Kassia:
la primera compositora de Occidente y poeta destacada del Imperio bizantino
Sus versos le valieron el sobrenombre de ‘Safo bizantina’ y,
aunque firmaba siempre como Kassia, su nombre es transmitido en las fuentes
medievales como Kassiana, Kassiane, Kassiani, Ikasia e Eikasia. Casia de
Constantinopla (ca. 810-ca. 860), principal poetisa en
lengua griega, abadesa y compositora, es la primera mujer cuyo corpus musical
ha llegado hasta nuestros días. Parte de dicho corpus todavía se interpreta en
ritos de la Iglesia ortodoxa.
La música en Bizancio y el papel de la mujer
Sin ser originario de la región de Bizancio, el rito
greco-bizantino se desarrolló de manera oficial en Constantinopla, capital del
Imperio romano de Oriente, desde que esta se convirtiera en sede patriarcal
tras el Concilio de Calcedonia en el año 451. La autonomía de la capital romana
de Oriente se concretó en el ámbito litúrgico mediante la creación de ritos
particulares, un calendario propio y la fijación de festividades
independientes.
Se adoptaron los formularios rituales y devocionales de San Juan
Crisóstomo y San Basilio para la celebración de la Eucaristía, y se
prefirieron, frente al canto de salmos propios del Occidente romano, los himnos
o cánones litúrgicos. Dicho canto, en lengua griega, era monódico y
eminentemente silábico.
Aunque la participación de la mujer en la música quedaba muy
restringida por la prohibición secular de cantar y tañer instrumentos en
público (danzar tampoco escapaba a la interdicción), se aceptaba su
participación en la música coral litúrgica. Ajenos al estigma social, los
conventos devinieron ámbitos de libertad para la actividad musical femenina. En
este contexto surgió la figura de la ekklesiarchíssa, dedicada a
instruir en música y canto eclesiástico a las novicias. Las primeras
compositoras debieron salir de entre las filas de las novicias más aventajadas
en la práctica musical.
Reconocidas compositoras conventuales fueron, en el siglo VI,
Marta, madre del santo ortodoxo Simeón el Estilita, y abadesa en la ciudad de
Argos. En el fecundo siglo IX vivieron Tecla, iconódula autora de un canon a la
Virgen María; Teodosia, autora también de cánones iconódulos, en especial uno
dedicado a San Juanicio el Grande y; por supuesto, la monja abadesa Casia de
Constantinopla.
Con posterioridad a esta, tenemos constancia, en el siglo XIII,
de una religiosa llamada Kounouklisena y, en el siglo XIV, de la innominada
(conocemos tan solo su patronímico) hija de Juan Kladas, himnógrafo y maestro
de música en la basílica de Santa Sofía de Constantinopla; de su hija
compositora se conoce tan solo una elegía en homenaje al padre. Por último,
también en el siglo XIV, encontramos a Paleogina, compositora de la que apenas
tenemos noticia, aparte de que vivió en la ciudad griega de Tesalónica y estuvo
relacionada con la familia imperial bizantina.
También lo mejor emana de la mujer
‘¡Tan sobresaliente resultaba entre sus contemporáneos, máxime
tratándose de una joven muchacha!’. (Epístola de Teodoro el
Estudita, líder del movimiento iconódulo, abad del Monasterio de Studion en el
siglo IX).
Hija de un oficial de la solemne guardia imperial de palacio
(un kandidatos) y cuñada de un general (strategos) de nombre
desconocido, Casia pertenecía a una de las familias notables en la jerarquía
política del Imperio bizantino. Dicha procedencia, sumada sin duda a cierta
innegable belleza, le valió, en torno al año 829 d. C., ser designada entre las
candidatas a esposa y futura emperatriz de mano del príncipe Teófilo,
iconoclasta heredero de la reinante dinastía Frigia.
El cronista Pseudo Simón refiere una ceremonia de elección
inspirada en la Antigüedad griega, concretamente en el mito del Juicio de
Paris, el joven pastor del monte Ida que declaró más bella a Afrodita, frente a
Hera y Atenea, y le entregó una manzana dorada. Seleccionadas las doncellas
casaderas de las familias notables por la emperatriz Eufrosine, iconódula
madrastra de Teófilo, estas debían mostrarse ante al príncipe, que designaría a
su predilecta entregándole una manzana. Previo a este decisivo momento, el
príncipe tomaba conocimiento de cada una de las candidatas en una somera
revista. A menos de que se tratase de una formulación preestablecida, cuesta
mucho creer, como sostiene Simón, que, impresionado por la belleza singular de
Casia, lo primero que se le ocurriera a Teófilo decirle fuera: ‘A través de la
mujer fluye la maldad’ (clara referencia a la primera mujer, Eva, y su
perniciosa influencia sobre Adán y la posterior estirpe de los hombres); a lo
que Casia, evidenciando extraordinaria audacia —pues se esperaba que bajase con
recato la mirada, acaso también un esbozo de sonrisa, pero en absoluto que
tomara la palabra—, replicó al príncipe: ‘Pero también lo mejor emana a través
de la mujer’ (clara referencia a la Virgen María, madre de Dios).
Tan sorprendido quedó Teófilo con la respuesta que pasó de largo
ante Casia y acabó entregando la manzana de oro a cierta doncella de nombre
Teodora, procedente de Paflagonia, provincia a orillas del Ponto Euxino.
Desconocemos —pues no lo refiere el cronista— si el príncipe se dirigió a
Teodora con menor brusquedad de la mostrada ante Casia. Pero que aquella estaba
destinada a satisfacer plenamente las expectativas de la madrastra Eufrosine
quedó de manifiesto cuando, muerto Teófilo y a la sazón emperatriz regente,
Teodora restauró el culto en los templos a los santos iconos en el año 843,
dando al traste con la tradición iconoclasta impuesta hasta la fecha por los
emperadores frigios.
Teodoro el Estudita
La novia de Cristo
‘El Convento de Ikasia fue fundado por la monja Ikasia, una
bella, piadosa y respetable mujer de atractivo aspecto que compuso cánones y
versos en los años de Teófilo y su hijo Miguel III’. (Patria de
Constantinopla, Simeón Logothetes, cronista).
Entre los cronistas hay acuerdo en que Casia regresó a casa con
sus familiares después de ser rechazada, y que algún tiempo después resolvió
consagrarse a la vida a religiosa, dedicándose, en la serena paz de su celda, a
la creación poética y musical.
Sabemos que, además de esto, la monja Casia, desde su reducida
esfera de influencia, intervino políticamente solidarizándose con Teodoro el
Estudita, caído en desgracia y encarcelado por su recalcitrante actitud
iconódula y de constante denuncia de la herética iconoclastia imperial. Casia
fue reconvenida por prestar apoyo al abad de Studio y condenada a recibir
azotes en, al menos, dos ocasiones.
Por Teodoro, que dedicó varias epístolas a Casia, sabemos que
esta recibió desde muy niña la llamada de seguir los pasos del Redentor.
Teófilo se refiere a este hecho, temprano en la vida de Casia denominándola
‘muchacha de Cristo’ y ‘novia de Cristo’. Al monje debemos también lo poco que
queda dicho sobre el padre de Casia, su hermana y el marido militar de esta,
muerto en la herejía iconoclasta.
En Patria de Constantinopla, obra que enumera las
magnas construcciones de la ciudad, informa el cronista Simeón Logothetes que
Casia (Ikasia en su texto) dio su propio nombre al convento que acabó fundando.
Logothetes ubica el Convento Ikasia dentro de las murallas ordenadas levantar
por el emperador Constantino, en una ladera del monte Xerolofo, próxima al
valle del río Lico.
Casia continuó allí escribiendo versos, algo por lo que era ya
sobradamente conocida, al tiempo que empezaba a componer sentencias y
cánones litúrgicos hasta que la sorprendió la muerte, acaecida en fecha
incierta, aunque se acepta que debió producirse en torno al año 860.
El sepulcro de Casia se convirtió enseguida en centro de
peregrinación de fieles. Durante siglos se tuvo por cierto que en la estela del
sepulcro figuraban los siguientes versos: ‘De Casiana soy yo la tumba, | de la
bellísima doncella y monja, | en belleza y en las letras destacada, | quien,
tras abandonar la gloria temporal | y decir adiós al Imperio, | tuvo por novio
inmortal al Salvador. | Ahora, ya convertida en ciudadana de los Cielos, | se
deleita en compañía de los ángeles […]’.
La obra poética y musical de Casia
‘Recíbeme las fuentes de mis lágrimas, | Tú, que las nubes
hilvanas | del mar el agua; | vuélvete a mí, | a los gemidos de mi corazón, |
Tú, que inclinas los cielos | ante tu inexplicable vaciamiento’. (Himno
penitencial de la Magdalena para el Miércoles Santo).
Entre sentencias o poesías profanas y cánones
litúrgicos se conserva un corpus de 1.300 versos compuestos por Casia.
Las sentencias, unos 300 versos, están escritas en pies métricos
(versos cualitativos), por lo general trímetros yámbicos, y abundan en temas
didácticos, morales y de costumbres.
Los cánones, en torno a 1.000 versos, escritos en pies rítmicos
(versos cuantitativos), presentan temáticas adaptadas al calendario litúrgico,
tales como estaciones en la vida de Cristo (Anunciación, Natividad, Epifanía,
etc.) y encomios a la vida de santos. Casia prestó especial atención poética a
mujeres santas como Tecla, Pelagia, Bárbara, Ágata, Cristina, Natalia, Eudora
de Samaría, María Egipciaca y María Magdalena.
A esta última le dedica el Himno penitencial para el
Miércoles Santo, sin lugar a dudas el canon más conocido de Casia, que
inspira sus 30 versos en el relato del Evangelio según San Lucas (7:
36-50), donde la mujer pecadora lava con lágrimas los pies de Cristo implorando
el perdón: ‘A mí, tu esclava, no me desprecies, | dueño de infinita
misericordia’. (vv. 29-30).
Los cánones dedicados a santos y a celebraciones específicas del
calendario litúrgico suman un número de 24; atendiendo a su estructura son,
principalmente, estiqueros idiomelos, es decir, cánones troparios o
estróficos, cantados con una melodía propia y única, que se intercalan entre
los versos de salmos. Además de dichos cánones figura un Triodion (conjunto
de tres odas), cantados los lunes y viernes de Cuaresma, de 73 versos, y
cuatro hirmoi (cuatro primeros troparios de cada oda del
canon, empleados como modelo para otras estrofas), de 20 versos, pertenecientes
a un canon o Tetraodion (conjunto de cuatro odas) que se
cantaban el Sábado Santo. Cada uno de estos hirmós tenía la
función de mediar entre el canto del texto bíblico y las diversas odas del
canon.
La última y más larga creación poético-musical de Casia es un
canon completo para la liturgia de difuntos, compuesto para ser interpretado
los sábados de cada mes en el cementerio del Convento de Ikasia, como
intercesión por las almas de los difuntos inhumados durante la semana.
Este Canon de difuntos, de 252 versos, está
integrado por 32 troparios. Aunque desde la perspectiva poética este canon debe
mucho a modelos preexistentes, figuran entre las odas dos teothokia o
troparios dedicados a la Virgen María que evidencian la exquisita sensibilidad
de Casia, cuyo emotivo lenguaje se configuraba siempre con palabras sencillas y
directas: ‘Que estemos protegidos de los terribles | pecados gracias a súplicas
tuyas, | oh pura engendradora de Dios, | y que alcancemos, oh siempre pura, | el
divino resplandor | del Hijo de Dios, de manera inefable | encarnado a través
de ti’. (vv. 138-144).
De los ocho modos (octoechos) propios del canto llano a
capela —cuatro modos autenticus y cuatro modos plagius—,
Casia acostumbra preferir en sus composiciones los modos más comunes en la
música bizantina del momento: el segundo y cuarto tonos, a saber, protos
plagius o modo hipodórico (escala La-La con nota finalis en
Re) y deuterus plagius o modo hipofrigio (escala Si-Si con
nota finalis en Mi).
Principales textos de referencia y citas: Prieto Domínguez,
Óscar: ‘Introducción’, Poemas de Casia de Constantinopla, ed. y
trad. Óscar Prieto Domínguez. Madrid: Cátedra, 2019; Rodríguez Moreno,
Inmaculada: ‘El papel de la mujer en la música en Bizancio: Casia de
Constantinopla’, Cuadernos del CEMyR, 2015, pp. 65-83.
FacebookXPrintFriendlyWhatsAppCompartir
https://www.melomanodigital.com/el-perdurable-legado-de-casia-de-constantinopla/



No hay comentarios:
Publicar un comentario