viernes, 10 de julio de 2026

 

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REVOLUCIÓN EN ESPAÑA, por Karl Marx y Friedrich Engels (parte IX)

 

 Riego 

HIMNO DE RIEGO es la denominación que recibe el himno que cantaba la columna volante del teniente coronel Rafael del Riego tras la insurrección de este contra el rey de España Fernando VII el 1 de enero de 1820 en Las Cabezas de San Juan, cuyo texto es de Evaristo Fernández de San Miguel y música de autor desconocido, aunque alguna versión le atribuye autoría a José Melchor Gomis. Letra original de Evaristo San Miguel se compone de 9 estrofas seguidas del correspondiente estribillo.

 

Soldados, la patria
nos llama a la lid,
juremos por ella
vencer o prefiero morir.

Serenos, alegres,
valientes, osados,
cantemos, soldados,
el himno a la lid.
Y a nuestros acentos
el orbe se admire
y en nosotros mire
los hijos del Cid.

Soldados, la patria (etc.)

Blandamos el hierro
que el tímido esclavo
del fuerte, del bravo
la faz no osa a ver;
sus huestes cual humo
veréis disipadas,
y a nuestras espadas
fugaces correr.

Soldados, la patria (etc.)

El mundo vio nunca
más noble osadía
Ni vio nunca un día
más grande en valor,
que aquel que inflamados
nos vimos del fuego
que excitara en Riego
de Patria el amor?

Soldados, la patria […]

Su voz fue seguida,
su voz fue escuchada,
tuvimos en nada
soldados, morir;
Y osados quisimos
romper la cadena
que de afrenta llena
del bravo el vivir.

Soldados, la patria (etc.)

Rompímosla, amigos,
que el vil que la lleva
insano se atreva
su frente mostrar.
Nosotros ya libres
en hombres tornados
sabremos, soldados,
su audacia humillar.

Soldados, la patria (etc.)

Al arma ya tocan,
las armas tan solo
el crimen, el dolo
sabrán abatir.
Que tiemblen, que tiemblen,
que tiemble el malvado
al ver del soldado
la lanza esgrimir.

Soldados, la patria (etc.)

La trompa guerrera
sus ecos da al viento
horror al sediento,
ya ruge el cañón;
y a Marte sañudo
la audacia provoca,
y el genio invoca
de nuestra nación.

Soldados, la patria (etc.)

Se muestran, volemos,
volemos, soldados:
¿los veis aterrados
su frente bajar?
Volemos, que el libre
por siempre ha sabido
del siervo vendido
la audacia humillar.

Soldados, la patria (etc.)

En 1823, Fernando VII recurre a la Santa Alianza e irrumpen en España los “Cien mil hijos de San Luis” a las órdenes del francés duque de Angulema. El 6 de abril tiene lugar la segunda invasión francesa de nuestra historia y Fernando acaba con el régimen constitucional establecido pocos años antes. Riego se enfrenta a las tropas aliadas y es derrotado por los franceses en Mancha Real y Jódar (Jaén) y es capturado y conducido preso a Madrid, donde se le encarcela en el Antiguo Seminario de Nobles de Madrid. Durante los primeros días le mantienen incomunicado y sin alimentos, persiguiendo su debilitamiento. Después de un simulacro de proceso,  Riego es condenado a morir en la horca y al descuertizamiento posterior. El juicio no tuvo las garantías procesales: no le admitieron pruebas, testimonios ni documentos. Riego estaba condenado a muerte de antemano.

 

Se le hicieron concebir falsas esperanzas de salvarse, si escribía una carta en la prensa retractándose de sus ideas constitucionalistas. En este último acto de su vida, Riego no estuvo a la altura de su fama. La debilidad humana. Cuando se le notificó la sentencia, escribió una carta pidiendo perdón a Dios y al Rey por su comportamiento y reconociendo los crímenes que se le habían imputado:

“ Yo Rafael de Riego, preso y estando en la capilla de la Real Cárcel de Corte, publico el sentimiento que me asiste por la parte que he tenido en el sistema llamado constitucional en la revolución y en sus fatales consecuencias, por todo lo cual, así como he pedido y pido perdón a Dios de todos mis crímenes igualmente pido la clemencia de mi santa religión, de mi rey y de todos los pueblos e individuos de la nación a quienes haya ofendido en vida, honra y hacienda. Suplicando como suplico a la Iglesia al Trono y a todos los españoles, que no se acuerden tanto de mis excesos como de esta exposición sucinta y verdadera, la cual solicita, por último, los auxilios de la caridad española para mi alma”

A pesar de retractarse, de sucumbir, no se le concede el indulto y el tribunal ordena cumplir la sentencia de muerte. El 7 de noviembre de 1823, el general Riego era ahorcado a las 12 en la Plaza de la Cebada de Madrid por orden real de Fernando VII. El rey ya satisfecho por el ajusticiamiento de Riego, se dice que exclamó de júbilo: «¡Liberales: gritad ahora viva Riego!». La ejecución de Riego en la Plaza de la Cebada se convirtió en un símbolo del absolutismo e hizo de Riego un mártir y un mito en España y en toda Europa. 

Muerto Fernando VII, la reina regente tratando de consolidar en el trono a su hija Isabel II frente al ímpetu guerrero de los carlistas, se decidió por el lado de los liberales y para conseguir su simpatía, procedió a la rehabilitación de Riego y de su memoria. El 31 de octubre de 1835 promulgó un Real Decreto cuya parte dispositiva rezaba así:

«Por tanto, en nombre de mi augusta hija la reina Doña Isabel II decreto lo siguiente: Artículo 1.º El difunto general Don Rafael del Riego es repuesto en su buen nombre, fama y memoria. Artículo 2.º Su familia gozará de la pensión de viudedad que le corresponda según las leyes. Artículo 3.º Esta familia queda bajo la protección especial de mi amada hija Doña Isabel II, y durante su menor edad bajo la mía. «

La Segunda República adoptó el Himno de Riego como himno oficial de España, convirtiéndolo en un símbolo de la libertad contra la tiranía.


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La Junta de Cadiz vista por Rodríguez Barcaza (1810)

 

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REVOLUCIÓN EN ESPAÑA, por Karl Marx y Friedrich Engels (parte IX)

  

VII

Ciertas circunstancias favorables permitieron que se reunieran en Cádiz los hombres más progresivos de España. En el momento en que se celebraron las elecciones el movimiento revolucionario no había expirado aún y la gran antipatía reinante contra la Junta Central favoreció a sus antagonistas, pertenecientes en gran parte a la minoría revolucionaria de la nación. En la primera reunión de las Cortes casi sólo estuvieron representadas las provincias más democráticas: Cataluña y Galicia; los diputados de León, Valencia, Murcia y las islas Baleares no llegaron sino tres meses más tarde. Las provincias más reaccionarias -las del interior- no pudieron proceder a la elección de diputados a Cortes, excepto en unas pocas localidades. Por lo que hace a los diversos reinos, ciudades y villas de la vieja España en las que las tropas francesas habían impedido la elección de diputados, así como a las provincias ultramarinas de la Nueva España, cuyos diputados no habían podido llegar a tiempo, se eligieron representantes suplementarios entre las numerosas personas de esas provincias que la confusión de la guerra había llevado a Cádiz, y entre los numerosos sudamericanos -comerciantes, criollos y otros- cuya curiosidad o cuyos negocios habían reunido también en la ciudad. Así ocurrió que aquellas provincias fueron representadas por hombres -más amigos de innovaciones y más impregnados de las ideas del siglo XVIII de lo que hubiera sido el caso si aquellas provincias hubieran estado en situación de elegir ellas mismas sus representantes. Fue también de decisiva influencia, por último, el que las Cortes se reunieran en Cádiz, pues la ciudad era entonces notoriamente la más radical del reino, y más semejante a una villa americana que a una ciudad española. La población gaditana llenó las galerías de la sala de las Cortes y dominó a los reaccionarios cuando la oposición de éstos le resultó demasiado injuriosa, con un sistema de intimidación y presiones externas.

Sería empero un gran error suponer que los reformadores constituían la mayoría de las Cortes. Se dividían éstas en tres partidos: los serviles, los liberales  (estas denominaciones se difundieron por toda Europa partiendo de España) y los americanos, partido este último que votaba alternativamente con unos o con otros según sus intereses particulares. Muy superiores en número, los serviles se vieron arrastrados por la actividad, el celo y el entusiasmo de la minoría liberal.  Los diputados eclesiásticos, que formaban la mayoría del partido servil, estaban siempre dispuestos a sacrificar las prerrogativas reales, un poco por reminiscencias del antagonismo existente entre la Iglesia y el Estado, y en parte también con objeto de cosechar alguna popularidad para salvar así los privilegios y abusos de su casta. Durante los debates sobre el sufragio universal, el sistema unicameralista, la ausencia de cualificación del derecho electoral en función de la propiedad y sobre el derecho de veto suspensivo, el partido eclesiástico se unió siempre con la parte más democrática de los liberales contra los partidarios de la Constitución inglesa. Un miembro del partido eclesiástico, el canónigo Cañedo, luego arzobispo de Burgos e implacable persecutor de liberales, se dirigió a Muñoz Torrero, también canónigo, pero perteneciente al partido liberal, en los siguientes términos:

 «Deseáis que el rey conserve sus excesivos poderes, pero en tanto que sacerdote deberíais defender la causa de la Iglesia más que la del rey«.

 

Los liberales se vieron obligados a entrar en compromisos con el partido eclesiástico, como hemos visto ya en algunos artículos de la Constitución de 1812.  Al discutirse la libertad de prensa, los clérigos la denunciaron como «contraria a la religión». Tras tempestuosísimos debates y luego de haber declarado que todas las personas tienen la libertad de publicar sus ideas sin necesidad de autorización especial, las Cortes admitieron unánimemente una enmienda que, al insertar la palabra políticas, reducía esa libertad a la mitad de su extensión, y sometió todos los escritos sobre asuntos religiosos a la censura de las autoridades eclesiásticas, de acuerdo con los decretos del Concilio de Trento. El 18 de agosto de 1817, tras votar una disposición contra todos aquellos que conspiraran contra la Constitución, se votó otra que declaraba que todo el que conspirara para conseguir que la nación española dejara de profesar la religión católica sería perseguido como traidor y sufriría la muerte. Al abolir el Voto de Santiago se añadió una resolución compensatoria, declarando a santa Teresa de Jesús patrona de España. Los liberales tuvieron además buen cuidado en no proponer ni votar los decretos sobre abolición de la Inquisición, de los diezmos, monasterios, etc., hasta después de haber sido proclamada la Constitución. Pero desde ese momento la oposición de los serviles en las Cortes y del clero fuera de ellas se hizo inexorable.

Consideradas ya las circunstancias que explican el origen y los rasgos característicos de la Constitución de 1812, queda por resolver ahora el problema de su desaparición repentina y sin resistencia a la vuelta de Fernando VII. Pocas veces ha contemplado el mundo un espectáculo más humillante. Al entrar Fernando en Valencia el16 de abril de 1814,

 

«el alegre pueblo se unció a su carruaje y manifestó en todo momento de palabra y obra su deseo de volver a tomar el viejo yugo, gritando » ¡Viva el rey absoluto!» y » ¡Abajo la Constitución! «».

 

En todas las villas de importancia la Plaza Mayor   había recibido el nombre de Plaza de la Constitución,   grabándose ese nombre en una placa o mojón erigido en ellas. En Valencia se retiró esa placa y se sustituyó con una  “provisional» de madera que llevaba la inscripción Real Plaza de Fernando VII.  El populacho de Sevilla depuso a todas las autoridades existentes, eligió otras en su lugar para todos los cargos que habían existido en el antiguo régimen y pidió entonces a estas autoridades que restablecieran la Inquisición. Desde Aranjuez hasta Madrid el carruaje de Fernando fue arrastrado por el pueblo. Cuando el rey se apeó, el populacho lo levantó en sus brazos y lo mostró triunfalmente al inmenso concurso frente al palacio, y en brazos lo llevó hasta sus habitaciones. La palabra «Libertad» estaba escrita con grandes letras de bronce a la entrada del Palacio de las Cortes de Madrid; el populacho se precipitó hacia ellas para arrancarlas; se encaramaron con escalas y fueron arrancando de la piedra una letra tras otra; y cada vez que caía una a la calle los espectadores renovaban sus exclamaciones de entusiasmo. Reunieron luego cuantos diarios de sesiones de las Cortes, periódicos y manifiestos liberales encontraron, formaron una procesión con las comunidades religiosas, el clero regular y secular en cabeza, amontonaron aquellos papeles en una plaza y los quemaron en político auto de fe; tras de lo cual se celebró una misa solemne y se cantó un Te Deum en acción de gracias por el triunfo. Acaso más importante que esas impúdicas manifestaciones del populacho urbano  -en parte pagadas y en parte debidas al hecho de que esas turbas, como los lazzaroni  napolitanos, preferían el lujurioso despotismo de reyes y frailes al sobrio gobierno de las clases medias-  es el hecho de que las segundas elecciones generales terminaran con una decisiva victoria de los serviles; las Cortes Constituyentes fueron sustituidas el 20 de septiembre de 1813 por las ordinarias, las cuales trasladaron su sede de Cádiz a Madrid el 15 de enero de 1814.

Cadiz en el siglo XIX

 

Hemos visto en artículos anteriores cómo el propio partido revolucionado mantuvo y reforzó los viejos prejuicios populares, con la intención de convertirlos en otras tantas armas contra Napoleón. Hemos visto también cómo la Junta Central, en el único período en que los cambios sociales habrían podido enlazarse con los métodos de defensa nacional, hizo todo lo posible para impedirlos y para sofocar las aspiraciones revolucionarias de las provincias. Las Cortes de Cádiz, por el contrario, aisladas totalmente del resto de España durante la mayor parte de su existencia, no pudieron dar a conocer su Constitución y sus decretos orgánicos sino a medida que se fueron retirando los ejércitos franceses. Las Cortes llegaron, por así decirlo, post factum, y encontraron una sociedad fatigada, exhausta, toda sufrimiento, consecuencia necesaria de una guerra tan prolongada que se había arrastrado por todo el suelo español; guerra que tuvo en constante movimiento a los ejércitos, en la que rara vez el gobierno de hoy era en una localidad el de mañana, mientras la matanza no se interrumpía ni un solo día durante casi seis años por toda la superficie de España, de Cádiz a Pamplona y de Granada a Salamanca. No era de esperar que una sociedad en ese estado resultara muy sensible a las abstractas bellezas de una Constitución política de un tipo u otro. No obstante, al proclamarse la Constitución en Madrid y en las demás provincias evacuadas por los franceses fue recibida con «entusiasta alegría«, pues en general las masas esperaban la súbita desaparición de sus sufrimientos sociales por el mero cambio de gobierno. Cuando descubrieron que la Constitución no poseía tales poderes milagrosos, las exageradas esperanzas con que fue saludada se trocaron en decepción, y en esos apasionados pueblos meridionales no hay más que un paso de la decepción a la cólera. 

Algunas circunstancias concretas contribuyeron también a enajenar al régimen constitucional las simpatías populares. Las Cortes habían promulgado decretos severísimos contra los afrancesados o josefinos. Las Cortes fueron en parte impulsadas a promulgar esos decretos por el clamor vengativo del populacho y de los reaccionarios, clamor que se volvió contra las Cortes apenas los decretos que había arrancado a éstas fueron llevados a la práctica. Más de 10.000 familias sufrieron destierro por ellos. Una serie de pequeños tiranos se desencadenaron en las provincias evacuadas por los franceses, establecieron en ellas su proconsular autoridad y procedieron a investigaciones,  persecuciones y encarcelamientos con métodos inquisitoriales contra las personas comprometidas por su adhesión a los franceses, por haber aceptado cargos de ellos o haber comprado propiedades nacionales bajo su gobierno, etc. En vez de intentar llevar a cabo la transición del régimen francés al nacional por discretas vías de reconciliación, la Regencia hizo todo lo posible por agravar los males y exasperar las pasiones, unos y otros inseparables de tales cambios de poder.

Pero ¿cuál fue su intención al proceder así? Su intención fue la de armarse de argumentos para pedir a las Cortes una suspensión de la Constitución de 1812, cuyos efectos eran, a su decir, tan violentos. Vale la pena notar en passant que todas las regencias, esas supremas autoridades ejecutivas nombradas por las Cortes, se constituyeron sistemáticamente con los más decididos enemigos de las Cortes y de la Constitución. Este sorprendente hecho se explica con la acción de los americanos,  siempre aliados con los serviles a la hora de designar los miembros del poder ejecutivo, cuya debilidad juzgaban necesaria para obtener la independencia de América de la madre patria, seguros como estaban de que un ejecutivo en discrepancia con las Cortes soberanas sería incapaz de impedirla. La introducción por las Cortes de un único impuesto directo sobre la renta de la tierra, así como sobre el producto industrial y comercial, provocó también gran descontento público, y aún mayor lo causaron los absurdos decretos prohibiendo la circulación de toda moneda española acuñada por José Bonaparte y ordenando a sus poseedores cambiarla por moneda nacional, al mismo tiempo que se suprimía la circulación de moneda francesa y se establecía una tarifa para su cambio en la Casa de la Moneda. Como esa tarifa difería grandemente de la establecida por los franceses en 1808 para el valor relativo de las monedas francesa y española, muchos particulares se vieron afectados por grandes pérdidas. Esa absurda medida contribuyó también a hacer subir los precios de los artículos de primera necesidad, que ya estaban por encima de las cifras medias.

Grabado original de 1820. Representa la expulsión de los inquisidores de las sedes del Santo Oficio que son confiscadas por los liberales.

 

Las clases más interesadas en la derrota de la Constitución de 1812 y en la restauración del antiguo régimen -nobleza, clero, frailes y leguleyos- no dejaron de excitar hasta el paroxismo el descontento popular producido por las desgraciadas circunstancias que caracterizaron la introducción del régimen constitucional en España. A todo eso se debe la victoria de los serviles en las elecciones generales de 1813.

Sólo por parte del ejército podía temer el rey una resistencia seria, pero el general Elío y sus oficiales, quebrantando el juramento que habían prestado a la Constitución, proclamaron a Fernando VII en Valencia sin mencionar aquélla. Los demás jefes militares siguieron pronto a Elío.

En su decreto de 4 de marzo de 1814, Fernando VII disolvía las Cortes madrileñas y abrogaba la Constitución de 1812, proclamando al mismo tiempo su horror al despotismo y prometiendo convocar Cortes bajo las viejas formas legales, establecer una razonable libertad de prensa, etc. Cumplió su promesa del único modo que merecía la recepción con que le acogió el pueblo español: rescindiendo todos los actos emanados de las Cortes, restaurando cada cosa en su antiguo lugar,  restableciendo la Santa Inquisición, llamando a los jesuitas expulsados por sus antecesores, mandando a la cárcel, a presidios de África o al destierro a los miembros más prominentes de las juntas y de las Cortes, así como a sus partidarios, y ordenando por último ejecutar a los más ilustres jefes guerrilleros, como Porlier y Lacy.

 

[New York Daily Tribune, 1 de diciembre de 1854]

 

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Llegada a Cádiz del General Quiroga

 

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VIII

Rafael de Riego

 

Durante el año 1819 se concentró en los alrededores de Cádiz un ejército expedicionario destinado a reconquistar las colonias americanas sublevadas. José Enrique O’Donnell, conde de La Bisbal y tío del actual ministro español Leopoldo O’Donnell, fue investido con la jefatura del mismo. Las anteriores expediciones contra la América española habían engullido más de 14.000 hombres desde 1814 y habían sido dirigidas del modo más deficiente y temerario; así se habían hecho odiosas al ejército y eran generalmente consideradas como un malicioso procedimiento para deshacerse de los regimientos descontentos. Varios oficiales -entre ellos Quiroga, López Baños, San Miguel (el actual Lafayette español), O’Daly y Arco Agüero- decidieron aprovechar el descontento de los soldados para quebrantar el yugo absolutista y proclamar la Constitución de 1812. Al ser informado de la conspiración, La Bisbal prometió ponerse en cabeza del movimiento. De acuerdo con él, los jefes de la conspiración fijaron la fecha del 9 de julio de 1819 para la revista general de las tropas expedicionarias, decidiendo que a mitad de aquel acto se daría el gran golpe. La Bisbal se presentó a la hora de la revista, pero en vez de cumplir su palabra hizo desarmar los regimientos que habían conspirado, encarceló a Quiroga y a los demás jefes y envió un correo a Madrid jactándose de haber conjurado la más peligrosa catástrofe. Fue premiado con un ascenso y con condecoraciones, pero al obtener la corte información más precisa le quitó luego su mando y le ordenó volver a la capital. Este La Bisbal es el mismo que en 1814, al volver el rey a España, le envió un oficial de su estado mayor con dos cartas. Como la gran distancia le impedía seguir de cerca los movimientos del rey y regular su conducta según la del monarca, en una de las cartas La Bisbal hacía un pomposo elogio de la Constitución de 1812 para el caso de que el rey se propusiera jurarla, y en la otra, por el contrario, exponía el sistema constitucional como un esquema de anarquía y confusión, felicitando a Fernando VII por su deseo de aniquilarlo y ofreciéndose él mismo con su ejército para luchar contra los rebeldes, demagogos y enemigos del Trono y del Altar. El oficial entregó la segunda carta, que fue cordialmente acogida por el Borbón.

A pesar de los síntomas de rebeldía que se habían manifestado en el ejército expedicionario, el gobierno de Madrid, a cuya cabeza figuraba el duque de San Fernando, ministro de Asuntos Exteriores y presidente del gabinete, permaneció en un estado de inexplicable apatía e inactividad, y no hizo nada por acelerar la expedición o para dividir el ejército repartiéndolo por distintos puertos. Mientras tanto fue pactado un movimiento simultáneo entre don Rafael de Riego, comandante del segundo batallón de Asturias, estacionado entonces en Cabezas de San Juan, y Quiroga, San Miguel y otros jefes militares de la isla de León que se las habían ingeniado para escapar de presidio. La posición de Riego era con todo la más difícil. El municipio de Cabezas de San Juan estaba en el centro de tres cuarteles generales del ejército expedicionario: el de la caballería de Utrera, la segunda división de infantería en Lebrija y un batallón de zapadores en Arcos, donde se encontraban también el comandante en jefe y su estado mayor. No obstante, Riego consiguió sorprender y capturar al comandante en jefe y a su estado mayor el 1 de enero de 1820, a pesar de que los efectivos del batallón estacionado en Arcos sumaban el doble de los del de Asturias. El mismo día y en aquel mismo municipio proclamó la Constitución de 1812, eligió un alcalde provisional y, no contento con haber realizado la tarea que le había sido confiada, ganó a los zapadores para su causa, sorprendió el batallón de Aragón acantonado en Bornos, marchó de Bornos a Jerez y de Jerez al Puerto de Santa María, proclamando en todas parte la Constitución, hasta llegar a la Isla de León el 7 de enero, donde depositó los prisioneros militares que había hecho en el fuerte de San Pedro. Contrariamente a lo acordado, Quiroga y sus compañeros no se habían apoderado de un cottp de force del puente de Suazo y de la isla de León, sino que seguían sin moverse cuando el 2 de enero Oltra, el enviado de Riego, les dio oficialmente la noticia de la sorpresa de Arcos y de la captura del estado mayor.

Plaza de la Cebada, Madrid.

 

Es una de las más antiguas de la Villa (comienzos ss. XVI). Recibe su nombre porque en ella se separaba la cebada destinada a los caballos del rey de la de los regimientos de caballería. A partir del siglo XIX se empiezan a realizar en ella las ejecuciones capitales, entre las cuales aparecen el ahorcamiento del general Riego (1824) y del general Luis Candelas al Garrote Vil (1837), entre otros presos políticos y criminales, que fueron ahorcados por delitos comunes o por desavenencias con el poder.

Las fuerzas del ejército revolucionario, puestas bajo el mando supremo de Quiroga, no pasaban de 5.000 hombres, y al ser rechazados sus ataques a las defensas de Cádiz se encerraron en la isla de León. «Nuestra situación era poco común«, dice San Miguel; «la revolución estacionaria durante veinticinco días sin perder ni ganar una pulgada de terreno, es uno de los fenómenos políticos más singulares«: Las provincias parecían sumidas en un sueño letárgico. A fines del mes de enero Riego, temiendo que la llama de la revolución se extinguiera en la isla de León, formó contra los consejos de Quiroga y de los demás jefes una columna ligera de 1.500 hombres y recorrió una parte de Andalucía en presencia de fuerzas diez veces superiores a las suyas y perseguido por ellas; proclamó la Constitución en Algeciras, Ronda, Málaga, Córdoba, etc., siendo amistosamente recibido en todas partes, pero sin conseguir provocar en parte alguna un pronunciamiento serio. Sus perseguidores, mientras tanto, tras haber consumido un mes entero en estériles marchas y contramarchas, parecían no desear sino rehuir dentro de lo posible todo choque abierto con el pequeño ejército de Riego. La conducta de las tropas del gobierno era completamente inexplicable. La expedición de Riego, que había empezado el 27 de enero de 1820, terminó el 11 de marzo al verse obligado a dispersar los pocos hombres que todavía le seguían. Su pequeño cuerpo de ejército no había sido deshecho por ninguna batalla decisiva, sino que desapareció por el cansancio, las continuas escaramuzas con el enemigo, las enfermedades y las deserciones.

Mientras tanto, la situación de los insurrectos en la isla no era nada alentadora. Seguían cercados por mar y tierra y en la ciudad de Cádiz la guarnición reprimía toda manifestación en favor de su causa. ¿Cómo pudo pues ocurrir que teniendo Riego que disolver las tropas constitucionales en Sierra Morena el 11 de marzo, Fernando VII se viera obligado a jurar la Constitución en Madrid el 9 de marzo, de tal modo que Riego alcanzara realmente su objetivo dos días antes de desesperar definitivamente de su causa?

Rafael de Riego camino del patíbulo

 

La marcha de la columna de Riego había vuelto a despertar la sensibilidad del país. Las provincias seguían cada uno de sus movimientos con ansiosa expectación. La imaginación popular,  impresionada por la audaz acción de Riego, por la rapidez de sus marchas y por su vigoroso modo de tener al enemigo a raya, imaginó triunfos nunca conseguidos y adhesiones y refuerzos que Riego no tuvo nunca. Cuando las noticias de la empresa de Riego llegaron a las provincias más distantes estaban ya considerablemente magnificadas, y estas regiones alejadas del escenario de los acontecimientos fueron precisamente las primeras en declararse por la Constitución de 1812. Y es que España estaba tan madura para una revolución que bastaron unas noticias inexactas para provocarla.  Por lo demás, también fueron falsas las noticias que desencadenaron la tempestad de 1848.

Sucesivas insurrecciones estallaron en Galicia, Valencia, Zaragoza, Barcelona y Pamplona. José Enrique O’Donnell, conde de La Bisbal, fue llamado por el rey para hacer frente a la expedición de Riego; La Bisbal se declaró dispuesto no sólo a tomar las armas contra Riego, sino también a aniquilar el pequeño ejército de éste y a apoderarse de su persona. Se limitó a pedir el mando de las tropas de la Mancha y dinero para sus necesidades personales. El rey en persona le entregó una bolsa de oro y los despachos oportunos para las tropas de la Mancha. Pero apenas llegado a Ocaña, La Bisbal se puso a la cabeza de las tropas y proclamó la Constitución de 1812. La noticia de su defección animó a la opinión pública de Madrid, donde la revolución estalló inmediatamente. El gobierno empezó entonces a negociar con la revolución. En un decreto de 6 de marzo, el rey ofreció convocar las antiguas Cortes en estamentos,  propuesta que se mantenía neutral entre los partidarios de la vieja monarquía y los de la revolución. Por lo demás, el rey había hecho ya esa promesa a su vuelta de Francia, y la había dejado incumplida. Durante la noche del 7 tuvieron lugar en Madrid manifestaciones revolucionarias, por lo que la Gaceta del 8 publicó una comunicación en la que Fernando VII prometía jurar la Constitución de 1812. «Marchemos francamente«, decía en ella, «y Yo el primero, por la senda constitucional«. El pueblo se apoderó del palacio el día 9, y el rey consiguió salvarse a duras penas restableciendo el ayuntamiento madrileño de 1814 y jurando ante él la Constitución. El rey, verdaderamente, no se preocupaba mucho por jurar en falso, y en último término siempre tenía a mano un confesor dispuesto a garantizarle la plena remisión de todos sus pecados. Simultáneamente se estableció una junta consultiva cuyo primer decreto puso en libertad a los presos políticos y llamó a los desterrados por las mismas razones.

Las abiertas prisiones proporcionaron al real palacio el primer ministerio constitucional: Castro, Herrero y A. Argüelles, que formaron ese ministerio, eran víctimas de 1814 y diputados de 1812. La verdadera razón del entusiasmo con que en otro tiempo se había acogido la subida de Fernando al trono fue la alegría por la deposición de su padre Carlos IV; análogamente ahora la fuente de la general alegría por la proclamación de la Constitución de 1812 era la satisfacción por la derrota de Fernando VII. Por lo que hace a la Constitución misma, ya hemos visto que en el momento en que se elaboró no había territorio en que proclamarla y así siguió siendo siempre para la mayoría del pueblo español como el dios desconocido que adoraron los antiguos atenienses.

Ahorcamiento General de Riego en la Plaza de la Cebada

 

Algunos escritores ingleses han afirmado recientemente, aludiendo explícitamente a la actual revolución española, que el movimiento de 1820 fue de una parte una mera conspiración militar, y de otra una intriga rusa. Ambas afirmaciones son ridículas. Por lo que hace a la insurrección militar, hemos visto que la revolución triunfó a pesar del fracaso de aquélla; por otra parte, el problema que en esa hipótesis habría que resolver no es la conspiración de 5.000 soldados, sino la sanción de esa conspiración por un ejército de 35.000 hombres y por una nación de doce millones supuestamente adicta al gobierno. El que la revolución comenzara en el seno del ejército se explica fácilmente por el hecho de que, de todas las instituciones de la vieja monarquía, el ejército fue la única que resultó radicalmente transformada y revolucionada por la guerra de la Independencia. Por lo que hace a la intriga rusa, no se puede negar que Rusia puso las manos en los asuntos de la revolución española, que fue la primera de todas las potencias europeas en reconocer la Constitución de 1812 por el tratado concertado en Weleski Luid el 20 de julio de 1812, que empezó por apoyar la revolución de 1820, que fue empero también la primera potencia en avisar a Fernando VII, la primera también en encender la antorcha contrarrevolucionaria en diversos lugares de la Península y la primera potencia en protestar solemnemente ante Europa contra la revolución española; por último, Rusia obligó a Francia a intervenir con las armas contra los revolucionarios españoles. El señor de Tatischev,  embajador de Rusia, era seguramente la personalidad más importante de la corte madrileña y la verdadera cabeza de la camarilla. Consiguió introducir en la corte a Antonio Ugarte, un miserable de baja extracción, y convertirle en cabeza de frailes y lacayos que desde sus secretos conciliábulos en pasillos y escaleras empuñaban el cetro en nombre de Fernando VII. Por obra de Tatischev fue nombrado Ugarte director general de las expediciones a Sudamérica, y por obra de Ugarte el duque de San Fernando lo fue como ministro de Asuntos Exteriores y presidente del gabinete. Ugarte compró a Rusia carcomidas naves que se destinaron al transporte de las expediciones sudamericanas, premiándosele la gestión con la concesión de la orden de Santa Ana. Ugarte impidió a Fernando VII y a su hermano don Carlos presentarse ante el ejército en el momento de la crisis, y fue el causante misterioso de aquella insólita apatía del duque de San Fernando y de las medidas que hicieron decir a un jefe liberal español en París en 1836:

 

«Difícilmente puede uno sustraerse al convencimiento de que el propio gobierno suministró los medios necesarios para derrocar el orden existente«.

 

 Si añadimos a todo ello el curioso hecho de que el presidente de los Estados Unidos alabara a Rusia en su mensaje por haber prometido ésta oponerse a que España interviniera en las colonias sudamericanas, apenas puede caber ya duda sobre el papel desempeñado por Rusia en la revolución española. Pero ¿qué es lo que realmente prueba todo eso? ¿Que Rusia provocó la revolución de 1820?  En modo alguno, sino sólo que impidió al gobierno español que resistiera eficazmente contra ella. Que la revolución habría acabado por subvertir antes o después la monarquía absoluta y teocrática de Fernando VII es cosa probada:  1º, por la serie de conspiraciones que se habían sucedido desde 1814; 2º, por el testimonio del señor de Martignac, comisario francés que acompañó al duque de Angulema cuando la invasión legitimista de España; 3º, por un testimonio nada despreciable, a saber, el del propio Fernando VII.

Enrique José O’Donnell Anethan, conde de La Bisbal. 1776-1834

 

En 1814 Mina intentó una sublevación en Navarra; dio la primera señal para la resistencia con una llamada a las armas y tomó la fortaleza de Pamplona; pero, desconfiando de sus propios seguidores, huyó a Francia. En 1815 el general Porlier, uno de los más famosos guerrilleros de la guerra por la Independencia, proclamó la Constitución en La Coruña. Fue decapitado. En 1816 Richard intentó capturar al rey en Madrid. Fue ahorcado. En 1817 el jurista Navarro y cuatro de sus conjurados murieron en el cadalso en Valencia por haber proclamado la Constitución de 1812. El mismo año fue fusilado en Mallorca el intrépido general Lacy por el mismo crimen. En 1818 el coronel Vidal, el capitán Solá y otros más que habían proclamado la Constitución en Valencia fueron derrotados y pasados por las armas. La conspiración de la isla de León fue, pues, el último eslabón de la cadena formada por las ensangrentadas cabezas de tantos valientes desde 1808 hasta 1814.

El señor de Martignac, que poco antes de su muerte, en 1832, publicó su libro L’Espagne et ses Révolutions, hace las siguientes afirmaciones:

 

Ya habían pasado dos años desde que Fernando VII volviera a tomar en sus manos el poder absoluto y todavía continuaban dictándose proscripciones por una camarilla formada por las heces de la humanidad. Toda la maquinaria del estado estaba boca abajo: por todas partes reinaba el desorden, la pereza y la confusión; las cargas fiscales se repartían con injusta desigualdad; la situación financiera era horrorosa; al orden del día estaban empréstitos sin el menor crédito, la imposibilidad de cubrir las más urgentes necesidades del estado, un ejército sin pagar, una administración corrompida e inútil, incapaz de mejorar nada y ni siquiera conservarlo.  Esas eran las causas del universal descontento del pueblo. El nuevo sistema constitucional fue recibido con entusiasmo por las grandes ciudades, por las clases industriales y comerciales, por las gentes ele profesiones liberales, por el ejército y el proletariado. Encontró la oposición del clero y dejó estupefacta a la población campesina.

 

Tales son las confesiones de aquel hombre moribundo que había sido capital instrumento en la derrocación del sistema constitucional. En sus disposiciones de 1 de junio de 1817, 1 de marzo de 1817, 11 de abril de 1817, 24 de noviembre de 1819, etc., Fernando VII confirma literalmente las afirmaciones del señor de Martignac y resume sus quejas en estas palabras:

 

«Las miserias que resuenan en los oídos de Nuestra Majestad de parte del pueblo quejoso sobrepasan las unas a las otras«.

 

Esto prueba que no se necesitaba ningún Tatischev para provocar una revolución en España.

 

[New York Daily Tribune, 2 de diciembre de 1854]

 

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REVOLUCIÓN EN ESPAÑA, por Karl Marx y Friedrich Engels (parte X)

 

La Constitución española de 1856 fue conocida también como la «non nata» porque nunca llegó a ser promulgada a causa del «golpe contrarrevolucionario» del general Leopoldo O’Donnell que puso fin al Bienio progresista del reinado de Isabel II de España y decretó la clausura las Cortes Constituyentes elegidas en 1854.

Tras unas protestas por la desamortización de Madoz el ministro Escosura dimitió, a lo que se unió Espartero, la reina aprovechó para nombrar jefe de gobierno al líder de la Unión Liberal O’Donnell. Las cortes se opusieron a la maniobra política y la Milicia Nacional se levantó apoyada por los progresistas. El nuevo jefe del gobierno utilizó contra ellos al ejército y los derrotó el 15-7-1856, con lo que acabó el Bienio. Al producirse la caída de Espartero en 1856, las Cortes constituyentes progresistas ya habían aprobado el texto de la Constitución, que esperaba la sanción real para entrar en vigor. Nunca se llegó a firmar.

El texto representa las ideas y organización del estado del programa de Partido Progresista. Sigue las líneas de la Constitución de 1837, ampliando la declaración de derechos, limitando el poder real y democratizando las cortes. La elaboración de la Constitución fue simultánea a la de muchas leyes de reforma económica más duraderas. Esas Cortes discutieron por primera vez criterios democráticos como la libertad religiosa, el sufragio universal, los derechos sociales, el derecho de manifestación y la posibilidad de sustitución de la monarquía por una república y contemplaba la institución del Jurado popular. 

 

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PARTE TERCERA

KARL MARX

 

Revolución en España ( The Revolution in Spain)

Correspondencias para la «New York Daily Tribune» (1856)

 

I

Las noticias traídas ayer por el Asia, aunque posteriores en tres días a nuestras anteriores informaciones, no aportan nada que indique una rápida conclusión de la guerra civil en España. El Coup d´état de O’Donnell, aunque victorioso en Madrid, no puede considerarse todavía como definitivamente logrado. El Mouniter francés, que rebajó al principio la insurrección de Barcelona al nivel de un mero tumulto, se ve obligado ahora a confesar que el conflicto fue verdaderamente grave en esa ciudad, aunque el éxito de las tropas de la reina puede ser considerado seguro.

Joaquín Baldomero Fernández-Espartero Álvarez de Toro, conocido generalmente como Baldomero Espartero. Convencido de que su destino era gobernar a los españoles, fue por dos veces presidente del Consejo de Ministros y llegó a la jefatura del Estado como regente durante la minoría de edad de Isabel II. Ha sido el único militar español con tratamiento de Alteza Real

De acuerdo con la versión de ese periódico oficial, la lucha duró en Barcelona desde las 5 de la tarde del 18 de julio hasta la misma hora del 21 -tres días, pues, exactamente- momento en que los «insurrectos» habían sido desalojados de sus posiciones y habían huido al campo, perseguidos por la caballería. Parece empero que los insurrectos conservan todavía varias ciudades de Cataluña, incluyendo Gerona, La Junquera y algunas otras plazas menores. Parece también que Murcia,  Valencia y Sevilla han hecho sus pronunciamientos contra el golpe de estado; que un batallón de la guarnición de Pamplona, enviado a Soria por el gobernador de aquella ciudad, se ha pronunciado contra el gobierno durante su marcha y se dirige a Zaragoza para unirse a los insurrectos; y  finalmente que en Zaragoza, reconocida como centro de la resistencia desde el primer momento, el general Falcón ha pasado revista a 16.000 soldados de unidades de línea, reforzados por 15.000  milicianos y campesinos de los alrededores.

En todo caso, el gobierno francés no considera reprimida la «insurrección» española, y Bonaparte, lejos de contentarse con enviar cierto número de batallones a vigilar la frontera, ha ordenado a una brigada avanzar hasta el Bidasoa, completándola con una división de refuerzo procedente de Montpellier y Toulouse. Parece también que una segunda división ha sido segregada del ejército de Lyon de acuerdo con órdenes recibidas directamente de Plombiéres el 23 pasado, y está en camino de los Pirineos, donde en este momento se ha formado ya un corps d’observation de 25.000 hombres. Si la resistencia al gobierno de O’Donnell fuera capaz de afirmarse y se mostrara lo suficientemente formidable como para invitar a Napoleón a invadir la Península, el golpe de estado de Madrid podría ser el principio del fin del golpe de estado de París.

Levantamientos del pueblo madrileño contra los moderados en 1854

 

Si consideramos la conspiración en general y las dramatis personae en particular, esta intriga española de 1856 se presenta como mera repetición de la de 1843, aunque naturalmente con algunas ligeras variaciones. Entonces como ahora, Isabel en Madrid y Cristina en París; Luis Felipe, en vez de Luis Bonaparte, dirigiendo el movimiento desde las Tullerías; Espartero de una parte y sus ayacuchos; de la otra O’Donnell, Serrano, Concha, con Narváez entonces en el proscenio y ahora en último término. En 1843 Luis Felipe envió dos millones de oro por tierra y Narváez y sus amigos por mar, pactando él mismo con la señora Muñoz las «bodas españolas». La complicidad  -de Bonaparte en el golpe de estado español-  concluyendo quizás la boda de su primo el príncipe Napoleón con alguna señorita Muñoz o continuando en todo caso la imitación de su tío- queda indicada no sólo por las vociferaciones del Moniteur durante los dos últimos meses denunciando conspiraciones comunistas en Castilla y Navarra, sino también por el comportamiento del embajador francés en Madrid, M. de Turgot  -que era ministro de Asuntos Exteriores de Bonaparte durante su propio coup d’ état- antes y después del de Madrid; por el duque de Alba, cuñado de Napoleón, convertido en presidente del nuevo Ayuntamiento de Madrid inmediatamente después de la victoria de O’Donnell; por Ros de Olano, viejo miembro del partido francés y primera persona a que ha sido ofrecida una cartera en el ministerio de O’Donnell; y por Narváez, mandado a Bayona por Bonaparte apenas recibidas en París las primeras noticias del asunto. Tal complicidad venía ya de antemano sugerida por la remesa de gran cantidad de municiones de Burdeos a Bayona unos quince días antes de la actual crisis en Madrid. Pero ante todo resulta indicada por el plan de operaciones seguido por O’Donnell en su razzia contra el pueblo de la capital. Desde el primer momento anunció que no retrocedería ante la necesidad de aplastar Madrid, y durante la lucha actuó realmente de acuerdo con esas palabras. Ahora bien, aunque se trate de un audaz aventurero, O’Donnell no ha arriesgado nunca un paso grave sin asegurarse una retirada tranquila. Al igual que su célebre tío, héroe de la traición, jamás quema los puentes al pasar el Rubicón. El órgano de la combatividad está singularmente dominado en los O’Donnell por el órgano de la prudencia y el secreto. Está claro que un general que cumpliera la amenaza de reducir la capital a cenizas y fracasara luego en su sublevación perdería la cabeza.

¿Cómo pues se ha arriesgado O’Donnell hasta tan peligrosos límites? El ]ournal des Débats, como órgano especial de la reina Cristina, nos descubre el secreto: «O’Donnell esperaba una gran batalla y a lo sumo una victoria duramente disputada. Cabía en sus previsiones la posibilidad de una derrota. Si tal desgracia hubiera ocurrido, el general habría abandonado Madrid con el resto de su ejército, escoltando a la reina, y se habría dirigido a las provincias del norte, con objeto de aproximarse a la frontera francesa«. ¿No tiene todo esto un aspecto que sugiere que O’Donnell ha trazado su plan con Bonaparte? Exactamente el mismo plan había sido pactado entre Luis Felipe y Narváez en 1843, plan copiado a su vez de la convención secreta entre Luis XVIII y Fernando VII de 1823.

 

Una vez admitido ese plausible paralelo entre las conspiraciones españolas de 1843 y 1856, hay suficientes rasgos distintos en los dos movimientos para poner de manifiesto la magnitud de los pasos dados por el pueblo español en tan breve período. Esos rasgos son: el carácter político de la última lucha en Madrid, las posiciones respectivas de Espartero y O’Donnell en 1856 comparadas con las de Espartero y Narváez en 1843. En 1843 todos los partidos estaban cansados de Espartero. Para desembarazarse de él se constituyó una poderosa coalición de moderados y progresistas. Juntas revolucionarias surgidas como hongos en todas las ciudades prepararon el camino a Narváez y a sus partidarios. En 1856 no tenemos ya simplemente la corte y el ejército de un lado contra el pueblo de otro, sino que además tenemos en las filas del pueblo las mismas divisiones que en el resto de la Europa occidental. El 13 de junio el ministerio de Espartero presentó su forzosa dimisión; en la noche del 13 al 14 se constituyó el ministerio O’Donnell; en la mañana del 14 empezó a circular el rumor de que O’Donnell, encargado de la formación del gabinete, había invitado a Ríos Rosas, el malfamado ministro de los sangrientos días de julio de 1854, a que se le uniera. A las 11 de la mañana la Gaceta confirmaba el rumor. Las Cortes se reunieron entonces, con la presencia de 93 diputados.  De acuerdo con la ley orgánica de ese cuerpo, 20 miembros bastan para convocarlo y 50 para constituir un quorum. Las Cortes además no habían sido aplazadas formalmente. El general Infante, presidente de las Cortes, no tuvo más remedio que cumplir el general deseo de celebrar una sesión ordinaria. Se presentó una moción que declaraba que el nuevo gabinete no disfrutaba de la confianza de las Cortes y que Su Majestad debía ser informada de este hecho. Al mismo tiempo, las Cortes invitaron a la Guardia Nacional a mantenerse presta para actuar. La comisión portadora de la resolución que negaba la confianza al gobierno se dirigió a visitar a la reina, escoltada por un destacamento de la milicia nacional. Pero, aunque insistieron en entrar en Palacio fueron rechazados por tropas de línea que hicieron fuego sobre la comisión y su escolta. Este incidente fue la señal para la insurrección. La orden de levantar barricadas fue dada a las 7 de la tarde por las Cortes, disueltas inmediatamente después por las tropas de O’Donnell. La lucha comenzó aquella misma noche, y sólo un batallón de la milicia nacional se unió a las tropas reales. Vale la pena indicar que ya en la mañana del 13 el señor Escosura, ministro esparterista del Interior, había telegrafiado a Barcelona y Zaragoza informando de la existencia del golpe de estado y ordenando que se preparara la resistencia. A la cabeza de los insurrectos de Madrid se colocaron el señor Madoz y el general Valdés, hermano de Escosura. En resolución, no puede caber la duda de que la resistencia al golpe de estado procede de los esparteristas y de los ciudadanos y liberales en general. Mientras éstos tomaban posiciones a lo largo de una línea que divide Madrid de este a oeste, los obreros, dirigidos por Pucheta, ocuparon las zonas sur y norte de la ciudad.

Sesión Regia de Apertura de las Cortes Constituyentes el 8 de noviembre de 1854

En la mañana del 15 O’Donnell tomó la iniciativa. Incluso según el parcial testimonio del Joumal des Débats no consiguió éxitos señalables durante la primera parte del día. De repente, hacia la una y sin causa perceptible, se rompieron las filas de la milicia nacional; a las dos eran todavía más débiles, y a las seis habían desaparecido completamente del escenario de la acción, dejando a los obreros todo el peso de la batalla; éstos lucharon desde las 4 hasta la noche del 16. Hubo pues dos batallas distintas en esos tres días de carnicería: la una fue librada por la milicia liberal de las clases medias, apoyada por los obreros, contra el ejército; y la otra fue librada por el ejército contra los obreros abandonados por la milicia.

Como ha dicho Heine: «Es una vieja historia, y siempre ocurre igual«. Espartero abandona a las Cortes; las Cortes abandonan a los jefes de la Guardia Nacional; los jefes abandonan a sus hombres, y los hombres abandonan al pueblo. El día 15, empero, se reunieron las Cortes con ocasión de una fugaz aparición de Espartero. El señor Asensio y otros diputados le recordaron sus reiteradas promesas de desnudar la gloriosa espada de Luchana el primer día que estuviera en peligro la libertad del país. Espartero puso al cielo por testigo de su indestructible patriotismo, salió, y todo el mundo esperó verle pronto en cabeza de la insurrección. Pero en vez de eso se dirigió a casa del general Gurrea, se encerró en un sótano a prueba de bombas, a la Palafox, y no se oyó más de él. Los comandantes de la milicia, que la tarde anterior habían recurrido a todos los medios para hacer tomar las armas a sus hombres, se mostraron ahora sumamente deseosos de retirarse a sus domicilios. A las dos y media de la tarde el general Valdés, que había usurpado durante algunas horas el mando de la milicia, convocó en la Plaza Mayor a los soldados bajo su mando directo y les dijo que el hombre que naturalmente tenía que estar a su cabeza no iba a aparecer, y que consecuentemente todo el mundo estaba autorizado a retirarse. A renglón seguido los guardias nacionales se precipitaron a sus casas se desprendieron precipitadamente de sus uniformes y escondieron sus armas. Tal es en sustancia la información suministrada por una autoridad bien informada. Otro informante da una nueva razón para explicar ese repentino acto de sumisión a la conspiración, a saber, que se pensó que el triunfo de la Guardia Nacional no haría más que provocar la ruina del trono y el predominio absoluto de la democracia republicana. La Presse de París da también a entender que el general Espartero, viendo el giro que tomaban las cosas en el congreso por obra de los demócratas, no quiso sacrificar el trono ni lanzarse al azar de la anarquía a la guerra civil e hizo todo lo que pudo para conseguir la sumisión a O’Donnell.

Llegada de la Comitiva Real al Palacio del Congreso de los Diputados durante las Cortes Constituyentes de 1854

 

Es cierto que los detalles de tiempo y circunstancias y la derrota de la resistencia al golpe de estado difieren en los diversos informadores; pero todos están de acuerdo en el punto principal de que Espartero abandonó a las Cortes, las Cortes a los jefes, los jefes a la clase media y ésta al pueblo. Esto suministra una nueva ilustración del carácter de la mayoría de las luchas europeas de 1848-1849 y de las que tendrán lugar en adelante en la porción occidental del continente. Existen por una parte la industria moderna y el comercio, cuyas cabezas naturales, las clases medias, son contrarias al despotismo militar; por otra parte, cuando empiezan su batalla contra ese despotismo,  arrastran consigo a los obreros, productos de la moderna organización del trabajo, los cuales reclaman la parte que les corresponde del resultado de la victoria. Aterradas por las consecuencias de una tal alianza involuntariamente puesta sobre sus hombros, las clases medias retroceden hasta ponerse bajo las protectoras baterías del odiado despotismo. Este es el secreto de los ejércitos permanentes en Europa, incomprensibles de otro modo para el futuro historiador. Las clases medias de Europa han tenido así que comprender que deben rendirse ante un poder político que detestan y renunciar a las ventajas de la industria y del comercio modernos y de las relaciones sociales en ellos basadas, o renunciar a los privilegios que la organización moderna de las fuerzas productivas de la sociedad ha derramado, en su primera fase, sólo sobre su clase. El que esta lección haya ido a darse también en España es algo tan impresionante como inesperado.

 

[New York Daily Tribune, 8 de agosto de 1856]

 

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REVOLUCIÓN EN ESPAÑA, por Karl Marx y Friedrich Engels (parte XI)

 

El 7 de julio de 1854 el General en Jefe del Ejército Constitucional Leopoldo O’Donnell, conde de Lucena, se pronuncia contra el Gobierno en las cercanías de Madrid (Vicalvarada). La politización del levantamiento se logra a través de un Manifiesto, redactado desde Manzanares (Ciudad Real) por el entonces joven Antonio Cánovas del Castillo, futuro artífice de la restauración borbónica. El Manifiesto es una llamada a los españoles, en el cual se pide la continuidad del Trono, pero sin camarillas que lo deshonren, al mismo tiempo que se habla de cuestiones progresistas como mejorar la ley electoral y la de imprenta, y rebajar los impuestos. El Manifiesto de Manzanares,  firmado por Leopoldo O’Donnell, exigía unas reformas políticas y unas Cortes Constituyentes para hacer posible una auténtica «regeneración liberal». Este manifiesto dio paso al llamado Bienio progresista, tiempo durante el cual los liberales estuvieron a la cabeza del gobierno español.

 

«Españoles: La entusiasta acogida que va encontrando en los pueblos el Ejército liberal; el esfuerzo de los soldados que la componen, tan heroicamente mostrado en los campos de Vicálvaro; el aplauso con que en todas partes ha sido recibida la noticia de nuestro patriótico alzamiento, aseguran desde ahora el triunfo de la libertad y de las leyes que hemos jurado defender.

Dentro de pocos días, la mayor parte de las provincias habrá sacudido el yugo de los tiranos; el Ejército entero habrá venido a ponerse bajo nuestras banderas, que son las leales; la nación disfrutará los beneficios del régimen representativo, por el cual ha derramado hasta ahora tanta sangre inútil y ha soportado tan costosos sacrificios. Día es, pues, de decir lo que estamos resueltos a hacer en el de la victoria.

Nosotros queremos la conservación del trono, pero sin camarilla que lo deshonre; queremos la práctica rigurosa de las leyes fundamentales, mejorándolas, sobre todo la electoral y la de imprenta; queremos la rebaja de los impuestos, fundada en una estricta economía; queremos que se respeten en los empleos militares y civiles la antigüedad y los merecimientos; queremos arrancar los pueblos a la centralización que los devora, dándoles la independencia local necesaria para que conserven y aumenten sus intereses propios, y como garantía de todo esto queremos y plantearemos, bajo sólidas bases, la Milicia Nacional. Tales son nuestros intentos, que expresamos francamente, sin imponerlos por eso a la nación.

Las Juntas de gobierno que deben irse constituyendo en las provincias libres; las Cortes generales que luego se reúnan; la misma nación, en fin, fijará las bases definitivas de la regeneración liberal a que aspiramos. Nosotros tenemos consagradas a la voluntad nacional nuestras espadas, y no las envainaremos hasta que ella esté cumplida». 

 

[Cuartel general de Manzanares, a 6 de julio de 1854. El general en jefe del Ejército constitucional, Leopoldo O’Donnell, conde de Lucena]

 

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REVOLUCIÓN EN ESPAÑA, por Karl Marx y Friedrich Engels (parte XI)

 

II

Zaragoza se rindió el 1 de agosto a la 1.30 de la tarde, y con ello se desvaneció el último centro de la resistencia a la contrarrevolución española. Desde un punto de vista militar había pocas esperanzas de éxito tras las derrotas de Madrid y Barcelona, ¡la debilidad de la subversión insurrecciona! en Andalucía y el avance convergente de fuerzas superiores desde las provincias vascas, Navarra, Cataluña, Valencia y Castilla. Y cualquier posibilidad que pudiera quedar resultó paralizada por el hecho de que el jefe de las fuerzas de resistencia era un antiguo ayudante de campo de Espartero, el general Falcón, el grito de batalla era «Espartero y Libertad» y la población de Zaragoza se enteró del fiasco inmensamente ridículo de Espartero en Madrid. Por si fuera poco, hubo unas órdenes directas de los altos jefes esparteristas a sus colegas de Zaragoza para que depusieran toda resistencia; así se desprende del siguiente extracto del Journal de Madrid del 29 de julio:

 

Uno de los ex ministros esparteristas tomó parte en las negociaciones entabladas entre el general Dulce y las autoridades de Zaragoza, y el diputado esparterista Juan Alonso Martínez aceptó la misión de informar a los jefes insurrectos de que la reina, sus ministros y sus generales estaban animados del espíritu más conciliador.

 

El movimiento revolucionario había brotado muy ampliamente casi en toda España. Madrid y la Mancha en Castilla; Granada, Sevilla, Málaga, Cádiz, Jaén, etc. En Andalucía; Murcia y Cartagena en Murcia; Valencia, Alicante, Alcira, etc., en Valencia; Barcelona, Reus, Figueras, Gerona en Cataluña; Zaragoza, Teruel, Huesca, Jaca, etcétera, en Aragón; Oviedo en Asturias y La Coruña en Galicia.

Barricada en la madrileña calle de Montera el 19 de julio de 1854.

 

No hubo movimiento en Extremadura, León ni Castilla la Vieja, donde el partido revolucionario había sido sometido dos meses antes bajo la acción conjunta de Espartero y O’Donnell; también permanecieron quietas las provincias vascas y Navarra. Las simpatías de aquellas provincias estaban empero con la causa revolucionaria, aunque no pudieron manifestarse a causa del ejército francés de observación. Esto es tanto más notable si se tiene en cuenta que hace veinte años esas mismas provincias constituyeron la fortaleza del carlismo, apoyado también en los campesinos de Aragón y Cataluña; ahora, empero, han tomado apasionadamente partido por la revolución; y seguramente habrían mostrado ser un formidable elemento de resistencia si la inepcia de los jefes de Barcelona y Zaragoza no hubiera impedido el aprovechamiento de esas energías. Precisamente The London Morning Herald, ese ortodoxo campeón del protestantismo que hace veinte años rompía lanzas por el Quijote del auto de fe, don Carlos, ha tropezado con el hecho indicado, y ha sido lo suficientemente honesto como para reconocerlo. Este es uno de los varios síntomas de progreso evidenciados por la última revolución española, progreso cuya lentitud sólo puede asombrar a las personas no familiarizadas con los peculiares usos y costumbres de un país en el que «mañana»  es la consigna de cada día, y donde todo el mundo puede decirnos: «nuestros padres necesitaron ochocientos años para expulsar a los moros«.

Isabel II y Francisco de Asís

 

Pese a la general floración de pronunciamientos, la revolución española se ha limitado a Madrid y Barcelona. En el sur quedó rota por el cólera, y en el norte por la inacción de Espartero. Desde el punto de vista militar la insurrección de Madrid y Barcelona ofrece pocos rasgos interesantes o nuevos. En uno de los bandos -el ejército- todo estaba preparado anticipadamente; en el otro todo improvisado; la ofensiva no cambió de campo ni por un momento. En el primer bando, un ejército bien equipado moviéndose fácilmente en manos de sus generales; en el otro, unos jefes que van a pesar suyo hacia delante empujados por el ímpetu de un pueblo imperfectamente armado. En Madrid los revolucionarios cometieron el error de bloquearse ellos mismos en la parte interior de la ciudad, en la línea que une los extremos este y oeste de la misma; extremos mandados por O’Donnell y Concha, los cuales podían comunicar entre sí y con la caballería de Dulce por los bulevares exteriores. Así quedó la gente expuesta a ser dividida y al ataque concéntrico planeado por O’Donnell y sus cómplices. Apenas establecieron contacto O’Donnell y Concha, las fuerzas revolucionarias fueron rechazadas hacia el norte y el sur de la ciudad y privadas de toda conexión ulterior. Un rasgo especial de la insurrección de Madrid consiste en que las barricadas fueran usadas parsimoniosamente y sólo en cruces importantes, mientras que las casas quedaron convertidas en centros de resistencia; por otra parte -cosa desconocida en la lucha callejera- las columnas del ejército que asaltaban las posiciones fueron recibidas a su vez con ataques a la bayoneta. Pero si los insurrectos aprovechaban la experiencia de las insurrecciones de París y Dresde, los militares no habían aprendido menos de ellas. Las paredes de las casas fueron derribadas una por una y los insurrectos cogidos de flanco y por la espalda,  mientras las salidas a la calle eran barridas por tiro de cañón. Otro rasgo característico de esta batalla de Madrid consiste en que tras la unión de Concha y O’Donnell y al ser rechazado al barrio sur de la ciudad, Pucheta trasplantó a las calles de Madrid la táctica guerrillera de las montañas de España. La dispersa insurrección plantó cara bajo cualquier arco de iglesia, en cualquier callejuela o en el hueco de una escalera, defendiéndose allí hasta la muerte.

En Barcelona la lucha fue mucho menos intensa porque faltaron completamente los jefes. Como todos los anteriores alzamientos de Barcelona, esta insurrección sucumbió desde el punto de vista militar por el hecho de que la ciudadela, el fuerte de Montjuich, quedó en manos del ejército. La violencia de la batalla está caracterizada por la quema de 150 soldados en sus barracones de Gracia, un suburbio que los insurrectos defendieron enérgicamente tras haber sido desalojados de Barcelona.

Merece citarse el hecho de que mientras en Madrid, como hemos visto en un artículo anterior, los proletarios fueron traicionados y abandonados por la burguesía, los tejedores de Barcelona  declararon desde el principio que no querían saber nada de un movimiento organizado por esparteristas, e insistieron en la proclamación de la república. Al negárseles esto, se mantuvieron, con la excepción de algunos que no pudieron resistir al olor de la pólvora, expectadores pasivos de la batalla, que resultó así perdida, pues toda insurrección en Barcelona viene decidida por sus 20.000 tejedores.

 

Coronación de Manuel José Quintana por la reina Isabel II de España, oleo de Luis López y Piquer. Quintana, poeta y liberal, que ocupó diversos cargos durante la guerra de la Independencia, fue en 1840 nombrado ayo instructor de la reina Isabel II. Senador vitalicio en 1845, el 25 de marzo de 1855 es laureado como poeta nacional en el Senado por Isabel II durante un solemne acto que Luis López dejó inmortalizado en su pintura.

 

La revolución española de 1856 se distingue de todas las que la han precedido por la ausencia de carácter dinástico alguno. Es sabido que el movimiento de 1804 a 1815 fue nacional dinástico.  Aunque las Cortes del año 1824 proclamaron una constitución casi republicana, lo hicieron en nombre de Fernando VIL El movimiento de 1820-1823, tímidamente republicano, era demasiado prematuro y tenía en contra las masas a que apelaba, pues éstas estaban todavía atadas a la Iglesia y a la Corona. Tan profundamente arraigada estaba la monarquía de España que la lucha entre la vieja sociedad y la moderna necesitó, para llegar a ser seria, un testamento de Fernando VII y la encarnación de los principios antagónicos en dos ramas dinásticas, las de carlistas y cristianos.  Incluso para luchar por un nuevo principio necesitaron los españoles estandartes consagrados por el tiempo. Bajo esas banderas se libró la lucha desde 1831 hasta 1843. Entonces se produjo el final de la revolución, y la nueva dinastía recorrió su período de prueba desde 1843 hasta 1854. En la revolución de 1854 había ya pues necesariamente implícito un ataque a la dinastía; pero la inocente Isabel quedó protegida por la concentración del odio contra su madre, y el pueblo se levantó no sólo por su propia emancipación, sino también por emancipar a Isabel de su madre y de su camarilla.

En 1856 ha sonado su hora, y la propia Isabel se enfrenta con el pueblo a causa del golpe de estado que ha provocado la revolución. Fríamente cruel y cobardemente hipócrita, ha mostrado ser digna hija de Fernando VII. La misma matanza perpetrada por Murat entre los madrileños en el año 1808 desmerece hasta quedar reducida a la categoría de mera algarada ante la carnicería de 14-16 de julio, presidida por la sonrisa de la inocente Isabel. Estos días han tañido el toque de muerte para la monarquía en España. Sólo los imbéciles legitimistas europeos pueden soñar con que al caer Isabel vaya a subir al trono don Carlos. Ellos en efecto piensan que cuando muere la última manifestación de un principio ello ocurre sólo para abrir de nuevo paso a su manifestación primera.

Pintura de una barricada en la rue Soufflot, en París, junio de 1848. Por Horace Vernet

 

En 1856 la revolución española ha perdido no sólo su carácter dinástico, sino también su carácter militar. Por qué el ejército ha desempeñado un papel tan importante en las revoluciones españolas es cosa que puede indicarse en pocas palabras. La vieja institución de las Capitanías Generales, que hace de los capitanes generales los pachás de sus respectivas provincias; la guerra por la  Independencia contra Francia, que hizo del ejército no sólo el principal instrumento de la defensa nacional, sino también la primera organización revolucionaria y el centro de la acción de esa naturaleza en España; las conspiraciones de 1815-1818, todas originadas en el ejército; la guerra dinástica de 1831-1841, dependiente de ambos ejércitos; el aislamiento de la burguesía liberal, que le obligó a emplear las bayonetas del ejército contra el clero y la sociedad rural; la necesidad en que se encontraron Cristina y la camarilla de emplear esas mismas bayonetas contra los liberales, igual que los liberales las habían usado antes contra los campesinos; la tradición que se nutre de tantos precedentes, todas esas son las causas que dieron a la revolución en España un carácter militar, y un carácter pretoriano al ejército. Hasta 1854 la revolución se produjo siempre en el ejército, y sus varias manifestaciones hasta ese momento no ofrecían más signo externo de diferencia que el grado militar de que partían.

También en 1854 procedió del ejército el primer impulso, pero el manifiesto de Manzanares de O’Donnell muestra lo reducida que se había hecho la base del predominio militar en la revolución española. ¿Bajo qué condiciones pudo finalmente O’Donnell detener su poco ambiguo paseo desde Vicálvaro hacia la frontera portuguesa y volver a llevar el ejército hacia Madrid? Sólo bajo la promesa de reducir éste inmediatamente, sustituirlo por la Guardia Nacional y no permitir que los generales se repartieran el fruto de la victoria. Si la revolución de 1854 se limitó a expresar así su desconfianza, apenas dos años más tarde se ha visto abierta y directamente atacada por ese ejército que ha pasado ya muy dignamente a engrosar la lista formada por los croatas de Radetzky, los africanos de Bonaparte y los pomeranios de Wrangel. Hasta qué punto aprecia el ejército español las glorias de su nueva posición queda de manifiesto por la rebelión de un regimiento madrileño el 29 de julio, que, no contento con los simples cigarros  de Isabel, reclamó los cinco francos y las salchichas de Bonaparte, y los consiguió, por cierto.

Esta vez, pues, el ejército ha estado completamente solo contra el pueblo, o, más exactamente, solo ha luchado contra el pueblo y contra la Guardia Nacional. Con otras palabras: ha terminado la misión revolucionaria del ejército español. El hombre en el que se centraban los caracteres militar, dinástico y burgués de la revolución española -Espartero- se ha hundido aún más profundamente de lo que la común ley del destino habría podido hacer pensar a sus más íntimos conocedores. Si, como se rumorea por todas partes y es muy probable, los esparteristas se reúnen bajo O’Donnell, habrán confirmado su suicidio por un acto oficial y espontáneo. Pues no se salvarán.

La nueva revolución europea hallará a España madura para cooperar con ella. Los años 1854 y 1856 fueron fases de transición por las que tuvo que pasar para llegar a esta madurez.

 

[New York Daily Tribune, 18 de agosto de 1856]

 

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