miércoles, 4 de octubre de 2023

 

En torno al concepto de guerra florida entre tlaxcaltecas y mexicas



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Introducción

Al momento de acontecer el contacto europeo con Mesoamérica, algunos de los pueblos y culturas que estaban asentados en los valles centrales de esta super-área aún se encontraban en pugna. Quizás el enfrentamiento más importante y significativo, que incluso fue aprovechado por los conquistadores hispanos, fue el que tenían tlaxcaltecas y mexicas. Los últimos enfrentamientos entre ambos pueblos habían sido tan cruentos y sangrientos que el odio mutuo había llegado al extremo de impedir los casamientos entre la gente de una y otra parcialidad.

Sin embargo, esta hostilidad registrada en el momento de la conquista, se vio menguada por algunos cronistas de la segunda mitad del siglo XVI que decían que dicha enemistad había desembocado en confrontaciones militares que hasta ese entonces habían tenido un carácter religioso y a las que denominaron “guerra florida”, es decir, guerras con un sentido religioso. Según la mayoría de estos cronistas, esta guerra se hacía en beneficio de los mexicas ya que era la forma en que se abastecían de víctimas para ofrendar a su dios Huitzilopochtli lo que también fue utilizado como argumento para sustentar que éstos no tenían interés en conquistar la provincia de Tlaxcala.

A partir de esos cronistas, numerosos historiadores han retomado dicha creencia; basta revisar a Clavijero (1987), Orozco y Berra (1960), Chavero (1950) e incluso la gran mayoría de los investigadores modernos que tratan dicho acontecimiento la han mantenido sin intentar llevar a cabo un análisis crítico al respecto. Esto ha propiciado que se sobrevalúe la capacidad militar mexica y se minimice la importancia política y militar de otras provincias de Mesoamérica, algunas de las cuales tuvieron un papel fundamental en la conquista de las ciudades de México-Tenochtitlan y Tlatelolco.

En el presente trabajo me propongo hacer un análisis de la guerra florida y del contexto histórico en que se dio entre tlaxcaltecas y mexicas, el cual, pienso, derivará en puntos de vista que contradigan en gran parte lo hasta hoy aceptado sobre el tema.

El concepto de guerra florida

Encontramos el concepto de guerra florida en escritos de mediados del siglo XVI. Torquemada la menciona pero no la acepta; Ixtlilxóchitl dice que fue una cuestión que involucró también a los tlaxcaltecas, aunque predomina hasta ahora la versión difundida en Durán, Tezozómoc y el Códice Ramírez, en la que se establece que fueron los mexicas los que determinaron dicho acontecimiento.

De la combinación de estas crónicas y de la de Ixtlilxóchitl se ha establecido una versión errónea, en la cual se ha supuesto un pacto de no conquista por parte de los pueblos involucrados, lo que no es evidente en las fuentes históricas de tradición mexica. Así, en la versión que encontramos en los escritos de Durán, Tezozómoc y el Códice Ramírez, se distingue que la instauración de la guerra florida fue una determinación de la nobleza mexica:

… poniendo en plática el rey Motecuhzoma… sobre que se ordenase cómo los dioses fuesen servidos con sacrificios de hombres con la frecuencia necesaria… mandó juntar sus grandes señores. Los cuales juntos, les dijo como su voluntad era ordenar una feria militar, donde como quien va al mercado, de tantos en tantos días se acudiese a comprar honra y gloria humana con su sangre. (Durán, 1967:235)

Para las fuentes históricas de tradición mexica, la decisión de Moctezuma Ilhuicamina de implantar la guerra florida fue unilateral, y una vez aceptada y confirmada por los nobles mexicas, les fue dada a conocer a los gobernantes de los pueblos aliados. La relación de Durán continúa:

Y luego enviaron llamar a los dos reyes comarcanos, conviene a saber, a Nezahualcoyotl y Totoquihuaztli, y a todos los señores y grandes de Chalco y Xuchimilco, y de la Tierra Caliente, y de toda la Cuauhtlalpan y mazahuaques. Los cuales congregados y juntos, como llamados a cortes, les fue pronunciada la nueva ley y determinación y que de ahí en adelante, cuando fuesen llamados para la guerra de Tlaxcala, Huexotzinco, Cholula, Atlixco, Tecoac, Tliliuhquitepec, que luego sin ninguna dilación, acudiesen. (Ibid., 2-37)

Según estas crónicas mexicas no hubo ni siquiera un aviso a las provincias enemigas sobre tal determinación, la cual en ciertos párrafos parece una implacable decisión que marcará las relaciones políticas que desde entonces los mexicas establecieron con esos pueblos. En una plática sostenida entre Tlacaelel y Moctezuma, el primero de ellos dijo:

… con estos tales mercados vendran los tlaxcaltecas a ellos, y allí se comprarán y ellos se venderán por esclavos, y con este achaque tendremos muy cerca guerras para conseguir victoria y alcanzar esclavos para nuestra pretensión y adornamiento de nuestras personas… y será como tengo dicho, cebadera de nuestra presa con los tlaxcaltecas, Tliliuhquitepec, Zacatlan, Cholula, y de los grandes pueblos cercanos, sin tomar la mexicana gente trabajo de ir tan lejos á guerras con daños suyos ni afrenta nuestra. (Tezozómoc, 1980: 362-363)

Para estos cronistas la guerra florida fue determinada por la nobleza mexica poco tiempo después de haber concluido la edificación del templo de Huitzilopochtli. Por tal motivo, los mexicas consideraban que uno de los móviles para hacer esta guerra era el de que

… los dioses fuesen servidos con sacrificios de hombres con la frecuencia necesaria… Y que la que más a esta movía era la honra y ensalzamiento de su dios Huitzilopochtli, al cual pues tenían ya templo, era justo hubiese víctimas que ofrecerle. (Durán, 1967: 235)

Otra motivación para llevar a cabo esta guerra era que “…los hijos de los grandes y los aficionados a la guerra se ejercitasen y mostrasen su valor y destreza” (ibid, 235).

En los escritos de Durán, Tezozómoc y el Códice Ramírez no queda explícito si esas guerras tenían la intención, en caso de victoria, de conquistar con vías de sujeción a cada uno de esos pueblos, pero pienso que esto fue así debido a los hechos relatados en éstas y otras crónicas.

Por ejemplo, bajo el reinado de Axayácatl (1468-1481) los mexicas le hicieron la guerra a Tlilihuquitepec no sólo con la finalidad de obtener prisioneros sino también con la intención de conquistarlo (Davies, 1966), y el mismo Axayácatl realizó acciones tendientes a lograr la sujeción de Tlaxcala (Muñóz Camargo, 1984).

Por otro lado, poco antes de la conquista Huexotzinco había quedado sujeto políticamente al poder mexica (Barlow, 1989) y Cholula lo fue al momento en que llegaron los españoles (Cortés, 1988 y Díaz del Castillo, 1983). De esta manera, puedo considerar que las circunstancias que sirven como fundamento de este supuesto propósito sobre la guerra florida por parte de los mexicas y narrado por cronistas de la segunda mitad del siglo XVI, contrastan con las situaciones reales que caracterizaron las relaciones entre mexicas y algunos de los pueblos supuestamente involucrados en dicha guerra, ya que otras circunstancias adversas tanto políticas como económicas que se presentaron en estos últimos fueron aprovechadas por el poder mexica para someterlos en el aspecto político. Tal parece haber sido la situación de Huexotzinco, que después de haber vivido una fuerte presión tlaxcalteca y de haber perdido gran parte de sus cosechas se sometió al dominio de México-Tenochtitlan.

En apoyo a lo anterior, es importante señalar que los conquistadores españoles que narran los acontecimientos sucedidos en los valles centrales de Mesoamérica, y que ellos conocieron al momento de su llegada, no dicen nada acerca de una supuesta guerra florida pero sí de hechos que confirmaban una profunda enemistad entre algunos de esos pueblos y los mexicas. Así por ejemplo, en Tlaxcala encontraron lo siguiente:

Preguntada la causa de aquella cerca, me dijeron que la tenía porque eran fronteras de aquella provincia Tascalteca, que eran enemigos de Mutezuma y tenían siempre guerra con ellos. (Cortés, 1988: 36)

Enemistad que se basaba en cuestiones de independencia política y económica:

Antes habían vivido exentos, y por sí, de inmemorial tiempo áca, y que siempre se habían defendido contra el gran poder de Mutezuma y de su padre y abuelos ellos jamás habían podido traer a sujeción teniéndolos como los tenían cercados por todas partes sin tener lugar para por ninguna de su tierra poder salir. (Ibid, 40)

Por su parte, Moctezuma le dijo a Cortés que los tlaxcaltecas eran sus enemigos (ibid, 52).

El concepto de guerra florida lo encontramos a partir de la segunda mitad del siglo XVI y se sustenta en los escritos de Tezozómoc, Durán e Ixtlilxóchitl, aunque Torquemada no la acepta como un hecho. Respecto a su origen, Ixtlilxóchitl ofrece una versión un tanto distinta a la que encontramos Durán y Tezozómoc: según él, ocurrió que tras varias catástrofes naturales que ocasionaron hambre entre los pueblos de los valles centrales de Mesoamérica, se juntaron los tres señores que encabezaban la triple alianza de Tenochtitlan, Tlacopan y Texcoco con “la señoría de Tlaxcalan, a tratar el remedio mas conveniente para este efecto” (Ixtlilxóchitl, 1985: 112). En esa reunión en la que sólo parecen haber participado Nezahualcóyotl, señor de Texcoco, y Xicoténcatl, uno de los señores principales de Tlaxcala, se acuerda lo siguiente:

Xicotencatl … fue de opinión, que desde aquel tiempo en adelante se estableciese que hubiesen guerras contra la señoría de Tlaxcalan y la de Tetzcuco con sus acompañados y que se señalase un campo donde de ordinario se hiciesen estas batallas, y que los que fuesen presos y cautivos en ellas se sacrificasen a sus dioses. (Ixtlilxóchitl, 1985:112)

En la versión de Ixtlilxóchitl, el pacto que se estableció tendría ciertas reglamentaciones; así, “… Nezahualcoyotzin señaló el campo que fue entre Quauhtépec y Ocelotepec … sin exceder los límites del campo que para el efecto se señalase” (ibid., 112).

En esta crónica, el carácter de la guerra con un sentido religioso está plenamente definido, descartándose el de conquista; según Ixtlilxóchitl, estas guerras no pretendían ganar “las tierras y los señoríos” y además se establecía que

… había de ser con calidad que cuando tuviesen algún trabajo o calamidad en la una y otra parte habían de cesar las dichas guerras y favorecerse unos a otros, como de antes estaba capitulado con la señoria de Tlaxcalan. (Ibid., 112)

La versión de Ixtlilxóchitl difiere en gran parte de la de Durán, Tezozómoc y el Códice Ramírez, tanto en las circunstancias en que surge la determinación, como en las formas en que fue establecida y el carácter de la guerra misma. Lo anterior, así como las consideraciones que se establecen y que se distinguen en el último de los párrafos citados, me hacen pensar que el acuerdo de guerra florida narrado por el cronista acolhua sólo parece involucrar a Tlaxcala y Texcoco, ya que ambos pueblos a lo largo de su historia se habían ayudado y favorecido. Cabe tan sólo recordar que hasta poco antes de los acontecimientos aquí tratados, Tlaxcala fue uno de los principales colaboradores para que Nezahualcóyotl recuperara el gobierno de Texcoco, el cual en reciprocidad les concedió extender los límites de su provincia (Ixtlilxóchitl, 1985).

Por la misma crónica sabemos que las guerras llevadas a cabo entre ambos pueblos a partir de entonces fueron realizadas en el terreno acordado y sin que intervinieran los mexicas. En comparación, las guerras llevadas a cabo entre mexicas y tlaxcaltecas no tuvieron un determinado escenario y además estuvieron marcadas por el carácter de conquista que los mexicas daban a todas sus confrontaciones.

Por otra parte, las guerras que los mexicas hicieron a todos los pueblos que conquistaron tuvieron un sentido religioso idéntico al descrito con anterioridad y no fue exclusivo a los enfrentamientos que tuvieron contra los pueblos del valle de Puebla-Tlaxcala. Así por ejemplo, Mario Erdheim nos dice:

En el Códice Mendocino se pinta a Axayácatl vestido de Xipe Totec asaltando el templo de Tlatelolco, es decir que no sólo las ‘guerras floridas’ sino también las otras se interpretaban como actos religiosos”. (Erdheim, 1982:204, lámina 1)

Además, cualquier guerra representaba una oportunidad para que los guerreros mexicas obtuvieran reconocimiento social y ciertos objetos de prestigio (Broda, 1985).

Contexto histórico en que surge la guerra florida

Para los cronistas que la mencionan, la guerra florida trata de acontecimientos que tuvieron lugar después de la segunda mitad del siglo XV, cuando Moctezuma Ilhuicamina era rey de México-Tenochtitlan. Para ese entonces “gran parte de la tierra estaba sujeta ya que nadie se osaba ya desmandar” (Durán, 1967: 209).

La ciudad mexica recibía en ese entonces una gran cantidad y variedad de productos como presentes tributados, provenientes de las más diversas regiones de Mesoamérica:

De toda tanta cantidad que no faltaba día de esta vida que no entrara en la ciudad de México gente forastera, con gran cantidad de todas estas cosas. Así de provisión como de riqueza para el rey y para los grandes señores, lo cual ganaron con su sudor y trabajo y con la fuerza de su pecho y de su cabeza y brazo, sujetando todas las naciones y trayéndolas en perpetua esclavonía y servidumbre. (Ibid.)

Durante el tiempo que reinó Moctezuma Ilhuicamina, los mexicas expandieron su dominio sobre la región costera del Golfo de México, cerrando con ello la más importante ruta de comercio que tenían los tlaxcaltecas.

De esta manera los mexicas conquistaron Tlatlauhquitepec y más tarde Cuechtlan y Tochpan. Posteriormente la expansión se dirigió a Ahuilizapan, Cuetlaxtlan y Cuauhtochco, cortando las rutas tlaxcaltecas con el Golfo (Durán, 1967, Tezozómoc, 1980, Muñoz Camargo, 1984, Torquemada, 1986). Al decir de Barlow, Axayácatl

Dedicó sus últimos años a completar el rodeo de Tlaxcala, cerrando las pinzas que había fodado Ilhuicamina. Esto se logró mediante la ocupación de los pueblos del valle de Puebla que Tetzcuco había tomado en tiempos de Ilhuicamina, durante campañas en las cuales probablemente figuro el mismo Axayácatl antes de ser monarca.
Como parte de esa guerra para ligar Izúcar con Cotastla, Axayácatl suprimió la rebelión de este último lugar, “porque enviaron (los mexicanos) veinte hombres por el tributo metieronlos en una casa llena de ají y echarónles fuego”. Cotastla cayó nuevamente en 1476 y sus vencedores habían empujado hasta Orizaba por 1480. Tepeyacac, Teacalco y los demás pueblos del valle de Puebla cayeron bajo el yugo de los Mexica Tenochca por esta época. (Barlow, 1990:136)

Fue en ese momento cuando la región tlaxcalteca quedó aislada en su totalidad debido al dominio político que los mexica ejercían sobre algunos pueblos que confinaban con ella y porque hacia el oeste tenía a otros pueblos, como Cholula y Huexotzinco principalmente, con los que los tlaxcaltecas rivalizaban a su vez por la dominación del valle poblano-tlaxcalteca.

Para ese entonces, los seis pueblos independientes que junto con los mexicas supuestamente estaban involucrados en la guerra florida, eran objeto de presión política o económica.

Las guerras entre Tlaxcaltecas y mexicas

… y así Netzahualcoyotzin señaló el campo que fué entre Quauhtépec y Ocelotépec y por ser las tres cabezas del imperio, señaló para el efecto otras tres provincias, que fueron la de Tlaxcalan referida, la de Huexotzinco y Cholulan, que llamaron ‘los enemigos de casa’, con calidad que peleasen tantos a tantos yendo los de las tres cabezas juntos, y que diesen su batalla los primeros días de sus meses, comenzando por Tlaxcalan la primera vez, y luego de allí a otro mes que fue la segunda en el campo que estaba señalado de Huexotzinco, y a la tercera en el campo de Cholulan, cuyos defensores eran los de Atlixco; y luego comenzaban otra vez la tanda por Tlaxcalan”. (Ixtlilxóchitl, 1985:112)

Esta cita del cronista acolhua ha sido tomada al pie de la letra por algunos investigadores, entre ellos Canseco (1963), y ha servido como fundamento para pensar que se realizaron frecuentes batallas entre tlaxcaltecas y mexicas a raíz de la instauración de la guerra florida. Sin embargo, tomando en consideración que las fuentes históricas como las de Torquemada, Tezozómoc, el Códice Ramírez e incluso el mismo Ixtlilxóchitl, son tan minuciosas para referir los acontecimientos militares de los mexicas, puedo decir que los enfrentamientos entre éstos y los tlaxcaltecas no fueron tan frecuentes. Por ejemplo, Durán menciona sólo tres enfrentamientos, de los cuales el primero ocurrió cuando el poder mexica prestó auxilio:) al ejército huexotzinca. El segundo se dio luego que el tlatoani de Texcoco, Nezahualpilli, le dijera a Moctezuma Xocoyotzin que jamás vencería en una guerra, por más que quisiera, a los huexotzincas, tlaxcaltecas o cholultecas (figura 2).

Después de esta guerra, causada por el aviso de Nezahualpilli y en la que fueron derrotados los mexicas, muriendo incluso un pariente cercano de Moctezuma, éstos llevaron a cabo otra incursión en Tlaxcala en la que, según las crónicas, ninguna de las dos partes obtuvo ventaja sobre la otra: ” … a fin de la batalla se halló haber perdido los tlaxcaltecas otra tanta gente como los mexicanos y haber quedado iguales en valor” (Durán, 1967:462).

Estas guerras, antes que haber tenido un vínculo primordialmente religioso, tenían una marcada intención de conquista por parte de los mexicas. Así a Moctezuma Xocoyotzin se le atribuyen los siguientes comentarios:

Más que ahora que le habían muerto a Tlacahuepatzin su hijo con atroz atrevimiento, que su voluntad era destruir a Tlaxcala y asolarla, porque no convenía que en el gobierno del mundo hubiese más de una voluntad y mando y un querer, y que, estando Tlaxcala por conquistar, que no se tenía por señor universal del nuevo mundo”. (Muñoz Camargo, 1984:183).

Figura 1. Cuadrete de la escultura conocida como El Cuauhxicalli de Moctezuma. Deidades con atavíos guerreros están frente a frente. La deidad mexica sujeta del cabello a una deidad femenina de Culhuacán. Según Mario Erdheim “no sólo las guerras floridas sino también las otras se interpretaban como actos religiosos”.

Figura 2. Nezahualpilli presagia a Moctezuma que en poco tiempo sus ciudades serán destruidas. Atlas de Durán, cap. LXI.

Figura 3. Relación de guerras entre tlaxcaltecas y mexicas

De esta manera, es patente la escasa frecuencia de guerras entre mexicas y tlaxcaltecas referidas en las fuentes históricas, lo que contradice lo que tradicionalmente se ha pensado al respecto con base al concepto de guerra florida (figura 3). Lo anterior también tiene su fundamento en otro ejemplo que trata de Cholula, ciudad incluida en el supuesto pacto militar referido más arriba. Según Durán, a principios del siglo XVI Cholula desafió a Moctezuma Xocoyotzin y el mismo cronista dice “que nunca se habían visto con los mexicanos en campo” (Durán, 1967:465).

Por otra parte, se podrían argumentar tres aspectos que parecen contradecir la conclusión anterior, pero que carecen de sustento. El primero sería que la guerra florida fue pactada para hacerse entre tlaxcaltecas contra mexicas y aliados, y que por tanto deberían tomarse en cuenta las batallas que Tlaxcala efectuó contra alguno de los pueblos que formaron parte de la triple alianza comandada por los mexicas. Aún tomando en consideración este aspecto, el número de guerras se incrementaría en una pequeña proporción, ya que sólo conocemos dos casos de enfrentamientos de texcocanos contra tlaxcaltecas: uno ocurrido en tiempos de Nezahualcóyotl y el otro en los de Nezalhualpilli, en ambos casos sin participación mexica (Ixtlilxóchitl, 1985).

Una segunda consideración supondría que la guerra florida fue pactada para realizarse entre mexicas y aliados contra cualquier señorío del valle poblano-tlaxcalteca, trátese de Cholula o Huexotzinco, ya que según algunos investigadores “La guerra florida fue una actividad que en conjunto realizaban las principales provincias de la región y por tanto Tlaxcala debió de haber participado en cada una de ellas” (Broda, 1985). Lo anterior no pudo ocurrir así, ya que fueron precisamente estos tres pueblos los que mantuvieron una frecuente pugna por el predominio político en dicho valle. Hasta aproximadamente 1450 Huexotzinco se había mantenido al parecer en una situación predominante, y a partir de entonces Tlaxcala llegó a ocupar la hegemonía política de la región en sustitución de dicha provincia (Davies, 1966 y Barlow, 1990).

Sin embargo, aunque alguna de las tres principales provincias del valle poblano-tlaxcalteca ocupara un lugar hegemónico con respecto a las otras, no cesaron las pugnas; al contrario, se agudizaron. Por ejemplo, a partir de la segunda mitad del siglo XV, tiempo en el que se registra el establecimiento de la guerra florida, se realizaron frecuentes enfrentamientos entre Tlaxcala y Huexotzinco, y entre Tlaxcala y Cholula y Atlixco.

Esta situación continuó hasta poco antes de la Conquista, momento en que la pugna mayor fue entre Tlaxcala y Cholula (Díaz del Castillo, 1983). Por otra parte, las diversas fuentes históricas del siglo XVI no hacen mención a empresas guerreras llevadas a efecto de manera conjunta entre cualquiera de estos tres pueblos del valle poblano-tlaxcalteca; si acaso una excepción podría ser la alianza de Huexotzinco y Atlixco (Durán, 1967).

Así, las tensiones políticas que privaban entre Tlaxcala, Huexotzinco y Cholula impidieron que solventaran de manera conjunta el supuesto pacto de la guerra florida.

El tercer aspecto sería el de considerar que a los cronistas que tratan del pacto militar no les importó registrar estas guerras floridas entre mexicas y aliados contra tlaxcaltecas; si esto fuera así, tendríamos que preguntarnos por qué sí hacen referencia a ese tipo de encuentros celebrados entre cholultecas y mexicas, además de otro entre Huexotzinco contra los pueblos de la triple alianza.

El sentido de la guerra entre tlaxcaltecas y mexicas

Aún cuando las fuentes históricas refieren que el sentido de la guerra florida era religioso y social, hay otro aspecto que ha sido tomado en cuenta por varios investigadores y utilizado como argumento para establecerlo como razón fundamental de que los mexicas no quisieran llevar a cabo la conquista de la región tlaxcalteca. Este argumento es el de considerar a dicha provincia como un área muy pobre que carecía de interés económico para el pueblo mexica. De esta manera, encontramos conclusiones como las siguientes:

Es de creer que si los mexicanos hubiesen querido destruir en verdad a Tlaxcala y eliminar el peligro que extrañaba, hubieran podido hacerlo concentrando contra ella todas las fuerzas de su imperio. No lo hicieron, sin duda porque se impuso, en última instancia, la necesidad de mantener la Xochiyaoyotl (1a “guerra florida”). (Soustelle, 1977:216)


Más que una verdadera rivalidad existía una concertación y aunque la zona era clave a nivel estratégico, no lo era a nivel económico para los mexica, que se pasan de largo en sus rutas de conquista y tienen preferencia por otras zonas con recursos básicos para su desarrollo. (Corona, 1991: 128)


A la pregunta de por qué los tlatoanis mexicas no tomaron Tlaxcala se puede responder con lo mismo que Moctezuma II, y era que no necesitaba vasallos, sino prisioneros y víctimas de sacrificio que estuvieran cerca.
También se puede contestar con la opinión que emite Davies, que parece ser muy lógica, y es que Tlaxcala económicamente no tenía nada que llamara la atención a los mexicas y que además la población iba a ser un constante problema por ser difícil de controlar”. (Limón, 1991: 85)

Si bien en lo económico no resultaba de interés para los mexicas sujetar la provincia de Tlaxcala, sí lo era en cambio porque propiciaba la inestabilidad política en las regiones que tributaban a aquéllos. Y en efecto, en el momento en que supuestamente se estableció la guerra florida, los tlaxcaltecas llevaron a cabo empresas tendientes a promover la sublevación de pueblos dominados por los mexicas. Las fuentes describen cómo se sublevaron los pueblos de Ahuilizapan y Cuetlaxtlan al ser incitados por los tlaxcaltecas, y en la Mixteca el pueblo de Coixtlahuacan recibió la ayuda de éstos y de los huexotzincas para atacar Tlachquiauhco, aliado de los mexicas (Torquemada, 1986 y Davies, 1966): “a partir de este momento hubo guerras directas y no simplemente ayuda indirecta de parte de los tlaxcaltecas y sus vecinos a los enemigos de los aztecas” (Davies, 1966: 374).

Esta presión que los tlaxcaltecas y sus vecinos hacían para promover la rebeldía entre los pueblos sometidos por los mexicas, se ve ejemplificada en el hecho ocurrido en tiempos de Moctezuma Xocoyotzin, en el cual Tecahuatl, señor de Huexotzinco, le manifiesta al señor de México-Tenochtitlan el deseo de no seguir manteniendo una relación amistosa debido a la presión que recibía de Cholula y Tlaxcala (Tezozómoc, 1980).

De esta manera, no es de extrañar que al arribar Cortés al valle de Tlaxcala los cempoaltecas le insistieran en que buscara la amistad de esa provincia, lo cual después le resultó favorable en la consecución de la conquista de México.

Y los de Cempoal me decían que no lo hiciese, sino que fuese por allí; que lo que aquéllos me decían [los enviados de Moctezuma] era por me apartar de la amistad de aquella provincia y que eran malos y traidores todos los de Mutezuma y que me llevarían a meter por donde no pudiese salir. (Cortés, 1988: 36)

Por otro lado ha sido común suponer que la guerra entre tlaxcaltecas y mexicas era en beneficio de este último grupo debido a la fortaleza de su ejército y porque Tlaxcala era el lugar considerado como reserva de guerreros para ser sacrificados en Tenochtitlan. Lo anterior ha supuesto una gran ventaja militar de los mexica sobre la provincia tlaxcalteca, la cual evidentemente no es clara en las crónicas históricas. Por ejemplo, Durán, Tezozómoc y Torquemada narran tres enfrentamientos entre tlaxcaltecas y mexicas siendo estos últimos aliados de los huexotzincas en una ocasión. Estas tres pugnas fueron sumamente difíciles y sangrientas, saliendo victoriosa la parcialidad tlaxcalteca en dos ocasiones y en la otra resultó nivelada. Por su parte, Ixtlilxóchitl narra un enfrentamiento entre acolhuas y tlaxcaltecas en el cual resultó rotundamente derrotado el ejército texcocano (Ixtlilxóchitl, 1985).

De esta manera, no es claro que los mexicas y sus aliados tuvieran una ventaja militar sobre Tlaxcala; en las fuentes históricas es evidente una paridad de fuerzas que había producido la muerte de nobles mexicas y acolhuas por un lado y de importantes personajes tlaxcaltecas por el otro (Durán, 1967, Tezozómoc, 1980, Muñoz Camargo, 1984 e Ixtlilxóchitl, 1985).

Por otra parte, Tlaxcala era el lugar de refugio donde grupos de inconformes provenientes de diversos pueblos, encontraron un lugar para vivir desligados del dominio mexica. Las fuentes históricas registran la presencia en la provincia tlaxcalteca de otomíes y chalcas, quienes guardaban las fronteras de la región y frenaron en diversos momentos el embate de los ejércitos enemigos (Muñoz Camargo, 1984).

Por ello, si bien Tlaxcala pudo no haber tenido una cierta importancia económica que hubiese motivado a los mexicas a conquistarla, sí la tuvo en el aspecto político, ya que era un factor importante de las sublevaciones de diversos pueblos de la región costera del Golfo, la Mixteca y del valle poblano-tlaxcalteca. Además, como hemos visto, era foco de residencia de grupos de inconformes que provenían de varios pueblos subyugados los cuales pienso representaban un riesgo que aunque pequeño, estaba siempre latente: basta recordar que de la región de Huexotzinco y Tlaxcala habían salido los contingentes acolhuas que ayudaron a recuperar el reino de Texcoco para su señor Nezahualcóyotl (Ixtlilxóchitl, 1985).

Para la triple alianza, comandada por los mexicas, los pueblos del valle poblano-tlaxcalteca representaban una fuerza inquietante. Reflejo de lo anterior fue el aviso que Nezahualpilli le hizo a Moctezuma Xocoyotzin, el cual decía:

Por lo cual, debes estar avisado y advertido y con mucho cuidado, porque yo he alcanzado por cosa muy verdadera que de aquí a muy pocos años, nuestras ciudades serán destruidas y asoladas; nosotros y nuestros hijos, muertos, y nuestros vasallos, apocados y destruidos. Y de esto no tengas duda.
Y, para más verificar lo que te digo, y para que conozcas ser verdad, sé muy cierto que jamás que quisieras hacer guerra a los huexotzincas, tlaxcaltecas o cholultecas alcanzarás victoria; antes los tuyos serán siempre vencidos con pérdida de tus gentes y señores. (Durán, 1967: 459)

La conquista de Tlaxcala les habría aportado a los mexicas un enclave geográfico importante mediante el cual, tomando en consideración que estaría de su parte el potencial guerrero tlaxcalteca, podría garantizar la estabilidad política de sus provincias tributarias que confinaban con el valle tlaxcalteca.

El sacrificio de guerreros tlaxcaltecas en México-Tenochtitlan

El análisis acerca del sacrificio del que eran objeto los guerreros tlaxcaltecas capturados en el campo de batalla por los mexica, ha quedado olvidado ante la creencia de que dicho sacrificio era frecuente y masivo. Esta creencia se basa en la tendencia a aceptar como válido lo expresado por Moctezuma Xocoyotzin en diversas crónicas, que dice a la letra:

… que, si Motecuhzoma quisiera destruir a los tlaxcaltecas, lo hiciera, sino que los dejaba estar como codornices, enjaulados, porque no se perdiera la guerra y porque tuvieran en que emplearse los hijos de los señores. (Muñoz Camargo, 1984: 185)

Esto parece no haber sucedido si confrontamos esta suposición con el registro histórico que se tiene sobre los sacrificios masivos que realizaban los mexicas. Por ejemplo, Durán refiere sólo tres casos acaecidos antes de la Conquista: el primero ocurrió en tiempos de Ahuizotl con motivo de la ampliación y el perfeccionamiento del templo de Huitzilopochtli. En esa ocasión se sacrificó una gran cantidad de cautivos provenientes de las más diversas provincias, entre los que se encontraban tlaxcaltecas (Durán, 1967).

El segundo caso refiere el sacrificio, en tiempos de Moctezuma Xocoyotzin, de un capitán tlaxcalteca llamado Tlahuicole, quien atado a una piedra mató a ocho guerreros mexicas antes de ser inmolado (Muñoz Camargo, 1984).

En estos dos primeros casos, los prisioneros tlaxcaltecas sacrificados en México-Tenochtitlan fueron entregados por Tepeaca y Quecholac en tiempos de Ahuizotl, y por Huexotzinco en el caso de Tlahuicole (Durán, 1967 y Muñoz Camargo, 1984). De esta manera, se puede decir que ninguno de estos casos fue consecuencia de un enfrentamiento entre tlaxcaltecas y mexicas.

El tercer caso de tlaxcaltecas sacrificados en la ciudad mexica se refiere a los prisioneros hechos durante la última de las guerras, poco antes de la Conquista. Durante el sacrificio, los cautivos fueron sometidos a los más crueles tormentos antes de ser ofrendados, quizá como venganza por la muerte de numerosos mexicas y de algunos parientes de Moctezuma ocurrida en una batalla. A pesar de este sacrificio de contingentes tlaxcaltecas capturados en los campos de batalla, las fuentes históricas mexicas, siempre tendientes a cuantificar las ofrendas que hacían a sus dioses, no refieren en este caso ninguna cantidad.

Si revisamos lo que las fuentes históricas dicen sobre las ofrendas humanas realizadas en la inauguración de cada una de las sucesivas ampliaciones del templo mayor mexica o en las grandes festividades religiosas y acontecimientos políticos como la inauguración de piedras de sacrificio o la entronización de tlatoque, observamos que sólo hay una referencia a guerreros tlaxcaltecas sacrificados, siendo ésta la del caso mencionado, en tiempos de Ahuizotl (figura 4).

Figura 4. Relación de ofrendas humanas tlaxcaltecas en México-Tenochtitlan


Así, podemos considerar que no existe constancia de hechos que fundamenten las conclusiones o suposiciones vertidas durante décadas por diversos investigadores en el sentido de que Tlaxcala habría sido a partir de la segunda mitad del siglo XV

… una especie de reservorio para tener [los mexicanos] víctimas que sacrificar a sus dioses, los cuales eran obtenidos a través de las guerras floridas que se organizaban cada cierta temporada”. (García Cook y Merino Carrión, 1991: 332)

De esta manera, se puede establecer que el sacrificio humano de guerreros tlaxcaltecas en México-Tenochtitlan, desde la supuesta implantación de la guerra florida en tiempos de Moctezuma Ilhuicamina hasta el momento de la Conquista, fue de mínimas proporciones. Lo anterior se fundamenta además en la narración de Hernán Cortés en sus Cartas de relación, donde describe la gran cantidad de población y guerreros que tenía la región tlaxcalteca al momento en que incursionó con su ejército por primera vez en ella; esta densidad poblacional hubiera sido menor si se hubiera visto menguada de manera constante por guerras contra los mexicas, algo que no ocurrió: “Hay en esta provincia por visitación que yo en ella mandé hacer, ciento cincuenta mil vecinos con otra provincia pequeña que está junto ésta que se dice Guasincango” (Cortés 1988: 43).

Por ello, al salir de Tlaxcala y dirigirse a Cholula, Cortés escribió: “… y rogué que no fuesen porque no había necesidad, todavía me siguieron hasta cien mil hombres muy bien aderezados de guerra y llegaron conmigo hasta dos leguas de la ciudad” (ibid: 44).

Conclusiones

El establecimiento de la guerra florida fue un acontecimiento que fijó las relaciones entre mexicas y tlaxcaltecas en un momento histórico coyuntural para ambos pueblos. El primero por estar en la cúspide del poder político y el segundo porque había llegado a ser quizás el pueblo predominante del valle de Puebla-Tlaxcala.

Aunque la guerra fue establecida, no tuvo al parecer la frecuencia que tradicionalmente se ha pensado y lo mismo puede decirse de los sacrificios de tlaxcaltecas hechos en Tenochtitlan, por lo que su intención religiosa puede considerarse secundaria.

Lo que sí es claro es que las guerras entabladas entre mexicas y tlaxcaltecas una vez iniciado el siglo XVI tienen más el carácter de guerras de conquista, debido a la inquietante oposición política que Tlaxcala representaba para los mexicas. Tlaxcala era un pueblo que impedía la completa estabilidad de las provincias tributarias de Tenochtitlan, y que además se había constituido en la principal fuerza política del valle poblano-tlaxcalteca en el momento en que Cortés arribó a los valles centrales de Mesoamérica. Lo anterior debido al decaimiento político de Huexotzinco y al dominio que sobre Cholula ejercían los mexicas (Cortés, 1988 y Barlow, 1990).

La fuerza política tlaxcalteca, sustentada tanto en sus contingentes guerreros como en los de otomíes y chalcas, era el elemento de preocupación para el aparato político mexica a sabiendas de que era una fuerza de tal naturaleza como la que había aglutinado un conjunto de elementos para destruir el dominio de los tepanecas de Azcapotzalco.

Así, la provincia tlaxcalteca era a comienzos del siglo XVI, un punto que preocupaba al poder mexica; de ahí la insistencia de Moctezuma Xocoyotzin por ampliar los ataques hacia esa región con fines de conquista. Y no se equivocaron los tlatoque mexicas que aproximadamente desde 1460 fijaron como enemigo a Tlaxcala, ya que ésta manifestó durante todo el tiempo que duró la conquista su férrea voluntad política y militar.

Por otra parte, se puede considerar que el concepto de guerra florida -es decir, guerras con sentido religioso-, fue una justificación mítica que la sociedad mexica retomó probablemente de tradiciones religiosas más antiguas y la desarrolló a extremos sin precedentes, buscando con ello obtener una considerable cantidad de víctimas para sacrificar en sus diversas festividades religiosas y civiles. Al parecer, todas las guerras llevadas a cabo por los mexicas tuvieron este carácter y no fue exclusivo de aquéllas que entablaron contra Tlaxcala, Huexotzinco, Cholula, Tliliuhquitepec, etcétera.

El pueblo mexica, en el que los guerreros ocupaban el nivel social privilegiado y conformaban el sector que establecía las directrices de gobierno, desarrolló la necesidad mítica de la guerra florida. Este mito

Aseguraba de modo muy efectivo el orden jerárquico de dicha sociedad. Fundadas en el mito, protegían contra cualquier cambio social tanto al mecanismo selectivo como a la jerarquía que este conformaba: demostraban a la sociedad que no se podía prescindir de los guerreros y en tanto se creía en el mito, la posición de los guerreros permanecía inexpugnable. (Erheim, 1982: 205).

No debemos olvidar que fue en tiempos de Moctezuma Ilhuicamina cuando se institucionalizó la guerra florida y fue este mismo tlatoani mexica el que impuso ciertas leyes y ordenanzas que favorecieron a la jerarquía guerrera y en cambio inhibió el desarrollo de otros estratos sociales. También Axayácatl, sucesor de Ilhuicamina, impuso fuertes restricciones sociales a los mercaderes, principalmente a los de Tlatelolco, las cuales duraron hasta el momento de la Conquista europea, mientras favorecía aún más los privilegios guerreros (Durán 1967).

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Sobre el autor
José Eduardo Contreras Martínez
Centro Regional Tlaxcala el INAH.

https://www.dimensionantropologica.inah.gob.mx/?p=1537












En el Mictlan (inframundo) residía la dualidad Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, Señor y Señora del de los muertos

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Las almas y sus guías en el México prehispánico

 

En los relatos mitológicos suele presentarse una figura de valor universal que no es deidad, pero los hombres la requieren para mayor claridad en sus conceptos sobre la otra vida. Nos referimos al elemento que lleva o acompaña a las almas a su destino final, al lugar donde morarán después de haber vivido en este mundo; resulta por lo regular tranquilizante, pero a veces tiene aspecto aterrador; es quien resuelve los problemas y se enfrenta con el alma de los difuntos a los peligros del gran viaje.

En la literatura esotérica está de moda denominarlos elementos “psicopompos”, del griego psyché “alma” y pompós “conductor” o “guía”. Hermes, el que lleva las almas al Hades, es una de las personalidades más precisas con ese oficio, pero si somos cuidadosos, vamos a encontrarlos en cada religión, con diferentes características, a veces amados y otras temidos, como los estimables ángeles que conducen al cielo, o los pavorosos demonios que llevan al infierno; ambos cumplen con una gestión difícil de desempeñar por el espíritu solo.

En el México prehispánico hay varias figuras de éstas que han sido poco sistematizadas, y pensamos que resultará interesante hacer un primer intento. Los panteones mesoamericanos que conocemos parten de relatos de frailes que llegaron en los siglos XVI y XVII, horrorizados siempre por los “diablos” que veían en las deidades nativas, por lo cual apenas si nos dejan ideas sensatas y desapasionadas de los númenes mexicas, tlaxcaltecas, tarascos, mayas -y de algunas otras culturas menos conocidas a los que procuraron exterminar para colonizar lo más pronto posible. Por comparación y deducciones penetramos a panteones anteriores, como el teotihuacano o el zapoteca, pero al redactar nos damos cuenta de nuestra profunda ignorancia porque nada podemos afirmar con seguridad. Como dije, trataré de reconocer las figuras psicopompas indiscutibles de la mitología prehispánica del altiplano central de México y de Izapa (sitio olmeca-maya de Chiapas), y aunque pudieran en el futuro cambiarse las ideas, se habrá ganado el principio de una buena intención.

La prehistoria

Interesante resulta que desde la prehistoria, unos 5 000 años antes de nuestra era, se acompañara a los muertos importantes con personas1 y animales sacrificados, lo cual puede entenderse de cuatro maneras: a) personas y animales acompañaban al muerto distinguido a la otra vida, simplemente; b) personas y animales le servían de ayuda para llegar a su destino final, en cuyo caso su papel no era de compañía, sino de guía y servicio; c) las personas sacrificadas eran compañía y los animales guía; d) los humanos sacrificados acompañaban, mientras que los animales servían de guía y de alimento a todos los humanos. Nos gustan b, c y d, y debemos pensar que fungían como figuras psicopompas, tanto hombres como animales.

 

El horizonte Preclásico

Grosso modo podemos aplicar la cronología de 2000 años a.C. a 200 d.C., cuando las aldeas campesinas, de gobierno clánico y tribal, nacieron, crecieron y acabaron en su mayoría sometidas a los pujantes Estados teocráticos primigenios.

Fueron animistas las religiones aldeanas, las cosas y los fenómenos naturales eran vistos como si tuvieran vida propia, voluntad; el alma humana fue concebida muy emparentado con la naturaleza, no como parte de una deidad, sino como el alter ego, el otro yo de los seres humanos, idéntica en individuos comunes pero en los jefes, grandes sacerdotes o grandes líderes, se imaginó con propiedades especiales para convertirse en animales depredatorios como el búho, el águila, el murciélago, el coyote o el tigre. Los dioses se duplicaban en la grandiosidad de la naturaleza: el agua, el sol y la luna, el viento, los montes, los lagos; o bien en plantas fundamentales y por lo tanto sagradas, como el maíz o los hongos alucinógenos.

Según podemos deducir de las ofrendas funerarias, en este horizonte, al momento de la muerte el alma no tenía más alternativa que un viaje al inframundo, para el cual requería de comidas, bebidas, instrumentos de trabajo que le permitieran continuar el oficio en el más allá, y de compañía, que podía ser humana y animal. La posibilidad de otros destinos que no fueran el Mictlan, como el Tonatiuhichan o cielo del sol, apenas se vislumbra en algunas máscaras dobles y figurillas femeninas que pueden verse como del sol y Cihuateteo incipientes; y en cuanto al Tlalocan, no hay más datos hasta ahora que las vasijas de Tlapacoya.

Desde las primeras sistematizaciones de las culturas “de los cerros”, arcaicas, preclásicas, o aldeanas, los estudiosos nos advirtieron que los esqueletos presentaban una orientación variada, pero que era más frecuente que su cráneo señalara hacia el oriente, buscando un buen renacimiento, como el del sol de cada día. No conocemos sus costumbres de mortaja, pero al parecer solían enterrarlos enredados en petates.

Con el paso del tiempo, tanto los humanos como los animales sacrificados fueron sustituyéndose por figuras de barro, seguramente por lo oneroso que resultaba la pérdida de esclavos y de animales. Estas figurillas de compañía funeraria se empezaron a generalizar en Mesoamérica por 1500 a.C., conociéndoseles en la fase Ajalpa de Puebla, Tierras Largas de Chiapas, en la región del Soconusco, etcétera. Al principio fueron burdas y es fácil deducir que no importaba su apariencia, sino que estuvieran con el difunto y le ayudaran a llevar una vida semejante a la que había acostumbrado aquí.

Para el Preclásico Medio -900-400 a.C. las figurillas son más cuidadas, pero con la intrusión olmeca se consiguen los tipos C, C-D y D que son de alta calidad estética. Esto nos hace pensar que las ponían como una asociación definitiva: para ser utilizadas como pareja sexual, como madres de sus hijos; para divertir al difunto iban bailarinas y enanos, shamanes para su protección así como hombres deformes, perros para comer y de guía, jugadores dé pelota para entrenarse, niños para solazarse, y algunas otras piezas con personalidad esotérica que no podemos reconocer.

La principal figura psicopompa, la que guiaba por los difíciles caminos para llegar al destino final, con toda seguridad era ya el perro, oficio que mantuvo hasta el momento de la conquista, cuando Sahagún recogió este mito. En el Preclásico Superior del Occidente de Mesoamérica, los perros psicopompos llegaron a ser obras de arte universal: los encontramos jugando, comiendo elotes, peleando, o simplemente vigilando a su amo. Eran rojos, tal como los describe la crónica que mencionamos, y se encuentran siempre en tumbas y entierros.

De los botellones con figuras de tlaloques -deidades que acompañaban a los difuntos de gran alcurnia- encontrados en Tlapacoya, dentro de la pirámide, pensamos que además de guardar comida y bebida llevaban a las almas de tan importantes personajes a un cielo especial que no era el Mictlan, pero no estamos seguros de que fuera el Tlalocan, porque entonces necesitarían como requisito haber muerto ahogados o por un rayo, y carecemos del dato, aun cuando pudiera suponerse por la situación lacustre del lugar. Ahí acostumbraron entierros múltiples, pero no en las tumbas de la pirámide, sino en las habitaciones de los principales, lo cual nos habla de parientes o esclavos sacrificados como compañía funeraria y como posibles elementos psicopompos.

El horizonte Protoclásico

En un sitio del actual estado de Chiapas, en Izapa, hacia 300 a.C., encontramos una nueva figura psicopompa representada en la Estela 9: una figura solar que asciende al cielo; lleva en su mano derecha un palo de juego de pelota, y con su brazo izquierdo carga a un jugador de pelota que lleva su bate en la mano izquierda. La figura solar tiene grandes alas de mariposa preciosa, relatándonos con ello que ya se asociaban al sol los insectos de colores y las almas de los jugadores guerreros, como lo dice Sahagún. ¿Nos es dable, entonces, deducir que desde esas épocas aparece el mito del sol con séquito de jugadores soldados muertos en la lid?

Aparte de Izapa, en el Protoclásico no tenemos más indicios de esas ideas.

El horizonte Clásico

Durante este horizonte -300-900 d.C. se definen los mitos que llegan hasta el siglo XVI, de eso no cabe dada; es más, se elabora la religión a alturas que no alcanza la época militarista siguiente, la cual es un sincretismo de los logros clásicos y de las creencias bárbaras que los destruyeron.

Sin embargo, no tenemos figuras psicopompas bien definidas, como la estela izapeña que describimos, o como los perros de Occidente. Los centros ceremoniales abundan en representaciones del sol, el que a veces está junto con águilas o guacamayas que son sus aves mensajeras, pero hay que trabajar mucho para encontrar asociaciones tan claras como los anillos del juego de pelota de Xochicalco, que en forma de cabeza de guacamaya envuelven a la pelota-sol cuando pasa por ellos. Quizás estemos autorizados a pensar que esas aves eran las encargadas de llevar al cielo del sol a los jugadores perdedores que eran decapitados en sacrificio.

Hasta que no tengamos más precisos los mitos de la época clásica, deberemos suponer que las águilas y las guacamayas eran los únicos elementos psicopompos de esos tiempos. Es posible que las mujeres muertas en el parto, las posteriores Cihuateteo, hayan aparecido en el Preclásico, pero no hemos encontrado su rastro en el Clásico más que en la Costa del Golfo; ellas no eran psicopompas, pero formaban parte de la corte solar con los guerreros y los sacrificados, lo cual nos forma el cuadro descrito por el muy mencionado Sahagún.

Las mariposas y los pájaros de pluma fina, que también son habitantes del cielo y tienen que ver con la forma de las almas humanas que ahí habitan o regresan a la tierra, son muy representados y apreciados en Teotihuacan, lo cual hay que analizar con más cuidado.

El horizonte Posclásico

Este horizonte -900-1521 tiene dos momentos en el altiplano de México: el de los toltecas de Tula y el de los chichimecas tardíos, cuya capital principal se funda en Tenochtitlan en 1325. El cuerpo mítico clásico se ve alterado por conceptos mágico-religiosos menos elaborados, de tipo clánico; ambas cosmovisiones se sincretizaron en forma poco clara, manejando el pueblo ideas fácilmente comprensibles, mientras que las teorías complejas quedaron como material iniciático sacerdotal.

A pesar de todo, este horizonte es el mejor documentado, porque si ciertamente los españoles destruyeron sus escritos y mataron a muchos sabios, algunos códices se conservaron y se hicieron recopilaciones importantes de sus conocimientos y costumbres, tanto por indios cultos como por frailes y colonizadores, además de europeos no residentes aquí que fueron enviados para hacer investigaciones especiales sobre todo en medicina, geografía, zoología y botánica.

Desde la anterior época, las figurillas de barro tuvieron usos variados y no sólo como compañía funeraria. Se pusieron de ofrendas a las deidades de la tierra, de los cerros, del agua, también para ornamentar lugares sagrados y para propiciar númenes que afectaban encrucijadas o pasos peligrosos. Se enterraron, arrojaron al agua, se colocaron en altares superficiales, y nosotros las encontramos rotas por todas partes. Pero aún continuó la costumbre de colocarlas con los cadáveres -aunque en mucha menor escala-, de manera que las debemos seguir considerando elementos psicopompos. Sahagún precisa aquí la importancia de la ayuda del perrillo de color bermejo que era montado por almas de hombres buenos para pasar el río Chiconahuapan, uno de los más difíciles tramos del inframundo, que se debía atravesar para llegar ante Mictlantecuhtli. La arqueología abunda en datos de esqueletos de perros asociados a entierros.

Los animales representados en vasos de sangre, recipientes que recibían los corazones de los sacrificados, águilas y tigres, tuvieron la obligación de llevar dichas ofrendas -consideradas alimentos sagrados a las deidades correspondientes: las águilas al sol, mito que mucho se repite, y los tigres al Mictlan por su calidad ancestral de animal nocturno, frío y terrestre. Este segundo mito no lo encontramos y resultaría contradictorio porque se ha dicho que todos los muertos por sacrificio acompañaban al sol en su trayecto matutino, y el animal que debía conducir sus almas era en consecuencia el águila. ¿Qué papel jugaba entonces el tigre en la concepción sacrificial chichimeca, ya que en frisos lo descubrimos desde Tula y Chichén-Itzá? Me parece que la escultura de Teoyaomiqui (conocida por Coatlicue) nos puede ayudar a entender esta sutileza.

La monumental obra tiene en su base un bajorrelieve desconcertante porque hallamos una figura con rasgos característicos de Tláloc, dios del agua, identificable por sus anteojeras y por su bigotera; también lleva el collar de Xochipilli, deidad de las flores, la germinación, los palacios, los señores principales y de alguna manera de las plantas alucinógenas y de los jugadores de pelota; por otro lado, reconocemos a Mictlantecuhtli, señor del inframundo, con su parado de rana y adornado con cráneos; y finalmente encontramos un elemento solar y guerrero: un escudo ornamentado con un quincunce cósmico y plumas de quetzal. Pensando mucho, podríamos sugerir que se quieren presentar todos los destinos del alma, sintetizando los rasgos que caracterizan a los dioses que los presiden: Tláloc el Tlalocan; Mictlantecuhtli el Mictlan; el quincunce y el escudo es Tonatiuh, el sol que preside el Tonatiuhichan; y por último Xochipilli, que se identifica con todas las flores, puede figurar la sangre, o ser las plantas alucinógenas usadas para que perdieran la conciencia los señalados para el sacrificio. Se antoja una portentosa síntesis de los conceptos sobre el fin de la vida material y su continuación espiritual, además de que está advirtiendo que es la base de un discurso sobre la muerte, y podemos pensar que se exalta a la muerte gloriosa en el total del desarrollo estético-filosófico de la pieza.

Un par de potentes garras de tigre, con plumones, cascabeles y plumas finas, se posan sobre la deidad del mundo de los muertos. Desde la época olmeca, el tigre representó a la tierra, lo subterráneo, lo oscuro, húmedo y frío. Del hocico abierto del ocelote, que encarnaba los orígenes terrestres, salían los grandes personajes, según se ve en los altares de la Costa del Golfo. El tigre era una vía: utilizándolo se atravesaba el inframundo y por su boca se salía a la superficie. Ésa es la idea que da la escultura: las garras felinas sirven de salida a las almas de los muertos, para que suban al cielo del sol por la vía del sacrificio de sangre.

A lo largo y a lo ancho de la gran pieza se relatan las diferentes clases de sacrificio humano: el de corazón, con cuatro de ellos ensartados en el collar; el de corte de manos, con seis de ellas igualmente formando parte del collar, y con los brazos mutilados de la pieza, de los cuales brotan chorros de sangre en forma de serpiente. La decapitación es lo más obvio, se le ha degollado y salen de su cuello dos cabezas de serpiente que chocan sus hocicos en el centro, y sus lenguas, de manera picassiana, forman una lengua bífida bajo los colmillos. Por último, la costumbre de exhibir los cráneos descarnados se localiza en uno frontal que es el centro del collar, y otro trasero que es el centro del cinturón. Todo es una alegoría al sacrificio y a la muerte sagrada, porque asimismo se nota la presencia de las Cihuateteo, mujeres muertas en el primer parto, de quienes se buscaban sus brazos para elaborar amuletos que sirvieran a los guerreros y a los ladrones; encontramos como símbolo de ellas las extremidades mutiladas y los senos muertos y flácidos, además de un grueso chorro de sangre que cae en medio de las patas de la escultura, que describe un mal parto. La falda, en este caso de serpientes, en otras esculturas de Teoyaomiqui es de corazones cortados, y representa a la totalidad de los muertos gloriosos, a toda la sangre ofrecida a los dioses, al alimento sagrado, a la forma en que el hombre mantiene a sus deidades y conserva el orden cósmico.

Don Antonio de León y Gama2 llama a esta maravillosa escultura “Teoyamicqui”; él no inventó el término, por el contrario, acepta que tuvo mucha dificultad en reconocer los monolitos a que se refiere en su obra, y debió consultar a autores del siglo XVI, a religiosos de su época que eran avezados historiadores y a algunos indios que conservaban memoria oral. Él la describe como la pareja de Huitzilopochtli, encargada de llevarle las almas de los enemigos sacrificados y de los muertos en la guerra. Todo esto lo he trabajado en otra ocasión y voy a permitirme remitir a los interesados a la bibliografía.3

 

Esta escultura fue vista como una deidad precisa, como la “diosa de los enemigos muertos en la guerra”, tomando los sustantivos téotl, “dios o diosa”; yáotl, “enemigo de guerra”, y micqui, muerto; pero no todos los autores separan igual este término y desde el siglo pasado está en discusión la manera correcta de escribirlo. Otros lo han entendido como “morir en la guerra divina, en defensa de los dioses”,4 lo cual estaría proponiendo que Teoyaomiqui no era una diosa, sino un monumento al hecho honroso de sucumbir en la guerra, de ser sacrificado o perecer en el primer parto; el emblema escultórico partiría de los tres cielos que son el bajorrelieve de la base, para elevarse al mejor de ellos, al cielo del sol, donde habitan los valientes, los que han fenecido de la manera más sangrienta. Recordemos que no era una pieza, sino al parecer cuatro las que ornamentaban el gran teocalli y que tres de ellas fueron destruidas en la Colonia y reutilizadas como piedras de molino, salvándose únicamente la que conocemos. Nunca se ponen cuatro efigies de una deidad en un sitio sagrado, pero sí puede hacerse cuando son ornamentos, alegorías, poemas en piedra, en este caso a la muerte gloriosa.

 

Sólo se entiende producida por un pueblo que había construido su Estado sobre el terror, el sacrificio humano, el cual diezmaba constantemente las milicias enemigas y mantenía un ambiente psicológico de aceptación al tributo. La guerra florida apuntalaba la educación militar de los mexica, aseguraba que los ejércitos enemigos no fuesen fuertes y proporcionaba momentos religiosos importantes y profundos al inmolar a los cautivos de las batallas fingidas.

Robelo nos dice: “En esta guerra era en la que la Teoyaomicqui recogía las almas de los muertos; pero entonces formaba una dualidad con Huitzilopochtli, el cual tomaba el sobrenombre de Teoyaotlatohua.”5

 

Concretando lo anterior, tenemos tres proposiciones para la interpretación del monumento llamado “Coatlicue”:

1. No puede aceptarse que sea vista como la efigie de la madre de los dioses sólo porque tiene falda de serpientes, ya que ese reptil presenta un variadísimo simbolismo en el mundo prehispánico.

2. León y Gama la ve como la diosa de los enemigos sacrificados o muertos en batalla.

3. Robelo piensa (dicho a mi manera) que es un concepto materializado, una oda a la muerte gloriosa o de guerra florida.

Si observamos esculturas más pequeñas que tienen las mismas características y a las que por facilidad de clasificación se les ha llamado también “coatlicues”, y que han salido de diversas excavaciones en el Distrito Federal, vemos que las constantes son el collar de manos y corazones, la cabeza cortada o con cráneo descarnado, y una falda que puede ser de serpientes o de corazones. Entonces nos queda claro que es una deidad femenina, no un concepto, y que se relaciona con la muerte sacrificial relatada en el collar.

En el Códice Manuscrito Anónimo Hispano-Mexicano de Florencia, clasificado como Cód. Magl. XIII, II, 3, en la página 64 v. se presenta un numen con las mismas características de las esculturas en discusión: collar de corazones, garras de águila en las cuatro extremidades, cráneo descarnado y una serpiente de cascabel entre las piernas; dato aparte es su cabellera pintada como si fuera la tierra y dentro de ella, enterrados, están más manos y corazones cortados; en la boca exhibe un cuchillo ensangrentado como el que lucen los cráneos del Templo Mayor encajado en la oquedad nasal y que significa “muerto en sacrificio”.

La explicación en español del siglo XVI reza: “Esta es una figura que ellos llaman cicimitl que quiere decir ‘una saeta’ y lo pintaban como a un hombre muerto ya descarnado sino solo entero en los huesos y lleno de corazones y de manos alrededor del pescuezo y de la cabeza.” No hay mayor detalle, pero para nosotros es la aclaración definitiva de que es un numen, no un concepto, y es una figura psicopompa que, con garras de águila o tigre, llevaba las almas de los sacrificados, de los soldados caídos en campaña y de las mujeres muertas en parto, al cielo del sol. Quedan por comentar en el futuro las páginas XV de los tonalámatl, donde Teoyaomicqui se reconoce por tener en el cuello una serpiente de doblé cabeza que parece estrangular a la figura, y que está frente a una gran Cihuatéotl amenazante, con cráneo descarnado, serpientes enroscadas en las piernas y garras y plumaje de águila; los elementos de la escultura se vuelven a encontrar, además de que se trata de la fiesta de Panquetzaliztli, la más grande dedicada al sol en su versión de Huitzilopochtli.

Concluyendo, para el horizonte militarista o Posclásico encontramos contundentes tres elementos psicopompos: los perros, las figurillas de barro y la Teoyaomiqui, deidad asociada a Huitzilopochtli. Los primeros conducían a las almas al Mictlan, mientras que la tercera las llevaba al Tonatiuhichan.

López Austin6 cita que los dioses presidentes de cada cielo llamaban a las almas que les correspondía gobernar: Huitzilopochtli y Cihuacóatl Quilaztli, Tláloc y Chalchiuhtlicue, y Mictlantecuhtli y Mictlancacíhuatl o Mictecacíhuatl; según el autor citado, cada dios mandaba a los hombres que escogía el tipo de muerte adecuado para que viajasen en sus dominios, pero no nos habla de elementos que facilitasen su arribo.

Con toda seguridad, investigaciones cuidadosas irán dando otras figuras psicopompas, pero por lo pronto son éstas las que encontramos bien delineadas.

ANEXO 1 7

Comienza el apéndice del tercer libro

Capítulo I

De los que iban al infierno y de sus obsequias

1. Lo que dijeron y supieron los naturales antiguos y señores de esta tierra, de los difuntos que se morían, es: que las ánimas de los difuntos iban a una de tres partes: la una es el infierno, donde estaba y vivía un diablo que se decía Mictlantecutli, y por otro nombre Tzontémoc, y una diosa que se decía Mictecacíhuatl que era mujer de Mictlantecutli;

2. y las ánimas de los difuntos que iban al infierno, son los que morían de enfermedad, ahora fuesen señores o principales, o gente baja, y el día que alguno se moría, varón o mujer o muchacho, decían al difunto echado en la cama, antes que lo enterrasen:

3. !Oh hijo! ya habéis pasado y padecido los trabajos de esta vida; ya ha sido servido nuestro señor de os llevar, porque no tenemos vida permanente en este mundo y brevemente, como quien se calienta al sol, es nuestra vida; hízonos merced nuestro señor que nos conociésemos y conversásemos los unos a los otros en esta vida y ahora, al presente ya os llevó el dios que se llama Mictlantecutli, y por otro nombre Aculnahuácatl o Tzontémoc, y la diosa que se dice Mictecacíhuatl, ya os puso por su asiento, porque todos nosotros iremos allá, y aquel lugar es para todos y es muy ancho, y no habrá más memoria de vos;

4. y ya os fuisteis al lugar obscurísimo que no tiene luz, ni ventanas, ni habéis más de volver ni salir de allí, ni tampoco más habéis de tener cuidado y solicitud de vuestra vuelta.

5. Después de os haber ausentado para siempre jamás, habéis ya dejado [a] vuestros hijos, pobres y huérfanos y nietos, ni sabéis cómo han de acabar, ni pasar los trabajos de esta vida presente; y nosotros allá iremos a donde vos estuviéredes antes [de] mucho tiempo.

6. Después de esto hablaban y decían al pariente del difunto diciéndole: “!Oh hijo!, esforzaos y tomad ánimo, y no dejéis de comer y beber, y [a] quiétese vuestro corazón.

7. ¿Qué podemos decir nosotros a lo que dios hace? ¿Por ventura esta muerte aconteció porque alguno nos quiere mal, o hace burla de nosotros? Es por cierto porque así lo quiso nuestro señor que este fuese su fin. ¿Quién puede hacer que una hora o un día sea alargado a nuestra vida presente, en este mundo?

8. Pues que esto es así, tened paciencia para sufrir los trabajos de esta vida presente y [que] la casa donde éste vivía esperando la voluntad de dios, yerma y obscura de aquí adelante, y no tengáis más esperanza de ver a vuestro difunto.

9. No conviene que os fatiguéis mucho por la orfandad y pobreza que os queda; ¡esforzaos, hijo, no os mate la tristeza! Nosotros hemos venido aquí a os visitar y a consolar con estas pocas palabras, como nos conviene hacer a nosotros, que somos padres viejos, porque ya nuestro señor llevó a los otros, que eran más viejos y antiguos, los cuales sabían mejor decir palabras consolatorias a los tristes. Y con esto ponemos fin a nuestra plática, los que somos vuestros padres y madres; quedaos a dios.

10. Y luego los viejos ancianos y oficiales de tajar papeles cortaban y aderezaban y ataban los papeles de su oficio, para el difunto y después de haber hecho y aparejado los papeles tomaban al difunto y encogíanle las piernas y vestíanle con los papeles y lo ataban; y tomaban un poco de agua y derramábanla sobre su cabeza, diciendo al difunto:

11. Esta es la de que gozasteis viviendo en el mundo; y tomaban un jarrillo lleno de agua, y dánselo diciendo: Veis aquí con que habéis de caminar; y poníansele entre las mortajas, y así amortajaban el difunto con sus mantas y papeles, y atábanle reciamente; y más daban al difunto todos los papeles que estaban aparejados, poniéndolos ordenadamente ante él, diciendo:

12. Veis aquí con que habéis de pasar en medio de dos sierras que están encontrándose una con otra; y más le daban al difunto otros papeles, diciéndole: Veis aquí con que habéis de pasar el camino donde está una culebra guardando el camino.

13. Y más daban otros papeles diciendo: Veis aquí con que habéis de pasar a donde está la lagartija verde, que se dice xochitónal;

14. y más decían al difunto: Veis aquí con que habéis de pasar ocho páramos;

15. y más daban otros papeles diciendo: Veis aquí con que habéis de pasar ocho collados; y más decían al difunto: Veis aquí con que habéis de pasar el viento de navajas, que se llama itzehecayan, porque el viento era tan recio que llevaba las piedras y pedazos de navajas.

16. Por razón de estos vientos y frialdad quemaban todas las petacas y armas y todos los despojos de los cautivos, que habían tomado en la guerra, y todos sus vestidos que usaban; decían que estas cosas iban con aquel difunto y en aquel paso le abrigaban para que no recibiese gran pena.

17. Lo mismo hacían con las mujeres que morían, que quemaban todas las alhajas con que tejían e hilaban, y toda la ropa que usaban para que en aquel paso las abrigasen de frío y viento grande que allí había, al cual llamaban itzehecayan, y el que ningún hato tenía sentía gran trabajo con el viento de este paso.

18. Y más, hacían al difunto llevar consigo un perrito de pelo bermejo, y al pescuezo le ponían hilo flojo de algodón; decían que los difuntos nadaban encima del perrillo cuando pasaban un río del infierno que se nombra Chiconahuapan;

19. y en llegando los difuntos ante el diablo que se dice Mictlantecutli ofrecíanle y presentábanle los papeles que llevaban, y manojos de teas y cañas de perfumes, e hilo flojo de algodón y otro hilo colorado, y una manta y un maxtli y las naguas y camisas y todo hato de mujer difunta que dejaba en el mundo todo lo tenían envuelto desde que se moría.

20. A los ochenta días lo quemaban, y lo mismo hacían al cabo del año, y a los dos años, y a los tres años, y a los cuatro años; entonces se acababan y cumplían sus obsequias, según tenían costumbre, porque decían que todas las ofrendas que hacían por los difuntos en este mundo, iban delante el diablo que se decía Mitlantecutli;

21. y después de pasados cuatro años el difunto se sale y se va a los nueve infiernos, donde está y pasa un río muy ancho y allí viven y andan perros en la ribera del río por donde pasan los difuntos nadando, encima de los perritos.

22. Dicen que el difunto que llega a la ribera del río arriba dicho, luego mira el perro [y] si conoce a su amo luego se echa nadando al río, hacia la otra parte donde está su amo, y le pasa a cuestas.

23. Por esta causa los naturales solían tener y criar los perritos, para este efecto; y más decían, que los perros de pelo blanco y negro no podían nadar y pasar el río, porque dizque decía el perro de pelo blanco: yo me lavé; y el perro de pelo negro decía: yo me he manchado de color prieto, y por eso no puedo pasaros. Solamente el perro de pelo bermejo, podía bien pasar a cuestas a los difuntos, y así en este lugar del infierno que se llama Chiconaumictlan, se acababan y fenecían los difuntos.

24. Y más dicen que después de haber amortajado al difunto con los dichos aparejos de papeles y otras cosas, luego mataban al perro del difunto, y entrambos los llevaban a un lugar donde había de ser quemado con el perro juntamente.

25. Y dos de los viejos tenían especial cuidado y cargo de quemar al difunto, y otros viejos cantaban; y estándose quemando el difunto los dichos dos viejos, con palos estaban alanceando al difunto; y después de haber quemado al difunto cogían la ceniza y carbón y huesos del difunto y tomaban agua diciendo: Lávese el difunto; y derramaban el agua encima del carbón y huesos del difunto, y hacían un hoyo redondo y lo enterraban.

26. Y esto hacían así en el enterramiento de los nobles como de la gente baja; y ponían los huesos dentro de un jarro u olla con una piedra verde que se llama chalchihuitl, y lo enterraban en una cámara de su casa, y cada día daban y ponían ofrendas en el lugar donde estaban enterrados los huesos del difunto.

27. Y más dicen que al tiempo que se morían los señores y nobles les metían en la boca una piedra verde que se dice chalchihuitl; y en la boca de la gente baja, metían una piedra que no era tan preciosa, v de poco valor, que se dice texoxoctli o piedra de navaja, porque dicen que la ponían por corazón del difunto.

28. Y para los señores que se morían hacían muchas y diversas cosas de aparejos de papeles, que eran un pendón de cuatro brazas de largura, hecho de papeles y compuesto con diversos plumajes;

29. y así también mataban veinte esclavos y otras veinte esclavas, porque decían que como en este mundo habían servido a su amo asimismo han de servir en el infierno; y el día que quemaban al señor luego mataban a los esclavos y esclavas con saetas, metiéndoselas por la olla de la garganta, y no los quemaban juntamente con el señor sino en otra parte los enterraban.

Capítulo II

De los que iban al paraíso terrenal

1. La otra parte donde decían que se iban las ánimas de los difuntos es el paraíso terrenal, que se nombra Tlalócan, en el cual hay muchos regocijos y refrigerios, sin pena ninguna; nunca jamás faltan las mazorcas de maíz verdes, y calabazas y ramitas de bledos, y ají verde y jitomates, y frijoles verdes en vaina, y flores;

2. y allí viven unos dioses que se llaman Tlaloque, los cuales se parecen a los ministros de los ídolos que traen cabellos largos.

3. Y los que van allá son los que matan los rayos o se ahogan en el agua, y los leprosos, bubosos y sarnosos, gotosos e hidrópicos;

4. y el día que se morían de las enfermedades contagiosas e incurables, no los quemaban sino enterraban los cuerpos de los dichos enfermos, y les ponían semillas de bledos en las quijadas, sobre el rostro; y más, poníanles color de azul en la frente, con papeles cortados, y más, en el colodrillo poníanles otros papeles, y los vestían con papeles, y en la mano una vara.

5. Y así decían que en el paraíso terrenal que se llamaba Tlalócan había siempre jamás verdura y verano.

Capítulo III

De los que iban al cielo

1. La otra parte a donde se iban las ánimas de los difuntos es el cielo, donde vive el sol.

2. Los que se van al cielo son los que mataban en las guerras y los cautivos que habían muerto en poder de sus enemigos: unos morían acuchillados, otros quemados vivos, otros acañavereados, otros aporreados con palos de pino, otros peleando con ellos, otros atábanles teas por todo el cuerpo y poníanles fuego, y así se quemaban.

3. Todos estos dizque están en un llano y que a la hora que sale el sol, alzaban voces y daban grito golpeando las rodelas, y el que tiene rodela horadada de saetas por los agujeros de la rodela mira al sol, y el que no tiene rodela horadada de saetas no puede mirar al sol.

4. Y en el cielo hay arboleda y bosque de diversos árboles; y las ofrendas que les daban en este mundo los vivos, iban a su presencia y allí las recibían;

5. y después de cuatro años pasados las ánimas de estos difuntos, se tornaban en diversos géneros de aves de pluma rica, y color, y andaban chupando todas las flores así en el cielo como en este mundo, como los zinzones lo hacen.


Figura 1. Elementos de compañía y de guía de las almas. Horizonte Preclásico. Dibujos tomados de Las alturas preclásicas de la cueva de México, de Román Piña Chán.

Figura 2. Vasija de barro en forma de perro. Preclásico Superior. Se ponían como compañía funeraria, guía y alimento para los difuntos del Occidente de México.


Figura 3. Estela 9 de Izapa (300 a.C.-300 d.C.).

Representa al sol con alas de mariposa preciosa, que sube del juego de pelota al ciclo, por lo cual lleva un bate en la mano derecha. En su brazo izquierdo carga el alma de un jugador muerto (con su bate en la mano izquierda) para que vaya a formar parte de su séquito.

Figura 4. Talla en la base de la escultura de Teoyaomiqui. Representa a las deidades de los cielos a donde van las almas de los difuntos: Mictlantecuhtli está presente en los cráneos descarnados y la pose de las extremidades abiertas; Tláloc en la bigotera y anteojera; Tonatiuh en el escudo de guerrero con quincunce central. También se notan elementos de Xochipilli, y quizá de Ometecuhtli.

Figura 5. Escultura monumental, monolítica, de Teoyaomiqui, deidad pareja de Huitzilopochtli encargada de llevar las almas de los sacrificados y de los guerreros muertos en batalla al cielo del sol. Sus elementos describen las formas de sacrificio: manos cortadas, corazones arrancados, decapitación, corte de brazos. Toda esa sangre, en forma de serpientes, brota formando extrañas extremidades y una cabeza cuyos rasgos se completan en el entrelace de los perfiles de dos víboras.

Figura 6. Coatlicue, la madre de los dioses, con el cráneo descarnado señalando su naturaleza terrestre, muy diferente a Teoyaomiqui porque no porta ninguna representación de elementos relacionados con el sacrificio. Muchas esculturas de ella llevan faldas de serpientes y a veces tienen oquedades en el cráneo, pues seles implantaba pelo humano como ornamento y ofrenda.

Figura 7. ¿Ce ce mitl o Teoyaomiqui? Figura femenina de la página 64v. del Magliabecchiano, con las características de la Teoyaomiqui, excepto por las extremidades que no son de tigre sino garras de águila, animal con el oficio de mensajero del sol, que llevaba los corazones de los guerreros propios y enemigos, del vaso sacrificial al cielo. Manos y corazones ornamentan su cuello y cabeza, y una serpiente cae entre sus patas representando la sangre de un mal parto. En la oquedad de su boca lleva el cuchillo de obsidiana, elemento que se repite en las rodillas. Su falda es de sangre y la rematan caracoles cortados.

Cihuatéol

Figura 8: Cihuatéotl, Teoyaomiqui. La página 15 del tonalámatl del Borbónico enumera los detalles religiosos de la fiesta de Panquetzaliztli, la más grande dedicada a Huitzilopochtli, el sol y el numen de la guerra. Los elementos principales son una Cihuatéotl con cráneo descarnado y vestida con plumaje de águila, animal mensajero del sol. Abajo a la izquierda está Teoyaomiqui, deidad decapitada, con dos serpientes en su cuello que deben interpretarse como chorros de sangre, igual que en la monumental escultura del Museo Nacional, unidad que debe entenderse como que los sacrificados en esa fiesta también eran llevados por las águilas al cielo donde mora el sol.

Teoyaomiqui

Bibliografía

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Códice Magliabecchiano, El libro de la vida de los mexicanos antiguos, introducción, traducción y comentarios de Zelia Nuttall, Italia, Biblioteca Nacional Central, 1903.

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Sahagún, Bernardino de, Historia general de las cosas de Nueva España, 4 vols., México, Porrúa, 1969.

Sobre la autora
Beatriz Barba de Piña Chán
Dirección de Etnología y Antropología Social, INAH.


Citas

1.      Mac Neish, 1964.

2.      León y Gama, 1978.

3.      Barba, 1987, pp. 96 -121.

4.      Robelo, 1980, vol. 2, p. 531.

5.      Op. cit., p. 531.

6.      López Austin, 1975, pp. 31-32.

7.      Sahagún, 1956, vol. I, Apéndice del libro 3 a la Historia general de las casas de Nueva España, capítulos I, II y III, pp. 293-298.

 

https://www.dimensionantropologica.inah.gob.mx/?p=1554

 





















 

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