ENIGMAS DEL IMPERIO AZTECA
La excavación de una pirámide
sagrada ofrece nuevas pistas sobre los sangrientos rituales del Imperio
mesoamericano, pero ningún rastro, de momento, de su emperador más temible.
Examina los indicios arqueológicos que están contribuyendo a arrojar luz sobre
los enigmas del imperio azteca.
Guido Galvani y
María Sánchez Vega por gentileza del Proyecto Templo Mayor / Instituto Nacional
de A
Escáner láser
Los
arqueólogos utilizaron un escáner con tecnología láser para generar la imagen
verde tridimensional de una enorme losa fracturada que representa a una diosa
azteca de la tierra. Cerca de su cabeza, en el fondo de un pozo, había seis
ofrendas extraordinarias.
Kenneth Garrett
Ardua restauración
En
mayo, un equipo de 30 técnicos provistos de dos grúas tardó 15 horas en
desplazar 150 metros la piedra de 12 toneladas de la diosa de la Tierra,
Tlaltecuhtli, partida en cuatro fragmentos, desde el yacimiento hasta su nueva
ubicación en el Museo del Templo Mayor, en Ciudad de México. Tras dos años y
medio, el proceso de restauración ha revelado residuos de los pigmentos
originales (ocre, rojo, azul, blanco y negro) aplicados sobre la andesita, pero
no se ha podido localizar el fragmento central del monolito.
Aristocánido
El
Aristocánido, cuyo esqueleto ha sido reconstruido para su exhibición en un
museo, llevaba un cinturón de conchas y cascabeles de oro en las patas
traseras.
Ofrendas de oro
El Aristocánido también
llevaba cascabeles de oro en las patas traseras.
Buscando una tumba
real
Los
arqueólogos, entre ellos Ángel González, han sacado a la luz decenas de miles
de piezas que servirán para comprender mejor a los aztecas. La búsqueda de una
tumba real ha orientado la excavación hacia una nueva galería al oeste del
yacimiento.
Ruinas del Templo
Mayor
Los
focos iluminan las ruinas del Templo Mayor para los visitantes nocturnos. Las
excavaciones han revelado 13 fases de su construcción entre 1375 y 1519,
incluida la doble escalinata de la pirámide.
Una ofrenda de
dimensiones considerables
Debajo
del monolito de Tlaltecuhtli yacía la mayor ofrenda hallada hasta el momento
(caja 126): 8.500 huesos de animales, cuchillos rituales, conchas y corales,
una vasija con grano, estatuillas del dios del fuego…
Máscaras de madera
Máscaras diminutas
de madera de pino se hallaron en la Ofrenda 126.
Imagen del
universo
Dentro
del pozo, junto al monolito, los arqueólogos hallaron la caja de la Ofrenda
125, que representa lo que Leonardo López Luján, director del Proyecto Templo
Mayor, considera una «imagen en miniatura del universo». Entre los tesoros
ofrecidos a los dioses había un adorno de oro, que apareció sujeto a una piel
de mono araña.
Collar de piedras
verdes
Entre
los tesoros ofrecidos a los dioses había un collar de piedras verdes, que
adornaba el esqueleto de un cánido.
Cuchillos de
pedernal y copal
Dentro
del pozo, junto al monolito, los arqueólogos hallaron la caja de la Ofrenda
125. Entre los tesoros ofrecidos a los dioses había cuchillos de pedernal y
copal, colocados representando los vientos que azotan el inframundo.
Monolito de la
diosa de la Tierra
No
se ha podido localizar el fragmento central del monolito de la diosa de la
Tierra.
Diosa de la Luna
Esculpida
antes de 1470, la imagen de Coyolxauhqui, diosa de la Luna, se encontraba al
pie de la escalinata del Templo Mayor hasta que fue enterrada en unas obras de
restauración de la pirámide hacia 1481. La piedra, sacada a la luz en 1978,
recuerda la leyenda de la muerte de la diosa a manos de su hermano, el dios
Huitzilopochtli.
Cetro de obsidiana
No
lejos de la Ofrenda 125, un cetro de obsidiana, cascabeles y una calabaza
marrón llena de una sustancia similar al tabaco rodean un cuchillo de pedernal
que representa al dios Techalotl, una de las divinidades del pulque. Según el
arqueólogo Leonardo López Luján, en términos actuales sería como una deidad del
«sexo, drogas y rock and roll», que encarnaba la música, el baile y la
embriaguez.
Cascabeles de oro
Símbolo
de un rango social elevado, estos cascabeles de oro hallados en la caja de la
Ofrenda 125 cerca del Templo Mayor formaban parte de una pulsera que lucía un
águila real. Los nobles también adornaban sus ropas con cascabeles similares a
estos.
Señor de la
Turquesa
Entre
las miles de piezas descubiertas en la caja de la Ofrenda 126 destacan una imagen
esculpida en piedra del dios del fuego Xiuhtecuhtli (Señor de la Turquesa),
unos restos de copal utilizado como incienso y un pico de pez espada. Los
objetos fueros ofrendados a los dioses como consagración de la gran losa de
piedra, justo antes de que fuera colocada en su lugar definitivo.
En una esquina del Zócalo, la famosa
plaza de Ciudad de México, junto a las ruinas de la pirámide sagrada azteca
conocida como Templo Mayor, se descubrieron los
restos de un animal, quizás un perro o un lobo. Se trata de una hembra que
murió hace 500 años y cuyos restos yacían en un pozo de dos metros y medio de
profundidad, con las paredes revestidas de piedra. Es probable que no tuviera
nombre, ni dueño. Pero es evidente que el cánido significó algo para alguien.
Llevaba un collar de cuentas de jade y unas orejeras de turquesa, y de las
patas le colgaban ajorcas con cascabeles de oro puro. El equipo de arqueólogos
del Proyecto Templo Mayor, dirigido por Leonardo López Luján, sacó a la luz el
llamado Aristocánido el verano de 2008, después de dos años de trabajos en una
excavación iniciada cuando unas obras de construcción revelaron un objeto
sorprendente. Se trataba de una enorme losa rectangular de andesita rosa de 12
toneladas de peso, rota en cuatro grandes fragmentos, con la espeluznante
imagen de la diosa de la Tierra, Tlaltecuhtli, símbolo azteca del ciclo de la
vida y la muerte, acuclillada para parir mientras bebe su propia sangre y
devora el fruto de sus entrañas. Era el tercer monolito plano de grandes dimensiones
perteneciente a la cultura azteca descubierto por accidente en las proximidades
del Templo Mayor, después de la famosa Piedra del Sol de basalto aparecida en
1790, y del disco con la imagen de Coyolxauhqui, la diosa de la Luna,
encontrado en 1978.
Tras años de excavaciones, López Luján y su equipo
han descubierto, en un pozo profundo junto al monolito, algunas de las ofrendas
aztecas más inusuales conocidas hasta ahora. Al retirar un sello de estuco del
suelo de la plaza, los investigadores se encontraron con 21 cuchillos rituales
de pedernal blanco pintado de rojo, representación de los dientes y las encías
de la monstruosa Tlaltecuhtli, con la boca abierta para recibir a los muertos.
Siguieron excavando y, a mayor profundidad, hallaron un fardo envuelto en hojas
de ágave, en cuyo interior había una variedad de punzones rituales de hueso de
jaguar, utilizados por los sacerdotes aztecas para derramar su propia sangre
como ofrenda a los dioses. Junto a los punzones había barras de copal, el
incienso empleado por los sacerdotes. Los punzones y el copal estaban
cuidadosamente ordenados dentro del fardo, junto con plumas y cuentas de jade.
Para asombro de López Luján, unos metros más abajo
del fardo había una segunda ofrenda, ésta guardada en una caja de piedra.
Contenía los esqueletos de dos águilas reales, símbolos del Sol, con
los cuerpos orientados hacia el oeste. Alrededor de las águilas había 27
cuchillos rituales, 24 de los cuales aparecían «ataviados», como muñecas
andrajosas, con las pieles y los trajes propios de las divinidades asociadas
con el crepúsculo. A finales de enero, el equipo había extraído del pozo un
total de seis ofrendas, la última de las cuales se encontraba siete metros bajo
el nivel de la calle y contenía una jarra de cerámica con 310 cuentas, orejeras
y estatuillas de piedra verde. La ubicación de cada objeto desenterrado parecía
responder a una lógica precisa, reflejo de la cosmología azteca.
En el fondo del segundo cofre de ofrendas, López
Luján encontró al animal con sus elaborados adornos. Estaba cubierto de conchas
y restos de almejas, cangrejos y caracolas, procedentes del golfo de México y
de los océanos Atlántico y Pacífico. En la cosmovisión azteca, como bien sabía
el arqueólogo, ese conjunto representaba el primer nivel del inframundo. El
cánido habría servido de guía para que el alma de su amo atravesara un
peligroso río.
¿Pero a quién perteneció esa alma? Desde que Hernán
Cortés conquistó México en 1521, no se han hallado restos de ningún emperador
azteca. Sin embargo, los registros históricos dicen que tres monarcas fueron
incinerados y sus cenizas, enterradas al pie del Templo Mayor. Cuando apareció
el monolito de Tlaltecuhtli, López Luján observó que la deidad representada
sostiene un conejo, con diez puntos marcados encima, con su pie derecho en
forma de garra. En el sistema de escritura azteca, «10-conejo» corresponde al
año 1502. Según los códices de la época, ése fue el año en que Ahuitzotl, el
gobernante más temido del imperio, fue sepultado con gran pompa.
López Luján está convencido de que la tumba de
Ahuitzotl tiene que hallarse en algún lugar cerca de donde apareció el
monolito. Si está en lo cierto, el Aristocánido podría ser el guía subterráneo
hacia la esencia de un pueblo que conocemos como azteca, pero que se hacía
llamar mexica y cuyo legado constituye el corazón de la identidad mexicana. El
hallazgo de la tumba de Ahuitzotl sería para López Luján la culminación de 32
años de investigación sobre uno de los imperios más mitificados y peor
comprendidos de América. Por desgracia, hay muy pocas certezas en lo que se
refiere al imperio azteca, un reino brutal y complejo, breve y literalmente
sepultado bajo tierra, pero hoy, cinco siglos más tarde, crucial en la
conciencia de la nación mexicana.
«En México, el pasado está presente en todas
partes», dice López Luján. Su afirmación es particularmente cierta en el caso
de la civilización azteca, cuyos restos materiales se encuentran bajo las
calles y plazas de una nación moderna.
Cuando en 1978 corrió la voz de que el Templo Mayor
había sido localizado en el centro de la segunda ciudad más poblada del mundo,
el espectáculo resultante se pareció más a un estreno de Broadway que a un
triunfo de la arqueología. Jimmy Carter, François Mitterrand, Jane Fonda,
Gabriel García Márquez y Jacques Cousteau figuraron entre los muchos famosos
invitados a visitar el yacimiento, algunos de ellos por el propio presidente de
México José López Portillo, cuya polémica decisión de demoler 13 edificios
había hecho posible las excavaciones. Ahora todo vuelve a comenzar, mientras
circula la noticia de que uno o más emperadores podrían estar sepultados en los
alrededores del Zócalo. Actualmente, López Luján dedica muchísimo tiempo a
mostrar a las celebridades el lugar de las excavaciones en el extremo
occidental de la pirámide, mientras la prensa mexicana espera anhelante las
últimas revelaciones arqueológicas. Los transeúntes llaman a la puerta para
rogar que les dejen echar un vistazo, y muchas veces López Luján accede. El
afable investigador de 46 años comprende la atracción que suscita el
yacimiento. «Los mexicanos viven hoy un presente trágico –dice–, pero el pasado
les ofrece la oportunidad de sentirse orgullosos.»
A diferencia de los mayas, el otro imperio de
Mesoamérica, los aztecas se identifican exclusivamente con México, que
no pierde ocasión de elevarlos a la categoría de mito. El águila azteca
ocupa el centro de la bandera mexicana y destaca en los logotipos de las dos
principales compañías aéreas del país. Hay un Banco Azteca y una TV Azteca, y
la selección nacional de fútbol luce el águila en las camisetas y juega en el
Estadio Azteca. La propia Ciudad de México es un homenaje implícito a la
ciudad-estado de Tenochtitlan y al carácter indómito de los aztecas.
Sin embargo, tras el icono azteca existe una
realidad mucho más perecedera. Para empezar, los poderosos aztecas sólo
mantuvieron su imperio (la Triple Alianza de Tenochtitlan, Texcoco y
Tlacopan) durante apenas un siglo, antes de ser derrotados por los
conquistadores españoles. Por mucho temor y aversión que suscitaran sus
monarcas en las regiones sometidas, su dominio fue efímero. No erigieron
templos por doquier ni propagaron tradiciones culturales a través de un extenso
territorio como hicieron los romanos o los incas. En lugar de eso, los aztecas
mantuvieron lo que algunos estudiosos denominan «un imperio barato», en el que
permitían a los conquistados seguir gobernándose a sí mismos mientras
cumplieran con el pago de los tributos. Era un sistema de venta de protección,
sostenido por periódicas demostraciones de fuerza. Los aztecas prefirieron
expresar su ingenio en su epicentro, Tenochtitlan. Sin embargo, la gran ciudad
era en muchos aspectos un compendio de tradiciones, imágenes y prácticas
religiosas heredadas de civilizaciones anteriores. Como ha dicho Alfredo López
Austin, especialista en culturas mesoamericanas y padre de López Luján: «El
concepto erróneo más extendido es que la cultura azteca fue completamente
original. No lo fue».
La tosca caricatura de unos aztecas sedientos de
sangre es igualmente incorrecta. Los conquistadores españoles
exageraron sin duda las prácticas sangrientas de los mexicas (afirmaron,
por ejemplo, que habían sacrificado 80.400 víctimas humanas en la consagración
de un solo templo, lo que de haber sido cierto habría despoblado gran parte del
centro de México), y hay quienes han llegado a considerar los sacrificios
humanos una invención europea. Pero eso es ir demasiado lejos. Los análisis
químicos practicados durante los 15 últimos años en terrenos porosos de diferentes
puntos de Ciudad de México revelan «rastros de sangre por todas partes», según
López Luján. «Tenemos las losas utilizadas para los sacrificios, los cuchillos
rituales y los cuerpos de 127 víctimas. No podemos negar los sacrificios humanos»,
declara.
Aun así, se apresura a añadir que los sacrificios
humanos eran habituales en todo el mundo antiguo. Los mayas y otras muchas
culturas anteriores a los aztecas también los practicaban. «No es la violencia
de un pueblo sino la de un período histórico dominado por la guerra en el que
las religiones exigían sacrificios humanos para apaciguar a los dioses»,
observa López Austin. Y ese imperativo espiritual debió de suscitar una dosis
considerable de angustia en el pueblo azteca.
El imperio surgió de la nada. Los primeros aztecas,
o mexicas, procedían del norte, de Aztlan, aunque la ubicación de ese
territorio ancestral no ha sido localizado y quizás existiera sólo en la
leyenda. Hablaban la lengua náhuatl de los poderosos toltecas, cuyo dominio del
centro de México había terminado en el siglo XII. Pero el idioma era el único
vínculo de los mexicas con el poder y la grandeza. Expulsados de un
asentamiento tras otro en el valle de México, se establecieron finalmente en
una isla del lago Texcoco que nadie quería, y en 1325 fundaron Tenochtitlan.
Poco más que una ciénaga, el lugar carecía de agua potable y no disponía de
piedra ni de madera para la construcción. Pero los nuevos habitantes, aunque
«prácticamente carentes de una cultura, tenían una voluntad indómita», como ha
dicho el investigador Miguel León-Portilla.
Los pobladores descubrieron las ruinas de las que
en su día habían sido dos poderosas ciudades-estado, Teotihuacán y Tula, y se
apropiaron de cuanto vieron. Hacia 1430, Tenochtitlan ya era más grande que
cualquiera de esas ciudades, una maravilla de acueductos y terrenos ganados al
lago, divididos por canales y calzadas, formando un espacio urbano de cuatro
secciones en torno al edificio central, una pirámide de doble escalinata con
dos templos gemelos en lo alto. Ninguno de sus elementos era particularmente
original, y ésa era precisamente la idea. Los mexicas querían establecer
conexiones ancestrales con los imperios del pasado, y lo hicieron mediante las
estrategias y los planes de Tlacaelel, un consejero real que se vanagloriaba de
que ningún monarca actuaba sin escuchar su opinión. Durante la primera mitad
del siglo XV, Tlacaelel dio a conocer una nueva versión de la historia mexica
en la que afirmaba que su pueblo descendía de los poderosos toltecas y elevaba
a Huitzilopochtli (su dios del Sol y de la guerra) al panteón de las grandes
deidades toltecas. Pero el consejero real no se detuvo ahí. Como ha escrito
León-Portilla, Tlacaelel estableció que el destino imperial era «conquistar las
otras naciones […] y capturar víctimas para el sacrificio, porque el Sol,
fuente de toda vida, morirá si no lo alimentamos con sangre humana».
Así construyeron su imperio aquellos odiados
advenedizos del norte, subyugando una ciudad tras otra en el valle de México.
Durante el reinado de Moctezuma I, a finales de la década de 1440, los mexicas
y sus aliados marcharon más de 300 kilómetros para extender su imperio hacia el
sur, hacia los actuales estados de Morelos y Guerrero. Alrededor de 1450 habían
llegado al norte de la costa del Golfo, y en 1465 cayó la confederación de
Chalco, el último bastión que se les resistía en el valle de México.
Correspondería al octavo soberano azteca,
Ahuitzotl, llevar el imperio hasta el límite de su capacidad.
Para nosotros, Ahuitzotl no tiene rostro. El hombre
cuyos restos espera encontrar López Luján cerca del Templo Mayor no aparece
representado en ninguna obra de arte. «Las únicas imágenes que hay de un
soberano azteca son las de Moctezuma II, realizadas tras su muerte a partir de
las descripciones de los españoles», dice el arqueólogo, refiriéndose al último
emperador que gobernó México en vísperas de la conquista española. «Conocemos
muchos detalles de Moctezuma II, pero muy pocos de Ahuitzotl.»
Sabemos que fue un guerrero de alto rango que subió
al trono en 1486, cuando su hermano Tizoc perdió el control del imperio y murió
(tal vez envenenado, quizá por su hermano menor). Su nombre mismo
evocaba violencia. En la lengua náhuatl, un ahuitzotl era un
ser mítico con aspecto de nutria capaz de estrangular a un hombre con su cola.
Las 45 conquistas de Ahuitzotl, el rasgo más sobresaliente de sus 16 años de
reinado, aparecen ilustradas en el manuscrito conocido como Códice Mendoza,
encargado por el primer virrey español de Nueva España. Los ejércitos de
Ahuitzotl conquistaron una franja del litoral del Pacífico, hasta la actual
Guatemala, lo que supuso «una expansión territorial del imperio hasta límites
sin precedentes», según David Carrasco, historiador de Harvard. Algunas de
aquellas batallas fueron meras demostraciones de supremacía o expediciones de
castigo contra cabecillas locales rebeldes. La mayoría eran campañas destinadas
a satisfacer dos necesidades básicas: tributos en especie para Tenochtitlan y
víctimas para los dioses.
La primera regla del dominio azteca, firmemente
establecida cuando Ahuitzotl asumió el poder, era llevarse lo mejor de
cada región conquistada. «Mercaderes y comerciantes ejercían de espías»,
explica Eduardo Matos Moctezuma, el arqueólogo que supervisó las excavaciones
del Templo Mayor iniciadas en 1978. Cuando informaban de los recursos de una
ciudad, las fuerzas imperiales preparaban el ataque. «La expansión militar fue
una expansión económica –dice Matos Moctezuma–. Los aztecas no imponían su religión.
Sólo querían los productos.»
Entre los pueblos
mesoamericanos, el oro no era tan importante como el jade, que representaba la fertilidad y que en América Central sólo podía
encontrarse en las minas de Guatemala. No es extraño, pues, que Ahuitzotl estableciera
rutas comerciales hacia esas tierras, donde era posible conseguir no sólo las
preciadas piedras, sino también «plumas de quetzal, oro, pieles de jaguar y
granos de cacao, el dinero que crecía en los árboles», apunta López Luján. Con
tal abundancia de tesoros, Tenochtitlan se convirtió en centro de poder
comercial, además de cultural.
Los oropeles aztecas se convirtieron en parte de la
ritualizada espiritualidad de Tenochtitlan. El Templo Mayor no era una simple
pirámide funeraria sino el símbolo del cerro sagrado de Coatepec, escenario de
un drama cosmológico: allí el recién nacido dios del Sol, Huitzilopochtli,
asesinó a su hermana guerrera Coyolxauhqui, la diosa de la Luna, y la arrojó al
fondo del valle. Los mexicas creían que si sacrificaban más y más guerreros,
los dioses se darían por satisfechos y el ciclo de la vida continuaría. Sin los
sacrificios, los dioses morirían y el mundo llegaría a su fin.
Para los mexicas, como para casi todas las culturas
mesoamericanas, «había una sucesión de destrucción y creación», dice Carrasco.
Para rendir homenaje a la montaña sagrada, los
aztecas hacían desfilar por las escaleras de la pirámide a los soldados
prisioneros, ataviados con coloridas vestimentas; los obligaban a interpretar
danzas ceremoniales, y luego les arrancaban el corazón y arrojaban sus cuerpos
escaleras abajo. La captura de los prisioneros necesarios para los sacrificios
era una tarea permanente. Se escenificaban batallas rituales en días
específicos, en terreno neutral, con el propósito explícito de capturar
prisioneros y no de conquistar un territorio. Como ha señalado el experto en la
civilización azteca Ross Hassig, cada guerra «comenzaba con el encendido de una
gran hoguera de papel e incienso entre los dos ejércitos». Los mexicas no
hablaban de guerra sagrada, porque para ellos no había otra clase de guerra.
Combate y religión eran inseparables.
En su primera campaña, Ahuitzotl condujo su
ejército a través de varias ciudades del nordeste con el fin de capturar
víctimas para los ritos de su coronación en Tenochtitlan. Irritado porque
varios príncipes enemigos no asistieron a la ceremonia, el nuevo
monarca emprendió una segunda serie de invasiones en 1487, durante la cual
saqueó las ciudades de la región huasteca y capturó muchísimos prisioneros.
Sus adversarios aprendieron la lección, y todos sus líderes estuvieron
presentes en la consagración del Templo Mayor, donde fueron testigos con
asombro y horror de la matanza de las víctimas, que ellos mismos habían
entregado, a manos de sacerdotes vestidos con ropajes ceremoniales.
Tras inspirar terror, Ahuitzotl mostró su rostro
más amable y agasajó en palacio a los príncipes visitantes con flores, tabaco y
otros regalos. Al emperador le gustaba recibir invitados («en su casa, la
música no cesaba ni de día ni de noche», dice un texto de la época), pero su
gusto por las ceremonias espléndidas y su gran número de esposas e hijos eran
una pesada carga para las arcas de Tenochtitlan. La lista de tributos pagados
por las provincias conquistadas y enumerados en la crónica de Diego Durán, un
fraile del siglo XVI, es elocuente: «oro, joyas, ornamentos, plumas finas,
piedras preciosas […] incontables prendas de vestir y un sinfín de adornos». Los
banquetes debieron de ser suntuosos, con «una cantidad asombrosa de cacao,
pimientos, pipas de calabaza, fruta, aves y caza». Pero nunca era
suficiente. Llegaron más conquistas, y con ellas más muestras de poder, como
cuando en 1497 Ahuitzotl vengó la muerte de varios mercaderes ordenando a sus
guerreros que mataran a 2.000 prisioneros por cada mercader asesinado.
Más que cualquier monarca anterior, Ahuitzotl
expandió el imperio hacia el sur, bloqueó el comercio del poderoso tarasco, al
oeste, y aumentó la presión sobre todos los territorios subyugados. «Era
enérgico y brutal –afirma el arqueólogo Raúl Arana–. Cuando un pueblo no quería
pagarle tributo, mandaba al ejército. Con Ahuitzotl, los aztecas llegaron a su
máxima expresión en todo, y quizá fue demasiado. Todos los imperios tienen un
límite.»
El pueblo mexica perdió al gran artífice de su
imperio en la cima de su poder. Ahuitzotl murió en 1502 (10-conejo),
supuestamente a causa de un golpe recibido en la cabeza mientras intentaba huir
del palacio durante una inundación. Ésta fue el resultado de un
proyecto de acueducto, ordenado por Ahuitzotl y ejecutado precipitadamente,
para aprovechar los manantiales del cercano Coyoacán. El gobernante de la
ciudad había advertido a Ahuitzotl del caudal irregular de los manantiales, y
el emperador, en lugar de escucharlo, lo mandó matar. En el funeral de Ahuitzotl,
200 esclavos fueron seleccionados para acompañarlo al más allá. Lujosamente
vestidos y avituallados para el viaje, fueron conducidos hasta el Templo Mayor,
donde les arrancaron el corazón y arrojaron sus cuerpos a una pira funeraria.
Se dice que sus restos, y los de su amo, fueron enterrados frente al Templo
Mayor.
Es el mismo lugar donde aparecieron el monolito de
Tlaltecuhtli y el Aristocánido. Durante las excavaciones, López Luján y su
equipo han hallado otras ofrendas en las proximidades. Una de ellas se
encontraba bajo una mansión de estilo renacentista construida para uno de los
soldados de Cortés. Otra fue descubierta varios metros por debajo de una gran
losa de piedra. En ambos casos López Luján sabía dónde buscar, después de
trazar en un plano del yacimiento una intrincada serie de ejes o «líneas
imaginarias» orientadas de este a oeste. «Siempre se repite esta misma simetría
–afirma López Luján–. Era como una obsesión para ellos.»
El trabajo del equipo de arqueólogos es lento, en
parte debido a las dificultades propias de toda excavación urbana: hay que
conseguir los permisos, rodear los túneles del metro y el alcantarillado,
evitar los cables subterráneos del teléfono, el suministro eléctrico y la fibra
óptica, y mantener la seguridad en un yacimiento arqueológico situado en una de
las zonas peatonales más frecuentadas del mundo. Pero por encima de todo, el
equipo de López Luján trabaja con minuciosa precisión. Frente a un pozo donde
en mayo de 2007 su equipo encontró una caja de ofrendas no más grande que un
baúl de marinero, afirma: «Tardamos 15 meses en examinar todo el contenido. En
ese pequeño espacio, había diez estratos de objetos y más de 5.000 piezas. La
concentración, y abundancia, es increíble».
«La disposición parece aleatoria, pero no lo es
–prosigue López Luján–. Todo tiene un significado, de acuerdo con su
cosmovisión. El reto para nosotros es descubrir la lógica y los patrones de
distribución espacial. Cuando Leopoldo Batres trabajaba aquí [a principios del
siglo XX], se interesaba por los objetos, que para él eran trofeos
arqueológicos. Lo que hemos descubierto en los 32 años que llevamos trabajando
es que los objetos no son tan importantes por sí mismos como por su relación
con el espacio.»
Cada hallazgo es enormemente significativo para
México, porque muchas de sus mejores piezas arqueológicas cayeron en manos de
los conquistadores y fueron llevadas a España, desde donde se dispersaron por
toda Europa. Más allá de su valor estético, los nuevos descubrimientos ponen de
manifiesto la atención que prestaban los aztecas a los detalles, una
preocupación acorde con la importancia de lo que estaba en juego. Para ellos,
el apaciguamiento de los dioses, y por ende la supervivencia del mundo,
dependían de un imperio cada vez más extenso y difícil de mantener que al final
no pudo sostenerse. «La ironía del imperio es que se expande hacia la
periferia, hasta que llega demasiado lejos y el propio imperio se convierte en
periferia –dice Carrasco–. Llega tan lejos que es imposible abastecer
y transportar a los guerreros o proteger a los mercaderes. El imperio se vuelve
demasiado costoso e imposible de controlar.»
Diez años antes de la llegada de los españoles, una
serie de visiones y malos presagios atormentaron al parecer a Moctezuma II,
sucesor de Ahuitzotl. Aunque continuó la política expansionista de su
predecesor, y a pesar de su gran poder, de su diadema de oro y turquesas, de
sus 19 hijos, de su exuberante zoo de animales exóticos y de sus «enanos,
albinos y jorobados», a pesar de todo eso, el noveno monarca azteca vivía
abrumado por la inquietud. En 1509, según un códice, «un mal augurio apareció
en el cielo, como una mazorca de maíz en llamas. […] Parecía sangrar fuego,
gota a gota, como una herida abierta en el cielo».
El desasosiego de Moctezuma estaba justificado.
«Había más de 50.000 guerreros indígenas rebeldes, dispuestos a conservar sus
bienes e impedir que los aztecas siguieran atacando a sus pueblos», explica
Carrasco. De no haber sido por ese clima de rebelión, los 500 españoles que desembarcaron
en Veracruz en la primavera de 1519 no habrían podido hacer nada contra los
ejércitos aztecas, por mucho que dispusieran de caballos y armas de fuego.
Pero en lugar de eso, Cortés y sus hombres
llegaron a Tenochtitlan el día 8 de noviembre, escoltados por miles de
guerreros tlaxcaltecas y sus aliados. Los españoles quedaron deslumbrados ante
la resplandeciente ciudad sobre el lago («algunos soldados se preguntaban si lo
que estaban viendo no sería un sueño», recordaría más adelante uno de los testigos),
pero no ante el valor y habilidad de su anfitrión. De hecho, Moctezuma parecía
más nervioso que ellos. Según una leyenda mesoamericana, el gran dios barbudo
Quetzalcóatl, desterrado tras cometer incesto con su hermana, volvería algún
día por mar para recuperar el poder perdido. Moctezuma lo tenía bien presente
cuando regaló a Cortés «el tesoro de Quetzalcóatl», un atavío completo en el
que destacaba «una máscara de serpiente de hechura de turquesas».
¿Pero realmente
creyó Moctezuma que el español era el segundo advenimiento del dios de la
serpiente emplumada, como durante mucho tiempo se ha pensado? ¿O más bien estaba vistiendo astutamente a Cortés con el traje de
las víctimas próximas a ser sacrificadas? Su gesto fue la última de todas las
ambigüedades aztecas. A partir de entonces, los hechos son incuestionables. Las
calles de Tenochtitlan se tiñeron de rojo, y en 1521 un imperio fue sepultado.
«Estamos convencidos de que tarde o
temprano encontraremos la tumba de Ahuitzotl –asegura López Luján–. Estamos
excavando cada vez más profundamente.» Pero por muy hondo que llegue el
arqueólogo con sus excavaciones, nunca sacará a la luz el corazón de la mística
azteca. Esa mística seguirá presente en la moderna psique mexicana, perceptible
aunque invisible, primitiva y a la vez majestuosa, capaz de dar a unos simples
mortales el poder de transformar una ciénaga en un imperio.
https://historia.nationalgeographic.com.es/a/tras-rastro-ultimos-emperadores-aztecas_3358/16
DESCUBREN EL GRAN TZOMPANTLI
DE
TENOCHTITLÁN
Los tzompantlis eran
estructuras formadas por postes o vigas de madera en los que se ensartaban los
cráneos perforados de las víctimas de los sacrificios
Tzompantli
Representación de
un tzompantli.
Esquina
de la plataforma, cuya longitud ha sido estimada en más de 34 metros. Se
distinguen los orificios de los postes o vigas de madera en los que se
ensartaban los cráneos.
Especialistas del
INAH exploran los cráneos unidos con argamasa de cal, arena y gravilla de
tezontle.
Cráneo con
orificio en la zona parietal.
Cráneos
enterrados.
Conquistadores
como Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo y Andrés de
Tapia los mencionaron. También frailes y cronistas como Bernardino de Sahagún,
quien confirmó la existencia de varios tzompantlis en Tenochtitlán, consistente
cada uno en una estructura en la que se ensartaban los cráneos
perforados de las víctimas de los sacrificios, dispuestos
en hileras. Los arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia
de México creen haber hallado el Huey
Tzompantli, el gran tzompantli de México-Tenochtitlán, mencionado en las
crónicas y representado en los códices.
Los
trabajos realizados entre los pasados meses de febrero y junio en la calle de
Guatemala, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, sacaron a la
luz una sección de una plataforma rectangular que se
encontraba a unos dos metros de profundidad, según informa el INAH.
CRÁNEOS DE HOMBRES, MUJERES Y NIÑOS
Sólo
se ha excavado una parte de esta plataforma, cuya longitud ha sido estimada en
más de 34 metros. En su núcleo ha aparecido un elemento circular formado por
cráneos humanos unidos con argamasa de cal, arena y gravilla de tezontle, de
origen volcánico. La sección hallada mide unos 13 metros de largo y 6 metros de
ancho. Sobre la plataforma había mandíbulas y fragmentos de cráneos dispersos,
unos 35 según el arqueólogo Raúl Barrera, aunque "deben de ser muchos
más". Por sus características y materiales asociados, el tzompantli
corresponde a la sexta etapa constructiva del Templo Mayor (1486-1502), es
decir, poco antes de la entrada de los españoles.
Una
parte de esta estructura arquitectónica fue destruida en época colonial durante
la construcción de un edificio, pero en la superficie aún se distinguen los
orificios de los postes o vigas de madera en los que se ensartaban los
cráneos, pertenecientes en su mayoría a hombres adultos jóvenes, pero también a
mujeres y niños. "Esta estructura tenía un simbolismo
específico y muchos de estos cráneos podrían ser de enemigos de los mexicas que
eran capturados, sacrificados y decapitados, como una advertencia de su
poderío", afirma Eduardo Matos, investigador emérito del INAH.
https://historia.nationalgeographic.com.es/a/descubren-gran-tzompantli-tenochtitlan_9609/5
No hay comentarios:
Publicar un comentario