En historia, se considera documento toda fuente de informacion de la que el espiritu del historiador sabe extraer algo que sirva para el conocimiento del pasado de la humanidad.
martes, 14 de abril de 2026
¿Escucha Dios las oraciones escritas?
Lecciones de una controversia puritana
Entre los puritanos hubo controversia
respecto al uso de oraciones escritas: ¿son bíblicas y escuchadas por Dios, o
contradicen el corazón cristiano sincero? En medio de las posiciones
encontradas, podemos aprender valiosas lecciones para nuestra propia adoración
pública y privada.
Primera página de título del Libro de
Oración Común / Imagen: Dominio público
https://es.wikipedia.org/wiki/Libro_de_Oraci%C3%B3n_Com%C3%BAn#/media/Archivo:Book_of_Common_Prayer_1760.jpg
Los últimos 70 años han sido testigos de un resurgimiento
del interés por los puritanos. Dos eventos en particular han lanzado a los
puritanos de las polvorientas páginas de la historia al centro del calvinismo
convencional. El primero fue la creación de Banner of Truth Trust en
1957 con el fin de volver a publicar los clásicos de la literatura puritana.
Luego, las últimas décadas han visto el surgimiento del Nuevo Calvinismo, que
encuentra sus raíces históricas y teológicas dentro del movimiento puritano. El
resultado es que muchos (incluyéndome) anhelan derribar el estereotipo,
repetido a menudo, de que los puritanos eran aquellos que tenían “el miedo
persistente de que alguien, en algún lugar, pudiera ser feliz”.
Algunos observadores del cristianismo también han notado
cómo ciertos evangélicos (incluidos los que se identifican como reformados) se
han desplazado hacia un enfoque del culto más litúrgico. En años recientes, los
cristianos han deseado comprender la visión de los puritanos sobre el uso de
oraciones escritas tanto en el culto público como en el privado. Aunque muchos
de ellos argumentaron en contra de la prescripción del Libro de Oración
Común de implementarlas en las reuniones congregacionales, algunos
creían que tal práctica era coherente con la adoración bíblica. Además, la
mayoría de los puritanos —incluso aquellos que se oponían al uso de oraciones
escritas en el culto público— creían que era perfectamente legítimo usarlas en
el culto privado o incluso familiar.
En este artículo examinaremos los argumentos más
importantes presentados por algunos de los puritanos más influyentes,
particularmente John Owen, John Bunyan, Richard Baxter y Matthew Henry.
Analizaremos sus argumentos a favor y en contra del uso de oraciones escritas
tanto en el culto público como en el privado. Terminaremos explorando cuatro
lecciones que podemos aprender al estudiar las perspectivas de los puritanos
sobre estos temas tan importantes.
Puritanos perseguidos
Para comprender por qué muchos teólogos puritanos se
opusieron al uso de cualquier oración establecida en el culto público, es
importante recordar el contexto histórico en el que vivieron y ministraron. El
movimiento del que hacían parte comenzó a principios de la década de 1560,
cuando la reina protestante Elizabeth
I ascendió al trono tras la muerte de su hermana católica, la reina
María I. Como resultado de esta transición, los puritanos ingleses pudieron
regresar a casa desde la Europa continental (particularmente desde la Ginebra
de Juan Calvino),
donde habían estado viviendo en el exilio para evitar la persecución católica.
Trajeron consigo convicciones recién forjadas sobre la
naturaleza de la doctrina, el culto y el gobierno de la Iglesia bíblicos y, en
su opinión, verdaderamente reformados. Creían que la Iglesia de Inglaterra —con
su compromiso doctrinal con los Treinta y nueve artículos, las formas
litúrgicas establecidas de oración (descritas en el Libro de Oración
Común) y el gobierno episcopal— estaba “reformada a medias” y necesitaba un
cambio más profundo, siguiendo el modelo de la Ginebra de Calvino. Así, durante
el siglo siguiente, buscaron reformarla. Algunos persiguieron estos ideales
como miembros algo leales a la Iglesia establecida, mientras que otros
permanecieron fuera de ella e intentaron instaurar estructuras paralelas a
ella, aunque a menudo fracasaron.
Si bien los primeros 80 años del movimiento puritano
tuvieron poco éxito, las décadas de 1640 y 1650 fueron la edad de oro, en la
medida en que la aspiración de sus partidarios de formar una iglesia nacional
basada en sus principios estaba ahora a su alcance. Sin embargo, su líder
político, Oliver
Cromwell, murió en 1658 y su hijo Richard ocupó su lugar como Lord
Protector de Inglaterra, pero este último carecía del liderazgo carismático y
el talento de su padre. En dos años, los puritanos concluyeron que su visión se
ejecutaría mejor en el suelo estable de una monarquía restaurada en lugar de
una república fallida. En consecuencia, invitaron a Carlos II —hijo de Carlos
I, a quien ejecutaron en 1649— a regresar del exilio para reinstaurar la
corona.
Las negociaciones iniciales entre el parlamento y Carlos II
para una iglesia nacional “ampliamente inclusiva” que otorgara libertad a las
conciencias puritanas en torno al gobierno y el culto parecían prometedoras.
Sin embargo, tras el fracaso en alcanzar un consenso sobre su alcance y sus
estructuras particulares, y la elección de una nueva lista de jóvenes
anglicanos “Cavaliers” (caballeros) para el parlamento en 1661, la marea
política y eclesiástica cambió totalmente a favor de los anglicanos y en contra
de los entonces marginados puritanos.
Ahora, no solo se desvanecieron sus esperanzas de una
iglesia nacional ampliamente inclusiva, sino que la probabilidad de persecución
era inminente, ya que la Iglesia establecida emitió un mandato conocido como la
Ley de Uniformidad (1662). Esta exigía que todo el clero inglés ordenado
repudiara su antigua ordenación presbiteriana y sus lealtades políticas, y se
sometiera a la reordenación por un obispo y a la adhesión a los ideales
litúrgicos descritos en el Libro de Oración Común, que acababa de
ser revisado en una dirección más anglicana. Aquellos ministros que no se
conformaran por escrito perderían tanto sus puestos ministeriales como los
beneficios ligados a ellos. Al final, más de 2000 clérigos en Inglaterra y
Gales no se conformaron y fueron expulsados de sus púlpitos y beneficios. Fue
la persecución más significativa y sistemática de los puritanos en sus más de
100 años de historia.
Contra las oraciones escritas en el culto público
Dada su convicción de que la Iglesia de Inglaterra estaba
“reformada a medias” y su experiencia de persecución por buscar reformarla, no
es sorprendente que muchos teólogos puritanos se opusieran al uso de cualquier
oración escrita en el culto público. Consideremos algunos de los argumentos que
puritanos como John Owen y John Bunyan plantearon
contra la práctica.
Las oraciones escritas violan el principio regulador
La razón más clara por la que los puritanos se opusieron a
tales oraciones es porque creían que Su uso violaba el principio regulador del
culto, a saber, que nada debe hacerse en el culto público a menos que esté
prescrito por la Palabra de Dios.
En una de las defensas más formidables del principio
regulador, que también es su crítica más extensa a la Iglesia de Inglaterra,
John Owen (1616-1683) argumentó que Su compromiso con el principio regulador
del culto, y particularmente con el segundo mandamiento, requería Su oposición
al uso de oraciones escritas en el culto público. Owen argumentó que eran “una
invención humana” y una violación idolátrica del segundo mandamiento. Incluso
sostuvo que, aunque los apóstoles fueron inspirados por el Espíritu Santo para
escribir la Escritura, nunca fueron inspirados para escribir “formas prescritas
de oración, ya sea para toda la Iglesia o para personas individuales”.
Por lo tanto, concluye que, si a los mismos apóstoles nunca
se les encomendó este deber, “no se ha dado a nadie tal promesa especial para
esta obra de componer oraciones”. La explicación de Owen de por qué existían
oraciones escritas en el culto público era simple: a lo largo de la historia
humana desde la caída, el hombre ha ideado otras formas de “adorar” a Dios
distintas a las prescritas por el Señor mismo según lo “revelado en la Palabra
de Dios”.
John Bunyan (1628-1688) también defendió el principio
regulador del culto, oponiéndose específicamente a las oraciones escritas
porque “no las encontró mandadas en la Palabra de Dios”. En pocas palabras,
estos puritanos prohibieron su uso en el culto público porque la práctica no
estaba prescrita en la Escritura.
Las oraciones
escritas son una práctica católica e incluso del Antiguo Testamento
En segundo lugar, los puritanos creían que el uso de
oraciones escritas en el culto público era una práctica católica y del Antiguo
Testamento. Por ejemplo, tanto Owen como Bunyan argumentaron que su
implementación por parte de la Iglesia de Inglaterra la hacía culpable del
error católico de adorar según la invención humana. Owen fue aún más lejos al
afirmar que esto reducía el culto “al estado y condición mismos en que se
encontraban en el judaísmo” y, por lo tanto, era antitético a la obra salvadora
de Cristo. Pues Él “liberó a Sus discípulos del yugo de las instituciones
mosaicas”, y la misma destrucción del templo de Jerusalén por los romanos en el
70 d. C. fue una indicación providencial de que se había producido una
transición en el culto a Dios. En resumen, el patrón del Antiguo Testamento
quedó literalmente “enterrado en las ruinas de la ciudad y el templo”, haciendo
imposible adorar a Dios de esa manera.
La oración es principalmente interna
En tercer lugar, los puritanos argumentaron que el Libro
de Oración Común no podía facilitar lo que era principalmente un
compromiso interno, espiritual y sincero de los afectos expresado en palabras
externas. Tras la Ley de Uniformidad, John Bunyan fue encarcelado por su
inconformidad y se le negó la oportunidad de ser liberado de prisión porque no
prometía dejar de predicar según los principios puritanos. Su oposición al uso
de oraciones escritas en el culto público fue un punto central de discusión en
el juicio con las autoridades, especialmente con sir John Keeling, que tuvo
lugar siete semanas después de su encarcelamiento inicial.
En el Discurso sobre la oración (1662) de
Bunyan, publicado durante su encarcelamiento, él argumentó que el uso de
plegarias escritas se oponía a la esencia misma de la verdadera oración que
debía ser “con el espíritu y con el entendimiento” (ver 1 Co 14:15). Citando
textos como Jeremías 29:12-13 y haciendo eco de Juan Calvino y Matthew Henry,
Bunyan dijo: “La oración es un derramamiento del corazón o del alma a Dios,
sincero, sensible y afectuoso (…) por las cosas que Dios ha prometido, o
conforme a la Palabra”. Cuando Keeling le preguntó en su juicio si uno podía
“orar con el espíritu y con el entendimiento” usando “el Libro de
Oración Común”, Bunyan respondió que estaba convencido de “que es imposible
que todos los libros de oración que los hombres han hecho en el mundo levanten
o preparen el corazón”, porque “no es la boca lo principal a lo que hay que
mirar en la oración, sino si el corazón está tan lleno de afecto y fervor en Cuando
las autoridades defendieron esta práctica argumentando que “las oraciones
hechas por los hombres son buenas para enseñar y ayudar a los hombres a orar”,
Bunyan respondió que si bien “un hombre puede decirle a otro cómo debe orar”,
ni él ni el libro de oraciones podían ayudarle a “dar a conocer su condición a
Dios” o despertar en su corazón deseos de venir a Dios, ya que esa era la obra
del Espíritu para ayudar al creyente en la oración (Ro 8:26). De hecho, los
puritanos creían que no había nada distintivamente espiritual en la
pronunciación de formas familiares específicas, ya que la verdadera
espiritualidad implicaba comprometer los afectos en la oración, porque solo
“entonces el hombre entero está comprometido”. Dado que el énfasis en la
importancia de la religión del corazón era un tema principal entrelazado en
toda la teología puritana, no es de extrañar que fuera central en Su
comprensión de la oración.
Las oraciones escritas apagan al
Espíritu
En cuarto lugar, Bunyan y Owen argumentaron que las
plegarias escritas no solo no facilitaban la verdadera oración, sino que
apagaban al Espíritu Santo. Owen las llamó “una forma limitada de oraciones”,
cuyo “uso constante e invariable (…) puede convertirse en una gran ocasión para
apagar al Espíritu”. Del mismo modo, el predicador independiente galés Walter
Cradock (aprox. 1606-1659) dijo que quienes exigen su uso en el culto público
“restringen al Espíritu de Dios en los santos”, así como en el propio ministro.
Pues, aunque un ministro viniera al Señor en oración pública con la carga de
derramar “su alma al Señor” por su congregación, estaba “atado a un viejo libro
de servicios” que le obligaba a “leerlo” hasta que “apenaban al Espíritu de
Dios, y secaban” sus “espíritus como una astilla”.
Los
ministros dirigen usando oraciones públicas empoderadas por el Espíritu
Finalmente, los puritanos argumentaron que los ministros
estaban facultados para dirigir al pueblo de Dios en el culto público por el
Espíritu, y no por las palabras escritas de los hombres. Owen argumentó que el
uso de oraciones escritas en realidad “hacía inútil” el verdadero medio de
Cristo para dirigir la oración pública, a saber, Su “envío del Espíritu Santo
(…) para capacitar” al ministro para dirigir a la congregación en el “culto
divino”. En la mente de Owen, había dos tipos de ministros: aquellos que
administraban correctamente las “cosas santas en sus asambleas” con la ayuda
del Espíritu Santo, y aquellos que ministraban “por la prescripción de una
forma de palabras” de los hombres.
Del mismo modo, Bunyan dijo que incluso si los ministros
“tuvieran mil Libros de Oración Común” pero carecieran del “Espíritu”, “no
sabrían por qué deberían orar como es debido”, sino que serían “como los hijos
de Aarón, ofreciendo fuego extraño” (Lv 10:1-2). Owen y Bunyan argumentaron
asimismo que, dado que el Espíritu debe equipar a los ministros con la
capacidad de orar extemporáneamente en la oración pública, por extensión
aquellos que dependían de la liturgia del libro de oraciones carecían del don
espiritual necesario de Dios para el ministerio. Los puritanos incluso buscaron
proporcionar a los ministros menos competentes herramientas —como las
“Instrucciones sobre cómo alcanzar el don de la oración y la prontitud de
expresión en ese deber” en el libro The Spirit of Prayer (El espíritu de la
oración) de Nathaniel Vincent— para darlos a crecer en la oración extemporánea.
A
favor de las oraciones escritas en el culto público
Sin embargo, aunque los argumentos anteriores fueron
dominantes en todo el movimiento puritano, hubo otros representantes del
movimiento —especialmente Richard
Baxter (1615-1691)— que estaban abiertos a usar oraciones escritas en
el culto público. Aunque Baxter elogiaba la oración extemporánea, comprendía
estos argumentos contra las oraciones escritas y tenía serias preocupaciones
sobre el Libro de Oración Común (y deseaba reformarlo). Creía,
no obstante, que había algunas ventajas en usarlas, al igual que Juan Calvino,
compuso oraciones establecidas para su uso en el culto público.
Incluso llegó a componer una alternativa puritana al Libro
de Oración Común, completa con formas litúrgicas y plegarias escritas
extraídas principalmente de la Escritura y especialmente de la oración del
Señor y los Diez Mandamientos. La redactó en solo dos semanas y afirmó que solo
usó la Biblia, su concordancia bíblica y el Directorio de la Asamblea de
Westminster. Esperaba que su Liturgia reformada (como se
llamaría) pudiera ser un libro de oraciones sustituto que tanto sus colegas
presbiterianos moderados como sus oponentes anglicanos pudieran apoyar. A
continuación, se presentan algunos de los argumentos de Baxter a favor del uso
de oraciones escritas en el culto público.
Las
oraciones escritas pueden prevenir el desorden y la repetición innecesaria
Primero, Baxter argumentó que el uso de oraciones escritas
en el culto podía prevenir el desorden y la repetición innecesaria en la
oración pública. Sostuvo que las oraciones públicas de “muchos cristianos
débiles” estaban tan plagadas de “desorden, repeticiones y expresiones
inadecuadas” que prefería que usaran plegarias escritas. Afirmó que otros
puritanos mantenían la misma posición, diciendo que el teólogo de la Asamblea
de Westminster, Simeon Ashe (1595-1662), “nos ha dicho a menudo que esta era la
mentalidad de los antiguos no conformistas, y que a menudo ha escuchado a
algunos ministros débiles ser tan desordenados en la oración, especialmente en
el bautismo y la Cena del Señor, que habría deseado que usaran preferiblemente
la Oración Común”.
Las
oraciones escritas pueden ser una ayuda subordinada a la guía del Espíritu
Santo
Segundo, Baxter argumentó que el uso de oraciones escritas
podía funcionar como una “ayuda” que estaba “subordinada a la ayuda del
Espíritu”. Dijo que las oraciones escritas podían ayudar a los cristianos a
orar de la misma manera que las “gafas” ayudan a otros a ver o incluso las
“notas de los sermones” ayudan a las “memorias débiles”, compartiendo incluso
con franqueza que las “formas establecidas a menudo me sirven de ayuda”. Si
bien estaba de acuerdo con quienes sostenían que la verdadera oración procede
del corazón, argumentó contra quienes se oponían a las oraciones escritas por
este motivo, diciendo que “es un gran error pensar que los dones y las gracias
del Espíritu Santo no pueden ejercerse si usamos las mismas palabras, o si
estas están prescritas”.
El
Padre Nuestro es una oración escrita
Tercero, los puritanos estaban quizás más abiertos al uso
del Padre nuestro en el culto público, ya que fue prescrito por Jesús mismo
como un patrón de cómo orar. La Asamblea de Westminster discrepó sobre si
incluirlo en el Directorio para el culto público. Algunos teólogos
estaban encantados de hacerlo, mientras que otros se mostraban reticentes a
obligar a las iglesias a usarlo en el culto. Mientras que los primeros creían
que serviría de modelo para enseñar a los congregantes a orar, el segundo grupo
creía, como habían argumentado Bunyan y Owen, que ni siquiera las meras
palabras del Padre Nuestro podían incitar a la verdadera oración desde el
corazón, ya que esta es la obra del Espíritu. Al final, el Directorio
para el culto público no exigió que los ministros usaran el Padre
Nuestro en el culto, sino que lo “recomendó”, como afirmó el teólogo de
Westminster William Gouge, como “un patrón de oración” y “una oración sumamente
completa (…) para ser usada en las oraciones de la Iglesia”.
Las
oraciones escritas tienen precedentes históricos
Por último, los puritanos, particularmente Richard Baxter y
John Preston (1587–1628), argumentaron que había suficientes precedentes a lo
largo de la historia de la Iglesia de teólogos reformados de confianza que
utilizaban oraciones escritas en el culto público. Por ejemplo, escribió: “No
hay duda de que se puede usar una forma establecida [de oración]” en el culto
público, como habían hecho Lutero, Calvino, la Iglesia primitiva y “la Iglesia
en todo momento”.
La diversidad de puntos de vista a lo largo de la historia
de la Iglesia llevó a Baxter a la conclusión de que la convicción de un
ministro respecto a la oración escrita era un asunto secundario sobre el cual
se le debía dar libertad de conciencia “a su discreción”, ya que las oraciones
escritas no pertenecen “a la salvación de los hombres, ni por su naturaleza ni
por virtud de ninguna promesa de Dios”. Entender esto es clave para comprender
su posición. Pues, aunque el propio Baxter se vio afectado por la Ley de
Uniformidad y defendió a los ministros expulsados en 1662, antes y después de
la gran expulsión trabajó para cultivar la unidad mediante la negociación de
una posición mediadora que pudiera ser aceptable tanto para puritanos como para
anglicanos.
Los
teólogos puritanos eran más cercanos de lo que se presupone
Estos desacuerdos entre los puritanos sobre el uso de
oraciones escritas en el culto público a menudo se ocultaron. Una excepción
notable fue un choque entre Owen y Baxter que resultó en que este recibiera una
copia de los Doce argumentos contra cualquier conformidad al culto que
no sea de institución divina de Owen y de que Baxter respondiera con
su propia obra.
Geoffrey Nuttall ha argumentado de manera persuasiva que, a
pesar de sus diferencias expresadas, “Baxter y Owen estaban de hecho (…) cerca
espiritualmente” en este tema. Por ejemplo, a pesar de toda Su oposición al uso
de oraciones escritas en el culto público, en un momento dado Owen parece
suavizarse, expresando que, si bien no desea manifestar “ningún desacuerdo” ni
“juzgar o condenar” ni la práctica ni a quienes usaban oraciones escritas, sí
argumenta que no es necesario usarlas. Esto llevó a Nuttall a concluir que tal
vez parte de la razón por la que ambos diferían sobre la oración escrita era
porque Owen nunca superó el hecho de que fuera el celo de los anglicanos por
las oraciones establecidas lo que llevó a “silenciar, destruir y desterrar” a
sus hermanos puritanos.
El
uso de libros de oración privados
Si bien los puritanos estaban divididos sobre el uso de
oraciones escritas en el culto público, en general simpatizaban bastante con la
implementación de libros de oración privados en el culto personal y familiar.
Su razón era única y sencilla: creían que podían ser especialmente útiles para
ayudar a las personas y a las familias a aprender a orar según la Escritura.
Decían que, así como los flotadores inflables podían ser útiles para ayudar a
un nadador principiante a nadar, estos libros de oración privados podían ayudar
a los cristianos a aprender a orar tanto en las oraciones privadas como en las
familiares. Aunque docenas de puritanos publicaron libros de este tipo, muchos
de los más conocidos —como El caminar diario del cristiano de
Henry Scudder, El ejercicio diario del santo de John
Preston, El espíritu de oración de Nathaniel Vincent y La
práctica de la piedad de Lewis Bayly— se reimprimieron continuamente a
lo largo del siglo XVII en Inglaterra.
Probablemente el más conocido de estos devocionales de
oración privada fue Un método para la oración (1710) del
ministro presbiteriano Matthew
Henry (1662–1714). Uno percibe la importancia que Henry daba a la
oración por el hecho de que, en realidad, interrumpió la finalización de su
ahora famoso comentario sobre toda la Biblia para escribirlo. Henry compuso
intencionadamente su obra utilizando únicamente el lenguaje de las Escrituras
para demostrar “la suficiencia de la Escritura para equiparnos para toda buena
obra” y para enseñar a los cristianos a invocar las promesas de Dios. No
obstante, admitió que “a menudo es necesario utilizar otras expresiones en la
oración además deuram las pente bíblicas”.
El libro de Henry está organizado según un patrón bastante
familiar —adoración, confesión, peticiones y súplicas por nosotros mismos,
acción de gracias, intercesión por los demás y una conclusión— que seguía el
esquema básico de la “oración pública antes del sermón” en el Directorio
de Westminster para el culto público. Su libro también contiene plegarias
escritas para numerosas ocasiones, incluyendo unas diarias para la mañana y la
noche, unas de los padres por sus hijos, oraciones breves que los niños podrían
usar para aprender a orar, una paráfrasis del Padre Nuestro para niños y
jóvenes, y algunas específicas para bendiciones y desafíos especiales. También
había algunas para hacer en privado (o presumiblemente en público) en un
servicio de culto público antes de la Cena del Señor y durante los servicios de
matrimonio o funeral.
Lecciones
de los puritanos
Podemos aprender al menos cuatro lecciones al estudiar las
perspectivas de los puritanos sobre las oraciones escritas. Primero, los
puritanos poseían un celo vital por adorar a Dios según las prescripciones de
la Escritura en lugar de las preferencias propias. En una época en la que
muchas iglesias adoran a Dios según las últimas tendencias mundanas o
eclesiásticas para aumentar la asistencia a la iglesia, atraer a los no
creyentes o ser relevantes para la cultura, los puritanos comprendieron que
Dios es honrado por el culto bíblico y solo bendecirá este.
Segundo, los puritanos nos instan a buscar a Dios con todo
nuestro corazón en el culto público. Al haber adorado en diversos entornos de
iglesias reformadas a lo largo de los años, he notado que a veces los más
celosos por preservar el principio regulador del culto parecen carecer más de
la convicción central de los puritanos: a saber, que el instrumento principal
que debe estar comprometido a lo largo de todo el culto público (al orar,
cantar, escuchar el sermón) es el corazón. Comprendieron que quienes simplemente
cumplen con los ritos del culto no se diferencian de los fariseos, de quienes
Jesús dijo: “Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está muy
lejos de Mí” (Mt 15:8).
Tercero, este estudio de los puritanos nos enseña que es
posible que los reformados fieles difieran en asuntos secundarios, y que a
veces esas variaciones son el resultado del desconocimiento de la existencia de
prácticas similares dentro de su propia tradición reformada o de diferentes
experiencias personales. Por ejemplo, además de la percepción de Nuttall sobre
cómo la persecución afectó de manera distinta a Owen y Baxter, es posible que
algunos puritanos no supieran que influyentes teólogos reformados como Juan
Calvino compusieron oraciones escritas para el culto público.
Finalmente, los puritanos nos animan a usar la Escritura
para dar forma a nuestras oraciones y comprometer nuestros corazones con este
medio de gracia. Ya sea que esta idea te resulte familiar o nueva, te animo a
usar los Salmos, el Método para la oración de Matthew Henry o
la colección de oraciones puritanas El valle de la visión como
medios para cultivar la oración de las Escrituras en tus tiempos devocionales
diarios con Dios.
Una sección del Método para la oración de
Matthew Henry que me parece particularmente perspicaz es su exhortación a
comenzar el tiempo de lectura de las Escrituras y de oración con la meditación
en la Escritura para dirigir los afectos hacia una comunión vital con Dios.
Esta práctica anima al creyente a fijar Su “atención” totalmente en “el Señor”
y a “situarse [a sí mismo] en Su presencia especial”. De este modo, el creyente
puede “atender al Señor sin distracción” y sin que su corazón esté “lejos de Él
cuando” se acerca a Dios en oración. En última instancia, la lección principal
que nos enseñan los puritanos es buscar al Señor en oración con la plena
seguridad de que, al acercarnos a Él, Él se acercará a nosotros (Stg 4:8).
https://biteproject.com/oraciones-escritas/
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