LA RECONQUISTA
RAZONES PARA UNA POLÉMICA
Pintura al óleo de Juan Mata Prats. La obra se muestra expuesta
en el Museo del Ejército de Madrid.
https://historia.nationalgeographic.com.es/temas/reconquista
Discutir sobre un término es
conceder a las palabras un valor muy superior al instrumental. En cierto modo,
al cargar las palabras de sentido intencional, lo cual es muy frecuente y en
muchas ocasiones inevitable, no hacemos sino “esencializar” su contenido
convirtiéndolas, en sí mismas, en objeto de estudio. Es esto lo que ha ocurrido
con la palabra reconquista. Desde luego, nació cargada de ideología cuando en
la segunda mitad del siglo XIX el conservadurismo nacionalista y decimonónico
de la Restauración borbónica comenzó a popularizarla. Designaba entonces un
proceso que servía para caracterizar la construcción de la nación española. Ese
proceso habría sido puesto en marcha por unos reyes que desde Asturias
reclamaban la recuperación de la herencia que habrían recibido de la antigua,
católica y unitaria monarquía de los visigodos. Su objetivo era recuperar esa
unidad político-religiosa que había destruido un pueblo muy ajeno a la realidad
española intentando imponer un credo y una cultura que nada tenían que ver con
ella. Se trataba, pues, de expulsarlos haciendo prevalecer los valores de la
unidad y el cristianismo, que venían a definir el ser nacional de España,
aunque, eso sí, aceptando parte de su legado artístico-cultural, integrado ya
en ese ser nacional.1
El discurso estuvo vivo a lo largo
de todo el último tercio del siglo XIX y primero del XX. Pero la Segunda
República, en realidad, no lo modificó. La idea de que la Edad Media peninsular
fue un escenario de recuperación de territorio y cultura se mantuvo, y ese
proceso fue definido en ocasiones como “guerra de independencia”.2 Naturalmente
fueron los sectores más conservadores del espectro político republicano los que
radicalizaron su instrumentalización. Así lo hizo Gil Robles en una renombrada
intervención en el teatro Monumental de Madrid en 1933.3 Este mismo tono es el
que heredó llevándolo a sus más esperpénticas manifestaciones el general
Franco, “Caudillo de la Nueva Reconquista”,4 tanto en la sublevación que
provocó la guerra civil, como a lo largo de toda la dictadura instaurada
después. Es un tema conocido y que no requiere mayor atención.5 También es
conocida la reacción que, a raíz de la instauración de la democracia, se generó
entre los medievalistas españoles frente a este término cargado de ideología
política reaccionaria.6
Sin embargo, ya en el nuevo siglo,
asistimos a un nuevo cambio en la valoración del término. Desde hace algo más
de diez años algunos medievalistas no ven inconveniente en recuperar la palabra
reconquista en su dimensión estrictamente instrumental, descargándola de todo
tipo connotaciones ideológicas adquiridas en tiempos modernos e incluso en el
mismo momento de su primera utilización decimonónica.7 Esta recuperación no ha
sido ni mucho menos generalizada pero quienes la representamos creemos que la
palabra reconquista es la más adecuada para definir una ideología perfectamente
documentada en la Edad Media, una ideología que aspiraba a recuperar un
territorio arrebatado por los musulmanes y que, en el pasado, había sido
escenario de sociedad floreciente y profundamente cristiana. Los fabricantes de
esta ideología que, como veremos, presenta múltiples y diversas manifestaciones
no utilizaron en ningún caso la palabra reconquista porque en latín y tampoco
en romance ibérico tal término existía. Sí aparece ocasionalmente el verbo
reconquistar en un texto de la segunda mitad del siglo XII, 8 pero lo que sí
resulta evidente es el manejo a lo largo de siglos de la idea de vuelta a un
pasado idealizado que los musulmanes habían destruido y que pasaba, por tanto,
por su derrota o expulsión y, en todo caso, por recuperar de sus manos la tierra
arrebatada.
Se ha especulado con la posibilidad
de designar esta ideología con otro nombre que evite el estigmatizado de
reconquista, pero las propuestas no han tenido éxito. Hablar de
“restauración”,9 que es un término que sí aparece en la documentación, se
relaciona más con la reinstauración del culto cristiano y del entramado
eclesiástico que lo posibilita, y no parece hacer justicia del todo a la
dimensión política y claramente territorial de una ideología que buscaba
legitimar un cambio de dueño para la tierra ibérica. Hablar de “conquista
feudal” o simplemente “conquista”,10 remite antes a la realidad de un proceso
militar de ocupación que a la ideología que lo justifica, y por tanto, hace un
flaco servicio a quienes no creemos que ese proceso militar —no tan continuo,
generalizado e inequívoco como a veces se ha pensado— pueda realmente asumir la
caracterización de un periodo.
La palabra reconquista, aplicada
exclusivamente al entramado ideológico que sustenta la expansión conquistadora
de los cristianos a costa del islam, no exige siquiera una continuidad sin
fisuras: las ideologías no son procesos y, en ocasiones, permanecen latentes
hasta que vuelve a ser necesaria su utilización. Con todo, la reutilización del
término no está exenta de peligros. Que algunos académicos lo utilicen, aunque
sólo sea en el sentido apuntado, puede dar pie a un uso abusivo y no matizado
que conecte más con la antigua y convencional idea que con la relectura
propuesta. Por eso, quienes asumimos la reutilización tenemos ante nosotros el
reto de intentar explicar exactamente qué es y qué no es la “reconquista”: una
ideología del pasado que no debe extrapolarse fuera de las coordenadas en que
dicha ideología se concibió, y que, en cualquier caso, no designa ni un periodo
histórico ni mucho menos una supuesta guerra de 800 años entre cristianos y
musulmanes que nunca se produjo en esos términos.
Desde luego, esta reciente
rehabilitación del término reconquista no cuenta con el consenso de la
comunidad científica. De hecho, en un reciente estudio, el profesor Alejandro
García Sanjuán, contrario a su uso en cualquier supuesto, ha establecido una clasificación
del medievalismo peninsular que, en lo que se refiere al término, establece
tres grupos de investigadores:11 el de quienes lo rechazan como inasumible dada
la carga ideológica que presenta y de la que no podemos desprendernos aunque
queramos; el de quienes, en consonancia con la lectura más tradicional, aunque
en diversos grados, asumen la “reconquista” como ese periodo formativo de la
realidad peninsular sin el que no es posible entender la realidad de España; y
finalmente el de quienes nos proponemos recuperar el término aplicándolo
exclusivamente a la dimensión ideológica a la que estamos haciendo referencia,
sin que ni el término en sí ni la ideología subyacente nos autoricen a una
interpretación finalista y claramente reduccionista de nuestra Edad Media que
la convierta en el resultado de un antagonismo entre cristianos y musulmanes
sólo resuelto con la toma Granada por los Reyes Católicos. García Sanjuán nos
define como “reformistas”. No sé exactamente lo que venimos a reformar, porque
no tratamos de hacer digerible o más presentable una concepción del pasado,
sino que simplemente intentamos recuperar el valor instrumental de una palabra.
Y para ello vamos a presentar en
las próximas páginas el proceso de construcción de un relato, el de la
reconquista, que es muy antiguo en su formulación, que se manifiesta muy
extendido a lo largo de la península, que se presenta bajo modelos de comprensión
diferente, y que, desde luego, es muy persistente en el tiempo cubriendo, sin duda
con significativas intermitencias, todo el periodo medieval.
Un relato muy antiguo
Es frecuente afirmar que el más
primitivo de los relatos de reconquista es el elaborado en clave neogótica por
el ciclo historiográfico asturiano de Alfonso III poco antes del año 900. Pero,
en realidad, existe un relato anterior en cien años fechable en torno al 800.
Está vinculado a las primeras décadas del reinado de Alfonso II (791-842).
Desde luego, no presenta ni mucho menos una articulación tan acabada como el de
un siglo después y difiere además de él en que es ajeno al neogoticismo que
caracteriza a este último.
Su reconstrucción es posible
gracias a dos testimonios de extraordinario interés. El más antiguo es el
llamado Laterculus regum Ovetensium, un listado de reyes desde Pelayo al propio
Alfonso II compuesto al acceder al trono este último o muy poco después, y que
es tenido por la primera de las manifestaciones historiográficas de la
monarquía astur.12 El listado va precedido de una mini-crónica en la que
sumariamente se nos dice que después de dominar Ispania durante casi 400 años,
los godos fueron expulsados de su reino (expulsi sunt) en el año 711 en que el
dominio pasó a los sarracenos que lo mantuvieron durante cinco años antes de
que reinara don Pelayo.13 A ello debemos añadir otro curioso dato
complementario. En el año 742 un copista procedió a reproducir la crónica de
Juan de Bíclaro y le añadió un epílogo que contenía una especulación acerca del
cumplimiento del sexto milenio con el que concluiría el tiempo histórico, y
todo parece indicar —el texto está mutilado— que ese momento tendría lugar en
el año 801. Pues bien, la copia se nos ha conservado en un manuscrito que
recoge también el latérculo que comentamos.14 Con independencia de dónde pudiera
haber sido confeccionada esa copia, la conexión de la especulación apocalíptica
con un listado de reyes que culmina con el advenimiento de Alfonso II pocos
años antes del cumplimiento profético, bien podría constituir un signo de
expectativa victoriosa asociado al triunfo del monarca sobre los musulmanes. No
olvidemos —así lo han señalado algunos especialistas—15 que el sentimiento
apocalíptico focalizado en el año 800 tuvo estrecha relación con círculos
intelectuales del cristianismo andalusí contrarios a la dominación islámica, y
nada hubiera tenido de particular que los primeros ideólogos de la monarquía
asturiana hubieran querido vincular el advenimiento del nuevo tiempo del
reinado de Dios con la victoriosa figura de su rey.
Especulaciones aparte, un hecho
resulta evidente: Alfonso II, según el latérculo, recoge la herencia de unos
reyes encabezados por Pelayo que, aunque no eran directos herederos de los
godos, sí aspiraban a poner fin a un dominio islámico proyectado sobre el mismo
solar que habían gobernado aquellos: los reyes asturianos no eran los sucesores
de los godos, pero sí aspiraban a controlar su antiguo reino.
La idea conecta con el segundo
testimonio de Alfonso II del que disponemos, su conocido testamentum o dotación
de la Iglesia ovetense, fechado en 812.16 Su preámbulo nos habla de la gloria
de los godos favorecidos por Dios hasta que su soberbia les hizo merecedores de
justo castigo mediante la “espada árabe”. El reino perdió su gloria junto con
su rey Rodrigo, pero la misericordia de Dios no quiso que la desgracia fuera
irreversible, y mediante su siervo Pelayo, librado del castigo y elevado al
rango de príncipe, combatió contra los enemigos defendiendo al pueblo cristiano
y astur. Ahora, Alfonso II, que no es sino el bisnieto de Pelayo —como se encarga
de subrayar él mismo— ofrece a Dios los dones que le permitan vencer a los
adversarios de la fe y obtener el perdón de los pecados para quienes trabajan
en pro de la recuperación de la casa del Señor.17
El mensaje es claro: Alfonso,
heredero directo de Pelayo, está llamado a vencer a quienes acabaron con el
reino de los godos, y ello con la ayuda de Dios y de todos los que contribuyen
a recuperar su casa. Con independencia del significado real de esta última
idea, la de la recuperación de la casa, ambigua y no del todo aclarada,18 es
obvio que Alfonso II esperaba volver a controlar el reino de los godos
justamente abatido por la ira de Dios.
La monarquía goda aparece, pues,
como un indirecto objeto de deseo. Ciertamente se arruinó como consecuencia del
pecado y no era cuestión de restaurarla, pero ya desde el año 800 sí se
visibiliza como un ámbito de poder de glorioso pasado que es preciso recuperar.
La idea obviamente procede del sur, de los ambientes cristianos que, sometidos
al islam, desde pronto comenzaron a idealizar el pasado godo y proyectar sobre
él una imagen distorsionada y falseada de reino unido políticamente, fuerte en
su fundamentación católica y cohesionado desde el punto de vista territorial;
un reino, eso sí, que el pecado corrompió, provocando su desplome. En ambientes
andalusíes algo de esto puede verse desde muy pronto en la llamada Crónica
Mozárabe de 754. En ella no se da una explicación providencialista y asociada
al pecado para explicar la ruina del reino, pero el profundo lamento que
contiene acerca de su destrucción contrasta con la imagen que previamente
proyecta de un reino floreciente y unido.19 Según el relato cronístico, ese
reino sólo ocasionalmente se habría visto turbado por algún fugaz episodio de
inestabilidad política o militar, pero, en cualquier caso, fue un reino capaz
de poner fin al problema judío,20 luchar exitosamente contra la herejía y
afianzar la doctrina católica provocando la admiración de Roma, un reino en
suma capaz también de gobernarse mediante frecuentes reuniones conciliares en
las que brillaban eclesiásticos sabios y virtuosos.21
Esta idealizada imagen muy pronto
debió llegar al norte “resistente”, un territorio no caracterizado precisamente
por una fuerte implantación institucional del antiguo reino godo. Pero la
imagen siguió perfeccionándose a lo largo del siglo IX en ambientes andalusíes
donde a mediados de la centuria tenemos alguna interesante muestra de ello.
Eulogio de Córdoba en su Memoriale sanctorum, redactado en 851, constata que,
por culpa del pecado, el poder en Hispania había recaído en un pueblo infiel
después de la ruina del reino de los godos que en otro tiempo había brillado
por su felicísimo culto cristiano, por la dignidad de sus venerables obispos y
la construcción de admirables basílicas, levantadas en un “tiempo de paz”.22
Muy poco después, a finales de ese mismo 851, Eulogio precisaba algo más y
focalizaba en la Iglesia la responsabilidad de tan infausta caída: la res
publica de los godos, que había florecido gracias al buen gobierno ejercido por
los obispos, ahora se hallaba en manos de los seguidores del abominable profeta
del islam y eso era la consecuencia del justo designio de Dios que castigaba
así el sumiso conformismo que esa misma Iglesia mostraba hacia las autoridades
andalusíes.23
Esta idealizada imagen, en
contraste con la persecución de los cristianos por parte de los musulmanes que
sin fundamento alguno denunciaban el propio Eulogio y sus seguidores, fue
decisiva a la hora de construir el relato reconquistador que no tardaría en
producirse en el norte. El mismo Eulogio, al tiempo que nos ofrece su
particular visión del pasado godo, fabrica una estereotipada imagen del
enfrentamiento entre cristianos y musulmanes como un permanente y penoso
combate,24 y poco después, antes de finalizar el siglo, la Passio de Nunilón y
Alodia, dos “mártires voluntarias” oscenses, alude a los montes ubi christiani
habitant y donde podían refugiarse aquellos que se sintieran perseguidos por
los musulmanes.25
Éste es el pozo que alimentó la más
primitiva formulación del relato reconquistador elaborado en la corte ovetense
de Alfonso III a finales del siglo IX. No olvidemos que, con toda probabilidad,
fue la embajada del obispo Dulcidio, enviada por Alfonso III a Córdoba en 883
de la que nos informa la Crónica Albeldense, la que trajo los restos de Eulogio
junto con su obra a la corte del monarca asturiano.26
A partir de ello, y naturalmente de
todo un caudal propagandístico interesadamente manipulado, el llamado ciclo
historiográfico de Alfonso III construye un relato de naturaleza
providencialista, sin duda muy del gusto de un monarca que aspiraba a romper el
cerco de impotencia heredado de sus antecesores organizando una primera gran
ofensiva expansionista. La Crónica Albeldense en una frase sintética, y que nos
recuerda a las palabras de Eulogio en su carta al obispo de Pamplona,27 nos
dice que los cristianos combaten a los sarracenos día y noche continuamente.28
La idea de expulsión está presente, y las acciones del rey parecen ir
encaminadas en ese sentido: el establecimiento de una frontera digna de tal
nombre en el Duero y razias que llegaban a territorios sensibles de al-Ándalus,
sin olvidar una clara concertación estratégica con la joven monarquía
pamplonesa.29 Todo ello alimentaba la idea de un próximo fin de la contienda,
la restauración del reino godo y la reunificación cristiana de Hispania,
aspectos que constituyen el argumento de la llamada Crónica Profética. 30 y ese
fin augurador de liderazgo hispánico hizo que probablemente Alfonso III no
llegara a desdeñar del todo la idea de hacerse con una corona imperial.31
Lo cierto es que un relato
construido sobre estos argumentos requería de una memoria legitimadora,
intensamente providencialista, que justificara esa restauración de la vieja
Hispania goda, y que tuviera como arranque una referencia fundante teñida de sacralidad:
la que protagonizaron Pelayo y la mítica batalla de Covadonga. Esta última y
los acontecimientos que la rodean, como es bien sabido, son el fruto de la
combinación de muy variados materiales hagiográficos y litúrgicos; y la batalla
en sí constituye un tópico literario que en su esquema básico —el refugio de
los “buenos” en un monte, rodeados de impíos y en el que experimentan la acción
salvífica de la divinidad mediante acciones milagrosas— es algo ya presente en los
Oráculos de Histaspes, un texto apocalíptico redactado en torno al inicio de
nuestra era y que conservamos en buena parte en la obra de Lactancio.32
Curiosamente el relato
reconquistador se olvidó del mito pelagiano casi inmediatamente después de
crearlo, y no lo recuperará hasta prácticamente el siglo XII. En los siglos X y
XI hay claros testimonios que, en clave reconquistadora, explican los
acontecimientos relativos a la progresión expansiva de los cristianos leoneses
a costa del islam, pero ninguno de ellos alude a Pelayo y Covadonga. Los hemos
analizado en otro lugar.33 Baste indicar aquí que esos testimonios aluden al
control del regnum Spanie, 34 a recuperar quod nostrum est35 o a liberar los
territorios cristianos de la presencia de los musulmanes expulsándolos de
ellos36. A menudo se relacionan o bien con ciudades desvinculadas de la
tradición ovetense, como Santiago, o con necesidad de enfatizar su protagonismo
al margen de ella, como León o Toledo, y en alguna ocasión pareciera que la
respuesta cristiana de recuperación se vincula más a la memoria de Almanzor y
sus devastadoras campañas que a la de los primeros conquistadores musulmanes de
la península.37
El panorama, como decimos, cambiará
a partir de comienzos del siglo XII cuando la llamada Historia Silense recupere
el discurso pelagiano de la reconquista sobre la base fundamentalmente de la
cronística de Alfonso III, pero a ello habremos de volver más adelante.
En cualquier caso, sí apuntaremos
aquí que el vacío previo a la reivindicación “neogótica” y pelagiana del
Silense, fue aprovechado para intentar afianzar en este marco occidental de la
península otro modelo de reconquista que nada tenía que ver, no ya con Pelayo y
Covadonga, sino con cualquier asomo de reivindicación de un pasado godo. En
otro lugar lo hemos estudiado calificándolo de “reconquista carolingia”.38 Aquí
nos limitaremos a indicar que el rastro épico de la Chanson de Roland en
combinación con el Camino de Santiago y el colectivo franco en él instalado,
del que tantos beneficios extraía la sede compostelana, acabaron conformando
una visión de la reconquista en honor y gloria de la Iglesia de Santiago. Carlomagno,
a instancias del apóstol, logró vencer a los musulmanes y recuperar para el
cristianismo la península, y puso todo el resultado de su heroico proceder a
los pies de Santiago y su arzobispo a quien correspondería el control de toda
Hispania. El Pseudo-Turpín, inserto en el Liber Sancti Iacobi a mediados del
siglo XII, recoge precisamente este argumento que ya le sirvió al arzobispo
Gelmírez en 1125 para predicar una cruzada que hubiera permitido liberar al
conjunto de la península del yugo musulmán. Era una reconquista convertida ya
claramente en cruzada.39
Un relato muy extendido
El relato reconquistador, además de
ser muy antiguo, estuvo muy extendido por toda la península, y desde luego
también por áreas ajenas a los territorios astur-leoneses.
Hemos de referirnos, en primer
lugar, al primitivo reino de Pamplona gobernado por la monarquía Jimena desde
la corte de Nájera, en la que, a finales del siglo x, se construiría una
versión muy particular del planteamiento neogótico asturiano. Cristalizaría en
la elaboración de los códices de Albelda y Roda bajo los auspicios de Sancho
Garcés II Abarca (970-994). Manuel C. Díaz y Díaz llamaba la atención sobre la
“reconstrucción del estado y de la iglesia visigóticos” que se producía entonces
en este ámbito riojano.40 El discurso reconquistador de la cronística alfonsina
tras el fracaso astur-leonés se encarnaba así en una pujante y renovada
monarquía pamplonesa.41
Si nos trasladamos al área
pirenaica, algunos de los más antiguos testimonios cronísticos, como es el caso
de la Crónica de Moissac, compuesta poco después del 800, se limitan a dar
cuenta de la conquista sarracena como castigo divino por la lujuriosa vida y
mal ejemplo dado por Witiza a su clero y pueblo, y hablan también del éxito de
la invasión sobre casi toda Spania en tiempo récord de dos años, y del
consecuente punto final del reino visigodo tras la derrota de Rodrigo.42 Esto
no significa, ni mucho menos, que en zonas catalanas se diera por amortizada la
continuidad cultural y política de la herencia goda, cuya importancia en la
génesis de la Cataluña medieval fue en su día justamente subrayada por
Zimmermann.43 Las crónicas y los testimonios literarios franco-carolingios de
la primera mitad del siglo IX, a propósito de la conquista de Barcelona por
Ludovico Pío en 801, no ocultan el protagonismo godo en la tarea de
recuperación territorial. Ermoldo el Negro, por ejemplo, nos habla de su
presencia en el ejército carolingio y de que al conde Bera y los godos les
sería confiado su ulterior gobierno.44 La dirección política de la
“reconquista” era la carolingia, pero en parte sus protagonistas y, desde
luego, sus beneficiarios últimos serían los godos, cuyas diferencias con los
francos se van poco a poco acentuando a través de los testimonios
historiográficos de que disponemos.
En cualquier caso, es obvio que en
los testimonios de origen franco encontramos godos, pero nada que nos hable de
un auténtico discurso reconquistador. Sólo a partir del siglo xi, y pese a que
entonces todavía seguía estando muy presente en la conciencia y, sobre todo, en
las prácticas jurídicas de los condados catalanes,45 ese pasado godo ya no va a
ser un elemento decisivo a la hora de legitimar sus orígenes. Lo que sí lo va a
ser es la idea de “reconquista”. A partir de mediados del siglo IX esa idea,
ajena por supuesto al recuerdo de Pelayo y Covadonga, sirve al conde Ramón
Berenguer I para contextualizar la consagración de la catedral de Barcelona en
1058. El documento que la contiene alude a la secuencia de invasión /
liberación de la ciudad de Barcelona y a que esa ciudad acabó por sucesión
hereditaria de los condes cristianos en manos del consagrante, erigido en
“guerrero y muralla del pueblo cristiano”.46
Pero es en la biografía de Guifré
el Pelós, que nos presenta en su comienzo las Gesta comitum Barchinone et regum
Aragonie, donde el concepto de “reconquista” se nos muestra inseparable de la
memoria identitaria de la Cataluña medieval. Como es sabido, el núcleo
primitivo de las Gesta fue redactado en el monasterio de Ripoll entre 1162 y
1184. Pues bien, en esa biografía se nos dice que el condado de Barcelona
pertenecía al rex Francorum, y tras la muerte violenta de su titular a manos de
unos soldados francos, el hijo del conde asesinado, Guifré, fue confiado por el
rey al conde de Flandes para que se criara en su corte. Siendo apenas
adolescente dejó embarazada a la hija de este último, y su madre, la condesa, después
de exigir a Guifré el compromiso de contraer matrimonio con su hija una vez se
hubiera hecho con el condado de Barcelona, lo devolvió a su tierra. Allí, con
el acuerdo de próceres y magnates de la patria, se hizo efectivamente con el
control del condado de Barcelona, a Narbona usque in Hispaniam, no sin antes
dar muerte al conde de origen franco que había ocupado la dignidad de su padre
ahora recuperada. Después, tal y como había prometido, contrajo matrimonio con
la hija de los condes de Flandes y para ello se desplazó a tierras de los
francos, de cuyo rey acabó recibiendo la investidura del condado de Barcelona.
Permaneció largo tiempo en su palacio, y fue estando allí cuando recibió la
noticia de que “su patria” había sido invadida y conquistada por los sarracenos
(sarracenos in suam patriam advenisse totamque pervasisse et obtinuisse simul
fere). Guifré inmediatamente pidió al rey ayuda para expulsarlos (ad depellendos).
El rey, ocupado en otros asuntos, se la negó, pero sí le concedió, a instancias
del conde, que si fuera capaz de expulsar de su territorio y por sus propios
medios a los sarracenos (si a predictis suis finibus ipse per se agarenos
valeret expellere), el condado quedaría bajo su poder y el de su linaje a
perpetuidad, ya que hasta entonces nunca había sido concedido de manera
hereditaria sino por el tiempo que establecía el rey. Guifré, efectivamente,
consiguió expulsar a los agarenos de su territorio hasta la frontera de Lérida
y tomó así posesión del condado tan valerosamente recuperado (recuperatum). Así
es como el condado pasó de la potestad real a manos de “nuestros condes de
Barcelona”. Expulsados los sarracenos, Guifré construyó el monasterio de Ripoll
el año 888.47
El texto encierra un extraordinario
interés. Su apariencia novelada es fruto del más que probable origen épico de
una narración que habría sido incorporada a las Gesta a partir de un cantar
compuesto entre 1117 y 1146 en el monasterio de San Miquel de Cuxà, quizá por
el abad Gregorio, arzobispo de Tarragona entre 1139 y 1146.48 Estaríamos, por
tanto, ante una tradición legendaria imposible de datar cronológicamente con
precisión.
A los efectos que aquí nos
interesan, lo nuclear del texto es que la identidad de la Cataluña condal y de
su hegemónico linaje barcelonés, tal y como la conciben los círculos monásticos
de Ripoll, se asocia a la invasión del territorio por parte de los musulmanes.
Esa invasión es, por tanto, el desencadenante de una construcción identitaria
cuya memoria acaba de tomar forma bajo el gobierno de Alfonso II (1162- 1196),
el precursor de la futura Corona de Aragón. Según el relato, hasta el momento
en que se produce la conquista islámica, el condado de Barcelona dependía del
rey franco. Su independencia llega cuando este rey, incapaz de prestar a su
vasallo la ayuda solicitada,49 reconoce la gesta llevada a cabo por Guifré el
Pelós: la recuperación de su patria y la expulsión de ella de sus invasores los
musulmanes, es decir, cuando se produce la “reconquista” del territorio.
El relato, en cualquier caso,
parece de algún modo conectar con la “reconquista carolingia” a la que
aludíamos un poco más arriba. Por un lado, la vinculación de la casa de
Barcelona con el condado flamenco, que nos presenta la narración, no es
aleatoria. Era una forma de legitimar el linaje asociándolo a ancestros
carolingios. Teóricamente, el supuesto suegro de Guifré habría sido el casi
legendario Balduino I de Flandes, Brazo de Hierro (870-879), a su vez, yerno de
Carlos el Calvo y uno de sus más destacados adalides. Es conocida la obsesión
de no pocas casas de linajes locales a la hora de pretender legitimarse
mediante ascendencia carolingia.50 Pero hay más. La primitiva redacción de las
Gesta es prácticamente contemporánea a otra iniciativa cultural del monasterio
de Ripoll como fue la copia en 1173 del Pseudo-Turpin, al que también hacíamos
referencia un poco más arriba. La copia casi íntegra de este texto, junto con
otras secciones del Liber en que se hallaba, la llevó a cabo un monje de
Ripoll, Arnau de Mont, que se desplazó en aquella fecha a la propia sede
compostelana. Jaspert nos ha mostrado en un interesante artículo hasta qué
punto encajaba en la corte de Raimundo Berenguer IV, el padre de Alfonso II, y
desde luego en el scriptorium de Ripoll, el enfoque neocarolingio que daba
instrumentos de legitimación a una formación política que aspiraba a su
perfecta conformación como tal en abierta rivalidad con las pretensiones
hegemónicas de los Capeto.51 A fin de cuentas, al igual que Carlomagno, su
indirecto sucesor, Guifré el Pelós, había sabido cimentar el control sobre su
tierra mediante el uso de las armas frente al infiel del que recuperaba la
tierra ocupada.
Pero en el ámbito propiamente
aragonés, y hasta la constitución de la Corona de Aragón, no vemos ningún
reflejo carolingio, en un discurso tan indiscutiblemente reconquistador como el
contenido en la dotación de la catedral de Huesca realizada en 1097 por Pedro I
de Aragón y Pamplona. En él se nos dice que los musulmanes habían ocupado casi
toda Hispania durante 460 años y que no hacían sino oprimir a los cristianos.
Dios se apiadó y los oprimidos acabaron destruyendo el yugo musulmán como ahora
acababa de hacer Pedro I. En el relato no hay por supuesto monarquía visigoda
que reconstruir ni Pelayo o Carlomagno al que deber nada. Hay una ocupación de
Hispania y una guerra liberadora para sacudirse el yugo opresor. El territorio
es recuperado no por un héroe concreto sino por un pueblo, el hispano, que
gracias a Dios va sacudiéndose el yugo a través de sus reyes.52
Como vemos, el discurso
reconquistador no obedece a un único modelo, el neogótico, como frecuentemente
se da a entender. Su capacidad de adaptación a escenarios y circunstancias
resulta llamativa. Vamos a trasladarnos a otro escenario en el flanco opuesto
de la península, el del reino de Portugal. ¿Se dio en él discurso
reconquistador? No es éste un tema que, en líneas generales, haya preocupado
mucho a nuestros colegas lusos. En realidad, el contacto de Portugal como reino
privativo con el islam y su confrontación militar con él apenas alcanzó una
centuria. ¿Se desarrolló en ese tiempo un relato legitimador basado en la idea
de “reconquista”? La respuesta es afirmativa, y además podemos ilustrarla
bastante bien atendiendo a una de las primeras fuentes que pretenden justificar
en términos políticos e ideológicos el gran acontecimiento “reconquistador” con
el que abre su reinado el primer monarca luso, Alfonso Henriques, aquel
acontecimiento con el que pretendió mostrar a la Cristiandad la viabilidad del
reino recién nacido. Nos referimos a la conquista de Lisboa de 1147.
La fuente principal para su
conocimiento es el De expugnatione Lyxbonensi, una detallada crónica concebida
como la carta que muy probablemente un presbítero de nombre Raúl dirigió a
Osberto de Bawdsey, un clérigo vinculado al monasterio premonstratense de
Butley, en Suffolk. Se trata casi con toda seguridad del texto de un
anglonormando participante en la expedición, un hombre cercano al monarca que
habría podido tener acceso a la cancillería regia.53 En cualquier caso, el
texto debe ser considerado como muy cercano a los acontecimientos narrados, y
no es fácil sustraerse a la idea —así lo sugiere Maria João Branco— de que este
escritor, que desarrolló su trabajo en Portugal, que ofrece una imagen no “heroizada”
pero sí positiva del rey, y que realmente tuvo acceso a la documentación de su
cancillería, no escribiera por su propia iniciativa sino más bien respondiendo
a un cierto estímulo “oficial”.54
Pues bien, en el texto se recogen
dos interesantes discursos que articulan buena parte del relato y que recogen
ideas que responden con claridad al planteamiento reconquistador. Se trata de
la exhortación del obispo de Porto, Pedro Pitões, dirigida a los cruzados
llegados a su ciudad, y, sobre todo, la predicación del arzobispo João
Peculiar, ya junto a Lisboa. El primero de ellos encierra una extraordinaria
importancia, pero no es el que refleja mejor la idea reconquistadora. Es más
bien una exhortación netamente cruzadista en la que la reivindicación mediante
guerra justa de un territorio perdido queda algo oscurecida ante el
protagonismo de un argumentario de guerra santa mucho más cercano a la
cruzada.55 Y es así como debía ser porque no olvidemos que estamos ante el
discurso de quien representaba al rey para dar la bienvenida a los
expedicionarios embarcados en una cruzada. Obviamente lo que nos ha llegado no
es el fruto de los “apuntes” tomados in situ por un testigo presencial, sino un
texto muy elaborado, muy bien meditado y mejor fundamentado desde el punto de
vista doctrinal, y que no buscaría sino ser el fiel reflejo de la perspectiva
“oficial” de un rey empeñado en presentarse como líder cruzado. Para el obispo,
en efecto, es el celo de la ley de Dios y el impulso del Espíritu Santo los que
habían conducido a los expedicionarios a la península, en la que mucho antes el
castigo divino se había hecho presente a través de la invasión de moros y
moabitas. Contra la servidumbre impuesta por ellos a los cristianos les era
lícito actuar, y no cabía en esa respuesta ni la consideración del homicidio ni
la crueldad.56
La intervención del arzobispo de
Braga, en cambio, presenta otras características que la convierten en un
discurso más apegado a la tradición reconquistadora de la península. El
argumento empleado era el de la legitimidad de un combate contra quienes desde
hacía 358 años habían ocupado injustamente un territorio que no era suyo. Por
supuesto que no es éste un argumento ajeno al discurso cruzadista de los
papas,57 aunque sí es cierto que frente a propuestas radicales de persecución y
exterminio que suelen acompañar a ese discurso pontificio, el de João Peculiar
introduce patentes connotaciones posibilistas al conciliar la teórica “justicia
natural” que obligaría a marchar a los musulmanes a sus tierras dejando las de
los cristianos, con la flexibilidad de ofrecerles un pacto de sumisión sin
renunciar a su fe, perder sus bienes o abandonar posesiones,58 algo que conecta
mucho mejor con la ideología reconquistadora que con la cruzadista. En
conclusión, el relato reconquistador no es tampoco ajeno al reino de Portugal,
ni siquiera en el momento en que se pretendía legitimar su independencia.
Obviamente, el sermón de João Peculiar omite toda referencia al mítico origen
pelagiano del discurso neogótico, pero no prescinde del pasado glorioso de la
monarquía goda en cuyo marco se desarrolló una pujante iglesia conciliar, hoy
arruinada, a la que había pertenecido el titular de la de Lisboa.59
El relato reconquistador, con o sin
presencia de un idealizado pasado godo, recorre, por tanto, el conjunto
cristiano de la península en los siglos centrales de la Edad Media. Pero lo
curioso es que, ni siquiera, fue ajeno al propio al-Ándalus. La presencia de
ese relato en fuentes islámicas es bien conocida,60 y desde luego sorprende que
los musulmanes estuvieran tan al tanto del discurso que pretendía legitimar su
derrota y expulsión. Al margen de las viejas noticias sobre Pelayo y sus 30
“asnos salvajes” encaramados en un escarpado monte que nos proporciona en el
siglo X Aḥmad al-Rāzī, son sobre
todo noticias como la reflexión de Sisnando Davídiz, que
recoge ‘Abd Allāh en sus
conocidas “Memorias” del siglo xi,
o la sentencia acerca de los “dos Rodrigos” de Ibn
Bassam, ya del XII, las que más llaman la atención, y ello por no
aludir a la reiteradamente reproducida exigencia de abandono de “su país” que
Ibn ‘Iḍārī pone en boca
de Fernando I de León hacia 1300.61
Pero hay algo más. El pasado
godo como factor de legitimación de un poder instalado en al-Ándalus
pudo ser la motivación de que el famoso rebelde ‘Umar ibn Ḥafṣūn, converso al
cristianismo en 899, probablemente en aquella fecha o casi inmediatamente después, redactara u
ordenara la redacción de una genealogía a todas
luces falsa que lo hacía descendiente de un conde cristiano de nombre Alfonso,
contemporáneo de la conquista islámica.62 Maribel Fierro plantea la posibilidad
de que estemos ante un recurso legitimador que permitiera al rebelde “gobernar
como un rey cristiano en al-Andalus”.63 De ser así, estaríamos ante una muy
particular e indirecta lectura del relato reconquistador: la justificación de
un poder cristiano que, en confrontación con las autoridades andalusíes, asumía
como referente el pasado preislámico de la península.
Conclusión. Un relato muy persistente
Además de antiguo y extendido, el
relato reconquistador fue muy persistente a lo largo de Edad Media. Y lo fue de
manera especial, aunque no únicamente, en su versión primitiva neogótica y
pelagiana. A ello contribuyó decisivamente su “redescubrimiento” por parte de
la Historia Silense a comienzos del siglo XII, 64 pero, más aún, y sobre la
misma base, su “oficialización” por parte de los grandes cronistas latinos del
siglo XIII, y en especial de Rodrigo Jiménez de Rada. El proyecto del arzobispo
de Toledo era dotar de un liderazgo peninsular al reino de Castilla que de
alguna manera le permitiera acaparar la identidad del conjunto de Hispania, y
para ello acoger como propio el discurso de los herederos de la unitaria
monarquía goda que reclamaban que recobrar la unidad del territorio en la fe
cristiana era un argumento irrenunciable; y ese argumento permanecería vivo y
significativamente revitalizado, a través del scriptorium de Alfonso X, en
época de los Reyes Católicos.65
Y el argumento permanecería vivo
más allá del ámbito castellano, aunque, eso sí, adaptado a las peculiaridades
de cada reino. Pensemos en el más que significativo prólogo del Fuero General
de Navarra que, a mediados del siglo XIII, hablaba de la “perdición de España”,
sin eludir la vieja historia del protagonismo del conde don Julián en la
conquista islámica, ni por supuesto dejar de mencionar “al rey don Pelayo, que
fue del linaje de los godos, et guerreó de Asturias a moros et de todas las
montaynas”.66 Lo habitual, no obstante, será una adaptación de este discurso
obviando todo lo que pudiera justificar un predominio hegemónico de Castilla.
Así lo vemos en Portugal, donde antes de acabar el siglo XIII la cronística
proclamaba que era en realidad el reino luso el legítimo heredero de los
godos.67 En el ámbito propio de la Corona de Aragón se tiende a prescindir con
más facilidad de la herencia goda, pero la idea de una Hispania que es preciso
salvar gracias a la acción de sus reyes, capaces de decidir su destino, es algo
presente desde el Llibre dels Feyts a la Crònica de Pere el Ceremoniós. 68
Incluso más adelante, en Cataluña, en un momento de especial exaltación de la
mitografía carolingia como fue el siglo XV, 69 la visión de Pere Tomic acerca
de la leyenda de Otger Cataló pretendiendo explicar el origen de Cataluña, no
ignora ni a godos ni a Pelayo, aunque desde luego en ningún caso ni los unos ni
el otro constituyan la base legitimadora de su discurso.70
Donde ese discurso en su forma más
convencional y primitiva asume plena carta de naturaleza es, como hemos
adelantado ya, en el contexto cruzadista de la guerra de Granada acaudillada
por los Reyes Católicos. Hay testimonios antológicos y ya reiteradamente
citados y comentados.71 Interesa, no obstante, recordar tres aspectos. En
primer lugar, la ideología reconquistadora, que enlaza incluso con viejos
designios proféticos propios del ciclo historiográfico alfonsino, se pone al
servicio de un proyecto de erradicación de los musulmanes sin condiciones; es
decir, sus argumentos se sustancian radicalizándose: no caben componendas,
avenencias pactadas o sumisiones toleradas a cambio de tributación. Lo expresa
claramente Fernando el Católico cuando en 1485 daba instrucciones a sus
embajadores en Roma para convencer al papa Inocencio VIII de la necesidad de
renovar la correspondiente bula de cruzada: la guerra —argumenta el rey— no la
motivaba la codicia, cualquier ofrecimiento material a cambio de paz no se
contemplaba, de lo que se trataba era de eliminar el peligro que suponían los
infieles que debían ser “arrancados y echados de Spanna”.72 En segundo lugar,
esa guerra de erradicación era la respuesta a una agresión llevada a cabo hacía
más de 700 años contra la pacífica posesión de España que habían disfrutado los
antecesores de los actuales reyes. Las conexiones con una “legalidad visigoda”
resultan patentes en un discurso que retoma con fuerza el primitivo modelo
neogótico. Toda la correspondencia generada —y sus versiones cronísticas de
Alonso de Palencia y Hernando del Pulgar— en torno a la intervención mediadora
del sultán egipcio Qā’it Bay (1468-1496) en el conflicto
de Granada es muy reveladora al respecto. Y también lo es, y es éste el tercer
aspecto a resaltar, en lo que se refiere a la figura de Pelayo, citado
expresamente, y erigido en el referente de una acción que está permitiendo
devolver a la fe cristiana al conjunto de España, arrancándola de la tiranía
impuesta por los musulmanes.73
Es decir, de algún modo, la
conquista de Granada estaba cerrando un círculo discursivo iniciado en
Asturias, identificada como el “resto” de una España con la que se hacía una en
potencia. Los Reyes Católicos asumían el relato reconquistador en su versión
neogótica, la más primitiva y elaborada, pero no olvidemos que, de ninguna
manera había sido la única. Al margen de ella, otros modelos de reconquista, ajustados
a las particularidades de otros espacios políticos, habían pugnado y lo
seguirían haciendo por justificar lo que no fue sino la carrera expansiva y
conquistadora del conjunto de los reinos cristianos peninsulares a costa del
islam.
Notas
|
* Este estudio forma parte del
proyecto I+D Conflictividad religiosa en la Edad Media peninsular.
Confrontación, coexistencia y convivencia (ss. VIII-XV)
[PID2021-123762NB-100], financiado por la Agencia Estatal de Investigación
del Ministerio de Ciencia e Innovación del Gobierno de España. Este texto
cuenta con una versión en lengua inglesa: Carlos de Ayala Martínez, “The
‘Reconquest’ a New Proposal of Definition”, Imago Temporis. Medium Aevum,
núm. 18 (2024): 25-43, https://doi.org/10.21001/itma.2024.18.01. 1 Martín F. Ríos Saloma, La
reconquista. Una construcción historiográfica (siglos xvi-xix) (Madrid:
Marcial Pons, 2011); Martín F. Ríos Saloma, La reconquista en la
historiografía española contemporánea (México; Madrid: Universidad Nacional
Autónoma de México/Sílex, 2013); Carlos de Ayala Martínez, “La reconquista.
¿Ficción o realidad historiográfica?”, en La Edad Media peninsular.
Aproximaciones y problemas, coord. de Ángel Gordo Molina y Diego Melo
Carrasco (Gijón: Trea, 2017), 127-142. 2 Es el caso de la Enciclopedia
Dalmàu Carles en su edición de 1935. Manuel Hidalgo Herrera, “¿Han
evolucionado los libros de texto? Análisis comparativo del Medioevo en
manuales escolares del siglo xx y xxi”, Clío. History and History Teaching,
núm. 40 (2014), acceso el 30 de enero de 2026, http://clio.rediris.es/
n40/articulos/Hidalgo2014.pdf. 3 “Era necesario ir a la
reconquista de España con deseo de abrazar a los que vengan a luchar las
batallas por Dios y por la Patria. Se quería dar a España una verdadera
unidad, un nuevo espíritu, una política totalitaria…”. Rafael González
Requena, ed., La Segunda República española. Una propuesta didáctica
(Andalucía: Junta de Andalucía, 2014), 280. 4 “Caudillo de la Nueva
Reconquista/Señor de España, que en su fe renace…” son los dos primeros
versos del conocido poema que dedica Manuel Machado a Franco: Miguel D’Ors,
“¡La sonrisa de Franco resplandece! (Notas sobre un topo de la literatura
‘nacional’ de la guerra de 1936-1939)”, rilce. Revista de Filología
Hispánica, núm. 8 (1992): 19. 5 Una interesante panorámica de
impronta iconográfica en Francisco J. Moreno Martín, “Gesta Dei per Hispanos.
Invención, visualización e imposición del mito de cruzada durante la guerra
civil y el primer franquismo”, en La reconquista. Ideología y justificación
de la Guerra Santa peninsular, ed. de Carlos de Ayala Martínez, Isabel
Cristina Ferreira Fernandes y J. Santiago Palacios Ontalva (Madrid: La
Ergástula, 2019), 483-518. 6 Francisco García Fitz, “Crítica
e hipercrítica en torno al concepto de reconquista. Una aproximación a la
historiografía reciente”, en De Ayala Martínez, Ferreira Fernandes y Palacios
Ontalva, La reconquista. Ideología y justificación de la Guerra Santa
peninsular, 79-98; Alejandro García Sanjuán, “Cómo desactivar una bomba
historiográfica. La pervivencia actual del paradigma de la reconquista”, en
De Ayala Martínez, Ferreira Fernandes y Palacios Ontalva, La reconquista. Ideología
y justificación de la Guerra Santa peninsular, 99-119. 7 Francisco García Fitz, La
reconquista (Granada: Universidad de Granada, 2010); De Ayala, “La
reconquista…”. 8 De Ayala, “La reconquista…”,
127 y n. 3. 9 Ríos Saloma, La reconquista.
Una construcción…, 331. 10 Joseph Torró, “Pour enfinir
avec la reconquête. L’occupation chrétienne d’al Andalous, la soumission et
la disparition des populations musulmanes (xiie-xiiie siècles)”, Cahiers
d’Histoire. Revue d’Histoire Critique 78 (2000): 79-97. 11 Alejandro García Sanjuán, “¿Eppur si muove? Consideraciones críticas sobre la noción de
Reconquista”, en Una nueva mirada a al-Andalus. Retos de la investigación
arqueológica y textual del periodo omeya, ed. de Eneko López Martínez de
Marigorta (Vitoria: Universidad del País Vasco, 2022), 225-246. 12 Roger Collins, La conquista
árabe, 710-797, Historia de España, vol. 3 (Barcelona: Crítica, 1991), 62;
Mario Huete Fudio, La historiografía latina medieval en la península ibérica
(siglos viii-xii). Fuentes y bibliografía (Madrid: Universidad Autónoma de
Madrid, 1997), 15; Francisco Bautista, “Breve historiografía. Listas regias y
anales en la península ibérica (siglos vii-xii)”, Talia Dixit, núm. 4 (2009):
128-131. 13 Bautista, “Breve
historiografía…”, 129. 14 Collins, La conquista árabe…,
62. 15 Manuel C. Díaz y Díaz, Libros
y librerías en La Rioja altomedieval (Logroño: Instituto de Estudios
Riojanos, 1991), 134; Juan Gil, “Los terrores del año 800”, Actas del
Simposio para el Estudio de los Códices del “Comentario al Apocalipsis” de
Beato de Liébana, vol. 1 (Madrid: Joyas Bibliográficas, 1978), 219. 16 Hoy día, matizaciones aparte,
el documento, aunque no sea original, se tiene por auténtico: Francisco
Javier Fernández Conde, El Libro de los Testamentos de la Catedral de Oviedo
(Roma: Iglesia Nacional Española, 1971), 119-123; Amancio Isla Frez, “Monarchy
and Neogothicism in the Astur Kingdom, 711-910”, Francia, núm. 26 (1999),
45-50; Juan Ignacio Ruiz de la Peña Solar, La monarquía asturiana (718- 910)
[Separata de la obra El Reino de León en la Alta Edad Media, vol. 3] (León: Centro
de Estudios e Investigación San Isidoro, 1995), 164 y n. 4; María Josefa Sanz
Fuentes, “Estudio codicológico, paleográfico y diplomático”, en Testamento de
Alfonso II el Casto. Estudio y contexto histórico (Oviedo: Madú, 2005), 78. 17 Santos García Larragueta, ed.,
Colección de documentos de la catedral de Oviedo (Oviedo: Diputación de
Asturias, Instituto de Estudios Asturianos del Patronato José María Quadrado,
1992), 4-9. 18 Alexander P. Bronisch,
Reconquista y guerra santa. La concepción de la guerra en la España cristiana
desde los visigodos hasta comienzos del siglo xii (Granada: Universidad de
Granada, 2006), 163 y 165-167. 19 En la estela de la
historiografía isidoriana, Suintila es presentado como quien fue capaz de
controlar victoriosamente totius Ispanie monarchiam. J. Eduardo López
Pereira, ed. Crónica mozárabe de 754. Continuatio Isidoriana Hispana (León:
Centro de Estudios e Investigación San Isidoro, 2009), 186-187. 20 López Pereira, Crónica
mozárabe…, 184-185. 21 López Pereira, Crónica
mozárabe…, 184-187, 200-201, 208-215, 218-221. 22 Juan Gil, ed., Scriptores
Muzarabici saeculi viii-xi, vol. 2, Corpvs Christianorum. Continuatio
Mediaeualis LXVA (Turnhout: Brepols, 2020), 775; Pedro Herrera Roldán, ed.,
San Eulogio. Obras (Madrid: Akal, 2005), 96. La última expresión apuntada
para referirse al periodo godo como un “tiempo de paz” pertenece a la última
parte de la obra, el libro III, redactado unos años después, en 856: Gil,
Scriptores Muzarabici..., vol. 2, 841; Herrera Roldán, San Eulogio…, 147. 23 Gil, Scriptores Muzarabici…,
vol. 2, 875; Herrera Roldán, San Eulogio…, 184. 24 Semper inter se utrique graui
conflictu certantes… En estos términos se pronunciaba en carta dirigida en
noviembre de 851 al obispo Wiliesindo de Pamplona: Gil, Scriptores
Muzarabici…, vol. 2, 914; Herrera Roldán, San Eulogio…, 223. 25 Pilar Riesco Chueca,
“Pasionario Hispánico (Introducción, edición crítica y traducción)” (tesis de
doctorado, Universidad de Sevilla, 1987), 298-299. 26 Juan Gil, Chronica hispana
saeculi viii et ix. Corpvs Christianorum. Continuatio Mediaeualis LXV
(Turnhout: Brepols, 2018), 474; Gil, Scriptores Muzarabici…, vol. 2, 717.
Francisco Javier Fernández Conde, Estudios sobre la monarquía asturiana
(Gijón: Trea, 2015), 154-161. Algunas dudas sobre la historicidad del
traslado en época tan temprana: Ariel Guiance, “Eulogio de Córdoba y las
reliquias de los mártires”, Revista Historia Autónoma, núm. 11 (2017):
296-297, https://doi. org/10.15366/rha2017.11.014. 27 Véase n. 24. 28 Et cum eis [sarracenis]
Christiani die noctuque bella iniunt et cotidie confligunt: Gil, Chronica
hispana…, 460. 29 Ruiz de la Peña Solar, La
monarquía asturiana…, 99-105. 30 Quod etiam ipsi Sarrazeni
quosdam prodigiis uel a[u]strorum signis interitum suum adpropinquare
predicunt et Gotorum regnum restaurari per hunc Nostrum principem dicunt;
etiam et multorum Xpianorum reuelationibus atque ostensionibus hic princebs
noster gloriosus domnus Adefonsus proximiori tempore in omni Spania
predicetur regnaturus. Gil, Chronica hispana saeculi…, 483. 31 Como es sabido, hace poco más
de 15 años Patrick Henriet reconsideraba la tradicional calificación como
apócrifo del documento de 906 que Alfonso III habría dirigido a los canónigos
de San Martín de Tours: Patrick Henriet, “La lettre d’Alphonse III, rex
Hispaniae, aux chanoines de Saint-Martin de Tours (906)”, Retour aux sources.
Textes, études et documents d’histoire médiévale offerts à Michel Parisse
(París: Picard, 2004), 155-166. 32 Hemos resumido los datos en
Carlos de Ayala Martínez, “Pelayo y Covadonga. La formación del discurso
reconquistador”, en De Ayala, Ferreira Fernandes y Palacios Ontalva, La
reconquista. Ideología y justificación de la Guerra Santa peninsular, 17-52. 33 De Ayala, “Pelayo y
Covadonga…”, 30-34. 34 Original de Vermudo II de 996: Francisco Javier
Fernández Conde, Isabel Torrente Fernández y Guadalupe Noval Méndez, eds., El
monasterio de San Pelayo de Oviedo. Historia y Fuentes, vol. 1, Colección
Diplomática (996-1325) (Oviedo: Monasterio de San Pelayo, 1978), 20. 35 Documento falso de Ordoño II
de 915, fechable en la segunda mitad del siglo xi. Manuel Lucas Álvarez, ed.,
Tumbo A de la Catedral de Santiago de Compostela (Santiago: Cabildo de la
S.A.M.I. Catedral, 1998), 89-92. Retrasa un poco más la cronología: Thomas
Deswarte, Une chrétienté romaine sans pape. L’Espagne et Rome (586-1085)
(París: Classiques Garnier, 2010), 562-566. 36 Documento del obispo Pelayo de
León de 1073 con motivo de la restauración de su iglesia, y documento de
dotación de la catedral de Toledo de 1086: José Manuel Ruiz Asencio, ed.,
Colección documental del archivo de la catedral de León (775-1230), vol. 4,
(1032-1109) (León: Centro de Estudios e Investigación San Isidoro, 1990),
438-447, y Andrés Gambra, Alfonso VI. Cancillería, Curia e Imperio, vol. 2,
Colección diplomática (León: Centro de Estudios e Investigación San Isidoro,
1998), 224-229. 37 Es lo que sugiere, por
ejemplo, el documento de la restauración de la iglesia de León de 1073. Véase
nota anterior. 38 Carlos de Ayala Martínez,
“¿Reconquista o reconquistas? La legitimación de la Guerra Santa peninsular”,
Revista del Centro de Estudios de Granada y su Reino, núm. 32 (2020): 12-14. 39 Ermelindo Portela, Diego
Gelmírez (c. 1065-1140). El báculo y la ballesta (Madrid: Marcial Pons,
2016), 115-121. 40 Díaz y Díaz, Libros y
librerías en La Rioja…, 71; Ángel Martín Duque, “La realeza navarra de cuño
hispano-godo y su ulterior metamorfosis”, en À la recherche de légitimités
chrétiennes. Representations de l’espace et du temps dans l’Espagne médiévale
(ixe-xiiie siècle), ed. de Patrick Henriet. Cahiers de Linguistique et de
Civilisation Hispaniques Médiévales, Annexe 15 (Madrid: Ens Éditions/Casa de
Velázquez, 2003), 225-241. 41 De Ayala, “La reconquista…”,
129-130; Carlos de Ayala, “Realidad y percepción de Hispania en la Edad
Media”, eHumanista 37 (2017): 211. 42 Georg Heinrich Pertz, et al., eds., Annales et Chronica Aevi Carolini.
Monumenta Germaniae Historica.
Scriptorum, vol. 1 (Leipzig: Hiersemann, 1925), 290 (entrada de 715).
Independientemente de la datación de la crónica, según Collins, contiene
materiales genuinos del siglo viii: Collins, La conquista árabe…, 81-82. 43 Michel Zimmermann, “Conscience
gothique et affirmation nationale dans la genèse de la Catalogne (ixe-xie
siècles”, en L’Europe héritière de l’Espagne Wisigothique, ed. de Jacques
Fontaine y Christine Pellistrandi (Madrid: Casa de Velázquez, 1992), 51-67;
Flocel Sabaté, “Frontera peninsular e identidad (siglos ix-xii)”, en Las
cinco villas aragonesas en la Europa de los siglos xii y xiii. De la frontera
natural a las fronteras políticas y socioeconómicas (foralidad y
municipalidad), ed. de Esteban Sarasa (Zaragoza: Institución Fernando el
Católico, 2007), 19 44 H. Salvador Martínez,
“Historia y epopeya en el poema de Ermoldo el Negro a la conquista de
Barcelona”, Anuario de Letras. Lingüística y Filología 16 (1978): 96 y 102. 45 Zimmermann, “Conscience
gothique…”, 63-64. 46 Petrus de Marca, Marca
Hispanica sive limes hispanicus (París: Franciscum Muguet, 1688), col. 1.113;
De Ayala, “Reconquista o reconquistas?...”, 16 y nota 33. 47 Stefano M. Cingolani, ed.,
Gestes dels comtes de Barcelona i reis d’Aragó. Gesta comitum Barchinone et
regum Aragonie (Santa Coloma de Queralt: Obrador Edèndum, 2012), 62-69. 48 Miquel Coll i Alentorn, Guifré
el Pelós en la historiografia i en la llegenda (Barcelona: Institut d’Estudis
Catalans, 1990), 16-20; Nikolas Jaspert, “Historiografía y legitimación
carolingia. El monasterio de Ripoll, el pseudo-Turpin y los condes de
Barcelona”, en Movilidad y religiosidad medieval en los reinos peninsulares,
Alemania y Palestina, ed. de Nikolas Jaspert (Granada: Universidad de
Granada, 2020), 195-196. 49 Como es sabido, el episodio de
la inacción del rey franco frente a la ayuda solicitada por los condes
catalanes ante la envestida de Almanzor tuvo lugar en realidad en 985, casi
un siglo después de la muerte de Guifré. 50 Jaspert, “Historiografía y
legitimación carolingia…”, 201. En efecto, en el transcurso del siglo xii, la
mayoría de las familias baronales de Francia reclamó su ascendencia
carolingia por vía femenina, y ello tuvo también reflejo, aunque en ese
momento de manera ciertamente excepcional, en la dinastía reinante de los
Capeto. Es lo que se vino en llamar la reditus regni ad stirpem Karoli Magni,
la doctrina reflejada en 1196 por el cronista flamenco André de Marchiennes en
su historia de los reyes franceses. En ella se subraya esa ascendencia para
el príncipe Luis, heredero de Felipe II Augusto, a través de su madre Isabel
de Hainaut. John Baldwin, Philippe Auguste et son gouvernement. Les
fondations du pouvoir royal en France au Moyen Âge (París: Fayard, 1991),
467. Pues bien, es probablemente esta tendencia, de origen aristocrático no
lo olvidemos, la que parece alimentar el relato de las Gesta. 51 Jaspert, “Historiografía y
legitimación…”, 202-203. 52 De Ayala, “Reconquista o
reconquistas?...”, 15-16. 53 Harold Livermore, “The
‘Conquest of Lisbon’ and its autor”, Portuguese Studies, núm. 6 (1990): 8-12.
La identificación, aunque para nada descartable, no resulta ni mucho menos
definitiva y son varios los problemas que se plantean en relación con ella:
José Mattoso, D. Alfonso Henriques (Lisboa: Temas e Debates, 2007), 222.
Véase el detallado análisis de la cuestión en Maria João Branco,
“Introdução”, en A conquista de Lisboa a os mouros. Relato de um cruzado, ed.
de Augusto Aires do Nascimento (Lisboa: Nova Vega, 2007), 28-34, y la opinión
muy divergente de Livermore de: Stephen Lay, “Escribiendo la reconquista. La
consolidación de la memoria histórica en el Portugal del siglo xii”, Stvdia
Historica. Historia Medieval, núm. 29 (2011): 138. 54 Branco, “Introdução…”, 38. 55 No nos detendremos aquí en la
inevitable conexión entre guerra justa y cruzada. La conocida definición de
todo un clásico conocedor de la guerra justa, Russell, resulta muy
significativa: “the crusade became a strange hybrid of holy war and just war
marked by an increasingly explicit chain of command”. Frederick H. Russell,
The Just War in the Middle Ages (Londres: Cambridge University Press, 1977),
2. No haría falta tampoco aludir al
célebre canonista del siglo xiii Johannes de Deo para quien la cruzada no era
más que un tipo de guerra justa. Russell, The Just War …, 199. Véase Sohail
H. Hashmi, ed., Just Wars, Holy Wars and Jihads. Christian, Jewish and
Muslim. Encounters and Exchanges (Oxford: Oxford University Press, 2012), 7. 56 Augusto Aires do Nascimento,
ed., A conquista de Lisboa aos mouros. Relato de um cruzado (Portugal: Nova
Vega, 2007), 60-71. Véanse los comentarios de Maria João Branco sobre el
discurso: Branco, “Introdução…”, 36-37. 57 Un discurso, que también
supieron adaptar al marco ideológico de la reconquista peninsular. De hecho,
en otro lugar reflexionamos sobre el modelo de “reconquista pontificia”: De
Ayala, “¿Reconquista o reconquistas…”, 16-18? 58 Las muestras de flexibilidad
del arzobispo conectan con la idea que expone de cómo los cristianos habían
recibido la fe libremente y sin imposiciones mediante la predicación de
Santiago y sus discípulos. Do Nascimento, A conquista de Lisboa aos mouros…,
92-97. 59 Do Nascimento, A conquista de
Lisboa aos mouros…. 60 Eva Lapiedra Gutiérrez,
“Reconquista cristiana y pérdida de al-Ándalus en las fuentes árabes. Dos
discursos complementarios”, e Humanista 13 (2018): 296-314; Javier Albarrán,
“Una reconquista de la reconquista. La reacción ideológica islámica al avance
cristiano (ss. XI-XIII)”, en De Ayala, Ferreira Fernandes y Palacios Ontalva,
La reconquista. Ideología y justificación de la Guerra Santa peninsular,
233-258. 61 Hemos repasado los datos en De
Ayala, “Reconquista o reconquistas?...”, 18-20. 62 David Wasserstein, “Inventing Tradition and Constructing Identity. The Genealogy of ‘Umar ibn Hafsun between
Christianity and Islam”, Al-Qantara 23, núm. 2 (2002): 291-294. 63 Maribel Fierro, Abderramán III
y el califato omeya de Córdoba (San Sebastián: Nerea, 2011), 87. En este
sentido, la coincidencia, sin duda interesada, del nombre de ese presunto
ancestro con el del contemporáneo rey Alfonso III de Asturias, responsable de
un sólido argumentario reconquistador, resulta cuanto menos significativa. 64 De Ayala, “Pelayo y
Covadonga…”, 34-40. 65 No insistiremos aquí sobre
unos aspectos que tienen ya amplio respaldo bibliográfico. Véase, por
ejemplo, la interesante panorámica historiográfica de Inés Fernández-Ordóñez,
“La denotación de ‘España’ en la Edad Media. Perspectiva historiográfica (siglos
vii-xiv)”, en Actas del IX Congreso Internacional de Historia de la Lengua
Española (Cádiz, 2012), ed. de J. M. García Martín, vol. 1, coord. de Teresa
Bastardín Candón y Manuel Rivas Zancarrón (Madrid: Iberoamericana, 2015),
49-106. Por otra parte, ya hemos tenido oportunidad de sintetizar estas
cuestiones en otros trabajos citados en estas páginas. 66 Juan Utrilla Utrilla, ed., El
Fuero General de Navarra. Estudio y edición de las redacciones
protosistemáticas (Series A y B), vol. 1 (Pamplona: Gobierno de Navarra,
1987), 151-152. 67 José Carlos Miranda, “Na
Génese da Primeira Crónica Portuguesa”, Medievalista online, núm. 6 (2009).
68 Ferran Soldevila, ed., Jaume I, Bernat Desclot, Ramon Muntaner, Pere III.
Les quatre grans cròniques (Barcelona: Selecta, 1971), 144-145 y 1.148. 69 Nikolas Jaspert, “Carlomagno y
Santiago en la memoria histórica catalana”, en Jaspert, Movilidad y
religiosidad medieval…, 237-238. 70 Flocel Sabaté, “El nacimiento
de Cataluña. Mito y realidad”, en Fundamentos medievales de los
particularismos hispánicos. IX Congreso de Estudios Medievales (2003) (León:
Fundación Sánchez Albornoz, 2005), 256-257 y 263-265; Julio Valdeón Baruque,
Las raíces medievales de España (Madrid: Real Academia de la Historia, 2002),
38. 71 Una visión panorámica muy
completa y certera en Rafael G. Peinado Santaella, “Christo pelea por sus
castellanos. El imaginario cristiano de la guerra de Granada”, en Las tomas.
Antropología histórica de la ocupación territorial del reino de Granada, ed.
de José Antonio González Alcantud y Manuel Barrios Aguilera (Granada:
Diputación Provincial de Granada, 2000), 453-524. 72 José Goñi Gaztambide, Historia
de la bula de la cruzada en España (Vitoria: Editorial del Seminario, 1958),
72; Peinado, “Christo pelea…”, 464-465.
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