martes, 4 de enero de 2022

 

Como Napoleón se llevó los tesoros de España, Italia y otros países

La vinculación política entre España y Francia por los Pactos de Familia, resultantes del reinado en ambos de la dinastía borbónica desde 1700, sufrió una interrupción con la Revolución Francesa. Sin embargo, la conveniencia de aliarse contra el sempiterno enemigo común, Gran Bretaña, favoreció su recuperación práctica en 1796 con la firma del Tratado de San Ildefonso entre el Directorio francés y el ministro español Godoy. Nadie imaginaba entonces que el posterior ascenso de Napoleón no sólo continuaría esa línea sino que también supondría una invasión en 1808 y que ésta conllevaría un expolio sin precedentes del patrimonio y el arte españoles, pese a que eso era lo que habían estado haciendo sistemáticamente los franceses con los países ocupados desde casi dos décadas atrás.

Los acontecimientos se fueron desencadenando como fichas de dominó: coronación de Napoleón, destrucción de la flota española en Trafalgar (con su repercusión en las comunicaciones con América en un contexto de dificultades económicas), negativa portuguesa a cerrar sus puertos a los barcos británicos siguiendo el bloqueo continental y la decisión del emperador de invadir el país, lo que requería cruzar España. El Tratado de Fontainebleau abrió paso a la Grande Armeé que, una vez pasados los Pirineos, no se limitó a avanzar hacia la frontera lusa sino que fue estableciéndose en las ciudades hispanas por el camino, en lo que era una ocupación de facto.

Y siguió hirviendo la olla: el motín de Aranjuez hizo caer a Godoy. Bonaparte, previendo un ambiente en contra, recluyó a la familia real en Bayona, donde obligó a todos los miembros a abdicar en su favor para, más tarde, proclamar rey a su hermano José. Por fin, el 2 de mayo de 1808, se llegó a un punto de no retorno: el pueblo de Madrid se sublevaba contra los invasores y la mecha encendida se extendía a todo el país, dando comienzo a la Guerra de la Independencia. Fueron seis años de contienda que dejaron España arrasada, con una sangría demográfica, la economía completamente hundida, las infraestructuras destruidas, el ejército medio desecho… Mil y un calamidades se abatieron sobre el país, alcanzando prácticamente todos los aspectos posibles.


El Palacio de Buenavista, actual sede del Cuartel General del Ejército de Tierra, era el sitio previsto para ubicar el Museo Josefino/Imagen: Miguel Díaz en Wikimedia Commons

Entre ellas, y no la menor, estaba el expolio patrimonial al que fue sometido: cientos de obras de arte fueron incautadas por los mandos franceses y trasladadas a Francia, sin contar la devastación de otros elementos como, por ejemplo, iglesias, palacios o la tumba del Cid (cuyos huesos también se llevaron). Parte de esa rapiña se fundamentaba en el Real Decreto del 18 de julio de 1809, por el cual eran suprimidas las órdenes religiosas masculinas y todo su patrimonio pasaba a ser propiedad del Estado. Así, se confiscaron todas las pinturas y esculturas que conservaban monasterios, conventos y palacios, de la misma forma que los nobles partidarios de Fernando VII tuvieron que entregar como castigo sus colecciones de arte.

Con la premisa de que el arte tenía utilidad pública, José I quiso formar un gran museo nacional español, siguiendo el modelo del museo que Napoleón creó en el Louvre con su propio nombre. Para ello empezó a concentrar las piezas en la sede que decretó para ello a finales de 1809, el Palacio de Buenavista, que había pertenecido a la Casa de Alba hasta que en 1807 fue regalado a Godoy, volviendo luego a manos estatales. Aceptando que su intención fuera sincera, el caso es que nunca se llegó a organizar lo que hoy se conoce como Museo Josefino, ejerciendo de mero almacén; peor aún, varios oficiales y funcionarios -como el inspector artístico Frédéric Quilliet, que fue destituido por ello- se dedicaron a sustraer obras de allí, lo que forzó a crear una comisión encargada de la gestión.

Dicha entidad estaba integrada por tres españoles: el conservador Manuel Napoli más los pintores de cámara Mariano Salvador Maella y el célebre Francisco de Goya; este último sería sustituido después por el artista y egiptólogo Dominique Vivant, barón de Denon, que fue quien ordenó la expropiación de varios centenares más de pinturas de las previstas en concepto de indemnización de guerra. De hecho, José I solía compensar los esfuerzos de sus colaboradores regalándoles cuadros; el mismo Godoy había iniciado esa costumbre. Pero los propios militares se quedaban con lo que les gustaba, con mención especial para Sebastiani, Caulaincourt, Desolles… Resulta paradigmático el caso de Dupont, de cuyo convoy de riquezas, fruto de tres días de saqueo en Córdoba, se decía que sumaba unos quinientos carros y rondaría los diez millones de reales.


Caricatura inglesa de 1808 mostrando a José I y sus tropas saqueando España. El texto dice: «Ladrones robando viviendas amuebladas. Escena de Madrid»/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La cosa apuntaba incluso más alto: es muy conocido el caso del mariscal Soult, que actuaba en Andalucía como si fuera un virrey, llevándose un millar de cuadros en forma de donaciones recibidas, requisas o compras forzadas (dijo estar orgulloso de las obras adquiridas a bajo precio de gente en apuros económicos porque les había ayudado). Algunos de esos cuadros hasta son conocidos hoy por su nombre, como la Inmaculada de Soult (de Murillo), al igual que pasó con la sala española del Museo del Louvre. El propio Napoleón le tildó de «el más rapaz de ellos [los mariscales]», molesto porque las culpas recaían sobre él (los españoles le apodaron Napoladrón). Al fallecimiento de Soult en 1852, se hizo un inventario de su colección personal que reveló estar formada aún -había vendido muchas a Luis XVIII- por ciento once pinturas españolas, veintidós italianas y veintitrés flamencas y holandesas.

Holandesa precisamente era la pintura preferida del general D’Armagnac (Rubens, Rembrandt) frente a la predilección de Soult y Denon por Murillo y Zurbarán. Murat, en cambio, se decantaba por la italiana, despreciando a los pintores españoles (Ribera, Cano, Coello, Pacheco, Navarrete…) que por entonces eran medio desconocidos en el resto de Europa e, irónicamente, el saqueo sirvió para mostrarlos al mundo, ya que hasta entonces sólo se conocía a Velázquez, Zurbarán y Murillo. El Museo Español que inauguraría Luis Felipe de Orleáns en 1838 fue resultado de ese «descubrimiento».


El mariscal Jean-de-Dieu Soult, duque de Dalmacia, retratado por Louis-Henri de Rudder/Imagendominio público en Wikimedia Commons

 

Para encontrar lo que querían por la extensa geografía española, los franceses recurrieron al Diccionario histórico de los más ilustres profesores de las bellas artes en España, una guía artística nacional publicada en 1800 por el historiador y coleccionista Juan Agustín Cea Bermúdez. Cuando hallaban la pieza y no podían llevársela sin más, por estar enmarcada en la pared, recortaban el lienzo; si una autoridad local se oponía, amenazaban con las armas, aunque otras veces la obtenían al salvarla del incendio del edificio donde estaba.

Sobre el expolio de las pinturas de Goya conservadas en la iglesia zaragozana de Torrero, el mariscal Lannes adujo en su defensa que fue la tropa la que, alojada en el templo, las usó para protegerse de la meteorología adversa. Ciertamente, los soldados ignoraban el valor del arte y unas veces lo destrozaban por diversión mientras que otras lo usaban para hacer hogueras con las que calentarse, pero cabe señalar que a Lannes le afeó su depredación de la basílica del Pilar el mariscal Junot, cuando éste le sucedió en el mando de Zaragoza.


Jean Lannes retratado por Jean Charles Nicaise Perrin (dominio público en Wikimedia Commons)

El Museo Josefino debía poner fin a esa conducta, pero no funcionó por la corrupción -como vimos- y la escasa autoridad del hermano de Napoleón ante los militares. Así que el fabuloso tesoro acumulado, que no se limitaba a pintura y escultura sino que también incluía piezas curiosas (huesos, banderas, armas), tapices, porcelanas, orfebrería (como el Tesoro del Delfín Luis I, de cristal de roca), piezas arqueológicas, archivos y la platería de las sacristías (cálices, copones, cruces, incensarios, custodias y similares que nunca se recuperarían, ya que solían fundirse para hacer lingotes, más fáciles de transportar).

Así fue cómo salieron de España, con destino a París, casi tres millares de piezas en sucesivos convoyes. El más famoso fue el que Galdós bautizó en uno de sus Episodios nacionales como «El equipaje del rey José», cerca de dos mil carros cargados hasta arriba que llevó consigo el monarca cuando tuvo que abandonar Madrid en 1812, tras la derrota en Los Arapiles. La derrota en Vitoria le obligó a huir precipitadamente, dejando la mayor parte de aquel fabuloso bagaje en manos de la soldadesca británica, que prefirió dedicarse al saqueo en vez de perseguirle. Únicamente llegó a Francia lo que transportaba el general Maucune, gracias a que había salido antes que el resto, y fue lo que luego pudo recuperarse.



Saqueo del convoy de José I por soldados británicos. Ilustración de John Cassell/Imagendominio público en Wikimedia Commons

Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington, logró proteger unos doscientos cuadros que iban sin marco, enrollados los lienzos, que junto con otro centenar remitió a Inglaterra por medio de su hermano. En 1814 encargó a éste, a la sazón embajador en Madrid, que anunciase su disposición a devolverlo todo, pero no obtuvo respuesta. Durante dos años siguió insistiendo, hasta que al final Fernando VII le informó de que podía quedarse con todo como premio a sus servicios. Gracias a ello, la Apsley House ( la casa de Wellington) se convertiría en un precioso museo, con obras maestras como El aguador de Sevilla (Velázquez), La oración del huerto (Correggio), Dánae recibiendo la lluvia de oro (Tiziano) o una copia del famoso retrato velazqueño de Inocencio X.

Como vemos no sólo los militares franceses pescaron en aquel río revuelto. También lo hicieron civiles como el marchante Jean-Baptiste-Pierre Lebrun (sobrino del famoso pintor homónimo) y además de múltiples nacionalidades, como el holandés William Gordon Coesvelt (que se llevó pinturas para el zar Alejandro I), el escocés William Buchanan (cuyo representante en España, G. A. Wallis, le consiguió la Venus del espejo de Velázquez), etc. Generalmente lo hacían a través de agentes o en persona, mediante compras directas, subastas o robos, no pocas veces con la colaboración de los propietarios… por las buenas o bajo amenaza.

Liberada España de la ocupación francesa y exiliado Napoleón en Elba, se permitió a Francia conservar su botín para asegurar la estabilidad política de Luis XVIII, pues las galerías del rebautizado Musée Royale eran un «símbolo del orgullo nacional». Pero en 1815, tras el Imperio de los Cien Días y la caída definitiva del régimen bonapartista, los vencedores cambiaron de actitud y ya no fueron tan comprensivos, exigiendo el Congreso de Viena la devolución de lo robado.


Apsley House, sede del actual Wellington Museum/ImagenDenniss en Wikimedia Commons

Como los franceses hicieron oídos sordos, un destacamento armado británico organizado por el general Miguel Ricardo de Álava (que era embajador en París) irrumpió en el Louvre para llevarse las obras españolas, casi trescientos cuadros y más de un centenar de objetos diversos, que fueron depositados en la Academia de Bellas Artes de San Fernando en el verano de 1816. Soult, Sebastiani, D’Armagnac y Lejeune y otros se negaron a entregar ni vender sus botines personales, los cuales, únicamente tras fallecer sus impostados dueños a mediados del siglo, decíamos antes, fueron subastados y acabaron diseminados por museos toda Europa.

Aunque a lo largo de los dos años siguientes a la caída de Napoleón continuó la recuperación de piezas, y pese a las órdenes dictadas por el Congreso de Viena, se calcula que sólo retornó la mitad del total expoliado, que alcanzaba dimensiones colosales porque España no fue la única víctima. La Grande Armeé llevaba más de veinte años -desde 1794- invadiendo países y de todos incautaba patrimonio, en concepto de derecho de conquista y siguiendo los dictados ilustrados sobre la utilidad pública del arte -plasmados en el Decreto Chaptal sobre instrucción pública de 1801-, que ya se habían aplicado en la Francia revolucionaria (expropiación a los privilegiados, creación de museos), a menudo para proteger los bienes del vandalismo popular.

 


El general Miguel Ricardo de Álava, veterano de batallas como Trafalgar, Tudela y Medellín, era buen amigo de Wellington y estuvo a su lado en Buáco, Vitoria y Waterloo. Retrato de George Dawe/Imagendominio público en Wikimedia Commons

El ya citado Dominique Vivant, a quien se apodaba el Ojo de Napoleón porque recorría los territorios ocupados (Italia, Países Bajos, Alemania, Austria) seleccionando obras para llevarse, como también hizo en Egipto (de donde sustrajo la Piedra Rosetta y el sarcófago de Nectanebo II, además de señalar otras piezas, como los frescos de la tumba de Tetitki o el zodíaco de Dendera, que se expoliarían en 1822), era quien decidía lo que se llevaba al Museo Napoleón y/o a otros menores de Francia.

Todo empezó en 1795, en la República de Batavia (estado satélite de Francia creado sobre las antiguas Provincias Unidas), cuando una comisión liderada por los artistas (y coleccionistas) Jacques-Luc Barbier Valbonne y Jean-Baptiste Wicar, después ampliada a otros miembros, seleccionó doscientas pinturas, cinco mil documentos y otras piezas (el sarcófago de Proserpina, las columnas de la catedral de Aquisgrán), algunas de las cuales se perderían para siempre al ser troceadas.

Al año siguiente le tocó a Italia, donde Wicar y otros también crearon una comisión y se apoyaron en varios decretos, culminando con el Tratado de Campo Formio de 1797 (al que se sumó luego el de Tolentino para Perugia, Rávena, Rímini y Pésaro), y el de Pressburg de 1805, por los que las obras de arte de la República de Venecia y el Imperio Austríaco pasaban a ser francesas. Lo mismo pasó en Roma, Nápoles, Toscana, Módena, Parma… Lombardía fue transformada en otro estado satélite, la República Cisalpina (luego ampliada a Cispadna y Venecia), lo que facilitó la usurpación de cientos de obras. Rafael, Brueghel, Carracci, Mantegna, Perugino, Veronese, Cimabue, Giotto, Tiziano, Fra Angélico…

No faltaron particulares que aprovecharon las circunstancias para aumentar sus colecciones, caso del mecenas Giovanni Battista Somariva; también para prosperar, como el escultor italiano Antonio Canova, que al ser inspector general de Antigüedades y Bellas Artes de los Estados Pontificios tuvo que hacer el catálogo de pinturas italianas expoliables y eso le sirvió para obtener encargos de Napoleón (aunque después sería el designado para gestionar la restitución, que logró aceptando la condición gala de que se expusieran en centros públicos, en vez de volver a su ubicación original).


Los franceses se llevan los caballos de San Marcos. Grabado de Jean-Duplessis Berthaux/Imagendominio público en Wikimedia Commons

Otros, en cambio, salieron malparados: el príncipe Borghese fue obligado a malvender su colección de mármoles en 1809; el historiador y político Pierre Daunou, secretario de la Académie des Inscriptions et Belles-Lettres, compró la biblioteca del papa; el tesoro del santuario de Loreto, acumulado durante tres siglos de peregrinaciones, fue transportado a Francia en ochenta carros; la Biblioteca Ambrosiana perdió parte de su colección bibliográfica…

Italia fue especial porque su abundante patrimonio cultural y arqueológico diversificó el botín y, así, viajaron a París el Códex Atlanticus y otros documentos de Leonardo da Vinci, los manuscritos de la biblioteca ducal modenesa, un millar de monedas griegas y romanas, cientos de camafeos y piedras preciosas del palacio ducal, tallas y ornamentos de bronce del Palacio Farnesio, la Tabula Alimentaria Traianea y la Lex Rubria de Gallia Cisalpina del museo arqueológico de Parma, el león y los caballos de San Marcos, los objetos de oro y plata de la basílica veneciana (que fueron fundidos, al igual que el Bucintoro y medio millar de cañones del Arsenal), una maqueta de plata de la ciudad de Vicenza, los fósiles de la colección Gazola, medio millar de manuscritos pontificios de la Biblioteca Vaticana, etc. Incluso se planeó trocear la Columna Trajana para su traslado, que por suerte no se llevó a cabo debido a las dificultades técnicas y su alto coste.

 


Carros con las obras robadas desfilando por París en 1798, en un grabado de Pierre Gabriel Berthault/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Buena parte de ese descomunal despojo fue coprotagonista del desfile militar que tuvo lugar en el Campo de Marte de París los días 9 y 10 de Thermidor del sexto año revolucionario (27 y 28 de julio de 1798), con motivo de la celebración de las victorias francesas. Bajo el lema «La Grèce les ceda; Roma les a perdus; leur sort changea deux fois, il ne changera plus» (Grecia ha caído; Roma está perdida; su suerte cambió dos veces, no volverá a cambiar), el tercer convoy de tesoros acababa de llegar con los caballos de San Marcos, el Discóbolo, el Laocoonte, la Venus de Médici, el Apolo de Belvedere y otras muchas cosas más (entre ellas colecciones minerales, la Virgen Negra de Loreto y hasta animales exóticos).

Por último, los territorios del Sacro Imperio tampoco salieron indemnes: trescientas obras del museo Fridericianum (Kassel, estado de Hasse), setenta y ocho de Brunswick, cuatrocientos objetos diversos de Viena, quinientos manuscritos miniados que seleccionó Stendhal (quien posteriormente -y con cierta hipocresía- se quejaría de tener que devolver «nuestros cuadros»),… En total, más de un millar de piezas procedentes de las ciudades mencionadas y otras como Berlín, Núremberg y Postdam. El botín napoleónico fue, probablemente, el más fabuloso de la historia; su coste al cambio actual resulta incalculable.


Fuentes

Yessica Espinosa, El expolio napoleónico en España (1808-1814) | 

Ilse Hempel Lipschutz, El despojo de obras de arte en España durante la Guerra de la Independencia (en Arte Español. Revista de la Sociedad Española de Amigos del Arte) | 

Rocío Coletes Laspra, Guerra de la Independencia y expolio artístico. La difusión del arte español en Gran Bretaña | 

Katharine Eustace, The fruits of war: how Napoleon’s looted art found its way homem | 

Cynthia Prieur, Napoleon’s appropriation of Italian cultural treasures (en Smarthistory. The Center for Public Art History) | Wikipedia

https://www.labrujulaverde.com/2021/12/como-napoleon-se-llevo-de-espana-italia-y-otros-paises-conquistados-el-botin-mas-fabuloso-de-la-historia

 


















domingo, 2 de enero de 2022

 

SEGUNDA REPÚBLICA: ARQUITECTOS AL RESCATE DEL ESPACIO PÚBLICO

Durante el primer bienio republicano se puso en marcha una arquitectura moderna funcionalista, alineada con el racionalismo europeo de vanguardia, que dotó a las grandes ciudades de ambiciosos espacios de uso público, como colegios, piscinas o la Ciudad Universitaria madrileña

Desde el primer momento, la II República contó con el impulso que le proporcionó la ‘intelligentsia’ en la que estaban incluidos pensadores y técnicos con alto nivel de formación, con conocimiento profundo de sus disciplinas y de la manera en que otros países de nuestro entorno abordaban los nuevos desafíos. Entre los profesionales más activos se encontraba un buen número de arquitectos, atentos a las nuevas ideas en aspectos urbanísticos, de vivienda y dotacionales traídas desde Holanda, Alemania y Francia principalmente. 

Hasta España llegaban con sordina los grandes debates europeos en los que se pretende transformar las condiciones de vida de una mayoría de ciudadanos, pertenecientes al grupo de los desfavorecidos, que demandaban una existencia digna. La exigencia de avances para todos en educación, en igualdad de oportunidades, en vivienda y sanidad era imperiosa. Los países occidentales sentían que la mejora colectiva era imprescindible para enfrentarse al futuro, porque las clases trabajadoras tenían en la Revolución Rusa un modelo de cambio con la totalidad de la población como protagonista. El verdadero reto consistía en acercarse a esos objetivos sin salir del liberalismo, venciendo la resistencia de quienes sentían amenazados sus privilegios. 

En nuestro país, para llevar a cabo el proyecto de reforma colectiva, se hizo necesaria una fuerte voluntad política, capaz de dotar de medios económicos, humanos y también arquitectónicos, a la sociedad. Parece lógico que en aquella situación los arquitectos se adentraran en el campo de la sociología, y asumieran su responsabilidad como reformadores. De aquellos años procede la mutación del arquitecto e ideólogo y filósofo capaz de transformar el mundo, concibiendo nuevas configuraciones espaciales, constructivas y urbanísticas, imprescindibles para influir positivamente en la vida cotidiana de todas las personas, de sus viviendas y sus ciudades. 

La evolución del pensamiento arquitectónico generó el Movimiento Moderno, cuyas ideas se extendían por toda Europa y se expresaban, desde 1928, a través del CIAM, el Congreso Internacional de Arquitectura Moderna. España estuvo presente en su fundación con la presencia de Fernando García Mercadal y Juan de Zavala y, en 1929, se incorporó Josep Lluís Sert a una organización que llegó a presidir después de Le Corbusier. De ellos surgió la idea de fundar el GATEPAC, el Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura, que tuvo lugar en Zaragoza en octubre de 1930. La sección catalana, GATCPAC, sería una de las más activas, en buena medida gracias a la figura de Sert, amigo personal de Le Corbusier y apasionado defensor del pensamiento que compartían.

 

Formas desnudas

La II República coincidió con la expansión de las ideas racionalistas del Movimiento Moderno en nuestro país. Sin ser una relación estricta, se suele identificar el tiempo de la República con la arquitectura moderna, ya que ambos proyectos ideológicos compartían una misma mirada hacia el futuro. Cuando llegaron las ideas funcionalistas, ya había una vocación racionalista en los arquitectos de la madrileña Generación de 1925, de Bergamín, Mercadal o Lacasa, a la que se unieron seguidores de Le Corbusier y Mendelsohn, que deseaban desarrollar una arquitectura acorde con su tiempo, como muestran la Gasolinera Porto Pí (1927) de Madrid o el Rincón de Goya (1928) de Zaragoza, nuestras construcciones pioneras de la modernidad. 

Gasolinera Porto Pi, Madrid, 1927

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Rincón de Goya, Zaragoza, 1928

Todos los miembros del GATEPAC fueron agentes activos de la rápida e intensa llegada a España de los principios del Movimiento Moderno, en especial en cuestiones de urbanismo, a través de la Carta de Atenas, y de la utilización de nuevas formas limpias y desnudas, que permitían de organizaciones espaciales más higiénicas y saludables, empleando nuevas técnicas y simplificando los procedimientos constructivos, con la utilización del hormigón armado como emblema. 

Hay que destacar el alto nivel profesional de los arquitectos implicados en la renovación del país. En aquel tiempo, el colectivo de arquitectos era muy reducido en número, era necesario superar un duro examen de ingreso, la mayor parte pertenecían a las clases altas, y casi todos se conocían, de manera que el talento individual era patente para el resto del colectivo. Se sabía quiénes eran los mejores y ganaban el respeto del resto. Muchos trabajaron antes y durante la II República y siguieron actuando después de la Guerra Civil, mientras que los comprometidos en la lucha política tuvieron que exiliarse para intentar reconstruir sus carreras en América. 

Por vez primera en nuestra historia, la vanguardia arquitectónica estuvo cercana al poder político, y las obras oficiales se realizaron con el lenguaje intelectual más avanzado de su tiempo. Durante los dos primeros años se logró desarrollar la acción de gobierno con las herramientas de la mejor arquitectura. Desde el Gobierno hubo una gran inversión en obra pública que se invirtió con inteligencia y calidad, centrándose en dotaciones colectivas, realizadas por excelentes profesionales, portadores de las nuevas ideas, que encontraron trabajo en instituciones públicas. 

Apuesta por la obra pública

En una sociedad como la española, de alta ruralización, donde el analfabetismo funcional estaba generalizado, la República acometió la enseñanza pública con la convicción de que solo la cultura podía conducir a la libertad y el progreso. Se proyectaron 5.000 escuelas por todo el país y se emprendió la mejora de los hospitales, de los institutos de enseñanza media, los mercados y casas de baños municipales. También se abrieron al uso público espacios que habían sido privados, como sucedió con la Casa de Campo madrileña.  

La arquitectura estaba empeñada en una profunda transformación cultural y cívica de la sociedad, en lograr mayor justicia social y calidad de vida, desde el compromiso con los valores de la democracia liberal. Esos valores, netamente republicanos, solo pudieron implantarse durante los dos primeros años de la II República, porque la derecha ganó las lecciones de 1933 inaugurando el Bienio Negro en el que se bloquearon las iniciativas emprendidas. Cuando el Frente Popular ganó las elecciones de 1936, solo pasaron cinco meses antes de tener que afrontar la sublevación militar y concentrar su esfuerzo en la guerra, sin tiempo para retomar el proceso iniciado en la primera etapa. 


Piscina La Isla, de Gutiérrez Soto, en el cauce del Manzanares Archivo Gutiérrez Soto

Hay que recordar que fueron años en que las inversiones privadas sufrieron una fuerte recesión debido a la desconfianza del capital en el nuevo régimen y a la gravísima crisis económica internacional de 1929. A pesar del escaso número de obras privadas realizadas en aquel tiempo, llama la atención la calidad de muchas de ellas y resulta asombroso comprobar el valioso legado arquitectónico generado en un periodo tan breve y convulso.

En esos dos primeros años de República se puso en marcha el plan de Indalecio Prieto para Madrid, con la extensión ideada por Secundino Zuazo, que proponía la creación de un nuevo eje de crecimiento hacia el norte prolongando el paseo de la Castellana, lo que implicaba derribar el viejo hipódromo, y el inmediato comienzo de las obras de los Nuevos Ministerios. Un plan tan necesario y acertado que sería mantenido en sus aspectos esenciales tras finalizar la Guerra Civil. 


Nuevos Ministerios en una postal de 1985.

http://www.agi-architects.com/blog/centro-de-arte-de-la-arqueria-de-nuevos-ministerios/

En 1932 se comienza un inteligente programa de enlaces ferroviarios subterráneos en Madrid impulsado por Prieto desde el ministerio de Obras Públicas. En Cataluña, los componentes del GATCPAC empiezan a trabajar intensamente para la Generalitat. Se acomete un ambicioso plan de construcción de escuelas en todo el Estado y se impulsa la construcción de la Ciudad Universitaria de Madrid, procedente de la etapa anterior, pero plenamente apoyada y modernizada por el nuevo Gobierno.


Ciudad Universitaria, Madrid

https://www.todocoleccion.net/postales-comunidad-madrid/madrid-vista-aerea-ciudad-universitaria~x15067371

 Es cierto que Madrid y Barcelona reunieron la mayor cantidad de obras emblemáticas, pero también Zaragoza, San Sebastián y Canarias contaban con potentes focos de vanguardia, al igual que Andalucía, Galicia o Valencia.

Entre las figuras y obras más notables del breve y agitado tiempo de República hay que mencionar a Bernardo Giner de los Ríos, sobrino del fundador de la Institución Libre de Enseñanza, que dirigió la construcción de centros escolares municipales en Madrid, tan valiosos como el Nicolás Salmerón y el Fernández Moratín. Brilla con luz propia la innovadora obra de los pabellones de Párvulos y de Segunda Enseñanza del Instituto-Escuela, firmados por Carlos Arniches y Martín Domínguez, con el ingeniero Eduardo Torroja, colaborador sobresaliente en los desafíos afrontados por los arquitectos de los años 30 para construir con hormigón armado. 


El Instituto Escuela de Arniches y Domínguez

https://es.paperblog.com/instituto-escuela-madrid-2272578/

La arquitectura estaba empeñada en lograr mayor justicia social y calidad de vida, desde el compromiso con los valores de la democracia

En la apuesta por el desarrollo de la Ciudad Universitaria madrileña destaca el riguroso diseño de Sánchez Arcas para el Pabellón de Gobierno (1931), plenamente moderno, y el de la Facultad de Filosofía y Letras (1931-32) de Agustín Aguirre, realizándose un gran esfuerzo para completar numerosas facultades antes del comienzo de la guerra. Al convertirse en frente de batalla durante la contienda, la mayoría de los edificios sufrieron graves daños. Algunos fueron reconstruidos por los mismos autores, aunque Sánchez Arcas y Luis Lacasa se vieron obligados a exiliarse.

En Madrid destaca la figura de arquitecto Francisco Javier Ferrero, responsable, desde la Oficina Técnica Municipal, de la modernización de los mercados municipales. A él se deben los diseños, estrictamente funcionales,


https://gacetinmadrid.com/2016/04/23/comienza-proceso-participacion-ciudadana-mercado-frutas-verduras-legazpi/

Mercado Central de Frutas y Verduras de Legazpi (1933),


Mercado de Pescados (1934),

https://www.origenonline.es/index.php/tag/mercado-central-de-pescados/


el de la plaza de Olavide (1931-34), y el concurso que ganó para el nuevo

https://www.telemadrid.es/programas/desmontando-madrid/nave-espacial-corazon-Chamberi-2-2323287652--20210316095800.html


https://www.miradormadrid.com/viaducto/

Viaducto de la calle de Bailén (1932).

En Cataluña, es central la figura del aristócrata republicano Josep Lluís Sert, tanto en el debate y difusión de las ideas del Movimiento Moderno, como en la acción política y la edificación. Desde Barcelona, dirigió la revista A. C. Documentos de Actividad Contemporánea que difundió hasta 1937 el ideario racionalista. Tuvo una alta capacidad de influencia en las élites y contó con el apoyo de la Generalitat, en especial a partir de la aprobación del Estatuto de 1932. 

Entre la obra pública de Josep Lluís Sert destaca el valioso Dispensario Central Antituberculoso (1934-37), realizado con Josep Torres Clavé y Juan Bautista Subirana.


https://www.barcelonabusturistic.cat/es/dispensari-central-antituberculos

 

Son también notables sus aportaciones en dos edificios residenciales, emblemáticos de su tiempo, las Viviendas de la calle Muntaner (1931)


https://www.urbipedia.org/hoja/Edificio_de_viviendas_duplex_en_Muntaner


https://meet.barcelona.cat/es/descubre-barcelona/distritos/sant-andreu/casa-bloc

y la Casa Bloc (1933-1936) promovida desde el Comisionado de la Casa Obrera, que son modélicas obras de estricto lenguaje moderno, en el estilo de Le Corbusier. 


La Casa de las Flores de Secundino Zuazo (1930-32)

http://www.laboda2011.com/13.html

Al tema residencial, Madrid aporta la innovadora Casa de las Flores (1930-32) de Secundino Zuazo, con su propuesta para un diseño más higiénico de las manzanas de los ensanches, o las modernas residencias burguesas unifamiliares con jardín del Parque Residencia (1931-33) y de la inmediata.


Colonia El Viso (1933-36) de Rafael Bergamín.

Los edificios más valiosos de aquel tiempo no hablan de la supuesta tristeza que suele atribuirse a aquella época, por el contrario, expresan con alegría la apuesta por una nueva sociedad. Muchos estaban destinados al ocio y la diversión, cines y salas de fiestas, teatros, museos y paradores, complejos de ocio y piscinas.


https://caminandopormadrid.com/el-cine-barcelo

Se construyen cines como el Barceló (1930) de Madrid, de Luis Gutiérrez Soto, autor también de las desaparecidas Piscinas La Isla (1932) sobre el río Manzanares, a la que se unió poco después la Playa de Madrid (1932-34) de Manuel Muñoz Monasterio, y el espectacular.


http://coavnbiz.org/evento/5-de-octubre-dia-mundial-de-la-arquitectura-placa-docomomoconferencia/

Frontón Recoletos (1935) de Secundino Zuazo con el ingeniero Torroja. 

Admiración internacional

Por encima del resto se sitúan dos obras de calidad incomparable convertidas en emblemas de su tiempo.


El icónico Edificio Carrión de la Gran Vía madrileña construido entre 1931 y 1933 Mercedes Peláez López

 

El extraordinario edificio Carrión o Capitol (1931-33) de Luis Martínez-Feduchi y Vicente Eced en la Gran Vía madrileña, que sumaba vanguardia estética y tecnológica, en un programa que combinaba hotel, apartamentos, oficinas, sala de fiestas y un cine.


https://villaviciosadigital.es/disfruta-de-las-noches-del-hipodromo-de-la-zarzuela-los-proximos-jueves-1-y-8-de-agosto/

Y el Hipódromo de la Zarzuela (1934), donde Arniches, Domínguez y Torroja lograron una obra absolutamente asombrosa que alcanzó admiración mundial por el acuerdo genial entre una idea arquitectónica y su delicada expresión estructural.

El epílogo de la arquitectura republicana fue tan brillante como crepuscular, con la construcción del Pabellón de la República Española para la Exposición Internacional de París de 1937, diseñado por Sert y Luis Lacasa en plena Guerra Civil. Su armonía, rigor estructural y economía de medios sirvieron para mostrar el unánime apoyo del talento a la causa republicana. En él participaron, entre otros, Picasso, Calder, Alberto Sánchez, Miró, Julio González o Josep Renau, que unieron sus obras con contenidos referentes a la cultura y las tradiciones populares de los pueblos de España. El pabellón fue expresión de la esperanza en el futuro impulsada por la II República y de los cambios que eran necesarios y se demostraron posibles. También contenía una advertencia a Europa de la gravedad del enfrentamiento entre las aspiraciones populares de reformas sociales y las fuerzas que se oponían a ellas, que acabarían sumiendo al continente en una catástrofe sin precedentes.


Pabellón de la República Española para la Exposición Internacional de París de 1937, ahora en Barcelona. Obra de José Luis Sert y Luis Lacasa. Reconstruido en 1992 por Miguel Espinet, Antoni Ubach y Juan Miguel Hernández León. AITOR GOITIA




 


 


 


 


 






 


 








 













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