domingo, 1 de noviembre de 2020



GALICIA Y SU FIESTA DE SAMAÍN

LA NOCHE CELTA DE LOS DIFUNTOS

Como todos los años, la llegada del mes de noviembre marca el comienzo de una festividad muy especial, con multitud de manifestaciones populares en todos los rincones del país. Se trata del día de difuntos, la celebración cristiana consagrada a los fieles que ya no están con nosotros.

 

El día de los difuntos, o de los muertos, sigue en el Santoral católico a la festividad de todos los Santos, y existe constancia escrita de que sus orígenes se remontan hasta mil años atrás, en los inicios del siglo XI d.C. Efectivamente, por aquella época la Orden Cluniacense se encontraba en plena expansión, y uno de los abades más influyentes de la casa principal, Odilon, decidió instaurar una jornada dedicada exclusivamente a orar por la salvación eterna de los difuntos: el día 2 de noviembre.

En sus comienzos se dirigía solo a los monjes fallecidos de Cluny, pero luego la Santa Madre Iglesia generalizó el rito, y lo hizo extensible a todos los fieles difuntos de la comunidad cristiana universal.

 

Acantilados en San Andrés de Teixido, cerca de Cedeira


Cruceiro junto a Cedeira

 

Sin embargo, pocos imaginan que la jornada de los fieles difuntos tiene en realidad unas raíces mucho más oscuras: en Galicia y en otras regiones de España, las fuentes se remontan incluso a épocas anteriores al propio nacimiento de Cristo. Cedeira, municipio de A Coruña situado en la desembocadura del río Condomiñas, en las Rías Altas, celebra todos los años por estas fechas una original fiesta de origen celta denominada Samaín.

Muchos estudiosos coinciden en señalar al Samaín como el origen de la mayoría de las tradiciones asociadas a los muertos, desde la propia festividad cristiana hasta otras manifestaciones hoy generalizadas por los cinco continentes, incluido el famoso Halloween de los disfraces y las calabazas con forma de calavera.


La noche de las calabazas

 

La profunda religiosidad de las gentes de Cedeira y otros muchos pueblos gallegos ha dado siempre una gran importancia a la comunión con sus muertos. Hasta no hace mucho se pensaba que los difuntos visitaban por estas fechas las iglesias y ermitas donde se celebraban misas por su alma, mientras que en las casas era costumbre preparar alimentos a los parientes vivos, pero pensados como una manera de honrar a los muertos.

Las ánimas volvían así por un día a sus viejas moradas, para calentarse junto a la chimenea y comer en compañía de sus familiares vivos, alejando así la tristeza definitiva del camposanto. Herencia de un pasado ancestral, también resultaba frecuente prender una hoguera común con ramas de serbal o de tejo, consideradas antaño sagradas, para después utilizar este fuego en el encendido de todas las lareiras de la comunidad.

Durante el día de difuntos estaba absolutamente desaconsejado alejarse de la aldea, pues la relación de los vecinos debía hacerse únicamente entre ellos y sus antepasados.


Caballos cerca de Teixido

 

Y es que en Galicia la muerte se vive de una forma muy especial. Un cementerio gallego al uso estará siempre cerca del pueblo, puesto que resulta habitual que los vecinos se acerquen hasta allí para pasear y disfrutar de la tarde recordando a los ausentes. Se puede faltar a una comunión, a un bautizo o a una boda, pero en Cedeira y en general en toda Galicia, resulta muy grave no asistir al día de difuntos o a la misa de “cabo de año”.

La vida transcurría durante esta jornada en una calma sostenida, aunque no triste. Una jornada dedicada generalmente a las visitas y en la que las cuatro comidas diarias, o el tradicional consumo de castañas asadas, se hacía siempre en compañía de vecinos, familiares y amigos. La vuelta a casa para honrar a los muertos era hecho consumado, hasta el punto de publicarse esquelas en el que los datos del finado se acompañaban con un horario de autobuses: aquel que contrataba la familia para recoger a los allegados en las aldeas más distantes.

Es precisamente esta profunda sensibilidad hacia el mundo de los muertos la mejor muestra de la originalidad celta en Galicia, y por supuesto el legado más extendido del Samaín, una fiesta druídica que se remonta a los tiempos oscuros anteriores al cristianismo y a la cultura impuesta por los pueblos civilizados.


Misterio en el bosque gallego

 

Olvidada casi por completo, la fiesta de Samaín comienza hoy a recuperarse y a celebrarse en un número creciente de parroquias. Los ancianos de localidades como Noia, Catoira, Cedeira, Muxía, Sanxenxo, Quiroga o Ourense todavía recuerdan una tradición coincidente con los días de Difuntos y Todos los Santos, y que consistía en la elaboración de feroces calaveras confeccionadas con una cubierta de calabaza: son los famosos melones, o calabazas anaranjadas de Cedeira; los calacús en las Rías Baixas, o los bonecas con remolacha en Xermade (Lugo).

En Cedeira la técnica era siempre la misma, y consistía en vaciar con gran paciencia las calabazas colocándoles después dientes de palitos y una vela encendida en el interior, con el fin de espantar a los malos espíritus en las noches de transición entre el verano y el oscuro invierno.


Hoguera para guiar a los difuntos

 

Era tradición antiquísima que los niños elaboraran sus calaveras de “melón” con aspecto terrorífico, colocándolas después en las esquinas o las ventanas para asustar a todo el vecindario, y en especial a chicuelos de barriadas vecinas o a las mujeres que volvían del rosario. Cualquier mal que anduviese merodeando por la aldea quedaba así conjurado y lejos del hogar. Claro que esta hortaliza solo pudo utilizarse a partir del siglo XVI, cuando fue transplantada a Europa con los primeros galeones procedentes de América. En la festividad más antigua del Samaín, las aldeas célticas utilizaban los cráneos de los enemigos vencidos en batalla para iluminarlos y colocarlos en los muros de los castros.

De este rito salvaje procede la tradición posterior de los cruceiroslas cruces de piedra  levantadas en las encrucijadas de numerosos bosques y despoblados gallegos. Los cruceiros se rodeaban de amontonamientos de piedras llamados milladouros, con una finalidad similar a la de las calaveras, y aún hoy existe entre viajeros y caminantes la costumbre de depositar allí una piedra y solicitar un deseo a los espíritus que rondan el lugar.


Cabo Ortegal

 

El Samaín (en su origen gaélico, Samhain, que significa noviembre o “fin del verano”) se celebraba hace miles de años en todo el territorio celta hacia la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre, con motivo de la conclusión de la temporada de cosechas y la llegada del invierno.

Los druidas, sacerdotes paganos de los celtas, consideraban esta fecha como un momento perfecto para reverenciar a los ancestros que visitaban sus antiguas aldeas, y para ello se santificaban mediante ritos conducentes a lograr su intercesión. Fue en el siglo XIX cuando la tradición del Samhain se exportó a Estados Unidos a partir de países como Escocia e Irlanda, cuya población emigró en masa a Norteamérica a causa de las hambrunas que asolaron Europa a mediados de siglo.

Este es el origen del Halloween actual (término derivado de All Hallows’ Eve, ‘Víspera de Todos los Santos’), una fiesta reimportada después a nuestro continente en un intento de alienar nuestras tradiciones más arraigadas: precisamente aquellas que dieron origen y significado al rito actual de reverenciar a los muertos.


Playa de Lumebo, en el Ferrol. Rías Altas

 

Durante la noche del 31 de octubre los druidas se desplazaban hasta los bosques más alejados y recogían bayas de muérdago, una planta parásita que crece en las ramas de los árboles. Para ello utilizaban cierta hoz especial, fabricada de un material sagrado y considerado símbolo de pureza en la tradición celta: el oro. Tras la recolección depositaban las bayas en un pequeño caldero, donde más tarde se efectuaría la cocción de pócimas curativas y mágicas destinadas, entre otras cosas, a las prácticas de adivinación.

Los vecinos acudían a los druidas para obtener pronósticos sobre aspectos tales como casamientos, la incidencia del tiempo o la suerte que había de depararles el futuro.

Se tiene constancia de un rito adivinatorio que ha sobrevivido hasta fechas recientes y que consistía, curiosamente, en “pescar” y pelar manzanas: para ello se sumergía una cantidad variable de estas frutas en un recipiente amplio, a fin de que cualquiera que quisiese probar suerte se acercara a atrapar alguna de ellas.

Aquella persona que lo lograse en primer lugar sería la primera de la aldea en casarse. Finalmente se procedía a pelar las manzanas en la creencia firme de que cuanto más larga fuera la mondadura, mayor sería la vida de quien la peló.



Asando castañas

 

En la noche de difuntos, las hadas y los trasgos eran libres de deambular por los caminos y las inmediaciones de la aldea. Su magia ocasionaba un sinnúmero de daños debido a las peculiaridades de esta jornada, la cual no pertenece ni a un año ni al siguiente, y por tanto resulta ideal para sembrar el caos. Se atrancaban las puertas de las casas para evitar que nadie entrase pidiendo limosna, en especial si lo que pedían era comida, leche o sopa.

Algunos valientes se arriesgaban a abrir: de tratarse de un hada el hogar obtendría suerte y fortuna para el siguiente año; pero si el visitante era un trasgo las maldiciones se abatirían sobre la familia, y todo serían calamidades y desastres sin fin.

Al caer el día los druidas encendían hogueras en lugares específicos, para lo cual utilizaban ramas sagradas recolectadas en lo más profundo del bosque. Su función no era solo ahuyentar a los malos espíritus sino también guiar a los muertos en la oscuridad, a fin de facilitarles el camino a la aldea y participar en las honras preparadas por sus familiares.

Los vecinos solían disfrazarse con pieles y cabezas de animales para asustar o despistar a los espectros, en la creencia de que pasarían de largo al confundirlos con otras bestias. Y asimismo era tradición efectuar numerosos sacrificios de reses. Un acto, por otro lado, no necesariamente asociado a celebraciones de tipo místico, ya que entonces al igual que ahora la comunidad debía aprovisionarse de carne y de pieles para hacer frente a los duros meses de invierno.



Atardecer en el puerto de Cariño



Hacia el día de difuntos

 

Más adelante, los ritos celtas encaminados al mundo de los muertos derivaron en Galicia hacia la tradición de la Santa CompañaLa Santa Compaña está formada por ánimas que van en dos hileras, envueltas en sudarios, con las manos frías y los pies descalzos. Cada fantasma lleva una luz, pero es invisible, sólo un olor a cera y un ligero viento son las señales de que está pasando la legión de espectros. Al frente va un espectro de mayor tamaño, la Estadea.


Algunas veces llevan un ataúd en el que va un familiar del que presencia el paso. Este no tarda en morir.

Puede suceder que el que encuentra el paso a altas horas de la noche se vea obligado a seguir al cortejo portando una cruz y un caldero.

El acompañante puede transmitir su "empleo" si en una de las excursiones de los difuntos se encuentra con otra persona. Le da la cruz y el caldero y él queda libre mientras que la persona a quien se los ha dado es la que pasa a acompañar a los espectros.


Pero sin duda, nada hay más eficaz que evitar alejarse del hogar durante esas horas consagradas a los muertos. Un consejo ciertamente valioso, puesto que el que encabeza la comitiva es en realidad una persona viva, que ha sido condenada a portar una cruz delante de la procesión espectral, y que solo quedará libre cuando pueda traspasar su condena a otro… Dicho esto y sin ánimo de estropear la fiesta a nadie… ¡A disfrutar de la noche más tenebrosa del año!


Puesta de sol en Ortegal



























 

 

El Día de Muertos en México

(2 de noviembre)


 EL XANTOLO

La muerte es el destino inapelable de toda vida humana y es natural que nos cause temor y angustia su realidad, sobre todo cuando vemos de cerca el peligro de morir o cuando perjudica a nuestros seres queridos.


Más que el hecho de morir, importa lo que sigue a la muerte. Ese otro mundo sobre el que hacemos exhibiciones, costumbres y tradiciones que se transforman en culturas. Todas tienen igual importancia, pues ante el camino desconocido que la muerte nos señala, sólo es posible imaginarla a través de los símbolos.

En las culturas del pasado como la china y egipcia, el culto a los muertos era un símbolo de unidad familiar. Les rendían culto erigiendo templos y pirámides. En la cultura China por ejemplo, para los aniversarios se quemaba incienso, se prendían velas y se depositaban ofrendas de alimentos sobre un altar. Eran los días en los que se rememoraban las grandes deudas que se tenían con los antepasados.

 

Los antiguos egipcios creían que el individuo poseía dos espíritus. Cuando una persona moría, un alma iba al más allá y la segunda quedaba deambulando en el espacio, pero esta última necesitaba alimentarse. Creían que este espíritu vivía en el cuerpo que ellos cuidadosamente habían embalsamado, ya que era la única forma de que el ánima pudiera seguir existiendo. Este espíritu era quien recibía las ofrendas.

Esta celebración guarda mucha de la influencia prehispánica del culto a los muertos, que se celebra en México el 2 de noviembre. Regiones donde se celebran importantes fiestas y ritos son Tláhuac, Xochimilco y Mixquic, lugares próximos a la ciudad de México. En el estado de Michoacán las ceremonias más importantes son las de los indios purépechas del conocido lago de Pátzcuaro, concretamente en la isla de Janitzio. También son importantes las ceremonias que se celebran en poblados del istmo de TehuantepecOaxaca y en CuetzalánPuebla.



La Calavera Garbancera, una invitada imprescindible en este día por su relación con la muerte.

Ofrenda mixteca del Día de Muertos.

 

La ofrenda es una forma de expresar que el recuerdo de los seres queridos ocupa el sitio sagrado que corresponde a un altar. En este se ubican flores, adornos, confituras y alimentos con el fin de hacer vivir la imposible ilusión de verlos compartir con ellos estos bienes, como si no existiera entre ambos el abismo misterioso que separa la vida de la muerte. Cada uno de los elementos que conforman un altar posee un significado especial.



El altar se asienta sobre una mesa cubierta con un mantel bordado o deshilado y dos arcos de carrizo engalanados con flores de papel de china abombado. A este conjunto se le denomina portada o retablo. El pan de muerto posee forma de difunto y lleva un nombre escrito. También se disponen muchas flores de Cempazúchitl, que son unas flores anaranjadas denominadas también flores de muerto, cuyo símbolo es de tristeza.

Se emplazan cortinas y carpetitas de papel de china picado y se encienden las ofrendas con veladoras y velas puestas en botellas cubiertas con papel de china. En el altar de muertos se alumbra una vela por cada persona fallecida, llamándole por su nombre al encenderla. A los dos lados se disponen ofrendas, se elabora chocolate, atole y otros platos.

En los altares de las casas, engalanados con flores, se colocan los manjares y las velas, una por cada infante muerto que la familia todavía recuerde. Por eso el 1 de noviembre se denomina también «día de los angelitos«. En muchas regiones la gente forma un sendero con pétalos de cempaxóchitl (clavel chino), desde el altar hasta la calle, para que las almas puedan encontrar el camino.


Velación de los angelitos.

 

El 2 de noviembre se colocan más velas y platillos: arroz con leche, dulces y gelatinas de camote, agregando carnes -en los distintos moles-, tamales, cigarros y café. Se meten en el horno calabazas y panes especiales de muchas formas, tamaños y colores, que pueden ser enormes y representar seres humanos. Algunas veces, parte de los manjares se llevan al cementerio, junto con las velas y los zempoaxochitl, la clásica flor de difuntos mexicana.

Cualquier invitado es agasajado con comida, que el anfitrión ofrece en nombre de sus muertos, con la creencia de que si dan, recibirán más en el futuro por mediación de sus fieles difuntos.


Según los indígenas mixes, el ciclo de la vida tiene su apogeo en la muerte, siendo esta última sólo un paso más en la existencia, por ello deben efectuarse algunas ceremonias. Al ocurrir el fallecimiento, en el sitio donde ocurrió, los familiares del difunto realizan una cruz de ceniza en el suelo y la riegan con agua bendita que permanecerá allí varios días.

Los velorios se llenan de velas encendidas porque ellos piensan que su luz ayudará a las almas a encontrar su camino. Se reza durante toda la noche y se invita a los presentes a café, mezcal y cigarros. El fallecimiento de un niño es motivo de júbilo y en algunos pueblos se baila toda la noche, pues se cree que su alma ha ido directamente al cielo.




Cada uno de los siguientes elementos guarda su propia historia, costumbre, poesía y, más que nada, misticismo. En general son componentes indispensables para recibir a los espíritus.

El agua: Al ser la fuente de la vida, se obsequia a las almas para paliar su sed tras el largo recorrido y que se puedan fortalecer para su regreso. En algunas culturas es un símbolo de la pureza del alma.

La sal: Es un ingrediente esencial para purificar, ya que sirve para que el cuerpo no se descomponga en su viaje de ida y vuelta para el siguiente año.

Velas y veladoras

Los antiguos mexicanos empleaban rajas de ocote para iluminar. Actualmente se utiliza el cirio en sus distintas formas: velas, veladoras o ceras. La llama o «la luz» producida es un símbolo de fe y esperanza. La llama titilante también es una guía para que las ánimas puedan llegar a sus antiguos lugares y sirve para iluminar el regreso a su morada. En las comunidades indígenas cada vela representa un ser fallecido, es decir, el número de velas que tendrá el altar dependerá de los espíritus que quiera recibir la familia. Si los cirios o los candeleros son morados, es señal de duelo; y si se ponen cuatro de éstos en cruz, representan los cuatro puntos cardinales, de forma que el ánima pueda orientarse hasta hallar su camino y su casa.



Copal e incienso: El copal era ofrendado por los nativos a sus dioses, ya que el incienso no se conoció hasta que llegaron los españoles. Es el componente que pondera la oración o alabanza, y es una fragancia de respeto y devoción. Se usa para limpiar el lugar de los malos espíritus, de manera que el alma pueda entrar a su casa sin ningún peligro.



Las flores: Son símbolo de celebración y festividad por sus colores y estelas aromáticas. Sirven para adornar y almizclar el lugar durante la estancia del alma, la cual al marcharse se irá feliz. El alhelí y la nube no pueden faltar, ya que sus colores significan pureza y ternura, y acompañan a los espíritus de los niños.

En muchas zonas del país es costumbre disponer caminos de pétalos que sirven para guiar al fallecido del campo santo a la ofrenda y viceversa. La flor amarilla del cempasúchil (Zempoalxóchitl) deshojada, es el camino del color y olor que esbozan los itinerarios a los espíritus.


Los indígenas pensaban que el cempasúchil era una planta que servía para curar, pero actualmente sólo se emplea para adornar los altares y las tumbas de los difuntos. Por esta causa se dice que a lo largo del tiempo la flor fue perdiendo su poderío medicinal. Flor de cempasúchil quiere decir en el lenguaje náhuatl «veinte flor»; efeméride de la muerte.

El petate: Entre los diferentes empleos que se le da al petate se encuentra el de cama, mesa o mortaja. En esta fecha tan particular se utiliza para que las ánimas descansen, así como de mantel para disponer los alimentos de la ofrenda.



El izcuintle (itzcuintli): Un elemento indispensable en los altares para niños es el perrito izcuintle en juguete, que sirve para que las ánimas de los pequeños estén contentas al llegar al convite. El perrito izcuintle es el que ayuda a los espíritus a cruzar el caudaloso río Chiconauhuapan, que es el último tramo para llegar al Mictlán.



El pan: Este alimento simboliza el ofrecimiento fraternal. La iglesia lo considera el «Cuerpo de Cristo», y cocinado de diferentes maneras, el pan es uno de los elementos más apreciados y respetados en el altar.


El gollete y las cañas: Son elementos relacionados con el tzompantli. Se denomina golletes a los panes con forma de rueda, que se disponen en las ofrendas sostenidos por trozos de caña. Los panes personifican los cráneos de los enemigos abatidos y las cañas las varas donde se ensartaban.



El retrato del recordado: Es una sugerencia para el espíritu que nos visitará, pero este debe esconderse de forma que sólo pueda verse con un espejo, para simbolizar que al ser querido se le puede ver, pero ya no existe.


La imagen de las ánimas del purgatorio: Sirve para conseguir la libertad del ánima del difunto, por si acaso se encontrara en ese lugar, para ayudarlo a salir. También puede emplearse una cruz pequeña confeccionada con ceniza.



Se pueden poner otras imágenes de santos, las cuales servirán como medio de correspondencia entre muertos y vivos, ya que en el altar son sinónimo de las buenas relaciones sociales. Además, representan la paz en el hogar y la aceptación fija de compartir los alimentos, como las manzanas, que representan la sangre, y la amabilidad y cordialidad a través de la calabaza en dulce de tacha.


El mole con pollo, gallina o guajolote: Esta receta es una de las preferidas por los indígenas para poner en el altar, aunque también le añaden barbacoa con todo y consomé. Estos platos son esa estela de aromas, el banquete de la cocina en decoro y respeto a los seres recordados. La buena comida tiene por objeto deleitar al espíritu que nos visita.




Chocolate de agua: La costumbre prehispánica cuenta que los convidados tomaban chocolate preparado con el agua que utilizaba el muerto para bañarse, de manera que los invitados se impregnaban de la esencia del fallecido.


Las calaveras de azúcar: Las de tamaño mediano simbolizan a la muerte siempre presente. Las calaveras pequeñas están consagradas a la Santísima Trinidad y las grandes al Padre Eterno.



El aguamanil, jabón y toalla: Estos elementos se disponen si queremos que el espíritu se pueda lavar las manos después del largo viaje.



Licores: Se disponen para recordar los grandes acontecimientos agradables durante su vida, para ayudar a que pueda visitarnos.


Cruz grande de ceniza: Se emplea para que el alma pueda llegar hasta el altar para poder expiar sus culpas pendientes.


El altar puede ser engalanado también con papel picado, telas de seda y satén donde se dispondrán figuras de barro, un incensario o ropa limpia para recibir a los espíritus.


La ofrenda, en sí misma, es una clase de escenografía en la que participan nuestros muertos que vienen a beber, comer, descansar y convivir con sus familiares y allegados.


https://www.blogodisea.com/el-dia-de-muertos-mexico-2-de-noviembre.html


Todo lo que tienes que saber del Xantolo, la celebración de los muertos de la Huasteca Potosina

La Huasteca es el nombre de una región mexicana que comprende el norte de Veracruz, el sur de Tamaulipas, y partes de los estados de San Luis Potosí, Puebla e Hidalgo. Por esta razón se conoce también con el nombre de Huasteca potosina, poblana, hidalguense, tamaulipeca y veracruzana. El Xantolo es una de las fiestas más importantes de la región. Veamos aquí algunas de sus características.

https://massanluis.com/2018/10/26/que-significa-la-palabra-xantolo/

Xantolo (se pronuncia chantolo) es un vocablo que viene del término castellano xanto (santo) y del náhuatl olo (abundancia), y que significa todos santos.

http://www.agendasanluis.com/xantolo-celebracion-muertos-huasteca-potosina/

Si bien el Xantolo se celebra en toda la región, podemos decir que su epicentro es en el Municipio de Tempoal (Veracruz), en una celebración que comienza el 31 de octubre y se extiende hasta el 3 de noviembre.

https://catrinaperegrina.wordpress.com/tag/xantolo/

En cada hogar se instala el altar de muertos, que consta de dos arcos de ramas del árbol llamado guásima o cualquier otra vara flexible. Se lo adorna con flores de cempasúchil y mano de león y se lo cubre con todo aquello que le gustaba al difunto.

En la ofrenda hay fruta, pan de muerto y flores. Se adorna con papel picado de colores y se colocan imágenes religiosas. Tampoco faltan el copal o el incienso.

El día primero de noviembre es destinado a los muertos chiquitos y por ello la ofrenda cuenta con dulces, refrescos, piñatas, juguetes y todo lo que disfrutaban los pequeños en vida.

El día dos es de los difuntos mayores y el altar se llena de colorido, olores y sabores diversos que van desde platillos como el mole o los tamales, dulce de calabaza, tequila y cerveza, así como chocolate y el pan de muerto. La Huasteca guarda recetas singulares para estos días.

El chichimbre es un pan elaborado con harina de trigo y piloncillo. Su nombre es una deformación de ginger bread, el pan de jengibre que trajeron los ingleses que vinieron a explotar nuestra industria petrolera. Hoy ya no se le pone el jengibre, sino otras especias como el anís y la canela. Se cortan de forma rectangular o en forma de cochinito ¡y son riquísimos!

Los pemoles son unas galletas en forma de rosquillas que se hacen en toda la Huasteca. Llevan harina de maíz, manteca de cerdo, piloncillo, café, huevo y canela en rama cortada en trozos muy pequeñitos. Cuando se hacen en horno de leña son mucho más ricos.

Uno de los eventos más esperados del Xantolo es la representación con los habitantes de la comunidad disfrazados de ancianos con máscaras artesanales, talladas en madera y atuendos de estilo vaquero. En Tempoal se conoce este evento como La Viejada.

También hay otros personajes que participan de estas danzas, como el Diablo, la Muerte y la Mujer embarazada (que representa la vida).

La danza, bailada al ritmo de sones y huapangos, simboliza la materialización de las almas de los muertos, que vienen a celebrar y a disfrutar de la comida que se les ofrenda. Sin embargo, detrás de ellos viene la muerte, siguiéndolos para llevarlos de regreso. Por ello se esconden en el cuerpo de los vivos, quienes deben ponerse máscaras para no ser reconocidos por la Muerte.

En las otras huastecas de los diferentes estados a los danzantes enmascarados se les conoce como huehues, cuanegros y matlachines, pero todos cumplen la función de festejar el regreso de sus difuntos, bailando y robando dulces, bebidas y comida de los altares, recorriendo las casas, panteones y calles de comunidades rurales y cabeceras municipales, sin dejar de bailar y armar alboroto.

En el Xantolo no puede faltar el Diablo, que viene a hacer sus travesuras…

Las fiestas de Xantolo terminan el 3 de noviembre, cuando se hace la Fiesta del Destape, una tradición en la que las cuadrillas bailan de nuevo toda la noche y donde al final descubren sus caras y se conoce a la persona que portó ese disfraz. 

https://matadornetwork.com/es/xantolo-celebracion-de-los-muertos-de-la-huasteca-potosina/


https://catrinaperegrina.wordpress.com/tag/xantolo/


https://catrinaperegrina.wordpress.com/tag/xantolo/



https://www.masnoticias.mx/tantoyuca-se-consolida-como-sede-de-xantolo-en-la-huasteca-regidor/


https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Xantolo_Tantoyuca_005.jpg





XANTOLO EN HUEJUTLA


Pachuca recibió el premio Guinness al romper récord por el Altar de Muertos más grande del mundo, 790 metros cuadrados, realizado en la Plaza Juárez.

El altar recuerda a Mictlantecuhtli, el señor de los muertos, que abre las puertas del Mictlán; entonces las almas de niños y adultos comienzan la travesía en ese largo camino de la eternidad o Semijkayotl al mundo terrenal, el que los espera con sones y sabores tradicionales.

Al noreste de Hidalgo, en un paisaje donde el verde es constante, ahí está Huejutla, la Perla de la Huasteca, como la conocen muchos. Ahí, la devoción, el esmero y la unión de la gente en la fiesta del Mijkailjuitl -celebración de muertos- es única.

Para la ocasión, ya se afinan el violín, la quinta huapanguera y la jarana que acompañarán la danza de los huehues quienes representan las ánimas. Es mediodía del último día de octubre, los angelitos o niños muertos han llegado a casa; les espera comida sin picante, tamales, chocolate, dulces, juguetes y ropa nueva. Para el primero de noviembre, la plaza principal de Huejutla se convierte en escenario de una ofrenda monumental que pinta de amarillo los pies del ex convento de San Agustín. No tarda mucho y los alegres huehues llegan danzando.

Cómo llegar


Huejutla se localiza a 221 km al noreste de Pachuca, por federal 105. Si viajas en autobús, de la central del norte de CDMX, los autobuses Estrella Blanca salen directos.

https://www.ciudadypoder.mx/el-altar-de-muertos-mas-grande-del-mundo-esta-en-hidalgo/

 

http://larazonhuejutla.mx/2019/07/24/escenario-de-xantolo-2019-sera-majestuoso/




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