Idolatría
y sexualidad: Métodos y contextos de la transmisión y traducción de conceptos
cristianos en los confesionarios ibéricos y coloniales de los siglos XVI-XVIII.
1. El contexto de estos
estudios
Las contribuciones reunidas en
esta colección temática se remontan a un coloquio internacional llevado a cabo
en la Universidad de Stirling en septiembre de 20161 que
se distinguió por un objetivo claramente delimitado: el de investigar un género
de texto de cristianización del mundo ibérico-americano de los siglos XVI al
XVIII. Escogimos el confesionario2 para
que de esta manera fuera posible centrarnos en algunas interrogantes
anteriormente acordadas y en textos comparables, especialmente las del contexto
histórico y sociolingüístico y de la transmisión y traducción de conceptos y
términos del castellano a las lenguas amerindias.3
Partimos de la hipótesis que
un análisis desde una perspectiva comparativa de estos aspectos de la época en
la cual se desarrolló y estableció el poder de la Iglesia frente a las culturas
indígenas de Latinoamérica nos permitiría descubrir métodos y acercamientos (si
no estrategias) comparables entre autores que trabajaban en diferentes
regiones, y preguntamos si el hecho de que pertenecían a diferentes órdenes
religiosas influyó en su traducción.
Para hacer posible una mirada
detallada y comparativa tuvimos que delimitarnos al estudio de dos mandamientos
de los diez que formaban (y todavía forman) la base de la confesión. Escogimos
el primero y el sexto.4
El primer mandamiento, Amarás
a Dios sobre todas las cosas, que se centra en la existencia de un Dios,
y con esto ‒especialmente en el contexto de la
cristianización‒
refleja la preocupación de
los sacerdotes con las culturas y religiones indígenas y su supuesta idolatría, dando con frecuencia una idea de las creencias y
costumbres indígenas
como ellos las percibían,
cuasi una ‘etnografía’.5 El
sexto mandamiento, No fornicarás, se refiere a la sexualidad y
temas relacionados; está exclusivamente dominado por preguntas y fenómenos
supuestamente experimentados ya en Europa y también en América. De cierta
manera parece reflejar una obsesión que tenían los confesores con lo sexual
(cf. Valenzuela
2007: 54-55).
Hemos escogido estos dos
mandamientos porque reflejan muy bien la situación de control religioso y
social, expresan la preocupación por integrar a los indígenas en el sistema
europeo que ‒como se nota en las preguntas‒ es
con frecuencia distinto de los sistemas amerindios. Son estas diferencias las
que dan una gran importancia a los retos y soluciones culturales, lingüísticas y de traducción. En nuestro coloquio y para
esta colección temática hemos estudiado algunos
confesionarios e idiomas particulares.
Contextualizando los
confesionarios que se crearon en las lenguas amerindias, en su contribución
Isabel Muguruza Roca describe y analiza el extenso confesionario castellano de
Martín de Azpilcueta, agustino español y jurista, cuya obra, primero publicada
a mediados del siglo XVI y ampliamente difundida, influenció también los
confesionarios americanos. Además, ella explica algunos aspectos básicos de
cómo él comprendía el primer y sexto mandamiento.
Roxana Sarion, al estudiar el
confesionario del franciscano Diego de Tapia (1723), nos da un marco y contexto
histórico del género y específicamente de la Nueva Andalucía (Venezuela), así
como también una descripción de los retos con los cuales se vio enfrentado este
sacerdote, especialmente al traducir el sexto mandamiento a la lengua cumanagota,
ahora extinta.
Un primer análisis
antropológico-lingüístico presenta el estudio de Ruth Monserrat y Cândida
Barros que analizan el primer mandamiento y exponen qué implicaciones han
tenido las traducciones realizadas por los jesuitas José de Anchieta (siglo
XVI) y Antonio Araújo (1618) con referencia a la creación de nuevos campos
semánticos y la ‘chamanización’ del cristianismo.
Rosa Yáñez examina algunos
términos clave de la religión cristiana y cómo se usaron en los confesionarios
del náhuatl del dominico Martín de León (1611) y del bachiller Bartholomé de
Alva (1634), enmarcando su análisis en el debate sobre los métodos más adecuados
de traducción que se habían originado entre dominicos y franciscanos, y si a
mediados del siglo XVI se notan en los confesionarios de los franciscanos Diego
de Molina, el adscrito a Pedro de Gante, y el de un dominico anónimo.
Cristina Monzón analiza el
confesionario tarasco o p’urhépecha del franciscano Ángel Serra (1697).
Enfocándose en el sexto mandamiento y recurriendo al contexto de la cultura
indígena, ella muestra cómo el autor trataba de traducir algunos conceptos fundamentales
a la lengua amerindia, entre ellos el de ‘pecado’, intentando comprenderlos y
explicarlos usando términos y sufijos de la lengua indígena.
Mientras que los estudios
anteriores muestran distintos métodos usados por los misioneros-lingüistas para
la traducción del lexicón, Sabine Dedenbach-Salazar compara ‒mediante
el primer y sexto mandamiento‒ cinco confesionarios quechuas
(de los siglos XVI al XVIII) en cuanto a algunos recursos gramaticales,
considerando estos aspectos en el estudio de traducción. Resulta que ‒de
manera similar que con referencia a la terminología cristiana en quechua‒ también en las estructuras
gramaticales se puede observar si no una normalización, sí que son bastante
parecidas y evidencia de un sólido conocimiento de la lengua.
Un primer resultado de nuestro
coloquio, y tal vez el que nos sorprendió más, fue que el género de
confesionario que habíamos escogido por su supuesta homogeneidad y
‘formularidad’, resulta consistir de un sinnúmero de recursos que ‒si
bien siguen el catálogo básico de lo que contienen los
mandamientos‒ se diferencian en casi todos los aspectos
de métodos léxicos, gramaticales, textuales
y discursivos. Parece que no hay dos confesionarios que sean idénticos, ni en castellano ni en
otra lengua. Lo ejemplifica muy bien Sarion6 con
los confesionarios del cumanagoto, de Ruiz Blanco y de Tapia. Tapia escribió
primero un confesionario breve, después otro, largo, y ambos autores emplean
distintos recursos: Ruiz Blanco hace notas, mientras que Tapia complementa las
preguntas generales con otras más específicas, además de dar a veces lo que el
penitente suele responder (Sarion, sección 4, 7, Apéndice). Esto significa que
el texto fuente sigue un patrón, el de los mandamientos, pero cada
confesionario es diferente, lo cual es importante al estudiar y analizar las
traducciones. De cierta manera los confesionarios son un laboratorio de
traducción, y aunque no sabemos quiénes eran sus traductores, reflejan la
práctica así como también la integración de conceptos teóricos, sea de forma
consciente o inconsciente.
Las presentes contribuciones
revelan el carácter multifacético histórico y lingüístico de estos textos, y
esperamos que nuestros estudios, que analizan aspectos lingüísticos y de
traducción de estos dos mandamientos, puedan aportar a una mejor comprensión de
los métodos lingüísticos y de traducción de algunos términos y conceptos clave,
tomando en consideración las diferencias con las que se enfrentaban los
clérigos, así como las relaciones de poder que se expresaban en la práctica de
la confesión.
2. El contexto histórico
En la religión cristiana la
confesión tiene una larga tradición. En su presentación de 1980 sobre el
cristianismo y la confesión, Foucault
(1997) explicó que la confesión servía para mostrar públicamente
vergüenza y humillación, y con esto se podía lograr la reconciliación. Lo que
al principio era un instrumento subjetivo para encontrar una verdad personal,
llegó a ser un instrumento social para el control de otros y, como lo ve el
cronista indígena del Perú, Felipe
Guaman Poma (2001 [ca. 1615]), incluso de abuso (ver Ilustración 17; ver
Azoulai 1993: 1208).
Especialmente en el contexto colonial el confesor europeo intenta controlar y
‘re-educar’ al indígena mediante sus preguntas acerca de los diez mandamientos
que forman el modelo de los confesionarios.9 Lo
que dificulta más este tipo de discurso en los países de dominación colonial es
el hecho que, al considerar que se tenían que usar las lenguas indígenas y no
el castellano,10 los
misioneros se veían confrontados con el reto de traducir las preguntas a estas
lenguas, lo cual implicaba una transmisión (e imposición) de conceptos europeos
a los amerindios.
Figura 1a.
615 [629] sacramento de
la conficion
Guaman
Poma, Nueva corónica y buen gobierno (2001 [ca. 1615]) Cortesía de la
Royal Danish Library, GKS 2232 4º.
<http://www.kb.dk/permalink/2006/poma/>(23.10.2018).
Figura 1b.
576 [590] mala conficion que
[sic] haze los padres y curas de las dotrinas. Aporrea a las yndias prenadas y
a las biejas y a yndios. Y a las dichas solteras no las quiere confezar de edad
de beynte años, no se confiesa ni ay rremedio de ellas.
Guaman
Poma, Nueva corónica y buen gobierno (2001 [ca. 1615]) Cortesía de la
Royal Danish Library, GKS 2232 4º.
<http://www.kb.dk/permalink/2006/poma/>(23.10.2018).
Como parte importante de la
adoctrinación cristiana, la confesión se transformó en una confesión individual
ya desde el Concilio de Letrán en 1215, pero recién el Concilio Tridentino ‒que se
inició en 1547‒
especificó los
reglamentos de la confesión que
se publicaron en 1551, y estos entraron en los confesionarios de las Américas (Azoulai
1993: 20-21).
También se puede ver que ya
había un marco establecido (además de los intentos de confesar a los moriscos a
partir de comienzos del siglo XVI [Azoulai
1993: 24]) cuando los europeos comenzaron a cristianizar a los indígenas
americanos. Por eso es importante contextualizar los confesionarios
latinoamericanos en la tradición ibérica (y europea) que no solo influyó, sino
que también determinó el marco intelectual y formal de estos.
La tradición de preguntar
según los mandamientos se remonta al medioevo, como lo muestra, por ejemplo, el
confesionario de Pérez
(2012 [1316] ; cf.
Azoulai 1993: 41). Así, en cuanto al primer mandamiento se pregunta por
dioses ajenos, la adivinación y el agüero; empieza de la manera siguiente:
27Infidelidad ....
Pregunte tanbien el confesor
al penitente de los pecados de la infidelidad los quales pertenesçen a este
mandamiento, conviene a saber non ternas dioses agenos. E açerca de esto
preguntele veynte cosas por orden. Primera mente si cometio alguna vez ydolatria.
Segundo si nego non auer dios o si le nego non /[13v] ser ... incarnado o si
nego non ser tres personas e vn dios. Lo terçero si fizo alguna adeuinaçion o
si pregunto algo a los demonios. La quarto si fue alguna uez a los adeuinos. Lo
quinto si fue a los agoreros o a los astrologos o a los encantadores. Lo sesto
si cato en agueros de aues o de animalias. Lo setimo si creyo en los suennos.
[...]
El sexto es largo y comienza
así:
32Non fornicar ....
El sesto mandamiento de dios
es non faras fornicaçion ... en el qual segun dize sant Agustin es defendido
todo ayuntamiento non convenible e por ende pregunte el confesor al penitente
algunas cosas. La primera es si cometio luxuria con el coraçon deseando vsar
con mugeres disoluta mente. Segundo si andudo tras ellas o si las busco e
procuro con mucha diligençia. Terçero /[18v] si durmio con alguna muger suelta
seyendo el suelto. Quarto si peco con fermosa o con fea. Quinto si desnudo con
desnuda ca mas deleyte ay. Sesto si por manera natural e en vaso convenible.
Setimo si corronpio uirgen. Octauo si cometio adulterio con casada e si fue
prenada e el fijo si fue criado del marido e pregunta si eredo la fazienda que
es vn gran rrobo. Nono si touo que ver con cunnada o con parienta. [...]
Todas son preguntas que
aparecen en los confesionarios latinoamericanos de forma muy parecida.
El dominico Francisco de Victoria
(también Vitoria), co-fundador de la Escuela de Salamanca, se encuentra en
esta misma tradición; con ca. 40 páginas su confesionario (1562) es corto,11 y
nos podemos imaginar que ha sido una guía útil para los misioneros. Con
referencia al primer mandamiento pregunta asimismo por la infidelidad, la
idolatría, la blasfemia, la invocación de los demonios, encantaciones y
adivinanzas (“El primero mandamiento es ...”). Mientras que aquí emplea
preguntas indirectas (si adoro [sic] al demonio)12,
en el sexto mandamiento da una lista de los pecados (no son preguntas): pecar
con mujer casada, con parienta, con monja, con mujer virgen, soltera, contra la
naturaleza, es decir, masturbación, homosexualidad y relaciones sexuales en
posiciones prohibidas, además besar o tocar partes deshonestas (“El sexto
mandamiento es ...”), de los cuales casi todos se encuentran también en los
confesionarios para indígenas.
Otro co-fundador de la Escuela
de Salamanca fue Martín de Azpilcueta, teólogo, jurista y economista, que se
ocupaba también del tema del indígena y la guerra justa. En base a contactos
personales el autor tenía considerable influencia en el pensamiento de los
misioneros jesuitas, especialmente en los portugueses. (Muguruza Roca, sección
1.) El confesionario de Azpilcueta, muchas veces redactado y modificado,
apareció a lo largo del tiempo en muchas ediciones y en distintas lenguas,13 y
aun las ediciones más ‘simplificadas’ ‒aunque
contenían listas de preguntas
concretas‒ eran comprehensivas (Muguruza Roca, secciónes 3 y 5). A diferencia de
los latinoamericanos, incluía
breves exposiciones antes de las preguntas por cada mandamiento (Muguruza Roca,
sección 6). Variaban
considerablemente las distintas ediciones, y de cierta manera esto continúa manifestándose en los confesionarios
para los indígenas,
lo cual refleja una característica
típica de este género. Una diferencia
interesante entre el de Azpilcueta y la mayoría de los latinoamericanos es que
en el suyo la moral sexual ocupaba un lugar menos importante que lo pecuniario,
lo cual se refleja en la amplitud y lo detallado de las preguntas en relación a
los diferentes mandamientos (Muguruza Roca, sección 6.2). En muchos
confesionarios latinoamericanos el sexto mandamiento ocupaba más espacio que
cualquier otro y preguntaba detalladamente por los pecados sexuales. Casi
parece que el control social sexual tenía el primer lugar en la preocupación de
muchos misioneros.
El rito de la confesión
empezaba ‒de manera parecida en Europa y América‒ con
un examen de conciencia y preguntas generales. Se solía practicar una vez por año y por un sacerdote externo.
En las Américas
se debe imaginar enmarcada en otras acciones rituales, como por ejemplo un acto
de extirpación de
idolatría o sermones que lo precedían o seguían, pero la parte principal se
componía de los diez (o, resumidos,
de ocho) mandamientos, terminando con una exhortación a la penitencia. (Azoulai
1993: 58-65.)
Hubo una diferencia clave
entre la confesión destinada a los europeos de la que se dirigía a los
indígenas americanos: mientras que el penitente europeo enumeraba sus pecados,
el indígena ‒el ‘nuevo
fiel’‒ tenía que responder a preguntas
hechas. Por eso está claro
por qué en Europa las summae,
manuales y tratados explicaban los pecados, siguiendo los diez mandamientos, y
con más o menos detalles, mientras que en Latinoamérica se crearon ‒también en base a los diez
mandamientos, y remontándose
formalmente a las summae medievales‒
listas de preguntas (Azoulai
1993: 22, cf. Valenzuela
2007: 44).
En los concilios y sínodos que
tuvieron lugar en todas las provincias coloniales desde mediados del siglo XVI,
se debatía y sugería el empleo de confesionarios. A partir de esta continua
discusión fueron diferentes órdenes religiosas las que influenciaron este
género de textos. Los dominicos tuvieron un rol importante al comienzo de la
cristianización, pero pocos años después ganaron más importancia los
franciscanos en México y los jesuitas en el Perú (Azoulai
1993: 32-39).
Cuando aparecieron los
confesionarios, las estructuras indígenas políticas y religiosas centralizadas
ya estaban por desaparecer ‒oprimidas por el estado
colonial‒, pero
seguían manteniéndose los cargos y prácticas a nivel regional y
local. Aunque los españoles
los veían como funcionarios y obras
del diablo respectivamente, no se debe olvidar que en España y Portugal también persistieron creencias y prácticas antiguas, allí llamadas ‘supersticiones’, como lo muestran las obras
de Castañega
(1529) y Ciruelo
(1540).14 En
los confesionarios americanos las preguntas se desarrollaron reflejando un
(supuesto) conocimiento de prácticas religiosas y sociales indígenas. Sin
embargo, de cierta manera y teniendo en cuenta que las preguntas y suposiciones
eran siempre filtradas por los confesores, cuando se suman todas las preguntas,
el confesionario da información sobre la totalidad de la vida cultural y social
de una comunidad indígena colonial.
3. Métodos de traducción
3.1 Lexicón y semántica
Las primeras órdenes
religiosas que reflexionaron sobre ciertas estrategias para la traducción de
conceptos cristianos a las lenguas amerindias fueron los dominicos y
franciscanos en México. Los dominicos usaban términos de las lenguas nativas
para que los indígenas pudieran entender mejor los contenidos de la nueva fe:
se les presentaba un neologismo de un significado nuevo.15 En
cambio, los franciscanos preferían préstamos o traducciones literales de
palabras del castellano (o latín), o calcos de estos.16Mictlan,
que en náhuatl denomina el mundo de los muertos, es adaptada para significar el infierno por
el franciscano Diego de Molina, mientras que el dominico anónimo de 1548 ya usa
el paralelismo náhuatl-castellano mictlan infierno que
interpreta el contenido náhuatl usando una expresión estilística característica
de esta lengua (Yáñez, sección 2.1). Vemos que aun en estos casos tempranos las
teorías claramente diferenciadas no necesariamente se reflejan en su
implementación. Más aun, en los confesionarios más tardíos, los de Martín de
León (1611) y Bartholomé de Alva (1634), podemos ver que los métodos empleados
no seguían una ‘teología lingüística’ bipartita, sino que más bien parecen
haber estado sujetos a la pragmática y el contexto práctico con el que se
enfrentaban los misioneros: los acercamientos siguen siendo variados, y aun en
la inclusión de paralelismos y difrasismos (figura metafórica del náhuatl
prehispánico y colonial) se nota cierta variación; lo que se establece es un
‘náhuatl de doctrina’ que recurre a neologismos del náhuatl y préstamos del
castellano, combinándolos muchas veces en el difrasismo (Yáñez, sección 3).
Vemos también que, aunque León es dominico, él cuenta con el acuerdo explícito
de varios especialistas en la lengua, todos de diferentes órdenes, para
justificar la traducción de ‘persona’ de la Trinidad a una expresión del
náhuatl, forma casi desconocida por otros autores, y no se sabe más sobre su
raciocinio (Yáñez, sección 3.1). Un acercamiento no tan diferente que se
encuentra en el confesionario quechua del jesuita Torres Rubio (1619) es la
oferta para el confesor de escoger entre el préstamo y una explicación sobre la
violación (que solo habría tenido el sentido deseado si en la cultura andina
hubiera habido una concepción de ‘virginidad’): Mana carip
ricciscanhuan .l. donçellahuan huchallicurcanquichu? .l. paquircanquichu?,
literalmente: Con alguien que no fue conocida por un hombre o con una doncella
pecaste o [la] quebraste? (Dedenbach-Salazar, sección 3.3, ejemplo 6).
La palabra tupí Tupã que
se refería a un ser sobrenatural fue usada por los jesuitas para traducir Dios (Monserrat
y Barros, nota 9). Lo que aparece como un equivalente en términos de una
sustitución cultural, en realidad es un neologismo que provee un nuevo
significado; en este caso reemplazaba (para los misioneros) o ampliaba (tal vez
para los indígenas) el significado de Tupã, con un nuevo
significado positivo en términos de la instrucción cristiana, ya que ahora
significaba Dios (cf. Chamorro
2016: 251-255). En náhuatl (según los dominicos y franciscanos) es común
emplear el préstamo Dios, pero en los confesionarios del siglo
XVII, estudiados por Yáñez (sección 3.1), ya parece haberse establecido un
paralelismo del neologismo y el préstamo: Teotl Dios (parecido
al recurso arriba mencionado). En ambos casos, geográfica y culturalmente
alejados, la palabra indígena para una deidad se usa para denominar al Dios
cristiano.
La comunicación e influencia
entre las diferentes órdenes se observa también en el confesionario tarasco del
franciscano Ángel Serra (1697) ‒analizado por Cristina Monzón‒ que
muestra que el autor fue inspirado por la obra de un jesuita, y no por uno
anterior en la misma lengua, de un franciscano (Lagunas, 1574) (Monzón, sección 1); además solo sigue hasta cierto
punto el acercamiento lingüístico
establecido mucho antes por los franciscanos en México. Para explicar el concepto de pecado17 recurre
a un calco, el de traducir literalmente al tarasco conocer a una
persona. Pero esta formulación usada en castellano para expresar el acto
sexual y que la traduce literalmente al tarasco, en esta lengua implica un
conocimiento en general o uno específico en términos de parentesco (Monzón,
sección 4). Además, es el único calco en este campo semántico del que se sirve
Serra. Con relación al acto sexual como pecado usa palabras de significados
generales, especificándolas con determinados sufijos, como por ejemplo coger
el trasero (Monzón, sección 3). De igual manera, para el concepto
general de pecado deriva varias palabras complejas de lexemas existentes. De
estos solo uno se encuentra con el significado cristiano en un documento
colonial y en el uso actual de la lengua (Monzón, sección 6). En general,
podemos ver que Serra emplea neologismos de un significado nuevo, y es
interesante que lo que los hace ‘nuevos’ es la combinación con determinados
sufijos; como por ejemplo en base a thava ‒pisar, dar
coces‒, llega a acuñarse thauacurita,
menospreciar (a Dios) (Monzón, sección 5). También vemos el proceso de
crear un nuevo significado, parecido al tarasco colonial, en quechua, donde hucha(-) es
usado para pecado/pecar. Originalmente parece haber tenido el
significado de negocio, pleito, deuda (sustantivo); con la
combinación de sufijos, hucha-lli(-ku)- significaba con
probabilidad originalmente hacer daño (verbo); en el uso
cristiano llega a ser pecar.18 En
contraposición al tarasco este significado ganó reconocimiento general y se
sigue usando hoy en día en textos quechuas cristianos.19Ambas
lenguas son bastante parecidas en términos tipológicos, y solo podemos
especular si lo que cuenta por la diferente situación actual fue la historia y
política lingüística de conversión y/o el hecho de que en quechua se decidió
escoger solo una palabra.
Así se ve que la aparente
diferenciación en los acercamientos hecha inicialmente desaparece en muchas
obras y hay una tendencia a crear neologismos en base a significados
existentes.
Más aun, en algunos casos se
encuentra un cambio semántico más complejo, un semantic shift. Como
lo muestran Monserrat y Barros en base a los jesuitas de Brasil, Anchieta
(siglo XVI) y Araújo (siglo XVII), en tupí, caraiba, término
relacionado con el mundo del chamanismo, llegó a significar la persona ‘blanca’
y adquirió numerosos significados del mundo cristiano, y esto se complicaba aun
más por darle a caraiba una connotación negativa mediante una
nueva derivación. De manera opuesta, santidade / santo empezó
a referirse al chamán y adquirió un significado negativo en el sentido
cristiano. Esto está confirmado ya que, en el mismo primer mandamiento del
confesionario de Araújo, caraiba se entiende como concepto
‘pagano’ y en un diccionario colonial es traducido como santidade,
volviendo al significado negativo creado para esta palabra portuguesa. Otros
términos, como por ejemplo pajé (que también designa un
chamán) y los rituales que este lleva a cabo, ahora llegaron a tener un
significado negativo en los confesionarios y otros textos de adoctrinación ya
que se usaban para describir rituales que se oponían a la adoración del Dios
cristiano (Monserrat y Barros, secciónes 3 y 5).
Es interesante que algunos
términos amerindios adquirieron un significado cristiano, ‘bueno’, y otro
indígena, ‘malo’, como por ejemplo la palabra tupí para ofrenda (Monserrat
y Barros, sección 5). De manera parecida, y solo en sentido positivo, el
jesuita González Holguín equiparó la comunión con rituales incaicos, empleando
palabras de la esfera religiosa quechua para la eucaristía (ver Dedenbach-Salazar
2019: 4. F, G). Según Monserrat y Barros (Conclusão) este tipo de
traducción es una estrategia jesuita, y por eso no sorprendería que esta
también forme parte de los métodos aplicados por el jesuita González Holguín.
En términos de la construcción
de una frontera entre el ‘indio’ no civilizado, opuesto al cristiano, al
describir los rituales y ofrendas a estos seres ‘paganos’, los confesionarios
nos dan información detallada, aunque siempre hipotética, sobre la religión
indígena, enmarcándola –aparentemente de manera consistente– en el sistema
cristiano y con esto identificándola como ‘falsa’. Por ejemplo, el primer
mandamiento en tupí no cubre solamente la adoración a Dios y la blasfemia, sino
que pregunta por rituales socio-religiosos, como son las danzas, la segregación
de las mujeres jóvenes y de los varones en ciertas ocasiones, y la curación
llevada a cabo por los chamanes (Monserrat y Barros). De manera parecida, el
confesionario cumanagoto de Tapia pregunta acerca de los sacerdotes indígenas
(los piaches), la adivinación y la lectura de la punta del tabaco,
demonizando los piaches y sus prácticas (Sarion, sección 7).
Con referencia al campo lingüístico se nota en tupí que los autores coloniales
llevaron a cabo un dramático cambio semántico ‒resultando
en la re-organización de
campos léxicos enteros‒ en el
cual en la mayoría de
los casos la palabra amerindia llega a tener un significado negativo.
El cambio semántico ha llevado
a lo que se ha denominado una ‘chamanización colonial’ (ver
Castelnau-L’Estoile, en Monserrat y Barros, Conclusão), no tan diferente de la
andinización del cristianismo que se encuentra en algunas fuentes quechuas (ver
por ejemplo Dedenbach-Salazar
2013, 2016b).
Este fenómeno también se tiene en las fuentes del náhuatl, llamado
‘nahuatlización del cristianismo’, término acuñado por Dibble
(1974: 227) cuando habló de la nahuatlización del cristianismo como
resultado de la transmisión de metáforas del náhuatl a textos cristianos (ver
Yáñez, sección 3.2), y los autores de estos materiales no eran jesuitas.
Hablamos entonces de una
‘indigenización’ de la terminología usada para los fenómenos cristianos, pero
¿es también la indigenización de la religión (es decir, no solo de la
terminología)?
Sabemos que los sacerdotes
eran de la opinión que la religión y cultura cristiana eran expresión de la civilización
más desarrollada, y algunos formulan claramente la demonización de lo indígena.
Entre los misioneros estudiados aquí está Tapia que describe a los cumanagotos
como de corta capacidad, torpes, y rudos; son bestias y
mentirosos. El hecho de que apenas saben contar, según él, influye en su
incapacidad de confesarse bien (Sarion, sección 5). Los sacerdotes indígenas
enseñan los engaños del demonio (Sarion, sección 7); aquí resuena un sermón del
Tercer Concilio Provincial de Lima en el cual queda clara la categorización de
los sacerdotes indígenas como ministros del diablo (Tercero
cathecismo 1585, sermón XIX, f. 109r). Esto también se puede apreciar en
una representación visual (Figura 2) en la cual el sacerdote indígena, con
cuernos de diablo, da un quero a una pareja, ¿haciendo burla
de la comunión o queriendo imitarla? [flecha a la derecha], y ‒a la
izquierda de esta escena‒ el diablo tienta y seduce a
los indígenas que se confiesan [flecha
a la izquierda] (ver Gisbert
& de Mesa 2010).
Figura 2.
José López de los Ríos: “El
infierno”, Iglesia de Carabuco, La Paz, Bolivia, 1684. Detalle (PESSCA
947B).
Por eso el uso de términos
amerindios solo habría sido el intento de emplear conceptos y palabras
comprensibles para los indígenas, es decir que los misioneros no tenían la
intención de indigenizar la fe, el cristianismo, sino de cristianizar a los
indígenas ‘paganos’ mediante la lengua de estos.
Tal vez podemos hablar de una
indigenización del cristianismo recién con relación a la religión contemporánea
y sus diferentes maneras de incorporar elementos cristianos en su visión del
mundo y que para eso se (re)crea una terminología indígena-cristiana.20Y
aún ahora, en el siglo XXI, es difícil delimitar influencias históricas (de la
Iglesia, populares, y posiblemente ambas) de una interpretación elitista de la
teología india y de la información que se difunde mediante el Internet.
3.2 Gramática y discurso
Hasta ahora el estudio de la
lingüística misionera se ha centrado en el análisis léxico-semántico. Para
lograr una imagen más completa del uso de la lengua, la indo-europea y la
traducción, cabe acercarnos también al campo sintáctico y discursivo. En su contribución
sobre los confesionarios quechuas, Dedenbach-Salazar trata de algunos de estos
temas. Podemos suponer que los usos particulares de los tiempos y su traducción
fueron intencionados por los autores/traductores, como parece ser el caso en
quechua, e implicaban una actitud distinta frente/hacia los penitentes: si lo
hacían antes o lo seguían haciendo (Dedenbach-Salazar, sección 3.1).
Diferenciaciones parecidas se encuentran en los autores jesuitas de los
confesionarios en tupí: en portugués ellos varían entre el presente y el
pasado, pero no consistentemente (según Monserrat y Barros, por ejemplo
mandamiento 1/3, 1/11). De manera similar en tarasco Serra emplea un
determinado aspecto que relaciona la acción al presente (Monzón, sección 3,
nota 11): todos temas por estudiar en los textos castellanos comparándolos con
las traducciones.
Además, al nivel discursivo,
los jesuitas Anchieta y Araújo se distinguen en cómo el confesor formula la
supuesta transgresión. En algunos casos Anchieta (según Monserrat y Barros,
mandamiento 1/10, 1/6 [10]) pregunta si el penitente intenta(ba) (portugúes
procurar) actuar en contra del mandamiento, y Araújo frecuentemente pregunta si
el penitente cree en rituales no cristianos (Monserrat y Barros, sección 4 -
Resumo). Valdría la pena estudiar más detalladamente estos aspectos
léxico-discursivos y su traducción, ya que Azpilcueta había distinguido
claramente entre la intención, el deseo, y el hecho mismo ‒de
esto dependía la
gravedad del pecado (Muguruza Roca, sección 6.2)–, una diferencia que aquí encontramos en los dos
jesuitas portugueses. Sin embargo, también Pérez Bocanegra, que no era
jesuita, incluye preguntas sobre el deseo (Dedenbach-Salazar, sección 2). Asimismo para el
cumanagoto, Tapia tiene una sección que
pregunta por el deseo de las transgresiones sexuales, seguido por preguntas
sobre lo que el penitente ha hecho (Sarion, sección 6). Obviamente no sabemos
si en estos casos la reacción del sacerdote era diferente según la respuesta,
así como lo había exigido Azpilcueta. Donde también se nota la diferenciación
de la intención y cómo interpretarla es en el confesionario quechua de Torres
Rubio de 1619 y el de un posterior redactor de este (1754). Preguntando por la
interacción entre el hombre y la mujer ‘virgen’, en el primero se pregunta si
el hombre ha tenido relación sexual con alguienno conocida de un
hombre [el hombre no ha tenido relaciones sexuales con ella]; después
se pregunta si las ha tenido con alguien que no conoce a
un hombre [ella no ha tenido relaciones sexuales con un hombre], lo
que presenta una diferencia mínima en términos gramaticales, pero refleja
diferentes concepciones de la relación entre hombre y mujer (Dedenbach-Salazar,
sección 3.3).
Otro aspecto que se revela en
la gramática es la actitud que tiene el autor hacia el penitente indígena. En
el confesionario de Azpilcueta se dirige al penitente (europeo) usando el
formal vuestra merced y solo a veces el tú /vos informal
(aunque hay que tener en cuenta que las formas y el uso de los pronombres
personales estaban en fluctuación en esa época) (Muguruza Roca, sección 6). En
términos del pronombre, en quechua no se distingue la segunda persona formal de
la informal, pero los confesionarios usan siempre el informal tú en
su original castellano, lo cual marca claramente la asimetría entre el confesor
español y el penitente indígena (Dedenbach-Salazar, en los ejemplos). Según
Azpilcueta (Muguruza Roca, sección 2), la actitud general del confesor debería
ser benévola y no la de un juez riguroso. En contraposición, en el
confesionario náhuatl de Molina se encuentra lo que Yáñez (sección 3.1)
llama tortura, pero esta actitud ya no está presente en el de León.
Igualmente Tapia, en su confesionario cumanagoto, es muy estricto en cuanto a
la absolución, y dice que el indígena no deja de pecar aunque se le infunda
temor (Sarion, sección 6). Es interesante también que él se refiere a un
recurso gramatical que usa el indígena: el sufijo dubitativo que le permite al
penitente no comprometerse: según Tapia, al usarlo, el indígena duda en
la Fé (Sarion, sección 7).
4. Otras consideraciones
traductológicas
Hemos visto que los métodos de
traducción son variados, pero se basan en principios parecidos y, más que
reflejar una ideología lingüístico-filosófica debatida en teoría, combinan
diferentes acercamientos para obtener mejor el efecto deseado.
El rol del
autor/redactor/traductor y de la intención, reflejada en el corpus y la
extranjerización/domesticación, es tocado en algunos artículos y se tematiza en
el estudio de Dedenbach-Salazar que intenta acercarse a este aspecto mediante
un primer análisis tentativo de algunos conceptos de la teoría de la
traducción.
En términos del skopos (para
qué propósito se escribe y para quién se traduce) todos los trabajos de los
misioneros lingüistas se dirigen a un destinatario directo ‒el
sacerdote que debe enseñar la
fe cristiana‒ y uno indirecto ‒el indígena al que debe instruirse
mediante los materiales‒. Esto se refleja, por
ejemplo, en que los confesionarios tempranos de náhuatl son listas concisas, pero los más tardíos de Léon y Alva también tienen comentarios y
explicaciones, por un lado como exhortación
directa al penitente (Alva), por otro como ayuda para el sacerdote (León),
(Yáñez, sección 3.1).21 Tapia,
al referirse al penitente indígena, dice que prefiere no emplear un intérprete
y en caso de que fuera necesario, habría que escogerlo cuidadosamente (Sarion,
sección 5). Para captar mejor el skopos, nos queda por comparar en
cuánto los confesionarios amerindios siguen el modelo medieval de preguntas
cortas y al mismo tiempo detalladas (véase Pérez, siglo XIII) ‒como
es el caso en la mayoría de
ellos‒, y/o
en cuánto mantienen restos de los
manuales extensos, por ejemplo el de Azpilcueta.
Los misioneros lingüistas
también parecen estar de acuerdo en términos de la
domesticación/extranjerización: al usar términos indígenas con nuevos
significados, desde su punto de vista extranjerizan la religión cristiana, es
decir que la llevan hacia el nuevo fiel; al mismo tiempo intentan domesticarla
para el recipiente indígena quien ‒así parecen suponer‒ va a
encontrar lo familiar para comprender lo foráneo y
de esta manera hacerlo suyo. En el caso de Tapia, la adaptación de términos específicos y abstractos a la
comprensión indígena lo llevó a traducir el confesionario al cumanagoto según
el sentido,22 y
esto resultó en que en un principio se le negó el imprimátur (Sarion, sección
4).
También hay una similitud en
cuanto a la problemática de la (in)visibilidad del traductor; lamentablemente
esta consistencia no es satisfactoria porque en general todos tienen escasa o
ninguna información directa sobre la función del autor y traductor. Monserrat y
Barros (sección 2), por ejemplo, mencionan que Araújo era responsable de la
composición; Yáñez (sección 3.2) formula una hipótesis en cuanto a la
colaboración indígena mediante equipos de traducción;23 Dedenbach-Salazar
(sección 2) muestra que la información en cuanto a la función de autor,
redactor y/o traductor de los que crearon los confesionarios quechuas es
limitada. En contraposición, en el caso de Tapia está claro que él mismo
tradujo el texto al cumanagoto (aunque no sabemos si alguien le ayudó) y pide
al usuario que se comunique con él si tiene algún problema lingüístico (Sarion,
sección 4).
A manera de resumen se puede
decir que ‒a pesar de las muchas diferencias‒
podemos observar lo que se podría
llamar una ‘cultura lingüística
misionera’ (más que estrategia), a pesar de que los autores
pertenecen a diferentes órdenes religiosas y escriben en diferentes siglos.
Queda especialmente claro que conforme avanzaba la empresa misionera (y ya
desde los inicios), no todos los franciscanos se adherían a su propia propuesta
formulada al comienzo de su trabajo en las Américas.
Aparte de un análisis de
muestras más amplias y otros géneros discursivos queda por estudiar en base a
nuestros aportes si esta cultura lingüística misionera es el resultado de los
estudios universitarios en lenguas y traducción que hayan podido realizar los
autores coloniales (Dedenbach-Salazar
2016a: 9, nota 15), de la comunicación personal directa o epistolar entre
ellos, y/o fruto de una sistematización de experiencias individuales ‘en el
campo’.
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Notas
1 Agradezco
a la Universidad de Stirling por contribuir a los costos de los viajes de los
participantes y de la organización, y a las colegas por salvar las
considerables distancias geográficas.
2 Confessionario
“[...] libro ò tratado en que se dá regla para confessarse; y es lo mismo que
Confessional y más usado [...] (Diccionario
de Autoridades 1729, t. II: 497).
3 En
un marco más amplio, pero de manera parecida y desde una perspectiva
comparativa, las contribuciones de Translating Catechisms, Translating
Cultures (Fluechter
& Wirbser 2017) analizan el género textual del catecismo para estudiar
la variedad de los instrumentos de cristianización en el contexto global, y
cómo estos manuales hasta cierto punto fueron adaptados a las culturas y
lenguas regionales.
4 Para
un pequeño estudio comparativo que resume algunos resultados de las discusiones
del coloquio véase Dedenbach-Salazar et
al. (2016).
5 Cf. Valenzuela
(2007: 46). Sin embargo, hay que tener en cuenta que en muchos aspectos,
también los que pueden parecer indígenas americanos, siguen catálogos de
preguntas europeos (ver abajo, sección 2, Pérez).
6 Cuando
a continuación se hace referencia a las autoras sin año se remite a su
contribución en esta revista.
7 Ver Velezmoro-Montes
(2011: esp. 140-143).
8 En
su excelente estudio sobre los manuales de confesión para los indígenas, desde
el siglo XVI al XVII, Azoulai
(1993) da una detallada descripción y análisis de los confesionarios
escritos para los pueblos amerindios desde México hasta Chile. Para hacer
comprensible el contenido y sus implicaciones, ella sitúa las preguntas que
componían los confesionarios en el marco sociocultural indígena y colonial, y
también los compara con los confesionarios europeos precedentes y del mismo
tiempo. Su énfasis está en los temas y no en los detalles lingüísticos y de
traducción (para esto ver solamente su capítulo VI).
9 Ver Valenzuela
(2007: 46-47). Ver también la sección 3.2 de esta Introducción. Para una
amplia exposición del desarrollo histórico ver Haliczer (1996, esp.
Introducción y cap. 1), con especial atención en España; también las obras
anteriores, fundamentales, de Tentler
(1977) y Delumeau
(1983).
10 No
hay que olvidar que en Europa recién a partir del siglo XVI se traducen los
confesionarios (y otras obras de instrucción religiosa) a las lenguas
vernáculas, es decir, castellano, alemán etc. (Haliczer
1996: 17-18).
11 Victoria
vivió en la primera mitad del siglo xvi, y su confesionario se publicó
póstumamente, en nueve ediciones, entre 1558 y 1579 (González
Polvillo 2009: 338). Leonard
(1942: 32, no. 142) lo menciona en una lista de libros enviados a
Lima.
12 En
esta Introducción están en cursiva todas las citas literales y los términos
amerindios y castellanos que se mencionan.
13 266
ediciones y traducciones (González
Polvillo 2009: 71; cf. Haliczer
1996: 9).
14 Ver Azoulai
(1993: 86- 87). Cf. también, por ejemplo, los sueños concebidos no
(siempre) como una experiencia cristiana, desde Pérez
([1316] 2012, ver arriba) y Azpilcueta (Muguruza Roca, sección 6.1) hasta
los confesionarios en tupí (Monserrrat y Barros, sección 4, mandamiento 1/14),
y tratados ya en la Reprobación de Ciruelo
(1540, parte segunda, cap. sexto de lo sueños, ff. XVIr-XVIIv).
15 Un
neologismo puede ser una entidad léxica nueva, en términos de forma y
significado, o puede ser un nuevo significado que se añade al establecido (Meger
2010: 14, que cita a Kinne
(1998: 85).
16 Sachse
(2019); Yáñez, sección 2.1. De cierta manera esto parece reflejar la
discusión más general de si había que catequizar a los indígenas en castellano
o en sus lenguas (ver los documentos de Solano
1991).
17 Este
concepto, en el sentido de transgredir el código moral, por ejemplo mediante
relaciones extramaritales o el abuso de alcohol, ya existía en la sociedad
nativa (Monzón, sección 2).
Cabe observar que para los
traductores no era fácil encontrar ‘equivalentes’ no solo para términos que
tenían implicaciones religiosas ajenas a otros pueblos, sino que también
‘pecar’ se usaba en términos generales para significar la transgresión de convenciones
morales y legales o ser culpable, según los mandamientos de Dios (Diccionario
de Autoridades 1737, t. V: 174-176). Como lo muestran nuestros datos, en
los textos de catequización también se empleaba explícitamente para expresar el
acto sexual no legítimo (en términos de los que lo llevan a cabo y el tipo de
acto). Es interesante que el Diccionario
de Autoridades (1737, t. V: 175) se refiere al acto sexual como
ilegítimo cuando es la “pecadora [...] la mugér de mal vivir, que hace ganacia
de su cuerpo” (ya en Cobarruvias
1977 [1611]: 858). Además el acto sexual se circunscribía, como por ejemplo
usando ‘dormir’ (Cobarruvias
1977 [1611]: 484), ‘tener ayuntamiento’ (Cobarruvias
1977 [1611]: 484; Diccionario
de Autoridades 1726, t. I: 511), ‘tener cuenta’ (Diccionario
de Autoridades 1729, t. II: 682) ‒
palabras y expresiones que en sí no
tienen una connotación
negativa (ver Sarion, sección 6,
nota 13). Por eso el traductor tenía que
entender estas diferenciaciones y encontrar formas ‘equivalentes’ en lenguas y culturas que podían tener o no conceptos
parecidos (ver Sarion, sección 5).
Ver también Dedenbach-Salazar
et al. (2016).
Ver también Valenzuela
(2007: 49-51) para una discusión de la problemática que en algunas
culturas indígenas también existía un concepto de pecado y de confesión, por lo
cual era difícil separarlo conceptualmente del europeo, especialmente para el
penitente.
18 González
Holguín (1989 [1608]: 194-196 [ojo: números de páginas reconstruidos]);
cf. Harrison
(2014: 95-96), también Duviols
(1976).
19 Por
ejemplo en Molloy
& Sutta (1967: 326-327).
20 Albó
(1999) discute y evalúa lo que significa que algunos términos
españoles se usan en quechua para fenómenos religiosos andinos, e.g. mesa para
la ofrenda. Chamorro
(2016: 262) muestra ‒con referencia a las palabras
para las deidades y Dios‒ que la lengua de
cristianización no
ha tenido una influencia marcada en el mundo guaraní.
21 Cabe
preguntarnos si los sacerdotes usaban listas escritas a mano y circuladas entre
ellos como patrón, más que los manuales detalladísimos que hubieran tenido que
reformular.
22 Método
común ya en la traducción al castellano desde el siglo XV (ver Dedenbach-Salazar
2016a: 10, nota 17).
23 Ciertamente
en México se encuentra documentación en cuanto a la colaboración de indígenas
en la creación de textos cristianos, y además hay una literatura poética
particular que se remonta a tiempos prehispánicos (ver Dibble
1974).



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