viernes, 13 de marzo de 2020


Estimados lectores, ya que la situación en Europa es muy preocupante, pero que espero se mejore todo el mundo. Os mando, estas pequeñas gotas de arte, para que por lo menos mitigue el dolor y pensemos que la vida es hermosa y luchamos por ella.

Gracias


La Colección Hahnloser viaja a Viena

Henri Manguin Hans and Lisa Hahnloser, 1910 Oil on canvas Dauerleihgabe an Hahnloser/Jaeggli Stiftung, Villa Flora, Winterthur © Photo: Reto Pedrini, Zurich

Entre los años 1905 y 1936, Arthur y Hedy Hahnloser-Bühler reunieron una de las más importantes colecciones de pintura. Este matrimonio suizo, perteneciente a la alta burguesía de principios del siglo pasado, disfrutaba de su tiempo y de su posición económica dando rienda suelta a sus aficiones artísticas. El arte fue la gran pasión de ambos y su mansión de Winterthur, Villa Flora, el centro de una selección pictórica excepcional: la Colección Hahnloser.

La pareja no sólo se limitaba a acumular lienzos; ayudaba, además, a los artistas representados en sus fondos, en aquel momento, principiantes y poco conocidos. Henri Matisse, Pierre Bonnard, Félix Vallotton o Henri Manguin fueron algunos de los beneficiarios y grandes amigos de los mecenas suizos. Pero no los únicos cuya obra pasó a formar parte de su colección. Telas de Cézanne, Manet, Renoir, Van Gogh y Toulouse-Lautrec, ya consagrados, colgaban con orgullo de los muros de Villa Flora y su residencia en la Costa Azul.
Villa Flora —museo desde 1995— es en sí misma una joya arquitectónica inspirada en la estética de la Jugendstil vienesa. Actualmente está en una fase de restauración y mantenimiento que la mantiene cerrada al público. Mientras se prepara su reapertura, prevista para 2022 como tercera sede del Winterthur Kunst Museum, las obras permanecen en el Kunstmuseum Bern bajo préstamo.
Para situarnos en la realidad del coleccionismo suizo es imprescindible aclarar que todas las colecciones de arte son fruto de la iniciativa privada y museos locales. En Suiza no existen galerías nacionales ni espacios gestionados por entidades estatales. Durante los primeros años del siglo XX, la ciudad de Winterthur se convirtió en el centro del coleccionismo helvético gracias a los Hahnloser y otros mecenas como Richard Bühler y los hermanos Oskar y Georg Reinhart.
Fue el padre de Alberto Giacometti, Graubünden Giovanni Giacometti, quien introdujo al matrimonio Hahnloser en el mundo del arte. Fue sobre todo Hedy, la artífice principal de la pareja. Ella, que creía en arte como la mejor forma de vivir acorde a su tiempo, se involucró de lleno en el activismo artístico y el mecenazgo.
La Colección Hahnloser no sólo es una valiosísima recopilación de extraordinarias obras del arte moderno —abarca tanto el periodo impresionista como modernista—, es también una de las pocas colecciones privadas que se mantiene prácticamente intacta. La mayoría de las obras que la componen fueron adquiridas directamente en los talleres de los artistas. Los pintores, huéspedes habituales de la residencia Hahnloser, también realizaron retratos del matrimonio y de sus dos hijos como signo de la amistad que compartían.
Esta primavera, la Colección Hahnloser viaja hasta el museo Albertina de Viena. No toda. Son ochenta las obras que han llegado a la capital austriaca con el fin de dialogar con otras veinticinco pertenecientes a los fondos del museo. De esta forma, la muestra ofrece una extensa visión de piezas fundamentales del arte del siglo XX. Entre ellas La Blanche et la Noire (1913) y Le chapeau violet (1907) de Vallotton; Effet de glace ou Le Tub (1909) y el Débarcadère de Cannes (1934) de Bonnard; Hans et Lisa Hahnloser (1910), de Henri Manguin o La partie de dames à Amfréville (1906,) de Vuillard.
Permanecerán expuestas hasta el 24 de mayo de 2020.


PINTURAS

Félix Vallotton. The White and the Black, 1913 Oil on canvas © Photo: Reto Pedrini, Zürich

Félix Vallotton The Rape of Europa, 1908 Oil on canvas Kunstmuseum Bern, Gift of Prof. Hans R. Hahnloser, Bern © Kunstmuseum, Bern

Félix Vallotton The Violet Hat, 1907 Oil on canvas Permanent loan to Hahnloser/Jaeggli Foundation © Photo: Reto Pedrini, Zürich

Ferdinand Hodler Little Girl Picking Flowers, 1887 Oil on canvas Hahnloser/Jaeggli Foundation, Villa Flora, Winterthur © Photo: Reto Pedrini, Zurich

Vincent van Gogh Withered Sunflowers, 1887 Oil on canvas Kunstmuseum Bern, Donation of Prof. Dr. Hans R. Hahnloser, Bern, 1971 © Kunstmuseum Bern

Pierre Bonnard Palais de Glace, Ice-Skating, 1896–1898 Oil on cardboard Private Collection



El Gabinete de descanso de sus Majestades: el relax de los Borbones en el Prado.

El Gabinete de descanso de Sus Majestades. Museo del Prado. 1. La infanta María Josefa de Borbón. Lorenzo Tiepolo (1736-1776). Pastel sobre papel. 1763. © Museo Nacional del Prado.

El Gabinete de descanso de Sus Majestades es una exposición excepcional que evoca uno de los espacios más singulares del Museo del Prado durante sus dos siglos de historia. La sala 39 del edificio Villanueva vuelve a reunir las pinturas que colgaron en ella a partir de 1828 y la pequeña estancia anexa, que se habilitó como lugar destinado a la higiene personal de la familia real.
Inaugurada en abril del pasado año con motivo del bicentenario del Prado, la muestra recupera el destino original del dicho espacio y aprovecha para reflexionar sobre la estrecha relación entre la corona y las colecciones del museo desde su inauguración en 1919. La idea primaria era mantener la exposición hasta finales de noviembre. Sin embargo, el éxito de la exposición ha empujado al museo a prolongar su permanencia, al menos, hasta el mes de junio de este 2020.
El Gabinete de Descanso de sus Majestades era una sala privada, destinada al reposo del monarca Fernando VII y de sus familiares. Se situó en la primera planta del museo, frente al Jardín Botánico y mantuvo su carácter íntimo hasta 1865. El espacio estaba decorado principalmente con diferentes retratos reales e incorporaba una pequeña estancia anexa para el aseo y la higiene personal de los monarcas.
El gabinete se creó en 1828 como una galería representativa de la dinastía de los Borbones (desde Felipe V hasta Fernando VII), antecesores y parientes cercanos como Luis XIV y Felipe de Francia, I duque de Orleans, abuelo y tío abuelo de Felipe V respectivamente. Retratos de grupo de gran tamaño y especialmente los de los infantes e infantas completan la colección familiar que colgaba de sus muros con los planteamientos propios del XIX. Tras desvanecerse como espacio privado, la sala se convirtió en una especie de lugar de paso, invisible para el público, incluso para muchos especialistas.
La exposición, comisariada por Pedro J. Martínez Plaza, se vincula a la celebración del bicentenario y permite adentrarse en una de las estancias menos conocidas de la pinacoteca madrileña, no obstante tremendamente ligada a los primeros tiempos del museo.
Entre los cuadros recuperados para la muestra, destaca el conjunto de pasteles de los infantes realizados por Lorenzo Tiepolo. Dos de ellos, Antonio Pascual y Gabriel, también fueron retratados por Mengs. La familia de Carlos IV estaba representada en el gran cuadro de Goya, expuesto actualmente en la sala 32, y retratos individuales de algunos de sus miembros. Por su tamaño sobresale el cuadro de la reina María Isabel de Braganza, fundadora del Museo del Prado, encargado específicamente a Bernardo López Piquer para el gabinete.
En la sala original también se colocaron, con una intención principalmente decorativa, numerosos paisajes, pinturas de flores y bodegones de artistas flamencos y españoles como Luis Meléndez, Juan de Arellano o Benito Espinós.
En la estancia anexa, dedicada al aseo personal, se instaló un inodoro al uso: un mueble realizado en 1830 por el ebanista real, Ángel Maeso. Es el único elemento del mobiliario original que se ha conservado, pues alfombras, sillones, banquetas y otros elementos decorativos desparecieron. En la exposición, el retrete se sitúa en el mismo lugar. Se trata de un mueble muy especial, tanto por su calidad como por su singularidad. Su diseño, específico y ajustado a un espacio determinado lo hacía difícilmente aprovechable en otro lugar. Seguramente eso lo mantuvo a salvo de traslados.
Junto al retrete se muestran los dos orinales (masculino y femenino) realizados en la Real Fábrica de la Moncloa.
La muestra se completa con un proyecto museográfico virtual que permite vivir una experiencia inmersiva dentro de la sala. Partiendo de cuatro periodos históricos —primer tercio del siglo XIX; mediados del siglo XIX; principios del XX y presente—, el visitante recorre la evolución de la museografía de a lo largo de los últimos 200 años. La realidad virtual desarrollada se puede disfrutar a través de un navegador tanto en dispositivos móviles como en PC.



El Gabinete de descanso de Sus Majestades. Museo del Prado. 5. Carlos III (1765). Anton Rafael Mengs. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado.




El Gabinete de descanso de Sus Majestades. Museo del Prado. 6. Carlota Joaquina, infanta de España, reina de Portugal. Giusepe Trono. (1787). ©Museo Nacional del Prado

El Gabinete de descanso de Sus Majestades. Museo del Prado. El infante don Gabriel de Borbón. Lorenzo Tiepolo. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado.

El Gabinete de descanso de Sus Majestades. Museo del Prado. El infante don Javier de Borbón (¿?).Lorenzo Tiepolo. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

El Gabinete de descanso de Sus Majestades. Museo del Prado.8. Jura de Fernando VII como príncipe de Asturias. Luis Paret y Alcázar. (1791). ©Museo Nacional del Prado

El Gabinete de descanso de Sus Majestades. Museo del Prado. Anton Rafael Mengs. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado.






La luz de Rembrandt

Frans Hals. Retrato de un hombre, posiblemente Jan Jansz. Soop, hacia 1635-1636. Washington, National Gallery of Art. Andrew W. Mellon Collection

Egbert van Heemskerck. El cirujano Jacob Fransz. y su familia, 1669. Amsterdam Museum

Bartholomeus van der Helst Niño jugando al kolf en la playa, hacia 1658-1659. Colección privada.

Bartholomeus van der Helst. Regentes del Kloveniersdoelen, 1655. Amsterdam Museum

Thomas de Keyser (Ámsterdam, 1596/1597-1667) Síndicos del gremio de orfebres de Ámsterdam, 1626-1627. Toledo Museum of Art. Adquisición del museo

Rembrandt. Autorretrato con gorra y dos cadenas, hacia 1642-1643. Madrid, Museo Nacional Thyssen Bornemisza

Rembrandt Tito van Rijn, hijo del artista, leyendo, hacia 1660-1665. Viena, Kunsthistorisches Museum, Gemäldegalerie

Rembrandt. Retrato de un joven caballero, hacia 1633-1634 .Reino Unido, Colección privada

Rembrandt Mujer con capa de piel, posiblemente Hendrickje Stoffels, 1652. Londres, The National Gallery. Adquirido con la contribución del Art Fund, 1976

Rembrandt. Retrato de una mujer, posiblemente Johanna van Merwede van Clootwijk, 1632. Nueva York, The Metropolitan Museum of Art. H. O. Havemeyer Collection. Legado de Mrs. H. O. Havemeyer, 1929

Rembrandt Retrato de un portaestandarte, posiblemente Jan van Halewijn, 1654. Nueva York, Metropolitan Museum of Art. The Jules Bache Collection, 1949

Rembrandt Venus y Cupido, posiblemente Hendrickje y Cornelia, hacia 1657. París, Musée du Louvre. Département des Peintures

Dirck Santvoort (Ámsterdam, 1610/1611-1680) Gobernantas y celadoras de la Spinhuis, 1638. Amsterdam Museum

Jan Tengnagel. Banquete de la guardia cívica del capitán Geurt Dircksz. van Beuningen y el teniente Pieter Martensz. Hoeffijser, 1613. Ámsterdam, Rijksmuseum. Depósito de la Ciudad de Ámsterdam

La vida y la obra de Rembrandt van Rijn ha sido objeto de infinitos análisis, desde sus primeras etapas creativas en las que plasmaba su tremenda capacidad expresiva, hasta las últimas escenas pictóricas en las que logra una conexión con el espectador única en la historia del arte. Hoy, 350 años después de su muerte, se ha investigado tanto y con tal grado de profundidad, que al fin se ha conseguido establecer el desarrollo y la evolución de sus composiciones, incluso descifrar algunos de los misterios de su técnica.
Para asimilar de manera completa la obra del pintor holandés se hace necesario un repaso de su biografía, pues ambas forman una unidad indisoluble. Las condiciones bajo las que creó sus cuadros, las personas a las que retrató, los acontecimientos privados que condicionaron su devenir artístico facilitan la comprensión de su creatividad y una aproximación bastante aceptable con respecto a las técnicas empleadas. No obstante, es tal la complejidad de sus experimentos pictóricos que aún hay muchas preguntas sin respuesta en cuanto a los efectos visuales de sus lienzos.
Rembrandt llegó a Ámsterdam a principios de la década de 1630. No fue el primero de los grandes pintores del siglo de oro holandés en instalarse en la capital de los Países Bajos. Ya habían pasado (y establecido) por allí otros artistas como Cornelis van der Voort, Ketel, Pickenoy o Thomas de Keyser en respuesta a la alta demanda de retratistas por parte de la sociedad burguesa. Pero su irrupción supuso un cambio radical en la concepción del retrato.
Hay que decir que el maestro de Leiden —entonces un joven artista con taller propio y numerosos encargos en su ciudad natal— venía de la tradición paisajística y la representación de escenas mitológicas y vidas sagradas. Acudió a la ciudad por invitación del también pintor y marchante Hendrick Uylenburgh, primo de la iba a convertirse en su esposa: Saskia. Una vez asentado en la rica y cosmopolita ciudad, Rembrandt y su familia vivieron una etapa de prosperidad económica, prestigio social  reconocimiento profesional que se truncó en 1642, con la muerte de Saskia. Eso lo veremos después. Durante este período, el artista continuó experimentando con varios géneros, mostrando su capacidad a través de una gran diversidad de estilos.
Como Frans Hals en Haarlem, Rembrandt abrió en Ámsterdam nuevos caminos: incorporó el claroscuro, perfeccionó la representación de las emociones humanas, pero y por encima de todo supo integrar en cada cuadro un relato. Rembrandt no muestra, narra, pone a dialogar a sus personajes que nos transmiten la palabra hablada a través de gestos y matices sutilísimos. Las figuras de sus obras se mueven como por fuera del lienzo; el espectador puede sentir, así, lo que piensa el personaje, se une a la escena, a la intimidad del retratado, a una cena familiar, a un relato bíblico. Ahí radica justamente la enigmática genialidad del holandés.
Cuando fallece Saskia, deja Rembrandt a cargo de su hijo Tito, de apenas un año de edad. Fueron momentos difíciles para el pintor. Su ritmo de trabajo se ralentiza y empieza a atravesar dificultades financieras. En 1647 ingresa al servicio de la casa Hendrickje Stoffels, que acabó convirtiéndose en su compañera y madre de su hija Cornelia, nacida en 1654.
A sus circunstancias personales, se suman diferentes cambios en el panorama artístico del momento. Los primeros escarceos de “academicistas” como Cornelis Jonson van Ceulen e Isaac Luttichuys no desviaron a Rembrandt de su propio camino. Al contrario, siguió desarrollando un estilo sobrio, personal, que lo fue alejando poco a poco de las nuevas tendencias artísticas y comerciales. Su austeridad, sus empastes (a los que no renunció, al contrario, insistió en ellos), su narrativa ya no se adaptaba al gusto de sus clientes.
Durante esta última etapa tuvo muchos problemas económicos: no ingresaba al ritmo necesario, los encargos escaseaban, tuvo que cambiar su vivienda por otra más modesta. Llegó incluso a declarase insolvente.
El museo Thyssen-Bornemisza presenta, por primera vez en España, una exposición dedicada a la faceta de Rembrandt como retratista, en la que alcanzó también el máximo nivel. El hilo conductor de las 97 piezas exhibidas –33 de ellas firmadas por el gran maestro holandés– es la práctica del retrato en la Ámsterdam del siglo de oro y cómo la mano de Rembrandt definió la estética de sus coetáneos. Durante el recorrido por las nueve salas de la exposición, se recalcan los contrastes, las similitudes y divergencias entre los retratos realizados por los diferentes artistas de la época.
La muestra, comisariada por Norbert E. Middelkoop —conservador del Museo de Ámsterdam— permitirá descubrir la variedad y calidad de las obras y familiarizarse con las historias que hay detrás de los personajes retratados. Además, se incluye una sección sobre retratos grabados, encargos que le ayudaron a remontar situaciones financieras muy difíciles.





El Museo del Romanticismo

Teje el cabello una historia. Escuela inglesa Lucía del Riego (¿) h. 1825 Óleo sobre lienzo. Museo del Romanticismo. Fotógrafo: Pablo Linés

Museo del Romanticismo. Teje el cabello una historia. Federico de Madrazo Francisco Aranda y Delgado 1839 Óleo sobre lienzo. Museo Nacional del Romanticismo. Fotógrafo: Javier Rodríguez Barrera

Museo del Romanticismo. Teje el cabello una historia. Antonio María Esquivel y Suárez de Urbina (atrib.) Retrato de dama Década de 1850

Museo del Romanticismo. Teje el cabello una historia. Anónimo Un «lechuguino» h. 1845 Óleo sobre lienzo

Museo del Romanticismo. Teje el cabello una historia. Anónimo Un romántico h. 1840 Óleo sobre lienzo

Museo del Romanticismo. Teje el cabello una historia. Achille Jacques Jean Marie Devéria (dib. y lit.) Thierry frères (ed.) Madame Eugénie Garcia 1840







Tras un periodo de cierre y reformas —bajo la dirección del arquitecto Ginés Sánchez Hevia—, el Museo del Romanticismo de Madrid reabrió sus puertas con las salas renovadas y nuevas ilusiones. Fue en el año 2009. El próximo 4 de diciembre se cumple una década de este nuevo periodo. Para celebrarlo, el museo ha programado diversas actividades especiales, la apertura extraordinaria los días 6 y 8 de diciembre y una semana de acceso gratuito.
La historia del Museo Romántico se remonta a principios del siglo XX. Fue entonces cuando Benigno de la Vega-Inclán y Flaquer, II Marqués de la Vega-Inclán (1858-1942), decidió donar al Estado una importante colección de arte, objetos y muebles de su propiedad. Los fondos iniciales se instalaron en la que, en 1921, fuese la sede de Comisaría Regia de Turismo también creada por Vega-Inclán, hoy Museo del Romanticismo.
El edificio, obra del arquitecto Manuel Rodríguez para el marqués de Matallana, se construyó entre 1776 y 1779. El palacio de estilo neoclásico cuenta con dos fachadas simétricas, minimalistas, decoradas únicamente con molduras de granito en torno a los vanos. Más tarde, los condes de la Puebla del Maestre introdujeron innovaciones estéticas y una mayor ornamentación a la fachada principal.
La inauguración como museo tuvo lugar en 1924. A la obras donadas por su fundador se sumaron dos cuadros de Alenza donados por el Marqués de Cerralbo y objetos pertenecientes a grandes literatos como Mariano José de Larra, José de Zorrilla o Juan Ramón Jiménez. La colección se ha ido enriqueciendo con el tiempo y hoy alberga un fondo de más de 16.000 piezas de alto valor artístico —pintura, dibujo, estampa, escultura, mobiliario, fotografía o artes decorativas— un archivo histórico de más de 4.000 fondos documentales.
Además de la colección permanente, el museo acoge diferentes exposiciones temporales centradas en el periodo artístico romántico, la forma de vida, las costumbres y la sociedad de entonces, así como los principales protagonistas de este movimiento cultural en nuestro país.
Aparte de las actividades relacionadas con la celebración del décimo aniversario, el Museo propone, a través del arte, un recorrido por los secretos de belleza de los hombres y mujeres de la época romántica. La exposición Teje el cabello una historia. El peinado en el romanticismo repasa la moda femenina y masculina desde la ostentación de algunos diseños del siglo XVIII y principios del XIX, hasta las tendencias mucho menos sofisticadas importadas de París y Londres. Como es habitual, también las revistas de moda contribuyeron a la difusión de las nuevas estéticas, incluida la indumentaria.
El cabello recogido era una de las señas de identidad de las damas románticas entre las décadas de 1820 y 1830. El retrato de Lucía del Riego representa una de las variantes más elegantes del período. Los años siguientes  se caracterizaron por la vuelta a la sobriedad, configurando el peinado burgués y contribuyendo a su democratización. En los años 40, el peinado se decantó por los bandós como los que lucía Isabel II en su niñez y adolescencia.
A diferencia de lo que ocurría en el universo femenino, el peinado masculino no fue considerado un elemento de belleza como tal, sino que servía para imprimir carácter, elegancia y distinción a loso caballeros, que también cuidaban su apariencia y seguían las tendencias de moda. A principios del siglo XIX se configuró una nueva imagen masculina refinada, encarnada en figuras como George Bryan Brummel, “el bello Brummel”, todo un referente, muy ligado al dandismo británico. También se generalizaron la barba y el bigote, influencia del estilo militar.
De entre las más de 90 piezas de la colección del Museo Nacional del Romanticismo destacan las obras de José de Madrazo y su hijo Federico de Madrazo, Antonio María Esquivel, Valentín Carderera o Rafael Tegeo. La muestra exhibe también piezas de joyería, abanicos, miniaturas, grabados, dibujos y objetos relacionados con el peinado (cepillos, rizadores, tenazas…).





10 obras de arte para celebrar la Navidad y la llegada de los Reyes Magos.


Ni en la Biblia ni en los Evangelios se menciona que los Reyes Magos fueran tres, ni que fueran reyes. Es posible que el título regio les venga dado por el pasaje “Ante él se postrarán los reyes; le servirán todas las naciones”, del Libro de los Salmos. El número tres se deduce de los regalos: oro, incienso y mirra. Tampoco ningún texto sagrado revela sus nombres. Sin embargo, Melchor, Gaspar y Baltasar forman parte de una de las tradiciones más arraigadas del cristianismo. Del mismo modo, la escena de la adoración en Belén es una de las más antiguas en el mundo artístico. Buena prueba de ello son estas 10 obras de arte que hemos seleccionado como símbolo de esta entrañable celebración occidental.
Como siempre que se elabora una lista, la elección no ha sido fácil. Es obvio que nos hemos dejado mucho arte por el camino. Nos faltan caravaggios, zurbaranes, rembrandts, da vincis, más de un velázquez, correggios, giorgiones, mainos… El catálogo artístico vinculado a la celebración cristiana es interminable. No obstante, y sin seguir un orden cronológico estricto, hemos tratado de recorrer diferentes momentos pictóricos, desde el Giotto del siglo XIV hasta los impactantes claroscuros barrocos.
Un último apunte navideño. El Museo del Prado ofrece una selección de obras de su colección que reflejan los episodios más destacados del Ciclo de la Navidad: la Anunciación, la Visitación, el Nacimiento de Cristo, la Adoración de los pastores, la Adoración de los Magos, la Presentación en el Templo y la Huida a Egipto. Las obras ilustran repasan principales escuelas representadas en el museo: española, italiana, flamenca y alemana.


La Adoración de los Reyes Magos. Giotto. 1302. Capilla de los Scrovegni. Padua.


La obra pictórica de Giotto di Bondone supuso una modernización de la Historia del Arte. El gran maestro italiano se desmarcó de manera radical de la severidad del arte bizantino para explorar el camino de la intensidad emocional, el entorno real y la perspectiva (muy rudimentaria todavía). Sus innovaciones pictóricas abrieron paso a lo que después fue el Renacimiento, por ello se le considera el padre de la pintura moderna.
La adoración de los Magos, también llamada La Epifanía, fue un encargo de la familia Scrovegni para la capilla de la Arena en Padua. Giotto plasma en los muros diversas escenas de la vida de Jesucristo y los Evangelios integrando con maestría pintura y arquitectura.
En esta pintura, el autor relata la escena del pasaje en que los Magos se pusieron en marcha hacia Belén guiados por la estrella que él dibuja con la forma del cometa Halley, aparecido en 1301. En loso retratos de los personajes se aprecia la habilidad del pintor para sugerir diferentes rasgos de la personalidad de cada uno de ellos.

Fra Angelico, Fra Filippo Lippi. La Adoración de los Magos. 1437. National Gallery of Art. Washington DC.


Guido di Pietro, Fra Angelico, nació a finales del siglo XIV en Mugello. Sus primeras obras se documentan en Florencia alrededor de 1417. El fraile de los dominicos se mantuvo siempre ligado a la orden y el convento de San Domenico de Fiesole. Cuentan los historiadores que jamás cogía un pincel sin haber orado previamente, incluso que nunca pintó un crucifijo “sin bañar sus mejillas en lágrimas”, apunta Vasari. Su producción es exclusivamente devocional.

La Adoración de los Magos que alberga la National Gallery of WashingtonNational Gallery de Washington fue iniciada por Fra Angelico hacia 1440. Sin embargo, los expertos aseguran que, salvo el retablo, el resto de la obra fue concluida por Fra Filippo Lippi.


Roger Van der Weyden. Tríptico de Santa Columba. 1455. Tabla central. Alte Pinakothek. Múnich.


El tríptico de Van der Weyden procede de la iglesia de Santa Columba de Colonia, donde se menciona por primera vez en un inventario de 1801. Inicialmente fue considerado obra de Jan van Eyck. Sin embargo, Passavant atribuyó el tríptico a Van der Weyden en 1841.
La obra se pintó hacia 1455 para el altar de la iglesia de Santa Columba en Colonia (Alemania) y se exhibe actualmente en la Pinacoteca Antigua de Munich. La tabla central reproduce la adoración de los Reyes Magos según la tradición flamenca. Sin embargo pueden apreciarse con claridad detalles de la influencia renacentista de Gentile da Fabriano, recibida por Van der Weyden durante su estancia en Italia. Los paneles laterales recogen la Anunciación (izquierda) y la presentación de Jesús en el templo (derecha).
Algunos críticos aseguran que la elegancia de la composición se debe a la colaboración  de Hans Memling. El cromatismo vivo y brillante, así como los contrastes lumínicos y la minuciosidad en la representación es típica del artista y la escuela flamenca.

Sandro Botticelli. Natividad mística. 1500. National Gallery de Londres.



Cuando Sandro Botticelli pintó la Natividad mística había experimentado un profundo cambio espiritual. Es el año 1500 e Italia —sobre todo Florencia— vive un periodo muy conflictivo tras la caída de Carlos VIII, la expulsión de la ciudad de Pedro de Medici y la toma de Savonarola. Aunque no hay documentos que acrediten que el pintor fuera discípulo del monje dominico, hay quien asegura que el cuadro es fruto de sus discursos religiosos.
Se trata de la única obra firmada y fechada por Botticelli. Muy poco convencional, además, pues no reproduce los acontecimientos tradicionales del nacimiento de Jesucristo y la adoración de los pastores y los Reyes Magos. El pintor introduce una visión apocalíptica, abandonado también la iconografía navideña.
En cuanto a la técnica, Botticelli deja de lado la perspectiva y realismo característicos de su obra para sumergirse una escena casi arcaica, repleta de simbolismos medievales y textos griegos y latinos. Si bien es cierto que la sombra humanística del pintor sobrevuela el cuadro, que se encuentra hoy en la National Gallery de Londres.


Adoración de los Magos. Durero. 1504. Galería de los Uffizi. Florencia.


Se trata de una obra de madurez del pintor alemán, encargo de Federico el Sabio para el altar de la Iglesia de Todos los Santos (Wittenberg). Inicialmente estaba concebida como el panel central de un retablo —el Jabach—, cuyas alas laterales se encuentran en el Instituto Städel de Fráncfort, el Museo Wallraf-Richartz de Colonia y la Alte Pinakothek de Múnich.
Los años anteriores a la creación de esta pintura, Durero permaneció en Venecia, donde descubrió y experimentó los avances de la pintura renacentista de la ciudad. De ahí el vivo cromatismo de la obra, la luz veneciana y ciertas pinceladas propias de Giovanni Bellini sobre arquitecturas muy de Andrea Mantegna. Igualmente se aprecia la minuciosidad y el movimiento propios de los pintores del norte, la perfección de la naturaleza y un gran equilibrio tonal. La escena muestra la llegada de los Magos al portal de Belén. Melchor, arrodillado, le entrega su regalo, mientras el recién nacido se estira para alcanzarlo.
La obra se exhibe en la Galería de los Uffizi, en Florencia.


Adoración de los pastores. El Greco. Hacia 1612. Museo del Prado. Madrid.

El Greco pintó esta escena nocturna entre los años 1612 y 1614. Puede considerarse como la última gran obra del artista, pues fue concebida para que adornase su propia tumba en la iglesia de Santo Domingo el Antiguo, de Toledo.​ La firma del artista se encuentra en la esquina inferior izquierda de la tela.
La composición se desarrolla en espiral, en un espacio irregular. Parece una gruta, donde duerme el niño Jesús sobre el regazo de su madre. San José y tres pastores adoran con fervor al recién nacido, mientras el buey lo contempla desde el suelo. “Muy cerca del grupo, sobrevolando la escena, y cerrando la elipsis compositiva, un grupo de ángeles muestra la complacencia celestial ante el nacimiento del Redentor”. La distorsión de los cuerpos caracteriza esta pintura, al igual a toda la obra tardía de El Greco. Los colores y formas crean una sensación de éxtasis y celebración ante el  milagro del nacimiento de Cristo.
El cuadro puede verse en la sala 010B del museo. El Metropolitan Museum de Nueva York posee una versión de taller con ligeras variaciones, realizada, según parece, en fechas similares a las del original.



Adoración de los Magos. Rubens. 1608. Museo del Prado. Madrid.

La Adoración de los Magos es una de las obras más importantes de la colección que el Prado dedica a Rubens. No sólo es la de mayores dimensiones (355’5 x 493 cm), destaca también por su importancia histórica.
En efecto, “la obra fue realizada en dos momentos; el primero en torno a 1608-1609 y veinte años después fue ampliada por el propio artista”, explican desde la web del museo, por encargo de la ciudad de Amberes para decorar el Salón de los Estados del Ayuntamiento, sede de la firma del tratado de paz entre España y las Provincias Unidas la Tregua de los Doce Años.
Aunque la luminosidad es clara, la escena tiene lugar de noche. Puede verse en el cielo del segundo plano. El foco luminoso surge desde la figura del niño Jesús, cuya luz irradia al resto de los personajes. “Éste, en brazos de su madre, parece juguetear con el incienso que le presenta Gaspar, arrodillado ante él”.


Adoración de los Pastores. Murillo. 1650. Museo del Prado. Madrid.


Es esta una de las pinturas de Bartolomé Estaban Murillo que más demuestra la influencia de Ribera. Se nota, sobre todo, en el esquema general de la composición, la iluminación, los claroscuros y el gusto por la representación popular. Sin embargo, se advierten claramente las características propias del pintor español como la suavidad de la pincelada y el modelado.
El cuadro fue adquirido por Carlos III en 1764 al comerciante irlandés Florencio Kelly. Actualmente se encuentra en la sala 028 de la pinacoteca madrileña.


Adoración de los Pastores. Lorenzo Lotto. 1534. Pinacoteca Tosio Martinengo. Brescia.



Lorenzo Lotto fue uno de los pintores  más orinales del siglo XVI italiano. Sin embargo, la convivencia de su obra con figuras como Tiziano, silenció su popularidad durante siglos. Una injusticia que a finales del XIX corrigió el historiador del arte, Bernard Berenson.
Viajero incansable y nómada por naturaleza, Lotto desarrolló una producción muy personal, al margen de las corrientes venecianas de su época. Focaliza la atención en el detalle y presenta sus composiciones con colores brillantes. Azurita, ultramarino, verdín, malaquita, bermellón, blanco de plomo, amarillo de plomo y estaño, negro carbón y terracotas son los pigmentos protagonistas de su obra.
Aunque destacó en el género del retrato, sus representaciones religiosas y devocionales transgreden los convencionalismos y la moderación emocional. Todo ello otorga a sus cuadros un aire de misterio fascinante. Metáforas y alegorías le acercan al estilo de los pintores nórdicos, mientras que objetos como el crucifijo denotan la influencia del catolicismo y su espiritualidad.


Recién nacido. George de la Tour. Hacia 1645. Museo Bellas Artes de Rennes.



Con esta belleza de Georges de la Tour (1593-1652) cerramos la selección artística de esta Navidad. En esta obra, el pintor del silencio traslada al lienzo su característica y enigmática ambigüedad compositiva. La escena no revela si se trata de la representación del nacimiento de Jesucristo, con la Virgen María, el Niño Jesús y Santa Ana, o una escena de género. En apariencia, nada alude a una escena religiosa, salvo el  sentido místico de la imagen y la iluminación como metáfora de la “luz del mundo”.
La estructura es sencilla: dos mujeres, una de frente y otra de perfil, el recién nacido en brazos de la primera. La segunda porta una vela cuya luz rojiza ilumina los rostros, dejando en penumbra el resto del cuadro. Sólo la cabeza del bebé fajado y el pecho de la mujer deslumbran en color blanco. Sublime.
Se desconoce el origen del cuadro que conserva el Museo de Bellas Artes de Rennes. Aparece en la ciudad francesa durante la Revolución, como una donación al museo.





































miércoles, 11 de marzo de 2020


EL OSCURO ORIGEN DE LOS FENICIOS




Templo de los Obeliscos, Biblosd (Heretiq/CC BY-SA-2.5)

Coincide casi exactamente con el perfil de la actual costa libanesa, aunque penetrando por el norte en territorio sirio. Consiste en una franja territorial de unos 200 km de longitud por entre 20 y 60 de profundidad, separada del interior por los escarpados montes del Líbano y del Antilíbano. Es este un territorio que presenta similares condiciones morfológicas, caracterizadas por una abrupta topografía que forma numerosos valles de difícil intercomunicación terrestre... La región fue habitada desde la prehistoria.
Su fertilidad, debida a los numerosos wadi (cauces de los ríos, secos en verano) que la cruzan y que permiten el mantenimiento de acuíferos subterráneos, favoreció la aparición de una serie de comunidades. Si bien tuvieron una base agrícola en origen, muy pronto se vieron abocadas a mantener una relación cada vez más estrecha con el mar que bañaba sus bahías. Tal vínculo se vio facilitado por los espesos bosques de cedros y cipreses que crecían al amparo de sus altos montes, que les proporcionaban la imprescindible madera con que construir sus embarcaciones.
La génesis
Con el paso del tiempo, algunas de aquellas poblaciones fueron creciendo hasta constituir importantes ciudades, como Biblos (cuyos restos más antiguos datan de 2700 a. C.), Sidón, Tiro o Ugarit. Con todo, su desarrollo se veía constreñido por el hecho de que Canaán, la región en que dicha franja se ubicaba, se había convertido, durante el período del Bronce Final, en una zona muy apetecible. Tanto la gran potencia del sur, el Egipto del Imperio Nuevo, como su homóloga del norte, Hatti, pugnaban por su control. Pero, además, las naves micénicas, como en otros tiempos las minoicas, imponían su ley sobre unas rutas marítimas vitales para su desarrollo comercial.
Una gran crisis tuvo lugar hacia 1200 a. C., y su episodio más significativo fue el de las violentas migraciones de los llamados Pueblos del Mar. Se abrió un amplio período de caos e inestabilidad para las ciudades y naciones ribereñas del Mediterráneo, que produjo no solo el retraimiento de un Egipto inmerso en la lucha por su propia supervivencia, sino el hundimiento y la desaparición de Hatti y la destrucción de las ciudades micénicas. Fue el final de toda una era y el nacimiento de un nuevo contexto internacional. Tampoco las poblaciones de la costa cananea pudieron librarse de tal embestida.
Algunas, como Ugarit, fueron totalmente aniquiladas y nunca más se reconstruyeron. Otras, en cambio, lograron rehacerse, como Tiro, que fue repoblada con habitantes procedentes de Sidón. Las supervivientes volvieron con prontitud a mostrar signos de su antiguo esplendor. Paradójicamente, señaló el comienzo de la fortuna para ciudades como Arwad, Biblos, Berytus, Sidón, Tiro, Ardat o Sarepta. Ciudades que muy pronto se diferenciaron de sus antiguas homólogas cananeas, pero de cuya cultura y raza nunca renegaron, hasta formar una realidad propia a la que los griegos llamarían Fenicia.
Desde que Ernest Renan publicara su Misión en Fenicia a mediados del siglo XIX se ha avanzado mucho en el conocimiento de los fenicios. Sin embargo, la información de que disponemos se halla indefectiblemente lastrada por la pérdida de la mayor parte de sus fuentes. El soporte principal sobre el que escribieron su lengua semita occidental, el papiro, se ha malogrado en gran parte a causa de la humedad del clima. Quedan solamente aquellos textos escritos sobre materiales más resistentes, como la piedra, el mármol o la cerámica.
A ello se debe que la mayor parte de la información no arqueológica que poseemos sobre estas gentes provenga de fuentes asirias, griegas o romanas, con frecuencia voluntariamente manipuladas, dado que, durante la mayor parte de su historia, aquellos fueron no solo sus rivales, sino también sus enemigos. Con todo, se ha logrado reconstruir una imagen bastante completa y fiable de tan interesante civilización.
La sociedad fenicia
Las ciudades fenicias eran independientes y muy poco dadas a colaborar entre sí, incluso en momentos de peligro. Constituyeron monarquías hereditarias en las que el rey solía desempeñar también funciones sacerdotales. Si bien se trataba de un soberano absoluto con base teocrática, como sus homólogos cananeos, se apoyaba en un consejo de ancianos y contaba con un cuerpo de funcionarios. Entre ellos destacaba el sufete, un magistrado temporal cuyas funciones exactas resulta difícil precisar, pero que tendría una gran importancia en las futuras colonias occidentales.
Uno de los cometidos principales de estos reyes, además del sacerdotal, era mantener el equilibrio entre dos sectores sociales cuyos intereses podían llegar a oponerse: el representado por la oligarquía comercial, que cada vez adquirió un mayor poder, y el de la nobleza tradicional de base agrícola. Y es que la gran expansión y la riqueza de la sociedad fenicia se debieron en gran medida a su activo comercio, pero no hay que olvidar que sentaba sus bases en la tierra.
En la agricultura intensiva de sus valles y de las terrazas de sus montes, que producían cebada, trigo, vino, aceite, dátiles e higos; en el cuidado de las cabras y ovejas que pastaban por sus laderas; y, sobre todo, en la tala de los cedros y cipreses de sus bosques, reputados en todo Oriente Próximo, y cuya madera resultaba imprescindible para construir los buques con que transportaban sus mercancías, entre las que destacaban sus tejidos de color púrpura.
Era una dinámica sociedad de hombres libres que constituían familias patriarcales y monógamas, en las que las mujeres desempeñaban un destacado papel. Sirve para ejemplificarlo el caso de Elisa, la mítica fundadora de Cartago. Era una sociedad que, en lugar de equipar grandes ejércitos, confiaba más en la estratégica ubicación de sus ciudades, de difícil acceso y protegidas por sólidas murallas, y en el creciente poderío naval que ostentaba. Estas gentes solían organizarse en grupos profesionales que habitaban en un mismo barrio. Por él discurrían estrechas callejuelas que conducían a bulliciosas plazas, delimitadas por casas de varios pisos con un patio central.
Los fenicios solían llevar barba y largos y ensortijados cabellos. Iban tocados con un bonete y ataviados con multicolores vestidos. A sus mujeres les gustaba adornarse con diademas, anillos, brazaletes y pendientes de todo tipo y calidad.
Pero junto a ellos las ciudades contaban con un importante número de esclavos. Su condición parece haber sido algo mejor que en otros lugares. Tenían la capacidad legal de contraer matrimonio y de poseer determinados bienes muebles, que incluso podían llegar a permitirles la liberación, pero no disfrutaban de poder político alguno, aunque muchos de ellos debían adorar a las mismas divinidades que sus dueños.
Religiosos y supersticiosos
Cada ciudad fenicia solía tener un panteón, no estable y con una fuerte tendencia sincrética, formado por una tríada de dioses: una divinidad masculina protectora de la ciudad; su esposa, garante de la fertilidad en un sentido amplio, tanto familiar como económico; y el hijo de ambos, símbolo de la naturaleza que moría y resucitaba cada año. Se les adoraba en templos no monumentales que se dividían en tres partes: un pórtico, un vestíbulo que solía contener alguna fuente y un santuario de limitado acceso en el que se hallaba ubicada la imagen de la divinidad.
Solían ofrecerse a esta diversas estatuillas votivas elaboradas con distintos materiales, que podían ir de la terracota al metal. También se les rendía culto al aire libre, en lugares altos, cerca de ríos o en bosques, presididos por altares simbólicos y betilos (piedras sagradas de forma cónica). En ellos podían realizarse toda clase de ofrendas, desde frutos hasta animales, siempre en relación directa con la pena a expiar o el bien a conseguir. Y en ocasiones se llevaban a cabo sacrificios humanos.
Sus necrópolis se hallaban también en las afueras. Consistían en tumbas rupestres o en pozos verticales, en donde enterraban a sus parientes en sarcófagos con formas humanas, a imitación de los egipcios. Los más ricos eran de mármol o piedra, como los magníficos ejemplares de Biblos o Gadir; otros se facturaban en madera y terracota. No obstante, algunas veces, sin que se haya podido establecer la razón, practicaron también la incineración.
En uno y otro caso se acompañaba al difunto con vistosos ajuares, consistentes en objetos de cerámica y joyas (nunca se han hallado armas, lo que no resulta sorprendente, puesto que no eran un pueblo de guerreros). Antes de acordar algún negocio o emprender cualquier singladura, los fenicios en ocasiones practicaban la hierogamia, la “unión” con el dios, que consistía en prostituirse en un templo con fines religiosos ligados a la fertilidad.
También dedicaban diversas ofrendas a sus dioses, implorando su ayuda y escrutando en las estrellas o en las vísceras de los animales sacrificados el destino de su empresa. No es, pues, de extrañar que, además de instalar formas de caballos como amuleto protector en sus proas, las naves fenicias portaran una enseña consistente en un asta con un globo y una media luna, símbolo de la diosa Astarté, así como otros ornamentos religiosos. La razón residía en procurarse la protección divina antes de enfrentarse a los peligrosos mares.
Magníficos navegantes
Porque, por encima de cualquier otra cosa, los fenicios fueron unos magníficos navegantes. La determinación del norte por la Osa Menor, y no por la Osa Mayor como hacían los griegos, así como el conocimiento de la posición fija de la Estrella Polar, comúnmente llamada “estrella fenicia”, les permitió navegar de noche. Evitaban de ese modo tener que recalar al atardecer, como ocurría con las naves de cabotaje de la época, y ello les permitió extender una importantísima red comercial que se convertiría en un puente económico y cultural entre los dos extremos del Mediterráneo.
Su habilidad llevó a monarcas de otras naciones a solicitarles para llevar a cabo importantes viajes. Es el caso del faraón Necao II, a caballo entre los siglos VII y VI a. C., bajo cuyo patrocinio los fenicios circunnavegaron el continente africano durante un periplo de tres años. Así lo afirma, al menos, el historiador griego Heródoto.
Cuenta con escepticismo cómo los marineros se sorprendieron al ver que, si durante una gran parte de su ruta el Sol salía por su izquierda, a partir de un momento determinado –seguramente cuando doblaron el cabo de Buena Esperanza– empezó a salirles por su derecha hasta que alcanzaron las Columnas de Hércules (estrecho de Gibraltar).
También, han llegado hasta nosotros noticias de otros importantes periplos, como el impulsado por Salomón, el mítico rey de Israel, y su socio y amigo Hiram I de Tiro, que en el siglo IX a. C. llevó a los navegantes fenicios desde el puerto israelita de Ezion-Geber, en el mar Rojo, hasta el país de Ofir. Este lugar no se ha identificado, pero podría ubicarse en Somalia, Yemen o incluso en India, según relata la Biblia. Por no mencionar “las naves de Tarshish”, que para muchos estudiosos nos hablan de un comercio regular con el mítico e hispano reino de Tartessos; o los periplos que los navegantes cartagineses, sus herederos naturales, llevaron respectivamente a Himilcón y Hannón hasta Cornualles y Senegal en el siglo V a. C.
No es de extrañar que la riqueza que hizo grandes a las ciudades fenicias –la misma que era intensa y amenazadoramente apetecida por sus poderosos vecinos, ya fueran éstos asirios, egipcios, babilonios o persas– proviniera de un activo comercio naval.
Unos extraordinarios mercaderes
Los fenicios fueron durante siglos los grandes intermediarios mercantiles de la Antigüedad. Importaban, preferentemente por mar, pero también por tierra, lana mesopotámica; lino y trigo de Egipto; cereales, bálsamos y miel de Israel; caballos, mulos y cobre de Anatolia; cereales, vid y olivos de Grecia; cobre de Chipre; piedras semipreciosas de Irán; plata, plomo y sobre todo el imprescindible estaño para la fabricación de bronce de España; marfil, esclavos, oro, plata y animales exóticos de distintos rincones de África; e incluso ámbar del Báltico.
La población crecía permanentemente y los recursos propios apenas podían cubrir tal aumento por la progresiva sobreexplotación de su limitado territorio. Hacían acopio de alimentos, y las materias primas eran convenientemente transformadas por sus habilidosos artesanos en productos de gran calidad, en general de pequeño tamaño, pero con un gran valor añadido. Luego eran reexportadas por todo el Mediterráneo en expediciones comerciales financiadas tanto por el Estado y los templos como por particulares.
Así, los navíos que partían de Tiro, Sidón, Biblos, Arwad o Sarepta solían llevar en sus bodegas, además de la apreciadísima madera de cedro (lo que acabaría provocando una peligrosa deforestación de su propio país), tejidos de gran valor, marfiles tallados, muebles con marquetería de maderas nobles y marfil, ungüentarios y colgantes de pasta vítrea, cuencos y jarras de oro y plata repujados con múltiples motivos o joyas con granuladuras. Todos ellos estaban decorados con motivos de tipo egipcio, libremente reinterpretados por unos artistas cuyo norte era la belleza. Hasta tal punto era así que incluían jeroglíficos egipcios sin significado alguno, pero de gran valor ornamental.
Esto ha hecho hablar a algunos autores de la inexistencia de un arte fenicio propio, pero tal afirmación debe matizarse. Dada la encrucijada de pueblos y culturas que representó durante siglos Fenicia, la verdadera genialidad artística de este pueblo consistió en constituir un todo coherente a partir de múltiples y distantes influencias. Uno de los productos de mayor éxito, y que ha permitido situar algunas de las rutas comerciales fenicias, fueron los escarabeos, un amuleto multicolor con la forma del escarabajo sagrado egipcio que se fabricaba en grandes cantidades.
Pero tampoco se descuidaba el comercio de cualquier otra mercancía que pudiera proporcionar beneficios. Y eso incluye el tráfico de esclavos, común en todo el Mediterráneo, porque la línea que separaba a comerciantes de piratas no fue nítida en ningún momento de la Antigüedad. El comercio de intermediación resultó ampliamente beneficioso. Consistía en desembarcar mercancías propias en un puerto determinado, por ejemplo griego o etrusco, y embarcar allí otros productos, como podrían ser la cerámica ática o el hierro itálico.
Después se transportaban a un tercer lugar en donde se repetía la operación, y así sucesivamente hasta volver al puerto de partida. El periplo total podía durar largos meses e incluso años. La difusión llevada a cabo de su simplificado alfabeto de 22 letras, origen del nuestro, no hizo sino facilitar el proceso administrativo inherente a cualquier transacción mercantil.
Curiosamente, su lucrativo comercio se adhirió tarde al sistema monetario, que se extendía por el Mediterráneo desde el siglo VIII a. C. Ello prueba la solidez de sus circuitos comerciales, pero también deja ver que muchos de sus “clientes” pertenecían a regiones poco civilizadas que no se habían incorporado aún a un sistema monetarizado.
No obstante, en distintos períodos de su historia, las ciudades fenicias, fuertes y ricas, pero desunidas, sufrieron el envite y el saqueo de las potencias hegemónicas de Oriente Próximo. Un gran número de habitantes quisieron verse libres del pago de altos tributos y de destrucciones y buscaron horizontes más benignos, lo que provocó el asentamiento de poblaciones fenicias en distintos puntos del Mediterráneo.
Este artículo se publicó en el número 444 de la revista Historia y Vida.


Astarte de Galera. Diosa fenicia sentada en un trono con la esfinge. Madrid, Museo Nacional de Arqueología. Ubicación: MUSEO ARQUEOLOGICO NACIONAL-COLECCION. MADRID. España. 

Sarcófago fenicio de Palermo, s. V a.C.

Naves fenicias, palacio de Sargón II, 2.600 a.C.


Moneda fenicia, 340 a.C.


Templo de Eshmún
Eshmún era la deidad fenicia de la curación y la renovación de la vida. Fue una de las divinidades más importantes del Panteón fenicio y la principal divinidad masculina de Sidón. Originalmente una divinidad de la naturaleza y un dios de la vegetación primaveral, Eshmún fue equiparado a la deidad babilónica Tamuz. Su papel más tarde se amplió en el panteón fenicio, y obtuvo atributos celestes y cósmicos.
El mito de Eshmún fue relatado en el siglo VI por el filósofo neoplatónico sirio Damascio, dentro de su biografía de Isidoro de Alejandría, y en el siglo IX por el patriarca de Constantinopla Focio. Ambos narran que Eshmún, un hombre joven de Beirut, estaba cazando en el bosque cuando la diosa Astarté lo vio y quedó prendada de su belleza. La diosa acosó al joven hasta que este se mutiló con un hacha y murió. La diosa, afligida por la culpa, revivió, según el mito, a Eshmún y lo transportó a los cielos donde se convirtió en un dios celeste.
Desde una perspectiva histórica, la primera mención escrita de Eshmún está datada en el año 754 a. C., fecha de la firma del tratado entre el rey asirio Ashur-nirari V y Mati'el, rey de Arpad, en el que el dios figura como uno de los patrones del acuerdo.​ Eshmún fue identificado con el dios de la mitología griega Asclepio debido a la influencia helenística sobre Fenicia. Las primeras evidencias de esta equiparación proceden de monedas de Amrit y Acre datadas en el siglo III a. C. Este hecho es ejemplificado también por los nombres helenizados del río Awali, que fue apodado fluvius Asclepius y las arboledas circundantes al templo de Eshmún, conocidas como las «arboledas de Asclepio»







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