viernes, 30 de octubre de 2020

 

LA MUERTE Y OTROS DOLORES:

El matrimonio fantasma y otros ritos mortuorios de paso.




La novia sonríe con la mano extendida hacia el vacío, mientras un grupo de testigos, observan su figura solitaria en medio del salón. El silencio se extiende, hasta que finalmente ella suspira, inclina la cabeza y se echa sobre el cabello el velo que le cubría el rostro. Según numerosas tradiciones alrededor del mundo, la escena anterior forma parte de una de las tradiciones más extrañas del mundo y sin duda, una de las más inquietantes: La boda póstuma.

Según una vieja costumbre Alemana, una mujer que muere antes contraer matrimonio, será parte de la familia de su futuro esposo en el futuro. Lo mismo ocurre con Dinamarca y en Polonia. De hecho, las llamadas bodas muertas, continúan celebrándose en algunos pueblos remotos: Un matrimonio simbólico que une en la muerte lo que el amor no pudo en vida.

Por supuesto, no se trata de un fenómeno común ni tampoco uno que en la actualidad tenga real validez, pero en algunas sociedades, la costumbre fue parte de antiguas creencias sobre la permanencia de la memoria, la noción sobre el amor más allá de la muerte e incluso, la supervivencia del espíritu humano después de la muerte. El matrimonio que se lleva a cabo cuando uno o ambos miembros de la pareja murieron, es una práctica común en regiones de China (en la que las novias o novios vivos deben prometer además, fidelidad espiritual al difunto mediante un elaborado ritual), Japón, Sudán e incluso en países occidentales como Francia y EEUU, en donde al menos hay una docena de casos documentados de uniones matrimoniales legales entre parejas en la que uno de los miembros había fallecido al momento del enlace. La mayoría de las ocasiones, se trata de un ritual simbólico, pero en otras, de una complicada red de creencias que se entrecruzan entre sí para construir una versión sobre la muerte y el amor por completo nueva. Para sectas, grupos religiosos e incluso, pueblos enteros el hecho de la desaparición física de uno de los conjugues, no es en absoluto un impedimento para celebrar el vinculo emocional que les unía y que sobrevive de un modo u otro a la muerte.

Los matices procesales y legales varían de país en país, pero lo que está muy claro, es que la mayoría de las ocasiones en que un enlace semejante se lleva a cabo, se trata de un ritual de paso que además, permite a los deudos — y al miembro sobreviviente de la pareja — atravesar de una manera más saludable los rigores del duelo. En otros casos, se trata de una forma de asegurar la estabilidad legal y económica de la pareja o incluso, conservar títulos y vínculos de importancia cultural dentro de círculos sociales muy específicos. Cual sea el caso, el matrimonio póstumo es también una forma de asimilar a la muerte como parte de tradiciones que asumen la figura y la identidad del difunto como parte funcional de la familia o el grupo al que perteneció. Un recorrido por la incertidumbre acerca de lo que ocurre después de la muerte que toma la forma de un intrigante ritual de paso.

China, cuando el amor y la muerte son una misma cosa.

La concepción de la muerte en China no ha variado demasiado a través de los siglos: la cultura considera que se trata de un paso natural dentro del ciclo de la vida y que además, puede enfrentarse con diversos medios, que incluyen simbolismo asociado al luto que de una u otra forma, conserva la memoria del difunto. Tampoco el concepto del amor y el matrimonio ha variado mucho: todavía se sigue considerando que la familia — y el respeto a los padres — es el pilar fundamental de toda relación, por lo que los solteros deben someterse a la autoridad paterna incluso cuando ya han rebasado con holgura la mayoría de edad legal. Y sólo abandonan la casa familiar para ocupar la suya propia, en un ritual extravagante que contienen cientos de años de percepción del matrimonio como sostén de la memoria colectivo.

Para la mujer es incluso más grave: en China se considera imprescindible que contraiga matrimonio antes de los treinta años y de no hacerlo, se le considera “sobrante”, un término despectivo que define una situación legal incómoda en que la mayoría de las solteras son rechazadas e incluso segregadas legalmente frente al todopoderoso Estado. En 1978, la ley del hijo único además convirtió al matrimonio en un acuerdo legal con restricciones básicas, que incluía además, un tema que nadie hasta entonces había contemplado: un estudio del año 2011 demostró que la proporción entre niñas y niños nacidos, se inclinaba de manera considerable hacia el sexo masculino. ¿El resultado? Una generación de solteros que además, debía cumplir una buena cantidad de deberes morales, culturales y sociales.

A todo el anterior panorama, debe agregarse la costumbre China que insiste que los hijos mayores deben casarse antes que cualquiera de sus hermanos, lo que hace que la presión sobre el hombre se multiplique a medida que el tiempo transcurre sin que haya una candidata a la vista. Ahora bien, el problema se hace más complejo cuando el hermano más viejo muere sin haber contraído matrimonio o haberse prometido. Y es entonces, cuando los viejos rituales chinos sobre la muerte, vienen a sobrellevar lo que podría ser una complicada situación cultural que compromete incluso el lugar que ocupa la familia en una sociedad claustrofóbica y restrictiva: el llamado matrimonio fantasma es una costumbre que asegura que el difunto hermano, pueda no sólo contraer matrimonio sino permitir tanto a la “novia” (que puede ser una mujer con la que no tuvo vínculos durante su vida) beneficiarse con su nuevo estatus social.

La costumbre es especialmente popular entre los chinos de Taiwán y Singapur, en donde se llevan a cabo matrimonios de fantasmas, para evitar el ostracismo social y sobre todo, la posibilidad que la familia del difunto pueda enfrentar consecuencias culturales y sociales debido a la muerte prematura del hijo mayor. Según las creencias taoistas en que las que se basa el ritual, toda la ceremonia tiene por objetivo aplacar espíritus inquietos y sobre todo, los inevitables resentimientos de los muertos sobre los vivos. Sin embargo, hay una concepción más práctica sobre el tema: la mayoría de las herencias están relacionadas directamente con el matrimonio del hijo mayor de la familia, por lo que el matrimonio fantasma es una forma de solventar diversos asuntos legales que de otra manera, no tendrían una solución sencilla. De modo que todo lo que envuelve al medio y a la forma en que los contrayentes crean un vínculo legal válido — a pesar que uno de los cónyuges esté muerto — es una complicada combinación entre una tradición que se sustenta sobre el interés común y una curiosa trampa legal, con un valor considerable para la conservadora sociedad China.

La costumbre además tiene todo tipo de variables: Una familia cuyo hijo mayor murió, puede tomar la decisión de dar descanso a su espíritu a través del matrimonio, lo cual permite además que una mujer mayor de treinta que aún se encuentre soltera pueda regularizar su situación de cara a la rígida exigencia con respecto al estatus legal de la mujer. Así que el matrimonio fantasma reviste un extraño interés para buena parte de la población china, que en ocasiones incluso realiza ceremonias de “esponsales” en las que parientes y amigos celebran junto al espíritu del difunto, sus futuros esponsales. La novia, que puede ser tanto una desconocida como un verdadero interés romántico del “novio”, forma parte integral de la tradición y es de hecho, quien lleva el mayor peso dentro en cómo se comprende el ritual. Es la novia la que se comunica — o eso sugiere la tradición — con el hijo muerto. También es la novia, la que acepta y finalmente, la que asegura poder escuchar la voz desde la muerte, que acepta la petición matrimonial.

¿Y qué ocurre si una pareja comprometida muere a la vez o en fecha cercana? la boda se lleva a cabo, con los cuerpos de los difuntos en cuerpo presente, ceremonia que asegura que ambos transitarán hacia la oscuridad más allá de la vida juntos. Se trata de una ceremonia complicada, que además supone que ambas familias están de acuerdo y honran el acuerdo matrimonial entre la pareja, incluso si no lo hicieron de esa manera en vida.

Por otro lado, si es la mujer la que fallece, pedir su mano en matrimonio se convierte en una ventaja social y espiritual en la muy patriarcal China. Una mujer que muere soltera, no tiene derecho a una exhumación tradicional ni tampoco familiar (en el sentido en cómo se comprende en China), por lo que lo más probable es que sus padres y hermanos, intentarán encontrar un candidato ideal para que sea el “novio”, esté vivo o muerto. La ventaja es obvia: un hombre que contrae matrimonio con el espíritu de una mujer puede optar a la fortuna de su familia, ocupar un lugar social y convertirse en el hijo político de sus padres.

Ya sea por costumbre, necesidad o una forma de celebrar la memoria de los fallecidos, el matrimonio fantasma es de enorme importancia para los chinos, aunque por supuesto, en la actualidad no es legal y durante las últimas décadas, ha sido considerado incluso una forma de evadir las intricadas leyes de sucesión del Estado Chino. Con todo, la costumbre sigue llevándose a cabo en las regiones al norte del país.

Dolor y muerte en el Imperio del Sol:

Mientras que en China la vida y la muerte son transiciones de una idea muy semejante sobre la eternidad, en Japón la muerte es considerada la entrada a un mundo complejo y misterioso, en la que el alma del difunto debe batallar por su permanencia y lograr la paz. Y una de las formas de hacerlo, es satisfacer el deseo de los difuntos con un matrimonio que le ate a la Tierra y a sus sensaciones de un modo u otro.

Para la cultura Nipona, el matrimonio tiene connotaciones parecidas a la que se le atribuyen en China y de hecho, es aún más restrictiva con respecto a las normas sociales que lo reglan de una manera u otra. De modo que el matrimonio fantasma (que en esencia es muy parecido al Chino), intenta satisfacer las rígidas normas sociales que obligan a hombres y a mujeres a tener un papel muy concreto en la sociedad. Pero a diferencia de su variante China, en el matrimonio fantasma japonés, ambos cónyuges deben estar muertos. Las familias son las que toman la decisión de llevar a cabo el ritual como una manera de regularizar ya sea la situación de una familia cuyo hijo varón murió sin familia o el de una mujer, que sobrepasó la edad que exige la sociedad para contraer nupcias y a la que no se le puede rendir tributo mortuorio por carecer de marido o esposo.

Se trata de una ceremonia compleja que se lleva a cabo durante días y que incluye una preparación de meses: En primer lugar, se confecciona una muñeca de porcelana a tamaño natural de la novia, que llevará un mechón de su cabello y ropa de la fallecida. En el caso del hombre, una fotografía se colocará en una vitrina de cristal y madera, para simbolizar el tiempo de la petición de mano y finalmente, la ceremonia del enlace. Por último, la muñeca y el retrato se pondrán juntos en un mueble construido con el único objetivo de albergarlos a ambos y que la familia de la novia conservará en un lugar destacado de la casa.

Las bodas fantasmas japonesas tienen una duración de treinta años, que es el tiempo en que se considera que el espíritu del hombre culminó su transición hacia el siguiente plano de existencia. Una vez transcurrido el tiempo, las familias de ambos esponsales podrán sepultar juntos ambos objetos, como señal definitiva que estarán juntos por el resto de la eternidad. Como el Chino, el matrimonio fantasma japonés es ilegal en buena parte del país, aunque en lugares específicos se considera una parte del proceso legal para legalizar acuerdos entre familias y disputas de herencia.

Francia y el hilo de la muerte:

El país Galo es uno de los pocos lugares en el mundo en que el existe de hecho una ley que permite a una mujer o a un hombre casarse si su pareja murió de forma abrupta durante el período inmediatamente anterior a la ceremonia de la boda. El artículo 171 del código civil francés, establece que el presidente del país puede autorizar de manera directa y categórica, la celebración del matrimonio en el que uno de los cónyuges está muerto. ¿El motivo? En Francia se reconoce la noción de los esponsales (período en la que ambos prometidos llevan a cabo los preparativos para el matrimonio) como la preparación para un proceso legal, que de hecho, tiene efectos legales a corto plazo, sobre todo si los miembros de la pareja habían sostenido algún tipo de trámite financiero o civil que los uniera de una forma u otra.

Por supuesto, no es un proceso sencillo: el sobreviviente debe demostrar de manera fehaciente el proceso de preparativos para la boda y además, la documentación debe incluir manifestación de intenciones (ya sea por algún documento privado o extra legal que pueda demostrar la intención del futuro cónyuge fallecido) o por hecho verídicos y comprobables, ya sea la compra o venta de bienes en común, declaraciones juradas de la familia de difunto o cualquier otra forma legal que demuestre sin duda alguna la intención fehaciente de llevar a cabo la ceremonia legal. Sólo entonces, se enviará el documento al Presidente, que decidirá de manera voluntaria y sin ningún tipo de restricción legal, si el matrimonio puede llevarse a cabo. De ser así, la boda se realiza bajo una figura legal especial que garantiza el cónyuge sobreviviente llevará el apellido del fallecido, aunque no heredará sus bienes. No obstante, la excepción legal si se extiende a patria potestad de hijos en común o en el caso de mujeres embarazadas, permite la posibilidad que el hijo por nacer se considere un heredero del fallecido.

La extraña variable legal tiene su origen en 1959, cuando luego la presa de Malpasset — norte de la Riviera francesa — se derrumbó y mató 423 personas, incluyendo a varias parejas que habían viajado al lugar para contraer matrimonio en una Iglesia local. Cuando el presidente Charles de Gaulle visitó la zona del desastre,Irène Jodard, quién había viajado desde el Sur de Francia para la celebración de sus esponsales, le suplicó al presidente que “le permitiera de algún modo, incluso de la forma menos comprensible” contraer matrimonio con su prometido muerto. El presidente lo permitió y de hecho, lo hizo casi una docena de parejas que se encontraban en la misma situación de Jodard. El 31 de diciembre de ese año, el parlamento francés aprobó la ley que permite desde entonces, el matrimonio póstumo en situaciones extraordinarias y sólo aprobado previamente por la decisión del presidente francés en ejercicio. El enlace postmorten más reciente ocurrió en el 2019, cuando Magali Jaskiewicz, de 26 años, se casó con su prometido fallecido y padre de sus dos hijos Jonathan George, quién murió en un accidente automovilístico dos días después de pedir matrimonio a su prometida.

Sudán: una familia complicada.

La etnia Nuer al Sur de Sudan, también asume la necesidad del matrimonio como un requisito indispensable para formar parte del entramado legal que rige la vida de sus miembros. De modo que la soltería o morir antes de haber contraído matrimonio, no sólo se considera de enorme gravedad sino además, como una forma de ostracismo social. Pero además, hay una excepción a la norma sobre las uniones postmorten, que en general es bastante parecida al matrimonio fantasma chino o Nipón: si un hombre llega a morir sin herederos pero posee una enorme fortuna, su pariente más cercano (ya sea un hermano o un tío) se casará con una mujer a su nombre. Y de hecho, será el vínculo que permita que el primer hijo de la pareja sea considerado heredero del difunto y pueda acceder a su fortuna y bienes.

Se trata, por supuesto, de una curiosa treta legal, que tiene poco de simbólico y sí, mucho de una relación complicada entre la costumbre y la forma como la etnia comprende los deberes y derechos sucesorios. La unión permite conservar el apellido del difunto, sus bienes y relaciones sociales, por lo que el niño que nazca del matrimonio fantasma, tendrá los mismos derechos que los hijos biológicos y de hecho, será educado sin que sepa — en la medida de lo posible — la identidad de su verdadero padre. Además, se rata de una alianza ritual: el matrimonio postmorten permiten que diferentes facciones de la tribu puedan establecer vínculos que además, fortalecen el poder de los líderes locales dentro de la comunidad.

Para bien o para mal, en buena parte de la cultura del mundo, el amor sigue considerándose capaz de derrotar a la muerte, lo que es el origen de todo tipo de tradiciones que intentan rendir homenaje a la percepción que la incertidumbre de lo que ocurre más allá de la vida, es sólo un camino a transitar en el que los vínculos que unen a los vivos continúan teniendo una enorme importancia. Una visión sobre el silencio más allá de la muerte dotado de un especial significado y sobre todo, esa gran ambición de nuestra cultura de enfrentarse a lo desconocido.

 

https://aglaia-berlutti.medium.com/la-muerte-y-otros-dolores-fc49deb01347

 

 



jueves, 29 de octubre de 2020

 

CRÓNICASD DE LA OSCURIDAD:

La figura del Vampiro y la transcendencia del deseo.



https://ocultismomedievalcefhistoriadelarte.wordpress.com/2015/11/24/sacrifios/

En un relato del siglo XII, se cuenta que en Timisoara (Rumania), un vampiro asoló por años a una pequeña población de clérigos, cuyo monasterio se levantaba unos kilómetros la norte de la frontera con Serbia. Según la historia (recogida con sumo detalle por una crónica de uno de los hermanos de la congregación), el monstruo aparecía por las noches, apenas desaparecía la luz del sol y les contemplaba “con anhelo y regocijo” desde el jardín, sin atreverse a entrar en el recinto sagrado. Era un duelo de “fe”, según insistía el esforzado cronista, que consistía en someter a los hermanos a la tentación de “tocar por sí mismos” el misterio que se escondía en la oscuridad. El vampiro jamás decía palabra alguna, mientras la congregación entera rezaba hasta el amanecer. Entonces, la criatura se retiraba “envuelta en sombras” para reaparecer al anochecer.

La historia forma parte del libro Vampire in Lore and Legend (Dover Books on Anthropology and Folklore) de Montague Summers, en el que la figura del vampiro se narra y se incluye desde la noción de la antropología. Durante buena parte de los primeros siglos de la cristiandad y de la baja Edad Media, el vampiro fue considerado una figura espectral lo suficientemente real como para ser incluido en todo tipo de informes y minutas eclesiásticas, que la Iglesia conservaba entre el desconcierto y la curiosidad. Ya es célebre la leyenda que insiste en que la cámara Radcliffe de la Universidad de Oxford, fue construida para albergar todo tipo de libros y otros objetos relacionados con el conocimiento acerca de los no muertos. O que en buena parte de Rumania, los cementerios son custodiados por hombres armados con hachas de plata incluso en la actualidad, por el temor atávico a criaturas que puedan acechar desde la oscuridad. Se trata de una tradición que además, tiene cientos de vertientes, que se enlaza no sólo con la percepción sobre la identidad de lo monstruoso sino con algo más efímero, violento y humano.

Algo semejante decía Ferdinand de Schertz en Magia posthuma. O al menos, en eso insisten los pocos afortunados que alguna vez leyeron el libro, del que se sabe bastante poco y de hecho, tiene todas las características para ser una leyenda dentro de un cúmulo de siniestras leyendas. Según el libro publicado en Olmütz (hoy Olomouc en la República Checa) en 1706, los vampiros eran la encarnación del pecado, el deseo, la tentación “y la necesidad insatisfecha por la vida, la que se manifiesta en grandes cuestiones inconfesables”. Al menos, esa es la versión Agustín Calmet, que dedicó un largo análisis sobre los vampiros como figuras de lo sexual y lo sensual en su ya histórica Disertación sobre las apariciones de espíritu. Para Montague Summers en El vampiro en Europa, la idea iba mucho más allá: los bebedores de sangre “nacían” de la tierra no consagrada, en medio de rituales impíos y “el placer de mujeres y hombres que no conocían los límites de lo sagrado”. En otras palabras, un vampiro no era sólo un monstruo, sino una criatura concebida a través de la transgresión. Aribert Schroeder en Vampirismus: Seine Entwicklung vom Thema zum Motiv (1973) también insistía que un vampiro era “hijo de los grandes pecados como la fornicación y la sodomía” y ya rastreaba los primeros indicios que durante el medioevo, la necesidad de sangre era equiparable a otros tantos apetitos inconfesables.

¿Qué era entonces lo que ocurría entre los clérigos Rumanos y su espectral visitante nocturno? La leyenda no puede ser más ambigua y mucho más, cuando siglos después, el monasterio fue derrumbado y se encontró que buena parte de los cadáveres enterrados tenían la boca llena de piedras, cruces e incluso estacas. Un fenómeno que se repite a lo largo de Europa y que tiene un único significado: los vampiros — o los que se creían podían serlo — triunfaban en su afán de llevar al pecado y la seducción a sus inocentes víctimas. La idea hizo correr ríos de tinta y llegaron a publicarse verdaderos tratados que analizaban la relación del vampirismo con el sexo y los deseos irreprimibles, que llevaban a los cadáveres a intentar levantarse de sus tumbas apenas habían sido exhumados. O eso afirmaba curiosos textos como “De la masticación de los muertos en sus tumbas” escritor por un pastor luterano llamado Michaël Ranft, que afirmaba que los muertos “comían su propia carne como un apetito infinito, convertido en un círculo espectral que era la puerta al infierno”.

El folclorista británico Dudley Wright, que dedicó buena parte de su vida académica a escribir sobre vampiros, rastreó las primeras referencias sobre el mito en tablas de símbolos en Caldea y Asiria, en la que ya se les relacionaba con la muerte y una resurrección que podría traducirse en la actualidad como impía, pero que en realidad, tenía mucho más relación con todo tipo de tradiciones mágicas emparentadas con el sexo, el deseo y la práctica ritualista de la sexualidad bajo el parámetro de lo sagrado. “Las leyendas griegas sobre los vampiros, tenían una estrecha relación con prácticas sexuales que debían ser ocultadas o al menos, escondidas del ojo público” escribe Wright “La figura del vampiro griego, está rodeada de erotismo y las historias en se les incluye, están plagadas de maravillosas historias de muertos que se levantan de sus tumbas para alimentarse de la sangre de los jóvenes y hermosos. Una percepción sobre la belleza, la necesidad carnal y el impulso lujurioso que continuó siendo parte de la leyenda en la Europa del siglo XVIII, que rápidamente se extendió por Austria, Hungría, Polonia, las islas Británicas, y, por supuesto, el principado rumano de Valaquia, en la que la leyenda de los vampiros — poderosos, eróticos, libres y malvados — ya eran comunes cuando Vlad Tepes III alcanzó el poder en 1448.

Se tratan de ideas inquietantes, que solían ser el vehículo perfecto para convertir el sexo, el deseo y la lujuria en posibles vehículos para crear monstruos o lo que era más preocupante, perder la vida eterna en favor de un tipo de placer que la Iglesia sabía, era la puerta inmediata a la desobediencia. Una connotación lo suficientemente directa como para que a través de los siglos siguientes, la figura del vampiro siguiera relacionándose con rituales retorcidos y también, con la perdición en medio de éxtasis macabros de los que difícilmente se sobrevivía. Poco a poco, el vampiro se convirtió no sólo en una criatura capaz de beber sangre — y sobrevivir a la muerte gracias a eso — sino al símbolo de todo tipo de pecados relacionados con la carne, como si la libertad que la ausencia de Dios o condena que traía aparejada su existencia, le convirtiera en la concepción de una hórrida independencia, impensable para la Iglesia, como institución única de la fe.

De la fugacidad de la memoria y otras historias sombrías.

La Europa medieval estaba llena de leyendas sobre la muerte y la posibilidad de la vida eterna a través de rituales arcaicos y el contagio de la antigua maldición del vampirismo. La rápida propagación de la peste pareció no sólo conjugar todos los terrores arcaicos sobre la mortalidad humana, sino además, añadirles un tinte grotesco que ni las más floridas descripciones sobre un cielo cristiano pudo consolar. Para finales del siglo XV, la mitad de la población Europea había muerto por un padecimiento caprichoso y violento, que nadie podía contener y mucho menos comprender. Y fue entonces, cuando la figura del vampiro surgió de las sombras de las leyendas y mitos arcaicos para encarnar de nuevo un tipo de terror muy específico.

Se trató de una rara combinación de folclore y confusos conocimientos científicos. Según la medicina de la época, un cadáver con sangre fresca en la boca o la nariz no estaba realmente muerto — síntoma habitual en la última etapa de la peste bubónica — por lo que la costumbre de desencajar la mandíbula con un pedazo de ladrillo y evitar que el difunto pudiera romper a mordiscos el sudario se propagó con rapidez a través de una Europa aterrorizada por la mortandad. De los cementerios repletos de víctimas de la peste — y en ocasiones, algún que otro agonizante — proceden las primeras descripciones del vampiro que regresa de la muerte abriéndose paso por la tierra recién arrojada a la tumba. Una imagen que aterrorizaba por encarnar un tipo de terror tan antiguo como anónimo: el de la desaparición física. A pesar de los esfuerzos de la Iglesia por prometer la vida eterna a través de la redención, buena parte de los europeos de la Edad Media estaban convencidos que la muerte era algo más complejo y temible de lo que las Santas Escrituras podían describir.

Claro está, la creencia sobre monstruos eternos o que tenían la capacidad para disputar el espíritu humano a la muerte, es tan antigua como el hombre: con toda seguridad, el mito del vampiro se remonta al antiguo Egipto, en donde se temía a un pájaro bebedor de sangre que vengaba las injusticias. También, la mitología egipcia habla de “Dioses bebedores de sangre” capaces de “mirar en el corazón” de sus creyentes y hacer justicia a través del asesinato, lo cual sugiere un culto a la sangre y a la muerte tan antiguo como la propia cultura.
No obstante, los antropólogos han localizado el origen de los vampiros en las enfermedades con pérdida de sangre, que los antiguos atribuían a seres diabólicos que atacaban durante la noche en busca del alimento que necesitaban para sobrevivir. De hecho, el rastro puede seguirse desde Egipto hasta Mesopotamia, donde padecimientos físicos relacionados con problemas sanguíneos y endémicos causaron estragos en varias poblaciones. Se han encontrado relatos fragmentados de epidemias y muertes sin explicación que fueron atribuidas a criaturas sin nombre, que bebían de la “vitalidad” de su víctima, hasta asesinarlo.

El mito del vampiro — o de la criatura capaz de enfrentar a la muerte y alcanzar la vida eterna — también forma parte de la mitología en lugares tan dispares como el México Maya y la Australia primitiva, repitiendo con pequeñas variantes, la idea de un inmortal que sobrevivía gracias a la destrucción de la identidad humana. Ya fuera bebiendo de su sangre, comiendo su corazón o simplemente, apropiándose de su “alma” ( cualquiera fuera el concepto que tuviera entonces esa palabra ) el vampiro continuó avanzando en las páginas de la historia.

El rastro sobre la mítica figura del bebedor de sangre, puede rastrearse a través de Oriente Medio y las regiones meridionales de Asia. En la tablilla de la diosa Ishtar “Descenso al país inmutable” se describe a un tipo de criatura “capaz de tomar la vida de otros para perpetuar la suya”. En Grecia, hombres y mujeres capaces de beber sangre para conservar la juventud pulularon en todo tipo de leyendas rurales. Se hablaba de espíritus errantes, que consumían la sangre de los vivos para lograr regresar a la carne.

El siglo de la Ilustración necesitó desesperadamente también darle sentido práctico a una criatura que encarnaba todo tipo de temores mistéricos sobre la supervivencia del alma y sobre todo, la capacidad del hombre para asumir la muerte como un tránsito sobrenatural. La definición que redactó Collin de Plancy en su Diccionario infernal, publicado en 1803, parecía intentar incluir todo lo que se sabía hasta entonces sobre el vampirismo “Se da el nombre de upiers, upires o vampiros en Occidente; de brucolacos en Medio Oriente; y de katakhanes en Ceilán, a los hombres muertos y sepultados desde hace muchos días que regresan hablando, caminando, infectando los pueblos, maltratando a los hombres y a los animales y, sobre todo, sorbiendo su sangre, debilitándolos y causándoles la muerte. Nadie puede librarse de su peligrosa visita si no es exhumándolos, cortándoles la cabeza y arrancándoles y quemándoles el corazón. Aquellos que mueren por causa del vampiro, se convierten a su vez en vampiros.” La definición abrió la puerta para debates sobre el tema y la figura del Vampiro — hasta entonces una leyenda rural y oral transmitida a través de supersticiones muy específicas — alcanzó una nueva dimensión académica.

Entre la luz de la ciencia y el poder del misterio:

En la época victoriana, el vampiro incluso se convirtió en una forma de analizar la represión moral y física de la época, cuando desde las profundidades de mitos y leyendas primitivos, reapareció en el Londres del positivismo, llevando ropas de noble europeo y dispuesto a enfrentar la ciencia para imponer el deseo de lo inconfesable como una forma de dominio. La relación entre el poder de Drácula y sus víctimas — todas mujeres muy jóvenes, bellas e indefensas — tenía una clara relación con el deseo sexual insatisfecho y la seducción, tópicos comunes en la literatura de un siglo marcado por una represión sexual y moral tan agresiva, que obligó a los escritores a crear una versión sobre el bien y el mal relacionado con los símbolos que contradecían el positivismo. Mientras Shelley creaba un monstruo sufriente que encarnaba el desarraigo y los primeros indicios de la soledad moderna, Stoker trajo a la literatura un monstruo venido del centro mismo de los paisajes primitivos de las pesadillas europeas, para asolar la ciudad en que la revolución intelectual lo era todo. La batalla de la versión de lo espiritual y lo mecanicista se convirtió en una concepción sobre la lucha del alma humana por la redención y el riesgo latente de su caída en los infiernos.

Dudley Wright fue el primero en establecer la notoria diferencia entre la leyenda del vampiro rural europeo y su transformación en la figura clásica literaria que nuestra época heredó. En 1914, el autor ponderó sobre la idea en el clásico “Vampires and Vampirism” en el cual insiste que la leyenda del vampiro es una reminiscencia directa a las figuras que encarnaban el temor a la muerte en culturas tan distantes como la Egipcia y cientos de tribus africanas. Para buena parte de los países de Europa del Este, el vampiro era una criatura real al que debía combatirse, temerse y en ocasiones muy específicas, adorarse como parte de una longeva tradición mitológica de profundas raíces mistéricas. Pero más allá de eso, el vampiro era la búsqueda de inmortalidad en mitad de una época en la que la muerte estaba en todas partes y sobre todo, era la única certeza con la que la cultura humana podía convivir. Asolada por guerras, plagas y todo tipo de fenómenos devastadores, Europa era un paisaje aplastado por todo tipo de horrores y además, un tipo de oscurantismo que convirtió a la Iglesia en una fuente de esperanza, la mayoría de las veces tan férrea y violenta como la misma idea del castigo divino que proporcionaba. Los ejércitos del Vaticano no sólo arrasaban a cualquiera que se opusiera a sus dictámenes, sino que ejercía un rígido control sobre la cultura de la época. La vida y la muerte se encontraban separadas por una línea muy fina, tanto como para elaborar una idea en la que la transgresión se relacionaba con la aspiración inmediata de comprender la incertidumbre a través de lo sobrenatural. Una idea que el Vampiro encarnó de manera formidable por buena parte de la historia.

Un monstruo con rostro humano.

La isla de Lazzaretto Vecchio — Sur de Venecia — era el lugar en el que moría la mayoría de los enfermos de lepra de las ciudades circundantes luego de una larga y humillante agonía. O ese había sido su origen, hacia el siglo XII y pleno apogeo del temor supersticioso que el bíblico padecimiento solía despertar. En realidad, la isla se trataba de un hospicio destrozado por la miseria en el confinaban a la mayoría de los enfermos de la rica Venecia, aunque no estuvieran contagiados por el bíblico padecimiento. Con los siglos la isla se convirtió también en el punto señalado para que cualquier barco llegado del Mediterráneo y del Oriente arribara para expulsar de su tripulación a cualquiera que mostrara los síntomas de la peste bubónica. No obstante, en la actualidad la isla — y su leprosorio — es mucho más conocida por una razón desconcertante: es el lugar en que se encontró la osamenta de lo que se llamó “el primer vampiro histórico”. Se trata de un término extravagante para describir lo que es realidad una de las pruebas más contundentes de las que se tenga constancia científica sobre el miedo que inspiraba el monstruo más temible del medioevo.Una mirada al terror real que por siglos asoló Europa.

Además, Lazzaretto Vecchio parece ser el lugar idóneo para encarnar la noción sobre el miedo a la muerte de una época de supersticiones: Nadie abandonaba la isla con vida. Los escasos religiosos que luchaban por cuidar de las legiones de enfermos agonizantes que llenaban el único edificio de la isla, eran incapaces de contener el avance de la muerte. Hay crónicas de la época que cuentan del horror de la isla plagada de cadáveres, arrasada por lo que parecía una mítica maldición desconocida. El campanario solía escucharse una vez al día para anunciar las grandes hogueras en que se arrojaban los cuerpos de los enfermos. Y cada noche, un faro espectral se encendía para señalar el camino “hacia el infierno”. Poco a poco, el lazareto se convirtió en un enorme cementerio en el mar, con sus fosas comunes repletas de esqueletos sin nombre y tumbas excavadas en piedra que sólo señalaban el nombre de pila del difunto. Hacia el siglo XVII, el Dux de Venecia ordenó su evacuación y corrió el rumor que cuando los últimos misioneros abandonaron la isla, una multitud silenciosa y espectral los miro desde las orillas. Las leyendas sobre la “tierra maldita” habitada por “almas penitentes” corrió por el continente y desde entonces, nadie volvió al lazaretto. La vieja torre del hospicio se mantuvo intacta y las viejas tumbas permanecieron selladas según los ritos arcaicos. Y tal vez fue ese aislamiento lo convirtió a la isla en una especie de curiosidad arqueológica.

Hace doce años, Lazzaretto Vecchio volvió a ocupar un lugar en la imaginaria popular, cuando un inesperado descubrimiento desconcertó a buena parte de la comunidad científica europea: entre las casi 1500 osamentas descubiertas en un osario, se encontró un esqueleto atravesado por una estacada, un método de sobra conocido durante el medievo para conjurar la antigua maldición ancestral del vampirismo. Además, la mandíbula había sido aplastada por un trozo de mampostería, que según los investigadores era una forma de evitar que el cadáver pudiera volver a la vida. Para el grupo de científicos encabezados por el antropólogo Matteo Borrini, el descubrimiento era algo más que una curiosidad de ocasión. Dejaba claro que para la mayoría de los habitantes de la Europa medieval, el vampiro era un peligro real y latente al que había que compartir con todas las armas a la disposición.

El esqueleto del llamado vampiro del Lazzaretto Vecchio, demostraba además que el temor por un tipo de monstruo sofisticado y violento era lo suficientemente real como para dejar constancia física: la cripta estaba rodeada de trozos de metal pulido — otro método tradicional para contener el poder del vampiro — y en piedra que cerraba la osamenta, se había tallado un viejo ritual del exorcismo. En general, el descubrimiento revelaba que al menos para los habitantes de la Isla, el peligro del vampiro representaba un riesgo cercano al que había que enfrentar. No obstante, no se trataba de una costumbre infrecuente en una Europa asolada por la peste y donde la muerte se había convertido en un enemigo real a vencer. Para el siglo XVI y mientras la peste bubónica avanzaba por pueblos y ciudades del continente matando a la mitad de la población adulta, el terror popular conjugó de nuevo a un antiguo enemigo, uno que simbolizaba los límites difusos entre la vida y la muerte, el horror y esa convicción real sobre la posibilidad de la eternidad que por tanto tiempo obsesionaba — y obsesiona — al hombre.

De la noción de la muerte y la supervivencia de la conciencia: El génesis del vampiro.

La Europa asolada por la peste era un lugar infernal. El creciente número de muertos obligaba a los sepultureros a reabrir las fosas con cierta frecuencia para arrojar nuevos cadáveres. Las tumbas y osarios públicos se creaban en plena emergencia, con frecuencia tan cerca de poblados y caseríos, que la muerte se convertía en una experiencia comunal y con fronteras poco claras. A pesar de las amenazas y admoniciones de la Iglesia y sobre todo, de las advertencias médicas, era frecuente que parientes y amigos de los recién fallecidos acompañaran las tumbas para evitar “sus cadáveres regresaran poseídos por el demonio”. De las largas noches de duelo junto a las fosas comunes de la época, proceden las narraciones sobre cadáveres que “volvían a la vida” y criaturas malditas que surgían de entre la muerte para asolar a los vivos.

Por supuesto, se trata de una anatomía de la muerte mal comprendida. Abrir y cerrar las fosas provocaba que los cadáveres sufrieran procesos de putrefacción a diferente ritmo y sobre todo, bajo aspectos ambientales por completo distintos. Las evidentes diferencias — que podían variar desde el rigor mortis hasta el aspecto físico del cuerpo — dieron lugar a todo tipo de rumores sobre la supervivencia de algunos pocos a los rigores de la muerte. Fue esa percepción distorsionada sobre lo que el proceso de descomposición y putrefacción puede ser, lo que dio origen a una idea del vampiro tan realista que supuso rituales concretos para combatir su existencia. Desde los baños de brea — que consistía en arrojar capas de la sustancia ardiente sobre cuerpos y osamentas — hasta la estaca clavada en el pecho, la transición de las prácticas pseudocientíficas a una percepción religiosa sobre el vampiro abarcó buena parte del medioevo tardío. Para finales del siglo XVI, toda clase de relatos sobre vampiros corrían de boca en boca a través de Europa.

La figura del vampiro ha sido tallada y reconstruida por la historia. El vampiro medieval — nacido de las fosas comunes y sobre todo, de la imaginación aterrorizada del hombre — era muy distinto a la concepción actual sobre el mal en estado puro que se enfrenta a la muerte. Las primeras descripciones sobre vampiros muestra a campesinos, atacados e infectados por un tipo de padecimiento incomprensible, que morían en cuestión de días y que regresaban de la muerte para infectar del mismo mal misterioso a su familia. No se trata de una figura sofisticada ni mucho menos exquisita: las primitivas descripciones sobre vampiros europeos insisten en la fealdad de la criatura, en su violencia y sobre todo, en su dimensión animal. Y tampoco beben exclusivamente sangre: en la tradición eslava, los vampiros devoran cosechas y las vísceras de animales de granja, para luego vagar por la noche como espectros terroríficos que encarnaban un tipo de horror más relacionado con la superstición que con ideas filosóficas.

¿Qué es el vampiro y por qué continúa sobreviviendo a una evidente evolución histórica? Paul Barber, investigador del folclor de los vampiros Museo Fowler de Historia Cultural de la Universidad de California y autor del clásico “Vampires, burial and death, folklore and reality” (Yale University Press) sostiene que el vampirismo es un reflejo evidente de la incapacidad del hombre para aceptar la muerte, la destrucción de la identidad y sobre todo, la certidumbre de su vulnerabilidad física. Desde los Dioses bebedores de Sangre Egipcios hasta las muertes inexplicables de la edad Media, la figura de una criatura capaz de enfrentarse al más cruel y natural de los todos los procesos físicos del hombre, encarna un tipo de esperanza mucho más poderosa y retorcida que la metaforiza la religión o la filosofía. Porque el Vampiro no encarna la trascendencia del alma o la bondad aparente, sino los apetitos carnales y una percepción casi pragmática sobre la necesidad de vencer el proceso biológico de la muerte. El vampiro tradicional sugiere la capacidad del ser humano para enfrentarse a la naturaleza, sus dolores y debilidades desde un tipo de decadencia muy cercana a la transgresión antes que la redención. También, se trata de una percepción de la muerte física como un reduccionismo moral “La mayoría de la gente ignora que a través de la historia europea se han producido informes extensos y detallados sobre cadáveres que han sido desenterrados de sus tumbas, declarados vampiros, y asesinados. Una forma de alegoría sobre lo que la muerte era y podía ser a través de un continente asolado por la miseria y la muerte”, escribe Barber en la revista Skeptical Enquirer. “El vampiro vino entonces, a salvar el hombre de sí mismo”.

Cual sea la respuesta al origen del Vampiro, una cosa es bastante clara: su figura elegante, creada a partir de la idealización de la muerte y la búsqueda de respuestas a la incertidumbre, continúa siendo invencible. Poderosa e inmutable en medio de la visión del hombre sobre su propia fragilidad y la incapacidad para otorgar sentido al temor. Un héroe sombrío sobre lo que aún hay mucho que contar.

 

https://aglaia-berlutti.medium.com/cr%C3%B3nicas-de-la-oscuridad-246c6d244b24

 

DURANTE LOS SIGLOS, XVIII Y XIX

VAMPIROS, LA LEYENDA DE LOS MUERTOS VIVIENTES



Durante los siglos XVIII y XIX, una plaga de vampirismo recorrió Europa. Como ya decía Rousseau en 1762, no había en el mundo una historia tan bien documentada como la de los vampiros: "No le falta de nada: procesos orales, certificados notables de cirujanos, sacerdotes, magistrados". Desde luego, siempre hubo escépticos, como el propio Rousseau o el escritor Charles Nodier, que en 1822 se preguntaba cómo era posible que individuos racionales hubieran podido creer en "el más absurdo de todos los errores populares". Pero ¿por qué hubo tantos otros que creyeron en los vampiros e incluso testimoniaron haberlos visto?

El interés por los vampiros debió mucho al benedictino Augustin Calmet, autor de un Tratado sobre los vampiros (1751) en el que recopiló numerosos casos de vampirismo. Calmet definía a los vampiros como "muertos [...] que salen de sus tumbas y vienen a inquietar a los vivosles chupan la sangre, se les aparecen, provocan estrépito en sus puertas y en sus casas, y, en fin, a menudo les causan la muerte. Uno sólo se libra de sus manifestaciones [...] desenterrándolos, cortándoles la cabeza, empalándolos, quemándolos o traspasándoles el corazón".






 

VLAD DRACULEA, EL EMPALADOR



A finales del siglo XIX, el escritor irlandés Bram Stoker concibió una novela de terror relacionada con las leyendas centroeuropeas sobre vampiros y no muertos que ya habían servido de inspiración a otros autores decimonónicos como John Polidori, el médico y compañero de viajes de Lord Byron. Indagando en este tipo de historias, Stoker tuvo conocimiento de la existencia de un príncipe rumano llamadoVlad Draculea, que había vivido en el siglo XV y se había hecho célebre, entre otras cosas, por su gusto por lo sanguinario.

La fortuna del sobrenombre de Drácula se debe en realidad a una confusión. Su padre, el príncipe o voivoda Vlad II de Valaquia, había ingresado en 1428 en la Orden del Dragón (Drac, en húngaro), de la mano del emperador Segismundo de Luxemburgo. Por ello fue conocido en adelante como Vlad Dracul, mientras que a su hijo se le llamó Vlad Draculea, esto es, hijo de Dracul. Sin embargo, en la mitología rumana la figura del dragón no existía y el término dracul designaba al diablo, con lo que Vlad III pasó a ser en rumano “el hijo del diablo”.

Ello coincide con la leyenda sobre la crueldad y ánimo sanguinario de Vlad, recogida ya por crónicas de su época. En ellas se le presentaba como un príncipe aficionado a la tortura y entusiasta de la muerte lenta, que solía cenar bebiendo la sangre de sus víctimas o mojando pan en ella. Se calcula que en sus tres períodos de gobierno, que suman apenas siete años, ejecutó a unas 100.000 personas, en la mayoría de las ocasiones mediante la técnica del empalamiento. Por esta razón se le conoce desde el siglo XVI como Vlad Tepes, esto es, Vlad el Empalador.

HISTORIA DE LOS BALCANES

Para comprender esta fama hay que situarse en el contexto de los Balcanes en las décadas centrales del siglo XV. En aquel entonces el Imperio otomano se hallaba en plena fase de expansión por el suroeste de Europa: Grecia quedó sometida desde la década de 1360, Serbia desde 1389 y Bulgaria en 1396. Frente a los otomanos se encontraban el reino de Hungría y los principados en los que entonces se dividía la actual Rumanía: Valaquia y Moldavia, junto a Transilvania, territorio autónomo perteneciente a Hungría.



El castillo de Bran en el pasado marcaba la frontera entre Valaquia y Transilvania. Sin embargo, a pesar de vincularse habitualmente con Vlad III Drăculea, parece ser que él jamás vivió en este castillo y que su verdadera fortaleza fue el Castillo de Poenari.

Foto: Gtres

Las guerras de frontera se convirtieron en una constante, guerras de extraordinaria violencia, en las que las ejecuciones y represalias masivas estaban a la orden del día.Vlad deValaquia fue un producto de este ambiente, y su vida fue una lucha constante por la supervivencia y por el poder.

UN PRÍNCIPE DE FRONTERA

Según la mayoría de los autores, el príncipe Vlad III de Valaquia nació en Sighisoara (Transilvania) en 1431, y fue uno de los tres hijos legítimos de Vlad II, voivoda (gobernador) de Valaquia. Con apenas 13 años marchó a la corte otomana, junto con su hermano Radu, como rehén o garantía de sumisión. Vlad II, en efecto, había establecido con los turcos una alianza que le valió la enemistad del regente de Hungría, Juan Hunyadi, de origen valaco. En 1447 éste preparó una ofensiva contra Vlad, apoyándose en los boyardos valacos, nobles pro húngaros. El resultado fue la muerte del voivoda y de su hijo Mircea.

Irritado por la pérdida de su aliado en Valaquia, el sultán otomano Murat declaró a su hijo Vlad Draculea pretendiente al trono. Al año siguiente lanzó a sus tropas contra Hunyadi, derrotándolo totalmente en Kosovo. Vlad aprovechó la circunstancia para apoderarse del trono de Valaquia, pero su primer período de gobierno duró poco, pues en el mismo año 1448 fue expulsado a instigación de Hunyadi.

Vlad se refugió inicialmente en la corte del sultán otomano, con la esperanza de que lo ayudara a volver a Valaquia. Pero, defraudado en sus aspiraciones, en 1449 marchó a Moldavia, donde tenía parientes. En los años siguientes intervino en las luchas intestinas moldavas, hasta que en 1451 marchó a Transilvania. Instalado en ciudades alemanas del país, como Kronstadt, trató de reunir apoyos con vistas a recuperar el trono de Valaquia. La oportunidad le llegó tras la conquista de Constantinopla por Mehmet II en 1453. Viendo a Hungría cada vez más amenazada por los otomanos, Hunyadi se lanzó a buscar aliados para un enfrentamiento directo con los turcos. El noble que entonces era voivoda de Valaquia se mostraba cada vez más entregado a los otomanos, y Hunyadi pensó en sustituirlo llamando a Vlad. Éste olvidó todo rencor por la muerte de sus familiares y se lanzó al combate.

Fue así como en 1456 logró hacerse de nuevo con el gobierno de Valaquia. Inició entonces su fase de gobierno más larga, hasta 1462, aquella que le ganaría ante los contemporáneos y la historia la reputación siniestra que desde entonces lo acompaña.

Esta fama se debe en primer lugar a los métodos que Vlad empleó en la guerra. Desde que en 1460 decidió negarse a pagar tributo a los turcos, el enfrentamiento armado se hizo inevitable, y este revistió los tintes de una cruzada, tan brutal y sanguinaria como las que se habían librado en Tierra Santa en siglos anteriores.

LOS MÉTODOS DE UN CRUZADO

La campaña de 1462 nos da un ejemplo de sus métodos. En respuesta a una ofensiva turca, Vlad atravesó el Danubio para saquear el país búlgaro, entonces parte del Imperio otomano. Al término de la campaña envió al rey húngaro Matías Corvino dos sacos llenos de orejas, narices y cabezas, acompañados de una carta en la que le decía: “He matado a hombres y mujeres, a viejos y jóvenes, desde Oblucitza y Novoselo hasta Samvit y Ghigen. Hemos matado a 23.884 turcos y búlgaros, sin contar aquellos a los que quemamos en sus casas, o cuyas cabezas no fueron cortadas por nuestros soldados... Terminemos juntos lo que juntos hemos iniciado, y aprovechemos esta situación, puesto que, si Dios Todopoderoso escucha las oraciones y los ruegos de la Cristiandad, si favorece los ruegos de sus piadosos servidores, nos concederá la victoria sobre los infieles, enemigos de la Cruz”. Vlad, pues, se veía a sí mismo como un cruzado.



Esta pintura de Theodor Aman muestra a Tepes recibiendo a los enviados turcos. En 1448 ascendió al trono de Valaquia por primera vez gracias al apoyo de los turcos, de quienes había sido prisionero y a los que luego combatirá.

Foto: CC

Al mismo tiempo, el voivoda aplicó las mismas tácticas violentas contra sus súbditos, a fin de asegurar su autoridad.

No le faltaban motivos para temer por su posición. La nobleza boyarda se mostró desafecta, absteniéndose de participar en la guerra contra los turcos. Los colonos alemanes, por su parte, protagonizaron diversas revueltas. De ahí que, como brazo ejecutivo de la justicia, el voivoda la impusiera con crudeza, castigando duramente a los delincuentes y sofocando rebeliones. Las sádicas ejecuciones de sus víctimas resultaban ejemplares, y contribuían a imponer el orden. De algún modo podría decirse que su máxima era que el temor traía consigo la obediencia.

Su severidad dio lugar a historias como la de la jarra de oro que dejó frente a su residencia en Tirgoviste, para que los viajeros pudiesen beber agua en ella; tal era el temor que inspiraba el gobernante que nadie osó nunca robarla. Pero el método de castigo con el que se asocia la figura de Vlad es, claro está, el del empalamiento. No fue una invención de Vlad, sino que su historia se remontaba al menos a la antigua Asiria y se utilizaría durante largo tiempo.

Las fuentes apuntan, en todo caso, que Vlad llegaba a extremos de macabro refinamiento, prolongando la agonía de los condenados y utilizando los cuerpos de los empalados como terrorífica advertencia. El ejemplo más conocido de su ensañamiento lo constituye el conocido como Bosque de los Empalados, lugar en el que se dice que Tepes hizo talar todos los árboles para empalar a más de 20.000 prisioneros. El cronista Calcondilo asegura que Mehmet II, al visitarlo en 1461, retrocedió horrorizado, aunque al mismo tiempo elogió a un príncipe que demostraba ser un experto en el arte de gobernar mediante el terror.

¿Hasta qué punto son ciertos estos relatos sobre la crueldad de Vlad? No hay duda de que algunos de ellos son tendenciosos, como sucede con las crónicas alemanas, surgidas del testimonio de los colonos germanos de Transilvania hostigados por el voivoda. Otras crónicas, en cambio, lejos de censurar al sanguinario príncipe, elogian sus métodos implacables; es el caso de los testimonios rusos. En la época y lugar en que vivió Vlad, su crueldad no fue en modo alguno excepcional, aunque no cabe duda de que pocos llevaron tan lejos sus métodos terroristas.

En 1462 Vlad fue derrotado por los turcos. Pasó doce años prisionero en Hungría, hasta que en 1476 recobró su utilidad como candidato al trono de Valaquia. Su tercera etapa como voivoda terminó al caer abatido en una emboscada turca. Su cabeza fue exhibida en Estambul, y su cuerpo fue enterrado en el monasterio del lago Snagov.

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