Valoración y educación del niño
en la Edad Media
Los
discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: ¿Quién es el mayor en el
reino de los cielos? Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos y
dijo: "En verdad os digo que, si no cambiáis y os hacéis como niños, no
entraréis en el reino de los cielos. Mas el que se haga pequeño como este niño
ése el mayor en el reino de los cielos."
"Y
quien reciba en mi nombre a un niño como éste, a mí me recibe. Y si alguien
hace tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, más le valiera que se
colgase al cuello una piedra de molino y se arrojase al mar... "
"Guardaos
de menospreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los
cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos (Mat.18, 1-4, 57, 10)
"Oh
Señor Dios nuestro, qué grande es tu nombre por toda la tierra. Hasta el cielo
tu esplendor es cantado por boca de los niños, de los pequeñitos." (Salmo 8)
Cita
orientadora de la Regla
Comenzaremos
con una cita que constituye una pauta preciosa sobre la estima que llegó a
tener la Edad Media por el niño. En la Regla de San Benito
redactada alrededor del año 529 para su monasterio de Monte Cassino y
luego adoptada por todos los monjes de Occidente, leemos esta disposición:
"Siempre que haya de tratarse cosas de importancia en el
monasterio, convoque el abad a toda la comunidad, y que sean todos llamados a
consejo, porque a menudo revela Dios al más joven lo que es mejor" (RM,
cap.3, 13) 1. "Ello implica -dice el comentarista- que incluso los niños
que forman parte de la comunidad ocuparán su lugar en el consejo y podrán hacer
uso de la palabra."
Esta
disposición refleja (como todo el resto de la Regla) el más puro espíritu
evangélico. En efecto, si ya en el salmo está el anuncio "De la
boca de los niños sacarás tu alabanza. Jesús lo hace realidad al
convocarlos: "Dejad que los niños vengan a Mí y no se los
impidáis. Y aún agrega, abrazándolos. "No los
despreciéis. Quien acoge a uno de ellos en mi nombre a Mí me
recibe". Más aún: "Si no os hicierais como niños no
entraréis en el Reino de los Cielos, dice a los apóstoles
extrañados...extrañados de esta valoración del niño que hace Jesús, así como se
extrañaron de su valoración de la mujer. Es que el mundo antiguo los tenía en
poco, y Jesús, que ha venido a restablecer el orden y la naturaleza creados,
los restablece a ellos también, proclamando su dignidad, por tanto, tiempo
desconocido. La mujer y el niño son rehabilitados por Cristo.
Y de hecho, en los siglos siguientes,
se irá abriendo paso en la sociedad este doble reconocimiento por obra de la
Iglesia. En verdad, ambas cosas van juntas porque el concepto sagrado del
matrimonio, así como el de la virginidad consagrada y el de la pureza
repercuten en la actitud hacia el niño. Baste recordar que desde el principio
los cristianos llamaron la atención (como lo señala ya la Epístola a
Diogneto del siglo II) por no abortar y por no
"exponer" y abandonar a los recién nacidos. Es que, en la
civilización romana, el recién nacido siempre corría el riesgo de ser rechazado
y expuesto en la vía pública. La "patria potestad" conferida al pater
familia era un poder absoluto. Cuando el hijo
nacía, se lo colocado a los pies del padre: si éste lo levantaba, significaba
que lo reconocía y quería retenerlo; si le daba la espalda, significaba lo
contrario, y los más expuestos al rechazo eran los débiles y las niñas. La
selección entre débiles y fuertes, enfermos o sanos, era recomendada por la
medicina. Soranos definía la puericultura como "el arte de decidir cuáles
son los recién nacidos que merecen ser criados" 2, y ello era aceptada por
todos. Séneca escribe con naturalidad: "Sacrificamos a un buey impetuoso,
estrangulamos a un perro rabioso, ahogamos a los niños que nacen débiles y
deformes." Y Tácito calificaba de "excéntrica" la costumbre de
los judíos de no suprimir a ningún recién nacido. De allí que San Justino
(siglo II), al hablar del respeto de los cristianos por la vida del niño, creía
necesario agregar "incluso del recién nacido". En lo que respecta a
las hijas mujeres, lo habitual era admitir sólo a la primera y rechazar a las
siguientes. Todos los estudiosos observan esto: la desaparición forzada de la
hija menor. Pero aún la primera podía ser rechazada. Hay una carta del siglo I
de un tal Hilarión a su mujer Apis, en que leemos.: "Me dijiste "no
me olvides": ¿cómo podría olvidarte? Te pido y suplico que cuides mucho a
nuestro hijo pequeño...En cuanto al que viene, suerte para ti si es varón:
déjalo vivir; si es mujer, arrójala." Esta dureza es tanto más notable en
cuanto contrasta con el efecto expresado para la esposa y el hijito que
tienen...Todo quedaba librado a la voluntad del padre cuya "patria
potestad" involucraba también poder castigar a sus hijos como quisiera,
venderlos, etc.
Y si lo corriente era desechar a los
débiles y a la niña menor, tanto más era librarse de los
"indeseados", por aborto o abandono, en aquella última época
decadente cuando se multiplicaban los divorcios y las uniones ilegítimas. En
ese entonces nacían tan pocos niños que la legislación romana, para
contrarrestar esto, decidió limitar el monto de la herencia a la pareja sin
hijos. Los niños "no deseados" eran ordinariamente abandonados en el
foro romano, y se convertían en propiedad de cualquiera que los recogiese, ya
para venderlos como esclavos, ya para abastecer los prostíbulos de Roma.
Frente a estas costumbres paganas, la
nueva conciencia cristiana dio lugar a un cambio cultural realmente
revolucionario. Ello se manifestó primero a fines de la Edad Antigua, y
después, más plenamente, en la Edad Media.
Por de pronto, como lo demuestra
Marrou, la "antigüedad tardía" vio en el siglo IV, al lado de la
decadencia pagana, el primer florecimiento cristiano. Y si en ese entonces
brillaron en lo intelectual las figuras preclaras de los
Padres, también desde el año 300 apareció y se difundió una institución a la
que le cabría jugar un rol decisivo en el período ulterior: el monacato.
A los monjes les tocó pronto apuntalar
a la sociedad occidental durante el avance y establecimiento de los bárbaros.
Gracias a ellos, si el Imperio Romano desapareció, la civilización no sólo no
se hundió, sino ganó en cambios decisivos que la volvieron más humana. Por
poner en práctica el espíritu del Evangelio, fue en los monasterios donde se
facilitó la integración de romanos y bárbaros, así como la equiparación de
libres y esclavos. Fue allí donde se logró la revalorización del trabajo
manual. Y fue allí donde los niños -tan poco estimados por los bárbaros- fueron
recibidos y educados.
De allí la importancia de la cita de
la Regla de San Benito con que hemos encabezado este artículo. En ella se
resume el espíritu que fue ganando el mundo desde los tiempos “ bárbaros" hasta la Edad Media plena. Por ese espíritu
que difundieron los monjes, los tiempos bárbaros merecieron ser llamados
"siglos monásticos", y la Edad Media llegó a ser lo que fue en cuanto
recibió y asimiló este espíritu evangélico del monacato.
1-Los siglos monásticos: "Los
monjes redescubren al niño"
Pierre Riché, que ha estudiado amplia
y meticulosamente cómo se organizó la cultura cristiana en los siglos VI, VII y
VIII en los distintos países del Occidente, como resultado y resumen de su
investigación, hace esta declaración: "Los monjes redescubren al
niño" 3.
Lo rescatan y rehabilitan en medio de
aquella sociedad romano-bárbara que era "sin piedad para con los
niños", ya que a la "severidad romana" se sumaba "la
tradición germánica que daba al padre entero poder sobre los hijos". Sobre
todo, en las clases populares eran una carga, y las leyes civiles y religiosas
debían reprimir continuamente el aborto y el infanticidio, a pesar de lo cual
muchos niños eran abandonados, o vendidos, luego explotados o mendigos.
Así pues, de esta suerte se libraban
los acogidos en los monasterios, cuyo número, según Riché, parece haber sido
muy grande. Allí encontraban un hogar donde eran vestidos, alimentados y
educados, de modo que luego podían incluso ayudar a sus padres. Éstos los
ofrecían de buen grado desde muy pequeños, y también lo hacían los de clase
aristocrática para cumplir algún voto. En verdad, da la impresión de que eran
muy numerosos, ya que los abades o fundadores reaccionaron contra aquella
tendencia que convertía los monasterios en "jardines de infantes".
Ciertas Reglas, como la de San Cesáreo de Arles (hacia el 500), fijan como edad
de ingreso a partir de los 6 o 7 años cuando ya pueden aprender a leer. Por su
parte San Fructuoso (noble visigodo formado en Palencia, que murió en 667 tras
haber fundado muchos monasterios en Galicia) establece que los padres pueden ir
a visitarlos, puesto que quedan viviendo en familia en el monasterio.
Cabe señalar al respecto que la vida
monástica implica "estabilidad" y vida en familia. De allí la palabra
dada al superior: abad, ab b a p a t e r. Y esto no era
nominal, sino real en el más alto sentido de la palabra, como puede verse en
los preceptos que le fija la Regla de San Benito:
"El abad digno de presidir un
monasterio debe acordarse siempre del nombre que se le da" ..."por lo
mismo nada debe enseñar, establecer o mandar que se aparte de los preceptos del Señor"..... "no anteponga
el noble al que es de condición servil. .porque todos
somos uno en Cristo... y ante Dios no hay acepción de personas"..."En
su gobierno el abad debe observar aquella norma del Apóstol que dice reprende,
exhorta, amonesta es decir, que combinando tiempos y circunstancias y
el rigor con la dulzura, muestre la severidad del maestro y el piadoso afecto
del padre...Debe acordarse siempre el abad de lo que es, del nombre que se le
da... Y sepa cuán difícil y ardua cosa emprende: gobernar almas, de las cuales
habrá de rendir cuentas ante Dios, y adaptarse al temperamento de muchos; y a
uno con halagos, a otro con reprensiones, a otro con la persuasión; y según la
condición e inteligencia de cada uno, de tal manera se conforme y adapte a
todos... y al par que con sus exhortaciones procura la enmienda de los otros,
vaya él mismo enmendándose de sus defectos." (Regla, cap.2)
Aquí aparece el rasgo esencial que
dará el tono a la educación. El niño es visto y considerado como un hijo por un
padre que se responsabiliza de él ante Dios. Un padre que lo sabe ante todo
"hijo de Dios" y que por ello lo trata aún con más respeto. Un padre
que, reconociendo esta dignidad, al mismo tiempo está atento a su progreso. Un
padre que ha de tener en cuenta los diferentes caracteres y capacidades de
estos hijos. Un padre que influye sobre todo con el ejemplo ya que, en la
medida que los va moldeando y formando, él mismo se va corrigiendo y mejorando.
Por ello este capítulo sobre el "abad" puede ser leído con provecho
aún hoy por todo padre o maestro. Indudablemente esta influencia educativa del
abad, ejercida para con sus hijos desde tan temprana edad y por tanto tiempo, favorece
la formación completa. "El niño -apunta Riché- tenía ocasión de
convertirse en un perfecto cristiano pues su formación intelectual y moral no
estaba expuesta a otros influjos" 4. Sólo los influjos de la familia
monástica.
El monasterio es una escuela: una
escuela de vida
El mismo autor subraya que en este
sentido el monasterio aparece como una escuela. Los monjes crearon una
"nueva escuela" que se diferenció por completo de la romana. La gran
diferencia estriba en el mayor alcance formativo. Mientras la escuela del
antiguo "didascalus" era un ámbito restringido al
que el niño era llevado para aprender las primeras letras y a lo sumo, a través
de ellas, máximas morales, la escuela monástica es un ámbito integral de
formación. Más allá de que haya en el monasterio una escuela, el monasterio en
sí es "concebido como una escuela"5: una escuela de vida. Familia y
escuela a la vez.
San Césareo de Arles, recordando el
monasterio de Lérins donde se había formado (hacia el 500), dice: "Esa
isla santa acogió mi pequeñez en los brazos de su afecto. Como una madre
ilustre y sin igual, y como una nodriza que dispensa todos los bienes, ella se
esforzó por educarme y nutrirme." 6
Y San Benito, que había estado en una
escuela romana y la dejó para seguir su vocación, habla del monasterio por él
fundado como una "escuela". Con precisión emplea este término: "schola -"escuela
para el servicio de Dios"-, y él se llama a sí mismo tanto
"padre" como "maestro" 7. Ambas cosas están íntimamente
unidas.
Dada la cantidad de niños en esta
familia, el abad delegaba una parte de su tarea paternal a un monje formado y
formador, que las reglas llaman "formarius (o
"formaria", si es monja), o a veces "s e n i
o"r , por ser mayor, o también "decanus" (o decana) por hacerse cargo de diez niños. Así, agrupados de a diez,
estos pequeños monjes podrán ser mejor instruidos y vigilados. Cada decano
formador se responsabilizaba ante el abad (o abadesa) de la formación cristiana
y moral de la pequeña familia que éste le confiara.
En el hogar monástico, la paternidad y
magisterio del abad se ve reforzada además por otros buenos ejemplos y tratos:
los de los monjes o "hermanos mayores". Justamente, San Benito se
refiere a ello en el capítulo 70 de la Regla:
"Los niños, hasta la edad de
quince años, estén sujetos a una esmerada disciplina y vigilancia por parte de
todos, pero esto con mucha medida y discreción. ...El que se enardeciere sin
discreción contra los niños, sea sometido a la disciplina regular, porque está
escrito: 'No hagas a otros lo que no quieres que hagan contigo."
San Benito utiliza dos veces aquí la
palabra "discreción" -discretio- unida a la "medida". Es decir, apunta a un influjo educativo
justo y razonable, y si hay que castigar, que sea con dulzura y para
corrección. Y si bien el que mereció el nombre de "padre de los monjes de
Occidente" insistió particularmente sobre la "discreti
o", igualmente los demás fundadores, en sus Reglas y cartas,
recomiendan moderación y discreción para con los niños. Paulo Diácono, de
Lombardía, en su comentario a la Regla de San Benito, escrita en la época
carolingia cuando se propiciaba la aplicación de la misma a todos los
monasterios, señala que los golpes hacen más mal que bien, y dice que ha de
castigarse al maestro brutal; quiere que los niños tengan buena comida, vestido
adecuado y calefacción en invierno. Además, prescribe una hora de recreo y
recomienda que el abad recompense a los buenos monjecitos con golosinas después
de la comida. "Se creerá que éste es el cuadro de un monasterio ideal
forjado por un monje humanista" -acota el investigador Riché- "Sin
embargo, en todas las Reglas de los siglos VII y VIII hallamos la misma
preocupación: no exigir demasiado de los niños, ni en trabajo ni en
ayunos." 8
A propósito de este redescubrimiento
de la naturaleza infantil -en su características específicas- el mismo autor
concluye:
"La vida monástica permitió
reencontrar un valor largamente desconocido. Durante toda la Edad Media, los
monjes se elevan contra la brutalidad de los maestros y contra el
desconocimiento de la naturaleza infantil. Esta actitud nueva merecería un
estudio general que permitiría revisar las opiniones corrientes sobre la
pedagogía medieval." 9
La enseñanza escolar: grupal y
personalizada
La pedagogía monástica nos sorprende
también por combinar dos características que suelen tenerse hoy por logros muy
modernos: ser grupal y a la vez personalizada. Las Reglas recomiendan el
aprendizaje en equipo, y esto se realizaba gracias al sistema de los "decanos". Como
hemos visto, el abad confiaba diez niños a un monje formador. Por eso este
maestro se llamaba decano, y el grupo de niños se denominba "década". Este
pequeño número permitía asimismo la enseñanza personalizada. De hecho, la
escuela (schola en latín, del griego sjolé que
significa "ocio" o ámbito de libertad para aprender) se hallaba incluida
dentro del conjunto de los edificios del monasterio, y en los monasterios
grandes había una sala de clase para cada "década". En este espacio
de ocio tenían lugar los aprendizajes elementales: escritura, lectura, canto y
cálculo.
Con estiletes de hierro, hueso o
plata, los niños trazaban las letras del alfabeto dibujándolas sobre trazos ya
grabados en tablillas de madera o hueso recubiertas de cera. "Tal como el
labrador traza los surcos con el arado, así el letrado dirige su estilete sobre
la tableta". Esta comparación del gran educador San Isidoro de Sevilla
(Orig., IV, 14-7), que dice asimismo de la dedicación y el esfuerzo exigidos
para aprender, fue después frecuentemente retomada. Sabemos también, por
Cesáreo de Arlés y otros, del uso del papiro, pero
éste no resultaba adecuado para los niños.
Una vez conocidas las letras, pasaban
en general a las sílabas, y luego a las palabras. Sabemos que este método fue
utilizado en Inglaterra pues el Beda el Venerable, autor benedictino del siglo
VII, lo describe en su De arte metrica 10. Pero a veces se usaba el método "global":
reconocer las letras a partir de las palabras e incluso a partir de las frases,
aunque esto también a partir del conocimiento del alfabeto. En todos los
casos, el libro de lectura es el SALTERIO. "Saber leer es conocer
el Salterio", con triple ventaja: aprender a leer, escribir y
empaparse del texto sagrado. Esto reemplaza a las sentencias morales, de Catón
por ejemplo, de la enseñaza romana, que asimismo apuntaban al mismo tiempo a la
formación de la personalidad. Los salmos leídos, escuchados y memorizados,
quedarán para toda la vida grabados en el alma. La prueba está que aparezcan
tan citados en documentos y cartas de la época bárbara, carolingia y medieval.
Comprobamos la observancia del
"trabajo en equipo" recomendado por las Reglas: el decano hacía que
los niños leyeran y escucharan juntos, y que los que ya sabían enseñaran las
letras y los salmos a los demás. Parece que aprendían a escribir en cursiva,
como en la época romana, y a continuación se los llevaba al scriptorium o biblioteca del monasterio, donde el maestro les mostraba
en los libros los varios tipos de escritura. En un estadio posterior se hacía
el dictado: el maestro dictaba el salmo que se había de escribir (de allí su
nombre: "dictator", que se conservará hasta la época del
Renacimiento).
La lectura comprendía dos fases:
después de la lectura en voz alta, continuaban con la lectura
en silencio, en que sólo los labios se mueven. San Isidoro decía que
esto favorece la comprensión del texto. Esta segunda lectio, prescripta
en todas las Reglas, distingue al letrado medieval del antiguo: se trata de una
lectura "rumiada", que puede hacerse también caminando.
De allí también la ejercitación de la
memoria, que es especialmente dúctil en la infancia. En la Vita
Rusticulae (6, MGH, SRM, 4, p.342) hay un pasaje
en que aparece la maestra que continúa leyéndole a la niña Rusticula que se
durmió en su falda, y ésta repitiendo, como un anticipo del sistema llamado
"hipnopedia". Tanto se ejercitaba la memoria, que se relatan casos de
monjes ciegos y ancianos que habían retenido todos los textos sagrados. En los
textos de todo tipo de la época, las citas acuden espontáneamente a la pluma de
los escritores.
La enseñanza en el salterio constituía el
primer paso del conocimiento del latín literario, cuyo estudio se hacía tanto
más necesario en la medida que se iba diferenciando de los latines hablados en
las distintas regiones, verdaderos dialectos que, por contacto con las lenguas
bárbaras, se transformarían en las lenguas romances. Hasta que éstas cobraran
forma definitiva, el latín fue durante siglos el único y universal idioma de la
cultura, tanto profana como sagrada, y conocerlo resultaba indispensable para acceder
a ella en sus textos. El estudio del latín permitió la transmisión y de
desarrollo de esa cultura que, junto con esa lengua, constituían por otra parte
un factor de unidad en la Cristiandad occidental. De allí que muchos monjes
escribiesen trataditos de "gramática latina", y que incluso lo hiceran
por razones misioneras de Evangelización, como es por ejemplo el caso de San
Bonifacio, apóstol en zonas germanas en el siglo VIII.
El fin de los estudios elementales del
latín no era hacer eruditos, como en la escuela antigua, sino dar los medios
para acceder al segundo nivel, que se centraba en la explicación de la
Escritura. La enseñanza del maestro era lo más importante, y los tratados
redactados por algunos de ellos son el fruto de sus cursos con el objeto de que
fueran de provecho para los alumnos más aventajados que iban a pasar a ese
nivel superior.
Además, en la escuela elemental
monástica se enseñaban los rudimentos del canto -tan cultivado en la liturgia-
empezando por las notas y el modo de usar la voz. La otra materia escolar era
el cálculo, enseñado mediante el cómputo digital o con piedritas, para pasar
luego a resolver problemas de aritmética -algunos de los cuales nos han sido
conservados por Beda y Alcuino-.
En cuanto los exámenes antes de pasar
a la escuela secundaria, contamos con el testimonio de Pablo Diácono que, en su
Comentario a la Regla de San Benito, indica como ideal que se hagan en privado
ante un huésped particularmente instruido: cada niño conversando con éste
sobre "gramática, canto, cálculo y otras disciplinas" y el prior o
abad oyendo desde lejos. Esta manera tan original de llevar a cabo los exámenes
resulta muy interesante por adaptarse a la naturaleza infantil, demostrando una
vez más la atención que se le dedicaba.
Las NIÑAS reciben la misma educación
Esta actitud nueva de conocimiento y
aprecio de la naturaleza infantil incluye por cierto a las niñas: no hay
diferencia. No hay dudas ni sobre su dignidad ni sobre su capacidad. Los que
escribieron Reglas para vírgenes, como San Cesáreo de Arles o San Leandro de
Sevilla, lo hicieron porque estaban fundando monasterios femeninos. La de San
Benito, en cambio, se aplica también a las monjas. Esto refleja sin duda la
igualdad de los hijos e hijas de Dios proclamada por la Escritura: en el reino
de Cristo "no hay varón ni mujer". La gracia es eficaz y capacita a
todo cristiano para alcanzar "la estatura de Cristo". Esta es la
propuesta espiritual del monacato.
Por ello, desde el principio del
monacato, las mujeres fueron convocadas, y ya encontramos a fines de la
Antigüedad, hacia el 400, una Santa Melania la Joven que fundó y rigió
monasterios femeninos y masculinos y fue tenida por todos por "madre y maestra".
Como tal, ella se muestra a la vez exigente y comprensiva, y se destaca por
la "discretio" o prudencial mesura con que va guiando
el progreso espiritual de quienes tiene a su cargo. Esta mujer romana derivó no
obstante su acción hacia la zona oriental del Imperio.
Pero más adelante encontramos
nuevamente en el Occidente bárbaro otras mujeres fundadoras, como Radegunda en
la Galia, y ya en el siglo VII aparecen abadesas, como Santa Hilda en
Inglaterra o Gertrudis en la Galia, que estuvieron a la cabeza de "monasterios
dobles", es decir, con una casa para monjes y otra para monjas, que solían
celebrar la liturgia en común. La formación que recibieron desde pequeñas las
capacitó para desempeñar ese liderazgo, e incluso para llegar a dirigir
reuniones conciliares, como le tocó a Santa Hilda en el concilio de Whitby. Al
igual que a los niños, se educaba a las niñas para que, aprovechando los dones
naturales y sobrenaturales, adquiriesen las "virtudes" o hábitos
enraizados que facilitan la buena conducta moral y encauzan la pasionalidad
hacia los fines propiamente humanos. Por ello el virtuoso puede ser cabalmente
humano. Es en este sentido que se habla del ideal de la "mujer
fuerte", viril o virtuosa, contrapuesta a la que permanece
"mulier" en cuanto "mollis" o blanda..
Esta formación moral, completada con
la educación escolar, literaria, explica el rol activo que asumieron muchas
mujeres en la sociedad romano-bárbara, ya contribuyendo a la conversión de
príncipes y pueblos, como Clotilde y Radegunda, ya asumiendo cargos de
gobierno, como: Brunehaut, Fredegunda, Teodolinda; ya estimulando y apoyando a
los letrados, como la ya citada Radegunda. Su protegido, Venancio Fortunato de
Poitiers, fue un gran poeta del siglo VII cuya producción fue muy importante en
el campo de la liturgia, pero también se desplegó en canciones admirativas a la
mujer, que se consideran un notable antecedente del "amor cortés".
Escuelas parroquiales
Riché insiste mucho sobre la
originalidad de la escuela elemental monástica en cuanto a su espíritu,
contenido y métodos pedagógicos. Ahora bien, esta nueva educación cristiana que
se fue forjando en los monasterios repercutió también fuera de ellos. En los tiempos
bárbaros, muchos monjes pasaban a ser obispos llevando sus ideales y métodos a
sus diócesis. A su vez allí, en las escuelas elementales parroquiales para la
instrucción de los laicos, demostraron su creatividad agregando otro medio
educativo: las imágenes. Su valor didáctico ya es marcado por el monje-papa San
Gregorio Magno en el 500: dice que los paganos recientemente convertidos,
proclives a adorarlas, las necesitan en cambio como ilustraciones para seguir
la vida de Cristo y las de los santos. Y el papa Gregorio II insiste: que se
acompañe la instrucción oral mostrando las imágenes de las iglesias. Estas
imágenes -pintadas o esculpidas- se multiplicaron desde entonces, regidas por
las disposiciones de las autoridades y concilios. De allí el ulterior
florecimiento del gran arte románico y del gótico.
También para los recientemente
convertidos del paganismo, que estaban todavía muy adheridos a sus cantos y
danzas, el canto litúrgico era considerado muy adecuado. La liturgia visigoda,
por ejemplo, le acuerda una enorme importancia.
La Iglesia se adaptaba a esos laicos
de los nuevos tiempos, menos cultos que los antiguos (que tomaban parte en los
concilios y en la administración y que elegían a sus obispos). Para estos
laicos más aniñados, llaman la atención estas dos manifestaciones, las imágenes
y el canto, que anticipan nuestros modernos métodos audiovisuales.
2 - La "translatio studii " y el Renacimiento carolingio
El período de transición de los
tiempos bárbaros, en que la creatividad monástica se mostró tan notable y
activa, se extendió hasta mediados del 700. A partir de entonces los
monasterios introdujeron además estudios literarios provenientes de la escuela antigua,
sobre todo en el nivel escolar "secundario", aunque sin dejar por
ello su ideal específico. De este modo se concilian, según la pertinente
fórmula de Dom Jean Leclerq, "el amor de las letras y el deseo de Dios"
11. Un ejemplo es San Bonifacio, monje de origen inglés, reformador de la
Iglesia de Francia con apoyo del padre de Carlomagno y evangelizador de
Germania, quien escribió un opúsculo sobre métrica 12 y un tratado de gramática considerándolos instrumentos de su
apostolado en vistas a interpretar mejor la Escritura.
Así llegamos a la época
carolingia, alrededor del año 800, que resulta muy importante en este sentido
porque Carlomagno, en su rol de Emperador de la Cristiandad, legisló en materia
educativa e hizo organizar, reglamentar y difundir por todas partes los
estudios en todos los niveles. Pero si pudo hacerlo, es que contó con
colaboradores de mi primer orden que ya estaban entregados a una tarea cultural
siguiendo una ininterrumpida tradición o "translación" de estudios
que en algunas partes se había mantenido -y que proseguirá hasta la Alta Edad
Media donde florecerán plenamente en todos los campos.13
Por el momento, veamos la obra de los
precursores14.
El monje Alcuino, llamado por
Carlomagno a dirigir la escuela palatina de Aquisgrán, y que se convirtió en el
principal animador del "renacimiento carolingio" y organizador de los
estudios en todos los niveles, acudió desde su monasterio de York, Inglaterra,
en el que continuó la obra de Egberto, su fundador. Éste a su vez había sido
discípulo de Beda el Venerable (675-735), el escritor más erudito y fecundo de
su tiempo. Beda se había formado en el monasterio de Jarrow junto a Benito
Biscop. Y así, pasando por Teodoro de Tarso, podemos remontarnos hasta el 600
en que San Gregorio Magno enviara a Inglaterra a San Agustín de Canterbury y a
sus compañeros.
Otro colaborador de Carlomagno fue
Teodulfo, que hizo de la abadía de Fleury-sur-Loire un importante centro
cultural. Este monje procedía de España donde se perpetuaron las enseñanzas de
San Isidoro en las zonas no ocupadas por los musulmanes y luego en las
reconquistadas -pasando por otra parte a Irlanda, llamada "madre del
saber" por difundir la cultura a la par de la evangelización a través de
San Columbano y sus monjes misioneros-. El español Teodulfo resulta de
particular interés para nuestro tema pues cuando llegó a ser obispo de Orléans
ordenó "que en todas las villas y burgos los sacerdotes tengan escuelas;
cuando los fieles les confíen sus niños para aprender las letras, los reciban e
instruyan con toda caridad, no exijan por ello ninguna paga, a no ser algunas
pequeñas liberalidades ofrecidas por sus padres" 15.
Además, "los grandes monasterios
que iban a intervenir en el "renacimiento carolingio
" estaban ya activos antes: en Corbie, San Martín de Tours, Saint-Gall,
Fulda, Bobbio", ya los monjes recopiaban los manuscritos utilizando una
escritura nueva" que se llamaría "escritura carolingia". Riché
observa también que esta previa actividad irradiaba entorno: "ya en
Inglaterra, en Baviera, en Galia, los obispos y los príncipes habían tomado
disposiciones" para fomentar la instrucción. "Carlomagno -agrega-
continúa esta obra restaurando las escuelas parroquiales y episcopales tal como
habían sido organizadas en el siglo VII" 16.
Lo nuevo es su legislación tendiente a
generalizarlos del todo: "Que en cada obispado y en cada monasterio se
enseñen los Salmos, las notae(es decir, la stenografía), el canto
el cómputo (cálculo), la gramática, y que se usen libros cuidadosamente
corregidos" 17. Lo nuevo es el "cada" que
significa abarcar todo el territorio que estaba bajo su jurisdicción. Para
ello, Carlomagno no se contentó con legislar, sino a lo largo de su reino
controló el cumplimiento de sus leyes y directivas por medio de sus
"missi" o enviados, de los concilios, y a través de encuestas. Con
motivo de la encuesta de 803, les recuerda a los padres que deben enviar a sus
hijos a la escuela. Y otro dato revelador sobre la valoración del niño: el
concilio de Mayencia de 813 (ya muerto el emperador) expresa el deseo de que,
de regreso a sus hogares, ¡los niños enseñen a sus padres las oraciones
aprendidas! ¡He aquí al niño convertido en maestro! Hay que subrayar al
respecto un dato importante: Carlomagno contó con San Benito de Aniano, que
renovó la vida benedictina volviendo a la plena observancia de la Regla
de su predecesor y homónimo, San Benito de Nursia. Esto implica que, al
imponerla en todos los monasterios con el apoyo de Carlomagno, regía nuevamente
con todo vigor en sus escuelas la "valoración del niño" como
fundamento y alma de su educación. Y este espíritu también irradió: lo
comprobamos en el hecho de que la escuela elemental "modelo", la del
palacio imperial de Aquisgrán (o Aix-la-Chapelle) se recibían niños de origen
humilde al lado de hijos de los nobles 18.
3- Desde el 'Manual para mi hijo de
Dhuoda" hasta la renovación o "reforma" de Cluny-
La renovación carolingia -que fue
posible por el trabajo persistente ininterru mpido de los anteriores
"siglos monásticos"- dio resultados patentes en todos los ámbitos:
clericales y laicales. Dom Jacques Leclercq señala que ya en 816 se constata
que los alumnos de los monasterios hablan en latín, no en lengua vulgar, y a
partir de aquí esto se trasluce en la aparición de poetas de talla, como Notger
de Saint-Gall -que siendo alemán escribe en latín- y en general en una gran
producción de cantos y poemas latinos.
Es de notar la creatividad que esto
implica: se escribe una literatura en un latín renovado, y es la segunda vez
que esto tiene lugar. Así como había habido una literatura en un "latín
patrístico", espontáneamente renovado desde que los Padres asumieron
ilustrar el patrimonio cristiano e integraron en él lo mejor de la herencia
pagana, ahora, a partir del siglo IX aparece el "latín medieval".
Este latín literario, codificado en nuevas gramáticas, fue también forjado en
contacto con los clásicos preconizados por Alcuino para instaurar, como él
decía, "la nueva Atenas de Cristo. Por ello mismo, es
bien consciente de su cometido: aprovechar dicha herencia antigua y orientarla
a una meta cristiana. "Es lo que acostumbramos a hacer -comenta a su vez
Rabano Mauro- y lo que debemos hacer cuando leemos los poetas antiguos, cuando
los libros de la sabiduría de este mundo caen en nuestras manos. Si allí
hallamos algo valedero, lo convertimos a nuestro dogma: si hallamos cosas
superfluas...las eliminamos" 20. Así, con esta literatura tributaria de la
tradición clásica pero voluntariamente cristiana, surge su elemento expresivo:
"ese latín medieval -apunta Leclercq- que iba a desarrollarse y
enriquecerse en los siglos siguientes, menos vigoroso quizás que el clásico y
el patrístico, pero su continuación y renovación: lengua sencilla y fácil, ágil
y clara, musical y rítmica" que viene a ser el paralelo de las sobrias
iglesias románicas que también se construirán a partir de entonces21.
Este es el latín en que a mediados del
siglo IX escribirá Dhuoda su "Manual para mi hijo".Se trata nada menos que del primer
tratado de educación, y escrito por una madre . Dhuoda es una mujer de alta nobleza y
alta cultura que formula sus enseñanzas y consejos con ternura y respeto:
"Te pido, te sugiero, te exhorto......... ". Pero asimismo demuestra una gran creatividad. Alterna con poemas didácticos su prosa, en la
cual también con propósito didáctico se vale de juegos de palabras, juegos
aritméticos, frecuentes imágenes y muchos ejemplos. Si bien muchos de estos
ejemplos e imágenes están tomados de la vida, otros provienen de la Biblia, de
la cual ella y su hijo están evidentemente muy impregnados. También acuden
espontáneamente a completar sus enseñanzas las citas de los Padres de la
Iglesia, de Prudencio, Donato, Isidoro de Sevilla, y por cierto de la Regla de
San Benito, así como de los monjes benedictinos más cercanos, como Alcuino y
Rabano Mauro. No es de extrañar entonces que sus consejos principales al hijo
sean: "leer y orar". Y esto es tanto más notable cuanto este hijo no
se prepara para ser un intelectual, sino un caballero. Así pues, el caballero
ha de ser alguien devoto y cultivado. Le dice que se procure muchos libros, los
tenga siempre a mano, los medite y profundice. Y la oración por excelencia son
los Salmos. En el plano moral, su enseñanza es fundamentalmente positiva: que
cultive la sinceridad, la fidelidad, el agradecimiento, la amistad, la servicialidad,
todo lo cual lo alejará de la tristeza y le procurará la alegría. Es así como
Dhuoda entiende cumplir con su doble misión maternal: pues, según ella, hay
"dos nacimientos en cada hombre, una carnal y otra espiritual, y la
segunda es aún más noble." 22
El Manual de Dhuoda
tendría una repercusión que ella no pudo imaginar pues, habiendo muerto muy
jóvenes sus dos hijos, quien lo aprovechó más fue su nieto, Guillermo de
Aquitania, que en 910 fundó la abadía de Cluny, que aportaría
a la sociedad una renovación notable y duradera.
En efecto, por entonces el imperio se
disgregaba y unos nuevos bárbaros (eslavos, magiares, sarracenos y normandos)
sacudían la Cristiandad. Sarracenos y normandos atacaron sobre todo a los
monasterios, focos de la civilización carolingia, por lo cual debieron ser
fortificados. Aun así, prosiguieron su labor intelectual y docente en medio del
caos. Pero a la larga iba a repercutir negativamente en ellos lo que por otra
parte resultó efectivo contra las invasiones: el régimen feudal. En verdad fue
necesario que los señores se hicieran cargo de la defensa de sus regiones, pero
al mismo tiempo que cumplían con este imprescindible deber de protegerlas ,
asumían el derecho de dirigirlas, con lo cual finalmente se arrogaron también
el de nombrar las autoridades eclesiásticas y monásticas que quedaban bajo su
amparo. Y no todos los nombrados eran dignos de esos cargos.
A raíz de esto se produjo una
relajación bastante generalizada, que hubo de ser corregida mediante una
reforma. Y en ella tuvo un rol de excepción aquel monasterio de Cluny, en la
Borgoña francesa. Se aplicó allí el régimen de "exención" -que significaba
autonomía respecto del señor feudal-. Quien aceptó esta condición al donar el
terreno, en el año 910, era Guillermo, duque de Aquitania, el nieto de Dhuoda,
cuya influencia educativa puede calibrarse por su apelativo, "el
Piadoso", y por haber estado de acuerdo con la "exención".
Gracias a esta medida, el pequeño grupo de monjes fundadores pudo regirse sin
trabas. Desde el comienzo en Cluny se aplicó la Regla de San Benito, y se la
vivió con todas sus exigencias y con toda su inteligente y humana sencillez.
Cluny tuvo la suerte de estar regida a lo largo de dos siglos por abades santos
y longevos 23. Los monjes, en su mayoría
reclutados desde la infancia entre los niños aldeanos que frecuentaban la
escuela del monasterio, observaban la humildad, la obediencia, la castidad. Y
ello se trasuntó e irradió entorno. Muchos otros monasterios pidieron ponerse
bajo la dirección de Cluny. Se formó así una pléyade de monjes y cristianos
cabales, por cuyo ejemplo poco a poco se regeneró la sociedad a su alrededor
24.
4- La alta Edad Media: el niño en la
familia y en la escuela
La escuela gratuita para todas las
clases sociales.
Hacia el 1000, el cambio social se
advierte en todos los campos. Los monasterios liberan en masa a sus siervos, y
han expandido el valor del matrimonio como sacramento, emparejándolo incluso
con la orden monástica al llamárselo "orden de los casados". Así lo
llamaba Abbon de Fleurye en el siglo X, lo que se afirma y se admite como cosa
corriente en los siglos sucesivos 25.
Con ello hemos llegado a los siglos de
la Alta Edad Media, época de gran florecimiento en que todo lo preparado
anteriormente da magníficos frutos de todo tipo. La idea de que los laicos casados
constituyen una "orden", repercute por cierto en la valoración de los
hijos: su recepción, tratamiento y atención. Uno de los hechos que lo atestigua
es el aumento notable de la población que se constata en siglos XI, XII y XIII.
Un poema de principios del siglo XIII enumera los elementos con que se contaba
en los hogares rurales para atender al bebé: cuna, vestidos, biberón y
palanganas para su baño26. Por su parte, Eustache Deschamps (un siglo y medio
más tarde) describe en otro poema lo que se usaba en los hogares de las
ciudades: cuna, pañales, calentadores, y palanganas para bañarlo "mañana y
tarde". También Vincent de Beauvais hablaba de esos baños que se le daban
al niño dos veces por día 27. A su vez Pierre Riché y Danièle
Alexandre Bidon recogen estos y otros testimonios en su libro La vida
de los niños en la Edad Media y agregan ilustraciones
miniadas de la época. Gracias a ellas podemos ver todas las etapas y
situaciones de la vida infantil. Desde el nacimiento, en que el bebé es lavado
y vestido, su bautismo, su amamantamiento, el uso del biberón, en la cuna, en
el andador, bañado en una palangana junto a la chimenea, llevado a espaldas de
la madre como lo hacen nuestras coyas, sus juguetes. Párvulos campesinos,
cargados a caballo en el regazo de su madre mientras el padre los sigue a pie.
También en el campo, el niño entre su padre que trabaja la tierra y su madre
que hila, y junto a ella el recién nacido en su cuna. Niños de mayor alcurnia,
jugando con caballitos de juguete. Los regalos de Navidad. El niño en la
escuela, aprendiendo a leer o a cantar junto al maestro. El niño ofrecido por
sus padres al monasterio y recibido por el abad, luego estudiando y formando
parte del capítulo...Incluso la enfermedad y su tratamiento están
representados, las peregrinaciones para rogar por su salud, y aún la
muerte...En todos los casos, vemos al niño atendido y cuidado.
En el campo educacional, en los siglos
XI y XII, los obispos retoman la vieja tradición y vuelven a ordenar a los
párrocos abrir escuelas para instruir gratis a todos los niños. Por su parte,
muchos señores feudales colaboran abriendo escuelas en las parroquias de sus
tierras. Y en las ciudades, entre los burgueses, aparecen "contratos de
aprendizaje" por los cuales los patrones de distintos oficios se
comprometen a enviar a la escuela a sus aprendices niños. En estas escuelas
"primarias" gratuitas y abiertas a todas las clases sociales,
ubicadas en locales lindantes con la iglesia, la enseñanza es el catecismo, la
lectura y escritura, en muchos casos rudimentos del latín (que ya no era una
lengua hablada, sino cultural) y el cálculo o arte de "fichar" (por
usarse fichas para hacer cuentas). Puesto que estamos aún en época de libros
"manuscritos", y ellos escaseaban y eran difíciles de obtener, en su
lugar se utilizan cuadro s murales, hechos con pieles de vaca o carnero, donde
se pintaban los temas necesarios. Se conservan algunos que representan modelos
de escritura, genealogías del Antiguo Testamento e imágenes que simbolizan los
vicios y las virtudes -tal como las observamos también en piedra, en las
catedrales. Otra vez las imágenes, que usó tanto la Iglesia medieval para la
educación popular.
También en las escuelas monásticas
prosigue la tradición de escuelas abiertas a todos. A principios del siglo XII,
en Francia, hay setenta abadías con escuelas. Algunas de ellas, dedicadas sobre
todo a la enseñanza secundaria y superior, se hicieron célebres. Basta recordar
la de Bec-Hallouin, donde enseñaron Lanfranc y San Anselmo, la de Cluny donde
brillaron tantos intelectuales hasta Pedro el Venerable, y la del monasterio
femenino de Argenteuil, de donde salió Heloísa con un perfecto conocimiento del
griego y del hebreo. Sin olvidar la de la abadía de Saint-Denis, en cuyos
pupitres escolares compartieron la enseñanza elemental y se hicieron amigos un
príncipe y un campesino: el futuro rey Luis VII y Suger. Éste es un ejemplo de
la convivencia y camaradería que existía en la escuela entre niños de
procedencias dispares. También demuestra que, hasta los más pobres y rústicos,
con aptitudes, pudieron acceder a la enseñanza secundaria y superior. Es bien
sabido, en efecto, que Suger, el campesino, no sólo llegó a ser abad sino
regente del reino y que también a él le debemos la concepción del primer
espécimen de arquitectura gótica -la abacial de Saint-Denis- y que él mismo
explica en sus tratados que se inspiró en la teología mística del
pseudo-Dionisio Areopagita (que había sido traducida del griego al latín en la
época carolingia).
El concilio de Letrán de 1215 impuso a
todas las diócesis la obligación de abrir escuelas secundarias -llamadas
catedralicias o capitulares- , con lo cual todos, ricos y pobres, podían
recibir instrucción gratuita desde los 7 a los 20 años. En las escuelas
monásticas siguió siendo gratuita, mientras en las episcopales se hizo
costumbre que pagaran los ricos, no los pobres, y los concilios
castigaron a maestros que exigieron pago a todos.
Esta enseñanza gratuita y abierta a
todos explica la multitud de clérigos y profesores afamados que salieron del
pueblo. Asimismo, la difusión de la escritura en un nivel inferior queda
probada en tantas actas notariales en que los testigos firman.
Todavía podríamos hablar de la
importante acción educativa de Santo Domingo de Guzmán a principio del siglo
XIII, cuya primera medida ante la difusión de la herejía cátara
que rebajaba a la mujer, fue establecer (en 1206) una escuela para niñas -Notre
Dame de la Prouille- para enaltecer la dignidad femenina.
Los niños en el Paraíso de
Dante
Lo dicho alcanza para probar el cambio
cumplido durante la Edad Media en lo referente a la valoración y educación de
los niños. Lo que lo hizo posible fue el Evangelio tomado en serio y puesto en
práctica. Siguiendo el ejemplo del Divino Maestro, la Iglesia se hizo cargo del
niño: le administra el bautismo, le ofrece tempranamente la Eucaristía, crea
para él -gracias a los monjes- la escuela elemental. También reconoce su
santidad, incluso precoz, como en el caso de los "santos inocentes".
Y es justamente con una referencia a
esta santidad precoz que queremos cerrar esta sumaria recorrida. Se trata de un
caso notable y conmovedor: el de Dante en su Paraíso. Cuando
el poeta contempla la "Rosa" que es el Cielo, su guía -San Bernardo-
le muestra un numeroso grupo de párvulos explicándole:
"Éstas son almas liberadas antes
de disponer de arbitrio propio.
Bien puedes
advertirlo por los rostros y también por las voces infantiles... si tú los miras bien y los escuchas" (XXXII, 48)
¿A quién sino a un cristiano se le
hubiera ocurrido incluir un grupo infantil en medio de las figuras tan sublimes
que ocupan la Rosa Celestial? Los niños apenas aparecen en la literatura
antigua, y si aparecen, siempre son considerados "menores", de poca
valía. Y bien, imbuído del Evangelio, Dante da este tierno cuadro que confirma
y corona lo dicho: el valor del niño en sí mismo, en cuanto niño, que, redimido
por Cristo, es cabal hijo de Dios y capaz de gozarlo en el Cielo.
NOTAS
1 San Benito de Nursia, Regla de
monjes Madrid, BAC, 1968 (edición bilingüe)
2 Régine Parnoud, en La femme
aux temps des cathédrales Paris, Stock, 1980, p.24, remite al estudio
de R.Étienne "La conciencia médica antigua"
3 Pierre Riché, Éducation et culture dans
l'Occident barbare -VI-VIII siécle -Paris, Éditions du Seuil,
1962-1995, p. 366.
4 Pierre Riché, op.cit., p.366.
5 Pierre Riché, op.cit., p. 94.
6 San Césareo de Arles, Sermo ad
monachos CCXXXVI, 1-2, de. Morin, t.II, p.894.
7 "Escucha, oh hijo, los preceptos
del maestro, así empieza la Regla de San Benito.
8 Pierre Riché, op.cit., p.367.
9 Pierre Riché, op.cit., p.506.
10 San Beda el Venerable, De
arte metrica D.Keil, VII, p.228.
11 Dom Jean Leclercq, L'amour des
lettres et le désir de,Dieu, les Éditions du Cerf, 1957.
12 San Bonifacio, Ars Grammatica editada por Gebauer y Löfstedt en Corpus
Christianorum, serie latina CXXXIII B, Turn-holdt, 1953. En ella se dirige a un alumno adolescente,
recomendándole
el estudio de los antiguos autores y gramáticos latinos para poder interpretar
la Escritura, que tiene sus sutilezas. Le explica por qué ha colocado, a la
cabeza de su tratado, dentro de un círculo, una cruz y
el nombre de Jesucristo: pues "al igual que todo el Antiguo Testamento
tendía a Cristo y contenía ya, bajo el velo de las figuras, la realidad de los
misterios de la salvación, así también todo lo bueno que se puede leer en los
gramáticos, poetas e historiadores antiguos, ha de ser referido a Cristo, según
el consejo de San Pablo "Probadlo todo, retened lo que es bueno". "Todo ello ha de ser introducido en el círculo de la fe",
pues "comprender las cosas es captar su relación con Cristo". El
mismo criterio de los Padres de la Iglesia, que ha sido transmitido y ha
llegado hasta entonces.
13 Etienne Gilson, L'humanisme
médiéval. Les idées et les lettres, Paris, Vrin, 1961.
14 Lo hace tanto en la obra citada -Education
et culture como en Les carolingiens, une famille qui fit l'Europe, Paris, Hachette,1983.
15 Pierre Riché, Les Carolingiens une
famille qui fit l'Europe, Paris, Hachette, 1983, p.357.
16 Pierre Riché, Éducation et culture dans
l'Occident barbare supra, p.399.
17 Capit. Reg. Franc. I, p.60, citado
por Riché: "Psalmos, notas, cantus, compotum, grammaticam,
per singula monasteria vel episcopia et libros cstholicos bene emendate"
18 Bertrand de Sauvigny, Histoire
de France, p.48.
19 Etienne Gilson: L'humanisme
médiéven Les idées et les lettres Paris, Vrin, 1961.
20 Rabano Mauro, De clericorum
institutione III, 18, PL 107,396.
21 Dom Jean Leclercq, L'amour des
lettres et le désir de,Dieu, Paris, les Éditions du Cerf, 1957, p.52
22 Dhuoda, Manuel pour mon fils, Paris, Les éditions du Cerf, Sources Chrétiennes n° 225 bis, 1991
23 San Bernón (926-942), San Mayolo
(954-994), San Odilón (994-1049), San Hugo (1049-1109).
24 Daniel Rops, La Iglesia de los
tiempos bárbaros, Barcelona, Caralt, 1956.
25 Régine Pernoud, La femme au
temps des cathédrales, Paris, Stock, 1980, p.184.
26 L'outillement au vilain en Poèmes français sur les biens d'un-ménage, publicado por Uran Nyström,
1940, citado por Régine Pernoud en op.cit., p. 90.
27 Eustache Deschamps, L'Outillement
au vilain, en Régine Pernoud, op.cit.p.91-92.
28 Pierre Riché et Danièle
Alexandre-Bidon, La vie des enfants au Moyen Age, Paris, éditions du Sorbier, 1994.
https://www.vallenajerilla.com/berceo/inescassagne/pueriedadmedia.htm

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