Legionem uenire et ibi proprio morbo decessit atque in aula sancte Marie Virginis Legionensis sedis, ut tantum regem decebat, honorifice sepultus est46», y también de Ramiro II, que «tunc Ouetum ire disposuit et illic grauiter egrotauit. Ad Legionem reuersus accepit confessionem ab episcopis et abbatibus ualde eos exortatus, et uespere apparitionis Domini ipse se ex proprio regno abstulit47».

24Al contrario que los primeros Capetos, los reyes asturleoneses no parecen haber sentido la necesidad de coronar a sus sucesores en vida; no obstante, estas prisas por regresar a la capital antes de morir sí parecen indicar una cierta inquietud por la sucesión en el trono. Existe un amplio debate historiográfico sobre el tema de los lugares de enterramientos de los reyes asturleoneses y castellanoleoneses, sin que acabe de estar claro si puede hablarse de un verdadero panteón dinástico de estas monarquías48.

Los ritos previos y posteriores

25Los ritos previos a la muerte aparecen poco o nada descritos en la mayoría de los casos49, aunque algunos ejemplos especialmente detallados sí permiten establecer con relativa seguridad ciertos aspectos de su desarrollo. La presencia de los altos eclesiásticos en estas ceremonias es constante, pues son ellos, en tanto que ministros de la religión, los encargados de oficiarlas y dirigirlas. El monarca reúne en torno a su persona muriente a los obispos del reino y adopta una actitud de humildad extrema que se caracteriza por la oración, la celebración de la misa, la penitencia, el despojo de los atributos regios externos (corona, vestiduras) y su reemplazo por los del penitente.

26El ejemplo de Fernando I tal como lo narra la Historia Silense es quizá el prototipo de la muerte regia y recoge todos estos elementos que se han enumerado antes; merece la pena incorporar a continuación el célebre pasaje:

Porro illucescente nativitatis Filii Dei clara universo orbi die, ubi domnus rex se artubus deficere prospicit, missam canere petit, ac percepta corporis et sanguinis Christi participatione, ad lectum manibus. In crastinum vero luce adveniente, sciens quod futurum erat, vocavit ad se episcopos et abbates et religiosos viros, et ut exitum suum confirmarent, una cum eis ad ecclesiam defertur, cultu regio ornatus cum corona capiti imposita. Dein fixis genibus coram altario sancti Iohannis et sanctorum corporibus beati Ysidori confessoris Domini et sancti Vincentii martiris Christi clara voce ad Dominum dixit: “Tua est potentia, tuum regnum, Domine; tu es super omnes reges, tuo imperio omnia regna celestia, terrestria subduntur; ideoque regnum quod re donante accepi, acceptumque quandiu tue libere voluntati placuit rexi, ecce reddo ribi: tantum animam meam de voragine istius mundi ereptam, ut in pace suscipias deprecor”. Et hec dicens exuit regalem clamidem qua induebatur corpus, et deposuit gemmatam coronam qua ambiebatur caput, atque cum lacrimis ecclesie solo prostratus, pro delictorum venia Dominum attentius exorabat. Tunc ab episcopis accepta penitentia, induitur cilicio pro regali indumento, et aspergitur cinere pro aureo diademate; cui in tali permanenti penitentia duobus diebus vivere a Deo datur. Sequenti autem die que est feria tertia, hora diei sexta, in qua sancti Iohannis Evangeliste festum celebratur, celo inter manus pontificum tradidit spiritum. Sicque in senectute bona plenus dierum perrexit in pace, era millesima CªIIIª. Cuius corpus humatum est in ecclesia beati […] Ysidori summi pontificis, quam ipse Legione a fundamento construxerat; anno regni sui XXVII, mensibus VI, diebus XII50.

27El monarca, sintiéndose enfermar, ora postrado a los santos para que intercedan ante Dios y logren que acoja su alma tras la muerte; se une poco después a los clérigos de San Isidoro y celebra con ellos la Navidad. Por último, al sentir ya la inexorable cercanía del último tránsito, pide que se celebre misa, recibe los sacramentos, se despoja de la corona y las vestimentas regias y se postra ante el altar de la iglesia de San Juan implorando el perdón por sus pecados. Los obispos le imponen la penitencia y entonces el rey se viste con cilicio y le echan ceniza en el rostro. Al cabo de dos días, el monarca muere. Quizá cabría pensar en la excepcionalidad de la muerte de Fernando I, pero existen otros testimonios similares (aunque más reducidos) para otros reyes, tanto anteriores como contemporáneos a los cronistas51, como el de Ramiro II de León:

Et cum Ouetum causa orationis iuisset, illuc grauiter egrotauit et Legionem festinus reuersus est atque ab episcopis et abbatibus penitenciam accepit uigilia apparicionis Domini et ipse ex proprio regno se abstulit dicens: «Nudus egressus de utero matris mee, et nudus reuertar illuc. Dominus mihi sit adiutor, non imebo quid faciat mihi homo». Post hec percepto corporis et sanguinis Domini sacrificio mortuus est52

28Después del fallecimiento del rey venía una fase de luto por el difunto, lamentación y dolor que no solo afectaban al entorno familiar del monarca sino al conjunto del reino. Los ejemplos que ofrecen las crónicas a este respecto son especialmente notables para los reinados de los soberanos más próximos cronológicamente en el tiempo, en especial de Alfonso VI en adelante.

29La muerte del rey era un duro trance de superar para los familiares, y los testimonios historiográficos subrayan en especial —quizá con cierta exageración atribuible a la retórica y al significado ideológico de la muerte del monarca— el dolor mostrado por las esposas e hijas en este momento. La estampa que dibujan Jiménez de Rada y Juan de Osma de la muerte de su querido Alfonso VIII es conmovedora, en especial cuando relatan el llanto inconsolable de su hija Berenguela —«que tanto dolore eius exequias consumauit, quod fere dilaceratione et lacrimis se extinxit»— y el dolor de su esposa, Leonor, quien «tanti uiri solatio destituta, pre dolore et angustia spiritus mortem habens in desiderio, incidit continuo in lectum egritudinis» y poco después fallecía53.

30También hay varios ejemplos del enorme dolor sentido por los monarcas cuando morían sus hijos primogénitos, pues eran ellos quienes estaban educados y destinados a heredar el reino y su muerte suponía no solo un mazazo emocional para el padre sino un importante factor de inestabilidad política54. En este sentido, la dramática escena que el Toledano pinta de Alfonso VI clamando ante sus nobles por la muerte de su único hijo, el infante Sancho, en Uclés, es muy ilustrativa:

rex dolore inefabili conturbatus talia dixit eis: «Ubi est filius meus, iocunditas uite mee, solacium senectutis, unicus heres meus?» […] Set nec sic uis doloris potuit mitigari: quanto enim talia dicebantur, tanto amplius rediuiuis singultibus memoria filii torquebatur55.

31Y es que la muerte del rey era no solo un momento de dolor para los más cercanos, sino un periodo de luto para el reino entero, en especial si aquel que moría era considerado un buen monarca. Las crónicas se hacen eco del lamento general por la muerte de tres reyes: Alfonso VI, Alfonso I de Aragón y Alfonso VIII de Castilla. Las prácticas luctuosas muestran un claro estrato popular a la hora de afrontar y comprender la muerte —no solo la regia56—y las crónicas ilustran diversas muestras de dolor: rasgarse las vestiduras o vestirse de saco y cilicio, arañarse o golpearse el rostro, rasurarse la cabeza, sollozar con grandes gritos elevando la cabeza y las manos al cielo57:

Concurrunt undique populi ciuitatum et nobiles, audita morte tanti domini [Alfonso VIII], et uidentes se desolatos tanto rege uersi sunt in stuporem, intra se pre angustia spiritus gementes. Omnes mulieres sumpsere lamenta, uiri consperserunt puluere capita accinti ciliciis, induti saccis. Omnis gloria Castelle subido et uelud in ictu occuli inmutata est58.

32Todas estas prácticas son reveladoras de una concepción de la muerte no como un problema personal sino social: «cuando un hombre muere, la sociedad no solo pierde su unidad sino que resulta alcanzada en su propio principio de vida, en su fe en ella misma […]. Diríase que la comunidad entera se siente perdida, directamente amenazada por la presencia de fuerzas antagónicas, a la vez que conmueve la base de su propia existencia59».

33Esto resulta tanto más cierto cuando el fallecido no era otro sino el mismo rey. La muerte regia, en efecto, era percibida por el pueblo como la desaparición del principal protector del reino, y el sentimiento generado era de temor ante lo incierto del futuro y concernía a todos los vasallos del rey60: los zaragozanos temen así el ataque de los musulmanes tras la muerte del Batallador, y claman lamentando la desaparición de aquel «qui saluos nos faciebas61». Esta imagen del rey protector del reino se vuelve más explícita cuando Alfonso VI es asimilado a un buen pastor que debe cuidar de su rebaño, que queda desamparado tras su muerte ante la amenaza sarracena62.

El entierro del rey

34Después del luto el monarca debía ser enterrado. Este acto y, en especial, el lugar escogido para el reposo eterno del cadáver del rey tenían una trascendencia política enorme. Tanto es así que todas las crónicas mencionan el lugar de enterramiento de los reyes cuyas biografías esbozan, sin importar si estas han gozado de un desarrollo narrativo mayor o menor. Ya en su tiempo A. Guiance esbozó un completísimo cuadro en el que detallaba los distintos lugares de enterramiento escogidos por los reyes para el reposo de sus despojos63.

35No hubo «voluntad, en Castilla, de crear una necrópolis real privilegiada a la manera de Saint-Denis en Francia o Westminster en Inglaterra», pero «pese a dicha inexistencia, aparecen ciertos lugares privilegiados para llevar a cabo las inhumaciones monárquicas»64. Lugares como Cangas de Onís, Oviedo y León aparecen así como ciudades escogidas para el reposo de los cadáveres regios hasta el siglo xi; sí es cierto, no obstante, que a partir de la muerte de Fernando I, último en ser enterrado en León, el panorama se complica hasta cierto punto: Sancho II es enterrado en Oña; Alfonso VI, en Sahagún; Alfonso VII y Sancho III de Castilla, en Toledo; Fernando II y Alfonso IX, en Compostela; Alfonso VIII y Enrique I, en Burgos; y Fernando III, en Sevilla.

36El panorama político entre mediados del siglo xi y mediados del siglo xiii ayuda a explicar, en parte, esta dispersión de las necrópolis regias: a la notable fragmentación política que se produce en estos momentos se añade la decidida expansión a costa del islam peninsular. Por ello, los panteones regios se reparten entre los nuevos polos de poder vinculados a alguna de las entidades políticas que surgen entonces (Oña y Burgos para Castilla, Compostela para León) y aquellas tierras conquistadas a los sarracenos (Toledo y Sevilla).

37Pese al debate historiográfico acerca de la existencia o no de panteones regios dinásticos en el reino castellanoleonés65, creo, no obstante, que los mencionados lugares sí ejercieron las veces de necrópolis reales y así fueron concebidas no solo por los reyes sino por los propios cronistas de su entorno66. Ello explicaría la voluntad de Sancha de que su marido Fernando I se enterrase en San Isidoro de León, que tan favorecido había sido durante su reinado:

Interea domini regis colloquium Sancia regina petens, ei in sepulturam regum ecclesiam fieri Legione persuadet, ubi et eorundem corpora iuxta magnificeque humari debeant. Decreverat manque Fredinandus rex vel Onnis, quem locum carum semper habebat, sive in ecclesia beati Petri de Aslanza corpus suum sepulture tradere; porro Sancia regina quoniam in Legionensi regum cimiterio pater suus digne memorie Adefonsus princeps et eius frater Veremudus serenissimus rex in Christo quiescebant, ut quoque et ipsa et eiusdem vir cum eis post mortem quiescerent, pro viribus laborabat. Rex igitur petitioni fidissime coniugis annuens, deputantur cementarii qui assidue operam dent tam dignissimo labori67.

38También explicaría el deseo de Alfonso VIII de construir el monasterio de Las Huelgas en Burgos —a instancias de otra reina, Leonor—, donde reposarían sus restos y los de su hijo Enrique I:

Set ut Altissimo complaceret, prope Burgis ad instanciam serenissime uxoris sue Alienor regine monasterie dominarum Cisterciensis ordinis hedificauit et nobilissimis fabricis exaltauit et multis redditibus et possessionibus uariis sic dotauit, ut uirgines sancte Deo dicate, que ibi die ac nocte laudabiliter Deo psallunt, nec inopiam senciant nec deffectum, set structuris claustro et ecclesia et ceteris hedificiis regaliter consumatis expertes sollicitudinis in contemplatione et laudibus iugiter delectantur68.

39Coincido, por tanto, con la opinión de A. Isla cuando defiende «la fortaleza de la idea del panteón regio en el reino», idea que data de la época de Alfonso II y que sirvió «para establecer sus nexos dinásticos y mostrar un verdadero programa político»69. Evidentemente, no puede asimilarse el caso asturleonés con el de Francia o Inglaterra. A partir del siglo xi diversos factores, como la propia expansión militar del reino, la coyuntura política (creciente oposición entre las zonas de León y de Castilla que culminaría en el período de separación entre 1157 y 1230) o las circunstancias religiosas (introducción de la reforma gregoriana e influencia de Cluny) favorecieron una notable dispersión de los restos regios en diversos lugares de la geografía castellanoleonesa, sin que ninguno de estos pudiera consolidarse como panteón único y depositario de la memoria y la legitimación dinástica70.

 

40Las crónicas medievales de los siglos xii y xiii en el espacio castellanoleonés ofrecen, como se ha visto en las páginas precedentes, una fuente de primera importancia a la hora de abordar el fenómeno de la muerte regia. Su presumible falta de veracidad queda mitigada por la reiteración de episodios fúnebres regios, lo que permite establecer tendencias generales de verosimilitud muy probable, así como por la riqueza en detalles y la viveza de la narración. El estudio estadístico de los datos acerca de las múltiples muertes regias que son narradas en estos textos permite elaborar interesantes conclusiones, como la escasa incidencia de muertes violentas entre los miembros de la realeza, la igualmente escasa participación de los monarcas en primera línea de los combates o los complejos rituales que precedían y seguían a la muerte del príncipe.

41Las crónicas proporcionan además otro tipo de información de gran valor que aquí no ha podido ser abordado más que de forma tangencial. La carga ideológica y propagandística de estos textos es quizá uno de sus mayores atractivos a la hora de ser estudiados por el investigador, puesto que ofrecen una gran cantidad de información sobre el contexto cultural, político y social en el que fueron alumbradas y concebidas. Los límites de espacio del presente trabajo hacen imposible un análisis de dicha faceta, que queda por tanto pendiente para el futuro.

NOTAS

1 Algunos de los trabajos más significativos son Nieto Soria, 1984 y 1993; Menjot, 1988; Mitre Fernández, 1988a, 1988b y 1994; Duby, 1992; Martín Rodríguez, 1991; Mattoso, 1993 y 1995a; Guiance, 1991 y 1998. Se remite al trabajo presentado por el profesor A. Guiance en este mismo volumen.

2 Proyecto de investigación «Migravit: la muerte del príncipe en Francia y los reinos hispánicos (ss. xi-xv). Modelos de comparación» [en línea].

3 Así lo demostró Le Goff, 1985.

4 Se utilizan las siguientes ediciones con sus respectivas abreviaturas: HS (Historia Silensis, ed. de Santos Coco, 1921); CAI (Chronica Adefonsi Imperatoris, ed. de Maya Sánchez, 1990); CN (Chronica Naiarensis, ed. de Estévez Sola, 1995); CLRC (Chronica latina regum Castellae, ed. de Charlo Brea, 2010); CM (Lucas de TuyChronicon mundi, ed. de Falque Rey, 2003); HG (Jiménez de RadaHistoria gothica, ed. de Fernández Valverde, 1987). También, aunque solo de manera circunstancial, se emplean la CA3r y CA3s (Chronica Adefonsi tertii, versiones Rotense y Ad Sebastianum, ed. de Gil Fernández, 1985).

5 Véanse al respecto las reflexiones de Spiegel, 1997 y Aurell i Cardona, 2006.

6 En la medida de lo posible se sigue el planteamiento que aplica Cabrera Sánchez, 2011 para el período posterior al aquí estudiado, incorporando, además, otros elementos que son de interés.

7 Sobre esta particularidad historiográfica medieval, que aquí afecta a la HS, la CN, el CM y la HG, véase Guenée, 1980, pp. 114-120; Orcástegui Gros, Sarasa Sánchez, 1991, pp. 197-208 y 226-228; para el detalle de las fuentes empleadas por las crónicas, basta con consultar los estudios introductorios y las notas al pie de las ediciones citadas; un par de ejemplos estudiados con mayor detalle son el CM y la HG, respectivamente en Jerez Cabrero, inédita, pp. 119-160 y Jean-Marie, inédita, pp. 31-185.

8 «… la tâche essentielle de l’historien sera de traiter des princes, des puissants», afirma Guenée, 1980, p. 23. Sobre los géneros historiográficos medievales y la concepción de la historia, es imprescindible la consulta de esta obra, así como de otro trabajo del mismo autor: Id., 1973; véase además un panorama muy general en Orcástegui GrosSarasa Sánchez, 1991 y en Mauskopf Deliyannis (ed.), 2003.

9 Mitre Fernández, 1988b, p. 19.

10 De nuevo véase Cabrera Sánchez, 2011 y Mitre Fernández, 1988b.

11 Guiance, 1998, p. 78.

12 CN, II, 10, p. 104; II, 16, p. 109; III, 3, p. 151; CM, IV, 23, p. 249; IV, 24, p. 250; IV, 27, p. 255; IV, 35, p. 266; IV, 77, pp. 315-316; HG, IV, 20, p. 144; V, 12, p. 160.

13 CAI, I, 58, p. 177; CLRC, 7, p. 41; 4, pp. 38-39; 32, p. 76; CM, IV, 22, p. 249; IV, 30, p. 258; IV, 32, p. 261; IV, 42, p. 274; IV, 43, p. 276; IV, 44, p. 277; IV, 70, pp. 304-305; IV, 91, p. 331; HG, V, 23, p. 172.

14 CM, IV, 26, p. 254; IV, 19, p. 244; HG, IV, 14, p. 136.

15 CN, III, 1, pp. 149-150; III, 13, p. 171; III, 21, p. 178; III, 23, pp. 180-181; CM, IV, 70, p. 305; IV, 72, pp. 308-309; IV, 81, p. 320; IV, 98, p. 338; IV, 101, p. 340; HG, V, 2, pp. 150-151; VI, 6, pp. 184-185; VI, 13, p. 194; VI, 29, p. 214; VII, 14, p. 236; VII, 23, p. 246; VII, 36, p. 258; IX, 15, p. 297.

16 CM, IV, 35, p. 265; HG, V, 2, pp. 150-151; CN, II, 8, p. 103; 13, p. 106.

17 CN, II, 6, p. 102; HG, IV, 7, p. 123; CN, II, 14, p. 106.

18 CLRC, 20, pp. 55-56; CM, IV, 91, p. 332; HG, VII, 14, p. 236.

19 CM, IV, 19, p. 244 y HG, IV, 14, p. 136; veáse CA3r, 25-28.

20 CLRC, 20, pp. 55-56.

21 HG, VII, 6, p. 228.

22 CM, IV, 28, p. 256 y HG, V, 1, p. 148; véase HS, 20, 6-7, p. 165. No obstante, dada la muy negativa imagen que transmiten las crónicas de este rey, cabe preguntarse si su lepra no responde más a intereses ideológicos que a una realidad histórica.

23 CN, III, 12, pp. 169-170; CLRC, 28, p. 103; CM, IV, 36, p. 267; IV, 60, pp. 295-296; IV, 77, pp. 315-316.

24 Guiance, 2004, p. 96. Sobre el poder regio y su inestabilidad en el período visigodo consúltese García Moreno, 1975; Id., 2008, pp. 111-190 y 317-324.

25 HG, III, 22, pp. 108-109.

26 Baloup, 2006b.

27 Duby, 1992, pp. 14-15.

28 «Qui debitate ductus plus debito uenationibus insistebat; et quadam die dum ursum insequi niteretur, de creuerat enim cum urso singulatiter decertare, ab eodem urso fuit miserabiliter interfectus(HG, V, 4, p. 121; véase también CM, IV, 7, p. 228 y CA3r, 12; CA3s, 12).

29 «Cuando el rey Enrique jugaba en Palencia según su costumbre con los niños nobles que le acompañaban, uno de ellos arrojó una piedra e hirió gravemente al rey en la cabeza. El rey murió de esta herida a los pocos días.» (CLRC, 32, p. 76, trad. p. 112; véase también CM, IV, 92, p. 332 y HG, IX, 4, p. 284).

30 «Rex autem Adefonsus dum fugiens equo supersederet, et egrederetur per portam ciuitatis de Badalozo, casu inuecte ferreo porte impegit et crus eius fractum est. […] in tantum debilitatus fuit de fractura cruris, quod de cetero non potuit equitare.» (CM, IV, 81, pp. 318-319).

31 Véase Guiance, 2004, p. 96.

32 «Entonces, algunos caballeros del reino de León que se habían pasado a los sarracenos junto con los ya nombrados hijos de Vela, porque se habían tenido que marchar de Castilla de mala manera por obra del conde Sancho, poniendo en práctica su traición dieron muerte al infante García, que tenía trece años, hiriéndole de muerte Rodrigo Vela con la misma mano con la que lo había sacado de la pila bautismal. Y su prometida Sancha le había prevenido sobre algún tipo de acechanza, de la que ella se había enterado casualmente; pero los magnates que le acompañaban, nobles y leales como eran, no quisieron dar pábulo a tan gran felonía. Por lo que una vez cometida la felonía, los castellanos y los leoneses cayeron en la tragedia de una lucha fratricida.» (HG, V, 25, pp. 174-175, trad. pp. 217-218; véase también CN, II, 41, p. 148; CM, IV, 44, p. 277).

33 «fuit factione simili interfectus et apud Ouetum cum uxore sua Monnina fuit traditus sepulture.» (HG, IV, 6, p. 123; véase también CN, II, 9, p. 104).

34 «Verum proditionis uirus in corde reseruans, uirus mortiferum pomo inmissum regi obtulit ad edendum, in cuius esu cor regis cepit iliquo titubare, sicut natura exigit uenenorum. Et rex intelligens, dum Legionem mortis conscius properaret, tercio die in uia moritur.» (HG, V, 13, p. 161; véase también CN, II, 31, p. 136 y CM, IV, 34, p. 264).

35 «Qui cum quadam die dominica nonas Octobris regem extra castra iusta muros quasi ad explorandum urbis introitum deduxisset et rex de equo descendens ad nature sederet neccessaria, ipse super alterum equum insidens emisso eum uenabulo interfecit era MCXª(CN, III, 16, pp. 174-175; véase también CM, IV, 65, p. 299 y HG, VI, 18, p. 199).

36 «Considerando que el peligro era inminente para él y los suyos, salieron en nombre de nuestro Señor del castillo asediado, cayeron sobre los campamentos y por la fuerza de Cristo los obligaron a huir, y mataron al mismo rey de Aragón con muchos soldados.» (CLRC, 27, p. 67, trad. pp. 101-102). Véanse las consideraciones al respecto del tratamiento cronístico de la muerte de Pedro II en Alvira Cabrer, 2000.

37 «Cumque quadam die propter nimium feruorem solis indutus tantummodo pallio et camisia longe a muris ipsius ciuitatis equitaret, a quodam insigni baleario Sarraceno inter scapulas sagitta percussus est. Cumque sensisset se letaliter uulneratum, uocauit episcopos et abbates et ab eis accipiens corpus et sanguinem Domini, mortuus est.» (CM, IV, 43, p. 276).

38 «… cum Veremudus acer et imperterritus primo Pelagiolum insignem equum suum calcaribus urget, ac cupiens hostem ferire, rapido cursu inter densissimum cuneum stricta hasta incurrit. Sed nurayca mors quam nemo mortalium vitare poterit, eum preoccupans, dum ferox Garsias et Fredinandus acrius instarent, in ipso equino impetu confoditur, atque corruens in terra motuus, septem super eum ex militibus suis acerbati, occubuerunt.» (HS, pp. 66-67).

39 «Cohors tandem fortissimorum militum, quos paulo tetigi, laxis abenis desuper incursantes per medias acies secando in medio impetum crispatis hastis in Garsiam regem inferunt atque confossum exanimem in terram de equo precipitant.» (CN, III, 5, p. 155, véase también HS, pp. 70-71).

40 «Cui Ranimirus rex cum suis in loco qui Gradus dicitur occurrens, ab eo in bello interfectus est era MCVIIIª. Regnauerat annos XXXV.» (CN, III, 14, p. 171).

41 «… cumque quispiam equm, cui infans Sancius insidebat, grauiter uulnerasset, comité dixit: “Pater, pater, equs cui insideo est percussus”. Cui comes: “Prestolare, quia te etiam ferient successiue”. Et in continenti cedidit equs qui fuerat sauciatus, et regis filio simul cadente comes descendit et inter se et clipeum puerum, ut potuit, collocauit, cede undique perurgente. Ipse uero cum esset strenuus, et clipeo puerum tutabatur et undique irruentes cedibus repellebat, set pede ictu gladii amputato non potuit amplius sustentari et incubuite super puerum, ut ipse quam puer antea cederetur.» (HG, VI, 32, p. 216).

42 De sobra es conocido el ejemplo de Alfonso VIII, criticado por los cronistas por su temeridad, que le lleva a querer exponer su vida en repetidas ocasiones pese a las advertencias y ruegos de sus consejeros; véase Porrinas González, inédita, pp. 687-712. Sobre el papel y la posición del rey en el combate remito nuevamente al trabajo de Baloup, 2006b, pp. 421-424 y de Alvira Cabrer, 2012, pp. 199-202.

43 El estudio de Duby, 1992 para la muerte del señor en los ss. xi y xii es de gran interés para el análisis del contexto de la muerte.

44 «… hecha previamente confesión al arzobispo Rodrigo y recibido el sacramento de la extremaunción en presencia de los obispos Tello de Palencia y Domingo de Plasencia. La noche siguiente, en presencia de su amadísima esposa Leonor, de su queridísima hija Berenguela, de su hijo Enrique, de su hija Leonor y de sus nietos Fernando y Alfonso, aún niños…» (HG, VIII, 15, p. 280, trad. p. 329).

45 «Creía el rey que su propia muerte estaba próxima, puesto que ya estaba bastante débil, aquejado de vejez y gastado por muchos trabajos y dolores. […] Frustrado así en tan gran esperanza y sintiéndose en trance de morir, el rey glorioso se dolió sobremanera.» (CLRC, 28, p. 68). Para otros monarcas solo podemos adivinar esta «premonición» de la muerte. Véanse ejemplos en CN, II, 18, p. 115; II, 29, p. 133; III, 12, pp. 169-170; III, 23, pp. 180-181; CM, IV, 23, p. 249; IV, 27, p. 255; IV, 36, p. 267; IV, 59, pp. 294-295; IV, 60, pp. 295-296; IV, 72, pp. 308-309; HG, IV, 20, p. 144; V, 8, pp. 155-156; V, 9, p. 157; V, 10, p. 158; VI, 13, pp. 193-194; VI, 34, pp. 218-219; VIII, 15, p. 280.

46 «Cuando estaba en Zamora se sintió enfermar, por lo que se apresuró a León y falleció de propia enfermedad, y fue sepultado honorablemente en el aula de la Virgen Santa María, en la sede de León, como convenía a tan gran rey.» (CM, IV, 27, p. 255, trad. p. 311).

47 «entonces dispuso marchar a Oviedo y allí enfermó gravemente. Vuelto a León, recibió la confesión de obispos y abades exhortándolos mucho, y en la tarde de la aparición del Señor él mismo se despojó de su propia dignidad real» (CN II, 29, p. 133, trad. p. 142). Otros ejemplos en CN, II, 31, p. 136; III, 12, pp. 169-170; CM, IV, 32, p. 261; IV, 77, pp. 315-316; IV, 98, p. 338; HG, V, 10, p. 158; VII, 6, p. 228.

48 Véase al respecto los trabajos más recientes de Boto Varela, 2012 y 2015, y la magnífica síntesis de Arias Guillén, 2015.

49 Resulta imprescindible la consulta de Guiance, 1998, pp. 49-59 para seguir con todo detalle el proceso ritual de la muerte en la Edad Media hispánica.

50 «Por último, clareando para todo el orbe el espléndido día de la natividad del Hijo de Dios, cuando el señor rey advierte que se deshacía de sus miembros, pide que se cante la misa, y recibida participación en el cuerpo y sangre de Cristo, es llevado en brazos al lecho. Mas venida la luz del día siguiente, sabiendo lo que había de suceder, llamó a sí a obispos, abades y religiosos varones; y como confirmasen su fin, es llevado juntamente con ellos a la iglesia, adornado con pompa regia y puesta la corona en su cabeza. Luego, dobladas las rodillas ante el altar de san Juan y de los santos cuerpos del bienaventurado Isidoro, confesor del Señor, y de san Vicente, mártir de Cristo, con voz clara dijo al Señor: “Tuya es la potestad, tuyo el reino, Señor; tú estás sobre todos los reyes; bajo tu imperio todos los reinos celestiales y terrestres se someten, y, por tanto, el reino que concedido por ti obtuve y que recibido goberné por todo el tiempo que plugo a tu libre voluntad, he aquí que te lo devuelvo: tan solo ruego por que mi alma, arrancada a la tempestad de este mundo, la recibas en paz”. Y diciendo esto, se despojó de la clámide real con que envolvía su cuerpo y depuso la corona alhajada que ceñía su cabeza y, postrado en el suelo de la iglesia, con lágrimas imploraba perdón por sus delitos con más insistencia al Señor. Entonces, recibida penitencia de los obispos, se le impone cilicio en vez del traje real, y se le echa ceniza en vez de la áurea diadema; a quien, permaneciendo en tal penitencia, le fue concedido por Dios vivir dos días. Pero al siguiente día, que fue martes, a la hora de las doce del día en que se celebra la fiesta de san Juan Evangelista, entre las manos de los obispos entregó su espíritu al cielo.» (HS, pp. 90-91, trad. pp. cxxxv-cxxxvi).

51 Vermudo II, Alfonso VI y Alfonso IX también reciben el sacramento de la misa (CN, III, 23, pp. 180-181; CM, IV, 36, p. 267; IV, 72, pp. 308-309; IV, 98, p. 338).

52 «Y entonces dispuso marchar a Oviedo y allí enfermó gravemente. Vuelto a León, recibió la confesión de obispos y abades exhortándolos mucho, y en la tarde de la Aparición del Señor él mismo se despojó de su propia dignidad real y dijo: “Desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo he de volver allá. El Señor es mi ayuda, no temeré qué me pueda hacer el hombre”. Después, tras tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, falleció…» (CM, IV, 32, p. 261; trad. propia; véase también CN, II, 29, p. 133; HG, V, 8, pp. 155-156).

53 «estaba tan transida de dolor que casi pierde la vida por las puñadas y llantos» (HG, VIII, 15, p. 280, trad. pp. 329-330) y «desprovista del solaz de un varón tan grande, deseando morir por el dolor y la angustia, cayó de inmediato en el lecho de la enfermedad» (CLRC, 28, p. 69, trad. pp. 103-104).

54 Alfonso VI con el infante Sancho (HG, VI, 32, pp. 216-217); Alfonso VIII con el infante Fernando de Castilla (HG, VII, 36, p. 258); Alfonso IX con el infante Fernando de León (CM, IV, 91, p. 331); la infanta Sancha de León con el conde castellano Sancho García (CM, IV, 44, p. 277; HG, V, 25, pp. 174-175). Algunos reyes también muestran dolor al fallecer sus esposas, como ocurre con Ordoño II (CN, II, 26, p. 128).

55 «el rey, sobrecogido por un dolor indescriptible, les habló así: “¿Dónde está mi hijo, la alegría de mi vida, el consuelo de mi vejez, mi único heredero?” […] Pero ni aun así se le pudo calmar el profundo dolor; cuanto más le hablaban, tanto más le atormentaba el recuerdo de su hijo y se renovaban sus sollozos» (HG, VI, 32, pp. 216-217, trad. pp. 261-262). Si bien esta escena responde principalmente a la imaginación de Jiménez de Rada, no deja de dar una idea del impacto psicológico y político que suponía la muerte de un infante para el rey y para el reino.

56 Guiance, 1998, pp. 42-47, señala que dichas prácticas estuvieron mal vistas e incluso trataron de ser prohibidas, sin éxito, por la Iglesia.

57 Así, tras la muerte de Alfonso VI dice Lucas de Tuy que «comites et milites simulque omnes populi declauatis capitibus, scisis uestibus, ruptis mulierum faciebus cum magno gemitu et dolore cordis dabant uoces» (CM, IV, 72, pp. 308-309). De Alfonso I de Aragón, la CAI narra que, tras su muerte, «Aragonenses congregati sunt per cuneos, nobiles et ignobiles, siue ciues siue aduene, et decaluatis capitibus scissisque uestibus et ruptis faciebus mulierum, maximo cum fletu eiulantes ad celum» (CAI, I, 61, p. 178).

58 «Al conocer la muerte de tan gran señor [Alfonso VIII], concurren de todas partes hombres de ciudades y nobles, que, considerando que se quedaban privados de tan gran rey, caen en estupor y lloran en su interior por la angustia de su espíritu. Las mujeres todas prorrumpieron en lamentos, los hombres rociaron de cenizas sus cabezas, ceñidos de cilicio, y se vistieron de saco. Toda la gloria de Castilla cambió súbitamente y como en un abrir y cerrar de ojos.» (CLRC, 28, p. 69, trad. pp. 103-104).

59 Hertz, 1990, p. 90, citado en Guiance, 1998, p. 47.

60 Así lo señala Arizaleta, 2007, pp. 302 y 305.

61 «que significabas nuestra salvación» (CAI, I, 61, p. 178).

62 «Cur pastor oues deseris? Nam comendatum tibi gregem et regnum inuadent Sarraceni et crudeles homines(CM, IV, 72, pp. 308-309).

63 Guiance, 1998, pp. 310-311.

64 Ibid., pp. 309 y 312.

65 Desde el clásico trabajo de Rucquoi, 1995, pasando por Isla Frez, 2006, pp. 29-64 y hasta los más recientes de Boto Varela, 2012 y 2015, y Arias Guillén, 2015.

66 Resulta significativo el traslado que se hizo de diversas reliquias y cuerpos de reyes desde León a Oviedo en tiempos de las razias de Almanzor para guardarlos con mayor seguridad (CN, II, 34, p. 142 y II, 36, p. 143; CM, IV, 37, p. 269; HG, V, 14, p. 163); traslado que Fernando II de León realizó con los restos de Ramiro I, custodiados en Destriana, a la ciudad regia (CM, IV, 79, p. 318; HG, VII, 20, p. 243). Véase Isla Frez, 2006, pp. 29-64.

67 «Entre tanto, pidiendo coloquio la reina Sancha al señor rey, le persuade para que se hiciera una iglesia en el cementerio de los reyes en León, donde también sus cuerpos deban ser enterrados razonable y magníficamente. Porque había decretado el rey Fernando dar sepultura a su cuerpo, ya en Oña, lugar que siempre le había sido querido, ya en la iglesia de San Pedro de Arlanza; pero la reina Sancha, porque en el cementerio real de León descansaban en Cristo su padre el príncipe Alfonso, de digna memoria, y su hermano Vermudo, serenísimo rey, trabajaba con todas sus fuerzas para que también ella y su marido descansasen con aquellos después de la muerte. Accediendo, pues, el rey a la petición de su fidelísima cónyuge, son destinados albañiles para que trabajen asiduamente en labor tan dignísima.» (HS, p. 80, trad. pp. cxxvi-cxxxvii). Sobre este tema véase Isla Frez, 1999, pp. 174-175 y 2006, pp. 49-54.

68 «Pero, con el propósito de agradar al Altísimo, construyó cerca de Burgos, a instancias de su serenísima esposa la reina Leonor, un monasterio de monjas de la orden del Císter, y lo embelleció con la más noble construcción y lo dotó de tal modo con copiosas rentas y diversas heredades, que las santas vírgenes consagradas a Dios, que allí entonan día y noche salmos de alabanza a Dios, no sufren ninguna penuria ni escasez, sino que, rematados sin reparar en gastos los edificios, el claustro, la iglesia y demás dependencias, se deleitan continuamente en la contemplación y las alabanzas, libres de preocupación.» (HG, VII, 33, p. 255, trad. p. 303); también HG, VIII, 15, p. 280 y IX, 6, p. 287; CLRC, 28, p. 69). Véase Linehan, 2012, pp. 327-328 y Sánchez Jiménez, inédita, pp. 39-40, quienes subrayan que Las Huelgas se convirtió en un colosal panteón y en un punto de referencia para la nueva dinastía castellana, que se prolongaría hasta finales del siglo xiv, acogiendo diversas ceremonias de propaganda monárquica.

69 Isla Frez, 2006, pp. 61-62.

70 Boto Varela, 2012 y 2015, y Arias Guillén, 2015, en especial pp. 663-666.

 

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