La antigua liturgia hispano-mozárabe
Son muy abundantes las
investigaciones de este apasionante capítulo. Hasta casi finales del siglo XI
estuvo vigente en España una liturgia propia, que viene denominándose antigua
liturgia hispánica. Germán Prado[1], J. Fontaine[2], J. Pinell[3] y más recientemente
Juan Miguel Ferrer Grenesche[4], Rafael Sánchez Domingo[5]; Adolfo Ivorra[6] y Diego Figueroa
Soler[7], varios de los cuales
han intervenido en el I y II Congreso Internacional de Cultura Mozárabe, de
extraordinaria importancia en el presente contexto[8]. El estudio de Germán
Prado constituye un clásico que aporta ideas sustanciales que conviene valorar
y cuyo esquema de trabajo es el siguiente: Inicia la investigación con el
Origen del Rito visigótico-mozárabe con influencias de otras liturgias en él, al
que sigue el Desarrollo del Rito hispano-visigótico. Analiza la obra de San
Isidoro como liturgista, donde se pone de manifiesto la importancia del tratado
de Ecclesiasticis Officiis así como el De Cognitione baptismi[9]. Continúa con el
análisis de san Ildefonso de Toledo liturgista, que incide sobre el último
aspecto tratado por san Isidoro –Annotationes De Congnitione Baptismi. El santo
toledano conoce la simple inmersión bautismal usada en la España central contra
la costumbre general de la inmersión triple en son de protesta contra la
herejía arriana, a pesar de las recriminaciones recibidas de nacionales y
foráneos.
Otro aspecto importante es el
relativo a la Eucaristía, donde hilvana textos dogmáticos de Padres como san
Agustín, Ticonio, san Gregorio, san Isidoro así como de Apringio de Beja, el
primer comentarista al Apocalipsis de la Hispania cristiana, que parece estar
inspirado al final del cap. XIX, donde habla de los siete signos, que tienen el
mismo nombre que las partículas de la hostia, según la fracción mozárabe del
Pan. San Ildefonso lo copia puntualmente y tras él, Beato, en su Comentario al
Apocalipsis. Alude a Ritos y fórmulas rituales, en todo conforme al ceremonial
mozárabe del bautismo y del catecumenado. Compuso algunas misas, pero solo es
conocida como suya la de la Ascensión, y la del Liber de Virgnitate,
actualmente en la British Library. Analiza la obra de otros liturgistas
hispanos, donde tiene especial cabida el anonimato, que en la liturgia es una
ley universal.
La época aurea del rito hispánico
duró un siglo (590-690). El fondo primitivo de la liturgia mozárabe hunde sus
raíces en la noche de los tiempos, pero a medias de fecundo núcleo, los Padres
visigodos y especialmente los toledanos fueron reuniendo fórmulas
sucesivamente, al punto de casi todo cuanto leemos en nuestros antiguos libros
rituales es composición de esos venerables Padres o está cercano a ellos. Los
himnos de Prudencio, considerado como el primer liturgista hispano, son de lo
más inspirado. Otros liturgistas mencionan el De viris illustribus, comenzando
por san Isidoro, siguiendo por san Ildefonso y terminando en Félix de Toledo.
Entre ellos destaca san Eugenio de Toledo ( 657), que entabló una corrección
del canto viciado pessimis usibus, de ahí la denominación del canto hispano
como canto eugeniano. Pedro, obispo de Lérida (s. v-vi) compuso algunas
oraciones y misas. San Leandro parece haberse distinguido como compositor de
melopeas litúrgicas y oraciones para el Salterio. Juan de Zaragoza fue un
importante liturgista ( 631). San Braulio ( 651), biógrafo de San Millán de la
Cogolla para ser leída en misa, mantuvo abundante correspondencia con los
personajes más importantes de su tiempo. Dirige una carta a Fruminiano para
responder a la duda «de si en la Feria VI de Pascua (Viernes Santo), después de
cada lectura se ha de responder «Amén» o si ha de cantar el Gloria como de
ordinario.
Otra consulta del mismo abad
Fruminiano sobre la vestición del altar con los velos a ello destinados en la
tarde del Sábado Santo, en que la iglesia suele adornarse al atardecer, «jam
declinante in vesperam die», recibiendo con aparato la luz verdadera que
resucita de los infiernos, y cuyo símbolo es el cirio pascual solemnemente
bendecido en aquella memorable Vigilia pascual que dio origen a las demás
Vigilias[10]. Reputado liturgista y
músico es san Julián ( 690), autor de himnos y oraciones y corrector de otras
viciadas según testimonio de Félix de Toledo ( c. 702) en su Vita sancti
Juliani. San Julián fue el que más contribuyó a la formación del Sacramentario y
Breviario. Escribió el Librum Missarum de toto anni circulo.
Capítulo importante es el de los
Concilios españoles y su relación con la liturgia a partir de los cánones.
Lleva a cabo una revisión desde el concilio Iliberitano (año 300?). Parece que
los neocristianos no comprendían siempre la grave obligación de observar como
día festivo el domingo (Canon 21). El Canon 24 alude al ayuno de todos los
sábados. El Canon 36 prohíbe pintar las iglesias. El I Concilio de Zaragoza
prohíbe ayunar en domingo y ausentarse de la iglesia en tiempo de cuaresma ni
las tres semanas que preceden a la Epifanía –17 de diciembre al 6 de enero–, en
que se celebra la magna fiesta de la Virgen María. Ordena que la Sagrada
Eucaristía se suma en la misma iglesia.
El 1º concilio toledano se
celebra el año 400, presidido por el obispo Masona de Mérida[11]. El III Concilio (589),
en el que ha abjurado del arrianismo el rey Recaredo, manda cantar los domingos
el Credo en todas las iglesias «oír reverencia a la santísima Fe y para
corroborar la flaqueza humana (C. 2) siendo España la primera en adoptar este
uso litúrgico, que solo en el siglo XI había de entrar en Roma, pasando por la
Galia. La moción fue presentada por el mismo rey convertido, imponiéndose a las
iglesias de España, Galia (Galicia?), según la forma de las iglesias
orientales, o sea cantándolo el pueblo voce clara antes del Padre Nuestro y
conforme a la redacción del Concilio Constantinopolitano. El C. 11 proscribe
más rigor para los penitentes relapsos.
Pero el concilio toledano más
fecundo en sabias disposiciones y decretos litúrgicos es el IV, presidido por
san Isidoro y celebrado el año 633. Hay al menos 20 cánones litúrgicos, muchos
de ellos de capital importancia. La unidad litúrgica era una de las necesarias
(C. 2). El Antifonario de León nos dirá que la Oración Dominical debe cantarse
por todos en la Misa, lo mismo que el Símbolo Apostólico. El Canon 14 prescribe
que se cante en todas las misas el Himno de los tres jóvenes, que comienza:
Benedicite, y se cante desde el púlpito bajo pena de excomunión [varios Beatos
se hacen eco por medio de una hermosa ilustración]. Importante desde el punto
de vista bíblico y litúrgico es el Canon 17 concerniente al Apocalipsis. Manda
bajo pena de excomunión que se le reciba como libro inspirado y que se lea en
la iglesia, desde Pascua a Pentecostés. Sobre este aspecto volveré al tratar la
iconografía en función del Liber Commicus.
El Canon manda que el sacerdote y
el diácono comulguen delante del altar, el clero en el coro y el pueblo fuera
del coro. La consagración de los obispos debe celebrarse en domingo. A los
misacantanos se les entregaba un Manual o Sacramentario y enviarlos a sus
parroquias o titulus. El Canon 39 establece que haya un coro alto y un coro
bajo, y que en este se coloquen los diáconos. Los Cánones 40 y 41 se preocupan
del Orario o Estola y de la tonsura clerical. Mandan que el diácono lleve solo
una estola, pendiente del hombro izquierdo, para tener desembarazado el brazo
derecho. El Orario diaconal en el rito hispano-visigodo debía de estar limpio y
sin adornos de oro ni colores. Todos los clérigos debían llevar rapada la parte
superior de la cabeza, dejando en la inferior una sola corona de cerquillo.
Aspectos de interés son tratados
por otros autores, que ponen al día consideraciones tratadas en el presente
estudio, uno de ellos Diego Figueroa. A propósito de la hipótesis sobre su
origen, la antigua modalidad litúrgica hispana, que ha recibido las denominaciones
de «isidoriana», término preferido por don Antonio Viñayo, «toledano»,
«visigoda» y mozárabe», es una liturgia occidental latina, que partiendo de la
doctrina apostólica y de los usos de institución de Cristo y las indicaciones
evangélicas, como núcleo primitivo, se desarrolló hasta alcanzar una fisonomía
propia y peculiar. Para los officia del servicio divino fueron construidas las
iglesias, labrados los canceles, frisos y capiteles, iluminados los
Antifonarios, Biblias y diversos libros litúrgicos.
En los comienzos de la Iglesia,
los Hechos de los Apóstoles refieren que los fieles acudían con asiduidad al
templo, partían el pan en las casas y tomaban su alimento con alegría y
sencillez de corazón, alabando a Dios y en medio del general favor del pueblo.
Perseveraban en la enseñanza de los Apóstoles y en la unión, en la fracción del
pan y en la oración. La fracción del pan, la oración y la predicación de la
doctrina apostólica constituyen los elementos fundamentales de toda liturgia[12].
La «fracción del pan» es la
expresión usual para designar el rito sacrificial, instituido e inaugurado por
Jesucristo en la última Cena e impuesto a los apóstoles para que hasta su
parusía reiterasen la «memoria del Señor; en él se centra el nuevo culto profetizado
ya en el Antiguo Testamento. San Pablo refiere el esquema de esta celebración,
típicamente cristiana (1 Cor. 11, 23-29), sobre la que volveré. El ejemplo de
Jesucristo con sus plegarias, exorcismos, imposiciones de manos, etc. así como
el modo de ejecutar tales actos, fue seguido e imitado por las primeras
generaciones cristianas en situaciones análogas; en consecuencia, los gestos
vinieron a entrañar cierto sentido cultual. En el rito litúrgico hay una
espiritualidad para la vida, una particular vivencia de lo rutinario marcada
por la fe religiosa. Hay un Amén que no significa solo Así es, sino también Lo
creo y me comprometo. El Amén litúrgico se transforma en Amén vivencial, que en
la liturgia se alimenta para poder hacer de la vida un «amén» al Padre, a
ejemplo de Cristo, que es llamado en el libro del Apocalipsis –el más
paradigmático de la liturgia mozárabe por su perspectiva pascual, martirial,
celebrativa y escatológica– justo así, «Amen del Padre» (Ap. 3, 14)[13].
Los primeros miembros de la
Iglesia fueron judíos y la ruptura con la sinagoga no fue definitiva hasta la
destrucción de Jerusalén en el año 70. Los judeo-cristianos asisten al templo,
practican las ceremonias de la Ley, observan sus prescripciones. Las prácticas
específicamente cristianas de los primeros decenios no suplantan a las rituales
judaicas, sino que se añaden a ellas. Cuando la discusión de la Iglesia y de la
Sinagoga se hizo mayor, sobre todo tras la admisión de los gentiles y la
destrucción del Templo, la Iglesia conservó del Antiguo Testamento lo que tenía
carácter permanente. Entre las cosas que pasaron al culto cristiano se deben
contar la lectura de los libros inspirados, el canto de los Salmos y la
instrucción homilética de los presidentes de las sintaxis.
Estas líneas fundamentales se
completan con las normas y disposiciones disciplinarias establecidas por los
apóstoles para el ejercicio del culto en las iglesias por ellos fundadas, y que
atañen a la determinación del domingo como «día del Señor», celebración de la
Pascua, ceremonial en la administración del bautismo, condiciones para recibir
la comunión, la solución de las dificultades y a la implantación de algunos
usos peculiares de las diversas regiones, en que se fundan las primeras
comunidades cristianas.
Sobre la pauta que puede llamarse
apostólica, comienzan las comunidades cristianas el ejercicio y desarrollo de
su culto, lo que realizan con la máxima veneración al legado recibido, pero a
la vez con cierta libertad. Se vive la unidad litúrgica con variantes
accesorias locales.
Nos han llegado varios cánones o
normas del encauzamiento litúrgico: Las Constituciones Apostólicas, La Anáfora
Serapionis y el Testamento Domini. El mayor prestigio de algunas iglesias
principales influyó para que en torno a ellas apareciesen ciertos tipos
aglutinantes, que a su vez encerraban modalidades con relación a otros
accidentales de distintas circunscripciones litúrgicas. Hay un proceso
evolutivo de concordancia y discrepancia tiene lugar entre los siglos IV y VI.
La concordancia litúrgica sustancial se manifiesta por la persistencia en todos
los tipos y familias de los tres elementos esenciales del culto católico:
sacrificio, sacramentos, plegaria a los que se añaden constantemente los
sacramentales y el oficio funerario.
Coinciden también en la peculiar
función asignada al celebrante, ministros y fieles; en la identidad doctrinal
profesada; en la conformidad de los objetos utilizados para el culto; en el
esquema permanente de la celebración del sacrificio; en el número y naturaleza
de los sacramentos; en la santificación por la plegaria de los días, las
semanas y los años.
Las discrepancias afectan
particularmente a los rasgos fisonómicos de cada tipo, debidos a la diversa
lengua utilizada; al orden seguido en la combinación de los elementos
accidentales; a la manera de ser que distingue a las comunidades de las
circunscripciones cultuales; a las razones históricas determinantes de algunas
ceremonias y ritos menores; al distinto simbolismo imperante en algunas
regiones con relación a otras.
Desarrollo y evolución de la liturgia hispano-mozárabe
La liturgia hispana tiene unos
orígenes difíciles de señalar, aunque es patente la existencia de un primer
germen común romano, advirtiéndose también unos matices bizantinos fácilmente
reconocibles.
De las liturgias occidentales es
la que está mejor documentada. Se conservan bastantes textos al respecto. Como
fuentes para su estudio, dom Pinell ha catalogado en 256 libros o fragmentos
supervivientes de esta liturgia[14]; dichos textos deben
ser fechados entre los primeros años del sigloVIIIi y los últimos delXIi y
proporcionan un referente de la liturgia hispánica ya formada y consolidada[15].
Según J. F. Rivera Recio, hasta
la instalación en la península del reino visigodo, y rotas las ataduras
políticas con Roma, el cristianismo hispano en su lucha con el arrianismo hubo
de hacerse más combativo. Fue tras la conversión de los visigodos cuando en
plena mayoría de edad se camina hacia la unidad litúrgica nacional. J. Janini
hace derivar los libelos del papa san León (440-461) y de Gelasio (492-496)
varias piezas de la liturgia hispana[16].
La formación y desarrollo de la
liturgia hispana se puede dividir en tres periodos, según F. J. Rivera Recio:
a) Hasta la caída del Imperio
(476), que sustancialmente es la misma romana primitiva.
b) Hasta el IV Concilio de Toledo
(633). Periodo de múltiples influencias y anarquía cultual.
c) Desde el 633. Tendencias a la
uniformidad litúrgica, primero dentro de un esquema común y posteriormente con
aparición de libros arquetipos, los toledanos, que acaban imponiéndose. y
sustancialmente son los que han llegado hasta nosotros.
Por su parte, D. Figueroa[17] considera las
siguientes fases, con las que estoy más de acuerdo pues se enmarcan en un
sentido de unidad:
1. Fase de gestación, que se
remonta al siglo III-IV. Todas las liturgias se ven influidas, como es natural,
por Roma, pero en Hispania la influencia del norte de África es grande. Todavía
no han concluido las persecuciones: mártires de Tarragona, del obispo Fructuoso
y sus dos diáconos ( 258), himnos a los mártires, de Prudencio. Se celebran los
primeros concilios, cuyas decisiones afectan a la liturgia hispánica, entre los
que sobresale el concilio de Elvira, de hacia el 300, que intenta regular la
vida de los cristianos. El concilio de Zaragoza (380) es muy importante pues
legisla sobre una Cuaresma, un tiempo de ayuno y preparación pascual y de la
Epifanía, así como prohibición de los ayunos en domingo. El I concilio de
Toledo (400) legisla sobre la misa diaria; el papa san Dámaso alienta la
traducción de la Biblia del griego al latín. San Paciano de Barcelona escribe
sobre al bautismo y la penitencia.
2. Fase de creatividad, llena
aproximadamente los siglos VI y VII hasta la invasión musulmana el 711. Este
periodo es especialmente largo en Hispania y se advierte cómo los padres
hispanos han comprendido que los textos litúrgicos son más eficaces para
comunicar la fe que los sermones y tratados y vuelcan en ellos sus mejores
esfuerzos.
Se desarrollan tres grandes
sedes: Toledo, Tarragona y Sevilla, cuya influencia será crucial en los siglos
siguientes. Por ello se admiten dos grandes áreas de influencia y dos grandes
tradiciones a la hora de hablar de textos escritos, la conocida como tradición
A, formada por códices de los siglos VIII al XII, que englobaría Asturias,
León, Toledo, Tarragona y Narbona y posteriores sedes de Silos o San Millán de
la Cogolla. Esta tradición se recoge en Toledo, en los escritorios de la
parroquia de santa Eulalia. La tradición B contiene los escritos de la
provincia Bética (entre ellos la herencia de Leandro y Sevilla), cuyos
manuscritos llegarán hasta el siglo XIV, compilados en la parroquia de las
santas Justa y Rufina (esta tradición será adoptada por Cisneros para la
reforma)[18].
En este periodo, los concilios se
esfuerzan por regular la celebración y la vida de los cristianos visigodos. El
concilio de Gerona (516) y el de Tarragona (547) legislan sobre el rezo de la
oración de las horas y sobre el domingo en el caso de Tarragona, sobre los días
en que era legítimo administrar el bautismo (Pascua y Navidad). También el
concilio de Barcelona (540) legisla sobre la oración de las horas y sobre las
condiciones de penitencia pública. San Justo de Urgel preside el concilio de
Lérida (546), y en él se define la estructura de la Liturgia de la Palabra de
la misa, decisión de gran importancia reafirmada por otro encuentro de obispos
en Valencia el mismo año.
Pero el gran concilio de
referencia de los siguientes es el III Concilio de Toledo (589) en el que
Recaredo confiesa la fe católica y abandona el arrianismo, cambio político y
religioso de gran trascendencia. En él participan Leandro, Eugenio e Ildefonso
de Toledo, Justo de Urgel y Masona de Mérida, fija la importancia de las
oraciones sálmicas y los himnos en la liturgia de las horas, el canto de los
salmos en las exequias y la introducción del Credo en la eucaristía dominical,
algo que aparece así por primera vez en el Occidente cristiano.
3. Fase de codificación. La
continuidad y el resultado de todo este trabajo se pone de manifiesto a lo
largo del siglo VII, el siglo de san Isidoro, del tratado «Sobre los oficios
eclesiásticos»[19]. En el capítulo «De
missa et orationibus», Isidoro de Sevilla incluye la Oración de exhortación,
Segunda oración, Oración por los fieles, vivos y difuntos, Oración de
reconciliación antes del saludo de la paz, Ofrenda (primera oración de la
anáfora), Oración del himno Sanctus, Oración para la transformación de las
ofrendas, Oración del Padre nuestro, Bendición, que serán repetidos en la Missa:
Oratio, Alia oratio, Post nomina, Ad pacem Inlatio, Post Sanctus, Post pridie,
Ad orationem Dominicam, Bendictio. Es el primero de temática litúrgica en
Occidente cristiano, melodías litúrgicas, escritos bíblicos, la composición de
oraciones para la bendición de la luz a la caída de la tarde, o de la lámpara
en la noche de Pascua, son ejemplos de su magisterio, su presidencia del IV
Concilio de Toledo en el que se vuelca su saber pastoral y litúrgico: este
concilio traerá la regulación de la vida litúrgica, de la fecha de celebración
de la Pascua, del anuncio de las fiestas pascuales en el día de Epifanía de
algo tan característico como la celebración del bautismo con la celebración de
una sola inmersión en lugar de tres, como se acostumbraba en Roma, de la
celebración de la Pasión del Señor el Viernes Santo con el canto de las
«indulgencias» o de la regulación del ayuno pascual. En el ámbito del año
litúrgico, el concilio aprueba la supresión del canto del Aleluya en cuaresma y
la obligación de la lectura del libro del Apocalipsis durante el tiempo de la
cincuentena, es decir, entre Pascua y Pentecostés, bajo pena de excomunión, en
que la victoria pascual del Cordero inmolado, Cristo, se convertirá en
característica en la eucología y el canto[20]. Se definen los días
penitenciales y se aprueba el canto del cántico de Daniel en los domingos y
fiestas de los mártires (Benedictiones). Se recuerda la bendición a los fieles
antes de la comunión del sacerdote, que sustituye a la comunión de los fieles,
poco habitual ya en este siglo.
Surgen las primeras
compilaciones. Algunos Padres comienzan a recoger y copiar estos libelli para
proteger una riqueza litúrgica y espiritual capaz de emplearse para lo que ha
sido creado, para la celebración sacramental, para gloria de Dios y santificación.
Los escritorios asumirán en los siglos siguientes un protagonismo necesario, ya
que es la forma más segura de dar permanencia a estos materiales de oración y a
las comunidades orantes con ellos.
Los siguientes concilios
toledanos de este siglo seguirán tomando decisiones de gran importancia, sobre
todo el X. En el año 656, gracias a san Ildefonso, se establece que cada 18 de
diciembre se celebre la fiesta de Santa María[21].
A él se atribuyen
tradicionalmente los textos y oraciones que se proclaman en ese día. La Iglesia
en España prepara la festividad de la Natividad, el nacimiento del Señor, con
la fiesta de la Virgen[22]. Se trata de una de las
fiestas más tradicionales e importantes del calendario litúrgico por el
contenido de sus oraciones relativas a la virginidad de María, la Madre de
Dios, y preparan de forma solemne la Natividad. La liturgia hispana en el
Antifonario presenta la característica propia y fundamental de confesar que
María es verdadera Madre de Dios, y que en ella ha sucedido el milagro de ser
madre y virgen es una forma muy peculiar de confesar que el que nace es
verdadero hombre y verdadero Dios. La piedad mariana de la liturgia hispana es
plenamente ortodoxa porque conduce a la confesión del Hijo de Dios y plenamente
eclesial, ya que hace de María modelo de la Iglesia, llamada a engendrar a
Cristo para el mundo y para la salvación.
La Hispania Vetus incluye una
imagen del De Virginitate Mariae, de San Ildefonso, actualmente en el archivo
del monasterio de Silos[23]. El contenido general
del manuscrito es: De virginitate Sanctae Mariae, de san Ildefonso, (ff.
1r-36r); Sermo de Sancte Marie (ff. 46r-49v); Officio de Sancti Martini
episcopi (ff. 40r-82v); Inuentio uel dedicatio Sancti Micaelis arcangeli (ff.
83r-90v).
A la muerte de san Ildefonso (
667), comienzan las tareas de compilación de material litúrgico, destacando san
Julián de Toledo ( 690), que recoge el material de la Tarraconense y de la
Cartaginense en la capital, Toledo. Creará además formularios para misas de
difuntos y de tiempo de quotidiano.
San Conancio de Palencia ( 638)
es autor de gran cantidad de oraciones para el oficio divino; Braulio de
Zaragoza ( 651) es compositor de himnos para la oración de las horas; San
Eugenio de Toledo ( 657) compone la misa del Jueves Santo y las misas de tiempo
pascual, las completurias dominicales –antífona y acción de gracias– y la
eucología de la fiesta de san Hipólito. San Ildefonso es autor de las misas de
la Ascensión, de la Octava de Pascua y de los santos Cosme y Damián, de las
oraciones del oficio de santa María y de santa Leocadia, y de gran cantidad de
antífonas, responsorios y homilías. Consecuencia de tales trabajos es la
necesidad de crear los primeros libros litúrgicos para la celebración de la
Iglesia: oracional, antifonario, manual para celebrar la misa, son los primeros
trabajos de compilación para la santificación sacramental y del tiempo. Los
textos litúrgicos hispanos son obra de autores de una cultura eclesiástica
refinada y una lengua muy elaborada y plenamente formada, muy influenciada por
la Biblia, que deriva en un latín teológico con destacados influjos de la
literatura patrística, en espacial agustiniana y leonina. El lenguaje es
artificioso, cargado de expresiones retóricas, abundantes juegos de palabras,
antítesis, figuras etimológicas, rebuscamientos, sinónimos. Este exceso
retórico parece más propio de las piezas de las más solemnes funciones,
apreciándose mucho menos en oraciones y preces de las misas más ordinarias y
frecuentes.
4. Periodo mozárabe. El proceso
creativo llegará a su fin con la dominación musulmana. Durante los siglos vVIII
al XI la prioridad será celebrar para fortalecer la perspectiva escatológica y
así afrontar la persecución o el martirio. La celebración litúrgica fortalece
su unión con Jesucristo, crucificado por nuestra salvación. La liturgia de la
Iglesia no saca al hombre de la realidad: los cristianos asumen que forma parte
de la vida y la lectura del libro del Apocalipsis, la enumeración en la
celebración de mártires y confesores de la fe, la constante referencia al
sacrificio de Cristo aporta pistas de cómo reflexionaban y celebraban.
A partir de la invasión musulmana
comienza el periodo propiamente mozárabe del rito. La interrupción del proceso
creativo se ve acompañada de la necesidad de huir con los libros litúrgicos,
que se va a convertir a donde son llevados, en influencia para otros libros o
ritos. En Verona aparece un Oracional, analizado por Miguel Vivancos[24]. Otros textos aparecen
en monasterios y escuelas monásticas, hasta llegar al Pontifical
romano-germánico. Los liturgistas más notables del periodo mozárabe son san
Vicente de Córdoba (810) y Salvo, abad del monasterio riojano de Albelda (963),
de quien dice un autor de la época «que su lenguaje inspira dulzura y
compunción en los versos, oraciones y misas que compuso». Asturias, a pesar de
las incursiones musulmanas, se convierte en foco de resistencia. Alfonso II el
Casto ( 842) restaura el rito en Oviedo (790). León, Castilla y Navarra
mantendrán el rito hispano vivo en diversas situaciones y copiando códices. Una
nueva y definitiva circunstancia se desarrolla desde la zona libre de los
Pirineos, donde los monasterios benedictinos irán asumiendo el rito romano y
convirtiéndolo en estable en la península. Los libros producidos y puestos en circulación,
así como las bibliotecas fueron modestos entre los siglos IX y XI. Gran parte
de la actividad monástica requería de la adquisición de habilidades propias de
la cultura escrita: la liturgia de las horas y el canto, la meditación, la
lectio divina (lectura y memorización de textos) y señorío del monasterio[25].
A finales del VIII el arzobispo
toledano Elipando, echó mano de sus textos, que, deformados y mutilados,
presentó en un escrito dirigido a Alcuino y los grandes obispos del reino
carolino con estas palabras: «Nuestros predecesores Eugenio, Ildefonso y
Julián, prelados de la Iglesia toledana, así dijeron en sus oraciones». Años
más tarde, el adopcionista Félix de Urgel insiste en lo mismo, recibe una
contundente respuesta de Alcuino[26]. Nos hallamos ante la
herejía adopcionista, que alcanzará las mayores cotas de virulencia entre Beato
de Liébana y Elipando de Toledo. Este, en un deseo de aproximación al mundo
musulmán escribe una explicación de la fe que incurre en la herejía adopcionista.
El islam confiesa un monoteísmo estricto, en tanto el cristianismo confiesa un
monoteísmo trinitario: en su búsqueda de diálogo, Elipando incurre en
imprecisiones teológicas que no dejan clara la igualdad del Padre y el Hijo,
pues el Hijo sería en cuanto hombre hijo adoptivo del Padre. Esta tesis,
defendida por Félix de Urgel, comienza a extenderse en el mundo mozárabe.
Beato, un presbítero de Liébana,
y Eterio, obispo de Osma en el exilio, fueron los dos grandes defensores de la
fe ortodoxa. La crisis se cerró a partir de la condena del Concilio de
Francfort en 794 con la retractación de Félix –no de la de Elipando–, pero
desde el norte europeo, comenzó a extenderse una cierta duda sobre la
fiabilidad del rito hispano y su ortodoxia, lo que aceleró el interés
pontificio por imponer el rito romano y abandonar el rito hispano que generaba
más dudas. Al hablar del rito hispano y su vigencia hoy, dos son en la cuestión
teológica los grandes rivales a los que se enfrenta el rito en origen: el Islam
que niega la trinidad de personas en un solo Dios que confiesa la fe católica,
y el arrianismo, que, como como el adopcionismo, niega la divinidad de
Jesucristo.
La presencia cluniacense avanza
desde Cataluña hacia Aragón y Castilla. Ricardo de San Víctor acude a España
como legado de Gregorio VII con una clara intención. Finalmente, en 1080, el
Concilio de Burgos decreta lo intentado en Nájera: la abolición del rito
hispano en favor de la unidad romana. Las iglesias mozárabes de las Santas
Justa y Rufina, San Lucas, Santa Eulalia, San Marcos, San Torcuato y San
Sebastián, son las mencionadas por el arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada y
conservadas hasta tiempos modernos, siendo fundadas desde el año 554 al 701,
que aglutinan a los mozárabes de la ciudad y los que suban de al-Ándalus
manteniendo, contra el criterio del arzobispo Bernardo de Sahagún, el rito
vivo. A éstas hay que añadir la de Omnium Sanctorum, la de Santa Leocadia, la
de Santa María del Alficén y la de San Cosme y San Damián[27]. La asunción del rito
romano no sucede con facilidad, ni rápida ni uniformemente ni en el norte de
Hispania, ni en al-Ándalus, ni en las parroquias toledanas, ni en las
comunidades monásticas, de nueva implantación, pero de rito hispánico (San
Miguel de Escalada, San Baudelio de Berlanga, San Cebrián de Mazote) aceptaron
esta imposición y perseveraron en las costumbres hispanas.
Teología litúrgica del rito hispano-mozárabe
El cristianismo remite en primer
lugar a la persona viva del Crucificado-Resucitado, razón de todo lo que Dios
ha llamado, llama y llamará a la existencia. La teología ha nacido y se ha
desarrollado a partir de su Acontecimiento, que se halla en su centro. Hacer
teología consiste sustancialmente en exponer cómo ha leído y comprendido la
tradición de la Iglesia el sentido de Cristo que muere y resucita y saber
conectar toda lógica de la realidad con ese Acontecimiento. El Cristianismo es
la vida que nace de la profunda comunión entre el Resucitado y la Iglesia. La
liturgia hace viva y actual esta comunión. Así pues, la liturgia son los ritos
y ceremonias por medio de las cuales los cristianos dan culto a Dios. Pero la
liturgia es mucho más rica; entrar en ella es entrar en la tierra fértil de
Dios, sazonada por el rocío del Espíritu en el ámbito donde tiene su morada el
misterio de Cristo[28]. La participación en la
vida trinitaria se realiza a través de la liturgia[29].
Un documento misterioso y
especial apareció al final del Liber Commicus, el leccionario de la misa, de
San Millán de la Cogolla, de 1071 considerado por algunos como una defensa del
abad Pedro del rito hispano ante las amenazas acuciantes que buscaban la
desaparición del rito desde hacía ya años en tierras castellanas. Este
documento –Doctor hay– expone algunas características por las que debe de
mantenerse vivo. El abad Pedro muestra tres características teológicas para
mostrar la especificidad del rito mozárabe contra aquello que iban destruyendo
los libros de la tradición hispana lo hará imponer la que imperaba en Roma[30].
1. La fe trinitaria. El documento
Doctor ayt se refiere a la acción del Espíritu, así como a la oración dirigida
al Padre por el Hijo, en la cita de una Illatio (una de las oraciones
eucarísticas mozárabes que se correspondería con nuestro Prefacio). La cuestión
trinitaria es crucial, no solamente por ser un tema central de la fe, sino
también porque supone un punto de choque fuerte con el pensamiento y teología
del Islam. Por ello, los Padres hispanos componen oraciones para las misas en
las que acentúan constantemente la acción trinitaria. El gobierno del Padre, la
redención por el Hijo, la santificación con el Espíritu. En la liturgia
hispánica no se olvida el combate que se libra al margen de la celebración, en
el mundo, sino que, al contrario, la fe en Dios lo envuelve todo para revelar
la verdad de Dios y fortalecer a los hombres ante la amenaza crucial, no
física, sino espiritual.
2. Jesucristo es mediador. Se
trata de la cuestión cristológica que se concreta en la confesión de Cristo
como Dios y hombre verdadero, su rol de mediador en la obra salvadora. En el
rito hispano, entre los muchos nombres que recibe Cristo Él es sacerdote; es
pontífice. Como se halla en la carta a los Hebreos, Cristo hace un puente que
une a Dios y los hombres, que estaban separados por el pecado. Por ese puente
comunica, desde Dios a los hombres, la gracia. Por eso, Él es el mediador. Esto
requiere que tanto su eterna divinidad como la humanidad que recibe de María
sean verdaderas.
Otro punto de choque con la
cultura del momento es el arrianismo de los primeros siglos, reconociendo a
Cristo como un buen hombre, no ve en Él más que a un hombre, acogido, adoptado
por Dios. Nunca podrá ser un Dios como el Padre, pues en su ser hijo hay una
negación du su eternidad y por lo tanto una implícita aceptación de su
inferioridad. El autor del texto emplea una Illatio de a liturgia episcopal que
aparece también en el misal de Bobbio, y posteriormente en el misal de
Cisneros. Contiene la cristología de Paulino de Nola y la reflexión sobre el
sacerdocio de san Agustín.
Esta mediación, que consiste en
la entrada del sacerdote en el lugar santo para obtener el perdón de los
pecados, alcanza en Cristo su plenitud. El sacerdote, una vez concluida la
liturgia de la Palabra, se dirige para consagrar la ofrenda al altar, al otro
lado de los velos, de donde saldrá para ofrecer el alimento santo. Entrar,
salir, atravesar los velos, los canceles, forma parte de un vocabulario y de
unas acciones con las que la liturgia de la Iglesia confiesa y refleja la
acción de Cristo. La liturgia, el arte y la arquitectura muestran con sus
propios elementos lo que la Iglesia confiesa y celebra, de tal forma que se
unen de nuevo los tres significados de la palabra «amén». M. Mentré habla por
ejemplo de la sacralización del espacio en el arco triunfal Santiago de Peñalba[31].
La mediación de Cristo se refleja
de forma no solamente verbal, en las oraciones que se proclama en la misa, sino
que se puede reconocer también en la gestualidad propia que se muestra
claramente como reflejo de la fe que se confiesa. El sacerdote se pone al
frente del pueblo en la misa, para mediar por él, porque Cristo, primogénito de
entre los muertos, el primero que ha muerto y resucitado, media por nosotros
ante el Padre en el cielo. Fruto de la mediación de Cristo es la redención del
hombre.
Encontramos una profunda y
delicada mariología: el himno A solis ortus cardine, de Prudencio, alegato
contra el arrianismo, propio de la fiesta de santa María, el 18 de diciembre,
reconoce a Cristo como redentor que Él obtiene y deja a la Iglesia para que
administre según su modelo. La encarnación del Verbo en María que conmemora en
ese día, dice así: «El Hijo del Padre Eterno / salió del seno de la Virgen/
Esposo, Redentor, Fundador / y de su Iglesia el más grande».
3. La tercera característica es
la simbólica, en particular referente a los números, en concreto al simbolismo
del número siete[32]. La vinculación con el
Apocalipsis es una constante; el libro anuncia con gran riqueza de símbolos en
imágenes la victoria final de Jesucristo para fortalecer a los que experimentan
tribulaciones por causa de la fe, y que lo hace anunciando el final como una
gran celebración litúrgica, las Bodas del Cordero. El documento Doctor ayt hace
referencia al Padrenuestro, oración que el Señor enseñó a sus discípulos (Mt 6,
9-13) que contiene siete peticiones, como la misa. El número siete hace
referencia a un misterio que se desvela –Cristo ha abierto los siete sellos del
libro de la historia en el Apocalipsis (5, 1-10)– plenamente, también a la
Iglesia Universal y a la gracia del Espíritu que recibe quien participa en la
misa.
El documento Doctor ayt concluye
con una gran defensa de la importancia que tiene custodiar bien lo que se ha
recibido de los mayores: el rito hispano no es una creación independiente,
separada de la tradición de la Iglesia; por el contrario, se ve en sus
elementos, oraciones y usos que lo recibido tiene su fuerza principal en su
vínculo con lo antiguo de tal forma que todos los que participen en él puedan
aprender a realizar la ofrenda tal y como Cristo enseñó a los suyos y en
continuidad con aquellos. Es un auténtico rito porque no está separado del
tiempo y vicisitudes históricas, sino que sigue respondiendo a las inquietudes
de todos ofreciendo la fe y gracia para afrontar las preguntas sobre Dios
formuladas por los hombres.
El Credo apostólico, fundamento
de la fe, se plasma en imagen en el arte, en los diversos soportes, algunos de
ellos descubiertos desde la arqueología como los fragmentos epigráficos del
siglo VII, en piedra caliza, hallados en la Vega Baja, de Toledo por don Manuel
Jorge Aragoneses en una excavación[33]. De hecho, las
investigaciones más serias son la del descubridor y H. Schlunk y Hauschild,
quienes completan el texto desde Passus sub Pontio… Amen. Está escrito en letra
capital rústica. La banda con decoración vegetal tallada a bisel entre dos
bandas rodeaba el texto en su totalidad. Es una pena que no se haya localizado
el fragmento donde, de seguir el texto del concilio de Constantinopla no
figuraría el vocablo esencial en la liturgia occidental OMOUSION, término, sin
embargo, presente en el Credo de la Misa de san Isidoro, colocado junto al
Pater noster[34]. La ausencia de la
palabra citada ha sido explicada como que ha sido tomado de un texto oriental[35].
Procedente del pago de Los
Marvanes del pueblo salmantino de Mogarraz, propiedad de Sebastián Florián
López, es un Credo en dos fragmentos de pizarra gris y gris azulada
respectivamente, que tiene algunas mutilaciones. La transcripción, efectuada
por José María Ruiz Asencio, es como sigue:
Primer haz Segundo haz
Credo in de … deom eo patre’ omni
celi et terre, ui … ctorem celi et ter
sibilio omniu’ cond … muisibilium omniu’
dit et incarnat … d ascentir incar
ria virgine … m aria uirgine.
El texto, unido y colocado entre corchetes lo que falta,
dice así: «Credo in Deo meo (sic) patrem omni[potentem, fa]ctorem celi et
terre, ui[sibilio et i[muisibilio ómnium cond[otorem. Descendit et incarnat[us est de Spiritu Sancto] et Maria
uirgine». Se trata de un ejercicio escolar, con bastantes errores gramaticales.
Este Credo difiere del usado en la liturgia hispana, tal como indica en el
Liber Ordinum, y reproduce el que aparece sistemáticamente en las actas de los
concilios visigodos de Toledo con las únicas variantes de iniciar éstos el
símbolo con un «Credimus» y anteponer «unum» a «Deum». Aparece por primera vez
en el III Concilio de Toledo (589), el de la conversión al catolicismo del
pueblo godo y se presenta como el texto elaborado por 150 obispos del concilio
de Constantinopla. Entre 653 y 694 está atestiguado que el símbolo recitado por
los padres conciliares visigodos contenía las mismas palabras que ofrece la
pizarra[36]. Los dos fragmentos se
han datado entre 598-694.
Un tercer ejemplo corresponde a
la arquitectura. En la basílica de Santa Lucía de Alcuéscar, del siglo VII,
Ignacio Dols Juste ha descubierto el simbolismo de las tres capillas de la
cabecera en relación con la Trinidad[37], extremo que en mi
opinión se cumple en la iglesia de San Pedro de la Nave (Zamora).
NOTAS
[1] G. Prado, Manual de liturgia
hispano-visigótica (Madrid 1927); Id, «Historia y estado actual de la liturgia
toledana con relación a la liturgia general de la Iglesia»: Real Academia de
Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, año IX, nn. 32 y 33, julio-diciembre
(1927) 127-221; J. Fr. Rivera Recio, «La antigua liturgia hispana», Los
Concilios de Toledo del siglo vii y la Antigua Liturgia hispana (Toledo, 1972)
31-50; Leclerq, «Messe mozárabe», Dictionnaire d’Archéologie Chrétienne et de
Liturgie XI/1, 674-690; D. Paul Sejourne, «Saint Isidore de Seville et la
liturgie wisigotique» en: Miscellanea isidoriana (Roma 1936) 226-23; J.
Fernández Alonso, La cura pastoral de la España romano-visigótica (Roma 1955)
cap. VI, n. 313.
[2]Fontaine, «El rito mozárabe,
último florecimiento de la liturgia hispánica», J. Fontaine, El Mozárabe.
Volumen 10 de la serie La España Románica, (Encuentro, Madrid 1978) 35-45;
Bango Torbiso, «La vieja liturgia hispana y la interpretación funcional del
templo prerrománico», en: VII Semana de Estudios Medievales, 29 julio 2 Agosto
1996 (Instituto de Estudios Riojanos, Nájera 1997) 61-120.
[3]J. M. Pinell, «Los textos de la
antigua liturgia hispana. Fuentes para su estudio», Estudios sobre la liturgia
mozárabe (Toledo, 1965) 89-169; Id, «Liturgia hispánica», Diccionario de
Historia Eclesiástica de España, Q. Aldea Vaquero, T. Marín Martínez y J. Vives
Gatell (dirs.) (C.S.I.C., Madrid 1972) 1303-1320; J. Pinell, Liturgia hispánica
(Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 1998); Id, Liturgia delle ore (1990),
Anamnesis (Marietti, Genova 2017).
[4] «La iniciación cristiana y otros
ritos en los rituales hispánicos»: Toletana 16 (2007) 113-127; Id, Curso de
liturgia hispano-mozárabe (Instituto Teológico San Ildefonso, Toledo 1995); Id,
«Origen y desarrollo de la liturgia mozárabe», que compendia en los siguientes
apartados: Introducción. Formación del Rito Hispano. Resistencia y supresión
del rito hispano-visigótico. Conclusión en: Actas del I Congreso Internacional.
Los mozárabes. Historia, cultura y religión de los cristianos de al-Ándalus
(Almuzara, Córdoba 2018) 63-85.
[5] «El rito hispano-visigótico o
mozárabe; del ordo tradicional al canon romano», en: El Patrimonio Inmaterial
de la Cultura Cristiana (San Lorenzo de El Escorial 2013) 215-236.
[6]Liturgia hispano-mozárabe,
Barcelona: Biblioteca Litúrgica 52 (CPL, Barcelona 2017).
[7] «Nosotros realizamos aquello que
el Señor realizó por nosotros»: el rito hispano-mozárabe, un rito para la
vida», en: Mozárabes en la España medieval, Gl. L. Serrano y Ál. Solano (eds.)
(Almuzara, Córdoba 2022) 167-201.
[8]Los mozárabes. Historia, cultura
y religión de los cristianos de al Ándalus, cit.
[9]Fr. J. Pérez de Urbel, Los monjes
españoles en la Edad Media, 2ª edición (Ediciones Ancla, Madrid 1934), vol. I,
pp. 232-254.
[10] Á. Franco Mata, «El Génesis y
el Éxodo en la cerca exterior del coro de la catedral de Toledo»: Toletvm, Real
Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, 70, 2ª época, n. 21
(Toledo, 1987) 53-160.
[11]Fr. J. Pérez de Urbel, Los
monjes españoles en la Edad Media, 2ª edición (Ediciones Ancla, Madrid 1934),
vol. I, pp. 267-279; «LIBER VITAS SANCTORUM PATRUM EMERITENSIUM» EL LIBRO DE
LAS VIDAS DE LOS SANTOS PADRES DE MERICA, Opúsculo anónimo del siglo VII.
Estudio, texto latino, versión española, anotaciones y apéndices documentales,
doctor Aquilino Camacho Macías, (D.L. BA, 186, Mérida, 1988, pp. 101-129.
[12] Rivera Recio, «La antigua
liturgia hispana», Los Concilios de Toledo del siglo vii y la Antigua Liturgia
hispana (Toledo 1972) 31-50; Prado, «Historia y estado actual de la liturgia
toledana con relación a la liturgia general de la Iglesia», 127-221; J. M.
Sierra López, «La liturgia cristiana en los siglos i y ii», Toletana 39,
2018/2; Id, Liturgia y Padres de la Iglesia (Universidad de san Dámaso, Madrid
curso 2021/2022).
[13]D. Figueroa Soler, «Nosotros
realizamos aquello que el Señor realizó por nosotros»: el rito
hispano-mozárabe, un rito para la vida» 168-169.
[14]J. M. Pinell, «Los textos de la
antigua liturgia hispana. Fuentes para su estudio», Estudios sobre la liturgia
mozárabe (Toledo, 1965) 89-169; Id, «Liturgia hispánica», Diccionario de
Historia Eclesiástica de España, Q. Aldea Vaquero, T. Marín Martínez y J. Vives
Gatell (dirs.) (C.S.I.C., Madrid 1972) 1303-1320; J. Pinell, Liturgia hispánica
(Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 1998); Id, Liturgia delle ore (1990),
Anamnesis (Marietti, Genova 2017).
[15]D. M. Ferotin, Le Liber Ordinum
en usage dans l’Église wisigothique et mozárabe d’Espagne du V au XI siècle
(París, 1904; reimpresión, CLV. Edizioni liturgiche, Roma 1996); Id, Liber
mozarabicus Sacramentorum et les Manuscrits mozárabes (París 1912); J. Vives y
J. Claveras, Oracional visigótico, MHS, Serie Litúrgica, I (Barcelona, 1946);
D. A. Olivar, El Sacramentario de Vich, MHS, Serie Litúrgica, 4, (C.S.I.C.,
Madrid-Barcelona 1953); Liber Commicus, Fr. J. Pérez de Urbel y A. González
Ruiz Zorrilla (eds.), (C.S.I.C., Madrid 1950 y 1955); L. Brou – J. Vives (eds),
Antifonario visigótico-mozárabe de la catedral de León, Monumenta Hispaniae
Sacra, serie litúrgica, vol. V, I (Instituto Enrique Flórez, Barcelona-Madrid,
1959); Á. Fábrega Grau, Pasionario hispánico (Instituto Enrique Flórez
Barcelona-Madrid, 1953-1955).
[16]J. Janini, «Roma y Toledo. Nueva
problemática de la liturgia visigótica», en: Estudios sobre la liturgia
mozárabe (Diputación Provincial, Toledo 1965) 33-53.
[17] «Nosotros realizamos aquello
que el Señor realizó por nosotros…» 175-186.
[18] La figura de san Leandro ha
sido analizada entre otros, por Fr. J. Pérez de Urbel, Los monjes españales en
la Edad Media, 2ª edición (Ediciones Ancla, Madrid 1934), vol. I, pp. 215-231.
[19]A. A. Volkov, «El tratado del
obispo Isidoro de Sevilla «De ecclesiasticis officiis» como fuente de
información sobre la liturgia de la España antigua, Toletana, n. 35 (2016/2)
117-128; J. Oroz Reta, y M. A. Marcos Casquero, Etimologías de San Isidoro de
Sevilla, II (Madrid 1983) 444-456.
[20]J. Gibert Tarruell, «El sistema
de lecturas de la cincuentena pascual de la liturgia hispánica, según la
tradición B», Liturgia y música mozárabes (Instituto de Estudios
Visigótico-mozárabes, Toledo 1978) 111-124.
[21]R. López Torrijos, «Iconografía
de San Ildefonso desde sus orígenes hasta el siglo xviii»: Cuadernos de Arte e
Iconografía, t. I, n. 2, 2º semestre (Madrid 1988) 165-212. Para la obra de san
Ildefonso vid. Fr. J. Pérez de Urbel, Los monjes españoles en la Edad Media, 2ª
edición (Ediciones Ancla, Madrid 1934), vol. I, pp. 333-345.
[22]Maggioni, Corrado, Benedetto il
frutto del tuo grembo. Due milleni di pietà mariana, Casale Monferrato,
Portalupu editori, 2000.
[23] M. Vivancos, «San Ildefonso, De
Virginitate Sanctae Mariae», en: Hispania Vetus (2007) 276-277.
[24]M. Vivancos, «El oracional
visigótico de Verona: notas codicológicas y paleográficas», en: Cuadernos de
Filología Clásica. Estudios Latinos, 26, n. 2 (2006) 121-144, donde se recoge
una selecta bibliografía.
[25]Sánchez Domingo, «El rito
hispano-visigótico…», 221.
[26] «… atreviéndote a cambiar en
ayuda de tu error lo que aquellos dijeron bien y refiriendo una cosa por otra,
pues aseguran algunos de esa nación que donde tú dijiste adopción u hombre
adoptivo ellos escribieron asunción y en vez de adoptado, asumido».
[27] F. J. Simonet, Historia de los
mozárabes de España. t. I. Los Virreyes (años 711 a 756) (Turner Madrid 1983)
164; R. Izquierdo Benito, «Los mozárabes de Toledo y sus iglesias», en:
Mozárabes. Identidad y continuidad de su historia, Antigüedad y Cristianismo.
Revista de Estudios sobre Antigüedad tardía, XXVIII, (Murcia) (2011) 401-412;
J. Carrobles, «Los templos mozárabes toledanos y su relación con el pasado
visigodo»: Toletum, año 106 (Toledo 2022) n. 66, 11-34.
[28]Á. Franco Mata, «Consideraciones
sobre la obra y el movimiento litúrgico en Dom Odo Casel y su trascendencia en
la Iglesia», Compostellanum. Sección de Estudios Jacobeos, vol. LXIX, n. 3-4,
Santiago de Compostela, julio-diciembre, 2024, pp. 45-72.
[29] F.M. Arocena, Teología
litúrgica. Una introducción, (Ediciones Palabra, Madrid 2017) 11-16.
[30]Sierra López, «La espiritualidad
del rito hispano-mozárabe», en: Actas del I Congreso Internacional. Los
mozárabes. Historia, cultura y religión de los cristianos de Al-Andalus,
(Almuzara, Córdoba 2018) 87-126.
[31] M. Mentré, El estilo mozárabe.
La pintura cristiana hispánica en torno al año 1000, Madrid, Encuentro, 1994,
107.
[32]Á. Franco Mata, «Animales
fantásticos en los Beatos. La imagen de los animales fantásticos en la Edad
Media», en Las imágenes de los animales fantásticos en la Edad Media, Ángel
Pazos-López y Ana Cuesta Sánchez (eds.), Gijón, Ediciones Trea, 2022, pp. 171-229.
[33]M. Jorge Aragoneses, «El primer
Credo epigráfico visigodo y otros restos coetáneos, descubiertos en Toledo»:
Archivo Español de Arte, 30 (Madrid, 1957) 255-323; Museo Arqueológico de
Toledo. Guía de los Museos de España, 8, Madrid, Ministerio de Educación (1958)
80; Vives, Inscripciones cristianas de la España romana y visigoda, Barcelona,
1969, 552; H. Schlunk, «Beiträge zur kunstgeschichtlichen Stellung Toledos im
7. Jh.»: Madrider Mitteilungen, 11 (Madrid 1970) 175-186; H. Schlunk y Th.
Hauschild, «Die Denkmäler der Früchristlichen und westgotischen Zeit», en:
Hispania Antiqua, Deutsches Archäologisches Institut Madrid (Mainz Philipp von
Zabern, am Rhein 1978) 197; Á. Franco Mata, «El «Doble Credo» en el arte
medieval hispánico»: Boletín del Museo Arqueológico Nacional, t. XIII, n. 1 y 2
(Madrid 1995) 119-136; S. Cortes Hernández y S. Ocaña Rodríguez, «Credo
epigráfico 2 fragmentos» en: Hispania Gothorum. San Ildefonso y El reino
Visigodo de Toledo, Toledo, 23 enero – 30 junio 2007, (Quixote Castilla-La Mancha,
(Toledo 2007) 547; L. Olmo Enciso, «Ciudad y Estado en época visigoda: Toledo,
la construcción de un nuevo paisaje urbano», en: Espacios urbanos en el
occidente Mediterráneo (s. vi-viii), Toletum Visigodo (Toledo 2010) 87-111 (la
ilustración del Credo está copiada de Schlunk); R. Barroso Cabrera y J. Morín
de Pablos, Regia Sedes Toletana. El Toledo visigodo a través de su escultura
monumental, (Diputación Provincial, Toledo 2007) 239; Vega Baja. Investigación,
documentación y hallazgos, Toledo visigodo, (Castilla-La Mancha/Ministerio de
Cultura, Toledo/Madrid 2010) 251-252, donde no sólo no aportan nada, sino que
silencian la bibliografía imprescindible para la investigación de dicho tema;
S. Cortes Hernández, «Fragmentos de Credo epigráfico», en: Credo, Las Edades
del Hombre, Veinticinco aniversario, Arévalo, catálogo exposición, (Fundación
Las Edades del Hombre, Valladolid 2013) 128-129.
[34]J. Á. García de Cortázar,
Historia religiosa del Occidente medieval (años 313-1464), (Akal, Madrid 2012)
129.
[35]Á. Franco Mata, «El “Doble
Credo” en el arte medieval hispánico»: Boletín del Museo Arqueológico Nacional,
t. XIII, n. 1 y 2 (Madrid, 1995) 119-136. Eadem, «El Símbolo de los apóstoles y
el Credo de los profetas en la liturgia y en el arte en la historia de la
Iglesia» (en prensa).
[36]J. M. Ruiz Asencio, «Pizarra
visigoda con Credo», en: Escritos dedicados a José Mª Fernández Catón, M. C.
Díaz y Díaz, M. Domínguez García, M. Díaz de Bustamante, J. M. Fernández Catón,
(coords.) vol. 2 (2004) 1317-1328.
[37]I. Dols Juste, «Sta. Lucía del
Trampal, Alcuéscar (Cáceres)»: Revista Arte, Arqueología e Historia, 26 (2019)
15-31; Id, Santa Lucía del Trampal. Nuevas claves de interpretación, Cáceres,
Diputación/Ayuntamiento de Alcuéscar, s.a. Vid. también S. Andrés Ordax, «La
basílica hispanovisigoda de Alcuéscar, Cáceres»: NORBA, 2, (Cáceres 1981); L.
Caballero Zoreda, «Hacia una propuesta tipológica de los elementos de la
arquitectura de culto cristiano de época visigoda (nuevas iglesias de El
Gatillo y el Trampal), en: I Congreso de Arqueología Medieval Española, 11,
(Madrid 1987); L. Caballero Zoreda, et altri, «La iglesia de época visigoda de
Santa Lucía del Trampal, Alcuéscar (Cáceres)», Extremadura Arqueológica 2
(1991) 497-523; L. Caballero Zoreda, «Un canal de transmisión de lo clásico en
la alta Edad Media Española. Arquitectura y escultura de influjo omeya en la
Península Ibérica entre mediados del siglo viii e inicios del x»: Al-Qantara 16
(1995), 107-124.
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