miércoles, 10 de noviembre de 2021

 

HISTORIA DE LA SEXUALIDAD 3

 

La sexualidad romana

Los romanos vivían el amor y el sexo como un gran regalo de los dioses, que debían practicarlo al máximo.

Hay un grafiti en las ruinas de Pompeya que dice que viva el que ama; que se muera quien no sabe amar. Dos veces perezca todo el que pone obstáculos al amor”.

Visité las ruinas de Pompeya hace un año con gran detenimiento. El guía, que nos acompañaba, empezó diciendo, que para entender la vida romana deberíamos dejarnos los tabúes actuales, consecuencia de la moral cristiana con la que nos educaron, que es totalmente represora de la sexualidad.


Los frescos de Pompeya demuestran la importancia del sexo en la época

Debemos saber que los dioses romanos no tenían la sexualidad como una cuestión moral degradante. Se buscaba siempre el placer, la vida natural y la felicidad. En la misma Pompeya hay escrita una frase de un amante, que dice “Los amantes como las abejas, saborean una vida dulce como la miel”.

La presencia del falo era algo cotidiano para los romanos, al igual que había sucedido en todas las culturas antiguas, porque era el instrumento que garantizaba la fertilidad.

El falo estaba en el dios romano Fascinus. Las matronas romanas eran las encargadas de llevarle flores. Su culto era desarrollado por las conocidas vestales, cuya misión consistía en alejar el mal de ojo (fascinum) que tanto preocupaba a los romanos, favorecer la germinación de las plantas y estimular el alumbramiento de las hembras estériles.

Los romanos vivían el amor y el sexo como un gran regalo de los dioses, que debían practicarlo al máximo. Para que veamos hasta donde llega esta sexualidad hay una lápida funeraria que dice “Vino, sexo y termas arruinan nuestros cuerpos, pero son la sal de la vida”.

La sexualidad romana ha pretendido siempre mostrarse orgullosa de su propia virilidad, por eso es fácil encontrar inscripciones, grafitis que hacen alabanza de la misma. De esta forma, el poder, el estado social y la buena fortuna se expresaban frecuentemente en términos fálicos.


Los hombres romanos tenían que ser parte activa en todo lo referente a la sexualidad. No se entendía la pasividad sexual en un hombre, pues suponía la pérdida del control, virtud esta que era muy valorada en Roma.

Los hombres romanos podían tener relaciones tanto con hombres prostitutos (los prostitutos eran esclavos, siempre que el romano fuera el activo) como con mujeres. Esto era aceptado social y legalmente.

La homosexualidad

Las leyes romanas regulaban la homosexualidad. Tenemos la “Lex Scantinia”, “Lex Iulia” “Lex Iulia de vi publica” que regulaban la homosexualidad entre hombres libres. Un hombre, que disfrutaba siendo penetrado, era llamado pathicus o catamita. Se le consideraba pasivo y en consecuencia es presentado como hombre débil y femenino, con una fuerte connotación despreciativa.

Estas leyes sobre la homosexualidad no se aplicaban cuando eran los esclavos o los bárbaros quienes la practicaban, pues no eran considerados como seres humanos. Si un romano se dejaba penetrar por cualquiera de ellos, era mirado con desdén. Los esclavos eran definidos como res (cosa) y podían ser usados libremente en cualquier situación sin ser considerado algo ilegal.

El hombre romano era bisexual y la educación que se daba a los hijos, iba encaminada a lograr esa bisexualidad. El hombre era quien dominaba y tenía que mostrar su superioridad en todos los órdenes de la vida, tanto en la familia, como en la sociedad, la política y por supuesto en la guerra.

El hombre romano era el que mandaba en casa y decidía todo. Su bisexualidad era buscada, porque su dominio superaba a la mujer y debía tener una dominación total sobre todas las cosas.

Una de las prácticas, que hacían los romanos, era la sodomización de los enemigos vencidos. Además también sodomizaban a los esclavos que vivían en sus casas.


Termas suburbanas de Pompeya

La educación bisexual de los romanos no iba encaminada a la consecución del placer, sino a demostrar su poder, esto era por motivos culturales y políticos. En Roma, la insinuación de que un hombre hubiera sido penetrado por otro hombre, podía ser suficiente para terminar con una carrera política. Sin embargo, debemos saber que no todos los ciudadanos romanos realizaban estas prácticas homosexuales.

Como estamos viendo de forma reiterada, la sociedad romana era profundamente machista y además muy jerarquizada. Los hombres jóvenes no debían llegar vírgenes al matrimonio y era mal visto, que un joven se casara sin tener experiencia sexual.

Sin embargo, lo que era válido para el hombre, no lo era para la mujer joven. Las mujeres pertenecientes a las clases poderosas tenían terminantemente prohibido haber mantenido relaciones sexuales antes del matrimonio. La virginidad femenina en las clases pudientes representaba un gran valor social en la mujer. Al mismo tiempo, se impedía que se llegara al matrimonio estando embarazada y el marido tuviera que admitir un hijo que no fuera suyo.


EL MATRIMONIO

Uno de los aspectos que nos debe llamar la atención es que los romanos no se casaban por amor, sino simplemente para reproducir y así dar continuidad y engrandecer el futuro de Roma. Los contrayentes matrimoniales, salvo excepciones, no eran fruto del amor, pues su finalidad al igual que estamos viendo en otras sociedades antiguas era la procreación de hijos legítimos. Es lo que vemos continuamente en los planteamientos de la iglesia católica, que entiende el matrimonio como un sistema de reproducción y nunca como una forma de placer humano, al cual condena con toda su fuerza.

Los matrimonios romanos eran exclusivamente por intereses sociales y económicos. Las relaciones entre los esposos carecían de intimidad alguna y en consecuencia la atracción sexual era muy escasa. Esto hacía que el divorcio se diera en la sociedad romana con gran frecuencia.

Las relaciones con esclavas eran alentadas. Sin embargo, las relaciones con esclavos no eran alentadas como forma de placer sexual. Estas relaciones homosexuales eran una forma de castigo al mismo nivel que cuando se usa el látigo para infringir dolor.

El matrimonio era una institución básica en la sociedad romana, pues definía de forma clara la propiedad y legitimidad de los hijos. Sin embargo, no era necesariamente considerada como una institución sagrada desde el punto moral y religioso.

Los esposos acataban las rígidas reglas legales que marcaba el matrimonio, sin embargo las actividades íntimas de los esposos no eran tan estrictas, siendo considerado normal que el esposo buscara satisfacción sexual con otras mujeres.

Vemos como predominaba el machismo más rancio, porque a las esposas no se les permitía lo mismo que al marido y debían respetar las reglas de fides marita y ser fieles a sus esposos.


EL ADULTERIO

El adulterio no estaba bien visto, pero una vez más podemos comprobar que el mismo hecho no es considerado igual, si la que lo realiza es una mujer pobre o una matrona romana. Si el adulterio lo provoca una mujer de clase baja esto no es considerado un problema, mientras que era considerado un serio crimen si venía de una matrona de la elite.

Los romanos partían del principio de que se iban a producir traiciones y adulterios en el matrimonio. El hombre adultero lo podía hacer de forma pública, mientras que las mujeres lo tenían que hacer en la oscuridad para evitar ser descubiertas. Las leyes romanas condenaban el adulterio femenino, pero a pesar de esto era muy practicado.

El castigo para el adulterio variaba en función de la clase social. La mayoría de las veces, las penas eran aplicadas para la mujer adúltera y su amante. Los castigos eran mayormente patrimoniales, dictando la confiscación de la mitad de los bienes del adúltero, un tercio del de la mujer, así como la mitad de su dote.

En determinadas circunstancias se permitía, que el marido pudiera matar a su esposa si la sorprendía cometiendo el adulterio. Normalmente lo que se le planteaba era que se divorciara.

La sociedad romana era patriarcal, en la familia todo era decidido por el hombre y en consecuencia el castigo del adulterio sería decidido por el marido. Cuando el adulterio no era condenado con la muerte, entonces esta mujer después del matrimonio tenía prohibido volverse a casarse.

Consoladores romanos

Todas las leyes romanas buscaban mantener la limpieza moral del Imperio y sobretodo mantener las clases sociales intactas. Para Thomas A. J. McGinn “es como que las leyes augustas sobre el adulterio y el matrimonio, alentaran indirectamente el alza de un respetable concubinato como una institución reconocida en su propio derecho”.

El emperador Augusto, nada más llegar al poder promulgó leyes que hacían del adulterio femenino un delito grave y fuertemente castigado.

EL CONCUBINATO

El concubinato es una institución romana, que permitía a un hombre tener una cierta relación ilegal sin repercusiones, con la excepción del emparejamiento con prostitutas. Los ciudadanos no podían casarse o cohabitar legalmente con una concubina mientras se tuviera una esposa legal.

El marido utilizaba a las esclavas, las amantes, las concubinas y a las prostitutas. El papel de la esposa era exclusivamente darle hijos al marido. La esposa no debía conocer el placer que proporcionaba el sexo y el amor.

Esta poligamia masculina era tolerada de hecho porque no significa una amenaza para la religión y la integridad legal de la familia. El título de concubinato no era considerado derogatorio y era utilizado incluso en las lápidas funerarias.


La leges Juliae aprobado por el emperador Augusto dio el primer reconocimiento legal al concubinato y lo definía como la convivencia pero sin matrimonio. De esta forma, el concubinato tenía una función práctica, permitiendo tener unas relaciones legales fuera del matrimonio. Sin embargo, eran consideradas ilegales las de la prostitución.

La leges Juliae regulaba muchas de estas relaciones fuera del matrimonio y consideraba inapropiados algunas relaciones. Por ejemplo un senador no podía casarse con una esclava liberada o convivir con una exprostituta. El hombre que deseaba vivir en concubinato con una mujer y no casarse era preciso que lo notificara a las autoridades.

Este tipo de cohabitación variaba muy poco del matrimonio. Sin embargo, si de esta relación de concubinato había hijos, estos no eran considerados legítimos. Muchos hombres de las clases dominantes después de quedarse viudos solían vivir en concubinato, entonces los hijos de su primer matrimonio eran los que heredaban, mientras que los del concubinato no tenían ningún derecho.

¿Qué diferencia había entre una mujer casada y una concubina en el mundo romano?

Para tenerlo claro debemos seguir al jurista romano Paulo que lo definió de la siguiente forma “una concubina se diferencia de una esposa solamente en la consideración social en la que se la tiene”, lo que nos viene a decir es que una concubina no era considerada socialmente igual a su hombre como lo era la esposa. La ley romana decía que un hombre no podía tener una concubina al mismo tiempo que una esposa.

A pesar de estar clara la ley romana, los primeros que la incumplieron fueron los propios emperadores como fue el caso de Augusto, Marco Aurelio y Vespasiano.


Jurídicamente las concubinas estaban muy desamparadas por las leyes romanas. Estas dependían de lo que los hombres le otorgaran. Las leyes romanas tenían claro que debían diferenciar claramente entre lo que es una esposa y una concubina. Si seguimos al jurista Numa Pompilio decía “Una concubina no tocará el altar de Juno. Si lo hace, le ofrecerá sacrifico con una oveja teniendo el pelo suelto”.

El concubinato es una figura que aparece rápidamente en el mundo romano y ya existía esta figura en la época de la monarquía romana, pero las concubinas tenían prohibido la adoración a la diosa Juno que era la diosa del matrimonio. El jurista Ulpiano decía “solamente esas mujeres con las que se tienen relaciones lícitas pueden ser concubinas sin temor a cometer un crimen”.

LA PROSTITUCIÓN

La prostitución en la historia de Roma fue evolucionando. De esta forma, en la antigua Roma, la prostitución era un símbolo de vergüenza. En la República Tardía en los inicios del Principado, la falta de reputación estaba reflejada en la ley y calificaba a sus practicantes como infames.

La primera documentación, que hace referencia a la prostitución romana lo encontramos en el Cuerpo de Derecho Civil que tiene su origen en los inicios del siglo VI a. C.


Moneda romana sprintia

Todas las personas que se dedicaban a la prostitución no podían expresarse en la Corte, ni realizar acusaciones y no podían presentarse en candidaturas para la Magistratura.

Toda persona que ejerciera la prostitución debía estar registrada legalmente. La ley romana estipulaba la infamia y decía “no solamente una mujer que practica la prostitución, pero también quien lo ha hecho aunque haya cesado la práctica; la desgracia no es eliminada aunque se discontinúe la actividad”.

La infamia era la pérdida formal de una buena reputación y en el mundo romano era una gran herramienta cultural para la consecución del buen comportamiento de todos sus ciudadanos.

Esta pérdida de la buena fama debido a un comportamiento vergonzoso, como era la prostitución, representaba un estigma social y legal muy importante. Significaba la pérdida a los ciudadanos de muchos de sus privilegios.

El miedo a la vergüenza a los ojos de la comunidad, suponía un buen antídoto y era un modo de controlar socialmente el comportamiento decoroso de la ciudadanía.

La famosa Copa Warren, se encuentra en el Museo Británico

La literatura romana da muestras de cómo eran utilizada estas formas de comportamiento y se trabaja sobre el comportamiento de estos dos tipos de mujeres: la bien educada que era virgen y puede esposarse y la prostituta que está por debajo del nivel social de los ciudadanos.

La literatura romana muestra de una forma muy sugerente el papel de la prostituta. Muchas veces se recurría a la prostitución como una metáfora. Eran vestidas y reconocidas por su vestimenta, con ropas chillonas hechas de seda transparente. Además, se distinguían por el uso de las togas, que eran ropas que solían usar los hombres romanos.

Los escritores romanos presentaban la prostitución de forma muy degradante para la mujer y la representaban como signo de impureza. La prostitución era asociada a la suciedad, lo que todavía le daba un rango social menor.


Escenas de sexo en representaciones artísticas romanas: A) Detalle de mosaico (termas de Caracalla, Roma). B) Fragmento de vidrio (Metropolitan Museum, Nueva York). C) Pintura estucada (casa del Centenario, Pompeya)

Los proxenetas romanos también eran representados de forma infame. Estos eran mirados con desdén y estaban estigmatizados dentro de la sociedad romana. La ley decía “la ocupación de un proxeneta no es menos degradante que la práctica de la prostitución y el crimen por ello es incluido en las leges Juliae, como una pena preservada contra el marido que tenga ganancias monetarias por el adulterio de su esposa”.

Debemos saber, que los romanos vivían con marcados tabúes morales y sexuales. Todos aquellos aspectos de la práctica sexual que estaban socialmente reconocidos se desarrollaban dentro del matrimonio romano.

Dentro de la sexualidad romana los genitales femeninos y la menstruación eran vistos de manera negativa. No se permitía que se produjera alteración de los roles establecidos, así era muy mal visto que una mujer pudiera ejercer un rol dominante sobre el hombre.

Ser penetrado un hombre o hacer sexo oral a la mujer era considerado sexualmente como un rol pasivo. El sexo oral hacia la mujer era muy controvertido. Hay muy pocos datos sobre el lesbianismo entre romanas, pero parece claro que era un tabú más fuerte, que si lo realizaban dos hombres.

Las prácticas sexuales dentro del mundo femenino también variaban en función de la clase social a la que pertenecían. Las mujeres de clase baja, las extranjeras y las esclavas, tenían mucha más libertad sexual que las de clase alta, las matronas.

Lo que sí era igual era el uso de afrodisiacos o las llamadas pociones del amor, utilizadas tanto por mujeres como por hombres.


El sexo con mujeres embarazadas era socialmente muy aceptado. Hay textos donde se relata que Julia, hija del emperador Augusto aprovechaba su embarazo para tener relaciones sexuales con otros hombres, que no fuera su marido.

Hay un aspecto muy llamativo dentro de la sexualidad romana y es que en la época de la Roma imperial la violación era una práctica muy normal, muy diferente a la de otras culturas antiguas, que era muy castigado. Sin embargo, durante la monarquía la violación era considerada un delito y estaba penada con la pena de muerte o debía partir para el exilio el violador y se le confiscaban todos sus bienes.

Lo que se pretendía era preservar el valor de la castidad en las mujeres, el honor del padre si era virgen y el honor del esposo de la mujer casada. No podemos hablar de un atentado a la libertad sexual, porque las mujeres no podían decidir con quién mantener relaciones sexuales.

Las mujeres no tenían libertad en sus relaciones con los hombres. Estos consideraban el lesbianismo como algo excitante y morboso, pero estaba muy oculto en la sociedad, ya que la mujer de entonces sólo tenía la misión reproductora y no del disfrute de su sexualidad ni como elegir la forma del disfrute carnal. Una mujer que quería ser la pareja activa en una relación se le llamaba tribade, algo no consentido socialmente y penalizado.

La sexualidad romana era de total dominio del hombre que actuaba como un amo respecto a su esposa y esclavos, es decir, esta relación estaba basada en el sometimiento total al hombre.


Relieve que muestra una pareja practicando sexo

El placer femenino era totalmente ignorado. La moral sexual romana se basaba en el binomio someter y ser sometido. Someter era un honor, mientras que ser sometido era absolutamente vergonzoso y más si este era un varón adulto libre. Sin embargo, si era un esclavo o una mujer se consideraba de lo más natural.


Uno de los aspectos que llaman mucho la atención es que los romanos no practicaban el beso en la calle. Sin embargo, la ley dice que el esposo tiene el derecho al beso, es decir una mujer romana estaba obligada a besar cada día al marido en la boca.

Esto que nos resulta sorprendente ahora era una vieja costumbre romana y tenía la finalidad de controlar que la mujer no bebiera. Había una ley que prohibía beber vino a las mujeres, porque se decía que si una mujer bebía podía perder el control, porque podía favorecer y dar facilidades al adulterio por los efectos desinhibidores que produce el alcohol.

https://www.nuevatribuna.es/articulo/historia/sexualidad-romana/20170508143607139564.html






























martes, 9 de noviembre de 2021

 

Alfredo Ramos Martínez, “El pintor de las melancolías de México” que permanece en la sombra


Un día como hoy, pero de 1946, falleció Alfredo Ramos Martínez. Conocido como el Padre del Arte Moderno en México, fue eclipsado por la obra de Rivera y Clemente Orozco.

La Revolución Mexicana es una de las etapas que más ha marcado la vida de nuestro país, ya que tras su consumación se aceleró el proceso de consolidación de nuestra identidad. Para ello, artistas e intelectuales excavaron en los sentimientos y la imaginación colectiva de los mexicanos, con el objeto de conocer su esencia y utilizarla como fundamento para la formación de una comunidad nacional. Uno de estos artistas fue Alfredo Ramos Martínez, pintor nacido en Monterrey que trascendió como el “Padre del Arte Moderno” de México.

Ramos Martínez nació un 1871 y desde los 14 años mostró un gran talento para la pintura, cuando su retrato del gobernador de Nuevo León fue premiado en San Antonio, Texas. Gracias a lo anterior, obtuvo una beca para estudiar en la Academia de Bellas Artes en la Ciudad de México. Migró junto a su familia y se estableció en Coyoacán, en ese entonces considerado un pueblo. Pese a su ingreso a la Academia, Ramos nunca se adaptó a la burocracia institucional ni a las aulas, apelando por una creatividad libre.



 En 1899 viajó a Francia para continuar sus estudios en pintura, donde la comunidad mexicana lo consideró un gran artista en potencia. El viaje fue resultado de la visita de oficial Phoebe Apperson Hearst, madre de W. Randolph Hearst, el magnate periodístico norteamericano, a quien Porfirio Díaz ofreció una cena. Para el menú se le solicitó a Ramos que pintara cada una de las cartas. La obra dejó asombrada a Apperson, quien le confirió la beca al joven artista.

Amistad entre genios: Alfredo Ramos Martínez y Ruben Darío

Ramos Martínez se adaptó inmediatamente al mundo parisino, ya que dominaba el idioma francés. También coincidió con una gran cantidad de intelectuales latinoamericanos, entre ellos Rubén Darío, con quien mantuvo una profunda amistad. El nicaragüense –que ya era un poeta consagrado–, invitó a Ramos Martínez a tertulias y reuniones de intelectuales parisino, a las que asistían personajes de renombre como Pablo Picasso, Claude Monet, Henri Matisse, Joaquín Sorolla y Auguste Rodin.

 

“Alfredo Ramos Martínez no copia, sino interpreta. Él expresará la tristeza de los pescadores, la melancolía de las aldeas…”.

Expresaba Rubén Darío sobre la obra de Alfredo Ramos Martínez.

En 1905, la obra de Alfredo Ramos Martínez se expone en el Salon d’ Automne (Salón Anual de Otoño), donde sus obras destacan por su temática naturaleza-mitología. Ese mismo año se le otorga la medalla de oro en la exposición por su obra Le Printemps (La Primavera). Tras este evento, termina su temporada como becario.



La Revolución Mexicana en el ojo del artista

El estallido de los movimientos sociales provocó que Ramos decidiera regresar a México en 1909, donde fue nombrado subdirector de la ENBA. A diferencia de Diego Rivera, Alfredo Ramos Martínez vivió el inicio de la Revolución Mexicana como testigo presencial. La violencia, las ideologías, los movimientos sociales y la lucha armada se depositan de forma directa en la obra de Ramos, quien como mencionaba Darío, interpretó y expresó la melancolía de un pueblo ensangrentado.


Otras de las venas que fluyeron por la obra de Alfredo Ramos Martínez fueron las del indigenismo y el nacionalismo revolucionario, movimientos que cobraban una nueva conciencia sobre el pasado indígena y reconocían la dignidad de las expresiones populares.

Por una creatividad libre

Poco antes de ser ascendido a director de la ENBA, Ramos Martínez viajó a España para reunirse con Rubén Darío, siendo la última vez que estaría juntos, pues Ramos no quería perderse del proceso de transformación que sufría su país. Luego volvió a México para montar una exposición individual con motivo del Centenario de la Independencia de México.


Tras la muestra, los trabajadores de la ENBA se declararon en huelga, acto que Ramos secundó como desafío al régimen porfirista. Gracias a este acto, el 30 de agosto de 1911 Ramos es designado director de la ENBA con apoyo de los trabajadores.



Entre sus primeras acciones se encontró la fundación de la Escuela al Aire Libre en Santa Anita Ixtapalapa, deuda personal de su época de estudiante. El fundamento ideológico de dicha institución era “permitir a los alumnos seguir su inclinación propia.., y respetar en el discípulo su propia manera de ver, pensar e interpretar sus visiones.” Su papel como pedagogo eclipsó su trabajo como pintor hasta 1914, época en que fue despedido y reemplazado por Dr. Atl, uno de sus férreos detractores.

Posteriormente, Ramos Martínez funda una segunda Escuela al Aire Libre en Coyoacán y retoma su trabajo como pintor. Gracias a ello y a lo innovador de sus técnicas, Ramos es nuevamente designado director de la ENBA en 1920, expandiendo la Escuela de Pintura al Aire Libre de la mano de instructores de la altura de Rufino Tamayo y Fernando Leal.


Alfredo Ramos Martínez en Estados Unidos

En 1928, Alfredo Ramos Martínez contrae matrimonio con María Sodi, con quien tiene una hija. Lamentablemente, su primogénita padece una enfermedad congénita que afecta el sistema óseo, por lo que se ven obligados a migrar a Minnesota para darle tratamiento. Tras renunciar a la ENBA, es reemplazado por Diego Rivera.

Un año más tarde vuelve a México para su último acto oficial: la presentación del cuadro “Las Flores Mexicanas”, encargo del presidente Emilio Portes Gil. En octubre de ese año parte hacia Los Ángeles, California, lugar que también fue generoso para su trabajo. Durante aquella época se enfoca en pintar cuadros de imaginería religiosa, así como recuerdos nostálgicos de México. La exposición de aquellos cuadros lo catapultó como uno de los artistas mexicanos más queridos de Hollywood y Los Ángeles.

 


En 1945 trabajaba en el proyecto del colegio Scripps y en diseños para unos vitrales de la Iglesia de San Juan, en Los Ángeles. Lamentablemente, ambos trabajos quedaron sin terminar, pues el 09 de noviembre de 1946 sufrió un pacífico paro cardiaco, sellando su maestría para siempre. Alfredo Ramos Martínez tenía 73 años, murió cuatro días antes de cumplir 74 años.



Mural en Santa Barbara.

México, pasado y presente

De acuerdo con la página dedicada a Alfredo Ramos Martínez, “Aunque muchos lo consideran el padre fundador del arte mexicano moderno, las asombrosas contribuciones de Ramos Martínez al desarrollo del arte mexicano y del sur de California se han pasado por alto dramáticamente.” Pese a que a inicios del siglo XX la cultura mexicana vivió una época de auge internacional, extrañamente su trabajo ha quedado a la sombra de Rivera y José Clemente Orozco. Sin embargo, su trabajo sigue vigente y representa una novedad en el arte mexicano, misma que también es un retorno al pasado de nuestro país.

“Si el modernismo mexicano es producto de la Revolución de 1910, que proyectó no sólo una visión utópica del futuro, sino también un retorno a las raíces de México”.

Hans Haufe.


Diseño en Hotel Playa en Ensenada.






















domingo, 7 de noviembre de 2021

 

HISTORIA DE LA SEXUALIDAD 2

El judaísmo y la sexualidad

Establece que el deseo sexual no debe ser nunca reprimido. La literatura hebrea antigua reconoce la sexualidad como un hecho fundamental de la vida humana.

El judaísmo considera la sexualidad como no pecaminoso. Establece que el deseo sexual no debe ser nunca reprimido. La literatura hebrea antigua reconoce la sexualidad como un hecho fundamental de la vida humana.

Si seguimos el Génesis 1:28, Dios bendijo a la primera pareja y le ordenó crecer y multiplicarse. La tradición judía considera esto como una obligación positivo. El hombre está obligado a procrear para asegurar la descendencia. Los rabinos del Talmud aceptan esta obligación y dicen que el sexo debe disfrutarse. Se reconoce la necesidad del matrimonio y se establece que los seres humanos deben satisfacer las necesidades sexuales de su pareja con una actitud de mutuo respeto y consideración.


El judaísmo busca establecer límites en el sexo, pero evita la excesiva disciplina o ascetismo. Considera la moderación sexual y el autocontrol como esencial para llegar a la santidad. El hombre debe lograr dominar sus impulsos, es cuando entonces el sexo es bello y positivo. Rechaza el concepto de la sexualidad como un acto pecaminoso o vergonzoso.

Las llamadas conductas sexuales inmorales como la sodomía, el incesto o el adulterio son consideradas como ofensivas a Dios y la sociedad. Si los impulsos sexuales son incontrolados e inmoderados afirma que destruyen a los individuos y a la sociedad.

El matrimonio judío se remonta a la época bíblica. Si seguimos el Génesis 2:18, después de crear al hombre, Dios decidió que no era bueno que estuviese solo y creó a la mujer para que le acompañara. Se reconocen los derechos conyugales de la mujer pero están totalmente subordinadas las relaciones sexuales a la necesidad de procrear.

Los judíos compartían los mismos conceptos que los pueblos vecinos en cuanto a la poligamia y la posición social de las concubinas consintiendo estas prácticas. Sin embargo, condenaban las perversiones sexuales, el adulterio y el incesto. Se imponen multas y castigos por violación y seducción según queda reflejado en la Biblia y se condenan las orgías sexuales que acompañaban los rituales de otros pueblos.

La legislación bíblica establece otras prohibiciones tales como el que un hombre use vestidos de mujer o viceversa o que tenga relaciones cuando la mujer está en su periodo menstrual.


Las autoridades rabínicas establecieron en la época talmúdica una serie de medidas restrictivas para evitar la promiscuidad. No se consideran adecuados los juegos entre jóvenes de ambos sexos. El hombre no debe abrazar o besar a una mujer, a menos de que estuvieran casados. El matrimonio se consideraba el estado ideal para todo ser humano.

Maimónides estableció en el siglo XII los principio de cómo interpretar el versículo bíblico, Levítico 18:6. Ningún varón besara a mujer. Sin embargo, se excluyó de la prohibición del beso a la madre, a la hija, a la hermana o a la tía. Actualmente, muchos de los judíos ultraortodoxos observan meticulosamente esta ley y se niegan a abrazar, besar o aun dar la mano a miembros de sexo opuesto, con excepción de su pareja.

LA MUJER JUDÍA

Podemos ver como la mujer en el Antiguo Testamento participaba activamente en todas las expresiones de la vida social, política, económica y religiosa.

En los tiempos de Josué, las mujeres se encontraban presentes durante la lectura de la Torá, que se celebraba en el Monte Eivál, conocido como el monte de la maldición. “No hubo una sola palabra de todo lo que Moisés había mandado, que no leyera Josué ante toda la comunidad de Israel, incluyendo a las mujeres y niños, y aun a los extranjeros que vivían entre ellos”.

Al leer la Torá, durante la festividad de Succót, en la fiesta de las cabañas, se solicitaba la presencia de las mismas, se decía: “Todo el pueblo deberá reunirse, tanto los hombres como las mujeres, y los niños y los extranjeros que vivan en sus ciudades para que escuchen la lectura de la Torá, y aprendan a respetar al Señor, su Dios y pongan en práctica todo lo que se dice en ella”.

El judaísmo valora la importancia de la mujer, su delicadeza y nobleza, mediante ciertas obligaciones. Y más allá de las razones elevadas y profundas que éstas puedan tener, podemos ver cómo ellas se ocupan del cuidado y la protección de la mujer en la vida familiar y comunal.

Para el judaísmo el recato protege la intimidad y privacidad de la mujer, ensalza su figura y ayuda a desarrollar su ser interior. Es también importante en la mujer judía la vestimenta y la conducta refinada, agradable y digna que protegen a la mujer y le garantizan la preservación de su pureza.


En la época talmúdica la mujer respetable comenzó a permanecer confinada en su casa. Una mujer que salía era considerada una prostituta. Esto refleja fielmente la realidad social y la escala de valores de ese momento histórico. Un comentario hermenéutico, midrásh dice que el hombre es del mundo, del mercado, y la mujer de la casa, mientras que otro manifiesta que una mujer que cuida su hogar merece casarse con un gran sacerdote.

El derecho de la mujer a visitar a sus parientes, a asistir a un duelo o a un casamiento era firmemente respetado. El Talmud determina que las mujeres no debían aparecer en público pero en caso de hacerlo, el hombre no debía entablar conversación con ella aun si fuera su esposa. El anfitrión de los visitantes masculinos de la casa era el hombre. Ellas comían solas y procedían a realizar las bendiciones correspondientes.

Todas estas costumbres judías seguían el modelo de la antigua sociedad ateniense, en donde las mujeres vivían en casas aparte, llamadas casa de mujeres. Estas viviendas estaban situadas al fondo de la residencia central o en la parte superior de la misma. Normalmente, esta parte permanecía cerrada bajo llave.

El Zóhar, uno de los pilares de la cabbalá, dice que todo hombre deberá encontrar una mujer con quien compartir su vida pues a través de esa unión se refuerza su fe y es allí donde la Divina Presencia, no se separará de él jamás. A través de la unión con la mujer, Dios penetra en el hombre.


El hombre tiene la obligación de alegrar a su mujer por ser ella el hilo conductor con el creador. Del Zóhar se desprende, que para poder entrar en comunión con Dios, el cabalista deberá casarse primero. Se sostiene que la soltería no conduce al estado de estar completo. La Shejiná y la mujer son figuras que completan la esencia masculina, a pesar de ser considerada la mujer por la mayoría de los cabalistas con un rol eminentemente pasivo.

Todos los códigos religiosos prohíben cualquier manifestación de afecto a una mujer que no sea la propia. Por ello, el hombre no debe tocar a una mujer extraña ni sostener su mano. Los judíos observantes evitan por ello cualquier contacto físico aún con sus propios familiares.

LA HOMOSEXUALIDAD Y EL JUDAISMO

La homosexualidad es un tema de debate dentro del judaísmo. Las primeras referencias se remontan al libro bíblico Levítico que describe las relaciones sexuales entre varones como una abominación y podría conllevar la pena capital como castigo.

La principal visión del judaísmo es considerar la homosexualidad como algo pecaminoso, al verlo categóricamente prohibido en la Torá. Esta es la visión por ejemplo del judaísmo ortodoxo aunque no del judaísmo reformista ni del judaísmo reconstruccionista.


Como vemos, dentro del mundo judío existen diversas corrientes teológicas. El Judaísmo reformista, desde 1977, viene abogando en Israel por la aceptación de la homosexualidad y los derechos de las minorías sexuales, 

El judaísmo no prohíbe la homosexualidad, sino los actos homosexuales. El judaísmo no condena solamente la relación sexual entre miembros del mismo género; la prohíbe en cualquier manifestación que no sea dentro de la pareja heterosexual casada. O sea, la postura del judaísmo ante la expresión sexual no es discriminatoria, sino exclusiva.

Hay que distinguir entre individuos homosexuales y actos homosexuales. El judaísmo acepta al individuo con tendencias homosexuales como miembro pleno del pueblo judío. Esto no quiere decir que pueda hacer lo que se le antoje.

La Torá prohíbe expresamente dar expresión física a los deseos homosexuales, ya sea tanto de índole masculina como femenina. Lo considera una abominación como se comprueba en el Levítico 18:22. El hecho que uno nazca con determinada tendencia no lo transforma en una alternativa de vida válida.


La Torá es la que define para el mundo judío cuales son las tendencias válidas y cuáles no. El hombre fue creado con el poder procreativo con el objetivo de usarlo para poblar la tierra. Es su deber primario. Desviar ese potencial y usarlo sólo para el placer personal, atenta contra la naturaleza humana innata de dejar descendencia.

La prohibición de la Torá de dar expresión a la homosexualidad se puede ver también no como una condena y discriminación, sino como una mano fuerte de apoyo y de estímulo para la persona que tiene tendencias homosexuales, diciéndole que si realmente quiere, puede lograr superarla y canalizar su sexualidad de una manera productiva, equilibrada y sana.

Lo que distingue al hombre del animal es que el animal está dominado por su instinto mientras que el hombre lo domina, canaliza y sublima.

EL MATRIMONIO JUDIO

La sociedad judía es endogámica y el matrimonio sirve para consolidar el linaje. El levirato es una institución nacida del patriarcalismo, establece según el Deuteronomio que si un varón no tiene descendencia, el hermano soltero de más edad debe contraer nupcias con su cuñada viuda. Esta no puede casarse con un extraño, de manera que el primogénito que tengan, llevará el nombre del hermano fallecido, para que de esta no forma no desaparezca su estirpe.


El Génesis presenta el matrimonio judío desde dos vertientes: la económica y la religiosa. Si se realiza el matrimonio, la afectividad pasa a un plano secundario a favor de los intereses familiares. El padre ejerce la autoridad sobre el destino de los hijos. La elección del cónyuge se hace con gran detenimiento.

Contraer matrimonio en el mundo judío es formar una empresa que busca lograr la perpetuación patrimonial familiar y generacional. Contraer matrimonio es una obligación y se procura que sea antes de cumplir los veinte años. Existe la excepción a esta norma para todos los judíos que estudian la Torá.

La mujer en el día de su casamiento recibe bajo la jupá una "ketuvá" en la cual están escritas y especificadas las obligaciones del hombre para con ella. Aquí vemos cómo los Sabios se han ocupado de proteger a la mujer, incluso respecto de sus necesidades materiales, como es tener una casa para vivir, ropa, comida, etc.


La pareja para el judaísmo no sólo se une bajo la Jupá, sino que se reúne La pareja comparte una misma alma que, al nacer, se divide en dos, y al casarse vuelve a reunirse. En otras palabras, los dos son partes incompletas de una unidad hasta el momento de reencontrarse en matrimonio.

La institución del matrimonio es una idea Divina que sirve para más que simplemente formalizar una relación. Deben respetarse las instrucciones que Dios nos dio, para que el matrimonio funcione. El casamiento judío representa también la unión entre Dios y el pueblo judío celebrado en el Sinaí por medio de la entrega de la Torá. Muchas de las costumbres en el casamiento judío reflejan dicho paralelismo.

Cuando la pareja toma la decisión de casarse, siempre deben consultar con su Rabino, para establecer si pueden casarse o no por Jupá. Hay que determinar también si la fecha en la que quieren casarse es permitida para realizar casamientos.

Para poderse casar ambos deben ser judíos, solteros, y no hijos del adulterio. Esto es un problema serio en caso de una mujer casada, que aunque tenga el divorcio civil no haya recibido el Guet (divorcio religioso) y tuvo hijos con otro hombre.


Para casarse, el rabino pide la Ketubá de los padres de ambas partes o en caso que estén divorciados, pedirá una copia del Guet. Solicita una copia de las libretas de matrimonio de los padres o las partidas de nacimiento de los interesados.

La Ketubá es un documento legal en el cual están marcadas las responsabilidades que el marido asume para con su esposa. El objetivo de la misma es proteger la dignidad de la esposa judía. Para ser válida debe estar escrita correctamente.

El matrimonio debe ser el fin de todo judío como lo marca la Torá. El judaísmo consagra la legitimidad de la vida sexual dentro del matrimonio. El que no tiene descendencia comete un pecado similar a delitos considerados importantes.

La doctrina rabínica establece dentro del matrimonio la frecuencia del coito conforme a la actividad profesional del varón y fija un periodo de abstinencia no superior a dos semanas. Sin embargo, existe una corriente restrictiva o ascética que considera esto lo máximo.

El Talmud valora que el marido ha de atender especialmente las necesidades sexuales de su mujer: antes de iniciar un viaje, en las vísperas de la menstruación, la noche de la inmersión en el baño ritual o mikveh. La importancia del deseo femenino es reconocida incluso durante el embarazo, cuando no existe, obviamente, posibilidad de una nueva concepción.


Para el judaísmo es inadmisible destruir la semilla mediante la eyaculación en el exterior de la vagina, en consecuencia rechaza la masturbación. En el Míshneh Torah de Maimónides, glosa universal del Derecho Hebreo, se apuesta por la pura procreación.

Los teóricos del judaísmo dudan sobre la licitud de las prácticas que incrementan el placer como realizar el coito mediante la penetración por detrás, colocar a la mujer en la parte superior y prefieren la comúnmente llamada postura del misionero. Como veremos las tres grandes religiones monoteístas señalan la posición sexual del misionero como la más natural.

La Poligamia en el judaísmo

La poligamia existía entre los israelitas antes de los tiempos de Moisés, quien continuó la institución sin imponer límite alguno en el número de mujeres que un esposo hebreo podía tener.

La Enciclopedia judía dice: “Aunque no existen evidencias de poligamia en la sociedad judía primitiva, parece ser que la poligamia era una institución bien aceptada, desde los tiempos más antiguos y extendiéndose comparativamente a tiempos modernos”.

Otra práctica común era la de tomar concubinas. El Talmud de Jerusalén restringió el número a la habilidad del esposo de mantener a sus esposas adecuadamente. Algunos rabinos, sin embargo, aconsejaron que el hombre no tome más de cuatro esposas. Posteriormente, la poligamia fue prohibida en el judaísmo por los rabinos, no por Dios.


Sin embargo, los judíos Sefardíes continuaron con la práctica de la poligamia. Esta era realizada por los judíos ricos en las tierras islámicas, pero raramente por los judíos que vivían entre cristianos. Si seguimos al profesor de antropología social y cultural de la Universidad de Haifa, Joseph Ginat, es habitual la poligamia entre los 180.000 beduinos de Israel. También es frecuente entre los judíos del Yemen. Los rabinos permiten a los judíos casarse hasta con cuatro esposas. 

 En el Israel moderno, cuando una mujer no puede tener hijos o está mentalmente enferma, los rabinos le dan al esposo el derecho de casarse con una segunda esposa sin divorciarse de la primera.


EL ADULTERIO

El adulterio tiene un apartado específico en el Derecho Hebreo. Se consagra la fidelidad exclusiva de la mujer hacia su marido. Esta unión es más restringida que la contemplada en el Derecho Canónico, pues incluye las relaciones sexuales ilícitas y voluntarias con una mujer casada o comprometida. El adulterio se sanciona con severidad y reporta gravísimas consecuencias para los hijos bastardosque encontrarán muchos problemas cuando pretendan casarse.

El adulterio era una práctica relativamente extendida entre los judíos hispánicos, consecuencia de una cierta relajación moral, especialmente entre las clases pudientes, y de la convivencia de familias extensas bajo el mismo techo.

Originalmente, el marido tenía derecho a castigar a la mujer adúltera y a su amante. Cuando se consideraba una ofensa a Dios se requería la intervención del rabino y de los tribunales de Justicia. Era posible redimirlo mediante el pago de una multa, aunque no es frecuente, y podría recaer pena de muerte si se realiza tras recibir una amonestación pública.

Si seguimos la Biblia en el mundo judío se castigaba con la lapidación, mientras que el Talmud lo hacia con el ahorcamiento. La ordalía de las aguas amargas se aplica a las sospechosas de adulterio, si fue advertida previamente por el marido. Mientras que si sólo existen murmuraciones puede obligarla a someterse, dispensarle o repudiarla.


Se conocen algunos procesos históricos judíos sobre el adulterio en la España medieval, como el protagonizado en la sinagoga de Zaragoza, el 13 de octubre de 1368 por Lumbre, viuda de Salamon Anagni, perpuntero del rey, ante un tribunal integrado por don Mayl Alazar, don Salamon Almali y el rabino Jaco Figel y en la sentencia dice “el qual crimen la dita Ley ha por muy fuert peccado et orrible entrellos et esto solo pertenescia a jugar a los judges esleydos por la dita aljama”.

La imputada es tenida por convicta y confesa, ya que era probado y manifiesto dicho crimen, según la Ley, y con arreglo a ésta debía ser ejecutada. Sin embargo, existe un margen de discrecionalidad que permite conmutar dicha pena por azotes, exilio y trasquileo en cruz, es decir, dolor, destierro e ignominia.


La gravedad es máxima en el adulterio, según la legislación cristiana, si se incurre en el tabú de las relaciones sexuales interconfesionales. En el Fuero de Tudela se limita a una multa leve, siempre y cuando se realice con miembros de las minorías confesionales. Si un judío mantuviere relaciones con una mujer que no fuera su legítima esposa, pagará cinco sueldos, idéntica cantidad a la que pesa sobre el juego furtivo de los dados; por cada hijo extramatrimonial abonará 30 sueldos.

Por el contrario, el adulterio con una cristiana irremisiblemente se castiga con la hoguera. El Fuero de Teruel en su rúbrica “De la mujer que sea sorprendida con un infiel” establece esta sanción por el mero hecho de yacer carnalmente: “Si una mujer es sorprendida con un moro o con un judío y pueden ser capturados, ambos conjuntamente serán quemados”.

LA PROSTITUCIÓN

Los judíos insatisfechos con su vida marital o sin excesivos escrúpulos requieren los servicios de meretrices cristianas o musulmanas y disponen de numerosas oportunidades para consumar sus apetitos. Las fuentes historiográficas ratifican la presencia de prostitutas judías en la mayoría de las aljamas importantes, tanto de la Corona de Aragón como de Castilla. Por ejemplo, en Barcelona existía un burdel en Castell Nou.

A mediados del siglo XV, el licenciado fray Diego de Ubeda dice ante el Concejo de Murcia que “en la juderia della en algunas casas sennaladas... se fasia pecado de forniçio, no tan solamente christianos con christianas, mas aun viniendo contra la fe nuestra yasian jodios con christianas... cosa muy aborreçible de Dios e de la nuestra Santa Fe”. Los tribunales regios no reprimen tanto el ejercicio de las “fembras publicas” cuanto que ofrezcan sus servicios fuera de la judería a personas inadecuadas, como sucedía en Valencia.

Como podemos comprobar, se percibe a una doble moral que hace de la prostitución un mal necesario. Esta dualidad la ilustra perfectamente el rabíno Yehuda ben Asher, que relata el debate suscitado durante el siglo XIV en Castilla, y que dividió la sociedad castellana en dos corrientes: la primera anhelaba erradicar la prostitución y echar a las cortesanas por considerarlas fuente de pecado; la segunda. representada por el rabí Isaac Arama, que era permisiva, porque así se evitaba acudir a prostitutas cristianas y compartir la “semilla divina” con los gentiles, al tiempo que era un mecanismo de defensa de las doncellas y las mujeres respetables. Contribuía, pues, a mantener un equilibrio en el ecosistema social.

LA MENSTRUACION

En Levítico 15:19-24 se explica que se considera que la mujer está en un estado de impureza durante los días de la menstruación. La Torá exige la abstinencia sexual siete días desde que se inicia el sangrado.


Los rabinos talmúdicos consideran, que los siete días de abstinencia deben contarse a partir de la desaparición de la menstruación sumando de esta forma doce días de abstinencia. La práctica usual entre los judíos ortodoxos es que al terminar la abstinencia la mujer debe sumergirse en un baño o mikva antes de reanudar relaciones con su esposo. De acuerdo con estas premisas talmúdicas, el encanto del matrimonio aumenta con este periodo de abstinencia.

El judaísmo comparte con otras culturas el temor a la sangre y disocia la fase menstrual con la concepción y la vida, lo que convierte a la mujer en excluida social. Dichos comportamientos imponen periodos de abstinencia y un distanciamiento físico de los esposos.

Se pone fin a esta abstinencia cuando se realizan diversos actos de purificación coincidentes con una nueva ovulación. Regula de una manera precisa la vida sexual de la pareja, si consideramos la etapa pre y postmenstrual para favorecer la procreación, porque dichas limitaciones, como hemos visto, hacen a la mujer más deseable a los ojos de su marido.


Una vez transcurrido el séptimo día, si ha desaparecido el flujo vaginal, realizará un baño purificador de inmersión y lavará sus ropas. Sólo entonces ya es considerada apta para el matrimonio. Se instauran los días impuros premenstruales y se anima a la mujer a que realice una exploración de sus órganos reproductores antes de iniciar una relación sexual para que no sobrevenga incidentalmente una pérdida de sangre inesperada.

Como vemos, en rasgos generales, la sexualidad judía resulta chocante en algunos aspectos de la misma.

 

https://www.nuevatribuna.es/articulo/historia/judaismo-sexualidad/20170805191654142376.html
































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