viernes, 10 de mayo de 2024

 

Monasterio de la Piedad Bernarda de Madrid vulgo las Vallecas:

apuntes sobre su historia

El monasterio de La Piedad Bernarda vulgo las Vallecas, fue concebido como beaterio para recoger y proteger a las mujeres de la familia Díez Rivadeneira. Posteriormente se fundó como monasterio cisterciense e incluso adoptó, por un tiempo, las constituciones de la recolección bernarda. Se trata de una institución muy interesante que carece de trabajos de investigación. El propósito del siguiente artículo es el de contribuir al conocimiento de su historia.

INTRODUCCIÓN

El mundo de los beaterios, tal como indica Atienza López, constituyó una realidad diversa y compleja 2. La reunión de mujeres para convivir, con o sin la supervisión de una orden religiosa, fue una práctica muy extendida a lo largo de la Edad Media. Durante la Edad Moderna, forzadas por las directrices marcadas en el Concilio de Trento, se mudaron en conventos o monasterios asumiendo la fundación de nuevas realidades jurídicas. En el caso de Nuestra Señora de la Piedad Bernarda su origen fue la reunión de las mujeres de una misma familia, en el año 1473, para protegerse ante la marcha de los hombres a la guerra, en auxilio del rey de Castilla. Comenzaron bajo la protección de la Orden Tercera de San Francisco y posteriormente profesaron en la Orden del Císter, alcanzando buena fama y nombre en tiempos del cardenal Sandoval y Rojas. Luego fue filiación del monasterio de Alcalá de Henares, en la recolección bernarda. Aunque sospecho que no resistieron y volvieron pronto a sus antiguas normas.

Los tristes acontecimientos sufridos por este monasterio, a partir de la desamortización de 1835, causaron la dispersión, pérdida o destrucción de documentación 3. Este hecho dificulta en gran medida el conocimiento de la historia de esta institución religiosa, lo que podía justificar la ausencia de estudios al respecto 4. Es difícil la investigación en aquellos lugares cuyo patrimonio documental ha desaparecido. No obstante, había que intentar la búsqueda en los archivos de aquellos que lo fundaron. Resultado de estas pesquisas es el siguiente trabajo, articulado en tres ejes principales: un breve esbozo del linaje de los Díez de Rivadeneira Noguerol, en conexión o relación con la fundación y patronazgo de las Vallecas; un estudio de la historia de la institución; y por último los distintos cambios de ubicación, que fueron especialmente accidentados tras la desamortización hasta su actual ubicación tras la Guerra Civil Española.

 

FUNDADORES, PATRONOS Y ABADESAS

Aunque la familia Díez Rivadeneira era originaria de Galicia, se trataba de una de las más antiguas y nobles de caballeros de Madrid 5. Varias generaciones sirvieron a los reyes, motivo por el que fueron recompensados con mercedes que les permitieron acceder al rango más bajo de la nobleza. Fernán Díez de Rivadeneira, maestresala de Juan II, era vecino de la parroquia de san Nicolás en la villa de Madrid y contaba con una hacienda en el lugar de Vallecas donde levantó una casa fuerte con torre 6. Estaba casado con doña Mayor Páez de Sotomayor de la casa de los condes de Camiña 7. Tuvo por hijos a Alvar Garci Díez de Rivadeneira, maestresala de Enrique IV y a Rui Díez de Rivadeneira, Comendador de Liche, de la Orden de Alcántara, que estaba al servicio de los Reyes Católicos.

Le siguió Alvar, que a la muerte de Enrique IV se puso al servicio de los reyes Isabel y Fernando 8. Este último le envió dos veces como embajador ante el rey de Portugal. Fue el fundador del beaterio motivo de este estudio, situado en Vallecas donde residían. En la Iglesia de san Nicolás de Madrid fundó una capilla para enterramiento familiar: “mando que mi cuerpo sea sepultado, e metido en un ataúd de madera en la bóveda debajo de las gradas del altar mayor de la iglesia del señor san Nicolas de esta dicha villa, que yo edifiqué, e hice para mi enterramiento y de mis herederos” 9. Casó con Mari Díez Dávila10.

Sus hijos, Francisco y Pedro también sirvieron a los Reyes Católicos. El primero fue alcaide de la fortaleza de Chinchón y el segundo comendador de la encomienda de Mohernando de la orden de Santiago. Ambos participaron en las guerras de Granada y en la toma de Orán. Francisco heredó a su padre. Casó con Isabel Velázquez11 y murió, sin descendencia, el 13 de enero de 1533.

Le siguió su sobrino Garci Díez de Rivadeneira, hijo de Pedro Díez de Rivadeneira y su esposa, Catalina Álvarez Gato12. Fue gentilhombre de la boca del Emperador Carlos V, y sirvió en la defensa de los alcaceres de Segovia durante la Guerra de las Comunidades, en compañía del conde de Chinchón. Casó dos veces: en primeras nupcias con María Gómez Noguerol13 y posteriormente con doña María Messia14. En el año 1533, el concejo de Chinchón y el fiscal de la Chancillería de Valladolid delataron sobre su hidalguía, ante la Sala de hijosdalgo. Obtuvo la carta ejecutoria en posesión y propiedad en el año 1548 15. Durante su patronazgo el beaterio cambió a monasterio. También se negoció el traslado a Madrid, aunque ya estaba muy enfermo y cedió el patronazgo a su hijo Francisco para que siguiera con las gestiones.

Francisco Díez Rivadeneira Noguerol era alcaide de la fortaleza de Perales de Tajuña por concesión de Felipe II. Había servido al emperador en Italia, Francia y África. Se casó con Petronila de la Cadena, natural de Ocaña y a la muerte de esta16, en segundas nupcias, con María Ruiz González. En su testamento pidió le enterrasen en monasterio de Nuestra Señora del Paraíso, de la orden de San Agustín de la villa de Chinchón, donde estaban enterrados sus abuelos por línea materna.

Le sucedió el capitán Garci Díez de Rivadeneira Noguerol que lucho en Lepanto junto a don Juan de Austria, participó en la jornada de Portugal, y en el socorro de Perpiñán. Se casó con Agustina Messía, y tuvo por hijos a Francisco Díez de Rivadeneira, que le sucedió como patrón del monasterio y al doctor Pedro Díez Noguerol17, que fue abogado de la corte, oficial del Santo Oficio, abogado de pobres y presos del Consejo de la General Inquisición, asesor de los Sacros Capítulos y asambleas de la orden de San Juan. Francisco Díez de Rivadeneira Noguerol fue capitán de la compañía de infantería y, por mandato de Felipe III, se levantó en Ocaña para la milicia general de los reinos18. Consiguió licencia del Cardenal Infante en el año 1623 para realizar un traslado compulsado de todos los documentos que se guardaban en el archivo del monasterio. Este hecho ha permitido que se conserve gran parte de la documentación referente a los orígenes del monasterio.

Las mujeres de la familia también tuvieron un papel relevante en la administración del monasterio. Conocemos algunas de ellas, a través de los documentos. La primera superiora fue doña Mayor Díez de Rivadeneira, hija de Alvar Garci Díez de Rivadeneira, a la que todas llamaban la madre. Esta mujer, “junto a otras sobrinas, e parientas dueñas de honor, e sus criadas”, 19 son el origen del beaterio.

La siguió en el cargo doña Ana de la Concepción, sobrina de Francisco Díez de Rivadeneira de la que decía era “mujer sabia, e prudente, e devota persona e amiga de religión”, y la nombro “en su vida abadesa, e mayor del dicho monasterio e religiosas e bienes del convento” 20. Esta mujer, en nombre de todas las que allí habitaban, solicitó profesar en la orden cisterciense y quedar sujetas bajo la obediencia y amparo del arzobispo de Toledo. Luego tras la fundación del monasterio fue elegida primera abadesa y el licenciado Alonso Romero de Herrera, visitador en la villa de Madrid y en todas las villas y lugares de su arciprestazgo, la “dio facultad y poder para regir, y administrar la dicha casa, y personas de ella, y mando a las dichas religiosas en virtud de obediencia, que acepten, y obedezcan”21.

Fue voluntad de Francisco Díez de Rivadeneira que, a la muerte de esta señora, “el patrón de la dicha casa elija abadesa y mayor del dicho monasterio, que sea de linaje suyo y mío, y sino la hubiere de nuestro linaje, elija la persona que le pareciere que es más conveniente pare ello” 22.

Así, en los primeros tiempos, se fueron sucediendo como abadesas mujeres de la familia Díez Rivadeneira Noguerol. Una de las más conocidas es Petronila de la Cadena que ingresó en la Piedad Bernarda en el año 1568, con tan solo dos años23, y profesó el 13 de septiembre de 1588 24. Era hija de don Francisco Díez Noguerol, patrono del monasterio, y de su primera esposa Petronila de la Cadena25. Obtuvo el cargo de abadesa cuando contaba con 30 años, por lo que las religiosas tuvieron que pedir una dispensa especial 26. Tal como figura en la escritura de la memoria de misas que fundó su hermana, doña Isabel de la Cadena Noguerol, seguía como abadesa el año 1621 27. En ese tiempo, Francisca Noguerol, hermana de ambas, también se encontraba en el monasterio 28. Continuaba con el mismo cargo en el momento que su sobrino, el capitán Francisco Díez de Rivadeneira, en calidad de patrono solicitó la compulsa de documentos del archivo. El cardenal Sandoval y Rojas se fijó en ella y la reclamó para su fundación de Alcalá de Henares. En el año 1626, ya había muerto don Bernardo de Sandoval y Rojas, fue con otras tres religiosas a fundar dicho monasterio. A los 6 meses de su llegada, moría a la edad de 60 años 29.


Vista de calle de Alcalá, con el monasterio de las Vallecas al fondo. José Gómez de Navia, 1812.

https://www.iberlibro.com/arte-grabados/Vista-Real-Aduana-Calle-Alcala-Madrid/30644568957/bd

Desconozco el momento en que se complicó la relación entre patronos y abadesas, puedo imaginar que tuvo que ver con la disminución, entre las religiosas, de mujeres de la familia. En una ocasión, el patrono don García Rivadeneira y Noguerol, clamaba por el trato que había tenido por parte de la abadesa y monjas en el entierro de su hija. Se quejaba de que querían cobrar por el enterramiento “como si fuera un extraño”; que habían depositado su cuerpo en un hueco de un altar, en vez de la bóveda bajo el altar mayor; y que incluso se habían quedado con la cera que había sobrado 30. Demandaba que por lo sucedido “se les saque una buena multa” y “que de aquí en adelante no defrauden en nada dicho patronato pena de excomunión”.

DE BEATERIO A MONASTERIO

El 12 de enero de 1473 don Alonso Carrillo, arzobispo de Toledo y Canciller mayor del reino, concedía licencia para el encierro de las mujeres de la familia de don Alvar Garci Díez de Rivadeneira, “en una casa a modo de convento”. Tenían la intención de “vivir en mayor recogimiento y virtud y tener más seguridad”, mientras que los hombres acudían en servicio del rey. Para este fin, don Alvar había edificado una casa con iglesia, en el lugar de Vallecas; donde quedaron sujetas a la regla de la Tercera Orden de San Francisco. En dicha licencia daba facultad para poder celebrar misa, y predicar el Santo Evangelio, y tener el Santísimo Sacramento, con la lámpara de aceite encendida. Para todos estos asuntos se permitía la presencia de un clérigo, examinado y aprobado por uno de los vicarios del arzobispado, que tuviese buena conducta y vida ejemplar. Y que les pudiera administrar los Santos Sacramentos de la Penitencia y Eucaristía 31.

En sus últimas voluntades, el 10 de marzo de 1481, don Alvar donó a la madre y beatas, además de ciertas tierras y otros bienes para su sustento, el convento de Nuestra Señora de la Piedad. A cambio les encargaba que rogasen por su alma y vivieran con mucho recogimiento y virtud 32.

Carta de profesión monasterio de la Piedad Bernarda.

En Biblioteca Sheridan de la Universidad Johns Hopkins

 

 

El 20 de diciembre de 1514 el cardenal Cisneros concedió al convento la anexión del beneficio simple de la parroquia de San Ginés en Madrid, para que sirviera de ayuda económica a las religiosas. Quintana señala que, fue una recompensa atendiendo a los servicios del hijo del fundador por su colaboración en la campaña de Orán 33. En el año 1542 fue confirmado por Pablo III 34.

Don Francisco Díez de Ribadeneyra dejó al convento como heredero universal de todos sus bienes. Pidió a las religiosas se mantuvieran en la clausura y que procurasen estar sujetas a la obediencia de la orden de San Francisco, del ordinario o lo que su sobrino, como patrono de la casa, decidiese en consenso con la abadesa.

Estableció en el monasterio tres prebendas para mujeres del linaje, que en el caso de no ser ocupadas podrían darse entre hijas de hijosdalgos pobres. Era su voluntad “que se provean sin dote para siempre jamás” pues “dejo a la casa dote para ellas e para más”. Señaló a las tres primeras que fueron la hija de su sobrino Garci Díez, de Andrés Ramón y su sobrina Elvira Díez. También fundó una capellanía perpetua donde se debía celebrar misa diaria por su alma y la de su esposa y cuyo capellán tenía que ser, preferentemente, de la familia 35.

Instituyó el patronazgo en la persona de su sobrino, Garci Díez de Rivadeneira y su descendencia. En el caso de este no tener hijos, en el pariente más cercano. Tenía como obligación amparar y favorecer a dicho monasterio, sus cosas y bienes; así como procurar la honra y el encerramiento de las religiosas 36. Como ya he señalado anteriormente dejó estipulado el cargo de abadesa en su sobrina Ana de la Concepción.

Una de las cláusulas decía que en el caso de que “alguna persona o personas impetraren o pidieren por Roma o por otra vía alguna la dicha casa e monasterio, e bienes de ella” era su voluntad que los bienes del monasterio y la casa revirtieran enteramente a su familia en los herederos de Pedro Díez y de Elvira Díez, sus hermanos 37. Mas adelante veremos cómo los descendientes se acogen a esta para no perder el monasterio en tiempos de la desamortización.

Ignoro el motivo por el que retiraron el hábito de terciarias franciscanas a las beatas. Se vieron obligadas a pedir auxilio al cardenal Tavera pues “por algunas causas que movieron al general e provincial de la dicha orden, debajo de cuya obediencia, cargo y administración estaban les habían quitado los hábitos y alzándoles la obediencia y profesión que tenían hecha, las habían dejado derelictas e sin amparo e socorro de pastor y perlado”38.

Le suplicaron las recibiera debajo de su obediencia y le pidieron hacer profesión conforme a las reglas del Císter a modo de los monasterios de San Clemente y Santo Domingo el Antiguo de la ciudad de Toledo 39. El 2 de mayo de 1535 llegaba al monasterio el licenciado Alonso Romero de Herrera, visitador en la villa de Madrid y en todas las otras villas y lugares de su arciprestazgo, de parte del cardenal. Debía presentar un memorial para informar sobre la disposición de las religiosas a la clausura, el número de mujeres que allí había, sus dotes, renta, posesiones para el sustento y las condiciones del edificio.

El documento describe el convento, que contaba con “una iglesia adornada, adonde se dice misa, con un altar adornado de ara y corporales, e frontal, e retablo, e custodia, e una capilla con diez pies en cuadro, con una imagen de Nuestra Señora” 40. El dormitorio medía 50 pies de largo por 12 o13 de ancho, y tenía una ventana, protegida por una reja, con vistas a la plaza. Junto a esta sala había un comedor pequeño, un “retraimiento”, y un claustro con árboles y parras. El refectorio medía 30 pies de largo por 16 de ancho. La Cocina con chimenea tenía un acceso al refitorio, con una despensa de 35 pies y una cámara encima del mismo tamaño, que servía de granero. Había otro patio con un pozo en medio y portales alrededor, además de un corral. Con acceso a dicho patio, contaban con una habitación de 60 pies de largo más o menos por 12 de ancho. Debajo de esta sala, había un sótano con las mismas medidas. El zaguán tenía 50 pies de largo y tenía anexa otra habitación. Había un capítulo pequeño, con salida a la iglesia, desde donde asistían a misa las religiosas 41.

Se hizo un memorial de las beatas que había y sus correspondientes dotes. La comunidad se componía de 10 mujeres, cinco de ellas sin dote por ser de la familia. Entre ellas estaban Ana de San Francisco (en el mundo Ana Noguerol Damezcua), que era hija del patrono Garci Díez de Rivadeneira, y la abadesa doña Ana de la Concepción. También se hizo un inventario con todos los bienes de los que era propietario el convento.

Ese mismo día, se fundó el monasterio y tomó profesión Ana de la Concepción, con la siguiente fórmula: “Yo Ana de la Concepción, prometo a Dios Nuestro Señor, y al bienaventurado San Bernardo, castidad, obediencia y pobreza, según la Regla del bienaventurado San Benito, que se dice del Cister, esto es en presencia de vos el licenciado Romero Herrera comisario del reverendísimo arzobispo de Toledo, y así lo otorgo y lo firmo en mi nombre” 42.

Luego la eligieron abadesa y se repartieron el resto de los oficios43. Se aplicaron los bienes que tenían para el sustento de la comunidad, les dieron licencia para tener iglesia y campana, así como todos los distintivos de un monasterio. Fijaron que el número de monjas sería de 16 y las nuevas que recibieran tenían que contar la autoridad y consentimiento del arzobispo de Toledo 44.

El 3 de agosto 1536, el licenciado Romero Herrera volvió a visitar el monasterio e hicieron profesión Francisca de la Piedad y Elisa de la Cruz. Mandó cerrar la ventana que daba a la plaza. Dijo que se hiciera otra más alta con reja, y de tal modo que subidas a una silla no pudieran ver la plaza. Además, en el corral debían quitar las sarmenteras y arrimarlas a las paredes de la casa para que no pudieran entrar por ellas los vecinos. Ordenaba tuvieran un libro de cuentas donde asentar los ingresos y los gastos para control y administración de la hacienda. Y por último estableció que no consintieran la entrada de personas, más que aquellas que “fueren necesarias para el servicio de sus provisiones, e para curar las dolientes, o mujeres honestas que las entraren a visitar”. Las personas que no tenían hábito no podían pasar en el monasterio más de un día, y no podían quedarse a dormir 45.

El 14 de noviembre del mismo año, volvió el visitador para la profesión de María de la Cruz, Juana de la Cruz, Elvira de Santiago, y Ana de San Francisco 46.

Con el tiempo las religiosas quisieron trasladarse a una ciudad principal que les garantizaría ser curadas de sus enfermedades con menos coste, y tener los abastecimientos necesarios, tanto para su salud como para su sustento, con un acceso más rápido y económico.

El primer lugar en el que pensó Silíceo para el traslado de las Vallecas fue Toledo. Mandó construir un monasterio en algunas casas junto a Santa María la Blanca, la antigua sinagoga que les serviría de iglesia 47. Pero el patrono del monasterio, Garci Díez de Rivadeneira, pidió al Cardenal que el traslado fuese “a Madrid antes que a otra parte” 48 y este convino que así fuera.

El 1 de agosto de 1553 don Francisco Díez de Rivadeneira Noguerol acudió al monasterio, en nombre de su padre y en calidad de patrono, para consensuar con las monjas el traslado de dicho monasterio a la ciudad de Madrid. Quería garantizar todos los privilegios con los que contaban en el monasterio de las Vallecas, para él y sus sucesores. Dispusieron que, debían poner la divisa, las armas y la letra del linaje, tanto en la capilla mayor como en todos aquellos lugares que dispusiera el patrono, igual que estaban en el otro. Además, se tenían que trasladar los restos de la familia, que debían ser enterrados en la capilla mayor, y ocupar los mismos sitios que tenían en el que dejaban.

Las monjas se quedaron con el convento de Vallecas que podían “trocar, cambiar, dar, donar y enajenar” con la persona o personas que les pareciese: por el monasterio e iglesia que se les ofrecía en la villa donde estuvieren o residieren. La condición era que el nuevo monasterio quedara sujeto a las mismas obligaciones con los fundadores, que tenía el anterior, tal como ya he señalado arriba.

En cuanto a la iglesia y capillas que quedaban en Vallecas podía seguir entre los bienes del monasterio, por la devoción de los patronos y de los habitantes de dicha villa. Los graneros, bodega, y la casilla que había junto a ella, quedaban para que el mayordomo pudiera recoger en ella pan y vino. Todo lo demás lo podían trocar, donar, cambiar, vender o dar; para lo que les dio poder don Francisco Díez de Rivadeneira, en su nombre y el de sus sucesores.

La nueva casa de Madrid estaba sujeta a ciertos censos en dinero y gallinas, que las religiosas estaban obligadas a redimir y quitar en los siguientes 8 años, para que se quedara libre, como estaba la de Vallecas. Además, las monjas “renunciaron a las leyes de los emperadores Justiniano, senatusconsulto Veleyano, y el beneficio de la nueva constitución y leyes de Toro” 49. Dicha escritura de concordia fue aprobada tiempo después del traslado, por el arzobispo de Toledo, el 5 de julio de 1564.

El 24 de noviembre de 1553 el cardenal Silíceo otorgó licencia para el que las mojas y los huesos de sus fundadores pasaran desde Vallecas a la nueva casa en la calle Alcalá de la villa de Madrid.

Posiblemente con la confusión del traslado, una monja aprovecho para escapar. Se llamaba Isabel de Chaves y quería viajar a las Indias. Se mandó a los oficiales de la Casa de la Contratación de Sevilla que no la dejaran pasar. La interceptaron y la llevaron al monasterio de San Clemente en dicha ciudad. El 17 de septiembre de 1553 reclamaban al cardenal Silíceo que la trasladasen al monasterio donde había profesado, pues era injusta la carga que suponía para este lugar que no había recibido dote para su mantenimiento 50.

A lo largo de los años el monasterio de las Vallecas, en la calle de Alcalá de Madrid, fue tomando prestigio y nombre. Además, su iglesia se convirtió en un santuario mariano de peregrinación debido a que guardaban una imagen de la Virgen a la que el pueblo tenía gran devoción. Nuestra Señora de los Peligros, llegó el 11 de junio 1607, se llevó en procesión desde la iglesia mayor de Santa María hasta el monasterio. La había llevado a Madrid desde Jaén el doctor Herrera 51, se echó a suerte entre los conventos de la ciudad y le tocó a las Vallecas 52. Como he señalado era muy popular, atribuyéndole muchos milagros. Aún la conservan, y da nombre a la esquina de la calle de Alcalá, donde estaba situado el monasterio.

Dice Quintana que solían tener un cuarto para seglares, que llamaban porcionistas, porque por un tanto que daban de alimentos cada año, les daban la misma porción que a las religiosas y que por “algunos inconvenientes prudentemente considerados, mandó quitarle García de Loaysa” 53.

Las intrigas de la corte y las presiones del duque de Lerma provocaron la estancia de doña Beatriz Ramírez de Mendoza, condesa de Castelar, en este monasterio. Había sido obligada a salir de San Jerónimo el Real donde se encontraba, y pidió auxilio al Cardenal Sandoval y Rojas que la permitió escoger entre los conventos de Madrid sujetos al arzobispado de Toledo. Eligió la Piedad Bernarda y estuvo poco más de un año. En este tiempo gestionó la fundación del Corpus Christi vulgo Las Carboneras 54.

Entonces era abadesa doña Petronila de la Cadena que contaba con el aprecio del Cardenal Sandoval y Rojas. Como ya he señalado quiso que fuese a su nueva fundación de Alcalá de Henares. Dejó el monasterio en el que llevaba toda su vida, ya había fallecido el Cardenal, y llegó a su nuevo hogar el 7 de marzo de 1626. Junto a ella comenzaron la fundación María de Alarcón, María Magdalena, María de la Cadena y doña Juana de la Madre de Dios, esta última profesa de san Vicente de Segovia 55. Con el tiempo, este nuevo monasterio sería filiación de la Recolección Bernarda. Desde allí, en el año 1660, saldrían tres monjas al de la Piedad Bernarda “para reformar y hacer entrar por el camino estrecho de la observancia”. Una de ellas se llamaba Catalina Enríquez, que había sido muy querida por la madre Petronila de la Cadena, fue de las primeras en entrar como religiosa durante su gobierno. Antes de marchar a Madrid había sido la tercera abadesa del monasterio de Alcalá de Henares 56

Seis años después de llegar a reformar a las Vallecas, una monja procedente de este lugar ingresó en el monasterio de Nuestra Señora de la Asunción de Toledo, donde profesó en la recolección tras un año de novicia. Este hecho hace sospechar que las de Alcalá de Henares no tuvieron éxito en su propósito de hacer a este monasterio filiación de la recolección bernarda, pues de ser así, esta monja, no habría tenido que hacer un año noviciado y profesar de nuevo para poder vivir en el de Toledo 57 . Fue común que las fundaciones recoletas, instaladas en comunidades ya existentes, no permanecieran. Era muy complicado que monjas ya profesas en una regla se adaptasen a otra más estricta, muchas se revelaron ante esta imposición e hicieron fracasar estas filiaciones.

Siguieron recibiendo seglares entre los muros del monasterio, a cambio de una contribución económica por piso y alimentos. En el año 1693 se encontraba en el monasterio doña Luisa Mejia Portocarrero, VII marquesa de La Guarda, con motivo del pleito de divorcio 58 que mantenía contra su esposo, el II marqués de Castromonte. En las capitulaciones se le asignaba al marqués pagar 2.300 ducados de vellón cada año para el mantenimiento de su esposa en este lugar 59.

La precipitación con la que se ubicaban las comunidades en sus casas implicaba que no estuvieran terminadas las instalaciones, y en muchos casos era imposible la habitabilidad. La iglesia era uno de los lugares que más se ampliaba, y estaba en continua remodelación. Hay noticia de que en el siglo XVIII se renovó la iglesia y el retablo del monasterio de la calle de Alcalá, a cargo de Alejandro González Velasco 60.

El nombramiento de don Pedro Baluhett, como mayordomo, el 7 de octubre de 1737, nos da testimonio de la imposibilidad de estas mujeres de gobernarse solas, debido a la clausura. Como administrador se le otorgó con un poder general para hacer y deshacer en el patrimonio de las monjas 61.

LAS CASAS DE LAS VALLECAS

Ya conocemos los inicios de este monasterio en la villa de Vallecas. Apenas 60 años estuvieron las monjas en este lugar, en cambio siguen siendo conocidas por esta referencia geográfica. El primer traslado vino motivado por el interés de las religiosas de estar en un lugar principal, donde poder acceder con más facilidad a algunos servicios y donde poder ofrecer también su trabajo. La elección de Madrid podría parecer lógica por la cercanía, pero la realidad es que fue una petición personal del patrono al cardenal Silíceo, que tenía el propósito de llevarlas a Toledo, como ya hemos visto.

Una vez decidido el lugar, dice Sepúlveda que solicitaron: “una parcela de terreno, en el arrabal de Madrid, por la parte oriental, y se replantearon seguidamente en la línea divisoria, que corría desde la puerta de la Vega y hospital del Buen Suceso, hasta los olivares de los caños de Alcalá y alturas de lo que más tarde se llamó Buena-Vista, porque miraba a la huerta de Juan Fernández, de poética recordación, y al Prado de los monjes jerónimos”62

Monasterio de la Piedad Bernarda en la calle de Alcalá de Madrid

Ricardo Sepúlveda, Madrid viejo, 1887, p. 274.

Las casas estaban situadas en la colación de San Sebastián. Las compró el cardenal Cisneros a Gregorio Montes y a su mujer Beatriz Álvarez, por 337.500 maravedís, anotado en escritura otorgada en Madrid el 27 de julio de 1553 63. Como hemos visto, en noviembre del mismo año se permitió a las monjas el traslado a Madrid. En enero del año siguiente, el arzobispo dio comisión al mayordomo Antonio de Burgos para que hiciera pregonar las casas en las que había estado el monasterio en Vallecas, para venderlas 64. Dice Quintana que Felipe II también colaboró en la fábrica con la cifra de 2.000 mil ducados 65.

En cuanto a la iglesia de Vallecas se vendió en el año 1611 al maestro Lorenzo García, comisario del Santo Oficio del lugar, en nombre del pueblo, por la cantidad de 200 ducados, durante la abadía de Petronila de la Cadena. El dinero, con licencia del arzobispo, se gastó en la nueva 66.

La comunidad vivió en la calle de Alcalá durante tres siglos. El año 1835 fueron expulsadas por aplicación de las leyes desamortizadoras de Mendizábal. Dos años después se estableció allí el Colegio de la Unión, para la educación de las niñas huérfanas de los guardias nacionales o de otros españoles víctimas de la persecución o desastres de la guerra 67, cuyas ordenanzas se aprobaron por R.O. de 28 de marzo de 1839 68.

El 5 de agosto de 1840, el conde de González de Castejón de Ágreda 69 , ejercitando el derecho que procedía de la cláusula de revisión puesta por el Francisco Díez Rivadeneira en sus disposiciones testamentarias, como pariente más próximo del linaje, pedía que le entregasen todos los bienes que habían sido de la comunidad de las Vallecas 70 .

El 31 de diciembre de 1841 el tribunal sentenció “que el edificio que fue convento de las monjas de la Piedad, vulgo Vallecas, sito en la calle de Alcalá pertenecía a don Francisco González Castejón, conde de Castejón, y en su nombre y por su defunción a su hijo don Lucio, II conde del mismo título, y en nombre de este a su cesionario don Carlos Manuel Calderón” 71.

Se le adjudicó el monasterio, pero con la obligación de satisfacer las pensiones de las monjas que lo habitaban en el momento de su expulsión. No obstante, en ese mismo año 1841 la iglesia se había transformado en el Teatro del Museo, con una capacidad para 600 espectadores. Posteriormente cambiaría de concesionario y se llamaría Teatro Matritense 72.

Solar en el sitio del monasterio de las Vallecas en la calle Alcalá (290).

Detalles del Plano de la villa y corte de Madrid, Fausto Martínez de la Torre, 1880, pp. 40

Siguieron los pleitos con la hacienda pública, que se resistía a entregar el monasterio. El 2 de agosto de 1845, el ministerio fiscal interpuso ante la audiencia el beneficio de restitución contra la providencia anterior. Solicitando que se dejara sin efecto, y se entregasen los autos para mejora de la apelación. En el año 1864 el monasterio, se determinó como solar 73 y continuaba el litigio.

El 23 de noviembre de 1871 se dictó sentencia definitiva por la que no había lugar a la devolución del inmueble.

Las monjas, ajenas a todo esto, se encontraban desde 1835 en el monasterio del Santísimo Sacramento de Madrid. Reclamaban que, a pesar de haber ganado un pleito con el gobierno, respecto a las posesiones antes de la desamortización, aún no habían recibido nada. El gobierno había reunido allí a las tres comunidades cistercienses 74.

En el año 1874, la comunidad de las Vallecas estaba formada por 12 profesas y una novicia; la abadesa Josefa de San Benito se dirigió mediante carta al arzobispo de Toledo para solicitar su traslado a unas casas en Santa Engracia 56, ya que no soportaban la austeridad con la que se vivían en ese lugar. Llegó a calificar su estancia de 38 años en ese lugar, “de duro cautiverio”. Vivían con decoro, y eran tratadas con respeto por lo que el dictamen fue la desestimación de la petición 75. Realizaron infinidad de diligencias para salir de aquellos muros 76. Finalmente lo consiguieron y en el año 1877, trasladándose a unas casas en la calle Isabel la Católica 6.

El 31 de enero 1880 el alcalde de Casarrubios del Monte, en nombre del pueblo, se dirigió mediante carta al Cardenal arzobispo de Toledo para solicitar monjas de otros monasterios que pudieran ir al de La Santa Cruz de Casarrubios para evitar la extinción de este. Solo quedaban tres religiosas mayores de setenta años, muy enfermas. Algunas religiosas de la Piedad Bernarda estaban dispuestas a ir para que no se cerrara una casa de su orden 77.

El 22 de marzo, el arzobispado daba la licencia para el traslado de cuatro monjas del monasterio de la Piedad Bernarda a la comunidad de Casarrubios, “a la cual las incorporamos canónica y perpetuamente, y en la forma mejor que proceda en derecho, para que formen una sola comunidad sujeta a la prelada, que es o fuere de la misma, y con el goce de todos los derechos y consideraciones que disfrutan sus religiosas, como si allí mismo hubieran profesado”. Previamente tenían que hacer renuncia de los derechos “que tenían en la referida comunidad de Vallecas, a excepción del percibo de las dotes que entregaron al profesar, que se les devolverán con sus muebles y ropas de su uso particular que hubiere en sus respectivas celdas”. Debían trasladarse tan pronto como consiguieran la licencia del Papa o en su defecto del Nuncio Apostólico en Madrid 78.

Las Vallecas se dirigieron al Nuncio en carta del 29 de marzo de 1880, suplicando la licencia para poder trasladarse. En la respuesta de 31 de marzo de 1880, decía “que la traslación es con el laudable objeto de que las de Casarrubios del Monte no acabe de extinguirse” y “al propio tiempo que el de la Piedad queda con suficiente número de religiosas, siendo seguro lo habrá sobrado de pretendientas para ingresar, lo que no es de esperar suceda en la de Casarrubios” 79. Eran sor Paula de la Asunción, la abadesa, sor Francisca de Jesús, sor María de San Bernardo y sor Felisa de la Concepción.

El resto permanecieron en la nueva ubicación de Madrid hasta los sucesos acaecidos en mayo de 1931. Las Vallecas fueron perjudicadas en la quema de conventos y de nuevo se quedaron sin lugar donde vivir. Era una comunidad de 20 religiosas, muy pobre que se dedicaba a la enseñanza gratuita y vivía de limosnas 80.

Fueron recogidas en la diputación provincial, donde las proporcionaron alimentos y protección hasta que el arzobispado decidiera donde tenían que ir 81. Regresaron al monasterio del Santísimo Sacramento, de donde fueron expulsadas en el año 1936. Continuaron en esta precaria situación, marchando de un lugar a otro hasta noviembre de 1939, una vez terminada la guerra civil, en que pudieron situarse en un monasterio propio en la calle Joaquín Costa de Madrid. En este sitio aún permanece la comunidad heredera de esta historia. Hoy son ellas las que reciben religiosas de los recién extinguidos monasterios de la Congregación cisterciense de Castilla. En 2021 llegaron las últimas monjas de Santa Ana de Brihuega; en 2022 las de San Vicente de Segovia y las de Nuestra Señora de Alconada en Ampudias, estas últimas después de un mes de estancia regresaron de nuevo a su monasterio.

 

CONCLUSIÓN

Podríamos decir que la historia del monasterio de la Piedad Bernarda es como la de tantos otros, que comenzaron como beaterio y tuvieron que vincularse a una orden religiosa para seguir existiendo. También compartió el desamparo de otros muchos que se fundaron entre los siglos XVI y XVII; con el tiempo fueron perdiendo la protección de sus fundadores, y comenzaron a tener problemas de subsistencia. O el destino de los que se quedaron sin nada en tiempos de la desamortización. No obstante, sobrevivió a través de los años y de las adversidades.

El vínculo familiar entre los patronos y las abadesas, garantizaron la protección de las mujeres que habitaron el beaterio, y posteriormente el monasterio. Juntos debieron velar por el buen funcionamiento de la institución, tal como lo pidió el fundador en sus últimas voluntades. Los documentos han permitido identificar a los patronos hasta la primera mitad del siglo XVII, y algunas de las abadesas. Es muy importante esta identificación pues nos permite seguir otra línea de investigación, a través de los documentos personales.

El estudio del monasterio de la Piedad Bernarda planteaba una gran dificultad en cuanto a la escasez de documentación. Aquella comunidad que nunca se integró con las bernardas recoletas del Sacramento, esperando volver a su monasterio, pudo entregar documentos para sostener un pleito en el que ellas no contaban. El conde de Castrejón nunca contempló la devolución del monasterio a las monjas, aunque ellas así lo creyeran, sino hacer negocio a través de la concesión del inmueble a un tercero. Es posible que solicitara papeles a las monjas, con la promesa de devolverlas el inmueble, al menos ellas albergaban la esperanza. Lo cierto, es que dichos papeles debieron pasar a engrosar los pesados expedientes judiciales 82.

Otros tantos fueron robados, expoliados y vendidos, hoy en manos de particulares o fuera del país. Cuando los documentos pierden su contexto, se convierten en objetos de colección. El incendio debió ser más dañino, se perderían muchos más. Los constantes cambios de ubicación harían el resto. Lo cierto es que este monasterio vería mermado su patrimonio documental y por ende la desaparición de gran parte de su historia.

Existen lagunas. No era mi intención presentar una historia definitiva del monasterio; sino inspirar a otros para seguir indagando.

NOTAS

1 La investigación sobre este monasterio forma parte de AGUADO SÁNCHEZ, M.E., La expansión de la recolección bernarda en Castilla La Nueva durante el siglo XVII, 2022. En Repositorio RUIdeRA http://hdl.handle.net/10578/29818.

2 ATIENZA LÓPEZ, A., “De beaterios a conventos. Nuevas perspectivas sobre el mundo de las beatas en la España Moderna”, en Historia social, 57 (2007) 145-168.

3 En el proceso de esta investigación he encontrado documentación del monasterio en webs que se dedican a la venta de libros y documentos antiguos. También una colección de 20 cartas de profesión custodiadas en las bibliotecas Sheridan de la Universidad Johns Hopkins situada en Baltimore, Maryland (EE. UU.), véase https://archive.org/details/wotb_8730798/page/n23/mode/2up (consultado: 7-11-2022).

4 La historia de este lugar y de sus fundadores es narrada en DE QUINTANA, J., A la muy antigua, noble y coronada villa de Madrid: historia de su antigüedad, nobleza y grandeza, Madrid: Imprenta del Reyno, 1629, pp. 266-269 y 412.

5 ALVAREZ Y BAENA, J.A., Hijos de Madrid, ilustres en santidad, dignidades, armas, ciencias y artes: diccionario histórico por el orden alfabético de sus nombres, que consagra al ilustrísimo y nobilísimo ayuntamiento de la imperial y coronada villa de Madrid, Madrid 1789, p. 30.

6 DE QUINTANA, J., A la muy antigua…, p. 267.

7 DE QUINTANA, J., A la muy antigua…, p. 267.

8 Así lo confirman dos cartas de los Reyes Católicos con fecha 7 de junio de 1475 y 30 de septiembre del 1478, en el que agradecen su defensa al frente de la fortaleza de Chinchón en Archivo histórico de la nobleza (AHNO), Villagonzalo, c. 76, d. 27, f. 13v.

9 AHNO, Villagonzalo, c. 76, d. 27, f. 8r.

10 Era hermana de Gonzalo Dávila, gobernador y maestre de Calatrava AHNO, Villagonzalo, c. 76, d. 27, f. 5r. 11 Hija de don Pedro de Ávila y María de Ávila, vecinos de Segovia tal como indica en su testamento, en el que señala la voluntad de ser enterrada en el convento de la Piedad Bernarda, en Vallecas en AHNO, Villagonzalo, c. 54, d. 34, f. 3v.

12 Hermana de Juan Álvarez Gato mayordomo de la emperatriz Isabel en AHNO, Villagonzalo, c. 76, d. 27, f. 8v. 13 Hija de Francisco Arias Noguerol y doña Magdalena Amezcua, dama de la reina Germana en AHNO, Villagonzalo, c. 76, d. 27, f. 11r.

14 “Natural de Valdelaguna. Nieta de Rodrigo Messía hijo segundo de la casa de los señores de Santa Eufemia, que ahora son marqueses de la Guardia y doña Juana Diaz de Quiñones de la casa de los condes de Luna” en AHNO, Villagonzalo, c. 76, d. 27, f. 11r.

15 AHNO, Villagonzalo, c. 76, d. 27, f.1 1r.

16 En su testamento pidió ser enterrada en el monasterio de La Piedad Bernarda. No obstante, su marido depositó el cuerpo en el convento de Nuestra Señora del Paraíso de la orden de san Agustín, en Chinchón, donde el también sería enterrado. AHNO, Villagonzalo, c. 54, d. 54.

17 DE QUINTANA, J., A la muy antigua…, p. 269.

18 AHNO, Villagonzalo, c. 76. d. 27, f. 4r.

19 AHNO, Villagonzalo, c. 76. d. 27. f. 5r.

20 AHNO, Villagonzalo, c. 76. d. 27, f. 8v.

21 AHNO, Villagonzalo, c. 76. d. 27, f. 17v.

22 AHNO, Villagonzalo, c. 76. d. 27, f. 10v.

23 YÁÑEZ NEIRA, D., El monasterio de San Bernardo de Alcalá de Henares, Alcalá de Henares, 1990, p. 48. Su madre había muerto en julio de 1567, en AHNO, Villagonzalo, c.54, d.54, f.

24r. 24 YÁÑEZ NEIRA, D., El monasterio de San Bernardo…, p. 32.

25 Su madre murió en julio de 1567.

26 YÁÑEZ NEIRA, D., El monasterio de San Bernardo…, p. 50.

27 Era viuda de Diego de la Cadena en AHNO, Villagonzalo, c. 76, d. 25.

28 Hija de Francisco Díez Rivadeneira, alcaide de Chinchón, con su segunda esposa. En el año 1586, aún era una niña cuando su padre, preocupado por su futuro, la menciona en sus últimas voluntades. Vivía en el monasterio, pero aún no tenía la edad que disponía el Concilio de Trento para profesar. AHNO, Villagonzalo, c. 54, d. 54.

29 YÁÑEZ NEIRA, D., El monasterio de San Bernardo…, pp. 48-51.

30 AHNO, Villagonzalo, c. 22, d. 24.

31 AHNO, Villagonzalo, c. 76, d. 27, f. 5v.

32 AHNO, Villagonzalo, c. 76, d. 27, f. 25.

33 DE QUINTANA, J., A la muy antigua…, p. 412.

34 AHNO, Villagonzalo, c. 76, d. 27, f. 2.

35 AHNO, Villagonzalo, c. 76, d. 27, f. 6.

36 AHNO, Villagonzalo, c. 76, d. 27. f. 5.

37 AHNO, Villagonzalo, c. 76, d. 27, f. 7.

38 Incluye listado de los ornamentos y el ajuar litúrgico de la iglesia, en AHNO, Villagonzalo, c.76, d. 27, f. 11r.

39 AHNO, Villagonzalo, c. 76, d. 27.

40 AHNO, Villagonzalo, c. 76, d. 27, f. 11v.

41 AHNO, Villagonzalo, c. 76, d. 27, f.12.

42 AHNO, Villagonzalo, c. 76, d. 25, f. 17.

43 Francisca de la Piedad como sacristana, Elvira de Jesús como portera, Elvira de la Cruz como refitolera, Elvira de Santiago como enfermera, y María de la Cruz por veedora, AHNO. c. 76. d. 27, f. 18.

44 AHNO, Villagonzalo, c. 76. d. 27, f. 18.

45 AHNO, Villagonzalo, c. 76. d. 27, f. 18.

46 Indica que Ana de San Francisco hizo su profesión el mismo día, pero en 1535. Puede ser un error de transcripción en Villagonzalo, c. 76. d. 27, f. 19.

47 ALCOCER, P. Historia, o descripción de la imperial cibdad de Toledo, Toledo, 1554, f. 121 citado en AGUADO SÁNCHEZ, M.E., “Beaterio de arrepentidas de Santa María la Blanca, según sus Constituciones (siglos XVI y XVII)”, en Vínculos de Historia, 9 (2020) 291-306, p. 299.

48 AHNO, Villagonzalo, c. 76. d. 27, f. 20.

49 AHNO, Villagonzalo, c. 76. d. 27, f. 20.

50 En Archivo General de Indias (AGI), Indiferente, 424.L.22.F.524R-524V.

51 DE QUINTANA, J., A la muy antigua…, p. 412.

52 ÁLVAREZ DE LA FUENTE, Novena y afectuosa deprecación a la milagrosa imagen de Nuestra Señora de los Peligros, que se venera en el religioso convento de La Piedad Bernarda, llamado vulgarmente de las Vallecas, Madrid 1787, p. 22.

53 DE QUINTANA, J., A la muy antigua…, p. 212,

54 DE QUINTANA, J., A la muy antigua…, pp. 433-434.

55 YÁÑEZ NEIRA, D., El monasterio de San Bernardo…, p. 39.

56 YÁÑEZ NEIRA, D., El monasterio de San Bernardo…, p. 54.

57 Archivo del monasterio de La Santa Cruz de Casarrubios del Monte (AMSC), libro 214, p. 70. Citado en AGUADO SÁNCHEZ, M.E., La expansión de la recolección…, p. 151.

58 Tenemos que entender el divorcio en el contexto de la Edad Moderna. Se trataba del cese de la convivencia, pero en ningún caso de la disolución del vínculo matrimonial. Véase ESPÍN LÓPEZ, R.M., “Los pleitos de divorcio en Castilla durante la Edad Moderna”, en Studia histórica: historia moderna, 38 (2016) 167-200.

59 AHNO, Baena, c. 287, d. 483.

60 LLAGUNO Y AMÍROLA, E., Noticia de los arquitectos y arquitecturas de España desde su restauración, Madrid 1829, p. 268.

61 Biblioteca Regional de Madrid (BRM), Fondo Antiguo, A-CAJ.138/14.

62 SEPÚLVEDA, R., Madrid viejo: crónicas, avisos, costumbres, leyendas y descripciones de la villa y corte en los siglos pasados, Madrid 1887, p. 278.

63 COLECCIÓN LEGISLATIVA DE ESPAÑA. Sentencias del Tribunal Supremo en su sala primera. Recursos de casación, admisión de los mismos y competencia en materia civil, año de 1871, Madrid 1878, p.1430.

64 COLECCIÓN LEGISLATIVA DE ESPAÑA…, p. 1432.

65 DE QUINTANA, J., A la muy antigua…, p. 212.

66 GACETA DE MADRID, 27 de noviembre de 1874, p. 678. En el siglo XVIII el heredero de Lorenzo García mantendrá un pleito con el concejo de Vallecas por la titularidad de esta iglesia, por entonces denominada ermita de La Piedad, AHN, Consejos, 23891, exp.11.

67 El colegio se mandó establecer por Real Orden de 29 de octubre de 1835 y su primera ubicación fue en Aranjuez y con motivo de la aproximación don Carlos María Isidro de Borbón a Madrid se estableció en la corte. En el contexto de las guerras carlistas. En ORDENANZA para el régimen, constitución y servicio de la milicia nacional de la península e islas adyacentes, Barcelona 1855, p. 72.

68 GACETA DE MADRID, miércoles 3 de abril de 1839.

69 Francisco González de Castejón y Veráiz, I conde de González de Castejón de Ágreda. Era teniente general de los reales ejércitos y caballero de la Orden de San Juan. El título fue concedido por Fernando VII, el 2 de diciembre de 1819. Le sucedió su hijo Lucio González de Castejón, II conde de González de Castejón de Ágreda, en 3 de marzo de 1850. Consultado en Diputación de la grandeza y títulos del reino, el 3 de febrero de 2022.

70 REVISTA GENERAL DE LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA, Madrid, 1854, pp. 246 -251.

71 COLECCIÓN LEGISLATIVA…, p.1435.

72 CAMBRONERO, C., Crónicas del tiempo de Isabel II, Madrid 1913, pp. 97-98.

73 DEL AMO, L.M., Cercas, puertas y portillos de Madrid (ss. XVI-XIX), 2003, p. 112, en Repositorio Institucional de la Universidad Complutense de Madrid (consultado 11-02- 2022).

74 Eran las monjas del monasterio de la Concepción, bernardas cistercienses, fundado en Pinto en el año 1529 y que fue trasladado a Madrid en 1588. Se instalaron en la carrera de san Jerónimo hasta que las reubicaron en el Santísimo Sacramento, MONLAU, P. F., Madrid en la mano o el amigo del forastero en Madrid y sus cercanías, Madrid 1850, p. 172. Citado en AGUADO SÁNCHEZ M.E., La expansión de la recolección…, p. 152.

75 En Archivo Diocesano de Toledo (ADTO), Monjas de Madrid - capital, c. 2. Citado en AGUADO SÁNCHEZ, M.E. en La expansión de la recolección…, p. 152.

76 ADTO, Monjas de Madrid-capital, c. 1.

77 AMSC., c.1. doc. 64.

78 AMSC. c.1. d. 65.

79 AMSC, c. 1.doc. 66.

80 AHORA: Diario Gráfico, 12 de mayo de 1931, n. 126, p. 7.

81 AHORA: Diario Gráfico, 12 de mayo de 1931, n. 126, p. 7.

82 GACETA DE MADRID, 27 de noviembre de 1874, p. 678.

 

. FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

. Fuentes

Archivísticas

ADT: Monjas de Madrid capital, c. 1 y 2.

- AGI: Indiferente, 424.L.22.F.524R-524V.

- AHNO: Baena, c. 287, d.483.; Villagonzalo, c.22, d.24.; c.44, d. 38-39; c.44, d.153; c. 54, d.34-35; c.54, d.54.; c.76, d.25; c.76, d.27-29;

- AMSC: L. 214; carp. 1, d. 64-68.

- BRM: Fondo Antiguo, A-CAJ.138/14.

Hemerográficas

- AHORA: Diario Gráfico, 12 de mayo de 1931, n. 126.

- GACETA DE MADRID, 3 de abril de 1839.

- GACETA DE MADRID, 27 de noviembre de 1871, 677-679.

- NUEVO MUNDO, N.1940, 13 de mayo de 1931.

- REVISTA GENERAL DE LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA, t. III, Madrid, 1854.

Impresas

ALCOCER, P. Historia, o descripción de la imperial cibdad de Toledo, Toledo 1554. –

ÁLVAREZ DE LA FUENTE, Novena y afectuosa deprecación a la milagrosa imagen de Nuestra Señora de los Peligros, que se venera en el religiosos convento de La Piedad Bernarda, llamado vulgarmente de las Vallecas, Madrid 1787. ÁLVAREZ Y BAENA, J.A., Hijos de Madrid, ilustres en santidad, dignidades, armas, ciencias y artes: diccionario histórico por el orden alfabético de sus nombres, que consagra al ilustrísimo y nobilísimo ayuntamiento de la imperial y coronada villa de Madrid, Madrid 1789. –

BALLESTEROS ROBLES, L., Diccionario biográfico matritense, Madrid1812. –

COLECCIÓN LEGISLATIVA DE ESPAÑA. Sentencias del Tribunal Supremo en su sala primera. Recursos de casación, admisión de los mismos y competencia en materia civil, año de 1871, Madrid 1878. –

DE QUINTANA, J., A la muy antigua, noble y coronada villa de Madrid: historia de su antigüedad, nobleza y grandeza, Madrid 1629. –

LLAGUNO Y AMÍROLA, E., Noticia de los arquitectos y arquitecturas de España desde su restauración, Madrid 1829, -

MARTÍNEZ DE LA TORRE, F., Plano de la villa y corte de Madrid, Madrid 1800.

MONLAU, P. F., Madrid en la mano o el amigo del forastero en Madrid y sus cercanías, Madrid 1850. –

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SEPÚLVEDA, R., Madrid Viejo: crónicas, avisos, costumbres, leyendas y descripciones de la villa y corte en los siglos pasados, Madrid 1887. –

TEXEIRA, P., Topografhia de la Villa de Madrid, Amberes 1656. 4.2. Bibliografía –

AGUADO SÁNCHEZ, M.E., “Beaterio de arrepentidas de Santa María la Blanca, según sus Constituciones (siglos XVI y XVII)”, en Vínculos de Historia, 9 (2020) 291-306. –

AGUADO SÁNCHEZ, M.E., La expansión de la Recolección Bernarda en Castilla La Nueva durante el siglo XVII, Repositorio RUIdeRA http://hdl.handle.net/10578/29818. -

ATIENZA LÓPEZ, A. “De beaterios a conventos. Nuevas perspectivas sobre el mundo de las beatas en la España Moderna”, en Historia social, 57 (2007) 145- 168. –

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DEL AMO, L.M., Cercas, puertas y portillos de Madrid (ss. XVI-XIX), 2003, Repositorio Institucional de la Universidad Complutense de Madrid https://eprints.ucm.es/id/eprint/7361/1/T26467.pdf. -

MUÑOZ FERNÁNDEZ, A., “Fundaciones conventuales femeninas en el ámbito rural madrileño (s. XV-XVI)”, en Congreso Internacional del Monacato Femenino en España, Portugal y América: 1492-1992, León 1993, pp. 477-494. –

SORIANO RODRIGUEZ-MOÑINO, J., “Vida conventual en la villa y corte en la época de santa Teresa: Aproximación historiográfica”, en Santa Teresa y el mundo teresiano del barroco, San Lorenzo de El Escorial, 2025, pp. 39-58. –

YÁÑEZ NEIRA, M. D., El monasterio de San Bernardo de Alcalá de Henares, Institución de Estudios Complutenses, Alcalá de Henares 1990.

 

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Beaterio de arrepentidas de Santa María la Blanca,

según sus Constituciones (siglos XVI y XVII)


https://laguiaviajera.com/visitar-sinagoga-santa-maria-la-blanca-toledo/

Las reglas que regían las mancebías en el siglo XVI obligaban a las meretrices a dejar de trabajar en Cuaresma y Semana Santa. Durante este tiempo se recogían en hospitales o en casas honestas y acudían a las iglesias donde por medio de los sermones eran invitadas a dejar su oficio y comenzar un camino de conversión. Ante la demanda de un lugar donde poder recoger definitivamente a estas mujeres, que querían dejar la prostitución, el cardenal Juan Martínez de Silíceo fundó en Toledo una institución benéfica para tal fin. Fue ubicada en la judería, en unas casas junto a la capilla de Santa María la Blanca la antigua sinagoga convertida al culto cristiano que formaba parte de sus instalaciones. Estas mujeres ingresaban de forma voluntaria, se las instruía, y cuidaban de que no volviesen a tener relación con su vida anterior. Esta institución, establecida como colegio de Nuestra Señora de la Piedad, fue conocida popularmente como beaterio de santa María la Blanca o Refugio de la Penitencia. El fin de este trabajo es conocer los inicios de este lugar y la forma de vida de las mujeres que lo habitaron, por medio del estudio de sus constituciones.

1. INTRODUCCIÓN

Tras la expulsión de los judíos en 1492 los espacios en la judería se transformaron y, por ende, la función de muchos de sus edificios. Los lugares públicos, en manos de la monarquía, fueron vendidos o donados a terceros. Las sinagogas, lugares de oración para los judíos, quedaron arruinadas y en su lugar se levantaron otros edificios1. Algunas se conservaron restituidas para el culto cristiano. Fue el caso de la conocida como Santa María la Blanca, aunque sufrió distintas transformaciones tal como rezaba en una leyenda que estuvo situada a los pies de la nave hasta finales del siglo XIX2. Reproducida por todos aquellos que han querido relatar su historia, esta inscripción era el compendio de las distintas etapas que fueron determinando la estética de este edificio. Amador de los Ríos señalaba “si se cuidasen de poner en todos los monumentos inscripciones parecidas a esta, mucho tendrían que agradecerlo los viajeros”3. Varios autores se apoyaron en esta para aportar alguna noticia histórica sobre la institución que nos ocupa, a pesar de que los puntos relativos a cronología, tipo de establecimiento y advocación eran erróneos.

Si tenemos en cuenta los datos aportados por autores contemporáneos, la fundación se efectuó en 1550 y se trasladó anexa a Santa María la Blanca en 1554. Del mismo modo, como explicaré a continuación, otros documentos ratifican que su existencia se prolongó más allá de 1600. Las mismas fuentes se refieren a este lugar como beaterio, casa de recogidas, casa de arrepentidas, e incluso monasterio. Denominaciones que corresponden a diferentes tipologías y que debemos definir para poder centrar el tema. En cuanto a la advocación también es confusa pues se conoce como beaterio de Santa María la Blanca o casa de la Penitencia, aunque el título elegido por su fundador fue el de colegio de Nuestra Señora de la Piedad.

Mi propósito es analizar estos tres puntos puesto que plantean muchas incógnitas. A través de la historiografía y el traslado de las constituciones de esta institución iré argumentando cada una de las hipótesis que se vayan planteando. Para concluir, y apoyándome en las mismas fuentes, trataré de reconstruir la forma de gobierno y vida de las mujeres que habitaron la casa.

2. HISTORIOGRAFÍA Y FUENTES

En el momento de compilar las noticias que existen sobre la institución que nos ocupa he constatado que las fuentes son escasas y fundamentalmente generadas por el interés artístico del edificio que formó parte de sus instalaciones como iglesia: la sinagoga de Santa María la Blanca4. He aprovechado esta coyuntura para realizar una revisión historiográfica que pueda aportar más información de los tiempos en los que formó parte de la casa de recogidas. Se trata de un trabajo complejo pues, como ya he señalado, son pocas las noticias con las que contamos5.

Inciertos son sus orígenes y uno de los principales problemas es la identificación de la sinagoga. León Tello cree que se trata de “la Nueva”, construida por Yosef ibn Sosan a finales del siglo XII6. En cambio, Monterreal Gil afirma que es “la Mayor” que cantara Yacob Albeneh en el Elogio de los mártires de Toledo. Teoría asentada por González Simancas, Torres Balbás y Passini7. En cuanto a la adscripción artística, decía Pérez Galdós que “el hebreo no tiene arte porque no tiene territorio”8 y vinculaba el edificio al estilo musulmán. Era el sentir general de los intelectuales de finales del XIX que llegaron a catalogarlo como mezquita9. Manuel de Assas10 situó la construcción en época califal y como muestra de buena convivencia por la ayuda que los judíos proporcionaron a los musulmanes para ocupar la ciudad. Justificaba la decoración, indiscutiblemente posterior, al embellecimiento del edificio en tiempos de Alfonso VI, Alfonso X o incluso de Pedro I. El vizconde de Palazuelos señalaba que era una edificación del siglo XIII con decoración del XIV y después del incendio sufrido en el año 1390 11. Los más recientes estudios la sitúan en el siglo XIV, en los parámetros del mudéjar. Si bien, el fin de este trabajo no es el de entrar en debate sobre estas cuestiones.

Se tornó en iglesia y el primero que hizo referencia a su consagración fue Pisa. Señalaba como responsable a san Vicente Ferrer y su vehemencia en los sermones, apoyándose en lo escrito por Alcocer y Beuter12. La tradición sitúa a este santo predicando en Santiago del Arrabal y guiando a la turba hacia la sinagoga donde expulsaron a los judíos y posteriormente celebraron misa13. Señala León Tello que esto no pudo acontecer antes del verano de 1411 y para tal aseveración se apoya en las Crónicas de Juan II14. El primer documento que aporta datos sobre el culto cristiano en este lugar es de 1436 15 y otro, con quejas de los cofrades de santa María la Blanca, sitúa la consagración en torno a 1397 16. Cualesquiera que sean las fechas parecen anteriores al Decreto de Expulsión de los judíos promulgado por los Reyes Católicos en 1492.

En 1523 se encontraba abandonada pues durante el proceso inquisitorial a Blanca Ramírez, por judaizante, se advirtió que era utilizada por algunos conversos como sinagoga clandestina17. En tiempos de Blas Ortiz se conocía como capilla con el título de santa María la Blanca, antiguamente sinagoga de judíos18. Poco tiempo después, 1554, se incorporó como iglesia a la institución para mujeres arrepentidas creada por el cardenal Silíceo, como veremos en las siguientes líneas. Este realizó algunos cambios, aunque la planta de la iglesia permaneció igual pues al ser basilical se podía aprovechar para el culto cristiano19. Conservó la puerta de acceso en el muro sur, aunque decorándola al estilo renacentista. Actualmente tapiada se conserva flanqueada por dos columnas estriadas que sostienen cornisa y friso sobre el que reza la siguiente invocación: Sancta María Succurre Miseris20. Se accedía al interior del templo bajando seis peldaños que salvaban la pendiente de la calle y conducía a un vestíbulo de tracería gótica que a juicio de Amador de los Ríos correspondía a la época del beaterio21. Refutado por Parro que creía que se realizó en los tiempos que fue ermita, durante el siglo XV22. A los pies de la iglesia, frente al altar mayor, se abrió una nueva puerta23 y en el testero de las naves se construyeron tres capillas atribuidas a Alonso de Covarrubias24. También de esta época es el retablo de la capilla central realizado por Nicolás de Vergara “el viejo” y Juan Bautista Vázquez25 que junto a Luis de Velasco trabajaron en distintas empresas para el cardenal Silíceo26.

Consta de dos cuerpos superpuestos, que abarcan en los extremos dos grandes columnas sobre que carga el cornisamiento. El zócalo del primer cuerpo ofrece dos buenos relieves que representan a María Magdalena y a una de las Sibilas. Cuatro esbeltas columnas adornadas con caprichosas figuras forman en este primer cuerpo, de igual modo que en el segundo, tres intercolumnios, de cuyos seis, en los dos centrales que afectan la figura de hornacina, no aparece escultura o relieve alguno. Los cuatro restantes presentan otros tantos asuntos de la vida de Jesucristo: la Anunciación, el Nacimiento, la Adoración de los Reyes y la Huida a Egipto: siendo la ejecución en todos ellos muy regular y esmerada. Sirve de remate al retablo un medallón circular en que va figurada la Trinidad, a que rodean ángeles portadores de los instrumentos de la Pasión: coronándolo aún dos niños o angelillos que sostienen un tarjetón cuya leyenda no es fácil distinguir. Finalmente, en los extremos del cornisamiento, otros dos niños se apoyan en el escudo de Silíceo27.

Es coronado por unos angelillos que sostienen un tarjetón con la siguiente leyenda: Oh mors, quam amara est memoria tua28. El zócalo del primer cuerpo presenta en uno de los relieves a María Magdalena, pecadora arrepentida, en clara alusión a las habitantes de este lugar29. Amador de los Ríos indicó que el beaterio duró un siglo ya que “dejaron de entrar novicias después de intentar relajar la regla sin éxito”30 y Pisa fechó el final de la institución en 1600. Contradice esta afirmación Castejón y Fonseca que en el año 1646 refería lo deteriorada que se encontraba la hacienda siendo el motivo por el que “esta muy piadosa obra no ha crecido como nos pudiéramos prometer de su Instituto”31 y advirtiendo que aún permanecía el “convento”. Bécquer marcó 1791 como año en que se desacralizó la iglesia y que el retablo llegó a la parroquia de Santiago del Arrabal32. En 1882 aparecía en la leyenda del plano de Reinoso como “exconvento de arrepentidas de santa María la Blanca”33.

En los últimos años los estudios sobre la mujer están aportando mucha información sobre estos lugares que servían para corregir34. La prostitución no era un delito y las mancebías se regulaban por las ordenanzas de la de Sevilla desde 1571 35. No obstante, era pecado y las meretrices comenzaron a ser recluidas por voluntad social para reprimir su comportamiento36.

Las características de cada uno de estos centros, en algunos casos similares, y el uso indistinto al mencionarlos hace que sea difícil la definición. Quizá el criterio de clasificación más claro es aquel que los identifica por sus funciones de corrección, prevención o castigo37.

Las casas de recogidas surgieron para reformar la conducta de vagabundas y prostitutas como centros de corrección. Eran encerradas contra su voluntad hasta que se consideraban recuperadas para volver a vivir en sociedad. Ciudades como Barcelona o Valencia contaron desde el siglo XIV con este tipo de instituciones que fueron desapareciendo por falta de recursos o por transformarse en conventos38. Esta tipología se restauró durante el siglo XVI por iniciativa de particulares o cofradías de carácter benéfico. Una de las primeras fue la que patrocinó en Madrid el cardenal Cisneros. Era conocida como la cofradía de la Madre de Dios que tenía como fin salir de noche y retirar de las calles a vagabundos y mujeres perdidas39. En la ciudad de Toledo la cofradía de la santa Caridad en sus estatutos del año 1530 también regulaba la recogida de estas mujeres40. Eran llevadas a hospitales como el de san Ildefonso, en la parroquia de santa Leocadia, donde se apartaban de “aquella vida infame” y muchas fueron convertidas y casadas41. En la ciudad de Málaga la casa de recogidas se vinculó desde sus inicios la Tercera Orden del Carmen, y con el tiempo pasó a la Orden del Císter siendo origen del convento de recoletas42.

Las casas de arrepentidas, también centros de corrección, se diferenciaban de las anteriores en que la entrada era voluntaria43. Generalmente se nombraban bajo la advocación de María Magdalena o de santa María Egipciaca44. La casa de les Repenides de Valencia fue una de las primeras en ofrecer la vida religiosa como modo de conversión45.

Con el tiempo, se crearon galeras que eran instituciones más restrictivas, enfocadas al castigo de las formas de vida desordenadas. Se atribuye a Magdalena de san Jerónimo el impulso de este tipo de establecimientos por medio de su obra Razón y forma de la galera y casa Real, que el rey Nuestro Señor manda hacer en estos reinos para castigo de mujeres vagueantes, ladronas, alcahuetas, hechiceras y otras semejantes46. No eran lugares para la reinserción social sino para cumplir condenas por algún delito tipificado, que en algunos casos era de carácter sexual o estaba relacionado con estas mujeres.

Junto a las anteriores coexistía el colegio47, tipología menos conocida, cuya función era la prevención. Era un lugar donde se recogían mujeres pobres, abandonadas sin recursos, abocadas a la delincuencia y la marginación. El colegio de Nuestra Señora del Refugio de Toledo, impulsado en 1591 por el cardenal Quiroga, fue un centro caritativo para mujeres y sus instalaciones estaban anejas al monasterio de mojas agustinas de san Torcuato48.

En cuanto a la casa junto a santa María la Blanca es también denominada beaterio por lo que es oportuno precisar sus características. Eran fundaciones de “mujeres para mujeres” que se apartaban del mundo para vivir sin la tutela masculina. Generalmente viudas que se embarcaban en esta empresa en solitario o junto a otras de su familia y pertenecían a un nivel social acomodado49. Con el tiempo se fueron instalando en los modos de vida regular terciaria que “les aportaba personalidad jurídica, les dotaba de estabilidad y ampliaba, o al menos facilitaba, sus posibilidades de supervivencia”50. La casa de terciarias de san Francisco de Paula en Toledo, beatas mínimas de Jesús María, se elevó a categoría de monasterio51 y se les concedió emitir los tres votos en el año 1539 52. O la comunidad de la Orden tercera de san Francisco en Vallecas, que en el año 1535 tomó el hábito de san Bernardo53. En el Concilio Provincial de Toledo de 1582, se elaboró una normativa que requería a las beatas, que habían emitido voto solemne, a guardar clausura54. Tras el Concilio de Trento los beaterios fueron obligados a adoptar una regla, unos se convirtieron en conventos y otros desaparecieron.

La primera reseña de la casa de Toledo es muy cercana a su fundación. Alcocer daba cuenta de “una congregación de mujeres recogidas que primero fueron erradas”55. Algunos años más tarde, Hurtado de Toledo56 daba noticia de un lugar en la ciudad que en sus orígenes había sido una de las sinagogas de la judería convertido en refugio de prostitutas arrepentidas. Lo presentaba como uno de los tres beaterios, junto al de santa Ana y al de san Antonio de Padua, situados en la colación de santo Tomé. En él vivían treinta y seis beatas en extrema pobreza y se mantenían de su labor y de la limosna. Además, pedía colaboración a las gentes piadosas para que el hambre no las hiciera volver a su anterior oficio57. Pisa destacó esta empresa entre las realizadas por el cardenal Silíceo que “fundó de su propia renta” el colegio conocido como Doncellas “para cien doncellas de limpio linaje” con patronazgo del rey de Castilla y el arzobispo de Toledo; otro para treinta niños que servían de “clerizones” en la Santa Iglesia y ayudó también a la fundación de santa María la Blanca para mujeres recogidas58. El vizconde de Palazuelos situó el albergue de la Penitencia en unas casas junto a san Cebrián.

Porres señaló el interés del archivo de Doncellas Nobles59 para el conocimiento de este lugar por la dependencia administrativa que la casa de recogidas tenía de esta otra institución60. El estudio más completo sobre este establecimiento es el realizado por Vizuete Mendoza a partir de los documentos que sobre la prostitución se custodian en el Archivo Municipal de Toledo61. Aporta novedades sobre los orígenes de esta institución y sitúa su cierre en fechas posteriores a las propuestas por otros autores. Este último trabajo ha sido fuente de inspiración y guía del que presento a continuación.

3. EL BEATERIO DE SANTA MARÍA LA BLANCA: SUS CONSTITUCIONES

Decía Alcocer que la primera propuesta para apartar a las prostitutas del pecado fue idea de un noble toledano en 1538 que consiguió que las Justicias regularan el modo de hacerlas oír misa y sermón los viernes de Cuaresma62. Muchas de ellas experimentaron la conversión y fueron recogidas en casas de particulares de vida honesta. En el año 1550 don Juan Martínez Silíceo compró unas casas principales cerca de san Cebrián y otras cuatro anexas donde se instalaron y vivieron de la limosna. Al principio fueron treinta mujeres gobernadas por una hermana mayor que permanecían allí hasta que encontraban un marido para casarlas o bien se quedaban para siempre si así lo querían. El cardenal nombró visitador de la casa a Juan Fernández de Balboa que era administrador del Hospital de Santiago en el que se trataban enfermedades de transmisión sexual63.

En el año 1554 este establecimiento se trasladó desde estas casas a otras cerca de la capilla de santa María la Blanca64 que habían sido preparadas por el cardenal Silíceo para establecer allí el monasterio conocido como de “las vallecas”65 y que definitivamente se instaló en Madrid.

La vida de la comunidad del colegio de la Piedad para mujeres arrepentidas fue regulada por unas constituciones firmadas por el cardenal en 9 de mayo de 1557 66.

El límite de mujeres que podían vivir en la institución era de cincuenta, debían ser gobernadas por una hermana mayor y controladas por una portera, ambas cristianas viejas, que guardaban el Estatuto de limpieza de sangre67. No eran admitidas aquellas mujeres que podían tener enfermedades contagiosas o que eran mayores de 45 años. Todas las que ingresaban eran inscritas en un libro68 que se guardaba en los archivos de la institución.

Fue voluntad del fundador que profesaran al año de ingresar, aunque algunas debieron optar por el matrimonio y vivir allí hasta conseguir juntar la dote para tal estado. Estaban separadas unas de otras y solo se juntaban para la comida, oración y el sermón69. Un fraile de san Agustín, fray Alonso de Herrera, contaba que había convertido a tres mujeres públicas y solicitaba limosna para casarlas y, mientras se encontraban candidatos, la casa de santa María la Blanca era el mejor sitio para custodiarlas70. Con el tiempo, este lugar terminó por convertirse en una comunidad religiosa constituida por antiguas meretrices. Recibían la profesión, como en un convento convencional, por el obispo o por el vicario general del arzobispado. Para poder asegurar el conocimiento de las constituciones eran leídas ante la postulante, que juraba guardarlas, antes de la profesión. Cada plaza que quedaba libre, por la muerte de alguna de las recogidas, se tenía que ocupar, inmediatamente, por otra mujer. Estas solo podían ser ocupadas por mujeres de la ciudad de Toledo o del arzobispado. Si alguna de ellas era reincidente en el “pecado de la sensualidad”71, era expulsada sin posibilidad de nueva admisión, aunque hubiera profesado.

En la vida comunitaria una de ellas era la responsable de la cocina y de servir la mesa para comer y cenar. Este oficio tenía una duración de seis semanas y cuando terminaba era ocupado por la siguiente destinada para tal labor. No existía el oficio de lavandera pues cada una se encargaba de lavar y enjabonar su ropa con el fin de no transmitir ninguna enfermedad.

En la vida espiritual contaban con la asistencia de dos capellanes que, además, estaban encargados de las misas diarias en el altar mayor de la iglesia y que también eran los confesores. El Capellán Mayor ostentaba el oficio de mayordomo y tenía su vivienda dentro de la iglesia junto a la Capilla Mayor. También se ocupaba de que todo estuviese preparado para la liturgia. Ambos tenían que ser cristianos viejos y cumplir el Estatuto de limpieza de sangre.

Todos los días, al anochecer, acudían a la iglesia a cantar una salve en romance. Al finalizar, el capellán mayor era el encargado de cerrar y entregar las llaves a la portera a través del torno. De nuevo, a la mañana siguiente debía recoger las llaves para abrir a los fieles. Los sábados, días dedicados a la Virgen María, los domingos, Pascuas y otras fiestas, se cantaba el Oficio Divino. El celebrante daba tono en el Evangelio, oraciones, prefacio y Padre Nuestro y las mujeres contestaban. En estos días siempre había predicación realizada por sacerdotes ajenos a la institución que tenían que ser cristianos viejos y que cobraban dos reales. Todos estos sermones tenían como misión la conversión y los temas eran señalados por el obispo o el vicario general del arzobispado.

Durante la comida y la cena en el refectorio se leía sobre vidas de santos u otros libros de devoción recomendados por el arzobispo. Tras la comida o cena volvían al coro para cantar el siguiente himno: “Por cuanta más razón y obligación nosotras pecadoras lastimadas […] debiéramos de rodillas caminar hasta llegar a los pies de vos serenísima madre de Dios, pecho por tierra para os suplicar pidáis a vuestro benditisimo […]72”.

Las visitas en la clausura estaban prohibidas y especialmente para los hombres con la excepción del médico, cirujano o confesor, aunque cuando era estrictamente necesario. Tenían que ir acompañados por la guarda que delante de ellos iba tocando una campanilla y de igual forma la salida. Los que tenían algún negocio con la hermana mayor o alguna otra debían hacerlo siempre a través del locutorio o torno. Y para tener acceso debían de pedir licencia a la hermana mayor. Si era concedida, la conversación era vigilada por la escuchadera que registraba solamente se atendieran “cosas cristianas y virtuosas”. Permitían visitas a las mujeres honrradas para ver las labores en las que se ocupaban, sustento de la comunidad, o para oír la lección. Todos estos mandatos correspondían con los que se exigían a los beaterios y conventos.

Para introducir las provisiones la hermana mayor entregaba al capellán las llaves de las bodegas bajas. Este abría la puerta y vigilaba que todo se introdujese correctamente y a continuación volvía a cerrar y entregaba la llave a la hermana mayor. La carne y el pan tenían otro protocolo y se entregaban a través del torno.

Silíceo dispuso que no se podía enterrar nadie en la Capilla Mayor pues la quería para él. La celebración de la misa, cada día, delante de su busto con un responso por su alma, deudos y las almas del purgatorio73. Se podía enterrar a otros señores en el resto de las capillas que además dotarían un juro perpetuo para la fábrica de la iglesia y del colegio. Los ornamentos, cálices, y vinagreras tenían que estar en un armario cerrado con llave en las capillas correspondientes.

Era fundamental que no se olvidasen de los mandatos que había dejado el cardenal y por eso las constituciones tenían que leerse todos los días después del anochecer, una vez cerradas las puertas. Estas normas podían ser ampliadas por el obispo siempre que fuese necesario. “En la forma de constituciones y de admitir religiosas ha habido algunas variaciones, y en un tiempo padecieron algunas inquietudes, que con el buen celo se les movieron”74, así expresaba Castrejón y Fonseca los cambios que se realizaron en años posteriores.

Durante la visita realizada por Delgado y Agüero, de parte de Rojas y Sandoval, el 20 de junio de 1604 se aumentaron y endurecieron las normas. El arzobispo se había hecho cargo de una propuesta de recuperación del colegio de arrepentidas y solicitó ayuda económica a las Justicias para que pudiese continuar abierto75. En la normativa puso especial empeño en lo referente al sacramento de la Eucaristía que junto con el de la Penitencia debían frecuentar. Su mayor preocupación estaba en el uso que se daba al comulgatorio, pues parece que servía para recibir personas y confesarse a través de él. Encomendó al mayordomo, en un plazo de quince días, poner una reja que impidiera sacar la cabeza a través de este lugar. Encargó a la priora ocuparse de que todas comulgaran y que utilizasen bien este comulgatorio bajo pena de excomunión. También, era responsabilidad de esta prohibir salir de la reja del coro que estaba situada frente al Santísimo. En el caso de dar licencia para transgredir esta norma era castigada con todo rigor en la siguiente visita, además de pasar un día en la cárcel. Como responsable de guardar la clausura, cada noche tenía que recoger las llaves del convento, iglesia, huerto, terrado, torre y las de “las puertas del medio” y mantenerlas en su poder sin fiarlas a nadie76.

Reguló el modo de vestir: los tocados tenían que ser blancos y los vestidos honestos y sencillos, los chapines no podían ser más altos de cinco corchos y no estaba permitido lucir anillos, pendientes u otras joyas que se aplicarían para los gastos del convento. En caso de utilizarlos eran castigadas con la prisión o la penitencia que impusiera la priora, y también en la visita. Era motivo de excomunión hacerse las cejas o perfumarse77.

Prohibió la entrada en clausura de niños de más de seis años bajo condena de excomunión. La priora seguía siendo la responsable de guardar esta clausura y solo dar licencia, para entrar, a seglares de “vida honesta, buena fama y opinión”78. La visita tenía que ser un lugar, ex profeso, llamado “recibimiento”79. El mayordomo, o los confesores tampoco podían entrar sin licencia del arzobispo, del Consejo o del administrador bajo pena de excomunión. Tanto en la clausura como en la iglesia estaba prohibido tener guitarras, panderetas o cualquier instrumento musical y también bailar. Años atrás se habían instalado en este lugar las religiosas del beaterio de Jesús María80.

Insistían en que todas las mujeres tenían que leer, cumplir y guardar las constituciones redactadas por Silíceo. Años más tarde, don Andrés Fernández de Hipessa, inquisidor y vicario general del cardenal Infante, durante la visita realizada el 22 de mayo de 1641, ordenó que para no alegar ignorancia debían leerse tres veces al año y, bajo pena de excomunión mayor lata gententia ipsofacto in currenda81, no se podía borrar o tildar el papel donde se encontraban escritas. Subrayaba la importancia del libro de registro de las religiosas al que debían incorporar la fecha de la profesión. Además, tenían que llevar otro libro para asentar los gastos, independiente del que llevaba el mayordomo. Serviría para controlar las entradas de este último ya que solamente eran válidas las partidas escritas de mano de la priora.

Las normas en cuanto a la clausura eran cada vez más restrictivas. No se permitía la entrada de ningún eclesiástico, secular o regular a no ser hermano o tío muy cercano. La priora siempre debía enviar a la escucha y de no ser así era castigada con la excomunión mayor. Tampoco tenía permitida la entrada el mayordomo que si necesitaba sacar una escritura del archivo debía pedir permiso al vicario general e ir acompañado por un sacerdote señalado por este. La entrada de médico, cirujano y confesor sería por necesidad tal como ordenaban las constituciones. En cuanto a la visita de mujeres, hermanas, madres o benefactoras tenían que hacerlo en una sala habilitada para esto y no se les podía permitir circular por el resto de la casa.

En el libro custodiado en Valladolid, fuente de esta investigación, consta como última visita la realizada entre el 15 y 18 de septiembre de 1647 por don Pedro González de las Cuentas82. El visitador comprobó si había en los cuartos ventanas por las que se podían asomar o hablar con gentes. En cuanto a la priora se quejó de la ruina en la que se encontraban algunas casas vecinas y ordenaron se buscaran los propietarios y se les instara a arreglarlas. Esta es la última fecha en que podemos corroborar la permanencia de una comunidad de mujeres heredera de la instituida por el cardenal Silíceo en este lugar.

En el año 1690 las instalaciones amenazaban ruina y se propusieron de nuevo para recoger a mujeres perdidas y vagabundas. Establecimiento que ya no tendría como finalidad la conversión sino revitalizar la industria textil83. Esta modalidad había sido propuesta en 1598 por Cristóbal Pérez de Herrera con la denominación de “casas de labor”, lugares en que las prostitutas podrían pagar su alojamiento y manutención con trabajos “propios de las mujeres”84.

4. CONCLUSIÓN

Este tipo de instituciones fue fruto de una sociedad que pensaba que “los hombres eran responsables directos de sus actos” pero “las mujeres, además, eran responsables de la influencia del comportamiento sobre la moral pública”85. Aquellas que transgredían las normas sociales eran dirigidas a lugares en que se les educaba para poder volver a formar parte de la sociedad, bien como mujeres casadas o como monjas, pues no había otra opción. La casa de arrepentidas fundada por el cardenal Silíceo facilitaba la inclusión social de las prostitutas y fue heredera de las obras sociales que venían realizándose por cofradías y particulares en la ciudad.

En un principio las mujeres entraban de forma voluntaria y arrepentidas de sus actos debían cumplir penitencia, de ahí el apelativo casa de la Penitencia que era como era conocida en sus comienzos junto a la parroquia de san Cebrián.

El Concilio de Trento prohibía la profesión contra la voluntad de las mujeres “exceptuándose, no obstante, las mujeres llamadas penitentes o arrepentidas en cuyas casas se han de observar sus constituciones”86. Y así fue cómo con la consolidación de la fundación junto a santa María la Blanca y con la redacción de las constituciones se les obligó a profesar. Fue instituido como colegio de Nuestra Señora de la Piedad igual que las otras fundaciones benéficas que patrocinó el cardenal en la ciudad de Toledo y entre los propósitos de este lugar estaba el de educar para ser mujeres decentes y virtuosas, con la peculiaridad de que las colegialas eran antiguas meretrices.

Tras la muerte del cardenal y con pocos recursos económicos debió iniciarse un proceso de abandono. Avisado de esta situación el arzobispo Sandoval y Rojas fue impulsor de una nueva etapa en que, a mi juicio, permitió se consolidara como beaterio y se ampliaran las constituciones proporcionando mucha importancia a la clausura. Muy influenciado por el tridentino, instaba a estas mujeres al recato en los vestidos y la frecuencia de los sacramentos, fundamentalmente Penitencia y Eucaristía. La incorporación del beaterio de Jesús María me induce a pensar que esta institución debía tener las mismas características. Suponía un cambio radical al “vivir en extrema clausura y vestidas con hábito”87 y es posible que muchas no resistieran. En posteriores visitas se refieren a ellas como las religiosas y con el paso de los años se denominó convento88. No me consta que estuvieran adscritas a ninguna orden, pero la inscripción de la portada y la cercanía al convento de san Agustín me induce pensar en una posible vinculación. Puedo confirmar la existencia de la comunidad, en este lugar, hasta 1647 que es la última fecha apuntada en el libro de las constituciones.

Destaco el interés de esta institución para el conocimiento de los centros de reclusión femenina en la Edad Moderna. La singularidad del edificio que sirvió como iglesia, la desaparición de las estancias conventuales, la dependencia administrativa del colegio de Nuestra Señora de los Remedios y sobre todo el origen de sus moradoras contribuyeron a silenciar la historia de este lugar.

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ISSN 2254-6901 | Vínculos de Historia, núm. 9 (2020) | pp. 291-306 http://dx.doi.org/10.18239/vdh_2020.09.14

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