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REVOLUCIÓN EN ESPAÑA, por Karl Marx y Friedrich Engels
(parte IX)
Riego
HIMNO DE RIEGO es la denominación que
recibe el himno que cantaba la columna volante del teniente coronel Rafael
del Riego tras la insurrección de este contra el rey de
España Fernando VII el 1 de enero de 1820 en Las Cabezas de San
Juan, cuyo texto es de Evaristo Fernández de San Miguel y música de
autor desconocido, aunque alguna versión le atribuye autoría a José
Melchor Gomis. Letra original de Evaristo San Miguel se compone de 9
estrofas seguidas del correspondiente estribillo.
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Soldados, la patria Serenos, alegres, Soldados, la patria (etc.) Blandamos el hierro Soldados, la patria (etc.) El mundo vio nunca Soldados, la patria […] Su voz fue seguida, Soldados, la patria (etc.) |
Rompímosla, amigos, Soldados, la patria (etc.) Al arma ya tocan, Soldados, la patria (etc.) La trompa guerrera Soldados, la patria (etc.) Se muestran, volemos, Soldados, la patria (etc.) |
En 1823, Fernando VII recurre a la
Santa Alianza e irrumpen en España los “Cien mil hijos de San Luis” a las
órdenes del francés duque de Angulema. El 6 de abril tiene lugar la segunda
invasión francesa de nuestra historia y Fernando acaba con el régimen
constitucional establecido pocos años antes. Riego se enfrenta a las tropas
aliadas y es derrotado por los franceses en Mancha Real y Jódar (Jaén) y es
capturado y conducido preso a Madrid, donde se le encarcela en el Antiguo
Seminario de Nobles de Madrid. Durante los primeros días le mantienen
incomunicado y sin alimentos, persiguiendo su debilitamiento. Después de un
simulacro de proceso, Riego es condenado a morir en la horca y al
descuertizamiento posterior. El juicio no tuvo las garantías procesales: no le
admitieron pruebas, testimonios ni documentos. Riego estaba condenado a muerte
de antemano.
Se le hicieron concebir falsas
esperanzas de salvarse, si escribía una carta en la prensa retractándose de sus
ideas constitucionalistas. En este último acto de su vida, Riego no estuvo a la
altura de su fama. La debilidad humana. Cuando se le notificó la sentencia,
escribió una carta pidiendo perdón a Dios y al Rey por su comportamiento y
reconociendo los crímenes que se le habían imputado:
“ Yo Rafael de Riego, preso y estando en la capilla
de la Real Cárcel de Corte, publico el sentimiento que me asiste por la parte
que he tenido en el sistema llamado constitucional en la revolución y en sus
fatales consecuencias, por todo lo cual, así como he pedido y pido perdón a
Dios de todos mis crímenes igualmente pido la clemencia de mi santa religión,
de mi rey y de todos los pueblos e individuos de la nación a quienes haya
ofendido en vida, honra y hacienda. Suplicando como suplico a la Iglesia al Trono
y a todos los españoles, que no se acuerden tanto de mis excesos como de esta
exposición sucinta y verdadera, la cual solicita, por último, los auxilios de
la caridad española para mi alma”
A pesar de retractarse, de sucumbir,
no se le concede el indulto y el tribunal ordena cumplir la sentencia de
muerte. El 7 de noviembre de 1823, el general Riego era ahorcado a las 12 en la
Plaza de la Cebada de Madrid por orden real de Fernando VII. El rey ya
satisfecho por el ajusticiamiento de Riego, se dice que exclamó de júbilo:
«¡Liberales: gritad ahora viva Riego!». La ejecución de Riego en la Plaza de la
Cebada se convirtió en un símbolo del absolutismo e hizo de Riego un mártir y
un mito en España y en toda Europa.
Muerto Fernando VII, la reina regente tratando de consolidar en el trono a su hija Isabel II frente al ímpetu guerrero de los carlistas, se decidió por el lado de los liberales y para conseguir su simpatía, procedió a la rehabilitación de Riego y de su memoria. El 31 de octubre de 1835 promulgó un Real Decreto cuya parte dispositiva rezaba así:
«Por tanto, en nombre de mi augusta hija la reina Doña Isabel II decreto lo siguiente: Artículo 1.º El difunto general Don Rafael del Riego es repuesto en su buen nombre, fama y memoria. Artículo 2.º Su familia gozará de la pensión de viudedad que le corresponda según las leyes. Artículo 3.º Esta familia queda bajo la protección especial de mi amada hija Doña Isabel II, y durante su menor edad bajo la mía. «
La Segunda República adoptó el Himno
de Riego como himno oficial de España, convirtiéndolo en un símbolo de la
libertad contra la tiranía.
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La Junta de Cadiz vista por Rodríguez Barcaza (1810)
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REVOLUCIÓN EN ESPAÑA, por Karl Marx y
Friedrich Engels (parte IX)
VII
Ciertas circunstancias favorables
permitieron que se reunieran en Cádiz los hombres más progresivos de España. En
el momento en que se celebraron las elecciones el movimiento revolucionario no
había expirado aún y la gran antipatía reinante contra la Junta Central
favoreció a sus antagonistas, pertenecientes en gran parte a la minoría
revolucionaria de la nación. En la primera reunión de las Cortes casi sólo
estuvieron representadas las provincias más democráticas: Cataluña y Galicia;
los diputados de León, Valencia, Murcia y las islas Baleares no llegaron sino
tres meses más tarde. Las provincias más reaccionarias -las del interior- no
pudieron proceder a la elección de diputados a Cortes, excepto en unas pocas
localidades. Por lo que hace a los diversos reinos, ciudades y villas de la
vieja España en las que las tropas francesas habían impedido la elección de
diputados, así como a las provincias ultramarinas de la Nueva España, cuyos
diputados no habían podido llegar a tiempo, se eligieron representantes
suplementarios entre las numerosas personas de esas provincias que la confusión
de la guerra había llevado a Cádiz, y entre los numerosos sudamericanos
-comerciantes, criollos y otros- cuya curiosidad o cuyos negocios habían
reunido también en la ciudad. Así ocurrió que aquellas provincias fueron
representadas por hombres -más amigos de innovaciones y más impregnados de las
ideas del siglo XVIII de lo que hubiera sido el caso si aquellas provincias
hubieran estado en situación de elegir ellas mismas sus representantes. Fue
también de decisiva influencia, por último, el que las Cortes se reunieran en
Cádiz, pues la ciudad era entonces notoriamente la más radical del reino, y más
semejante a una villa americana que a una ciudad española. La población
gaditana llenó las galerías de la sala de las Cortes y dominó a los
reaccionarios cuando la oposición de éstos le resultó demasiado injuriosa, con
un sistema de intimidación y presiones externas.
Sería empero un gran error suponer
que los reformadores constituían la mayoría de las Cortes. Se dividían éstas en
tres partidos: los serviles, los liberales (estas
denominaciones se difundieron por toda Europa partiendo de España) y los americanos, partido
este último que votaba alternativamente con unos o con otros según sus
intereses particulares. Muy superiores en número, los serviles se vieron
arrastrados por la actividad, el celo y el entusiasmo de la minoría liberal.
Los diputados eclesiásticos, que formaban la mayoría del partido servil,
estaban siempre dispuestos a sacrificar las prerrogativas reales, un poco por
reminiscencias del antagonismo existente entre la Iglesia y el Estado, y en
parte también con objeto de cosechar alguna popularidad para salvar así los
privilegios y abusos de su casta. Durante los debates sobre el sufragio
universal, el sistema unicameralista, la ausencia de cualificación del derecho
electoral en función de la propiedad y sobre el derecho de veto suspensivo, el
partido eclesiástico se unió siempre con la parte más democrática de los liberales
contra los partidarios de la Constitución inglesa. Un miembro del partido
eclesiástico, el canónigo Cañedo, luego arzobispo de Burgos e implacable
persecutor de liberales, se dirigió a Muñoz Torrero, también canónigo, pero
perteneciente al partido liberal, en los siguientes términos:
«Deseáis que el rey
conserve sus excesivos poderes, pero en tanto
que sacerdote
deberíais defender la causa de la Iglesia más que la
del rey«.
Los liberales se vieron obligados a
entrar en compromisos con el partido eclesiástico, como hemos visto ya en
algunos artículos de la Constitución de 1812. Al discutirse la libertad
de prensa, los clérigos la denunciaron como «contraria a la religión». Tras
tempestuosísimos debates y luego de haber declarado que todas las personas
tienen la libertad de publicar sus ideas sin necesidad de autorización
especial, las Cortes admitieron unánimemente una enmienda que, al insertar la
palabra políticas, reducía esa libertad a la mitad de su
extensión, y sometió todos los escritos sobre asuntos religiosos a la censura
de las autoridades eclesiásticas, de acuerdo con los decretos del Concilio de
Trento. El 18 de agosto de 1817, tras votar una disposición contra todos
aquellos que conspiraran contra la Constitución, se votó otra que declaraba que
todo el que conspirara para conseguir que la nación española dejara de profesar
la religión católica sería perseguido como traidor y sufriría la muerte. Al
abolir el Voto de Santiago se añadió una resolución
compensatoria, declarando a santa Teresa de Jesús patrona
de España. Los liberales tuvieron además buen cuidado en no proponer ni votar
los decretos sobre abolición de la Inquisición, de los diezmos, monasterios,
etc., hasta después de haber sido proclamada la Constitución. Pero desde ese
momento la oposición de los serviles en las Cortes y del clero fuera de ellas
se hizo inexorable.
Consideradas ya las circunstancias
que explican el origen y los rasgos característicos de la Constitución de 1812,
queda por resolver ahora el problema de su desaparición repentina y sin
resistencia a la vuelta de Fernando VII. Pocas veces ha contemplado el mundo un
espectáculo más humillante. Al entrar Fernando en Valencia el16 de abril de
1814,
«el alegre pueblo se unció a su
carruaje y manifestó en todo momento de palabra y obra
su deseo de volver a tomar el viejo yugo, gritando » ¡Viva
el rey absoluto!» y » ¡Abajo la Constitución! «».
En todas las villas de importancia la
Plaza Mayor había recibido el nombre de Plaza de la Constitución,
grabándose ese nombre en una placa o mojón erigido en ellas. En
Valencia se retiró esa placa y se sustituyó con una “provisional» de
madera que llevaba la inscripción Real Plaza de Fernando VII. El
populacho de Sevilla depuso a todas las autoridades existentes, eligió otras en
su lugar para todos los cargos que habían existido en el antiguo régimen y
pidió entonces a estas autoridades que restablecieran la Inquisición. Desde
Aranjuez hasta Madrid el carruaje de Fernando fue arrastrado por el pueblo.
Cuando el rey se apeó, el populacho lo levantó en sus brazos y lo mostró
triunfalmente al inmenso concurso frente al palacio, y en brazos lo llevó hasta
sus habitaciones. La palabra «Libertad» estaba escrita con grandes letras de
bronce a la entrada del Palacio de las Cortes de Madrid; el populacho se
precipitó hacia ellas para arrancarlas; se encaramaron con escalas y fueron
arrancando de la piedra una letra tras otra; y cada vez que caía una a la calle
los espectadores renovaban sus exclamaciones de entusiasmo. Reunieron luego
cuantos diarios de sesiones de las Cortes, periódicos y manifiestos liberales
encontraron, formaron una procesión con las comunidades religiosas, el clero
regular y secular en cabeza, amontonaron aquellos papeles en una plaza y los
quemaron en político auto de fe; tras de lo cual se celebró una misa solemne y
se cantó un Te Deum en acción de gracias por el triunfo. Acaso más importante
que esas impúdicas manifestaciones del populacho urbano -en parte pagadas
y en parte debidas al hecho de que esas turbas, como los lazzaroni napolitanos,
preferían el lujurioso despotismo de reyes y frailes al sobrio gobierno de las
clases medias- es el hecho de que las segundas elecciones generales
terminaran con una decisiva victoria de los serviles; las Cortes Constituyentes
fueron sustituidas el 20 de septiembre de 1813 por las ordinarias, las cuales
trasladaron su sede de Cádiz a Madrid el 15 de enero de 1814.
Cadiz en el siglo XIX
Hemos visto en artículos anteriores
cómo el propio partido revolucionado mantuvo y reforzó los viejos prejuicios
populares, con la intención de convertirlos en otras tantas armas contra
Napoleón. Hemos visto también cómo la Junta Central, en el único período en que
los cambios sociales habrían podido enlazarse con los métodos de defensa
nacional, hizo todo lo posible para impedirlos y para sofocar las aspiraciones
revolucionarias de las provincias. Las Cortes de Cádiz, por el contrario,
aisladas totalmente del resto de España durante la mayor parte de su
existencia, no pudieron dar a conocer su Constitución y sus decretos orgánicos
sino a medida que se fueron retirando los ejércitos franceses. Las Cortes
llegaron, por así decirlo, post factum, y encontraron una
sociedad fatigada, exhausta, toda sufrimiento, consecuencia necesaria de una
guerra tan prolongada que se había arrastrado por todo el suelo español; guerra
que tuvo en constante movimiento a los ejércitos, en la que rara vez el gobierno
de hoy era en una localidad el de mañana, mientras la matanza no se interrumpía
ni un solo día durante casi seis años por toda la superficie de España, de
Cádiz a Pamplona y de Granada a Salamanca. No era de esperar que una sociedad
en ese estado resultara muy sensible a las abstractas bellezas de una
Constitución política de un tipo u otro. No obstante, al proclamarse la
Constitución en Madrid y en las demás provincias evacuadas por los franceses
fue recibida con «entusiasta alegría«, pues en general las masas
esperaban la súbita desaparición de sus sufrimientos sociales por el mero
cambio de gobierno. Cuando descubrieron que la Constitución no poseía tales
poderes milagrosos, las exageradas esperanzas con que fue saludada se trocaron
en decepción, y en esos apasionados pueblos meridionales no hay más que un paso
de la decepción a la cólera.
Algunas circunstancias concretas
contribuyeron también a enajenar al régimen constitucional las simpatías
populares. Las Cortes habían promulgado decretos severísimos contra los afrancesados
o josefinos. Las Cortes fueron en parte impulsadas a promulgar esos
decretos por el clamor vengativo del populacho y de los reaccionarios, clamor
que se volvió contra las Cortes apenas los decretos que había arrancado a éstas
fueron llevados a la práctica. Más de 10.000 familias sufrieron destierro por
ellos. Una serie de pequeños tiranos se desencadenaron en las provincias
evacuadas por los franceses, establecieron en ellas su proconsular autoridad y
procedieron a investigaciones, persecuciones y encarcelamientos con
métodos inquisitoriales contra las personas comprometidas por su adhesión
a los franceses, por haber aceptado cargos de ellos o haber comprado
propiedades nacionales bajo su gobierno, etc. En vez de intentar llevar a cabo
la transición del régimen francés al nacional por discretas vías de
reconciliación, la Regencia hizo todo lo posible por agravar los males y
exasperar las pasiones, unos y otros inseparables de tales cambios de poder.
Pero ¿cuál fue su intención al
proceder así? Su intención fue la de armarse de argumentos para pedir a las
Cortes una suspensión de la Constitución de 1812, cuyos efectos eran, a su
decir, tan violentos. Vale la pena notar en passant que todas
las regencias, esas supremas autoridades ejecutivas nombradas por las Cortes,
se constituyeron sistemáticamente con los más decididos enemigos de las Cortes
y de la Constitución. Este sorprendente hecho se explica con la acción de los
americanos, siempre aliados con los serviles a la hora de designar los miembros
del poder ejecutivo, cuya debilidad juzgaban necesaria para obtener la independencia
de América de la madre patria, seguros como estaban de que un ejecutivo en
discrepancia con las Cortes soberanas sería incapaz de impedirla. La
introducción por las Cortes de un único impuesto directo sobre la renta de la
tierra, así como sobre el producto industrial y comercial, provocó también gran
descontento público, y aún mayor lo causaron los absurdos decretos prohibiendo
la circulación de toda moneda española acuñada por José Bonaparte y ordenando a
sus poseedores cambiarla por moneda nacional, al mismo tiempo que se suprimía
la circulación de moneda francesa y se establecía una tarifa para su cambio en
la Casa de la Moneda. Como esa tarifa difería grandemente de la establecida por
los franceses en 1808 para el valor relativo de las monedas francesa y
española, muchos particulares se vieron afectados por grandes pérdidas. Esa
absurda medida contribuyó también a hacer subir los precios de los artículos de
primera necesidad, que ya estaban por encima de las cifras medias.
Grabado original de 1820. Representa la expulsión de los
inquisidores de las sedes del Santo Oficio que son confiscadas por los
liberales.
Las clases más interesadas en la
derrota de la Constitución de 1812 y en la restauración del antiguo régimen
-nobleza, clero, frailes y leguleyos- no dejaron de excitar hasta el paroxismo
el descontento popular producido por las desgraciadas circunstancias que
caracterizaron la introducción del régimen constitucional en España. A todo eso
se debe la victoria de los serviles en las elecciones generales de 1813.
Sólo por parte del ejército podía
temer el rey una resistencia seria, pero el general Elío y sus oficiales,
quebrantando el juramento que habían prestado a la Constitución, proclamaron a
Fernando VII en Valencia sin mencionar aquélla. Los demás jefes militares
siguieron pronto a Elío.
En su decreto de 4 de marzo de 1814,
Fernando VII disolvía las Cortes madrileñas y abrogaba la Constitución de 1812,
proclamando al mismo tiempo su horror al despotismo y prometiendo convocar
Cortes bajo las viejas formas legales, establecer una razonable libertad de
prensa, etc. Cumplió su promesa del único modo que merecía la recepción con que
le acogió el pueblo español: rescindiendo todos los actos emanados de las
Cortes, restaurando cada cosa en su antiguo lugar, restableciendo la
Santa Inquisición, llamando a los jesuitas expulsados por sus antecesores,
mandando a la cárcel, a presidios de África o al destierro a los miembros más
prominentes de las juntas y de las Cortes, así como a sus partidarios, y
ordenando por último ejecutar a los más ilustres jefes guerrilleros, como
Porlier y Lacy.
[New York Daily Tribune, 1 de diciembre de 1854]
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Llegada a Cádiz del General Quiroga
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VIII
Rafael de Riego
Durante el año 1819 se concentró en
los alrededores de Cádiz un ejército expedicionario destinado a reconquistar
las colonias americanas sublevadas. José Enrique O’Donnell, conde de La Bisbal
y tío del actual ministro español Leopoldo O’Donnell, fue investido con la
jefatura del mismo. Las anteriores expediciones contra la América española
habían engullido más de 14.000 hombres desde 1814 y habían sido dirigidas del
modo más deficiente y temerario; así se habían hecho odiosas al ejército y eran
generalmente consideradas como un malicioso procedimiento para deshacerse de
los regimientos descontentos. Varios oficiales -entre ellos Quiroga, López
Baños, San Miguel (el actual Lafayette español), O’Daly y Arco Agüero-
decidieron aprovechar el descontento de los soldados para quebrantar el yugo
absolutista y proclamar la Constitución de 1812. Al ser informado de la
conspiración, La Bisbal prometió ponerse en cabeza del movimiento. De acuerdo
con él, los jefes de la conspiración fijaron la fecha del 9 de julio de 1819
para la revista general de las tropas expedicionarias, decidiendo que a mitad
de aquel acto se daría el gran golpe. La Bisbal se presentó a la hora de la
revista, pero en vez de cumplir su palabra hizo desarmar los regimientos que
habían conspirado, encarceló a Quiroga y a los demás jefes y envió un correo a
Madrid jactándose de haber conjurado la más peligrosa catástrofe. Fue premiado
con un ascenso y con condecoraciones, pero al obtener la corte información más
precisa le quitó luego su mando y le ordenó volver a la capital. Este La Bisbal
es el mismo que en 1814, al volver el rey a España, le envió un oficial de su
estado mayor con dos cartas. Como la gran distancia le impedía seguir de cerca
los movimientos del rey y regular su conducta según la del monarca, en una de
las cartas La Bisbal hacía un pomposo elogio de la Constitución de 1812 para el
caso de que el rey se propusiera jurarla, y en la otra, por el contrario,
exponía el sistema constitucional como un esquema de anarquía y confusión,
felicitando a Fernando VII por su deseo de aniquilarlo y ofreciéndose él mismo
con su ejército para luchar contra los rebeldes, demagogos y enemigos del Trono
y del Altar. El oficial entregó la segunda carta, que fue cordialmente acogida
por el Borbón.
A pesar de los síntomas de rebeldía
que se habían manifestado en el ejército expedicionario, el gobierno de Madrid,
a cuya cabeza figuraba el duque de San Fernando, ministro de Asuntos Exteriores
y presidente del gabinete, permaneció en un estado de inexplicable apatía e
inactividad, y no hizo nada por acelerar la expedición o para dividir el
ejército repartiéndolo por distintos puertos. Mientras tanto fue pactado un
movimiento simultáneo entre don Rafael de Riego, comandante del segundo
batallón de Asturias, estacionado entonces en Cabezas de San Juan, y Quiroga,
San Miguel y otros jefes militares de la isla de León que se las habían
ingeniado para escapar de presidio. La posición de Riego era con todo la más
difícil. El municipio de Cabezas de San Juan estaba en el centro de tres
cuarteles generales del ejército expedicionario: el de la caballería de Utrera,
la segunda división de infantería en Lebrija y un batallón de zapadores en
Arcos, donde se encontraban también el comandante en jefe y su estado mayor. No
obstante, Riego consiguió sorprender y capturar al comandante en jefe y a
su estado mayor el 1 de enero de 1820, a pesar de que los efectivos del
batallón estacionado en Arcos sumaban el doble de los del de Asturias. El mismo
día y en aquel mismo municipio proclamó la Constitución de 1812, eligió un alcalde
provisional y, no contento con haber realizado la tarea que le había sido
confiada, ganó a los zapadores para su causa, sorprendió el batallón de Aragón
acantonado en Bornos, marchó de Bornos a Jerez y de Jerez al Puerto de Santa
María, proclamando en todas parte la Constitución, hasta llegar a la Isla de
León el 7 de enero, donde depositó los prisioneros militares que había hecho en
el fuerte de San Pedro. Contrariamente a lo acordado, Quiroga y sus compañeros
no se habían apoderado de un cottp de force del
puente de Suazo y de la isla de León, sino que seguían sin moverse cuando
el 2 de enero Oltra, el enviado de Riego, les dio oficialmente la noticia de la
sorpresa de Arcos y de la captura del estado mayor.
Plaza de la Cebada, Madrid.
Es una de las más antiguas de la
Villa (comienzos ss. XVI). Recibe su nombre porque en ella se separaba la
cebada destinada a los caballos del rey de la de los regimientos de caballería.
A partir del siglo XIX se empiezan a realizar en ella las ejecuciones
capitales, entre las cuales aparecen el ahorcamiento del general Riego (1824) y
del general Luis Candelas al Garrote Vil (1837), entre otros presos políticos y
criminales, que fueron ahorcados por delitos comunes o por desavenencias con el
poder.
Las fuerzas del ejército
revolucionario, puestas bajo el mando supremo de Quiroga, no pasaban de 5.000
hombres, y al ser rechazados sus ataques a las defensas de Cádiz se encerraron
en la isla de León. «Nuestra situación era
poco común«, dice San Miguel; «la revolución estacionaria durante veinticinco
días sin perder ni ganar una pulgada de
terreno, es uno de los fenómenos políticos más
singulares«: Las provincias parecían sumidas en
un sueño letárgico. A fines del mes de enero Riego, temiendo que la llama de la
revolución se extinguiera en la isla de León, formó contra los consejos de
Quiroga y de los demás jefes una columna ligera de 1.500 hombres y recorrió una
parte de Andalucía en presencia de fuerzas diez veces superiores a las suyas y
perseguido por ellas; proclamó la Constitución en Algeciras, Ronda, Málaga,
Córdoba, etc., siendo amistosamente recibido en todas partes, pero sin
conseguir provocar en parte alguna un pronunciamiento serio. Sus perseguidores,
mientras tanto, tras haber consumido un mes entero en estériles marchas y
contramarchas, parecían no desear sino rehuir dentro de lo posible todo choque
abierto con el pequeño ejército de Riego. La conducta de las tropas del gobierno
era completamente inexplicable. La expedición de Riego, que había empezado el
27 de enero de 1820, terminó el 11 de marzo al verse obligado a dispersar los
pocos hombres que todavía le seguían. Su pequeño cuerpo de ejército no había
sido deshecho por ninguna batalla decisiva, sino que desapareció por el
cansancio, las continuas escaramuzas con el enemigo, las enfermedades y las
deserciones.
Mientras tanto, la situación de los
insurrectos en la isla no era nada alentadora. Seguían cercados por mar y
tierra y en la ciudad de Cádiz la guarnición reprimía toda manifestación en
favor de su causa. ¿Cómo pudo pues ocurrir que teniendo Riego que disolver las
tropas constitucionales en Sierra Morena el 11 de marzo, Fernando VII se viera
obligado a jurar la Constitución en Madrid el 9 de marzo, de tal modo que Riego
alcanzara realmente su objetivo dos días antes de desesperar definitivamente de
su causa?
Rafael de Riego camino del patíbulo
La marcha de la columna de Riego
había vuelto a despertar la sensibilidad del país. Las provincias seguían cada
uno de sus movimientos con ansiosa expectación. La imaginación popular,
impresionada por la audaz acción de Riego, por la rapidez de sus marchas
y por su vigoroso modo de tener al enemigo a raya, imaginó triunfos nunca
conseguidos y adhesiones y refuerzos que Riego no tuvo nunca. Cuando las
noticias de la empresa de Riego llegaron a las provincias más distantes estaban
ya considerablemente magnificadas, y estas regiones alejadas del escenario de
los acontecimientos fueron precisamente las primeras en declararse por la
Constitución de 1812. Y es que España estaba tan madura para una revolución que
bastaron unas noticias inexactas para provocarla. Por lo demás, también
fueron falsas las noticias que desencadenaron la tempestad de 1848.
Sucesivas insurrecciones estallaron
en Galicia, Valencia, Zaragoza, Barcelona y Pamplona. José Enrique O’Donnell,
conde de La Bisbal, fue llamado por el rey para hacer frente a la expedición de
Riego; La Bisbal se declaró dispuesto no sólo a tomar las armas contra Riego,
sino también a aniquilar el pequeño ejército de éste y a apoderarse de su
persona. Se limitó a pedir el mando de las tropas de la Mancha y dinero para
sus necesidades personales. El rey en persona le entregó una bolsa de oro y los
despachos oportunos para las tropas de la Mancha. Pero apenas llegado a Ocaña, La
Bisbal se puso a la cabeza de las tropas y proclamó la Constitución de 1812. La
noticia de su defección animó a la opinión pública de Madrid, donde la
revolución estalló inmediatamente. El gobierno empezó entonces a negociar con
la revolución. En un decreto de 6 de marzo, el rey ofreció convocar las antiguas Cortes
en estamentos, propuesta que se mantenía neutral entre
los partidarios de la vieja monarquía y los de la revolución. Por lo demás, el
rey había hecho ya esa promesa a su vuelta de Francia, y la había dejado
incumplida. Durante la noche del 7 tuvieron lugar en Madrid manifestaciones
revolucionarias, por lo que la Gaceta del 8 publicó una
comunicación en la que Fernando VII prometía jurar la Constitución de 1812. «Marchemos
francamente«, decía en ella, «y Yo el primero, por la
senda constitucional«. El pueblo se apoderó del palacio el día 9, y el
rey consiguió salvarse a duras penas restableciendo el ayuntamiento madrileño
de 1814 y jurando ante él la Constitución. El rey, verdaderamente, no se
preocupaba mucho por jurar en falso, y en último término siempre tenía a mano
un confesor dispuesto a garantizarle la plena remisión de todos sus pecados.
Simultáneamente se estableció una junta consultiva cuyo primer decreto puso en
libertad a los presos políticos y llamó a los desterrados por las mismas razones.
Las abiertas prisiones proporcionaron
al real palacio el primer ministerio constitucional: Castro, Herrero y A.
Argüelles, que formaron ese ministerio, eran víctimas de 1814 y diputados de
1812. La verdadera razón del entusiasmo con que en otro tiempo se había acogido
la subida de Fernando al trono fue la alegría por la deposición de su padre
Carlos IV; análogamente ahora la fuente de la general alegría por la
proclamación de la Constitución de 1812 era la satisfacción por la derrota de
Fernando VII. Por lo que hace a la Constitución misma, ya hemos visto que en el
momento en que se elaboró no había territorio en que proclamarla y así siguió
siendo siempre para la mayoría del pueblo español como el dios desconocido que
adoraron los antiguos atenienses.
Ahorcamiento General de Riego en la Plaza de la Cebada
Algunos escritores ingleses han
afirmado recientemente, aludiendo explícitamente a la actual revolución
española, que el movimiento de 1820 fue de una parte una mera conspiración
militar, y de otra una intriga rusa. Ambas afirmaciones son ridículas. Por lo
que hace a la insurrección militar, hemos visto que la revolución triunfó a
pesar del fracaso de aquélla; por otra parte, el problema que en esa hipótesis
habría que resolver no es la conspiración de 5.000 soldados, sino la sanción de
esa conspiración por un ejército de 35.000 hombres y por una nación de doce
millones supuestamente adicta al gobierno. El que la revolución comenzara en el
seno del ejército se explica fácilmente por el hecho de que, de todas las
instituciones de la vieja monarquía, el ejército fue la única que resultó
radicalmente transformada y revolucionada por la guerra de la Independencia.
Por lo que hace a la intriga rusa, no se puede negar que Rusia puso las manos
en los asuntos de la revolución española, que fue la primera de todas las
potencias europeas en reconocer la Constitución de 1812 por el tratado
concertado en Weleski Luid el 20 de julio de 1812, que empezó por apoyar la
revolución de 1820, que fue empero también la primera potencia en avisar a
Fernando VII, la primera también en encender la antorcha contrarrevolucionaria
en diversos lugares de la Península y la primera potencia en protestar
solemnemente ante Europa contra la revolución española; por último, Rusia
obligó a Francia a intervenir con las armas contra los revolucionarios
españoles. El señor de Tatischev, embajador de Rusia, era seguramente la
personalidad más importante de la corte madrileña y la verdadera cabeza de la
camarilla. Consiguió introducir en la corte a Antonio Ugarte, un
miserable de baja extracción, y convertirle en cabeza de frailes y lacayos que
desde sus secretos conciliábulos en pasillos y escaleras empuñaban el cetro en
nombre de Fernando VII. Por obra de Tatischev fue nombrado Ugarte director
general de las expediciones a Sudamérica, y por obra de Ugarte el duque de San
Fernando lo fue como ministro de Asuntos Exteriores y presidente del gabinete.
Ugarte compró a Rusia carcomidas naves que se destinaron al transporte de las expediciones
sudamericanas, premiándosele la gestión con la concesión de la orden de Santa
Ana. Ugarte impidió a Fernando VII y a su hermano don Carlos presentarse ante
el ejército en el momento de la crisis, y fue el causante misterioso de aquella
insólita apatía del duque de San Fernando y de las medidas que hicieron decir a
un jefe liberal español en París en 1836:
«Difícilmente puede uno
sustraerse al convencimiento de que el propio gobierno suministró los medios necesarios para derrocar el orden existente«.
Si añadimos a todo ello el curioso hecho de
que el presidente de los Estados Unidos alabara a Rusia en su mensaje por haber
prometido ésta oponerse a que España interviniera en las colonias
sudamericanas, apenas puede caber ya duda sobre el papel desempeñado por Rusia
en la revolución española. Pero ¿qué es lo que realmente prueba todo eso? ¿Que
Rusia provocó la revolución de 1820? En modo alguno, sino sólo que
impidió al gobierno español que resistiera eficazmente contra ella. Que la
revolución habría acabado por subvertir antes o después la monarquía absoluta y
teocrática de Fernando VII es cosa probada: 1º, por la serie de
conspiraciones que se habían sucedido desde 1814; 2º, por el testimonio
del señor de Martignac, comisario francés que acompañó al duque de Angulema
cuando la invasión legitimista de España; 3º, por un testimonio nada
despreciable, a saber, el del propio Fernando VII.
Enrique José O’Donnell Anethan, conde de La Bisbal. 1776-1834
En 1814 Mina intentó una sublevación
en Navarra; dio la primera señal para la resistencia con una llamada a las
armas y tomó la fortaleza de Pamplona; pero, desconfiando de sus propios
seguidores, huyó a Francia. En 1815 el general Porlier, uno de los más famosos
guerrilleros de la guerra por la Independencia, proclamó la Constitución en La
Coruña. Fue decapitado. En 1816 Richard intentó capturar al rey en Madrid.
Fue ahorcado. En 1817 el jurista Navarro y cuatro de sus conjurados murieron en
el cadalso en Valencia por haber proclamado la Constitución de 1812. El mismo
año fue fusilado en Mallorca el intrépido general Lacy por el mismo crimen. En
1818 el coronel Vidal, el capitán Solá y otros más que habían proclamado la
Constitución en Valencia fueron derrotados y pasados por las armas. La
conspiración de la isla de León fue, pues, el último eslabón de la cadena
formada por las ensangrentadas cabezas de tantos valientes desde 1808 hasta
1814.
El señor de Martignac, que poco antes
de su muerte, en 1832, publicó su libro L’Espagne et
ses Révolutions, hace las siguientes afirmaciones:
Ya habían pasado dos años desde
que Fernando
VII volviera a tomar en sus manos el poder
absoluto y todavía continuaban dictándose
proscripciones por una camarilla formada por las
heces de la humanidad. Toda la maquinaria
del estado estaba boca abajo: por todas partes reinaba el desorden, la pereza y la
confusión; las cargas fiscales se repartían con
injusta desigualdad; la situación financiera
era horrorosa; al orden
del día estaban empréstitos sin el menor crédito, la imposibilidad de cubrir las más urgentes
necesidades del estado, un ejército
sin pagar, una administración corrompida e inútil, incapaz
de mejorar nada y ni siquiera conservarlo. Esas eran
las causas del universal descontento del pueblo. El nuevo
sistema
constitucional fue recibido con entusiasmo por las
grandes ciudades, por las clases industriales y
comerciales, por las gentes ele profesiones liberales,
por el ejército y el proletariado.
Encontró la oposición del clero y dejó
estupefacta a la población campesina.
Tales son las confesiones de aquel
hombre moribundo que había sido capital instrumento en la derrocación del
sistema constitucional. En sus disposiciones de 1 de junio de 1817, 1 de marzo
de 1817, 11 de abril de 1817, 24 de noviembre de 1819, etc., Fernando VII
confirma literalmente las afirmaciones del señor de Martignac y resume sus
quejas en estas palabras:
«Las miserias que resuenan en los oídos
de Nuestra Majestad de parte
del pueblo quejoso sobrepasan las unas
a las otras«.
Esto prueba que no se necesitaba
ningún Tatischev para provocar una revolución en España.
[New York Daily Tribune, 2 de diciembre de 1854]
♦♦♦♦♦♦♦♦♦
REVOLUCIÓN EN ESPAÑA, por Karl Marx y Friedrich Engels
(parte X)
La Constitución española de 1856 fue
conocida también como la «non nata» porque nunca llegó a ser promulgada a causa
del «golpe contrarrevolucionario» del general Leopoldo O’Donnell que puso fin
al Bienio progresista del reinado de Isabel II de España y decretó la clausura
las Cortes Constituyentes elegidas en 1854.
Tras unas protestas por la
desamortización de Madoz el ministro Escosura dimitió, a lo que se unió
Espartero, la reina aprovechó para nombrar jefe de gobierno al líder de la
Unión Liberal O’Donnell. Las cortes se opusieron a la maniobra política y la
Milicia Nacional se levantó apoyada por los progresistas. El nuevo jefe del
gobierno utilizó contra ellos al ejército y los derrotó el 15-7-1856, con lo
que acabó el Bienio. Al producirse la caída de Espartero en 1856, las Cortes
constituyentes progresistas ya habían aprobado el texto de la Constitución, que
esperaba la sanción real para entrar en vigor. Nunca se llegó a firmar.
El texto representa las ideas y
organización del estado del programa de Partido Progresista. Sigue las líneas
de la Constitución de 1837, ampliando la declaración de derechos, limitando el
poder real y democratizando las cortes. La elaboración de la Constitución fue
simultánea a la de muchas leyes de reforma económica más duraderas. Esas Cortes
discutieron por primera vez criterios democráticos como la libertad religiosa,
el sufragio universal, los derechos sociales, el derecho de manifestación y la
posibilidad de sustitución de la monarquía por una república y contemplaba la
institución del Jurado popular.
********
♦♦♦♦♦♦♦
PARTE TERCERA
KARL MARX
Revolución en España ( The Revolution
in Spain)
Correspondencias para la «New York
Daily Tribune» (1856)
I
Las noticias traídas ayer por
el Asia, aunque posteriores en tres días a nuestras anteriores
informaciones, no aportan nada que indique una rápida conclusión de la guerra
civil en España. El Coup d´état de O’Donnell, aunque
victorioso en Madrid, no puede considerarse todavía como definitivamente
logrado. El Mouniter francés, que rebajó al principio la
insurrección de Barcelona al nivel de un mero tumulto, se ve obligado ahora a
confesar que el conflicto fue verdaderamente grave en esa ciudad, aunque el
éxito de las tropas de la reina puede ser considerado seguro.
Joaquín Baldomero Fernández-Espartero
Álvarez de Toro, conocido generalmente como Baldomero Espartero. Convencido de
que su destino era gobernar a los españoles, fue por dos veces presidente del
Consejo de Ministros y llegó a la jefatura del Estado como regente durante la
minoría de edad de Isabel II. Ha sido el único militar español con tratamiento
de Alteza Real
De acuerdo con la versión de ese
periódico oficial, la lucha duró en Barcelona desde las 5 de la tarde del 18 de
julio hasta la misma hora del 21 -tres días, pues, exactamente- momento en que
los «insurrectos» habían sido desalojados de sus posiciones y habían huido al
campo, perseguidos por la caballería. Parece empero que los insurrectos
conservan todavía varias ciudades de Cataluña, incluyendo Gerona, La Junquera y
algunas otras plazas menores. Parece también que Murcia, Valencia y
Sevilla han hecho sus pronunciamientos contra el golpe de
estado; que un batallón de la guarnición de Pamplona, enviado a Soria por el
gobernador de aquella ciudad, se ha pronunciado contra el gobierno durante su
marcha y se dirige a Zaragoza para unirse a los insurrectos; y finalmente
que en Zaragoza, reconocida como centro de la resistencia desde el primer
momento, el general Falcón ha pasado revista a 16.000 soldados de unidades de
línea, reforzados por 15.000 milicianos y campesinos de los alrededores.
En todo caso, el gobierno francés no
considera reprimida la «insurrección» española, y Bonaparte, lejos de
contentarse con enviar cierto número de batallones a vigilar la frontera, ha
ordenado a una brigada avanzar hasta el Bidasoa, completándola con una división
de refuerzo procedente de Montpellier y Toulouse. Parece también que una
segunda división ha sido segregada del ejército de Lyon de acuerdo con órdenes
recibidas directamente de Plombiéres el 23 pasado, y está en camino de los
Pirineos, donde en este momento se ha formado ya un corps d’observation de
25.000 hombres. Si la resistencia al gobierno de O’Donnell fuera capaz de
afirmarse y se mostrara lo suficientemente formidable como para invitar a
Napoleón a invadir la Península, el golpe de estado de Madrid podría ser el
principio del fin del golpe de estado de París.
Levantamientos del pueblo madrileño contra los moderados
en 1854
Si consideramos la conspiración en
general y las dramatis personae en particular, esta intriga
española de 1856 se presenta como mera repetición de la de 1843, aunque
naturalmente con algunas ligeras variaciones. Entonces como ahora, Isabel en
Madrid y Cristina en París; Luis Felipe, en vez de Luis Bonaparte, dirigiendo el
movimiento desde las Tullerías; Espartero de una parte y sus ayacuchos; de la
otra O’Donnell, Serrano, Concha, con Narváez entonces en el proscenio y ahora
en último término. En 1843 Luis Felipe envió dos millones de oro por tierra y
Narváez y sus amigos por mar, pactando él mismo con la señora Muñoz las «bodas
españolas». La complicidad -de Bonaparte en el golpe de estado español-
concluyendo quizás la boda de su primo el príncipe Napoleón con alguna
señorita Muñoz o continuando en todo caso la imitación de su tío- queda
indicada no sólo por las vociferaciones del Moniteur durante
los dos últimos meses denunciando conspiraciones comunistas en Castilla y
Navarra, sino también por el comportamiento del embajador francés en Madrid, M.
de Turgot -que era ministro de Asuntos Exteriores de Bonaparte durante su
propio coup d’ état- antes y después del de Madrid;
por el duque de Alba, cuñado de Napoleón, convertido en presidente del
nuevo Ayuntamiento de Madrid inmediatamente después de la
victoria de O’Donnell; por Ros de Olano, viejo miembro del partido francés y
primera persona a que ha sido ofrecida una cartera en el ministerio de
O’Donnell; y por Narváez, mandado a Bayona por Bonaparte apenas recibidas en
París las primeras noticias del asunto. Tal complicidad venía ya de antemano
sugerida por la remesa de gran cantidad de municiones de Burdeos a Bayona unos
quince días antes de la actual crisis en Madrid. Pero ante todo resulta
indicada por el plan de operaciones seguido por O’Donnell en su razzia contra
el pueblo de la capital. Desde el primer momento anunció que no retrocedería
ante la necesidad de aplastar Madrid, y durante la lucha actuó realmente de
acuerdo con esas palabras. Ahora bien, aunque se trate de un audaz aventurero,
O’Donnell no ha arriesgado nunca un paso grave sin asegurarse una retirada
tranquila. Al igual que su célebre tío, héroe de la traición, jamás quema los
puentes al pasar el Rubicón. El órgano de la combatividad está singularmente
dominado en los O’Donnell por el órgano de la prudencia y el secreto. Está
claro que un general que cumpliera la amenaza de reducir la capital a
cenizas y fracasara luego en su sublevación perdería la cabeza.
¿Cómo pues se ha arriesgado O’Donnell
hasta tan peligrosos límites? El ]ournal des Débats, como
órgano especial de la reina Cristina, nos descubre el secreto: «O’Donnell esperaba una
gran batalla y
a lo sumo una victoria duramente disputada. Cabía
en sus previsiones la posibilidad de una derrota.
Si tal desgracia hubiera ocurrido,
el general habría abandonado Madrid con el
resto de su ejército, escoltando a la reina, y
se habría dirigido a las provincias del norte, con objeto
de aproximarse a la frontera francesa«. ¿No tiene todo esto
un aspecto que sugiere que O’Donnell ha trazado su plan con Bonaparte?
Exactamente el mismo plan había sido pactado entre Luis Felipe y Narváez en
1843, plan copiado a su vez de la convención secreta entre Luis XVIII y
Fernando VII de 1823.
Una vez admitido ese plausible
paralelo entre las conspiraciones españolas de 1843 y 1856, hay suficientes
rasgos distintos en los dos movimientos para poner de manifiesto la magnitud de
los pasos dados por el pueblo español en tan breve período. Esos rasgos son: el
carácter político de la última lucha en Madrid, las posiciones respectivas de
Espartero y O’Donnell en 1856 comparadas con las de Espartero y Narváez en
1843. En 1843 todos los partidos estaban cansados de Espartero. Para
desembarazarse de él se constituyó una poderosa coalición de moderados y progresistas. Juntas
revolucionarias surgidas como hongos en todas las ciudades prepararon el camino
a Narváez y a sus partidarios. En 1856 no tenemos ya simplemente la corte y el
ejército de un lado contra el pueblo de otro, sino que además tenemos en las
filas del pueblo las mismas divisiones que en el resto de la Europa occidental.
El 13 de junio el ministerio de Espartero presentó su forzosa dimisión; en la
noche del 13 al 14 se constituyó el ministerio O’Donnell; en la mañana del 14
empezó a circular el rumor de que O’Donnell, encargado de la formación del
gabinete, había invitado a Ríos Rosas, el malfamado ministro de los sangrientos
días de julio de 1854, a que se le uniera. A las 11 de la mañana la Gaceta confirmaba
el rumor. Las Cortes se reunieron entonces, con la presencia de 93
diputados. De acuerdo con la ley orgánica de ese cuerpo, 20 miembros
bastan para convocarlo y 50 para constituir un quorum. Las Cortes además no
habían sido aplazadas formalmente. El general Infante, presidente de las
Cortes, no tuvo más remedio que cumplir el general deseo de celebrar una sesión
ordinaria. Se presentó una moción que declaraba que el nuevo gabinete no
disfrutaba de la confianza de las Cortes y que Su Majestad debía ser informada
de este hecho. Al mismo tiempo, las Cortes invitaron a la Guardia Nacional a
mantenerse presta para actuar. La comisión portadora de la resolución que
negaba la confianza al gobierno se dirigió a visitar a la reina, escoltada por
un destacamento de la milicia nacional. Pero, aunque insistieron en entrar en
Palacio fueron rechazados por tropas de línea que hicieron fuego sobre la
comisión y su escolta. Este incidente fue la señal para la insurrección. La
orden de levantar barricadas fue dada a las 7 de la tarde por las Cortes,
disueltas inmediatamente después por las tropas de O’Donnell. La lucha comenzó
aquella misma noche, y sólo un batallón de la milicia nacional se unió a las
tropas reales. Vale la pena indicar que ya en la mañana del 13 el señor
Escosura, ministro esparterista del Interior, había telegrafiado a Barcelona y
Zaragoza informando de la existencia del golpe de estado y ordenando que se
preparara la resistencia. A la cabeza de los insurrectos de Madrid se colocaron
el señor Madoz y el general Valdés, hermano de Escosura. En resolución, no
puede caber la duda de que la resistencia al golpe de estado procede de los
esparteristas y de los ciudadanos y liberales en general. Mientras éstos
tomaban posiciones a lo largo de una línea que divide Madrid de este a oeste,
los obreros, dirigidos por Pucheta, ocuparon las zonas sur y norte de la
ciudad.
Sesión Regia de Apertura de las Cortes Constituyentes el 8 de
noviembre de 1854
En la mañana del 15 O’Donnell tomó la
iniciativa. Incluso según el parcial testimonio del Joumal des Débats no
consiguió éxitos señalables durante la primera parte del día. De repente, hacia
la una y sin causa perceptible, se rompieron las filas de la milicia nacional;
a las dos eran todavía más débiles, y a las seis habían desaparecido
completamente del escenario de la acción, dejando a los obreros todo el peso de
la batalla; éstos lucharon desde las 4 hasta la noche del 16. Hubo pues dos
batallas distintas en esos tres días de carnicería: la una fue librada por la
milicia liberal de las clases medias, apoyada por los obreros, contra el
ejército; y la otra fue librada por el ejército contra los obreros abandonados
por la milicia.
Como ha dicho Heine: «Es una vieja historia,
y siempre ocurre igual«. Espartero abandona a las Cortes; las
Cortes abandonan a los jefes de la Guardia Nacional; los jefes abandonan a sus
hombres, y los hombres abandonan al pueblo. El día 15, empero, se reunieron las
Cortes con ocasión de una fugaz aparición de Espartero. El señor Asensio y
otros diputados le recordaron sus reiteradas promesas de desnudar la gloriosa
espada de Luchana el primer día que estuviera en peligro la libertad del país.
Espartero puso al cielo por testigo de su indestructible patriotismo, salió, y
todo el mundo esperó verle pronto en cabeza de la insurrección. Pero en vez de
eso se dirigió a casa del general Gurrea, se encerró en un sótano a prueba de
bombas, a la Palafox, y no se oyó más de él. Los comandantes de la milicia, que
la tarde anterior habían recurrido a todos los medios para hacer tomar las
armas a sus hombres, se mostraron ahora sumamente deseosos de retirarse a sus
domicilios. A las dos y media de la tarde el general Valdés, que había usurpado
durante algunas horas el mando de la milicia, convocó en la Plaza Mayor a los
soldados bajo su mando directo y les dijo que el hombre que naturalmente tenía
que estar a su cabeza no iba a aparecer, y que consecuentemente todo el mundo
estaba autorizado a retirarse. A renglón seguido los guardias nacionales se
precipitaron a sus casas se desprendieron precipitadamente de sus uniformes y
escondieron sus armas. Tal es en sustancia la información suministrada por una
autoridad bien informada. Otro informante da una nueva razón para explicar ese
repentino acto de sumisión a la conspiración, a saber, que se pensó que el
triunfo de la Guardia Nacional no haría más que provocar la ruina del trono y
el predominio absoluto de la democracia republicana. La Presse de
París da también a entender que el general Espartero, viendo el giro que
tomaban las cosas en el congreso por obra de los demócratas, no quiso
sacrificar el trono ni lanzarse al azar de la anarquía a la guerra civil e hizo
todo lo que pudo para conseguir la sumisión a O’Donnell.
Llegada de la Comitiva Real al Palacio del Congreso de los
Diputados durante las Cortes Constituyentes de 1854
Es cierto que los detalles de tiempo
y circunstancias y la derrota de la resistencia al golpe de estado difieren en
los diversos informadores; pero todos están de acuerdo en el punto principal de
que Espartero abandonó a las Cortes, las Cortes a los jefes, los jefes a la
clase media y ésta al pueblo. Esto suministra una nueva ilustración del
carácter de la mayoría de las luchas europeas de 1848-1849 y de las que tendrán
lugar en adelante en la porción occidental del continente. Existen por una
parte la industria moderna y el comercio, cuyas cabezas naturales, las clases
medias, son contrarias al despotismo militar; por otra parte, cuando empiezan
su batalla contra ese despotismo, arrastran consigo a los obreros,
productos de la moderna organización del trabajo, los cuales reclaman la parte
que les corresponde del resultado de la victoria. Aterradas por las consecuencias
de una tal alianza involuntariamente puesta sobre sus hombros, las clases
medias retroceden hasta ponerse bajo las protectoras baterías del odiado
despotismo. Este es el secreto de los ejércitos permanentes en Europa,
incomprensibles de otro modo para el futuro historiador. Las clases medias de
Europa han tenido así que comprender que deben rendirse ante un poder
político que detestan y renunciar a las ventajas de la industria y del comercio
modernos y de las relaciones sociales en ellos basadas, o renunciar a los
privilegios que la organización moderna de las fuerzas productivas de la
sociedad ha derramado, en su primera fase, sólo sobre su clase. El que esta
lección haya ido a darse también en España es algo tan impresionante como
inesperado.
[New York Daily Tribune, 8 de agosto
de 1856]
♦♦♦♦♦♦♦♦♦
REVOLUCIÓN EN ESPAÑA, por Karl Marx y Friedrich Engels
(parte XI)
El 7 de julio de 1854 el General en
Jefe del Ejército Constitucional Leopoldo O’Donnell, conde de Lucena, se
pronuncia contra el Gobierno en las cercanías de Madrid (Vicalvarada). La
politización del levantamiento se logra a través de un Manifiesto, redactado
desde Manzanares (Ciudad Real) por el entonces joven Antonio
Cánovas del Castillo, futuro artífice de la restauración borbónica. El
Manifiesto es una llamada a los españoles, en el cual se pide la continuidad
del Trono, pero sin camarillas que lo deshonren, al mismo tiempo que se habla
de cuestiones progresistas como mejorar la ley electoral y la de imprenta, y
rebajar los impuestos. El Manifiesto de Manzanares, firmado
por Leopoldo O’Donnell, exigía unas reformas políticas y unas Cortes
Constituyentes para hacer posible una auténtica «regeneración liberal». Este
manifiesto dio paso al llamado Bienio progresista, tiempo durante
el cual los liberales estuvieron a la cabeza del gobierno español.
«Españoles:
La entusiasta acogida que va encontrando en los pueblos el Ejército liberal; el
esfuerzo de los soldados que la componen, tan heroicamente mostrado en los
campos de Vicálvaro; el aplauso con que en todas partes ha sido recibida
la noticia de nuestro patriótico alzamiento, aseguran desde ahora el triunfo de
la libertad y de las leyes que hemos jurado defender.
Dentro
de pocos días, la mayor parte de las provincias habrá sacudido el yugo de los
tiranos; el Ejército entero habrá venido a ponerse bajo nuestras banderas, que
son las leales; la nación disfrutará los beneficios del régimen representativo,
por el cual ha derramado hasta ahora tanta sangre inútil y ha soportado tan
costosos sacrificios. Día es, pues, de decir lo que estamos resueltos a hacer
en el de la victoria.
Nosotros
queremos la conservación del trono, pero sin camarilla que lo deshonre;
queremos la práctica rigurosa de las leyes fundamentales, mejorándolas, sobre
todo la electoral y la de imprenta; queremos la rebaja de los impuestos,
fundada en una estricta economía; queremos que se respeten en los empleos
militares y civiles la antigüedad y los merecimientos; queremos arrancar los
pueblos a la centralización que los devora, dándoles la independencia local
necesaria para que conserven y aumenten sus intereses propios, y como garantía
de todo esto queremos y plantearemos, bajo sólidas bases, la Milicia Nacional.
Tales son nuestros intentos, que expresamos francamente, sin imponerlos por eso
a la nación.
Las
Juntas de gobierno que deben irse constituyendo en las provincias libres; las
Cortes generales que luego se reúnan; la misma nación, en fin, fijará las bases
definitivas de la regeneración liberal a que aspiramos. Nosotros tenemos
consagradas a la voluntad nacional nuestras espadas, y no las envainaremos
hasta que ella esté cumplida».
[Cuartel general de Manzanares, a 6
de julio de 1854. El general en jefe del Ejército constitucional, Leopoldo
O’Donnell, conde de Lucena]
♦♦♦♦♦♦♦♦
REVOLUCIÓN EN ESPAÑA, por Karl Marx y
Friedrich Engels (parte XI)
II
Zaragoza se rindió el 1 de agosto a
la 1.30 de la tarde, y con ello se desvaneció el último centro de la
resistencia a la contrarrevolución española. Desde un punto de vista militar
había pocas esperanzas de éxito tras las derrotas de Madrid y Barcelona, ¡la
debilidad de la subversión insurrecciona! en Andalucía y el avance convergente
de fuerzas superiores desde las provincias vascas, Navarra, Cataluña, Valencia
y Castilla. Y cualquier posibilidad que pudiera quedar resultó paralizada por
el hecho de que el jefe de las fuerzas de resistencia era un antiguo ayudante
de campo de Espartero, el general Falcón, el grito de batalla era «Espartero y
Libertad» y la población de Zaragoza se enteró del fiasco inmensamente
ridículo de Espartero en Madrid. Por si fuera poco, hubo unas
órdenes directas de los altos jefes esparteristas a sus colegas de Zaragoza
para que depusieran toda resistencia; así se desprende del siguiente extracto
del Journal de Madrid del 29 de julio:
Uno de los
ex ministros esparteristas tomó parte en
las negociaciones entabladas entre el general Dulce y las
autoridades de Zaragoza, y el
diputado esparterista Juan Alonso Martínez
aceptó la misión de
informar a los jefes insurrectos de que la
reina, sus ministros y sus generales estaban
animados del espíritu más conciliador.
El movimiento revolucionario había
brotado muy ampliamente casi en toda España. Madrid y la Mancha en Castilla;
Granada, Sevilla, Málaga, Cádiz, Jaén, etc. En Andalucía; Murcia y Cartagena en
Murcia; Valencia, Alicante, Alcira, etc., en Valencia; Barcelona, Reus,
Figueras, Gerona en Cataluña; Zaragoza, Teruel, Huesca, Jaca, etcétera, en
Aragón; Oviedo en Asturias y La Coruña en Galicia.
Barricada en la madrileña calle de Montera el 19 de julio de
1854.
No hubo movimiento en Extremadura,
León ni Castilla la Vieja, donde el partido revolucionario había sido sometido
dos meses antes bajo la acción conjunta de Espartero y O’Donnell; también
permanecieron quietas las provincias vascas y Navarra. Las simpatías de
aquellas provincias estaban empero con la causa revolucionaria, aunque no
pudieron manifestarse a causa del ejército francés de observación. Esto es
tanto más notable si se tiene en cuenta que hace veinte años esas mismas
provincias constituyeron la fortaleza del carlismo, apoyado también en los
campesinos de Aragón y Cataluña; ahora, empero, han tomado apasionadamente
partido por la revolución; y seguramente habrían mostrado ser un formidable
elemento de resistencia si la inepcia de los jefes de Barcelona y Zaragoza no
hubiera impedido el aprovechamiento de esas energías. Precisamente The
London Morning Herald, ese ortodoxo campeón del protestantismo
que hace veinte años rompía lanzas por el Quijote del auto de fe, don Carlos,
ha tropezado con el hecho indicado, y ha sido lo suficientemente honesto como
para reconocerlo. Este es uno de los varios síntomas de progreso evidenciados
por la última revolución española, progreso cuya lentitud sólo puede asombrar a
las personas no familiarizadas con los peculiares usos y costumbres de un país
en el que «mañana» es la consigna de cada día, y donde todo el mundo
puede decirnos: «nuestros padres necesitaron ochocientos años para expulsar a los moros«.
Isabel II y Francisco de Asís
Pese a la general floración de pronunciamientos, la
revolución española se ha limitado a Madrid y Barcelona. En el sur quedó rota
por el cólera, y en el norte por la inacción de Espartero. Desde el punto de
vista militar la insurrección de Madrid y Barcelona ofrece pocos rasgos
interesantes o nuevos. En uno de los bandos -el ejército- todo estaba preparado
anticipadamente; en el otro todo improvisado; la ofensiva no cambió de campo ni
por un momento. En el primer bando, un ejército bien equipado moviéndose
fácilmente en manos de sus generales; en el otro, unos jefes que van a pesar
suyo hacia delante empujados por el ímpetu de un pueblo imperfectamente armado.
En Madrid los revolucionarios cometieron el error de bloquearse ellos mismos en
la parte interior de la ciudad, en la línea que une los extremos este y oeste
de la misma; extremos mandados por O’Donnell y Concha, los cuales podían
comunicar entre sí y con la caballería de Dulce por los bulevares exteriores.
Así quedó la gente expuesta a ser dividida y al ataque concéntrico planeado por
O’Donnell y sus cómplices. Apenas establecieron contacto O’Donnell y Concha,
las fuerzas revolucionarias fueron rechazadas hacia el norte y el sur de la
ciudad y privadas de toda conexión ulterior. Un rasgo especial de la
insurrección de Madrid consiste en que las barricadas fueran usadas
parsimoniosamente y sólo en cruces importantes, mientras que las casas quedaron
convertidas en centros de resistencia; por otra parte -cosa desconocida en la
lucha callejera- las columnas del ejército que asaltaban las posiciones fueron recibidas
a su vez con ataques a la bayoneta. Pero si los insurrectos aprovechaban la
experiencia de las insurrecciones de París y Dresde, los militares no habían
aprendido menos de ellas. Las paredes de las casas fueron derribadas una por
una y los insurrectos cogidos de flanco y por la espalda, mientras las
salidas a la calle eran barridas por tiro de cañón. Otro rasgo característico
de esta batalla de Madrid consiste en que tras la unión de Concha y O’Donnell y
al ser rechazado al barrio sur de la ciudad, Pucheta trasplantó a las calles de
Madrid la táctica guerrillera de las montañas de España. La dispersa
insurrección plantó cara bajo cualquier arco de iglesia, en cualquier
callejuela o en el hueco de una escalera, defendiéndose allí hasta la muerte.
En Barcelona la lucha fue mucho menos
intensa porque faltaron completamente los jefes. Como todos los anteriores
alzamientos de Barcelona, esta insurrección sucumbió desde el punto de vista
militar por el hecho de que la ciudadela, el fuerte de Montjuich, quedó en
manos del ejército. La violencia de la batalla está caracterizada por la quema
de 150 soldados en sus barracones de Gracia, un suburbio que los insurrectos
defendieron enérgicamente tras haber sido desalojados de Barcelona.
Merece citarse el hecho de que
mientras en Madrid, como hemos visto en un artículo anterior, los proletarios
fueron traicionados y abandonados por la burguesía, los tejedores de Barcelona
declararon desde el principio que no querían saber nada de un movimiento
organizado por esparteristas, e insistieron en la proclamación de la república.
Al negárseles esto, se mantuvieron, con la excepción de algunos que no pudieron
resistir al olor de la pólvora, expectadores pasivos de la batalla, que resultó
así perdida, pues toda insurrección en Barcelona viene decidida por sus 20.000
tejedores.
Coronación de Manuel José Quintana
por la reina Isabel II de España, oleo de Luis López y Piquer. Quintana, poeta
y liberal, que ocupó diversos cargos durante la guerra de la Independencia, fue
en 1840 nombrado ayo instructor de la reina Isabel II. Senador vitalicio en
1845, el 25 de marzo de 1855 es laureado como poeta nacional en el Senado por
Isabel II durante un solemne acto que Luis López dejó inmortalizado en su
pintura.
La revolución española de 1856 se
distingue de todas las que la han precedido por la ausencia de carácter
dinástico alguno. Es sabido que el movimiento de 1804 a 1815 fue nacional
dinástico. Aunque las Cortes del año 1824 proclamaron una constitución
casi republicana, lo hicieron en nombre de Fernando VIL El movimiento de
1820-1823, tímidamente republicano, era demasiado prematuro y tenía en
contra las masas a que apelaba, pues éstas estaban todavía atadas a la Iglesia
y a la Corona. Tan profundamente arraigada estaba la monarquía de España que la
lucha entre la vieja sociedad y la moderna necesitó, para llegar a ser seria,
un testamento de Fernando VII y la encarnación de los principios antagónicos en
dos ramas dinásticas, las de carlistas y cristianos. Incluso para luchar
por un nuevo principio necesitaron los españoles estandartes consagrados por el
tiempo. Bajo esas banderas se libró la lucha desde 1831 hasta 1843. Entonces se
produjo el final de la revolución, y la nueva dinastía recorrió su período de
prueba desde 1843 hasta 1854. En la revolución de 1854 había ya pues
necesariamente implícito un ataque a la dinastía; pero la inocente Isabel
quedó protegida por la concentración del odio contra su madre, y el pueblo se
levantó no sólo por su propia emancipación, sino también por emancipar a Isabel
de su madre y de su camarilla.
En 1856 ha sonado su hora, y la
propia Isabel se enfrenta con el pueblo a causa del golpe de estado que ha
provocado la revolución. Fríamente cruel y cobardemente hipócrita, ha mostrado
ser digna hija de Fernando VII. La misma matanza perpetrada por Murat entre los
madrileños en el año 1808 desmerece hasta quedar reducida a la categoría de
mera algarada ante la carnicería de 14-16 de julio, presidida por la sonrisa de
la inocente Isabel. Estos días han tañido el toque de muerte para la monarquía
en España. Sólo los imbéciles legitimistas europeos pueden soñar con que al
caer Isabel vaya a subir al trono don Carlos. Ellos en efecto piensan que
cuando muere la última manifestación de un principio ello ocurre sólo para
abrir de nuevo paso a su manifestación primera.
Pintura de una barricada en la rue
Soufflot, en París, junio de 1848. Por Horace Vernet
En 1856 la revolución española ha
perdido no sólo su carácter dinástico, sino también su carácter militar. Por
qué el ejército ha desempeñado un papel tan importante en las revoluciones
españolas es cosa que puede indicarse en pocas palabras. La vieja institución
de las Capitanías Generales, que hace de los capitanes generales los pachás de
sus respectivas provincias; la guerra por la Independencia contra
Francia, que hizo del ejército no sólo el principal instrumento de la defensa
nacional, sino también la primera organización revolucionaria y el centro de la
acción de esa naturaleza en España; las conspiraciones de 1815-1818, todas
originadas en el ejército; la guerra dinástica de 1831-1841, dependiente de
ambos ejércitos; el aislamiento de la burguesía liberal, que le obligó a
emplear las bayonetas del ejército contra el clero y la sociedad rural; la
necesidad en que se encontraron Cristina y la camarilla de emplear esas mismas
bayonetas contra los liberales, igual que los liberales las habían usado antes
contra los campesinos; la tradición que se nutre de tantos precedentes, todas
esas son las causas que dieron a la revolución en España un carácter militar, y
un carácter pretoriano al ejército. Hasta 1854 la revolución se produjo siempre
en el ejército, y sus varias manifestaciones hasta ese momento no ofrecían más
signo externo de diferencia que el grado militar de que partían.
También en 1854 procedió del ejército
el primer impulso, pero el manifiesto de Manzanares de O’Donnell muestra lo
reducida que se había hecho la base del predominio militar en la revolución
española. ¿Bajo qué condiciones pudo finalmente O’Donnell detener su poco
ambiguo paseo desde Vicálvaro hacia la frontera portuguesa y volver a llevar el
ejército hacia Madrid? Sólo bajo la promesa de reducir éste inmediatamente,
sustituirlo por la Guardia Nacional y no permitir que los generales se
repartieran el fruto de la victoria. Si la revolución de 1854 se limitó a
expresar así su desconfianza, apenas dos años más tarde se ha visto abierta y
directamente atacada por ese ejército que ha pasado ya muy dignamente a
engrosar la lista formada por los croatas de Radetzky, los africanos de
Bonaparte y los pomeranios de Wrangel. Hasta qué punto aprecia el ejército
español las glorias de su nueva posición queda de manifiesto por la rebelión de
un regimiento madrileño el 29 de julio, que, no contento con los simples cigarros de
Isabel, reclamó los cinco francos y las salchichas de Bonaparte, y los
consiguió, por cierto.
Esta vez, pues, el ejército ha estado
completamente solo contra el pueblo, o, más exactamente, solo ha luchado contra
el pueblo y contra la Guardia Nacional. Con otras palabras: ha terminado la
misión revolucionaria del ejército español. El hombre en el que se centraban
los caracteres militar, dinástico y burgués de la revolución española
-Espartero- se ha hundido aún más profundamente de lo que la común ley del
destino habría podido hacer pensar a sus más íntimos conocedores. Si, como se
rumorea por todas partes y es muy probable, los esparteristas se reúnen bajo
O’Donnell, habrán confirmado su suicidio por un acto oficial y espontáneo. Pues
no se salvarán.
La nueva revolución europea hallará a
España madura para cooperar con ella. Los años 1854 y 1856 fueron fases de
transición por las que tuvo que pasar para llegar a esta madurez.
[New York Daily Tribune, 18 de agosto de 1856]
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https://puntocritico.com/2017/05/07/revolucion-en-espana-por-karl-marx-y-friedrich-engels-indice/






















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