MALASPINA
RUMBO A LAS AMÉRICAS
Alejandro Malaspina
Maqueta de la corbeta Descubierta.
En menos de un año, bajo la dirección del
ingeniero militar Tomás Muñoz, se construyeron en el arsenal de la Carraca las
corbetas Descubierta y Atrevida, cuyos nombres rememoran la denominación de las
embarcaciones participantes en el tercer viaje del capitán Cook: Discovery y
Resolution. Las corbetas eran buques ligeros muy adecuados para la navegación.
Disponían de una sola cubierta e incluían novedades, como la situación del
cabestrante mayor en el combés y la distribución de las embarcaciones menores
sobre cubierta, lo que facilitaba su manejo.
Haciendo el Equipaje
Cuenta Fabio Ala Ponzone, pariente
lejano de Malaspina y miembro de la expedición, que en septiembre de 1788
Alejandro estuvo en Madrid.
Semanas, una corta estancia sabiamente
aprovechada para hablar con el ministro de Marina y obtener un empleo honorable
en el observatorio de Cádiz, situado en las dependencias del Castillo Viejo,
que se eleva en la loma del Monturrio. Un lugar ideal, en pleno centro, cercano
al mar. El espacio idóneo para un placentero retiro de ocho meses donde avanzar
en sus meditaciones políticas, con el compromiso de redactar ciertas memorias
de interés nacional que compensen los desvelos de don Antonio Valdés. Saber es
poder. Sospechamos que la entrevista sirvió para confraternizar, charlando de
menudencias, quehaceres y, sin duda, de su reciente viaje al mando de la
fragata Astrea. El barco largó velas un lejano 5 de septiembre de 1786 y hace
cuatro meses que las ha plegado en el mismo puerto gaditano, el 18 de mayo de
1788. Fue un recorrido comercial auspiciado por la Real Compañía de Filipinas.
Bordearon el cabo de Hornos transportando mercancías a Lima. Del puerto de El
Callao partieron hacia el archipiélago filipino, donde embarcaron mercadería
con destino a Europa. Regresaron cruzando el cabo de Buena Esperanza. Dieron la
vuelta al mundo en un tiempo récord. No sobrepasaron los 21 meses del total de
26 previstos. Repasando el ranking, comprobamos que ha sido el navegante
decimotercero en completar el giro. La Astrea es vieja conocida de Alejandro;
con ella también viajó a Manila en 1777 para trasladar a José Vasco, capitán
general de Filipinas. Al regreso, la embarcación contó con un huésped de mayor
peso y menor relevancia: un elefante, obsequio para su alteza. Queremos creer
que la anécdota surgió en la conversación, solo para amenizar, por distender y
crear una atmósfera acogedora, apacible. Tal vez Valdés ignore las intenciones
de su interlocutor y se sorprenda cuando Malaspina le cuente su plan de
realizar un viaje científico y político alrededor del mundo. Nada que ver con
la empresa mercantil recién concluida, que, sin embargo, ha sido el banco de
pruebas idóneo para modelar el proyecto que el ministro debe aprobar. El
documento oficial que contiene el plan del viaje lleva fecha del 10 de
septiembre de 1788. Está suscrito en Madrid por los capitanes de fragata
Alejandro Malaspina y José Bustamante, que se ofrecen voluntarios para comandar
las dos embarcaciones expedicionarias necesarias para afrontar la aventura. La
aprobación fue rápida. Apenas ha transcurrido un mes y Alejandro es liberado de
sus obligaciones. Bastante tiene con organizar el viaje. El correspondiente
oficio lo firma Valdés con fecha 14 de octubre. Emulando el comportamiento de
sus antagonistas ultramarinos, ingleses y franceses, la corona decide invertir
cuantiosos recursos en un ambicioso proyecto naval. Quien se pregunte ¿de dónde
sacaba el rey para tanto gasto?, que revise las cuentas del banco de San
Carlos.
Su majestad ha aprobado un viaje a bordo de dos corbetas que darán la vuelta al
mundo con la finalidad de trabajar en las cartas hidrográficas de la costa
occidental americana y de los establecimientos españoles de Asia, reconociendo
Nueva Zelanda y diferentes islas del Pacífico. Lo explica Malaspina en la carta
que ha enviado a los oficiales de la armada buscando adeptos para su empresa
naval; tal vez víctimas, el tiempo lo dirá. Una misiva directa, sin tapujos,
que anuncia los riegos de un viaje tan largo, de tres a cuatro años de duración
(serán cinco), recorriendo costas mal conocidas, soportando climas adversos,
visitando países poblados por gentes «más bien bárbaras que civilizadas».
Tareas repetidas y pesadas, muchos peligros y una subordinación estricta
aguardan a los intrépidos marinos dispuestos a enrolarse. La oferta no es
tentadora, pero tampoco serán muchos los invitados a incorporarse al viaje:
cuatro o cinco oficiales por barco. Fueron seis. Un número grande supondría una
multitud ególatra difícilmente controlable, contraria al ambiente de
complicidad, uniformidad, respeto y camaradería deseado. Malaspina sabe lo que
hace, este no es un viaje iniciático. Tiene carta blanca para seleccionar a los
mejores, pero nadie irá contra su voluntad. Sería contraproducente. Quien no
desee navegar se quedará en tierra. Los oficiales Dionisio Alcalá, José
Espinosa, Antonio Tova, Juan Vernacci, Fernando Quintano, Cayetano Valdés, Juan
Gutiérrez, Francisco Viana, José Robredo, Arcadio Pineda, Martín de Olavide, Manuel
Novales, Ciriaco Cevallos y Secundino Salamanca ponen rostro al grupo de
elegidos para la gloria. Faltan nombres. Cada barco transportará un total de
ciento dos hombres, entre ellos un cirujano y un capellán, que curarán las
heridas del cuerpo y del alma si las hubiera, que las habrá. La nómina incluye
carpinteros, calafates, herreros, grumetes, criados, pilotos, naturalistas,
pintores, guardiamarinas, artilleros y la clase de tropa. Parecen muchos, pero
son pocos y todos necesarios. Tendrán que aplicarse, y en más de una tarea.
Transcurre el mes de noviembre. El joven Fabio ya sabe que acompañará al
comandante. Tiene información privilegiada, por algo es su protegido. En su
cabeza los pájaros revolotean alegremente. Sueña con ver su nombre estampado en
el Almanaque náutico formando parte de la nómina de oficiales. Tamaño viaje confundiría
a cualquier novato recién salido de la academia. Es una oportunidad
inmejorable, única. En pocos años podrá lucir los galones de alférez, incluso
de teniente si la suerte le acompaña; y no dudemos que le acompañará. Ha sido
el oficial Francisco Viana quien le vino con el cuento. Una charla entre
amigos: aquello, lo otro, ya sabes, cuéntame, se dice, se comenta... El tiempo
vuela. Son muchas las cosas pendientes para el corto espacio de siete u ocho
meses que restan hasta la partida. Hay que comprar víveres, recopilar
información sobre los destinos del viaje, adquirir libros e instrumentos
científicos, seleccionar e instruir al personal y, particularmente, construir
dos embarcaciones eficientes que corten veloces el mar de uno a otro confín.
Malaspina lo coordina todo, es el alma del proyecto. Como marineros prefiere a
la gente del norte. Gallegos, asturianos y vizcaínos no extrañarán el frío, y,
además, son hombres subordinados, complacientes y afables, cualidades
necesarias hasta en el trato con el indio más salvaje. Los meridionales son de
poco fiar. Cegados por la pasión y la libertad, serán víctimas fáciles del
halago de las Américas. Para qué complicarse la vida si llevan la palabra
desertor escrita en la frente. Acertar es difícil.
La elección de los naturalistas deviene un asunto rocambolesco. Tres son las
plazas a cubrir y varios los candidatos. Todos buenos, aunque las apariencias
engañan. Don Antonio Pineda y Ramírez, teniente de infantería del tercer
batallón de Reales Guardias Españolas, es el mirlo blanco elegido para dirigir
el equipo. Es un militar de alcurnia, conocido en los círculos científicos de
la corte. Sabe de todo. Animales, vegetales y minerales forman parte de su
académica sabiduría. Antonio representa el espíritu castrense que Malaspina
busca para gobernar al personal con mano férrea y, lo importante, es su amigo.
Juntos batallaron en el asedio a Gibraltar del año 1780. Para ocuparse de las
plantas se contrata al jardinero francés Luis Neé, que no oculta su alegría.
Por una vez la esquiva fortuna llama a su puerta, y no se lo cree. Viene de
emplearse en el madrileño jardín de La Priora por un sueldo de miseria. Aquí
cobrará el doble, con gratificación de mesa y criado. Para hacer méritos se
inventa un currículo de profesor de botánica, que nunca fue, pero es un hábil
recolector y eso es lo que cuenta. Las plantas tas que recolecte las estudiarán
otros. Carece de posibles. Tendrán que librarle un anticipo para el
equipamiento, no puede embarcar con lo puesto como si fuera un pordiosero. El
tercer sillón estuvo en un tris de quedar vacío. La selección fue laboriosa.
Hubo enredo, intriga y final inesperado. El profesor de química Florián
Coetanfeau, empleado en el laboratorio madrileño propiedad del Ministerio de
Hacienda, optó al puesto, pero su candidatura no llegó a concretarse. El
químico se retiró de la pugna alegando problemas familiares. La realidad es que
Malaspina no estaba dispuesto a dejarle embarcar, e hizo bien en no intentarlo.
Sube entonces a escena Carlos Cristiano Gmelin, un prestigioso naturalista
alemán amigo de Pineda que, ¡oh casualidad!, se halla de visita en Madrid.
Reúne los requisitos y su incorporación cuesta pocos reales pues solo pide que
le paguen los gastos. Sorprendentemente, la solicitud es rechazada. Su concurso
en la expedición se desestima por ser extranjero. ¿Qué ocultos tejemanejes se
urden entre bambalinas?, preguntará con razón el lector. A Gmelin se le vincula
con el imperio de los zares (¿un espía?), y la corona tiene bastante que ocultar
sobre sus intenciones en los dominios rusos de la costa noroeste americana. Por
si acaso, se prescinde de un excelente científico, un número uno. Alcanzado el
mes de mayo el puesto de tercer naturalista está vacante, y todo indica que así
seguirá. In extremis, el naturalista Tadeo Haenke es contratado como botánico.
Ahora no importa la nacionalidad. Dios y el ministro sabrán por qué.
¿Influyeron las recomendaciones de los embajadores de Austria y Cerdeña?
Malaspina recibe la noticia el 21 de julio, pero no tiene intención de
esperarle.
En su mochila expedicionaria lleva Antonio Pineda un Ensayo sobre las
experiencias a realizar en los reinos animal y mineral que Lazzaro Spallanzani
ha escrito ex profeso para la expedición. Es un sabio italiano de talla
mundial, aficionado a contemplar la vida con el microscopio. Lectura para el
viaje y algo más, porque en esta expedición hasta los papeles tienen historia.
La revela Spallanzani en su correspondencia. Es por mediación del común amigo
Gherardo Rangoni, con título aristocrático de marqués, como Malaspina logra que
el científico redacta un memorándum para orientar a los naturalistas sobre
aquellas cuestiones que se deben investigar durante el viaje. Y fue difícil
conseguirlo, porque el italiano se mostró reacio a colaborar. Nuevos y
obligados argumentos del marqués le impulsan a reconsiderar su negativa,
aceptando el encargo a regañadientes. Imaginamos que Lazzaro se levanta de su
poltrona, se acerca a la mesa, se acomoda en el asiento, coge papel y pluma,
comienza a redactar el manual. En el mes de abril de 1789, Rangoni recibe el
texto en su residencia de Módena. Rápidamente lo remite a España. Es la guía
oficial para conocer la naturaleza allende los mares.
Mientras los naturalistas resuelven sus problemas, los oficiales hacen
prácticas de astronomía y geodesia en el observatorio de instrucción montado en
Cádiz. El santuario consiste en una amplia y sencilla tienda de campaña, que se
pondrá y se quitará mil veces luego en el Nuevo Mundo. Cual tótem científico,
preside el lugar un péndulo simple cuyo suave y rítmico balanceo, diríase que
melódico, reclama la atención de los presentes. Será de gran utilidad durante
el viaje, particularmente para ajustar los relojes y estudiar la figura de la
Tierra. Resulta fundamental familiarizarse con las observaciones celestes.
Quienes no sepan aprenderán a usar el telescopio, los relojes marinos, el
cuadrante y el sextante. En esta improvisada academia se mira al cielo, se
observan planetas y estrellas, se aprende a determinar longitudes y latitudes,
a calcular distancias solares, a usar el método de las alturas absolutas, a
utilizar las tablas de refracción, a calcular horarios. También se enseña a
medir distancias y desniveles con el teodolito, trasladando la verdad del
terreno a la suave textura del papel convertido en mapa. Cuando estén lejos de
España los datos engrosarán el diario astronómico. Nada queda a la
improvisación. En alta mar, dos oficiales por corbeta se ocuparán de observar
las estrellas. Cuando bajen a tierra, el director de turno responderá del
adecuado funcionamiento del celeste laboratorio. Lo controlará todo auxiliado
por un guardiamarina y un pilotín, convertido en ángel custodio de la
dependencia. Sin mejor ocupación, Fabio es agregado al observatorio.
Diariamente se ejercita calculando la altura meridiana del Sol para deducir la
latitud, y mide la distancia del Sol a la Luna determinando la longitud. Todos
los días se afana con el cuarto de círculo, que exige destreza, pulso firme y
ojo clínico. En tierra es más fácil, ya veremos si a merced del oleaje acierta
a enlazar el Sol con el horizonte mirando a través del sextante. Más le vale.
Transcurre febrero. En el arsenal de la Carraca se trabaja a destajo. Las
tareas se multiplican. Bajo la dirección del ingeniero Tomás Muñoz, las piezas
del tridimensional puzle de madera que dará vida a cada barco empiezan a
encajar. En la práctica, el doble proyecto pone a prueba la capacidad
constructora de los diques de carenar, terminados hace menos de un año. La
finalización de las obras tuvo el impulso final del ubicuo Valdés.
Reconozcámoslo, el hombre aparece por todas partes. El pronóstico es optimista.
La botadura está prevista para mayo. Tendrán que correr, y las prisas son malas
compañeras. Lo único seguro son los nombres: Descubierta para la nave
comandante y Atrevida para la subalterna. No está mal, porque se ha barajado
nominarlas Santa Justa y Santa Rufina. Cada embarcación tiene capacidad para 22
cañones en batería y 4 en el puente, pero se montan solo 16 por razones de peso
y comodidad. Pocos son. Desde luego estas corbetas no están pensadas para
guerrear; su misión es transitar veloces por las aguas oceánicas conduciendo el
pasaje a buen puerto. Se construyen con maderas selectas adecuadamente
calafateadas, completándose el casco con un forro de cobre que aumentará la
resistencia; precaución conveniente para una navegación prolongada por parajes
muy diferentes y climas extremos. La fragata Astrea sirve de modelo para
diseñar el aparejo, y del navío San Sebastián se copian los fogones con
ventilación y destilador; servirán para cocinar y desalinizar el agua de mar en
caso necesario, y quién sabe si por su intermedio no se degustará algún líquido
más reconfortante. Todo puede suceder. Las corbetas incorporan pararrayos de
última generación, según las lecciones aprendidas en la academia de París. Se
lo cuenta por carta Malaspina al ingeniero Muñoz para que disponga lo
necesario. El artilugio consiste en una pieza de hierro de un metro de longitud
con forma de cono truncado, coronado por un alargado estilete de latón. Una
cadena de grosor variable desciende del cuerpo principal hasta la superficie
del agua, derivando la corriente al mar si ocurre lo peor. Sencillos milagros
técnicos contra devastadores fenómenos naturales. No son las únicas
innovaciones. El cabestrante mayor tendrá un manejo más fácil colocado en el
combés, entre el palo mayor y el castillo de proa, y las embarcaciones menores
se distribuirán sobre cubierta para facilitar su uso corriente.
Domingo 5 de julio. Las corbetas navegan en torno a la bahía gaditana.
Utilizando gavias, juanetes, foque y mesana, a las siete y media de la mañana
dieron la vela. Es la primera prueba de navegación. De comprobar el andar y el
gobierno de las embarcaciones se trata. Hacen largos, viran a babor y a
estribor, navegan con el aparejo de proa, luego de bolina; más tarde sobre
gavias y mesana, a contramarea después. Los barcos transmiten buenas
sensaciones. Regresarán cuando se oculte el sol. Conviene aprovechar el tiempo
viendo sus cualidades y comprobando adecuadamente la estiba, pues es mucha la
carga que es menester transportar. Embarcarán vino de Sanlúcar, coles agrias,
vinagre, aceite, menestra, tocino, pan, agua, leña, anclas, cordajes, betunes,
juegos de velas, recambio de arboladura, armamento, repuestos de vestuario,
regalos, medicinas, libros, instrumental científico, equipajes; y hay que dejar
hueco para almacenar los objetos que se recojan por el camino. Alejandro está
feliz, se muestra satisfecho por tener dos barcos que han demostrado su
eficiencia con buena nota; se lo cuenta a Gherardo Rangoni. El marqués es como
un hermano. Malaspina se siente seguro. No le amedrentan ni la mar gruesa, ni
la calma chicha, ni los pedregosos fondos marinos del agreste litoral que
habrán de transitar; menos aún la responsabilidad de liderar el proyecto. El
viaje se ha preparado a conciencia, con mimo. No se han escatimado esfuerzos.
Las cosas que faltan son imposibles. Han sido exigentes en los detalles y
generosos en el gasto, no hay duda. La gente y los barcos están preparados, es
la hora de levar anclas. Lo anuncia José Bustamante en su diario: «recibida la
orden de antemano por el comandante de la expedición para dar la vela el 30 de
julio, quedamos prontos a verificar desde el día anterior, y aguardar en la
mañana próxima la señal para su ejecución». Viajarán a lugares remotos,
recorrerán parajes sorprendentes, encontrarán seres olvidados, frecuentarán
culturas extravagantes, oirán historias inverosímiles, recuperarán saberes
ignotos, vivirán experiencias únicas. Conocerán, en definitiva, al hombre y su
medio de primera mano.
Viajar a América
Navegar al Nuevo Mundo fue un hecho
corriente en la España de 1700, y Cádiz, la Sirena del Océano imaginada por
Lord Byron, la cuna de ese tráfico marítimo.
Por aquel entonces, dos convoyes
oficiales enfilan anualmente el Atlántico desde aguas gaditanas, protegidos,
eso sí, por galeones para ahuyentar al pirata: el conocido como la Flota de
Nueva España, con destino Veracruz, y el llamado de los Galeones de Tierra
Firme, rumbo a Cartagena de Indias y Portobelo. Con este vaivén marinero, la
popular Tacita de Plata es un hervidero de mercancías consecuencia del
monopolio comercial disfrutado por la ciudad hasta la década de los ochenta.
Del otro lado se recibe azúcar, café, cacao, harina, pimienta de tabasco,
tabaco, lana de vicuña, pieles de guanaco, cueros, tintes, oro, plata, cobre,
embarcándose chacina, aguardiente, vino, lienzos, paño y demás. La economía
marca la pauta con ultramar, y la monarquía española contempla tan alejados
dominios como una fuente inagotable de riqueza. Tremenda heredad por disfrutar.
Aquellas lejanas tierras son un espacio
soñado por los sabios europeos. Un halo mágico envuelve a sus moradores,
derivado de las noticias, muchas inventadas, que los buques mercantes traen a
Occidente. El modo de desvelar el misterio y conocer la verdad es simple,
arriesgado y caro: viajar para explorar in situ. Con esta misión, voceando el
santo nombre de la ciencia, desde la vieja Europa se organizan expediciones que
recorren el mundo rastreando lo desconocido. Costosas empresas navales con una
derivada política sustancial, sin la cual jamás hubiesen salido de puerto. De
este conjunto expedicionario, los viajes protagonizados por el inglés James
Cook, el francés Jean François Galaup, conde de La Pérouse, y el italiano
Alejandro Malaspina destacan sobremanera, componiendo una tríada viajera
continua en espacio y tiempo, reflejo fiel de los intereses cruzados que
España, Francia e Inglaterra despachan allende los mares, disputándose el
control de ingentes recursos naturales. Pesca, minería, ganadería, peletería,
agricultura, industria maderera son argumentos que valen su peso en oro para
pelear por un puesto, o todos, en la margen izquierda, o derecha, según se
mire, del océano Atlántico. Este fue el ilusorio, polifacético, prolijo y
proceloso mar del poder por donde navegó el oficial de la armada española
Alejandro Malaspina, consumando un pretendido «viaje científico y político
alrededor del mundo» impulsado por su graciosa majestad el rey Carlos III.
Nace Alejandro un 5 de noviembre de 1754 en la localidad italiana de Mulazzo,
de la que su padre, Carlo Morello, era marqués. Igual de notable resulta la
línea materna, pues su madre, Caterina Meli Lupi, pertenece al linaje de los
príncipes de Soragna. Cuenta Alejandro ocho años cuando la familia se traslada
a Palermo. Luego viene la ciudad de Roma y más tarde su viaje a España,
ingresando en la gaditana escuela de guardiamarinas. Corre el año 1774. Su
carrera militar es vertiginosa. Sube veloz el escalafón, alcanzando el grado de
brigadier al regreso del famoso viaje. Méritos no le faltan en su hoja de
servicios, que recoge la participación en numerosas y enconadas campañas
militares. Lo encontramos embarcado en la fragata Santa Teresa defendiendo la
ciudad de Melilla, sitiada por la hueste marroquí; y estuvo presente en el
asedio a Gibraltar por el ejército español en 1780. Durante el combate los
ingleses capturaron el navío San Julián, de cuya tripulación forma parte. Una
fuerte tempestad descarga sobre la zona. Impetuosas olas zarandean la
embarcación mientras el pertinaz aguacero inunda la cubierta. La confusión se
generaliza. Un intrépido, astuto y despabilado teniente de fragata, de nombre
Alejandro Malaspina, supo sacar provecho al desorden; sublevó la marinería,
recuperó el control de la nave y regresó a Cádiz. Se corrió la voz. Tocando
puerto, el clamor popular inunda la bahía celebrando la hazaña.
El tiempo aporta madurez y sosiego al viajero. Los objetivos del marino varían,
se vuelven trascendentes. La década de los años ochenta es el punto de
inflexión. Comienza una etapa orientada a explorar el Nuevo Mundo. Viajar le
sirve para sumar millas, para coger experiencia, abriendo ojos y mente a un
panorama desolador donde desigualdad, injusticia y corrupción, mal gobierno en
definitiva, son la resultante de un sistema colonial obsoleto, decadente. Desde
entonces, las preguntas rondan por la cabeza del ya capitán soliviantando su
pensamiento: ¿cómo se puede gobernar América sin conocerla?, ¿cómo hacerlo
ignorando la realidad? Resolver la incógnita con conocimiento de causa exige
buscar la verdad, ver el territorio en primera persona, ampliamente, en
profundidad. Cumplida esta etapa, la tarea resulta más sencilla, pues consiste
en analizar los hechos para diseñar un orden administrativo respetuoso con la
idiosincrasia de una comunidad plural, espacial y socialmente distante de la
metrópoli. Su último viaje, la expedición que le ha dado fama, tuvo este sello
de identidad. Malaspina viajó para ser útil a España. En el empeño gastó su
tiempo, y no le faltaron ni tesón ni coraje ni prudencia, ni mucho menos el
deseo de ver para conocer, esclarecer y comprender, para, en definitiva,
instruirse sobre el planeta y la vida de quienes lo habitan, siguiendo la
filantrópica idea de construir una sociedad más justa, regida por el principio
del bien común. ¿El objetivo? Extender la prosperidad humana a todas partes. Su
expedición fue un utópico e inefable viaje hacia la libertad persiguiendo la
felicidad de los demás. Otro sueño de la razón con sus correspondientes
monstruos.
Cádiz, 30 de julio de 1789. Hace días que las corbetas Descubierta y Atrevida
están preparadas para hacerse a la mar. Gobernadas por los capitanes de fragata
Alejandro Malaspina y José Bustamante, ese jueves emprenden la misión de
circunnavegar el globo. El 21 de septiembre de 1794 las embarcaciones regresan
al puerto gaditano. Han transcurrido cinco años. Finaliza la aventura. No
dieron la vuelta al mundo, pero exploraron minuciosamente mares y tierras de
América, Asia y Oceanía. Leyendo su diario, sabemos que Malaspina halla la
lógica satisfacción por concluir un viaje del cual se siente complacido y
cansado. Al regreso, es la monarquía de otro Carlos, el cuarto, quién le juzga,
y razones tiene para meditar las consecuencias de sus actos. No acabó en la cárcel
por casualidad, pasando una larga temporada encerrado en un húmedo presidio.
¿Cuál es la causa del infortunio?
Cualquier lector de Trafalgar, el primero de los Episodios nacionales escritos
por Galdós, es libre de sospechar algún parentesco entre Alejandro y la
acomodada familia Malespina: José María y Rafael, padre e hijo, oficiales del
cuerpo de artillería, que pronto recorren las páginas del relato. Avanzando en
la lectura, el propio Galdós satisface nuestra curiosidad, deshace la confusión
desmintiendo cualquier relación con el célebre marino. ¿Hacia dónde conduce la
insinuación? Sopesamos interpretar la alusión, incluido el cambio de vocal,
como una llamada de atención encubierta; como un guiño literario al personaje y
a su viaje, sí, pero más todavía a otra historia posterior protagonizada por su
majestad Carlos IV, la reina María Luisa y el ministro Godoy, con la
participación estelar de Alejandro Malaspina en el papel de traidor. Cuando en
octubre de 1805 la flota inglesa derrota a la armada española en las
inmediaciones del cabo Trafalgar, hace un par de años que Malaspina expía sus
pecados contra la nación desterrado en tierras italianas. Antes, por el mismo
delito, pasó unos cuantos recluido entre las cuatro paredes de una inhóspita,
herrumbrosa y húmeda mazmorra del castillo coruñés de San Antón. Fueron otros
viajes, obligados, innombrables, ignominiosos, caminos tramposos transitados
con dolor y deshonra. Los pormenores de la conjura se narran al final.
Adelantamos que la historia no es ejemplar: venganza, deseo, traición, odio,
poder, despecho, rencor son las pasionales razones que mueven los hilos de este
folletín regio.
Las páginas siguientes contienen la relación del viaje y sus circunstancias,
hermanando palabras e imágenes. El relato es una travesía polifónica, narrada
por las voces solistas del comandante Malaspina, del capitán Bustamante, del
teniente coronel Antonio Pineda y del guardiamarina Fabio Ala Ponzone. La
puesta en escena incluye actores invitados, pero no hay prisa por conocer sus
nombres. Empleando estosmimbres hicimos el cesto de una historiamayúscula
versionada en minúscula buscando una divulgación de calidad, con fundamento
literario. El resultado, sin duda, es un libro diferente de los tantos que
lustran la bibliotecamalaspiniana. Con él damos respuesta, una entre muchas, a
la iniciativa científica y cultural desplegada desde el proyecto de investigación
Expedición de Circunnavegación Malaspina 2010: Cambio Global y Exploración de
la Biodiversidad del Océano Global, liderado por el profesor Carlos Duarte. Y
no olvidamos conmemorar los doscientos años del fallecimiento de Alejandro
Malaspina, ocurrido el 9 de abril de 1810 en la localidad italiana de Pontremoli.
Contribuir a su memoria es el homenaje.
Recordatorio final. Sepa el lector que «nada ocurrió como se cuenta, pero todo
es verdad». Cualquier historia se narra de muchas maneras; esta es la nuestra.
Alejandro Malaspina (Mulazzo, 1754 - Pontremoli, 1810)
Nace Alejandro Malaspina el día 5 de
noviembre de 1754 en la localidad italiana de Mulazzo, de la que su padre,
Carlo Morello, es marqués. Igual de notable resulta la línea materna; su madre,
Caterina Meli Lupi, entronca con los príncipes de Soragna. Cuenta ocho años
cuando la familia se traslada a Palermo. Viene después la ciudad de Roma, donde
completa sus estudios en el colegio Clementino.
Finalmente, el año 1774 ingresa en la
academia de guardiamarinas de Cádiz. Su carrera militar es vertiginosa. Méritos
no faltan en una hoja de servicios que recoge su presencia en diversas campañas
militares. En 1775 lo encontramos embarcado en la fragata Santa Teresa defendiendo
la ciudad de Melilla, sitiada por la hueste marroquí. El año 1780 participa en
el asedio a la plaza de Gibraltar. Durante el combate, los ingleses capturan el
navío San Julián a cuya tripulación pertenece. Aprovechando la
fuerte tempestad que descarga sobre la zona, el teniente de fragata Alejandro
Malaspina subleva a la marinería, recuperando el control de la nave. Se corre
la voz y el clamor popular inunda la bahía gaditana celebrando la hazaña.
El año 1782 se encuentra inmerso en la
operación naval contra la armada inglesa desarrollada en el cabo Espartel,
mereciendo por su valeroso comportamiento el ascenso a capitán de fragata. En
la década de los años ochenta comienza una etapa dirigida a explorar el Nuevo
Mundo. En 1783 efectúa su segundo viaje a Manila embarcado en la fragata Asunción,
y en el año 1786 parte al mando de la fragata Astrea rumbo a
las islas Filipinas circunnavegando el globo. El 10 de septiembre 1788 presenta
al ministro Antonio Valdés su plan para realizar un viaje científico y político
alrededor del mundo. Un mes más tarde el proyecto es aprobado. El jueves 30 de
julio de 1789 las corbetas Descubierta y Atrevida,
comandadas por los capitanes de fragata Alejandro Malaspina y José Bustamante,
parten de Cádiz rumbo a Montevideo. Comienza el viaje. El 21 de septiembre de
1794, la expedición regresa al puerto gaditano. Han transcurrido cinco años. No
dieron la vuelta al mundo, aunque exploraron detenidamente tierras de América,
Asia y Oceanía, consumando un viaje sin precedentes en la historia de España.
En marzo de 1795 Malaspina es nombrado
brigadier. Unos meses más tarde, el 23 de noviembre, es encarcelado. El primer
ministro, Manuel Godoy, le acusa de conspiración. Concluido el proceso, el
brigadier es expulsado de la armada y condenado a la pena de diez años y un día
de prisión en el castillo de San Antón de La Coruña. En abril de 1796 ingresa
en el penal coruñés. En el año 1803 se le conmuta la pena de privación de
libertad por el destierro a Italia, fijando su residencia en la localidad de
Pontremoli. Fallece el 9 de abril de 1810.
Cronología del Viaje
Rumbo a las Américas
Fondeadero del Realejo y volcán El
Viejo
Largar y plegar velas fueron acciones cotidianas durante los cinco
años de navegación que duró el viaje. La primera y la última vez lo hicieron en
la bahía gaditana, de donde las corbetas partieron el 30 de julio de 1789,
comenzando un viaje incierto. Aventuras sin par, continuos peligros,
experiencias únicas esperaban a estos hombres por los mares de América, Asia y
Oceanía. La composición realizada por José Cardero reproduce la imagen de las
corbetas fondeadas en el puerto de El Realejo, preparándose para seguir derrota
por las costas de Centroamérica.
https://www.fbbva.es/microsites/malaspina/rumbo-a-las-americas.html
Como sabemos, alcanzado el mes
de julio, los preparativos han concluido. Cada cosa está en su sitio. Atada y
bien atada; más o menos.
Solo el retraso en recibir los
libros e instrumentos comprados en París mantiene a las corbetas amarradas en
puerto. La fecha de salida se fija para el cercano día 30, aunque el envío no
llegue, tal y como sucede. Es jueves, festividad católica de san Pedro
Crisólogo, a quien confiaron los capellanes el éxito del viaje en su oración
matutina. Que nadie se extrañe, vienen para rezar y cada cual hace lo que sabe.
Tadeo Haenke no embarcó. Inició el camino en Viena, pasó por París y Madrid y
llegará a Cádiz con dos días de retraso. Si hubiese acelerado el paso... Sus
compañeros no le esperan. Tendrá que viajar por su cuenta y riesgo. Llegará a
América nadando. Más adelante conoceremos los pormenores. El comandante de la
expedición da la orden de partir. La aventura comienza. Los marineros se hacen
a la mar, confundidos por el ajetreo de las maniobras y los adioses de
familiares y amigos. Marchan imbuidos por la añoranza del hogar y el incierto
futuro que conlleva afrontar una empresa de tal envergadura. El embarazo del
equipaje, el amontonamiento de las provisiones y las estrecheces de los
aposentos generan un clima de incomodidad que empeora el ánimo de quienes, como
el naturalista Antonio Pineda, rompen violentamente con su presente rememorando
los «dulces objetos» que dejan e imaginando «los peligros» que acechan.
Pasajeros como él comparten sentimientos contradictorios de alborozo y temor a
lo desconocido. La suerte está echada. No hay marcha atrás. Scoperta y Ardita,
así las nombra Malaspina en la familiaridad de su idioma natal, levan anclas,
comienzan a balancearse suavemente por las aguas de la bahía. El viento de
levante favorece la maniobra. En dos meses esperan alcanzar tierra firme. Lo
cuenta Fabio Ponzone en unas pocas líneas improvisadas a su padre desde el
camarote de la Descubierta, escritas con las prisas y el nerviosismo de la
partida. Son dos barcos cargados de ilusiones, de sueños, de anhelos,
sentimientos propios de la condición humana que los gobiernan. La Atrevida anda
algo remisa en la salida porque falta el alférez de fragata Martín de Olavide.
Fue a buscar un sextante y se retrasó. Los alcanzará en el bote del práctico,
que lo sabe y espera. En el reloj de José Bustamante son las once y cuarto de
una mañana con «semblante muy agradable» cuando las corbetas ponen rumbo hacia
las islas Canarias.
Tres días tardan en avistar la isla de Tenerife. La inequívoca cúspide
volcánica del Teide marca su cercanía. No hay confusión posible. El trayecto no
tuvo mayores contratiempos que los mareos propios del viajero novato,
inadaptado aún al continuo traqueteo de la embarcación. Tiempo tendrá de
lograrlo. Tampoco faltó la presencia de algún polizón, burlador de la
vigilancia portuaria Dios sabe cómo. Las habituales procelarias, aves de
negruzco plumaje y tamaño de un estornino, acompañan a los marineros acompasando
su aleteo al oleaje, deslizándose entre las olas con atrevidas piruetas. A
vista de catalejo, la isla es un espacio sugerente. El térreo color rojizo se
combina agradablemente con achaparrados y sorprendentes formas arbóreas, se
mezcla armoniosamente con el verdor de una vegetación que cubre laderas y
valles agitada por el viento.
En el horizonte se perfila ahora la isla de Cabo Verde, donde el tráfico de
esclavos es moneda cotidiana. En la travesía se cruzan con el Philips Stevens,
que desde Inglaterra se dirige al puerto de Old- Calebar para completar otro
cargamento. En los días 6 y 7 de agosto las corbetas alcanzan el trópico de
Cáncer, «cortan la línea», en jerga marinera, lo hacen acompañadas por un
viento recio y la estrepitosa parafernalia de truenos y relámpagos propia de
las turbonadas. Después de la tormenta viene la calma. Entonces la pesca ocupa
el ocio de los marineros. Una afición que a los naturalistas les viene de
perlas para enriquecer sus conocimientos examinando el botín. Además, de vez en
cuando se envía un bote a capturar algún ejemplar avistado en el horizonte, y,
si la ocasión es propicia, se toman muestras de agua con la intención de
estudiar las variaciones de temperatura a distintas profundidades. Tiburones,
delfines, bonitos, voladores, medusas, holoturias componen una variopinta fauna
acuática acompañada de fragatas, gaviotas y pájaros bobos; aves que también se
dejaron ver durante la primera quincena. Sin embargo, fue una insignificante
oruga la que captó la atención de los viajeros. La larva había contaminado el
cargamento de pan, causando repugnancia entre una tripulación poco dispuesta a
consumirlo. Bajo el microscopio, el repelente gusano resultó ser un gigante
cabezón de ojos saltones y un anillado cuerpo peloso sostenido por varios pares
de patas, que pronto se convertirá en una pulcra palomilla blancuzca de largas
antenas. Según los científicos, el animalillo no ofrecía riesgo para la salud;
al contrario aportaba proteínas, añadimos. De nada sirven las protestas. El pan
no se tira. La anécdota rompió la anodina atmósfera de una travesía que
transcurre sin sobresaltos por un inmenso mar desnudo y solitario; un campo
azul y negro adornado con espuma blanca y montículos de agua, según leemos en
las notas de un melancólico Antonio Pineda.
El 29 de agosto los barcos cruzan el trópico de Capricornio. La temperatura
desciende bruscamente. El viento sopla con fuerza, favoreciendo la navegación y
causando la rotura de dos maderos de la arboladura de la Descubierta. Los
carpinteros tienen trabajo. A los pocos días avistaron la isla Trinidad, en
cuyo horizonte el crepúsculo mostró una armónica conjunción de luminosidad y
caprichosa disposición nubosa de cautivadora belleza. El 13 de septiembre los
expedicionarios se hallan próximos a concluir la primera etapa del viaje. La
desembocadura del Río de la Plata emerge cual merecida recompensa. Así lo
denominó el explorador veneciano Sebastián Caboto en 1526, pensando que el
preciado metal abundaba en la región. Una década antes, Juan Díaz de Solís lo
había bautizado con un nombre más sugerente: Mar Dulce. En las inmediaciones
del estuario, el agua cambia de tonalidad permitiendo al marinero avezado
reconocer fácilmente la posición. Una densa niebla envuelve a las corbetas,
hasta el punto de verse obligadas a comunicarse mediante cañonazos. Las aves
pelágicas abundan. Pamperos, pardelas, tiñosas, gaviotas, pelícanos, vuelan
cotidianamente alrededor de las embarcaciones mientras estas se deslizan por un
insólito tapiz oblongo y azulado, compuesto por medusas que, como si de una
alfombra mágica se tratase, cubren la superficie hasta el inmediato puerto de
Montevideo. Atracan el 20 de septiembre a las tres y media de la tarde. Han
transcurrido cincuenta y dos días de navegación.
Pez Ballesta
Montevideo
Refundada el año 1725 por los españoles, Montevideo es
una destacada plaza militar, y el principal puerto del estuario.
Uno de los más importantes del territorio del Río de la
Plata, con cuya capital, Buenos Aires, la ciudad compite abiertamente.
Vigilante, situada en un paraje elevado, la ciudadela domina el contorno.
Abajo, la población despliega sus tentáculos bañada por el mar, circundada por
una muralla de ocho baluartes. Muros viejos mal conservados, mal tratados por
el continuo golpeteo del agua en su ir y venir, incompatibles con la sensación
de seguridad que deben transmitir. Montevideo es un punto estratégico en la
comunicación con América; en consecuencia, un amplio contingente militar se
ocupa de la defensa portuaria. Un destacamento de dragones, un grupo de
artilleros, una compañía de infantería, una fragata de guerra y lanchas
cañoneras imponen la ley del más fuerte. Del puerto, una ensenada con forma de
herradura, distan dos millas escasas hasta la ciudad, cobijo de veinte mil
almas, que habitan casas de mampostería distribuidas por sucias calles mal
empedradas y arrabales utilizados como mataderos. Los alrededores rebosan de
humildes construcciones de piedra, adobe y techos de paja. Sencillos corrales,
con cuatro estacas y una cubierta de cuero, salvaguardan el ganado.
El cerro del Pan de Azúcar domina la región occidental cual faro pétreo que es.
La estructura granítica de su base refleja la continuidad continental del fondo
marino, y las columnas basálticas que sustentan la cima delatan su condición
volcánica. Hubiera podido pasar por un esplendoroso jardín botánico poblado de
especies como mimosas, ficus, palmeras y rododendros. Cisnes, chorlitos, patos,
gaviotas, cormoranes, garzas, gorriones, perdices, buitres, halcones, palomas,
colibríes, ciervos, zorros, mofetas, vizcachas se cuentan también entre sus
moradores multiplicando la naturaleza. Algunos ejemplares viajarán a Europa
disecados, formarán parte de la primera remesa de objetos naturales remitida a
Madrid. El estuario tampoco desmerece en su fauna. Lo habitaban jureles,
palometas, congrios, corvinas, rayas, sepias, lenguados, meros, bogas, bagres,
entre más de treinta especies. Admitámoslo, una naturaleza esplendorosa puebla
estos parajes rememorando el mítico Edén.
Amplios arroyos, hermosas alamedas y gigantescas dehesas, donde vagan
indolentes los rebaños de vacas y caballos, cubren las cercanías de Montevideo.
La ganadería constituye la principal actividad comercial de los lugareños,
aprovechando los abundantes pastos distribuidos generosamente por las praderas,
donde los animales proliferan sin control. La abundancia es tal que el caballo
resulta un medio de transporte generalizado, tanto que ni pobres ni esclavos
viajan a pie. Incluso se pide limosna a la grupa de espléndidos corceles,
componiendo una imagen surrealista, grotesca. La estrella rutilante de esta
pampa es el gaucho. Altivos jinetes de vida errante, erguidos sobre ágiles y
resistentes monturas, que viven una existencia nómada e independiente al albur
de la naturaleza. Un caballo, un lazo, un pellón, boleadoras, el poncho, un
cuchillo envainado sobre la cintura, botas de cuero, camisa de crea y chamarra,
un sombrero ancho de cuero en invierno y una pajilla en verano componen la
melancólica figura de este seudocentauro pampero, símbolo de una libertad
asimilada como filosofía de la vida.
Montevideo es la primera tierra americana que pisa Fabio. La experiencia no le
hace gracia. Añora lo que dejó atrás. Modos y maneras de ser y pensar
diferentes a las costumbres que usan por estos pagos. Formas alejadas del
refinamiento que conoce, impropias del hombre sensible que representa. Ya se
acostumbrará. Va disgustado porque le tocó formar parte de la guarnición que
custodia las corbetas, mientras el resto de oficiales exploran el territorio,
trazan planos, miran al cielo, ponen en hora los relojes, se apropian de la
naturaleza, recopilan noticias de ayer y de hoy. La impaciencia es mala
consejera. El viaje es largo y pronto tendrá su oportunidad. Si le hacemos
caso, educación e instrucción son aspectos absolutamente relajados en esta
sociedad de moral disipada, caracterizada por una inacción próxima a la
indolencia. Su opinión conviene con el juicio del maestro Pineda, para quien
los lugareños gustan del placer de una vida floja y licenciosa, convertida en
felicidad adictiva, contraproducente.
Buenos Aires es el otro núcleo urbano de referencia dentro del territorio.
Hacia allí se dirige la comitiva expedicionaria. Una pequeña villa nombrada
Maldonado es la primera escala. Dista escasamente media legua del mar y su
puerto, junto con el de Montevideo, son los únicos amarraderos accesibles a las
grandes embarcaciones. El pueblo lo componen sencillas casas distribuidas por
una amplia llanura, donde el verde de los pastos compite en luminosidad con la
acuosa transparencia de los humedales. Paredes de adobe y techos de paja forman
calles rectilíneas, combinadas con frondosos frutales, delimitando un entorno
sumamente agradable. En lontananza, el cerro del Pan de Azúcar perfila su
cumbre proyectándose sobre la zona. Frecuentes y minúsculas poblaciones adornan
sucesivamente el camino hasta la capital. Destaca la del Rosario por ser la
ubicación de la caballada real, dedicada al servicio de postas. Río arriba se
localiza la colonia del Sacramento. El poblado dista apenas diez leguas de la
capital, a donde se llega también navegando cómodamente instalados en una
sumaca. Bosques de melocotoneros silvestres circundan la colonia contraponiendo
su belleza al yermo panorama del territorio, asolado por las disputas entre
españoles e indígenas. La ciudad bonaerense aparece rodeada por hermosas
campiñas y fértiles huertas, ocupando una extensa llanura costeada por el río.
Sus anchas y polvorientas calles, que durante la época de lluvias forman
inmensos lodazales, mantienen un aspecto porquerizo, de vertedero. Igual ocurre
con los arrabales, habitual almacén de los putrefactos desechos piscícolas. Es
una ciudad insalubre, de pestilencia sofocante. Menos mal que existen los
vientos pamperos, pensará el viajero. Aire limpio procedente de los Andes que
barre los malos olores y también las embarcaciones amarradas en la ribera. Tal
es su violencia.
Sábado 31 de octubre. El grupo regresa a Montevideo. El viaje debe continuar.
Antes de partir, los comandantes quieren homenajear a las autoridades por la
ayuda recibida. Nada mejor que organizar una fiesta de despedida. Esa noche
hubo cena, bebidas y baile hasta bien avanzada la madrugada. Su recuerdo
perdurará. Por su buen hacer durante la campaña, la tripulación es recompensada
con una paga extra y tres días de permiso. Podrán disfrutar de la celebración
popular que se prepara en honor a Carlos IV, el nuevo monarca. Muere el padre,
Carlos III, y le sucede el hijo. Es la esencia de la monarquía: a rey muerto
rey puesto. Algunos marineros desertaron. Buscan fama y fortuna. No será fácil
reemplazarlos. De momento Malaspina goza de la dicha inherente a las cosas bien
hechas. Se lo confiesa a Gherardo Rangoni. En poco más de un mes elaboraron la
carta general del Río de la Plata, trazaron los planos de Buenos Aires,
Maldonado, Montevideo y Sacramento y obtuvieron prolijas noticias de los
habitantes y sus recursos. Los naturalistas se aplicaron capturando peces,
aves, cuadrúpedos e insectos. Un espléndido herbario y una amplia colección
mineralógica completan su tesoro. Los objetos han sido convenientemente
tratados, empaquetados y embarcados en el correo Princesa rumbo a Cádiz. ¿Su
destino? El madrileño Gabinete de Historia Natural. Los astrónomos trabajaron a
destajo. Observaron el giro de las estrellas, estudiaron los movimientos de
Júpiter y sus satélites, contemplaron el paso de Mercurio frente al Sol y admiraron
la Luna en su eclipse. Tampoco les faltó la salud a los marineros. Son
robustos, pero no olvidemos que beben vino de Sanlúcar y comen chucrut
elaborado según la receta antiescorbútica del capitán Cook: col cruda
condimentada con sal, granos de enebro y anís; la mezcla se deja fermentar y
obtenemos un plato suculento. Por si fuera poca felicidad, los relojes,
auténtico dolor de cabeza para los navegantes a la hora de determinar la
posición del barco y no terminar en la Cochinchina cuando se quiere ir a Madagascar,
van como la seda, manteniendo un movimiento sumamente uniforme; no será siempre
así. Son de las mejoresmarcas, se cuidan con primor y llevan funcionando poco
tiempo; es normal que lo hagan correctamente.
12 de noviembre. Las corbetas no consiguen hacerse a la mar, lo impide el
viento contrario. Tres días tardan los barcos en dar vela. Durante la demora
hubo nuevas deserciones. Las tripulaciones se completan mediante reclutamiento
forzoso, mayormente de vagabundos ignorantes de su suerte; de saberlo, se
hubieran escondido. No parece la mejor solución. Huirán a la menor oportunidad.
Son las seis de la mañana del domingo 15. El cielo está nublado y un viento
bonancible sopla de nornoroeste. La Descubierta inicia la marcha seguida por el
bergantín Carmen, que ayudará en las tareas geodésicas hasta donde alcance. La
Atrevida se demora algo en suspender el ancla. Lo cuenta el oficial Francisco
Viana. Se espera luna nueva en la próxima madrugada.
El Cabo de Hornos. Al anochecer del día 3 de diciembre de 1789
las corbetas fondearon en Puerto Deseado. La escala fue breve, pero suficiente
para renovar la aguada, levantar el plano del puerto, mirar el cielo observando
las estrellas y explorar el territorio capturando animales y recolectando
plantas por doquier.
El Cabo de Hornos
Los barcos enfilan el peligroso litoral patagónico. El
plan es trazar una ruta marítima fácil y segura doblando el cabo de Hornos.
Estos dominios tienen especial interés para la monarquía,
que libra una sigilosa pugna con Inglaterra por controlar la zona. Su riqueza
pesquera y la estratégica posición geográfica justifican la disputa. De
momento, la contienda se decanta hacia el lado inglés, gracias a nuestra
proverbial habilidad para dejar las cosas en manos de Dios.
Desde la salida, el viento ayuda poco. La navegación resulta lenta,
prosiguiendo a mar abierto durante algunos días. Hasta alcanzar la
desembocadura del río Negro no se recupera la derrota costera. Puerto Deseado
es la próxima parada. El nombre le viene de lejos. En 1586 recaló por estos
pagos el corsario inglés Thomas Cavendish, más conocido como Navigator, que
bautizó el paraje con el nombre de su velero, Desire; después se castellanizó.
Un obelisco rectangular indica la entrada. No hay error posible. Es una ría de
aproximadamente ocho leguas de largo con numerosas islas y frecuentes bajos;
depósitos de arena y piedra que disminuyen abruptamente la profundidad
aumentando el riesgo de encallar. Templanza, navegar despacio y echar la sonda
constantemente es regla de manual en estos casos, aunque esta vez la bajamar
pone al descubierto el peligroso fondo reduciendo el riesgo. Anochece el día 3
cuando las corbetas amarran. Es el primer jueves de diciembre. La escala será
breve, pero convenientemente aprovechada. Renovaron la aguada, levantaron el
plano portuario, observaron el firmamento y escrutaron la tierra recolectando
bichos, plantas y piedras por doquier; objetos que servirán de pasatiempo a los
naturalistas durante la arriesgada travesía por el cabo de Hornos. Hasta Fabio
estuvo de caza. Mató un guanaco con más de dos quintales de peso. ¡Menudo
festín les espera! Tuvieron la fortuna de hallar a los célebres patagones. Un
regalo del cielo. Es un grupo pequeño. Conocen a José de la Peña, piloto del
bergantín Carmen, y pronto vendrán a su encuentro. Algunos chapurrean el
español porque en estos parajes existió la malograda colonia fundada por
Francisco Viedma el año 1779, y aún se recuerdan las palabras. El idioma ayuda
a confraternizar. La ocasión es inmejorable y Malaspina no pierde el tiempo.
Desembarca intrigado. Es un hábil comunicador. Tiene don de gentes y sabe
ganarse la confianza de estos felices nativos repartiendo galletas o regalando
coloridas baratijas, que adornarán sus cuerpos durante meses. Son pacíficos y
repudian el robo, aunque acostumbran a fumar tabaco y beben demasiado
aguardiente. Lo leemos en la correspondencia de Fabio Ponzone, asombrado al
contemplar un pueblo legendario. La tribu la componen unas sesenta almas.
Hombres, niños ymujeres de constitución corpulenta y talla normal,
contraviniendo su legendaria condición de gigantes. Antonio Pineda lo comprueba
midiendo a varios indígenas y no se equivoca. Como tampoco lo hace estudiando
sus costumbres y aprendiendo el idioma: sonidos vertidos con tinta en un
novedoso vocabulario patagón. Palabras, actos y formas ignorados en Europa.
La salida de Puerto Deseado fue difícil. La siniestra orografía y las malas
condiciones de navegación impiden la partida hasta el amanecer del decimocuarto
día de diciembre, cuando el viento infla el velamen empujando las naves hacia
el extremo occidental de las islas Malvinas. Puerto Egmont es el objetivo. Tres
días bastan para avistar el fondeadero. Una travesía rápida, acompañados por
ballenas y lobos marinos. Resguardándola del viento, una hilera de islas
delimita la amplia bahía. Es uno de los mejores puertos conocidos, escribe el
capitán Bustamante en su diario. Al suroeste se localiza un antiguo
desembarcadero, antaño refugio de buques ingleses que se acercaban a estas
aguas atraídos por la clandestinidad del lugar. Rápidamente se emprenden las
labores de aprovisionamiento. Primero, renovar el agua y recoger leña; luego,
sin pausa, instalar el observatorio y contemplar el cielo austral. Entre tanto,
los naturalistas inspeccionan la playa con magníficos resultados. Estas aguas
son excelentes criaderos de mejillones, lapas y caracoles, que alimentan a un
número considerable de patos, gansos y somormujos. Faltan pocas jornadas para
partir y los tripulantes disfrutan de un día de asueto. Andan desperdigados por
los alrededores. Aprovechan para lavar la ropa y descansar al calor de las
hogueras. Son solo rescoldos pero cuidado con el viento, capaz de avivar la
ascua más insignificante y convertirla en fuego devastador. Imprudencia,
desidia, torpeza, el incendio se propaga veloz. En poco tiempo una gigantesca
columna de humo oculta el horizonte. Los astrónomos se desesperan temiendo que
la humareda les impida observar el eclipse de Acuario previsto para la noche.
Los hombres se emplean a fondo. Al anochecer las llamas están controladas. Por
si acaso, un retén permanece ojo avizor. Al menos, vigilarán durante el tiempo
que los oficiales necesiten para mirar por el telescopio. Después la providencia
proveerá. Aquí no hay bomberos que pongan remedio a los fallos humanos.
Son las cinco de la mañana del 24 de diciembre. El viento que retiene a las
corbetas amaina. Esta puede ser la oportunidad de abandonar el puerto. La
Descubierta y la Atrevida inician precipitadamente las maniobras, levan anclas.
Avanzan cautelosas hacia la punta septentrional del estrecho de Magallanes,
también conocida como el cabo de las Vírgenes. Curioso nombre para un recóndito
paraje, albergue de pingüinos. La explicación es sencilla. Buscando el canal
que hoy lleva su nombre, aquí llegó Fernando Magallanes el 21 de octubre de
1520, festividad de santa Úrsula y las once mil vírgenes mártires; por eso el
extravagante bautismo. Cuenta la leyenda que en los días de tormenta,
entrecortadas por el rumor de la lluvia y el viento, se oyen las voces de los aguerridos
marinos jaleando su esfuerzo a través del paso. Los viajeros no oyeron nada.
Mejor. Por estos desangelados parajes no convienen los rumores de ultratumba.
La costa del Fuego se muestra alta y nevada, ocultando valles y llanuras
coloreadas por una vegetación multicolor elevada sobre una capa de nieve que
anuncia el ocaso estival. Alcanzarán los 52 grados de latitud, y en esa región
soplan vientos temibles apodados «los cincuenta furiosos»; luego, llegados al
paso Drake, rugen «los sesenta aulladores», con olas cortas y empinadas
arrastrando incontrolados icebergs que amenazan destruir las frágiles
embarcaciones solo con pensarlo. Son contornos inciertos, donde la nada lo
envuelve todo resquebrajando el ánimo del navegante, que sospecha el peligro de
una naturaleza indómita. Acechan el frío, el hambre, la soledad, el naufragio.
Y cuando la mirada busca el polo, un campo de hielo inunda el pensamiento, la
desconfianza aumenta y cualquier esperanza se diluye imaginando un mar sólido
insuflado de vida por el viento. Aventurarse por el océano austral es
temerario, pero no hay marcha atrás. Ni es la primera vez ni será la última.
Así se planificó y se ejecutará tal cual. No se construyeron estos barcos para
sucumbir a los elementos, al menos en esta ocasión.
Es año nuevo. En la madrugada el horizonte se cubre de niebla y cae una
granizada fina. Ayer quedó atrás la isla de los Estados. El estrecho de Maire
no parece un paso aconsejable para que la marina mercante transite por la zona.
Lo afirma Bustamante con conocimiento de causa. Doblar el cabo de Hornos es
inminente. Hace frío incluso para los instrumentos. La temperatura del reloj
número 10 descendió a siete grados, cuando debe oscilar entre nueve o diez. Si
alcanza los cinco deja de funcionar correctamente. Las bajas temperaturas
densifican el aceite protector aumentando la resistencia mecánica. El aparato
se desajusta perdiendo fiabilidad. Hay que impedirlo a toda costa. El reloj se
calienta con una vela hasta que recupera la temperatura. De ahora en adelante,
se colocará en un camarote junto a un farol encendido que caldee día y noche el
aire que lo rodea. Son eficaces remedios caseros ante adversidades oceánicas.
También preocupa la salud de los marineros. Desde las islas Malvinas se aumentó
la ración de pan, la de coles y el suministro de vino, que creció un cuartillo
diario; si no cura, al menos reconforta. Recorrer la mar del sur fue menos
terrible de lo esperado, incluso bonancible en algunos tramos. Los malos
augurios no se cumplieron. Nadie diría que estos parajes son el horror de los
navegantes, opina don José Bustamante: ¿será porque es un año benigno? El mar
está proceloso, pero no impide el reconocimiento detallado de la costa. Mediado
enero divisan el cabo Pilares, la entrada occidental del estrecho de
Magallanes. Tierras áridas, altas y entrecortadas emergen a este lado, calcando
la orografía de la Patagonia oriental.
Alcanzadas las aguas del Pacífico, las corbetas se dirigen a la isla Chiloé. El
calendario marca el día 25 de enero. El puerto de San Carlos se intuye próximo.
Tal vez es solo el deseo de unos hombres urgidos por pisar tierra firme.
Fondearon la mañana del 5 de febrero. Poco tarda Malaspina en saludar al
gobernador de la isla. Por su intermedio obtuvieron una estupenda casita,
ciertamente, muy apropiada para establecer el observatorio. Rápidamente se
desembarcan los instrumentos, y, en menos, se levanta la tienda que protegerá
el péndulo. Guardianes del lugar quedan un pilotín y un soldado. Los viajeros
llamaron la atención de los indios huiliches, que se acercan en sus piraguas.
Habitan la provincia de Osorno y recientemente firmaron la paz. Cuarenta guerreros
forman la comitiva. Ya en tierra, los nativos se dirigen hacia la residencia
del gobernador guiados por el atronador sonido de las trompetas. Los manda el
cacique Catiguala, que no tuvo reparo en dejarse retratar. Un gesto que le
inmortalizó. El dibujo es un regalo para el rey Carlos como muestra de amistad.
Es la primera vez que los huiliches se cruzan en el camino de la expedición y
no será la última. Más adelante volverán a verse las caras en la intimidad de
la Descubierta, porque Malaspina quiere conocer sus costumbres, su carácter, su
forma de vida. Son tímidos, supersticiosos, idólatras, vengativos, robustos,
bien formados. Hombres perezosos que dejan el trabajo a las mujeres, ocupadas
en el campo y los telares; ambos sexos, diestros en consumir tabaco. Pagan
impuestos desde los dieciocho hasta los cincuenta años. Un tributo de cinco
pesos anuales, que abonan en especie. Ponchos primorosamente tejidos, tablas de
aromática madera de alerce y muchos jamones engrosan anualmente las arcas del
gobernador, que rinde cuentas al rey de España.
La estancia en Chiloé fue corta, y las deserciones numerosas. Los hombres
llevan meses a bordo y muchos no quieren seguir navegando. Algunos embarcaron a
la fuerza, lo sabemos; otros vinieron a América para quedarse, y lo intentan.
Los comandantes anuncian severos castigos para los desertores, aunque el temor
a las represalias se derrite como nieve bajo el sol ante la esperanza de una
vida cómoda, sin fatigas. El soldado que vigilaba el barracón de los herreros
huyó. Aún nadie se ha percatado de su ausencia. Se marchó robando un ternero de
la mejor planta. Confiado, el infeliz se refugia en una choza cercana. Le ven y
dan el chivatazo. Poco tardan en prenderlo. Francisco Viana se ocupa del caso y
escuchará lo que tenga que decir, si hay algo que contar. Le perdió la codicia.
Un acomodado labrador le prometió casamiento con una de sus hijas, haciéndole
partícipe de su hacienda. Su condición militar se resquebrajó aplastada por el
amor y el dinero. Tuvo un castigo ejemplar: carreras de baquetas. Pagó los platos
rotos por los demás fugitivos. Resulta inhumano verle correr sobre cubierta,
pasando entre dos filas de soldados que azotan con saña el torso desnudo,
sangrante, despellejado. Cuando terminen, los médicos lo curarán. Es su oficio.
No estaría de más que avisaran al cura.
El 19 de febrero reemprenden la marcha. Antes, pasaron tres días rebotando
contra vientos y mareas. Finalmente logran dar vela. La expedición anhela
llegar a Lima, la emblemática capital peruana, donde se ha programado un
reparador descanso, dado el clima desfavorable reinante en los siguientes
destinos. Será a partir del mes de mayo cuando lleguen las merecidas
vacaciones. Hasta entonces quedan muchas millas por recorrer. Los puertos de
Talcahuano, Valparaíso, Coquimbo, Arica, llegarán a su debido tiempo, por su
orden.
Puerto de Calicanto. Construido sobre el río Mapocho, el puente
de Calicanto, con más de doscientos metros de longitud, fue el símbolo de
Santiago de Chile desde su inauguración, el año 1779, hasta su demolición, en
1889. La construcción tuvo mérito. Las rocas se transportaron desde la vecina
cantera del cerro Blanco y se utilizaron más de doscientos mil huevos para
elaborar la argamasa. Nadie lo diría: el puente era una gigantesca tortilla de
piedras.
El Callao, la Puerta del Perú
Las corbetas ya no se dirigen a Valdivia, porque las
adversas condiciones atmosféricas lo desaconsejan. Cambiaron de planes.
La bahía de Talcahuano parece el sustituto adecuado en
territorio chileno. Fondearon el día 24. La generosidad del gobernador se hizo
notar. Al instante llegaron toda clase de refrescos de la mejor calidad,
explica Bustamante. Sospechamos que sirvieron para festejar las buenas noticias
recibidas de Madrid. Ascensos para casi todos. Gracia concedida por su majestad
Carlos IV celebrando su pasada entronización. La carta llegó en el correo de
Buenos Aires. Alejandro fue nombrado capitán de navío. Reconocieron sus
méritos, circunstancia que la marina antepone a todo lo demás. Lo piensa Fabio
y lo escribe en sus cartas. Tiene razón, aunque guía su mano un corazón colmado
de gratitud. También remitió Valdés las órdenes oportunas para que estos
peregrinos del mar transiten sin inconvenientes por los confines del reino.
Cerca del puerto, dominando el inmediato valle de la Mocha, se ubica la ciudad
de Concepción. Sí, se denomina así por la Inmaculada Concepción. Fue Pedro
Valdivia quien tuvo la ocurrencia. Corría el año 1552. El emplazamiento es
reciente porque cambiaron su ubicación tras sufrir un devastador terremoto el
año 1751, maremoto incluido. En estos momentos, la población se recupera de una
mortífera epidemia de viruela. Cerca de dos mil quinientas almas se marcharon
al otro mundo.
Las labores hidrográficas y geodésicas que los condujeron a la bahía se
completaron convenientemente. Es hora de partir. Resta mucha costa por
examinar, y desde Talcahuano las corbetas navegarán separadas para optimizar
los recursos ganando tiempo. La Atrevida viajará directamente hacia Valparaíso,
donde los astrónomos comenzarán a elaborar un plano celeste de la región
meridional. La Descubierta retrasará su salida esperando un cargamento de vino.
Un sustento necesario, y los de esta tierra tienen merecida fama. Son las tres
de la madrugada del 2 de marzo cuando la Atrevida leva anclas. La navegación
fue dificultosa, con neblinas y mar gruesa que los obligan a fondear en más de
una ocasión. Nueve días duró el trayecto. A las dos de la tarde del 17 de marzo
arriba la Descubierta. Viene de explorar las islas de Juan Fernández. Tuvo una
navegación franca y provechosa. En la vecina capital, Santiago de Chile, el
gobernador don Ambrosio O’Higgins, que hace poco regresó de tomar los baños,
espera a los comandantes. Este católico irlandés al servicio de la corona es un
hombre inteligente, cabal y con peso político en ultramar. Tiene visión de
futuro. Proyecta reformar el camino hacia Valparaíso, el principal puerto del
país, que ahora es una vía pedregosa trazada por llanos y montes que duplican
su altura en las inmediaciones de los Andes, en cuya falda desparrama la
capital sus calles. Los viajeros madrugaron. A las cinco de la mañana comienzan
la marcha. Veintiséis leguas los separan de la capital. Faltos de descanso, los
transeúntes no perdonan la siesta. Reposaron en una cómoda hacienda del valle
de la Vinilla. Tampoco viene mal que don Javier Bustamante, primo del capitán,
tenga casa en el valle de Puangui. Aquí pernoctaron, pasando una agradable
velada. Pisaron Santiago mediada la siguiente jornada. Se asombrarán al
contemplar el puente de Calicanto, auténtico símbolo de esta ciudad, construido
sobre el cauce del río Mapocho a base de cal y cantos. El pueblo fue literal
eligiendo el nombre. Es una obra de ingeniería con más de doscientos metros de
longitud, inaugurada en junio de 1779. La construcción tiene mérito. Las rocas
se transportaron desde la vecina cantera del cerro Blanco, utilizándose más de
doscientos mil huevos para elaborar la argamasa. Quien lo diría, este puente es
una gigantesca tortilla de piedras. Mayúscula será la sorpresa de hallar al
botánico Tadeo Haenke por estos pagos. Llegó tarde a Cádiz y, por fin, se une
al grupo. Su viaje ha sido azaroso.
La fortuna le fue esquiva, o no. Viajó a América embarcado en el navío Nuestra
Señora del Buen Suceso, pero la nave naufragó en las inmediaciones de
Montevideo. Sabía nadar y fue uno de los supervivientes. Perdió sus
pertenencias, pero salvó la vida. Libros y papeles desaparecieron. Bueno,
alguno conservó. Lo demás, tiempo tendrá de reponerlo. Las corbetas habían
abandonado el Río de la Plata ocho días antes del desastre. Mala suerte.
Impertérrito ante la adversidad, en febrero emprendió viaje hacia Santiago.
Recorrió la pampa y atravesó la cordillera andina por el conocido paso del
Inca. Este hombre nació para caminar. Andar y andar es su destino. Por algo se
llama Tadeo Peregrino Haenke. Leyendo la correspondencia de Fabio afirmamos
que, a primera vista, parece una persona inteligente y valiosa. Desde luego, no
ha perdido el tiempo con tanto desplazamiento. Recolectó un buen manojo de
plantas. Cerca de mil cuatrocientos ejemplares recogidos en unos meses.
En Valparaíso las cosas van viento en popa. Se concluyó el plano portuario, se
completó la aguada, se repuso el cargamento de leña y el catálogo estelar
progresa adecuadamente. Las deserciones son continuas; incluso los centinelas
aprovechan la soledad del vigía para huir. Antonio Pineda regresó el 13 de
abril. Fue a inspeccionar las minas de plata de San Pedro Nolasco, en la ladera
occidental de la cordillera. Su impresión no es halagüeña. La corona sacará
escaso beneficio de estas prospecciones. Todo está dispuesto para zarpar.
Restan por embarcar la tienda, el cuarto de círculo y el péndulo, que se
utilizarán de madrugada. Por la mañana una espesa niebla procedente del norte
oculta el escenario. La esperanza de levar anclas desaparece. La neblina vino como
se fue, sigilosa. En la tarde del día 14 las ventolinas favorables del sur los
ponen rumbo a Coquimbo. El mal tiempo y el hecho de ser aquella una región muy
conocida los anima a no entretenerse. Quieren ir rápidos. En la costa abundan
las tierras bajas y escarpadas con una exigua vegetación, limitada a pequeños
núcleos arbustivos. La superficie toma altura en el interior, formando un
conglomerado montañoso desigual.
Doblaron la quebrada de Limarí y pronto avistarán punta de Vaca. Están cerca
del puerto de la Herradura, su destino. Cuatro días tardan en llegar. El
desembarcadero es excelente, protegido del viento y con un delicado fondo
arenoso. Como de costumbre, todo ha sido convenientemente dispuesto. Malaspina
y Bustamante se dirigen a Coquimbo, donde los esperan las autoridades. La
habitual recepción. El trayecto es corto, apenas cincuenta minutos de cómodo
discurrir playero, muy agradable en bajamar y algo molesto con el agua crecida.
En su tramo final el camino tuerce hacia el interior, evitando las zonas
pantanosas que separan la población del mar. La ciudad es un lugar agradable,
con buena climatología, hermosas vistas, aguas cristalinas, fértiles llanuras y
un caudaloso río sobresaliente en regar campos y mover molinos. Un espacio
maravilloso, cercano a la ficción, según el sentir de Alejandro Malaspina.
Cuarenta y ocho horas bastaron para concluir las tareas, pero el país es una
importante región minera con yacimientos de oro, plata y cobre que avivan las
expectativas de la monarquía. Últimamente se descubrieron nuevos depósitos de
mercurio, y nadie mejor que los naturalistas para proceder al examen. Tienen de
plazo hasta final de mes, fecha fijada para la salida. Regresarán antes. Las
minas de oro y mercurio de Andacollo y Punitaqui están cerca. El día 28 han
vuelto. Para llegar, primero hay que recorrer un camino llano y arenoso hasta
la ladera del cerro donde se ubican; luego, es necesario transitar por
pedregosas quebradas que conducen a la entrada de cada explotación. Durante la
espera la tropa se entretiene practicando el tiro al blanco. La idea ha sido
del comandante. Los mejores tiradores reciben su premio en especie: vino y
tabaco. También son tiempos de congoja. El día 20 falleció un grumete de la
Atrevida apuñalado durante una pelea en Valparaíso. Temeroso, el muchacho había
ocultado la lesión durante días. Gravemente herido, una hemorragia interna
debilitó su cuerpo hasta la extenuación. Los médicos poco pueden hacer sino
prolongar su agonía esperando un milagro, que los hay. El aprendiz no se ha ido
solo al cielo, le acompañó un artillero de la Descubierta fulminado por un
derrame cerebral. Dos pérdidas más que sumar a la retahíla de deserciones. Tres
marineros han huido horas antes de la partida. La búsqueda de los fugitivos
resulta infructuosa, y no hay tiempo que perder. La solución más eficaz es
poner precio a sus cabezas dictando orden de busca y captura. Por cada
individuo restituido se pagarán treinta pesos. Las continuas fugas han puesto
en peligro la gobernabilidad de las corbetas. La situación requiere medidas
drásticas. Las órdenes del comandante son tajantes: se suspende cualquier
contacto con tierra hasta el arribo al puerto de El Callao; cuando sea
necesario desembarcar, la lancha irá al mando de un oficial, auxiliado por dos
soldados dispuestos a cuidar de los ocupantes a punta de pistola. Es la
madrugada del 30 de abril. Nada los retiene en Coquimbo.
Las corbetas vuelven a separase con la intención de explorar rápidamente la
pequeña franja costera que los separa de El Callao. La Descubierta reconocerá
las islas Desventuradas prosiguiendo luego hasta Lima. El 10 de mayo alcanza el
pequeño archipiélago, situado en la franja continental del desierto de Atacama.
Son apenas cuatro islas, un islote y algunos pedruscos de semblante feo y
escarpado. La isla mayor, llamada San Ambrosio, resulta inaccesible en todo su
perímetro. El pétreo conjunto transmite una sensación de absoluto abandono.
Hasta los lobos marinos, tan frecuentes en estas latitudes, repudian el lugar.
Permanecer aquí es malgastar tiempo y esfuerzo, más aún cuando en el horizonte
se intuye el puerto de El Callao, donde atracan el 20 de mayo.
Por su parte, la Atrevida corre suerte en la rada de Arica que avistan la tarde
del día 14. La ensenada es un espacio privilegiado, con bancos de peces y
ballenas que circulan libremente. Con el anteojo se puede ver el volcán de
Arequipa vomitando fuego. Entró en erupción. La estancia será corta, cuatro
días. Prohibido bajar a tierra, que ninguno lo olvide. Los únicos
desplazamientos son de carácter hidrográfico, y van supervisados por el propio
Bustamante. Solo el botánico Neé tiene permiso para ausentarse. Puede vagar
libremente durante cuarenta y ocho horas. Hará lo que mejor sabe hacer:
herborizar. Con él no hay riesgo de huida. Y si no vuelve nadie le buscará.
Casas de caña y adobe dibujan el perfil de este pueblo marinero cubierto por un
aire malsano, motivo por el cual la población acomodada habita la vecina
localidad de Tarma. Huyen de las fiebres tercianas. Quienes permanecen son
gentes de semblante triste y mal color, cuyo único auxilio es un aguerrido y
variopinto grupo de frailes mercedarios, franciscanos y hermanos de San Juan de
Dios. Veintidós religiosos con tan escasos conocimientos sanitarios que curan
de milagro. La población cultiva la tierra. Trigo, maíz, aceite, pimientos,
coles y algún vino son el premio a su esfuerzo. El guano, excremento de aves,
es su principal riqueza. El producto se emplea como fertilizante y es un
lucrativo negocio.
Auxiliada por los remolcadores, la madrugada del 19 de mayo la Atrevida
reemprende la marcha. Al amanecer ya marcan el morro de Arica. Seguirán sus
operaciones hidrográficas hasta la punta de Nazca, donde las retomó la
Descubierta. En nueve días se reúnen con sus compañeros. El oficial Cayetano
Valdés los recibe en el puerto. Le ha tocado turno de guardia. Mañana
desembarcarán. Alejandro los pondrá al corriente.
Paseo del agua en Lima.
Cuenta la tradición que el virrey Manuel Amat mandó construir el
Paseo del Agua para impresionar a la famosa actriz peruana Micaela Villegas, la
Perricholi, su amante. La diva le pidió la luna, y él hizo levantar el famoso
paseoreproducido aquí por Fernando Brambilapara cumplir el deseo. El recinto estaba acordonado con arcos de
estilo francés y poseía una amplia fuente central donde al anochecer se reflejaba el
cielo. Hasta la fuente se acercó el virrey con su amada
una noche de luna llena para contemplar el reflejo del astro en el agua: «Hoy
pongo la luna a tus pies», fueron sus palabras.
Lima, ciudad de Reyes
Durante meses los barcos permanecerán amarrados en el
fondeadero limeño. Por un tiempo la expedición olvidará el océano. La llegada
al Perú es sinónimo de descanso.
Son unas vacaciones oportunamente programadas, porque el
mal tiempo domina en las costas de América Central. Además, las tareas
pendientes son numerosas: acopiar víveres, revisar las naves, ordenar el
material científico y conocer un territorio cardinal para la monarquía.
Malaspina es enemigo declarado del bullicio, los altercados, la ociosidad y el
libertinaje de la vida limeña. Busca tranquilidad y recogimiento para su
equipo; y lo van a necesitar si quieren organizar tanto material. Esta ciudad,
antaño ciudad de reyes, ha cambiado. Todas las circunstancias invitan al vicio
y al delito, escribe Bustamante. Los marineros son hombres rudos y habrá que
controlarlos para evitar desmanes. El dinero puede ser el medio apropiado. Cada
individuo recibirá dos reales diarios, y cuatro más a cuenta de la paga, por
día trabajado. Tropa, pilotines y oficiales de mar tienen trato de favor: cada
mes percibirán el sueldo íntegro a condición de practicar una vida ordenada.
Las corbetas son dos esqueletos, se vaciaron de contenido. Fuera tonelería,
velamen, aparejo, víveres y demás pertrechos. Contienen solo lastre y
artillería. El forro de cobre aguantó bien las acometidas del oleaje, está en
buen estado. A simple vista, no parece necesario calafatear ni se observan
goteras en la cubierta. Los arreglos serán pocos. Se atenderán solo las averías
importantes, porque aquí los sueldos son elevados y el gasto se dispara. Los
desperfectos que puedan esperar se repararán en San Blas, donde la mano de obra
es más barata. Malaspina conduce el grupo al vecino pueblo de La Magdalena.
Encajonaron libros, instrumentos, planos, papeles y colecciones de historia
natural. Todos los objetos se transportaron a la casa de campo cedida por los monjes
de la Buena Muerte. Aquí se hospedan, ajenos a la diversión. El pueblecito se
localiza en el valle del río Rímac, lejos de la capital. Agua clara y aire
puro. Un lugar idóneo para el reposo y la meditación. Sin entretenimiento, los
oficiales trabajan a destajo revisando los datos hidrográficos, astronómicos y
geodésicos obtenidos desde el ya lejano Montevideo. Hay que pasar a limpio
nueve meses de duro trabajo.
La tripulación permanece acuartelada en las dependencias de los religiosos para
evitar deserciones. Las corbetas mantienen un retén de guardia y custodia,
compuesto por cuatro marineros bajo el mando de los correspondientes oficial y
suboficial. Los enfermos han sido recluidos en una sala aislada del hospital de
Bellavista, atendidos por los médicos de la expedición. Bustamante es una
persona refinada y tiene razón, digámoslo. Un establecimiento tan concurrido es
incómodo. ¿Por qué pasar estrecheces si hay alternativas? La suya es alojarse
en una casa cercana, propiedad de un conocido. Se imagina la situación,
disfrutando por anticipado del lugar. Sueña con entretenidos y saludables
paseos a caballo. Viajes a El Callao y Lima. Una vida cómoda y divertida, sin
olvidar el trabajo. La idea la medita don José sin sospechar que unas fiebres
inoportunas le postrarán en cama ahorrándole placeres. Para él, solo reposo y
buenos alimentos.
A primeros de junio cada cual sabe lo que tiene que hacer. Los naturalistas Neé
y Haenke han comenzado su recorrido por quebradas, valles y montañas camino de
los Andes. La naturaleza los llama. Van en compañía de los botánicos Juan
Tafalla y Francisco Pulgar, que conocen estos andurriales, y cuentan con la
protección de dos soldados duchos en el habla indígena. Antonio Pineda tiene
que esperar para hacer lo que más le gusta: explorar. Antes debe organizar los
materiales. Obligaciones de jefe. Después, irá cerca y lejos. Recorrerá los
valles inmediatos y atravesará la cordillera. Al regreso, hallará los nuevos
instrumentos enviados desde Cádiz. Forman parte de la colección de libros y
aparatos comprados en París que llegaron con retraso. En el lote hay un eudiómetro.
Sirve para conocer la calidad del aire atmosférico calculando la proporción de
oxígeno que contiene. Inmediatamente, Pineda comienza las mediciones. Conviene
saber lo que respiramos. El artefacto consiste en un cilindro transparente
donde se combinan aire y nitrógeno. La reacción consume oxígeno. El volumen
total de la mezcla disminuye en similar proporción. Una escala graduada indica
el resultado. No hay duda, la brisa marina purifica los pulmones.
Pasan los meses. Agosto avanza en su segunda quincena. Don Alejandro tiene al
personal atareado. Trabajan a destajo. Cualquier hora es buena. Los contentan
con comida abundante. Se lo cuenta por carta a su amigo y confidente Paolo
Greppi. En veinticinco o treinta días partirán. Antes de cambiar de continente
examinarán las costas que discurren por Guayaquil, El Realejo, Panamá,
Acapulco, San Blas y el litoral noroeste.
El esfuerzo no ha sido en vano. Las cartas esféricas reflejan minuciosamente la
navegación desde Buenos Aires hasta Lima. Mapas compuestos con un rigor
desconocido hasta la fecha; no los hay mejores. El cielo se estudió con
idéntica pasión y buenos resultados; los oficiales astrónomos conocen su
oficio. Y la tierra fue espulgada sistemáticamente gracias al celo de unos
naturalistas ansiosos por conocer el mundo que los rodea. La remesa que
enviarán a Madrid es ingente. Una voluminosa memoria da cuenta de cada
travesía, de los sucesos portuarios; contiene mapas y cartas, un atlas
marítimo, los planos de cada puerto, las derrotas, la descripción física del
suelo, de sus productos y habitantes, y un informe político de los lugares
visitados. Cinco tomos más recogen las observaciones astronómicas, las
descripciones de los instrumentos, los métodos de uso y los resultados de los
relojes marinos; todo con sus respectivos borradores. Los cuadernos de los
naturalistas van acompañados por una colección de animales disecados, un amplio
repertorio de minerales y varios herbarios, que suman cerca de seis mil
plantas; el conjunto identifica una naturaleza mortificada por el hombre,
trastornada, desequilibrada, retorcida bruscamente en su armónico caminar; lo
piensa Malaspina y lo escribe. La colección pictórica es notable: láminas
botánicas, zoológicas, retratos de indios, panorámicas... El orgullo desborda
al comandante. Está convencido de la utilidad inmediata que la corona sacará de
su empresa. Su análisis político resulta ciertamente positivo. Los datos
demuestran que los dominios americanos pueden ayudar al erario si se potencian
las virtudes y se corrigen los defectos.
El 20 de agosto de 1790 la mayor parte de los oficiales han regresado a las
corbetas. El propio Alejandro volvió a la Descubierta para dirigir con mano
férrea el reembarco. En la residencia de La Magdalena permanecen alojados los
naturalistas, el oficial Felipe Bauzá —dedicado a sus tareas hidrográficas—,
los astrónomos Galiano y Concha —revisando el catálogo estelar— y el
convaleciente José Bustamante, cuya recuperación dura ya dos meses. El día 15
de septiembre la expedición está lista para continuar el viaje, pero aún
tardarán cinco días en salir del puerto. El pintor José del Pozo ha abandonado
el barco. Es hábil, pero falto de disciplina y rinde poco. Malaspina lo ha
despedido sin miramientos. Su compañero, José Guío, dejará la expedición más
adelante, en Acapulco. Es laborioso, muy capaz y excelente dibujando plantas y
animales; además de un experto disecador, colaborador habitual de Antonio
Pineda, que lo estima. Nadie entiende la decisión de abandonar el barco. Otros
ocuparán sus literas: Juan Ravenet y Fernando Brambilla, italianos, pintores al
gusto del comandante. Contaron con otra baja, inesperada y sensible. El reloj
número 13 ha dejado de funcionar. Poco pudo hacer el buen relojero limeño Pedro
Pimentel, sino darle algo de cuerda. La avería superó sus posibilidades.
Amaneciendo el 20 de septiembre, la tripulación comienza a faenar ilusionada
con largar velas al soplar la primera brisa. Vanos deseos. Tardarán. Hasta las
once de la mañana no se hizo efectiva la salida. Por delante, hasta Acapulco,
quedan unos cuantos meses de navegación, cuyo destino más inmediato es
Guayaquil. Las corbetas rastrean ahora la línea costera buscando el vecino
puerto de Paita, a escasas doscientas millas de El Callao. Un corto trayecto,
acompañado por el molesto chirriar de las aves y el majestuoso nadar de las
ballenas. Sonidos e imágenes entreveradas a la sombra de los Andes. Siete días
bastaron para alcanzar el fondeadero, bastante concurrido. Buques, balsas y
canoas se amontonan en sus aguas. La parada es muy breve, horas. El tiempo suficiente
para determinar la longitud y latitud del paraje. Tienen prisa por avistar la
región guayaquileña. Dos días tardan en ver Punta Arenas. Desde aquí, solo
resta navegar el río Guayas para alcanzar la ciudad. El primero de octubre
fondean en las inmediaciones de Guayaquil. Rápidamente, el gobernador sube a
bordo de la Descubierta. Trae noticias de una Europa revolucionada, enfrentados
unos contra otros. Un auténtico polvorín. También les informa del frustrado
atentado perpetrado el pasado 18 de junio contra el secretario de Estado conde
de Floridablanca. Acontecimientos graves, sí, pero atrasados.
Guayaquil es una amena y frondosa ciudad que mira al mar, ocupando una amplia
extensión de terreno en la franja derecha del Guayas. Tierras fértiles
abundantes en cacaoteros, cuyo perfume dispara la imaginación soñando con el
delicioso chocolate que se obtiene de sus frutos. Las tareas a realizar son
muchas. Hay que reconocer prolijamente el río —examinar el cauce, los islotes,
medir las alturas, calcular posiciones—, cortar leña, realizar la aguada,
distante y de mala calidad, y sombrear los barcos con una mano de pintura que
los proteja del fulgurante sol que ilumina estos paralelos. Hay pocas manos
para tantas ocupaciones. Los naturalistas han salido de excursión. Pineda se
dirige a explorar los volcanes Chimborazo y Tungurahua. Los montañas de fuego
le sugestionan. ¡Esconden tantos secretos! Durante el trayecto, de vez en
cuando, realiza experimentos sobre la velocidad del sonido. Él, como otros
muchos científicos de su época, aspira a comprobar empíricamente la validez de
la teoría de Newton. La prueba es tan sencilla como ineficaz. Usando una maroma
de considera ble longitud, se traza una línea recta en cuyos extremos se
colocan sendos ayudantes. Uno, escopeta en mano, se encarga de disparar. El
otro, provisto de un reloj de segundos, mide el tiempo trascurrido entre el
avistamiento del humo y la percepción sonora del disparo. Inmune al desaliento,
repite la prueba una y otra vez. Los fracasos se suceden, porque medir la
velocidad del sonido no es tan simple como calcular un tiempo referido a una
distancia, pero ni don Antonio ni los sabios de su época lo saben.
Visitando las naves, deambulan por cubierta el gobernador, su familia y gentes
de postín que ayudaron desinteresadamente a los viajeros durante la estancia.
Mostraron sus deseos de conocer los barcos, y los comandantes han sido
condescendientes. Mera curiosidad, o tal vez no. Juan José Villalengua, regente
de Guatemala, se cuenta entre los invitados. El caballero y su dama, la esposa,
precisan viajar y no encuentran medio de transporte. Llevan criados y equipaje.
Alejandro se hace el remolón, sopesa pros y contras, valora la conveniencia del
favor frente al inconveniente del espacio y las atenciones requeridas por los
pasajeros. Triunfó la diplomacia. Conviene tener amigos. Embarcarán hasta el
puerto de El Realejo, aunque tendrán que pagar los gastos de habilitar una
cámara alta sobre la zona del timón. Único espacio disponible para su
alojamiento.
Veintiocho de octubre. Las corbetas están listas para abandonar Guayaquil. No
hay prisa, porque la marea no cambia hasta el mediodía y salir antes supone una
dificultad añadida. Panamá es la siguiente plaza a visitar. La navegación
resultó peligrosa hasta alcanzar el golfo panameño. Violentas corrientes
dificultan sobremanera el rumbo mientras una copiosa y pertinaz lluvia cae con
fuerza sobre las embarcaciones. Un pequeño diluvio universal. En las
inmediaciones del golfo vuelve la calma. La navegación se torna ahora sumamente
placentera. El 16 de noviembre tocan puerto. La región combina amenas playas
con áridas zonas montañosas y extensos bosques ajenos aún a la actividad del
hombre y residencia habitual de plantas y animales dignos de atención. Los naturalistas
se ocuparan de conocerlos. Los oficiales tienen tarea para largo determinando
posiciones, midiendo el fondo costero, siguiendo la línea de sonda, conociendo
la orografía, palpando el terreno. Todas las observaciones realizadas con sumo
detalle, porque este istmo es el punto geográfico más apropiado —setecientos
kilómetros separan el Pacífico y el Atlántico— para esa entelequia de unir
ambos océanos ambicionada por los europeos desde que Vasco Núñez de Balboa
descubriese el mar del Sur allá por el año 1513. El canal de Panamá es una
solución inalcanzable todavía, pero hace siglos que se piensa.
El clima no ayuda. Frecuentes tormentas y violentas ráfagas de viento alteran
la rutina. Lo propio finalizando noviembre, cuando cambia la estación. Los
viajeros están en un país de oro. El metal amarillo abunda en los nacimientos y
cursos de los ríos, se encuentra en lomas y parajes altos. Hay pepitas que
pesan siete onzas. Los naturales no prestan atención a tanta riqueza,
disfrutando de una vida contemplativa, tranquila, sin sobresaltos. En las islas
adyacentes la población negra practica la pesca de perlas. Son sumamente
diestros. Lo hacen de enero a mayo, cuando el agua está caliente. Bucean
durante la bajamar, sumergiéndose a una profundidad de diez a doce brazas
tantas veces como aguante el cuerpo. La mejor perla está siempre en la concha
más cochambrosa. Los buceadores rara vez comen carne o marisco, se alimentan de
arroz con coco, gachas de maíz y beben aguardiente. Lo hacen por tradición, por
costumbre.
Concluidas las operaciones, se embarcan instrumentos y equipajes y la
expedición está preparada para retomar la marcha. Con viento de nornoroeste, el
día 12 de diciembre las corbetas parten rumbo al fondeadero de la vecina isla
de Taboga. Una excursión para rellenar las pipas, porque aquí el agua es
cristalina y abundante. La tarde del día 14 han concluido la tarea. Todavía es
pronto, hay tiempo para lavar la ropa y descansar antes de la oración. De
madrugada se hacen a la mar. Nuevas aventuras les esperan por las costas de
Nicaragua, Costa Rica, Guatemala, México. Las tendrán, no todas felices.
Puerto de Acapulco.
Poco más de un mes permanecieron las corbetas atracadas en el
puerto de Acapulco antes de partir rumbo a la costa noroeste, lo que hicieron
el día 1 de mayo. Malaspina aprovechó la estancia para viajar a la capital y
entrevistarse con su amigo el conde de Revillagigedo, también virrey de Nueva
España. El dibujo de Fernando Brambila muestra una amplia perspectiva del
fondeadero de Acapulco con las corbetas amarradas en la margen izquierda.
Acapulco en el horizonte
Han pasado dos días y las condiciones de navegación son
espléndidas. La soledad costera contrasta abiertamente con la diversidad de
animales que surcan el cielo y el océano.
Aves, peces y mamíferos acuáticos encuentran acomodo en
estos parajes. De repente, la máquina del mundo se para. A la altura del golfo
de Montijo el viento deja de soplar. Quedan inmovilizados. Paciencia. Las
innumerables bandadas de peces son presa fácil de aburridos marineros sin nada
mejor que hacer. Dorados, atunes, bonitos, mantas y tiburones se distribuyen
entre la cocina y la colección de historia natural. También algún ave ha caído
víctima del tedio. Los marineros tienen buena puntería. La naturaleza hace más
soportable el penoso trance. El sol cae a plomo, y así seguirá. La posibilidad
de que la tripulación sufra insolaciones es grande. Un nuevo motivo de
mortificación para Malaspina. Por precaución, se colocan toldos protectores y
se aumenta el rancho en un cuartillo de vino. Una bebida asombrosa, eficaz
remedio contra el frío y el calor. Veintisiete marineros están afectados por
calenturas. Los galenos aplican sangrías, administran quina, antimoniales y
ácidos vegetales. La efectividad del tratamiento es dudosa, pero es el único
conocido.
El calendario cruza el año 1791. En la primera semana de enero el tiempo
mejora. Una brisa suave acaricia los barcos, regalo de los Reyes Magos. Puro
espejismo. La calma vuelve rápidamente. Una desesperante quietud reina por
doquier. Llevan veinte días inmovilizados. El contratiempo altera los planes de
cabotaje previstos para el año recién comenzado. Hay que adaptarse a las
circunstancias y decidir entre llegar tarde a la escala de San Blas, en mala
época para navegar la costa noroeste, u omitir parcialmente el reconocimiento
del litoral mexicano. Cabe una tercera posibilidad, la elegida por Alejandro
Malaspina: que las corbetas realicen trayectos independientes. La Atrevida
viajará directamente hacia Acapulco y San Blas, preparando allí las futuras
etapas de la expedición. Simultáneamente, la Descubierta seguirá la linde
costera desembarcando en El Realejo a los notables pasajeros que conduce; no lo
olvidemos. Con la esperanza de recuperar el tiempo perdido, el 7 de enero las
naves dividen sus destinos. El clima volvió a la normalidad. La Descubierta
recorre apresuradamente el litoral costarricense hasta el golfo del Papagayo.
Después, sin dilación, surcan aguas nicaragüenses. El 19 de enero fondean en el
puerto de El Realejo. La costa occidental de Nicaragua es un referente
geográfico importante, una puerta hacia el Caribe atravesando las aguas del río
San Juan. Lo recordarán al desarrollar los trabajos hidrográficos. Don Antonio
Pineda y don Tadeo Haenke se adelantaron en una lancha para ganar tiempo reconociendo
el terreno. Al llegar los encuentran explorando la zona, capturando animales y
recogiendo plantas. Deberán ser prudentes al recorrer los terrenos pantanosos
del estero Doña Paula. Hábitat natural de muchas y desconocidas plantas
acuáticas y escondrijo habitual de felinos que acechan resguardados entre los
frondosos mangles e hicacos que lo pueblan. Mientras, en la playa, las tortugas
y los cangrejos corren por la arena.
Nicaragua es una región de volcanes y aquí se localiza uno de los más altos: El
Viejo, con 1.745 metros sobre el nivel del mar. ¿Quién resiste la tentación de
trepar hasta la cima? Pineda y Haenke no. Subir resulta difícil y peligroso.
Dos días dura la ascensión. En la cumbre Haenke se libra milagrosamente de la
mordedura mortal de una serpiente de cascabel. El hombre sigue vivo de milagro.
Superado el susto, puede disfrutar de una idílica panorámica del terreno
colindante, incluido el pueblo de Nuestra Señora de la Concepción de El Viejo.
Concluidas satisfactoriamente las actividades, solo resta partir. La mañana del
30 de enero las corbetas levan anclas iniciando la travesía hacia Acapulco.
El viaje transcurre por una línea costera baja, punteada de volcanes con una
periodicidad casi matemática. Destaca, majestuoso, el cono del Pacaya, cercano
a la ciudad de Guatemala y uno de los más activos de Centroamérica. La temida
calma chicha vuelve a manifestarse en las inmediaciones del volcán. Hasta el 24
de febrero no consiguen alejarse de la zona. El mes de marzo trajo cambios
significativos. La travesía discurre con desesperante lentitud. Llegar a México
se ha convertido en un auténtico problema. Con casi dos meses de retraso, al
anochecer del 27 de marzo, la Descubierta fondea en Acapulco. Vislumbramos el
disgusto de un cansado Alejandro Malaspina harto de padecer contrariedades. Las
circunstancias le superaron, trastocando sus planes. Pronto tendrá otros.
Principia febrero cuando la Atrevida atraca en Acapulco. En el puerto no se
encuentra la nao de Manila, que habitualmente permanece hasta el mes de marzo.
Este año no vino. Lo cuenta un desilusionado Fabio, que desde Valparaíso viaja
a las órdenes del capitán Bustamante. El cambio lo promovió don Alejandro, que
no aprueba el abrupto comportamiento del protegido y quiere evitar males
mayores. Según el relato del guardiamarina, Acapulco es un lugar miserable,
habitado por gentes de color dedicadas a comercializar los productos
provenientes de Filipinas. Mercancías que distribuyen a todas partes. Son
flojos y endebles, dolientes de tercianas, disentería y venéreas, añade
Bustamante. Una ciudad complicada. Estarán veinte días, el tiempo suficiente
para recoger las órdenes remitidas desde Madrid, embarcar a los oficiales
cartógrafos José Espinosa y Ciriaco Cevallos —recién llegados de España— y
aprovisionarse de agua y leña. Los víveres se comprarán en San Blas, porque son
más baratos y de similar calidad, a excepción de dos quintales de garbanzos,
cuya bondad y precio son aquí mejores. En pocos días ocurren las primeras
deserciones. La dotación completa de uno de los botes huyó. Nueve hombres en
busca de una oportunidad, que no tendrán. Sus posibilidades de ponerse a salvo
son escasas, porque los nativos andan al acecho estimulados por la generosa
recompensa que su captura reporta. La fuga no duró una semana. El líder de la
cuadrilla, el gaviero mayor, se libró del castigo. Es un tipo avispado y se ha
refugiado en la iglesia, acogiéndose a sagrado. El resto no tuvo tanta suerte.
Hay poco que hacer y, careciendo de mejor ocupación, un grupo de marineros
limpia la quilla usando largos escobones de esparto. Tienen ayuda. Atraídos por
el color rojizo del cobre, los peces se acercan succionando como posesos las
algas y los hongos del verdín adherido al metal.
Sábado 26 de febrero de 1791. Las diez en punto de la mañana. La Atrevida da
vela rumbo a San Blas. La distancia es corta, aunque esperan una navegación
dilatada por culpa del viento. Hace tiempo que las cosas van despacio en este
viaje, y así seguirán de momento. La costa es muy conocida y no tienen otra
intención que llegar a puerto. Primero de abril. Ayer atracó la Atrevida en San
Blas. Tienen como tarea prioritaria preparar la campaña del noroeste antes de
que fondee su compañera. También procederán a la puesta a punto del barco,
imprescindible para transitar con garantías por las gélidas aguas del norte.
Algunas reparaciones debieron efectuarse antes, pero el dinero no sobra y se
postergaron para economizar. Pronto llegan novedades. La corte envía órdenes
estrictas de verificar la existencia de un supuesto paso interoceánico
descubierto en la región ártica por el navegante español Ferrer Maldonado el
año 1558. La noticia es vieja, aunque recientemente, en noviembre, el geógrafo
Philippe Buache la ha divulgado en la Academia de Ciencias de París como si
fuera el hallazgo geográfico del siglo. Que lo sería, de ser cierta. Es
evidente que la rivalidad política empuja a la corona a incentivar la búsqueda.
La información es falsa. El canal no existe. El viaje de Ferrer es apócrifo.
Además, ¿qué ventajas se obtendrían de navegar por el polo Norte frente a ir
por el cabo de Hornos? La reflexión pertenece al diario de José Espinosa. El
oficial tiene razón. Buscar el paso no responde a una cuestión de utilidad, se hace
por el prurito de triunfar en una misión donde los demás fracasaron.
Cinco de abril. José Bustamante es un mar de dudas. Conoce el mandato del
ministro y desconoce el paradero de Alejandro. ¿Qué hacer? Como militar,
cumplir las órdenes es prioritario. Si, rebasado el día 24, no hubiese noticias
de la Descubierta, tomará la iniciativa y emprenderán la exploración motu
proprio. El plan es meridiano: navegar directamente hasta el monte San Elías,
donde, supuestamente, se localiza la entrada del estrecho, regresando hacia
octubre o noviembre una vez despejada la duda. Lo ignora, pero elucubra en
vano. Hace poco que la Descubierta recaló en Acapulco y Malaspina ha tomado las
riendas del asunto. Habrá que reorganizarlo todo. Pasados algunos días, recibe
un comunicado ordenándosele que regrese. Cunde la urgencia, pero hay tiempo para
acabar las labores emprendidas y embarcar toneles, herrajes, maderas, brea y lastre,
además del instrumental que anda siempre disperso por tierra. Sin olvidar los
doscientos quintales de pan y las ciento cincuenta arrobas de tocino para
repartir entre ambas embarcaciones. Hambre sabemos que no pasan. Salen de San
Blas en la madrugada del 13 de abril. Sopla el terral. Dan vela a todo trapo.
Tienen prisa. La vuelta será rápida. Solo siete días.
El retraso acumulado desde El Realejo convenció a Malaspina de la necesidad de
suspender el reconocimiento de la costa noroeste, adecuando los tiempos al
examen del amplio territorio todavía por explorar hasta completar la vuelta al
mundo. Pero no tiene opción, tendrá que transitar las aguas heladas del norte.
Como sabemos, llegaron a Acapulco el 27 de marzo superando ampliamente los
cincuenta días de navegación. Permanecerán en puerto poco más de un mes. La
corbeta está varada. El barco necesita un repaso a fondo. Se revisan el casco,
la cubierta, la arboladura, el velamen. Malaspina viaja a la ciudad de México.
Un pequeño paréntesis, de reposo tal vez. Le espera el conde de Revillagigedo,
a la sazón virrey. Se conocen, tienen amigos comunes, hay confianza recíproca.
Hablarán de política, de la insurrecta Europa, de los dominios visitados, de la
desesperante calma chicha soportada desde Panamá y, cómo no, de su próxima
campaña buscando un incierto canal interoceánico. Recibirá instrucciones y
mejores consejos.
La Atrevida regresó. El primero de mayo es la fecha elegida para partir. No
irán todos. El virrey dio el visto bueno a la permanencia en el país de un
selecto grupo de oficiales, encargados de continuar las labores geográficas y
cartográficas. Les acompañan los naturalistas Pineda y Neé, dispuestos a
examinar concienzudamente cada palmo de tierra mexicana. Antes de partir,
finiquitan una nueva remesa testimonio del buen hacer de estos exploradores.
Cartas esféricas, planos, dibujos de plantas y bichos, paisajes, diarios,
cuadernos de apuntes, herbarios, animales disecados, minerales, rocas, forman
un tesoro de saberes adecuadamente preservado y embalado para su transporte a
la metrópoli vía Veracruz.
Pira y sepulcro en Puerto Mulgrave
El dibujo de Fernando Brambila recoge la visita efectuada en
Mulgrave por un grupo de expedicionarios al sepulcro familiar del jefe o ankau.
La talla de un gigantesco ídolo, junto a dos enormes piras funerarias, preside
la escena, en medio de un espeso bosque. Dispersos por el suelo, se observan
algunos restos óseos, particularmente calaveras.
La costa noreste, un mar de hielo
Falta poco para la nueva campaña. Buscarán la conexión
oceánica entre las latitudes de los 60 y 75, descendiendo luego a la bahía de
Hudson.
Se lo cuenta por carta Alejandro a su hermano Azzo
Giacinto. Navegarán por un mar eternamente helado, inaccesible, sorteando
horribles islas desiertas. Cuando regresen, allá por octubre, viajarán al
archipiélago de las Marianas, a las Filipinas, Australia y Nueva Zelanda.
Resumiendo: presumiblemente no retornarán a Europa sino en fechas avanzadas de
1794. Restan tres largos e inciertos años. Bastantes alegrías y algunas penas
por compartir.
Amanece el 1 de mayo. La expedición está preparada. Esperan el correo de México
por si hubiera novedades. Llegó sobre las ocho. Ni se dio prisa ni trajo
noticias. Nada los retiene en puerto. Zarpan al levantarse las primeras
ventolinas. Las condiciones de navegación son muy desfavorables. El retraso es
considerable transcurridos cinco días. Paulatinamente, la dirección del viento
se acompasa a los intereses de los navegantes. En pocas jornadas rebasan los 27
grados de latitud. El frío se hace notar. Tendrán que sacar la ropa de abrigo.
Los relojes tampoco marchan bien con el cambio de temperatura. Tienen
experiencia, recuerdan averías anteriores; a veces basta con aplicar calor. El
reloj número 10 de la Atrevida se ha parado. Olvidaron darle cuerda y no hay
manera de ponerlo en marcha. El manual de instrucciones no resuelve nada, sería
más útil un libro de magia. Ni el calor ni los habituales golpecitos le
insuflan energía. Bustamante siente la tentación de hurgar en el mecanismo,
pero se retrae. Con tanto traqueteo es mejor no tocarlo. Lo prudente es esperar
y buscar un experto. Lo sugiere Malaspina, y así se hace. La soledad es total.
Ni rastro de ningún ser viviente. De vez en cuando vuela algún pájaro, tan
perdido como ellos. Las hojas del calendario caen inexorables. Pasa mayo y
llega junio. Mediado el mes superan los 50 grados de latitud. Faltan ciento
veinticinco leguas hasta el puerto de Bucareli. Aves y cetáceos reaparecen. Los
atrevidos mamíferos circulan sin temor a las naves. Los expedicionarios no están
interesados en examinar el litoral y navegan lejos de la costa, adelantando
hacia su glacial destino. Surcan parajes inhóspitos, pero están habitados, se
ve humo entre las arboledas cubiertas de nieve. Veintisiete de junio de 1791.
Las corbetas recorren la bahía del Almirantazgo, se dirigen al puerto de
Mulgrave. Están a 59 grados de latitud. Medio oculta por el relieve costero,
descubren una culebreante entrada similar al terreno descrito por Ferrer
Maldonado. La imaginación se desborda y el deseo anula la razón persiguiendo un
sueño. En un suspiro las corbetas enfilan la entrada, formada por dos puntas
escarpadas. Han recorrido legua y media de distancia y los barcos dan la
vuelta. Imposible seguir navegando. Cunde el desánimo. Volverán con las lanchas
para efectuar un prolijo reconocimiento, pero la debilidad de la marea resulta
impropia de una conexión interoceánica.
Mulgrave es una región habitada. Regresan al puerto acompañados por canoas,
cuyo número aumenta considerablemente a medida que se acercan al fondeadero.
Entonces, un coro de voces entona el himno de la paz. Los nativos mantienen los
brazos extendidos hacia arriba en señal de amistad. Haenke tiene buen oído,
entiende de música, no tardará en recopilar las notas. Parecen pacíficos,
amistosos; así lo interpretan Bustamante y Malaspina. El tiempo lo dirá. Aquí
nadie conoce a nadie; si al menos algún nativo chapurrease el español...
Tendrán que comunicarse por señas. El idioma universal. Estarán pocos días, los
necesarios para cargar agua, acopiar leña, conseguir pescado y vegetales.
Suficiente para amistarse con los aborígenes.
Sin oficio particular, desde muy temprano los naturales concurren alrededor de
las corbetas. Portan pieles de nutria, salmones frescos y piezas de madera para
canjear por ropa y hierros, aunque no desdeñan botones, clavos y otras
coloridas bagatelas. Suben a bordo vestidos con pieles y descienden con una
imagen extravagante endosando viejos uniformes, chaquetas de marinero, camisas,
calzones, gorros y pañuelos, prendas que conocen de anteriores viajeros y
desean tener, no se sabe bien por qué. Son indígenas fornidos, de pelo negro,
cara redonda pintarrajeada de rojo y negro, boca grande, nariz ancha y ojos
pequeños. Las mujeres serían más agraciadas si olvidasen la costumbre de
seccionarse el labio inferior encajando en la abertura una pieza cóncava de madera,
que las desfigura el rostro mostrando la dentadura. Son hábiles negociando.
Usan tretas conocidas pero efectivas. Ocultan los objetos, manifiestan
indiferencia y misterio, exageran el valor, deshacen el trato reiniciando la
puja; acciones dirigidas a estimular el deseo del interlocutor por la pieza.
Los viajeros han conseguido un buen botín: utensilios, armas y ropas con
destino al Real Gabinete de Historia Natural; y comen abundante pescado fresco,
porque en el zoco mulgravense un salmón con ocho libras de peso se canjea por
un clavo de tres pulgadas y media. Un irrisorio precio en metálico.
Concluida la aguada, las lanchas quedan libres para inspeccionar el canal. Es
preciso aclarar la dudosa cuestión del paso. El propio Malaspina encabeza la
flota. Se dilucida una cuestión mayor. Las dos barcas van equipadas para 15
días. Víveres, leña, herramientas e instrumentos no faltan; incluso se han
incorporado al grupo un calafate y un carpintero en previsión de accidentes
inesperados. El tiempo es malo. Llueve y escasea el viento, pero siempre se
pueden usar los remos. Por el camino se acerca una canoa gobernada por una
extraña figura. La reconocen. Es el hijo del cacique. Va estrafalariamente
vestido de uniforme: gorro, chaqueta, camisa y calzones; al menos armoniza con
los miembros del equipo. Conoce el lugar. Quiere acompañarlos como guía. Algo obtendrá
a cambio. Comida y alguna baratija, seguro. El mal tiempo y el viento dilatan
la ilusión del estrecho por espacio de dos horas. Finalmente, el canal
desemboca en una inhóspita bahía frustrando las esperanzas. El paraje lo
conforma una enorme masa pétrea cubierta de hielo, sonorizado por el estruendo
de gigantescos bloques helados despeñándose por los montes circundantes.
Resulta imposible que tamaña superficie gélida se deshiele de aquí al final del
verano, abriendo la puerta al Atlántico. La bahía recibe el nombre de
Desengaño. Sobran las palabras. La comitiva toma posesión del lugar. La
tradicional botella, enterrada en la playa junto a una moneda que identifica a
la nación propietaria. El afortunado que encuentre el testigo tendrá precisas
noticias del reconocimiento. La desilusión no es obstáculo para examinar la
zona, des cubriéndose dos islas, nominadas Haenke y Pineda. La que lleva el
apellido de don Antonio es sumamente frondosa. Las lanchas se disponen a
regresar, pero falta un marinero. Se adentró a pie por la ensenada con
intención de descubrir el estrecho. Vanos deseos. Lo que puede encontrar es
algún oso errante que acabe con su vida. Durante horas la búsqueda es
infructuosa, temen lo peor. Por fin, la tripulación de una de las embarcaciones
encuentra al sujeto tendido entre riscos y hielos, agotado por el esfuerzo.
La flotilla regresa sin novedad el 4 de julio. En los días precedentes el trato
con los indígenas ha sido difícil y precisó de una postura firme. Aumentaron
los robos en las corbetas, siendo necesario cortar de raíz los intercambios.
Contrariados, los indígenas muestran su descontento con abierta hostilidad.
Decidido a controlar la situación, Bustamante emprende una acción intimidatoria
disponiendo que la tropa tire al blanco en las inmediaciones del poblado. La
compañía anda distraída, circunstancia aprovechada por un indígena para retener
a uno de los soldados cuchillo en mano. Amedrentado por el comandante, el
nativo suelta a la víctima abalanzándose hacia el oficial, que lo encañona con
su fusil. El indio ignora que el arma está descargada e, intuyendo que su vida
corre peligro, baja los brazos entonando el canto de la paz en señal de
rendición. Cuando el grupo explorador regresa los ánimos siguen caldeados. Las
corbetas están preparadas para zarpar. Resta desmontar el observatorio, subir
las lanchas y embarcar los pertrechos que cargaron para proceder al
reconocimiento. A las cinco de la tarde del 6 de julio los marineros emprenden
la faena de desamarrar y largar velas. La marea seguirá siendo favorable aún
durante algunas horas.
La expedición va camino del polo Norte. El rumbo los lleva hacia las
inmediaciones del Ártico, al paralelo 60, el punto señalado por Maldonado. Por
el camino encuentran lugares similares al abra localizada en Mulgrave.
Aprendieron la lección y no habrá más exploraciones innecesarias. Se esfumó la
esperanza de encontrar un canal. La continuidad montañosa del litoral es
evidente, pero estas son tierras desconocidas y no está de más aprovechar la
ocasión para avanzar por una geografía ignota. Así lo explica Malaspina. En
menos de veinte días avistarán el monte San Elías, vigilante omnímodo de este
mar de hielo. Por el camino nombran todo lo que ven: punta Muñoz, cabo Arcadio,
pedruscos de los Negrillos, isla Galiano, cabo Español, bahía de Burgos, monte
de las Coronas, ensenada de Extremadura, denominaciones cuyo rescoldo
permanecerá en la memoria de sus mapas y planos. Fondean a dos leguas escasas
de la costa, bajo la perpendicular del monte. Inesperadamente, como si la
montaña helada quisiera retenerlos, el viento se calma en la mañana del 22 de
julio. Cuatro días se mantuvieron en la misma posición. Durante la espera
avistaron a un joven nativo que se aventura a conocerlos bogando en su canoa.
Al principio muestra cierta reticencia, pero luego sube a bordo sin reparo.
Estos no son los primeros europeos que conoce. Las facciones, el idioma, las
costumbres, todo coincide con sus vecinos mulgraveses. Regresa sin su
espléndido manto de nutria, pero divertido con los abalorios obtenidos como
presente. La visita alivió la espera.
Viento es lo que necesitan estos viajeros para continuar su ruta. La mañana del
26 la brisa sopla favorable. Las corbetas izan velas, alejándose rápidamente de
la costa. Cuanto más exploran más increíble resulta la hazaña de Ferrer
Maldonado. Suena a cuento chino. La tierra baja ciñe el perímetro por todas
partes, y el terreno montañoso, tenazmente unido, sin una mala cañada que lo
divida, se extiende de uno a otro confín, va desde San Elías hasta el monte del
Buen Tiempo. Por estas elevadas latitudes el aire es frío, la nieve cubre las
escarpadas montañas y las bancas de hielo ocultan el océano. Cuando no llueve,
una espesa niebla envuelve los barcos, que se ven obligados a lanzar cañonazos
para conocer sus respectivas posiciones y permanecer unidos. Navegan hacia la
bahía del Príncipe Guillermo, en cuyo extremo suroeste fondean el día 30 de
julio. Inspeccionan el lugar sin mayores contratiempos. Las corbetas retornan.
Su próximo destino es el puerto de Nutka, donde atracan el 13 de agosto de
1791. Llegaron con nocturnidad, aprovechando las constantes ventolinas de la
tarde. La Descubierta amarró el cabo de popa a tierra, echó un ancla a la boca
y un anclote de retenida al norte; no hay viento ni marea que la mueva.
La región de Nutka es una posesión reciente de la corona disputada agriamente a
los ingleses, que frecuentan y conocen bien estas aguas. No es extraño que sea
una plaza fortificada. El destacamento militar lo componen la tripulación de la
fragata Concepción y una compañía de voluntarios de Cataluña. Que nadie se
sorprenda viendo ondear la barretina en la testa de algún militar. La dotación
está muy disminuida, porque un buen número de soldados pasó a San Blas
aquejados de escorbuto. Poseen una herrería sin herrero, una tahona donde se
cuece el pan a diario, varias huertas sembradas de hortalizas y verduras, y un
buen número de ratas que husmean entre sus pertenencias. Pasan por momentos
delicados. El próximo invierno será duro si las provisiones no llegan, como
intuyen que ocurrirá. No sería la primera vez. Piezas de paño, útiles de
enfermería, medicinas, pastillas de caldo, harina, vino y víveres para un mes
fue el socorro prestado por los expedicionarios a la pervivencia de estos
olvidados vasallos del rey. Con la complicidad de uno de los médicos han
aprendido a fabricar cerveza —así llaman al brebaje— usando hojas de pino. Al
menos tendrán bebida para acompañar la reseca carne en salazón.
Durante los primeros días los nativos se muestran distantes; pocos se acercan a
las corbetas. La mayoría desconfían de los extraños. Cualquier intento por
ganarse la confianza de estos recelosos indígenas resulta infructuoso. Fracasó
con estrépito la estrategia de agasajar generosamente a los tripulantes de las
escasas canoas que, tímidamente, rompen el hielo. Repentinamente, sin motivo
aparente, la situación cambia, las canoas rodean multitudinariamente a los
barcos. No hay jefe que no repita la visita. Los cantos y danzas en cueros de
estas gentes son continuos; y no faltan las exhibiciones en canoas de treinta
remeros que, entonando armónicas canciones, evolucionan con destreza alrededor
de las corbetas. El día 18 las lanchas inician los reconocimientos
hidrográficos. Van convenientemente armados. Cargaron víveres para nueve días y
llevan el cuarto de círculo, el reloj de faltriquera y un teodolito. Los
acompañan varios miembros del destacamento que se han ofrecido como
intérpretes. Recorrieron los canales que conducen a las rancherías de los
naturales. El más oriental comunica con el poblado de Macuina, el cacique
principal. Conocieron su casa, adornada con vidrieras adquiridas a los
ingleses; contemplaron su tesoro, compuesto por barras de cobre, almacenadas
como si fueran lingotes de oro, y admiraron la arrebatadora belleza de su
esposa, a juicio de los oficiales José Espinosa y Ciriaco Cevallos, que,
suponemos, la contemplaron boquiabiertos.
Los nutkeños tienen mala fama en Europa. Al viejo continente llegaron noticias
inquietantes, contadas por navegantes como John Meares, George Vancouver, James
Cook, que los consideran un pueblo antropófago. Hecho controvertido, reducido
según los últimos rumores, a un mero privilegio del jefe Macuina. La
circunstancia es conocida por la expedición y no será baladí comprobar la
veracidad de esta horrorosa costumbre. Las pesquisas realizadas resultaron
absolutorias. No hay pruebas ni testimonios inculpatorios. Las informaciones
obtenidas indican lo contrario. No serán ellos quienes aviven el fuego ni
alimenten el bulo. Nada extraño vieron, tampoco conocieron actos inhumanos, y
así lo contaron. Estos nativos ni se comen a los congéneres ni obedecen los
designios de un dios creador, pero rinden culto a los espíritus de los jefes
difuntos. Airados habitantes celestiales que lanzan truenos y relámpagos contra
los vivos provocando amedrentadoras tormentas. Es la voz del más allá, que,
temerosos, escuchan postrados en tierra esperando que la furia divina se aleje
pronto. Pasada la tempestad, viene el agradecimiento en forma de canción,
testimonio de una obediencia ciega. De este temor nace el despotismo de los
vivos, la sumisión y resignación que el pueblo manifiesta a sus jefes. Por su
parte, el lado femenino representa el alma benevolente. Con su muerte, la
esposa del cacique resurge en una diosa portadora de fortuna, entonando
arrulladoras canciones audibles solo por los virtuosos que merecen escucharlas.
El futuro inmortal del resto de la tribu es tan desafortunado como su vida
terrenal. Llegado el momento, sus almas descienden a la oscuridad eterna
convertidas en animales devoradores de piojos. Severas leyes rigen el
comportamiento de estos nativos. El homicidio se castiga con diez días de
prisión, pero el reincidente paga su crimen con la vida. A los ladrones les
mutilan la cara, les amputan dedos de las manos, les cortan el pelo, son
desterrados convertidos en monstruos. El hombre adúltero paga el engaño con su
vida, mientras que la mujer casquivana recupera la decencia con cuatro días de
prisión. Privilegio femenino.
Veintisiete de agosto. Los comandantes esperan la visita de Macuina. Esa mañana
el cacique toma el té en la corbeta Atrevida, acompañado por Bustamante. Un
rango de distinción aprendido de los ingleses y generalizado entre los jefes de
la tribu. Le sirvieron varias tazas antes de recibir los regalos de despedida y
pasar a la Descubierta. Alguna fanfarronada contó rememorando sus tiempos de
cazador de ballenas, persiguiendo cetáceos arpón en mano. La arrogancia no se
tiene en cuenta. Subió al barco por amistad, no para ser desairado. También
Malaspina le agasajó generosamente: dos velas para canoa, cuatro cristales de
ventana, una plancha de cobre, algunas varas de paño azul y piezas de
quincallería. Los regalos le llenaron de gozo hasta el extremo de ratificar
indefinidamente la cesión del territorio donde se asienta el regimiento
militar. Las muestras de gratitud son ahora tan manifiestas como desconfiados
fueron al arribo.
Los últimos días las tripulaciones tuvieron descanso. Un merecido reposo que
aliviará algo los trajines sobrellevados por las gélidas aguas del norte. Los
hombres gozan de buena salud para las millas que se hicieron y los cambios de
clima soportados. Así seguirán si se alimentan con las verduras recolectadas en
el huerto del destacamento. Un buen refuerzo para el rancho, aunque no todos
piensan igual. Partirán de madrugada y aún faltan por embarcar los
instrumentos, aunque el observatorio está cerca y se tarda poco en recoger los
aparatos y desmontar la tienda. El intento será en vano, porque el viento acude
cuando quiere. Dos veces izó velas la Descubierta y fracasó. Estuvieron de
maniobras hasta las dos de la madrugada. La intuición les ha fallado en esta
ocasión. Escarmentados, esperarán a que el terral sople con fuerza al ponerse
el sol. Ahora sí. Las corbetas van a todo trapo atacando la costa californiana.
Es domingo, 28 de agosto. Pero todo es aparente. De improviso, el viento
comienza a escasear. Avanzan poco. Una legua a lo sumo. Un incómodo ralentí les
espera hasta el amanecer. Después todo irá como la seda.
Las corbetas navegan a mar abierto, porque estas costas fueron recientemente
examinadas por los buques del departamento de San Blas y no hay tiempo para
repeticiones. Se atenderán puntos geográficos concretos, como la entrada de
Heceta en la desembocadura del río Colombia. Otro anhelo interoceánico. Lleva
el apellido de un oficial de Bilbao llamado Bruno, que en 1775 navegó por el
Pacífico desde México en dirección norte y no encontró nada. La travesía
transcurre apaciblemente, con un clima placentero similar al de los trópicos.
Tienen ante sí costas alomadas y frondosas, rodeadas por un océano hogar de
ballenas, lobos marinos, nutrias y bastantes aves. En la mañana del 3 de
septiembre alcanzan el estrecho de Juan de Fuca. Un aventurero al servicio de
la corona, que el año 1552 alcanzó estos parajes buscando el paso del noroeste.
Fracasó, pero al menos se recuerda su nombre. A la altura del estrecho, la
orilla continental tiene una estructura abarrancada, formada por blancuzcos
montículos de arena. El perfil interior es desigual, poblándose de árboles a
medida que se elevan cerros y montes. La travesía continúa por el cabo
Diligencia, el cabo Blanco, las inmediaciones del puerto Trinidad y el cabo
Mendocino. Desde aquí, una costa acantilada, las frecuentes neblinas y los
vientos constantes son un riesgo continuo para las naves que van a Monterrey,
puerto a donde se dirige la expedición. La suerte les sonríe y no hay
contrariedades importantes. Un error al calcular la posición los conduce hacia
una pedregosa zona costera plagada de arrecifes. Una niebla densa cubre el
escenario. Azota la mar gruesa. La integridad de los barcos está en peligro. Es
necesario echar el ancla. Desorientados, durante dos días permanecen inmóviles
en aquel paraje buscando el rumbo correcto. Estuvieron en un tris de perderse.
Lo confiesa Malaspina al amigo Paolo Greppi.
El 13 de septiembre fondean en Monterrey. Llegan a una comarca saludable, sin
vicios, con buen clima, mejor comida, las carnes más especiales y abundantes
verduras. Una situación idónea para recuperar el vigor antes de pasar a los
trópicos; así lo cree Bustamante. La nao de Filipinas transita el lugar.
Resulta temerario por la escasa maniobrabilidad de la embarcación y el difícil
acceso portuario. Tiene obligación de tocar puerto bajo multa de cuatro mil
pesos, pero pocas veces lo hace, y no le faltan argumentos al capitán para
escabullirse del pago de la sanción. Cuenta Monterrey con un presidio,
residencia también del gobernador, y una dotación militar de sesenta y tres
hombres, complementada con las tripulaciones de los buques del departamento de
San Blas, que con frecuencia recalan en el fondeadero. Distante apenas dos
leguas, sobre las márgenes del río Carmelo se localiza la misión de San Carlos,
atendida por franciscanos. La congregación reúne un creciente número de indios,
atraídos por una vida pacífica regulada por la palabra de Dios. Hacia la ribera
camina Malaspina. Busca noticias de los nativos para colocar otra pieza en el
puzle universal sobre el género humano que con tanto ahínco compone durante el
viaje. Según Alejandro, estos pueblos son los más incapaces del orbe, muy
diferentes a los habitantes del norte. Los enfrentamientos son continuos,
aunque aceptan con agrado la protección de la sociedad civilizada ofrecida por
los frailes. Los religiosos les ayudan a sobrevivir. Cultivan maíz, trigo, y cuidan
del ganado, que supone una renta importante para la misión.
Las tripulaciones se solazan comiendo deliciosa carne regada con abundante
vino. Algunos pasean a caballo hasta la vecina misión. Todos disfrutan de un
esparcimiento y diversión que ha de robustecer su salud. Descanso para el
cuerpo y la mente. Por si fuera poco, el gobernador decidió celebrar corridas
de novillos casi a diario. Algo de ejercicio y más distracciones, que los
alejarán de la bebida algunas horas. Haenke es un tipo con suerte.
Transportadas las semillas por los vientos invernales, en las orillas del
Carmelo fructifican una variedad inimaginable de plantas, propias de un espacio
cien veces mayor. Recolectó un buen puñado. Las tareas se han concluido y la
expedición se prepara para zarpar. Midieron longitudes y latitudes, examinaron
los relojes, compraron algunos quintales de menestra seca, repusieron el
cargamento de sal —necesario para las nuevas salazones— y embarcaron algunas
reses vivas, que oportunamente sacrificarán. Son las nueve horas del día 25 de
septiembre. Tendido el aparejo y sujetas con un ancla, las corbetas esperan la
virazón. El viento no tarda en soplar, poniéndolos rumbo a Acapulco. Avanzan
lentamente porque haymarejada y el viento no ayuda precisamente. Por la tarde,
las condiciones son más favorables.
La franja californiana que los separa de México es un terreno muy conocido sin
objetivos cartográficos relevantes. La travesía resulta rápida y apacible. La
provisión de anclas se agota y no podrán fondear muchas veces. Será necesario
navegar también de noche, ganando tiempo y ahorrando material. El termómetro
marca 32 grados al sol. Hace calor. Habrá que tomar medidas para prevenir
insolaciones y calenturas: trabajo moderado, máxima ventilación, bebida
abundante. Toman refrescos de chicha —maíz fermentado en agua con azúcar—,
nunca falta el cuartillo de vino y el gazpacho es un entrante habitual a la
hora de cenar. El buen humor acompaña. Esa es la mejor medicina. Primero de
octubre. La isla Guadalupe es visible a catorce leguas de distancia. Orillas
escarpadas, sin rastro de vegetación y con escaso abrigo para los barcos,
componen su perimetro. El día 6 se alcanza el extremo meridional de la
península de California: el cabo de San Lucas. Por economía, las corbetas
emprenden trayectos separados. La Descubierta transita hacia San Blas, mientras
la Atrevida navega directamente hasta Acapulco. Diez días tardó esta última en
alcanzar su destino. A las cuatro de la tarde del domingo 16 de octubre la
Atrevida se adentra en el puerto y fondea sobre un ancla con una soga amarrada
al muelle. El día 10 atracó en San Blas la Descubierta. Necesitan cable,
maderas, sebos, pinturas, anclas, entre otros útiles. Malaspina aprovecha el
tiempo para remitir al ministro Valdés los informes sobre el paso del noroeste
y mandar recado al grupo comisionado en México, avisándoles de su inminente
regreso. También les envía el cronómetro 61, averiado, por si alguien en la
capital conoce el oficio y lo repara. Tampoco olvida el comandante recoger los
materiales elaborados por el oficial Salvador Fidalgo en su anterior campaña
por la bahía del Príncipe Guillermo. La sombra de Ferrer Maldonado es alargada.
Atemorizados por la insalubridad del lugar, cuatro jornadas escasas duró la
escala. A las tres de la mañana del 14 de octubre parten con viento fresquito
del sureste. La singladura fue tranquila y cómoda. Unos días bastan para
distinguir la silueta de la Atrevida sin necesidad de catalejo. Con viento
calmo y en repetidos bordos, a las nueve de la noche del 19 de octubre la
Descubierta queda amarrada en puerto: arriadas vergas y masteleros, desatado el
velamen. Les aguardan buenas noticias recibidas de la corte. Su majestad ha
concedido nuevas gracias. Premios muy repartidos, como siempre. Don José
asciende a capitán de navío y don Antonio a coronel.
Indios Mexicanos. Dibujo de una modesta familia mexicana
caminando descalzos y ataviados con su humilde indumentaria: él, sombrero,
calzón y camisa; ella con falda y el pecho descubierto, portando al hijo
enlazado a la espalda con una manta. Lámina realizada por Felipe Bauzá.
México, un país en la mochila
Hace cinco largos meses, casi seis, que las naves
partieron de Acapulco rumbo al norte. La aventura acabamos de contarla.
En México ha permanecido una comisión formada por
Dionisio Galiano, Arcadio Pineda, Martín Olavide, Manuel Morales, Antonio
Pineda, Luis Neé, el pintor José Guío y el escribiente Julián del Villar. Ocho
expedicionarios divididos en dos equipos, coordinados por el oficial Galiano.
Uno, con sede en la ciudad de México, encargado de la geografía, la astronomía
y las noticias locales; otro, ubicuo, pisoteando caminos y rebuscando entre la
naturaleza. A estas alturas del libro, el lector identifica a cada cual sin
necesidad de nominarlos. Todos tienen trabajo, mucho. Los marinos pondrán al
día las observaciones realizadas desde Lima, determinarán la posición
geográfica de la capital y la ciudad de Puebla, corregirán los dudosos resultados
ofrecidos por los relojes durante la travesía de El Realejo a Acapulco y
recopilarán información sobre el territorio. Los naturalistas explorarán cada
palmo de terreno desde el puerto hasta la ciudad de México, trasladándose en
febrero de 1792 a Manila para esperar la llegada de las corbetas. Circunstancia
que no se produjo. Sí viajarán a Filipinas, pero en el mismo barco que los
trajo a estas costas.
Domingo 8 de mayo. Hombres y cabalgaduras rodean la playa de Acapulco. La
compañía prosigue a buen paso por el espeso bosque de cocoteros que adorna la
ciudad, refugio permanente de multitud de aves con vistosos plumajes. El suelo
que pisan es granítico. Duro camino, compensado por el perpetuo discurrir del
agua en innumerables arroyos y la frondosidad de los cauces.
Suben cerros y bajan colinas, alejándose paulatinamente de la planicie.
Transcurridos tres días, contemplan la falda del monte Peregrino contorneada
por el lecho del río Papagayo. El agua sobra y la vegetación se acumula en
laderas fulgurantes de verdor. Abundan los robles y los pinos, formando
arboledas habitadas por ruidosas cotorras y urracas que alertan con estruendo a
jabalíes, venados, coyotes, ardillas y tejones de la presencia del silencioso
puma. Desde la cumbre, el Papagayo serpentea, majestuoso, atravesando el valle.
La montaña es de naturaleza calcárea, con abundante cristalización mineral. Lo
comprobó Pineda, pero su juicio no es infalible. El día 12 de mayo el grupo
alcanza la población de Dos Caminos. Se dirigen al pueblo de Mazatlán, tierra
de venados en el idioma náhuatl hablado por los nativos. Para llegar a la
localidad han de transitar por una amplia llanura cubierta de pinos resinosos,
sustituida después por un sendero de montaña. Mazatlán es un humilde poblado
indígena formado por un núcleo de desaliñadas chozas con aspecto de jaulas.
Pero las apariencias engañan, y el lugar ha adquirido cierta relevancia
comercial. Más adelante, a dos leguas de distancia, se halla la localidad de
Petaquillas. Casas amontonadas sobre un amplio llano, construidas como
sencillas barracas cimentadas con piedra. No está lejos el famoso río Azul,
conocido por el frío tinte añil del agua que discurre por su lecho. Para
contemplarlo hay que recorrer una estrecha cañada que conduce al manantial.
Allí fueron los naturalistas. Mera curiosidad, porque desvelar el secreto no
está en sus manos. La laguna inmediata es un acuario natural, cobijo de una
gran variedad de peces. Con prisas, la cuadrilla se desvía hacia la población
de Chilpancingo, un importante núcleo urbano con más de trescientas familias y
cerca de dos mil habitantes. Hay agricultores, ganaderos, arrieros, curtidores,
zapateros, albañiles, sastres, tejedores, bordadores y un maestro de escuela
que desasna a los infantes. Antaño, fue un lugar muy conocido por su minería;
ahora, las explotaciones han sido abandonadas, permaneciendo como un recuerdo
perenne de los primeros colonos. Los indios unen a su pobreza una peculiar
fisonomía: cara ancha, frente angosta, ojos rasgados, gran nariz aguileña, pelo
lacio y una palpable desnutrición; sus miserables viviendas contrastan
impúdicamente con los caserones de la clase acomodada.
El grupo recupera el camino. Otra maravilla natural los espera a su paso por
Tixtla: la cueva del cerro Omiapa, un rincón natural adornado por milenarias
estalactitas y estalagmitas acompasadas con la sonoridad de un silencio
prístino. La entrada se localiza en un pequeño valle, oculta tras los árboles,
cubierta por la hojarasca. Soñemos a don Antonio, rechoncho, gran cabeza, poco
pelo, atrevido, deslizándose al interior; examinando con esmero cada ínfimo
detalle; maravillado paseando por esta cavidad subterránea decorada con
caprichosas formas aéreas. El tiempo corre, reemprenden la marcha. La ruta
prosigue por un fértil llano que conduce al antiguo real de minas de Zumpango;
otro recuerdo del pasado. Terrenos secos, escasos de pastos, que alimentan poco
al ganado. El río Mezcala está cerca y da nombre a la población asentada en la
ribera sur, un poblado de indígenas dedicados a cultivar la tierra y a elaborar
utensilios domésticos. Indios que conocen bien las propiedades medicinales de
las plantas. Curan la ictericia cociendo hojas de acebuche, usan el palo dulce
para remediar el mal de orina o engañan el empacho masticando hojas de sauce; y
tantas recetas más de las que toman buena nota los viajeros. En la zona abunda
la sonora y mortífera serpiente de cascabel junto a la sigilosa, llamativa e
igualmente letal coral. Contra sus mordeduras no hay remedio que valga. Lo
mejor es estar atentos al camino para evitar el peligro.
Lunes 23 de mayo. La comitiva se divide. Los dos bandos sienten alivio al
separarse. Uno tiene prisa por llegar a México. El otro avanzará con paciencia
y deleite buscando los detalles de la vida. Seguiremos a estos, los
naturalistas, aprendiendo de sus historias. El viaje continúa por fértiles
tierras dedicadas al cultivo del maíz. El pueblo de Iguala es el referente
inmediato. Se localiza a unas cuatro leguas de distancia, siguiendo un sendero
alomado convertido en llano en su tramo final. Cuatrocientas casas se esparcen
al pie del monte San Andrés, en el entorno de una amplia laguna y un hermoso
bosque de frutales. El día 24 reanudan la marcha con la intención de visitar
una hacienda de laboreo de metales que se encuentra próxima. El complejo minero
es un conjunto de sólidos edificios con paredes de cantería y techos de
tejamanil —tablas de madera recortadas simulando tejas—, en cuyas dependencias
se realizan las diferentes fases del proceso de purificación. El mineral se
extrae de una galería anexa y es transportado por los indígenas al exterior
utilizando enormes tanquetas. El material se descarga en batanes. Grandes nubes
de polvo dispersan por la atmósfera las partículas metálicas que contienen.
Aire envenenado que ulcera los pulmones y mortifica el cuerpo de unos operarios
que no vivirán muchos años desempeñando este trabajo.
Pineda y sus acompañantes se dirigen al pueblo de Taxco, un antiguo real de
minas cuyos orígenes se remontan a la época de la conquista. Hace siglos que se
explotan estas galerías y la producción ha menguado. El lugar aún concita
cierta actividad comercial, desplegando su propia feria mercantil. De creer a
los nativos, las vetas tienen su origen en el monte Güisteco, sobresaliente por
el montañoso horizonte. Por la ladera asciende Antonio Pineda camino de la
cima. La panorámica es impactante, invita a pensar en la conveniencia de
utilizar globos aerostáticos para reconocer territorios tan extensos. ¡Quién
tuviera uno!, exclama en la soledad de la cumbre. Quizás se conforme con
escuchar el suave canto del arrendajo azul si localiza algún ejemplar entre las
encinas, madroños, cedros y pinos que cubren el entorno. La mina Santa Catalina
es el próximo objetivo. Un filón de plata de ley. Esperan su visita. Baja
empinadas escaleras, atraviesa pozos y galerías, desciende a una profundidad de
135 metros, donde los peones cargan pesados sacos repletos de mineral. Asemejan
almas en pena iluminando sus pasos con velas prendidas sobre una pieza de barro
atada a la frente. Reinventaron el candelero, componiendo una imagen del más
allá.
El 31 de mayo emprenden la marcha hacia la capital bordeando la quebrada de
Cantarrana. Recorren cómodas calzadas, como las de Amixtlán, Mochitlán y
Acuitlapan; atraviesan ásperos terrenos volcánicos poblados de nogales y pinos,
como el camino que conduce al pueblo de Alpuyeca, y contemplan hermosas
cascadas, como acontece en Cuernavaca, donde pernoctan la noche del día 2 de
junio. Un pueblo de agua abundante, avenidas frondosas y ricos frutales que
aromatizan la atmósfera. A la mañana siguiente, el viaje continúa en dirección
a San Agustín de las Cuevas. Un largo sendero de lava, una interminable hilera
de cerros y montes y una excelente calzada con vistas el valle mexicano conduce
sin pérdida al pueblo. Casas de sólida y armoniosa construcción componen San
Agustín. Son viviendas de recreo ocupadas por familias acomodadas. Otros vienen
aquí buscando el vigor perdido, pues el sitio tiene fama de saludable, de gozar
los favores de un aire que despeja la mente y cura el cuerpo. Por lo menos eso
se cuenta. Mientras unos sanan y todos descansan, los lugareños trabajan en la
agricultura, ejercen de albañiles y tejen vistosas prendas en los muchos
telares diseminados por la zona.
Sábado 4 de junio. Cuatro leguas los separan de la ciudad de México. Será un
paseo. El camino discurre por una hermosa calzada adornada con cántaros,
mojones y relojes de Sol que multiplican las horas. Al final del recorrido la
capital abre sus puertas. Una vez traspasadas, hay que buscar a los compañeros
que llegaron antes. Luego, disfrutar de un merecido descanso. Más tarde,
organizar el material de trabajo para no perder los papeles: datos, noticias,
observaciones, se acumulan en los cuadernos de viaje. Por último, conocer la
ciudad: visitar el Gabinete de Historia Natural, la Academia de San Carlos, la
Casa del Apartado, el convento del Carmen, el templo de la Santa Veracruz, el
barrio de San Ángel, la iglesia de San Jacinto... Hay tantas cosas por ver en
esta Ciudad de Palacios... En la Alameda Central —se llama así aunque hace
decenios que fresnos y sauces han reemplazado a los álamos originales— se
disfruta de las numerosas fuentes que, adornadas con personajes mitológicos,
embellecen el rectangular paseo. Los enamorados conocen bien el parque, es uno
de sus lugares preferidos. Aquí las parejas se cortejan a distancia, mediante
gestos que pasan desapercibidos al profano. Cándidas promesas de felicidad
eterna viajan en pos de la persona amada ocultas en cómplices miradas. El
coronel es un hombre inquieto, decidido, intrépido, y pasadas las semanas,
recuperado el ardor aventurero, vendrán las excursiones por los alrededores,
recorriendo cuevas, bosques, minas, montes y cerros cuyos secretos desea
conocer.
Sierra Nevada es un macizo forestal localizado al sureste del valle de México.
Una mole imponente de nieves perpetuas que aporta sus aguas cristalinas a los
acuíferos de la región. Hacia allí dirigen sus pasos nuestro naturalista y su
equipo con el propósito de recorrer alguna de sus estribaciones. En su primera
parte, el camino conduce al poblado de Mexicaltzingo. A continuación, el
trayecto se convierte en un discurrir de cerros volcánicos que conducen al
pueblo de Amecameca, donde comienza la aventura por esta sierra cuyas blancas
cumbres sostienen el firmamento. El nerviosismo les impide pernoctar en el
pueblo. El grupo se desplaza lentamente por la ladera montañosa. Pasan la noche
en una cueva angosta, en un inhóspito refugio para ganado. Al amanecer don
Antonio inspecciona el escenario, mide la temperatura y determina la presión
atmosférica usando el termómetro y el barómetro. Instrumentos que no faltan en
su equipaje. Los datos sirven para conocer la altitud aplicando sencillos
cálculos matemáticos. La marcha prosigue entre pinos, madroños y hermosas
plantas en floración. Un caminar amenizado por el melodioso canto del
coyoltotl, por el aleteo de carpinteros, picos reales y córvidos, que nunca
faltan. Pineda admira una naturaleza efervescente, depositaria de innumerables
preguntas cuya respuesta desconoce. El regreso lo realizan por la laguna de
Texcoco. Tiene interés en tomar marcaciones geográficas de la zona valiéndose
del reloj de segundos y la brújula. Haría bien en posponer la medición y disfrutar
del paseo. Ni el instrumental ni la destreza personal son los adecuados para
realizar la operación, aunque don Antonio no piensa igual. Hay muchas cosas que
contemplar en este otrora abrevadero de mamuts: cipreses, sauces, fochas,
patos, garzas, el ratón ciervo —curioso roedor de un llamativo pelaje marrón y
blanco— y, por supuesto, el mítico ajolote, que cimbrea su figura divina por
las dulces aguas de la laguna. Es un animalillo sorprendente. Un pequeño
anfibio translúcido, cabezón, con ojos pequeños, boca grande, dientes diminutos
y lengua retráctil cual gigantesca rana, complementos de un tronco compacto
movido por cuatro patas y una cola. Cuenta la leyenda azteca del Quinto Sol,
que el ajolote fue la última metamorfosis del dios Xólotl antes de perecer a
manos del verdugo. Con su sangre se creó el mundo de los hombres. Los detalles
podrá leerlos don Antonio en la Historia general de las cosas de la Nueva
España, escrita por el franciscano Bernardino de Sahagún. Tampoco faltará quien
se lo cuente de viva voz. Varios ejemplares del anfibio cayeron en su poder.
Los cuerpos fueron minuciosamente examinados, con la lupa, antes de ser
troceados usando el bisturí. Las descripciones y los dibujos anatómicos
trazados sobre el papel testimonian su existencia.
Reconocer el cerro de Guadalupe es la intención de Pineda en su próxima
aventura. Le acompaña en esta ocasión don José Alzate, clérigo y reputado
naturalista, buen conocedor de la zona. Es un hombre culto, amante de la
ciencia. El camino los conduce al pueblo de Guadalupe, lugar de culto mariano
por excelencia. Cientos de personas acuden cotidianamente con sus problemas
ante la imagen de la Virgen calmando su sed con el agua milagrosa que mana en
la capilla. Se desconocen las propiedades, pero reconforta al enfermo, incluso
lo cura. Al menos no perjudica, que se sepa. El agua tiene sabor ácido y es
desabrida, pero a quién le importa. La congregación es próspera, ha edificado
el santuario, un colegio infantil, un convento de capuchinos y algún otro
edificio religioso de menor importancia. Inmediato al pueblo se sitúa el cerro.
Allí se dirigen los dos caballeros. Reconocen primero el yacimiento fósil
situado en la falda. Huesos de un cuadrúpedo gigantesco sobre cuyo origen no se
ponen de acuerdo. ¿Serán los restos de un paquidermo?, pregunta el sacerdote;
¿o tal vez formen parte del esqueleto de un animal desconocido y extinto,
habitante de un pasado remoto?, responde el coronel. Discurriendo sobre la
incierta naturaleza ósea que dejan atrás, los naturalistas ascienden hacia la
cima. Una pequeña ermita domina la cumbre, hermoseada por la espléndida vista
del valle que se contempla desde la altura. El descenso es rápido, tienen prisa
por reconocer el vecino monte Esmeralda. Un sitio mágico donde los objetos
cambian de color, mostrando un tono verdoso. Algún prodigio acontece en la
montaña. Alzate ha observado el fenómeno en repetidas ocasiones. Esta vez los
objetos se mantienen inalterables, no hay cambios de color. Quizás sean las
nubes, que actúan como filtro; acaso la refracción de la luz regule el suceso;
puede que el trueque dependa de la vista, conjetura Pineda ofreciendo un
ramillete de posibilidades difíciles de comprobar.
Pocos días han transcurrido desde el último episodio y Antonio Pineda marcha en
dirección al floreciente pueblo de San Agustín de las Cuevas. Un trayecto
corto, placentero. En el mercado de la Paz venden aromáticos membrillos,
minúsculas peras sanjuaneras de sabor intenso, el mantecoso zapote blanco,
dulces ciruelas rojas, apetitosos aguacates y deliciosos higos. Cuesta poco
imaginar al naturalista —¿acertaremos?— mirando, olfateando, adquiriendo,
degustando los sabrosos productos de esta olorosa y colorida plaza; al fin y al
cabo, lo transportado, vendido y comprado es naturaleza. Lo cierto es que
conoció los árboles examinando el próspero vergel que, atendido por indígenas,
aromatiza el pueblo. Fue en otra ocasión. Hoy está aquí atrapado por la
espeleología. Ha venido con la intención de inspeccionar las grutas volcánicas
aludidas en el topónimo. La cuadrilla camina hacia los farallones de lava,
donde, a legua y media de distancia, la vegetación oculta la entrada
semicircular de la cueva de los Gorriones. Portan antorchas para iluminar un
imposible viaje al centro de la tierra y una brújula para orientarse cuando
fallen los sentidos. Los nativos que lo acompañan desconfían del laberinto
subterráneo. El coronel es tozudo y temerario. Entran con el objetivo de
encontrar el cráter principal. Llevan horas circulando. Las antorchas se
acaban. El ánimo de la gente empeora. Los indios temen extraviarse y padecer
una muerte horrorosa por inanición. Al fin regresan. Pineda tuvo que ceder. La
maravillosa naturaleza puede ser una trampa mortal, no conoce amigos. Está
seguro de lograrlo. ¡Ay, si tuviera tiempo! Deberá contentarse con el recuerdo
de un oscuro, tortuoso, agreste e inanimado submundo de lava petrificada,
morada de fuerzas ignotas cuyo conocimiento requiere algo más que voluntad.
Tampoco olvidará el largo rato pasado en la torre de la iglesia, contemplando
el paisaje montañoso que ha visitado y dibujado con esmero.
Al pueblo de Tacubaya se dirigen Pineda y Alzate confraternizando. Una charla
distendida entre personas cultas: relatan aventuras, cuentan anécdotas,
expresan opiniones, nada trascendente. Tacubaya ocupa un lugar privilegiado en
el valle mexicano. Por el buen clima y su posición elevada sobre el lago, que
impide las molestas inundaciones, es la zona residencial preferida por la élite
capitalina. Fama tuvo. Hasta el arzobispo Palafox dispuso de casa en la zona
hace más de un siglo. Atrás dejan el pueblecito de Chapultepec, conocido por el
rentable molino de harina establecido en sus inmediaciones, que no olvidan
visitar. Lavan el trigo, lo esparcen al sol sobre una terraza de ladrillo y
pocas horas bastan para secarlo. Aún tierno, lo criban y muelen en el mismo
día, obteniendo una harina totalmente limpia. Lo cuenta Pineda, admirado por la
sencillez, rapidez, limpieza y rendimiento del proceso.
Tacubaya es solo una estación de paso. El verdadero destino de la pareja es el
inmediato pueblecito de Santa Fe. Van con la intención de visitar la real
fábrica de pólvora situada en las fueras. Es una sólida edificación
compartimentada en dependencias separadas: patios, almacenes, oficinas y
cobertizos aislados con el fin de controlar más rápidamente las llamas en caso
de incendio, muy frecuentes y peligrosos en estos establecimientos. A falta de
medios, una sencilla distribución arquitectónica parece un buen plan para
disminuir el riesgo.
Al Desierto de los Leones se dirige Pineda. El nombre es equívoco donde los
haya, no significa lo que parece. La denominación identifica un frondoso bosque
donde no falta el agua. Tampoco hay leones, sí una familia local que aportó el
apellido. Desierto equivale a soledad, retiro, vacío, representa la separación
del mundo elegida por los padres carmelitas descalzos como modelo de
existencia. La congregación habita el viejo monasterio, construido hace un
siglo buscando la paz eterna. Aclarada la confusión, contaremos que el grupo se
dirige al convento. Han superado el cerro de Santa Ana y transitan por una
amena cañada con frondosos árboles y rosas silvestres. El tramo final es una
cómoda calzada de piedra. Pinos y cedros invaden el entorno ocultando el edificio.
Solo once religiosos ocupan las numerosas celdas, y proyectan trasladarse
pronto. La humedad y los rigores del frío invernal son malos compañeros,
insoportables con la edad. Recientemente se han realizado obras de ampliación,
aunque nadie sabe bien por qué. Misterios celestiales. En las cercanías existen
algunas ermitas, antaño ocupadas por anacoretas y ermitaños. La de San Miguel
destaca por sus vistas sobre los valles de Toluca y México. Pineda se siente
admirado por la altura de estos cedros arraigados en un terreno engañoso, pues
a pocos metros de profundidad se esconde una pétrea capa de lava volcánica. No
hay milagro alguno. Los cedros extienden sus raíces horizontalmente,
desarrollado una tupida malla bajo tierra que sujeta el tronco en su ascensión
hacia el cielo. La hierba crece lozana tapizando un suelo poblado de flores.
Escasean las aves, pero abundan las ardillas, liebres, conejos y venados, que
alimentan a los coyotes, tejones y lobos. Los pinos ganan en número a medida
que aumenta la altura hacia la zona de nieve, donde solo sobrevive la grama. El
coronel vuelve contento. Fue un paseo agradable, bendecido con la hospitalidad
de los hermanos, alegres por la inesperada compañía.
Entre idas y venidas llega agosto, y aún resta por inspeccionar la vasta región
minera de Guanajuato. El día 22 es la fecha elegida por Pineda para iniciar la
marcha. El grupo enfila el camino de Guadalupe. Las sosegadas arboledas dan
paso a los cerros antes de embocar en la mítica región de Teotihuacán. Sauces y
cipreses se mezclan con las espaciadas casas de adobe que delimitan el pueblo.
Junto a la iglesia nace una fuente termal, que Pineda examina detenidamente.
Toma muestras, aplica reactivos y valora su composición. A falta de un análisis
más detallado, el agua no parece tener propiedades medicinales. En el entorno
se hallan las imponentes pirámides escalonadas levantadas hace siglos por la
civilización mesoamericana. Impresionados, suben los resbaladizos 365
escalones, uno por cada día del año, hasta la cumbre de la pirámide del Sol.
Falta el resuello. Enfrente se sitúa la pirámide de la Luna. Son los únicos
supervivientes del lugar donde nacieron los dioses. Un espacio de ensueño,
mágico, que los viajeros se resisten a abandonar atrapados por las imágenes.
Continúan la marcha. Tres horas precisaron para descubrir el acueducto de
Zempoala. Funciona desde 1553, conservándose en buen estado. Prosiguen por la
región minera que se extiende hasta el valle de Actopan, y desde aquí un
terreno seco y pedregoso los conduce al llano de Ixmiquilpan entre una
explosión vegetal de cactus. Nueve especies diferentes contó Luis Neé, entre
ellas el nopal, el agave y el nopalillo, aún no descrito por los botánicos. En
el valle prosperan huertas y frondosas arboledas conformando un entorno
agradable. En la población de Zimapan los montones de escoria se elevan por
todas partes. Son tierras de oro, y no falta la plata ni el cobre. Destaca el
cerro Colorado, distinguido como Real del Oro por su abundancia. Ahora el río
Zimapan les corta el paso. Para atravesarlo hay un singular puente colgante,
algo arriesgado. Una maroma une ambas orillas, y sobre ella circula un balancín
que se mueve a tirones accionado por un cabestrante. El mecanismo es frágil e
inestable. Lo recomendable es deslizarse bien atado al asiento.
Veintidós de septiembre de 1791. Ha transcurrido un mes desde la salida. Por
delante quedan localidades como Tecozautla, Acámbaro, San Bartolomé,
Salvatierra, Salamanca, parajes diferentes donde el agua corre por lagos,
lagunas y fuentes termales. Muy conocido es el manantial de Salvatierra, famoso
por su elevada temperatura, tan alta que en pocos minutos se cuece un ave;
quizá un zarapito, un pato o una garza blanca, que vuelan distraídos por estos
cerros y valles. En las pozas cercanas el calor disminuye notablemente. Son
baños medicinales recomendables contra enfermedades cutáneas y procesos
inflamatorios. Llegaron a Guanajuato. Durante un mes examinan la vasta cuenca
minera que ocupa la comarca. Son yacimientos ricos en plata, de los más
productivos del país. Las minas se multiplican, dando trabajo a hombres y
mujeres. Las recuas van y vienen cargadas de metales preciosos. Algunas
prospecciones son de dimensiones gigantescas, incluso las caballerías penetran
en el interior transportando materiales. Las mejores están equipadas con bombas
hidráulicas. La nombrada Tepeyac es una excavación reciente, dotada de una
infraestructura moderna. Por sus amplias escaleras desciende don Antonio, que
contempla a los obreros ocupados en múltiples tareas. Unos cargan piedra, otros
toneles de agua; aquellas herramientas, estos descansan. Los gritos son
continuos. Difícilmente pueden entenderse con tanto estrépito. En las galerías
se amontonan los peones, martilleando rítmicamente el filón. Hombres musculosos
con el torso desnudo, sudoroso, brillante por el reflejo de las luces. Pineda
se siente como Ulises en la cueva del cíclope Polifemo, inteligencia contra
fuerza bruta. Seguro que pasó buenos ratos leyendo el libro de Homero que ahora
recuerda.
El calendario señala el mes de octubre. Las corbetas anticiparon el regreso.
Una atracó en Acapulco, la otra navega por San Blas. Lo sabemos. Tienen prisa.
Han mandado recado para que la comisión capitalina se reincorpore a la
expedición. Avisados quedan de su inminente reagrupación. Galiano comunica la
noticia a Pineda, pidiéndole que regrese a la mayor brevedad. El coronel
abandona Guanajuato a primeros de noviembre. Desandar el camino es fácil y
rápido. Elige el trayecto corto, entreteniéndose lo justo. Mediado el mes, está
de vuelta. En México queda poco por hacer. El equipaje y ultimar la remesa con
destino a Madrid. El 24 de noviembre la comitiva sale para Acapulco. En la
capital dejaron 13 cajones conteniendo libros, papeles, borradores, plantas, minerales,
insectos, aves, pieles de nutria, arcos y flechas; objetos que rememorarán
estos territorios cuando el viaje termine. A dos días de camino está Puebla, y
dos jornadas más empleó Pineda en reconocer el volcán inmediato cubierto de
nieves perpetuas. Tuvieron que transigir, conocen su debilidad por la
vulcanología. El misterioso fuego subterráneo lo atrae como a las moscas un
panal de rica miel. El río Papagayo les indica la proximidad de la meta.
Subidos en una balsa, atraviesan el cauce. Llegarán pronto, finalizando el mes.
Don Antonio recorrió centenares de kilómetros. Va pensativo, cavilando, algo le
preocupa. Tal vez la inoportuna idea de abandonar la expedición sobrevenida en
estos meses. Planea dejar el grupo en Filipinas, con la intención de dar la
vuelta al mundo en solitario. Quiere explorar la costa de Coromandel, Cantón,
Calcuta, la región Malabar y el golfo Pérsico, regresando a Europa bien por el
canal de Suez, bien por el cabo de Buena Esperanza. Luis Neé es un fiel aliado,
si puede le acompañará en la expedición. Un dibujante y un oficial completarían
el cuarteto. La fascinación pudo a la prudencia. En agosto desveló su plan al
ministro Valdés. Los trámites han de ser rápidos. Para incursionar por
territorio extranjero necesitan salvoconductos y pasaportes, que deberán
enviarse a Manila con urgencia. Malaspina lo ignora. Nadie le informó. Cuando
se entere veremos como reacciona. No le hará gracia.
Plaza de San Francisco, en Manila. Dibujo de Brambila ofreciendo
una magnífica perspectiva de la plaza concurrida por jóvenes vendedores de
panecillos, jinetes, un hombre montando un carabao y un grupo de feligreses.
Filipinas, la conexión asiática
Dos meses llevan las corbetas atracadas en Acapulco.
Tiempo tuvieron para descansar, reponer aprestos, comprar víveres, reparar las
lanchas y, lo más importante, conseguir dinero, muy escaso en Filipinas.
Les falló la salazón del tocino, no dieron con el punto.
Una parte se echó a perder. Tendrán que repetir el proceso, troceándolo menudo
y pasándolo por agua hirviendo antes de cubrirlo con sal y sobreponerle peso.
Las cosas que falten las transportará la nao de Manila cuando regrese. Sí,
finalmente llegó. Estuvo en San Blas reparando una avería. Fabio cumplió su
sueño de admirar la famosa embarcación. Está de suerte por partida doble, pues
se reajustaron las dotaciones y ha sido readmitido en la Descubierta. Las
calenturas endémicas los afectan de lleno. Cuentan varios muertos y un tercio
de la tripulación está enferma. Padecen fiebres intermitentes acompañadas de
delirios, cólicos biliares y disentería. Los médicos aplican sangrías, purgas,
vomitivos, junto con una dieta rigurosa. El tratamiento no es milagroso pero
funciona, aunque los enfermos quedan tan debilitados que precisan un largo
reposo.
Mediado diciembre, reciben los caudales para atender a los gastos futuros. Han
sido generosos, no pueden quejarse. El cargamento de harina se retrasa unos
días. Lo necesitan para elaborar pan, algo escaso, pero no pueden esperar
porque la epidemia arrecia y las fiestas navideñas estimulan las deserciones.
Atrasar la salida sería temerario. Aprovechando la virazón matutina, el 20 de
diciembre la Descubierta y la Atrevida ponen rumbo hacia las islas Marianas.
Por delante restan un par de meses navegando por aguas de sobra conocidas. Se
dedicarán al cuidado de los numerosos enfermos. En Acapulco permanecen los
oficiales Alcalá Galiano, Cayetano Valdés, Juan Vernacci y Secundino Salamanca.
Su objetivo es reconocer el estrecho de Fuca comandando las goletas Sutil y
Mexicana, construidas ex profeso en San Blas. El 28 de diciembre arriban a
puerto. Están mal diseñadas y peor realizadas. Se hicieron sin tino. No
superarían el más nimio reconocimiento. Si no fuera por la madera, hundirlas
sería una opción más decorosa que reformarlas. Falta material y escasea la mano
de obra; en total, dos meses dedicados a su reconstrucción. El 8 de marzo de
1792 las goletas salen rumbo a Nutka. Estos marinos no escarmientan. Siguen
buscando el canal interoceánico.
Las corbetas avanzan lentamente en su derrota. Tardan dos días en dejar el
puerto. La ausencia de viento y corrientes las mantiene cerca del litoral. A
los enfermos se los atiende lo mejor posible. Conseguir su restablecimiento es
tarea ardua. La ventilación y el aseo son extremos. El botánico Neé, el pintor
Brambilla y el capellán de la Atrevida, don Paco, recuperaron las fuerzas.
Otros no tuvieron la misma suerte y exhalaron el último suspiro durante el año
nuevo. Igual que llegó se fue enero. Las brisan van y vienen, desaparecen sin
motivo y arremeten sin razón. Perdieron toda esperanza de realizar un viaje
breve. Los naturalistas se mantienen ocupados observando el océano y realizando
experimentos. El coronel Pineda estrena el higrómetro regalo de su amigo José
Alzate. Es incansable midiendo la humedad atmosférica, deseoso de anotar la
variación más exigua. Con el eudiómetro vuelve a comprobar que el aire en alta
mar contiene más oxígeno. No tardará en lanzar la sonda para medir la
temperatura en aguas profundas. Hacerlo requiere el uso de termómetros
convenientemente aislados, capaces de conservar la medición hasta subir el
aparato a la superficie. Se compraron los mejores, que incorporan un novedoso
sistema aislante, pero don Antonio es un genio capaz de fabricar sus propios
artilugios. Envuelve el termómetro con tela, confeccionando un paquete que
coloca dentro de una caja de madera, introducida, a su vez, dentro de un
recipiente metálico. Hizo pruebas. El rudimentario artefacto es eficaz.
Necesita una exposición prolongada, pero mantiene la temperatura constante
durante quince minutos. El 12 de febrero de 1792 avistan el archipiélago de las
Marianas. Las islas rinden homenaje a la reina Mariana, esposa de Felipe IV.
Mucho antes, en 1521, Magallanes encontró el archipiélago nominándolo islas de
los Ladrones. Tiene su explicación. Cuenta la leyenda que, remando en sus
sencillas barcas, los nativos se acercaron a los navíos ofreciendo agua y
comida a los tripulantes. No era un gesto de amistad, solo un intercambio. Los
marineros interpretan el ofrecimiento como un acto de cortesía y no lo
retribuyen, consideran los alimentos como un presente. Descontentos, los
indígenas abordan las naves durante la noche, sustrayendo ciertas piezas de
hierro como pago por los bienes suministrados. El robo dio lugar al topónimo.
La escuadra aplicó la ley del más fuerte. La represalia fue violenta. Hubo
casas quemadas e indígenas muertos.
Las corbetas se dirigen al puerto de Agaña, en la isla de Guam. Confían en la
pericia del práctico que dirige las maniobras. Hacen mal. Es un natural muy
hábil despedazando barcos, nada más. Descubren a tiempo que transitan sobre un
fondo de escasa profundidad y repleto de enormes pedruscos contrarios a la
integridad de las embarcaciones. La solución es tan simple como evidente: virar
en redondo para recuperar la posición y echar el ancla. Ni lo saben ni lo
imaginan, pero la rocosa orografía submarina corresponde a una extensa
cordillera sumergida que dio vida a estas islas. Mañana se cambiarán al más
cómodo fondeadero de la bahía de Umatac. Enfermos y convalecientes se reparten
entre la casa del gobernador y la misión de los padres recoletos. Los sanos
montan los instrumentos, arman el observatorio, emprenden la aguada y recogen
leña. Los infatigables naturalistas recorren la isla buscando cualquier animal,
piedra o planta que se ponga a su alcance. Tiene razón Malaspina, con sus
noticias se podrían componer una docena de volúmenes. La Descubierta ancló en
un fondo pedregoso y tiene problemas. La violencia del viento, la pertinaz lluvia
y el fuerte oleaje ponen en riesgo la integridad de la corbeta. Varias veces
tuvo que hacerse a la mar hasta encontrar el apropiado piso arenoso. En la
tarde del día 22 se embarcan los instrumentos y regresan los enfermos, menos
cuatro que, por su gravedad, permanecen en tierra. Agua y madera no faltan.
Longitudes y latitudes, se tomaron todas. Con el teodolito se dio forma al
litoral. Llegó la hora de partir. Amaneciendo el 24 de febrero, los marineros
emprenden la faena de subir a bordo las embarcaciones menores; luego, levar el
ancla y navegar con todo aparejo. Sopla viento fresquito del este.
El mes de marzo trajo mal tiempo. Mar gruesa y aguaceros son malos compañeros
de viaje. Ráfagas de frío viento empujan gavias y trinquetes rumbo a la isla de
Samar, territorio filipino. El día 4 fondean en un solitario puerto de Palapa.
Los naturales se asustaron y huyeron sospechando el arribo de piratas, muy
frecuentes en estas aguas. Están de suerte. Confundieron la bandera. Los
visitantes no son corsarios sino españoles amantes de la ley y del orden.
Quieren comprar comestibles: pescado, fruta, verdura. Pagan en plata y son
generosos. Los nativos comprendieron su error. Ahora son numerosas las canoas
que rodean a las corbetas. Traen comida abundante y gallos de pelea, que
entretendrán a la tripulación con sus violentos combates. Otro día subirán a
bordo ejecutando sus folclóricas danzas guerreras. Los oficiales exploraron los
múltiples canales; los astrónomos escrutaron el espacio admirando los satélites
de Júpiter; los naturalistas regresaron con las alforjas repletas de vistosas
caracolas y conchas. Aprovechando las primeras ventolinas, en la mañana del 10
de marzo la Atrevida larga velas, seguida por la Descubierta. Franquean la boca
del puerto hacia un nuevo destino.
Un par de jornadas bastan para avistar la isla de Luzón. El volcán de Albay ha
entrado en erupción. El fuego brilla en la distancia, resplandece
contraviniendo el nocturno azabache. Las corbetas buscan el puerto de Sorsogón.
Un espacio amplio, acogedor, hermoso, rodeado de poblados. Atracaron el 12 de
marzo. Les faltó tiempo a la pareja de naturalistas, Pineda y Haenke, para
correr en pos de las llamas. El volcán constituye un entorno paisajístico
único. Lo contemplan, adornado con las numerosas piedras encendidas que arroja.
El camino terrestre desde Sorsogón a Manila es cómodo y fácil de transitar. Lo
comprobará Luis Neé, que dispone de tres meses para llegar a la capital y
embarcarse de nuevo. La tripulación está ociosa. Los hombres pasan el tiempo
libre tumbados a la bartola, comerciando con los nativos y celebrando peleas de
gallos. Buena diversión y mejor alimento. Los calderos están repletos. El
rancho será suculento: gallo cocinado, sabrosos pescados y nutritiva carne de
venado. Las lanchas regresan. Los oficiales reconocieron con detalle el
litoral; los astrónomos efectuaron las mediciones desde una loma cercana y han
empaquetado. Faltan el par de naturalistas que arriesgan la vida visitando a
Vulcano. El tercero no vendrá, partió. La tarde del 21 vuelven los científicos.
Están todos. Amanece. El viento del nordeste empuja las corbetas fuera del
puerto.
Hace dos días que navegan por el intrincado islario filipino. Corre un tiempo
sereno. Tres pancos piratas emergen en dirección norte, distantes una milla.
Fue un inesperado cruce de caminos. La tripulación prepara el zafarrancho de
combate. Lista la artillería, dispuestas las armas cortas. Las corbetas ciñen
el viento persiguiéndolos con todo aparejo. Navegan separadas. Pretenden
acorralarlos. El enemigo percibe el peligro y se evade, veloz, usando los
remos. Suenan cañonazos intimidatorios. Una hora dura la persecución. Bordos
por aquí, por allá, por acá, por acullá. La brisa no acompaña y los piratas
toman ventaja, irrecuperable si el viento no sopla con fuerza. No lo hizo.
Perdieron la partida. Abandonan la caza. Una escaramuza más que añadir a tantas
experiencias. La vida continúa, la navegación también. La noche del día 25 es
hermosa, escribe Bustamante. Faltan cuatro o cinco leguas para alcanzar Manila,
la capital. Pasan la madrugada con incertidumbre. Unos ratos al pairo, quietos
y con las velas extendidas; otros ciñendo con las gavias una brisa fresca que
los pone muy de mañana en las inmediaciones del fondeadero. Las corbetas
atracan a poco más de una milla de distancia de la playa. Son las nueve horas y
media del día 26 de marzo de 1792. La Descubierta saluda a la plaza con los
preceptivos nueve cañonazos, y es correspondida con idéntico estrépito.
La Atrevida no tardará en partir hacia la colonia portuguesa de Macao. Su tarea
es científica: medir la gravedad empleando el péndulo simple. Van justos de
tiempo. Tienen el necesario para cargar agua y víveres y completar la
tripulación. Necesitan un ancla, que no llega, y se impacientan. Se encargó al
arsenal de Cavite. La traerán. Es primero de abril. Con viento fresquito, la
corbeta navega hacia el mar de China. Por su parte, la Descubierta examina la
costa septentrional de Luzón, y los naturalistas exploran la isla por
diferentes caminos. Neé viaja desde Sorsogón, Haenke despliega su actividad por
el norte y Pineda se encarga de la región central. Recorrerán fértiles llanuras
convertidas en arrozales; ascenderán a inhóspitos montes, morada habitual de
tribus salvajes, de molestos insectos y peligrosos reptiles; inspeccionarán
ríos y lagunas, que recogen el agua insular; contemplarán escarpados volcanes
vomitando lava sin cesar. Junio señala el comienzo de las lluvias monzónicas.
El agua lo inundará todo impidiendo cualquier actividad. El descanso es
obligado, hasta octubre. Refugiados en Manila, los expedicionarios ordenarán
los materiales acumulados desde Acapulco y planificarán las siguientes etapas
del viaje.
Mediado mayo, la Atrevida regresa a la base operativa. Al amanecer del día 20
fondea junto a la Descubierta, que está desaparejada. Vuelven de Macao. Han
sido jornadas placenteras, de relax, en compañía del gobernador portugués. En
China fueron recibidos con curiosidad, expectación, cordialidad y recelo. Algún
mandarín dio la voz de alarma, temiendo el arribo de piratas. Difícilmente
olvidan las calamidades infligidas por el corsario Zheng Yi. Cualquier cañonazo
los hace temer por su vida, y las corbetas gastan mucha pólvora en saludos. Es
región de pescadores, amontonados sobre el agua en tal cantidad y con tal
simetría que asemejan escuadrones. La ciudad de Macao ocupa un terreno desigual
orillado al mar. Estrechas e irregulares calles acogen casas al gusto europeo,
sin atractivo arquitectónico. Una catedral, dos colegios de religiosos, cuatro
conventos —agustinos, franciscanos, dominicos y clarisas—, iglesias, ermitas,
feligresías, dos hospitales y una casa de misericordia son el conjunto urbano
que reconforta el cuerpo y el alma de esta ciudad, dotándola de servicios
esenciales. Cinco fortalezas defienden la plaza, alojando un destacamento
militar considerable. Es una próspera región comercial y no faltan las
delegaciones extranjeras. Portugueses, españoles, ingleses, franceses, daneses
y suecos se disputan los buenos negocios. Bustamante busca un artesano capaz de
encajar las piezas del reloj número 10, averiado hace meses. También necesita
comprar pintura y adquirir otro reloj de longitudes, por precaución. Las
pinturas se adquieren en Cantón. El nuevo reloj es un regalo del cónsul de
Prusia. El número 10 volverá roto. Los chinos no reparan relojes, solo pescan.
Hoy es el penúltimo día de estancia y esperan la visita del gobernador. Está
deseoso por conocer una nave expresamente construida para dar la vuelta al
mundo.
Limpia y recién pintada, la corbeta luce brillante. Es recibido con honores de
capitán general; merecidos en esta jurisdicción. Primero las formalidades,
luego vendrá el almuerzo en compañía de los demás invitados, todas personas
principales. Tal vez se incorpore el obispo a última hora. Brindan por la salud
del homenajeado, por la prosperidad del comercio. Cinco sonoros zambombazos
alteran el ánimo de los habitantes. No ganan para sustos. El gobernador se va.
Nuevos saludos, más cañonazos, repetidos por la guarnición militar. Ya se
entenderán los portugueses con el mandarín. La pintura llegó ayer. No falta
nada. El 24 de abril es la fecha de salida. La maniobra se alarga, porque
desaparecieron las boyas de señalización. El buzo no localiza el ancla, que
está profundamente enterrada en el fondo arenoso. La buscan para atarle un cabo
y sacarla tironeando. Tendrán que suspenderla con la corbeta o cortar la
maroma. Retrasados, al mediodía comienzan a virar. A las cinco de la tarde el
viento de sureste los aleja de Macao, admirados por los muchos pescadores que
faenan dispersos entre los islotes. Van justos de víveres. Pan, poco.
Compensarán su falta aumentando la ración de menestra, que saciará el hambre de
los tripulantes.
Si las noticias vuelan, las malas lo hacen más rápidamente. No fue el caso. Con
veinte días de retraso se conoció en Manila la desgracia del fallecimiento del
coronel Antonio Pineda. Ascendía por las penosas cuestas del monte Caraballo
cuando padeció las primeras fiebres. Es un militar curtido en batallas de
pólvora, espada y pistola, no se arrugó por una calentura. Guardó reposo un par
de días reanudando la marcha aparentemente restablecido. Su salud se
resquebrajó fatalmente explorando la ribera del río Cagayán. No llegó muy
lejos. Los padres agustinos asisten al moribundo en el vecino pueblo de Badoc.
El 23 de junio certifican su muerte. En Manila, la iglesia de San Agustín acoge
las honras fúnebres. En los terrenos de la Real Compañía de Filipinas, la expedición
ofrece su póstumo homenaje al naturalista levantando un monumento en su
memoria. Alejandro Malaspina se explaya en elogios al difunto: «ejemplo
acrisolado», «hombre humano», «filósofo instruido y laborioso », «compañero
afable y ameno». Lo leímos en su diario. Sin embargo, la muerte disfrazó la
realidad oportunamente. No es oro todo lo que reluce. A los pocos días de
atracar en Manila don Alejandro dirige a don Antonio un reprobatorio oficio
cuestionando su valía científica, apartándole del viaje. ¿Cuál es el problema?
Escribe Malaspina que la expedición tiene «un solo comandante» y este cargo no
lo ostenta el coronel, que se había extralimitado en sus competencias. ¿Se
refería al proyecto ideado en México? Suponemos que fue la causa. Desconocemos
los detalles, las medidas disciplinarias se aplicarían al regreso pero Antonio
Pineda no volvió. El destino selló la desavenencia. El coronel enterró su
secreto, el comandante compuso ditirambos.
Las lluvias pasaron. El almanaque indica el mes de septiembre. Se recupera la
actividad preparándose para reemprender la marcha. Últimas prospecciones
hidrográficas, nuevos reconocimientos terrestres, más observaciones celestes;
acondicionar las embarcaciones, acomodar la tripulación, reponer los víveres.
Labores que alargaron la estancia dos meses. Apoderándose de las primeras
brisas, en la madrugada del 15 de noviembre de 1792 las corbetas navegan con
destino a la isla de Mindanao.
Colonia de Sidney.
Provenientes del cercano Puerto Jackson, mediado el mes de marzo
de 1793, las corbetas atracan en el desembarcadero de Sidney Cove, donde la
expedición establece el cuartel general durante su estancia en Australia.
Sídney era un asentamiento reciente, del año 1788; un fuerte y un penal dieron
origen a la colonia.
Australia y Tonga, aguas de corales
Llevan tres años surcando olas, persiguiendo el viento,
buscando corrientes. Reunieron peripecias al por mayor.
Pasaron fatigas, demasiadas penalidades, tantos peligros.
El trópico diezmó con sus fiebres los efectivos. La tripulación en nada se
parece a los fortachones norteños que pisaron la cubierta en Cádiz. Débiles e
inexpertos marineros filipinos ocupan su lugar. Tampoco las corbetas son las
mismas. Hielos, vientos, tormentas, fríos y calores deterioraron al hombre y a
la máquina. La expedición no está capacitada para mayores esfuerzos. Desandar
el camino recorrido es la solución. Regresarán por donde vinieron, renunciando
a circunnavegar el globo. Antes recorrerán las aguas del Pacífico en su tramo
por Oceanía admirando el cristalino, envolvente, evocador azul turquesa de un
mar del Coral convertido en aguamarina.
Los barcos aprovechan la brisa de la tarde para doblar el farallón de la Monja,
abandonando la bahía de Manila. Cae la noche. Sopla el terral. Siguen
navegando. Costean el archipiélago rumbo al sur. Un transitar apacible,
favorecido por el aire del nordeste, que los empuja hacia Mindanao. Siete días
bastan para avistar la rada de Zamboanga, en la planicie occidental de la isla.
Buscan y encuentran sus arenosas playas, perfumadas por la fragancia que
centenares de plantas aromáticas difunden desde la orilla. Una fortaleza
milenaria domina el paraje. Ayer fue refugio de los cristianos ante la hueste
pagana; hoy es su socorro frente al sanguinario filibustero. La visita es
obligada. El gobernador los aguarda. Ha preparado exquisitos presentes y amenas
fiestas para celebrar el encuentro. Serán quince días de trabajo y diversión.
La aguada, el acopio de leña, limpiar las embarcaciones, contemplar las
estrellas, observar la naturaleza son labores cotidianas que ponen a cada cual
en su sitio. Un par de marineros realizan un trabajo singular. Diariamente
recorren las inmediaciones recolectando verdolagas silvestres. Cargaron verde
para aburrir. La planta previene el escorbuto. Ignoran por qué, pero funciona.
La vulgar lengua de gato es mano de santo. Les aporta vitamina C, calcio,
magnesio, potasio, hierro, y se puede consumir fresca o cocinada. Frecuentará
el puchero durante meses porque estos marineros la comen en potaje. Aprenderán
a distinguirla por su sabor ácido y salado.
Diciembre cuenta sus primeros días. Las previsiones meteorológicas son malas.
Se espera temporal coincidiendo con el novilunio. Conviene partir. En la mañana
del día 5 se ultiman los detalles para reanudar la navegación. Tres
embarcaciones enfilan veloces las aguas costeras. ¿Serán piratas? Secuestraron
a seis nativos que mariscaban confiados en la playa. Nadie da un céntimo por la
vida de estos inocentes. Las tropas del fortín acuden al rescate. Las lanchas
de las corbetas, también. Tienen el viento a favor, quizás consigan
alcanzarlos. La táctica es simple, cortar la huida del enemigo cercándolo en
alguna ensenada. Llevan horas porfiando. Tiempo perdido. Vuelven de vacío y la
tripulación cansada. Con el alboroto la salida se aplaza. Pasan la tarde recogiendo
verdolagas. Malaspina no quiere que falten. Le preocupa la salud de su gente.
El paladar menos. Levaron anclas en la medianoche del día 6. La maniobra es
lenta. A las cuatro de la mañana abandonan el fondeadero empujados por una
marea favorable. Enfilan la costa de Mindanao, rumbo al Pacífico. La travesía
no fue fácil. Batallaron con chubascos, tormentas, corrientes y vientos
monzónicos, movidos siempre por el ansia de nuevos hallazgos que electriza a
los descubridores. El día 22 alcanzaron las aguas del océano. Navegan también
de noche. Lo hacen en conserva, garantizando la seguridad del segundo buque.
Alternativamente, una corbeta dirige la derrota precediéndola a distancia de
una milla. Anuncia las maniobras y anticipa los peligros a la luz de la luna o
en la oscuridad de las turbonadas. El año nuevo de 1793 lo celebran en alta
mar, a la altura de Nueva Guinea. Un monótono discurrir de bordos, una sucesión
continua de latitudes y longitudes los conducen hacia las Nuevas Hébridas.
Costas rocosas cubiertas por la bruma que avistan en la mañana del 11 de
febrero. Falta un buen trecho hasta la bahía de Dusky, en el extremo sur de
Nueva Zelanda, su destino. Ahora los días duran más, las estrellas brillan con
particular intensidad y la atmósfera tiene un temple agradable, estimulante,
escribe Malaspina.
Madrugada del 25 febrero. Las corbetas se aproximan a Dusky Bay. Piensan
atracar con las primeras luces. No imaginan el riesgo que corren. La niebla
cubre la costa. Amenaza temporal. La fuerza del viento aumenta peligrosamente.
En el litoral, las ráfagas del nordeste arremeten con violencia. Imposible
fondear. Peligra la integridad de los barcos. Por la tarde todavía será peor.
La mar gruesa y el viento huracanado baten las naves. La arboladura se
resquebraja. Las roturas del aparejo y el velamen son preocupantes.
Carpinteros, herreros y ayudantes trabajan a destajo controlando los daños
reparables. Otros achican el agua, que irrumpe a borbotones por todas partes.
Están a merced de los elementos. Crujen los mástiles, el casco trema entre las
olas. Las corbetas se mantienen con velas de trinquete y gavia para evitar que
los golpes de mar inunden peligrosamente la cubierta. La alarma cunde entre los
marineros. El miedo se palpa. Los rostros expresan angustia, desasosiego,
temor. Una avería resultaría fatal en circunstancias tan adversas, sería una
tragedia. Tienen suerte. El temporal amaina sobrepasadas las doce de la noche.
Por la mañana no hay rastro del viento ni del oleaje. Solo entonces recobran el
resuello. La tempestad llegó y desapareció por sorpresa. El susto ha sido
monumental. La expedición vino con la única intención de medir la gravedad en
el paralelo 45. Juiciosamente, el comandante renuncia a la ciencia. Aprendió la
lección y no se expondrán a un nuevo frente, que destrozaría los barcos. Ocasión
tendrán de usar el péndulo cuando regresen, a uno u otro lado del cabo de
Hornos. Escarmentados, abandonan los confines antárticos rumbo a la costa
australiana. Van como alma que se lleva el diablo, a todo trapo. En solo tres
días, el 28 de febrero, más de setenta leguas los separan de un mal recuerdo.
La tripulación necesita descanso, las naves un repaso a conciencia y todos
recuperar el ánimo.
Noventa y cinco días duró el viaje de Filipinas a Australia. Son mares
conocidos y no hubo descubrimientos, anota Fabio en su correspondencia. Sí
calcularon cada metro de costa avistada, aseguraron cada posición, buscaron la
ruta más conveniente; trasladaron las matemáticas a la geometría plana de la
cartografía. Con estos mapas será difícil perderse. Doce de marzo. El día está
despejado, hay viento a favor y mar gruesa. La bandera inglesa ondea distante.
A las diez de la mañana la Descubierta fondea en Puerto Jackson; la Atrevida lo
hace algo más al sur. Un lugar hermoso, acogedor, sensorial, con encanto. El
paraje es un obsequio para los sentidos: muchas ensenadas, algunas islas
pequeñas, escarpadas orillas sombreadas por arborescentes ficus. Un bote atraca
junto a la Atrevida. Es el emisario del gobernador que vino a conocer las
novedades de los extranjeros. La entrevista es cordial, respetuosa, sincera. El
idioma no es problema porque el alférez Jacobo Murphy domina el inglés e irá
personalmente a corresponder al gobernador. El oficial da cuenta de la odisea
padecida anteayer detallando los daños ocasionados por el huracán, remarcando
el cansancio de los marineros, señalando las necesidades de agua y leña. Pide
autorización para levantar el observatorio astronómico y solicita permiso para
el despliegue de los naturalistas. Poderosas e inocuas razones que la autoridad
comprende y atiende. La pesca abunda en estas aguas, refugio de exquisitos
manjares culinarios. Como las piezas recién compradas a unos pescadores,
atentos a vender la mercancía. La tripulación está dispuesta a comprobarlo. Se
armaron los botes y los marineros se disponen a mejorar el almuerzo con algún
suculento pescado. Murphy regresa al atardecer acompañado por el juez togado,
el ayudante mayor de la plaza y algunos oficiales. Vienen en son de paz, a dar
la bienvenida. Quieren hacer amigos y colaborar, si fuera necesario.
Las ráfagas de viento esparcen sobre cubierta el aguacero que desde las dos de
la mañana arrecia sin interrupción. La lluvia dura unas cuantas horas. Dan las
seis. Las corbetas están a la vela trasladándose algo más al sur, al
desembarcadero de Sidney Cove, donde la expedición establecerá el cuartel
general. Sídney es un asentamiento reciente, del año 1788. Un fuerte y un penal
dieron origen a la colonia. Las órdenes de Malaspina son tajantes. Pretende
imponer un riguroso régimen castrense: control militar de cualquier actividad,
vigilancia nocturna de las instalaciones, recuento dos veces al día de tropa y
marinería, prohibición de consumir bebidas alcohólicas, acceso a las corbetas
denegado a las mujeres. El sistema dio sus frutos. El 27 de marzo las naves
están preparadas para zarpar. La porfía de los hidrógrafos y la curiosidad de
los botánicos las retienen en puerto. Las restantes serán jornadas de
diversión, dedicadas a confraternizar con los honorables ingleses. En una
barraca próxima al observatorio se improvisa un alegre merendero. Aquí
conversan los hombres de pro, acompañados de sus señoras. Toman chocolate y
degustan productos españoles, incluido el benéfico vino de Sanlúcar. Hoy
esperan al gobernador, que aceptó la invitación a bordo de la Descubierta. Un
día luminoso, muy apropiado para la celebración. Es recibido con honores de
teniente general. Brindan por los reyes, por las autoridades de la colonia, por
las damas presentes. A cada brindis suenan los cañones. «¡Viva el rey!», grita
la marinería mientras la banda del regimiento local interpreta God save the
king. La tripulación también tuvo sus momentos de distracción. La juerga fue
consentida. Hubo marineros que empalmaron cuatro días seguidos de fiesta y
gozaron de las oportunidades del lugar. No regresaron, los trajeron. Al más
mínimo descuido se pierde la voluntad y el ímpetu se desboca, la persona
sucumbe a la bebida, el sujeto se enfanga en el vicio, seducido por mujeres de
vida disoluta. La conducta de muchas es tan libertina que, comparadas con
ellas, las prostitutas de otros lugares dan ejemplo de castidad. Son
comentarios vertidos por Alejandro en su diario.
Amanece el 11 de abril. La dotación desamarra las corbetas y tardan poco en
largar velas. Navegan veloces, con todo aparejo, alejándose de la costa antes
de que se calme el viento. Olvidaron visitar la gran barrera coralina. Ahí
encalló el barco del capitán Cook. Se dirigen al norte de Nueva Zelanda.
Polinesia es su destino, las islas Tonga. Buscan el puerto de El Refugio en la
isla Vavao. Transcurridos quince días, sesenta leguas los separan del litoral
neozelandés. El tiempo amenaza con cambiar a peor. Las condiciones atmosféricas
no presagian nada bueno. Los horizontes cargados, la cercanía del plenilunio,
el viento recio soplando a ráfagas, la masiva confluencia de aves, todo anuncia
temporal. Un pronóstico certero. A medianoche el viento empuja las velas con
violencia. Los embates del mar son continuos. El agua cubre la cubierta. La
lluvia y la cerrazón del cielo impiden la visión. A duras penas se distinguen
las corbetas. Un marinero de la Atrevida cae al agua arrastrado por el oleaje.
Imposible rescatarlo. Cuarenta y ocho horas se mantuvo activo el frente. Los
daños son cuantiosos. Improvisadas reparaciones remedian las averías más
urgentes. Mayo comienza en calma, una vez superada la posición de Nueva
Zelanda. Tres semanas escasas faltan para arribar a puerto. Veinte de mayo. La
noche ha sido lóbrega, con chubascos y viento fresco. Atrás quedan los primeros
arrecifes. Un laberinto de pequeñas islas encadenadas. Entre brumas, pasadas
las cinco de la mañana avistan la costa. Es la isla Vavao, una plataforma
coralina con arenosas playas pobladas de cocoteros. La primera canoa se acerca.
Transporta a tres nativos curiosos, que regresan encantados con las sencillas
bagatelas de colores recibidas como regalo.
Al atardecer las corbetas fondean en El Refugio. Los nativos son ahora
multitud. El jefe Dubou, un anciano corpulento, sube a la Descubierta antes de
atracar. Tiene prisa por ganarse la confianza de los desconocidos. Ha viajado
ostentosamente en una canoa doble construida de una sola pieza. Trae regalos de
bienvenida —una cachiporra, una gallina y algunas raíces vegetales— y saluda
amistosamente al comandante. Estas gentes ni se abrazan ni se estrechan la mano
al estilo europeo, rozan nariz con nariz en señal de afecto. Nadie entiende a
los nativos, pero los gestos son suficientes para adivinar el significado de
los sonidos. El jefe Tumoala accede a la Atrevida. Las escenas se repiten. Al
poco rato las naves son un gran bazar donde utensilios y comestibles se cambian
por abalorios y ropa. Las mujeres se muestran zalameras, insinuándose por el
capricho de cualquier friolera. La vigilancia es mucha pero los robos resultan
inevitables. Los indígenas son hábiles sustrayendo objetos. Un nativo invadió
los camarotes de estribor de la Descubierta, apropiándose de varias
indumentarias. Sigiloso, alcanza la canoa y se marcha. No irá lejos. Los
guardias se percataron y dieron la alarma. La noche puso fin al trueque.
Hombres y mujeres son expulsados sin miramiento. La tranquilidad vuelve a las
islas de madera. Conviene descansar. Para mañana la lista de tareas es amplia.
Comenzar la aguada, iniciar el acopio de leña, situar el observatorio, empezar
los reconocimientos hidrográficos, poner en funcionamiento la fragua. Herreros
y carpinteros tienen entretenimiento reparando el casco y la arboladura, muy
dañados por el temporal.
No tardó el jefe principal, Vuna, en hacer acto de presencia. Está contrariado
porque suplantaron su autoridad. Viene cargado de regalos. Conoce la
generosidad de estos navegantes y desea ser correspondido con la distinción que
merece su rango. Las jornadas pasan entre muchos quehaceres y bastantes
distracciones. Las ocupaciones son repetidas, nuevas las diversiones: degustar
el cava, bebida fermentada que los naturales consumen como agua, y deleitarse
con sus bailes. Danzas que los nativos escenifican en la playa entonando
hermosas canciones. Ritmos tribales agradables por su simplicidad y la
seductora sonoridad de voces e instrumentos. Buen clima, buena música, bebida
abundante, bellas mujeres. Descubrieron el paraíso. Malaspina se muestra
risueño y distendido, sentado en la playa bajo los cuidados de dos atractivas
muchachas de busto desnudo con prominentes senos. Al menos, así presenta la
escena el sugerente dibujo realizado por el pintor Ravenet.
Hoy los oficiales se levantaron graciosos, incluido Alejandro. Vuna será la
víctima inocente del buen humor general. Le pierden las mujeres y morderá
fácilmente el anzuelo. El cebo es el lienzo de una agraciada señora de rasgos
occidentales que se balancea seductora en una hamaca. La sensualidad del
momento hechizó al jefe. Quiere conocerla. Saber dónde está. Cómo conseguirla.
Ofrece a cambio cuantas nativas deseen. Si es preciso, se embarcará para ir a
su encuentro. El impulso disminuye al saber que esta mujer no comparte marido,
que deberá ser fiel renunciando a las atenciones de las demás esposas. El coste
a pagar es alto. Lo pensará. En las corbetas el trapicheo continúa a diario. Un
cerdo mediano se cambia por dos cuchillos o una pieza de tela. Gallinas,
plátanos y cocos se compran con colgantes de cuentas coloreadas. El precio
varía según el cariz que tome el negocio. Sobra el tiempo. Don José aprovecha
el descanso para visitar el poblado de Leyafú y conocer la casa de los dioses.
Le contaron maravillas y arde en deseos por comprobarlo. Dos horas en lancha
dura el viaje. El emplazamiento es delicioso. Una planicie rodeada por
frondosos árboles alberga un edificio admirable. Catorce portentosas columnas
de madera sostienen la techumbre y delimitan un recinto cóncavo cerrado con
esteras de palma. La llanura de los silencios podría llamarse. Ninguna voz,
ningún susurro debe molestar a las deidades que lo habitan. Nadie las ve, pero
aquí moran las divinidades cuando visitan la isla para reconfortarse entre los
humanos. Todos los dioses tienen su templo, pensará Bustamante. Este es
singular, delicado.
La felicidad no es eterna, tiene fecha de caducidad. Llega el momento de
partir. Los viajeros se despiden a lo grande, escenificando una parada militar.
El 25 de mayo de 1793 es la fecha. Todo está dispuesto, la tropa organizada y
el desfile preparado. Jefes y oficiales se dirigen a la playa. Antes es preciso
efectuar la consabida parada en la casa del cava para aliviar la sed. Los
espectadores se impacientan. Desfilan las primeras unidades. Los aplausos
arropan cada movimiento. Giros, carreras y marchas son recibidas con
entusiasmo. La tarde es hermosa, el lugar ameno, el sol resplandece sobre las
bayonetas, arrecia el clamor popular. Las circunstancias convierten el acto en
algo «grande» y «majestuoso», escribe Malaspina. El final fue estruendoso. Tres
descargas de fusil que alarman a la concurrencia. El susto pasa pronto. El
espectáculo continúa. El turno corresponde a los anfitriones. Los indígenas
danzan y cantan al son del palo hueco, de la caña rasgada, de la percusión. Sin
pausa, enlazan armónicas canciones con acrobáticos bailes. La fiesta ocupó el
resto de una tarde memorable.
El reloj marca las dos de la madrugada del día 1 de junio; los marineros
comienzan a levar anclas. Raya el día cuando las corbetas largan velas. El
viento escasea y la bruma cubre el horizonte. Pronto la isla Vavao se confunde
con el mar. La expedición no parte sin enterrar la consabida botella
testimoniando la pertenencia del territorio a la corona española. Lo hacen con
anuencia del jefe Vuna, que ha recibido su recompensa. Durante el acto se
agitan las banderas entonándose una retahíla de vivas al Rey, coreados por los
nativos con intención de agradar. Ingenuidades de militares. Mañana será otro
día y vendrán nuevos barcos que tomarán posesión de estas playas si lo desean.
La ciudad de Cádiz contemplada desde el castillo de San
Sebastián.
Clareando la mañana del 21 de septiembre, Cádiz recibe a los
viajeros con su habitual resplandor matinal. La bahía está repleta de
embarcaciones. Pronto las corbetas unen sus mástiles a tantos otros como
apuntan hacia el cielo. El muelle no está concurrido para la ocasión. Todos
conocían la fecha de partida pero ignoraban la del regreso; incluso si lo
harían.
Regreso a Cádiz
Cinco días duró el recorrido por el islario. Ninguna
novedad navegando entre bancos de coral. Continuas mediciones de longitudes y
latitudes que determinan la posición en todo momento.
Las mismas canoas con repetidos indígenas contaminados
por la civilización occidental, acostumbrados al trueque, habituados a cambiar
sus bienes por afilados cuchillos, por pedazos de bayeta y cuentas de colores.
Abandonan el archipiélago. Las aguas del Pacífico los conducen al litoral
peruano. El sol y los chubascos se suceden rítmicamente. El vuelo de
procelarias y pamperos precede al mal tiempo, mientras que el aleteo de
rabijuncos y el nadar de las ballenas anuncian bonanza, alegrando el espíritu.
Descendió la temperatura. Hace frío. Un ponche caliente le vendría de perlas a
la guardia nocturna. En adelante no faltará. Veintidós de julio. La costa se
muestra franca, la brisa sopla con fuerza. Es noche de luna llena, y en este
litoral abundan los lobos marinos. Por la mañana, oculta entre la niebla, se
adivina la figura de El Callao. Esperan atracar al atardecer. Son poco menos de
las nueve cuando tocan puerto, empujados por la marejada y las corrientes. Bastaron
unos días para desaparejar las corbetas. La expedición afronta una larga
espera, alojados en el conocido retiro de la Magdalena. Volverán a navegar en
octubre, pasada la estación lluviosa. Hay muchos tripulantes enfermos. Unos
sufren del pecho, otros están agotados, bastantes cogieron venéreas y no faltan
individuos con disentería. Serán atendidos en un centro privado, porque la
asistencia pública no es recomendable. En el limeño Hospital Real de San Andrés
triunfa el desaseo, abunda el desorden, cunde la ineficacia, predomina la
impericia de los facultativos. Nadie diría que aquí curan a los pacientes, más
bien los mortifican. Lo afirma Malaspina.
El científico Tadeo Haenke no permanece en Lima. Se marcha a Buenos Aires.
Conoce el trayecto. Su intención es explorar las regiones de Huancavelica,
Cuzco y Potosí. Una extensión de terreno considerable. Tiempo tiene hasta
noviembre del próximo año para andar el camino y regresar a España por su
cuenta y riesgo. Es una triquiñuela, no piensa volver a Europa. Fijará su
residencia en Cochabamba, donde morirá repentinamente dentro de veinte años;
envenenado, al decir de sus amigos. El botánico Luis Neé sí cumplirá su
palabra. Desembarcará en Talcahuano para recorrer la cordillera andina hasta
Santiago, pasando luego a Buenos Aires y reincorporarse al grupo en Montevideo.
El correo de agosto trae pésimas noticias. España ha declarado la guerra a
Francia. La contienda los coge desprevenidos. La capacidad militar de las
corbetas es limitada y su estrategia bélica será defensiva. En adelante
navegarán por separado evitando el riesgo de un encuentro simultáneo con la
marina francesa. La tarde del 16 de octubre abandonan el puerto. Navegan a su
aire, con independencia. La Atrevida muestra su velocidad punta distanciándose
más de una legua. Durante unos días se pierden de vista. El trayecto es un ir y
venir aprovechando los vientos y acomodándose a las corrientes. El 8 de
noviembre la Descubierta alcanza el fondeadero de Talcahuano. La tarde anterior
lo hizo la Atrevida. Permanecen en la bahía un mes escaso. Les ocupan las
habituales tareas: el agua, la leña, los víveres, mirar el cielo, inspeccionar
el mar, el cuidado de los enfermos. Los naturalistas partieron, una
preocupación menos. El 2 de diciembre la Descubierta verifica la salida. Un día
después lo hace la Atrevida. Pasarán el año nuevo navegando. Mediado el mes de
febrero de 1794, se reencuentran en aguas del Río de la Plata.
Puerto de Montevideo, 10 de junio. Llegaron desde Buenos Aires los caudales que
las corbetas deben transportar a la península. Hoy mismo pueden hacerse a la
mar, pero aún tardan una decena de días. Neé ha vuelto con el herbario repleto
y los bolsillos llenos de piedras. Lo atrapó el gusanillo de la litología.
Haenke manda saludos desde Cuzco. Celebra sus progresos, esconde su secreto.
Los demás anduvieron ocupados en tareas conocidas, repetidas mil veces. Llevan
cuatro meses esperando la formación del convoy que escoltarán hasta la bahía
gaditana. Unos barcos son locales y otros vinieron desde Lima protegidos por la
fragata Gertrudis, que también los acompañará en el viaje de vuelta a la
península. Vista de lejos, la agrupación resulta formidable. En la cercanía el
sueño se desvanece. Son un puñado de endebles navíos mercantes defendidos por
una fragata de guerra y dos corbetas modificadas con escaso armamento. Poca
munición, pocos hombres y mucha madera que defender. Navegarán integrando tres
divisiones, para impresionar. En caso de combate la consigna es inequívoca:
huir mientras se distrae al enemigo. Meras conjeturas. No hay de qué
preocuparse. Resulta casi imposible que aparezcan los navíos franceses. Es más
fácil que una tempestad hunda la flota a que lo hagan los cañones enemigos. El
21 de junio, festividad de san Luis Gonzaga, zarpa el pintoresco convoy. Tres
meses dura el viaje. Sobró la pólvora. Llegaron a Cádiz sin disparar un
cañonazo. Clareando la mañana del 21 de septiembre, la Tacita de Plata recibe a
los viajeros con su habitual resplandor matinal. La bahía gaditana está repleta
de embarcaciones. Con la ayuda del terral, las corbetas unen sus mástiles a
tantos como apuntan hacia el cielo. El muelle no está concurrido para la
ocasión. Todo el mundo conoce la fecha de partida pero ignoran cuándo vuelves.
Para el comandante Malaspina terminan cinco años dedicados a examinar «el
bienestar de la humanidad», durante los cuales ha sido muy dichoso. Lo leemos
en la carta que Alejandro aún no ha escrito a su amigo Paolo Greppi.
Castillo de San Antón.
El castillo de San Antón, A Coruña, es una fortaleza del siglo
XVI construida sobre un pequeño islote de la bahía coruñesa con la finalidad de
proteger la ciudad de los ataques marítimos. Durante el siglo XVIII se
convierte en prisión, y allí fue a parar Alejandro Malaspina el año 1796. No
fue el único personaje célebre que acabó encarcelado en esta fortaleza-prisión.
Antes lo hicieron Melchor de Macanaz y el general Antonio Villarroel, por
ejemplo. Después, con peor fortuna, Juan Díaz Porlier, ahorcado en el año 1815.
Actualmente, el castillo es la sede del Museo Arqueológico Municipal. La
maqueta de la imagen representa la fortaleza en su disposición original.
Epílogo. El Castillo de San Antón
La Gaceta de Madrid y el Mercurio de
España dan la noticia en sus ediciones de diciembre.
El día 7, el monarca Carlos IV recibe en palacio a los
capitanes de navío Alejandro Malaspina, José Bustamante y Dionisio Galiano y al
teniente Ciriaco Cevallos. El ministro Antonio Valdés oficia la ceremonia. Los
homenajeados dispensan al rey el tradicional besamanos. Hace dos meses que
Alejandro solicitó la recepción. La carta llegó al despacho del ministro, quien
supo que besar la mano de su majestad era el «único descanso» al que aspiraban
los comandantes de la Descubierta y la Atrevida en pago a sus desvelos. Verdad
a medias. La aduladora muestra de gratitud, respeto y lealtad es sincera, pero
también encierra la noble intención de embelesar al monarca consiguiendo su
bendición para gastar lo que no hay. El súbdito pide dinero para ordenar los
materiales. ¿Cuánto? Poco, la cantidad necesaria para pagar el traslado y la
manutención en Madrid de cuatro personas; una suma ridícula comparada con las
cifras manejadas en los últimos cinco años. Costear el viaje y dar de comer al
hambriento, qué menos se puede pedir. Informan los periódicos de cosas sabidas,
las obviaremos. Lo ignorado es el valor de las mercancías, de la plata
transportada por el convoy al que unieron sus baterías las corbetas
protegiéndolo del revolucionario francés. La cantidad asciende a la friolera de
ocho millones de pesos. Suma que, a no dudar, puso de buen humor al soberano.
Desvela el Mercurio que, llegados a tierra, el ministro Valdés continúa
patrocinando la expedición, sigue velando por sus intereses. Los resultados del
viaje no tardarán en presentarse al público, concluye el cronista. Buenos
deseos, falsas ilusiones.
El tiempo no pasa en vano. Ni la monarquía es la de antaño ni don Alejandro se
reconoce en el atrevido capitán de fragata que un día lejano salió a
circunnavegar el globo. La experiencia lo modeló afianzando sus principios,
consolidando su filosofía del bien común. Termina la función, suenan los
aplausos. En la soledad del camarote el comandante se enfrenta a la eterna
encrucijada, decidir cuál será su nuevo papel en la «gran comedia del mundo».
¿Quizás ha llegado el momento de retirarse? ¿Acaso sea esta la última
oportunidad para salir del escenario arropado por las ovaciones? La duda lo
atormenta. Ignora incluso sus planes inmediatos. Hay desidia en su
comportamiento. Actúa impulsivamente. Renunciar al ascenso a brigadier ha sido
un error. En un ambiente dominado por las intrigas palaciegas, consolidar la
posición resulta la mejor opción. Malaspina es un hombre conocido en el juego
de la vida cortesana. Se sabe querido y estimado, se siente unido a lo más
sabio y virtuoso del país. Lo mueven el trabajo y el amor por los semejantes,
cualidades que no lo ayudarán a cumplir su deseo de reformar una monarquía que
no quiere regenerarse. La partida se juega con cartas marcadas, y la va a
perder.
En los primeros meses de 1795 Alejandro elabora una memoria sobre la paz con
Francia que hace llegar al ministro de Estado, Manuel Godoy, por mediación de
Antonio Valdés. Los folios lo identifican como un peligroso rival. Las páginas
merecen el desprecio del mandatario y, lo peor, le ponen sobre aviso. Malaspina
descubre sus intenciones, ha decidido meterse en política. Su futuro pende del
hilo absolutista de su graciosa majestad. En marzo asciende a brigadier. Su
nombre suena como próximo ministro. Será pasando por encima del cadáver de don
Manuel. Ambos lo saben. El relato de la expedición deja bastante que desear.
Los problemas se multiplican. Ha trabajado mucho y no obtuvo en proporción. Al
menos el consulado de Cádiz se compromete a publicar la obra. A primeros de
noviembre obtiene una licencia de cuatro meses para viajar a Italia. No la hace
efectiva y pierde la oportunidad de salir airoso del infame trance que lo
acecha. La noche del 23 de noviembre Malaspina es arrestado en su domicilio de
Buenavista. Después, por los mismos hechos, idéntica suerte corren el religioso
Manuel Gil, colaborador en la redacción del viaje, y la marquesa de Matallana,
dama de compañía de la Reina. La noticia prende como la pólvora. El gobernador
de Madrid teme que la detención del marino ocasione tumultos dada su
popularidad. Los motivos del arresto se ignoran. Los rumores toman la calle.
Los más atrevidos hablan de un complot contra el brigadier. Los fantasiosos
achacan el arresto a la venta de una isla descubierta en el Pacífico. La
situación es impredecible e incierta. Los amigos andan temerosos. Durante días,
Malaspina permanece incomunicado en el cuartel de las Guardias de Corps.
Reunido el consejo de Estado, el viernes 27 el monarca ratifica el
procesamiento de los encarcelados, acusados de conspiración. El juicio se
desarrolla con premura. Los imputados están desprotegidos. Ni siquiera pueden
nombrar defensor. Preside el tribunal el obispo de Salamanca. Transcurridos
cuatro meses, no hay ni pruebas ni confesiones. El proceso entra en un punto
muerto pero Godoy sabe cómo salir del atolladero. Arbitrariamente, Carlos IV
firma un decreto condenando a los inculpados. Alejandro Malaspina es degradado
y expulsado de la Armada, condenado a la pena de diez años y un día de privación
de libertad encerrado en el castillo coruñés de San Antón. Seis pasó rodeado de
agua, encerrado entre viejos muros levantados sobre un solitario islote. Tuvo
tiempo para pensar, leer y escribir.
¿Qué sucedió? En los últimos tiempos Malaspina olvida los diarios de navegación
y da un paso al frente en su afán regeneracionista. Confiado en sus
posibilidades, el brigadier busca la manera de informar al rey sobre los
desmanes cometidos por el ministro Godoy, de contarle la vida licenciosa que
practica, de mostrarle la incapacidad del arrogante sujeto para gobernar; en
tres palabras, planea su destitución. En la trama participan la reina María
Luisa y la marquesa de Matallana. Su majestad lo hace por despecho al amante.
El joven ministro hace tiempo que no visita su alcoba, y los celos la
mortifican. La pasión ciega a la primera dama. La Matallana tiene amistad con
Alejandro. Es una intrigante cualificada y está en su salsa. La reina es mujer
de poco fiar y oculta sus verdaderas intenciones. Pretende atraer al infiel
para dejarse caer en sus brazos sacrificando a los cómplices. Una táctica
conocida. No es la primera vez que la usa. Malaspina desconfía, hasta el punto
de que del memorial que reciba doña María Luisa ni una palabra sale de su puño
y letra. Él dicta y la marquesa escribe. Nunca podrán relacionar su caligrafía
con el documento. Otra dama de la corte, María Frías Pizarro, querida y
confidente del ministro, está al tanto de los hechos y pone al amante en
situación. Tampoco falta un confesor que cuenta los pecados regios. La reacción
de Godoy al descubrir la intriga es radical: eliminar al rival. Si pudiese,
rodarían cabezas.
Domingo 22 de noviembre, monasterio de El Escorial. El consejo de Gobierno
celebra reunión extraordinaria para deliberar sobre el caso Malaspina. El
primer ministro toma la palabra, expone su relato. Es un hábil orador. Además,
quienes lo escuchan no tienen la menor intención de contradecirle. Sabiéndose
ganador, tergiversa los hechos, retuerce los argumentos, inventa una
conspiración, convirtiendo un asunto personal en una causa de Estado. Alejandro
carece de apoyos en la sala. Su otrora valedor, Antonio Valdés, dimitió
recientemente del cargo de ministro para quitarse de en medio. Carlos IV, más
interesado en ir de caza que en impartir justicia, resuelve el asunto con la
detención inmediata de los inculpados, tal y como desea Godoy.
Marzo de 1803. Alejandro Malaspina desembarca en Génova. La pena de prisión fue
conmutada por el destierro. La mediación de Napoleón ha surtido efecto logrando
su excarcelamiento. De Génova se traslada a Mulazzo, donde hace cuarenta años
que no pisa. Vive en Italia, pero sus ojos miran con pesar hacia la otra orilla
del Mediterráneo. Piensa en cómo volver. Amigos no le faltan. Dinero, tampoco.
Los últimos meses de su vida fueron duros. Una grave enfermedad postra al
marino en cama. El 9 de abril de 1810, en su residencia de Pontremoli, «a las
10 de la noche dejó de vivir el docto y célebre señor Alejandro Malaspina de
Mulazzo». La noticia aparece en la Gazzetta di Genova nueve días después del
óbito. Murió sin cumplir el sueño de regresar a su patria adoptiva.
https://www.fbbva.es/microsites/malaspina/index.html
https://www.fbbva.es/microsites/malaspina/rumbo-a-las-americas.html
















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