domingo, 2 de agosto de 2026

 El método histórico-crítico en filosofía

Filosofía e historia de la filosofía

No se comprendería el sentido y el peso del método histórico-crítico en el ámbito de la filosofía, si no se advirtiera la íntima relación que media entre ese peculiar modo de interrogar y saber y su propia historia.1 Ciertamente, también existe una historia de la ciencia, pero no es usual que un científico tenga más que un conocimiento elemental de la historia de su propia disciplina. De hecho, incluso, en muchos casos podría desplegar su tarea investigativa con prescindencia de tales antecedentes, excepto, quizá, los más inmediatos. Claramente, hoy no hay astrónomo para el cual resulte relevante la teoría ptolemaica o un biólogo para el que tuviese alguna significación la concepción de la generación espontánea de la vida. En todo caso, se trata del registro de los esfuerzos multiseculares que fueron necesarios para llegar al actual desarrollo de la ciencia empírica, con conciencia, además, de que, a futuro, posiblemente muchas teorías vigentes pasen también al olvido.

En contraste, no hay filosofía sin historia de la filosofía, y esto, porque ninguna teoría filosófica pierde vigencia por completo. Tratándose de un modo de indagar que refiere a lo inteligible, no resulta "falsable", para utilizar un término característico de la epistemología popperiana, al menos, no en el sentido en que son falsables las hipótesis formuladas en el ámbito de las ciencias empíricas. En filosofía, no hay experimentación bajo variables controlables, ni medios o instrumentos técnicos que, alcanzando un mayor grado de perfección, pudiesen fortalecer o descartar una determinada interpretación de los hechos. En general, si una doctrina filosófica resulta suficientemente coherente y brinda una justificación lógica y racionalmente aceptable, puede tener buenas chances de formar parte del elenco de opciones explicativas de lo que podríamos llamar, de manera muy amplia, la estructura profunda de "lo real".

Por otro lado, vistas, así las cosas, es cierto que la filosofía podría parecer mera opción entre interpretaciones sin mayor sustento, asunto propio de diletantes, o alarde de erudición carente de real contenido que la volvería prescindible, cuando menos, en lo que hace al conocimiento propiamente tal. También podría, incluso, dar la impresión de que la elección entre semejante variedad de interpretaciones procede de una decisión basada en el gusto, algo así como una preferencia estética, o bien está vinculada a intereses extraños a la filosofía, sea culturales, ideológicos, religiosos o de la índole que fuere.

Con todo, eso no alcanzaría a explicar la imperecedera pervivencia de la filosofía y su papel hasta decisivo en la determinación del Zeitgeist, del espíritu de cada época. Y porque la filosofía constituye el esfuerzo por desentrañar el sentido más profundo de lo que es y de lo que acontece no cesa de permanecer en diálogo continuo con las respuestas que se han formulado en el pasado. Así, es posible ver la historia del pensar occidental como un continuo retomar, repensar y recrear ciertos modos fundamentales de interpretar el mundo, de tal forma que, por mencionar tan solo un caso al azar, si san Agustín reformula algunas nociones centrales de Platón bajo el horizonte del cristianismo y, al hacerlo, funda una nueva comprensión de lo real, es posible, también (tal como lo ha hecho Heidegger) ver la doctrina kantiana como una nueva y distinta reinterpretación de Platón. La ciencia empírica, por lo demás, no bastaría para satisfacer los interrogantes que la exceden y que solo pueden plantearse en el campo de la filosofía. Por ende, parece un hecho incontestable que la extensa saga protagonizada por este singular modo de interrogar y de conocer resulta imposible de desestimar.

Y puesto que esas variables formas de interpretar la realidad no acaban de perder vigencia y se transforman continuamente conservando parte de lo precedente y modificándolo al mismo tiempo, resulta bastante improbable hallar un filósofo que no haga referencia a las doctrinas del pasado o que, al menos, no deba presuponerlas. Esto, no obstante, no dice nada aún sobre el grado de precisión que ese filósofo tenga respecto del conocimiento de tales doctrinas. De hecho, Heidegger sostiene, por ejemplo, que, pese a la genial recreación de algunas ideas precedentes que implica su propuesta, Kant hubiese reprobado un examen de historia de la filosofía. Por nuestra parte, no nos cabe duda de que el impacto de una teoría filosófica no se encuentra necesariamente en la calidad de su conocimiento del pasado; puede, incluso, que llegue a tergiversarlo de un modo casi inaceptable. Los ejemplos abundan y solo para mencionar alguno reciente nos parece que la identificación posmoderna de "la" metafísica con "el" platonismo a secas ronda lo inadmisible, puesto que los hechos parecen mostrar, mucho más, una diversidad de doctrinas metafísicas que pueden estar, incluso, encontradas con el platonismo. No obstante, el pensamiento posmoderno ha mostrado con creces que su crítica demoledora a "la" metafísica es, o aparenta serlo, una última versión de la crítica que usa descaradamente la propia universalización platónica de una pluralidad de doctrinas (como si solo hubiese una forma única e ideal) para desarticular la entera historia del pensar precedente. Y en eso ha mostrado ser muy efectivo. Aun así, lo único que demuestran estos contraejemplos es que prácticamente no hay manera de que la reflexión del filósofo se produzca completamente al margen de las marcas que han quedado a lo largo de la historia de la filosofía.

Bien es cierto, según ya lo hemos anticipado, que el filósofo no es necesariamente un historiador de la filosofía, sino más bien lo contrario; en general, nunca lo es. Pero esa ineludible necesidad de pensar sin poder prescindir de lo ya propuesto hace que la historia de la filosofía ocupe un sitial de enorme importancia. Ahora bien, si para los historiadores de los hechos generales es una cuestión compleja determinar el modo de acceso al pasado, más aún parece serlo para los historiadores de la filosofía y, qué duda cabe, también para los filósofos en sentido estricto. De hecho, probablemente, Heidegger también hubiese reprobado un examen de historia de la filosofía, pese a la vasta influencia que ha ejercido su pensamiento.

Una primera aproximación: el documentalismo

Ese papel extremadamente relevante de la propia historia para el caso de la filosofía es lo que justifica en este campo el rol señaladamente importante del llamado método histórico-crítico. Pero ¿qué se entiende por método histórico-crítico? Pese a lo que pudiese parecer a primera vista, la respuesta a este interrogante no es tan sencilla.

Está claro que, al igual que en la ciencia histórica general, hay, en especial respecto de lo producido en ciertos periodos distantes en el tiempo, una lógica necesidad de recuperar documentos (claramente, textos filosóficos) que no siempre han llegado hasta nosotros o no lo han hecho en sus versiones originales.

Al respecto, el caso del pensamiento de los mal llamados filósofos "presocráticos"2 o "físicos" resulta paradigmático. Es sabido que las grandes figuras de la filosofía griega, por ejemplo, Platón, han incluido en sus obras referencias a los pensadores precedentes, si bien, en general, lo han hecho con libertad y sin que sea posible fiarse enteramente de ellas como si se tratase de referencias precisas. Aristóteles, por su parte, recopiló el pensamiento de los filósofos más antiguos en el comienzo de su Metafísica3 y también de su Física. Pero han sido sobre todo autores menores los que, a través de sus comentarios, biografías, compilación de fragmentos y paráfrasis, dieron lugar a la llamada doxografía, término acuñado por el helenista alemán Hermann Diels en el siglo XIX para designar aquellas colecciones de opiniones de los filósofos más antiguos.4 En cuanto a esto, se considera que, ya en la Antigüedad, Teofrasto habría sido el primer doxógrafo.

No es necesario insistir demasiado en hacer notar las complicaciones implícitas en esta tarea: textos incompletos, referencias indirectas, dificultades sintácticas y semánticas para determinar dónde se iniciaba y dónde concluía una cita literal son algunos de los obstáculos que se debieron enfrentar.

Lo que efectivamente sucedió respecto de los filósofos más antiguos se dio, asimismo, de diferentes maneras, con relación a pensadores muy posteriores. La tarea de determinar las fuentes, de reconstruirlas si fuese el caso, de dilucidar entre los manuscritos que pudiesen haberse conservado cuál es el texto más aproximado al original o cuál es su datación, la a veces difícil decisión acerca de la autenticidad de una obra son tan solo algunos problemas surgidos de la necesidad de conocer adecuadamente la génesis y producción de los textos filosóficos, no solo de la Antigüedad, sino también del Medioevo. Y pese a que, en primer lugar, la labor de los copistas y, luego, fundamentalmente, la invención de la imprenta allanó muchas de tales dificultades, estas no desaparecieron por completo en lo que hace a los textos filosóficos de las edades moderna y contemporánea, en las cuales, las más variadas razones, tales como un conflicto bélico o los avatares de la vida de un autor, pudieron también ocasionar dificultades para la fijación y depuración de los textos.

Es comprensible, por tanto, que a menudo la indagación del pasado filosófico haya debido incluir o recurrir a una diversidad de instrumentos metodológicos, como la paleografía, la grafología, la estilometría, la ecdótica y, en especial, la filología.

En consecuencia, la muy antigua necesidad de conservar y transmitir las doctrinas de los filósofos precedentes se fue complejizando crecientemente con el correr del tiempo. Es así que, en un clima intelectual en el que cada vez más se exigía la determinación de métodos específicos para cada ciencia, se puede decir que el método histórico-crítico en el campo de la filosofía se configura como tal, en el sentido en que hoy lo entendemos, sobre todo hacia el siglo XIX.

Por lo demás, este método no se ha ceñido exclusivamente a la datación, génesis, fijación y depuración de los textos fuentes que, en consonancia con otros métodos e instrumentos, han contribuido, en muchos casos, a la publicación de la edición crítica correspondiente de tales escritos, sino que, dado su carácter precisamente histórico, ha prestado atención a los procesos diacrónicos, en el sentido de lo que algunos han llamado la transmisión del saber, esto es, la determinación de los procesos de recepción e influencia de ciertas doctrinas en otras posteriores respecto de las cuales constituirían sus fuentes. A este respecto, el conocimiento del "estado de la cuestión" que propició la formulación de una determinada doctrina resulta tan importante como el seguimiento de sus efectos posteriores.

Tenemos así que el método histórico-crítico interviene, junto con otros métodos e instrumentos de estudio, en la búsqueda y determinación de los textos, pero también en la investigación de su génesis. A estos elementos relativos a los documentos filosóficos, que podríamos calificar de internos, dado que refieren a su contenido, desde luego se agrega la indagación respecto de las circunstancias "externas" bajo las cuales se formularon las doctrinas filosóficas. Nos referimos a la situación histórica en la que tales doctrinas surgieron, que incluye circunstancias institucionales, políticas, culturales, religiosas o económicas, como también a acontecimientos relativos a la vida del pensador en cuestión. No de otro modo puede comprenderse el sentido de algunas obras que fueron compuestas bajo la impronta de algún hecho de la historia de la humanidad o de la historia personal de sus respectivos autores.

El valor de tales investigaciones resulta innegable; constituyen un punto de partida imprescindible. El conocimiento de las condiciones históricas externas y, sobre todo, internas bajo las cuales se fueron encadenando las diversas doctrinas filosóficas desde el inicio del filosofar en la Antigüedad hasta nuestros días es un pilar en este campo del saber, tanto que, en las escuelas filosóficas de todos los tiempos como en la institución universitaria desde el Medioevo hasta el presente, la consideración de las doctrinas precedentes se conserva y practica de un modo u otro como indispensable. Al respecto, puede resultar ilustrativa la modalidad de enseñanza filosófico-teológica propia de la naciente institución universitaria en plena Edad Media. La lectio tanto como la quaestio, que era la unidad didáctica por excelencia, implicaban el necesario conocimiento de lo que los philosophi y los sancti, es decir, los filósofos paganos y los primeros pensadores cristianos, habían respondido frente a las cuestiones fundamentales. Basta hojear, por ejemplo, la celebérrima Summa theologiae, de Tomás de Aquino, para notar inmediatamente que su estructura arquitectónica, fundada en la quaestio, es decir, en el planteamiento de interrogantes bien definidos, exigía que la respuesta del maestro estuviese precedida por el relevamiento de las principales tesis formuladas por sus predecesores sobre el particular. Esta exigencia, mutatis mutandis, ha permanecido hasta el presente en nuestras facultades de Filosofía por cuanto prácticamente no es concebible la presentación de una tesis de licenciatura o de doctorado, como tampoco un proyecto de investigación, que no comience por el establecimiento del "estado de la cuestión". Y tal cosa no sería posible si no se apelara en alguna medida al método histórico-crítico.

Historia e historiografía

No obstante, si resulta imposible desconocer en la doctrina de un autor los elementos dependientes de lo histórico, parece evidente que tampoco se la puede equiparar a ellos. De lo contrario, la historia de la filosofía quedaría reducida a mera historiografía, una labor propia de eruditos y museólogos, pero sin interés especulativo relevante. Incluso, sobrevendría la grave dificultad de llegar a admitir que, si el pensamiento de un autor está por completo determinado por variables históricas, en rigor sería prácticamente intraducible e incomprensible para las generaciones posteriores. El estudio histórico de las teorías filosóficas se sostendría, entonces, en la mera curiosidad o, quizá, en un interés estético por un pasado especulativo devenido en monumento cultural.

Por consiguiente, se abre aquí el primer desafío evidente en la aplicación del método histórico-crítico, el cual consiste en encontrar el adecuado equilibrio entre las marcas propias del contexto cultural en el que se gesta una determinada doctrina filosófica y el reconocimiento de aquellos ingredientes que trascienden la época y permiten el diálogo con las teorías formuladas en el pasado y, claro está, su recepción, comprensión y reformulación. La historización radical de los desarrollos filosóficos conduciría a una discontinuidad tal entre las formulaciones del pasado respecto de las presentes que las volvería inútiles e ininteligibles, algo que, en los hechos, no parece haber sucedido. Tanto es así que, incluso, en las corrientes filosóficas que consideran la pretensión de verdad una aspiración imposible, el diálogo con las doctrinas precedentes se establece de un modo u otro, aunque más no sea con una intención deconstructiva y disolutoria.

Parece razonable, entonces, reconocer que, si el historiador de la filosofía no siempre ni necesariamente es un filósofo, tampoco puede ser un mero historiógrafo, en el sentido de limitarse estrictamente al establecimiento de las coordenadas temporales de las obras filosóficas con un grado de especificidad tal que las convirtiese en incomprensibles para la posteridad, o bien especulativamente irrelevantes para el pensamiento actual sometido a otras condiciones históricas. Ciertamente, el historiador de la filosofía no está obligado a la consideración de las verdades filosóficas, sino a la identificación de tesis filosóficas que, sin duda, han sido enunciadas en un cierto momento y, según su grado de antigüedad y de conservación documental, requieren la adecuada fijación de los textos, la determinación de su significación dentro del contexto de su formulación, el estudio de su génesis y su lugar dentro de una red de textos relacionados, así como la detección de su derrotero y las vicisitudes de su transmisión, recepción y transformación. En este sentido, la labor del historiador funciona como antídoto ante el uso forzado o metamorfoseado de algunas tesis y ante extrapolaciones altamente nocivas. De hecho, nos previene de dislates que proceden a menudo de la tentación de encontrar nexos entre doctrinas muy distintas basándose tan solo en semejanzas puramente externas. Así, por ejemplo, recuerdo haber leído cierto artículo en el que se establecía una conexión, ciertamente inexistente, entre el contraste de los opuestos en Heráclito y la dialéctica marxista, o disquisiciones (como también traducción de textos en lenguas clásicas a idiomas modernos) en las que se introduce la noción de "pecado" para referir al mal moral entre los griegos, cuando es claro que tal noción pertenece al horizonte de pensamiento judeocristiano y no puede ser transferido a los pensadores paganos, cuya noción de mal moral ha de entenderse en un sentido distinto, en general asociado a una concepción intelectualista de la ética en que las nociones de voluntad y libertad, tal como están implícitas en la significación del "pecado", no pueden ser halladas.

En tal sentido, resulta acertado afirmar, según lo ha hecho el prestigioso medievalista Étienne Gilson, que la función del historiador radica, principalmente, en comprender y hacer comprensible.5 Así, la mera historiografía consiste en reparar escrupulosamente en las condiciones históricas de la elaboración de los documentos o textos filosóficos;6 su trabajo es indispensable, pero no está exento del riesgo de llegar a considerar las diversas doctrinas como intraducibles o incomprensibles fuera de sus respectivas condiciones de producción, como también del riesgo de despojarlas de su originalidad, puesto que todos sus ingredientes podrían llegar a admitir como explicación alguna determinación epocal o la influencia de algún pensador anterior. Por el contrario, el papel del historiador no queda reducido a la sola historiografía, sino que la excede, puesto que consiste, precisamente, en volver comprensible las doctrinas tal y como han sido elaboradas bajo particulares condiciones contextuales y, no obstante, reconocer, a la vez, aquellas nociones y tesis que transcienden su tiempo y que, en el fondo, son las que últimamente interesan al filósofo como tal. Este doble modo de comprender la historicidad del pensamiento filosófico ha dado lugar a distintas posiciones que, idealmente, oscilan entre un historicismo radicalizado y una descontextualización inadecuada, si bien, en los hechos, difícilmente estos extremos se dan en estado puro.

Las consecuencias de lo dicho están a la vista: el historiador de la filosofía no es solo historiógrafo, porque, según lo expresa claramente Celina Lértora Mendoza, "la historia de la filosofía no es la narración del pasado filosófico, sino más bien la 'conciencia crítica' de la filosofía, como reconstrucción racional de sí misma. En ese caso, la historia de la filosofía no es un elemento añadido, diferente y eventualmente prescindible de la filosofía, sino parte de su esencia teórica misma".7

Sobre el particular, me parece singularmente ilustrativo un escrito de Julio Castello Dubra8 en el que analiza, respecto de la filosofía medieval, la polémica entre Alain de Libera, más inclinado al historicismo, y Claude Panaccio, que intenta reivindicar la posibilidad de retomar tesis filosóficas muy distantes en el tiempo para ser repensadas por una filosofía teorética en la actualidad. Lo interesante de esta contrastación es el cuidado puesto por su autor para mostrar los matices de cada una de ambas posiciones, que no se excluyen necesariamente en todos sus aspectos, lo que, más allá de la diversidad de valoraciones personales que pudiera generar en los lectores, muestra acabadamente la ineludible relación entre historia y filosofía, y a la par las dificultades implícitas en los distintos modos de interpretar tal relación.

La reconstrucción de la historia de la filosofía: Historie versus Geschichte

Probada la inescindible vinculación entre la filosofía y su propia historia, queda simultáneamente puesta en evidencia la relevancia del método histórico-crítico, cualesquiera que sean las dificultades que traiga aparejadas su equilibrada aplicación. Resta, no obstante, mencionar, siquiera sumariamente, una última cuestión relacionada con nuestro asunto.

Si bien pudiera pensarse que no tiene estricta relación con su aplicación en el campo de la filosofía, es manifiesto que la cuestión del método histórico-crítico ha traído encendidas discusiones, aun antes que en nuestra disciplina, particularmente y con mucho mayor énfasis, en el ámbito de los estudios bíblicos y la teología. Los orígenes de tales controversias podrían rastrearse desde el siglo XVII, por ejemplo, con Spinoza, y sobre todo a partir de la Ilustración. Se diría, incluso, que el método histórico-crítico tomó una configuración debidamente definida y reconocible precisamente a partir del desarrollo de tales polémicas, más allá de que, como se ve y es preciso reconocerlo, en ellas participaron no solo teólogos, sino también filósofos.

Algunos consideran que la aplicación del método histórico-crítico en la interpretación de las Escrituras ha aportado mucha información sobre estos textos y, por ende, ha sido positiva y no resulta desdeñable siempre y cuando no tenga un efecto disolutorio de la Palabra divina por medio de su intencionada reducción radical al lenguaje humano, es decir, a lo histórico-literario. En cambio, según la opinión de los investigadores más reacios, el método no sería inocuo, sino que estaría viciado de base, puesto que llevaría implícitos supuestos que no condicen con el texto sagrado y pretenden serle impuestos desde fuera. Dichos supuestos son propios de la concepción filosófica de la modernidad dentro de la cual, precisamente, el método en cuestión fue formulado. En tal sentido, el método histórico-crítico, tal como se lo conoce en el ámbito de los estudios bíblicos, se sostendría sobre una concepción de la realidad (ontología) y del conocimiento (epistemología) que establece una cesura entre una realidad absoluta y atemporal, y otra cultural, relativa e histórica. Sobre la base de esta escisión pueden darse distintas posiciones: desde aquellas que desacreditan el carácter sagrado del texto por cuanto no resultaría comprobable más que la relatividad temporal de los discursos humanos, siempre ligados a contextos que no perduran en el tiempo, y aquellas otras que desestiman los datos históricos, puesto que no serían relevantes respecto de un mensaje absoluto subyacente que nunca podría estar asociado a acontecimientos históricos.9

Ciertamente, no es nuestro objeto discutir aquí los pormenores relativos a estas ásperas controversias que afectan a la teología cristiana hasta el presente. No obstante, hemos mencionado este problema porque creemos que, hasta cierto punto, permite comprender algunas discusiones que se han suscitado en el campo de la filosofía respecto del método histórico-crítico.

En primer lugar, ya hemos mencionado el contrapunto entre quienes tienden a relativizar las doctrinas filosóficas al interpretarlas exclusivamente desde su contexto y su factura histórico-culturales y aquellos otros que sostienen la posibilidad de desbrozar nociones o teorías que admiten una transhistoricidad, esto es, su pertinencia e inclusión en discusiones y escenarios históricos muy distantes del original. Al respecto, no podemos dejar de observar que el conflicto entre estas posiciones antagónicas efectivamente parece reconocer como base los problemas gnoseológicos y epistemológicos propios de la modernidad, de tal manera que tales diferencias, con buena probabilidad, no se hubiesen planteado en el contexto del realismo antiguo y medieval.

Pero, en segundo lugar, existe también un contraste en la decisión respecto de lo que se toma y lo que se deja en esa consideración histórica del pasado. Esto es, parecería que ha de existir un criterio para distinguir lo que se selecciona dentro de una extensísima variedad de doctrinas formuladas a lo largo de siglos de reflexión. En tal sentido, la historia de la filosofía puede ser contada de muchos modos, y lo que se encuentra en ella a través de un hilo conductor puede resultar parcial o completamente incorporado, o bien parcial o completamente desechado. Así, si Hegel decide incluir la totalidad de la historia de la filosofía en el despliegue del Espíritu hacia su absoluto autoconocimiento,10 los posmodernos prefieren rechazar el conjunto de la tradición por considerarlo no más que variaciones del platonismo, esto es, un logocentrismo inadmisible frente a las condiciones culturales y tecnológicas de nuestro tiempo.

En este punto, resulta interesante atender al planteo del influyente y controversial filósofo contemporáneo que se atrevió a emprender una revisión de la entera historia del pensar occidental. Nos referimos a Martin Heidegger, quien, curiosamente, retoma una distinción nacida en las discusiones teológicas sobre el método histórico-crítico:

 aquella entre Historie y Geschichte, distinción que estuvo muy presente en la teología alemana de los siglos XIX y XX. Aunque no estamos en condiciones de establecer con precisión las circunstancias en las que Heidegger introduce esta distinción en el ámbito de su reflexión filosófica, creemos que no sería aventurado suponer que, por su temprana formación teológica y por las ríspidas discusiones que en su tiempo se estaban dando en lo relativo a los estudios bíblicos, la encontró familiar, de tal modo que le resultó sencillo transferirla a su propio campo.

Si en el ámbito de la teología Geschichte resulta la historia verdaderamente significativa, el sentido profundo ínsito en las Escrituras, y en cambio Historie designa la historia científica que se reduce al registro del continuo temporal, Heidegger entiende, en un sentido análogo, que lo que en el fondo atañe al filósofo no es la erudición propia de la Historie, sino das Geschehen, el acontecer, esto es, la trama que recorre subterráneamente la historia del pensar occidental.11 Esta trama, para Heidegger, es la del ser, que ya no resulta entendido como un ente o ingrediente entitativo, sino como irrupción en la presencia, como dinamismo energético, que en cada época se ha manifestado y, no obstante, ha sido desconocido y olvidado persistentemente. He aquí, entonces, otra visión de la reconstrucción histórica: ni la marcha hacia el autoconocimiento del Espíritu Absoluto que todo lo incluye ni la constante disolución posmoderna del logos en los simulacros, sino la manifestación del ser que, con frecuencia, no resulta oportunamente correspondido por el pensar.

Claramente, aparece aquí un doble conflicto. Por un lado, el reproche de los "metodólogos" que encuentran en este tipo de posiciones filosóficas múltiples imprecisiones filológicas, lecturas forzadas de los textos del pasado y otros atentados contra la letra de los documentos filosóficos, a lo que, naturalmente, se contrapone el hecho de que tales autores distan mucho de realizar una exégesis torpe y carente de valor propia de aficionados y faltos de talento, sino interpretaciones que, en cada caso, marcan decididamente una respectiva Weltanschauung.12 Pero, por otro lado, y fundamentalmente, aparece la cuestión de dirimir entre estas exégesis, que apuntan a lo que consideran realmente importante en las vicisitudes de la historia de la filosofía, cuál sea el criterio para inclinarse por una o por otra. Y a este punto, nos parece, finalmente resulta aplicable lo expresado por Étienne Gilson, quien acepta que "puede haber cometido errores históricos, pero no ha cometido la mortal equivocación de confundir filosofía con historia. Porque la única tarea de la historia es el comprender y hacer comprensible, mientras que la filosofía debe elegir; y aplicarse a la historia en busca de razones para hacer una elección ya no es hacer historia, ello es filosofía".13

A modo de conclusión: necesidad y límites del método histórico-crítico en la filosofía

Parece, entonces, que el resultado de nuestra exposición deviene paradójico. En efecto, si el método histórico-crítico permanece en el ámbito de un estricto documentalismo erudito, aporta elementos útiles al filosofar, pero termina siendo insuficiente. En la medida en que interviene en la reconstrucción racional de la historia de la filosofía, se vuelve crecientemente valioso; pero, cuanto más se aproxima a juicios que implican cierta opción doctrinal deja de ser un método y puede convertirse, lisa y llanamente, en la formulación o la defensa de una visión filosófica determinada. Entre la mera historiografía, la Historie y la Geschichte, hay, ciertamente, un espacio para el método histórico-crítico que no debe ser desconocido ni sobrevalorado.

En conclusión, el conocimiento de su propia historia es connatural a la filosofía y para cualquier pensador sería francamente absurdo, e incluso altamente riesgoso, pretender elaborar una teoría filosófica haciendo caso omiso de lo ya pensado por sus predecesores. Al fin y al cabo, la idea de que Descartes fundó el pensamiento moderno sobre la base de una intuición nacida enteramente desde sí mismo tras una noche de insomnio no es más que un viejo relato de manual escolar que ningún investigador serio admitiría. Pero con la misma seriedad, eso no nos permite explicar toda doctrina por las múltiples influencias recibidas del pasado. A la hora de filosofar y de decir algo que realmente importe, el método deja lugar a la intuición y la elección fundamental, la Historie se convierte en Geschichte, y el valor de lo así dicho y pensado tendrá que ser contrastado con lo real y con sus efectos venideros.

Bibliografía

Carpio, Adolfo. Principios de Filosofía: Una introducción a su problemática. Buenos Aires: Glauco, 2004.

Castello Dubra, Julio Antonio. "La actualidad de la filosofía medieval: Un reciente debate historiográfico". En Presente y futuro de la filosofía, editado por Alejandro Cassini y Laura Skerk, 145-244. Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires, 2010.

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Kerbs, Raúl. "El método histórico-crítico en teología: En busca de su estructura básica y de las interpretaciones filosóficas subyacentes (Parte I)". DavarLogos 1, n.° 2 (2002): 105-123.

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1Sobre el contraste entre filosofía y ciencia en lo referente a su relación con sus respectivas historias, véase Adolfo Carpio, Principios de filosofía: Una introducción a su problemática (Buenos Aires: Glauco, 2004), cap. 1, apartado 5; "Filosofía e historia de la filosofía".

2La denominación resulta inapropiada tanto si significa "cronológicamente anteriores a Sócrates", puesto que es absurdo nombrar a los filósofos por su mera precedencia temporal a otros, como si quiere decir "anteriores al modo de pensar socrático", ya que ello indicaría que se los está prejuzgando según un modo de pensar ajeno a ellos. Igualmente improcedente es llamarlos "físicos", porque ello conlleva una cierta interpretación, por lo demás discutible, de sus doctrinas. Baste este caso para mostrar una de las tantas dificultades que el método histórico-crítico debe aprender a superar.

3Aristóteles, Metafísica, A, 983 b 20.

4Hermann Diels, Doxographi Graeci (Berlín: Reimer, 1879).

5Étienne Gilson, El ser y los filósofos (Pamplona: Eunsa, 1979), 17.

6Cf. Francisco Leocata, "Relación entre historia de la filosofía y filosofía teorética", Sapientia 70, n.° 236 (2014): 48-49: "El historiador, en este caso, pretende permanecer 'neutral, limitándose a exponer lo que pensaron los diversos autores en cada época".

7Celina Lértora Mendoza, "Filosofía medieval e historia de la filosofía medieval: Notas epistémico-metodológicas I. Filosofía medieval y programa de investigación", en Filosofía en el Medioevo: Dossier de investigación actual en Latinoamérica, coord. por Celina Lértora Mendoza e Ignacio Pérez Costanzó (Buenos Aires: Red Latinoamericana de Filosofía Medieval, 2020), 154.

8Julio Antonio Castello Dubra, "La actualidad de la filosofía medieval: Un reciente debate historiográfico", en Presente y futuro de la filosofía, ed. por Alejandro Cassini y Laura Skerk (Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires, 2010). Un registro del mismo debate se puede leer en Chirine Raveton, "Pourquoi et comment étudier la philosophie médiévale?", KJësis: Revue philosophique, 11 (2009): 42-52. A diferencia del escrito de Castello Dubra, en este artículo la autora toma decidido partido por una de las posiciones, razón por la que no se alcanza a ver tan claramente la complejidad del asunto.

9La bibliografía relativa a este debate es cuantiosa. Tan solo a título de ejemplo remitimos al católico Felipe Pardo Fariña, "El método histórico crítico en Jesús de Nazaret de Joseph Ratzinger", Veritas: Revista de Filosofía y Teología 3, n.° 18 (2008): 129-146, y al protestante Raúl Kerbs, "El método histórico-crítico en teología: En busca de su estructura básica y de las interpretaciones filosóficas subyacentes (Parte I)", DavarLogos 1, n.° 2 (2002): 105-123, y "El método histórico-crítico en teología: En busca de su estructura básica y de las interpretaciones filosóficas subyacentes (Parte II)", DavarLogos 2, n.° 1 (2003): 1-27.

10Cf. Francisco Leocata, "Relación entre historia de la filosofía y filosofía teorética", 49. Leocata estima que Hegel "puede considerarse como el fundador de la manera moderna de hacer historia de la filosofía".

11Martin Heidegger, Nietzsche I, GA Band 6.1 (Fráncfort del Meno: Klostermann, 1996), 404: "La historia (Geschichte) de la filosofía no es asunto de la ciencia histórica (Historie), sino de la filosofía".

12Sobre el particular resultan sumamente ilustrativas las palabras vertidas por Hans-Georg Gadamer en un simposio organizado con ocasión del centenario del natalicio del filósofo de Friburgo: "A mi entender Heidegger fue el más grande en esto, en que supo captar palabras en su origen secreto y su presencia oculta. Si él tenía textos que interpretar, yo en cambio tenía a menudo dificultades, porque él enderezaba los textos con violencia hacia sus propias intenciones y para eso expresaba el saber de fondo de las palabras [...] Heidegger ha actuado verdaderamente como pionero, en cuanto ha vivificado a la vez la capacidad de pensar y la fantasía del lenguaje. Eso compensa en mi opinión todas las debilidades, en vista de las cuales los filólogos se sienten a menudo superiores respecto de Heidegger. He ahí que se han comprobado en una traducción heideggeriana de un canto coral griego dos docenas de errores de traducción. No obstante, esos errores, que seguramente han causado una deformación real en el texto, han aportado más para la comprensión del texto completo que la auténtica investigación. Así me ha sucedido incluso con la interpretación de Hölderlin. Allí hube de encontrar una u otra cosa inaceptable. Pero de la cercanía, de la densidad, del modo inmediato en que esos versos eran expresados por Heidegger, uno tiene que aprender. No quizá para imitarlo, sino para alternar con la lengua de tal modo que ella exprese su sabiduría". Hans-Georg Gadamer, "Heidegger und die Griechen", Zur philosophischen Aktualitat Heideggers, Band 1 (Fráncfort del Meno: Klostermann, 1991), 73-74.

13Gilson, El ser y los filósofos, 17.

Cómo citar este artículo en Chicago: Filippi, Silvana. "El método histórico-crítico en filosofía". Escritos 29, no. 62 (2021): 6-16. DOI: http://dx.doi.org/10.18566/escr.v29n62.a01

http://scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=SO120-12632021000100006

 


domingo, 19 de julio de 2026


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Quimbaya

Quimbaya: la gente y el oro en el Cauca medio

Arte y técnica milenaria

La cultura Quimbaya, que floreció en el área del Cauca Medio en la actual Colombia, es universalmente reconocida por su extraordinaria maestría en el trabajo de los metales preciosos. Su legado más visible y admirado se encuentra en las deslumbrantes piezas de orfebrería que crearon, artefactos que no solo demuestran un dominio técnico sin igual en su época, sino también una profunda sensibilidad artística y simbólica. Al adentrarnos en el mundo de los Quimbayas, una de las primeras preguntas que surge es sobre los materiales que utilizaron para dar vida a estas obras de arte.

El Material Predilecto: Oro y la Magia de la Tumbaga

Contrario a la creencia popular de que utilizaban exclusivamente oro puro, el material principal que los Quimbayas emplearon para la vasta mayoría de sus creaciones no fue el oro en su estado más puro, sino una aleación conocida como tumbaga. Esta aleación consiste en una mezcla de oro y cobre, en proporciones que variaban significativamente. Generalmente, la tumbaga Quimbaya contenía una alta proporción de oro, a menudo superando el 50%, pero la presencia del cobre era fundamental por diversas razones prácticas y estéticas.

 

https://encolombia.com/educacion-cultura/arte-cultura/civilizaciones/cultura-quimbaya/

La elección de la tumbaga no era una limitación, sino una decisión estratégica y técnica. El cobre, al ser añadido al oro, disminuye su punto de fusión, lo que facilitaba enormemente los procesos de fundición, especialmente la compleja técnica de la cera perdida. Además, el cobre aportaba mayor dureza y resistencia a las piezas, haciéndolas menos susceptibles a la deformación que el oro puro, que es muy blando. Aunque la tumbaga tiene un color más rojizo o cobrizo que el oro puro, los Quimbayas dominaban técnicas de tratamiento de superficie, como el "agotamiento del cobre" o "enriquecimiento del oro", que consistían en sumergir la pieza en soluciones ácidas (probablemente de origen vegetal o mineral) que disolvían el cobre de la superficie, dejando una capa exterior de oro casi puro con el característico brillo dorado. Esto les permitía obtener la apariencia del oro macizo, a la vez que aprovechaban las propiedades de trabajo de la aleación.

El oro lo obtenían de las ricas fuentes aluviales de los ríos de su territorio. Su habilidad no solo radicaba en trabajar el metal, sino también en su extracción y procesamiento inicial. La tumbaga les permitía optimizar el uso del oro disponible, un recurso valioso, combinándolo con el cobre, que era más abundante en la región.

Maestría Técnica: Forjando la Perfección

La orfebrería Quimbaya destaca no solo por el material, sino por las avanzadas técnicas que dominaron. La fundición a la cera perdida (o moldeo a la cera perdida) fue, sin duda, una de sus técnicas cumbre. Este proceso complejo les permitía crear objetos tridimensionales de gran detalle y formas intrincadas que serían imposibles de lograr solo mediante el martillado. El proceso implicaba modelar la pieza deseada en cera de abejas, cubrirla con arcilla, calentar el molde para derretir la cera y que esta saliera por orificios, y luego verter la tumbaga fundida en el espacio vacío. Una vez enfriado el metal, se rompía el molde de arcilla, revelando la pieza metálica que luego era sometida a un meticuloso proceso de acabado.

Pero su repertorio técnico iba más allá de la fundición. También practicaban:

  • Martillado y Repujado: Transformar láminas de metal en formas deseadas o crear relieves decorativos golpeando el metal desde el reverso.
  • Filigrana: Aunque menos común que en otras culturas, a veces incorporaban hilos delgados de metal.
  • Granulación: Adherir pequeñas esferas de metal a una superficie, una técnica que requiere un control preciso de la temperatura.
  • Pulido: El acabado final era crucial. Las superficies de muchas piezas Quimbaya son increíblemente lisas y brillantes, logradas mediante un pulido exhaustivo que resaltaba el color del oro enriquecido en la superficie.

La combinación de estas técnicas les permitía crear una vasta gama de objetos, desde figuras antropomorfas y zoomorfas hasta recipientes ceremoniales y adornos personales.

El Arte Quimbaya: Formas, Estilo y Simbolismo

El arte de la cultura Quimbaya, especialmente su orfebrería, posee un estilo distintivo que lo hace fácilmente reconocible. Se caracteriza por formas equilibradas y armoniosas, superficies lisas y un acabado pulido que refleja la luz. Aunque muchas piezas representan seres vivos, el estilo no es estrictamente naturalista; a menudo combina la observación de la naturaleza con una estilización y abstracción que les confiere un aire único.

Los temas recurrentes en su orfebrería incluyen figuras humanas, a menudo representadas de forma serena y en actitudes rituales, y figuras de animales, como aves, murciélagos, felinos, lagartos y serpientes. Estas representaciones probablemente tenían un profundo simbolismo asociado a su cosmovisión, sus mitos y sus prácticas chamánicas. Por ejemplo, las figuras de murciélagos podrían estar relacionadas con la noche, el inframundo o la transformación.

Entre los objetos más icónicos de la orfebrería Quimbaya se encuentran los poporos. Un poporo es un recipiente utilizado para guardar cal (derivada de conchas o huesos calcinados) que se consume junto con hojas de coca durante rituales. Los poporos Quimbaya son verdaderas obras maestras de la fundición a la cera perdida, con formas antropomorfas o geométricas, a menudo rematados con una tapa y un largo alfiler para llevar la cal a la boca. Su diseño y ejecución revelan no solo habilidad técnica, sino también la importancia ritual de estos objetos.

Otros objetos comunes incluyen:

  • Collares y pectorales de grandes cuentas o placas repujadas.
  • Narigueras y orejeras elaboradas.
  • Vasijas y recipientes de diversas formas.
  • Figuras de caciques, guerreros o chamanes.
  • Representaciones de animales con detalles estilizados.

El estilo Quimbaya Clásico (aproximadamente 500-1000 d.C.) es el más célebre por su sofisticación y el predominio de la tumbaga de alto contenido de oro con superficies enriquecidas. Las piezas de este período son las que componen gran parte del famoso 'Tesoro de los Quimbayas'.

La maestría técnica y la sensibilidad artística de los Quimbayas no solo produjeron objetos de gran belleza, sino artefactos que eran portadores de significado cultural, social y religioso. El oro, para ellos, no era solo riqueza material en el sentido moderno, sino un metal sagrado asociado al sol, la vida y el poder espiritual.

Comparando Materiales y Objetos

Para entender mejor la elección de la tumbaga, podemos compararla con el oro puro en el contexto de la orfebrería antigua:

Característica

Oro Puro (24k)

Tumbaga Quimbaya (Alto Oro)

Dureza

Muy Blando

Más Duro

Punto de Fusión

Alto

Más Bajo

Maleabilidad/Ductilidad

Muy Alta

Alta (ligeramente menor)

Color Natural

Amarillo Intenso

Amarillo-Rojizo (depende de la proporción de cobre)

Facilidad de Fundición

Moderada

Alta

Resistencia a la Deformación

Baja

Moderada/Alta

Acabado Superficial

Brillante

Brillante (tras enriquecimiento de oro)

Y la diversidad de sus creaciones:

Tipo de Objeto

Función Principal

Técnicas Comunes

Poporos

Ritual (consumo de cal con coca)

Fundición a la cera perdida, Pulido

Figuras Antropomorfas

Ritual, Funerario, Símbolo de Estatus/Poder

Fundición a la cera perdida, Pulido

Figuras Zoomorfas

Ritual, Símbolo de Poder/Espíritu Animal

Fundición a la cera perdida, Pulido

Pectorales y Collares

Adorno Personal, Símbolo de Estatus

Martillado, Repujado, Fundición (cuentas)

Narigueras y Orejeras

Adorno Personal, Ritual

Fundición a la cera perdida, Martillado

Preguntas Frecuentes sobre la Orfebrería Quimbaya

¿Utilizaban solo oro y cobre?


Aunque el oro y el cobre en forma de tumbaga eran los metales predominantes, ocasionalmente también trabajaron la plata, aunque en menor medida y con menor sofisticación técnica aparente. El cobre puro también se usaba, a veces para objetos utilitarios o como componente de la aleación.

¿Qué tan habilidosos eran comparados con otras culturas precolombinas?


Los Quimbayas son considerados entre los orfebres más avanzados de la América precolombina, especialmente por su dominio de la fundición a la cera perdida para crear formas complejas y huecas, y por su técnica de enriquecimiento de la superficie de tumbaga para lograr el acabado dorado.

¿Dónde se pueden ver hoy las piezas de orfebrería Quimbaya?


La colección más importante se encuentra en el Museo de América en Madrid, conocida como el 'Tesoro de los Quimbayas', que fue un regalo del gobierno colombiano a España a finales del siglo XIX. En Colombia, el Museo del Oro en Bogotá y museos regionales también poseen importantes colecciones de arte Quimbaya, incluyendo cerámica y algunas piezas de metal.

¿Qué representa el estilo 'clásico' Quimbaya?


Se refiere al período de mayor apogeo de su orfebrería, caracterizado por la sofisticación técnica, el uso intensivo de la tumbaga con alto contenido de oro y el pulido extremo, creando piezas de gran belleza y realismo estilizado, especialmente los poporos antropomorfos.

¿El oro tenía un valor monetario para ellos?


Para las culturas precolombinas como la Quimbaya, el oro no tenía un valor monetario o de intercambio en el sentido occidental. Su valor era principalmente simbólico, ritual y social. Estaba asociado al poder, el estatus, la divinidad y el conocimiento espiritual. Las piezas de orfebrería eran usadas en ceremonias, como ofrendas, o como insignias de rango.

La orfebrería de la cultura Quimbaya es un testimonio perdurable de su ingenio, su profunda conexión con el mundo natural y espiritual, y su capacidad para transformar los metales en expresiones de belleza y significado. El uso de la tumbaga, lejos de ser una limitación, fue una elección que les permitió alcanzar alturas técnicas y artísticas notables, dejando un legado que sigue maravillando al mundo.

https://calatrava-orfebre.com.ar/cultura-quimbaya-orfebreria/

 

Los Chibchas o Muiscas

Figura Muisca Gold

Metropolitan Museum of Art (Copyright)

La civilización Muisca (o Chibcha) floreció en la antigua Colombia entre el 600 y el 1600. Su territorio abarcaba lo que hoy en día es Bogotá y sus alrededores. Ganó una fama duradera como el origen de la leyenda de El Dorado. Los Muiscas también han dejado un importante legado artístico con su magnífico trabajo de orfebrería, gran parte de ésta incomparable con otra cultura de las Américas.

Sociedad y religión

Los Muiscas vivieron en asentamientos dispersos a través de los valles de las altas llanuras andinas en el este de la actual Colombia. Importantes ceremonias anuales relacionadas con la religión, la agricultura y la élite gobernante ayudaron a unir a estas numerosas comunidades. Sabemos que dichas ceremonias involucraban un gran número de participantes e incluía canto, quema de incienso y música de trompetas, tambores, cascabeles, campanas y ocarinas (flautas bulbosas de cerámica) Las comunidades también estaban conectadas por el comercio e incluso hubo un movimiento de talentosos artesanos, especialmente orfebres, entre ciudades Muiscas.

Fundada por la legendaria figura de Bochica, quien vino del este y enseñó moralidad, leyes y artes, la civilización Muisca fue gobernada por caciques con la ayuda de líderes espirituales. Los Muiscas controlaron y defendieron su territorio con armas como garrotes, lanzas arrojadizas, flechas y lanzas. Los guerreros también tenían cascos protectivos, petos blindados y escudos. Los Muiscas tomaban cabezas de sus enemigos derrotados como trofeos y algunas veces sacrificaban prisioneros para apaciguar sus dioses. Sin embargo, la guerra era altamente ritualizada y probablemente a pequeña escala. Existe amplia evidencia de que, por ejemplo, materias primas como el oro, conchas, plumas, pieles animales, tabaco, sal, hojas de coco y otros alimentos eran comercializados con las culturas colombianas vecinas como los Tolimas y Quimbayas. Los bienes preciosos habrían sido reservados a la élite Muisca, al igual que la caza y la carne.

Adoradores del sol, los Muiscas también tenían una reverencia especial por los objetos y lugares sagrados como rocas, cuevas, ríos y lagunas particulares. En estos sitios dejaban ofrendas votivas (tunjos) ya que eran considerados portales a otros mundos. Los dioses Muiscas más importantes eran el dios del sol Sué y la diosa de la luna Chía. Otro dios era Chibchacum, patrón de los metalúrgicos y comerciantes. El tipo más común de ofrenda a los dioses eran los alimentos junto al típico tunjo de serpientes y figuras planas masculinas, femeninas y animales realizados en aleación de oro que eran colocadas en los sitios sagrados. Los miembros de la élite de la sociedad también podían ser enterrados en sitios de importancia religiosa, primero siendo secados y luego envueltos en muchas capas de textiles finos. Finalmente eran ubicados en una tumba, sentados en su asiento de oficio, un pequeño taburete o tianga, y rodeados de los preciosos bienes que disfrutaron en vida.

Tunjo muisca

Ignacio Pérez (CC BY-NC-SA)

El Dorado

Los Muiscas son famosos hoy en día por la leyenda de "El Dorado". Una ceremonia Muisca realizada en la laguna Guatavita, en realidad una de muchos tipos, involucraba un gobernante siendo cubierto en polvo de oro que luego era llevado al centro de la laguna, donde saltaba a las aguas en un acto de limpieza y renovación ritual. Los súbditos Muiscas también lanzaban objetos preciosos al lago durante la ceremonia, no sólo oro sino también esmeraldas.

Los españoles, al escuchar esta historia, dejaron que su imaginación y su ansia de oro diera un salto más allá de los límites de la realidad y rápidamente una leyenda surgió sobre una magnífica ciudad construida con oro. Naturalmente, como nunca existió en primer lugar, la ciudad nunca fue encontrada e incluso la laguna se ha negado obstinadamente a revelar sus secretos a pesar de varios costosos intentos a lo largo de los siglos.

Arte Muisca

Las figuras en el arte Muisca eran frecuentemente transformativas, por ejemplo, un hombre con los elementos de un ave puede representar las visiones alucinatorias de los chamanes inducidas por el consumo de hojas de coca o yopo (semillas trituradas). Animales como los murciélagos, felinos, serpientes, caimanes y anfibios eran temas populares. Los Muiscas no restringieron su producción artística al oro, sino que también crearon finos textiles que eran de lana o algodón, y este último también podía ser pintado.

Los diseños típicos Muisca incluyen espirales y otras formas geométricas entrelazadas. También producían cerámica (incluyendo figuras de arcilla) y piedras semipreciosas talladas. Las mujeres Muiscas no eran sólo hábiles tejedoras de tela, sino que eran igualmente hábiles en el tejido de cestas y el trabajo de plumas. La mayoría de ejemplos han sido descubiertos en tumbas y, por lo tanto, han escapado de la avaricia de los invasores europeos del siglo XVI y a los ladrones de tumbas posteriores.

Colgante Muisca de águila doble

Metropolitan Museum of Art (Copyright)

Para los Muiscas, el oro era el material de elección, ya que era valorado por sus propiedades lustrosas y transformativas, y su asociación con el sol. No era usado como moneda, sino como un medio artístico. El oro era minado de vetas expuestas y bateado de los ríos de las montañas. El oro y su aleación tumbaga (una mezcla de oro y cobre con rastros de plata) para hacer tunjos como figuras y máscaras, recipientes de coca (poporos) con cazos de cal, y también exquisitas joyas, típicamente pectorales, aretes y adornos de nariz. Los orfebres Muiscas emplearon un amplio rango de técnicas en su trabajo como el moldeo a la cera perdida, el dorado por agotamiento que da un acabado de dos tonos, repujado, soldadura, granulación y filigrana. El oro también era convertido en láminas delgadas martillando sobre yunques o sobre moldes de piedra usando un martillo ovalado de piedra o metal.

Quizás una de las más finas piezas Muiscas y sólida evidencia de la ceremonia de El Dorado, es una balsa de aleación de oro en la que se colocan unas figuras, una de las cuales es más larga y, con un tocado, es indudablemente "El Dorado". Fue descubierta en una cueva cerca de Bogotá y era un tunjo. La pieza mide 10 x 20 cm, con la figura principal teniendo 10 cm de altura y ahora reside, junto a muchas de las mejores piezas Muiscas que se conservan, en el Museo del Oro del Banco de la República en Bogotá, Colombia.

Bibliografía

https://www.worldhistory.org/trans/es/1-13898/civilizacion-muisca/

 

La civilización Tairona

Hombre murciélago Tairona

Jastrow (Public Domain)

La civilización tairona, una de las tribus de la familia chibcha, floreció en Colombia septentrional entre el 200 y el 1600 d.C. Al igual que los muisca de Cundinamarca, los taironas fueron conocidos por su pericia en la artesanía y la metalurgia, especialmente en la orfebrería. Ocuparon principalmente la región de la Sierra Nevada de Santa Marta, en el actual Magdalena, dejando abundante evidencia arqueológica de su estilo de vida, que era sorprendentemente moderno visto desde la perspectiva de su aislamiento relativo respecto a civilizaciones más desarrolladas.

RESUMEN HISTÓRICO

Los taironas fueron tan hábiles en la agricultura como en la metalurgia. Hallazgos arqueológicos, que se remontan al año 200 d.C., demuestran que tenían conocimiento y habilidad en el cultivo en terrazas, construcción de canales y bases de piedra. Sin embargo, no es por eso por lo que se les llegó a conocer, sino por sus excepcionales destrezas bélicas, que los convirtieron en una de las tribus más difíciles de colonizar por los conquistadores españoles quienes habían sido capaces de derrocar los imperios inca, azteca y maya sin mucho esfuerzo. Los taironas terminaron peleando con los conquistadores durante más de 75 años.

No es de sorprender que muchos españoles se convirtieran en admiradores y escribieran relatos acerca de esta misteriosa y todopoderosa tribu que se resistía a la influencia occidental. Muchos cronistas registraron el modo de vida del tairona, sus sistemas de comercio, sus creencias religiosas y su, aparente, falta de interés en el valor monetario de los metales preciosos. Por lo tanto, no es muy sorprendente que se crea que los taironas están relacionados con la tribu muisca, al compartir ambas el mismo sistema de división de poder y una creencia en el significado espiritual del oro.

YACIMIENTOS IMPORTANTES

Los taironas tuvieron que abandonar sus asentamientos hacia mediados del siglo XVII y los bosques se tragaron la mayoría de sus huellas. Sin embargo, todavía han quedado algunas como testimonios de su notable cultura.

Uno de sus asentamientos más famosos era la Ciudad Perdida. Conocida localmente como Teyuna, fue fundada alrededor del 800 d.C., 600 años antes que Machu Picchu. Es uno de los sitios arqueológicos precolombinos más importantes en Sudamérica. Accesible por una larga y agotadora caminata a través de un denso follaje y unos 1.200 escalones de piedra, se cree que albergó entre 2.000 y 8.000 personas. Hasta ahora, solo se ha excavado una parte de la otrora magnífica ciudad. Los hallazgos han sido extraordinarios: unas 250 terrazas de piedra y barro que sirvieron como plataformas para casas, esparcidas a través de 300.000 metros cuadrados de terreno con una frondosa vegetación. Las excavaciones más recientes también han desenterrado una serie de objetos fascinantes: ornamentos, ofrendas de oro, cerámica e incluso instrumentos musicales.

Otro yacimiento, Pueblito, está ubicado cerca de la costa del Caribe. Según las investigaciones, contiene al menos 254 terrazas y alojaba una población de cerca de 3.000 personas. En el pasado solía haber numerosas aldeas y caseríos esparcidos por todo el valle, formando una gran red que incrementaría el comercio y otros negocios. De hecho, los taironas incluso se involucraron en la producción de sal, según lo encontrado en Chengue, una pequeña villa pesquera.

SOCIEDAD

Los taironas tenían un sistema de gobierno basado en la religión. Sus gobernantes eran una parte de la élite chamánica que afirmaba ser capaz de controlar las fuerzas de la naturaleza, el cosmos y todos los pensamientos y acciones humanas. Una de las creencias principales del pueblo tairona era el proceso de transformación, un típico intercambio de poder chamánico. Creían que las almas de los chamanes, al limpiar sus mentes y cuerpos, con largos períodos de ayuno y extenuantes danzas rituales, podían trascender la condición humana mortal y adquirir conocimiento de regiones desconocidas del cosmos, inaccesibles para los demás. De ahí que los chamanes eran considerados los jefes de la tribu y tratados con gran respeto, además eran responsables de reunir los ejércitos, controlar la agricultura, cuidar del bienestar del tairona e, incluso, supervisar la red de comercio por trueque. Los taironas creían que los chamanes podían salir de sus cuerpos y obtener el conocimiento de otras criaturas, lo cual inspiró su metalurgia. Se creía que muchos de los ornamentos encontrados en sus asentamientos eran de personas convertidas en animales feroces tales como la famosa estatuilla del “hombre murciélago” que representa a un chamán convirtiéndose lentamente en un murciélago.

ARTE Y RELIGIÓN

Las creencias religiosas del tairona, como en muchas de las tribus en aquel período, influenciaban mucho su metalurgia y arte. Como el “hombre murciélago”, muchos de sus pendientes y corazas abundaban en figuras de hombres que aparentemente se transformaban en temibles criaturas, especialmente aves de presa, cocodrilos y serpientes. Estos ornamentos no solo representaban el estatus de quien los llevaba, también eran símbolos de sus supuestos poderes.

Campanas de tumbaga de la civilización tairona

MetMuseum (Copyright)

En aquellos tiempos, la transformación era un concepto en el que todas las tribus de la familia chibcha creían y se esforzaban en llevarlo a cabo. Los murciélagos eran considerados como uno de los animales más poderosos entonces, los taironas hicieron todo lo posible para parecerse a ellos. Se han encontrado vestimentas usadas para simbolizar dicha transformación en las tumbas de los dignatarios líderes del período tairona. Según los investigadores del Banco de la República, Colombia: “la ornamentación de sus viseras metálicas era una alusión a las membranas dentro del oído del murciélago, las narigueras cilíndricas elevaban la nariz para hacerla parecida a los orificios nasales de ciertas especies de murciélagos y los ornamentos sublabiales imitaban la carnosidad del labio inferior del animal.

A diferencia de lo que mucha gente tiende a creer, la antigua Colombia no fue solo un centro de excelente orfebrería en oro, también de la cerámica. Los objetos de cerámica más antiguos extraídos del área ocupada por los taironas se fecharon hacia el 2500 a.C., aunque se cree que prosperaron después del año 200 d.C. Otra conexión con los muisca parece ser la similitud en el trabajo del oro. Ambas tribus hablantes del chibcha tenían la misma variedad de ofrendas para sus deidades e incluso tenían casi el mismo tipo de tunjos. Los tunjos son estatuillas hechas de tumbaga, una mezcla de oro, cobre y plata, que suelen mostrar a los miembros de la tribu en su vida cotidiana. Otro aspecto interesante de la modernidad de los taironas es que los estudiosos creen que la tribu tenía libertad para los divorcios. También sus prácticas religiosas eran muy similares a las de sus contrapartes actuales, los kogui o cogui o kággaba, y se prolongaban por días, involucrando principalmente deliberación, masticación de coca y meditación profunda.

Cita este trabajo

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Panda, P. (2016, December 05). Tairona Civilization. World History Encyclopedia. Retrieved from https://www.worldhistory.org/Tairona_Civilization/

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Panda, Prapti. "Tairona Civilization." World History Encyclopedia. Last modified December 05, 2016. https://www.worldhistory.org/Tairona_Civilization/.

MLA Style

Panda, Prapti. "Tairona Civilization." World History Encyclopedia. World History Encyclopedia, 05 Dec 2016. Web. 03 Aug 2022.

Bibliografía

 

https://www.worldhistory.org/trans/es/1-14986/la-civilizacion-tairona/

 

















 

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