lunes, 19 de febrero de 2024

 

VERDADERA REFORMA CATOLICA EN EL SIGLO XVI

En una obra que preparamos y que esperamos vea próximamente la luz pública l, se desarrolla todo el problema de la reacción católica en el siglo XVI y principios del XVII. Ahora bien, como en ella se exponen algunos conceptos, que juzgamos de particular utilidad en el campo de la Historia eclesiástica del siglo XVI y XVII, y a manera de avance de esta obra, entresacaremos algunos fragmentos de la misma.

https://www.worldhistory.org/trans/es/1-20821/contrarreforma/

I.             REFORMA CATOLICA, NO REFORMA PROTESTANTE

Ante todo notemos, que se ha abusado de la expresión Reforma, aplicándola al levantamiento, revolución o rebelión protestante. Ciertamente la relajación eclesiástica de principios del siglo XVI, el triste estado de las costumbres de una buena parte del clero, tanto secular, como regular, de los prelados y de la nobleza, de los intelectuales y del pueblo cristiano, y aun de la curia romana, era tal, que exigía una verdadera reforma. Es cierto también, que Lutero y Calvino, y generalmente todos los innovadores, presentaron esta situación de la Iglesia como el único motivo de su rebelión, y por consiguiente quisieron aparecer siempre como reformadores y designaron su actuación como una Reforma de la Iglesia. Por esto ya entonces, al hablar de la obra de los innovadores, se habla generalmente de la Reforma. Más aún; al periodo de la historia inaugurado por ellos, lo designaron como período de la Reforma, y de este modo se ha continuado hasta nuestros días.

Tal modo de hablar se ha generalizado tanto, que los mismos escritores e historiadores católicos lo han imitado, y así, aun en nuestros días, es costumbre aplicar la palabra Reforma a la obra de los protestantes del siglo XVI. Ahora bien, contra este empleo de la palabra Reforma han protestado muchos historiadores católicos, y ciertamente con razón. Porque, en realidad, no fue una Reforma lo que realizaron Lutero, Calvino y Enrique VIII. En efecto, los móviles reales, que imputaron a la mayor parte de los príncipes, que introdujeron las innovaciones protestantes en sus respectivos territorios, fueron sus ambiciones personales y las ansias de apoderarse de los bienes de la Iglesia™ Piénsese en Felipe de Hessen y Alberto de Brandenburgo, en Cristiano III de Dinamarca y Gustavo Vasa de Suecia, y sobre todo en Enrique VIII de Inglaterra, cuyo móvil fue, no sólo la avaricia de los bienes eclesiásticos y la ambición de ser dueño absoluto y único en sus Estados, sino la pasión desbordante por una mujer. Y aun mirando directamente a los móviles personales de Lutero y Calvino, Zuinglio y otros innovadores, aunque hablen ellos de reformar abusos, lo que de hecho hicieron fue imponer concepciones propias a los dogmas, concepciones y prácticas de la Iglesia. Se trataba, pues, en ellos de una pura rebelión contra la Iglesia, no de verdadera Reforma.

Y esto se confirma plenamente, teniendo presente la conducta de cada uno de los innovadores. Ni Lutero con sus libertades en el modo de hablar y escribir, según aparece sobre todo en sus Conversaciones de sobremesa y en la mayor parte de sus escritos de combate, y sobre todo en muchos rasgos de su vida privada; ni Zuinglio y Calvino, con su intransigencia y altanería, que no admitían contradicción ninguna en sus actuaciones, y con el espíritu de destrucción y falta de respeto a las más sagradas tradiciones y costumbres; y muchísimo menos Enrique VIII con su repugnante bacanal de amores ilícitos, que llevaron a dos reinas al patíbulo y a todo su pueblo a la rebelión contra Roma: no merecen el dictamen de Reformadores. Y todavía aparece más claramente la impropiedad de la expresión Reforma aplicada a la obra protestante, si miramos sus resultados en las costumbres de los territorios, donde se introdujo la innovación. No sólo no hubo verdadero mejoramiento de costumbres y verdadera reforma religiosa, sino que los mismos promotores del movimiento se quejaron con insistencia de la relajación y divisiones que reinaban en todas partes.

Así, pues, ni por los móviles que impulsaron a los innovadores, ni por su conducta personal, ni por los resultados obtenidos, se puede aplicar la palabra Reforma a la obra de los protestantes. Por eso se va introduciendo entre los historiadores católicos la costumbre de designar a todo este movimiento con la expresión de innovación protestante o simplemente con la palabra protestantismo, y si se prefiere seguir empleando la palabra Reforma, se la deberá llamar falsa Reforma o Pseudorreforma. De hecho, nosotros la designaremos siempre con estas expresiones, que responden mejor a la realidad de los hechos.

Por el contrario la expresión Reforma, se puede aplicar plenamente a la obra realizada por la Iglesia Católica a lo largo del siglo XVI. Muchos esfuerzos se habían hecho por conseguirla durante el siglo XV, no solo por parte de los Papas y de los Concilios, sino también por parte de algunos grandes predicadores providenciales de penitencia y algunos verdaderos reformadores particulares de Órdenes religiosas. Pero estos esfuerzos no habían sido suficientemente eficaces, y de hecho, a principios del siglo XVI, la relajación general de la Iglesia exigía más que nunca una reforma fundamental y verdaderamente eficaz.

Ahora bien, esa Reforma, tan deseada de los espíritus más sinceramente cristianos de la época, la realizó de hecho la Iglesia Católica. Por eso podemos designar a esta obra con todo derecho con esta expresión. Sin embargo, como, de hecho, la palabra Reforma ha sido y es aplicada por muchos al protestantismo, existe el peligro de confusión, si nosotros la empleamos simplemente refiriéndonos a la obra contraria católica. Así, pues, con el objeto de evitar esta posible confusión, designaremos siempre la obra católica como verdadera Reforma o Reforma católica.

II NO CONTRARREFORMA CATOLICA 2.

Al mismo tiempo marcamos de este modo nuestra oposición a la expresión reciente, con que algunos, tanto protestantes, como católicos, han querido designar a la obra católica. En efecto, manteniendo la expresión Reforma como tradicional para la innovación protestante, califican a la obra católica como contrarreforma. Desde el punto de vista protestante, se admite esta expresión, que designa toda la obra católica como una reacción contra la Reforma protestante; y, desde el punto de vista católico, tampoco encuentran alguna dificultad, pues se puede entender con ella una verdadera reforma católica contra la protestante, designada tradicionalmente con el nombre de Reforma.

Pero esta expresión de Contrarreforma, para designar a la reforma católica, no nos satisface. Por eso la rechazamos decididamente, pues supone un falso concepto sobre la verdadera significación y la naturaleza de la obra católica del siglo XVI. Porque, efectivamente, esta expresión incluye implícitamente un error cronológico, que no podemos admitir, ya que se supone con ella, como se expresa Daniel-Rops 3, que sólo después de Lutero y como réplica a los resultados catastróficos de la rebelión protestante, comenzó y se desarrolló aquel «admirable esfuerzo de rejuvenecimiento y de organización, que en unos treinta años dio a la Iglesia un aspecto completamente nuevo; verdadero «Renacimiento» en el sentido etimológico y profundo de la palabra». En realidad la Reforma católica es anterior a Lutero. Ciertamente la obra catastrófica de los innovadores y los destructores efectos de sus propagandas en el campo de la Iglesia, tan necesitada ya de una verdadera reforma, dieron nuevo Impulso a la verdadera reforma, que tomó todo su desarrollo en el Concilio de Trento. Sin embargo, ya antes del Concilio de Trento y antes de la aparición de los innovadores, se había iniciado la verdadera Reforma.

Pero, además, rechazamos con más decisión todavía esta expresión, porque desvirtúa en su contenido la verdadera reforma católica. Con ella se quiere significar, que la obra de renovación católica, realizada antes y después del Concilio de Trento, fue exclusivamente una obra defensiva y ofensiva contra el protestantismo. Esto es un error fundamental, que rebaja notablemente el valor de la obra católica del siglo XVI. Si la reforma católica inició su actuación antes de Lutero, de ahí se deduce que su primer objeto no era el oponerse a la falsa reforma protestante.

Pero, aún después de la aparición de todos los innovadores y cuando sus exorbitantes éxitos llenaron de consternación a los católico-romanos y los obligaron a celebrar el gran Concilio de Trento, con lo cual se intensificó y llevó a feliz remate la verdadera reforma ya iniciada, aun entonces, su trabajo no consistió ni única ni principalmente en ir contra el protestantismo, sino en una reforma o renovación interior, una vuelta fundamental a Cristo y a su verdadero espíritu *. Una vez realizada esta regeneración interior, mientras ésta daba otras innumerables muestras de su vitalidad y exuberancia, se manifestaba igualmente en la renovada fuerza, con que supo defenderse contra el protestantismo. En realidad lo más sorprendente de la verdadera reforma católica, no fue su intensa actuación contra los avances protestantes y su acerada polémica contra todos sus corifeos, sino el cambio y renovación profunda, obrados en su seno, y la nueva fuerza y vitalidad reconquistadas, que tan maravillosas muestras dieron de sí.

III. LA VERDADERA REFORMA, ANTERIOR A TRENTO

En segundo lugar, tratamos de probar cómo la verdadera Reforma católica es anterior a Trento y al protestantismo.

En efecto, la Reforma católica cuya necesidad se venía sintiendo desde el siglo xiv, pero que no había podido ser realizada ni por los Concilios ni por los Papas, tuvo su principio de hecho antes del Concilio de Trento. Así se manifiesta con toda evidencia: en la renovación interior, que se advierte en muchas partes a principios del siglo XVI, al mismo tiempo que predominaba una creciente relajación de costumbres en gran parte de la sociedad cristiana; en los múltiples conatos de reforma, realizados por este tiempo en diversas Ordenes o Instituciones religiosas; en los nuevos Institutos religiosos que surgieron; en los trabajos de reforma realizados por algunos Prelados y por los Romanos Pontífices antes del Concilio de Trento.

1.-Renovación parcial de la vida cristiana. Si examinamos el estado de Inglaterra al iniciar su obra cismática Enrique VIII, al lado de los muchos síntomas de relajación y de oposición a Roma, que se observan en aquel territorio, se observa juntamente un renacimiento en la vida espiritual y religiosa del pueblo. Esto se advierte principalmente en el predominio absoluto de los libros religiosos, entre los que comenzaban a publicarse en las primeras imprentas del tiempo, y no de cualesquiera libros religiosos, sino de los libros de liturgia, tratados de ascética, vidas de santos y vidas de Cristo y aun los libros de mística.

Esto se ve todavía con más claridad en otros territorios del Continente. En muchas partes se observa el ansia de una vida más íntimamente unida con Dios, se advierte el deseo de un mayor contacto con Dios, de beber su espíritu en la misma fuente de los Evangelios. Por esto, mucho antes que Lutero tradujera al alemán el Nuevo Testamento, ya Cisneros en España había procurado, tras ímprobos esfuerzos, la políglota de Alcalá; y Lefevre d'Etaples, en Francia, había procurado diversas traducciones de los libros sagrados.

En Italia, en Francia, y en todos los países de Europa nos encontramos con hombres, que trataban de profundizar el espíritu cristiano, iniciando con esto una verdadera vuelta a Dios. Sadoleto, Giberti y Carafa, entre los prohombres de Ia jerarquía eclesiástica; Gaetano de Tlene, Zacarías y Jerónimo Emiliano, entre los sacerdotes; Mateo de Bascio, entre los religiosos; Tomás Moro y Marsilio de Ficino, entre los intelectuales; Vitoria Colonna y Julia Gonzaga, entre las damas de la alta sociedad.

En diversas partes se observa la formación de pequeños centros o cenáculos, que cultivaban de un modo especial la espiritualidad y esa vida ascética y aún mística, que busca un mayor acercamiento a Dios. Recuérdense los grupos de Verona en torno a Giberti, de Nápoles en torno a Juan Valdés, de Meaux en torno al obispo Briconet. De hecho, en algunos casos, ese deseo de espiritualidad, sincero en los principios, cayó en el peligro de ansia de novedades y se dejó llevar de la fascinación de las innovaciones protestantes. Como tales debemos considerar algunos círculos humanistas o intelectuales, como los de Margarita de Navarra y Renata de Ferrara, y aun podemos añadir los ya nombrados de Nápoles y de Meaux. Pero no hay duda, que todo ello es claro indicio de la tendencia general de renovación espiritual y acercamiento a Dios. Más aún; mientras algunos espíritus selectos se dejaron engañar de los halagos y espejismos de las innovaciones protestantes y cayeron en la herejía, como algunos discípulos de Erasmo, de Lefévre d'Etaples, y de Juan de Valdés, otros en cambio supieron detenerse ante el peligro de las nuevas tendencias heterodoxas y murieron en el seno de la Iglesia, con Lefévre d'Etaples y Juan de Valdés. Pero, en todo caso, estos movimientos espiritualistas y reformadores existían anteriormente a las propagandas luteranas.

De todo ello es señal evidente, y al mismo tiempo efecto y consecuencia práctica, la exuberancia de libros espirituales que encontramos antes de 1525. Baste citar las innumerables ediciones de la Imitación de Cristo, de la Vida de Cristo, de Ludolfo Cartujano y de los Soliloquios de San Agustín; los libros espirituales que iban apareciendo de nuevo, eran traducciones de obras antiguas bien acreditadas, o bien libros nuevos, como el Espejo de Ia Perfección de Harpius, la Escala Espiritual, de San Juan Clímaco, la Institución espiritual, de Luis Blosio y el Tratado de almas espirituales, de Catalina de Bolonia 5.

Este fenómeno se manifiesta de un modo especial en España. El Cardenal Jiménez de Cisneros 6, apoyado por los Reyes Católicos, D. Fernando y D/ &abel, había realizado una reforma profunda y sumamente beneficiosa en el pueblo cristiano. Por esto advertimos en los tres primeros decenios del siglo xvi una floración extraordinaria de obras ascéticas y místicas, que nos dan una idea del estado general de renovación y elevación espiritual, a que se había llegado. Así, no solo circulaban las ediciones que Cisneros procuró de los ascetas antiguos, del Kempis, Tauler, Suso, Ruysbroeck, el Cartujano, Eckart, San Juan Clímaco y otros, sino que se inicia aquella verdadera pléyade de escritores españoles, entre los que se distinguen ya en estos años los franciscanos Fr. Alonso de Madrid, con su Arte de Servir a Dios, Fr. Bernardino de Laredo, y sobre todo Fr. Francisco de Osuna con sus Abecedarios.

En este ambiente de espiritualidad y de ansias de renovación interior y unión con Dios, unidos con el ambiente intelectual, fomentado por Cisneros y continuado en España, se explica el fenómeno del iluminismo de algunos grupos franciscanos, en los que es difícil distinguir el límite entre lo ortodoxo y lo característico de los alumbrados, así como también el fenómeno de los mismos alumbrados 7, que pululan en el centro de España entre los años 1510 y 1530, que comenzando con algunas ideas quietistas inofensivas, llevaron a las más peligrosas extravagancias. Era una exageración de aquel espíritu interior, de aquellas ansias de espiritualidad y unión con Dios. Por otra parte se explica igualmente que algunos de los elementos humanistas o erasmistas, que tanto auge llegaron a tener en España, se dejaran seducir de algunas ideas peligrosas de los alumbrados, como sucedió a Bernardino de Tovar y Juan de Guevara, por Io cual tuvieron conflictos con la Inquisición española 8. Pero, en realidad, todos estos movimientos estaban en perfecto y completo desarrollo antes de que fueran conocidas en España las ideas de Lutero.

2.- Reformas de Institutos religiosos. —Este principio de renovación espiritual aparece de un modo muy particular en los diversos conatos de reforma de las Órdenes religiosas, realizados en este tiempo. Es bien conocido el hecho, que la relajación de costumbres, tan característica de este tiempo, se manifestaba de un modo especial en el estado deplorable de muchos monasterios y casas religiosas. Por eso, precisamente en muchas de ellas, prendió fácilmente la llama de la rebelión y de la libertad predicada por los innovadores. Pero ya antes que ellos aparecieran, se observa un intenso movimiento de reforma en gran número de Órdenes y Casas Religiosas 9.

En efecto, ya desde fines del siglo xv aparecen en su pleno desarrollo diversas Congregaciones de reforma de la gran Orden benedictina, y durante los primeros decenios del siglo xvi, llegaban a su apogeo. Así sucedía con la Congregación de Santa Justina M, de Italia, iniciada en Padua en 1412, que al unírsele en 1504 la Abadía de Montecassino, fue denominada Congregación de Montecassino. Con el rigor de su disciplina adquirió tal prestigio, que hacia 1520-1530 contaba con más de cien monasterios, algunos de ellos en España y Francia. Más importancia todavía adquirió Ia Congregación de Bursfeld ", de Alemania y centro de Europa. Iniciada por Juan Dedoroth de Münden en 1433, adquirió luego un desarrollo extraordinario. Hacia 1520 se encontraba en su mayor apogeo, en el que llegó a contar más de doscientos monasterios, que se distinguían por su rígida disciplina.

Semejante significación adquirió la Congregación española de Valladolid 1I Establecida ya a fines del siglo XVI, se distinguió por el rigor de su observancia, y al unírsele en 1492 el monasterio de Montserrat, tomó tan vastas proporciones, que rebasó el territorio español. En los primeros decenios del siglo xvi era un modelo de austeridad y observancia. En Montserrat había contribuido eficazmente a su reforma el célebre abad García de Cisneros.

De una manera semejante se distinguió en Austria, Baviera y otras regiones del Oriente de Europa, la Congregación de los Melquitas M, iniciada ya en el año 1417, pero que hacia 1520 había alcanzado gran desarrollo. Dignas de especial mención son igualmente Ia Congregación de Chezal-Benoit, de Francia, iniciada en 1505, a la que se le unió poco después el célebre monasterio de San Gallo.

No menos claramente aparece este espíritu de reforma en la Orden franciscana, que tanta popularidad y tanta extensión había alcanzado. Es lo que se denominó Ia Observancia, de la que solo nombraremos a los reformadores españoles Pedro de Villacreces, San Pedro Regalado, Juan de Santoyo, y sobre todo el Cardenal Cisneros u, quien a fines del siglo xv realizó una importante reforma, no solo en los franciscanos, sino en otras Órdenes religiosas. En los primeros decenios del siglo xvi siguió cada vez más intenso el movimiento de reforma de los Observantes, frente a los cuales se marcó cada vez más la posición de los Conventuales, por lo cual el Papa León X, en 1517, realizó la división definitiva. En realidad, pues, en este tiempo siguió en su apogeo el espíritu observante, y en España gozó de gran ascendiente la reforma del Beato Juan de Puebla (1495), a la que San Pedro de Alcántara dio algo más tarde su forma definitiva.

A este impulso de reforma, tan intenso entre los franciscanos, obedeció la formación de los Capuchinos 16, de la cual sólo observaremos, que se inició el año 1526, y por consiguiente es indicio claro de la intensidad del movimiento de Reforma y de espiritualidad cristiana, anterior a las innovaciones protestantes.

Si no con tanta intensidad, como en la Orden benedictina y en la familia franciscana, se observa un movimiento semejante de reforma y de espiritualidad en otras Órdenes religiosas a fines del siglo xv y principios del XVI. Era la reacción natural del espíritu católico contra los abusos o relajación existentes. Así, en la Orden de Santo Domingo 17 se realizó en el siglo xv la Reforma de Raimundo de Vineis, que partiendo de Capua, se extendió por Italia, y pasó luego a Alemania, Suiza y los Países Bajos. En Francia se organizó en 1514 la Congregación gálica, con su centro en Toulouse, que realizó una excelente obra de reforma. Asimismo en 1450 se inició la reforma de la Provincia de España, que entre 1520 y 1530 estaba en su mayor apogeo. Sus colegios de San Gregorio de Valladolid y San Esteban de Salamanca eran ya en este tiempo centros de espiritualidad y de movimiento intelectual de primer orden. De San Esteban de Salamanca procedían hombres tan eminentes y tan representativos del espíritu católico, como Francisco de Vitoria, Melchor Cano, Domingo y Pedro de Soto.

En las Órdenes de los Cistercienses, Carmelitas, Agustinos y algunas otras, aunque hubo en el siglo XV y antes de 1530 alguna reforma, ésta se realizó más bien a fines del siglo XVI. Sin embargo notemos, entre los agustinos, tan calumniados después de la defección de Lutero y de otros hermanos de hábito, algunos hombres de este tiempo, insignes por su espíritu profundamente católico y amigos de la reforma: El General de la Orden, GiI de Víterbo (fl532), insigne humanista y gran orador, que con indomable energía flagelaba la corrupción de costumbres y proponía un excelente y vasto plan de reforma; Jerónimo Seripando (t 1563), general asimismo de la Orden, en la que fomentó la más estrecha observancia 18.

Añadamos todavía, que una de las Órdenes más austeras, la de los Camaldulenses, emprendió en este tiempo una profunda reforma. Su promotor fue el Beato Pablo Giustinlani (fl528), quien primero en los Apeninos y luego en Ancona y en otras partes, renovó entre los solitarios de la Orden el antiguo espíritu de penitencia, unión con Dios y observancia regular. Esta reforma fue completada luego por Pedro Giustiniani de Bérgamo 19

3.-Fundaciones de nuevos institutos religiosos. Para demostrar plenamente cómo, independientemente del levantamiento protestante y antes del Concilio de Trento, existía un movimiento de mayor espiritualidad y de vuelta a Dios, queremos notar aquí Ia fundación de algunos Institutos religiosos, que aparecieron en este tiempo.

Y observemos ante todo, que precisamente en torno al año 1530, ante la corrupción de costumbres que reinaba por doquier y la necesidad de predicar la palabra de Dios e influir eficazmente en la conversión de las masas y en la reforma de la vida, se da comienzo a un nuevo tipo de religiosos, los clérigos regulares, innovación fundamental, que debía revelarse sumamente propia de los nuevos tiempos y extraordinariamente fecunda ™. Es cierto, que ya en el siglo xiii, por razones semejantes, habían surgido las órdenes mendicantes, en particular los franciscanos y los dominicos, que se dedicaban de un modo especial a la predicación e instrucción del pueblo. Pero ahora era mucho más necesario este trabajo. Por eso hacían falta nuevos operarios, que conservando las condiciones espirituales de los mendicantes, es decir, siendo religiosos y observando sus votos, vivieran en medio de los sacerdotes seculares, llevando una vida y aun vistiendo de un modo semejante a ellos; un cuerpo de trabajadores, que, estando libres del coro y de otras ataduras propias de las Ordenes antiguas, pudieran dedicarse más de lleno al trabajo de apostolado.

Tal fue el origen de los nuevos Institutos, de los clérigos regulares que tuvieron, a partir de principios del siglo XVI, un desarrollo extraordinario.

La base y como punto de partida de los primeros Institutos de clérigos regulares Io constituye el Oratorio del amor divino 21, establecido en Roma el año 1517, con el objeto de fomentar la mutua edificación y la religiosidad cristiana. De la extraordinaria significación y eficacia de este grupo de almas apostólicas, ansiosas de la reforma de Ia sociedad cristiana, son claro indicio las personas que lo constituían desde un principio. A ellas pertenecían San Cayetano de Tiene, Juan Pedro Garafa y Luis Lippomano, a los que se juntaron bien pronto Sodoleto, Giberti y otros semejantes.

Pasemos por alto la cuestión, muy debatida en los últimos tiempos, sobre la fecha y el lugar de origen de esta asociación, y digamos con Tacchi-Venturi, como lo más probable, que la obra, establecida en Roma en 1517, era una renovación de otra ya conocida de Genova desde 1497'; pero, que, en todo caso, en Roma fue donde adquirió extraordinaria importancia. Con todo lo cual queda juntamente refutada la opinión defendida recientemente por algunos historiadores no católicos, de que la Asociación del amor divino fue una réplica de los católicos al movimiento reformador luterano. Antes que fueran conocidas en Italia las concepciones de Lutero, estaba en pleno desarrollo este movimiento reformador.

Pero en todo caso, la agrupación del Oratorio del amor divino es profundamente católica y romana; permaneció constantemente sumisa a la jerarquía católica, fomentaba los ejercicios de piedad y prácticas típicamente católicas, y dio la inspiración a otras asociaciones y a nuevos Institutos religiosos. Así consta que de ella brotó la Confraternidad de la caridad, establecida en 1519, con el apoyo del Cardenal Julio de Médicis, futuro Papa Clemente VII; pero sobre todo, de ella arranca el nuevo Instituto de los Teatinos, fundado por San Cayetano de Tiene y Juan Pedro Carafa 22, que pertenecen a sus primeros y más distinguidos miembros. El mismo espíritu de reforma eclesiástica e intensificación de la piedad cristiana animaba a los fundadores de los demás Institutos de clérigos regulares que se establecieron en este tiempo: San Antonio M. Zaccaria, con los llamados Clérigos regulares de San Pablo o Barnabitas, y San Jerónimo Emiliano, con los Clérigos regulares de San Mayólo o de Somasca.

Lo mismo exactamente se puede decir de San Ignacio de Loyola y su fundación a, cuyos primeros gérmenes pueden verse en Manresa desde 1521; cuya primera realización tiene lugar en Montmartre de París, en 1534, y su definitivo establecimiento, en Roma, en 1540. Aun admitiendo que San Ignacio de Loyola tuvo noticia en París de los conatos que ya entonces realizaban los luteranos por esparcir sus ideas, evidentemente el impulso de su fundación brota de las mismas entrañas de su espíritu cristiano, de su ansia de reforma, de espiritualidad y de apostolado.

4.- Grandes apóstoles reformadores. —Pero el nuevo espíritu de reforma, de espiritualidad y de mayor acercamiento a Cristo aparece igualmente, antes de Lutero y antes de Trento, en multitud de grandes apóstoles y algunos obispos reformadores. Es interesante a este propósito el testimonio del escritor barnabita del tiempo, Lorenzo Davidíco, el cual, después de pintar con los colores más negros la corrupción de costumbres que reinaba en todas partes, pondera por otro lado la providencia de Dios al enviar una multitud maravillosa de apóstoles y hombres santísimos, entre los cuales señala: al eremita Serafín de Fermo, al dominico Bautista de Crema, a Antonio María Zaccaria, de Cremona, “todo ojo, como él dice, y lumbre interior»; a Jacobo-Antonio Moriglia; a Bartolomé Ferraro, a Jerónimo de Ravena y otros. Y como advierte Cristiani al traer este testimonio de Davidico, téngase presente que este escritor enumera únicamente algunos hombres espirituales y reformadores de Lombardia, que es lo que él conocía mejor 24.

Digno de especial mención, en primer término, es el gran apóstol de Ia Orden de Predicadores, Fr. Bautista de Crema, a quien el autor, antes citado califica de «Padre lleno de luz», quello illuminato Padre. Vivió en los tiempos de Savonarola y fue testigo de los ardores de aquel hombre en la reforma de Florencia.

Para realizar con más eficacia la reforma de costumbres, tan necesaria en la Iglesia, fue ardoroso predicador y compuso diversas obras, en las que puede verse claramente todo su pensamiento eminentemente práctico. No basta, según él, ponderar la necesidad de reforma, sino que es necesario poner manos a la obra, vencerse y reformarse a sí mismo. A este objeto van encaminados sus libros Camino de la Verdad abierta» Del conocimiento y la victoria de sí mismo, obra sintetizada luego por otro gran apóstol, Serafín de Fermo, y traducida al castellano por Melchor Cano; asimismo El Espejo interior y la Filosofía divina 25.

En segundo lugar podemos poner al eremita Serafín de Fermos de los canónigos regulares de Letrán. Era gran admirador de Bautista de Crema y contribuyó eficazmente a propagar sus obras. Así, pues, siguiendo las directrices de aquel gran apóstol, fue él igualmente uno de los portavoces más ardientes de la espiritualidad y reforma religiosa de su tiempo. A este objeto van dirigidos sus múltiples opúsculos de una ascética y mística basada en la oración y conversión interior. Tales son: De la conversión del pecador, De la victoria de sí mismo, De la oración y otros. Otro canónigo regular, Pedro de Lucca, compuso por el mismo tiempo una célebre obra, Reglas de la vida espiritual, que traducida al español, al igual que las de Serafín de Fermo, constituye uno de los símbolos más claros del movimiento de espiritualidad anterior a Lutero 26.

Más no solamente estos grandes apóstoles, de carácter más o menos privado, trabajaron eficazmente en la reforma cristiana antes de Lutero y antes del Concilio de Trento, sino que hubo, igualmente, obispos, que se sumaron por el mismo tiempo a esta obra de renovación espiritual.

Y es particularmente conveniente notar estos conatos de reforma episcopal antes del Concilio de Trento, porque se ha generalizado demasiado y repetido hasta la saciedad la acusación contra los obispos del siglo XVI, de que eran indignos, que sólo se preocupaban de sus rentas, y que llevaban una vida aseglarada.

5.- Obispos promovedores de la Reforma Católica. —Pues, bien, podemos presentar un buen número de insignes prelados, que habían realizado, o estaban realzando, una prometedora reforma. El modelo y como precursor de estos prelados reformadores, fue el Cardenal español Jiménez de Cisneros -7. Pero aunque su actuación es anterior al período que historiamos, no hay duda, de que su obra de reforma, inmediatamente anterior a la rebelión de Lutero (téngase presente que Cisneros murió en 1517), es de una significación extraordinaria para nuestra tesis, de que el impulso de reforma en la Iglesia es anterior a Lutero y que hubo prelados insignes que lo secundaron. Precisamente la reforma de Cisneros, completada luego en España por los ascetas y escritores espirituales a que anteriormente aludimos, es lo que nos explica la resistencia opuesta por la España católica a la penetración del protestantismo.

Pero, además de Cisneros, hubo en España otros prelados de espíritu profundamente católico, que ya en los primeros decenios del siglo xvi trabajaron intensamente en la reforma católica. Así, por ejemplo, vemos que en Andalucía, poco después de desaparecer el gran Cardenal, entran en escena algunos insignes prelados, como el arzobispo de Granada, D. Pedro Guerrero, que fue más tarde lumbrera del Concilio de Trento; y en Valencia, Sto. Tomás de Villanueva (t 1555), padre de los pobres, alma espiritual y mística, que contribuyó eficazmente a la verdadera reforma de costumbres del país.

El mismo fenómeno encontramos en Italia, donde, gracias al trabajo intenso de algunos grandes apóstoles y eminentes prelados, se hizo imposible la penetración de la ideología protestante. Uno de estos grandes prelados, que con sus medidas de reforma precedió a Lutero y a Trento, verdadero modelo en la obra de renovación del espíritu cristiano, reforma de costumbres e intensificación de la vida cristiana, fue el obispo de Verona, Juan Mateo Giberti (t 1543) 2S. Alma contemplativa y mística, había soñado en una vida retirada y de entrega absoluta a Dios, pero las circunstancias lo obligaron a tomar sobre sí cargos de gran responsabilidad en la Iglesia, donde tuvo ocasión de enterarse de Ia corrupción de costumbres existente entre muchos eclesiásticos y seglares.

Después de haber desempeñado delicadas misiones, fue algún tiempo el hombre de confianza de León X y de Clemente VII. Pero el mismo tiempo fue uno de los miembros más adictos del Oratorio del Amor divino. Bien empapado, pues, de su espíritu, retiróse en 1527 a su sede de Verona, donde se entregó con toda su alma apostólica a la más profunda renovación espiritual de su diócesis. Con su vida de unión con Dios y su celo abrasado de las almas, organizó desde un principio las visitas de las diócesis, en las que procuraba encender a los sacerdotes tibios o vacilantes, y siempre renovaba la piedad del pueblo cristiano; compuso unas instrucciones prácticas, que imprimió y distribuyó a todos los sacerdotes de la diócesis; llevó su celo apostólico a las comunidades religiosas procurando se realizara en ellas una seria reforma; incluso en la liturgia introdujo interesantes mejoras, que contribuyeron a dar más realce y atractivo al culto católico; a los predicadores los alentó a predicar en todas partes la palabra de Dios, para lo cual fundó un centro especial denominado Academia Gibertina; y, aun en el orden social, fue fecunda su labor reformadora, con el establecimiento de casas de refugio para las muchachas en peligro y una asociación de amigos de los pobres. Realmente el obispo Giberti se anticipó a Trento y realizó prácticamente en su diócesis gran parte de los decretos de reforma de este Concilio.

Y no fue sólo Giberti, quien en la Italia anterior a los influjos protestantes y a la reforma tridentina, inició una obra seria y metódica de reforma. Una obra semejante la realizó el obispo Cornaro, en Brescia, quien en abril de 1533 recibió del Papa Clemente VII facultades especiales para la visita y reforma de su diócesis; asimismo el Cardenal Ridolfi en Vicenza la inició en marzo de 1534; el Cardenal Hércules Gonzaga, en Mantua, con facultades recibidas el 14 y el 22 de abril y el 25 de mayo del mismo año, y asimismo otros Prelados insignes de Italia29.

Y no andaremos equivocados, si afirmamos, que también en Alemania, algunos prelados dignísimos y llenos de espíritu católico, emprendieron seriamente la reforma interna de la Iglesia. Tales fueron: Federico de Hohenzollern, Cristóbal de Uthenheim y otros semejantes. En Inglaterra mismo, no todos los prelados fueron tan débiles, como Cranmer, que se plegaron sin resistencia a la voluntad del rey, sino que hubo un Juan Fisher que se opuso valientemente a su voluntad y sufrió por ello el martirio; y en Polonia, donde tantos Prelados contemporizaban con el protestantismo, hubo un Estanislao Hosio, que hizo honor a su nombre, dando las más vivas pruebas de la santidad episcopal y de la fortaleza de la jerarquía católica. Finalmente, tampoco en Francia faltaron en este primer momento los prelados reformadores, como un Sadoleto de Carpentras, creado después Cardenal 30.

6.- Primeros conatos de Reforma de los Concilios y de los Papas. — Pero este movimiento de reforma, no sólo tuvo un aspecto puramente privado y local en los primeros decenios del siglo xvi, sino que empezó ya a tomar un carácter oficial en la Iglesia. En efecto, es cierto, que la verdadera reforma no adquirió toda su amplitud y desarrollo ni recibió plenamente su carácter oficial y universal hasta el Concilio de Trento. Sin embargo, ya antes de que Paulo III iniciara las medidas de más transcendencia para la reforma general y oficial de la Iglesia, el Concilio de Letrán de 1512-1617, y sobre todo, alguno de los Papas que le siguieron, había comenzado a tratar en serio la reforma eclesiástica.

Así, consta que en el Concilio de Letrán, se trató ampliamente de la reforma del clero y de la curia Romana, y se formularon ya entonces algunos decretos en orden a su realización 31. Pero era tal la oposición, que no se atrevieron a promulgarlos y tuvo que venir más adelante la sacudida del protestantismo para que el Concilio de Trento, casi al pie de la letra, los impusiera a toda la Iglesia. Fueron célebres, sobre todo, los vibrantes discursos del general de los agustinos, Gil de Viterbo. De un modo especial hizo época el pronunciado el 3 de mayo de 1512, el mismo día de la apertura del Concilio, en el que tronaba sobre la urgente necesidad de una inmediata reforma y renovación católica. Pero los abusos, particularmente en el alto clero y en la curia romana, habían echado raíces demasiado hondas, por lo cual, estas voces resonaron en el vacío, y al cerrarse el Concilio en 1517, el problema de la reforma quedó oficialmente sin solución.

Pero, como el espíritu de reforma quedaba latente en la Iglesia, las instituciones particulares y los prelados inflamados del amor de Dios la llevaron adelante con carácter parcial y limitado.

El primer Papa que inició las medidas de reforma con carácter serlo y eficaz, fue Adriano VI (1522-1523) 32. Su fama de hombre austero y gran amigo de la reforma eclesiástica, le había precedido en Roma e indudablemente contribuyó a su elevación al trono pontificio en momentos tan críticos para la cristiandad. Por esto fueron varios los que, impulsados por el más noble sentimiento, le enviaron memoriales o exhortaciones de diversa índole con el objeto de alentarlo en esta empresa. Es célebre en este sentido el memorial del humanista español Luis Vives, quien había vivido largos años en los Países Bajos, y por consiguiente conocía a fondo la verdadera situación de Europa. Por esto insistía ante el Papa en la necesidad absoluta de una reforma eclesiástica, para lo cual era indispensable un Concilio33.

Al mismo tiempo se presentaron al Papa excelentes proyectos para la reforma del clero y de la Iglesia. Los más célebres se compusieron en Roma mismo y fueron los de los cardenales Schinner y Campegio, el primero en marzo de 1522, el segundo, cuya paternidad ha sido probada recientemente 34, se escribió poco después. En ambos se descubren con noble libertad los abusos de la curia romana y se aboga por las medidas más radicales de reforma.

Con estos y otros semejantes planes, Adriano VI quedó, desde un principio, bien enterado de Ia verdadera situación de la Iglesia y de un modo particular de los abusos y aseglaramiento de la Curia romana; pero, lo que más hacía al caso, contaba ya con posibilidades y planes concretos de renovación y reforma. Precisamente durante los años que había pasado en España, había podido cerciorarse personalmente de los benéficos efectos de la reforma realizada allí por el Cardenal Cisneros. Así, pues, manifestó bien pronto su decisión, de llevar a la práctica una renovación fundamental, comenzando por la Curia romana. Por esto escogió como colaboradores a hombres como Campegio, a quien puso al frente de la Signatura de Justicia, todos ellos amigos decididos de la reforma. Así lo manifestó claramente en su primer consistorio de 1 de septiembre de 1522, y aunque desde un principio experimentó una franca oposición en algunos Cardenales, empezó inmediatamente a poner en práctica sus planes.

Fácilmente se comprende la situación de violencia que empezó a crearse en torno a Adriano VI. Por esto podía escribir el embajador veneciano, que todos temblaban y que toda la ciudad estaba espantada por lo que el Papa había hecho en solos ocho días *. No es, pues, de sorprender, que comenzaran a surgir censuras contra Adriano VI, y aunque sustancialmente infundadas, fueron creando un ambiente desfavorable al Pontífice. Sin embargo, Adriano VI continuaba cercenando más y más abusos y limitando beneficios y empleos en la Curia Romana. Si a esto se añade la parsimonia con que vivía él personalmente, y cómo deseaba que vivieran los curiales, se comprende la indignación de los que estaban acostumbrados a la vida aseglarada y fácil de los anteriores pontificados.

La ida de Juan Eck a Roma, en marzo de 1523, uno de los más decididos partidarios de la reforma católica y de las medidas rigurosas en Alemania, confirmó plenamente a Adriano VI en su conducta. Conociendo a fondo las quejas de los alemanes contra los abusos de la curia romana, Eck insistía en lo ya realizado por el Papa y aun proponía otras medidas reformatorias. Asimismo defendía una reforma a fondo del clero alemán, para todo lo cual confiaba Eck personalmente en el Papa, y aunque no manifestaba mucha confianza en el Concilio, aconsejaba su prontacelebración36. Pero no era tarea fácil la emprendida por Adriano VI. Las dificultades iban en aumento. A las que provenían del disgusto personal de los curiales se añadió el peligro de los turcos; el disgusto manifestado por trece cardenales por la poca estima que hacía del Colegio Cardenalicia; la exageración de su espíritu de economía, que muchos presentaban como verdadera tacañería; la lentitud en el despacho de los negocios; e incluso, se añadía, el desconocimiento que manifestaba a las veces de las cosas de Roma. Ciertamente aunque algunas de estas acusaciones tenían fundamento, no hay duda que el verdadero motivo de Ia oposición que muchos hacían a Adriano VI, eran sus severas medidas de reforma.

En estas circunstancias tuvo lugar en Alemania la dieta de Nüremberg, convocada en 1522, cuando Solimán amenazaba a Hungría después de la conquista de Belgrado. Adriano VI envió a la dieta como legado suyo a su Nuncio Francisco Chieregati, el cual, en nombre del Papa hizo ante los delegados de la dieta una confesión sumamente realista de los abusos de la Curia romana, anunciando que ya había comenzado una completa reforma. Por todo lo cual los exhortaba a todos a imitar su ejemplo y a tomar enérgicas medidas contra las nuevas herejías. Es cierto, que la sincera confesión del Papa produjo honda impresión en los miembros de la dieta. Sin embargo su respuesta fue más bien fría y los resultados prácticamente nulos 37.

En realidad Adriano VI vio fracasados todos sus planes de reforma. Había llamado a la Ciudad Eterna a hombres serios y espirituales como San Cayetano de Tiene y Pedro Carafa, al mismo tiempo que se rodeaba de otros amigos de la reforma; pero el ambiente general le era cada vez más desfavorable. Fracasó también su empeñó en defender contra los turcos la isla de Rodas. Finalmente su pronta muerte, que no le permitió desarrollar su obra de reforma, con tantos alientos comenzada, acabó de completar esta impresión de fracaso de su pontificado. Ciertamente debe reconocerse su noble deseo de reforma, si bien un conjunto de circunstancias, la dificultad misma de la empresa y tal vez alguna falta de acierto de su parte contribuyeron eficazmente a este fracaso. Pero de hecho consta, que ya entonces el Romano Pontífice concibió seriamente una reforma completa de la Iglesia y trató enérgicamente de ponerla por obra.

Entretanto, a Adriano VI, muerto el 14 de septiembre de 1523, seguía en el solio Pontificio Clemente VII (1523-1534) 38. El ansia de reforma persistía en la cristiandad. Los hombres espirituales y los prelados de espíritu más profundamente católico trabajaban por una renovación e intensificación de la vida cristiana. Como tabla de salvación y como el medio más eficaz para realizar la reforma, se manifestaba la aspiración a un Concilio. Pero Clemente VII, aunque sin oponerse directamente a su celebración, procuró eludirlo constantemente 39. La característica de su Pontificado es la indecisión constante en medio de los más graves acontecimientos que ocurrieron en su tiempo. Aunque intachable en su conducta privada, cometió el error gravísimo de dejarse llevar de los motivos políticos durante su Pontificado. Esto lo puso en contradicción con el emperador Carlos V y contribuyó eficazmente al avance del protestantismo en Alemania.

Por lo que directamente se relaciona con la reforma católica *, cada vez más necesaria, no sólo por el estado deplorable de la Iglesia, sino por los trastornos que iban produciendo los levantamientos protestantes; Clemente VI no dio ningún paso positivo. Ciertamente no se opuso a ella. Más aún. Durante su pontificado fueron avanzando las fuerzas de reforma, que tanto contribuyeron a la renovación católica. Él apoyó a los promotores del Oratorio del Amor divino, a los fundadores de los nuevos Institutos religiosos, a los iniciadores de la nueva Orden o reforma franciscana de los Capuchinos, y en general a todas las reformas que se organizaron en su tiempo”. Sin embargo, no consta que tomara en serio ningún plan de reforma general de la Iglesia, y por el contrario fue dando largas a la celebración del Concilio, que era el llamado providencialmente a realizar esta grande obra.

IV. —SIGNIFICACION DEL CONCILIO DE TRENTO Y DEL PROTESTANTISMO PARA LA REFORMA CATOLICA 42

En realidad, pues, la reforma católica se había iniciado seriamente y había comenzado a producir excelentes resultados aun antes de Trento y antes de que el protestantismo constituyera un verdadero peligro para la Iglesia.

Siendo esto así, ¿qué significación tuvo el Concilio de Trento y cómo influyó el protestantismo en la reforma católica?

La significación característica del Concilio de Trento es, indudablemente, el haber dado una forma oficial, completa y definitiva a este movimiento de reforma, que se iba manifestando en el seno de la Iglesia cada vez con más insistencia. Este clamor del mundo cristiano por una reforma y por un concilio que la realizara, venía ya de antiguo. Ya desde la terminación del Cisma de Occidente en 1417 había resonado constantemente en la cristiandad. Habían intentado satisfacerlo los Concilios de Constanza (1414-1418), de Basilea (1434-1437) y Ferrara-Florencia (1437-38), así como también algunos Papas del Renacimiento, sobre todo Nicolás V (1447-1451), y Pío n (1458-1464); pero estos esfuerzos habían resultado infructuosos. Ni bastaban los esfuerzos privados y parciales, que hemos expuesto anteriormente. Era necesaria una obra más universal, que respondiera plenamente al clamor general de la Iglesia. Tal fue el mérito del Concilio de Trento: los principios de reforma ya existentes recibieron en él su forma oficial y su complemento, mientras por otra parte comunicaban al Concilio la fecundidad necesaria para que la reforma pudiera realizarse. La rebelión protestante forzó en último término a la Iglesia a realizar esta obra fundamental. Sin la obra del Concilio de Trento, aquel movimiento de reforma ya existente en la Iglesia no hubiera tenido la universalidad y eficacia que necesitaba y tuvo de hecho. Pero a su vez, sin el apoyo de aquellas fuerzas de reforma existentes en la Iglesia, la obra de reforma del concilio hubiera resultado estéril.

 

 

NOTAS

1.- EDAD NUEVA, o Cristianismo e Iglesia en los siglos de las reformas y de los grandes descubrimientos. VoI. HI de Historia de Ia Iglesia Católica, publicada en la B. A. C. por los PP. B. Llorca y R. G. Villoslada. «Salmanticensis», 6 (1958).

2. DANIEL-Rops, L'Eglise de Ia Renaissance et de la Réjarme. n. Une ère de re-nouveau : la Réforme Catholique (París, 1955) : p. 7 y s. Cómo muestra, véanse las obras : Projn/laenweltgeschichte, vol. V, y HERMELRACK-MAURER, en Handbuch der Kirchengeschichte, por G. KRÜGER, vol. IH.

3. DANIEL-RoPs, obra citada, p. 7.

4. tt., p. 9.

5, JEDIN, H., Geschichte des Konzils von Trient, I (Priburgo, de Br. 1949) : p. 118 y s. Asimismo DANiEL-BoPs, o. c., p. 14 y s.

6. Sobre el Cardenal Cisneros pueden verse: HUIDOBRO, Historia del Cardenal Fr. Francisco Jiménez de Cisneros (Santander, 1901). Fernández Montaña, El Cardenal Cisneros (Madrid, 1921). FERNÁNDEZ DE RETANA, L., Cisneros y su siglo. 2 vols. (Madrid, 1929). Domínguez BERRUETA, J., El Cardenal Cisneros (Madrid, 1929). MERTON, R., Cardenal Giménez and the MaJcing of Spain (Londres, 1934). GARCÍA MERCADAL, J., La España imperial. Cisneros, 1436-1517 (Madrid, 1941). STARKiE, W., La España de Cisneros. Trad. por Alberto de Mesías (Barcelona, 1943). Ruiz CRESPO, J. M., Cisneros, Cardenal regente (Madrid, 1945). BASABE, E., Vida de Cisneros (Madrid, 1945). BRION, M., Le Cardinal Fr. Ximenez, Ie Richelieu de l'Espagne (París, 1948).

7. Sobre los alumbrados españoles, véanse: LLORCA, B., La Inquisición española y los Alumbrados (1509-1667). En Bibl. de «Est. Ecles.», n. 4 (Madrid, 1936). Aquí se hallará abundante bibliografía sobre Ia materia. Asimismo, en síntesis: LLORCA, B., La Inquisición en España, 3. ed., p. 270 y s., y MENÉNDEZ PELAYO, M., Historia de los heterodoxos españoles, ed. B. A. C., vol. II, p. 169 y s. (Madrid, 1957).

8. Véase, además de Menéndez Pelayo, BATAILLON, M., Erasmo y España, 2 vols. (Méjico, 1950).

9. Pueden verse: CRISTIANI, L,, L'Eglise à l'époque du Concile de Trente, en «Histoire de l'Eglise», por FLICHE-MARTiN, vol. XVU (Paris, 1948): p. 280 y s. Asimismo: DANIEL ROPS, o. c., p. 23 y s. HERGENROTHER, J., Handbuch der allgemeinen Kirchengeschicht&, vol. ni, p. 595 y s. En particular Ia síntesis: LLORCA, B., Nueva Vision de Ia Historia del Cristianismo, 2 vols. (Barcelona, 1956) : t. II, p. 124 y s. Sobre esta reforma de las órdenes religiosas y su significación en Ia reforma general de Ia Iglesia, iniciada por vía privada, véase JEDiN, o. c., p. 114 y s.

10. Véanse: HEINBUCHER, M., Die Orden u. Kongregationen der Kathol. Kirche, p vols., 3. ed. (Paderborn, 1933) : vol. I, p. 217 y s. HILPIS, E.. Gesch. des benediktin. MöncMums (Friburgo de B., 1929) : p. 259 y s. Nueva Visión, 1. c., p. 1214.

11. HEIMBUCHER, ib., p. 221 y s. Hilpisch, ib., p. 186 y s. Nueva V., p. 1215.

12. HEIMBUCHER, lb., p. 225 y s. Hilpisch, ib., p. 265 y s. Nueva V., p. 1215.

13. HEIMBUCHER, ib., p. 220 y s. Hilpisch,, ib., p. 280 y s. Nueva V., p. 125. Para las demás congregaciones benedictinas véanse los mismos pasajes.

14. Sobre el origen y desarrollo de los Observantes en los siglos xw y xv, véanse HEIMBUCHER, o. c., p. 109 y s. HOLZAPFEL, E., Manuale Historíae Orainis Fratrum Minorum (Priburgo de Br., 1909) : p. 116 y s. CRISTIANI, o. c., p. 284 y s. DANIEL-ROPS, o. c., p. 27 y ss.

15. Sobre estas congregaciones de reforma de España, véase en particular HOLZAPFEL, o. c., p. 123 y s.

16. Véanse: HEIMBUCHER, o. c., p. 724 y s. CRISTIANI, 1. c., p. 286 y s. Nueva V., p. 1221 y s. Véanse de un modo especial PAsioR, Historia de los Papas, vol. X, p. 242 y s.

17. Sobre las reformas de Ia Orden de Santo Domingo, Cfr. HEIMBUCHER, I, 440 y s. MEYER, Jo., Buch der Reformatio des Predigerordens, por B. M. Reichert (1908-1909). BELTRÁN DE HEREDM, V., Historia de la. Reforma de Ia Provincia de España. En el «Instit. Hist. PF. Praedic.», dissert, hist., n. XI, (Roma, 1939).

18. Acerca de Ia excelente obra reformadora de Seripando en los Agustinos, véase PASTOR, XI, 436 y S. CRESTL4NI, 1. C., p. 282 y S.

19. Véase PASTOR, X, p. 339 y s. Asimismo: HEIMBUCHER, 1. c., p. 317 y s. CRISTIANI, 1. c., p. 280 y s.

20. Sobre Ia Innovación característica de los clérigos regulares, véanse: CRISTIANI, 1. c., p. 252 y s. PASTOR, X, p. 303 y s., y otros pasajes.

21. Cf. de un modo especial Ia excelente exposición de PASTOR, X, p. 288 y s., y Ia sintesis de CRISTIANI, 1. c., p. 247 y s.

22. Para más detalles y más bibliografía sobre éstas y las siguientes Ordenes, fundadas por este tiempo, véanse: PASTOR, X, p. 294 y s. CRISTIANI, 1. c., p. 255 y s., Nueva Visión, p. 1239 y s.

23. Véase Asnum, A., Historia de Ia Asistencia de España de Ia Comp. de S. 7 vols. (Madrid, 1902 y s.), y para bibliogr., HEIMBUCHER, o. c., II, p. 131 y s.

24. L. c., p. 246. En este lugar y desde pág. 250 se da una excelente síntesis de Io que nosotros proponemos. Véase Igualmente PASTOR, X, p. 291 y s.

25. Cf. CRISTIANI, 1. c., p. 250 y s.

26. Cf. CRISTIANI, 1. c., j. 251 y s. Para sobre todo este punto, véase JEDIN, o. c., pág. 117 y s.

27. Véase arriba, nota 6. En general, sobre los obispos reformadores con carácter local o nacional, véase JEDIN, o. c., p. 120 y s.

28. Sobre Ia actuación de este gran prelado, véase sobre todo PASTOR, X, p. 316 y s. y Ia bibliografía alli indicada. En particular: PIGHI, G., B., Gian Matteo Giberti (Verona, 1900). Asimismo: CRISTIANI, o. c., p. 268 y s. Daniel-Rops, 1. c., j 21 y s. Véanse también: J. M. GIBERTI OPERA (Verona, 1733).

29. Puede verse Ia síntesis de PASTORR, X, p. 328 y s., donde se insiste en Ia abundancia de documentos pontificios de Clemente VH, por los que se conceden facultades a diversos prelados para reformar sus respectivas Iglesias.

30. Véanse sobre todo, en JEDIN, o. c., p. 120 y s., interesantes noticias sobre obispos reformadores alemanes.

31. Sobre estos trabajos del Concilio V de Letrán, pueden verse: HERGËNROTHER, HI, p. 290 y s., y sobre todo JEDIN, o. c., p. 105 y donde puede verse una relación de estos decretos de reforma.

32. La actividad reformadora de Adriano VI es indudablemente Io más saliente de su pontificado. Véase Ia magnífica exposición de PASTOR, DC, p. 68 y s., y Ia síntesis de HERGENROTHER, IH, p. 409 y s. Asimismo JEDIN, o. c., p. 165 y s.

33. Véanse en particular, sobre este memorial, PASTOR, IX, p. 69 y s., y JEDIN, o. c. p. 166.

34. PASTOR, ib., p. 70 y s. Sobre Ia autenticidad del memorial o Promemoria de Campegio, puede verse allí mismo, p. 71, y nota 1.

35. Ib., p. 76.

36. Sobre Ia Importancia de los trabajos realizados entonces por Eck en Roma, véase ibidem, p. 87 y s.

37. Véase: PASTOR, IX, p. 102 y s., y JEDIN, p. 168 y s.

38. Sobre Clemente VII pueden consultarse: FUENTES: CASANOVA, Lettere di Carlo V a Clemente VII (Florencia, 1893). Bullaríum Pontif. Ed. Taurinense. BrauoGRAFÍA: CiARETTA, Corto V e Clemente VII (Turín, 1885). HELLWIG, Die polit. Beziehungen Klemens VII zu Karl V, 1526. Leipzig, 1889). EnsES, Die Politik Klemens VII bis zur Schlacht bei Pavia, en «Hist. Jahb.», 1885, p. 557 y s.; 1886, p. 553 y s. VAUGHAN, H., The Medici Papes: Leo X and Clemens VII (Londres, 1908). Sobre todo véanse: PASTOR, IX, p. 187 y s. JEDIN, o. e., p. 176 y s.

39. Véanse PASTOR, X, p. 284 y s., sobre todo JEDIN, p. 177 y s., y CRISTIANI, o. c., pag. 22 y s.

40. PASTOR, p. 278 y s. JEDIN, p. 147 y s.

41. Véase PASTOR, X, p. 287 y s.

42. Véanse sobre todo: PASTOR, vols. XI y s., y el vol. n de JEDIN, recién publicado.

 

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domingo, 18 de febrero de 2024

 

Cencerradas, cultura moral campesina y disciplinamiento social en la España del Antiguo Régimen (1)

Este artículo analiza cencerradas y rituales populares análogos, así como sus significaciones y vitalidad en sociedades rurales del Antiguo Régimen, con el objeto de participar en el debate historiográfico sobre las formas y concreciones del disciplinamiento social en los siglos de la Edad Moderna. Una perspectiva comparativa permite reconstruir prácticas populares de control moral en sociedades tradicionales, analizar su variedad y dinamismo en el tiempo y espacio, mostrando opciones de disciplinamiento ejercidas desde abajo–que articulaban culturas morales plebeyas-, así como la tensión entre los proyectos civilizatorios gubernativos y la cultura campesina en el Antiguo Régimen.

A lo largo de los siglos de la Edad Moderna las sociedades rurales experimentaron cambios que afectaron tanto a la definición de la paz pública en las relaciones sociales como a las formas consuetudinarias de definición de la moralidad y de control social de los comportamientos considerados desviados o intolerables. Este proceso también fue afectado por la penetración de valores que se gestaban en entornos urbanos externos a estas sociedades rurales. Éstos eran armónicos con las tendencias de la administración central para desarrollar instrumentos de imposición sobre los poderes que competían con el de los Estados en su proceso de construcción. Con frecuencia esta tensión entre la cultura campesina y las metas hegemonistas de la cultura oficial que fraguaban las instituciones y gobiernos ha sido interpretada como un proceso de imposición o aculturación que desde arriba se proyectaba sobre la cultura popular, entendida ésta de una forma global.

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Desde este punto de vista se han analizado historiográficamente prácticas arraigadas en las sociedades tradicionales que fueron modificándose o incluso extinguiéndose a lo largo del tiempo. Heinz Schilling (1999:30-32), por ejemplo, constató que en las comunidades de los pastores de Hemsbach, al norte de Heildelberg, se fueron desgastando lentamente a lo largo del siglo XVI prácticas tradicionales destinadas a propiciar arbitrajes de los conflictos cotidianos suscitados entre ellos. Para realizar las mediaciones se reconocían explícitamente ámbitos de autoridad específica a personas que eran señaladas para ello en las festividades de Pentecostés. El gremio de pastores agrupaba a varias docenas de miembros que designaban tradicionalmente, con ocasión de esta fiesta, un rey del pastoreo, encargado de custodiar el orden y mediar en los conflictos dentro de los pastores, así como de asumir la representación corporativa del gremio ante otras instancias e instituciones.

La penetración de lo que Schilling denominó una macro-estructura desde los ámbitos del Estado territorial en su proceso de construcción y de las instancias eclesiásticas, beligerantes especialmente desde la época de la ruptura de la unidad cristiana, supuso la convergencia de proyectos aculturantes que implicaron someter a crítica prácticas y costumbres como las descritas. La razón fundamental era que la vitalidad de éstas implicaba, en el nivel local y regional, la vigencia de ámbitos de autoridad alternativos a los desplegados por las Iglesias y los poderes civiles. El disciplinamiento social o sozialdisziplinierung, como fue caracterizado por la historiografía alemana, describiría, así, un proceso de construcción de autoridad política estatal que habría sido convergente en alguna medida, particularmente en la temprana Edad Moderna, con la progresiva imposición confesional. Ambos procesos, convergentes en buena medida, habrían ido modelando al hombre moderno, sentando las bases de la sociedad articulada en la forma que conocemos en nuestro tiempo.

Desde esta perspectiva historiográfica, las tendencias hegemonistas proyectadas desde arriba se habrían ido imponiendo históricamente sobre las discrepancias, disidencias, resistencias, costumbres y tradiciones retardatarias o asentadas en modelos alternativos alimentados por las culturas populares, ya urbanas o campesinas. El fatum del rey de los pastores de Hemsbach era la erosión y posterior extinción. A medida que el Estado se perfilaba más nítidamente y se hacía más presente en la vida cotidiana lograba mayores niveles de eficacia para sustituir institucionalmente las funciones que, previamente, habían sido desarrolladas desde este tipo de instancias plebeyas legitimadas por la costumbre y, de forma más genérica, por la cultura campesina.

De acuerdo con este paradigma explicativo, expresiones de la cultura moral campesina, como las que amparaban la determinación del rey de los pastores de Hemsbach se mantuvieron, desgastándose durante décadas, al tiempo que se convertían progresivamente en “testimonios reliquia”, anacronismos o vestigios culturales. Perdían vigencia al mismo ritmo con que la sociedad tradicional que los legitimaba se iba transformando, entre otras cosas, por efecto de la presión ejercida por los Estados para concentrar el control del ejercicio de las funciones de definición del orden público, el arbitraje y el ejercicio de la violencia considerada legítima para propiciar la convivencia.

Se dispone de excepcionales testimonios iconográficos que transmiten información sobre esta problemática. Con frecuencia, las representaciones visuales de los espacios urbanos producidas ya en el siglo XVI expresaban y enfatizaban evidentes contrastes entre, por un lado, espacios ciudadanos organizados, protegidos, gobernados y epicentros para la proyección de modelos de convivencia y, por otro lado, espacios abiertos, rurales presentados como ámbitos desorganizados y precisados de regulación y orden, es decir, de disciplina.

La Vista de Sevilla desde el Aljarafe del Civitates Orbis Terrarum (1598) ofrece un magnífico ejemplo de este referido contraste. La traza de la ciudad, amurallada, dominada por su minarete y organizada como una colmena de edificaciones alineadas ordenadamente, cede el protagonismo de los primeros planos a toda una suerte de escenas que, en contraste con la estampa urbana de los últimos planos, casi colocada en el horizonte, se ofrecen como un reto para el gobierno proyectado desde la ciudad, una frontera más allá de las murallas urbanas, para irradiar civilidad. Análogamente, en la misma colección, las estampas correspondientes a Granada, Barcelona o Bilbao muestran acusados contrastes entre espacios urbanos y rurales periurbanos que, colocados en los primeros planos, ofrecen un diálogo entre un espacio civilizado y el rústico, más difusamente ordenado y controlado. El mismo patrón puede también encontrarse en los paisajes urbanos galos de Blâmont y Orleans o en los de las neerlandesas Kampen o Maastricht, la lituana Vilna, la noruega Bergen o las polacas ciudades de Gdansk y Cracovia para el Civitates, que incorporaron escenas de género pastoril o describiendo faenas agrícolas o artesanales campesinas, así como fragmentarios episodios de sociabilidad rústica en las imágenes destacadas en los primeros planos, como antesala de la representación de las morfologías urbanas.

En el primer plano de la Vista de Sevilla desde el Aljarafe, la estampa introduce la escena a través de dos espectadoras que, colocando al observador casi en su misma perspectiva ante la escena y, así, sirviendo de puente entre la estampa y el espectador, contemplan todo un drama social que representa sintéticamente una galería de situaciones que podían ser cotidianas en entornos rurales: la actividad agropecuaria, el laboreo fluvial, el trasiego, los juegos, expresiones de creencias y supersticiones... y, en los primeros planos, el escarnio público de una mujer y un hombre que circulan sobre monturas en una procesión precaria custodiada por un prohombre asentado sobre un caballo blanco, imagen quizá del gobierno arreglado de la ciudad frente al plebeyo que se ofrece ante sus ojos. El paisaje urbano de Sevilla, convergencia de los caminos que articulan todas estas escenas rurales se ofrece como elemento dinamizador, de transformación y civilización o disciplinamiento de toda una suerte de comportamientos y creencias tradicionales, rústicas. En los primeros planos, sin embargo, la procesión que desarrolla un ceremonial punitivo sobre el hombre y la mujer escarnecidos públicamente muestra una práctica disciplinaria diferente a la de la buena policía que debía desplegarse desde la ciudad y, sin embargo, esta práctica estaba asentada en la costumbre y legitimada por ella.

Vista de Sevilla desde el Aljarafe. Civitates Orbis Terrarum. Braun y Hogenbert. 1598.

Rituales como las llamadas cencerradas, que constituyeron prácticas disciplinarias poco formalizadas y con raíces consuetudinariamente desarrolladas, son los que quedaron representados en la instructiva imagen procesional de la vista urbana de Sevilla para el Civitates Orbis Terrarum. A pesar de su heterogeneidad y polisemia, incluso de las múltiples formas con que fueron conocidos este tipo de rituales en la Europa del Antiguo Régimen, ofrecen una magnífica ocasión para evaluar el avance del proceso de sozialdisziplinierung. Este análisis permite caracterizar la compleja conversación que mantuvieron, en torno a una materia tan sensible como era el control de la moralidad pública en España, las sociedades rurales con los proyectos de aculturación y disciplinamiento que hacia ellas se irradiaban desde los entornos urbanos por mor de las invectivas e impulsos de la Iglesia de Roma y la Monarquía Hispánica.

Cencerradas, disciplina y control de la moralidad

Con distintos nombres fue conocida en la Europa Moderna una suerte poco homogénea de alborotos y algarabías que sometían los matrimonios grotescos al juicio de la risa, el escarnio público, estruendo y ruido. Casi siempre fueron estos estrépitos los que dotaron de una terminología específica a los episodios de control moral que implicaban por medio del sarcasmo y la bulla. La palabra española cencerrada o la italiana scampanatti tenían evidentes connotaciones de este género. Eran sonoras en sí mismas. Las uniones matrimoniales grotescas se convertían así en un fácil blanco de la denuncia y el sarcasmo proferido, sobre todo, por jóvenes de la vecindad contra infractores de una moral asistemática y definida socialmente.

Esta modalidad española de cencerrada se ajusta perfectamente al modelo del charivari francés descrito por Natalie Davis en sus geminales investigaciones sobre la materia (1993 y 1993a). No obstante, la cencerrada española, con sus variantes, se parece más a lo que Edward Thompson (1992) llamó rough music para, así, aglutinar un elenco mucho más amplio de alborotos disciplinarios que los que abarcaba el charivario el británico skimmington. Martim Ingram (1984), Laura Gowing (1993) y Bernard Capp (1999 y 2004), de forma más general, han explicado episodios en que la cultura moral británica de las clases populares se expresaba con nitidez en los siglos de la Edad Moderna, incluso desbordando y ampliando el marco ofrecido por los estudios de Thompson.

A pesar de todo, esta manifestación festiva de la cultura campesina no ofreció en la España de esta época una tipología tan amplia como su homóloga británica con la que la cencerrada compartía muchos rasgos, pues, ante todo, ambas eran “alborotos” festivos en los que el ruido tenía un protagonismo esencial para expresar denuncia, crítica y, al tiempo, rabia y prejuicios contra quienes protagonizaban conductas que rebasaban ciertos límites de una no sistemática, pero efectiva y dinámica, moral plebeya. Un tono similar adoptaban rituales conocidos prácticamente en toda Europa y aludidos, igualmente, con estruendosos nombres. Con términos como cacerolada era utilizado, además de cencerrada, en España, lo que era katzenmusik en Alemanía, ketelmusick en Holanda o scampannati en Italia. Eran ritos que asumían de la fiesta muchos de sus atributos, medios de expresión y simbolismos, para tratar de volver al redil a los sujetos que con sus comportamientos rebasaban los límites de la tolerancia de sus vecinos en materia moral, entendida ésta de una forma muy amplia. En este sentido, estos rituales tenían mucho de carnavalescos.

En las cencerradas no era una moral cristiana la que se preservaba por medio de estos rituales disciplinarios. Al menos, no estaba en el fondo de su lógica una moral fundamentalmente cristiana sino una consuetudinaria, impregnada, obviamente de cultura cristiana pero, también de prejuicios y valores populares que la otorgaban una mudable naturaleza, ductibilidad e, incluso, volubilidad. Esos mismos patrones explicaban formas diversas de control de lo que se consideraba tolerable en términos de convivencia cotidiana en las comunidades campesinas del mundo Moderno. Estos rituales estrepitosos, aunque extendidos por toda Europa, desde Portugal hasta Hungría y desde Italia hasta Inglaterra, y durante todo el Antiguo Régimen, no eran entre sí coincidentes exactamente, ni en sus formas de ejecución, ni en las víctimas a que afectaban, y, a veces, tampoco en sus significaciones más precisas.

Frecuentemente la cencerrada o charivari se dirigía contra ancianos varones que se casaban con muchachas jóvenes o matrimonios de viudas, según ha mostrado la historiografía desde Julio Caro Baroja (1980: 192-194 y 1980a) hasta Isabel Testón (1985) o Paloma Fernández Pérez (1997: 100), incluso en contextos finiseculares decimonónicos (Mantecón, 1997: 342-352. Muñoz López, 2001: 62-65. Gómez Bravo, 2005: 279-281 y Lucea Ayala, 2009: 87) y del siglo XX (Duque Alemañ, 2004: 184y Cassar, 2004: 41-44).Esta es la expresión de la cencerrada más enfatizada y reconocida por la investigación histórica y antropológica, conformando un arquetipo básico del fenómeno relativamente encorsetado, si bien es cierto que en parte algunas de las investigaciones recientes han subrayado otros factores y connotaciones en estas prácticas.

También podían sufrir el ruido y sarcasmo implícito en estas algarabías nocturnas toda otra suerte de contrayentes, fueran quienes fueran, en la noche de bodas, los esposados en segundas nupcias o en el caso de matrimonios en que uno de los casados fuera forastero. Igualmente, podían ser objeto de cencerrada aquellos matrimonios jóvenes que pasados unos años no hubieran tenido descendencia o aquellas uniones en que se sospechara y se subrayara que la mujer dominaba al varón y, más raramente, a la inversa, cuando el varón se excedía en el ejercicio de la autoridad dentro de la casa (Muchembled, 1994: 46. Mantecón, 1997: 342-345. Usunáriz, 2006: 243. Lorenzo Pinar, 2008: 168-169 y Ruiz Astiz, 2011: 128-133). Todas estas situaciones rebasaban umbrales de la tolerancia que definía la convivencia cotidiana y que era enormemente flexible y cambiante, pues se recomponía sobre valores matizadamente redefinidos cada vez que se ejercían estas acciones disciplinarias. Estos matices hacían de cada circunstancia concreta de ruptura de las tolerancias sociales un caso con connotaciones propias, pero que, del mismo modo, actuaba como precedente de cuantos se producirían posteriormente.

El supuesto de cencerradas para corregir o recriminar al varón que se excedía en el gobierno doméstico no era, sin embargo, muy frecuente. Natalie Davis (1993:105 y 1993ª:121) y Edward Thompson (1992: 567 y ss.), no obstante, analizaron algunos casos de este tipo para Dijon, Suiza e Inglaterra referidos a cronologías de fines del siglo XVI en el ejemplo suizo y ya en el siglo XVII e incluso en el XIX respectivamente los siguientes. Las reconvenciones de los vecinos para refrenar la violencia marital y otras extralimitaciones del varón dentro de la casa no fueron, sin embargo, infrecuentes en el mapa europeo durante los siglos de la Edad Moderna, tanto en entornos católicos como protestantes (Hufton, 1995: 284-298. Mantecón, 1998. ). Es cierto, no obstante, que hasta se producían alborotos y cencerradas en toda suerte de situaciones descritas e incluso en ocasiones en que los amantes no estuvieran casados, pero sus relaciones sexuales, tanto si eran estables como ocasionales, eran conocidas por todos y tenidas como escandalosas, por las razones que fueran.

En todo caso, a pesar de poderse determinar este tipo de motivaciones principales, cuando estallaba la cencerrada, ésta no necesariamente hacía emerger un solo motivo para desplegar la ruidosa disciplina que implicaba el golpeo de puertas y ventanas, el sonido de cencerros o el que provocaban objetos arrojados contra los vanos de la casa. Tampoco, necesariamente, el alboroto se contenía dentro de los límites que afectaban a aquellas personas que eran primer blanco de la crítica, sino que el bullicio desplegado por los atumultuados, por el contrario, podía extenderse contra todo vecino quisquilloso del entorno, incluso contra predicadores o clérigos locales de mala fama, terratenientes, recaudadores de tributos y forasteros. La situación objeto de denuncia podía incluso inspirar a los jóvenes para preparar sus burlas carnavalescas.

En entornos urbanos como Rouen o Turín, por ejemplo, parece ser que estas denuncias, durante los siglos de la temprana Edad Moderna, tuvieron una mejor expresión dentro del Carnaval y que, en este contexto, algunas asociaciones juveniles –como, respectivamente, la Abbaye des Conards y la Badia degli Solti- canalizaban este tipo de denuncias. Natalie Davis (1993 y 1993a) analizó información sobre las abadías o cofradías de mal gobierno galas y los llamados tribunales de malos consejos. Al igual que Peter Burke (1978, 283-284), la historiadora norteamericana subraya las conexiones entre prácticas como las descritas, ocasionalmente vertebradas por asociaciones informales de jóvenes, con los rasgos de la cultura cómica carnavalesca. La reforma de la cultura popular emprendida por las elites de la Europa Moderna, descrita en su momento por Peter Burke (1978) e iniciada en algún momento –diverso según el entorno- en la bisagra entre los siglos XVII y XVIII, erosionó decisivamente estas prácticas, como se ha comprobado en el caso británico (Ingram, 1984: 79-113).

En la Cataluña española existieron asociaciones gemelas a las abadías del mal gobierno francesas e italianas, conocidas ya desde la Baja Edad Media. Continuaron desarrollando sus burlescas actividades disciplinarias en la Edad Moderna, aún en los siglos XVII y XVIII. A veces lo hicieron de forma que transpiraban prejuicios latentes en la sociedad, aunque sin dejar muy profunda huella documental (Puigvert i Solà, 2001: 182-183). Sin embargo, no era imprescindible la existencia de este tipo de sociedades juveniles para que la cencerrada estallara y, cuando esto ocurría, para que se extendiera como una espontánea fiesta ruidosa por los vecindarios urbanos y rurales, prácticas que llegaron a perdurar más allá del fin del Antiguo Régimen. Algunos ejemplos conocidos en la España septentrional vienen a demostrarlo aún en los siglos XIX y XX.

Una vez que afloraba un alboroto de este tipo, los desenlaces de la algarabía eran imprevisibles. A veces, en medio del bullicio podían llegar a representarse simbólicas ejecuciones en efigie de los sujetos escarnecidos, o bien de los difuntos esposos de aquellas viudas que se habían casado de nuevo después del fallecimiento de su marido. El ruido, la música tosca, el sarcasmo y, en general, la cultura cómica que se expresaba en la cencerrada, trataba de volver del revés, es decir, a lo considerado moralmente normal, o al menos tolerable, aquellas situaciones que eran entendidas como antinaturales u opuestas a la moral popular, incluso contraculturales respecto de los valores acuñados por la cultura campesina para articular la convivencia cotidiana.

Gustav Henningsen (1983: 24-35), en los testimonios de la acusación de brujería de las persecuciones en la alta Navarra a principios del siglo XVII, ha observado algunos de estos comportamientos en que el ruido era protagonista de la disciplina contra sujetos señalados o quisquillosos ejercida por segmentos de la comunidad campesina, grupos de jóvenes, y amparada por la costumbre. Saltar en el tejado, golpear el techo y paredes de las casa eran episodios que podrían corresponder a prácticas de cencerradas. En el contexto de la histeria colectiva de la caza de brujas, sin embargo, llegaron a ser interpretados como como acciones atribuidas a supuestos brujos para mortificar a los destinatarios de su ira.

Del mismo modo, iniciada la represión de los brujos y brujas en la región de Zugarramurdi, el trato dispensado a los supuestos brujos por sus propios vecinos también tenía mucho del sarcasmo y, a veces, incluso de la crueldad represiva de la cencerrada. Henningsen (1983:188-203) ofrece testimonios que permiten esta lectura en el contexto de la Navarra que asistió al proceso contra los acusados de brujería en las sociedades rurales de Zugarramurdi y Urdax. La conexión entre la cencerrada y acusaciones de brujería fue conocida también en otros contextos y entornos de la Europa del siglo XVII. Ya Natalie Davis (1981: 123) recogió y analizó algunos testimonios en la Suiza de ese periodo. Era el carácter asistemático y hasta cierto punto subversivo de la modalidad de orden que definían las instituciones los factores que favorecían esta asociación entre los dos planos.

Atendiendo a las características que han podido serle atribuidas, la cencerrada asumía muchos de los genéricos rasgos atribuidos por Bajtín (1974) a la risa popular, como la asociación entre denuncia y sarcasmo, pero para regenerar el orden tal como la comunidad y la costumbre lo contemplaban y corregir al sujeto que lo alteraba. Según esto, tanto la risa popular en general, como la cencerrada, en particular, que expresaba rasgos carnavalescos, tenían una finalidad instructiva o mejor aún se podría decir disciplinaria, en tanto que se combinaba la corrección o castigo para lograr la enmienda o acomodación de la conducta a patrones asentados en el entorno social de referencia.

Estas connotaciones de la noción de disciplina eran ya dispensadas por el etimológico Diccionario de Autoridades. Mucho después de la edición de este rico documento, Max Weber, igualmente,i nsistió sobre esas connotaciones inherentes a la idea de disciplina. Entre los primeros significados dispensados por el diccionario etimológico español en 1732 se encontraba el de “gobierno e instrucción de alguna persona, especialmente en lo moral, artes liberales y ciencias” y “vida reglada según las leyes de cada profesión e instituto y observancia” (Diccionario de Autoridades, 1732: 295). En las ediciones de 1791, 1817 y posteriores añadía “regla, orden y método en el modo de vivir”, hasta la edición de 1925. En esta última y en las que siguieron hasta la de 1992, se sustituyeron esas expresiones por las de “observancia de las leyes y ordenamientos de una profesión o instituto”. Lo cierto es, pues, que la significación etimológica del término aludía al gobierno e instrucción moral.

El sociólogo germánico (Weber, 1979: 43) justo enfatizaba ya a principios del siglo XX, en su influyente obra editada de forma póstuma Economía y sociedad, publicada entre 1921 y 1922, una concepción de la disciplina (disziplin), por lo tanto, armónica con la que se ofrecía etimológicamente en lengua castellana, la aceptada en la España del siglo XVIII, es decir, como una actitud para acomodar la conducta propia a los valores de referencia del entorno. En los contextos de las culturas morales campesinas del Siglo de las Luces, las cencerradas asumían una lógica disciplinaria muy coherente con la semántica enunciada. Suponían la aplicación de formas asistemáticas de disciplina para señalar un exceso moral que se percibía como corregible por medio de estrépito y sarcasmo público.

El disciplinamiento social con cencerros y cacerolas

En la región septentrional española de Cantabria durante el Antiguo Régimen, las cencerradas, también llamadas “algaradas”, “caceroladas” o “purrabanas” eran sobre todo “ruido”, “alboroto, hablando con voces mudadas y palabras malsonantes”, golpeando puertas, ventanas y tejados. Tenían lugar, como se ha indicado ya, cuando se producían matrimonios de viudas, o entre una muchacha del lugar y un mozo forastero, entre personas con acusada diferencia de edad. Frecuentemente, también fueron una tumultuosa y ruidosa respuesta a uniones extramatrimoniales que se prolongaban durante años cuando, aunque los dos amantes fueran solteros –que no siempre era el caso-, si, además, la relación añadía algún componente especial como, aparte del origen foráneo de alguno de ellos, la desigual condición social o el hecho de que alguno de los amantes fuera considerado mal vecino, “poco fiel” o “usurpador” (Mantecón, 1997: 342-352).

Natalie Davies (1993a: 115) observó, igualmente, un componente económico –la desigualdad de recursos- y otro psicológico –la envidia- como factores de alguna de las cencerradas que estudió referidas a la Suiza del siglo XVII. En Cantabria, donde también intervinieron esos factores, si la unión extramatrimonial era de un hombre con una mujer casada, la cencerrada trataba de corregir la situación y denunciar tanto a los amantes como a los consentidores. La crítica en este caso, se prolongaba, a través de los chismorreos, en los días siguientes a la cacerolada, reforzándose las pretensiones correctivas de ésta. La cencerrada implicaba el señalamiento de un exceso moral y ponía el asunto en la “publica voz y fama”, de modo que la murmuración y las reconvenciones de los vecinos, proclamadas directamente, a los amantes, servían para hacer patente que debía prolongarse la relación en los términos en que estaba. Si los amantes perseveraban en su actitud, la cencerrada se intensificaba y la significación del “ruido” se hacía más clara y contundente.

Insultos y canciones, anónima y colectivamente interpretadas por la noche, a la puerta de la casa en que se reunían los amantes, iban preparando el camino a acciones aún más directas, protagonizadas por los asistentes en el alboroto. Entre éstas se contaban acciones como clavar sartas de cuernos en las puertas de las casas de las esposas adúlteras o subastar en la taberna o en las calles más concurridas unas enaguas que se suponían pertenecientes a la mujer que engañaba a su esposo. Edward Thompson (1992: 524) analizó algunos testimonios de este tipo para la Inglaterra preindustrial. Los grabados de William Hogarth ofrecen una insuperable concreción gráfica de algunos de estos rituales según eran practicados en la Inglaterra del temprano siglo XVIII. Particularmente expresiva es una de las estampas de la serie del caballero errante Hubidras que representa a este Quijote descrito en el satírico poema narrativo de Samuel Butler publicado en tres partes entre 1663 y 1678 y cuyas aventuras fueron ilustradas por Hogarth en 1726. El pintor británico se hizo eco de la expresión de este tipo de prácticas disciplinarias populares cargadas de simbolismo. En una de las estampas de la serie, Hogarth representó el encuentro del protagonista de la pieza literaria con un skimmington.

Hubidras encounters the skimmington(grabado original de William Hogarth, 1726).

En este grabado, Hudibras, tocado con sombrero negro de ala ancha, observaba el escarnio callejero a dos esposos que cabalgaban juntos, vueltos del revés sobre su montura, con los símbolos del motivo de la reprensión de que eran objeto y que protagonizaba la comunidad: el marido aparece gobernado y golpeado por su esposa, que se representa amenazante, blandiendo una sartén sostenida en sus manos. La autoridad del paterfamilias en el espacio doméstico quedaba truncada alegóricamente así, enunciando las razones que asistían al escarnio público. Toda la escena destila ruido, desde la pareja que aparece en el primer plano soplando un cuerno y haciendo sonar toscos instrumentos musicales, o los muchachos que se disponen a arrojar un gato contra la pareja, hasta los personajes en planos posteriores de la escena. Sartenes y cacerolas cobraban entonces gran protagonismo como objetos con los que provocar ruido y punir a los escarnecidos esposos.

Aunque para consumarse escenas de esta naturaleza o con similares connotaciones y significaciones no se llegase a alcanzar un grado de formalización del “juicio del cornudo” tan elaborado como en Staffordshire o Surrey, cuyas tabernas conocían en los siglos XVII y XVIII la constitución de una especie de tribunales que juzgaban lo ocurrido y disponían sobre la conveniencia del escarnio público (Thompson, 1992: 544), lo cierto es que sucesos como los descritos, que muchas veces denunciaban el adulterio de la esposa u otras traiciones al orden doméstico, no fueron infrecuentes en las comunidades rurales de la España septentrional, una amplia región donde la emigración temporal masculina hacia el interior de Castilla o a tierras andaluzas tuvo un importante peso durante toda la Edad Moderna, otorgando amplias franjas de libertad a las esposas “solas” (Mantecón, 2007: 105-140). En estos entornos, cuando se conocían las infidelidades de la esposa en ausencia de su marido, las murmuraciones, consejos y represivos comentarios de los vecinos preludiaban acciones más contundentes del tipo de las señaladas.

Todas estas prácticas tenían mucho de festivo en su desarrollo, aunque podían llegar a desencadenar una fortísima presión e incluso violencia físicamente sufrida por los amantes. Abierta la espita de la disciplina y la violencia simbólica, los alcances y repercusiones últimos eran impredecibles, como también las reacciones de los sujetos escarnecidos. La tensión se podía prolongar cotidianamente durante años, aflorando eventualmente bajo la forma de nuevos “alborotos” y cencerradas, incluso de insultos, amenazas y violencia física. De ello sabían los amantes en situaciones que podían provocar la intervención de la cencerrada, sobre todo, cuando se trataba de relaciones extramatrimoniales prolongadas y éstas tendían a hacerse permanentes. En estos casos, lo que se dirimía era la forma en que esa pareja podría ser tolerada, caso de aceptarse la situación y de poder normalizarse ésta así como su convivencia dentro del vecindario.

A veces, para evitar las algaradas o cencerradas, así como el descrédito y mala aceptación por la comunidad vecinal, las propias mancebas reconocían sus faltas públicamente, incluso en la iglesia e interrumpiendo la celebración de los oficios para reconocer públicamente sus faltas y mostrar del mismo modo su enmienda. Utilizando los términos de la época, estas mujeres se “espontaneaban”. En estos casos, quienes recurrían a estos procedimientos pretextaban su comportamiento por razón de haber sido “aconsejadas del demonio” y achacaban todo a las flaquezas y fragilidades humanas, a las que se añadían las que se consideraban propias de su femenina condición. A veces, en estas circunstancias, llegaban a señalar e identificar también a sus supuestos o reales amantes, confiando en lograr así indulgencia de sus vecinos hacia su relación. En la región española de Cantabria así lo hicieron una joven del valle de Cayón en 1746 y otra del de Alfoz de Lloredo en 1765. Estas dos mujeres se levantaron de sus escaños en la iglesia durante los oficios religiosos y argumentaron de este modo en público, pretendiendo que sus convecinos comprendieran y aceptaran la situación (2).

No era infrecuente que, en los casos de adulterio de la esposa, se llegara a desplazar la violencia y el escarnio popular sobre el marido cornudo, bien porque éste se empeñara en defender la honra de su esposa o bien por ser tenido por consentidor de la supuesta o real relación ilícita y adúltera de su consorte. Para el marido consentidor o cornudo cuando la presión ambiental creada por la murmuración no bastaba, generalmente, el escarnio público podía llegar a ser suficiente. A veces, no obstante, el final pasaba por agresiones verbales y físicas que podían desencadenar rencillas y venganzas personales que afloraban tiempo después y perturbaban las relaciones dentro de la comunidad campesina. Para la mujer todo podía tener un desenlace aún peor pues, cuando la relación se convertía en tan pública como intolerable el riesgo, además de los mencionados era la marginación y destierro, ya que podía llegar a disponerse judicialmente el rapado de su cabeza y el abandono forzoso de la vecindad (Mantecón, 1997: 250).

Obviamente, por todas estas razones, conociéndose los riesgos implícitos a una relación cuestionada o etiquetada como desviada dentro del entorno social en que uno vivía, cuando el rumor anunciaba toda una cascada de reconvenciones que podía acabar en cencerrada o en alguna suerte de “juicio del cornudo”, los amantes, y cuando se trataba de adulterio de la esposa, particularmente, el marido engañado o consentidor de los amoríos de su mujer, trataban de evitar a toda costa que llegaran a producirse las algaradas ruidosas, preludio, quizá, del rapado de cabeza y cejas, además del destierro de la manceba, así como de condenas penales para el amante y, probablemente, también para el esposo.

Mofas de todo tipo, silbidos, subastas de enaguas en las tabernas, estruendo de caceroladas o por arrojar piedras a los vanos y techos de las casas, o hacer sonar ollas y cencerros y entonar canciones y coplas espetadas ante la casa de los amantes por la noche o canturreadas al paso de alguno de estos protagonistas del escándalo, o ante la presencia de sus parientes, servían para poner alguna “tacha” al sujeto dentro de sus vecindades y entornos de sociabilidad. No sólo él o ella, sino también sus parentelas acusaban el golpe recibido por el sarcasmo disciplinario que implicaba la cencerrada, que era entendido como un daño tanto contra la honra personal como contra el honor familiar. Eso hacía que los maridos ofendidos y, siendo ellos remisos, los parientes de sus esposas tomaran cartas en el asunto y asumieran la defensa de ese patrimonio inmaterial de la familia que era el honor, cuya participación individual era la honra (Mantecón, 1999: 203-223 y 2011-2012: 435-458). De este modo, el honor no era patrimonio de un estamento o una categoría social, sino que empapaba todo el tejido social permitiendo articular las relaciones de los sujetos en sociedad, así como evaluar los grados de estima con que cada uno, su casa, familia y parentela contaba dentro del conjunto social englobante.

Algo similar se ha constatado en las sociedades de la América española durante los siglos de la Edad Moderna. Al igual que en la España peninsular, la cultura del honor, en Indias, recorría diferentes estratos sociales, adaptándose a las formas de vida y sociabilidad que desarrollaban y dinamizaban las gentes. Era, por lo tanto, un elemento vertebrador de la sociedad. Incluso recorría categorías asociadas a construcciones culturales de la etnicidad y las castas, ya fueran supuestas o reales (Undurraga, 2013). La cencerrada se alimentaba de las culturas del honor, adaptándose a sus principios y ajustándose a la moral participada en el entorno social en que se producía. Suponía “malfamar” a los escarnecidos y eso implicaba una deshonra que damnificaba al honor familiar, pero, al mismo tiempo, en cada ocasión en que intervenía, se fijaban los límites de la tolerancia ante situaciones que se consideraban socialmente como excesos o conductas entre la frontera de la tolerancia moral comunitaria, el señalamiento de la desviación social y el etiquetamiento de los protagonistas del “exceso” como perturbadores del orden, armonía y paz pública.

Las situaciones que combinaban los elementos ya descritos podían complicarse mucho, tanto en sus concreciones como en los efectos, incluso asumir connotaciones que iban más allá de la propia materia de crítica social hacia la concreta conducta sexual. Algunos ejemplos concretos permiten comprobarlo. A principios del siglo XVIII una taberna en el cántabro valle de Cayón y lugar de La Abadilla, en la España septentrional, fue el escenario seleccionado por un grupo de bebedores para subastar públicamente las enaguas de la esposa del procurador concejil cesante. Fue el sucesor en este oficio de administrador de las finanzas locales el que se encargó de llevar y subastar las enaguas de la esposa de su predecesor en el oficio. Con los dineros obtenidos, invitó luego a beber a cuantos se encontraban en el establecimiento, celebrando el episodio y reforzando el contenido social, ácido y sarcástico, de la reprensión burlesca (3).

En este caso, a través del escarnio de la honra de la propietaria de las enaguas, también se denigraba al marido, supuestamente cornudo, contra quien también se acumulaba, según el juicio de sus vecinos, el mal servicio que había prestado al oficio que detentara cuando fue procurador o administrador del concejo. En este caso, el ofendido marido llevó el asunto al juez de primera instancia del partido, que resolvió el asunto como un caso de injurias verbales, y recompuso la paz vecinal arbitrando las oportunas indemnizaciones para el escarnecido y su esposa .A pesar de ello, el señalamiento de la supuesta desviación social, de los protagonistas y, al tiempo, de los “excesivos” procedimientos del antiguo procurador concejil habían sido puestos de relieve en público por medio de símbolos rituales propios de la cencerrada. En otros ejemplos de esta naturaleza, no era suficiente la defensa de honra y honor protagonizada por el cabeza de familia. Celos, antiguos amoríos y despechos podían, a veces, dar lugar a burlas que afloraban en cualquier circunstancia y podían llegar a contundentes e imprevisibles respuestas por parte de las víctimas del escarnio. Lo ocurrido a un muchacho montañés en 1659, no muy lejos del lugar en que se vivió el episodio anteriormente descrito, da buena idea sobre hasta dónde podían llegar las consecuencias de la burla y la cencerrada.

Ese año de 1659 el regidor decano del valle de Carriedo, Don Juan Montero, acompañado de “dependientes” y aparceros de su casa armados, hundió su espada en un costado de un muchacho que murió al poco tiempo. El joven, previamente, había identificado a Don Juan como uno de los que una noche de febrero de ese año “hicieron mofa, silbando” a una muchacha del lugar cuando ella regresaba con el cortejo de su boda. La delación de los nombres de los protagonistas de la cencerrada tuvo como consecuencia que el muchacho fuera tenido por “soplón”. El resultado para él fue funesto. A Don Juan Montero, que era pariente de la novia escarnecida y que había participado en la cencerrada, no le quedaba más opción que limpiar el daño causado a la muchacha por el alboroto y, de paso, dar una lección al delator.

La disciplina que ejerció Montero fue más allá de esos límites que toleraba no sólo la sociedad campesina, sino también la justicia. Su estocada acabó con la vida del joven considerado “soplón”(4). Este episodio, aparte de todas las cuestiones indicadas, también permite comprobar otro rasgo de la cencerrada. Participar en un alboroto de este tipo implicaba, igualmente, admitir el código no escrito de fidelidad de los participantes a la lógica propia de la algarabía, aquella que era atribuida por la sociedad rural y formaba parte de la cultura campesina. El ejemplo de este muchacho de mediados del siglo XVII era, no obstante, extremo, puesto que la “infidelidad” con los demás participantes en la cencerrada sólo muy excepcionalmente tuvo tan trágico desenlace como el que se conoció en este caso.

Toda ocasión era buena para que se desencadenara una cencerrada, puesto que, además de todas las connotaciones anteriormente señaladas, también tenía un componente de simple diversión festiva para los participantes. En realidad, cualquier boda ofrecía una oportunidad para que se expresaran burlas y bullicios de esta suerte, aunque, por lo general, no tan “ruidosas” ni tan perseverantes como en los casos de “tratos ilícitos” y circunstancias como las descritas. Las “algaradas” que se hacían la noche de bodas a los recién casados venían a simbolizar una reparación, una compensación simbólica, para todos los mozos del lugar. El novio, aceptando la cencerrada, indemnizaba a los demás mozos por haberles hurtado una muchacha con la que cualquiera de ellos podía haberse casado. A pesar del componente de género, ordinariamente relacionado con la masculinidad, en algunos casos, la participación de jóvenes de ambos sexos en las cencerradas permite interpretar que la supuesta indemnización simbólica que suponían no sólo era hacia los varones sino, en conjunto, hacia los jóvenes solteros de ambos sexos que, desde ese nuevo enlace, contarían con más limitadas opciones para escoger cónyuge.

De este modo, no era extraño, sino bastante común, que la noche de bodas grupos de jóvenes hicieran sonar campanas y cencerros cerca de la casa donde se alojaban a los novios. Cacerolas, piedras y otros variados objetos se estrellaban entonces contra las puertas, ventanas, muros y tejado de la casa, tal como “siempre lo ha[bía] visto hacer en su pueblo” un muchacho montañés del concejo cántabro de Novales todavía en 1806(5). Todavía a mediados del siglo XX, en algunos lugares próximos a las montañas de los Picos de Europa, en la Cornisa Cantábrica española, el mozo forastero que se casara con una muchacha del lugar, alguno de los días antes de que se celebrara la boda, para evitar complicaciones con los jóvenes del lugar pagaba una ronda de vino a todos los mozos locales, eludiendo así, entre otras cosas, la cencerrada y otros posibles ulteriores males mayores o, simplemente, una entrada con mal pie en la comunidad.

Estos convites, que tenían una función remunerativa, eran, por esa razón, llamados “los derechos”, y se mantuvieron en la estas regiones rurales de España hasta bien entrado el siglo XX (López Linage, 1978, 255-266). Ritos retributivos equivalentes se conocieron también en la Francia del siglo XVI (Davis, 1993, 95) y la Inglaterra del XVIII (Thompson, 1992, 551). Curiosamente, en el Pirineo francés, en el siglo XIII, como explicó Le Roy Ladurie (1981, 284), la cencerrada podía ocurrir por lo contrario y, así, el matrimonio de una mujer viuda con un muchacho soltero podía interpretarse, metafóricamente, casi como el rapto de un varón por una viuda. Cualesquiera que fueran los factores que explicaban que se hiciera cencerrada implicaban que ésta asumiera una cierta significación remunerativa. El escarnio que significaban estos alborotos suponía la indemnización por una afección a la juventud, la moral consuetudinariamente construida o el orden que regía la vida de cada día. De este modo, la “matraca” o “algarada” se convertía en un instrumento disciplinario activado dentro del seno de las comunidades campesinas, variado en sus formas, heterogéneo en sus concreciones y dinámico en su naturaleza y proyección a lo largo de los siglos de la Edad Moderna.

Alborotos contra clérigos “aseglarados”

Especialmente estrepitosas eran las “algaradas” causadas por circunstancias notoriamente escandalosas y, sobre todo, en situaciones que no tuvieran visos de modificarse a corto plazo. Esto ocurría, a veces, en casos en que se veían mezclados clérigos que vivían “aseglarados”. No era la pauta general pero tampoco era extraño que se dieran uniones más o menos estables entre clérigos y mujeres de la vecindad, puesto que, según reflejaba la Visita Pastoral realizada por el arzobispo de Burgos en su diócesis en 1708, algo menos de un tercio de los clérigos que servían en las parroquias de Cantabria vivían amancebados con muchachas de su propia feligresía, manteniendo, en muchos casos, uniones más o menos estables(6). A veces estos sujetos llegaron a contar con una progenie considerable, sin que esto, obviamente, pasara inadvertido a sus vecinos y parroquianos, si bien eso no siempre constituía motivo de escándalo. Para que éste se expresara debían concurrir, generalmente, además, otras circunstancias, puesto que estas proporciones de clérigos parroquiales amancebados no eran fuera de lo ordinario en la España del Siglo de las Luces, tanto si se pone la atención en las sociedades rurales como si se detiene en los entornos urbanos.

María Luisa Candau Chacón (1994: 383-391 y 441) ha encontrado alrededor del 40% de clérigos que tuvieron opiniones negativas emitidas por los visitadores del distrito sevillano en el siglo XVIII, aunque los “lascivos” y “viciosos” fueron pocos en esos mismos registros andaluces; claro es que para ser tenido por “vicioso” en la diócesis sevillana debían darse muchas condiciones: abandono de sus obligaciones clericales, “perdido” por el vino, “enviciado en el vino y las mujeres”, “de estragada vida”, “sin enmienda”... es decir, ser mucho más que lo que significaba ser un simple clérigo amancebado. Los “incontinentes”, categoría más próxima a la del amancebado debieron rondar el 20 % del total en la diócesis hispalense durante el siglo XVIII, una proporción ligeramente menor a la que ofrecían los clérigos de las parroquias rurales en Cantabria entre fines del siglo XVII y las primeras décadas del XVIII (Mantecón, 1997: 111-119), pero, en todo caso, no demasiado discordante y, por lo tanto, otorga cierta, aunque matizada, homogeneidad al fenómeno, tanto en escenarios urbanos como rurales y en los territorios septentrionales y meridionales de la Península Ibérica.

En Cantabria, la mencionada región rural del norte de España, aunque ejemplos como el de aquel párroco de Ruiloba que en 1789 “havía estado jugando a los naipes a desora en la venta que llaman de La Vega”, que, también, “havía desamparado el pueblo por averse ydo a acompañar o cortejar a madamas” y, además, “en lugar de meter paz, ponía en mal a los vecinos”, no fueran los más frecuentes(7), lo que no cabe duda alguna es que tampoco dejaban buena impresión en sus feligreses. Eran situaciones y comportamientos que ponían a los protagonistas de estos excesos en el centro del ojo del huracán de las críticas dentro del entorno social en que desarrollaban sus vidas. La situación era aún peor y, por lo tanto, la crítica de sus vecinos más aguda, cuando a esas prácticas se añadían otras que asociaban la imagen del párroco a la de un “poderoso” local que “usurpaba” usos y derechos comunitarios o damnificaba de muy diverso modo a sus vecinos y a la comunidad que todos componían.

Este señalado arquetipo quedaba perfectamente ejemplificado a partir de comportamientos como los protagonizados por el licenciado Juan de Güemes. En los años 1655 y 1656este arrojado cura se apropió de tierras que eran de uso comunitario y se aprovechó por esta vía la tala de más de 1.500 árboles en su parroquia del valle de Cayón, en el interior de la Cantabria rural. Respondía este párroco, conocido bebedor y “pendenciero”, a la imagen de un mal vecino. Era un “usurpador”, tal como lo etiquetaban sus vecinos, responsable de daños en las haciendas de éstos y en los derechos de todos ellos, así como protagonista de “excesos” e “incontinencias” sexuales con muchachas de su entorno. Una de ellas, que estaba emparentada con él, incluso llegó a abortar, sin que, siquiera sensibilizado por esta razón tan extrema o por la presión del entorno social, el párroco abandonara luego el concubinato con la joven (8).

Aunque clérigos como Güemes no eran, obviamente, la gran mayoría de los que servían en las parroquias de esta región española, lo cierto es que en el siglo XVIII la mayoría de ellos vivían, de alguna manera, “aseglarados” y algunos, como el licenciado Güemes se excedían en sus comportamientos parapetándose en su fuero eclesiástico, incluso llegaban a intervenir como correa de transmisión de las voluntades e intereses particulares de potentados locales o comarcanos dentro de cuyas facciones y clientelas podían llegar a integrarse. Más extraordinarias que los comportamientos descritos eran acciones reactivas tan expeditivas como las que supuestamente adoptaron, quien sabe por qué razones, en 1704 los vecinos del lugar de Vejorís, en un valle próximo a aquel en que había vivido el licenciado Güemes. De ellos se sospechó que habían despeñado y arrojado al río a su párroco, que falleció por entonces (Mantecón, 1997: 116). Antes de llegarse a tan extremas circunstancias, más de ordinario, el “alboroto”, con tintes de “cencerrada”, fue una opción disciplinaria a la que recurrieron los feligreses con relativa frecuencia en la época Moderna.

Fue en la ya mencionada parroquia de Ruiloba, en la Cantabria rural, unas décadas más tarde de las denuncias contra aquel párroco ya referido que fue notado por sus feligreses por su afición a “desamparar el pueblo” para “cortejar madamas”, donde, en 1842, fue designado como párroco otro clérigo que desató una capacidad disciplinaria muy creativa por parte de sus feligreses. Éstos desplegaron un amplio repertorio de coplas y canciones con contenidos obscenos sobre presuntos amoríos entre el cura Don José y su beata criada doméstica. Algunas, se amparaban en el anonimato, pero eran cantadas cada día por las calles y alimentaban la información de pasquines que se colocaban en lugares públicos durante las jornadas que siguieron a la toma de posesión del clérigo en su encargo parroquial. Mostraban un estilo directo e inequívoco sobre las razones y orientación de la mordaz crítica social hacia sus comportamientos pasados y presentes, a través de testimonios del siguiente cariz:

“La beata y el señor cura
comían juntitos arroz.
La beata se quemaba
Y el cura se lo soplaba.
[¡]Cielos[!] [¡]Qué lance tan atroz[!]

O como esta otra, que se formulaba como una advertencia para el conjunto de la feligresía, aunque, más que el peligro para la estabilidad conyugal de los feligreses por efecto de las supuestas dotes de seducción del clérigo, lo que se cuestionaba, en realidad, era la moralidad del párroco y, al tiempo, se denigraba su autoridad para el encargo y funciones que se suponía debía ejercer después de su nombramiento y oficio religioso al frente de la parroquia de Ruiloba:

“[¡]Qué estómago tan valiente
tiene este macho cabrío,
que con calor y con frío,
todo hace su diente.

Alerta, pues, Ruilobanos,

que el que canta misereres
acecha a vuestras mujeres,
y sus tiros no son vanos.

Alerta, pues, Ruilobanos”(9)

Para explicar estas reacciones de la comunidad campesina hacia el nombramiento de este nuevo párroco para el lugar hay que considerar todo un cuadro de factores. Eso permite explicar estas reacciones de la feligresía para escarnio de su párroco. No sólo se estaba cuestionando la integridad moral del clérigo, ni siquiera de la secuencia de curas amancebados que había servido en la parroquia ininterrumpidamente desde 1817, si es que no era, como parece, según los antecedentes que aquí se han estudiado, desde mucho antes. Don José, el nuevo párroco designado en 1842 para Ruiloba, había además participado en las últimas contiendas bélicas conocidas en la región como sargento de las tropas realistas que resistieron la conflictividad política generada por la oposición carlista al régimen isabelino. Esto también confería un ingrediente político a la animadversión que manifestaron contra su párroco los vecinos de esta localidad rural de Cantabria, afectados por los movimientos de tropas en fechas muy recientes a los hechos narrados. De esta manera, los feligreses expresaron su protesta al nombramiento del nuevo párroco de muy diversas formas por medio de la acción anónima y colectiva, en modos que hundían sus raíces en la cultura moral plebeya que orquestaba, de análogo modo a estas algaradas, las cencerradas.

A la mayor parte de estos clérigos rurales el amancebamiento, que era notorio para todos sus feligreses, no provocaba una conmoción especial o tan particularmente intensa dentro de las comunidades vecinales rurales como las que se mostraron en los casos analizados, pues esos comportamientos no diferían mucho de otros que protagonizaban algunos potentados locales y campesinos del entorno manteniendo uniones extramatrimoniales, más o menos estables o no, sin demasiados problemas. Con los potentados locales los párrocos compartían, además, el vino en las tabernas, los negocios y, en más de una ocasión, también las diversiones (Mantecón, 1997: 111-119).

Es, igualmente, cierto, sin embargo, que otras muchas veces, las más, de forma ordinaria y cotidiana, la posición de los curas rurales colocaba a estos clérigos en un plano de autoridad espiritual y social, incluso moral, que facilitaba su intervención en arbitrajes para resolver conflictos que se producían fruto de la convivencia cotidiana. Esta faceta se ha constatado a ambos lados del Atlántico en las sociedades ibéricas del Antiguo Régimen (Mantecón, 1996: 149-156 y Barral, 2009: 65-88), incluso en ámbitos protestantes. Este tipo de intervenciones contenía ciertos riesgos cuando la mediación, arbitraje o el propio carisma del clérigo y su locuacidad desde el altar activaban formas de conciencia campesina para combatir los excesos o intereses de potentados locales (Sabean, 1996: 144-173).

Aunque en la mayor parte de los casos el “aseglaramiento” de los clérigos rurales no escandalizaba a sus vecinos más allá de cuanto pudieran suponer, y no siempre, burlas o comentarios deslizados en conversaciones intrascendentes, entre los feligreses y los clérigos amancebados, algunos, temiendo la negativa afección hacia su autoridad moral en su comunidad, trataban de ocultar sus amoríos y relaciones. Hubo quienes llegaron a sobornar a sus amantes para evitar que, en el caso de que ellas fueran llevadas ante los estrados de la justicia, manifestaran al juez los nombres y condición de sus amantes.

Los trabajadores forasteros que estacionalmente desarrollaban actividades laborales como temporeros en los pueblos de la región se convertían, en estos casos, en un argumento eficaz para que las muchachas estupradas pretextaran haber sido violadas por ellos: un leñador o carbonero desconocido, arrieros, ferrones, soldados... transeúntes... fueron aludidos como agentes protagonistas de “excesos” sexuales en aquellos entornos en que era habitual, pero también temporal o estacional, su presencia y, por lo tanto, mayor la dificultad para su identificación. No siempre, sin embargo, estas excusas, proferidas frecuentemente por muchachas solteras o mujeres viudas que evidenciaban signos de embarazo extramatrimonial, resultaron eficaces. A veces, llegaba a descubrirse la identidad del verdadero autor del estupro y embarazo, casi siempre más cercano y presente en la vida cotidiana de la comunidad campesina.

La confesión ante la justicia de una joven viuda de la Junta cántabra de Parayas en 1741 llamada Juliana Ortiz ofrece información sobre este particular. Embarazada de seis meses, cuando fue detenida por la justicia local para averiguar las circunstancias y responsabilidades en este embarazo, pretextó haber sido la consecuencia de una violación sufrida por el asalto de un leñador vizcaíno que temporalmente trabajaba en los montes del valle, pero, a pesar de señalar al sujeto, no profirió su nombre, identidad o procedencia concreta. Posteriormente se comprobó que sus amoríos con Don Francisco Maza, el párroco del lugar de Ojébar, eran los que llevaron a esta viuda a esa situación. Ella misma acabó por confesarlo al alcalde mayor ante la falta de ayuda y protección por parte de su amante una vez que había intervenido la justicia (10). Era en este tipo de situaciones en las que la cencerrada, conocidas las uniones extramatrimoniales y continuadas éstas con nota y escándalo en la vecindad, servía para expresar la condena de la comunidad hacia las actitudes de los amantes y la hipocresía de las excusas de que se servían para ocultar sus relaciones y pactos.

Desde luego, otros ingredientes podían aderezar la creación de la imagen del cura lascivo y mal vecino. El ejemplo que ofrece el licenciado Juan de Güemes en el valle de Cayón a mediados del siglo XVII, ya referido anteriormente, es paradigmático del realismo con que se concretaba ese arquetipo en algunos casos. Este arrojado clérigo, además de daños morales que poco podían resultar edificantes a sus feligreses, no respetó los usos y derechos comunitarios vigentes en el seno de su entorno social, puesto que protagonizó cercamientos y apropiaciones de diversas tierras comunales y practicó talas masivas de árbolessin otra licencia que la que le pudiera dispensar su propio interés. Para ello incluso recurrió a espacios comunales que estaban “anejos a lugares santos”.

Era tenido por sus parroquianos como un “usurpador” de servidumbres y derechos comunitarios, provocador de daños en las haciendas de sus vecinos, agresor, bebedor, “quimerista” e intimidador, protagonista de “excesos” e “incontinencias” con sus criadas(11).Las dificultades para la demostración de algunas de las prácticas que se achacaban a este clérigo, además de la capacidad de imposición con que contaba sobre sus vecinos y el estatuto que le otorgaba su condición eclesiástica y la posición social derivada de su capacidad para enquistarse entre los considerados “poderosos” locales, dotaba a este hombre de márgenes muy amplios para conducirse de forma que usurpaba derechos comunitarios y rebasaba las tolerancias morales de sus propios feligreses, lo que no impedía, sin embargo, su etiquetamiento como “mal vecino”, “poco fiel” y “usurpador”, algo que quedó patente en la documentación judicial suscitada para sopesar las acusaciones vertidas contra él por sus vecinos.

Los varios juicios criminales que fueron conocidos por la justicia de primera instancia del valle de la España cantábrica en donde vivió este hombre, y que fueron motivados por sus “excesos”, no contribuyeron a que él relajara su temperamento, variara de actitudes o abandonara sus inclinaciones tan desmesuradas pues no era él, como aforado, sino su amante, quien se colocaba en el punto de mira del juez y de la justicia. Situaciones de este tipo desencadenaban a veces, no obstante, agrias protestas de los vecinos y éstas afloraban ocasionalmente de forma muy abrupta, asumiendo rasgos propios de una gran cencerrada que se podía incluso continuar durante días y semanas, incluso durante años, aprovechándose entonces cualquier fiesta o pretexto para crear “alboroto” y “matraca” en las casas de estos contumaces hombres que rebasaban los límites de la tolerancia moral que la comunidad campesina definía cada vez que los lances de la convivencia cotidiana la ponían a prueba.

Conclusiones

Los límites que separaban los comportamientos tolerados e intolerables en las sociedades rurales del Antiguo Régimen eran difusos y cambiantes, además de sutiles, de manera que no todos los vecinos envueltos en alguna situación del tipo de las descritas, ni mucho menos, sufrieron una cencerrada en sus carnes. En general, lo que era permisible para unos no lo era para otros y lo que se transigía en el siglo XVI pudo tolerarse menos en el XVII y aún menos en el XVIII, llegando a ser intolerable en el XIX. El componente personal, el carácter, la integración o falta de ella en la comunidad, la buena o mala vecindad eran aspectos fundamentales para explicar la irrupción de formas disciplinarias en la vida cotidiana de las comunidades rurales pues estos factores podían propiciar o, por el contrario, evitar que se produjera una cencerrada, ya que todo ello acomodaba cada caso concreto a la cultura moral campesina vigente en cada momento.

Las cencerradas y otros estrépitos y alborotos motivados con ocasión del amancebamiento de algunos clérigos ofrecen también buenos ejemplos sobre esta cambiante y caprichosa moral popular. No se permitían ya esas licencias, por ejemplo, al párroco ruilobano que sufrió durante meses, en 1842, las canciones y coplas satíricas de sus feligreses en cualquier escenario público de los términos del valle denunciando los amoríos del clérigo con su criada, aunque estos supuestos amores clandestinos no llegaron a quedar demostrados judicialmente en ningún momento. Otras formas de protesta contra las actitudes consideradas poco éticas por parte de los clérigos licenciosos, prepotentes, poco “fieles” para con sus vecinos u otros “usurpadores” locales fueron objeto igualmente de acciones disciplinarias impulsadas desde entornos muy distintos, generalmente desde las instituciones. A pesar de que los predecesores de Don José en las parroquias de la región, valle y la propia de Ruiloba parecían disculpar las actitudes de este decimonónico cura rural. Seguía una larga tradición de clérigos amancebados que hundía sus raíces profundamente en el Siglo de las Luces.

Esto pudiera haber servido para que él mantuviera sus amoríos sin trastorno, lo cierto es que si bien sus antecesores no habían encontrado tantos problemas, ni tanta controversia, como él; sin embargo, cuando Don José fue nombrado titular de la parroquia en el mencionado año, ante los rumores y alborotos de los vecinos, el corregidor ya dispuso que una guarnición militar acudiera para evitar posibles excesos de los ruilobanos y, así, lograr que el clérigo tomase posesión de sus funciones en la parroquia. Esta prevención no evitó el amotinamiento de la feligresía, que recibió en bloque, en campo abierto, al nuevo pastor de almas, acompañando su entrada en Ruiloba con una sinfonía de relinchos, dicterios y griterío. Tampoco las prevenciones evitaron la proliferación de muchas coplas y pasquines que circularon meses después de que el párroco tomara posesión en el lugar con el tenor, términos y argumentos se han tenido ocasión de disfrutar en las páginas precedentes.

La comunidad vecinal de Ruiloba, al parecer, había llegado a un punto de saturación en la tolerancia hacia los amancebamientos y otros “excesos” protagonizados por clérigos locales. Para que esto ocurriera, sin embargo, habían pasado varios siglos de permisividad y también, más inmediatamente, los momentos de tensión social y política causados por la invasión militar francesa y las convulsiones posteriores a la Guerra de la Independencia en el marco de los problemas de configuración estatal que acompañarían luego a todo el siglo XIX español.

En todo caso, teniendo en cuenta la información que en estas páginas ha sido analizada considerando sus respectivos contextos y encuadres específicos, puede concluirse que el proceso de sozialdisziplinierung y las formas de disciplinamiento social no fueron únicamente proyectadas desde las élites y las instituciones sobre las clases populares y el conjunto de las sociedades tradicionales en los siglos de la Edad Moderna. La cultura campesina no sólo acuñó empíricamente formas de moralidad específicas, sino que también las dotó de valores legitimadores y de flexibilidad y dinamismo, lo que facilitaba adaptaciones en cada contexto, caso y circunstancia. Esto permite explicar la vigencia en el tiempo de las cencerradas y la de otros rituales y prácticas disciplinarias que se amparaban en una cultura moral plebeya, que afectaba de todo punto a la sociabilidad y a la vida cotidiana, así como también al curso y avance de la construcción de los Estados, en diálogo constante con la sociedad, en toda su complejidad.

Contemplados dentro de estos marcos, los rituales disciplinarios más o menos espontáneos o formalizados, como las cencerradas, no sólo demuestran la vigencia de instrumentos de control social endógenos muy vivos en las sociedades rurales del Antiguo Régimen, sino también del papel activo de éstas en los procesos de construcción histórica de cultura moral y de diálogo con los proyectos disciplinarios que se gestaban en entornos elitistas, urbanos y gubernamentales. La historia del disciplinamiento social ofrece muchos y más fértiles campos de indagación que lo que tradicionalmente se ha venido mostrando cuando se enfatizan perspectivas unilaterales del fenómeno; aquellas que focalizan la atención únicamente en los proyectos gestados desde arriba y ocluyen la voz de la gente común.

La aquí mostrada vitalidad en el tiempo de cencerradas y alborotos ofrece una palpable prueba del protagonismo de las clases populares para formular y proyectar formas de disciplina específicas que hacen comprensible la evolución histórica de la cultura moral en las sociedades tradicionales. Los lenguajes gestuales y simbólicos, la murmuración, injuria e infamia ofrecen otros muchos escenarios para explicar de forma compleja el disciplinamiento social en las sociedades del pasado y del presente.

El 13 de mayo de 1985 el diario español El País publicó que 15 jóvenes de la localidad asturiana de Sariego, en Siero, habían sido juzgados por hacer cencerrada a una viuda de su vecindad que contraía segundas nupcias. Fueron acusados de “realizar estruendos, con cencerros, dos noches por semana, ante la casa de la viuda, desde finales del pasado mes de enero”. Eran ya más de cuatro meses de “matraca” y el fiscal ya pidió una multa simbólica para cada uno de los implicados, por “falta continuada al orden público”. Evidentemente, ni sobre la historia que aquí se analiza ni sobre el problema de fondo, el de la definición de la moralidad y orden público, se ha dicho aún la última palabra.

 

(*)Tomás A. Mantecón es autor de Contrarreforma y religiosidad popular en Cantabria (1990), Conflictividad y disciplinamiento social en la Cantabria rural del Antiguo Régimen (1997), La muerte de Antonia Isabel Sánchez (1998) y España en tiempos de Ilustración (2013), además de editor y autor de Furor et rabies. Violencia, conflicto y marginación en la Edad Moderna (2002), Bajtín y la historia de la cultura popular (2008) y ha participado en Pardon in Anthropology and History (1999), Crimes, Punishment and Reform in Europe (2003); History of Social Control (vol. 1. 2004); Conflicto, violencia y criminalidad en Europa y América (2004); L’erreur judiciaire. De Jeanne d’Arc à Roland Agret (2004), Villes atlantiques dans l’Europe occidentale du Moyen Âge au XXe siècle (2006) o Histoire de l’homicide en Europe (2009).

Universidad de Cantabria (España)
Dpto. de Historia Moderna y Contemporánea
Facultad de Filosofía y Letras
mantecot@unican.es

 

Notas

(1) Esta investigación forma parte del proyecto ‘Policia’ e identidades urbanas en la España Moderna con referencia HAR2009-13508-C02-01, financiado por el Gobierno de España.

(2) Archivo Histórico Provincial de Cantabria (AHPC), Cayón, leg. 81, doc. 31, s.f. y AHPC, Alfoz de Lloredo, leg. 84, doc. 5, s.f.

(3) AHPC, Cayón, leg. 77, doc. 8 s.f. y leg. 79, doc. 12, s.f.

(4) AHPC, Cayón, leg. 75, doc. 8, s.f.

(5) AHPC, Alfoz de Lloredo, leg. 84, doc. 2, s. f.

(6) Archivo Diocesano de Burgos (ADB), Armario 3.2.6. Visitas Pastorales.

(7) AHPC, Alfoz de Lloredo, leg. 88, doc. 26, ff. 2 vº-4.

(8) AHPC, Cayón, leg. 75, doc. 6, ff. 6, 31-35 vº, 117 vº, 126 vº, 131-137 vº.

(9) Sobre este caso, recogiendo incluso las coplas y canciones que se espetaban al clérigo y a su amante, ver Mantecón (1997, 351).

(10) AHPC, Laredo, leg. 40, doc. 14, s.f.

(11) Cf. n. 8.

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