martes, 24 de enero de 2023

 

PERFIL BIOGRÁFICO DE

PABLO VI
(1897-1978)



https://es.wikipedia.org/wiki/Pablo_VI

Segundogénito de Giorgio y de Giuditta Alghisi, Giovanni Battista Montini nació en Concesio, Brescia (Italia), el 26 de septiembre de 1897. De familia católica muy comprometida en el ámbito político y social, frecuentó la escuela primaria y secundaria en el colegio Cesare Arici de Brescia dirigido por los jesuitas, y la concluyó en el instituto estatal de la ciudad en 1916.

En otoño de ese año ingresó en el seminario de Brescia y cuatro años más tarde, el 29 de mayo de 1920, recibió la ordenación sacerdotal. Después del verano se trasladó a Roma, donde estudió filosofía en la Pontificia Universidad Gregoriana y letras en la universidad estatal, obteniendo luego el doctorado en derecho canónico y en derecho civil. Mientras tanto, tras un encuentro con el sustituto de la Secretaría de Estado Giuseppe Pizzardo en octubre de 1921, fue destinado al servicio diplomático y por algunos meses de 1923 trabajó en la nunciatura apostólica de Varsovia.

Comenzó a prestar servicio en la secretaría de Estado el 24 de octubre de 1924. En ese período acompañó a los estudiantes universitarios católicos reunidos en la fuci, de la que fue consiliario eclesiástico nacional de 1925 a 1933. Mientras tanto, a comienzos de 1930, fue nombrado secretario de Estado el cardenal Eugenio Pacelli, del que llegó a ser progresivamente uno de sus más estrechos colaboradores, hasta que en 1937 fue promovido a sustituto de la Secretaría de Estado. Función que mantuvo también cuando a Pacelli —que fue elegido Papa en 1939 tomando el nombre de Pío XII— le sucedió el cardenal Luigi Maglione. Ocho años más tarde, en 1952, fue nombrado prosecretario de Estado para los asuntos ordinarios.

Fue él quien preparó el borrador del extremo aunque inútil llamamiento de paz que el Papa Pacelli lanzó por radio el 24 de agosto de 1939, en vísperas del conflicto mundial: «Nada se pierde con la paz. Todo puede perderse con la guerra».

El 1 de noviembre de 1954 recibió inesperadamente el nombramiento como arzobispo de Milán, donde inició su ministerio el 6 de enero de 1955. Como guía de la Iglesia ambrosiana se comprometió plenamente a nivel pastoral, dedicando una especial atención a los problemas del mundo del trabajo, de la inmigración y de las periferias, donde promovió la construcción de más de cien nuevas iglesias.

Fue el primer cardenal que recibió la púrpura cardenalicia de manos de Juan XXIII, el 15 de diciembre de 1958. Participó en el Concilio Vaticano II, donde sostuvo abiertamente la línea reformadora. Tras fallecer Roncalli, el 21 de junio de 1963, fue elegido Papa y tomó el nombre de Pablo, con una referencia clara al apóstol evangelizador.

En los primeros actos del pontificado quiso destacar la continuidad con el predecesor, en particular con la decisión de retomar el Vaticano II, que volvió a abrirse el 29 de septiembre de 1963. Condujo los trabajos conciliares con atenta mediación, favoreciendo y moderando la mayoría reformadora, hasta su conclusión que tuvo lugar el 8 de diciembre de 1965 y precedida por la mutua anulación de las excomuniones surgidas en 1054 entre Roma y Constantinopla.

Se remonta también al período del Concilio los primeros tres de los nueve viajes que durante su pontificado le llevaron a los cinco continentes (diez fueron, en cambio, sus visitas en Italia): en 1964 visitó Tierra Santa y luego India, y en 1965 Nueva York, donde pronunció un histórico discurso ante la asamblea general de las Naciones Unidas. Ese mismo año inició una profunda modificación de las estructuras del gobierno central de la Iglesia, creando nuevos organismos para el diálogo con los no cristianos y los no creyentes, instituyendo el Sínodo de los obispos —que durante su pontificado tuvo cuatro asambleas ordinarias y una extraordinaria entre 1967 y 1977— y reformando el Santo Oficio.

Su voluntad de diálogo en el seno de la Iglesia, con las diversas confesiones y religiones y con el mundo estuvo en el centro de la primera encíclica Ecclesiam suam de 1964, seguida por otras seis: entre estas hay que recordar la Populorum progressio de 1967 sobre el desarrollo de los pueblos y la Humanae vitae de 1968, dedicada a la cuestión de los métodos para el control de la natalidad, que suscitó numerosas polémicas incluso en ambientes católicos. Otros documentos significativos del pontificado son la carta apostólica Octogesima adveniens de 1971 para el pluralismo del compromiso político y social de los católicos, y la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi de 1975 sobre la evangelización del mundo contemporáneo.

Comprometido en la no fácil tarea de aplicar las indicaciones del Concilio, aceleró el diálogo ecuménico a través de encuentros e iniciativas importantes. El impulso renovador en el ámbito del gobierno de la Iglesia se tradujo luego en la reforma de la Curia en 1967, de la corte pontificia en 1968 y del Cónclave en 1970 y en 1975. También en la liturgia realizó un paciente trabajo de mediación para favorecer la renovación pedida por el Vaticano II, sin lograr evitar las críticas de los sectores eclesiales más avanzados y la oposición de los conservadores.

Con la creación de 144 purpurados, la mayor parte no italianos, en seis consistorios remodeló notablemente el Colegio cardenalicio y acentuó su carácter de representación universal. Durante el pontificado desarrolló, además, la acción diplomática y la política internacional de la Santa Sede, comprometiéndose en favor de la paz —gracias a la institución también de una especial jornada mundial celebrada desde 1968 el 1 de enero de cada año— y prosiguiendo el diálogo con los países comunistas de Europa central y oriental comenzado por Juan XXIII.

En 1970, con una decisión sin precedentes, declaró doctoras de la Iglesia a dos mujeres, santa Teresa de Ávila y santa Catalina de Siena. Y en 1975 —tras el jubileo extraordinario que tuvo lugar en 1966 para la conclusión del Vaticano II y el Año de la fe celebrado entre 1967 y 1968 con ocasión del XIX centenario del martirio de los santos Pedro y Pablo— convocó y celebró un Año santo.

Murió el 6 agosto de 1978, por la tarde, en la residencia de Castelgandolfo, casi improvisamente. Tras el funeral que se celebró el 12 en la plaza de San Pedro, fue sepultado en la basílica vaticana.

El 11 de mayo de 1993 se inició en la diócesis de Roma la causa de canonización. El 9 de mayo pasado el Papa Francisco autorizó a la Congregación para las causas de los santos la promulgación del decreto relativo al milagro atribuido a su intercesión.

Pablo VI fue beatificado el 19 de octubre de 2014 por el Papa Francisco.

Fue canonizado por el Papa francisco en la Plaza de San Pedro el 14 de octubre de 2018.

 


L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 43, 24 de octubre de 2014.

https://www.vatican.va/content/paul-vi/es/biografia/documents/hf_p-vi_spe_20190722_biografia.html

PABLO VI

CREDO DEL PUEBLO DE DIOS

 

Solemne Profesión de fe que Pablo VI pronunció el 30 de junio de 1968,
al concluir el Año de la fe proclamado con motivo del XlX centenario
del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en Roma

 

Venerables hermanos y queridos hijos:

1.    Clausuramos con esta liturgia solemne tanto la conmemoración del XIX centenario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo como el año que hemos llamado de la fe. Pues hemos dedicado este año a conmemorar a los santos apóstoles, no sólo con la intención de testimoniar nuestra inquebrantable voluntad de conservar íntegramente el depósito de la fe (cf. 1Tim 6,20), que ellos nos transmitieron, sino también con la de robustecer nuestro propósito de llevar la misma fe a la vida en este tiempo en que la Iglesia tiene que peregrinar era este mundo.

2. Pensamos que es ahora nuestro deber manifestar públicamente nuestra gratitud a aquellos fieles cristianos que, respondiendo a nuestras invitaciones, hicieron que el año llamado de la fe obtuviera suma abundancia de frutos, sea dando una adhesión más profunda a la palabra de Dios, sea renovando en muchas comunidades la profesión de fe, sea confirmando la fe misma con claros testimonios de vida cristiana. Por ello, a la vez que expresamos nuestro reconocimiento, sobre todo a nuestros hermanos en el episcopado y a todos los hijos de la Iglesia católica, les otorgamos nuestra bendición apostólica.

3. Juzgamos además que debemos cumplir el mandato confiado por Cristo a Pedro, de quien, aunque muy inferior en méritos, somos sucesor; a saber: que confirmemos en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32). Por lo cual, aunque somos conscientes de nuestra pequeñez, con aquella inmensa fuerza de ánimo que tomamos del mandato que nos ha sido entregado, vamos a hacer una profesión de fe y a pronunciar una fórmula que comienza con la palabra creo, la cual, aunque no haya que llamarla verdadera y propiamente definición dogmática, sin embargo repite sustancialmente, con algunas explicaciones postuladas por las condiciones espirituales de esta nuestra época, la fórmula nicena: es decir, la fórmula de la tradición inmortal de la santa Iglesia de Dios.

4. Bien sabemos, al hacer esto, por qué perturbaciones están hoy agitados, en lo tocante a la fe, algunos grupos de hombres. Los cuales no escaparon al influjo de un mundo que se está transformando enteramente, en el que tantas verdades son o completamente negadas o puestas en discusión. Más aún: vemos incluso a algunos católicos como cautivos de cierto deseo de cambiar o de innovar. La Iglesia juzga que es obligación suya no interrumpir los esfuerzos para penetrar más y más en los misterios profundos de Dios, de los que tantos frutos de salvación manan para todos, y, a la vez, proponerlos a los hombres de las épocas sucesivas cada día de un modo más apto. Pero, al mismo tiempo, hay que tener sumo cuidado para que, mientras se realiza este necesario deber de investigación, no se derriben verdades de la doctrina cristiana. Si esto sucediera —y vemos dolorosamente que hoy sucede en realidad—, ello llevaría la perturbación y la duda a los fieles ánimos de muchos.

5. A este propósito, es de suma importancia advertir que, además de lo que es observable y de lo descubierto por medio de las ciencias, la inteligencia, que nos ha sido dada por Dios, puede llegar a lo que es, no sólo a significaciones subjetivas de lo que llaman estructuras, o de la evolución de la conciencia humana. Por lo demás, hay que recordar que pertenece a la interpretación o hermenéutica el que, atendiendo a la palabra que ha sido pronunciada, nos esforcemos por entender y discernir el sentido contenido en tal texto, pero no innovar, en cierto modo, este sentido, según la arbitrariedad de una conjetura.

6. Sin embargo, ante todo, confiarnos firmísimamente en el Espíritu Santo, que es el alma de la Iglesia, y en la fe teologal, en la que se apoya la vida del Cuerpo místico. No ignorando, ciertamente, que los hombres esperan las palabras del Vicario de Cristo, satisfacemos por ello esa su expectación con discursos y homilías, que nos agrada tener muy frecuentemente. Pero hoy se nos ofrece la oportunidad de proferir una palabra más solemne.

7. Así, pues, este día, elegido por Nos para clausurar el año llamado de la fe, y en esta celebración de los santos apóstoles Pedro y Pablo, queremos prestar a Dios, sumo y vivo, el obsequio de la profesión de fe. Y como en otro tiempo, en Cesárea de Filipo, Simón Pedro, fuera de las opiniones de los hombres, confesó verdaderamente, en nombre de los doce apóstoles, a Cristo, Hijo del Dios vivo, así hoy su humilde Sucesor y Pastor de la Iglesia universal, en nombre de todo el pueblo de Dios, alza su voz para dar un testimonio firmísimo a la Verdad divina, que ha sido confiada a la Iglesia para que la anuncie a todas las gentes.

Queremos que esta nuestra profesión de fe sea lo bastante completa y explícita para satisfacer, de modo apto, a la necesidad de luz que oprime a tantos fieles y a todos aquellos que en el mundo —sea cual fuere el grupo espiritual a que pertenezcan— buscan la Verdad.

Por tanto, para gloria de Dios omnipotente y de nuestro Señor Jesucristo, poniendo al confianza en el auxilio de la Santísima Virgen María y de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, para utilidad espiritual y progreso de la Iglesia, en nombre de todos los sagrados pastores y fieles cristianos, y en plena comunión con vosotros, hermanos e hijos queridísimos, pronunciamos ahora esta profesión de fe.

Unidad y Trinidad de Dios

8. Creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador de las cosas visibles —como es este mundo en que pasamos nuestra breve vida— y de las cosas invisibles —como son los espíritus puros, que llamamos también ángeles[1]— y también Creador, en cada hombre, del alma espiritual e inmortal[2].

9. Creemos que este Dios único es tan absolutamente uno en su santísima esencia como en todas sus demás perfecciones: en su omnipotencia, en su ciencia infinita, en su providencia, en su voluntad y caridad. Él es el que es, como él mismo reveló a Moisés (cf. Ex 3,14), él es Amor, como nos enseñó el apóstol Juan (cf. 1Jn 4,8) de tal manera que estos dos nombres, Ser y Amor, expresan inefablemente la misma divina esencia de aquel que quiso manifestarse a sí mismo a nosotros y que, habitando la luz inaccesible (cf. 1Tim 6,16), está en sí mismo sobre todo nombre y sobre todas las cosas e inteligencias creadas. Sólo Dios puede otorgarnos un conocimiento recto y pleno de sí mismo, revelándose a sí mismo como Padre, Hijo y Espíritu Santo, de cuya vida eterna estamos llamados por la gracia a participar, aquí, en la tierra, en la oscuridad de la fe, y después de la muerte, en la luz sempiterna. Los vínculos mutuos que constituyen a las tres personas desde toda la eternidad, cada una de las cuales es el único y mismo Ser divino, son la vida íntima y dichosa del Dios santísimo, la cual supera infinitamente todo aquello que nosotros podemos entender de modo humano[3].

Sin embargo, damos gracias a la divina bondad de que tantísimos creyentes puedan testificar con nosotros ante los hombres la unidad de Dios, aunque no conozcan el misterio de la Santísima Trinidad.

10. Creemos, pues, en Dios, que en toda la eternidad engendra al Hijo; creemos en el Hijo, Verbo de Dios, que es engendrado desde la eternidad; creemos en el Espíritu Santo, persona increada, que procede del Padre y del Hijo como Amor sempiterno de ellos. Así, en las tres personas divinas, que son eternas entre sí e iguales entre sí [4], la vida y la felicidad de Dios enteramente uno abundan sobremanera y se consuman con excelencia suma y gloria propia de la esencia increada; y siempre hay que venerar la unidad en la trinidad y la trinidad en la unidad [5].

Cristología

11. Creemos en nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios. Él es el Verbo eterno, nacido del Padre antes de todos los siglos y consustancial al Padre, u homoousios to Patri; por quien han sido hechas todas las cosas. Y se encarnó por obra del Espíritu Santo, de María la Virgen, y se hizo hombre: igual, por tanto, al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad[6], completamente uno, no por confusión (que no puede hacerse) de la sustancia, sino por unidad de la persona [7].

12. El mismo habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad. Anunció y fundó el reino de Dios, manifestándonos en sí mismo al Padre. Nos dio su mandamiento nuevo de que nos amáramos los unos a los otros como él nos amó. Nos enseñó el camino de las bienaventuranzas evangélicas, a saber: ser pobres en espíritu y mansos, tolerar los dolores con paciencia, tener sed de justicia, ser misericordiosos, limpios de corazón, pacíficos, padecer persecución por la justicia. Padeció bajo Poncio Pilato; Cordero de Dios, que lleva los pecados del mundo, murió por nosotros clavado a la cruz, trayéndonos la salvación con la sangre de la redención. Fue sepultado, y resucitó por su propio poder al tercer día, elevándonos por su resurrección a la participación de la vida divina, que es la gracia. Subió al cielo, de donde ha de venir de nuevo, entonces con gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos, a cada uno según los propios méritos: los que hayan respondido al amor y a la piedad de Dios irán a la vida eterna, pero los que los hayan rechazado hasta el final serán destinados al fuego que nunca cesará.

Y su reino no tendrá fin.

El Espíritu Santo

13. Creemos en el Espíritu Santo, Señor y vivificador que, con el Padre y el Hijo, es juntamente adorado y glorificado. Que habló por los profetas; nos fue enviado por Cristo después de su resurrección y ascensión al Padre; ilumina, vivifica, protege y rige la Iglesia, cuyos miembros purifica con tal que no desechen la gracia. Su acción, que penetra lo íntimo del alma, hace apto al hombre de responder a aquel precepto de Cristo: Sed perfectos como también es perfecto vuestro Padre celeste (cf Mt 5,48).

Mariología

14. Creemos que la Bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y Salvador nuestro, Jesucristo [8] y que ella, por su singular elección, en atención a los méritos de su Hijo redimida de modo más sublime [9], fue preservada inmune de toda mancha de culpa original [10] y que supera ampliamente en don de gracia eximia a todas las demás criaturas [11].

15. Ligada por un vínculo estrecho e indisoluble al misterio de la encarnación y de la redención[12], la Beatísima Virgen María, Inmaculada, terminado el curso de la vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste [13], y hecha semejante a su Hijo, que resucitó de los muertos, recibió anticipadamente la suerte de todos los justos; creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia [14], continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo, por el que contribuye para engendrar y aumentar la vida divina en cada una de las almas de los hombres redimidos [15].

Pecado original

16. Creemos que todos pecaron en Adán; lo que significa que la culpa original cometida por él hizo que la naturaleza, común a todos los hombres, cayera en un estado tal en el que padeciese las consecuencias de aquella culpa. Este estado ya no es aquel en el que la naturaleza humana se encontraba al principio en nuestros primeros padres, ya que estaban constituidos en santidad y justicia, y en el que el hombre estaba exento del mal y de la muerte. Así, pues, esta naturaleza humana, caída de esta manera, destituida del don de la gracia del que antes estaba adornada, herida en sus mismas fuerzas naturales y sometidas al imperio de la muerte, es dada a todos los hombres; por tanto, en este sentido, todo hombre nace en pecado. Mantenemos, pues, siguiendo el concilio de Trento, que el pecado original se transmite, juntamente con la naturaleza humana, por propagación, no por imitación, y que se halla como propio en cada uno[16].

17. Creemos que nuestro Señor Jesucristo nos redimió, por el sacrificio de la cruz, del pecado original y de todos los pecados personales cometidos por cada uno de nosotros, de modo que se mantenga verdadera la afirmación del Apóstol: Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (cf. Rom 5,20).

18. Confesamos creyendo un solo bautismo instituido por nuestro Señor Jesucristo para el perdón de los pecados. Que el bautismo hay que conferirlo también a los niños, que todavía no han podido cometer por sí mismos ningún pecado, de modo que, privados de la gracia sobrenatural en el nacimiento nazcan de nuevo, del agua y del Espíritu Santo, a la vida divina en Cristo Jesús [17].

La Iglesia

19. Creemos en la Iglesia una, santa, católica y apostólica, edificada por Jesucristo sobre la piedra, que es Pedro. Ella es el Cuerpo místico de Cristo, sociedad visible, equipada de órganos jerárquicos, y, a la vez, comunidad espiritual; Iglesia terrestre, Pueblo de Dios peregrinante aquí en la tierra e Iglesia enriquecida por bienes celestes, germen y comienzo del reino de Dios, por el que la obra y los sufrimientos de la redención se continúan a través de la historia humana, y que con todas las fuerzas anhela la consumación perfecta, que ha de ser conseguida después del fin de los tiempos en la gloria celeste [18]. Durante el transcurso de los tiempos el Señor Jesús forma a su Iglesia por medio de los sacramentos, que manan de su plenitud [19]. Porque la Iglesia hace por ellos que sus miembros participen del misterio de la muerte y la resurrección de Jesucristo, por la gracia del Espíritu Santo, que la vivifica y la mueve [20]. Es, pues, santa, aunque abarque en su seno pecadores, porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida, se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma que impiden que la santidad de ella se difunda radiante. Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo.

20. Heredera de las divinas promesas e hija de Abrahán según el Espíritu, por medio de aquel Israel, cuyos libros sagrados conserva con amor y cuyos patriarcas y profetas venera con piedad; edificada sobre el fundamento de los apóstoles, cuya palabra siempre viva y cuyos propios poderes de pastores transmite fielmente a través de los siglos en el Sucesor de Pedro y en los obispos que guardan comunión con él; gozando finalmente de la perpetua asistencia del Espíritu Santo, compete a la Iglesia la misión de conservar, enseñar, explicar y difundir aquella verdad que, bosquejada hasta cierto punto por los profetas, Dios reveló a los hombres plenamente por el Señor Jesús.  Nosotros creemos todas aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios escrita o transmitida y son propuestas por la Iglesia, o con juicio solemne, o con magisterio ordinario y universal, para ser creídas como divinamente reveladas[21]. Nosotros creemos en aquella infalibilidad de que goza el Sucesor de Pedro cuando habla ex cathedra [22] y que reside también en el Cuerpo de los obispos cuando ejerce con el mismo el supremo magisterio [23].

21. Nosotros creemos que la Iglesia, que Cristo fundó y por la que rogó, es sin cesar una por la fe, y el culto, y el vinculo de la comunión jerárquica [24]. La abundantísima variedad de ritos litúrgicos en el seno de esta Iglesia o la diferencia legítima de patrimonio teológico y espiritual y de disciplina peculiares no sólo no dañan a la unidad de la misma, sino que más bien la manifiestan [25].

22. Nosotros también, reconociendo por una parte que fuera de la estructura de la Iglesia de Cristo se encuentran muchos elementos de santificación y verdad, que como dones propios de la misma Iglesia empujan a la unidad católica[26], y creyendo, por otra parte, en la acción del Espíritu Santo, que suscita en todos los discípulos de Cristo el deseo de esta unidad [27], esperamos que los cristianos que no gozan todavía de la plena comunión de la única Iglesia se unan finalmente en un solo rebaño con un solo Pastor.

23. Nosotros creemos que la Iglesia es necesaria para la salvación. Porque sólo Cristo es el Mediador y el camino de la salvación que, en su Cuerpo, que es la Iglesia, se nos hace presente [28]. Pero el propósito divino de salvación abarca a todos los hombres: y aquellos que, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, sin embargo, a Dios con corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, por cumplir con obras su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, ellos también, en un número ciertamente que sólo Dios conoce, pueden conseguir la salvación eterna [29].

Eucaristía

24. Nosotros creemos que la misa que es celebrada por el sacerdote representando la persona de Cristo, en virtud de la potestad recibida por el sacramento del orden, y que es ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, es realmente el sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares. Nosotros creemos que, como el pan y el vino consagrados por el Señor en la última Cena se convirtieron en su cuerpo y su sangre, que en seguida iban a ser ofrecidos por nosotros en la cruz, así también el pan y el vino consagrados por el sacerdote se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, sentado gloriosamente en los cielos; y creemos que la presencia misteriosa del Señor bajo la apariencia de aquellas cosas, que continúan apareciendo a nuestros sentidos de la misma manera que antes, es verdadera, real y sustancial[30].

25. En este sacramento, Cristo no puede hacerse presente de otra manera que por la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y la conversión de toda la sustancia del vino en su sangre, permaneciendo solamente íntegras las propiedades del pan y del vino, que percibimos con nuestros sentidos. La cual conversión misteriosa es llamada por la Santa Iglesia conveniente y propiamente transustanciación. Cualquier interpretación de teólogos que busca alguna inteligencia de este misterio, para que concuerde con la fe católica, debe poner a salvo que, en la misma naturaleza de las cosas, independientemente de nuestro espíritu, el pan y el vino, realizada la consagración, han dejado de existir, de modo que, el adorable cuerpo y sangre de Cristo, después de ella, están verdaderamente presentes delante de nosotros bajo las especies sacramentales del pan y del vino[31], como el mismo Señor quiso, para dársenos en alimento y unirnos en la unidad de su Cuerpo místico [32].

26. La única e indivisible existencia de Cristo, el Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el sacramento se hace presente en los varios lugares del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente suavísima, a honrar y adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos.

Escatología

27. Confesamos igualmente que el reino de Dios, que ha tenido en la Iglesia de Cristo sus comienzos aquí en la tierra, no es de este mundo (cf. Jn 18,36), cuya figura pasa (cf. 1Cor 7,31), y también que sus crecimientos propios no pueden juzgarse idénticos al progreso de la cultura de la humanidad o de las ciencias o de las artes técnicas, sino que consiste en que se conozcan cada vez más profundamente las riquezas insondables de Cristo, en que se ponga cada vez con mayor constancia la esperanza en los bienes eternos, en que cada vez más ardientemente se responda al amor de Dios; finalmente, en que la gracia y la santidad se difundan cada vez más abundantemente entre los hombres. Pero con el mismo amor es impulsada la Iglesia para interesarse continuamente también por el verdadero bien temporal de los hombres. Porque, mientras no cesa de amonestar a todos sus hijos que no tienen aquí en la tierra ciudad permanente (cf. Heb 13,14), los estimula también, a cada uno según su condición de vida y sus recursos, a que fomenten el desarrollo de la propia ciudad humana, promuevan la justicia, la paz y la concordia fraterna entre los hombres y presten ayuda a sus hermanos, sobre todo a los más pobres y a los más infelices. Por lo cual, la gran solicitud con que la Iglesia, Esposa de Cristo, sigue de cerca las necesidades de los hombres, es decir, sus alegrías y esperanzas, dolores y trabajos, no es otra cosa sino el deseo que la impele vehementemente a estar presente a ellos, ciertamente con la voluntad de iluminar a los hombres con la luz de Cristo, y de congregar y unir a todos en aquel que es su único Salvador. Pero jamás debe interpretarse esta solicitud como si la Iglesia se acomodase a las cosas de este mundo o se resfriase el ardor con que ella espera a su Señor y el reino eterno.

28. Creemos en la vida eterna. Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo —tanto las que todavía deben ser purificadas con el fuego del purgatorio como las que son recibidas por Jesús en el paraíso en seguida que se separan del cuerpo, como el Buen Ladrón— constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida totalmente el día de la resurrección, en el que estas almas se unirán con sus cuerpos.

29. Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se congregan en el paraíso, forma la Iglesia celeste, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios, como Él es[33] y participan también, ciertamente en grado y modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente nuestra flaqueza [34].

30. Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones, como nos aseguró Jesús: Pedid y recibiréis (cf. Lc 10,9-10; Jn 16,24). Profesando esta fe y apoyados en esta esperanza, esperamos la resurrección de los muertos y la vida del siglo venidero.

Bendito sea Dios, santo, santo, santo. Amén.


Notas

[1] Cf. Conc. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius: Denz.-Schön. 3002.

[2] Cf. enc. Humani generis: AAS 42 (1950) 575; Con. Lateran. V: Denz.-Schön. 1440-1441.

[3] Cf. Conc. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius: Denz.-Schön. 3016.

[4] Símbolo Quicumque: Denz.-Schön. 75.

[5] Ibíd.

[6] Ibíd., n. 76.

[7] Ibíd.

[8] Cf. Conc. Efes.: Denz.-Schön. 251-252.

[9] Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, 53.

[10] Cf. Pío IX, Bula Ineffabilis Deus: Acta p. 1 vol. 1 p. 616.

[11] Cf. Lumen gentium, 53.

[12] Cf. Ibíd., n. 53.58.61..

[13] Cf. Const. apost. Munificentissimus Deus: AAS 42 (1950) 770.

[14] Lumen gentium, 53.56.61.63; cf. Pablo Vl, Al. en el cierre de la III sesión del concilio Vat. II: AAS 56 (1964), 1016; exhort. apost. Signum magnum: AAS 59 (1967) 465 y 467.

[15] Lumen gentium, 62; cf. Pablo Vl, exhort. apost. Signum magnum: AAS 59 (1967) 468.

[16] Cf. Conc. Trid., ses.5: Decr. De pecc. orig.: Denz-Schön. 1513

[17] Cf. Conc. Trid., ibíd.,: Denz-Schön. 1514.

[18] Cf. Lumen gentium, 8 y 50.

[19] Cf. Ibíd., n.7.11..

[20] Cf. Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium n. 5.6; Lumen gentium n.7.12.50.

[21] Cf. Conc. Vat. I, Const. Dei Filius: Denz-Schön. 3011.

[22] Cf. Ibíd., Const. Pastor aeternus: Denz-Schön. 3074..

[23] Cf. Lumen gentium, n. 25.

[24] Ibíd., n. 8.18-23; decret. Unitatis redintegratio, n. 2.

[25] Cf. Lumen gentium, n. 23; decret. Orientalium Ecclesiarum, n. 2.3.5.6..

[26] Cf. Lumen gentium, n. 8.

[27] Cf. Ibíd., n. 15.

[28] Cf. Ibíd., n. 14..

[29] Cf. Ibíd., n. 16.

[30] Cf. Conc. Trid., ses. 13: Decr. De Eucharistia: Denz-Schön. 1651..

[31] Cf. Ibíd.: Denz-Schön. 1642; Pablo Vl, Enc. Mysterium fidei: AAS 57 (1965) 766..

[32] Cf. Santo Tomás, Summa Theologica III, q.73 a.3

[33] 1Jn 3, 2; Benedicto XII, Const. Benedictus Deus: Denz-Schön. 1000.

[34] Lumen gentium, n. 49.

 

 

hhtps://www.vatican.va/content/paul-vi/es/motu_propio/documents/hf_p-vi_motu-propio_19680630_credo.html

 



lunes, 23 de enero de 2023



Puritanos

Los puritanos fueron cristianos protestantes ingleses, principalmente activos en los siglos XVI-XVIII, que afirmaban que la Iglesia anglicana no se había distanciado lo suficiente del catolicismo y trataban de "purificarla" de las prácticas católicas. El término era originalmente un insulto utilizado por los anglicanos para referirse a las personas que, según ellos, se ofendían con demasiada facilidad por la liturgia de la Iglesia anglicana y se dedicaban a criticar detalles y a causar problemas, al tiempo que justificaban sus esfuerzos con textos de prueba de la Biblia. Los puritanos no utilizaban el término para referirse a sí mismos, sino que utilizaban principalmente "santos" como autorreferencia.

Aunque inicialmente era una pequeña secta de disidentes que se inspiraba en los escritos del reformador religioso Juan Calvino (1509-1564), el puritanismo se extendió hacia finales del siglo XVI y principios del XVII. Se oponían al uso del Libro de Oración Común, a la jerarquía de la Iglesia anglicana (que reflejaba la de la Iglesia católica), al uso del incienso y la música en los servicios de culto, y a otros aspectos de la liturgia y la práctica de la Iglesia. Bajo el mandato de la reina Isabel I de Inglaterra (reinó entre 1558 y 1603) se les dio cabida (en su mayor parte), mientras que bajo su sucesor Jacobo I de Inglaterra (reinó entre 1603 y 1625) fueron perseguidos.

La mitad de los pasajeros a bordo del Mayflower, que fundaron la colonia de Plymouth en Norteamérica en 1620, eran separatistas puritanos (creían que la Iglesia no podía ser redimida y los verdaderos creyentes debían separarse de ella) que huían de las persecuciones de Jacobo I. Muchos de los que colonizarían Nueva Inglaterra en los años siguientes al establecimiento de la colonia de Plymouth eran también puritanos (pero no separatistas) que pretendían dejar atrás las prácticas y persecuciones anglicanas y fundar sus propias colonias en Norteamérica guiadas por sus creencias religiosas.

El puritanismo en Inglaterra siguió creciendo y ejerciendo un poder político considerable a mediados del siglo XVII, influyendo finalmente en dos guerras civiles y en el establecimiento de la Mancomunidad de Inglaterra (1649-1660) y el Protectorado (1653-1659). El puritanismo como fuerza política decayó tras la restauración de la monarquía en 1660, mientras que en Norteamérica floreció hasta mediados del siglo XVIII. El puritanismo influyó en los órganos de gobierno de muchas de las trece colonias inglesas originales de la costa este de Norteamérica y continuó su influencia hasta poco antes de la Revolución estadounidense (1775-1783), pero incluso después continuó influyendo en las normas y costumbres sociales, especialmente en Nueva Inglaterra, y sigue teniendo un efecto en la cultura de Estados Unidos, en mayor o menor medida, en la actualidad.

Origen y desarrollo del puritanismo

La Reforma protestante (1517-1648) rompió la unidad de la Iglesia católica y estableció denominaciones cristianas en países de toda Europa. Uno de los primeros reformistas protestantes fue el teólogo suizo Jean Cauvin (conocido en español como Juan Calvino), que abogaba por una lectura literal de la Biblia como palabra de Dios y por una estricta adhesión a las Escrituras a la hora de dirigir la propia vida. El rey Enrique VIII de Inglaterra (reinó entre 1509 y 1547) siguió el ejemplo de otros países al rechazar el catolicismo y establecer la Iglesia anglicana, pero no tenía ningún interés en las cuestiones teológicas ni en cómo debía organizarse su iglesia, por lo que no tuvo inconveniente en modelarla estrechamente según el paradigma católico al que la gente estaba acostumbrada.

Esta decisión ofendió a un pequeño número de protestantes que esperaban el mismo tipo de ruptura radical con el catolicismo del que habían oído hablar en otros países, como Alemania, y empezaron a abogar discretamente por nuevas reformas. Sus compañeros anglicanos los tildaron de "puritanos" por sus esfuerzos por "purificar" la Iglesia. El término no era muy halagador y su uso inicial correspondería a llamar a alguien "estirado" o "mojigato" en la actualidad, porque los anglicanos consideraban que estos puritanos se oponían innecesariamente a aspectos del culto que en general se consideraban inofensivos y beneficiosos.

Sin embargo, los puritanos no solo se oponían a aspectos del culto o de la práctica, sino también a las fiestas -como la Navidad- y a diversas formas de entretenimiento. Se oponían al popular pasatiempo de la caza de osos (en el que se soltaba a un perro en un corral para que atacara a un oso encadenado), a las peleas de perros, a las peleas de gallos y al teatro. En ciudades como Londres, los teatros estaban situados en la misma zona que los burdeles y los actores eran considerados personas de moral relajada y de bajo carácter.

Isabel I y Jacobo I

A Enrique VIII le sucedió su hijo Eduardo VI de Inglaterra (reinó ente 1547 y 1553), mucho más interesado en los asuntos religiosos que su padre. Eduardo VI reorganizó la Iglesia anglicana para alejarla del catolicismo y durante su reinado muchos sacerdotes y teólogos fueron calvinistas. Le sucedió María I de Inglaterra (también conocida como "María la Sanguinaria", que reinó entre 1553 y 1558), que revirtió las reformas de Enrique VIII y Eduardo VI para restaurar el catolicismo. Persiguió a los disidentes protestantes en lo que se conoció como las Persecuciones Marianas, quemando a muchos de ellos en la hoguera, y restauró las propiedades católicas que habían sido confiscadas por Enrique VIII. Los puritanos que podían permitírselo huyeron del país hacia el continente y más tarde se les denominó exiliados marianos.


Retratada por Antonio Moro, 1554. Museo del Prado, Madrid

https://es.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_I_de_Inglaterra

Su política fue revertida por su sucesora y hermanastra Isabel I, que restauró el protestantismo en forma de Iglesia anglicana con ella misma a la cabeza (como lo habían sido Enrique VIII y Eduardo VI). El Acuerdo Religioso Isabelino de 1559 creó la entidad eclesiástica diferenciada de la Iglesia anglicana e hizo concesiones para los compromisos entre los puritanos calvinistas y otros que no compartían sus puntos de vista. Sin embargo, los exiliados marianos empezaron a regresar del continente y se opusieron al Acuerdo y a sus compromisos porque, para ellos, los esfuerzos protestantes en Francia y Alemania habían ido mucho más lejos en el distanciamiento del catolicismo y en la creación de iglesias basadas en la Biblia que se autogobernaban (también conocidas como congregacionales) en las que los ancianos elegidos hacían la política en lugar de los obispos.

Las tensiones entre la corona y los puritanos aumentaron, incluso cuando los puritanos o simpatizantes de los puritanos ocupaban puestos importantes en la Iglesia anglicana, y dieron lugar a redes clandestinas de puritanos que pretendían desafiar radicalmente la autoridad de la reina y su iglesia. Este desafío tomó finalmente la forma de una guerra de panfletos conocida como la Controversia de Marprelate. Un autor puritano anónimo, que firmaba como Martin Marprelate, publicó entre 1588 y 1589 una serie de tratados que atacaban a la reina, a la Iglesia y a algunos sacerdotes y obispos.

Se inició una persecución nacional para encontrar a Marprelate y, mientras tanto, Isabel hizo que sus propios escritores publicaran tratados respondiendo a las críticas de Marprelate. Nunca se encontró a Marprelate, pero sus prensas fueron descubiertas y destruidas al mismo tiempo que se rompía la red de distribución. La Controversia de Marprelate tuvo como resultado una mayor reforma y consolidación de la Iglesia anglicana, así como el establecimiento de leyes que trataban las críticas a la Iglesia como traición a la monarquía.



Retrato al óleo de Isabel I, Reina de Inglaterra e Irlanda. La obra titulada "The Rainbow Portrait of Queen Elizabeth I". La obra, pintada alrededor de los años 1600 y 1602,  se atribuye al pintor Marcus Gheeraerts, un artista flamenco instalado en la corte de los Tudor.

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/isabel-i-y-era-dorada-inglaterra_7156

 

Cuando Jacobo I sucedió a Isabel I en 1603, trató de resolver los conflictos religiosos y convocó la Conferencia de Hampton Court de 1604, que fue una reunión de teólogos puritanos y obispos anglicanos. Jacobo I escuchó a ambas partes y rechazó el puritanismo. Los puritanos utilizaban como escritura la traducción de la Biblia conocida como la Biblia de Ginebra, influenciada por la teología de Juan Calvino, por lo que Jacobo I encargó a los principales eruditos de la época que crearan una nueva traducción, la Biblia del Rey Jacobo, que apoyara sus puntos de vista teológicos y los de la Iglesia anglicana. También autorizó a los funcionarios de la Iglesia a trabajar en conjunto con las fuerzas del orden seculares para arrestar, multar, encarcelar e incluso ejecutar a los disidentes puritanos.

Teología y conflicto

Los puritanos se negaban a comprometer su fe, pues creían que la Biblia era la palabra de Dios y que había que vivir lo más cerca posible del modelo de Jesucristo y sus doce discípulos. Para los puritanos, cualquier aspecto de la observancia religiosa o del comportamiento personal que no apareciera en la Biblia, o que al menos pudiera justificarse con ella, no era de Dios y debía rechazarse. La insistencia de la Iglesia anglicana en mantener la posición de los obispos, en utilizar el Libro de Oración Común, en permitir que los sacerdotes lleven vestimentas como los sacerdotes católicos, en quemar incienso durante los servicios de culto y en permitir la música, contribuyó a convencer a los puritanos de que la Iglesia estaba corrupta y bajo la influencia de poderes satánicos.

Los puritanos sostenían que no había nada más importante en la vida que la propia creencia religiosa, que dictaba la forma en que uno se comportaba en este mundo y le daba a uno la esperanza de la salvación y la vida eterna en el otro. Su creencia en el pre-determinismo significaba que no podían saber realmente si estaban "salvados", ya que eso solo lo sabía Dios, pero podían actuar de forma adecuada a uno de los elegidos que Dios ya había elegido. Creían en lo que se conoce como Teología de la Alianza, una relación quid pro quo entre el individuo y Dios en la que un creyente actuaba de acuerdo con la voluntad de Dios tal y como se recoge en la Biblia y Dios recompensaba los esfuerzos del creyente.

Entre sus observancias más importantes estaba lo que se conoce como sabadismo, la estricta observancia del sábado, durante el cual Dios debía ser el único centro de atención y no se podía realizar ningún trabajo ni actividad de ocio. El púlpito se convirtió en el punto central de los servicios de adoración porque el sermón se consideraba su aspecto más importante de acuerdo con la advertencia bíblica "Así que la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios" (Romanos 10:17). A los niños se les educaba en el oficio de su padre para que fueran laboriosos, mientras que a las niñas se les enseñaba a ser amas de casa, pero se fomentaba la alfabetización de ambos sexos, ya que se creía que todos debían ser capaces de leer la Biblia.

La asistencia al teatro, en cualquier momento, estaba prohibida al igual que los juegos de azar como los dados. El alcohol estaba permitido, pero la embriaguez estaba muy mal vista. Solo se fomentaba el sexo dentro del matrimonio, y se esperaba que tanto los maridos como las esposas fueran capaces de satisfacerse sexualmente. Las mujeres eran consideradas espiritual y moralmente inferiores a los hombres, ya que estaban contaminadas por el espíritu de Eva, que había causado la caída del hombre en el Jardín del Edén, pero debían ser respetadas y cuidadas como amas de casa y portadoras de hijos.

 

Este punto de vista teológico no hizo que los puritanos se sintieran atraídos por Jacobo I ni por la mayoría de los miembros de la Iglesia anglicana. Los puritanos moderados siguieron sirviendo en la Iglesia en los primeros años del reinado de Jacobo I, pero los fundamentalistas formaron sus propias congregaciones y se reunían en secreto, especialmente los llamados separatistas que creían que había que abandonar la Iglesia anglicana por completo para salvar el alma. Estas reuniones secretas eran ilegales, y cuando una congregación era descubierta, sus miembros eran perseguidos.

La gran migración

Los puritanos empezaron a salir clandestinamente de Inglaterra hacia los Países Bajos, donde había mayor tolerancia religiosa, y varias congregaciones se establecieron en Ámsterdam. Una de estas congregaciones, en el pueblo de Scrooby, Inglaterra, fue descubierta por el arzobispo anglicano Tobias Matthew (1546-1628) en 1607, y sus miembros fueron arrestados y multados. El grupo estaba dirigido por el pastor John Robinson (1576-1625), que después decidió seguir el mismo camino que otros y marcharse a los Países Bajos. Primero se trasladaron a Ámsterdam, pero al encontrar que la disidencia entre las congregaciones puritanas era demasiado frecuente allí, se trasladaron a Leiden.

Aunque las prensas y la red de distribución de los tratados de Marprelate habían sido destruidas, los puritanos siguieron publicando tratados ilegales, panfletos y octavillas que criticaban a la Iglesia anglicana. En 1618, uno de los principales miembros de la congregación de Leiden, William Brewster (1568-1644), publicó un tratado de este tipo y lo hizo entrar de contrabando en Inglaterra. Jacobo I ordenó el arresto de Brewster y esto animó a la congregación a trasladarse a otro lugar.

Para entonces, Inglaterra había intentado establecer colonias en Norteamérica en tres ocasiones, con dos fracasos (la colonia de Roanoke y la de Popham) y un éxito (la colonia de Jamestown, en Virginia). Los separatistas de la congregación de Robinson decidieron establecer la suya propia, y varios de ellos partieron hacia el Nuevo Mundo a bordo del Mayflower en 1620. Aunque perdieron a la mitad de sus miembros por enfermedad y desnutrición durante el primer invierno, los supervivientes establecieron la exitosa colonia de Plymouth, en Massachusetts, y la noticia llegó a Inglaterra en 1622 junto con el panfleto conocido como Mourt's Relation, escrito por dos de los colonos, William Bradford (1590-1657) y Edward Winslow (1595-1655), en el que describían la región en términos elogiosos y animaban a otros a realizar el viaje.



https://www.worldhistory.org/trans/es/1-19354/puritanos/

El éxito de la colonia de Plymouth condujo a lo que se conoce como la Gran Migración (o la Migración Puritana) entre 1620-1640, durante la cual más de 20.000 puritanos ingleses emigraron a Nueva Inglaterra, estableciéndose principalmente en Massachusetts. En 1630, una flota de barcos con 700 puritanos, bajo el liderazgo de John Winthrop (hacia 1588-1649), llegó y estableció la colonia de la Bahía de Massachusetts, en torno a Boston. Winthrop creía que esta colonia sería una "ciudad sobre una colina" (una referencia al pasaje bíblico de Mateo 5:14: "Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad asentada sobre una colina no puede esconderse") que atraería a otros y sería un ejemplo de la verdadera fe cristiana.

Los puritanos en Norteamérica

Los puritanos habían llegado a Norteamérica para practicar su culto libremente sin temor a la persecución, pero no les interesaba la libertad religiosa de los demás. La colonia de la Bahía de Massachusetts, aunque no era una teocracia, se basaba en las creencias puritanas y exigía a sus ciudadanos un estricto cumplimiento de la conducta adecuada (definida por los puritanos). Se consideraba que los nativos americanos necesitaban urgentemente la salvación, por lo que se enviaron misioneros para convertir a las tribus vecinas, lo que dio lugar a los llamados "indios rezadores", que dejaron de ser bienvenidos por su pueblo y fueron considerados inferiores por los puritanos, por lo que fueron relegados a una especie de tierra de nadie entre ambos.

Los puritanos perseguían a las personas de otras religiones, al igual que los puritanos habían sido perseguidos por la Iglesia anglicana en Inglaterra. Los judíos, los católicos, los anglicanos y otras sectas cristianas eran considerados condenados al infierno, pero ninguno más que los cuáqueros. Los cuáqueros inspiraban una persecución especialmente dura porque creían que una chispa de la luz divina estaba presente en todos y, por tanto, cada persona era digna de respeto. Esto contradecía la creencia central de los puritanos en los "elegidos" y en ellos mismos como pueblo elegido por Dios. La intolerancia de los puritanos y su persecución de los no puritanos provocó nuevas migraciones de estos grupos (y también de otros puritanos más tolerantes y abiertos) a las regiones circundantes que se convirtieron en los estados de Rhode Island, Connecticut, Vermont, New Hampshire y Maine. Las constituciones originales de algunos de estos estados se vieron influidas e inspiradas por el documento separatista puritano, el Pacto del Mayflower, que estableció el gobierno de la Colonia de Plymouth y que luego sirvió de modelo para otros.



Illustration of the Mayflower Compact by Linas Garsys/The Washington Times.

https://www.washingtontimes.com/news/2021/nov/24/rough-and-reverent-why-the-mayflower-compact-still/

 

Los puritanos influyeron en el desarrollo y la cultura de Estados Unidos de muchas otras maneras. Como los puritanos rechazaban la Navidad, no se celebró en Estados Unidos hasta 1870. La alfabetización era un valor primordial porque solo leyendo la Biblia se podía conocer la voluntad de Dios, por lo que se impulsó la educación pública. Los puritanos de la colonia de la Bahía de Massachusetts fundaron la Universidad de Harvard en 1636 para formar al clero, y también fomentaron el conocimiento y la práctica de la medicina. La estricta observancia del sábado dio lugar a las llamadas "leyes azules", que restringen ciertas actividades y la venta de alcohol en domingo.

Los puritanos también fomentaron el racismo y el sexismo, ya que creían que los africanos, las mujeres y los nativos americanos tenían una inclinación natural hacia Satanás o, en el caso de las mujeres, eran demasiado débiles para resistir las tentaciones del diablo. La persecución de las mujeres a través de los juicios por brujería no se limitó solo a Salem, Massachusetts, en la década de 1690, sino que se llevó a cabo en varios estados de Nueva Inglaterra. Los puritanos también se dedicaron al comercio de esclavos y se beneficiaron de él, vendiendo a los nativos americanos de la tribu pequot como esclavos al final de las Guerras Pequot de 1636-1638, importando esclavos africanos y vendiendo bacalao salado en masa para alimentar a los esclavos de Jamestown y los de las Indias Occidentales.

 

Conclusión

Mientras los puritanos que habían emigrado desarrollaban América del Norte, los que estaban en Inglaterra seguían intentando reformar la Iglesia anglicana y conseguir una voz política. Sus esfuerzos influirían en las Guerras civiles inglesas, en el establecimiento de la Mancomunidad, en la ejecución de Carlos I de Inglaterra  (que reinó ente 1625 y 1649) y en el ascenso al poder del magistrado y general puritano Oliver Cromwell (1599-1658), que estableció el Protectorado. Cuando el Protectorado se derrumbó y la monarquía fue restaurada en 1660, los puritanos de Inglaterra perdieron su poder político y su ventaja.

En las colonias de América del Norte, las disputas teológicas entre las congregaciones puritanas, así como la llegada de personas de otras religiones, diluyeron gradualmente el control puritano sobre las comunidades a mediados del siglo XVII. Su influencia, sin embargo, sigue siendo evidente en la cultura de Estados Unidos, especialmente a través del concepto conocido como excepcionalismo americano (la afirmación de que Estados Unidos es innatamente superior a otras naciones), que fue promovido tanto por Bradford como por Winthrop en relación con sus respectivas colonias, promovido por los Padres Fundadores en el siglo XVIII y popularizado en los siglos XIX y XX. Desde el siglo XIX, los separatistas puritanos de la colonia de Plymouth han sido considerados héroes nacionales y, en el XX, la visión idealizada de Winthrop de su colonia como una brillante "ciudad en una colina" se aplicó a Estados Unidos en general.

Bibliografía

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·         Fraser, R. The Mayflower: The Families, the Voyage, and the Founding of America. St. Martin's Griffin, 2019.

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·         Mack, J. A Stranger Among Saints: Stephen Hopkins, The Man Who Survived Jamestown and Saved Plymouth. Chicago Review Press, 2020.

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·         What's a Puritan, and Why Didn't They Stay in Massachusetts? by Walter W. WoodwardAccessed 10 Jan

 

 

Mark, J. J. (2021, enero 12). Puritanos [Puritans]. (A. Cardozo, Traductor). World History Encyclopedia. Recuperado de https://www.worldhistory.org/trans/es/1-19354/puritanos/

 

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