Estado e Iglesia en Italia
Pío
XII con Mussolini
https://losdeabajoalaizquierda.blogspot.com/2011/10/la-necesidad-del-ateismo/
Introducción
El presente artículo es un
intento de dar una explicación filosófica al fascismo, es decir, de explicar
(aclarar y distinguir) la Idea de fascismo, si es que éste existe como Idea.
Así pues, estamos ante un intento de una filosofía de la historia del fascismo,
que, obviamente, para su desarrollo requeriría no ya un libro sino bibliotecas.
Esto implica que el fascismo «a secas» no puede ser explicado por las ciencias
beta-operatorias, porque los análisis históricos, antropológicos, económicos y
políticos no agotan el contenido del fascismo (por muy amplias que se presenten
las distintas categorías, que por supuesto damos como necesarias, pero no
suficientes). Dicho de otro modo: vamos a estudiar al fascismo más allá de sus
conceptualizaciones categoriales, vamos a intentar verlo como Idea filosófica.
El fascismo debe de ser interpretado, pues, filosóficamente, si es que se
quiere hacer un ejercicio de síntesis. La filosofía es una actividad de segundo
grado, y parte de saberes de primer grado, de saberes técnicos, científicos,
artísticos y políticos; luego la Idea de fascismo ha sido reformulada en
retrospectiva, sin perjuicio de que los propios fascistas tuviesen una Idea de
fascismo y los antifascistas (o no fascistas) coetáneos al fascismo tuviesen
otra Idea; pero como dijo Hegel, la lechuza de Minerva emprende su
vuelo al atardecer.
Que el fascismo es una Idea
filosófica yo creo que lo demuestran las altas dosis de polémica que éste lleva
cuando se menciona. Como dijo el divino Platón, si hablamos de oro y de plata
todos pensamos en lo mismo y estamos de acuerdo, pero cuando se trata de la
justicia, de la piedad, de la bondad o de la belleza todos discrepamos, y a
través de esas inconmensurabilidades y de esas confrontaciones surge la
filosofía (la esencia de la filosofía es la dialéctica, la symploké de
las Ideas). Del mismo modo cuando hablamos de «fascismo» todos polemizamos, y
los politólogos no han llegado a un consenso de definición. Así pues, el
fascismo no es un tema, el fascismo es un problema, y
es a la filosofía, a la filosofía de la historia materialista, la que le
corresponde hacer una visión trascendental (en sentido materialista no
emergentista) del fascismo, sin perjuicio de que en este artículo haremos,
inevitablemente, mucha historia.
«Fascismo» es, quizá, el término más oscuro y confuso que hay
entre las ideas políticas. La confusión es enorme, y es por tanto difícil de
sistematizar. Tampoco el fascismo puede explicarse por sí mismo: la Idea de
fascismo, digámoslo así, está envuelta por otras ideas, otras posturas, que la
desbordan y codeterminan: socialismo, comunismo, anarquismo, nazismo,
nacionalismo, franquismo, catolicismo, &c. Señalamos a estas tendencias
como «ideas» porque todo Estado y toda disciplina política tiene
irremediablemente su filosofía, y por tanto sus sistemas de ideas, más o menos
definido. Precisamente el presente artículo trata de definir, más bien de
«redefinir», a ese sistema de ideas llamado «fascismo» y su relación con los
otros sistemas, aunque también tendremos muy cuenta algunos aspectos de su
política real en su contexto histórico.
No pretendo desarrollar
explícitamente la esencia genérica del fascismo a través de
su núcleo, su curso y su cuerpo. El
artículo estará enfocado a confrontar y contrastar al fascismo con las
distintas tendencias contra las que competía. Pero no estaría de más un
artículo en el que se viese al fascismo como una esencia genérica que
tiene un núcleo, un curso y un cuerpo. Tampoco
sería superfluo un trabajo sobre el fascismo visto desde las tres ramas del
poder (poder operativo, poder estructurativo y poder determinativo) y las tres
capas del poder (la capa conjuntiva, la capa basa y la capa cortical). No
obstante, las siguientes líneas es de momento lo que puedo ofrecer. Veámoslo.
¿Qué es el fascismo?
El término «fascismo»
proviene del italiano «fascio» (que significa «haz», «fasces»), y deriva del
latín «fasces» (en plural «fascis»). Los fasces eran unos fajos de varillas
amarradas que simbolizan la unidad popular (solidaridad frente a terceros,
diríamos), en las cuales sobresalía un hacha, la cual a su vez simbolizaba al
líder, al guía-caudillo, esto es, dicho en el idioma del fascismo, al Duce, que
como todos saben no era otro que Benito Almicare Andrea Mussolini (Dovia di
Predappio, Forlì, 29 de julio de 1883- Giulinio di Mezzegra, 28 de abril de
1945). La palabra «fascismo» deriva, pues, del símbolo romano del fascio
littorio.
El fascismo ha sido
diagnosticado por Gustavo Bueno en El mito de la derecha como una derecha no alineada, esto
es, no tradicional, en oposición a las derechas alineadas, tradicionales
(derecha primaria, derecha liberal, derecha socialista), las cuales se
proyectan como «modulaciones» que derivan como géneros plotinianos y se
presentan frente a las generaciones de izquierda que trataban de desmembrar al
Antiguo Régimen (izquierda jacobina, izquierda liberal, izquierda libertaria,
izquierda socialdemócrata e izquierda comunista). Sin embargo, advierte Gustavo
Bueno, «el fascismo podría ser, por analogía, considerado como un movimiento de
izquierda, porque en realidad a la vez es derecha e izquierda en sentido
tradicional, en la medida que presenta analogías significativas con ambas. Si
lo consideramos aquí de derechas, es porque estamos subrayando sus analogías
con la derecha tradicional, puesto que estamos en una obra dedicada a la
derecha». (Gustavo Bueno, El mito de la derecha, Temas de hoy, Madrid 2008, pág. 266).
El fascismo pudo tener
ciertas analogías con la derecha socialista, sin perjuicio de que también
mantuvo semejanzas con la derecha liberal e incluso con el comunismo,
tendencias a las que sin embargo se opuso, autodiagnosticándose como «tercera
vía». Pero la oposición del fascismo a las distintas generaciones de izquierdas
fue muy distinta de la oposición realizada por las derechas tradicionales. Así
pues, el fascismo fue algo nuevo, y no una nueva versión de la derecha de
toda la vida, en sentido sustancialista metafísico, como si fuese la
esencia del mal (que es como ingenua y míticamente lo entiende casi todo el
mundo). Dicho de otro modo: el fascismo no fue una derecha que pretendiese
volver al Antiguo Régimen, como si fuese una derecha reaccionaria o cavernícola. El
fascismo no puso su mirada en el pasado, la puso en el futuro, porque fue un
movimiento eminentemente escatológico, creyendo que el futuro de la humanidad
era de su propiedad (del mismo modo que los marxistas se creían dueños del
futuro). No sólo el Antiguo Régimen era «cosa de ayer», también lo era el
liberalismo. La historia se encaminaba hacia la «nueva civilización», hacia un
escatológico imperio fascista, el nuevo Imperio Romano.
También hay que tener en
cuenta, como hemos dicho, que al fascismo no hay que verlo como una esencia
fija, sino más bien como una esencia genérica con núcleo,
curso y cuerpo, pues no ejerció ni mucho menos un
tipo de política continuo y homogéneo, ya que pasó por muy distintas fases
llenas también de disputas internas. También hay que hacer saber que el
fascismo se incubó en una democracia parlamentaria transformándola dictadura
que tuvo a un rey (Vittorio Emmanuel III), lo cual lo convierte en algo muy particular
y por tanto difícil de definir (eso sí, volvió a sus orígenes republicanos en
la efímera República de Salò, cuando el fascismo daba sus últimas bocanadas).
El fascismo, visto así, fue
una «diarquía» entre el Duce y el rey (el cual fue llamado, tras la conquista
de Etiopía, «rey-emperador»). Los poderes fácticos estaban en las manos de
Mussolini, pero el rey era el Jefe del Estado; un título de papel, pues no supo
frenar a Mussolini en la sistemática desmembración del ordenamiento
constitucional fundado en el Estatuto Albertino: he ahí lo que podríamos llamar
el proceso revolucionario fascista, aunque el proceso no llegó
a realizarse del todo, a causa de la derrota en la guerra mundial. Según el
rey, por aquellos entonces «no se podía obstaculizar al jefe del gobierno». (P.
Puntoni, Parla Vittorio Emmanuele III, Bolonia, 1993, pág.
321).
Para nuestro objetivo sería muy interesante leer una definición
del propio Mussolini sobre el fenómeno fascista:
«Siendo antiindividualista, el
sistema de vida fascista pone de relieve la importancia del Estado y reconoce
al individuo solo en la medida en que sus intereses coincidan con los del
Estado. Se opone al liberalismo clásico que surgió como reacción al absolutismo
y agotó su función histórica cuando el Estado se convirtió en la expresión de
la conciencia y la voluntad del pueblo. El liberalismo negó al Estado en nombre
del individuo; el fascismo reafirma los derechos del Estado como la expresión
de la verdadera esencia de lo individual. La concepción fascista del Estado lo
abarca todo; fuera de él no pueden existir, y menos aún servir, valores humanos
y espirituales. Entendido de esta manera, el fascismo es totalitarismo, y el
Estado fascista, como síntesis y unidad que incluye todos los valores,
interpreta, desarrolla y otorga poder adicional a la vida entera de un pueblo.
No hay individuos ni grupos (partidos políticos, asociaciones culturales,
coaliciones económicas, clases sociales) fuera del Estado. Así pues, el
fascismo se opone al socialismo para el que la unidad dentro del estado (que
amalgama las clases en una única realidad económica y étnica) es desconocida, y
que no ve en la historia otra cosa que la lucha de clases. Del mismo modo, el
fascismo se opone al sindicalismo como arma de clase. Pero cuando se crea
dentro de la órbita del Estado, el fascismo reconoce las necesidades reales que
hacen surgir el socialismo y el sindicalismo, otorgándoles el peso debido en el
gremio o sistema corporativo en el que se coordinan y armonizan intereses
divergentes en la unidad del Estado.
Agrupados de acuerdo con sus intereses diversos, los individuos forman clases;
forman sindicatos cuando se organizan con arreglo a sus actividades económicas
diversas; pero primero y sobre todo forman el Estado, que no es un mero asunto
de número, la suma de los individuos que forman la mayoría. Por lo tanto, el
fascismo se opone a esa forma de democracia que equipara una nación con la
mayoría, rebajándola al nivel del número mayor; pero es la forma más pura de
democracia si la nación se considera –como debe hacerse- desde el punto de
vista de la calidad y no la cantidad, como una idea, la más poderosa por ser la
más ética, la más coherente, la más verdadera, expresándose en un pueblo como
la conciencia y la voluntad de unos pocos, cuando no, en efecto, de uno solo, y
tendente a expresarse en la conciencia y la voluntad de la masa, de todo el
grupo moldeado éticamente por las condiciones naturales e históricas en una
nación, avanzado, como una conciencia y una voluntad, a lo largo de una
idéntica línea de desarrollo y formación espiritual. No una raza ni una región
definida geográficamente, sino un pueblo, perpetuándose en la historia; una
multitud unificada por una idea imbuida de la voluntad de vivir, la voluntad de
poder y la conciencia de la propia identidad y personalidad.» (Benito Mussolini (1935), «Fascism: doctrine and
institutions», en C. F. Delzell (ed.) (1971), Mediterranean
Fascism 1919-1945, Londres, Macmillan, pág. 93-95. [La doctrina del
fascismo, Florencia, Vallecchi Editore, 1938].)
Fascismo y comunismo
Desde la perspectiva emic el
fascismo no fue clasificado ni de izquierdas ni de derechas (como tampoco se
autodenominó así el comunismo soviético, considerando dicha distinción como
«pequeño burguesa»), hasta el punto de que muchos fascistas afirmaron que el
fascismo superaba la disyunción entre la izquierda y la derecha. Ahora bien,
desde la perspectiva etic, con respecto a la derecha
primaria al fascismo hay que colocarlo a la izquierda, pues la
soberanía no recaía en el Duce o el rey sino en la nación (Italia por aquellos
entonces era una monarquía constitucional con una dictadura fascista, lo cual,
como hemos dicho, hace del fascismo algo muy peculiar). Pero con respecto al
comunismo al fascismo hay que colocarlo a la derecha; podríamos decir que su derechismo
es meramente posicional. Luego el fascismo es de derechas porque no es de
izquierdas y porque se opone frontalmente a las izquierdas, en especial al
comunismo: fue el fascismo desde la semiclandestinidad quien frenó la
bolchevización de Italia y de la futura expansión del bolchevismo por
occidente, por eso fue, en principio, alabado y respetado por las potencias
democráticas (incluso, al principio, por los propios demócratas italianos).
Para los fascistas la oposición de izquierda/derecha era propia de los
regímenes parlamentarios, la cual debía de ser borrada, pues, según ellos, era
cosa del pasado.
Sin embargo, en la España de
la Segunda República y de la Guerra Civil todo derechismo se identificó
acríticamente (o interesadamente) con el fascismo (como «la noche en la que
todos los gatos son pardos»). Como dice Santiago Montero Díaz en su opúsculo Fascismo (Cuadernos de Cultura,
Valencia 1932), «En pocos países como en España se han difundido ideas tan
lamentablemente equivocadas sobre este régimen». La expresión «fascista» se
usaba en tono despectivo, para descalificar, al contrario, como insulto
universal y arma propagandística; pero esto es simplemente un fascismo
etológico o estético, por así decirlo, y no político
o filosófico. Toda esta confusión se debe a la impresionante campaña de
propaganda diseñada por el comunismo estalinista (en realidad, junto al
leninista, el verdaderamente existente) que transformó el dualismo metafísico
de comunismo/capitalismo por el dualismo no menos metafísico de
comunismo/fascismo. Esta versión hizo ver al fascismo como «agente del gran
capital», como la corrupción última de la burguesía, junto a la
socialdemocracia (teoría del «socialfascismo»). «La lucha contra el fascismo»
fue la excusa y justificación propagandística empleada por los secuaces del
Frente Popular y las brigadas internacionales reclutadas por Stalin en la
Guerra Civil (también fue empleada esta ideología en la Segunda Guerra Mundial,
pero con menos intensidad, pues lo aliados no sólo eran
comunistas, sino también demócratas liberales, esto es, capitalistas). El
antifascismo se convirtió en un instrumento ideológico para legitimar al
comunismo, y todo lo que se opusiese al comunismo era fascismo; he ahí la
confusión, una confusión claramente interesada. Pero en España la propaganda
hizo que la lucha no fuese entre comunismo contra fascismo, camuflándola en
una imposible lucha entre democracia contra fascismo (republicanos frente a
fascistas, la izquierda contra la derecha, los pobres y parias de España contra
los ricos burgueses y terratenientes, el pueblo contra el ejército; en
definitiva: los buenos contra los malos). Bajo este «camuflaje», los comunistas
(la URSS) evitaban que las potencias democráticas (capitalistas) apoyasen a
Franco (la bestia negra del estalinismo en España). Este es, como bien apunta
Pío Moa, el mito fundamental de la Guerra Civil; la gran patraña que nos han
contado; la cual, al parecer, ha quedado como dogma indiscutible, y si alguien
lo discute entonces es un «fascista».
Así pues, fue precisamente Stalin el culpable de esta confusión. A
finales de julio de 1935, en el VII Congreso de la Comintern celebrado en
Moscú, se diseñó la nueva estrategia comunista: la formación de los «frentes
populares». La caída del Partido Comunista alemán en 1933 (el partido estrella
del comunismo más allá de las fronteras soviéticas) hizo pensar que el
«fascismo» –en un sentido muy amplio y por tanto confuso– era una especie de
epifenómeno del capitalismo y de la burguesía internacional u oligarquía
financiera «más reaccionaria, más nacionalista, más imperialista» para fomentar
una guerra interimperialista entre las potencias capitalistas (supuestamente
fascistizadas por la alta burguesía internacional) frente al bolchevismo, que,
pese a las palabras de Lenin, era todo un imperialismo (un imperialismo
generador, al menos en la política internacional, a través del diseño del ideal
del Estado de Bienestar –plan Beberidge en plena Segunda Guerra Mundial–, y no
a pesar de los millonarios crímenes del Gulag y de las hambrunas de Ucrania,
sino precisamente por ello: Stalin, como Franco, hizo el trabajo sucio).
Esta visión del fascismo como epifenómeno del capitalismo es la
tesis defendida, en una fecha anterior al VII Congreso de la Comintern como es
la de 1932, por el opúsculo citado de Montero Díaz. Dice Montero:
«el fascismo ha significado
sencillamente el más genial ensayo realizado hasta el día para dotar a la
sociedad burguesa de una estructura política tal que se imposibilite la
existencia de todo organismo revolucionario […] Lo interesante, lo sustantivo,
innegablemente era salvar a la burguesía italiana; organizar y estabilizar
rápidamente la contrarrevolución […] Despojada la concepción política de todo
su colorido nacionalista, que no es sino el pretexto, la hojarasca retórica,
las soflamas conmovedoras que necesita la Dictadura, nos encontramos con la
primera esencia del fascismo: afirmar de una manera mucho más radical que los
demás países burgueses el poder absoluto del Estado y al mismo tiempo
identificar en la práctica el Estado con los intereses de la burguesía».
Esto, aunque en ello hay parte de verdad, no es toda la verdad, y
habría mucho que matizar ahí; pero, como veremos, el fascismo no fue un mero
anticomunismo y tampoco fue simplemente el brazo ejecutor de la burguesía, ya
que también estuvo muy preocupado por la «cuestión social» y por el bienestar
de los trabajadores.
Una de las grandes
semejanzas que hubo entre el fascismo histórico y el comunismo histórico (y por
tanto no mitológico, esto es, no escatológico y por tanto políticamente
definido por el Estado, esto es, el monopolio legítimo de la violencia)
es que el Estado fascista fue el más intervencionista de su época, junto al
Estado soviético. Fascismo y comunismo fueron la alternativa al capitalismo en
el siglo XX, y es simplemente brocha gorda, pereza intelectual o pura impostura
simplificar tan complejos sistema bajo la homologación de «totalitarismos» o
«dictaduras totalitarias», como hicieron Karl Popper en 1945 (recién terminada
la guerra) y Karl J. Friedrich y Zbigniew Brzezinski en 1956, en los primeros
años de la guerra fría.
Fascismo y nazismo
A mi juicio la génesis de
esta confusión tan generalizada se debe a la identificación del fascismo con el
nazismo y sobre todo, aquí en España, con el franquismo (del cual escribiremos
luego). Fascismo y nazismo han sido considerados como lo mismo, pero no es así
ni mucho menos; dichas tendencias no pueden reducirse a un denominador común, y
hacerlo es simplemente una impostura, un ejercicio perezoso de brocha gorda o
pura ignorancia. Desde el agudo y meticuloso análisis de El mito de la
derecha tanto el fascismo como el nazismo han sido clasificados como
derechas no alineadas, pero eso no significa que dichas tendencias se
identifiquen plenamente. El fascismo ha sido considerado como «totalitario»
(término oscuro y confuso, como veremos), al igual que el nazismo y el
comunismo, pero dicho «totalitarismo» dicta mucho de las dictaduras nazis y
comunistas (conocida es la tesis de Hannah Arendt en la que se afirma que el
fascismo no es totalitarismo, restringiendo dicho término al nazismo y al
bolchevismo).
Para evitar confusiones
propongo, y esta es la tesis del presente artículo, que el
término «fascismo» se circunscriba tan sólo al fascismo italiano, al régimen
que se desarrolló en la nación italiana desde la «marcha sobre Roma» el 28 de
octubre de 1922 hasta el 25 de julio de 1943, cuando Italia fue invadida por
las potencias aliadas y el Duce fue sustituido por el Gran Consejo Fascista y
encarcelado. Y también al fascismo que efímeramente se desarrolló en el
norte de Italia (una vez que Hitler ayudó a Mussolini a escapar de la cárcel),
el cual sucedió desde el 13 de septiembre de 1943 hasta el 25 de abril de 1945,
en la República Social Italiana, más conocida como la República de Salò, último
bastión, por tanto, del fascismo, el cual era más bien un Estado títere del
Tercer Reich (y ya tenía poco de fascista y mucho de nazi).
Luego, en este sentido,
habría que hablar de un fascismo definido, tomando como
criterio de definición el Estado; siendo lo demás fascismo indefinido, es
decir, fascismos borrosos, pseudo-fascismos, regímenes fascistoides o
filofascistas, pero no plenamente fascistas. En el momento que extrapolemos el
término «fascismo» de su realidad histórica (en el espacio italiano y en el
tiempo que transcurre desde 1922 hasta 1945) se convierte en algo totalmente
borroso, oscuro y confuso, por eso propongo hablar de un «fascismo
circunscrito». Como fascismos indefinidos tenemos como ejemplos varias
corrientes muy heterogéneas: las Cruces de Fuego de François de la Rocque y el
Partido Popular francés de Jacques Doriot en Francia, el Movimiento Rexista (de
Cristo rey) de León Degrelle en Bélgica, las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas
de Ramiro Ledesma Ramos y la Falange Española de José Antonio Primo de Rivera
en España (ni de lejos era fascista la CEDA de José María Gil-Robles), la Unión
Fascista de Oswald Mosley en Gran Bretaña, las Cruces Flechadas de Ferenc
Szálasi en Hungría, la Guardia de Hierro de Cornelio Codreanu en Rumania o la
Organización Revolucionaria Croata Insurgente o Partido de los Ustasha o
rebeldes de Ante Pavelic en Croacia. Estos partidos no conquistaron el poder,
por lo tanto, no estaban definidos políticamente, pese a sus intenciones.
Habría que decir que dicho fascismo sólo fue intencional, pero no efectivo,
como al fin y al cabo fue el italiano (me refiero al fascismo escatológico
totalitario del que luego hablaremos). En España, aparte de la Falange y las
JONS (dejando fuera a la CEDA, como hemos dicho), lo más parecido que hemos
tenido al fascismo, según palabras del propio Mussolini, que era el que
entendía de esto, fue la figura de don Manuel Azaña, debido a la rectitud de su
liderazgo. Cierto que esto lo dijo Mussolini en 1932, un año antes de la
fundación de la Falange y las JONS. Aun así suscribo la tesis de Mussolini
refiriéndose a Azaña como lo más parecido al fascismo que hubo en España, pues
don Manuel implantó una ley electoral inspirada en la legge de Acerbo mussolinina,
una ley diseñada en Italia en 1923 por Giacomo Acerbo, de ahí el nombre de la
ley. Dicha ley hipertrofia los resultados haciendo que una mayoría mínima se
convierta en una mayoría aplastante, garantizando así que una coalición
parlamentaria que obtuviese una mayoría mínima alcanzase el 66% de los escaños.
Curiosamente esa ley se volvió en contra de los izquierdistas en las elecciones
de 1933, cosa que les estuvo muy bien empleada por ese bienio realmente negro.
Sin embargo, no sería
correcto denominar al nazismo como fascismo indefinido (si
tomamos como criterio de definición el Estado), pues el nazismo en 1933 llegó
al poder. Pero el nazismo, sin perjuicio de sus tremendas analogías, no es
fascismo. El Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores tomó una
cierta estética fascista, estética que sin duda jugó un papel muy importante,
sobre todo en las labores propagandísticas. Pero la fascistización de regímenes
como el de la Alemania nazi sólo era un ingenuo deseo de Mussolini, el cual
creía que el fascismo iba a ser un fenómeno trascendental, un juicio normal en
su acostumbrada extravagancia.
¿Y por qué no fue el nazismo
fascismo? Para empezar habría que decir que mientras que el nazismo (al igual
que el comunismo y el anarquismo e incluso el liberalismo) proponía como
finalidad la abolición y extinción del Estado, postulando un fantasioso e incluso
escatológico dominio del volk (que no era otra cosa que el
mito de la raza aria, que hoy en día vuelve a
ser el mito de la cultura), el fascismo proponía como finalidad la
realidad plena y totalitaria del Estado fascista, la fascistización de todas las
instituciones y de todas las gentes del país; es decir, la finalidad estaba no
en la extinción sino en la supremacía del Estado (para que el régimen fascista
y el pueblo de Italia fuesen una unidad, como presumía Mussolini). El Estado
era, pues, la máxima y última aspiración del fascismo, un Estado de expansión
imperialista (por eso hablo de «fascismos indefinidos», pues para un partido
fascista estar fuera de las instituciones del Estado carece de sentido: sin
Estado no hay fascismo que valga). El fascismo pedía así el monopolio
absoluto del aparato del Estado con el Duce como figura sobresaliente, estando
el Partido Nacional Fascista subordinado al Estado (en el caso alemán el Estado
estaba subordinado al Partido Nazi). Como dijo Mussolini: «El partido no es más
que una fuerza civil y voluntaria a las órdenes del Estado, al igual que la
Milizia Volontaria per la Sicurezza Nazionale es una fuerza armada a las
órdenes del Estado […] Si en el fascismo todo está en el Estado, tampoco el
Partido puede huir a tal inexorable necesidad [he aquí lo que podemos llamar
el fatum del Estado fascista, el fatalismo fascista], y debe,
por tanto, colaborar subordinadamente con los órganos del Estado». (Opera
Omnia, cit. XXXIV, págs. 141-142). La subordinación del partido al
Estado fraguó rencillas entre los representantes del partido y los
representantes (los ministros, el Duce) del Estado. Este dualismo (o trialismo,
si contamos la institución de la monarquía) fue lamentado por el secretario del
PNF como «problema insoluto», porque ello suponía un «débil equilibrio no
siempre fácil de alcanzar». (Archivo Centrale dello Stato, Ministero
degli Interni, Direzione Generale di Pubblica Sicurezza, Divisione Polizia
Politica, b. 102). Este dualismo entorpecía el avance hacia el escatológico Estado
totalitario, por falta de consenso. Detrás de la organización monolítica y
eficiente del fascismo, como política plenamente disciplinada hacia una mística
del Estado que daba la propaganda, existía una lucha por el poder entre los
oligarcas del fascismo, lo cual impedía la armonía que era necesaria para la
plena realización del Estado fascista hacia su camino escatológico como Imperio
Universal.
Sin embargo, para los nazis
el Estado «no representa un fin, sino un medio […] la condición preliminar para
crear una civilización humana superior». (Cfr., E. Jäckel, La
concezione del mondo in Hitler, Milán, 1972, pág. 96). Sin embargo, en la práctica
los nazis monopolizaron más que los fascistas las instituciones del Estado (por
no hablar de la Unión Soviética).
Si el régimen fascista se
implantó con una no muy especialmente cruenta (habría que decir incruenta)
«marcha sobre Roma» (incruenta gracias al rey, el cual pactó con Mussolini e
hizo que el ejército no interviniese a fin de que no hubiese una carnicería),
el régimen nazi se implantó a través de las instituciones democráticas de la
República de Weimar. Una vez que Hitler paró las intenciones revolucionarias
del ala más extrema del partido nazi, hizo el intento, y con éxito, de llegar
al poder por la vía parlamentaria, para que una vez en el poder se realice la
revolución (una revolución desde arriba, como también
desarrolló la derecha socialista, pero con resultados muchísimos menos
incruentos y totalmente generadores, pese a quien le pese). ¿Podría decirse que
el ascenso de un hombre como Hitler al poder a través de las instituciones
democráticas, siendo encima encarcelado tras una desastroso Pustch de Múnich
para una ulterior «marcha sobre Berlín», imitando a Mussolini, fue una especie
de «corrupción no delictiva»? Suele decirse que Hitler fue financiando por la
alta burguesía internacional para implantar un régimen fuerte de cara al
comunismo bolchevique. Puede haber algo de cierto en ello, pero el nazismo no
es tampoco, como el fascismo, un mero anticomunismo, también funcionaron en
dicho régimen ideas positivas, no sólo negativas en cuanto a la reacción
antiproletaria se refiere.
En la práctica, es decir, en
la política real, al margen de las distintas formalidades de los respectivos
Estados, las relaciones entre el régimen fascista italiano y el régimen nazi
alemán no fueron ni mucho menos armónicas. Recién llegado Hitler al poder esto
no fue ningún consuelo para Mussolini, que consideraba a Hitler como un loco
exaltado (a pesar de que Hitler considerase a Mussolini como maestro del
anticomunismo e imitase a éste con el saludo romano de brazo en alto). En 1934
Mussolini envió tropas a Austria para evitar que ésta se anexionase a Alemania
(el famoso Anschluss que al fin se lograría en 1938); además,
¡fue el único en hacerlo! Mussolini pretendía que Austria no fuese nazificada,
para que en su lugar fuese fascistizada (ya vemos aquí una clara oposición). Al
principio las potencias democráticas (Francia e Inglaterra sobre todo) vieron
con buenos ojos la llegada del fascismo al poder, pues suponía una buena
reacción frente al comunismo, pero después también vieron en el fascismo una
buena forma de oposición al nazismo. Por un momento el fascismo se convirtió en
la esperanza de las democracias occidentales y era un movimiento respetado;
pero todo eso se fue al traste cuando Mussolini invadió Etiopía, su principal
error, y fue sancionado por la Sociedad de Naciones, siendo consecuencia de
ello el Pacto de Acero con Alemania (24 de octubre de 1936) que dio lugar a lo
que Mussolini llamó «Eje Roma-Berlín». Pero si el principal error (el primer
error, queremos decir) de Mussolini fue invadir Etiopía, el gran error fue
subordinarse a Hitler (de lo cual miserablemente se arrepintió, porque fue
simplemente su ruina y su mala fama). Aun así, después del Pacto de Acero, ya
empezada la guerra, Italia avisó a Bélgica, Holanda y Francia de lo que los alemanes
le tenían preparado. Mussolini titubeó (ya que quería aplazar la guerra) pero
al final decidió aliarse definitivamente con Alemania el 10 de junio de 1940,
al creer que la victoria del Eje sería inmediata, debido a las impresionantes
conquistas de Hitler en menos de un año sin apenas coste. Ni que decir tiene el
enfado monumental entre Hitler y Mussolini tras la invasión frustrada de Italia
a Grecia, sacando Alemania a Italia las castañas del fuego, cosa que hizo que
se retrasase la Operación Barbarroja (la invasión de la URSS que supuso hacer
letra muerta al pacto Ribbentrop-Molotov, ¡qué diálogo cabía aquí!). Y es que
Italia más que una ayuda supuso un estorbo para Alemania. Como dijo Churchill,
«Italia es el suave vientre del Reich». Las derrotas en el norte de África (en
Libia, el 23 de enero de 1943) y la invasión aliada en Sicilia
(10 de julio de 1943) pusieron en jaque mate al régimen fascista,
corroborándose la tesis de Churchill.
Fascismo y sangre
Además de esto hay que decir que el fascismo italiano fue poco
sangriento en comparación con la Alemania nazi, la Alemania de los campos de
concentración en la que murieron 6 millones de judíos y un millón más entre
otras etnias; por no hablar del Gulag soviético y de las cien millones de
víctimas del comunismo (en lo que a sangre derramada se refiere fascismo y
comunismo no tienen parangón), o de la represión brutal, de la que muy poco se
habla, de las potencias «democráticas» después de la guerra, con campos de
concentración en Francia y en Estados Unidos en los que murieron cientos de
miles de personas. La «marcha sobre Roma», que supuso la subida del fascismo al
poder, fue prácticamente incruenta (sobre todo gracias al pactó que forjó el
rey, como hemos dicho). En 1932, con motivación del décimo aniversario en el
poder, el régimen concedió una amplia amnistía a los presos políticos, cosa
inconcebible para nazis y bolcheviques. A pesar de los muchos exiliados, el
fascismo sólo condenó a muerte a unas 25 personas.
La sangrienta carrera del fascismo italiano comenzó el 3 de
octubre de 1935, en la conquista de Etiopía, la cual fue llamada Abisinia por
los conquistadores. Ésta era ya la Segunda Guerra Ítalo-Etíope, resarciéndose
Italia de la derrota en 1896. No he podido dar con las fuentes de la masacre
que cometieron los italianos en Etiopía, pero según Wikipedia, fuente no muy
fiable, la población etíope pasó de 16.900.000 en 1935 a 15.300.000 en 1936. En
dicha invasión se usó gas mostaza no solamente contra las tropas etíopes, sino
también contra la población civil, para desmoralizar a la resistencia de las
guerrillas. Algunas fuentes hablan de 500.000 bajas etíopes, luego el millón de
víctimas que habría que sumar según la tabla de la población etíope que nos
ofrece Wikipedia se debió a las terribles hambrunas, pero eso está por
confirmar. Winston Churchill y Pío XI aplaudieron la eficacia italiana en las
tierras africanas.
También, dicho sea de paso,
la violencia generada por el fascismo para conseguir el poder, cosa que se
consiguió entre 1917 y 1922 semiclandestinamente, fue proporcionalmente
inferior a la que se generó en España durante los meses de febrero y julio que supusieron
el derrumbe de la Segunda República. Como afirma Stanley Payne, «Juan Linz ha
observado que el total aproximado de los 270 homicidios políticos de España en
los cinco meses y medio primeros de 1936 contrasta desfavorablemente con el
volumen de los 207 homicidios políticos registrados en Italia durante los
cuatro meses y medio primeros de 1921, posiblemente el apogeo de violencia
allí. Como Italia tenía una población casi un 50 por ciento mayor que la de
España, el índice de violencia italiano fue proporcionalmente claramente
inferior». Y añade: «La violencia fue en España proporcionalmente más grave que
la de las luchas intestinas producidas antes del derrumbe de la democracia en
Italia, Alemania y Austria, con la posible excepción de los primeros meses de
semiguerra civil en la República de Weimar en 1918-1919». (La primera
democracia española, Paidós Estado y Sociedad, Barcelona, 1995, pág.
403). También observa Payne: «El golpe final y decisivo fue el asesinato del
líder derechista Calvo Sotelo por un grupo compuesto por guardias de asalto
izquierdistas insubordinados y socialistas exaltados. Aquel asesinato fue por
su efecto el equivalente español al Asunto Matteotti en Italia. Este último
produjo una crisis que precipitó la dictadura fascista; el primero fue el
último catalizador de la guerra civil. El que Matteotti fuese matado por
fascistas y Calvo Sotelo por socialistas refleja las diferencias existentes en
cuanto a fuente principal de violencia entre los dos sistemas.
Pero hubo también otras diferencias, igualmente importantes, entre la situación
de Italia y la de España. En la primera, el gobierno fascista había alimentado
la violencia contra la oposición izquierdista aunque probablemente no había
ordenado el asesinato de Matteotti, y sus propios partidarios lo obligaron por
último a hacerse responsable de su muerte. En España, el gobierno republicano
de izquierdas nunca había alentado la violencia, pero sencillamente fue incapaz
de reprimirla y después mostró su absoluta ineficacia para perseguir a los
responsables». (La primera democracia, pág. 405).
Curiosamente la mala fama
del fascismo, visto como algo absolutamente sanguinario, se debe a los propios
fascistas. Los fascistas proclamaban a los cuatro vientos, una vez bien
asentados en el poder, que la marcha sobre Roma fue una revolución violenta, como
una de las influencias del leninismo en el fascio. No
obstante, el 29 de octubre de 1922 Il Popolo d’Italia afirmaba
lo siguiente: «La totalidad de Italia central, Toscana, Umbría, Marche y el
norte de Lazio han sido ocupados por los camisas negras», sugiriendo una
ocupación militar e impuesta con las armas. Sin embargo, el 31 de octubre
Mussolini declaró en el diario milanés Corriere della sera: «Hemos
hecho una revolución sin parangón en el mundo entero […] Hemos hecho la
revolución mientras los servicios públicos seguían funcionando, sin interrumpir
el comercio, con los empleados sentados a sus mesas, los trabajadores en sus
fábricas y los campesinos labrando en paz sus campos. Es un nuevo estilo de
revolución». Pero el 5 de julio de 1924 dirigiéndose al Senado el Duce se
contradice afirmando que el ascenso del fascismo al poder fue «un acto
incuestionablemente revolucionario», a mano armada, lo cual es rotundamente
falso. Que el fascismo no se impuso de manera violenta lo confesó Mussolini en
una fecha tan tardía como la de 1944, cuando ya era una simple marioneta de los
nazis en la República de Salò.
En 1922 Mussolini abandonó
los recursos violentos, pues vio en ellos un impedimento a la obtención del
poder; el cual fue mucho mejor obtenerlo renunciando a la violencia y pactando
con el Rey (de hecho, la madre del Rey, la reina Margarita, simpatizaba con
el fascio). El futuro Duce vislumbró que el poder estaba al alcance
de la mano; por ello el 31 de octubre se disculpó ante el Rey por vestir con
camisa negra debajo de su traje formal: «Ruego a Su Majestad que me excuse por
llevar aún puesta mi camisa negra, pero vengo de una batalla en la que, por
fortuna, no ha habido bajas»; y además añadió: «Soy un leal sirviente de Su
Majestad». El Rey pudo parar la marcha sobre Roma en cualquier momento, pero
vio que aquellos fascistas eran la única solución que tenía la desolada Italia.
El ejército controlaba perfectamente a los «marchadores», y con una sola orden
los fascistas (entre unos 30.000 ó 40.000 combatientes acampados en las afueras
de Roma con rifles de caza y antiguos fusiles del ejército y encima con escasa
munición) no hubiesen tenido ni para empezar. No obstante, los líderes
del fascio tuvieron suficiente delicadeza para saber llevar la
situación, y hacían saber a sus reclutas que «el ejército es el defensor
supremo de la nación», y por ello era menester no librar ningún combate con
semejante patrimonio, porque «el fascismo no marcha contra las fuerzas del
orden público». (Citado en Antonino Répaci, La marcia su Roma, Rizzoli,
Milán, 1972, pág. 455).
Más que en su llegada al
poder y en la manera de obtener éste, el fascismo fue violento antes de
alcanzarlo. Los miembros del establishment liberal de Giovanni
Giolitti temían más a la marea roja que a la marea negra, e intentaron usar a
los fascistas como títeres (cosa que les salió por la culata, pues éstos, una
vez asentados en el poder, prohibieron los partidos liberales, como los demás partidos
que no fuese el fascista). De este modo no se puso freno a la violencia de los
fascistas de la squadristis, comportándose como un Estado
dentro del Estado, consintiendo el gobierno las palizas que el fascio daba
a los socialistas revoltosos, con la estimable ayuda, para asombro de los
propios fascistas, de la policía local y los carabinieri y la
«cautelosa benevolencia» de los altos mandos del ejército (cosa parecida al
consentimiento que el Frente Popular en España daba a los socialistas y
compañía durante los sucesos de la «primavera trágica» del 36; violencia
proporcionalmente mayor, como hemos visto).
En Italia la violencia fue de mayor intensidad en los primeros
años de posguerra que en 1922. Dada la situación desastrosa del país, un país
en el que no se podía formar gobierno por culpa de un parlamento totalmente
fragmentado, los terratenientes y la burguesía vieron en los jóvenes fascista
una solución; así lo manifiesta en noviembre de 1920 el periódico burgués de
Ferrara: «Se necesitan fuerzas jóvenes, intrépidas. Por suerte, la reciente
pugna electoral ha desvelado estas nuevas fuerzas: los fascistas […] Sólo ellos
tienen derecho a formular demandas sobre el futuro de Italia; sólo ellos, que
aman la juventud y la fuerza, pueden frenar la oleada de locura que está
abatiéndose sobre Italia». Una vez en el poder, Mussolini negó que el fascismo
representase a los intereses de los terratenientes y burgueses (cosa que en
parte era verdad y en parte no).
El carácter violento de la
marcha sobre Roma es sólo un mito fundacional fascista, trasfigurado falsamente
en un movimiento revolucionario violento. Así, tras la violencia desarrollada
en la semiclandestinidad gracias al amparo y financiación de liberales y
terratenientes asustados por la marea roja (sobre todo en los «años rojos» que
van de 1918 a 1920), los fascistas, una vez en el poder, volvieron a
restablecer el orden y cesaron las violencias. En plena Italia fascista se
vivía mal o bien, y el Estado fascista era justo e injusto, pero no era mucho
peor que otro regímenes; aunque ya sé que decir esto es hacer que los
indocumentados progres se pongan de uñas, pero en fin. El
mismísimo Winston Churchill, tras una reunión con el Duce en 1928, llegó a
decir que si hubiese sido italiano habría estado «de todo corazón» con
Mussolini desde el primer momento (esto no quiere decir que el célebre político
inglés fuese simpatizante del fascismo, al cual lo consideraba «inevitable»,
pero sí era fervorosamente anticomunista, de ahí su admiración al Duce como
tantos otros). Sin embargo, la mala fama del fascismo es un dogma
inquebrantable, pero hay que reconocer que, paradójicamente, a la divulgación
de dicho dogma contribuyeron los propios fascistas fantaseando sobre una
sangrienta marcha sobre Roma (sin perjuicio de sus tremendas palizas al
campesinado socialista en el valle de Po, en Toscana, Umbría y el sur de
Apulia, y entre febrero y mayo de 1921, en el contexto de las elecciones
generales, las palizas y asesinatos a los propios líderes socialistas, atacando
también a los católicos de Partito Populare; y así hasta un año y medio hasta
la marcha sobre Roma). Su sangrienta marcha se produjo en 1935 con la conquista
de Etiopía, preparando así el escenario para la próxima guerra mundial.
El abuso de los términos
«fascismo» y «fascista»
La imprudente extrapolación
del término «fascismo» ha llevado a denominar «fascista» a regímenes tan
distintos como el de «Juan Perón en Argentina, la república presidencial de
Charles de Gaulle en Francia, los regímenes de partido único del Tercer Mundo,
la dictadura de los coroneles de Grecia, la presidencia de Richard Nixon en
Estados Unidos, los regímenes militares de América Latina [como el de
Pinochet], e incluso, las democracias burguesas [Jesús Gil y José María Aznar]
y los propios comunistas [Stalin]. Se ha hablado, en efecto, de “fascismo rojo”
a propósito de la izquierda extraparlamentaria y de los grupos terroristas
comunistas, y de involución “fascista” del régimen comunista chino en ocasión
de la masacre de plaza Tienanmen en Pekín (3-4 de junio de 1989). Recientemente
ha sido acuñada una nueva categoría de fascismo, el “fascismo medio-oriental”
para definir al régimen de Sadam Hussein en Iraq». (Emilio Gentile, Fascismo.
Historia e interpretación, Alianza Editorial, Roma-Bari, 2002, págs.
52-53). También se le ha llamado «fascista» a Felipe González, a José María
Aznar (llamado así delante de ZP y del Rey por el inefable Hugo Chávez), a
Franco y a Carrero Blanco (y a cualquier franquista en general), al
impresentable Joan Tardá de ERC (llamado así por Eduardo Zaplana), a Manuel
Fraga (el cual, según Tardá, sus manos estaban «llenas de sangre»), a los
asesinos etarras (los cuales, a su vez, llaman «fascista» a todo lo que tenga
que ver con España). El pasado 14 de mayo del 2010 los magistrados de la
Audiencia Nacional, tras suspender cautelarmente a Baltasar Garzón por
prevaricar en su investigación de los crímenes del franquismo, fueron llamados
fascistas por la multitud simpatizante del juez estrella: «¡Fuera fascistas, de
la judicatura!». «Fascista» es, pues, todo aquél que se pase de la
raya. Es obvio que se designa como «fascista» a estos regímenes por su
carácter violento y para desprestigiarlos, lo cual está hecho no con fines
historiográficos sino propagandísticos. Para la oposición parece ser una
especie de remedio psicológico llamar «fascista» a quien les gobierna, y
«fascista» es simplemente un arma propagandística.
La confusión llega al colmo cuando se habla de fascismo de
«izquierda», de «derecha» y de «centro», y si somos coherentes hablaríamos de
un fascismo de «centro izquierda» y otro de «centro derecha»; y, para oscurecer
más el asunto, también hablaríamos de un fascismo de «extrema izquierda» y un
fascismo de «extrema derecha» (ya sería el colmo llamar a alguien fascista de
«extremo centro»). La expresión fascismo de «extrema derecha», para la mayoría,
sería redundante, porque el fascismo y la extrema derecha se identifican;
aunque la idea de «extrema derecha» es más oscura, aún si cabe, que la de
«fascismo». En 1923 el sacerdote italiano Luigi Sturzo, uno de los padres de la
democracia cristiana y fundador del Partito Populare Italiano, llegó a
oscurecer más el asunto cuando definió al bolchevismo como «fascismo de
izquierda» y al fascismo como «bolchevismo de derechas». La cosa ha llegado a
simplificarse tanto que «fascista» es sinónimo de «hijo de puta», es el peor de
los insultos; luego políticamente no define nada.
No obstante, la palabra
«fascio» (haz o manojo) no fue un invento de los fascistas ni de Mussolini.
Dicho término ya llevaba bastante tiempo en boca de muchos. Esa palabra hoy tan
difamada y denigrada empezó a funcionar en Italia en los inicios del Risorgimento precisamente
por movimientos de izquierda, tanto en el proletariado como en el campesinado,
sobre todo en el oeste de Sicilia. Existieron, por ejemplo, los fasci
siciliani, allá por 1890, derrotados por el primer ministro Crispi. En
octubre de 1914, los sindicalistas de izquierdas que quería sumergir a Italia
en la Gran Guerra fundaron el Facio Rivoluzionario d’Azione Internazionalista.
En febrero de 1917, unos ochenta parlamentarios pro intervencionistas de la
guerra mundial fundaron el Fascio Nazionale di Azione, constituido tanto por
conservadores, socialistas reformistas como Bissolati y liberales como Luigi
Albertini, editor del periódico Corriere della Sera. En
diciembre del mismo año unos 150 diputados y 90 senadores nacionalistas, entre
los que destacaba Antonio Salandra, formaron el Fascio Parlamentare di Difesa
Nazionale. Estos últimos recibieron la alabanza de Mussolini el cual los llamó
«los 152 diputados fascistas».
Fascismo e imperialismo
Como decimos, el fascismo no
fue una derecha tradicional, ya que fue «un fenómeno político moderno,
nacionalista, revolucionario, totalitario, racista e imperialista decidido a
destruir la civilización democrática y liberal, proponiéndose como una alternativa
radical a los principios de libertad y de igualdad concretados en el proceso
histórico de afirmación de los derechos del hombre y del ciudadano, iniciado
con la Ilustración y con la revoluciones democráticas de finales del siglo
XVIII» (E. Gentile, Fascismo, pág. 18). El fascismo se presentó como una tendencia antiliberal y
antimarxista (y por supuesto antianarquista), es decir, se enfrentó a las
izquierdas de segunda, tercera, cuarta y quinta generación. Dicha tendencia se
organizó en un partido milicia de veteranos de guerra, con intención de
totalizar la política y el Estado, y con una visión mística y militarizada de
la política. Sus fundamentos eran míticos, viriles y antihedonistas. Los
fascistas estaban imbuidos en una especie de panteísmo del Estado, pues el
Estado se sacralizaba, considerándose al fascismo como una «religión política»,
en competencia con el Vaticano (y por tanto anticlerical o al menos no
clerical, cosa que coloca al fascismo más a la izquierda que a, por ejemplo,
los liberales conservadores o democristianos como Luigi Sturzo).
La vocación de la tendencia
fascista, sin ser especialmente sangrienta después de todo, era totalmente
belicista, con vista a una futura expansión imperialista (expansión por el
Adriático, conquistas de Etiopía y Albania), la cual daría lugar a un nuevo orden
mundial y a una nueva civilización, siendo «una forma palingenésica de
ultranacionalismo populista» (Roger Griffin, The Nature of Fascism, pág.
26). El fascismo fue, por tanto, una doctrina que consistía en regenerar a la
nación, siendo así, en palabras de Stanley Payne, «una forma de
ultranacionalismo revolucionario para el renacimiento nacional, basado en una
filosofía fundamentalmente vitalista, y estructurado sobre un utilitarismo
extremo, sobre la movilización de masas y en fuerherprinzip; tiene
una actitud positiva en relación a la violencia como fin y como medio y tiende
a dar carácter normativo a la guerra y/o a las virtudes militares» (El
fascismo, Madrid, Alianza Editorial, 2001, pág. 21). El régimen
fascista aprobó la fundación del Imperio Italiano el 9 de mayo de 1936, desde
el cual se proponía la hegemonía italiana en el Mediterráneo (Mare Nostrum)
e implantar por la fuerza su apertura hacia los océanos.
Fascismo y clase media: la
pequeña burguesía como la masa del fascismo. La «tercera vía»
Se
suele decir que el fascismo recibió su respaldo social en las clases medias;
fue, por así decir, una revolución de las clases medias (frente a la revolución
de las clases proletarias escindidas en anarquismo, socialdemocracia y
comunismo, cuyos enfrentamientos fueron mortales). Estas clases medias, en
mayor o en menor medida, pueden identificarse con la pequeña burguesía, pero
también con obreros asalariados (de todos modos, el concepto de «clase media»
es oscuro y confuso pues no está definido su dintorno; tampoco se sabe
dónde limita su contorno y cómo son sus intersecciones con su entorno, el
cual es tanto la «clase baja» como la «clase alta»). Algunos autores han
llegado a sostener que el fascismo fue una revolución burguesa
antiburguesa, aunque más bien habría que decir que fue una revolución
pequeño burguesa antiburguesa. Esto hizo que el fascismo se convirtiese en
un fenómeno de masas, pues la clase media representaba un 47% de la población
(también hay que decir que el Partido Nazi estuvo ampliamente respaldado por
las clases medias, pero como decimos el concepto de «clase media» está por
definir, y quizá fuese una ideología estadística diseñada por sociólogos para
encubrir la existencia de un proletariado fuerte y numeroso). Sin embargo, el
fascismo, pese a la importancia que le daba a las masas, no consintió que estas
expresasen e impusiesen sus ideas políticas, sin perjuicio de que en 1939 el
Partito Nazionale Fascista tuviese afiliado a más de 21 millones de italianos,
incluyendo a niños a partir de los seis años (sobre una población de 43
millones de habitantes).
Con
esto no queremos decir que el fascismo quedó reducido a una mera reacción
antiproletaria, como si fuese un epifenómeno del capitalismo (en una especie de
capitalismo de emergencia o «forma contingente» del poderío burgués), el cual
fue financiado por la alta burguesía para derrocar a los movimientos marxistas
(esa fue la versión marxista). El fascismo, pese a sus influencias, tenía
sustancia propia y ni mucho menos fue una continuidad del régimen liberal, pues
en muchos aspectos era diametralmente opuesto a éste, y a lo largo del tiempo
las tensiones fueron incluso creciendo. Lo digo porque hay muchos pánfilos de
«extrema izquierda» (izquierda fundamentalista) que creen que capitalismo y
fascismo es lo mismo.
El fascismo, pues, aun habiendo sido
fervorosamente antimarxista, fue más allá del antimarxismo, no definiéndose
sólo por lo que negaba sino también por lo que afirmaba. Así pues, al negar al
marxismo y al liberalismo se presentó como «tercera vía», como alternativa a
dos modalidades que consideraban «decadentes». El fascismo propuso una
organización corporativa de la economía (cosa que se puso de moda en países
liberales como Inglaterra y EEUU, ahí estuvo en New Deal de Roosevelt), la cual
coartó la libertad sindical, cosa que hizo ampliar la esfera de intervención de
Estado. El fascismo a base de fundamentos tecnocráticos y solidaristas (siempre
contra terceros y cuartos) amplió la colaboración de las clases productoras con
el propósito de unificar a la nación en vista de una futura expansión
imperialista y de una «nueva civilización». Aun así, preservó la propiedad
privada y la división de clases. La misión del fascismo era regenerar a la
nación, y para ese propósito había que destruir a la democracia parlamentaria y
a los partidos marxistas (que a la postre también querían destruir a la democracia
parlamentaria).
Fascismo, nacionalismo e
internacionalismo
Antes de fundar el Partito
Nazionale Fascista (fundado el 7 de abril de 1921) Mussolini era miembro del
Partido Socialista Italiano (algo así como PSOE de allí). Muy conocida es la
frase que dijo Lenin refiriéndose a Mussolini: «Si hay alguien que pueda hacer
la revolución en Italia ese es Benito Mussolini», cosa que se consiguió, aunque
fuese una revolución fascista, revolución muy exagerada por los propios
fascistas. En 1932 un corresponsal extranjero le preguntó a Mussolini que por
qué abandonó el socialismo y creó el fascismo. Mussolini le respondió que la
Primera Guerra Mundial (la llamada por entonces Gran Guerra) le demostró que la
lucha internacional del proletariado era algo completamente falso; dicho de
otro modo: la Gran Guerra echó por tierra, y además por completo, aquella frase
con la que Marx firmaba y terminaba el Manifiesto Comunista:
«Proletarios de todas las naciones, uníos». Mussolini durante toda su vida fue
un socialista internacionalista, pero observó que los proletarios franceses no
se unieron con sus hermanos de clase, los proletarios alemanes, para hacer la
guerra a las clases burguesas, prefiriendo defender a sus respectivas naciones.
Así pues, Mussolini, desilusionado, cambió el socialismo internacionalista por
el socialismo nacionalista. La Gran Guerra le hizo ver como utópica la unión
del proletariado internacional, e ideó un sistema en el cual las distintas
clases de un mismo país se unirían (como se unieron en la Gran Guerra y después
volverían a unirse en la Segunda Guerra Mundial) con el propósito de formar una
gran nación, una nación con aspiraciones imperialistas.
De este modo, dicho sea de
paso, se demuestra que el motor de la historia no es sólo la dialéctica de
clases (como pensaba el materialismo histórico), sino la dialéctica
de clases y la dialéctica de Estados (que es la propuesta
del materialismo filosófico). Ambas dialécticas, vistas desde
el materialismo filosófico, no están subordinadas una a otra
porque no son disyuntas, sino que están codeterminadas (luego sólo es una
dialéctica). Habría que decir que en el contexto histórico del fascismo (sobre
todo en los años de la Segunda Guerra Mundial), la dialéctica era de imperios,
sin perjuicio de la lucha de clases dentro de cada Estado y su repercusión en
el conflicto mundial o interimperialista.
Muchos liberales han pensado
que, como Mussolini venía del socialismo revolucionario, el fascismo no sería
otra cosa que una herejía socialista (o comunista) o una variación del
revisionismo marxista. Pero un fascista no era un «hereje» marxista, más bien
era un «ateo», y negaba por completo el igualitarismo internacionalista que
postulaban los marxistas. Así pues, se podría decir que el imperativo
proselitista de la última frase del Manifiesto Comunista («Proletarios
de todas las naciones, uníos») quedó cambiado, parafraseando, de la siguiente
forma: «Fascista de toda Italia, uníos» o más bien «Italianos de toda Italia,
uníos y sed fascistas para fascistizar a Europa y a todo el mundo».
Hemos visto arriba que el
fascismo y el nazismo no fue lo mismo. Ahora bien, sí tenemos en cuenta sus
semejanzas. La principal semejanza está en ese socialismo nacionalista
(nacional socialismo). Pero claro está, no es lo mismo la nación italiana que
la nación alemana; y, por mucho Pacto de Acero que se quiera, ahí surgen las
polémicas, como efectivamente las hubo. Podría llevarse a engaño la expresión
que usó Stalin de «socialismo en un solo país», pues podría parecer que Stalin
es un «nacional socialista» o un «socialista nacionalista» (un «fascista»),
pero se trataría más bien de un socialismo multinacionalista (y por tanto, al
fin y al cabo, internacionalista); pues la Unión Soviética, como advierte
Gustavo Bueno en El mito de la izquierda, no era un Estado
nacional de 40 ó 70 millones de habitantes, sino un Estado multinacional con
250 millones de habitantes y 22 millones de kilómetros cuadrados. Luego el
comunismo realmente existente dispuso de una koinonía internacionalista:
las distintas naciones que formaban la URSS y los países satélites.
El fascismo era
fervorosamente nacionalista, e idolatraba a la nación con un fervor religioso.
Hay que tener en cuenta que el nacionalismo que postulaba el fascismo era un
nacionalismo canónico: la nación política italiana. He aquí la
dificultad de hablar de un fascismo internacional, y por tanto de «fascismos»
(en plural). El internacionalismo es una tendencia que se asocia con el
comunismo (llegó a existir, no obstante, una Comintern, pero nunca llegó a
existir una Fascintern). Si al principio el fascismo tuvo cierta relevancia
internacional fue por su eficacia contra el comunismo, y por eso fue visto como
ejemplo a seguir, como la primera respuesta contundente al bolchevismo, al
imperio que soviético. La crisis de la democracia liberal, ante el desastre de
la posguerra, hizo que el fascismo fuese visto no como un escándalo sino como
un método fuerte para afrontar la que se avecinaba (que no era poca cosa).
Cuando Mussolini dijo que en el futuro Europa estaría fascistizada
probablemente quiso decir que Europa estaría subordinada al régimen fascista
italiano, esto es, al Imperio Italiano (¿imperio depredador o generador?), en
reminiscencia del Imperio Romano (imperio generador). El dogma fundamental del
fascismo era la supremacía de la nación italiana sobre el resto de las naciones
(incluyendo a Alemania, sin descartar una posible alianza, pues veían a Italia
y Alemania como «naciones jóvenes», frente a las decrépitas Francia e
Inglaterra, por no hablar de España).
Pese a ser antiliberal, el
fascismo durante su mandato conservó la propiedad privada y muchas
instituciones del capitalismo, exaltando el papel de la burguesía productiva,
dando por buena la función histórica del capitalismo (en este sentido sí es
cierto que las posiciones del fascismo son más cercanas al capitalismo que al
comunismo, del cual fue fervoroso rival, sin perjuicio de que el propio Marx
también admiró la misión histórica de la «sociedad burguesa»). Los fascistas
abogaban por la colaboración de clases (corporativismo) e incrementar la
producción (productivismo), centrando y solidarizando a la nación y superar así
las luchas de clases, pues la nación debe de solidarizarse para una ulterior y
escatológica expansión y fascistizar el mundo. Como si dijesen: «id y predicad
el fascismo en todas las naciones», como una especie de conversión a la
religión política del fascismo, primero a los italianos (el «italiano nuevo») y
después a Europa y al mundo entero (el «hombre nuevo», de claras resonancias del
Superhombre nietzscheano), a través del dogma «creer, obedecer y combatir»
(trilogía, dicho sea de paso, que se oponía a la trilogía de la Revolución
francesa: «libertad, igualdad y fraternidad»). El mito del imperio y el culto a
la romanidad con el brazo en alto estuvo presente desde el principio, pero la
historia tiró por otros derroteros, y el fascismo quedó muerto y enterrado para
dejar de osar abrir la boca para asuntos que conciernen a la humanidad precisamente
el 25 abril de 1945. Tres días después, el 28 de abril de 1945, moría en una
gasolinera de Milán, torturado y humillado por los partisanos comunistas,
Benito Mussolini. Muerto el perro se acabó la rabia. Aunque,
por lo visto, no fueron los partisanos comunistas los que acabaron con
Mussolini humillándolo y torturándolo, sino agentes secretos británicos, según
dice el protestante César Vidal.
Fascismo y democracia
Dada la naturaleza del
fascismo, éste era por completo opuesto al parlamentarismo, transformando el
Estado italiano en un régimen de partido único, suprimiendo al resto de
partidos para «prevenir revoluciones», según dijo Mussolini. Es decir, el
régimen fascista suponía la liquidación de la democracia realmente
existente, el fin de la izquierda o derecha liberal. A finales de 1926
el Partido Nacional Fascista era el único partido legal; siendo, pues, como el
Partido Comunista de la URSS, ya que el Partido Fascista, por decirlo con
palabras de Buharin, admitía pluralidad de partidos, estando uno en el poder y
los demás en la cárcel; mutatis mutandis, los nazis. «Su
dictadura total de partido […] quiere la dictadura de parte y el “partido
único”, es decir, la supresión de todos los partidos, esto es, el final de la
vida política como se concibe en Europa desde hace cien años». («Secondo
Tempo», en La Stampa, 25 de abril de 1923).
El ascenso del fascismo al poder no fue debido a una revolución
violenta (como los propios fascistas reivindicaron), sino que fue estrictamente
legal. Mussolini al ser nombrado primer ministro juró fidelidad al Rey y a la
Constitución, pidiendo, eso sí, plenos poderes. Y así como el ascenso de
Mussolini fue de riguroso reglamento, también su destitución lo fue; pero en
este caso no fue ya la antigua institución de la monarquía quien lo sustituyó,
sino el Gran Consejo Fascista, el cual fue creado por el propio Benito
Mussolini.
En lo que a elecciones se
refiere el fascismo no tuvo gran éxito y fue lo que se dice electoralmente
hablando muy impopular. En 1919, siendo aún un movimiento y no un partido (cosa
que no sería hasta 1921), los fascistas se presentaron a sus primeras elecciones.
Los resultados de estas elecciones fueron todo un desastre para el movimiento.
El movimiento fascista se fundó el 23 de marzo de 1919 en la plaza de San
Sepolcro, Milán. El único órgano relevante para la propaganda y la política del
que disponían los fascistas adheridos al liderazgo de Mussolini era el
periódico Il Popolo d’Italia, periódico que no debe
ningunearse, pues en aquellos tiempos quizá fuese más importante la posesión de
un periódico que la de un partido.
El programa del movimiento
fascista estaba inclinado a la derecha a causa de su rivalidad con los rojos.
Aun así, por muy de derechas que fuese, en dicho programa había muchos
proyectos que suscribirían hasta los más extremados de la izquierda, pues se pedía
la extensión del derecho de sufragio universal a la mujer (es decir, hacerlo
realmente universal), se pedía que se bajase la edad del voto a la de dieciocho
años, también se pedía la abolición de la Camara Alta, esto es, el Senado. El
programa también exigía un salario mínimo, una jornada laboral de ocho horas,
los derechos sindicales de los trabajadores, la nacionalización de la industria
de armamento, una subida de los impuestos a los más ricos y la expropiación de
terrenos eclesiásticos. Mussolini declaró que el movimiento fascista no era
enemigo de la clase obrera: «De hecho, estamos dispuestos a combatir por ella».
(Mussolini, Opera Omnia, vol. 13, pág. 14). Todo esto no
despertó la atención de la prensa, ni siquiera los socialistas estaban
preocupados por el nuevo movimiento que iba a ser hegemónico andando el tiempo
en Italia. Tan sólo Antonio Gramsci en noviembre de 1920 se percató del peligro
fascista, diciendo que éste iba a ser el brazo ejecutor de la burguesía, el
brazo que iba a realizar el trabajo sucio que la burguesía no podía hacer
legalmente, esto es, la mano de obra «rompehuelgas». Para Gramsci el fascismo
suponía un cambio de orientación de la pequeña burguesía; según Gramsci, ésta
había estado «esclavizada por el poder parlamentario», volviéndose de repente
antiparlamentaria, «imitando a la clase obrera y saliendo a la calle».
(Gramsci, en L’Ordine Nuovo, 2 de enero de 1921). En marzo
1921 el líder del recién fundado Partido Comunista de Italia (PCI), Palmiro
Togliatti, también percibió la amenaza fascista; pero el resto de fuerzas
italianas vieron al fascismo con desdén, y todos se centraban en Giolitti, en
los socialistas y en los católicos, los principales centros de atención de la
política italiana de entonces. Con esto quiero decir que el fascismo incipiente
era algo absolutamente marginal y secundario, e incluso para algunos algo
completamente desconocido.
En ese mismo año de 1921, el
fascismo estaba en pleno proceso de gestación, y según el biógrafo de
Mussolini, Renzo de Felice, el propio Mussolini no tenía muy claro de qué iba
eso del fascismo. En 1919, en el discurso fundacional de Milán, Mussolini tuvo
conocimiento de que el nuevo movimiento albergaba posiciones heterogéneas y
contradictorias: «Podemos permitirnos el lujo de ser aristócratas a la vez que
demócratas, reaccionarios además de revolucionarios, de defender la legalidad
mientras cometemos ilegalidades de acuerdo con las circunstancias, el momento,
el lugar y el ambiente en el que nos veamos obligados a vivir y actuar» (Citado
en Nino Valeri, D’Annunzio davanti al fascismo, Le Monnier, Florencia,
1963, pág. 20). Esto último recuerda a Pablo Iglesias, el fundador del Partido
Socialista Obrero Español, cuando dijo que su partido usaría la legalidad
cuando le fuese conveniente, pero rompería con ella cuando ésta no lo fuese
(cosa que efectivamente hicieron, como bien se sabe).
Puede decirse que su catástrofe electoral se debió a lo incipiente
de la formación; pero en el mismo año también fue fundado el católico Partito
Popolare Italiano (PPI), liderado por sacerdote Luigi Sturzo, partido que
obtuvo una gran representación electoral. El PPI representaba más a la «nueva
Italia» que el movimiento de Mussolini. Pero también esa nueva Italia estaba
representada por el Partito Socialista Italiano (PSI); partido que, como el
PSOE, estaba escindido entre reformistas y revolucionarios (maximalistas), y
también empezaba a separarse otra tendencia decididamente comunista.
Curiosamente Mussolini, en su discurso de Milán publicado el 28 de marzo de
1919, acusó al PSI de «reaccionario» al no querer participar en la Gran Guerra
contra los imperios «reaccionarios» de Alemania y Austria-Hungría. También
advirtió Mussolini a los socialistas que si no es por la Gran Guerra no hubiese
habido revolución en Rusia. El PSI obtuvo un total de 156 escaños, un 32,3% de
los votos; el PPI obtuvo unos 100 escaños, un 20,5% de los votos. Estos dos
partidos eran las fuerzas más numerosas de la Italia de entonces, perdiendo así
los liberales la mayoría parlamentaria por primera vez. Aun así, las dos
formaciones no podían formar gobierno debido a su claro antagonismo (es como si
en España pactasen el PSOE y la CEDA), ya que el PSI no estaba dominado por los
reformistas de Filippo Turati, sino por los maximalistas revolucionarios,
crecidos por la revolución rusa.
En 1921 los fascistas,
agrupados en la formación del Blocco Nazionale dirigido por el liberal Giovanni
Giolitti, obtuvieron una mejora en resultados, unos 35 escaños sobre 535 del
total. Por entonces, los afiliados del movimiento sumaban unos 80.000 en el mes
de marzo, incrementándose en una cantidad de 204.000 miembros en junio del
mismo año. Para mayo de 1922 los afiliados al fascismo eran ya unos 322.000,
una cifra nada desdeñable. El Blocco Nazionale de Giolitti fue, indudablemente,
el trampolín que usaron los fascistas para el incremento de su popularidad,
legitimándose no ya como movimiento social o cultural, sino como partido
político dispuesto a llegar al poder a medio camino entre la legalidad y la
brutalidad (la cual fue consentida por el establishment). Aun así,
los fascistas se pasaron a la oposición, sentándose Mussolini en la extrema
derecha de la Camara de los Diputados y desafiando al establishment, aunque
el futuro Duce era consciente de que a partir de ahora había que actuar con
moderación, abandonando la truculenta retórica que hasta entonces había
caracterizado al fascismo, porque Mussolini era consciente de que los
industriales y terratenientes sabían que él había sido socialista y que usaba
una retórica socialista muy peligrosas para ellos. Por eso, firmó el 3 de
agosto de 1921 un patto di pacificazione, y el 23 de agosto
en Il Popolo d’Italia empezó a dar las directrices para que el
movimiento fascista se trasformase en un partido político: «Es necesario formar
un partido bien organizado y disciplinado que sea capaz, cuando se precie, de
transformarse en un ejército capaz de utilizar la violencia defensiva u
ofensivamente. Este partido ha de tener un pensamiento, es decir, un programa.
Hay que revisar, ampliar, y de ser necesario, abandonar nuestros supuestos
teóricos y prácticos». Esta medida no gusto mucho a fascistas fanáticos como
Dino Grandi e Italo Balbo, los cuales fueron pagados por terratenientes locales
para machacar al socialismo rural, trabajo que no habían finalizado y que por fines
lucrativo obviamente querían finalizar.
En la Camara de los Diputados Mussolini se movió como pez en el
agua. Hizo las paces con la monarquía, la Iglesia y los industriales. Prometió
hipócritamente que su economía política sería liberal, aunque advirtió que el
fascismo «está destinado a representar en la historia italiana una síntesis [lo
que se llamó «tercera vía»] entre las indestructibles teorías del liberalismo
económico y las nuevas fuerzas del mundo del trabajo». (Citado en Araldi,
Camicie nere a Montecitorio, pág. 117).
Agrupar a los fascistas en
su bloque electoral fue el principal error de la carrera política de Giolitti,
el cual no calculó bien su política antisocialista, subestimando a los
fascistas y creyendo que éstos «serán como fuegos de artificio. Harán mucho ruido,
pero detrás no dejarán nada salvo humo». (Citado
en Richard J. B. Bosworth, The Italian Dictatorship. Problems and
Perspectives in the Interpretation of Mussolini and Fascism, Arnold,
Londres, 1998, pág. 41).
Cabe preguntarse quiénes
eran realmente los fascistas entre 1920 y 1922. «Según sus propios cálculos de
noviembre de 1921, un 24 por 100 era “trabajadores rurales”, un 15,5 por 100
“obreros industriales”, un 13 por 100 estudiantes (muy por encima de la media
nacional), un 11,9 por 100 pequeños agricultores, un 14 por 100 trabajadores de
cuello blanco (muy por encima de la media nacional) y un 9 por 100 comerciantes
(equivalente a la media nacional)». (Donald Sassoon, Mussolini y el
ascenso del fascismo, Crítica, Barcelona, 2008, pág. 111). Ha de
destacarse el apoyo estudiantil que recibió el fascismo. El total de
estudiantes que había por entonces en Italia era 135.000 alumnos (de enseñanza
superior y universitaria), de los cuales 19.000 eran fascistas practicantes.
En 1922, una vez realizada
la marcha sobre Roma, tanto los terratenientes e industriales como buena parte
de los liberales, vieron con alivio y con buenos ojos la llegada del fascismo.
No todos los industriales pensaban de manera unívoca, y unos se inclinaban
hacia el proteccionismo y la intervención del Estado en los asuntos económicos
y otros se decantaban por el laissez faire y la
desregularización de los mercados. Los industriales tenían buenos motivos para
apoyar a aquellos que saboteaban las huelgas y destruían las sedes del PSI, ya
que para ellos era más temible el peligro «rojo» que el «negro». Sin embargo,
en 1921 el peligro rojo estaba prácticamente controlado, no había amenazas
serias de revolución ni de bolchevización en Italia. La época de la ocupación
de las fábricas por los socialistas había llegado a su fin. Ello se debía a que
la izquierda había quedado fragmentada en tres partidos: el recién formado
Partido Comunista, el Partido Socialista maximalista de Giacinto Serrati, y el
nuevo partido reformista Partido Socialista Unitario que encabezaban Filippo
Turati y Giacomo Matteotti. En esta escisión puede verse perfectamente la
incompatibilidad entre la cuarta y la quinta generación de la izquierda, esto
es, entre la Segunda y la Tercer internacional (siendo llamados los de la
Segunda por los de la Tercera «socialfascistas»).
Aunque la izquierda
estuviese dividida, el presidente de Confindustria, el orgulloso burgués Ettore
Conti, se refería a Mussolini en estos términos el 7 de enero de 1922: «Un
hombre de tal altura, que defiende los frutos de la victoria; que está en contra
de las ligas campesinas que atacan y amenazan a quienes tienen propiedades, a
sus bienes y cosechas; que es el enemigo de quienes quieren establecer el
imperio de la hoz y el martillo; que confía más en las élites que en las masas;
no puede disgustar a la Confederazione Industriale […] Espero que él y los
fascistas participen en un Gobierno con mayor autoridad que el tibio [Luigi]
Facta». (Ettori Conti, Dal taccuino di un borghese, Garzanti,
Milán, 1971 (1.ª ed. 1948), pág. 169-170).
El 20 de octubre de 1922,
una semana antes de la marcha, Mussolini, en una entrevista en el Manchester
Guardian, tranquilizó demagógicamente a los industriales afirmando que
su política sería liberal. «El Gobierno fascista inaugurará una nueva era de la
libertad económica, gastaría menos e ingresaría más, equilibraría las
exportaciones y las importaciones, aunque hacerlo significara que los italianos
tuvieran menos que comer, y el gasto público se reduciría al mínimo».
Tras la marcha sobre Roma, en su discurso inaugural como primer
ministro pronunciado el 16 de noviembre de 1922, el Duce afirmaba que «hoy, en
octubre de 1922, ha nacido un Gobierno sin aprobación del Parlamento. Debo
advertirles que estoy aquí para defender y expandir la revolución de las
camisas negras, que se convertirán en una fuerza para el desarrollo, el
progreso y la reputación de la nación. Podría haber ganado arrolladoramente,
pero me impuse límites a mí mismo […] Con 300.000 jóvenes armados, listos para
cualquier cosa y espiritualmente a mis órdenes, podría haber castigado a todos
los que han hablado mal del fascismo e intentado arrastrarlo por el fango.
Podría haber transformado esta Cámara gris y sombría en un campamento para mis
pelotones […] Podría haber clausurado el Parlamento y formado un Gobierno
exclusivamente fascista. Podría haberlo hecho, pero al menos hasta el momento,
no he querido hacerlo».
Hasta el momento. Pero en
1923, un año después del ascenso al poder, los fascistas abolieron el sistema
de representación proporcional, sistema culpable de la fragmentación
parlamentaria por la que no se podía formar gobierno. El nuevo sistema, creado
en julio, la legge Acerbo (cuyo nombre se debía a su autor:
Giacomo Acerbo, como vimos), garantizaba que una mayoría mínima se transformase
en mayoría absoluta. Así, en las elecciones generales que se celebraron el 6 de
abril de 1924, el Listone, esto es, la gran lista que
encabezaba Mussolini, consiguió un 65% de los votos y un total de 375 escaños,
siendo la victoria electoral fascista abrumadora. El socialista moderado del
Partido Socialista Unitario, Giacomo Matteotti, tras su apasionado discurso en
la Cámara en abril del mismo año, fue secuestrado y asesinado por denunciar la
violencia y el tamaño de las elecciones. Posiblemente su asesinato se cumplió
por órdenes de Mussolini, cosa que no se ha demostrado (ya vimos el parecido de
este secuestro y asesinato con el de Calvo Sotelo, haciendo Prieto de
Mussolini; aunque según, Ricardo de la Cierva, el asesinato de Sotelo pudo
haber sido orquestado por la Masonería; pero Prieto no era masón ni marxista,
Prieto era prietista). Y así, «Mediante una combinación de
brutalidad y cuestionables procedimientos legales, los adversarios del fascismo
–socialistas, comunistas, sindicalistas, liberales democráticos y los contados
conservadores que se habían arrepentido de su apoyo inicial al fascismo– fueron
eliminados, despojados del poder, apaleados en las calles por pelotones de
fascistas, encarcelados u obligados a exiliarse». (Donald Sassoon, Mussolini
y el ascenso del fascismo, Crítica, Barcelona, 2008).
En realidad, como dijo el
líder comunista Palmiro Togliatti, la dictadura fascista no se impuso en 1922
con la marcha sobre Roma, sino que fue implantada desde el poder (revolución
desde arriba) en el período que va de 1925 a 1930. Desde que se implantó la legge
Acerbo y esta resultó ser efectiva, empezó a abolirse la libertad de
prensa y sindical, pues los sindicati revoltosos fueron
sustituidos por sindicatos verticales fascistas. Y por si fuera poco la ley
«defensa del Estado» terminó prohibiendo al resto de partidos políticos.
Incluso el PNF perdió su importancia, subordinándose así al Estado.
El parlamento dominado por los fascistas fue una creación de
Alfredo Rocco, el arquitecto del Estado fascista, quedando así destruido el
régimen parlamentario (sin perjuicio de que la fachada monarquía institucional
del estatuto de 1848 quedase casi intacta, pese a que los orígenes del fascismo
fuesen republicanos, republicanismo que tuvieron que renunciar sin más
remedio). Sin embargo, el 8 de octubre 1926 quedó abolida la democracia interna
y el PNF tuvo que someterse a las órdenes del Duce. El papel de Mussolini como
Duce del fascismo estaba respaldado por una concepción mitológica, ritualista y
simbólica de la política, vista más bien como religión política, y fue algo
determinante para el partido y para la política de masas de partido único en la
Italia de los años 20 y 30.
Fascismo y totalitarismo
La intención de los
fascistas (su finalidad, e incluso su escatología, dada su concepción mística
de la política), hemos dicho, fue monopolizar el poder, de ahí que en 1923 los
antifascistas liberales denominasen al fascismo como «dictadura total» y como
«espíritu totalitario». Fue de la boca de los liberales donde surgió la palabra
«totalitarismo», en clara oposición al liberalismo (posiblemente el que acuñó
el término «totalitario» fuese el liberal antifascista Giovanni Amendola).
Amendola señaló al fascismo como «el “espíritu totalitario”, que no consiente
al porvenir tener albas que no serán saludadas con gesto romano»,
desencadenando en Italia una «singular “guerra de religión”», implantando
obligatoriamente la fe en el fascismo en todos los italianos. (G. Amandola,
«Un’anno dopo», en Il Mondo, 2 de noviembre de 1923, en
id., La democracia italiana contro il fascismo, 1922-1924,
Milán-Nápoles, 1960, pág. 193).
En la década de los 30 el
fascismo se autodenominó como una dictadura totalitaria liderada por el poder y
carisma del Duce, a raíz de una paulatina fascistización de las instituciones
tradicionales, aunque ya después de 1925 los fascistas empezaron a utilizar el
término «totalitarismo» para definir su política. El totalitarismo consistía,
pues, en «fascistizar» a las masas e impregnar a toda la nación de fascismo y,
en última instancia, fundir lo privado en lo público (en lo público
fascistizado) y llevar hacia la vida italiana la «primacía de la política»,
esto es, la primacía del fascismo. El que no estuviese con el fascismo
estaba contra el fascismo.
«El fascismo no ha buscado tanto
gobernar Italia, como monopolizar el control de las conciencias italianas. No
le basta poseer el poder: quiere poseer las conciencias privadas de todos los
ciudadanos, quiere la “conversión” de los italianos […] el fascismo tiene las
exigencias de una religión […] las supremas ambiciones y las inhumanas
intransigencias de una cruzada religiosa. [Lo dicho: el que no
estuviese con el fascismo estaba contra el fascismo]. No promete la
felicidad a quien no se convierte, no concede escapatoria a quien no se deja
bautizar» (Il Mondo, 1 de abril de 1923).
Estamos, pues, ante una
concepción monista de la política. El «totalitarismo» es en política lo que el
«monismo» es en ontología. Si desde la ontología, al menos desde la ontología
del materialismo filosófico, es imposible hablar de la
realidad como totalidad o como nihilidad, ya que la realidad (la Materia) es
pluralidad infinita de partes extra partes, desde la política
no se puede hablar de un Estado liberal y ni de un Estado totalitario en
sentido estricto. Desde un punto de vista más bien gnoseológico se dice, desde
el materialismo filosófico, que el saber filosófico oscila
entre el escepticismo y el dogmatismo; y desde un punto de vista más bien
ontológico podemos decir que la realidad oscila entre el caos absoluto y el
determinismo absoluto (el fatalismo): la realidad, esto es, la materia
ontológico-general, es un caos determinista de pluralidad y codeterminación.
También desde la doctrina de la symploké del materialismo
platónico que recoge el materialismo filosófico se
puede saber que ni nada está conectado con todo ni nada está desconectado con
todo. Y así como el monismo de la sustancia y del orden es imposible (pues la
materia ontológico-general es infinita e inagotable y no todo está conectado
con todo) el totalitarismo es imposible (pues el Estado ni puede dominarlo todo
ni conocerlo todo). El totalitarismo pretende politizar hasta la vida
cotidiana, aboliendo de este modo la sociedad civil, y eliminando así el
pluralismo (por eso lo diagnosticamos como monismo). Luego cabe decir que el
totalitarismo es un concepto metafísico, un pseudo-concepto. La esencia del
totalitarismo es imposible, es un conjunto borroso y distorsionado de todos los
poderes de la nación en el Duce y en las instituciones fascistas; como si el
Duce fuese un dios omnisciente y omnipresente a través de sus burócratas
fascistas y sus instituciones fascistas o en proceso de fascistización. Dicho
esquema es totalmente heredero de la metafísica de tintes más teológicos, una
especie de espiritualismo (yo diría asertivo, aunque también
los hay exclusivos) ascendente (sabeliano) en el que la humanidad
va paulatinamente desarrollándose, en una palabra, progresando; por ello
hablamos de fascismo escatológico, que no era otra cosa que el
fascismo como vanguardia de la humanidad, al derrumbar «las modernas torres de
Babel», por decirlo con palabras de Carrero Blanco (el cual, por cierto, no era
«fascista», sino «franquista», que es una cuestión diferente, como se verá).
El totalitarismo, sin
embargo, no es el principio del fascismo sino el fin, no es un termino
a quo sino un termino ad quem. Pellizi, en 1925 vio
al Estado fascista «como el instrumento social para la actuación de un mito», y
por ello el Estado fascista no era «una realidad fijada, sino un proceso en
curso». (Pellizi, Problemi e realtà del fascismo, págs.
164-165). El totalitarismo fue puesto en el horizonte de la empresa fascista,
como paradigma hacia el cual debió de llegar; luego el totalitarismo fue simplemente
una aspiración escatológica. Así pues, no era aún algo perfecto (acabado), sino
infecto, y por ello el fascismo era visto como un «Estado-dinamo».
Parafraseando a Hegel (cuando se le preguntó si Dios existía, respondiendo a su
vez que «todavía no, existirá») un fascista podría decir que el totalitarismo
no existe, sino que existirá. Entonces el fascismo, en su plena realización no
existe ni existirá porque sus ilusiones escatológicas se esfumaron con la
derrota en la Segunda Guerra Mundial; luego el totalitarismo no existe, ni
existirá, porque simplemente no puede existir. La inexistencia del Estado
totalitario fascista demuestra la imposibilidad ontológica del monismo (y de
paso corrobora la inexistencia del Dios omnisciente del panteísmo o panestatismo
fascista).
Visto esto, daríamos la
razón a un anónimo del siglo XXI cuando dijo que «Quizá el fascismo no ha
existido nunca». Si por «fascismo» entendemos el fascismo escatológico, el
totalitario y plenamente realizado, es decir, un Estado omnisciente y
omnipotente, habría que quitar el «quizá»; luego el fascismo nunca ha
existido y ni el mismísimo Benito Mussolini fue un fascista, sino un
pretendiente incualificado (vejado y acribillado por unos partisanos en una
gasolinera de Milán o más bien por unos agentes británicos, como se ha dicho).
Pero sería más correcto decir que el totalitarismo nunca ha existido, pues
en este artículo tratamos de definir al fascismo, y si el fascismo no ha
existido nunca entonces aquí estamos de más y tendremos que callar; pero no
tratamos de sistematizar las coordenadas de un fascismo trascendente,
metafísico, extrapolado e inexistente, sino de un fascismo positivo, el
fascismo de la Italia de entreguerras y de la Segunda Guerra Mundial, esto es,
del fascismo histórico (y no del fascismo meta-histórico e hipostasiado,
fascismo que muchos progres se han sacado de la chistera).
El Estado totalitario
fascista no pudo cumplir sus pretensiones, su «cesarismo totalitario», como se
decía en el segundo decenio fascista; luego fue meramente intencional, pero no
efectivo. El fascismo tendía a controlarlo todo, ningún sector de la vida política
podía quedarse al margen, todos los acontecimientos de la nación estarían
dentro del control total del Estado, pero en modo alguno pudo completar el
fascismo semejante hazaña. Los fascistas estaban, pues, obsesionados e
ilusionados con una concepción integra de la política, con el control absoluto
de la nación. La mística totalitaria fascistas se echó a rodar por los suelos
cuando las tropas alidadas (hay que decir que el fascismo no cayó por causas
internas, sino externas) pisaron Italia. El fascismo totalitario sólo fue una
vana esperanza. Así pues, el experimento de la revolución fascista no llegó a
consumarse, pues su misión era imposible: ontológica y políticamente
imposible. Pero, al fin y al cabo, como todos sabemos, la finalidad
del fascismo fue llevar a Italia a la ruina.
Madariaga dijo que «los
fascismos emergen de la charca de la desilusión». Bueno, aquello, me refiero al
tiempo que va desde 1917 a 1922, después de la Primera Guerra Mundial, no era
desilusionante, ¡aquello era una ruina! Fue por eso por lo que el fascismo fue
visto como una salida, una «tercera vía»; quizá fuese normal que en aquellas
condiciones un hombre como Mussolini y su alternativa fascista supusiese una
esperanza para millones de persona (y no sólo en Italia). Pero la alternativa
del Duce se truncó no sólo políticamente, sino militarmente, pues el
que no estuviese con el fascismo y con el Duce estaba contra el fascismo y
contra el Duce; pero esto sólo se pudo saber en retrospectiva. También fue
imposible que existiese una oposición al fascismo de manera «dialogante», como
si con el diálogo se entendiese la gente. Precisamente por esa
oposición el totalitarismo es materialmente imposible.
Otra de las imposibilidades del totalitarismo fascista está en
hallar la integración y homogeneización de los gobernados, como si se
cumpliese, en dicha escatología, el primer artículo de la Declaración Universal
de los Derechos Humanos de 1948 (la declaración de los derechos burgueses, en
definitiva): «Todos los seres humanos [o todos los italianos] nacen libres e
iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia
[¿acaso cuando nacemos estamos ya dotados de «razón» y «conciencia»; es más,
¿qué idea tuvieron estos señores en la cabeza cuando hablaban de «razón» y
«conciencia»?], debe comportarse fraternalmente los unos con los otros [como en
el mítico reino de los cielos]». Pero el artículo es falso, pues todos los
seres humanos nacen desiguales y no todos tienen los mismos derechos, no tendrá
los mismos derechos un humano que haya nacido en España que un humano que haya
nacido en China (que por cierto, junto a la URSS no firmó la Declaración, luego
la Declaración no fue universal). Ese «derecho» al que se refiere el artículo
es bastante oscuro y no dice casi nada (por no decir nada).
Pero, volviendo a nuestra
temática (o mejor dicho, a nuestra problemática, ya que el fascismo es un problema),
diremos que lo que el fascismo pretendía era integrar a las masas de lleno en
la vida política, como si por las cuatro esquinas se respirase la política y el
aroma del fascismo. Los fascistas estaban empeñados en la conquista de la
sociedad, en fascistizar a la sociedad. Los fascistas veían en la maquinaria
del Estado y en su plena realización (esto es, en el pleno control de la vida
de los gobernados, tanto individual como colectivamente) la palingenesia que, «sacralizada
en forma de una religión política, con el propósito de conformar al individuo y
a las masas a través de una revolución antropológica, para regenerar al ser
humano y crear un hombre nuevo, entregado en cuerpo y alma a la realización de
los proyectos revolucionarios e imperialistas del partido totalitario, con el
objetivo de crear una nueva civilización de carácter supranacional» (E.
Gentile, Fascismo, pág. 84). Según los fascistas, la nación
italiana estaba encomendada a llevar a cabo la solemne misión de salvar a la
humanidad de sus disidencias y proyectarla hacia una nueva era en el que la paz
y la armonía reinen bajo el sol (mutatis mutandis: anarquismo,
comunismo, socialismo y también liberalismo, e incluso judaísmo, cristianismo e
islamismo). Podemos ver entonces que el fascismo totalitario escatológico es
otra de las metamorfosis de la Ciudad de Dios. El pensamiento
escatológico no era nada nuevo bajo el Sol, todas las sociedad políticas han
elaborado de una forma u otra el fin de la humanidad y el fin del mundo. El
fascismo fue una versión recalcitrante de ese mito. Con todo, fue relativamente
poco sangriento, luego eso hace que los nazis sean mucho más recalcitrantes.
Dada la naturaleza de la pretensión fascista, la revolución que
esperaban llevar a cabo los fascistas tenía que tener un carácter permanente,
era pues, una «revolución permanente» (expresión que también usó el comunista
Trostki). El Estado fascista debía de ser una red que cada vez ampliaba más su
esfera de influencia, hasta llegar a completar (a totalizar) el control de la
nación (siendo el paso ulterior, el propiamente escatológico, el control de la
nación fascista sobre todas las demás, requisito imprescindible para hallar la
ansiada y «emancipadora» nueva civilización). Visto así, es por eso por lo que
dijo Mussolini en Roma el 25 de octubre de 1929 que «El sentido del Estado se
agranda en la conciencia de los italianos que sienten que sólo el Estado es la
garantía insustituible de su unidad y de su independencia: que solamente el
Estado representa la unidad en el porvenir de su estirpe y de su historia». El
Estado totalitario fascistas sería así una totalidad atributiva (en la que todo
está conectado con todo) en un estado de hipóstasis metamérica en la que todo
lo que existe en el mundo existe en el Estado fascista; dicho de otro modo: un
círculo cuadrado. Aunque quizá más correcto sería decir que todo lo que existe
en la sociedad existe en el Estado fascista, es decir, está controlado y
manipulado por un Estado totalitario metafísico, sustancialista y recalcitrante
a más no poder.
Sin embargo, ya en 1943
Mussolini era consciente del fracaso del Estado totalitario, según le confesó a
Ottavio Dinale: «Si pudieses imaginar el esfuerzo que me ha costado la búsqueda
de un posible equilibrio en el que se pudiesen evitar colisiones entre los
poderes antagonistas que se friccionan, celosos y desconfiados unos de otros:
Partido, Monarquía, Vaticano, Ejército, Milicia, prefecto, federales,
ministros, los ras de la Confederaciones y de los
importantísimos intereses monopolísticos, &c., &c. [Instituciones cuya
unidad, en una integración plenamente fascistizada, se hacía, muy a pesar de
Mussolini, materialmente imposible, porque como hemos sentenciado el
totalitarismo es esencial y materialmente imposible]. Tú comprendes
perfectamente, son las indigestiones del totalitarismo [a Italia se le
atragantó el totalitarismo, como a cualquiera] en el que no ha conseguido
fundirse aquel pacto hereditario que tuve que aceptar en 1922 sin beneficio de
inventario. Un patológico tejido conector entre las deficiencias tradicionales
y contingentes de este gran pequeñísimo pueblo italiano que, una tenaz terapia
de veinte años, sólo ha conseguido modificar superficialmente». (Citado en A. Aquarone, L’organizzazione dello Stato totalitario, Turín,
1965, pág. 310).
«Italianos: el totalitarismo
ha muerto», habría que decir; o mejor dicho, ni siquiera ha nacido, ya que
hemos dejado claro que el totalitarismo ni existió ni existe ni existirá,
porque su configuración en la materia real es inoperante desde la doctrina de
la symploké que va como un puño directo contra el monismo,
dejándolo KO y zurrándole hasta reducirlo al absurdo, en su burbujita
dogmática. Así que hay que decirles a los antifascistas españoles actuales
(¡han leído bien, ya que existen esa clase individuos!) que no se preocupen,
porque el coco ya está muerto. Antifascistas: el fascismo ha muerto. Murió el
25 de abril de 1945; pero muchos aún asombrosamente no se han enterado, por eso
lo digo.
Podría decirse que si el
fascismo no fue totalitario, porque la esencia del totalitarismo es imposible,
sí fue en cambio autoritario. Pero esto no dice nada, porque cualquier Estado
por definición es autoritario, es decir, todo Estado tiene autoridad, y si no
tiene autoridad no es un Estado. El comunismo, que tampoco fue totalitario, fue
considerado emic y etic como autoritario (al
menos en la fase de la dictadura del proletariado), frente a los anarquistas
libertarios (los cuales se saltaban «a la torera» la dictadura del proletariado
e iban directamente al «comunismo libertario» y no autoritario por emergencia
metafísica sin que se rompiese un solo cristal, como si tras la insurrección no
hubiese oposición que pusiese en peligro los cimientos de la revolución).
Federico Engels ridiculizaba así al antiautoritarismo de los ácratas: «los
antiautoritarios exigen que el Estado político sea abolido de un golpe […]
exigen que el primer acto de la revolución social sea la abolición de la
autoridad. ¿Es que dichos señores han visto alguna vez una revolución? Indudablemente,
no hay nada más autoritario que una revolución. La revolución es un
acto durante el cual una parte de la población impone su
voluntad a la otra mediante los fusiles, las bayonetas, los cañones, esto es,
mediante elementos extraordinariamente autoritarios». (Citado por
Lenin en El Estado y la revolución, Alianza Editorial, Madrid,
2006, pág. 108, las cursivas son mías).
Fascismo y mussolinismo
Para las grandes masas el
llamado «mussolinismo» se impuso al «fascismo», es decir, la figura carismática
del Duce eclipsó al partido y al fascismo en general. Pero el fascismo,
naturalmente, no se reducía a Mussolini. Sin embargo, ¿en realidad había fascismo
más allá del Duce? ¿Era posible el fascismo sin Mussolini? «Para la amplia
mayoría un Fascismo sin Mussolini es incomprensible, mientras sería quizá
comprensible un Mussolini sin Fascismo. Por lo demás, está en el destino del
genio subyugar la idea hasta sustituirla con la propia personalidad». (Archivio Centrale dello Stato, Ministerio dell’Interno, Direzione generale
Pubblica Sicurezza, Divisione Polizia Politica [1927-1944], b. 220). Una viuda de Catania resume
a la perfección la fascinación delirante que sentían las masas por Mussolini:
«Es el padre que esperamos, el Mesías que viene a visitar a sus ovejitas, a
traerles la fe y con ella la palabra que da los heroísmos inesperados, los
máximos holocaustos. ¡Duce! Esta palabra mágica hace palpitar el corazón como
si el destello eléctrico lo atravesase, nosotros, los pobres, olvidamos como
por encanto nuestras miserias y corremos a las plazas para admiraros, magnánimo
de Vuestra paternal sonrisa que brilla entre los centelleantes aguileños [sic]
que caracterizan Vuestra mirada, mirada de hombre destinado por el hecho a
dominar los corazones, a formar de millares de voluntades una sola, la Vuestra
[monismo]. Por desgracia las preocupaciones de la necesidad material nos
perturba del éxtasis y como el padre me dirijo a Vos». (Citada por Emilio
Gentile, Fascismo, pág. 147). Palabras que corroboran que
Mussolini era todo un mito.
No obstante, no sólo la
gente analfabeta alababa a Mussolini, también gente culta como Augusto Turati
se rendían a los pies del Duce, y así lo pregonaba en 1928: «En 1922 Él marcha
sobre Roma. Él es Italia en movimiento. La revolución continua. Tras medio
siglo de letargo, la nación crea su propio régimen. Surge el Estado de los
Italianos. Irrumpe su poder. Se manifiestan sus virtudes. Su imperio se está
formando. Este gran renacimiento […] llevará Su nombre. Se inicia en todo el
mundo un siglo italiano: el siglo de Mussolini». (Augusto
Turati, Prólogo a Partito Nazionale Fascista, Librería del
Littorio, Roma, 1928, pág. XV)
Con todo, Mussolini no
empezó en el fascismo siendo desde el primer momento el Duce. Hasta 1921 muchos
fascistas consideraban a Gabriele D’Annunzio como el Duce del fascismo, siendo
también venerado por muchos liberales. D’Annunzio proclamaba abiertamente que
no era un simple poeta. El establishment liberal temía a
D’Annunzio dada su alta popularidad. Sin embargo, D’Annunzio no poseía la
prudencia que caracterizaba a Mussolini, el cual sabía cuando había que actuar
violentamente y cuando no, cuando había que usar la legalidad y cuando no. Pero
D’Annunzio era considerado por muchos como un héroe nacional. D’Annunzio puso a
prueba la debilidad del establishment al tomar con sus tropas
la ciudad de Fiume, la «Ciudad en la Colina», situada en Yugoslavia. Incluso
muchos socialistas vieron con buenos ojos a la figura de D’Annunzio porque en
su Constitución para Fiume –la que se llamó «Carta di Carnaro»– se fusionaban
tanto ideas izquierdistas como derechistas, siendo algo caótico y
contradictorio. Hay que decir que buena parte de lo que se llamó fascismo se
incubó en las hazañas que el poeta soldado hizo en Fiume. Al ser Fiume
reconocida como ciudad libre en el Tratado de Rapallo en noviembre de 1920,
D’Annunzio respondió al gobierno Italiano de Giolitti ocupando las islas de
Arbe y Veglia, empresa que fue rápidamente liquidada por el gobierno italiano.
Fiume fue ocupada en 1922 por las tropas italianas, pero fue recuperada en
1924, cuando Mussolini ya estaba pisando fuerte en el poder.
Mussolini era una
personalidad muy conocida por los ambientes nacional-revolucionarios, y uno de
los protagonistas que más hizo por la intervención en Italia en la Primera
Guerra Mundial (cosa por la que fue considerado «traidor» por el Partido
Socialista Italiano, siendo expulsado de él). Pero sus cualidades políticas y
su carisma hacían que superase a viejos y nuevos fascistas. Pero para entonces
su figura como Duce no era totalmente aceptada. En los inicios, cuando se
organizaron los Fasci di Combattimento, Mussolini era tan sólo
un mero componente de la Oficina de Propaganda y de Comisión ejecutiva. Todo lo
que proponía era discutido como se discutía lo que proponía cualquier miembro,
es decir, era uno más. Pero los fascistas más adheridos a Mussolini eran
aquellos que le acompañaban desde los tiempos del socialismo. Mussolini era el
«camarada Benito», el que fundó los Fasci italiani di combattimento, el
director del periódico Il popolo di Italia, periódico que no
era el órgano oficial del fascismo, lugar que ocupaba el Fascio. Fue
en un congreso en noviembre de 1921 cuando Mussolini emergió como «Duce del
fascismo», y no por méritos carismáticos sino políticos. Pero incluso tras la
«marcha sobre Roma», Mussolini tuvo rivales por ocupar el puesto de Duce. En
1924 el corresponsal de Londres de la «gente de Italia», Camillo Pellizi, le
dijo al «Honorable Presidente Mussolini» que «el Fascismo no se resume en Vd.».
Todavía no se imponía soberanamente el mito del Duce en las instituciones
fascistas. Los enfrentamientos internos del partido auparon a Mussolini como
Duce del fascismo. El mito de Mussolini como Duce del fascismo cohesionó a
los ducetti, cuya colaboración se hacía imposible sin
someterse consensualmente bajo la tutela del Duce: «sus problemas y sus casos
personales podían resolverse solamente mediante el mussolinismo y
el ducismo». (M. Rivoire, Vita e morte del fascismo, Milán,
1947, pág. 107).
En 1926 el proceso de
canonización de Mussolini como Duce del fascismo empezó a fraguarse en forma de
un gigantesco mito, pues era presentado como el hombre más grande de cuantos
hubo en todos los tiempos (lo cual era una cosa totalmente intolerable para la
Iglesia católica, porque Mussolini quedaba por encima de Cristo). Sobre este
mito se basó la propaganda para fascistizar a las masas, las cuales fueron
fascistizadas gracias al innegable carisma de Mussolini. Las nuevas
generaciones veían al Duce como el nuevo César, como el fundador de una nueva
era para Italia, Europa y la humanidad, que sería una civilización itálica
(cuyas anamnesis estaban basadas en el Imperio Romano). Para
ello era necesario que todos los italianos aprendieran a «creer, obedecer y
combatir» en el nombre del Duce, y así Italia sería una nación grande; sería,
por decirlo de algún modo, primera potencia mundial, el imperio hegemónico
mundial, la nación que lleva, por decirlo con palabras del Hegel, la
antorcha de la universalidad, la nación dominante, la nación del
futuro, del futuro fascista Benito Mussolini como Duce, es decir, como líder,
no sólo ya de Italia sino del mundo; como si la Historia entera fuese
cómplice de su fascismo.
La mística del Duce inaugura
el fascismo místico, el fascismo del delirio, de un delirio al fin y al cabo
racionalizado, porque los mitos, como bien ha señalado Gustavo Bueno, son
racionales, tienen logos. El caso del mito del fascismo místico es un caso de
mito oscurantista y confusionario, un mito que señala a Mussolini como Primer
Motor del fascismo, como la sustancia de la doctrina, como el Ser Necesario
para que el fascismo tenga esencia y existencia. El mito del Duce ve en
Mussolini al ser cuya esencia es su existencia, pues sin su existencia el
fascismo sería imposible. Como dice Emilio Gentile, «El fascismo ha sido,
también, el primer movimiento político del siglo XX que ha elevado el
pensamiento mítico al poder, consagrándolo como forma superior de expresión
política de las masas y fundamento moral para su organización» (Fascismo, pág.
163). Pero es la figura de Benito Mussolini el mito fundamental del Fascismo.
Ya se vio antes que para muchos Mussolini sin fascismo era posible, pero un
fascismo sin Mussolini sería imposible, porque el fascismo estaba religado al
Duce, al Primer Motor, al Dios del fascismo, a Benito Almicare Andrea
Mussolini; el cual era un líder, un guía, un Mesías, porque era el
Caudillo que regirá al pueblo imperialista italiano, a la nación joven
y emergente. En 1932 Mussolini estaba más allá del partido, se entendía, como
si tratase de la primera hipóstasis neoplatónica, como el epekenia tes
usías del PNF, como el Uno que desbordaba al partido, como
«institución política», como el verdadero guía y representante de la
revolución. Su figura era el centro de atención de la dirección realmente
existente de la política real italiana, y ello era necesariamente así.
Con todo ello, la figura del
Duce, del todo exaltada, no disminuía a la figura del rey, cosa que me parece
de lo más asombrosa. Tan asombrosa que esa «diarquía» de la que se habla suena
a dualismo metafísico, la dualidad armónica entre el rey y el Duce; pero si el
Duce era «la institución fundamental, efectiva, dinámica y disciplinante de
toda la vida del Estado», ¿cuál era entonces el papel del rey? Vamos a ver, si
Mussolini era alabado casi como un Dios, cómo es que entonces compartía su
liderazgo con la figura de un rey (eso es como si Dios compartiese su infinita
existencia con otro Dios o algo por el estilo); eso es como si Alejandro Magno
o Julio César (o incluso el propio Hitler) que fueron líderes y emperadores
carismáticos tuviesen otro rey o algo por el estilo; ¿cómo fue, pues, posible
la compatibilidad y convivencia del Duce con el rey? Hay que decir aquí, aunque
los izquierdosos recalcitrante se pongan de uñas, que si lo vemos desde el
dualismo metafísico de izquierda/derecha el rey era de derechas (un
rey por definición nunca puede ser de izquierdas) y el Duce de izquierdas, porque
los inicios (y el final) del fascismo fueron republicanos; y el republicanismo,
como lleva entendiéndose dicha expresión desde la Revolución francesa, y
disculpen por la perogrullada, es de izquierdas, porque se enfrenta a las
instituciones del Antiguo Régimen (al trono y al altar, no olvidemos el
anticlericalismo inicial del fascismo); en definitiva: los fascistas (que para
muchos «alumbrados» fueron la encarnación misma de la derecha más reaccionaria,
cuando hemos dicho que se trata de una derecha no alineada con
la modulaciones tradicionales de la derecha) se enfrentaban también a los
residuos institucionales del Antiguo Régimen, a la derechona, y
también, como se ha visto, a la derecha liberal (si es que el liberalismo es de
derechas o de izquierdas, dada la dificultad que presenta el «embrollo del
liberalismo»). Hemos dicho que el fascismo no es una derecha tradicional porque
su función no consistía en ser una reacción agresiva de la vuelta al Antiguo
Régimen. El fascismo estuvo a años luz de eso.
Así pues, tras muchos
avatares, antes de la guerra, en 1939, el catecismo fascista rezaba así: «EL
DUCE, Benito Mussolini, es el creador del Fascismo, el renovador de la sociedad
civil, el Jefe del pueblo italiano, el fundador del Imperio». (Il primo
libro del fascista, Roma, 1939, págs. 17-20). Es curioso que fuese
llamado «fundador del Imperio» cuando él nunca fue llamado emperador, título
que correspondía a Vittorio Emmanuel III, llamado «rey-emperador». Cierto es
que la monarquía italiana era una monarquía parlamentaria («el rey reina pero
no gobierna»). El rey era un emperador sin gobierno, un «rey-emperador» de
papel. Lo que el Duce y sus secuaces hicieron fue transforma esa monarquía
parlamentaria en una dictadura fascista, un régimen político muy peculiar y muy
extravagante (como extravagante era la personalidad de Mussolini).
Para más inri Mussolini
era considerado el hombre más grande de todos los tiempos porque sintetizaba
toda la grandeza de los grandes hombre: «Alejandro Magno y César [los cuales no
tuvieron, como hemos dicho, que soportar a un rey, y ni mucho menos, ¡faltaría
más!, a un rey-emperador], Sócrates y Platón, Virgilio y Lucrecio, Horacio y
Tácito, Kant y Nietzsche, Marx y Sorel, Maquiavelo y Napoleón, Garibaldi y el
Soldado Desconocido». (O. Dinale, cit. En Biondi, La
fabbrica del Duce, cit., pág. 223). Sin embargo, Mussolini, como hemos dicho, era
una persona extravagante, un tipo raro, podríamos decir. Tullio Cianetti hace
una ilustración paradigmática de lo que supuso el fenómeno mussoliniano:
«Soy un ministro de Mussolini, estoy junto a una gran figura de la Historia, un
auténtico creador de Historia. He amado tanto a este hombre fascinante, y
ciertamente lo amo todavía. En veintiún años no han faltado las desilusiones,
pero la vida no está sólo hecha de flores y perfumes. Mussolini es quizá la
figura más desconcertante entre los dirigentes que se conocen: habla como un
genio, pero resbala en la puerilidad más banal; parte con firmeza y se
entretiene con caprichos de crío mimado; predica como un gran iniciado y deja
perplejos con una frase de cinismo; se somete a un trabajo desmesurado por su
pueblo y ostenta el desprecio por los hombres; invoca a Dios, pero se complace
en enunciar herejías; no obstante, casi siempre es un gran hombre al que se
ofrece gustosos la mejor parte de uno mismo». (Cianetti, Memorie, pág.
373).
Como epítome de la vesania,
el mismo Mussolini quedó imbuido de su propio mito, ¡se creía el mito, lo cual
le hace quedar peor! Mussolini se veía a sí mismo como el educador de las
masas, como el fascistizador de las masas, como el director
(el dictador, porque dictaba) de las masas hacia el modelo fascista. Estas
masas debían de llevar a Italia hacia la grandeza, hacia el Imperio. Al llegar
las derrotas consecutivas en batallas decisivas de la Segunda Guerra Mundial, y
los fracasos venían unos detrás de otros, en una monumental crisis, Mussolini
empezó al culpar a los italianos de ser una materia mala con la que su talento
no podía trabajar, el pueblo italiano no era digno del Duce (toda una
paradoja). Los italianos eran, pues, material de mala calidad. Pocos días
después de entrar en la guerra ya decía que «es la materia lo que me falta.
También Miguel Ángel necesitaba el mármol para hacer las estatuas. Si hubiese
tenido solamente arcilla, habría sido sólo un ceramista». (G. Ciano, Diario 1937-1943,
Milán, 1980, pág. 445). Una postura curiosamente antipatriótica, lo cual
demuestra lo raro que era este tío.
Fascismo e intelectualismo
El fascismo ha sido
considerado como algo bárbaro y estúpido, sin embargo tuvo sus «intelectuales»
como el filósofo Giovanni Gentile, el historiador Gioacchino Volpe, o jóvenes
intelectuales como Giuseppe Bottai. La filosofía fascista era básicamente vitalista,
y por tanto monista. El mismo Mussolini fue alumno de Pareto en Suiza.
Mussolini había leído a Sorel, conocía a Bergson, y sobre todo era un
apasionado de la literatura filosófica de Nietzsche (no hay que olvidar que
Hitler le regaló las obras completas). Pero Mussolini no era un teórico, no era
un tratadista, era un hombre de acción. Para Mussolini «la doctrina es el acto»
y «el fascismo no necesita dogma, sino disciplina». Pero hemos visto que el
intelectualismo fascista, por así llamarlo, estaba plagado de mitología, una
mitología que no sólo no se ocultaba, sino que se ensalzaba; el fascismo era
visto, y así se lee en los cursos de preparación política que implantaban los
fascistas (con tal de fascistizar a las masas), como «la acción creadora libre
y volitiva de particulares grupos de hombres que actúan bajo la influencia de
mitos sociales». (La dottrina del fascismo, Roma, 1936, pág. 67).
El fascista, como dice Emilio Gentile, «no elegía una doctrina ni la discutía,
porque era, sobre todo, un creyente y un combatiente» (Fascismo, pág.
103). Para que se vea como muchos de los intelectuales de la época no
despreciaban al fascismo léase esta declaración de Freud (el psicoanalista ateo
judío), la cual decía de Mussolini lo siguiente: «de este anciano que saluda al
héroe de la cultura».
La «cultura» fascista era
mítica, y estaba fundada en un sentido trágico y activista de la vida, la cual
era concebida como la manifestación de la «voluntad de poder». La juventud era
vista como un mito que realizaba la historia, siendo eso posible a raíz de la
militarización de la política que simbolizaba el paradigma de la
colectivización nacional. La ideología fascista era de carácter
«antiideológico» y pragmático, y se declaraba como fervorosamente
antimaterialista (por tanto espiritualista), antiindividualista (por tanto
colectivista), antiliberal, antidemocrática, antimarxista, anticapitalista y
tendía hacia un cierto populismo. Su meta era, pues, el «hombre nuevo», con
claras resonancias al Superhombre de Nietzsche. Esta concepción del hombre
nuevo no sólo albergaba ideas nietzscheanas, sino también incluía ideas de
Sorel, Pareto, Le Bon, de los críticos de la ciencia, de los profetas del ocaso
de Occidente (Spengler), y de los filósofos del vitalismo, los cuales
postulaban la muerte de la razón por culpa de la misma razón. En 1921 el propio
Benito Mussolini afirmó: «El fenómeno fascista italiano debe aparecerse a
Tilgher como la más alta y más interesante manifestación de la filosofía
relativista; y si como Wahinger (sic) afirma, el relativismo se anuda en
Nietzsche y a su Willen zur Macht, el fascismo italiano ha sido y es la más
formidable creación de “voluntad de poder” individual y nacional». (B. Mussolini, «Nel solco delle grande filosofie. Relativismo e fascismo»,
en Il Popolo d’Italia, 22 de noviembre de 1921).
También el hombre nuevo tenía resonancias platónicas, pues los
fascistas serían modernos platones que edificarían un Estado orgánico y
dinámico, siendo la política un valor totalmente absoluto (otra cuestión
metafísica, pues el Estado quedaría hipostasiado como un todo). El fascismo
estaba imbuido en una «ideología del Estado», en una idolatría del Estado, ya
que, como hemos visto, el Estado era un fin en sí mismo; el Estado fascista era
el fin del fascismo, el cual conducía al imperialismo.
Los fascistas, como hemos
dicho, respetaron la propiedad privada, pero querían «humanizar» el
capitalismo, por eso ensalzaban los valores «espirituales»; con lo cual estaban
en contra del mito de la producción industrial y del culto a la máquina, lo
cual los acerca un poco al ecologismo (Hitler, que no era fascista, sí era
ecologista). Los fascistas veían en el materialismo la filosofía del comunismo
y del capitalismo, por eso eran «antimaterialistas». Como dijo el filósofo
neoidealista Giovanni Gentile en 1924 refiriéndose a la marcha sobre Roma, el
fascismo pensaba «contra todas las ideologías del siglo anterior: la
democracia, el socialismo, el positivismo y el racionalismo»; para Gentile, la
marcha sobre Roma «fue la vindicación de la filosofía idealista». (Giovanni Gentile, Che cosa è il fascismo. Discorsi e polemiche, Vallecchi,
Florencia, 1951-1963, vol.18, pág. 464).
Está claro, pues, que el
fascismo era antimaterialista, ya que, aparte de autodenominarse así, estaba
inmerso en una metafísica monista, en un monismo teleológico, cuya finalidad
era el Estado totalitario y el Imperio Italiano, es decir, Italia como primera
potencia mundial, para así poder abrir la boca para asuntos que
conciernen a la humanidad (en palabras de Thomas Mann). El monismo
teleológico representa precisamente el contra modelo del pluralismo
codeterminista del materialismo filosófico. Luego un materialista
filosófico no puede ser fascista (como tampoco puede ser de cualquier
modulación de las derechas) y considerarlo así es una solemne majadería.
El materialismo filosófico niega tajantemente los delirios
fascistas, porque se mueve por derroteros bien distintos y porque ya no tiene
sentido ser fascista, ya que el fascismo murió en combate y el materialismo
filosófico sigue en pie y con las botas puestas.
En varias ocasiones algunos
energúmenos han llamado a Gustavo Bueno «fascista». En una ocasión alguien le
dijo a Bueno: «Usted es Gustavo Bueno, ¿verdad?», respondiendo don Gustavo con
esa ironía implacable que le caracteriza: «De momento sí». «¡No sabe usted que
es un fascista!», a lo que replicó don Gustavo: ¿Qué es un fascista? El
energúmeno, al parecer, dijo tonterías por respuesta y no supo argumentar
nadad. «¡Váyase usted a leer un poco, hombre!», le recriminó don Gustavo al
energúmeno al mismo tiempo que lo empujaba (don Gustavo no es sólo un hombre de
geniales libros y de palabras, también los tiene bien puestos). Pues eso,
decirle desde estas páginas al energúmeno ese que lea El mito de la
izquierda, El mito de la Derecha, Zapatero y el Pensamiento Alicia, El
fundamentalismo democrático y que luego vuelva. También le
recomendamos que lea el presente artículo. Pero claro, para unas entendederas
tan «alumbradas» como la de los energúmenos de ese tipo, Gustavo Bueno y los
materialistas filosóficos seguirán siendo unos fascistas «por muy temprano que
se levanten» (aunque el interlocutor no tenga muy claro de qué trata eso del
«fascismo» y tenga una idea muy confusa y ridícula del asunto, pero en fin).
Fascismo y racismo
A parte de la revolución política que propugnaban los fascistas,
también propugnaban una revolución antropológica, y defendían «la sanidad de la
estirpe» y la homogenización de la raza italiana de acuerdo con el experimento
totalitario: premisa clave para crear una raza de soldados dominadores y
conquistadores. Sin embargo, el antisemitismo no fue en principio algo en lo
que cayeron los fascistas, y empezaron a serlo tras el Pacto de Acero por
presiones alemanas. Al principio hubo judíos que se hicieron fascistas, al
igual que había fascistas antisemitas; el antisemitismo, pues, no era en
principio de una de las «señas de identidad» del fascismo. E incluso en 1930
Mussolini despreció públicamente el antisemitismo. Sin embargo, como hemos
dicho, el antisemitismo empezó a formar parte del fascismo, por presiones
alemanas y también por el convencimiento de Mussolini de que el judaísmo
internacional podría suponer una amenaza para la expansión fascista y por tanto
en convertirse en una parte activa del antifascismo. Así pues, en 1938 Italia
se convirtió en un Estado oficialmente antisemita, siendo los cincuenta mil
judíos que vivían por aquellos entonces en Italia apartados y discriminados.
Pese a todo, el antisemitismo fascista no supuso ni por asomo los horrores del
antisemitismo nazi (otra diferencia que deberíamos de señalar).
Fascismo y catolicismo
La institución más importante de los dos últimos milenios, es
decir, el catolicismo, suponía el gran obstáculo con el que se enfrentaban los
fascistas. La Iglesia católica era la oposición a la fascistización (sin
perjuicio de que también la monarquía, el ejército, la burocracia y la
magistratura no fueron fascistizados como desearon los fascistas, e incluso en
estas instituciones hubo un claro antifascismo).
La oposición al catolicismo
era evidente porque el fascismo se veía a sí mismo como una religión política,
una religión pagana o paganoide, que veía al cristianismo como una «moral de
esclavos», al modo nietzscheano. Los fascistas intentaron, a nivel político y
en vano, crear una institución como la Iglesia católica, cosa harto complicada;
porque, como hemos dicho en muchas ocasiones, la Iglesia católica es una
institución sin parangón. Como se lee en Critica Fascista el
15 de julio de 1931, la organización del Estado fascista «repite en cierto modo
algunos de los caracteres más sobresalientes de la organización
católico-romana: poder que suma y unifica las actividades de los miembros, les
imprime su carácter, hace de sus fines los más elevados de su vida civil, no
tolera intentos de cisma o de herejías civiles».
Aun así se intentó hacer del fascismo algo religioso. En 1922 un entusiasmado
Mussolini afirmó que «el fascismo era una fe que ha alcanzado altitudes
religiosas» (B. Mussolini, «Vincolo di sangue», en Il Popolo d’Italia, 19
de enero de 1922). En 1925 Luigi Sturzo corroboraba, desde el catolicismo
democristiano antifascista, que la religión fascista era «fundamentalmente
pagana y contrapuesta al catolicismo. Se trata de estatolatría y
de divinización de la nación» porque el fascismo «no admite discusiones y
limitaciones: quiere ser adorado por sí mismo, quiere llegar a
crear el Estado fascista». (L. Sturzo, Pensiero antifascista, Turín,
1925, pág. 7-16). Giovanni Gentile también afirmaba que el fascismo era una
religión puesto que transmitía «el sentimiento religioso gracias al que se toma
en serio la vida, como culto rendido por todo el ánima a la nación». (G.
Gentile, Fascismo e cultura, Milán, 1928, pág. 58). En 1929
Schneider y Clough sostuvieron que el fascismo «posee los trazos embrionarios
de una nueva religión. Queda por ver si éstos se desarrollarán o no, pero no
hay duda de que este nuevo culto ha hecho presa en el corazón y la imaginación
de los italianos». (H. W. Schneider y S. B. Clough, Making
Fascists, Chicago, 1929, pág. 73). En 1930, Bottai afirma que el fascismo era una
«religión política y civil» y era, sin más, «la religión de Italia». También
afirmó que «un buen fascista es un religioso. Creemos en la mística fascista,
porque es una mística que tiene sus mártires, que tiene sus devotos, que tiene
y somete a todo un pueblo en torno a una idea». (G. Bottai, Incontri, Verona,
1943, pág. 124 [discurso del 4 de mayo de 1930]).
Para crear el «hombre nuevo» y de paso una «nueva civilización» el
fascismo vaciló entonces un enfrentamiento directo contra la Iglesia. Una nueva
civilización suponía acabar con la civilización cristiana. El fascismo se
presentaba como una religión secularizada dentro de las instituciones del
Estado, la cual se fraguaba a través del carácter mitológico, simbólico y
ritualista con el que los fascistas impregnaban su política, sacralizando de
este modo al Estado. En 1932 Mussolini sentenció abiertamente que «el Fascismo
es una concepción religiosa de la vida». Sobre entendemos que el tipo de
religión que se refería el Duce era un tipo de religión terciaria (una especie
de panteísmo de Estado, panestatismo, aunque se trata más bien de una
pseudo-religión, ¿o es que acaso la figura del Duce era numinosa?). Pese a
todo, el fascismo evitó una cruzada contra el catolicismo, pues en un
enfrentamiento contra la Iglesia el fascismo posiblemente hubiese salido mal
parado. Así pues, los fascistas, con respecto a la Iglesia, eran realistas, y
contra ella no actuaron con fanatismo ideológico, sino con suma prudencia (de
ahí el Pacto de Letrán).
El fascismo convivió después de todo con el catolicismo, intentado
los fascistas hacer partícipes a los católicos de su proyecto totalitario (el
cual era imposible de realizar, como hemos demostrado y como demostró la
guerra). Las palabras de Mussolini lo delatan: «Guerra Santa en Italia, nunca;
los curas jamás levantarán a los campesinos contra el Estado». Podríamos decir
que el anticlericalismo de Mussolini fue mucho más prudente que el de don
Manuel Azaña, pues el clero sólo actuó militarmente contra el fascismo casi
terminada la guerra, pero durante 20 años Mussolini supo mantener al clero a
raya.
Otro tanto de lo mismo hizo con la Masonería, en el primer
gobierno fascista había nada menos que doce masones (¡estos misteriosos señores
están por todas partes!); pero Mussolini les dijo seriamente que tenían que
elegir entre el fascismo o la Masonería. El anticlericalismo de Azaña era masón
(sobre todo a partir de 1932) y el de Mussolini fascista, anticlericalismos muy
distintos. No obstante, Mussolini nunca se reconvirtió al catolicismo; cosa que
no se puede decir de don Manuel, que en 1940, cuando se convirtió o reconvirtió
en tierras francesas al catolicismo, ya era un don nadie, y tuvo que vivir el
resto de sus pocos días como un gilipollas.
Mussolini, que era fervoroso
lector y seguidor de la literatura filosófica de Nietzsche, se consideraba un
laico, y además «purísimo»; la religión estaría al margen de los asuntos del
Estado: «[a los curas] los combatimos, sin duda, en cuanto intenten invadir el
campo político, social y deportivo». (Archivio Centrale dello Stato, Mostrad
ella Rivoluzione Fascista, b. 9). Sin embargo, el 18 de diciembre de 1934 en un
artículo de Figaro Mussolini afirmaba que «La religión, en el
concepto fascista de Estado totalitario, es absolutamente libre y, en su
ámbito, independiente. No se nos ha pasado jamás por la cabeza la extravagante
idea de fundar una nueva religión de Estado o de subordinar la religión
profesada por la totalidad de los italianos al Estado. El deber del Estado no
consiste en intentar crear nuevos evangelios u otros dogmas, destruir a las
viejas divinidades para sustituirlas por otras que se llaman sangre, raza,
pureza aria o similares [no olvidemos, como se dijo antes, que en 1934 las
relaciones entre nazis y fascistas eran del todo tensas debido a la crisis de
Austria; y para más inri Mussolini consideraba a Hitler como
un loco exaltado, por eso su crítica al mito de la raza aria]. El Estado
fascista no considera que sea su deber intervenir en materia religiosa y, si
esto ocurre, solamente será en caso de que el hecho religioso toque el orden
político y moral del Estado […] Un Estado que no quiera diseminar la turbación
espiritual y crear la división entre sus ciudadanos, debe cuidarse de cualquier
intervención en materia estrictamente religiosa». Es decir, Mussolini aceptaba
a los católicos siempre y cuando no le tocasen la eutaxia del
Estado. Por otra parte, como bien se sabe desde el materialismo
filosófico, el laicismo es imposible, y es una ideología, es decir,
una falsa conciencia (cosa que también sabe muy bien, a su modo, el Papa
Ratzinger).
La religión fascista y la
moral fascista eran «toda una exaltación de principios fundamentalmente
paganos». (A. Carlini, Filosofia e religione
nel pensiero di Mussolini, Roma, 1934, pág. 9). Pero dicho interés religioso
no era teológico, sino poético, lo cual hizo que fuese una religión más
irracional que el catolicismo. Pero esta religión no se opuso frontalmente al
catolicismo, ya que incluso intentó integrar al catolicismo a su burbuja mítica.
Según Mussolini, el catolicismo se fundó como secta en oriente, pero sólo en
occidente, en Roma, había alcanzado la universalidad (de no haberse romanizado
el cristianismo hubiese sucumbido y hoy en día sería un asunto para eruditos y
arqueólogos). El fascismo no consideraba a la Iglesia como portadora de un
mensaje praeter-racional, pero sí veía a la Iglesia como una ierofania de
«la romanidad». Roma era la fascinación de Mussolini, y por esa fascinación
creía que del suelo italiano, del suelo histórico de Roma, brotaba un «poder
mágico» y por ello era un «centro sacro». El catolicismo era simplemente la
religión de los padres, pero no una religión universal revelada por Dios. Los
fascistas preferían celebrar la «Navidad de Roma» antes que la navidad cristiana
de toda la vida, pues creían que con ello entraban en comunión con la
«romanidad». Los «italianos nuevos» serían «los nuevos romanos de la
modernidad». En fin, otro deliro fascista. Tal era el delirio que se celebraba
incluso la fundación de los «Fasci di Combattimento» y la «marcha sobre Roma»
como el inicio de una nueva era, la «era fascista».
La presencia ante las masas
de Mussolini como Duce del fascismo resultaba ser algo así como numinosa, ya
que el Duce era considerado como divino. Mussolini era considerado como la
«proyección de todos los mitos de la divinidad». (O. Dinale, La
rivoluzione che vince, Foligno-Roma, 1934). En 1930 los estudiantes
universitarios estaban volcados con el culto religioso del Duce, siendo este
todo un mito viviente. El fascismo místico veía en Mussolini el fundamento de
la fe, simbolizando el significado de la existencia de millones de fascistas.
La religión fascista se resumía, pues, en «el culto al Duce»; he aquí el
mito del Duce, el mito del fascismo. Los fascistas tenían un ritual
análogo a la liturgia católica, y este era el de la «leva fascista», un «rito
de paso» para reclutar auténticos fascistas, rito semejante a la confirmación
en la Iglesia. Dicho rito consagraba a los jóvenes como definitivos fascistas.
La primera «leva» tuvo ocasión el 27 de marzo de 1927, en la cual los jóvenes
eran obsequiados con el carné y el mosquetón: «el primero es el símbolo de la
fe; el segundo es el instrumento de nuestra fuerza», decía Mussolini. Pero no
debemos de olvidar que Mussolini antes de montar el fascismo fue un socialista
revolucionario, y por tanto un ateo militante. Aun así no dudaba el futuro Duce
de la naturaleza «religiosa» de su faceta revolucionaria (ya en las filas del
socialismo internacionalista ya en las filas fascistas).
El pacto de Letrán (1929)
supuso la conversión oficial del Vaticano en un Estado (una Ciudad-Estado),
pese a seguir siendo éste una agencia internacional, aunque no como en el
Antiguo Régimen. Pero el Estado del Vaticano era a la postre un Estado dentro de
un Estado (un Estado eclesiástico dentro de un Estado fascista, el cual a su
vez «convivía» con una monarquía constitucional, ¡todo un embrollo!); esto
supone otro punto a favor de la tesis de la imposibilidad del totalitarismo,
pues el fascismo lejos de imponerse tuvo que pactar, consciente, como hemos
dicho, del peligro de abrir un conflicto contra el catolicismo (la ayuda
internacional que solicitaría el Vaticano en caso de conflicto explícito sería
fulminante para el fascismo). Así pues, el Duce estaba al tanto de que
jugársela al Papa (ahora era el turno de Pío XI) sería una actitud temeraria.
Mussolini pudo decir muy bien aquello de «con la Iglesia hemos topao».
Con todo lo que llevamos dicho no estaría de más citar el texto
del Pacto de Letrán en sus artículos más importantes:
«En nombre de la Muy Santísima
Trinidad, Considerando:
Que la Santa Sede e Italia han reconocido que convenía eliminar toda causa de
discrepancia existente entre ambos y llegar a un arreglo definitivo de sus
relaciones recíprocas que sea conforme a la justicia y a la dignidad de las dos
Altas Partes y que, asegurando a la Santa Sede, de una manera estable, una
situación de hecho y de derecho que le garantice la independencia absoluta para
el cumplimiento de su alta misión en el mundo, permita a esta misma Santa Sede
reconocer resuelta de modo definitivo e irrevocable la «Cuestión Romana»,
surgida en 1870 por la anexión de Roma al reino de Italia bajo la casa de
Saboya; que es necesario para asegurar a la Santa Sede la independencia
absoluta y evidente, garantizarle una soberanía indiscutible, incluso en el terreno
internacional, y que, como consecuencia, es manifiesta la necesidad de
constituir con modalidades particulares la «Ciudad del Vaticano» reconociéndose
a la Santa Sede, sobre este territorio, plena propiedad, poder exclusivo y
absoluto y jurisdicción soberana; Su Santidad el Soberano Pontífice Pío XI y Su
Majestad Víctor Manuel III, rey de Italia, han resuelto estipular un tratado,
nombrando a este efecto dos plenipotenciarios, los cuales han acordado los
siguientes artículos:
Artículo 1.° Italia reconoce y reafirma el principio consagrado en el artículo
1° del Estatuto del reino, de fecha de 4 de marzo de 1848, en virtud del cual
la religión católica, apostólica y romana es la única religión del
Estado. [Luego si el catolicismo es «la única religión del Estado»,
¿qué pasó con la religión fascista?]
Art. 2.° Italia reconoce la soberanía de la Santa Sede en el campo
internacional como un atributo inherente a su naturaleza, de conformidad con su
tradición y con las exigencias de su misión en el mundo.
Art. 3.º Italia reconoce a la Santa Sede la plena propiedad, el poder exclusivo
y absoluto de la jurisdicción soberana sobre el Vaticano, cómo está constituido
actualmente, con todas sus dependencias y dotaciones, estableciendo esta suerte
de Ciudad del Vaticano para los fines especiales y con las modalidades que
contiene el presente tratado [...].
Art. 4.º La soberanía y la jurisdicción exclusiva que Italia reconoce a la
Santa Sede sobre la Ciudad del Vaticano implica esta consecuencia: que ninguna
injerencia por parte del Gobierno italiano podrá manifestarse allí y que no
habrá otra autoridad allí que la Santa Sede [...]. [Es decir, el poder
del fascismo estaba fuera de las instituciones vaticanas en propio suelo
Italiano]
Art. 8.º Italia considera como sagrada e inviolable la persona del Soberano
Pontífice, declara punible el atentado contra ella y la provocación al
atentado, bajo amenaza de las mismas penas establecidas para el atentado o
provocación al atentado contra el Rey. Las ofensas e injurias cometidas en
territorio italiano contra la persona del Soberano Pontífice, en discursos,
actos o en escritos serán castigados como las ofensas e injurias contra la
persona del Rey [...].
Art. 12.º Italia reconoce a la Santa Sede el derecho de legación activa y
pasiva según las normas del derecho internacional [...].
Art. 18.º Los tesoros de arte y de ciencia que existen en la Ciudad del
Vaticano y en el palacio de Letrán permanecerán visibles a los estudiosos y a
los visitantes, reservándose a la Santa Sede, sin embargo, plena libertad de
reglamentar la entrada del público.
Art. 20.º Las mercancías que provengan del exterior y enviadas a la Ciudad del
Vaticano se les permitirán siempre pasar por el territorio italiano con plena
exención de derecho de aduana y de consumos.
Art. 24.º La Ciudad del Vaticano será siempre y en todos los casos considerada
como un territorio neutral e inviolable.
Roma, 11 de febrero de 1929.
Pietro,
cardenal Gasparri. Benito Mussolini.» (Pacto de Letrán. Extractos de la primera
parte correspondiente a las cláusulas políticas. 1929. Recogido en M. Laran y
J. Willequet.)
Con todo esto, el Duce advirtió el 13 de mayo del mismo año del
pacto, apenas tres meses después:
«Que no se pretenda negar el
carácter moral del Estado Fascista, porque a mí me daría vergüenza hablar desde
esta tribuna, si no sintiese que represento la fuerza moral y espiritual del
Estado. Qué sería el Estado si no tuviese su espíritu, su moral, lo que da
fuerza a sus leyes y gracias a lo cual consigue hacerse obedecer por los
ciudadanos? El Estado Fascista reivindica plenamente su carácter ético:
es católico, pero ante todo es fascista, exclusiva y esencialmente fascista.
El catolicismo es parte integrante de él, nosotros lo declaramos abiertamente,
pero nadie piense cambiar las cartas por sutilezas filosóficas o
metafísicas». (Cursivas mías).
Fascismo y franquismo
Advertencia: No sé si
después de escribir lo que aquí voy a escribir me quedarán amigos, pero amicus
Plato, sed magis amica veritas; es decir: «amigo» de los progres, pero más
amigo de la verdad. Sé que las siguientes palabras molestarán a muchos izquierdosos (tanto
definidos como indefinidos), pero cuando se trata de la Historia, ya en un
nivel más o menos académico, lo que importa es lo que verdaderamente pasó, no
lo que a unos «interesadamente» quieran que hubiese pasado. Yo no pretendo aquí
hacer apología o propaganda del franquismo; tampoco intento hacer política,
sino historia, o si se prefiere filosofía de la historia. Además, la filosofía
no trata de complacer, sino de instruir. Luego me juego que mis amigos progres
me sigan hablando, y que conste que tengo muchos.
Para los republicanos «de
corazón» lo que voy a decir aquí es algo completamente desesperante y puede
herir «sensibilidades», pues caerán las escamas de sus ojos y verán el
resplandor del sol al salir de la caverna, y comprobarán que lo que han creído
durante toda su vida con devota fe era una sarta de mentiras o una solemne
majadería. Lo mismo no es así y permanecen impermeables; en ese caso peor para
ellos. Como dijo Platón, cuando el hombre sale de la caverna y ve lo que hay
más allá de las sombras y contempla el sol y comenta, al volver a la caverna, a
los que no han salido de la caverna, que la caverna no es todo cuanto hay, a
este hombre lo quieren matar. A Pío Moa, en cuyas tesis, junto a la de otros
historiadores, me baso, lo han querido matar (o al menos lo han amenazado de
muerte). Pío Moa estuvo también en la caverna (como un servidor y como muchos,
por no decir la mayoría, de los españoles), y tras un período de larga
reflexión pudo salir de esa cavernícola concepción que ha
impregnado las conciencias de falsedad: me refiero a la versión
progre-sectaria-negro-legendaria de la mal llamada «memoria histórica».
Antes de desarrollar este
capítulo quiero dejar claro que yo no soy franquista porque sencillamente no
puedo serlo, como no puedo ser antifranquista (igual que no puedo ser fascista
ni antifascista ni comunista ni anticomunista). El franquismo cayó (como cayó
el fascismo y el comunismo); ya no existe (¡que no se enteran!). Y cayó no por
derrumbe estrepitoso, en combate, sino que cayó porque murió en la cama Francisco
Franco Bahamonde (Caudillo de España por la gracia de Dios). El régimen
simplemente se desgastó, murió de viejo (no como los regímenes fascistas y
comunistas que cayeron por circunstancias muy diferentes, sobre todo el
fascismo histórico realmente existente que fue liquidado en la
Segunda Guerra Mundial). Así que los progres que consideran a Franco como un
necio y un bobo deberán de estar muy acomplejados, después de estar bajo el
caudillaje y «cruel» dictadura de «un necio y un bobo» durante cuarenta años;
¡qué vergüenza! El General Vicente Rojo, Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas
de Defensa de la República durante la contienda, en su obra Alerta los
pueblos, admiró los métodos de Franco para alcanzar la victoria. Ese
dato es mucho más de fiar que el criterio de los progres. Es más, Franco hizo
que Hitler, Mussolini y el conde Ciano (yerno del Duce) tuviesen que tragarse
sus críticas una vez que éste iba cosechando, para sorpresa de sus ilustres
críticos, una victoria tras otra. Y es que, aunque los progres lo ignoren,
Franco era un hombre de profunda cultura, y no sólo militar, sino también
política y económica (véase su experiencia económica en la Legión, en la
Academia Militar de Zaragoza, en el Estado Mayor Central de la República, y por
supuesto en la guerra, por no hablar de los logros «milagrosos» de su régimen).
Como le dijo el Caudillo a don Juan, padre del actual Rey, en una carta fechada
el 8 de febrero de 1944: «Por mi historia y mis servicios, creo merecer una
mayor estimación de mi capacidad».
Los progres piensan y están
convencidos de que el régimen de Franco fue puramente fascista, pero lo cierto
es que en los mismos años de la guerra las lecturas políticas de Franco se
orientaron hacia una especie de corporativismo católico, más basado en el
corporativismo portugués o austriaco que en la Italia fascista. En una
entrevista que le hicieron en abril del 37 el Caudillo declaró que «Nuestro
sistema estará basado en un modelo portugués o italiano, aunque conservaremos
nuestras instituciones históricas». Estar basado no significa ser idéntico, y
también hay que tener en cuenta que el país europeo más parecido a España, como
bien se sabe, es Italia. Así, aunque Franco hablaba de «Estado totalitario», su
sistema se basó más bien en un Estado unitario y autoritario, dejando un cierto
margen de semipluralismo tradicional, con un partido único y limitado el cual
no podía penetrar en las estructuras del Estado. Durante el poco tiempo que
disponía, el Caudillo estudió las doctrinas de las dos «familias» más importantes
del incipiente régimen: las doctrinas carlistas y falangistas. Franco llegó a
la conclusión de que lo que el régimen necesitaba era el mantenimiento de un
«partido único», el cual fue la fusión de tradicionalistas y falangistas: Falange
Española Tradicionalista de las Juntas Ofensivas Nacional-sindicalistas, cuya
fusión fue anunciada por el Generalísimo el 19 de abril de 1937. En 1942 llegó
a tener 900.000 afiliados, convirtiéndose en la más numerosa organización
política de la historia de España. Ni los carlistas ni los falangistas estaban
muy entusiasmados con la fusión; unos 200 falangistas fueron arrestados a
breves condenas de cárcel. A partir del 24 de abril de 1937 el saludo fascista
con el brazo en alto se hizo oficial (de ahí que el nuevo Estado tuviese una
cierta estética fascista, como la Alemania nazi). También se
hicieron oficiales la camisa azul oscuro, el llamarse entre los militantes
«camaradas» (como se llamaban entre sí anarquistas, socialistas, comunistas y
fascistas), la bandera bicolor rojigualda (la de toda la vida), el Cara
al Sol como el himno del partido («¡volverá a reír la primavera!»), y
gritos de «¡Arriba España!»
Pero, ¿era la Falange un
partido fascista? En febrero del 37, antes de la unión entre tradicionalistas
(derechistas alineados) y falangistas (¿derechistas no alineados o más bien
derechistas socialistas alineados?), Franco llegó a decir que
la Falange no era un movimiento fascista: «La Falange no se llama fascista a sí
misma; así lo declaró su fundador personalmente». Cosa que era verdad. Si hemos
hablar de fascismo, éste estaba más representado por las JONS, de Ramiro
Ledesma Ramos, la cual se fusionó a la Falange, abandonando Ledesma al partido
por encontrarlo poco fascista. La Falange era un partido de combate, pero muy
clerical: «mitad monje, mitad soldado», dispuesto a emplear «la dialéctica de
los puños y las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la patria», como
decía José Antonio Primo de Rivera, su fundador. Sin embargo, fue el PSOE
quien, de manera más radical, empleó «la dialéctica de los puños y las
pistolas», llevándose la Falange la peor parte; por eso los monárquicos
empezaron a llamar a la Falange Española «Funeraria Española». La concepción de
su política era, decía José Antonio, «religiosa y poética» y su organización
«no se parece en nada a una organización de delincuentes». La Falange no
admitía el racismo de los nazis, y el aprecio de José Antonio a Mussolini era
escaso y aún más escaso a Hitler. Pero José Antonio apreciaba del fascismo y
del nazismo su anticomunismo y su superación del liberalismo (José Antonio
llegó a decir que el nacimiento del socialismo fue justo). Aun así, José Antonio
recibió a partir de junio del 35 un sueldo de Mussolini.
Es interesante ver las
analogías que había entre la Falange y el PCE. Como señala Pío Moa, «La
ampliación explosiva de ambos en el curso de la guerra tiene, en parte, una
explicación fácil: estaban mejor preparados, por su mística, disciplina y
organización, para una situación bélica. En ese sentido fueron el producto más
típico de la crisis ideológica y moral de los tiempos. No obstante, hay
diferencias profundas entre ellos. Si el PCE era, de modo muy literal, un
agente de Moscú, la Falange no lo era en modo alguno de Alemania o Italia, y su
fascismo difería algo del italiano y mucho más del germano, del cual había
dicho José Antonio: “No es fascismo (…). Es la última consecuencia de la
democracia, una expresión turbulenta del romanticismo alemán. En cambio
Mussolini es el clasicismo, con sus jerarquías, sus secuelas y, por encima de
todo, la razón”. Una interpretación curiosa». (Los mitos de la guerra civil, Planeta
Deagostini, Barcelona, 2005, pág. 132).
La Guerra Civil se planteó como un conflicto entre revolución y
contrarrevolución, pero el Caudillo fue consciente de que la contrarrevolución
no significaba una vuelta atrás en el tiempo, ya que la contrarrevolución
supone, desde luego, una «reacción» («a toda acción se opone una reacción
igual», la tercera ley del movimiento de Newton), pero una reacción
revolucionaria a su vez. Como dijo Joseph de Maistre, «La contrarrevolución no
es lo contrario a la revolución, sino una revolución contrapuesta». Lo cierto y
verdad es que el régimen de Franco ni fue carlista, ni fue falangista y ni fue
fascista… fue franquista. Pero, ¿qué fue el franquismo?
Desde el materialismo
filosófico se ha clasificado al franquismo como «derecha socialista»,
luego fue una derecha tradicional, alineada; no fue, pues, como el fascismo
que, como hemos visto, fue una derecha no tradicional, no alienada. «Con el
rótulo derecha socialista designamos a una familia o estirpe
de sucesivos movimientos políticos, con relaciones de filiación, que (referidas
a España) ocuparán el poder, con cortas interrupciones, durante las tres
primeras cuartas partes del siglo XX: el maurismo, la dictadura de Primo de
Rivera y el franquismo. Por supuesto, no confundiremos la derecha socialista
con el socialismo de derechas, aunque la expresión derecha socialista también
puede utilizarse para definir al socialismo de derechas» (El mito de la
derecha, pág. 238). Puede parecer paradójico que el materialismo
filosófico señale al franquismo como de «derechas» y socialista al
mismo tiempo. Pero no hay en ello ninguna contradicción, pues el franquismo
puede ser considerado de «derecha» por su cercanía al altar, esto es, su clara
influencia católica y también por aquello de «Francisco Franco, Caudillo de
España por la G. de Dios», como rezaban las monedas. Pero también puede ser
considerado «socialista» por la cuestión social cuya
revolución sería y fue desde arriba, esto es, desde la maquinaria del Estado y
desde la paz político-militar franquista. Hay que advertir que el término
«socialismo», desde el armazón del materialismo filosófico, no
se circunscribe a la URSS y ni mucho menos al PSOE, el término «socialismo» es
un género que contiene muchas especies (habría que hablar, pues, de «socialismo
genérico»): capitalismo, anarquismo, socialdemocracia, comunismo, fascismo,
nazismo, falangismo, &c. El término «socialismo» no se opone, pues, al
capitalismo, ni siquiera al fascismo, el término «socialismo» se opone al
individualismo, al particularismo y, en última instancia, al «solipsismo» (el
fascismo sería un caso de «socialismo irracionalista», dada su explícita
tendencia imperialista, mística y mitológica).
Los propios franquistas ni
se consideraban de derechas ni de izquierdas, «constatación emic que tampoco
hay que subestimar» (El mito de la derecha, pág. 261). Se ha
señalado desde las izquierdas que el franquismo supuso la máxima expresión de
la derecha (de la «extrema derecha») en España. A raíz de eso se ha
identificado, ¡cómo no!, con el fascismo. Dicha posición se basa en señalar la
estructuración de las organizaciones obreras en «sindicatos verticales»,
olvidado que dicha estructuración de sindicato no sólo era fascista, sino
también soviética y nacionalsocialista.
El mito del fascismo en
España fue incubado por el PSOE y la Esquerra en 1934, dando a entender que la
entrada de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas, de carácter
republicano accidentalista y, pese a quien pese, legalista) en el gobierno
suponía un golpe fascista a la República. La Segunda República, según esta
caterva de impostores, debía de ser salvada de la «barbarie fascista», y por
ello dieron un golpe de Estado preventivo; que fue, como dice Pío
Moa siguiendo a Gerald Brenan, «la primera batalla de la guerra civil». Pero
los «fascistas» entraron en el poder no por la fuerza de la violencia sino por
la fuerza de las urnas, es decir, democráticamente. Hoy ningún
historiador serio considera a la CEDA como «fascista», pero quizá la cuestión
no sea esa, quizá la cuestión esté en saber si realmente el PSOE creía en el
fascismo de la CEDA. Y efectivamente, el PSOE sabía muy bien que la CEDA no era
fascista. Simplemente utilizaron la supuesta (y, a nuestro juicio y a juicio de
aquellos «socialistas», imposible) fascistización de la CEDA como momento
psicológico para dar un golpe de Estado de tintes revolucionarios (bolchevique
o bolchevizado) e implantar en España la dictadura del proletariado, que
no era otra cosa que la dictadura del Partido Socialista. El PSOE no aceptó las
reglas del juego, y debe de ser denominado, contra todo lo que se dice
indocumentadamente, como antidemocrático y a la postre como antirrepublicano.
Aunque hay que señalar que en 1933 y 1934 el PSOE estaba dividido, y como dijo
Madariaga, «la guerra civil dentro del Partido Socialista provocó la guerra
civil general». Así pues, no fue el fascismo el que acabó con la Segunda
República, porque éste en España prácticamente fue inexistente; pues la FE de
las JONS, si es que se puede catalogar como «fascista», era un movimiento muy
minoritario con apenas 25.000 afiliados, y tan sólo obtuvo un 0’7 por ciento de
los votos en las elecciones de febrero del 36, con 46.000 votos y ningún
escaño. Fueron el sectarismo y las izquierdas de tercera, cuarta y quinta
generación las que masacraron a la «república burguesa».
Los ideólogos del PSOE
sabían muy bien que el fascismo (tal y como se presentó en Italia y en
Alemania, si bien hemos dicho que, en sentido estricto, la Alemania nazi no era
fascista, como muy bien sabía José Antonio) no podía cuajar en España; dicho de
otro modo: las condiciones para que cuajase algo así como el fascismo en España
no eran política, social y económicamente muy favorables. Esto ya lo dijo Luis
Araquistáin en abril de 1934 en un artículo publicado en Foreign
Affairs. Araquistáin, ideólogo principal en la bolchevización del
PSOE, observó que en España no había un ejército inmovilizado, que tampoco
había un paro urbano masificado, que tampoco existía la cuestión judía (de
momento en Italia tampoco), y que tampoco en España había una imperiosa
necesidad de imperialismo. Joaquín Maurín, ex cenetista y uno de los fundadores
del POUM, afirmó en su libro Hacia la segunda revolución, libro
publicado en Barcelona en 1935, un año después de la revolución fracasada de
octubre y un año antes de la Guerra Civil, sus dudas con respecto a la
implantación del fascismo en España; pues, explica Maurín, la dictadura del
general don Miguel Primo de Rivera (el padre de José Antonio) hizo que tras
ella fuese imposible la instauración de un régimen autoritario de derechas. Los
trabajadores, decía Maurín, no se sentía atraídos, como en Italia, por la
propaganda fascista, y la derecha primaria, socialista y liberal (en nuestra
terminología) no eran revolucionarios fascistas que pensasen en una marcha
sobre Madrid o algo por el estilo; no eran, pues, fascistas radicales no
alineados sino derechistas tradicionales (si bien de diferentes modalidades y
no siempre en conformidad y armonía). Tampoco Julián Besteiro, una de las pocas
personalidades del PSOE con decencia, creía en el peligro fascista.
Que el PSOE no creía en el
fascismo de la CEDA lo pone muy bien de relieve estas palabras de Pío Moa: «La
prueba fehaciente de su convicción resplandece en el acuerdo de los dirigentes
de no reivindicar la revuelta si ésta fracasaba, a fin de aprovechar las
garantías de la legalidad burguesa y eludir en lo posible la
represión posterior. Es decir, apelaban al peligro fascista como justificación
y para excitar a las masas, pero en realidad contaban con que la democracia
subsistiría incluso después de un fracaso de su intentona, y podrían
explotarla. Y acertaron. De haber reivindicado su acción, aclara muy bien S.
Carrillo, uno de los jefes bolcheviques: “Aparte de la suerte
personal que hubiéramos podido correr en el momento, nuestras organizaciones
hubieran sido aplastadas y no se hubieran mantenido y fortalecido tan
rápidamente”». (Los mitos de la guerra civil, pág. 70).
La CEDA ganó los comicios
del 33, ¿Por qué no formó gobierno? La CEDA no tomó el poder por la sencilla
razón de calmar los rencores. Y es que la derecha tiene muchos complejos; esto
del maricomplejinismo de la derecha no es sólo cosa de hoy
(Mariano Rajoy), sino que parece cosa de siempre. Así que la CEDA no formó
gobierno y se lo cedió al Partido Radical de don Alejandro
Lerroux. ¿Cabe cosa más contraria a un partido fascista? Si Benito Mussolini
gana unas elecciones, ¿permitiría que otro partido en su lugar forme gobierno
porque prefiere «calmar los rencores»? Cuando Hitler ganó las elecciones en el
mismo año, ¿acaso cedió el poder a sus rivales? Pero la CEDA hizo un ceda
el paso para que gobernase el Partido Radical. Todo lo contrario del
fascismo italiano, porque éste, como hemos visto, subió al poder sin apenas
apoyo parlamentario; pero la CEDA teniendo un gran apoyo parlamentario no quiso
subir al poder; luego su comportamiento, para más inri, fue
totalmente antifascista. ¿Cabe una personalidad política más distinta de la de
Gil-Robles que la de Mussolini o que la de Hitler? Si Mussolini era un líder
(Duce) y Hitler otro líder (Führer), Gil-Robles era un antilíder, el político
menos mussoliniano y menos hitleriano de los posibles (por mucho que los japos le
llamasen «Jefe»). Luego aquello de que la CEDA era fascista o nazi o yo
no se qué es una solemne majadería y una soberana estupidez, y los
políticos del PSOE no eran tontos del todo para creerse semejante patraña,
sabían muy bien lo que era la CEDA y sabían muy bien que no era fascista ni
nada que se le pareciese… pero no los de hoy (Zapatero, Pajín, Aído, Moratinos,
Chacón, Pepiño y toda esa caterva de analfabetos militantes), sí parecen lo
suficientemente ingenuos para creerse ese cuento de hadas. Si los «socialistas»
de antes tenían mala fe, los de ahora son sencillamente estúpidos (y de mala
fe).
Luego antes del estallido de la guerra los «antifascistas» (si
bien algunos verdaderos impostores y conscientes de la imposibilidad de que
algo así como el fascismo cuajase en España, justificando así, en el nombre del
«antifascismo», cualquier acción violenta) eran más numerosos que los
«fascistas», si es que estos existían sobre el suelo de la España de entonces.
Los «antifascistas» en realidad eran simplemente «antiderechistas» o
«anticedistas» (la Falange era un movimiento muy reducido, a pesar de que en
1934 fue presa de los ataques izquierdistas, los cuales pasaron a un segundo
plano para la preparación de la revolución de octubre contra la CEDA y el
Partido Radical). Así como la izquierda tuvo como denominador común el
«antifascismo», sacado «de la manga», la derecha tuvo como denominador común el
antiizquierdismo (o el anticomunismo no tan sacado de la manga). De modo que,
en la Guerra Civil, el enfrentamiento fue más por lo que se negaba que por lo
que se afirmaba. Aunque, a decir verdad, durante la «primavera trágica», que
prologó a la guerra, el comportamiento de los «antifascistas» era más
«fascista» que el comportamiento de los «fascistas», cuyo comportamiento
parecía incluso «antifascista».
Pero para entender el
contexto histórico, «debe compararse la actitud de la CEDA con la del PSOE con
respecto a los dos grandes totalitarismo de entonces. Si la derecha católica [y
por tanto imposible de ser fascista, porque el fascismo era anticlerical o al
menos no clerical; más bien se trata, ya que es católica, de una derecha
socialista] repudiaba la violencia, el racismo y las concepciones estatales
nazis [a la CEDA no sólo se le acusaba de «fascista», sino también de «nazi»;
pero claro, para los progres es lo mismo 8 que 80], el PSOE aprobaba las ideas
y el terror soviético». (Pío Moa, Los orígenes de la guerra civil
española, Ediciones Encuentros, Madrid, 2007, pág. 473).
Es verdad que la Italia
fascista fue la que más se comprometió con Franco en la Guerra Civil. Luego es
interesante ver cómo fue la colaboración real del bando
nacional con el fascismo realmente existente. «Más de dos
tercios de sus pilotos sirvieron en España, pero también la marina desempeño un
importante papel. Sus barcos actuaron como apoyo en el estrecho de Gibraltar y,
más tarde, protegieron la isla de Mallorca frente a los ataques republicanos.
También escudaron a los transportes destinados a la zona nacional, colaboraron
en la instrucción de parte del personal de la marina franquista y, junto con
los alemanes, proporcionaron a Franco un servicio de inteligencia naval […]
También fueron los italianos quienes, lógicamente, sufrieron las mayores bajas,
unas 4.300, sólo superadas por las de los marroquíes (más o menos el doble).
Los alemanes perdieron 300 hombres, los soviéticos unos 200». (Stanley G.
Payne, 40 preguntas fundamentales sobre la Guerra Civil, La
esfera de los libros, Madrid, 2006, págs. 458-459). En total murieron unos
20.000 soldados extranjeros.
He aquí una enumeración del
armamento que el fascismo realmente existente suministró, a un
precio muy generoso, al bando nacional liderado por Franco: 1.930 armas de
artillería, 1.496 morteros de 45 mm, 8.750 ametralladoras y subametralladoras,
241.000 rifles, 7.500 vehículos motorizados, 149 tanqueta L/3, 500.000 uniformes,
13 hospitales de campaña, 931 radios. (Fuentes: A. Rovighi y F.
Stefani, La pertecipazione italiana alla guerra civile spagnola, Roma,
1992, II, págs. 462-464).
Aquello de que la Segunda República fue una época de prosperidad,
de progreso y de bienestar para España es un camelo, una cosa que la propaganda
izquierdista se ha sacado literalmente de la manga. Esa imagen idílica,
progresista, armónica y pánfila de la Segunda República que los progres nos han
pintado es históricamente falsa; y hay que decirlo de una vez por todas con
plena rotundidad: «No es esto. No es esto». Pero eso sí, hay que reconocer que
los comunistas, los socialdemócratas y los progres en general son unos
auténticos maestros en el arte de la propaganda (y que conste que los llamo
«progres» porque disfrutan fervorosamente cuando ven que su cuenta corriente
progresa adecuadamente; pues si a los del PP les encanta el dinero, a los del
PSOE les conmueve).
En esa república ni hubo
reforma agraria, ni reforma bancaria ni una auténtica revolución y
transformación de la sociedad española. ¡Qué otra cosa se podía esperar de una
república que fue traída y presidida en la casi totalidad de su tiempo por ese,
como dice Federico Jiménez Losantos, modelo de meapilas democristiano maricomplejines traidor
de todo lo sagrado y todo lo profano llamado don Niceto Alcalá-Zamora! Es más,
esa república, que estúpidamente se considera como la quintaesencia de la
izquierda, fue traída por la derecha liberal y la Guardia Civil, para más inri. Pues
sí, la Segunda República se instauró gracias o más bien por culpa de los
católicos liberales Alcalá Zamora y Miguel Maura y por la inestimable
colaboración del director de la Guardia Civil, José Sanjurjo; dicho de otro
modo, para que los progres me entiendan: la «maravillosa» Segunda República
llegó, por muy paradójico que esto parezca, a causa de la acción de los
«fachas» y de los «picoletos».
Los progres con su
propaganda lo han tergiversado y manipulado casi todo, la única mentira que les
ha quedado por decir es que el Frente Popular ganó la guerra, ¡sólo faltaría
eso! (Aunque se han atrevido a decir que Franco no ganó la guerra). Sin embargo,
la batalla de la propaganda, para vergüenza de los progres, fue la única
batalla que perdió Francisco Franco Bahamonde (Caudillo de España por la gracia
de Dios). Como dice don Gustavo, «El progreso de la República se apoyó, a su
vez, en las condiciones en que la dictadura de Primo de Rivera había dejado a
España: el parque de automóviles que España tuvo en la República, por ejemplo,
no podía haber sido creado en dos años por ella, sino que era la herencia del
desarrollo industrial y viario de la dictadura (“gobernar no es asfaltar”, era
la acusación propagandística de los republicanos contra la dictadura de Primo
de Rivera)». (Gustavo Bueno, Zapatero y el pensamiento Alicia, Temas
de hoy, Madrid, 2006, pág.86).
Como muy bien dice Don
Ricardo de la Cierva, el 18 de Julio no fue un golpe militar fascista: pues ni
fue un golpe, es decir, un pronunciamiento clásico, sino que fue un alzamiento
general de media España que no se resignaba a morir, ni fue
exclusivamente militar y ni tuvo nada que ver con el fascismo, «¡pero qué
barbaridad!» «Suena muy bien en el Diario de Sesiones de las
Cortes democráticas de 1999, la afirmación de que el fementido golpe militar
fascista, dado el 18 de julio de 1936, si dirigía contra la legalidad
republicana. El tal golpe es una mentira de igual calibre que la
legalidad republicana». (El 18 de julio no fue un golpe militar fascista, Fenix,
2000, pág. 363). Pues bien, este enunciado, andando el tiempo, ha sido puesto
como ley, como postulado a través del cual se ha propagado una impostura: la
«Ley de la memoria histórica (Ley 52/2007 de 26 de diciembre)», la patraña más
grande jamás contada. He aquí el mito por antonomasia de la Guerra Civil. Como
si la contienda española hubiese sido un conflicto entre la democracia contra
el fascismo. ¡Falso, rotundamente falso, de arriba abajo! La rebelión militar
no fue fascista, cosa que sabía muy bien don Manuel Azaña según afirmaba en
su Diario.
Pues bien, ahora resulta que
Franco tenía razón; es más, hay argumentos sobre la mesa (después de leer y
contrastar ciento y cientos de páginas) para afirmar que Franco ha sido el
mejor estadista que ha tenido España en el siglo XX. ¡Así, ni más ni menos!
Observen ustedes: Franco fue el hombre que libró a España del estalinismo (en
realidad, es decir, sobre el campo de batalla, ¡fue el único que venció al Zar
Rojo en su proyecto de imperialismo generador!). Franco fue el
hombre que libró a España de la Segunda Guerra Mundial haciendo verdadero
virtuosismo diplomático entre los Aliados y el Eje (nada que ver con alianzas
de civilizaciones ni tonterías por el estilo): el caudillo tuvo talento
político para moverse, sin perjuicio de sus complicaciones, entre la espada
nazi-fascista y la pared capitalista (ya sólo por eso merece todo el respeto
del mundo). Franco fue el hombre que libró a España de una Segunda Guerra Civil
(me refiero el intento de invasión del Maquis comandado por Santiago Carrillo a
las órdenes de Stalin). Franco fue el hombre que hizo que España pasase a ser
un Estado inmerso en los problemas industriales, y a transformarse en la novena
potencia mundial económica, un desarrollo industrial y económico sin
precedentes (el mal llamado «milagro económico español»), el primer país más
desarrollado de la segunda mitad del siglo XX después de Japón, ¡ahí es nada! Y
lo que es más importante: Franco fue el hombre que transformó España en un
tierra de paz (militar y políticamente implantada, ¡pues ontológica e
históricamente no pudo ser de otra forma!). Hay que reconocer que el
balance francamente es positivo.
Obviamente no me refiero
cuando digo «Franco» o «Franco fue el hombre…» con la sola figura del Caudillo;
me refiero a su forma de gobierno, que de modo convencional se ha llamado
«franquismo». Es decir, me refiero al Caudillo, que tenía «más de zorro que de
cordero», como dijo un ministro inglés, y sus ministros, como, por ejemplo, el
general Francisco Gómez Jordana, ministro de Asuntos Exteriores, el cual
sustituyó el 3 de septiembre de 1942 al cuñadísimo Serrano
Suñer, uno de los ministros más afines a las posiciones del Eje. Gómez Jordana
fue vital para que España no entrase militarmente en la Segunda Guerra Mundial.
La España de Franco, todo hay que decirlo, no fue «neutral» durante la
contienda mundial, fue «no beligerante», que es una cuestión diferente. Es más,
es imposible, materialmente hablando, que España fuese neutral, pues las
naciones no son sustancias megáricas ni mónadas leibnizianas sincronizadas por
armonía preestablecida y están codeterminadas en symploké de
modo diamérico; y, por tanto, aquello que acontecía en Europa determinaba a
aquello que acontecía en España, y viceversa (codeterminación). España ayudó a
Alemania exportándole minerales, utilísimos para reforzar la artillería
militar. Franco y sus ministros (hasta el viraje hacia los aliados a finales de
1942) siempre apoyaron a Hitler, y siempre quisieron que el Führer ganase la
guerra; aunque, eso sí, España no podía entrar en la guerra «por gusto». Franco
vio en la contienda mundial una oportunidad para que España se situase como gran
potencia y optar por un imperio en África, pues al fin y al cabo Alemania e
Italia se enfrentaban a Francia e Inglaterra, naciones que desde siempre en la
historia habían sido enemigas de España. Luego la alianza con Hitler y también
con Mussolini (no militar, pero sí económica, esto es, «no beligerante» o neutralmente
benévola con el Eje) se debía principalmente a dos razones: por
motivos históricos y por la colaboración del Eje en el bando nacional durante
la Guerra Civil, pues España estaba endeudada con Alemania e Italia. España no
tenía ningún motivo para aliarse con Francia e Inglaterra, pues España nada
debía ni nada debe a estas naciones. Franco se alió con según quien iba ganando
la guerra, por eso el viraje hacia los aliados (ya decía el ministro inglés que
el Caudillo tenía «más de zorro que de cordero»). Aunque al final todo se fue
al traste y el Führer terminó opinando de Franco que sólo era «un charlatán
latino». Pero las intenciones del Caudillo, el cual sinceramente quería que
Alemania ganase la guerra, no son en absoluto reprochables, ¡por qué diablos
debía España (la «España de Franco») defender a Francia e Inglaterra de los
alemanes! Es claro que los alemanes cometieron crímenes horrendos (como los
aliados) pero hacia 1942 no se había llegado a la solución final;
eso se supo en retrospectiva; in medias res, el Caudillo, como
casi cualquiera, no sabía muy bien quién era Hitler y qué significaba el
nazismo. Quizá sea fácil verlo ahora, o tal vez ni eso, pero sobre el mismo
escenario de la historia es difícil aclarar y distinguir. Es más, los
pensamientos psicológicos de Franco son irrelevantes; lo que Franco deseó o
dejó de desear no es importante, lo importante es que España se salvó de esa
célebre y criminal guerra. (Para todo esto véase el interesante libro de
Stanley G. Payne Franco y Hitler, La esfera de los libros,
Madrid, 2008).
De modo que el franquismo,
volviendo al balance francamente positivo de su mandato, fue
una dictadura, sin duda, pero no una dictadura depredadora, sino
una dictadura generadora (sin perjuicio de la represión de los
primeros años, represión que a la postre fue inevitable y no muy sangrienta si
la comparamos con otras represiones, ya que fueron sólo unas 28.000 personas
las que la padecieron de forma mortífera). Aunque, todo hay que decirlo, en el
Valle de los Caídos, caídos de ambos bandos (no lo olvidemos), los presos
estaban asegurados y encima cobraban un sueldo, y murieron tan sólo 14
personas, en su mayoría libres, y por accidentes laborales, nada que ver con
los campos de concentración europeos y no europeos de antes, durante y después
de la guerra interimperialista (por no hablar de las checas y de la represión
del Frente Popular durante la guerra, que terminaron con la vida de unas 60.000
personas sin contar los crímenes que se cometieron entre los propios
izquierdistas, ya que hubo dos guerras civiles dentro de la guerra civil
general, lo cual dice mucho de cómo eran esos «republicanos»).
Como señala Moa, «Franco,
pues, sale bien parado, en cuanto a crueldad, si lo comparamos con, por
ejemplo, Churchill, Roosevelt o Truman, no digamos Hitler o Stalin. Y también
con Negrín, que instauró un sistema brutal en su propio campo para mantener a toda
costa una guerra perdida, y con el designio de volverla mucho peor al soldarla
con la mundial». (Los mitos de la Guerra Civil, pág. 484). No
olvidemos que el lema de Negrín al final del conflicto era «resistir es
vencer». A mi juicio, la intención de empalmar el conflicto nacional con la
conflagración mundial era una auténtica canallada; por eso esos «republicanos»
no merecen ni el más mínimo de mis respetos.
Así pues, la dictadura
generadora franquista, el llamado «régimen de Franco» duró 36 años (si
lo contamos desde el 1 de abril de 1939 hasta el 20 de noviembre de 1975, día
en que murió el Caudillo con 83 años bien vividos); 36 años de paz (y tras su
caudillaje hay que sumar los 3 años de transición, que en el fondo era
franquismo, y los 31 que llevamos de democracia, la cual es totalmente heredera
del régimen de Franco y no del antifranquismo). Para que se vea lo que quiero
decir: desde la hazaña (¡con h!) del franquismo hasta nuestros días han
trascurrido en España 70 años de paz, cosa sorprendente si se observa la
historia de España. Y para poner la guinda al pastel, para más inri, diríamos,
Franco fue el hombre que tuvo todo el poder en sus manos y no robó
absolutamente nada; cosa de la que no pueden presumir los «socialistas» (más
bien «socialistos»), que llevan 130 años de «honradez» en esto de la política,
por no hablar de los escándalos de corrupción delictiva y no delictiva que
últimamente asolan a España un telediario sí y otro también. Hay que decir
también que los casos de corrupción delictiva en el franquismo fueron escasos,
minúsculos y además ridículos; hubo un caso en el que un funcionario robó una
máquina de escribir… ¡bueno, aquello fue un auténtico escándalo!
Y ahora dirán muchos que yo
soy franquista porque admiro a Franco; dirán: «¡Ah, este es un propagandista de
los fachas!». (¿Sabe alguien qué diablos es un «facha»?) Pero insisto, no se
puede ser hoy en día franquista, pues es como si se fuese maniqueo, mitraísta,
arriano o cualquier anacronismo por el estilo, ¡qué sentido tiene! Pero, eso
sí, admiro profundamente a la figura de Franco, a pesar de que yo ni nací
cuando él ya murió: no soy, por tanto, un nostálgico del franquismo, porque
nací en 1980; luego estoy escribiendo sobre historia no sobre «memoria
histórica»; no se trata de volver al franquismo, ¡eso es absurdo! Franco, con
todo sus errores, era otra cosa, ¡pero los politicuchos aliciescos del
tres al cuarto que gobiernan nuestro país no tienen vergüenza! No puedo decir
lo mismo de Mussolini, el cual fue un completo mamarracho, un completo
desastre, sobre todo al final (aunque al principio hay que reconocer que lo
hizo bien o no muy mal). Simplemente Franco supo hacer las cosas bien o muy
bien; pues visto lo visto, y dada las difíciles circunstancias tanto a nivel
nacional como internacional, su logros no fueron ninguna tontería. Y de
Mussolini, pues qué decir: el Duce, salvo en sus inicios y en buena parte de su
dictadura, no supo hacer nada o casi nada bien (salvo llevar a Italia a la
ruina, eso sí que supo hacerlo muy bien). A la hora de la verdad el franquismo
supo triunfar, y a la hora de la verdad el fascismo… no.
Los progres y
fundamentalistas democráticos primarios y también miserables (no
sé si también los canónicos) tienen una concepción de la historia
de la Segunda República, de la Guerra Civil y del franquismo de cuento de
Caperucita, es decir, la concepción más simplista e infantil de una historia,
«y por tanto la más afín a un pensamiento Alicia». (Zapatero y el
pensamiento Alicia, pág. 86). Érase una vez Caperucita
(Caperucita roja) que había sido encomendada por su madre, la
ciudadanía española (el Frente Popular), para que le llevase leche y miel a su
abuelita España. Entonces la abuelita fue atacada por un lobo feroz llamado
Franco. El lobo se comió a la abuelita y estuvo la abuelita en la panza del
lobo durante 36 años. Pero al final llegó la democracia (el leñador) y le rajó
la panza al lobo y la abuelita en su libertad (gracias al consenso y el común
acuerdo de los dialogantes españoles) nos dio una democracia por emergencia
metafísica. Puro cuento infantil, pero así es como más o menos ha calado esta
historia en las conciencias de la mayoría de los españoles (sobre todo
jovencitos y jovencitas). ¡Hay que ver cómo nos han engañado! ¡Qué maestría en
el arte de la propaganda, sí señor!
Franco no era republicano y
no vio con buenos ojos la llegada de la República, quizá temiendo lo que iba a
pasar. Sin embargo, en la práctica, a Francisco Franco hay que reivindicarlo
como el último bastión del republicanismo, esto es, de la legalidad republicana,
para más inri, pues fue el último en sublevarse, esto es, en
derribar violentamente la República. Se sublevaron durante el primer bienio (el
mal llamado «bienio progresista», un bienio lleno de disparates de don Manuel
Azaña, más bien habría que decir, francamente, que fue un
«bienio negro») los anarquistas (con tres absurdas mini-insurrecciones, aunque
la última fue contra el gobierno de Lerroux) y Sanjurjo (una insurrección de
una mínima parte de la derecha que costó sólo 10 vidas humanas y casi todas
rebeldes y que tuvo como motivación impedir el estatuto catalán, el cual fue un
intento de insurrección que, como bien dijo Azaña, sirvió más para fortalecer
que para dañar a la República); se sublevaron la Esquerra y el PSOE en 1934
(tras no aceptar el resultado de las urnas, ¡acto antidemocrático soberano!);
Azaña también intentó dar dos golpes de Estado tras perder el poder. Y lo del
18 de julio fue un «golpe» (frustrado, pues se transformó en guerra civil)
planeado por Mola y Sanjurjo, sumándose Franco al ataque cuando llegó la gota
que colmo el vaso: el asesinato de Calvo Sotelo, el jefe de la oposición, y no
por una «banda incontrolada de pistoleros», sino por unos guardias de asalto
ordenados por el ministerio de la Gobernación; señal inequívoca de que la
Segunda República estaba podrida hasta la médula. Es decir, Franco fue el
último en sublevarse, esto es, en revelarse contra la República, ya que
prácticamente no quedaba ninguna personalidad política y militar con suficiente
relevancia como para hacerlo. Si Franco hubiese sido fascista no hubiese dudado
en dar un golpe de Estado tras la insurrección del PSOE y la Esquerra en el 34,
cosa que no sucedió; luego el Caudillo ni fue fascista antes de gobernar ni
cuando gobernó.
Pero, ¿hasta qué punto lo
del 18 de julio fue una sublevación, es decir, una rebelión (pues fueron
llamados «los rebeldes», título que le gustaba mucho a Franco)? No fue
exactamente una rebelión, pues ya no había Estado (luego no fue un golpe de
Estado, como afirmé antes), pues el gobierno del Frente Popular no era un
gobierno, ¡era un desgobierno!, y estaba llevando a cabo un ejercicio de
revolución dentro del propio Estado. Si la derecha no se hubiese sublevado
hubiese sido machacada. Como dice Stanley Payne, para la derecha hubiese sido
más peligroso no alzarse que alzarse. Ya lo dijo muy bien, ¡pero que muy bien!,
José María Gil Robles en las cortes: «un gran parte de la población, que por lo
menos es la mitad de la nación, no se resigna a morir, yo os lo aseguro». Por
eso precisamente vino el 18 de julio, que fue un movimiento «cívico-militar»,
ya que media nación no se resigna a morir, ¡porque no se
resigna a morir, como es natural!
Franco, que ya lo dejó bien dicho en su manifiesto, no se sublevó
contra la República, sino contra el gobierno del Frente Popular, que era un
gobierno (un desgobierno) que no cumplía la ley, que no cumplía la
constitución. Dicho de otro modo: la constitución del 9 de diciembre de 1931
era papel mojado, ¡ya no había República! Dicha República (y ello resulta
paradójico, dada la historia que nos han contado) fue liquidada por los propios
«republicanos» (después de todo mal llamados así). Fueron ellos los que acabaron
con la República, con la democracia (¡con tanto que presumen de «demócratas» y
de «republicanos»!), al no aceptar el resultado de las elecciones del 34 y al
manipular el resultado (resultados que no han sido publicados) de las
elecciones del 36. La izquierda (la llamada así) fue el lobo feroz que se comió
a la abuelita; y Franco, eso sí, era otro lobo, pero no porque atacase a la
abuelita, sino porque atacaba a otros lobos que la estaban acechando.
En una carta dirigida al «infante» o «pretendiente» don Juan de
Borbón fechada el 6 de enero de 1944, Franco analiza la situación de su régimen
tras el Alzamiento: «Poniendo por delante que para mí el Poder es un acto de
Servicio más, entre los muchos prestados a mi nación y a su fin, el bienestar
único, he de sentar varias afirmaciones: a) la Monarquía abandonó en 1931 el
Poder a la República; b) nosotros no nos levantamos contra una situación
republicana; c) nuestro Movimiento no tuvo significación monárquica, sino
española y católica, d) Mola dejó claramente establecido que el Movimiento no
era monárquico; e) los combatientes de nuestra Cruzada pasaron de un millón, y
los monárquicos constituían entre ellos exigua minoría. Por lo tanto, el
régimen no derrocó a la Monarquía ni estaba obligado a su restablecimiento.
Entre los títulos que dan origen a una autoridad soberana, sabéis que cuentan
la ocupación y conquista, no digamos el que engendra el salvar a una sociedad».
El análisis del Caudillo es, punto por punto y palabra por palabra,
¡rigurosamente cierto!
Pero los progres nos dirán
que Franco era «fascista» porque durante la guerra tuvo como aliados a las
«potencias fascistas». Hay que decir que esa alianza fue muy polémica, fue una
alianza muy sui generis (tan sui generis como
la que mantuvieron Alemania e Italia). Las potencias del Eje (no había
comenzado aún la guerra mundial pero sí existía ya el Eje Berlín-Roma) no
dominaban a Franco, más bien Franco las dominaba a ellas, ni punto de
comparación con el control casi «totalitario» (podríamos decir) de la Comintern
sobre el Frente Popular (un Frente Popular que ni mucho menos defendía la
República democrática del 14 de abril del 31, sino que se revestía de
democracia para que las potencias capitalistas no interviniesen en el conflicto
a favor de Franco, según la tesis de Burnett Bolloten).
La Comintern, pues, divulgó
propagandísticamente que la Guerra Civil española suponía un conflicto entre
las libertades democráticas («¡Libertad para qué!») y la opresión reaccionaria fascista
(o clerical-fascista, «fascismo frailuno»). Según esta interpretación maniquea
y simplista, la contienda española era una lucha entre el fascismo y el
antifascismo, entre la burguesía fascistizada y el proletariado de la
«República de trabajadores de todas las clases». Esa interpretación de la
Guerra Civil es tan metafísica, tan falsa y en general tan estúpida como la
interpretación que le dio la Iglesia católica como «cruzada» frente a la
«barbarie comunista». El fascismo no era entonces una posición que, a nivel
estatal (en el sentido de la dialéctica de Estados) estuviese organizado para
enfrentarse al temible imperio comunista soviético, ni Franco era fascista (sin
perjuicio de su fervor anticomunista). Por consiguiente, interpretar a Negrín
como el «abanderado español del proletariado como clase universal» es tan disparatado
como interpretar a la figura de Franco como «envidado de Dios para abanderar la
cruzada contra el comunismo, la masonería y el judaísmo». Ni Negrín era el
mesías del proletariado ni Franco era el mesías del Dios de la Iglesia
católica; Franco fue simplemente el «Caudillo de España» pero no «por la Gracia
de Dios», y harto tenía con ello. A Franco Dios no le hacía falta para nada
(aunque sí le fue muy útil las instituciones cristianas, pues lo importante del
cristianismo no es Dios, ni siquiera Cristo, lo importante de cristianismo es
la Iglesia).
Durante la guerra, los dos
bandos buscaron en el extranjero aliados que le suministrasen armas (causa que
hizo que el conflicto se prolongase). El Frente Popular buscó la ayuda no en
las potencias democráticas sino en el nuevo imperio mundial, esto es, en la
Unión Soviética. El gobierno del Frente Popular consiguió una gran cantidad de
armas a cambio de las reservas de oro (el famoso «oro de Moscú»). Franco, en
cambio, logró a crédito la solidaridad italo-germana y también consiguió la
suministración de petróleo de parte de EEUU. Ahora bien, los progres se ponen
de uñas cuando ven que Franco colaboró con las «potencias fascistas» (sintagma
oscuro y confuso donde los haya, por todo lo que llevamos dicho), pero sin
embargo ven con buenos ojos la solidaridad soviética. Pero las alianzas no son
en absoluto reprochables, y son tan importantes como las propias fuerzas. Sin
embargo, en honor a la verdad hay que afirmar que por aquellos entonces
(hablamos de los tres años que trascurren entre 1936 y 1939) los campos de
concentración de aniquilación masiva de judíos y otras etnias no existían y,
como hemos dicho, el fascismo italiano fue relativamente poco sangriento (hemos
dicho, junto a Stanley Payne, que proporcionalmente fue menos violento en su
ascenso al poder que los acontecimientos turbulentos de iniciativa izquierdista
de la «primavera trágica» durante el derrumbe de la Segunda República); y sin
embargo el Gulag ya lleva casi dos décadas funcionando a toda máquina; el
Gulag es 25 años anterior a Auschwitz; es más, los campos de concentración
alemanes se inspiraron en los campos de concentración soviéticos. Dicho sea de
paso, esa dicha red de campos de concentración no fue diseñada por Stalin, sino
por Lenin; lo digo porque muchos pánfilos creen ingenuamente que Lenin era el
bueno y Stalin el malo, el que traicionó la revolución; cosa del todo falsa
pues el estalinismo no supuso una ruptura con el leninismo, sino más bien
supuso la continuación. Así pues, los bolcheviques fueron los maestros de los
nazis en el diseño del terror masivo en campos de exterminio. No diré que
dichos crímenes fueron «crímenes contra la humanidad», pues esa expresión es
absurda, tan absurda como «patrimonio de la humanidad». Esos crímenes fueron
contra una parte de la humanidad (judíos, gitanos, eslavos, burgueses,
antinazis, anticomunistas, &c.), pero no contra la humanidad (desconozco a
esa señora).
Pero la izquierda
fundamentalista justificará los crímenes izquierdistas como actos heroicos,
como dolores de parto necesarios para el alumbramiento de la sociedad
comunista: el fin de la explotación «del hombre por el hombre»; y sin embargo
los crímenes derechistas son asesinatos horrendos. Dicho llanamente: si uno de
izquierdas mata a uno de derechas es un héroe, pero si uno de derechas mata a
uno de izquierdas entonces es un asesino hijo de la gran puta. Si uno dice que
es un «fascista» todo el mundo se escandaliza e inmediatamente lo desprecian,
pero si dice que es «comunista» es respetado e incluso admirado. Pero, como
hemos dicho, el fascismo fue muy inferior, en lo que a víctimas se refiere, al
lado del comunismo. Es más, entre fascismo, nazismo, comunismo y capitalismo el
fascismo es el menos sangriento de todos, ¡toda una paradoja! Unos
matan a millones y otros crían la fama. (Y que conste, para que no se
me malinterprete, que, filosóficamente hablando, considero que
el comunismo es mucho más interesante que el fascismo).
Voy a poner un ejemplo de
esto último: en Franco para antifranquistas, Pío Moa relata
que el 16 de marzo del 2005 varias personalidades de la izquierda y
de la cultura, es decir, de antifranquistas (retrospectivos en
su amplia mayoría), homenajearon al ex líder del PCE Santiago Carrillo en su 90
cumpleaños (entre esas personalidades se encontraba el presidente del gobierno:
el masón José Luis Rodríguez Zapatero, y digo que es masón porque él nunca lo
ha desmentido). El homenajeado fue el máximo responsable de las matanzas de
Paracuellos del Jarama durante la Guerra Civil, pero aun así es respetado
porque es de «izquierda» (aquí en España, sobre todo cuando gobierna el PSOE,
el mito de la izquierda funciona a toda máquina y el que sea de «izquierda»
está moralmente justificado, haga lo que haga). Su regalo de 90 cumpleaños
consistía en presenciar cómo se retiraba una estatura de Franco (al cual, por
cierto, después de lo que llevamos dicho, habría que construirle y levantarle
un monumento), colocándose en su lugar las estatuas del Lenin español (el
incualificado Largo Caballero) y el ladrón del yate Vita (el
exiliado y líder del primer antifranquismo, Indalecio Prieto, uno de los
políticos más sinvergüenzas que ha parido la Nación Española). Allí asistía la
farándula socialdemócrata: Ana Belén, Víctor Manuel y El gusto por la
pasta es nuestro, aplaudiendo la vida de Carrillo como ejemplo. Estos
progres dicen que son de «izquierda» no para definirse políticamente, sino para
justificarse moralmente e ir de guay e intelectual por la
vida, como si el comunismo no hubiese acabado con la vida de más 100 millones
de personas. Pero, como dice Ricardo de la Cierva, Carrillo miente. Este
Carrillo, por cierto, prefirió a Stalin que a su padre, Wenceslao Carrillo.
Allá él y su conciencia…
Pues bien, volviendo a lo que comentábamos, una vez que Moscú se
hizo con el oro tuvo al Frente Popular a sus órdenes, es decir, tomó la sartén
por el mango y puso toda la carne en el asador, cosa que ni por asomo ocurrió
en el otro bando. Franco siempre mantuvo su independencia, nunca le ordenaron
lo que tenía que hacer; e incluso dejó desde el primer momento bien claro
(durante la crisis de Múnich en el año 38) que en caso de guerra mundial España
sería neutral: cosa que puso los gritos mussolinianos en el cielo. Hitler
también se sintió molesto, y dijo con desdén: «Sé que es una cerdada, ¡pero qué
otra cosa iban a hacer los pobres diablos!». Las intenciones de neutralidad de
Franco eran contrarias a las temibles intenciones frentepopulistas: empalmar la
guerra civil con la mundial, ¡con las consecuencias desastrosas que eso hubiese
acarreado! Aunque durante la contienda mundial, como hemos dicho, España no fue
neutral, sino no beligerante y favorable al Eje, por lo menos hasta que éste se
veía como vencedor de la guerra; pues si España no colaboraba no participaría
en la paz nazi-fascista (más bien la paz nazi) ni en la reconstrucción de
Europa.
El PSOE (es decir, «los malos»), en cambio, hacía todo lo que
ordenaba Stalin; Largo Caballero y sobre todo Negrín fueron los tontos útiles
de Stalin (o mejor dicho los tontos inútiles). El Partido Comunista Español
estaba totalmente infiltrado en las instituciones del gobierno del Frente
Popular, cosa que les interesaba para ocultar sus intenciones revolucionarias y
evitar, como hemos dicho, la intervención de las potencias capitalistas en
apoyo al bando nacional. Esto es lo que Burnett Bolloten llamó «gran
camuflaje». Hay que tener en cuenta de que el PCE era el último bastión del
comunismo en Europa occidental.
Otra cosa que se discute son
los gastos de pago de cada bando: «el Frente Popular gastó, con los soviéticos
y en otras muchas cosas dispersas, mucho más dinero que los nacionales, pues no
sólo agotó las reservas de oro y plata sino que, como señala el historiador
anarquista Francisco Olaya [nadie pone peor a los comunistas que los
anarquistas], hubo muchos más pagos, procedentes del expolio de bienes
particulares y de la nación, otro en especie (textiles), &c. Probablemente
el arriesgadísimo traslado de los mayores tesoros nacionales, en particular los
cuadros del museo del Prado, tuvo por objeto servir de garantía para los
últimos envíos de armas concedidos por Stalin hacia el final de la contienda,
cuando ya se había consumido el oro». En cambio, «Franco recibió más ayuda de
Italia que de Alemania, pero la primera no sólo la pagó en largos plazos, sino
a precio de saldo, en las liras muy devaluadas de la posguerra mundial. De
Hitler no pudo arrancar condiciones tan benévolas, pero pudo pagar la deuda poco
a poco, la última parte después de 1945, a los Aliados vencedores del III Reich
[para más inri]». «En resumen, Franco obtuvo ayuda en condiciones
mucho mejores que sus contrarios, gastó mucho menos en ella, pese a lo cual
posiblemente consiguió más armas; nunca perdió su independencia con respecto a
Roma y Berlín, al revés que sus enemigos con respecto a Moscú; y no sufrió un
partido dependiente del exterior [como el Partido Nacionalsocialista Alemán de
los Trabajadores o el Partido Nacional Fascista] como el PCE en el lado
opuesto». (Pío Moa, Franco para antifranquistas, Áltera,
Barcelona, 2009, pág. 104).
Otra cosa abominable dentro
del Frente Popular eran los nacionalistas fraccionarios vascos y catalanes, que
consiguieron algo que era absolutamente imposible: hacer que Negrín parezca
bueno, como pone de manifiesto Azaña, palabras que no tienen desperdicio: «Está
muy irritado por los incidentes a que ha dado lugar el paso de Aguirre por
Barcelona. Aguirre –dice [Negrín]– no puede resistir que se hable de España. En
Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre. Yo no he sido nunca
–agrega– lo que llaman españolista, ni patriotero. Pero ante estas cosas me
indigno. Y si estas gentes van a descuartizar a España, prefiero a
Franco. Con Franco ya nos entenderíamos nosotros o nuestros hijos o quien
fuere. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar
la razón a Franco. Y mientras, venga a pedir dinero y más dinero…».
(Azaña, Obras completas, IV, pág. 701, cursivas mías).
Hay que decir también que ya
una vez finalizada las guerras (Civil y Mundial) y, por tanto, en tiempo de
paz, lo peor del franquismo fue el antifranquismo, que por supuesto no era
democrático, sino comunista o secesionista. Pero la oposición armada al franquismo
fue prácticamente escasa (o debió de ser numerosa, pero en el fuero
interno), sin el menor apoyo de la población (Maquis, GRAPO, ETA, &c.).
El antifranquismo, ¡parece mentira!, es algo que prácticamente no existió
cuando vivía Franco; cuando existe el antifranquismo es ahora (¡después de 34
años de su muerte!). Ahora casi todo el mundo (casi toda España)
ideológicamente es antifranquista, por motivos psicológicos o por motivos
políticos interesados (juego sucio al más puro estilo socialdemócrata, como
hacen con los titiriteros que apoyan al juez Baltasar Garzón
con su complejo de Jesucristo). Estamos ante una tremenda oleada de
«antifranquismo retrospectivo», el antifranquismo después de Franco (¡claro,
así cualquiera!). Esta oleada de antifranquismo trasnochado se debe a la
campaña fundamentalista de la Internacional Socialista y su gran aliada: la
Francmasonería, en concreto en Gran Oriente español. Muchos que son del PSOE,
como el caudillo del Imperio Prisaico Luis de Polanco (que
perteneció al frente de juventudes y fue uno de los hombres más millonarios
durante el franquismo), fueron antifranquista una vez muerto Franco. También el
ex director de El País, Juan Luis Cebrián, se pasó al
antifranquismo tras la muerte del Caudillo (dicho cambio jamás ha sido
explicado públicamente, por eso Pío Moa, y con razón, pide que estos señores
publiquen un libro que se titule Por qué deje de ser franquista).
Ahora, cuando es completamente inútil, son antifranquistas; ¡qué pandilla de
mamarrachos! Pero, como digo, detrás de ese «antifranquismo» no hay sólo mamarrachería, sino
también intereses claramente electorales y fines descaradamente lucrativos (ya
lo dije: a los del PSOE les conmueve la pasta, por no hablar de los titiriteros de
la ceja, los que Gustavo Bueno llamó «farándula socialdemócrata»).
La democracia actual no
tiene prácticamente nada que ver con la Segunda República (¡la nefasta Segunda
República!); la democracia actual es producto del franquismo. La palabra
transición es un eufemismo entre ruptura y continuidad. Y
evidentemente ha habido más continuidad que ruptura. La democracia actual no es
producto del fundamentalismo democrático, que por emergencia metafísica ha
sacado de su seno el régimen democrático (que en el fondo es el régimen del
mercado pletórico de bienes y servicios: el régimen capitalista, lo que
ideológicamente se conoce como «democracia liberal»). La democracia actual se
debe a los 36 años de dictadura generadora del franquismo, que
supusieron 36 años de acumulación de capital para que en España subiese el
nivel de vida y se pudiesen desarrollar las condiciones materiales, necesarias
y realmente existentes que hiciesen posible la eutaxia de un
régimen democrático. Ya en los años sesenta había más de cuatro millones de
niños escolarizados junto a cien mil maestros, casi todo el mundo tenía su piso
a plazos, su seguridad social, su Seat seiscientos y su
billete de lotería calvinista en el bolsillo. Los años que
trascurren de 1954 a 1975 son los años que más prosperidad económica e
industrial ha tenido España en toda su historia. Y de este modo se pudieron
erradicar de España las dos grandes lacras de la nación: el hambre y el analfabetismo.
¡Vamos, desde luego que España durante el franquismo no era el paraíso pero
tampoco el infierno, precisamente! Este tipo de régimen poco tiene que ver con
el fascismo.
Actualmente en España, dada
la hegemonía del realmente existente bipartidismo agresivo y
fundamentalista entre PSOE-PP (unas veces PSOE otras veces PP, ese es el
camino, y así no sabemos hasta cuándo), se ha vuelto a popularizar el mito de
la izquierda y de la derecha (incluso en muchas ocasiones por derecha se entiende
ingenuamente «fascismo»). La falsa conciencia de un buen porcentaje de
españoles está anclada en el maniqueísmo metafísico dualista del bien y del
mal: la izquierda son los buenos, la derecha son los malos. La
gran mayoría de los españoles están, pues, imbuidos totalmente por aquella
frase de Antonio Machado que rezaba: «una de las dos España ha de helarte el
corazón». Este infantilismo ha cuajado sorprendentemente en millones de sujetos
operatorios antrópicos que habitan como ciudadanos en la Nación Política
Canónica Española, todavía realmente existente, pese a quien
le pese. ¡Cómo se ha podido tergiversar la historia de esa manera!
En El mito de la
derecha, Gustavo Bueno ha sostenido la tesis de que el mito de la
izquierda y de la derecha (inventado por las izquierdas) sólo está incubado en
los países católicos (Francia, Italia y España, fundamentalmente). Durante 1000
años la hegemonía del agustinismo político, esto es, el
providencialismo de la Historia agustiniano, trataba de trasportar a la
humanidad de la ciudad terrena (el Estado) hacia la ciudad celeste; es lo que
Bueno llama el «anarquismo de San Agustín». San Agustín antes de iniciarse y
bautizarse en el cristianismo fue maniqueo. Los maniqueos hablaban de dos
dioses: uno bueno y otro malo, he aquí el gran combate que se desencadenará a
favor del bien contra el mal aplastado. Dicho esquema mitológico ya se venía
dando desde el mazdeísmo, con los dioses Ormund y Oriman. Pues bien, San
Agustín tomó las tesis mitológicas maniqueas para reconstruirlas en un montaje
cristiano y llevar a cabo su teología de la historia: La ciudad de
Dios. Según Agustín, existen dos ciudades: la Ciudad de Dios
(Jerusalén, pero en última instancia la Iglesia de Roma) y la Ciudad del
Diablo, la ciudad terrena (Babilonia, que ya fue condenada por el Apocalipsis como
«la gran ramera, la madre de todas las abominaciones de la tierra»). (Habría
que decir aquí: «una de las dos Ciudades ha de helarte el corazón»). Al final
de los tiempos, tras la segunda venida de Cristo, la Ciudad de Dios se hará
efectivamente universal, pues después de la «alienación» viene la salvación y
todo se reintegrará en el seno de Dios Padre. Los condenados, eso sí, irán para
siempre a la Ciudad del Diablo, al infierno de azufre y fuego y por toda la
eternidad, entonces «será el llorar y el crujir de dientes». Pues bien, este
mito se secularizó en innumerables doctrinas (las llamadas por Gilson
«metamorfosis de La ciudad de Dios»). El mito de la izquierda y de
la derecha es una de esas metamorfosis de La ciudad de Dios.
Baltasar Garzón, el último
bastión del antifranquismo retrospectivo: el Complejo de Jesucristo y el
Pensamiento Alicia. En torno a la particular «primavera trágica» del «defensor
de la utopía»
Antes de concluir este artículo me gustaría reiterar mi más
sincero aprecio y reconocimiento por la vida y obra del Caudillo. Yo no soy de
derechas, pero mi máxima admiración por ese gran militar, ese gran político y
esa gran persona que fue Don Francisco Franco Bahamonde; el cual, pese a quien
le pese, es como el grandioso Cid Campeador, pues vence sus batallas hasta
después de muerto. Lo digo por la investigación frustrada que desde el año 2008
hasta estos días de «primavera trágica» ha estado llevando el juez (o ex-juez,
o semi-juez, o anti-juez) Baltasar Garzón con su patético «complejo de
Jesucristo»; complejo de Jesucristo que, por cierto, se ha incorporado al
Pensamiento Alicia.
Garzón es un perfecto
desconocedor de la Segunda República, la Guerra Civil y el franquismo. La
ignorancia del llamado «juez estrella» (ahora juez estrellado en la suspensión
cautelar) es supina. Al parecer, Garzón no sabía que Franco, Mola y Queipo de Llano
están muertos, pues pidió el parte de defunción de cada uno, por increíble y
ridículo que esto parezca (a pesar de que el entierro de Franco fue el entierro
más multitudinario de la historia de este país). Este señor intentó procesar a
Franco, pero a los muertos no los juzga ni Dios. Garzón ha sido suspendido no
por investigar los crímenes del franquismo, sino por investigar los crímenes
del franquismo prevaricando. Los delitos de la Guerra Civil
prescribieron penalmente en 1969, y quedaron resueltos definitivamente en la
ley de amnistía del 15 de octubre de 1977; una ley, por cierto, que reclamó la
«izquierda» en las calles con aquello de: «¡Libertad, Amnistía, Estatuto de
Autonomía!».
El pasado 17 de mayo del 2010, el juez suspendido es premiado.
Garzón es de esos pocos frescos que cuando son despedidos (o suspendidos)
siguen ganando pasta. A este tío le gusta mucho, ¡muchísimo!, el dinero; el
dinero le encanta, yo diría que hasta le conmueve (no olvidemos que es del
PSOE, por eso no hay que reprochárselo, esa gente siente una sensibilidad muy
especial por el dinero, es algo natural cuando se es progre). Pues bien, el
premio que recogió Garzón es uno de los galardones más importantes de la
defensa de los derechos humanos, el Premio Libertad y Democracia René Cassin,
nombre del principal redactor de la Declaración Universal de los Derechos
Humanos y Nóbel de la Paz en 1968. Evidentemente este premio es un premio de la
masonería. Este René Cassin es ni más ni menos que un masón (o era, porque
ahora está más muerto que Wojtyla). He aquí un documento poco sospechoso que lo
confirma: «La Declaración de Derechos Humanos, en su articulo primero, conlleva
una visión mas (sic) trascendente y menos localista que la de la Declaración de
la Independencia de los EEUU, sin duda gracias a la influencia francesa, al
considerar sujeto de derecho al ser humano en general. Fue un Hermano francés “
René Cassin” (sic), el encargado de impulsarla y elaborarla con la colaboración
inestimable de una mujer (sic) Eleanor». (Pongo el enlace para que se vea que
el presente documento no me lo invento: http://masonerialiberal.com)
Garzón ha incorporado a su
complejo de Jesucristo el Pensamiento Alicia, al menos esa es mi primera
impresión al oírle decir la siguiente sarta de majaderías, majaderías con las
que recogió y agradeció su premio: «Para mí es un honor recoger este premio y
hacerlo en estas circunstancias especiales y difíciles». Se refiere a su
particular «primavera trágica». «Creo que esas circunstancias me reivindican en
mis principios y firmeza en la justicia contra la impunidad y a favor de las
víctimas, casi siempre olvidadas. Me constituyo en defensor de la utopía» ¡Y es
que la cosa tiene bemoles! «Soy juez y por tanto un hombre del derecho y para
el derecho, y como diría Cicerón esclavo de la ley. Pero de una Ley no sólo
local sino universal». Garzón transforma lo local en universal, como hacían los
masones extrapolando la Declaración de Independencia de EEUU a la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, como hemos visto. ¡Anda que si nos sale
masón este Garzón! «Cuando hablamos de impunidad casi siempre se hace referencia
a la que generan las normas legales que la proclaman o la imponen después de
que finalizó el tiempo en que se cometieron las atrocidades que quieren
perdonarse o olvidarse». Garzón quiere presentarse, según lo que dice, como un
juez inmisericorde con los asesinos, como inmisericorde es Dios con los
pecadores y los impíos. Y sigue con su cháchara metafísica recalcitrante a más
no poder: «La justicia internacional y la universal tienen que tomar la voz y
la palabra y emprender la acción contra la impunidad. Si existe un juez
independiente aún en el lugar más alejado del planeta aún no se ha perdido la
esperanza [la fe y la caridad]. La inactividad o indeferencia frente a los
crímenes propios o ajenos supone la derrota de la justicia. No se puede construir
la democracia sobre millones de cadáveres mudos» Habría que decirle al juez
antifranquista y antigenocida retrospectivo que precisamente la democracia se
construyó así, pues la democracia realmente existente, la
democracia occidental, es fruto de la super ultra mega hiper sangrienta Segunda
Guerra Mundial. Si Garzón es coherente, aunque mejor que no lo sea, ¿se
atreverá a juzgar entonces, no sólo ya a los nazis o a los fascistas, sino
también a las potencias «democráticas» que bombardearon Dresde asesinando
cruelmente a 350.000 personas, que tiraron dos bombas atómicas sobre Japón
acabando con otras tantas, y que impusieron campos de concentración en Francia
y EEUU para después en la paz de los vencedores sobre los vencidos impusiesen
su Declaración Universal de los Derechos Humanos burgueses? (Los cuales, por
cierto, no son realmente universales, porque ni China ni la URSS la firmaron; y
creo, y además estoy convencido, que eso no es reprochable, porque dicha
Declaración es materialmente imposible. Son normas éticas que se extrapolan a
la política, pero los masones no saben que lo que éticamente puede ser
reprochable políticamente puede ser correcto). ¿Juzgará Garzón también a Stalin
por dar carta blanca a las tropas soviéticas cuando tomaron Berlín con el
balance de 2 millones de violaciones y la exportación de 10 millones de
soldados alemanes a campos de trabajo en Siberia?
La Guerra Civil, sin
perjuicio de su horror, fue una guerrita y su represión
una represioncita si la comparamos con la Guerra Mundial
(tanto con la Primera como con la Segunda). Se calcula que en el conflicto
segundo mundial murieron unas 60 millones de personas, y en la represión, cosa
que no se suele decir, unas 20 millones de personas (e innumerable es la
cantidad de heridos y mutilados). En la Guerra civil las víctimas en conflicto
fueron unas 150.000 y en represión otras tantas, y las víctimas se reparten más
o menos entre los dos bandos; aunque en proporción los crímenes por represión
del Frente Popular fueron algo más numerosos.
Pero sigamos con la retahíla
de disparates de Garzón: «Precisamos una nueva conciencia universal». Garzón
como representante de la «conciencia universal» en la Tierra: eso es algo para
echarse a temblar. «Ya somos muchos y creceremos más y nos haremos una fuerza
de choque». Sí, en eso hay que darle la razón al juez estrella, el número
de progres aliciescos se está incrementando preocupantemente.
Los simpatizantes del juez estrellado en pleno estado de alucine afirmaban: «No
se puede entender que suspendan a un juez que abre las fosas comunes»; y
otro deliraba: «estamos aquí para homenajear a un juez que ha cambiado el
mundo, que ha hecho que las víctimas en el mundo entero encuentren justicia y
pedimos que haya justicia para él en su propio país». He aquí la voz de la fe
en Garzón y en su complejo justiciero y salvador.
Después de oír esto y
después de leer Zapatero y el Pensamiento Alicia, el Fundamentalismo
democrático, en especial el capítulo dedicado a diagnosticar el
complejo de Garzón, que Bueno desde el bisturí crítico identifica con
Jesucristo, sería interesante constatar, al menos como hipótesis, las analogías
entre el complejo de Jesucristo y el Pensamiento Alicia. Y claro, de algún modo
u otro el Pensamiento Alicia es una de las metamorfosis de la Ciudad de Dios,
la secularización del cristianismo, la solidaridad de todos los hombres en la
Alianza de la Civilización, donde la justicia reinará hasta los confines de la
tierra y más allá (en la comunidad de los espíritus desencarnados, a modo del
espiritismo krausista).
Garzón es un Jesucristo
Alicia, y ha sido y está siendo el instrumento de la que hace ya 10 años llamó
Ricardo de la Cierva «venganza masónica contra Franco»: «Hoy la Masonería,
identificada genéricamente también con la Internacional Socialista, interviene
de forma decidida en la abominación de Franco a que me estoy refiriendo en el
presente estudio». (Se refiere a su magistral libro El 18 de julio no
fue un golpe militar fascista, pág. 83). Cuenta la leyenda que Franco
odiaba desde joven a la Masonería porque ésta impidió su ingreso. «Eso es una
patraña gratuita, de la que no se ha ofrecido ni una sola prueba, pero que se
repite insistentemente; si el oficial joven más famoso de África
hubiera pedido ingresar en la orden masónica, hubiera sido recibido con alegría
y solemnidad, recordemos que un agente masónico importante para el
reclutamiento de “hermanos” en el Ejército de África era don Alejandro Lerroux,
que mostró siempre mucha inclinación a Franco, hasta el punto que uno de sus
gobiernos fue quien le ascendió a general de división, el máximo grado posible
en la República». (El 18 de julio, pág. 482). Esta guerra de
venganza, por cierto, ya muy retrospectiva, de momento, para más inri, la
va ganando Franco (el «Caudillo Invicto»); el cual, como el glorioso Cid
Campeador, y me repito, gana sus batallas hasta muerto; ya le ganó tres
batallas al PCE cuando con 7 años de muerto –en 1977, en 1979 y 1982– contempló
el honrado pueblo español el estrepitoso fracaso de la verdadera oposición al
franquismo cuando este era vigente en el juego de la democracia (en las urnas);
ese partido se integró en 1986 en la coalición Izquierda Unida (o «Izquierda
hundida», como la llamó con sarcasmo, y con acierto, Alfonso Guerra),
expulsando al Stalinista y máximo responsable de seguridad (más bien de
inseguridad) de los crímenes de Paracuellos, Santiago Carrillo, el cual no
quería ni a su padre. Pero desde 1982, coincidiendo con el ascenso del PSOE al
poder, la Masonería, que fue legalizada cinco años antes por Su Majestad el Rey
don Juan Carlos de Borbón y Borbón y más Borbón, ha ido montando una campaña
contra la figura histórica de don Francisco Franco que de momento ha
desembocado en la aventura bochornosa de Garzón. Es a partir de 1996, cuando el
PP ganó las elecciones, cuando la campaña se ha enfurecido de una manera
bochornosa, en plan el que no está conmigo está contra mí, una
campaña de sectarismo puro y duro. Ahora resulta que hay más antifranquistas en
España que con Franco, y que si con Franco eran lo peor, pues con la democracia
también. Garzón está imbuido de antifranquismo retrospectivo y morboso hasta el
corvejón.
Al complejo del adinerado
Garzón se suma la idiocia de los titiriteros, encabezados por
la también adinerada Pilar Bardem (¡a mí los progres forrados de pasta me
repatean, porque se creen que son guays y pueden justificarse
moralmente por ser de «izquierda», como si eso les diese una especial
legitimidad!). El «director de cine» Pedro Almodóvar dijo que otra victoria de
Franco sería difícil de aceptar (Por cierto, Almodóvar hace el anuncio publicitario
del Ministerio de Igualdad, el ministerio feminista de la feticida Bibiana Aído
o Bibiano Aída. Y es que Bibiana es toda una chica Almodóvar). También se ha
incorporado al gobierno, en el Ministerio de Cultura de infiltrada la titiritera Ángeles
González Sinde (González Sindescargas). Estos titiriteros o titiricejas, entre
ellos el «antifascista» y lacayo del PSOE Gran Wyoming, empezaron sus carreras
en el programa La Bola de Cristal y en esa vergüenza que da
grima que llamaban movida madrileña, creo que allá por 1982, fecha en que el
PSOE sube al poder, y no es casualidad. Con la crisis económica que existe hay
suficientes motivos para liquidar el Ministerio de Igualdad y el Ministerio de
Cultura (por no hablar del Ministerio de Justicia y la Audiencia Nacional),
entre otros ministerios aliciescos, que nos cuesta a los
españoles una pasta.
Claro que para Garzón no
existe crisis económica que valga, porque con esto del antifranquismo
retrospectivo, encima de quedar progre y guay ante
la indocumentada progresía, se gana mucha pasta. Curiosamente, justo cuando es
suspendido, a los funcionarios les han bajado el sueldo. Y es que Garzón para
qué va a estar en la Audiencia Nacional perdiendo el tiempo, con la de pasta
que gana el Gachón. Por lo visto les cobró al sindicato socialista, UGT,
sindicato muy culpable de la Guerra Civil, unos 12.000 euros por dar ¡una
charla de una hora!
Pues bien, si ser fascista
es ir en contra de Garzón y los titiriteros entonces, citando
a Calvo Sotelo, «yo soy fascista». El pasado 24 de abril del 2010 cuando
llegaba a Sevilla desde mi pueblo me encontré por sorpresa a los progarzonistas y
antifranquistas retrospectivos recalcitrantes manifestándose a favor de Garzón
en el Palacio de Justicia (gente sobre todo del PSOE e IU, a cantos de
«¡España, mañana, será republicana!» y con el ornamento de la, a mi gusto,
horrenda bandera republicana presidiendo la ceremonia, ¡con lo bonita que es la
bandera de España con el Águila de San Juan!). El diario El Mundo, diario
más posicionado a lo que llaman «la derecha», dijo generosamente que asistieron
unas 500 personas. Falso, no eran quinientas, eran 300, que las conté. Cierto y
verdad que era feria, pero 300 personas significa que a la opinión pública
Garzón le importa un carajo, y prefieren cantar y beber en la feria antes que
el «defensor de la utopía» resucite a sus muertos. Un cosa: debo de tirarle un
pequeño tirón de orejas a Pedro J no sólo por esto sino por los dos tomos de
la Historia de España sobre la república y la guerra que
publicó la Biblioteca El Mundo con Austral, los cuales están basados en la
versión progre-sectaria-negro-legendaria de la Segunda República y la Guerra
Civil.
«Concluimos: el complejo de
Jesucristo que atribuimos al juez Garzón al anunciar su causa general habría
sido desencadenado precisamente por la vigencia de esa Ley de Memoria
Histórica. Sin duda, el responsable del complejo es el superego del propio juez.
Pero su afán de notoriedad (que puede ser causa necesaria, pero nunca
suficiente) hubiera caído en el vacío si no hubiera contado con un terreno
abonado por su misma corrupción ideológica, un terreno abonado por su misma
corrupción ideológica, un terreno en el que pudiera germinar». (Gustavo
Bueno, El fundamentalismo democrático, Temas de hoy, 2010,
pág. 249).
Dicho todo esto, haremos nuestras
las palabras de Francisco Franco cuando dijo en su manifiesto del 18 de julio:
«Españoles: ¡¡¡Viva España!!! ¡¡¡Viva el honrado pueblo español!!!».



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