Brasil:
1839-1908
Cláusula testamentaria
[Cuento - Texto completo.]
J. M. Machado de Assis
…y
es mi última voluntad que el cajón en que mi cuerpo haya de ser enterrado sea
fabricado en casa de Joaquim Soares, que vive en la Rua da Alfãndega. Deseo que
él sea informado acerca de esta disposición, que también será pública. Joaquim
Soares no me conoce; pero es digno de la distinción, por ser uno de nuestros
mejores artistas, y uno de los hombres más honrados de nuestra tierra…
Se cumplió fielmente esta
cláusula testamentaria. Joaquim Soares hizo el cajón en que fue introducido el
cuerpo del pobre Nicolás B. de C.; lo fabricó él mismo, con amore; y, por fin, con un gesto cordial,
pidió que se le autorizara a no recibir ninguna remuneración. Se daba por bien
pagado; el favor que le concediera el difunto era en sí mismo un premio
insigne. Sólo deseaba una cosa: copia del texto original de la cláusula. Se la
dieron; él la mandó enmarcar y la colgó de un clavo, en el negocio. Los otros
fabricantes de cajones, pasado el asombro, exclamaron que la disposición
testamentaria era una desmesura. Felizmente -y ésta es una de las ventajas de
la organización social-, felizmente todas las demás clases entendieron que
aquella mano, brotando del abismo para bendecir la de un obrero modesto, había
practicado una acción rara y magnánima. Corría el año 1855; la población estaba
más concentrada; no se habló de otra cosa. El nombre de Nicolás revoloteó
durante muchos días en la imprenta de la corte, de donde pasó a las de las
provincias. Pero la vida universal es tan variada, los sucesos se acumulan con
tal intensidad, y con tal prontitud y, finalmente, la memoria de los hombres es
tan frágil, que un día llegó en que la acción de Nicolás cayó totalmente en el
olvido.
No vengo a restaurarla. Olvidar
es una necesidad. La vida es una pizarra, en la que el destino, para escribir
un nuevo episodio, tiene que borrar el anterior. Obra de tiza y esponja. No, no
vengo a restaurarla. Hay millares de acciones tan hermosas y aún más hermosas
que la de Nicolás, que han sido devoradas por el olvido. Vengo a decir que la
cláusula testamentaria no es un efecto sin causa; vengo a mostrar una de las
mayores curiosidades mórbidas de este siglo.
Sí, lector amado, vamos a entrar
en plena patología. Ese niño que ahí veis, a fines del siglo pasado (en 1855,
cuando murió, tenía Nicolás sesenta y ocho años), ese niño no es un producto
sano, no es un organismo perfecto. Al contrario, desde los más tiernos años,
manifiesta mediante actos reiterados que hay en él algún vicio interior, alguna
falla orgánica. No se puede explicar de otro modo la obstinación con que él
corre a destruir los juguetes de los otros niños, no digo los que son iguales a
los de él, o aun inferiores, sino los que son mejores o más costosos. Menos aún
se comprende que, en los casos en que el juguete es único o por lo menos
inusual, el joven Nicolás consuele a la víctima con dos o tres puntapiés; nunca
menos de uno. Todo esto es oscuro. Culpa del padre no puede ser. El padre era
un honrado comerciante o comisionista (la mayor parte de las personas a las que
aquí se le da el nombre de comerciantes, decía el marqués de Lavradio, son nada
más que simples comisionistas), que vivió con cierto brillo, en el último
cuarto del siglo, hombre ríspido, austero, que amonestaba al hijo y, cuando era
necesario, lo castigaba. Pero ni las amonestaciones ni los castigos servían de
nada. El impulso interior de Nicolás era más eficaz que todos los bastones
paternos; y, una o dos veces por semana, el pequeño reincidía en el mismo
delito. Los disgustos de la familia eran profundos. Cierta vez llegó, incluso,
a ocurrir algo que, por sus gravísimas consecuencias, merece ser contado.
El virrey, que era por entonces
el conde de Resende, andaba preocupado por la necesidad de construir un muelle
en la playa de don Manuel. Esto, que sería hoy un simple episodio municipal,
era en aquel tiempo, teniendo en cuenta las reducidas proporciones de la
ciudad, una empresa importante. Pero el virrey no tenía recursos; los fondos
públicos apenas podían cubrir las demandas ordinarias. Hombre de Estado, y
probablemente filósofo, engendró un expediente no menos suave que proficuo;
distribuir, a cambio de donativos pecuniarios, puestos de capitán, teniente y
alférez. Divulgada la resolución, entendió el padre de Nicolás que era la
ocasión propicia para figurar, sin peligro, en la galería militar del siglo, al
mismo tiempo que con ello desmentía una doctrina brahamánica. De hecho, consta
en las leyes de Manu que de los brazos de Brahma nacieron los guerreros, y del
vientre los agricultores y comerciantes; el padre de Nicolás, al adquirir el
rango de capitán, enmendaba ese punto de la anatomía gentilicia. Otro comerciante,
que con él competía en todo, si bien eran parientes y amigos, apenas se enteró
del cargo que le fuera conferido, fue también a llevar su piedra al muelle.
Desgraciadamente, el despecho por haberse retrasado algunos días, le sugirió un
arbitrio de mal gusto y, en nuestro caso, funesto; así fue que él pidió al
virrey otro puesto de oficial del puerto (tal era el nombre dado a los
agraciados por aquel motivo) para un hijo de siete años. El virrey vaciló pero
el pretendiente, además de duplicar la donación, se empeñó a fondo en lograr lo
que deseaba, y el niño fue nombrado alférez. Todo se cumplió en secreto; el
padre de Nicolás sólo se enteró de lo ocurrido el domingo siguiente, en la
iglesia del Carmen, al ver a los dos, padre e hijo, siendo que el niño lucía un
uniforme en el que, por gentileza, le habían enfundado el cuerpo. Nicolás, que
allí estaba también, se puso lívido; después, llevado por un impulso, se arrojó
sobre el joven alférez y le destrozó el uniforme, antes que los padres pudiesen
socorrerlo. Fue un escándalo. La gritería del pueblo, la indignación de los
devotos, las quejas del agredido, interrumpieron por algunos instantes las
ceremonias eclesiásticas. Los padres intercambiaron algunas palabras afuera, en
el atrio, y se separaron peleados para siempre.
-¡Este muchacho será nuestra
perdición! -vociferaba el padre de Nicolás, en su casa, después del episodio.
Nicolás recibió entonces muchos
golpes, soportó mucho dolor, lloró, sollozó; pero en su conducta nada cambió.
Los juguetes de los otros niños no corrieron menores riesgos. Lo mismo ocurrió
con las ropas. Los niños más ricos del barrio no salían a la calle sino con las
más modestas vestimentas de entrecasa, único modo de escapar a las uñas de
Nicolás. Con el transcurso del tiempo, extendió él su aversión a las caras,
cuando eran bonitas o consideradas como tales. La calle donde él vivía contaba
con un sinnúmero de caras lastimadas, arañadas, contusas. Las cosas llegaron a
tal punto, que el padre resolvió encerrarlo en su casa durante tres o cuatro
meses. Fue un paliativo y, como tal, excelente. Mientras duró la reclusión,
Nicolás se mostró poco menos que angelical; excepción hecha de aquella
inclinación mórbida, era tierno, dócil, obediente, amigo de la familia, puntual
en las oraciones. Pasados los cuatro meses, el padre lo soltó; ya era hora de
que se encargase de él un profesor de lectura y gramática.
-Déjemelo a mí -dijo el
profesor-; déjemelo a mí. Le aseguro que con esto (y señalaba el rebenque)… con
esto se le van a ir las ganas de maltratar a los compañeros.
¡Frívolo! ¡Tres veces frívolo
profesor! Sí, no hay duda que él logró resguardar la integridad de los niños
hermosos y las ropas vistosas, reprimiendo decididamente las primeras
embestidas del pobre Nicolás; pero ¿se logró acaso que él se curase de su mal?
Al contrario, obligado a contenerse, a tragar sus impulsos, padecía el doble,
se volvía más lívido, con reflejos de un verde bronce; en ciertos casos se veía
obligado a poner los ojos en blanco o a cerrarlos para no reventar, decía. Por
otro lado, si bien dejó de perseguir a los más atractivos o mejor vestidos, no
perdonó a los que se mostraban más adelantados en el estudio; los golpeaba, les
quitaba los libros, y los arrojaba fuera de su alcance, a las playas o a las
aguas costeras. Riñas, odios, tales eran los frutos de la vida para él, además
de los dolores crueles que padecía, y que la familia se empecinaba en no
entender. Si agregamos que él no pudo estudiar nada en forma sostenida, sino a
los trancos, y mal, como los vagabundos comen, nada fijo, nada metódico,
habremos visto algunas de las dolorosas consecuencias del hecho mórbido, oculto
y desconocido. El padre, que soñaba con ver a su hijo en la universidad,
sintiéndose obligado a estrangular también esa ilusión, estuvo a punto de
maldecirlo; fue la madre quien lo salvó.
Partió un siglo, llegó otro, sin
que desapareciera la lesión de Nicolás. Murió su padre en 1807 y su madre en
1809; su hermana se casó con un médico holandés trece meses después. Nicolás
pasó a vivir solo. Tenía veintitrés años; era uno de los petimetres de la
ciudad; pero un petimetre singular, que no podía toparse con ningún otro, ya
fuese más favorecido de facciones, o portador de algún chaleco especial, sin
que padeciese un dolor violento, tan violento que lo obligaba a veces a
morderse el labio hasta hacerlo sangrar. Había ocasiones en que se tambaleaba;
otras en que le corría por la comisura de la boca un hilo casi imperceptible de
espuma. Y el resto no era menos cruel. Nicolás quedaba, entonces, ríspido; en
su casa todo le molestaba, todo le resultaba incómodo, todo nauseabundo; hería
la cabeza de los esclavos con los platos, que además terminaban rotos, y
perseguía a los perros a patadas; no tenía un minuto de tranquilidad, no comía,
o comía mal. Por fin se dormía; y menos mal que dormía. El sueño reparaba todo.
Despertaba plácido y afable, con alma de patriarca, y besaba a los perros entre
las orejas, dejándose lamer por ellos, dándoles lo mejor de sí, entablando con
los esclavos relaciones más familiares y tiernas. Y todos, perros y esclavos,
olvidaban los golpes de la víspera, y acudían a su llamado obedientes,
enamorados, como si éste fuese el verdadero señor y no el otro.
Un día, en que estaba en casa de
su hermana, le preguntó ésta por qué no seguía alguna carrera, algo que lo
mantuviera ocupado, y…
-Tienes razón; voy a pensarlo
-dijo él.
Intervino el cuñado y se
manifestó a favor de un cargo en la diplomacia. El cuñado empezaba a sospechar
que padecía alguna enfermedad y suponía que el cambio de clima bastaría para
restablecerlo. Nicolás consiguió una carta de presentación, y fue a
entrevistarse con el ministro de asuntos extranjeros. Lo encontró rodeado por
algunos oficiales de la secretaría de su competencia, a punto de ir a la corte
a llevar la noticia de la segunda caída de Napoleón, noticia que llegara
algunos minutos antes. La figura del ministro, las circunstancias del momento,
las reverencias de los oficiales, todo eso produjo tal impacto en el corazón de
Nicolás, que él no pudo encarar al ministro. Se empeñó, seis a ocho veces en
levantar los ojos, y la única ocasión en que lo consiguió, se le pusieron tan
bizcos, que no veía a nadie, o sólo una sombra, un bulto, que le lastimaba las
pupilas, al mismo tiempo que sus facciones se iban poniendo verdes. Nicolás
retrocedió, extendió la mano temblorosa hacia el repostero y huyó.
-¡No quiero ser nada! -dijo él a
la hermana, cuando llegó a la casa-; me quedo con ustedes y mis amigos.
Los amigos eran los muchachos
más antipáticos de la ciudad, vulgares e insignificantes. Nicolás los había
elegido intencionalmente. Vivir segregado de los más descollantes era para él
un gran sacrificio; pero como tendría que padecer mucho más conviviendo con
ellos, soportaba la situación. Esto demuestra que él tenía un cierto
conocimiento empírico del mal y del paliativo. Lo cierto es que, con esos
compañeros, desaparecían todas las perturbaciones fisiológicas de Nicolás. Él
los miraba sin empalidecer, sin bizquear, sin tambaleos, sin nada. Además,
ellos no sólo le evitaban la natural irritabilidad, sino que también se
empeñaban en hacerle la vida, si no grata, al menos tranquila; y para eso
tenían para con él las mayores delicadezas del mundo, rodeándolo de actitudes
serviles o teñidas de una cierta familiaridad inferior. Nicolás amaba en
general las naturalezas subalternas, como los enfermos aman la droga que les
restituye la salud; las acariciaba paternalmente, las estimulaba abundante y
cordialmente, les prestaba dinero, les ofrendaba caricias, les abría el alma… Llegó
el día del grito de Ipiranga; Nicolás se metió en la política. En 1823,
habremos de encontrarlo en la Constituyente. Ni qué decir del empeño con que él
cumplió con las obligaciones contraídas. Íntegro, desinteresado, patriota, no
ejercía gratuitamente esas virtudes públicas, sino a costa de grandes
tempestades morales. Puede decirse, metafóricamente, que las tareas de la
Cámara le costaban sangre. Y no sólo porque los debates le parecían
insoportables, sino también porque le era difícil encarar a ciertos hombres,
especialmente ciertos días. Montezuma, por ejemplo, le parecía engreído;
Vergueiro, pesado, los Andradas, execrables. Cada discurso, no sólo de los
principales oradores, sino también de los secundarios, era para Nicolás un
verdadero suplicio. Y, no obstante, no faltaba a ninguno, siempre firme,
puntual. Las votaciones nunca lo encontraron ausente; nunca su nombre sonó sin
eco al hacerse oír en la augusta sala. Sea cual fuere la magnitud de su
desesperación, sabía contenerse y poner la idea de la patria por sobre las
necesidades personales de depararse un alivio. Tal vez aplaudiese in petto el decreto de la disolución.
No lo afirmo pero hay buenas razones para creer que Nicolás, pese a las
muestras exteriores, se sintió satisfecho al ver disuelta la asamblea. Y si
esta conjetura es verdadera no menos lo será la que sigue: que la deportación
de algunos de los líderes constituyentes, declarados enemigos públicos, vino a
aguarle aquel placer. Nicolás, que había padecido sus discursos, no padeció
menos con el exilio, puesto que les acarreó cierto destaque. ¡Ah, por qué no lo
habrán exiliado a él también!
-Te podrías casar, Nicolás -le
dijo la hermana.
-No tengo novia.
-Te consigo una ¿quieres?
Era un plan del marido. En
opinión de éste, la molestia de Nicolás había sido descubierta; se trataba de
una lombriz intestinal que se nutría del dolor del paciente, o sea, de una
secreción especial, producida ante la contemplación de ciertos hechos,
situaciones o personas. Toda la cuestión consistía en matar la lombriz; pero no
conociendo ninguna sustancia química adecuada para destruirla, restaba el
recurso de impedir la secreción, ya que su eliminación acarrearía el mismo
resultado. Por lo tanto, urgía casar a Nicolás con alguna muchacha bonita y
agraciada, separarlo del ajetreo ciudadano, alojarlo en alguna hacienda, adonde
llevaría la mejor vajilla, los mejores muebles, los amigos más bajos, etcétera.
-Todas las mañanas -prosiguió
él- recibirá Nicolás un diario que voy a mandar imprimir con el único fin de
decirle las cosas más agradables del mundo, y decirlas nominalmente, recordando
sus modestos, pero proficuos trabajos en la Constituyente, y atribuyéndole
muchas andanzas amorosas, expresiones brillantes y actitudes valerosas. Ya
hablé con el almirante holandés y logré que consintiera en que, de vez en
cuando, fueran a visitar a Nicolás algunos de sus oficiales para decirle que no
podían retornar a La Haya sin antes haber tenido el honor de contemplar a un
ciudadano tan eminente y simpático, en quien se ven aunadas cualidades
excepcionales y, de ordinario, excluyentes. En cuanto a ti, si pudieras lograr
que alguna modista, la Gudin por ejemplo, diese el nombre de Nicolás a un
sombrero o mantilla, ayudarías en mucho a la recuperación de tu hermano. Cartas
amorosas anónimas, enviadas por correo, son un recurso eficaz… Pero empecemos
por el principio, que es casarlo.
Nunca un plan fue ejecutado con
mayor conciencia. La novia elegida era la más esbelta, o una de las más
esbeltas de la capital. Los casó el propio obispo. Recluido en la estancia, los
acompañaron allí sólo algunos de sus amigos más triviales; se imprimió el
diario, se le enviaron las cartas, se sobornó a las visitas. Durante tres meses
todo anduvo a las mil maravillas. Pero la naturaleza, empeñada en sorprender al
hombre, mostró una vez más que ella posee secretos imprevisibles. Uno de los
medios de agradar a Nicolás era elogiar la belleza, la elegancia y las virtudes
de su mujer; pero la molestia había avanzado y lo que parecía remedio excelente
sólo contribuyó a agravar el mal. Nicolás, al cabo de algún tiempo, empezó a
encontrar ociosos y excesivos tantos elogios a su mujer, y eso bastaba para
impacientarlo y la impaciencia para producirle la fatal secreción. Parece que
llegó al punto de no poder encararla durante largos periodos, e incluso a
mirarla con malos ojos; sobrevinieron algunos enfrentamientos que hubieran sido
el principio de una separación, de no haber muerto ella poco después. El dolor
de Nicolás fue profundo y verdadero; pero la cura se interrumpió en seguida,
porque él volvió a Río de Janeiro, donde vamos a encontrarlo, tiempo después,
entre los revolucionarios de 1831.
Si bien puede parecer temerario
querer precisar las causas que llevaron a Nicolás al Campo
de la Aclamación, la noche del 6 de abril, pienso que no andará lejos de la
verdad quien suponga que -fue el razonamiento de un ateniense célebre y
anónimo- tanto los que alababan como los que denigraban al emperador habían
colmado la paciencia de Nicolás. Ese hombre que inspiraba entusiasmos y odios,
cuyo nombre era repetido donde quiera que Nicolás se encontrase, en la calle,
en el teatro, en las casas que visitaba, se convirtió en una auténtica
persecución mórbida, de allí el fervor con que él se incorporó al movimiento de
1831. La abdicación fue un alivio. Verdad es que la Regencia lo encontró al
poco tiempo entre sus adversarios; y hay quien afirme que él se afilió al
Partido Caramurú o Restaurador, cosa de la que no hay constancia. Lo cierto es
que la vida pública de Nicolás cesó con la mayoridad de Pedro II.
La enfermedad se había apoderado
definitivamente del organismo. Nicolás, poco a poco, se iba enclaustrando en la
soledad. No podía realizar ciertas visitas, frecuentar ciertas casas. El teatro
apenas lograba distraerlo. Estaba tan agudizado el trastorno de sus órganos
auditivos, que el ruido de los aplausos le producía dolores atroces. El
entusiasmo de la población fluminense ante la famosa Candiani y la Merea,
especialmente el que despertaba la Candiani, cuyo coche había sido arrastrado
por algunos brazos humanos, obsequio tan insigne como no lo harían al propio
Platón, ese entusiasmo, digo, fue una de las mayores mortificaciones
ocasionadas a Nicolás. Él llegó al punto de no ir más al teatro, de encontrar a
la Candiani insoportable, y preferir la Norma de los organillos a la de la prima donna. No era por un patriotismo
exagerado que le gustaba oír a João Caetano, en los primeros tiempos; pero al
final, también lo abandonó, y casi lo mismo ocurrió con todos los teatros.
“¡Está perdido!”, pensó el
cuñado. “Si pudiéramos injertarle un intestino nuevo…”
¿Cómo pensar en semejante
absurdo? Estaba naturalmente perdido. Ya no bastaban las distracciones
domésticas. Las tareas literarias a que se entregó, versos de familia, glosas
celebratorias y odas políticas, no duraron mucho tiempo, y puede ser incluso que
le hayan intensificado el mal. De hecho, un día, le pareció que esta ocupación
era la cosa más ridícula del mundo, y los aplausos consagrados a Gonçalves
Días, por ejemplo, le dieron idea de un pueblo trivial y dominado por el mal
gusto. Ese sentimiento literario, fruto de una lesión orgánica, terminó por
volverse sobre la propia lesión, al punto de producir graves crisis, que lo
tuvieron algún tiempo postrado. El cuñado aprovechó la oportunidad para
desterrar de su casa todos los libros de cierto porte.
En cambio resulta menos
explicable la desprolijidad con que pocos meses después empezó a vestirse.
Educado en el culto de la elegancia, era un viejo cliente de Plum, uno de los
principales sastres de la corte, y no pasaba un solo día sin que fuese a peinarse
a Desmarais y Gérard, coiffeurs de la
cour, en la Rua do Ouvidor. Parece que cierto día encontró demasiado
soberbia esta denominación de peluqueros de la corte, y los castigó yendo a
peinarse con un barbero de quinta categoría. En cuanto al motivo que lo indujo
a modificar sus hábitos en el atuendo, repito que es enteramente oscuro, y a no
ser por razones de edad, resulta inexplicable.
La despedida del cocinero es
otro enigma. Nicolás, por insinuación del cuñado, que quería distraerlo,
ofrecía dos cenas por semana; y los comensales eran unánimes en considerar que
el cocinero de Nicolás descollaba por sobre todos los de la capital. Realmente,
los platos eran buenos, algunos excelentes, pero el elogio era un tanto
enfático, excesivo, con el propósito, justamente, de complacer a Nicolás, y así
fue durante un tiempo. ¿Cómo entender, empero, que un domingo, terminada la
cena, que había sido magnífica, despidiese él a un varón tan insigne, causa
indirecta de algunos de sus momentos más deliciosos en la tierra? Misterio
impenetrable.
-¡Era un ladrón! -fue la
respuesta que le dio al cuñado.
Ni los esfuerzos de éste ni los
de la hermana y de los amigos, ni de los bienes, nada mejoró a nuestro triste
Nicolás. La secreción intestinal se hizo crónica, y la lombriz se había
multiplicado infinitamente, teoría que no sé si es verdadera, pero que era, al
fin de cuentas, la del cuñado. Los últimos años fueron cruentos. Casi se podría
jurar que él vivió entonces, con el cutis continuamente verdoso, irritado, con
los ojos bizcos, padeciendo para sus adentros mucho más de lo que hacía sufrir
a quienes lo rodeaban. La cosa más ínfima o la más tremenda le trituraba por
igual los nervios: un buen discurso, un artista hábil, un carruaje, una
corbata, un soneto, un dicho, un sueño interesante, todo le provocaba una
crisis.
¿Habrá querido dejarse morir?
Así podría suponérselo, al ver la impasibilidad con que rechazó los remedios de
los principales médicos de la corte; fue necesario recurrir a la simulación y
administrarlos, por fin, como recetados por un ignorante de la época. Pero ya
era tarde. La muerte se lo llevó al cabo de dos semanas.
-¿Joaquim Soares? -vociferó
atónito el cuñado, al enterarse de la cláusula testamentaria del difunto que
ordenaba que el cajón fuese fabricado por el susodicho. Pero los cajones de ese
hombre son de pésima calidad, y…
-¡Paciencia! -lo interrumpió su
mujer-; la voluntad de mi hermano ha de cumplirse.
FIN
“Verba
testamentária”,
Gazeta
de Notícias, 1882
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