jueves, 12 de marzo de 2026

 

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DOSSIER:

 

LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

 

FACTORES DE UNA DERROTA

 

TRES AÑOS LARGOS DE UNA LUCHA DEMOLEDORA QUE DESGARRÓ ESPAÑA EN DOS. A UN LADO, LOS REBELDES, CONSTITUIDOS POR FAMILIA DISTINTAS, PERO AGLUTINADAS POR LA DISCIPLINA MILITAR DE LOS SUBLEVADOS. A OTRO, LOS REPUBLICANOS, DIVIDIDOS EN MÚLTIPLES CORRIENTES A MENUDO ENFRENTADAS ENTRE SÍ. NO SERÍA ESA LA ÚNICA DIFERENCIA RNTRE LOS DOS BANDOS.

La Guerra Civil española enfrentó durante tres años al bando nacional y al bando republicano.

https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-47749895

Desde su inicio mismo, la Guerra Civil estuvo marcada por la desigualdad de condiciones en prácticamente todas las esferas. El conflicto enfrentó ferozmente a dos Españas separadas por cuestiones sociales y religiosas. La dinámica de ambos bandos fue muy distinta. Apenas habían transcurridos quince días cuando ya los sublevados recibían ayuda de Alemania e Italia, mientras que la decisión de las democracias europeas de no intervenir negaba a la República el pan y la sal.

Los militares golpistas contaron con tropas organizadas para entablar batalla, mientras el gobierno debía confiar en un indisciplinado conglomerado de milicianos y restos de las antiguas fuerzas armadas y de orden público.

Los rebeldes impusieron a sus partidarios una dictadura militar, que eliminó la política y desvió todos los recursos humanos y materiales a la guerra. En cambio, la sublevación del Ejército dejó al gobierno republicano sin poder y permitió una caótica situación revolucionaria de intenso matiz anticlerical.

Mientras se combatía en los frentes, en ambas retaguardias se padecieron la represión y el terror. Pero, por añadidura, la republicana sufrió también las angustias del hambre, las sucesivas derrotas y los enfrentamientos partidistas. Desde noviembre de 1937, todas las tendencias republicanas estuvieron representadas en el gobierno, lo que en absoluto impidió tensiones gravísimas. Estos choques internos estallaron violentamente en mayo de 1937 y de nuevo en marzo de 1939, acelerando el último estertor de la República.

EL DESEQUILIBRIO MILITAR EVIDENTE

La Situación creada en los tres primeros meses de la guerra determinó el curso posterior y definitivo de un conflicto en el que la República sufrió la inferioridad militar desde el principio. En la sublevación de 1936, la mayor parte de la cúpula castrense se mantuvo leal al gobierno. En cambio, se alzaron contra él la mitad de los generales con mando de brigada, casi todos los jefes de Estado Mayor, entre el 80 y el 85% de los oficiales, 44 de las 53 guarniciones más importantes, casi todo el Cuerpo General de la Armada, más de un tercio de los aviadores y la mitad de las fuerzas de orden público.

Los sublevados contaron inmediatamente con numerosos militares profesionales y unos 150 soldados y guardias organizados en unidades, que les dieron superioridad operativa y constituyeron la base para formar un gran ejército en el futuro. Se apoderaron de las bases navales de San Fernando y El Ferrol, así como de un viejo acorazado, un buen crucero, destructor mediocre, unas cuantas unidades pequeñas y los modernos cruceros Baleares y Canarias, todavía en el astillero.

En aviación, dispusieron de unos ciento cincuenta pilotos y escasos aviones. Su red de reclutamiento y movilización estaba intacta y pudo alistar masivamente nuevos soldados, mientras los voluntarios falangistas y carlistas aceptaban de buen grado la militarización. En agosto de 1936 se movilizaron los reemplazos de 1931, 1032 y 1933, y en diciembre sometieron a todos los falangistas y requetés (paramilitares carlistas) al Código de Justicia Militar.

Problemas de lucha

La sublevación y el decreto que licenció a, los soldados dejaron al gobierno sin tropas, ordenando al moderado presidente José Giral a entregar armas a las organizaciones de izquierdas, aunque, en ocasiones, las masas tomaron por su cuenta el armamento depositado en los cuarteles. En consecuencia, las únicas fuerzas armadas dispuestas para combatir la sublevación fueron dispersos conglomerados de restos de unidades militares, guardias civiles, de asalto, carabineros y milicianos.

El gobierno no siquiera pudo reconstruir la División Orgánica de Valencia, única que no se había sublevado, y perdió el poder a manos de una multitud armada que apenas obedecía a sus propios partidos y sindicatos. Unos pocos oficiales republicanos intentaban organizar columnas, a menudo sin éxito, y algunos de ellos fueron asesinados por sus propios efectivos. Cuando lograron organizar grupos de milicianos el resultado fue poco eficiente, porque si bien el entusiasmo animaba a sus hombres, la verdad es que carecían de entrenamiento militar y disciplina.

A pesar de que la mayor parte de los oficiales de Marina fueron contrarios al gobierno, éste conservó la base de Cartagena, un acorazado viejo, cuatro cruceros, catorce destructores, doce submarinos y muchas unidades pequeñas. Pero los buques quedaron en manos de comités de marinería que condenaron la flota a la ineficacia. También permanecieron en la zona gubernamental unos 250 pilotos y la mayor parte de los aviones, en general anticuados.

Un conflicto desigual

Tanto los generales sublevados como los leales iniciaron la guerra con las rudimentarias tácticas que habían aprendido en Marruecos. El ejército español era una institución pobre y obsoleta, prácticamente sin carros de combate ni cañones antiaéreos, con escasa artillería y una aviación pasada de moda. Los sublevados tuvieron la ventaja de ser expertos en manejar pequeñas unidades, saber imponer la disciplina y conocer las reglas esenciales de la técnica, militar. En cambio, los republicanos solo contaron con profesionales para cubrir los escalones superiores y debieron improvisar casi todos los jefes intermedios y elementales.

Mientras el gobierno carecía de combatientes eficaces, los legionarios y los regulares marroquíes del bando rebelde eran mercenarios acostumbrados a cumplir ciegamente las órdenes de sus mandos. Muchas de sus costumbres militares fueron trasferidas a los soldados forzosos y a los falangistas y requetés. La disciplina era el arma decisiva para ganar la guerra, y los sublevados, que lo sabían perfectamente, aplicaron a todas sus tropas el implacable rigor africanista.

En cambio, los republicanos confiaron en exceso en su fe revolucionaria y en unos cuantos mitos, como la batalla de Valmy o la de Verdún, que nada tenían que ver con el caso. Además, la tradición de las izquierdas no se planteaba como objetivo la guerra, sino la revolución, ya fuera liberal, marxista o ácrata. Únicamente el Partido Comunista contaba con la experiencia de la revolución bolchevique y la guerra civil rusa. Sus militantes trasladaron a las unidades del partido la disciplina estalinista, combatieron con valor, obedecieron las órdenes y raramente se desbandaron. Gracias a ello, adquirieron un prestigio que atrajo a numerosos voluntarios y mitificó a los mandos comunistas.

Sin política de guerra

El antimilitarismo de las izquierdas regaló bazas importantes a los militares sublevados. El gobierno no declaró el estado de guerra ni designó jamás aun general en jefe, y el bando republicano desatendió los principios estratégicos de acción de conjunto y economía de medios. Durante los primeros meses, las operaciones estuvieron teóricamente a cargo de los militares profesionales Luis Castelló y Juan Hernández Saravia, sucesivos ministros de la guerra. Luego pasaron a políticos socialistas como Francisco Largo Caballero, Indalecio Prieto y, a finales de mayo de 1938, Juan Negrín.

Largo Caballero inició la militarización con el Decreto del 10 de octubre (con él creaba el Ejército Popular, formado por Brigadas Mixtas), que inicialmente no tuvo efecto práctico. Días después se crearon los comisarios políticos, que ya existían en el 5o Regimiento. Poco antes se había iniciado el camino para paliar la falta de oficiales subalternos con varias Escuelas Populares de Guerra en Madrid, Cartagena y luego Barcelona.

Nunca existió un órgano técnico de coordinación general. El Estado Mayor Central tenía atribuciones sobre el Ejército de Tierra, pero no sobre la Sanidad Militar, la Intendencia y los transportes. Los Carabineros pertenecían al Ministerio de Hacienda; la Guardia Nacional Republicana y los Guardias de Asalto, al de Gobernación; la Marina y la Aviación vivían su propia vida; y, desde noviembre, el general José Miaja actuaba a su aire en la región centro.

Después de la batalla de Aragón de 1938, cuando la guerra ya llevaba dos años, un informe del general Vicente Rojo afirmó que Tierra, Marina, Aviación, Carabineros y Seguridad actuaban como si fuesen ejércitos separados, la industria y los transportes funcionaban por su cuenta, era casi imposible coordinar los servicios y faltaban armas en el frente, mientras que los envíos soviéticos estaban detenidos en Cerbère por decisión del gobierno francés.

La falta de una sólida estructura de mando y la politización de muchos jefes militares llevaron las disputas de partido al seno del Ejército Popular con muy graves consecuencias. Durante la batalla de Cataluña, quien mandaba el GERO (conjunto de tropas republicanas en la región) era el azañista Hernández Saravia. A él estaban subordinados tanto el coronel comunista Juan Guilloto, Modesto, jefe del Ejército del Ebro, como el teniente coronel federalista Juan Perea Capulino, jefe del Ejército del Este. Tras la ofensiva franquista de 1938-39, Hernández Saravia intentó que las destrozadas tropas de Modesto pasaran a la reserva y las de Perea ocuparan la primera línea, porque se encontraban en mejor estado. Él y Perea eran oficiales profesionales, mientras que Modesto procedía de las milicias comunistas. Modesto se enfrentó a su jefe, negándose a obedecer. El gobierno, en lugar de sancionarlo, destituyó a Hernández Saravia.

No fue el único caso. Cuando el Estado Mayor Central intentó atacar en el sur mediante el llamado Plan P, negaron su colaboración el general Miaja, jefe de las tropas del Centro Sur, y el almirante Miguel Buiza, jefe de la Marina. Más tarde, cuando se intentó llevar a cabo una pequeña parte del plan, el jefe de Transportes decidió que sus camiones, en lugar de mover soldados, llevarían víveres a Madrid, y desatendió la ofensiva.

La República abandonada

Ante la sublevación, el gobierno español solicitó a Francia la compra de armamento. A finales de julio de 1936 embarcaron en Marsella con destino a Barcelona 13 bombarderos Potez-54 y días después llegaron otros 12 a Barajas, en vuelo directo. Seguidamente, las presiones del primer ministro británico, Stanley Baldwin, las de la derecha francesa y las maniobras de algunos funcionarios posfranquistas de la embajada española en parís lograron que el presidente socialista Léon Blum prohibiera la venta de armas a España. Luego rectificó su postura y, a principios de agosto, llegaron algunos materiales pagados en oro, entre ellos, 40 cazas Dewoitine D-37.

El gobierno británico prohibió las ventas de armamento a España y que los buques de guerra republicanos repostaran en Gibraltar. En cambio, el director de la empresa estadounidense Texas Oil Company decidió desviar los cincos petroleros que estaban en ruta hacia España a puertos dominados por los rebeldes, garantizándoles los siguientes suministros de combustible.


Tras la Guerra Civil, el general Francisco Franco gobernó España con mano de hierro durante casi 40 años.

DISPARIDAD EN POLÍTICA

El primer acto de la rebelión fue proclamar el estado de guerra, que impuso la jerarquía militar a todas las autoridades. Los dirigentes políticos o sindicales de izquierda o centro fueron encarcelados, y cada general impuso sus opiniones, que fueron aceptadas por los dirigentes de la derecha, reducidos a meros colaboradores de la autoridad militar. La cuestión se agudizó desde octubre de 1936, cuando Franco fue nombrado Generalísimo e instituyó una dictadura personal, que incluso sometió a los generales que habían formado la Junta.

Jose María Gil-Robles, líder del partido derechista CEDA, y el carlista Manuel Fal Conde, de la Comunicación Tradicionalista, huyeron a Portugal. Alfonso XIII continuó en el exilio, y el general sublevado Emilio Mola ya había expulsado de España a Juan de Borbón. El dominio de Franco fue tan absoluto que el Decreto de Unificación de los partidos políticos se publicó en abril de 1937, en pleno auge de la campaña de Vizcaya, donde la principal fuerza de choque eran los requetés carlistas. Desapareció la Comunión Tradicionalista y fue integrada en la Falange Española de las JONS, a la que se domesticó. Únicamente algunos gerifaltes falangistas intentaron oponerse en Salamanca y acabaron en la cárcel, pero ninguna unidad armada de falangistas o carlistas tuvo un asomo de indisciplina. Más tarde, el pretendiente a la Corona pidió una entrevista al Generalísimo y, después de hablar, Franco le echó de España.

Mandó como quiso y ni siquiera formó un gobierno hasta comienzos de 1938. Para las cuestiones puramente administrativas creó la Junta Técnica del Estado, mientras lo fundamental se decidía en el Cuartel General de Salamanca. Pudo dirigir las operaciones militares y gobernar el Estado sin ninguna interferencia, dedicando todos los recursos y materiales a la guerra. Esta situación y el partido único modelaron, además, la mentalidad colectiva, imponiendo la adhesión personal a Franco de la mayor parte de la población. Quienes no estaban de acuerdo ponían todo su empeño en pasar desapercibidos.

Política republicana

La situación fue radicalmente distinta en la otra zona, donde la política no solo continuó durante la guerra, sino que se acentuó, distrayendo importantes recursos de todo orden que eran más necesarios en los frentes. Hasta el extremo de que se desarrollaron varias campañas para enviar a la guerra las armas y los medios que seguían en retaguardia, destinados a asegurar el poder particular de partidos y sindicatos.

Cuatro miembros de una patrulla de las milicias de la CNT-FAI en las calles de Barcelona, 1936.

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El PSOE, que, vio profundizarse el enfrentamiento de sus facciones. La corriente más izquierdista era la encabezada por largo Caballero, un burócrata sindicalista partidario de formar una gran coalición obrera que integrara también a anarquistas y comunistas. Su rival más importante fue Prieto, un socialista más liberal, enemigo de las actitudes “bolcheviques de Largo Caballero” y partidario de mantener la coalición con los republicanos burgueses. A esta línea moderada pertenecía también Negrín, que presidiría el gobierno republicano durante los dos últimos años de la contienda.

La hostilidad más importante se dio entre la tácita alianza formada por la anarcosindicalista CNT-FAI y el POUM, un partido comunista antiestalinista, que se enfrentaron con los comunistas ortodoxos y la mayor parte del PSOE. Por otra parte, el Partido nacionalista vasco conectó difícilmente con el gobierno central y se opuso a secundar una estrategia militar centralizada, generando continuas disputas que entorpecieron la defensa del norte.

En cambio, no hubo choques serios con Esquerra Republicana, que presidía la Generalitat de Cataluña y que mantuvo muy buenas relaciones con la Izquierda Republicana de Manuel Azaña. Las diferencias entre el gobierno central y el catalán no se agudizaron hasta mediados de 1937, cuando Negrín ocupó la presidencia del gobierno y llevó la capital a Barcelona.

Para algunos historiadores, el vínculo con el franquismo aún no se ha roto.

Contradicción anarquista

El pronunciamiento militar había dinamitado el Estado, que en muchos lugares fue sustituido por comités, a menudo adversarios entre sí. Al principio no solo se encararon por las concepciones ideológicas y la polémica guerra-revolución, sino también por cuestiones locales, por el reparto de los escasos recursos y por la gestión de los suministros, los transportes y hasta la sanidad.

Las autoridades intentaron recuperar el poder, pero la indiscriminada posesión de armas en ocasiones lo hizo imposible. Así surgió una de las principales polémicas: el control del orden público. Los republicanos pretendían reconstruir la República en la forma establecida por la Constitución de 1931, con el orden público administrado por los gobernadores civiles mediante las unidades de policía. Esto no coincidía con los proyectos de distintas tendencias, especialmente de los anarquistas, que supieron aprovecharse, sobre todo en Cataluña, del hundimiento del Estado. Su tradición los hacia partidarios de eliminar cualquier forma de poder público. Sin embargo, había que detener el avance de los sublevados, y parecía necesario hacer una guerra con cierto carácter convencional.

Largo Caballero comprendió que no podía militarizar a las milicias anarcosindicalistas sin integrar a la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) en el gobierno, lo cual iba contra los principios de esta organización. No obstante, ya la Generalitad de Cataluña había logrado acuerdos con los cenetistas, que se integraron en el gobierno de unidad de Josep Tarradellas. Hasta que, cuando Madrid estaba a punto de caer en manos del Ejército de África, los anarquistas entraron en el segundo gobierno de Largo Caballero, en noviembre de 1936. El gabinete no había podido evitar los desmanes y los asesinatos, pero pretendía recuperar el control del Estado y evitar nuevos descalabros militares. El problema tenía tal envergadura que, para integrar a los anarquistas, se admitió que fuera ministro de Justicia nada menos que Juan García Oliver, un hombre de la línea más dura de la FAI (Federación Anarquista Ibérica).

 

Era una realidad que no coincidía con la revolución ideada por los anarquistas, pero la dinámica de la guerra les obligó a colaborar. La CNT siempre había pugnado con los socialistas y los comunistas para captar a las masas trabajadoras, pero el gobierno en que participaba estaba presidido por un socialista, y la guerra solo era posible gracias a las armas que llegaban de Rusia, lo cual hacía prosperar peligrosamente a los comunistas y reducía el poder anarcosindicalista.

 

El crecimiento comunista

El Partido Comunista de España admitió, desde el principio, que era prioritario ganar la guerra. Mientras tanto, pensaba infiltrarse en el ejército y la policía, y, cuando terminara el conflicto, llevar adelante su propio proyecto. Por su experiencia de la revolución y guerra civil rusas, decidió crear un ejército y una policía eficientes y tradicionales, aunque situando en lugares de responsabilidad a sus propios militantes.

 

Su principal problema residía en la debilidad como partido, porque antes de la guerra era una formación minúscula, con solo un diputado en 1933 y 15 en 1936. Necesitaba ampliar su base conteniendo las reivindicaciones de los obreros y captando a profesionales y personas de las clases medias, política que lo situó en los parámetros de los republicanos y de los socialistas moderados.

 

Logró extenderse e incrementar su poder gracias al respaldo que prestaba la URSS a la República, la llegada de armas soviéticas, la presencia de técnicos y asesores rusos, la disciplina estalinista en el Ejército, la organización de las Brigadas Internacionales y una poderosa propaganda. Todo ello lo constituyó como una fuerza poderosa, dispuesta arrinconar a los anarquistas y a los comunistas disidentes del POUM.

 

Su disciplina atrajo a muchos profesionales de la clase media y a militares profesionales, que se encontraron protegidos al formar parte de un tipo de estructura que les resultaba familiar. Colaboraron con los distintos gobiernos y adquirieron peso en el Ejército y la policía. Esto les enfrento, sobre todo en Cataluña, con los anarquistas, cuyo proyecto era sustituir las instituciones armadas tradicionales por sus milicias y “patrullas de control”.

 

La sublevación militar había catapultado el poder anarcosindicalista, pero la guerra lo estaba desgastando. Porque para oponerse a los sublevados el gobierno militarizaba las milicias, disolvía los comités y procuraba restaurar el orden público. Cuando también sus dirigentes fueron ministros arruinaron su principal discurso y comenzaron a perder predicamento entre muchos trabajadores. Las vacilaciones de éstos fueron aprovechadas por los comunistas para atraerlos hacia un proyecto más pragmático.

 

 

LA OLLA A PRESIÓN REPUBLICANA

Mujeres milicianas en el bando republicano

La politización presidió la vida republicana durante todo el conflicto. El gobierno intentó funcionar como un gabinete de guerra, pero fue obstaculizado por la lucha partidista e incluso de tendencias. Polémicas como “guerra o revolución” encresparon los ánimos, distrayendo la dedicación a la pura guerra, hasta culminar en los Hechos de mayo de 1937. (abajo), una verdadera guerra civil en el seno de la Guerra Civil que llenó de barricadas varias ciudades catalanas.

https://serhistorico.net/2017/01/22/mayo-de-1937-la-cnt-cruza-su-rubicon/

La mayor parte de la izquierda había llegado a la guerra con una ideología antimilitarista. Le resultaba difícil militarizarse para luchar contra los militares que habían atacado a la República. Solo los republicanos y los comunistas aceptaron desde el principio la necesidad de organizar un ejército y centralizar los recursos y los servicios. Pero ninguno de estos dos proyectos llegó a materializarse por completo. Se perdieron enormes energías en polémicas políticas, que eran estériles en el seno de un conflicto armado.

Estas luchas por el poder político se manifestaron en hechos como la deserción de batallones vascos en el Pacto de Santoña ante tropas italianas, en las diversas negativas a prestar apoyo a fuerzas militares de distinta ideología y, sobre todo, en las distintas represiones entre corrientes de izquierdas, especialmente graves en Cataluña y culminadas en Madrid con la lucha a muerte entre partidarios y enemigos de Negrín en marzo de 1939.

 

EL PANORAMA INTERNACIONAL

Desde su llegada al poder en 1933, Hitler desarrolló una política destinada a hacer de Alemania una potencia militar que se anexionara los territorios extranjeros cuya población tuviera orígenes germanos. El Tercer Reich se retiró de la Conferencia de Desarme y de la Sociedad de Naciones, iniciando un rearme limitado, aunque secreto, porque el Führer necesitaba tiempo para consolidar su poder en Alemania y el extranjero. Hasta que, en 1935, encargó a Hermann Goering que formara la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana, e implantó el servicio militar obligatorio con el pretexto de que Francia había incrementado el tiempo de permanencia en filas.

El rearme alemán y la agresividad de Hitler coincidían con el expansionismo italiano. El premier británico Stanley Baldwin sabía que la opinión pública de su país era manifiestamente pacifista, círculos muy influyentes abogaban por entendimiento con los fascismos y, por otra parte, aumentaban los problemas coloniales. Gran Bretaña llevó su política de apaciguamiento hasta el extremo de firmar el Acuerdo Naval germano-británico, que consintió el desarrollo de la Kriegmarine, aunque limitando su crecimiento al 35% de la Royal Navy.

Voluntarios repartiendo alimentos y víveres enviados desde el extranjero por el Servicio Civil Internacional (1937)

https://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_civil_espa%C3%B1ola#/media/Archivo:SCI_spanish-civil-war_food_transport.jpg

Esta permisividad también dejó las manos libres al expansionismo italiano. Sin previa declaración de guerra, el mariscal Emilio de Bono atacó Abisinia (Etiopía) desde la colonia italiana de Eritrea, y el general Rodlfo Graziani desde la Somalia italiana. La Sociedad de Naciones impuso pequeñas sanciones y un embargo a pesar del cual Gran Bretaña y Francia siguieron vendiéndole petróleo a Italia.

Stalin comprendió que Alemania tenía las manos libres y la situación se hacía difícil para la URSS. Por orden suya también en 1935, el VII Congreso de la Comintern, la Internacional Comunista, afirmó que el fascismo constituía el principal enemigo y propugnó las alianzas con los socialdemócratas y los partidos burgueses progresistas, cuyo resultado fueron los llamados Frentes Populares en Francia y España.

París entre dos aguas

En 1936 Francia estaba debilitada por graves crisis internas, y el presidente del gobierno León Blum decidió ayudar en secreto a la República española gras consultar a sus socios de gabinete, los ministros radicales Édouard Daladier e Yvon Delbos. La decisión dividió inmediatamente a la opinión francesa. La izquierda aprobó la medida, pero la rechazaron la derecha y amplios sectores de la Administración y el Ejército, inquietos por la imagen revolucionaria que llegaba de España y el temor a que estallara la guerra en Europa.

También se opuso el propio presidente de la República, Albert Lenbrun, y la prensa derechista inició una dura campaña que influyó en los ministros radicales. Por si fuera poco, Blum chocó con la apolítica de apaciguamiento británica. Londres había decidido aislar el problema español porque el gabinete de Baldwin lo consideraba un obstáculo para el apaciguamiento. Muchos políticos británicos creían que la República española estaba dominada por revolucionarios, y si los militares rebeldes eran derrotados triunfaría el bolchevismo. El gobierno británico deseaba preservar a Gibraltar y los importantes intereses del país en España, de modo que propugnó el embargo de armas a ambos bandos, equiparando el gobierno legal con los sublevados. Esta postura impidió el apoyo militar de las democracias a la República española.

Las tensiones internas y la postura británica hicieron que el gobierno francés revocara su decisión y cancelara los envíos acordados de armas a España. Rectificaría más tarde, de modo que, en la primera época, llegaron armas francesas de manera limitada e intermitente. La falta de armamento obligó a comprar material de mala calidad y a precios disparatados en el mercado internacional o a países como Polonia, Checoslovaquia, Turquía y los bálticos, pagando además importantes sobornos.

Finalmente, Francia y Gran Bretaña consolidaron una política que evitó de modo definitivo la ayuda internacional al gobierno republicano. En septiembre quedó constituido el Comité de No Intervención en Londres, integrado por los principales estados. En él estaban incluidos Alemania, Italia, Portugal y la URSS, que harían caso omiso de los acuerdos mientras los demás los respetaban. El resultado fue el aislamiento internacional del gobierno legal, mientras los sublevados recibían el pleno apoyo de los estados fascistas. La soledad republicana se agravó con la deserción al campo sublevado de numerosos diplomáticos, con el consiguiente desprestigio y las dificultades para sustituirlos con personal cualificado.

Soporte a los sublevados

La Junta de Defensa Nacional constituida en Burgos encargó de las cuestiones diplomáticas a José Yanguas Messía, antiguo ministro de Exteriores de Primo de Rivera, que impulsó una campaña de buenas relaciones oficiosas. Por su cuenta, el general Franco, cuando todavía estaba en Marruecos, había delegado las relaciones externas en José Antonio Sangróniz, que inicio conversaciones con los cónsules italiano y alemán, envió emisarios a Berlín y Roma y contactó con el gobernador de Gibraltar y con Tánger, en esos momentos un condominio internacional. Estas gestiones y otras directas en torno a personas individuales lograron establecer buenas relaciones con Alemania, Italia y Portugal, que proporcionaron ayuda militar e intoxicaron, aún más, las relaciones exteriores de la República.

Artilleros italianos del bando sublevado disparando un cañón en la batalla de Guadalajara.

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Hitler y Mussolini decidieron apoyar a Franco por motivos políticos y estratégicos, pues un gobierno aliado suyo en España debilitaría la posición francesa, influiría en el Mediterráneo y alteraría el equilibrio internacional. Posteriormente intervinieron dos factores importantes, aunque secundarios. Uno fue el suministro de minerales a Alemania, en especial de pirita y material de hierro, fundamentales para la industria militar. El otro, el aprovechamiento de la guerra española como polígono de experiencias y entrenamiento, sobre todo para la aviación y los carros de combate, y el ensayo de tácticas como el ataque aéreo a tierra y la guerra célere (una copia de la guerra relámpago alemana) que propugnaban los italianos.

El Reoch envió a Franco gran cantidad de armamento y munición, la Legión Cóndor, que era una aviación moderna, más una fuerza de carros de combate alemanes Panzer I A. La campaña sirvió a la Luftwaffe para verificar sus aparatos y entrenar a las tripulaciones y equipos de tierra, preparándolos para la guerra en Europa. Italia, por su parte, destacó un cuerpo de ejército completo y una numerosa aviación con todos sus equipos, dotaciones y suministros.

También la dictadura portuguesa se interesó por la guerra de España, porque suponía un ataque conta los enemigos de la dictadura de Salazar: el comunismo y la democracia. Portugal ayudó a Franco desde el primer momento, se convirtió en centro del comercio de armas, apoyó a los sublevados diplomáticamente y envió a la guerra unos 10.000 voluntarios, conocidos como Viriatos.

Stalin se interesa

Los intentos de aproximación franco-soviéticos eran muy antiguos. París se sentía amenazada por la política internacional de Hitler, y ya en 1934 el ministro de Exteriores Louis Barthou había buscado una aproximación entre Francia, la URSS e Italia, para imponerse a Alemania. También en Moscú se producían variaciones. El antibolchevismo sistemático y el rearme del gobierno de Hitler provocaron un cambio en la orientación diplomática soviética que se moderó, buscando apoyos internacionales. En 1933, la URSS proclamó que no aspiraba a revisar los tratados de 1919 y firmó acuerdos bilaterales de no agresión con casi todos sus vecinos, ingresando en la Sociedad de Naciones al año siguiente. Stalin ordenó que la Comintern abandonara su táctica de clase contra clase, que había desunido a la izquierda alemana y facilitado la victoria electoral de Hitler.

La URSS se sabía militarmente débil. Su Ejército Rojo era un gigante de un millón de soldados, pero con muchos de sus materiales y armas anticuados y con sus cuadros desorganizados por la Gran Purga emprendida por Stalin, que diezmó a los altos mandos. Los planes de producción de armamento funcionaban a pleno rendimiento, pero pasarían años antes de estar preparados para la guerra. Stalin conocía el peligro que representaban la Alemania nazi y las ideas de Hitler, pero necesitaba ganar tiempo.

El comisario soviético de Asuntos Exteriores, Maxim Litvinov, era partidario de aliarse con las potencias occidentales para contener el peligro alemán. Procuró mantenerse apartado del conflicto español, y la URSS suscribió el Acuerdo de No Intervención. Su condición de judío indisponía a Litvinov con los nazis, y se preocupó al comprobar que Alemania e Italia ayudaban a Franco sin que la No Intervención pudiera evitarlo.

Stalin y Litvinov insistían en la aproximación a Francia y comprendieron que su fuerza se vería debilitada por una victoria de los militares españoles aliados de Hitler y Mussolini. Por otra parte, España era también un escenario idóneo para comprobar hasta dónde podía llegar el peligro fascista y la forma de derrotarlo. Stalin decidió intervenir en España el 14 de septiembre de 1936. Encargó preparar la operación a los servicios secretos de la NKVD y, ya decidida la intervención, la ayuda soviética se desarrolló sobre dos líneas: la formación de Brigadas Internacionales, encomendadas a los comunistas franceses, y la venta de armamento a la República española.

 

LAS ESPUELAS DE LA GUERRA

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Roma y Berlín, que ayudaron a los sublevados desde el principio, y Moscú, que tardó dos meses en decidirse, enviaron a España las armas, las municiones, la gasolina y los equipos imprescindibles para continuar la guerra. También llegaron a los republicanos cargamentos de fusiles y cartuchos mexicanos, y los sublevados contaron con el apoyo de Portugal, que permitió el paso por su territorio de loa camiones que llevaban munición al general Mola desde Sevilla. El país vecino apoyó además a las columnas sublevadas que marchaban a Madrid, sirvió de base para todo tipo de abastecimientos y reclutó voluntarios, los Viriatos que combatieron en la guerra integrados en unidades españolas.

Además de los suministros generales, los estados fascistas enviaron una aviación importante, que decidió muchas de las batallas. La Aviación Legionaria Italiana fue muy numerosa, mientras que la Legión Cóndor alemana constituyó una fuerza moderna, que experimentó y aplico innovadoras técnicas de ataque a tierra. Ambas aviaciones, además de intervenir, cedieron a los franquistas todos los aviones y equipos necesarios para organizar su propio cuerpo.

La marina de guerra italiana vigiló las rutas mediterráneas, torpedeó numerosos barcos, bombardeó algunas ciudades y vendió a Franco dos submarinos y algunos destructores. La alemana bombardeó Almería, participó también en la vigilancia y hundió un submarino republicano.

En noviembre de 1936, la llegada de ayuda soviética evitó Brigadas el colapso militar de la República, y desde entonces sus ventas de armamento permitieron proseguir la guerra. La URSS envió técnicos y asesores, proporcionó aviones, carros de combate, blindados y cañones. También impulsó la formación de las Brigadas Internacionales, que vertebraron la masa de maniobra del Ejército Popular. La ayuda soviética resultó fundamental, aunque discontinua, menos sistemática y cualitativamente inferior a la ítalo-alemana.

La Legión Cóndor

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LOS FACTORES ECONÓMICOS

LA ZONA FRANQUISTA DE LA PENÍNSULA, EMINENTEMENTE RURAL, SE VIO CATAPULTADA CON LA CONQUISTA DE LAS INDUSTRIALES VIZCAYA Y ASTURIAS. LAS COLECTIVIZACIONES DESORGANIZADAS Y LA DISCONTINUIDAD TERRITORIAL ANULARON LAS VENTAJAS ECONÓMICAS DE LA REPÚBLICA

En ambas Españas la guerra provocó una seria disminución productiva por causas sociales y políticas, sumadas a las destrucciones de equipo y el aislamiento. En la agricultura se añadieron la falta de brazos, los territorios ocupados por las operaciones y la gran mortandad de animales de labor y de carne. Los sublevados se concentraron en defender la propiedad e imponer la disciplina laboral, eliminando huelgas y reivindicaciones. Su dominio se extendía sobre todo por provincias agrícolas y ganaderas, que contaban con la mayor capacidad para la producción de trigo, leguminosas y patatas, así como con las tres cuartas partes de la cabaña. Inicialmente controlaban el 70% del producto agropecuario, pero solo el 20% del industrial. Alimentaron sin problemas a la población. Sin embargo, únicamente pudieron sostener la guerra con la ayuda de los italianos y alemanes y con la cobertura territorial y diplomática portuguesa. Sin ellos, la falta de recursos financieros y de armamento moderno les había impedido proseguir.

Ya en julio de 1936 se constituyó en Tetuán la sociedad hispano-alemana HISMA, que sería el instrumento para que el Tercer Reich proporcionara material bélico y, a cambio recibiera materias primas y productos españoles. Paralelamente se creó en Alemania la sociedad gemela ROWAK, destinada a canalizar las exportaciones mediante un sistema de cooperación sin necesidad de divisas, que derivó gran parte del comercio español hacia Alemania. El resultado fue un buen abastecimiento de material militar de todo tipo gracias a las importaciones italianas y alemanas. Pas primeras pagadas a crédito y las segunda s mediante un sistema mixto de crédito y pagos en acciones y productos mineros.

Orden y disciplina

El bando nacional estaba formado por fuerzas políticas distintas y hasta parcialmente antagónicas, pero fue vertebrado por el poder militar y la voluntad general de acabar con la República para regresar a la antigua situación. Los militares impusieron una completa disciplina productiva. Los obreros se vieron sometidos a una estricta observancia y se destinó al trabajo a muchos prisioneros de guerra, bien como penados o bien como restituidos a sus antiguas empresas una vez depuradas sus responsabilidades.

El al ámbito industrial, la Junta de Defensa Nacional estableció, en agosto Comisiones Provinciales de Clasificación para realizar un censo industrial, y luego facultó a los ejércitos en campaña para que se pudieran incautar de los minerales y productos procedentes de transformaciones industriales. Poco después creó la Comisión de Industria y Comercio, destinada a garantizar los suministros necesarios para la guerra.

A lo largo de julio y agosto la Junta publicó cuatro decretos para desmantelar la obra del Instituto de Reforma Agraria, creado por la República, y devolver las tierras a sus antiguos propietarios. La mayor parte de las fincas fueron recuperadas sin mediar actuación administrativa, pero la obra agraria republicana se intentó desmantelar con prudencia, a fin de no comprometer la producción. En ciertos casos la devolución se sujetó a condiciones, retrasando la contrarreforma agraria hasta 1938. En esa fecha se formó el primer gobierno de Franco, en el que el falangista Raimundo Fernández Cuesta fue ministro de Agricultura.

Cuando Franco fue nombrado Generalísimo creó la Junta técnica del Estado, organizada en comisiones que suplían a los antiguos ministerios. Estas comisiones se esforzaron en centralizar y disciplinar la economía. A pesar de la ayuda italiana y alemana, su principal carencia fue la falta inicial de industria metalúrgica. A mediados de 1937 los sublevados culminaron la conquista de Vizcaya, lo que modificó la situación radicalmente, y todavía más cuando poco después se hicieron con Asturias.

https://asambleadigital.es/secciones/historia/las-colectivizaciones-durante-la-guerra-civil-parte-6-las-colectividades-agricolas-en-aragon/

La situación republicana

Hasta ese momento, las tres zonas industriales más importantes, Cataluña, País Vasco y Asturias, estaban en territorio gubernamental, así como una gran parte de la agricultura, incluyendo los cultivos más rentables, cercanos al Mediterráneo. También quedaron en la zona el Banco de España, con sus enormes reservas de oro, las sedes de las principales empresas, cámaras de comercio y entidades financieras, los principales puertos y la mayor parte de la flota mercante.

La revolución social se dirigió contra los fundamentos del capitalismo y el latifundismo. Solo el País Vasco quedó a salvo de un enorme movimiento socializador a través del cual los trabajadores se incautaron de las fábricas, los almacenes y todo tipo de servicios, generalmente sin resistencia, porque los propietarios y administradores huyeron o permanecieron pasivos. Los afiliados a la CNT, y en menor medida a la UGT y el POUM, promovieron la explotación colectiva de las grandes fincas, industrias y servicios, tomando la gestión en sus manos.

Colectivistas aragoneses

La economía republicana entró en un proceso caótico, cada vez más enrarecido, que encontró dificultades crecientes para abastecer a los 14 millones de habitantes de su zona (fueron reduciéndose a medida que las tropas de Franco conquistaban territorios). La discontinuidad geográfica descoyuntó la producción y la distribución, generando graves problemas: en el primer año de guerra descendió vertiginosamente la actividad manufacturera, en parte por el abandono de los propietarios y encargados, a lo que siguió una gran indisciplina laboral.


Cooperativa de consumo La Paz, Barcelona

También faltaron las materias. Las importaciones de carbón inglés se redujeron desde septiembre de 1936, el algodón procedente de América no pudo pasar el estrecho de Gibraltar, la lana quedó en poder de los rebeldes y solo llegó el algodón que los barcos ingleses transportaban desde Egipto.

El hundimiento del Estado

La administración pública se descompuso, fraccionó y dispersó. Los comités revolucionarios se apoderaron de las oficinas de correos y telégrafos, el servicio telefónico, los transportes y las emisoras de radio y periódicos. Numerosas empresas de todo tipo fueron confiscadas y sus propietarios expulsados, detenidos o muertos. También fueron colectivizadas todas las grandes fincas y bastantes de las pequeñas y medianas. El resultado fue un derrumbe de la producción que provocó serios problemas de abastecimiento, escasez de materias primas y fallos en el suministro energético.

El proceso se complicó con la súbita descentralización administrativa, que, junto a las legales autonomías catalana y vasca, hizo surgir los consejos revolucionarios de Aragón, Asturias y León, así como em interprovincial de Santander, Burgos y Palencia. Todos ellos asumieron facultades independientes y propias de sus distintas ideologías.

Las autoridades no intervinieron en los primeros momentos. Luego intentaron enderezar el caos inicial y recuperar la gestión de los recursos productivos. El gobierno creó un Comité de Intervención de Industrias que sólo duró cinco meses y que, a causa de la oposición de partidos y sindicatos, no logró encauzar la situación. Así, una buena parte de la industria quedó gestionada por comités de obreros o bien por delegados de gobierno.

La llegada al poder de Largo Caballero en septiembre supuso un serio intento de recuperar las competencias estatales, y su ministro de Hacienda, Juan Negrín, inició una política de coordinación y centralización para poner orden en las intervenciones espontáneas. Los sistemas de control se reforzaron con la reorganización del cuerpo de Carabineros, bajo la dependencia del Ministerio de Hacienda, y se reclamó la devolución del control de costas, fronteras y comercio exterior, lo que obligó a Negrín a enfrentarse con las entidades sindicales y con la Generalitat. A comienzos de 1937, entendiendo que la guerra sería larga, comenzó a reconstruirse trabajosamente el Estado, mientras la insuficiencia industrial de la zona republicana era compensada con la masiva importación de armas rusas. SE pagaron con el oro del Banco de España, aunque las remesas resultaron insuficientes y fue necesario acudir a adquisiciones en el comercio internacional.

No pudo resolverse la falta de alimentos que afligió a la población. Se encontraba en buena parte agrupada en grandes núcleos urbanos, donde el hambre se extendió desde los primeros meses de aquel año. Se sumaría a las diversas causas que provocaron un cansancio de la guerra, la desmovilización moral de la población y, en muchos casos, el deseo de la paz, aunque supusiera la victoria de Franco.

 

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Los testimonios de colectivistas aragoneses que ofrezco en este aparatado están tomados del documental producido por Manuel Gómez y Marco Potyomkin: Sueños colectivos.

Luis Hernández (hijo de colectivista de Albalate de Cinca): Era tal la miseria que algunas familias cedían a algunos de sus hijos a otras más pudientes para que trabajaran sus campos. Se ofrecía a los hijos de «pinches» que se decía. Los pastores de la sierra no tenían perros, y los niños hacían las funciones de estos. Trabajaban de sol a sol.

La miseria era común en el campo aragonés.

Los jornaleros trabajaban por 2 pesetas y un plato de sopa a las seis de la mañana.

José Oto Ezquerra (colectivista de Albalate de Cinca): En Albalate mandaban seis o siete familias, las ricas del lugar.

Sin moneda se puede vivir muy bien, como se ha comprobado, sin dinero hemos vivido trece meses y podíamos haber vivido trece mil años sin moneda.

Martín Arnal Mur (colectivista de Angüés): Se nos estaba yendo la cosecha, y que había que hacer harina, y que había que distribuir pan […] y que había que recoger las mieses, y entonces se organiza de seguida una asamblea en la plaza. En esa asamblea se decidió trabajar en común para recoger la cosecha, y es entonces cuando se decide hacer la colectividad.

A partir de ese momento se hizo la abolición del dinero, que es la base principal […], se organizó de forma que fuera el dinero el que organizara, sino que fuéramos nosotros los que organizáramos la vida, así que ni pobres ni ricos, allí se acabó con todo eso.

Tratábamos de que no hubiera gente pobre ni rica.

Mariano Viñuales (colectivista de Huerto): Este pueblo como era de tendencia comunista pues se formó a estilo de la Unión Soviética […]se cobraba según las necesidades de la casa, al cabeza de familia 5 pesetas, y por cada uno más 2,50.

Alejandro Pascual (colectivista de Angüés): Pues había quién decía ser individualista y que podían vivir así, se les dejó marchar y fueron remunerados por el tiempo que habían trabajado, se les dio herramientas de trabajo; pero se les impuso «trabajar vuestras tierras, pero no empleéis a nadie, aquí a nadie se explota. Si dejáis las tierras yermas la colectividad se hará cargo de ellas»

Sobre la actuación de las tropas que acabaron con el Consejo de Aragón y con gran número de colectividades recogemos un par de testimonios:

María Sesé (colectivista de Angüés). Vinieron de una manera agresiva, porque detuvieron al comité de la colectividad, y propagaron contra la colectividad para hacer una llamada al individualismo. Quién fue individualista; los que tenían pequeña propiedad, que no estaban dispuestos a que sus riquezas fueran repartidas entre los desterrados.

Martín ArnalSon militares… un ejército de la República, de una república burguesa que ataca a la clase laboriosa.

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FRACTURA RELIGIOSA

ENTRE LOS REPUBLICANOS SE EXARCEBÓ EL ODIO A LA IGLESIA. LOS GOLPISTAS CONVIRTIERON LA LUCHA EN “CRUZADA”

La Guerra Civil fue también una guerra de religión, puesto que la Iglesia española suscitaba sentimientos encontrados en una parte considerable de la población. La sublevación poco tuvo que ver con la cuestión religiosa, pero sus objetivos se desbordaron pronto. La violencia que acompañó al golpe de Estado agudizó el antagonismo entre el laicismo y el clericalismo, entre ateísmo y religiosidad. Mientras en un bando se quemaban iglesias y perseguían clérigos, en el otro los curas acompañaban a la tropa que marchaba a combatir. Unos y otros parecían resucitar los peores recuerdos de las guerras carlistas.

El episcopado español había sido beligerante con la Segunda República, pero no hay pruebas de que participara en la conspiración militar de 1936. Tampoco de que la jerarquía eclesiástica fuera tenida en cuenta por los militares, que en cambio contactaron con otros elementos de la derecha tradicional. Savo contadas excepciones personales, la Iglesia se integraba en la rama más reaccionaria de la opinión española y fue claramente antirrepublicana, pero los conspiradores no la consultaron.

La iglesia de Belén (una de las más suntuosas de la ciudad), fue incendiada y destrozada. Las policromías, tallas, estucados italianos y los mármoles, que adornaban el interior de la iglesia, sufrieron un deterioro irreparable, dejándola completamente desecha. 

https://labarcelonadeantes.com/la-iglesia-de-belen

No obstante, sí se conocen contactos de dirigentes de la organización Acción Católica, la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónoma) y la ACNP (Asociación Católica de Propagandistas) con la conspiración. En la conjura carlista intervinieron bastantes curas navarros que militaban en el Requeté, la organización paramilitar de la Comunión Tradicionalista, que compraba armas de contrabando y recibía entrenamiento de oficiales profesionales. Finalmente, José María Gil Robles, líder de la católica CEDA, no dudó en financiar los primeros movimientos militares del general golpista Emilio Mola con fondos del partido Acción Popular, integrado en la CEDA.

 

Elemento para la propaganda

Las primeras alocuciones de los generales sublevados aludieron a la cuestión religiosa un poco de paso. No justificaron el golpe como una defensa de la religión, sino como la salvación de España, aunque cuando constituyeron en Burgos la Junta de Defensa Nacional, el obispo de la ciudad ordenó celebrarlo con un repique de campanas.

Los partidarios de la sublevación, sobre todo en Navarra, Castilla la Vieja y León, pronto multiplicaron los actos religiosos con presencia de soldados, autoridades militares y formaciones armadas. La ide de luchar por Dios y por la patria tomó carta de naturaleza, multiplicándose la exhibición de estampas, medallas y rosarios. Los Detente, escapularios del Sagrado Corazón con lemas como “Detente bala”, comenzaron a adornar los uniformes, sobre todo de los requetés.

El camino hacia la guerra de religión se vio consolidado por las noticias sobre la persecución anticlerical en la otra zona. Desde hacía un siglo, la quema de iglesias formaba parte del folclore revolucionario español, pero sin el asesinato masivo de religiosos. En esta ocasión fue distinto. Ya durante la República, la religión había catalizado los sentimientos políticos y muchos votos fueron movidos por convicciones espirituales, más que por cuestiones sociales y políticas. Al estallar el pronunciamiento, el gobierno republicano perdió el control de la calle, comenzaron a arder iglesias y conventos y grupos de milicianos detuvieron a los religiosos, los desalojaron de sus residencias o los condujeron hasta un cementerio o lugar apartado para fusilarlos.

El Vaticano simpatizó con la sublevación sin manifestarlo públicamente. En cambio, la jerarquía española mostró una actitud beligerante, profundizando en la línea política mantenida durante la república. La vena anticlerical de ésta ya se había expresado en 1931 con la aplicación de leyes poco favorables a la Iglesia, lo que le alineó la opinión pública.

La persecución religiosa

El mismo 18 de julio, mientras el gobierno se esforzaba en tranquilizar a la población, ardieron cinco edificios religiosos en Madrid y los exaltados arremetieron contra cualquier signo católico. Circuló entre sectores republicanos el bulo de que los curas disparaban contra el pueblo des de los campanarios, y durante la semana siguiente fueron asesinados casi cien clérigos en distintos lugares. Al cabo de un mes se había entrado en la vorágine de unas setenta víctimas religiosas diarias.

La sublevación había dejado al gobierno sin fuerzas militares ni de orden público, y propició un estallido revolucionario que inmediatamente se transformó en anticatólico. El descontrol armado permitió numerosas matanzas colectivas de religiosos y personas de derechas. Ser católico se convirtió en una marca de infidelidad política y, en muchos casos, patente para la represión física.

En Barbastro, Huesca, fue asaltado el seminario de los claretianos u asesinados 51 religiosos, en su mayoría jóvenes estudiantes, algunos todavía niños. En el cementerio de Lérida se fusiló a 74 religiosos, y no se libraron las comunidades dedicadas a la enseñanza, la sanidad o la caridad, que fueron asaltadas. Murieron muchos de sus miembros, tanto religiosos como seglares.

En los dos primeros meses de la guerra fueron asesinados nada menos que nueve obispos. El gobierno no lo evitó. En cambio, el Partido Nacionalista Vasco logró impedir la persecución religiosa, de manera que la misa y demás oficios se celebraron normalmente en su zona, con asistencia de fieles.

La Catedral del Mar. 19 de julio de 1936.  las turbas penetraron en la iglesia y procedieron a su sistemática destrucción. Fueron abiertas las tumbas bajo las losas del pavimento y esparcidos los restos humanos, el Sagrario de la capilla del Santísimo fue abierto y arrojadas por doquier las Sagradas Formas. El incendio destruyó toda la parte superior del altar mayor con la imagen de la Asunta. Ardieron como teas, el coro situado detrás del altar, la tribuna Real construida a fines del siglo XVII que estuvo unida por un puente con el Palacio Real y el magnífico órgano.

https://www.religionenlibertad.com/blogs/victor-in-vinculis/180523/catedral-del-mar1936_51633.html

En Cataluña, a pesar de que el poder estaba en manos de la CNT-FAI, la Generalitat salvó la vida a cinco purpurados, extendió miles de pasaportes y facilitó la huida a muchas personas en peligro, entre ella el padre del general Mola. De todas formas, no pudo evitar numerosos asesinatos, incendios y destrucciones de bienes eclesiásticos. Ventura Gassol, el conseller de Cultura, de Esquerra Republicana, protegió a tantos religiosos que se vio obligado a desaparecer para no ser también asesinado por los anarquistas. El presidente Companys firmó un convenio con la Cruz Roja para que todas las personas de edad no militar que se sintieran en peligro pudieran acudir a ella, que, con el amparo de la Generalitat, los llevaría al extranjero. El general Franco se negó a un convenio similar que le fue propuesto.

En general, la oleada decreció a partir de octubre de 1936. Sin embargo, el culto católico quedó prohibido en la zona republicana, a excepción del País Vasco. Esta persecución, debidamente manejada por la propaganda, puso a toda la masa católica a favor de los sublevados. El cardenal Isidro Gomá, arzobispo de Toledo, se había instalado en Pamplona, y envió a Roma un informe en el que aseguró que la guerra era una lucha entre la España y la anti-España, la religión y el ateísmo, la civilización cristiana y la barbarie.

El primer testimonio de integración en el ideario de los sublevados fue una arenga por radio del general Mola del 15 de agosto. Sus principales colaboradores eran carlistas, y no tuvo empacho en asegurar que la España sublevada llevaba la cruz sobre sus espaldas, como símbolo de su religión y de su fe. Poco después comenzó a definir la guerra como una cruzada destinada a salvar a España.

Participación de la Iglesia

En el momento de la sublevación, numerosos curas vascos habían acudido a Pamplona acompañando a los mozos de su pueblo, que iban voluntarios a combatir como requetés. Posteriormente, cada batallón y cada barco de los sublevados contó con un capellán, que lo acompañaba en todas sus vicisitudes, pero también tuvieron capellán los batallones de nacionalistas vascos, que combatían en el bando republicano.

En la España sublevada proliferaron las misas de campaña celebradas en la plaza pública, presididas por la autoridad militar y presenciadas por la sociedad conservadora y la tropa con armas (y una escuadra de soldados con fusil alrededor del altar). Igualmente se restauró la costumbre de que la tropa armada acompañara a las procesiones, y que la custodia o la imagen principal recorriera las calles entre media docena de soldados o guardias civiles con su fusil al hombro.

Las noticias sobre la persecución en la otra zona siguieron consolidando el sentimiento de guerra religiosa, empujando hacia el bando sublevado a las personas con sentimientos católicos y sirviendo de elemento para legitimar moralmente lo que había sido un pronunciamiento contra un gobierno legal.

Sin definirlo oficialmente, el paso para la guerra religiosa estaba dado. Respondiendo a la persecución y conectando con su postura tradicional, la Iglesia española no se preocupó por evitar la violencia de los contendientes. El cardenal Gomá declaró: “No es posible otra pacificación que las armas”. Tampoco hubo empeño en salvar a las víctimas. Simplemente se prestó asistencia religiosa a los condenados a muerte y se asignó un capellán a las prisiones. La jerarquía no se afanó en acabar con el horror, sino en apuntalar el poder del bando sublevado y en convertirse en uno de sus principales elementos de propaganda. El propio cardenal Gomá promovió la carta colectiva del episcopado español declarándose a favor de los rebeldes y consagrando el apoyo católico a un solo bando. El Vaticano, en cambio, no se mostró abiertamente a favor de Franco hasta 1937.

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Memoria Histórica: Madrugada del 21 de agosto, en el cementerio de Lérida de guerra religiosa

Las matanzas colectivas de miembros de congregaciones religiosas se sucedieron, especialmente en las casas de formación. Ya hemos recordado que de los claretianos de Barbastro fueron asesinados 54 religiosos, todos ellos jóvenes que se preparaban para el sacerdocio. En Barcelona murieron juntos 45 hermanos maristas, 39 de la Congregación de San Gabriel, en su mayoría jóvenes y 7 monjes de Montserrat. 15 hermanos de San Juan de Dios fueron inmolados por no haber querido abandonar a los enfermos del Hospital Marítimo de Calafell. En la noche del 20 al 21 de agosto, un piquete de guardias de asalto, animado por el vocerío de más de doscientos milicianos, fusilaba en las tapias del cementerio de Lérida a 74 sacerdotes y religiosos, constituyéndose en la mayor matanza colectiva.

No olvidemos que en la diócesis de Lérida mataron al 65,8% del clero diocesano (270 sacerdotes de 410).

http://webserveis5.udl.es/gcivil/rep_republicana.php

http://www.bisbatlleida.org/public/martirs/martirs-auca/auca-color_es.pdf

Siervos de Dios Juan Cuscó Oliver y Pedro Sadurní Raventós

La ciudad de Lleida fue el escenario del martirio de los siervos de Dios Juan Cuscó Oliver y Pedro Sadurní Raventós. El padre Cuscó era natural de La Granada (Barcelona), donde había nacido en 1872. Siendo alumno del colegio San Ramón de Vilafranca del Penedès, ingresó en el Instituto y profesó el 15 de agosto de1894. Fue ordenado sacerdote en 1899. Estuvo dedicado a la instrucción y educación de los niños y jóvenes en varios colegios, y trabajando con mucha abnegación y sacrificio. Y el padre Sadurní había nacido en Vilanova i La Geltrú (Barcelona) en 1883. Ingresó en el colegio San Pedro Apóstol de Reus y allí profesó en 1900. Fue un hombre de ciencia en el amplio sentido de la palabra y un excelente pedagogo y profesor. Sabía comunicar a sus alumnos, junto con los conocimientos, el amor al estudio y el deseo de aprender.

En 1936, los dos Siervos de Dios formaban parte de la comunidad del colegio San José de Tremp, el primero como superior. La revolución de 1936 les obligó a abandonar el colegio, que fue convertido en hospital militar, y a vivir escondidos en una de las dependencias del Hotel Siglo XX, hasta que, a primeros de agosto, se dirigieron hacia Esterrid’Aneu, con el propósito de pasar la frontera hacia Francia e Italia (Roma) junto con otras personas. Tras cinco o seis horas de camino, llegaron hasta Alòs d’Isil, último pueblo de España, los dos Siervos de Dios se vieron obligados a detener la caminata por el excesivo cansancio. Durante esta pausa fueron detenidos por un grupo de milicianos y entregados al comité revolucionario de Esterri d’Aneu, desde donde fueron conducidos a la cárcel provincial de Lleida, en donde el número de detenidos era de alrededor ochocientos. En la noche del 20 de agosto de 1936 fueron sacados de la cárcel con otros 72 sacerdotes y religiosos y asesinados en la pared del cementerio de la misma ciudad. Todos ellos iban cantando el Credo, la Salve Regina y vivas a Cristo Rey. Sus cuerpos fueron cayendo a la fosa común entre gritos y ayees y quemados con cal viva para dejar más espacio para otros.

Siervos de Dios Jaime Puig y 19 compañeros

El estudio de la Causa de declaración de Martirio los Siervos de Dios Jaime Puig y 19 compañeros superó el examen de los consultores teólogos de la Congregación de las Causas de los Santos en el congreso celebrado en Roma el 22 de junio de 2010, coincidiendo esta fecha con el 109 aniversario de la aprobación definitiva del Instituto de la Sagrada Familia.

1. Jaume Puig Mirosa, sacerdote profeso, Hijo de la Sagrada Familia. Nació en Terrasa (Barcelona) el 3 de junio de 1908.

2. Sebastiá Llorens Telarroja, hermano lego. Nació el dos de diciembre de 1909 en Tordera (Barcelona)

Ambos sufrieron martirio el 30 de julio de 1936 en Blanes (Girona).

 

3. Narcís Sitjá Basté, sacerdote profeso, Hijo de la Sagrada Familia. Nació el 1 de noviembre de 1867 en Sant Andreu de Palomar (Barcelona).

Martirizado el 9 de agosto de 1936 en Barcelona.

 

4. Joan Cuscó Oliver, sacerdote profeso, Hijo de la Sagrada Familia. Nació en La Granada del Penedès (Barcelona) el 6 de mayo de 1872.

5. Pere Sadurní Raventós, sacerdote profeso, Hijo de la Sagrada Familia. Nació el 22 de abril de 1883 en Vilanova i La Geltrú (Barcelona).

Ambos sufrieron martirio el 21 de agosto de 1936 en Lleida.

 

6. Fermí Martorell Vies, sacerdote profeso, Hijo de la Sagrada Familia. Nació en Margalef (Tarragona) el 3 de noviembre de 1879.

7. Francesc Llach Candell, sacerdote profeso, Hijo de la Sagrada Familia. Nació el 7 de diciembre en 1889 en Torelló (Barcelona).

8. Eduard Cabanach Majem, sacerdote profeso, Hijo de la Sagrada Familia. Nació en Bellmunt (Tarragona) el 31 de diciembre de 1908.

9. Ramón Cabanach Majem, sacerdote profeso, Hijo de la Sagrada Familia. Nació el 22 de septiembre de 1911 en Barcelona.

Los tres fueron martirizados el 25 de agosto de 1936 en Vila-rodona (Tarragona).

 

10. Joan Franquesa Costa, sacerdote profeso, Hijo de la Sagrada Familia. Nació el 19 de septiembre de 1867 en Santa Fe (Lleida).

Martirizado el 2 de septiembre de 1936 en Cervera (Lleida).

 

11. Segismon Sagalés Vilá, sacerdote profeso, Hijo de la Sagrada Familia. Nació el 1 de mayo de 1888 en Vic (Barcelona).

Martirizado el 8 de septiembre de 1936 en Múnter (Barcelona).

 

12. Josep Vila Barri, sacerdote profeso, Hijo de la Sagrada Familia. Nació en Camprodon (Girona) el 14 de abril de 1910.

Martirizado el 21 de septiembre de 1936 en Granollers de la Plana (Barcelona).

 

13. Pere Verdaguer Saurina, sacerdote profeso, Hijo de la Sagrada Familia. Nació en Manlleu (Barcelona), el 24 de octubre de 1908.

Martirizado el 15 de octubre de 1936 en Montcada (Barcelona).

 

14. Robert Montserrat Beliart, sacerdote profeso, Hijo de la Sagrada Familia. Nació en Reus (Tarragona) el 17 de junio de 1911.

Fue martirizado el 13 de noviembre de 1936 en Barcelona.

 

15. Antonio Mascaró Colomina, sacerdote profeso, Hijo de la Sagrada Familia. Nació el 12 de marzo de 1913 en Albelda (Huesca).

Martirizado el 27 de enero de 1937 en Montcada (Barcelona).

 

16. Pedro Ruiz Ortega, sacerdote profeso, Hijo de la Sagrada Familia. Nació en Vilviestre de Muñó (Burgos) el 14 de enero de 1912.

17. Pere Roca Toscas, sacerdote profeso, Hijo de la Sagrada Familia. Nació el 7 de octubre de 1916 en Mura (Barcelona).

Los dos fueron asesinados el 4 de marzo de 1937 en Montcada (Barcelona).

 

18. Ramon Llach Candell, sacerdote profeso, Hijo de la Sagrada Familia. Nació el 24 de mayo de 1875 en Torelló (Barcelona).

19. Jaume Llach Candell, sacerdote profeso, Hijo de la Sagrada Familia. Nació el 1 de octubre de 1878 en Torelló (Barcelona).

Fueron asesinados el 19 de abril de 1937 en Montcada (Barcelona).

 

20. Ramón Oromí Sullá, sacerdote profeso, Hijo de la Sagrada Familia. Nació el 16 de septiembre de 1875 en Salàs de Pallars (Lleida).

Martirizado el 3 de mayo de 1937 en Montcada, (Barcelona).

http://www.manyanet.org/attachments/058_Jaume%20Puig%20i%20companys.pdf

Santuario de San José Manyanet de Barcelona

La Iglesia del colegio Jesús, María y José, obra del arquitecto Joaquín Vilaseca, inaugurada en 1922, como heredera de la que estableció San José Manyanet en 1877, se convirtió en sede de la parroquia Jesús, María y José en 1965. Se encuentra en la localidad de San Andreu del Palomar (Barcelona).

A raíz de la canonización, en el año 2004, el cardenal arzobispo Ricard M. Carles la puso bajo el patrocinio de San Josep Manyanet. Y a partir de las reformas llevas a cabo en el año 2007, especialmente al haber colocado sus restos mortales bajo el altar mayor y una imagen del santo presidiendo el presbiterio junto con una nueva imagen de la Sagrada Familia, de Francesc Carulla, la iglesia ha sido considerada como el Santuario de San José Manyanet.

Junto al presbiterio, en el recinto santificado durante largos años por la presencia de los restos mortales del santo fundador, se ha levantado un monumento sepulcral que contiene los restos mortales de los Siervos de Dios Jaime Puig y 19 Compañeros Hijos de la Sagrada Familia, testigos de la fe. En una vitrina iluminada hay una serie de objetos reliquias de los mártires.

 

Fuente: Jorge López Teulón, http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=17246&mes=&ano=

patriaespanola.blogspot.com

 

 

EL FIN DE LA REPÚBLICA

EN EL ÚLTIMO MEDIO AÑO DE LA GUERRA, LOS PROBLEMAS QUE YA HABÍAN DEFINIDO LA SITUACIÓN DEL BANDO REPUBLICANO SE AGRAVARON. LA DERROTA ESTABA SENTENCIADA

A finales de 1938 el aislamiento geográfico agravaba los problemas de la república: no existía comunicación terrestre entre la zona Centro Sur y Cataluña; la capacidad industrial se había reducido al mínimo por la falta de materias primas y electricidad; las costas estaban bloqueadas por la flota de Franco; el gobierno radical-conservador de París había cerrado la frontera; y flaqueaba la ayuda soviética. Destrozado el Ejército del Ebro, única masa de maniobra con que contaba la República, la situación era angustiosa en Cataluña. Allí los bombardeos de la aviación italiana agobiaban a la retaguardia, ya muy desmoralizada por las sucesivas derrotas, el alud de refugiados, las varias represiones internas, las privaciones y el hambre.

Franco ganaba todas las batallas, sin buscar el fin de una guerra que le permitía imponer disciplina a los generales más díscolos y eliminar a miles de republicanos, evitando que en futuro constituyesen una oposición. También Negrín, presidente del gobierno, prefería alargar el conflicto. Esperaba que Hitler, de tanto tensar la cuerda, acabara rompiéndola, y que cuando Francia y Gran Bretaña no le hicieran más concesiones estallara una contienda europea. La República española debía resistir hasta este momento y declarar la guerra a Alemania. Se convertiría entonces en aliada de Francia y Gran Bretaña, que tendrían que ayudarla militarmente.

En el Reino Unido había caído el “gobierno nacional” de Stanley Baldwin, formado por liberales y laboristas-nacionales. Le sucedió Neville Chamberlain, que, con otros conservadores, creía que Hitler sólo pretendía corregir el Tratado de Versalles, y que las concesiones bastarían para aplacarlo. Deseaban preservar la estabilidad del Imperio británico, temían el poder soviético y esperaban que la Alemania nazi y la Italia fascista sirvieran de contrapeso a la amenazante URSS. Ya el gobierno de Baldwin había abandonado a la República española, había permitido que Hitler se rearmara y remilitarizara Renania y también que Mussolini conquistara Abisinia. Chamberlain fue aún más lejos. Profundizó en una política de appeasement, apaciguamiento, que facilitó al Führer la anexión de Austria.

Francia se sentía amenazada por Alemania tras fracasar su intento de “política de seguridad colectiva”, basada en pactos con los pequeños estados de la Europa oriental. En 1938, el Partido Radical rompió su alianza con el Frente Popular y Édouard Daladier formó un gobierno radical-conservador sin ministros socialistas, que se unió a la política británica de apaciguamiento y cerró de nuevo la frontera con España. La guinda de esta actitud fue la Conferencia de Múnich, que tuvo lugar mientras en España se libraba la batalla del Ebro. El 1 de octubre, Chamberlain y Daladier regalaron Checoslovaquia a Hitler creyendo salvar la paz de Europa. Era obvio que, si las democracias no habían defendido a Checoslovaquia, menos lo harían con la República española, aliada de la URSS por necesidad y exportadora de una imagen revolucionaria.

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La Conferencia de Múnich había marginado a la Unión Soviética, frustrando sus intentos de aliarse con Gran Bretaña y Francia para contener a la Alemania nazi. Stalin comenzó a buscar otra salida, porque sabía que, tarde o temprano, se le plantearía una guerra con el Tercer Reich. Necesitaba ganar tiempo para completar el rearme iniciado. También a Hitler le convenía pactar para tener quietos a los rusos cuando atacara Polonia, y Ribbentrop, ministro nazi de Exteriores, maniobró para entenderse con Stalin. Éste era consciente de que podía obtener territorios a costa de Polonia, Finlandia y los estados bálticos, y ahora se preocupaba más por Europa oriental que por la lejana España. Así, la aproximación entre Berlín y Moscú enfrió el interés soviético por la guerra española.

Tensiones políticas

Mientras tanto, importantes desacuerdos se sucedían en Barcelona, donde convivían los gobiernos de la República, la Generalitat y el vasco en el exilio. En el seno del propio PSOE, los caballeristas y los prietistas combatirían a Negrín (en abril había roto con Prieto y se había enemistado con todos los líderes históricos de su partido). Ahora solo contaba con el apoyo de los socialistas de su propia corriente y del comunista PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya).

Este último gozaba de gran influencia en el Ejército Popular, aunque su situación política era complicada, pues estaba enfrentado con Esquerra Republicana (ERC) en el gobierno de la Generalitat. El PSUC se presentaba como catalanista, pero apoyaba a Negrín, que marginaba a la Generalitat. Palmiro Togliatti, delegado de la Internacional Comunista, acusaba al partido de caer bajo la influencia del “nacionalismo pequeño burgués”.

En este rompecabezas político, también ERC moderaba levemente su catalanismo por la hermandad con la Izquierda Republicana, del presidente de la República, Manuel Azaña, que discrepaba de los desplantes de Negrín a los catalanistas. Cuando las Cortes se reunieron en Sant Cugat del Vallés (entonces Pins del Vallés) el 30 de septiembre, Negrín aseguró que ERC le había ofrecido suspender de hecho el Estatuto de 1932 a cambio de algunos ministerios. Esquerra replicó si aceptar sus argumentos, pero el enfrentamiento era tan evidente que, en diciembre, Negrín intentó quitarle hierro ofreciendo a Companys el cargo de vicepresidente del gobierno, que rechazaron tanto él como ERC.

La caída de Cataluña

Franco había renunciado a marchar sobre Barcelona a principios de abril, cuando sus tropas ocuparon Lérida, y por segunda vez el 15 del mismo mes, cuando llegaron al Mediterráneo en Vinaroz. Ahora parecía dispuesto a aplazarlo nuevamente, hasta que cedió ante las presiones italianas y de sus propios generales y ordenó preparar un plan. Confió la operación al leal Fidel Dávila, jefe del Ejército del Norte, cuyos seis cuerpos sumaban 300.000 hombres, apoyados por 565 piezas y 500 aviones. Frente a él se encontraban el Ejército del Este, a lo largo del Segre, y el del Ebro, en los márgenes de ese río. En total, unos 220.000 soldados republicanos. De ellos 30.000 no tenían fusil, solo la mitad podían ser atendidos por los servicios militares y eran apoyados por apenas un centenar de carros, unas 360 piezas (en mal estado y escasas de proyectiles) y unos 80 aviones (en su mayoría desgastados).

El general republicano Vicente Rojo había planeado cuatro líneas sucesivas de resistencia, y Franco había ordenado atacar el 10 de diciembre, fecha que pospuso hasta el 23 a causa del mal tiempo. Aunque el Papa pidió una tregua de Navidad, el Generalísimo mantuvo el calendario. Tras una intensa preparación artillera, los cuerpos del Maestrazgo y de Urgel se lanzaron contra la 26ª División republicana con la misión de penetrar en el territorio y cortar la retirada republicana hacia Francia. Sin embargo, los republicanos resistieron entre la nieve y la niebla, el ataque no prosperó y el mando franquista decidió atacar más al sur.

La Aviación y 500 piezas de artillería concentraron su fuego, durante tres horas en solo 4 km del Ejército del Ebro. Luego, la división italiana Littorio cargó contra la 79ª Brigada de Carabineros, que abandonó las trincheras y contagió de pánico a la vecina 56ª Brigada. Roto el frente, los italianos penetraron por la brecha, seguidos por el cuerpo de Navarra. Mussolini comprendió que era la oportunidad para que su cuerpo motorizado hiciera una demostración. Pidió a Hitler que su embajador en Burgos presionara a Franco. También Galeazzo Ciano, su yerno y ministro de Exteriores, solicitó que se les permitiera avanzar velozmente.

En ese momento los republicanos buscaron distraer la ofensiva contra Cataluña e iniciaron en Andalucía la batalla de Valsequillo, que fracasó poco después. La operación de Cataluña se reanudó en enero de 1939. Los republicanos se replegaron hasta su segunda línea de resistencia y lo0s consejeros soviéticos abandonaron el frente, porque Stalin cambiaba de política.

Ante la grave situación militar de la República española, el gobierno francés creyó conveniente retrasar el desastre y dejó pasar las armas rusas retenidas en la frontera pirenaica. Ya era tarde. El 22 Negrín celebró su último consejo en la capital catalana y luego ordenó que todos los organismos oficiales se trasladaran a Gerona. En las embotelladas carreteras, los camiones con archivos, cargos, funcionarios y sus familias se sumaron al tropel de soldados y civiles que huían a pie y en toda clase de vehículos.

Los bombardeos sobre Cataluña causaron el 40% de las víctimas por ataque aéreo de toda España. En Barcelona destruyeron 1.500 edificios y hundieron 36 barcos en el puerto, y la hambrienta población que no huía de la capital asaltaba los depósitos de víveres. Los primeros soldados de la 5ª División de Navarra llegaron a primeras horas de la tarde del día 26 y tomaron la ciudad condal sin encontrar resistencia.

Dos días más tarde las autoridades francesas autorizaron el paso a los miles de ancianos, mujeres y niños ante la frontera. A principios de febrero permitieron pasar a los combatientes republicanos, que fueron desarmados y conducidos a campos de concentración improvisados. Días después llegó al límite con Francia la vanguardia del cuerpo de Navarra, e hizo su bandera el puesto fronterizo.

Del desánimo a la sublevación

En la zona centro le quedaban a la República unos 50.000 hombres sobre las armas, sin aviación ni costas o fronteras practicables. La guerra estaba perdida, pero Negrín intentó proseguirla, esperando el conflicto en Europa. Sin embargo, la gente esta cansada; ya solo sus partidarios y los comunistas secundaban su proyecto. El 10 de enero regresó en avión a Alicante y se entrevistó con los generales Miaja, jefe del sector Centro-Sur, y Matallana, jefe de Estado Mayor. Al día siguiente llegaron todos los ministros, excepto José Giral. El presidente del gobierno convocó a los principales jefes militares para una reunión en la base aérea de Los Llanos, donde expuso que debían seguir luchando hasta conseguir una paz negociada. Los militares no parecieron compartir su voluntarismo. El pesimismo había calado en el Ejército, la Aviación y la Marina, donde la mayoría se consideraban derrotados.

Los gobiernos, británico, francés y norteamericano deseaban cerrar el capítulo de la guerra española, de la que también se había desentendido Stalin. El presidente de la República, Manuel Azaña, estaba desencantado y enfermo, y a finales de febrero envió una carta de dimisión al presidente de las Cortes. Negrín y su gobierno se instalaron en una finca cercana a Elda, en Alicante, que recibió el nombre de en clave de Posición Yuste. Mientras tanto, en Madrid, el coronel Segismundo Casado, jefe del Ejército del Centro, el socialista Julián Besteiro y el anarquista Cipriano Mera, jefe del IV Cuerpo, encabezaban una conspiración para sustituir a Negrín y negociar el final de la guerra.

El 2 de marzo el almirante Miguel Buiza propuso a los jefes y comisarios de la Marina que la flota abandonara España si Negrín no firmaba la paz en 48 horas. Al día siguiente, el gobierno intentó evitar el derrumbamiento nombrando a dos mandos comunistas para cargos importantes: Francisco Galán, jefe de la base de Cartagena, y Etelvino Vega, comandante militar de Alicante. El primero llegó a Cartagena el día 4 por la noche, y poco después estalló en la ciudad una sublevación franquista. Enfrentados a tres bandas, gubernamentales, casadistas y franquistas se apoderaron de las diversas dependencias militares. En pleno desconcierto bombardeó la aviación italiana, hundiendo un destructor. Para culminar el caos, la flota embarcó a unos 500 fugitivos y abandonó el puerto con la intención de entregarse a las autoridades francesas en Argelia.

Una columna gubernamental se preparó para asaltar la base naval de Cartagena, donde se habían parapetado los franquistas. Mientras tanto, se aproximaba un convoy naval con tropas de Franco. Cuando el almirante nacional Francisco Moreno supo que los gubernamentales casi dominaban Cartagena, ordenó regresar a los barcos, pero dos de ellos carecían de radio y el mercante Castillo de Olite penetró en el puerto cargado de tropas. Terminó hundido por las baterías de costa. Murieron más de 2.000 hombres, la mayor catástrofe naval de la Guerra Civil.

El golpe de Madrid

El 5 de marzo, en los sótanos del Ministerio de Hacienda, cuartel general de las tropas de Madrid, Besteiro, Mera y Casado se sublevaron contra Negrín y constituyeron un Consejo Nacional de Defensa. Contaban con partidarios en casi toda España y, cuando se apoderaron de Alicante, Negrín se vio abandonado. Dejó España con algunos ministros y personalidades desde el aeródromo de Monóvar.

El Consejo Nacional de Defensa, ahora único gobierno republicano, ya mantenía conversaciones con delegados del gobierno de Burgos preparando una rendición. No todos estaban de acuerdo y, en la madrugada del 6, chocaron en Madrid los partidarios del Consejo y miembros del Partido Comunista, que desconocían la marcha de Negrín. Cuando el Consejo ordenó detener a todos los mandos comunistas, éstos reaccionaron y tomaron diversos edificios y puntos de la ciudad.

La población contempló horrorizada cómo los republicanos luchaban y se mataban entre sí, hasta que, al atardecer del día 10, las tropas del anarquista Cipriano Mera dominaron la situación. Los combates cesaron la mañana del 12. Murieron unos 2.000 hombres en la insensata refriega, en la que ambos bandos habían asesinado a sus prisioneros, entre ellos varios coroneles del Estado Mayor de Casado, fusilados por los comunistas.

En Valencia, los jefes militares lograron evitar el enfrentamiento armado, mientras en Ciudad Real, Toledo, Jaén y Almería los casadistas detuvieron a los principales miembros del PCE. Una vez controlado Madrid, Casado ordenó detener a varios dirigentes comunistas e hizo fusilar a algunos de ellos.

Rendición sin condiciones

El Consejo de Defensa se reunió aquel mismo día para proponer a Franco una paz sin represalias, con distinción entre los delitos comunes y políticos, respeto a la vida y la libertad de los militares que no hubieran cometido delitos comunes y un plazo de 25 días para poder exiliarse. Los coroneles Casado y Matallana se prepararon para trasladarse a Burgos y negociar el cese de hostilidades esperando que sus antiguos compañeros considerasen su condición de militares profesionales y anticomunistas.

Sin embargo, Burgos respondió que solo aceptaba la rendición incondicional sin negociación previa. El 22, el Consejo de Defensa comprendió la situación, aceptó la rendición incondicional y ordenó a los gobernadores civiles que preparasen la evacuación. Dos delegados suyos marcharon a Burgos, pero se les negó cualquier documento escrito y se les exigió la entrega de la Aviación el 25 de marzo y de todo el Ejército el 27. En una segunda reunión tampoco hubo concesiones, hasta que la parte nacional cortó bruscamente la conferencia.

El 26, las tropas de Franco avanzaron en Extremadura sin encontrar resistencia, y al día siguiente ocuparon Almadén y varias localidades de Toledo. El 28, Casado se trasladó a Valencia, desde donde abandonó España en un buque británico. De los miembros del Consejo, solo Besteiro permaneció en su despacho, donde fue detenido por las tropas de Franco.

Más de 150.000 personas, desde políticos y jefes militares hasta mujeres y niños, se habían concentrado en Alicante con la esperanza de embarcar y huir. El mismo 28 partió el barco Stanbrook abarrotado y, desde la madrugada del día siguiente, una multitud aguardaba en el puerto. Mientras, un representante republicano se entrevistaba con miembros de la delegación internacional y del cuerpo consular en espera del mercante Winnipeg y otros buques prometidos por el gobierno francés. Hasta que los nacionales situaron el crucero Canarias y el minador Vulcano en la bocana del puerto e impidieron que entrara o saliera ningún barco. Al atardecer del 30, la división italiana Littorio llegó al puerto, mientras entraban los minadores Júpiter y Vulcano con tropas españolas. Todos los refugiados quedaron prisioneros y fueron conducidos al campo de concentración de Albatera, al sur de Alicante.

El 1 de abril de 1939, el parte oficial del Cuartel General del Generalísimo anunció que la guerra había terminado.

 

Desfile de la Victoria en Madrid, mayo de 1939. Franco saludando a las tropas italianas.

https://es.wikipedia.org/wiki/Desfile_de_la_Victoria_de_Madrid_de_1939#/media/Archivo:Desfile_de_la_Victoria_(Madrid,_19_de_mayo_de_1939).jpg

 

Revista Historia y Vida, Dossier, España 1939, Gabriel Cardona, 04/2009, pp. 33-63.

Preston, Paul. La guerra civil española, Barcelona, Base, 2006.

Rojas, Carlos. Por qué perdimos la guerra. Barcelona, Planeta, 2005.

Thomas, Hugh. La guerra civil española. Madrid, Urbión, 1985.

Viñas, Ángel. La soledad de la República. Barcelona, Crítica, 2006.

Azaña, Manuel. Los españoles en guerra. Prol. De Antonio Machado. Barcelona, Crítica, 1999.

Vilar, Pierre. La guerra civil española. Barcelona, Crítica, 2000.

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Reparto de víveres incautados a estraperlistas


































 





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