jueves, 3 de octubre de 2019


BRINDANDO CON VINO:

¿QUIÉNES ERAN LOS PARTICIPANTES DE LA MESA ÍBERA?

Queridos lectores como siempre poniendo datos de interés, ya sabéis para que aprendáis, Luís Ángel Flores Blanco, con Maestría en Arqueología Prehistórica, investiga con este trabajo la repercusión de la introducción del vino en la mesa ibera, partiendo de la importancia que tiene el compartir en la mesa con su modo de vida, el simbolismo social que de ella se desprende y las relaciones de poder que surgen de estos nuevos brindis. Sustento que si bien el vino no trajo consigo un nuevo modo de mesa, sí fue usada por las élites locales como instrumento de distinción social que, junto con otros factores, ayudó a ser más compleja a la sociedad peninsular.

Espero sea de vuestro agrado.

INTRODUCCIÓN

La alimentación es el hecho más primario de la vida de los seres humanos. Como elemento lleno de esencia humana, la alimentación distingue a una cultura y los pueblos son reacios a someterla a cambios rápidos, por lo cual, modificaciones en la misma pueden ser tomadas como indicador de procesos significativos en un grupo social, y no solo como un mero acto orgánico (Oliver, 2000: 15-16).
La alimentación ha servido, y sirve también como agente de diferenciación social. Los alimentos al ser tan importantes, tanto fisiológica como culturalmente, han asumido cierta potestad en la estructuración social, en la que el atesoramiento de ciertos alimentos, valorados de distinto modo en la sociedad, ya sea por su naturaleza exótica y/o simbólica, pasan a tener una distribución asimétrica. Es así que la alimentación se convierte en un escenario de representación social, construcción de jerarquías, relaciones de poder y solidaridades sociales (Delgado, 2008: 164; Oliver, 2000: 16; Muñoz, 2012: 641).
Como bien lo ha señalado Arturo Oliver (2000: 41):
“…el paso de los productos agrícolas, de ser un mero alimento de subsistencia… a convertirse también en un valor de intercambio, traerá consigo unos cambios técnicos que persiguen aumentar la producción, y también cambios sociales, solo comparables a los que produjo la aparición de la agricultura durante la neolitización.”.
Pero además, la alimentación está enmarcada en una serie de patrones de conducta, normas o prohibiciones jerárquicas, culturales y religiosas propias de cada colectividad (Cruz, 1991: 13), que le proporcionan una importancia simbólica, en la que se establecen lazos de hospitalidad e identidad entre iguales, que sellan y diferencian a un grupo de otro (Oliver, 2000: 16-17).
De esta forma, los materiales de lujo importados son símbolos de poder de un estamento social concreto (Oliver, 2000: 138). Uno de esos suministros especiales, producto de la distinta valoración económica y social, fue la bebida alcohólica, siendo la cerveza y el vino las principales para el Viejo Mundo. En diferentes contextos, se ha demostrado que el alcohol es un elemento de cohesión social y de afianzamiento comunal (Cabrera, 1995; Gracia, 1995; Oliver, 2000: 139). Pero el alcohol también es un apreciado suministro de lujo y un indicador de riqueza y estatus, siendo tal vez el mejor ejemplo de alimento suntuoso, en el que sin ser necesario para la alimentación básica, se invirtió ingentes excedentes de producción y trabajo (Arthur, 2003: 516-517; Dietler, 1990; Joffe, 1998; Rojo et al., 2006; Sherratt, 1987: 90-93). Por lo cual no es casualidad que bebidas alcohólicas, como el vino, estuvieran, en un principio, reservadas para las élites (Quesada, 1995: 277; Muñoz, 2012: 639).
En este artículo centraré mi atención en el rol sociológico que cumplió el vino en los banquetes íberos, rastreando sus diferencias con la forma griega de symposion y tratando de entender su función social en la península. Postulamos que tanto el vino como la vajilla asociada fueron expresiones de distinción social de la élite, pero al mismo tiempo elementos de cohesión entre los “iguales” invitados a la mesa, una forma de construir un “ser / pertenecer” a un grupo de poder íbero.

LA LLEGADA DE VINO A LA PENÍNSULA IBÉRICA

Desde el siglo VIII a.C. en adelante, las costas del Mediterráneo presentarían un mosaico cultural variado, de grupos orientales, sirios, arameos o chipriotas y principalmente fenicios. Todo este movimiento funcionará como catalizador de los cambios que se dieron en toda esta región. Con ello se inició también una serie de intercambios de productos de valor económico y simbólico, así como una mutua adopción de conocimientos (Belén y Chapa, 1997: 97; Oliver, 2000: 35-36).
Este proceso, que se venía gestando autóctonamente desde el siglo XI a.C., se precipitó, al menos para el sudeste peninsular, con el establecimiento de emporios fenicios a partir del siglo VIII a.C.
            Estos establecimientos, muchas veces sirvieron para acoger a una serie de migrantes orientales. Todo ello desencadenó, en la segunda mitad del siglo VII a.C. e inicios del siglo VI a.C., en cambios culturales de la península, que resultaron en lo que se ha venido llamando la cultura Ibérica, que alcanzó una estructura estatal por el siglo IV a.C. (Belén y Chapa, 1997: 99; Gracia y Munilla, 2004: 681-686; Oliver, 2000: 27-28).
Como bien se ha señalado, el establecimiento de relaciones entre foráneos y locales fue muy complejo, donde no se puede hablar de una relación asimétrica de explotación y dominación, por tanto se está lejos de hablar, al inicio, de colonias fenicias, sino más bien de emporios establecidos especialmente a lo largo de la costa mediterránea, que solo después del siglo VI a.C. permitan tal vez hablar de colonias (MarínAguilera, 2012).
La península Ibérica resultó atractiva por sus metales (plata y estaño) y excedentes agropecuarios indígenas, que pudo incluir esclavos. A cambio, las comunidades íberas recibieron gran cantidad de productos exóticos, como perfumes, joyas, tejidos o vinos de calidad, que por su carácter de bienes de prestigio o suntuario fueron acaparados por las elites locales, pero que con el tiempo tuvieron repercusión en toda la sociedad (Belén y Chapa, 1997: 100; San Nicolás y Ruiz, 2000: 91).
Entre estos productos foráneos, llegaron la vid y el vino, contenidos en ánforas, sobre todo fenicias (Guerrero 1995; Domínguez 1995; Oliver 2000: 77), tal como se han reportado para Cerro del Villa de Málaga (Aubet 1990); aunque existen todavía muchas dudas sobre qué contenían esas vasijas (Oliver, 2000: 75-76).
Los primeros datos que tenemos de vino llegado a la península son de los ajuares fenicios y griegos, en las tumbas principescas de la zona de Huelva y en torno a Carmona. Por ejemplo, en la necrópolis de La Joya hay ánforas fenicias (especialmente de tipo R-1), enócoes (jarra para vino), jarros piriformes, aunque llama la atención la escasa presencia de cráteras. Primero, estos datos indicarían que las relaciones comerciales eran básicamente entre locales y fenicios. Segundo, que los recipientes para preparar y consumir el vino llegaron de manera incompleta y desigual (Domínguez, 1995: 42).

PRODUCCIÓN LOCAL DE VINO

El comercio con Grecia, especialmente con los foceos, se intensificó en el siglo VI a.C., no obstante, siguió siendo baja la proporción de ánforas griegas que llegaron a la península. Ello se relacionó con el retroceso de la presencia Fenicia en los mercados tartésicos, ante la caída de Tiro, trayendo consigo la disminución de los intercambios comerciales, como lo evidencia la disminución notable de ánforas fenicias R-1. Este fue un momento adecuado para la expansión aristocrática íbera y con ello el control, en parte, de la producción de vino (Belén y Chapa, 1997: 162; Domínguez, 1995: 48; Guerrero, 1995: 98-99; Muñoz, 2012: 643).
En la actualidad, se tienen evidencias de algunos lugares que sirvieron para la elaboración y/o almacenamiento de vino en la península.
Entre ellos destacan La Quéjola (Albacete), el Poblado de San Cristóbal y la Torre de Doña Blanca (Cádiz), Pecio del Sec (Mallorca), por referirnos a algunos.
Por ejemplo, en el yacimiento de Cancho Roano (Badajoz) se han reportado juegos de ponderales, balanzas, sellos y, lo más importante, unas 100 ánforas locales con capacidad para unos 5000 litros (Guerrero, 1995: 99).
Otro caso similar, y tal vez uno de los sitios más importantes que concentran una rica información del tema aquí tratado, sea Alto de Benimaquia (Alicante). Se trata de un poblado fortificado con una serie de lagares con las balsas para pisar el fruto, depósitos para recibir el mosto y zonas de almacenamiento para el vino, donde además se han descubierto gran cantidad de semillas de uva y ánforas fenicias del tipo R-1, muchas de ellas de fabricación local (Guerrero, 1995: 102-103). Estos talleres de ánforas también han sido identificados en Peña Negra, Castellar de Librilla, Pinos Puente, entre otros (Domínguez, 1995: 48). El desarrollo de la explotación local de la vid se confirma en otros lugares de la península, como en Emporion, en torno al siglo V a.C. (Gracia, 1995: 315).




CONTROL DE LA PRODUCCIÓN Y DISTRIBUCIÓN DE VINO: REFORZAMIENTO DE LA ELITE ÍBERA

La innovación técnica y el ingreso de nuevos cultivos tendrán cierta consecuencia en la valía de la tierra como dispositivo de riqueza estable. A la larga tuvo repercusión en los sistemas económicos, en la organización de la sociedad y en las relaciones de poder, ya que empezaron a surgir concentraciones de terrenos en manos de ciertos grupos sociales (Marín-Aguilera, 2012: 156). El reflejo de estos cambios también se manifestó en la aparición de cultos y deidades relacionados al cultivo, como Demeter diosa protectora de la agricultura (Belén y Chapa, 1997: 101; Oliver, 2000: 46-47).
Todo este proceso, que se venía gestando desde el Bronce final y se consolidó durante la Edad de Hierro, incluyó innovaciones técnicas. El uso del arado y nuevas herramientas en base de hierro (azadas, layas, alcotanas, podones, entre otras), el empleo de abonos y de sistemas de regadío permitieron el cultivo extenso de nuevas parcelas (Belén y Chapa, 1997: 101; Oliver, 2000: 45-46; Ruiz-Gálvez, 1992, 1998).
Entonces, estaban dadas las condiciones necesarias para el crecimiento de la frontera agrícola, que exigió la introducción de cultivos foráneos, que en el caso de especies como la vid y el olivo, requieren características orográficas y edafológicas especiales (Oliver, 2000).
Uno de estos ejemplos de colonización agrícola y cambio en la organización de la tierra es el que se llevó a cabo en Guadalquivir, a mediados del siglo VII a.C., estableciéndose límites explícitos entre los diversos grupos de poder. Esto generó una situación que ha sido entendida en doble sentido, por un lado un desarrollo indígena, y por otro lado, debido a la interacción generada por la presencia de emporios en el litoral (Belén y Chapa, 1997: 157; Ruiz y Molinos, 1993).
Por ser un bien de lujo, era imprescindible intervenir en la producción y distribución del vino. Quien controlaba los bienes de prestigio tenía el poder, en lo social, político, religioso y militar. Por eso las élites del mundo antiguo intentaron tener bajo sus redes todo el proceso del vino (Muñoz, 2012: 645). En Iberia parece que este también fue el caso, tal como lo indican los datos de Benimaquia, la Quéjola y de Cancho Roano (Guerrero, 1995; Oliver, 2000: 139).
Sin embargo, no todos tenían las capacidades y condiciones sociales y económicas para controlar la producción del vino ya que el cultivo de la vid requiere, por lo menos, diez años para ser rentable, o al menos tres para ser aprovechable. Se trata de un largo proceso que incluye el sembrado, la vendimia, la fabricación del vino en los lagares, el almacenamiento y vigilancia de la fermentación, así como la planificación de una producción de envases estandarizados. Si a todo ello hay que sumar la construcción de rutas comerciales seguras y el contacto con los compradores aptos para el consumo del vino; se tendría que pensar en un grupo dedicado a la panificación y control centralizado de la producción (Guerrero, 1995: 93; Muñoz, 2012: 646).
Es así que la relación entre comerciantes y aristócratas locales incentivó una compleja red comercial, que mantuvo un “circuito interior” para la distribución de los productos de los emporios costeros hacia el interior, y “un circuito exterior” en el comercio a larga distancia (Gracia, 2008: 505).
Tal vez un buen ejemplo de ese control en la producción y distribución de vino sea los datos del yacimiento de Cancho Roano, donde se han reportado juegos de ponderales, balanzas, sellos, y lo más importante, unas 100 ánforas locales, que habrían contenido unos 5000 litros. Otro caso similar es el de Alto de Benimiquia, donde se ha hallado dependencias dedicadas, como ya se ha señalado en este trabajo, a la producción vinícola (Guerrero, 1995: 99-103).
Entonces, como bien ha señalado Ruiz y Molino (1993: 238), la relación entre colonos comerciantes y aristócratas locales permitió no solo el control de un primer circuito de llegadas de bienes exóticos como el vino y vasijas como las cráteras, sino que además les facilitó el control de un segundo circuito, la distribución de ciertos productos hacia su propia comunidad. Esta estrategia tiene que haber reforzado la posición de la élite frente a la comunidad.


EL CONSUMO DEL VINO COMO PARTE DE BANQUETES ÍBEROS ¿CÓMO Y QUIÉNES ERAN LOS INVITADOS?

El uso de vino en la península ibérica abarcó distintos ámbitos: en rituales funerarios de cremación, en protocolos religiosos, en el ámbito militar para insuflar valor y como elemento de banquetes (Belén y Chapa, 1997: 101; Quesada, 1995; Muñoz, 2012: 645).
Para el caso de los banquetes íberos existen pocos testimonios directos, y sólo nos permiten intentar dilucidar a partir de ellos cómo sería el banquete entre los íberos (Muñoz, 2012: 644). Tenemos básicamente evidencias de viandas arqueológicas, la representación iconográfica de un posible banquete, en el relieve del sepulcro de Pozo Moro (Almagro 1983) y escuetos relatos de historiadores griegos.
Si bien la representación de Pozo Moro se desenvuelve en un espacio y tiempo mítico, el “terrorífico banquete infernal” (Chapa, 2003: 104) representa la escena central del relato (Prieto, 2000: 345). A partir de ella, podemos sacar dos conclusiones importantes. La primera, en este banquete hay un especial énfasis en el acto de comer, y no tanto en el de beber (Muñoz, 2012: 644). Datos arqueológicos de Cancho Roano refuerzan esa idea, allí se encontraron tres estancias, con una serie de vasos, jarras, cuencos, un braserillo de bronce y platos con múltiples alimentos, que además habrían contenido cereales y bebidas, probablemente vino y agua. Pero además destaca, en una de las estancias, una olla repleta de huesos de cabra contigua a dos asadores (Celestino, 2009: 120). Este banquete íbero se debió haber completado con abluciones en palanganas y otros recipientes rituales, así como el quemado de perfumes (Muñoz, 2012: 643).
Lo segundo que puedo señalar es que, entre los íberos, los banquetes aparecen como una actividad más individual que colectiva, y básicamente palaciega (Domínguez, 1995: 44). En relación a la disposición de los banquetes, en la misma iconografía de Pozo Moro, si consideramos como válido lo que en ella se representa, los comensales se disponían sentados. Sin embargo, no sabemos si realmente esta era una costumbre estandarizada en la península, y cuánto influyó la tradición griega y etrusca en esta postura.
Lo que sí está claro es la gran cantidad de retratos de banquete que llegaron a Iberia en las cerámicas pintadas griegas, sobre todo posterior al siglo VII a.C., como las cráteras áticas aparecida en la necrópolis de Alta Andalucía; así como en otros soportes, como el simposio etrusco de bronce, descubierto en El Raso de Candeleda (Domínguez, 1999: 43; Muñoz, 2012: 644; Olmos, 1987; Olmos y Sánchez, 1995). Sin embargo, por todos los indicadores, como la ausencia del conjunto completo de vajillas griegas, las pocas evidencias de testimonios gráficos y escritos, nos hace pensar que no se celebraban banquetes “a la griega” (symposia), sino un ritual desde pautas propias (Muñoz, 2012: 642).
Además, si bien el vino fue considerado una bebida socialmente especial, no siempre formó parte de la mesa íbera. Por otro lado, el menaje griego no contuvo invariablemente vino; así lo probaría la presencia de cráteras usadas para contener restos humanos cremados (Domínguez, 1995; Oliver, 2000: 134; Quesada, 1994). Aunque realmente eso no niega que antes las usasen como contenedores de bebidas (Muñoz 2012); éstas además no tuvieron que ser necesariamente vino, pudiendo ser incluso cerveza, como así lo señala un texto recogido por Ateneo, en una visita de Polibio, en la casa de un rey íbero:
“Homero conoce también toda la suntuosidad de nuestra época. La casa más espléndida era la de Menelao. Polibio supone que era semejante, por el esplendor de su mesa, a la casa de cierto rey ibero. Cuenta que ese rey había tratado de igualar el lujo de los feacios, salvo el hecho de que las cráteras que estaban colocadas en el centro de la casa sólo contenían cerveza de cebada, aunque eran hechas de plata y oro”. (Domínguez, 1999: 53; Moret, 2002-2003: 29).
Este diferente uso se refleja más claramente en los contextos funerarios. Las ánforas completas y vacías, depositadas en los entierros, con una clara posibilidad de uso como contenedores de líquidos para el muerto son frecuentes para los casos de Trayamar 1 y 4. A partir de ello puedo señalar la importancia del vino en el ritual mortuorio. Ello ha posibilitado construir la idea de que estas tumbas monumentales fueron de las familias de la élite (Delgado, 2008: 180).
En esta lógica, si bien puede considerarse al vino como un bien de prestigio, éste era escaso y muy codiciado por las élites íberas, solo algunos lograban acceder a uno de calidad, mientras que los “otros” solo bebían vinos de bajo nivel, falsos vinos o solo cerveza (Domínguez, 1999: 60).
Lo que va quedando claro es que el consumo del vino en la península, si bien pudo influenciar en ciertos hábitos y crear nuevas necesidades de la élite, no llegó a convertirse en una nueva forma de mesa, como hubiera significado la implantación del symposion griego, pero si ayudó a una mayor desigualdad social, con una élite local que construyó un discurso orientalizado para sustentar su poder (Delgado, 2008: 184; Oliver, 2000: 134; Muñoz, 2012: 642; Quesada, 1995).

CONCLUSIONES

El hecho de que hasta en los lugares más remotos de la Península existiera una preocupación por conseguir vajilla griega sugiere que su posesión era importante (Muñoz, 2012: 643). No obstante, su uso exclusivo para el vino no fue algo generalizado y, aunque escaso, es evidente que fue una bebida codiciada, que distinguía a quienes lo bebieran, pero que, sin embargo, se alternó con otras bebidas como la cerveza.
Entonces, podemos concluir que la presencia temprana de vino, mayormente comercializado por fenicios, aunque servido en vasijas griegas, fue una estrategia selectiva que se apoyó en la adopción de dichos bienes exóticos, para crear relaciones de poder y engrandecer la diferenciación social existente. Esta misma acción sirvió como un elemento de cohesión social dentro del grupo de élite, en la que solo los “iguales” eran invitados a la mesa.  
Todo ello fue posible gracias al intercambio comercial emprendido por las élites íberas y grupos mediterráneos, como los fenicios, desde al menos el siglo VIII a.C. Pero luego, se dio un paso importante hacia la complejidad de la sociedad íbera, al menos desde el siglo VI a.C., como respuesta a la compleja red de comercio que se estableció en esos tiempos; se hizo necesario un crecimiento administrativo local para el control de la producción y distribución de productos simbólicamente tan importantes como el vino, siendo necesaria una organización social más compleja.

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Luis Ángel Flores Blanco Maestría en Arqueología Prehistórica, Universidad Complutense de Madrid, España
Lflores78@gmail.com





FENICIOS EN IBERIA




Estimados lectores, para continuar, como el trabajo anterior, pondré  algo de uno de los pueblos con una vocación marinera y comercial que hizo de sus mercaderes los primeros colonos de la península Ibérica. Un trabajo agradable elaborado por Francisco Gracia Alonso, profesor titular de prehistoria de la Universidad de Barcelona.
            Gracias como siempre, por leer y aprender.



Fenicios. Un nombre que evoca a través de los siglos cultos denostados en la Biblia y ventajosas transacciones comerciales que, como relató el profeta Ezequiel, hacían afluir a las ciudades de la costa del Líbano una plétora de objetos y productos de lujo desde todos los rincones del mundo. Pero fenicios son también el dominio de la construcción naval y al orientación en alta mar mediante la observación de la estrella Fenicia (nuestra Estrella Polar); el conocimiento de vientos y corrientes; la apertura de la más larga ruta marítima del mundo antiguo, la que unía Tiro y Gadir, o las míticas exploraciones emprendidas por sus navegantes. Ellos fueron los primeros que circunnavegaron África en el curso de un viaje patrocinado por el faraón Necao a fines del siglo VII a.C., para el que emplearon los mismos navíos que los asirios habían representado en las puertas de los palacios de Balawat y Jursabat doscientos años antes.



TANIT. Divinidad púnica equivalente a Astarté. Fue venerada en la Península cuando los cartagineses reemplazaron a los fenicios. Diosa del amor, la fertilidad, la vida, la prosperidad, la cosecha, la muerte y la luna. Fue una de las diosas más importantes de los cartagineses, ya que defendía una isla sagrada, como era Ibiza, defendida de animales venenosos. Escultura del siglo IV a.C. Puig des Molins. Ibiza.

En España el interés por los fenicios comenzó en el siglo XVI, época en que se obtuvieron los primeros documentos que confirmaban los textos clásicos sobre la presencia fenicia en la península Ibérica. Ésta tenía su primer hito en la fundación de Gadir (Cádiz), que cierta tradición literaria situaba tras la caída de Troya. Creciente durante el siglo XVIII, la investigación se centró precisamente en Cádiz, donde en 1887 se localizó en el paraje de Punta de la Vaca un magnífico sarcófago antropomorfo que representa a un hombre barbado, una pieza del siglo V a.C., procedente de Sidón.

EL VARÓN DE PUNTA DE VACA.

En el siglo V a.C. Cádiz es la ciudad más ilustre y famosa del extremo Occidente. Representa el presente del mundo civilizado, junto al desconocido Océano, el inmenso río que, en la antigua concepción geográfica (homérica) del mundo, rodea la tierra habitada.
            Algunos poderosos adoptan la moda mediterránea y fenicia (originariamente de Tiro) de enterrarse en sarcófagos antropomorfos, que delinean el perfil del cuerpo humano de manera genérica destacándose un rostro en relieve de rasgos idealizados. La idea viene de Egipto y se transforma, con gusto helenizante, en el Mediterráneo Oriental, entre los fenicios.
            Los más tempranos sarcófagos adoptan un estilo griego clásico y se supone que incluso fueron fabricados por artesanos griegos. Estos sarcófagos en piedra de tipo antropomorfo se documentan entre el 480 370 a.C. A un primer momento pertenecen los dos sarcófagos de Cádiz. La actitud serena e idealizada expresa en tránsito de la “muerte bella” del ciudadano. El barón barbado sostiene un objeto, de difícil identificación, quizá una flor.
            Pero las excavaciones sistemáticas sólo comenzaron en la década de 1950, cuando proliferaron los estudios sobre el llamado periodo Orientalizante, la época entre los siglos VIII y VI a.C., en que las influencias procedentes del Levante mediterráneo se hicieron sentir en la Península. La labor de los arqueólogos en el litoral de Málaga y Granada permitió la localización de yacimientos como Toscanos o la necrópolis de Trayamar. Más recientemente, se han sucedido las intervenciones en puntos clave como Castillo de Doña Blanca, Cerro del Villar, La Rábita/La Fonteta, Sa Caleta o Abul, junto a la identificación de productos fenicios y sus imitaciones en numerosos poblados y necrópolis indígenas a lo largo de Andalucía, el Levante y el noreste de la Península, ha permitido formular una visión más plural, aunque menos legendaria de la colonización fenicia.

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¿Qué llevó a los fenicios hasta los más remotos confines de Occidente? Hasta inicios del siglo IX a.C., la actividad económica fenicia se concentraba en el Próximo y el Medio Oriente. Pero este vasto territorio experimentó por entonces importantes transformaciones que orientaron el comercio y la colonización de las ciudades-reino fenicias hacia el Mediterráneo central y occidental.



En primer lugar, la expansión política y militar del Imperio asirio comportó la interrupción del comercio de bienes de lujo con el mar Rojo, así como la supresión de las rutas de suministro de materias primas procedentes de Asia. Con ello cambiaron los productos solicitados en los mercados de la región: el tráfico de oro, piedras preciosas y marfil fue sustituido por la demanda de plata, cobre, estaño y hierro. A la vez, los elevados tributos exigidos por los reyes asirios tras sus expediciones punitivas a la región del Líbano hicieron imprescindible disponer, para satisfacerlos, de grandes cantidades de plata (el patrón monetario básico de la zona). De ahí que, ante la regresión de su comercio y el aumento de las exigencias de los asirios, las ciudades fenicias buscasen nuevas fuentes de suministro, esencialmente de plata obtenida a bajo precio. Ello les permitiría mantener su estatuto político autónomo y contar con una sólida base para reorganizar su economía.


Reconstrucción del perfil de la costa de Gadir en tiempos de los fenicios.
Fuente: Geoarqueología dialéctica en la Bahía de Cádiz. De Oswaldo Arteaga.


En segundo lugar, el aumento de la población de las ciudades fenicias incrementó la presión sobre sus reducidos territorios agrarios, lo que provocó una crisis de subsistencia por falta de alimentos. Se imponía, pues, una reducción progresiva de la población de los enclaves fenicios, que se solucionó mediante la emigración.
 En tercer lugar, la estructura política de las ciudades-reino y su reparto del poder, estrechamente ligado a la religión, provocaba en el seno de la nobleza tensiones que amenazaban el mantenimiento de las dinastías, por lo que tras diversos casos de violencia se forzó el exilio de personajes preeminentes. Así lo refleja el mito de la fundación de Cartago, consecuencia de la huida de Elisa con sus seguidores después de que su hermano, el rey Pigmalión, asesinara a su marido, sacerdote de Melkart.

Todas estas circunstancias influyeron en la expansión colonial fenicia en la Península. Las tesis más aceptadas la definen como el resultado de la política económica de Tiro, destinada a obtener en régimen de monopolio el control de los recursos mineros del área de Tartessos, en el valle del Guadalquivir, para mantener su actividad económica ante la expansión territorial y la presión económica de Asiria. En menor medida, se pretendía también la explotación de los recursos agrarios y pesqueros para facilitar el tráfico comercial tanto con las sociedades indígenas como con las colonias y factorías fenicias del Mediterráneo central.

Colonias Fenicias en Andalucía Oriental

En la Península, las colonias  se organizaron como una red de comunidades independientes y dispersas por todo el territorio, promovidas por élites culturales que influyeron sobre la población local. Los núcleos así creados  evolucionaron con rapidez hasta constituir centros especializados con múltiples funciones económicas. Actualmente pueden distinguirse un mínimo de tres modelos en el proceso colonial: el mercantil, asociado a Gadir y las ciudades de su entorno geográfico; las colonias agrarias o de poblamiento cuyo objetivo era realojar el excedente de población de las ciudades fenicias, consecuencia del crecimiento demográfico y el empobrecimiento de su territorio debido a la deforestación; y, por último, el sistema de conquista promovido por la aristocracia de Cartago.
            En Fenicia existía un amplio conocimiento del potencial económico de las regiones del Mediterráneo central y occidental a través de las navegaciones de los griegos micénicos del Bronce Final, que entre 1400 y 1200 a.C., pusieron en contacto el Levante y el Poniente mediterráneos. Una vez superada la conmoción que las migraciones de los llamados Pueblos del Mar provocaron en el Mediterráneo oriental en torno a la última fecha citada, las ciudades fenicias, formadas desde principios del siglo XII a.C., se convirtieron en las continuadoras naturales de la increíble actividad económica e industrial desarrollada desde antiguo en la zona.

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Cuando la necesidad económica provocó la búsqueda de nuevos mercados y fuentes de materias primas, se recurrió a la antigua información para reabrir las rutas comerciales, una actividad iniciada a principios del siglo IX a.C., en Chipre, donde Kition se considera la primera fundación de Tiro. Las navegaciones alcanzaron rápidamente lugares como la costa de Libia dónde se fundó Azua poco antes del 850 a.C., y Cartago (Tunicia), en la fecha histórica del 814 a.C. según las fuentes clásicas, datación que ha sido confirmada por la arqueología.
            En esta progresión de las navegaciones de Oriente a Occidente encajan las fechas de los primeros asentamientos en la península Ibérica, alrededor del 800 a.C. Sin embargo, en épocas posteriores algunas antiguas colonias fenicias quisieron aumentar su prestigio atribuyéndose una mayor antigüedad. Este hecho, unido a la existencia de textos de base poco fiable, ha llevado a datar a finales del II milenio a.C. las fundaciones de Gadir, Lixus (Larache, Marruecos) y Útica (en Tunicia), sin que ningún argumento arqueológico sustente tales afirmaciones, carentes de lógica. De aceptarse estas fechas de finales del siglo XII a.C., la secuencia de fundación de las colonias no sólo iría de Occidente a Oriente, sino que la actividad colonizadora sería anterior a la propia consolidación de las ciudades fenicias y su posterior expansión comercial.

La cronología arqueológica de las ciudades y factorías en la Península permite definir tres grandes fases de colonización entre mediados del siglo IX a.C. y mediados del siglo VI a.C., momento en que finalizaría la etapa fenicia estricta, dando paso a la intervención de Cartago. La fase de fundación (825-725 a.C.) corresponde a los primeros asentamientos, el control del territorio de la región próxima al litoral y el inicio del comercio con las sociedades indígenas. Una segunda fase /725-600 a.C.) engloba la expansión y el crecimiento demográfico de colonias y factorías, su diversificación, su estratificación social –ejemplificada en la formación de una oligarquía terrateniente- y la especialización económica de los distintos enclaves.
            La tercera fase (600-550 a.C.) comprende la crisis del modelo colonial, a la que contribuyeron diversos factores. Unos fueron de orden político, como la conquista de Tiro por Nabucodonosor II, rey de Babilonia, en el año 573 a.C. Otros eran de tipo económico, como el hundimiento del precio de la plata en los imperios del Próximo Oriente, principal mercado de la exportación fenicia, o el cambio progresivo en la actividad comercial que entrañó la irrupción de los mercaderes griegos en el sur de la Península. Y también los hubo medioambientales, como en el caso del yacimiento malagueño de Cerro del Villar que fue abandonado a causa de la colmatación (el recubrimiento con sedimentos) de los campos de cultivo y no se volvió a ocupar hasta el siglo V a.C.
            No obstante, existen muchas dudas sobre las causas reales del hundimiento de un sistema económico fuertemente consolidado durante más de dos siglos. Si bien la evolución de los mercados en el Próximo Oriente marca el fin del comercio con Levante, el impacto de este hecho habría sido mayor sobre las sociedades indígenas de la Península, que as9istirían a la desaparición del motor de su economía, basada en la extracción intensiva del mineral demandado por los fenicios.
            En las colonias fenicias, la crisis (que marca el final del período Orientalizante en el ámbito de Tartessos y el tránsito a la cultura Ibérica en Andalucía occidental y Extremadura) habría repercurtido al esfumarse la acumulación de beneficios obtenidos mediante el comercio, que constituía la base de su riqueza, pero se habría producido un cambio hasta la explotación agraria de grandes predios como base del nuevo sistema económico. Este modelo implicaría una reorganización del sistema social en el que los terratenientes, al estilo de Cartago, primarían sobre los comerciantes.
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Barcos fenicios transportando madera.


La fecha de la fundación de Gadir continúa siendo un misterio. Veleyo Patérculo (19 a.C.-31 d.C.) afirma que fue unos 80 años posteriores a la guerra de Troya. Los restos más antiguos de esa época son: los del Castillo de Doña Blanca (Puerto de Santa María), cerca de Cádiz, de finales del siglo VIII a.C.

Una vez que el extremo de Occidente fue identificado como un área óptima para la colonización, el primer objetivo estratégico fue el control del estrecho de Gibraltar mediante la creación de enclaves en ambas orillas y en sus dos vertientes, la mediterránea y ala atlántica. La combinación de vientos y corrientes entre noviembre y marzo dificultaba el paso a través de las Columnas de Hércules (Ceuta y Gibraltar) hacía los puertos del área de Cádiz-Huelva. Las colonias y factorías de la costa oriental habrían surgido en un principio como puertos donde hallaran refugio los barcos que no pudiesen proseguir hacia el Atlántico a causa de la climatología adversa; también era el punto de partida de las rutas terrestres que conducían a las colonias atlánticas. No obstante, la disponibilidad de tierra en esta zona facilitó la expansión de los enclaves fenicios a partir de la primera mitad del siglo VIII a.C.
            El terreno donde se iba a instalar una colonia o factoría se elegía según un patrón concreto, derivado en gran parte de la propia estructura topográfica de las ciudades-reino fenicias en la costa del Próximo Oriente. Se escogía una isla cercana a la costa o un promontorio poco elevado que permitiese el control de la desembocadura de un río. Este hecho se consideraba clave tanto para asegurar una ruta de acceso hacia el interior como para disponer de tierras fértiles, aptas para los cultivos que debían asegurar la supervivencia del nuevo asentamiento a corto plazo.
            Ejemplos de este modelo son las factorías de Cerro del Prado (río Guadarranque), Cerro del Villar (río Guadalhorce), Toscanos (río Vélez), Morro de Mezquitilla (río Algarrobo), Cerro de San Miguel (río Seco) y Cerro de Montecristo (río Adra). En diversas colonias, cuya superficie inicial era reducida, se han identificado sistemas urbanísticos con almacenes y zonas industriales (Toscanos y Cerro del Villar), viviendas edificadas a partir de patrones regulares (Chorreras) y edificios comunitarios (Morro de Mezquitilla).
            En el caso de Castillo de Doña Blanca (Puerto de Santa María), se eligió una zona apta como puerto que permitía fondear a los gaulós, los grandes barcos de carga fenicios de casco redondeado y mascarones de proa con cabeza de caballo -aunque en la actualidad el yacimiento se encuentra alejado del mar y de la desembocadura del Guadalete por una marisma-, pero que también disponía de fuentes de agua potable y permitía la rápida ocupación de una extensa área agraria fácilmente cultivable situada al norte de la sierra de San Cristóbal. El recinto, edificado en torno al 800 a.C., contaba con un complejo sistema defensivo que definía un perímetro de más de seis hectáreas en el que vivían alrededor de 1.500 personas.
            Las fuentes clásicas muestran que, en cuanto decisión de Estado, el establecimiento de una nueva colonia respondía a un ritual específico, aplicable al menos a las más importantes, como Cartago, cuyo mito, resultado de la huida de Elisa, explican Justino y Virgilio. Tras decidirse el emplazamiento exacto de la nueva ciudad, se procedía al ritual de fundación, que incluía celebraciones religiosas, la obtención y distribución de la tierra, y la organización del sistema político.
            Dependientes política e ideológicamente de la ciudad-madre, en las colonias no se establecía un régimen monárquico, sino que el poder era ejercido por sufetes (magistrados), en ocasiones apoyados por consejos de notables o, como en Cartago, por un Senado. Se mantenían las tradiciones religiosas de la ciudad fundadora, lo que permitía  a los colonos considerarse parte de una comunidad cultural; y se pagaba a la metrópoli una contribución o décima, costumbre que evolucionaría hacia una embajada religiosa que realizaba ofrendas en los templos de Tiro. Las mujeres tenían que ofrecer la virginidad a los sacerdotes del templo de Ashtart, la diosa de la fertilidad. Los niños eran sacrificados en los altares a cielo abierto para garantizar la prosperidad en las diferentes estaciones del año.
            Pero la distancia, unida a la debilidad política de las metrópolis y al auge de Cartago como potencia dominadora en el Mediterráneo central, propició la independencia efectiva de las colonias occidentales, aunque mantuvieran vivo el recuerdo de su origen. Así lo indican los tratados firmados entre Roma y Cartago desde finales del siglo VI a.C. en los que se incluye a Tiro. Desprovista ya de toda influencia en la zona, como garantía del cumplimiento de los mismos.

Cartago.

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La colonización fenicia tiene su máximo exponente en Gadir, la ciudad cuyo recuerdo ha perdurado en las fuentes clásicas, desde Estrabón a Posidonio. Ya fuese de un único enclave emplazado bajo la actual Cádiz, como defienden las interpretaciones tradicionales, o la suma de un territorio más amplio en el estuario del Guadalete que englobara bajo un único topónimo diversos asentamientos de similar rango, se trata de un referente obligado cuyo nombre adoptó las formas griegas de Gadeira y Gederoi hasta latinizarse en Gades.
La paleotopografía indica la existencia de dos islas: Kothinoussa y Eritheia, citadas por Plinio. En la primera se situarían los templos de Ball-Cronos, en el área del Castillo de San Sebastián, y de Melkart, en el islote de Sancti Petri. Este último templo, el más importante,, seguiría el modelo de los santuarios fenicios, formado por un gran recinto fortificado y un área de culto en el extremo opuesto al acceso, siendo similar, según diversos investigadores, al chipriota de Kition, datado en el 800 a.C.
La importancia de dicho templo no radicaba únicamente en las columnas de bronce de ocho codos de altura (3.25 metros) en las que estaban grabadas las cuentas de sus construcción, ni en los altares dedicados a Melkart, Reshef y Heracles, sino en el hecho de que, como todos los templos fenicios, el de Melkart, en tanto que divinidad protectora de Tiro, habría desempeñado una importante actividad económica amparada por el culto, al proporcionar un recinto seguro para la hospitalidad y las transacciones comerciales. La estructura administrativa del templo de Gadir se responsabilizaría del control de las mercancías, la fiabilidad de los pesos y medidas, el registro de las transacciones y los servicios de banca y tesorería, propio de un mercado estatal.
En la segunda isla, Eritheia, se situó el núcleo de la colonia, un asentamiento de unas diez hectáreas de superficie que debía de incluir el templo de Astarté y la zona portuaria, en la que destaca el canal Bahía-Caleta, un antiguo brazo del Guadalete que ejercería la función de cothon o puerto cerrado. A pesar de las dificultades para corroborar una cronología antigua para la Cádiz fenicia, diversos yacimientos han permitido identificar estructuras aquitectónicas de planta rectangular y cuadrangular similares a las del Castillo de Doña Blanca, a las que aparecen asociados materiales fenicios e indígenas datados en el siglo VIII a.C.


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La explotación de los recursos minerales, especialmente de plata, se ha considerado siempre como la base del sistema económico de las colonias occidentales –y muy en concreto en Gadir-, a partir de determinados pasajes de las fuentes clásicas que citan los beneficios que podían alcanzarse en la región de Tartessos mediante el comercio con estos productos.
Así, por ejemplo, Heródoto (IV,152) refiere el caso del griego Coleo de Samos, quien consiguió una increíble ganancia de 60 talentos con cuyo diezmo ofrendó un colosal caldero de bronce en el templo de Hera tras volver a sus país. Por su parte, Diodoro Sículo (5:35, 4-5) da cuenta de la codicia de los mercaderes que llegaban al extremo de sustituir las anclas de piedra de sus barcos por otras de plata en su viaje de regreso hacia el Mediterráneo oriental, para así cargar mayor cantidad de este metal y aumentar los beneficios.
El impacto de la explotación intensiva de los metales se refleja en el desarrollo de enclaves tartesios dedicados a la minería, como Tejada la Vieja (Huelva), o en los 1,000 kilogramos de plomo documentados en los niveles del siglo VIII a.C. de Castillo de Doña Blanca y destinados a la producción de plata, restos que junto  a las escorias de hierro prueban la existencia de actividad metalúrgica industrial en este yacimiento. Del interés fenicio por los metales también dan cuenta los hornos de reducción de mineral identificados en diversas áreas del subsuelo de Huelva, así como el cargamento de lingotes de plomo y estaño del pecio de Bajo de la Campana (Mazarrón). Las ciudades fenicias del área de Gadir fueron, junto a Huelva, las cabeceras de las rutas mineras que centralizaban la transformación y el transporte del mineral tartesio hacia el Mediterráneo oriental.
            Pero los intercambios no se limitaban al metal. Las fuentes escritas y el registro arqueológico permiten incluir en dicho tráfico cereales, sal, piles y esclavos como elementos de exportación, y vino, aceite, ungüentos, esencias, perfumes, tejidos, vajilla de lujo y vidrio como principales importaciones. Para satisfacer la creciente demanda de objetos de prestigio por parte de las élites indígenas, se desarrollaron en las colonias industrias especializadas en la fabricación de objetos y recipientes de bronce a imitación de modelos chipriotas, muebles con taraceado de piezas de marfil y joyas.
            Estas piezas incluían representaciones propias del mundo oriental y que las élites locales apreciaban por su aspecto, aunque se combinaban de forma aleatoria, de manera que perdían su contenido ideológico. La distribución d estas piezas hacia el interior de la Península, siguiendo las rutas del Guadiana y del Guadalquivir, permitió que fuesen utilizadas como signos de poder en la Alta Andalucía, Portugal y Extremadura.
            Las colonias y factorías desarrollaron una agricultura intensiva con el objetivo esencial de abastecerse y no depender de las explotaciones indígenas para alimentarse, y también para proveer a centros industriales que dependían de ellas y comerciar con los excedentes. La propiedad de la tierra podía ser tanto pública, entregada en arriendo para su cultivo, como privada. En todo caso, era necesario disponer de mano de obra indígena, que podría haberse conseguido a través de la dependencia jurídica, la contratación retribuida o la esclavitud.
            Del análisis de la zona dependiente de la colonia del Cerro del Villar (Guadalhorce), formada por un territorio de 18 kilómetros cuadrados, se desprende que su economía descansaba en extensos cultivos de secano y regadío, a los que se sumaba una amplia explotación ganadera y el control del comercio hacia las regiones tartesias a través del río Guadalhorce. SE explotaba sobre todo el trigo y la cebada, complementados con avena, vid, olivo, leguminosas y árboles frutales como el almendro. Bovinos, cabras, ovejas, cerdos y gallináceas constituían la cabaña animal, con predominio de los primeros, ejemplo de desarrollo de un grupo de terratenientes y ganaderos identificado también enToscanos. La producción de vino y salazones dio pie a una fuerte industria de cerámica que fabricaba las ánforas necesarias para su transporte. Esta estructura económica diversificada y especializada se refleja en la arquitectura del yacimiento, que ocupa ocho hectáreas.

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Durante la segunda mitad del siglo VII a.C. tuvo lugar la expansión del comercio fenicio hacia Levante y noreste de la Península. Las colonias y factorías del área del Estrecho, apoyándose en otros enclaves como La Fonteta (Guardamar de Segura) y Sa Caleta (Ibiza), buscaron nuevos mercados para sus producciones de salazones, vinos, y aceite, obteniendo a cambio minerales como la galena argentífera de la sierra de Bellmunt de Ciurana (Tarragona), de las que en las factorías de Ibiza se extraía plata, así como productos agrarios y esclavos.
            Las rutas hacia el noreste alcanzaron su punto álgido en el paso del siglo VII al VI a.C.-, para terminar bruscamente hacia el 570 a. C., cuando cambió la orientación económica de las colonias del sur. En el poco más de medio siglo que duró este flujo comercial, la actividad de los fenicios influyó decisivamente en la transformación de las sociedades indígenas durante la primera Edad del Hierro, cuando surgió la cultura Ibérica. Yacimientos como Aldovesta (Benifallet) y Sant Jaume (Alcanar) en el Ebro, o Illa d´en Reixac (Ullastret) y Vilanera (L´Escala) en el Ampurdán, son representativos del volumen y la variedad de las importaciones fenicias halladas en más de un centenar de enclaves de Cataluña.
             De hecho, en Sant Martí d´Empúries, donde a partir del 600 a.C. se ubicó la colonia griega de Emporion –fundada por gentes procedentes de Massalia (Marsella)-, se registra una clara presencia fenicia en el asentamiento indígena anterior a la distribución de los primeros materiales griegos. Pero la huella de los fenicios en esta región puede ser más profunda de lo que se había imaginado, como parece indicarlo el origen de la Ora Marítima, una descripción de la costa de Levante compilada por Avieno en el siglo IV a.C.: tradicionalmente se afirmaba que estaba basada en un texto massaliota del siglo IV a.C. pero hoy se considera que fue redactada a partir de un original fenicio; topónimos como Hystra o Sarna serían enclaves fenicios aún no localizados.
            Del Mediterráneo al Atlántico, los fenicios contribuyeron a modificar irreversiblemente la fisonomía social y cultural de los pueblos indígenas: las divinidades, los conocimientos y los productos que llegaron a la Península a bordo de sus panzudas naves influyeron en las mentalidades y la plástica ibéricas, del mismo modo que sus demandas económicas estuvieron detrás del nacimiento de las aristocracias que marcaron el surgimiento de la cultura ibérica.

Recreación de la ciudad de Tiro en el siglo VII. Lámina en el Museo Arqueológico de Vélez (MUVEL) Vélez-Málaga, Málaga.


Tiro, en la costa del actual Líbano, fue la fundadora de la mayoría de las colonias en el Mediterráneo occidental

Tipos fenicios

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Gracia Alonso, Francisco, Los emigrantes de Oriente, Fenicios en Iberia, Barcelona,  Historia, National Geographic, n° 50, 2008, pp. 42-53.
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CREENCIAS

La dama de Galera, que muestra la imagen, del siglo V a. C. Es una figurilla fenicia del siglo VII a. C. (semejante a otra que fue hallada en Cartago, norte de África), hecha en alabastro, que probablemente represente a la diosa Astarté. La dama está sentada entre dos esfinges y sostiene un cuenco al que vierte líquido por dos agujeros que tiene en los pechos. Se aprecia en la figura influencia mesopotámica por sus formas robustas. En cambio la estilización en el traje y los cabellos denotan influencias egipcias. Debido a su carácter de objeto sagrado, pasó por varias generaciones hasta su enterramiento final como parte de un ajuar funerario.
La escultura se exhibe en el Museo Arqueológico Nacional de España, de Madrid.
Galera, es una localidad española situada en la provincia de Granada, correspondiente a la antigua Tútugi. Junto al casco urbano de Galera se encuentra el oppidum de Tútugi en el Cerro del Real, asociada a este poblado se encuentra la Necrópolis Ibérica de Tútugi,


¿De dónde llegó el vino entonces? La respuesta es difícil, aunque se puede sortear ateniéndonos a los hechos. La Península Ibérica ya estaba plagada de viñas cuando fenicios, cartagineses, griegos y romanos llegaron por estos lares. Muy probablemente se producía vino de manera rudimentaria y en muy poca cantidad. Pero con los avances fenicios y el posterior desarrollo romano la industria comenzó a tomar impulso y ya nunca se detuvo.


MILITARES

Marina fenicia

Platón Idalión, Arte Fenicio en la guerra

La caza

Barco fenicio
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