La
polémica de Unamuno y Ortega y Gasset
Miguel de Unamuno ─1864-1936─, formó parte de la Generación del 98 en
España y se ha señalado como el ensayista principal del grupo: Del
sentimiento trágico de la vida, La agonía del cristianismo y Vida
de Don Quijote y Sancho, entre otros ensayos, se consideran esenciales
en su obra, así como otras de ficción. José Ortega y Gasset ─1883-1955─, de la
generación siguiente, tuvo mucha influencia en la del 27 y también
posteriormente: La rebelión de las masas, La deshumanización del arte, España
invertebrada y Meditaciones del Quijote, son algunos
de sus ensayos fundamentales. Resulta curioso que los dos trataron al Caballero
de la Triste Figura. En uno y otro hay dos tesis opuestas sobre el destino
cultural de España y el futuro de los valores españoles relacionados con la
inserción en la modernidad.
El pensamiento hispanizante de Unamuno había dejado algunas huellas en
las primeras décadas del siglo xx por América Latina. El pensamiento
germanófilo de Ortega y Gasset, quien había estudiado en Alemania, recibió
mucho crédito también en nuestros países, mientras avanzaba la centuria. Ambos
se leyeron mucho en América Latina en épocas diferentes. La propuesta del
primer pensador después de la I Guerra Mundial fue la de afianzarse al legado
español; la del segundo, que conoció la II Guerra Mundial, ratificó una frase
que había escrito desde 1914: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a
ella no me salvo yo”. Mientras que el primero resaltaba la importancia del
arraigo, el segundo describió el proceso del desarraigo, generado por el
progreso de la modernidad. Hoy apenas se leen a Unamuno ni a Ortega y Gasset, y
sus obras han perdido vigencia; sin embargo, valdría la pena detenerse en el
punto esencial de esta polémica.
La visión pesimista española por el desastre español en Cuba provocó una
profunda crisis moral en la sociedad española. Este estremecimiento le impactó
a Unamuno, de familia de panaderos y pequeños comerciantes, pensador original
vasco, pero españolista. Metido en política tuvo diversos conflictos:
destituido en su puesto de rector de la Universidad de Salamanca,
posteriormente se le condenó por injurias al rey, aunque esta sentencia se
incumplió. Por sus ataques a Primo de Rivera, se le depuso como vicerrector. Va
a Francia y a la caída del golpista, regresó a Salamanca. En las elecciones de
la república en 1931 volvió a la política y se le restituyó del cargo de
rector; dos años después no se presenta a su reelección y en 1935, por sus
méritos académicos es nombrado ciudadano de honor de la República, aunque no
por ello se calló con críticas al gobierno de Manuel Azaña. Cuando comenzó la
guerra civil apoyó a los rebeldes, participó en los pronunciamientos de los
sublevados y Azaña lo destituyó. En 1936, en plena guerra civil, Unamuno
denunció el terror desatado de un bando y otro, apelando a la razón y al
Derecho. Su obra como pensador no fue sistemática, sino más bien negadora de
sistemas, formándose dentro del positivismo racionalista que después criticara
y con simpatía a los postulados teóricos del llamado socialismo soviético, que
más tarde se distanciara cuando vio su praxis. Ha sido nombrado como uno de los
precursores del existencialismo. Del “sentimiento trágico de la vida”, sus
últimas preocupaciones se dirigieron hacia “el resentimiento trágico de la
vida”.
El madrileño Ortega y Gasset pertenecía a un círculo de la alta
burguesía de familias fundadores de periódicos y relacionados con la política.
Había estudiado Filosofía en la Universidad de Madrid, con estudios de posgrado
en diversos lugares de Alemania. En 1923 fundó la influyente Revista de
Occidente y fue su director hasta 1936. Elegido diputado de la Segunda
República, defendió el pensamiento democrático de la constitución. Afloró su
perspectiva conservadora con la “incontinencia del utopismo” y opinó sobre el
germen de los “cartuchos detonantes” para la cuestión regional, criticando el
laicismo aprobado. Enfermo cuando comenzó la guerra civil en 1936, huyó a París
y como profesor allí, aumentó su prestigio. Seguidor del “vitalismo”, mantuvo
una posición muy conservadora frente a las clases populares, porque creía que
uno de los males de su tiempo se debía al acceso de ellas a los espacios
reservados para las élites; lo argumentaba con la tesis de que esas clases
tenían en su mayoría “individuos sin calidad”, aunque admitía que en las
élites, incluso la de los intelectuales, existían “incualificados,
incalificables y descalificados”, una ambigüedad contradictoria que no iría a
la esencia clasista del problema. El “raciovitalismo”, como realidad vital con
la “razón” como filosofía, intentó explicar un nuevo tipo de razón en la
existencia moderna después de su etapa neokantiana y fenomenológica de Husserl,
y de creer que toda percepción es subjetiva, asegurando que la verdad absoluta
residía en dios.
Unamuno y Ortega y Gasset defendieron la “civilización Occidental”
española bajo dos criterios individualistas e idealistas diferentes en dos
épocas generacionales distintas, especialmente acercándose a temas sociales y
religiosos. Los procesos de continuidad y ruptura cultural se daban en ellos de
manera distante desde el punto de vista conceptual y con velocidades y
direcciones diferentes, en medio de la transición española hacia la modernidad.
Mientras el primero se aferraba más a una lenta continuidad para rescatar las
glorias pasadas españolas, el segundo abogaba por acelerar el proceso
capitalista hacia una ruptura de mayor capitalización para igualarse a Europa.
El pensador vasco creía mucho en la fuerza de saberes del pueblo español y el
intelectual madrileño, sin confianza en ello, apostaba por las nuevas técnicas
del conocimiento que podían venir de Europa. El primero, llamado “Don”, por
respeto a la antigua generación del 98, se había expresado con dolor por el
renunciamiento de las famas antiguas de España; y el segundo, admirado en la
nueva generación del 27 por describir la problemática española “invertebrada”
frente a los nuevos retos europeos, fue agente del futuro español. Unamuno
mantenía la idea de la defensa genuina de la españolización; Ortega y Gasset
defendía la europeización para que España sobreviviera. El quijotismo
unamuniano criticaba al errático Bachiller Sansón Carrasco con sorna; el
quijotismo orteguiano distinguía la llegada de símbolos de la realidad
pragmática que reflejaban la nueva época del progreso material.
Antonio Machado celebró los desafíos quijotescos de los dos, con sendos
poemas, quizás porque los dos le hacían falta a España. El espíritu de estas
disyuntivas se ha debatido no solo en la península, sino en la cultura
hispánica y latina frente a la sajona en América Latina. Dentro de este
impacto, hoy la defensa de la identidad en pueblos nuevos de origen hispánicos
americanos, con la mezcla de otros pueblos de África y con una tradición
indígena americana y otras hibrideces, el escenario se presenta de otra manera
en una posmodenidad turbulenta y bajo el asedio en el autoproclamado “patio
trasero” de Estados Unidos. La polémica Unamuno-Ortega Gasset se ve hoy como la
antesala ante la definición de su destino. Desgraciadamente hoy no solo España,
sino Europa, es una “semineocolonia” de Estados Unidos, que heredó el espíritu
saqueador del imperio británico. Resulta interesante estudiar cómo se
presentaron estas direcciones en una etapa de inocencia, en aquella era pasada.
Un elemento resulta importante destacar en el origen de esta polémica:
el krausismo. Con la Institución Libre de Enseñanza, proyecto pedagógico
impulsado por la Universidad Central de Madrid entre 1876 y 1936, se defendía
la libertad de cátedra y no ajustar modelos de enseñanzas a un dogma oficial
gubernamental en materia religiosa, política o moral. Esta perspectiva
introdujo en España un elemento de libertad para elegir líneas de conocimientos
con suficientes argumentos académicos que antes no existía. Karl Christian
Friedrich Krause fue un filósofo alemán que contribuyó a la fundación de
centros académicos y culturales en Europa, así como al aumento de grupos de
intelectuales y políticos influidos por los masones para enriquecer el
conocimiento. Postuló la posibilidad de reconciliar el teísmo tradicional con
el panteísmo y el deísmo o la religión natural; en ese sentido, se asumía a
dios resumido en naturaleza, humanidad y espíritu, como energía vital del
universo. Estos planteamientos tuvieron repercusión en la esfera social y
política, y permitieron un desarrollo más libre de la enseñanza.
El krausismo no solo influyó en España o en algunos centros de Europa,
sino también en América, especialmente en la América hispana. Particularmente
en José Martí esta ideología dejó huella, no solamente desde sus tiempos de
estudiante en España, sino en sus concepciones laicas, sus reflexiones pueden
encontrarse en sus apuntes. El krausismo, contrariamente a lo que se pudiera
pensar, fortaleció a la ideología de la hispanidad y ofreció nuevas y diversas
herramientas para tributar a un sistema de ideas con un solo objetivo: asumir
la nueva era de la modernidad del siglo XX con métodos y opciones de
pensamientos diversos, en correspondencia a la cultura de cada pueblo y como un
arma más eficaz para defenderla. De esta manera, la verdadera libertad en la
Academia se incubaba para producir ciudadanos autónomos que no respondieran a
un sistema único de pensamiento, una manera de eliminar autoritarismos y abrir
un espacio democrático que hoy está en riesgo, bajo el pretexto de convertir
algunos elementos de la cultura occidental en “valores universales”.
En ese contexto de principios de la centuria en España, entre 1906 y
1912, se produjo una prolongada y dolorosa polémica encendida entre Unamuno y
Ortega y Gasset sobre la españolización de Europa o la europeización de España.
La defensa del maestro salmantino de la identidad española fue percibida por el
profesor madrileño como “desviación africanista”. No tiene mucho sentido
establecer aquí con lujo de detalles los pormenores de este rico debate, y
sobre todo, la enorme amplitud de ideas que generó, pues resulta poco
productivo entrar de lleno en esa polémica a los propósitos de este trabajo. Lo
más eficaz actualmente y en sus efectos, es analizar sin prejuicios, los
estereotipos establecidos en sentidos opuestos para asumir lo autóctono y lo
foráneo en una cultura nacional. ¿Qué es lo antiguo o lo moderno? ¿San Agustín
no fue africano? ¿Averroes no fue europeo? ¿Por fin, dónde comienza África, y
por fin, hasta dónde llega Europa? Estas preguntas son “incómodas” y siguen
molestando.
Para Unamuno, identificado con la mística, “la ciencia quita sabiduría a
los hombres” porque “el objeto de la ciencia es la vida y el objeto de la
sabiduría es la muerte”. Para Ortega y Gasset, molesto por esa supuesta
“desviación africanista”, años después reduce a Unamuno solamente a un “don
literario”, con el objetivo de exaltar la cultura alemana de la que tenía
enorme influencia, limitando la influencia de España solo a Cervantes, quizás
por la ineludible autoridad que dejó por el mundo, aunque cualquiera sabe que
España no se limita al Quijote. La grandeza de España es innegable hasta para
los que reniegan de su condición española y la desmeritan con una ridícula
subordinación inexplicable, pues su pueblo y su cultura ha dejado huellas
imprescindibles por el planeta. De esta manera, todavía más inexplicable
aparece el significado de Unamuno cuando en algunas cartas espeta: “¡Que
inventen ellos!”. Por otra parte, la contrariedad de Ortega y Gasset se
comprende con la resistencia para incorporarse a la modernidad, pero al mismo
tiempo resulta inadmisible una renuncia a no participar de ella de manera
activa y creativa, condición española del que este nuevo tipo de intelectual
europeo no confía porque en esencia no le tiene confianza al potencial de su pueblo.
Más allá del sentido de la polémica y de la frase “¡que inventen
ellos!”, que ha tenido cuantiosas interpretaciones dentro y fuera de su
contexto, se trata de analizar una nefasta y paralizante herencia hispánica, lo
mismo bajo el criterio de Unamuno para suponer que hay que escoger entre
Descartes y San Juan de Cruz, o de Ortega y Gasset, que considera que, ante esa
alternativa, hay que optar por Descartes, pues nos quedaríamos a oscuras y nada
veríamos. La patológica excusión de una zona de la cultura española, “o esto o
aquello”, no deja ver los rendimientos de una posible sumatoria, que no es
exactamente adicionar una cosa a la otra, sino integrarla. Resulta errático
creer que España es el problema, y Europa, la solución ─o viceversa─. La frase
“¡que inventen ellos!” produjo una estéril controversia que provoca una falsa
alternativa. Los unos, convencidos que no existe otro lugar del mundo en que se
hace lo mejor que en el país donde viven, y los otros, con el convencimiento
diametralmente opuesto, que todo, si viene de “fuera”, es mejor que lo de
“adentro”. Los herederos de esas posiciones extremas de cualquier sitio se
desgastan en ellas, ante “pragmáticos predestinados” que dirigen la invención y
la acomodan a sus intereses.
La razón científico-técnica y una coherente espiritualidad de cada
pueblo constituyen elementos esenciales en la cultura de cualquier país.
Conocimientos y saberes, sin los prejuicios a la universalidad y con la
confianza en la nación, deben servir de guía a un desarrollo armónico, tanto en
el campo de la ciencia y la tecnología, como también en el ámbito de la cultura
y las llamadas “Humanidades”. Resulta insólito que ahora continúe vigente el
“¡que inventen ellos!”, o que solamente creer que los elementos foráneos sean
la solución. El papel de la investigación y la innovación, junto al intercambio
científico y cultural, constituyen pilares del verdadero progreso humano en
cualquier sitio. Los “gastos” que se producen en innovación de la ciencia y en
el desenvolvimiento de la cultura a favor de la vida, resultan verdaderas
inversiones a corto, mediano y largo plazo, para vivir “modestamente
acomodados” en un planeta que cada vez se agota; y la colaboración
internacional constituye un pilar esencial en cualquier desarrollo, incluso,
hasta para los países superdesarrollados. Unos países no tienen que esperar por
otros para innovar porque en todos los pueblos hay inteligencias suficientes.
Solo se necesita un sistema que facilite a todos el acceso a la ciencia y a la
cultura. La cultura, en su acepción más amplia, es patrimonio de la humanidad.
La polémica entre Unamuno y Ortega y Gasset, hoy resulta absurda.
La polémica está vigente hoy en el mundo multipolar a que aspiramos. La
integración del fortalecimiento de las identidades culturales de cada pueblo y
la necesidad del comercio y la colaboración científica y técnica, para poner al
servicio del ser humano la generalización de las mejores experiencias,
adaptadas a las características culturales de cada nación, es un imperativo
para América Latina. Con la robótica y la inteligencia artificial el mundo se
prepara para asumir un escenario diferente en que los resultados de la
tecnología y la innovación nos pertenece a todos, pero es necesario sistemas
sociales y políticos de mayor inclusión y acceso a la educación, la cultura, la
ciencia y la tecnología. Los caminos que siguieron a la polémica de Unamuno y
Ortega y Gasset en América Latina optaron por cerrarse al mundo o reconocer que
hay que depender de los otros. Ni aislamiento ni desamparo. Los intercambios
son imprescindibles para cualquier desarrollo junto al progreso de las
experiencias nacionales. El verdadero lema no puede ser “¡que inventen ellos!”,
ni tampoco reconocer la incapacidad para la invención.
https://cubarte.cult.cu/blog-cubarte/la-polemica-de-unamuno-y-ortega-y-gasset/

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