lunes, 30 de agosto de 2021

 

BEATO TOMÁS DE KEMPIS 30 DE AGOSTO



https://www.psicoactiva.com/blog/frases-celebres-de-tomas-de-kempis/

La fama mundial de Tomás de Kempis se debe a que él escribió La Imitación de Cristo: el libro que más ediciones ha tenido, después de la Biblia. Este precioso librito es llamado "el consentido de los libros" porque se ha sacado en las ediciones de bolsillo más hermosas y lujosas, ha tenido ya más de 3,100 ediciones en los más diversos idiomas del mundo. Su primera edición salió en 1472, 20 años antes del descubrimiento de América (un año después de la muerte del autor), y durante más de 500 años ha tenido unas 6 ediciones cada año. Caso raro y excepcional.

Tomás nació en Kempis, cerca de Colonia, en Alemania, en el año 1380. Era un hombre sumamente humilde, que pasó su larga vida (90 años) entre el estudio, la oración y las obras de caridad, dedicando gran parte de su tiempo a la dirección espiritual de personas que necesitaban de sus consejos.

Empezar por uno mismo.


En ese tiempo muchísimas personas deseaban que la Iglesia Católica se reformara y se volviera más fervorosa y más santa, pero pocos se dedicaron a reformase ellos mismos y a volverse mejores. Tomás de Kempis se dió cuenta de que el primer paso que hay que dar para obtener que la Iglesia se vuelva más santa, es esforzarse uno mismo por volverse mejor. Y que si cada uno se reforma a sí mismo, toda la Iglesia se va reformando poco a poco.

Una asociación muy útil.


Kempis se reunió con un grupo de amigos en una asociación piadosa llamada "Hermanos de la Vida Común", y allí se dedicaron a practicar un modo de vivir que llamaban "Devoción moderna" y que consistía en emplear largos ratos de oración, la meditación, la lectura de libros piadosos y en recibir y dar dirección espiritual, y dedicarse cada uno después con la mayor exactitud que le fuera posible a cumplir cada día los deberes de su propia profesión. Los que pertenecían a esta asociación hacían progresos muy notorios y rápidos en santidad y la gente los admiraba y los quería.

Un ascenso difícil.


Tomás tiene muchos deseos de ser sacerdote, pero en sus primeros 30 años no lo logra porque sus tentaciones son muy fuertes y frecuentes y teme que después no logre ser fiel a su voto de castidad. Pero al fin entra a una asociación de canónigos (en Windesheim) y allí en la tranquilidad de la vida retirada del mundo logra la paz de su espíritu y es ordenado sacerdote en el año 1414. Desde entonces se dedica por completo a dar dirección espiritual, a leer libros piadosos y a consolar almas atribuladas y desconsoladas. Es muy incomprendido muchas veces y sufre la desilusión de constatar que muchas amistades fallan en la vida (menos la amistad de Cristo) y va ascendiendo poco a poco, aunque con mucha dificultad, a una gran santidad.

Oficios delicados.


Dos veces fue superior de la comunidad de canónigos en su ciudad. Bastante tiempo estuvo encargado de la formación de los novicios. Después lo nombraron ecónomo pero al poco tiempo lo destituyeron porque su inclinación a la vida espiritual muy elevada no lo hacía nada apto para dedicarse a comerciar y a administrar dineros y posesiones. Su alma va pasando por períodos de mucha paz y de angustias y tristezas espirituales, y todo esto lo irá narrando después en su libro portentoso.

El libro que lo hizo famoso.


En sus ratos libres, Tomás de Kempis fue escribiendo un libro que lo iba a hacer célebre en todo el mundo: La Imitación de Cristo. De esta obra dijo un autor: "Es el más hermoso libro salido de la mano de un hombre" (Dicen que Kempis pidió a Dios permanecer ignorado y no conocido. Por eso la publicación de su libro sólo se hizo al año siguiente de su muerte). No lo escribió todo de una vez, sino poco a poco, durante muchos años, a medida que su espíritu se iba volviendo más sabio y su santidad y su experiencia iban aumentando. Lo distribuyó en cuatro pequeños libritos. Entre la redacción de un libro y la siguiente pasaron unos cuantos años.


El libro Primero de la Imitación de Cristo narra cómo es la lucha activa que hay que librar para convertirse y reformarse y los obstáculos que se le presentan a quiénes desean ser santos, entre los cuales está como principal: ser "la sirena" de este mundo, o sea la atracción, el deseo de darle gusto al propio egoísmo y de obtener honores, famas, altos puestos, riquezas y gozos sensuales y vida fácil y cómoda. Este primer librito es como el retrato de lo que Tomás tuvo que sufrir hasta sus 30 años de las luchas y peligros que se le presentaron.


El libro segundo. Fue escrito por Kempis después de haber sufrido muchas tribulaciones, contradicciones, humillaciones y desengaños, especialmente en el orden afectivo. Destituido del cargo de ecónomo, abandonado por amigos que se había imaginado le iban a ser fieles; es entonces cuando descubre que hay una amistad que no defrauda nunca y es la amistad con Jesucristo, y que allí se encuentra la solución para todas las penas del alma. Este libro segundo de la Imitación enseña cómo hay que comportarse en las tribulaciones y sufrimientos. Emplea mucho el nombre de Jesús indicando el afecto muy vivo y profundo que siente hacia el Redentor y que desea sientan sus lectores también.


Cuando redacta el Libro Tercero ya ha subido mas alto en espiritualidad. Aquí ya a Cristo lo llama El Señor. Se ha dado cuenta que la santidad no depende solamente de nuestros esfuerzos sino sobre todo de la ayuda de Dios. Ha crecido en humildad y exclama: "Cayeron los que eran como cedros del Líbano, y yo miserable ¿qué podré esperar de mis solas fuerzas?". Ahora ya no piensa en la muerte como algo miedoso, sino como una liberación del alma para ir a una Patria feliz.

El libro cuarto de la Imitación está dedicado a la Eucaristía y es uno de los más bellos tratados que se han escrito acerca del Santísimo Sacramento. Millones de personas en todos los continentes han leído este librito para prepararse o dar gracias cuando comulgan.


¿Un iluminado?


Muchos autores han pensado que probablemente Tomás de Kempis recibió del cielo luces muy especiales al escribir La Imitación de Cristo. De otra manera no se podría explicar el éxito mundial que este librito ha tenido por más de cinco siglos, en todas las clases sociales.

Otro secreto de su triunfo


Puede ser el que Kempis ha logrado comprender sumamente bien la persona humana con sus miserias y sus sublimes posibilidades, con sus inquietudes y su inmensa necesidad de tener un amor que llene totalmente sus aspiraciones.


Este libro está hecho para personas que quieran sostener una lucha diaria y sin contemplaciones contra el amor propio y el deseo de sensualidad que se opone diametralmente al amor de Dios y a la paz del alma. Está redactado para quienes quieran independizarse de lo temporal y pasajero y dedicarse a conseguir lo eterno e inmortal.


San Ignacio, San Juan Bosco, Juan XXIII, el presidente mártir, García Moreno y muchísimos más, han leído una página de la Imitación cada día. ¿La leeremos también nosotros? La mejor traducción actual es la que hizo el Apostolado Bíblico Católico, muy actualizada, toda con frases de la Santa Biblia. No dejemos de conseguirla y leerla.

https://www.es.catholic.net/op/articulos/37329/toms-kempis-beato.html#modal



domingo, 29 de agosto de 2021

 

El infatigable Hernán Cortés


De las portentosas generaciones de españoles (y algunos extranjeros) que en el siglo XVI dibujaron el mundo entero y conquistaron una buena parte de él, llama la atención que no concibieran, no ya la vagancia, ese pecado capital, sino siquiera el descanso. Lejos del modelo burgués de las novelas de aventuras en que el protagonista disfruta hasta la vejez de sus riquezas obtenidas en la juventud en la corte, en un palacio o en una finca de sus antepasados, muchos de esos españoles se levantaban de su salón o abandonaban su celda monástica a la llamada del deber, de la curiosidad, de su rey o de la fama.

 

Españoles de otra pasta

A petición del emperador Carlos V, Juan Sebastián Elcano aceptó en 1525 participar en una segunda expedición a las Molucas (bajo el mando de García Jofre de Loaysa) sólo tres años después de haber circunnavegado el mundo. Y en ella murió mientras atravesaba de nuevo el inmenso Pacífico. Y por solicitud de Felipe II, el navegante Andrés de Urdaneta, miembro superviviente de esa segunda expedición, aceptó dejar su celda de monje agustino para hallar el tornaviaje, la ruta para regresar de las Filipinas a la Nueva España. Y en cuanto cumplió su misión, volvió a su convento, en México.

El duque de Alba, el mejor general del Imperio español del siglo XVI, sufrió destierro de la corte ordenada por Felipe II a causa de una falta cometida por su hijo, pero en 1580 acudió a la llamada de su rey para conquistar en una campaña relámpago y sin apenas bajas el reino de Portugal. En el siglo XVII, el militar y diplomático Esteban de Gamarra y Contreras, que nació en Bruselas en 1593 y falleció en La Haya en 1671, nunca estuvo en la España de la que provenía su linaje. Como esos militares y colonos de las novelas de ciencia ficción que viajan por la galaxia sin haber pisado jamás la Tierra, que sólo conocen por películas o relatos.

 

Entre su llegada a La Española en 1504 y su marcha de Cuba al continente, en 1519, Hernán Cortés se convirtió en un hombre rico, con dinero, fincas, ganado e indios. Carecía de experiencia militar y de caudillaje, pues sólo había desempeñado empleos como escribano y tesorero, y su trabajo como hacendado. Además de un patrimonio respetable, Cortés (nacido en 1485 en Medellín), tenía en torno a treinta y cuatro años, una edad ya madura para la época, cuando aceptó el mando de la expedición organizada por el gobernador Diego Velázquez.

Es decir, se lanzó a una aventura llena de riesgos y peligros cuando podía haberse quedado en Cuba aumentando su fortuna. Aparte de la resistencia de los nativos, las rencillas con otros españoles y las denuncias falsas podían acabar no sólo con la carrera de un conquistador, sino con su vida, como les ocurrió a Vasco Núñez de Balboa, acusado de traidor a la Corona y ejecutado, y a los Pizarro y Almagro en Perú.

Constructor, explorador y marqués

Después de la victoria sobre los mexicas, Cortés se volcó en la reorganización del territorio con el respaldo de la Corona, pues ésta le nombró por una cédula de octubre de 1522 gobernador y capitán general: reconstrucción de la ciudad de México (donde se reservó varios solares), petición al emperador del envío misioneros franciscanos, apertura de caminos, construcción de puertos, reparto de encomiendas entre sus capitanes, asentamiento de ganado y nuevos cultivos, fundación del primer hospital del país, erección de un palacete, dibujo de mapas, escritura de cartas a Carlos V...




Ruinas aztecas

Si esto habría sido suficiente para ocupar durante años a cualquier gobernador del minúsculo imperio colonial francés, al extremeño no le agotó. Organizó en 1524 la expedición a Las Hibueras (Honduras), para perseguir a Cristóbal de Olid, camarada suyo al que Diego Velázquez había persuadido para declararse independiente de la autoridad de Cortés. Tan innecesaria fue que a punto estuvo de costarle la vida y su prestigio, pues en ella hizo matar a Cuauhtemoc, el último ‘huey tatlonai’ de los mexicas, al que había derrotado en Tenochtitlán.

Dos años permaneció Cortés fuera de México. La ausencia de noticias suyas provocó que circulara el rumor de que había muerto. Indios y españoles estaban a punto de rebelarse. Bastó su presencia para que la calma retornase. Pero entonces, tuvo que enfrentarse a la primera Audiencia, enviada para gobernar la Nueva España, pero formada por canallas. Los oidores le confiscaron su patrimonio, le acusaron de envenenar a su primera esposa, Catalina Suárez, le espiaron y controlaron su correspondencia. Al final, la Corona intervino.

En 1526, el emperador le escribió para que mandara un par de barcos desde la costa occidental de la Nueva España en dirección al Maluco en busca de la expedición de Jofre de Loaysa, orden que cumplió.

En 1528, viajó a España con permiso de César Carlos, quien le concedió el marquesado del Valle de Oaxaca y 23.000 vasallos. Durante su estancia, el conquistador cayó enfermo y Carlos V le visitó en su cámara, gesto que hizo enrojecer de envidia a más de un linajudo. Sin embargo, su soberano no le otorgó el gobierno de la Nueva España, seguramente por miedo a que Cortés formase un reino separado. En 1535, la Corona instituyó el virreinato y nombró al primer virrey, Antonio de Mendoza (1535-1550), al que tuvo que someterse Cortés.

 

Si Mendoza ató cortó al conquistador, luego el aristócrata castellano también sufrió la desconfianza del emperador. Trató de que su hijo Francisco le sucediese en el virreinato de la Nueva España o del Perú, que también desempeñó (1551-1552), pero el Consejo de Indias rechazó semejante petición. Si la Corona no había permitido a Cortés erigir un poder personal al otro lado del Atlántico, menos iba a consentir una dinastía de virreyes, a la manera de la familia Enríquez, que desempeñaba el almirantazgo de Castilla.

Cortés se arruinó dos veces, después de la expedición a Las Hibueras y de su primer viaje a España, pero rehizo su fortuna. Fue un magnífico hombre de negocios, que unió a sus empresas agrícolas y rentas inmobiliarias la construcción de astilleros y la explotación de minas. Entre 1533 y 1540, envió cuatro expediciones al noreste, que descubrieron la California y su golfo, llamado en tiempos más honrados el mar de Cortés. Participó personalmente en una de ellas, en 1535.

 

Su cuerpo no descansó

Buscando más reconocimiento y fama que privilegios y fortuna, Cortés volvió a cruzar el Atlántico en 1541 cumplidos ya los cincuenta y cinco años de edad, junto con sus dos hijos legítimos, Martín y Luis. Incluso participó en el ataque al nido de piratas de Argel, que fue un desastre, anticipado por él al enjuiciar el plan de ataque. Sin embargo, en esta ocasión el emperador le esquivó y ni le recibió en audiencia ni contestó a los tres memoriales que le dirigió (en 1542, 5143 y 1544) en los que exponía consejos para el buen gobierno de la Nueva España.

Para coronar su mito, Cortés abandonó desencantado la corte del monarca al que había dado más tierra que la que éste había recibido en Europa de sus mayores. En 1545 se retiró a Sevilla y falleció en el pueblo de Castilleja de la Cuesta en 1547. Su espíritu inició el otro viaje, pero su cuerpo tampoco alcanzó entonces el descanso: fue trasladado a México. Más tarde, en el siglo XIX, la urna con sus restos, depositada en la iglesia del hospital de Jesús Nazareno (que había hecho fundar en 1524, el hospital más antiguo de América), la escondió un patriota mexicano, el historiador Lucas Alamán, para evitar que los ‘patrioteros’ la profanasen.

La obra política de Hernán Cortés, el reino de la Nueva España, tan extenso a su muerte como la Europa comprendida desde Lisboa a Viena, duró 300 años. Concluyó cuando el general Agustín Iturbide se proclamó emperador de México en 1821. Sin embargo, la nación que el extremeño fundó, basada en la religión católica, en el mestizaje de nativos y españoles y en el idioma español, todavía perdura, a pesar de las mutilaciones cometidas por Estados Unidos y los ataques a la esencia mexicana perpetrados por los desastrosos gobiernos nacionales.

 

https://www.libertaddigital.com/cultura/historia/2021-08-14/pedro-fernandez-barbadillo-el-infatigable-hernan-cortes-6809642/

 

Hospital de Jesús: la historia del primer hospital en América, fundado por Hernán Cortés

El Hospital de Jesús está ubicado en el lugar en el que se encontraron Cortés y Moctezuma, y funciona desde 1524. En él se llevó a cabo la primera autopsia que se hizo en el continente.

 



En la Ciudad de México existen edificaciones muy antiguas, que se remontan, incluso, a la época en la que los españoles, comandados por el conquistador Hernán Cortés, llegaron a nuestro país. Una de estas edificaciones, de gran importancia por su labor e historia, es el Hospital de Jesús, ubicado en la manzana conformada por las calles República del Salvador, 20 de Noviembre, Mesones y Pino Suarez, a unos cuantos pasos de Zócalo capitalino.

El Hospital de Jesús fue mandado a construir justamente por Hernán Cortés, y se ubica en el lugar exacto en donde se encontraron el conquistador español con Moctezuma.

Originalmente el hospital fue bautizado como Hospital de la Purísima Concepción, y empezó a funcionar desde el siglo XVI, en 1524, pocos años después de la llegada de los españoles y la culminación de la conquista, que se dio en 1521. En esa época, el hospital mexica, conocido como Tihuicán, quedó rebasado, pues las “tícitl”, que era el nombre que recibían las médicas prehispánicas, se enfrentaban a nuevas enfermedades traídas por los españoles, como la viruela.

No se sabe con exactitud si el hospital en un inicio atendía a españoles e indígenas por igual, pero el concepto se complementó bien con la herbolaria y otras técnicas del mundo prehispánico. El responsable del diseño del inmueble fue Pedro Vásquez, quien se inspiró en un hospital de Sevilla, en España.

Desde su creación hasta la fecha opera, y a lo largo de su historia ha recibido otros nombres como Hospital del Marqués y Hospital del Nazareno.

Origen del nombre Hospital de Jesús

Sin embargo, el nombre con el que se le conoce ahora, Hospital de Jesús, se le dio gracias a una mujer llamada Petronila, quien al permanecer internada en el recinto de salud, soñó un Cristo y decidió mandar a hacer una escultura de la imagen que vio en sus sueños, sin embargo, ningún artesano era capaz de hacer una imagen exacta a la que ella había visto en sus sueños.

Una ocasión, unos indígenas llegaron con ella y tallaron la imagen exactamente igual a la que ella había visto mientras estaba internada en el hospital, y desaparecieron de repente, por lo que se consideró como un milagro.

Cuando Petronila murió, la imagen que habían tallado los misteriosos indígenas, que había permanecido en su casa, se sorteó entre varios templos, resultando ganador este famoso hospital, pero como no tenían muchos recursos para obtener la imagen, pidió que se volviera a sortear, resultando ganador de nuevo. La leyenda cuenta que la rifa se hizo en varias ocasiones, y que en todas, resultaba ganador el hospital ubicado sobre la avenida 20 de Noviembre. Debido a ello, se decidió nombrarlo Hospital de Jesús.





La importancia de este hospital es tanta, que en él se realizó la primera autopsia en el continente. Fue en 1646 cuando se llevó a cabo esta práctica, durante una clase de anatomía a estudiantes de medicina de la Real y Pontificia Universidad de México.

Restos de Hernán Cortés

Al estilo de los hospitales que se construían en esa época, el Hospital de Jesús cuenta con un templo, el de Jesús Nazareno, el cual tiene una fachada barroca en su exterior y al interior, en el techo, tiene un mural pintado de José Clemente Orozco.

Sin embargo, ninguna de estas es su posesión más valiosa, pues en el lugar hay una placa que asegura que ahí se encuentran los restos del conquistador español Hernán Cortés, y aunque a mediados del siglo XX se confirmó que ahí se encontraban, y hasta se exhumaron, hoy hay quienes dudan que hasta la fecha continúen ahí. Por mucho tiempo se desconoció en donde se encontraban los restos del conquistador, antes de saberse que estaban en el Hospital de Jesús.

En el testamento de Cortés se ordenó que el gobierno de la Nueva España debía hacerse cargo del hospital, y tras la independencia, la familia del conquistador se encargó de los gastos. De esta manera, el recinto, a diferencia de los demás de su tipo, nunca pasó por manos religiosas, por lo que siempre se apegó a la ciencia médica.

Otra de las ventajas del recinto histórico, es que es una institución laica, y gracias a ello, no fue demolido ante las Leyes de Reforma.

 



https://www.infobae.com/america/mexico/2021/08/19/hospital-de-jesus-la-historia-del-primer-hospital-en-america-fundado-por-hernan-cortes/








 

Emilia Pardo Bazán


[Condesa de Pardo Bazán]

España: 1851-1921

 

El encaje roto

[Cuento - Texto completo.]

Emilia Pardo Bazán


Convidada a la boda de Micaelita Aránguiz con Bernardo de Meneses, y no habiendo podido asistir, grande fue mi sorpresa cuando supe al día siguiente -la ceremonia debía verificarse a las diez de la noche en casa de la novia- que esta, al pie mismo del altar, al preguntarle el obispo de San Juan de Acre si recibía a Bernardo por esposo, soltó un «no» claro y enérgico; y como reiterada con extrañeza la pregunta, se repitiese la negativa, el novio, después de arrostrar un cuarto de hora la situación más ridícula del mundo, tuvo que retirarse, deshaciéndose la reunión y el enlace a la vez.

No son inauditos casos tales, y solemos leerlos en los periódicos; pero ocurren entre gente de clase humilde, de muy modesto estado, en esferas donde las conveniencias sociales no embarazan la manifestación franca y espontánea del sentimiento y de la voluntad.

Lo peculiar de la escena provocada por Micaelita era el medio ambiente en que se desarrolló. Parecíame ver el cuadro, y no podía consolarme de no haberlo contemplado por mis propios ojos. Figurábame el salón atestado, la escogida concurrencia, las señoras vestidas de seda y terciopelo, con collares de pedrería; al brazo la mantilla blanca para tocársela en el momento de la ceremonia; los hombres, con resplandecientes placas o luciendo veneras de órdenes militares en el delantero del frac; la madre de la novia, ricamente prendida, atareada, solícita, de grupo en grupo, recibiendo felicitaciones; las hermanitas, conmovidas, muy monas, de rosa la mayor, de azul la menor, ostentando los brazaletes de turquesas, regalo del cuñado futuro; el obispo que ha de bendecir la boda, alternando grave y afablemente, sonriendo, dignándose soltar chanzas urbanas o discretos elogios, mientras allá, en el fondo, se adivina el misterio del oratorio revestido de flores, una inundación de rosas blancas, desde el suelo hasta la cupulilla, donde convergen radios de rosas y de lilas como la nieve, sobre rama verde, artísticamente dispuesta, y en el altar, la efigie de la Virgen protectora de la aristocrática mansión, semioculta por una cortina de azahar, el contenido de un departamento lleno de azahar que envió de Valencia el riquísimo propietario Aránguiz, tío y padrino de la novia, que no vino en persona por viejo y achacoso -detalles que corren de boca en boca, calculándose la magnífica herencia que corresponderá a Micaelita, una esperanza más de ventura para el matrimonio, el cual irá a Valencia a pasar su luna de miel-. En un grupo de hombres me representaba al novio algo nervioso, ligeramente pálido, mordiéndose el bigote sin querer, inclinando la cabeza para contestar a las delicadas bromas y a las frases halagüeñas que le dirigen…

Y, por último, veía aparecer en el marco de la puerta que da a las habitaciones interiores una especie de aparición, la novia, cuyas facciones apenas se divisan bajo la nubecilla del tul, y que pasa haciendo crujir la seda de su traje, mientras en su pelo brilla, como sembrado de rocío, la roca antigua del aderezo nupcial… Y ya la ceremonia se organiza, la pareja avanza conducida con los padrinos, la cándida figura se arrodilla al lado de la esbelta y airosa del novio… Apíñase en primer término la familia, buscando buen sitio para ver amigos y curiosos, y entre el silencio y la respetuosa atención de los circunstantes… el obispo formula una interrogación, a la cual responde un «no» seco como un disparo, rotundo como una bala. Y -siempre con la imaginación- notaba el movimiento del novio, que se revuelve herido; el ímpetu de la madre, que se lanza para proteger y amparar a su hija; la insistencia del obispo, forma de su asombro; el estremecimiento del concurso; el ansia de la pregunta transmitida en un segundo: «¿Qué pasa? ¿Qué hay? ¿La novia se ha puesto mala? ¿Que dice «no»? Imposible… Pero ¿es seguro? ¡Qué episodio!…«

Todo esto, dentro de la vida social, constituye un terrible drama. Y en el caso de Micaelita, al par que drama, fue logogrifo. Nunca llegó a saberse de cierto la causa de la súbita negativa.

Micaelita se limitaba a decir que había cambiado de opinión y que era bien libre y dueña de volverse atrás, aunque fuese al pie del ara, mientras el «sí» no hubiese partido de sus labios. Los íntimos de la casa se devanaban los sesos, emitiendo suposiciones inverosímiles. Lo indudable era que todos vieron, hasta el momento fatal, a los novios satisfechos y amarteladísimos; y las amiguitas que entraron a admirar a la novia engalanada, minutos antes del escándalo, referían que estaba loca de contento y tan ilusionada y satisfecha, que no se cambiaría por nadie. Datos eran estos para oscurecer más el extraño enigma que por largo tiempo dio pábulo a la murmuración, irritada con el misterio y dispuesta a explicarlo desfavorablemente.

A los tres años -cuando ya casi nadie iba acordándose del sucedido de las bodas de Micaelita-, me la encontré en un balneario de moda donde su madre tomaba las aguas. No hay cosa que facilite las relaciones como la vida de balneario, y la señorita de Aránguiz se hizo tan íntima mía, que una tarde paseando hacia la iglesia, me reveló su secreto, afirmando que me permite divulgarlo, en la seguridad de que explicación tan sencilla no será creída por nadie.

-Fue la cosa más tonta… De puro tonta no quise decirla; la gente siempre atribuye los sucesos a causas profundas y trascendentales, sin reparar en que a veces nuestro destino lo fijan las niñerías, las «pequeñeces» más pequeñas… Pero son pequeñeces que significan algo, y para ciertas personas significan demasiado. Verá usted lo que pasó: y no concibo que no se enterase nadie, porque el caso ocurrió allí mismo, delante de todos; solo que no se fijaron porque fue, realmente, un decir Jesús.

Ya sabe usted que mi boda con Bernardo de Meneses parecía reunir todas las condiciones y garantías de felicidad. Además, confieso que mi novio me gustaba mucho, más que ningún hombre de los que conocía y conozco; creo que estaba enamorada de él. Lo único que sentía era no poder estudiar su carácter; algunas personas le juzgaban violento; pero yo le veía siempre cortés, deferente, blando como un guante. Y recelaba que adoptase apariencias destinadas a engañarme y a encubrir una fiera y avinagrada condición. Maldecía yo mil veces la sujeción de la mujer soltera, para la cual es imposible seguir los pasos a su novio, ahondar en la realidad y obtener informes leales, sinceros hasta la crudeza -los únicos que me tranquilizarían-. Intenté someter a varias pruebas a Bernardo, y salió bien de ellas; su conducta fue tan correcta, que llegué a creer que podía fiarle sin temor alguno mi porvenir y mi dicha.

Llegó el día de la boda. A pesar de la natural emoción, al vestirme el traje blanco reparé una vez más en el soberbio volante de encaje que lo adornaba, y era el regalo de mi novio. Había pertenecido a su familia aquel viejo Alençón auténtico, de una tercia de ancho -una maravilla-, de un dibujo exquisito, perfectamente conservado, digno del escaparate de un museo. Bernardo me lo había regalado encareciendo su valor, lo cual llegó a impacientarme, pues por mucho que el encaje valiese, mi futuro debía suponer que era poco para mí.

En aquel momento solemne, al verlo realzado por el denso raso del vestido, me pareció que la delicadísima labor significaba una promesa de ventura y que su tejido, tan frágil y a la vez tan resistente, prendía en sutiles mallas dos corazones. Este sueño me fascinaba cuando eché a andar hacia el salón, en cuya puerta me esperaba mi novio. Al precipitarme para saludarle llena de alegría por última vez, antes de pertenecerle en alma y cuerpo, el encaje se enganchó en un hierro de la puerta, con tan mala suerte, que al quererme soltar oí el ruido peculiar del desgarrón y pude ver que un jirón del magnífico adorno colgaba sobre la falda. Solo que también vi otra cosa: la cara de Bernardo, contraída y desfigurada por el enojo más vivo; sus pupilas chispeantes, su boca entreabierta ya para proferir la reconvención y la injuria… No llegó a tanto porque se encontró rodeado de gente; pero en aquel instante fugaz se alzó un telón y detrás apareció desnuda un alma.

Debí de inmutarme; por fortuna, el tul de mi velo me cubría el rostro. En mi interior algo crujía y se despedazaba, y el júbilo con que atravesé el umbral del salón se cambió en horror profundo. Bernardo se me aparecía siempre con aquella expresión de ira, dureza y menosprecio que acababa de sorprender en su rostro; esta convicción se apoderó de mí, y con ella vino otra: la de que no podía, la de que no quería entregarme a tal hombre, ni entonces, ni jamás… Y, sin embargo, fui acercándome al altar, me arrodillé, escuché las exhortaciones del obispo… Pero cuando me preguntaron, la verdad me saltó a los labios, impetuosa, terrible… Aquel «no» brotaba sin proponérmelo; me lo decía a mí propia… ¡para que lo oyesen todos!

-¿Y por qué no declaró usted el verdadero motivo, cuando tantos comentarios se hicieron?

-Lo repito: por su misma sencillez… No se hubiesen convencido jamás. Lo natural y vulgar es lo que no se admite. Preferí dejar creer que había razones de esas que llaman serias…

FIN


El Liberal, 18

https://ciudadseva.com/texto/el-encaje-roto/

 



jueves, 26 de agosto de 2021

 Y un poco de la comida mexicana siempre se agradece, todo es cuestión de animarse.

Así que.... adelante


20 platillos para saborear México



En estos 20 platillos para saborear México encontrarás el sabor de nuestro país, que va de la cocina típica mexicana a lo particular de algunos estados.

No lo neguemos: somos fanáticos de nuestra comida, considerada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco gracias a sus profundas raíces, diversidad técnica y originalidad.

Cada región, cada estado, municipio y casa del país presume tener un platillo típico delicioso, por lo que seleccionar los 20 platillos para saborear México más emblemáticos fue una tarea titánica.

1. Mole poblano

¿Será porque al paladar obsequia sabores picantes, amargos y dulces? ¿o acaso porque su preparación es compleja, sus ingredientes numerosos y por su forma de servirlo es muy versátil? No importa por qué razón (o razones) los navegantes eligieron al mole poblano como su plato mexicano favorito en nuestra votación: estamos completamente de acuerdo con ellos, pues además de delicioso es un fiel representante de la diversidad y el mestizaje que distinguen a nuestro país.


El mole como platillo genérico remonta sus orígenes al pasado mesoamericano; ya en las primeras crónicas españolas se hace referencia al molli, una salsa de chiles y pepita de calabaza con las que los indígenas adobaban carne de guajolote.

Tras la Conquista, muchos ingredientes llegados de otras tierras (como canela, clavo o almendra), así como chocolate amargo, fueron añadidos a la receta ancestral.

Y aunque la leyenda afirma que el mole poblano fue inventado por una monja española del convento de Santa Rosa de Lima para agasajar a un obispo, lo más probable es que esta delicia haya sido el resultado de un proceso largo y anónimo que tuvo a las cocinas populares como laboratorio, los metates como herramientas y a miles de mujeres indígenas y mestizas como verdaderas creadoras.


Hoy, la forma más tradicional de comerlo es acompañado por una pieza de guajolote y espolvoreado con ajonjolí. Sí: dijimos “acompañado” porque el mole poblano, más que un complemento, es la verdadera estrella del platillo. Lo que da sabor. La demostración de que aquí nos gusta cambiar las reglas de la gastronomía mundial al colocar la proteína en segundo plano. Bien se lo merece esta “salsa”, que es producto de tantos orígenes y tantos esfuerzos, como México mismo.

¿Ya se te antojó? Para disfrutar un mole clásico pero ligero, con un picor y dulzor bien equilibrados, prueba el del restaurante La Noria, en la capital de Puebla (Av. 41 Poniente, col. La Noria).

¿Buscas una versión novedosa? Pide el Histórico de Iturbide en el restaurante Barroco (al interior del Museo Internacional del Barroco, Blvd. Atlixcayotl 2510), plato que integra tres tipos de mole distintos: prehispánico, tradicional y contemporáneo; aunque también nos seduce la versión del Mesón Sacristía de la Compañía.

 

·         6 sur 304 Callejón de los Sapos, Centro Histórico
sacristia@mesones-sacristia.com
@mesonsacristia

2. Pozole

Al igual que el mole, este poderoso caldo de origen prehispánico también aparece en los escritos de frailes y soldados ibéricos del siglo. Gracias a ellos conocemos su nombre antiguo, tlapozonalli, que en náhuatl significa “espumoso”: cualquiera que haya visto una olla de pozole hirviente comprenderá el porqué del apelativo.

Algunos textos afirman que este potaje se servía con carne de cautivos sacrificados; otros lo refutan y a cambio dicen que la proteína en el caldo era de tepezcuintle, un enorme roedor que habita en los bosques tropicales. Sea cual sea la versión más acertada, lo cierto es que el ingrediente esencial de todo pozole es el grano del maíz cacahuazintle, suave e inflado a causa de las largas horas de cocción.



Quizás gracias a su colorido patrio, los pozoles más conocidos y difundidos en México son el verde, el blanco y el rojo. Los dos primeros se originaron en Guerrero, y se diferencian en que el verde adquiere ese tono gracias a la pepita molida, los chiles verdes, el epazote y la cáscara de tomate que se les añade.

Ambas versiones se suelen servir con trozos de chicharrón, carne de cerdo, pollo o res, orégano, cebolla picada, aguacate y chile en polvo. Todo guerrerense y mexicano glotón sabe que lo indicado es comerlo durante los jueves pozoleros.

El rojo, a su vez, es más popular en Jalisco, Sinaloa, los estados del Bajío y el centro de México; su color se debe a los chiles guajillos agregados al caldo. Se suele servir con rábanos y acompañar con tostadas, aunque la verdad es que cada casa, restaurante y región posee formas propias de complementarlo y comerlo. ¿Aún no sabes qué “color” es tu favorito?

·         Lánzate a El Jaguar (Av. Miguel Alemán s/n, a un costado del hotel Elcano), restaurante de Acapulco famoso por su bufete con siete tipos de pozole, correspondientes a las siete zonas del soleado estado de Guerrero.



3. Chile en nogada

¿Qué tiene en común el chile en nogada con los ganadores del primer y segundo lugar de este lista? Que se consume tradicionalmente en las fiestas patrias, como el pozole, y que al igual que el mole poblano su origen se debate entre la historia y la leyenda.

Lo que seguramente has escuchado es que fue inventado en Puebla para complacer a Agustín de Iturbide, militar que concretó la independencia y fue primer emperador de México; sin embargo, de acuerdo con el chef Ricardo Muñoz Zurita, investigador de la gastronomía mexicana y colaborador de México desconocido, hay registro de un recetario de 1714 en el que se detalla cómo preparar chiles rellenos bañados con salsa de nuez, es decir que el plato ya existía 100 años antes de que don Agustín pisara Puebla.



El verdadero mérito de las monjas del convento de Santa Mónica que cocinaron para Iturbide fue haberle agregado granada y perejil a una exquisitez añeja para así representar los colores del nuevo país. Lo sorprendente es que, a varios siglos de distancia, la forma de preparar el chile en nogada casi no ha variado; de hecho, hacer uno auténtico exige emplear los mismos ingredientes, casi sin improvisación.

Así, los chiles deben ser poblanos, y para el relleno es indispensable el uso de manzana panochera, carne de cerdo (molida o deshebrada), durazno criollo, piñones rosas y pera de San Juan; la nogada se debe elaborar con queso, leche y nuez de Castilla, forzosamente. Todos estos productos brotan naturalmente hacia el final del verano, por ello la coincidencia con las celebraciones de septiembre.

¿Quieres preparar un chile en nogada digno de un emperador? Visita San Mateo Ozolco y San Lucas Atzala, poblaciones del municipio poblano de Calpan, donde podrás comprar todos los ingredientes frescos y cultivados por campesinos locales. Ve durante la Feria del Chile en Nogada que se realiza en agosto y prueba las versiones que las cocineras tradicionales ponen a la venta.

El Mural de los Poblanos (16 de septiembre 506, Centro) es a donde tienes que acudir si prefieres comerlos en un restaurante de la capital del estado. Altamente recomendable.

4. Barbacoa

En Tlaxcala, Hidalgo, Querétaro, Estado de México y la capital del país la prefieren de borrego, aunque hay alternativas con chivo, res, pescado y hasta iguana.



Lo que no varía es el procedimiento, pues la barbacoa no es precisamente un platillo, sino todo un método de cocción. Para ser específicos, la palabra ‒al parecer, de origen caribeño‒ denomina a la forma de cocinar en su propio jugo carnes diversas dentro de un horno excavado en la tierra, generalmente envuelta y al calor de brasas de leña. El acompañamiento de chiles, salsas y verduras corre por cuenta de quien la prepare, siendo la de Hidalgo, Querétaro y Estado de México más magra, oscura y de sabor intenso; mientras que en Jalisco, Aguascalientes y Zacatecas es tierna y con un caldillo de chiles rojos.

Mención especial merece la de Guadalajara, servida en taquitos adobados y doblados a la plancha. ¡Comparte cuál es tu sitio favorito para comerla en nuestras redes sociales!

5. Aguachiles

En este plato convergen lo mejor del mar y la montaña sinaloenses: por una lado, “su majestad” el camarón fresco, ingrediente que siempre va crudo y cuyo mayor productor es precisamente este estado con costas en el Pacífico; por otro, los chiltepines, esos chilitos secos con forma de bolita roja que originalmente se empleaban en la sierra para preparar de carnes. Pepino, cebolla, jalapeños, agua y limón completan el platillo, dando como resultado una delicia con sabores ácidos, salados y umami.



¿Lo amargo? Esa sensación deberá provenir de una cerveza bien fría, mucho mejor si se produce en el noroeste de nuestro país o si se bebe a pocos metros de la playa en Mazatlán. A ese puerto debes ir para comer los mejores aguachiles; los de El Muchacho Alegre (Paseo Claussen 45, Centro) son famosos por su acompañamiento con música de banda y una bonita vista al mar.

6. Langosta con frijoles

Puerto Nuevo es una pequeña localidad costera 20 minutos al sur de Rosarito, Baja California. Sus playas no son muy diferentes al del resto del estado, no cuenta con un legado arquitectónico notable ni con grandes hoteles a los cuales llegar. Entonces, ¿por qué la visitan los viajeros en oleadas? La respuesta llega a la mesa en forma de rojas langostas fritas, partidas a la mitad y acompañadas con mantequilla, arroz, ricos frijoles caldosos y tortillas de harina recién hechas, calentitas.



Y aunque no se tiene certeza de quién ideó tan afortunado platillo, sí se sabe que comenzó a servirse en la década de 1950. Desde entonces, la langosta con frijoles de Puerto Nuevo ha acrecentado la fama del pueblo, provocado la apertura de más de una docena de restaurantes y motivado a miles de personas a viajar desde varias partes de México y el mundo para probar esta exquisitez, que es el resultado de emplear los excelentes productos marítimos de Baja California, aplicar técnicas de cocina caseras y muy mexicanas, y dejarse llevar por la creatividad culinaria que caracteriza a los habitantes de esta península. ¿La quieres probar? Pide una mesa en La Casa de la Langosta (Av. Rentería 3) y déjate sorprender por esta combinación.

7. Montados

Tortilla de harina grande (aunque no sobaquera) doblada a la mitad, rellena con queso asadero, frijoles y algún guisado, tradicionalmente carne con chile colorado (preparado con chile pasilla) o carne asada… Que su parecido con los burritos no te confunda: los montados son distintos y en Chihuahua (de donde son originarios) se les toma muy en serio.



Según afirman los locales, estos solo se elaboran aquí y fueron inventados por las mujeres de los soldados de Francisco Villa en tiempos de la Revolución, quienes a falta de tiempo y espacio, crearon un bocadillo fácil de comer y transportar, de llevar a cuestas: de ahí el nombre de “mulas” o “burros”, que al agregarle queso asadero sobre la cama de frijol a se transformó en “montados”, como si el queso jugara el papel del jinete.

Seguro ya se te antojó, así que si estás en Chihuahua no dejes probarlos en cualquier restaurante tradicional, aunque muchos locales te recomendarán que viajes a Villa Ahumada (200 kilómetros al norte de la capital) para comer un montado con salsa de jalapeño y suero de queso asadero. Algo único.

8. Machaca

Debido a las condiciones climáticas y las grandes distancias, la costumbre de secar y salar carnes es muy antigua en el norte de México, y de entre todas las versiones que existen, sin duda la machaca es las más conocidas y populares incluso en otras partes de la República.

 


Cómo no ha de serlo si es deliciosa, sobre todo cuando se le sirve guisada con jitomate, cebolla, ajo y chile; acompañada de huevo; con papitas picadas o en taco con tortilla de harina. Hay personas que incluso gustan de comerla sin haberla cocinado previamente, a puñitos y como botana, pues es requisito de la machaca ser fina, sin pellejos gruesos ni trozos de grasa.

¿Cómo se logra tal textura? El procedimiento tradicional (que según algunos autores data del siglo XVIII) consiste en triturar la carne de res ‒previamente secada al sol‒ con un marro de madera de mezquite sobre un tronco del mismo material. Mucha gente asocia la machaca con Monterrey, sin embargo, se le puede hallar en muy diversas presentaciones por todo el norte de México, de Tamaulipas a Baja California.

9. Corundas

De Michoacán son estas preparaciones, casi siempre triangulares y muy similares al tamal. Su nombre proviene del vocablo purépecha khurhúnda, y se prepara tradicionalmente con harina de maíz blanco cocido en ceniza, manteca de cerdo, agua, leche y sal; la pasta resultante se coloca en el extremo de hojas de maíz y se envuelve, de ahí su forma peculiar.


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Al igual que los tamales, la corunda suele comerse en el desayuno y acompañarse de un vaso de chúripo, una variedad michoacana de atole; también las puedes encontrar bañadas con salsas y crema así como espolvoreadas con queso añejo. También se le considera un plato de celebración, y es en esas ocasiones cuando se sirven rellenas de carne de res, puerco o pollo.

Lánzate al corazón lacustre de Michoacán, particularmente a los poblados de Pátzcuaro, Cuitzeo y Tzintzuntzan, y degusta sus diferentes modalidades en su mercados y restaurantes típicos. ¿Estás de visita en Morelia? Entonces ve al restaurante Lu (Hidalgo 229, Centro), cuyas corundas son hechas en la población indígena de Zacán y se sirven con uchepos, otra clase de tamalito originaria de Tierra Caliente. Bocaditos de amor michoacano.

10. Coyotas

Villa de Seris es una colonia de Hermosillo que, como su nombre sugiere, hasta hace algunos años era una población separada de la capital sonorense.

Fundada en el siglo XVIII por miembros del pueblo seri o com’caac, no ha perdido su atmósfera de pueblo chico y ello se debe, en buena medida, a que aquí se creó la coyota, el postre más típico de Sonora, de cuya elaboración y venta depende gran parte del sustento de las familias del barrio.



¿Qué hace tan especial a la coyota? Algunos afirman que la sencillez es la fortaleza de estos panecillos hechos con harina de trigo, manteca, azúcar y sal, rellenos tradicionalmente con panocha (piloncillo); otros comentan que se debe a que ya forman parte de los hábitos culinarios de los sonorenses, quienes no conciben una carne asada si no hay coyotas como dulce final.

Nosotros nos atrevemos a afirmar que todo se debe a que son muy ricas, sobre todo cuando están recién salidas del horno o calentadas en comal. Firmes en los bordes y suaves en el centro, también son populares las que llevan dentro jamoncillo y nuez, higo, cajeta o leche condensada. Son fieles representantes de la historia y cultura de Sonora porque su nombre remite a sus raíces indígenas y la influencia española (“coyotes” era como los seris llamaban a los mestizos) y recuerda la estrecha relación que guarda la entidad con Arizona, estado norteamericano que es su primer consumidor externo. Un postre que rebasa fronteras y consolida identidades.

11. Tamales de chipilín

Si te dijéramos que tu tamal tiene Crotalaria longirostrata muy probablemente te espantarías creyendo que ha sido infectado con alguna bacteria nociva… Nada más lejos de la realidad, pues este es el nombre científico de una plantita pequeña pero suculenta que hace toda la diferencia al momento de añadirla a una receta: el chipilín.



Originaria del sureste mexicano y Centroamérica, su aroma y sabor característicos dan realce a la textura de la masa de maíz molido y combinan bien con las diferentes carnes, vegetales y salsas con que se rellena el tamal; el último “toque vegetal” lo pone la hoja de plátano, con la que se envuelve todo, formándose así un rico paquetito en el que se agrupan los aromas del trópico. Los podrás comer en Tabasco (donde los hacen con masa colada) o en Chiapas, estado en el que se cubren con queso fresco y salsa roja picante.

12. Pan de cazón

Que su nombre no te haga pensar en trigo: el pan de cazón está integrado con varias capas de tortilla de maíz, a las que se untan frijoles colados y aguacate, y en las que se intercala carne de cazón guisado, una especie de tiburón que se pesca en las aguas de Campeche.



A todo lo anterior se le vierte con una deliciosa salsa de jitomate y chile xcatic, originario de la península yucateca, encima de la cual colocan más aguacate, cebolla y un habanero, como si de la cereza en un pastel se tratara. Es considerado el plato más icónico de este estado, ya que en él conviven ingredientes de su privilegiado mar, productos mayas y técnicas mestizas de cocción. Marganzo, en la capital, es uno de los restaurantes más reconocidos de Campeche (Calle 8 267, Centro) por su apego a la elaboración tradicional de este platillo.

13. Queso relleno

Como casi todas las creaciones gastronómicas de México, el queso relleno es producto de la fusión de culturas que se dio en Yucatán, la suma de ingredientes locales y llegados del otro lado del mar.

Consiste en una bola de queso Edam (proveniente de Holanda) ahuecado y relleno con picadillo de cerdo, salsa de jitomate y kool, una salsa blanca hecha con alcaparras, aceitunas (muy mediterráneos) epazote y harina de trigo, entre otros productos; es riquísimo, pues ofrece una mixtura de sabores intensos y lechosos, texturas sólidas y suaves.

 


Al igual que otros platillos mexicanos, las versiones sobre su origen son muchas y muy disímbolas, casi legendarias. Algunos dicen que el queso relleno fue inventado luego de que un barco holandés encallara en una playa yucateca, a donde acudieron algunos habitantes a recoger la mercancía naufragada. Allí encontraron grandes bolas de queso, que a pesar de haber sido roídas a bordo por los ratones, guardaban su rico sabor y profundo aroma. Así, las mujeres decidieron aprovechar esa cáscara lechosa llenándola con salsas y proteínas varias, dándole vida a esta delicia. Lo más seguro es que el origen del queso relleno permanezca en el misterio, lo cual le añade cierto encanto al hecho de comerlo. Si estás en Mérida, búscalo en el menú de La Chaya Maya (Calle 55 entre 60 y 62, Centro), típico restaurante alojado en una casona señorial.

14. Tacos al pastor

Puebla y la Ciudad de México se disputan el origen del taco al pastor, pues ambas metrópolis cuentan con añejas comunidades libanesas. Fueron sus miembros los responsables de introducir en nuestro país la técnica de cocinar shawarma, bocadillos del Medio Oriente hechos con capas de carne de cordero marinada con vinagre, apiladas una sobre otra y asada de manera vertical con brasas… el famoso “trompo”, para decirlo en una palabra.

 


Aquí se mexicanizó cambiando el cordero por el cerdo, el pan pita por la tortilla y la marinada por un adobo rojo de chiles, clavo y achiote, entre otras especias. Ponerle un poquito de piña (ya sea rebanada o solo un poco de su jugo) fue el toque de genialidad final, pues su gusto agridulce potencia los sabores de la salsa, el cerdo, el cilantro, la cebolla.

No hay noche de fiesta completa sin estos tacos, ni chilango que no asegure conocer “los mejores tacos al pastor de la ciudad”, casi siempre ubicados en su colonia. Se han vuelto tan populares que prácticamente podrás hallarlos en cualquier parte de México, con sus obvias variables locales; por ello, sabemos que con estos tacos deliciosos no necesitas mayor recomendación.

15. Enchiladas mineras

Este antojito, típico de Guanajuato, suele consumirse de noche, momento en que las cenadurías y puestos callejeros de la capital cervantina se llenan de luz, humo y clientes.


El porqué de su nombre es una incógnita, aunque la íntima relación que guarda esta ciudad Patrimonio de la Humanidad con la actividad hace que no haga falta averiguar mucho. La causa de su rico sabor picosito y amargo se debe a la salsa frita de chile guajillo en la que se zambullen las tortillas; adentro y encima: queso fresco (a veces cotija), lechuga, zanahoria y papas fritas; al lado, chiles en vinagre. Algunas cocinas agregan también pollo o carne de cerdo a esta ecuación, que con variaciones también se sirve en todo el Bajío, incluido Querétaro.

16. Arroz a la tumbada

El Sotavento es una región que se extiende desde el sur del puerto de Veracruz hasta el norte de la cuenca del Papaloapan, aproximadamente. Se caracteriza por su terreno llano y porque de ella provienen algunos de los rasgos más reconocibles de la identidad jarocha, como su música y algarabía.



A la lista anterior hay que agregar el arroz a la tumbada, sabroso plato caldoso que lleva pulpo, ostión, camarón, jaiba o calamar, entre otros mariscos. Para los ojos externos podría parecerse un poco a la paella (seguramente algo de español tiene este platillo), sin embargo, las principales diferencias con la preparación valenciana son que se cocina con jitomate, ajo y epazote, es mucho más húmedo y por ello suele servirse en platos hondos de barro, generalmente en los que se cocinó el arroz. Acompañados con frijoles negros y tortillas, son una verdadera evocación de las marismas veracruzanas.

17. Jaiba rellena

Es un imperdible del repertorio de platillos para saborear México y orgulloso símbolo gastronómico de Tampico, puerto en cuyas aguas se pesca este crustáceo de color azulado.



Se prepara rellenando el caparazón con una pasta compuesta por pulpa de jaiba, cebolla, ajo, pimiento, perejil, chile y jitomate (por supuesto, hay variaciones); posteriormente se barniza la concha con huevo, se espolvorea galleta o pan molido, y se puede hornear o freír en aceite de oliva o maíz. Su sabor taimado, variedad de ingredientes y alto contenido nutricional lo convierten en una preparación muy recomendable para quienes no consumen carnes rojas. Cómelas en El Porvenir (Miguel Hidalgo 1403, Col. Trueba), institución del puerto jaibo instalada en un edificio histórico.

18. Caldo de piedra

Más que un platillo, es la manifestación de una antigua tradición colectiva, ejecutada solo por los hombres de la etnia chinanteca del municipio de San Felipe Usila, al norte de Oaxaca. Organizados en grupos con miembros de diferentes edades, acuden a las riberas en busca de agujeros en el suelo erosionado, donde vierten agua, chile verde picado, rebanadas de jitomate y cebolla y hoja santa.



Luego, los mayores eligen piedras redondeadas por el río y las ponen directamente en el fuego hasta que se ponen al rojo vivo; posteriormente las introducen en las oquedades y dejan que el calor cueza la mezcla. Los camarones y pescados (recién capturados) se agregan al final, para que conserven su firmeza. Al final, se comparte la sopa resultante servida en jícaras, una grata recompensa por el trabajo de todos.

Nosotros te recomendamos vivir esta experiencia en su lugar de origen, la Chinantla, sin embargo, es una región lejana, por lo que el Comedor Prehispánico Caldo de Piedra (Km 11.9 de la carretera al Tule) en Santa María del Tule, Oaxaca, es una gran alternativa para ello.

19. Carne en su jugo

Te la van a servir en platos hondos con frijoles de la olla y cilantro, y a pesar de que todos los ingredientes son familiares (bisteces de res picados o cortados; salsa de soya, consomé y jugo de limón; tocino, cebolla y chiles varios) sentirás que el sabor es muy diferente a cualquier cosa que hayas probado.



Si preguntas en cualquier establecimiento de carne en su jugo, probablemente te topes con que algunos componentes no son revelados por los cocineros, lo que añade cierto misterio a esta popular preparación de Guadalajara. Así que lo mejor es no cuestionar nada y dedicarse a terminarse este platillo, que acompañado de tortillas pasadas por aceite sabe mejor en Kamilos 333 (José Clemente Orozco 333, Santa Teresita), nuestra recomendación para degustarlo.

20. Pescado tikin-xic

Prácticamente en cualquier costa de la península de Yucatán encontrarás esta preparación, aunque nosotros te sugerimos comerla en Isla Mujeres, su cuna, donde los cocineros y pescadores aún lo preparan en fogones sobre la arena.

 


Consiste en un pescado (generalmente robalo, huachinango, mero o pámpano) ungido con una mezcla de achiote, comino, chile xcatik, clavo y naranja dulce, entre otros condimentos. Habitualmente se le abre y despliega en forma de mariposa sobre un armazón de madera, y se deja cocinar lentamente al calor de brasas blancas de coco. Acompañado por salsa xni-peek una ensalada fresca de lechuga y pepino, redondea cualquier visita a las playas de Quintana Roo.














 





 






















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