LAS RELIQUIAS Y SUS HÉROES
Introducción
Llamamos reliquias
a los vestigios venerados de personas que son consideradas objeto de
exaltación. Puede tratarse de sus cuerpos, de sus huesos o de sus cenizas, pero
también de cosas que alguna vez les pertenecieron, o que estuvieron en contacto
con ellos. El impulso de los seres humanos para conservarlas y usarlas viene de
muy antiguo, de las que se ha creído que son portadoras del poder, la santidad
o el valor de los hombres y mujeres que alguna vez los encarnaron. El culto a
los héroes en la Grecia antigua significaba la veneración de sus reliquias, que
garantizaban a los poseedores su protección y la emanación de su prestigio.
Algo muy similar ocurrió con el culto a las de los santos promovido por el
cristianismo, donde ha tenido mayor fuerza la reverencia a su memoria y el
culto a sus reliquias, que son vistas como emisarias directas de las
bendiciones divinas.[ 1 ]
Los cuerpos
de los santos y de los mártires fueron llevados a las iglesias por los primeros
cristianos y los enterraron sobre todo debajo de los altares, en donde se
celebraba la misa, que recordaba la inmolación de Jesucristo en la cruz,
reviviendo así el sacrificio de su cuerpo y su sangre. Se volvió muy importante
para iglesias y conventos poseer reliquias, al grado de que ya para la Edad
Media se registra un tráfico desmedido de ellas, que dio lugar a la aparición
de falsificaciones y multiplicaciones inexplicables, que muy pocos cuestionaron.
Fueron entonces elaborados relicarios suntuosos para guarecerlas, importando
más el hecho de que, al tenerlas, se favorecía la devoción y la emoción de los
fieles.
Durante la
época colonial novohispana, la Iglesia católica promovió el culto a las
reliquias de los santos -y sobre todo a los objetos que se referían a la pasión
de Cristo- convirtiéndolas en un medio de intercesión ante lo divino.[ 2 ] En el México que vio
la luz en el segundo decenio del siglo XIX, el discurso político se caracterizó
por ver en sus héroes las mismas características que se atribuían a los santos,
y así las reliquias de ambos recordarían sus virtudes. Unos y otros se parecían
porque sacrificaron su vida y porque habían sido martirizados y el recuerdo de
su martirio revivía su presencia entre los vivos. Esto formó parte del legado
de lo que se conoce como identidad nacional, reconstituida en cada rito y en
cada fecha solemne.
*
En las
páginas que siguen, me referiré a la manera como se trató a los restos mortales
de los líderes que tuvieron que ver con el movimiento que llevó al inicio y a
la consumación de la independencia del país, tanto durante el siglo XIX como en
los dos primeros decenios del XX. También traigo a cuento los infortunios que
padeció el despojo de uno que quería ser héroe en vida -Antonio López de Santa
Anna- y relato el homenaje a las reliquias de otros héroes que también
estuvieron asociados con la defensa de la patria, en este caso, el de los
militares que cayeron en la guerra contra los Estados Unidos en 1846-1847 y que
sirvió para reivindicar al maltrecho ejército. Aparecerán todos los que fueron
considerados héroes durante la época de los caudillos criollos, y las fechas
significativas que sus tiempos políticos establecieron para conmemorar su
hazaña y a sus reliquias.
Para todos
ellos, he recuperado las peripecias de las distintas exhumaciones, las honras
que recibieron en su trayecto y el solemne homenaje que les hicieron distintas
ciudades y sobre todo la ciudad de México. También el contenido de un discurso
que en cada momento se refirió a los héroes, al significado de su muerte, a la
devoción de sus reliquias y a la trascendencia que veían en cada ceremonia
fúnebre. He incluido algunas imágenes que dan cuenta de las honras y de sus
objetos, y propongo además una interpretación de la única imagen alegórica que
se guarda de todos aquellos homenajes y que ilumina el acto solemne que, en
1823, honró a los que iniciaron la causa de la independencia y que resume los
símbolos más importantes del suceso, pero sobre todo la herencia que llegaron
al imaginario político de los mexicanos.
1823
El solemne desagravio de los primeros héroes de la independencia
La muerte de
los que en 1810 dieron inicio al movimiento de emancipación de México ocurrió
una vez que fueron hechos prisioneros en el campo de batalla y luego juzgados
por tribunales civiles, militares y -en el caso de los que eran sacerdotes-
eclesiásticos. El veredicto fue la pena de muerte, con fusilamiento por la
espalda como traidores al rey y con la mutilación de su cabeza para ser
exhibida en jaulas de hierro en alguna plaza principal. Ése fue, por tanto, el
destino de su deceso, calificado por sus contemporáneos como
"trágico", y que quedó como un estigma en la conciencia de los que
muy poco tiempo después disfrutaban de la libertad de elegir a sus
representantes y de constituirse como una nación soberana. Los restos de
aquellos hombres quedaron dispersos en distintas regiones del país, y
enterrados, sin ningún honor ni reconocimiento, hasta el año de 1823, en que se
llevaría a cabo su exhumación y su marcha a la capital del país en donde serían
objeto de un funeral fastuoso.
Los avatares
de la consumación del movimiento de independencia en 1821 llevaron a Agustín de
Iturbide, que paradójicamente había ayudado a combatir y fusilar a los
iniciadores, a que fuera él quien a la postre sellara el pacto libertario y a
convertirse en el emperador de un nuevo país que nacía con una forma de
gobierno monárquica-constitucional. Aunque en ese tiempo se hizo una propuesta
de honrar las cenizas de los héroes de la primera revolución,[ 3 ] esto se llevaría a
cabo una vez que fue derrocado y exiliado el rey criollo y ante la perspectiva
de estrenar una república federal para México. Fue el Congreso el que decretó
en 1823 que sería honrada la memoria de los que llamó "beneméritos de la
patria en grado heroico" e incluyó entre ellos a los que habían luchado y
muerto durante los once primeros años del movimiento: Miguel Hidalgo, Ignacio
Allende, Juan Aldama, Mariano Abasolo, José María Morelos, Mariano Matamoros,
Leonardo y Miguel Bravo, Hermenegildo Galeana, José Mariano Jiménez,
"Francisco Javier Mina", Pedro Moreno y Víctor Rosales.[ 4 ]
El tema
central del acto sería el "desagravio de sus cenizas" -reparación en
la que estaban presentes sentimientos patrióticos pero también cristianos- y de
paso la tácita negación de Iturbide y el reconocimiento de la paternidad de la
nación en sus primeros héroes. Decretaron los congresistas que se debían
exhumar sus restos para traerlos a la catedral metropolitana en donde se haría
la ceremonia de su entierro solemne el 17 de septiembre de ese año. Como
símbolo de su iniciativa, ordenaron que la llave de la caja en donde estarían
depositados sería custodiada en su archivo y agregaron que para recordar el
hecho de su fusilamiento se pondría una pirámide en cada lugar donde ocurrió y
que, para honrar su memoria, en el Salón de Cortes se inscribiría su nombre con
letras de oro. Fueron giradas instrucciones desde la capital a distintos jefes
políticos de provincia en donde se sabía que habían quedado sepultados los "beneméritos"
para que cumplieran la orden. Dado que el destino final de los cuerpos sería la
ciudad de México, ésta también inició los preparativos para su recibimiento.[ 5 ]
A propósito de las exhumaciones
Desenterrar
los restos y reconocerlos no fue un asunto fácil y la incertidumbre, en casi
todos los casos, siempre rodeó el asunto. El primero en señalar algunos
problemas fue el Ayuntamiento de la capital, a quien tocó ocuparse del cuerpo
de Leonardo Bravo, sepultado en la parroquia de la Santa Veracruz, lugar en el
que pusieron a los que habían sido decapitados en el Ejido de La Acordada. En
primer lugar estaba el hecho de que todos ellos habían ido a dar a una fosa
común y en segundo, que no se especificaba cómo se tenía que hacer la
exhumación, para lo cual se necesitaba, según el Ayuntamiento, una información
jurídica que acreditara "ser las cenizas las mismas que se buscan".[ 6 ] Molestos con estos
inconvenientes, los miembros del Congreso respondieron que para exhumar los
restos no se necesitaba ninguna determinación, pero como por un lado fue
difícil encontrarlos y por otro el Ayuntamiento no estuvo dispuesto a inventar
unos huesos, al final no se incluyeron entre los honrados en catedral.
Tampoco se
hallaron los restos de Hermenegildo Galeana ni pudieron reunirse los de Mariano
Abasolo, quien murió en tierras gaditanas a donde había sido deportado.[ 7 ] De los huesos de
Pedro Moreno, se informó desde Guanajuato que, "a excepción del cráneo que
está en Lagos a donde llevaron su cabeza", sólo se había enviado a la
capital el tronco y las extremidades, restos encontrados en la hacienda de la
Tlachiquera.[ 8 ] A su vez el cadáver
de Xavier Mina fue exhumado en el camposanto de Pénjamo y enviado a Guanajuato
para que de ahí saliera a México.[ 9 ] A propósito de los
de Mariano Matamoros, Miguel Bravo y Víctor Rosales no hay registro de su
exhumación ni de cómo llegaron a la capital. Sin embargo, constan sus nombres
en la descripción de la solemne ceremonia del depósito de todas las cenizas en
la catedral, si bien cuando los sacaron de ahí mucho tiempo después ya no fue
mencionado Rosales.
Los restos
de José María Morelos y Pavón estuvieron en la villa de Guadalupe el 15 de
septiembre de 1823 procedentes de San Cristóbal Ecatepec, donde fue ejecutado
el 22 de diciembre de 1815. En su caso, hubo una orden de Calleja de no
cortarle la cabeza como a todos los demás, aunque no lo eximió de ser fusilado
por la espalda como traidor.[ 10 ] Según Carlos María
de Bustamante, los "venerables restos" de Morelos entraron a la
colegiata al son de valses y sones alegres tocados por indígenas de varios
pueblos,[ 11 ] y el día 16 salieron
en procesión a la ciudad de México. La leyenda también rodea a los huesos de
este héroe. Circularía muchos años más tarde, la versión de que el hijo de
Morelos, Juan Nepomuceno Almonte, tenía con él los restos de su padre y que los
había llevado a Francia en donde los enterró en una iglesia parisina,
perdiéndose para siempre la noticia de su paradero. También fue polémica la
versión de la máscara mortuoria que poco después de su fusilamiento hizo del
rostro de don José María el escultor mexicano Pedro Patiño Ixtolinque. Se puso
en duda que hubiera podido hacerla ese día y su autenticidad, argumentándose
además que no coincidía con los rasgos del caudillo.[ 12 ]
Con respecto
a los cadáveres de los que encabezaron la lucha: Hidalgo, Allende, Aldama y
Jiménez, fusilados y decapitados en Chihuahua en el año de 1811,[ 13 ] y enterrado el
primero en el convento de San Francisco y los tres restantes en el camposanto
de esa ciudad, sigue flotando el misterio. Me refiero no a sus cabezas -de las
que más o menos se sabía su paradero porque fueron separadas de los cuerpos
para llevarlas a Guanajuato y exponerlas en jaulas de hierro en la alhóndiga de
Granaditas, donde quedaron por diez años para escarmiento público- sino al
destino del resto de sus cuerpos. Según datos muy tardíos del cabildo
chihuahuense -dados a conocer en 1861-, sus antecesores recibieron la orden de
exhumar el tronco y las extremidades mediando el mes de agosto de 1823, por lo
que el día 18 los ediles manifestaron que su intención era proceder de
inmediato, aunque consideraban que no daría tiempo de que estuvieran en la
ciudad de México para el 17 de septiembre. Sus razones eran que tenían que
mandar un oficio con la noticia a los curas y párrocos, ya que los cuerpos
estaban en sus terrenos y había que definir quién tenía que dar la licencia
para la exhumación porque, aunque se sabía que debía otorgarla el gobierno
episcopal, éste estaba lejos de la ciudad.
Finalmente,
fue el Ayuntamiento el que decidió que sería el padre guardián del convento de
San Francisco quien daría su anuencia. La corporación anunció que después de
hacerles solemnes exequias fúnebres el día 20 de agosto, los restos serían
separados convenientemente y, después de depositarlos en una caja, serían
conducidos hasta la capital "con la más posible brevedad". Sin
embargo, nada dicen esos documentos sobre las exhumaciones ni dan cuenta de que
haya habido alguna ceremonia. Sólo agregan que se pusieron los cuatro cuerpos
en una caja cubierta de bayeta azul, que salió para el presidio de San Pablo el
21 de agosto.[ 14 ] Es significativo que
no haya más registro documental del paradero de esos restos,[ 15 ] aunque algunos
historiadores hayan afirmado sin fundamento la vaga noticia de que sí llegaron
a la ciudad de México.[ 16 ] En la catedral sólo
estuvieron los cráneos,[ 17 ] que emprendieron una
marcha muy solemne desde la ciudad de Guanajuato que llegó puntual a la capital
para que pudieran ser honradas el 17 de septiembre como estaba previsto por el
decreto del Congreso.
La marcha hacia la gloria
Las
calaveras de los "beneméritos de la patria en grado heroico",
Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, fueron exhumadas del cementerio de la
iglesia de San Sebastián, en Guanajuato, y después de hacerles exequias,
puestas en camino hacia la ciudad de México el día 1o. de septiembre de 1823
junto con los restos de Pedro Moreno y de Xavier Mina. Desde ese estado
establecieron el itinerario que debía seguir el oficial de la escolta que
custodiaba la urna cerrada con llave y que sumaba 77 leguas de trayecto que incluía,
entre otros pueblos y ciudades importantes, a San Miguel el Grande, Querétaro,
San Juan del Río, Tepeji, Cuauhtitlán, la villa de Guadalupe y finalmente la
ciudad de México. Según el informe del gobierno de Guanajuato, la exhumación de
lo que llamaron "sus preciosas huesas" se hizo con la mayor pompa y
solemnidad, "dándoles la satisfacción cristiana que pedían sus agraviados
manes".
La ciudad de
Querétaro no se quedó atrás en el homenaje a las "respetables
cenizas" que arribaron ahí el 5 de septiembre. La artillería estaba en La
Alameda, la infantería en las calles y un destacamento esperaba los restos en
la garita a donde fue anunciado su arribo con tres cañonazos y muchos dobles de
campana. Los principales funcionarios civiles, religiosos y militares
atestiguaron unas solemnes exequias que se hicieron en varios sitios de la
ciudad: la capilla del camposanto de San Sebastián, luego la iglesia del Carmen
y finalmente la parroquia de Santiago, donde tuvo lugar la función principal.
Al día siguiente -6 de septiembre- salieron después de oficiada una misa y con
la certeza de su jefe político de que la "muy noble y leal Querétaro"
había rendido un merecido homenaje a "las cenizas de aquellos héroes
inmortales".[ 18 ] El trayecto de esa
ciudad a la de México se vio lleno de indios y personas miserables con velas en
las manos que, procedentes de pueblos lejanos, caminaron muchas leguas en
procesión junto a sus amados héroes.
Una vez
reunidos en la villa de Guadalupe los huesos que se pudieron exhumar, salieron
de ahí la mañana del 16 de septiembre hasta la garita de Peralvillo a donde los
recibieron los guardias con hachas encendidas. En la garita hubo dos responsos
con las cenizas puestas en unas posas o altares. De ahí salieron en hombros del
jefe político de México, Francisco Molinos del Campo, y del capitán general,
José Morán, marqués de Vivanco, quienes, junto a muchos oficiales del ejército,
funcionarios civiles, gente del pueblo que se fue uniendo y más de trescientos
coches de duelo -algunos de tiros largos, como el del general Nicolás Bravo-,
abrieron una procesión en la tarde que caminó hasta la iglesia de Santo
Domingo, donde los restos descansaron fuertemente custodiados. Es de nuevo
Bustamante el que informa que, por la noche, Molinos del Campo estuvo ahí para
"separar los huesos" con el objeto de que pudieran ser bien colocados
en el carro que se construyó para el acto que tendría verificativo al día siguiente.
El homenaje de la ciudad de México
Fue tal la
solemnidad del depósito de las cenizas en la catedral el 17 de septiembre de
1823, que todos los que participaron en esa ceremonia señalan que la ciudad
nunca había hecho un funeral tan magnífico y solemne y que ese día pasaría a la
historia como uno de los más célebres. También fue notorio que buena parte de
los asistentes al acto eran de los que habían mandado fusilar a esos que ahora
llamaban héroes,[ 19 ] y saludado el que
por fin fueran honrados desde "la misma cátedra de verdad" donde
tantas veces los difamaron.[ 20 ]
A Santo
Domingo llegó muy temprano la enorme comitiva y luego de un responso se abrió
la procesión hasta la catedral -propusieron cubrir el trayecto con la vela del
Corpus, pero ésta no alcanzaba- con los de caballería con espada en mano
seguidos de cuatro cañones, continuando las cofradías, comunidades religiosas
con velas y cruces; las hermandades, así como los miembros del clero y del
cabildo eclesiástico, incluido el coro de catedral. Venía después la
oficialidad y luego varios cuerpos militares que custodiaban el carro fúnebre.
Éste llevaba en el centro un catafalco que contenía la urna donde depositaron
las cenizas separadas por láminas de plata que decían los respectivos nombres y
que estaba "ricamente adornada toda de cristales", para que "los
preciosos restos de sus libertadores" pudieran ser vistos por el público,
en "un contraste tierno y grandioso al mirarlos reunidos, pero con
separación".
Después
siguieron diputados, ministros, jefes de oficinas, gente del Ayuntamiento y de
la Audiencia, doctores de la Universidad, miembros de los principales colegios,
el enviado de Colombia, los integrantes del Supremo Poder Ejecutivo presidido
por Vicente Guerrero -que llevaban a la compañía de alabarderos formada en
alas- y el capitán general José Morán. Cerraban la marcha las tropas de la
guarnición que se habían formado en el trayecto y que, conforme pasaron los
últimos, se fueron incorporando para engrosar la columna. Hacia las doce del
día la procesión llegó a la catedral, donde dio inicio la ceremonia fúnebre que
consistió en una vigilia de música que había empezado a las once y media, una
misa oficiada por el canónico Labastida, un sermón que dio el diputado por
Valladolid doctor Argándar, un responso en las cuatro caras de una enorme y
suntuosa pira funeraria donde pusieron las cenizas durante el acto y la
procesión de éstas en el carro hasta ser depositadas en la capilla del mexicano
San Felipe de Jesús. Su destino final sería en el Altar de los Reyes -en el
sitio en que habían sido enterrados los antiguos virreyes y lo serían en el
futuro los presidentes- a donde los pasaron tiempo después.
Los
habitantes de la ciudad, más "un numeroso concurso" que vino de
fuera, abarrotaron calles, balcones y azoteas que fueron adornados con cortinas
blancas y lazos de crespón negro. Gente del pueblo se ofreció a jalar el carro
fúnebre durante la procesión y dominó la opinión de uno de los cronistas que
notó que todos los asistentes y los espectadores mantuvieron una actitud de
"noble melancolía", y que a pesar de que nunca se habían reunido
tantas personas, no hubo desórdenes ni "robos rateros". La
concurrencia se disolvió a las tres y media de la tarde y el día terminó con el
desfile de la tropa enfrente de Palacio, según las órdenes de la plaza,
espectáculo muy disfrutado por el pueblo, que además gozó con la variedad de
vendedores de papeles que aludían al acontecimiento. En esas honras fúnebres,
se siguió sin modificaciones el ceremonial que se empleaba en las exequias de
los reyes españoles. Sólo agregaron que ahora, aunque todo estuvo hecho con la
mayor magnificencia, la hacienda pública había gastado menos de la décima parte
de lo que se pagaba en la época colonial en las honras fúnebres a los
monarcas.[ 21 ]
El discurso nacionalista
Los papeles
que se vendieron ese día manifiestan el abanico de ideas y sentimientos de los
mexicanos hacia los hombres que iniciaron el movimiento de independencia de la
patria. Se dieron a conocer también las inscripciones que se pusieron en el
carro y en la pira y una variada cantidad de epígrafes, epitafios, sonetos,
poesías, liras, una elegía, una octava, un soneto epitafio, una oda
"sáfico-adónica", un "recuerdo" firmado por el
Ayuntamiento, unas exclamaciones y una exhortación patriótica. Vale la pena
comentar ahora esta última ya que habla de uno de los modos de ser patriota que
emocionaba a algunos mexicanos.
Salida de la
imprenta de Mariano Ontiveros y sin firma, proponía que la estatua del monarca
Carlos IV fuera derribada para que "caiga de una vez su figura y su
memoria". La destrucción debía costearla el grupo de comerciantes
españoles del Parián y una vez deshecha se tenía que fundir para acuñar monedas
que tanta falta hacían al erario. Este anónimo autor proponía además que las
cenizas del conquistador Hernán Cortés debían sacarse de la iglesia del
Hospital de Jesús porque ahí no le hacían ningún honor a la patria.[ 22 ] Según Lucas Alamán,
esta idea de violar ese sepulcro surgió días antes en el Congreso, desde donde
se intentó excitar un tumulto popular para quemar sus huesos y echar sus
cenizas al viento. Para evitarlo, el gobierno decidió actuar antes, y en una
sola noche, antes del 16 de septiembre, se llevó a cabo la operación en la que
participó el mismo Alamán, quien asentó que los restos se pusieron "en
seguro".[ 23 ]
Las reliquias, la Libertad y la Patria
Un grabado
en metal impreso en papel, anónimo y sin título, puede considerarse el dibujo
más importante del suceso de 1823. Fue publicado ese mismo año como ilustración
de una proclama del jefe político Francisco Molinos del Campo, quien, junto con
el Ayuntamiento, excitaba el patriotismo y el celo de los mexicanos para honrar
y reparar "tanto agravio" sobre los restos y los nombres de los
héroes.[ 24 ] Representa la escena
del homenaje a las reliquias según su idea de la patria, de la lucha y muerte
de los héroes y de la libertad que nos heredaron.
Ciertamente
una imagen permite que se hagan de ella muchas lecturas.[ 25 ] La que yo propongo
me fue sugerida por el mismo lenguaje que se empleó entonces en toda la gama de
papeles y discursos que se produjeron y, sobre todo, por un escrito que el
Ayuntamiento dirigió a los moradores de la ciudad para recordar "la solemne
traslación, funeral y depósito de las cenizas de los héroes el 17 de septiembre
de 1823" y para incentivar sentimientos ilustrados de hijos agradecidos.[ 26 ] Aunque está firmado
colectivamente, sabemos que fue realizado por el señor Rivera, quien escribió
un borrador que leyó en reunión de cabildo el 12 de septiembre, día en que fue
aprobado y remitido a la imprenta.
Grabado, anónimo, sin
título, en Recuerdo que el Ayuntamiento constitucional de México dirige a
sus moradores en la solemne traslación, funeral y depósito de las cenizas de
los héroes beneméritos de la patria, que por decreto del Soberano Congreso
Mexicano se han de celebrar el día 17 de septiembre del presente año de 1823,
México, Imprenta de Ontiveros, 1823
En la parte
central del grabado aparece una urna en cuya base está esculpida el águila que
representa a la nación, sobre cuya espalda y alas extendidas se posa una caja
cilíndrica que tiene grabado en su lomo el acto de fusilamiento -que, como
vimos, fue con la víctima de espaldas- y que remata con la exhibición de un
cráneo que alude a la decapitación como máximo castigo y quizá al hecho de que,
en el caso de los líderes del movimiento, sólo fue posible encontrar los
despojos de sus cabezas. Cubre la urna una cortina blanca que es levantada y
sostenida en la punta por la mano izquierda de una mujer frondosa de bellos
rasgos, que porta en la otra mano un cetro y que da la impresión de haberse
bajado de un pedestal que está junto a ella, para acudir al homenaje de los
héroes. En el pedestal quedaron dos instrumentos de música y en su pie algunos
libros con los que se divertía. Los instrumentos y los libros también pueden
asociarse con las aficiones de Hidalgo, a las que se agregaría la espada corta
que está en el suelo y que recuerda su lucha por la independencia.
Por todo
esto, esa mujer representa a la Libertad, que reina con un rostro sereno
y con un atavío que descubre gran parte de sus pechos. También está aludida en
las palabras del escrito del Ayuntamiento cuando dicen: "Numen de la
libertad, cuando tu noble y poderoso sentimiento derrama las delicias suaves de
tu amor en los limpios corazones de los atletas esforzados que elegiste para
que fuesen el escudo y defensa de tu augusta causa, y embriagados del néctar
incorruptible que les inspiraste, los admiramos transformados en seres que se
elevan de la común esfera de los hombres".
En el lado
opuesto a la Libertad, otra mujer también bella está postrada de
rodillas sobre un caimán y, mientras mira hacia abajo, enjuga su frente con un
pañuelo. Su penacho, el carcaj de plumas que trae colgando en la espalda, los
motivos de su falda, el collar y su blusa descotada evocan muchas
representaciones de América y más concretamente de la Nueva España, pero, sobre
todo, a partir de 1823, de la Patria mexicana. El lagarto en las
culturas mesoamericanas "representaba a la tierra, porque su piel, hecha
de placas o estrías, semejaba las rugosidades de la superficie
terrestre".[ 27 ] Todo lo que sucede
en derredor suyo es devastador: una palmera dobla sus ramas dominada por el
viento, mismo que apagó una vela que está detrás de la urna, y ella se nota
exhausta, aunque con firmeza sostiene en su brazo izquierdo la palma del
martirio que recuerda la lucha y el sacrificio de sus héroes.
De nuevo el
escrito del Ayuntamiento alude a ellos identificados con la patria: "se
puede palpar -dicen- la tenaz constancia de unos héroes sobrehumanos que
arrostrando lo inaccesible de los obstáculos lograron contrariar la marcha
tumultuaria de corrientes impetuosas". Al mismo tiempo, identifican a la
patria con los mexicanos; en este caso también con los espectadores de la
imagen, a los que señalan que "al fijar la atención en los sangrientos
meses de 1811 en que fueron víctimas de la tiranía los primeros padres,
apartarán violentamente el rostro del inhumano cuadro que jamás ha trazado la
perfidia" -que está representado en el fusilamiento que la mujer
arrodillada prefiere no mirar.
La intención
de exhumar los restos de los primeros héroes del México decimonónico y de
rendirles homenaje era en "desagravio" por haber muerto fusilados
como traidores. La ahora patria libre les rendía el reconocimiento de la
importancia de su empresa. Es precisamente con la primera con la que asocian
sus nombres y sus actos y así los designaron "beneméritos de la patria en
grado heroico", "sus ilustres defensores", "los que le
hicieron enormes servicios", "sus primeros libertadores",
"sus ilustres genitores", "los que pronunciaron el grito heroico
de su independencia". Si bien se trata de un lenguaje secular a tono con
los nuevos tiempos, también pervivió el discurso religioso al asociar a los
héroes con la divinidad y más concretamente con la pasión y muerte de
Jesucristo. Repitieron constantemente que aquellos hombres "sacrificaron
su vida" por la patria, de la que fueron sus "mártires" y que
era por "su inmolación" que ella estaba viva y era libre. También los
vieron como sus "víctimas desgraciadas" -de la tiranía, la perfidia y
el despotismo- y calificaron como "trágica" y "vil" su
muerte, por lo que la patria también "sabía llorar y estarles eternamente
agradecida".
Por último,
está presente tanto en la imagen como en todos los discursos, el tema de la
reverencia a los restos que las dos mujeres de dedos largos llevan a cabo, una
postrada con humildad y la otra triunfante y libre, que los destapa y muestra
"en ascenso victorioso al seno de las glorias mexicanas". Ello
implica recordar la fecha -17 de septiembre de 1823- como un día consagrado
"a la tierna veneración de esas reliquias" de unos héroes que con su
empresa "formaron los caminos por donde llegamos al santuario de la libertad".
Las reliquias y la naciente república
Aunque no
tenemos grabados que reproduzcan el carro fúnebre y la pira que se construyeron
para transportar y depositar en catedral las cenizas de los héroes, podemos
atisbar sus símbolos y emblemas a través de las imágenes proporcionadas en la
descripción que hizo de ellos un anónimo redactor de la Gaceta del Supremo Gobierno
en ese 1823. El carro hablaba de los nuevos aires republicanos que vivía el
país, con sus adornos de gusto griego y romano, el gorro frigio de la libertad,
el haz consular que "denotaba la fuerza patriótica y el amor por la
democracia", el laurel de la victoria y la flama circundada de hojas de
encina que aludían al amor y la fuerza. Estaba también el águila, antiguo
símbolo del territorio, aunque ahora representada "con grillos y cadenas
que habían tronchado" e insinuando a los héroes; unos "jeroglíficos
del Fénix", ave majestuosa que renacía de sus propias cenizas, y "una
estatua de tamaño natural en actitud de volar", que representaba a la Inmortalidad
[ 28 ] y que resumía el
sentido del homenaje. No podía faltar tampoco el espíritu romántico de la
época, que logró que el conjunto imitara "el mármol verde egipcio" y
que, con sus perfumes emanados de "una caja cinericia de forma
etrusca", tuviera, en suma, "una magnificencia oriental".
La pira -una
pirámide cuadrangular de más de tres metros de altura, truncada en la punta
para depositar ahí el sarcófago- contenía además de tapices, perfumes, flecos,
cordones, borlas de oro, candelabros, cirios, jarrones, columnas jónicas y
lápidas con inscripciones, dos símbolos muy importantes que sintetizaban la
tradición colonial y los nuevos aires republicanos. Por un lado, "dos
bellos genios" sostenían el escudo de armas de la nación, mientras por
otro, una estatua a la Religión, que se colocó junto a las cenizas,
recordaba que eran unas honras fúnebres conforme a sus principios cristianos
porque el nuevo país era católico y reconocía su fe.
1833
Las circunstancias del popular Vicente Guerrero
La
trayectoria de Guerrero había sido siempre en el partido de la independencia
desde que en 1811 se unió a la revolución de Morelos, de quien heredó la
convicción de levantar el sur de la Nueva España. Fue famoso también porque
nunca aceptó el indulto y porque persistió en la lucha, que lo llevó a pactar
una alianza con un Agustín de Iturbide convertido a la causa. Las tropas de
Guerrero formaron parte del ejército trigarante que desfiló victorioso en la
ciudad de México en 1821, y si bien le fue reconocido el grado de general y le
ofrecieron la capitanía general del sur, pronto ambos jefes se distanciaron,
volviéndose don Vicente un férreo opositor en el campo de batalla.
Caído
Iturbide, regresó a la escena política como miembro del Supremo Poder Ejecutivo
con el grado de general de División, mientras se preparaba el tránsito a una
forma de gobierno republicana y federal. En ese cargo, le tocó ser un actor
importante en las solemnes exequias que la ciudad de México rindió a los héroes
de la primera etapa de la independencia en 1823. En los años que siguieron, se
distinguió por presidir y organizar el que se conocía como partido yorkino, que
agrupaba a los masones que no eran "escoceses", y por ser el líder de
los grupos menos favorecidos económica y culturalmente. Todos sus
contemporáneos señalaron que siempre gozó de mucha popularidad. También recibió
apoyo y algunas veces "línea" de algunos militares ambiciosos, como
Antonio López de Santa Anna, y se vio envuelto en un acto de ilegitimidad al
aceptar la presidencia de la república en 1829, a pesar de haber perdido la
elección.
Los que se
autodenominaban "hombres de bien" fraguaron muy pronto su
destitución, que se dio un año después, con la victoria de una revolución
encabezada por el mismo vicepresidente -en ese entonces Anastasio Bustamante-
que por cierto era de los escoceses, o sea, de los que estaban muy lejos de los
intereses del llamado pueblo que representaba Guerrero, de quien además
molestaba su falta de modales y su color de piel que "delataba" la
ascendencia negra. A este no le quedó más que regresar a su región de origen y
levantarse en armas, aunque por poco tiempo, ya que al iniciarse 1831 fue
víctima de una traición desde el poder que en la capital lo hizo a un lado. A
bordo de un barco al que lo invitaron a comer, fue hecho prisionero por su
capitán quien lo llevó al puerto de Huatulco, desde donde fue conducido a la
ciudad de Oaxaca para ser juzgado por un consejo de guerra que lo condenó a
morir fusilado. Su muerte ocurrió en el pueblo de Cuilapan el 14 de febrero de
ese año, en cuya iglesia quedaron sus restos sin honores ni recuerdos gloriosos,
ni siquiera con su nombre sobre la lápida que los resguardaba.
Transcurridos
dos años, el comandante general de Oaxaca Isidro Reyes, antiguo amigo de
Guerrero, organizó una visita a la tumba el día 30 de enero de ese 1833, a la
que concurrieron muchos oaxaqueños "que han pertenecido a la causa del
pueblo", abarrotando los pocos coches que había disponibles en esa ciudad.
Según el cronista de El Zapoteco, los cuilapeños adornaron a los
visitantes con collares de flores de "todos santos" y les pusieron en
las manos ramas de ciprés que simbolizaba el dolor, que luego fueron
depositados sobre el sepulcro. El lenguaje empleado para describir el suceso no
dejó de lado los adjetivos a tono con la escena: el paseo era
"lúgubre", la música "patética", las lágrimas
"corrieron en abundancia" y al señalar el cura la tumba "se
escuchó un gemido general". En total se cantaron tres responsos y hubo una
procesión hasta el lugar donde fue fusilado.
Abría la
marcha la cruz de la parroquia, a la que seguían unas muchachas vestidas de
blanco, ceñidas de negro y con el pelo suelto, que merecieron el calificativo
de "Melpómenes" -musa que presidía la tragedia-, sin reparar nuestro
cronista en que antes había escrito que en los coches se alistaron muchas
"señoritas cuyo estudiado desaliño anunciaba su dolor".[ 29 ] Hubo después un
discurso del cura, otro del ciudadano Reyes y unas breves palabras del
apoderado general de la villa de Cuilapan que exhortó a su gente a cuidar la
tumba para que ni se mezclaran otros cadáveres ni se extrajera el del
"desgraciado general". Se puso una guardia que, "para más
seguridad, marcó el sepulcro con el apellido del héroe" y el acto concluyó
con una invitación a comer que organizó el párroco en su casa, donde se siguió
demostrando resentimiento por la muerte de Guerrero y donde se maldijo a sus
asesinos.[ 30 ]
Amparado en
la seudointimidad de su diario, Carlos María de Bustamante escribió, luego de
leer la noticia, que la visita al sepulcro de Guerrero la había hecho "una
porción de patas desarrapadas". Se burló también de la pena que había
causado en aquella gente "la muerte de aquel maleante", al que
también llamó "patán" y del que subrayó que hablaba con faltas de
ortografía. Pero, sobre todo, se mofó de las muchachas que asistieron, de las
que dijo que eran "mujercillas", "rameras" y
"coimas" de los soldados por lo "desarrapadas" que se
presentaron. Creía que era un abuso del cronista llamarlas
"señoritas", porque una señora verdadera nunca se hubiera prestado a
asistir a una farsa semejante.[ 31 ] Esta postura es
significativa a propósito de la opinión que tenían muchos de los políticos de
entonces sobre Vicente Guerrero y sus huestes, y nos ayuda a entender por qué
muy pocos de aquéllos sintieron su muerte. De hecho, Guerrero nunca contó con
defensores tan persistentes y encumbrados como los tuvo Iturbide ni fue
reclamado públicamente durante la primera mitad del siglo XIX el recuerdo de
que en días de más fortuna hubiera sido de los que dieron a los mexicanos
patria y libertad.
Exhumación y solemne ceremonia fúnebre
Entre las
breves manifestaciones para reivindicar a Guerrero, se cuenta la que, en ese
mismo año de 1833, ya por finalizar el mes de marzo, hizo el Congreso local de
Oaxaca, al decretar que serían exhumados sus restos de Cuilapan para ser
llevados a esa ciudad. El acto solemne tuvo lugar el 30 de abril y conocemos
sus detalles por lo que escribió de él José Manuel de Micheltorena.[ 32 ] funcionarios
importantes acudieron a Cuilapan a presenciar la exhumación. En el templo se
cantó un responso "a toda orquesta" y antes de desprender totalmente
la loza, los asistentes oyeron un discurso del gobernador, quien hizo encomio
de las virtudes del héroe homenajeado.
Nadie puso
en duda que el cuerpo que ahí reposaba era el de Vicente Guerrero. Según
Micheltorena, tenía una mascada negra amarrada a la cabeza y estaba vestido con
el hábito de la orden de Santo Domingo. Sobre el pecho llevaba muchos
escapularios, "evangelios", un rosario, una cruz engarzada en cobre y
"otras reliquias".[ 33 ] Atada a la cintura
tenía una banda de burato azul "de uso interior" y sobre el hábito un
cinto de cuero, mientras cubrían sus pies unas botas del mismo material
"casi deshechas". Los huesos tuvieron que ser sacados uno a uno
porque el cadáver se desarticuló cuando lo levantaron. Un profesor de medicina
y cirugía de la ciudad de Oaxaca llamado Nepomuceno Bolaños expuso que la
cabeza mostraba los vestigios de dos orificios de bala que indicaban que lo
habían fusilado por la espalda, porque la entrada era por la parte posterior.
Todos los huesos fueron lavados con soluciones de cloruro de cal y sosa para
disecarlos y luego les dieron dos manos de maque, para ungirlos finalmente con
esencias y bálsamos aromáticos.
El gobierno
de Oaxaca no escatimó en gastos y fue fabricada una urna de plata, incluidas
sus andas, cuya llave era de oro macizo. De nuevo, como en los casos
anteriores, cuidaron escrupulosamente un ceremonial que daba un lugar simbólico
a los distintos depositarios de la llave. Éstos sucesivamente fueron -conforme
se fue dando el trayecto de los restos- el párroco de Cuilapan, los curas de la
catedral y el gobernador de la mitra, y luego el gobernador del estado Ramírez
de Aguilar, quien el último día de ceremonias la puso en el cuello del
presidente del quinto Congreso, diputado Joaquín Guerrero, para que, a
perpetuidad, el que tuviera esa representación la portara siempre.[ 34 ] Se trató de un
homenaje en el que participaron la Iglesia y el Estado y en el que éste,
acaparando toda la atención, incluyó al pueblo a través de sus representantes,
a tono con el discurso republicano federalista, que además tenía en Vicente
Guerrero un líder netamente popular.
Volviendo a
la exhumación, el cura de la villa donde reposaba el cuerpo dijo un
"dístico latino", antes de poner la urna en un carro muy bien
ataviado en negro y oro. Éste llevaba en la delantera a un genio de la fama y
una bandera blanca recogida, que remataba con el gorro frigio que simbolizaba
la libertad. Al sonido de las descargas de artillería, con las armas a la funerala
y los clarines enlutados, se formó la tropa y toda la comitiva que salió hacia
la ciudad de Oaxaca. El grupo estaba compuesto, además, por mucha gente que
enviaron más de cuarenta pueblos con todo y sus autoridades municipales, por
una cabalgata de unos trescientos jinetes y por los coches en donde iban las
autoridades. Ese mismo día llegaron a Oaxaca, directos al templo de San
Francisco.
El primer
acto de la ceremonia tuvo lugar ahí, donde se había construido un mausoleo con
"cuatro genios llorosos y de luto", que remataba con "la imagen
de la fe" y que contenía versos e inscripciones latinas en honor de
Guerrero, que fue llamado "mártir" por el cronista del acto. Desde el
momento que colocaron la urna, empezó el oficio de difuntos que duró toda la
noche, para lo que se mandó que en señal de luto enmudecieran las campanas de
toda la ciudad. Al día siguiente, primero de mayo, la comitiva se aprestó a
salir con todo y urna hacia la catedral oaxaqueña, caminando unas cinco cuadras
atiborradas de curiosos en puertas, balcones y azoteas. Puede decirse que éste
fue el segundo acto de la ceremonia a partir de que se inició la procesión.
Ésta estuvo nutrida por cofradías, seculares con vestiduras, representantes de
las órdenes religiosas, miembros de la catedral y canónicos prebendados.
Desfilaron también cuatro caballos vestidos de luto talar, que en sus lomos
llevaban escrito en rojo el nombre de Vicente Guerrero. Seguían cargadas en
andas cuatro figuras en estatua, que representaban a Marte, a Palas Atenea, a
la América y al sentimiento. Luego iba la urna con los restos de Guerrero,
portada por funcionarios del gobierno, y por último, cerraban la procesión las
máximas autoridades del estado.
En la bóveda
central de la catedral había otra pira con diecisiete columnas dóricas, que en
su punta tenía una estatua que representaba al tiempo y que completó su adorno
con las cuatro estatuas que mencioné, además de muchas poesías. Luego de cantar
unos responsos, la comitiva salió a acompañar al gobernador al palacio de
gobierno, para regresar todos de nuevo a las cinco de la tarde, donde tuvo
lugar propiamente la ceremonia fúnebre en una catedral iluminada con más de dos
mil luces. Durante toda esa noche permitieron que gentes "del pueblo"
visitaran el monumento y ese acto remató con una misa de réquiem y con el
discurso de un senador en la mañana del día siguiente que era 2 de mayo.
A las cuatro
de la tarde de ese día, todos volvieron a reunirse en catedral para salir en
procesión hasta el templo de Santo Domingo, porque había sido la última
voluntad de Guerrero que ahí fueran sepultados sus restos. En ese recinto se
llevó a cabo el tercer acto de la ceremonia, que incluyó una tercera pira, ésta
de ocho columnas dóricas con capiteles dorados que en su centro tenía la ropa y
los aditamentos de un general de División, a los que agregaron varios trofeos
militares. Entre las columnas se veían cuatro genios enlutados que simbolizaban
la justicia, la victoria, la fortaleza y la esperanza, y en el segundo cuerpo
sobresalía una estatua de América con el gorro de la libertad en la mano
izquierda y con las constituciones de la república y del Estado en la otra
mano. Alrededor de la pira colocaron las infaltables estatuas de Marte, Palas
Atenea, la América y el Sentimiento y después de celebrarse unos oficios
fúnebres, hacia las ocho de la noche trasladaron la urna a la capilla del
Rosario, donde se mandó construir un sepulcro de piedra que en letras de oro
tenía el siguiente epitafio:
Aquí yace el valor sin arrogancia.
Aquí el ardor de puro patriotismo.
Aquí el cuidado, afán y vigilancia.
Aquí la buena fe, el decoro mismo.
Aquí cuantas virtudes que en sustancia
hacen al hombre digno de heroísmo.
Todo puede decirse en un letrero
con mucho laconismo: aquí GUERRERO.[ 35 ]
El último
acto de la ceremonia sucedió al día siguiente, 3 de mayo, cuando pueblo y
autoridades fueron a Santo Domingo para que el gobernador recibiera de manos de
los eclesiásticos la llave de oro de la urna y la dejara en el cuello del
diputado, como escribí más arriba. Cada uno dijo un discurso, para luego
dirigirse todos al palacio de gobierno, donde no faltaron más piezas oratorias
del presidente de la Suprema Corte, del comandante general y otra respuesta del
gobernador, que finalmente fueron los últimos en tomar la palabra, para
rubricar de ese modo el sentido del homenaje y para quedar asociados para
siempre en su organización y significados.
Mientras
tanto, en la capital del país se seguía, sin duda, la noticia de lo que estaba
sucediendo en Oaxaca. Asimismo, seis meses después de ocurrida la ceremonia en
Oaxaca, el gobierno nacional decretó por bando que Vicente Guerrero mereció
hasta su muerte el título de "benemérito de la patria", y que se
pondría de acuerdo con las autoridades oaxaqueñas para que todos los restos, o
parte de ellos, fueran conducidos a la capital para depositarlos en la urna en
que se guardaban las cenizas de los principales héroes de la independencia.[ 36 ] Sin embargo, no pasó
de ser un buen deseo de un efímero Santa Anna que gobernaba en ese mes de
noviembre de 1833, así como una ley del año siguiente debida al vicepresidente
Valentín Gómez Farías, encargado del poder, quien ordenó que todos los 14 de febrero,
la capital celebraría un solemne aniversario cívico "en conmemoración de
la ilustre víctima de Cuilapan".[ 37 ]
Sabemos que
la ceremonia del año de 1834 sí tuvo lugar, con una procesión del Ayuntamiento
hasta un tablado que se colocó frente a Palacio Nacional, y en el que José
María Tornel, gobernador del Distrito Federal y orador oficial del acto,
comparó con bastante ironía a Guerrero con Jesucristo, porque también habría
sido sacrificado "para salvar a su pueblo".[ 38 ] Tampoco faltaron
noticias de que hubo intentos por profanar el sepulcro de Vicente Guerrero.
Según el cronista oaxaqueño J. Fernando Iturribarría, hacia 1837 corrió el
rumor de que se iba a cometer tal atentado, ante el cual, con el mayor secreto,
el prior de Santo Domingo extrajo los huesos de la urna y los ocultó "tras
el retablo principal de la misma capilla".[ 39 ] La urna de plata,
con todo y andas, sí fue robada, quedando en el misterio quién lo había hecho y
cómo y también si el prior pidió antes la llave al diputado, porque si no, era
posible que de nada sirviera ésta ni los discursos de resguardar y honrar las
cenizas de Guerrero por parte de sus simbólicos portadores.
1838
Las circunstancias del libertador Agustín de Iturbide
Cuando
estaba en su destierro en Italia, Iturbide había concebido la idea -y la llevó
a cabo- de desembarcar en México para contribuir al proceso político de su
patria, ignorante de que una ley lo había proscrito y declarado traidor si
pisaba suelo mexicano. Como tal fue pasado por las armas el 19 de julio de 1824
en Padilla, Tamaulipas, después de haber sido delatado por otro que sí se
merecía el apelativo de traidor. En el cementerio de aquella villa quedó su
cuerpo hasta 1838, cuando se decidió que era tiempo de reivindicarlo tal como
se había hecho años atrás con los iniciadores del movimiento. Aunque el
gobierno de Antonio López de Santa Anna había decretado en noviembre de 1833
que se harían honores a las cenizas y a la familia de Iturbide, esto no se
llevó a cabo por entonces. Tocó el honor de hacerlo a Anastasio Bustamante
cinco años después, a diecisiete años de consumada la independencia y a catorce
del fusilamiento de su protagonista.
Bustamante
incitó al Congreso a emitir un decreto el 6 de agosto de ese año, ordenando la
exhumación y el traslado de las cenizas desde el cementerio de Padilla, en
Tamaulipas, hasta la capital, y las honras fúnebres a su paso por distintas
poblaciones. En ese decreto se anunciaba que la ceremonia solemne sería en la
catedral metropolitana el 27 de septiembre, y subrayaban que era ahí
precisamente, porque era "el lugar que se había destinado para los
héroes".[ 40 ] La ciudad de México
se preparó, por su parte, invitando a muchos funcionarios a acudir a la
colegiata de Guadalupe "a recibir los indicados preciosos restos" y a
acompañarlos hasta la iglesia de San Francisco donde debían quedar depositados
hasta que el gobierno decidiera integrarlos a la catedral metropolitana.[ 41 ]
La
exhumación se llevó a cabo el 22 de agosto en presencia del gobernador de
Tamaulipas, que había recibido no sólo la orden sino también las instrucciones
precisas para encontrar la tumba. Éstas decían que estaba a la izquierda del
cementerio, entrando por la plaza, justo enfrente de la puerta, y que el lugar
estaba señalado. Asimismo recordaban que al empezar a cavar encontrarían
"un cajón de hoja de lata que contenía los restos del general Terán"
y que debajo "se hallarán en el centro los despojos del señor
Iturbide".[ 42 ] Según el acta
oficial que fue levantada, las señas fueron "exactas", y procedieron
a hacer al momento un "inventario formal de los restos",[ 43 ] que fueron
"examinados y contados" para colocarlos en una urna de madera forrada
de terciopelo negro con galones y franjas de oro que cerraron con llave.
Después les cantaron un responso en la parroquia y se retiraron todos, no sin
haber puesto una guardia a las cenizas de Iturbide, mientras las del general
Manuel de Mier y Terán eran depositadas de nuevo en el mismo sitio en el que
acompañaron a los del primero desde el 3 de julio de 1832, cuando decidió
atravesarse con su espada -que acabó con su vida- postrado precisamente sobre
la abandonada tumba de don Agustín.[ 44 ]
Por el año
de 1832 corría el rumor de que los restos de Iturbide habían sido exhumados de
manera oculta y tal parece que, si bien esto sí se intentó, fueron puestos de
nuevo en su lugar. En ese mismo año, Mier y Terán insistía también en
exhumarlos y fue al cementerio de Padilla, donde encontró la tumba sin ningún
nombre en su lápida y "cubierta de plúmbago". Según su ayudante José
María Díaz Noriega, el general Mier y Terán pensaba pagar lo que fuera
necesario para depositar las cenizas en un mejor lugar, cuando sorpresivamente
se encontró su cadáver sobre los plúmbagos, al que dio sepultura en la misma
fosa. Contó el mismo Díaz Noriega en su versión escrita muchísimos años
después, y que llamó "narración melancólica", que él aprovechó el
entierro para exhumar los huesos de Iturbide "para que fueran examinados
por los cirujanos". Es interesante que relatara también que ese momento
fue aprovechado por algunos espectadores para tomar algunos restos, y aunque
dijo que usó de la fuerza para que los regresaran, aceptó que se quedó con la
bala que se extrajo del cráneo, que pensó ofrecer a José Ramón Pacheco, y con
el segundo hueso metacarpiano de la mano derecha, que dio al general Manuel
Reyes Veramendi. Por último, señaló que regresó los del libertador a la tumba y
puso encima los de Mier y Terán.[ 45 ]
Volviendo al
traslado de los de Iturbide en 1838, una partida de tropa de San Luis Potosí
fue la encargada de custodiarlos, en un viaje a la capital que se inició el 23
de agosto y que implicó recorrer "doscientas leguas" en unas andas
que a su vez se pusieron sobre una mula habilitada con gualdrapas negras.
Recibieron honores en Ciudad Victoria y de ahí salieron sin detenerse y sin que
hubiera más honras fúnebres, si bien según la versión del oficial Francisco
Molina, encargado de la conducción, en San Luis Potosí, Querétaro, San Juan del
Río y Tula la gente de esos lugares manifestó su afecto al paso de las cenizas.
Tardaron poco más de un mes en llegar a la villa de Guadalupe Hidalgo en donde
fueron honradas en la colegiata el 25 de septiembre, día en que salieron a la
ciudad de México. Fue notoria la presencia en la villa y en todo el camino de
"la población de todas las clases" que, desde la calzada, las calles,
los balcones, las ventanas y las azoteas, fue espectadora privilegiada. El
padre guardián del convento de San Francisco recibió la caja que pasaría ahí
otro mes, ya que no daba tiempo de hacer las honras, como estaba previsto, para
el 27 de septiembre. Mientras, se preparó un presupuesto, un proyecto de
ceremonial y se lavaron y desinfectaron los restos.
El funeral más fastuoso
José Ramón
Pacheco registró tres cosas muy interesantes: la primera, que en la capital en
esos días se renovó la presencia entre sus habitantes de la independencia y de
Iturbide y que de éste había infinidad de retratos en todas las poses y todos
los momentos significativos de su vida pública, apareciendo asimismo su nombre
en muchos negocios y, por supuesto, en objetos de pacotilla como sombreros,
abanicos y pañuelos que los comerciantes de ocasión no dejaron de vender al por
mayor en las calles. La segunda se refirió a un asunto que estaba en la mente y
en los comentarios de muchos, y era que también se dudaba de la autenticidad de
los huesos de Iturbide, "debido a su muerte oscura como la de un criminal
y su entierro sin honores". Pero la que más llama la atención es la
tercera, que insistió en que, a pesar de la fuerte guardia y de la llave que
cerró la caja, tanto en la exhumación como en el traslado de los restos
desaparecieran "multitud de piezas, queriendo [algunos] tener la dicha de
guardar consigo una reliquia". Basaba esta última suposición, entre otras
cosas, en el hecho de que él pidió permiso, que le fue concedido, para
reconstruir el cráneo. Sin embargo, esto no lo pudo lograr, porque a pesar de
que el inventario decía que había seis fragmentos de huesos de la cabeza, no
fue ése el número que llegó a San Francisco. Él mismo confesó que, además de
tomar el molde de las partes en yeso y en cera, conservó "un fragmento
original", según él, "para ofrecer a los sabios un documento
auténtico de sus dimensiones".[ 46 ]
Sin embargo,
otro debió haber sido el que reconstruyó la calavera porque, completada con
cera en las partes que le faltaban, fue exhibida al público con los demás
huesos a partir del 24 de octubre cuando se abrieron las puertas de la iglesia
de San Francisco. Ese día, desde temprano, sonaron cada cuarto de hora las
campanas de muchas iglesias y tronaron los disparos de la artillería, que
continuarían después cada hora hasta el 26 en que saldrían a su destino en
catedral. Durante esos dos días y fracción que los restos estuvieron con los
padres franciscanos, se dijeron más de cien misas, algunas de réquiem -tanto en
los altares laterales como en el principal- en un escenario elegantemente
arreglado en el que sobresalían, sobre el lienzo negro que cubría el fondo, el
verde, el blanco y el rojo de las banderas trigarantes que enmarcaban el
catafalco, y la enorme cantidad de velas encendidas que confundían su humo con
el que salía de cuatro jarrones de plata maciza que hicieron las veces de
perfumeros.
El catafalco
medía un poco más de nueve metros y en él se colocaron los restos en una urna
de cristales con bronce dorado y con el águila nacional en su tapa. De nuevo es
José Ramón Pacheco quien dio cuenta de que los huesos estaban sobre un
almohadón de terciopelo negro "en un cuadrado tejido y piramidal
comenzando por los fémures y los radios y acabando por las clavículas, atadas
todas las piezas con listones para mantenerlas firmes". Ese cuadrado daba
cabida a las vértebras, falanges y demás fragmentos, sobre los que estaba el
cráneo, que remataba así la cima de la pirámide. En una cornisa sobre la que se
sostenía la urna, pusieron los que llamaron sus "despojos": el
sombrero y el manto que usó como fundador de la Orden de Guadalupe, su uniforme
de "general mexicano", su banda, su bastón, su sombrero y su espada.
La procesión
de las cenizas a la metropolitana empezó a las once de la mañana y fue muy
suntuosa. Involucró en su recorrido a los habitantes de las calles de San
Francisco y de Plateros, y a los concurrentes y funcionarios del Portal de
Mercaderes, la Diputación y el Portal de las Flores, terminando su circuito en
los frentes del palacio y de la catedral. Todo el trayecto se cubrió con la
vela o toldo que se usaba en la fiesta de Corpus y participó tanta gente en el
desfile que cuando los primeros llegaron a las puertas del templo, los últimos
todavía no salían de San Francisco. En las calles se juntó un público numeroso,
que se sumó al de los vecinos que, desde sus casas, lo vieron pasar. Por
cierto, en la de doña Nicolasa, hermana de Iturbide, una cortina negra cubría
toda la fachada, y de esa señora se dijo que por esos días había preferido
salir de la ciudad.
Los que
desfilaron iban vestidos a todo lujo: militares, escuelas, cofradías, terceras
órdenes, comunidades religiosas, clero, parroquias, cabildo metropolitano
-presidido por el vicario general Posada-, el comandante general, la
Universidad, los colegios, los funcionarios del Consejo de Gobierno y de la
Suprema Corte, las comisiones del poder ejecutivo y del Congreso y por último,
entre muchos particulares, un personaje peculiar: el presidente de la Cámara de
Diputados, Juan Gómez de Navarrete, quien "hizo de doliente principal en
representación de la nación mexicana, la cual era la verdadera familia huérfana
del difunto".[ 47 ] La urna fue puesta
en un carro enlutado con terciopelo negro, adornado con penachos cuyas plumas
eran de los colores de la bandera mexicana. Jalaban el carro seis caballos
negros cubiertos hasta el suelo de paño del mismo color.
Los frisones
fueron montados por jefes del ejército, además de que la urna -que iba
precisamente después del cabildo metropolitano y antes del comandante general-
estaba custodiada por cadetes del Colegio Militar y por dos hileras de
gastadores de Infantería. También desfilaron muchos ministros y caballeros en
sus coches con cubiertas de luto y destacó el vehículo en el que iba el
presidente Bustamante. Eran ya las dos de la tarde cuando entraron los últimos
a catedral, seguidos por la mirada de una enorme muchedumbre que, a pie, a
caballo o en coche y en un absoluto silencio, pudo comparar el patetismo de ese
día con la alegría que reinó en las mismas calles en 1821 cuando Iturbide las recorrió
victorioso.
En la tarde,
tuvo lugar un pequeño acto fúnebre con misa, responsos y una oración toda en
latín pronunciada por el doctor Braulio Sagaceta. Las solemnes exequias fueron
al día siguiente -27 de octubre- con la asistencia de las principales
autoridades políticas del país. Lo más notable de este homenaje es que a
catedral sólo pudieron entrar señoras con "saya y mantilla" y hombres
"vestidos con decencia", asegurando así la exclusividad y el
"aspecto imponente". Hubo oración fúnebre, vigilia, vísperas y misa, armonizadas
por la interpretación de más de 180 músicos de dos coros, que aceptaron además
a unos treinta aficionados que pertenecían "a las familias más
distinguidas". En pocas palabras, lograron que, "desde que México
existe", ésa fuera la "ceremonia más suntuosa".[ 48 ]
Al final,
pasaron la urna a la capilla de San Felipe de Jesús donde se le construiría un
altar que los ha albergado hasta nuestros días y para el que José María Tornel
escribió el epitafio que aún se lee en su fachada.[ 49 ] Sin embargo, quizá
lo más importante de aquel desagravio ocurrió no en la iglesia, sino
inmediatamente después, en una enlutada y abarrotada sala de recepciones de
Palacio Nacional, donde el presidente Anastasio Bustamante recibió
personalmente "los pésames" de toda la comitiva,[ 50 ] que incluyó entre
otras muchas personalidades a la famosa Güera Rodríguez, por la que el mismo
Agustín, en 1821, desvió el paso de sus tropas para pasar frente a su casa el
día que entró a la ciudad de México como el libertador del reino.
Recordemos
que, hacia ese año de 1838, los restos de los héroes de la primera etapa del
movimiento independiente estaban ya en la bóveda del Altar de los Reyes. Cuando
en 1895 los pasaron a la capilla de San José, y cuando en 1925 los llevaron a
la victoria alada que representa monumentalmente nuestra independencia, nadie
sugirió que podían hacer lo mismo con las cenizas de Iturbide.[ 51 ] La versión de la
historia liberal que campea en nuestro país desde la segunda mitad del siglo
XIX le ha negado a este héroe criollo el reconocimiento de sus méritos como
consumador del movimiento que los otros iniciaron. Para algunos, el monumento
de Paseo de la Reforma se convirtió en el nuevo "altar de la patria"
en el que no cupo ni ha cabido Iturbide, quien no ha tenido más remedio que
conformarse con ser un santo de otro altar y de otros grupos menos
identificados con el llamado pueblo y con sus satisfacciones.
Desagravio insuficiente
Las
circunstancias de la muerte de este héroe ocuparon una parte central del
discurso que sustentó al homenaje. Para algunos, se había tratado de un
"sacrificio horrendo", de un "horrible asesinato" que no
había satisfecho el encono de muchos que seguían teniendo la audacia de
insultar su memoria. Sin embargo, creían que había llegado un "tardío
arrepentimiento" de los que ordenaron su proscripción y el convencimiento
de que, con ella, habían hecho a la patria el mayor de los daños.[ 52 ] A José Ramón Pacheco
-y a muchos más- las honras le permitían "no morir con un
remordimiento" y fue él quien subrayó que Iturbide había sido un
"patriota eminente sacrificado a la venganza", y dijo que matarlo,
"aún cuando hubiera tenido faltas, era una acción intrínsecamente
mala".[ 53 ]
Por último,
estuvo presente la versión de que "debía ser inmolado y lo fue",
aunque sostuvieron que la suerte de la patria sería muy distinta si él
existiera.[ 54 ] Es precisamente con
la patria con la que también se asoció su nombre. Para los políticos de 1824
fue un traidor a ésta y como tal lo fusilaron. Por su parte, uno de sus
apologistas no dejó de señalar que Iturbide "se había convertido a ella en
noviembre de 1820", después de haber sido un "formidable enemigo de
la independencia", y que, con sus servicios, había logrado "lavar las
manchas de sangre con que la tiñó". En pocas palabras, para este
partidario y para muchos otros que compartían esta manera de pensar, don
Agustín, además de haber tenido virtudes patrióticas, murió por la patria y fue
"su verdadero libertador".[ 55 ]
Sin embargo,
a pesar de que no hubo dudas de que se había tratado de unas "honras
suntuosas" y de que el presidente decretó que durante un mes las
autoridades, el ejército y los padres de familia vistieran luto, reinaba la
sensación de que la reparación no era total. Para José Ramón Pacheco,
"había quedado el despecho de un desagravio insuficiente",[ 56 ] aunque creía que a
los ojos de las demás naciones, la mexicana había logrado "lavar la
afrentosa mancha de ingratitud". Según la versión de un republicano
connotado como Carlos María de Bustamante, el día que fueron trasladados los
restos de Iturbide a la catedral iba a ser "memorable", pero no tanto
por el fausto y la gran pompa, sino porque se trataba de una "providencia
desacordada" que iba a tener resultados fatales en política. Vio el acto
como "una farsa maligna" y estaba seguro en aquel 1838 -aunque los
hechos no le dieron la razón- de que las cenizas de Iturbide iban a correr la
misma suerte que las de Hernán Cortés, "que irritaban la memoria del
pueblo mexicano".[ 57 ]
En 1845, el
presidente José Joaquín de Herrera promovió que todos los cuadros con que se
adornaba el despacho del presidente y el salón de recibimiento en Palacio
Nacional, y que representaban a Napoleón en distintas escenas de su vida,
fueran sustituidos por retratos de los héroes mexicanos. No faltaba en su
propuesta el grito de independencia dado por Hidalgo en Dolores, el juramento
de Iturbide en Iguala y la entrada del ejército trigarante a la ciudad de
México. El objeto de la propuesta fue que se tratara de una "historia
muda" para recordar las virtudes de aquellos hombres.[ 58 ] Muy pocos de los
seguidores de Iturbide, entre ellos Pío Marchá y Salvador Marenco, decidieron
en los años siguientes que cada 28 de septiembre le harían honras en la capilla
donde quedaron sus restos, homenaje que siempre pasó inadvertido.
Dolidos por
la pobreza del acto del 28 de septiembre de 1848, los entonces diputado y
senador José Ramón Pacheco y Francisco Modesto de Olaguíbel, respectivamente,
promovieron en sus cámaras la iniciativa de que el acto se hiciera oficial,
sustentado por una ley, y que cada año se celebraran en todas las iglesias de
la república "sufragios solemnes por el alma de Agustín de Iturbide".[ 59 ] Si bien los
senadores lo aprobaron, no prosperó en la Cámara de Diputados, por lo que sus
promotores se dirigieron al cabildo de la ciudad de México para que respaldara
el homenaje del año siguiente. Los del cabildo, junto con el gobernador del
Distrito Federal Pedro Anaya y otros funcionarios de menor rango, estuvieron
dispuestos a ayudar en la organización de las honras que se llevaron a cabo con
oración fúnebre, vigilia, misa, orquesta, doble de campanas en varias iglesias
y descargas de la artillería.
Fue hasta el
23 de abril de 1850, cuando la Cámara de Diputados expidió el decreto promovido
en 1848, y grande fue la desilusión de los iturbidistas porque, aunque se
nombraba a su héroe, él no era "objeto exclusivo de las honras". Se
incluían también las demás "víctimas" de la campaña por la
independencia y los miembros del ejército y de la guardia nacional que murieron
durante la guerra contra los Estados Unidos. Todos debían ser homenajeados cada
28 de septiembre, y se hacía extensiva a esta fecha el 17 de septiembre,
dedicado a celebrar honras fúnebres por las víctimas de la patria.[ 60 ] La herida todavía
sangrante de los partidarios de Iturbide no les permitió apreciar el valor de
esta propuesta. Creían, siempre con la idea de que el desagravio nunca sería
suficiente, que aunque era "muy justo" honrar la memoria de todos el que
don Agustín no hubiera muerto, como los demás, a manos de sus enemigos, sino
por "los mismos mexicanos a quienes dio patria", exigía una
"demostración dedicada singularmente a su memoria", en donde la
nación hiciera una protesta solemne cada año de que la muerte de ese héroe no
fue obra de ella.[ 61 ]
La ansiada
resolución de la exclusividad de Iturbide llegó tres años después, durante el
último gobierno de Antonio López de Santa Anna. Éste restableció la Orden de
Guadalupe, fundada por Agustín I, y expidió un decreto, el 12 de noviembre de
1853, que lo declaraba "libertador de la patria". Este reinado, sin
embargo, duró sólo el escaso año y medio que le quedaba a Santa Anna en el
poder, ya que una revolución lo alejaría definitivamente de una escena política
que, en adelante, desconocería a esos caudillos y sus acuerdos. Dentro de la
lógica liberal que sustentaba todavía a los gobiernos de la posrevolución de
los albores del siglo XX, fue peculiar el que Álvaro Obregón decidiera festejar
en 1921 el centenario de la consumación de la independencia con la puesta en
escena de un desfile del ejército trigarante,[ 62 ] mientras en el
Congreso borraban para siempre el nombre de Iturbide, puesto desde 1835 en
letras de oro en uno de sus muros. En ese "sí pero no", Obregón fue
muy claro con su mensaje en la tradicional ceremonia del 16 de septiembre en
catedral, al depositar una ofrenda floral sólo en el mausoleo donde reposaba
Hidalgo y en presidir un acto en el que se subrayó el papel jugado por Vicente
Guerrero como consumador del movimiento. La omisión fue la mejor manera de
sepultar al héroe incómodo.
A las
cenizas de Iturbide no les ha quedado más que recibir el lúgubre homenaje de
algunos caballeros de Colón y de pocos fieles seguidores. Sin embargo, a pesar
de la mudez oficial hacia su recuerdo, tienen en su haber algo -que al menos no
sabemos a ciencia cierta que haya ocurrido a los demás héroes mexicanos-, y es
que parte de sus huesos quedaron en manos de los que tuvieron que ver con él en
vida y con la exhumación, traslado y celebración de sus reliquias. Las de
Iturbide fueron como talismanes preciados que tuvieron una relación muy
estrecha con su hazaña -todos sin excepción festejaron en 1821 que la Nueva
España fuera independiente- y con su muerte trágica. En el lado opuesto, esto
es, en el discurso de los liberales republicanos, se reproducen el olvido y el
castigo como un destino funesto que le asignara el papel de héroe deshonrado de
la historia mexicana.
1842, PRIMERA PARTE
Honor e ignominia para una pierna amputada
Los
contemporáneos de Antonio López de Santa Anna, también declarado
"Benemérito de la Patria ", vieron cómo, siempre que éste ocupó el
poder a partir del decenio de los cuarenta, se imponía celebrar cada 5 de
diciembre, para recordar la derrota a los franceses que invadieron el país en
1838. Lo interesante es que para el vulgo se trataba, más que nada, de "la
fiesta de la pata". Con esto traían a cuento la descarga que, en esa
fecha, dio en la pierna izquierda de don Antonio cuando ya se retiraban los
franceses, que tuvo que serle amputada, y que él enterró en su hacienda
veracruzana. También, quizá, la asociaban con una ceremonia singular que los
favoritos del caudillo organizaron para el 27 de septiembre de 1842 en el
panteón de Santa Paula: el entierro solemne de su preciada reliquia que fue
exhumada y traída a la capital.
Aprovecharon
que ese día se conmemoraba el vigésimo primer aniversario de la consumación de
la independencia. Desde el amanecer se oyeron como siempre las salvas de
artillería y los repiques a vuelo y luego el llamado a un tedéum en catedral
que ocurrió a las diez de la mañana. Después, la concurrencia -siempre debajo
de la vela que se ponía en Corpus Christi- tomó las calles de Plateros y San
Francisco hasta desembocar en La Alameda, donde como siempre también tuvo lugar
la fiesta cívica, cerca de la fuente central, en un templete levantado para la
ocasión. Desde ahí el coronel Rafael Espinosa pronunció el discurso obligado,
que fue sólo un preludio para la verdadera ceremonia que sucedería en seguida.
La
guarnición formó una valla para que funcionarios del ayuntamiento, secretarios
del despacho, oficiales mayores, miembros del Estado Mayor del ejército, niños
y niñas de las escuelas de la compañía lancasteriana y en general toda la demás
gente invitada hicieran varias filas para dirigirse al panteón de Santa Paula,
ruta que también en parte intentó cubrir la vela del Corpus, que no alcanzó la
totalidad del trayecto. Detrás de todos ellos, cargada en andas por algunos
sargentos, seguía una urna de cristal "vistosamente adornada", que
contenía en una pequeña caja la pierna del presidente de la nación, y cerraban
la marcha dos regimientos de Infantería y un escuadrón de Caballería con sus
propias bandas de música que, junto con descargas de sus armas, amenizaron el
ambiente sonoro del espectáculo, que sin duda atrajo a mucha gente del pueblo
que también estuvo presente.[ 63 ]
Tal parece
que Santa Anna tampoco asistió al panteón, donde fue construido un monumento
que quedaba más alto que los que depositaron ahí el despojo. Se trataba de unas
gradas que sostenían una columna que en su base tenía cuatro lápidas para poner
inscripciones, en cuyo capitel dorado se pondría la urna, que era un sarcófago
que tenía encima un cañón sobre el que reposaba un águila. El mausoleo estaba
protegido por unas rejas, cuyas esquinas estaban adornadas por insignias
consulares romanas que simbolizaban la república. A propósito de los que,
finalmente ayudados por una escalera, colocaron la urna, las fuentes no se
ponen de acuerdo -fueron los ministros de Guerra y Hacienda o el señor
Eznaurrízar acompañado de dos ayudantes del presidente- pero todas señalan que
el orador del acto fue el licenciado Ignacio Sierra y Rosso, reconocido amigo
del caudillo, quien, sin referirse a la reliquia, hizo un panegírico de todas
sus hazañas y, en especial, de uno de los hechos que consideraba más honrosos
de la vida pública de su jefe: la defensa que hizo de la patria en 1838 contra
los franceses.
Eznaurrízar
sería el encargado de portar la llave de la urna, que luego en Palacio Nacional
dio, junto con unas palabras, a un Santa Anna que cojeaba a causa de sus patas
de palo pasadas de moda,[ 64 ] quien -según Carlos
María de Bustamante- la recibió respondiendo "lacónica y tibiamente".
Este autor recordaría que no tardó en poder comprarse en los portales las
réplicas de bolsillo del monumento y del sarcófago elaboradas por los artesanos
de ocasión. También dijo que la "novedad y rareza de la función"
convocó, a pesar del calor, a la gente "más ilustre de México" y a un
"pueblo inmenso" atraído por un espectáculo tan singular, pero, sobre
todo, que "los copleros o evangelistas de la Plaza del Caballito"
hicieron algunas composiciones "chuscas y conceptuosas" en medio de
un ambiente en el que, por varios días, la función "fue materia de
conversaciones y sátiras".
Santa Anna
acudió en la tarde de ese 27 de septiembre al panteón a ver el monumento y su
reliquia, acompañado de algunos ministros y ayudantes, de donde fue a la plaza
de toros de San Pablo a disfrutar de una corrida. También hubo comedia en el
Teatro de Nuevo México; música en el paseo, al que asistió asimismo el
presidente; fuegos de artificio en la plaza mayor, que formaron un hermoso
jardín y que duraron una hora, y por último, ópera en el Teatro Principal.
Entre las coplas que por esos días se vendieron, sobresalió una que era la
"protesta de los cadáveres del cementerio por haberse recibido entre ellos
una pierna",[ 65 ] dirigida al soberano
Congreso, en la que exponían que "el zancarrón" podía causar una
revuelta porque estaba inficionado, ya que Santa Anna "era el palo de que
salió tal astilla".
Poco más de
dos años estuvo la reliquia en Santa Paula. El 6 de diciembre de 1844, una
turba profanó y destruyó el monumento y luego, en medio de una gritería, exhumó
la pierna y la arrastró por algunas calles de la capital hasta que fue recogida
por el general García Conde.[ 66 ] El presidente caía
ante un pronunciamiento que, en palabras de su representante el general José
Joaquín de Herrera, trataba de restablecer el orden constitucional frente a
"un gobierno ciego y audaz que había hecho desaparecer todas las leyes,
creyendo que la sociedad vivía pendiente de su arbitrio".[ 67 ] También fue tumbada
la estatua de yeso, de la que algunos guardaron un tepalcate,[ 68 ] que lo representaba
afuera del teatro que llevaba su nombre, y este último fue borrado de ahí,
mientras aparecía picado un busto con su efigie, que estaba en uno de los
balcones de la Sociedad de la Bella Unión.[ 69 ] Antes de que su
estatua de bronce erigida en la plaza de El Volador sufriera alguna avería
seria, la quitaron y quedó arrumbada en una cochera de Palacio Nacional, aunque
no para siempre.
La prensa,
que antes lo había adulado, lo llamó ahora "sempiterno enemigo de las
libertades del pueblo", y después de un juicio, fue declarado culpable de
violar la Constitución y por tanto lo desterraron. Ahí duró poco ya que, según
él, contaría en sus memorias que "los buenos mexicanos que recordaban sus
servicios popularmente lo llamaron" en 1846 cuando México le declaró la
guerra a los Estados Unidos. Contrastó entonces "las vivas emociones de
contento", con los sentimientos de los que, en "el fatal 6 de
diciembre de 1844", habían cometido un "atentado sacrílego"
promovido por "una facción impía".[ 70 ] Era la primera vez
que un benemérito quiso adelantarse al juicio de la posteridad, y la primera
también en que con gran irreverencia se exhumaba y arrastraba su pierna perdida
en el campo de batalla y se destruía su estatua. En las dos ocasiones que Antonio
López volvió a ocupar el poder, al menos en el discurso oficial, los culpables
del "sacrilegio" no fueron castigados, y si bien sí se rehabilitó de
manera efímera su estatua de bronce, no se supo de ninguna reconstrucción del mausoleo
de Santa Paula ni se mencionó más el paradero y el destino de su profanada
reliquia.[ 71 ]
1842, SEGUNDA PARTE
Traslado a la capital de los restos de Guerrero en ceremonia privada
El cambio de
las cenizas de Guerrero a la ciudad de México sucedió hasta 1842 en una
ceremonia casi secreta, que contrasta notoriamente con el fausto y la
solemnidad que envolvió la memoria de Iturbide. Para la sociedad que los
homenajeaba, el recuerdo de Guerrero era mucho más incómodo que el de don
Agustín, por su origen humilde y porque representaba los ideales y las demandas
del que llamaban con mucho desprecio "populacho", que además era
mayoría según las estadísticas de población. Asimismo por su triste
fusilamiento en 1831 después de haber sido traicionado.
Cinco años
después de que el prior de Santo Domingo ocultara los restos de don Vicente,
fue promovido por los familiares de éste, y apoyado por el gobierno en turno,
que los llevaran a la ciudad de México. Mariano Riva Palacio escribió una carta
en 1842 al Ministerio de la Guerra, a nombre de su mujer Dolores Guerrero y de
la madre de ésta Guadalupe Hernández de Guerrero, respectivamente hija y esposa
del héroe, en la que solicitaba que las reliquias fueran trasladadas a la
capital porque "en los últimos tiempos se habían exhumado y no se les
estimaba, como antes, en Oaxaca". En ese entonces estaba como presidente
otra vez Antonio López de Santa Anna, quien accedió a la petición. El encargado
de girar las instrucciones pertinentes fue el ministro de la Guerra José María
Tornel, quien inició el trámite en el mes de octubre de ese año, ordenando que
se pusieran los huesos en una caja con llave y que esta última fuera
inmediatamente enviada a su ministerio para evitar pérdidas.
De hecho
hubo dos cerraduras en la caja de caoba que adentro llevaba otra de hoja de
lata, que a su vez resguardaba una caja confeccionada en plomo que era la que
contenía los restos. Todo estuvo listo el 20 de noviembre, y ese día salieron
hacia la capital fuertemente custodiados y sin dar ni recibir muestras
ceremoniosas a su paso, como tampoco las hubo cuando la exhumación. Cubrieron
la caja de caoba con jerga y pusieron el envoltorio en un cajón de madera común
doblemente arpillado. Iban con tanto sigilo que, por un error, la custodia fue
momentáneamente detenida en Ayotla. La escolta poblana custodió los huesos
hasta la entrada oriente de la capital, en el llamado Peñón Viejo. A ese lugar
llegaron el 2 de diciembre, al que acudió a recibirlos una comisión formada por
Manuel Gómez Pedraza, el rector del Colegio de San Gregorio Juan Rodríguez
Puebla y Mariano Riva Palacio, quien recibió las llaves.[ 72 ]
Según el
cronista de El Cosmopolita, Tornel los alcanzó a la mitad de la calzada
del Peñón Viejo y juntos los cuatro, en un mismo coche, continuaron hasta el
Colegio de San Gregorio, a donde arribaron a las seis y cuarto de la tarde, y
donde maestros y alumnos tenían preparada una ceremonia fúnebre. Este colegio
colindaba con la iglesia de Loreto y con el Colegio de San Pedro y San Pablo, y
de hecho, cuando Loreto se cerró entre 1832 y 1850 por la inclinación de su
suelo, tanto la imagen como el culto que había en ella se pasaron a San Pedro y
San Pablo.[ 73 ] Por eso, en ese año
de 1842, la ceremonia tuvo lugar en este recinto, con los pocos asistentes
vestidos de luto con vela en mano, que formaron dos filas por entre las que
pasó el cajón con las "cenizas", que fue conducido a la antesacristía
para abrirlo. Luego que sacaron la caja de caoba, la depositaron en una tumba
bien adornada con cipreses, que estaba en el templo, para dar inicio al oficio
de difuntos en el que cantaron los alumnos. Al terminar este acto religioso,
tuvo lugar la presencia de las autoridades políticas, quienes depositaron la
caja en "una bóveda" que fue entregada oficialmente por el ministro
José María Tornel al rector del Colegio de San Gregorio, Juan Rodríguez Puebla.
A propósito de la falta de publicidad y de asistencia de concurrentes al acto,
el mismo cronista estaba seguro de que, si la gente lo hubiera sabido, "el
concurso en la garita hubiera sido inmenso".
Sobre el
destino final de los restos hubo entonces varias versiones. Hay documentos que
dicen que el presidente sustituto Nicolás Bravo ordenó que, por cuenta de la
hacienda pública, se iniciara la construcción de un mausoleo para albergarlos
en el panteón de Santa Paula y esta información la manejaron, entre otros,
Carlos María de Bustamante y los periódicos El Cosmopolita y El Siglo
Diez y Nueve. En éste escribieron que, si bien se había decretado que
fueran llevados a la capital para ponerlos en la cripta de los Reyes con los
demás héroes de la independencia, la familia de Guerrero "trataba de
erigirles un mausoleo en el panteón de Santa Paula".[ 74 ] Sin embargo, también
dicen que Nicolás Bravo ordenó que, cuando llegaran a la capital, se
depositaran en la iglesia de Nuestra Señora de Loreto, "a disposición del
Supremo Gobierno",[ 75 ] y tal parece, como
veremos, que se quedaron ahí toda una década.
No hay
ningún documento que pruebe que el mausoleo se haya edificado en el panteón de
Santa Paula ni que ahí hayan sido llevados los huesos. Lo que sí es posible
constatar es que permanecieron en Loreto por diez años, esto es hasta 1852,
cuando Mariano Riva Palacio firmó un papel que decía: "Recibí de los
padres capellanes de la iglesia de Nuestra Señora de Loreto una caja con los
restos del excelentísimo señor general don Vicente Guerrero, que estaban
depositados en dicha iglesia a pedimento de la familia del general y de orden
del gobierno".[ 76 ] Este documento iba
en la urna en la que los llevaron al panteón de San Fernando -no conozco con
exactitud la fecha-, donde sí fue construido un mausoleo considerado de los más
artísticos y notables de ese lugar, dado que fue un héroe para los hombres que
consumaron la Reforma y que fortalecieron ese cementerio que albergó los restos
por más de medio siglo.
En 1870 y en
su honor fue erigida afuera del panteón, en el jardín que está frente a la
iglesia, una estatua en bronce esculpida por artistas de la Academia de San
Carlos que lo representa en su etapa insurgente y que sigue ahí hasta nuestros
días. Cuando el gobierno de Álvaro Obregón festejó el centenario de la
consumación de la independencia en el año de 1921, sólo se hizo mención de los
méritos del héroe Vicente Guerrero que se volvió un representante de los
mestizos, como parte de un discurso vigente desde la segunda mitad del siglo
XIX, que le permitió, entre otras cosas, ser de los agraciados, como veremos
más abajo, que tienen un lugar para sus cenizas en el mausoleo en honor de los
que son considerados iniciadores de la gesta popular.
1843
Las circunstancias del metafórico Guadalupe Victoria
José Manuel
Ramón Adaucto Fernández y Félix, quien prefirió que lo nombraran Guadalupe
Victoria, combatió en las filas insurgentes al lado de Morelos. Eligió
"Guadalupe" por ser metáfora de la mexicanidad, de la tierra, la
madre, el río de amor, y "Victoria" por ser el portador de la causa
que finalmente triunfaría frente al imperio español. Fue de los que se negó al
indulto y así lo demostró en varias ocasiones, sobre todo cuando fue derrotado
por los realistas. Para las curiosidades de la historia, está la leyenda de que
durante varios años se ocultó en una cueva en el estado de Veracruz, de la que
salió cuando fue jurado el Plan de Iguala en 1821 al que se adhirió. Después,
formó parte de los que desde Veracruz combatieron al emperador Iturbide, y a la
caída de éste, ocupó cargos importantes en el nuevo gobierno. El Congreso
decretó en 1823 que era "benemérito de la patria", y su estrella
favorable lo llevó a ocupar un lugar en el tripartita Supremo Poder Ejecutivo,
y luego a ganar la elección para ser el primer presidente de la república,
cargo que, con algunas penas y sin grandes glorias, desempeñó entre 1824 y
1829.
No estuvo
muy activo en la escena política de la capital en los años que siguieron,
aunque sí se parecía a los que primero fueron fieles federalistas y que luego
apostaron por el centralismo. Combinó largas estadías en su hacienda
veracruzana El Jobo, con dos senadurías, una efímera gubernatura en Puebla y
con un cargo militar y diplomático, frente a los franceses que invadieron
México en 1838. Desde el año siguiente, se agravaron en él viejas y nuevas
dolencias -que no le impidieron casarse en 1841 con María Antonia Bretón- y que
finalmente lo llevarían a la tumba el 21 de marzo de 1843. El deceso ocurrió en
el Castillo de Perote, a donde su médico lo había trasladado desde el 9 de
febrero porque consideró que le era más propicio el temperamento frío.
Sobre sus
padecimientos y su muerte se conocen algunos detalles, gracias a un parte
médico que fue publicado por el Diario del Gobierno. Se trata del certificado
de defunción que hizo el bachiller Antonio González del Castillo, director del
Hospital Militar de Perote, encargado de la cura de Victoria a partir de que
cayó gravemente enfermo desde el mes de noviembre del año anterior. Informó el
galeno que hacía cinco años que el ex presidente padecía epilepsia, y narró una
serie de dolencias que el mismo don Guadalupe le expuso. Éste estaba seguro de
que "sus males provenían de unas afecciones vivas que tenía en su alma,
causadas por su patria", que se le presentaban a veces con
"sensaciones de terror y otras de furor".
De poco
sirvieron tónicos, antiespasmódicos y narcóticos, así como el cambio de
temperamentos que lo llevaron contra su voluntad de Tlapacoya a Teziutlán y de
ahí a Perote. En ese castillo también llamado fortaleza de San Carlos, tuvo una
ligera mejora, que no fue sino el preludio de su agonía que empezó desde el 6
de marzo, día en que, según el médico, su "imaginación se había recargado
de ideas tristes" y su espíritu se hallaba "comprimido" al grado
de "verter lágrimas". Subrayó el facultativo que el mismo Victoria
decía que se sentía así por "ver el estado de su patria". Cuatro días
después, lo atacó un dolor de pecho, "tan agudo y vivo que daba fuertes
quejidos que no hallaba consuelo". El dictamen entonces fue que padecía
"hipertrofia en el corazón", enfermedad que para el médico
"superaba los recursos del arte", y debido a esto y a que don
Guadalupe dejó de comer, "la parca le cortó el hilo el 22 de marzo siendo
las doce y media del día".
Antes de
embalsamarlo, González del Castillo le practicó una autopsia que reveló que el
corazón estaba hinchado y voluminoso y explicó que hubiera querido valerse de
"varios métodos modernos que hay de autores muy clásicos para conservar
momias", pero que en Perote no contaba con los recursos ni tenía tiempo
para acceder a ellos. Él deseaba embalsamarlo mejor, para que muchas
generaciones lo vieran de forma íntegra y admiraran al "héroe primogénito
de nuestra independencia, que exhaló el último suspiro por su adorada
patria". Pidió que "la nación" fuera indulgente con él cuando el
cuerpo llegara a la ciudad de México, donde todos podían cerciorarse del deceso
de "un grande hombre que había buscado el lugar más oscuro para
morir".[ 77 ]
A diferencia
de la mayoría de los insurgentes que reposan en el monumento a los héroes desde
1925, Victoria no murió fusilado. Quizá por eso no se generó un discurso que lo
reivindicara como a los que ocuparon el lugar de mártires de la patria. La
noticia de su muerte provocó que, en la capital, el gobierno de Antonio López
de Santa Anna decretara, y así lo sancionó el Congreso el 8 de abril de ese año
de 1843, que el nombre de Victoria se iba a inscribir con letras de oro en el
salón de sesiones de la Cámara de Diputados y que sus restos serían conducidos
a la capital para ser depositados en un monumento que se iba a construir en el
panteón de Santa Paula a cuenta de la hacienda pública.[ 78 ]
Sin embargo,
ni el traslado de los restos ni el monumento en el panteón se llevaron a cabo,
por los vaivenes de la política y por el olvido paulatino de tan buenos deseos.
Llamó más la atención de los mexicanos de entonces la noticia difundida de que
las cenizas de Simón Bolívar serían trasladadas a Caracas.[ 79 ] Tal parece que el
cadáver de don Guadalupe se quedó en Perote casi veinte años, hasta que en 1863
el general Alejandro García lo llevó a Puebla.[ 80 ] Cuando durante el
Porfiriato se colocaron estatuas de políticos mexicanos importantes en el Paseo
de la Reforma, una fue para representar a Victoria, donada por el estado de
Durango. Lo que sabemos a continuación es que en 1924 el presidente Álvaro Obregón
ordenó que se buscaran los restos[ 81 ] y que, un año
después, los despojos mortales alcanzaron también un lugar de honor en nuestro
panteón nacional, y él, el status de héroe de la independencia mexicana.
1848
Solemne funeral de cuatro víctimas de la invasión norteamericana
A tan sólo
un año de concluida la desastrosa guerra en la que México perdió un poco más de
la mitad de su territorio frente a los Estados Unidos, el gobierno decidió que
el 17 de septiembre de 1848 sería dedicado a honrar la memoria de cuatro de sus
hombres que pelearon con valor y que dejaron su vida en el campo de batalla. No
todos los gobiernos a lo largo de la primera mitad del siglo XIX gustaron de
conmemorar a las víctimas de la patria precisamente cada 17 de septiembre, tal
como fue instituido desde el año de 1823 cuando se hicieron las exequias de los
primeros héroes de la independencia, y es una fecha que, aunque se perdería en
el calendario cívico, tuvo en 1848 una gran solemnidad porque estaban todavía
abiertas las heridas de la ultrajada nación y de su ejército, y porque ocupaba
el gobierno el general José Joaquín de Herrera, conocido además por su adhesión
a la república y al federalismo.
Aunque
fueron muchos más los caídos en combate, se tomó la decisión de homenajear a
cuatro militares que habían tenido una participación destacada en la defensa.
Ellos fueron José Frontera, quien luchó en la batalla de Padierna, donde murió
entre el 19 y el 20 de agosto; Felipe Santiago Xicoténcatl, quien murió en la
batalla de Chapultepec el 13 de septiembre al frente de su batallón San Blas;
Juan Crisóstomo Cano y Cano, ingeniero militar que preparó fortificaciones en
El Piñón, Churubusco y Chapultepec, y que acabó también en esa acción; y, por
último, un general que simplemente fue nombrado "Pérez" -se refieren
a Juan Pérez de Castro-,[ 82 ] caído asimismo en
Chapultepec en ese año trágico de 1847. Los restos de los cuatro fueron
identificados y exhumados para llevarlos a la iglesia del Hospital de Jesús
Nazareno donde se celebraron las honras fúnebres.
Muchos
contemporáneos del acto pensaban que serían incluidos los restos de Francisco
Peñúñuri -quien murió en la defensa del convento de Churubusco el 20 de agosto
de 1847- y que exactamente un año después fueron exhumados y conducidos a la
ciudad de México, días antes de la ceremonia del 17 de septiembre. El periódico
El Siglo Diez y Nueve dio cuenta de que el cuerpo era casi un esqueleto
que sólo conservaba intactos un pie y una mano y que fue puesto en un féretro
que, a su vez, se colocó sobre un carro cubierto. Antes de salir, se dijo una
misa y el ataúd entró a la ciudad de México en hombros de cuatro sargentos,
mientras las bandas tocaban a la sordina y doblaban las campanas de los
templos. Según el cronista, las calles estaban llenas de gente, y al pasar por
Palacio Nacional, se vio en el balcón al presidente Herrera. Los huesos de Peñúñuri
fueron conducidos finalmente al edificio de la Aduana, que es donde finalmente
"iban a ser depositados".[ 83 ] Lo interesante de
ese día fue que un teniente coronel del ejército regular de nombre Miguel
Echegaray, que pasaba por Churubusco, decidió con su tropa hacer honores a
Peñúñuri, quien había pertenecido a las guardias nacionales y el hecho fue
visto como el inicio del fin de las rivalidades entre ambos cuerpos militares.
Volviendo a
la ceremonia del 17 de septiembre, los féretros de los cuatro que mencioné más
arriba, se encontraban en la iglesia de Jesús Nazareno en una mañana que
amaneció lluviosa y con señales de luto en algunas puertas y balcones. A las
nueve en punto se abrió la marcha hacia el panteón de Santa Paula, en medio de
mucha gente que abarrotaba las calles para mirar el espectáculo mortuorio. El
recorrido se estableció pasando primero por la plazuela de Jesús, luego por los
frentes de Palacio Nacional y de la catedral, y tomó las calles de Plateros, la
Profesa y la de Correo hasta la esquina de San Francisco, donde siguió por la
calle de Santa Isabel, que desembocaba en el cementerio.
El séquito
estaba formado por distintos batallones de militares activos, de las guardias
nacionales, la guardia alemana y la francesa y muchos voluntarios, todos con
las armas a la funerala, si bien "una música brillante" precedía al
famoso batallón Victoria. Seguían los alumnos del Colegio Militar, un sacerdote
con dos acólitos y luego los cuatro ataúdes, adornados con enseñas militares,
cargados cada uno por cuatro sargentos. Venía a continuación, y jalado por
cuatro caballos enjaezados, un imponente carro fúnebre vestido de negro, encima
del que posaba un águila dorada de tamaño natural, que sostenía en sus garras
la cortina mortuoria y un estandarte del que pendían algunos lazos o
"caudas" -en los que se escribieron algunas acciones de armas y los
nombres de los que murieron en ellas- sostenidos a su vez por militares
mutilados de aquella guerra y "compañeros de las víctimas".
Según un
anónimo cronista que presenció el suceso, seguía en ese cortejo un numeroso
grupo de inválidos, "cuyo triste cuadro ofrecía a la vista un espectáculo
grandioso de los esfuerzos que, en desorden, se habían hecho por la
patria". Ellos habían "arrancado a la fortuna los laureles de la
victoria", con los que alejaban de su frente "cualquier nota de
ignominia".[ 84 ] Detrás de ellos
desfilaron también profesores y alumnos de los distintos colegios, ciudadanos
comunes vestidos de luto así como miembros del Ayuntamiento y de otras
corporaciones y finalmente algunos secretarios de Estado.
En desagravio del ejército
En Santa
Paula los que organizaron el acto no dejaron que participara de la ceremonia la
gente del pueblo, que se apiñó afuera de una puerta protegida por las guardias
alemana y francesa. A la derecha de la ermita, fue construida una pira
"suntuosa", toda llena de insignias militares, en la que pusieron
momentáneamente los restos. Cerca de ella, instalaron una tribuna enlutada en
la que discursearon varios militares, diputados y literatos. No faltaron
"inscripciones latinas" -que escribió el arzobispo para que se
pusieran en las lápidas que él costeó por su cuenta- y tampoco las odas y las
piezas poéticas,[ 85 ] en las que
estuvieron presentes la "humillación y el oprobio" y el "vengar
sus manes venerados", pero también los "actos heroicos", el
"día memorable", la "ceremonia solemne", "los mártires
de la patria" y "el olvido de las discordias". Sin embargo,
entre todos los discursos, destacó el de los militares, que se empeñaron en
dotar al homenaje de imágenes y de símbolos en favor del ejército. Juan Suárez
Navarro aprovechó la tribuna para encomiar los esfuerzos de Santa Anna en favor
de México durante la guerra, y expresó que confiaba en el juicio imparcial de
la posteridad ante sus acciones, a pesar "de las mil interpretaciones de
todos los partidos".[ 86 ]
El acto
continuó con el depósito de los féretros que contenían los vestigios de
Frontera, Cano, Pérez y Xicoténcatl, en un nicho para cada uno,[ 87 ] y con la aparición
en escena de un joven alumno del Colegio Militar que portaba una bandera negra
con la inscripción "A los que murieron por la patria" y que fue el
encargado de decir en voz alta: "El colegio [...] me manda que coloque aquí
esta bandera y que nadie la toque", lábaro que después puso en medio de
los sepulcros. La ceremonia concluyó un poco después de las cuatro de la tarde,
con la formación de las tropas, con algunas salvas de la artillería y con la
descarga que en orden hicieron cada uno de los batallones antes de retirarse a
sus cuarteles. Para el que escribió la nota en El Eco del Comercio,
reproducida en El Monitor, no cabía duda de que "para tan grande
sacrificio, cualquier homenaje [era] débil", pero que los mexicanos no
iban a olvidar nunca el 17 de septiembre de 1848.
1895
La urna decorosa de una república decorosa
Es de notar
que, a lo largo del tiempo, poco a poco se fue perdiendo el fervor por las
reliquias de los mártires seculares -y de algunos más que murieron en su cama
pero que también fueron héroes de la patria- y por la fiesta del 17 de
septiembre que recordaba su sacrificio. Los restos de los héroes de la guerra
de Independencia estuvieron en la bóveda del Altar de los Reyes sin ningún
monumento especial que las albergara desde 1823 hasta el año de 1895, cuando la
sociedad obrera "Gran Familia Modelo" promovió que fueran trasladados
a la capilla de San José en la misma catedral. Argumentaron que era indecoroso
que "tan venerandas reliquias" estuvieran hacinadas en un lugar
húmedo que ayudaba a su destrucción, por lo que hicieron circular una convocatoria
a varias sociedades afines para que se juntara el dinero que permitiera
construir "una urna decorosa digna de la obra patriótica" que
pretendían llevar a cabo.
Colectaron
586 pesos, de los cuales destinaron 350 para la urna, que fue construida en los
talleres de artesanos mexicanos que eligieron para ella el estilo
"Renacimiento puro". El cronista que reseñó la noticia en El
Universal -que para entonces ya se nombraba "reporter"- no
escatimó espacio para referirse a los materiales utilizados -plata alemana,
canelones de oro, metales dorados, cristales, madera de caoba, terciopelo
negro, cortinas de gasa de plata, pasamanería, cordones y borlas de oro- y a su
forma y sus emblemas -un hexágono coronado con el águila nacional parada sobre
un nopal, con una caja interior para contener los restos y sobre ésta un cojín
que tenía en su centro un bordado representando "la alegoría cristiana del
martirio", en este caso, una corona que circundaba una cruz, "símbolo
de la Redención".[ 88 ]
El sentido
de la nueva ceremonia se apoyaba en la descripción del estado de los huesos.
Fue subrayado el abandono en que estuvieron durante setenta y dos años mientras
continuó el mismo discurso que se había empleado desde 1823, esto es, que se
trataba de "los últimos despojos de unos hombres venerandos que nos dieron
patria". El cronista del suceso culpó a los "depositarios", o
sea al clero, del olvido o la indolencia en que tuvo las reliquias, y llegó al
extremo de proponer que tal vez se hizo con el fin de desaparecerlas.[ 89 ] El asunto más
significativo de todos era el desconocimiento de que la nación republicana,
representada por sus tres poderes, había elegido la catedral para que fuera su
morada.
La de 1895
fue una función a tono con los nuevos intereses que dominaban en la política
mexicana. Las encargadas del homenaje serían ahora las clases obreras con apoyo
del ministro de Gobernación Manuel Romero Rubio y del Ayuntamiento de la
capital, reunidos los tres en un "acto de justicia que reclamaba la
gratitud y la veneración hacia los héroes de la independencia". Poco a
poco, sin embargo, se fueron uniendo otras autoridades y más propuestas para el
día que tuviera lugar la ceremonia,[ 90 ] que se fijó para el
30 de julio de ese año y que, como veremos más abajo, no opacó del todo la
iniciativa de los obreros de figurar en ella. Esa fecha se escogió en clara
alusión a Miguel Hidalgo, quien había muerto en la misma data aunque de 1811, y
fue "el benemérito cura de Dolores" el que acaparó el homenaje porque
era el octogésimo cuarto aniversario de su fusilamiento y se esperaba que fuera
un acto que hiciera época y no se olvidara en "las páginas de la historia
de la república".
Entre la ciencia y el mito
Otra
característica de la época fue emplear un lenguaje "científico" para
describir el estado de los huesos. Al hacerlo, ratificaron que estaban ahí
fundamentalmente los cráneos de los cuatro principales líderes de 1810, ya que
de los otros restos que los acompañaban -fragmentos de cráneos, maxilares,
fémures- informaron que no se tenía "certeza" de que fueran de los
héroes y dieron cuenta de que no encontraron los de Morelos. Para identificar
los cráneos contaron con la suerte de que estaban marcados con las letras
"H", "Ae", "A", "X", pertenecientes
respectivamente a Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez.
La calavera
que portaba la letra "H" ostentaba tres "forámenes"
producidos por entrada de bala, uno en el parietal izquierdo que aparentemente
salió por el parietal derecho y otro en el temporal izquierdo que fue
interpretado como el que produjo el "tiro de gracia". A propósito de
la muerte de Hidalgo, se ha consagrado en la historiografía la leyenda de que
él no permitió que lo fusilaran por la espalda y que, una vez vuelto de frente
a sus verdugos, puso su mano derecha sobre el pecho para indicar el derrotero
de las balas. También se ha mencionado el dato de que no le habían disparado en
la cabeza porque así fue ordenado para poder exhibirla. Lo que entonces se puso
sobre la mesa de debate fue, por un lado, si había que creer que a Hidalgo no
le habían disparado en la testa, y por el otro, la pregunta de dónde había
empezado la confusión de los huesos y si éstos realmente correspondían a los
hombres a los que se les rendía homenaje.[ 91 ] Esto lo corroboró el
anuncio de que entre los restos que exhumaron en 1895 había dos fémures que,
por su enorme tamaño, hacían dudar de que hubieran podido ser de humanos.[ 92 ] A pesar de todo, en
el atrio de la catedral procedieron a la limpieza de los huesos y el aseo
consistió en lavarlos y exponerlos al sol por dos días.
Una comisión
dictaminó de un plumazo que, "por los datos históricos recogidos y por
otras noticias, tenían la seguridad de que los restos pertenecían a Hidalgo,
Morelos, Allende, Aldama, Ximénez, Mina, los Bravo, Rosales, Matamoros y
Galeana",[ 93 ] ignorantes de que
desde el mismo 1823 ya se sabía que los huesos de Leonardo Bravo y Hermenegildo
Galeana no se habían encontrado y que se dudaba de la autenticidad de algunos
de los demás. Después de colocarlos en una caja de cristal asegurada con candado,
los llevaron el día 27 de julio a la Sala de Cabildos del palacio municipal,
donde serían objeto de un primer homenaje, que involucraría en los días
siguientes a otras instituciones, al pueblo mexicano y, finalmente el día 30,
al mismo Porfirio Díaz, quien no perdió la oportunidad de ligar su nombre y el
de su administración en acto tan significativo, ordenando que se levantara un
acta que dijera que fueron exhumados por órdenes del supremo gobierno.
Mientras
estaban en ese recinto, los restos fueron objeto de otro estudio científico que
llevó a cabo Leopoldo Batres, quien hizo nuevas medidas antropométricas,
mientras Antonio Salinas volvía a marcar las letras en los cráneos antes de
pasarlos a las urnas. Para ese día, el de Hidalgo "había perdido los
huesos de la cara y se registró que sólo estaba la mandíbula inferior sin
dientes".[ 94 ] Además de la urna
que describí más arriba, hicieron otra de cedro que semejaba un gran libro
sobre el que descansaba la primera. Colocaron los restos en ellas -incluido el
polvo que se había formado- y después soldaron sus extremos, atornillaron la
cubierta y sellaron todo con las armas del Ayuntamiento, dejando los cráneos
encima para que pudieran ser objeto de la expectación del pueblo.
Después de
hacerles una guardia de honor y de poner centinelas a su cuidado, la
corporación invitó al público a visitarlos durante la noche del día 29, en la
que llamaron "capilla ardiente", que se adornó con plantas, banderas
tricolores, moños de crespón negro, coronas de flores naturales, candelabros de
cristal con velas "esteáricas",[ 95 ] pebeteros, una gran
bandera nacional de seda, los retratos de algunos héroes y bandejas cubiertas
de heno con grandes témpanos de hielo que sirvieron para refrescar la
temperatura, cargada con la enorme aglomeración. Los asistentes, por su parte,
hicieron guardias de media hora. Porfirio Díaz mandó una corona de laurel con
lazos negros y llegaron muchas más de ministros, sociedades, escuelas y
periódicos, que lucieron junto a estandartes de trabajadores y estudiantes. A
diferencia de 1823, ahora sí se registraron empellones, robos, injurias y
gendarmes repartiendo palos, cuartazos y cintarazos a un público que se definió
como perteneciente a todas las clases sociales. También ahora fue menor la
cantidad de habitantes que puso colgaduras o cortinas de duelo en sus casas,
aunque todos los edificios públicos fueron obligados a ondear la bandera a
media asta.[ 96 ]
El tributo de veneración de "pueblo y gobierno"
El 30 de
julio de 1895, desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde se oyeron
en la ciudad salvas de artillería -algunas de 21 cañonazos- que provenían de la
Ciudadela. Las cenizas salieron temprano del Ayuntamiento en una plataforma del
ferrocarril del Distrito, cubierta por una bandera y tirada por seis caballos
negros lujosamente enjaezados con mantillas de red de estambre negro, penachos
de plumas y lazos tricolores. Se dirigieron todos en procesión solemne hasta la
ex aduana de Santo Domingo, donde tuvo lugar el acto oficial. Los batallones
hicieron una valla desde la puerta principal de Palacio Nacional hasta el sitio
del homenaje, a donde llegaron los restos, la comitiva, las coronas y los
estandartes, después de un incidente que fue solucionado por los gendarmes con
chicotazos a la gente del pueblo que osó romper una de las vallas.
Adornaron el
edificio con sables y crespones negros y colocaron en medio del patio una
plataforma con dosel rojo de terciopelo para el presidente de la república y
sus ministros y, a la izquierda de ésta, pusieron la urna. Los militares
también ocuparon un sitio importante a la derecha del dosel y fueron los que
iniciaron el acto haciendo honores a los restos. Enfrente de todos ubicaron a
funcionarios, señoras y niños. En el preciso momento en que una orquesta tocaba
el himno nacional, hizo su entrada a las 9:40 de la mañana Porfirio Díaz,
vestido de paisano, y al momento de sentarse, sonó un timbre para que se
iniciara la ceremonia. Ésta consistió en un discurso oficial a cargo de Juan
Ramírez Arellano; numerosas poesías; versos; el discurso de la niña Clotilde
Quijano, vestida de blanco -quien, con "serenidad", dijo unas
palabras "llenas de ternura y de sentimiento"-, y un coro de infantes
que cantó un himno a Hidalgo.
Es de notar
el discurso de Ramírez de Arellano, en el que remarcó que el acto había sido
posible por la iniciativa de la sociedad patriótica, y el hecho de que él no
podía llamarlo "oficial", ya que la presencia del jefe de Estado y de
sus ministros simplemente corroboraba la corriente de simpatías que había en
pueblo y gobierno para hacer "ese tributo de veneración". Para las
once se dio por concluido y se inició de nuevo la procesión hasta la catedral,
ahora sí presidida por Díaz, quien portaba una corona de flores naturales.[ 97 ]
Fue tal el
desorden en la catedral por la cantidad de gente que entró, que la recepción de
los restos por parte de los canónigos de manos de Porfirio Díaz fue rápida,
mientras los guardias tuvieron que hacer un hueco por donde saliera el
mandatario. Los restos fúnebres quedaron en el altar izquierdo de la capilla de
San José, en un monumento de mármol que remataba con una estatua que
representaba "a la patria llorando por sus hijos predilectos". Eran
tantas las sociedades y tantos los funcionarios que querían depositar coronas,
que los gendarmes tuvieron que asestar golpes de macana a diestra y siniestra,
que no impidieron, sin embargo, que los rateros se hicieran de algunos relojes,
mascadas, fistoles y pañuelos.
Cuestionando
que la metropolitana fuera el recinto oficial para los huesos, algunos
liberales solicitaron inútilmente al gobierno que la capilla de San José fuera
segregada y apartada del culto católico, y que ni el arzobispo ni el cabildo
tuvieran que ver en su cuidado. Tampoco fueron oídos los que desde entonces
propusieron que mejor llevaran los restos a la Rotonda de los Hombres Ilustres,
que ya existía en el Panteón de Dolores, creada desde el gobierno de Sebastián
Lerdo de Tejada.[ 98 ] El Estado porfiriano
no estuvo dispuesto a variar el sentido que había tenido el homenaje desde el
año de 1823, en el que estuvo presente la idea de la patria libre, pero también
los principales símbolos de la fe católica junto con los emblemas del poder
republicano. No se opusieron al sagrado depósito de los héroes en catedral, e
incluso el catafalco sobre el que colocaron la urna durante la ceremonia de
1895 fue "el que se había usado en las exequias en memoria del arzobispo
Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos",[ 99 ] fallecido cuatro
años antes y reconocido como un furibundo conservador.
1925
La tercera morada o la prosperidad, gracias a la semilla de los héroes
Las
reliquias estuvieron en la capilla de San José treinta años. Es conocida la
malquerencia del presidente Plutarco Elías Calles con todo asunto que tuviera
que ver con la Iglesia, debate que más concretamente se daba entre la idea
religiosa y la idea laica, entre la reacción y el progreso. Año con año, los
distintos gobiernos enviaban o depositaban coronas de flores frente a los
restos, y esto no debía ser del agrado de Calles. En su administración se tomó
la decisión de trasladarlos con "significativos honores" a la Columna
de la Independencia, inaugurada desde 1910, en una ceremonia que tuvo lugar el
16 de septiembre de 1825, en que se celebraba el 115 aniversario glorioso del
inicio del proceso de emancipación. El lenguaje que se empleó renovaba el viejo
sentido de "tributo" que la nación pagaba a los hombres que murieron
por darnos la libertad, y la ciudad de México fue descrita como una urbe
"trigarante y guadalupana que amaneció ungida por la luz de los
próceres"[ 100 ] en clara alusión a
los símbolos secular y religioso que estaban en la base de su edificio
político.
Una
descripción del acto la tenemos en las notas de los periódicos Excélsior y
El Universal del día siguiente. Dijeron que el día 16 se abrieron las
puertas de catedral antes del amanecer, para que "el gentío" pudiera
ver la capilla, donde, a la luz de las velas, se percibía el oro de los galones
del paño negro sobre el que estaban las cajas y los cuatro cráneos, puestos en
una urna de bronce dorado, por cierto todavía la misma que se había fabricado
en 1895. A esas horas de la mañana llegaron "mujeres humildes" a
"curiosear los cráneos por última vez". Luego fue el turno de los
hombres de "levita ceremoniosa" y "sombrero de copa en la
mano", algunos de ellos de la Junta Patriótica que organizó los festejos,
que fueron quienes iniciaron el acto con la real y simbólica petición de las
llaves de la reja al sacristán para acceder a la capilla.
Los primeros
que entraron fueron los gendarmes que formaron una valla para "impedir el
acceso al gentío". Fueron pasando varios soldados de vieja guardia que
ostentaban preseas y condecoraciones, entre ellos un sobreviviente de la guerra
del 47 y otro de la de Intervención, y también se presentaron algunos nietos de
Guadalupe Victoria -que estaban ahí para sacar ellos de la capilla los restos
de su abuelo- y un sobrino de Matamoros que hizo lo propio.[ 101 ] Asimismo se hicieron
visibles pocos funcionarios de la Suprema Corte, de ambas cámaras, de varios
estados de la república y por El Universal Jacobo Dalevuelta y el
periodista Rafael Heliodoro Valle del diario Excélsior. Entre todos se
repartieron la tarea de sacar los huesos al atrio, que salieron al son de un
coro de los maestros de la Secretaría de Educación, que cantaban el himno a
cuatro voces. Afuera fueron colocados en tres armones jalados por mulas
"lujosamente ataviadas". En el primero iban las calaveras de
"Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez"; en el segundo, los restos de
"Morelos, Mina y Guerrero", y en el tercero, los de "Matamoros,
Bravo, Quintana Roo y Leona Vicario",[ 102 ] siendo de notar que
no era mencionado el nombre ni los restos de Guadalupe Victoria, que, sin
embargo, sí se contarían entre los que se resguardaron en la que ha sido hasta
hoy su última morada.
El cronista
de Excélsior dijo que, cuando los vestigios de aquellos hombres salieron
de la plaza mayor siendo ya plena la claridad del día, no hubo ni ceremonia
religiosa ni toque de campanas ni bandas de música "sonando elegías de
triunfo" -la poca gente humilde que se congregó ondeaba banderitas
tricolores y arrojaba flores- y que se trató de una procesión sombría hasta que
llegó a la altura de la estatua de Cuauhtémoc, ubicada en el mismo Paseo de la
Reforma, en el que estaba el monumento al que se dirigían. Fue destacado que se
unieron a la marcha "hombres oscuros del pueblo que daban tonalidades al
conjunto" y que, a pesar de que México contaba con innumerables sociedades
e instituciones, éstas no se hicieron notar en el homenaje. Don Nicolás Rangel,
profesor de historia patria, que había acudido a formar parte del cortejo
fúnebre con un grupo de alumnos de la Preparatoria Nacional, estaba tan dolido
por el desaire que sentenció que "una agencia de mudanzas, hubiera hecho
el traslado con más cuidado y decoro". En el último tramo del trayecto sí
recibieron honores militares, que el autor de la noticia no dudó en calificar
como "fastuosos", por sus músicas marciales, la elegancia de los
distintos cuerpos militares -algunos de los cuales se presentaron empenachados
de negro-, y los 21 cañonazos que disparó la batería del primer regimiento de
la Artillería de Montaña cuando los restos llegaron a la escalinata del
recinto.
En la
explanada norte de la Columna de la Independencia, esperaba el presidente
Calles acompañado por el cuerpo diplomático, algunos ministros y varios
diputados, y sería él quien, a nombre de la nación, recibiría "las cenizas
de los libertadores".[ 103 ] El discurso estuvo a
cargo del senador Juan de Dios Robledo, quien se refirió en especial a Hidalgo,
a quien llamó "sublime quijote de la libertad" porque buscó esta
última pero también el beneficio del pueblo, y a Morelos, quien con "su
genio sustituyó sus innegables deficiencias de cultura" y nos legó ideas
de democracia e igualdad. No podía faltar en esa pieza oratoria la referencia a
la fecha, 16 de septiembre de 1925, "día de fausta conmemoración",
que fue el de la reparación, por sacar los restos de "unos sarcófagos
polvorientos y oscuros" y por dejarlos en un "monumento
armonioso" colocado en medio de una "avenida rumorosa" que era
signo de la "prosperidad" y de la "vida espléndida" que les
esperaba. En pocas palabras, fue señalado que la "semilla de
abnegación" de los héroes ya había dado sus frutos y que "del polvo
temeroso de las urnas" ahora salía un himno de libertad.[ 104 ]
Adentro de
la columna prepararon nichos para recibir los restos -Calles tomó en sus manos
las tres urnas y las depositó- frente a los que el presidente, en compañía del
decano del cuerpo diplomático que lo era el de Brasil, depositaron cada uno una
guirnalda de oro. Pero no satisfecho con esto y uniendo de manera irrevocable
su gobierno con el de los principales líderes del movimiento de independencia,
Plutarco E. Calles "dejó una tarjeta personal dentro de la urna que
contenía los cuatro cráneos venerandos".[ 105 ] Según sentenció el
cronista de El Universal, la columna era a partir de ese momento
"altar sagrado" porque reposaban ahí las cenizas de los hombres
"que nos dieron nacionalidad".
La
modernidad y el progreso fueron la tónica del homenaje: muchos curiosos
prefirieron estacionar sus automóviles en las inmediaciones del monumento -que
ya estaba atestado de público- y guarecidos en ellos observaron la ceremonia.[ 106 ] Voces femeninas
entonaban el himno y los clarines tocaban marchas de honor para despedir a un
mandatario satisfecho, que tomó a toda prisa su auto para dirigirse al Palacio
Nacional, desde donde debía presenciar el desfile militar, característico de tan
importante día en los memoriales de la patria. Cerca de cincuenta coronas de
flores fueron depositadas en medio del tumulto, mientras se permitía la entrada
al recinto de "la gente del pueblo", ya que, sin ellos, no tendría
eco y continuidad la enseñanza moral y el sustento de identidad que
proporcionan los héroes.
Epílogo
Otra vez las dudas y las certezas
Con respecto
al cráneo de Hidalgo, también en ese año de 1925 resurgió la polémica sobre si
se trataba de sus restos.[ 107 ] A pesar de esto, el
diario Excélsior consideró inoportuno refutar la autenticidad de la
reliquia y sentenció que "el cráneo de don Miguel Hidalgo [se encontraba]
en la Columna de la Independencia".[ 108 ] También causó
discusión la autenticidad del cráneo de Morelos, y fue mencionado que no
estaban en catedral los restos de otros insignes insurgentes, como los de doña
Josefa Ortiz de Domínguez, el padre Mier -se decía entonces, citando a Payno,
que su momia fue conducida por los de Santo Domingo a Buenos Aires-,[ 109 ] los de Hermenegildo
Galeana, Leonardo Bravo y José Antonio Torres.[ 110 ] Desde 1823, un aura
mítica surgió sobre el deceso de algunos héroes y a propósito de la incógnita
del destino de sus huesos verdaderos. Tal parece que esas versiones gozan de
mucha salud y apuntan a permanecer en la memoria colectiva con la misma fuerza
que la de las incertidumbres que plantea la historia.
Ahora
podemos visitar el "recinto funerario" albergado en el monumento a la
Independencia, cerrado al público por más de siete décadas. La entrada -un
pasillo ancho que bordea la base de la gran columna- está presidida por una
estatua que representa al irlandés Guillén de Lampart, quien durante el siglo
XVII planeó independizar a la Nueva España y célebre también porque la
Inquisición lo condenó a la hoguera por hereje. A la derecha empieza el pasillo
y ahí se encuentra un nicho que mira al poniente, que contiene los restos de
Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, Andrés Quintana Roo, Leona Vicario y unos
restos "no identificados" que se atribuyen a Xavier Mina. Aquí se
encuentran también el libro de visitantes distinguidos y el de las visitas presidenciales.
Siguiendo por el mismo pasillo, está el siguiente nicho, que mira al sur y que
guarda los cráneos de Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y José
Mariano Jiménez, y por último, dando la vuelta a la izquierda, está el tercero,
que ve al oriente, con los despojos de José María Morelos, "Nicolás
Bravo" y Mariano Matamoros.
Cuando
abrieron el recinto al público no hace mucho, todavía podían verse las urnas de
cristal que contenían los restos, ya que los tres nichos que los resguardan
estaban protegidos con vidrio transparente. Hoy éstos fueron sustituidos por
lápidas de bronce grabadas con los nombres de los doce héroes de la
independencia que ahí supuestamente reposan. Mientras se permiten dudar de la
autenticidad de los restos de Mina -que al fin y al cabo no nos dio patria- y
no se cuestiona que quien originalmente estuvo en catedral fue Miguel Bravo y
no su hermano Nicolás, quien murió envenenado en 1854 muy lejos de los
principios liberales. Tampoco se insiste en la polémica acerca de la veracidad
de los restos de los demás, que gozan ahora de una absoluta privacidad. El
vidrio, sin duda, nos ponía más cerca de los huesos y de la imaginación a
propósito de la humanidad que alguna vez encarnaron. El lugar, sin embargo, no
deja de cumplir su función de recordatorio del nombre y de la fama de los que
lucharon para que el país en el que vivían tuviera un gobierno propio.
Las
reliquias de los héroes
En todos los
casos reseñados es llamativo que siempre se trató de homenajes
"solemnes". Quitando el traslado a la capital de México de los restos
de Guerrero y de Victoria, en el de los demás cuidaron que hubiera pompa,
aplauso, esplendor, alabanza y grandeza, como una inversión significativa para
la posteridad, sobre el valor de los héroes que murieron para dar vida a la
nación. El lenguaje empleado en el discurso oficial para referirse a los
vestigios mortales de los héroes está impregnado de piedad y reconocimiento.
Siempre que son nombrados se antepone que son "respetables",
"preciosos", "venerandos", "adorados" y "honorables",
aunque asimismo los llamaron en tono melancólico "restos
desgraciados", "helados", "anonadados", o
"llorados despojos". Se refirió a ellos también como
"cenizas", "huesos", "huesas",
"reliquias", "rico tesoro", "ruinas que fabricaron
colosales edificios".
Esta manera
de concebirlos daba cuenta de la permanencia de dos realidades que habían
antecedido al México independiente: por un lado, la vieja tradición
prehispánica que consideraba al sitio donde depositaban las reliquias de sus
fundadores -el altépetl- como el lugar simbólico que consagraba al
territorio y a la patria, y al bulto que las contenía como el origen del reino,
el signo del poder del gobernante y el emblema del Estado.[ 111 ] No fue muy distinto
el sentido que tuvieron los huesos de los héroes en el siglo XIX, tal como lo
muestran los escritos y el aval que los supremos poderes de la nación y sus
principales funcionarios dieron a las distintas ceremonias que se sucedieron. También
estaba presente la tradición colonial, entre otras cosas, en el hecho de que
fue la catedral metropolitana el sitio por excelencia donde se custodiaron más
reliquias de santos. Se mantuvo esta costumbre durante el decimonono siglo, al
convertir a los héroes que serían depositados ahí en nuevos santos laicos, sin
olvidar, sin embargo, que su edificio político republicano y federal se
construía a partir de esos restos. La nación existía -y existe ahora- por ese
acto fundador que estableció entonces con esos huesos simbólicos su relación
con el origen, con la tierra -la patria libre-, con la religión católica y
apostólica y también con los emblemas del nuevo poder republicano que
dominarían y han pervivido en la escena política del país.
El héroe,
los pormenores de su hazaña y su memoria
Todas las
características que apunta H. F. Bauzá para definir a los héroes están
presentes en el lenguaje de los escritos y los discursos mexicanos
decimonónicos y de los dos primeros decenios del siglo XX a propósito de los
líderes de la primera mitad del siglo XIX. No dejó de valorar en ningún momento
el móvil ético de aquellos hombres, su transgresión a los límites impuestos por
el orden político de su sociedad y, sobre todo, dieron gran importancia a su
muerte trágica, que retenía el momento decisivo del combate y que perduró como
tema central y sin marchitarse en la esfera del imaginario mítico.[ 112 ]
Es la
cultura la que tiene el poder para edificar la permanencia de una belleza
inmortal y la estabilidad de una gloria imperecedera en seres que dejaron de
tener cuerpo, pero sobre los que la imaginación social fabrica características
que los asemejan a la divinidad.[ 113 ] Los héroes de la
independencia de México merecieron ser "los primeros", "los
invictos", "los que estaban dotados de fuerza patriótica".
También los llamaron "manes esclarecidos", "campeones",
"impertérritos", "sobrehumanos", "inmortales".
Los vieron como seres que "se elevaban de la común esfera de los
hombres" que, por sus actos, "se coronaron en el templo de la
inmortalidad y de la gloria", los que eran dignos de que se perpetuaran
"sus excelsos nombres", "los que con sus infortunios labraron
nuestras dichas" y de quienes se debía esclarecer su gloria para
contrarrestar su memoria difamada.
Con respecto
a Iturbide, el discurso que lo reivindicó, se refirió a él como "el héroe
que en Iguala nos diera patria y libertad" y frente al que toda la
república manifestaba su gratitud. Se escucharon los mismos adjetivos que se
habían empleado para los iniciadores de la gesta, y fue también "hombre
insigne", "ilustre víctima", "ilustre finado",
"genio inmortal", el "campeón que nos regeneró
políticamente", un "héroe lleno de glorias", un
"benefactor", "el que nos elevó al rango de hombres
libres", "a quien todos debemos nuestro ser político", el que
dio "el segundo grito de libertad". Hubo loas al lugar donde
quedarían depositados sus restos y salves a la "tumba preciosa", al
"depósito digno", al "marmóreo monumento", al "lugar
suntuoso bajo las bóvedas sagradas" y al "vaso cinerario donde
dormirían tranquilos". Uno de sus partidarios no dudó tampoco en
equipararlo abiertamente con Jesucristo, y lo llamó "Salvador político de
Anáhuac", así con "S" mayúscula, porque no era un sentir general
el que se dolía por su muerte trágica y porque tenía todavía muchos detractores
y enemigos que estaban dispuestos a disputarle el honor de haber pactado la
independencia.
En el
homenaje que el ejército hizo de los caídos en la guerra contra los Estados
Unidos, el general Santiago Blanco se refirió a esos "héroes
infortunados", subrayando el hecho de que, con su muerte, nos legaron un
buen nombre y un ejemplo heroico y grande. Le parecía que lo único que era
perdurable era la gloria y el recuerdo de los hombres que se ofrecieron en
holocausto en aras de la patria. También dijo que su vida y su sacrificio iban
a ser el norte de la conducta de los mexicanos, pero, sobre todo, recalcó que
su tumba era, más que nada, un "monumento de honor al ejército".[ 114 ] Por su parte, el
general José María González de Mendoza -de quien se dice que fue uno de los
organizadores más entusiastas de esa ceremonia-, al referirse a los restos de
José Frontera, dijo que los hallaron "cubiertos de esa gloria de los que
mueren por la patria" y exhortó a los soldados a tocarlos con respeto
porque "pertenecían a la nación y al ejército".
*
Lo que queda
del héroe sobre la tierra una vez que su cuerpo se ha desvanecido, además de
sus reliquias o su invención de ellas, es, por un lado, la estela, el recuerdo
funerario erigido en su tumba y, por el otro, el canto encomiástico, la memoria
fiel de sus hechos excelsos.[ 115 ] Con respecto a esta
última, la sociedad mexicana decimonónica no dejó que se perdiera y sobran los
testimonios que dan fe de ello. En cuanto a la tumba y a su monumento, éstos no
pasaron del arte efímero del carro y la pira funeraria donde fueron colocados
en 1823 durante la ceremonia, ya que no se llevó a cabo la propuesta de hacer
un "mausoleo que las habría de guardar para siempre" en la bóveda del
Altar de los Reyes donde reposaron.
El discurso
que se rindió en 1842 a propósito de la heroicidad de Vicente Guerrero estaba
en estrecha relación con el mausoleo que por entonces pensaban construirle en
el panteón de Santa Paula. La sola idea fue calificada como una medida
acertada, porque era conveniente inmortalizar su memoria dado que él había
mantenido vivo el fuego de la independencia, así como porque era una lección
práctica para que los jóvenes aprendieran a ser héroes sacrificándose por su
patria, recordando que Guerrero fue animado por un verdadero patriotismo y no
por miras particulares. Por último, era atinada porque se iba a tratar de un
nuevo adorno para la ciudad "que tal vez introdujera el gusto de esa moda
arquitectónica". Además de homenajear su valor y su constancia, se
pretendía con el monumento "excitar la sensibilidad" a propósito de
la "santa causa de nuestra independencia" para recordar hechos
gloriosos y avivar el patriotismo.[ 116 ]
Tampoco se
ejecutó durante toda la primera mitad del siglo XIX la orden del Congreso de
1823 de que se levantaran "pirámides" en los lugares donde los héroes
fueron ejecutados -salvo en Puebla, donde cayó Miguel Bravo, y en Morelia,
donde murió Mariano Matamoros-.[ 117 ] El argumento fue que
no había dinero en las arcas nacionales ni estatales. Ni hubo monumento
funerario ni tampoco se hicieron estatuas que reprodujeran la figura de los
héroes de la independencia. Todavía hacia el decenio de los ochenta, Manuel
Rivera Cambas escribió que "era de notar que en la ciudad [de México] no
haya ninguna estatua levantada al cura de Dolores don Miguel Hidalgo y
Costilla". También registra que José María Morelos y Pavón fue merecedor
de una réplica, colocada en la Plazuela de Guardiola desde el año de 1865,[ 118 ] mientras Vicente
Guerrero tuvo la suya en 1870 en el jardín de San Fernando.
Durante el
Porfiriato, entre los años de 1890 y 1898, hubo dinero y deseo político de
adornar y embellecer la ciudad, y de dotarla de ejemplos de civismo. Distintos
héroes de la patria -por cierto ninguno de la guerra de 1846-1847- tuvieron una
estatua en el Paseo de la Reforma, financiada por los gobiernos de sus estados
de origen. Sin embargo, en relación con los héroes que he tratado en estas
páginas, ese honor sólo lo alcanzaron Mariano Jiménez, Leonardo Bravo,
Hermenegildo Galeana, fray Servando Teresa de Mier, Andrés Quintana Roo y
Guadalupe Victoria.[ 119 ] También en ese
tiempo los héroes del inicio de la emancipación tuvieron un mausoleo propio,
esto es un altar en la capilla de San José, aunque siempre dentro de catedral.
No se les ocurrió entonces que su morada podía ser el monumento a la
Independencia inaugurado por el mismo Porfirio Díaz en 1910, asunto en el que
sí pensó Calles, aunque sin olvidar que se les hacía un tributo porque murieron
por darnos la libertad, y sin perder tampoco el lenguaje religioso que nombró
al recinto "altar", de una patria renovada pero siempre sostenida por
el prestigio y la protección de las reliquias de sus héroes. Queda pendiente,
sin embargo, incorporar en el altar de la patria al héroe negado, a quien le
tocó en suerte consumar la independencia, suceso que es sin duda el hecho
fundacional más importante que alimenta el culto por los restos mortales de los
que la hicieron posible.
[ 1 ] The encyclopedia
of religion, Mircea Eliade editor in chief, New York, McMillan Library
Reference, 1995, v. 11.
[ 2 ] Gabriela Sánchez
Reyes, Relicarios novohispanos a través de una muestra de los siglos XVI al
XVIII, tesis de maestría en Historia del Arte, México, Universidad Nacional
Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, 2004, p. 20-22.
[ 3 ] El 1o. de marzo de
1822 la comisión especial del Congreso, nombrada para proponer el modo de
honrar la memoria de "los primeros defensores de la patria", propuso
que el 25 de febrero se hiciera una misa de réquiem "por las desgraciadas
víctimas inmoladas de la patria" y que se exhumaran los cadáveres de
Hidalgo, Allende, Morelos, Matamoros, Bravos, Aldama, Mina y O'Donojú
"para que en pequeñas arcas sean colocados en el catafalco de la
catedral", en Archivo General de la Nación, s/s, caja 16, exp. 59. Asimismo,
el 23 de agosto de 1822, al referirse a los que serían días feriados y las
fiestas de tabla y de corte, el Congreso decretó que se agregaba el 17 de
septiembre, en el que habría de celebrarse en todas las parroquias del imperio
un aniversario por las víctimas de la patria. Véase Condumex, Fondo XLI-I,
carpeta 18, n. 1 363. Y en efecto, la primera celebración del 17 de septiembre
tuvo lugar en ese año de 1822 en el que, por cierto, fue publicado un folleto
en el que se quejaban de que el aniversario fúnebre se hubiera rememorado con
una función de ópera. Véase Biblioteca Nacional de México, Fondo Lafragua,
LAF 257, Junius, México ríe y México llora a la misma hora.
[ 4 ] Archivo Histórico de
la Ciudad de México, Ayuntamiento, Bandos 2,255. En este bando se da a
conocer el decreto del Congreso de 19 de julio de 1823. Con respecto al nombre
de Mina, aquí lo llaman Francisco, si bien varios autores han señalado que se
llamaba "Manuel Xavier". Véase José María Miquel i Vergés, Diccionario
de insurgentes, México, Porrúa, 1969.
[ 5 ] En el Ayuntamiento
de la ciudad de México, se discutió la propuesta del jefe político de poner un
toldo en las calles donde pasara la procesión, pero la desecharon porque el que
había tenía menores dimensiones y ante la orden de empedrar esas vías respondieron
que se haría "según la posibilidad de los fondos municipales", en
Archivo Histórico de la Ciudad de México, Ayuntamiento, Actas de Cabildo,
143a., 12 de agosto de 1823. También se inició la construcción de un
"carro fúnebre que costaría en total 1 700 pesos y que fue encargado al
escultor Pedro Patiño Ixtolinque quien recibió 500 pesos de adelanto. Véase
Universidad de Texas en Austin, Latin American Manuscripts, HD
16-6.3425, 28 de agosto de 1823. Otro preparativo consistió en el adorno de
balcones, puertas y ventanas con cortinas blancas y lazos negros de las casas
por donde pasaría la procesión. Las calles del tránsito fueron: Santo Domingo,
Tacuba, San José del Real, Espíritu Santo, Refugio, Portal de Mercaderes y
frente de la catedral. Véase La Águila Mexicana, 15 de septiembre de
1823.
[ 6 ] Archivo Histórico de
la Ciudad de México, Ayuntamiento, Actas de Cabildo, 19 de agosto de
1823 y 26 de agosto del mismo año. Con respecto a la muerte de Leonardo Bravo,
ésta fue por garrote el 13 de septiembre de 1812. Véase Elías Amador, "Los
caudillos de la independencia ante el patíbulo. 16 de septiembre de 1910",
Anales del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología, México,
Museo Nacional, 3a. época, t. 3, 1911, p. 417.
[ 7 ] Lucas Alamán, Historia
de Méjico desde los primeros movimientos que prepararon su independencia el año
de 1808 hasta la época presente, México, Imprenta de Lara, 1850, t. II, p.
768-769.
[ 8 ] Diputación
Provincial de Guanajuato, 25 de agosto de 1823, Universidad de Texas en Austin,
Latin American Manuscripts, HD 16-6.3425.
[ 9 ] Diputación
Provincial de Guanajuato, 25 de agosto de 1823, Universidad de Texas en Austin,
Latin American Manuscripts, HD 16-6.3425. Véase también Elías Amador, "Los
caudillos de la independencia ante el patíbulo. 16 de septiembre de 1910",
Anales del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología, México, Museo
Nacional, 3a. época, t. 3, 1911, donde narra que el fusilamiento tuvo lugar en
el cerro del Bellaco el 11 de noviembre de 1817.
[ 10 ] El auditor de Guerra
Miguel Bataller pidió que fuera fusilado por la espalda, que se le cortara la
cabeza y se le pusiera dentro de una jaula de hierro en la Plaza Mayor y que la
mano derecha fuese enviada a Oaxaca para ponerla en espectáculo público, y fue
Calleja quien modificó esta sentencia. Véase Elías Amador, "Los caudillos
de la independencia ante el patíbulo. 16 de septiembre de 1910", Anales
del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología, México, Museo
Nacional, 3a. época, t. 3, 1911, p. 433.
[ 11 ] Carlos María de
Bustamante, Diario histórico de México, julio-diciembre de 1823, México,
Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1981, p. 56.
[ 12 ] Véase Nicolás León,
"Informe y estudio crítico de la supuesta mascarilla tomada en el cadáver
del general insurgente don José María Morelos", en Morelos, documentos
inéditos y poco conocidos, México, Secretaría de Educación Pública, 1927
(Colección de Documentos del Museo Nacional de Arqueología, Historia y
Etnografía, v. 3).
[ 13 ] Hidalgo fue fusilado
el 30 de julio; Allende, Aldama y Jiménez el 26 de junio.
[ 14 ] J. E. Hernández y
Dávalos, Historia de la guerra de Independencia de México, ed. facsímil,
6 v., México, Instituto de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, c.
1985, t. II, p. 597-599. Estos documentos fueron copiados y dados a conocer por
los miembros del Ayuntamiento de Chihuahua en febrero de 1861.
[ 15 ] El mismo Hernández y
Dávalos registra un documento del año de 1875, firmado por Basilio Pérez
Gallardo, en el que después de analizar la documentación que existe declara que
en la capital sólo se depositaron los cuatro cráneos. J. E. Hernández y Dávalos,
Historia de la guerra de Independencia de México, ed. facsímil, 6 v.,
México, Instituto de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, c.
1985, t. II, p. 606.
[ 16 ] Véase José Joaquín
Escudero, en El Museo Mexicano, 7 v., México, Ignacio Cumplido,
1836-1842, t. IV, p. 211-214, en un artículo que intenta vindicar al estado de
Chihuahua; en él agregó su versión sobre la prisión y "suplicio" de
Hidalgo y sobre la salida de ahí de los restos. También lo afirman Lucas Alamán
-quien dice además que el traslado ocurrió en 1824- (Lucas Alamán, Historia
de Méjico desde los primeros movimientos que prepararon su independencia el año
de 1808 hasta la época presente, México, Imprenta de Lara, 1850, t. ii, p.
204). Anastasio Zerecero, Memorias para la historia de las revoluciones en
México, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1975, a partir de
la primera edición en 1869, p. 226, dice erróneamente que los cuatro cuerpos
estaban sepultados en San Francisco y repite que todo sucedió en 1824. Julio
Zárate, "La guerra de Independencia", en México a través de los
siglos, México, Cumbre, 1958 (primera edición 1880), p. 222. Finalmente
Toribio Esquivel Obregón, Recordatorios públicos y privados 1864-1908,
México, Universidad Iberoamericana, 1992, p. 170, narra que un amigo suyo de
Lagos le contó que él había "oído decir" que sí había habido
ceremonia en Chihuahua a los restos, y que la comisión de Lagos sí llevó los
restos para entregárselos a la de León, que no aparecía por ningún lado y que
finalmente salió a recibir a la primera sin siquiera cambiarse "el traje
cotidiano". Véase también Boletín del Archivo General de la Nación,
t. XIV, julio-septiembre de 1943, y t. VI, abril-mayo de 1965. Con base en
todas estas fuentes cito, por último, a Isauro Rionda Arreguín, Tránsito de los
venerables restos de los héroes de la independencia mexicana, Guanajuato,
Archivo General del Gobierno del Estado, 2003, p. 29. Llama la atención que
Luis Castillo Ledón, en Hidalgo. La vida del héroe, México, Talleres Gráficos
de la Nación, 1949, t. 2, no mencione el asunto de la exhumación y traslado del
tronco y las extremidades.
[ 17 ] Cuando salieron de
catedral para la Columna de la Independencia en 1925, sólo iban de ellos cuatro
los cráneos. Véase Excélsior, jueves 17 de septiembre de ese año.
[ 18 ] Universidad de Texas
en Austin, Latin American Manuscripts.
[ 19 ] Lucas Alamán, Historia
de Méjico desde los primeros movimientos que prepararon su independencia el año
de 1808 hasta la época presente, México, Imprenta de Lara, 1850, t. II, p.
768-769.
[ 20 ] Carlos María de
Bustamante, Diario histórico de México, julio-diciembre de 1823, México,
Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1981, p. 57.
[ 21 ] Gaceta
Extraordinaria del Gobierno Supremo de México, t. 2, n. 42, 20 de
septiembre de 1823, y Carlos María de Bustamante, Diario histórico de
México, julio-diciembre de 1823, México, Instituto Nacional de Antropología
e Historia, 1981, p. 57-60.
[ 22 ] Exhortación
patriótica, México, Imprenta de Mariano Ontiveros, septiembre de 1823.
[ 23 ] Lucas Alamán, Historia
de Méjico desde los primeros movimientos que prepararon su independencia el año
de 1808 hasta la época presente, México, Imprenta de Lara, 1850, t. II, p.
768-769, y del mismo autor, Disertaciones, México, Jus, 1942, t. 2, p.
55-59. Cortés murió en Sevilla el 2 de diciembre de 1547 y sus restos fueron
depositados en el monasterio de San Isidro, en donde estuvieron hasta el año de
1566 en que fueron trasladados a la Nueva España. Acá estuvieron primero en
Texcoco; luego en la iglesia de San Francisco de la ciudad de México desde 1629
y finalmente fueron depositados, en 1794, en la iglesia de Jesús Nazareno,
conocida como la iglesia del Hospital de Jesús. En ese 1823 no salieron de ahí
sino que los cambiaron bajo la tarima del altar. Si bien algunos autores
sostienen que fueron llevados a Palermo, Italia, según Luis González Obregón,
sólo llevaron allá el busto y las armas de bronce dorado que estaban en el
sepulcro. Véase Luis González Obregón, "Los restos de Hernán Cortés.
Disertación histórica y documentada", Anales del Museo Nacional de
México, México, Imprenta del Museo Nacional, 2a. época, t. 3, 1906.
[ 24 ] Se encuentra en el
Archivo Histórico de la Ciudad de México, si bien fue reutilizada en 1826 para
ilustrar un folleto sobre el desembarco y la muerte de Iturbide, Véase
Biblioteca Nacional de México, Fondo Lafragua, LAF 808.
[ 25 ] María José Esparza,
"La insurgencia de las imágenes y las imágenes de los insurgentes",
en Pinceles de la historia. De la patria criolla a la nación mexicana
1759-1860, México, Museo Nacional de Arte, 2000, p. 140-142.
[ 26 ] Biblioteca Nacional
de México, Fondo Lafragua, LAF 708, Recuerdo que el Ayuntamiento
Constitucional de México dirige a sus moradores en la solemne traslación,
funeral y depósito de las cenizas de los héroes beneméritos de la patria que
por decreto del Soberano Congreso Mexicano se han de celebrar el día 17 de
septiembre del presente año de 1823, México, Imprenta de Ontiveros, 1823,
11 p.
[ 27 ] Enrique Florescano,
"Imágenes de la patria a través de los siglos. Los orígenes: la Diosa
Madre ", en Suplemento especial de La Jornada, jueves 3 de junio de
2004.
[ 28 ] Esta estatua fue
obra de Pedro Patiño Ixtolinque. Véase nota 3.
[ 29 ] El Zapoteco,
Oaxaca, 3 de febrero de 1833, citado en El Telégrafo, 12 de febrero de
1833.
[ 30 ] El Zapoteco,
Oaxaca, 3 de febrero de 1833, citado en El Telégrafo, 12 de febrero de
1833.
[ 31 ] Carlos María de
Bustamante, Diario de lo especialmente ocurrido en México (microfilm),
martes 12 de febrero de 1833.
[ 32 ] Al Benemérito de
la Patria en grado heroico ¡Vicente Guerrero!, Oaxaca, Imprenta del
Gobierno a cargo de C. Juan Oledo, 1833. Dado que no he podido localizar este
texto, cito acá lo que sobre él escribió Jorge Fernando Iturribarría en Los
funerales del general Vicente Guerrero, México, 1933, s. p. i.
[ 33 ] Se llamaban
evangelios unos libritos pequeños forrados en seda, que contenían el principio
del Evangelio de San Juan y tres capítulos de los otros tres evangelistas.
Solía ponerse a los niños entre otras reliquias y dijes colgados en la cintura.
Véase Martín Alonso, Enciclopedia del idioma, Madrid, Aguilar, 1968.
[ 34 ] J. Fernando
Iturribarría, Los funerales del general Vicente Guerrero, México, 1933,
s. p. i., p. 9, 10 y 16.
[ 35 ] J. Fernando
Iturribarría, Los funerales del general Vicente Guerrero, México, 1933,
s. p. i., p. 8-16.
[ 36 ] Manuel Dublán y José
María Lozano, Legislación mexicana o colección completa de las disposiciones
legislativas expedidas desde la Independencia hasta la República, México,
Imprenta del Comercio de Dublán y Chávez, 1876-1877, 17 de noviembre de 1833.
[ 37 ] Manuel Dublán y José
María Lozano, Legislación mexicana o colección completa de las disposiciones
legislativas expedidas desde la Independencia hasta la República, México,
Imprenta del Comercio de Dublán y Chávez, 1876-1877, 12 de febrero de 1834.
[ 38 ] La Lima de
Vulcano, sábado 22 de febrero de 1834.
[ 39 ] J. Fernando
Iturribarría, Los funerales del general Vicente Guerrero, México, 1933,
s. p. i., p. 17.
[ 40 ] "Decreto del
Congreso para las Honras de Agustín de Iturbide", 6 de agosto de 1838, en
José Ramón Pacheco, Descripción de la solemnidad fúnebre con que se honraron
las cenizas del héroe de Iguala don Agustín de Iturbide, en octubre de 1838,
México, Ignacio Cumplido, 1849, p. 62-63.
[ 41 ] "Honras a
Agustín de Iturbide", 1838, Universidad de Texas en Austin, Latin
American Manuscript Collection, g 85.
[ 42 ] José Ramón Pacheco, Descripción
de la solemnidad fúnebre con que se honraron las cenizas del héroe de Iguala
don Agustín de Iturbide, en octubre de 1838, México, Ignacio Cumplido,
1849, p. 63.
[ 43 ] "Dos huesos al
parecer femorales. Dos ídem tibias. Dos dichos del antebrazo. Dos ídem del
brazo. Cuatro piezas más que no se clasifican. Dos ídem del omóplato. Dos ídem
de la cadera. Dos ídem que parecen del esternón. Seis pedazos de cráneo. Uno ídem
de la mandíbula superior. Uno ídem de la mandíbula inferior. Una parte superior
de la espina. Ciento nueve fragmentos entre costillas, apóndiles, etcétera. Un
pedazo género bordado. Una hebilla de tirante." Ibid., p. 65.
[ 44 ] El relato romántico
de esta muerte sigue significando un enigma porque no conocemos suficientemente
bien su biografía. Se ha señalado la trayectoria insurgente de Mier y Terán y
su oposición a Iturbide y sabemos por otro lado que desfiló en la ciudad de
México como parte del ejército trigarante en 1821. Si bien no se ha puesto en
duda que se trató de un suicidio, las versiones sobre el lugar físico del
deceso varían. Además de la que yo cito, existe la que sostiene que murió en la
habitación en la que Iturbide pasó sus últimas horas antes de ser fusilado y
otra que dice que lo hizo tras un paredón arruinado cerca de la iglesia de
Padilla.
[ 45 ] José María Díaz
Noriega, Funestos recuerdos del Libertador de México. Exhumación y
autenticidad de sus respetables restos conducidos desde Padilla y depositados
actualmente en la Santa Iglesia Catedral, que al señor coronel D. José Ramón
Malo, dedica el general..., oficial mayor jubilado del Ministerio de Guerra y
Marina, secretario honorario de Estado y del Despacho, México, Imprenta de
J. M. Lara, 1860, p. 8, 9, 11, 12 y 14.
[ 46 ] José María Díaz
Noriega, Funestos recuerdos del Libertador de México. Exhumación y
autenticidad de sus respetables restos conducidos desde Padilla y depositados
actualmente en la Santa Iglesia Catedral, que al señor coronel D. José Ramón
Malo, dedica el general..., oficial mayor jubilado del Ministerio de Guerra y
Marina, secretario honorario de Estado y del Despacho, México, Imprenta de
J. M. Lara, 1860, p. 6, 24 y 25. Este autor pretendía demostrar a partir de la
frenología, la inteligencia y el liderazgo que se percibían por el enorme
tamaño del cráneo. Asimismo Carlos María de Bustamante anotó en su diario que
visitó San Francisco y que en la celda del padre guardián tuvo en sus manos
"la calavera que es enorme" a la que le faltaba la parte delantera.
[ 47 ] José María Díaz
Noriega, Funestos recuerdos del Libertador de México. Exhumación y
autenticidad de sus respetables restos conducidos desde Padilla y depositados
actualmente en la Santa Iglesia Catedral, que al señor coronel D. José Ramón
Malo, dedica el general..., oficial mayor jubilado del Ministerio de Guerra y
Marina, secretario honorario de Estado y del Despacho, México, Imprenta de
J. M. Lara, 1860, p. 32.
[ 48 ] José Ramón Pacheco, Descripción
de la solemnidad fúnebre con que se honraron las cenizas del héroe de Iguala
don Agustín de Iturbide, en octubre de 1838, México, Ignacio Cumplido,
1849, p. 39.
[ 49 ] "Agustín de
Iturbide. Autor de la independencia mexicana. Compatriota, llóralo. Pasajero,
admíralo. Este monumento guarda las cenizas de un héroe. Su alma descansa en el
seno de Dios."
[ 50 ] No hay que olvidar
que don Anastasio pidió que, cuando él muriera, su corazón fuera depositado
junto a los restos de su amado Iturbide, lo que se cumplió en el año de 1853.
[ 51 ] En 1921 el nombre de
Iturbide fue borrado de la Cámara de Diputados el 6 de octubre, por decisión de
una mayoría de 77 votos contra 5.
[ 52 ] M. B. G., Salutación
y elogio funerario a los venerables restos del héroe de Iguala, México,
Imprenta de Luis Abadiano y Valdés, 1838.
[ 53 ] José Ramón Pacheco, Descripción
de la solemnidad fúnebre con que se honraron las cenizas del héroe de Iguala
don Agustín de Iturbide, en octubre de 1838, México, Ignacio Cumplido,
1849, p. 8.
[ 54 ] J. C. M., Del
grande Iturbide se puede decir que vino a reinar después de morir, México,
Impreso por Ignacio Ávila, 1838.
[ 55 ] J. C. M., Del
grande Iturbide se puede decir que vino a reinar después de morir, México,
Impreso por Ignacio Ávila, 1838.
[ 56 ] J. R. Pacheco, Descripción
de la solemnidad fúnebre con que se honraron las cenizas del héroe de Iguala
don Agustín de Iturbide, en octubre de 1838, México, Ignacio Cumplido,
1849, p. 41.
[ 57 ] Carlos María de
Bustamante, Diario de lo especialmente ocurrido en México (microfilm),
octubre de 1838.
[ 58 ] Archivo General de
la Nación, Ministerio de Gobernación, s/s, caja 293, exp. 4.
[ 59 ] Anónimo, Oración
fúnebre al Sr. Agustín de Iturbide pronunciada en la santa iglesia
metropolitana de México en el día 28 de septiembre del año de 1849 por Manuel
Moreno y Jove, México, Impresa en la calle de la Alcaicería n. 12, a cargo
de José A. Amacosta, 1850.
[ 60 ] Manuel Dublán y José
María Lozano, Legislación mexicana o colección completa de las disposiciones
legislativas expedidas desde la Independencia hasta la República, México,
Imprenta del Comercio de Dublán y Chávez, 1876-1877.
[ 61 ] Anónimo, Oración
fúnebre al Sr. Agustín de Iturbide pronunciada en la santa iglesia
metropolitana de México en el día 28 de septiembre del año de 1849 por Manuel
Moreno y Jove, México, Impresa en la calle de la Alcaicería n. 12, a cargo
de José A. Amacosta, 1850.
[ 62 ] El Universal,
17 de septiembre de 1921.
[ 63 ] Para recrear la
ceremonia he utilizado lo escrito por Carlos María de Bustamante en Apuntes
para la historia del gobierno del general don Antonio López de Santa Anna,
México, Fondo de Cultura Económica-Instituto Cultural Helénico, 1986, edición
facsimilar de la de Mariano Lara en 1845, p. 84-87; El Siglo Diez y Nueve
y El Diario del Gobierno, 28 y 29 de septiembre de 1842, y Brantz Mayer,
México, lo que fue y lo que es, México, Fondo de Cultura Económica,
1953, p. 272.
[ 64 ] No puedo dejar de
relacionar el caso de la pierna de Santa Anna con "la mano" -así se
nombra popularmente- de Álvaro Obregón. Ambos se han considerado paradigmas de
lo que se ha definido como prototipo de un caudillo y tuvieron en su haber el
que sus reliquias amputadas recibieran algún homenaje. La "mano" de
Álvaro Obregón fue conservada en formol y por décadas fue vista por mucha gente
en el monumento que se le dedicó en el sur de la ciudad de México. Ambos
ejemplos nos hablan de las exageraciones a las que se llegó en esa tarea de
fomentar el culto a los héroes.
[ 65 ] Carlos María de
Bustamante, Apuntes para la historia del gobierno del general don Antonio
López de Santa Anna, México, Fondo de Cultura Económica-Instituto Cultural
Helénico, 1986, edición facsimilar de la de Mariano Lara en 1845.
[ 66 ] Carlos María de
Bustamante, Diario histórico de México, julio-diciembre de 1823, México,
Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1981, sábado 7 de diciembre de
1844.
[ 67 ] Diario del
Gobierno, viernes 6 de diciembre de 1844.
[ 68 ] Carlos María de
Bustamante, Diario histórico de México, julio-diciembre de 1823, México,
Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1981.
[ 69 ] El Siglo Diez y
Nueve, sábado 7 de diciembre de 1844.
[ 70 ] Antonio López de
Santa Anna, Mi historia militar y política, 1810-1874, tomado de Documentos
inéditos o muy raros para la historia de México, publicados por Genaro García y
Carlos Pereyra, México, Editora Nacional, 1973, t. 2, p. 59.
[ 71 ] Santa Anna murió
afectado por una diarrea crónica, en su casa de la ciudad de México, el 21 de
junio de 1876. Sus restos descansan en el panteón de la villa de Guadalupe, en
el que tiene un pequeño mausoleo cuya lápida comparte su nombre con el de su segunda
esposa Dolores Tosta.
[ 72 ] Colección de
documentos históricos mexicanos, París/México, Secretaría de Guerra y
Marina, Librería de Ch. Bouret, 1920, t. i, p. 316-327, y Universidad de Texas
en Austin, Latin American Collection, Mariano Riva Palacio Papers, n.
1361.
[ 73 ] José María Pérez
Hernández, Diccionario geográfico, estadístico, histórico, biográfico, de
industria y comercio de la República Mexicana, México, Imprenta del Cinco
de Mayo, 1875, t. 3.
[ 74 ] El Siglo Diez y
Nueve, sábado 3 de diciembre de 1842.
[ 75 ] El Cosmopolita,
sábado 3 de diciembre de 1842.
[ 76 ] J. Fernando
Iturribarría, Los funerales del general Vicente Guerrero, México, 1933,
s. p. i., p. 32.
[ 77 ] Biblioteca Nacional
de México, Fondo Reservado, LAF 125, Secretaría de Guerra y Marina,[Certificado
del director del Hospital Militar de la fortaleza de Perote sobre la enfermedad
y muerte de Guadalupe Victoria], Diario del Gobierno de la República
Mexicana, México, domingo 9 de abril de 1843.
[ 78 ] Manuel Dublán y José
María Lozano, Legislación mexicana o colección completa de las disposiciones
legislativas expedidas desde la Independencia hasta la República, México,
Imprenta del Comercio de Dublán y Chávez, 1876-1877, 8 de abril de 1843.
[ 79 ] Bolívar murió el 17
de diciembre de 1830 cerca del pueblo de Santa Marta, en Colombia. En 1842 el
Congreso de Venezuela decretó que sus restos se trasladarían a su capital. En
México se comentaba la noticia hacia los primeros meses de 1843. Un año después
El Museo Mexicano publicó un artículo sobre los pormenores del acto.
[ 80 ] Diccionario
Porrúa. Historia, biografía y geografía de México, México, Porrúa, 1976.
[ 81 ] José María Miquel i
Vergés, Diccionario de insurgentes, México, Porrúa, 1969.
[ 82 ] José María Roa
Bárcena, Recuerdos de la invasión norteamericana (1846-1848), México,
Porrúa, 1947, t. 3, p. 137 y 403.
[ 83 ] El Siglo Diez y
Nueve, 21 de agosto de 1848. Corre asimismo la versión de que sus restos
quedaron en la base de un monumento que mandó construir Ignacio Comonfort en
1856 en el atrio del convento de Churubusco, en honor de los caídos en la
batalla del mismo nombre. Véase Monografías mexicanas. Convento Dieguino de
Santa María de los Ángeles, Churubusco, México, Instituto Nacional de
Antropología e Historia, 1947, p. 47.
[ 84 ] Anónimo, "17 de
septiembre de 1848. A los grandes hombres que murieron en el valle de México en
tiempo de la invasión norteamericana", Calendario de Ontiveros para el
año de 1850, México, Santiago Pérez.
[ 85 ] Además de los
militares, hablaron en esa tribuna José María Lacunza, Guillermo Prieto, Félix
María Escalante, un oficial de la guardia nacional apellidado Gutiérrez y un
alumno del Colegio de San Gregorio.
[ 86 ] El Monitor
Republicano, martes 19 de septiembre de 1848, y anónimo, "17 de
septiembre de 1848. A los grandes hombres que murieron en el valle de México en
tiempo de la invasión norteamericana", Calendario de Ontiveros para el
año de 1850, México, Santiago Pérez.
[ 87 ] En 1879 trasladaron
los restos de Xicoténcatl al panteón de San Fernando.
[ 88 ] Los trabajos en
metal fueron obra de los señores Dantan y Aburto, la urna de madera la hizo
Mateo Tinoco y el cajón y la gasa de plata el antiguo tapicero Juan Cano.
"La urna para los restos de los mártires de nuestra independencia", El
Universal, sábado 27 de julio de 1895.
[ 89 ] "La extracción
de los restos de los héroes de la independencia", El Universal,
sábado 27 de julio de 1895.
[ 90 ] "La
manifestación a Hidalgo", El Universal, viernes 26 de julio de
1895.
[ 91 ] La noticia de que
había disparos en esa calavera, despertó la polémica y la aportación de nuevos
datos. Se supo que hacia 1893, Ángel Pola escribió que había tenido en sus
manos un cráneo grande, perfecto, de color oro viejo, con las letras Ho,
sin maxilares y mutilado desde la parte inferior de las órbitas. En ese año de
1895 una comisión compuesta por José María de la Fuente, Nicolás León y Jesús
Galindo y Villa bajó a la cripta del Altar de los Reyes en la catedral,
interesada en estudiar los restos de los héroes y, aunque León se propuso hacer
un estudio antropológico especial de los cráneos de Hidalgo, Allende, Aldama,
Jiménez y Morelos, éste nunca se dio a conocer.
[ 92 ] El Universal,
viernes 26 de julio de 1895.
[ 93 ] "Los restos de
los héroes de la independencia", El Universal, miércoles 31 de
julio de 1895.
[ 94 ] El Universal,
miércoles 31 de julio de 1895.
[ 95 ] El ácido esteárico
está contenido en las grasas animales y se usa para la fabricación de velas.
[ 96 ] El Universal,
miércoles 31 de julio de 1895.
[ 97 ] El Universal,
miércoles 31 de julio de 1895. El presidente haría un año después -septiembre
de 1896- el traslado a Palacio Nacional de la campana que Hidalgo tocó en
Dolores en 1810. Según el periódico que recogió la nota, Porfirio Díaz habría
dicho que le correspondía por derecho velar por esa campana que tomaba como
"la más inapreciable reliquia, pues ella vendrá a ser como el fonógrafo
que guarde la voz misma del cura Hidalgo convocando al pueblo mexicano a luchar
por su libertad". Cada vez que se tocara, "recordaría esa voz".
Véase El Universal, martes 15 de septiembre de 1896.
[ 98 ] El Universal,
jueves 1o., 6 y 7 de agosto de 1895.
[ 99 ] El Universal,
jueves 1o., 6 y 7 de agosto de 1895.
[ 100 ] "Las cenizas de
los próceres de la independencia han sido trasladadas a la cripta de la
Reforma", Excélsior, jueves 17 de septiembre de 1925.
[ 101 ] Esperaban también a
una de las nietas de Leona Vicario que era enfermera, pero no se da cuenta de
si efectivamente llegó al acto.
[ 102 ] Con respecto a los
restos de Vicente Guerrero, Andrés Quintana Roo y Leona Vicario, no está claro
desde cuándo estaban en catedral. Es posible también que hayan sido llevados
ahí días antes del traslado al monumento a la Independencia. Pudo haber sucedido
algo similar con los de Guadalupe Victoria. Quintana Roo murió en abril de 1851
y fue sepultado en el santuario de Nuestra Señora de los Ángeles. En 1900 se
tributaron honores a sus restos y fueron trasladados a la Rotonda de los
Hombres Ilustres, donde permanecieron hasta 1925. En cuanto a Leona Vicario, su
esposa, ella murió el 21 de agosto de 1842, y en 1900 también sus cenizas
fueron a la rotonda y, luego, en 1925 al monumento a la Independencia.
[ 103 ] El Universal,
jueves 17 de septiembre de 1925.
[ 104 ] Excélsior,
jueves 17 de septiembre de 1925.
[ 105 ] Excélsior,
jueves 17 de septiembre de 1925.
[ 106 ] El Universal,
jueves 17 de septiembre de 1925.
[ 107 ] Excélsior,
domingo 30 de noviembre de 1925.
[ 108 ] Excélsior,
domingo 20 de diciembre de 1925.
[ 109 ] Fray Servando Teresa
de Mier murió el 27 de diciembre de 1827 y fue enterrado en uno de los
sepulcros de los dominicos. El 13 de mayo de 1842 el cadáver fue exhumado y se
encontró en perfecto estado de desecación por lo que fue colocado en el osario
del convento. Véase Calendario profético para el año de 1862, México,
Tipografía de M. Murguía Editor, p. 41. A propósito de esta momia, corrió el
rumor de que, una vez que estaba fuera de México, fue comprada por un circo
para exhibirla como una de sus atracciones.
[ 110 ] Excélsior,
jueves 17 de septiembre de 1925. De paso escribieron que tampoco se sabía dónde
estaban los restos de Sor Juana, los de Juan Ruiz de Alarcón y los de los Niños
Héroes.
[ 111 ] Enrique Florescano,
"Imágenes de la patria a través de los siglos. Los orígenes: la Diosa
Madre", en Suplemento especial de La Jornada, jueves 3 de junio de
2004.
[ 112 ] Hugo Francisco
Bauzá, El mito del héroe. Morfología semántica de la figura heroica,
México, Fondo de Cultura Económica, 1998, p. 5-7.
[ 113 ] Jean Pierre Vernant,
"Cuerpo oscuro, cuerpo resplandeciente", en Fragmentos para una
historia del cuerpo humano, editado por Michel Feher con Ramona Naddaff y
Nadia Tazi, Madrid, Taurus, 1990, t. 1, p. 34.
[ 114 ] El Monitor
Republicano, martes 19 de septiembre de 1848.
[ 115 ] Jean Pierre Vernant,
"Cuerpo oscuro, cuerpo resplandeciente", en Fragmentos para una
historia del cuerpo humano, editado por Michel Feher con Ramona Naddaff y
Nadia Tazi, Madrid, Taurus, 1990, t. 1, p. 33.
[ 116 ] El Cosmopolita,
sábado 3 de diciembre de 1842, y El Siglo Diez y Nueve, de la misma
fecha.
[ 117 ] Lucas Alamán, Lucas
Alamán, Historia de Méjico desde los primeros movimientos que prepararon su
independencia el año de 1808 hasta la época presente, México, Imprenta de
Lara, 1850, t. II.
[ 118 ] Manuel Rivera
Cambas, México pintoresco, artístico y monumental, México, Imprenta de
la Reforma, 1880, v. 1, p. 421-422. Según este autor, la estatua de Morelos
tenía poca semejanza con el personaje, y apenas daba una idea de sus rasgos
característicos. Según el Diccionario Porrúa, la estatua de Morelos fue
ordenada por Mariano Riva Palacio en 1857 para ser colocada en San Cristóbal
Ecatepec, pero la situación política impidió que se pusiera ahí. Fue obra del
artista Antonio Piatti, quien cobró 12 000 pesos. Finalmente Maximiliano ordenó
que se colocara en Guardiola el 30 de septiembre de 1865 para conmemorar el
centenario del nacimiento del caudillo. En 1868 fue trasladada al jardín entre
las iglesias de Santa Veracruz y San Juan de Dios. Posteriormente fue instalada
en la Ciudadela en un monumento que ordenó hacer el presidente León de la Barra
y que inauguró Madero el 2 de mayo de 1912 -en el centenario del sitio de
Cuautla- y que hasta el día de hoy permanece ahí.
[ 119 ] Francisco Sosa, Las
estatuas de la Reforma. Noticias biográficas de los personajes en ella
representados, México, Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento,
1900.
Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, Marcela Terrazas y
Basante (editora), Alfredo Ávila (editor asociado), México, Universidad
Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, v. 30
LAS RELIQUIAS Y SUS HÉROES
María del Carmen Vázquez Mantecón
galería de imágenes
Casimiro Castro, “Traslado de las cenizas de Iturbide a catedral”,
en José Ramón Pacheco, Descripción de la solemnidad fúnebre con que se
honraron las cenizas
del héroe de Iguala don Agustín de Iturbide en octubre de 1838, México,
Ignacio Cumplido, 1849. Grabado
Anónimo, “Homenaje a las cenizas de Iturbide en el interior de la iglesia
de San Francisco”, en José Ramón Pacheco, Descripción de la solemnidad
fúnebre con que se honraron las cenizas del héroe de Iguala don Agustín de
Iturbide en octubre de 1838, México, Ignacio Cumplido, 1849. Grabado
Anónimo, “Homenaje a las cenizas de Iturbide en el interior de catedral”,
en José Ramón Pacheco, Descripción de la solemnidad fúnebre con que se
honraron las cenizas
del héroe de Iguala don Agustín de Iturbide en octubre de 1838, México,
Ignacio Cumplido, 1849. Grabado
“Altar a Iturbide en la Catedral”,
en Enrique Krauze, Siglo de caudillos, Barcelona, Tusquets, 1994.
Fotografía anónima
Anónimo, “Carro fúnebre en que se condujeron los restos del libertador
Simón Bolívar en 1842”,
en El Museo Mexicano, México, Ignacio Cumplido, 1844, t. 3. Grabado
Anónimo, “La momia de fray Servando Teresa de Mier en 1842”,
en Calendario profético para el año de 1862, México, Tipografía de M.
Murguía. Grabado
Anónimo, en “A los grandes hombres que murieron en el valle de México en
tiempo de la invasión norteamericana. La patria agradecida les tributó un justo
homenaje a sus virtudes el 17 de septiembre de 1848”, Calendario de
Ontiveros para el año de 1850, México, Santiago Pérez. Grabado
Mausoleo a Vicente Guerrero en el Panteón de San Fernando,
en José Manuel Villalpando, El Panteón de San Fernando, México,
Porrúa, 1981. Fotografía anónima
“Urna en la que depositaron a los héroes de la independencia en 1895”,
en El Universal, sábado 27 de julio de 1895. Dibujo anónimo
Fotografía anónima: “El presidente Calles en el homenaje a las cenizas
de los héroes de la independencia en el monumento de Paseo de la Reforma”,
en El Universal, 17 de septiembre de 1925
Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, Marcela Terrazas y Basante (editora), Alfredo Ávila (editor asociado),
México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones
Históricas, v. 30, 2005, p. 47-110.
https://moderna.historicas.unam.mx/index.php/ehm/article/view/3129/68729
https://moderna.historicas.unam.mx/index.php/ehm/article/view/3129/68803










