jueves, 26 de marzo de 2026

 

El arte extremeño en la época

Del

Cardenal Lorenzana

 

Introducción

La trayectoria vital del cardenal Francisco Antonio de Lorenzana y Buitrón (León, 1722-Roma, 1804) coincidió en el tiempo histórico con una de las etapas más importantes para el desarrollo de las artes en España, no sólo porque supuso el cambio o tránsito del Barroco a la Ilustración, sino también porque se empezó a preparar, por parte sólo de algunos artistas, eso sí, el camino hacia la renovación que se produciría -sobre todo en pintura- en la centuria siguiente. Cambios y nuevos rumbos a las que no fue ajeno en modo alguno el Cardenal Lorenzana, sobre todo desde que ocupara en 1765 la silla episcopal de Palencia, de donde fue promovido -al año siguiente- al arzobispado de México y de éste al de Toledo, que ocupó desde 1772 hasta 1797, fecha en la fue desterrado a Roma por Godoy.

          Durante los años en los que estuvo al frente el Solio toledano, el Cardenal Lorenzana, como típico representante de la meta reformista del movimiento ilustrado, se preocupó no sólo por mantener el prestigio y pompa de la Mitra, sino también por mejorar la vida de sus feligreses en múltiples aspectos, para lo que recurrió en varias ocasiones al arquitecto Ventura Rodríguez; citemos la reforma que emprendió en gran parte del viejo edifico del Palacio Arzobispal, o la restauración que llevó a cabo en el antiguo Alcázar, que tantos desperfectos había sufrido durante la Guerra de Sucesión.

          Se trata, pues, de una etapa de gran importancia por los cambios que conlleva, y con la que nos hemos propuesto como objetivo, con el presente trabajo, y trazar un amplio panorama sobre la producción artística extremeña durante la época del Cardenal Lorenzana, atendiendo -a la luz de las nuevas investigaciones que vamos acometiendo sobre este campo de estudio, y a las nuevas directrices de la historiografía artística- a los cambios que la centuria del siglo XVIII fue promoviendo en las artes extremeñas, tanto en lo que respecta a la arquitectura, como también a la escultura-y la escasa presencia del Neoclasicismo escultórico en nuestra región- y pintura

          En lo que respecta a la escultura, hay que citar como obra clave del clasicismo extremeño, en materia de retablos -precedido por la amplia trayectoria de los estilos barroco y rococó-, la máquina que cubre el testero de la iglesia de Cuacos de Yuste, una obra, por otra parte, que copia la que Carlos V había mandado hacer para el monasterio de Yuste. Más lo frecuente en nuestra tierra fue continuar con el estilo barroco, que poco a poco fue caminando hacia el Rococó. Entre los artistas de mayor calado en la sociedad cacereña hay que citar a los entalladores José Manuel y Ventura de la Incera Velasco, Carlos Simón de Soria, Bartolomé Fernández Jerez o Vicente Barbadillo, encargados durante la segunda mitad del siglo XVIII de equipar a muchas parroquias de la Alta y Baja Extremadura. Nuevos datos al respecto ofrecemos en nuestro trabajo, donde asimismo se hace referencia a artista tan importantes como Luis Salvador Carmona o Alejandro Carnicero.

          Lo mismo sucede con la pintura, donde se hace necesario citar nombres como los de José de Mera, Nicolás Antonio José Hidalgo, el taller de los Mures y los Estrada, etc.

La arquitectura

Las líneas generales de la arquitectura extremeña en el siglo XVIII discurren entre la renovación o ampliación a la que se someten algunos edificios heredados de la etapa anterior, y la escasa construcción de obras de nueva planta. Dentro de la cronología que nos brinda la trayectoria de Lorenzana, hay que citar en primer lugar, y con el objetivo de proporcionar un panorama completo del siglo XVIII extremeño, la iglesia de la Santísima Trinidad -o Iglesia Nueva- elevada en la parte oriental del monasterio jerónimo de Guadalupe, promovida por el duque de Veragua, heredero de Cristóbal Colón, y construida por el arquitecto Manuel de Larra y Churriguera, quien se hizo cargo de la construcción en 1731, después de la intervención del maestro de obras toledano Vicente Alonso Torralba. SE terminó definitivamente en el año 1736.

https://www.tripadvisor.es/Attraction_Review-g1082741-d13817782-Reviews-Iglesia_De_La_Santisima_Trinidad-Guadalupe_Province_of_Caceres_Extremadura.html

Se trata de una construcción de planta rectangular, de tres naves. El crucero se cubre con una hermosa cúpula mientras que el resto es de medio cañón con lunetos y arista en los laterales. En la ornamentación de su interior también participó activamente el arquitecto, puesto que se le encomendó la ejecución de los diecisiete retablos (1), actualmente desaparecidos.

https://www.escapadarural.com/que-hacer/guadalupe/iglesia-de-la-santa-trinidad

En el plano estrictamente arquitectónico, Larra y Churriguera también se encargó de realizar el remate de la torre de la Catedral de Coria. El dibujo, que firmó en 1732 y contrató el 21 de junio de 1733, se observó con bastante fidelidad en el remate del cuerpo de campanas. Con un salario de 1.200 reales al mes, Larra y Churriguera dirigió los trabajos entre los años 1733 y 1740. Se trata de una bella obra barroca, con tres vanos de medio punto por cada lado separados por pilastras toscanas cajeadas, todo ello rematado con casquete imbricado de pizarras y linternillo (2).

Catedral de Coria. En 1748 se culmina la obra con el remate de la torre diseñado por Manuel de Larra y Churriguera. Se la dota así de característicos pináculos y balaustradas que no tardarían en venirse abajo, junto con la torre, como consecuencia del terremoto de Lisboa acaecido el 1 de noviembre de 1755

https://siempredepaso.es/la-catedral-de-coria-y-el-mantel-de-la-ultima-cena-caceres

            De nueva planta son también el Colegio de San Ignacio y la Iglesia de San Francisco Javier, de la Compañía de Jesús en Cáceres. Aunque el proyecto de su fundación en la ciudad se remonta a 1665, no fue posible tener ciertas garantías de su prosecución hasta 1598, en que Francisco de Vargas y Figueroa se configura en su testamento como patrocinador del Colegio.

https://es.wikipedia.org/wiki/Iglesia_de_San_Francisco_Javier_%28C%C3%A1ceres%29#/media/Archivo:Caceres_-_Iglesia_de_San_Francisco_Javier_01.jpg

Problemas con la cesión de los terrenos y la disponibilidad de recursos fueron las causas que dilataron la culminación de las tareas arquitectónicas: hasta febrero de 1752 no se terminó la iglesia, y hasta 1756 el colegio. Empero, escaso fue el tiempo que disfrutaron los jesuitas de sus nuevas instalaciones, al tener que abandonar España, por Disposición Real, en 1767.

          A través de Tomás Pulido sabemos que el artífice que estuvo a cargo de las obras fue el garrovillano Pedro Sánchez Lobato, maestro de obras de la Diócesis de Coria. Y debido a que coincidió con el arquitecto Andrés García de Quiñones en la sede cauriense, se ha dado por supuesto la intervención del salmantino en el Colegio cacereño (3), aunque en realidad esto no sucedió hasta 1755, cuando las obras estaban prácticamente acabadas. Desde un punto de vista artístico, el colegio destaca por su relación con otras fundaciones de la Compañía, a cuyo esquema más habitual se atienen tanto la iglesia como el colegio. Se ha señalado la relación que guardaba el conjunto con la disposición del antiguo noviciado de Madrid, desaparecido y proyectado en 1619 por el hermano Pedro Sánchez. En cuanto a la iglesia, ésta se atiene a la planta contrarreformista tan difundida a finales del siglo XVI. La fachada, datada entre 1728 y 1752, refleja un clasicismo notable, unido al protagonismo de las torres que la enmarcan. Mucho más barroca es la portada que da acceso al colegio, según se constata en el bocelón del vano de ingreso y de la ventana y en el pinjante que sostiene el escudo. También se muestra mucho más rotundo el Barroco en el interior de la iglesia, donde son palpables las deudas que tiene con el Colegio Imperial de Madrid en cuanto al orden arquitectónico, aunque el modelo está muy simplificado. También se hace necesario establecer un contacto con la Clerecía de Salamanca en lo que respecta a la ornamentación de la media naranja del crucero, aunque sus pretensiones son siempre de menor alcance. Cabe afirmar que la pertenencia del Colegio cacereño a la provincia jesuita de Toledo, en la que estaba incluida Madrid, permite justificar las referencias advertidas, y no tanto la presencia, no constatada, de García de Quiñones. Y aunque es indiscutible la importancia que tuvo el Colegio extremeño, dentro de la historia de la Compañía refleja el momento de su decadencia. Además, su dependencia con los centros antes señalados resta originalidad y protagonismo a la obra (4).

          En la Baja Extremadura no podemos dejar de mencionar, dentro de la exaltación decorativa del Barroco, las iglesias parroquiales de Jerez de los Caballeros; en particular las torres de las iglesias de San Miguel y San Bartolomé, la primera de ellas rematada con el cuerpo de campanas entre 1749 y 1756, realizada con ladrillo, barro cocido y azulejo para los motivos decorativos, a base de estípites muy elaborados y la profusión de molduras; la torre de San Bartolomé, que hubo que volver a elevar tras el desplome que sufrió la anterior en 1759, presenta cuatro cuerpos con abigarrada decoración barroca de yeserías, barro vidriado y ladrillos(5). Lo mismo cabe afirmar de la magnífica fachada-retablo que da ingreso al templo, donde es palpable el influjo de la tradición artística sevillana.

https://es.dreamstime.com/jerez-de-los-caballeros-dentro-la-iglesia-san-miguel-espa%C3%B1a-es-una-ciudad-monumental-provincia-badajoz-extremadura-image184103560

          Durante la segunda mitad del siglo XVIII, las poblaciones extremeñas no logran desprenderse del barroco, de forma que la arquitectura neoclásica tuvo escasa presencia en la región. No obstante, y dentro del proceso que viven las regiones españolas entre lo barroco y lo neoclásico, hay que destacar la iglesia de la Concepción, en Badajoz, que de haber sido trazada en 1768 por el arquitecto Ventura Rodríguez, según recogen Llaguno y Ceán, su ejecución quedaría a cargo de un arquitecto secundario, próximo a la escuela de Sevilla y responsable en último extremo de la remodelación a la que sería sometido el proyecto del maestro (6).

Alto de la cúpula de la Iglesia de la Concepción, junto a la torre de la Catedral.

https://es.wikipedia.org/wiki/Edificios_religiosos_hist%C3%B3ricos_de_Badajoz#/media/Archivo:Badajoz,_Top_of_Concepcion_Church_and_Cathedral_57-2.jpg

 

La Escultura

          La primera mitad del siglo XVIII va a estar protagonizada por la presencia de artistas foráneos y por el nuevo crecimiento que experimentan los obradores locales ante la creciente demanda del nuevo estilo barroco, una vez superada la escasa proyección artística que tuvo el siglo XVII en su segunda mitad. Dentro de la Alta Extremadura, y en la diócesis de Plasencia, aparte de la intervención documentada de maestros procedentes de Toledo, la aportación más importante de los talleres foráneos a la evolución del estilo barroco la debemos a los hermanos Churriguera (7). Los tres estuvieron en la Catedral entre 1724 y 1726 para ajustar con el Cabildo el retablo del Tránsito de Ntra. Sra. Las conversaciones que sin duda mantuvieron maestros tan renombrados con los artífices de la ciudad se tradujeron en la difusión -en nuestro territorio- del retablo de cascarón, que no surge antes de esta fecha. Con el entorno de los Churriguera pensamos que estaba muy relacionado Carlos Simón de Soria, encargado de elevar un altar destinado a las reliquias de la Catedral que debía ser simétrico al del entierro de la Virgen (1746-1748). Simón de Soria traza en 1754 el mayor de Arroyomolinos de la Vera, dotado con ático de cascarón, y él debió de ser el difusor de esta modalidad tipológica repetida en Pasarón de la Vera (1757-1766) y previamente ensayada por los Incera Velasco en la ermita jarandillana de Ntra. Sra. De Sopetrán.


Nuestra Señora se Sopetrán, ermita de Almoharín, Cáceres

Retablo-sepulcro del Tránsito o de la Asunción

La talla se localizada en un acristalado sarcófago barroco de madera chapeada de concha con incrustaciones y roleos de bronce dorados, y su techo esta por dentro incrustado de plata labrada. Fue costeada por el obispo Bartolomé de Ocampo en 1701 probablemente por el mal estado en que debía encontrarse la urna precursora.

A los pies de la virgen se encuentran enterrados varios de los más ilustres obispos de la diócesis.

https://www.extremaduramisteriosa.com/la-misteriosa-virgen-yacente-de-plasencia

La intervención del maestro trujillano Bartolomé Fernández Jerez en el retablo de la Virgen del Tránsito en 1734 debió consolidar la influencia que sobre este artista ejercieron de forma muy especial los hermanos Churriguera. Así lo constatan el mayor de Serradilla (1734-1735), el que fabricó por estos mismos años para el Cristo del Desamparo de Escurial y el mayor de Logrosán, que le atribuimos, además del mayor de la iglesia de Santa María de Brozas y el de la parroquia trujillana de San Francisco. Conectado con el taller de Jerez está Pedro Díaz Bejarano, autor del retablo mayor de Alcollarín (1731-1732).


Respecto a esta talla, a día de hoy continua la costumbre medieval de mantenerla oculta a los ojos del público la mayor parte del año y exponerla en momentos puntuales. Cada año, el día 6 de agosto, con motivo de la celebración de la novena a la Santísima Virgen María en el Misterio de su Asunción, un complejo sistema de poleas y cuerdas instalado en el retablo eleva desde el sepulcro el cuerpo inerte amortajado. La imagen mariana se mantiene expuesta hasta el día 14 de agosto que tras la misa de 12:00h vuelve a ocultarse y se procede al cierre del sepulcro

          Pero de todos los maestros que laboraron en la Diócesis durante el siglo XVIII, el taller que abrieron en Barrado los hermanos José Manuel y Francisco Ventura de la Incera Velasco, procedentes de Cantabria (8), fue el más prolífico y el que más influencia ejerció en la zona, ya que fue el protagonista del cambio del Barroco al Rococó. Una de sus primeras intervenciones debió ser el retablo mayor de Barrado (c. 1730) (foto de abajo), seguida del mayor de Navaconcejo (c. 1730), la ermita jarandillana de Ntra. Sra. de Sopetrán (1747-1749) y la serie de los grandes retablos que ejecutan a partir de mediados del siglo XVIII dentro de la estilística rococó.

Retablo Mayor de la iglesia de Barrado (c. 1730), obra de los hermanos Incera Velasco

https://es.wikipedia.org/wiki/Hermanos_de_la_Inzera_Velasco#/media/Archivo:Retablo_barrado.jpg

           

 

Otros artistas importantes fueron Francisco Gómez de Aguilar (retablo mayor de El Torno, 1735 y 1739) y Manuel Álvarez Benavides, ensamblador y escultor. En 1757 contrata el retablo mayor de Pasarón de la Vera, una de las obras mejor logradas dentro de la estilística barroca de nuestra Diócesis; también se encargó de ejecutar las tallas de los nichos laterales, y el grupo central de la Transfiguración del Señor fue cometido del escultor placentino Antonio González Baragaña, un artista anclado en presupuestos de principios de siglo. En 1764 contrató Álvarez Benavides la imagen de San Pedro para el retablo mayor de Aldeanueva de la Vera.

 

Retablo Mayor de Pasarón de la Vera

https://descubrelavera.com/pueblos-de-la-vera/pasaron-de-la-vera

          El Rococó en la Diócesis de Plasencia mantiene las mismas estructuras ensayadas en el Barroco, al que incluso se vuelve en algunos casos dentro ya de una fase tardía y decadente, como el desaparecido retablo mayor de Collado (c. 1797-1798). El repliegue que sufre  la ornamentación desde 1740, acompañado por la aparición de cabezas de serafines dispuestas sobre placa adventicia, lo tenemos ejemplificado en retablos como el de la Virgen de los Dolores de Tornavacas y en uno de los colaterales existentes en Peraleda de la Mata. Sin embargo, el elemento que define por excelencia al rococó es el motivo rocaille, que surge en Plasencia hacia 1750 de forma paralela a lo que sucede por las mismas fechas en el ámbito castellano. (9) Los introductores del nuevo estilo decorativo, caracterizado además por el empleo de la columna de fuste liso o acanalado y decorado con ces y de rocallas, fueron los hermanos José Manuel y Francisco Ventura de la Incera Velasco, y la primera obra en la que experimentan con el nuevo estilo fue el retablo mayor de la iglesia de San Miguel, en Jaraíz de la Vera, que inscribimos dentro de un barroco-prerococó (1750-1752) que pronto alcanzará su máximo desarrollo.

Retablo Mayor de la iglesia de San Miguel, siglo XVIII. Jaraíz de la Vera

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Plenamente rococó es el retablo mayor de Arroyomolinos de la Vera, trazado hacia 1754 por Carlos Simón con la escuela salmantina de los Churriguera viene dada no sólo por el diseño curvo del ático, sino también por la pose de los ángeles situados en los cornisamentos, claramente inspirados en el retablo mayor del convento de San Esteban. Otra de las obras en las que está documentada la intervención de los maestros de Barrado, aparte de las muchas atribuciones que les hacemos, es el retablo mayor de Jerte (c. 1760-1762).

          Dentro de la órbita de influencia que ejerce Salamanca en la Alta Extremadura también se encuentra el artista cuyo taller se encargo de abastecer, desde la ciudad de Cáceres, la importante serie de encargos que le llegaban de las parroquias situadas en la limítrofe demarcación diocesana de Coria: Vicente Barbadillo, nominado en la documentación como “profesor en el arte de arquitectura”. Escaso eran los datos que conocíamos de Barbadillo, a quien es lícito valorar, dada la fecunda trayectoria que desarrolló durante la segunda mitad del siglo XVIII, como uno de los artistas mejor cualificados que trabajaron en Extremadura (10) Su fama creciente le hizo intervenir en las obras más onerosas y de mayor nombradía, llegando incluso a acaparar gran parte de la clientela y eclipsar a otros entalladores de menor altura.

          Según se desprende del pleito que iniciaron Francisco Gabriel Gutiérrez y Juan Carpintero Riojas, vecinos de Cáceres y examinadores del oficio de carpintería, con el poder que otorgaron el 22 de agosto de 1760 a favor del procurador Francisco Andrada y Sanabria, para que la justicia real requiriera a Vicente Barbadillo el título de maestro de carpintería o tallista, sabemos que el artista era:

          “natural de la ciudad de Salmanca y residente en esta villa, profesor en el arte de arquitectura”; y que se le acusaba “sobre averse (…) yntroduzido y pasado a ajustar y hacer varias obras de carpintería sin que nos conste ser maestro examinado en dicho oficio y para que exhibiera el título o títulos de ser maestro de carpintería o tallista.” (11)

            La respuesta de Vicente Barbadillo no se hizo esperar, y al día siguiente -el 23 de agosto- otorgaba poder al procurador Benito Pérez Mariño para que en su nombre pudiera emprender cuantas acciones fueran necesarias para su defensa (12). Es posible que este litigio propiciara su asentamiento de derecho en Cáceres. Pero lo más importante, si tenemos en cuenta que su primera intervención está documentada en julio de 1752, en que contrata el retablo mayor de la iglesia de San Francisco Javier en Cáceres, está en el poco tiempo que tardó en granjearse la confianza de los más importantes comitentes de la ciudad, habida cuenta de su calidad como tallista.

          La construcción del Colegio y la iglesia de la Compañía de Jesús en Cáceres, y la conclusión del templo a comienzos de 1752 fue el estímulo que suscitó la presencia de nuestro artista en la ciudad con motivo de las obras de ornamentación que se emprendieron inmediatamente después. Es muy probable que Barbadillo tuviera conocimiento de las mismas a tenor de las obras que se desarrollaban de forma paralela en la Clerecía de Salamanca. Y hasta es posible, dada la conexión que existe -en lo que a retablos se refiere- entre el estilo de nuestro autor y el de Andrés García de Quiñones, que se encontrara trabajando, tal vez como oficial, en el taller que ejecutaba bajo sus órdenes las obras de la casa jesuítica de Salamanca, donde es más que probable que tuviera referencias de la nueva construcción. Vicente Barbadillo debió ser uno de los múltiples discípulos que tuvo García de Quiñones, a saber, su hijo Jerónimo, Luis González, Antonio Montero, José y Marcelino García, Agustín Pérez Monroy, etc., aunque sin duda Miguel Martínez quien más descolló entre todos ellos (13).

            En lo que a su estilo respecta, podemos ver en su obra un lejano influjo de la obra de los hermanos Churriguera proyectado a través de García de Quiñones. Nuestro maestro evoluciona desde un estilo rococó muy limpio de motivos ornamentales, como es el caso del retablo de los Jesuitas en Cáceres, a una tendencia a la decoración, que es posible que respondiera a sus contactos con los artistas extremeños antes mencionados y, en suma, al gusto de los comitentes.

          Escasos datos tenemos acerca de su vida privada. Según consta en su partida de defunción Vicente Barbadillo falleció en Cáceres el 6 de abril de 1780, dejando viuda a María Cívicos, natural de Peñaranda. Fue enterrado en la iglesia de Santiago el mayor (14). De este matrimonio conocemos la existencia de un hijo, llamado Francisco; era natural de Salamanca, y se casó en Cáceres el 21 de agosto de 1780, en la precitada parroquia de Santiago el Mayor, con María Villamar Pulido, hija de Luis Villamar, natural de Peralejos, en el Obispado de Segovia, y de la cacereña Agustina Durán Pulido (15).

            En la actividad que desarrolló en la Diócesis de Coria, Vicente Barbadillo tuvo como protector y benefactor al Obispo ilustrado don Juan José García Álvaro (1750-1783), gracias al cual obtuvo el contrato de muchas obras al figurar su nombre, casi de forma constante, como el maestro quien mejor podía cumplir con los dictados de su Visita en materia de ornamentos lignarios.

            La trayectoria artística de Vicente Barbadillo se inicia en la ciudad de Cáceres con el retablo mayor de la iglesia de San Francisco Javier, de la Compañía de Jesús. En la carta de obligación que firmó el 3 de julio de 1752 (16) junto a su fiador, Luis Conejero, Barbadillo se comprometía a realizar el retablo según el ajuste que trató con el “reverendo padre Provincial de la provincia de Toledo, que actualmente se hallaba en esta villa, y para ello hize diseño, el que fue aprobado visto que fue y reconocido”. Siguiendo con el acuerdo pactado, la obra se ajustó en la importante cifra de 33.000 reales, con una serie de cláusulas y condiciones que resumimos a continuación: se habría de utilizar “madera enjuta, sin nada de humedad, por escusar los alabeos”, y los materiales, andamios, el transporte de éstos y los reparos de los daños que derivasen del asiento del retablo, quedaban por cuenta del artista; se comprometió a “que las proporciones de todos los cuerpos de architectura an de ser regladas a el diseño en todo”, obligándose a realizar cuantas modificaciones fueran oportunas según el criterio del padre Provincial y el reverendo Tomás de la Fuente, Rector del Colegio de la Compañía, quienes, si así lo decidían, tenían potestad para proceder a tasar la obra una vez concluida; de cuenta del maestro quedaban “las tres estatuas de San Bernardo, San Francisco de Asís, y [que] en lugar de San Javier dibujado de talla se [habrí] a de poner una imagen de la Virgen de la Concepción”, que aún se conservan; siguiendo la costumbre más extendida, los 33.000 reales le habrían de ser pagados en tres pagas, al inicio, durante el transcurso y al final del trabajo, para lo que se fijó el plazo; y dado que el Rector decidió sustituir el pedestal de madera que se había proyectado por otro de piedra, también se estipuló la obligación de rebajar su importe del total ajustado.

          El magnífico retablo que hizo Barbadillo para la iglesia de la Compañía ocupa el testero plano del templo, aunque, bajo la premisa de lograr un mayor dinamismo, dibuja una planta tripartita, con las dos calles laterales en esviaje, persiguiendo lograr un efecto perspectivo y la apariencia de cierta concavidad. El conjunto se asienta sobre un esbelto banco sobre el que se eleva el único cuerpo, coronado con ático de cascarón. Descuellan en el retablo las columnas de orden gigante, pareadas en los extremos y sencillas en la hornacina central; el único ornato que llevan las estrías se resuelve añadiendo rocallas y anillos en su promedio y tercio inferior. Es plausible el protagonismo que cobran tales columnas junto al resto de las líneas arquitectónicas, fruto de la potenciación que les confiere la limpieza de superficies. Llama la atención la fórmula que de la potenciación les confiere la limpieza de superficies. Llama la atención la fórmula que utiliza el artista para resolver la traza de la columna interna que forma parte de cada una de las dos parejas que flanquean el retablo por ambos lados, al haber suprimido el fuste para quedar suspendidos los capiteles, y el inicio de la basa convertido en una peana. Se trata sin duda de una de las soluciones más novedosas que se introducen en este tipo de soportes en Extremadura, con la finalidad práctica de permitir la inserción de los nichos laterales, y el objetivo de lograr una forma ciertamente caprichosa, que es posible justificar desde dos perspectivas: una de ellas y la más certera, nos remite, a tenor de la pertenencia del colegio extremeño a la provincia jesuítica de Toledo, a la obra de Narciso Tomé; y la segunda, a la idea que debió prevalecer en Barbadillo de mantener en cierto modo la inventiva barroca y el capricho rococó, al quedar sujeto a los dictámenes del comitente y ser frecuente en los jesuitas pedir que las obras estuvieran, al menos en estas fechas, libres de toda decoración que pudiera que pudiera ser disonante a la vista, como sucedió cuando Francisco Javier Ignacio de Echevarría trazó en 1766 el retablo mayor de la iglesia del antiguo colegio de los jesuitas de la villa de Lekeitio (17).

            En las calles laterales se sitúan, en el costado del Evangelio, las imágenes de San Bernardo -en la hornacina, según el contrato- y San Luis Gonzaga, que descansa sobre la basa de la columna de fuste incompleto; en el lado contrario de la epístola se sitúan las tallas de San Francisco de Asís y la excelente escultura de San Ignacio de Loyola. Las imágenes de San Bernardo y San Francisco, junto a la Inmaculada que va situada en el ático, se mencionan en el contrato del retablo al quedar por cuenta de Barbadillo, que debió subcontratar la hechura de las mismas con maestros tal vez salmantinos; y puesto que la primera está mucho mejor resuelta, es posible incluso que acudiera a dos artistas distintos. Superan la calidad de esta pareja -y sobre todo la imagen de San Francisco- las esculturas de San Luis Gonzaga y de San Ignacio de Loyola, de movidos plegados dieciochescos ejecutados a cuchillo.

          La iconografía del retablo se completa con las imágenes emplazadas en la calle central, cuyo recorrido inicia un hermoso manifestador escoltados con dos ángeles mancebos. L hornacina central enmarca un cuadro del pintor napolitano Paulus de Matteis con el Milagro del Cangrejo obrado por San Francisco Javier (18); según las obligaciones del contrato, en su lugar iba originalmente una escultura del fundador de los jesuitas. En lo alto, sobre el frontón curvo partido que remata la hornacina donde va incluido el lienzo, culmina la imagen de la Inmaculada Concepción sobre la que vuela el Espíritu Santo en forma de Paloma.

          Además del retablo mayor también estaba previsto la construcción de los dos colaterales que flanquean el arco triunfal de la iglesia; al menos de uno de ellos tenemos noticias a través de los acuerdos municipales del Ayuntamiento de la villa cacereña que, al ser patrona del Colegio de la Compañía, acordó el 16 de mayo de 1752, es decir, un mes y medio antes de haberse ajustado con Vicente Barbadillo el retablo mayor, elevar uno en el colateral izquierdo -costado del Evangelio- de la iglesia dedicada a San Jorge, patrón de la ciudad (19). Si tenemos en cuenta que fue entonces cuando debieron iniciarse los tratos con nuestro artista, y la unidad estilística y ventajas añadidas que conllevaría su contratación, no es difícil conjeturar que a Barbadillo le sería encomendada la ornamentación del conjunto del presbiterio, el cual se completaba, haciendo pareja con el retablo de San Jorge, con otro dedicado -según el relieve que lo corona en al ático- a Santa Bárbara. Corroboran nuestra hipótesis detalles estilísticos coincidentes entre ambos colaterales y el mayor, tales como la traza que utiliza para las hornacinas, el tipo de columnas o los motivos ornamentales y líneas arquitectónicas que configuran ambos conjuntos. La magnitud de las obras a las que se comprometió el artista fue la causante para que la entrega del colateral dedicado a San Jorge se dilatar hasta el 9 de septiembre de 1757, fecha en la que Tomás de la Fuente, Rector del Colegio, remitió un memorial al Ayuntamiento de la ciudad para dar cuenta de su conclusión y de los 300 ducados de su importe (20) Y el 15 de febrero de 1758 el Concejo daba orden de librar los 1.700 reales que importaba el dorado de la pieza, contratado con Francisco Tallo.

          En la actualidad, el retablo de San Jorge, rematado con un bonito relieve en el que se aprecia al santo luchando con el dragón, está ocupado por un Ecce Homo del siglo XIX. Su compañero en la Epístola está presidido por una bella talla dieciochesca de San ramón Nonato, aunque sabemos, a través de Publio Hurtado (21)

Retablo Mayor de la iglesia de san Francisco Javier en Cáceres, obra de Vicente Barbadillo. https://es.pinterest.com/pin/301319031315129350/

En la actualidad, el retablo de San Jorge, rematado con un bonito relieve en el que se aprecia al santo luchando con el dragón, está ocupado por un Ecce Homo del siglo XIX. Su compañero en la Epístola está presidido por una bella talla dieciochesca de San ramón Nonato, aunque sabemos, a través de Publio Hurtado (21), que a comienzos del siglo XX albergó una talla de San Ignacio de Loyola, tal vez la que hoy se encuentra en el retablo mayor.

Mientras Vicente Barbadillo se encontraba aún trabajando en los retablos de la Compañía, su taller recibió en 1756 un encargo de la cofradía de las Ánimas Benditas que se servía en Navas del Madroño para ejecutar el altar de la congregación a cambio de 1.700 reales. La obra es mucho más sencilla de las que hasta ahora había realizado, pero es importante al iniciarse con ella la serie de marcos de altar que contrató a partir de la fecha. Enmarca el retablo un cuadro del círculo de los pintores badajoceños Alonso de Mures y su hijo Clemente: se ejecutó un año antes de la intervención de Barbadillo, en 1755 (22). Los estípites que presenta la obra nos hablan de un artista versátil, inmerso en la definitiva conformación y definición de su estilo. Y es muy interesante la relación que la presencia de esta familia de pintores nos permite establecer con los retablos que tiene dedicados la parroquia de Aliseda a San Lorenzo y a las Ánimas del Purgatorio, tema del lienzo que ejecutó Clemente de Mures en 1757. Su presencia en esta localidad, y el estilo de ambos conjuntos lignarios, con las columnas estriadas y las rocallas advertidas en la iglesia de los jesuitas, nos permite imaginar que Barbadillo también se encargó de su ejecución, emprendida por mandato de la Visita que efectuó el Obispo don Juan José García Álvaro el 30 de mayo de 1757 (23).

            De mucho mayor empaque era el retablo mayor de la parroquia de Santa María de Jerez de los Caballeros.

Retablo Mayor, Aliseda, Cáceres

https://www.verpueblos.com/extremadura/caceres/aliseda/foto/223803/

Cáceres, Iglesia de San Francisco Javier. Retablo de San Ramón Nonato, obra de Vicente Barbadillo

https://www.flickr.com/photos/rafaelgomez/25885618173

Retablo Mayor de la la parroquia de Santa María de Jerez de los Caballeros, Extremadura

En el año 1965 la iglesia fue afectada por un voraz incendio que privó a la posteridad del valioso conjunto artístico que atesoraba. Las partes que más se vieron afectadas fueron su grandioso retablo del altar mayor, el coro y el órgano.

https://jerezloscaballeros.com/iglesia-de-santa-maria-de-la-encarnacion/

De mucho mayor empaque era el retablo mayor de la parroquia de Santa María de Jerez de los Caballeros, desaparecido en el incendio que sufrió el 6 de enero de 1965. La documentación de esta obra la conocíamos en gran parte por el trabajo de Hernández Nieves (24): en nombre de Vicente Barbadillo, el 22 de abril de 1761 Juan Pérez, tallista cacereño, reclamaba el pago del primer tercio de los 36.000 reales en los que fue rematado en pública subasta; y ese mismo día también otorgó el dicho Juan Pérez, en nombre de Barbadillo, escritura de cesión de acciones y derechos para que la iglesia, en caso de no cumplir el adjudicatario con el plazo establecido dados sus muchos encargos, pudiera contratar a otro maestro, si sufrir por , “ello penalización alguna. No hay acuerdo unánime entre los investigadores a la hora de atribuir al artista la traza de la obra. Más, en virtud de la escritura de poder que hemos localizado, fechada el 26 de marzo de 1761 y otorgada por Barbadillo a favor del precitado Juan Pérez para que pudiera practicar las diligencias necesarias y conducentes al remate del conjunto, “para el que se ha dado traza y condiciones” (25), deducimos que Barbadillo participó en la subasta que en el mes de febrero se celebró para elegir traza, a cuya ejecución se obligó el maestro el 26 de abril de 1761 (26). Y el 2 de junio de ese mismo año otorgaba poder en favor del presbítero don Manuel Ponce de León para que pudiera representarle en Madrid e ir recibiendo en su nombre las pagas del retablo, abonadas por el Consejo de Protección de las Iglesias de las Órdenes Militares, ya que la villa de Jerez de los caballeros estaba bajo el dominio de la de Santiago (27).

Aunque desaparecido, conocemos la obra a partir de una vieja fotografía, la cual nos permite afirmar sin ningún género de dudas que Barbadillo era uno de los artistas mejor cualificados que residían en Cáceres en esas fechas. La traza no le pertenece, por lo que se explica las diferencias que existen con el que había hecho para los jesuitas de Cáceres. Pero es importante considerar la evidente relación, o los ecos, que existen entre esta obra y el retablo mayor del convento de San Esteban en Salamanca, o el retablo que García de Quiñones diseñó en 1759 para la capilla de Santiago en la Clerecía, y se encargó de ejecutar Agustín Pérez Monroy (28). En cualquier caso, es evidente el mayor recargamiento ornamental que tiene el de Jerez de los Caballeros frente a ese otro de la Clerecía, aspecto muy interesante para explicar, además del aferrado gusto que tienen en nuestra región los comitentes hacia el Barroco, la evolución del estilo de Vicente Barbadillo. Empero, no se haría eco nuestro artista del dinamismo que derivaba de la planta poligonal con la que dotado el conjunto de Jerez.

Entre las muchas ocupaciones que llevaron a Barbadillo, y a Juan Pérez en su nombre, a ceder, en caso de incumplimiento del contrato, sus derechos sobre el citado retablo de la Iglesia de Santa María, debía estar el proyecto de construir uno nuevo para la parroquia de Malpartida de Cáceres. Aunque no se ha encontrado la documentación, la semejanza que guarda con el que hizo Vicente Barbadillo para la iglesia cacereña de San Mateo, ha llevado a la crítica histórico-artística a atribuirle su hechura (29), que ya estaba en todo punto concluida para el bienio 1765-1766, en que el mayordomo de la Vera Cruz abonó 6.000 reales por decreto del Obispo “para ayudar a costear el retablo mayor que oi se halla colocado” (30) Se trata de una obra carente de movimiento en planta, pero dotada del mismo tipo de columnas y decoración a base de rocallas que veíamos en el Colegio de la Compañía de Jesús, de cuyo retablo también procede el diseño de las hornacinas y otros detales arquitectónicos que confieren al conjunto un aspecto algo mas recargado.

Inmediatamente posterior es el retablo citado que cubre el testero de la parroquia cacereña de San Mateo. Su construcción fue promovida en la Visita pastoral efectuada por el Obispo don Juan José García Álvaro en abril de 1765; sin embargo, ante la mala situación económica por la que atravesaba la iglesia, el mandato de visita ordenó que la obra se iniciara con el primer cuerpo hasta que los caudales disponibles hicieran posible su continuación. El conjunto se entabló entre 1766 y 1767, y se completó en 1776 con la edición por el mismo Barbadillo de las calles laterales del último cuerpo. El coste total de la obra ascendió, concluyendo el sotobanco de cantería, a la nada despreciable cantidad de 33.811 reales, de los cuales el Obispo aportó 9.474, a los que se añadieron los que donaron otros miembros de la nobleza cacereña, deseosos de ver la obra completamente terminada; entre ellos destaca don Pedro José Topete y Barco, uno de los próceres cacereños que más limosnas destinó a su erección, muchas de ellas provenientes del Santo Cristo de la Encina, cuyo culto había introducido en la misma parroquia y elevado un retablo para enmarcar el lienzo dieciochesco con dicha representación, asentado el 23 de noviembre de 1761 y probablemente realizado, en lo que atañe al marco, por el artista que cinco años después intervino en el retablo mayor (31).

El retablo de San mateo, que permanece en blanco, a excepción de la custodia-manifestador, es una obra prolija dentro de la producción de Vicente Barbadillo, alejada del estilo que el artista imprimió a los retablos que hizo para la Compañía de Jesús. Sin embargo, el tipo de columnas, el trazado de elementos decorativos y arquitectónicos o el diseño de las hornacinas responden del pleno a la mano del artista. La división de la obra en tres cuerpos y tres calles obedeció a la intención de incluir el repertorio iconográfico que luego se iría renovando a lo largo del siglo XVIII.

 

Cofradía cacereña de Ntra. Sra. de la Montaña

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Sin haber concluido el encargo que tenía de la iglesia de San Mateo, Barbadillo se comprometió con la cofradía cacereña de Ntra. Sra. de la Montaña para realizar el retablo que habría de albergar -en la capilla situada en la cabecera por el costado del Evangelio- la preciosa imagen del Cristo de la Salud que se había contratado con José Salvador Carmona, en concepto de la cual le serían abonados entre 1766 y 1767 un total de 1.709 reales (32). La cofradía tomó el acuerdo de realizar el retablo antes de la llegada de la escultura; así se decidió en el cabildo celebrado el día 15 de abril de 1766, donde expresamente se decidió “que se mandase hacer dicho retablo nuevo y que éste se le encargase el hazerlo a Juan Barbadillo, maestro tallista y escultor” (33). Aunque es claro el equívoco con el nombre, llama la atención la resolución con la que deciden contratar los servicios del maestro, quien sin duda era ya famoso en la comarca. Por las cuentas que dio el mayordomo en marzo del año siguiente, sabemos que Barbadillo percibió por su trabajo 2.600 reales. El dorado del retablo corrió a cargo del dorador cacereño Joaquín Rodríguez, al que abonaron, entre 1767 y 1768, 2.690 reales (34)

Bajo la premisa de completar la iconografía de Nuestra Señora, que se encuentra acompañada en el retablo mayor por las efigies de San José y San Joaquín, la cofradía decidió construir una capilla simétrica a la del Cristo de la Salud dedicada a Santa Ana. Para la ejecución de la escultura se volvió a recurrir al taller de José Salvador Carmona, quien recibió por su hechura 1.500 reales entre 1773 y 1774 (35). El retablo se realizó entre 1774 y 1776 (36), periodo al que corresponden los 2.850 reales que se abonaron al anónimo tallista que se encargó de entablarlo, y que no pudo ser otro que Vicente Barbadillo dada la correspondencia que existe entre éste y el anterior del Cristo de la Salud. De su dorado se encargó el maestro cacereño José Galván entre 1776 y 1777 a cambio de 2.950 reales de vellón (37).

Cristo de la Salud en la parroquia de Ntra. Sra de la Salud, Cáceres

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            Ambas obras guardan relación con los colaterales de la iglesia del Colegio de la Compañía de Jesús. En ambos se repiten los consabidos elementos que suele utilizar en sus obras Vicente Barbadillo. Destacan las cornucopias en las que culminan los áticos de cascarón de ambos retablos.

          Otra serie de intervenciones llevó a cabo el maestro en la década de 1770, en las que no nos detenemos para dedicar nuestra atención a otra serie de obras que también lo merecen. Citemos el contrato del retablo mayor de la iglesia de Galisteo, que estipula en 15.000 reales según la escritura de fianzas que otorgó a su favor el ya citado Juan Pérez el 12 de diciembre de 1772 (38). La calle central de esta obra, dotada con ártico curvo de cascarón, hay que ponerla en relación con la máquina que cubre el testero de la iglesia de San Pedro, en Torreorgaz, que sin duda también fue ejecutada por Barbadillo. Para la parroquia de Torrejoncillo se comprometió a realizar el retablo de la Virgen del Rosario y San Antonio, obra en virtud de la cual otorgaba carta de pago el 2 de mayo de 1774, tras haber recibido los 3.300 reales del segundo plazo (39); el retablo se destinó, en última instancia, a la ermita del santo lisboeta, donde se conserva. Y el 21 de febrero de 1776, junto con su fiador Joaquín Sayazo, se comprometió a realizar el retablo mayor y los colaterales de ermita de los Mártires, en Arroyo de la Luz, a cambio de 9.000 reales (40); se obligó a adecuar el tamaño de las hornacinas al que tenían las imágenes existentes, y a insertar en el ático de los colaterales dos cuadros pintados, dedicados uno a San José y el otro a Nuestra Señora. Han llegado hasta nuestros días el mayor y el dedicado a la Inmaculada, presidido por una imagen dieciochesca de San Antonio de Padua.

          A tenor de las esculturas que hizo José Salvador Carmona para la ermita cacereña de Ntra. Sra de la Montaña, se hace evidente la circunstancia por la que atraviesa el arte escultórico en la región durante el siglo XVIII, que, ante la falta de “maestros diestros#”, según especificó el Cabildo placentino cuando contrato el citado retablo de las reliquias, los comitentes tuvieron la necesidad de recurrir a maestros foráneos. Por su importancia, hay que mencionar la obra que nos dejó en Extremadura el escultor y académico Luis Salvador Carmona, estudiado en las sendas monografías que escribieron los profesores Martín Honzález (41) y García Gaínza (42). Son tres las obras que se conservan en la región: la imagen de la Asunción que preside el retablo mayor de la parroquia de Serradilla de la misma advocación (1749), la escultura de Santo Domingo, de la iglesia cacereña también de la misma advocación, fechable en la década del cuarenta y emparentado con el que se conserva en la iglesia de San Esteban de Salamanca, y la Virgen con el Niño, de Brozas, que debe de ser de hacia 1750.

          Del sobrino de Luis, José Salvador Carmona, hay que citar, además de las obras que hace para el santuario de la Montaña en Cáceres, las imágenes de San Sebastián y San Luis Obispo que ejecutó, respectivamente, en 1777 y 1779 para la Catedral de Coria (43) y el Nazareno de Vestir de la iglesia de Malpartida de Cáceres, firmado y fechado en 1780 (44).

            La aportación de ambos maestros fue de gran importancia para permitir el paso hacia el naciente neoclasicismo académico, una etapa de transición en la que también jugó un papel muy importante el escultor vallisoletano Alejandro Carnicero y el sobrio realismo que introdujo con la serie de esculturas de que hizo -además de su intervención en el Coro del Monasterio de Guadalupe-, entre 1746 y 1748, para el retablo mayor de la Catedral de Coria, según documentó en su momento Andrés Ordax (45).

 

Hervás, iglesia del antiguo convento trinitario. Retablo Mayor, obra de fray José de la Santísima Trinidad

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            Pueblan dichas esculturas el hermoso retablo que construyó el hermano arquitecto trinitario fray Juan de San Félix entre 1746 y 1747 (46); en la obra se hace evidente el influjo neoclásico responsable de la limpieza de las superficies. A su lado trabajó el también arquitecto trinitario fray José de la Santísima Trinidad, autor, asimismo, del retablo que engalana la capilla de los Maldonado en la Catedral de Coria, y cuya relación con los imponentes retablos del antiguo convento trinitario de Hervás, nos ha permitido atribuir a dicho fray José la ejecución de este conjunto, que debió fabricar a mediados del siglo XVIII (47). En el panorama de retablística cacereña, y más aun extremeña, los voluminosos soportes empleados en los retablos del convento trinitario tan sólo encuentran verdadero parangón y contrapunto en ejemplares muy localizados. En la provincia de Badajoz, más proclive a las formas decorativas por su proximidad a Andalucía, este tipo de soportes fue importado desde Madrid por Ginés López, que los empleó acaso por vez primera en la región, en 1717, para diseñar el tabernáculo programado por los canónigos y destinado al presbiterio de la catedral pacense (48) -presidido por la magnífica escultura de San Juan Bautista de Juan Alonso Villabrille y Ron (1784)-.  Posteriormente, , el uso del estípite en la zona propició la talla de ejemplares con arquitectura verdaderamente palpitante, en relación con la desestabilización de las formas clásicas a raíz de la utilización de un soporte más inventivo y decorativo que estructural: el retablo mayor de la sede pacense encuentra su más próximo reclamo en la enorme y asombrosa máquina de la parroquia del Santísimo Cristo de las Misericordias, en Fuente del maestre, ejecutada entre 1719 y 1723 por Sebastián Jiménez (49), autor al que también se atribuyen las columnas-estípites del importante y bello ejemplar custodiado en la parroquia de San Pedro en, Aceuchal (50). Destaquemos, asimismo el retablo de la capilla de Ntra. Sra. del Reposo, en la parroquia jerezana de San Bartolomé, obra que Juan Ramos de Castro realizó entre 1738 y 1745 (51). Y aunque a este último artífice se lo ha querido relacionar con la construcción, en la misma década de 1740, del retablo de la Virgen de la Valvanera en la iglesia segedana de Ntra. Sra. de la Candelaria, opinamos que su realización (1748-1751) se debió a José Javier de Larra y Churriguera (52). Pero, sobre todo, no dejemos de citar el retablo mayor de la parroquia de Ntra. Sra. de la Granada, en Fuente de Cantos, el retablo mayor de la iglesia de enormes proporciones, es una auténtica joya del arte barroco. Mandado construir en 1760, se sabe que quedó concluido el 12 de marzo de 1770. Es una de las piezas más importantes de la Extremadura del siglo XVIII. Su autor es el sevillano Manuel García de Santiago (maestro retablista). Costó 38.000 reales (aunque valorado en 55.000) que fueron pagados en varios plazos. En 1776 aún no se había terminado de pagar.

El historiador del arte local D. Juan Manuel Valverde Bellido nos hace de él la siguiente descripción:

Apoyado en un alto banco con seis ménsulas arrocalladas, decorado con ángeles y un rico sagrario sobresaliente, se levanta el único cuerpo de la obra,articulada en cinco calles por airosos estípites y dobles series de retropilastras. En las calles laterales, sobre repisas, se ubican las imágenes de S. José, S. Joaquín, Sta. Ana y Santiago,y en tondos, los bustos de S. Antonio de Padua, Sta. Práxedes, Santa Lucía y S. Antonio Abad.

La calle central, doble de ancha que las laterales, está ocupada por el manifestador y el camarín, que no es realmente una obra arquitectónica, sino más bien un decorado de madera tallada y dorada que se adosa a la pared posterior del retablo. Contiene la imagen de la Virgen de la Granada. El remate del retablo es un enorme cascarón, partido en dos por la prolongación de la calle central, a modo de rompimiento de gloria, en el que se sitúan, entre infinidad de ángeles, las imágenes de S. Agustín, S. Rafael, S. Miguel, S. Gabriel y S. Buenaventura. Encima campean los bustos de las Evangelistas y sobre un trono sostenido por ángeles, se sienta Dios Padre”.

DORADO DEL RETABLO MAYOR. - La construcción de un retablo es una empresa difícil, costosa y muy lenta en el tiempo. El retablista sólo realizaba el trabajo de esculpir toda la madera y ensamblarla. Los imagineros hacían las figuras que lo adornan, y el acabado final, a base de panes de oro, correspondía a otros artistas, los maestros doradores, cuya labor no podía hacerse al mismo tiempo, sino que, una vez colocado el retablo en el emplazamiento para el que había sido construido, había que esperar varios años para que la madera se secara definitivamente y no se deformara. Cuando se estaba seguro de que esto no sucedería y si la fábrica de la iglesia contaba con el dinero necesario, se procedía al dorado y jaspeado, labor mucho más costosa, por el valor del material (oro), que la propia construcción del retablo. Hernández Nieves sitúa cronológicamente la gran máquina de Fuente de Cantos en las décadas centrales del siglo XVIII (53).

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          En el siglo XVIII culmina en la alta Extremadura con los tintes neoclásicos que se hacen evidentes en el retablo mayor de la iglesia de Serrejón (1770-1780), así como también en el desaparecido de Hervás, que fabricó el salmantino don Tomás López Monroy entre 1781 y 1782 (54). Sin embargo, la depuración estilística que decretó la Circular a los Prelados Eclesiásticos del Reino, de 2r de noviembre de 1777 (55), ordenando la sustitución de los retablos lignarios por otros construidos con materiales nobles para evitar el peligro de los incendios y abaratar los costes -evitando también la inflación-, no tuvo en la provincia de Cáceres, al igual que en la Baja Extremadura, el resultado de un estilo como el que se imponía en la Corte de Carlos III. Existía una tradición y una especial predisposición del pueblo a seguir cultivando el barroco/rococó de estilo popular. El único retablo neoclásico que se construyó, aunque en madera según la tendencia general de España (56), fue el de la parroquia de Cuacos de Yuste, dorado en 1800. La traza del retablo sigue el modelo que había diseñado Juan de Herrera en 1580 para el mayor del monasterio de Yuste, obra sin la cual dudamos que se hubiera llevado a cabo.

 

LA PINTURA

          Cumplido nuestro objetivo de dar a conocer los datos y conclusiones hasta ahora inéditos para trazar el panorama de la escultura extremeña en la época del Cardenal Lorenzana, sólo nos resta dar unas brevísimas pinceladas para esbozar el desarrollo de la pintura durante el siglo XVIII. La actividad que desarrolla el pintor, natural de Villanueva de la Serena, José de Mera, en la provincia cacereña y durante el primer tercio del siglo XVIII (57), enseguida en la Baja Extremadura por la obra de los Mures y los Estrada, dos familias que desarrollan su actividad en los dos primeros tercios del siglo XVIII desde la ciudad de Badajoz. De la dinastía de los Estrada sobresale Juan Eusebio, hijo del también pintor Manuel Antonio de Estrada, y, aunque documentado hasta 1784, siempre se mantuvo anclado en convencionalismos que no aportaron nada nuevo para el desarrollo de la pintura. Del mismos e conserva obra en la Catedral y varias iglesias de Badajoz y su provincia (58).

            De la familia de los Mures destaca sobre todo Alonso de Mures natural de Sevilla y establecido en Badajoz desde al menos 1717. Podemos estudiar su estilo a través de la obra que del mismo se conserva en la Seo pacense, o a través de los lienzos que alberga el retablo de Ntra. Sra. del Rosario de la parroquia de Salvaleón o en el Museo de Bellas Artes de Badajoz (59). El estilo de Alonso continuó vivo en la obra de su hijo Clemente de Mures, autor de las pinturas que decoran el claustro del convento de Santa Ana de Badajoz (1759-1760), y de la Dolorosa (1755) que custodia el Museo de esta ciudad (60).

            A los nombres citados habría que unir también la de otros artistas que, de forma puntual, establecieron cierta relación con Extremadura, como fue el caso, por ejemplo, de Juan García de Miranda o Pedro José de Uceda, exponentes de la vinculación que tuvo la región con Madrid o Sevilla (61).

NOTAS

Vicente Méndez, Hernán. El arte extremeño en la época del Cardenal Lorenzana, en España y América entre el Barroco y la Ilustración (1722-1804), II Centenario de la muerte del Cardenal Lorenzana (1804-2004), Coordinador Jesús Paniagua Pérez, León, Universidad de León, 2005, pp. 573-590.

 

1.- Las referencias en el libro de P. de ANDRÉS, Guadalupe, un centro histórico en desarrollo artístico y cultural, Cáceres, 2001, pp. 199-208.

2.- F.J. GARCÍA MOFOLLÓN, La Catedral de Coria. Arcón de Historia y Fe, León, 1999, p. 67.

3.- T. PULIDO Y PULIDO, Datos para la Historia Artística Cacereña (Repertorio de artistas), Cáceres, 1980, pp. 457 y 459.

4.- P. DE LA PEÑA GÓMEZ, “El Colegio de San Ignacio y la Iglesia de San Francisco Javier de Cáceres”, Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología de Valladolid, Tomo LIX, 1993, pp. 393-401.

5.- J.M. TORRES PÉREZ, Las torres de Jerez de los caballeros, Pamplona, 1988, pp. 19-33.

6.- M. CRUZ VILLALÓN, y S. KURTZ, William, “La iglesia de San Gabriel-La Concepción de Badajoz, supuesta de Ventura Rodríguez”, Norba-Arte, To XIV-XV, 1996, pp. 195-218.

7.- Por ser sus intervenciones muy conocidas en Extremadura no las mencionamos en el presente trabajo; remitimos para ello a nuestro estudio sobre El Retablo en la Diócesis de Plasencia (Siglos XVII-XVIII), Cáceres, 2004, pp. 733 y ss.

8.- En Cantabria tenemos documentados a varios maestros apellidados Incera desde el siglo XVI. Entre ellos aparece citado Juan Antonio de la Incera, que pensamos que pudo haber sido descendiente de nuestros maestros: M.C. GONZÁLEZ ECHEGARAY, et. Al., Artistas Cántabros de la Edad Moderna. Su aportación al Arte hispánico (diccionario biográfico-artístico), Salamanca, 1991, pp. 347 y ss.

9.- J.J. MARTÍN GONZÁLEZ, Escultura Barroca Castellana, Madrid, 1959, pp. 74 s.

10.- Sobre Vicente Barbadillo, ver: T. MARTÍN GIL, “La iglesia parroquial del Casar de Cáceres y su retablo mayor”, Revista del Centro de Estudios Extremeños, To V, 1931, pp. 39-58; M. MUÑOZ DE SAN PEDRO, “La Cofradía Cacereña de Nuestra Señora de la Paz”, Revista del Centro de Estudios Extremeños, Tomo V, 1949, pp. 117-152; T. PULIDO Y PULIDO, Obra citada, pp. 83-84; y F.M. SÁNCHEZ LOMBA, “Vicente Barbadillo, autor del retablo mayor de San Mateo (Cáceres)”, Norba-Arte, Tomo V, 1984, pp. 323-326.

11.- Archivo Histórico Provincial de Cáceres (desde ahora A.H.P.C.C.), Sección Protocolos Notariales de Cáceres, escribano Lorenzo Valencia y Conejero, legajo 4.392, año 1760, fols. 8-9.

12.- Ibídem, fols. 10-11.

13.- A. RODRÍGUEZ G. DE CEBALLOS, “El retablo barroco en Salamanca: materiales, formas, tipologías”, Imafronte. El Retablo Español, no. 3-4-5, 1987, p. 247.

14.- Archivo Diocesano de Cáceres (desde ahora A.D.C.), Iglesia de Santiago de Cáceres, Libro 33, Libro de Difuntos y Párvulos, de 1747 a 1781, foliado, fol. 275 vto.

15.-Ibídem, Libro 21, Casados y Velados, de 1736 a 1792, foliado, fol. 385.

16.- A.H.P.C.C., Sección Protocolos Notariales de Cáceres, escribano Pedro José Cisneros, legajo 3.690, año 1752, fols. 51-52.

17.- J. ZORROZUA SANTISTEBAN, El retablo Barroco de Bizkaia, Bilbao, 1998, p. 130.

18.- T. TERRÓN REYNOLDS, Patrimonio Pictórico de Extremadura. Siglos XVII y XVIII, Cáceres, 2000, pp. 370-371. Según Pérez Sánchez, el lienzo repite el tema de uno de los cuadros de San Isidro de Madrid -hoy perdidos parte de ellos-, lo que indica el éxito que tuvo el tema entre los jesuitas y, asimismo, la relación que se estableció con Madrid: A.E. PÉREZ SÁNCHEZ, Pintura italiana del siglo XVII en España, Madrid, 1965, p. 408.

19.- Archivo Municipal de Cáceres, Libro de Actas desde el 1 de enero de 1751 al 30 de diciembre de 1754, en la fecha de 16 de mayo de 1752.

20.- Ibídem, Libro de Actas desde el 1 de enero de 1755 al 21 de diciembre de 1758, en la fecha de 9 de septiembre de 1757.

21.- P. HURTADO, La parroquia de San Mateo de Cáceres y sus agregados, Cáceres, 1918, p. 107. En las páginas 106-107 se ocupa de los retablos estudiados en la iglesia, y ya entonces tenían la misma iconografía descrita.

22.- J.M. MARTÍNEZ DÍAZ, EEl retablo de ánimas benditas en la iglesia parroquial de Navas del Madroño (Cáceres)”, Norba-Arte, To. XVII, 1997, pp. 317-321.

23.- A.D.C., Parroquia de Aliseda, No 26 (1), Cofradía General de la Misericordia, Cuentas, Inventarios y otros, de 1659 a 1772, foliado, fol. 148.

24.-R. HERNÁNDEZ NIEVES, Retablística de la Baja Extremadura. Siglos XVI-XVIII, Badajoz, 2004 (2ª Edición), pp. 331-336; J.M. TORRES PÉREZ, “Un documento inédito relativo a Vicente Barbadillo, Alcántara, No. 12 (Tercera Época), 1987, pp. 87-93.

25.- A.H.P.C.C., Sección Protocolos Notariales de Cáceres, escribano Pedro José Cisneros, legajo 3.693, año 1761, foliado, fols. 17-17 vto.

26.- J.M. TORRES PÉREZ, Obra citada, pp. 90-93.

27.- A.H.P.C.C., Sección Protocolos Notariales de Cáceres, escribano Fernando Alonso Calvo, legajo 3.660, año 1761, foliado, fols. 167-168.

28.- A. GUTIÉRREZ R. DE CEBALLOS, Estudios del Barroco Salmantino. El Colegio Real de la Compañía de Jesús (1617-1779), Salamanca, 1985, p. 103.

S. ANDRÉS ORDAX (Dir.), Monumentos Artísticos de Extremadura, Mérida, 1995 (2ª edición), p. 408.

30.- A.D.C., Malpartida de Cáceres, Libro no. 57, Cofradía de la Vera Cruz, Cuentas e Inventarios, de 1682 a 1779, foliado, fol. 372.

31.- F.M. SÁNCHEZ LOMBA, Obra citada, pp. 323-325; F.J. GARCÍA MOGOLLÓN, La parroquia de San Mateo (Cáceres). Historia y Arte, Cáceres, 1996, pp. 37-44.

32.- M.A. ORTÍ BELMONTE, Historia del Culto y Santuario de Ntra. Sra. de la Montaña, Patrona de Cáceres, T. I, Cáceres, 1949, pp. 150-151.

33.- Archivo de la Real Cofradía de Nuestra Señora de la Montaña, Libro 3º Libro de Acuerdos celebrados por la cofradía desde 1764 hasta 1797.

34.- Ibídem, Libro de Cuentas de la Cofradía, tomadas desde el día 25 de marzo de 1739, foliado, fols. 121 y 128.

35.- M.A. ORTÍ BELMONTE, Obra citada, pp. 151-152.

36.- Archivo de la Real Cofradía de Nuestra Señora de la Montaña, Libro de Cuentas de la Cofradía, citado, fol. 173 vto.

37.- Ibídem, fol. 182 vto.

38.- A.H.P.C.C., Sección Protocolos Notariales de Cáceres, escribano Pedro José Cisneros, legajo 3.696, año 1772, sin foliar.

39.- Ibídem, año 1774, sin foliar.

40.- Ibídem, escribano Pedro José Cisneros, legajo 3.697, año 1776, sin foliar.

41.-J.J. MARTÍN GONZÁLEZ, Luis Salvador Carmona. Escultor y Académico, Madrid, 1990, pp. 263-269, para las obras conservadas en Extremadura.

42.- M.C. GARCÍA GAÍNZA, El escultor Luis Salvador Carmona, Navarra, 1990.

43.- Véanse respectivamente, los trabajos de S. ANDRÉS ORDAX, “Introducción a la escultura altoextremeña del Renacimiento y del Barroco”, Actas del IV Congreso de Estudios Extremeños, Cáceres, 1981, p. 21; F.J. GARCÍA MOGOLLÓN, “Notas sobre el escultor José Salvador Carmona: el inédito San Sebastián de la Catedral de Coria”, Norba-Arte, To. XVII, 1997, pp. 312-313.

44.- J.M. TORRES PÉREZ, “Algunas esculturas de José Salvador Carmona en Cáceres”, Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología de Valladolid., To. XLIX, 1983, pp. 513-518.

45.- S. ANDRÉS ORDAX, Obra citada, pp. 19-20.

46.- Véase al respecto, F.J. GARCÍA MOGOLLÓN, La Catedral de Coria…, obra citada., pp. 73 y ss.

47.- F.J. GARCÍA MOGOLLÓN y V. MÉNDEZ HERNÁN, “Fray José de la Santísima Trinidad: los retablos del antiguo convento de los trinitarios de Hervás áceres) y su relación con el de la capilla de los Maldonado de la catedral de Coria”, Norba-Arte, To. XVII, 1997, pp. 99-120.

48.- Ma. D. GÓMEZ-TEJEDOR CÁNOVAS, La Catedral de Badajoz, Badajoz, 1958, p. 129.

49.- F. TEJADA VIZUETE y C. SOLÍS RODRÍGUEZ, “Las Artes Plásticas en el siglo XVIII”, Historia de la Baja Extremadura, To. II, De la época de los Austrias a 1936, Badajos, 1986, p. 991; R. HERNÁNDEZ NIEVES, Obra citada, pp. 299 y ss.

50.- F. TEJADA VIZUETE y C. SOLÍS RODRÍGUEZ, Obra citada, p. 993. Y de los mismos autores, Retablos Barrocos de la Baja Extremadura (Siglos XVII-XVIII), Mérida, 1988, p. 54 y ss.

51.- F. TEJADA VIZUETE, Obra citada, p. 57; R. HERNÁNDEZ NIEVES, obra citada, pp. 295 y ss.

52. TEJADA VIZUETE y SOLÍS RODRÍGUEZ, obra citada, pp. 986-988; HERNÁNDEZ NIEVES, obra citada, p. 309 y ss.

https://www.facebook.com/groups/fdecantos/posts/9703729566310560/ (Ntra. Sra. de la Granada)

53.- R. HERNÁNDEZ NIEVES, obra citada, pp. 320 y ss.

54.- V. MÉNDEZ HERNÁN, El retablo en la Diócesis de Plasencia, obra citada, pp. 296 y ss.

55.- J.J. MARTÍN GONZÁLEZ, “Problemática del retablo bajo Carlos III”, en Fragmentos, nos. 12-13-14 (1988), pp. 33-43; la cita de la Circular en p. 53, n. 10.

56.- J.J. MARTÍN GONZÁLEZ, Problemática del retablo…, obra citada, p. 42; IDEM “Comentarios sobre la aplicación de las reales órdenes de 1777 en lo referente al mobiliario de los templos”, en Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología de Valladolid, Yo. LXIII, 1992, pp. 489-496.

57.- S. ANDRÉS ORDAX, “El pintor José de Mera”, en Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología de Valladolid, To. XLVII, 1981, pp. 489-493.

58.- Sobre los Estrada véase también el trabajo de R. HERNÁNDEZ NIEVES, Museo de Bellas Artes de Badajoz. Catálogo de Pinturas, Badajoz 2003, pp. 66-69.

59.- Ibídem, pp. 70-71.

60.- Ibídem, pp. 79-80.

61.- Para todos los datos remitimos al trabajo de T. TERRÓN REINOLDS, Obra citada,.

 




































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