miércoles, 8 de julio de 2026

 

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REVOLUCIÓN EN ESPAÑA por Karl Marx y Friedrich Engels (parte I)


PRÓLOGO

 

Este volumen contiene veintinueve artículos periodísticos y tres de enciclopedia, todos ellos referentes a temas españoles, escritos por Marx y Engels entre 1854 y 1856; en 1858, 1860 y 1873. El lector no está pues en presencia de un libro, sino de una colección de escritos. La colección ha sido ordenada del modo siguiente:

 

PARTE PRIMERA.- Siendo Marx corresponsal de la New York Daily Tribune en Europa tiene lugar en Madrid en junio de 1854 la sublevación de O’Donnell y Dulce conocida por los españoles con el nombre de «la Vicalvarada». Marx escribe once artículos o notas para su periódico, al hilo de los acontecimientos.

Algún artículo de esa serie puede haber sido redactado con intervención de Engels. Tal podría ser especialmente el caso de las correspondencias II y IV. Pero las razones de crítica interna que justifican ese juicio – la complacencia en detalles técnicos militares, muy propia de Engels, y algunos rasgos de estilo en las fórmulas utilizadas para valorar noticias oficiales- son tan difíciles de aquilatar (máxime tratándose de textos escritos por uno u otro autor en inglés, y no en su lengua materna) que el juicio en cuestión se ofrece aquí como mera conjetura. Por lo demás, que Marx es también, en colaboración con Engels o sin ella, el redactor de la correspondencia II queda probado por el hecho de que anuncie en ella la serie de artículos que constituye la segunda parte de este volumen: «Como el carácter de la historia moderna de España merece ser apreciado muy diversamente de como lo ha sido hasta ahora, aprovecharé una oportunidad para tratar este tema en una de mis próximas cartas» (pág. 27).

PARTE SEGUNDA. – La rápida intervención del pueblo en la Vicalvarada confirma la previsión de Marx en su segunda correspondencia al respecto: “… no sería cosa de asombrarse si estallara en la Península· un movimiento general partiendo de la mera rebelión militar» (pág. 27). Como por otra parte éste es el primer movimiento revolucionario de cierta envergadura en Europa desde los acontecimientos de 1848 Marx le atribuye una importancia considerable y profundiza su conocimiento de la historia moderna de España: «Mi principal tema de estudio es ahora España. Hasta el momento, básicamente en fuentes españolas, he estudiado las épocas de 1808 a 1814 y de 1820 a 1823. En este momento estoy pasando al período de 1834 a 1843. Es una historia bastante confusa. Es verdaderamente difícil dar con las causas de los desarrollos… Todo el asunto, si lo resumo mucho, podrá hacer seis artículos para la Tribune».([1])

Fueron esos artículos nueve, de los que la New York Daily Tribune no publicó más que ocho.([2]) Empezaron a aparecer en dicho periódico el 9 de agosto de 1854, antes de terminarse la serie de correspondencias sobre la Vicalvarada, de las que. aun aparecieron dos, el 16 y el 30 de agosto de 1854 respectivamente. Esos ocho artículos constituyen la segunda parte de este volumen. El título España Revolucionaria (Revolutionary Spain) lo es de toda la serie.

PARTE TERCERA. – Dos años después con ocasión del golpe de Estado de O’Donnell de 1856, Marx escribe dos correspondencias para su periódico. Constituyen la parte tercera de este volumen. Aparecieron con el título de Revolución en España (Revolution in Spain).

PARTE CUARTA- Está constituida por la voz «Bolívar» de la New American Cyclopedia, escrita por Marx (y con este artículo terminan los textos del mismo en este volumen) tres artículos de Engels: uno sobre el ejército español para Putnam’s Magazine y las voces «Badajoz» y «Bidasoa» de 1a New American Cyclopedia. El artículo de Putnam’s Magazine está escrito en 1855; los de la New American Cyclopedia (también el de Marx) en 1858.

PARTE QUINTA. – Tres correspondencias de Engels para la New York Daily Tribune sobre la toma de Tetuán por O’Donnell. Son de 1860. Los tres artículos fueron apareciendo bajo el titular: La guerra mora (The moorish war).

PARTE SEXTA.- Consta de cuatro artículos de Engels publicados en 1873 en Der Volkstaat bajo el título de Los bakuninistas en acción (Die Bakuninisten an der Arbeit). La nota introductoria y el subtítulo fueron añadidos por el propio Engels en la reimpresión de 1894.

 

Todos los artículos de Marx contenidos en este volumen son posteriores al Manifiesto Comunista (1848) y sin duda contemporáneos de la primera elaboración de los materiales para El Capital, esto es, de la Crítíca de la economía política (1859). Escritos en Londres entre 1854 y 1858, proceden de uno de los períodos de su vida más intensamente dedicados al estudio. Desde su traslado a Londres en 1849 a consecuencia de la derrota de la revolución de 1848, Marx, tras un probable y breve período de esperanza en un pronto regreso compartida con los demás emigrados alemanes, se dedica al estudio de las posibles causas de la indicada derrota. A partir sobre todo de 1850 intensifica además el estudio de la economía, seguramente el fruto más importante cosechado por él de su amistad con Engels.

El Marx que escribe sobre España desde 1854 está, pues, ya en posesión de todos los elementos de su metodología.

El lector que abra estas páginas de Marx escritas hace ya más de un siglo estará seguramente más movido por un interés referente al pensamiento de su autor que por el de estudiar la historia de España. Y probablemente el valor capital de estos escritos radica en la luz que arrojan sobre la metodología de Marx. Pero 7 está claro que, tratándose de la metodología de un pensador historicista, su estudio y su valoración están indisolublemente asociados con la consideración de sus resultados histórico-positivos. Desde este punto de vista, una lectura de estos artículos, por desprovista que esté de curiosidad histórico-positiva, no puede menos de detenerse ante consideraciones como las hechas por Marx acerca del papel político del ejército español en el siglo XIX, o la explicación de la importancia y arraigo de la resistencia guerrillera contra Napoleón por la escasa centralización de la monarquía española, o la lectura de la constitución de 1812 sobre el trasfondo de los viejos fueros peninsulares, pero sin perder de vista su relación con la Revolución Francesa, etc. Cuando se para mientes en que observaciones sobre las Cortes tradicionales o sobre la Reconquista que han sido novedad ruidosa en la investigación española hace menos de diez años tienen un llamativo paralelismo con tesis de Marx al respecto, se abre una profunda perspectiva sobre la capacidad analítica de éste, sobre lo que Ballesteros llama «su gran capacidad intelectual».

De los historiadores españoles es, en efecto, don Antonio Ballesteros el que más presentes tiene los artículos de Marx.([3]) Emite sobre algunos de ellos -los que conoce por la deficiente traducción de Andrés Nin de 1929-([4]) el siguiente juicio: «En 1929 aparecían en castellano los artículos que Carlos Marx había publicado en New York Tribune [sic] sobre la Revolución española. Están escritos a mediados del pasado siglo, y aunque se refieren a los períodos de 1808-1814, 1820-1823 y 1840-1843([5]) son, por sus consideraciones, algunas muy atinadas,([6]) un antecedente de interés para el estudio· del movimiento revolucionario hispano, pues el autor había presenciado varias revoluciones europeas y su gran capacidad intelectual aplicaba sus conocimientos a los sucesos españoles. Casi no hay necesidad de apuntar que el criterio de Marx es en extremo parcial. Sus recorridos históricos de los siglos anteriores contienen errores de bulto en cuanto a los hechos se refiere».([7])

 

La «parcialidad» de «criterio» a que alude Ballesteros puede seguramente cifrarse de un modo suficiente en el principio progresista y revolucionario: Marx considera la revolución liberal y luego la aparición del proletariado en ella (según él en 1856) como hechos coherentes con el sentido del proceso histórico. Para el positivismo histórico de Ballesteros todo criterio histórico-filosófico es naturalmente un «partido» contrario a la aspiración positivista a la eliminación de tales criterios de sentido. Pero, aunque esa consideración pueda bastar en sustancia para aclarar lo que Ballesteros entiende por «partidismo», su juicio viene seguramente codeterminado además por otra circunstancia, a saber, la básica falta de una tabla de valores morales tradicionales en la comprensión de los hechos por Marx. Por positivista que sea, en efecto, -acaso más: por ser positivista y prescindir de criterios explícitos de sentido-, un historiador está siempre más o menos sometido a la tabla de valores procedentes de la tradición y que reinan en su época. Marx usa tales valores tradicionales retóricamente cuando habla de personajes -cuando traza, por ejemplo, las semblanzas de Espartero o de Bolivar-, pero los ignora completamente al enjuiciar hechos. Mientras, por ejemplo, el hecho de que Espartero permitiera la huida de la reina Cristina tras la revolución de 1854, y aplastara la consiguiente protesta popular, es para Ballesteros prueba de la «nobleza» e «hidalguía» del gobierno oficialmente revolucionario,([8]) el hecho es interpretado por Marx simplemente como indicio de que la tendencia contrarrevolucionaria gana terreno en el gobierno del general. (Cfr. pág. 64).

La siguiente confrontación puede ilustrar aún más concluyentemente al respecto([9])

 

BALLESTEROS

«Consideraciones graves puede sugerir el cambio brusco del pueblo español, que un día vitoreó hasta la exasperación al general Riego y proclamaba enardecido la Constitución; parece increíble que fuera ése el mismo pueblo que el año 1823 gritaba ¡Vivan las caenas!, ¡mueran los negros!, ¡viva el rey absoluto! Claro es que nos referimos al bajo pueblo, a la plebe, a las capas ínfimas de la sociedad. Nadie las ha descrito mejor que un gran novelista de nuestra edad. Sus hermosas palabras merecen reproducirse:

 

«<<El populacho -dice- es algunas veces sublime, no puede negarse. Tiene horas de heroísmo, por extraordinaria inspiración que de lo alto recibe; pero fuera de esas ocasiones, muy raras en la historia, el populacho es bajo, soez, envidioso, cruel y, sobre todo, cobarde»” (op. cit., VII, pág. 213).

 

MARX

«Las Cortes… encontraron una sociedad fatigada, exhausta, todo sufrimiento, consecuencia necesaria de una guerra tan prolongada… No era de esperar que una sociedad en ese estado resultara muy sensible a las abstractas bellezas de una Constitución… No obstante… la Constitución fue recibida con <<entusiasta alegría», pues en general las masas esperaban la súbita desaparición de sus males por el mero cambio de gobierno. Cuando descubrieron que la Constitución no poseía tales poderes milagrosos, las exageradas esperanzas se trocaron en decepción, y en esos apasionados pueblos meridionales no hay más que un paso de la decepción a la cólera.

«Algunas circunstancias concretas contribuyeron también a enajenar al régimen constitucional las simpatías populares.» [Marx enumera: la expulsión de los afrancesados, la introducción por las Cortes de un impuesto sobre la renta, los decretos prohibiendo la circulación de moneda acuñada por José Bonaparte, la subida de precios,·la acción política de los «serviles» y el paso de gran parte del ejército al bando absolutista siguiendo el ejemplo de Elío (Cf. págs. 133-136).]

 

Por último, por lo que hace a los errores de Marx en su examen del pasado revolucionario español, indicaremos que Marx sitúa la actividad política de don Álvaro de Luna a fines del siglo xiv, en vez de a principios del’ xv (cfr. pág. 77), hace morir al virrey Santa Coloma en Zaragoza (cfr. pág. 78) en vez de en Barcelona, y cree sin discusión en la autenticidad de los fueros de Sobrarbe, hecho este último que no le perjudica gran cosa porque lo que en el contexto interesa es la autenticidad del Privilegio de la Unión (cfr. pág. 124). También en los artículos desconocidos por Ballesteros hay algunos lapsus: la confusión de Bravo Murillo con González Brabo (cfr. págs. 54 y 66) y la de Buceta con Pucheta (cfr. pág. 53).

Todos esos errores se mantienen en la traducción. En ella se ha seguido siempre el criterio de abstenerse de correcciones. Al mismo criterio obedece la práctica seguida de mantener los textos españoles o traducidos por Marx tal como éste los da, ya sean textos políticos, ya sean textos literarios, como la cita del Quijote en la página 71.

Quizá precisamente por su modestia dentro de la obra de Marx, los artículos contenidos en este volumen son una verdadera piedra de toque para juzgar a su autor. Es éste un filósofo y teórico de la sociedad que los ha escrito por motivos de pane lucrando, pan que siempre le fue muy escaso en Inglaterra. Más de un talento, verdadero mostraría en circunstancias tales las mayores flaquezas de su personalidad intelectual. Tal vez sea ése también el caso aquí. Pero pese a ello estos artículos son prototipos de la aplicación consciente y concienzuda de un método. Hay, ante todo, el historicismo de principio de su autor: para comprender él mismo y hacer comprender a sus lectores el pronunciamiento de O’Donnell y Dulce, el insólito periodista promete y realmente ofrece «un concepto de la primitiva historia revolucionaria de España» (pág. 86).

El estudio de la misma le lleva a concluir que el momento culminante de la revolución burguesa en España coincide con la guerra de la Independencia. En ese momento el florecimiento más o menos pleno de «las condiciones naturales de la sociedad moderna» en las ciudades comerciales y portuarias (pág. 91) tiene en su favor determinadas circunstancias políticas y militares.

Pero, como toda guerra antinapoleónica, la española lleva también inextricablemente mezclados elementos reaccionarios y revolucionarios. A Marx le parece empero observar en la guerra española características muy particulares. Asume entonces resueltamente la relevancia metodológica de ese «rasgo diferencial» y realiza un estudio histórico inequívocamente encaminado a la comprensión de la peculiaridad, único ‘camino transitable para llegar a entender la acción de leyes sociales generales en un medio determinado.

Ya ese solo rasgo basta para poner de manifiesto una importante diferencia entre el verdadero método de Marx y la simplificadora imagen del mismo que suele darse en manuales y polémicas al uso. Pero el contraste resulta aún mucho más vivo cuando se observa que el análisis de la peculiaridad española se mueve principalmente en el terreno sobre estructural de las instituciones, la cultura, la psique popular y la política. Así, por ejemplo, por lo que hace a la historia revolucionaria española, Marx da un papel de cierta importancia a la tradicional constante del levantamiento contra aisladas camarillas, y para la interpretación de la constitución de 1812 apela tanto a factores sociales estructurales cuanto a elementos de la tradición jurídica e institucional, como son los fueros y las Cortes medievales. Un fenómeno político-militar, la Reconquista, es interpretado por Marx como la causa primera de un rasgo estructural de la sociedad española que le parece decisivo: el aislamiento local, la autosuficiencia y la independencia de las fuerzas regionales. Con esa causa se entreteje luego según él en el curso de la historia española otro factor político, a saber, la incapacidad de la dinastía austríaca para crear un estado moderno centralizado. Todo ello redunda por un lado en un anquilosamiento cada vez más manifiesto del estado, y en el retraso del logro de las «condiciones naturales de la sociedad moderna» por otro.

El sentido de esa flexibilidad metodológica quedaría empero sin apresar si no se viera en ella más que un empírico aferrarse a una supuesta sustantividad cerrada de un complejo de datos nacionales. Los artículos de Marx sobre España están sembrados de alusiones y referencias que ponen los acontecimientos españoles en explícita correlación con la historia moderna europea en general y con la interpretación marxista de la misma en particular. La insistente búsqueda de la peculiaridad revolucionaria española no es fruto de una gratuita postulación de misteriosos rincones estancos y racionalmente irreductibles en el «alma» o «vividora» de los pueblos. Tiene raíces menos especulativas: es en última instancia consecuencia de un principio metódico, a saber, el de la importancia del papel dialéctico de los elementos sobrestructurales -tradición, cultura, instituciones, política, religión- en su reversión sobre los elementos estructurales básicos de la vida social. Y llama incluso la atención, como ha señalado Brenan([10]) al notar que Marx no considera el proceso de desamortización de las tierras eclesiásticas y comunales, la radicalidad con que aplica el principio. Marx se mueve en efecto inicialmente en cada análisis en un terreno sobrestructural, generalmente el político, y no lo abandona hasta tropezar, como sin buscarla, con la intervención ya palmaria de las «condiciones naturales» sociales. El método puesto en obra por Marx en estos artículos podría, pues, cifrarse en la siguiente regla: proceder en la explicación de un fenómeno político de tal modo que el análisis agote todas las instancias sobrestructurales antes de apelar a las instancias económico- sociales fundamentales. Así se evita que éstas se conviertan en Dii ex machina desprovistos de adecuada función heurística. Esa regla supone un principio epistemológico que podría formularse así: el orden del análisis en la investigación es inverso del orden de fundamentación real admitido por el método.

La importancia de esas cuestiones metodológicas en el estado actual de los estudios marxistas da a estos artículos un valor que supera ampliamente el que suele ser propio de ese género literario. Ello justifica la afirmación antes hecha de que el principal interés de su lectura estriba en su carácter de piedra de toque de una metodología. Por otra parte, el que tales cuestiones puedan ser suscitadas por la lectura de unos artículos periodísticos es un hecho que da testimonio de la coherencia del obrar y de la vida de su autor, coherencia capaz de extenderse hasta una actividad ocasional en él escritor nada «ensayista».

 

Los artículos de Engels contenidos en este volumen componen tres series de desigual interés. Las dos primeras (partes cuarta y quinta) son fundamentalmente informativas. La otra (parte sexta) es la única muestra de literatura política militante en esta publicación.

Los artículos de Engels en Der Volkstaat sobre «la sublevación española del verano de 1873» – es decir, sobre la rebelión cantonal o federalista de aquel año – merecen atención en más de un respecto; pues aparte del interés que puedan tener para la contemplación de aquellos acontecimientos desde el punto de vista de la Primera Internacional, esos escritos ocupan un lugar en el proceso de clarificación de las concepciones políticas de los partidos marxistas frente a las ardorosas impaciencias del comunismo anarquista.

Los cuatro artículos están escritos con un pathos que exaspera aún más la ya acostumbrada dureza del estilo polémico de Engels. Acaso pueda explicarse esa circunstancia por el hecho de estar escritos menos de un año después de la batalla que terminó con la expulsión de Bakunin y Guillaume de la Internacional en el congreso de La Haya (septiembre de 1872). La lucha en el congreso había tenido momentos de dramática tensión, y el más violento de ellos había sido protagonizado precisamente por el propio Engels: «Engels dice que tenemos que decidir si la l. A. A. [Internationale Arbeiter Association (Asociación Internacional de Trabajadores)] debe seguir siendo administrada según principios democráticos o gobernada por. un dique organizado secretamente y con violación de los estatutos de la l. A. A. Hay aquí presentes seis personas que pertenecen a esa sociedad secreta: los cuatro españoles, Schwitzguebel y Guillaume. Guillaume interrumpe: «Eso es falso», Engels continúa: «Tengo las pruebas aquí» (la saca de la cartera). Guillaume se ve obligado a retirar sus palabras».([11])

No se presentó en el congreso moción alguna contra los cuatro delegados españoles.([12]) Por lo demás, las minutas ponen de manifiesto que el congreso, no creyó en ningún momento que los españoles hubieran participado en la actividad conspiratoria de los principales lugartenientes de Bakunin.

La influencia de éste en España quedaba, empero, de manifiesto.([13]) En los artículos aquí traducidos Engels atribuye a esa influencia la actitud apolítica de los dirigentes obreros españoles, actitud que privó a la joven república de una base proletaria unificada y organizada y atomizó la clase obrera en la extraña aventura cantonalista. Un hecho sin duda desconocido por Engels da notable fuerza a su interpretación política de los acontecimientos: la defensa de la Internacional hecha por Salmerón en el célebre discurso ante las Cortes del 1872. La interpretación de Engels puede resumirse en una frase del primer artículo, formulación del «politicismo» de los comunistas marxistas frente al «apoliticismo» de los comunistas bakuninistas: «España es un país tan atrasado desde el punto de vista industrial que no puede en absoluto hablarse de una emancipación completa e inmediata de la clase obrera. Antes de llegar a ello tiene que pasar España por varios estadios de desarrollo previos y superar totalmente cierto número de obstáculos. La república ofrecía una oportunidad para comprimir el proceso de esos estadios previos en el menor tiempo posible y para eliminar rápidamente aquellos obstáculos. Pero esa oportunidad sólo podía aprovecharse mediante la intervención política activa de la clase obrera española» (pág. 125). La intervención meramente violenta y apolítica que propugnó y realizó la Alianza anarquista es para Engels «un ejemplo insuperable de cómo no se hace una revolución» (pág. 247).

Los artículos de Engels que cierran este volumen tienen, pues, para el lector español, junto con el evidente interés de su significación en la historia de la doctrina política marxista, el de su inmediata referencia a un capítulo no muy lejano de la historia de España. Tal vez incluso más ·lejano en los calendarios que en el tiempo social del país.

 

Barcelona, mayo de 1959.

 

PARTE PRIMERA

KARL MARX

 

Correspondencias para la <<New Daily Trihune>> sobre la «Vicalvarada> (1854)

LA INSURRECCIÓN DE MADRID

 

Londres, 4 de julio de 1854

 

La tan esperada insurrección militar en Madrid se ha producido finalmente bajo la dirección de los generales O’Donnell y Dulce. Los periódicos gubernamentales franceses se han apresurado ya a informar de que el gobierno español ha superado el peligro y de que la insurrección ha sido aplastada. Pero el corresponsal de The Morning Chronicle en Madrid, que da una detallada exposición del movimiento y comunica el manifiesto de los insurrectos, dice que éstos han abandonado simplemente la capital para unirse con la guarnición de Alcalá, y que en caso de que Madrid permaneciera pasivo no tendrían dificultad alguna para alcanzar Zaragoza. Si el movimiento tuviera más éxito que la última rebelión ocurrida en aquella ciudad, las consecuencias provocarían una diversión de la acción militar francesa, constituirían materia de discrepancias entre Francia e Inglaterra y afectarían probablemente también a la complicación existente entre España y el gobierno de los Estados Unidos. [New York Daily Tribune, 19 de julio de 1854]

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[1] Carta a Engels de 2 de agosto de 1854. Marx und Engels Gesamtausgabe, dritte Abteilung, Band 2, 1930, pág. 51

[2] .KARL MARX, Chronik seines Lebens, 1934, pág. 148.

[3] Por lo que hace a la literatura extranjera reciente sobre España, Brenan es probablemente uno de los autores que ·más han estudiado los artículos de Marx en cuestión. Hace suyo incluso el criterio básico de Marx en su estudio: «Hace casi noventa años observaba Karl Marx que el conocimiento de la historia de España era en su tiempo completamente inadecuado. <<No hay quizás escribe, país alguno tan mal conocido y tan falsamente juzgado como España>>. Y pasa a explicar que eso se debe al hecho de que los historiadores <<en vez de ver la fuerza y los recursos de esos pueblos en su organización provincial y local, han bebido en la fuente de sus historias oficiales>>. Esas observaciones siguen teniendo hoy gran parte de verdad». (GERALD BRENAN, The spanish Labyrinth, 2ª ed. 1950, Preface a la lª ed. [1942], pág. IX). El punto de vista estrictamente geopolítico de Brenan está empero muy lejos del método de Marx

[4] CARLOS MARX, La Revolución Española (1808-1814, 1820– 1823, 1840-1843) traducción directa de Andrés Nin, citas aclaratorias de divulgación histórica de Jenaro Artiles, Madrid, 1929.

[5]Además de sus deficiencias de traducción – algunas de ellas por ingenuo Patriotismo- la edición de Nin  tiene el principal defecto de ser muy incompleta: le faltan los artículos que forman las partes primera y tercera de este volumen. Ballesteros tampoco parece conocerlos.

[6] Ballesteros coincide concretamente con la interpretación de ciertos acontecimientos o fenómenos puramente políticos con Marx. He aquí un ejemplo, a propósito de la prolongada ausencia de republicanismo en el XIX español: Marx: cSi las Cortes españolas se abstuvieron de chocar con la Corona en 1812, ello se debió al hecho de que b Corona estaba representada sólo nominalmente, pues el rey estaba ausente del suelo español desde hacía años. Y si también se abstuvieron de hacerlo en 1837 fue porque tenían que terminar con la monarquía absoluta antes de poder pensar en hacerlo con la constitucional (pág. 58): Ballesteros: •S011J?rende a muchos que no surgiera diáfana y clara una tendencia republicana en ningún sector, pero la razón está en que el partido extremista, como el templado, no sólo combatía al rey, sino que tenía enfrente un poderosísimo ambiente de opinión absolutista, cuyos partidarios, aunque vencidos momentáneamente por la revolución, no se resignaban a la derrota•. (Historia de España y su influencia en la historia universal, tomo VIII, 1936, pág. 175).

[7] BALLESTEROS y BERETTA, .ANTONIO, op. cit., VIII, pág. 99.

[8] <<… el gobierno, ·generoso y noble, ¡preparó el viaje secreto de Cristina a Portugal, escoltada ¡por dos escuadrones que mandaba el general Garrig6. Estalla un motín popular de protesta, y el duque de la Victoria, con hidalga entereza, se muestra tanto o más celoso que O’Donnell en reprimir el desmán de los que levantaron barricadas insultando a la ex reina gobernadora• (BALLESTEROS, op. dt., VIII, págs. 46 y 47).

[9]El texto de Ballesteros se refiere a la reacción de 1823, el de Marx a la de 1814; se confrontan como muestras de dos métodos de interpretar circunstancias subjetivas análogas en un pueblo.

[10]The spanish Labyrinth, pág. 346.

[11] The First Intematiotwl. Minutes of the Hague Congress of 1872 with related documents, edited and translated by Hans Gerth. The University of Winconsin Press, Madison, 1958, pág. 26 [de las fotocopias de los manuscritos de las minutas]. La existencia de esas minutas -probablemente redactadas para uso privado por Sorge y publicadas por vez primera en 1958 por Gerth en excelentes fotocopias – era desconocida por el propio Engels, como se desprende de su carta al citado Sorge, de 21-9-1872, citada por Gerth en su edición.

[12] Las minutas dan los nombres de González Morago, Marcelau, Alerini y Lafargue Pellicer. Lafargue, el yerno de Marx, representaba además la federación de Madrid, donde residía; era el único representante español no bakuninista.

[13] Las consideraciones histórico-críticas de Gerth son bastante menos apreciables que su obra de editor. En el concreto punto de la influencia de Bakunin en España, Gerth interpreta la posición de los marxistas – Marx, Engels, Lafargue, Sorge, etc. – en el congreso de La Haya del modo siguiente: • Y puesto que Marx poseía un conocimiento profundo de las peculiaridades sociales de la Península Ibérica, el éxito de Bak1Jnin tenía que haberse debido a actividades conspiratorias, no a «factores objetivos».• (The First ... , Introduction, pág. XV). Esa interpretación es insostenible a la vista del material publicado por el propio Gerth. En el informe del marxista Sorge a la federación norteamericana de la que fue delegado en La Haya, el éxito de Bakunin en España y en Italia se atribuye precisamente a factores objetivos, lo cual, naturalmente. no hablaba ni en pro ni en contra de la existencia de una sociedad secreta conspiratoria bakuninista en el seno de la Internacional. Escribe Sorge: •Hay poco peligro de que el obrero !)Jráctico y sensato se deje engañar por esa retórica [anarquista]. Por eso, en los países de industria muy desarrollada, Inglaterra, Francia, Alemania, apenas encontramos esos llamados federalistas, o no encontramos siquiera partidarios de esa tendencia; ésta tiene en cambio un considerable número de discípulos en aquellos países en que la industria y el proletariado están poco desarrollados, y la clase obrera está, por tanto, lejos todavía de tener conciencia de su situación -así por ejemplo en Italia y en España – •. (The First … , página 127).

 

REVOLUCIÓN EN ESPAÑA por Karl Marx y Friedrich Engels (parte II)


Leopoldo O’Donnell

 

 

NOTICIAS DE LA INSURRECCIÓN DE MADRID

Londres, 7 de julio de 1854

 

Las noticias que recibimos de la insurrección militar de Madrid siguen siendo de carácter muy contradictorio y fragmentario. Todos los despachos telegráficos procedentes de Madrid son naturalmente comunicados del gobierno, y de fe tan dudosa como los boletines publicados en la Gaceta. Por tanto, todo lo que puedo ofrecerles es un resumen del escaso material que tengo a mano. Como se recordará, O’Donnell fue uno de los generales desterrados por la reina en febrero; se negó a obedecer la orden de destierro, se ocultó en Madrid y consiguió entablar desde su escondite una correspondencia secreta con la guarnición de Madrid, particularmente con el general Dulce, inspector general de la caballería. El gobierno sabía que O’Donell seguía en Madrid, y el 27 de junio por la noche el general Bláser, ministro de la Guerra, y el general Lara, capitán general de Castilla la Nueva, recibieron el aviso de que se preparaba un levantamiento bajo la dirección del general Dulce. Sin embargo, no se hizo nada para impedir la insurrección o ahogarla en germen. Por ello, el general Dulce no encontró dificultad alguna para concentrar el 28 unos 2.000 hombres de caballería con el pretexto de una revista, ni para abandonar la ciudad en compañía de O’Donell con la intención de apoderarse de la reina, que se encontraba en El Escorial. Fracasó empero el proyecto, y la reina llegó a Madrid el 29, asistida por el conde de San Luis, presidente del Consejo. La reina pasó una revista mientras los insurrectos asentaban sus cuarteles en los alrededores de la capital. Se les sumó el coronel Echagüe con 400 hombres del regimiento del Príncipe, llevando consigo la caja regimental con una suma equivalente a 1.000.000 de francos. Una columna compuesta por siete batallones de infantería, un destacamento de guardias montados y dos baterías de artillería abandonó Madrid el día 29 por la tarde bajo el mando del general Lara, con objeto de atacar a los rebeldes en sus posiciones de las Ventas del Espíritu Santo y del pueblo de Vicálvaro. El día 30 tuvo lugar una batalla entre ambos ejércitos, de la cual hemos recibido tres informaciones: la oficial, dirigida por el general Lara al ministro de la Guerra y publicada en la Gaceta; otra, publicada por el Messager de Bayonne, y una tercera que procede del corresponsal de la Indépendance Belge, testigo ocular de los hechos. La primera, aparecida en todos los periódicos de Londres, es fácil de condenar, pues el general Lara declara primero que atacó a los insurrectos, luego que ellos le atacaron a él, haciendo prisioneros en una parte y perdiéndolos en otra; se declara victorioso y vuelve a Madrid, dejando en fin a los insurrectos dueños del terreno, aunque disimula el hecho hablando de la muerte al «enemigo» mientras pretende no haber tenido más bajas que treinta heridos.

 

He aquí la versión del Messager de Bayonne:

 

El 30 de junio a las 4 de la tarde el general Quesada salió de Madrid a la cabeza de dos brigadas, con el fin de atacar a las tropas rebeldes. La cosa, empero, duró poco, pues el general Quesada fue rechazado vigorosamente. El general Bláser, ministro de la guerra, concentró toda la guarnición de Madrid [la cual cuenta, dicho sea de paso, con unos 7.000 u 8000 hombres] e hizo a su vez una salida a las 7 de la tarde. Se entabló inmediatamente un combate que duró casi sin interrupción hasta la caída de la noche. Amenazada por la numerosa caballería de los insurrectos, la infantería tuvo que formar los cuadros. A la cabeza de varios escuadrones, el coronel Garrigó cargó tan vigorosamente contra uno de esos cuadros que lo rompió en profundidad, pero, se encontró entonces bajo el fuego de una disimulada batería de cinco piezas, cuya metralla dispersó sus escuadrones. El coronel Garrigó cayó en manos de las tropas de la reina; pero el general O’Donnell reorganizó los escuadrones de aquél sin perder un momento y los lanzó él mismo tan enérgicamente contra la infantería que rompió las filas de ésta, liberó al coronel Garrigó y se apoderó de las cinco piezas de artillería. Sufrido este golpe, las tropas de la reina se retiraron hacia Madrid, donde entraron a las 8 de la noche. La mortífera escaramuza originó gran número de muertos y heridos por ambas partes.

Pasamos ahora a la información de la Indépendance Belge, fechada en Madrid el 1 de julio y que parece la más digna de confianza:

La Venta del Espíritu Santo y Vicálvaro han sido escenario de un sangriento combate en el que las tropas de la reina han sido rechazadas a este lado de la Fonda de la Alegría. Tres cuadros formados sucesivamente en diferentes lugares fueron disueltos espontáneamente por orden del ministro de la guerra. Un cuarto se formó detrás del Retiro. Diez escuadrones de insurrectos mandados personalmente por los generales O Donnell y Dulce lo atacaron por el centro (?) mientras diversas guerrillas lo hacían por los flancos (?) [Es difícil de saber lo que este corresponsal entiende por atacar de centro y de flanco un cuadro]. Por dos veces entraron los insurrectos en lucha con la artillería, que los rechazó cubriéndolos de metralla. Los insurrectos pretendían evidentemente apoderarse de algunas de las piezas de artillería situadas en los ángulos del cuadro. Como mientras tanto había ido cayendo la noche, las tropas gubernamentales se retiraron escalonadamente hacia la Puerta de Alcalá, donde un escuadrón de caballería que había permanecido fiel al gobierno fue sorprendido por un destacamento de lanceros insurrectos ocultos tras la Plaza de Toros. En medio de la confusión producida por este ataque inesperado, los insurrectos se apoderaron de cuatro piezas de artillería que se habían retrasado. Las pérdidas han sido aproximadamente iguales por ambas partes. La caballería rebelde ha sufrido mucho por la metralla, pero sus lanzas han exterminado casi completamente el regimiento de la Reina Gobernadora y la guardia montada. Noticias recientes dicen que los insurrectos han recibido refuerzos de Toledo y de Valladolid. Circula incluso el rumor de que el general Narváez es esperado hoy en Vallecas, donde será recibido por los generales Dulce, O’Donnell, Ros de Olano y Armero. Han sido abiertas trincheras en la puerta de Atocha. Grupos de curiosos se apiñan en la estación, desde donde se ven los puestos avanzados del general O’Donnell. Todas las puertas de Madrid están, empero, severamente vigiladas.

Tres de la tarde del mismo día. -Los insurrectos ocupan Vallecas, a tres millas inglesas de Madrid, con fuerzas considerables. El gobierno espera para hoy las tropas de las provincias, especialmente el batallón del Rey. Pero si hay que dar fe a las informaciones más recientes, esa fuerza se ha unido a los insurrectos.

Cuatro de la tarde. -En este momento casi toda la guarnición de Madrid está saliendo de la ciudad en dirección de Vallecas, al encuentro de los insurrectos, que se muestran muy seguros. Están cerradas las tiendas. La guardia del Retiro y, en general, todos los funcionarios del gobierno, han sido apresuradamente armados. Oigo en este momento que varias compañías de la guarnición se sumaron ayer a los insurrectos. La guarnición de Madrid va al mando de los generales Campuzano, del que se dijo erróneamente que se había pasado a los sublevados, Vista Hermosa y Blaser, ministro de la guerra. Hasta ahora no han llegado refuerzos en apoyo del gobierno, pero se dice que el 4.0 regimiento de línea y el 1.0 de caballería han salido de Valladolid y se dirigen a Madrid a marchas forzadas. Lo mismo se dice de la guarnición de Burgos, mandada por el general Turón. Por último, el general Rivera ha salido de Zaragoza con una imponente fuerza. Hay que esperar por tanto más encuentros sangrientos.

Hasta ayer, día 6, no han llegado más periódicos ni cartas de Madrid. El Moniteur únicamente publica este lacónico despacho, fechado en Madrid el 4 de julio:

Sigue reinando la calma en Madrid y provincias.

Un despacho privado afirma que los rebeldes se encuentran en Aranjuez. Si la batalla prevista para el día 1 por el corresponsal de la Indépendance hubiera concluido victoriosamente para el gobierno no faltarían cartas, periódicos ni boletines. A pesar de haber sido proclamado en Madrid el estado de sitio, han reaparecido el Clamor público, la Nación, el Diario, la España y la Época sin previo aviso al gobierno, cuyo fiscal ha informado de esta anómala circunstancia. Entre las personas arrestadas en Madrid se cita a los señores Antonio Guillermo Moreno y José Manuel Collado, banqueros. Se ha dictado orden de arresto contra el señor Sevillano, marqués de Fuentes de Duero, amigo personal del general Narváez. Los señores Pidal y Mon han sido sometidos a vigilancia.

Sería prematuro formular una opinión sobre el carácter general de esta insurrección. Puedo decir, sin embargo, que no parece proceder del partido progresista, cuyo soldado, el general San Miguel, permanece inactivo en Madrid. A juzgar por todas las informaciones, parece al contrario que Narváez esté en el fondo del movimiento y que no le sea completamente extraña la reina Cristina: cuya influencia ha disminuido mucho en los últimos tiempos ante el favorito de la reina, conde San Luis.

Acaso no haya país alguno salvo Turquía que sea tan poco conocido y tan mal juzgado por Europa como España. Los numerosos pronunciamientos locales y rebeliones militares han acostumbrado a Europa a considerar a España como un país colocado en la situación de la Roma imperial en la era de los pretorianos. Es éste un error tan superficial como el que cometieron en el caso de Turquía quienes creyeron que la vida de la nación se había extinguido por el hecho de que su historia oficial del último siglo no consistiera más que en revoluciones palaciegas y en émeutes de los jenízaros. La explicación de esta falacia reside en la sencilla razón de que los historiadores, en vez de descubrir los recursos y la fuerza de esos países en su organización provincial y local, se han limitado a tomar sus materiales de los almanaques de la corte. Los movimientos de aquello que solemos llamar estado han afectado tan escasamente al pueblo español que éste se ha desentendido, muy gustosamente de este estanco dominio de alternas pasiones y mezquinas intrigas de los guapos de la corte, de los militares, aventureros y del puñado de sedicentes estadistas, y no ha tenido razones importantes para arrepentirse de su indiferencia. Como el carácter de la historia moderna de España merece ser apreciado muy diversamente de como lo ha sido hasta ahora, aprovecharé una oportunidad para tratar este tema en una de mis próximas cartas. Ya ahora, empero, querría indicar que no sería cosa de asombrarse si estallara en la Península un movimiento general partiendo de la mera rebelión militar, ya que las últimas medidas financieras del gobierno han convertido al exactor de impuestos en un eficacísimo propagandista revolucionario.

[New York Daily Tribune, 21 de julio de 1854]

Intento de asesinato de Isabel II

 

III

PROCLAMAS DE DULCE Y O’DONNELL.

ÉXITOS DE LOS INSURRECTOS

Londres, 18 de julio de 1854

 

La insurrección española parece tomar un nuevo aspecto, como resulta evidente por las proclamas de Dulce Y O´Donnell, el primero de los cuales es un partidario de Espartero, mientras el segundo era un importante seguidor de Narváez, adicto también, acaso secretamente a la reina Cristina. Al convencerse de que las ciudades españolas no pueden movilizarse esta vez por una mera revolución palaciega, O’Donnell ha postulado inesperadamente principios liberales. Su proclama está fechada en Manzanares, un burgo de la Mancha no lejano de Ciudad Real. Dice que sus objetivos consisten en preservar el trono, pero expulsando la camarilla, la observancia rigurosa de las leyes fundamentales, el perfeccionamiento de las leyes electoral y de prensa, la disminución de los impuestos, la implantación en las carreras civiles del ascenso por méritos exclusivamente la descentralización y el establecimiento de una Milicia Nacional con amplia base. Propone la constitución de juntas y una asamblea general de las Cortes en Madrid para encargarse de la revisión de las leyes. La proclama del general Dulce es todavía más enérgica. Dice en ella:

Ya no hay progresistas ni moderados; todos somos españoles, émulos de los hombres del 7 de julio de 1822. Vuelta a la constitución de 1837; mantenimiento de Isabel II; destierro perpetuo de la Reina Madre; destitución del actual ministerio; restablecimiento de la paz en el país: tal es el fin que perseguimos a toda costa, como mostraremos en el campo del honor a los traidores que castigaremos por su culpable locura.

Según el Journal des Débats se han ocupado en Madrid papeles y correspondencia que prueban sin dejar lugar a dudas que el secreto objetivo de los Insurrectos consiste en declarar vacante el trono, unificar la Península Ibérica en un estado único y ofrecer la corona del mismo al rey don Pedro V, príncipe de Sajonia-Coburgo Gotha. El gran interés que muestra The Times por la insurrección española y la simultánea presencia de dicho don Pedro en Inglaterra parecen indicar que flota en el ambiente un nuevo fantasma Coburgo. Evidentemente, la corte está muy inquieta tras haber arriesgado todas las combinaciones ministeriales posibles: Istúriz y Martínez de la Rosa han sido utilizados en vano. El Messager de Bayonne afirma que el conde de Montemolín ha abandonado Nápoles apenas le llegaron noticias de la insurrección.

O’Donnell ha entrado en Andalucía atravesando Sierra Morena con tres columnas, por La Carolina la una, por Pozoblanco la otra y por Despeñaperros la tercera. La Gaceta confiesa que el coronel Buceta ha conseguido tomar por sorpresa la plaza de Cuenca, con cuya posesión los insurrectos han asegurado sus comunicaciones con Valencia. En esta última provincia el movimiento se extiende ya a cuatro o cinco ciudades aparte de Alora, donde las tropas del gobierno han sufrido un severo golpe.

Se afirma también que ha estallado un movimiento en Reus, Cataluña, y el Messager de Bayonne añade que han tenido lugar disturbios en Aragón.

[New York Daily Tribune, 3 de agosto de 1854]

Quema de banderas en la puerta del sol 1854

IV

LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA.

LUCHA DE PARTIDOS.

PRONUNCIAMIENTOS EN SAN SEBASTIAN,

BARCELONA, ZARAGOZA Y MADRID

 

Londres, 21 de julio de 1854

 

“Ne touchez pas” a la Reine es vieja máxima en Castilla, pero la aventurera señora Muñoz y su hija Isabel han sobrepasado tan ampliamente sus derechos de reinas de Castilla que por fuerza tienen que haber debilitado los monárquicos prejuicios del pueblo español.

Los pronunciamientos de 1843 duraron tres meses; los de 1854 han durado escasamente otras tantas semanas. Ha sido disuelto el ministerio, el conde de San Luis ha huido, la reina Cristina está intentando llegar a la frontera francesa y las tropas y los ciudadanos de Madrid se han declarado contra el gobierno.

Los movimientos revolucionarios españoles ofrecen desde comienzos del siglo un aspecto notablemente uniforme, con excepción de los movimientos en favor de privilegios provinciales y locales que agitan periódicamente las provincias del Norte. En todo otro caso ocurre que cada complot palaciego se basa en insurrecciones militares que arrasaban indefectiblemente tras de sí pronunciamientos municipales. Dos causas explican este fenómeno. En primer lugar, lo que llamamos estado en el sentido moderno de la palabra no tiene verdadera corporización frente a la corte, por causa de la vida exclusivamente provincial del pueblo, si no es en el ejército. En segundo lugar, la peculiar posición de España y la guerra por la Independencia crearon condiciones en las cuales el ejército resultó el único lugar en que podían concentrarse las fuerzas vitales de la nación española. Así pudo ocurrir que las únicas manifestaciones nacionales (las de 1812 y 1822) procedieran del ejército; con ello, los sectores movilizables de la nación se han acostumbrado a ver en el ejército el instrumento natural de todo movimiento nacional. Durante el difícil período 1830-1854 las ciudades españolas comprendieron empero que el ejército, en vez de seguir siendo un sostén de la causa de la nación, se había transformado en instrumento de las rivalidades de ambiciosos pretendientes a la tutoría militar de la corte. Consecuentemente, el movimiento de 1854 es muy diverso del de 1843. La émeute del general O’Donnell fue considerada por la población como una mera conspiración contra las personas influyentes en la corte, especialmente desde que se vio que el movimiento contaba con el apoyo del ex favorito Serrano. Las ciudades y el campo se guardaron consiguientemente de responder al llamamiento de la caballería de Madrid. Así se vio obligado el general O’Donnell a cambiar completamente la naturaleza de su operación, con objeto de no quedarse aislado y expuesto al fracaso. Se vio pues obligado a incluir en su proclama tres puntos a cuál más opuesto a la supremacía del ejército: convocatoria de las Cortes, gobierno económico y formación de una milicia nacional -reivindicación esta última originada precisamente en el deseo de las ciudades de recobrar su independencia respecto del ejército-. Es por tanto un hecho que la insurrección militar no ha obtenido la ayuda de un movimiento popular sino a cambio de aceptar las condiciones de este último. Falta por ver si también será obligada a adherirse a ellas y a cumplir sus promesas.

Con excepción de los carlistas, todos los partidos han lanzado su grito: progresistas, partidarios de la Constitución de 1837, partidarios de la Constitución de 1812, unionistas (que propugnan la anexión de Portugal) y republicanos. Las noticias referentes a este último partido tienen que ser acogidas con precaución, dado que pasan por la censura de la policía de París. Junto con esas luchas de partidos se desarrollan plenamente las rivalidades y pretensiones de los jefes militares. Tan pronto tuvo noticia del éxito de O’Donnell, Espartero abandonó su retiro en Leganés y se nombró a sí mismo jefe del movimiento. Pero apenas César Narváez supo que su viejo Pompeyo se había presentado en escena, ofreció sin dilación sus servicios a la reina, servicios que fueron aceptados. Y así está Narváez formando nuevo ministerio. Por los detalles que me dispongo a darles se aprecia que los militares han estado lejos de tomar la iniciativa en todas partes y que en muchos lugares no han hecho más que ceder a las superiores presiones de la población.

Entrada de Espartero en Madrid el día 29 de julio de 1854.

 

Aparte del pronunciamiento de Valencia, del que informé en mi anterior, ha habido otro en Alicante. En Andalucía se han producido pronunciamientos en Granada, Sevilla y Jaén; en Castilla la Vieja lo ha habido en Burgos; en León, en Valladolid; en Navarra, en Tolosa y en Pamplona; en Guipúzcoa; en Aragón, en Zaragoza; en Cataluña, en Barcelona, Tarragona, Lérida y Gerona; se dice también que ha habido un pronunciamiento en las islas Baleares, y parece que hay que esperarlo igualmente en Murcia, a juzgar por una carta de Cartagena fechada el 12 de julio y que dice:

A consecuencia de un bando([1]) publicado por el gobernador militar de la Plaza, todos los habitantes que posean fusiles u otras armas han recibido orden de depositarlas ante las autoridades civiles en el plazo de veinticuatro horas. A petición del cónsul de Francia, el gobierno ha autorizado a los residentes franceses, como ya se hizo en 1848, a depositar sus armas en el consulado.

De todos esos pronunciamientos sólo cuatro merecen particular atención, a saber: los de San Sebastián en Vizcaya, Barcelona, capital de Cataluña, Zaragoza, capital de Aragón, y Madrid.

Baldomero Espartero

 

El pronunciamiento se ha originado en Vizcaya en el seno de las municipalidades, mientras que en Aragón lo ha sido en el del ejército. La municipalidad de San Sebastián se ha pronunciado en favor de la insurrección al presentarse la petición de armar al pueblo. Toda la ciudad quedó cubierta de armas inmediatamente. Ya el mismo día 17 se había convencido a los dos batallones de la guarnición para que se unieran al movimiento. Completada la fusión de los ciudadanos y el ejército, unos 1.000 vecinos armados y acompañados por alguna tropa salieron hacia Pamplona para organizar la insurrección en Navarra. La mera aparición de los ciudadanos armados de San Sebastián facilitó el movimiento en la capital navarra; el general Zabala se unió más tarde al movimiento y se dirigió a Bayona, invitando a los soldados y oficiales del regimiento de Córdoba, refugiados en aquella ciudad francesa tras su última derrota en Zaragoza, a volver inmediatamente al país y reunirse con él en San Sebastián. De acuerdo con algunas informaciones marchó luego a Madrid para colocarse a las órdenes de Espartero, si bien otras informaciones le suponen camino de Zaragoza para unirse a los insurrectos aragoneses.

El general Mazaredo, comandante de las provincias vascas, se ha visto obligado a pasar a Francia por haberse negado a tomar parte en el pronunciamiento de Vitoria. Las tropas que se encuentran a las órdenes del general Zabala son dos batallones del regimiento de Barbón, un batallón de fusileros y un destacamento de caballería. Antes de concluir con las provincias vascas deseo indicar como hecho característico que el brigadier Barcáiztegui, que ha sido nombrado gobernador de Guipúzcoa, es un antiguo ayudante de campo de Espartero.

 

En Barcelona la iniciativa fue aparentemente de los militares, pero la espontaneidad de su actuación resulta muy dudosa cuando se considera la información adicional que hemos recibido. El 13 de julio, a las 7 de la tarde, los soldados de los cuarteles de San Pablo y Buen Suceso cedieron a las manifestaciones del pueblo y se pronunciaron al grito de ¡Viva la Reina! ¡Viva la Constitución!([2])  ¡Muerte a los ministros! ¡Fuera Cristina! Luego de confraternizar con las masas y marchar con ellas por las Ramblas, se detuvieron en la Plaza de la Constitución. La caballería, confinada en la Barceloneta durante los seis días anteriores, a consecuencia de la desconfianza que inspiraba al capitán general, se pronunció también a su vez. Desde ese momento toda la guarnición Pasó al lado del pueblo y resultó imposible cualquier resistencia de parte de las autoridades. A las 10, el gobernador militar, general Marchesi, cedió a las universales presiones, y el propio capitán general anunció a media noche su decisión de adherirse al movimiento. Se dirigió a la plaza del Ayuntamiento ([3]) y arengó al pueblo que la colmaba. El 18 se constituyó una junta formada por el capitán general y otras eminentes personalidades, cuya consigna fue: Constitución, Reina y Moralidad. Ulteriores noticias de Barcelona informan que varios trabajadores han sido fusilados por orden de las nuevas autoridades por haber destruido maquinaria y atentado contra la propiedad; también se dice que ha sido arrestado un comité republicano reunido en una villa vecina; pero hay que recordar que estas noticias pasan por las manos del «Dos de Diciembre», cuya especial vocación consiste en calumniar a republicanos y obreros.

 

También se ha dicho que en Zaragoza la iniciativa procedía de los militares; pero la afirmación resulta refutada por la noticia adicional según la cual se decidió inmediatamente constituir un cuerpo de Milicia Nacional. ¡Lo que sí es cierto -y está confirmado por la propia Gaceta de Madrid- es que antes del pronunciamiento de Zaragoza 150 soldados del regimiento de Montesa (caballería) que estaban en marcha hacia Madrid y tenían sus cuarteles en Torrejón (a cinco leguas de la capital) se sublevaron y abandonaron a sus jefes, los cuales llegaron a Madrid con la caja regimental!. Bajo el mando del capitán Baraibán, los soldados montaron a caballo y tomaron la carretera de Huete, suponiéndose que intentan unirse a las fuerzas del coronel Buceta en Cuenca. Por lo que hace a Madrid, hacia el cual marcha según parece Espartero con un «ejército del centro» y el general Zabala con el ejército del norte, era natural que una ciudad que vive de la corte fuera la última en unirse al movimiento insurreccional. La Gaceta del 15 publicaba todavía un boletín del ministerio de la guerra afirmando que los facciosos se habían dado a la huida y que aumentaba la entusiasta lealtad de las tropas. El conde de San Luis, que parece haber entendido correctamente cuál es la situación en Madrid, anunció a los trabajadores que el general O’Donnell y los anarquistas les quitarían el trabajo, mientras que si el gobierno triunfaba emplearía a todos los obreros en obras públicas a seis reales diarios. Con esta estratagema el conde de San Luis esperaba colocar bajo su bandera el sector más impresionable de los madrileños. Pero su éxito fue semejante al alcanzado por el partido del Natíonal en París en 1848. Los aliados así obtenidos se convirtieron pronto en sus más peligrosos enemigos, pues los fondos para pagarlos se agotaron al sexto día. Hasta qué punto temía el gobierno un pronunciamiento en Madrid resulta patente en la proclama del general Lara (gobernador de la plaza) prohibiendo la publicación de cualquier noticia referente al curso de la insurrección. Resulta además claro que la táctica del general Bláser se reduce a evitar cuidadosamente todo contacto con los insurrectos, para evitar que sus tropas contraigan la misma infección. Se dice que el plan inicial del general O’Donnell consistía en atraer las tropas gubernamentales a un combate en las llanuras de la Mancha, tan favorables a las operaciones de la caballería. Pero el plan fue abandonado a consecuencia de la llegada del ex favorito Serrano, en conexión con las principales ciudades andaluzas. En vista de ello el ejército constitucional decidió dirigirse hacia Jaén y Sevilla, en vez de permanecer en la Mancha.

 

Puede observarse en passant que los boletines ([4]) del general Bláser muestran un asombroso parecido con las órdenes del día de los generales españoles del siglo XVI, que tanta hilaridad causaban a Francisco I, y con los del siglo XVIII, ridiculizados por Federico el Grande de Prusia.

Está claro que esta insurrección española tiene que llegar a ser fuente de disensiones entre los gobiernos francés e inglés, y la información de un periódico francés según la cual el general O’Donnell estuvo escondido hasta el día de su sublevación en el palacio del embajador británico no es como para disminuir los recelos de Bonaparte por lo que hace a las causas de aquel movimiento. Existe ya cierta irritación en germen entre Bonaparte y Victoria; Bonaparte esperaba encontrarse con la reina al embarcar sus tropas en Calais, pero Su Majestad contestó a ese deseo visitando a la ex reina Amelía aquel mismo día. Por otra parte, al ser interpelados los ministros ingleses acerca del hecho de no estar bloqueados el mar Blanco, el mar Negro y el mar de Azov, contestaron poniendo como excusa la alianza con Francia. Bonaparte ha replicado anunciando esos bloqueos en el Moniteur, sin esperar el consentimiento formal de Inglaterra. Finalmente, al producir mal efecto en Francia el embarque de tropas francesas en navíos exclusivamente ingleses, Bonaparte ha publicado una lista de buques franceses aptos para ello y destinados al efecto.

[New York Daily Tribune, 4 de agosto de 1854]

 

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[1] En castellano en el original.- N. T.

[2] En castellano en el original.-N. T.

[3] Idem

[4] En castellano en el original. -N. T.

[5] Publicado como editorial.

 

 

REVOLUCIÓN EN ESPAÑA por Karl Marx y Friedrich Engels (parte III)

 

Es precisamente en 1854, durante el reinado de Isabel II y siendo Marx corresponsal para Europa del New York Daily Tribune, que tiene lugar la sublevación de Leopoldo O’Donnell y Domingo Dulce que puso fin a la década moderada y dio paso al bienio progresista al ser sustituido el gobierno del conde de San Luis, que sólo contaba con el apoyo de la corona, por otro de corte liberal.

Momentos de revueltas en una España históricamente proclive al auto enfrentamiento y a la sedición y poco dada al cambio pacífico y al acuerdo, relatados por unos autores que, por aquel entonces, habían publicado ya el Manifiesto Comunista y elaboraban su obra cumbre El Capital.

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V

ESPARTERO

 

Una de las peculiaridades de las revoluciones consiste en que en el momento mismo en que el pueblo parece estar a punto de dar un gran paso e inaugurar una nueva era, sucumbe a ilusiones del pasado y pone todo el poder e influencia tan costosamente conquistados en manos de hombres que representan, o se supone representan, el movimiento popular de una época ya terminada. Espartero es uno de esos hombres tradicionales que el pueblo acostumbra a cargarse a las espaldas en los momentos de crisis sociales y que, como el perverso viejo que hundía obstinadamente sus piernas en torno al cuello de Simbad el Marino, son luego muy difíciles de descabalgar. Si se preguntara a un español de la llamada escuela progresista cuál es el valor político de Espartero, contestan inmediatamente: «Espartero representa la unidad del gran partido liberal; Espartero es popular porque procede del pueblo, y su popularidad beneficia exclusivamente a la causa de los progresistas«. Es verdad que Espartero es hijo de un artesano, y que se ha encaramado hasta la regencia de España; y es verdad que habiendo entrado en el ejército como simple soldado ha salido de él con el grado de un mariscal de campo. Pero si realmente es el símbolo de la unidad del gran partido liberal, no puede serlo solo por constituir ese punto de indiferenciada humildad en el que se neutralizan todos los extremos. Y por lo que hace a la unidad de los progresistas, no exageraremos al decir que quedó arruinada desde el momento en que pasó del cuerpo del partido a un individuo particular.

No hace falta más prueba de la ambigüedad y excepcionalidad de la grandeza de Espartero que el simple hecho de que nadie consiga explicarla racionalmente. Mientras que su amigos se refugian en gloriosas vaguedades, sus enemigos, aludiendo a peculiares rasgos de su vida privada, hacen de él un simple tahúr afortunado. Unos Y otros, amigos y enemigos, están igualmente lejos de descubrir la menor conexión lógica entre el hombre mismo y su fama y su nombre.

Entrada de Espartero en Madrid (1854)

 

Los méritos militares de Espartero son tan discutidos como indiscutible es su cortedad política. En una voluminosa biografía publicada por el señor de Flórez se presentan con gran aparato sus proezas militares y su actuación de general en las provincias de Charcas,  La Paz, Arequipa, Potosí y Cochabamba, donde 1uchó bajo las órdenes del general Morillo, encargado por entonces de colocar los estados sudamericanos bajo la autoridad de la corona española. Pero la impresión general producida por sus hechos de armas sudamericanos en la impresionable mentalidad de su país queda lo suficientemente caracterizada por el hecho de que Espartero sea conocido como Jefe del Ayacuchismo, y sus partidarios como ayacuchos en recuerdo de la desgraciada batalla de Ayacucho, en 1a que Perú y Sudamérica se separaron definitivamente de España.  

 

Es pues a todas luces un héroe verdaderamente extraordinario, cuyo bautizo histórico data de una derrota, en vez de datar de un triunfo. En los siete años de guerra contra los carlistas nunca se señaló por uno de esos golpes de audacia que pronto dieron a conocer a su rival Narváez como un soldado de nervios de acero. Tiene sin duda el don de saber obtener el mayor provecho de éxitos menores, pues fue pura suerte el que Maroto le entregara las últimas fuerzas del Pretendiente; el alzamiento de Cabrera en 1840 no fue más que un esfuerzo póstumo por galvanizar el seco esqueleto del carlismo. El señor de Marliani, admirador de Espartero e historiador de la España moderna, no puede menos de reconocer que los siete años de guerra carlista no pueden compararse sino con las luchas feudales de la dulce Galia del siglo X, en las que el éxito no era siempre resultado de la victoria. Existe además la desagradable circunstancia de que, de todos los hechos de Espartero en la Península, los que más viva impresión han causado en la imaginación pública han sido, si no propiamente derrotas, sí por lo menos hazañas poco comunes en un héroe de la libertad: Espartero es conocido como el hombre que manda bombardear ciudades -Barcelona y Sevilla-. Si los españoles quisieran representarle como a Marte, dice un escritor español, pintarían al dios con atributos de «destructor de paredes».

Bombardeo de Barcelona por Espartero

 

Cuando Cristina se vio obligada en 1840 a abandonar la regencia y huir de España, Espartero asumió la autoridad suprema dentro de los límites de un gobierno parlamentario, contra los deseos de un sector muy amplio de los progresistas. Se rodeó de una especie de camarilla y se dio aires de dictador militar, sin llegar empero a alzarse realmente por encima de la mediocridad de «un rey constitucional”. Sus favores se dirigieron más a los moderados que a los viejos progresistas, los cuales, con pocas excepciones, fueron excluidos de los cargos públicos. Sin valor para romper las barreras del régimen parlamentario, no supo tampoco aceptarlo, ni gobernarlo, ni transformarlo en un instrumento de acción. Durante sus tres años de dictadura el espíritu revolucionario fue agotándose poco a poco a fuerza de innumerables compromisos, y las disensiones en el partido progresista llegaron a alcanzar tal intensidad que permitieron a los moderados volver al poder exclusivo mediante un simple coup de main. Espartero había llegado a perder su autoridad hasta el punto de que su propio embajador en París conspiraba contra él con Cristina y Narváez; era además tan pobre de recursos que no encontró medios para defenderse de sus miserables intrigas o de los mezquinos engaños de Luis Felipe. Entendió tan poco su situación que ofreció una resistencia a ultranza a la opinión pública en un momento en que ésta no esperaba más que un pretexto para destrozarle.

En mayo de 1843, ya muy decaída su popularidad, insistió en conservar a Seoane, Zurbano y los demás miembros de su camarilla, cuya expulsión era violento clamor público; destruyó el ministerio López, que disponía de una amplia mayoría en la cámara de los diputados, y se negó testarudamente a dictar una amnistía en favor de los moderados desterrados, amnistía reclamada por todo el mundo -por el parlamento, el pueblo y el propio Ejército-. La petición de amnistía no era por otra parte más que una expresión del público disgusto producido por su administración.

Entonces y repentinamente, un huracán de pronunciamientos contra “el tirano Espartero» sacudió toda la península de un extremo a otro; por la rapidez de su difusión, el movimiento no puede compararse más que con el que está teniendo lugar estos días. Moderados y progresistas se unieron con el único objeto de liberarse del regente. La crisis le cogió desprevenido, y la hora fatal le halló mal preparado. Narváez, acompañado por O’Donnell, Concha y Pezuela, desembarcó en Valencia con un puñado de hombres.

Ramón María Narváez

 

Todo fue en ellos rapidez y acción, calculada audacia, decisión enérgica. Por parte de Espartero todo fue vacilación, retraso mortal, apática irresolución, indolente debilidad. Mientras Narváez levantaba el cerco de Teruel y penetraba en Aragón, Espartero se retiraba de Madrid y consumía semanas enteras en Albacete en una inexplicable inactividad. Cuando Narváez, derrotados los cuerpos de Seoane y de Zurbano en Torrejón, marchaba sobre Madrid, Espartero se une finalmente a Van Halen para el inútil y odioso bombardeo de Sevilla. Huye luego de ciudad en ciudad, abandonado a cada paso de su retirada por parte de sus tropas, y alcanza finalmente la costa. Al embarcarse en Cádiz, esta ciudad, la última en que Espartero conservó partidarios, le deseó feliz viaje pronunciándose también contra él. Un inglés que residía en España durante la catástrofe ha dado una gráfica descripción del resbaladizo hundimiento de la grandeza de Espartero: «No fue el tremendo desplomarse en un momento, tras lucha valerosa, sino un descenso paulatino, escalón tras escalón, sin combatir en parte alguna, desde Madrid a Ciudad Real, de Ciudad Real a Albacete, de Albacete a Córdoba, de Córdoba a Sevilla, de Sevilla a Puerto de Santa María y de allí al amplio océano. Fue cayendo de la idolatría al entusiasmo, del entusiasmo a la lealtad, de la lealtad al respeto, del respeto a la indiferencia, de la indiferencia al desprecio, del desprecio a la indignación, y de la indignación al mar».

¿Cómo, pues, puede Espartero haberse convertido de nuevo en el Salvador de la Patria y la «Espada de la Revolución», ¿cómo se le llama? Este hecho sería completa mente incomprensible si no existieran de por medio los diez años de reacción que ha sufrido España bajo la brutal dictadura de Narváez y el tentacular yugo de los favoritos de la reina, sucesores de Narváez. Épocas de reacción intensa y duradera son maravillosamente adecuadas para restablecer a los hombres desprestigiados en abortos revolucionarios. Ellas aumentan la capacidad imaginativa de un pueblo -¿y dónde es más poderosa la imaginación que en el sur de Europa?- y el más irresistible de sus impulsos, que consiste en oponer a las encarnaciones individuales del despotismo encarnaciones individuales de la Revolución. Al no poder improvisarlos ellos mismos, exhuman los hombres muertos de sus anteriores movimientos. ¿No estuvo el propio Narváez a punto de convertirse en un personaje popular a costa de Sartorius?

El Espartero que realizó su entrada triunfal en Madrid el 29 de julio no era un hombre real, sino un fantasma, un nombre, una reminiscencia.

 

Es, empero, de justicia recordar que Espartero no ha declarado nunca ser sino un monárquico constitucional; y si alguna duda hubiera existido sobre este punto, debería haberse ya disipado plenamente ante la entusiasta acogida que durante su destierro en Inglaterra le dispensaron el palacio de Windsor y las clases gobernantes inglesas. A su llegada a Londres, toda la aristocracia se precipitó unánimemente a su casa, con el duque de Wellington y Palmerston en cabeza. En su calidad de ministro de Asuntos Exteriores, Aberdeen le envió una invitación para ser presentado a la reina; el lord Mayor y los Aldermen de la ciudad le entretienen con gastronómicos agasajos en Mansion House. Y cuando se supo que el hispánico Cincinato consagraba sus horas de ocio a la jardinería, no hubo sociedad agrícola, botánica u hortícola que no ansiara otorgarle el título de miembro. Fue realmente el león de esta metrópoli. A fines de 1847 una amnistía llamó a España a los desterrados españoles, y el decreto de la reina Isabel le nombraba senador. De todos modos, no pudo abandonar Inglaterra sin que la reina Victoria le invitara a su mesa, junto con la duquesa, añadiendo a ello el señalado honor de ofrecerles alojamiento nocturno en el palacio de Windsor. Es cierto, según creemos, que esta aureola creada en torno de su persona está relacionada de algún modo con la idea de que Espartero ha sido y sigue siendo el representante de los intereses británicos en España. Pero no es menos verdad que las manifestaciones hechas en honor de Espartero tienen algo de demostración contra Luis Felipe.

A su regreso a España recibió Espartero diputación tras diputación, congratulación tras congratulación,  y la ciudad de Barcelona despachó un mensajero exclusivamente para disculparse ante él por la mala conducta de la ciudad en 1843. Pero ¿ha oído alguien citar su nombre durante el fatal período que se abrió en enero de 1846 y ha concluido con los últimos acontecimientos? ¿Ha alzado acaso Espartero su voz en aquel agónico silencio de la degradada España? ¿Se recuerda un solo hecho de resistencia patriótica por su parte? Se retiró a su propiedad de Logroño, a cultivar sus hortalizas y sus flores hasta que llegara la hora. No dio un paso hacia la revolución hasta que la revolución llegó hasta él. Ha hecho realmente más que Mahoma. Esperó que la montaña llegara hasta él y ésta lo ha hecho efectivamente. Hay que citar, sin embargo, una excepción: cuando estalló la revolución de febrero, seguida del terremoto general en Europa, Espartero hizo que el señor de Príncipe y otros amigos publicaran un breve panfleto titulado Espartero. Su pasado, su presente y su porvenir, para recordar a España que seguía poseyendo el hombre del pasado,  del presente y del futuro. Pero al hundirse en Francia el movimiento revolucionario, el hombre del pasado, del presente y del futuro se sumergió una vez más en el olvido.

Espartero nació en Granátula, en La Mancha, y como su famoso paisano tiene también su idea fija – la Constitución- y su Dulcinea -la reina Isabel- . El 8 de enero de 1848, cuando volvió de su destierro inglés a Madrid, fue recibido por la reina y se despidió de ella con las siguientes palabras: «Suplico a Vuestra Majestad me llame siempre que necesite una espada para defenderla o un corazón para amarla«. Su Majestad lo ha llamado finalmente, y el caballero andante ha acudido, aplacando las oleadas revolucionarias, desanimando a las masas con una calma engañosa, permitiendo a Cristina, San Luis y los demás refugiarse en el palacio, y proclamando estentóreamente su indestructible fe en las palabras de la inocente Isabel.  

El entonces estudiante Salustiano de Olózaga pronuncia un discurso político en el café Lorenzini de Madrid. La Estafeta de Palacio

 

Como es sabido, esta reina tan digna de fe, cuyos rasgos, según dicen, cobran cada vez más parecido con los de Fernando VII de infeliz memoria, fue proclamada mayor el 15 de noviembre de 1843. El 21 de noviembre del mismo año cumplía ella los trece de edad. Olózaga, al que López había nombrado tutor de la reina por tres meses, formó un ministerio poco grato a la camarilla y a las Cortes recién elegidas bajo la impresión del primer éxito de Narváez. Quiso entonces disolver las Cortes y obtuvo un Real Decreto firmado por la reina que le autorizaba a ello, pero con la fecha de su promulgación en blanco. Olózaga recibió el decreto de manos de la reina la tarde del 28. La tarde del 29 tuvo otra entrevista con ella; pero apenas la había dejado cuando se presentó en su casa un subsecretario de Estado informándole de que había sido destituido y exigiéndole el decreto que había obligado a firmar a la reina. Olózaga, abogado de profesión, era demasiado agudo para caer en una trampa tan burda. No devolvió el documento hasta el día siguiente y tras haberlo mostrado a más de cien diputados; para que comprobaran que la firma de la reina presentaba sus trazos habituales. El 13 de diciembre González Brabo, nombrado primer ministro, llamó ante la reina a los presidentes de las cámaras, las principales personalidades de Madrid, Narváez, el marqués de Santa Cruz y otras personas, pues la reina deseaba hacer una declaración sobre lo que había ocurrido entre ella y Olózaga la tarde del 28 de noviembre. La inocente reinecita les introdujo en la habitación en que había recibido a Olózaga y representó para informarles un pequeño drama en forma muy graciosa, aunque más bien exagerada. Así atrancó Olózaga la puerta, así la tomó del vestido, así la obligó a sentarse, así le guió la mano, así la obligó a firmar el decreto, en una palabra, así violó su dignidad real. Durante la escena, González Brabo fue tomando nota de esas declaraciones, mientras todas las personas presentes podían apreciar que el decreto en cuestión estaba firmado con mano trémula y agarrotada. En virtud de esta solemne declaración de la reina, Olózaga debía ser condenado por el crimen de lesa majestad a ser despedazado por cuatro caballos, o, en el mejor de los casos, a destierro perpetuo a las Filipinas.

La Junta de Filipinas

 

Pero, como hemos visto, Olózaga había tomado ya sus precauciones. Tuvo entonces lugar un debate de diecisiete días en las Cortes, que causo, aún más impresión que el famoso proceso de la reina Carolina en Inglaterra. La defensa de Olózaga ante las Cortes contiene entre otras cosas el siguiente párrafo:

«Si me decís que hay que dar fe sin discusión a la palabra de la reina yo os contesto: No. O existe acusación o no existe. Y si existe, esa palabra es un testimonio como otro cualquiera, y a ese testimonio opongo yo el mío«.

En la balanza de las Cortes, la palabra de Olózaga resultó de más peso que la de la reina. Olózaga tuvo empero que huir a Portugal para escapar de los asesinos lanzados contra él. Esta fue la primera aparición de Isabel en la escena política de España. Y esta es la misma reinecita a creer cuyas palabras exhorta Espartero al pueblo, y a la que, tras once años de escándalos ejemplares, se ofrece el «brazo defensor» y el «corazón amante» de la «Espada de la Revolución».

[New York Daily Tribune, 19 de agosto de 1854]

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VI

LA CONTRARREVOLUCIÓN EN ACCIÓN

Londres, 8 de agosto de 1854

 

Apenas habían sido retiradas las barricadas de Madrid -a petición de Espartero- cuando ya estaba actuando la contrarrevolución. El primer paso contrarrevolucionario fue la impunidad acordada a la reina Cristina, Sartorius y sus asociados. A ese paso siguió el de la formación del ministerio, con el moderado O’Donnell en la cartera de Guerra y todo el ejército, por tanto, puesto a disposición de este viejo amigo de Narváez. En la lista del Gobierno figuran los nombres de Pacheco, Luján, don Francisco Santa Cruz, todos ellos partidarios notorios de Narváez y miembro el primero además del mal afamado ministerio de 1847. Otro de los miembros Salazar, ha sido nombrado por el único mérito de ser un compañero de juego de Espartero. En premio a los sangrientos sacrificios del pueblo en las barricadas y en las calles ha caído un chaparrón de condecoraciones sobre los generales de Espartero, por una parte, y los amigos moderados de O’Donnell por otra. Para preparar el completo silencio de la prensa ha sido restablecida la ley de 1837. En vez de convocar Cortes constituyentes, Espartero desea, según se dice, convocar sólo las cámaras según la constitución de 1837, respetando, además, de creer ciertos informes, las modificaciones realizadas en la misma por Narváez. Han sido concentradas muchas tropas cerca de Madrid para asegurar lo mejor posible el éxito de esas medidas y de las que seguirán. Si hay algo que llame especialmente nuestra atención en este asunto es la prontitud con que ha empezado a actuar la reacción.

Palacio de las Cortes. Narciso Colomer 1850

 

Desde el. Primer momento los jefes de las barricadas visitaron a Espartero para hacerle objeciones sobre la constitución de su gobierno. Espartero entró en largas explicaciones sobre las dificultades que le acosaban y se esforzó por defender sus nombramientos. Pero los diputados del pueblo no parecen haber quedado muy satisfechos con su explicación. Al mismo tiempo llegaron noticias «muy alarmantes» de los movimientos republicanos en Valencia, Cataluña y Andalucía. La turbación de Espartero puede comprobarse por su decreto sancionando la continuación de la actividad de las juntas provinciales. Ni siquiera ha osado todavía disolver la junta de Madrid, a pesar de que su ministerio está completo y ha asumido oficialmente sus funciones.

[New Y01·k DailyTribune, 21 de agosto de 1854]

 

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VII

REIVINDICACIONES DEL PUEBLO ESPAÑOL

Londres, 11 de agosto de 1854

 

Días atrás publicaba el Charivari una caricatura en la que el pueblo español aparece enredado en una batalla mientras los dos espadones -Espartero y O’Donnell- se abrazan por encima de él. El Charivari interpreta como final de la revolución lo que es sólo su comienzo. La pugna ha empezado ya entre Espartero y O’Donnell, y no solo entre ellos, sino también entre los jefes militares y el pueblo. De poco provecho ha sido para el gobierno nombrar al torero Pucheta superintendente de los mataderos, formar un comité para premiar a los combatientes de las barricadas y encargar finalmente a dos franceses, Pujol y Delmas, la historia de la revolución. O’Donnell desea que las Cortes sean elegidas de acuerdo con la ley de 1845, Espartero según la Constitución de 1837 y el pueblo por sufragio universal.

El pueblo, además, se niega a deponer las armas mientras el gobierno no publique un nuevo programa, pues el de Manzanares no le resulta ya satisfactorio. Pide también el pueblo la anulación del Concordato de 1852, la confiscación de los bienes de los contrarrevolucionarios, una exposición pública de la situación financiera, la cancelación de todas las concesiones de ferrocarriles y otros contratos para la realización de obras públicas concertados de forma fraudulenta y, finalmente, la comparecencia de Cristina ante un tribunal especial. Dos intentos de huida de esta última han sido frustrados por la resistencia armada del pueblo. El Tribuno da la siguiente exposición de las sumas que debe restituir Cristina al Tesoro Nacional: veinticuatro millones percibidos ilegalmente como regente de 1834 a 1840; doce millones recibidos a su vuelta de Francia tras una ausencia de tres años; y treinta y cinco millones recibidos de la tesorería de Cuba. Y aún hay que decir que esa exposición es demasiado generosa, pues al dejar España en 1840, Cristina se llevó consigo grandes sumas y casi todas las joyas de la corona española.

[New York DaílyTribune, 25 de agosto de 1854]

 

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VIII

LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA EN RUSIA.- LA CUESTIÓN DE LAS COLONIAS.- CORRUPCION DE LOS HOMBRES PÚBLICOS. – ANARQU1A EN LAS PROVINCIAS. – LA PRENSA DE MADRID

Londres, 15 de agosto de 1854

 

Algunos meses antes de estallar la presente revolución española dije a los lectores de este periódico que la influencia rusa intentaba provocar una conmoción en España. Rusia no necesitaba agentes directos para ello. Ahí estaba el Times, abogado y amigo del rey Bomba, de la «joven esperanza» de Austria, de Nicolás, de Jorge IV, indignándose repentinamente ante las grandes inmoralidades de la reina Isabel y de la corte española.

Ahí estaban, además, los agentes diplomáticos del gobierno inglés, a los que el ministro ruso Palmerston engañó fácilmente con visiones de una monarquía Coburgo peninsular.

Está ya comprobado que fue el embajador británico el que escondió a O’Dopnell en su residencia y convenció al banquero Collado, actual ministro de Hacienda, para que adelantara el dinero que necesitaban O’Donnell y Dulce para su pronunciamiento. Por si algún lector abriga todavía dudas sobre la intervención de Rusia en los asuntos peninsulares me permitiré recordar el asunto de la isla de León. Tropas numerosas fueron concentradas en Cádiz en 1820 con destino a las colonias sudamericanas. Repentinamente el ejército estacionado en la isla se declaró por la Constitución de 1812, y su ejemplo fue seguido en otros lugares. Ahora bien, sabemos por Chateaubriand, embajador de Francia en el congreso de Verona, que Rusia estimuló a España a emprender la expedición a Sudamérica y que impulsó a Francia a intervenir en España. Sabemos además por el mensaje del presidente de los Estados Unidos que Rusia le había prometido impedir la expedición española a Sudamérica. Hace falta pues poca reflexión para poner en claro quién provocó la insurrección de la isla de León. Pero, quiero darles otro ejemplo del intenso interés que se toma Rusia por las conmociones de la península española. En su Historia política de la España moderna (Barcelona, 1849), el señor de Marliani, para probar que Rusia no tiene motivos para oponerse al movimiento constitucional Marliani sienta la siguiente afirmación:

Isabel II jura la Constitución de 1837 ante las Cortes el 10 de noviembre de 1843.

 

Se vio en el Neva soldados españoles jurando la Constitución [de 1812] y recibiendo sus banderas de manos imperiales. En su extraordinaria expedición contra Rusia formó Napoleón una legión especial con los prisioneros españoles en Francia, la cual, tras la derrota de las fuerzas francesas, desertó al campo ruso. Alejandro los recibió con mucha condescendencia y los instaló en Peterhoff, adonde fue a visitarlos frecuentemente la emperatriz. Cierto día Alejandro les dio orden de concentrarse sobre el Neva helado y les hizo prestar juramento a la Constitución española, presentándoles al mismo tiempo banderas bordadas por la emperatriz en persona. Este cuerpo, llamado desde entonces «Imperial Alejandro», embarcó en Kronstadty desembarcó en Cádiz. Hizo honor a su juramento del Neva sublevándose en Ocaña en 1821 por el restablecimiento de la Constitución.

Aunque Rusia intriga en la Península a través de Inglaterra, no por ello deja de denunciar a ésta ante Francia. Así leemos en la Nueva Gaceta prusiana que Inglaterra ha promovido la revolución española a espaldas de Francia.

 

¿Qué interés tiene Rusia en fomentar conmociones en España? El de crear una división en el Oeste, provocar disensiones entre Francia e Inglaterra y obligar a Francia a intervenir. Ya nos dice la prensa anglo-rusa que revolucionarios franceses de junio han levantado las barricadas de Madrid, y lo mismo se dijo de Carlos X en el Congreso de Verona.

El precedente sentado por el ejército español ha sido seguido por Portugal, se ha contagiado a Nápoles y Piamonte y difunde por todas partes el peligroso ejemplo de un ejército que se entromete en disponer medidas de reforma y dicta leyes a un país por la fuerza de las armas. Inmediatamente después de la insurrección piamontesa han tenido lugar en Francia, en Lyon y otras ciudades, movimientos de la misma naturaleza. En la Rochela se produjo la conspiración de Berton, en la que tomaron parte 25 soldados del 45 regimiento. La España revolucionaria contagia a Francia sus espantosos elementos de discordia, y ambos países alían sus facciones democráticas contra el sistema monárquico.

¿Hay pues que concluir que la revolución española ha sido llevada a cabo por los anglo-rusos? En modo alguno. Rusia no hace más que apoyar movimientos rebeldes en momentos en que comprende la inminencia de crisis revolucionarias. Además, apenas comienza, el verdadero movimiento popular resulta tan contrario a las intrigas de Rusia cuanto a la opresión del gobierno. Así ocurrió en Valaquia en 1848 y así ocurre en España en 1854.

La pérfida conducta de Inglaterra queda claramente de manifiesto con la de su embajador en Madrid, Lord Howden. Antes de salir de Inglaterra para regresar a su puesto, el embajador convocó a los tenedores de títulos españoles y les pidió que exigieran del gobierno español el pago de los mismos, y, en caso de negativa de éste, que negaran ellos todo crédito a los comerciantes españoles. Así preparó dificultades al nuevo gobierno. Pero apenas llegado a Madrid tributó en una suscripción en favor de los familiares de las víctimas caídas en las barricadas, arrancando los aplausos del pueblo español.

The Times acusa a Mr. Soulé de haber provocado la insurrección en Madrid en interés de la actual administración americana. En todo caso, Mr. Soulé no ha escrito los artículos del Times contra Isabel, ni el partido que propugna la anexión de Cuba ha obtenido la menor ventaja de la revolución. En este aspecto, el nombramiento del general Concha como capitán general de la isla de Cuba es muy significativo, pues el general ha sido uno de los padrinos del duque de Alba en su duelo con el hijo de Mr. Soulé. Sería un error suponer que los liberales españoles participan en lo más mínimo de las opiniones del liberal inglés Mr. Cobden respecto del abandono de las colonias. Uno de los objetivos capitales de la Constitución de 1812 era precisamente el de conservar el dominio de las colonias introduciendo en el nuevo código un sistema de representación unitario. Incluso en 1811 los españoles reunieron una fuerza considerable compuesta por varios regimientos de Galicia -única región no ocupada entonces por los franceses- con objeto de aumentar la eficacia de su policía sudamericana. Casi el principal axioma de la Constitución fue el de no abandonar ninguna colonia, y los revolucionarios de hoy profesan la misma opinión.

 

No ha habido jamás revolución que haya ofrecido espectáculo tan escandaloso en la conducta de sus hombres públicos como esta revolución emprendida en interés de la «moralidad». La coalición de los viejos partidos que constituye el actual gobierno (partidarios de Espartero y partidarios de Narváez) se ha ocupado principalmente en repartirse el botín de cargos, empleos, salarios, títulos y condecoraciones. Dulce y Echagüe han llegado a Madrid, y Serrano ha pedido permiso para presentarse en la capital, todos con objeto de asegurarse su participación en el saqueo. En este momento tiene lugar una gran carrera

 

Entre moderados y progresistas, encargados los primeros de nombrar todos los generales y los segundos de hacerlo con todos los jefes políticos. Para calmar los celos del «populacho» el torero Buceta ha sido ascendido de director de los mataderos a jefe de la policía. Incluso el Clamor Público, un periódico muy moderado, manifiesta su decepción.

 

«La conducta de generales y jefes habría ganado mucho en dignidad si hubieran renunciado a todo ascenso, dando un noble ejemplo de desinterés y conformándose ellos mismos con los principios de moralidad proclamados por la Revolución«.

 

La rapacidad sin igual con que se está repartiendo el botín queda bien caracterizada por el reparto de embajadores. No hablemos ya del nombramiento del señor Olózaga para París, a pesar de que siendo embajador de Espartero en esa misma corte de 1843 conspiró con Luis Felipe, Cristina y Narváez, ni del de Alejandro Mon para Viena, ministro de Hacienda de Narváez en 1844; ni de los de Ríos Rosas para Lisboa y Pastor Díaz para Turín, dos moderados de méritos poco notables. Limitémonos a considerar el nombramiento de González Brabo para Constantinopla. González Brabo es la encarnación de la corrupción española. En 1840 publicaba escritos en El Guirigay, una especie de Punch madrileño en el que vertía los más furiosos ataques contra Cristina. Tres años más tarde su pasión por obtener un cargo le había transformado en un moderado furioso. Narváez, que necesitaba un instrumento dócil, lo utilizó como primer ministro, para despedirlo destempladamente tan pronto como pudo prescindir de él. Mientras tanto había nombrado González Brabo ministro de Hacienda a un cierto Carrasco que saqueó sin rodeos el Tesoro español. Nombró subsecretario del Tesoro a su padre, persona que había sido expulsada de su empleo en Hacienda a causa de malversaciones, y convirtió a su hermano político, empleadillo del teatro del Príncipe, en camarero de la reina. Cuando se le reprochaba su venalidad y corrupción contestaba: «¿Y no es ridículo ser siempre el mismo?» Este fue el hombre nombrado embajador de la revolución de la moralidad.

En contraste con esa infamia oficial que mancilla el movimiento español, consuela saber que el pueblo consiguió finalmente obligar a esos caballeros a poner a Cristina a disposición de las Cortes y a permitir la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente sin senado, y consecuentemente sobre bases diversas de las leyes electorales de 1837 y 1845. El gobierno no había osado promulgar una ley electoral propia, por estar el pueblo unánimemente en favor del sufragio universal. En las elecciones madrileñas para la Guardia Nacional triunfaron rotundamente los exaltados.

Prevalece en las provincias una saludable anarquía. Se han constituido juntas que actúan en todo el país, dictando decretos en interés de cada localidad, aboliendo la una el monopolio del tabaco, y la otra el gravamen de la sal. Los contrabandistas operan en gran escala y con la mayor eficacia, pues son la única fuerza que nunca se ha desorganizado en España. En Barcelona las fuerzas militares chocan entre sí o con los obreros. Este anárquico estado de las provincias es de gran utilidad para la causa de la revolución, pues impide que ésta sea ahogada en la capital.

La prensa de Madrid se compone en este momento de los siguientes periódicos: 

España, Novedades, Nación, Clamor Público, Diario Español, Tribuno, Esperanza, Iberia, Católico, Miliciano, Independencia, Guardia Nacional, Esparterista, Europa, Unión, Espectador, Liberal, Eco de la Revolución. -Heraldo, Boletín del Pueblo y Mensajero han dejado de existir.

 

[New York DailyTribune, 1 de septiembre de 1854]

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REVOLUCIÓN EN ESPAÑA, por Karl Marx y Friedrich Engels (parte IV)

 

En 1821, un grupo de masones de ideas revolucionarias decidieron crear en Madrid una sociedad secreta, adoptando como base las reivindicaciones de los comuneros. La nueva organización, llamada los Caballeros Comuneros y Vengadores de Padilla, tomó como «héroe mítico» a José Padilla y mantuvo ciertos ritos propios de las sociedades masónicas. El rito de iniciación de los neófitos, por ejemplo, terminaba con un juramento frente al «escudo de Padilla» con las espadas desenvainadas. Los líderes de la sociedad secreta incluso aseguraban poseer los huesos de Padilla, que también utilizaban en algunos de sus rituales secretos.

Frente a los masones, partidarios de una monarquía constitucional, los Caballeros Comuneros pretendían ganar todavía más libertades en el terreno político y social. En sus memorias, el diputado y escritor Antonio Alcalá Galiano, quien empezó militando en los comuneros y luego se pasó a la masonería, cuenta que los primeros trazaron un plan para asesinarlo. No es extraño, pues las rencillas y ajustes de cuentas eran moneda corriente entre ambas organizaciones. Al final, la sociedad secreta se escindió en dos: un ala más moderada y otras más radical. Esta última, que controlaba las Milicias Nacionales, hizo posible que este ejército derrotara a los batallones de la Guardia Real, que intentaron dar un golpe de estado en 1822. La victoria desembocó en un gobierno controlado por los Caballeros Comuneros. Cuando en 1823 los Cien Mil Hijos de San Luis –soldados enviados por Francia y otras monarquías a petición de Fernando VII, para restablecer el absolutismo en España– penetraron en las fronteras españolas, el jefe de los comuneros exaltados, general Ballesteros, fue el encargado de dirigir las tropas que les hicieron frente. Sin embargo, nada pudieron hacer y finalmente fueron derrotados.

 

Gremios forestales

 

Los carbonarios aseguraban que su sociedad secreta había surgido de los gremios de carboneros que trabajaban en los bosques en la Edad Media. Al igual que la simbología masónica se basaba en los útiles de trabajo utilizados por los gremios de constructores, los carbonarios les otorgaban una gran importancia en sus ritos a las hachas, las sierras o las antorchas. Se trataba de una sociedad de corte iniciático que también empleaba en sus ceremonias iconografía cristiana, como cruces, clavos o coronas de espinas. Sólo a los miembros de alto grado se les explicaba el verdadero significado esotérico de dichos elementos: provocar el sufrimiento de los poderosos, nobles y reyes por sus desmanes contra el pueblo soberano.

De todos modos, lo que parece claro es que esta sociedad secreta surge a principios del siglo XIX en Francia como una escisión de la masonería, aunque antes ya existían grupos que practicaban ritos de corte forestal. El carbonarismo se asentó en España a partir de 1820, gracias a los refugiados italianos que llegaron a partir de ese año a la Península, huyendo de varias revoluciones fallidas. España se había convertido en refugio para los revolucionarios europeos, pues en el poder se encontraba un gobierno de corte progresista y liberal.

El objetivo fundamental de los carbonarios era lograr un gobierno republicano. Para ello, primero se unieron a los comuneros y más tarde a los masones. Cuando se produjo la invasión de Los Cien Mil Hijos de San Luis, los carbonarios organizaron un pequeño ejército formado por cientos de exiliados en España, pero tampoco consiguieron frenar el poderío militar francés. Después de esta derrota, la organización acabó diluyéndose con el paso del tiempo.

 

Anilleros y la Santa Alianza

 

En esta misma época nació una nueva organización secreta en España: la Sociedad del Anillo, formada por poderosos personajes de ideología liberal, cuya meta era promulgar una nueva constitución progresista, similar a la de Cádiz de 1812. Se cree que entre sus fundadores se encontraban gentes tan influyentes como Martínez de la Rosa o el conde de Toreno. Pertenecieron al grupo algunos ministros, generales y nobles de la talla del príncipe de Anglona, quien incluso presidió la sociedad durante algún tiempo. Se llamaba Sociedad del Anillo porque sus miembros portaban un anillo adornado por una serpiente con la cola entre sus fauces, lo que hizo circular entre el pueblo toda clase de leyendas. Los anilleros al final no resultaron tan progresistas como parecían y tomaron parte en el intento del golpe de estado de la Guardia Real contra el gobierno liberal en 1822, que finalmente se saldó con un estrepitoso fracaso, gracias a la acción de los comuneros que, como ya hemos comentado, controlaban las Milicias Nacionales que se opusieron a la intentona golpista.

Desde el momento que Fernando VII restituyó en España el absolutismo por la acción de los Cien Mil Hijos de San Luis, se preocupó de destruir a cualquier sociedad secreta, pues temía una conspiración en su contra. Y no se equivocaba. En 1824 un grupo de exiliados en Londres ponen en funcionamiento la Santa Alianza, cuya organización se basó en la de los comuneros. Uno de los fundadores era el español Pablo Iglesias, antiguo oficial de las Milicias Nacionales. Sin embargo, más tarde se supo que dos líderes de esta sociedad secreta, el francés Housson de Tour y el italiano César Conti, eran en realidad espías a las órdenes de Fernando VII. Gracias al capital cedido por algunos ricos mecenas consiguieron reunir a un ejército y algunos barcos para desembarcar en España. Pero las rivalidades entre los jefes militares desembocaron en un estrepitoso fracaso.

 

Conspiraciones políticas

 

En 1837 se crea en Madrid una sociedad secreta, conocida como La Federación, que no era sino la unión de varias organizaciones de este tipo, entre las que destacaba La Joven España. Ésta formaba parte de una estructura mayor: La Joven Europa, una especie de órgano directivo de sociedades secretas repartidas por todo el continente (La Joven Francia, La Joven Alemania, etc.), fundada por el revolucionario y esoterista Mazini y de carácter republicano. En la mayor parte de los países no caló lo suficiente, a excepción del país transalpino, donde la sociedad jugó un papel de primer orden en la independencia italiana. Se desconoce el grado de influencia que ejerció la organización secreta en la política española.

Los tres primeros diputados republicanos se sentaron en las Cortes españolas en 1841. Ese mismo año la Policía se hizo con los estatutos de otra sociedad secreta, recogidos en un documento titulado Copia de las bases orgánicas y reglamentos provisionales de la Confederación de Regeneradores Españoles. En dichos papeles se alude a la formación de diferentes «círculos», los cuales tenían la misión de estudiar a las personas que pretendían acceder a cargos públicos, para apoyarlos o no en función de los intereses de la Confederación, de ideología claramente republicana.

Diez años más tarde, en 1848, nace el Partido Democrático Español, formado fundamentalmente por republicanos y socialistas. A principios de 1850, el capitán general de Madrid recibe diferentes informes de sus espías acerca de la existencia de una sociedad secreta de ideas democráticas llamada Los Hijos del Pueblo. Uno de los planes para hacerse con el poder consistía en iniciar una revolución armada. Al parecer, la sociedad secreta estaba controlada por el ala más izquierdista del Partido Democrático, organización que tuvo una implicación decisiva en el derrocamiento de los Borbones.

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El Ángel Exterminador (sociedad secreta).

El Ángel Exterminador es el nombre de una sociedad secreta española, absolutista y clerical, del siglo XIX, cuya existencia se tiene aún por no confirmada o hipotética.

El cometido de esta sociedad sería, ante todo, por medios ilegales y violentos, incluido el asesinato, devolver la Inquisición a España, destruir los restos del Liberalismo, derrocar a Fernando VII, tenido por demasiado progresista y afrancesado, proclamar como rey de España a su hermano Carlos María Isidro, más católico, y aliar para siempre altar y trono.

Su labor habría empezado según algunos (el general Juan van Halen en concreto) ya en el Sexenio absolutista, en 1817, y, según otros, durante la Década Ominosa (1823-1833). El hispanista Gerald Brenan (1894-1987), en su ensayo El laberinto español, propone como fecha de fundación 1821, aún durante el Trienio Liberal; el historiador Estanislao de Kotska Vayo (1804-1864) apuesta por el año 1823. El año más citado como fecha de su fundación es 1827, aunque por razones tan arbitrarias como las de los anteriores.

Después de la muerte de Fernando VII en 1833, la sociedad habría pretendido hacer resurgir la Inquisición tras su abolición definitiva en 1834 por Francisco Martínez de la Rosa. Se suele considerar como casos en que actuó el Ángel Exterminador la Rebelión de los Malcontents o Agraviados en Cataluña y el juicio y ejecución del maestro librepensador Cayetano Ripoll en 1827.

La sociedad habría estado compuesta por el bando más irreductible del absolutismo, los apostólicos, y sobre todo por obispos, entre los cuales el presidente sería el de Osma, que por entonces era Juan de Cavia González (tuvo la diócesis de 1815 a 1831 y luego quedó vacante hasta 1848). Formarían parte de ella importantes personajes de la época, como el Conde de España o Francisco Tadeo Calomarde, quienes, tras ser aparentemente leales a Fernando VII, pronto se pasaron al Carlismo.

 

Dudas sobre su existencia.

 

Pero el obispo de Osma era enemigo de las sociedades secretas: en una pastoral de 1827 alecciona a sus feligreses sobre los peligros de las sociedades secretas y avisa de que muchos papas ya habían advertido sobre ellas. Por otra parte, las sociedades secretas absolutistas no eran necesarias: el papel de la Inquisición se hallaba bien traspasado a organismos nuevos como las Juntas de Fe y la Junta Secreta de Estado presidida precisamente por el obispo de Osma. Más sentido tendría hablar de un grupo conspirativo y de presión de descontentos creado para oponerse a la llamada Camarilla de Fernando VII.

Por otra parte, un estudioso de las sociedades secretas como Vicente de la Fuente (1817-1889) en su Historia de las sociedades secretas antiguas y modernas en España, especialmente de la Franc-Masonería (1874) niega que la sociedad haya existido y aduce que nadie se ha puesto de acuerdo en la fecha de fundación de la misma, que no hay fuentes primarias y testimonios documentales y que la hipótesis más probable es que fuese un bulo y patraña inventado por la Masonería para desacreditar a sus enemigos absolutistas y católicos y justificar su misma existencia como sociedad secreta; el mismo Benito Pérez Galdós (1843-1920) dice en uno de sus Episodios nacionales que «ningún historiador ha probado la existencia de El Ángel Exterminador».

Sin embargo, no sólo liberales exaltados o progresistas, sino monárquicos y liberales conservadores como Juan Rico y Amat han defendido la existencia real de esta sociedad, que creen formada en 1823.

Pero acaso piense nuestro autor que «el privilegio de los contrarrevolucionarios consiste en contraer deudas, y el de las revoluciones en pagarlas«. Esta cita, parece más actual que histórica. ¿La historia es circular o sólo se repite hasta obtener la sabiduría de sus lecciones? Les dejamos con la lectura dominical, no sin antes recomendar especialmente la lectura de la «Constitución de una República Federal Ibérica» que cierra la entrega de hoy del libro de artículos de Marx y Engels.

Mapa político de España de la época

 

♦♦♦♦♦

IX

CONVOCATORIA DE LAS CORTES CONSTITUYENTES. – LA LEY ELECTORAL.-DESÓRDENES EN TORTOSA. – SOCIEDADES SECRETAS. – EL GOBIERNO COMPRA ARMAS.- LA HACIENDA ESPAÑOLA

 

Londres, 21 de agosto de 1854

 

Los artículos de fondo de la Assemblée Nationale, el Times y el ]oumal des Débats prueban que ni el partido ruso puro, ni el ruso-Coburgo ni el constitucional están satisfechos con el curso de la revolución española. Esto permitiría suponer que España tiene algunas posibilidades, pese al contrario aspecto de las apariencias.

El 8 una comisión de la Unión esperó a Espartero para presentarle un manifiesto pidiendo la adopción del sufragio universal. Se acumularon numerosas peticiones en el mismo sentido. Ha tenido entonces lugar una larga y animada discusión en el consejo de ministros. Pero los partidarios del sufragio universal han salido derrotados, así como los de la ley electoral de 1846. La Gaceta de Madrid publica un decreto de convocatoria de las Cortes para el 8 de noviembre, precedido de un exposé dirigido a la reina. Las elecciones tendrán lugar de acuerdo con la ley de 1837, con ligeras modificaciones. Las Cortes serán una asamblea constituyente, quedando suprimidas las funciones legislativas del senado. Se han mantenido dos disposiciones de la ley de 1846, a saber: la norma 56 de constitución de las mesas electorales (mesas que reciben los sufragios y publican los resultados) y la referente al número de diputados; debe elegirse un diputado por cada 5.000 almas. La asamblea estará así compuesta de 420 a 430 miembros. De acuerdo con una circular del Ministro del Interior, Santa Cruz, los electores tienen que estar registrados el 6 de septiembre. Tras su verificación por las diputaciones provinciales, las listas electorales se cerrarán el 12 de septiembre. Las elecciones tendrán lugar el 3 de octubre en las localidades principales de los distritos electorales. El escrutinio se realizará el 16 de octubre en la capital de cada provincia. En caso de controversia el nuevo procedimiento que deba desarrollarse tendrá que quedar resuelto para el 30 de octubre. La exposición sienta explícitamente que «las Cortes de 1854, como las de 1837, respetarán la monarquía; constituirán un nuevo lazo entre el trono y la nación, cosas que no pueden ser puestas en tela de juicio ni discutidas«. Con otras palabras, el gobierno prohíbe discusión de la cuestión dinástica; de aquí infiere el Times lo contrario, suponiendo que la discusión se entablará ahora en términos de «o esta dinastía o ninguna» -posibilidad que, apenas será necesario decirlo, disgusta y decepciona infinitamente al Times en sus cálculos.

 

La ley de 1837 limita el derecho electoral por las condiciones de ser cabeza de familia, pagar mayores cuotas (impuestos estatales) y tener la edad de veinticinco años. Tienen también derecho a un voto los miembros de las academias Española, de la Historia, de Artes Nobles, los Doctores y licenciados en las facultades de teología, derecho y medicina, los miembros de los capítulos eclesiásticos, los curas párrocos y su clero, los magistrados y abogados con dos años de ejercicio, los oficiales del ejército a partir de cierta graduación, estén en servicio activo o en  retiro, los médicos, cirujanos, farmacéuticos con dos años de ejercicio, los arquitectos, pintores y escultores miembros de academias, los profesores y docentes en general en cualquier centro de enseñanza atendido por fondos públicos. Están privados de voto por la misma ley los deudores al Tesoro o al fisco local, los declarados en quiebra, las personas sobre las cuales pesa interdicción dictada por los tribunales por incapacidad moral o civil, y finalmente todas las personas condenadas por sentencia firme.

 

Es verdad que el decreto no proclama el sufragio universal y que sustrae la cuestión dinástica al foro de las Cortes. Pero es a pesar de todo dudoso lo que la asamblea hará. Si las Cortes españolas se abstuvieron de chocar con la Corona en 1812, ello se debió al hecho de que la Corona estaba representada sólo nominalmente, pues el rey estaba ausente del suelo español desde hacía años. Y si también se abstuvieron de hacerlo en 1837 fue porque tenían que terminar con la monarquía absoluta antes de poder pensar en hacerlo con la constitucional. A la vista de la situación general, el Times tiene verdaderamente buenas razones para lamentar la falta de una centralización a la francesa en España y el hecho consecuente de que una victoria sobre la revolución en la capital no decida nada en las provincias, mientras persista en éstas ese estado de «anarquía» sin el cual no puede triunfar ninguna revolución.

Sitio de Gerona. Paulize. Litografia. Barcelona ca.1886.

 

Hay sin duda en la revolución española algunas circunstancias que le son peculiares. Por ejemplo, la combinación de saqueo y acción revolucionaria, conexión que nació en la guerra guerrillera contra la invasión francesa y fue continuada luego por los «realistas» en 1823 y por los carlistas desde 1835. No debe pues causar sorpresa la información de que han ocurrido graves desórdenes en Tortosa, en la Cataluña meridional.

La Junta 58 Popular dice en su proclama del 31 de julio:

 

«Una banda de despreciables asesinos, con el pretexto de abolir los impuestos indirectos, se ha apoderado de la ciudad y ha pisoteado todas las leyes de la sociedad. El saqueo, el asesinato y el incendio señalan todos sus pasos».

 

El orden fue empero inmediatamente restablecido por la junta, armándose los ciudadanos y ayudando a la reducida guarnición de la plaza. Se ha establecido ya una comisión militar encargada de perseguir y castigar a los culpables de la catástrofe del 30 de julio. Naturalmente, el hecho ha dado ocasión a los periódicos reaccionarios para escribir virtuosas declamaciones. Hasta qué punto es escasa su autoridad para hacerlo puede quedar ilustrado por la observación del Messager de Bayonne, según el cual los carlistas han vuelto a izar su bandera en las provincias catalanas, aragonesas y valencianas, precisamente en las mismas montañas próximas a Tortosa en las que tuvieron su nido principal durante las viejas guerras carlistas. Los carlistas han sido los que han creado el tipo de los ladrones facciosos, una combinación de bandidismo y pretendida lealtad a un partido oprimido en el estado. El guerrillero español ha tenido siempre algo de bandido, desde los tiempos de Viriato, pero es una invención carlista la de que un puro bandido pueda otorgarse a sí mismo el nombre de guerrillero. Los hombres del asunto de Tortosa pertenecen ciertamente a este tipo.

Las cosas son en cambio serias en Lérida, Zaragoza y Barcelona. Las dos primeras ciudades se han negado a unirse con Barcelona, a causa de que los militares tienen en ésta el predominio. Y, sin  embargo, da la impresión de que Concha no consigue todavía dominar la tempestad de Barcelona y de que será sustituido por el general Dulce, pues la reciente popularidad de este general parece ofrecer más garantías para una superación de las dificultades.

 

Las sociedades secretas han reanudado su actividad en Madrid y gobiernan el partido democrático exactamente igual que en 1823. La primera petición que han aconsejado presentar al pueblo es la de que todos los ministros de 1843 den cuentas de su gestión.

El gobierno está recuperando por compra las armas de que se apoderó el pueblo el día de las barricadas. Así ha conseguido recoger 2.500 mosquetones que estaban en manos de los insurrectos. Don Manuel Zagasti, Jefe Político ayacucho de Madrid en 1843, ha sido repuesto en sus funciones. Ha dirigido a la población y a la milicia nacional dos proclamas en las que expresa su intención de reprimir enérgicamente cualquier desorden. La expulsión de las criaturas de Sartorius de sus diversos empleos procede con rapidez. Esta es quizá la única cosa que se hace deprisa en España. Todos los partidos se muestran igualmente ágiles en esta cuestión.

Salamanca no está encarcelado como se dijo. Fue arrestado en Aranjuez, pero puesto en seguida en libertad. Se encuentra en Málaga.

La presión ejercida por el pueblo sobre el gobierno se patentiza en el hecho de que los ministros de la Guerra, Interior y Obras Públicas han realizado amplias reformas y simplificaciones en sus diversos departamentos, acontecimiento desconocido hasta ahora en la historia de España.

El partido unionista o Coburgo-Braganza es débil hasta el punto de inspirar lástima ¿Por qué otras razones  harían tanto ruido a cuenta de una simple proclama dirigida desde  Portugal a·la Guardia Nacional de Madrid? Además, si se considera más cuidadosamente se aprecia que el manifiesto (procedente. del lisboeta Journal de Progres) no tiene en  absoluto carácter dinástico, sino que es simplemente de aquel tipo de confraternización tan conocido en los movimientos de 1848.

La causa principal de la revolución española ha sido el estado de la Hacienda, y particularmente el decreto de Sartorius ordenando el pago anticipado de seis meses de impuestos. Todas las cajas públicas estaban vacías en el momento de estallar la revolución, pese a la circunstancia de que no había rama de los servicios públicos que estuviera pagada; tampoco habían sido libradas desde hacía meses las sumas destinadas a las diversas atenciones. Así por ejemplo jamás se destinaron a la conservación de carreteras las sumas recaudadas al efecto. Ese también fue el destino de las sumas previstas para obras públicas. Cuando se realizó la inspección de la Caja de Obras Públicas, en vez de justificantes de obras realizadas se hallaron recibos de favoritos de la corte. Es sabido que la administración ha sido durante mucho tiempo el negocio más fructífero de Madrid. El presupuesto español para 1853 era como sigue:

 

Lista civil y atenciones de la real casa

47.350.000.00

Legislación

1.331.685.00

Intereses de la deuda pública

213.271.423.00

Presidente del Consejo

1.687.860.00

Asuntos Exteriores

3.919.083.00

Justicia

39.001.233.00

Guerra

273.646.284.00

Interior

43.957.940.00

Marina

85.165.000.00

Policía

72.000.000.00

Hacienda

142.279.000.00

Pensiones

143.400.586.00

Culto

119.050.508.00

Extras

18.387.788.00

Total

1.204.448.390.00

 

 

Pese a ese presupuesto, España es el país menos gravado de Europa y la cuestión económica es más sencilla que en parte alguna. La reducción y simplificación de la máquina burocrática es poco difícil en España, dado que tradicionalmente las municipalidades administran sus propios asuntos; la reforma de las tarifas y una prudente aplicación de los bienes nacionales no son todavía imposibles. La cuestión social en el sentido moderno de la palabra no tiene base en un país aún subdesarrollado, con sus recursos y con una población tan escasa como España sólo 15.000.000 de habitantes.

[New York Daily Tribtme, 4 de septiembre de 1854]

 

++++++

Luchas por el sufragio universal

X

LA REACCION DE ESPAÑA.- CONSTITUCION DE LA REPÚBLICA FEDERAL IBÉRICA

 

Londres, 1 de septiembre de 1854

 

La entrada del regimiento de Vicálvaro en Madrid ha animado al gobierno a emprender una mayor actividad contrarrevolucionaria. La resurrección de la restrictiva ley de prensa de 1837, adornada con todos los rigores de la ley suplementaria de 1842, ha matado todo el sector «incendiario» de la prensa, incapaz de ofrecer la caución requerida.

El día 24 ha aparecido el último número del Clamor de las Barricadas con el título de últimas Barricadas; sus dos directores habían sido arrestados. El mismo día ha ocupado su lugar un periódico reaccionario llamado Las Cortes. 

 

«Su Excelencia el capitán general don Evaristo San Miguel«, dice el programa de este periódico, «que nos honra con su amistad, ha ofrecido a este periódico el favor de su colaboración. Sus artículos aparecerán firmados con sus iniciales. Los hombres que están en cabeza de esta empresa defenderán con energía la revolución que ha destruido los abusos y excesos de un poder corrompido, pero plantarán su bandera en el recinto de la Asamblea Constituyente. Ahí hay que librar la gran batalla«.

 

Esa gran batalla se libra por Isabel II y por Espartero. Recordarán ustedes que este mismo San Miguel declaró en el banquete de la prensa que ésta no tiene más correctivo que ella misma, el sentido común y la educación pública; que es una institución que no podrán aplastar ni la espada, ni el confinamiento, ni el destierro ni ningún poder del mundo. El mismo día en que se ofrece como colaborador a la prensa no tiene una sola palabra contra el decreto que suprime su amada libertad de prensa.

La supresión de la libertad de prensa ha sido inmediatamente seguida por la de la libertad de asociación, ocurrida también por Real Decreto. En Madrid han sido disueltos los clubs, y en las provincias las juntas y comités de salvación pública, con la excepción de los reconocidos por el gobierno como «diputaciones». El Club de la Unión ha sido clausurado por decisión unánime del gobierno, a pesar de que Espartero había aceptado pocos días antes la presidencia honoraria del mismo, hecho que The London Times se esfuerza vanamente en negar. Este club ha enviado una comisión al ministro del Interior, pidiendola destitución del Jefe Político de Madrid, señor Zagasti, acusándole de haber violado la libertad de prensa y el derecho de asociación. El señor Santa Cruz ha contestado que no puede reprochar a un funcionario público el haber tomado medidas aprobadas por el consejo de ministros. La consecuencia ha sido una seria agitación; pero la Plaza de la Constitución ha  sido tomada por la Guardia Nacional y no ha ocurrido nada más. Apenas habían sido suprimidos los periódicos menores cuando los grandes, que habían asegurado hasta entonces su protección a Zagasti, hallaron ocasión de chocar con él. Para reducir el Clamor Público al silencio se nombró ministro a su director, el señor Corradi. Pero esta solución no será suficiente, porque no todos los directores de periódicos pueden ser incluidos en el gobierno.

Pero el golpe más audaz de la contrarrevolución ha sidola autorización dada a la reina Cristina para salir hacia Lisboa, después de haber prometido el consejo de ministros ponerla a disposición de las Cortes Constituyentes; el gobierno ha intentado disimular esa violación de su palabra confiscando anticipadamente las posesiones de Cristina en España, que constituyen notoriamente la parte menos considerable de su riqueza. Así ha tenido Cristina una escapatoria barata; acabamos de oír además que también San Luis ha llegado tranquilamente a Bayona. La parte más curiosa de esos manejos es el modo como ha sido obtenido el aludido decreto. El día 26 algunos patriotas de la Guardia Nacional se reunieron para considerar la seguridad de la causa pública, acusaron al gobierno de vacilación y de compromiso y decidieron enviar una diputación al consejo pidiéndole que trasladara a Cristina de Palacio, donde estaba organizando conspiraciones para yugular la libertad. Se dio la sospechosa circunstancia de que dos ayudantes de campo de Espartero, junto con el propio Zagasti, se adhirieron a la petición. El resultado fue que el gobierno se reunió en consejo de ministros; y el resultado del consejo de ministros fue a su vez la huida de Cristina.

El 25 apareció la reina por vez primera en público, en el Paseo del Prado, acompañada por el que llaman su marido y por el Príncipe de Asturias. Pero parece que se le tributó acogida muy fría.


La comisión nombrada para informar sobre la situación financiera en el momento de la caída de Sartorius ha publicado su informe en la Gaceta, precedido de una exposición del señor Collado, ministro de Hacienda. De acuerdo con ella, la deuda flotante de España suma 33.000.000 de dólares y el déficit total es de 50.000.000 de dólares. Resulta del informe que incluso los recursos extraordinarios del estado han sido anticipados en varios años y derrochados. Las rentas de la Habana y Filipinas han sido también anticipadas en dos años y medio. El producto del empréstito obligatorio ha desaparecido sin dejar rastro. Las minas de mercurio de Almadén están comprometidas por años. El saldo debido a la Caja de depósitos no existe. Tampoco existe el fondo de sustitución militar. Se deben 7.485.692 reales por compra de tabaco. Idem 5.505.000 reales por cuentas a cargo de obras públicas. Según el señor Collado el montante de las obligaciones más apremiantes es de 252.980.253 reales. Las medidas que propone para cubrir ese déficit son las de un verdadero banquero, a saber: vuelta al orden y a la tranquilidad, continuar la exacción de los viejos impuestos y emitir nuevos empréstitos. De acuerdo con ese consejo, Espartero ha obtenido 2.500.000 dólares ele los banqueros de Madrid, a cambio de la promesa de realizar una política estrictamente moderada. Sus últimas medidas prueban lo gustosamente que está dispuesto a cumplir esa promesa.

No hay que creer que todas esas medidas reaccionarias hayan sido recibidas sin resistencia alguna por el pueblo. Al conocerse la salida de Cristina el 28 de agosto volvieron a levantarse barricadas; pero si hemos de creer a un despacho de Bayona publicado por el Moniteur francés, «Las tropas, unidas con la Guardia Nacional, destruyeron las barricadas y aplastaron el movimiento«.

 

Para poder llevar a cabo nuevos empréstitos tienen que garantizar el «orden», es decir, tienen que tomar ellos mismos medidas contrarrevolucionarias. Y así el nuevo gobierno popular se transforma finalmente en servidor de los grandes capitalistas y en opresor de pueblo.

 


Este es el cercle vitieux en el que están condenados a moverse todos los gobiernos revolucionarios abortivos. Reconocen como obligaciones nacionales las deudas contraídas por sus predecesores contrarrevolucionarios. Para poder pagarlas tienen que seguir con los viejos impuestos y contraer nuevas deudas. Para poder llevar a cabo nuevos empréstitos tienen que garantizar el «orden», es decir, tienen que tomar ellos mismos medidas contrarrevolucionarias. Y así el nuevo gobierno popular se transforma finalmente en servidor de los grandes capitalistas y en opresor de pueblo. Exactamente del mismo modo se vio obligado el gobierno provisional francés de 1848 a tomar la célebre medida de los 45 céntimos y a confiscar los fondos de las Cajas de Ahorro para poder pagar a los capitalistas sus intereses.

«Los gobiernos revolucionarios de España«, escribe el autor inglés de las Revelations on Spaín, «no han caído de todos modos tan bajo como para adoptar la infame política de repudiación practicada en los Estados Unidos«.

 

El hecho es que, si cualquier revolución española anterior hubiera practicado la repudiación, el infame gobierno de San Luis no habría encontrado banqueros dispuestos a favorecerle con anticipos. Pero acaso piense nuestro autor que el privilegio de los contrarrevolucionarios consiste en contraer deudas, y el de las revoluciones en pagarlas.

Parece empero que Zaragoza, Valencia y Algeciras no comparten ese punto de vista, pues han suprimido todos los impuestos que les parecían odiosos. No contento con enviar a Bravo Murillo como embajador a Constantinopla, el gobierno ha despachado a González Brabo con el mismo título a Viena.

El domingo 27 de agosto tuvieron lugar reuniones electorales en el distrito de Madrid para nombrar por sufragio universal las comisiones encargadas de dirigir la elección de la capital. Existen en Madrid dos comités electorales: la Unión Liberal y la Unión del Comercio.

Los síntomas de reacción reseñados antes resultan menos impresionantes para las personas familiarizadas con la historia de las revoluciones españolas de lo que tienen que parecerlo a un observador superficial, pues las revoluciones españolas se originan por lo general con la reunión de las Cortes, que es ordinariamente la señal de disolución del gobierno. Por otra parte, hay en Madrid pocas tropas, y a lo sumo 20.000 guardias nacionales. Pero sólo la mitad de estos últimos está propiamente armada, mientras se sabe que el pueblo ha desobedecido la orden de entregar las armas.

Pese a las lágrimas de la reina, O’Donnell ha disuelto la guardia personal de aquélla, porque el ejército regular estaba celoso de los privilegios de ese corps desde cuyas filas un Godoy, conocido como buen tocador de guitarra y cantor de seguidillas graciosas y picantes,  pudo alzarse hasta convertirse en marido de una sobrina del rey, y un Muñoz, sólo conocido por sus excelencias íntimas, pudo convertirse en marido de una reina madre.

Un grupo de republicanos ha hecho circular en Madrid la siguiente:

 

Constitución de una República Federal Ibérica:

 

Título 1 .Organización de la República Federal Ibérica   (*)  

 

Art. 1.- España, sus islas y Portugal se unirán para formar la República Federal Ibérica. Los colores de su bandera serán la unión de las dos banderas actuales de España y Portugal. Su divisa será: Libertad, Igualdad, Fraternidad.

 Art.2. – La soberanía reside en la universalidad de los ciudadanos. Es inalienable e imprescriptible. Ni individuos ni fracciones del pueblo pueden usurpar su ejercicio.

Art. 3. – El derecho es expresión de la voluntad nacional. Los jueces son nombrados por el pueblo por medio del sufragio universal.

Art. 4. –  Son electores todos los ciudadanos a partir de los 21 años de edad y en· disfrute de sus derechos civiles.

 Art. 5. – Queda abolida la pena de muerte, tanto para delitos políticos cuanto para delitos comunes. En todas las instancias se instaurarán jurados.

Art. 6.- La propiedad es sagrada. Las propiedades confíscadas a los emigrados políticos les serán restituidas.

Art.  7. – Los impuestos serán proporcionales a las rentas. No habrá más que un impuesto, directo v general. Todas las contribuciones indirectas quedan abolidas. Igualmente quedan abolidos los monopolios estatales de la sal y el tabaco, los sellos de correos, patentes y conscripciones.

Art.  8.- Se garantizan las libertades de prensa, asociación, reunión, domicilio, educación, comercio y conciencia. Cada religión pagará sus propios ministros.

 

 Título II. Administración federal

 

 Art. 14.- Será ejercida por un Consejo Ejecutivo nombrado y revocable por el Congreso Federal Central.

Art.  15.- Las relaciones internacionales y comerciales, la uniformidad de medidas, pesos y monedas, los correos y las fuerzas armadas son competencia de la Administración Federal.

Art.  16.- El Congreso Federal Central se compondrá de nueve diputados de cada provincia, elegidos por sufragio universal y obligados por su mandato.

Art. 17.- El Congreso Federal Central está reunido permanentemente.

Att. 20. – Cuando la Administración crea que tiene que promulgar una ley, estará obligada a dar a conocer el proyecto con seis meses de anticipación si ha de votarlo el Congreso, y con tres meses de anticipación si afecta a la legislación provincial.

Art. 21. – Todo diputado que deje de someterse a las instrucciones de sus mandantes será entregado a la justicia.

 

El art. 3 del Tít. III se refiere a la administración provincial y municipal, y acepta principios análogos. El último artículo de este título dice: Dejarán de existir colonias; se convertirán en  provincias y serán administradas según los principios provinciales.  Se abolirá esclavitud.

 

Título IV. El Ejército

 

 Art. 34.- Todo el pueblo será armado y organizado en una Guardia Nacional, una porción de la cual será móvil, y la otra fija.

Art. 35. – La guardia móvil constará de solteros entre las edades de 21 y 35 años; sus oficiales serán escogidos en las escuelas militares mediante elecciones.

Art. 36. – La milicia sedentaria está formada por todos los ciudadanos entre los 35 y 56 años de edad. Los oficiales serán también nombrados mediante elecciones. Su misión es la defensa de las comunidades.

Art. 37.- Los cuerpos de artillería e ingenieros serán formados mediante alistamiento voluntario; serán permanentes y constituirán guarniciones en las fortalezas de la costa y en las fronteras. No habrá fortalezas en el interior del país.

 El art. 38, que se refiere a la Marina, contiene determinaciones semejantes.

Art. 40.- Quedan suprimidos los estados mayores provinciales y las Capitanías generales.

Art. 42. – La República Federal renuncia a toda guerra de conquista y someterá sus diferencias internacionales al arbitrio de gobiernos desinteresados de las mismas.

Art. 43.- No existirán ejércitos permanentes.

  (*) El estilo del original indica claramente que Marx resume (no trascribe) los artículos que cita (N.T.)

 

  [New York Daily Tribune, 16 de septiembre de 1854]

 

https://puntocritico.com/2017/05/07/revolucion-en-espana-por-karl-marx-y-friedrich-engels-indice/

FIN DE LA PRIMERA PARTE........... CONTINUARÁ




































 

 





 



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